© Libro
No. 376. De la Imaginación y del Deseo.
Proust, Marcel. Colección Emancipación Obrera. Febrero 2 de 2013 .
Título original: © De
La Imaginación Y Del Deseo. Marcel Proust
Versión Original: De La Imaginación Y Del Deseo. Marcel Proust
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
De La
Imaginación Y Del Deseo
Marcel
Proust
De La
Imaginación Y Del Deseo
Marcel Proust
I. HISTORIA DE UN APRENDIZAJE
1.
UNIDAD DE «LA RECHERCHE»:
EL
MUNDO COMO UN SISTEMA DE SIGNOS
Méséglise y
Guermantes, los dos caminos de una «formación»
Había en los alrededores de Combray
dos «lados» para nuestros paseos, y tan opuestos que no salíamos efectivamente
de casa por la misma puerta según quisiéramos ir por un lado u otro: el camino
de Méséglise-la-Vineuse, que llamábamos también el camino de Swann, porque
para ir por allí pasábamos junto a la propiedad de monsieur Swann,
y el camino de Guermantes. A decir verdad, de Méséglise-la-Vineuse nunca
conocería más que el «camino» y gente de fuera que venía el domingo a pasear a
Combray [...]. En cuanto a Guermantes, un día llegaría a conocerlo bien, pero
sólo mucho más tarde; pues durante toda mi adolescencia, si Méséglise era para
mí algo tan inaccesible como el horizonte, sustraído a la vista, por lejos que
fuéramos, a través de los repliegues de un terreno que ya no se asemejaba al de
Combray, Guermantes sólo se me apareció como el término más ideal que real de
su propio «camino», una suerte de expresión geográfica abstracta como la línea
del ecuador, el polo u oriente. Por eso, «tomar por Guermantes» para ir a
Méséglise, o hacer lo contrario, me habría parecido una expresión tan
desprovista de sentido como tomar por el este para ir hacia el oeste. Dado que
mi padre hablaba siempre del camino de Méséglise como de la llanura más
hermosa que conocía, y del camino de Guermantes como del clásico paisaje de
río, yo les daba, al concebirlos cual dos entidades, aquella cohesión y unidad
que sólo pertenecen a las creaciones de nuestro espíritu. [...] Pero sobre
todo interponía entre ambos, además de su distancia kilométrica, la distancia
que había entre las dos partes de mi cerebro cuando pensaba en ellos, una de
esas distancias en el espíritu que no sólo alejan, sino que separan y sitúan en
distinto plano. [CS 132-133]
Cuando trato de revisar lo que debo al
lado de Méséglise, los humildes descubrimientos de que fue marco fortuito o
necesario inspirador, recuerdo que durante aquel otoño, en uno de esos paseos,
junto a la escarpa llena de maleza que protege Montjouvain, me sorprendió por
primera vez el desacuerdo entre nuestras impresiones y su expresión habitual.
[...] Y en ese momento aprendí también que las mismas emociones no se producen
simultáneamente y según un orden preestablecido en todos los hombres. [...] A
veces, a la exaltación que me daba la soledad, se añadía otra que yo no sabía
delimitar claramente, ocasionada por el deseo de ver surgir ante mí a una moza
que pudiera estrechar entre mis brazos. [...] Sucedía además-como sucede en
esos momentos de ensoñación en medio de la naturaleza, donde la acción del
hábito queda suspendida, nuestras ideas abstractas de las cosas alejadas, y
confiamos plenamente en la originalidad y en la vida individual del lugar
donde nos hallamos-que la mujer que pasaba y despertaba mi deseo no me parecía
un ejemplar cualquiera del tipo general: la mujer, sino un producto necesario
y natural del suelo aquel. Pues en ese tiempo todo cuanto no era yo, la tierra
y los seres, me parecía más valioso, más importante, y dotado de una existencia
más real de lo que parece a la gente adulta. Yo no separaba la tierra de los seres.
Sentía deseos por una paisana de Méséglise o de Roussainville, o por una
pescadora de Balbec, como sentía deseos por Méséglise o por Balbec. El placer
que ellas podían darme me habría parecido menos cierto, no habría creído en
él, si hubiera modificado a mi antojo las condiciones. [...] Eso habría sido
sustraer del placer que la mujer iba a darme aquellos otros con que la envolvía
mi imaginación. [...] La muchacha que yo veía rodeada de hojarasca era a su
vez para mí como una planta local de una especie más elevada solamente que las
demás y cuya estructura permite acceder, más de cerca que en las otras, al
sabor profundo de la zona. Me resultaba tanto más creíble [...] debido a que yo
estaba en esa edad en que todavía no hemos abstraído el placer de poseer de las
diferentes mujeres que nos lo ofrecieron, aún no lo hemos reducido a una
noción general que las convierte en instrumentos intercambiables de un placer
siempre idéntico. Ni siquiera existe, aislado, separado y formulado en la
mente, como el objetivo que perseguimos al acercarnos a una mujer, o como la
razón de la turbación previa que sentimos. Apenas si pensamos en él como en un
placer que ha de venir; más bien lo consideramos un encanto de ella; pues no
se piensa en uno mismo, sino únicamente en salir de sí. [CS 153-155]
[...] En mis paseos por el lado de
Guermantes sentí con más tristeza que nunca antes carecer de disposiciones para
escribir y tener que renunciar a ser algún día un escritor célebre. [...]
Entonces, muy alejado de esas preocupaciones literarias y al margen de ellas,
de pronto un tejado, un reflejo de sol sobre una piedra o el olor de un camino
me hacían detenerme por el placer particular que me causaban, y también porque
parecía que ocultaban más allá de lo que yo veía algo que invitaban a recoger y
que pese a mis esfuerzos no acertaba a descubrir. [...] Me empeñaba en
recordar exactamente la silueta del tejado o el matiz de la piedra, que sin
saber por qué me parecían rellenos, a punto de abrirse y entregarme aquello de
lo que no eran sino una cubierta. Claro que impresiones de esa clase no podían
restituirme la esperanza perdida de poder ser un día escritor y poeta, pues se
referían siempre a un objeto particular desprovisto de valor intelectual y sin
relación a ninguna verdad abstracta. Pero al menos me daban un placer
irreflexivo, la ilusión de una suerte de fecundidad, y por ello me distraían de
la tristeza y del sentimiento de impotencia que experimentaba cada vez que
buscaba un asunto filosófico para una gran obra literaria. Mas el deber de
consciencia que me imponían esas impresio
nes de forma, de aroma o de color-de
intentar descubrir lo que se ocultaba tras ellas-era tan arduo, que en seguida
me daba a mí mismo excusas para evitarme el esfuerzo y ahorrarme ese cansancio. [CS 177]
Del lado de Guermantes aprendí a
distinguir esos estados que se suceden en mí, durante ciertas épocas, y llegan
incluso a repartirse cada jornada, uno viniendo a echar al otro con la
puntualidad de la fiebre; contiguos, pero tan ajenos entre sí, tan faltos de
cualquier medio de comunicación, que no puedo siquiera comprender, como tampoco
representarme, en uno, lo que he deseado, temido o realizado en el otro.
Igualmente el camino de Méséglise y el
camino de Guermantes están para mí unidos a muchos acontecimientos
insignificantes de aquella vida de cuantas vivimos paralelamente que es la más
plena en peripecias y la más rica en episodios, quiero decir la vida
intelectual. [...] Pero pienso sobre todo en Méséglise y en Guermantes como en
los yacimientos profundos de mi suelo mental, aquellos terrenos firmes donde
todavía me apoyo. Porque mientras andaba por ellos creía en las cosas y en los
seres, las cosas y los seres que me dieron a conocer entonces son los únicos
que aún me tomo en serio y que me regocijan. Ya porque el instinto creador en
mí sea ciego, ya porque la realidad no se forme más que en la memoria [...].
Pero, por eso mismo, al estar presentes en aquellas de mis impresiones actuales
con las que se relacionan, les dan cimiento y profundidad, una dimensión más
que a las otras. Les añaden, además, un encanto y un significado que sólo
existen para mí.
[CS 181-183]
Más allá de la
memoria, el desciframiento
A la vuelta de un camino sentí de
repente ese placer especial, que no se parecía a ningún otro, de ver los dos
campanarios de Martinville bañados por el sol poniente y que parecían cambiar
de lugar por el movimiento de nuestro coche y los zigzags del camino [...]. Al
fijarme en la forma de su capitel, en el desplazamiento de sus líneas y en su
soleada superficie, sentía que no llegaba hasta el fondo de mi impresión, que
detrás de aquel movimiento, de aquella claridad, había algo que parecían
contener y ocultar a la vez. [...] En cuanto sus líneas y sus soleadas
superficies se desgarraron, como si no fueran sino una suerte de corteza, algo
de lo que en ellas se me ocultaba surgió, tuve una idea que no existía para mí
el instante anterior y que se formuló en palabras en mi mente.
[CS 177-178]
Acababa de ver, a un margen del
escarpado camino que seguíamos, tres árboles que debían de servir de entrada a
una alameda, cuya figura no veía por primera vez, pero tampoco podía reconocer
el lugar de donde parecían separados, si bien sentía que me fue familiar tiempo
atrás; de suerte que mi espíritu parecía haber tropezado entre algún año
lejano y el momento actual, haciendo vacilar los alrededores de Balbec, hasta
el punto de preguntarme si todo aquel paseo no sería una ficción [...].
Miraba los tres árboles, los veía
perfectamente, pero mi espíritu sentía que ocultaban algo que no podía
aprehender [...]. Yo reconocía esa clase de placer que requiere, es cierto, un
determinado trabajo del pensamiento sobre sí mismo, pero que comparado a las
satisfacciones de la pereza que le lleva a uno a renunciar, éstas parecen muy
mediocres. Ese placer, cuyo objeto sólo presentía y que debía crear yo mismo,
lo experimentaba raras veces [...]. Con mi pensamiento concentrado,
intensamente controlado, di un salto hacia los árboles, o mejor dicho en
aquella dirección interior donde los veía en mí mismo. Sentí de nuevo tras
ellos el mismo objeto conocido pero vago que no pude atraerme. [...] Los vi
más bien como fantasmas del pasado, buenos compañeros de mi infancia, amigos
desaparecidos que invocaban nuestros recuerdos comunes. Como si fueran
sombras, me sugerían llevármelos conmigo y devolverles la vida [...].
Aquel camino [...] sería después para
mí un motivo de alegrías, permaneciendo en mi memoria como un jalón al que
vendrían a empalmar sin solución de continuidad todos los caminos parecidos que
recorriera en adelante durante un paseo o un viaje, pudiendo gracias a él comunicar
inmediatamente con mi corazón. [JF 285-288]
El arte de la
interpretación (contra el saber abstracto)
Saint-Loup, el
militar
[...] —En el relato de un narrador
militar, los hechos más nimios, los acontecimientos más insignificantes, son
sólo signos de una idea que ha de descubrirse y que a menudo encubre otras,
como en un palimpsesto. De modo que dispones de un conjunto tan intelectual
como el de una ciencia o un arte cualesquiera, y satisfactorio al espíritu.
[...] Más allá de su objetivo inmediato, las maniobras militares están de
ordinario, en el espíritu del general que dirige la campaña, calcadas de
batallas más antiguas, que son, si tú quieres, como el pasado, la biblioteca,
la erudición, la etimología o la aristocracia de las batallas nuevas. Observa
que no hablo en este momento de la identidad local, cómo te diría, espacial de
las batallas. Aunque también existe. Un campo de batalla no ha sido ni será en
el curso de los siglos más que el campo de una sola batalla. Si fue campo de
batalla, es porque reunía determinadas condiciones de situación geográfica, de
naturaleza geológica, de defectos incluso propios para burlar al adversario
(como que un río lo atraviese) que hacían de él un buen campo de batalla. Y si
lo fue, lo seguirá siendo. No se hace de una habitación cualquiera un taller de
pintura, como tampoco un campo de batalla de cualquier lugar. Hay zonas
predestinadas. Pero, una vez más, no me refería a esto, sino al tipo de batalla
que se imita, a una especie de calco estratégico, de remedo táctico, si
quieres: la batalla de Ulm, de Lodi, de
Leipzig, de Cannes.
No
sé si seguirá habiendo guerras ni entre qué pueblos, pero si las hay, ten la
seguridad de que habrá (y conscientemente por parte del jefe) un Cannes,
un
Austerlitz, un Rossbach,
un
Waterloo,
sin
hablar de las demás. [...]
-Me dices que algunas batallas se
calcan. Encuentro estético en efecto, como decías, ver bajo una batalla moderna
otra más antigua, no sabes cuánto me agrada esta idea. Pero entonces, ¿el genio
del jefe no es nada? [...]
»-¡Ya lo creo que sí! Verás que
Napoleón no atacaba cuando todas las reglas indicaban que atacase, sino que
una oscura adivinación se lo desaconsejaba. Fíjate, por ejemplo, en Austerlitz
o, en 18o6,
en
sus instrucciones a Lannes. En cambio, verás a otros generales imitar
escolásticamente una maniobra de Napoleón y llegar a un resultado
diametralmente opuesto. Hay diez ejemplos de esto en 1870. Pero incluso para la
interpretación de lo que puede hacer
el adversario, lo que hace es sólo un síntoma que puede significar muchas cosas
diferentes. Cada una de ellas tiene las mismas posibilidades de ser cierta, si
uno se atiene al razonamiento y a la ciencia, como en algunos casos complejos
toda la ciencia médica no bastará para decidir si el tumor invisible es
fibroso o no, si debe o no operarse. Es el olfato, la adivinación... lo que
decide en el gran general, como en el gran médico. [...]
»Quizá me equivoque, incluso, al
hablarte sólo de la literatura bélica. En realidad, así como la constitución
del suelo o la dirección del viento y de la luz indican de qué lado va a crecer
un árbol, las condiciones en las que se efectúa una campaña y las
características de la zona en donde se maniobra dirigen en cierta forma y
limitan los planes entre los que puede elegir el general. De suerte que a lo
largo de las montañas, en una cadena de valles y sobre determinadas planicies
puede predecirse casi con ese cáracter necesario y excelso de las avalanchas
el avance de los ejércitos. [CG
102-107]
Norpois, el
diplomático
Puede uno burlarse de la pedantesca
simpleza con que los diplomáticos como monsieur de Norpois se
extasían ante una palabra oficial prácticamente insignificante. Pero esa
puerilidad tiene su contrapartida: los diplomáticos saben que, en la balanza
que asegura ese equilibrio, europeo o cualquier otro, llamado la paz, los
buenos sentimientos, los discursos hermosos o las súplicas pesan muy poco; y
que el peso decisivo, el verdadero, el determinante, consiste en otra cosa, en
la posibilidad que el adversario tiene, si es lo bastante fuerte, o no tiene
de satisfacer, por medio de un intercambio, un deseo. Monsieur de
Norpois y el príncipe Von *** se habían enfrentado con
frecuencia a ese orden de verdades que una persona completamente desinteresada
como mi abuela, por ejemplo, no habría comprendido. Diplomático en países con
los que habíamos estado al borde de la guerra, monsieur de
Norpois, ansioso por el sesgo que adquirirían los acontecimientos, sabía perfectamente
que no le vendrían indicados por la palabra «Paz», o por la palabra «Guerra»,
sino por otra cualquiera, en apariencia trivial, terrible o bendita, que el
diplomático sabría leer de inmediato con ayuda de su clave, y a la que, para
salvaguardar la dignidad de Francia, contestaría con otra palabra igualmente
trivial pero bajo la que el ministro de la nación enemiga vería al punto:
Guerra. E incluso, según una antigua costumbre, análoga a aquella que daba al
primer encuentro entre dos prometidos la forma de una entrevista fortuita en
una representación del teatro del Gimnasio, el diálogo donde el destino
dictaría la palabra «Guerra» o la palabra «Paz» no se desarrollaba por lo
general en el gabinete del ministro, sino en el banco de un Kurgarten donde el ministro y monsieur
de
Norpois acudían a beber, en el nacimiento de unas fuentes termales, pequeños
vasos de un agua curativa. Por una suerte de convención tácita, coincidían a
la hora de la cura, dando primero juntos un corto paseo que, bajo su apacible
apariencia, los dos interlocutores sabían tan trágico como una orden de
movilización. [CG 250-251]
Cotard,
el médico
En la enfermedad nos damos cuenta de
que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino distinto, del que
nos separan abismos, que no nos conoce y por quien es imposible hacernos
comprender: nuestro cuerpo.[ ...] Si los mórbidos fenómenos de que su cuerpo
era teatro, permanecían oscuros e inasibles para el pensamiento de mi abuela,
eran claros e inteligibles para algunos seres que pertenecen al mismo reino
físico que ellos, seres de ésos a quienes el espíritu humano ha acabado por
dirigirse para comprender lo que dice su cuerpo, como ante las respuestas de un
extranjero va uno a buscar a alguien de su mismo país para que sirva de
intérprete. Ellos pueden hablar con nuestro cuerpo, decirnos si su cólera es
grave o si aplacará pronto. [...]
Los días en que el nivel de albúmina
había sido muy elevado, Cotard, tras un titubeo, descartaba la morfina. En este
hombre tan insignificante y anodino había, en esos breves momentos de
deliberación, donde los peligros de un tratamiento u otro se confrontaban en
él hasta que se decidía por uno, la clase de grandeza de un general que, vulgar
el resto del tiempo, es un gran estratega, y en un momento de peligro, después
de haber reflexionado un instante, se decide por lo que militarmente es más
sensato y dice: «Recto hacia el Este». [CG 288-312]
El signo como
jeroglífico
[...] Me daba cuenta de que, de otra
manera, y ya en Combray por el camino de Guermantes, ciertas impresiones
oscuras incitaron a mi pensamiento a la manera de aquellas reminiscencias, pero
que ocultaban no una sensación de otro tiempo, sino una verdad nueva [...], y
sentía que acaso había bajo aquellos signos algo distinto que yo había de
descubrir, una idea que ellos traducían, como esos caracteres jeroglíficos que
uno creería que representan solamente objetos materiales. Desde luego el
desciframiento era difícil, pero sólo eso daba alguna verdad que leer. Pues las
verdades que la inteligencia capta directamente y con toda claridad en el
mundo, a plena luz, son menos profundas y menos necesarias que las que la vida
nos comunica espontáneamente en una impresión, material porque ha entrado por
nuestros sentidos, pero de la que podemos desprender el espíritu. En suma, en
un caso y otro, ya fueran impresiones como la que me produjo la visión de los
campanarios de Martinville, o reminiscencias como la de la irregularidad de las
losas o el sabor de la magdalena, se trataba de interpretar las sensaciones
como los signos de otras tantas leyes e ideas, procurando pensar, es decir
sacar de la penumbra lo que había sentido y convertirlo en un equivalente
espiritual.
