© Libro No. 407. El audaz.
Historia de un radical de antaño. Pérez
Galdós, Benito. Colección Emancipación Obrera. Abril 20 de 2013.
Título
original: © El
audaz. Historia de un radical de antaño. Benito Pérez Galdós
Versión Original: © El audaz. Historia de un radical de antaño.
Benito Pérez Galdós
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El audaz Benito Pérez Galdós
El audaz
Historia de un radical de antaño
Benito Pérez Galdós
El audaz
Historia de un radical de antaño
Benito Pérez Galdós
Capítulo
Primero
Curioso
diálogo entre un fraile y un ateo en el año de 1804
I
El
padre Jerónimo de Matamala, uno de los frailes más discretos del convento de
franciscanos de Ocaña, hombre de genio festivo y arregladas costumbres, dejó la
esculpida y lustrosa silla del coro en el momento en que se acababa el rezo de
la tarde, y muy de prisa se dirigió a la portería, donde le aguardaba una
persona, que había mostrado grandes deseos de verlo y hablarle.
Poco
antes un lego, que desempeñaba en aquella casa oficios nada espirituales, había
trabado una viva contienda con el visitante. Empeñábase éste en ver al padre
Matamala, contrariando las prescripciones litúrgicas que a aquella hora exigían
su presencia en el coro; se esforzaba el lego en probar que tal pretensión era
contraria a la letra y espíritu de los sagrados cánones, y oponía la
inquebrantable fórmula del terrible non
possumos a las súplicas del forastero, el cual, fatigado y con muestras de
gran desaliento, se apoyaba en el marco de la puerta. Hablaba con descompuestos
ademanes y alterada voz; contestábale el otro con rudeza, orgulloso de ejercer
autoridad aunque no pasara de la entrada; y el diálogo iba ya a tomar
proporciones de altercado, tal vez la cuestión estaba próxima a descender de
las altas regiones de la discusión para expresarse en hechos, cuando apareció
fray Jerónimo de Matamala, y abriendo los brazos en presencia del desconocido,
exclamó con muestras de alborozo:
-¡Martín,
querido Martín, tú por aquí! ¿Cuándo has llegado?... ¿De dónde vienes?
Contestole
con frases afectuosas el viajero, y ambos entraron. [8] Al avanzar por el claustro pudo el lego notar que
hablaban con mucho calor; que el visitante no había dejado de ser displicente;
que continuaba con el mismo aspecto de hastío y desdén, y que el padre Matamala
se mostraba en extremo cariñoso y solícito con él.
El
forastero (conviene darle a conocer antes que refiramos, textualmente, como es
nuestro propósito, el acalorado diálogo que ambos personajes sostuvieron en la
huerta del convento) era un joven llamado Martín Martínez Muriel; y no será
aventurado asegurar que intervendrá con frecuencia en la mayor parte de los
hechos de esta puntual historia. Había nacido en un pueblo de la áspera y
fragosa sierra que se extiende en el centro de la Península, y de la cual, con
las corrientes de los ríos y las ramificaciones de las montañas, parece emanar
y difundirse por todo el suelo el genio de las dos Castillas. A la edad en que
lo conocemos (no podemos afirmar que hubiera llegado a los treinta años; pero,
a juzgar por su fisonomía, no necesitaba largas jornadas para llegar a ellos),
había tenido una vida tan borrascosa, eran tantas y tan prodigiosas sus
aventuras, que refiriéndolas llenaríamos este volumen. Algunas, sin embargo,
hemos de sacar del olvido en que yacen a causa de los desdenes de la Historia.
Hijo
de un hombre cuya vida fue serie no interrumpida de desventuras, aquel joven
las compartió todas por una excesiva severidad del destino de su familia.
Fueron sus primeros años agitados y tristes, porque de la casa habían huido las
alegrías mucho tiempo antes; y siendo niño tuvo que hacer esfuerzos de hombre y
de héroe para sobrellevar la vida. Semejante escuela no podía menos de
robustecer su voluntad para lo sucesivo, dándole una iniciativa de que carecen
los que no conocen las enseñanzas de la contrariedad. Adquirió un valor moral
que rara vez nace y crece en el teatro de la dicha, y al mismo tiempo todos sus
actos, lo mismo que su lenguaje y modales, adquirieron un sello de seriedad
algo torva, favoreciendo en él el ejercicio de una cualidad innata de su
espíritu, que en los desahogos íntimos de su ambición sintetizaba esta palabra:
mandar.
Muriel
había nacido para mandar, para dirigir, para legislar, y como el Destino no
puso en su mano las riendas de un Estado, ni la disciplina de un ejército, ni
la soberanía de un pueblo, ofreció su vida toda una contradicción misteriosa,
aunque no muy rara vez en esta edad. Los enigmas indescifrables que a veces
presentan a nuestra observación ciertos caracteres que hallamos en la jornada
de la existencia, proceden de una contradicción horrorosa [9] entre la aptitud y la vida. No se explican de otro modo
algunas catástrofes individuales anatematizadas por el Derecho y la Religión, y
ante las cuales, absortos y conmovidos, no nos atrevemos a dar nuestro fallo.
Luchando con el tiempo y las circunstancias, los caracteres se ven en
singularísimos trances que los trastornan profundamente.
Volvamos
a su vida. Su padre, hijo de labradores, no había podido nunca substraerse a
los golpes de una suerte adversa. Había heredado una escasa fortuna
territorial; pero ni sacó de ella gran provecho ni pudo enajenarla, por estar
afecta a un señorío. Era hombre emprendedor, se sentía con facultades no
comunes para el comercio, y al fin, dominado por la idea de su engrandecimiento
pecuniario, idea en que la avaricia tenía parte muy pequeña, abandonó el suelo
nativo, traspasando sus inmuebles a otro colono, y se marchó a Andalucía. Allí
casó con la hija de un comerciante en situación nada próspera; entró en el
comercio con fe; pero sus primeros pasos en una carrera en que el éxito parece
depender de misteriosa y voluble deidad, fueron fatales. Regresó a Castilla,
administró las fincas de un caballero segoviano que le pagó cruelmente, y esto,
lejos de sacarlo de apuros, aumentó el catálogo de sus desgracias; porque su
probidad se puso en duda, y hubo proceso, del cual salió con honor, aunque
dejando sus ahorros en las garras de los leguleyos.
Deseoso
nuevamente de probar fortuna en el comercio, volvió a Andalucía, dejando a su
familia en Castilla: se embarcó para América y volvió a los tres años con muy
escasas ganancias. Seis años de una prosperidad trabajosa, en que los reveses
fueron pocos y ligeros, dieron algún desahogo a la familia Muriel, que vivía ya
sin ilusiones. Pero de pronto un suceso doloroso vino a perturbarla de nuevo:
la esposa, carácter firmísimo y tierno que había logrado aplacar el funesto ardor
aventurero de Muriel, murió joven aún, dejando dos hijos de muy diferente edad:
el uno nacido en los primeros años de matrimonio, y el otro en el último, poco
antes de que la noble alma de la que le dio el ser saliera de este mundo. Desde
entonces las desdichas no conocieron obstáculo ni dique: desbordáronse sobre la
familia, produciendo, como primer triste resultado, la separación voluntaria
del padre y el hijo más viejo. Pusiéronle pleito los parientes de la difunta, y
aunque no vieron resuelta la cuestión, ni creemos que se haya resuelto todavía,
perdieron cuanto tenían, siendo preciso que cada cual se buscase la vida como
Dios mejor le diera a entender.
Fue
D. Pablo a Granada, donde a fuerza de recomendaciones [10] logró administrar las grandes fincas del conde de
Cerezuelo, y encargarse al mismo tiempo de activar un pleito que este noble
señor tenía en la Cancillería de aquella ciudad. Pero los pleitos marchaban
entonces con más embarazo que ahora y se embrollaban con más facilidad. No fue
lo peor la dilación ni el embrollo, sino que unos amigos oficiosos de
Cerezuelo, administradores a quienes Muriel había substituido, se dieron tal
arte, que hicieron aparecer a éste como falsificador de un documento,
acusándole además de haber desfigurado otro en extremo favorable a los derechos
de su protector. Muriel fue exonerado de sus poderes administrativos y
encerrado en la cárcel; este nuevo proceso tenía todo el horror de lo criminal
sin carecer de las complicaciones dilatorias de la justicia civil. Era una
muerte lenta, una inquisición, que no mataba, pero que deshonraba con calma,
con método, digámoslo así, día por día; escribiendo una infamia en cada hoja de
un protocolo interminable; añadiendo en cada hora una sospecha, una declaración
capciosa, un testimonio falso al catálogo de vergüenzas arrojadas sobre la
frente del hombre justo; quitándole una a una todas las simpatías, todos los
afectos, desde la amistad más decidida hasta la compasión más desdeñosa,
dejándole al fin en espantosa soledad física y moral, sin más mundo que la
cárcel para el cuerpo y su conciencia para el espíritu. La suerte de aquel
hombre íntegro, que no tenía más defecto que carecer de sentido práctico y ser
inclinado a dejarse arrastrar por la imaginación, había empleado en su daño
todos los sinsabores de la vida. No lo faltaba más que la deshonra, y ésta fue
el triste epílogo de sus desventuras.
II
En
esta vida de contratiempos y luchas creció el desdichado Martín, que fue triste
en su niñez y grave antes de ser hombre. Su padre, que había descubierto en él
facultades intelectuales dignas de ser cultivadas, le destinó a las letras y al
foro, no inclinándole a la carrera eclesiástica porque desde la infancia había
mostrado gran repulsión a los hábitos. Más le gustaba la milicia; pero no era
posible, por la falta de recursos y su origen plebeyo, hacerle entrar en el camino
de las glorias militares. Dejole su padre en Sevilla, y allí algunas travesuras
cometidas le atrasaron en sus estudios. Pero lo que más contribuyó a
extraviarle, decidiendo al mismo tiempo su carácter definitivo o influyendo [11] hondamente en el
resto de su vida, fueron las amistades que contrajo en aquella ciudad.
En
los primeros años del siglo presente, lo mismo que en los últimos del anterior,
se habían extendido, aunque circunscritas a muy estrecha esfera, las ideas
volterianas. La revolución filosófica, tarda y perezosa en apoderarse de la
masa general del pueblo, hizo estragos en los tres principales centros de
educación, Madrid, Sevilla y Salamanca, y es seguro que las escuelas literarias
de estos dos últimos puntos, escuelas de pura imitación, no fueron ajenas a
este movimiento. Pero donde más y mejor prendió el fuego del volterianismo fue
en Andalucía, cuya raza, impresionable y fogosa, es inclinada a la rebeldía,
así política como intelectual, y se deja conmover fácilmente por las ideas
innovadoras. La tradición y la historia guardan el recuerdo de caracteres
viriles, alucinados por diabólico espíritu de protesta, tales como Gallardo,
Marchena y Blanco White, hijos los tres de Andalucía y primeros héroes y
víctimas de nuestras discordias religioso-políticas.
Por
mucho rencor que la posteridad guarde al Gobierno de Godoy, no puede menos de
conceder que fue tolerante en materias de libertad intelectual, y que siempre
le hallaron poco dispuesto a secundar las bárbaras aspiraciones de la
teocracia. Entonces era fácil procurarse los libros más contrarios a nuestro
antiguo genio castizo; y los que entendían alguna lengua extranjera, podían
satisfacer fácilmente su curiosidad sin temor de que el Santo Oficio les
molestara ni de que el brazo secular les persiguiera. Cundió el volterianismo y
la democracia platónica de Rousseau. Como la exageración acompaña siempre
fatalmente a todo movimiento revolucionario, no faltaron en esta corriente
invasora las doctrinas del más bestial y ridículo ateísmo, de aquel dios llamado
Ibrascha, a quien tributó culto D. José Marchena en la Conserjería de París en
1793.
La
raza holgazana de los abates encontró en esto un motivo de entretenimiento; y
el cultivo de la poesía pastoril y amatoria, pagana, fría y no repudiada por
nadie, no dejó de contribuir a la realización de aquel contrabando de ideas.
Toda irrupción literaria lleva en sí el germen de una irrupción filosófica.
No
escaparon del estrago algunos clérigos de audaz imaginación, mal comprimida por
el sacramento, a los que se unió tal cual regular; pero estos casos no eran
frecuentes, sobre todo en los últimos. Por lo común, aunque algunas ideas vagas
cundieron por toda la sociedad, la idea revolucionaria no salió de círculos muy
reducidos, y acaso a [12]
esta concentración debió la enorme violencia con que se manifestaba en
determinados individuos. Tal vez por no haberse difundido, haciendo de este
modo imposible la controversia, pudo el ateísmo hacer tantos estragos en
algunas nobles inteligencias. El espíritu de protesta, que al principio fue
puramente religioso, pasó después a ser social. En esta protesta no cabía la
transacción. Sus negociaciones eran categóricas y rotundas. En dos puntos
concentraba todo su odio: en la nobleza y en el clero.
La
imaginación arrebatada del joven Muriel fue una tierra fecundísima en que las
nuevas ideas germinaron con asombroso desarrollo. El espíritu revolucionario,
explosión de la conciencia humana, se mostró en él rudo, implacable, radical,
sin la depuración que después han traído el estudio y el mejor conocimiento del
hombre. La abolición de privilegios, la negación del derecho divino, la
soberanía nacional, los derechos del hombre. He aquí los grandes problemas
planteados en aquellos días. El que conozca la sociedad de entonces disculpará
la exageración. Fuerza es que se la disculpemos a Muriel, que al acoger
aquellas ideas experimentó el único goce de su espíritu. Su nacimiento, su
vida, sus desgracias, ¿no eran otras tantas circunstancias atenuantes? La
felicidad en las naciones, como en los pueblos, nunca es innovadora.
Profesaba
a la nobleza un odio vivísimo; pero no pasó de ser un resentimiento platónico,
digámoslo así, un rencor puramente ideal, aprendido en los libros y no en la
vida. El tiempo y las circunstancias pudieran haberlo atenuado o destruido.
Pero no: el tiempo y las circunstancias confirmaron y aumentaron aquel odio.
Entretanto abandonó sus estudios escolásticos, sin que por eso dejara de
entregarse noche y día a la lectura de sus queridos libros. Devoraba cuantos
describieran y comentaran la revolución francesa. Las grandezas asombrosas y
los inmensos horrores de aquella época producían en su ánimo estupefacción
semejante a la que produciría el presenciar las primeras conmociones de la
sociedad humana en los más remotos tiempos, tales como Babel o el Diluvio,
tragedias espantosas. Compartían su espíritu el entusiasmo y el asombro; en su
mente el hecho horrible se sublimaba al contacto de la noble idea: perdíase en
una contemplación sin fin, durante la cual se le representaban en la fantasía
los caracteres y los hechos de la pavorosa catástrofe; y cuando concluían sus
éxtasis, era para dar lugar a una inquietud extraordinaria. Iba y venía
reconcentrado y solo; algunos le tenían por demente, y él se juzgaba viviendo
en un desierto. Muriel [13] no
se parecía en nada a la sociedad de su tiempo, pues hasta los pocos que como él
pensaban eran de muy diferente manera. En él estaba como en depósito la idea
que más tarde había de expresarse en hechos. Mientras no llegara este momento,
aquel joven era una excentricidad y una rareza. Si el tiempo no hubiera venido
a darle razón, habría pasado siempre por un loco, y, en tal caso, escribir su
vida sería locura mayor que la suya. Pero el tiempo ha justificado su carácter,
y la personificación de aquellas ideas que tan pocos profesaban entonces, es
una tarea que el arte no debe desdeñar.
III
En
tal situación de espíritu se hallaba Muriel cuando supo que su padre estaba
preso en Granada, en compañía de su hermanito, chicuelo de nueve años. Ambos
sin fortuna, sin hogar, solos, abandonados, perseguidos, aquel anciano y aquel
niño inocente no tenían más asilo que la cárcel, abierta para ellos por la
maldad y la envidia. No es de este lugar referir los padecimientos de los seres
infelices, de tan diversa edad, y condenados a repartirse el breve espacio de
un calabozo; el uno con los ojos constantemente fijos en el suelo, el otro con
la vista clavada en la reja, al través de cuyos hierros se veía un pedazo de
cielo; el primero buscando un hoyo en que reposar, el segundo constantemente
atraído por el espacio, por la vida.
Muriel
vivía pobremente en Sevilla; se alimentaba de milagro, no bastando sus tareas
de escribiente en casa de cierto curial para sacarle de miseria, mucho más
porque era tan pródigo como pobre, y antes abría la mano para dar que para
recibir sus mezquinas ganancias. Con el comer corría parejas el vestir, y su
vida era una serie de apreturas, cuyo fin no distinguía en el porvenir. Cuando
supo lo que ocurría en Granada, cuando supo que su padre y hermano se morían en
una prisión a causa de un proceso en que la envidia y codicia de sus enemigos
habían desempeñado el principal papel, la primera determinación que tomó en su
violento arrebato de cólera fue dirigirse inmediatamente a Madrid, con
intención de mover cuantos resortes estuvieran a su alcance para sacar a su
padre de la cárcel. Él tenía amistad muy íntima con un clérigo sevillano, poeta
incurable de aquella escuela, bastante contaminado por las nuevas ideas,
persona de amenas costumbres, y que inspiraba respeto a cuantos lo trataban.
Como [14] era voz pública que
se carteaba con varios personajes de la Corte, pidiole Muriel su protección, la
cual no le negó el canónigo. Además recogió cuantas cartas pudo de otros
individuos, y se fue a Madrid, esperando que le ayudara también en sus
propósitos un religioso de Ocaña, pariente de su madre, y al que había conocido
en el poco tiempo que residió en la Corte, mientras su padre estaba en América.
De este fraile se contaba que tenía gran amistad con graves y encopetados
señores.
Fue
Muriel a la capital, y allí sus tormentos no son para referidos. En ninguna
parte le hacían caso. Iba y venía de palacio en palacio, de casa en casa,
sufriendo desaires las pocas veces que se le recibía. La pobreza que su persona
revelaba, la estrechez en que vivía, obligándole a acompañarse de personas bien
poco cultas, contribuyeron al descalabro de su pretensión, que era considerada
como una locura sin ejemplo. Había sido recomendado a un petimetre famoso, que
era el dios de las ruidosas tertulias de Pepita Tudó; y este joven, ser
ridículo y despreciable, hizo objeto de burlas al pobre, pretendiente,
obligándole a pasar mil sonrojos. Traía además carta para el prior de la
Merced, el cual no dejó de mostrarse algo propicio; pero como un día Muriel, en
el curso de una familiar conversación, dejase escapar algunas apreciaciones
poco ortodoxas y de un marcado olor revolucionario, amoscose el padre, retirole
su protección, y, más que en servirle, empleó su valimiento en contrariarle. El
conde de Cerezuelo no lo quiso recibir, porque cedía a las influencias de sus
satélites, empeñados en la completa perdición y deshonra del antiguo
administrador. También había llevado epístola para un grave, estirado y
almidonado alcalde de Casa y Corte; más éste se mostraba muy afable y no hacía
nada. ¿Cómo prestar oídos a la exigencia de un joven pobre, obscuro, advenedizo
y misántropo en un asunto en que estaba interesada una poderosa familia?
Comprendió al cabo Muriel que la lucha era imposible. Recorrió todas las oficinas
y covachuelas, tocó todos los registros de nuestra complicadísima
administración. Nada era posible lograr. El Estado en masa estaba en contra
suya. Coger una montaña y echársela a cuestas hubiera sido más fácil que salir
adelante en aquella empresa. Su desesperación no conoció límites cuando llegó a
entender que empleando la venalidad conseguiría su deseo. Viendo de cerca la
maquinaria mohosa y podrida de nuestra administración judicial y civil, conoció
que desde el Príncipe de la Paz hasta el último rábula resolvían todas las
cuestiones a gusto del interesado y mediante [15] una cantidad proporcional. La corrupción era general
y crónica. Comprábanse los destinos y la justicia era objeto de granjería. Él,
a ser rico, hubiera comprado a España entera. En aquellos días su rencor era
tan profundo, que sin escrúpulo de conciencia se hubiera vendido a Napoleón, a
los ingleses, al demonio. Hubiera visto con júbilo desplomarse todo aquel
alcázar de corrupción, sepultando entre sus ruinas a Carlos IV, a María Luisa,
a Godoy, a Escoiquiz, a Fernando, a los frailes, a la nobleza, al clero, a la
magistratura. Ya en una esfera puramente ideal había pronunciado sentencias
contra todo esto. Pero al ver de cerca las cosas, conociendo la ignorancia y
frivolidad de la alta clase, la degradación de los regulares, en quienes no
resplandecía ya ni un destello del antiguo misticismo, la infame corruptela que
gangrenaba el cuerpo político, su saña se enconó, y de aquel espíritu lleno de
tribulaciones se apoderó al fin por completo lo que era a la vez un sentimiento
y una idea: la revolución.
Tal
era la situación de Muriel, cuando un acontecimiento inesperado vino a poner
fin a su lucha, llenándole a la vez de tristeza. Su padre murió en la cárcel de
Granada. Sintió con esto el joven, al par de la pena, una especie de alivio.
Parecía que su agitada inteligencia necesitaba descanso, y aquella muerte que
arrancaba de la tierra el alma del varón justo para llevarla a su verdadero
sitio, le parecía más bien un beneficio que un agravio. Dios había tomado a su
cargo el asunto y lo había resuelto. Muriel, que no estaba seguro de creer en
Dios, pensó mucho en esto.
Marchó
entonces a Andalucía con intento de recoger a su hermano, y aquí nos hallamos
con un incidente imprevisto, que no es fácil podamos explicar ahora. Su hermano
no estaba allí. Investigando sobre los sucesos de esta historia, hemos
averiguado que, conociendo el anciano que su fin estaba próximo, quiso escribir
a su hijo, de quien en la prisión había recibido varias cartas. Dijéronle que
su hijo había muerto, y no sabemos si se pensó engañarle o si efectivamente las
personas que tal dijeron creían que Martín había desaparecido del mundo. Si fue
lo primero, ignoramos los móviles; mas tal vez en el curso de esta narración se
esclarezca un asunto que originó en el moribundo la determinación que vamos a
referir. Lo que está fuera de duda es que éste, viendo que aquel niño iba a
quedar sin amparo en el mundo, ideó, llevado de su buen corazón, un plan que
juzgaba el más razonable en aquellos momentos. Creyó que no debía pedir
protección sino al que aparecía [16] como autor de su desventura, al propio conde de
Cerezuelo. Fija esta idea en su mente, y considerando que, después de haberle
causado tanto daño, el conde no podía guardar rencor a aquella criatura,
resolvió enviárselo. Contaba con herir la cuerda de la conmiseración en su
antiguo protector, que no podía llevar su saña más allá de la tumba. Además, el
conde no era inhumano; las personas a cuyas sugestiones había cedido, no se
opondrían a que amparara al hijo de la víctima, niño infeliz, que era el mejor
testimonio de las crueldades cometidas con su padre. Muriel contaba hasta con
los remordimientos de sus enemigos para esperar aquel resultado, y al mismo
tiempo recordaba que el ilustre prócer tenía una hija, de cuya sensibilidad el
pobre preso había formado muy alto concepto.
Estas
consideraciones le afirmaron en su propósito, y dominado por una idea que tiene
explicación en su inmensa bondad, escribió al conde una carta, de la cual hemos
oído referir algunos párrafos, sin que nunca hayamos podido haberla a mano. En
esta carta patética, en que se reflejaba la turbación de espíritu del buen
hombre, estaba escrita su única disposición testamentaria. Murió al día
siguiente de escribirla, y una persona, más compasiva con él entonces que lo
fue en vida, se apoderó del muchacho y lo envió a Alcalá, donde habitualmente
residía el conde.
Grande
fue la sorpresa de Martín cuando al llegar a Granada supo lo que había pasado.
No podía explicarse la determinación de su padre, ni conocía los móviles que
pudieron inclinarle a obrar de aquel modo. En su confusión, quiso volver
inmediatamente a Castilla, pero se lo impidió una grave y repentina enfermedad,
contraída a causa de la hondísima alteración de su ánimo y de la considerable
fatiga de su cuerpo.
Exánime
y trastornado, estuvo cuarenta días en un hospital, y hasta la misma caridad
cuidaba con algún desvío aquel cuerpo calenturiento y moribundo, en el cual se
creía que no podía habitar sino un alma extraviada. En sus delirios creyó ver
cercana la muerte; y ésta, en realidad, no andaba lejos. La idea de aquel Dios
que se había complacido en olvidar iluminó su inteligencia en momentos de
amargura. Aspiraba al descanso eterno, y la idea de la justicia de ultratumba
era la única luz que iluminaba aquella conciencia turbada por la negación. Su
fe, sacudida por el análisis, se fortaleció en lo relativo a la creencia en un
Dios justo y bueno, porque en su noble espíritu no cabía el materialismo soez
que hace del hombre una máquina más perfecta que las que hacen los ingenieros.
Restableció todo [17] lo divino y todo lo
eterno; y el ídolo, caído a impulso de la filosofía, volvió a ocupar en el
cielo vacante su trono inmortal. El ateo se complacía en deslumbrar sus ojos
con la luz que esparcía por los mundos aquel altísimo ser. No lo negaba: pero
su creencia era vaga y obscura, sin que en ella hubiera nada de la entidad
personal de que había oído hablar a los teólogos. Su fe en este punto no era
otra cosa que el último refinamiento de la duda. En creer lo que creía, con el
único objeto de buscar consuelo en la justicia de ultratumba, había algo de
egoísmo. Más que fe, aquello era esperanza.
Por
lo demás, ni el dolor ni la proximidad de la muerte atenuaron en él el odio a
la sociedad de su tiempo y a sus instituciones fundamentales. Convaleciente,
débil y dominado por tenaz hipocondría, se ocupaba en imaginar vastos planes de
destrucción. Sentíase crecer: inmensos ejércitos le obedecían. Temblaba la
sociedad convulsa y herida bajo sus pies. Invocaba no sé qué fuerzas
desconocidas y ocultas en el seno de la sociedad misma, y traía a la memoria la
combustión horrible que, inflamando al pueblo francés, revolvió y depuró sus
elementos. Ante la majestad de la idea de depuración, no le mortificaba ver los
maderos de un patíbulo en que purgase sus faltas la Humanidad extraviada y
corrompida.
Restablecido
al fin por completo, no pensó más que en trasladarse a la Corte. Una fuerza
secreta le impulsaba hacia allá. La miseria que había observado en su viaje
anterior no le desanimaba. Creía, sin saber por qué, en la existencia de un
incógnito problema por resolver; había en él cierta propensión a dejar de ser
ideólogo, a obrar en cualquier sentido, a hacer algo que sacara al exterior
aquella balumba de ardientes deseos que, comprimidos y encerrados, le producían
malestar horrible. Ésta fue la causa principal de su determinación, si bien
existían otras de índole puramente externas, tales como recoger a su hermano y
exigir a Cerezuelo el pago de cierta cantidad que su padre nunca pudo hacer
efectiva, a pesar de ser enteramente ajena al motivo de la prisión.
Púsose
en marcha, y no quiso dejar de visitar a su paso por Ocaña al padre Jerónimo de
Matamala, el único que le había servido antes con algún interés, aunque sin
fruto. Llegó al convento, y después del ligero altercado que hemos referido,
entró y habló ligeramente con su amigo, diciendo uno y otro lo que fielmente
vamos a reproducir. [18]
IV
Hallábanse
en la huerta del convento, sentados en un banco de piedra. Caía la tarde, y los
últimos rayos del sol hacían proyectar oblicuamente la sombra de los grandes
chopos, trazando largas y paralelas fajas en el suelo. Era la huerta un inmenso
rectángulo formado por elevados muros, sin más comunicaciones con el exterior
que una enorme portalada, por la cual, en el momento a que nos referimos,
entraban dos asnos cargados con la colecta y conducidos por un buen lego que, sin
compasión, y profiriendo tal cual terno, los arreaba. Enorme y frondosísimo
olmo extendía su follaje obscuro muy cerca de la tapia y dando sombra a una
noria, cuyo rumor, producido al perezoso girar de una paciente mula, era un
arrullo que convidaba a la somnolencia. La vista y el oído reposaban dulcemente
ante el efecto a la vez óptico y acústico de los círculos sin fin descritos por
el humilde animal y de la periódica y regular caída del agua, arrojada a compás
por los canjilones. Cavaba con mucho denuedo un padre en uno de los cuadros, de
cuyos apelmazados terruños surgían las hojas exuberantes, retorcidas,
verdeazuladas de las coles que allí se desarrollaban con frondosidad que tenía
algo de voluptuosa. No se oía más que el ruido de la noria, el golpe de la
azada, el canto de algún labriego que por el camino cercano pasaba, y los
precipitados pasos de alguna res ansiosa de llegar al hogar. El viento era tan
tenue que apenas movía los últimos y más endebles penachos de los chopos,
plantados en uno de los lados del rectángulo. Ni una nube empañaba el cielo. No
hacía ni frío ni calor. La uniformidad, la calma, la monotonía convidaban a
fijar la mente en un solo pensamiento.
Tal
vez por eso no parecía muy deseoso de hablar el joven, y dirigía la vista al
suelo como abstraído. Pero el fraile, que era sumamente decidor, pugnaba por
avivar la conversación siempre que su amigo la dejaba languidecer.
-Pues
si quieres que te diga la verdad con franqueza, querido Martín -dijo-, yo creo
que haces mal en ir ahora a Madrid. Vuélvete a tu Sevilla, donde mal que bien
puedes vivir. Pero en la Corte... tú no eres abogado, tú no eres médico, tú no
eres militar, tú no eres fraile, tú no eres clérigo, tú no eres petimetre, tú
ni siquiera eres abate... Y a propósito: ¿por qué no solicitas un beneficio
simple y te [19] ordenas de menores,
y te buscas una renta sobre cualquier diócesis? Ésta de Toledo no las tiene
malas.
-¡Yo
solicitar! -exclamó Muriel con expresión de desprecio-. Solicitar es comprar,
es corromper al Estado entero, desde el alcalde de Casa y Corte y el corregidor
perpetuo con juro de heredad, hasta el pinche de las cocinas del Rey y el
limpiabotas de Godoy. Yo no solicito, porque soy pobre.
-Déjate
de burlas, hijo, que es buena idea la que te he indicado sobre el cómo y cuándo
de hacerte abate. Ese cargo no te estorba: es la carrera de los que no hacen
nada; quedas libre para dedicarte a tus estudios, para leer los diarios y
escribir en ellos si te acomoda. Pero, ¡ah!, Martincillo, si tu quisieras
seguir mis consejos... si tú entraras en nuestra santa Orden. Hazte fraile y
verás. Rétirate del mundo, donde no hallarás más que penas. ¿Te parece que aún
no has tenido bastantes?
-Si
yo me propusiera burlarme de la sociedad, de seguro haría lo que usted me dice
-contestó Muriel sin mirar al padre-. A veces he tenido tentaciones de buscar
la soledad y el retiro; pero ahora lo que deseo es presenciar los hechos del
mundo y tomar parte en ellos. La soledad me mata.
-¡Pues
si vieras qué buena en la soledad! -dijo el padre con expresión contemplativa
-. No es necesario que renuncies por eso completamente al mundo. Por el
contrario -añadió, dando a sus palabras cierto tono de positivismo-; desde
aquí, y sin ser molestado por nadie, puedes influir en él y hasta ser poderoso.
Desengáñate, hijo. La felicidad en la tierra está en estas santas casas.
Tranquilidad y bienestar, ¿qué más puedes desear?
-Falta
saber, padre, si eso durará mucho -replicó Muriel, que trazaba cuidadosamente
algunas rayas en la tierra, con la punta de su bastón, observando con gran
cuidado lo que hacía, como si aquello fuera un dibujo admirable-. Yo preveo el
día en que todos ustedes salgan por ahí a buscarse la vida como voy yo ahora.
-¡Jesús
y el seráfico! -exclamó el fraile- Yo creí que con la edad se te curarían esas
herejías. Nosotros que somos el amparo y el sostén del hombre; nosotros que le
enseñamos a vivir y a ser bueno... Esas ideas que han venido de fuera nos van a
dar que hacer... Pero, ¡ay!, Martincillo: eso no sienta bien en un joven como
tú, de corazón y de ingenio. Pase que los que quieren encubrir sus criminales
intentos con palabras filosóficas... Sobre todo, hijo mío, ya que tienes esas
ideas, no las publiques. Cállate y aprende [20] a vivir en el mundo... ¿No ves que así el mundo te
despreciará y serás perseguido?
-Yo
no puedo disimular -dijo Muriel borrando rápidamente todas las rayas que había
trazado-. Expreso lo que siento, y no puedo renunciar a este placer, por ser el
único que tengo.
-Mal
camino, hijo. Yo sé -dijo el buen religioso bajando la voz-, yo sé que si nos
metemos a averiguar ciertas cosas, encontraremos sapos y culebras; pero yo
tengo experiencia y opino que el mundo debe dejarse como está. Sigue mi
consejo. Deja esas ideas. Mira que son peligrosas, y algún día podrás ser
perseguido y con razón. Ahora con el Gobierno de ese vil favorito, la religión
santísima está bien defendida; pero deja que suba al trono nuestro muy deseado
príncipe Fernando, y verás adonde van a parar los filósofos.
-Si
no viene todo al suelo mientras reine el deseado Príncipe -exclamó con cierta
expresión profética el joven-. Será más tarde o más temprano, pero que se viene
al suelo es indudable.
-¿Qué?
-dijo vivamente el padre, creyendo que la tapia no estaba segura.
-Ustedes,
los privilegios, los mayorazgos, los diezmos, el Rey, Godoy y todo este modo de
gobernar que hay ahora. Esto es tan indudable, que es preciso estar ciego para
no verlo.
-Ríete
de eso: lo que tiene por base la santa religión y este amor que hay aquí a los
reyes... Aquí han hablado de Constituciones y cosas como las que hay en esos
pueblos de allá... Pero eso no cuaja en esta tierra de la lealtad. Somos
demasiado buenos para eso.
Es
de advertir que fray Jerónimo de Matamala era hombre de instrucción y claro
talento, y había sido de los que primero dieron oído a las nuevas ideas.
Educado en Salamanca, fue uno de los más afamados poetas de aquella insulsa
escuela, donde se le conocía con el pastoril nombre de Liseno. Como fray Diego
González y el padre Fernández, no se desdeñaba de cultivar la poesía amatoria,
fingiéndose pastor y creando un tipo de mujer a quien dirigía sus versos. Esto
era costumbre y nadie se escandalizaba por ello. Pero a fines de siglo las
ideas de indisciplina filosófica y política cundieron por las aulas
salmantinas. Fray de Matamala, que fue de los primeros en quienes hizo efecto
la invasión, se contuvo más por cálculo que por fe: guardábase muy bien de mostrar
lo que había aprendido, matando en flor en su entendimiento la naciente
protesta. [21] Sabía muy bien lo
que eran los derechos del hombre, y conocía todos los argumentos del ateísmo;
conocía a Rousseau y aun algo más; pero afectaba una ignorancia absoluta de tan
peligrosas materias. Esto parecía pasar por hipocresía; pero nosotros creemos
que aquello no era sino miedo. Quería engañarse a sí mismo, quería olvidar lo
que había aprendido, y le parecía que olvidándolas, aquellas ideas dejarían de
existir. Cerraba los ojos ante el abismo, esperando de este modo, si no
evitarlo, vivir tranquilo hasta que llegara la catástrofe.
Instalado
en Ocaña, Matamala sostenía correspondencias muy activas con varios personajes
de la Corte, por lo cual vivían sobre ascuas sus cofrades, sospechosos de que
tomaba parte en alguna intriga política. Al buen franciscano no le faltaban
entretanto mil recursos para desvanecer estas sospechas.
-Bien;
dejemos este asunto -dijo, afectando una compunción que no sentaba mal a sus
hábitos sacerdotales-. Yo te profeso un afecto entrañable; yo fui amigo de tu
padre, que gloria haya... pero no renovaré tu sentimiento. Vamos al caso.
Aunque no quieres seguir mis consejos, quiero servirte, y hoy mismo le voy a
escribir a un señor de Madrid, amigo mío, para que te proporcione algún
trabajo, y te ayude en eso que vas a pedirle al conde de Cerezuelo. Pero, hijo,
sé bueno. Cree en Dios. No pierdas por lo menos el respeto exterior que se debe
a sus ministros. Esto es lo importante. Sé respetuoso con los grandes señores,
con los personajes de ilustre prosapia.
-Sí
-contestó el joven con desdén-; cuando les veo entregados a todos los vicios,
ignorantes, llenos de preocupaciones, holgazanes, indiferentes al bien de estos
reinos y de la sociedad. Poseen todas las riquezas de que no es dueño el clero.
Comarcas enteras se esquilman en sus manos y se acumulan de generación en
generación, siempre en la cabeza de un primogénito inepto, que no sabe más que
alborotar en los bailes de las majas, hacer versos ridículos en las academias o
lidiar toros en compañía de gente soez. No encontraréis entre ellos personas de
algún valer, con muy contadas excepciones. Los colonos se mueven de hambre
sobre el terreno, los derechos señoriales hacen que sea ficticia toda propiedad
que no sea la de grandes familias; y en cada generación aumenta el número de
pobres, por los segundones que se van segregando del tronco de las familias
nobiliarias para entrar en la gran familia de la miseria.
-¡Santo
Dios y el seráfico patriarca! -exclamó el fraile, [22] tapándose los oídos-. No hables más. ¡Qué
pestilencial doctrina! ¡Oh, Martincillo!, es preciso que te enmiendes. Tú no
tienes instinto de conservación. ¡Yo que deseo verte hecho un hombre de pro; yo
que voy a inclinarte a que busques apoyo en la nobleza!...
-¡Apoyo
en la nobleza! - contestó Muriel con vehemencia-. La detesto de muerte. La
aborrecía antes de saber lo que era. Conocida, nada puede dar idea de mi odio.
La aborrezco más que a los frailes.
-¡Jesús,
por los sacrosantos clavos! No blasfemes.
-¡Blasfemar!
¿Y por qué?- continuó con creciente agitación-. Decir que todos ustedes son
holgazanes, glotones, sibaritas, dueños de la mitad del territorio, disolutos,
hipócritas: ¿decir esto es blasfemar? ¿Quién ofende a Dios: ustedes que son
como son, o yo que lo digo?
Muriel
se expresó con alguna violencia, y había alzado un tanto la voz. El religioso
se escandalizó; encendiose su rostro, mirando azorado a un lado y a otro,
temeroso de que alguno de los padres que paseaban por la huerta hubiera oído
las infernales palabras de aquel réprobo.
-Ustedes
han de desaparecer; irán arrastrados por una tempestad, que trastornará otras
muchas cosas. Los privilegios tienen que venir a tierra. Temblarán los nobles
en sus palacios y los frailes en sus claustros. Los primeros tendrán que
repartir su fortuna por igual entre sus hijos, creando así una clase poderosa,
intermedia entre la grandeza y el pueblo, que será la que más influya en la
nación; y ustedes se verán reducidos a la cristiana pobreza con que fueron
instituidos, pasando sus inmensas riquezas a ser patrimonio de la nación.
-¡Nuestros
bienes! ¡Tú estás loco! -exclamó atortolado el padre, como quien escucha una
gran novedad, un despropósito inconcebible, lo más disparatado que pudiera
imaginarse.
-Dios
os ha mandado ser pobres, y vosotros os habéis hecho ricos.
-Nosotros
tenemos lo que nos han dado. ¿Pero tú sabes lo que has dicho? ¿La conciencia no
te arguye de ser tan irrespetuoso con las cosas de Dios?
-Es
que yo no creo en Dios, padre -dijo Muriel con una seguridad que hizo temblar a
fray Jerónimo, el cual miró a un lado y otro, agitado y confuso, temiendo otra
vez que hubiera oído la blasfemia alguno de los frailes que allí cerca distraía
el ocio con la lectura de algún piadoso libro.
-¡Jesús,
qué horror! ¡Vade retro, Satanás!
-exclamó, [23] cerrando los ojos y
pronunciando entre dientes una oración.
-Es
decir -continuó el joven-, yo creo en mi Dios, en un Dios a mi manera. Yo no
creo en un Dios vengativo y suspicaz que ustedes han hecho a imagen y semejanza
del hombre.
-Querido
Muriel -dijo Matamala, reponiéndose del susto y abriendo los ojos-, estás
comprendido en los anatemas de la santa Iglesia. Si yo fuera débil, ahora mismo
te arrojaría de esta santa casa, que estás profanando con tu presencia. Pero yo
espero traerte al buen camino. Tú serás bueno. San Agustín era como tú. Oirás
la voz del Señor, y te convertirás. Tú amarás todo lo que ahora detestas;
amarás a los nobles, protectores de las industrias y ejemplo de buenas
costumbres; amarás a los reyes, imágenes de Dios en la tierra, que administran
la justicia y se desvelan por el bienestar de sus leales vasallos; amarás a los
frailes, pobres, humildes criaturas, que enseñan la buena doctrina, combaten
los errores y consuelan a los afligidos.
-Si
fuera como usted dice, padre, yo amaría todas esas cosas. Si los nobles no
ofrecieran en su conducta el ejemplo de todos los vicios; si yo viera en
ustedes hombres de caridad, enemigos de las riquezas, en vez de hombres ociosos,
ignorantes y fanáticos; si viera en la Corte y en el Gobierno hombres dignos
que no tuvieran por único propósito esquilmar a la nación en provecho propio,
yo les amaría.
V
Como
se ve, Muriel no perdonaba a ninguna de las instituciones de que habló las
faltas de sus individuos. Era inexorable, como lo era la revolución entonces.
Dominado por su idea, no conocía la transacción. Creía que era posible reformar
destruyendo; no conocía la enormidad de las fuerzas del enemigo; ignoraba que
lo que se intentaba aniquilar era inmensamente más poderoso que los
razonamientos de dos o tres individuos; que aquello tenía la fuerza de los
hechos, de un hecho colosal, consagrado por los siglos y aceptado por la nación
entera. Además no comprendía que si la idea vence alguna vez a la fuerza, no es
fácil que venza a los intereses. La transformación con que él soñaba era obra
lenta y difícil. Sólo intentarla costó después mucha sangre.
Fray
Jerónimo, que había vuelto a rezar, dijo al terminar [24] su breve oración, y trazándose sobre el cuerpo la
señal de la cruz:
-Yo
rezaré por ti, pecador empedernido. Y entretanto voy a hacer por tu bien todo
lo que está en la facultad de un pobre fraile.
-Yo,
aunque pienso así, padre Matamala -dijo Muriel-, no soy ingrato; no aborrezco a
las personas, salvo alguna que otra, a quien detesto con todo corazón.
-Bien
-dijo el fraile, deseoso de que aquella conversación se acabara, aunque parecía
dispuesto a perdonar a su amigo todas sus herejías-. Bien: yo escribiré esta
noche misma a una persona de Madrid, a quien estimo. Verás cómo ese señor, que
es poderoso y modesto, consigue para ti lo que deseas. Pero haz por ocultarle
tus ideas, ¿entiendes? El te dirá lo que debes hacer; y si por su conducto no
logras nada de Cerezuelo, da el asunto por concluido.
-¿No
le conocía usted la otra vez?
-No.
¡Qué lástima! Si entonces hubiéramos tenido esa palanca...
-¿Y
quién es? ¿Cómo se llama?
-Es
persona, como te he dicho, modesta, pero de gran poder. Su nombre no suena como
el de otras; pero a cencerros tapados... Te advierto que es enemigo de Godoy, y
tal vez en eso consiste que pueda tanto. Ya, ya me agradecerás, Martincillo,
esta recomendación que te hace amigo del Sr. D. Buenaventura Rotondo y
Valdecabras.
-Ese
nombre no me es desconocido -dijo Muriel recordando.
-Sí,
le habrás oído nombrar -añadió Matamala temiendo que su amigo tuviera ya
noticias de aquel personaje, y que estas noticias fueran malas-. Ya le
escribiré explicándole lo que deseas. ¡Ah! Te advierto que es hombre rico. Pero
oye una cosa: conviene que disimules tus opiniones, porque, aunque él no es
gazmoño... esta enterado de todo eso... y nada de cuanto digas le cogerá de
nuevo.
-¿Y
ese señor es abogado, comerciante?...
-Eso
es, se dedica al comercio; suele prestar dinero; y la verdad es que ha hecho
fortuna.
-¿Y
es gran amigo de usted?
-¡Ya
lo creo! Nos escribimos con mucha frecuencia... Esto te lo digo acá para inter nos. Querido Martincillo, si la
otra vez no pude hacer nada por ti, lo que es ahora... Yo iré también pronto a
Madrid.
-Diga
usted, ¿Cerezuelo sigue viviendo en Alcalá?
-Sí;
allí se ha encerrado y no hay quien le saque [25] de escondrijo. Su hija es la que vive en Madrid. Ya
tendrás noticias de ella: una muchacha bastante orgullosa y desenvuelta. Cuando
ese basilisco no influye en el ánimo de su padre, éste es un hombre razonable y
humano... Pero no quiero detenerte más -concluyó el fraile levantándose-; ya es
de noche. Vete, Martín. Se va a cerrar la puerta del convento.
Muriel
se levantó también.
-¡Ah!
Dame las señas de la casa en que vas a vivir -dijo el fraile.
-Voy
a vivir con el pobre, aunque siempre feliz, Leonardo.
-¿Sigue
tan calavera?
-Siempre
lo mismo; pero siempre bueno.
-Espero
veros pronto, tanto a ti como a él. Yo también tengo que hacer algo en la Corte
-manifestó el fraile, abriendo, con ayuda del lego, la gran puerta del
convento.
-Adiós,
padre -dijo Muriel-. Hasta luego.
-Adiós,
Martincillo -exclamó el religioso, abrazándole con afectada ternura-. Hasta
luego.
Se
despidieron. Muriel le dio nuevamente las gracias por la recomendación, hizo el
religioso ardientes protestas de solicitud, y se separaron. El lego,
reconciliado con el forastero después de la favorable acogida que a éste
dispensó un fraile tan respetable como el padre Jerónimo Matamala, le hizo al
verle salir una profunda reverencia.
Para
que nuestros lectores comprendieran la importancia del diálogo que hemos
referido y el valor que tiene en esta historia, sería preciso que conociesen la
carta que fray Jerónimo Matamala escribió a la persona a quien iba recomendado
su joven amigo. Por ahora no nos es posible dar a conocer ese documento, que
revela cuáles eran las relaciones del sagaz franciscano con algunas personas de
la Corte; mas en los siguientes capítulos, la oportuna aparición del Sr. D.
Buenaventura Rotondo y Valdecabras podrá dar alguna luz sobre el particular. [26]
Capítulo
II
El señor de Rotondo y el abate Paniagua
I
Tenía
Muriel un amigo que era segundón de familia nobilísima. Desheredado por la ley,
que acumulaba todas las riquezas y todas las glorias de una familia en un
primogénito; sin más fortuna que su valor y su ingenio, había abandonado la
casa paterna, olvidando completamente a su hermano. Como no había recibido
instrucción alguna, Leonardo, que así se llamaba, no pudo aspirar a suplir con
el valor intelectual la falta de recursos. Además se inclinaba por temperamento
a la vida holgazana; y como su pobreza y su falta de posición lo libraban de
las responsabilidades que la sociedad exige a los poderosos, entregose a la
cómoda ocupación de no hacer nada. Pocos han realizado como él la evangélica
máxima de no cuidarse del día de mañana. Su familia era extremeña, y él se
había establecido en Sevilla, donde hacía versos, lidiaba toros, frecuentando
todos los círculos en que había gente de buen humor.
La
mayor parte de sus amigos eran estudiantes, si bien los libros no fueron nunca
para él contagiosos; y en materia de doctrinas, aunque de ninguna entendía gran
cosa, se deleitaba con las revolucionarias, como si en ellas encontrara un
fondo de justicia que las preocupaciones de su época y de su clase no le
impedían ver. Pero, por lo general, no se preocupaba mucho de sus filosofías.
La algazara y las aventuras con caracteres de libertinaje eran las condiciones
elementales de su vida, que era una vida de estudiante sin estudios. Reunido
constantemente con jóvenes de la clase popular, Leonardo había olvidado que era
noble, si bien alguna vez la vanidad innata se mostraba por un resquicio de su
carácter, y entonces solía describir su escudo con una prolijidad que promovía
grandes burlas entre sus compañeros.
Estrecha
amistad le unía con Muriel, que le había perdonado el ser noble. Juntos
vivieron en Sevilla bastante tiempo, y la suerte, que algo le tenía reservado,
quiso que juntos viviesen después en Madrid; porque Leonardo, que [27] con motivo de un
lance desagradable había tenido que huir de Andalucía, se estableció, como él decía, en la Corte, y allí estaba cuando llegó
Muriel, a quien alojó en su casa. Ésta, que era el segundo piso de un inválido
edificio de la calle de Jesús y María, en que habitaban multitud de familias,
ofrecía a los dos amigos las comodidades de un palacio, a pesar de la estrechez
de su recinto. Vivían solos en compañía de dos personas, de quienes nos será
lícito hablar un poco, aunque su papel en esta historia no sea de gran importancia.
Era la primera una especie de ama de gobierno o patrona de huéspedes, que se
hallaba en el ocaso de la edad y de la gloria, y vivía en una lamentación
continua, recordando los venturosos días en que su esposo tocaba el violín e
improvisaba madrigales en las más frecuentadas tertulias de Madrid. Doña
Visitación procuraba sofocar los dolores y soledades de su marchita viudez por
medio de un continuado y estrecho trato con todos los santos y santas de la
corte celestial, y la vida devota ofrecía ancho campo a su espíritu para
distraerle de sus pertinaces melancolías. La otra persona que habitaba la casa
era un criado a quien llamaban Alifonso, el cual desempeñaba las funciones de
barbero y peluquero, hacía de comer cuando doña Visitación se extasiaba en la
iglesia más de lo ordinario y tenía además habilidad no común para todos los
recados, que exigieran astucia y agudeza de ingenio, revelando en esto la
educación frailuna que había recibido. Ensanchábase además la vasta esfera de
los conocimientos de Alifonso con su aptitud maravillosa para suplir la
carencia absoluta de sastre, que era peculiar en la casa de un pobre como
Leonardo. No se sabe dónde adquirió el mancebo tan extraordinaria destreza;
pero es lo cierto que componía las casacas de su amo y hacía como nuevas las
más viejas y raídas, prodigio en que la tijera y la química obraban de común
acuerdo. Una particularidad digna de ser notada es que doña Visitación y
Alifonso se aborrecían de muerte: antipatía mortal, profunda, eterna, les
dividía. Eran irreconciliables como la noche y el día. La vieja había llegado a
creer que el travieso doméstico era el demonio disfrazado de aquella forma para
su tormento, opinión que consultó varias veces con su confesor sin obtener
respuesta categórica, por no ser fuerte este venerable en el tratado de re daemoniorum. Detenidas y eruditas
investigaciones hechas después que subió al cielo doña Visitación han dado a
conocer que la causa de aquella antipatía había sido el siguiente suceso. La
vieja se fue muy temprano a la iglesia en cierto día de gran ceremonia, [28] dejando en la cocina
una gran cazuela donde se guisaba corpulento jamón que le habían regalado unos
extremeños. Alifonso lo sacó con mucho donaire, y puso en su lugar el violín
del difunto y nunca olvidado esposo de doña Visitación, reliquia que la viuda
conservaba con respeto religioso y fanático, cual si fuera parte integrante de
la persona que con tanta gloria lo usó en vida.
Cuando
la santa mujer volvió de su rezo, cuando entró en la cocina, cuando se acercó a
la cazuela, cuando asió el mango del violín creyendo era el hueso del jamón
(pues era corta de vista), cuando destapó, vio y tocó, cerciorándose de tamaña
profanación, su furor llegó al grado de violencia de la tragedia griega; sus
nervios se alteraron y cayó con un síncope de que no había ejemplo en su
borrascosa vida. Aquella noche, en su agitado y calenturiento sueño, vio la
irritada sombra de su esposo, tocando en el malhadado instrumento, que lanzaba
lúgubres quejidos, y a su lado a Alifonso con rabo y cuernos, teniendo en su
mano el jamón, que apoyaba en el hombro para remedar, tocando con un asador,
los movimientos del airado fantástico músico. Desde entonces, a la
supersticiosa mente de doña Visitación se adhirió con invencible fuerza la idea
de que Alifonso no era otra cosa que el demonio mismo vestido de carne humana
para su tormento.
Éstas
son las dos personas que compartían las pobrezas de Leonardo, el cual, con su
escasísima renta, que cobraba tarde y mal, sostenía la casa y daba habitación y
alimento a su desdichado amigo.
II
Leonardo
consagraba su vida y su tiempo a lo que entonces se designaba con una palabra
un poco malsonante hoy, pero que emplearemos por necesidad, a cortejar. No indica precisamente esta
voz corrompidas costumbres ni licencioso libertinaje. Más general, expresa la
ocupación, en cierto modo insulsa, de los que aman por pasatiempo y por una
especial necesidad de espíritu en que la pasión tiene muy poca parte. Leonardo,
pues, cortejaba, siguiendo la corriente poderosa de la juventud de su tiempo,
que no conocía ocupaciones de otra especie, que no tenía libros en que
estudiar, ni cátedras o tribunas donde discutir. El último tercio del siglo
XVIII y los primeros años del presente fueron la época de las caricaturas. La
de D. Juan no [29] había de faltar en
aquella sociedad, que Goya y D. Ramón de la Cruz retrataron fielmente y con
mano maestra.
Leonardo,
pobre, caído desde la altura de su noble origen a la miseria de su humilde
existencia, se ocupaba en enamorar escofieteras y tal cual petimetra de la
clase media, perdida a prima noche en los laberintos de Maravillas o Lavapiés.
Pero la indigencia no podía desmentir su alta prosapia, y ésta se manifestaba
en un presuntuoso deseo de llevar su derecho de conquista a una sociedad más
distinguida. En tan atrevida aspiración, deparole el Cielo o el infierno una
misteriosa y recatada beldad en cierta novena de San Antonio, a que asistía con
hipócrita fervor; y aquí comenzó al par que una serie de amorosas glorias y
platónicos deleites, la serie de sus grandes apuros económicos.
Era
en extremo curioso entonces ver el afán con que Alifonso componía la casaca de
su amo, dándole un corte que, si bien la dejó algo rabicorta, la asimilaba a
las que en aquellos días eran de moda entre los currutacos. Al mismo tiempo
cogía los puritos a las medias y galonaba la chupa; robaba con mucha gracia a
sus compañeros de profesión algunas esencias con que perfumar los pañuelos de
Leonardo, condición indispensable para ser caballero entonces, y, por último,
planchaba y pulía el arrugado sombrero, haciéndole pasar por joven, sobre todo
si la noche se encargaba de ocultar sus tornasoladas tintas y tapar otras
muchas inveteradas fealdades. Con este atavío, el galanteador salía a la calle
hecho un marqués, sobre todo de
noche, pudiendo así retardar lo más posible el desengaño de la dama, y ocultar
la desnudez efectiva de quien no tenía más tesoros que los de su fácil afecto.
Cuando
Muriel llegó, Alifonso hubo de hacer un nuevo alarde de su fecundo genio, pues
los vestidos del joven filósofo no eran los más a propósito para presentarse
delante de una persona como D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras. Sujetose a
prolongado tormento la única casaca que poseía; empleáronse las prodigiosas
lejías que habían rejuvenecido las chupas de Leonardo, y el sombrero gimió bajo
las planchas del hábil confeccionador, por lo cual, y mientras duraron tan
complicadas operaciones, tuvo Martín que guardar un encierro de cuatro días,
viéndose imposibilitado de visitar a la persona a quien había sido recomendado.
Ésta,
sin embargo, quiso anticiparse, tal vez deseosa de conocerle, y una mañana,
cuando menos se la esperaba, se presentó en la casa de la calle de Jesús y
María en busca de Muriel. Era el Sr. de Rotondo persona de mediana [30] edad, amable, pero
con cierto agrado empalagoso, que más parecía obra de un detenido estudio que
espontánea cualidad de su carácter. Vestía con extremada pulcritud, y en su
andar, como en sus miradas, había siempre expresión de recelo. Cauteloso o
asustado siempre, no se atrevía a dar un paso sin mirar antes donde ponía el
pie. Su vista al entrar en un sitio recorría las paredes, escudriñaba las
puertas, parecía querer penetrar en el interior de lo más reservado y oculto, y
al sentarse, sus manos tanteaban el asiento, como si temiera ser víctima de
alguna burla o asechanza. Pero en ninguna ocasión se ponía en ejercicio su
desconfianza observadora tan activamente como mientras conversaba con alguien.
El Sr. de Rotondo no perdía sílaba, ni modulación, ni gesto, ni ligera contracción
facial, nada. Su atención era provocativa, y por su parte él hablaba despacio,
como no queriendo decir palabra alguna que no fuera precedida de una seria
meditación. En general, ni su presencia, a pesar de ser persona siempre
acicalada y compuesta, ni su conversación, a pesar de ser hombre culto y con
cierto gracejo, despertaban ningún sentimiento afectuoso. No se podía mirar sin
recelo a quien era el recelo mismo. Al presentarse ante Muriel, hízole varias
cortesías con muy artificiosa finura, y después de pasear su mirada por cuantos
objetos había en la habitación, tomó una silla, y asegurándose con cuidado de
su solidez, se sentó en ella, entablando con el joven la siguiente
conversación.
III
-Mi
amigo -dijo Rotondo- el reverendo fray Jerónimo de Matamala me habla largamente
de usted en su última carta. Aquí estoy para servir a usted en lo que pueda.
-Yo
lo agradezco -contestó Martín-, tanto más cuanto que otra vez estuve en Madrid
con pretensiones parecidas y no hallé ninguna persona que se interesara por mí.
-¡Oh,
no hay que esperar nada de esa gente! -dijo Rotondo bajando la voz y como si
temiera ser oído-. Aquí hay una falta muy grande de amor al prójimo. Y lo que
usted pretende, ¿qué es?
-Que
el conde de Cerezuelo me pague cierta cantidad que a mi padre debía desde antes
de la prisión de éste. El [31] proceso no afecta en nada a esta deuda, motivada por
haber anticipado mi padre...
-Ya,
ya... -dijo D. Buenaventura, demostrando que la historia del desdichado D.
Pablo no le era desconocida.
-No
creo que esto se me niegue ahora. Yo he de ir a Alcalá muy pronto en busca de
mi hermano, a quien quiero apartar de esa maldita familia, y espero
conseguir...
-Cerezuelo
está enfermo y dominado por la melancolía. La separación de su hija, más
aficionada a la vida bulliciosa de la Corte que a las soledades de Alcalá, le
contraría mucho. Si usted pudiera lograr la protección y la recomendación de su
hija...
-Me
han dicho que es el ser más orgulloso y despótico que ha nacido.
-Es
más que eso: es cruel. Fáltale la delicada sensibilidad propia de su sexo, y su
trato desagrada a cuantas personas no se ocupan en galantearla, aspirando a
domar por el amor aquel carácter inflexible y refractario a todas las ternuras.
-Entonces
no creo que pueda favorecerme.
-Hay
que esperar poco de la gente noble -dijo don Buenaventura, prestando atención a
la voz de Alifonso, que reñía con doña Visitación en el cuarto inmediato-. La
gente noble, insubstancial y frívola para todo lo que es el servicio y mejora
del reino, no lo es para oprimir al pobre.
-¡Oh,
está bien dicho; es muy exacto! -exclamó el joven, que no esperaba declaración
semejante en el amigo íntimo del padre Matamala.
-Los
privilegios se han de acabar aquí, como se acabaron en Francia, y, o mucho me
engaño, o ese día no está lejos.
Muriel
se admiró de encontrar tan revolucionario a quien se había figurado como un
señor muy beato, enemigo, como la mayor parte, de las cosas extranjeras.
-Debe
usted dirigirse al mismo Cerezuelo -continuó el visitante-, pues aunque
influyen en su ánimo los clérigos y frailes de que está llena siempre su
casa...
-¡Clérigos
y frailes! -exclamó Martín, más asombrado cada vez del poco respeto que su
nuevo amigo mostraba hacia las instituciones
venerandas.
-Sí
-añadió el otro mirando en derredor con cierta zozobra, como si fuera muy grave
lo que pensaba decir-. Sí, la carcoma de la sociedad. ¡Oh, cuándo será el
día...! Ya sé yo que usted es filósofo; que usted ha desechado ciertas
preocupaciones. [32]
-Yo
me hallo en una situación muy especial -repuso Martín-; tengo motivos muy
positivos para aborrecer ciertas cosas.
-Usted
será, por lo tanto, hombre de acción -dijo D. Buenaventura, dirigiendo toda la
atención de su mirada hacia el rostro del joven, con ansia de leer allí sus
deseos y propósitos.
-¡Hombre
de acción! ¿Pues qué...? -exclamó Muriel como si hubiera escuchado una
revelación-. ¿Será posible aquí otra cosa que la humillante paciencia y una
deshonrosa conformidad con nuestro destino?
-¡Oh!
¡Quién sabe! Tal vez. La sociedad está muy agitada... Ya usted ve cómo está el
mundo -dijo Rotondo-. Sin embargo, conviene esperar... Ese amado Príncipe
inspira mucha esperanza.
Mientras
pronunciaba estas últimas palabras, dichas al parecer con el único objeto de
sostener la conversación por pura cortesía, D. Buenaventura mostraba en su
actitud y en sus miradas la mayor zozobra. Dirigía la vista a la puerta con
visible inquietud, alterándose en cuanto sonaba el menor ruido. Un repentino y
estrepitoso repique de la campanilla de la puerta le produjo fuerte excitación,
y se levantó agitado y nervioso, exclamando con ira:
-¡Esto
es insoportable! Me han de perseguir en todas partes. No puedo dar un paso sin
que me siga un espía.
Muriel,
sorprendido de aquel inesperado arrebato, procuró serenar a su nuevo amigo.
-Cálmese
usted -le dijo-. Mientras esté en nuestra casa, no podrá hacérsele daño alguno.
-¡Ay
de ellos si se atreven a tocarme! Su único objeto es seguirme a dondequiera que
voy, enterarse de mis acciones, ver con quién hablo y con quién me trato. ¡Oh!
¡Pero me tienen miedo!
Martín
era todo confusiones en presencia de aquel hombre exasperado e inquieto, que
hablaba con tanto calor y se creía rodeado de espías y satélites. Entretanto,
un individuo extraño entraba en la casa, y preguntando no sé por quién,
procuraba enterarse, en animado diálogo con Alifonso, de los nombres, edad y
oficio de las personas allí residentes. No tuvo el astuto barbero la precaución
o la malicia de callar, y dijo el nombre de su amo, con lo cual, satisfecho, se
marchó el curioso, dejando a D. Buenaventura, que todo lo oía desde la sala, en
el colmo de la rabia.
-¿Siempre
lo mismo! -exclamó cuando el ruido de los pasos del espía se perdió en lo más
bajo de la escalera-. Ya saben que estoy aquí, ya le conocen a usted. ¡Oh! ¡Ni [33] un momento de
libertad! Sr. D. Martín, yo necesito hablar con usted; es preciso que hablemos
largo, largo, largo.
Y
al decir esto estrechaba la mano del joven, revelando en sus ojos profundas
intenciones, con tal ademán de misterio y en tono tan grave, que la fogosa
imaginación de Muriel no aceptó la espera, y preguntó con viveza:
-¿De
qué?
-Ya
lo sabrá usted -añadió Rotondo algo aplacado de su furor-. Es preciso que nos
veamos en otro sitio; en mi casa, en cierta casa... Mañana a las diez, en la
calle de San Opropio, número 6... ¿Nos veremos? ¿Irá usted?
-Sí;
sin falta. A las diez.
-Pues
adiós.
Despidiose
afectuosamente el señor de Rotondo y se marchó, dejando al pobre Martín más
confuso que cuando le decía: «¿Usted será hombre de acción?» En verdad, el
joven más sentía gozo que pena al verse repentinamente ligado a una persona que
se quejaba de tan obstinadas persecuciones. Hostigábale en sumo grado la
curiosidad por saber cuál sería el grave asunto que iba a confiarle al día
siguiente aquel hombre singular, que en su corta visita había revelado un mundo
de ideas y acciones a la ardiente fantasía del buen volteriano. Aquel hombre
conspiraba. ¿Cuáles eran sus planes? ¿Por qué le perseguían? ¿De qué grande
idea, de qué gigantesca empresa quería hacerlo partícipe? Estas cuestiones, que
en tropel se ofrecían al entendimiento de Martín, obteniendo de él mismo mil
respuestas diversas, no podían menos de impulsar su ánimo hacia aquel hombre
desconocido. Todo lo peligroso atraía a Muriel. Todo aquello que fuese
extraordinario, aventurero, lo fascinaba. En el fondo de su naturaleza existía
latente y comprimida una actividad poderosísima que necesitaba espaciarse y
aplicarse, buscando con afán la vida exterior como el modo más propio de aquel
inquieto y siempre ávido espíritu. En él había desde mucho tiempo antes un
ardiente y secreto deseo de probar la fuerza de su pensamiento en el yunque de
la vida práctica: entreveía hechos colosales, pero vagos, de que él era
principal y vigoroso motor; mas nunca había llegado a hacerse cargo de los
medios que pudiera emplear para dejar de ser ideólogo. Así es que, cuando las
circunstancias le ofrecían probabilidades, aunque fueran remotas y muy
problemáticas, de llegar a aquella realidad tan deseada, su inquietud no tenía
límites: se avivaba la perenne excitación de su cerebro, y se complacía en dar
proporciones enormes al hecho vagamente concebido y ardorosamente esperado. Por
eso la [34] promesa grave y
misteriosa de aquel hombre no bien conocido aún, picó vivamente su curiosidad
despertando en él el vivo interés de lo maravilloso. ¿Quién sería? ¿Conspirar,
preparar alguna explosión revolucionaria, que transformara la sociedad y echara
al suelo el caduco edificio del derecho divino? ¿Sería una simple cuestión
personal de Rotondo? ¿Qué parte tenían en aquel asunto las audaces ideas que
él, filósofo indisciplinado, consideraba como su único tesoro? La curiosidad le
punzaba, como un apremiante escozor del espíritu. Pero en su temperamento,
esperar era la peor de las torturas, y su imaginación se anticipó a satisfacer
aquella curiosidad forjando mil desvaríos.
IV
Aquel
mismo día Alifonso y doña Visitación, poco después de salir la visita, eran
víctimas del mal humor del enamorado Leonardo, el cual, irritado porque no
había visto en la misa de doce de la Trinidad a la persona por quien tan
puntualmente y con tanta contrición asistía al oficio divino, creía, como suelo
acontecer en los amantes incorregibles, que todos los seres vivientes tenían la
culpa de aquella contrariedad inaudita. En vano el festivo barbero se esmeraba
en barnizar los zapatos de su amo con una solicitud demasiado servil; en vano
obedecía sus ordenes con cristiana paciencia. Leonardo no cesaba de reñirle
profiriendo ternos de varios calibres, que erizaban el cabello de doña
Visitación, dándole materia para que por tres días seguidos se estuviera
lamentando de vivir con aquellos herejes. El amartelado joven no tenía
consuelo, y dominado por el pesimismo que se apodera de los amantes cuando
experimentan un ligero revés, sea de entrevista, sea de carta, lo que menos se
figuraba era que doña Engracia (pues tenía este nombre) se había muerto; que
había sido envenenada, o gemía en las cárceles de la Inquisición, puesta allí
por la bárbara mano del intolerante sacerdote que tanto influía en el ánimo de
su madre. No es de este momento el informar al lector de quién era doña
Engracia, ni quién su madre, tipo arqueológico que el siglo decimoctavo, por
una singular complacencia, había prestado al decimonono, ni quién el amigo
espiritual y consejero áulico de esta veneranda señora. Por ahora baste decir
que Leonardo hubiera llegado al último grado de la desesperación, si un ángel
tutelar, un nuncio de felicidad no se presentara a deshora en la casa,
quitándole de pronto sus [35] melancolías y haciéndolo el más dichoso mortal de la
tierra.
Nuestros
lectores no conocen a D. Lino Paniagua, uno de los abates más ociosos y al
mismo tiempo más útiles del reinado del Sr. D. Carlos IV. Si le conocieran, ya
podían asegurar que sólo en su trato hallarían suficientes documentos
históricos para juzgar la sociedad matritense, de aquellos días. No es difícil
hacerse cargo de lo que era aquel hombre incomparable, que no desapareció de la
tierra hasta el año 1833, en que con el alma de Fernando VII se fue para
siempre de España el absolutismo con muchas de sus cosas inherentes; no es
difícil, repetimos, hacerse cargo de la poderosa entidad social que convenimos
en designar con el nombre del abate Paniagua. Algo existe hoy entre nosotros
que nos le recuerda. La publicidad propia de la época en que vivimos ha hecho
de la prensa un órgano eficaz que satisface a multitud de pequeñas necesidades
sociales. Hay en la prensa una parte llamada gacetilla, donde las luchas de la
política no logran penetrar; parte destinada a que todas las clases de la
sociedad escriban su palabra y graben sus impresiones, como esos voluminosos
libros en blanco, colocados en sitios de peregrinación para que todo viajero,
alegre o triste, jovial o aburrido, deje una señal de su paso. La vida social
tiene un álbum gigantesco e inacabable en la gacetilla. ¿Quién habrá entre
nosotros que no haya puesto en él un renglón, una frase, un garabato? El que da
un baile, el que ha perdido un perro, el que se casa, el que nace, el que se
muere, el que escribe un libro, el que lo lee, el que va a viajar, el que
vuelve, todos están allí. Ningún individuo, a no ser un hipocondríaco,
refractario a la luz de su época, como lo es el búho a la del sol, escapa a la
investigación insaciable de la gacetilla; y aun ese mismo hipocondríaco
escribirá en ella el párrafo más siniestro, si ansioso de la soledad de la
tumba, tiene un día un mal pensamiento y se suicida. Lo que pasa con las
personas ocurre también con los hechos. La función que más boga alcanza en los
teatros, el sermón que más ha gustado en la última novena, la calle que se
proyecta construir, el cuento que con más éxito circula de boca en boca, las
nieves que han caído en tal o cual punto, las telas que están en moda, el atroz
incendio ocurrido en alguna ciudad de los Estados Unidos, la pendencia que
ensangrentó las heroicas calles de las Vistillas, la grandiosa insurrección de
las cigarreras, la marcialidad de los regimientos que desfilaron en la última
parada, todos los accidentes de la vida colectiva se expresan allí, formando
día tras día como un registro [36] universal, en que los movimientos, las palpitaciones,
los gestos, aun los más insignificantes de la sociedad, quedan anotados con la
exactitud de la calcografía o del daguerrotipo. Pues bien; en la época en que
venimos refiriéndonos no existían estos órganos impresos de la vida común, que
mantienen perpetua relación entre todos y cada uno. Había, sin embargo, ciertas
entidades, pertenecientes a la especie humana, que hacían el papel de aquellos
conductos de que hemos hablado, y eran providenciales precursores de la
gacetilla moderna, del mismo modo que los correos peatones han precedido al
telégrafo eléctrico. La legislación eclesiástica se había apresurado a llenar
el vacío que en la sociedad existía, suministrándole aquellos diligentes órganos;
había creado una clase parásita con objeto de consumir el exceso de la
cuantiosa renta del clero, y como no le dio ocupación secular ni canónica, esta
clase se consagró a menesteres no siempre dignos, como traer y llevar recados,
dirigir las modas, enseñar música y cantarla en las tertulias, componer versos
ridículos, disponer el ceremonial de un bautizo, de una boda, de un entierro:
buscar amas de cría y bordar en cañamazo, cuando las circunstancias lo exigían.
Dentro del tipo general del abate había una variedad considerable, pues
mientras algunos eran hombres licenciosos y corrompidos, que se valían de su
traje, convencionalmente respetable, para penetrar con ambigüedad en los estrados, como dice D. Ramón de la Cruz, otros
eran unos pobres diablos, inofensivos a la moral pública, si es que ésta no se
vulneraba con la protección de secretos e inocentes amores, que a veces traían
grandes cismas a las familias.
El
abate Paniagua era de estos últimos. Su extraordinaria aptitud para los recados
de importancia, su memoria vastísima, en la cual guardaba como en rico archivo
todos los santos, festividades, ya fijas, ya movibles, todas las ferias,
plenilunios, solsticios y equinoccios, hacían que fuese de gran utilidad a las
familias. Tenía anotados en el registro de su cabeza el precio de los
comestibles, el nombre de los predicadores que subían al púlpito en todas las
iglesias de Madrid, los días de vigilia, el número de cintas que se ponían a
las escofietas, la cantidad de purgas que tomara tal o cual señora para curar
su inveterada dolencia, los días o meses que a otra le faltaban para llegar al
ansiado instante de su alumbramiento, y otras muchas curiosísimas cosas, que le
daban el valor de un verdadero tesoro. Era Almanaque y Guía, y su complacencia
no conocía límites; servía con desinterés por satisfacer una irresistible
necesidad [37] de su naturaleza,
que le inclinaba a aquel oficio de saberlo y contarlo todo. Así es que no había
casa en la Corte donde D. Lino no tuviera entrada; pues por un privilegio
reservado sólo a los abates, tenía estrecho lazo con todas las clases. La
aristocracia le abría sus salones, la clase media sus estrados y el pueblo le
daba agasajo en sus miserables zahúrdas. Ningún elemento social podía renunciar
a la útil amistad de aquel hombre enciclopédico que al entrar en el hogar
doméstico llevaba todo el mundo exterior, el mundo de la calle en su cerebro.
Él, por su parte, siempre fue hombre sin ambición: consumía su renta sin
aspirar nunca a acrecentarla, y parecía feliz desempeñando el papel que su
época le había encargado. Era hombre tímido, y en los círculos que frecuentaba
era tratado con agasajo, pero sin verdadero afecto. Cierta benevolencia un poco
humillante, algo parecida a la que inspiraban algunos bufones, le bastaba.
Jamás aspiró a ser objeto de un grande amor ni de un profundo respeto, pues él
mismo conocía que la índole de sus funciones no era la más propia para ocupar un
puesto digno, ni aun en aquella sociedad frívola que rastreaba por el suelo sin
grandes ideas ni altas aspiraciones. Su bondad extremada y floja voluntad
hacían cada día menos respetable su papel social; pues enternecido con las
angustias de los amantes, no podía menos de favorecerles en sus
correspondencias, y se complacía en apresurar el deseado momento del
matrimonio. Por eso tenía cierto orgullo en ser la paloma a cuyo cuello ataran
los novios sus patéticas esquelas. En cuanto una pasión estallaba en el recinto
de recatado y escrupuloso hogar, el pobre corazón herido y preso no tenía más
comunicación con el exterior que D. Lino Paniagua, diligente vehículo que
llevaba al través de las prosaicas calles de la capital las palpitaciones
ardorosas, las delicadas ternuras, los suspiros, las languideces, las
esperanzas, los sueños y desesperaciones del amor. Hacía esto el abate con
tanto más agrado y desinterés cuanto que nunca fue amado, y la pasión dormía en
su pecho callada y solitaria, tal vez porque su timidez y su mala figura le
habían impuesto silencio y obligado a la quietud en los grandes dramas de la
vida. En el fondo de la frivolidad o insubstancial ligereza de Paniagua, había
una tristeza crónica que no era ajena a aquella entrañable simpatía que le inspiraban
todos los amantes; simpatía cuya causa podría encontrarse en que una aspiración
vaga de su vida juvenil no encontró nunca ocasión de manifestarse, ni objeto a
quien dirigirse, como no fuese en un culto platónico y secreto sin ningún
accidente exterior. [38]
Por eso el pobre abate, ya en edad madura, y apartado personalmente de todo
lance amoroso, por la ridiculez de su persona y el indeleble sello de prosaísmo
que había en sus funciones, se contentaba con amar a todos los que amaban.
Padre cariñoso de todos los novios, participaba de sus alegrías y de sus penas,
les daba consejos y procuraba llevarles por el camino del matrimonio, porque
era enemigo de las uniones ilícitas y gustaba de que sus protegidos fuesen
castos, lo mismo que el billete garabateado por la pasión, que él llevaba de
una casa a otra, guardándolo en el pecho, como si su corazón solitario se
complaciera en ser tocado por aquel cariño escrito.
V
Conocida
esta persona y su importancia, se comprenderá la alegría del desesperado
Leonardo al verla entrar y al leer en su rostro la felicidad que le traía.
-¡Querido
D. Lino, incomparable abate! -exclamó abrazándole con afecto-. Siempre viene
usted a tiempo. En este momento pensaba salir para ir a su casa.
-¿Sí?
No me hubiera usted encontrado -contestó el abate, sentándose con señales de
fatiga-. Estoy fuera desde el amanecer. ¡Cuánta ocupación Sr. D. Leonardo; esto
no es vivir! No sé cómo me las componga para poder evacuar tanto negocio
importante como a mi cargo tengo. Esta mañana fui a buscar una nodriza por
encargo de la señora de Valdecabras, que se ha visto obligada a despedir a la
que tenía, por haber encanijado al niño. Al fin encontré una, recién venida de
la montaña; me han asegurado que tiene buena leche; y en efecto...
-¿Pero
no me dice usted nada de...? -preguntó Leonardo con la mayor impaciencia.
-Ya
hablaremos -dijo el abate, que no quería poner a la orden del día el peligroso
asunto objeto de su visita, mientras estuviera allí Muriel, persona a quien no
conocía-. Ya hablaremos. ¡Pero qué cansado estoy! He andado cinco horas sin
parar. Tuve también que ir a comprar veinte varas de cinta para doña Pepita y a
hablar con el pintor que ha de hacer el telón para el teatro del marqués de
Castro-Limón. Van a representar la Ifigenia.
¡Qué trajes, qué lujo! Hoy he ido también a encargar la peluca que debe sacar
Agamemnón, y las hebillas que ha de ponerse Ulises en los zapatos... porque
esta es gente de gusto. Estará de lo más lucido que en la Corte se haya visto.
Luego he [39] tenido que ir a
hablar con el prior de Porta-Coeli a ver si quiere prestar los tapices de
aquella iglesia para una función que hacen las Hermanas del Amor Hermoso en los
italianos; y después fui a ver si los arrieros de Extremadura habían traído la
galga que ha encargado el señor fiscal de la Rota. Unos amigos de la calle de
Mesón de Paredes me entretuvieron, haciéndome beber algunas copas, porque
tienen bautizo; y después marché a casa de la escofietera de doña Bárbara
Moreno para decirle el corte que debe darle al tocado que lo está haciendo para
el día de la boda de su hermana. ¡Ay!, no tengo piernas; me rindo. Y después de
tanto mareo no he podido asistir al entierro del señor oficial mayor de
Palacio, persona a quien no conocí, pero que me recomendaron después de muerto.
Tampoco he podido asistir a la función del Sacramento, donde predicaba un amigo
mío... y qué sé yo. Si no me multiplico no voy a poder vivir.
-¿Y
no ha estado usted en casa de...? -dijo Leonardo sin poder contener su
ansiedad.
El
abate miró a Martín con recelo, demostrando que los graves secretos de que era
emisario no podían comunicarse en presencia de un desconocido.
-Éste
-dijo Leonardo señalando a Muriel- es un amigo mío muy querido. Nos conocemos
desde la niñez. Le confío todos mis secretos, y él a mí todos los suyos.
-¡Ah!
-exclamó Paniagua saludando a Martín con la sonrisa en los labios-, entonces...
Pues daré a usted, señor D. Leonardo, una buena noticia.
-¿Buena
noticia? -dijo D. Leonardo- ¿Es que ha reventado doña Bernarda o ha reñido con
el padre Corchón?
-¡Oh,
no! -contestó D. Lino riendo y poniendo la mano en el hombro de su joven
amigo-. Mi señora doña Bernarda no tiene novedad, aunque las muelas le
molestaron anoche, para lo cual le he llevado hoy raíces de malvavisco. En
cuanto al padre Corchón nunca ha estado mejor que ahora, según me acaba de
decir, pues con los pediluvios se le ha quitado la ronquera, y volverá a lucir
su hermosa voz en el púlpito de San Ginés.
-¡Que
no le vea estallar como un cohete! -dijo Leonardo-. Pero a ver la buena
noticia.
-Pues
madama -prosiguió el abate con malicia-, va el domingo a la Florida con algunas
amigas y amigos, a pasar un día, a comer bajo los árboles, a saltar y brincar
al modo de la poesía pastoril. Quiere que vaya usted.
-¿Yo...
en presencia de doña Bernarda, que irá también? -dijo Leonardo. [40]
-Ella
no le conoce a usted. Yo le presento... y a propósito: yendo también su amigo,
puede arreglarse mejor la cosa. Yo les presento como que son dos forasteros,
que vienen de visitar las cortes de Europa, y al llegar a Madrid me han sido
recomendados para enseñarles las cosas de esta villa y darles a conocer en los
estrados.
-¡Qué
buena idea! ¿Vas, Martín? -preguntó Leonardo volviéndose hacia su amigo o
interrogándole más con sus alegres ojos que con la palabra.
-Vamos.
Aunque no fuera sino por hacer más fácil la presentación.
-Va
mucha gente; damiselas y petimetres. Les aseguro a ustedes que se divertirán de
lo lindo -dijo Paniagua.
-¡Oh!
¡Si no fuera doña Bernarda! ¡Si tropezara dislocándose un pie o se le subieran
los vapores al cerebro de modo que no se tuviera en pie en una semana...!
-Entonces
no iría su hija. ¡Pobre madamita! ¡Siempre tan triste...! -repuso el abate.
-¡Oh!
D. Lino -exclamó el enamorado joven- ¡Cuándo...!
-Ya
conozco sus nobles sentimientos, Sr. D. Leonardo. Merecedor como ninguno es
usted de tamaña dicha. Pero qué remedio... Esperar, esperar. Ya llegará el día.
Y como ella es tan buena, tan guapa, tan sensible... Ayer me contaba las penas
que pasó con su difunto esposo, y no pudo menos de llorar. ¡Pobrecita! Es que
el guardia de Corps era hombre cruel, Sr. D. Leonardo. ¿Ella no le ha contado a
usted de cuando la encerraba, teniéndola dos o tres días sin probar bocado? Es
cosa que parte el corazón.
-Sí,
ya sé -dijo Leonardo, a quien importunaba el recuerdo de los sufrimientos de la
discreta y sensible Engracia en vida de su esposo-. ¿Y a qué hora es el viaje a
la Florida?
-Por
la mañana. Yo vendré por ustedes. Va Pepita la del corregidor, doña Salomé
Parreño, la de Cerezuelo y otras. ¡Qué ocasión, amigo D. Leonardo!; doña
Bernarda se dormirá sobre la hierba apenas coma un bocado.
-Si
despertara en el valle de Josafat.
Pocas
explicaciones serán necesarias para enterar por completo al lector de los
amores de Leonardo. Pasaremos por alto los sucesos del período incipiente, con
los primeros pasos de aquella aventura, cuyo fin estamos muy lejos de conocer
todavía. Engracia, a quien el abate llamaba frecuentemente madama, siguiendo la costumbre de la época, era viuda de un guardia
de Corps, que no la pudo [41] martirizar más que siete meses, después de los cuales
se marchó a mejor vida, dejando a su mujer en la gloria, si bien más tarde cayó
en el temido infierno de la casa de su madre doña Bernarda, que se constituyó
en celosa guardiana. La muchacha, por demás sensible, hacía cuanto en su mano
estaba para romper la clausura en que vivía; pero los lazos a la vez domésticos
y religiosos en que estaba aprisionada, únicamente podían desatarse por la
astucia o romperse por el valor, y de ambas cualidades carecía la pobre
viudita. Ella misma no podía explicarse cómo habían nacido aquellos peligrosos
amores; pero es indudable que la propia cautela y atroz intolerancia de doña
Bernarda fueron causa de la aventura, que no era más que el ansia de libertad
expresada en la relación afectuosa con alguien de fuera, con alguien de la
calle. Tal vez había poco o ningún amor por parte de ella en las primeras
comunicaciones epistolares y visuales; pero la costumbre es poderosa en esta
como en otras muchas cosas, y al fin Engracia profesó al ilustre mendigo
verdadero cariño. La dificultad de las comunicaciones, las contrariedades que
entre uno y otro surgían a cada paso, avivaron el incendio, y la pobre viuda se
encontró doblemente presa. Incapaz por su débil carácter de tomar una solución,
esperaba en silencio a que la Providencia resolviera aquel problema, y se
contentaba con frecuentar lo más posible los novenarios y demás fiestas
religiosas, donde le era posible el culto profano de un santo semoviente, que
iba tras ella a todas las iglesias y oía todas las misas en que embebía su
espíritu, ansiosa de dejar este mundo, la buena de doña Bernarda. Respecto del
padre Corchón, teólogo eminente que dirigía el ánimo de aquella insigne mujer
no sólo en las cuestiones religiosas, sino en las domésticas, nada diremos
hasta que la imagen de hombre tan grande aparezca, llenándolo todo con su
estatura física y moral en el escenario de esta historia.
El
abate Paniagua aún tenía una misión que cumplir. Metió la mano en su pecho,
sacó un billete, y sonriendo (y aun diremos con cierto rubor) lo entregó a
Leonardo. En el billete, además de muchas ternezas y honestas confianzas, hacía
madama la misma invitación que de
palabra había expresado ya al incomparable D. Lino. No copiamos la carta,
porque habíamos de hacerlo con fidelidad, y las muchas faltas de ortografía de
que estaba plagado aquel patético escrito, rebajarían el ideal tipo de la joven
e interesante viuda. Las mujeres más novelescas suelen despoetizarse con su pluma, y aquélla no estaba libre de la común [42] flaqueza gramatical
propia de su sexo. Dejemos la carta relegada a profundo olvido y conservemos a
su bella autora resplandeciendo en la altura del idealismo, muy por encima de
la vulgaridad de sus garabatos.
Cumplido
el objeto de la visita, se levantó Paniagua para marcharse. Entonces pudo
Muriel observar mejor la pobre facha del corredor de asuntos amorosos. Era D.
Lino pequeño y débil como un sietemesino; y no se concebía cómo aquellas
piernecitas tan cortas y endebles podían trasladarlo de un punto a otro de
Madrid con tanta actividad, para traer y llevar los infinitos recados que a su
cargo tenía. Esta mezquindad de piernas y su voz atiplada y aguda como la de un
niño eran los rasgos característicos del ser físico, como la debilidad y la
complacencia lo eran del ser moral. Su cabeza era de configuración rara, y la
bóveda del cerebro era semejante al polo ártico de un medallón: allí residía en
perenne actividad el órgano de la protección a los amantes. De modales
flexibles, de gran movilidad en la cintura y pescuezo, el cuerpo de Paniagua
había nacido para doblegarse, lo mismo que su espíritu existía para complacer.
No inspiraba aversión, ni afecto, y el respeto propio de su traje
semieclesiástico se combinaba con el desprecio inherente a su frívolo oficio
para producir un resultado de indiferencia, que era lo que realmente inspiraba
a todo el mundo.
Capítulo
III
La sombra de Robespierre
I
A
la hora fijada por el Sr. de Retondo, Muriel tomó el camino de la calle de San
Opropio, ansioso de satisfacer su curiosidad. Llegó, y después de mirar el
número de algunas casas, se paró ante una que mostraba ser antiquísima, de
enorme y desigual fachada, y en tal estado de deterioro, que parecía mantenerse
en pie por milagroso equilibrio. Las ventanas y puertas cerradas, la total
carencia de vidrios y cortinas, indicaban que allí no podía vivir ningún ser
humano. Acercose Muriel a la puerta, la empujó y entró, hallándose en ancho
zaguán, que daba a un patio, desierto y sucio, donde las maderas y las piedras [43] hacinadas en
desorden indicaban que alguna parte interior de la casa se había venido al
suelo. Pasó el zaguán, cuyo piso era de puntiagudos y mal puestos guijarros, y
entró en el patio, que recorrió con la vista buscando un ser viviente. No se
sentía el más insignificante ruido. Dio algunas palmadas, pero nadie apareció;
llamó de nuevo con más fuerza, y el eco de su palmoteo se perdió en aquel
recinto solitario y misterioso. De repente, y cuando prestaba atención con más
cuidado, esperando oír los pasos de alguna persona, sintió una voz que resonaba
allá dentro en punto muy recóndito de la casa; voz lejana, pero muy fuerte, que
decía: «¡Danton, Danton; pérfido Danton!» Muriel, a pesar de no ser
supersticioso, no pudo prescindir de cierto temor, y permaneció un momento
absorto. La voz continuó al poco rato y más lejana, diciendo: «¡Danton,
Danton!», y el eco de estas palabras se perdía como si la persona que las
pronunciaba estuviera cada vez más lejos.
Llamó
otra vez, y entonces sintió el rechinar del gozne de una puerta. Alguien venía.
Miró al ángulo del patio, por donde parecía haberse sentido aquel rumor, y vio
aparecer, saltando y cacareando, nada menos que a una gallina. Muriel estuvo a
punto de reír al ver quién salía a recibirle. Al fin había visto algo vivo en
tan desierta casa. Ya se dirigía hacia aquella puerta, cuando salió una vieja
que, corriendo tras el travieso volátil, le dirigía toda clase de apóstrofes con
muestras de gran enfado: «¡Anda bandolera, retozona, callejera, mala cabeza,
loquilla!» Y al mismo tiempo la buena mujer describió con su tardo e inseguro
andar los mismos círculos del rebelde animal, hasta que al fin éste,
comprendiendo su deber, se entró a buen paso por la puerta; cerró la vieja,
profiriendo al mismo tiempo nuevos denuestos sobre las tendencias de
emancipación de la gallina, y por fin se dirigió a Muriel, preguntándole:
-¿A
quién busca usted?
-
Al Sr. de Rotondo.
-¿Al
Sr. de Rotondo? -dijo la vieja, dudando qué respuesta debía dar-. El Sr. D.
Buenaventura... no está.
-¿No
está? -dijo Martín con asombro-. Me ha dicho que a las diez... ¿Volverá pronto?
-No
lo sabemos. Pero puede usted esperar. Ahí está el tío Robispier.
-¿El
tío Robispier? -preguntó Muriel con
la mayor extrañeza al oír un nombre que le parecía corrupción del de
Robespierre-. ¿Y quién es ese hombre? [44]
-Así
le llamamos, porque siempre está con ese nombre en la boca. Como está mal de la
cabeza... -dijo la vieja llevándose a la sien su dedo índice.
-¿Loco?
-Sí.
Parece que lo embrujaron allá, cuando estuvo. ¡Y qué hombre tan cabal era el
Sr. D. José de la Zarza hace cuarenta años! Era un santo varón, muy devoto de
la Virgen. Dicen que por un pecado que cometió, Dios le ha castigado cuajándole
el cerebro. Puede usted subir. No hace daño. Si quiere usted esperar al Sr. D.
Buenaventura...
Muriel
se sorprendía cada vez más, y ya estaba tan vivamente picada su curiosidad, que
resolvió subir, como le indicaba la vieja. La soledad y el vetusto aspecto de
la casa, la anciana haraposa, que parecía una emanación del estiércol y los
escombros acumulados en el patio; hasta la aparición de la gallina, único ser
que intentaba alegrar con su juvenil cacareo aquel triste recinto, todo
contribuía a aumentar el misterioso estupor que al oír la palabra Danton, resonando dentro como un eco
infernal, había sentido,
-Suba
usted -dijo la vieja-. El tío Robispier no
hace daño. Hoy le toca escribir, y no se le puede hacer levantar los ojos de
sus garabatos. Grita mucho y parece que se va a tragar a uno, pero no hace
nada. ¡Pobre Sr. de la Zarza! Yo, que conocí a su mujer allá por los años... sí
-añadió recordando-, fue cuando el Sr. D. Carlos III echó de España a los
jesuitas. Doña Rosa tenía un hermano en el Colegio Imperial, y fue preciso
esconderlo. Era amigo de mi difunto, que murió en la guerra del Rosellón...
Martín,
decidido a esperar a Rotondo, y curioso al mismo tiempo por ver al misterioso
personaje de quien la viuda del ilustre mártir del Rosellón le hablaba, subió
precedido por ésta. Los peldaños de la escalera, cediendo al peso de los pies,
crujían y chillaban en discordante sinfonía; los restos de un artesonado, que
se caía pieza a pieza, mostraban que aquella mansión había sido suntuosa allá
por los tiempos en que el Sr. D. Felipe V vino a España, y alguna vieja, descolorida
e informe pintura, conservada aún en la pared, demostraba que las artes no eran
extrañas a los que allí vivieron. Muriel atravesó un largo pasillo donde el mal
olor de las húmedas y olvidadas habitaciones producía gran molestia, y al fin
llegaron. La vieja se paró ante una puerta, y permitiéndose una sonrisa, en que
se unían groseramente la burla y la conmiseración, señaló adentro, indicando al
joven que entrara. Detúvose Martín, miró al interior, y vio en el centro de
espaciosa sala a un [45]
viejo que, sentado junto a una mesa y violentamente encorvado, escribía,
expresando gran exaltación. El cuarto no podía estar más en armonía con el
personaje: espesa capa de polvo cubría el suelo y los objetos, y todo allí era
confusión y desorden. Disformes y mutilados muebles se veían colocados en un
testero; mugrientas ropas cubrían un jergón puesto sobre tablas, y algunas
armas rotas y mohosas yacían en un rincón en compañía de un arpa vieja y de
unos vasos de tosco barro. Muchos papeles y legajos cubrían parte del suelo, lo
mismo que la mesa, cargada también con el peso de varios libros y de un tintero
en que mojaba su pluma con frenética actividad el extraño habitador, de aquel
tugurio.
Martín
le observó antes de entrar: era un hombre de aspecto decrépito, flaco y
apergaminado. Cubríase con una especie de sotana verdinegra y raída, que
parecía ser su único traje, formando sobre sus carnes como una segunda piel, y
en toda su persona revelaba un abandono que sólo en locos rematados pudiera ser
permitido. Con mano trémula escribía sin cesar, mojando la pluma a cada
instante, y siempre con el rostro tan inclinado sobre el papel, que la nariz y
la péñola parecían trabajar de acuerdo en aquel borrajear infatigable.
Murmuraba alguna vez voces ininteligibles, siempre sin interrumpirse, y al
concluir una hoja del cuaderno en que escribía, la volvía sin cuidarse de
secarla, y continuaba en su trabajo con precipitación febril. Ya hacía un momento
que Martín le contemplaba, cuando volvió el rostro hacia la puerta, y exclamó
con alegría:
-Mi
querido Saint-Just. Al fin vienes. Entra, entra.
Quedose
más absorto Muriel al oírse llamar de aquella manera; mas la voz y ademanes del
pobre hombre no le infundieron temor, y entró.
II
-No
puedo descansar ni un momento -dijo el loco, escribiendo de nuevo con la misma
velocidad y ahínco-; este informe ha de estar concluido dentro de dos horas. No
hay más remedio; es preciso que se acabe el Terror, y el Terror no se acaba
sino sacrificando de una vez a todos los malos ciudadanos. Quedan todavía
muchos en el seno mismo de las Comisiones. Todos irán a la guillotina.
Acercose
Muriel y notó que aquel hombre trazaba sobre el papel rasgos y garabatos que en
nada se parecían a los [46]
signos de la escritura. No escribía, pintaba una especie de rúbrica
interminable.
-¿Y
qué es lo que escribe usted? -preguntó Martín.
-¡Oh!
¡El informe! Robespierre lo lee mañana en la Convención. Vendrá pronto por él.
¡Y aún lo estoy empezando! ¿No vas esta noche a los jacobinos?
-Sí,
pienso ir -dijo Muriel, buscando un tema de conversación con el loco-. ¿Y tú,
irás?
-¿Pues
no he de ir? -contestó el viejo, apartando la vista del papel-. Es preciso
proponer de una vez al pueblo que confiera el poder supremo al gran
Robespierre. ¡Pero hay aún tantos miserables! ¡Infame Tallien, infame Collot de
Herbois, miserable, Barrère!
-Vamos,
ya ha escrito usted bastante -dijo Muriel, queriendo obligarle a entrar en
conversación-. Descanse usted.
-¡Oh!,
no, estoy empezando -contestó el pobre Zarza-, y he de concluir dentro de dos
horas. Si viene Robespierre y no está concluido... Es preciso organizar la
República, organizarla tomando por base la justicia, que emana del Ser Supremo.
-Sí,
eso es cosa urgente -dijo el joven.
-Una
vez proclamado el Ser Supremo, es preciso buscar en él el origen de la
justicia. Robespierre, Robespierre: si hubiera semidioses, tú serías uno de
ellos. Tú serás el árbitro de la República. Los malvados que te estorban el
paso serán aplastados. Aún la guillotina no ha cercenado todas las cabezas de
víbora que impiden el triunfo completo de la verdad. Fue preciso sacrificar a
la familia real, y se sacrificó; fue preciso sacrificar a los girondinos, y los
veintidós malvados fueron al cadalso. Aún no bastaba; fue preciso acabar con
todos los vendidos a la emigración, a los realistas, a todos los malos
patriotas, sobornados por los vendeanos, y se creó el Tribunal revolucionario.
Aún no era suficiente; fue preciso extirpar a los dantonistas, hombres venales
y corrompidos que deshonraban la República, y todos, llevando a la cabeza al
pérfido Danton, presumido hasta la hora del suplicio, marcharon a la
guillotina. Aún no bastaba; fue preciso inmolar a cuantos parecieran cómplices
del complot extranjero, y el proceso de Cecilia Renault dio ocasión para
derribar muchas cabezas. Aún no basta; faltan algunos traidores por inmolar.
Ánimo: un esfuerzo más, y Francia quedará libre de pícaros. Quedan pocos.
Audacia hasta el fin, Robespierre, y serás el cerebro de la República.
Al
concluir esta desordenada serie de imprecaciones que [47] pronunciaba con creciente agitación, el infeliz dejó
de escribir, arrojó la pluma lejos de sí, y se levantó, comenzando a dar paseos
de un ángulo a otro del cuarto con mucha prisa y zozobra. Muriel estaba algo
impresionado por el violento lenguaje de aquel hombre. Al oírle evocar con
tanta energía, y dominado por una especie de fiebre, los principales
acontecimientos de la Revolución francesa, su asombro tenía algo de terror, sin
que lo atenuara el considerar que de las palabras de un demente no debía
hacerse gran caso. Fijando la vista en el desgraciado anciano, pensó en la
serie de desventuras que sin duda le trajeron a tan miserable estado y en la
triste historia que irremediablemente había precedido a su enajenación. Pensó
preguntarle algunos antecedentes de su vida, mas se contuvo por temor de
apartarle de aquella interesante locura que le hacía expresarse con tanto
calor, refiriéndose a sucesos propios para excitar la más reposada fantasía.
Resuelto a hacerle hablar más en el mismo sentido, Muriel le dijo:
-¡Más
sangre, todavía más sangre! ¿Crees que aún no hemos derramado bastante?
-¿Bastante?
-dijo el loco, parándose ante Martín-. No; hace falta más, más. Cuando Mr. Veto
pereció en la guillotina, se creyó que bastaba; pero no, el mal tiene hondas
raíces, Saint-Just, y es preciso extirparlo por completo.
-¿Te
acuerdas de Mr. Veto? -preguntó Muriel, deseoso de que refiriese aquel caso.
-¡Que
si me acuerdo! Yo entré con el pueblo en las Tullerías el 20 de junio. ¡Qué
bien lo habíamos preparado! El infame Capeto insistía en poner el veto a la ley sobre el clero: el pueblo
quiere elevar una petición al trono rogándole que retirara aquel maldecido veto. Este era el motivo aparente de
aquella memorable jornada; pero la causa real era que el pueblo quería pisar
las alfombras de palacio, pasearse como único dueño y señor por los salones de
las Tullerías, y ver cara a cara al descendiente de cien reyes, trémulo y
humillado. El pueblo quería poner su mano sobre el hombro del hijo de San Luis
en señal de que no hay poder, por orgulloso y fuerte que sea, que no ceda ante
la majestad de la nación. No puedo darte idea, querido Saint-Just, del aspecto
de aquella muchedumbre que desfilaba por París ocupando todas las calles desde
el Marais hasta los Fuldenses. Hombres, mujeres, niños, todos animados del
mismo encono contra Mr. Veto y la
Austriaca desfilaban con algazara, llevando en sus manos armas, trofeos,
banderas, palancas, asadores, garrotes, andrajos enarbolados a manera de
estandarte; todo lo que cada uno [48] encontró más a mano y podía llevar con más
desembarazo. Un tarjetón llevado en alto por un carbonero de la calle de San
Dionisio, decía: «La sanción o la muerte». En una bandera que enarbolaba una
mujer, se leía: «¡Tiembla, tirano: tu hora ha llegado!» Yo pude improvisar un
cartel, en que escribí: «¡Mueran Veto y su mujer!» Otros llevaban en lo alto de
un palo vestidos desgarrados e infames harapos con que se quería simbolizar la
venganza de la miseria popular, enseñoreada ya del mundo y más poderosa que los
reyes. Detrás de Lambertina de Mericourt, que arengaba con su ronca voz al
gentío, gritando: «¡Vivan los descamisados!», iba Santerre, que había llevado
sus guardias nacionales a fraternizar con nosotros. El marqués de Saint Huruge,
patriota exaltado, me daba el brazo, y detrás de mí iban Henriot y Lesouski.
Marat gritaba ebrio de furor, y Camilo Desmoulins reía como ríen los locos, con
una carcajada que infunde espanto. Un hombre llevaba en una pica un corazón de
buey con un letrero que decía: «Corazón de aristócrata», y las gotas que de
este horrible despojo manaban nos caían en el rostro a los más cercanos, de tal
modo que parecía que alguien nos escupía sangre desde el cielo.
Aquel
entusiasmo en que se mezclaba a un furor frenético una alegría delirante, nos
hacía horribles: causábanos terror nuestra propia voz y cada uno se espantaba
de los demás. Ninguno era dueño de sí mismo; todos habían abdicado su persona
ante la colectividad y cada cual dejó de ser un individuo para no ser más que
muchedumbre. Palpitante, furiosa, ronca, ebria, llega ésta a la sala del
Picadero, donde estaba la Asamblea, y se empeña en desfilar ante ella. Se
oponen los constitucionales; pero los girondinos y jacobinos quieren que
entremos. La discusión fue larga, y al fin entramos. ¡Qué espectáculo! Más de
treinta mil desfilamos ante los diputados aterrados o absortos, y ante el
gentío de las tribunas que nos aplaudía con frenesí. Nuestros andrajos y
nuestra miseria se pasearon ante la majestad de la representación nacional como
poco después ante la majestad del rey. Blandíanse allí dentro los sables y se
agitaban las picas y banderolas con una amenaza, indicando a los diputados del
pueblo que éste podía quitarles el Poder y despojarles de todo prestigio, como
aquéllos habían hecho con la dignidad real. El corazón de buey que destilaba
sangre, y la horca portátil de que pendía la efigie de María Antonieta,
hicieron estremecer de horror a todos los hombres allí reunidos; nuestros
gritos ensordecían el recinto: chillaban los chicos, vociferaban las mujeres y [49] todos añadíamos un
rugido o una imprecación a aquel infernal concierto.
«¡A
las Tullerías, a las Tullerías!», dicen mil voces, y corremos allá. En vano se
quiere oponer la fuerza de algunos gendarmes y granaderos al impulso
incontrastable del pueblo. Derribamos las puertas del Carrousel, penetramos en
el patio, algunos artilleros quieren oponérsenos, pero los dispersamos
arrebatándoles un cañón, que subimos después en brazos al piso principal del
palacio. Forzamos la puerta real, ocupamos el gran pórtico y nos precipitamos
por las escaleras gritando: «¡Mr. Veto,
Mr. Veto! ¿Dónde está Mr. Veto?»
Recorrimos las salas y galerías. La multitud no podía expresar lo que sentía al
ver reproducidas en los espejos del palacio de los reyes de Francia sus
hambrientas caras, los jirones de sus vestidos, sus desnudos miembros
fortalecidos por el trabajo, al oír repetido en la concavidad de las suntuosas
salas el eco de su ruda e imponente voz, que entonaba en discordante algarabía
el himno informe de sus agravios satisfechos, de su secular injuria vengada. La
plebe estaba más orgullosa y enfatuada que nunca en aquellos momentos Sólo una
débil puerta la separaba de Luis XVI, del rey ungido, que, rodeado de su
familia, temblaba como la hoja del árbol, creyendo que el menor movimiento de
aquel gran monstruo que se le había entrado por las puertas lo aniquilaría con
su mujer y sus hijos. La plebe entraba en palacio no como esclava, sino como
señora; no iba a pedir, sino a mandar. Mr. Veto sería pronto en sus manos lo
que es un juguete en las de un niño. La plebe se reía anticipadamente de la broma,
y aquella algazara jovial, resonando bajo los ricos artesonados construidos con
el oro de cien generaciones de despotismo, parecía la expresión de venganza de
los siglos, la gran carcajada de la Historia, que así se burla de los más
orgullosos poderes.
La
pica que yo llevaba fue la primera que golpeó la puerta que nos separaba del
rey. La puerta cedió, y entramos. Mr. Veto se ofreció a nuestra vista pálido y
humillado: le devorábamos con nuestras miradas, centenares de sables amenazaban
su cabeza, y los muchos emblemas irrisorios o amenazadores que llevábamos, lo
mismo que el corazón de buey, se presentaron a sus atónitos ojos como la
expresión concreta de nuestro resentimiento. «¿Dónde está la Austriaca? ¡Abajo
el Veto! ¡Queremos el campamento en las cercanías de París!», exclamaban
algunos. Un ciudadano se adelanta hacia el rey y le ofrece su gorro frigio. El
rey se lo pone. Otro ciudadano se acerca con un vaso y [50] una botella y dice: «Si amáis al pueblo, bebed a su
salud»; y el rey bebió esforzándose en sonreír. Esto, que parecía un sarcasmo,
era en la plebe la sincera idea de la igualdad. Quería no elevarse hasta el
rey, sino hacerle bajar hasta ella. No se contentaba con la concordia entre el
trono y el pueblo, sino que aspiraba a la familiaridad.
La
muchedumbre hubiera podido inmolar a Capeto con toda su familia en aquel
momento; pero si alguno tuvo intenciones en este sentido, la mayoría de los
manifestantes las sofocó: algunos se enternecieron, advirtiendo la debilidad
del contrario. ¡Ah! Los papeles se habían trocado. El hombre cuya voluntad
disponía a su antojo de veinticinco millones de seres, temblaba sobrecogido y
aterrado ante unos cuantos individuos del pueblo. ¡Qué momento aquél! Todas las
angustias, toda la ignominia, toda la miseria de tantos siglos estaban
vengados. El pueblo no podía haberse mostrado más digno, dada su condición y su
estado. Respetó la persona del rey, y si expresó su deseo en formas rudas y
violentas, es porque no se le había enseñado a hablar de otra manera. Los
sentimentales dirán que aquello fue una profanación salvaje; se llenarán de
horror y cerrarán los ojos con repugnancia y asco al recordar los innobles
vestidos de la muchedumbre, su falta de pulcritud y de cultura, el desenfado de
las mujeres, las embriagadas voces, los aullidos, los pisotones, la hediondez,
la espuma de los labios, el fulgor de los ojos, la insolente apostura de
aquella gente desenfrenada. Los sentimentales clamarán al Cielo, y dirán:
«¡Plebe soez, canalla, gentuza, mal nacida!» ¡Ah, malvados, pérfidos
aristócratas, verdugos del pueblo! No sólo queréis atar nuestros brazos para
que no os hieran, sino que intentáis también tapar nuestra boca para que no os
maldigamos. Habéis considerado al pueblo durante siglos enteros como traílla de
esclavos; os habéis enriquecido a sus expensas, guardándoles menos
consideración que la que os merecen vuestros perros de caza y vuestros
halcones. ¡Miserables aristócratas! Habéis formado una casta privilegiada,
rodeada de inmunidades, de garantías, de riquezas, y queréis perpetuarla,
vinculando en ella todo el poder de las naciones. La inteligencia, el valor, la
sensibilidad que en los demás hombres pudiera existir, ha de quedar relegada al
olvido; calidades y virtudes perdidas en el océano de la miseria general, como
las perlas en la profundidad de los mares. No hay más vida que la vuestra. ¡Ah!
¡Viles aristócratas! La guillotina funcionando noche y día no bastará a vengar
al mundo de vuestros atropellos. Robespierre, aún quedan muchos. Mata, mata sin
cesar. [51]
El
demente calló obligado por la fatiga que le debilitaba y enronquecía su voz.
Muriel lo escuchaba con aterrados ojos. Creía tener delante al genio decrépito
de la Revolución francesa expiando con una espantosa enfermedad del juicio sus
grandes crímenes; genio a la vez elocuente y extraviado, sublime por las ideas
y abominable por los hechos.
III
-Algunos
-continuó La Zarza- entraron en el cuarto inmediato donde estaba la Austriaca.
Yo no sé lo que allí pasó; pero, según me dijeron, hubo mujeres que se
enternecieron ante la reina y otras que la insultaron. También el Capetillo
hubo de ponerse el gorro frigio. ¡Qué irrisión del Destino! En otra ocasión, su
madre hubiera creído que sólo el aliento de un hijo del pueblo haría daño al
ilustre niño, y en aquella ocasión el desdichado se sofocaba entre la multitud,
recibiendo de sus pulmones el aire plebeyo de la miseria en que vivimos. «Ya
hemos destronado a Luis XVI», dije yo a Legendre, el carnicero, cuando
bajábamos la escalera de las Tullerías. «Sí -contestó él-, le hemos puesto la
caña en las manos y el Inri en la
frente». -«¡Qué pequeña es la majestad mirada de cerca -decía Camilo-; es como
las decoraciones de los teatros! Desde fuera, ¡cuán hermosas! Nosotros hemos
entrado hoy entre bastidores, y nos hemos complacido en dar de puntapiés a los
figurones de cartón que antes nos parecían magníficas estatuas».
Concluida
la demostración, la muchedumbre se desbandó, no sin aclamar antes a Petión, al
rey Petión, a quien llevamos en hombros un buen trecho. ¡Oh, qué días aquellos!
Después han pasado muchas cosas, y algunos, no pocos, de los héroes de aquel
acontecimiento, han perecido después por haber hecho traición al pueblo. Éste
es inexorable. Sus largos sufrimientos lo disculpan del sistema de no perdonar.
Aquel mismo Petión fue proscrito un año después. Los más eminentes de entre los
girondinos, los héroes del 10 de agosto, subieron al cadalso. ¡Traidores! Yo
recuerdo bien el día en que esto sucedió.
-Cuéntalo,
cuéntalo -dijo vivamente Muriel, a quien impresionaba la relación del infeliz
demente.
-No
-contestó-. ¿Crees que puede perderse el tiempo en conversaciones? Tú eres un
holgazán, Saint-Just; tú no tienes más que lengua. Te pasas el día charlando,
cuando [52] la República está en
peligro. Es preciso salir de esta situación. El informe de Robespierre que
estoy escribiendo ha de poner término al Terror por el exceso del mismo. Todos
los malos ciudadanos perecerán bien pronto. Es preciso escribir ese informe. Robespierre
viene; ya siento sus pasos. Escucha.
Al
decir esto, el infeliz prestaba atención señalando al exterior, donde no se
sentía ruido alguno. Por el contrario, el silencio era grande, y unido a la
obscuridad que allí reinaba, hacía más imponente la escena. Muriel no pudo
menos de sentir cierto calofrío al ver que el loco, inmutado el rostro, se
volvía hacia uno de los ángulos de la sala, como si hubiese allí alguna persona
a quien miraba con atención.
-¡Ah,
Robespierre! -exclamó el loco señalando hacia el sitio donde su enferma
fantasía veía la imagen del célebre convencional-. Robespierre, el día ha
llegado; no lo dejes pasar. No tiembles; coge con mano fuerte el Poder que está
en las uñas de una Asamblea envilecida. ¿Estás airado, hombre divino?... ¿Qué
tienes? Maximiliano, Maximiliano, valor. Es preciso un esfuerzo más; la
guillotina espera las últimas víctimas.
Muriel
observaba aquello con espanto, y los informes objetos que en el cuarto había,
la escasa luz, la impresión causada en su ánimo por el anterior relato,
parecían contribuir a hacerle partícipe de la alucinación del desdichado La
Zarza. Éste continuaba hablando con el espacio y se paraba a intervalos
escuchando, como si le contestara el supuesto fantasma.
-¡Hombre
divino! -continuaba el viejo-. El pueblo te adora. No temas a esos infames de
las Comisiones. Tú triunfarás. No lo crees, y me señalas tu cuello manchado de
sangre. No, tú no irás a la guillotina. Si vas, yo te acompaño; morir contigo
es asegurar la inmortalidad. Los jacobinos son tuyos. Aquella tribuna es tu
trono. El pueblo correrá a defenderte. Preséntate en la Convención con tu
informe, y ¡ay del que se atreva a ser tu enemigo!
Alzaba
tanto la voz y se agitaba tanto en su diálogo con la sombra, que Muriel ya se
sentía mortificado con aquel espectáculo. Solo en tan vasto y solitario
edificio, cuyos únicos habitantes parecían ser una gallina, una vieja y un
furioso; en aquella habitación sombría, ocupado por el recuerdo vivo de una
época histórica interesante y terrible a la vez; oyendo las desentonadas voces
de un hombre que hablaba con la Historia, con la muerte, con lo desconocido.
Martín no pudo resistir a un sentimiento supersticioso. [53] Su imaginación creyó ver surgiendo de la ennegrecida
pared del fondo la imagen de un hombre con desencajados ojos, ancha frente,
puntiaguda nariz y labios rasgados y finos, que avanzaba lentamente sin que sus
pasos se sintieran; mirándole con terrible expresión y señalando su propio
cuello, del cual salía un chorro de sangre que inundaba la habitación. Muriel
se levantó cubriéndose el rostro con las manos y salió de allí. No había dado
dos pasos por el corredor, inundado de luz, cuando ya reía de su supersticioso
miedo. La gallina cacareaba en el patio, y la vieja la reprendía por su
desenvoltura.
Un
rato estuvo apoyado en el antepecho del corredor, entregado a sus meditaciones.
Desde allí oía los gritos del insensato, cuya manía más le causaba asombro que
risa. Trataba de explicarse el origen de tan rara demencia, y al mismo tiempo
quería representarse de nuevo las escenas que acababa de oír contar, cuando de
pronto siente una mano sobre su espalda. Estremécese todo; se vuelve
rápidamente, y ve una cara animada por dos ojos muy vivos, de nariz pequeña y
puntiaguda, frente espaciosa y labios muy delgados, que se rasgaban en una
singular sonrisa, la misma cara que creyó ver poco antes en el fondo obscuro de
la habitación. Dio un grito de espanto, pero ¡ay!, ¡qué tontería!, era el Sr.
de Rotondo.
Esta
serie de impresiones fue rápida como un relámpago. Sentir el peso de la mano en
el hombro, volverse, dar un grito de espanto al ver aquella cara y después
reconocer a D. Buenaventura, fue obra de un segundo. ¡Cuántas veces nos ocurre
que al primer golpe de vista no reconocemos la fisonomía que más acostumbrados
estamos a ver! Estos errores son instantáneos, y cuando la aparición nos coge
de improviso, que es cuando generalmente ocurre el fenómeno, nos preguntamos:
«¿Quién es éste?» Y es nuestro amigo más conocido, tal vez es la persona en
quien vamos pensando en aquel momento.
IV
Muriel
había visto a Rotondo tan sólo una vez; pero recordaba bien su fisonomía. No
sabemos si había relacionado ésta con la imagen de Robespierre, que conocía en
estampa. Quizás.
-Le
he asustado a usted -dijo sonriendo-. Ya sé que ha estado usted entretenido con
las locuras del pobre Zarza. [54]
-Me
ha impresionado, no puedo negarlo -dijo Martín-. Yo no había visto locos así.
Me ha contado varias cosas con una elocuencia, con un calor...
-¡Oh!,
sí: dentro de su manía es inimitable. No disparata sino cuando escribe el
informe. Hace diez años lo está empezando. El infeliz me gasta algunas arrobas
de papel y algunas azumbres de tinta al año. Ya habrá usted visto cómo
emborrona un cuaderno sin escribir nada. Habla a todas horas con Robespierre,
como usted ha oído, y así pasa la vida.
-¿Y
este hombre, quién es?
-Su
historia sería larga de contar. Es un desgraciado; yo le tengo ahí recogido por
lástima; porque fui amigo de su familia hace muchos años. Si yo lo abandonara
serviría de diversión a los chicos por esas calles.
-¿Pero
él ha presenciado los sucesos que refiere? -dijo Martín.
-Ya
lo creo: todos. Fue a Francia con Cabarrús. Este pobre Zarza tenía talento y
mucha imaginación. Aquí fue siempre muy filósofo, y hasta llegó a escribir
algunas obras. En Francia abandonó a Cabarrús. Aquellos acontecimientos le
excitaron en extremo, y pocos tomaron parte con más calor que él en las
sediciones y motines de tan afamada época. Fue primero gran amigo de Barbaraux
y después de Robespierre, a quien sirvió mientras el uno tuvo razón y el otro
vida. Furibundo jacobino, fue comprendido en las últimas proscripciones del
Terror, y encerrado en la Abadía mucho tiempo, esperaba la muerte todos los
días. La larga prisión, el pavor que le infundía la guillotina, la humedad del
calabozo, le hicieron contraer una penosa dolencia. Cuando después de sano lo
pusieron en libertad, estaba loco. Unos españoles le trajeron acá y en esta
casa vive hace diez años.
-Es
particular -dijo Muriel, preocupado con la historia del desdichado Zarza.
-Pero
dejemos eso, y vamos a hablar de nuestras cosas -dijo Rotondo llevando al joven
a una habitación algo decente, que abrió con llave-. Siéntese usted y hablemos.
Fray Jerónimo de Matamala me decía que era usted un hombre de bríos y de ideas
muy arraigadas. ¿Desea usted hacer fortuna?
-Nunca
he sentido ambición de lucro -dijo Muriel-. Lo que me ha preocupado noche y día
es un deseo muy grande de influir para que este país se transforme por completo
y cambie parte de su antigua organización por otra más en armonía con la edad
en que vivimos. [55]
-Eso
es lo que yo deseo -contestó Rotondo-. Pero usted será de esos que quieren
hacer las cosas a sangre y fuego. ¿Eh?
-No
sé; creo que es difícil antes de hacer las revoluciones decir cómo se han de
hacer. Los medios se vienen a las manos cuando se está con ellas sobre la masa.
-Bien
dicho. ¿Pero usted no cree que la astucia es mejor que la fuerza?
-La
astucia no sirve de nada cuando es preciso destruir -dijo Martín-. Si usted
quisiera echar al suelo esta casa, ¿emplearía la astucia?
-Ciertamente
que no -contestó riendo D. Buenaventura-. Pero quiero decir... Aquí hay
enemigos terribles... los frailes, los aristócratas. ¿No le parece a usted que
atacando de frente tales enemigos hay peligro de ser derrotado? ¿La
insurrección, cree usted que por ese camino...?
-No
sé -dijo Martín-; si en el orden natural de las cosas está que España se
transforme por ese medio, así pasará. Si no...
-Supongamos
-dijo Rotondo- que hay aquí un partido que desea esa transformación; supongamos
que ese partido es numeroso; ¿no sería el mejor camino aspirar a apoderarse de
las riendas del Estado, y después...?
-¡Qué
ilusión! Aquí no se apoderan de las riendas del Estado sino los guardias de
Corps, que han agradado a alguna elevada persona. Con el absolutismo no hay
salvación posible. Es preciso que todo el edificio venga a tierra, y no por
medio de la astucia, sino por medio de la fuerza.
-Veo
que es usted un hombre atrevido -dijo Rotondo con complacencia, sin duda,
porque Muriel era como él lo quería-. Vamos a ver: ¿cómo arreglaría usted este
asunto?
-No
aspiraría a que mis ideas principiaran por apoderarse del mando. Las haría
cundir por el pueblo para que éste obligase al rey a aceptar una Constitución,
y si el rey se oponía... La Zarza le diría a usted lo que era conveniente
hacer.
-Pues
es usted un hombre decidido, y por lo mismo creo que está usted llamado a
figurar... Hay aquí muchos hombres de corazón que están dispuestos a... -dijo
Rotondo deteniéndose, como si temiera ser demasiado explícito-, dispuestos a
hacer esa transformación que todos deseamos.
Muriel
comprendió ya que aquel hombre conspiraba. El objeto y el fin político es lo
que aún no conocía.
-Ya
usted debe comprender -continuó D. Buenaventura- que el primer obstáculo que ha
de echarse a tierra [56] es
ese miserable e insolente favorito que nos deshonra y nos arruina. Usted debe
saber que hay un Príncipe de grandes esperanzas, que merece el respeto y la
admiración de todo el reino. Carlos no puede seguir en el trono. Es preciso
hacerle abdicar, y que se vaya con su mujer y su Manuel a otra parte. Es
preciso acelerar el reinado del Príncipe.
Y
se detuvo un momento leyendo en el rostro de Muriel el efecto que aquellas
declaraciones le habían causado. El joven, que estaba silencioso y meditabundo,
habló al fin, después de hacer esperar un breve rato a su interlocutor, y dijo:
-Bien;
se trata de elevar al trono a Fernando. ¿Cree usted que con eso ganaremos algo?
Todo quedará lo mismo. La cuestión es distinta. Esta gente no aprende nunca. Lo
mismo Fernando que Carlos se opondrán a desprenderse de una parte de su poder.
El absolutismo no abdica nunca. Hay que hacerle abdicar.
-Bien;
pero poco a poco. Pongamos a Fernando en el trono, y después...
-Después
quedará todo como está ahora.
-¿Quién
sabe? El Príncipe es despabilado...
-¿Pero
usted -dijo vivamente Muriel- está empeñado en algún complot? No puede ser
menos. Las persecuciones de que me habló ayer, esto que ahora ha dicho...
-Diré
a usted, amigo -indicó Rotondo cuando se hubo repuesto de la sorpresa que tan
franca pregunta le produjo-. Yo deseo, como ninguno, el bien de mi patria. Yo
no tengo ambición; soy medianamente rico. ¿En qué mejor cosa pudiera ocuparme
que en procurar la caída del infame Godoy?
-¿Pero
quién se ocupa seriamente en eso con plan fijo y ordenado? Porque yo creí que
la animosidad que contra él existe no pasaría de la impopularidad para llegar a
la insurrección.
-Sí
llegará -dijo Rotondo-, llegará; por eso buscamos gente decidida; jóvenes que
se asocien a tan grande idea.
-¿Luego
hay conjuración? ¿Pero es simplemente para quitar al que nos gobierna y poner a
otro, quizá peor? ¿No hay en eso ninguna idea política, ningún plan de reforma?
-Eso
después se verá -dijo D. Buenaventura contrariado de encontrar a Muriel menos
complaciente de lo que creyó al principio-. Por ahora...
-Yo
creo que de ese modo no adelantamos un paso.
-¿No
se asociaría usted al pensamiento? ¿No comprende usted que cuantos aspiren a
reformas políticas deben empezar [57] por quitar de en medio la corrupción, la venalidad,
la insolencia, la ignorancia, que están personificadas en ese ruin favorito?
-Así
parece -repuso el joven, los ojos fijos en el suelo y como abstraído-. Pero...
¿y si no se consigue nada? ¿No sería mejor desde luego...?
-Usted
sueña con un cataclismo: pues lo habrá. Se puede unir el nombre de Fernando a
una idea de reformas. Bien; si usted lo quiere así...
Don
Buenaventura se apresuraba, a cambiar de rumbo. Era preciso fingir cierta
conformidad con las ideas exageradas del ardiente joven.
-En
nuestra bandera -añadió- cabe todo eso. Como usted ha dicho antes muy bien, una
vez que se está con las manos sobre la masa es cuando se sabe qué medios se han
de emplear.
-Bien
-dijo Martín con expresión que demostró a don Buenaventura la dificultad de que
ambos llegaran a avenirse-. Pero todo hombre que toma parte en una conjuración,
debe saber cuál es el objeto de ésta. Si hay unas cuantas personas decididas
que trabajan con objeto de derribar a Godoy y para hacer aceptar al nuevo rey
una Constitución, yo soy de ésos. Si no, tan sólo sería instrumento de
ambiciosas miras, contribuyendo a conmover el país, sin hacerle beneficio
alguno.
-Sí;
deben hacerse esas reformas -afirmó Rotondo ya bastante atolondrado-; pero
antes... ¿no le entusiasma a usted la idea de ver por tierra al célebre Manuel?
Muriel
no contestó; estaba profundamente pensativo. D. Buenaventura casi se sentía
inclinado, a pesar de su natural reserva, a ser más explicito, confiándole
pormenores de la conspiración; pero temía revelar secretos importantes a una
persona que no se había mostrado desde el principio muy favorable a la idea. Le
mortificaba que Martín no se hubiera entusiasmado con su pequeño plan
revolucionario, porque los informes que el padre Matamala le había dado del
joven, hacían esperar que fuera más dócil a las sugestiones de quien le ofrecía
posición, fortuna y gloria. Creía que la imaginación del filósofo provinciano
se excitaría con facilidad ante un porvenir de luchas y triunfos. Su desengaño
fue grande al ver que picaba más alto. Rotondo, en medio de su despecho,
conoció la superioridad, y experimentó, respecto a él, un sentimiento en que se
mezclaba cierto respeto a la conmiseración. Al mismo tiempo sentía el haber
comenzado a tratar con un hombre que rechazaba sus proposiciones; no podía
menos de deplorar la [58]
impericia del padre Jerónimo, que le había mandado un filósofo, cuando no se le
había pedido sino un charlatán. Quiso, sin embargo, hacer el último esfuerzo, y
dijo:
-Estoy
seguro de que le pesará no seguir mis consejos.
-Si
usted me entera con más franqueza de ciertos pormenores; si usted me dice
quiénes son las personas altas o bajas que se interesan en la misma causa; si
usted me da noticia de las influencias extranjeras que pueden intervenir en
semejante asunto, tal vez yo me comprometa.
-¡Oh!
Me pide usted demasiado -replicó el otro en el colmo de la confusión, al ver
que el que exploraba como instrumento quería ser motor.
Aquel
orgullo irritó un poco al Sr. de Rotondo, que cada vez sentía crecer al humilde
recomendando del padre Matamala. El brazo quería convertirse en cerebro. Lo que
podía ser útil podía trocarse en un peligro. Era preciso batirse en retirada
por haber dado un paso en falso.
-No
puedo hacerle a usted ese gusto -continuó-. Lo que usted me pide es demasiado.
Parecía
que era ya imposible la avenencia después de la pretensión de uno y de la
negativa del otro. Arrepentíase Rotondo de su ligereza, y para no romper
bruscamente sus frescas relaciones con el joven exaltado por temor de que su
enemistad le perjudicara, le dio a entender que esperaba convencerle en una
segunda conferencia.
-El
no podernos arreglar hoy, no quiere decir que no lo intentemos otra vez -dijo
con disimulada amabilidad-. Yo ando perseguido como usted sabe; no podré ir a
su casa con frecuencia. Pero si usted quiere, aquí nos veremos. Esta casa no es
mía; pero la tengo alquilada, y aquí me reúno con ciertos amigos para
desorientar a mis perseguidores. Nadie me ve entrar ni salir. Estamos seguros.
Si usted desease verme algún día... ¡Ah! Ya recuerdo que me necesita usted para
que le recomiende al señor conde de Cerezuelo.
-Es
verdad: hemos de vernos... -dijo Martín con frialdad.
-En
la otra cuestión espero convencerle a usted -añadió D. Buenaventura
levantándose, como para hacer ver a Martín que no había inconveniente en que se
marchara.
-Lo
veremos -murmuró Martín deseoso ya de salir de aquella casa.
Atravesaron
el corredor en dirección de la escalera. Al pasar por delante de la puerta del
cuarto donde se espaciaba en su magnífica y elocuente locura el desdichado La
Zarza, el joven se detuvo a contemplar de nuevo aquel raro [59] ejemplar de la
insensatez humana. El loco había cesado de perorar con la sombra de
Robespierre, y se ocupaba en redactar su inacabable informe con la misma
diligencia que antes. Cuando advirtió la presencia de aquellos dos bultos que
le interceptaban la luz, se volvió hacia ellos, y con terrible voz exclamó:
«¡Todos, todos a la guillotina!»
Capítulo
IV
La escena campestre
I
-Acepta
el brazo del Sr. D. Narciso y no seas tan desabridota -decía por lo bajo a su
hija la buena de doña Bernarda al entrar por la alameda central del paseo de la
Florida.
Obedeció
la desventurada Engracia, más convencida por la elocuencia de un disimulado
pellizco que su madre le dio en el brazo que por las palabras transcritas, fiel
expresión de aquel espíritu intolerante y autoritario. La comitiva avanzaba, y
todos estaban alegres, especialmente el citado D. Narciso, quien, como
vulgarmente se dice, no cabía en su cuerpo de satisfacción. ¡Infeliz! Pocas
veces contaba en el número de sus glorias la de llevar del brazo a la
interesante y hermosa viuda. En el transcurso de su larga aspiración amorosa no
había tenido ocasión de contemplar durante medio día, bajo los árboles y en
delicioso y apartado sitio, la melancólica y dulce faz de la que él, fanático
admirador de la poesía de Cadalso, llamaba su
ingrata Filis. Pero la hija de doña Bernarda (digamos esto en honor suyo)
no podía ver ni pintado a D. Narciso Pluma, a pesar de ser éste uno de los
jóvenes de más etiqueta que había en
su tiempo: pulcro en el vestir, poético en el hablar y en todo persona de muy
buen gusto. Su apellido le sentaba perfectamente, y no porque fuese amigo de
las letras, sino porque su persona era tan acriforme como su carácter, toda
suavidad, toda refinamiento, toda sutileza. Así como otros tienen la vanidad de
su talento o de sus riquezas, Pluma tenía la vanidad de su vestido, y blasonaba
de usar los más delicados perfumes con la variedad [60] que la moda exigía; de peinarse con un esmero y pompa
que recordaba el siglo anterior, fecundo en prodigios capilares, y de usar en
sus corbatas y pecheras las más finas blondas de las fábricas nacionales y
extranjeras. Pluma era rico y podía consagrar seis horas de cada día a los
cuidados de su tocador, ocupando las restantes en pasear por Platerías o por el
Prado y en visitar la gente de etiqueta en
los principales estrados de la Corte. Aquí su influencia y prestigio era
grande; adoraba al bello sexo y era admirado por los hombres como un apóstol de
la moda, «Pluma, ¿hacia qué lado debe inclinarse el pico del sombrero, hacia el
derecho o hacia, el izquierdo?» «Pluma, ¿deben las puntas de las orejas quedar
dentro o fuera del corbatín?» «Pluma, ¿qué chupas son de más etiqueta, las de lista verde o las de lista encarnada?»
Éstas eran las cuestiones que se sometían a la ortodoxia de D. Narciso,
poniéndole a veces en gran aprieto. Si se trataba de organizar un minueto, las
damas decían: «Eso Pluma es quien lo entiende». ¿Se trataba de dar un
concierto? «Pluma dirá si se toca la jota
o algo de El matrimonio secreto».
En el juego de prendas, Pluma era un asombro, y por esta y otras cualidades el
aéreo y sutil petimetre era denominado el Bonaparte
de las tertulias.
-En
verdad, doña Engracia -decía avanzando, como hemos dicho, por la alameda
central de la Florida-, ya no sé qué pensar de tantas esquiveces. ¡Oh! ¡No hay
hombre más desgraciado! Mi corazón es demasiado sensible para resistir a tantos
rigores. Anoche no hubo desaire que no me hiciera usted en casa de Porreño.
-¿Sí?
Pues no lo había reparado -dijo la viuda abanicándose con precipitación.
-Es
imposible -continuó el amartelado petimetre- que no haya alguno que me dispute
ese corazón, para mí de roca y para otro de alcorza. ¿Es cierta mi sospecha?
-Podrá
ser -contestó la dama con evidente hastío y mirando las copas de los árboles,
que encontraba sin duda más bellas que el rostro de su galán.
-¿Y
ese pago tienen mis desvelos, mis lágrimas, el constante y religioso amor
que...?
-Pluma,
por Dios, ¡Sr. de Pluma! -exclamó doña Bernarda, que detrás y a poca distancia
venía-, hágame usted el favor de darme el brazo, que no puedo dar un paso más.
Este diablo de zapatero... ¡Oh! Dios me perdone la mala palabra, pero estos
zapateros...
Diciendo
esto tomó el brazo del enamorado mancebo, que renegó de verse en la precisión
de remolcar la mole de doña Bernarda, cuyo andar, molesto y perezoso de suyo, [61] se había agravado
aquel día por una torpeza del maestro de obra prima.
-De
seguro no hubiera elegido este zapatero, si usted no me lo recomendara como el
mejor de Madrid -dijo con avinagrado semblante la dama.
-Yo
señora... Y la verdad es que tiene fama; ¿quién puede negarlo? Para hacer
calzado de gusto...
-¿Le
parece a usted que es de gusto el que yo tengo ahora? ¡Virgen del Tremedal!
-exclamó sudando el quilo y echando todo el cuerpo sobre el brazo izquierdo del
joven-. ¡Ha sido mucha ocurrencia la de estas niñas! Lo que estas criaturas no
inventan... traerme a mí a estas fiestas de campo...
-Ya
están allí Susana y Pepita -dijo Engracia impaciente porque había visto a sus
amigas al extremo del paseo.
-¿Ya
quieres echar a correr? ¡Tal criatura! Y yo que no puedo dar un paso. Por Dios,
Pluma, no ande usted tan aprisa.
En
el mismo momento Engracia desasió su brazo del de D. Narciso y se dirigió con
paso muy ligero al encuentro de sus amigas, que se habían anticipado un poco y
no llevaban en su compañía a una doña Bernarda que necesitara ser arrastrada.
-¿Ve
usted qué retozona? -dijo ésta con mal humor-. ¡Oh!, no se la puede contener.
Pluma
miró al cielo. Tenía el corazón lacerado por aquella violenta emancipación de
la arisca y linda viuda. Resignose con su cruel destino y continuó tirando de
doña Bernarda, que parecía haberse convertido en plomo.
-Don
Lino nos prometió venir -dijo Salomé Porreño, joven celebrada por su belleza,
si bien convenían muchos en que no despertaba su vista ningún sentimiento
afectuoso.
-Sí
-añadió Susana- y ha prometido traer a dos caballeros que dice vienen del
extranjero.
-¡Cuánta
cosa tendrán que contar! -dijo Engracia, sin duda por disimular cierta
turbacioncilla, que de nadie fue reparada.
Daremos
a conocer sucesivamente y conforme el diálogo lo exija, a estas damas y a las
demás personas que concurrieron a aquella memorable escena campestre. Ya nos es
conocida doña Bernarda con su hija, y el nunca bien ponderado Pluma, flor de
los petimetres. Además estaba allí doña Susanita Cerezuelo, doña Salomé
Porreño, jóvenes ambas que pertenecían a las más esclarecidas [62] familias. También
era ilustre, aunque no tan bella como sus tres amigas, Pepita Sanahuja, poetisa
fanática por Meléndez, la cual deliraba por la literatura pastoril; y
completaban la fiesta una dama acartonada y severa de la familia de Cerezuelo,
y un tal D. Santiago, marqués de no sabemos qué, hombre de edad madura e
incurable idólatra del bello sexo. Algunas de estas personas tendrán
participación muy principal en los sucesos de esta historia.
-¿Puede
nada compararse a la hermosura del campo? -decía doña Pepita cuando, elegido el
sitio de reposo, se sentaron todos sobre la hierba-. Y eso que aquí no vemos
más que un mal remedo de los prados frescos y alegres de que hablan Garcilaso y
Villegas. Aquí ni ovejas con sus corderos saltones y tímidos, ni pastores
engalanados y discretos, aquí ni arroyos que van besando los pies de las
flores, ni dulce son de los caramillos repetidos por la selva, ni...
-Yo
creo que es preciso tomar una determinación -dijo Engracia, riendo:
-¿Qué?
-Prohibir
que se hable de cosas pastoriles. Si ésta nos va a empalagar todo el día con
sus cayados, sus recentales y arroyos, excusado es haber venido aquí y no
habernos reunido en una Academia.
-¡Ay,
Pepa! es verdad lo que ésta dice -declaró Susanita-; olvídate hoy de tus
libros, y deja en paz a los pastores.
-¡Ay,
hija! -dijo la literata con notable mal humor-, vuestro prosaísmo tiene
disculpa, allá en las casas de Madrid; pero aquí, en presencia de la
Naturaleza, debajo de estos árboles... No sé cómo no os dan ganas de exclamar:
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«Mira, Delio; yo tengo un
corderillo |
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blanco, de rojas manchas salpicado, |
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cuya madre, al dejarle en un tomillo, |
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murió de un accidente no esperado; |
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apliquele a otra oveja...». |
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-¡Jesús!
-exclamó Engracia, interrumpiéndola.
-Esto
no se puede soportar. Ya tenemos el pastoreo en campaña. ¡Pepa, por Dios, no
nos aburras ahora con tus zagalas y caramillos!
-No
puedo prescindir de mi inclinación. El prosaísmo no ha entrado todavía en mi
cabeza -contestó la apasionada [63] de Meléndez con un mohín desdeñoso-. La verdad es que
no hay tormento mayor que la superioridad de cultura y de gusto.
-Yo
no sé -observó la de Cerezuelo- de dónde han sacado los poetas esas pastoras
que pintan tan finas, con tales vestidos y modales. Yo he vivido en el campo y
no he visto en medio de los rebaños más que hombres zafios, tal vez menos
racionales que las reses que cuidaban.
-¡Ah!,
es mucho cuento la tal poesía pastoril -dijo Engracia, complaciéndose en
mortificar a su discreta amiga-. ¿Y cuando se dicen aquellas ternuras y se
ponen a llorar junto al tronco de una encina, diciendo tales tonterías que no
se les puede aguantar?...
-¡Qué
prosaísmo, qué deplorable gusto! -dijo la poetisa en tono despreciativo-. ¡No
comprender la sutileza de la ficción! Pero a bien que estamos acostumbrados a
oír disparates.
-Pluma,
¿le gusta a usted la poesía pastoril? -preguntó la de Porreño al atontado
petimetre, que después del acarreo de doña Bernarda había cogido el suelo con
mucha gana.
-¿Qué
pienso? -contestó, perplejo entre aparecer prosaico, renegando de la poesía, o
incurrir en el desagrado de la viuda, emitiendo una opinión contraria-.
Pienso... Es cuestión delicada. El buen gusto de nuestra época -añadió,
tratando de pasar por erudito y agradar a todos los presentes-, el buen gusto
de nuestra época exige que esa cuestión sea estudiada con detenimiento. Yo he
leído a Longo, Anacreonte, Teócrito, Gesner, Garcilaso, Villegas, y es fuerza
confesar que hicieron églogas muy buenas. Estos de hoy no les llegan a la suela
del zapato; y así, puedo decir que la poesía pastoril me gusta y no me gusta,
según y cómo, pues... ya ustedes me entienden.
-Nos
ha dejado enteradas -dijo Engracia-, y es lástima que no recuerde lo que decían
esos señores Hongo, Acronte, Pancracio, para que se lo cuente ce por be a Pepita.
Pluma
miró al cielo y apuró la burla sin atreverse a decir palabra.
Mientras
el elemento joven se expresaba de este modo, el Marqués, doña Bernarda y la
dama acartonada y severa, que dijimos era de la familia de Cerezuelo, habían
formado corrillo aparte y trataban de muy diferente asunto. Es de advertir que
aquella dama, de quien hasta ahora no conoce el lector ni el nombre, era mujer
de muy elevado espíritu; y no porque fuera literata en la forma y modo de
Pepita [64] Sanahuja, sino
porque tenía pretensiones de desempeñar en el mundo un papel importante,
influyendo en los negocios de Estado con su intriga y sus consejos. El ideal de
la señora doña Antonia de Gibraleón era la princesa de los Ursinos. En vida de
su esposo, que había sido consejero de Castilla, trataba a los personajes más
eminentes de la corte de Carlos III y Carlos IV, y en su casa hallaba la gente
grave de entonces un punto de reunión donde dar rienda suelta a la chismografía
política. Ella había fortalecido con el frecuente trato de tales eminencias su
aptitud para el gobierno de estos reinos,
como solía decir; y más de una vez trató de poner en práctica su talento,
urdiendo cualquier intriguilla en las antesalas de Palacio, si bien el éxito no
correspondió a sus esperanzas. Cuando la política estaba en los camarines y en
las alcobas, el papel de estas matronas era de gran importancia en la vida
pública; hoy las riendas del Estado han pasado a mejores manos, y las Maintenon
y las Tremouille viven condenadas a presidir desde el rincón de una sala de
baile, bostezando de fastidio, las piruetas de sus hijas y los atrevimientos de
sus futuros yernos. Doña Antonia de Gibraleón tuvo la desgracia de nacer un
poco tarde, y sólo sirvió para que el siglo decimonono tuviera pruebas vivas
del carácter de su antecesor. Nunca había logrado su objeto, nunca tuvo parte
en los reales Consejos, que fue la
aspiración de toda su vida, y pasaba ésta devorada por el fuego de su propia
inteligencia, encontrando todo muy malo, y creyendo el mundo cercano a su
perdición, porque ella no era llamada a dirigirle. Su vanidad era inmensa, y
siempre que refería cosas pasadas, tenía en la boca estas o parecidas frases:
«Aranda me dijo...». «Yo le dije a Floridablanca...». «Campomanes me
preguntó...». «Si Esquilache hubiera seguido mis consejos...».
-¿Con
que tendremos guerra con el inglés? -preguntó el Marqués, deseoso de oír la
opinión de doña Antonia sobre tan importante asunto.
-Están
los negocios en tales manos -contestó la Diplomática con afectación- que no
digo yo con el inglés, pero hasta con el ruso hemos de tener guerra.
-¡Ay!
-exclamó doña Bernarda, introduciendo su opinión en el elevado consejo del
Marqués y doña Antonia-. El mundo está tan revuelto que no sé adónde vamos a
parar con tanta herejía. Ese hombre que anda de ceca en meca trastornando los
reinos, ese Sr. Napoleón es el mismo Patillas en persona, que todo lo enreda.
Yo no sé cómo no le dan un escarmiento a esa buena pieza. [65]
-¡Qué
malo está todo! -dijo el Marqués-. Dios quiera que no nos metan a nosotros
también en guerra.
-Mire
usted, señor Marqués -dijo la de Gibraleón con la gravedad de un Jovellanos-:
mientras subsistan los Tratados que ha celebrado con Bonaparte el ministro
Godoy, estamos con un pie en la paz y otro en la guerra. ¿Quiere usted que le
diga mi opinión? Pues España debía entrar en relaciones con Pitt y unirse a la
Inglaterra para...
-¡Por
los mártires de Alcalá, doña Antonia! -exclamó doña Bernarda, interrumpiendo la
profunda opinión de la Diplomática, no me hable usted del inglés; ése es peor
que todos. No quiero nada con esos luteranos ateos. ¡Que Mahoma cargue con
ellos!
-Sin
embargo, Albión... -declaró doña Antonia picada de la estrafalaria interrupción
de aquella mujer profana, ajena a los grandes secretos de la diplomacia-.
Albión es un país poderoso, y los ingleses muy buenos hombres de Estado. Mi
esposo tenía relaciones con Pitt el mayor y con Burcke; y yo misma he tratado
aquí en Madrid a...
-¡Por
Dios, Antoñita! -replicó con evidente horror doña Bernarda-. ¿Usted ha recibido
en su casa a esa gente anglicana? Yo tengo idea de que todos son perdidos,
charlatanes y mentirosos. No hay más que oírles aquella lengua estropajosa para
conocer que no pueden hablar verdad.
-¡Qué
horror! -dijo la Diplomática, riendo de la ingeniosa ignorancia de su amiga.
-Es
indudable que los ingleses saben lo que se hacen -añadió el Marqués, para que
la de Gibraleón comprendiera que él también sabía quién era Pitt y Lord Chatam.
-¿Y
el inglés va contra Napoleón? -preguntó impaciente doña Bernarda, ya interesada
en la política europea.
-Son
enemigos a muerte -repuso doña Antonia.
-Ellos
todos son unos: el hambre y la necesidad. Pero que se entiendan allá en París y
en Francia, y no vengan a revolver a España, que muy bien nos estamos aquí sin
batallas. Pues el otro que se viene llamando emperador, porque le ganó a los
turcos esas batallas de Mostrenco y
de no sé qué, de que habla tanto la gente...
-De
Marengo querrá usted decir -apuntó doña Antonia, riendo de muy buena gana-. En
cuanto a los turcos, no creo que estuvieran en esa batalla.
-No
entiendo yo de esas retóricas. Lo que es el tal señor [66] Napoleón sí que es una buena pieza. El padre Corchón,
que es el que me ha contado las diabluras de ese hombre, no le llama sino Nembrón o no sé qué.
-Nembrot será -indicó doña Antonia, que
tenía cierta complacencia benévola en corregir las patochadas de su amiga.
-Ahí
viene el abate Paniagua con dos caballeros -dijo el Marqués señalando al
extremo de la alameda, donde es distinguían los tres personajes indicados.
-Ya
está ahí D. Lino -añadió la de Cerezuelo.
-Y
vienen con él otros dos -observó Engracia, tratando de disimular la turbación,
que, merced a sus esfuerzos, por ninguno fue notada.
-Me
parece que a uno de ellos lo he visto yo en alguna parte -dijo Salomé-; aquel
más bajo... El de alta estatura me es desconocido.
II
-Madamas
-dijo D. Lino al llegar con sus dos amigos frente al grupo-, tengo el gusto de
presentaros a estos dos caballeros que, aunque españoles de nacimiento, hace
muchos años que viajan por el extranjero, y han visitado todas las Cortes de
Europa. Ahora vienen a Madrid y me han sido recomendados para que les enseñe
las cosas de esta villa, dándoles a conocer en los más célebres estrados.
-Nosotros
-afirmó Leonardo-, ya desde este momento podríamos marcharnos, asegurando
delante de tanta hermosura que habíamos visto lo mejor de Madrid. Pero más que
a partir, este conocimiento que a D. Lino debemos nos induce a quedarnos.
-¿Y
qué les parece a ustedes esta Corte? -preguntó el Marqués.
-¡Oh!,
deliciosa, tónica. Ya está esta gente bastante adelantada -contestó Leonardo-.
Las comidas, así tal cual; pero las casas veo que ya se adornan con cornucopias
y lunas, y van desterrándose las armaduras y los cuadros.
-¿Y
no les sorprende la belleza de las madrileñas? -preguntó Pluma deseoso de
entablar con el forastero un diálogo que le permitiera sacar a relucir su rico
arsenal de conceptos y frases galantes.
-En
Madrid no hay hoy una cara que se pueda mirar. ¡Qué fealdades!, ¡qué groseros
ademanes! -dijo Leonardo.
-Es
cierto. Eso será favor... -dijeron las damas sin [67] comprender el sentido de la aparente barbaridad que
acababan de oír.
-¿Cómo?
¿Que no hay hermosura? -dijo Pluma con afectado enojo; pero en realidad,
contento de que el joven forastero, cuyo expansivo y simpático carácter podía
agradar a las damas, se rebajase en el concepto de éstas por su falta de
galantería.
-No
-dijo Leonardo-. Hoy en Madrid no hay hermosura. Toda está en la Florida.
-¡Ah!,
lo decía usted por... -murmuró Salomé, la última que comprendió tan culta y
alambicada fineza.
-Pluma
-dijo la de Cerezuelo-, ¿tiene usted el olor de azahar?
-¡Oh!,
sí: ¿cómo podía olvidárseme? -contestó el petimetre sacando oficiosamente
varios pañuelos y oliéndolos uno tras otro -Este es clavel, este jazmín...
este... Aquí está el azahar.
Y
se lo dio a la joven, que no bien hubo aspirado la esencia, se volvió hacia el
Marqués diciéndole:
-Señor
Marqués, ¿ha traído usted las pastillas?
-¿Las
quieres de fresa, de goma, malvavisco, de rosa o membrillo? -dijo el viejo
sacando una caja en que estaba aquel arsenal antiespasmódico refrigerante.
-De
rosa -contestó la dama, tomándola.
Mientras
este diálogo y otros parecidos tenían lugar en el primer corrillo del grupo, en
el segundo la Diplomática hacia a Muriel la siguiente pregunta:
-¿Y
cómo han dejado ustedes ese mundo? ¿Qué se dice por allá del Tratado de San
Ildefonso? ¿Está todo tan revuelto como parece desde aquí?
-Sí,
señora -contestó Muriel-. Lo más doloroso es que por la torpeza de Godoy nos
veremos comprometidos en una guerra con Inglaterra, que ya anda en persecución
de nuestros barcos. Napoleón prepara una nueva campaña contra Austria y Prusia.
-Ya
me lo presumí -prosiguió doña Antonia, satisfecha de ver que la conversación se
remontaba a la altura de su talento-. El año pasado por este tiempo dije que
Napoleón no se contentaba con ser primer cónsul, sino que aspiraba a puesto más
alto, y acerté. Hace tiempo que le veo emprender una nueva campaña, y no me
equivoco.
-Ciertamente
que no.
-Oiga
usted, caballerito -dijo doña Bernarda, haciendo temblar a la Diplomática, que
se preparó a oír una atrocidad-, ¿asistió usted, por desgracia, a la coronación
de Napoleón? [68]
-No,
señora; Napoleón no se ha coronado todavía, ni se coronará hasta que vaya el
Papa a París.
-Pues
me habían contado de una ceremonia muy extravagante que hicieron cuando se
convirtió en emperador. Dicen que como ha llegado a conseguir la corona por
artes del demonio, celebró una función para el caso en una Iglesia de París,
después de haber matado a todos los sacerdotes y quemado todos los santos.
Napoleón se puso un manto hecho con pieles de sapo y una corona de un metal
negro o no sé de qué color; después de haber hecho la parodia de quien dice una
misa, alzando por cáliz un vaso lleno de brebajes, hizo varias cabriolas, y un
paje vestido de demonio le alzaba la cola. Luego las damas, todas muy
deshonestas y sin cubrirse el seno, adoraron un cabrón que había puesto en un
altar, y todos bailaron con gran algazara, haciendo tales gestos...
-¡Jesús,
qué cosa más horrible! ¡Qué indecencia! -exclamaron las damas.
-¿Quién
le ha contado a usted esos despropósitos? -preguntó la Diplomática, avergonzada
de que los dos forasteros oyeran tales majaderías.
-En
eso no debe haber exageración -dijo Pluma, adoptando como siempre el justo
medio.
-El
padre Corchón me lo ha contado y él lo debe saber porque es persona de mucha
lectura -contestó doña Bernarda.
-Señora
-dijo Muriel con gravedad-, parece increíble que haya en estos tiempos
superstición bastante para creer tales cosas. Ese padre Corchón que se lo ha
contado a usted, debe ser uno de esos frailes soeces que se gozan en turbar el
ánimo de las personas sencillas, llenándolas de supersticiones y extraviando su
entendimiento con errores estúpidos.
-Pues
se equivoca usted grandemente, señor extranjero o lo que sea -replicó con mucho
enojo doña Bernarda-. El padre Pedro Regalado Corchón no es ningún fraile de
misa de once, sino un padrazo que sabe más que los de Atocha. Pluma, Engracia,
¿no habéis oído las pestes que ha dicho este señor del venerable Corchón?
¿Cuándo se ha visto mayor atrevimiento? ¡Llamar bestial a semejante hombre, a
un santo... a un sabio que tiene ya escritos catorce libros que pesan cada uno
dos arrobas, sobre la Devoción al señor
San José! Pero, Pluma -añadió más acalorada-, ¿no sale usted en su defensa?
A fe que si el ofendido estuviera aquí no se dejaría maltratar.
-La
verdad es -dijo Pluma tímidamente- que el [69] padre Corchón es un hombre eminente, es una lumbrera
del Santo Oficio, a que pertenece.
-¡Ah!,
¿es inquisidor? -añadió Martín-. Perdonen ustedes si me ocupo de una persona a
quien no conozco; pero esta señora ha atribuido a ese venerable la invención de
la ceremonia que nos ha referido, y eso, con la circunstancia de ser
inquisidor, me confirma en el juicio que he formado.
-Concluya
la cuestión -dijo la Diplomática, a quien no desagradaba el brusco desenfado de
Muriel-. Si inventó la ceremonia diabólica que usted nos ha contado, amiga mía,
esos catorce tomos sobre San José no serán ninguna maravilla. La verdad es que
esos señores suelen enseñarnos unas cosas...
-Pero,
Antoñita -dijo la madre de Engracia-, ¿también usted está contaminada de
herejía?
-No
ha dicho sino que esos señores suelen enseñarnos cosas muy malas, y ha dicho
muy bien -contestó Muriel, saliendo a la defensa de la Diplomática, como ésta
había salido antes en defensa de él-. Ha dicho la verdad; porque la plaga
enorme de clérigos y frailes que tenemos aquí, para desdicha y pobreza nuestra,
no sirve para otra cosa que para divulgar los más dignos errores y envilecer al
pueblo en la superstición. Turba de holgazanes, devoran la principal riqueza de
la nación sin producirle beneficio alguno. No digo que no haya excepciones y
que algunos entre ellos no sean modestos y sabios; pero, en general, son
soberbios, ignorantes, lascivos, pérfidos y glotones. La religión en ellos no
es más que una mercancía y Dios un pretexto para dominar al mundo.
Pronunciadas
estas palabras, un solemne silencio reinó en aquella pequeña asamblea, dominada
por el estupor. La primera que rompió aquel silencio fue doña Bernarda, que
mirando a todos azorada y confusa para leer en los semblantes el efecto
producido por tan heréticas y extranjeras
palabras, dijo:
-¡Pero
Señor, Dios mío! ¿Se ha escapado este hombre de alguna casa de orates? Pluma,
¿qué dice usted? ¿Señor Marqués?... Bendito Dios, ¡qué horror! Antoñita, ¿ha
oído usted? Yo estoy temblando todavía. Dios nos ha castigado por haber venido
a divertirnos en vez de estar haciendo penitencia. Engracia, ¿no te dijo que
este día no podía acabar en bien? Estoy sofocada; si no fuera por este maldito
zapato, ahora mismo me iba a rezar a la ermita de San Antonio.
-No
se asusten ustedes -decía D. Lino por lo bajo a las muchachas-, este señor es
algo extravagante. Habla mal [70] de los frailes; no lo puede remediar, ¡Que le hemos
de hacer!
-Su
compañero de usted es hombre atroz -dijo Pluma a Leonardo, con objeto de
interrumpir la conversación que éste había entablado con la hermosa viuda.
-La
verdad es que esta conversación sobre emperadores y sobre frailes no es propia
de un día de campo -dijo a Salomé la literata doña Pepita-. Cuando el
espectáculo de la Naturaleza y la belleza de los árboles convida a los entretenimientos
poéticos y a recordar los bellos pasajes de los grandes escritores, nada más
desagradable que escuchar a este hombre sombrío y brusco.
-Repara
con qué atención le escucha Susana -dijo Salomé por lo bajo-. Parece que tiene
gusto en oír tales desatinos.
-Ya
sabes que a Susana le gusta todo lo raro -contestó la idólatra de Meléndez-.
¡Pero qué sosa está la reunión! Tengo unas ganas de saltar sobre la hierba...
No sé yo para qué han traído la guitarra y las castañuelas.
-¿Y
va usted a estar mucho por Madrid? -preguntó a Muriel la Diplomática, deseando
mudar de conversación para que se calmaran los agitados nervios de doña
Bernarda.
-Tal
vez esté mucho tiempo.
-Aquí
la vida es muy agradable, y los jóvenes que gustan de divertirse encuentran a
cada paso mil ocasiones para ello -dijo el Marqués.
-Es
cierto -contestó Muriel.
-Cuando
usted conozca bien esta sociedad -dijo la de Gibraleón-, encontrará mil
atractivos.
-¡Ojalá!,
pero es lo cierto que cuanto más la conozco menos me gusta.
-¡Qué!
¿No le gusta a usted Madrid? -preguntó con viveza Susana, que estaba más cerca
del corrillo de la gente grave.
-No,
señora -repuso Martín-, no me gusta nada. La corrupción y el escándalo no
pueden nunca serme agradables; el escándalo de la Corte me avergüenza como
español y como hombre; la degradación de la gente oficial, la venalidad de la
magistratura son cosas que repugnan a toda persona honrada. Superstición,
frivolidad, ignorancia, holgazanería, mengua, esto y nada más es lo que veo
aquí. Por un lado se me presenta una aristocracia superficial, sin talentos,
sin carácter, o envilecida a los pies del trono, o rebajada en contacto con la
plebe. Sólo se ocupa en indignas aventuras o en bárbaros ejercicios. Los
jóvenes de [71] esa clase no pueden
ser más dignos de desprecio. Ni las armas ni el estudio tiene para ellos
atractivo, y sólo en modas ridículas y en toda clase de necedades buscan
pasatiempo. En las clases acomodadas hallo iguales vicios y una inmoralidad
nunca vista. Creen que son buenos porque son devotos, y juzgan que un imbécil
fanatismo les absuelve de todo. Por otra parte, veo un clero que se encarga de
sancionar tanta miseria con tal de tener a la sociedad entera bajo sus pies; y
entretanto, sólo en la plebe hallo un resto de nobleza y de virtud. Hoy la
plebe, con todos sus vicios, vale más que las otras clases, y con ella
simpatizo más no sólo por lo que en ella encuentro de bueno, sino porque
aborrece todo lo que yo aborrezco.
A
estas palabras siguió igual silencio que a la invectiva contra los frailes. La
Gibraleón no se atrevía ni a contradecir ni a aprobar aquella violenta y
desusada opinión. No dejaba de agradarle la atrevida verbosidad del filósofo,
aunque no participaba de sus ideas. Creyó que lo más propio en aquella ocasión
no era contradecirle ni apoyarle, sino demostrar que ella también tenía
talento, para lo cual estaba pensando una contestación y reconcentraba sus
grandes ideas diplomáticas.
-Pluma,
pero Pluma -exclamó doña Bernarda muy afligida-. ¿No oye usted lo que dice este
caballero? ¿No le contesta usted, que tiene tanta chispa y sabe decir tan
buenas cosas cuando viene al caso? Pluma, ¿para cuándo quiere usted ese pico de
oro?
Pero
el buen Pluma no se cuidaba ni de su presunta suegra ni de las herejías de
Martín. Tenía fijos los cinco sentidos en la conversación que Leonardo sostenía
con Engracia, sin que ésta mostrara la arisca repulsión que el petimetre
lloraba sin consuelo desde mucho tiempo. Susana prestaba atención a las
palabras de Muriel, sin duda porque encontraba en ellas el atractivo de la
novedad.
-¿Quieres
pastillas de goma o de tamarindo? -le dijo el Marqués presentándole la caja.
-No
quiero nada -contestó bruscamente la dama.
III
Conviene
que el lector conozca algunos pormenores del carácter de esta interesante
joven, que ha de encontrar repetidas veces en el largo camino de esta historia.
La hija única del conde de Cerezuelo era una hermosura majestuosa, [72] y si no fuera
impropiedad, diríamos varonil. Su airoso y arrogante ademán recordaba las
heroínas de la antigüedad, por cuyas venas corría mezclada la sangre humana con
la de los dioses. En su rostro había cierta expresión provocativa, como si la
superioridad de su belleza insultara perpetuamente a la vulgar y prosaica
muchedumbre; y esta belleza era más severa que graciosa, pertenecía más al
domino de la estatuaria que al de la pintura. De su madre, que era una dama
valenciana de perfecta hermosura, había heredado el suave tinte oriental del
rostro y la melancólica expresión propia de la raza que en la costa del
Mediterráneo perpetúa el tipo de la familia arábiga; pero, en general, la joven
a quien retratamos llevaba impreso en su frente el sello de la hermosura
clásica. En su rostro se pintaba fielmente la fase principal de su carácter,
que era el orgullo. Sus ojos, al mirar, parecían conceder especial favor, y el
aliento que dilataba alternativamente las ventanas de su correcta nariz, sacaba
de su pecho el desdén y la soberbia, lo único que allí había. El efecto causado
en general por su presencia era grande, y más bien infundía admiración que
agrado. Ninguna pasión inspiró que estuviera exenta de temor, y los idólatras
de aquella insolente hermosura, los que habían explorado su corazón,
experimentaban hacia ella un sentimiento que no podemos expresar mientras no
haya una palabra en que se reúnan y confundan las dos ideas de amar y
aborrecer.
Cautivaba
especialmente a cuantos la veían por su elegante y esbelto cuerpo, cuyas
actitudes, sin ninguna afectación ni artificio de su parte, sino por el
instinto que acompaña a la elegancia ingénita, siempre se determinaban en
artísticas y armoniosas líneas. Lo fundamental en el carácter de Susana era el
orgullo de raza y de mujer que a nada se doblegaba. Acusábanla muchos de ser
insensible a toda ternura, y hacían notar en ella una circunstancia espantosa,
que de ser cierta daría muy mala idea de su alma: decían que ofrecía la
singularidad, inconcebible en su sexo, de no amar ni a los niños. No hacían
efecto en ella las preocupaciones, y tenía un despejo y una claridad de
inteligencia que eran cosa rara en la época de las falsas ideas. Nadie le imponía
su yugo; no se dejaba dominar por el amor, ni por la religión, y amaba la
independencia física y moral, sin que por esto hubiera mancha alguna en su
honor, ni en su conciencia, porque el orgullo era en ella tan fuerte que hacía
las veces de virtud. Hija única, disipaba una gran parta de la fortuna de su
padre, y vivía rara vez en Alcalá, donde se aburría, y casi siempre en Madrid, [73] en casa de su tío.
Frecuentaba las más célebres tertulias y, rodeada por una corte de petimetres,
se aventuraba de noche en los laberintos de Maravillas, porque le causaban
particular agrado las fiestas y costumbres del pueblo. Vivía en medio de la
frivolidad general, festejada por insulsos galanes, entre la gente afeminada o
ridícula que componía aquella sociedad, no impelida hacia nada noble y alto por
ninguna grande idea. Tal era la hija del conde de Cerezuelo.
-Pluma,
cotorree usted a Engracia. ¿Qué hace usted ahí hecho un niño del Limbo? -decía
doña Bernarda al desesperado-. ¿No ve usted cómo charla con ella el hombre ese
que ha venido con este herejote? Y la muy pícara está cuajada oyéndole. Esto no
se puede sufrir... Pero, Pluma, ¿qué hace usted?... Vaya, vaya. Buena gente nos
ha traído aquí el bueno de D. Lino.
Mientras
esto decía doña Bernarda, la Literata, que no había podido resistir mucho
tiempo a la tentación de hacer algún idilio, corría entre las matas jugando al
escondite con D. Lino y con la de Porreño. Había tejido con varias flores una
corona, que puso en las sienes del complaciente abate, dándole el pastoril
nombre de Dalmiro, y diciéndole con afectada entonación y un mover de ojos muy
teatral:
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«¿Cómo, Dalmiro, tanto has
retardado |
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tu vuelta a la majada |
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que aguardándote estoy desesperado? |
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sin dueño los tus terneros, |
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por las vegas y oteros |
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descarriados braman». |
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Y
el pobre Paniagua, hecho un Juan Lanas, riendo como un simple y declamando con
movimientos coreográficos, le contestaba:
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«¡Ay, Coridón amigo! Si tú vieras |
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lo que yo he visto, más te detuvieras, |
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y acaso, tu redil abandonado, |
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trocaras el cayado |
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por cinceles sonoros...». |
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Esta
escena grotesca hacía reír a los que desde alguna distancia la contemplaban. El
abate, coronado de flores, con su traje negro, su rara figura y la risa
convulsiva que [74] le producía la
agitación del baile y lo necio del papel que cataba representando, parecía un
verdadero payaso. La Literata no reía, sino que, por el contrario, tomaba muy
por lo serio su papel de pastora. Había en ella una especie de iluminismo, y su
imaginación tenía poder bastante para dar realidad a aquella farsa empalagosa. Alguien
decía que estaba demente. Su manía la extravió aquel día hasta el punto de
fingir que apacentaba un rebaño, y D. Lino fue tan sandiamente bueno que se
prestó a hacer el papel de oveja, y era cosa que inspiraba a la vez risa y
compasión oírle balar entre las ramas imitando con prodigiosa exactitud al
manso animal.
IV
Dos
pajes, que hasta entonces se habían mantenido a respetuosa distancia, sacaban
de dos enormes cestas la comida, hábil y suntuosamente preparada de casa del
tío de Susanita. Los corpulentos zaques preñados del mejor vino de Yepes y de
Valdepeñas, salieron en compañía de las olorosas magras, que bien pronto
ocuparon hasta media docena de grandes fuentes de plata. El agua serena, limpia
y sutil de la fuente del Berro transpiraba por los poros de grandes alcazarras,
y los dulces, las pastas, las tortas y las frutas, puestas en vistosos
canastillos, alegraban la vista y el estómago. Un paje tendía los manteles
sobre el césped, y en las manos de otro resplandecía un puñado de tenedores de
plata, que a estar en la diestra del febeo Pluma, le hubieran asemejado al dios
Apolo esgrimiendo los rayos del sol. Empleamos esta figura, porque algo
parecido cruzó por la mente del aturdido joven en aquellos momentos. Él hubiera
descargado mil rayos sobre la frente de Leonardo, cuya conversación con doña
Engracia tocaba ya los peligrosos límites de la familiaridad. Don Narciso,
durante la comida (que no relataremos porque los pormenores culinarios de la
fiesta nada han de influir en los sucesos de esta historia), recordaba que
había visto el semblante de su improvisado rival en alguna parte. Por más que
se calentaba la sesera no podía recordar dónde le había visto. Al fin creyó
recordarlo, y dijo:
-Sr.
D. Leonardo, aquí estaba pensando... Me parece que esta no es la primera vez
que nos vemos.
-No
sé, no recuerdo. -contestó Leonardo temeroso de que se descubriera el pastel de
su supuesta condición forastera. [75]
-Sí;
me parece que no estoy equivocado. ¿No vive usted en la calle de Jesús y María?
-Yo,
¡qué disparate! Jamás supe dónde está esa calle -dijo Leonardo esforzándose en
aparecer sereno y consiguiéndolo sin gran trabajo.
-¡Qué
casualidad! Pues he visto allí uno que se parece tanto a usted... Yo conozco
unas costureras del piso tercero, que me hacen corbatas y bufandas, y algunos
días que he ido allí, recuerdo... tengo una idea de cierto escándalo...
-¡Oh!,
usted me confunde con algún... -repuso Leonardo volviendo el rostro dirigiendo
la palabra a Engracia.
-Pero,
Pluma, por Dios -dijo doña Bernarda en voz baja y tirándole de la casaca-. Esa
niña merece que la desuellen viva: ¿no ve usted cómo cotorrea con ese
mozalbete? ¡Ah! ¡Por el Santo Sudario! ¡Cuándo volveré yo a fiestecitas a la
Florida!
-A
ver quién templa la guitarra. Don Lino, usted -dijo una de las muchachas.
Don
Lino, que contaba en el número de funciones la de templar las guitarras para
que otros cantasen, cogió el instrumento, y rasgueando con mucho primor, estiró
y aflojó las cuerdas, dejándolo en perfecto estado. Después comenzó la cuestión
sobre quién cantaba primero, y más aún sobre qué canción merecía los honores de
la preferencia. «Pluma, usted». «Susanita, tú». «Vamos, D. Lino». «Anímese
usted, Pepita».
Todos
se resistían a empezar. Además, cada cual quería una canción distinta. -El frondoso, decía uno. -No, es mejor El codicioso, decía otro. -¡Ay, qué
tontería! -Cantemos El bartolillo. -La urna es mejor.
-Por
Dios, canten La pájara pinta. Pluma,
¿no sabe usted La pájara pinta? -dijo
doña Bernarda.
-No,
señora. Si no estuviera ronco cantaría el Pria
che spunti, de Cimarosa -contestó Narciso, que sólo admitía la música de etiqueta.
-Déjese
usted de esos lenguarajos. No me canten en inglés. La pájara pinta. Susanita, usted.
-Que
cante D. Narciso -dijo vivamente Engracia, entregando la guitarra al petimetre.
-¡Oh!,
no; estoy ronco, no puedo...
-Vamos,
Pluma, Pria che spunti -dijo Susana.
-¡Oh!,
sí; no nos prive usted de oír su hermosa voz -dijo Leonardo, a quien hacía
Engracia señas muy significativas sobre el espectáculo que se preparaba.
Por
fin, que quieras que no, y haciéndose de rogar, para dar más calor a la
complacencia, después de mil excusas y [76] de asegurar que iba a hacerlo muy mal, Pluma tomó la
guitarra, limpió la garganta, miró al cielo luego a Engracia, y entonó el Pria che spunti. No podemos pintar los
visajes, los movimientos del petimetre mientras sus exprimidos pulmones y su
frágil garganta se esforzaban en emitir la inmortal canción. Él quería hacerlo
de un modo tan fino, tan de etiqueta, tan
clásico, que se convertía en verdadera caricatura. La viuda contenía con
dificultad la risa, y Leonardo hacía demostraciones de gran admiración. La
Diplomática no podía menos de dar a entender que aquello era muy superior a La pájara pinta, y el Marqués también
hacía lo posible para pasar por culto, aunque en realidad prefería cualquier
seguidilla. Cuando el músico concluyó, le aplaudieron a rabiar, especialmente
Leonardo, que aseguró no haber oído nunca cosa semejante.
-Es
bonito, sí -dijo doña Bernarda-; pero esa manía de cantar las cosas en
inglés...
-No
es sino italiano -se apresuró a decir doña Antonia-. ¡Oh! Mi padre alcanzó a
Farinelli y decía que era una cosa... ¡ah!
Salomé
cantó unas seguidillas después de mucho ruego, y la de Sanahuja, sin que se lo
dijeran dos veces, cantó una larga y soporífera tonada pastoril, que no gustó
más que al abate, el único que no se podía permitir estar descontento. Luego
retozaron de lo lindo, volviendo Pepita a representar su farsa bucólica ayudada
por el abate y la de Porreño.
El
petimetre creía haber producido gran sensación en todos, mas no en la viuda,
que después de haber oído a Cimarosa estaba más arisca que nunca. Pluma,
desesperado al fin, se decidió a ser infiel después de meditarlo mucho, y fue
derecho a Susanita para tomarla por pareja en el momento que se iba a bailar;
pero ésta lo rechazó sin cumplimiento alguno, prefiriendo a Muriel, que en el
mismo instante la invitaba. Corrido y confuso, Pluma no tuvo más remedio que
bailar, ¡cielos!, con la Literata, que no cesaba de llamarle Dalmiro, Silvano,
Liseno, Coridón.
-¿Quién
es ese hombre ridículo? -preguntaba Martín a su hermosa pareja.
-Es
uno de los primeros galanes de la Corte, un joven del mejor gusto -contestó
Susana.
-¿Y
en qué se ocupa?
-¿En
qué se ocupa? Es rara pregunta. En nada. Pues qué, ¿las personas de etiqueta
necesitan ocuparse en algo?
-No
sé qué tienen para mí los jóvenes de esta clase -dijo Martín tratando de
atenuar con una sonrisa la gravedad de lo que iba a decir-. Es tanto lo que les
odio, que [77] les daría de
bofetadas de buena gana y por el más ligero motivo. Les aplastaría como se
aplasta no a las culebras dañinas y venenosas, sino a los sapos y a los gusanos
que no hacen mal alguno.
La
hija de Cerezuelo clavó sus ojos negros y vivos en el semblante de Muriel,
escrutando con atenta curiosidad aquel carácter que se le presentaba con rasgos
tan originales.
-Es
usted una fiera -dijo con mucha seriedad.
-No
-contestó Martín-. Pero la frivolidad de estos preciosos ridículos me irrita.
Yo soy así. Aborrezco con mucha violencia; y no puedo negarlo, hay gentes que
deberían desaparecer de la sociedad.
-Pues
se va usted a quedar solo -dijo Susana riendo.
Muriel
no pudo menos de meditar un buen rato en la profunda verdad que encerraba
aquella respuesta. ¡Solo!
-Quisiera
encontrarme frente a frente con todos los petimetres de Madrid -dijo después-.
Les temería tanto como a un ejército de hormigas.
-Veo
que les tiene usted tan mala voluntad como a los frailes.
-Sin
duda.
El
minueto comenzó, y fue bailado tónicamente.
-Pero
Pluma -decía doña Bernarda-, está usted hoy hecho un majagranzas. ¡Y mi hija
bailando con ese Juanenreda! ¿Pero usted consiente esto? Pues digo... ¡Y
Susanita con el otro! ¡Santa Virgen del Tremedal, qué par de enemigos nos ha
traído el tal D. Lino!
-¿Quieres
pastilla de rosa o de fresa? -preguntó el Marqués a la de Cerezuelo,
presentándole la cajita.
-No
quiero sino de limón -repuso Susana.
-
De limón no he traído, hija. ¡Mira qué casualidad!
-Nunca
trae usted lo que yo deseo. No puedo fiarme de usted para nada, señor marqués
-contestó con mal humor la dama.
Ya
la conversación de Leonardo con Engracia llamaba la atención de todos.
Discurrían por las alamedas inmediatas, aparentando tomar parte en el inocente
juego de Pepita, que hacía becerrear al abate, obligándole a desempeñar el
papel de ternera. Pluma cogía el cielo con las manos, y acudía a Susana; pero
ésta gustaba más de la conversación de Martín, cuya feroz antipatía a los
petimetres y a los frailes no le causaba mucho horror. [78]
V
Muriel,
paseando con ella a alguna distancia del Marqués, de doña Bernarda y de la
Diplomática, que habían entablado de nuevo su debate sobre Napoleón,
consideraba las vicisitudes humanas y los singulares cambios que se ven en la
vida. Aquella dama, que tranquilamente iba a su lado, era hija de una de las
personas a quien él más aborrecía; perpetuo enemigo y verdugo del desdichado
mártir que expiró en la cárcel de Granada. Ella, que era el orgullo mismo,
aceptaba el brazo de un desconocido, cuyo nombre era infamante para la familia,
y tal vez le juzgaba persona de categoría. Muriel vio en la coincidencia algo
de irrisorio, y se burlaba interiormente de tan extraño capricho del Destino,
que se complacía en juntar por los lazos de la galantería y merced a un engaño,
lo que en la sociedad no podía juntarse nunca: el amo y el siervo, el verdugo y
la víctima. Al mismo tiempo, orgulloso de semejante escena, sentía aplazado o
atenuado su rencor a la familia de Cerezuelo; y en el error de la dama, que
conversaba con él como si fuera su igual, creía ver algo parecido a una
humillación por parte de ella, o a una venganza por su parte. ¡Qué broma de la
suerte había en aquel minueto bailado alegremente en un jardín por los dos
jóvenes!
La
impresión que la belleza de Susana le produjo más fue de sorpresa que de
afecto. Contempló en silencio y con curiosidad a la persona de cuyo carácter
tenía tan mala idea, y mientras más la veía, más deseaba tratarla. Por lo poco
que la había oído hablar más bien le parecía tonta que soberbia, y no creía que
su orgullo tan decantado fuera realmente temible. Paseando con ella fue cuando
se fijó mejor en su rara y majestuosa belleza. Y por más que se diga, por más
que él después haya contado que la presencia de la joven no le produjo efecto
alguno, no es posible creerlo. Aún podría asegurarse que Muriel sintió, si no
amor, una especie de presentimiento de un futuro afecto; presentimiento que el
amor, como todas las desgracias, envía siempre por delante. Pero esto fue muy
vago. Él no podía nunca sentir un verdadero cariño hacia ningún individuo de
aquella familia. La belleza de Susana podía inducirle a perdonar, pero no a
transigir. Como él no se arredraba por nada, y sabía arrostrar impasible lo
mismo la indiferencia que el odio de las gentes, resolvió descubrirse a ella,
más [79] por curiosidad que
por deseo de humillarla. Quería saber cómo soportaría su orgullo la idea de
haber hablado con el hijo de Pablo Muriel, muerto en la cárcel de Granada. La
ocasión para descubrirse se la presentó ella misma cuando, un poco alejados en
su paseo de los otros grupos, le preguntó:
-¿Y
se detiene usted en Madrid para algún negocio? ¿Se va usted a estar mucho
tiempo?
-Sí,
traigo un asunto que arreglar. Ya otra vez estuve con una pretensión parecida,
y nada logré.
-¡Ah!
Ya comprendo; pretende usted en Palacio...
-No;
no pretendo ningún destino. Sólo aspiro a que se me pague una deuda.
-¡Ah!
Es un buen asunto si se consigue.
-A
mi padre le debía cierta persona de aquí una gruesa cantidad; mi padre murió y
vengo a cobrarla.
-Pues
eso no será difícil.
-Sí,
señora, es difícil. Necesito recomendaciones y amistades.
-Tal
vez pueda yo recomendarle -dijo Susana con algún interés-. ¿Quién es la
persona?
-El
conde de Cerezuelo.
-¡Mi
padre! -exclamó la dama parándose y fijando en Martín sus atónitos ojos.
-¡Ah!
¿Es que es usted su hija? -dijo Martín afectando sorpresa y separándose un poco
de Susana.
-Sí
-dijo con severidad la joven-. ¿Y usted quién es?
-Yo
soy -contestó Martín fingiéndose humilde- hijo de aquel que fue encerrado en la
cárcel de Granada por la maldad y la envidia de amigos oficiosos de la persona
a quien servía. ¡Oh! ¡Nosotros hemos padecido mucho!
-¡Usted
es hijo de Muriel! -exclamó Susana apartándose de Martín con cierta expresión
que a éste le pareció de horror.
-Sí,
yo soy. Cuando mi padre estaba preso, en vano pedí al señor a quien servíamos
que fuera indulgente y bondadoso con quien no merecía ser igualado a los
grandes criminales. Nada conseguí. Hemos sido tratados con mucha dureza,
señora. Ustedes han sido tan crueles con mi familia, que hasta me preocupa la
suerte de mi pobre hermanito, en poder hoy de los que tanto nos han perseguido.
Usted no puede haber aprobado lo que han hecho con nosotros.
Sea
que Muriel se dejara llevar de su apasionada condición, sea que tuviera de
repente el propósito de aterrar a Susana, lo cierto es que se expresaba en un
tono [80] de reprensión tal,
que puso a la joven en el último punto de su indomable soberbia. Entre airada y
atónita no supo en los primeros momentos qué contestar; mas repuesta bien
pronto, dijo:
-¿Pero
qué farsa es ésta? ¿Cómo había yo de figurarme que era usted un...?
-Dígalo
usted todo -añadió Martín perdiendo su calma.
-Ya
sabía yo que tenía usted el arte de embaucar a las gentes; en casa se sabía que
el hijo era digno de su padre. ¿Cómo ha tenido usted valor para hablarme? Es
preciso no tener idea de lo que son los respetos sociales para atreverse a...
Sólo ocultando su nombre, sólo cubriéndose con la apariencia de persona... ¡Oh!
¡Esto es repugnante! ¿Usted me conocía?
-Sí
-contestó Muriel complaciéndose en humillar todo lo posible a la hija de
Cerezuelo-. Y si viera cuánto he disfrutado viéndola a usted a mi lado,
hablando familiarmente conmigo, y sobre todo cuando bailábamos...
La
entereza característica de Susana no pudo menos de vacilar un poco ante la
insolencia de Martín. Acostumbrada al dominio moral, se turbó ante un orgullo
mayor que el suyo.
-¿No
es verdad -continuó Martín con sarcasmo-, no es verdad que se ven cosas muy
raras en el mundo?
Susana
se irritó más con aquella burla, y lanzó al joven una mirada de desprecio, que
hubiera aturdido a otro menos sereno.
-Haga
usted el favor de retirarse -dijo con cólera grave y solemne, como la cólera de
los reyes de la leyenda-. Es terrible que una dama se vea insultada de este
modo por un hombre irrespetuoso que así olvida su clase y se burla de las
personas a quienes debe el pan que ha comido.
-¿Burlarme?
No -dijo Muriel-; yo no me burlo de esas personas: las detesto o las desprecio.
-Su
padre de usted falsificaba documentos y hacía desaparecer fondos ajenos, pero
no insultaba a las personas de que dependía. Usted reúne a los crímenes de su
padre la desvergüenza y la arrogancia. Felizmente no necesitamos los servicios
de ningún Muriel, y puede usted buscar otros amos a quien engañar e insultar al
mismo tiempo.
-¡Ah
víbora! -gritó Martín con furor y ademán de amenaza-. Yo juro que me la habéis
de pagar tú y tu padre, ¡raza de Caínes!
Y
diciendo esto volvió la espalda y se marchó muy aprisa, [81] tomando el camino que conducía fuera del jardín,
mientras Susanita se dirigía a sus amigas y pedía al Marqués para calmar su
agitación, una pastilla de goma, y a Pluma el olor del azahar.
Capítulo
V
Pablillo
I
A
muy corta distancia de Alcalá, y siguiendo hacia el Norte la carretera de
Aragón, sola, imponente y triste, expuesta a todos los vientos, inundada de sol
y constantemente envuelta en torbellinos de polvo, estaba la casa de Cerezuelo,
donde en la época de esta historia vivía retirado de las gentes el Sr. D. Diego
Gaspar Francisco de Paula Enríquez de Cárdenas y Ossorio, conde de Cerezuelo y
del Arahal, marqués de la Mota de Medina, señor de la puebla de Villanueva del
Arzobispo, etc., etc. Del ancho portalón, y mejor aún desde las ventanas altas,
que sin ninguna simetría, y atendiendo más a la comodidad interior que al
ornato, había puesto en la fachada el arquitecto de tan raro y sólido edificio,
se veían perfectamente las inmensas llanuras, propiedad de la casa, que se
extendían hacia el Norte en dirección de la sierra.
Sobre
aquellas tierras, pautadas simétricamente por el arado, llanas, sin árboles,
alguna vez recorridas por macilento rebaño, se espaciaban todas las mañanas los
aburridos ojos del conde. Volviendo el rostro hacia la izquierda se abarcaba de
un golpe de vista la ciudad de Alcalá de Henares, cuyas primeras casas apenas
distarían de allí un tiro de ballesta. Las torres, las cúpulas y los
campanarios de sus conventos e iglesias, los cubos almenados de la casa
arzobispal, los arbotantes de San Justo, el frontón de San Ildefonso,
extremidades más o menos altas de las construcciones elevadas allí por la
piedad o la ciencia, daban magnífico aspecto a la ciudad célebre, que
inmortalizaron Cisneros con su Universidad y Cervantes con su cuna.
El
conde de Cerezuelo se había retirado de Madrid, buscando un término medio entre
la soledad completa y el bullicio cortesano. Alcalá le ofreció un retiro
agradable, [82] sin privarle del
trato de las personas discretas, y allí se fijó, trabando gran amistad con los
frailes de San Diego, los capitulares de San Justo y los famosos maestros de
San Ildefonso. Pero al conde le entró invencible melancolía; fue poco a poco
alejando de su casa a toda aquella ilustre muchedumbre que le visitaba, y al
fin se aisló por completo, dando que murmurar a las gentes, y con especialidad
a aquellos que se vieron privados del chocolate de la casa condal Cerezuelo; de
cortesano y amable que era se fue trocando en áspero e hipocondríaco: trataba
mal a sus sirvientes y reñía con todo el mundo, menos con su hija. En cuanto a
su hermano D. Miguel, persona recomendable por su religiosidad y modestia,
siempre conservó buenas relaciones con el primogénito. También aquél era rico,
y según de público se decía, bastante avaro.
El
conde pasaba de los sesenta años; su afición a la caza había desaparecido, y
sólo mataba a ratos el fastidio de su existencia leyendo algún piadoso libro o
revisando grandes legajos de cartas y cuentas para ponerlas en orden. Un
clérigo de San Justo le decía la misa en su propia casa, y las pocas veces que
salía apenas andaba cuarenta pasos por el camino de Aragón, apoyado en el brazo
de su mayordomo o administrador, D. Lorenzo Segarra, persona importante, de
quien es preciso dar al lector algunas noticias. Pues no se sabe qué arte
empleó este hombre para poseer en absoluto la confianza del conde, que era el
ser más receloso y suspicaz.
Sea
que en realidad Segarra le sirvió bien, sea que, cansado y melancólico, el
conde resignara con hastío su autoridad señorial en el mayordomo, lo cierto es
que éste manejaba la casa en la época a que nos referimos, y cuanto hacía era
aprobado sin el menor obstáculo. Los señores, como los reyes, tenían sus
favoritos, y, como aquéllos, la flaqueza de entregar el poder en manos de un
hombre habilidoso que supiera hacerse camino, ya por el mérito, ya por la
adulación. No es de este lugar decir si Segarra administraba bien o mal; lo
cierto era que aparentemente todo iba a pedir de boca; las deudas antiguas se
habían pagado, las rentas se cobraban con puntualidad, y las arcas de la
ilustre casa estaban repletas, como las del Erario en tiempos de Fernando VI.
Dos
meses antes del día en que suponemos comenzada esta historia, Segarra se
presentó ante su amo con unas cartas abiertas, y expresando en su semblante el
mayor asombro.
-¿Qué
hay? -preguntó el conde, alzando los ojos del [83] Flos sanctorum,
donde leía los milagros y prodigios de San Benedicto, el que construyó el
puente de Aviñón.
-La
cuestión con Muriel ha terminado, señor -dijo Segarra sentándose.
-¿Ha
terminado? ¿Cómo? ¿Ha sentenciado en su favor la Cancillería? No puede ser:
todos los oidores están de parte mía.
-Es
verdad; pero otro juez se ha encargado de fallar este asunto. Muriel ha muerto.