[TR 184-185]
La figura a la que monsieur
de
Charlus aplicaba con tanta contención todas sus facultades espirituales, y que
a decir verdad no era de aquellas que suelen estudiarse more geometrico, era
la que trazaban las líneas del rostro del joven marqués de Surgis;
monsieur
de
Charlus estaba ante ella tan profundamente absorbido como si se tratara de un
laberinto, una adivinanza o algún problema de álgebra cuyo enigma intentaba
dilucidar o deducir su fórmula. Ante él, los signos sibilinos y las figuras
inscritas sobre esa tabla de la ley parecían el jeroglífico que permitiría al
viejo hechicero averiguar en qué dirección se orientaba el destino del
mancebo. [SG 88]
2.
PLURALIDAD DE «LA RECHERCHE»: DISTINTOS
MUNDOS DE SIGNOS
La mundanidad
(formalismo y vacuidad del signo)
Madame de Cambremer trataba de distinguir el
atavío de las dos primas [Guermantes] [...]. En mi caso, no dudaba que esos
trajes les fueran exclusivos, no solamente en el sentido en que la librea de
solapa roja o de reverso azul perteneció antaño exclusivamente a los Guermantes
y a los Condé,
sino
más bien como para un pájaro el plumaje no es sólo un ornato de su belleza sino
una prolongación de su cuerpo. El atuendo de esas dos mujeres me parecía como
una materialización nívea o matizada de su actividad interior, y, al igual que
los ademanes que viera hacer a la princesa de Guermantes no dudaba que
correspondían a una idea oculta, las plumas que caían sobre la frente de la
princesa y el brillante corpiño de lamé de su prima parecían
tener una significación, ser para cada una de las dos mujeres un atributo
exclusivo de ellas, y cuyo significado me habría gustado conocer. [CG 51 ]
Aquella noche, al ver a Saint-Loup
sentado a la mesa con su capitán, pude discernir fácilmente incluso por los
modales y la elegancia de cada uno de ellos la diferencia que había entre la
aristocracia de la antigua nobleza y la del Imperio. Nacido de una casta cuyos
defectos, aunque los repudiara con su inteligencia, habían pasado a su
sangre, y que, por haber dejado de ejercer una autoridad real hacía al menos un
siglo, no ve ya en la amabilidad protectora que forma parte de la educación
recibida más que un ejercicio como la equitación o la esgrima, cultivado sin
un objetivo serio, sólo por diversión, ante los burgueses a quienes esa nobleza
desprecia lo suficiente para creer que su familiaridad los halaga y que su
descortesía les honraría, Saint-Loup daba amistosamente la mano a cualquier
burgués que le presentaran y de quien seguramente no había oído el nombre y,
mientras hablaba con él (sin dejar de cruzar y descruzar las piernas,
reincorporándose en su asiento, en una actitud de abandono y con la mano sobre
el pie), lo llamaba «querido». Por el contrario, de una nobleza cuyos títulos
conservaban aún su significado, dotados como estaban de ricos mayorazgos en reconocimiento
a los gloriosos servicios y en honor al recuerdo de las altas funciones desde
las que se dirige a muchos hombres, y donde es preciso conocerlos bien, el
príncipe de Borodino-si no distintamente y en su consciencia personal y clara,
lo revelaba al menos en su cuerpo por sus actitudes y sus modales-consideraba
su rango como una prerrogativa efectiva; a los mismos plebeyos a quienes
Saint-Loup habría dado una palmada en el hombro y cogido del brazo, él se dirigía
con una afabilidad majestuosa, en la que una reserva llena de grandeza
temperaba la sonriente bonachonería que le era natural, con un tono a la vez
de sincera indulgencia e intencionada altanería. Esto se debía sin duda a que
estaba menos alejado de las grandes embajadas y de la corte, donde su padre
había desempeñado los más altos cargos, y donde los modales de Saint-Loup, el
codo sobre la mesa y la mano en el pie habrían sido mal acogidos; pero sobre
todo a que en realidad despreciaba menos a la burguesía, por ser el depósito
del cual el primer emperador extrajo a sus mariscales y a sus nobles, y en
donde el segundo había hallado a un Fould o a un Rouher.
Hijo o nieto de emperador, y sólo con
un escuadrón bajo su mando, sin duda las preocupaciones de su padre y de su
abuelo no podían, a falta de objetos sobre los que aplicarse, sobrevivir
realmente en el pensamiento del señor de Borodino. Pero como el espíritu de un
artista continúa modelando aún muchos años después de su desaparición la
estatua que esculpió, esas preocupaciones habían tomado cuerpo en él, se habían
materializado, encarnado, y eran ellas lo que su rostro reflejaba. Con la
vivacidad en la voz del primer emperador dirigía un reproche a un brigadier,
como con la melancólica ensoñación del segundo exhalaba la bocanada de humo de
un cigarrillo. [CG 122-123]
El amor
(individualización por el signo)
A falta de la contemplación del
geólogo, yo tenía al menos la del botánico y, por los pernichos de la escalera
observaba el pequeño arbusto de la duquesa y la hermosa planta del patio con
esa insistencia que se emplea para hacer salir a los jóvenes casaderos,
preguntándome si el improbable insecto vendría a visitar, por un azar
providencial, el pistilo expuesto y desprotegido. [...] Las leyes del mundo
vegetal se rigen a su vez por leyes superiores. Si para fecundar una flor se
requiere normalmente de la visita de un insecto, es decir del concurso de otra
flor, es porque la autofecundación, la fecundación de la flor por sí misma, al
igual que los matrimonios entre miembros de una misma familia, comportaría la
degeneración y la esterilidad, mientras que el cruce realizado por los insectos
dota a las generaciones sucesivas de la misma especie de un vigor desconocido
por sus antecesores. No obstante, este vigor puede resultar excesivo, y la
especie desarrollarse desmesuradamente; entonces, como una antitoxina protege
contra la enfermedad, como la tiroides regula nuestra obesidad, como el
fracaso viene a castigar nuestro orgullo, o la fatiga el placer, y como el
sueño nos descansa a su vez de la fatiga, así un acto excepcional de autofecundación
viene en el momento justo a dar una vuelta de tuerca, a echar el freno,
haciendo volver a la norma a la flor que se había salido exageradamente de
ella. Mis reflexiones siguieron un trayecto que describiré más tarde, y yo
había deducido ya del aparente ardid de las flores una conclusión sobre todo
un aspecto inconsciente de la obra literaria, cuando vi que monsieur
de
Charlus salía de casa de la marquesa. [...] Guiñando los ojos contra el sol,
daba la impresión de que sonreía, y en su figura vista así, relajada y natural,
había algo tan entrañable y desprotegido que no pude menos que pensar en la
rabia que monsieur
de
Charlus habría sentido de saberse observado; pues aquel hombre tan apasionado,
que tanto presumía de virilidad y que consideraba a todo el mundo odiosamente
afeminado, me hacía pensar de pronto-hasta ese punto lo eran, efímeramente,
sus rasgos, su expresión y su sonrisa-¡en una mujer! Iba a ocultarme de nuevo
para que no pudiera verme, pero no tuve tiempo, ni fue necesario. ¡Lo que
llegué a ver! Ante él, en aquel patio donde seguramente nunca antes se habían
encontrado (ya que monsieur de Charlus iba a la residencia de los
Guermantes sólo a primera hora de la tarde, y en ese tiempo Jupien estaba en su
taller), el barón abrió súbitamente sus ojos entornados, observando con una
atención extraordinaria al viejo sastre ante el umbral de su tienda, mientras
éste, clavado en su sitio por la inesperada presencia de monsieur de
Charlus, y enraizado como una planta, contemplaba extasiado la corpulencia del
envejecido barón. [...] Cada vez que monsieur de Charlus miraba a
Jupien, se las arreglaba para que una palabra acompañase a su mirada, algo que
la hacía infinitamente distinta de las miradas dirigidas a otra persona,
conocida o no; [...] Así, cada dos minutos, la furtiva mirada del barón parecía
que planteaba intensamente una misma pregunta a Jupien, como esas frases
interrogativas de Beethoven repetidas indefinidamente a
intervalos iguales y destinadas-con un lujo exagerado de preparaciones-a
introducir un nuevo motivo, un cambio de tono o una «entrada». Pero
precisamente la belleza de las miradas de monsieur de
Charlus y de Jupien procedía en cambio de que, provisionalmente al menos, esas
miradas no parecían destinadas a nada concreto. Era la primera vez que aquella
belleza se manifestaba en el barón y en Jupien. En los ojos de ambos acababa
de abrirse, no el cielo de Zúrich, sino el de alguna ciudad oriental cuyo
nombre yo no había adivinado aún. Cualquiera que fuese el asunto que retuvo a monsieur
de
Charlus y al sastre, su acuerdo parecía zanjado y las inútiles miradas tan
sólo preludios rituales, similares a las fiestas que preceden a un matrimonio
pactado. O, más próximo aún de la naturaleza-y la multiplicidad de estas
comparaciones es tanto más natural cuanto que un hombre, si se examina durante
unos minutos, parece sucesivamente un hombre, un hombre-pájaro o un
hombre-insecto, etc.-, diríase dos pájaros, el macho y la hembra. [...]
La puerta de la tienda se cerró tras
ellos y no pude oír ya nada más. Había perdido de vista al moscardón, no sabía
si era ése el insecto que necesitaba la orquídea, pero no dudaba ya de la
posibilidad milagrosa de que un insecto muy raro y una flor cautiva se ayuntaran,
desde el momento en que monsieur de Charlus [...],
que desde hacía años sólo venía a esta casa a las horas en que Jupien no
estaba, por el azar de una indisposición de madame de
Villeparisis había coincidido con el sastre, y con él la buena fortuna que a
los hombres del género del barón reserva uno de esos seres que, como veremos,
pueden ser hasta infinitamente más jóvenes y más bellos que Jupien, el hombre
predestinado para que puedan hallar su parte de placer en este mundo: aquél a
quien sólo le gustan los señores maduros. Lo que acabo de decir, por lo demás,
es algo que sólo comprendería pasados unos minutos; hasta ese punto se adhieren
a la realidad esas propiedades de ser invisible, mientras una circunstancia no
la prive de ellas. [SG
3-9]
Las
impresiones o cualidades sensibles (desarrollo del signo)
Hacía ya varios años que, de Combray,
no existía para mí más que el escenario y el drama de acostarme, cuando un día
de invierno, al verme entrar en casa, mi madre vio que tenía frío y me propuso
que tomara, contra mi costumbre, un poco de té. Al principo no quise, y no sé
por qué cambié de opinión. Mandó a buscar uno de esos dulces compactos y
abultados llamados magdalenas que parecen moldeados en la valva estriada de una
concha de Saint
Jacques.
Y
maquinalmente, abatido por la sombría jornada y la triste perspectiva del día
siguiente, me acerqué a los labios una cucharada del té donde dejé ablandarse
un pedazo de magdalena. Pero en el mismo momento en que el sorbo mezclado con
las migas del dulce rozó mi paladar, me estremecí, atento a lo que de extraordinario
ocurría en mí. Me había invadido un placer delicioso, aislado, sin la noción
de su causa, que volvió indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos
sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma manera que obra el amor,
llenándome de una esencia preciosa; o, más que venir a mí, esa esencia era yo
mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde procedería
aquella intensa alegría? Sentía que iba unida al sabor del té y del dulce, pero
que lo rebasaba infinitamente, no debiendo ser de la misma naturaleza. ¿De
dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderla? Bebo un segundo sorbo
[...]. Es evidente que la verdad que busco no está en el brebaje, sino en mí.
Aquél la ha despertado, pero no la conoce, y no puede sino repetir indefinidamente,
con menos fuerza cada vez, el mismo testimonio que yo no sé interpretar y que
quiero al menos pedirle de nuevo y recuperar ahora intacto y a mi disposición
para una aclaración definitiva. Dejo la taza y me vuelvo a mi espíritu. A él
corresponde dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre, siempre que el
espíritu se siente rebasado por sí mismo; cuando él, el buscador, es
conjuntamente el oscuro país donde ha de buscar y donde todo su bagaje de nada
le servirá. ¿Buscar? No únicamente; crear. Está ante una cosa que no existe aún
y que sólo él puede realizar e introducir en su campo visual. Me pregunto de
nuevo por ese estado desconocido, que no me daba ninguna prueba lógica sino
sólo la evidencia de su felicidad, de su realidad, ante la cual los demás se
disipaban. [...]
Y de pronto surge el recuerdo. Ese
sabor era el del pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de
haberla mojado en su infusión de té o de tila, el domingo por la mañana en
Combray (porque ese día yo no salía antes de la hora de misa), cuando iba a su
habitación a darle los buenos días. La visión de la magdalena no me recordó
nada antes de haberla probado [...]; las formas-también la del pequeño dulce
de pastelería, tan grasamente sensual, bajo su plisado rígido y devoto-se
habían esfumado, o, adormecidas, habían perdido la fuerza de expansión que les
habría posibilitado acceder a la consciencia. Mas cuando ya nada subsiste de un
pasado remoto, tras la muerte de los seres y la destrucción de las cosas, el
olor y el sabor, aislados, más frágiles pero también más vivos, más inmateriales,
persistentes y fieles, se mantienen en el recuerdo por mucho tiempo aún, como
si fueran almas, y aguardan sobre las ruinas de todo lo demás, cargando sin
doblegarse, en su gota casi impalpable, el inmenso edificio del recuerdo. [...]
Y, como en ese juego en que los japoneses se entretienen en echar en un bol de
porcelana lleno de agua papelitos indistintos que, al hundirse, comienzan a
estirarse, adquieren forma, se colorean, se diferencian, y se transforman en
flores, casas o personajes consistentes y reconocibles, así ahora todas las
flores de nuestro jardín y las del parque de monsieur Swann
y los nenúfares del Vivonne y la gente del pueblo y sus pequeñas casas y la
iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo cuanto cobraba forma y solidez,
pueblo y
jardines,
surgía
de mi taza de té. [CS 45-47]
El arte (el sentido
del signo)
En vez de expresiones abstractas como
«el tiempo en que era feliz» o «el tiempo en que me amaban», que tantas veces
se había dicho [Swann] antes sin sufrir demasiado, pues su inteligencia sólo
había retenido del pasado supuestos extractos sin contenido, se encontró con
toda aquella felicidad perdida cuya específica y volátil esencia había fijado
para siempre; lo revivió todo [...], toda la red de hábitos mentales, de
impresiones periódicas, de reacciones cutáneas que habían tejido en unas
semanas una malla uniforme donde su cuerpo se hallaba preso. [...] Y Swann vio,
inmóvil ante esa felicidad revivida, a un desdichado que le dio lástima porque
no lo había reconocido inmediatamente, a pesar de que tuvo que bajar la vista
para que no le vieran los ojos llenos de lágrimas. Era él mismo. [...]
Sin duda, la forma en que la frase
[musical] había codificado esos sentimientos no podía resolverse en razonamientos.
Pero desde que le reveló hacía más de un año las múltiples riquezas de su alma,
despertándole al menos temporalmente el amor por la música, Swann tenía los
motivos musicales por auténticas ideas, de otro mundo, de otro orden, ideas
veladas de tinieblas, desconocidas, impenetrables para la inteligencia, pero
no por ello menos perfectamente distintas unas de otras y desiguales en valor
y significación. [...] En su frase, aunque presentara a la razón una superficie
oscura, podía sentirse un contenido tan consistente, tan explícito, con una
fuerza tan nueva, tan original, que cuantos la oían la conservaban en el mismo
plano que las ideas de la inteligencia. Swann se refería a ella como a una
concepción del amor y de la dicha, cuya particularidad conocía tan bien como
la de La Princesa de Chves o la de René, cuando esos nombres acudían a su
memoria. [...] Por eso, lo mismo que algún tema de Tristán, por ejemplo, representa para nosotros también una
determinada adquisición sentimental, la frase de Vinteuil participaba de
nuestra condición mortal y adquiría un carácter humano muy conmovedor. [CS 347]
3. LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD (EN EL TIEMPO)
¿Quién busca la
verdad?