-¡En
la cárcel! ¡Infeliz! -contestó el conde con la mayor sorpresa-. Ya es tiempo de
perdonar. Segarra, un Padrenuestro.
Y
ambos elevaron al Cielo la oración dominical, seguros, sobre todo el conde, de
que Muriel necesitaba de ella.
-A
ver, cuenta cómo ha sido eso.
-Nada
más sencillo: amaneció difunto en la cárcel, imposibilitando así el golpe de la
justicia.
-¿Y
qué más justicia? En fin, malo ha sido -dijo Cerezuelo-; pero olvidémonos de
sus faltas, puesto que Dios se le ha llevado. No quiero guardarle rencor,
porque yo me muero mañana...
La
melancolía fundamental del conde consistía en creer cercana su muerte, y su
espíritu se apegaba a esta idea, sin que los consuelos de la religión bastasen
a apartarle de ella. Verdad es que estaba bastante achacoso y vivía
mortificado, si no por la gota, como todos los nobles de antigua raza, por unos
alarmantes e invencibles ahogos que le confirmaban en su fatalismo. «Yo me
muero mañana», decía todos los días, y el solícito mayordomo se esforzaba en
convencerle de lo contrario, adulando su dudosa salud, después de haber adulado
su innegable nobleza.
-Señor,
siempre está usía con el mismo tema -dijo-. Yo quisiera tener su salud y
disposición. ¡Hablar de muerte, cuando tiene las piernas más listas que un gamo
y podría ir de aquí a Meco y volver sin sentarse!
-¡Ah!
-repuso el conde tristemente-, no me puedo mover. Me parece que estoy ya en la
sepultura y no pienso más que en mi Dios... Pero di, ¿no se sabe lo que Muriel
decía de mí cuando estaba en la cárcel?
-No
lo sé; pero supongo diría mil atrocidades. Basta recordar a aquella alma negra
y cruel, que no conocía la gratitud, ni era capaz de ningún sentimiento bueno.
-Me
maldeciría sin duda. ¿Sabes que lo siento?
-Eso
prueba el buen corazón de usía -contestó el favorito-; pero, en verdad, D.
Pablo no era digno de compasión. Si a tiempo no acudimos, él hubiera consumado
la [84] ruina de todos los
estados de Andalucía... ¿Mas para qué es hablar? No hay más que ver sus cuentas
para comprender cuánta iniquidad, cuánta bribonada, cuánta mala fe había en
aquel hombre.
-En
fin, Lorenzo, ya se ha muerto: dejémosle en paz -dijo el conde, que sin duda
quería estar bien con los manes del pobre difunto.
-Pero
es que ese hombre es insolente hasta después de muerto. ¡Qué atrevimiento! Hay
personas que no escarmientan nunca, a pesar de los más terribles castigos, ni
tienen en cuenta la dignidad de la familia a quien sirven, ni...
-¿Pero
qué es ello? -preguntó con viva inquietud el conde.
-La
última irreverencia de ese hombre. Ya sabe usía que era lo más insolente del
mundo. Usía recordará cuando tuvo el valor de estampar en una carta que él
tenía «tanto honor como su amo...».
-Bien;
¿pero qué ha hecho?
-Usía
sabrá que el más pequeño de sus dos hijos vivía con él en la cárcel. Parece que
el más viejo ha muerto hace poco tiempo en Madrid: ya; era un hombre lleno de
vicios. Pues bien: D. Pablo, conociendo cercano su fin, y considerando que el
muchachejo iba a quedar solo en el mundo, lo manda... ¡a usía!, a usía mismo
para que lo críe y lo eduque.
-Eso
es muy singular.
-No
parece sino que ya no hay hospicios en el mundo. Esto es un insulto.
-¿Sabes
que no sé qué pensar de esto? -dijo Cerezuelo meditabundo y más inclinado a la
compasión que a la cólera-. Me envía su hijo a mí, que le he perseguido, a mí
que le he...
-Pues
ni más ni menos. Los motivos que tuvo para semejante desacato, los dice en esta
carta que dirige a usía, y que ha traído el mismo portador del muchacho, un
arrendatario de Ugijar.
-¿Luego
el chico está ahí? -preguntó el conde tomando la carta.
-Si;
ahí está. Mandaré que le lleven al instante al asilo de Alcalá o al Hospicio de
Madrid.
El
conde leyó la carta, que decía así:
«Señor:
Encerrado en esta cárcel hace cuatro meses, privado de todos los medios para
poner en claro mi inocencia, conociendo que mi fin está cercano, y habiendo
sabido que mi hijo Martín es muerto en Madrid, he cavilado [85] mucho tiempo sobre
la suerte de este pobre niño que tiene parte en mi prisión y en mi miseria,
aunque ninguna tiene por su corta edad en mi deshonra. Me hallo abandonado de
todos, sin parientes ni amigos, y he pensado al fin que no debo pedir
protección para esta criatura más que a usía, cuyo buen corazón no desconozco,
aunque me ha perseguido, tal vez mal informado por las personas que le rodean.
Si alguien se propuso perderme, nadie puede tener interés en que este niño sea
desamparado. Seguro, y animado por una voz que sale de mi corazón, lo pongo en
manos de usía para que no haya cosa alguna de mi propiedad que no esté en poder
de mi señor. Muero en Dios y perdono a mis enemigos. -Pablo Muriel».
-¿Qué
te parece esto? -preguntó el conde, que hacía tiempo había abdicado hasta su
opinión en manos del favorito.
-Me
parece muy insolente -contestó el mayordomo.
-Pues
a mí me parece sobrado humilde. ¿No te llama la atención cómo ni me acusa, ni
se queja de lo que se ha hecho con él? Bien sé que es merecido; pero...
-¿Y
no cae usía en la intención de sus palabras?-dijo Segarra-. Da a entender que
usía le ha quitado todo, cuando él es...
-Sea
lo que quiera, yo no quisiera abandonar a ese muchacho. ¿Qué te parece?
-Lo
que usía mande se hará.
-No
falta en qué ocuparlo. ¿Qué edad tiene?
-Como
unos diez años.
-Puede
ocuparse en la labor. Se le puede dar a cualquiera de la casa para que lo haga
trabajar. Aunque bien pudiera ser listo y servir para otra cosa.
-De
torpe no pecará. Si saca las travesuras de su padre... Mala casta es ésta,
señor.
-Con
todo, educándole... No quiero abandonarle; porque ya ves, Lorenzo, su padre me
sirvió, aunque mal; yo me muero mañana...
-Voy
a traerle a usía esa buena pieza -dijo Segarra, y salió en busca del muchacho,
que compareció al poco rato en presencia del señor conde de Cerezuelo.
II
Para
comprender el terror y la angustia de que estaba poseída la inocente alma de
Pablillo Muriel es preciso recordar que viviendo en la prisión con su padre,
había [86] oído repetidas veces
en boca de éste, mezclado siempre con sus dolorosas quejas, el nombre del conde
de Cerezuelo. Cuando tomaban las declaraciones a la desdichada víctima, aquel
nombre execrable iba unido a todas las preguntas, y el inocente niño lo oía
resonar perfectamente en lo interior del calabozo como una maldición.
Figurábase al conde como uno de aquellos malignos monstruos de los cuentos
domésticos que habían sido su encanto y al mismo tiempo su pesadilla en los
días de libertad. Por el camino no pensaba en otra cosa que en el espantable
rostro de la persona a quien iba a ser entregado. Se lo representaba de
descomunal estatura, con barbas enormes, ojos fieros y una bocaza capaz de
engullirse a todos los niños habidos y por haber. El pequeño Muriel tenía el
vestido hecho jirones, y su semblante demostraba a la vez hambre y tristeza.
Miraba con atónitos ojos cuantos objetos y personas se le presentaban, y no se
atrevía a contestar a ninguna de las preguntas que los criados le hacían en el
patio, compadecidos unos, insensibles otros a su situación. Permanecía
reconcentrado, con una expresión melancólica, más bien de hombre que de niño,
porque la cárcel había adormecido en él la viveza pueril, y tenía toda la
gravedad que puede dar una desventura de diez años.
Cuando
D. Lorenzo le llevó a presencia del conde, su terror, que había subido de punto
al entrar en la casa, se calmó un poco. Mordiendo el ala del sombrero, y con
los ojos humedecidos y bajos, moviendo los labios como quien llora, apenas se
atrevía a mirar a su señor. Interrogado repetidas veces por éste, alzó los ojos
y no encontró al conde tan horrible como se había figurado. No pudo menos de
considerar, sin embargo, que aquella era la persona cuyo nombre repetían sin cesar
los leguleyos que iban a la cárcel; era el autor de todas las desgracias del
anciano; el que éste llamaba cruel,
ingrato, tirano, palabras que un niño encerrado en una prisión y consumido
por la miseria y el hastío puede comprender como cualquier hombre. Mostrábase
afable el conde; Pablillo lo miraba sin decir palabra, mordiendo siempre el ala
del sombrero, hasta que al fin comenzó a llorar con tanta aflicción que parecía
no tener consuelo.
-Señor,
voy a sacar de aquí a este becerro -dijo el mayordomo, tratando de llevarle
fuera.
-Déjale,
déjale. El infeliz está asustado; ¿qué le hemos de hacer?
-Éste
tiene cara de ser una buena pieza, señor.
Pablillo
empezó a calmarse, y su llanto se fue poco a [87] poco resolviendo en un hipo angustioso. El conde le
pasó la mano por el hombro, y le hizo nuevas preguntas, a que sólo contestó sí y no
con movimientos de cabeza, que hacían precipitar de su rostro las gruesas
lágrimas que lo surcaban. La niñez perdona pronto, y Pablillo dejó de ver en el
conde el monstruo que se había figurado.
-¿Y
qué quiere usía que se haga con este perillán? -preguntó Segarra- ¿Le parece a
usía bien que lo entreguemos al porquerizo de Torrelaguna?
-Hombre,
no; dejémosle en casa -contestó el conde-. No quiero yo que se le maltrate...
-En
la dehesa estará como un rey. Aquí no tenemos en qué ocuparle. Si fuera un poco
mayor y sirviera para los carros... La verdad es que se nos ha entrado un
engorro por las puertas...
-¿Y
qué le hemos de hacer, Lorenzo? Yo no puedo rechazar... Ya ves que su padre...
No quiero ser cruel; yo me muero mañana, y...
-Pues
digo, ¡tendrá unas mañas el tal niño!... De tal palo tal astilla.
-¿Crees
tú que saldrá malo? -preguntó el conde abdicando en el favorito no ya su
opinión, sino hasta su lástima.
-Pues
no hay motivos para suponer que sea un santo. Con poquito que se parezca a D.
Pablo, que Dios haya perdonado...
-Dices
bien -contestó el conde, tomando de nuevo su libro-. Hay que estar sobre aviso,
no sea que este rapazuelo saque malas inclinaciones.
-¿Le
parece bien a usía que le empleemos en arrear las mulas de la noria de arriba?
-Puede
ser que Susana le quiera para su servicio.
-El
muchacho es bastante tosco para paje; pero a bien que tirándole de las orejas
para que aprenda... -dijo Segarra, haciendo lo que decía con tal puntualidad,
que arrancó al rapaz un grito de dolor.
-Por
de pronto que le den de comer, y ya se pensará lo que haremos con él.
Pablillo
hubiera ido a consumir tristemente su existencia en compañía del porquerizo de
Torrelaguna si Susana, que a la sazón estaba en Alcalá, no se hubiera propuesto
hacer de él un paje. Aquel mismo día se determinó, cuando, después de
alimentado, lo llevó D. Lorenzo al camarín de la señorita.
-A
propósito, a propósito -dijo la joven contemplando al pobre muchacho, que aquel
día no ganaba para sustos. [88]
-Pero
advierto a usía que es preciso estar sobre aviso con este muñeco. Yo me figuro
que debe ser aficionadillo a lo ajeno.
-¿Sí?
¡Pues hombre, tienes buena cualidad! -exclamó Susana, encarándose con el rapaz
y asustándole con su mirada.
-¿A
quién quieres servir más, pelambrón, al señor que has visto hace poco, o a la
señorita? -le preguntó don Lorenzo, dando más fuerza a su interrogación con un
pellizco.
-Vamos,
di -añadió la joven-, ¿a quién quieres servir, al señor que has visto, o a mí?
Pablillo
frunció el ceño, se rascó el brazo izquierdo, donde había dejado la señal de
sus dedos el terrible Segarra, se puso rojo, miró a Susana, después al suelo,
se sonrió, y al fin dijo:
-A
usted.
-¡A
usted! ¿Habrase visto borrico igual? -exclamó el mayordomo, sacudiendo a
Pablillo por un brazo- «A usía» se dice otra vez; «a usía», ¿lo entiendes? ¿Ha
visto la señorita qué muchacho más incivil?
-Eso
no tiene nada de particular -dijo Susana, riendo del excesivo celo que mostraba
por la etiqueta el señor D. Lorenzo.
Quedó
convenido que Pablillo serviría de paje o rodrigón a la señorita, y ésta
imaginó la librea que había de ponerle, discurriendo lo más extravagante y
tónico para el caso. Mientras estos atavíos se preparaban, veamos cómo pasó el
pequeño los primeros días de su nueva vida. Se creerá que el enemigo más
terrible que iba a tener en aquella casa sería el Sr. D. Lorenzo Segarra, y no
es cierto: el verdadero y más cruel atormentador de Pablillo iba a ser la tía
Nicolasa, mujer de uno de los principales sirvientes de la casa, y gobernadora
absoluta del ramo de escalera abajo, superintendenta de las cocinas señoriales,
lavandera mayor y gran chambelán de gallinas, pavos, gansos y demás tropa
volátil que llenaban el vasto corral. Ella entendía también de todas las
provisiones menudas, tales como legumbres, hortalizas, huevos, etc., y presidía
la matanza de los cerdos por Navidad. La tía Nicolasa tenía dos hijos y una
hija, los tres de corta edad, y no puede formarse idea de su disgusto cuando se
le encargó el cuidado de Pablillo: ella disfrutaba, y sin rival para sus niños,
del patrocinio del conde; tenía aspiraciones con respecto al futuro
engrandecimiento del mayor, que esperaba ver salir del corral para entrar en
algún Seminario o en la [89] Universidad cercana, y la idea de que un chicuelo
advenedizo absorbiera la protección y el alto cariño de la señorita, la ponía
furiosa. La circunstancia de ser elevado Pablillo a la encumbrada categoría de
paje, cargo de que nunca fueron considerados dignos los rústicos engendros de
la tía Nicolasa, acabó de exasperarla; pero no le fue posible manifestar su
enojo, sino por medio de alguna reticencia en las barbas de Segarra.
A
los pocos días le pusieron a Pablo una librea galonada, que Susana hizo llevar
de Madrid; aprisionaron su pescuezo en un pequeño y rígido corbatín que no le
permitía hacer movimiento alguno de cabeza; calzáronle lujosamente, completando
el atavío con un gran sombrero, que el infeliz necesitaba sostener con las
manos para que no se viniera al suelo. No sabía cómo manejar los brazos y las
piernas; estaba metido en un potro y todo le estorbaba, especialmente el
corbatín, que no le permitía mirar a los lados. Los chicos de doña Nicolasa
estaban atónitos y confundidos contemplando tanta hermosura, y particularmente
les deslumbraba el fulgor de los botones de la librea, que les parecían otros
tantos soles colgados en el pecho de Pablillo. La madre se moría de envidia en
presencia del paje, y le hubiera dado mil azotes si no se lo impidiera el
respeto a los bordados escudos de la familia que llevaba en las solapas y en
las mangas.
-Quítateme
delante, espantajo -decía-. No parece sino que se ha entrado por las puertas el
mico que traía el año pasado aquel de los títeres que vino de Madrid.
-¿No
ve usted qué mal le sienta a este renacuajo un vestido tan lujoso? -decía D.
Lorenzo.
-Ya
lo creo. ¡Qué lástima de galones, que estarían mejor en la burra del tío
Genillo!
Pero
estas diatribas no pudieron calmar el estupor, el encanto de los chicos, que
hubieran dado su existencia por ver sobre su cuerpo el más pequeño de aquellos
resplandecientes botones. Sin hablar palabra lo rodeaban, con los ojos
embelesados y exhalando tal cual suspiro, mientras Pablillo, en el centro del
vasto círculo formado por toda la servidumbre, que había acudido a
contemplarle, ya con burlas, ya con admiración, estaba lelo, estupefacto y
trémulo, entre disgustado y orgulloso, sin mover brazo ni pierna, y cuidando de
mantener derecha la cabeza para que el pesado alcázar de su sombrero no rodase
por el suelo. ¡Infeliz, no sabía cuán caro había de costarle aquel repentino
lujo! [90]
III
La
primera vez que Susana se presentó en la misa de San Diego con su dueña y su
paje, este último produjo, como ahora decimos, gran sensación. Muchos de los
que concurrían al oficio divino se distrajeron contemplando el extraño vestido;
los chicos no apartaron la vista de él ni un momento, a pesar de los frecuentes
tirones de orejas de sus respectivos padres, y a la salida, los mozos, payos y
estudiantes, que se situaron, como de costumbre, en la puerta, convinieron en
que en Alcalá no se había visto librea tan lujosa. Pero Pablillo había
desempeñado tan mal su misión aquel día, había tropezado tantas veces al poner
y quitar el tapiz en que se hincaba la señora, había dejado caer el sombrero
con tanta frecuencia, que al llegar a la casa oyó, temblando de miedo, una
severa reprimenda. Sus funciones eran altamente fastidiosas, y el desdichado se
consumía de fastidio dentro de su casacón, y deseaba trocar los botones y el
monumental sombrero por los andrajos con que brincaban en el corral los hijos
de la tía Nicolasa. Así van las cosas del mundo: la miseria suele envidiar a la
ostentación, sin reparar que ésta a veces trocaría su deslumbrador aparato por
una pobreza tranquila y libre. Figúrese el sensible lector lo que pasaría el
pobre muchacho, esclavo de la etiqueta, después de haber pasado tanto tiempo en
una cárcel, donde vio perecer de miseria y dolor a su anciano padre. No sabía
lo que era peor, si el calabozo de Granada o el duro encierro de su corbatín y
de su librea, claveteada con botones de metal dorado como para hacerla más
fuerte. Es triste el espectáculo de la niñez que se consume en un servicio
penoso y triste, privada de todo solaz. La travesura, propia de la edad, estaba
aherrojada, y no tenía más recreo que contemplar al través de los cristales del
camarín de la señorita los pájaros que volaban de rama en rama en la huerta, y
el gato que iba y venía por lo alto de la tapia. Siempre en pie, siempre
derecho, presenciaba las complicadas operaciones del tocador de su ama, y oía
la charla del peluquero, venido de Madrid, el cual tenía la galantería de
llamarlo el Sr. D. Pablo.
Además,
Pablillo no hacía a derechas cosa alguna de las que se le mandaban: si se le
pedía agua fría, la traía caliente; se le caían de las manos los vasos y
platos, y puso fin a varias piezas de gran valor. Esto le valían reprensiones [91] enérgicas de Susana
y tremendos mojicones de D. Lorenzo, que le hacían ver las estrellas.
Contribuía a hacerlo más infeliz la circunstancia de que no se perdía cosa
alguna en la casa sin que al momento se lo echara la culpa a él, para lo cual
le registraban los profundos bolsillos de su casacón; y como le encontrasen una
vez no sabemos qué insignificante baratija, D. Lorenzo puso el grito en el
cielo, amenazándole con espantosos castigos si reincidía.
La
tía Nicolasa le había jurado guerra a muerte, y le alimentaba lo peor que
podía. Los inocentes chicos llegaron también a participar de aquel rencor, y
así como en otras ocasiones se echaba la culpa de todo al gato, entonces la
responsabilidad de cuanto acontecía de escaleras abajo caía sobre Pablillo. Si
rodaban, haciéndose algún chichón, Pablillo les había pegado; si rompían los
calzones, Pablillo lo había hecho; si se ensuciaban de lodo, era Pablillo el
autor de tamaño desacato.
Entretanto,
el triste huérfano se aburría y soñaba con la libertad dormido y despierto.
Hubiera dado la mitad de su vida por poderse revolear con librea y sombrero en
el montón de tierra y estiércol que había en la huerta; envidiaba la suerte de
las gallinas que saltaban sin casaca en el corral, y se le iban los ojos detrás
de todos los rapaces de ambos sexos que pasaban saltando y enredando por el
camino. Nadie allí le demostraba cariño, y él por su parte estaba dispuesto a
amar con delirio a quien lo dijese: «Pablillo, vete a jugar». No aborrecía
mucho a la tía Nicolasa, sin duda porque hay en los niños un secreto instinto
que les impide odiar a las mujeres; pero no podía ver ni pintado a D. Lorenzo
Segarra. Al conde poquísimas veces lo veía, y la señorita le inspiraba un
respeto supersticioso; la rigidez y frialdad de la dama, su despotismo y hasta
su hermosura, eran causa de aquel respeto.
El
niño sentía una vaga admiración, entusiasmo inexplicable por aquella deidad que
presidía sus tristes destinos, y que jamás descendía hasta él, manteniéndose
siempre a la altura de su posición social y de su belleza. Para el paje era la
señorita un objeto de veneración más que de cariño, y la idea de que pudiera
ofenderla le hacía estremecer. Cuando Susana estaba en su tocador, el paje se
cansaba menos de estar en pie y con los brazos cruzados, porque entretenía sus
ojos fijándolos en el espejo, donde aparecían reflejados el rostro y el cuello
de la hermosa tirana. Sea que en su corta edad el sentimiento del arte
estuviera en él muy desarrollado; sea que la contemplación de la señorita [92] le produjera un
recreo instintivo e incomprensible, lo cierto es que se embobaba mirando en el
cristal aquello que un austero benedictino del siglo pasado llamaba escándalos de nieve. La doncella de
Susana era otro de sus enemigos, porque le ocultaba las más de las veces,
interponiéndose entre él y el espejo, la sorprendente imagen.
Un
día Susana debía asistir a un gran sarao que había en casa de otro noble rancio
residente en Alcalá, para lo cual se puso de veinticinco alfileres, ostentando
en traje y joyas una riqueza y un primor inauditos. Ya estaba preparada y se
ofrecía a sus propias miradas puesta frente al espejo en el centro del camarín,
cuando entró Pablillo trayendo una lámpara que había arreglado la tía Nicolasa,
y a la vista de la señorita, el pobre muchacho se quedó extático y deslumbrado.
Dio algunos pasos, sin apartar la vista de su ama, y al llegar cerca de ella
tropezó, cayó y todo el aceite de la lámpara inundó las vistosas haldas del
guardapiés de Susana, poniéndola como nueva. Al mismo tiempo, agarrándose
instintivamente el infeliz caído a una de las blondas, abrió en canal la
basquiña, dejando a su ama en un estado de furor indescriptible. Figúrate,
piadoso lector, lo que pasaría Pablillo en aquel nefando día. En el camarín
recibió un vapuleo a dúo por el ama y
la doncella, y luego, de escaleras abajo, aquello fue un desastre que quedó
presente en la imaginación del pobre chico durante toda su vida.
Con
decir que D. Lorenzo le entregó a la ferocidad de la tía Nicolasa,
autorizándola para imponerle el castigo que juzgara conveniente, previo despojo
de las galas de la librea, se comprenderá todo el horror de aquel trágico
suceso.
-¡Sapo!
-gritaba Nicolasa en el colmo de la ira-, ven acá: ¿te has creído que el traje
de la señorita es algún estropajo? No puede por menos de haberlo hecho de
intento, Sr. D. Lorenzo; este muchacho tiene malas ideas.
-Es
preciso quitarle la casaca, porque no creo que la señorita consienta en que le
sirva más este sabandijo -dijo el mayordomo.
Esto
era más de lo que había soñado la tía Nicolasa en el delirio de su venganza.
¡Despojar a Pablillo de su encantadora librea! ¡Quitarle una a una todas las
prendas en presencia de los criados, de los niños, de las gallinas y pavos del
corral! La ceremonia de la exoneración fue cruel para el pobre huérfano. Un
chico le tiraba de una manga; otro satisfacía su deseo de tantos días
quitándole el sombrero y poniéndoselo para dar dos paseos por la huerta; aquél
le empujaba [93] hacia adelante; éste
hacia atrás; uno le arrancaba un botón; estotro pugnaba para arrancar el
corbatín, y la tía Nicolasa presidía este tormento riendo y acompañando cada
estrujón con sus apodos y calificativos más usados, tales como «sapo, zamacuco,
escuerzo, lagartija, avefría, D. Guindo, espantajo, etc.»
Los
chicos se repartieron con febril alegría el botín. Tener en sus manos aquellos
botones, entrar los brazos en aquellas mangas galonadas, era más de lo que los
pobres vagabundos del corral podían soñar. Su madre les dejó gozar un momento
de la posesión de aquellos ansiados objetos, y después los recogió y guardó,
temiendo que el escudo de la casa se profanara con el fango y el estiércol.
Al
huérfano se le puso su antiguo vestido, modificado con alguna prenda inútil de
los hijos de la tía Nicolasa, y descendió a lo más bajo de la escala social
entre la servidumbre. Esto, lejos de ser una pérdida habría sido ventaja si
hubiera cobrado su libertad y si la mirada despótica de la arpía no estuviera
constantemente fija en él, pidiéndole cuenta de todos sus actos. No podía
entregarse al juego, porque los demás chicos le hacían objeto de burlas, sin
duda por la capitis diminutio que
había sufrido. Si rodaban por el suelo, venían todos en procesión lloriqueando
para decir a su madre que Pablillo les había empujado. Se le obligaba a estar
sentado en un rincón mientras saltaban los otros, y cuando se repartía alguna
golosina nunca le tocaba a Pablillo más que el pezón o el hueso, si era fruta,
o el papel que servía de envoltorio si era dulce o pastel.
En
esta vida el pobrecillo no cesaba de mirar al cielo y a las ventanas del
camarín de su señorita, echando de menos los instantes que pasaba allí metido
dentro de su uniforme, preso, pero con dignidad y sin recibir ultrajes. Un
domingo sintió bajar a Susanita para ir a misa; púsose junto a la escalera,
esperando que al bajar le dijera alguna cosa; pero la dama ni siquiera miró al
pobre muchacho, que sintió un dolor inmenso por este desaire, mucho más cuando
vio que detrás bajaba el mayor y más antipático de los muchachos, sus rivales,
vestido con la historiada librea, desempeñando el papel de paje con más
gravedad que él. ¡Y el nuevo rodrigón pasearía las calles de Alcalá
deslumbrando a todo el pueblo con el fulgor de sus botones! ¡Y extendería en San
Diego el tapiz para que se sentara madama! ¡Y presenciaría en el silencio del
camarín las operaciones del tocador, contemplando en el espejo la [94] divina imagen de la
señorita! ¡Oh! Pablillo no pudo resistir la aflicción que estas consideraciones
le producían, y fue a ocultar sus lágrimas en el último rincón del corral.
IV
El
hijo del desgraciado Muriel no había pensado nunca en el límite que pudiera
tener aquella triste y enfadosa existencia, ni en las probabilidades de cambiar
de destino. Pero una mañana se paseaba por el corral, en el momento en que el
tío Genillo abría la gran portada para salir con sus cuatro pares de mulas al
campo. Pablo se asomó y extendió su vista por la llanura; a lo lejos vio la
sierra; la carretera se extendía ondulando por el vasto terreno. El aire que
refrescó su rostro en aquel momento le produjo agradable sensación; estaba
extasiado contemplando la inmensidad que tenía ante la vista, y su deseo
hubiera sido recorrerla toda hasta llegar a las montañas. Cerró el tío Genillo,
dejándole dentro: mas no por eso se borró de la imaginación del pobre chico el
espectáculo del campo, bajo cuya forma quedó grabada en su mente la idea de
libertad. Desde entonces pensó mucho en aquello. Salir solo y sin estorbo,
recorrer el camino, hablar con los transeúntes, dormir bajo un árbol, comer lo
que encontrara, beber en los arroyos, no dar cuenta a nadie de sus acciones,
saltar y brincar sin cansarse nunca, reírse a sus anchas de la tía Nicolasa;
estas ideas se sucedían, repitiéndose en infinito encadenamiento y fatigando su
fantasía. Quien no sentía el lazo de ningún afecto, quien era rechazado por
todos y no conocía los goces del hogar, no podía menos de sentir inclinación a
la vida vagabunda. Pablillo estaba entonces en condiciones para ingresar en la
carrera de los saltimbanquis, de los mendigos, de los salteadores de caminos.
Mientras
la idea de emancipación iba elaborándose en su entendimiento, le ocurrió un
percance tan terrible como el de la mancha de aceite. Cierto día que vagaba por
la huerta miró al suelo y vio un aro de metal. Recogiolo, y examinándolo
atentamente creyó que era cosa de escaso valor, y lo hubiera arrojado de nuevo
si no se le ocurriera jugar y enredar con él, como hacen los niños con todo
objeto que se les viene a las manos. Mas cansándose luego, se lo guardó en el
bolsillo, no acordándose más de aquella baratija en todo el día. Al siguiente,
la tía Nicolasa amaneció [95] gritando y amenazándole con abrirle en canal si no
renunciaba a sus raterías.
-¡Sapo,
mal bicho! -exclamaba corriendo tras él-. Tú has sido, tú, que eres de casta de
ladrones.
-¿Qué
hay? ¿Qué es eso? -dijo D. Lorenzo, que a la sazón llegaba.
-¿Qué
ha de ser? -contestó la mujer-, sino que echo de menos mi rosario de plata que
me regaló la señorita el año pasado, y este hormiguilla debe habérmelo quitado.
¿Pues no sabe usted que anteayer le encontramos tres ochavos? ¿Y el otro día,
que nos quitó cuatro almendras de las que tenía guardadas en el cajón, y
después el seis de oros de la baraja? Es mucho sabandijo el que tenemos en
casa. Un día nos quita hasta el modo de andar. Y eso que desde que entró aquí,
todo lo tengo guardado bajo llave.
-A
ver, zascandil, ¿has cogido tú el rosario de la tía Nicolasa? -dijo Segarra
apoderándose de una de las orejas del rapaz como fianza para poderle imponer
castigo en caso afirmativo.
-Yo,
no señor -contestó Pablillo, preparándose a llorar.
-A
ver: regístrele usted.
La
tía Nicolasa metió su mano en la faltriquera de los desgarrados calzones que
vestía el huérfano y lanzó un grito de horror al sacar de ella el aro que aquél
se había encontrado en la huerta.
-¡El
brazalete de la señorita! -exclamó.
-¡El
brazalete de la señorita! -dijo D. Lorenzo, y ambos se quedaron con la boca
abierta contemplando la fatal prenda.
-¡El
brazalete que se le perdió la semana pasada!
-¡Y
ella creyó que se le había caído en la calle!
-¿Qué
le parece a usted, Sr. D. Lorenzo?
-¿Qué
le parece a usted, tía Nicolasa?
Pablillo
leyó en las miradas de uno y otro el más terrible y ejemplar castigo. Por de
pronto, y sin esperar a que el mayordomo tomara la determinación que aquel
grave caso requería, la tía Nicolasa se explayó, dándole tantos azotes, que los
gritos obligaron a la señorita a asomarse a una ventana. Pablillo volvió hacia
ella sus ojos inundados de lágrimas, esperando oír una palabra que le librara
de tan inesperado tormento; pero la dama, informada de que su joya había
parecido, se retiró de la ventana. Hasta los oídos del conde llegó la noticia
del caso, y dijo que ya le mortificaba la presencia de aquel muchacho en su
casa, y que era preciso, o imponerlo los fuertes castigos que merecía, o
enviarle a un asilo. Don Lorenzo enseñaba a todos el [96] fatal cuerpo del delito, diciendo: «De tal palo tal
astilla. Bien decía yo que éste tendría las mismas uñas que su padre».
Todo
aquel día, la aflicción y desconsuelo de Pablillo no son para contados. Aunque
niño, sentía lastimado su honor y no podía tolerar que le llamasen ladrón. La
insolencia de los chicos no tenía ya límites; la tía Nicolasa no se aplacaba,
ni aun viéndole abatido y humillado; y D. Lorenzo le hacía minuciosa reseña de
los castigos que se le iban a imponer. Él hubiera deseado tener ocasión de
arrojarse llorando a los pies de la señorita para decirle que él no había
robado la alhaja, seguro de que le creería. Pero esto no fue posible, y por
todas partes no escuchaba sino comentarios más o menos terribles de su supuesto
crimen. No había bicho viviente en la casa que no le maltratara e injuriara, y
hasta las gallinas le parecía que cacareaban su deshonra.
Hay,
sin embargo, que hacer una excepción en los sentimientos de la servidumbre para
con Pablillo; había un ser, uno sólo, que tenía amistad con el pequeñuelo, era
el tío Genillo, viejo sexagenario y enfermo, intendente general de las mulas.
Este infeliz, que era considerado como el último de los sirvientes, se ponía
siempre de parte del niño Muriel, cuando se discutía su criminalidad en un
círculo de arrieros y mozos; le trataba con cariño, y hasta le contaba algunos
cuentos, cuando Pablillo iba por las mañanas a la cuadra a contemplarle en el
desempeño de sus elevadas funciones.
La
idea de la emancipación continuó fascinando al huérfano todo aquel día. Cada
vez le era más insoportable la vida en aquella casa, y el campo con su
prodigiosa y vasta extensión, la perspectiva de la sierra y la longitud del
camino, que parecía no acabar nunca, lo atraían cada vez con más fuerza. Por la
noche, en el momento de acostarse, todo esto le preocupó hasta el punto de
quitarle el sueño, contrariando la común ley de la Naturaleza, que cierra los
párpados de los niños y les quita en una noche todas las angustias del día.
Pero también es cierto que en los niños, cuando se ven privados de todo afecto,
cuando su destino les arroja al mundo solos y desamparados, se desarrolla una
prematura actividad de espíritu. El instinto de buscar la vida y la felicidad
que se les niega, les lleva a acometer empresas para ellos gigantescas, y que
en situación normal jamás hubieran podido idear. Movido Pablillo, a pesar suyo,
por aquella temprana actividad de su espíritu, hija del desamparo en que vivía,
resolvió fugarse [97] al día siguiente. No
pensó a qué punto iría, ni qué iba a ser de su existencia errante y sin techo;
sólo pensó en echar a andar por aquel camino, y en alejarse mucho para no ver
más a la tía Nicolasa, ni al monstruo del mayordomo.
Durmiose
al fin el pequeño aventurero, y en su sueño no dejó de ver el inmenso campo, la
sierra y el camino sin fin que había de recorrer al día siguiente. Soñaba con
su libertad, que se lo representaba en mil formas diversas, pero siempre
risueña y embellecida por la idea de una providencia que le daría pan que
comer, agua que beber, sitios deliciosos en que retozar y maravillosos
espectáculos en que recrear la vista. La imagen siempre hermosa de la señorita
se mezclaba a este calidoscopio, que daba mil vueltas en la fantasía del
huérfano durante toda la noche que precedió a su fuga.
Amaneció,
y muy quedito se vistió y se fue derecho al corral. El fresco de la mañana le
produjo un bienestar inefable. Con mucho trabajo desatrancó la puerta que daba
al camino, y salió como los pájaros, solo, a recorrer la tierra en busca de
libertad, sin saber adónde iba, ni dónde podría encontrar alimento; sin pensar
en mañana, ni acordarse de ayer. El pequeño caballero andante corrió
apresuradamente al salir de la casa, y no se detuvo hasta después de avanzar
gran trecho. Entonces, seguro de que nadie le seguía, se paró, miró atrás, y se
rió mentalmente de la tía Nicolasa y de la librea que había perdido; dio dos o
tres brincos, saltó y retozó, emprendiendo después más tranquilo su marcha por el antiguo y conocido campo de Montiel
(aunque no era verdad que por él caminaba).
Capítulo
VI
De lo que Muriel vio y oyó en Alcalá de Henares
I
Veamos
lo que pasaba en la ilustre casa de Cerezuelo cuando Martín se presentó en
ella, es decir, un mes después de la escapatoria del pobre Pablillo y a los
cinco días de ocurrir en la Florida la escena que referimos en el capítulo IV.
Susana se había marchado a Madrid cansada de la soporífera vida de Alcalá, por
lo cual estaba inconsolable [98] el conde, y muy contento, aunque en apariencia
triste, el Sr. D. Lorenzo Segarra, que no gustaba de perder con la presencia de
la señorita alguna de sus omnímodas funciones. El conde no cesaba de escribir a
su hija un día y otro suplicándole fuese de nuevo a vivir con él; mas ésta
creía cumplir con exceso los deberes filiales acompañando al pobre viejo
algunos meses del año. ¿Cómo era posible que ella dejara sus estrados, sus
tertulias, sus bailes, sus excursiones al Prado y a la Moncloa, el perpetuo
triunfar de su existencia divertida y risueña por las soledades, de la antigua
ciudad del Henares, donde no tenía otro motivo de ostentación que la misa de
San Diego los domingos, y alguna que otra tertulia de confianza en la casa de
tal prócer, reunión donde unos cuantos viejos iban a dormirse o a jugar un
insulso mediator? Por estas consideraciones Susana no hacía caso de las
epístolas paternales, y dejaba que el conde se aburriera de lo lindo en su
palacio, viendo llegar con pavor y sobresalto aquel mañana de su muerte, que a fuerza de ser profetizado ya no podía
estar lejos.
El
anciano leía una tarde, como de costumbre, su Flos sanctorum y se extasiaba con los milagros de San José de
Calasanz, cuando vio entrar azorado y con precipitación a D. Lorenzo Segarra,
que le dijo:
-Señor,
no sé si dar parte a usía de lo que ocurre.
-Pues
qué, ¿qué hay? ¿Ha venido Susana? ¿Hay noticias de ella? -contestó con ansiedad
Cerezuelo-. ¡Oh, Lorenzo, yo no puedo estar sin Susana, yo me muero de dolor
cuando ella no está aquí!
-No,
señor; no es nada de eso -dijo el mayordomo sin desarrugar el ceño.
-Nada
me puede interesar. Déjame.
-¡Ah,
señor: si usía supiera quién está ahí!
-¿Quién?
Por vida de... ¿Quién está ahí?
-El
hijo de Muriel, señor. ¡Ha visto usía mayor insolencia!
-¿Pablillo?
-No,
señor, el otro, el mayor.
-¿Cuál?
¿Pues no había muerto? -dijo el amo con sorpresa.
-Así
se creía; pero, o ha resucitado, o fue mentira que muriera. Ahí está y dice que
no se marcha sin hablar con usía.
-¡Conmigo!
-exclamó el conde con cierto terror.
-Sí,
señor. Usía no recuerda la otra vez que estuvo en esta casa. Es la única
ocasión en que le hemos visto, y por cierto que nos dio un mal rato. [99]
-Y
¿qué busca? Si pide una limosna, dásela y que vaya con Dios.
-No
quiere limosna; lo que quiere es hablar con usía para un asunto importante.
-¿Qué
te parece? -preguntó perplejo Cerezuelo- ¿Debo recibirle?
-Yo
creo que usía debe ponerle de patitas en la calle. Con todo, como es tan
bárbaro...
-Bien:
le hablaremos; que entre. Si se obstina en que me ha de ver, todo sea por Dios.
Tráele acá.
Fuese
D. Lorenzo y al poco rato volvió con Muriel, que se inclinó con respeto ante el
conde y permaneció en pie, esperando que se le mandara sentarse. Pero ni el
conde ni su administrador le mandaron tal cosa.
-¿Qué
es lo que usted me tiene que decir? -le preguntó Cerezuelo con altanería.
-Con
dos objetos he venido -contestó gravemente y algo impresionado Martín-: a
recoger a mi hermano y a suplicar a usted me pague los noventa mil reales que
adelantó mi padre por las rentas de Ugíjar, y que no se lo pagaron ni antes ni
después de ser preso.
Después
de una breve pausa en que el conde consultó con la mirada a su mayordomo,
delante de él sentado, respondió:
-Pablillo
se fugó; era un rapaz de muy malas inclinaciones, y tan ingrato, que abandonó
esta casa a pesar de que se le trataba a cuerpo de rey. Ni sabemos dónde para
ni lo hemos averiguado, porque a la verdad el chico no es para buscado. En
cuanto a lo segundo, yo no sé cómo viene usted a pedirme esa cantidad, cuando
su padre debía haberme entregado a mí sumas cien veces mayores, por las
pérdidas que tuve en su administración, y no quiero hablar de la causa que
tuvimos que formarle por...
-Por...
por... No creo que usted pueda decir fijamente por qué -dijo Muriel-. Pero, en
fin, no hablemos de eso; yo no vengo a acusar a nadie.
-Y
aunque viniera a eso -dijo en tono de reprensión Segarra-, no habíamos nosotros
de permitírselo.
Muriel
ni siquiera miró al que le había interrumpido, y continuó:
-Yo
no vengo a acusar. Mi padre no aborreció jamás a sus perseguidores, y yo,
aunque no perdono tan fácilmente como él, creo respetar su memoria no hablando
del asunto de su causa.
-Hace
usted bien; lo mejor que puede hacer usted es callar -dijo D. Lorenzo,
interrumpiéndole de nuevo. [100]
-Por
lo tanto -prosiguió Martín sin mirarle-, yo dejo a un lado los motivos de su
prisión y vengo a mi objeto. La deuda cuyo pago solicito está reconocida por
una carta que escribió usted a mi padre hace cuatro años, y en la cual le da
las gracias por su anticipo. Es anterior al proceso: entonces no tenía usted
motivo alguno de queja; ¿qué razón hay para no pagarla?
-¿Oyes,
Lorenzo? -preguntó el conde a su mayordomo.
-Oigo,
señor, y me admiro de que usía tenga paciencia para oír tales cosas.
-¡Ah,
señor conde! -dijo Martín con gravedad-; en un tiempo mi padre era muy querido
de usted, que elogiaba su probidad y su desinterés. Nadie hubiera creído
entonces la crueldad que más tarde había de emplearse en él, ni mucho menos que
después de muerto se le negaría esta miserable cantidad, necesaria para pagar
las pequeñas deudas que contrajo en su última desgracia.
-Pero
hombre de Dios -repuso el conde, alterándose mucho-, ¿y las inmensas sumas que
yo debí percibir de mis rentas de Granada, y que han desaparecido, dando
ocasión a la sospecha de la criminalidad de D. Pablo, y, por lo tanto, de su
prisión? ¿No es esto, Lorenzo?
-Hasta
ahora, que yo sepa, la causa de su prisión fue la supuesta falsificación de un
documento -contestó Martín.
-¡Ve
usted! Ya va saliendo el enredo, y eso que se había usted propuesto no tocar
ese asunto. Además de lo que usted ha dicho, hay también desfalcos y
substracciones que espantan por lo... ¿No es verdad, Lorenzo?
A
todas las preguntas de su amo, anunciando la abdicación que éste había hecho de
su voluntad y hasta de su opinión, contestaba el mayordomo haciendo
indicaciones afirmativas y gestos de impaciencia.
-Señor
-dijo Martín con un esfuerzo de humildad- yo no contradiré a usted en eso,
aunque mucho podría decirle sobre tales desfalcos y substracciones. Paso por
todo; bajo la frente ante las injurias y pregunto a usía si cree justo, con la
mano puesta sobre su corazón, negar el pago de una deuda como esa, enteramente
extraña al proceso; a un proceso, entiéndase bien esto, que no ha sido
sentenciado.
-Vamos,
me ha de marcar usted hoy -dijo el conde con mal humor-. Yo no estoy para
disputas. Ya me parece que he tenido bastante consideración con usted
recibiéndole y oyéndole. ¿Qué te parece, Lorenzo?
-Muy
bien dicho -contestó el intendente-. Este joven no sabemos qué se habrá
figurado. Reclamar el pago de [101] una cantidad insignificante, cuando su administración
quedó en descubierto por más de un millón. ¡Quién sabe dónde está ese dinero!
-Eso,
eso. ¡Quién sabe dónde está ese dinero! -repitió el conde entusiasmado con el
razonar de su celoso subalterno-. No extrañe usted que le llame a declarar la
cancillería, porque es de suponer que usted estuviera enterado de los proyectos
de su padre.
-Eso,
eso, muy bien. Ándese usted con cuidado -añadió D. Lorenzo, admirado de ver tan
elocuente al conde.
-¿También
me quieren procesar a mí? -dijo Muriel con ironía-. Yo no soy tan bueno como mi
padre; yo, inocente como él, no me dejaría conducir a una cárcel con tas manos
atadas, a la manera de los ladrones y de los asesinos.
-Esto
no se puede sufrir -exclamó D. Lorenzo-. ¿No ve usía, señor, cómo nos amenaza?
-Contéstale
tú, Segarra, que yo me he acalorado y estoy fatal del ahogo -dijo Cerezuelo.
-Yo
no he venido a hablar con el Sr. Segarra -dijo Martín-, sino con el señor
conde. Al Sr. Segarra no le tengo nada que decir, ni sé por qué se toma la
libertad de interrumpirme.
-¿Oye
usía, señor? -preguntó el mayordomo a su amo, que rojo y convulso a causa de la
tos, no podía contestarle.
-Usted
es una persona a quien yo no deseaba encontrar aquí -prosiguió Martín con
dignidad-. Al mismo tiempo, no sé cómo usted tiene valor para mirarme. ¿Es de
tal naturaleza el Sr. Segarra, que al verme no trae a la memoria algún recuerdo
que le atormente? Si es así, es preciso confesar que es usted peor de lo que yo
me había figurado.
-¿Oye
usía, señor, qué insolencia? -preguntó el intendente a su amo, que contestó sí con la cabeza.
-Al
verme -continuó Martín-, ¿no recuerda usted que me conoció de niño, cuando mi
padre le protegía y le daba tan grandes pruebas de amistad? ¡Cómo podía
figurarse el pobre viejo que aquel amigo sería más tarde autor de su perdición
y deshonra, valiéndose para esto y para extraviar el ánimo de su amo de las más
bajas calumnias! No dude el señor conde que tiene una gran alhaja en su casa.
-Pero
señor, ¿usía ha oído bien? -preguntó de nuevo D. Lorenzo a su amo, que después
de la excitación del diálogo estaba profundamente abatido.
-Yo
creía -añadió Martín- que usted, por ser don [102] Lorenzo Segarra, no dejaría de ser un hombre, y al
verme tendría el decoro de sonrojarse; o por lo menos callar, ya que ha tenido
el valor de insultar la memoria de mi padre poniéndoseme delante.
-¡Señor
conde, señor conde!... -exclamó el aludido, volviéndose hacia su amo en ademán
suplicante-. ¿Mando buscar al alcalde de Alcalá para que castigue a este
hombre?
Pero
el conde, sacudido por otro violento ataque de tos, se contraía y ahogaba en su
sillón sin poder articular palabra.
-¿Y
usted será tan imbécil -continuó Martín, más agitado cada vez-, usted será tan
imbécil que no me tenga miedo? Cree usted que sólo Dios castiga a los
perversos. No; no viva usted tranquilo, D. Lorenzo. Hará usted mal, habiendo
cometido tantos crímenes. Envidie usted al que murió en la cárcel de Granada;
no duerma usted, tiemble al menor rumor, y no crea que tan sólo merece
desprecio como los reptiles asquerosos.
Segarra
estaba aterrado; sentíase moralmente débil en presencia de Muriel, y mirando
con sus espantados ojos ya al joven, ya al conde, pedía a éste el concurso de
su benevolencia para confundir al insolente. Por fin, el conde pudo hablar, y
con voz entrecortada, dijo:
-Yo
creí que usted respetaría al señor como a mí mismo. Bien me dijo él que no
debía recibirle. Marchese usted de aquí inmediatamente. Yo no tengo que pagarle
a usted deuda ninguna. Bastantes desazones me dio su señor padre, y demasiado
prudente soy cuando no mando a mis criados que le arrojen de aquí...
-Eso,
eso es... muy bien dicho -dijo la víbora de don Lorenzo reanimándose.
-No
sé cómo hemos tenido paciencia para escucharlo -continuó Cerezuelo- ¡Qué manera
tan singular de pedirme que le proteja! Viniendo de otra manera, yo le hubiera
dado una limosna... Pero yo no puedo hablar; Lorenzo, contéstale tú.
-Señor
-dijo Martín-, mi irritación ha sido con este miserable, autor de todas las
desdichas de que hemos sido víctimas. Él ha forjado mil calumnias, ha fingido
cartas, ha comprado testigos falsos, hizo creer a mi padre que yo había muerto,
ha sobornado a los jueces, ha supuesto descubiertos que no existen, ha tejido
una red espantosa en que usted, usted ha sido cogido el primero.
-¡Señor,
señor! ¡Es preciso prender aquí mismo a este malvado! Voy en busca de la
justicia -exclamó Segarra, levantándose con la mayor agitación. [103]
-Aguarda
-dijo Cerezuelo-. Salga usted de aquí. Échale, Lorenzo, échale.
-Sí,
me voy -contestó Martín, con la imponente serenidad del verdadero encono-. Yo
creí que jamás volvería a entrar en casa de los poderosos. He sido un necio al
esperar justicia de quien nos ha oprimido y deshonrado. Vosotros sois capaces
de prenderme, de perseguirme, de darme una muerte lenta y cruel en una cárcel,
teniendo por verdugos a los infames curiales que corrompéis y compráis. Si yo
no me creyera obligado a buscar al pobre niño que habéis desamparado, me
entregaría a vosotros, fieras implacables. Es lo mejor que podría hacer quien
no tiene fuerza para arrojaros de una sociedad que estáis envileciendo.
-¡Échale,
Lorenzo, échale! -exclamó el conde, en un nuevo estremecimiento de tos
convulsiva.
-Salga
usted... Llamaré a los criados -dijo D. Lorenzo, haciendo prodigios de valor y
desahogando su furor, contenido hasta entonces por la cobardía.
Temía
el infeliz mayordomo (que en su persona como en su carácter tenía los
caracteres de la zorra) que Muriel expresase en hechos su cólera vengativa;
pero el joven, dirigiendo a uno y otro miradas de desprecio, les volvió la
espalda y salió sin precipitación. Nadie le detuvo al recorrer los pasillos y
el patio, porque a las regiones de la servidumbre no llegaron las desentonadas
voces de los contendientes. El mayordomo no pudo seguir tras él porque la
violenta tos del conde degeneró en un repentino ataque, y el pobre señor quedó
tan sofocado como si invencible obstáculo impidiera en su garganta toda función
respiratoria.
II
Martín
se alejaba ya de la casa, cuando vio que por el ancho portal de la huerta salía
un viejo, caballero en una mula y llevando otra del diestro. Acercose a él y le
preguntó:
-¿Es
usted de la casa?
-Sí
señor, de la casa soy, para lo que guste mandar -contestó el tío Genillo-, y
aunque no lo fuera no importaba gran cosa, porque va para treinta años que
estoy en ella y maldito lo que he medrado.
-¿Conoció
usted a un niño que enviaron aquí hará dos meses?... -preguntó Martín con mucho
interés.
-Toma,
Pablillo; ¿pues no le había de conocer? -contestó [104] el tío Genillo, moderando el paso de sus mulas-. ¡Y
poco listo que era el rapaz, en gracia de Dios!
-Se
marchó de la casa. ¿No sabe usted dónde se le podría encontrar? -preguntó
Martín-. ¿No sabe dónde ha ido? ¿Nadie le ha visto?
-Le
diré a usted: yo quise averiguarlo, y pregunté a varios conocidos que vinieron
a la casa aquel día; nadie lo ha visto; sólo en la venta que está en el camino
real como vamos a Meco, me dijeron que habían visto pasar un muchacho de las
mismas señas, y que les había pedido agua; pero ni jota más supe. La verdad es
que lo sentí, porque Pablillo se dejaba querer, y yo le tenía cierto aquel.
Pero la perra de la tía Colasa y ese culebrón de D. Lorenzo le traían al
retortero con un uniforme como de tropa que le pusieron... vamos al decir, una
librea con botones de oro. Pues es el caso que, como iba diciendo, no pasaba
día sin que le dieran dos o tres zurras en aquel cuerpecillo, como si fuera
costal de paja, y el pobre, al fin, no quiso más palos y se fue a correrla por
esos caminos.
-¿Y
le trataban mal? -dijo Martín, volviendo el rostro para contemplar la casa, que
ya estaba algo distante.
-¿Mal?
Pues digo; todavía no se había perdido en la casa una barajita cualquiera, ya
le estaban registrando para ver dónde la tenía, diciendo: «Este es de casta de
ladrones». A bien que si usted conociera a D. Lorenzo Segarra no me había de
preguntar cómo trataba a Pablillo. ¡Ah, mala landre se lo coma! Yo le conocí
arreando estas mismas señoras mulas que llevo al abrevadero. ¡Y qué humos ha
echado el tío Segarra! Si el amo no tuviera las seseras cuajadas, ya vería las
artimañas de este hormiguilla. Como que según dicen, al amo le ciega los ojos,
y allá a cencerros tapados hace él su negocio.
Muriel
no contestaba ni con monosílabos a la charla abundante del tío Genillo, que
tenía la cualidad de desahogarse con el primero que encontraba. Estaba Martín
tan alterado por la entrevista anterior, era su cólera tan viva y tan profunda,
que no podía atender a las desaliñadas razones del pobre labriego. Revolvía en
su mente mil pensamientos; pasaba de la ira al dolor, del abatimiento a la
furia, y sólo en rápidas miradas, en violentas contracciones de semblante, en
gestos amenazadores, expresaba la honda tempestad de su alma, que casi estaba
acostumbrada a no tener nunca bonanza.
-O
yo me engaño mucho -dijo el tío Genillo-, o usted es hermano de Pablillo, e
hijo del Sr. D. Pablo Muriel, que santa gloria haya. [105]
-Sí,
ese soy -contestó Martín sin mirar a su interlocutor.
-Pues
como le iba diciendo a usted -prosiguió éste-, Pablillo era más bueno que el
oro; sólo que a aquella caribe de la tía Colasa se la come la envidia, y
pensaba que la señora iba a traer al muchacho en palmitas. ¡Aquí te quiero ver!
Casi revienta cuando a Pablillo le pusieron la librea y andaba tan majo como un
rey: que en Alcalá no se había visto otra cosa tan guapa. Pero la señorita no
se cuidaba de su paje, y yo creo, acá para entre los dos, que no estaba de
más... pues... vamos al decir, que hubiera puesto al chico en donde le
enseñaran cosas de lecturas y escrituras; pero quiá... es mucha alma negra
aquélla. La señorita tiene unas entrañas de cal y canto, y yo pienso que si
viera a su padre asado en parrillas no había de decir ¡ay! No era así su madre la señora condesa, que en Dios está. Le
digo a usted que la señorita, como no sea para ponerse rizos cuando viene ese
zascandil del peluquero todas las semanas... ¿Creerá usted que en lo que la
conozco jamás ha tenido un trapo que dar a los pobres niños de mi hermana la
del molino? Ni en la vida se le ha caído de las manos ni esto, para decir,
pongo por caso, vamos al decir: «Tío Genillo, tome esto, tome lo otro...».
Pues... ni en los días del amo o de ella. En la casa ninguno de la servidumbre
la puede ver ni en estampa... Pues no digo nada cuando manda... si parece que
los demás no son gentes.
-¿Con
que es orgullosa?... -dijo Muriel oyendo con algún interés la charla del tío
Genillo, referente a una persona que dos días antes había conocido.
-Es
más soberbia que un emperador de la China. El amo, si no fuera que D. Lorenzo
le tiene sorbidos los sesos... el amo es bueno, sólo que con sus melancolías no
sirve para nada y el otro lo hace todo, y sabe Dios cómo van las cosas; que si
el señor conde falta algún día, van a salir sapos y culebras de la
administración.
-¿Conque
no será posible averiguar dónde ha ido a parar mi hermano? -preguntó Martín más
sereno y pensando sólo en la más real de las contrariedades que en aquel
momento sufría.
-¡Ca!
¡Sabe Dios dónde estará ese chico! Como alguien no lo haya recogido... ¡Y era
tan lindillo! Yo lo decía: «Ten paciencia, Pablo; más que tú aguantan otros y
no se quejan, porque les pondrían en la calle, y entonces, ¡ay de mí! Yo arriba
y abajo con estas mulas, sin salir de pobre en treinta años. ¿Y qué remedio?...
De esto vivimos, que el abad de lo que canta yanta». [106]
-Pues
yo no quiero salir de Alcalá sin informarme bien. Puede ser que alguien lo haya
recogido.
-Puede;
que hay muchas almas caritativas en Alcalá, y no son todos como esta gente de
la casa. Le digo a usted, señor mío, que partía el corazón ver al bueno de
Pablillo llorando en el corral, perseguido por los chicos y asustado por la tía
Colasa, que es un infierno vivo.
-Y
diga usted, ese D. Lorenzo, ¿cómo ha llegado a dominar tan completamente a su
amo? -dijo Muriel, sin duda porque quería apartar la imaginación de los
tormentos de su hermanito.
-El
diablo lo sabe. Esta gente grande dicen que se deja engañar más pronto que
nosotros. El tal D. Lorenzo tiene mucha trastienda. Lo cierto es que él se ha
hecho rico.
-¿Se
ha hecho rico?
-Sí;
¿pues no? El amo tiene amagos y vislumbres de loco y pasa en claro las noches
rezando y leyendo. La señorita no piensa más que en gastar y en ponerse el petibú y en ir a los saraos. Todo está
en manos del tío Segarra, que tiene unas uñas... Se agarra... bien se agarra.
-El
conde antes atendía mucho a sus cosas, y aun dicen que era avaro -indicó
Martín.
-Sí;
pero se ha vuelto del revés. Hoy, como no sea para lamentarse de la señorita,
no da señales de vida.
-Pues
qué, ¿le da disgustos su hija?
-Toma,
pues no sabe usted lo mejor -contestó con maligna sonrisa el tío Genillo-.
Cuando doña Susanita marcha para Madrid, el señor conde se pone que parece que
se nos va a morir en un tris. Hasta llora como un chiquillo, y los chillidos se
sienten en toda la casa.
-¿Y
por qué es eso?
-Porque
la quiero tanto, que no le gusta sino que esté siempre con él; mas ella es tan
perra, que no se halla bien sino dando zancajos por la Corte con los petimetres
y las damiselas. Y el pobre viejo se muere aquí de tristeza. Como no hay quien
la sujete y es un basilisco la tal señorita...
-¿Y
la ama mucho su padre?
-Por
demás, hombre. Como que no tiene otra, y ella es así, tan maja y zalamera. Pues
había usted de verla cuando están juntos. Según ella le mira, parece que no es
su padre y que ha venido al mundo como la hierba. El conde, eso sí, se muere
por ella, y pajaritas del aire que se le antojaran...
-¿Y
dice usted que la señorita trataba mal a mi hermano? [107]
-¡Por
San Justo y Pastor! Como si fuera un animalillo. Pues si le puso un corbatín
que parecía, que el pobrecito se iba a ahogar. Y cada vez que hacía mal una
cosa le sacudían el polvo, diciéndole mil cosas, sobre si su padre había sido
esto o lo otro. Y por fin de fiesta lo echaban al corral para que se pudriera.
Vaya, que si no es por el tío Genillo, el pobrecito echa el alma de necesidad y
no lo vuelve a contar.
Martín
estaba cada vez más abatido. Parecía que el violento arrebato de cólera de
aquel día, que no olvidó nunca, lo había dejado insensible, y al oír contar las
infamias de que su inocente hermano había sido víctima, inclinaba la frente
como si tuviera la certidumbre de una fatal sentencia, escrita en lo alto
contra su familia, y ante la cual no era posible más que una conformidad
estoica, que él, a fuerza de contrariedades, comenzaba a tener. Algunos de los
pensamientos que cruzaron en tropel por su mente serán conocidos tal vez en el
transcurso de esta historia. Entonces el abatimiento y la desesperación, la sed
de venganza y el recuerdo de su padre agitaban y sacudían su alma, no dejándole
tomar determinación alguna.
La
conversación del tío Genillo, que un momento inspiró curiosidad por los
pormenores que le daba de aquella execrada familia, concluyó por aburrirle
desde que comprendió la imposibilidad de adquirir por tal conducto noticias de
su hermano. Así es que cuando menos lo esperaba el pobre arriero, y cuando más
enfrascado estaba en su prolija charlatanería, Muriel se despidió de él,
dejándole con la boca abierta y la palabra en ella, pesaroso de no poder
desahogar toda su inquina contra el tío Segarra.
Pasó
de nuevo Martín, ya anocheciendo, por la casa de Cerezuelo, y no es decible el
horror que le inspiró la pesada y triste mole del edificio, solo en medio de la
llanura, proyectando su sombra sobre el suelo; silencioso y obscuro como una
tumba, sin la más débil luz en sus ventanas, sin el más insignificante ruido en
los patios, a no ser el lejano ladrido del perro de la huerta, demasiado celoso
de las riquezas de su amo, para ver un ladrón en las fugitivas penumbras de la
noche. Pasó el pobre joven sin detenerse, deseoso de alejarse de aquellos muros
que parecían pesarle sobre los hombros, y entró en la ciudad, dirigiéndose a la
posada, donde no le fue posible reposar ni estar tranquilo. Toda aquella noche
no dejó de articular palabras atropelladas e incoherentes, contestando sin duda
a D. Lorenzo y al conde, cuyas voces oía sin cesar, y cuyos semblantes no se
borraban de su vista. La enérgica virilidad de su carácter [108] determinó en su
espíritu un movimiento activo de odio contra aquella gente. Despreciarlos le
parecía algo semejante a disculparles. La resignación hubiera sido bajeza.
Habían sido tan infames con su padre, tan descorteses con él, tan crueles con
su hermano, que la imaginación se complacía en suponerles padeciendo tormentos
iguales a los que habían causado. El alma más generosa y santa no se ha eximido
en ocasiones iguales de esas venganzas imaginarias que adulan nuestra
naturaleza, repitiendo en lo íntimo de nuestro cerebro los lamentos y quejas de
los que aborrecemos. Los espíritus rebeldes e indisciplinados no saben sofocar
en su pecho el anhelo de venganza; Muriel, a causa de sus raras especulaciones
filosófico-políticas, justificaba aquella venganza hasta el punto de creer que
respondería a un alto fin social, y era de los que pensaban que una mala pasión
puede ser sublimada por el consorcio con una grande idea.
Al
día siguiente se ocupó sin descanso en hacer averiguaciones sobre el paradero
del errante Pablillo. Visitó los hospicios, los conventos, y especialmente los
de mendicantes, porque esperaba que algún lego de los que recorren los caminos
con la colecta podía haber encontrado a su hermano. Empleó en estas
indagaciones dos días más: contó al alcalde el caso; dirigiose a algunos
pastores que habían llegado la noche antes; habló con los panaderos de Meco;
fue a este pueblo y preguntó a todos los vecinos uno a uno; recorrió las ventas
del camino; volvió a Alcalá, exploró a cuantos trajineros, mozos de mulas y
arrieros había en la ciudad, hasta que al fin, viendo que no adquiría la menor
noticia ni el más insignificante dato, desesperado y aturdido se volvió a
Madrid y a la casa de Leonardo, donde se encontró con una estupenda y
tristísima nueva, que el lector no puede conocer en toda su gravedad e
importancia sin ver antes los hechos consignados en el capítulo siguiente.
Capítulo
VII
El consejero espiritual de doña Bernarda
I
Ha
llegado el momento de que el lector se encare con la original y espantable
efigie del padre Corchón, consejero áulico de doña Bernarda, autor de los
catorce tomos sobre [109] el
Señor San José, y de otras muchas
obras que vieran en buen hora la luz pública, si el esclarecido inquisidor
tuviera posibles para ello. El reverendo había logrado apoderarse de tal modo
del ánimo de su sencilla e indocta amiga, que ésta no daba una puntada en la
calceta sin previa consulta, ni echaba tres migas al gato sin resolución
anticipada del padre Corchón. Todos los días entre tres y cuatro entraba el
eminente teólogo en la casa, donde había adquirido gran confianza; tomaba el
chocolate; se hablaba de cosas espirituales y mundanas, enredándolas unas con
otras para formar el compuesto de misticismo y chismografía que es común en la
gente mojigata. Pasaban revista a las funciones de la semana y a los asuntos de
todas las familias conocidas, las cuales solían dejarse un jirón de su honra en
las garras de doña Bernarda. Todos los murmullos de la vecindad pasaban al
depósito de erudición social que el padre, como buen inquisidor, tenía en su
cabeza, y todo esto al suave compás de las citas teológicas y de la devota
elocuencia de uno y otro personaje.
Aquel
día un acontecimiento extraordinario, inaudito, había perturbado la casa,
poniendo en condiciones excepcionales el temperamento de doña Bernarda, y, por
tanto, su coloquio con el padre Corchón se salió de la común medida y forma de
los demás días. Cuando el grande hombre entró, Engracia estaba encerrada en su
cuarto, no menos desconsolada que rabiosa, y su llanto no conseguía ablandar el
duro corazón de su madre, que iba y venía de la cocina a la sala, y de la sala
a la cocina como una loca. No bien el alto cuerpo del reverendo proyectó su
siniestra sombra a lo largo del pasillo, la señora exclamó con ansia:
-¡Ah!
Sr. D. Pedro Regalado; no veía la hora de que llegara usted. ¡Qué angustia! Si
lo que a mí me pasa no lo cuenta mujer nacida. ¡Santo Dios, ampárame!
-¿Pero
que le pasa a usted, señora doña Bernarda? -exclamó el padre sentándose en el
canapé y estirando sus largas piernas-. ¿Qué ocurre? ¿Ha repetido el ataquillo?
¡Ah! Sí usted quisiera tomar el caldo de culebras que le he recomendado...
-No
es nada de eso, Sr. D. Pedro Regalado -dijo con desesperación la vieja-. No
digo yo mi salud, sino mi vida diera por quitarme de encima esta deshonra.
-¡Deshonra!
-exclamó el padre con asombro-, deshonra ha dicho usted, señora. Pues eso sí
que es cosa grave.
-Sí,
señor -añadió su amiga con una especie de lloriqueo-. ¡Deshonra! ¿Quién me lo
había de decir?... ¡La que [110] ha sido siempre la misma honradez, hija de padres
honrados, como no los ha habido desde que el mundo es mundo, verse en este
bochorno! ¡Ay, Sr. D. Pedro, consuéleme usted!
-Pero
señora doña Bernarda, empiece usted por contarme el cómo, cuándo y de qué
manera de ese bochorno para ver de ponerle remedio. ¿Qué ha sido eso?
-¿Qué
ha de ser? ¡Engracia!...
-¡Ah!...
-clamó el padre con repentino asombro y abriendo su boca, que tardó un buen
rato en tomar su ordinaria posición.
-Sí,
asústese usted, porque es cosa que da horror. Bien dijo usted que esa niña
desventurada nos iba a dar un mal rato.
-En
verdad confieso que me he quedado estupefacto, señora.
-¡Qué
ingratitud, Sr. D. Pedro, yo que no tenía otro fin que hacerle el gusto en
todo!
-Sin
embargo, siempre le dije a usted que su hija tenía demasiada libertad. Es
preciso atar corto a la juventud, doña Bernarda. Usted es demasiado bondadosa,
demasiado tolerante -afirmó el padre abriendo de nuevo toda su boca.
-¡Ah!
-dijo doña Bernarda, recordando algo que tenía olvidado-. Con estas angustias
que paso, me había olvidado del chocolate. Figúrese usted cómo estará mi
cabeza, cuando lo principal...
-Ciertamente,
esas cosas...
Mientras
la solícita dueña va en busca del chocolate, el lector se queda a solas con el
padre Corchón y no podrá menos de fijar su vista observadora en tan insigne
personaje, lumbrera de la Santa Inquisición. Era D. Pedro Regalado un hombre de
gigantesca estatura, moreno, como de cuarenta y cinco años, algo cargado de
espaldas; de cara larga, con fuertísima, espesa y mal afeitada barba obscura
que le sombreaba los carrillos; de boca cavernosa, afeada por la más
desagradable dentadura, grandes y negros ojos bajo pobladísimas cejas, y unas
poderosas manos que pedían a toda prisa un azadón. Vestía con notable desaliño,
y aunque no era poeta podía aplicársele el balnea
vitat de Horacio, pues la transpiración, abundante de sus saludables y
siempre activos poros no sólo daba a su cara un perenne barniz, sino que había
puesto señales indelebles en su collarín invariable, comunicando a toda su
persona, y especialmente a la sotana, sin duda por el roce de las palmas de las
manos, un lustro no suficiente a disimular lo raído [111] y verdinegro de la tela. Añádase a esto el hábito de
gastar tabaco en polvo, y la periódica exhibición de sus grandes pañuelos de
cuadros rojos y negros, y se tendrá idea de la ordinaria y pringosa estampa de
D. Pedro Regalado Corchón.
Nada
diremos de su inteligencia, porque ésta la irá mostrando él mismo en el diálogo
siguiente:
-Pues
cuénteme usted, señora, cómo ha sido eso -dijo tomando de manos de su amiga el
perfumado soconusco.
-Es
preciso empezar de atrás, porque lo que hoy he descubierto... ¡sí, todavía
estoy horrorizada!... lo que hoy he descubierto no se comprende sin saber... Es
el caso que anteayer fuimos de merienda a la Florida. ¡Ah!, bien recuerdo que
usted, aunque no me dijo nada, no puso buena cara al saber que íbamos de
fiesta.
-Precisamente
era día de San Miguel, en que Patillas anda suelto -contestó el padre
tragándose el primer sorbo de chocolate, después de soplarlo.
-¡Ay!,
no fui yo con gusto, porque me daba la corazonada de que algún castigo me había
de dar el Señor. Pues bien: fuimos, y al poco rato de estar allí viene el abate
don Lino con dos caballeritos... ¡qué par! Pero a mí... desde que les vi, dije:
«Estos son cosa buena». Figúrese usted, Sr. D. Pedro Regalado, cómo me quedaría
cuando oigo que uno de ellos empieza a soltar unas herejías por aquella boca...
¡Santo Cristo de Burgos! Yo no puedo repetir los horrores que oí aquel día. No
sé qué dije yo de Napoleón, cuando el tal hombre, que juraría tiene el mismo
enemigo en el cuerpo, vomitó tantas atrocidades... habló de los frailes y los
puso de vuelta y media; y después de la santísima religión, y de qué sé yo...
Pero cuando me horripilé fue cuando dijo que usted era un hombre bestial.
-¿Me
conoce, me conoce? -dijo más orgulloso que indignado el padre Corchón.
-¿Pues
yo lo sé? Ellos parecían así como ingleses.
-Es
que habrán leído algunas de mis obras traducidas a esa lengua.
-Pero
¿las ha puesto usted en letras de molde?
-No,
mas las he prestado manuscritas a algún amigo, que puede haber sacado alguna
copia para mandarla a Inglaterra o a Londres.
-No
sé; lo cierto es que dijo que era usted un hombre bestial. Esto no puede ser
sino la envidia.
-Figúrese
usted: esos protestantes hablan mal de nosotros y nos injurian porque no saben
contestar a nuestros argumentos. ¿Y hablan el español? [112]
-Como
un oro, ya lo creo; y decían ser españoles que venían de todas las Cortes de
Europa, de París y la Meca, y qué sé yo...
-Pues
entonces traerán la peste de la Filosofía -dijo con ira, pero con serenidad el
padre-. Si no tuviéramos un Gobierno tan descuidado para la religión como el de
ese Sr. Godoy, ya veríamos dónde iban a parar sus filosofantes. Pero, en fin,
aunque atado de pies y manos, el Santo Oficio hace todo lo que puede.
-Pues
todavía falta lo peor -continuó doña Bernarda dando un suspiro-. Mientras aquel
herejote excomulgado decía tales patochadas, el otro estaba cotorreando con
Engracia; pero con tanta intimidad, que a mí un sudor se me iba y otro se me
venía mirándoles. Luego, Pluma estaba tan alicaído que parecía una calandria, y
no le decía una palabra a Engracia, dejando al otro charlar con mi hija, como
si toda la vida se hubieran conocido. Yo estaba sobre ascuas, y tenía en todo
el cuerpo una hormiguilla...
-¿Y
no se ocultaron ni se perdieron entre los árboles? -preguntó con sumo interés
Corchón, que en todos los casos amorosos buscaba siempre lo peor.
-Aguarde
usted, no señor; aunque se retiraron yo no les perdí de vista. Bailaron juntos
y se pasearon por las alamedas, apartados de los demás, pero... a la vista.
-Respiro
-dijo el clérigo tranquilizándose.
-Aquella
noche casi me como a Engracia en la reprimenda que le eché, y tal fue mi furia
que no pude rezar mis oraciones de costumbre, por lo que espero ser absuelta en
gracia de las penas que padezco.
El
eclesiástico hizo con los ojos una mística señal que indicaba la transmisión
del perdón divino.
-Yo
me figuraba que allí había gato encerrado -continuó la señora-. ¡Figúrese usted
cómo me quedaría esta mañana al adquirir la certeza de que aquel hombre era un
novio que tiene Engracia desde hace algún tiempo, y que le escribe cartitas y
le ve en las iglesias!
-¡Señora!
-bramó Corchón con el mayor asombro.
-De
modo que toda nuestra previsión y cautela en esta deshonra ha venido a parar.
-Sin
embargo -añadió el clérigo-, cuando las personas son tan bondadosas como usted
y tan tolerantes... Doña Engracita tenía demasiada libertad.
-¡Demasiada
libertad! -dijo doña Bernarda-. Es que no hay cerrojos que valgan cuando hay
inclinaciones... ¡Ah! -añadió vertiendo una lágrima-. ¡Si el que pudre
levantara la cabeza y viera esta deshonra!... ¡Pobre esposo mío! [113] ¡Oh!, yo no puedo
resistir esta agonía! Padre Corchón, consuéleme usted.
-¿Y
cómo ha averiguado usted esos horrores?
-Por
una carta que le he descubierto esta mañana a la niña. Ella se quedó como
muerta. ¡Ah, cuando leí el tal papel no sé qué me dio!
-A
ver, a ver esa carta.
Doña
Bernarda puso en manos de su confesor y consejero el fatal documento, que a la
letra leyó, haciendo caso omiso de las fórmulas amorosas.
«Ya
me figuraba yo que esa acémila del padre Corchón (¡acémila!, ¡ha visto usted
mayor irreverencia!) -repitió el clérigo interrumpiendo la lectura- es la causa
de todas nuestras penas. Es terrible pensar que un clérigo soez, ignorante y
glotón... (¡glotón yo -dijo-, que ayuno los siete reviernes!) se haya
introducido en tu casa para embaucar a tu buena madre y martirizarte con sus
mojigaterías. Pero no te dé cuidado, que yo pondré remedio a todo (no te dé
cuidado a ti -dijo doña Bernarda-, tú sí que las vas a pagar todas juntas) si
tú me ayudas y te resuelves a dejar tu apocamiento y timidez. A ese clerigón
hambriento y necio es preciso espantarle de la casa, para lo cual yo y mi amigo
vamos a inventar cualquier estratagema que te hará reír de lo lindo».
-Pero,
señora -dijo D. Pedro suspendiendo la lectura-, esto es espantoso. Estamos
sobre un volcán: las furias del infierno se han desatado sobre esta casa. ¿Qué
estratagema es ésa contra mí?
-¡Ah!,
yo estoy tan sobrecogida de espanto que no sé qué pensar. ¿Qué tramarán contra
nosotros? ¿Si nos irán a pegar fuego a la casa, si nos envenenarán el
chocolate?
El
padre Corchón miró con aterrados ojos, el cangilón vacío, y se puso la mano en
el estómago.
-¡Oh!
-prosiguió la señora-, esto merece un castigo tal que no lo cuenten esos
pelandingues. Siga usted.
-Sigamos:
«Si no te decides a abandonar la casa, como te he dicho (¡qué horror!) es
preciso hacer un escarmiento con ese animal. (¡Pero esto no tiene nombre!
Llamarme animal a mí, que soy...) No creas que es sólo en tu casa donde pasan
tales cosas. Esos hombres tienen dominadas a muchas familias por medio de la
superstición, y yo espero llegue un día en que se haga un ejemplar con todos
ellos, acabando de una vez con tan mala gente...».
-¿No
se horripila usted? -gritó la madre de Engracia-. Pero esos hombres son
ladrones y asesinos, de esos que andan por los caminos. [114]
-No,
señora; no son más que filósofos -contestó Corchón-. Ya les conozco; estas
ideas contra el santo clero... Pero ya sé yo el medio de arreglarlos. Sigo
leyendo: «Mi amigo, el que estuvo conmigo en la Florida, se atreve a todo, y si
te decides a salir de tu casa, lo haremos de modo que nadie pueda
contrariarnos. Esta noche voy a San Ginés, donde puedes darme la contestación;
haz que doña Bernarda se ponga en la capilla de los Dolores, y ponte tú debajo
del cuadro de las Ánimas, que esta noche no debe de estar encendido... (Ha
visto usted qué irreverencia, ¡en la iglesia!, ¡en la santa iglesia!) Adiós, y
piensa en tu Leonardo. -P. D. Si el asno del padre Corchón se va a Toledo,
házmelo saber tocando, al entrar, con el abanico en el cepillo para la limosna
de la santa Fábrica».
Concluida
la lectura, los dos personajes de esta interesante escena callaron, mirándose
un buen rato, para comunicarse mutuamente su estupor y su cólera. Al fin el
varón rompió el silencio de este modo:
-De
veras que esto pasa de maldad: en veinte años de confesonario no he visto
depravación igual. Aquí tiene usted el resultado de dar libertad a las jóvenes.
-Pero
Sr. D. Pedro, si no iba más que a la iglesia, y eso conmigo.
-¡En
la santa iglesia! ¡En la santa iglesia semejantes escenas! Sabe Dios lo que
habrán hecho allí. ¿Usted no ha observado nada?
-¿Qué
había de observar, si ella se estaba como una marmota mirando al altar mayor?
-¡Ah!
es que él se ponía debajo del púlpito. ¡Y yo cuando predicaba le tenía tan
cerca, debajo! ¡El demonio a los pies de San Miguel!
-¿Y
qué hacemos, Sr. D. Pedro? Esto merece que se dé parte a la justicia.
-Mejor
es a la Inquisición, porque aquí hay un caso de herejía. Y si no, verá usted
como se descubre que esos hombres se ocupan en propagar las malas doctrinas,
como no hagan alguna brujería para embaucar a las jóvenes sencillas. Le digo a
usted que éste es un ejemplo de lo más grave que se me ha presentado. Es
preciso hacer averiguaciones mañana mismo. Yo me encargo de eso, y se les
denunciará al Santo Oficio. ¡Oh! Si este Gobierno del Príncipe de la Paz fuera
más solícito por la religión, vería usted qué pronto iban esos caballeros
filosofantes adonde deben estar. Pero no se puede hacer gran cosa, y lo que
pueda ser se hará. Lo malo es que yo me tengo que ir a Toledo, que si no... [115]
-¿Va
usted al fin a Toledo?
-El
Supremo Consejo así lo ha decidido.
-¡Qué
desdicha! Y nos quedamos solas... Mi hermana, que vive allá, me escribe todos
los días diciéndome vaya a verla, y lo que es ahora no he de faltar. Veremos
cómo salgo del asunto este. ¿Sabe usted que estoy por establecerme en Toledo?
-¡Feliz
idea!
-Yo
no puedo vivir sin sus consejos, Sr. D. Pedro. Creo que la falta de su santa
compañía me había de abrir la sepultura.
-Pero
vamos a ver -dijo Corchón, que era poco sensible a la galantería-, ¿qué se
hace? Es preciso tomar una determinación. Esta casa está amenazada, señora doña
Bernarda; ¿no tiembla usted?
-¿Pues
no he de temblar, si tengo un hormigueo en todo el cuerpo?... Se me ha puesto
la cabeza lo mismo que un farol, y los vapores me andan de aquí para allí. ¡Qué
día! Yo no quise esperar a que usted viniese, y encargué a Pluma que tomara
algunos informes de esos hombrejos. Veremos lo que dice; ¡el pobre D. Narciso
tiene una amargura! Y crea usted que es hombre de armas tomar y de un genio
como un cocodrilo. Si coge a uno de esos dos salteadores de caminos lo abre en
canal... Pero en nombrando al ruin de Roma... Aquí está Narcisito.
En
efecto, era Pluma el que entraba, y traía un semblante tan desconcertado, que
fácil era adivinar la impresión que el descubrimiento de la malhadada carta le
había causado. Como de ordinario era todo afectación, aquel suceso que hablaba
directamente a la Naturaleza produjo en él un gran trastorno, y el petimetre
dejó de serlo en aquel nefasto día.
II
-¿Qué
hay? ¿Qué ha sabido usted? -preguntó con ansiedad la dama.
-No
me había equivocado -contestó el petimetre-; ese D. Leonardo es el mismo que yo
había visto en la calle de Jesús y María en casa de las escofieteras.
-¿Y
no ha pedido usted informes? -preguntó Corchón.
-¡Ya
lo creo; y me han contado horrores! Si son unos bandidos, Sr. D. Pedro.
-¿No
lo dije?... ¿Y son ingleses?
-
¡Quiá! Son españoles y nunca han estado en el extranjero, [116] al menos uno. Todo aquello de las Cortes de Europa es
una farsa. ¡Cómo han engañado al pobre D. Lino!
-¿Y
en qué se ocupan?
-En
mil cosas raras y que nadie comprende. Tienen un criado que practica artes de
brujería, según ha contado el ama de la casa. En fin, toda la vecindad está
escandalizada, y tratan de mudarse algunos que allí viven. Todas las noches,
Sr. D. Pedro, es tal el jaleo y la bulla dentro de la casa, que no se puede
parar allí; y lo más escandaloso y horrible es que las noches de Jueves y
Viernes Santo armaron tal gresca, que aquello parecía un infierno. El compañero
de Leonardo, que es el que recientemente ha venido, dicen que se burla de los
santos misterios de la religión con tal desvergüenza que parece increíble, y
que la casa está atestada de libros malos e indecentes, llenos de estampas
obscenas.
-¡Qué
descubrimiento, qué hallazgo! -exclamó Corchón con el entusiasmo de un químico
que encuentra una combinación nueva-. No hay mal que por bien no venga, doña
Bernarda, y vea usted cómo el triste suceso nos proporciona la ocasión de hacer
un gran servicio a la santa Iglesia descubriendo y castigando a esos pícaros.
Siga usted, querido D. Narciso.
-Son
tantas las atrocidades que me han contado...
-¡Alabado
sea el santo nombre de...! -exclamó santiguándose doña Bernarda- ¡Cuidado con
los tales hombres! ¡Y han entrado en la iglesia!... ¡Y mi hija ha sido
cortejada por...! ¡Estoy horrorizada! ¡Si el que pudre levantara la cabeza y
viera esto!...
-Cálmese
usted, señora -dijo con creciente animación el clérigo-, que esto es más motivo
de regocijo que de tristeza, después del aspecto que toma el asunto. ¡Descubrir
tal guarida de perdición y herejía! Esto, señora, no se ve todos los días.
Admiremos la infinita sabiduría del Señor, que permite alguna vez sucesos
tristes para que pueda llevarse a efecto su divina justicia. Siga usted, señor
de Pluma.
Corchón
tenía el entusiasmo de su oficio, que era también su pasión. Como alegra la
caza al cazador, así el buen inquisidor sentía inaudito alborozo ante la
aparición de un grave caso de dogma.
-Pues
me han dicho más -continuó Pluma regocijado por la idea de que su rival iba a
tener pronto castigo-. Parece que el otro día quemaron una estampa de la Virgen
del Sagrario, dando aullidos y bailando alrededor de la hoguera. [117]
-¡Jesús
mil veces! -exclamó doña Bernarda-. ¿Y no les cayó un rayo encima?
-Parece
que no -continuó Pluma-. Pero lo peor es que todos los días van allá otros
jóvenes a aprender esas doctrinas que enseñan.
-Cathedra pestilentiae -dijo Corchón en
el colmo de su entusiasmo-. ¿Pero no se regocija usted, amiga mía, con este
magnífico hallazgo?
-Sí
-prosiguió D. Narciso-, van muchos allí, y ellos les dan lecciones de Filosofía
y les enseñan las estampas de los libros obscenos que han traído de fuera; el
más alto de los dos es el que dijo tantas atrocidades.
En
honor de la verdad diremos, y para que no se forme mala idea de las luces ni de
la buena fe de D. Narciso Pluma, que no era invención suya lo que contaba, pues
tal como lo dijo lo oyó de boca de sus amigas las costureras. También la
imparcialidad nos obliga a hacer constar que no estaba él muy seguro de que
aquello fuese cierto; y si no mediara la pasión y el deseo de venganza, de fijo
el petimetre se hubiera reído de tan grosera superstición. Tal vez, a saber el
partido que iba a sacar Corchón de su relato, hubiera sido prudente, ocultando
las supuestas herejías de los dos desgraciados amigos.
-Bien,
bien, bien -murmuró el clérigo levantándose-; ya sé lo que se ha de hacer.
Corro a participar este feliz suceso a mis compañeros, que se alegrarán
bastante.
-¿Y
nos deja usted así, tan pronto -dijo la afligida vieja-, cuando más necesitamos
de sus consejos?
-Señora,
con esta ocupación repentina que me ha caído encima, ¿le parece a usted que hay
que hacer pocas diligencias para dar los primeros pasos y escribir los primeros
autos?
-Dios
le dé a usted acierto, Sr. D. Pedro Regalado, para castigar tantos crímenes. Lo
que D. Narciso ha dicho me ha dejado horripilada. ¡Qué hombres! ¡Qué demonios!
Si no los sacan en cueros vivos azotándolos por eras calles, no hay justicia.
-La
verdad es que ha sido un descubrimiento -dijo el padre Corchón en actitud de
retirarse.
-¿Y
no se reza el Rosario? -preguntó doña Bernarda desconsolada al verlo partir.
-Por
esta noche, no. Pero mañana rezaremos dos. Eso puede hacerse, sobre todo cuando
hay asuntos así, tan... Adiós, adiós.
Fuese
el padre Corchón, y quedaron solos el petimetre y la que días antes consideraba
como su futura suegra. [118]
Ambos
personajes quedaron muy pensativos un buen rato, y después se miraron; pero la
congoja no les permitía decir palabra.
Pluma
dirigió al techo los ojos, exhalando un hondo suspiro; doña Bernarda derramó
una lágrima y contempló en silencio el elegante corbatín, los rizos, las
chorreras, las botas, los sellos del reloj, los anillos y los alfileres del que
ya no podía ser su yerno.
Capítulo
VIII
Lo que cuenta Alifonso y lo que aconseja Ulises
I
La
escena que hemos referido es de todo punto necesaria para comprender la
impresión que produjeron en Muriel al volver de Alcalá las estupendas novedades
ocurridas en la casa durante su ausencia de tres días. Llegó por la noche, y al
entrar por la calle de Jesús y María siente detrás un pertinaz ceceo; vuelve la
cara y ve en la esquina un hombre muy envuelto en su capa, que con la mano le
hace señas de acercarse. Se dirige a él y reconoce a Alifonso, a pesar de la
consternación y palidez que desfiguraba el semblante del pobre barbero.
-¿Qué
hay? -preguntó comprendiendo que algo grave había pasado.
-No
suba usted, señor, no suba usted -dijo con trémula voz el mozo.
-¿Pues
qué ocurre?
-Pueden
echarle mano. ¡Oh!, no sé cómo pude escapar.
-¿Y
Leonardo?
-Hace
dos días que se lo han llevado.
-¿Adónde?
-A
la Inquisición.
-¡A
la Inquisición! ¿Qué has dicho? -exclamó Muriel, creyendo que había oído mal.
-Lo
que usted oye. A la Inquisición, al Santo Oficio en su mesma mesmedad.
-¿Qué
estás diciendo? Tú estás loco.
-¡Ay,
señor, por desgracia estoy despierto! Pero alejémonos de aquí, y le contaré a
usted todo. [119]
-Pero
si esto parece una burla o... Vamos, Alifonso, ¿es esto alguna broma de
Leonardo? Tú eres muy travieso.
El
barbero se había llevado la mano a los ojos en ademán de limpiarse algunas
lágrimas, y Muriel ya no dudó que la cosa era seria. Alejáronse de allí y
fueron a sentarse en el escalón de una de las puertas del cercano convento de
la Merced.
-Pues
Sr. D. Martín -dijo Alifonso- esto es tremendo. Las carnes me tiemblan todavía.
Pero yo juro que he de retorcerle el pescuezo a doña Visitación, que es más
tonta que una marmota. No sé cómo no me comí a los alguaciles que fueron allí a
prender a mi amo.
-Bien,
deja ahora aparte las heroicidades que no has hecho y cuenta bien y con orden
-dijo con la mayor impaciencia Martín.
-Pues
señor, el martes, que en martes no puede pasar nada bueno, estaba yo poniéndole
un botón a la casaca de mi amo; ya le había limpiado las hebillas y tenía
enhebrada con la seda la aguja para cogerle a la media ciertas ortografías,
cuando llaman a la puerta; miro por el ventanillo y veo unas caras... Aquello
me olió mal; pero el amo me mandó que abriera, y abrí. Ello es que eran seis,
si mal no recuerdo, y dos de ellos traían unas cruces verdes, y todos vestían
de negro, de tal modo que me espanté y no supe contestar a sus preguntas. Yo no
sé qué respondí; ellos dijeron que yo era un mentiroso, y a la verdad, así fue,
pues no me sacaron el nombre de mi amo, por más que el uno de ellos me clavó
unos ojazos que me querían comer. Entráronse de rondón todos en la casa, y era
cosa de ver cómo andaba la vecindad por la escalera atisbando lo que pasaba, y
exclamando las mujeres y los chicos: «La Inquisición, la Inquisición en casa de
D. Leonardo». Doña Visitación cayó como un saco, y yo, lo confieso, me puse a
temblar como si ya sintiera en las espaldas las disciplinas del verdugo. Mi amo
no se acobardó, y faltó poco para que la emprendiera a porrazos con toda
aquella patulea. Ya usted ve: así de pronto... con el coraje... Hubiera hecho
mal; porque aquellos son ministros de Dios. Yo soy buen cristiano, Sr. D.
Martín; pero ¿a qué vienen esas cosas de la Inquisición? Es mucho cuento el tal
Santo Oficio: que si son herejes, que si no son herejes. ¡Y por eso azotan a la
gente!... Y dicen que antes los asaban como si fueran conejos. ¿Verdad, señor,
que si no sueltan pronto a mi amo es preciso andar a bofetones con esa
gente?... porque yo tengo un genio...
-¿Y
le prendieron? -preguntó Martín, poco atento a [120] las consideraciones de Alifonso sobre el Santo
Tribunal.
-¿Que
si le prendieron? Aunque hubieran sido dos. Pues digo: iban también por usted.
Puede dar gracias a Dios por haberle ocurrido ir a Alcalá; que si está en
Madrid me lo cogen y de patitas me lo zampan en la cárcel.
-¿Y
él no hizo resistencia?
-¡Quiá!
Al principio, como que quiso... pues; pero eran muchos los otros y no tuvo más
remedio. Le bajaron, le metieron en un coche, y agur. Esto me lo han contado,
porque yo, señor, en cuanto vi las cruces verdes, eché a correr y por el desván
me salí a los tejados, donde estuve un día y una noche haciendo el gato; y
cuando la tocinera de la guardilla se asomaba, tenía necesidad de agazaparme y
dar algún maullido para que no me conocieran. En toda la noche tuvo el alma en mi
almario, y no sé lo que hubiera sido de mí si el del tinte, que vive en la
guardilla de la izquierda, no me hubiera dado asilo.
-¿Y
se lo llevaron? -preguntó otra vez Martín, que en su asombro necesitaba nuevas
afirmaciones para creer que aquello no era sueño.
-No
allí lo dejaron de muestra -contestó con sorna el barbero-; se lo llevaron. La
vecindad está toda escandalizada, y ya creo que se han gastado tres azumbres de
agua bendita en santiguar la casa. Todos andan como moco de pavo, muy devotos y
rezones, y esta noche creo que van a hacer un sahumerio de romero bendito y
raspaduras de cuerno para limpiar la casa de maleficio.
-¿Y
él no decía nada?
-Si
he de decir la verdad, yo no lo sé, porque me escurrí, como he contado. Pero
según unos, al salir dijo mil blasfemias y cosas malas contra Dios y la Virgen;
yo no lo creo, porque el señor es buen cristiano. Según otro, dijo: «Si Martín
estuviera aquí...», como dando a entender... pues. ¡Fuerte cosa ha sido ésta,
señor, y cuando considero que mi amo está en un calabozo, comiéndose los codos
de hambre!... Pero ¡ah!, ¡la tía Visitación! ¡Que no la vea yo con coroza por
esas calles! Con sus devociones y aquellos singultos que le dan, tiene peores
entrañas que una hiena. Contarele a usted lo que ha pasado hoy.
-¿Tú
no has vuelto a la casa?
-¿Qué
había de volver? ¡Pues bonito está el negocio para meterse allí! Hasta que esto
no se aclare no me ven el pelo. De esa gente de las cruces verdes hay que estar
a cien leguas. Pues contaré a usted. Hoy han ido esos cafres a tomar
declaraciones y a enterarse... pues... Lo primero que les dijo la perra de doña
Visitación fue que era yo el [121] demonio mismo o tenía tratos con él. Riéronse los
inquisidores, según me contó la del tinte, que estaba allí; pero la maldita
vieja insistió en ello, asegurando que yo andaba siempre manejando lejías y
brebajes. Eche usted cuenta... que yo tenía mil potingues de elixires y drogas,
y que una vez había convertido un jamón en violín. ¡Ha visto usted qué tía
estropajosa! Dijo también que los tres estábamos toda la noche dando aullidos y
cantando cosas malas. De usted no asegura ninguna cosa mala, ni de mi amo
tampoco, a no ser aquello de las griterías; pero de mí no quedó peste que no
dijo la maldita vieja. Mas llamaron a declarar a las escofieteras: ya usted sabe
que el amo tenía mucha broma con el marido de la casada, y que si hubo, que si
no hubo aquello de... déjelo usted estar; lo cierto es que las dos no nos
podían ver ni pintados, sobre todo la Teresita, aquella de los ojuelos negros.
Dijeron que nosotros éramos gente perdida, que teníamos alborotada la vecindad
con nuestras maldades y que usted había traído un barco cargado de libros
diabólicos y perversos que estaba vendiendo de ocultis. Dijeron también que el Jueves Santo por la noche yo había
estado bailando y que mi amo tenía un licor infernal para adormecer a las
muchachas. Pero ¿a qué es cansarnos? ¡Fueron tales las iniquidades que aquellas
pelandruscas (1) inventaron! ¡Ah!, también se les ocurrió... las
colgaría por el pescuezo en los dos balcones de la casa... afirmaron que
algunas noches sentían en nuestra habitación lamentos de niño y que se
horrorizaban todas... ¿Ve usted qué farsa?, y aseguraron que mi amo robaba
chicos y les sacaba la sangre para hacer sus brebajes.
Muriel
no pudo reprimir una exclamación de horror al oír el relato de las soeces
declaraciones de aquella vecindad implacable, enemiga de los pobres vecinos del
piso segundo. Estaba absorto ante la novedad de aquel triste suceso que se
presentaba con tan graves y alarmantes caracteres, y aún no había en su
espíritu la serenidad suficiente para juzgarlo y determinar lo que allí había
de monstruoso o ridículo. La Inquisición ha sido siempre una mezcla de lo más
horrendo y lo más grotesco, como producto de la perversidad y de la ignorancia.
-¿Y
no registraron las habitaciones? -preguntó.
-¡Pues
no!, la puerta estaba sellada con cera verde; abriéronla y no dejaron cosa
alguna en su sitio. Uno hojeaba todos los libros de usted, y después de sacar
un apunte de lo que eran, cargaron con ellos, sin dejar una hoja. También se
llevaron el pedazo de aquella estampa de la Virgen del Sagrario que usted quiso
quemar, porque era [122] un
mamarracho muy feo, y no gustaba de ver representada a Nuestra Señora con
semejante carátula. Sobre esto me han dicho que hicieron muchos aspavientos los
clerizontes. De los papeles no dejaron uno, incluso las cartas de... ¡Pobre
señorita Engracia, cómo se quedará cuando sepa tales horrores!... Cuando se
echaron a la cara el título de aquella obra que usted leía... ¿Cómo era?...
Sí... escrita por un tal Chasclás o Blaschás...
-Por
el barón de Holbach.
-Eso
es, eso; pues uno de ellos lo escupió. Y cuando abrieron otro libro y vieron en
la hoja... todo esto me lo ha contado la tintorera, que estaba allí, y no se
acordaba de los nombres... Era aquel libro en que yo leía por las noches,
cuando estaban fuera... era una cosa así como don Lamberto.
-Sí,
d'Alembert.
-Ese
mismo. Pero el que los puso furiosos, tanto que uno de ellos dijo unos latinos
y hasta dudó el cogerlo en las manos como si le mordiera, fue aquel que a mí me
gustaba tanto: aquel que tiene una estampa de un rey a quien le cortan la
cabeza con una gran cuchilla que sube y baja...
-En
fin -dijo Muriel-, se lo llevaron todo.
-Todo...
no dejaron ni tanto así de papel. Se llevaron las cartas, los papeles de la
renta del amo y aquel legajo que mandaron de su pueblo... Todo, todo, menos la
ropa, que tiraron por el suelo después de haber registrado los bolsillos. Doña
Visitación la ha guardado toda esta tarde, y yo voy a ver si se la entrega a la
del tinte para que nos la dé.
-¿Por
qué no vas tú por ella?
-Cepos
quedos -contestó Alifonso-. Me parece que estoy viendo todavía las cruces
verdes, y además yo desconfío de aquella vieja, que es capaz, si me ve entrar,
de ponerse a dar gritos en el balcón, diciendo: «¡Ya pareció, ya pareció!»
Estemos en paz con nuestro pellejo; que más vale pasear por las calles, aunque
con miedo, que pudrirse en un calabozo de la Inquisición. Además, yo espero de
este modo servir a mi amo... pues entre los dos... Ya hoy he dado algunos
pasos.
-¿Qué
has hecho?
-Pues
en cuanto supe lo del reconocimiento me eché fuera, y envuelto en mi capa me
fui a casa del abate don Lino Paniagua a contarle lo que pasaba. Pues vea
usted, ya me dio alguna esperanza, y me consoló bastante, porque, ¡ay!, ayer
tenía el corazón como un puño.
-¿Y
qué te dijo ese D. Lino? -preguntó Martín con mucha curiosidad. [123]
-Que
cuando usted llegara fuese a verlo, para decirle él lo que tenía que hacer.
-Pues
iré esta noche misma, si es preciso.
-Según
me dijo, a usted le será fácil conseguir que echen tierra al asunto, porque,
aunque esos de la Inquisición son gente de malas entrañas, parece que uno del
Consejo Supremo es primo de la hermana de la mujer del cuñado o no sé qué de
ese señor conde de Cerezo, a quien usted conoce.
-¡Yo!...
De Cerezuelo, querrás decir. ¡Pues es buena recomendación la mía para esa
gente! -dijo con ironía Martín-. El tal D. Lino no sabe lo que dice.
-En
fin, él lo enterará a usted. ¡Pobre señorito D. Leonardo; verse encerrado en
una prisión sin haber hecho mal a nadie! Vamos, cuando lo pienso me dan ganas
de becerrear como un chiquillo.
-Esta
noche misma iré a casa de ese Sr. Paniagua a ver qué me dice -indicó Martín
levantándose con resolución.
-Mejor
es, porque ¿qué se pierde con tomar la cosa con tiempo? Pero mucho cuidado, que
si me le echan mano...
Ambos
personajes avanzaron juntos a lo largo de la Merced, y hasta la esquina de la
calle del Burro, donde vivía el abate, no se separaron. Muriel estaba muy
abatido, y Alifonso, por la desgracia, no había dejado de ser charlatán. El
primero ya no tenía fuerza para hacer frente a las desventuras, y su desprecio
a los acontecimientos se trocaba lentamente en un pavor casi supersticioso que
se acrecentaba a cada nuevo golpe que recibía. Empezaba a creer en una lección
providencial, en un castigo tal como nunca su conciencia de filósofo esperó
recibirlo, y en su espíritu había por lo menos una tregua con la Divinidad.
Estaba confundido, anonadado. No sabía si seguir despreciando a su época, u
odiarla con más fuerza; y la sociedad empezaba a parecerle demasiado fuerte
para que fuera posible luchar con ella. La corrupción era invencible, porque
era a la vez fanática, y parecía más fácil destruir aquella generación que
convencerla. Con estos pensamientos, dominado a la vez por la tristeza y el
recelo, el corazón desgarrado y el alma escéptica, entró en casa del abate.
II
Grande
fue la sorpresa de Martín al ver el extraño traje con que le recibió D. Lino
Paniagua, el cual, delante de su espejo, mientras un peluquero se ocupaba en
dar las últimas [124] pinceladas en su
adobado rostro, ofrecía la más extravagante figura. Una gran peluca a lo Luis
XIV le cubría la cabeza, arrojando sobre sus hombros exuberante porción de
enmarañados rizos, de tan descomunales proporciones, que el rostro del pobre
abate aparecía reducido a la mitad de su natural tamaño; un peto escamoso semejante
al que ponen los escultores en el cuerpo de San Miguel ceñía el suyo, y de la
cintura pendía la espada corta y un escudo de cartón dorado con caprichosos
signos zodiacales. Calzaba una especie de coturno con hebillas, y la pierna se
cubría con media de punto imitando muy imperfectamente la desnudez. De la cara
nada hay que decir, pues desaparecía tras una corteza de bermellón y dos
enormes rayas negras que hacían el papel de cejas en aquella máscara grotesca.
Cuando el protector de los amantes vio entrar a Martín, soltó el papel en que
leía unos retumbantes endecasílabos y dio rienda suelta a la risa, diciendo:
-¡Ah!,
Sr. D. Martín Martínez de Muriel, mi querido amigo: no se maraville usted de
verme en este traje! Estoy desconocido, ¿no es verdad?
-Ciertamente,
¿pero estamos en Carnaval?
-¡Oh!,
no señor -contestó el abate riendo con más fuerza-; pero me veo en un
compromiso. He tenido que encargarme del papel de Ulises en la tragedia de Ifigenia, que se representa esta noche
en casa del marqués de Castro-Limón, porque el Sr. de Berlanga, que había de
desempeñarlo, ha caído anteayer con unas tercianas, y... no he tenido más
remedio. Me ha sido preciso aprender el papel en dos días. ¿Qué le parece a
usted el traje?
-Está
usted hecho un payaso -contestó Martín.
-¿Un
payaso, Sr. D. Martín? -dijo Paniagua riendo sin la menor señal de agravio-; es
verdad, pero ¿qué quiere usted? Me han obligado. Yo no puedo decir que no.
¿Cómo iba a dejar de representarse la tragedia? Pero ahora caigo en que usted
debe venir a... Alifonso me ha contado todo. ¡Pobre Leonardo! ¡Qué desgracia,
qué mala suerte!
-Más
vale que diga usted: ¡Qué iniquidad, qué infamia!
-Sí,
pero diré a usted, hay leyes sagradas. ¡Qué se ha de hacer!... Está
establecido. Pero ¿qué me dice usted de la peluca? ¿Le parece, por ventura,
demasiado grande? ¿Y la espada? ¿No cree usted que un poco más corta sería mejor?
Me parece que llevo a la cintura el montante de Diego García de Paredes.
-¿No
tenía usted antecedente alguno de esta abominable prisión de Leonardo?
-preguntó Muriel sin cuidarse de la peluca ni de la espada del abate. [125]
-No,
¿cómo iba yo a saber los secretos del Santo Oficio? Para mejor servicio de la
santa fe católica y de la religión, aquel Tribunal obra siempre con el mayor
sigilo. A veces ni los mismos parientes del reo saben su prisión hasta el día
del suplicio, sistema admirable a que debe la Inquisición su eficacia.
Martín
escuchó en silencio y más meditabundo que irritado la apología de la
Inquisición hecha por boca de aquel mamarracho, caricatura física y moral ante
la cual se experimentaba un sentimiento que no se sabía el era la compasión o
el desprecio.
-Creo
-continuó D. Lino-, que no sería difícil conseguir que ese asunto se acabara
pronto, siendo condenado D. Leonardo a una pena muy ligera, como azotes, por
ejemplo... En el día la Inquisición no es rigurosa. Se los darían en el patio
mismo de la cárcel.
-¡Oh!
-contestó irritado Martín-, en cualquier parte que sea, eso sería una infamia
sin igual. Leonardo es inocente.
-Ya
lo sé... ¿quién lo sabe mejor que yo? Pero ¿qué quiero usted? Tal vez pueda
conseguirse que sea relajado.
-¿Y
qué es eso?
-Que
pase al brazo secular porque el delito no sea de los que competen al Santo
Oficio. Entonces, a fuerza de empeño, se puede conseguir que se sobresea y lo
despachen pronto; así como dentro de dos años o dos y medio.
-¡Dos
años; eso es espantoso! Y siendo inocente... ¡Oh, D. Lino!, creo que los que se
contentan con maldecir a estos tiempos son despreciables y cobardes. ¿No
merecería las bendiciones de los hombres el que tuviera fuerza y valor
suficiente para estremecer desde sus cimientos el Estado y la Corona, y toda
esta balumba de ignorancia y corrupción?
-Diga
usted -preguntó el abate sin comprender aquellas palabras, que le parecieron
una jerigonza-, diga usted, ¿no le parece que esta pantorrilla izquierda tiene
poco algodón? Ya se ve, con la prisa... Y de aquí allá creo ha de ajárseme
completamente el vestido, aunque ha venido a buscarme la berlina de la casa. He
tenido que vestirme en la mía, porque allá no tengo confianza... Como es uno
así, persona de cierta edad, y aquellas niñas son tan burlonas... ¡Ay!, esta
espada se me traba en las piernas y estoy expuesto a dar un costalazo en lo
mejor de la tragedia... Pero veo, Sr. D. Martín, que está usted preocupado con
el caso de Leonardo y no atiende a lo que le digo. ¿Sabe usted a quién debe
dirigirse? ¿Recuerda usted aquella dama con quien [126] usted habló en la Florida, con quien bailó de lo
lindo, paseando después por las alamedas?
-Susanita
Cerezuelo
-Justamente;
y acá para entre los dos, me pareció que no le miraba a usted con malos ojos,
aunque es en extremo insensible y hasta ahora no se le ha conocido pasión
ninguna. Puesto que estuvieron ustedes tan amigos aquel día, vaya usted a su
casa, háblele...
-Pero
qué, ¿esa señora es también inquisidora? -preguntó Martín.
-No,
alma de Dios; pero lo es el hermano de la esposa de su tío, D. Miguel Enríquez
de Cárdenas, en cuya casa vive. El Sr. D. Tomás de Albarado y Gibraleón es
consejero del Supremo de la Inquisición, persona bondadosísima y siempre
inclinada a perdonar; es tal su influjo entre los jueces del Santo Oficio y con
el inquisidor general, que puede decirse que él hace lo que quiere en cuanto
concierne a aquel Santo Tribunal; con esto y con decirle a usted que ama
entrañablemente a Susanita y que la mima hasta el punto de otorgarla cuanto
ésta le pide, comprenderá usted si hago bien en aconsejarle que dé este paso
para conseguir su fin.
-Pero
yo no puedo pedir nada a esa familia; yo no puedo entrar en esa casa. Sería
para mí la mayor de las humillaciones, y creo que ni aun la consideración de
las desventuras de Leonardo me daría fuerzas para doblegarme ante semejante
mujer.
-¿Qué
dice usted, hombre? ¿Usted está loco? -dijo con asombro el abate, apartándose
los rizos que sin cesar le caían sobre el rostro-, ¿Humillación, pedir un favor
de esa naturaleza a la más celebrada hermosura de la Corte? ¡Pues digo, que
charlaron ustedes poco aquel día! Usted es incomprensible, Sr. D. Martín.
Éste
no quiso explicarle a D. Lino las razones en que se fundaba, y guardó silencio.
-Pues
le aseguro a usted -prosiguió el abate- que estoy en lo firme al creer que
conseguiremos por ese medio ver en libertad al pobre D. Leonardo. Vaya -añadió
con malignidad-, se viene usted haciendo la mosquita muerta. ¿Si seré yo alguna
marmota para no comprender que Susanita le mira a usted con buenos ojos? Vaya
usted allá, y después veremos si tengo razón. Es una familia amabilísima, y en
cuanto al doctor Albarado no conozco hombre más excelente. ¡Y cómo quiere a
Susanita! Va allá todas las noches; yo también voy y solemos echar un tresillo.
Mañana mismo diré a la madamita su pretensión de usted. [127]
-¡Ah,
no -dijo Martín-, no puede ser, yo no puedo ir allá!
-¡Hombre,
no lo entiendo! Usted no sabe el efecto que ha producido, Sr. D. Martín, o si
lo sabe lo disimula. No sea usted raro, vaya usted. Si no, hay que resignarse a
ver a Leonardo condenado... quién sabe a qué.
-No,
de ninguna manera. Esa familia y yo no podemos decirnos una palabra -aseguró
Martín con resolución.
-¡Pero
yo estoy confuso! ¡Pues poquito se dijeron ustedes en la Florida! Lo que le
aconsejo a usted es un medio decisivo. Yo por mi parte haré cuanto pueda.
Mándeme usted, iremos juntos a todas partes, le llevaré recados. Mañana no,
pero pasado estoy a su disposición. Mañana me es imposible por tener que
asistir al funeral del comandante Priego, y también he de ocuparme de buscarle
doncella a la condesa de Cintruénigo, que me ha hecho hoy ese encargo, y el de
contratarle una media docena de pavos buenos. Además mañana tengo que poner en
limpio el entremés de Trigueros, que ha de estar listo para el sábado...
Pasado, pasado estoy a la orden de usted.
-Yo
no puedo, no puedo ir a esa casa -dijo otra vez Martín, preocupado siempre con
la misma idea.
-¡Pues
no ha de ir usted! Yo mismo le llevo, yo mismo. Si usted conociera al doctor
Albarado...
-Yo
me retiro -dijo Martín repentinamente-, necesito meditar eso; sí, es preciso
pensarlo, pensarlo mucho.
-Al
fin irá usted. Si no lo hiciera, sería preciso declararle loco rematado... ¡Ah,
Sr. D. Martín! -añadió echándose mano a la cintura-, hágame usted el favor de
apretarme esta hebilla. ¡Diablo de espada! Y luego con este pelucón, que no
parece sino que llevo tres zaleas en la cabeza...
Apretó
Muriel la hebilla con tal fuerza, que el talle del abate quedó reducido a su
más mínima expresión, y aunque en realidad le molestaba sentirse tan fatigado,
se olvidó de la mortificación al ver reproducida en el espejo su sutil y
esbelta cintura. Gruesas gotas de sudor, producto de la sofocación causada por
la peluca, despintaban su rostro; pero él llevaba con paciencia todas estas
agonías, regocijándose de antemano con el éxito de su trágica representación.
Muriel no creyó conveniente distraerle por más tiempo, y se marchó dejando al
improvisado Ulises completamente dispuesto ya para entrar en escena.
Salió
Martín de aquella casa en un estado de agitación indescriptible, conforme a la
repulsión y lucha de estas dos proposiciones que se disputaban el dominio de su
espíritu. [128] ¿Se humillaría ante
la familia de Cerezuelo, solicitando un beneficio de la orgullosa e insolente
Susana? ¿Dejaría a Leonardo en poder da los sectarios del Santo Oficio, cuando
tal vez podría salvarle con un sacrificio de su amor propio? El trastorno que
en su ánimo produjo esta duda espantosa no es para referido. Según él pensaba
entonces, no podía ser obra de casual encadenamiento de sucesos los que
recientemente ocurrieron; había una lógica tan horrible en ellos, que era
preciso creer en la acción deliberada de una vengativa Providencia, constante
en el empeño de abatirle más, cuando él más quería sublimarse. Los agravios
recibidos de la familia Cerezuelo; el diálogo con Susana, en que había querido
humillarla; la pérdida de su hermano, desamparado por la misma casa; sus
provocaciones y arrogancias ante el viejo conde; la prisión de su único amigo,
y la última fatal coincidencia de que había de arrastrarse a los pies de
aquella misma familia maldecida y despreciada para poder salvar a Leonardo,
parecían hechos dependientes de un verdadero plan, que algún dedo inescrutable había
trazado en el libro de aquella vida turbada por las creencias y por la pasión.
Su orgullo debía abatirse; sus ojos, que arrostraban con expresión provocativa
la vista de una sociedad tan despreciada, debían cerrarse humildemente,
buscando en la lobreguez la única paz posible; debía ser humilde ante los
poderosos, aceptar el yugo y gemir en el silencio de su conciencia, sin
proferir una queja eterna ni vanagloriarse con la intención de destruir un
mundo en que no se veían más que defectos.
En
este angustioso estado de espíritu vagó por las calles, sin saber qué camino
tomaba ni cuidarse del sitio aún desconocido en que había de pasar la noche. Su
pensamiento se elevaba a Dios, fuente de justicia, procurando desprenderse de
sus odios y preocupaciones para ver si espiritualizado en la comunicación con
lo Alto, adquiría la certidumbre de que era un loco extraviado por la lectura
de libros malos o el trato de hombres perversos. Pero ni esta certidumbre ni
ninguna otra puso paz en su ánimo, y siguió dudando el continuar enorgullecido
de la superioridad moral que sentía en sí respecto de su época, o si abdicar la
mejor parte de su carácter poniéndose al nivel de las gentes que en torno suyo
veía sin cesar. Por fin, después de dar mil vueltas, el cansancio físico se
sobrepuso en él a la fatiga mental, y se ocupó en buscar un sitio donde pasar
la noche puesto que no debía ir a su casa. La única persona que podría darle un
asilo era el Sr. de Rotondo, y allá se dirigió, no sin repugnancia, pues no había
simpatizado [129] con aquel personaje.
Éste le recibió con los brazos abiertos, diciéndole estas palabras, que
preocuparon al joven toda la noche:
-¡Ah!,
Sr. D. Martín, ya sabía yo que había de venir a parar a esta casa.
Lo
que los dos se dijeron después, y lo que hizo Martín al siguiente día, lo sabrá
el lector en los siguientes capítulos. Martín se acostó en un mal cuarto, donde
había arreglado la vieja intendente de aquel vetusto y triste edificio un
abominable camastrón. No le fue posible pegar los ojos hasta el amanecer, y su
martirio fue grande no sólo porque la excitación mental le impedía dormir, sino
porque contribuyeron a aumentar su doloroso y febril insomnio los desaforados
gritos del pobre La Zarza, que en la habitación contigua exclamaba sin cesar:
«¡Robespierre, Robespierre, no haya piedad!... ¡Todos a la guillotina!... ¡Aún
faltan muchos: valor! ¡Pérfidos aristócratas, infames vendeanos, enemigos de la
civilización: preparad vuestras cabezas!... ¡Temblad, tiranos, vuestra hora ha
llegado!... ¡Robespierre, Robespierre: la infamia de tantos siglos no se lava
sino con sangre!»
Capítulo
IX
El león domado
I
Susana
no había podido, a pesar de su carácter dominador y absorbente, trocar las
antiguas, venerandas e invariables prácticas de la casa en que vivía, que era
la de su tío D. Miguel de Cárdenas y Ossorio. Conspiró la joven mucho tiempo
para hacer variar las horas de comer y las del Rosario, lo mismo que para
destruir ciertas preocupaciones y rancias costumbres que, según ella decía,
quitaban todo su brillo a los saraos. Consistían estas antiguallas en no dar al
uso de las bujías la importancia que merecía, prefiriendo los viejos hachones
de cera y resistiéndose a trocar las lámparas históricas por los modernos y
recién propagados quinqués. [130] También había hecho esfuerzos para poner en la sala
algunas cornucopias que cubrieran las vergonzantes fealdades de unos tapices
que habían presenciado el paso de diez generaciones, y asimismo quiso
substituir el clave imperfecto y discordante que sus antepasados adquirieron en
tiempo de Juan Bautista Lulli, cuando menos por un forte-piano, admirable en las labores de la caja, encantador en sus
sonidos, joya instrumental y artística digna de las manos y del espíritu de
Beethoven. En esto triunfó Susana, mas no en relegar la guitarra a completo
olvido, como pretendía, llevada de su amor a la etiqueta. La guitarra siguió
animando con sus rasgueos picantes y su dulce somnolencia las tertulias de la
casa, donde se bostezaba de lo lindo, a causa de no poderse dar entrada franca
a elementos de distracción.
Los
dueños tenían en esto un rigor extremo, y el estrado de tan veneranda mansión
no se abría sino a personas incurablemente serias, a damas de la estofa
cancilleresca de doña Antonia de Gibraleón y a señores procedentes del Consejo
y Cámara de Castilla, de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, de la Contaduría
de Penas de Cámara, del Consejo de Ordenes o de las Indias, de la Rota o de
cualquiera de aquellos panteones administrativos que hacían las delicias del
siglo XVIII. Por las noches, al ver entrar con solemne y acompasado andar
aquellas estiradas figuras, cuyos semblantes parecían más graves sombreados por
las alas de pichón de sus disformes pelucas, un observador de nuestra época
hubiera creído asistir al desfile del Estado en el antiguo régimen. La
conversación correspondía a los personajes, y aunque las damas, a excepción de
la Diplomática, se aburrían bastante, ellos pasaban tan entretenidos las largas
horas de la tertulia, que, al llegar las diez, hora de romper filas, exclamaban
a una voz: «¡Qué temprano!», si bien la costumbre era más poderosa que nada, y
envolviéndose en sus capas salían, precedidos del paje y la linterna, en
dirección a sus casas.
No
se permitía más desahogo literario que alguna lucubración pastoril de Pepita
Sanahuja, considerada como verdadero portento de precocidad y de ingenio. De
entremeses ni representaciones no había que hablar, porque tal cosa no era
consentida en tan augustos recintos, y sólo alguna canción, acompañada al clave
o a la guitarra, podía tolerarse, con previa censura y después de ser
amonestado el Orfeo para hacerlo en voz baja y con muy recatados ademanes. En
el ramo de refrescos la sobriedad era tal como correspondía a estómagos que por
su edad no [131] debían ser cargados
con excesivo material, y, por tanto, el bolsillo del Sr. Enríquez de Cárdenas
no sufría grandes expoliaciones con esta partida del presupuesto señoril. No se
escatimaba el chocolate ni los azucarillos, pero si se quería pasar de ahí, si
se le antojaba a cualquier estómago el recreo de alguna magra o de algún pastel
substancioso, los Enríquez de Cárdenas no tenían nada de Lúculos y cerraban las
despensas con cien llaves. Verdad es que los tertulianos eran tan sobrios como
los amos de la casa, y ninguno se hubiera permitido desordenados apetitos.
Uno
de los principales y más asiduos sostenedores de la tertulia era el doctor
Albarado y Gibraleón, hermano de la señora, persona de ilimitada bondad, y tan
discreto y sensible a la vez, que su cargo de inquisidor general era en él un
horroroso contrasentido. Su amor por Susana, a quien había mimado desde niña
con la flaqueza y cariño paternal de un abuelo, era delirio. Persona grave y de
austeras costumbres, el doctor tenía, especialmente con su idolatrada
Susanilla, todas las expansiones de la más franca y generosa confianza. Cuanto
la joven decía, él lo encontraba bien; sus rasgos de soberbia le encantaban, y
en su presencia era preciso tenerla contenta so pena de incurrir en el
desagrado del señor Inquisidor general. Ella, por su parte, si con alguien era
condescendiente y suave, era con el abuelo,
como le llamaba de ordinario, y en la tertulia las gracias de uno, las mimosas
respuestas de la otra, eran lo único que por lo general desentonaban la
soporífera armonía de la conversación.
Hemos
creído necesario dar esta breve noticia de la vida interior de la casa antes de
referir los singulares e imprevistos acontecimientos que van a resultar de la
entrevista de Muriel con Susanita, determinación que tomó el joven al fin,
después de meditarlo mucho, y calurosamente incitado a ello por D. Buenaventura
Rotondo.
II
-No
podía usted haber ideado cosa mejor -le decía éste al siguiente día, cuando el
joven se levantó, después de un breve y agitado sueño-. Es el mejor camino. Si
por la intercesión de Susanita no consigue usted nada, ese amigo de usted se
pudrirá en su calabozo sin que nadie le ampare. Yo conozco mucho a esa familia,
y el Inquisidor es tan amigo mío, que no pienso tenerlo más íntimo en ninguna
parte. [132]
-¿Pues
por qué no le habla usted? -dijo Martín-. Yo le quedaré eternamente agradecido.
-¡Ah!
No es fácil ablandar al doctor D. Tomás de Albarado. Sólo una persona tiene el
privilegio de excitar la indulgencia del inquisidor hasta el punto de obligarle
a arrancar a un reo de las garras del Santo Oficio. Háblele usted mismo a
ella... nada más que a ella.
-Pero
ya ve usted las razones que tengo -dijo Muriel, que ya había contado a su
interlocutor lo que saben nuestros lectores.
-Eso
no importa, amigo mío. Es preciso doblegarse, transigir, y mucho más cuando
está de por medio la libertad de un amiguito.
-¿Pero
no comprende usted que esa mujer ni siquiera se dignará recibirme? Me hará
apalear por los lacayos desde que ponga los pies en su casa. ¿No recuerda usted
lo que acabo de contarle... la escena de la Florida?
-¡Qué
tontería! Si usted la humilló entonces, es necesario abatirse, llegar, pedirle
perdón...
-¡Yo,
perdón! -contestó Martín con energía-. Eso de ninguna manera. Lo más que puedo
hacer es exponerle mi petición de un modo respetuoso, y nada más.
-Es
usted lo más raro...¡Pero qué orgullo... qué...! Es preciso, amigo mío, aceptar
las cosas como las encontramos. Usted no es ningún potentado; usted no puede
hacer nada por sí solo en el mundo; usted tiene que humillarse buscando el
arrimo de los poderosos. Yo no me explico semejante orgullo ni aun tratándose
de quien quiere remover la sociedad. Pues digo, hasta en eso no se digna usted
descender de las alturas, y cree que cuantos aspiran a fines parecidos no saben
lo que hacen.
Sea
que Muriel encontrara algo de justo en esta reprensión; sea que le infundiera
más bien desprecio que asentimiento, lo cierto es que no contestó a ella, y
permaneció con los ojos fijos en el suelo, meditando, sin duda, aquel grave
caso.
-No
tiene usted nada que pensar -continuó D. Buenaventura, cuyo empeño en decidir a
Muriel era tan oficioso, que llamó la atención de éste-. No tiene que pensar
más en ello, sino resolverse, e ir. Yo le aseguro a usted -añadió en tono de
profunda convicción- que será bien recibido. No tema usted nada.
-¡Bien
recibido! Eso no puede ser. Creo que de ninguno harán menos caso que de mí en
tal asunto. Esa gente me detesta; a ella, sobre todo, debo inspirarle una
repugnancia inaudita. [133]
-La
mujer es voluble y tornadiza. Hoy ama lo que ayer aborrecía, y mañana desprecia
lo que le ha gustado hoy.
-No
crea usted, a mí me importa poco ser despreciado o no por esa gente. Lo que no
quiero es humillarme, cuando en el fondo de mi corazón les considero tan
indignos y pequeños, a pesar de su posición social. Mi mayor gloria es
confundirlos con una palabra, avergonzarlos y deprimirlos. Después de lo que ha
pasado, prosternarme ante la grandeza que yo me he complacido en pisotear, me
parece la mayor desgracia que pudiera ocurrirme. ¡Si me parece que de este modo
les perdono todas sus crueldades! ¡Oh! Mi padre muerto, mi hermanito errante y
abandonado por los caminos, son recuerdos que equivaldrán para mí a un
remordimiento constante si doy este paso.
-¡Preocupaciones
ridículas! Si usted no lo hace, el recuerdo de su amigo D. Leonardo será un
remordimiento peor, porque vive, si estar en manos de la Inquisición es vivir,
y usted puede librarle de una muerte deshonrosa.
-Pues
bien; puesto que no hay otro remedio, iré. Me humillaré, le pediré perdón. ¡Oh!
Es terrible -añadió con cierta expresión de sentimiento-. Si me concede lo que
pido, tendré que... tendré que agradecerle...
-Es
usted atroz -contestó riendo el Sr. D. Buenaventura-. Le espanta la idea de
tener que renunciar a sus rencores, ¡de tal modo se han infiltrado en su
naturaleza!
-Voy,
no hay más remedio. Lo único que temo es que mi impetuosidad no me impida ser
todo lo humilde que conviene delante de esa tiranuela.
Ya
no cambió de propósito. La situación de Leonardo exigía aquella humillación, y
era preciso pasar por ella. Preocupábale a Muriel la insistencia de Rotondo en
decidirle, y mucho más las reticencias y frases con que mostró tener seguridad
de que el joven sería bien recibido. Don Buenaventura tenía conocimiento con
aquella familia, ¿en qué consistía que le impulsaba hacia ella con tanto
empeño? Muriel, que no carecía de astucia, comprendió que no era Rotondo de los
que dan paso alguno en la vida sin un fin meditado. «¿Pero a qué pensar en
esto? -decía Martín-; ¡lo mejor es esperar a que los acontecimientos lo
expliquen!»
Salió
de la calle de San Opropio y fue a la casa del abate, a quien encontró en la
cama muy dolorido y cabizbajo. El infeliz había sufrido una violenta caída en
el escenario de la casa de Castro-Limón, a consecuencia de habérsele trabado en
las piernas el temido acero del prudente Ulises [134] en los momentos en que entraba a toda prisa para
decir a Agamenón:
«Calma
tu furia, valeroso Atrida».
Al
caer, un grueso alambre del casco de cartón que puesto llevaba se le clavó en
la frente, produciéndole una lesión entre rasguño y herida, de la cual le manó
mucha sangre toda la noche. Las risas de los espectadores fueron tales, que
hubo necesidad de suspender la representación, la cual siguió más tarde sin
Ulises, con gran descontento de los improvisados cómicos.
-Tengo
que darle a usted una buena noticia -dijo con quejumbroso acento D. Lino al ver
entrar a Martín.
-¿Qué?
-Empezaremos
por el principio. Hay noches funestas, amigo mío, y la pasada lo fue para mí en
grado extremo. ¡Qué bochorno! Yo sabía tan bien mi papel... Y no estaba mal
vestido, ¿no es verdad, D. Martín? Pero aquella maldita espada... ya recordará
usted que se lo dije.
-¿Pero
qué buena noticia es esa que usted me iba a dar? -preguntó Muriel impaciente.
-¡Pues
es nada! Anoche estaba Susanita en casa de Castro-Limón, y le dije que le iba
usted a pedir un favor.
-¿Y
qué dijo?
-Lo
que yo me figuraba.
-¿Me
recibirá?
-¡Toma!
¿Pues no ha de recibirle? Se mostró muy sorprendida al principio y no me
contestó palabra. Esto fue antes de sucederme el percance. ¡Ah, qué vergüenza!
¡Caer en medio de la escena como un costal! ¡Si viera usted cómo se reía
aquella gente! Yo que entraba tan entusiasmado en compañía de Epiphile
diciendo... No me quiero acordar.
-¿Conque
no contestó? -preguntó el joven sin cuidarse de la caída de Ulises.
-No;
tanto que pensé que aquello la habría disgustado; pero verá usted lo que pasó
después... Yo me fui al escenario... Aquellos malditos borceguíes tienen unos
tacones tan altos que no sé cómo me tenía de pie.
-¿Qué
fue lo que pasó después? -dijo Martín contrariado por las prolijas
consideraciones que hacía Paniagua sobre su porrazo.
-Las
damas que allí había me curaron la herida de la cabeza, mas no la contusión de
la pierna, que es algo más grave. Ellas, las muy tunantas, se reían a costa de
mi sangre [135] y de mi vergüenza;
pero ¡qué bien me cuidaron! Figúrese usted, Sr. D. Martín, un perchazo dado de
improviso, sin que hallara a mano cosa alguna en que agarrarme... Susto
mayor...
-¿Pero
no me saca usted de dudas?
-Sí;
pues es el caso que yo, viendo que no me había contestado, no le hablé más del
asunto. Luego con mi caída, maldito lo que me acordaba de usted y del pobre D.
Leonardo. Pero al salir siento que me tiran del faldellín de mi vestido. Vuelvo
la cara y veo a Susanita, que me dice muy vivamente: «Diga usted a ese joven
que estoy pronta a recibirle, y que él se servirá enterarme de lo que
pretende...». Pues ni fue más, ni fue menos.
Grande
asombro causó esto a Martín, y se inclinaba a creer que D. Lino no era hombre
del todo veraz, o que con la sangre salida de la cabeza se le había debilitado
el cerebro hasta el punto de hacerle entender las cosas al revés. Ya empezaba
la curiosidad a estimularle demasiado, y así, sin pensarlo más, y resuelto al
fin a consumar su temida y necesaria humillación, se dirigió a casa de D.
Miguel de Cárdenas y Ossorio.
III
Por
más que Muriel, después de aquellos sucesos, asegurara que la presencia de
Susanita no le había producido efecto alguno en aquel memorable día, nos
permitiremos dudarlo. Era hombre veraz ciertamente, pero su apasionado y
vehemente carácter le hacía equivocarse con frecuencia, y más que nada en lo
referente a él mismo. Las preocupaciones y los inveterados resentimientos le
cegaban hasta el punto de no ver lo que pasaba en su corazón. No es posible,
por tanto, que Susana dejara de producirle fuerte impresión algo más que de
sorpresa, porque los artificios de tocador, la hábil colocación de los adornos
y el lujo y belleza de las prendas de vestir daban tan vivo realce a su natural
hermosura, que sólo la gazmoñería o la falta de todo sentido artístico podían
permanecer insensibles en su presencia. Tenía el privilegio, concedido sólo a
rarísimos ejemplares del sexo femenino, de hacer elegante y airoso cuanto se
ponía, a diferencia de las que reciben cierto encanto más ficticio que real de
una flor, de una cinta o de un encaje. Cuanto en su cabeza o en su cuerpo
servía de adorno estaba bien. «¡Qué bonito lazo, qué bonito pitibú!», decían sus amigas
contemplándola, y las muy tontas [136] no comprendían que aquello era bonito porque ella lo
llevaba. Los privilegiados organismos, en cuya imaginación tienen su origen las
caprichosas modas que tan por lo serio toma la desocupada Humanidad, suelen
arrojar a los talleres mil formas extravagantes, ya en sombreros, ya en trajes,
que no por ser adoptadas dejan de parecer perfectamente absurdas. Muchas que
imitaron a Susanita salieron a la calle hechas unos mamarrachos, ¡y ella estaba
tan bien con aquello mismo que afeaba a las otras! Nada que estuviera en su
cuerpo podía ser ridículo.
Aquel
día deslumbraba. Su traje era una hábil transacción entre la usanza española,
algo en decadencia ya en las clases altas, y la moda francesa, que bajo la
influencia del Imperio quería, como Bonaparte, afectar las formas de la
estatuaria antigua. Goya nos ha dejado inimitables muestras de esta
combinación, que permitía a ciertas ilustres damas tener la esbelta gravedad de
las diosas sin perder la arrogante desenvoltura de las majas. Si en aquella
época las señoras de alta jerarquía hubieran ya inventado los amagos de jaqueca
para dar a sus personas una expresión de elegante malestar, de interesante
abandono, para espiritualizarse con las voluptuosidades del dolor, Susanita
hubiera tenido síntomas y vislumbres de jaqueca en aquel día. Fuera que su genio
precoz se adelantara a su época en la adopción de este hermoso mal, fuera que
se sintiese atacada de los vapores, que eran el recurso de su tiempo, lo cierto
es que ella tenía cierto decaimiento perezoso, como si sus nervios, fatigados
después de larga excitación, juguetearan por todo el cuerpo produciéndole en su
incesante cosquilleo a la vez dolor y placer.
A
su lado estaban gravemente sentados el Sr. D. Miguel Enríquez de Cárdenas y su
digna esposa doña Juana de Albarado; el primero, con la cabeza inclinada y en
ademán meditabundo, como de costumbre; la segunda, tan arrogante y
cuellierguida como siempre, y respirando con tal aire de insolencia, que
parecía no querer dejar aire para los demás. Martín entró guiado por un paje, y
después de saludarles con el mayor respeto a larga distancia, se sentó,
obedeciendo a una señal que, no acompañada de palabra alguna, le hizo el Sr. D.
Miguel. Los tres personajes lo miraron como se mira a una cosa rara, y
aguardaron a que él rompiera la palabra.
-Ya
creo que sabe usted a lo que vengo -dijo Martín, dirigiéndose a Susana,
esforzándose en tomar el tono más conveniente-. Un amigo mío le ha informado a
usted del favor que tengo la honra de pedirle... [137]
Susanita
no expresó en su semblante ni sorpresa, ni alegría, ni pesadumbre, ni nada. Sin
hacer el menor gesto, y hasta casi sin mover los labios, dijo:
-Sí.
-Un
amigo mío, que no ha cometido delito alguno, ni aun la falta más ligera, ha
sido preso por el Santo Oficio. Solo, sin familia, sin amigos poderosos, el
infeliz está expuesto a perecer deshonrado en un calabozo, si alguien no se
apiada de él y logra ablandar a sus perseguidores. Esto es una cosa que
subleva, y nadie puede permanecer impasible ante maldad semejante...
Muriel
se detuvo, comprendiendo que se había excedido un poco; y efectivamente, cierto
gesto casi imperceptible de D. Miguel así lo manifestaba.
-A
todos los que han servido en casa hemos favorecido cuanto nos ha sido posible
-contestó Susana, sin dejar su gravedad-. Yo haré por ese joven lo que pueda,
atendiendo a que tiene empeño en ello una persona que nos ha servido, aunque
mal.
Muriel
iba a contestar; pero hizo un esfuerzo y calló, bajando la vista como en señal
de asentimiento.
-¿Este
señor ha servido en tu casa? -preguntó doña Juana con cierto desdén.
-Él
no, pero su padre sí; usted habrá oído hablar de D. Pablo Muriel, el que
administraba los estados de Andalucía.
-¡Ah!
-exclamó la vieja-, aquel de quien decían... ¡qué horror!
-Tía,
no hable usted de ese asunto delante de este caballero, que es su hijo.
Martín
hizo otro esfuerzo y calló.
-Pero
nosotros -continuó la joven-, perdonamos todas las ofensas, y...
-Sí
-dijo Martín interrumpiéndola y en tono de amarga, aunque muy fina ironía-.
Ustedes perdonan todas las ofensas.
-Y
procuramos siempre que las personas que nos han servido no puedan nunca
quejarse de nosotros.
-Así
es; por eso todos colman de bendiciones lo mismo esta casa que la de mi señor
cuñado el conde -dijo doña Juana, que no podía estar mucho tiempo sin meter su
cucharada.
-Por
tanto -continuó Susana-, a pesar de los agravios recibidos, yo haré lo posible
por lograr lo que usted desea, puesto que nos lo pide con tanta humildad. ¿No
es eso? [138]
-Sí,
señora -dijo Martín, empezando a sentirse débil.
-Si
no fuera así, si usted se acercase a nosotros con arrogancia -continuó la
dama-, seríamos más severos. Pero ya se ve. Los que por mucho tiempo han estado
al arrimo de una casa no es fácil pierdan el afecto a sus amos, y aunque
cometan faltas que merezcan reprobación, aquéllos siempre son indulgentes.
Nosotros hemos sido indulgentes con ustedes, ¿no es cierto?
Martín,
con gran asombro de doña Juana, no contestó nada y se notaba que hacía grandes
esfuerzos para seguir callando. Susana le tenía como cogido en una trampa y le
azotaba con crueldad inaudita. Lo peor era que él, a pesar de la impetuosidad
de su carácter, sentía el látigo y no se atrevía a proferir una queja. La
gravedad de los dos personajes, la entereza y majestuosa soberbia de la dama,
hasta su misma hermosura, influyeron en el repentino encogimiento de su ánimo,
más bien fascinado que vencido.
-Grandes
favores han recibido ustedes de nosotros -continuó Susana-, favores no siempre
agradecidos como debieran ser; pero puesto que usted conserva algún cariño
hacia la casa... yo haré lo posible porque su amigo sea puesto en libertad.
-Usted
hará todo lo posible para que mi amigo sea puesto en libertad... -dijo Muriel,
repitiendo esta favorable promesa para disculparse a sí mismo de la tolerancia
que había tenido con las anteriores frases de Susanita.
-Sí,
lo haré -repuso ésta.
-Pero
di, Susana -preguntó repentinamente y como asaltada de un penoso recuerdo-, ¿es
este el caballero que dijo tantos despropósitos el otro día en la Florida?
¿Este es el de que tú nos hablaste?
Tan
intempestiva pregunta parecía como que iba a despertar a Martín del letargoso
estupor en que Susanita le tenía sumergido. Iba a recobrar la plenitud de las
particulares calidades de su carácter, cuando la dama dio un giro muy distinto
a la cuestión, diciendo con mal humor:
-No,
tía, éste no es. Siempre ha de entender usted las cosas al revés.
Callose
doña Juana, y su augusto esposo, que no decía una palabra, clavó los ojos en su
bella sobrina con tal expresión de asombro, que no hubiera pasado inadvertido
ante Muriel, si éste no estuviera muy atento a otra cosa que a la apergaminada
y rugosa cara del Sr. D. Miguel de Cárdenas y Ossorio.
-Aquel
de quien hablé a usted era otro, y por cierto que no he visto nada más
desvergonzado -exclamó Susana con [139] repentino y artificioso reír-. ¡Qué procacidad! Es
que hay hombres tan despreciables que no sé cómo se les tolera en contacto con
personas de etiqueta y delicadeza.
Aquel era un hombre que en seguida revelaba la bajeza de su condición. Las
almas rastreras y mezquinas no nacen nunca en altas regiones.
-Pues
si es como tú me contaste -dijo doña Juana- aquel hombre debiera estar a la
sombra.
-¡Ya
lo creo! -contestó la de Cerezuelo mirando a Martín-. No he oído nada igual.
¡Qué modo de insultar a la religión, a la nobleza, a los reyes, a lo que hay de
más sagrado y venerable en el mundo! Verdad es que de personas tan soeces y
viles, ¿qué se puede esperar?... ¡Ah, cómo habló aquel hombre! Todos nos
quedamos asombrados y confundidos. Eso tiene el haber permitido a D. Lino que
nos presentara a dos desconocidos. No sabe uno con quién se junta.
-Pues
yo... sin duda, estaba preocupada -dijo doña Juana-; había entendido que este
caballero era el que estuvo el otro día en la Florida. Por eso te reprendí
cuando me dijiste que le ibas a recibir.
-Usted
todo lo equivoca -repitió con mal humor Susana-. ¿Le parece a usted bien que yo
podía recibir?...
-¿Y
ese hombre -preguntó Martín con perfecta calma aparente-, estuvo con usted en
la Florida en alguna fiesta de campo?
-Sí
-contestó Susana también muy serena-, y alternábamos con él creyendo que era
persona...
-¡Qué
atrocidad! -exclamó Martín.
-Figúrese
usted -dijo doña Juana-, que a lo mejor empezó a soltar mil herejías por
aquella boca, y qué sé yo... ¿no dijiste, Susana, que hasta llegó a
insultar?... ¡Gentuza! Perdone, usted, caballero, que por un momento y equivocadamente
supusiera...
-Es
mucho atrevimiento -dijo Martín mirando fijamente a Susana-. Hay gentes tan
audaces y desvergonzadas, que debieran perecer para mayor desahogo de la gente
delicada y fina. ¡Y ustedes no conocieron que estaban en compañía de un
farsante hasta que no echó sapos y culebras por aquella boca! ¡Qué bochornosa
coincidencia! Y tal vez bailaría con alguna, con usted misma, sin que usted
supiera...
Susana
no tuvo otro remedio que aguantar esta saeta, porque de contestar a la
encubierta y delicada insolencia de Martín, hubiera tenido que dejar a un lado
el papel que estaba representando. Calló e hizo uno de esos gestos que [140] ni afirman ni
niegan, y que nos sirven para contestar de un modo ambiguo a toda pregunta
importuna que nos coge desprevenidos.
-Pues
puede usted ir seguro de que haremos todo lo que podamos en favor de su
amiguito -dijo doña Juana, indicando a Muriel con esta fórmula que la visita
había llegado al límite marcado por las prácticas sociales y que debía
retirarse.
-Sin
embargo -dijo Susana, que sin duda quería vengarse de lo del baile-, no puede
decirse que sea seguro, porque no sé yo si el abuelo querrá...
-Yo
tengo entendido -dijo el joven- que no sabe negar cosa alguna que usted le
pida.
-Según
lo que sea. La falta de su amiguito puede ser de tal naturaleza...
-Él
no ha cometido falta ninguna, señora; como otros muchos, ha caído inocente en
las garras de la justicia.
-De
todos modos -añadió Susana complaciéndose en jugar con los sentimientos de
Martín-, no puede haber seguridad. Aquí se hará cuanto se pueda... Veremos,
vuelva usted.
Al
decir vuelva usted, la hija del conde
de Cerezuelo miró al techo como si quisiera poner la expresión de sus ojos a
salvo de la curiosidad de su tío. Éste no cesaba de mirarla atento a sus
movimientos como a sus palabras y no tomaba parte alguna en el diálogo si no
era para asentir, moviendo la cabeza a todas las sandeces que su esposa doña
Juana profería.
-Bien,
señora -dijo Martín- yo volveré. Espero que no olvidará usted mi pretensión y
confío en sus buenos sentimientos. Ya tenía yo noticia de su condición suave y
caritativa; ya me habían enterado de la verdad y ternura de su corazón; me
considerará feliz si ahora, con esta impertinente demanda mía, le proporciono
ocasión de mostrar una vez más tan hermosas cualidades.
En
estas palabras, la sutil ironía del acento escapó a la obtusa penetración de
doña Juana; mas no pasó inadvertida para Susana, que se puso muy seria y saludó
con la cabeza a Martín, el cual ya se había levantado y se inclinaba ante los
tres personajes con una profunda y algo afectada reverencia.
Salió
el joven de la sala asombrado y confuso de tan rara entrevista; mas no quiso el
Cielo que se marchara sin recibir en aquella casa nuevas y más singulares
impresiones, y éstas se las deparó el Sr. D. Miguel Enríquez de Cárdenas. Iba
Martín cercano a la escalera, cuando sintió pasos algo [141] quedos y un ceceo no muy claro. Volviose y vio a
dicho señor, que parado junto a una puerta, con la mano puesta en la llave, le
hacía señas de acercarse. Hízolo así y ambos entraron en un despacho, donde D.
Miguel, en extremo obsequioso y con una oficiosidad galante que Martín hasta
entonces no había visto en él, le mandó sentarse sin cumplimiento alguno.
Sentose Martín, el señor cerró la puerta y vino a ponerse a su lado.
IV
Aquél
era día de sorpresas. La benevolencia relativa con que le habían recibido; la
nueva y desconocida fase del carácter de Susana, a quien en la Florida no había
conocido sino de un modo muy incompleto; el misterio de su repentina
protección, que podía ser obra de refinada astucia, tal vez de una burla, y
quién sabe si de otra inexplicable cosa, y, por último, la improvisada cortesía
de aquel hombre, que simulaba tener que hablarle de un grave asunto (¿cuál?),
todos estos hechos imprevistos eran suficientes a confundir al más sereno, y
Muriel era hombre que se impresionaba pronto y siempre fuertemente, por lo cual
sus creencias, sus sentimientos y hasta su carácter sufrían grandes
oscilaciones.
-Perdone
usted que le detenga -dijo D. Miguel-, pero no quiero que se vaya usted de mi
casa sin que hablemos un poco. Aquí estamos solos.
-Usted
dirá.
-Ya
tengo noticias de usted -añadió el viejo con artificiosa sonrisa-. Todas las
personas de talento me son simpáticas. Pero ve usted la taimada de mi
sobrina... ¿Pues no negó que fuese usted el que el otro día estuvo en la Florida?
-Sí...
sí...
-Ella
quiso evitarle a usted un sonrojo. ¡Qué tontería! Como estaba mi esposa
delante, y ésta tiene ciertas ideas... Por mi parte... a mí no me asustan esas
cosas. Mi sobrina ha estado en extremo cariñosa con usted. Yo estaba asombrado.
Pero dígame usted, Sr. D. Martín, ¿cómo van sus cosas? Porque yo sé que usted
tiene proyectos; usted, que se eleva a tanta altura sobre el común de las
gentes, aspira a ver realizadas sus ideas, sus grandes ideas, sí. A mí me gusta
el arrojo de los jóvenes que quieren ver transformada esta sociedad... y eso es
indudable, Sr. D. Martín, esta sociedad ha de volverse patas arriba. [142]
Martín
no sabía qué contestar a tan apremiantes razones. La sorpresa primero, y cierta
desconfianza después, le impidieron ser tan expansivo como su interlocutor. ¿De
dónde le conocía aquel hombre? ¿Cuál era el secreto do aquella repentina y
calurosa simpatía que le mostraba? Indudablemente allí había algo.
-En
fin, Sr. D. Martín -continuó D. Miguel-, yo tendré mucho gusto en hablar con
usted de este y otros asuntos. Usted no será muy explícito conmigo, porque no
me conoce; pero ya nos veremos. Venga usted a mi casa cuando guste, pues yo me
honro recibiendo en ella a personas de tanto mérito... mérito desconocido y
obscuro que es preciso sacar a luz. Usted es digno del aprecio de las gentes.
¡Cuántas injusticias se ven en el mundo! ¿No es verdad, Sr. D. Martín? Venga
usted por aquí. Olvide usted los resentimientos que pueda guardar a mi señor
hermano; él es raro; yo sé que en el asunto de D. Pablo ha habido muchas
intrigas... En fin, eso paso...
-Y
ha habido también injusticias -dijo Martín.
-Susana
no participa de ninguna prevención contra ustedes. ¡Si viera usted qué empeñada
está en sacar en bien a ese señor, su amigo, que está preso en el Santo Oficio!
-Será
muy grande mi agradecimiento -dijo Martín, que no se dejaba seducir por la
inesperada verbosidad del Sr. Enríquez de Cárdenas.
-¿Pero
no me dice usted nada de sus proyectos? -volvió a decir éste, cada vez más
empeñado en entablar un diálogo político.
-Yo
no tengo proyecto alguno -contestó el joven, deseoso de apagar el ardor de D.
Miguel.
-Sus
aspiraciones, quiero decir... Yo, acá para los dos, pienso como usted acerca de
ciertas cosas que hay que hacer aquí; sólo que yo no tengo talento ni puedo
exponerlo con la elocuencia que usted, porque usted es elocuente, Sr. D.
Martín.
-Sin
duda le han informado a usted mal acerca de mis merecimientos; yo soy un hombre
aficionado al estudio y sin otra calidad que un deseo muy vivo de ver
realizados el bien y la justicia en todas partes.
-Bien,
bien; eso mismo digo yo. Me parece que a usted le están reservados días de
gloria en nuestra patria. El principal mérito de usted, según tengo entendido,
consiste en su resolución para llevar adelante cualquiera atrevida empresa.
-No
creo ser débil -contestó Martín-; pero ningún [143] deber honroso me puede ser impuesto que yo no cumpla.
-Así
es: constancia, tesón, firmeza. ¡Pero qué corrompida sociedad ésta, Sr. D.
Martín! ¿No la detesta usted?
-Sí,
la abomino; dichosos los que nazcan cuando esté purificada.
-Manos
a la obra, amigo mío -dijo Enríquez con una decisión que en tal persona tenía
mucho de cómica.
-¿Manos
a qué? -preguntó Muriel.
-Pues
es preciso reformar, a ello; yo veo en usted uno de aquellos caracteres firmes
destinados a simbolizar un gran acontecimiento. Ánimo, pues.
A
pesar de sentirse tan vivamente adulado, Martín no las tenía todas consigo;
aquel extemporáneo entusiasmo de su nuevo amigo lo parecía en extremo falaz.
-Yo
no pienso hacer otra cosa sino estar siempre en mi puesto y cumplir con mi
deber -dijo.
-Pero
cuando su puesto es delante, a la cabeza; cuando es usted llamado a dar la
primera voz... En fin, nosotros hablaremos de estas cosas. Venga usted a mi
casa, y... le recomiendo la reserva cuando estén delante otras personas...
porque no conviene. Creo que ciertas cosas que ponga yo en su conocimiento le
han de agradar.
-Me
honrará mucho la confianza de usted -dijo Martín escrutando con escrupulosidad
un tanto insolente la persona y fisonomía del hermano de Cerezuelo, como
queriendo sondear su carácter o buscar en lo exterior algún dato con que
explicarse lo que era aquel hombre.
-Aquí,
Sr. D. Martín, vienen muchos personajes importantes de esta Corte. Yo quiero
que usted los trate, pero cuidado; no conviene extralimitarse ni hablar así con
demasiada desenvoltura. Yo, por mi parte, no tengo preocupaciones. Aunque he
nacido en alta posición... ¡cuán distinto soy de mi hermano!...
-Yo
acepto el ofrecimiento que usted me hace y vendré a su casa -dijo Martín
levantándose.
-Espero
que su pretensión será atendida por mi cuñado. Cosa que Susanilla le pida no
puede ser negada.
-¡Cuánto
agradeceré esa benevolencia! Por mi parte...
Ambos
se dirigieron a la puerta; D. Miguel con cierta urbanidad oficiosa, y Martín no
convencido de que aquellos galanteos fueran cosa espontánea.
No
cesaba de examinar a su nuevo amigo, el cual era de estatura alta, muy flaco y
flexible. Vestía con cierta afectación anticuada, lo cual contrastaba con sus
ribetes y vislumbres de revolucionario, y tenía en su persona dos cosas que
llamaban principalmente la atención, y eran la [144] peluca, perfecta obra de arte capilar, y las manos, que eran por extremo blancas, suaves y
primorosamente cuidadas, embellecidas por vistosos y muy ricos anillos. Dos
dedos de una de estas manos resbaladizas y finas alargó al joven en el momento
de la despedida, en la cual creyó el aristócrata que había hasta un acto de
popularidad. No cesó de sonreír con complacencia mientras Martín estuvo al
alcance de su vista; y cuando éste se hubo alejado, se metió de nuevo en su
cuarto. En el mismo instante se abrió una pequeña puerta y apareció un hombre,
a quien a conocemos. Era el Sr. D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras.
-¿Qué
le ha parecido a usted? -dijo acercándose con expresión de mucha curiosidad e
interés.
-¡Oh!,
excelente, soberbio, propio para el caso -replicó D. Miguel sentándose.
-Sí,
pero es reservadillo... ya se lo dije a usted.
-Pues
por eso me gusta más.
-¡Qué
hallazgo, Sr. D. Miguel!
-¡Qué
hallazgo, Sr. D. Buenaventura!
Capítulo
X
Que trata de varios hechos de escasa importancia pero
cuyo conocimiento es necesario
I
Dejemos
a Martín devanándose los sesos para explicarse las causas del recibimiento que
en aquella casa había tenido; ya suponía misteriosas intrigas, ya se figuraba
que era objeto de burlas, y que lo mismo Susanita que su tío eran seres
artificiosos y farsantes. Pero su propósito era seguir la comedia o la broma si
lo era, hasta esclarecerla del todo, y con la esperanza de sacar de la cárcel
al pobre Leonardo. En la noche del siguiente día era cosa de ver la sala del
Sr. D. Miguel, honrada con la presencia de los dignos y graves contertulios que
de ordinario la frecuentaban. Ninguno había faltado, y pocas veces la reunión
estuvo tan animada. De buena gana daríamos a conocer a nuestros lectores la
interesante discusión que sostenía el señor presidente de la Sala de Alcaldes
de Casa y Corte con [145] un
Consejero de la Cámara de Penas, interviniendo un consejero de Castilla y el
señor fiscal de la Rota. Como no es indispensable para el interés de esta
verídica historia, sólo haremos un extracto de tan vivo y erudito diálogo, que
no era sino repetición de los que sobre puntos análogos resonaban todas las
noches bajo el artesonado de la ilustre casa.
Discurrían
sobre la riqueza comparativa de las naciones de Europa, y un excesivo celo por
las glorias patrias llevaba al señor presidente de la Sala de Alcaldes de Casa
y Corte a sostener que todos los países del mundo eran pobrísimos, excepto el
nuestro, cuya prosperidad no tenía igual en antiguos ni modernos.
-¡Ah!
-decía con aquella gravedad que es peculiar en todo el que conoce a fondo el
asunto de que trata-. Inglaterra y Francia son países miserables. Todas las
fortunas de la nobleza no igualan a la de uno de nuestros grandes. Luego el
terreno es tan malo...
-Donde
llega la feracidad del nuestro... -apuntó el señor fiscal de la Rota-. Hay en
Extremadura tierras que dan tres cosechas. Eso es asombroso; no hay en todo el
mundo nada que se le parezca.
-Pues
no sé... -dijo el señor presidente de la Sala de Alcaldes-. Castilla sola da
pan para toda Europa. Si no existieran nuestros graneros y nuestros carneros
merinos, ¡qué sería del mundo!
-Es
verdad que Castilla y Extremadura son países fértiles -dijo el señor presidente
de la Cámara de Penas-, pero es el año que llueve, y como nuestros labradores
no saben cultivar la tierra, resulta que no se coge sino muy poca cantidad en
comparación de los habitantes y de la extensión del terreno. Yo sostengo que
somos uno de los países más pobres, si no el más pobre de Europa.
La
mirada de los otros dos personajes al oír tan gran despropósito, expresó la
alta indignación de que estaban poseídos al oír cosa tan contraria a la general
creencia y al entusiasmo patrio.
-¿Qué
dice usted, Sr. D. Hipólito? ¿Pero habla usted en serio? ¿Está usted loco?
¡Cómo se conoce que no ha hecho usted profundos estudios sobre el particular!
-Porque
los he hecho, aunque no profundos, digo lo que digo. Estamos muy equivocados,
Sr. D. Blas; no tenemos más que vanidad. Todo eso que se habla de nuestra
riqueza es una pura patraña. El día en que haya comunicaciones fáciles, y pueda
todo el mundo ir y venir, y ver otros países, se desvanecerá este error.
-¿Y
sostiene usted que Francia?... Por Dios, Sr. D. Hipólito [146] -dijo el de la Cámara de Penas-, si sabremos lo que
es Francia, un país donde no se encuentran tres pesetas, aunque se dé por ellas
un ojo de la cara... Allí con las tres o cuatro chucherías que fabrican apenas
pueden vivir; no es como aquí, donde la riqueza está en el suelo. Cuidado si
hay millones en esta tierra. Pues digo, cuando el duque de Medina-Sidonia y el
de Osuna tienen una renta de... qué sé yo... si espanta esa suma.
-En
cambio, cuenten ustedes el número de los que se mueren de hambre.
-No
es eso, por amor de Dios, Sr. D. Hipólito; ¿si querrá usted negar la luz del
sol? ¡Comparar a nuestra España con esos países donde no se cogen más que
algunas fanegas de trigo y pocas, poquísimas arrobas de vino! Vaya usted a
Jerez, Sr. D. Hipólito, como fui yo el año pasado, y verá lo que es riqueza. Si
aquello es quedarse uno estupefacto; aquello no es vino, es un mar; todo el
orbe se embriagaría con lo que hay allí.
Júzguese
hasta qué punto llegaría la alta ciencia y el amor patrio de tan esclarecidos
señores, discurriendo sobre este tema. Sabemos por conducto de buen origen que
la cuestión llegó a hacerse personal, descendiendo de la región de las
apreciaciones estadísticas y económicas; que el señor fiscal de la Rota fue
poco a poco perdiendo la apacible calma de su carácter, y llegó a decir al
señor presidente de la Cámara de Penas cosas que éste jamás oyó ni aun en boca
de un enemigo.
II
Don
Tomás de Albarado y Gibraleón, a quien llamamos el doctor, por serio, y muy
eminente, en Cánones y Teología, era un hombre cuya simple presencia
predisponía en su favor. De edad avanzada, bastante obeso y siempre risueño, el
inquisidor tenía siempre su palabra agradable para todo el mundo, y aunque no
conocía más idioma que el español, podía decirse que hablaba todas las lenguas
por la facilidad con que sabía encontrar la fórmula propia para expresarse con
el sabio y el ignorante, con el calmoso y el vehemente. Su época, que tenía
faltas de lógica horrorosa, había puesto en sus manos la más terrible
institución de los tiempos antiguos, y alguien decía, más bien en son de
vituperio que de alabanza, que el arma terrible del Santo Tribunal era en sus
manos cuchillo roñoso y mellado, que [147] más servía de fútil espantajo que de severo castigo.
Si en la Inquisición había entonces algo bueno, era aquel consejero de la
Suprema, persona cuya bondad resaltaba más a causa de su fúnebre oficio. Pero
es lo raro que él creía a pies juntillas en las excelencias del Santo Tribunal,
y era cosa en extremo curiosa oírle referir sus ventajas en el orden social y
los prodigios que operaba en la conciencia de los pueblos; creía que el día
último de la Inquisición sería desastroso para la causa humana, y, sin embargo,
esta aprensión pavorosa, hija de rutinaria enseñanza, no hizo nacer en él ni la
crueldad ni la aspereza glacial del inquisidor antiguo. Es que su corazón valía
bastante más que su cabeza, y el buen doctor era de los que, extraviados por
falsas ideas, pasaban la vida tratando de convencerse a sí mismo de que la
Inquisición podía ser cosa buena sin dejar de ser cruel.
En
su tiempo la Inquisición había perdido la horrible majestad de anteriores
siglos; ya la costumbre, si no la ley, había suprimido las ejecuciones en
grande escala, dejando sólo en toda su fuerza las condenas de levi, ad cautelam y otras en que por delito de herejía, de
filosofismo, de jansenismo o de francmasonería se encarcelaba a la gente,
proponiendo alguna tanda de azotea. Diríase que la Inquisición se espantaba de
su propia obra y se corregía, asombrada de que las leyes civiles la toleraran.
El doctor Albarado se congratulaba de este adelanto propio del tiempo, y, a
veces, a solas con su conciencia, decía que a haber nacido en época más lejana
no fuera inquisidor por todo el oro del mundo. Su grande amistad con D. Ramón
José de Arce, arzobispo de Zaragoza, y entonces Inquisidor general, le daba
gran influencia en el Consejo de la Suprema, de que formaba parte, y aun en los
Tribunales de los reinos.
En
el largo período en que dicho reverendo Sr. Arce desempeñó el generalato del
Santo Oficio, fueron muy contadas las sentencias, según afirma la Historia,
asombrada de tanta parsimonia en el quemar y de tamaña sobriedad en el vapuleo.
Desde 1792 hasta 1814 la Inquisición sólo quemó a un reo, y eso en efigie, y
azotó públicamente a veinte.
Susanita
nunca había pedido al abuelo favores
que se relacionaran con aquel alto Tribunal, pues ni ocasión tuvo para ello, ni
hablaba nunca de semejante cosa. Mucho asombro causó al buen doctor la
extemporánea petición que ella le hizo al día siguiente de la escena referida
en el anterior capítulo, y mostraba tal empeño, tan vivo deseo de verlo
cumplido, que el abuelo no pudo menos de decirle: [148]
-¿Pero
tú estás loca? ¿Tú sabes lo que estás diciendo? ¡Qué yo ponga en libertad a un
preso de la Inquisición! ¿Crees tú que ese Tribunal es cosa de juego?...
-Pues
si usted quiere hacerlo puede muy bien -contestó con enojo la dama-. Es porque
no quiere.
-Pero
hija, tú has perdido el juicio. En primer lugar, todo lo que allí pasa es
secreto, y hasta esta conversación que tenemos aquí hablando de ese reo es
contraria a las leyes del Santo Oficio.
Pero
el buen teólogo era en extremo débil, sobre todo cuando se trataba de hacer
bien, y Susana, que en su rara penetración lo conocía, había aprendido a sacar
partido de su buen corazón. Enfadada y adusta estuvo después del diálogo
anterior, y no contestó palabra a las muchas que le dirigió el hermano de su
tía preguntándole varias cosas.
Al
día siguiente entró el abuelo en la
casa a la hora de costumbre y fue en busca de ella, sonriendo al verla y
complaciéndose de antemano en la sorpresa que iba a darle, como cuando llevamos
una golosina a un niño y retardamos el momento de dársela. La golosina que
llevaba el doctor era una esperanza de que la pretensión de Susana sería
atendida.
-Por
darte gusto -dijo-, me atrevo a romper el secreto, Susanilla. Voy a darte
algunas noticias de ese desgraciado. No te diré nada de las declaraciones ni
del proceso porque eso nos está prohibido, ni de los cargos que resultan contra
él, ni de la sentencia que es probable se le imponga.
-Pues
me deja usted enterada. No me dice nada, y...
-Pero
escucha. Sí te diré, y esto puede revelarse, que el Tribunal de Toledo le ha
reclamado, por creer que a él compete juzgarlo. Has de saber que ha habido
agravios a la Virgen del Sagrario, y además aparecen papeles que ligan este
crimen con los de una Sociedad de francmasones que tiene asiento en aquella
ciudad y se había descubierto también estos días.
-¿Y
qué ventajas saca el infeliz de ser juzgado en Toledo, en vez de serlo en
Madrid?
-Muchas,
porque el Tribunal de Toledo es más benigno, y hace mucho tiempo que allí no
sentencian más causas, que las de levi.
Todos los inquisidores son hombres muy blandos y sensibles, por lo cual el
Consejo les ha solido tachar de poco celosos.
-Usted
no me quiere complacer y ahora se disculpa con los de Toledo -dijo Susana poco
satisfecha del éxito de su pretensión. [149]
-Pero
hija, ¿qué quieres que yo haga? Yo no puedo dar pago alguno; yo no puedo
influir de ningún modo en el ánimo de los inquisidores, y menos en los de
Toledo, de los cuales no conozco más que a uno.
-No
sé más sino que si usted quisiera, al momento lo arreglaría a mi gusto -dijo
con mucha terquedad Susana.
-Pero
mujer, ¿qué más quisiera yo? No seas díscola y considera...
-No
considero nada, no vuelvo a pedirle a usted el más ligero favor.
-Pues
hija, está de Dios que no has de entrar en razón.
Susanita
comprendió que tenía que luchar con una institución y no con una persona, y se
abanicó con mucha fuerza creyendo que bastaban sus artificios de coquetería
para torcer los procedimientos del secular y pavoroso Tribunal. No eran del
todo impotentes, porque una de las cosas que más cautivaban el complaciente
ánimo del abuelo era el encantador
enojo de la hermosa tirana. Por aquella vez no se atrevió ni a ceder ni a
arrancar la esperanza de un próximo triunfo. Calló y esperó. Por eso en la
noche a que nos referimos al comienzo del capítulo, se le veía apartado, contra
su costumbre, de la adorada y adorable nietecilla,
y a ésta, muy tiesa y severa, nada complaciente con el buen doctor y tan ceñuda
como un niño a quien se ha negado un juguete. No lejos de ella estaba doña
Antonia de Gibraleón, la diplomática a quien ya conocemos, que era prima de
Albarado, y doña Juana, no menos entendida que su parienta en asuntos de
Estado, aunque más reservada.
-No
me puedo olvidar del charco del pobre D. Lino -decía aquélla riendo-. ¡Cómo
cayó el infeliz! ¡Y no necesitaba el pobrecillo romperse las piernas para
hacernos reír, porque la verdad es que era su figura en extremo extravagante!
-Yo
en mi vida he visto tragedia más sin gracia; todos lo hicieron bastante mal
-dijo doña Juana-, ¡y luego ver entrar en escena aquel mamarracho!
-El
abate no desempeña bien papel alguno, sino cuando Pepita Sanahuja le hace
representar el de becerro o carnero en sus farsas pastoriles -dijo doña
Antonia-. La verdad es que es un hombre excelente. ¡Si viera usted qué arte
tiene para escoger melones!
-Es
una alhaja, como no sea para representar tragedias- No tiene igual para toda
clase de recados. Anteayer me compró unos jamones que no había más que pedir.
Para hoy le tengo encargado que se entere de alguna doncella hacendosa y formal
que me hace falta... Pero ¿qué [150] haces ahí, Susana? -añadió reparando en la expresión
sombría y meditabunda de la hija de Cerezuelo-, acércate; ¿por qué estás tan
ensimismada?
Pero
la antojadiza dama no hizo caso y continuó dándose aire con tal ademán de
reconcentración, que parecía ocuparse en resolver algún intrincado problema.
El
marqués de las pastillas andaba rodando por allí bastante aburrido a
consecuencia de una sucinta relación que hiciera el señor fiscal del Consejo de
Ordenes de los siete partos de su difunta esposa, y se acercó a Susana buscando
más entretenida conversación.
-¿Sabes
que me llama la atención -dijo- no ver aquí a doña Bernarda con su hija? Casi
nunca faltan.
-Se
les mandará un recado si quiere usted saber lo que les pasa -respondió la joven
con muy avinagrado gesto.
-Esta
noche estás hecha un puerco espín -dijo el marqués sin incomodarse-. Vamos, una
pastilla de tamarindo -añadió, presentando su caja.
Susana
las rechazó con tan vivo ademán, que el tesoro antiespasmódico refrigerante se
esparció por el suelo. Todos volvieron los ojos hacia el lugar de la catástrofe
y contemplaron a la irritada diosa.
-Esta
noche tiene Susana la calentura -dijo el doctor-. Hay que esperar a que le
pase.
-Pues
hija -dijo el marqués en voz baja y sentándose junto a ella-, si estás enojada
porque me he negado a ir contigo al baile de la Pintosilla, no vayamos a reñir
por eso; iremos.
-¡Ah!
¿Usted creyó que desistía yo de ir al baile de Maravillas? -contestó con peor
humor Susana-. Si usted no quisiera ir conmigo, de seguro no faltaría quien me
acompañara.
-Lo
supongo -contestó el de las pastillas-; pero ya que haces el disparate de ir a
semejantes sitios, irás conmigo; tu gusto de mezclarte con la gente del pueblo
en esa clase de jaleos es muy extravagante, por más que la mayor parte de las
damas de la Corte lo tengan igualmente; pero si no te curas de tan rara
afición, Susana, yo iré contigo. No conviene penetrar sin mucha y buena escolta
allí donde está la flor y espejo de la manolería.
-Si
a usted le molesta -contestó con el mismo mal talante la hija de Cerezuelo-, ya
he dicho que no faltará quien me acompañe.
-¡Vamos,
tú estás esta noche con el geniecillo! Hay que, tener cuidado con la florecita
-dijo el marqués elevando [151] al cielo (es decir, al techo) sus macilentos ojos, en
que se conocían los estragos de una vida licenciosa y relajada.
Digamos
de paso, y por lo que esto pueda influir en los futuros sucesos de esta
puntualísima historia, que en el fondo del pensamiento de este gastado marqués
había una escondida y como pudorosa aspiración de amor que no se reveló nunca,
sin duda por la conciencia de su inferioridad física y moral respecto a Susana.
Ya
al llegar a este momento de la soporífera tertulia, en el otro extremo del
estrado se había debatido hasta lo último el tema de la riqueza de las
naciones.
Nadie
tenía pedida la palabra, y el señor fiscal de la Rota inclinaba la cabeza en
señal de sueño, mientras el señor consejero de la Sala de Alcaldes, etc., se
ponía la palma de la mano ante la boca, que se desquiciaba en un bostezo. El
señor consejero del de Órdenes miraba al secretario del de Indias como se miran
dos esfinges puestas a un lado y otro de un pórtico egipcio. El hermano del
señor corregidor perpetuo con juro de
heredad de la Villa y Corte de Madrid, hacía notar con cierta timidez a
otro de aquellos personajes que una de las alas de pichón de su hermosa peluca
se había chafado al recostar la cabeza sobre el respaldo del sillón, y el señor
fiscal de la Rota interrumpía el general y grave silencio sorbiendo sus grandes
dedadas de rapé. Doña Juana y doña Antonia hablaban por lo bajo en un rincón, y
según informes de excelente origen, ésta se ocupaba en explicar a la primera
por qué la Paz de Basilea había sido menos deshonrosa que el Tratado de San
Ildefonso, pues es fama que doña Juana consideraba ambos actos diplomáticos
como igualmente impremeditados e inconvenientes. La reunión había entrado en
ese período de somnolencia en que las voces se van extinguiendo, apagándose el
fuego de las miradas, calmándose la viveza de los ademanes, y en que toda la
tertulia aparece aburrida de sí misma, ya próxima a disolverse si una
exclamación, una agudeza o una tontería de desproporcionado calibre no lo dan
nueva vida.
Ninguna
de estas cosas interrumpió la paz de aquel panteón de nuestras instituciones
políticas y administrativas; pero sí fue turbada por un hecho que casi podemos
llamar acontecimiento. Susana, que estaba muda y ensimismada en un extremo del
salón, se levanta vivamente, atraviesa con mucho denuedo por entro los
consejeros, secretarios y demás glorias nacionales, avanza sin mirarlos, con
ademán de resolución y desdén, marcando estos dos sentimientos [152] con el insolente
ruido de los tacones de sus zapatos, y sale cerrando la puerta con tal
estruendo, que muchos se estremecen cual figuras de cartón a quien hasta las
pisadas de los niños hacen oscilar en sus endebles pedestales. Para comprender
la sensación que en el ilustre concurso produjo esta extemporánea, irreverente
e inusitada salida, basta traer a la memoria la etiqueta de entonces, en cuyos
códigos draconianos se imponían fórmulas de que hoy apenas resta alguna
práctica consuetudinaria en el austero hogar de antigua familia castellana no
domada por el siglo XIX. Aquella muda impertinencia de la soberbia dama fue un
insulto a todo el grave senado; no se
tenía noticia de otro igual en casa de tanta etiqueta, ni jamás Susanita,
aunque voluntariosa y díscola, había arrojado tanta ignominia sobre aquellas
imponentes pelucas. El señor consejero de la Sala de Penas vio en el ademán de
la petimetra una expresión de desprecio. Los tíos estaban avergonzados; el
doctor dijo entre dientes, perdonándole su mala crianza: «¡Infeliz, está
enojada conmigo!» El marqués creyó sentir los taconazos sobre la carne fofa de
su corazón; el fiscal de la Rota quería ver en ella un ademán de burla, y el
consejero de indias un gesto de dolor. Los pareceres eran distintos, aunque
todos se lo callaron. Alguien creyó ver en sus labios la modulación insonora de
palabras coléricas; pero un buen observador que imparcialmente contemplara la
escena, hubiera comprendido que el brusco movimiento y la partida resuelta de
la joven no expresaban otra cosa que una resolución repentina e inesperadamente
tomada. Si esta resolución hubiera pasado de su cabeza a sus labios, la dama
soberbia no hubiera dicho otra cosa que esto: «Ya sé lo que tengo que hacer».
No
es posible que el lector, por más que se caliente los sesos en penetrar estas
palabras, vea cumplido su justificado deseo, ni lo verá si no busca la
satisfacción de sus dudas en los capítulos siguientes, entre los cuales el que
viene a continuación no es de los que le dan menos luz sobre tan peregrino
asunto.
Capítulo
XI
Los
dos orgullos
I
Después
de la entrevista con los grandes señores de Enríquez, Muriel determinó volverse
a su antigua casa de la calle de Jesús y María. Ya fuera porque no sentía temor
alguno a las visitas de la Inquisición, después de aquella entrevista no
explicada ni comprendida aún, ya porque no gustaba de ocultarse ni menos de
habitar en compañía de D. Buenaventura, lo cierto es que abandonó la calle de
San Opropio, a pesar de que su dueño le instaba a que se quedase.
El
último día que Muriel estuvo allí, Rotondo le presentó dos caballeros de muy
raro aspecto y traje, que se decían entusiasmados con las ideas filosóficas y
revolucionarias. El uno, que era un joven mal vestido y de tristísimo
semblante, habló largo rato con Muriel, exponiéndole su doctrina, que consistía
en pegar fuego a todas las ciudades y llevar al cadalso a cuantos nobles,
frailes y gente real se hallaran en la Península. Sotillo, que así se llamaba,
era un hombre dominado por perpetua cólera. Su rabia insensata y su excitación
le asemejaban al pobre La Zarza, más loco sin duda, pero menos repugnante.
Muriel, después de hablar largamente con aquel que ahora llamaríamos demagogo o
comunalista, y que era de los que entonces solían llamarse francmasones,
comprendió que en espíritu tan extraviado por siniestras venganzas no había
idea alguna política ni filosófica, sino tan sólo el despecho que suele verse
en la inferioridad envidiosa, que no conoce otro medio de parecer grande sino
rebajando a toda la sociedad hasta su nivel.
El
otro era un vicio no menos rabioso y entusiasta, aunque de humor algo festivo a
intervalos y muy satisfecho de su poder y travesura. Llamábase D. Frutos, y es
cosa averiguada que anduvo en su juventud y por mucho tiempo jugando al
escondite con la justicia, hasta que ésta al fin se dio tal arte que le echó
mano y le envió a Ceuta por diez años. Tales antecedentes no le impedían que
afectara en su conversación una rigidez de principios morales enteramente [154] catoniana; y si no
diera espanto con sus planes de incendio y asesinato, parecía un santo varón.
Ni uno ni otro lograron valer gran cosa, a pesar de sus exageraciones
revolucionarias, en el ánimo de Martín, que tuvo bastante penetración para ver
en ellos los perjudiciales elementos de acción que unen siempre a toda idea
incipiente para deshonrarla. Ambos mostraron una gran admiración, no sabemos si
real o artificiosa hacia Muriel, y no acababan de alabarle como el más sabio,
el más profundo, el más atrevido de los revolucionarios. Martín no sintió, sin
embargo, apego alguno a la confraternidad de aquellos hombres; la cabeza no
quería valerse de dos brazos tan rudos y bárbaros; la idea no anhelaba el
concurso de aquella acción frenética. Fuese, pues, a su casa con intención de
no volver, y ellos no quedaron muy satisfechos de la entrevista. Como dato
preciso, recordaremos lo que el Sr. Rotondo dijo al verle partir a sus dos
originales y desalmados amigos:
-Me
parece que todos mis esfuerzos son inútiles. Mientras no pierda esos aires de
gran hombre...
II
Cuando
doña Visitación (que en el momento de sonar la campanilla de la puerta se
ocupaba en darse algunos disciplinazos en presencia de un Santo Cristo, que
para tan devotos usos había comprado) se levantó, miró por el ventanillo y vio
a Martín, hubo de caérsele el alma a los pies, según estaba de asustada y
aturdida. Abrió, sin embargo, al oír las apremiantes razones del joven, y no se
atrevió a dirigirle salutación ni cosa alguna de cortesía. Grandes ganas se le
pasaron de traer una escudilla de agua bendita y un aspersorio para rociar el
cuarto; pero como la cara de Muriel indicaba no tener humor de bromas, y la
vieja le había mirado siempre con respeto, aplazó el poner en práctica su
cristiano pensamiento para cuando saliera.
Pidiole
Muriel la ropa suya y de Leonardo, la cual entregó puntualmente la dueña, pues
aunque intolerable como mojigata, no hay noticia de que se le quedara entre las
uñas cosa alguna en ningún tiempo. Diole también algún dinero, poco, salvado de
las garras de la Inquisición por milagro, y con esto Martín se dio por
reinstalado. Hizo llamar a Alifonso, refugiado aún en casa de los tintoreros, [155] y lo puso a su
servicio; no las tenía el barbero todas consigo, y propuso a su amo el mudar de
casa, propuesta que Muriel aceptó, disponiendo su ejecución para de allí a dos
días.
El
siguiente fue fecundo en acontecimientos, como verá el lector, pues desde que
Martín abrió los ojos se encontró con una novedad tan peregrina, que por un
momento se creyó personaje de novela. Doña Visitación entró muy temprano en su
cuarto, después de cerciorarse de que no estaba desnudo ni descubierto, y le
entregó una cajita o estuche que envuelta en multitud de papeles acababan de
traer para él. Tomó Martín aquel envoltorio y vio que era una como cartera
forrada en cuero fino y perfumado; en el papel en que venía envuelta estaba
escrito su nombre con caracteres grandes y claros. Abriola y no pudo reprimir
una exclamación de asombro al verla llena de monedas de oro. La vieja abrió sus
ojos de tal modo, que parecía querer devorar aquel pequeño tesoro. Alifonso
decía: «Todos los días no son días de penas, Sr. D. Martín. Si un día se nos
meten por la puerta esos demonios de inquisidores, otros nos llueven escudos de
oro, que nos vienen ahora como anillo al dedo».
Muriel
examinó el dinero y lo sacó todo, por ver si venía en el fondo alguna carta;
pero la incógnita providencia del desheredado filósofo tenía el pudor de la
caridad, y se mantenía en el misterio, como si su desinterés llegara hasta no
necesitar del agradecimiento. Mucho contrarió a Alifonso que con la llegada de
aquel esfuerzo no ordenara Martín la compra de provisiones extraordinarias.
Despidioles éste a una y otro, y una vez sólo contó de nuevo el dinero, que
excedía de tres mil reales, y después se paseó muy agitado por la habitación,
tratando de resolver el nuevo problema de adivinación que se añadía a los
muchos que ya tenía en la cabeza. Es indudable que desde el instante en que
abrió la caja un nombre vino a su imaginación y estuvo en ella todo el día:
Susana. Pero no podía ser. La razón se resistía a creerlo. ¿Con qué objeto?
Pero si ella no había sido, ¿quién podía ser? Ya estaba él bastante preocupado
con el éxito de su visita y la inesperada complacencia de la dama, cuando
aquella limosna le acabó de turbar y confundir. Pero estaba de Dios que aquel
día lo sería de confusiones, porque se engolfaba nuestro hombre en un mar de
conjeturas, cuando entró D. Lino Paniagua, para acabar de volverle loco con lo
que le dijo.
-Sr.
D. Martín Martínez de Muriel: gran pesadumbre me hubiera dado no hallarle a
usted en casa, porque le [156] traigo un recadito que ya, ya... ¡Pero qué disgusto
tengo, Sr. D. Martín! Si viera usted lo que me pasa...
-¿Qué
recado me trae usted? -preguntó Martín con mucha curiosidad.
-Cosa
importante, amiguito, y que le hará a usted bailar de gusto. Cuando yo le decía
a usted que no le miraban con malos ojos... ¡Pero si usted supiera lo que me
pasa! ¡Quién lo creería, después que soy tan complaciente y me presto a
todo!... El diablo me tentó cuando me encargué del papel de Ulises. ¿Creerá
usted que han hecho una caricatura que anda por ahí... dando que reír a las
gentes, y unos versos que...?, la verdad es que son graciosos. ¡Pero cómo me
han puesto en ridículo!... No hay perro ni gato en Madrid que no los haya
leído. Me tienen aburrido, Sr. D. Martín. ¡Después que soy tan complaciente!
¡Caricatura!, ¡versos! ¿Lo creerá usted?
-Sí,
lo creo -dijo Martín más impaciente-. ¿Pero no me dice usted qué recadillo?...
-Sí...
contaré a usted... -repuso el abate-. Pero lo peor del caso es que la
caricatura la ha hecho el diablo de D. Francisco Goya, y los versos Moratín en
persona. Ambos son muy amigos míos; yo no me he de enfadar por eso. Pero no le
gusta a uno ser comidilla de la gente. ¡Si viera usted el dibujo de Goya!...
Estoy pintiparado con mi peluca, mi coturno y mi espada; pero tan grotesco, que
es para morirse de risa. Pues ¿y los versos? Tanto los he oído recitar, que me
los sé de memoria.
-¿Pero
no tenía usted algo que decirme? -preguntó Martín, cansado ya de versos y
caricaturas.
-¡Ah!
Sí. Vamos a ello. Es el caso que anoche vi a Susanita Cerezuelo en casa de
Castro-Limón, y me dijo... Le advierto a usted que primero se rió de mí cuanto
quiso, obsequiándome con el romance de Leandro...
-Bien;
dejemos a Moratín aparte por ahora -dijo Muriel.
-Pues
bien; Susanita me dijo que ya había hablado por su amiguito D. Leonardo a
aquella persona.
-¿Y
qué ha dicho?
-Nada;
parece que es cosa difícil. Sin embargo, según ella se expresaba, podrá
conseguirse. Si digo que usted ha nacido con pie derecho. Pues si la madama se
enternece con el Sr. D. Martín Martínez... ¡qué envidias, amigo, va a suscitar
el que...!
-¿Conque
hay esperanzas de conseguir eso?
-Yo
creo que sí; se conoce que ella lo ha tomado con mucho empeño. [157]
-¿Y
no le ha dado a usted seguridades? ¿No ha dicho lo que ha contestado ese señor
consejero?
-No,
eso se lo dirá ella a usted mismo.
-Sí,
quedé en ir por allá.
-Esta
noche, sí, a eso he venido.
-¿Esta
noche? ¿Le ha dado a usted ese recado?
-Precisamente.
«Don Lino -me dijo-, hágame usted el favor de decir a ese Sr. Muriel, que esta
noche vaya a casa a las nueve en punto para darle la contestación de su
asunto».
-Ya.
-Pero
dice que no vaya usted ni antes ni después de las nueve, sino a esa hora en
punto. ¿Lo entiende usted?
-Sí,
ya entiendo; iré sin falta.
-Pero
no necesito recomendar a usted, Sr. D. Martín, una cosa... y es que ha de haber
mucho sigilo.
-¡Ah!
Lo que es eso...
-Ya
usted ve... yo soy persona grave, y sólo me encargo de hacer estos favores
cuando sé que no es para escándalo. Yo sé que usted es persona formal, y en
cuanto a ella... Figúrese usted que ya la gente se ocupa...
-¿De
qué?
-De
Susanita. ¡Como la ven tan abstraída, tan meditabunda, ella que siempre ha sido
lo contrario! Ya he oído hacer comentarios sobre este cambio aparente en su
carácter, y hacen mil cálculos y calendarios sobre quién es y quién no es. Por
eso recomiendo que tenga usted la primera de las virtudes teologales en grado
sumo, y alguna de las otras tampoco estaría de más.
-Descuide
usted, que yo seré la misma prudencia.
-A
usted le supongo loco de contento; porque aunque no saque de la cárcel a
nuestro amigo, ¿le parece a usted poco el favor de una dama tan principal?
-En
eso no hay nada de lo que usted se figura -contestó Martín-. Sólo me llama para
enterarme del resultado de mi pretensión.
-A
mí con ésas. La verdad es que si usted consigue ablandarla, puede considerarlo
como un milagro. ¡Qué basilisco, amigo! Yo que la conozco desde hace tiempo sé
lo que es eso. No hay criatura más antojadiza, Sr. D. Martín; ¡anoche
precisamente tenía armada una gresca con el marqués de Fregenal, su pariente,
ese que la acompaña a todas partes! Y todo ¿por qué? Porque ella gusta mucho de
ir a los bailes de candil de Maravillas y Lavapiés, como es costumbre aquí
entre la gente gorda. El Marqués quería disuadirla de su propósito, porque
parece que otra vez fue [158] y no salieron muy bien librados. Pero ella en sus
trece que ha de ir, porque no puede desairar a la Pintosilla, que la ha
convidado.
-¿Y
quién es esa Pintosilla?
-Una
bodegonera de la calle de la Arganzuela, mujer de mucho donaire y grandemente
obsequiada por los petimetres. Aquí es común que los señores de más tono se
codeen con esa gentezuela, y la verdad es que al son de las castañuelas y de
las guitarras no se pasan malos ratos.
-¿Y
Susanita frecuenta esas sociedades?
-¡Ya
lo creo! Allí suele ir acompañada de una plaga de jóvenes de etiqueta y de
marqueses viejos y abates tiernos... Pero usted la conocerá mejor que yo y
podrá apreciar su carácter. Conque esta noche, ¿eh? -añadió con sonrisa
maliciosa-. Como usted es una persona de formalidad y ella una dama de alto
nacimiento y que se estima, no me pesa de favorecer sus amores...
-¡Sus
amores! -exclamó Muriel-. ¿Está usted loco? Eso sería el más grande de los
contrasentidos. Hay cosas que por mucho que se crea en la veleidad de los
acontecimientos y en las vueltas del mundo, no se pueden sospechar nunca.
-Usted
quiere desorientarme -dijo con benevolencia el abate-, usted no sabe que yo soy
la prudencia misma y que secretos de esta naturaleza a mí confiados quedan lo
mismo que dichos a una pared... Pero yo me retiro, Sr. D. Martín; usted tendrá
que hacer. Hoy es para mí un día de no poder descansar un momento. La señora de
Valdeorras desea que su hijo más viejo tome mañana leche de burras, y voy a
avisar al burrero. Después tengo que ir por la estampa de Goya a casa de Castro-Limón
para llevarla a casa de Porreño... porque ha de saber usted que para mayor
desgracia mía yo tengo que llevar de puerta en puerta esa malhadada caricatura
que de mí ha hecho el truhán de D. Paco Goya. En todas partes la quieren ver, y
no tengo más remedio que correrla, ofreciéndome a la chacota de todo el mundo.
Pero ¿qué se ha de hacer? Yo no me puedo enfadar por eso... Y como en todas
partes me aprecian, sería una tontería... ¡Pues y los versos! ¿Creerá usted que
me los hacen recitar por dondequiera que voy? ¡Y cómo voy a decir que no!
¡Diablo de Moratín!... Pero no le entretengo a usted más, amiguito. No se
olvide usted, a las nueve.
-Sí,
a las nueve. Ni antes ni después; en punto.