El celoso
Si desde que estaba enamorado las
cosas habían recobrado para [Swann] parte del exquisito interés que le
despertaron en otro tiempo, aunque solamente cuando las iluminaba el recuerdo
de Odette,
ahora
los celos reavivaban en él otra facultad de su aplicada juventud: la pasión por
la verdad, pero de una verdad interpuesta a su vez entre él y su amada, sólo
aclarada por la luz que venía de ella, verdad completamente individual cuyo
único objeto, de un valor infinito y casi de una belleza desinteresada, era las
acciones, las relaciones, los proyectos y el pasado de Odette. [...] En
este extraño período dei amor, lo individual adquiere una profundidad que esa
curiosidad que sentía despertarse en él sobre las más ínfimas ocupaciones de
una mujer era la misma que tuvo en otro tiempo por la Historia. Y cosas que
hasta entonces le habrían abochornado, como espiar frente a una ventana, y
quién sabe si quizá mañana sonsacar hábilmente información a personas
indiferentes, sobornar a los criados o escuchar detrás de las puertas, no le
parecían sino métodos de investigación científica de un verdadero valor
intelectual y tan adecuados a la búsqueda de la verdad como el desciframiento
de textos, el contraste de testimonios o la interpretación de monumentos. [CS 269-270]
El artista
De nuevo, como en Balbec, tenía ante
mí los fragmentos de aquel mundo de colores desconocidos que no era sino la
proyección de la particular manera de ver de ese gran pintor, y que en absoluto
traducían sus palabras. Los espacios de pared recubiertos de pinturas de
Elstir, todas ellas homogéneas entre sí, eran como las imágenes luminosas de
una linterna mágica que, en este caso, sería la cabeza del artista, y cuya
extrañeza no habría podido sospecharse mientras sólo hubiéramos conocido al hombre,
es decir mientras sólo hubiéramos visto la linterna que encasquetaba la
bombilla, antes de que cristal coloreado ninguno se proyectara. Entre esos
cuadros, me interesaban especialmente algunos de aquellos que a la gente de
mundo parecían más ridículos, porque recreaban esas ilusiones ópticas que nos
prueban que no identificaríamos los objetos si no hiciéramos intervenir nuestro
razonamiento. [...] Por lo tanto, ¿no es lógico, no por artificio del
simbolismo sino por un retorno sincero a la raíz misma de la impresión,
representar una cosa por esa otra que en la fugacidad de una ilusión primera
hemos tomado por ella? Las superficies y los volúmenes son en realidad
independientes de los nombres de objetos que nuestra memoria les impone una vez
los hemos reconocido. Elstir intentaba arrancar a lo que acababa de sentir
aquello que sabía, tratando con frecuencia de disolver ese agregado de
razonamientos que llamamos visión.
Las personas que detestaban esos
«horrores» se extrañaban de que Elstir admirara a Chardin, a Perronneau, o a
tantos otros pintores que ellas, las personas de mundo, apreciaban. No se daban
cuenta de que Elstir había realizado de nuevo ante lo real (con el particular
carácter de su gusto por ciertas investigaciones) el mismo esfuerzo que un
Chardin o un Perronneau, y que en consecuencia, cuando dejaba de trabajar para
sí mismo, admiraba en ellos intentos del mismo género, como fragmentos
anticipados de obras suyas. Pero la gente de mundo no añadía con el pensamiento
a la obra de Elstir esa perspectiva del Tiempo que les permitiría apreciar o
por lo menos contemplar sin embarazo la pintura de Chardin. Y no obstante los
más mayores habrían podido decirse que en el curso de su vida habían visto
disminuir, a medida que los alejaban los años, la distancia infranqueable entre
lo que ellos juzgaban una obra maestra de Ingres y lo que creían que sería a
perpetuidad un horror (por ejemplo el Olympia
de
Manet),
hasta
que ambos lienzos adquirieran un valor parejo. Pero nadie aprovecha lección
ninguna, porque no se sabe descender hasta lo general, y uno se figura
hallarse siempre en presencia de una experiencia sin precedente en el pasado. [CG 407]
El narrador
[...] En este libro, encuentran que la aristocracia aparece más
degenerada, proporcionalmente, que las demás clases sociales. Aunque así
fuera, no habría razón para extrañarse. Las familias más antiguas acaban por
revelar, en la rojez y la protuberancia de su nariz, o en la deformación del
mentón, algunos signos específicos en los que todo el mundo admira la «raza».
Pero entre estos rasgos persistentes y progresivamente más acentuados, algunos
de ellos no son visibles, como las tendencias y los gustos.
Una objeción más grave, si fuera
justificada, sería decir que todo esto resulta extraño, y que la poesía se
obtiene de la verdad más próxima. El arte extraído de la realidad más familiar
efectivamente existe, y su dominio quizá sea el más vasto. Pero no es menos
cierto que a veces puede despertarse un interés enorme por la belleza de
acciones derivadas de un tipo de espíritu tan alejado de nuestros sentimientos
y de todas nuestras creencias que ni siquiera llegamos a comprender, porque
nos aparecen como un espectáculo sin causa. ¿Hay algo más poético que Jerjes,
hijo de Darío, mandando azotar el mar que había engullido sus naves? [LP
40]
El encuentro de la
verdad: azar y necesidad (contra el método)
[...] Ya fueran impresiones como la que me produjo la visión de los
campanarios de Martinville, o reminiscencias como la de la irregularidad de
las losas o el sabor de la magdalena, se trataba de interpretar las sensaciones
como los signos de otras tantas leyes e ideas, procurando pensar, es decir
sacar de la penumbra lo que había sentido y convertirlo en un equivalente
espiritual. Ahora bien, este medio que me parecía el único, ¿qué otra cosa era
sino hacer una obra de arte? Y de pronto las consecuencias se agolpaban en mi
mente; pues tratárase
de reminiscencias del género del ruido del tenedor o del sabor de la
magdalena, o de aquellas verdades escritas a base de figuras cuyo sentido
intentaba yo encontrar en mi mente, donde campanarios y malezas componían un
jeroglífico complicado y florido, su primer carácter era que yo no podía
elegirlas a mi antojo, que se me daban tal cual. Y sentía que eso debía de ser
la prueba de su autenticidad [...]. Mas justamente la manera fortuita e
inevitable de haber dado con la sensación garantizaba la verdad del pasado
resucitado, de las imágenes desencadenadas, puesto que sentimos su esfuerzo por
emerger a la luz, lo mismo que sentimos el goce de la realidad recobrada.
Garantizaba asimismo la verdad de toda la composición formada de impresiones
contemporáneas reavivadas, con esa infalible proporción de luz y de sombra, de
relieve y de omisión, de recuerdo y de olvido que la memoria o la observación
conscientes ignorarán siempre. [TR
185-186]
4.
LOS SIGNOS QUE FUERZAN A PENSAR
a) Por el paso del
Tiempo (Tiempo perdido): la alteración o la desaparición de los seres
Lo que en ese momento se produjo
mecánicamente en mis ojos cuando vi a mi abuela fue exactamente una fotografía.
Nunca vemos a los seres queridos como no sea en el sistema animado del
movimiento perpetuo de nuestra incesante ternura, la cual, antes de que deje
llegar a nosotros las imágenes de su rostro, las arrastra en su torbellino,
las lanza contra la idea que tenemos de ellos desde siempre y hace que se le
adhieran y coincidan con ella. ¿Cómo, de la frente y de las mejillas de mi
abuela, que significaban para mí lo más delicado y permanente de su espíritu,
dado que cualquier mirada habitual es una nigromancia y cada rostro que amamos
el espejo del pasado, cómo no iba a omitir yo lo que en ella había podido
envejecer y cambiar cuando, incluso en los espectáculos más indiferentes de la
vida, nuestro ojo, cargado de pensamiento, desdeña como haría una tragedia
clásica todas las imágenes que no concurren a la acción y sólo retiene aquellas
que pueden hacer inteligible el fin de la misma? [...] Yo, para quien mi
abuela seguía siendo yo mismo, a la que únicamente había visto en mi alma,
siempre en el mismo lugar del pasado, a través de la transparencia de los
recuerdos contiguos y superpuestos, de repente, en nuestro salón, que formaba
parte de un mundo nuevo, el del Tiempo, aquel en donde viven los extraños de
quienes decimos «qué bien envejece», por primera vez y sólo por un instante,
pues desaparecería en seguida, vi sobre el canapé, bajo la lámpara, colorada,
pesada y vulgar, enferma, abstraída, paseando sobre un libro unos ojos
extraviados, a una anciana consumida que no conocía. [CG 134]
Así como en otro tiempo los caminos de
Méséglise y de Guermantes establecieron los pilares de mi afición por el campo
y me impedirían encontrarle un encanto profundo a un país
donde no hubiera una iglesia antigua, margaritas y botones de oro, así también
mi amor por Albertina
me
hacía buscar exclusivamente un cierto género de mujeres, uniéndolas en mí a un
pasado lleno de encanto; como antes de amarla, sentía de nuevo necesidad de
mujeres acordes con ella que fueran intercambiables con mi recuerdo paulatinamente
menos exclusivo. [...] Pues nuestras sensaciones, para ser fuertes, necesitan
provocar en nosotros algo distinto de ellas, un sentimiento que no podría
hallar en el placer su satisfacción pero que se añade al deseo, lo inflama, lo
hace asirse desesperadamente al placer. A medida que el posible amor que Albertina
pudo
sentir por ciertas mujeres dejaba de mortificarme, vinculaba esas mujeres a mi
pasado, les daba más realidad, como el recuerdo de Combray daba más realidad a
los botones de oro o a los espinos blancos que a las flores nuevas. [...] En
otra época, mi tiempo se dividía en períodos en los que yo deseaba a una
mujer o a otra. Cuando los violentos placeres que una me procuraba se
aplacaban, deseaba a aquella otra que me daba una ternura casi pura, hasta que
la necesidad de caricias más hábiles reanimaba el deseo de la primera. Ahora
esas alternancias habían finalizado, o al menos uno de los períodos se
prolongaba indefinidamente. Lo que deseaba es que la recién llegada viviera
conmigo y, por la noche, antes de dejarme, me diera un beso familiar de
hermana. De modo que, de no haber pasado por la experiencia insoportable de
otra mujer, habría podido creer que añoraba más un beso que ciertos labios, un
placer que un amor, un hábito que una persona. [... 1 Y sentía una vez más que,
en primer lugar, el recuerdo no es inventivo, que es impotente para desear
nada nuevo, ni siquiera nada mejor a lo ya poseído; además, que es espiritual,
de suerte que la realidad no puede proporcionarle el estado buscado; y por
último que, al proceder de una persona muerta, el renacimiento que encarna no
es tanto la necesidad de amar, en la que se confia, como
la necesidad de la ausente. De modo que de poder obtener la semejanza con Albertina
de
la mujer elegida, la semejanza de su cariño con el de Albertina, sólo
me hacía sentir más la ausencia de lo que buscaba sin saberlo y que era
indispensable para el renacimiento de mi felicidad; es decir, la propia Albertina,
el
tiempo que habíamos vivido juntos, el pasado que, sin saberlo, estaba buscando.
[AD 133-135]
b) Por el tiempo que
se pierde: el dolor y el placer
«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!».
¡Cuánto más lejos llega el sufrimiento en psicología que la propia psicología!
Un momento antes, mientras me analizaba, creía que esta separación sin
habernos despedido era precisamente lo que yo deseaba, y al comparar la
mediocridad de los placeres que Albertina me procuraba con la
riqueza de los deseos que ella me impedía realizar, me había encontrado
perspicaz, llegando a la conclusión de que no deseaba volver a verla y que no
la amaba. Pero esas palabras: «Mademoiselle Albertina se
ha marchado» acababan de provocar en mi corazón tanto sufrimiento que sentía
que no podría resistirlo más tiempo. Así, lo que creí no ser nada para mí era
simplemente toda mi vida. [...] Sí, justo antes de presentarse Francisca,
creía que ya no amaba a Albertina, convencido de que no
dejaba nada de lado; como riguroso analista, creía que conocía perfectamente
el fondo de mi corazón. Pero nuestra inteligencia, por lúcida que sea, no puede
percibir los elementos que la componen y que permanecen insospechados
mientras, del estado volátil en que subsisten la mayor parte del tiempo, un
fenómeno capaz de aislarlos no les ha hecho sufrir un comienzo de
solidificación. Estaba equivocado al creer que veía claro en mi corazón. Pero
este conocimiento que no me dieron las más finas percepciones, duro,
deslumbrante, extraño, como sal cristalizada, me lo aportaba la brusca reacción
del dolor. Estaba tan habituado a ver a Albertina a mi lado, que veía
de pronto una nueva faz del hábito. Hasta entonces lo consideraba sobre todo
como un poder aniquilador que suprime la originalidad y hasta la consciencia de
las percepciones; ahora lo veía como una divinidad temible, tan fijado a
nosotros, tan incrustado en nuestro corazón su insignificante semblante que,
de separarse, en caso de darnos la espalda, aquella deidad apenas discernible
nos inflige sufrimientos más terribles que ninguna otra y se torna tan cruel
como la muerte. [AD 3-4]
[...] Si tras el nuevo y enorme salto
que la vida acababa de hacerme dar, la realidad impuesta me resultaba tan nueva
como la que nos presenta el descubrimiento de un físico, los interrogatorios de
un juez de instrucción o los descubrimientos de un historiador sobre los entresijos
de un crimen o de una revolución, esta realidad rebasaba las mezquinas
previsiones de mi segunda hipótesis, pero no obstante las realizaba. Esta
segunda hipótesis no era la de la inteligencia, y el pánico que tuve la noche
que Albertina
no
quiso besarme, aquella noche que oí el ruido de la ventana, ese pánico no era
razonado. [...] Es la vida la que poco a poco, caso por caso, nos hace
comprobar que lo más importante para nuestro corazón, o para nuestro espíritu,
no nos lo descubre el razonamiento, sino otras potencias. Y por eso, la
inteligencia misma, al darse cuenta de su superioridad, abdica racionalmente
frente a ellas y acepta convertirse en colaboradora y servidora suya. Es la fe
experimental. La desgracia imprevista contra la que combatía me parecía ya
conocida (como la amistad de Albertina con dos lesbianas)
por haberla leído en muchos signos donde-pese a las afirmaciones contrarias de
mi razón, que se basaba en las palabras de la propia Albertina-discernía la
lasitud y el horror que le daba vivir como una esclava, signos trazados como
con tinta invisible tras las pupilas tristes y sumisas de Albertina, sobre
sus mejillas súbitamente sofocadas por un inexplicable rubor, o en el ruido de
la ventana bruscamente abierta. En realidad no fui capaz de interpretarlos
hasta el final y hacerme una idea precisa de su repentina partida. Con el
ánimo equilibrado por la presencia de Albertina, no pensé más que en
una partida convenida por mí para una fecha indeterminada, es decir situada
en un tiempo inexistente; por lo tanto, tuve sólo la ilusión de pensar en su
marcha, lo mismo que las personas se figuran que no temen a la muerte cuando
piensan en ella mientras están sanas, y en realidad no hacen sino introducir
una idea puramente negativa en el interior de una buena salud que la proximidad
de la muerte precisamente alteraría. Por otra parte, la idea de la deseada
partida de Albertina
habría
podido ocurrírseme mil veces, con la mayor claridad y nitidez, pero nunca
hubiese sospechado lo que sería para mí, es decir en realidad, esa partida,
qué cosa tan original, tan atroz, tan desconocida, qué mal enteramente nuevo.
[...] Para representarse una situación desconocida, la imaginación recurre a
elementos conocidos, y por esa razón no se la representa. Pero la sensibilidad,
aun la más física, recibe como el trazo del rayo la marca genuina y por mucho
tiempo indeleble del nuevo acontecimiento. [...] ¡Cuán lejos de mí quedaba
ahora el deseo de Venecia! Como en otro tiempo, en Combray, aquél de conocer a
madame
de
Guermantes, cuando se acercaba la hora en que sólo esperaba una cosa, tener a
mamá en mi cuarto. Y ante la llamada de la angustia nueva, todas las
inquietudes experimentadas desde mi infancia acudían en efecto a reforzarla y a
amalgamarse con ella en una masa homogénea que me oprimía. [AD 7-8]
Aquello que uno ama está demasiado en
el pasado, consiste demasiado en el tiempo perdido en su compañía para que
necesite de toda la mujer; queremos sólo estar seguros de que es ella, no errar
sobre su identidad -mucho más importante que la belleza para los enamorados;
ya pueden volverse enjutas las mejillas y enflaquecer el cuerpo que, hasta
para quienes se sintieron un día orgullosos ante los demás de su autoridad
sobre una beldad, basta con esa insignificante carita, ese signo donde se
resume la personalidad permanente de una mujer, ese extracto algebraico, esa
constante, para que un hombre solicitado en el gran mundo y enamorado no pueda
disponer de una sola de sus veladas porque dedica su tiempo en desvivirse hasta
la hora de dormir por la mujer que ama, o simplemente en permanecer a su lado,
para estar con ella o para que ella esté con él, o sólo para que ella no esté
con otros. [AD 24]
Sin creer ni por un momento en el amor
de Albertina,
veinte
veces quise matarme por ella, por ella me arruiné, destruí mi salud. Cuando se
trata de escribir, somos escrupulosos, miramos con lupa, rechazamos todo lo que
no sea verdad. Mas si sólo se trata de la vida, nos echamos a perder,
enfermamos, morimos por falsedades. Es cierto que sólo de la ganga de esas
mentiras (si se ha rebasado la edad de ser poeta) puede extraerse un poco de
verdad. Las penas son servidores oscuros, detestados, contra los que luchamos,
en cuyo dominio nos vamos precipitando, servidores atroces, imposibles de
sustituir, y que por caminos subterránes nos conducen a la verdad y a la
muerte. [TR
216]
[Octavio] podía ser muy vanidoso, lo
que no está reñido con el talento, y tratar de brillar del modo que creía
adecuado para deslumbrar en el mundo donde vivía, que no consistía en absoluto
en probar un conocimiento profundo de las Afinidades
electivas sino más bien en saber conducir un atelaje de cuatro caballos.
Por otra parte, no estoy seguro de que, aun convertido ya en el autor de
aquellas obras tan originales, le gustara algo más, fuera de los teatros donde
era conocido, saludar a quien no vistiera de esmoquin, como los fieles de la
primera época, lo que no demostraría en su caso estupidez sino vanidad, e
incluso cierto sentido práctico, una cierta clarividencia para adaptar su
vanidad a la mentalidad de los imbéciles de cuya estima dependía, y para quienes
el esmoquin brilla acaso con un resplandor más vivo que la mirada de un
pensador. ¡Quién sabe si, visto desde fuera, un hombre de talento, o incluso un
hombre sin talento pero aficionado a los asuntos del espíritu, como yo por
ejemplo, no producía el efecto del más perfecto y pretencioso imbécil a quien
lo encontraba en Rivebelle, en el Hotel de Balbec o sobre el malecón de Balbec!
Sin contar que para Octavio las cosas del arte debían de tratarse de algo tan
íntimo, tan oculto en los más secretos repliegues de sí mismo que seguramente
no se le habría ocurrido hablar de ellas como lo haría Saint-Loup, por ejemplo,
para quien las artes tenían el mismo prestigio que los atelajes para Octavio.
Podía tener además la pasión del juego, y se dice que la conservó. Pero si la
piedad que hizo revivir la obra desconocida de Vinteuil salió de un medio tan
turbio como Montjouvain, no me sorprendía menos pensar que las obras maestras
acaso más extraordinarias de nuestra época salieran, no del Concurso general,
de una educación modélica, académica, a la Broglie, sino de la frecuentación de
los «pesajes» y de los grandes bares. [AD 185-186]
c) Por el Tiempo
recobrado: las impresiones y el arte*
Al considerar la sonata [de Vinteuil]
desde otro punto de vista, propiamente como la obra de un gran artista, me veía
transportado por la corriente sonora hacia los días de Combray-no me refiero a
Montjouvain y al camino de Méséglise, sino a los paseos por el lado de
Guermantes-, cuando también yo deseé ser un artista. ¿Renuncié a algo real,
abandonando de hecho esta ambición? ¿Podía la vida consolarme del arte? ¿Hay
en el arte una realidad más profunda, donde nuestra auténtica personalidad
encuentra una expresión que no le dan las acciones de la vida? ¡Cada gran
artista parece en efecto tan diferente a los demás, y nos produce tanto esa
sensación de individualidad que buscamos en vano en la existencia cotidiana! [LP 148]
II. LAS ETAPAS DEL APRENDIZAJE
1.
EL OBJETIVISMO
Representación y
memoria voluntaria: signos materiales
En la época en que amaba a Gilberta,
creía aún que el Amor existía realmente fuera de nosotros; que, permitiéndonos
como mucho hacer a un lado los obstáculos, brindaba sus placeres en un orden
que no éramos libres de cambiar; me parecía que de haber sustituido a mi guisa
la dulzura de la confesión por la simulación de la indiferencia, no sólo me
privaba de una de las alegrías que más soñé, sino que fabricaba a mi antojo un
amor ficticio y sin valor, sin comunicación con la verdad, a cuyos misteriosos
y preexistentes caminos renunciaba. [CS
3931
Nunca pudimos llegar tampoco hasta ese
término que tanto deseara yo alcanzar: Guermantes. Sabía que allí residían unos
señores feudales, el duque y la duquesa de Guermantes; sabía que eran
personajes reales y actualmente existentes, pero siempre que pensaba en ellos
me los representaba bien en un tapiz, como estaba la condesa de Guermantes en
la «Coronación de Esthér» de nuestra iglesia, bien con
matices cambiantes como estaba Gilbert le Mauvais
en
la vidriera [...], o impalpables del todo como la imagen de Genoveva de Bravante,
antepasada
de la familia de Guermantes, que la linterna mágica paseaba por las cortinas de
mi habitación o hacía subir hasta el techo, siempre envueltos del misterio de
los tiempos merovingios e inmersos, como en una puesta de sol, en la luz
anaranjada que emana de las sílabas «antes». [CG
16g]
A medida que identificaba y conocía
poco a poco a Albertina, este conocimiento se hacía por sustracción, sustituyendo
cada una de las partes de imaginación y deseo por una noción que valía
infinitamente menos. [...] Eso no quita para que, tras esta primera
transformación, Albertina cambiara para mí aún muchas veces. Las cualidades y
los defectos que nos ofrece de un ser un primer plano de su rostro se disponen
según una formación distinta si lo abordamos por otro lado, como en una ciudad
los monumentos aparecen diseminados a lo largo de una sola línea y desde otro
punto de vista se escalonan en profundidad e intercambian sus proporciones
relativas. [...] Pero ésa no era sino una segunda visión, y habría otras sin
duda por las que pasaría sucesivamente. De suerte que sólo después de haber
reconocido no sin tanteos los errores de óptica del comienzo podríamos llegar
al conocimiento exacto de un ser, si este conocimiento fuera posible. Pero no
lo es; pues mientras corregimos nuestra visión sobre él, como éste a su vez no
es un objetivo inerte, cambia, y cuando queremos alcanzarlo se desplaza, y
creyendo verlo al fin con más claridad, no hemos sino aclarado las antiguas
imágenes de que disponíamos, pero que ahora ya no lo representan. No obstante,
y pese a las inevitables decepciones que acarrea, esta actitud hacia aquello
que apenas entrevimos y que nos dimos el placer de imaginar es la única saludable
para los sentidos y que mantiene el deseo. [...]
Volvía pensando en aquella reunión y
orientaba la luz hacia el café que acababa de tomar antes de que Elstir me
llevara junto a Albertina,
así
como a la rosa que regalé al anciano caballero, detalles todos ellos que las
circunstancias eligen al margen de nosotros y que componen, en una disposición
especial y fortuita, el marco de un primer encuentro. [...] Desde ese día, tras
comprobar a mi regreso la imagen que evocaba, comprendí el trueque que se
había producido, y cómo había conversado un momento con una persona que,
gracias a la habilidad del prestidigitador, y sin parecerse en nada a la que yo
tanto seguí por la orilla del mar, la había sustituido. Por lo demás debí
suponerlo de antemano, porque la muchacha de la playa la había fabricado yo.
[...] Además de que, como la memoria toma inmediatamente clichés
independientes unos de otros, suprime cualquier nexo y continuidad entre las
escenas que se representa y, en la colección de aquellos que expone, el último
no destruye forzosamente los precedentes. Frente a la mediocre y conmovedora Albertina
con
la que había hablado, veía a la misteriosa Albertina contra
el mar. Eran ahora recuerdos, es decir composiciones que me parecían todas
ellas igual de verdaderas. Para acabar con esta primera tarde de la
presentación, cuando traté de ver el lunarcillo de su mejilla, debajo del ojo,
recordé que al salir Albertina de casa de Elstir lo había visto sobre
la barbilla. En suma, cuando la veía, percibía que tenía un lunar, pero mi
errabunda memoria lo paseaba luego por la cara de Albertina y
lo colocaba aquí o allá. [JF 436-440]
Los valores de la
inteligencia:
a) La amistad
A veces, cuando estaba solo, sentía
afluir del fondo de mí mismo algunas de aquellas impresiones que me procuraban
un agradable bienestar. Pero si estaba con otra persona, o hablaba con un
amigo, mi espíritu se daba media vuelta y dirigía sus pensamientos a mi
interlocutor en lugar de volverse hacia mí, sin que al seguir ese sentido
inverso me procurara placer alguno. Una vez me separaba de Saint-Loup, con
ayuda de las palabras ponía un poco de orden en los confusos minutos que había
pasado con él; me decía que tenía un buen amigo, que un buen amigo es algo muy
raro, y al sentirme rodeado de bienes difíciles de conseguir experimentaba
justamente lo contrario del placer que en mí era natural, ese placer de haber
extraído de mí mismo y aclarado algo que se ocultaba en la penumbra. [...] Yo
me sabía capaz de ejercer las virtudes de la amistad mejor que la mayoría
(porque daría siempre prioridad al beneficio de mis amigos sobre los intereses
personales a los que otros se sienten tan apegados y que para mí no
importaban), pero no así de alegrarme por un sentimiento que en lugar de
acentuar las diferencias que había entre mi espíritu y el de los demás-como hay
también entre los distintos espíritus de cada uno de nosotros-las disiparía.
En cambio, otras veces mi pensamiento discernía en Saint-Loup a un ser más
general que él mismo, el «noble», que como un espíritu interior movía sus
miembros y ordenaba sus gestos y sus acciones; en esos momentos, aunque me
hallara con él, estaba solo, como lo estaba frente a un paisaje cuya armonía
hubiese comprendido. No era ya sino un objeto que mi ensoñación trataba de
profundizar. Al buscar en él aquel ser interior secular, el aristócrata que Roberto
precisamente no quería ser, sentía una intensa alegría, pero que procedía de la
inteligencia, no de la amistad. [...] A veces me reprochaba mi deleite al considerar
a mi amigo como una obra de arte, es decir al contemplar el funcionamiento de
todos los elementos de su ser como si estuvieran regulados armoniosamente y
dependieran de una idea general que él desconocía y que, por tanto, nada añadía
a sus cualidades propias, a la cualidad personal de aquella inteligencia y
moralidad que él tanto valoraba. [JF
304]
b) La conversación
Yo no sentía sacrificar los placeres
de la sociedad y de la amistad a ese otro de pasar todo el día en el jardín.
Los seres que disfrutan de esa posibilidad-cierto que son sólo los artistas, y
yo estaba convencido desde hacía tiempo de que nunca llegaría a serlo-tienen
además el deber de vivir para sí mismos; pues para ellos la amistad es una
dispensa de ese deber y una abdicación personal. La conversación misma, que es
el modo de expresión de la amistad, es una divagación superficial que no nos
procura ninguna adquisición. Podemos charlar durante toda una vida sin hacer
otra cosa más que repetir indefinidamente la vacuidad de un minuto, mientras
que en el trabajo solitario de la creación artística el pensamiento avanza en
profundidad, la única dirección que se nos mantiene abierta y donde podemos
progresar, es verdad que con mucho esfuerzo, para llegar a un resultado
verdadero. [JF 468j
Contra
una literatura objetivista (Goncourt,
Saint-Beuve)
¿Cómo podría tener ningún valor la
literatura de anotaciones, si es bajo minucias como las que reseña donde está
contenida la realidad (la intensidad en el ruido lejano de un aeroplano, o en
la línea del campanario de Saint-Hilaire; el pasado en el sabor de una
magdalena, etc.), y carecen de significado por sí mismas si no se extrae de
ellas?
Poco a poco, conservada por la
memoria, la cadena de todas esas expresiones inexactas, en las que no queda
nada de cuanto realmente sentimos, constituye para nosotros nuestro
pensamiento, nuestra vida, la realidad, y no es sino esta mentira la que
reproducirá un arte calificado de «vivo», simple como la vida, sin belleza
[...]. En cambio, la grandeza del verdadero arte, al que monsieur de
Norpois calificaría de juego de diletante, era recuperar, captar de nuevo,
hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos vamos
separando a medida que adquiere espesor e impermeabilidad el conocimiento
convencional con que la sustituimos, esa realidad que correríamos gran riesgo
de morir sin haber conocido, y que es sencillamente nuestra vida. [TR 201-203]
Contra el arte
realista
Las cosas-un libro bajo su cubierta
roja como los demás-, en cuanto las percibimos, se transfiguran para nosotros
en algo inmaterial, de la misma naturaleza que todas nuestras preocupaciones o
nuestras sensaciones de aquel tiempo, y se mezclan indisolublemente con ellas.
Un nombre leído antaño en un libro contiene entre sus sílabas el viento
racheado y el sol resplandeciente que hacía cuando lo leíamos. De suerte que
la literatura que se limita a «describir las cosas», a dar de ellas solamente
un miserable realce de líneas y superficies, es la que, pese a calificarse de
realista, más alejada está de la realidad, la que más nos empobrece y apesadumbra,
pues corta bruscamente toda comunicación de nuestro yo presente con el pasado,
cuyas cosas guardaban la esencia, y con el futuro, donde nos incitan a
disfrutarla de nuevo. Es esa esencia lo que el arte digno de tal nombre debe
expresar, y, si fracasa en el propósito, aún puede sacar de su impotencia una
lección (mientras que de los logros del realismo no se saca ninguna), a saber
que esta esencia es en parte subjetiva e incomunicable. [TR
192]
Contra el arte
popular
La idea de un arte popular, como
también la de un arte patriótico, aunque no fuera peligrosa me parecía ridícula.
Si se trataba de hacerlo accesible al pueblo sacrificando los refinamientos de
la forma, «buenos para los ociosos», yo había frecuentado lo bastante a las personas
del
gran mundo para saber que eran ellos los auténticos iletrados, y no los
electricistas. En este sentido, un arte popular en la forma debería dirigirse a
los miembros del Jockey antes que a los de la Confederación General del Trabajo;
en cuanto a los temas, las novelas populares aburren tanto a la gente del
pueblo como a los niños los libros que se escriben para ellos. Mediante la
lectura, uno trata de desenraizarse, y los obreros sienten tanta curiosidad por
los príncipes como los príncipes por los obreros.
[TR 194_195]
2.
LA DECEPCIÓN
Ante Bergotte, el
escritor
El Bergotte que yo había elaborado
lenta y delicadamente, gota a gota, como una estalactita, con la transparente
belleza de sus libros, ese Bergotte de pronto no servía de nada, desde el
momento en que había de atenerme a la nariz de caracol y a la perilla negra,
como no es buena la solución que dimos a un problema cuyo enunciado leímos mal
y sin tener en cuenta que el resultado debía dar una determinada cifra. La
nariz y la perilla eran elementos igual de ineluctables, y tanto más molestos
porque me obligaban a reconstruir por completo el personaje de Bergotte; hasta
parecían implicar, producir y secretar incesantemente un cierto tipo de
espíritu activo y satisfecho de sí muy poco leal, pues ese espíritu nada tenía
que ver con la clase de inteligencia que difundían sus libros y que yo conocía
bien, penetrada como estaba de una delicada y divina sabiduría. Partiendo de
ellos, nunca habría llegado a esa nariz de caracol; pero si partía de la nariz,
que se mostraba despreocupada, independiente y «caprichosa», iba en una
dirección totalmente contraria a la obra de Bergotte [...]. Sin duda, los
nombres son fantasiosos dibujantes, y nos dan unos bocetos de personas y países
tan poco fieles que sentimos a menudo un cierto estupor cuando nos enfrentamos
al mundo visible, frente a aquel imaginado. [...] Pero en el caso de Bergotte,
la molestia previa del nombre no era nada comparada a la de conocer la obra,
porque me veía forzado a ligar a ella, como a un globo, al hombre de perilla
sin saber si mantendría su fuerza ascensional. [...] Y entonces me pregunté si
la originalidad prueba realmente que los grandes escritores son dioses que
reinan cada uno en su propio reino, o si por el contrario no hay en todo eso
algo de ficción, y las diferencias entre las obras no son más bien resultado
del trabajo en lugar de expresión de una diferencia radical de esencia entre
las diversas personalidades. [JF
118-119]
Ante la iglesia de
Balbec
[...] Aquel campanario que, por lo que
había leído, era a su vez un rudo acantilado normando donde crecían las espigas
y revoloteaban los pájaros, y que yo me había figurado recibiendo en su base la
última espuma de las agitadas olas, se erguía en una plaza donde empalmaban
dos líneas de ferrocarril, frente a un café con la palabra «Billar» escrita en
letras doradas, y destacado contra un fondo de casas entre cuyos tejados no se
mezclaba mástil alguno. Y la iglesia-que ocupó mi atención junto con el café,
el transeúnte a quien hube de preguntarle por el camino y la estación adonde
me disponía regresar-formaba un todo con el resto, parecía un accidente, un
producto de aquel atardecer... [JF 227]
En el segundo viaje
a Balbec
Mi segunda llegada a Balbec fue muy
diferente de la primera. [...] Recordaba las imágenes que me habían impulsado a
regresar a Balbec, muy distintas a las de entonces; la visión que venía ahora a
buscar era tan resplandeciente como brumosa la de antes, pero no menos
decepcionante. Las imágenes que elige el recuerdo son tan arbitrarias,
limitadas e inasibles como aquellas que la imaginación había formado y la
realidad destruido. No hay razón para que, fuera de nosotros, un lugar real
posea las composiciones de la memoria mejor que las del sueño. Además de que
una realidad nueva nos hará seguramente olvidar, y aun detestar, los deseos que
nos indujeron a partir.
Aquellos que me condujeron a Balbec se
debían en parte a que los Verdurin [...] habían invitado allí a madame
de
Putbus. [...] Nada unía esencialmente a la doncella de madame de
Putbus con la zona de Balbec; para mí, ella no estaría allí como la campesina
que por el camino de Méséglise llamé tantas veces en vano con toda la fuerza de
mi deseo.
Pero hacía ya mucho que había dejado
de intentar extraer de una mujer algo así como la raíz cuadrada de su
incógnita, porque muchas veces no resistía una simple presentación. Al menos
en Balbec, donde no estaba desde hacía tiempo, tendría la ventaja de que, a
falta de la necesaria relación inexistente entre la tierra y esa mujer, el
sentimiento de realidad no quedaría suprimido para mí por el hábito, como
sucedía en París, donde, ya en mi propia casa o en una estancia familiar, el
placer de una mujer entre las cosas cotidianas no podía procurarme un momento
de ilusión que me diera acceso a una nueva vida. (Pues, si bien el hábito es
una segunda naturaleza, nos impide conocer la primera, de cuyas crueldades y
atractivos carece.) [...] Por lo demás, no iba a Balbec con tan poco espíritu
práctico como la primera vez; hay siempre menos egoísmo en la imaginación pura
que en el recuerdo. [SG
148-1511
De
Swann por Odette
Lo cierto es que Odette de
Crécy pareció a Swann no sin una cierta belleza, pero de un género de belleza
que le era indiferente, que no le inspiraba ningún deseo, que hasta le
provocaba una especie de repulsión física, una de esas mujeres como las que
tiene todo el mundo, diferentes para cada cual y todo lo contrario del tipo que
solicita nuestra sensualidad. [CS
193]
3.