-Eso
es. Adiós, Sr. D. Martín, y mucha prudencia. [159]
Fuese
D. Lino a casa del burrero, que quizás le haría recitar también los versos del
famoso Inarco, y Muriel quedó solo otra vez en presencia de los escudos de oro
y con la novedad y extrañeza de una cita para las nueve en la casa de aquella
rara y ya misteriosa mujer. Misterio había sin duda en tal cita, pues ella, si
le llamaba para contestarle en el asunto de la Inquisición, mostraba tener más
interés por la libertad de Leonardo que él mismo. Al mismo tiempo no podía olvidar
el recibimiento que le hizo el señor hermano del conde de Cerezuelo, y era
imposible que en todos aquellos artificios de cortesanía no hubiera alguna
intención torcida y muy difícil de adivinar. ¿Y el dinero? Pero no tratemos de
expresar la cavilación incesante de nuestro desgraciado amigo, y asistamos
desde luego a su conferencia con la petimetra, que es, a no dudarlo, uno de los
acontecimientos capitales de la presente historia.
III
Contaba
él con que iba a ser recibido en la tertulia de la casa, y que a aquella hora
estarían allí reunidos los venerables personajes que anteriormente hemos dado a
conocer. Por eso le causó sorpresa no ver en la puerta ninguna carroza, y mucho
más no hallar en la portería paje alguno. El escaso alumbrado de la escalera le
hizo comprender que aquella noche no había tertulia.
En
el recibimiento encontró, en vez del paje que ordinariamente estaba allí, una
mujer de mediana edad, que en el modo de mirarle y de sonreír al verle, indicó
que estaba allí esperándole. No fue preciso que Martín hiciera pregunta alguna
para que la mujer le dijera «pase usted»; pero en voz tan queda, que el tal
comenzó a creer que su presencia allí era tan misteriosa como el dinero
recibido. Confirmose en esta idea al avanzar por un corredor en que no se
sentía el menor ruido, ni se veía el resplandor de ninguna luz, y hasta le
parecía que la mujer aquella pisaba con afectada suavidad, circunstancia que a
él le obligó también a andar con mucho sigilo, procurando apagar el ruido de
sus tacones lo más posible. Entraron en una habitación donde había una lámpara
de muy débil y macilenta luz. Entonces la mujer se paró, y le dijo:
-La
señorita está mala. Voy a avisarle.
-¿Y
el Sr. D. Miguel? -preguntó Martín.
-¡Quiá!...
-murmuró la mujer, como si oyera una indiscreción-, [160] no está, no hay nadie. La señorita está sola, y un
poco delicada, aunque no es de cuidado.
Desapareció
la mujer, y al poco rato volvió diciendo a Martín otra vez: «Puede usted
pasar». Ella tomó la luz que allí había y marchó delante alumbrando, porque la
habitación donde entraron estaba completamente a obscuras. Todavía Muriel no se
había dado cuenta del sitio donde estaba; todavía no se había hecho cargo de
los objetos que tenía ante la vista, cuando ya la mujer había desaparecido.
Tendió los ojos por la habitación, envuelta en una dulce obscuridad que
vagamente sombreaba los cuadros y los muebles, dándoles tinte extraño. Creyó
encontrarse solo. Miró a todos lados buscando a Susana, y no vio nada; a su
mano derecha vio un retrato de hombre que le miraba con la inmutable atención
de sus pintados ojos, y creyó reconocer las facciones del conde de Cerezuelo,
más joven, hermoso y sin el lúgubre aspecto que le daba su enfermedad y su
misantropía. Aquello era imponente; por otro lado, un gran Santo Cristo de
marfil parecía mover sus brazos blancos y resbaladizos como un reptil de mármol
escurriéndose a lo largo de la pared; y las grandes cornucopias doradas se le
representaban como extraños seres, también animados, oscilantes y
fosforescentes. Vio su imagen reflejada en un espejo y se estremeció; los toros
reproducidos en los tapices de variados colores, le parecían alzar sus
terribles testuces con la curiosidad insolente que es propia de aquellos brutos
antes de romper la carrera, y unas majas que en otro tapiz levantaban sus
brazos en actitud de tocar las castañuelas, parecía como que avanzaban vagamente
acompañadas del áspero sonido de aquel primitivo instrumento. Esta alucinación
y este examen del sitio donde se encontraba, apenas duró algunos segundos. Al
cabo de ellos sintió una tos, y una voz femenina dijo: «Tome usted asiento».
Dirigió
Martín la vista al punto donde la voz había resonado y vio a Susana, a quien
antes no había distinguido por estar el resplandor de la lámpara interpuesto
entre uno y otra. Acercose él, y entonces pudo distinguirla perfectamente:
estaba tendida sobre un canapé y muy arrebujada en una especie de manto o gran
chal que la cubría toda, excepto la cara y las extremidades de los pies. Su
actitud era perezosa, y su voz como quejumbrosa y dolorida.
-Estoy
enferma -dijo, señalando a Muriel una silla que cerca de ella había como
preparada de antemano-. Pero puesto que le llamé a usted, no quise dejar de
recibirle porque no perdiera el viaje. [161]
-Yo
hubiera vuelto de muy buen grado -respondió Martín-, y me marcharé al instante
si esta visita la puede molestar a usted.
-No,
de ningún modo. Aguarde usted -dijo la dama-. Usted estará impaciente por saber
de su amigo. Siento mucho no poder darle a usted mejores noticias de las que
tengo.
-Yo
no pido imposibles, señora; si las personas que pueden poner a Leonardo en
libertad son insensibles a la justicia y a la compasión...
-Todavía
no hay nada seguro. Yo espero, a pesar de todo, conseguirlo al fin.
-Hará
usted la mejor obra de caridad que es posible imaginar. ¡Dichoso el que puede
remediar por algún medio alguna de las infamias que en esta sociedad se cometen
y que son base de ella misma!
-La
dificultad que hay es que parece ha sido reclamado ese reo por la Inquisición
de Toledo, por atribuírsele un desacato hecho a la Virgen del Sagrario y no sé
qué correspondencia con unos masones o brujos, descubierta en esta ciudad.
-¡Masones
o brujos! -exclamó Martín, sin poder reprimir un movimiento de cólera-, también
a mí me acusaron de lo mismo. No se puede presenciar en calma la superstición y
torpe ignorancia que se necesita para creer tales despropósitos. Se comprende
que haya un pueblo ignorante que lo crea; ¡pero que haya una institución que lo
legalice y una sociedad que lo tolere en estos tiempos!... Da vergüenza de
pertenecer al linaje humano cuando se ven ciertas cosas.
-Ya
comprendo yo que todos le teman a usted y le miren con recelo como un nombre
extravagante y peligroso -dijo Susana con su seriedad acostumbrada-. Yo no he
visto personas tan revolucionarias como usted, ni que se burlen con tanto
descaro de las cosas santas.
-Es
cierto; usted no había conocido otro como yo, y por eso sin duda le parezco tan
raro. Mi dolor consiste en que veo a mi lado pocos así, lo cual me paraliza,
obligándome a vivir a solas conmigo mismo.
-Ya
encontrará usted -dijo Susana-, si no es que poco a poco se corrige usted de su
furor, y le tenemos devoto y manso, en vez de fiero y atrevido como hoy es.
-No
es fácil; yo soy muy desgraciado. Tendré al fin que irme lejos de mi patria, a
otros países donde los hombres puedan decir públicamente lo que piensan sin ser
encerrados en calabozos por un Tribunal de gente feroz y corrompida. [162]
-Vamos
-indicó Susana, con un poco menos de seriedad de la que antes había tenido-.
Trate usted de corregirse y le irá mejor. Sea usted como los demás, y tal vez
sea feliz. Por lo que he podido entender, usted es una persona que podría
ocupar un buen puesto en la sociedad si no fuera tan enemigo de ella. No le
faltaría protección sin duda.
Martín
no podía, a pesar de sus inveterados rencores, mostrarse repulsivo a tales
pruebas de benevolencia, mucho más cuando la hija de Cerezuelo, con frases
laterales y de soslayo, le había ofrecido su protección. No dejó de comprender
el valor de aquella protección, a pesar de su arrogancia, y decidió no decir
cosa alguna que trascendiera a ingratitud o descortesía.
-Pensar
que yo intente medrar arrojándome a los pies de lo que más aborrezco, es
locura. Eso no está en mi carácter.
-¡Ah!
-dijo Susana, echando su cabeza fuera del manto en que la tenía arrebujada-, ya
sé por qué dice usted eso: ¿que no se arrojará a los pies de lo que más
aborrece? ¿Lo dice usted por nosotros?
-¡Ah!,
no, señora; no me acordaba de resentimientos que, aunque siempre vivos, sé
dejar a un lado en ciertas ocasiones.
-Nosotros
-añadió la dama- no pretendemos que usted se arroje a nuestros pies, ni
necesitamos para nada sus servicios.
-No
me he referido a la familia de usted, de quien no espero nada y a quien tampoco
estoy dispuesto a servir.
-¿Pero
nos guarda usted un rencor tan grande?... -Preguntó Susana con sonrisa irónica
que turbó a Muriel.
-Yo
no quería hablar de lo pasado. Ahora, el propósito de usted de sacar de la
prisión a mi amigo me impone un sentimiento de gratitud que yo no puedo
sofocar. Pero antes de esto, usted dirá, con la mano puesta en su corazón, si
tengo yo motivos para idolatrarles a ustedes.
-¡Ah!,
usted se deja arrastrar por la pasión; en casa no ha habido crueldad ninguna
con su padre de usted, y si fue preso, los Tribunales de Granada lo hicieron
sin influjo ninguno de casa.
-Perdone
usted si no lo creo, -dijo Martín-; yo estoy bien enterado de lo que pasó.
-También
nos acusa usted de haber abandonado a su hermanito, cuando él se huyó de
nuestra casa, arrastrado por su afición a la vida vagabunda. Pero se le
encontrará, yo lo espero. He mandado que se haga toda clase de diligencias, [163] sin omitir gasto
alguno, y espero que será encontrado.
-¿Sí?
¿Usted ha mandado?... -preguntó Martín, confuso-. ¿Cuándo?
-Hace
dos días.
-Por
Dios que ha sido algo tarde, señora; y si esas diligencias se hubieran hecho a
su tiempo yo no lamentaría esta desgracia, una de las que más me han afectado.
-Yo
no he tomado esa determinación hasta que he sabido que la pérdida de Pablillo
era considerada como una desgracia.
-¡Ah,
es verdad! -dijo Martín tristemente-; los grandes señores siempre ven
desfigurado lo que está más bajo que ellos. La soledad y abandono de un
huérfano, despreciado por todos los que en la casa vivían, desde el amo hasta
el último criado, les parece cosa muy natural y que no merece la pena de pensar
en ello. Era preciso que yo me lamentara de semejante conducta para que usted
se convenciera de que mi hermano merecía algún agasajo. De todos modos, yo le
agradezco a usted la resolución que ha tomado, aunque algo tardía. No dirá
usted -añadió sonriendo- que esta ferocidad mía es completamente inútil.
-¡Ah!
-dijo Susana, mirándolo con cierta expresión de burla-, ¿cree usted que le
tengo miedo?
-No,
miedo, no. Pero nadie puede librarse de la influencia de los demás. A veces no
tenemos intención de hacer una cosa buena y la hacemos, impresionados por algo
que vemos o que oímos.
-¡Ah!,
no... Lo que usted haya podido decirme no me ha impresionado nada. ¡Si viera
usted cómo me reí de usted aquel día, cuando me habló con un lenguaje que hasta
entonces creo que dama alguna ha podido oír!...
-Yo
quería olvidar eso -dijo Martín-. Es verdad que estuve violento; pero yo tenía
motivos... Cuando supe quién era usted... no sé si sentí cólera o alegría...
¿No es verdad que aquello parecía una burla providencial? ¡Bailar juntos
nosotros! ¡Yo que soy de humilde cuna y que llevo un nombre que no se pronuncia
sin horror en la casa de Cerezuelo! ¡Usted de alto linaje, celebrada por su
hermosura! ¡Y la casualidad nos juntó, y hablamos como si un abismo de rencores
y de diferencias sociales no existiera entre nuestros dos nombres! ¿No es esto
para sentirse orgulloso y poder hablar con algún desembarazo?
Susana
se sentía humillada, y en vano trataba de dar sesgo festivo al asunto. Su
forzada sonrisa no sirvió sino [164] para levantar a Muriel, cuyo orgullo iba tomando
grandes vuelos.
-Tenga
usted franqueza -añadió él-. ¿No se ha estremecido usted de indignación siempre
que ha recordado aquel día y aquella conversación? Yo, seré sincero, lo
considero como uno de los más gloriosos de mi vida.
-Usted
quiso humillarme -dijo Susana, renunciando a quitar su sentido serio a aquel
recuerdo.
-Y
lo conseguí. Aquí, hablando con intimidad como hablamos, ¿podrá usted negarlo?
Eso le probará a usted que sólo las circunstancias ensalzan o deprimen a las
personas, y que la mejor posición social es la que dan las virtudes o el valor.
Un accidente, un engaño, un disfraz junta lo que la sociedad quiere y ha
querido siempre que no se junte.
-Y
todo eso es para probar que fue una humillación haber bailado con usted -dijo
Susana, con picante ironía-. Pues sepa usted, que varias veces he bailado con
manolos y chisperos en las verbenas de Santiago y San Juan.
-Pero
a ninguno de los que fueron sus honrosas parejas mandó llamar usted después, de
noche, para hablar con él a solas en su casa.
Este
rasgo de atrevimiento que Muriel no meditó bastante fue tal, que casi estuvo a
punto de producir una de las explosiones de soberbia que en Susana eran
frecuentes, y por la cual hubiera despedido bruscamente a Muriel como descortés
y grosero; pero la misma audaz desenvoltura de la frase la contuvo. La sorpresa
no le permitió incomodarse, y además su orgullo temblaba ante un orgullo mayor.
-Usted
-añadió Martín, tratando de que su insinuación anterior fuese galante sin que
dejara de ser enérgica- no trató de confirmar la humillación recibida,
proporcionando a uno de esos manolos o chisperos la felicidad de verla y
hablarla.
-No
creía que fuera usted vanidoso hasta ese extremo -repuso Susana, que no
encontró por más esfuerzos de imaginación que hizo, mejor ni más adecuada
respuesta.
-¡Ah!,
no; yo soy soberbio con los orgullosos, pero me empequeñezco y me confundo en
presencia de los que descienden hasta mí. Yo, lejos de zaherir a usted por esta
repentina deferencia que me muestra, me complazco en encontrarla digna de mayor
estimación. Usted se ha engrandecido a mis ojos. En mi vida he despreciado más
que aquel día, cuando tan violentamente reñimos en la Florida; después todo ha
cambiado; los sentimientos sufren a veces asombrosas reacciones, y ¿quién sabe
adónde podrán [165] llegar los míos
respecto a personas que antes me inspiraron profunda aversión?
Susana
callaba, mirándole con asombro; le veía crecer por grados. Él mismo a quien
ella creyó deslumbrar con su favor repentino, obligándole a abdicar sus
preocupaciones y su entereza, estaba allí más elevado que nunca, desafiando a
la que quería empequeñecerle con inmerecidos obsequios.
-Usted
no sabe apreciar la benevolencia que tengo por usted y el interés que me tomo
por su amigo. Usted va más allá... -dijo Susana echando más atrás el manto y
descubriendo todo su busto.
-No
voy más allá; estoy en lo cierto. No veo en la bondad de usted otra cosa que lo
que debo ver; una satisfacción por los ultrajes que ha recibido y una protesta
contra la humildad de mi posición y de mi fortuna. Usted ha tenido el instinto
de la justicia y me concede, tal vez sin saberlo, lo que yo merezco:
consideración, aprecio, afecto todo lo que busco y no hallo en el mundo.
Susana
estaba confundida. Sus grandes ojos negros habían renunciado a la afectación
del dulce marasmo en que la encontró Martín, y recobraban la viveza y animación
que a tantos espíritus habían turbado, y sin embargo, se sentía débil; Muriel
no se arrastraba humillado y vencido a sus pies, sino que se presentaba
tratando de igual a igual, de potencia a potencia. No contestó a las últimas
palabras del joven y parecía meditarlas con la profundidad y fijeza del
matemático que anda a vueltas con una ecuación. Después de un breve rato en que
esperó en vano que Martín dijese algo más, Susanita, como si reanudara un
concepto interrumpido, exclamó:
-Debe
usted hacerlo, sí; debe usted hacerlo.
-¿Qué,
qué debo hacer? -dijo Martín, sorprendido de aquellas palabras que eran la
primera expresión de un largo razonamiento que la dama había hecho para sí.
-Lo
que le he dicho.
-No
recuerdo.
-Usted
debe variar de ideas -afirmó Susana con un interés que no acertó o no quiso
disimular-. Usted está llamado a ocupar un elevado puesto en el mundo, y puede
llegar a él si tiene más prudencia.
-No
sé qué puesto es ése ni cómo he de conseguirlo.
-¡Oh!
Pues no hay cosa más sencilla -dijo la petimetra incorporándose y echando más
atrás el manto, que dejó descubierto su cuerpo, vestido con elegante
chaquetilla de terciopelo negro recamado de pasamanería-. Usted, por [166] su carácter y su
entendimiento, debía procurar elevarse en vez de insistir en mantenerse a flor
de tierra insultando a las clases altas. Si usted entrara en relaciones con las
gentes que tanto aborrece y se convenciera de que sólo a su arrimo puede adquirir
una buena posición; si olvidara al fin su humilde cuna, ¿quién sabe el porvenir
que Dios le tendrá reservado?
-Lo
que usted me aconseja es que me venda, como si dijéramos.
-No,
usted no ha comprendido bien: inclinar sus talentos hacia otro fin, procurar
asemejarse en costumbres a personas más altas de la sociedad, conquistar el
favor de los poderosos, desempeñar algún cargo elevado, ganar reputación y
aprecio, tal vez un título de nobleza.
-La
oigo a usted con curiosidad -dijo Martín riendo-. Esto me divierte.
-No
sé que haya dicho ningún despropósito -replicó la dama desconcertada.
-¡Yo
pretendiendo un título de nobleza!... Eso es una burla... ¿Y me lo aconseja
usted? Vamos, no creí yo merecer una burla tan fina y al mismo tiempo tan
amena.
-No
es broma, no; no le faltará a usted quien le proteja. Sea usted como los demás,
como todos, y confíe en la Providencia.
Como
se ve, Susana quería elevar a Muriel hasta ella, mientras éste, según aparece
en el resto del diálogo, pretendía hacerla descender hasta él. Quién logró al
fin su objeto es cuestión que se verá aclarada en el transcurso de esta
historia. Por de pronto, Martín acogía con joviales respuestas las raras
proposiciones de la petimetra, y decía:
-¿Si
al fin me convertirá usted? ¡Oh! Si no me convierto no será porque el apóstol
deje de tener elocuencia.
-¿Usted
no siente halagada su imaginación por la idea de ver apreciados en el mundo su
carácter y sus hechos? -dijo Susana echando más hacia abajo el manto, que ya
parecía darle demasiado calor-. ¿Usted sacrificará todo a esas ideas
extravagantes que nadie tiene más que usted y otros locos por el estilo?
-Sí,
sí, señora -replicó Martín con cruel ironía-; yo hago todos los sacrificios
imaginables por medrar, como usted dice, y me arrastraré a los pies de los
poderosos y les pediré una triste ejecutoria y un escudo lleno de garabatos
para vergüenza de los míos y satisfacción de mi persona. Yo soy a propósito
para el caso, no lo dude usted.
-Veo
que usted no toma en serio lo que le he dicho. Usted tiene más orgullo que los
más insolentes señores. [167]
-Sí,
no lo niego. Negarlo seria una hipocresía. Yo tengo orgullo, y muy grande; pero
no es orgullo de raza ni fortuna, sino de sentimiento y de creencias. He aquí
mis pergaminos. ¿Y usted me pide que los eche al fuego y los trueque por los
que enaltecen a esos caballeros que le dan a usted las pastillas y los pañuelos
empapados en esta o la otra esencia?
-Calle
usted -dijo Susana, como despreciando aquel recuerdo.
-Entonces
-continuó Martín- seré un hombre de valer y merecedor de lo que ahora no se me
quiere dar. Entonces no habrá personas que se avergüencen de ser benévolas
conmigo; entonces los que se sientan más o menos inclinados a mi compañía,
podrán verme a la luz del día y no a hurtadillas y con sonrojo. Entonces no se
me humillará ni habrá nadie que se crea exento de tener para conmigo y los míos
aquellas consideraciones que la caridad exige. ¡Qué grande hombre seré el día
en que me decida a seguir ese consejo! ¿No es verdad?
Susana
se sintió otra vez débil ante este verdadero bofetón moral. No le era posible
conseguir su objeto, que era quebrantar la entereza de aquel pobre joven,
obligándole a poner su conciencia a los pies de una categoría y de una belleza.
Él se crecía cada vez más a los ojos de la dama, acostumbrada a matar con
alfilerazos los afeminados corazones de sus galanes. Aquél era fuerte y
temible, y su espíritu no consentía extraño dominio.
Cuando
el joven concluyó, bien porque Susana no supo contestar, bien porque entraba en
su cálculo el silencio, no profirió palabra, y sólo después de largo rato
arrojó lejos de sí el manto, diciendo:
-No
se puede resistir este calor.
Martín
pudo entonces mejor que antes observar la bella actitud de aquel cuerpo
perezoso que se extendía sobre el sofá, sofocado por el calor y libre ya del
abrigo que le cubría. ¡Qué rara escena aquella en pleno año de 1804, cuando el
hogar doméstico no se había abierto aún a la audacia exterior por la
relajación; cuando las escaleras de una casa, inspeccionadas por los cien ojos
de un susceptible recato, eran inaccesibles a los galanes! Es preciso hacerse
cargo de la independencia de carácter de Susana, de su desprecio a todas las
prácticas sociales para que desaparezca la inverosimilitud de semejante
entrevista que, si hoy podría parecer en extremo peligrosa, entonces era tal
que habría merecido los más horrorosos castigos. La petimetra no se los hubiera
dejado imponer, porque imperaba como [168] reina absoluta en la casa; pero el escándalo hubiera
sido espantoso, y los Enríquez de Cárdenas se habrían creído deshonrados por saecula saeculorum.
-Veo
que no se puede sacar partido de usted -dijo Susana buscando nueva posición en
el sofá.
-Cierto
es -contestó el joven-; de mí no se puede sacar partido. Es preciso dejarme
entregado a la ventura. Probablemente yo seré siempre un extravagante, y nunca
me seducirán las grandezas ni las ejecutorias. Es triste que para establecer
ciertos lazos que la Naturaleza pide y exige, sea necesario a veces salvar los
grandes desniveles que hay entre las personas. Pero no hay remedio, la
sociedad, llena de aberraciones, así lo exige. Los que la Naturaleza ha hecho
iguales, el mundo pone en tan diversas condiciones, que es necesario sucumbir y
renunciar a todo lo que no sea vida enteramente ideal.
Estas
palabras, aunque algo misteriosas, fueron perfectamente entendidas por Susana,
que, fijos los ojos en Martín, contestó afirmativamente con la cabeza,
mostrando gran convicción. Cansose de la postura que poco antes había tomado, y
culebreaba en el sofá buscando nuevas actitudes a aquel cuerpo cansado de su
cansancio. Había tomado un abanico y se daba aire lentamente. Ya se apoyaba en
el codo izquierdo, ya se dejaba caer, tan pronto alzaba la cabeza como la
inclinaba hacia atrás, dando la mayor latitud posible a su garganta; a veces su
barba era el punto más alto de la cabeza, a veces la pegaba al seno como si la
tuviera clavada; ya tomaba por base la cadera izquierda, ya se extendía de
plano; a veces agitaba el pie derecho, sacudiendo el zapato puntiagudo y mal
calzado; a veces recogía sus piernas, echando las rodillas fuera del sofá, y
estaba tan inquieta, que a no saber nosotros que su enfermedad era puro
artificio, la juzgáramos realmente atacada de algún ligero accidente nervioso.
El
joven filósofo, a pesar del predominio que la inteligencia tenía en su espíritu
sobre toda facultad, poseía también en alto grado, según la escuela
revolucionaria de Rousseau, el sentimiento de la Naturaleza, y fuerza es confesarlo,
en aquel momento la petimetra no le inspiraba ningún afecto puro. Aquella
escena, que parecía ser el presagio del romanticismo, más tarde imperante,
impresionó vivamente sus sentidos. No llegaba su rigorismo filosófico-político
hasta el extremo de darle aquella entereza ascética que es propia de los que
cultivan el alma a costa del cuerpo; mas a pesar de su fascinación, que era
grande, la petimetra, como ser moral, había descendido bastante a sus ojos. [169]
Es
evidente que aquello halagaba su vanidad, porque ni aun estando las
compensaciones y los castigos providenciales en manos de los hombres se podría
obtener una venganza más atroz de la aborrecida familia que en contrapeso de
tantas injusticias le entregaba su honor. Aun en tales momentos, aunque parezca
extraño, la idea no se eclipsó por completo en su espíritu y quiso razonar en
breves palabras una situación que por su índole especial debía ser lacónica.
-Yo
no necesito elevarme. ¿Esto que pasa no le prueba a usted nada? Que me place
ver aplacados a mis enemigos, no por la fuerza ni por el convencimiento, sino
por la Naturaleza, que es mejor niveladora que la razón. Yo no puedo permanecer
rencoroso cuando de esta manera se me confiesa que todos somos iguales.
Susana
oyó estas palabras cuando se incorporaba en el sofá, cansada ya de estar con la
cabeza atrás, rodeándola con sus brazos como si fuera un marco. Sentada, con
una mano puesta en la rodilla y la otra sirviendo de apoyo al cuerpo, con la
mirada fija y sin pestañear, semejaba una estatua antigua. La expresión de su
semblante varió por completo. Parecía haber recobrado repentinamente el dominio
sobre sí misma, perdido hacía poco, y haciendo un gesto de fastidio, dijo:
-Veo
que usted abusa de mi bondad.
En
el colmo de la confusión por aquel inesperado cambio de actitud, de palabras y
de expresión, Muriel preguntó:
-¿Por
qué, señora?
-Porque
me dice usted cosas que no esperaba yo oír en boca de una persona que debía
guardarme mayor respeto. Hay personas que desde el momento en que creen merecer
algún servicio aspiran a... Retírese usted.
-¡Ah!,
señora, no creí hacer otra cosa que contestar a lo que usted me decía.
-He
tenido la debilidad de entretenerme un rato oyéndole... Pero ya me ha mareado
usted bastante.
-Ciertamente,
no valía la pena de que usted me hubiera detenido. Mi intención era tan sólo
estar un momento.
-Petra,
Petra -dijo Susana llamando.
La
criada no tardó en venir. Susana, dirigiéndose al joven, añadió:
-Es
usted demasiado exigente; yo no puedo hacer otra cosa que pedir que se haga.
Salga usted de una vez.
Estaba
muy agitada y se había levantado del sofá, donde su manto, aplastado y lleno de
arrugas, hubiera sido un [170] fatal dato para cualquier malicioso que no conociera
lo que allí había pasado.
-Señora
-manifestó Martín sonriendo- le agradezco su empeño, pero no se tome grandes
molestias por conseguirlo. Yo lo intentaré por otro conducto.
-¡Oh!,
es usted lo más impertinente... Pero no esté usted más aquí. Petra, llévale
fuera... ¡Oh, qué pesadez, tanto tiempo aquí!
-Ya
me voy señora -dijo Martín-; deseo a usted mejor salud de la que ha tenido esta
noche. Adiós.
Y
salió, dejándola en un estado que no podemos decir si era de ira o de
abatimiento, si de despecho o de dolor.
Entretanto,
Muriel salía y tornaba el camino de su casa, creyendo que nadie reparaba en su
persona. ¡Qué error! La confusión y aturdimiento de que iba poseído, le
impidieron sin duda reparar que un hombre embozado, que a alguna distancia del
portal de la casa estaba paseándose, le vio salir y le siguió después desde
lejos por todas las calles que fue preciso recorrer para llegar a la de Jesús y
María.
Capítulo
XII
El doctor consternado
I
Dijimos
que Martín no sospechaba, durante su largo trayecto, que una persona le veía y
le seguía; pero esta persona sí lo observó muy bien y no paró hasta no quedar
segura de la vivienda en que el joven penetró ya a hora bastante avanzada. El
desconocido desanduvo al fin lo andado y se retiró a su casa, donde le
dejaremos hasta el día siguiente, en que a la luz del día y sin embozo ni
disfraz alguno salió, permitiéndonos conocerle. Era el famoso marqués a quien
el lector conoce por el de las pastillas
mejor que por otro título alguno.
No
hagamos caso de la tristeza y abatimiento que en su semblante se retratan. Las
causas de esto nos las va a revelar él mismo poco después, cuando, en casa del
doctor Albarado, entabló con este grave funcionario un animadísimo diálogo. Era
aún algo temprano, y el buen doctor saboreaba con sibaritismo su buen
guayaquil. [171]
-¿Qué
hay, qué trae usted, señor marqués? -preguntó el doctor fijando los ojos en la
alterada fisonomía del recién llegado.
-Lo
que yo presumía, lo que yo lo dije a usted ayer; pero nunca creí que llegara a
tal extremo... -contestó el marqués con agitación.
-Pero
me está asustando usted -dijo el doctor-. Vamos, ¿los celos no le trastornarán
la cabeza y se le antojarán los dedos huéspedes?
-Ya
no se puede dudar, señor doctor amigo; es una gran desgracia y una gran
vergüenza.
-Vamos
por partes; cuénteme usted y yo decidiré en qué grado de ofuscación está esa
cabeza.
-No,
esto no es para reír -repuso con melancolía el pobre marqués, hombre de gastada
y viciosa naturaleza, pero de espíritu en extremo sensible-. Esta noche he
presenciado una cosa horrenda.
-A
ver... -dijo el doctor sonriendo-, ¿ha sido algún terremoto, asesinato o cosa
así?... Los celos, los celos, señor D. Félix, son muy malos anteojos. Con ellos
se ven las cosas en gran aumento y tan desfiguradas que no las conocemos.
-Cuando
usted esté bien enterado no lo tomará a broma. Esta noche he visto a ese hombre
de quien hablé a usted, le he visto entrar en la casa.
-¿En
qué casa? -preguntó Albarado con cierta disposición a tomar aquello en serio.
-¿En
qué casa había de ser? ¡Por vida de!... En la suya. Ya usted sabe que anoche no
quiso Susana asistir a la tertulia en casa de Porreño. Dijo que estaba mala y
se quedó en casa. Pero yo sospechaba, salí, fui a observar y vi...
-¿Conque
vio usted?
-Sí,
vi a ese hombre salir de la casa a hora bastante avanzada. Yo me enteré bien y
sé que estuvo dentro más de dos horas.
-¿Usted
está seguro de lo que dice? -preguntó con más interés el buen inquisidor.
-Creo
que hace usted mal en bromear sobre este asunto -indicó el marqués.
-¿Y
ese hombre... es uno de esos por quienes se interesa tanto para que no les eche
mano la Santa Inquisición?
-Justamente.
¿No le dije a usted que se hablaba mucho de eso y que todos los conocidos
hacían mil comentarios?... Usted se rió entonces de mí. Pues ahí tiene usted
cómo la cosa era cierta.
-Conque
Susanilla... Pero es mucho carácter aquél. A [172] la verdad, señor marqués -añadió el Inquisidor-, si
lo que usted me dice es cierto, ello es cosa tremenda.
Y
dando un fuerte puñetazo en la mesa, se levantó y muy agitado principió a dar
paseos por la habitación.
-Usted
sabe el interés que Susana se toma por ese canalla -dijo el marqués con
creciente aflicción-. ¡Oh!, desde que vi que ella no quería ir a casa de
Porreño, precisamente en día de gran sarao, no las tuve todas conmigo. Me puse
en acecho...
-¡Ah!,
no lo puedo creer -aseguró Albarado deteniéndose y cerrando los ojos-. Si
Susana fuera capaz de semejante infamia... ¡Pero qué deshonra! ¡Qué vergüenza!
Y ese hombre, ¿quién es?
-Un
endiablado francmasón. No está averiguada su clase y fines. Debe ser hombre
perverso.
-Pero
no nos confundamos, amigo D. Félix -dijo el doctor tratando de serenarse-,
fijemos bien los términos del asunto. ¿Qué es a punto fijo lo que hay?
-Ni
más ni menos que lo que ayer le dije a usted, señor doctor de mis pecados. Que
la señorita doña Susana se ha prendado de ese hombre aborrecido, y con tanta
violencia que anoche le ha recibido en su casa, a solas, cuando toda la familia
estaba en casa de Porreño.
-¡Ah!,
usted se ha equivocado, señor marqués. Usted viene a volverme loco -exclamó con
repentina cólera el buen consejero de la Suprema-. Susana es incapaz de...
-Ya
se convencerá usted, señor doctor. No es la pena de usted más intensa que la
mía. ¿Pero usted mismo no me ha dicho que había notado con mucha extrañeza las
miradas y el carácter de Susana en estos últimos días?
-Sí
-dijo el Inquisidor, más irritado-. Sí, sí, yo había notado en ella... No la
conocía... yo me preguntaba: «¿Qué diablos tiene esa muchacha?» ¡Oh!, pero
nunca creí... ¡Qué tiempos!
-¿Y
no le ocurre a usted lo que es preciso hacer? -preguntó el marqués.
-¿Qué?...
no sé.
-Ya
que el mal no puede evitarse, podrá al menos ocultarse.
-¡Ocultarse!,
ustedes con eso quedan tan contentos. Eso no me satisface. Pero esta deshonra
me desespera... Yo no sé qué pensar... Aún lo dudo, y espero que sea una
equivocación de usted. Si llego a adquirir la certidumbre de esa... Explíquese
usted mejor, deme usted detalles.
-¿Todavía
no está usted convencido? Vayamos pensando el modo de hacer desaparecer a ese
miserable, y ya que [173] la
deshonra es imposible, ocultémosla mientras se pueda.
-¡Ah!,
no lo puedo creer -expresó el inquisidor con angustia-. ¡Susana, Susanilla!...
Pues yo juro que ese bribón nos las ha de pagar.
-¡Y
pretendía que su compañero fuese puesto en libertad!
-Buena
les espera a los dos.
-¡A
la Inquisición! -dijo el marqués con ira.
-Sí,
a la Inquisición. No puede decirse que nos valemos, de ese Tribunal para una
venganza personal, pues esos jóvenes son acusados de muy negros delitos contra
la sociedad y la religión. Pero yo quiero interrogar a Susana y espero que ella
misma me ha de confesar... Si ella misma se obstina en negármelo, cuando yo se
lo pregunte como yo sé preguntárselo, lo dudaré toda mi vida.
-¡Y
en esto ha venido a parar, señor doctor de mi alma, una aspiración tan noble y
santa como la mía! -manifestó el marqués casi con las lágrimas en los ojos-.
¡Yo que después de una vida agitada y borrascosa aspiraba a reposar de tanta
fatiga!... ¡Yo que deseaba formar una familia y vivir tranquilo amando y amado!
-Es
preciso hablar del caso a mi hermana y a mi cuñado. Ellos por fuerza han de
tener antecedentes. Vamos allá.
-Permítame
usted que no lo acompañe. ¡Siento una pena al pensar que entro en esa casa
donde yo esperé!...Y he quedado en ir esta noche para llevar a Susana a ese
baile de la Pintosilla.
-¿Ella
se empeña en ir?
-Y
con tal tenacidad que si no la acompaño se pondrá furiosa conmigo.
-¿Y
será usted tan débil que la lleve a esos sitios?
-¡Oh!,
sí -dijo compungido el pobre marqués-, soy débil, no puedo negarle nada; me
tiene fascinado. Crea usted que he llegado a tenerla miedo.
-Es
mucho carácter aquel -decía repetidas veces el inquisidor paseándose muy
ensimismado-. Pero vamos allá.
-Pues
vamos.
II
Poco
tardaron los personajes citados en trasladarse a casa del Sr. D. Miguel
Enríquez de Cárdenas el cual estaba encerrado en su despacho y en conversación
muy calurosa con D. Buenaventura. Cuando sonaron en la puerta los [174] golpecitos que
anunciaban la visita del buen doctor y del afligido marqués, Rotondo se ocultó
muy aprisa en una pieza inmediata y D. Miguel abrió. Al ver a sus dos amigos,
pintose en su semblante la mayor sorpresa; pero estamos autorizados para creer
que sospechaba a qué venían.
-Venimos
a enterarte de un grave asunto -dijo el inquisidor-. Doloroso es, Miguel, pero
no debemos rehuirlo con timidez, sino abordarlo con valor.
-Pero
¿qué hay, qué es eso? -interrogó con apariencias de gran consternación el
hermano del conde de Cerezuelo.
-Ya
tú conoces el carácter de Susana -dijo el doctor-. Sabes cuánto la quiero; pero
el amor que la tengo no es parte a ocultarme sus defectos, más bien hijos de
una sensibilidad impresionable que de perversidad del corazón.
-¿Pero
qué le pasa a Susana? ¿Qué ha hecho? Sacadme de una vez de esta espantosa duda
-dijo D. Miguel.
-Susana,
por triste que nos sea confesarlo, está agraviando con su conducta a tu familia
y a la mía. Susana se ha prendado de un hombre indigno de ella, de un hombre
despreciable por todas razones, ya se considere su condición y nacimiento, ya
se considere su vida y oficio, su modo de vivir sus ideas.
-En
verdal que es cosa horrorosa -manifestó D. Miguel abriendo los ojos y la boca
del modo que a él le parecía más propio para expresar la estupefacción.
-Susana
es una de las jóvenes más ricas de la Corte; su hermosura la hace digna de
enlazarse a un individuo de familia regia. Pero esta ligereza suya la pone al
nivel de... vamos, no quiero pensarlo.
-Ni
yo tampoco -contestó después de una pausa melodramática el Sr. Enríquez de
Cárdenas-. No quiero pensarlo; pero ¿cómo has sabido... quién ha
descubierto?...
-Pues
has de saber que ese hombre ha entrado anoche aquí... en tu casa -dijo
Albarado.
-¡En
mi casa!... ¡Oh! ¡Esto merece un castigo ejemplar!...
-Es
preciso tomar pronto alguna determinación.
-¿La
enviaremos a Alcalá?
-Ella
no querrá ir. Conviene además que no haya el menor escándalo.
-¡Qué
muchacha, santo Dios! -exclamó D. Miguel-. Por Dios, no digáis nada a mi
esposa. ¿Pero cómo habéis sabido?... ¡Qué corrupción! ¡Cómo pierden las jóvenes
el pudor!... Contadme... [175]
El
marqués, cada vez más tétrico, contó a D. Miguel lo que había visto la noche
anterior, y con esto y las aclaraciones que dio el doctor, recordando palabras
y hechos de la indomable doncella en aquellos días, el Sr. de Cárdenas aparentó
no tener duda alguna acerca de la realidad de aquel desastre doméstico.
El
doctor no esforzaba mucho en descrédito de Susana sus consideraciones sobre la
honestidad y el decoro de las mujeres. Allí el inexorable era D. Miguel, que
hasta llegó a asegurar que no esperaba menos de persona tan caprichosa y
frívola. El marqués ardía en deseos de venganza, pero esta pasión era en él
reconcentrada y sorda: habíase calmado, y sin duda meditaba algún plan de
difícil ejecución, porque enmudeció, y sólo con algún que otro monosílabo
expresaba su conformidad al oír los terribles apóstrofes de D. Miguel. El
inquisidor al fin quiso hablar del asunto con la propia Susana, y salió, siendo
su objeto emplear con ella la mayor delicadeza y habilidad, según exigía el
áspero carácter de la nietecilla, a
quien tanto amaba y tan bien conocía. Subió, pues, con este intento, y
quedáronse solos el marqués y el noble hermano de Cerezuelo.
-Aún
no vuelvo de mi asombro -dijo éste, esperando que su amigo se prestaría a
entablar una conversación llena de digresiones sobre la moral y la condición de
las hembras.
Pero
el marqués calló, dejando a Cárdenas en la plenitud de su inspiración.
-¿Y
qué noticias tenía usted de ese hombre? -preguntó luego.
-¡Ah!
Detestables -contestó el marqués-. Pero nos las ha de pagar.
-¿Usted
le conoce?
-¡Ah!
No... Sólo de vista.
-Si
se le pudiera alejar de aquí... Pues mandarle a Indias.
-No
irá tan lejos por de pronto; pero al fin irá, irá más allá.
-¡Qué
gente tan perversa está apareciendo por todas partes! Le digo a usted que estoy
horrorizado. ¿Si será cierto que va a haber una revolución y que...? Mejor es
no pensarlo.
-De
ese hombre no tema usted nada, que le arreglaremos.
-¿Qué
piensan ustedes hacer con él?... A ver.. Cuénteme usted... Quiero saber...
-Por
de pronto la Inquisición se encargará... [176]
-¿Sí?...
-¡Pues
está poco furioso el buen consejero de la Suprema!
-¡Pobre
joven! -dijo D. Miguel, distraído y sin reparar en la inconveniencia que de su
boca salía.
-¿Qué
dice usted?
-No...
Quiero decir... Bien merecido le está.
-A
la cárcel con él. ¡Bueno soy yo para tener lástima a semejantes pájaros!
-¿Y
podrán ustedes echarle mano?
-Creo
que sí; mejor dicho, seguro estoy de que sí, porque yo no he de parar hasta que
lo consiga.
Y
diciendo esto, el marqués se retiró sin más razones.
Ya
D. Miguel estaba seguro de que había bajado la escalera y salía por el portal
cuando abrió la puerta del cuarto inmediato y entró el Sr. de Rotondo.
-¿Ve
usted? -le dijo Cárdenas con su sonrisa astuta y fría-. El marqués vio entrar a
ese hombre. Si le dije a usted que éste tenía mucha travesura y experiencia
para no caer de su burro. ¿No ha oído usted lo que ha dicho?
-Sí
-contestó sentándose D. Buenaventura-. Me parece que podemos rezarle un Padrenuestro al pobre don Martín.
-¿Usted
le prevendrá para que se ponga en salvo?
-Creo
que debemos hacerlo así; porque, como usted me decía hace poco, el buen
filósofo no podía haber hecho cosa mejor que agradar a Susanita. ¡Oh! Si él no
fuera como es, es decir, un filósofo indomable lleno de preocupaciones, si él
sintiera en su pecho las cosquillas del amor e hiciera un experimento
revolucionario...
-¡Oh!
-dijo D. Miguel-. Creo que eso es pensar en lo excusado. Y la verdad es que la
chica se ha prendado de él.
-Por
de pronto le pondré sobre aviso, porque a poco que se descuide me lo zampan en
la Inquisición, y nos hace gran falta.
-¿Y
después? -preguntó sonriendo el noble hermano de Cerezuelo-. Vamos, desarrolle
usted su plan por completo. Yo me marco al ver esas admirables combinaciones de
usted. Ya se ve, con esa grande imaginación que Dios le ha dado...
-Después...
Es preciso ir con tiento. Si ese hombre tuviera un carácter más dócil y se
dejara manejar, vería usted qué pronto estaba todo hecho; pero es intratable.
Aun así yo pienso manejarme de tal modo que le meta de cabeza en nuestros
asuntos, y así cuando intente salir del enredo no podrá: le tendremos en un
puño y a merced [177] de nuestra voluntad.
Ese hombre, domado, es de un valor inmenso.
A
este punto habían llegado de su conversación, cuando se sintieron unos
golpecitos en la puerta.
-Es
Sotillo -dijo D. Miguel, corriendo a abrir.
La
siniestra figura de aquel joven que en la casa de la calle de San Opropio vimos
de paso en compañía de un D. Frutos, ex presidiario y francmasón, penetró en el
cuarto, y bien claro demostraba su avinagrado semblante que traía malas
noticias.
-¿Han
venido las cartas? -le preguntó D. Buenaventura.
-Qué
cartas ni qué ocho cuartos -contestó Sotillo sentándose sin ceremonia alguna-.
Ocurren cosas muy gordas para pensar en cartas. Sepa usted, Sr. D.
Buenaventura, que su libertad está en un tris y que a estas horas corren por
Madrid diez o doce pájaros gordos encargados de llevarle a dormir a la cárcel
de Villa.
-Ole,
Ole, parece que me van perdiendo el miedo -dijo D. Buenaventura, más bien
orgulloso que afligido de la persecución que sufría-; ya no se contentan con
vigilarme, sino que me quieren echar mano.
-Pues
parece que por altas influencias se ha decidido a todo trance llevarle a usted
a la cárcel, y de allí... Dios sabe dónde.
-¡Ah!
Yo tiemblo siempre que oigo hablar de estas cosas -dijo con timidez D. Miguel,
que era poco fuerte de corazón-. Si yo pudiera esconder a usted en mi casa...
-Vamos,
desembucha punto por punto todo lo que sepas -dijo D. Buenaventura, sin hacer
caso de la aflicción de su ilustre amigo.
-Pues
parece que en manos del prior del convento de Ocaña han caído una porción de
papeles del padre Matamala. Figúrese usted... y entre ellos algunos que podían
arder en un candil, como son los del arcediano de Alcaraz, que estaban en
cifra, y los de los tres coroneles de Aranjuez... Vamos, que se va a armar un
lío...
-Pues
hombre, es terrible cosa... Y este santo varón ha sido tan necio que se ha
dejado... ¡Oh! ¡Por qué me fié de frailes y canónigos!...
Al
decir esto, el Sr. D. Buenaventura, dominado por violenta ira, dio un puñetazo
en la mesa, y, levantándose, se paseó muy agitado por la habitación.
-Los
papeles vinieron a toda prisa a Madrid; a fray Jerónimo creo que lo trasladan
también para mandarle después no sé dónde, y a usted... Pues Godoy se jacta de
haber [178] descubierto una
conspiración contra él y el Trono, conspiración dirigida por los ingleses.
Rotondo
hizo un gesto despreciativo, y D. Miguel abrió la boca en señal de un estupor
indudablemente épico.
-Pues
ésa es la cosa... -continuó Sotillo-. Han dicho que no hay más remedio que
buscarle a usted a toda costa, ya que hasta hoy no ha sido posible echarle
mano.
-¿Han
descubierto la pista de la calle de San Opropio? -preguntó vivamente Rotondo.
-No
estoy seguro; mas andan tras ella con mucha fe. Pero ha de saber usted que hay
un alguacil que ha prometido llevarle a usted esta noche entre sus uñas a la
cárcel de Villa.
-¿A
mí? -dijo Rotondo sonriendo con desdén.
-Sí,
eso lo he sabido en la taberna de la calle de Mira el Río... y a fe que me
costó más de tres cuartillos de vino averiguar quién era ese guapo. ¡Ay, Sr. D.
Buenaventura, después dirá usted que gasto mucho! No sabe usted lo que cuesta
descubrir esas y otras cosas, tales como las que voy a decir.
-¿Qué?
-También
sé el sitio donde le echarán a usted el anzuelo. No es la calle de San Opropio.
-¿Dónde,
dónde como?
-No
es donde come, ni donde cena, ni donde charla, ni donde conspira, sino donde
duerme.
-¡En
casa de...! -exclamó D. Buenaventura con el mayor asombro.
-¡En
casa de...! -dijo Cárdenas no menos estupefacto.
-¿Y
cómo saben que duermo allí?
-Ahí
verá usted. El alguacil piensa cogerle a usted por sorpresa, sin resistencia
alguna, entregado por las mismas personas en quienes usted tiene depositada
toda su confianza.
-¡Por
ella!... -dijo con violencia el Sr. de Rotondo-. Eso es imposible.
-Eso
es imposible -repitió Cárdenas.
-En
fin, de todos modos, ya usted está prevenido, y puede escurrir el bulto.
-No,
ella no puede... -murmuró D. Buenaventura muy preocupado y meditabundo-. Y si
fuera capaz la abriría en canal.
Para
conocimiento de los sucesos que han de venir es preciso que el lector sepa
dónde dormía el Sr. D. Buenaventura, lo cual será asunto del siguiente
capítulo. [179]
Capítulo
XIII
La maja
I
Acabado
modelo de la maja era Vicenta Garduña, conocida por la Pintosilla, emperatriz de los barrios bajos, que ejercía dominio
absoluto desde las Vistillas hasta el Salitre, temida en las tabernas,
respetada en las zambras y festejos populares; mujer que había aterrado el
barrio entero dando de puñetazos a su marido Pedro Potes, maestro de obra
prima, y tan débil de carácter como largo de cuerpo. ¿Quién sería capaz de
narrar las proezas de esta mujer ilustre, desde que descalabró a la castañera
de la calle de la Esgrima hasta que dio de bofetadas a un duque muy grave en la
Pradera del Corregidor, en medio del gentío y a las tres de la tarde? Lavapiés
por un lado, y Maravillas y Barquillo por otro, fueron teatro de estas
heroicidades que, tal vez más que sus naturales encantos, contribuyeron a
hacerla interesante a los ojos de muchos personajes de la Corte de distintas
clases y categorías.
El
Zurdo, rey de los matuteros; Tres-Pelos,
gran maestre de los tomadores del dos; el Ronquito, emperador de la ganzúa;
Majoma, canciller de los barateros, y otros insignes héroes de aquellos
tiempos, eran cronistas fieles de sus hechos y dichos, disputándose todos el
honor de bailar en su casa, de tomar parte en sus meriendas y de meter ruido en
sus frecuentes jaleos.
Pocas
excursiones tenemos que hacer al campo de la historia para dar a conocer lo
importante de la vida de esta heroína, que sólo entra en esta narración de
pasada y como al acaso. Baste decir que la Pintosilla riñó por primera vez con
Pedro Potes a los tres meses de casada, y que desde entonces, y a causa de las
ruidosas victorias alcanzadas sobre el débil consorte, adquirió el prestigio de
que disfrutaba en el barrio, y su nombre corrió de extremo a extremo por toda
la coronada villa. Si su hermosura no era extraordinaria, su gracia era tan
picante que ocultaba todos los defectos, razón por la cual era galanteada por
personas de todas jerarquías, y hasta se contó que cierto señorito [180] de una principal
familia fue desterrado y castigado por sus padres a causa de haber frecuentado
más de la cuenta el bodegón de la Pintosilla.
Era
en extremo generosa y hacía alarde de favorecer a los necesitados. Sus galanes,
cuando los tuvo, gastaban más lujo del que correspondía a humildes menestrales
de la clase popular. Los que procedían de más altas regiones sufrían sus
desaires, pues cifraba todo su orgullo en humillar a los grandes señores.
No
pasaba día sin que riñera con sus vecinas, y siempre con tal furor, que el
altercado solía concluir con la intervención de la justicia. En una de estas
epopeyas la Pintosilla fue a parar a la cárcel, donde descalabró a cuatro
presas, estropeó a cinco, concluyendo por pasearle las costillas a la
guardiana, que era una mujer como un templo. Estas y otras expansiones de su
ardiente espíritu pusieron a la pobre Vicenta Garduña a las puertas del
presidio, y allí hubiera ido si un ángel tutelar no la sacara de la cárcel a
costa de algún desembolso y de muchos empeños. Recibió esta señalada protección
de un hombre que la había galanteado en vano durante muchos meses y que había
tenido la buena idea de alejar para siempre de Madrid a Pedro Potes, estorbo sempiterno
de los adoradores de Vicenta. Pero si las ofertas de un buen menaje y de un
corazón amante, aunque algo pasado, no la ablandaron, la gratitud y cierto
deseo de reposo inclinaron su ánimo, y decidió arreglarse con aquel célibe
pacífico, entrado en años, rico y de trato afable, aunque por demás reservado y
frío. Éste fue el origen de las relaciones entre D. Buenaventura Rotondo y la
Pintosilla.
En
éste, como en todos los actos de nuestro personaje, la prudencia y la
precaución fueron por delante. Nadie lo sabía; la Pintosilla se vio obligada a
variar de conducta, renunciando a los escándalos diarios y a las epopeyas
callejeras, con lo cual, si la moralidad pública ganó mucho, el barrio perdió
en parte su principal animación. No renunció, sin embargo, a su taberna ni a
sus grandes y ruidosos jaleos por Pascuas, San Isidro, ferias y otras
solemnidades religiosas u oficiales, como, por ejemplo, cuando nacía un
príncipe o princesa, ocasiones que el pueblo celebraba entonces con febril
entusiasmo.
Cuando
principió la persecución contra D. Buenaventura, acusado de emisario secreto de
los ingleses para promover obstáculos a la administración de Godoy, y el pobre
señor se vio obligado, a tener una casa para conferenciar con los suyos, y otra
donde aparentaba residir, la amistad [181] de la Pintosilla le sirvió de mucho; el secreto en
que había mantenido sus relaciones le permitía pernoctar descuidado en la calle
de la Arganzuela, sin temor de traiciones ni sorpresas. Juzgue el lector cuál
sería su asombro cuando Setillo le anunció que había el proyecto de
aprehenderle en casa de Vicenta, entregado y vendido por ella misma. Aunque no
tenía confianza en nadie, nunca creyó a la Pintosilla capaz de semejante
infamia, y por eso exclamó abriendo la boca con tanto estupor como el Sr. de
Cárdenas:
-¡Si
fuera capaz... la abriría en canal!
Los
alguaciles que se ocupaban noche y día en seguir la pista al emisario de la
nación inglesa, descubrieron al fin donde dormía. Uno de ellos, que era
parroquiano asiduo de la taberna, entabló con Pintosilla las primeras negociaciones
para la entrega de D. Buenaventura, y Vicenta fingió condescender aceptando el
soborno que se le ofrecía. Estas negociaciones cundieron de la taberna de la
Arganzuela a la taberna de Mira el Río, donde Sotillo, que era de los que
tienen medio cuerpo entre los malhechores y el otro medio entre los alguaciles,
las adivinó con su finísimo olfato, adquiriendo después pormenores curiosos
mediante el gasto de algunos cuartillos de vino.
Los
alguaciles, cansados de las mil tentativas frustradas que constituían la
historia de sus pesquisas tras D. Buenaventura, a causa de las muchas
precauciones de éste, llegaron a cobrarle miedo y a creer que algún ente infernal
le protegía. Juzgaron más fácil cogerle por la astucia que por la fuerza, y
averiguado el sitio donde dormía, les pareció más hacedero el soborno que el
asalto. Convinieron, pues, con Vicenta en que ésta cerraría cierta puerta de
escape que a lo largo de un pasadizo daba salida por la Costanilla le la
Arganzuela, y ellos entrarían de improviso por la taberna, subiendo a las
habitaciones superiores para cogerle como en una ratonera.
Sotillo
se enteró de este pequeño plan, que no hacía honor ciertamente a la policía
española de aquellos tiempos, y esta falta de secreto lo hubiera hecho
fracasar, si, por otra parte, la condescendencia de la Pintosilla no fuera una
farsa ideada para burlarse de los ministriles y dar un bromazo a cualquiera de
los que habían de asistir a su baile en aquella memorable noche. [182]
II
Mientras
se hacían los preparativos de esta fiesta, veamos lo que le pasaba a Martín
Muriel, amenazado de caer, como su amigo, en las garras de la Inquisición,
gracias al despecho del marqués de Fregenal, apasionado en sus maduros años de
la famosa Susanita. El doctor no había oído sin cierta repugnancia el anuncio
de que Martín iba a ser delatado al Santo Tribunal sin otro motivo patente que
haber merecido la afición de la joven. Pero se consoló el buen consejero de la
Suprema al oír de boca del marqués un fiel relato de los crímenes de la
francmasonería, brujería y demás diabólicas artes que practicaba el joven. Esto
le hizo creer que había motivos justos para no sofocar los ímpetus vengativos
del marqués, y que la religión y la sociedad se libraban de un terrible enemigo
con sólo atar corto a aquel hombre insolente que atrevidamente insultaba las
cosas más santas y venerables. La delación fue hecha, y aquella tarde, cuando
Martín se preparaba a salir, los esbirros del célebre Tribunal tocaron a la puerta
de su casa.
Cuando
Alifonso vio por el ventanillo las cruces verdes, su terror fue tal que a punto
estuvo de caer redondo al suelo. Más muerto que vivo corrió al cuarto de su
amo, y exclamó:
-¡Señor,
señor, ahí están; ellos, ellos son!
-¿Quién
está ahí, quién puede ser?
-Ésos...
-contestó, temblando de miedo el barbero-, esos que vinieron por D. Leonardo...
¡Ah, la perra de la tía Visitación!...
-¡La
Inquisición! -exclamó el otro-. Huyamos. ¿Por dónde?
-Venga
usted -dijo Alifonso, dirigiéndose más rápido que una flecha a lo interior de
la casa.
El
miedo le daba alas, y Martín, que no creía fácil defenderse contra tal gente,
le siguió sin esperar un momento. Al entrar precipitadamente en la cocina, doña
Visitación, que acudía llamada por los campanillazos, recibió el violento
impulso de la carrera de Alifonso, y cayó al suelo. Amo y criado pasaron sobre
ella, y la infeliz quedó magullada y confusa, exclamando: «¡Ladrones,
ladrones!»
Los
fugitivos treparon por una escalera que conducía al desván; desde allí pasaron
a una trastera, de ésta al tejado [183] y por aquí a la casa del tintorero, que ya había dado
asilo a Alifonso en los tremendos días de la prisión de Leonardo; pero en vez
de quedarse allí, seguros de que serían perseguidos, salieron a la calle
inmediata, que era la de Lavapiés, y se alejaron a toda prisa, pero con el
mayor disimulo. Esta vez los esbirros inquisitoriales erraron el golpe, y
cuando la puerta de la casa habitada por la francmasonería se abrió, sólo
encontraron el cuerpo inerte de doña Visitación, tendido en el mismo sitio de
la caída, y no pudieron menos de mirarse unos a otros con asombro cuando la
pobre mujer aseguró con voz entrecortada y angustiosa que Alifonso y D. Martín
se habían ido por los aires caballeros en dos escobas, despidiendo llamas
oliendo azufre y profiriendo mil maldiciones contra el Señor y su Santísima
Madre. Los inquisidores no pudieron menos de exclamar: «¡Lo que se nos ha
escapado!»
Registraron
aquella casa y las inmediatas, pero los francmasones no parecieron. Alguien
aseguró que se habían convertido en humo negro, hediondo y sofocante, que se
difundió por los aires.
III
Al
principio los fugitivos marcharon sin dirección fija, cuidándose tan sólo de
alejarse lo más posible; pero cuando se juzgaron seguros, Martín pensó que
convenía poner aquel suceso en conocimiento de D. Buenaventura, y con este
propósito se dirigió a la calle de San Opropio, donde estaba Rotondo enfrascado
en animadísima conversación con D. Frutos.
Martín
dejó a Alifonso en la calle, encargándole que le aguardara, entró y subió.
-¡Cuánto
me alegro de verle a usted, amiguito! -dijo D. Buenaventura-. Precisamente
necesitaba hablar a usted para ponerle sobre aviso. Sé que le tienen destinado
a pasar unos días en la Inquisición para que descanse allí tranquilamente de su
agitada vida.
-Ya
lo sé, pero felizmente...
-¿Por
quién lo sabe usted?
-Por
ellos, que ahora estarán registrando mi casa y mis papeles. He escapado por
milagro.
-¡Ah!
¿Ya le han ido a visitar a usted? ¡Qué puntuales son! [184]
-Puesto
en salvo -afirmó Martín con ira-, yo les juro que he de vender cara mi vida.
-Pues,
amiguito, a mí me pasa lo mismo -dijo Rotondo, cruzándose de brazos-; también a
mí me persiguen, y hay quien ha prometido solemnemente entregarme esta noche
misma vivo o muerto.
-¡Esto
es horroroso! -observó Muriel-, soy inocente: nadie me puede acusar del más
pequeño delito; no he ofendido a ningún ser vivo, y me veo perseguido,
amenazado de muerte y de deshonra por ocultos enemigos. Nada puede garantizar
al hombre su vida, su independencia, su tranquilidad. Es tal la condición de
los tiempos presentes, que cualquier delación infame, hecha por boca de un
desconocido, nos encierra tal vez para siempre en esos sepulcros de vivos que
espantan más que la misma muerte.
-Sí
-dijo Rotondo-, es horroroso. ¡Y se espantarán de que haya hombres de ánimo
valeroso que se propongan acabar con todo esto! Ya recordará usted lo que
habíamos aquí a poco de llegar usted a la Corte.
-Sí,
y usted creía lo más oportuno llegar a ese fin por medio de la astucia, cuando
yo le decía que no había otro recurso que la fuerza.
-Es
verdad que entonces dije eso, y aún lo sostengo; no conoce usted, amigo mío, la
tierra que pisa. Entonces usted, no consideró mis proyectos ni aun dignos de
fijar su atención. ¡Oh!, si aquí nada se logra, consiste en que los que desean
una misma cosa no se ponen de acuerdo en los medios para llegar a ella.
-Es
cierto -dijo Martín-, que, por lo poco que usted me confió no comprendí que
hubiera en sus propósitos una alta idea, sino tan sólo la satisfacción de
mezquinos resentimientos. Usted quiere variar de personas dejando en pie todo
lo demás.
-De
cualquier manera que sea, en vez de discutir qué medio es mejor, ¿no sería más
conveniente poner en práctica uno cualquiera? ¿Qué puede usted hacer solo? Los
que piensan como usted son contadísimos, D. Martín, mientras yo puedo decir que
entre los míos está media España.
-Si
eso fuera así... -contestó el otro, profundamente pensativo.
-Desde
que nos vimos comprendí que usted era un hombre de mérito y el más a propósito
para poner término a una gran empresa que acabara con esta sociedad miserable y
corrompida, echando los cimientos de otra nueva. Nada le falta a usted si no es
un poco de docilidad para [185] ceñirse por algún tiempo a voluntades superiores
encargadas de dar unidad al plan revolucionario.
-Pero
usted no me quiso decir quiénes eran esas voluntades superiores, ni cuál el
plan, ni... usted no me dijo nada -contestó Martín con cierto afán.
-No
podía ni debía hacerlo sin estar seguro de su adhesión. Y ahora, después de
tantas persecuciones, de tantos vejámenes, cuando vemos pendiente nuestra vida
y nuestra libertad de la declaración de cualquier malintencionado, ¿vacilará
usted en asociar su esfuerzo a los esfuerzos de los demás?
-¡Oh!,
no -replicó Martín con creciente ira-, no; allí donde esté uno que jure el
exterminio de tantas infamias, allí estaré yo, cualesquiera que sean los medios
de que se ha de hacer uso. Las circunstancias me han reducido a la
desesperación, tengo que vivir oculto, tengo que hacer la vida de los
facinerosos y mentir por sistema engañando a cuantos me rodeen para poder
burlar esta inicua persecución. ¡Y extrañarán que seamos atrevidos y violentos,
que odiemos con todo nuestro espíritu, que seamos crueles o implacables con la
muchedumbre supersticiosa, con los grandes, con el clero, con la Corte, con el
Gobierno! Solo, sin recursos, perseguido injustamente, maltratado sin motivo,
la sociedad me empuja hacia el bandolerismo. Si yo tuviera distintos sentimientos
de los que tengo, mi vida futura estaría trazada, y no vacilaría; pero yo no
puedo transigir con la maldad; yo soy bueno, yo soy honrado, y a pesar de toda
la fuerza de mis odios, no mancharía con ningún crimen las ideas que profeso.
¡Malvados! ¡Después de corromper al pueblo y de inspirarle toda clase de
delitos, rellenan con él los presidios y las cárceles de la Inquisición! ¿Qué
podemos hacer en esta sociedad? Si luchar con ella es imposible, provoquémosla
hasta que acabe de una vez con nosotros, o huyamos a tierra extranjera donde
los hombres puedan existir sin ser cazados y enjaulados como fieras.
Esta
elocuente protesta impresionó a D. Frutos, que no pudo contener su entusiasmo e
hizo sonreír a D. Buenaventura con cierta expresión que quería decir: «Ya es de
los nuestros». El joven estaba exaltado y lívido; su cólera era siempre tan
comunicativa, que ninguno había más a propósito para transmitir a los demás sus
propios sentimientos.
-Bien,
bien -dijo Rotondo-, hombres de ese temple son los que hacen falta. Lo que
conviene ahora es esperar, esperar. La obra es grande y menos difícil de lo que
parece cuando hay hombres como usted. [186]
-¡Esperar!
-exclamó Martín con la misma alteración-. ¡Ah! ¡Y yo que creía conseguir de esa
familia aborrecida la libertad de Leonardo! Usted se equivocó al aconsejarme
que implorara su protección. Yo acerté al desconfiar de esa gente, a la cual
debo la prisión y muerte de mi padre, el abandono de mi hermano. ¡Infames!
Desde que entré en la casa me inspiró recelo aquella dama orgullosa y
antojadiza, aquel viejo zalamero e hipócrita. ¡Y afectaron recibirme con
benevolencia! ¡Y la taimada me prometió interceder con ese inquisidor que usted
me pintara como modelo de humanidad! La verdad es que esa mujer obedece sólo a
ciegos instintos y a los arrebatos de una naturaleza apasionada que puede
fácilmente llevarla a los mayores crímenes. ¡De ella, de ella ha de proceder
esta delación inicua; de ella, que no pudo hacer de mí un esclavo de sus
livianos caprichos; de ella, que se goza con verme humillado por sus
coqueterías y su hermosura, como si yo fuera un imbécil petimetre aturdido por
la vanidad y la concupiscencia! ¡Ah! ¡Qué ruines sentimientos! Ella y la corte
de ridículos seres que la rodean son autores de esta persecución. ¡Era preciso
lavar la mancha caída en la familia por la supuesta afición de una dama como
ella hacia un hombre como yo! ¡Desdichados de nosotros que no somos otra cosa
que un vil juguete puesto a merced de sus caprichos o de sus rencores!
-¿Y
usted está seguro que la delación procede de ella? -preguntó D. Buenaventura.
-Sí;
no puede venir de otro lado este golpe infame. En pocos días de trato he podido
conocer su carácter tornadizo, propenso a las resoluciones violentas, dispuesto
a amar o aborrecer sin causas reales. La conozco; ella, ella ha sido.
-Pues
mis informes son de que había concebido una repentina y fuerte pasión por
usted.
-Hay
seres en cuyos corazones no se puede deslindar el amor del odio. Más que amor,
sienten pasajeras impresiones que suelen resolverse en un rencor despiadado y
vengativo. Esas personas de extremado orgullo hacen pagar muy cara la flaqueza
de haber sentido inclinación hacia alguno. ¡Ella, ella ha sido!
-No
lo creo -dijo Rotondo con intención de escudriñar mejor sus sentimientos
respecto a Susana.
-¡Ah!
Pero ya sé lo que tengo que hacer -añadió Martín súbitamente y con decisión.
-¿Qué?
-preguntaron con curiosidad D. Frutos y Rotondo. [187]
-Irremisiblemente
lo hará. Es una resolución inquebrantable.
-¿Qué
piensa usted hacer?
-Puesto
que me han traído a este extremo, ya sé lo que me corresponde hacer. A esta
gente es preciso tratarla como se merece.
-¿Qué
resolución es ésa? Alguna venganza.
-Si
-afirmó Martín con la mayor entereza-. Pienso apoderarme de ella y anunciar a
la familia que no podrá rescatarla mientras Leonardo no sea puesto en libertad.
-¿Secuestrarla?
-preguntó D. Buenaventura.
-¡En
rehenes! -dijo D. Frutos.
-Sí,
yo sabré apoderarme de ella, aunque tenga que habérmelas con medio Madrid.
-¡Oh!...
Ese medio... -apuntó D. Buenaventura tratando de disimular su complacencia-.
Pero es peligroso, es dificilísimo.
-Será
muy fácil si encuentro quien me ayude.
En
aquel momento D. Frutos se levantó, y, poniéndose la mano en el pecho, dijo a
Muriel con entereza:
-Cuente
usted conmigo.
Martín
no hizo caso, y continuó paseándose por la habitación.
-Si
usted consigue llevar a cabo ese propósito con felicidad -dijo D. Buenaventura-
es seguro que verá libre a D. Leonardo. ¿Se cree usted con fuerzas?...
-Sí,
con fuerzas para eso y para más.
-Pues
bien... -añadió Rotondo después de meditar un rato y aparentando que aquel
asunto no le importaba gran cosa-; yo le voy a proporcionar a usted la ocasión.
-¿Cuándo?
-Esta
misma noche.
-¿Dónde?
-En
un sitio a que concurrirá Susanita, y donde será muy fácil lo que usted
intenta. Seguro, segurísimo. Ni a pedir de boca.
-¿Y
qué sitio es ése?
-Ella
va esta noche a cierto baile de candil en los barrios bajos.
-¿Cómo
lo sabe usted?
-Conozco
las interioridades de esa casa tan bien como las de otras muchas de Madrid.
-Recuerdo,
en efecto, que D. Lino me habló de ese baile... Pero la familia se oponía a que
fuera.
-¡Irá!
-¿Irá?
¿Usted está seguro? [188]
-Sí;
vea usted cómo le proporciono la satisfacción de su deseo, no sin cierto
egoísmo, se entiende. Desde hoy usted será de los míos. Usted es un tesoro
inapreciable, Sr. D. Martín. Con hombres así no dudo ya de la regeneración de
España. Pero vamos a ver. Es preciso buscar un sitio donde ocultarse y
ocultarla.
-Ya
lo encontraremos.
-No
es preciso buscarlo. Yo también en este asunto salgo en su ayuda. Esta casa es
a propósito. Tiene sus escondrijos para el caso de que los alguaciles se
metieran en ella. Mi refugio ha sido desde hace mucho tiempo, y lo será más
ahora, cuando hay quien ha prometido entregarme vivo o muerto.
-¿También
a usted?
-Ya;
yo soy la pesadilla de cierto elevado personaje. ¡Y qué gustazo le daría si me
dejara coger! Pero no, no lo verán. No habían ellos concluido de arreglar el
modo de prenderme, cuando ya lo sabía yo.
-¿Y
qué hace usted para evitarlo?
-¡Oh!
Ya tengo tomadas mis precauciones, y no me cogerán desprevenido.
-¿Piensan
cogerle a usted?
-No,
esta madriguera no la han descubierto todavía. Y si la descubren, ya tenemos
por donde escapar.
El
diálogo duró hasta la caída de la tarde, siempre animado y versando sobre el
mismo tema. La noche arrojó sus sombras sobre aquella triste mansión; el loco
callaba, retirado en su guarida, y sólo las voces agitadas de aquellos tres
hombres turbaron el profundo silencio, hasta que al fin se les vio desfilar uno
tras otro por el corredor, bajar y salir juntos, después de atravesar el patio
interior por cierta puerta que daba a las afueras de Madrid, cerca de los Pozos
de Nieve.
Capítulo
XIV
El baile de candil
I
No
hacía mucho que habían dado las ocho cuando la Pintosilla principió a recibir a
sus numerosos convidados. Dos candiles pendientes del techo tenían la misión de
alumbrar [189] el recinto, lo cual
no hubieran podido realizar si no recibieran ayuda de un quinqué comprado ex profeso para que el humilde bodegón
se pareciera lo más posible a los estrados de la gente de tono. Renunciamos a
describir el buffet, como hoy
decimos, que consistía en una especie de altar cubierto con una colcha
encargada del papel de tapiz; ni nos ocuparemos del sinnúmero de botellas que
sobre él había, puestas por orden como los potes de una farmacia, aunque sin
letrero donde constara su contenido, que era vino de distintas variedades y
colores.
El
primero que entró fue Paco Perol, con su capa terciada, su gran sombrero de
medio queso y su guitarra, que rasgueaba con mucha destreza. Siguió la elegante y simpática verdulera del Rastro Damiana Mochuelo, y después la distinguida y airosa Monifacia Colchón, comercianta en hígado, tripa y sangre de
vaca, y después Gorio Rendija, opulento
ropavejero de la calle del Oso, seguido de la interesante castañera denominada la Fraila, establecida en el Mesón de Paredes. Vino luego el discreto Meneos, majo devoto que se
ocupaba en ayudar misas y en remendar trapos viejos, y después la elegantísima y majestuosa Andrea la Naranjera, que era una de las notabilidades
de la Ribera de Curtidores. No tardó nada el aprovechado joven llamado Pocas-Bragas,
que venía de viajar por las principales capitales de Europa, tales como
Melilla y Ceuta, ni faltó el respetable y eminente hombre de Estado, llamado tío Suspiro, maestro de las escuelas
establecidas en la Carrera de San Francisco para alivio de bolsillos y
desconsuelo de caminantes. Estos y otros esclarecidos personajes de ambos sexos
llenaron el bodegón; sonó la guitarra, tocada por el bizarro puntillero de la Plaza de Madrid, Blas Cuchara, y Rendija
echó al viento con poderosa voz la primera tirana.
-Pero
hay pocos estrumentos -dijo la Fraila-. ¡Eh!, tú, Pocas-Bragas, ¿por qué no te
has traído la guitarra?
-Denguno
toca como él -añadió Monifacia, haciendo fijar la atención en el aludido-. Sabe
tocar hasta el minuete, que lo aprendió en el presillo...
-¿Qué
es eso de presillos? -dijo el distinguido joven-. No me enriten, que cada uno
tiene sus recovecos en la concencia... Pero este pelafustrán de Meneos, que
sabe tocar el bajón y el clarinete... Tía Pintosilla, yo que usted trajera la
orquesta de los tres coliseos de Madril.
-Vamos,
vamos, que se impacienta el auditorio -observó con gravedad el tío Suspiro-.
Música, y sáquense a bailar. ¡Ah! Cuchara, saca a Damiana, que es está
pudriendo [190] por bailar. ¡Ah,
piernecitas de mi alma! ¡Cómo me cosquillean dende que oigo el guitarreo!
-Baile
usted conmigo, tío Suspirón -dijo la Naranjera-. Entodavía les hemos de enseñar
cómo se menea la zanca.
-Menos
disputas y a bailar -ordenó la dueña de
la casa, poniendo en perfecto orden de batalla las botellas que estaban
sobre el altarejo.
-Pero
escucha, Pintosilla -dijo Damiana-, ¿ónde están los usías que dijiste venían a
tu casa esta noche? Yo denguno veo.
-Ya
vendrán, ya vendrán; oye, me parece que llaman.
En
efecto; oyéronse algunos golpecitos en la puerta, abrieron y entró Susana,
acompañada del marqués y del Sr. D. Narciso Pluma.
II
-Vengan
usías muy enhorabuena a honrar esta casa -dijo Vicenta.
-¡Ay
qué obscuro está esto! -indicó Susana dando algunos pasos hacia el centro del
corrillo.
-Pus
que le traigan el teneblario de Jueves Santo -dijo Paco Perol.
-Una
silla, una silla pa la señora condesa. Naranjera, levántate tú.
-¡Miste!,
que me levante. Pa eso hamos sido las primeras.
-Estos
usías a la moderna me apestan -gruñó por lo bajo la Fraila.
-¿Me
he de quedar en pie? Pluma, búsqueme usted una silla.
-¡Ah,
señora, no la encuentro! -contestó el petimetre, escudriñando por todos lados.
-Caballero,
¿quiere usted quitarse del corrillo, que me estorba? -dijo Damiana, tirando a
D. Narciso del faldón de su casaca.
-Vaya
una silla -contestó el tío Suspiro, alargando el mueble por encima de las
cabezas.
Susana
se sentó. El marqués quedó en pie detrás de ella, y Pluma a su derecha, también
en pie.
-No
se acerque usted tanto -dijo éste a la Fraila-. Va usted a estropear el vestido
de la señora.
-¡Pos
me gusta! -contestó la castañera-. ¿Por qué no se está en su casa?
-¡Pos
no está poco espetada la madamita! [191]
-No
sé cómo gustas de la compañía de esta gente -dijo el marqués a Susana.
-Esto
me divierte -contestó ella sonriendo-. ¿Me da usted una pastilla?
-¿Eh?
-dijo la Fraila empujando a Pluma-. ¿No ve usted, hombre de Dios, que me está
pisando?
-Si
usted no se arrimara tanto...
-Ya
me ha dado usted dos pinchazos con el demonche del espadín.
-Pues
aguante y baje la voz, que molesta a la señora.
-Dale
con la señora -contestó la Fraila-, aquí toas somos señoras, porque caa uno es
caa uno y denguno es mejor que naide.
-Caramba
con los usías -murmuró Pocas-Bragas-, ¿y quién los meterá a venir a esta
junción?
-Velay;
y mosotros maldito si vamos a las suyas.
-¡Qué
despreciable gentualla! -dijo Pluma a Susana en voz muy queda.
-¡Eh,
so espantajo! -exclamó la Fraila, dirigiéndose a Pluma-. ¿Querrá usted quitarse
de enfrente de la luz?
-¡Ah,
ustedes perdonen! -repuso el petimetre devorando su enojo y temeroso de que
aquella distinguida sociedad hiciera alguna de las suyas.
Y
al apartarse a un lado, el movimiento le impelió hacia adelante con tal fuerza,
que maquinalmente puso sus manos sobre los hombros de la Naranjera.
-¡Eh,
eh! ¿Le parece a usted que tengo yo cara de bastón?
-Es
que me caía -balbuceó el joven aturdido.
-Mucha
facha y poca substancia -dijo Cuchara.
-Si
tiene cara de espital.
En
efecto; Pluma, sin duda a consecuencia de sus desastrosos amores, estaba tan
pálido y ojeroso que daba compasión.
-No
soples fuerte, Monifacia, que va a echar a volar ese caballero.
-Vamos,
vamos a bailar y fuera disputas -dijo la Pintosilla, queriendo cortar la
chacota que se disparaba contra D. Narciso.
-Pa
otra vez estamos mejor sin usías -manifestó la Fralia, encarándose con la
Pintosilla.
-Pues
eso no es cuenta tuya -respondió la dueña del bodegón con mal humor-, que yo
soy reina en mi casa y convío a quien me da la real gana; y el que no quiera
verlo, que se plante en la calle.
-Es
por el orgullo y el aquel de decir que viene a su [192] casa gente de tono -añadió la Fralia-. Si siempre has
de ser Vicenta la Pintosilla, bodegonera y castañera, y estas visitas pa
maldita de Dios la cosa sirven, si no es de estorbo.
-Poquito
a poco, y cuidado con la lengua -dijo Vicenta, amoscada ya del descortés
recibimiento hecho a sus comensales.
-Ya
ves entre qué gente nos hemos metido -susurró el marqués al oído de Susana.
-Haya
paz y no encharquemos la fiesta -exclamó el tío Suspiro.
-Es
que ésta me anda siempre buscando la sin hueso -continuó la Fraila más agitada,
porque entre ella y la Pintosilla existía un resentimiento antiguo.
-Vamos
callando, que se me van llenando las narices de mostaza, y... arreparen que
están en mi casa.
-Como
que estoy por tomar la puerta de la calle -dijo la Fraila-, porque a una no le
gusta que la falten, y más esta soberbiona, que hasta ayer era...
-Gomita,
gomita la palabra, o si no aquí tengo yo unas tenazas... -contestó la
Pintosilla poniéndose en medio del corrillo y amenazando con sus dedos a la
castañera.
-Ponte
en facha; ¡quiá!, si no tengo ganas de reñir contigo -dijo la otra con
desprecio.
-¡Castañera
de esquina! -exclamó la Pintosilla con mayor desdén.
-Y
a mucha honra, que si no soy de portal es porque no tengo arrimos ni busco
comenencias ajenas... Pero no quiero reñir contigo, que si quisiera aquí tengo
esta manita derecha que sabe dar unos sopapos...
-Pues
yo -dijo la Vicenta poniéndose en jarras-, con la izquierda que te hiciera un
poco de viento, te había de echar fuera todas las muelas.
-¿Sí?
Estoy bien aquí, Pintosilla, y no quiero echar un paseo por tus costillas.
-Ven
si te atreves, y a mí en mi casa nadie me tose, porque soy yo muy reseñora.
-Y
yo soy más -dijo la Fraila, levantándose y poniéndose también en jarras-. Y si
te pie el cuerpo julepe, aquí estamos.
-Aguarda
a que esté de humor, que esta noche no tengo ganas de despacharte al otro
barrio -contestó Vicenta con insolente sonrisa y meneando el cuerpo con ademán
provocativo.
-Sal,
naaja -gritó la Fraila con repentino movimiento y sacando a relucir el
reluciente acero de una navaja-. Sal pa darle un besito en la cara a mi
señorona. [193]
Un
grito unánime resonó en el bodegón. La Fraila se colocó en actitud hostil
frente a su rival; pero ésta, lejos de inmutarse, permaneció en la misma
postura y dijo con cierta calma jovial, que era la desesperación de la castañera:
-Tente
y guarda el alfiler, que el te disparo mis armas de fuego...
-¿Qué
armas? -preguntaron algunos, creyendo que la Pintosilla iba a sacar un par de
pistolas de debajo de sus enaguas.
-Mis
ojos, bestia, que si disparan matan más que cuatro balas.
-No
quiero vaciarte.
-Ni
yo abrasarte viva.
-Vamos,
vamos, se acabó la disputa. Dense las manos y pelillos a la mar, y cada uno se
rasque su sarna, que las dos son buenas -dijo el tío Suspiro.
-¿Qué
te parece? -dijo el marqués a Susana-. ¡A buena parte hemos venido!
-Si
no se hacen nada... -contestó Susana, que no se había alterado gran cosa con
aquel principio de epopeya.
-Me
he quedado sin sangre en el cuerpo -declaró Pluma, serenándose un tanto cuando
vio que la Fraila guardaba el arma homicida.
-Pues
esto se acabó -dijo la Pintosilla-, y pues ya me sajogué, sepan que a mi casa
viene quien yo quiero, y el que no esté a gusto cierre el pico o a la calle.
-Pues
a ver, una tirana, Paco Perol, que esto se acabó.
-Unas
seguidillas para que las oiga esta madama.
Ya
Cuchara tenía la boca abierta para empezar la seguidilla, cuando se abrió la
puerta y entró Sotillo; a poca distancia le seguían Martín Muriel, Alifonso y
D. Frutos.
III
Susana
creyó equivocarse al principio: miró con más atención y fijeza, porque el
bodegón no estaba muy bien alumbrado, y al fin se convenció de que era Martín
en persona. El marqués no pudo reprimir una exclamación de cólera y sorpresa,
tanto más justificada cuanto que tenía la seguridad de que el joven estaría a
aquellas horas muy guardado en las cárceles de la Inquisición, y Pluma dijo con
expresión de candidez que hizo reír a Susana: [194]
-Éste
es uno de los que estuvieron aquel día en la Florida.
-Con
su permiso, señora doña Vicenta -dijo Sotillo-, traigo aquí a estos dos amigos
que desean conocer esta sociedad.
-Sean
bien venidos en mi casa, y tomen asiento, si hallan dónde.
El
marqués clavó sus ojos llenos de rencor en Martín, y tembló con la presencia de
aquellos hombres en semejante sitio. Tuvo sospechas de que la noche no
concluiría sin algo siniestro, y dijo a Susana:
-Vámonos,
vámonos al momento.
La
joven se volvió, y con una sonrisa que al marqués causó estremecimiento y
calofrío, contestó:
-¿Irnos?
Estoy muy bien aquí. Vea usted. Ya empiezan a bailar. Pluma, ¿no baila usted?
Yo le escogeré pareja entre estas majas.
-¡A
bailar, a bailar! -chillaron todos.
Formáronse
varias parejas, y las guitarras y las palmadas aturdieron el recinto del
bodegón. Todos se movieron: las dos heroínas, cuya contienda hemos descrito,
olvidaron por aquel momento sus rencores, y hasta Pluma sintió deseos de salir
al corro.
Martín
se había sentado junto a Monifacia, y ésta le dijo:
-¿No
baila usted, caballero?
-Sí,
señora, voy a bailar -contestó el joven muy serio y con una resolución que hizo
se fijaran en él las miradas de todos.
-¡Pues
ya!, habiendo aquí tan buenas majas. ¿A cuál saca usted?
Muriel
se levantó, atravesó el corrillo, y dirigiéndose a Susana, dijo:
-A
ésta.
-¡Bravo,
bueno!; eso se llama picar alto -observó el tío Suspiro, mientras los demás
aplaudían con fuertes palmadas.
El
asombro del marqués fue tal, que en el primer momento no se le ocurrió palabra
ni ademán alguno para poner correctivo a tanta audacia. No profirió voz alguna
hasta que vio a Susana sonreír, levantarse y dar su mano a Martín entre los
aplausos de la concurrencia. Entonces se interpuso violentamente entre los dos,
y rechazando al joven con fuerza, exclamó:
-¡Canalla!
En
aquel instante se abrió la puerta, y una voz dijo desde ella: [195]
-Ténganse
a la justicia.
En
efecto; la justicia humana, representada en aquella solemne ocasión por Gil
Enredilla, Perico Zancas Largas y otros respetables alguaciles del servicio
secreto de la policía, traspasaron el umbral de la casa, no con gran susto de
los concurrentes, porque estaban acostumbrados a la intervención de aquellos
elevados personajes siempre que había una disputa.
La
Pintosilla había convenido con ellos en la manera de designar la persona a
quien se trataba de aprehender, y la señal consistía en ponerle la mano en el
hombro. Luego que los vio puso en práctica su comisión, y deseando no concretar
el bromazo a una sola persona, señaló al marqués y a Narciso Pluma, que no
tardaron en ser rodeados por aquella patulea.
Nadie
se había aún dado cuenta de la situación, cuando uno de los candiles cayó al
suelo de un palo, el otro murió de un fuerte soplo, y, por último, el quinqué
rodó por el suelo, quedándose la escena en completa obscuridad. Gritaron las
mujeres y las risotadas alternaron con los rugidos. Se oyeron gritos de
angustia y juramentos como puños; llovían porrazos y mojicones, y los
alguaciles no cesaban de invocar el nombre de la real justicia, con lo cual se
aumentaba el alboroto y no cesaba la obscuridad. Por fin, uno de los emisarios
de la ley trajo luz, y los demás se dedicaron a asegurarse bien de la persona
de los delincuentes.
El
marqués, cubierto de sudor, rugiendo de ira y sofocado por los esfuerzos que
había hecho por desasirse del que le tenía agarrado, miró a todos lados con el
mayor afán; pero no vio lo que buscaba. Susanita había desaparecido, lo mismo
que Martín, D. Frutos y Sotillo.
Capítulo
XV
La princesa de Lamballe
Susana,
al verse arrebatada por aquellos hombres, de los cuales no conocía más que a
uno, se esforzó en pedir auxilio; pero no le fue posible hacerse oír.
Metiéronla en un coche, que a buen paso atravesó la villa de un extremo a otro,
y al llegar a la calle de San Opropio, la violenta impresión recibida, la
angustia de aquella situación, el [196] terror que le causaba el mismo Martín por las
especiales circunstancias de su conocimiento con él, habían abatido su ánimo
valeroso, y perdió el conocimiento. Martín solo la cargó en sus brazos y la
entró en la casa.
No
se extinguió en ella toda sensación durante el tránsito de la taberna a la
casa. Antes de volver de su letargo creía darse cuenta de lo que pasaba a su
alrededor: creyó sentir que los fuertes brazos que la tenían asida la dejaban
sobre el suelo, después sintió que a las voces de los que la acompañaron se
unía alguna otra voz desconocida, y que juntos hablaban con mucho calor,
nombrándola con frecuencia, lo mismo que a su tío y a su padre. Después los
infernales acentos se alejaban, juntamente con los pasos de aquellos hombres, y
se sentían crujir bajo sus pies las maderas de una desvencijada escalera; luego
los mismos pasos resonaban sobre las baldosas de un patio, y, por último, el
ruido de varias puertas y el chirrido de los cerrojos parcela indicar que
habían salido dejándola sola. Silencio sepulcral reinaba en torno suyo.
Cuando
abrió los ojos creyó salir de una pesadilla; pero a medida que su entendimiento
se despejaba, iba adquiriendo el sentido real de su situación. En poco tiempo
se serenó, y pudiendo adquirir la certidumbre de que no soñaba, examinó el
sitio, se movió, y un ruido seco de hojas de maíz le hizo comprender que se
hallaba en un jergón. Extendió la mano y tocó una silla que, falta de
equilibrio, golpeó el suelo repetidas veces con una de sus desiguales patas.
¿Estaba presa? ¿Era aquello un calabozo donde la encerraban para toda la vida?
La puerta del cuarto estaba abierta, y por ella entraba clarísima luz de luna.
Hizo un esfuerzo de ánimo y se aventuró a salir. Dio algunos pasos por la
habitación, y saliendo al corredor vio un vasto cuadrilátero formado por doble
columnaje de madera, y abajo un ancho patio con montones de escombro. No vio un
ser vivo en tan ancho recinto. Puso el oído atento y no sintió ruido alguno. A
pesar de su mucho ánimo en ocasiones ordinarias, no se atrevió a dar un paso
por aquel corredor solitario y frío. «¿Estoy soñando?», se dijo repetidas
veces, mientras veía y palpaba la realidad.
«¿Quién
me ha traído aquí? ¿Qué sitio es éste?» He aquí terrible problema que la
oprimía el cerebro como un anillo de fuego. Esperó a ver si parecía algún ser
humano, aunque no estaba segura de si lo deseaba o lo temía; pero nadie
pareció. La casa seguía muda como una mansión encantada; nada ante sus ajos
tenía animación ni vida. Aquello era un vasto sepulcro donde estaban muertas la
[197] Naturaleza, la
atmósfera, la luz. Hasta le parecía que la Luna no verificaba en el cielo su
rápida traslación, y que las nubes, como el hermoso astro de la noche,
permanecían clavadas e inmóviles sobre un fondo obscuro como las pinturas de un
telón.
Al
fin creyó sentir a su derecha ruido semejante al de una sucia que se arrastra:
miró y vio un bulto al extremo de un corredor. Fijó su atención y observó que
se aproximaba. Era una cosa viva, un hombre tal vez. Desde lejos Susana no
percibía más que un cuerpo alto y enjuto, vestido con traje talar; mas aquello,
hombre, aparición o lo que fuera, se acercaba; ya se le podía distinguir
perfectamente, y la joven sintió un terror tan grande, que no tenía memoria de
haber experimentado nunca sensación igual. Sudor frío corría por todo su cuerpo
y temblaba como si se hallara sometida a la acción de un frío glacial. No se
atrevía a huir, porque volver la espalda le infundía más temor que mirar cara a
cara aquella visión silenciosa. Hizo nuevos esfuerzos de valor, y se asombraba
de que, habiendo mostrado tanto corazón en anteriores ocasiones, se hallara
entonces cobarde y aterrada como un niño. La sombra avanzó más y se paró a unos
diez pasos de distancia. Susana reconoció las facciones de un viejo decrépito y
horrible que la miraba atentamente con expresión de ira.
Cuando
la hubo contemplado un buen rato, dijo con cavernosa voz:
-¡Infame,
perra aristócrata! Mañana es tu último día, mañana morirás. Beberemos tu sangre
y pasearemos en una pica tu cabeza, vil aristócrata, para escarmiento de todos
los de tu raza. ¡Mañana, mañana! ¡Tiembla a la salida del sol!
Susana
hizo un esfuerzo para huir de quel terrible espantajo; pero su propio miedo la
tenía clavada en el antepecho del corredor.
-Sí,
miserable y orgullosa aristócrata -continuó el viejo- para ti no habrá perdón.
Mañana es el gran día, mañana es el 2 de septiembre. Se afilan las cuchillas.
El pueblo ha sufrido muchos siglos, y mañana tomará venganza de tantos
crímenes. ¡Ah, perversos! Pensasteis que vuestro poder no acabaría nunca. Ha
llegado la hora del exterminio.
Al
decir esto, el anciano se acercó hasta ponerse a dos pasos de Susana, en cuyo
rostro clavó sus ojos extraviados y feroces. Entonces alargó su brazo y puso la
mano sobre el hombro de la joven, que se replegó creyendo sentir sobre sí la
helada mano de la misma muerte. [198]
-¡Ah,
desgraciada princesa de Lamballe! -exclamó La Zarza-. No te valen ni tu
hermosura, ni tus riquezas, ni tu ilustre cuna, ni ser amiga de la reina, ni
ser hija del duque de Penthièvre. Te han encerrado aquí para inmolarte mañana
entre miles de cadáveres. Tu sangre, con la sangre de un sinnúmero de nobles,
suizos y cortesanos, correrá, formando arroyos, por las calles. El pueblo se
gozará en abofetear tu cabeza. Pocas horas te restan: el alba se acerca,
encomiéndate a Dios. Tus carceleros serán implacables. ¡Muerte, muerte!
Al
decir esto, hizo presa con sus afilados dedos en el hombro de Susana, apretó
con creciente fuerza, y la dama, ya en el último grado de terror, aturdida,
desesperada, loca, al sentirse aprisionada por aquella garra de acero, lanzó un
agudísimo grito, y cayó al suelo sin sentido.
Capítulo
XVI
Las ideas de fray Jerónimo de Matamala
I
Asomaba
la aurora por las ventanas y balcones del madrileño horizonte, cuando D.
Buenaventura Rotondo y Martín Muriel, que después de los sucesos referidos
habían salido a enterarse de ciertos asuntos de indudable urgencia, regresaron
a la calle de San Opropio, mas no para descansar ni entregarse a indolente
reposo, que podría ser de gran peligro en tales circunstancias. Uno y otro
debían andar muy despabilados aquel día, y era preciso obrar con gran actividad
antes que fueran descubiertos por la policía, si es que eran dignos de este
nombre los perezosos alguaciles y los agentes secretos sostenidos por las
autoridades administrativas y religiosas de aquellos benditos tiempos.