LA ESENCIA: UNIDAD DEL SIGNO Y DEL SENTIDO
Por la imaginación y
el deseo: signos menos materiales*
Mi mayor deseo era ver una tempestad
en el mar, más que como un hermoso espectáculo, como un momento revelador de la
vida real de la naturaleza; o mejor dicho, para mí sólo eran espectáculos
hermosos aquellos que sabía que no estaban artificialmente preparados para mi
goce, sino que eran necesarios e inmutables, como la belleza de los paisajes o
de las obras de arte. [...] Por eso retuve el nombre de Balbec [...] Y un día
que en Combray hablé ante Swann de aquella playa de Balbec, a fin de averiguar
si el lugar elegido era el mejor para ver las más fuertes tempestades, me
respondió: «¡Ya lo creo que conozco Balbec! La iglesia medio románica de
Balbec, de los siglos XII y XIII, es probablemente el ejemplo más curioso de
gótico normando, y tan singular, que parece arte persa». Fue una gran alegría
para mí ver cómo esos lugares que hasta entonces me parecían sólo naturaleza
inmemorial, contemporánea de los grandes fenómenos geológicos-y tan al margen
de la historia humana como el Océano o la Osa Mayor, con esos pescadores
primitivos para quienes, lo mismo que para las ballenas, no hubo Edad Media-entraban
de pronto en la serie de los siglos y conocían la época románica, y enterarme
de que el trébol gótico fue a exornar también aquellas rocas salvajes en el momento
debido, como esas frágiles y vigorosas plantas que, en primavera, estrellan la
nieve de las regiones polares. Y si bien el gótico prestaba a aquellos hombres
y lugares una determinación de que carecían, ellos a sn vez le conferían una
concreción. [...] Entonces, en las noches borrascosas y suaves de febrero, el
viento [...] mezclaba en mí el deseo de la arquitectura gótica con el de una
tempestad sobre el mar. [...] Yen el nombre de Balbec, como en el cristal de
aumento de esos portaplumas que compramos en los balnearios de la costa, veía
alborotadas olas en torno a una iglesia de estilo persa.
[CS 377-382]
Si un ser puede ser el producto de una
tierra donde disfrutamos de su encanto particular, más aún que la campesina
que tanto deseé ver aparecer cuando vagaba solo por el camino de Méséglise, en
los bosques de Roussainville, debía de ser la muchacha alta que vi salir de
aquella casa con su jarra de leche y venir hacia la estación por el sendero
que iluminaba oblicuamente el sol naciente. [...] Que fuera aquella muchacha la
que producía en mí esa exaltación, o que por el contrario fuera ésta la causa
principal del placer que sentía junto a ella, en todo caso estaba una tan
mezclada con la otra que mi deseo de volver a verla era sobre todo el deseo
moral de no dejar morir completamente aquel estado de excitación y no verme
separado para siempre del ser que, a pesar suyo, había intervenido en él. No es
solamente que ese estado fuera agradable. Es sobre todo que (como la mayor
tensión de una cuerda o la vibración más rápida de un nervio produce una
sonoridad o un color diferente) daba otra tonalidad a cuanto yo veía, y me
introducía como actor en un universo desconocido e infinitamente más
interesante.
[JF 225-226]
Los «hombres
superiores»*
Los musicógrafos bien podían encontrar
el parentesco o la genealogía de aquellas frases [de Vinteuil] en las obras de
otros grandes músicos, pero solamente por razones accesorias, semejanzas
exteriores y analogías más ingeniosamente establecidas por el razonamiento que
sentidas por la impresión directa. Aquella que daban las frases de Vinteuil era
diferente de cualquier otra, como si, en perjuicio de las conclusiones que
parecen desprenderse de la ciencia, existiera lo individual. [...] Era un
acento, aquel de Vinteuil, separado del acento de los demás músicos por una
diferencia mucho mayor que la percibida entre la voz de dos personas, o incluso
entre el balido y el grito de dos especies animales; verdadera diferencia-la
que había entre el pensamiento de un determinado músico y las perpetuas
investigaciones de Vinteuil-, aquella cuestión que se planteaba bajo un sinfín
de formas, su habitual especulación, pero tan desembarazada de las formas
analíticas del razonamiento como si se hubiera ejercido en el mundo de los
ángeles, de manera que se puede medir la profundidad pero no traducirla al
lenguaje humano, no más de lo que pueden los espíritus descarnados cuando,
evocados por un médium, éste los interroga sobre los secretos de la muerte. [LP 244]
¿La interpretación de la Berma
revelaba únicamente el genio de Racine? Así lo creí al
principio; pero saldría pronto de mi engaño [...] Comprendí entonces que la
obra del escritor no era para la trágica más que una materia, casi indiferente
en sí misma, para la creación de su interpretación artística, como aquel gran
pintor que había conocido en Balbec, Elstir, encontraba el motivo de dos
cuadros de parejo valor en un edificio escolar sin carácter y en una catedral que,
por sí misma, era una obra de arte. Y así como el pintor disuelve casa, carreta
y personajes en un magistral efecto de luz que los vuelve homogéneos, la Berma
extendía vastas capas de terror y de ternura sobre las palabras fundidas todas
por igual, niveladas o realzadas todas, que sin embargo una artista mediocre
habría articulado una tras otra. Sin duda, cada una tenía una inflexión propia,
y la dicción de la Berma no impedía discernir el verso. ¿No es ya un primer
elemento de complejidad ordenada y de belleza que al oír una rima, es decir
algo semejante y a la vez distinto de la rima precedente, que está motivado por
ella pero le introduce la variación de una idea nueva, sintamos superponerse
dos sistemas, uno de pensamiento y otro de métrica? Pero la Berma incorporaba
las palabras, incluso los versos, o hasta las largas «declamaciones», en
conjuntos aún más vastos, en cuyas fronteras era un placer verlos forzados a
detenerse e interrumpirse; así, en la rima, un poeta se deleita haciendo
vacilar por un instante la palabra que va a lanzar, lo mismo que un músico en
confundir las palabras diversas de un libreto en un mismo ritmo que las
contraría y las arrastra. Tanto en las frases del dramaturgo moderno como en
los versos de Racine,
la
Berma sabía introducir esas vastas imágenes de dolor, de nobleza, de pasión que
constituían sus propias obras de arte y donde se la reconocía, como en los
retratos pintados con diferentes modelos se reconoce a un mismo pintor. [CG
44-45]
La voz [de Bergotte] era en efecto
rara; nada altera tanto las cualidades materiales de la voz como el hecho de
la reflexión: la sonoridad de los diptongos, la energía de las labiales, o
incluso la dicción. [...] Me costó mucho darme cuenta de lo que decía en esos
momentos, pues pertenecía tan verdaderamente a Bergotte que no parecía de
Bergotte. Era una profusión de ideas precisas que no estaban incluidas en ese
«género Bergotte» que muchos cronistas se habían apropiado [...]. Esta diferencia
en el estilo se debía a que «lo Bergotte» era sobre todo un cierto elemento
valioso y auténtico, oculto en el corazón de las cosas y extraído de él por ese
gran escritor gracias a su genio, extracción que es el fin del dulce cantor y
no de un hacer «a lo Bergotte». [...] Eso mismo sucede con todos los grandes
escritores, la belleza de sus frases es imprevisible, como lo es la de una
mujer que aún no conocemos; es una creación porque se aplica a un objeto
exterior-y no a sí mismos-en el que piensan y no han expresado todavía. [...]
La verdadera variedad consiste en esa plenitud de elementos reales e
inesperados, en esa rama cubierta de flores azules que sobresale, contra toda
previsión, del matorral primaveral que parecía ya repleto; mientras que la
imitación puramente formal de la variedad (así como de las demás cualidades del
estilo) no es sino vacío y uniformidad, es decir lo más contrario a la
variedad. [JF 123]
El arte: signos
inmateriales
En un momento dado, sin poder
distinguir con claridad un contorno ni dar un nombre a lo que le agradaba,
seducido de pronto, [Swann] había tratado de retener la frase o la armonía-ni
él mismo lo sabía-que huía y que le había ensanchado el alma [...]. Tal vez
porque no sabía música pudo sentir una impresión tan confusa, una de esas
impresiones que quizá sean no obstante las únicas puramente musicales, inextensas,
completamente originales e irreductibles a cualquier otro orden de impresiones.
Una impresión de ese género, instantánea, es por decirlo de algún modo sine materia.
[...] Y
esa impresión seguirá envolviendo con su liquidez y su «gradación» los motivos
que emergen de ella por momentos, apenas discernibles, para sumergirse en
seguida y desaparecer, percibidos solamente por el placer particular que nos
dan, imposibles de ser descritos, recordados, designados, e inefables si no
fuera porque la memoria, como un obrero que se esfuerza por asentar cimientos
duraderos en medio de la corriente, construye para nosotros facsímiles de esas
frases fugitivas, permitiéndonos compararlas con las siguientes y diferenciarlas.
Así, apenas se hubo extinguido la sensación deliciosa que Swann sintió, su
memoria le proveyó acto seguido de una transcripción sumaria y provisional,
pero en la que fijó su atención mientras continuaba la pieza, de tal modo que,
cuando la misma impresión retornó repentinamente, no era ya inaprensible. Se
representaba en ella la extensión, los conjuntos simétricos, la grafía, el
valor expresivo; tenía ante él eso que ya no es música pura, sino dibujo,
arquitectura, pensamiento, y que permite recordar la música. [CS
205-206]
III. ¿QUÉ ES UNA ESENCIA?
1.
EL MUNDO CONTENIDO EN LA ESENCIA
La esencia como
recreación del mundo y origen del Tiempo
¡Qué hermoso diálogo oía Swann entre
el piano y el violín al comienzo del último movimiento! La omisión de la
palabra humana, lejos de dar libre curso a la fantasía, como habría podido
creerse, la eliminó; nunca el lenguaje hablado fue tan inflexiblemente
necesario, jamás conoció aquella pertinencia de las preguntas y aquella
evidencia de las respuestas. Al principio, el piano solitario se quejaba cual
pájaro abandonado por su pareja; el violín le oyó y le contestó como desde un
árbol vecino. Parecía el comienzo del mundo, como si aún no hubiera otra cosa
que ellos dos en la tierra, o más bien en aquel mundo inaccesible a todo lo
demás, construido con la lógica de un creador y donde nunca habría nada más que
ellos dos: el mundo de aquella sonata.
[CS
346]
Hay aún otro asombro, fruto no ya de
la diferencia entre las estilizaciones del recuerdo y la realidad, sino entre
el ser que vimos la última vez y éste que hoy nos aparece bajo otro ángulo,
mostrándonos un nuevo aspecto. El rostro humano es verdaderamente semejante al
del Dios de una teogonía oriental, todo un racimo de rostros yuxtapuestos en
diferentes planos y que no vemos todos a la vez. [...] Cada ser se destruye
cuando dejamos de verlo; luego su aparición siguiente es una creación nueva,
distinta de la inmediatamente anterior, si no de todas. [JF
477-478]
Encarnación de la
esencia:
a) En materias
(color, sonido, palabra)
Cada artista parece así como el
ciudadano de una patria desconocida, olvidada para él, diferente de aquella de
donde aparejará hacia la tierra otro gran artista. [...] Cuando la visión del
universo se modifica y se depura, se torna más adecuada al recuerdo de la
patria interior, y es muy natural que eso se traduzca en una alteración general
de las sonoridades en el músico, como del color en el pintor. [...] Pero
entonces, ¿no es verdad que esos elementos, todo ese residuo real que hemos de
guardar para nosotros mismos, que la conversación no puede transmitir ni
siquiera de amigo a amigo, ni de maestro a discípulo o de amante a querida, ese
inefable que diferencia cualitativamente lo que cada cual ha sentido y que se
ve obligado a dejar en el umbral de las frases, donde no puede comunicar con
nadie si no es limitándose a puntos exteriores comunes a todos y sin interés,
el arte, el arte de un Vinteuil, como el de un Elstir, lo hace aparecer,
exteriorizando en los colores del espectro la composición íntima de esos mundos
llamados individuos y que sin el arte jamás conoceríamos? [LP
247]
En el habla de Bergotte, sin embargo,
no había cierta luminosidad que en sus libros, como en los de otros autores,
modifica a menudo la apariencia de las palabras. Se debe, sin duda, a que
procede de las profundidades y no alcanzan sus rayos a nuestras palabras, en
esas horas en que la conversación nos abre a los demás y nos cierra en cierto
modo a nosotros mismos. En este sentido, había más entonaciones y acentos en
sus libros que en sus conversaciones: acento independiente de la belleza del
estilo, que sin duda ni el propio autor percibe, pues no es separable de su
personalidad más íntima. Ese acento que aparecía en sus libros, en los momentos
en que Bergotte era completamente natural, daba ritmo a las palabras a menudo
insignificantes que escribía. No era algo que figurase en el texto, nada en él
lo indicaba, y no obstante se acoplaba espontáneamente a las frases, sin que
pudieran decirse de otro modo; era lo que había de más efímero y sin embargo
profundo en el escritor, así como lo que probaría su naturaleza al decirnos si
pese a las crueldades que escribió era dulce, o sentimental a pesar de las
sensualidades. [JF 123]
b) En materia
espiritualizada
Al considerar de nuevo la monotonía de
las obras de Vinteuil, explicaba a Albertina que los grandes
literatos nunca han escrito más que una sola obra, o más bien refractado a
través de diversos medios una misma belleza que ellos aportan al mundo. «-[...]
Esas frases-tipo que, como yo, empiezas ya a reconocer, ma petite
Albertina, las mismas en la sonata, en el septeto y en las
demás obras, equivaldrían si tú quieres, por ejemplo en Barbey d'Aurevilly, a
una realidad oculta revelada por una señal material: el rubor fisiológico de
la Embrujada, de Amado de Spens, de la Glotte, la mano de Rideau cramoisi, las viejas
costumbres, los antiguos usos, las palabras trasnochadas, los oficios antiguos
y singulares tras los que perdura el Pasado, la historia oral transmitida por
los patriarcas, las nobles ciudades normandas impregnadas de Inglaterra y tan
hermosas como una villa de Escocia, algunos maldecidos inevitables, la Vellini,
el pastor, una misma sensación de ansiedad en un paisaje, ya sea la mujer que
busca a su marido en Une vieille maîtresse, o
el marido de L Ensorcelée recorriendo la
landa, o la misma Embrujada al salir de misa. Esas frases-tipo de Vinteuil
corresponden asimismo a la geometría del tallador de piedra en las novelas de Thomas
Hardy». [...] «Recuerda
Jude el
oscuro; o La Bienamada, donde viste cómo el padre extrae los
bloques de piedra y, transportados en barco, se apilan en el taller del hijo
para convertirse en estatuas; o en los Ojos
azules el paralelismo de las tumbas, así como la línea paralela del barco
y los vagones contiguos donde están los dos enamorados y la muerta; o el
paralelismo entre
La Bienamada, donde
el hombre ama a tres mujeres, y los Ojos
azules, donde la mujer ama a tres hombres, etc. [...] En Stendhal
comprobarías un cierto sentido de la elevación vinculado a la vida espiritual:
el lugar elevado donde Julián Sorel está preso, la torre en lo alto de la cual
se halla encerrado Fabricio, el campanario donde el abad Blanés se dedica a la
astrología y desde el cual Fabricio divisa un hermoso panorama. [LP 361-363]
La transmutación de
la materia. El estilo y la metáfora*
Los datos de la vida no significan
nada para el artista; no son más que una excusa para poner de manifiesto su genio.
Cuando vemos juntos diez retratos de diferentes personas pintados por Elstir,
apreciamos de inmediato que son ante todo «Elstirs». Sólo después de que ha subido
esa marea ascensional del genio que recubre la vida, y una vez el cerebro
comienza a fatigarse, el equilibrio se rompe poco a poco, y como un río que
recupera su cauce tras el reflujo de una gran marea, la vida recupera su
primacía. Pues, durante el período inicial, el artista ha extraído poco a poco
la ley, la fórmula de su don inconsciente. Sabe qué clase de situaciones, si es
novelista, o qué paisajes si es pintor, le proporcionan la materia,
indiferente en sí misma pero necesaria para sus creaciones como sería un
laboratorio o un estudio. [MF 415]
El genio artístico actúa a la manera
de esas temperaturas extremadamente elevadas que tienen la capacidad de
disociar las combinaciones de átomos y reagruparlos con arreglo a un orden
absolutamente contrario y que responde a otro tipo. [...] Así, suele ocurrir
que a partir de una cierta edad, el ojo de un gran investigador encuentra por
doquiera los elementos necesarios para fijar únicamente las relaciones que le
interesan. [...] En el retrato, por ejemplo, el tiempo no viene indicado solamente
por el vestido de la mujer, sino también por el estilo que tenía entonces el
pintor. [JF 424-426]
El taller de Elstir me pareció como el
laboratorio de una especie de nueva creación del mundo [...]. Naturalmente,
casi todo lo que había en su taller eran marinas pintadas allí, en Balbec.
Pero en todas ellas podía apreciar que el encanto consistía en una suerte de metamorfosis
de las cosas representadas, análoga a lo que en poesía llamamos metáfora, y que
si Dios Padre creó las cosas designándolas por su propio nombre, Elstir las
recreaba arrebatándoselo o dándoles otro nuevo. Los nombres que designan las
cosas responden siempre a una noción de la inteligencia, ajena a nuestras impresiones
auténticas y que nos obliga a eliminar de ellas todo lo que no se relaciona con
esa noción. [...]
Una de sus metáforas más frecuentes en
las marinas que había por allí en ese momento era precisamente la que comparaba
la tierra al mar, suprimiendo toda demarcación entre una y otro. [... ] El
pintor había sabido acostumbrar la vista a no reconocer frontera fija ni demarcación
absoluta entre la tierra y el océano. [...] Ni tan siquiera el mar refluía
regularmente, sino con arreglo a los accidentes de la arena, que la
perspectiva disgregaba aún más [...]. Si todo el cuadro daba esa impresión de
los puertos donde el mar entra en la tierra, o la tierra es ya marina y la
población anfibia, la fuerza del elemento marino restallaba por doquiera [...]
. Pues el esfuerzo de Elstir por no representar las cosas tal y como sabía que
eran, sino con arreglo a esas ilusiones ópticas que componen nuestra visión
inicial, lo había inducido precisamente a poner de relieve algunas leyes de
perspectiva que resultaban chocantes en aquella época precisamente porque el
arte era el primero en desvelarlas. [...] En un cuadro de Balbec de un tórrido
día de verano, un entrante de mar, encerrado entre las murallas de granito
rosado, no parecía el mar, que iba a comenzar más allá. La continuidad del
océano se sugería únicamente por algunas gaviotas que, al revolotear sobre
aquello que a ojos del espectador era piedra, aspiraban en cambio la humedad
marina. [...]
El esfuerzo de Elstir por despojarse
ante la realidad de todas las nociones de su inteligencia era doblemente
admirable, porque ese hombre que antes de pintar se volvía ignorante y olvidaba
todo por probidad (pues lo que se sabe no es de uno), tenía justamente una inteligencia
excepcionalmente cultivada. [JF
398-404]
2.
LA REALIDAD DEL ARTE Y LA INMORTALIDAD DEL ALMA
Superioridad del
arte sobre la vida*
La decepción que causan al principio
las obras maestras puede atribuirse, efectivamente, a un debilitamiento de la
impresión inicial, o al esfuerzo requerido para dilucidar la verdad. Dos
hipótesis que se plantean en todas las cuestiones importantes, las cuestiones
de la realidad del Arte, de la Realidad misma, o de la Eternidad del alma,
entre las que debe elegirse; en la música de Vinteuil, esta elección se
planteaba a cada momento bajo distintas formas. Por ejemplo, su música me parecía
algo más auténtico que todos los libros conocidos. A veces pensaba que se debía
al hecho de que, como lo que sentimos en la vida no es en forma de ideas, su
traducción literaria, es decir intelectual, da cuenta de ello, lo explica, lo
analiza, pero no lo recompone como la música, donde los sonidos parecen adoptar
la inflexión del ser y reproducir esa punta interior y extrema de las
sensaciones que nos da una embriaguez específica. [LP 360]
Esencia como alma
cautiva
Encuentro muy razonable la creencia
céltica de que las almas de los seres perdidos están cautivas en algún otro ser
inferior, en un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para
nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que pasamos junto al
árbol o nos apoderamos del objeto que lo aprisiona. Entonces se estremecen, nos
llaman, y en cuanto las reconocemos, se rompe el maleficio. Liberadas, vencen a
la muerte y vuelven a vivir con nosotros.
Así ocurre con nuestro pasado. Es
trabajo perdido tratar de evocarlo, e inútiles todos los esfuerzos de nuestra
inteligencia. Se oculta fuera de su dominio y de su alcance, en un objeto
material (en la sensación que nos daría ese objeto material) que no sospechamos.
Del azar depende que topemos con ese objeto antes de morir o que nunca demos
con él.
[CS 44]
Inmortalidad del
alma
Por fin, [Bergotte] llegó frente al
Vermeer que recordaba más resplandeciente y distinto de cuantos llevaba vistos
[...]. Fijaba su mirada, lo mismo que un niño ante una mariposa que desea
cazar, sobre el valioso detalle del muro. «Así debiera haber escrito, se decía.
Mis últimos libros son demasiado áridos, tendría que haberles dado varias
capas de color, volver mi frase en sí misma valiosa, como este pequeño trozo
de pared amarillo». [...]
Sólo cabe decir que todo ocurre en
nuestra vida como si entráramos en ella con un fardo de obligaciones contratadas
en una vida anterior; no hay ninguna razón en nuestras condiciones de vida en
este mundo para que nos creamos obligados a hacer el bien, a ser delicados,
hasta educados, como tampoco para el artista ateo a creerse en la obligación
de reiniciar veinte veces un mismo pasaje con el fin de suscitar una admiración
que poco ha de importar a su cuerpo comido por los gusanos, como aquel detalle
de pared amarilla que pintó con tanta sabiduría y delicadeza un artista
desconocido para siempre y apenas identificado bajo el nombre de Vermeer. Todas
estas obligaciones que no obtienen su sanción en la vida presente parece que
pertenecen a un mundo diferente, fundado en la bondad, el escrúpulo, el
sacrificio, un mundo por completo distinto de éste y del que surgimos para
nacer en esta tierra, antes seguramente de regresar a él y revivir bajo el
imperio de esas leyes desconocidas a las que obedecimos porque portábamos su
enseñanza en nosotros, sin saber quién las había dictado, esas leyes a las que
nos aproxima cualquier trabajo profundo de la inteligencia y que son invisibles
únicamente, ¡y ni siquiera!, a los tontos. De suerte que la idea de que
Bergotte no había muerto para siempre no es inverosímil. [LP 177]
Realidad
independiente de la esencia
Swann no se equivocaba al creer que la
frase de la sonata existía realmente. Ciertamente humana desde ese punto de
vista, pertenecía no obstante a un orden de criaturas sobrenaturales e
imperceptibles, pero que reconocemos a pesar de todo extasiados cuando un explorador
de lo invisible consigue capturar una y traerla desde el mundo divino a que
tiene acceso para que brille por un instante sobre el nuestro. Eso había hecho
Vinteuil con la breve frase. Swann sentía que el compositor se había limitado,
con sus instrumentos de música, a desvelarla, a hacerla visible... [CS 347]
Sólo hay
intersubjetividad artística
Unas alas, otro sistema respiratorio,
que nos permitieran cruzar la inmensidad, no nos servirían de nada. Pues si
fuéramos a Marte o a Venus conservando los mismos sentidos, revestirían con el
mismo aspecto de la Tierra todo cuanto pudiéramos ver. El único viaje verdadero,
el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros
ojos, ver el universo con los ojos de otro, de cien otros, ver los cien
universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es. [...] Y
así
como ciertos seres son los últimos testigos de una forma de vida que la
naturaleza abandonó, me preguntaba si la música no era el único ejemplo de lo
que podría haber sido-de no haberse inventado el lenguaje, la composición de
las palabras, el análisis de las ideas-la comunicación de las almas. Es como
una posibilidad sin continuidad; la humanidad ha tomado otros caminos, el del
lenguaje hablado y escrito. [LP
247]
3. LA
ESENCIA COMO DIFERENCIA CUALITATIVA
La esencia es
singular y principio de individuación
«Me dijiste que habías visto algunos
cuadros de Vermeer; puedes darte perfecta cuenta de que son todos fragmentos
de un mismo mundo, que se trata siempre, cualquiera que sea el ingenio con el
que se recrea, de la misma mesa, la misma alfombra, la misma mujer, la misma
nueva y única belleza, enigma en esta época en la que nada se le parece ni la
explica, si no tratamos de emparentarla por los temas, sino de extraer la impresión
particular que produce el color. Pues bien, esta belleza nueva es idéntica en todas
las obras de Dostoievski: la mujer de Dostoievski (tan particular como una
mujer de Rembrandt),
cuyo
misterioso rostro torna súbitamente su afable belleza, como si hubiera
representado la comedia de la bondad, en una terrible insolencia (aunque en
el fondo parezca más bien buena), ¿no es acaso siempre la misma, ya sea
Nastasia Philipovna [...] o Gruchenka [...]? Gruchenka o Nastasia son figuras
tan originales, tan misteriosas, no sólo como las cortesanas de Carpaccio,
sino como la Bethsabée de Rembrandt. Date cuenta de que
sólo dio certeramente en ese rostro deslumbrante, doble, con bruscos accesos de
orgullo que muestran a la mujer de otro modo a como es («Tú no eres ésa», dice
Muichkine a Nastasia en la visita a los padres de Gania, y Aliocha podría
decírselo a Gruchenka en la visita a Katherina Ivanovna). [...]
Pero volviendo a la belleza nueva que Dostoievski ha aportado al mundo, como
en Vermeer se da la creación de una determinada alma, de un determinado color
de los tejidos y los lugares, en Dostoievski no hay solamente creación de
seres, sino de estancias, y la casa del asesinato en Crimen y castigo, con su portero, ¿no es tan extraordinaria como
la obra maestra de la casa del asesinato en El idiota, esa sombría, y cuán larga, alta y vasta casa de Rogojine
donde mata a Nastasia Philipovna: Esta belleza nueva y terrible de una casa, o
la belleza nueva y mixta de un rostro femenino es la aportación exclusiva de
Dostoievski al mundo, y las comparaciones que algunos críticos literarios pueden
hacer entre él y Gogol,
o
entre él y Paul
Kock,
carecen de interés, ya que son apenas exteriores a esta secreta belleza. Pero
además, si como te he dicho la misma escena se reproduce de novela en novela,
en el seno de una misma novela, si es muy larga, también se reproducen las
mismas escenas y los mismos personajes. [...] En Dostoievski encuentro pozos
sumamente profundos sobre algunos puntos aislados del alma humana. Pero es un
gran creador. El mundo que describe da la impresión de ser, ante todo, una
auténtica creación suya. Todos esos bufones que reaparecen una y otra vez, los
Lebedev, Karamazov, Ivolguine, Seguev, todo ese increíble cortejo es una
humanidad más fantástica que la que puebla La
Ronda de noche, de Rembrandt. Y seguramente, en cambio, es
fantástica de la misma manera-por la iluminación y la vestimenta-y en el fondo
es corriente. En todo caso, es a la vez una humanidad repleta de verdades,
profunda y única, propia sólo de Dostoievski. El aspecto de esos bufones es
hoy casi inexistente, como algunos personajes de la comedia antigua, y no
obstante ¡cuánta verdad revelan del alma humana! [...] ¿Has reparado en la
función que desempeñan en sus personajes el amor propio y el orgullo? Diríase
que para él el amor y el odio más
encarnizado, la bondad y la traición,
la timidez y la insolencia, no son sino dos estados de una misma naturaleza... [LP 363-367]
Los dos poderes de
la esencia: diferencia y repetición
A menudo reaparecía alguna frase de la
sonata, pero siempre variada por un ritmo o un acompañamiento diferentes, la
misma y no obstante otra, como reaparecen las cosas en la vida. Era una de esas
frases que, sin que sea posible comprender la clase de afinidad que les asigna
como morada única y necesaria el pasado de un determinado músico, no se
encuentran más que en su obra y reaparecen en ella constantemente, como si fueran
sus hadas, sus dríadas o sus divinidades familiares. Distinguí primero en el
septeto dos o tres que me recordaron la sonata. Después [...] percibí otra
frase de la sonata, tan alejada aún que apenas la reconocía; vacilante, se
aproximó, desapareció como ahuyentada, luego volvió, se unió a otras nuevas,
venidas como supe más tarde de otras obras, llamó a algunas más, también
atrayentes y persuasivas una vez domeñadas, y entraron en la ronda [...] .
Luego aquella frase se desvaneció, se transformó, como hacía la breve frase del
principio de la sonata, y volvió a ser el misterioso reclamo del inicio. [...]
Esta frase era lo que mejor podía caracterizar -como si cortara con todo el
resto de mi vida, con el mundo visible-esas impresiones que a intervalos
alejados recuperaba en mi vida como los puntos de referencia, los primeros
jalones para la construcción de una auténtica vida: aquella impresión que
sentí frente a los campanarios de Martinville, o ante una hilera de árboles
junto a Balbec. [LP 247-249]
IV. LOS SIGNOS SENSIBLES
1.
LA MEMORIA Y EL OLVIDO
La memoria y la
inteligencia voluntarias
¿Cómo no iba yo a recordar únicamente,
de cualquiera de mis amigas de la cuadrilla, sino la última cara que había
visto de ella, cuando de nuestros recuerdos relativos a una persona la
inteligencia elimina todo lo que no concurre a la utilidad inmediata de
nuestras relaciones cotidianas (sobre todo si estas relaciones están
impregnadas de un poco de amor, que siempre insatisfecho vive en el mundo aún
por venir)? Esta deja escapar la cadena de los días pasados; sólo retiene fuertemente
su último eslabón, a veces de un metal completamente distinto al de los
eslabones perdidos en la noche, y en nuestro viaje por la vida no acepta por
real más que el país donde habitamos en el momento actual. Mis primeras
impresiones, ya tan lejanas, no hallaban en mi memoria un remedio contra su
deformación diaria... [JF 5091
La memoria
involuntaria (análoga a la metáfora)
Los recuerdos en el amor no son una
excepción de las leyes generales de la memoria, regidas a su vez por las leyes
más generales del hábito. Dado que éste todo lo debilita, aquello que mejor
nos evoca un ser es justamente lo que habíamos olvidado (algo insignificante a
lo que precisamente por eso dejamos toda su fuerza). Porque la mejor parte de
nuestra memoria está fuera de nosotros, en una brisa húmeda, en el olor a
cerrado de una estancia o en el aroma de un primer fuego, allí donde
encontremos algo de nosotros mismos que desdeñó nuestra inteligencia por no
verle el uso, la última reserva del pasado, la mejor, aquella que sabe hacernos
llorar cuando nuestras lágrimas parecían haberse secado. ¿Fuera de nosotros?
Mejor dicho en nosotros, pero sustraído a nuestra propia mirada, en un olvido
más o menos prolongado. Sólo gracias a este olvido podemos de vez en cuando
recuperar el ser que fuimos, situarnos frente a las cosas como lo estuvo él,
sufrir de nuevo, porque ya no somos nosotros sino él, y él amaba eso que nos es
ahora indiferente. A la luz de la memoria habitual, las imágenes del pasado
palidecen poco a poco, se disipan, nada queda ya en ellas ni volveremos a encontrarlas.
O más bien no volveríamos a encontrarlas si no fuera porque algunas palabras...
quedan cuidadosamente guardadas en el olvido, lo mismo que se deposita en la
Biblioteca nacional un ejemplar de un libro quede no ser así sería
inencontrable. [JF 212]
2.
TIPOS DE SIGNOS SENSIBLES
a) Los
descubrimientos (por la imaginación y el deseo)
Algunos de esos días despejados y de
tanto frío, había tal comunicación con la calle que las paredes parecían separadas,
y cada vez que pasaba el tranvía su timbre resonaba como si un cuchillo de
plata golpeara contra una casa de cristal. Pero era sobre todo en mí donde oía
con entusiasmo el nuevo sonido del violín interior, cuyas cuerdas se tensan o
se aflojan por las simples diferencias de temperatura y de luz exteriores. En
nuestro ser, instrumento que la uniformidad del hábito ha silenciado, el canto
nace de esas diferencias y variaciones origen de toda música: según el tiempo
que hace algunos días, pasamos de una nota a otra. Recuperamos así aquel
sonido olvidado cuya necesidad matemática deberíamos haber adivinado y que al
principio entonamos sin conocer. Sólo estas modificaciones internas, aunque
procedentes de afuera, renuevan para mí el mundo exterior. [...]
Aun si lo que pedimos del nuevo día
son sólo deseos, hay algunos-no los que provocan las cosas, sino los seres-que
se caracterizan por ser individuales. Así, si salía de mi cama para ir un
momento a descorrer la cortina de mi ventana, no era solamente como un músico
abre un instante su piano a comprobar si sobre el balcón y en la calle la luz
del sol estaba exactamente al mismo diapasón que en su recuerdo; era también
para ver a alguna lavandera con su cesto de ropa, o a una panadera con su
mandil azul [...], una imagen, en fin, que ciertas diferencias de líneas acaso
cuantitativamente insignificantes bastaban para hacer tan
diferente de cualquier otra, como en una frase musical la diferencia de
notas... [LP 20]
Los días en que no bajaba a casa de madame
de
Guermantes, para que el tiempo se me hiciera más corto durante esa hora
previa al regreso de mi amiga, ojeaba algún álbum de Elstir o un libro de
Bergotte.
Sin darme cuenta-igual que las obras
que presuntamente se dirigen sólo a la vista y al oído exigen para
disfrutarlas que nuestra inteligencia despierta colabore estrechamente con esos
dos sentidos-, extraía entonces de mí los sueños que Albertina me
suscitó en otro tiempo, cuando aún no la conocía, y que la vida cotidiana
había extinguido. Los vertía en la frase del músico o en la imagen del pintor
como en un recipiente, y enriquecía así la obra que leía. De este modo, me
resultaba más viva. Por otra parte, Albertina no salía menos
beneficiada, al verse así transportada de uno a otro de los dos mundos a que
tenemos acceso, donde podemos situar sucesivamente un mismo objeto, y escapar
así a la aplastante presión de la materia para actuar sobre los fluidos
espacios del pensamiento. Súbitamente, y por un instante, me veía capaz de
experimentar por la tediosa muchacha sentimientos ardientes. En aquel momento,
ella se parecía a una obra de Elstir o de Bergotte, y yo sentía una exaltación
momentánea al verla a través de la imaginación y del arte. [LP 49]
Albertina sentía por las prendas bonitas mucha
más ilusión que la duquesa, porque, como cualquier obstáculo interpuesto a
una posesión (como en mi caso la enfermedad, que me hacía tan difíciles y
deseables los viajes), la pobreza, más generosa que la opulencia, da a las
mujeres mucho más que el vestido que no pueden comprar: el deseo de ese
vestido, que representa el conocimiento verdadero, detallado, profundo. [...]
Así, un determinado sombrero, un abrigo de cibelina, un salto de cama de Doucet
con las mangas forradas de color rosa, que Albertina había
visto, anhelado y, gracias al exclusivismo y a la minuciosidad características
del deseo, aislado del resto [...], adquirían para ella una importancia y un
atractivo que ciertamente no tenían para la duquesa, saciada aun antes de
sentir apetito. [...] Cierto es que Albertina se iba convirtiendo
paulatinamente en una de esas mujeres elegantes. Pues, además de que las
cosas que yo le encargaba eran las más bonitas en su estilo, con todos los
refinamientos que les habrían conferido madame de Guermantes o madame
Swann,
comenzaba a poseer ya muchas. Pero eso no tenía demasiada importancia, dado
que las había deseado antes por separado. Cuando hemos admirado a un pintor, y
luego a otros muchos, podemos sentir al final por todo el museo una admiración
que no resulte glacial, sino constituida de amores sucesivos, cada uno exclusivo
en su momento y finalmente enlazados y conciliados. [LP
55-56]
¿Qué eran, en sí mismas, Albertina
y
Andrea? Para saberlo, habría que inmovilizaros, dejar de vivir en esta
perpetua espera en la que pasáis a ser otras; sería preciso no desearos, y,
para fijaros, no conocer vuestra interminable y siempre desconcertante llegada
¡oh, muchachas!, ¡oh, haz continuo en el torbellino donde palpitamos al veros
reaparecer sin apenas reconoceros en la vertiginosa velocidad de la luz! Acaso
ignoraríamos esa velocidad y todo nos parecería inmóvil, si una atracción
sexual no nos hiciera correr hasta vosotras, gotas de oro perennemente
desiguales que rebasan siempre nuestra expectativa. En cada ocasión, una muchacha
se asemeja tan poco a lo que era la vez anterior (haciendo añicos el recuerdo
atesorado y el deseo proyectado en cuanto la vemos), que la estabilidad de naturaleza
que le atribuimos es sólo ficticia y por comodidad del lenguaje. [...] No digo
que no llegue un día en que, incluso a esas luminosas muchachas, no asignemos
caracteres nítidos, pero será porque habrán dejado de interesarnos, porque su
entrada no representará para nuestro corazón una aparición distinta a la
esperada que le deja estremecido por nuevas encarnaciones. Su inmovilidad
procederá de nuestra indiferencia, que las librará al juicio del espíritu. [...]