Entraron
en el cuarto donde Rotondo tenía lo que podríamos llamar su despacho, y cada
uno escribió una carta, siendo mucho más larga y meditada la de Martín.
-Ahora
-dijo Rotondo doblando la suya- ya sabemos lo que hay que hacer. Es preciso no
perder tiempo. La cosa está próxima; y pues usted acepta en este negocio la
parte importante que yo le ofrecía, no hay que dormirse. Ya [199] están ahí las
personas con quienes debemos entendernos. ¡Oh, amigo! Cuando vaya haciéndose
cargo del vasto plan en que estamos metidos, comprenderá qué gran
acontecimiento se prepara. Toda la sociedad, lo más selecto en las armas, en
las letras, en la piedad, está con nosotros y contra ese infame privado. Ya
verá usted. Pero no se puede perder ni un momento. Al instante va usted a
hablar con el padre Jerónimo de Matamala, que viene de Toledo y de Aranjuez con
instrucciones y claves... ¡Oh!, nos ha puesto en un gran compromiso el buen
franciscano dejándose coger ciertos papeles... pero, ¡ca!, si el provincial de
la Orden es también de los nuestros...
-¿De
modo que no se le perseguirá? -dijo Martín rubricando la firma de su carta.
-No
lo creo. Aunque te han enviado aquí al convento de San Francisco como por vía
de destierro, no creo que pase de ser una fórmula.
-¿Podré
ver tan temprano a fray Jerónimo?
-Sí,
al instante. Ayer tarde le he visto yo, y ya está enterado de que contamos con
usted, lo cual le causó gran regocijo. Mientras usted se explica con él y se
entera de ciertas particularidades, yo me voy a ver a un pájaro gordo que debe
haber llegado anoche para entenderse conmigo. ¡Oh, ése sí que es personaje!...
Tenemos -añadió, bajando la voz con misterio- una palanca tremenda. Bastará
hacer un pequeño esfuerzo para... En fin, despachar pronto. Váyase usted a ver
al fraile, mientras yo conferencio con mi hombre. ¡Qué hombre, qué adquisición!
-Pues
hasta luego; saldremos solos.
-Sí,
que Alifonso y Sotillo se queden aquí. Solos y bien embozados a esta hora, no
hay peligro alguno. Ya ve usted cómo estoy yo; ¿quién me conoce en este traje?
En
efecto; D. Buenaventura había cambiado por completo de vestido, y aquel señor a
quien vimos tan almidonado y tan pulcro en los primeros capítulos de esta
historia se había convertido en un hombre del pueblo que podía pasar por
barbero.
-Usted
-continuó Rotondo, embozándose en su capa- no necesita disfraz. Pocos le
conocen, y los inquisidores no hacen de las suyas sino por delación y dentro de
las mismas casas... Conque...
-Cada
uno por su lado.
-Eso
es, y dentro de un rato aquí.
Salieron,
y se separaron en la puerta. Martín se dirigió a casa de D. Lino Paniagua, a
quien necesitaba encargar una importante comisión antes de avistarse con el
franciscano. [200] Cuando el joven
llegó a la calle del Burro, el abate, a pesar de que aún era muy temprano, no
dormía, y estaba muy ocupado en limpiar su ropa, en dar lustre a sus zapatos,
en coger algunos puntos a sus medias y en otros menesteres domésticos que eran
la ordinaria tarea matinal de aquella gaceta ambulante. El buen D. Lino, que no
era rico, necesitaba atender por sí mismo al realce y esplendor de su persona,
según convenía a sus variadas funciones sociales.
-¡Oh,
Sr. D. Martín, usted por aquí a esta hora! -exclamó, dejando sobre la cama la
casaca, en cuyo forro estaba restaurando una costura lastimada por el roce-
¿Qué bueno me trae usted?... Algún encarguillo, ¿eh?
-Sí,
señor; quiero que me haga usted el favor de llevar una esquela a cierta
persona...
-¡Ah!,
ya comprendo, truhán -dijo el abate, sonriendo y clavándose la aguja en la
guarnición de una chupa verde mar, del tiempo de Farinelli, que para dentro de
casa tenía-. ¿Conque era cierto?... Y usted lo negaba. Esquelitas ¿eh? Yo me
encargo de eso por ser usted el interesado, que si no... Vamos, que ha puesto
usted una pica en Flandes.
-Agradeceré
a usted mucho que se encargue de esto -contestó Martín mostrándola-. Es para el
doctor D. Tomás de Albarado y Gibraleón.
-¡Ah!,
pues yo creí que era para... Pero ya entiendo, picarón -añadió con malicia,
creyendo descubrir un secreto-. Usted se cansa ya de la vida platónica; usted
aspira a... y como del doctor puede decirse que es quien dispone del porvenir
de Susanita... La pretensión es atrevidilla, Sr. D. Martín; pero si ella está
tan enamorada de usted como dicen...
-¿Conque
usted llevará la carta? -preguntó el otro sin hacer caso de los comentarios del
inocente abate.
-¡Ah!,
sí, con mucho gusto. Ojalá viera usted cumplido su deseo. El doctor es una
persona excelente. Y a propósito: ¿logró usted que pusieran en libertad al Sr.
D. Leonardo? Qué lástima de joven, tan amable, tan...
-No,
nada se ha conseguido hasta hoy.
-Es
raro, porque estando ella empeñada en sacarle en bien... Y me consta que se
preocupó mucho del asunto, no hablaba de otra cosa. Por cierto que ese empeño
daba que hablar a la gente, y todos se hacen lenguas sobre el estupendo amor
que la madamita siente por usted. Algunos se han escandalizado...
¡Preocupaciones! Todos los que conocen su carácter se han llenado de asombro.
¡Qué genio! [201] ¡Cuidado que tiene
rarezas! Ya sabrá usted que se había empeñado en ir al baile de la Pintosilla.
Todos en la casa se oponían; pero al fin, el demonio de la muchacha fue. Si
cuando dice «esto se hace», no hay remedio, sino que lo ha de hacer.
-¿Y
fue por fin a ese baile en los barrios bajos?
-Sí,
señor, fue. Vamos, que usted debe saberlo mejor que yo -dijo Paniagua con
malicia-. Su familia estaba disgustada, y no crea usted, temían... Anoche a las
once, hora a que yo me retiré de la casa, todavía no había vuelto y estaban muy
sobre ascuas. ¡Ya lo creo, tan tarde! La fortuna es que había ido con el
marqués y con Pluma, que si no... Esa gente de Lavapiés es muy peligrosa.
-¿Conque
llevará usted la carta hoy mismo?
-En
cuanto salga. Precisamente he de pasar por casa del doctor. Tengo que ir a casa
de los señores de Sanahuja, que viven, como usted sabe, pared por medio. ¡Ah,
no sabe usted cuánto tengo que hacer hoy! Como esos señores se van a toda prisa
para Aranjuez...
-¿Qué
señores?
-Los
de Sanahuja. Figúrese usted que Pepita está maniática, no puede vivir sino en
el campo. Ya usted recordará. Aquella que en la Florida recitaba versos
pastoriles y jugaba a los corderos. Yo me figuro que aquella cabeza no está
buena. Está tan enfrascada en su manía, que no hay quien la convenza de que
todo eso de lo pastoril es pura invención de los poetas, y que en el mundo no
han existido jamás Melampos, ni Lisenos, ni Dalmiros, ni Galateas. Pero ni por
esas; ella, con la lectura de Meléndez y de Cadalso, se figura que todo aquello
es verdad, y quiere ser pastora y hacer la misma vida que los personajes
imaginarios que pintan los escritores. ¿Pues qué cree usted? Si ha tenido su
padre que quemarle los libros, como hicieron con los de D. Quijote... Es mucha
niña aquella. Pues hoy se van para Aranjuez, donde tienen una hermosa finca con
su soto y muchos viñedos. La familia, viendo que Pepita no comía ni dormía a
causa de su preocupación pastoril, ha resuelto al fin hacerle el gusto y se la
llevan esta tarde. De buena gana iría a pasar allí un par de semanas. Ellos me
vuelven loco para que vaya, mas no puedo salir de aquí. Yo, Sr. D. Martín, hago
en Madrid mucha falta. ¡Pues no es nada los encargos que me han hecho! -añadió
pasando la vista por un papel que sobre la mesa tenía-. Vea usted la lista:
«Dos capones buenos; cuatro libras de pólvora para el Sr. D. Cleto, que es gran
cazador; un brasero grande de los superiores de Alcaraz; un sonajero que [202] no pase de seis
reales, para el niño; siete varas de muselina para la mujer del molinero, que
es ahijada de la señora y está de parto; ocho purgas de coliquíntida en diez y
seis tomas; un juego de ajedrez; avisar al zapatero para que lleve antes de las
dos las botas de D. Cleto; ir a contratar un coche, si se encuentra, y si no
una galera, a la Cava Baja». Conque vea usted, todos estos encargos corren de
mi cuenta, y es preciso despacharlos por la mañana.
-Antes
que hacer todo eso, ¿llevará usted mi carta?
-¡Oh,
sí, descuide usted! La recibirá dentro de una hora.
Martín
se despidió dejando al abate en singular batalla con una mancha de mala calidad
que había aparecido en el cuello de su casaca y en sitio donde no podía ser
cubierta por el coleto. Sin pérdida de tiempo, y muy seguro de que la carta
llegaría a su destino, se dirigió a San Francisco el Grande, ansioso de ver a
su amigo fray Jerónimo de Matamala. Hubo de esperar un poco, porque el buen
regular estaba diciendo su Misa; pero el Oficio no duró gran rato, y apenas
dejó aquél los paños ornamentales, cuando apareció en el claustro, donde Martín
le aguardaba contemplando las pinturas de ascetas y mártires que cubrían las
paredes de aquel santo recinto.
-¡Martín,
querido Martín! -exclamó fray Jerónimo abrazándole-; ven, sube conmigo y
hablaremos con más libertad en mi celda.
Subieron,
y sentados junto a una mesa de pino que sostenía dos grandes cangilones de
chocolate, rodeados de su corte de bollos y bizcochos, comenzaron a matar el
hambre y a hablar de esta manera:
II
-Ya
te esperaba, Martincillo -dijo fray Jerónimo-. D. Buenaventura me ha hablado de
ti con unos encomios... Está muy satisfecho de ti; ¿no te lo dije? Ahora
comprenderás mi buen tino al recomendarte a ese caballero. ¡Ah!, pero tú no has
seguido enteramente mis consejos.
-¿Por
qué?
-Porque
no te has curado de tu manía de hablar mal de Dios y de su santa religión.
Martín, te dije al recomendarte a D. Buenaventura, «disimula tus opiniones;
mira que no te conviene aparecer así, tan descreído y violento, sobre todo
cuando pretendes hacer fortuna». Tú no me has hecho caso [203] según me dijo ayer ese buen señor; tú has asustado a
todos con tu imprudente audacia y el desprecio con que hablas de las cosas más
santas.
-Qué
quiere usted, ya le dije que no me era posible disimular; yo soy así.
-Pero
hijo, se hace un esfuerzo; hay muchos que piensan como tú y se lo guardan. Eso
es lo que conviene... Pero hablemos de otra cosa. ¿Conque tú estás decidido a
cooperar a esta gran obra?
-Sí,
padre; y si he de decir a usted la verdad, ni sé claramente cuál es la grande
obra, ni qué medios se han de emplear para verla realizada. La desesperación,
una serie de circunstancias tristísimas en que me he visto, me impulsan a tomar
parte en esa obra, cualquiera que sea. Yo estoy desesperado; yo me veo
perseguido sin motivo alguno; me uniré con gusto a todo el que se proponga
herir con golpe mortal la corrupción en que vivimos.
-Pues
hijo, yo te explicaré. Cuando me viste en Ocaña no quise contarte estos
secretos; me pareció que no serías demasiado prudente. Pero como conocía tu
carácter impetuoso y decidido, te creí de mucha utilidad y te recomendé al Sr.
de Rotondo, esperando que sabría dar noble ocupación a tus grandes cualidades.
-Pero
usted ya andaba en estos manejos, padre, aunque tenía empeño en que nada se
trasluciera.
-Cierto
es, hijo, pero no creí conveniente clarearme demasiado contigo. Yo tenía
correspondencia con Rotondo; ya en aquellos días se creía próximo el gran
suceso, pero no tanto como ahora.
-¿Y
el alma de ese negocio es D. Buenaventura?
-No.
Don Buenaventura no es más que un agente que tenemos en Madrid, y no hay
palabras con qué elogiarle; porque la verdad es que su astucia, su prudencia,
su tacto, han hecho verdaderos milagros. El alma de este negocio es un
personaje eminente, un hombre como hay pocos en el mundo, de tanto saber y
experiencia, que no encuentro ninguno con quien compararlo entre antiguos ni
modernos.
-Dígame
el nombre de ese prodigio.
-Se
llama D. Juan Escoiquiz, el que fue preceptor del Príncipe, el hombre insigne
que vive retirado de la Corte por las intrigas del Guardia, pero que ha de alcanzar de nuevo, yo lo espero, la
dirección de su real alumno, y quizá la dirección absoluta de los negocios del
Estado; porque no digo yo una nación, sino veinte naciones podría gobernar D.
Juan Escoiquiz, que talento le sobra para eso y mucho más. [204]
-Pues
mire usted, padre, lo que son las cosas -dijo Muriel-; yo tenía formada idea
muy distinta de ese señor canónigo. Por algo que he oído, me le había figurado
más vanidoso que sabio y con una ambición tan grande como injustificada.
-Calla,
necio -contestó fray Jerónimo-, no sabes lo que te dices. Ya se ve, quien tiene
ideas tan equivocadas sobre Dios y la religión, ¿no las ha de tener sobre los
hombres?
-Bien,
dejemos a un lado sus cualidades y siga usted contando.
-Pues
como te iba diciendo, Martincillo, el alma de este asunto es el arcediano de
Alcaraz, y los auxiliares más poderosos nada menos que el príncipe Fernando, la
princesa María Antonia y... ¡asómbrate!, la Inglaterra.
-¿La
nación inglesa?
-Sí;
Rotondo es el que se entiende con los agentes del Gobierno inglés, interesado
en que caiga este pérfido favorito que nos está arruinando, después que ha dado
en la flor de hacer Tratados con Napoleón. ¡Son horribles los proyectos que se
atribuyen a ese infame Godoy! Si hasta piensa, según dicen, despachar a los
Príncipes para América, con objeto de fundar allá yo no sé qué reinos; por
supuesto, que su idea es hacerse rey de España, que de eso y mucho más es capaz
ese vil, protegido siempre por la más liviana de las mujeres.
-¿Y
qué es lo que piensa hacer? ¿Algún levantamiento nacional?
-Pues
eso mismo; has acertado. ¡Si vieras cuántos elementos tenemos! Nobles,
plebeyos, clero, magistratura, milicia, todo es nuestro. La causa del Príncipe
es la causa del pueblo. Te digo que el éxito no es dudoso. Ahora es la tuya.
Martincillo, a ver si te luces.
-¿Y
qué tengo yo que hacer?
-¿Y
me lo preguntas? ¿Para qué te recomendé yo a D. Buenaventura? ¿Recuerdas lo que
hablamos aquella tarde en la huerta del convento? ¿No estás continuamente
protestando contra la degradación y la bajeza de la Corte, contra la
inmoralidad, contra el atraso en que vivimos? Pues de todo eso, ¿quién tiene la
culpa sino el Guardia? Por eso yo te
escuchaba, y decía para mí: «Éste es el hombre que hace falta; éste sí que en
un día dado sabrá hacer las cosas y arrastrar al pueblo a la victoria».
-¡Arrastrar
al pueblo!... -dijo Martín meditando el sentido de estas tres palabras que más
de una vez habían bullido en su imaginación. [205]
-Sí,
eso, eso mismo. Pero ya te lo damos todo hecho. Todas las comisiones están
desempeñadas y no falta más que la tuya, no falta más que un hombre atrevido
que tenga la inspiración revolucionaria.
-¿Y
desaparecerá la corrupción, la tiranía, todo lo que hay aquí de odioso y
contrario a las luces de la época y a la civilización?
-¿Pues
quién lo duda? Después será esto un paraíso. Muerto el perro se acaba la rabia.
Y cree que lo deseo ardientemente, para que este país se vea bien gobernado y
sea lo que debe ser en el mundo. Si no fuera por mi patria, no diera paso
alguno en este asunto. Ya tú sabes que yo no tengo ambición y que mi mayor
dicha es vivir entre estas cuatro paredes, retirado del bullicio del mundo.
Nada me agrada tanto como la soledad. Tú si que puedes sacar gran partido de
esto. Quién sabe hasta dónde podrás llegar, sobre todo si sales en bien, como
espero, de este negocio.
-Pero
en resumidas cuentas -dijo Martín-, ¿qué es lo que tengo yo que hacer?
-Eso,
Rotondo es quien te lo ha de decir ce
por be. Yo lo que tengo entendido es
que va a haber un levantamiento en Toledo cuando la Corte esté en Aranjuez, que
será de un día a otro. En Toledo se prepara un hambre ficticia para que el
pueblo se amotine más fácilmente. Después en todas las ciudades principales hay
comisionados que están en relación con Juntas secretas establecidas desde hace
tiempo, a pesar de la policía. A ti, por lo que he entendido, te encuentran
pintiparado para el caso; tú tienes un carácter resuelto y atrevido y unas
ideas revolucionarias que ya, ya... Mira si tuve acierto al enviarte al Sr. D.
Buenaventura.
-¿Y
cuándo?
-Creo
que no habrá tiempo que perder. Yo he tenido cartas de D. Buenaventura, y
además anoche ha llegado el Sr. D. Pedro Regalado Corchón, que es una de las
personas más comprometidas y más entusiastas por nuestra causa, a pesar de ser
novicio en ella.
-¿Y
quién es ese señor?
-Un
inquisidor dé Toledo, el que goza de más influjo en aquel Tribunal; persona de
gran talento y prestigio.
-¿Conque
también hay inquisidores en esta danza? -dijo Martín con asombro, sospechando
de la bondad de una cosa en que se interesaba aquel santo Tribunal.
-Si
te digo que todas las clases de la sociedad... ¡Pues poco irritados están los
señores del Santo Oficio contra el Guardia!
¡Si vieras qué hombre tan eminente es el padre [206] Corchón! Como que ha escrito catorce tomos sobre el Señor San José y otros muchos que tiene
comenzados sobre diversas materias sagradas y profanas. Costó trabajo meterle
en este fregado; pero al fin entró, y desde que en Toledo trabó amistad con el
secretario de aquel Tribunal se ha vuelto entusiasta. Anoche llegó a Madrid, y ése
es el que ha de precisar la ocasión y el cómo y cuándo. Porque has de saber que
él y Escoiquiz son uña y carne. ¡Pues digo si tienen pesquis uno y otro! En la
Secretaría de Estado les querría mirar yo a ver si el Sr. Napoleón se reía de
nosotros.
-¿Conque
hay inquisidores en esta danza? -repitió Martín-. Lo pregunto porque yo
precisamente ando a vueltas con el Santo Oficio, y por un milagro no estoy ya
en las garras de los inquisidores durmiendo a la sombra.
-Pues
qué, ¿te han perseguido?
-Sí,
por brujo, francmasón, vampiro y no sé qué más -contestó el joven con amargo
desdén.
-¡Ah!
-dijo fray Jerónimo-, tú no quieres seguir mi consejo. En dondequiera que
estés, y en presencia de personas desconocidas, te despachas a tu gusto sobre
política y religión, y así no es extraño que alguien te haya denunciado.
-Antes
de intentar prenderme a mí esos infames, habían preso al pobre Leonardo.
-Ya
lo he sabido; y en verdad no me causó gran asombro, porque lo cierto es que era
muy calavera.
-Ni
él ni yo hemos cometido falta alguna que merezca esa persecución horrorosa.
-Pero
hijo, ya tú ves -dijo el padre con aflicción-, vosotros sois muy deslenguados;
habláis sin ningún respeto de las cosas más sagradas, y tenéis gusto en
insultar a los ministros del Altísimo, dignos más que nadie de veneración y
acatamiento. Piensa lo que quieras, pero guárdatelo, sobre todo delante de
personas extrañas. ¡Oh!, si tú moderaras un poco la lengua, serías un hombre
perfecto. Pues hijo, yo creía que en Madrid te habrías corregido un poco.
-Al
contrario. Las persecuciones, los desengaños que he sufrido, y, por último, la
vil celada que acaban de tenderme, ha exacerbado en mí aquel rencor inveterado
que tanto le sorprendió a usted la tarde que hablamos en el convento de Ocaña.
No fue mi ánimo al principio ceder a las sugestiones de D. Buenaventura, que me
quería comprometer en una conspiración cuyos medios yo no conocía bien y cuyos
fines no me parecían grandes ni dignos. Soñando ya con algo más alto, más eficaz,
más útil para [207] mi país y para la
civilización, cerré los oídos a los reclamos que entonces se me hicieron con
bastante empeño; pero hoy las circunstancias han variado para mí: estoy
amenazado de perecer en un calabozo de la Inquisición con muerte ignorada y
vil, sin provecho para causa alguna; todas las puertas se me cierran; parece
que la sociedad ve en mi una temerosa fiera que es preciso enjaular o
exterminar para que no devore cuanto halle a su paso. ¿Qué puedo hacer en esta
situación? Arrojarme en brazos de todo aquel que por cualquier medio se ocupe
en conmover este edificio minado y ruinoso en que vivimos; ayudar a todo el que
parezca dispuesto a protestar contra las leyes, contra las costumbres, contra
las altas personas de la España contemporánea. Y no reflexiono, no mido el
verdadero alcance de la empresa en que tomo parte; me basta que sea una
negación de todo esto que me rodea. He aceptado a ciegas la cooperación que se
me ha ofrecido, y lo hago llevado más bien por un sentimiento de encono, por
una especie de crueldad nacida intempestivamente en mi corazón, que por el
cálculo frío que debe preceder a todas las grandes resoluciones. ¡Ah!, ahora
comprendo los excesos y las violencias que acompañan a las primeras violencias
populares, y me explico ciertos crímenes que la razón no acierta a justificar.
Por lo que en mí pasa comprendo lo que puede ser la pasión de innumerables
seres vejados y maltratados por una tiranía de siglos; comprendo las
catástrofes de la venganza popular, llevada a cabo por hombres sin instrucción ni
conocimiento alguno del mundo y de la sociedad; me explico que la multitud no
se detenga, sino que avance siempre, destruyendo todo lo que encuentra al paso,
acordándose sólo de sus agravios y olvidando toda la ley de humanidad. ¿Y esa
gente se espanta de que la cuerda estalle, cuando ellos están estirando,
estirando, sin comprender que por una ley invariable toda resistencia tiene su
límite y toda tiranía tiene su día terrible más tarde o más temprano?
Fray
Jerónimo de Matamala se quedó muy pensativo al oír estas palabras, no sabiendo
si aplaudir o censurar la viva imprecación del revolucionario, en quien veía
más celo del necesario para el caso. Él, sin embargo, como subalterno en la
conspiración, se reservaba sus sentimientos en aquel asunto, confiando en que
D. Buenaventura, dada su gran experiencia, no podría equivocarse en elección
tan delicada.
-Bien
-dijo al fin levantándose-. Todo lo que haya de bueno en tus ideas,
Martincillo, lo has de ver realizado. [208] Buen ánimo, y espera a que te den órdenes. Ya verás
al reverendo Corchón; él y D. Buenaventura son los que en Madrid tienen hoy la
clave del asunto. Yo creo que me iré otra vez a Ocaña o al mismo Toledo, porque
has de saber que el provincial es también de la partida, y cuando yo creía que
me iba a ser impuesta alguna pena por el descuidillo de las cartas, me
encuentro con que me agasajan y consideran más de lo que merece este pobre
fraile sin influencia ni poder.
-¿Y
dónde veré a ese Sr. Corchón? Porque me interesa mucho hablar con él.
-¡Oh!
Don Buenaventura te presentará. ¡Verás qué hombre, qué talento, qué vasta
instrucción!... ¿Sabes que me parece que es hora de que te retires? -añadió
bajando la voz y atendiendo al ruido de pasos que se oía por el claustro, junto
a la puerta de la celda-. Porque aunque aquí me consideran, no quiero infundir
sospechas.
-Adiós,
y nos veremos antes de que usted vaya a Toledo.
-Sí,
y me quedo rogando por ti, Martincillo, por el impío, por el ateo, por el
francmasón, por este diablillo atrevido y procaz a quien la Providencia, a
pesar de todo, reserva un porvenir de gloria. Adiós.
Le
abrazó, y el joven dejó a su amigo enfrascado en grandes dudas sobre el grado
de revolución que en aquellos tiempos podía emplearse sin peligro. Su
perplejidad no concluyó en todo el día, y paseándose por el claustro, rezando
en el coro y sentado en la huerta, no cesaba de repetir: «Es mucho hombre para
tan poca cosa».
Capítulo
XVII
El barbero de Madrid
I
Cuando
el doctor Albarado recibió de manos de D. Lino Paniagua la carta que le enviaba
Martín, se quedó helado de espanto, y en un buen rato no articuló palabra
alguna.
-Esto
es horroroso, D. Lino; por Dios, ¿quién lo ha dado a usted este papel? [209]
-Me
lo ha dado... me lo ha dado... -contestó balbuciente el pobre abate-. ¿Pero no
trae firma?
-Sí,
aquí viene la firma de ese bandido. ¿Pero dónde le ha visto usted? ¡Qué negro
delito, qué atrevimiento! Atreverse... Estamos en Sierra Morena.
-Bien
me lo figuraba yo -decía para sí Paniagua-. ¿Cómo había el doctor de consentir
en que Susanita se casara con D. Martín? Ese hombre debe de estar loco.
-¿Pero
usted no sabe lo que dice esta carta?... -gritó furioso Albarado.
-Sí...
ya lo supongo.
-¡Lo
supone usted, lo sabe! Luego usted no puede menos de ser cómplice en esta
villanía.
-¡Yo,
doctor de mi alma... yo cómplice!... ¿De qué?
-¿Ha
visto usted alguna acción semejante?
-A
la verdad, querido señor doctor, atrevidilla es la pretensión de ese hombre,
pero su juventud y su falta de mundo lo disculpan.
-¿Cómo
disculpa? ¿Usted está loco?... -dijo el Inquisidor, más furioso mientras más
procuraba calmarle D. Lino, equivocado de medio a medio respecto al contenido
de la carta.
-Diré
a usted... señor doctor -contestó aturdido el abate-. Pero cálmese usted, no se
irrite. La cosa no merece la pena. Considere usted...
-¡Cómo
que considere! Hombre de Dios, parece que está usted en Babia. Lea, lea y
comprenda que está siendo emisario de una partida de bandoleros.
El
abate fijó sus ojos con ansiosa curiosidad en la carta, y se quedó al leerla
pálido como un difunto.
Aquel
terrible documento, como saben nuestros lectores no contenía otra cosa que la
intimación del secuestro y el propósito, franca y rudamente manifestado, de no
devolver a su familia a la desgraciada joven mientras Leonardo, no fuera puesto
en libertad.
Don
Lino tuvo que hacer un gran esfuerzo de espíritu para no desmayarse. Miraba al
doctor con azorados ojos, leía dos o tres veces el malhadado papel y creía ser
víctima de una estratagema diabólica.
-¿Dónde,
dónde le han dado a usted esa carta?
-Señor...
señor... Yo no sé qué pensar -dijo el pobre abate temblando de miedo-. ¡Cómo
había yo de creer... yo que pensaba!... pues diré a usted; ha estado en mi casa
él, él en persona... hace un momento.
-¿Dónde
vive ese hombre, dónde? Al instante hay que empezar a hacer averiguaciones.
¡Qué infame delito! Vamos [210] al instante a casa de mi hermana. Si no acierto a
explicarme este desastre... ¡Oh, infeliz Susana! Yo revolveré a tierra para
sacarte del poder de esos forajidos... No hay que perder tiempo... Vamos,
muévase usted.
Esto
decía el buen consejero de la Suprema, vistiéndose a toda prisa para salir de
su casa, acompañado de D. Lino, el cual aún no volvía de su estupor ni acertaba
a disipar con un juicio o un dictamen cualquiera el angustioso aturdimiento del
abuelo.
-¡Oh,
la Inquisición! -exclamaba éste por el camino-. Es preciso que ese Sr. D.
Leonardo o don demonio sea puesto en libertad hoy mismo... Si no... esa canalla
es capaz de hacer una atrocidad... ¡Ah, Susanilla, tú en poder de esa gentuza;
tú perdida para siempre! ¡Qué golpe, señor, a mis años!... Esto no tiene
nombre.
-Qué
cosas, qué cosas! -decía a media voz D. Lino, que tan angustiado como corrido
no acertaba a formular una protesta ni un comentario.
Al
llegar a la casa encontraron a todos en el más alto grado de ansiedad y
consternación.
-¿Ya
sabes lo que pasa? -preguntó doña Juana-. Susana no ha vuelto, ni el marqués,
ni Pluma. No parecen, se les busca por todas partes, han ido allá mil veces, no
saben dar razón. Dios mío, ¿qué castigo es este?
-Toma,
mujer; lee, lee y comprenderás todo -dijo el doctor, dando a su hermana la
carta fatal.
-¡Qué
horror! ¡Y ese Muriel!... Si me lo figuré -exclamó erizada de espanto doña
Juana-. Es preciso descuartizar a ese hombre. ¿Dónde está la justicia? Al
momento, buscarles, perseguirles sin descanso.
-Voy
al Consejo, voy a visitar a todos los inquisidores, voy a dar órdenes a los de
Toledo, órdenes terminantes. Todo el Consejo me apoyará... Es preciso que hoy
mismo quede en libertad ese reo. No nos expongamos al furor de esos miserables;
pueden matarla. ¡Qué horrible idea!... Sí, voy, voy al Consejo... ¡Maldito
Tribunal!... ¡Por qué le odiarán tanto!... Voy, voy...
Así
decía el pobre doctor, yendo de aquí para allí, dirigiéndose a todas las
puertas y no saliendo por ninguna, tropezando en todas las sillas, quitándose
el sombrero cada minuto para abanicarse con él, volviéndoselo a poner y
asustando a todos más de lo que estaban con sus descompuestos ademanes y su
iracunda voz.
-Buscar
la guarida de esos miserables, perseguirlos sin descanso es lo que conviene
-repitió doña Juana anegada en llanto. [211]
-No,
no irritemos a esa gente feroz. Nos vemos en el caso de aceptar sus
condiciones. Es preciso comprar a Susana al precio que nos piden en este papel.
Voy, voy...
-¡Que
cosas, qué cosas!... -decía nuevamente y por décima vez el pobre Paniagua, que
aún no volvía de su azoramiento.
-¡Y
el marqués y Pluma presos! ¡Pero qué embrollo! No parece sino que había en esto
un plan vasto, hábilmente combinado -dijo doña Antonia la Diplomática, que
había acudido a la casa a aumentar el barullo.
-¿Pero
ves qué iniquidad? Ese es el hombre de quien se contaban tantas atrocidades
-añadió doña Juana-. ¿Y Susana? No quiero pensarlo, me horripilo toda.
El
doctor al fin regularizó su ira, digámoslo así, y cansado de exclamar «voy,
voy», sin ir nunca, trató de poner en práctica el pensamiento que creía más
lógico en aquel grave trance. Acompañado de D. Lino, que no quiso abandonarlo
en tan tremendo día, salió dirigiéndose a toda prisa a casa del inquisidor
general.
II
La
tardanza de Susana no produjo en ningún habitante de aquella casa tan violento
ataque de nervios como el que sintió el Sr. D. Miguel Enríquez de Cárdenas,
hombre excesivamente impresionable en los momentos de apuro. Pero si la
tardanza alteró su fisonomía y le dejó sin fuerzas, la lectura del fatal
escrito, transmitido por la inocente complacencia de D. Lino, acabó de rendir
su frágil naturaleza, y dio con su cuerpo en el lecho, exhalando lastimeros
quejidos.
-¡Oh,
yo no puedo soportar este golpe, yo me muero! ¡Cuán desgraciado soy! ¡Dios mío,
sácanos de este trance! -exclamaba al extenderse en su cama, rechazando todo
consuelo y riñendo con todo el que intentara probarle que aquella no era la
mayor de las desgracias posibles. Negose a tomar todo alimento, y hasta
reprendió a su mujer por creerla menos abismada que él en las profundidades del
dolor. Quería quedarse solo, ansiando la soledad que aman tanto los que
padecen, y renegaba de la luz, el sol, del aire, de la vida y de la sociedad.
Por
fin, los que le rodeaban, que eran todos los de la casa, le hicieron el gusto
de dejarle solo, en plena y absoluta posesión de sus melancolías, asegurándole
que le [212] darían conocimiento
de cuanto ocurriese. Antes de que su esposa saliera, el inconsolable enfermo
dijo con voz desfallecida:
-¡Ah,
si viene el maestro Nicolás lo dirás que hoy no me afeito! Sin embargo, que
entre; él puede hacernos algún servicio en este asunto. Le hablaré.
El
maestro Nicolás era un hombre que diariamente venía a peinar y a afeitar al Sr.
D. Miguel de Cárdenas, pero con la particularidad de que éste pasaba horas
enteras en conferencia con su peluquero, siendo de notar que las encerronas
habían sido más largas que de ordinario en la última semana. No hacía mucho que
el maestro Nicolás desempeñaba tales funciones en aquella casa; pero a pesar de
esto, la confianza del señor era grande y los criados se habrían llenado de
asombro si llegaran a sorprender la franqueza con que el maestro en artes
capilares trataba a su parroquiano una vez que se quedaban solos en el
despacho.
Pasaron
las primeras horas de la mañana sin otros acontecimientos notables que el
sinnúmero de visitas llegadas a cada instante y a medida que la fatal noticia
del secuestro iba cundiendo por todas las casas amigas. Llegó el señor fiscal
de la Rota, al regresar de su paseo por la Montaña; llegó el señor presidente
de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, todavía sin afeitar y con la peluca
torcida a un lado, indicando así la prisa con que quiso correr a informarse
bien del suceso; llegó el señor presidente del Tribunal de la Cámara de Penas;
llegaron las de Sanahuja, las de Porreño, y la casa se inundó de amigos
llorones que no podían estarse mucho tiempo sin venir a decir su opinión sobre
aquel suceso.
Cerca
del mediodía llegó el llamado maestro Nicolás y fue introducido al instante en
el despacho de D. Miguel. No tardará el lector mucho tiempo en reconocer a este
que parece nuevo personaje y no lo es; no tardará en reconocerle, porque hace
poco le ha visto con el pintoresco traje que ahora trae en substitución de su
primera bordada chupa y del escarolado follaje de sus pecheras blancas como la
nieve. El Sr. D. Buenaventura tenía mucha habilidad para transformarse, y desde
que intentó hacer el papel de barbero en aquella casa, su artificio fue
intachable. En la morada de los Enríquez de Cárdenas, el despacho, que estaba
en la planta baja, tenía entrada aparte por la calle del Biombo, mientras la
puerta principal se abría por la del Factor. La servidumbre notaba la presencia
de aquel hombre en el cuarto de su amo, y unas veces le juzgó prestamista,
otras agente de negocios, hasta que, por último, [213] su aparición periódica y las funciones barberiles que
francamente y a vista de todos desempeñaba, le confirmaron en la creencia de
que era peluquero, y nada más que peluquero.
Cuando
D. Miguel se incorporó en su lecho y vio junto a sí al Sr. de Rotondo, aguardó
a que se extinguiera el ruido del pasillo, y dijo en voz muy queda:
-¡Cuánto
ha tardado usted! Estoy con una ansiedad.
-¿Por
qué?, todo salió bien -contestó el fingido barbero, sentándose junto a la cama.
-¿Y
está segura?
-Por
ahora sí; conviene tomar toda clase de precauciones. Se nos persigue con un
ahínco...
-¿Sabe
usted que fue excelente la idea de fingirse usted mi peluquero? -dijo Cárdenas
tomando un polvo de rapé y sonriendo, curado ya del paroxismo que le produjo,
la desaparición de Susanita.
-Efectivamente;
así no infundiré sospechas. Pues sepa usted que el mismo sistema he tenido que
adoptar al fin en una gran parte de las casas adonde concurro para estos
asuntos. Y tengo que hacer el papel por completo: ya he afeitado y peinado al
señor brigadier Deza y al oidor don Anselmo Santonja. Los tiempos andan malos y
es preciso huir el bulto. Sólo en la Embajada británica puedo entrar en
cualquier traje y eximirme de rapar las barbas a tanto inglesote.
-Conque
hablemos, que no hay tiempo que perder. ¿Cómo está Susana?
-No
está mal; aquella casa no es palacio ni mucho menos; pero por unos días...
-Bien
decía usted que ese D. Martín nos había de resolver la cuestión por su propia
iniciativa. ¿Y él qué piensa hacer?
-Está
decidido a no entregarla mientras el D. Leonardo, que también es buena pieza,
no sea puesto en libertad.
-¿Y
si le dan libertad, como pretende el doctor, cediendo a la intimación de
Muriel?
-¡Oh!,
no se la darán; ya he previsto yo ese caso. Todo nos sale a pedir de boca.
Cuando nos devanábamos los sesos para encontrar un medio de hacer desaparecer a
Susanita, sin que fuera preciso emplear la muerte, ese hombre nos vino como
llovido. La repentina pasión que la niña sintió por él, pasión descubierta por
usted desde la primera entrevista que tuvieron en esta casa, nos dio esperanzas
de ver resuelta la cuestión. Usted no tenía confianza en que [214] aquello diera los
resultados que apetecíamos, y yo le decía: «Paciencia, D. Miguel, paciencia;
usted verá cómo ese tronera va a hacer un experimento revolucionario en
Susanita. Ella le ama, él no puede aspirar a su mano; el día menos pensado
carga con ella y se la lleva por esas tierras». Ya ve usted cómo al fin ha
buscado la satisfacción de sus agravios por este camino.
-Pero
él no la ama, él la abandonará tal vez, y Susana aparecerá en nuestra casa
cuando menos la esperemos.
-¡Verá
usted como no! Él es perseguido; él va a tomar parte muy activa en nuestro
negocio. Como D. Leonardo no ha de ser puesto en libertad, y de eso respondo,
Muriel, que es tenaz o inexorable, no soltará su presa y se la llevará consigo.
Puede ser que la abandone; pero de cualquier modo que sea, yo le prometo a
usted que Susanita no volverá a parecer.
-¿Lo
cree usted firmemente? -preguntó Cárdenas con ansiedad.
-Firmemente.
En último caso yo tengo tomadas mis precauciones, y si hubiera peligro, se
adoptaría una resolución decisiva y radical que le sacase a usted del apuro.
-¡Matarla!
-exclamó con espanto D. Miguel-. ¡Oh, no!, esa idea me trastorna. Quiero que
desaparezca, pero no que muera.
-Sí,
yo comprendo esa sensibilidad; ¿pero al llegara el momento en que fuera
preciso?
-No
me diga usted eso... no... por Dios... ¡Un asesinato!
-Bien;
yo estoy comprometido a sacarlo a usted de este apuro en caso de que hubiera
peligro. Si el secuestro se descubre, lo que deba hacerse se hará. Por lo
demás, yo creo que D. Martín ha de portarse tan bien en este negocio que no nos
pondrá en el caso de hacer una atrocidad.
-Dios
lo haga -dijo D. Miguel con el ademán del que implora del poder divino una
merced señalada.
-Sí;
no creo que llegue el caso. Pero si llega... No piense usted eso, y yo me
entiendo. Puede usted considerar logrado su deseo. Susanita ha desaparecido.
Bien pronto se dirá que su secuestrador le ha quitado la vida, aunque no sea
cierto, y usted será conde de Cerezuelo, dueño de la inmensa fortuna de esta
casa.
Los
ojos de D. Miguel brillaron con cierta animación que no era en él habitual.
-Ya
ve usted que no nos ha costado gran trabajo. Otro lo ha hecho. La desigualdad
entre los dos, el carácter de [215] él, sus ideas sobre la nobleza y la sociedad, su
audacia, su propósito de conseguir la libertad del amigo, han sido causa de
esta gran resolución. Bien dije al conocer a D. Martín que era un hallazgo
inapreciable.
-Pero
aún no veo yo resuelta la cuestión. Ese hombre puede conocer hoy mismo que ha
servido sin quererlo nuestros intereses y ponerla en libertad.
-Descuide
usted, eso corre de mi cuenta. Yo respondo de que Susanita no volverá a
aparecer.
-¿Me
lo promete usted?
-Con
toda seguridad. Ahora falta que usted cumpla su parte en el pacto que hemos
hecho. Usted me juró que si llegaba a ser heredero forzoso de su hermano el
conde, me daría cien mil duros para la causa fernandista. Sólo a este precio, y
atento siempre a allegar fondos con que atender los gastos de la causa
nacional, me he comprometido yo a combinar las cosas de modo que lleguemos a la
solución apetecida.
-Bien,
yo cumpliré mi palabra -contestó Cárdenas-; pero aún no veo la cosa muy segura.
Esperaremos a ver en qué para esto. Cuando no haya duda alguna, yo sabré
cumplir mis compromisos. Soy tan receloso que a cada instante me parece que veo
entrar a mi sobrina por la puerta de la casa. Otra cosa: ¿no me ha asegurado
usted que D. Leonardo no sería puesto en libertad? ¿Y de qué medio se vale
usted para conseguirlo?
-Ya
lo tengo conseguido. El padre Corchón, que es el que maneja los títeres en la
Inquisición de Toledo, me lo ha asegurado.
-¿A
ver, a ver? Explique usted eso.
-Es
muy sencillo. Don Pedro Regalado Corchón ha entrado recientemente en nuestro
partido con gran entusiasmo, inducido por otros cofrades suyos y aun muchos
capitulares de aquella santa iglesia, tenazmente empeñados en la caída del
favorito. Escoiquiz ha hecho la adquisición de casi todo el clero toledano, y
entre los nuevos adeptos no hay ninguno más rabiosamente decidido en favor del
Príncipe que el señor padre Corchón.
-Y
ese Sr. Corchón, ¿es un hombre de mérito?
-Es
un clerigrote ignorantón y apasionado, autor de catorce tomos sobre la Devoción al Señor San José y otras obras
ridículas que no han visto la luz, para bien de las letras. Pero no conozco
quien despliegue más celo por una causa mundana que ese bendito. No contento
con simpatizar con la causa fernandista, se ha metido de cabeza en la
conspiración activa, y, es uno de los que más han trabajado [216] recientemente. La
idea de que los intereses eclesiásticos están desatendidos por el Gobierno del
favorito y la noticia de que se van a desamortizar algunos bienes del clero,
ocupan constantemente su arrebatada imaginación. Es un hombre rudo, grosero,
intolerante, pero todas estas cualidades son a propósito para el caso. El clero
es uno de los principales elementos con que contamos, y el tal Corchón nos está
haciendo servicios que lo hacen acreedor a una mitra el día que triunfe el
Príncipe.
-Ese
nombre no me es desconocido. Ese clérigo era inquisidor en Madrid hasta hace
muy poco tiempo; me parece que es uno de quien era gran amiga e hija espiritual
doña Bernarda Quiñones.
-Él
mismo en persona. Hace poco le trasladaron a Toledo y allí le conquistó D. Juan
Escoiquiz, decidiéndole a trabajar por la causa. Anoche ha llegado aquí para
conferenciar conmigo y ponernos de acuerdo sobre ciertas particularidades de
mucha urgencia.
-¿Y
él decide de la suerte de ese D. Leonardo?
-Precisamente.
Ya hemos hablado de eso y me ha prometido con toda formalidad que el preso no
verá la luz del sol en todo el tiempo que yo quiera.
-Pues
si lo toma con empeño el doctor, que es consejero de la Suprema...
-Ríase
usted de la Suprema. ¿Si sabremos lo que son esas cosas? La Suprema escribirá;
lo tomará muy a pechos, si se quiere, el mismo inquisidor general; pero los de
Toledo emborronarán mucho papel, y mientras van y vienen, y se dice y se
contesta, D. Leonardo se pudrirá en su calabozo. Ya sabe usted lo que es la
Inquisición y cómo procede. Descuide usted, el padre Corchón no promete las
cosas en vano tratándose de apretar los tornillos de la máquina inquisitorial.
Yo le dije: «Reverendo señor: por una serie de circunstancias que explicaré a
V. S. en tiempo oportuno, nuestra causa exige que ese D. Leonardo continúe
siendo un francmasón temible y un endiablado hereje, para que no haya poderes
en la tierra que le puedan poner en libertad, al menos por ahora». Y él me
prometió con júbilo que así sería.
-Es
usted invencible, Sr. D. Buenaventura -dijo con verdadero entusiasmo el Sr. de
Cárdenas-. Lo que usted no logra ya puede tenerse por imposible.
-Y
eso que no puse en conocimiento del Sr. Corchón que la prisión de Leonardo, con
la intriga a que va unida, nos producía cien mil duros para nuestra santa
causa; que eso me lo guardo y es, sólo acá para entre los dos. [217]
-¿Y
no pedirá ese venerable algún piquillo por su complacencia?
-Espero
que sí, y será preciso dárselo. Para estos gastos y otros igualmente necesarios
no espero otra cosa sino que usted me abra la caja, Sr. D. Miguel de mi alma.
-¡Oh,
no, todavía no! -contestó Cárdenas con diligencia-; yo no tengo aún seguridad
completa. ¡Si, como he dicho antes, me parece que va a entrar Susana por
aquella puerta!...
-He
asegurado a usted que Susana no volverá; puede considerar la cuestión concluida
y juzgarse heredero de su hermano, el cual bien sabemos que no puede durar
mucho tiempo.
-¡Ah!,
yo estoy muy receloso -dijo el futuro conde con cierta expresión de
misticismo-; me parece que Dios nos ha de castigar.
-A
nosotros, ¿por qué? -añadió con cínica sonrisa el Sr. D. Buenaventura-. ¿Acaso
la hemos secuestrado nosotros?
-¡Ah!,
no; pero esa seguridad que usted muestra de que ha de desaparecer, me indica
que tiene algún proyecto terrible.
-No
se preocupe usted de eso. Fuera dudas. Lo que yo deseo es que usted cumpla sus
compromisos como yo cumplo los míos. Precisamente en estos días me hacen mucha
falta los cien mil duros. Hay mucho dinero, pero es gasta mucho. No tiene usted
idea de lo que se ha repartido.
-Bien,
yo daré esa cantidad cuando tenga seguridad completa de que heredo a mi
hermano.
-¿Podré
tener los cien mil duros esta noche? -preguntó Rotondo, levantándose en ademán
de partir.
-Venga
usted, hablaremos.
-Bien;
espero que lo compondremos de modo que no le quedará a usted recelo alguno.
Los
dos personajes se estuvieron mirando un momento sin decirse palabra, leyendo
respectivamente en sus miradas las intenciones y los deseos de que estaban
poseídos. Se comprendieron perfectamente y no pronunciaron palabra alguna.
Cuando Rotondo salía, Cárdenas se tendió de nuevo en su lecho, y ocultando el
rostro entre las almohadas, dijo con voz oída tan sólo por él mismo: «¡Pobre
Susanilla!» [218]
Capítulo
XVIII
El espíritu revolucionario del padre Corchón
I
Aquella
noche no fue Rotondo a casa de Cárdenas, a pesar de que lo había prometido, por
lo cual éste creyó que alguna grave dificultad ocurría en la conspiración. El
doctor entró veinte veces y volvió a salir otras tantas, diciendo siempre que
llegaba: «Ya se arreglará todo, no hay que apurarse; hoy mismo la tendremos
aquí». Doña Juana no se calmaba por esto, y doña Antonia aseguraba que estando
en tan inexpertas manos las riendas del Estado no debía extrañarse que ocurrieran
a cada paso tales atropellos. Ya se había dado aviso de lo ocurrido al Conde, y
éste había resuelto venir inmediatamente a Madrid, enfermo y postrado como
estaba.
Entretanto
Rotondo y Muriel, ya entrada la noche, estaban sentados sobre una gruesa piedra
sillar en el patio de la calle de San Opropio, dándose cuenta de lo acaecido
hasta aquel día y poniéndose de acuerdo para lo que debía hacerse en el
siguiente. El joven miraba al corredor por la parte en que estaba el encierro
de la prisionera, y tenía con tal tenacidad los ojos fijos en aquel punto, que
su amigo no pudo menos de sacarle de su abstracción, diciéndole:
-No
tema usted que se escape, Sr. D. Martín; aunque salga al corredor, no
encontrará a otra persona que el desventurado La Zarza, y éste no podrá darle
libertad. La verdad es que los manjares que le ha dado hoy la tía Socorro no
habrán sido tan buenos como los de su casa; pero unos días se pasan de
cualquier manera. ¡Cuántos viven semanas enteras sin comer otra cosa que
mendrugos de pan, y por eso no dejan de vivir como unos caballeros!
-No
temo que se escape. Estaba pensando -contestó Martín- en lo que dirá de mí esa
señora. ¿Cómo me juzgará? Debe sentir un odio terrible.
-No
se preocupe usted de eso. ¿Y el pobrecito D. Leonardo?
-Es
cierto, todo está compensado. ¡Qué gran crisis debe [219] estar pasando el carácter soberbio y dominante de
Susana! ¿Creerá usted una cosa?
-¿Qué?
-¿Creerá
usted que no me atrevo a acercarme al cuarto donde está? Le tengo miedo.
-¿Miedo?
Comprendo la lástima; pero el miedo... Ya se ablandará. Esta gente no es
temible sino cuando se la trata bien. De seguro que ella no se ha condolido del
infeliz que se aniquila en los sótanos de la Inquisición. Vea usted cómo por
medio de un mal se consigue un bien extraordinario. ¡Si a todas las víctimas de
aquel Tribunal aborrecido se las pudiera librar encerrando por unos cuantos
días a cualquier dama de la Corte!... Ha de saber usted que el Dr. Albarado ha
tomado el asunto tan a pecho que es probable que mañana mismo veamos libre a D.
Leonardo. En tal caso no tardaríamos en saberlo.
-Dios
lo quiera -contestó Martín sin dejar de mirar al corredor-; veremos qué
acontecimientos nos trae el día de mañana.
-Mañana
-dijo Rotondo- saldrá usted para Aranjuez; no se puede perder ni un día más;
mañana a la noche sin falta.
-Y
puesto que tengo que ceñir mi voluntad a otras voluntades, ¿qué es lo que debo
hacer?
-¿Usted
me lo pregunta? ¿Un hombre como usted pregunta lo que tiene que hacer? Para
esta obra tiene usted bastantes ideas y no necesita pedirlas a nadie. Llevo
usted a la práctica lo que piensa y lo que desea, y basta. Encuentra el terreno
preparado; el pueblo tiene ya su deseo y la dosis de rencor que lo corresponde
para el caso: no falta más sino que se le diga algo que todavía no sabe. El
primer movimiento es lo delicado; nosotros no hemos encontrado otro con mejores
condiciones que usted para dar la primera voz.
-¿Y
hasta dónde iremos?
-Hasta
donde usted quiera. Ha de haber una conmoción que resuene en el Alcázar de
Aranjuez, donde estará la Corte desde mañana. El grito será ¡Abajo el Guardia! y pedir al Rey su
destitución. Pero en esto cabe mucho, y si la pasión popular se excede, puede
llegar hasta mucho más.
-¿Hasta
dónde? -preguntó con viva curiosidad Martín.- Hasta pedir la abdicación de
Carlos IV y proclamar a Fernando VII rey de España.
-¿Nada
más?
-¡Pues
no sé! Ya sé yo lo que usted quiere -dijo Rotondo sin admirarse de que a Muriel
le pareciera aquello [220]
bien poco-. Pero no reñiremos por una legua más o menos de distancia en el
camino de la revolución. Puede ir usted hasta donde quiera: lo que importa es
que se vaya a alguna parte. Usted comprenderá ya que este pueblo se mueve con
dificultad; pero una vez tomado el primer impulso, marcha mejor que otro alguno
por la pendiente de la insubordinación. ¡Cuánto escasean aquí los verdaderos
revolucionarios! No tenemos más que unos cuantos caballeros, muy estudiosos,
muy parlanchines, pero que no saben cómo se bate el cobre en las altas
ocasiones. Usted ha sido elegido para este asunto, porque no se contenta con
pensar la revolución, si no que la siente, la respira en la atmósfera, la ve en
la luz y la lleva perpetuamente consigo en las cualidades fundamentales de su
carácter.
-¿Conque
salgo mañana para Aranjuez y Toledo? -preguntó Martín, sin hacer gran caso del
pomposo elogio que acababa de oír.
-Sí,
mañana a la noche; hallará los caballos preparados en una venta que hay fuera
de la puerta de Santa Bárbara, y allí estarán también los que deban
acompañarle. En Aranjuez se amotinará el pueblo; pero a pesar de eso, usted no
se detiene allí más que un día para ponerse de acuerdo con ciertas personas
cuyos nombres y señas llevará, y luego parte a Toledo, donde está todo
prevenido para algo mas que un motín. Allí hay depósitos de armas y gente
reclutada en toda Castilla y Andalucía para imponer miedo a la Corte de
Aranjuez. Yo quisiera que usted lograse infundir su espíritu en las personas
que allí tenemos para dirigir el movimiento, gente inexperta y sin ninguna
clase de genio revolucionario. En cuanto usted llegue los conocerá a todos,
porque yo le daré la clave de las relaciones. Habrá primero un hambre fingida,
y después una asonada que será la señal del alzamiento nacional. A usted le
obedecerán en esa asonada. Será usted omnipotente una noche, y sólo cuando el
movimiento se regularice tendrá que sujetarse a voluntades superiores. Por una
noche tendrá inmensas fuerzas a su disposición y el rencor popular hábilmente
atizado.
-¡Por
una noche! ¡Seré omnipotente una noche! -murmuró Muriel meditabundo, pensando
sin duda sobre el punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover el Universo.
-Sí
-continuó D. Buenaventura-, una noche de poderío absoluto sobre miles de
hombres armados.
-Bien,
pues deme usted cuantos papeles necesite llevar, que estoy dispuesto a salir. [221]
-Llevará
usted todo lo necesario.
-¿Y
Susana?
-Mañana
pensaremos lo que se hace de ella en caso de que el doctor no responda de un
modo satisfactorio a la intimación que se le hizo. No se cuide usted de eso.
Puede llevársela o dejarla, según quiera. Si queda aquí ya la guardaremos bien.
Martín
miró otra vez con mucha fijeza al corredor, y dijo sin apartar de allí la
vista:
-Mañana
lo decidiremos.
-Conviene
que vea usted al padre Corchón. Él le dará también instrucciones, y en el
asunto de D. Leonardo tal vez puedan ustedes avenirse.
-Es
verdad, sí; ¿cuándo le podré ver?
-Mañana
temprano. Yo mismo le llevará a la presencia de ese grande hombre.
II
En
efecto; a la mañana siguiente muy temprano los dos entraban en la casa del
reverendo, que acababa de levantarse y se ocupaba en dar la última mano al
primer capítulo del tomo XV sobre la Devoción
al Señor San José. Rotondo dejó allí a Martín y partió a afeitar no sabemos
qué encumbrado conspirador.
-Ya
me había hablado de usted con muchos elogios el Sr. D. Buenaventura -dijo D.
Pedro Regalado, levantando la pluma y quedándose con la mano suspensa en la
actitud con que suelen pintar a los padres de la Iglesia.
-¿Ya
le habrán dicho a usted que debe salir esta misma noche para Aranjuez y Toledo?
-Sí,
señor, y pienso salir.
-Dicen
que tiene usted buen ánimo y mucho... pues... Veremos si se logra el objeto
apetecido. Yo tengo miedo, francamente.
-Al
fin será; lógicamente tiene que suceder lo que ahora se desea, porque el estado
del país así lo muestra. La turbación de los tiempos es tal que no puede menos
de estar cercana una gran catástrofe. Yo la creo inminente, inevitable.
-Cierto,
cierto; esto no puede seguir así mucho tiempo. El timón está en muy malas manos
y la nave se va a estrellar contra las rocas -dijo Corchón con pedantería,
creyendo que esta figura tenía alguna novedad. [222]
-Basta
abrir los ojos para comprender que aquí es necesaria una transformación
radical. Si España sigue mucho tiempo más sorda a la voz del siglo, no podemos
decir que vivimos en Europa. Usted conocerá perfectamente los vicios de esta
época, los antiguos cánceres que devoran a nuestra sociedad y la precisión en
que estamos los hombres de la actual generación de poner remedio a tantos
males.
Corchón
miró a Muriel con cierto estupor, como no comprendiendo bien lo que había oído;
pero no hallándose dispuesto a pasar por ignorante, dijo:
-Efectivamente;
la gente de hoy no es como la gente antigua. Ahora los filósofos y sus
pestilentes ideas han venido a revolver estos piadosísimos pueblos, y Dios sabe
adónde nos llevarían si no atajásemos el mal antes de que tome desarrollo.
-La
gente de hoy es peor que aquélla, porque ha perdido todas las calidades de los
antiguos, sin adquirir otras nuevas.
-Es
lo que le digo a usted -continuó Corchón animándose-, la peste de la
Filosofía... Pero ya la arreglaremos nosotros. Como triunfe nuestra causa y
veamos en un patíbulo al inicuo Guardia...
Porque, ¿usted qué cree? Este vil Gobierno es el que ha puesto las cosas como
están. Cuando reine el Príncipe verá usted cómo se levanta la religión otra vez
y tenemos a los filósofos guardaditos en las cárceles del Santo Oficio para que
expliquen sus teorías a las ratas y a las telarañas.
-¿Pero
la causa del príncipe Fernando lleva por norte acabar con los abusos y
extinguir poco a poco la tiranía y la corrupción que nos consumen?
-Nuestra
causa es la destrucción de Godoy y de los suyos, y el esplendor de la santa
religión y de sus venerables ministros, menoscabados con estas ideas y estos
modos de gobernar que ahora corren.
-¿Y
ahora se creen menoscabados los ministros de la religión? -dijo Martín con
expresión de burla-. Si la sociedad es suya, si ellos disponen de nuestras
haciendas y de nuestra libertad a su antojo. Yo creo que usted se equivoca, Sr.
D. Pedro Regalado. La causa del Príncipe no puede tener por fin aumentar los
abusos y corromper más lo que ya está harto corrompido.
-Usted
es el que se equivoca -observó el inquisidor poniéndose encendido como un
tomate y tomando el tono solemne que le era habitual siempre que decía algún
disparate-. Usted es el que no sabe lo que pretende el partido [223] fernandista. ¡Oh!,
nosotros triunfaremos; pero yo aseguro que la herejía, la filosofía y el
masonismo van a quedar enterrados para siempre. ¡Qué tiempos! ¿Pues se puede
creer que aquí en nuestra querida España haya llegado el Santo Oficio al
miserable estado en que hoy se encuentra, convertido en máquina inútil, sin
fuerza ya para dirigir el mundo y guiar a los pueblos por el camino del bien?
Si le digo a usted que esto es insoportable. Pero ya vendrá, ya vendrá...
-Pues
si el partido fernandista es lo que usted dice -contestó Muriel-, será más
aborrecido, más bárbaro y más digno del desprecio universal que el de Godoy. Yo
creo, Sr. D. Pedro Regalado, que usted no está en lo cierto. Esto se acabará
para que venga una cosa mejor. Si viniera lo que usted dice era preciso creer
que no había Providencia, y que vivimos al acaso en este mundo, sujetos al
capricho de una fatalidad absurda.
Al
oír esto el padre Corchón, vaciló un momento entre la ira y la cobardía. Estuvo
aturdido algún tiempo, porque Martín se expresaba con decisión y elocuencia;
pero luego se repuso, gracias a su petulancia, que era tanta como su astucia, y
dirigiendo al revolucionario una de aquellas miradas terroríficas que él
guardaba para las grandes escenas del procedimiento, inquisitorial, le dijo:
-Usted
no sabe con quién está hablando. Usted no sabe sin duda quién soy, o si lo sabe
no puedo creer que tenga sano el juicio. Por ser un joven sin experiencia se le
pueden perdonar sus irreverentes palabras; ¿pero qué ha dicho usted? ¿Usted
sabe lo que ha dicho?
-Que
si el partido fernandista representara la Inquisición montada a la antigua, la
amortización y el Gobierno absoluto, sería el partido de la barbarie, merecedor
de que todos sus hombres fueran tenidos por locos o por imbéciles.
-¡Locos
o imbéciles! -repitió Corchón levantándose colérico de su asiento-. ¿Y sufro
tales irreverencias? Joven, ¿sabe usted con quién está hablando, sabe usted
quién soy yo?
-Ya
lo supongo -contestó Martín en tono de desprecio-. Pero usted, Sr. Corchón, no
sabe lo que se dice. La causa del Príncipe representa, y no puede menos de
representar, la adopción de los principios de gobierno fundados en la libertad,
la extinción de los privilegios y el fin del mundano poderío de un clero
fanático y, por lo general, poco ilustrado, eterno obstáculo de nuestra
prosperidad y esplendor. [224]
-¡Qué
buena pieza me ha traído aquí D. Buenaventura! -dijo Corchón furioso-. ¿Y esta
es la gente que nos ha reclutado? ¡Un filosofastro! ¡Por San José bendito, y
qué lindos mozalbetes hay en este Madrid! ¿Pero usted no me conoce? ¿Usted no
sabe quién soy?
-No
le conocía a usted más que de nombre por lo que de usted me habló el padre
Matamala, y en verdad, yo creí que fuera el Sr. Corchón hombre de más provecho.
Pero también es verdad que para inquisidor está que ni pintado. El Santo Oficio
no merece más.
-¡Pero
usted ha venido aquí para burlarse de mí! ¡Ah!, si no fuera porque se ha
determinado que vaya usted a Toledo con cierta comisión, ¿cómo se había usted
de escapar, cómo?
-Sí,
ya comprendo con cuánto placer me echaría usted mano; pero por hoy, padre, no
puede ser -dijo Martín con cruel ironía.
-¡Oh!,
nosotros triunfaremos, y después... -indicó don Pedro con ira.
-Ustedes
no pueden triunfar sin mi ayuda.
-¿Cómo?
¿La causa de Dios no puede salir victoriosa sin la ayuda del demonio?
-No;
así está determinado -repuso Martín con serenidad-. ¡Desgraciado país si no
estuviera llamado a salir de tales manos! Si la conspiración del partido
fernandista no tiene más objeto que el que usted acaba de decir, ¿están seguros
de que al llevarse a cabo no ha de ir más allá de la línea que le han trazado?
-Señor
mío -dijo el padre Corchón echando a su interlocutor una de aquellas miradas
que tiene la ignorancia presuntuosa para su uso particular-. Usted se toma en
mi presencia unas libertades... La culpa tengo yo, que le admito a platicar
conmigo. ¿Usted sabe quién soy? ¿Pero usted lo sabe bien? No puedo consentir
que se mezcle usted en mis asuntos, y cada vez me admiro más de que una persona
como el Sr. D. Ventura haya puesto en autos a hombres de tal estofa. Y usted
estará muy consentido en que lo vamos a dejar meter su cucharada en este
negocio.
-Lo
mismo me importa -dijo Martín levantándose-, no tengo entusiasmo por la idea
fernandista. La revolución que yo he soñado no cabe en estos espíritus
pequeños, únicamente animados de un femenino rencor hacia un hombre. Hoy, al
conocerle a usted, pierdo otra de mis ilusiones, y a cada paso que doy, el
vacío que hay en derredor de mi pensamiento es más grande y más espantoso. Sólo
la desesperación, el abandono en que me hallaba y los [225] vejámenes que recibía pudieron impelerme a prestar el
concurso de mi acción a este ridículo movimiento político que habéis imaginado.
Ya no puedo volver atrás, ni lo quiero tampoco, que una vez perdida la fe, y
conociendo la escasez de elementos que aquí existen para cosa más alta, yo me
entrego al Destino; y siguiendo a los que de cualquier modo y con un fin
cualquiera conmuevan esta sociedad, iré a presenciar sus convulsiones, sin
esperanza de que de esta lucha salga nada útil ni bueno. Yo no aspiro a nada:
ya ni siquiera aliento el firme deseo de salvar a mi pobre amigo de los
tormentos del Santo Oficio. Un día llegará en que todo me sea indiferente,
sociedad, hombres; porque cuando se aspira a fines elevados y se tiene el
sentimiento de la patria y de la civilización, cuando se da el primer paso y se
tropieza con tales hombres, con el egoísmo, con la ignorancia, con la envidia,
el alma se oprime y se desea no haber nacido.
-¿Pero
usted no me conoce; usted no sabe quién soy? -repitió el padre Corchón
confundido y absorto.
-Sí,
he venido a conocerle y me voy satisfecho -repuso Martín-. No necesito saber
más. Adiós.
Y
diciendo esto, Muriel volvió la espalda y se retiró lleno de cólera, dejando al
padre con medio palmo de boca abierta. Este, creyendo juzgar al otro de la
manera más benévola, dijo para sí que no podía menos de estar rematadamente
loco.
III
Calmose
luego el reverendo de su agitación, y tomando de nuevo la pluma iba a
recomenzar su interrumpido trabajo. Ya recogía sus ideas para seguir el
capítulo LVIII, que se titulaba: De por
qué el Señor San José es abogado de los celos, cuando una criada entró y
puso en sus manos una carta doblada en triángulo, que abrió con afán y leyó al
momento. La epístola decía así:
«Toledo, 7 de mayo.
»Mi
muy querido y reverenciado Sr. D. Pedro Regalado: Ban ya 8 días que usted salió
de aquí y lla nos parece que se a hido por sécula culorun. ¡Que solEdad tan
Grande! Sin sus consegos espirituales me parece queme falta la Mi taz del
Halma, pues usted Me con suela de todas mis penas. No dego de pensar si le
sucedera halgo malo, y Si nos olvidara [226] en esa, por Que el demonio no se duerme. Por fin he
degado ir a Engracia a Arangued, con las de Sanaguja, que la mandaron a Vuscar.
Ya esta mas Consolada de sus Melancolías, y Dios y su Santa madre permitan que
olbide a Aquel pelafustran que tanto nos izo rrabiar. No hay mas Nobedaz por
esta su casa, sino que lespera cona Fan su desconsolada higa espiritual, que le
reberencia, Bernarda Quiñones. P. D. En su carta deme Noticias de D. Narciso
Pluma».
Corchón
leyó, dejó a un lado la carta y continuó su grande obra.
IV
-¿Qué
tal, ha hablado usted con el padre Corchón? -preguntó a Martín D. Buenaventura
al verle entrar en la casa la tarde de aquel mismo día.
-Sí,
y vengo edificado con la santa bondad del reverendo inquisidor -contestó el
radical con sarcasmo.
-Se
me había olvidado decirle a usted que era un pedante insufrible, un verdadero
almacén de tonterías y de vanidad.
-¡Y
éstos son los hombres -exclamó Martín con tristeza-, éstos son los hombres
cuyos intereses servimos al exponer nuestras vidas y nuestra libertad! ¡No, la
causa del Príncipe no es la causa del pueblo, no es la causa nacional! En
apariencia así será; pero, realmente, si el triunfo es nuestro, el pueblo
seguirá oprimido y humillado por los señoríos y las gabelas; seguirá bajo la
influencia de clases eclesiásticas empeñadas en perpetuar sus preocupaciones y
en que no abra jamás los ojos a la luz; seguirá sin leyes que garanticen su
trabajo y su libertad, y la nación saldrá de unas manos para pasar a otras,
como el esclavo que un amo vende a otro.
-¡Ah!,
no es enteramente lo que usted se figura -contestó Rotondo-. Cierto es que
nosotros admitimos bajo nuestra bandera a todos los descontentos de Godoy,
cualquiera que sea el motivo. Las revoluciones no se hacen de otra manera.
-Mis
conversaciones con el fraile de Ocaña y con el inquisidor de Toledo me han
enseñado claramente que ninguna idea elevada mueve a esos hombres, clérigos
ambiciosos que aún no se consideran con bastante poder.
-No
les haga usted caso, y vayamos derechos a nuestro fin. [227]
-Sí,
pero cuando considero que esa gente espera la caída del Guardia para agrandar su influjo, aumentar sus riquezas y, lo que
es peor, complicar y extender más la horrenda máquina de la Inquisición, no sé
por que encuentro al Príncipe de la Paz digno de amor y disculpables todos sus
vicios.
-No
haga usted caso de las pretensiones de esos hombres. Cierto es que Matamala
pretende una mitra, que Corchón daría el mundo entero por la plaza de
inquisidor general, pero a nosotros, ¿qué nos importa eso? Vamos a nuestro
objeto. ¿Quién sabe lo que vendrá después? Ya le dije a usted que de este
movimiento bien puede resultar una completa reforma. Usted cumpla su deber.
Recuerde lo que dije: «Usted va a ser omnipotente por una noche; va a tener a
su disposición un pueblo armado y furioso. Veremos el partido que saca de esos
elementos. Ánimo, y salga lo que saliere. Vaya usted hasta donde quiera ir».
-Bien:
yo haré lo que me convenga y aquello que sea expresión de mis sentimientos y de
mis ideas.
-Al
grito de abajo Godoy una usted la
idea que más le agrade. Las revoluciones, a lo que yo entiendo, se hacen por
inspiración y no por cálculo. Dios sabe lo que saldrá de este frenesí.
-Pero
yo me encuentro solo -dijo Martín con angustia-. No encuentro quien sienta lo
que yo siento: nadie responde a la idea que yo tengo formada de la revolución.
No hallo más que bajas ambiciones, egoísmos, envidias; gente vulgar que ha
concebido un cambio de Gobierno, y nada más. Si, como usted dice, soy
omnipotente una noche, en esa noche me creo capaz de infundir mi pensamiento en
la acción ciega e infecunda que se prepara. Si el pueblo supiera comprender
ciertas colas; si pudiera conocer lo que es y lo que vale, entonces...
-El
pueblo lo comprenderá; ¿por qué no? -afirmó don Ventura-. La prueba está
cercana. Esta noche sin falta parte usted para Toledo. Aquí tiene usted cuatro
cartas, una para Aranjuez y tres para Toledo. En cuanto llegue usted a esta
última ciudad, una persona le informará de todas las particularidades de la
cosa; verá usted la fuerza de que se dispone, el espíritu que la anima; en fin,
conocerá usted mejor que ahora lo que tiene que hacer.
-¿Esta
noche?
-Sí,
a las diez en punto. En la Venta le esperan a usted buenos caballos y los
hombres que le han de acompañar.
-¿Y
Susana? [228]
-Corre
de mi cuenta.
-Quiero
ponerla en libertad y devolverla a su familia. Desde que conozco a Corchón
comprendo que no hemos de libertar a Leonardo por este medio.
-¡Oh!,
se equivoca usted. Si el Consejo Supremo lo toma con empeño... ¿Cuándo piensa
usted ponerla en libertad? -dijo Rotondo, fingiendo que aquel asunto no le
importaba gran cosa.
-Ahora
mismo.
-¡Qué
disparate, qué locura! Pues si tengo entendido que ya el inquisidor general
habrá expedido allá órdenes terminantes... Esperemos hasta la noche.
-Bien,
esperemos -dijo Martín, mirando al corredor.
En
seguida dio algunos pasos hacia la escalera con intención de subir; pero se
detuvo meditando, y retrocedió al fin.
-¿Le
tiene usted miedo todavía? -preguntó D. Buenaventura sonriendo.
-La
veré después -murmuró, volviendo a mirar.
Pero
sólo el pobre La Zarza atravesó la crujía, exclamando: «¡Desdichada princesa de
Lamballe! Ya se acerca tu última hora».
Capítulo
XIX
La sentencia de Susana
I
Don
Miguel de Cárdenas, vencido por su acerbo dolor, continuaba rechazando todo
consuelo. Nadie entraba en su cuarto a arrancarlo de sus tristezas; y tal era
su hipocondría que ni aún había querido ver a su hermano el conde de Cerezuelo,
llegado al mediodía en litera postrado y moribundo. Al saber la noticia del
secuestro, el pobre solitario de Alcalá, que se hallaba en fatal estado de
salud, se empeoró de tal suerte que el Sr. Segarra tuvo serios temores y llamó
a todo el protomedicato de la ciudad complutense.
A
pesar del dictamen contrario de los médicos, el Conde se empeñó en ir a Madrid,
y no hubo remedio: fue preciso [229] encajonarlo, exánime y calenturiento, en una litera y
trasladarle a la Corte. La idea de que su hija había sido robada por Martín
Muriel, y la idea aún más espantosa de que su hija había concebido una violenta
pasión por aquel hombre abominable, turbaron su ánimo de tal modo que parecía
estar próximo el instante en que aquel espíritu acabara de aburrirse en este
mundo.
Su
hermano no quiso verle, sin duda porque no se renovara el dolor de uno y otro.
Subieron al Conde y le prodigaron los auxilios que D. Miguel rechazaba, pero el
pobre viejo llamaba a Susana sin cesar.
Caía
la noche, y D. Miguel esperaba con mortal ansiedad a su barbero. Este llegó al
fin por la puerta excusada, diciendo a la servidumbre que venía por unas
pelucas, las cuales era menester limpiar.
-¡Ah!
al fin viene usted -dijo D. Miguel en voz baja-; ya estaba yo con cuidado...
-Esté
usted tranquilo, todo va bien. Le prometí a usted que no parecería, y no
parecerá.
-¡Oh!,
baje usted la voz; me parece que nos han de oír las paredes. ¿Sabe usted que ha
llegado mi hermano de Alcalá? ¿No siente usted su voz allá arriba?
En
efecto; de vez en cuando se sentían los lastimeros quejidos del Conde y las
angustiosas voces con que llamaba a su hija:
-¡Infeliz!
-dijo D. Buenaventura-. ¡Cómo la llama! Pero es lo cierto que no parecerá.
-¿Qué
ha hecho usted? ¡Oh!, me estremezco al pensarlo... ¡Un espantoso crimen!
-Tranquilidad,
amigo, calma. Hace un rato que Muriel ha querido ponerla en libertad.
-¡En
libertad! ¡Entonces todo perdido!
-Pero
ya he conseguido disuadirle, y cuando él vuelva a casa... ya será tarde.
-¡Oh!
¿Se atreverá usted a...? -murmuró Cárdenas con voz tan floja y débil, que
parecía modulada por las sábanas.
-Cuando
es preciso hacer una cosa, se hace.
-Es
tremendo; pero... Y él, ¿no lo impedirá?
-Él
parte esta noche. No creo que vuelva a casa, porque ya le he dado las cartas
que ha de llevar; pero si llega... no encontrará más que un cadáver.
-¡Silencio,
oh, silencio! -exclamó Cárdenas lívido y tembloroso-, pueden oír...
-Cuando
se descubra, ¿a quién puede imputarse el hecho sino a él? [230]
-¿Pero,
cómo, cómo, quién? -preguntó Cárdenas más con las miradas que con la voz.
-Es
cosa segura. Doloroso es, pero no hay otro remedio. Voy a explicar a usted lo
que he dispuesto, y lo que debemos hacer aquí. Sotillo tiene mano segura, y
como experto en esta clase de negocios, lo hará bien.
-¿Sotillo?...
¡Ah!
-Sí,
a las nueve... son las ocho y tres cuartos... A las nueve, cumplirá su encargo
puntualmente. He fijado esta hora porque Martín no puede ir antes a la casa si
es que va, que no lo creo. Está en San Francisco con fray Jerónimo.
-Bien...
¿Y a las nueve?...
-A
las nueve... se acabó. Él puede hacerlo antes si quiere; pero después, de
ninguna manera.
-¿Y
cuándo lo sabremos a punto fijo? -preguntó Cárdenas, siempre receloso, y no
atreviéndose a creer en el feliz éxito del crimen.
-Pronto,
muy pronto; verá usted lo que he dispuesto. Cuando todo está concluido, Sotillo
vendrá aquí y dará con su bastón dos golpes en esa ventana que da a la calle
del Factor. Esos golpes indicarán que la cosa está hecha y que ha salido bien.
Cárdenas
miró a la ventana con aterrados ojos como si ya escuchara en ella la fatal
seña. Después los dos personajes callaron y estuvieron largo rato sin mirarse.
Don Miguel tenía un aspecto cadavérico a causa no sólo del ayuno que se había
impuesto para fingir mejor su pena, sino de la emoción profunda que
experimentaba en aquel momento. Rotondo tampoco estaba tranquilo, por más que
se esforzara en parecerlo: aquella noche se le veía con más recelo que de
ordinario. No daba un paso sin mirar a todos lados; hablaba con voz apagada y
tenue, y además una intensa palidez cubría su semblante, del cual había
desaparecido el mohín festivo que le era habitual. Si al lector le fuera
posible poner su mano derecha en el corazón de uno de ellos y su izquierda sobre
el del otro, se haría cargo de la situación de espíritu de aquellos dos hombres
callados, lívidos, esperando atentos y temerosos, a la vez con miedo y con
deseo, la señal que indicaba un espantoso crimen. Al menor ruido que sonaba en
la calle, los dos se estremecían, pero no se miraban. De vez en cuando Cárdenas
exhalaba un hondo suspiro, y Rotondo volvía la cabeza, recorriendo con la vista
todo el recinto de la habitación.
Pasaron
minutos y minutos: dieron las nueve, las nueve [231] y media, y la señal no sonaba. En la habitación había
una ventana con celosía, al través de cuyos calados podía verse perfectamente
la cabeza de los que por la calle pasaban. Pasaron algunos, y al sentir los
pasos Rotondo dirigía rápidamente la vista hacia aquel sitio. El tiempo corría
lento y angustioso, como si se empeñara en alargar el momento fatal; pero al
fin se sintió en la ventana el chirrido discordante que produce un bastón al
pasar rezando con una celosía. Los dos se estremecieron y miraron; una sombra
cruzó por la calle; el ruido se repitió al poco tiempo. Era la señal; ya no
había duda.
-Ya...
-dijo D. Miguel con voz que parecía la última modulación de un moribundo.
-Ya...
-repitió Rotondo procurando vencer su agitación.
Éste
se levantó y se acercó a la celosía; al través de ella reconoció a Sotillo, que
se paseaba a lo largo de la calle. Al volver a su asiento, la fisonomía de
Cárdenas le infundio espanto. Estaba lívido, con los ojos desmesuradamente
abiertos, suspenso el hálito y las manos apretadas contra el pecho. Después se
apoderó de él un repentino abatimiento, y exclamó con voz dolorida: «¡Pobre
Susanilla!»
-Ya
no existe -dijo Rotondo esforzándose en cobrar su acostumbrada serenidad.
-¡Oh!,
yo no puedo resistir esta impresión -añadió Cárdenas-. Me parece que la veo, me
parece que va a entrar por esa puerta.
Don
Buenaventura, a pesar de su carácter refractario a la superstición, no pudo
librarse de una corriente glacial que circuló por todo su cuerpo. Miró detrás
de sí como el que espera ver un espectro, pero pronto recobró el dominio sobre
sí mismo, se sonrió y dijo:
-Tranquilícese
usted. Todavía nos falta algo que hacer. ¿Puedo salir y volver a entrar sin que
me vean en la casa? Necesito hablar un instante con ese hombre.
Cárdenas
no contestó. Don Buenaventura estuvo dudando un momento y al fin salió por la
puerta excusada, estando fuera unos diez minutos. A su vuelta, su amigo estaba
en la misma postura, con los ojos fijos en la misma parte del suelo, los brazos
caídos y la ropa en desorden.
-Todo
ha concluido -dijo Rotondo-. ¡Oh!, el maldito se empeña en que ahora mismo le
de la recompensa que le prometí. Le he mandado que se aleje al instante.
Al
decir esto, se miraba atentamente su ropa.
-Temo
-continuó- que me haya manchado de sangre; [232] venía hecho un carnicero. No; no me ha manchado.
Acto
continuo cerró la ventana y se sentó junto a su amigo.
II
-Aún
falta algo que hacer -dijo.
-¿Qué?
-Usted
llama ahora a su familia y le dice que ha recibido un aviso indicándole el
sitio donde está secuestrada Susanita.
-¡Irán
allá! -exclamó Cárdenas con horror.
-Pues
precisamente: eso es lo que se quiere. ¿Continúa el doctor activando las
pesquisas?
-Sí;
¿y el marqués, a quien al fin han sacado esta tarde de la cárcel? Está hecho
una furia y en poco tiempo ha revuelto todo Madrid: le busca a usted con mucho
afán. La Pintosilla está presa.
-Pues
ya ve usted. Esta situación tiene que concluir. Si me persiguen con tanto
ahínco, es probable que al fin den conmigo. No hay otro medio para aplacar a
esa gente que hacerles encontrar lo que buscan. Sólo así me dejarán en paz.
-Hacerles
conocer la casa de la calle de San Opropio, ¿no es eso? -preguntó Cárdenas
tratando de ver claro el plan de su amigo.
-Precisamente:
eso había yo pensado al terminar lo que ha pasado. La casa queda enteramente
abandonada: he hecho salir de allí a la vieja que la guardaba, y he sacado
todos mis papeles. No encontrarán más que a La Zarza y el cadáver de la pobre
Susanita.
-¡Oh!,
no la nombre usted -dijo Cárdenas con nuevo terror-; me parece que la veo, que
la veo entrar...
-Ahora
se hace lo siguiente: usted llama al marqués y le dice que hallándose en este
cuarto entregado a su acerbo dolor, un hombre ha pasado por la calle; se ha
detenido junto a la ventana y ha arrojado dentro un papel... aguarde usted, voy
a escribirlo -añadió, haciendo con febril agitación lo que decía-. Este
papel... un anónimo que dice simplemente: «Calle
de San Opropio, núm. 6». No hace falta más... Le envolvemos en una pieza de
dos cuartos para simular mejor que lo han tirado.
Todo
esto lo hacía y decía Rotondo con tal precipitación y viveza, que el perezoso
entendimiento de su amigo tardaba [233] en comprenderlo. Al fin se hizo cargo de la
estratagema y la creyó excelente.
-Ahora
yo me escondo -dijo D. Buenaventura-, mientras usted llama al marqués.
-En
la escalerilla de la puerta excusada; nadie puede pasar por ahí.
Ocultose
Rotondo, y D. Miguel tiró de la campanilla. Al punto entraron dos criados y
doña Juana.
-Mirad,
mirad -exclamó Cárdenas enseñando el papel- mirad lo que han arrojado por la
ventana.
-¿Quién?
-Un
hombre... uno que pasó... ¿Será esto una revelación?
-¡Oh!,
sí... calle de San Opropio, núm. 6 -dijo el marqués, que también había acudido
al sentir el fuerte campanillazo.
-Corred,
corred allá -dijo Cárdenas dejándose caer desfallecido en el lecho.
-Vamos
al instante, sin perder un minuto. Esto ha de ser un aviso -añadió el marqués
saliendo del cuarto.
-¿Y
mi hermano? -preguntó D. Miguel a su esposa.
Ésta,
por toda contestación, elevó los ojos al cielo y exhaló un hondo suspiro.
-¡Oh!,
quiero estar solo; no quiero ver a nadie. Váyanse todos de aquí -dijo el tío de
Susana hundiendo la cara entra las almohadas.
-Por
Dios, así no puedes vivir -exclamó su esposa-, te acompañaremos; tú estás muy
mal; tienes una calentura horrorosa.
-Déjame,
no; no quiero nada.
-¿No
estaba aquí el maestro Nicolás?
-¡Ah!...
no -repuso Cárdenas con agitación-. Estuvo, sí, por unas pelucas; pero se ha
marchado. Déjame, vote; quiero estar solo.
Insistió
la dama; pero al fin, viendo que no podía vencer la tenacidad del atribulado
consorte, se retiró. El despacho quedó otra vez en profundo silencio, y D.
Buenaventura apareció de nuevo.
-No
haga usted ruido, por Dios... -dijo Cárdenas al ver a su amigo, cuya figura, al
destacarse en el fondo del cuarto, se asemejaba a un espectro que había
atravesado la pared, como es costumbre en las visitas de ultratumba.
Rotondo
siguió avanzando con pisadas de ladrón.
-Pueden
oír... -añadió Cárdenas-. Bueno será echarse cerrojo a la puerta.
Don
Ventura lo hizo con tal delicadeza, que nada se sintió. [234]
-Alguien
anda por el pasillo.
-No;
nadie se acuerda ya de nosotros. Vamos a cuentas -dijo Rotondo.
-Usted
está aquí mucho tiempo. ¿No sería mejor que se fuera para no dar lugar a...?
-¿Y
los cien mil duros?
-¡Ah!
Es verdad; ¿pero tan pronto? Espere usted a mañana.
-Es
imposible -contestó el fingido barbero con impaciencia-; no puedo esperar ni un
momento más. Esta noche no necesito sino veinte mil; pero me son
indispensables. Los gastos de la conspiración son tan grandes...
-¡Oh!,
yo no estoy ahora para eso... -balbuceó con su desfallecida voz el hermano del
conde de Cerezuelo.
-No
hay otro remedio, Sr. D. Miguel -dijo Rotondo con decisión-. Yo no me voy de
aquí sin llevarme ese dinero. ¿Me lo da usted?
-¡Oh!
¡Qué empeño!, bien... bien. Será lo que usted quiera -contestó con humor
endiablado el Sr. de Cárdenas.
Y
al decir esto entregó una llave a su amigo señalando la caja que estaba a los
pies de la cama. Era un pesado arcón de hierro, cuya tapa, al ser abierta por
D. Buenaventura, sonó con lastimero quejido.
-¡Oh!,
cuidado, que oyen -dijo D. Miguel-; abra usted despacio.
Así
lo hizo, y los goznes de aquel vicio y roñoso mueble, donde se guardaban los
ahorros de treinta años de sordidez, apenas exhalaron un imperceptible rumor,
semejante al que produce el vuelo de un insecto que cruza velozmente junto a
nuestros oídos.
Cárdenas
miró con expresión de dolor y desconsuelo la mano del maestro Nicolás,
internándose en la profundidad de la caja y tocando los sacos de monedas; y
aquí les dejamos por ahora, acudiendo a otros sitios, donde ocurren escenas
dignas de especial mención. [235]
Capítulo
XX
Del
fin que tuvo la prisión de Susana
I
Dejamos
a Susana en el momento en que cayó sin sentido aterrada por la aparición y las
palabras del loco. Cuando recobró el conocimiento, aquel terrible espantajo de
la hopalanda negra y del rostro desencajado y cadavérico ya no estaba allí, si
bien su voz se oía lejana, cual si riñera con alguien en el lugar más apartado
de la casa. Susana se dirigió, o más bien se arrastró hacia el lóbrego cuarto
de que había salido, y pudo a tientas hallar su jergón, donde se arrojó con desaliento.
La luna había desaparecido y una obscuridad intensísima envolvía la alegría, no
permitiendo ver objeto alguno, a excepción de la descarnada y alta columnata
que daba la vuelta al cuadrilátero del patio.
La
joven esperaba con ansiedad la aurora, creyendo que le traería la explicación
del enigma de su rapto, y el conocimiento cierto del sitio en que estaba y de
la gente en cuya compañía iba a vivir en lo sucesivo. Se engolfaba su
pensamiento en conjeturas sin fin, tratando de hallar la oculta lógica de aquel
suceso, y la figura de Martín pasaba sin cesar ante sus ojos, como el nombre
daba vueltas en su cerebro. Alrededor de esta figura y de este nombre giraban
todas las ideas y todas las imágenes que turbaron el espíritu y los sentidos de
la noble dama en tan angustiosa noche. A veces creía que aquello había sido la
estratagema de un amor arrebatado, o la venganza de un desaire, o el desahogo
de un violento despecho. A veces pensaba que era simplemente víctima de una
cuadrilla de ladrones, y que se la había secuestrado con el único objeto de
exigir a su familia crecida suma por su rescate.
Con
los primeros resplandores del alba comenzó a despuntar la esperanza en el pecho
de Susana. Contaba las horas en su imaginación, porque no sentía sonido de
reloj alguno, como si en la soledad y abandono de aquella casa ni aun debiera
marcarse la marcha del tiempo. El día avanzaba. De pronto, y cuando hacía un
rato que había [236] amanecido, sintió
que se abría una puerta, ruido de pasos indicó que alguien entraba, y después
creyó sentir la voz de Muriel. Detuvo su aliento para escuchar mejor, y, efectivamente,
era él; hablaba con otro, cuya voz Susana no conocía; pero la conversación no
duró mucho tiempo, y los dos se alejaron.
Un
poco más tarde sintió el cacareo de una gallina y una voz de vieja que parecía
venir del patio. Después, alguien subía la escalera, atravesaba el corredor y
llegaba a la puerta. Era la tía Socorro, viuda del ilustre mártir del Rosellón.
Susana se alegró al ver delante de sí un ser humano a quien interrogar sobre su
situación. Creyó encontrar en aquella mujer la sensibilidad propia del sexo, y
se incorporó en su jergón para hablarle. La vieja le traía de comer en un plato
de barro, que puso sobre la silla, juntamente con un pan y un cántaro de agua.
-¿En
dónde estoy? ¿Para qué me han traído aquí? ¿Quién vive en esta casa? -preguntó
con angustia Susana.
La
vieja, que por un contraste notable se llamaba la tía Socorro, volvió la
espalda sin contestar una palabra; salió, cerró la puerta con llave, y se
marchó. Al oír Susana el áspero chirrido de la mohosa llave, cuando la vieja la
sacó para guardársela en el bolsillo, se sublevaron en su espíritu el orgullo y
la cólera, abatidos por la sorpresa del primer momento. Al verse encerrada en
aquel escondrijo, prorrumpió en gritos de dolor, exclamando: ¡Socorro, socorro! La vieja, que se oyó
llamar por su nombre, volvió y aplicando su boca al ojo de la llave, dijo:
-¿Para
qué me llamáis, madamita? Mejor cuenta os tendría dejarme en paz. Vaya, después
que le he puesto ahí un almuerzo como el de una reina.
-¡Infames!
¡Bandidos! -exclamó Susana.
-¡Ah!,
si no cerráis el pico, creo no faltará quien le ponga un punto en la boca.
Vamos, silencio, y no me vuelva a llamar.
Susana
tuvo miedo y calló; pero fue para derramar copioso llanto de rabia, que le
escaldaba las mejillas. Arrojada sobre el jergón, movía sus brazos con
convulsiones espantosas, ya golpeándose la frente, ya crispando los dedos entre
los rizos de sus cabellos en desorden, ya clavando las uñas en sus propios
brazos hasta acardenalárselos sin piedad.
El
cuarto era pequeño, y la puerta, que era, aunque viejísima, muy sólida, tenía
en su parte superior un gran hueco por donde entraba el aire y la luz. Susana
observó [237] rápidamente todo
esto, porque la idea de escaparse cruzó por su mente en medio del vértigo de su
rabia, como cruza el fulgor del relámpago el ámbito renegrido de la atmósfera
cargada de tempestades. Pero no era posible huir. Aun suponiendo que saliera del
cuarto, ¿cómo salir de la casa?
Una
sobreexcitación cerebral muy violenta, acompañada de fuerte irritabilidad
nerviosa, no puede durar mucho tiempo, porque rompería la máquina humana,
incapaz de resistir la excesiva actividad de sus propios resortes. Pasando el
tiempo, Susana se calmó; se extendieron sus brazos, reposó su cuerpo dolorido
como si acabara de sufrir una ruda caída, y su aliento se apaciguó cansado de
su misma sofocación. Al entrar en este período de reposo, Susana sintió un
hambre vivísima; miró a su lado y vio la comida; pero apartó la vista con asco
de aquel plato lleno de abundante bazofia, y únicamente tomó el pan. Pero
apenas lo hubo probado, lo arrojó lejos de sí; el hambre que sentía era
ilusoria. Creyó entonces tener sed; aplicó el vaso a sus labios, mas lo apartó
en seguida. Tampoco deseaba beber.
Fue
poco a poco cayendo en un lento y perezoso sopor, resultado de la gran vigilia
que había experimentado su cuerpo; pero no reposó su espíritu en el seno blando
y profundo del sueño; se aletargaba tan sólo, sintiendo todos los trastornos
dolorosos del delirio, sin perder la terrible pena de la realidad. Dormitaba
con ese sueño más parecido a la locura que a la dulce muerte; estado de
aberración en que presenciamos el desfilar disparatado de todo lo imposible en
el mundo de la idea y de la imagen.
II
Así
estuvo largo rato sin apreciar el tiempo que transcurría, hasta que al fin su
excitación se fue calmando y durmió, aunque brevemente. Al despertar notó ruido
de voces en el patio; pero no reconoció la voz de Martín. Se alejaron y todo
volvió a quedar en silencio. Esto la hizo pensar que su prisión iba a durar
indefinidamente, y que habían resuelto abandonarla, con lo cual su aflicción
fue indescriptible, y empezó a llorar, sin la violenta desesperación de antes,
pero con más dolor real y mayor tribulación en el alma.