Así, del falso juicio de la inteligencia, que sólo entra en juego cuando se ha
perdido el interés, saldrán definidos algunos caracteres estables de las
muchachas que no nos enseñarán más que aquellos sorprendentes rostros surgidos
a diario cuando, en la velocidad arrebatadora de nuestra espera, nuestras
amigas aparecían todos los días, todas las semanas, demasiado diferentes como
para permitirnos clasificarlas o asignarles un lugar en un movimiento incesante.
Para nuestros sentimientos, hemos insistido ya en ello, muchas veces un amor no
es más que la asociación de la imagen de una muchacha (que sin eso pronto nos
resultaría insoportable) con las palpitaciones del corazón inseparables a una
espera interminable...
[LP
57-59]
Amor es decir demasiado, pero el
placer carnal ayuda al trabajo de las letras, porque anula los demás placeres,
como por ejemplo los placeres de la sociedad, que son los mismos para todo el
mundo. E incluso si este amor conduce a desilusiones, agita al menos de ese
modo la superficie del alma, que sin ello se arriesga a quedar estancada. El
deseo, pues, no resulta inútil al escritor para alejarlo, primero, de los
demás hombres y de su conformidad con ellos, y, después, para imprimir algún
movimiento en una máquina espiritual que pasada una cierta edad tiende a
inmovilizarse. [LP 172]
b) Las
reminiscencias (análogas al arte)*
Si,
gracias al olvido, el recuerdo no ha podido establecer ningún vínculo,
empalmar ningún eslabón entre él y el momento presente, si ha permanecido en su
lugar y en su momento, si ha guardado sus distancias, su aislamiento en lo
hondo de un valle o en el extremo de una cima, nos hace respirar de pronto un
aire nuevo, precisamente porque es un aire que respiramos en otro tiempo-ese
aire que los poetas han tratado en vano que reinara en el paraíso y que sólo
podría dar esa sensación profunda de renovación si se ha respirado antes, pues
los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos. [TR 177]
Mecanismo asociativo
de la reminiscencia: semejanza y contigüidad*
El sol se había puesto. La naturaleza
volvía a reinar en el Bosque, de donde había huido la idea de que era el jardín
elíseo de la Mujer; sobre el molino ficticio, el cielo verdadero estaba
grisáceo; el viento ondulaba el Gran Lago de pequeñas olas, como un lago de
verdad; grandes pájaros cruzaban velozmente el Bosque, como un auténtico
bosque, y lanzando agudos chillidos se posaban uno tras otro sobre los añosos
robles, que bajo su corona druídica y con una majestad dodoneana parecían
proclamar el inhumano vacío del bosque en desuso, y me ayudaban a comprender
mejor la contradicción de buscar en la realidad las imágenes de la memoria,
porque les faltaría siempre el encanto del recuerdo mismo y de no ser
percibidas por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía. Bastaba
que madame
Swann
no llegara exactamente igual y en el mismo momento, para que la Avenida fuera
distinta. Los lugares que conocimos sólo pertenecen al mundo del espacio donde
los enclavamos por comodidad. No eran más que una fina capa entre impresiones
contiguas que formaban nuestra vida de entonces; el recuerdo de una
determinada imagen no es sino la añoranza de un determinado instante; y,
desgraciadamente, las casas, los caminos, las avenidas son tan fugitivos como
los años.
[CS
419-420]
Superación de la
asociación:
a) Por la alegría
(del sujeto)
Volví a apearme del coche un poco
antes de llegar a la residencia de la princesa de Guermantes, y de nuevo pensé
en aquella lasitud y aquel hastío con que la víspera trataba de percibir la
línea que, en uno de los campos más reputados y hermosos de Francia, separaba
en los árboles la sombra de la luz. [...] Me repetía a mí mismo que, al
intentar aquella descripción, no sentí nada de ese entusiasmo que, si bien no
es el único, sí es un primer criterio del talento. Trataba ahora de extraer de
mi memoria otras «instantáneas», especialmente instantáneas tomadas en
Venecia, pero ya sólo el nombre me la hacía tan aburrida como una exposición de
fotografías, y no me sentía hoy con más gusto ni talento para describir lo que
vi en otro tiempo, que ayer lo que observaba en el momento mismo con
minuciosidad y pesadumbre. [...] Tenía ahora la prueba de que no era bueno en
nada, de que la literatura no podía procurarme gozo alguno, bien por culpa
mía, por estar tan poco dotado, bien por la suya, si efectivamente había en
ella menos realidad de lo que yo creí. [...] En cuanto a los «goces de la
inteligencia», ¿podía llamar así a aquellas frías constataciones que mi
clarividencia o mi razonamiento exacto destacaban sin ningún placer, y que resultaban
infecundas? [...] Mientras meditaba los tristes pensamientos de hace un
momento, entré en el patio de la residencia de los Guermantes y, distraído, no
reparé en que se acercaba un coche; el grito del wattman
me
dio justo el tiempo de apartarme bruscamente a un lado, y retrocedí lo
suficiente para tropezar sin querer contra los adoquines bastante irregulares
tras los cuales había una cochera. Mas en el instante en que, recobrando mi
aplomo, pisé un adoquín menos saliente que el anterior, todo mi desaliento se
esfumó ante la misma felicidad que, en distintas épocas de mi vida, me dio la
visión de unos árboles que creí reconocer durante un paseo en coche por los
alrededores de Balbec, la visión de los campanarios de Martinville, el sabor de
una magdalena mojada en una infusión de té, y tantas otras sensaciones de las
que he hablado y que las últimas obras de Vinteuil me parecieron sintetizar. [TR
171-173]
b) Por la identidad
(de la cualidad)
La felicidad que acababa de sentir se
asemejaba, efectivamente, a la que experimenté al comer la magdalena y cuyas
causas profundas evité investigar entonces. La diferencia, puramente material,
radicaba en las imágenes evocadas; un azur profundo me excitaba
los ojos, impresiones de frescor y de luz cegadora me circundaban...:
«Atrápame al vuelo si puedes, y trata de resolver la enigmática felicidad que
te propongo». Y casi inmediatamente la reconocí: era Venecia, de la que nunca
me habían dicho nada mis esfuerzos por describirla y las supuestas instantáneas
tomadas por mi memoria, y que la sensación que sentí en otro tiempo sobre dos
losas desiguales en el baptisterio de San Marcos me devolvía ahora con todas
las demás sensaciones de aquel día unidas a esta sensación, que habían
aguardado en su sitio, en la serie de los días olvidados, hasta que un brusco
azar las hizo salir imperiosamente. De la misma manera que el sabor de la
pequeña magdalena me recordó a Combray. [...] Entré en la residencia de los
Guermantes. [...] Pero al llegar a la primera planta, un mayordomo me hizo
pasar un momento a un saloncitobiblioteca contiguo al buffet, hasta que terminara
la pieza de música que interpretaban, pues la princesa había prohibido que
abrieran las puertas durante la ejecución. Y en aquel mismo instante, una
segunda advertencia vino a reforzar la de aquellos dos adoquines irregulares
y a exhortarme a perseverar en mi labor. En efecto, un criado, en su
infructuoso esfuerzo por no hacer ruido, acababa de golpear una cuchara contra
un plato. Me invadió la misma clase de felicidad que me dieron las losas
irregulares; las sensaciones eran igualmente calurosas, pero muy distintas:
una mezcla de olor a humo, atenuada por el fresco aroma de un marco forestal;
y reconocí que lo que me resultaba tan agradable era aquella misma hilera de
árboles que tan aburrida me pareciera de observar y describir [...].
Habríase dicho que los signos que
aquel día me sacarían de mi desánimo y me devolverían la confianza en las
letras se empeñaban en multiplicarse, pues un criado con mucho tiempo de
servicio en casa del príncipe de Guermantes me reconoció y, para evitarme ir
al buffet, me trajo a la
biblioteca donde yo estaba un surtido de pastas y una naranjada, y me limpié
la boca con la servilleta que me dio; [...] la servilleta que utilicé tenía
precisamente la misma aspereza y rigidez de aquella otra con la que tanto me
costó secarme frente a la ventana el primer día de mi llegada a Balbec. [TR
173-175]
c) Por la verdad (de
la sensación)
No me fijaba en la gran diferencia que
hay entre la verdadera impresión que hemos tenido de una cosa y nuestra
impresión ficticia cuando voluntariamente tratamos de representárnosla;
recordando muy bien con qué relativa indiferencia Swann podía hablar en otro
tiempo de los días en que era amado-porque tras estas palabras veía otra cosa
que esos días-y el súbito dolor que le causó la breve frase de Vinteuil al
devolverle aquellos mismos días tales como antaño los sintiera, comprendí de
sobras que la sensación de las losas desiguales, la aspereza de la servilleta,
el sabor de la magdalena despertaron en mí algo que no tenía relación con lo
que trataba de recordar de Venecia, de Balbec, de Combray con ayuda de una
memoria uniforme...[TR 176]
El
tiempo recobrado de los signos sensibles: el Tiempo perdido
Discurría con rapidez sobre todo esto,
más imperiosamente atraído por buscar la causa de esa felicidad y por la
certeza con que se imponía, búsqueda en otro tiempo aplazada. E intuía esta
causa al comparar entre sí aquellas diversas sensaciones felices, y que tenían
de común entre ellas el hecho de que yo sentía a la vez en el momento actual y
en un momento lejano el ruido de la cuchara contra el plato, la irregularidad
de las losas y el sabor de la magdalena, hasta casi confundir el pasado con el
presente y no saber con seguridad en cuál de los dos me hallaba; en realidad,
el ser que disfrutaba en mí de esta impresión la disfrutaba por lo que tenía de
común en un día pasado y ahora, por lo que tenía de extemporal; un ser que
sólo aparecía cuando, por una de estas identidades entre el presente y el
pasado, se encontraba en el único medio donde podía vivir y gozar de la
esencia de las cosas, es decir fuera del tiempo. Esto explicaba que mis
inquietudes sobre la muerte cesaran en el momento en que
reconocí inconscientemente el sabor de la pequeña magdalena, porque el ser que
fui en ese momento era un ser extemporal, despreocupado por tanto de las
vicisitudes del futuro. No vivía sino de la esencia de las cosas, y no podía
captarla en el presente, donde, como la imaginación no entraba en juego, los
sentidos eran incapaces de brindársela; incluso el futuro hacia el que tiende
la acción nos la brinda. Aquel ser nunca vino a mí, no se manifestó jamás sino
al margen de la acción y del goce inmediato, cada vez que el milagro de una
analogía me hacía evadirme del presente. Sólo él podía hacerme recobrar los
días pasados, el Tiempo perdido, ante el cual los esfuerzos de mi memoria y de
mi inteligencia fracasaban siempre. [TR
177-178]
El «Tiempo
recobrado» de la esencia
Era tal ahora mi sed de vivir, que
acababa de renacer en mí, por tres veces, un verdadero momento del pasado.
¿Nada más que un momento del pasado? Acaso mucho más, algo que, común a la vez
al pasado y al presente, es mucho más esencial que los dos. Cuántas veces, en
el transcurso de mi vida, la realidad me había decepcionado porque cuando la
percibía mi imaginación, que era mi única facultad para gozar de la belleza,
no podía aplicarse a ella, en virtud de la ley inevitable que dispone que sólo
se pueda imaginar lo que está ausente. Y he aquí que el efecto de esta rígida
ley quedaba neutralizado, suspendido, por un recurso maravilloso de la
naturaleza, que hizo reflejar una sensación-el ruido del tenedor y del
martillo, un mismo título de libro, etc.-a la vez en el pasado, permitiendo
que mi imaginación la disfrutara, y en el presente, donde la alteración
efectiva de mis sentidos por el ruido, el contacto de la servilleta, etc.
añadió a los sueños de la imaginación aquello de que carecen normalmente: la
idea de existencia; y, gracias a este subterfugio, permitió a mi ser obtener,
aislar, inmovilizar el instante de un relámpago aquello que no apresa jamás:
un poco de tiempo en estado puro.[TR 178-179]
3.
EL SER DEL PASADO
La realidad virtual
El ser que renació en mí [...] no se
nutre más que de la esencia de las cosas, sólo en ella encuentra su subsistencia
y sus delicias. Languidece en la observación del presente, donde los sentidos
no pueden ofrecérsela, en la consideración de un pasado que la inteligencia le
deseca, en la expectativa de un futuro que la voluntad construye con
fragmentos del presente y del pasado a los que priva incluso de su realidad,
sólo conservando de ellos lo que conviene al fin utilitario e íntimamente
humano que les asigna. Pero un ruido o un olor que, oído o aspirado
anteriormente, lo sean de nuevo a la vez en el presente y en el pasado, reales
sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, libera de inmediato la esencia
permanente y habitualmente oculta de las cosas [...]. Un minuto liberado del
orden del tiempo ha recreado en nosotros, para poder sentirlo, al hombre
liberado del orden del tiempo [...], y se comprende que el término «muerte» no
tenga sentido para él; pues, situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del
futuro? [TR
179]
El pasado en sí
Ciertamente podemos prolongar los
espectáculos de esa memoria voluntaria que no nos exige más fuerzas que hojear
un libro de estampas. Así, [...] con el placer egoísta de un coleccionista, me
decía mientras catalogaba las ilustraciones de mi memoria: «La verdad es que
he visto hermosas cosas en mi vida». Entonces mi memoria afirmaba seguramente
la diferencia de las sensaciones; pero no hacía más que combinar entre sí
elementos homogéneos. No sucedería lo mismo con los tres recuerdos que acababa
de tener [...]. Hubo en mí, irradiando una pequeña zona en derredor mío, una
sensación (sabor de la magdalena mojada, ruido metálico, sensación del paso)
que era común al lugar donde me encontraba y a otro lugar (habitación de
París/habitación de mi tía Octavia; biblioteca del
príncipe de Guermantes/vagón del tren; patio de la residencia
Guermantes/baptisterio de San Marcos). [...] En todas estas resurrecciones,
siempre el lugar antiguo engendrado en torno de la sensación común se había
acoplado por un instante, como un luchador, al lugar actual.
De manera que ese ser tres o cuatro
veces resucitado en mí acababa de saborear con toda probabilidad fragmentos de
existencia sustraídos al tiempo, pero esta contemplación, aunque de eternidad,
era fugitiva. [...] Por eso, estaba decidido ahora a consagrarme a esa
contemplación de la esencia de las cosas, a determinarla; pero ¿cómo? ¿por qué
medio? [...] Demasiado había experimentado la imposibilidad de encontrar en la
realidad lo que estaba en el fondo de mí mismo, de recobrar el Tiempo perdido
en la plaza de San Marcos -como no lo encontré en mi segundo viaje a Balbec, o
a mi regreso a Tansonville para ver a Gilberta-, y que el viaje, que no hacía
sino darme una vez más la ilusión de que aquellas impresiones remotas existían
fuera de mí, en el rincón de cierta plaza, no podía ser el medio que yo
buscaba. [...] Bien advertía yo que la decepción del viaje y la decepción del
amor no eran decepciones dispares, sino el aspecto variado que adopta, según el
hecho a que se aplica, nuestra impotencia para realizarnos en el goce material
y en la acción efectiva. Y al reconsiderar aquel goce extemporal causado por el
ruido de la cuchara o por el sabor de la magdalena, me decía: «¿Era ésta la
dicha que la breve frase de la sonata suscitaba a Swann, que se equivocó al
identificarla con el placer del amor y no supo encontrarla en la creación
artística...?». [TR
182-184]
Contingencia del
recuerdo involuntario
Si bien nuestros recuerdos nos
pertenecen, es a la manera de esas propiedades con pequeñas puertas ocultas
que a veces ni siquiera nosotros conocemos y que nos abre algún vecino, de tal
modo que nos encontramos de nuevo en casa por un lado que nunca habíamos utilizado.
Entonces, pensando en el vacío que hallaría al volver a casa, donde no vería ya
desde abajo el cuarto de Albertina, cuya luz se había
apagado para siempre, comprendí hasta qué punto me equivoqué la noche en que,
al dejar a Brichot, me sentí apesadumbrado de no poder ir a pasear y a cortejar
a otro lugar, y que sólo porque consideraba completamente segura la posesión de
aquel tesoro cuyos reflejos venían de arriba hasta mí, desdeñé calcular su
valor, pareciéndome así forzosamente inferior a unos placeres que, por
pequeños que fueran, valoraba al tratar de representármelos. [AD 76]
V. LOS SIGNOS DEL AMOR
1.