Pasaron
las horas con lenta monotonía, sin que ningún [238] accidente alterara la tristeza de aquella mansión
encantada, y llegó la noche. Sintiose entumecida y con deseos de andar, y se
levantó para dar algunas vueltas por el cuarto; pero bien pronto se sintió
débil y hubo de tenderse otra vez. El cuarto estaba enteramente obscuro, y la
alucinada fantasía de la infeliz prisionera, débil por el insomnio y el ayuno,
se complacía en revestir aquella densa obscuridad con los jirones
resplandecientes de una fantástica y confusa visión de colores. El hastío, la
pena y la obscuridad desarrollan en nuestro sentido óptico la facultad de
poblar de rayas, círculos y fajas de luminosas tintas el espacio en que
lloramos y nos aburrimos.
Aletargada
aquella noche, como lo había estado por la mañana, se creyó transportada a otro
recinto. Las paredes de aquel tugurio se extendían y separaban formando un
ancho salón; algún genio invisible colgaba de estas paredes soberbios tapices,
con hermosísimas flores, pájaros y ninfas. Grandes cornucopias sostenían
multitud de luces, reflejadas hasta lo infinito por hermosas lunas. Jarrones de
plata sostenían espléndidos ramilletes, y el suelo, abrigado por blanda
alfombra de mil colores, apagaba el ruido de las pisadas. Las pisadas, ¿de
quién? Allí entraba uno, el más hermoso y el más amado de los hombres; uno cuya
vista tan sólo imponía respeto; era grave y tenía en sus modales como en sus
ademanes la majestad del que vive acostumbrado a mandar y a ser obedecido. En
su vestido, lo mismo que en su rostro, todo revelaba la superioridad, y era tan
noble de aspecto como correspondía a la elevación y firmeza de su carácter,
hecho a la dominación y templado al rigor de las luchas sociales. El corazón creía
reposar de un largo e inútil ejercicio amándole, y la vista descansaba en él
como hallando el término de mil investigaciones ansiosas en busca de aquel
mismo objeto. Aquel hombre era el único que existía digno de ella. Pero en la
preocupación de sus graves asuntos, en su afán continuo por imponer su voluntad
y dirigir la sociedad humana, apenas era accesible a lo que él llamaba las
frivolidades del amor. Sin embargo de esto, era indispensable amarle. Si él
hubiera puesto los ojos en otra, habría sido preciso morir de pena, dando por
terminada la jornada de este mundo... Todos le rodeaban considerándose felices
con merecer de él una mirada; los más expertos se sometían a sus dictámenes;
los más ancianos le consultaban todos; los jóvenes pugnaban por parecerse a él
remotamente, y los niños decían a sus madres que querían ser lo que él era.
Como
desaparecen las imágenes de un juego de óptica [239] recreativa al extinguirse la luz que las produce, así
huyó aquella fantasmagoría. Martín recobró ante la imaginación de la joven su
aspecto habitual, y se representó con su humilde traje, brusco, áspero, con su
torva seriedad y su vivo y atrevido lenguaje. El carácter era el mismo; pero,
¡ay!, cuán distinto aparecía con la ruda corteza de un hombre del pueblo,
enemigo a muerte de la gente noble, aspirando a destruir los esplendores
viciosos de la antigua sociedad.
Rodeábanle
personajes de mala facha, dispuestos a satisfacer del modo más vil sus
rencorosos instintos contra la grandeza; se agitaba él con inquietud afanosa,
como quien jamás encuentra lo que busca, ni llega al punto adonde va; el temple
viril de su alma se exageraba en vivísimas cóleras y en excentricidades sin
cuento. Era el mismo hombre, pero en tal situación, que parecía imposible...
imposible descender hasta él.
Todas
estas sombras fueron huyendo para volver después y alejarse de nuevo, hasta que
al fin la dejaron sola con la realidad invariable e insensible al soborno de la
imaginación.
Al
día siguiente se repitió la misma escena con la tía Socorro, que lo dejó lo que
ella llamaba almuerzo para una reina, y
se fue, cerrando la puerta. Pasó toda la mañana en una inquietud
indescriptible, corriendo de un rincón a otro del cuarto, tendiéndose para
volver a levantarse, hasta que sintió ruido de voces en el patio. Picole la
curiosidad, puso la silla junto a la puerta, se subió en ella, y, asomándose
por el gran agujero que en lo alto había, pudo ver perfectamente quienes eran
los que hablaban. Eran Martín y D. Buenaventura, según indicamos anteriormente.
Ella
notó que Martín se expresaba con acaloramiento y energía, y que el otro como
que intentaba convencerle, Martín miraba con frecuencia hacia el sitio donde
ella estaba, y el otro también fijaba allí la vista con sonrisa burlona. El
joven se levantó de la gran piedra sillar donde los dos estaban sentados, y dio
algunos pasos como para subir; pero luego retrocedió, variando de pensamiento.
Entretanto, ella ponía toda su atención en el semblante de aquella persona
desconocida, a quien recordaba haber visto en alguna parte.
Salió
después Martín; pero ella quedó en su observatorio, y vio que entraron otros
dos, en cuyas fachas creyó reconocer a los que la arrebataron en casa de la
Pintosilla. Entraron todos en algunas habitaciones bajas y volvieron a [240] salir. Por último,
el que parecía ser principal salió también llevando algunos papeles y dos o
tres cajitas pequeñas. Aquel hombre miró otra vez a la puerta del encierro de
la joven con tal expresión de malignidad, que ésta no pudo menos de
estremecerse. Salieron todos llevando varios objetos, y después se fue también
la vieja con un gran lío de ropa a la cabeza y dos gallinas atadas por las
patas, que cacareaban despidiéndose de su antigua morada. Aquella salida de
todos los habitantes de la casa llenó de profundísima tristeza el corazón de la
cautiva; le parecía que todos los que se iban la habían acompañado alguna vez;
creyose en aquel momento más sola que antes. La Zarza únicamente no se había
ido, y el arrastrar de sus pantuflas se oía en los corredores inmediatos. Se
quedaba sola en la cama con aquel espectro, objeto de su mayor espanto. Cuando
sintió que los fugitivos cerraban desde la calle las puertas, bajó de la silla
como quien baja el último peldaño de un panteón. «¡Estoy enterrada en vida!
-dijo procurando fijar el pensamiento en Dios y aplacar los rencores que
bullían en su pecho-. Este cuarto es mi sepulcro».
III
Esta
idea la sumergió en profunda meditación. Su alma sabía acometer cara a cara,
digámoslo así, las situaciones tremendas y decisivas. Si su condición femenina
la arrastraba a la desesperación ruidosa e inconsolable, como el llanto de los
niños, también tenía momentos de viril entereza, propia de los espíritus
valerosos. Arrojose en su jergón, y quieta, y con los ojos cerrados, quiso
morir en aquel momento. Su padre, su tío, doña Juana, Segarra, Pablillo, Pluma,
sus amigos, allegados y conocidos, todos pasaron en fúnebre procesión ante los
ojos de su fantasía. Se esforzó en pensar en Dios; pero su pensamiento no llegó
hasta allá, quedándose algo más cercano.
Vino
la noche, la segunda noche de su encierro, y ella continuaba absorta en la
consideración de su siniestro fin, cuando sintió que abrían la puerta de la
calle. Su corazón latió de esperanza, y se incorporó en el lecho prestando
atención. Una persona entró en la casa. «No puede ser otro que Martín», dijo
ella. La persona subía. Uno a uno contó Susana los escalones como se cuentan
las campanadas de un reloj que nos anuncia algo que esperamos con afán. El
hombre se acercaba, llegó por fin a la puerta, [241] la abrió con llave que trata, y se presentó en el
dintel. No era Martín. Era uno de aquellos que vio en casa de la Pintosilla y
después en el patio hablando con el desconocido. Susana se quedó mirándole
suspensa y sin aliento, dudando si alegrarse de aquella aparición o temerla
más.
Sotillo,
pues no era otro, permaneció un rato en la puerta procurando enterarse bien de
lo que dentro del cuarto había. En una mano traía una linterna, y escondía la
otra en su pecho, como quien va a sacar alguna cosa. Era un hombre flaco,
amarillo y escuálido, vestido de andrajos y con una torva y recelosa mirada que
completaba en él la estampa de la miseria sublevada y turbulenta.
Recorrió
con el rayo de luz de su linterna todo el recinto de la habitación, hasta que
iluminó el rostro aterrado de la pobre Susana, que yacía en su jergón más
muerta que viva esperando ver en qué pararía aquello. Entonces dio algunos
pasos hacia dentro, y cerró la puerta. Siguió mirándola atentamente, y dijo en
voz alta:
-¡Qué
guapa es!
Después
se observó en su cara ese mohín que hacemos al desechar una idea importuna y se
adelantó con paso resuelto hacia la dama. Esta dio un espantoso grito y se
refugió en el rincón del cuarto.
-¡Ah!
-exclamó despavorida-, vas a matarme. ¡Socorro!...
-No
grites... diablo de muchacha -dijo Sotillo-. La verdad es que no me atrevo...
Ven acá, ven.
Parecía
como que dudaba y más de una vez retrocedió. Él mismo quería animarse y la
estúpida sonrisa con que aparentaba burlarse de su cobardía, daba más terror a
la prisionera que el puñal que tenía en la mano.
-Pero
yo... ¿qué he hecho? -dijo Susana, siempre temblando, pero más bien en tono de
súplica que de protesta- ¿Por qué quieren matarme?
-¿Por
qué? -contestó Sotillo pasando el dedo por la hoja de su arma-. Eso
pregúnteselo usted a... Por algo será.
-¿Martín
me quiere matar? ¿Martín?
-¡Ah!,
no... no; es... Pero el demonche de la mujer, yo que vengo aquí para eso, y no
me atrevo...
-¡Ah!
¿Viene usted para eso? -dijo Susana entreviendo un débil rayo de esperanza-. No
me mate usted; yo le daré lo que quiera, yo le haré rico. Yo soy muy rica.
-Sí,
pero... ¡Oh!, ¡qué guapa es! -repitió Sotillo-; ¿usted no sospechaba?...
-No;
yo creía que me iban a poner en libertad -dijo Susana con voz entrecortada. [242]
-No;
eso no puede ser. Yo he venido aquí para despachar, y... es preciso.
-¡Por
Dios! ¡Por la Virgen... yo le haré a usted rico, yo... yo que tengo parientes
poderosos; le descubrirán a usted, y entonces!...
-Tonta,
a mí no me descubre nadie... Pero ven acá... ¿Cómo siendo tan guapa te tienen
aquí? Oye: yo he venido aquí a matarte.
-¿Martín...
Martín me quiere matar?
-No;
es preciso despachar antes que él venga. Oye: yo he venido a eso; pero...
¡Caramba, qué guapa eres!
Al
decir esto alargó la mano y tocó la barba de la joven, acompañando el gesto de
un áspero chasquido de la lengua. Susana se retiró hacia atrás con tanto horror
como si sintiera en su cara la fría punta del puñal.
-No
te asustes... ¡bah!, en vez de agradecerme que no te haya despachado... Pues yo
he venido a esto, pero me has desarmado, chica; yo soy así. Vamos a tratar aquí
los dos.
Diciendo
esto guardó el puñal y se sentó en la silla, acercándose más a Susana, que no
pudo menos de volver la cabeza cuando llegó hasta ella el aguardentoso aliento
del asesino.
-Yo
he venido a matarte, prenda -dijo-, pero no te mato si tú... Pero ¿a qué
vuelves la cara? -añadió bruscamente, tomándole una oreja-. Mirame bien... ya
no te mato... vamos, pierde el miedo.
Susana,
en su desesperación, quiso levantarse y refugiarse en el rincón opuesto, pero
él la contuvo.
-No
-dijo la dama, cerrando los ojos y cruzando los brazos sobre la cara-. No;
prefiero mil veces la muerte.
Transcurrieron
unos segundos, en que la joven esperó recibir la herida mortal; pero sólo
sintió sobre su hombro la mano del asesino, pegajosa a causa del sudor, posada
como una maza y caliente como una cataplasma. Aquel contacto le produjo tal
horror y repugnancia, que saltó corriendo al rincón opuesto. Siguiola Sotillo
con furor insensato; pero ella se escurrió junto a la pared y burló por algunos
instantes su persecución, al mismo tiempo que gritaba con todas sus fuerzas:
«¡Favor, socorro!...» El asesino, a pesar de su exaltación, comprendió que era
preciso hacerla callar y concluir de una vez. Blandió su puñal, y ya iba a
descargar el golpe, cuando se oyó una voz que decía: «¡Malvado, infame,
detente!» En el mismo momento se abre la puerta y aparece una figura alta y
descarnada, que contempla con extraviados ojos aquella escena. [243]
Sotillo,
que no había visto nunca a La Zarza, ni tenía noticia de que allí existiera
semejante hombre, se sobrecogió de tal modo con su aparición súbita, que dejó
caer el arma y se puso a temblar como un azogado. La Zarza se dirigió a él, y
asiéndole por el cuello con su huesosa mano, le sacudió con tanta fuerza, que
le obligó a arrodillarse. Al mismo tiempo dijo:
-¡Oh,
infortunada princesa! Este malvado quiere acelerar vuestro fin, cuando sólo al
pueblo por medio de los instrumentos de la ley corresponde daros la muerte. Y
tú, traidor, que deshonras con el crimen la causa de la igualdad, ¿no sabes que
mañana al rayar el día todos los presos de la Abadía y de la Fuerza han de ser
llevados a la guillotina para que expíen las faltas de cien generaciones de
despotismo? Ya te conozco, aunque ocultes el rostro. Tú eres Hebert, el cruel y
repugnante Hebert, siempre sediento de sangre y de venganza. Tú deshonras la
revolución con tus excesos. Que mueran, sí, pero no a manos de una horda de
enemigos. La vigilancia de la Abadía me está confiada, y yo respondo de la vida
de los presos, miserable. Yo los entregaré a la ley como ésta me los ha
entregado, y ¡ay del que os toque en la punta del cabello, desdichada princesa!
Vuestra cabeza ha de ser paseada mañana por las calles, y se le mostrará a la
reina en las ventanas del Temple. Pero no temáis que antes de la hora fatal os
veáis inmolada por la mano de torpes sicarios.
Sotillo, que era supersticioso, se acobardó al
principio; pero repuesto del susto al comprender que no era La Zarza ningún
visitante de ultratumba, trató de levantarse. El loco tomó este movimiento por
un esfuerzo de defensa, y cogiendo el puñal que en el suelo estaba caído,
amenazó con él a Sotillo. Este se abalanzó para arrebatárselo; pero el loco le
dirigió un golpe, que recibió el asesino en el brazo; al punto comprendió éste
que la cosa no iba de broma, y retrocedió; pero La Zarza le acometió de nuevo,
y entonces el otro, ya desarmado y viendo aquel espantajo que sobre él venía,
emprendió la fuga por el corredor, y bajó, seguido del loco, que gritaba:
«¡Infame y sanguinario Hebert, espera y te enseñaré cómo se castiga a los
traidores!»
En
aquel momento se sintió que abrían la puerta de la calle y entró Martín, el
cual no vio a Sotillo, que debió de ocultarse en alguna habitación baja, si no
estaba ya en la calle; el loco se detuvo para reconocer al joven, y cambiando
repentinamente de tono y de expresión, arrojó el puñal, diciendo: [244]
-¡Ah,
eres tú, querido Robespierre, qué a tiempo vienes! Hebert, con una horda de
salvajes, ha querido inmolar a los presos que tengo encargo de custodiar en la
Fuerza y en la Abadía. ¡Siempre el mismo Hebert! ¡Bien dices tú que está
deshonrando a los jacobinos y manchando con sangre la más alta idea!
-¡Bien,
déjame ahora -le dijo Martín, para verse libre de su impertinente locura-,
tengo que hacer; espérame allá.
-¿En
los Jacobinos o en la Convención?
-Donde
quieras -contestó, subiendo la escalera y dejando en el patio a La Zarza.
En
seguida penetró en la prisión de Susana.
Capítulo
XXI
La nobleza y el pueblo
I
-¡Oh,
es usted! -dijo la joven al verle entrar-. Ya me consideraba muerta. No sé cómo
he resistido a tantos horrores.
-¿Quién
ha estado aquí? -preguntó Muriel.
-¿Quién?
-contestó temblando todavía, y aún llena de terror, Susana-. Un hombre que
decía tener el encargo de matarme. Me ha salvado ese que vive en la casa y
parece loco.
-¿Y
qué señas traía?
-¡Ah,
horribles! Es uno de los que me trajeron aquí con usted -repuso la dama
recobrando un poco de serenidad-. Y ahora me dirá usted de una vez si estoy en
una guarida de bandoleros. Si piensan pedir ustedes alguna cantidad por mi
rescate, se les dará, porque nosotros somos muy ricos.
-No
nos hemos apoderado de usted por esa razón.
-Entonces
intentan matarme para vengarse de mi familia -dijo la joven con alguna
entereza.
-Tampoco.
No ha sido ese mi objeto. Si fuese lícita la venganza, los agravios que yo he
recibido de la familia de usted no quedarían compensados con dos días de
prisión... [245]
-¡Dos
días! -dijo Susana con alegría-. ¿Luego me va usted a poner en libertad?
-Sí.
-¿Y
no me dice usted la razón de este crimen horroroso?
-¡Crimen
horroroso! No encuentran otras palabras para calificar nuestros hechos después
que nos impulsan a ellos -contestó Martín con amargura-. Bien; yo acepto la
calificación, porque mi conciencia pierde cada día uno de sus escrúpulos; yo
acepto el nombre de criminal. ¡Pero a cuántos pudiera acusar con más motivo, a
cuántos que no tienen un puñal en la mano y brillan en la sociedad obsequiados
y atendidos!
-Usted,
por lo que veo -dijo Susana-, ha querido cometer una venganza.
-Ahora
comprendo -prosiguió Martín, sin hacerlo caso-, ahora comprendo esos crímenes
inauditos que nos parecen injustificados. En el fondo de todos los grandes
delitos existe una lógica misteriosa y tremenda que los enlaza a otros
crímenes, quizá mayores y más imperdonables. Yo no pretendo justificarme; tal
vez hubiera ido más lejos, perdiendo todo sentimiento humano y adquiriendo una
crueldad que estoy muy lejos de tener. Dios me ha detenido en ese camino. Yo no
pretendo disculparme; pero no sé por qué me parece que no es mía la
responsabilidad de lo que he hecho. Una fuerza ciega me ha arrastrado; se ha
turbado mi razón, he sentido vivos deseos de destruir; comprendo ese afán de
hacer daño experimentado por los hombres en días terribles, que no se pueden
recordar sin espanto.
-Usted
no podrá disculpar esta infamia.
-Ni
lo pretendo tampoco. Si lo intentara, usted no me comprendería; usted no
comprenderá nunca que un pobre joven de honradez acrisolada y que no ha
cometido el más insignificante delito, no debe estar encerrado en un calabozo,
con la amenaza constante de perder la vida de inanición o cediendo al quebranto
de horrorosos tormentos, inventados por hombres semejantes a las fieras. Usted
no comprenderá que no había motivo alguno para que yo fuera igualmente privado
de mi libertad por el capricho de cualquier persona, y arrojado a los mismos
calabozos para perecer de rabia; porque yo moriría allí de rabia. Usted no se
acuerda más que de sí misma, ni ve más injusticias que las cometidas con usted.
¡Infeliz; ha estado dos días privada de las comodidades de su casa, de la
conversación de sus amigos! Ya me figuro la consternación del buen doctor y de
su [246] tío al ver
arrebatada de su casa a una persona querida. ¡Infelices; vivir expuestos a
disgustos de esta clase, cuando toda la Humanidad es tan feliz dominada por
ellos, y cuando no hay desgraciados que padezcan; cuando no hay injusticias ni
dolores en esta sociedad que han hecho a su gusto en la mejor de las naciones
posibles!
La
amarga ironía de estas palabras impuso a Susana cierto respeto y tardó un rato
en contestar. Poco a poco iba recobrando la plenitud de las cualidades de su
carácter, turbadas y obscurecidas por el sacudimiento moral que había
experimentado. Por último, dijo:
-Desde
que me conoció usted, no tuvo otro intento que humillarme; usted no ha creído
satisfecho su deseo sino cometiendo una acción como ésta, que quiere disculpar
con los agravios que antes había recibido.
-Yo
no he tenido el intento de humillarla a usted, y mucho menos cuando usted se ha
humillado hasta mí, sin que yo me tomara el trabajo de hacerlo.
-¿Cómo?
¿Yo?...
-Sí;
¿usted no sabe lo que dicen todas las personas que frecuentan su casa? Pues
dicen, llenos de admiración, que usted ha tenido el capricho de amarme
ciegamente. Y los muy imbéciles no cesan de hacer mil aspavientos sobre el
hecho, asegurando que esa pasión es la mayor deshonra que puede caer sobre una
familia.
-¡Y
dicen que yo!... -exclamó Susana ruborizándose, lo cual no era en ella
frecuente.
-Sí;
bien lo sabe usted. Yo por mi parte he juzgado eso de diversa manera. Pasajeros
arrebatos de sensibilidad, que lo mismo conducen a un amor imaginario que a un
rencor caprichoso, no son otra cosa que coquetería, para entretenimiento de los
socios del estrado y de la tertulia. ¿No es esto cierto?
Susana
iba a decir instintivamente sí, pero
se contuvo, y creyó poder dar una contestación conveniente con estas palabras:
-Usted,
si bien se mira, más debiera sentir hacia mí agradecimiento que ese vivo
rencor, que yo no he merecido de nadie.
-No
siento ya rencor -dijo Martín sentándose junto a ella-; he sentido, sí,
despecho en algunas ocasiones. De los agravios que recibí de otras personas de
la familia, no era usted responsable, y si me lastimó en mi dignidad la primera
y última vez que nos vimos, no fue esa la causa de lo hecho últimamente. Yo me
apoderé de usted con el único objeto de conseguir por un medio violento e
inmoral la [247] libertad de mi pobre
amigo. En mi extravío no atendí a la gravedad del hecho. Usted personalmente no
me inspiraba entonces sino una absoluta indiferencia.
Susana
se sintió herida con estas palabras. Hubiera preferido que el motivo de su
secuestro fuera un sentimiento personal hacia ella, aunque este sentimiento se
llamara odio o venganza. El no ser más que un instrumento para fines extraños
sublevó en ella su orgullo.
-De
modo que no he sido sino un instrumento de sus crímenes -dijo con el tono y la
mirada que eran en ella habituales en los grandes momentos de despotismo.
-Sí;
ha sido usted un instrumento; mas no para cometer un delito, sino para
evitarlo.
-¿Y
se ha evitado ese crimen? ¿Está libre Leonardo?
-No;
pero ya no me importa. Yo espero entrar en su cárcel y sacarlo sin auxilio de
nadie.
-¿Usted?
-preguntó ella con incredulidad.
-Sí;
yo mismo. Lo he de hacer, o he de morir intentándolo -repuso Martín con la
mayor entereza.
-¿Qué
poder tiene usted para eso?
-Para
eso y para mucho más tal vez espero obtenerlo. Estoy resuelto a arrostrar la
muerte, a intentar lo más atrevido, a dar un golpe con cierta arma que la
casualidad ha puesto en mis manos.
-¡Ah!
Ya comprendo -dijo Susana-. Usted se ha dejado seducir por esa gente que ahora
mete tanto ruido; per los fernandistas, y como dicen que va a haber trastornos
se aprovechará de ellos para hacer alguna atrocidad.
-No
me han seducido los fernandistas. Todos los que conozco son, o ambiciosos
vulgares, o malvados hipócritas; pero aunque comprendo estos vicios, yo me
alegro de la turbación que preparan; sí, me alegro con toda mi alma, y en medio
de ella, ayudado o solo, espero intentar lo que siempre ha sido para mi un
sueño o una vaga esperanza. Yo siento en mí un afán de actividad, un impulso
que me lleva a acometer algo, a expresar con hechos lo que pienso y lo que
deseo. No hay tormento mayor que el que yo padezco; solo, sin sentir junto a mí
una voz que hable lo que yo hablo; privado de todos, absolutamente de todos los
medios para realizar lo que llevo aquí en esta cabeza, no hallando ninguno de
esos amigos del pensamiento con quienes se entabla relación más íntima que con
los del corazón; aislado, resistiendo la influencia de hombres infames o
engañosos; viviendo pasivamente y como sujeto a una fatalidad ciega, sin poder
vivir con mi propia vida; convertido en juguete de ajenas pasiones, me consumo [248] en un eterno e
inútil esfuerzo. Parece que me encuentro en un desierto, y soy como el esclavo,
que nada puede hacer por cuenta propia. Mi carácter, consistente y osado,
forcejea como los locos cargados de cadenas, y de nada me vale mi resolución;
no puedo hacer otra cosa más que hablar; hablar sin descanso, denunciando la
miseria que nos rodea. Quisiera herir con mi lengua, ya que no tiene la virtud
de convencer. Yo no puedo vivir así mucho tiempo; yo necesito hechos para que
mi vida no sea un continuo monólogo de desesperación. Me muero, me aniquilo en
esta pueril ocupación de arrojar mis ideas a la frente de los que me escuchan,
asombrados de mi atrevimiento. ¡Pensar, pensar siempre en el mayor de los
tormentos!
Muriel
estaba excitado, conmovido, y parecía que todo aquello que dijo le molestaba
como molesta un cargo de conciencia, y que se desahogaba a la primera ocasión.
Susana le oyó con cierto respeto supersticioso, como se oye una revelación; no
perdió ni una sílaba y dio un gran suspiro. En aquellos instantes Martín se
elevó a sus ojos cual nunca se había elevado.
II
-Yo
pugno sin cesar por salir de esta situación -continuó el joven filósofo-. Por
eso se me ve adoptar resoluciones raras; por eso imagino... no sé qué... y si
no encontrara dentro de poco un medio más propio para salir de esta situación
dolorosa... yo no sé lo que haría. Así, comprenderá usted acciones que atribuye
a malos instintos o a venganzas ruines que no caben en mi carácter. Yo no puedo
seguir más tiempo condenando con el pensamiento a las miserias que veo; yo
necesito destruir algo.
-Yo
siempre lo juzgué a usted temible -dijo Susana sintiéndose débil, pequeña y muy
humillada ante la enérgica voluntad de su interlocutor-, pero nunca me ha
parecido tan violento. Comprendo que infunda miedo y que todos le señalen como
un peligro. ¡Cuántos males no puede causar quien dice que necesita destruir!
¡Infelices los que caemos bajo ese anatema!
-No
es que yo deseo el mal de los demás -dijo Martín vivamente enojado de que no se
le entendiera bien-; es que es preciso, es indispensable un trastorno tan
grande, que no sea posible evitar grandes desventuras... Yo me inspiro, en el
bien, una sed inextinguible y furiosa del bien de mi patria es lo que enardece
mi espíritu. [249]
Cada
vez se elevaba más a los ojos de Susana, que, amante de lo que saliera de los
límites de la vulgaridad, no podía menos de presenciar con asombro y hasta con
entusiasmo los ardorosos arranques de aquel carácter, en perpetua propensión a
buscar altos fines. Ella no había visto nunca un hombre así; no conocía ni aun
de oídas, ni por la lectura, un hombre semejante; y aquí viene como de molde
explicar algunas particularidades anteriores a esta escena, y que le sirven de
luminoso antecedente.
La
primera vez que Susana oyó y vio a Martín en la Florida, las palabras y el
aspecto de éste hicieron honda impresión en su alma. El carácter de Susana era
a propósito para que en ella encontrara eco la insolente elocuencia del joven
revolucionario, al condenar la sociedad de su tiempo. En el fondo del
pensamiento de la dama existía también, aunque algo atenuada por la educación,
una protesta contra lo que estaba viendo a su lado desde que tenía uso de
razón. De clara inteligencia, de temperamento apasionado, de espíritu también
osado y viril, ningún ser existía más propio para recibir los sentimientos y
las ideas de Martín, y fecundarlas, dándoles nueva vida y desarrollo. Ella era
a propósito para que entre ambos se estableciera una simpatía vivísima. Pero
había asimismo en su carácter una cualidad que contrapesaba esta asimilación
con el carácter del joven; había en ella el orgullo, que a veces lo absorbía
todo; orgullo de raza, indomable, como si reuniera en su cabeza la altivez de
todos sus antepasados. Este sentimiento la impulsaba a apartar la vista con
horror de aquel hombre sin posición y sin fortuna, que había tenido el
atrevimiento de agradarle, y experimentó ante él tantas y tan varias
sensaciones, que ni ella ni nosotros podremos expresarlas mientras no se
invente una palabra que a la vez signifique el amor y el desprecio.
Desde
aquel día esta idea no la dejó libre un momento. Cada vez le infundía mayor
admiración, y cada vez se avergonzaba más de la flaqueza de su inclinación. A
solas con su pensamiento, la dama se complacía a veces en deponer
convencionalmente su orgullo, dejándole a un lado, como dejan los cómicos entre
bastidores la púrpura y la corona con que han hecho el papel de reyes; y
entonces construía una sociedad a su manera, con una igualdad a su antojo, sin
las diferencias crueles que separan eternamente a lo que por la Naturaleza
debiera estar unido. Estuvo muchos días dominada por tan contrarios
sentimientos. La superioridad moral que desde el principio notó en Muriel se
ofrecía constantemente a su pensamiento confundiéndola [250] y fascinándola. Ella amaba todo lo maravilloso, todo
lo grande, todo lo que estuviera reñido con lo vulgar, y a pesar de una
aparente frivolidad, hija del roce y de la educación, en el fondo de su alma
sentía profundo desdén hacia los petimetres afeminados de su pequeña corte.
Pero
no podía descender; era preciso elevarle a él hasta ella, y he aquí cuál fue su
idea dominante hasta el día del secuestro, que la turbó por completo. Determinó
poner en práctica cuantos medios estuvieran a su alcance para elevarle. ¿Cómo?
Introduciéndole en su casa, haciéndole aficionar a la vida de etiqueta,
obligándole a que dirigiera sus aspiraciones a conseguir un título, honores,
riquezas. Los accidentes de la entrevista la noche de la cita indican bien
claro las ideas de uno y otro, y el ningún éxito de la primer tentativa. Todos
los esfuerzos se estrellaban contra la firmeza de Martín, incapaz de doblegarse
ante ninguna especie de coquetería.
En
la escena que ahora referimos, Susanita experimentaba impresiones muy
singulares. Su fascinación aumentaba a cada palabra; cada vez le veía más
grande, creciendo siempre a su lado y dejándola allá abajo rodeada de su pueril
y afeminada corte de petimetres ridículos y viejos verdes. Y sin saber por qué,
tal vez por el transitorio estado de indigencia a que se hallaba reducida, el
orgullo se adormía en su pecho, dejándola libre para amar a su antojo. Parecía
que el estar en aquel sitio, el agravio que había sufrido de aquel mismo
hombre, eran una severa lección que aceptaba resignada.
Aquella
noche, pues, no sintió ninguna de las repentinas exaltaciones de su orgullo,
semejantes a crispaduras de nervios, tan violentas como imprevistas. Estaba
amansada, como vulgarmente podría decirse, sin duda porque había comprendido la
imposibilidad absoluta de imponerse a aquel hombre, subyugándole a su deseo. No
era posible transformarle para que la sociedad le permitiera poner los ojos en
una dama de alta clase. Ya no había remedio; era preciso aceptarle tal como era,
encarnación viva de los resentimientos populares contra los privilegios
hereditarios y la nobleza.
III
-Pero
usted va a perecer en esa lucha -dijo Susana-. Serán más fuertes que usted y se
defenderán. Ahora mismo, si mi familia descubre donde estoy y vienen y le
hallan aquí, ya puede considerarse vencido para siempre. [251]
-Es
verdad; yo camino desde hoy por una senda rodeada de profundos abismos; pero
tantos y tantos peligros no me quitarán la idea de intentar lo que intento.
-Quién
sabe -dijo Susana, como quien siente una inspiración repentina-, Tal vez no sea
un sueño; tal vez esté destinado que todo eso a que usted aspira sea realidad
algún día. Yo no se por qué tengo el presentimiento de que estamos amenazados
de un gran trastorno. Yo, como mujer, no entiendo de ciertas cosas; pero me
parece... Yo creo que el mundo debiera ser de otro modo. ¡Oh!, si fuera cierto
que algo ha de pasar, yo no dejaría de presenciar con gusto su elevación al
puesto en que le corresponde estar. Tengo un presentimiento vago de que esto
que digo ha de suceder. Y no es de ahora esta idea mía, es de hace mucho
tiempo. Si viera usted cuántas horas de aburrimiento y de tristeza he pasado
viendo desfilar por delante de mí la turba de galanes ridículos, de abates
despreciables, de clérigos vanos y soberbios, de señorones ignorantes, y me he
preguntado: «¿Pero no hay más hombres que éstos en el mundo?» Yo decía: «En
otra parte debe de haber algo que yo no conozco; todo no puede ser así, y si
es, sin duda es preciso que alguno venga y lo trastorne todo». Esto ha sido
siempre en mí una confusa idea, semejante a lo que se recuerda de los sueños
muy obscuros y lejanos. Creo que nunca he hablado de esto con nadie.
-¡Oh!
-exclamó Martín con súbita alegría-. Por primera vez la oigo hablar a usted con
el corazón, y ha dicho cosas que nunca me han producido igual impresión en boca
de otros. En un momento se ha despojado usted de sus preocupaciones de raza y
de educación para mostrarme lo que yo no había sospechado nunca que existiera.
-Sí
-continuó la dama-. Por eso, al oírle a usted por primera vez, me pareció que
recordaba algo. Al mismo tiempo me causó gran asombro y hasta cierto respeto el
valor que se necesitaba para ser una excepción entre todos los demás, y decía
yo: «Por fuerza ha de ser cierto lo que este hombre dice».
Martín
oía con asombro las palabras de la petimetra, que revelaban sinceridad
profunda, y no fue indiferente a la expresión de sus sentimientos, libres en
aquel momento de las afectaciones de la coquetería y de los arrebatos del
orgullo. Tenía él cierta vanidad en creerse autor de tal transformación,
verificada al contacto de su palabra, y la animaba a proseguir expresándose con
la misma verdad. [252]
-Usted
-le dijo- me ha comprendido al fin. ¡Cuánto vale para mí esa revelación! Una
cosa extraño, y es que habiéndome juzgado entonces del modo que yo más deseo,
se mostrara después tan díscola y soberbia conmigo.
-¡Ah!
-respondió Susana, sintiendo otra vez la punzada de la dignidad herida-. Usted
quiso humillarme de una manera cruel y descortés; usted se burlaba de mí
después de haber bailado juntos. Yo me sentí tan ofendida, tan ultrajada, que
en mi vida he tenido cólera mayor. Lo confieso; me avergoncé de haber
encontrado admirable su modo de expresarse. ¡Con cuánto placer le despreciaba!
Yo no podía consentir que usted me tratara como igual, y aquel día, después que
usted desapareció, padecí de un modo horrible.
-Pues
yo sentí cierta alegría feroz: en el primer instante juré venganza; pero
después, ¡cómo me complacía recordar la escena!... Mi familia había recibido
grandes ofensas de la de usted.
-Ya
lo sé... -contestó Susana con amargura- Y yo soy la destinada a expiarlas; yo,
inocente de todo, y siempre inclinada a perdonarle a usted hasta lo más grave,
que es esta reclusión.
-Es
la única ofensa real que usted ha recibido de mí. En cambio, ¿de quién partió
la idea de mi prisión?
-¡Ah!
-exclamó Susana turbada-, no es mía sola la culpa. Cuando se me amenazó con
eso, yo no tuve valor para oponerme, y dije al marqués que tendría gran placer
en verle a usted castigado. Pero yo he tenido siempre una fe supersticiosa en
la superioridad de usted, y creía, acá para mí, que triunfaría de todas las
persecuciones de aquellos hombres por la grandeza de su destino. Yo me decía:
«Es imposible que le prendan». Si hubiese sabido que estaba usted en la
Inquisición y amenazado de muerte, mi trastorno hubiera sido tan grande que de
fijo habría hecho una gran locura. Únicamente me hubiera conformado con su
prisión si de ella salía igual a mí; igual a mí por el nacimiento y la
posición.
-¿Usted
me envió una caja con dinero?
-Sí;
yo fui. En aquellos días estaba trastornada, y fui tan necia que le creí
accesible a la seducción del oro. Me pareció que aquel obsequio serviría para
hacerle entrar en el camino en que yo quería verle.
Cada
vez iba Martín leyendo más claro en el corazón de la hija de Cerezuelo, que,
aguijoneada por la pasión, se sublevaba contra las preocupaciones nativas y los
resabios de educación. [253]
-Yo
-continuó ella- recibo el castigo de faltas que no he cometido. Usted
triunfará; tengo la seguridad de que será favorecido por la Providencia... no
sé por qué lo creo así, pero tengo una seguridad firmísima. Me parece que no ha
de poder ser de otra manera, y que las cosas del mundo lo exigen así de un modo
ineludible; usted crecerá a cada paso que dé por ese camino y se embriagará con
sus triunfos, viendose elevado sobre todos los demás. Yo, en cambio, he
concluido para siempre. Dada mi posición y mi nombre, este acontecimiento es
como una muerte. Robada en un baile de Lavapiés, todos creerán que he cedido a
la seducción de un libertino; y al hablar de esto, todos supondrán en mí una
deshonra que no existe. Seré despreciada, aun por los míos, y siempre llevaré
sobre mí una afrenta que nadie puede borrar.
-Si
no lleva usted mancha en la conciencia, ¿qué importa el juicio de personas
frívolas, incapaces de sentir ni aun de soñar lo que usted siente?
-Sí,
mi conciencia está tranquila; pero yo tengo al mundo un apego que no sabré
nunca vencer; yo voy a vivir ahora una vida de desesperación, azotada
públicamente por el desprecio de todos, y se me destinará a un convento, donde
me moriré de lo mismo que usted se moriría en la Inquisición: de rabia.
-Pues
bien -dijo Martín con una idea súbita, que por unos segundos vaciló en sus
labios sin acertar a expresarse-; pues bien; no me abandone usted, no vuelva
usted con su familia.
Susana
oyó aquella proposición con menos espanto del que Muriel suponía, y le miró con
atención como si no estuviera segura de que hablaba con completa seriedad.
-¿Que
no vuelva?... -dijo, experimentando una gran confusión de ideas y queriendo
buscar el verdadero sentido de aquella terrible propuesta.
-¿Aún
creo usted que no somos iguales? -preguntó Martín, planteando resueltamente el
problema de la igualdad- ¿No valgo yo por lo menos como otro cualquiera de esos
que diariamente le rodean a usted?
Susana
no contestó y seguía mirándole.
-Pero
usted no se atreve -añadió Muriel-. Usted no se halla con fuerzas para luchar
contra ciertas cosas y personas. Teme más la ignorancia y las preocupaciones de
los demás que los propios dolores. ¡En qué situación hemos venido a
encontrarnos después de haber estado en pugna tanto tiempo! Usted me ha
descubierto en su alma tesoros que yo no conocía; pero usted se halla atada a
esta sociedad [254] por lazos
indisolubles. No ha tenido, como yo, el valor de romperlos, y gemirá en
perpetua esclavitud, aborreciendo su cadena, como todos los esclavos. Yo le
ofrezco a usted otros lazos. Se me presenta la ocasión de hacer una prueba
decisiva, y no la dejaré pasar. Oigame usted y decida.
La
joven estaba pendiente de las palabras de Muriel, como si fuera el confesor que
había de absolverla de infinitas culpas.
IV
-Oyéndola
a usted esta noche -prosiguió-, he creído percibir un eco de mi propia voz en
la suya. ¡Qué dulce es encontrar quien sepa entender nuestro lenguaje! Acabe
usted de mostrarme un gran corazón y un gran carácter.
-¿Cómo?
-No
separándose ya de mí. Usted no se atreve. Eso sería un heroísmo de que usted no
es capaz. Desde esta noche ya no es ni puede ser usted para mí lo que antes
era. La miraré siempre con respeto, y todos los agravios están perdonados. Pero
haciendo lo que digo, renunciando por mí a sus preocupaciones, uniendo su
suerte a mi suerte, usted me confundiría, lo confieso; yo me encontraría
pequeño, y entonces... ¡sí, verdaderamente humillado! Aborrecido o despreciado
de todos, mi vida encontraría en esa unión un reposo y un estímulo para seguir
adelante en mi jornada. Creo que no tendría bastante vida para agradecerlo y
celebrarlo, pues si en otra cosa no, en esto habría conseguido una gran
victoria. Me parece que con sólo ese ejemplo, al paso que aseguraba mi
felicidad y me ligaba con los lazos más dulces, me parece, digo, que destruía
la obra de cien siglos. Baje usted, puesto que ni la sociedad ni mis ideas
pueden permitir que yo suba. Usted, que conoce de qué manera aborrezco, puede
comprender de qué modo sé amar.
Muriel
se había expresado con profunda emoción, y Susana, moralmente hundida al peso
de aquella proposición, se abatía más a cada frase. Callada estuvo largo rato,
con la vista fija en el suelo, hasta que al fin, súbitamente, y como si
sintiera una inspiración, dijo muy agitada:
-Sí;
lo haré... lo haré.
-¡Oh!,
usted no se atreve. Necesita parecerse a mí aún más de lo que se parece. Su
orgullo sofocará todo sentimiento, y preferirá la coquetería de los estrados y
la ocupación [255] de enloquecer a mil
hombres torpes y corrompidos, a ser compañera y consuelo de un hijo del pueblo,
fatigado por sueños insensatos y condenado a ser objeto de terror ante todas
las gentes. Usted no se atreverá a bajar hasta mí.
-Sí;
me atrevo, lo haré -contestó Susana con resolución.
Martín
halló en su semblante, visto al resplandor de la luna, la expresión de la
verdad, y se convenció de que en el ánimo de la joven, atribulada por espantosa
lucha, habían triunfado la pasión y la naturaleza de la soberbia y de la
educación. Aquel triunfo despertó en él un entusiasmo que en asuntos amorosos
dormía oculto en su pecho como tesoro guardado para una alta ocasión. La
interesante y extraordinaria hermosura de la joven, su nombre, su posición, su
carácter, dieron proporciones a aquel triunfo alcanzado a la vez por el
filósofo y por el hombre. Desde aquel instante la amó como se ama a los objetos
hallados después de largas indagaciones, como se ama a los problemas resueltos,
y con ese especial cariño que ponen los hombres de genio a los ideales hijos de
su pensamiento. Vio entonces una nueva fase de su vida, y si hasta entonces la
ternura ocupaba hueco muy pequeño en su corazón, desde entonces creyó que no le
sería posible vivir sin aquello.
-Cuando
lo digo, estoy segura de que lo haré. En un momento he meditado bastante sobre
ese problema terrible, y no vacilo. Yo juro no unirme a hombre alguno y
destinarme por mí misma y sin permiso de nadie al que yo he elegido. Si no lo
hiciera, creo que me moriría de pena.
-Bien;
yo la devolveré a usted a su familia, y más tarde...
-Más
tarde, después, yo, por mi propia voluntad y libremente, lo dejaré todo,
renunciaré a todo e iré en busca de lo único con que me quedo.
-¿Tendrá
usted valor?
-Tendré
momentos de duda; pero mi corazón se desborda demasiado y no lo podré contener.
Iré.
-Yo
parto a Toledo esta noche.
-Y
yo iré también en esta misma semana.
-¿Lo
jura usted?
-Lo
juro. Iré.
-Alguna
deidad existe que nos ha protegido esta noche y nos ha inspirado. Esperemos ese
día que ha de venir, ese día en que yo la vea entrar a usted por las puertas de
mi humilde morada.
Los
dos jóvenes se abrazaron casta y noblemente, como esposos largo tiempo unidos
que se separan por primera vez. [256]
-Vamos
-dijo Martín, sosteniéndola y encaminándose a la galería.
Pero
apenas habían andado dos pasos cuando sonaron golpes tan fuertes en la puerta
de la calle, que parecía que la echaban al suelo.
-¿Quién
viene?... ¡A esta hora!
-¡Rompen
la puerta! -dijo Susana muy asustada-. Se oyen voces de mucha gente.
-¡Ah!,
sí -dijo Muriel prestando atención-; son muchos. No puede ser más que la
justicia.
-¡Huya
usted!... Han descubierto que estoy aquí y me vienen a salvar. ¡Huya usted!...
Pero ¿por dónde?... si están ya en la calle.
-Yo
puedo salir por otra puerta a los Pozos de Nieve.
-¡Ah,
ya entran!... Escuche usted: es la voz del marqués... la voz del doctor...
-dijo Susana-. ¡Huya usted! Yo estoy segura. Déjeme usted pronto.
En
efecto, la voz de las personas citadas se sentía bien clara en el portal.
-¿No
hay nadie en esta casa? -exclamaba el marqués, admirado de encontrar tan sola
la que creía guarida de ladrones.
-¡Huya
usted! -decía Susana a Martín-. Ya estoy segura.
-Sí,
me voy. Son amigos. Adiós.
-Hasta
luego -dijo la joven.
-Hasta
luego -contestó Martín dirigiéndose al otro extremo de la galería con gran
precipitación.
De
allí bajó al patio interior, y, sin ser visto ni molestado por nadie, salió,
mientras el doctor, el marqués y un sinnúmero de criados y alguaciles rodeaban
a Susana con alborozo, muy asombrados de encontrarla viva.
Capítulo
XXII
El espectro de Susana
I
Huyendo
del loco, Sotillo salió despavorido de la casa, y no había andado veinte pasos
cuando otro hombre, que estaba oculto en el hueco de un portal, le detuvo y le
dijo:
-¿Ya
has despachado?
-Erré
el golpe... me ha pasado un fracaso... no he podido. Un maldito espantajo... [257]
-¡Qué
gallina eres! Si D. Buenaventura me hubiera encargado a mí esa comisión...
El
personaje que así se expresaba no era otro que el famoso héroe llamado Pocas
Bragas, a quien conocimos en casa de la Pintosilla; hombre célebre por su
reciente excursión a Ceuta, de donde volvió con grandes datos y novedades para
su arriesgado oficio.
-Buena
la has hecho. Ya no te pongas más delante de D. Buenaventura.
-Mira
lo que pienso hacer... pero alejémonos de aquí... Escucha -dijo Sotillo
apretando el paso-. Quedamos en que le haría una señal en cierta casa. Él tiene
en mí una confianza... Voy, doy dos golpecitos en la ventana y se la encajo.
-¿Qué?
-La
gran bola de que desempeñé la comisión. Verás cómo le saco los mil reales que
me prometió.
-¡Mil
reales! ¡Cosa más rara! En mis tiempos no valía eso más que cuatro duros, y
hasta por treinta reales despaché yo...
-¿Qué
te parece lo que pienso hacer? ¿No me ves cómo estoy manchado de sangre?
-¿Pero
quién te ha herido, endino? Cuenta lo que te ha pasado.
-Déjalo
para después... te diré... aquel figurón... yo no había visto nunca aquel
hombre... la verdad, chiquillo, me dio miedo.
-Verás
como no te da los mil reales.
-Verás
como sí. Tiene en mí una confianza...
Con
estas y otras razones llegaron a la calle del Factor. Esperó el uno tras la
esquina y el otro hizo su señal; salió Rotondo, como sabemos, y en la turbación
que dominaba en espíritu no dudó un momento que el hecho estaba consumado, y
más viendo manchado de sangre el brazo de Sotillo. Pero toda la elocuencia de
éste no logró sacarle el dinero, por lo cual los dos héroes partieron muy
alicaídos en dirección a los barrios bajos.
-¿Vas
a casa de la Pintosilla? -dijo el uno.
-¡Quiá!
Si está presa. Vámonos adonde Meneos.
Pues
vamos a casa de Meneos. Buena te espera cuando el Sr. Rotondo descubra que le
has engañado.
-Es
que no me verá el pelo por jamás amén, porque mañana me voy a Sevilla, en donde
me han hecho una proposición...
No
podemos seguirlos en su diálogo, porque en otra parte pasa algo que exige
nuestra atención. Una vez que Rotondo [258] volvió al cuarto de Cárdenas después de haber hablado
en la calle con Sotillo, los dos amigos trataron de la entrega de los veinte
mil duros, y el afligido tío de Susana no pudo al fin eximirse de entregar la
llave de la caja. Ya hacía largo rato que D. Buenaventura se ocupaba muy
tranquilamente en contar el dinero que necesitaba, cuando se sintió ruido en el
portal.
-Es
que vuelven de buscar a Susana -dijo D. Miguel muy agitado-. Es preciso que yo
salga con el mayor interés a preguntarles; ¿no le parece a usted?
-¡Excelente
idea! Sí. Conviene que haga usted bien su papel en esta comedia.
-Cierre
usted la caja; guarde usted ese dinero. Coja usted en su mano las pelucas y
haga como que se despide.
Rotondo
hizo todo lo que Cárdenas le mandaba, y salió por la puerta excusada. Don
Miguel se levantó entonces del lecho y abrió la puerta de su despacho, en el
momento en que se sentía más cercano el ruido de los que subían la escalera.
-¿Qué
hay? -dijo asomándose; pero apenas había articulado esta pregunta lanzó un
grito agudísimo y desgarrador, y cayó al suelo como herido del rayo. Lo primero
que vio al abrir fue la figura de Susana, que, sonriendo, le dijo:
-Tío,
ya estoy aquí.
Todos
entraron en el despacho a auxiliar al señor de Cárdenas, a quien juzgaron
víctima de una impresión de alegría. El pobre hombre tardó mucho en volver de
su desmayo.
Capítulo
XXIII
El pastor Fileno
I
El
curso de los acontecimientos de esta historia exige que nos traslademos a
Aranjuez, residencia entonces, a más de la corte de España, de los señores de
Sanahuja y de su pastoril engendro Pepita, que se encontró como el pez en el
agua al recorrer la huerta y el soto. ¡Cuán superiores eran aquellos sitios a
la casa de Madrid, donde no se conocían los placeres que proporciona la
contemplación de la Naturaleza, ni se espaciaba el ánimo libremente respirando
aires puros y extendiendo la vista por praderas más o menos [259] risueñas, en cuyo
fondo se destacaban las grandiosas y seculares arboledas de la Isla y del
Príncipe!
Pepita
no cesaba de establecer esta comparación, haciendo notar las ventajas del campo
con un entusiasmo que concluía por aburrir a cuantos la rodeaban, pues no se
oían en su boca otras palabras que éstas: «Papá, mire usted aquel árbol; ¿no ve
usted aquella nube? Mamá, ¿qué te parece ese arroyo que va serpenteando hasta
traspasar todo el llano?» Con tales razones pasó la mañana, insensible a las
súplicas de su madre, empeñada en que cosiera, bordara o se consagrara a cualquiera
de los menesteres propios de su sexo. Esto no era posible. Pepita tenía su
cabeza organizada de tal modo, que no cabían en ella otra cosa que las
contemplaciones en que la vemos constantemente embebida. En nuestra época
hubiese sido lo que hoy designamos con la palabra romántica; pero como entonces no existía el romanticismo, la
sobreexcitación cerebral de la joven Sanahuja se alimentaba de interminables
deliquios, en que todos los campos se le antojaban Arcadias y ella pastora,
según había leído en sus endiabladas poesías.
Recorría
la campiña con su libro (pues había logrado substraer uno de los secuestrados
por su padre), se sentaba bajo los árboles, leía en voz alta, se recostaba
sobre la hierba, hacía traer un par de ovejas y otros tantos cabritos, que
adornaba con cintas y flores. Después le parecía impropia la lectura y mucho
más conveniente el recitar de memoria, y así lo hizo, hasta que se cansó de
este monótono ejercicio y se quedó muy triste, notando que le faltaba una cosa
importante, indispensable, una cosa de que no se podía prescindir para que
aquella farsa tuviera visos de sentido común: le faltaba el pastor.
Fija
esta idea en su imaginación, no tuvo paz en todo aquel día. Era preciso buscar
un pastor. ¿Pero dónde, quién? Digamos en honor suyo que este deseo no
significaba para ella una aspiración amorosa; era simplemente una exigencia de
escena, y sus sentimientos, respecto al soñado compañero de sus retozos
pastoriles, eran puros hasta la insulsez. En aquella naturaleza todo era
empalagoso como la literatura que la inspiraba.
Y
el Cielo, propicio siempre con los locos, le deparó lo que buscaba. Aquella
tarde, en el momento en que los rayos del sol trasponían por el horizonte,
dejando en las copas de los árboles, en los techos de las casas y en la
superficie del Jarama resplandecientes rastros de luz y perfiles y destellos de
mil colores; en el momento en que las ovejas se aproximaban unas a otras,
buscando cada una [260]
abrigo en las calientes lanas de las demás; cuando salía el humo de los techos
y empezaban a pedir la palabra las ranas para su discusión nocturna; cuando la
Naturaleza se adormía, impresionando los sentidos con recuerdos virgilianos,
Pepita encontró lo que deseaba, encontró su pasto en un chico que, habiéndose
presentado unos días antes en la puerta de la casa hambriento, cubierto de
harapos y pidiendo limosna, fue recogido por los colonos, que eran gente
compasiva. Este chico le pareció desde el primer momento tan propio para el
caso, tan interesante por su color tostado, sus grandes y expresivos ojos y su expresión
inteligente, que no vaciló en poner en ejecución su pensamiento. A pesar de la
repugnancia de sus padres, el chico fue arrancado al pastoreo de los cerdos en
que le tenían ocupado; se le dio de comer y de beber a cuerpo de rey, se le
arregló una cama en la casa, y al día siguiente las ovejas, los criados y los
labradores le vieron en la huerta coronado de flores y de cintas, y muy
satisfecho del papel que estaba desempeñando. Se le puso el nombre de Fileno, y
los cerdos se quedaron sin su guardián.
Los
señores de Sanahuja, aturdidos todo el día por los saltos, juegos y cabriolas
de María y de Fileno, que triscaban de lo lindo en la huerta y en el soto,
determinaron poner mano en tal abuso, quitándole a su hija aquel juguete que
debía volverla más loca. Con este propósito, llamaron al infantil pastor al
estrado y entablaron con él el siguiente diálogo, que es indispensable
reproducir con toda puntualidad,
-¿Cómo
te llamas?
-Pablo
-contestó el chico con timidez.
-¿De
dónde eres?
El
muchacho alzó los hombros para expresarse que no tenía idea de la patria.
-Éste
es un vagabundo de esos que no se sabe quién les ha parido, y no parece sino
que salen de las piedras -dijo la señora-. ¿De dónde vienes?
-De...
de... -contestó el pastor recordando-, de... de un pueblo que está lejos,
lejos, lejos.
-Pues
nos dejas enterados. ¿Tienes padres?
Fileno
movió la cabeza para decir que no, y clavó la barba en el pecho avergonzado de
las penetrantes miradas de aquellos señores.
-¿Conque
no sabes dónde estabas antes de venir aquí?
-En...
en... -contestó recordando-. ¡Ah!, en Chinchón.
-¿Son
de allí tus padres?
-No,
señor. Yo estaba allí con Mediodiente. [261]
-¿Y
quién es ese Sr. Mediodiente?
-Uno
que lleva títeres a los pueblos cuando las fiestas.
-¿Y
tú dejaste a ese saltimbanquis, o él te echó de su casa?
-Yo
me fui solo, y lo dejé porque me quería poner de barriga en la punta de un palo
que él cogía con la boca... Así...
Y
Pablillo se puso su cayado en la boca, queriendo imitar la habilidad de su
patrono el Sr. Mediodiente.
-A
mí me ponía en la punta, allá arriba, pinchado por aquí, por la tripa.
-¿Y
te pusiste tú?
-Lo
hicimos en casa algunas veces para hacerlo después en la plaza; pero me daba
mucho miedo, y aquella tarde, antes de la función, me marché por el camino.
-¿Y
has venido pidiendo limosna hasta aquí?. Y ese Mediodiente, ¿dónde te tomó?
-En
el camino. Allá por onde Arganda. Yo
estaba con otros chicos pidiendo.
-Y
entonces, ¿de dónde venías? ¿Dónde estabas tú antes de salir por esos caminos?
-¿Yo?...
allí onde el tío Genillo. Pero me
pegaban, y una mañana...
-Te
fugaste. ¿Era la casa de tus padres?
-No;
no, señor. Era onde la tía Nicolasa,
y la señorita y D. Lorenzo. Como me estaban siempre pegando, me fui de la casa.
-¿Y
no te acuerdas en qué pueblo estaba esa casa? Tú tienes cara de ser un truhán
redomado.
-Estaba
en... en Alcalá.
-Buenas
cosas habrás tú hecho en esa casa. Cuando te pegaban no sería por cosa buena...
¿Pero tú no tienes algún pariente, no tienes hermanos? ¿Tú te acuerdas de tus
padres?
-Sí;
yo me acuerdo... mi padre estaba en la cárcel y yo con él.
-Buena
pieza sería también el pobrecito, ¿no es verdad, Cleto? -dijo la señora.
-¿Y
te acuerdas del apellido de tu padre?
-Se
llamaba como yo.
-¿Pablo?
¿Y qué más?
-Pablo
Muriel.
-A
ver, a ver -dijo el Sr. de Sanahuja, recordando-. Me parece que... ese nombre
no me es desconocido. ¿No es ese aquel administrador del conde de Cerezuelo, a
quien encausaron? [262]
-Sí;
D. Pablo Muriel. Y precisamente en Alcalá vive el Conde.
-Yo
creo que este chico debe quedarse aquí, pero en la labranza. Es una obra de
caridad; y si dentro de diez años sabe algo más que cuidar los cerdos, se le
puede ocupar en cuidar las mulas. Por supuesto, que si descubre malas
inclinaciones, con ponerlo otra vez en el camino para que se vaya con el Sr.
Mediodiente...
Mientras
los Sanahujas deliberaban sobre la suerte del pastor Fileno, éste volvió a la
huerta. El pobre chico estaba rebosando de felicidad, porque comer bien después
de tantas hambres, vestir después de tanta desnudez, oírse llamar en verso y
verse bien tratado después de tantas amarguras le parecía un sueño, una de
aquellas visiones que percibía por las noches en la casa de Alcalá, y que le
impulsaron a salir buscando aventuras como un caballero andante.
II
Engracia,
invitada por los de Sanahuja, llegó a Aranjuez al siguiente día. Desde que
acaeció la prisión de Leonardo, la pobre viudita se había desmejorado mucho,
merced a la infernal tiranía de doña Bernarda, dirigida en lo espiritual así
como en lo humano por el padre Corchón. Engracia había sido constante y firme
en sus sentimientos, a pesar de todo, y lejos de disminuir su afecto hacia la
pobre víctima de la Inquisición, se había aumentado, alimentando sin cesar una
remota y endeble esperanza. Pero no había vuelto a recobrar su buen humor, y el
trasladarse a Toledo, precisamente cuando el pobre preso había sido también
conducido a las cárceles de esta ciudad, no era el mejor medio para curarse de
sus melancolías. Doña Bernarda estaba, no obstante, muy tranquila, confiada en
la solidez probada de los muros del Santo Oficio, y creía que la pasión de su
hija se enfriaría poco a poco hasta llegar a su completa extinción.
Pero
dejemos a un lado estas consideraciones para venir a lo que ahora nos importa:
a que Engracia, entretenida en presenciar los esparcimientos bucólicos de su
amiga, y habiendo hecho al pastor Fileno un interrogatorio parecido al que
hemos copiado, comprendió al instante que era hermano del amigo de su
desgraciado novio. Al momento enteró de todo a los señores de Sanahuja,
asegurándoles que el hermano de Pablillo vivía, que estaba en Madrid, y [263] que había hecho
inútiles pesquisas por encontrar al pobre niño abandonado.
Los
padres de Pepita creyeron en conciencia que debían mandar a Pablillo a Madrid.
De este modo hacían una obra de caridad, y al mismo tiempo le quitaban a la
pastora Mirta su juguete. Así se convino, en efecto, sin más discusión, y
aunque ocurrió el inconveniente de no saber dónde Martín habitaba, Engracia lo
arregló todo diciendo que ella escribiría a D. Lino Paniagua remitiéndole el
chico para que se hiciera cargo de entregarlo a Muriel. Se notificó a Pepita la
determinación, y que quieras que no, Fileno fue despojado de sus cintas y
encomendado a unos arrieros que al día siguiente salían para la Corte. La
felicidad de Pablillo, que se había visto transportado a un Edén, donde no se
le ocupaba en otra cosa que en brincar y en poner atención a las estrofas de
Meléndez y de Cadalso, concluyó de repente, y cuando se vio en poder de los
arrieros le pareció que todo aquello había sido un sueño.
No
seguiremos a Pablillo en su viaje antes de hacer mención de la llegada a
Aranjuez de doña Bernarda, la cual, encontrándose muy sola por la ausencia de
su hija, y aún más por la de Corchón, determinó ponerse en camino, cediendo al
fin a las muchas indicaciones de los Sanahujas. Llegó con todo el cuerpo
molido, renegando de los zagales y carromateros, de la distancia, del tiempo,
de la contrariedad de habérsele olvidado su libro de horas y una pasta de
chocolate para la jornada.
-¿No
sabe usted, Sr. D. Cleto -decía a los diez minutos de haber llegado-, no sabe
usted como he tenido ayer carta del padre Corchón? No tardará mucho en volver.
¡Qué de cosas dice! Está muy ocupado. Ya lo creo. ¡Como que habrán ido pocas
personas a consultar con él negocios de Estado! ¡Pues si viera usted, D. Cleto,
el cariño que le ha puesto D. Juan Escoiquiz! ¡Vamos, que ya para él no hay más
que D. Pedro Regalado! Corchón para arriba, Corchón para abajo, y sin Corchón no
hay nada. Le digo a usted que están locos con él, y si cae Godoy, como dicen, y
sube el Príncipe, ya le tenemos obispo, y no así de cualquier parte, sino de
Salamanca o León, cuando menos, a no ser que en dos palotadas me lo hagan
arzobispo, como merece... Pero hijas, ¿no sabéis que a Pluma le han puesto
preso? ¡Si vierais cuántas novedades me cuenta! Y de Susanita, ¿no sabéis nada?
Pues hijas, se ha enamoricado de un hombre, ¡santo Dios!, del mismo Enemigo. Y
la robó una noche, y no se ha vuelto a saber de ella, pues parece que la tiene
escondida en una cueva. Si me he quedado muerta... ¡y [264] qué gente tan mala hay en el mundo, señor D. Cleto! A
mí que no me digan; si se hiciera un buen escarmiento... Pero, como dice D.
Pedro Regalado, mientras están las riendas del Gobierno en manos del Guardia...
Doña
Bernarda, sin dar tiempo a que los demás le contestaran, continuó en su charla
infatigable, ávida de desembuchar lo que traía en el cuerpo.
III
La
galera en que Pablillo debía ir a Madrid estaba preparándose en la venta de los
Huevos, y entretanto él, acompañado de otro chico de su misma edad, hijo de uno
de los arrieros, se paseaba en la gran plaza de Aranjuez en el momento en que
una gran muchedumbre se había acumulado allí para ver a las personas reales que saldrían pronto de
paseo. Entre los diversos grupos había uno en que varios hombres hablaban con
mucho calor. Pablillo, atraído siempre por todo lo que fuera animado e
imponente, se acercó, metiéndose en el corrillo sin más ceremonia, como es
costumbre en los chicos curiosos y vagabundos. Entre aquellos hombres
descollaba uno a quien los demás oían con mucho respeto y con evidente
admiración. De pronto pasaron los coches de palacio cargados de príncipes,
princesas, gentileshombres, camaristas y, por último, una pesadísima carroza en
que iban Carlos IV, María Luisa y el Príncipe de la Paz. Al pasar junto al
grupo, el hombre aquel a quien todos oían con tanta atención, dijo mirando a
los personajes regios: «Todos tienen que caer».
Pablillo
ni oyó tal cosa, ni de oírla la hubiera entendido, y corrió tras los coches
fascinado por tanta grandeza y esplendor, llamándole principalmente la atención
la escolta que custodiaba a los reyes. Él, según dijo a su improvisado amigo el
hijo del arriero, no había visto nunca cosa tan bella. Poco después salió para
Madrid, casi a la misma hora en que su hermano partía para Toledo. [265]
Capítulo
XXIV
El primer programa del liberalismo
I
En
Aranjuez tuvo Martín una excelente acogida, y hubo muchos que se entusiasmaron
de tal modo oyendole, que resolvieron seguirle a Toledo. Aquí las personas
inmediatamente ocupadas en organizar la conspiración recibieron con verdadero
alborozo al enviado de Rotondo, el único en quien aquel hombre eminente había
encontrado todas las cualidades propias para el caso. Se le enteró con
minuciosidad de los preparativos, vio las armas y conoció a cuantos estaban
dispuestos por despecho, por miseria o por espíritu de insubordinación a
tomarlas el día señalado. No es preciso decir que la mayor parte de aquella
gente no sabía lo que hacía ni por qué lo hacía. Cuando más, algunos estaban
alucinados con la generosa ilusión de que el Príncipe vendría a curar los antiguos
males, desterrando la inmoralidad, la miseria, la bajeza de los que a la sazón
gobernaban a España.
Rodeados
de todas las precauciones imaginables se reunían los conspiradores en una
casucha de la calle del Hombre de Palo, en cuyo recinto apenas cabían las
treinta o cuarenta personas que minaban el trono del Príncipe de la Paz. A la
mayor parte de ellos Muriel se les representaba con los caracteres de un hombre
extraordinario. Nunca habían oído elocuencia igual, y su voz tenía el don de
despertar en la mente de todos ideas grandiosas.
La
gran ventaja para Muriel consistía en que encontraba preparado el terreno. Él
solo, intentando formar un partido en aquella época, hubiera intentado lo
imposible, pero las circunstancias le depararon aquella ocasión. La fuerza
estaba preparada y dispuesta; él no necesitaba hacer otra cosa que infundirle
su idea, y esto lo estaba consiguiendo sin dificultad. ¡Cuántos habría allí de
voluntad floja que adquirieron grandes brios en su compañía! Muchos que sentían
gran desconfianza y timidez se llenaron de ardor, y bien pronto no hubo quien
dudara del éxito de aquella empresa.
Él
redactó en pocas horas un plan completo, no sólo para el movimiento, sino para
el triunfo, y de antemano previno lo que debía hacer la Junta de gobierno de la
ciudad y del reino, que se establecería allí provisionalmente. Esta [266] Junta había de
convocar unas Cortes generales, a las cuales competía decidir si pasaba la
corona a las sienes de Fernando. Como medidas primordiales anteriores a la
elección de Cortes, se dispondría la abolición del Santo Oficio, la
desamortización completa, la extinción de señoríos, haciendo desaparecer el
voto de Santiago, los diezmos y otros onerosos tributos. A las Cortes se dejaba
el resolver sobre los mayorazgos y el fundamento de un nuevo Derecho penal y
civil.
Este
plan cautivaba más cada día a los adeptos de la causa fernandista, que veían
ensancharse el horizonte de su primitiva idea. Eran estos hombres, por lo
general, jóvenes de la clase media, que habían recibido provechosa enseñanza en
las escuelas de aquellos tiempos, pero emancipados al fin de los seminarios y
conventos. Los que procedían de esta clase de institutos eran, por lo general,
los más ardientes. El pueblo, al principio, no se relacionaba con Martín sino
por la mediación de esta juventud entusiasta. Pero él quiso conocer qué
elementos tenía en la plebe, y exploró con afán, procurando siempre infundir
una idea a aquella muchedumbre irreflexiva. Escoiquiz no aparecía en estos
conciliábulos, ni Martín tenía tampoco grandes ganas de verle, porque estaba
decidido a obrar por su cuenta. Tres personas se presentaban allí como autores
de los preparativos y representantes de las altas personalidades del partido;
estas tres personas simpatizaron de tal modo con el joven filósofo, que éste
fue en poco tiempo el alma de la conspiración.
En
tanto, se acercaba el día y se tomaban todas las precauciones para que el éxito
fuera seguro. Se amotinaría el pueblo de Toledo con el pretexto de la carestía
del pan, apoderándose luego de la ciudad para proclamar la caída de Godoy. A
este grito mágico, que alborozaba entonces a casi todos los españoles,
responderían otras ciudades preparadas ya, como Talavera, Valladolid y
Zaragoza, donde se enviarían emisarios en el momento crítico. Los amotinados de
Toledo se harían fuertes en la ciudad, contando con el levantamiento de la
población de Aranjuez, que recibiría de la ciudad imperial grandes auxilios.
Según el pensamiento de Muriel, el grito de los primeros alzamientos sería:
«¡abajo Godoy!»; después, la Junta de Toledo, que sería su hechura, arrojaría
una idea más alta a las cuatro extremidades de la nación.
Muriel,
a pesar de ver reconocida su superioridad, no tenía confianza ciega en algunos
de los conjurados, por lo cual se ocupaba en vigilarlos con mucha atención para
cerciorarse [267] de que su
complacencia no era una vana fórmula hija del miedo que había logrado
infundirles.
-Mereceremos
-les decía Martín en las reuniones privadas, en que sólo entraban muy pocos-,
mereceremos el desprecio del mundo, si esto que ha de hacerse es un ridículo
aborto en vez de una fecunda reforma. Pedir la caída de Godoy para que todo
siga como en los días de su omnipotencia, es cambiar de cadena y probar al
mundo que no podemos vivir sin la tutela de esa familia corrompida, en la cual
no hay ningún individuo que comprenda la misión que el Cielo ha encargado a los
reyes. El primer acto de la Junta de Toledo ha de ser declarar que la familia de Borbón ha cesado de reinar en
España ¿Hay alguno que no esté conforme?
Al
escuchar esta proposición, silencio sepulcral reinó en la sala, y todos
callaban asustados del enorme alcance de la aspiración de Martín.
-¿Hay
alguno que se sienta sin valor para sostener esta idea? Es preciso decirlo,
para que nos conozcamos todos.
-No,
no. Sí, tendremos valor para eso. -contestaron a una todos los concurrentes.
-Un
pueblo que toma las armas para cambiar de tirano merece tenerlos siempre.
-¡Es
verdad, es verdad!
-Caiga
en buen hora ese hombre inmoral y presumido; pero sobre los escombros de su
poder no se alzará otro lema que el de la soberanía
de la nación.
-Sí;
esa es nuestra bandera. La Junta de Toledo la mostrará a todos los españoles el
día del triunfo -contestaron en diversos tonos los fernandistas.
De
esta manera resonó por primera vez en una asamblea de conspiradores aquel
emblema, que después había de iniciar una lucha de medio siglo entre las
aspiraciones de la inteligencia moderna y la invencible tenacidad de la civilización
antigua, apegada a nuestro carácter a pesar de tantos y tan sangrientos
esfuerzos por arrancarla. [268]
Capítulo
XXV
La deshonra de una casa
I
Mientras
llega el día de la convulsión que se preparaba, volvamos a Madrid, y a la casa
de Susana, donde ocurre un acontecimiento capital. El conde de Cerezuelo,
venido de Alcalá al saber la noticia del secuestro de su hija, se había
agravado de tal modo en su inveterada enfermedad, que se moría el pobre sin
remedio. Ya antes del suceso tenía muy contados sus días; pero la impresión que
le produjo la noticia, la fatiga del viaje y el considerar la deshonra que
sobre sus canas había caído, precipitaron su fin.
La
casa presentaba aquel día aspecto pavoroso. Por un lado, el Conde muriéndose y
en un estado de exaltación que causaba espanto; por otro, su hermano D. Miguel
afectado de una excitación nerviosa que le tenía en continuo delirio. Ambos
exigían exquisitos cuidados, y la familia se repartía junto a los dos lechos,
sin saber cuál de los dos enfermos se hallaba en peor estado. Arriba estaba el
Conde, acompañado de su hija, de Segarra, del doctor y de doña Antonia; abajo,
D. Miguel, asistido por el Marqués, doña Juana y D. Lino, que iba y venía de un
enfermo a otro, después de haber corrido medio Madrid buscando médicos, boticas
y asistentes.
El
Conde conocía su fin y conservaba el uso de sus facultades intelectuales, lo
cual le permitió hacer un nuevo testamento. Después de un período de exaltación
en que increpaba a su hija, se había quedado sereno, tratando sin duda de
apartar la mente de las miserias de la tierra para elevarla a Dios en aquel
trance supremo. Cuando Susana apareció y se la presentaron, después de haberle
preparado, hizo un movimiento de horror, cerró los ojos y extendió las manos
como para apartarla de sí. La joven se quedó sentada en una silla junto al
lecho, muda, aterrada, sin atreverse a proferir palabra ni a hacer el menor
movimiento, clavada en su asiento, con los ojos fijos en su padre, como si
asistiera a la sentencia final en presencia del Supremo Juez.
Nadie
se atrevía a dirigirle la palabra, porque parecía [269] que todos se juzgaban partícipes de su falta con sólo
acercársele. Lo que pasaba por ella en tales momentos no es fácil de adivinar,
ni menos de transcribir. Parecía víctima de letargo angustioso que la mantenía
inmóvil y espantada, semejante a la estatua del terror.
El
Conde, que antes había recibido los Sacramentos, se agitó de nuevo con su
presencia, tuvo cerrados los ojos más de media hora, marcando su respiración
con un bronco estertor, y después los abrió para fijarlos en ella con expresión
de ira.
-¡Tú
nos has deshonrado! ¡Has deshonrado mi casa, y mi nombre y mi familia! -dijo
con voz que parecía salir de las profundidades de la tierra-. Yo me muero hoy,
y me muero con indignación porque no puedo lavar esta mancha.
Los
que asistían a tal escena le oían con profunda emoción, y Susana no contestó
palabra, ni hizo gesto alguno.
-No
puedo morir en paz, me muero rabiando -continuó el Conde-. Tú has puesto fin al
lastre de mi honrada casa; ¡mis padres y mis abuelos te maldecirán como yo te
maldigo!... No digas que eres mi hija; olvida que soy tu padre; no lleves mi
nombre. Lleva el de ese maldito que te ha robado de esta casa incitado por ti.
En
los labios de Susana se notó una ligera alteración como si quisiera romper a
hablar; pero continuó en silencio.
-¡Infame!
-continuó el Conde-, ¡infame tú e infame él! Si cuando naciste hubiese sabido
que ibas a prendarte del hijo de Muriel, de ese bandido, de ese asesino, te
hubiera estrellado. Tú no eres hija de aquella santa mujer... ¡Infeliz!, ¿sabes
lo que has hecho?, ¿sabes medir la enormidad de tu crimen? ¡Huye!, ¡sal de
aquí!, ¡vete con él! Dios permita que recibas aquí en la tierra el castigo de
tu infamia. Unete a él para que la deshonra se una a la deshonra. Tus hijos
serán monstruos horrendos. Vivirás despreciada de todo el mundo. Pero no digas
que fui tu padre, olvida mi nombre, olvida...
Desde
aquí sus palabras fueron mal articuladas e ininteligibles. Sólo en aquel
confuso desbordamiento de voces se distinguía esta frase repetida sin cesar:
«¡Con el hijo de Muriel! ¡Con el hijo de Muriel!» Por fin, de su boca no salía
sino un mugido entrecortado que se fue extinguiendo, hasta que sacudió la
cabeza con violencia y se quedó después inmóvil, con los ojos ferozmente
abiertos y los labios muy apretados. Estaba muerto.
Susana,
en su tremendo estupor, notó que los que rodeaban [270] a su padre empezaron a hablar en voz alta, ya seguros
de no molestar al paciente; vio que le cubrieron el rostro con la sábana, y
después le pareció que se alejaban. Sentía pasos detrás de sí; creyose sola, y
fijaba invariablemente la vista en aquel gran bulto dibujado por las sábanas,
como una gran estatua yacente a medio labrar, con las formas apenas toscamente
indicadas en un gran trozo de mármol blanco. Vio que ponían una luz junto a la
cabecera, y que se retiraban dejándola sola. Ella, sin embargo, en el estado de
su espíritu, abrumado por indecible emoción, no se atrevía ni a levantarse ni a
mirar a ningún lado. Llegó un momento en que no se sentía el menor ruido en el
cuarto. Nadie se acercaba a dirigirla una palabra de consuelo; nadie se dolía
de su situación. De pronto siente que le ponen una mano sobre el hombro, y
aquel ligero golpe produjo en su naturaleza una sensación igual a la que se
experimenta al sentir la explosión de un rayo. Volvió la cabeza, y vio a D.
Lorenzo Segarra, el cual, con cierta confianza inusitada y además con afectada
amabilidad, impropia en aquellos momentos, la sostuvo con su brazo y la llevó
fuera diciendo:
-Señorita,
debe usía salir de aquí.
II
Mientras
esto sucedía, cerca de la madrugada, en la estancia mortuoria del conde de
Cerezuelo veamos lo que pasaba en el despacho, donde su hermano padecía de un
modo igualmente pavoroso. Tenía fiebre altísima, y se hallaba en completo
estado de trastorno mental, esforzándose en dejar el lecho, gritando, hablando
con personas que sólo existían en su calenturienta fantasía, y a las cuales
daba nombres no conocidos por ninguno de los presentes. Se le prodigaban con
mucho ahínco los auxilios que ya no era preciso aplicar a su infeliz hermano.
-Tranquilízate,
por Dios -le decía su esposa cubriéndolo, mientras los demás querían impedir
que saliese del lecho.
-No...
dejadme ir... -decía él delirante, pugnando por levantarse-. Voy a detenerle;
¿no veis que se va a llevar los cien mil duros?
-Si
no hay nadie aquí más que nosotros -contestaba la esposa.
-Sí;
¿no lo veis?... ¿no lo veis? -dijo D. Miguel señalando la caja con aterrados
ojos-. Allí está contando el [271] dinero. ¿No sentís el chirrido de la tapadera de
hierro que sostiene en su mano? ¡Infame!... Que no vuelva Susana. -continuó
cerrando los ojos y extendiendo las manos como para apartar un objeto de
horror-. Poneos todos delante; no quiero verla; echadla de aquí... Pero siempre
la veo... poneos delante... Siempre la veo, aunque cierre los ojos... marqués,
sácame los ojos para que consiga no verla... Aquí está: me mira con sus
ardientes y terribles pupilas... Está cubierta con una ropa blanquísima, y de
su pecho corre un raudal de sangre que llena todo el cuarto... ¡Pobre
Susana!... Pero yo no fui, yo no tengo la culpa, yo no quería que muriera, sino
que se la llevaran lejos, lejos... El maestro Nicolás es quien se empeñó en que
muriera... ¡Infame! Y se ha llevado los cien mil duros... ¿No le veis cómo
registra la caja?... ¡Malvado!...
-¡Qué
espantoso delirio! -decía doña Juana a cada rato-. Es propenso a delirar desde
que tiene calentura; pero nunca he visto en él un extravío igual.
El
marqués parecía más preocupado que doña Juana del sentido de las palabras
proferidas por el enfermo.
-Pero
no lo creáis -prosiguió éste-, no se llama maestro Nicolás, se llama D.
Buenaventura Rotondo, y se finge barbero para penetrar en las casas. Es un
conspirador y un intrigante... Por Dios, poneos todos delante para que no la
vea. Aquí está otra vez con su traje blanco manchado de sangre... Marqués, por
piedad, sácame los ojos, no quiero tener ojos... Si yo no fui, fue él... ese
infame Rotondo; yo sólo quería que se la llevaran de aquí... ¿No veis cómo
registra la caja y cuenta el dinero?
Al
decir esto hacía esfuerzos por levantarse, al paso que mientras nombraba a
Susana se tendía, se arropaba, cerrando fuertemente los ojos. El marqués llamó
aparte al doctor y le dijo:
-¿No
le preocupa a usted este delirio?
-Sí
-dijo el doctor con angustia-. Sí; en eso estaba pensando. Después hablaremos.
-Me
parece que esto es una revelación. ¿Conoce usted al maestro Nicolás?
-Sí;
le he visto aquí algunas veces. Aquí hay misterio. Siempre me chocaron las
visitas de ese hombre. ¿Sabe usted dónde vive?
-No;
esa es la gran contrariedad. Pero viene todos los días. Si viene mañana, le
echaremos el guante.
-Hoy
dirá usted; porque son las cinco -dijo el doctor mirando su reloj-. Tremenda
noche ha sido esta. ¡Pobre Susanilla! [272]
Al
decir esto el buen Inquisidor lloraba como un niño.
-Y
por ese hombre que se encontró en la casa, ¿no se podría descubrir algo?
-añadió Albarado.
-Nada
absolutamente. Es un loco, y a todas las preguntas contesta con que va a la
Convención o a los Fuldenses.
-No
cabe duda que aquí hay misterio.
-Únicamente
pienso averiguar algo por la Pintosilla, que está presa desde ayer.
-Susana
misma nos dirá también lo que vio en aquella casa.
El
marqués hizo un gesto que indicaba estar seguro de no averiguar nada por aquel
medio.
-¿Usted
cree que Susana estaría en connivencia con esos bandidos? Eso sería horrible.
-Pero
es verdad -contestó el marqués tristemente-. Él fue al baile del candil de
acuerdo con ella. Eso saltaba a la vista. El encontrar la casa sola, y el aviso
que aquí se recibió, indican que esos miserables la abandonaron después de
lograr su objeto.
Pasaron
las horas y Cárdenas se fue calmando lentamente, hasta que al fin reposó por
completo, fatigado el espíritu y la materia del terrible delirio. Callaron
todos para no interrumpir su descanso, y a eso de las siete un criado entró a
anunciar que allí estaba el maestro Nicolás con las pelucas y a afeitar al
señorito.
-Que
deje las pelucas y se vaya -dijo doña Juana.
-No;
que espere -dijeron, saliendo el marqués y el doctor.
En
efecto; Rotondo, que quería a toda costa llevarse, si no los ochenta mil duros
restantes, por lo menos una buena parte, entró en la casa; pero aquel día tuvo
mala estrella, y no volvió a salir, porque el marqués, auxiliado de la
servidumbre, le encerró bonitamente en los sótanos de la casa.
III
Dos
días después de estos sucesos, el doctor entró en el cuarto de Susana, y
encerrándose con ella, entablaron el siguiente importante diálogo, del que no
perderemos punto ni coma.
La
que era ya condesa de Cerezuelo se hallaba en deplorable estado físico y moral,
tendida sobre un canapé en la misma estancia donde recibió a Martín algunos
días antes. [273] Sólo la criada
entraba para llevarle el alimento, y, más conturbada, más triste estaba allí
que en la otra prisión de la calle de San Opropio, que ella juzgó el más odioso
lugar de la tierra. El primero que traspasó el dintel de este nuevo encierro,
en que la joven se desesperaba acompañada de sus pensamientos, fue el pobre abuelo, el más afligido de todos los de
la casa. Su vista impresionó vivamente a la orgullosa dama, que conservaba
bastante entereza en medio de tantas amarguras.
-Susana
-dijo gravemente quiero conferenciar contigo de un asunto concerniente a la
honra de esta casa, que está, tú lo sabes, muy por los suelos. Ante todo espero
de ti una revelación franca. Lo que a mí me digas puedes considerar que se lo
has confiado a un sepulcro. Después de lo que ha pasado nada me sorprenderá;
yo, que debiera ser inflexible como lo ha sido tu padre, seré tolerante si
tienes conmigo la franqueza que espero. ¿Tú quieres a ese hombre?
-Sí
-contestó Susana con dignidad.
-¿Todavía?
-preguntó el doctor con ansia.
-Todavía
y siempre.
-No;
no lo puedo creer. ¡Tú estás loca, Susana!; por Dios, mira lo que dices. Yo soy
demasiado bueno; yo no debiera volver a mirarte; pero el entrañable cariño que
te profeso me obliga a ser débil. Tú harás lo posible por sofocar ese afecto,
¿no?
-No,
porque me moriría.
-¡Susana,
Susana!, ¡tú has perdido el juicio! ¡Te morirías, dices! Ojalá te hubieras
muerto antes de hacer lo que has hecho. Más quisiera verte en tu ataúd vestida
con el hábito de la Virgen del Carmen, nuestra santa patrona, que deshonrada y
perdida para siempre en el concepto del mundo. Dime: ¿ese hombre te arrebató de
acuerdo contigo?
-No,
yo nada sabía; soy inocente. Me robaron para exigir la libertad de Leonardo.
-Esos
hombres son unos bandidos. ¿Y tú amas a ese hombre?
-Sí;
no lo negaré nunca.
-¿Ha
estado él allí contigo en estos días?
-No;
sólo ha estado una vez en que hablamos un poco, y él se marchó.
-¿Adónde?
Susana
no contestó a esta pregunta, a pesar de que fue muy repetida.
-¿Pero
no te horrorizas de lo que has hecho?
-No;
porque tengo mi conciencia más limpia que ese [274] espejo en que nos estamos viendo. No tengo por qué
horrorizarme; no he cometido falta alguna.
-¿Pero
qué es eso? Aquí hay un arcano. ¿Pero es cierto que tú amas a ese hombre, o ha
sido un capricho pasajero?
-No
ha sido capricho pasajero: es un afecto firme y grande que no se extinguirá
mientras yo tenga vida.
-Pues,
hija: cualquiera que sea la verdad de lo sucedido, tú estás deshonrada para el
mundo. Ningún caballero de familia ilustre se rebajará a darte su mano: has de
vivir encerrada en un convento toda la vida, porque ni aun en esta casa quiere
mi hermana que estés. Sólo una solución se ofrece que pueda, si no devolverte
la posición que has tenido, porque eso ya es imposible, por lo menos ocultar
algo de tu deshonra y darte un nombre que puedas llevar con la frente erguida.
-¿Qué
solución es ésa?
-Hay
un hombre que, a pesar de lo que ha pasado, quiere casarse contigo. Ese hombre
no hubiera sido antes digno ni de dirigirte la palabra; pero hoy, hija, vale
más que tú, no lo dudes; hoy su oferta puede considerarse como una abnegación.
-¿Y
quién es ese hombre? -preguntó la dama.
-Don
Lorenzo Segarra. Aunque de humildísima cuna, no debes de rechazarle, porque,
con dolor te lo digo hoy no puedes aspirar a más. Y aun hay que agradecerle su
comportamiento, hijo del mucho amor que tiene a la familia. Él quiere lavar
esta deshonra, y no vacila en dar su nombre a la que ya no podrá honrarse con
el de otra casa más alta. Creo que no has podido soñar una reparación más
aceptable. Vivirás con él en Alcalá durante algunos años, y después podrás
volver aquí. No puede decirse que lo hace por avaricia, porque has de saber que
tu padre, en su último testamento, lo nombra heredero de todos los bienes que
no pertenecen al mayorazgo; de modo que el esposo que te propongo es casi tan
rico como tú.
No
es posible pintar el desdén y la repugnancia con que Susana escuchó aquella
proposición. El doctor, que lo conoció, dijo estas palabras:
-Yo,
que te quiero como un padre, tengo gran empeño en que esto se haga. Vengo de
hablar con D. Lorenzo, que asegura no poder resistir la situación en que te
encuentras. Lo comprendo. ¡Se interesa tanto por la familia! Estoy seguro de
que me harás el gusto en compensación de la pena que a todos has causado. Si no
lo haces, Susana, haz cuenta de que no existo; no te veré más; puedes
considerar [275] que oyes de mi boca
cuanto oíste de la de tu padre en su última hora. Esto te propongo. Si lo
aceptas, seré para ti tan cariñoso como siempre lo he sido; si no lo aceptas,
olvídate hasta de mi nombre; no te conozco; eres para mí la última de las
mujeres. Por más esfuerzos que me cueste este sacrificio, lo haré, te juro que
lo haré.
El
buen doctor no pudo continuar porque los sollozos ahogaron su voz. Susana, a
pesar de los esfuerzos de valor que desde algún tiempo hacía, a pesar de su
arrogante serenidad, no pudo mostrarse indiferente ante las lágrimas de aquel
buen viejo, del pobre abuelo, que la
amaba tanto. Ya sabemos el ascendiente que el doctor tenía sobre ella, y bien
podía asegurarse que era el único de quien se dejaba conmover. La orgullosa
consistencia del carácter de la dama únicamente cedía a los mimos del consejero
de la Suprema. Aquel día, al oír sus súplicas, al ver las lágrimas que surcaban
por las arrugadas mejillas del buen viejo, al oír de sus labios promesas de
perdón, cuando todos se habían mostrado tan sañudos con ella, no pudo resistir
una emoción violenta. Albarado no quiso destruir con nuevas promesas o amenazas
el efecto de sus anteriores palabras, calló juzgando que nada era tan expresivo
como sus lágrimas. Se fue dejándola sola y encargándole la tranquilidad. En el
corredor se encontró a Segarra y le dijo al oído:
-Creo,
Sr. D. Lorenzo, que lo vamos a conseguir.
Capítulo
XXVI
¿Iré o no iré?
I
Vamos
a asistir a la espantosa duda que conturbó el entendimiento de Susana,
comprimido por dos ideas opuestas, disputándose la victoria con igual esfuerzo.
La infeliz sufrió por cinco días aquella tremenda agonía que produjo en ella un
gran trastorno moral y físico, haciéndola insensible a cuanto a su lado veía.
Sola, callada, inmóvil, con la vista fija en el suelo, estuvo cuarenta horas
recostada en el mismo sofá en que la hemos visto hablando con el abuelo. Nada la sacaba de su
abstracción; nadie le hizo desarrugar el ceño ni volver la vista; no contestaba
a palabra [276] alguna, ni fue
preciso comprender si era aquella reconcentración de soberbia o un fuerte
acceso de remordimientos. Estaba tejiendo y destejiendo una tela infinita,
oscilando sin cesar de un término a otro entre los dos de una proposición
terrible. Si lo que pasa en el cerebro en tales ocasiones se expresara al
exterior por algo material, por algo que se viera y que sonara, se parecería al
tic tac de un péndulo lento y cadencioso, máquina triste que se ocupa en cantar
una duda sin fin.
¿Iré
o no iré? Parecerá rara esta vacilación en un carácter resuelto y propenso a
las determinaciones decisivas como era el de Susana; pero en las circunstancias
en que se encontraba, no era fácil la línea recta. La duda frívola, que más que
duda es ligereza y veleidad, no es propia de los caracteres fuertes y activos;
la grande, la dolorosa duda que perturba y sacude el ánimo, sólo cabe en las
naturalezas reflexivas y profundas o en los caracteres apasionados y fogosos.
Nunca la pasión y el deber, eternos contendientes de estas grandes batallas,
chocaron de un modo tan rudo como en la mente de Susanita cuando, muerto su
padre, y decidido por la familia su matrimonio con Segarra, empezó a
preguntarse si iría o no a Toledo en busca de Martín, o renunciaría para
siempre a la unión prometida y jurada.
Cuando
había consentido en renunciar a sus preocupaciones, lo había hecho con plena y
absoluta resolución de cumplir su promesa. Aquello había llegado a ser una
necesidad, después de haber sido objeto de una gran lucha. Una serie de
impresiones recibidas en los días de su prisión, y, por último, el diálogo con
Martín, desarrollaron en su ánimo la pasión tan a expensas del orgullo, que era
preciso transigir con ella, y olvidar la baja condición del objeto amado. Ella
no había conocido un hombre como aquel, ni creía que existiera otro en quien se
juntaran más calidades de carácter y de persona que le fueran agradables. Hasta
lo que podrían considerar muchos como defectos, le era simpático, y sentía una
admiración instintiva hacia todo lo que en él causaba terror a los demás. Era
el ser único, encontrado en la
jornada de la vida, sin que antes hallara otro, ni hubiera esperanza de
encontrarlo después. Renunciar a él sería renunciar a la vida, someterse al
rigor de una familia intolerante y cerrar para siempre los ojos a la luz de la
felicidad, sumergiéndose en noche de tristeza y de soledad, peor que la muerte,
porque se pensaba. Si tenía la debilidad de ceder a sus preocupaciones y a las
exigencias de sus parientes, era preciso optar entre [277] pasar el resto de la vida en un convento o casarse
con un hombre como D. Lorenzo Segarra, lo cual era todavía peor que el
convento. ¿Y qué valor tenían las exigencias de su familia tratándose de su
felicidad? ¿Por qué había de someterse a la voluntad de nadie? ¿Por qué había
de sacrificar a una vana consideración social, a una pura cuestión de palabras,
el hecho cardinal de su vida, aquel grande y noble sentimiento, vagamente
previsto desde que dejó de ser niña; anunciado, al presentarse, con el aparato
de fuertes ataques de veleidad, de mal humor, de caprichosas liviandades;
enseñoreado al fin de su espíritu, de tal modo, que había llegado a ser su
espíritu mismo? No; de ninguna manera. Era preciso ir.
Pero...
pero aún zumbaban en su oído, como el eco de las voces de todos sus antepasados
juntos, las palabras del Conde, cuyo clamor era la protesta de la raza y de la
sangre contra aquella desnaturalizada hija que manchaba con el cieno de las
tabernas y con el polvo de los clubs el preclaro nombre de la antigua familia.
Don Pablo Muriel había sido enemigo de la casa; aquel nombre no podía ser
simpático a ningún Cerezuelo. Su padre había fallecido presa de un rencor que
no domaba ni la proximidad de la misma muerte. Había concluido su honrada vida
con el corazón envenenado, maldiciéndola desde las puertas del sepulcro, y
aborreciendo, cuando sólo debía amar; atento a su deshonra, cuando sólo debía
poner el pensamiento en Dios. Él, que debía haber muerto como un justo, murió
como un réprobo, desesperado y furioso. Tal vez el alma del padre irritado no
encontró abierta la entrada del cielo, cerrada para todos los rencores de este
mundo. ¡Oh, este era un pensamiento terrible! La maldición del Conde, su atroz
aspecto, su frenesí, que casi parecía de ultratumba, le imponían un pavor
indecible. Casi le costaba trabajo creer que su mismo padre estuviera en
aquellas escenas, y le parecía que, ya finado, había vuelto, traído por
infernales espíritus, a pronunciar el anatema de cien generaciones de
antepasados ilustres. Aquel recuerdo y aquellas palabras la perseguirían toda
su vida como un escuadrón de espectros zumbando en su oído y revolando ante su
vista. No... de ninguna manera; no podía, no debía ir; era imposible ir.
Pero...
pero si ella no había conocido otro hombre como aquél, con cuyo carácter el
suyo había hecho ya un estrecho maridaje en la región de lo ideal. ¡Eran los
dos tan parecidos, tan el uno para el otro! Además, ella detestaba la turba de
galanes que conocía en la Corte, y sentía repugnancia invencible hacia los
sandios petimetres que la habían [278] ofrecido su mano. A veces, antes de encontrar aquel
ser buscado instintivamente por todos lados en el sendero de la vida, ella era
también frívola y tonta como los que la rodeaban; pero en el fondo de su alma
detestaba la afeminación. Adoraba todo lo enérgico, todo lo que tuviera
proporciones inusitadas. La superioridad moral de Martín la atraía por una
especie de gravitación que existe en la misteriosa astrología de los espíritus.
No podía resistir aquella atracción que propendía a fundir en una sola dos
naturalezas afines. Su entendimiento como su voluntad se habían ya acostumbrado
a volar continuamente en dirección a la voluntad y al pensamiento del revolucionario.
Era tan triste suponer un divorcio perpetuo entre los dos, que la imaginación
dolía, como si fuera un órgano, al fijarse en este punto. No era posible pensar
cosa alguna que no se relacionase con él. Nada ocurría en el mundo moral, como
en el físico, que estuviera desligado de la persona o del pensamiento de aquel
hombre; y la imaginación de la pobre dama no tendía ninguno de esos hilos de
araña que pueblan el espacio en las horas de meditación, sin que la extremidad
del cable imperceptible dejara de fijarse en el otro término de aquel dualismo.
No era posible renunciar a tanta sensibilidad desbordada, a tanta ansiedad
satisfecha, a tantas lágrimas de placer, a tantas cosas nuevas y desconocidas,
surgidas de improviso del fondo de la Naturaleza, como la violenta vaporización
de los materiales de un volcán, sometido de pronto a la acción de enérgico
fuego interior. Su espíritu tenía horror al olvido, como la Naturaleza tiene
horror al vacío. No, imposible; renunciar a aquello era un hecho que no cabía
dentro de la voluntad humana. Era preciso ir.
Pero...
pero se acababa su representación en el mundo. Adiós bailes, fiestas, tertulias
en que todos se consideraban felices al ser mirados por ella. Ya se concluía la
Susana omnipotente, que avasallaba a todos y de todos era idolatrada. Además,
¿cómo olvidar la imagen de su padre irritado en el momento de morir, cual nunca
lo había estado en vida? Le había de ver todas las noches apareciéndose en
sueños para maldecirla; había de escuchar constantemente aquellas palabras: «¡Que
tus hijos sean monstruos horrendos!», y no tendría un momento de tranquilidad.
Y al mismo tiempo el pobre abuelo, que
la amaba más que su mismo padre, se moriría de pena viéndola unida a aquel
hombre aborrecido. Recordaba sus súplicas, pidiéndole con tanta ternura como un
joven amante, que renunciara a un amor bochornoso; recordaba sus lágrimas, [279] que nunca en ningún
tiempo había visto en el rostro del anciano, y el corazón se le apretaba de
angustia. Su padre muerto, pero vivo en la memoria eternamente por su terrible
anatema, su protector y amigo resuelto a abandonarla y a morirse también de
desesperación, la perseguían como dos sombras irritadas y vengativas. No, de
ningún modo; era imposible ir.
Como
una balanza matemáticamente nivelada, y oscilando en períodos iguales, así
estaba su espíritu, y así resistió dos días de constante meditación. Bastaba un
grano de arena para inclinar de un lado cualquiera de los dos platillos, y este
grano de arena lo arrojó un hecho que parecía casual, pero que ella juzgó
dispuesto por la Providencia.
Don
Lino Paniagua se presentó en su casa cuando menos ella lo esperaba, y pidió ser
llevado a su presencia, en lo cual no hubo inconveniente, por la general
creencia de que el abate era un ser completamente inofensivo.
II
-Señora
condesa -le dijo complaciéndose en acentuar el título-, vengo a consultar con
usted un grave asunto. No he querido decir nada a la familia porque esto es
cosa que usted sola debe saber. Ante todo, le suplico que no vea en mis
palabras nada que pueda ofenderla. Usted debe saber que el Sr. D. Martín tiene
un hermanito, el cual se había extraviado, y no era posible encontrarlo.
-Sí
-dijo Susana con la mayor viveza-, ¿ha parecido?
-Pues
contaré a usted. Me han encargado una comisión sumamente delicada. Ese niño ha
parecido en Aranjuez, en casa de los Sres. de Sanahuja, que le recogieron.
Nuestra amiga doña Engracia le vio, supo por él que era hermano del Sr. D.
Martín, y deseando hacer una obra de caridad, me lo envía para que yo se lo
entregue al interesado. He aquí mi aprieto, señora condesa; el niño está en mi
casa, adonde ha llegado esta mañana, y como yo no sé dónde está el Sr. D.
Martín, vengo a que usted me lo indique, si lo sabe, y siempre en el caso de
que esto no le cause molestia.
Don
Lino calló y aguardó la respuesta, no sin cierto temor de oír un ex abrupto. El
semblante de Susana se alteró, recobrando de improviso su animación. Sus
miradas volvieron a ser lo que habían sido antes: expresivas y deslumbradoras;
se levantó y dio algunos pasos. Todo [280] anunciaba en ella que la lucha había concluido, y que
al fin tomaba una resolución decisiva. Para el abate no pasó inadvertida
aquella inopinada resurrección.
-Voy,
voy, voy -dijo para sí-; voy a llevarle ese niño. Es un deber; ya no lo dudo.
Cumpliré mi palabra, y seguiré mi destino. Yo necesito verle y presentarle a su
hermano, hallado al fin y recogido por mí. Este es un aviso del Cielo, que me
da resuelta la cuestión. Sí... es un aviso del Cielo. Iré; es preciso ir. Me
asombro ahora de haber dudado un momento.
Después,
sentándose de nuevo, dijo en voz alta:
-Don
Lino, tengo que pedir a usted un favor.
-¡Ah!,
algún encargo; ¿quiere usted que le traiga otra caja de pastillas de casa del
Mahonés?
-No;
no es eso.
-Disponga
usted de mí por esta tarde, porque ahora tengo que ir a casa de las
escofieteras de la calle de Milaneses para decirles de parte de doña
Robustiana, que no pongan a las papalinas cintas verdes, sino azules.
-No
es para hoy; será para mañana. Quiero que me acompañe usted a una parte.
-Señora
condesa -dijo el abate muy asustado-. Recuerde usted las circunstancias...
Usted no podrá salir de aquí.
-¡Que
no puedo salir! -contestó Susana con un arranque de soberbia que asustó a
Paniagua.
-Pero...
quería decir... Si la familia lo sabe, ¿qué creerá de mí?
-Usted
irá, irá conmigo -dijo Susana en un tono que no consentía réplica.
-¿Es
a alguna casa conocida?
-No
es en Madrid.
-¿Tenemos
que ir fuera? Pero señora condesa, considere usted...
-Usted
va conmigo; usted va conmigo sin remedio. No hay otra persona que pueda hacerme
este inmenso favor. No será usted capaz de desairarme.
En
efecto, Paniagua no era capaz de decir que no a nada, y después de mil súplicas
encantadoras, después de mil coqueterías irresistibles, prometió a Susana
acompañarla al punto que ésta tuviera por conveniente.
-Pues
bien -dijo ésta-: mañana al anochecer aguardeme usted en su casa, y esté
preparado para un viaje. Tenga usted un coche preparado, cueste lo que cueste.
-¿Y
qué hago con ese chicuelo que me han enviado?
-Ha
de ir con nosotros. [281]
-¡Ah!
-dijo el abate asustándose otra vez-. Pero señora condesa, repare usted... la
familia, el doctor...
Se
entabló de nuevo la disputa; pero al fin cedió D. Lino, impotente para negar lo
que se le pedía de un modo tan apremiante. Convino en prepararlo todo y en
aguardarla a la noche siguiente.
Capítulo
XXVII
Quemar las naves
I
Los
individuos que habían de componer la Junta estaban reunidos y profundamente
atentos al suceso ya próximo y cuyo éxito era un pavoroso enigma. No pasaban de
doce, y ocupaban un gran salón mal amueblado en la planta baja de un caserón
ruinoso. En sus semblantes más se notaba tristeza de penitentes que entusiasmo
de conspiradores. Parecía que la proximidad de los hechos había enfriado un
tanto su primer acaloramiento, y que no estaban hechos aquellos caballeros de
la madera con que se fabrican los revolucionarios. Había dos, sin embargo, que
eran cada vez más ardientes y recogían todas las palabras de Martín con
verdadera ansiedad, expresando en sus fisonomías las diversas expresiones que
experimentaban al oírle.
Pálido,
grave y con claras señales de haber padecido grandes insomnios, estaba Martín
sentado en lo que parecía ser cabecera de la mesa oblonga colocada en el centro
del cuarto.
-¿Qué
hora es?-preguntó.
-Las
diez -contestó uno de los presentes.
-Dentro
de dos horas estará cada uno en el sitio que le corresponde -dijo Muriel
solemnemente-. ¿Hay alguno que se sienta débil para lo que exige tanta
resolución? ¿Hay alguno que no se halle con fuerzas para poner su firma al pie
del acta de la constitución de la Junta? Todavía es tiempo: faltan aún dos
horas. Los cobardes tienen tiempo de arrepentirse. Si hay alguno que viendo de
cerca el peligro quiere retirarse a su casa para llorar como mujer los males de
la patria, en lugar de arrostrar la muerte para [282] castigarlos y hundir para siempre la tiranía, puede
hacerlo. Dentro de un rato será tarde.
Todos
escucharon estas palabras con profunda ansiedad.
-La
Junta queda en este momento constituida, y el acta se va a firmar -continuó,
sacando unos papeles, que extendió sobre la mesa-. Aquí está; es preciso firmar
esta acta, que dice: «Hoy, 16 de mayo, los firmantes, declaramos constituida la
Junta revolucionaria de Toledo, y decretamos: 1º. Manuel Godoy, llamado
Príncipe de la Paz, es condenado a muerte. 2º. La familia de Borbón ha dejado
de reinar en España. 3º. No hay más soberanía que la de la Nación. 4º. Esta
Junta ejerce el poder supremo ejecutivo, que sólo resignará en las Cortes del
reino, convocadas al efecto». Ahora firmad todos. Ya he firmado yo el primero.
Los
dos que estaban sentados junto a Martín extendieron su nombre al momento; los
demás se consultaron con las miradas, y aun en alguno se notó la señal de un
gran sobresalto. Uno se levantó de pronto, y dijo: «Yo no firmo eso». Pero los
demás no tuvieron valor para negarse ante los modales y la voz autoritaria de
Muriel, y firmaron. Inmediatamente éste sacó otro papel, que dijo ser una copia
exacta del primero, y lo extendió también sobre la mesa, diciendo: «Ahora
firmenme ustedes esta otra copia».
Los
conspiradores firmaron todos, excepto aquel que desde un principio se había
negado, y habiendo recogido Martín aquel segundo documento, lo dobló,
sellándolo, y escribiendo con gruesos caracteres el sobre.
-¿Pero
a quien dirige usted la copia del acta? -preguntó uno mirando por encima del
hombro del joven.
-Véalo
usted -contestó éste-; a su Alteza Serenísima el señor Príncipe de la Paz.
-¡Oh!,
¿qué hace usted?... ¡Está loco sin duda! -exclamaron algunos de aquellos
hombres, poseídos repentinamente de una gran turbación.
-¡Enviarlo
al Príncipe de la Paz... y con nuestra firma!
-Explique
usted qué quiere decir esto.
-Esto
se llama quemar las naves -contestó Muriel con voz imperturbable-. Los que han
firmado este documento tienen contraído un compromiso solemne, y por si alguno
quisiere volver el pie atrás en el momento supremo, yo le quito de esta manera
toda esperanza de salir impune. Envío el acta a Godoy para que todos los que la
han firmado se convenzan de que no hay más remedio que vencer o morir. Si esto
sale mal, no queda el recurso de negar toda participación en la empresa frustrada.
Si no vencemos, a todos nos espera el cadalso. Mañana sabrá Godoy nuestros
nombres, [283] pero ya será tarde.
Para estos golpes de terrible audacia no basta el valor, es necesaria la
desesperación, y ésta, que hoy podré llamar fecunda virtud, la infundo a todos,
asegurándoles que no podrán contar con la existencia si no vencemos. No hay
remedio; es preciso vencer o morir. El que prefiera el vil cadalso a la honrosa
muerte de una batalla, que se retire; aún es tiempo.
Estas
palabras fueron pronunciadas en medio de un silencio sepulcral, en que no se
sentía ni la respiración de aquellos hombres, cuya vida había sido puesta entre
el terrible dilema de una lucha desesperada o de un patíbulo afrentoso. El
efecto producido por el atrevido proyecto del revolucionario fue distinto: en
unos avivó el entusiasmo; en otros produjo una especie de terror pánico,
mezclado de abatimiento. Aun hubo una mano que acarició a escondidas el pomo de
un puñal; pero la persona, el carácter del jefe eran cada vez más imponentes, y
la intención homicida murió en flor, sofocada por cierto estupor supersticioso
que experimentaba su autor.
Martín
se levantó, y dijo:
-No
necesito añadir una palabra más. Dentro de dos horas cada uno sabe lo que tiene
que hacer.
Entre
los entusiastas había dos, como hemos dicho, que eran íntimamente adictos a
Martín. El uno era un joven abogado de aquella ciudad, apasionado, ardiente,
dotado de los mismos pensamientos revolucionarios que Muriel, aunque de
carácter menos firme y sin poseer la voluntad reflexiva que daba tanto
ascendiente a las determinaciones de aquél. El otro era un clérigo levantisco,
natural de Sevilla, y que profesaba las ideas más exageradas en materia de
política y religión. Ambos reconocieron en su nuevo amigo las cualidades
sobresalientes que exigía aquel empeño en que estaban metidos; y esclavos de la
superioridad se sometieron a cuanto él disponía, identificándose con su
iniciativa. El abogado se llamaba Brunet, y el clérigo, aunque con las
licencias retiradas y alejado de los altares, conservaba el nombre de el padre Vélez. De los demás no haremos
mención sino en conjunto, porque sólo así pueden figurar en esta narración.
Cuatro
eran los que se mostraban más recelosos y pensativos, y uno de ellos, el mismo
a quien vimos acariciando el mango de un oculto puñal, fue quien poco antes se
había negado resueltamente a firmar el acta.
Este
hombre salió del cuarto y de la casa, y apenas había andado veinte pasos por la
calle, le salió al encuentro otro hombre, envuelto en una ancha capa negra, y
que se [284] paseaba por aquellos
lugares, como esperando la salida de alguno.
-¡Ah!,
Sr. D. Juan -dijo el que venía a la Junta-. A su casa iba yo.
-¿Qué
hay? ¿Cómo va esa Junta?
-Señor;
ese loco nos ya a perder. Figúrese usted que les ha hecho firmar un acta en que
la Junta se compromete a destituir la familia de Borbón y convocar unas Cortes,
proclamando la soberanía de la Nación. Sospecho que ese diablo lo va a echar
todo a perder.
-¡Dejarle,
dejarle! -contestó el que respondía al nombre de D. Juan-. Yo soy de la opinión
de Rotondo, que me decía en su carta de ayer: «Nada importa que en el primer
movimiento unos cuantos locos proclamen mil atrocidades. Lo que importa es que
haya tal movimiento. Mientras más espantosa sea la sacudida, mejor». Yo opino
lo mismo, señor brigadier Deza; y la verdad es que Muriel tiene verdadero genio
revolucionario. Ya usted ve cómo ha organizado en cuatro días una fuerza formidable.
Es un mozo de cuenta, y creo que no nos dejará en el atolladero.
-Pues
yo veo la cosa mal -contestó el brigadier-. Reconozco sus cualidades, pero le
tengo miedo. Lo cierto es que muchos de los que constituyen la Junta han
aceptado su programa, que es atroz. Si nuestros enemigos se aprovechan a tiempo
del terrible efecto que va a causar en la Corte el programa de la Junta,
estamos perdidos.
-Déjeles
usted obrar; que hagan lo que quieran. Lo que importa es que caiga Godoy, y eso
ya lo podemos considerar como seguro. Ya ve usted cómo estaba el pueblo esta
tarde en los barrios de Albadanaque y San Lucas con la carencia fingida del
pan.
-Todo
está muy bien preparado, y yo soy el primero que hace honor a lo que Muriel ha
dispuesto; pero presumo que nos va a perder. A fe que he tenido intenciones de
quitarle de en medio. Sepa usted que obligó a todos a firmar una copia del acta
para enviarla a Godoy. Dice que esto se llama quemar las naves para conseguir
que no haya desertores en la Junta.
-¡Sublime
idea ha tenido! -exclamó D. Juan-. Deje usted; mientras mayor sea el
entusiasmo...
Los
dos personajes continuaron su diálogo, cada vez más animado, y se perdieron por
las callejuelas que rodean a la catedral. [285]
II
En
tanto Martín y los demás continuaban reunidos.
-Desde
este momento -dijo el primero- queda constituida aquí la Comisión permanente de
la Junta, que preside Vélez, por delegación mía. Esta Comisión está en relación
conmigo toda la noche, y resolverá con su criterio cuanto ocurra, en caso de
que no haya una orden mía en contrario.
-La
Comisión permanente -dijo el padre Vélez sentándose en el asiento de
preferencia- sostendrá tus acuerdos, y garantiza su ejecución con la vida de
todos los que aquí quedamos.
Martín
salió y despachó al momento un correo de toda su confianza que llevara a Madrid
el acta firmada por todos los individuos de la Junta. Estos, por lo tanto, no
tenían escapatoria. La causa de haber dado Martín este arriesgado paso era que
alguno de aquellos personajes, a pesar de ser todos muy vehementes al
principio, le inspiraban cierta desconfianza los últimos días.
A
las doce en punto, doscientos hombres encerrados en las habitaciones medio
ruinosas de la Judería se amotinarían, apoderándose de todas las callejas y
recodos de aquel antiguo y solitario barrio. Estos hombres eran escogidos, de
probado valor, y en todos ellos, tratándoles separadamente y por grupos, había
infundido Martín una decisión que parecía inquebrantable. Mas era una fuerza
brutal y ciega, que ignoraba la idea, de la cual recibía tan vigoroso impulso.
El rencor hacia un hombre, a quien juzgaban causa de todos los males, era el
único sentimiento que les movía; pero aun así aquella fuerza era de inmensa
utilidad. El resto del pueblo que habitaba en Toledo, o era indiferente, o
estaba dispuesto a secundar el movimiento. Los nobles y el clero eran también
revolucionarios; pero sólo algunos estaban enterados de lo que se preparaba.
Todo era favorable; sólo la mala fe o la discordia entre los conspiradores
podía frustrar el golpe.
Lo
primero que debían hacer los amotinados era apoderarse a viva fuerza del
corregidor y del coronel que mandaba la escasa guarnición de la ciudad; esto
parecía muy fácil, porque el brigadier Deza, que era de la Junta, podía
entregar a los soldados, aunque no tenía mando activo. El clero, y
principalmente los inquisidores, aunque estaban también en autos, no tenían
participación directa, y esperaban [286] confiados en las hazañas de aquel hombre, enviado de
Madrid por Rotondo, y en quien suponían con razón cualidades no comunes. Todos
velaban, llena el alma de zozobra, aguardando noticias de la Judería; sólo
descansaba sin ningun género de cuidado ni sospecha el corregidor de la ciudad,
D. Ildefonso Carrillo de Albornoz, del cual también se susurraba que no era muy
afecto a Godoy. Los elementos para el primer impulso eran considerables;
después se contaba con el concurso de España entera.
Martín,
al salir de la Junta, fue a su casa a reposar un momento para dirigirse a las
doce a la Judería.
Habitaba
en una casa lóbrega y escondida de la calle de la Chapinería, y sólo le
acompañaba Alifonso, porque don Frutos había sido encargado de cierta comisión
que se sabrá después. Aquella noche, sintiéndose el joven con necesidad de
tomar alimento, fue a la posada, y con gran sorpresa, encontró en ella a fray
Jerónimo de Matamala.
-Querido
Martín, Martincillo -exclamó éste abrazándole-. He venido sólo por verte. ¿Qué
tal? Muy ocupado. Sabes que esto que aquí pasa no me parece del todo bien; sí,
te diré... he venido sólo a eso. ¡Pobre muchacho! Tú estás loco; ¿conoces bien
la gravedad de lo que vas a hacer? Corchón me ha mandado a toda prisa; está
escandalizado y furioso. Aquí he sabido que estás haciendo atrocidades, y te
auguro mal fin. Hay muchas personas que están irritadas contra ti, sobre todo ciertos
individuos del clero.
-¿Qué
me importa? -contestó Martín-. Ya no es posible volver atrás; es igual que
estén contentos o no. Yo me río de sus escrúpulos. ¡Gente apocada y egoísta!
¿Qué saben ellos lo que es valor? Querían que trabajáramos por ellos, por
cimentar su poder, por aumentar su influjo. Vaya usted y diga a esos farsantes
que ya no hay esperanza. El alcázar de la corrupción y de la barbarie está
minado; no falta más que aplicar la mecha.
-¡Infeliz!
-dijo Matamala llevándose las manos a la cabeza-. Siempre lo mismo; siempre
blasfemo. ¡Malhaya quien te dio parte en este negocio! Bien decía Corchón que
tú nos ibas a perder... Pero hombre, considera... Ten prudencia...
-¡Prudencia
yo!... Esta no es noche de prudencia.
-Corchón
está hecho un veneno contra ti.
-Mucho
me importará lo que piensa ese pedantón...
-Y
Rotondo... También está disgustado, lo sé.
-Ningún
malvado puede estar contento con lo que pasa. Se acerca el último día de los
hipócritas, de los corrompidos y de los infames. [287]
-¡Oh,
santo Dios y el seráfico Patriarca!... pero qué loco está este hombre... Aquí,
la gente de aquí, la gente gorda está también disgustada. Quién sabe lo que a
estas horas estarán tramando contra ti. No seas loco; ve, preséntate a ellos y
diles que estás arrepentido de todas tus faltas y que harás lo que ellos te
manden.
-Déjeme
usted en paz, padre; yo no tengo que dar cuentas a nadie -dijo Martín
amostazado-. Usted es un pobre hombre que no sabe lo que dice. Esto no se ha
hecho para los frailes ambiciosos, ni para los clérigos intrigantes.
-¡Ah!,
también a mí me insultas... Bien: haz lo que quieras; no te aconsejo más. Me
callo.
-Sr.
D. Martín -dijo Alifonso, al ver que había terminado la disputa-. Esta tarde ha
llegado a la posada una señora y ha preguntado por usted.
-¿Una
señora? ¿Viene sola?
-
Con un caballero flaco y pequeñín que iba mucho a casa, cuando el Sr. D.
Leonardo, pues...
-¿Dónde
está? Al instante quiero verla.
-Es
la de Cerezuelo -dijo fray Jerónimo al oído de Martín-. La he visto al entrar.
Fue
Martín inmediatamente al cuarto donde le dijeron que estaba Susana. Dio un
ligero golpe en la puerta, y al momento sintió el crujir de un vestido de seda
rozando precipitadamente por el suelo. Sonó el cerrojo, y antes de que la
puerta se abriera, hasta le pareció que un perfume sutil anunciaba la presencia
de la gran dama. En efecto; era ella. Cubierta de palidez, conmovida y turbada,
Susana se ofreció a los ojos de Martín, y después de indicarle que entrara,
cerró de nuevo la puerta. El joven se acercó a ella, y besándole ambas manos
con cierta efusión de galán enamorado, que Susana hasta entonces no conocía, le
dijo:
-¡Ah!
Bien ha cumplido usted su palabra. Ya lo esperaba yo.
-Sí;
mucho he dudado -contestó Susana con emoción-; pero al fin...
-¿Y
duda usted todavía?
Susana
se pasó la mano por la frente, y dijo con profunda melancolía:
-No
lo sé.
-Terrible
es la prueba; pero por lo que me dijo usted aquella noche, creo que todo cuanto
usted oponga a esta inclinación es oponerse a su destino.
-Después
que no nos vemos me han pasado cosas terribles... Pero ahora no puedo
referir... Estoy sin fuerzas; he pensado tanto estos días, que me duele el
pensamiento. [288] Yo creo que me he
envejecido. ¡Cuánto he variado, Dios mío, en unas cuantas semanas; yo misma no
me conozco! La persona que ha tenido bastante fuerza de atracción para hacerme
venir aquí, para hacerme menospreciar todo lo que se queda allí, desoír la voz
de cuantos en esta vida y en la otra se oponen a mi amor, debe estar orgullosa.
Si Jesucristo bajado del cielo me hubiera dicho por su propia boca que yo iba a
hacer esto que hago, me habría reído de Él.
-Es
verdad -dijo Martín con alguna emoción-. Al verla a usted en este sitio me
parece que he alcanzado la mitad de la victoria. Ya tengo la victoria moral, no
me falta más que la de la fuerza. Usted bajando hasta mí parece que viene a
sancionar mis ideas. Es la Providencia, señora, quien le ha enseñado a usted
este camino. Si me parece que aquella clase que tanto odié conoce sus agravios
y baja a pedirme perdón, no a mí, que nada valgo, sino a los míos, a los de mi
clase, al santo pueblo, ansioso de ser amado después de tantos siglos de
humillación. Ya comprendo que el odio no resuelve ninguna cuestión, ni cura
ninguna herida, ni dulcifica ninguna pena. Los hombres no han de ser iguales
destruyéndose, no; no ha de haber nunca igualdad en el mundo sino por el amor.
Susana
se había sentado y parecía abrumada de nuevo por sus meditaciones; pero al oír
las últimas palabras de Martín, se serenó su rostro, brillando en él aquella
sonrisa apacible y melancólica que produce toda idea de felicidad al pasar con
rapidez por la mente cargada de malos recuerdos y de crueles dudas.
-¡Cómo
me he transformado! -dijo-; me acuerdo de mí misma en los tiempos anteriores a
nuestro trato, como se recuerda a una persona a quien hemos conocido. Me
asombro de que yo no hubiera sido siempre así.
-Aquel
orgullo...
-Subsiste
para todos, menos para uno solo, el único destinado a vencerlo. Usted se
asombrará cuando le cuente el sinnúmero de pensamientos, de recuerdos, de
terrores, de aprensiones que he tenido que vencer para traerme aquí. Pero no
puedo explicar ahora todo... ¡tengo tanto que contar!... Estaría un día entero
refiriendo lo que me ha pasado y lo que he sentido.
-Oiré
esa historia que puedo considerar como parte de la mía. Es tarde, tengo que
salir. Volveré.
-Antes
de que usted se vaya tengo que mostrarle un regalo que le he traído.
-¡Un
regalo! [289]
-De
gran precio: una joya perdida hace tiempo y que al alguien ha tenido la suerte
de encontrar.
Susana
se acercó a uno de los dos lechos que en el cuarto había y descubrió a
Pablillo, que dormía como un ángel.
-¡Pablo,
mi hermano! -dijo Martín con delirio, abrazando y besando al desgraciado niño.
-No
lo despierte usted -añadió Susana-, Por el camino me ha contado sus aventuras.
Está prendado de mí y no ha querido dormirse sin la promesa de que no me
separaría de su lado. Vea usted: le ha cogido el sueño abrazado con mi manto y
no lo soltará hasta que despierte.
En
efecto; Pablillo tenía fuertemente apretado entre sus brazos el manto de
Susana, como podría tener un galán a su bella desposada en los primeros sueños
del matrimonio. Muriel contemplaba con verdadera emoción a su hermano, cuando
sonaron fuertes golpes en la puerta.
-¡Muriel,
Muriel, ya es hora! -dijo la voz de Brunet desde fuera.
-No
me puedo detener un momento. Adiós.
-Adiós.
No pregunto adónde va usted. ¿Puedo estar tranquila?
-No;
porque si mañana no soy lo que debo ser y lo que me he prometido ser, puede
decirse que he muerto. ¿Tiene usted miedo?
-No
-contestó Susana con enérgica decisión y arrojándose en los brazos del joven.
-Esperemos.
Si no venzo esta noche, es señal de que no hay Dios.
-¡Quién
sabe! Adiós.
Martín
salió del cuarto, y la dama no se separó de la puerta hasta que le vio
desaparecer.
Capítulo
XXVIII
La traición
I
Los
dos hombres se dirigieron a buen paso a la calle del Hombre de Palo, donde
estaba la Junta; pero cuando ya se acercaban a la casa vieron salir de ella dos
hombres que [290] corrían con
precipitación, y al punto reconocieron a dos individuos de la Comisión
permanente.
-¡Martín,
Martín! -gritaron al verle-. ¡Traición! ¡Traición! ¡Nos han vendido!
-¿Qué
hay? ¿Qué es esto?
-Ese
infame Deza... ya lo sospechaba... Vélez ha sido asesinado; Aranzana y
Bozmediano quedan mal heridos...
-Pero
¿cómo ha sido?...
-La
cosa más inicua. De improviso entró Deza en el salón, acompañado de diez o doce
soldados, y nos intimó que nos rindiéramos en nombre del príncipe Fernando,
cuya causa decía representar él solo. Vélez increpándole por su deslealtad,
quiso echarse sobre él, y al instante fue atravesado con un estoque. Nos hemos
defendido como fieras; hemos matado tres; pero el infame ha salido con los
demás. Creemos que va a la Judería. Corramos... no hay que perder un instante.
-¡Calma,
calma! -dijo Martín-. Vamos a la Judería; pero procuremos llegar allá serenos y
con juicio.
Bajaron,
en efecto, y antes de llegar observaron el resplandor de algunas antorchas y
distinguieron rumor de voces. Por el camino encontraban multitud de personas
que iban y venían, demostrando alarma, y a alguno de los fugaces transeúntes
oyeron decir: «Aseguran que es un bandido que quiere asesinar a todo el clero
de la santa Iglesia y robar todas las alhajas».
II
Antes
de seguir adelante conviene hacer mención de algo que pasó en elevados círculos
de la ciudad toledana. D. Juan de Escoiquiz no había podido convencer a sus
colegas en conspiración que no importaba gran cosa el giro que quería dar al
movimiento su principal impulsor. Desde la mañana de aquel día muchos señores
capitulares, regulares y parroquiales se habían mostrado algo fríos en el
entusiasmo que desde el principio les causaron las noticias de los acertados
trabajos de organización que había llevado a cabo Martín. La mayor parte
esperaban con ansia; pero algunos comprendían la tormenta que se les venía
encima, y formaron propósito de evitarla. El brigadier Deza, que desempeñaba el
papel correspondiente a la envidia de todos los asuntos de aquella índole,
atizaba con sorda actividad esta insubordinación. [291]
Llegada
la noche, ya D. Juan Escoiquiz no pudo contener aquella tendencia díscola,
nacida precisamente en lo que podría llamarse la aristocracia de la
conspiración; y en los momentos en que se celebraba la junta de que hemos dado
cuenta, zumbaba la tormenta contrarrevolucionaria en la habitación de un señor
capellán de Reyes Nuevos, que había convocado, para tratar de aquel grave
asunto, a varios dominicos, mínimos y agustinos de los muchos que hormigueaban
en aquella ciudad plagada de conventos.
-Estamos
perdidos -decía uno.
-Nos
van a asesinar como si fuéramos perros herejes -clamaba otro.
-¡Con
qué gente nos hemos metido!
-Es
preciso defenderse.
En
efecto; algunos de aquellos señores, los unos disfrazados de seglares, los
otros con sus hábitos, se desparramaron por la ciudad con ánimo de prevenir a
los hombres del pueblo que les eran adictos y que pertenecían a la formidable
infantería de los doscientos.
-¡Qué
timidez, santo Dios! -decía Escoiquiz al volver de su excursión al local de la
Junta-. Déjenles que hagan lo que quieran. Caiga el Guardia, y después allá veremos.
-Sí;
pero que no caigamos nosotros con él -indicó con ira el padre definidor del
Santo Oficio-. Vea usted lo que me dice hoy mismo el ilustre Corchón. Dice que
ese hombre nos va a perder sin remedio; que es un francmasón, un hereje, un
blasfemo y feroz.
-Tiemblo,
en verdad, por la vida de tanto pobre fraile inocente -exclamó con compungida
voz el padre provincial de franciscanos, que era un viejecillo hipócrita y
zalamero.
-Esta
disensión de última hora -gritó D. Juan con energía- nos ha de perder. ¡Y todo
que estaba preparado a pedir de boca! Señores, por todos los santos, dejad
hacer; no impidáis el movimiento de esta noche. Ya han partido los correos a
las provincias. Si esta noche no hacemos nada, renunciemos a echar por tierra
al de la Paz. Los momentos son decisivos.
-Lo
haremos, sí; pero quitando antes de en medio a ese endiablado Muriel.
-Eso
de ninguna manera. Él lo ha organizado todo; él solo puede hacerlo.
Reconozcamos que somos todos unos cobardes, incapaces de exponer la vida.
-Ahora
se trata de salvarla.
-Es
preciso que muera ese bandido.
-Mañana,
mañana.
-No;
esta noche, ahora mismo. [292]
La
disensión iba en aumento, y aunque los más se inclinaban aún del lado de Martín
y de Escoiquiz, el ardor de la parte levantisca, que se creía comprometida y en
gran peligro a causa de las nuevas tendencias del movimiento, podía inutilizar
en un instante los trabajos de tantos años y perder aquella admirable ocasión
que rara vez se volvería a presentar.
III
Muriel,
Brunet y los otros individuos de la Junta entraron en una de las calles de la
Judería y tropezaron con un grupo a quien arengaba el brigadier Deza, al
parecer con poco éxito. Los hombres del pueblo que le oían se dirigieron a
Martín, como si le hubieran estado esperando, y éste, en tal instante, creyó
que la fortuna, por breve tiempo eclipsada, venía de nuevo a favorecerle. Él
tenía una confianza sin límites en el éxito de aquella atrevida empresa.
El
brigadier se alejó al verle; pero corriendo Martín y algunos más en su
seguimiento, pudieron atraparle al volver una esquina.
-¡Traidor!
-dijo Muriel asiéndole fuertemente por un brazo, mientras Brunet le desarmaba-.
¡Tus instantes están contados!
-¿Qué
hacemos con él? -preguntó uno de aquellos hombres.
-En
uso de la autoridad que me ha concedido la Junta, le condeno a muerte.
-¡Tú!...
¿Quién eres tú, bandido infame, para condenarme? -gritó Deza echando
espumarajos de rabia.
-Yo
soy el que castiga -replicó Martín con dignidad.- Brunet ejecuta esta
sentencia.
Al
decir esto se alejó. A los pocos pasos un fuerte arcabuzazo anunció el fin del
brigadier, y los que habían quedado detrás se reunieron a Martín.
-En
momentos supremos, la muerte parece poca pena para la traición -dijo Muriel
sombríamente, internándose más en la Judería.
En
seguida encontraron nuevos grupos que se unían todos con muestras de adhesión
muy viva.
-Estamos
vendidos -decía una parte de la gente-; se han ido con los frailes.
En
efecto; al llegar frente a la iglesia del Tránsito, de un grupo muy compacto
salieron voces que decían: «¡Muera ese bandido». [293]
-¡Oh,
qué, infierno! -exclamó Martín-. Vamos a emplear nuestra fuerza en someter a
esos viles.
-Esta
división nos mata -dijo Brunet.
-¡Estamos
perdidos! -añadió Muriel-; pero adelante. Todo el que no quiera combatir
conmigo por la libertad, que se vaya con esa canalla.
-No;
contigo, contigo -clamaron muchas voces, y en aquel mismo momento avanzaron
todos.
Los
otros retrocedieron, perdiéndose en el laberinto de aquellas calles hechas para
la defensa. Si el lector no ha paseado alguna vez por las revueltas, estrechas
y empinadas vías de comunicación de la ciudad imperial, no comprenderá cuán a
propósito es para una revolución, por ofrecer inmensas ventajas estratégicas de
defensa y tener pésimas condiciones para el ataque. Martín, que había estudiado
bien este punto, rugió de ira al conocer que en vez de ser dueño de aquella intrincada
red de callejones, recodos y pasadizos, iba a encontrar un enemigo detrás de
cada esquina. Estaba haciendo el papel de gobierno constituido que se defiende
en vez de hacer el de pueblo armado que destruye. No se acobardó, sin embargo,
de esto, y siguió adelante; pero, con gran asombro suyo, vio que sus enemigos
abandonaban la Judería y subían por los Alamimillos hacia Santo Tomé, y después
por la cuesta de la Trinidad hacia el centro del pueblo.
-¡Vamos
tras ellos! -dijo Brunet.
Martín
echó una ojeada sobre la gente que le seguía, y rápidamente quiso formar idea
de su número. Creyó que no pasaban de ciento.
-Sigámosles.
Cada instante que pasa perdemos mucho terreno; cada vez serán ellos más
fuertes. Persigámosles sin descanso, pero sin atropellarnos. No nos fatiguemos
y marchemos con orden.
Entretanto
los otros subían y rodeaban la Catedral, gritando: «¡Van a robar la santa
Iglesia; van a llevarse a la Virgen del Sagrario; van a degollar a los frailes
y al santo clero! ¡Mueran esos bandoleros!»
Estos
gritos, proferidos por dos o tres frailes que azuzaban a la multitud mezclados
con ella, reunieron junto a las venerables paredes de la gran Catedral a una
inmensa muchedumbre, fácilmente impresionada con la idea del supuesto ataque a
los vasos sagrados y a los benditos administradores del culto. Esos pueblos
históricos, que se envanecen con títulos antiguos y nombres sonoros, no aman
cosa alguna con tanta vehemencia como su Catedral. La soberbia construcción
secular, donde tantas generaciones [294] han puesto la mano para embellecerla, sintetiza y
encierra todo lo que aquel pueblo ha sentido y todo lo que ha sabido. Allí
reposan sus héroes; allí yacen sus antiguos reyes durmiendo tranquilos el sueño
de la Historia; allí se ha celebrado un mismo culto por espacio de muchos
siglos, y en aquella santa custodia han fijado los ojos, creyendo ver al mismo
Dios, los padres, los abuelos, todos los que han nacido y muerto en la ciudad.
Los nobles tienen sus escudos en lo alto de alguna capilla; el pueblo ha
cubierto de exvotos los pilares de algún retablo; los artistas han aprendido en
ella y en ella han impreso su genio. La Catedral encierra las alegrías, las
desventuras, las hazañas y el amor de aquel pueblo que ha construido sus casas
junto a ella y como a su amparo. Por eso nunca experimenta mayor alegría que al
ver las torres, volviendo al hogar después de un largo viaje; por eso oye con
emoción el tañido de sus campanas al entrar en la villa y considera todo
aquello como suyo, como parte de su propia existencia y lo defiende como se
defiende la vida, no sólo la humana, sino la eterna, porque cree que el que les
quitara aquel santuario les arrebataría su religión y su Dios. Se comprenderá
por esto el terrible acierto de los enemigos de Martín al propalar la idea de
que peligraban las alhajas del culto y los buenos padres del claustro
capitular.
IV
Martín
y los suyos costearon las avenidas de la Catedral por la parte Norte,
atravesando la calle del Plegadero, la del Pozo Amargo y la plazuela del Seco,
buscando los barrios que caen tras el ábside de la santa Iglesia, sitios donde
tenía gente de confianza. Si los de aquella parte se declaraban también en
defección, era inevitable el descalabro.
Otra
vez renació por completo la esperanza en el alma del revolucionario, nunca
rendida ni acobardada, al ver que los que allí aguardaban permanecían fieles.
-Tomar
todas las calles -dijo-. Que ni una mosca entre en este barrio. Al mismo tiempo
corramos por aquí al Zocodover, y si conseguimos cortarles el paso al Alcázar,
la ciudad es nuestra.
Hízose
todo como él mandaba; pero los que se dirigieron al Zocodover volvieron
diciendo que estaba lleno de gente que gritaba: «¡Muera el francmasón, el
brujo!» Era preciso [295]
renunciar a apoderarse del Alcázar. ¿Y en realidad de qué servía? ¿Qué podían
hacer ya? El pueblo estaba en contra suya, y no como una fuerza bruta, sino
inspirado por un sentimiento. El fanatismo les había vencido. Martín pensó
rápidamente y con angustia en todo eso, considerando cuán difícil era para él
mover la masa popular al impulso de una idea y cuán fácil para sus enemigos
arrastrarla con la fuerza de un error. Aun cuando consiguiera vencer y hacerse
dueño de la ciudad, ¿de qué le valía su efímero triunfo? De cualquier manera,
la revolución estaba frustrada, y aquella multitud, al prestar oído a las
sugestiones de los frailes, había derribado sus falsos ídolos para volver a
adorar a sus verdaderos dioses.
Pero
era preciso a lo menos morir destruyendo. Entregarse sin herir hubiera sido una
ignominia. Martín se hizo fuerte en el barrio, y esperó con aquella
tranquilidad que acompaña siempre al valor y que permite razonar la misma
desesperación.
Hay
tras el ábside de la Catedral un edificio vasto y sombrío, cuya puerta, de un
estilo bastardo, llama la atención del viajero que discurre por aquellas
soledades. No recordamos si es hoy cárcel u hospital, pero entonces era la
Inquisición, nombre fatídico que parecía transformar el edificio haciéndole más
feo de lo que realmente era. En sus sótanos se pudrían multitud de seres
humanos, esperando en vano el fin de un proceso que no se acababa nunca. Sus
vastas crujías subterráneas ostentaban en fúnebre museo los aparatos de
mortificación y tormento, quietos y mohosos desde largo tiempo, como si ellos
mismos tuvieran vergüenza de haberse movido alguna vez. Aquello era más triste
que todas las demás prisiones inventadas por la tiranía, porque éstas, en su
silencio sepulcral, producido por la carencia absoluta de funciones judiciales
dentro del mismo recinto, se parecían a la muerte, mientras aquélla se
asemejaba enteramente al infierno. En lo alto, un enjambre de leguleyos
antipáticos, crueles, insensibles a los dolores ajenos, vestidos con
balandranes negros y llevando impreso en su rostro el sello de la estupidez
inhumana, emborronaban diariamente muchas resmas de un papel amarillo y
apergaminado, con lo cual querían revestir al crimen de las santas fórmulas del
derecho, y engalanaban su infame y bárbara prosa con sentencias del Evangelio,
juzgando en su estulticia que se engaña a Dios tan fácilmente como se engaña a
los hombres. De día, los inquisidores pululaban por las galerías de sala en
sala, dándose aire de hombres que hacen alguna cosa útil, y se [296] sentaban en sus
sillones muy convencidos de que la sociedad los necesitaba, fundándose en que
les tenía miedo. No sé por qué nuestra generación se figura siempre a aquellos
hombres con cara distinta de los demás de su clase y especie, y es que su
triste oficio no podía menos de alterar en ellos los rasgos naturales de la
fisonomía humana haciendo en sus personas una horrenda mezcla del hombre y la
fiera. Detrás de ellos se alzaba lívido, lustroso, amarillo y profanamente
pintorreado de sangre el Santo Cristo, que acostumbraban asociar a sus inicuos
juicios. Siempre he experimentado una sensación extraña y hasta una especie de
alucinación al ver en cuadros o dibujos el Cristo que remata la decoración de
un Tribunal del Santo Oficio. Temo decirlo, no sea que parezca una
irreverencia, que no lo es; pero al ver la imagen sagrada, extendiendo sus
brazos sobre el madero donde expira, no puedo figurarme que está crucificado,
sino que abre los brazos para dar de bofetones a sus ministros.
-¿Ha
preparado usted lo que le mandé? -preguntó Martín a D. Frutos, que era uno de
los más acalorados.
-Sí,
aquí está: gran cantidad de pino y astillas, costales de paja, estopa empapada
en resina -contestó el otro, mostrando un montón de aquellos objetos hacinados
en un zaguán.
-¡Pues
fuego a la Inquisición! ¡Pegar fuego al mismo infierno! ¡Y es lástima que todas
las de España no puedan inflamarse con una sola tea!
Terribles
hachazos golpearon las puertas del edificio, que cayeron al fin. Muchos
alguaciles y soldados fueron atropellados y muertos; penetraron en el portal y
acumularon gran cantidad de combustible debajo de una escalera de pino que
había junto a la puerta. Desde el patio se arrojaban a las galerías grandes
manojos de estopa resinosa inflamada, y asomándose por las rejas de los sótanos
se tranquilizaba a los presos, asegurándoles la libertad. Algunos de la cruz
verde perecieron en aquel ataque, y Martín contemplaba con siniestro júbilo el
crecer de las llamas, que, pegadas a diversos puntos, iban a reunirse formando
una espiral de humo, menos negro que el alma de los inquisidores.
-¡Qué
dirá el padre Corchón de este auto de fe! -exclamaba con furibunda risa-.
Siento que ese canalla no esté a estas horas sentenciando una causa de ad cautelam.
Entretanto,
la alarma, el griterío era mayor cada vez en el resto de la población. Ya se
veían las llamas del aborrecido edificio, y los instigadores de la
contrarrevolución [297]
aseguraban que igual suerte tendrían todos los monumentos de la ilustre ciudad.
No; la única construcción sentenciada de antemano por Muriel era la que ardía
en aquellos momentos.
El
iluso joven salió de ella cuando ya no se podía respirar, y cuando adquirió la
seguridad de que no quedaría una astilla; al llegar a la calle vio notablemente
mermada su gente.
-¡Nos
abandonan! -gritó Brunet con desesperación-. Dicen que eres el diablo que viene
a destruir a Toledo y sus santos templos.
-¡Muerte!
-gritó Martín con una furia que parecía verdadero extravío mental-. Yo les
condeno a muerte.
-En
la calle de la Chapinería, cuatro frailes con cubas de agua bendita rocían a
diestra y siniestra.
-Que
apaguen con su agua esta hoguera que hemos hecho. Yo quisiera que fuera más
grande y nos consumiera a todos, vencedores y vencidos, para no ver más tanta
abominación. ¡Oh, cuánto odio en este momento!
Martín
estaba transfigurado, y en su palabra como en su ademán no había ni rastro de
aquella tranquilidad flemática con que presidió los primeros actos del
movimiento. Iluminados por la rojiza luz del incendio, los dos y cuantos les
rodeaban parecían en efecto demonios, arrojados del centro de la tierra en el
seno de la llama infernal.
-Aún
está cerrado el paso por las calles -dijo Brunet-; aún tenemos gente muy
decidida, y desafiamos sus puñales y su agua bendita.
-Sí;
que rocíen, que rocíen -exclamó Martín con una carcajada estridente.
Y
luego, volviéndose a los que le rodeaban, dijo:
-Idos
con ellos a que os santigüen también. No os necesito para nada.
-En
esta calle no ha de entrar uno vivo -dijeron algunos, cada vez más furiosos;
pero otros se apartaron tras algún recodo, y desaparecieron. Cada vez se
quedaban más solos.
-¡Matad,
matad sin piedad! -decía Martín-. ¡Cuánto odio esta noche! Ya se acercan los
rociadores. ¡Ah, viles! Yo quisiera tener el Tajo en mis manos para remojaros
bien... A todos os condeno a muerte... ¡Yo solo mando!... ¡Yo soy dictador, yo
suprimo de un decreto tanta abominación!... ¡Y no me obedecen! ¡Matad, matad
sin piedad!
Estas
palabras eran pronunciadas en estado de febril indignación, que no es posible
describir. Retorcía los brazos, golpeaba el suelo, se arrancaba los cabellos,
emitía [298] con su boca
contraída mil extraños sonidos, tan varios como los acentos de una tempestad.
Después se volvía al incendio, y exclamaba:
-¡Benditas
llamas: rociad, rociad con fuego; lavad sin cesar esta gran mancha, llevando
hasta el cielo el calor de la tierra! ¡Brunet, subamos a lo alto de aquella
pared que se desmorona y arrojémonos en este horno; muramos quemados para odiar
más fuerte!... ¡Ven, vamos, subamos; arrojémonos a ese infierno, y hagamos auto
de fe con nosotros mismos! ¿Ves esa llama que toca el cielo? Yo quiero subir
con ella, quiero quemarme.
Pero
Brunet, que se había alejado un poco, volvió corriendo y dijo:
-Ya
están cerca; podemos huir. Por estas calles de detrás no hay un alma. Huyamos.
-Necio,
¡yo huir! Yo soy dictador, yo mando aquí. Yo les condeno a muerte. ¡Matad,
matad sin cesar!
Brunet
no escuchó estas razones, y ayudado de otros dos que allí quedaban, le llevó,
mejor dicho, le arrastró, desapareciendo los cuatro por una calleja que
costeaba el edificio incendiado. Martín, al ser llevado casi en brazos por los
únicos amigos que le quedaban después de su efímero poder, gritaba siempre con
voz ronca:
-¡Matad
sin cesar!... ¡Yo soy dictador!... ¡Oh, cuánto odio esta noche!...
Capítulo
XXIX
El dictador
Susana,
después de la partida de Muriel quedó tan agitada, que no se encontraba bien de
ningún modo, y ya recorría la habitación, ya se sentaba, ya abría la puerta
para respirar el aire exterior. Tenía el presentimiento de que algo terrible
iba a pasar aquella noche, y no podía contenerse dentro del reducido espacio
del cuarto, donde no se oía otro rumor que la tranquila y acompasada
respiración del pobre Pablillo, embebido en un sueño feliz y ajeno a cuanto
pasaba en torno suyo. A veces se oía también el ronquido agudo y cadencioso de
D. Lino, que dormía en la habitación inmediata con sueño tan profundo y dichoso
como Pablillo. De tiempo en tiempo, pasos precipitados resonando en el pasillo
indicaban la alteración impaciente [299] del padre Matamala, que tenía costumbre de hacer
ejercicios de cuerpo en los momentos de inquietud moral.
Susana
no pudo resistir más tiempo su apremiante deseo de salir, deseo en el cual no
había simplemente la curiosidad propia del sexo y de las circunstancias, sino
también cierta vaga idea de que hacía falta en alguna parte. Dominada por este
irresistible deseo llamó a Paniagua, suplicándole que se vistiera
inmediatamente.
-Voy,
señora condesa, voy al momento -contestó desde dentro el abate con voz de
sueño-. Al instante me visto; este diablo de zapato que no parece... ¿Pero
dónde está este zapato?
Esperó
Susana, y un cuarto de hora después apareció Paniagua completamente vestido,
aunque con alguna imperfección que indicaba la prisa. La joven sacó entonces
con mucho cuidado su manto de las manos de Pablillo, se lo puso y salió,
encargando a la gente de la casa que velase por el niño dormido.
-¿Adónde
van ustedes? -preguntó fray Jerónimo con asombro.
-A
la calle -contestó Susana.
-¿Pero
usted está loca, señora? ¡Esta noche!...
-Sí.
¿No tiene usted curiosidad de ver lo que pasa?
-Curiosidad,
sí; pero es que no me atrevía a ir solo.
-Venga
usted con nosotros -dijo Susana-; le escoltaremos.
-La
verdad es -indicó D. Lino-, que no es muy cuerdo echarse a la calle esta noche.
Parece que esa gente anda alborotada.
-Y
tan alborotada -añadió Matamala-. Y ese diablo de Alifonso que está ahí
agazapado, con más miedo que un monaguillo... Pero pues tenemos compañía, vamos
a ver eso.
Salieron
los tres, Susana tomando el brazo del abate y fray Jerónimo detrás, confiando
en que si había peligro caerían primero los que iban delante.
No
habían andado veinte pasos por Zocodover cuando observaron que había en las
calles más gente que lo que era de esperar a aquella hora. Las mujeres salían a
las ventanas, los hombres a las puertas, y se oía un rumor lejano, como de
muchedumbre inquieta y bulliciosa. Cada vez era mayor el número de personas que
venían de la Catedral, y cada vez más alborotadas.
Los
tres paseantes nocturnos tuvieron al fin que detenerse, porque no se podía ya
dar un paso. Entonces Susana prestó ansiosa atención a cuanto a su lado se
decía. [300]
-¡Maldita
gente! -exclamaba uno-. Nada menos que el Ochavo querían esos señores; y dicen
que no pensaban dejar clérigo con vida.
-Santa
Leocadia nos saque en bien de esta tormenta -decía otro-. Y me habían dicho que
no querían más sino que cayera Godoy, y ahora salen con esta.
-Si
dicen que son unos bandoleros y ladrones de caminos -chillaba una vieja-. ¡Ay,
Virgen del Sagrario de mi alma, y cómo te hubieran puesto esos camaleones si te
cogen entre sus uñas!
-A
mí que no me digan, señora doña Petronila -añadía otra-. Ésa es gente de
Satanás; y cuando menos, trataban de hacer una fechoría gorda. ¿Pues no me
acaban de decir que levantaron la Catedral del suelo y se la llevaban danzando
por los aires como si fuera una caja de mazapán?
-¡Jesús,
María y José! ¡Pues allá por la Catedral debe de haber armada una
marimorena!...
La
multitud que obstruía la calle Ancha retrocedió, y Susana con sus dos
acompañantes volvió al Zocodover.
-¡Si
dicen que es un hombre atroz ese que andan persiguiendo! Ahora me dijeron que
él solo mató diez y seis cortándoles las cabezas de un golpe como si fueran
rábanos. Ese hombre es el diablo en persona.
-Por
fuerza. Pero, compadre, ¿no ve usted claridad por aquella parte? Mire usted por
ahí detrás del Alcázar.
-Parece
que se quema algo.
En
efecto; el humo negro y el resplandor del incendio se veían ya perfectamente
desde la plaza.
-Dicen
que se quema la Inquisición.
-Pues
a fe que no lo siento, aunque ya sabemos que si se quema esta han de hacer
otra.
-Algo
bueno había de hacer ese diablo de hombre. ¿Si se estará quemando él allá
dentro?
-Como
que ahora decían ahí que vieron por los aires un hombre encarnado como el mismo
fuego, haciendo cabriolas y echando chispas.
-Sí,
señor; yo lo vi, yo lo vi, y si no me engaño fue a caer por allá por las ruinas
de San Servando, donde tienen su casa.
El
resplandor se avivaba, y las llamas iluminaban la ciudad. Susana quería
internarse por las calles para ver aquello más de cerca; pero fray Jerónimo no
quería dar un paso más, y D. Lino era del mismo parecer.
-Pero
vamos por estas otras calles que están aquí por detrás del Alcázar. [301]
-¡Señora,
por Dios! Si nos metemos en esos laberintos, no saldremos en toda la noche.
-Yo
voy. Si alguno quiere seguirme... -dijo la dama con resolución.
-¡Señora
condesa, señora condesa!... -exclamó el abate.
La
señora condesa, renunciando a atravesar la calle Mayor, que contenía mucha
gente, se internó por otro lado, por donde ella juzgaba que se podía ir más
pronto al lugar del incendio, y aunque disgustados y gruñendo, la siguieron el
fraile y Paniagua. Bien pronto se encontraron sin saber qué camino tomar,
porque las calles tan pronto torcían a la izquierda como a la derecha, subían y
bajaban, y las llamas, en vez de acercarse, aparecían más lejos cada vez.
-Nos
hemos perdido -dijo fray Jerónimo con gran miedo.
También
por allí se encontraba gente, aunque poca, y por lo general hombres que corrían
desaforados, atropellando cuanto encontraban al paso.
-Retirémonos,
señora condesa -dijo D. Lino-. Esto me huele mal.
-No;
sigamos, sigamos -contestó la dama apretando el paso e internándose más por las
callejuelas.
Unas
veces el fulgor del incendio se veía de cerca hasta el punto de que se sentían
sofocados por el calor, otras parecía retroceder. A sus oídos llegaban voces
roncas y vagas, semejantes a alaridos de entes infernales y furiosos. Después
aquellos ecos se perdían para resonar de nuevo.
-Parece
que estamos a las puertas del Infierno -decía temblando fray Jerónimo.
-Yo
no sirvo para estas cosas -añadía D. Lino cada vez menos sereno.
Susana
tuvo intención de detener, con objeto de interrogarle, a alguno de los que
pasaban con tanta prisa; pero sus dos compañeros se opusieron a tan peligroso
intento. De pronto, el griterío aumentó mucho, y los hombres fugitivos
menudearon más que antes.
-Sálvese
el que pueda -decían algunos.
-Escapemos
por aquí -clamaban otros, dándose gran prisa a escurrirse por alguna calleja, o
a ocultarse en un zaguán de los poquísimos que no estaban cerrados a piedra y
barro.
-El
diablo de D. Martín: no hay quien le arranque de allí -apuntaba un tercero.
-Tira
ese fusil, ¡mal rayo!... y andemos despacio figurando que no hemos tocado pito
en esto. [302]
-No
nos vayan a confundir a nosotros con esta gente... -dijo D. Lino al oído de
Matamala.
-Pero,
señora condesa, volvámonos atrás.
El
incendio iluminaba la parte alta de todas las casas, y los tejados y miradores
proyectaban sombras pavorosas. Se miraban todos unos a otros, encontrándose muy
raros con el semblante tan vivamente iluminado, como si recibieran la luz de un
sol sangriento. El fragor era indescriptible, porque al sordo bullicio de la
ciudad se había unido el alarido angustioso de las cien campanas de Toledo,
que, como todas las que tocan a fuego durante la noche, parecían desgañitarse
en lastimeros ayes desde lo alto de sus torres.
Nuestros
personajes tuvieron que detenerse. Los que venían en dirección contraria eran
muchos, y además había síntomas de lucha en lugar no lejano a la calle en que
se encontraban. No eran sólo fugitivos los que andaban por allí: había gente de
la que antes vimos agruparse junto a la Catedral; y aquello, como observaron
prudentemente D. Lino y Matamala, tenía pésimo aspecto.
De
repente ven aparecer al extremo de la calle cuatro hombres que corrían, aunque
no con gran rapidez, porque uno de ellos parecía resistirse a andar, y los
demás le sostenían arrastrándole al mismo tiempo.
-¡Ah,
señora condesa de mis pecados! Huyamos... ocultémonos en cualquier portal -dijo
fray Jerónimo al ver a los que venían.
-Ésta
debe ser gente muy mala -añadió el abate-. El diablo nos ha tentado al venir
por aquí.
Los
cuatro hombres se acercaron y una voz muy ronca profería gritos y clamores que
no se comprendían.
-Son
borrachos -dijo D. Lino.
-¡Dios
nos asista!
Los
cuatro hombres se acercaron, y Susana, que reconoció a Martín en el que venía
impulsado por los demás, dio un grito y se paró frente a él.
-¡Martincillo!...
¿tú aquí? -dijo el franciscano temblando de pavor-. Escóndete, huye.
-¡Yo!...
¡yo huir! -exclamó el joven después de atronar la calle con una ruidosa y
bronca carcajada que erizó los cabellos de todos los presentes-. ¡Yo soy
dictador! ¡Yo mando aquí!... ¡Matad sin piedad!...
Susana
puso sus dos manos en los hombros del desgraciado hombre y le miró muy de cerca
de hito en hito. Su temeroso aspecto, su fisonomía desencajada y contraída, sus
ojos espantados y rojos, sus cabellos en desorden, su [303] vestido desgarrado le infundieron tanto terror, que
no pudo articular palabra.
-¡Martín,
Martín! -exclamó con tono a la vez suplicante y conmovido, como si quisiera
volverlo a la razón con sólo el eco de su voz.
-¡Ah!,
ya te conozco -dijo el joven, apartándola con fuerza-. ¡Infame aristócrata!
Intentas seducirme. Yo soy el pueblo, el santo pueblo. Vuestro reinado durará
poco tiempo. Temblad todos, porque os aborrezco. El día de mi poder ha llegado.
Te condeno a muerte.
-¡Oh,
Dios mío! ¡Está loco! -exclamó Susana con desesperación.
En
aquel momento se sintieron los pasos precipitados de un tropel de gente, y
fuertes voces decían: «¡Por aquí han ido, por aquí!»
-Que
nos cogen; ¡huyamos! -exclamaron Brunet y los otros dos.
-Señora
condesa, señora condesa -dijo D. Lino asiéndola por el brazo.
Pero
Susana no se movía. Llegaron los perseguidores y rodearon el grupo. Fray
Jerónimo, que tenía agarrado por el cuello a Martín, le presentó a aquellos
hombres, diciendo: «¡Éste, éste es! ¡Aquí le tenéis!»
Hubo
un momento de confusión. Don Lino desapareció como el viento se lo llevara.
Brunet y los dos que le acompañaban huyeron también; mas no lograron escapar.
Susana, en medio de aquella algazara espantosa, pudo observar un momento lo que
pasaba: su entereza no la abandonó hasta algunos instantes después. Vio que
muchos brazos se abalanzaron hacia Martín, y que la cabeza del desgraciado
joven desapareció entre otras cabezas fatídicas. Su voz, ronca y dificultosa,
se sobreponía aún al clamor discordante de aquella gente.
-¡Apretadle
bien, que no se escape! -dijo una voz.
-La
soga, la soga. ¿Dónde está la soga? -dijo uno que tenía cuerpo de Hércules y un
repugnante y feroz aspecto.
-Aquí
está la soga -contestó una especie de chulo, pequeño y travieso-. Echádsela al
cuello, y a correr.
Susana
vio la cuerda fatal volar y escurrirse por encima de las cabezas. Pero también
sintió que una voz decía después:
-No
es preciso cuerda: que vaya por sus pies. Anda, buena pieza. Está que no se
puede tener de borracho.
Susana,
empujada por aquí, rechazada por allá, cayó al suelo aturdida primero y
desmayada después. Martín siguió adelante, en el seno de aquel grupo bullicioso
y [304] feroz, que tomó el
camino de Zocodover, rugiendo y apretándose para atravesar las angostas calles.
Susana pudo ver cómo se alejaban aquellas gentes, llevando al infeliz, a quien
suponía con el dogal al cuello, muerto ya o arrastrado a la muerte por una plebe
ciega y embriagada. Todo esto parecía una pesadilla, y la dama sintió alejarse
las pisadas de aquellos hombres, como si todas golpearan sobre su corazón,
exprimido y hollado. A sus ojos, la sangre generosa de Martín salpicaba a cada
paso de la comitiva, manchando todo lo que encontraba al paso, las casas, el
piso, los objetos todos, el cielo mismo. Sus huesos crujían al chocar en los
guijarros, y repercutían rompiéndose como frágiles cañas. Para ella ya no
quedaban del cuerpo de tan hermoso e interesante hombre más que sangrientos
jirones desparramados por aquella calle de angustias. Inteligencia, pasión,
vida, cuerpo, todo había sido destrozado en un momento, y los despojos de todo
esto arrojados al azar para que no quedase en el mundo memoria de tan noble
ser.
Matamala
había seguido al grupo, refiriendo cómo se las había compuesto para echar mano
al delincuente con gran peligro de su vida, y bien pronto no quedó en aquel
sitio desolado y triste más que Susana exánime sobre el suelo húmedo y frío.
Capítulo
XXX
Revoloteo de una mariposa alrededor de una luz
I
Susana,
mientras duró su breve desvanecimiento, no dejó de sentir un eco de las
tremendas palabras pronunciadas por Martín en la corta escena que acababa de
presenciar. Aquello parecía un sueño: era preciso estimular la razón con
grandes esfuerzos mentales para adquirir la realidad de un suceso que tenía
todas las apariencias de lo absurdo. En efecto; ¿quién no ha soñado alguna vez
que está andando por las vueltas y revueltas de un laberinto, sin llegar nunca
al punto donde se quiere ir? Y en esta excursión angustiosa, ¿no se nos
representa de improviso la muerte de una persona querida, una súbita aparición,
un [305] asesinato o
cualquiera otra imagen terrible que nos conmueve, obligándonos a despertar?
Pero Susana no tardó en hallarse en la plenitud de su razón, comprendiendo la
espantosa verdad de lo que había visto y oído. Se levantó, miró al cielo, y la
estrechez de la calle, formada por altísimos edificios, le habría hecho creer
que estaba en el fondo de una zanja profunda y tortuosa, si fuera ella más
propensa a la alucinación. La faja del firmamento que desde allí se veía estaba
aún teñida de una leve púrpura producida por el incendio cercano. En las casas
y en la calle no brillaba otra claridad que la de una lámpara colgada frente a
una Virgen de los Dolores que, metida tras de una reja, mostraba a los devotos
su pecho atravesado por siete espadas con los mangos dorados. Algún transeúnte
pasaba corriendo por las calles inmediatas y no se detenía si alguien quería
interrogarle. Susana tomó la calle que le parecía llevarla más directamente al
Zocodover, con la esperanza de encontrar quien le indicase el camino si se
perdía.
Apenas
había andado cien pasos, vio enfrente y a gran altura la fachada septentrional
del Alcázar, y creyó que podría orientarse subiendo allí. Así lo intentó, y
fácilmente encontró el camino; subió a la explanada y desde allí vio el
Zocodover. Ya no necesitaba más para llegar a la posada.
Desde
aquella altura se ofreció a su vista un panorama que produjo en su ánimo fuerte
impresión de sublime pavor. El incendio iluminaba toda la población, y las
torres, los altos miradores, las chimeneas de la ciudad gótico-mozárabe,
proyectando su desigual sombra sobre los irregulares tejados, parecían otros
tantos espectros de distinto tamaño y forma, descollando entre todos la torre
de la Catedral, que parecía cuatro veces mayor de lo que es, teñida de un vivo
fulgor escarlata, y presidiendo como un gigante vestido de púrpura aquel
imponente espectáculo. Volviendo la vista a otro lado vio el Tajo, describiendo
ancha curva alrededor de la ciudad y precipitándose por su estrecho cauce con
la hirviente rabia que es propia de aquel río impaciente y vertiginoso, que
parece huir siempre de sí mismo. La tierra rojiza que arrastra ordinariamente y
el reflejo de las llamas de aquella noche, le asemejaban a un río de sangre, y
en verdad, atendido el papel histórico de la ciudad que circunda, por el Tajo
nos parece que corre sin cesar la ilustre sangre de tantas luchas, sangre goda,
árabe, castellana, tudesca y judía, vertida a raudales en aquellas calles
durante diez siglos de dolorosas glorias. [306]
Susana
no vio nada de esto en la corriente, porque en aquel momento no cabían en su
espíritu sino cierta clase de pensamientos, y sólo la consideración de la
propia desdicha, y tal vez algún propósito violentamente germinado en su
cerebro, le ocupaban durante el breve espacio que empleó en recorrer con su
vista aquel espantable panorama.
Es
de suponer que sufría entonces una grande atonía intelectual. Si la
estupefacción del idiota cuadrase a ciertos entendimientos en ocasiones dadas,
nada podría expresar mejor la situación de Susana como el decir que estaba
idiota. Aquella iniciativa que para resolver las cuestiones relativas a su amor
propio o a su pasión la había distinguido, estaba completamente embotada en
aquellos momentos. Pero algo vio desde allí que produjo en su mente uno de esos
íntimos choques parecidos a los que, hijos de una agitación nerviosa, nos
despiertan en mitad de un sueño profundo. Despertó, digámoslo así, saliendo de
su estupefacción, y en aquel mismo instante se la vio descender a buen paso de
la explanada. Había tomado una resolución.
II
Atravesó
el Zocodover y se dirigió a la posada que estaba inmediata. Entró, subió a su
cuarto, pidió una luz y preguntó si había vuelto D. Lino, a lo que contestaron
negativamente. Quedándose sola se acercó al lecho donde dormía Pablillo y le
estuvo mirando con gravedad sombría un buen espacio de tiempo. Después se sentó
junto a una mesa y escribió dos cartas. La primera la meditó mucho; borró
muchas palabras para trazarlas de nuevo. La segunda era breve y la escribió
pronto. Metió la primera dentro de la última, y a ésta, después de cerrada y
sellada, le puso el sobrescrito, dejándola sobre la mesa.
Después
se puso de nuevo el manto, se acercó otra vez a Pablillo y lo contempló con muy
distinto semblante y expresión de la vez primera. La ternura transformó su
semblante, quitándole la sombría seriedad que antes advertimos, y besó
repetidas veces al pobre chico, bañándolo con sus lágrimas de amor, las
primeras que en el largo curso de esta historia hemos visto salir de aquellos
grandes e imponentes ojos, hechos a turbar y estremecer con su mirada.
Salió
del cuarto y de la posada, llegó al Zocodover, lo [307] atravesó sin cuidarse de la gente que en él había, y
bajó hacia el Miradero, tan derecha en su camino que cualquiera hubiera creído
que iba a alguna parte. Parecía que se dejaba llevar por alguien. Tenía, sin
duda, una resolución y caminaba a ella con paso firme y resuelto. Al llegar al
Miradero, sitio de descanso en la agria cuesta que baja al llano y a la Vega,
se detuvo y se sentó en el muro que sirve de antepecho a aquella plazoleta irregular.
¿Por qué se detuvo? Sin duda no se atrevía.
III
Sentada
allí, con la frente apoyada en la mano, envuelta en su gran manto negro, un
toledano supersticioso la hubiera tomado por alguna bruja, habitadora en los
escondrijos de los palacios de Galiana o en algún rincón de las murallas de la
antigua ciudad. Nadie pasó, y nadie se asustó de aquel bulto.
En
aquel instante la infortunada dama echó sobre sí misma una de esas intensas
ojeadas del espíritu que iluminan instantáneamente la conciencia, aclarando
todos los enigmas y disipando todas las dudas. ¿Qué había hecho? El grande
alcázar que había levantado con la imaginación estaba en el suelo, o se había
desvanecido como una de esas esferas de mil colores formadas por la espuma y
que el menor soplo reduce a la nada. ¡Ruinas por todas partes! Aquel hombre que
el doble encanto de sus ideas generosas y de su carácter vehemente, embellecido
a cada instante con todos los rasgos de la sublimidad, la había atraído, no era
ya más que un mísero despojo de espíritu humano, sin razón. Aquella hermosa luz
que irradiaba las nobles ideas de emancipación y de igualdad, se había
extinguido en una noche de tempestad social en que el fanatismo y la protesta
revolucionaria habían chocado sin llegar a luchar. Ella no podía menos de creer
que en la llama rojiza que cruzaba los aires, se había ido a otra región el
alma ardiente del desdichado joven. A veces consideraba aquel suceso como un
castigo del Cielo; a veces como un llamamiento a otra vida mejor. A veces se le
representaba Martín en proporciones colosales; a veces empequeñecido hasta
llegar a la mezquina talla de un loco vulgar, encerrado en su jaula y
escarnecido por los chicuelos de las calles. De todas maneras, el ser que había
tenido el singular privilegio de atraerla con fuerza irresistible, continuaba
deslumbrándola [308] con la magia de su
superioridad. Ella no había conocido hombre igual ni podía existir en todo el
mundo quien se le pareciera. Estaba loco, y vivía aún tal vez; pero su razón no
podía menos de estar en alguna parte. Susana, que siempre había pensado poco en
la otra vida, y era algo irreligiosa en el fondo de su alma, creyó en aquellos
momentos en la inmortalidad del espíritu. Algo parecido a la alegría la animó
brevemente, y por su cuerpo corrió una sensación extraña, como la que se
experimenta al creer que un cuerpo invisible nos toca y pasa... Lo que ella
había presenciado poco antes era peor que la mayor de las desventuras humanas.
Verle muerto, habría sido un dolor inmenso; mas la religión y la razón, por
débiles que sean, buscan en alguna esfera lejana un escondrijo cualquiera donde
colocar al que se ha ido. Pero verle loco, verle sin razón, ver a uno que era
él y no era él, al mismo hombre convertido en otro hombre, esto no se parecía a
ningún dolor previsto por el pesimismo humano. La razón de Muriel debía estar
en alguna parte. Ella no podía seguir en el mundo teniendo siempre ante la
vista aquel loco en cuya cabeza había pensado Martín tan grandes cosas. Le
parecía que ya no había en la tierra más que ella y aquel insensato, y que le
estaría viendo siempre como si los dos solos se hallaran encerrados juntos en
una inmensa prisión, de la cual serían únicos habitantes. El mundo era antes
una cosa buena, porque era el teatro de las soñadas y fantásticas hazañas de un
hombre no común; ahora no era más que una jaula. Todo había acabado. No era posible
de ninguna manera estar más aquí. Se levantó con decisión y siguió bajando la
cuesta.
IV
¡Ruinas
por todas partes! Por otro lado se le presentaba el cadáver de su padre,
hablándole del honor de su casa y de la deshonra en que había caído. Ella no
podía olvidar aquella voz temerosa y profunda que aún creía oír resonar en
algún hueco de aquellas viejas murallas. Ya había perdido su nombre, su decoro,
su posición, todo; no era posible tampoco volver al mundo por aquel camino.
Pero al mismo tiempo se le representaba aquel infeliz anciano que le profesaba
tan tierno cariño, el pobre doctor, inconsolable con tantas desdichas,
llorándola siempre mientras tuviera vida. Al pensar esto, Susana se detuvo y se
sentó en una piedra del camino. Otra vez no se atrevía. [309]
Las
lágrimas del buen inquisidor caían sobre su corazón quemándolo como si fueran
gotas de un derretido hirviente metal... Pero al mismo tiempo, ¿no se le exigía
ser esposa de Segarra? Esta pretensión desvirtuaba el cariño del doctor. No;
por más que investigaba con afán, tampoco había salvación por aquel lado.
¡Ruinas por todas partes!... Se levantó y siguió bajando sin detenerse hasta el
puente de Alcántara. Es ésta una soberbia construcción secular que enlaza las
dos riberas del Tajo. Su grande arco de medio punto, al reproducirse en las
aguas del río en las noches de luna, parece un inmenso agujero circular abierto
en una gran masa de tinieblas formadas por los peñascos de ambas orillas y por
las murallas y paredones que las rematan en la parte oriental. Por debajo de
este arco, suspendido a grandísima altura, corre el Tajo espumante y rabioso,
tropezando en las peñas de la orilla. Nada hay allí de apacible, como sucede en
las márgenes de los demás ríos: todo es imponente y temeroso; el ruido ensordece,
la profundidad causa vértigo, la lobreguez oprime el corazón; el paisaje todo
tiene un sello de grandioso pavor que hace pensar en las muertes desesperadas y
terribles. La vida del ascetismo enconado contra la naturaleza humana y en
lucha constante con la voluptuosidad, escogería aquel sitio para aprender a
odiar todo lo tierno y todo lo agradable.
Susana
atravesó el puente hasta llegar al centro, y desde allí miró aquellas aguas
horrendas que corrían huyendo de su propio cauce, y no pudo dominar un
estremecimiento de terror. Miró al cielo y aún se veía el resplandor del
incendio, y más humo, mucho más humo que antes. Las torres almenadas que
limitan el puente en sus dos extremos, las murallas de la ciudad, el mismo
Alcázar, colocado arriba, como si quisiera pesar como un gran monolito sobre la
ciudad oprimida; el castillo de San Servando descarnado y bordado de
recortaduras; todo lo que remataban las dos orillas parecía venirse encima...
Desde donde estaba al centro del Tajo había una gran distancia, la suficiente
para pensar algo antes de caer. Pero pocos momentos de reconcentración le
bastaron para serenarse y adquirir la entereza de ánimo que ya había tenido
antes en aquella noche. Sus ojos, que poco antes habían derramado algunas
lágrimas, estaban secos, y la palidez del rostro era tan intensa, que parecían
dos grandes manchas negras, en cuyo fondo brillaba un vivo resplandor cuando
los movía. Miró al cielo para ver si aún se notaba el resplandor rojizo y
observó que se iba extinguiendo; después desapareció por un momento su rostro
bajo el manto, al inclinar la cabeza sobre [310] el pecho; luego la levantó sacudiendo atrás el manto
y descubriendo la cabellera y el cuello. Apoyó sus manos en el antepecho, hizo
fuerza en ellas y levantó los pies, que volvieron a tocar el suelo al poco
rato; se apoyó de nuevo en sus dos manos y alargó el busto fuera del puente.
Figuraos el brusco movimiento del que quisiera mirar algo escrito en el
intradós del arco. El cuerpo de Susana volteó sobre el antepecho; la seda de su
vestido crujió en el aire como el rápido revoleo de un ave de grandes alas, y
cayó. Un fuerte espumarajo hirvió en la superficie del gran río al recibir su
presa.
Así
acabó aquella gran pasión y aquel inmenso orgullo.
Capítulo
XXXI
Conclusión.- Saint-Just, Napoleón y Robespierre
I
Hacía
dos días que Susana había partido para Toledo, cuando el marqués de Fregenal,
de acuerdo con el doctor Albarado, bajó al sótano en que Rotondo había sido
encerrado. Antes de referir lo que allí pasó, conviene mencionar la nueva
consternación causada por la fuga de la dama. Este último atrevido paso acabó
de perderla en el concepto de la familia, y doña Juana, hablando de esta grave
cuestión con la Diplomática, decía:
-Ya
no hay que esperar nada bueno de ella. ¡Cuidado con la niña!... Por mi parte me
alegraré de que no vuelva más, porque bastantes desastres ha traído a esta
casa.
El
Marqués, insensible ya, a fuerza de terribles sensaciones, vio la desaparición
de Susana con menos dolor del que podía esperarse. También la consideraba
perdida y deshonrada para siempre, y hacía lo posible por echar tierra en la
fosa de su amor, ya decididamente sepultado. Deseando cumplir un alto deber,
bajó adonde estaba don Buenaventura encerrado y olvidado después de muchos
días. El conspirador, falto de alimento, y aturdido por la sorpresa de su
descalabro, se hallaba en un estado deplorable de espíritu y de cuerpo. Viole
el marqués arrojado en el suelo, y tocándole con la punta del pie le obligó a
incorporarse exhalando un quejido, y después una maldición. [311]
-Sáquenme
de aquí. ¿Por qué me han encerrado? -dijo, sin conocer a quien tenía delante.
-Sí,
saldrá usted para ir a lugar más seguro -repuso el marqués-. Pero antes tenemos
que hablar, señor maestro Nicolás.
-Yo
no tengo nada que decir, sino que ya lo pagarán caro los que me han puesto aquí
-dijo Rotondo reponiéndose.
-Eso
lo hemos de ver. Usted me responderá con completa verdad a lo que voy a
preguntarle, o ahora mismo le saltaré la tapa de los sesos -añadió el marqués
sacando una pistola y poniéndola en disposición de hacer lo que decía.
Rotondo
estuvo un momento callado y meditabundo, pensando sin duda en la gravedad de
aquella situación. Después, alzando los ojos, exclamó con voz desfallecida:
-¡Denme
de comer!
-Sí,
comerás; pero antes vas a contestar a mis preguntas. ¿Eres Buenaventura
Rotondo? -dijo, tuteándole con desprecio.
-Sí
-contestó el interpelado casi maquinalmente-. ¿Y qué?
-¿Qué
parte tuviste en el robo de Susana?
-Ninguna;
es cosa que no me ha importado nunca... ¡Pero, por Dios, denme de comer!
-Susana
fue robada en casa de la Pintosilla, que es tu querida, y ella nos ha revelado
todo.
-¿Ha
revelado?... ¿Ha dicho?... ¡Esa infame!... la he de degollar -afirmó con ira
repentina D. Buenaventura.
-Sí;
pero tus móviles para tan criminal acción nos son desconocidos. Dilos pronto, o
si no ya sabes la suerte que te espera.
-Yo
no sé nada de eso. Es cosa de Muriel: dicen que ella le amaba.
-No,
hay otra causa; dila pronto, o encomiéndate a Dios -añadió el marqués,
acercando el cañón de la pistola a la frente del preso.
-¡Oh!,
es usted cruel... lo diré. ¡Pero denme de comer!
-Después,
después.
-¡Y
qué quiere usted que le diga! Yo no tengo la culpa de nada. El Sr. D. Miguel de
Cárdenas quería que desapareciera Susanita para heredar a su hermano.
-¿Y
se valió de ti para ese fin?
-Pero
yo nada hice. Muriel la robó para exigir la libertad de un tal D. Leonardo.
-¿Y
D. Miguel se contentaba con que desapareciera? ¿No había propósito de
asesinarla? [312]
-No
tal; pero creo que Muriel intentó acabar con ella... ¡Por Dios, denme de comer,
denme de beber!
-¿Y
no te ofrecieron dinero para hacerla desaparecer?
-Yo
pedí a D. Miguel cien mil duros para...
-¿Para
qué?
-No
lo puedo decir. Todo lo diré menos eso.
El
marqués, que al principio de la revelación sentía sorpresa y espanto, concluyó
por mirar con repugnancia y despego a aquel intrigante solapado y criminal,
cómplice de D. Miguel de Cárdenas, más criminal todavía. Estuvo a punto de
disparar la pistola sobre la cabeza de Rotondo; pero, recobrando la calma,
rechazole con la mano y con el pie, y le volvió la espalda diciendo:
-Miserable
intrigante, te perdono; porque castigarte a ti solo sería injusticia.
Salió
del sótano, cerrándolo bien, y en cuanto vino la noche, Rotondo, después de
alimentado, fue conducido a la cárcel.
II
Al
día siguiente de la catástrofe referida en el capítulo anterior, Martín era
conducido a Madrid. Los que se apoderaron de él, creyendo que tenían entre las
manos una cosa rara, muy por encima de los delincuentes vulgares, renunciaron a
arrastrarle vivo por las calles como pretendía la parte más piadosa de la
multitud. A juicio del señor corregidor de la ilustre ciudad, ésta no era
acreedora a guardar en su seno a un criminal tan interesante y curioso como
aquel dictador de una noche, que desde el fondo de su jaula mandaba a sus
soñados secuaces que mataran sin cesar.
Dispúsose,
por lo tanto, mandarle a Madrid por vía de presente al Gobierno del Príncipe de
la Paz, y así se hizo. El preso fue metido en una jaula, por falta de vehículo
a propósito para el traslado de criminales; la jaula clavada en un carro, y
éste rodó por el camino real, arrastrado por perezosas mulas, que si lo fuera
por bueyes, había de asemejarse aquella fúnebre procesión a la del encantado
Don Quijote, en la célebre escena que causa risa a los niños y a las mujeres y
hace meditar a los hombres serios y pensadores.
Nada
nuevo ocurrió en aquel triste viaje; ni el prisionero pronunció desde Toledo a
Madrid palabra alguna, por lo cual tuvieron gran pena sus conductores, que
esperaban ir entretenidos todo el camino. [313]
Don
Lino volvió también al siguiente día, y por cierto tan preocupado, que hasta
olvidó, ¡cosa increíble!, comprar los mazapanes destinados a hacer un regalo a
la condesa de Castro-Limón. El pobre abate no cabía en su cuerpo de puro
afligido, y es cosa probada que en todo el camino levantó los ojos del suelo,
como si tuviera empeño en contar una por una las huellas que dejaban en el piso
desigual y polvoroso las pezuñas de la mula del arcipreste que montaba. Por fin
llegó y entregó al doctor la carta de Susana, cumpliendo un sagrado deber; pero
al desempeñar su triste encargo, el buen abate, muerto de miedo y de
sobresalto, se arrojó a los pies de Albarado, exclamando:
-Perdonadme,
señor doctor... yo soy inocente; yo no tengo parte alguna en este suceso. Yo la
acompañé a Toledo sin sospechar lo que iba a pasar.
Aquel
acontecimiento dejó honda huella en el ánimo del buen corredor de toda especie
de asuntos domésticos. En muchos días no salió a la calle; se puso más flaco de
lo que parecían permitir sus ya enjutísimas carnes, y en largo tiempo no
recobró aquella actividad entrometida y oficiosa que le elevó a la categoría de
una institución social. Al fin adquirió de nuevo su eclipsada facultad de
rotación y traslación, y fue otra vez el abate Paniagua tan necesario en todas
las casas como el aire y el fuego.
El
doctor experimentó un golpe tan terrible, que sus ojos se secaron de llorar, y
no volvió a poner los pies en la casa de su hermana. Aquel anciano amable y
jovial se convirtió en un viejo sombrío, áspero y gruñón. Impulsado por secreto
instinto que no podía explicar, renunció a su cargo de consejero de la Suprema,
y se encerró en su habitación para no salir más que a misa.
Un
hecho acaeció entonces, que no debemos pasar en silencio, porque da mucha luz
para apreciar la situación de ánimo del pobre abuelo. Leonardo, que escapó con los demás presos la noche del
incendio, fue de nuevo cogido en cuanto los Inquisidores se repusieron del
susto; pero el consejero de la Suprema, al saberlo, se preocupó tanto de la
suerte de un hombre cuyo encierro había traído tan grandes catástrofes a la
familla, que llegó a tener cierta superstición, y no paró hasta lograr que le
pusieran en libertad. El pobre francmasón, acusado de ultrajes a la Virgen del
Sagrario, por habérsele descubierto algunas cartas de un amigo suyo toledano,
que estaba preso como individuo de las sociedades secretas, recobró
definitivamente su libertad, sin que pudiera oponerse a ello el padre Corchón,
porque éste tuvo la suerte de que Godoy le temiera, [314] y, por tanto, que intentara comprarle, como en efecto
le compró, dándole la mitra de Coria. Desde entonces el timón de la nave del
Estado, como decía ahuecándose todo, no podía estar en manos más expertas que
en las del Príncipe de la Paz.
Difícil
le será al lector creer una cosa, y es que Leonardo se casó con Engracia
después de tres meses de telegrafía platónica, cuyo hilo misterioso tendió D.
Lino de una casa a otra con su acostumbrada benevolencia. Esto, así como la
boda, no es lo que encontramos de inverosímil y maravilloso, sino que doña
Bernarda Quiñones consintiera, aunque después de una muy viva oposición. Pues
no lo dude el lector, que es muy cierto, según consta en testimonios auténticos
que han llegado hasta nuestros días. Graves escritores atribuyen este cambio a
la ausencia del padre Corchón, que privó a aquella santa mujer de su riguroso
director espiritual, demasiado celoso por la honra de la casa. Después de
casados Leonardo y Engracia, doña Bernarda traía en palmitas a su yerno y decía
mil pestes de Corchón, que había tenido el mal gusto de trocarla a ella por una
mitra. Los dos esposos recogieron, educaron y adoptaron al fin a Pablillo, a
quien el doctor, obedeciendo la patética recomendación que Susana le hizo en su
postrera carta, había puesto en el Seminario de Nobles, donde era tratado como
el hijo de un grande de España.
La
boda se había celebrado sin aparato alguno en atención a la triste suerte de
Muriel, encerrado aún en la cárcel de Villa y cada vez más loco. No dejó Pluma
de asistir, aunque haciendo tal cual puchero. Don Lino, por su parte, se excusó
con la mayor cortesía, porque aquella noche tenía que representar en casa de
Porreño el papel de Federico el Grande en la tragedia de Comella, El más celebrado rey de Prusia.
-Señor
de Pluma -decía doña Bernarda en tono compungido-, ¿no ha pasado hoy usted a
ver ese buen señor conde de Cerezuelo, que dicen está tan malito que se nos va
a ir por la posta en un periquete?
-¡Ah!
¡Pobre Sr. D. Miguel de Cárdenas! Desde aquello de Susanita no ha vuelto a
levantar cabeza. Fue muy grande el golpe que recibió.
-Dios
le dé resignación. ¡Cómo se han quedado todos los de esa familia! Cuidado que
el marqués de Fregenal está que no parece sino que le han pasado setenta años
por la cabeza. Ayer le vi por la calle, ¡Jesús!, iba tan encorvado que daba
lástima, y no le ha quedado un pelo negro. Vaya, si es cosa que horripila. [315]
III
Rotondo
fue conducido a la cárcel y puesto en el mismo calabozo que el pobre La Zarza,
hallado en la calle de San Opropio, como sabemos, o incluido antes que ninguno
en la sumaria que se empezó a instruir. El infeliz conspirador, extenuado por
el hambre y turbado por la impresión que experimentara, cayó en profundísima
melancolía cuando se vio solo con su antiguo huésped en tan triste sitio. El
loco no había variado en lo más mínimo, y sus palabras, como sus hechos no
indicaban diferencia alguna ni en su cabeza ni en su manía. Hablaba sin cesar,
ora pronunciando discursos, ora increpando a personas invisibles, existentes
sólo en su fantasía.
En
el cerebro de D. Buenaventura fue poco a poco realizando un gran trastorno la
presencia continua de aquel hombre, sus voces, y sobre todo la firme convicción
que mostraba en cuanto decía. Pasó un día y pasó otro, y al fin Rotondo, como
cansado de su propio silencio y de su propio hastío, cambió con La Zarza
algunas palabras y después entabló con él diálogos muy vivos, en los cuales las
ideas, si así puede llamárselas, del loco tenían la principal parte. A los
cinco días, Rotondo hablaba de la Convención, de los thermidorianos, de los
jacobinos y de Robespierre con tanta seriedad como su compañero de cárcel. En
su cabeza se verificó un raro fenómeno, a causa del sacudimiento moral que
había sufrido: comenzó a perder la memoria, y al fin la perdió por completo. El
despecho, la rabia y el miedo, primero; la miseria, el aislamiento y la
compañía de La Zarza, después, le debilitaron el juicio poco a poco hasta que
se volvió tan loco como aquél.
A
los diez días de entrar allí Rotondo llegó Martín a la cárcel y le encerraron
también en el mismo calabozo. No es posible dar idea de lo que pasaba en la
vida íntima de aquella trinidad horrorosa. La Zarza había dado en la flor de
decir que estaban en la Conserjería y que los tres serían guillotinados a la
mañana siguiente. Rotondo dio en creer que era Napoleón y que al día siguiente
se coronaría emperador. La misma cordura hubiera perdido el juicio en aquel
encierro.
Martín
hablaba poco y pasaba la mayor parte del tiempo acurrucado en un rincón con
semblante tétrico y profiriendo a cada rato su lúgubre estribillo: [316]
-¡Cuánto
odio esta noche!... ¡Yo soy dictador!... ¡Matad, matad sin cesar!...
Con
el cuerpo lleno de contusiones y los vestidos desgarrados era insensible a sus
dolores físicos. Ningún recuerdo de personas o hechos anteriores a la
catástrofe de la noche de Toledo indicaba que conservase un residuo de memoria.
Estaba lo mismo que en los instantes del incendio, con el entendimiento parado
y como clavado en aquel punto. Creeríase que su cerebro había sufrido una
petrificación.
La
Zarza, puesto en pie sobre el único banco que en la prisión había, se daba el
nombre de Saint-Just y arengaba a una multitud imaginaria. Rotondo paseaba con
agitado andar por el calabozo diciendo: «Ajustaré la paz con los austriacos;
entretendré con promesas a los prusianos; absorberé la España; conquistaré la
Holanda, y decretaré el bloqueo continental contra Inglaterra... ¡Ah, pérfida
Inglaterra...!» Los tres, cubiertos de harapos, con el rostro desencajado y los
ojos hundidos y sanguinosos, parecían burla de la razón humana. Aquella triple
locura causaba espanto a cuantos bajaban a visitarlos como una cosa rara. Veían
a Rotondo dictando leyes al mundo; a La Zarza refiriendo lo que había de pasar
el día siguiente al atravesar en carretas la calle de San Honorato para ir a la
plaza de la Revolución; a Muriel sumergido en estúpido marasmo, menos cuando se
sobreexcitaba súbitamente para mandar destruir, para condenar a muerte y barrer
de un golpe la corrupción y el fanatismo. ¿Podía darse caricatura más pavorosa
de las ideas, de las aspiraciones de las virtudes y de los crímenes que agitan
y arrastran al hombre en el camino de la existencia?
Muriel
tenía en todos sus actos el sello de la superioridad, aun en aquella sociedad
de insensatos. Sus movimientos eran dignos, su modo de mandar majestuoso, su
voz grave, aunque estridente y sofocada. No se dignaba fijar la vista en los
extraños que venían a contemplarle desde el mundo de fuera, desde el imperio de
la razón; lanzaba sobre ellos una mirada de desprecio, y les volvía la espalda
diciendo: «Estos necios no me conocen».
Otras
veces parecía asombrarse de que le miraran tanto, y daba órdenes en voz alta,
mandando cortar cabezas sin cesar, y llamándose dictador y omnipotente;
después, advirtiendo la compasión e hilaridad de los curiosos, se estremecía de
indignación y les increpaba diciendo: «Temblad todos... ¡Ah! Sin duda no saben
quién soy... ¡Imbéciles! Yo soy Robespierre».
Octubre de 1871.