SERIE: GENERALIDAD DE LA LEY
Las series del amor
Aunque un amor se olvide, puede
determinar la forma del siguiente. Ya en el seno mismo del amor precedente
existían algunos hábitos cotidianos, cuyo origen ni nosotros recordábamos
[...], una especie de largas vías uniformes por donde discurre a diario nuestro
amor fundidas antaño en el fuego volcánico de una emoción ardiente. Pero esos
hábitos sobreviven a la mujer, incluso al recuerdo de la mujer. Pasan a ser la
forma, si no de todos los amores, al menos de algunos de nuestros amores
alternos. [AD 256]
El estado caracterizado por el
conjunto de signos por los que solemos reconocer que estamos enamorados [...]
difería tanto de eso que llamamos amor como difiere de la vida humana la de
los zoófitos, cuya existencia o individualidad, si puede decirse así, está
repartida entre distintos organismos. [...] Así, para mí ese estado amoroso
estaba simultáneamente dividido entre varias muchachas. Dividido o más bien
indiviso, porque normalmente lo que me resultaba más agradable, distinto dei
resto del mundo, y comenzaba a serme tan querido que la esperanza de hallarlo
de nuevo al
otro
día constituía la mayor alegría de mi vida, era el grupo de aquellas muchachas,
en el conjunto de aquellos atardeceres en el acantilado, durante aquellas
aireadas horas, en aquella franja de hierba donde reposaban las figuras, tan
excitantes para mi imaginación, de Albertina, Rosamunda y Andrea,
sin que pudiera decir cuál de ellas hacía esos lugares tan valiosos, ni a quién
tenía más deseos de amar. Al comienzo de un amor, lo mismo que al
final,
no estamos ligados exclusivamente al objeto de ese amor, sino que más bien el
deseo de amar de donde va a surgir (y más tarde el recuerdo que deja), vaga
voluptuosamente por una zona de atracciones intercambiables-encantos a veces
simplemente de naturaleza, de comida, de morada-lo bastante armónicos entre sí
como para que no se sienta desenraizado en ninguno de ellos. [JF 476-4781
Tuve una dicha y una desdicha que
Swann no conoció, pues precisamente todo el tiempo que amó a Odette
y
se sintió tan celoso, apenas la vio, ya que difícilmente podía ir a su casa,
sólo algunos días en que ella incluso anulaba su cita en el último momento.
Pero luego la retuvo consigo, convertida en su mujer, hasta que murió. En
cambio yo, más afortunado que Swann, mientras estaba celoso la tuve conmigo.
Había conseguido verdaderamente lo que Swann tanto soñó y que sólo llegó a
realizar materialmente cuando le resultaba ya indiferente. Pero al final yo no
pude conservar a Albertina
como
él conservó a Odette.
Ella
había huido, y ahora estaba muerta. Pues nada se repite nunca exactamente, y
las existencias más análogas, que gracias al parentesco de los caracteres y a
la similitud de las circunstancias pueden presentarse como simétricas entre sí,
son opuestas en muchos aspectos. [AD 81]
Una diferencia
preside cada serie (carácter particular del amor)
Si Albertina tenía
algo de la Gilberta de los primeros tiempos en su afición a la diversión, es
porque existe una cierta semejanza, aunque evolucione, entre las mujeres que
amamos sucesivamente, semejanza que se debe a la fijeza de nuestro
temperamento, porque es él quien las escoge y elimina a todas aquellas que no
nos sean a la vez opuestas y complementarias, es decir, adecuadas para dar
satisfacción a nuestros sentidos y dolor a nuestro corazón. Esas mujeres son un
producto de nuestro temperamento, una imagen, una proyección invertida, un
«negativo» de nuestra sensibilidad. De suerte que un novelista podría describir
a lo largo de la vida de su héroe casi exactamente iguales a sus sucesivos
amores, y no dar la impresión de imitarse a sí mismo sino de crear, porque hay
menos fuerza en una innovación artificial que en una repetición destinada a
sugerir una verdad nueva. Incluso añadiría un índice de variación en el
carácter del enamorado, acusándose a medida que progresa hacia nuevas regiones
y otras latitudes de la vida. Y quizá expresaría aún una verdad más si trazara
los caracteres del resto de personajes, pero se abstuviera de atribuir ninguno
a la mujer amada. Conocemos el carácter de quienes nos resultan indiferentes,
mas ¿cómo podríamos captar el de un ser que se confunde con nuestra vida, que
llegamos a no separar de nosotros mismos, y sobre cuyos móviles no dejamos de
elaborar ansiosas hipótesis, perpetuamente modificadas? [...] El objeto de
nuestra inquieta investigación es más esencial que las particularidades de su
carácter, semejante a esos rombos diminutos de la epidermis cuyas variadas
combinaciones constituyen la decorativa originalidad de la piel. Nuestra
intuitiva radiación las filtra y nos brinda imágenes que no corresponden a un
rostro particular, sino que representan la sombría y dolorosa universalidad de
un esqueleto. [JF 457]
Repetición
serial de esta diferencia (los sucesivos amores)
Y más aún que al pintor, al escritor,
para conseguir volumen y consistencia, generalidad, realidad literaria, así
como le hacen falta muchas iglesias para describir una sola, necesita también
de muchos seres para un único sentimiento. Pues si el arte es largo y la vida
corta, puede decirse en cambio que, si la inspiración es corta, los
sentimientos que ha de describir no son mucho más largos. Son
nuestras pasiones las que diseñan nuestros libros, y el intervalo de reposo lo
que las escribe. Pues una obra, aunque sea una confesión directa, está intercalada
cuando menos entre varios episodios de la vida del autor: aquellos anteriores
que la inspiraron, los posteriores, no menos parecidos, ya que los amores siguientes
y sus .particularidades son un calco de los precedentes. Pues al ser más amado
no le guardamos tanta fidelidad como a nosotros mismos, y tarde o temprano lo
olvidamos-porque es uno de nuestros rasgos-para poder amar de nuevo. A lo sumo,
aquella a quien tanto amamos añadió a ese amor una forma particular que nos
hará serle fiel hasta en la infidelidad. Con la mujer siguiente, necesitaremos
de los mismos paseos matutinos, o acompañarla también por la noche, o darle
cien veces más dinero del necesario. [TR
215]
Forma serial de cada
amor particular
Entre los dos paisajes de Balbec, tan
diferentes uno de otro, figuraba el intervalo de varios años en París, durante
los cuales se insertaban varias visitas de Albertina. En
los distintos años de mi vida, la veía ocupar en relación a mí diversas
posiciones, que me hacían sentir la belleza de los espacios interpuestos, ese
largo tiempo pasado sin haberla visto en cuya diáfana profundidad se moldeaba
con misteriosas sombras y un marcado relieve la traslúcida persona que tenía
ante mí. Se debía, por otra parte, no solamente a la superposición de las
susesivas imágenes que Albertina representó para mí, sino también a
esas grandes cualidades de la inteligencia y del corazón, a defectos del
carácter, unos y otros insospechados para mí, que, en una germinación, una
proliferación de sí misma, una floración carnosa de oscuros colores, Albertina
había
añadido a una naturaleza antes prácticamente vacía y ahora difícil de penetrar.
Pues los seres, incluso aquellos que de tanto soñar con ellos no nos parecían
sino una imagen [...], a la vez que cambian en relación a nosotros, cambian
también en sí mismos; y en la figura antes perfilada contra el mar había
habido enriquecimiento, solidificación y aumento de volumen.
En realidad, ese enriquecimiento real,
ese progreso autónomo de Albertina no era la causa
importante de la diferencia que había entre mi modo de verla ahora y el de
antes en Balbec, como tampoco lo eran el desplazamiento en el tiempo ni el
hecho de observar a una muchacha sentada junto a mí bajo una lámpara que la
alumbra de modo distinto a como lo hacía el sol en su cenit cuando ella
caminaba por la orilla del mar. Otros muchos años habrían podido separar las dos
imágenes sin comportar un cambio tan completo. Se había producido, esencial y
repentinamente, cuando supe que mi amiga fue educada prácticamente por la amiga
de mademoiselle
Vinteuil.
[...] La imagen que buscaba, en la que yo me recreaba, contra la que habría
deseado morir, no era ya la de aquella Albertina con una vida
desconocida, sino la de una Albertina tan conocida por mí
como fuera posible (y por tal razón ese amor no podía ser duradero a menos de
ser desgraciado, pues por definición no satisfacía la exigencia de misterio);
la de una Albertina,
no
reflejo de un mundo lejano, sino que no deseara otra cosa-en algunos momentos
parecía que, en efecto, así era-mas que estar conmigo, del todo semejante a mí,
una Albertina
imagen
de lo que precisamente era mío y no de lo desconocido. Cuando un amor nace de
este modo, de un momento de angustia relativo a un ser, de la incertidumbre de
si podrá uno retenerlo o si escapará, ese amor está determinado por la
convulsión que lo ha originado, y recuerda muy poco a lo que veíamos hasta
entonces cuando pensábamos en ese mismo ser.
[LP 63-68]
Lo que creemos nuestro amor y nuestros
celos no es una única pasión continua e indivisible. Se compone de una
infinidad de amores sucesivos y celos diferentes que son efímeros, pero por su
multitud ininterrumpida dan la impresión de continuidad y la ilusión de unidad.
La vida del amor de Swann y la fidelidad de sus celos estaban formados por la
muerte y la infidelidad de innumerables deseos y dudas, que tenían todos a Odette
por
objeto. [CS 366]
A su vida harto conocida junto a
nosotros, se agregan de pronto otras vidas con las que inevitablemente se
mezcla, y que tal vez para mezclarse con ellas nos ha dejado. De suerte que
esta riqueza nueva de la vida de la mujer desaparecida retroactúa en la mujer
que estaba con nosotros y acaso premeditaba su partida. A la serie de los
hechos psicológicos que podemos deducir y que forman parte de su vida a nuestro
lado, de nuestra lasitud evidente para ella, de nuestros celos también [...],
a esta serie no demasiado misteriosa para nosotros correspondía sin duda una
serie de hechos que ignorábamos. [AD
10]
2.
EL OLVIDO
Ambigüedad
El tiempo pasa, y poco a poco todo lo
que decíamos de mentira resulta verdadero, como bien pude experimentar con
Gilberta; la indiferencia que yo fingía cuando no cesaba de llorar acabó por
realizarse; lentamente la vida, como le decía a Gilberta con una fórmula embustera
y que retrospectivamente resultó cierta, la vida nos había separado. [...] No
digo que el olvido no empezara a obrar. Pero uno de los efectos del olvido era
precisamente que muchos de los aspectos desagradables de Albertina y
de las horas aburridas que pasaba con ella no se representaran ya en mi
memoria, y dejaran por tanto de motivarme a desear que ella no estuviera ya
allí como deseaba cuando todavía estaba, dándome de ella una imagen sumaria,
embellecida con todo el amor que sentí hacia otras. En esta forma particular,
el olvido, que trabajaba no obstante para habituarme a la separación, me
mostraba a Albertina
más
dulce, más bella, y me hacía desear aún más su regreso. [AD 44-45]
Serie invertida
[...] Mi añoranza de Albertina
y
la persistencia de mis celos, cuya duración había rebasado ya mis previsiones
más pesimistas, seguramente nunca se habrían transformado si su existencia,
aislada del resto de mi vida, hubiera estado sometida únicamente al capricho de
mis recuerdos, a las acciones y reacciones de una psicología aplicable a
estados inmóviles, en vez de verse arrastrada hacia un sistema más vasto donde
las almas se mueven en el tiempo como los cuerpos en el espacio. Así como hay
una geometría en el espacio, hay una psicología en el tiempo, donde los
cálculos de una psicología plana no serían entonces exactos porque no tendrían
en cuenta el Tiempo y una de las formas que reviste: el olvido; ese olvido cuya
fuerza comenzaba yo a sentir, y que es un poderoso instrumento de adaptación a
la realidad porque destruye poco a poco en nosotros el pasado superviviente que
está en constante contradicción con ella. [...] Sentía ahora que, como un
viajero que vuelve por la misma ruta al punto de donde partió, antes de
olvidarla por completo y alcanzar la indiferencia inicial, necesitaría
atravesar en sentido inverso todos los sentimientos por los que pasé hasta llegar
a mi gran amor. Pero esas etapas, esos momentos del pasado no son inmóviles;
conservan la fuerza terrible y la feliz ignorancia de la esperanza que se
lanzaba entonces hacia un tiempo convertido hoy en pasado, pero que una
alucinación nos induce por un momento a tomar retrospectivamente como el
futuro. [AD 137-138]
Primera etapa:
retorno a la indistinción
Pese a que, para retornar a la
indiferencia de la que partimos, no podemos eludir transitar en sentido
inverso las distancias recorridas hasta llegar al amor, el trayecto y la línea
que seguimos no son forzosamente los mismos. Tienen de común el hecho de no
ser directos, porque el olvido, como el amor, no progresa regularmente. Pero
ambos no toman necesariamente las mismas vías. Y en la que yo seguí de regreso
hubo, ya muy cerca de la llegada, cuatro etapas que recuerdo especialmente [...
]
La primera de estas etapas comenzó al
inicio del invierno [...]. Tarareaba en el Bosque algunas frases de la sonata
de Vinteuil. Ya no me dolía tanto pensar en las veces que Albertina me
las había interpretado, pues casi todos mis recuerdos de ella habían entrado en
ese segundo estado químico donde no ocasionan ya una ansiosa opresión en el
corazón, sino dulzura. [...] Únicamente añadía al pasaje musical un valor más,
un valor en cierto modo histórico y curioso, como el que adquiere el cuadro de
Carlos I pintado por Van Dyck, ya de por sí tan hermoso, por el hecho de que
pasara a engrosar las colecciones nacionales por la voluntad de madame
du
Barry de
impresionar al rey. Cuando la breve frase, antes de desaparecer del todo, se
disgregó en sus diversos elementos, flotando aún un instante dispersa, no fue
para mí, como para Swann, un mensaje de que Albertina desaparecía.
La breve frase no había despertado en mí la misma asociación de ideas que en
Swann. Yo fui sensible sobre todo a la elaboración, a los ensayos, a las
reapariciones, al «devenir» de una frase que se realizaba durante la sonata,
como ese amor se había realizado durante mi vida. [...]
Por lo demás, como la primera vez en
Balbec cuando deseaba conocer a Albertina-porque me parecía representativa de
aquellas muchachas que muchas veces, al verlas por las calles o por los
caminos, me hacían detenerme, y creer que para mí ella podía resumir sus vidas-
¿no era natural que ahora la estrella vespertina de mi amor en que ellas se
condensaron se dispersara de nuevo en aquel polvo de nebulosas diseminadas?*
[AD
141-142]
Segunda etapa:
revelación de sus inclinaciones
Ciertas desdichas, como algunas
venturas, llegan demasiado tarde y no adquieren en nosotros toda la intensidad
que habrían tenido algún tiempo antes. Así fue con la desgracia que suponía
para mí la terrible revelación de Andrea. [...] Sin embargo, hacía algún tiempo
que, como un veneno evaporado, las palabras referentes a Albertina carecían
de su poder tóxico. La distancia era ya demasiado lejana [...]. Realmente
habría querido tener más fuerza que consagrar a una verdad como aquella; me
resultaba ajena, pero era porque no le había encontrado aún un lugar en mi
corazón. Nos gustaría que la verdad se nos revelara por signos nuevos, no por
una frase-una frase como la que tantas veces nos habíamos dicho. El hábito de
pensar impide a veces sentir lo real, inmuniza contra ello, hace que siga
pareciendo pensamiento. No hay una idea que no lleve en ella su refutación
posible, una palabra la palabra contraria. [AD 182]
Tercera etapa: Albertina viva
Sucedió, de manera inversa, lo mismo
que con mi abuela: cuando me enteré de
hecho que mi abuela había muerto no sentí al principio ninguna lástima. Y
sólo sufrí verdaderamente por su muerte cuando recuerdos involuntarios la
revivieron en mí. Ahora que Albertina no vivía ya en mi
pensamiento, la noticia de que estaba viva no me causó la alegría que suponía. Albertina
no
había sido para mí sino un haz de pensamientos; había sobrevivido a su muerte
material mientras estos pensamientos vivían en mí; en cambio, ahora que esos
pensamientos habían muerto, de ningún modo Albertina resucitaba
para mí con su cuerpo. Y al darme cuenta de que no me alegraba porque estuviese
viva, de que ya no la amaba, debería sentir un estremecimiento mayor que el de
alguien que, al mirarse en un espejo tras varios meses de viaje o de
enfermedad, se viera con el cabello blanco y la cara nueva de un hombre maduro
o de un anciano. Eso impresiona porque significa que el hombre que yo era, el
joven rubio, ya no existe, y soy otro. Pues bien, ¿esa sustitución completa por
un nuevo yo no es un cambio tan profundo, una muerte tan absoluta del yo que
éramos como ver que un rostro arrugado y coronado por una peluca blanca ha
sustituido al antiguo? Pero no aflige más transformarse en otro, por el paso
de los años y el orden sucesivo del tiempo, de lo que aflige, en una misma
época, ser alternativamente los seres contradictorios-el malvado, el sensible,
el delicado, el grosero, el desinteresado, el ambicioso-que somos uno tras
otro diariamente. Y la razón de no afligirse es la misma; es que el yo
eclipsado- momentáneamente en el último caso y cuando se trata del carácter,
para siempre en el primer caso y cuando se trata de las pasiones-no está allí
para deplorar al otro [...].
Habría sido incapaz de resucitar a Albertina
porque
también lo era de resucitarme a mí mismo, de resucitar mi yo de entonces. [...
] Mi cariño y mis celos por Albertina se debían, como
hemos visto, a la irradiación de ciertos núcleos de impresiones dulces o
dolorosas por asociación de ideas, al recuerdo de mademoiselle Vinteuil
en Montjouvain, a los dulces besos de la noche que Albertina me
daba en el cuello. Pero a medida que estas impresiones se debilitaron, el
inmenso campo de impresiones que la coloreaban de una tintura angustiosa o
plácida había adoptado tonalidades neutras. Una vez que el olvido se adueñó de
algunos puntos dominantes de sufrimiento y de placer, la resistencia de mi
amor quedó vencida, ya no amaba a Albertina. [...] Lo
que ella pudo hacer con Andrea o con otras ya no me interesaba. No sufría ya
del mal que creí durante tanto tiempo incurable, y en el fondo debería haberlo
previsto. En realidad, la añoranza de una amante y los celos supervivientes
son enfermedades físicas del mismo tipo que la tuberculosis o la leucemia. Sin
embargo, entre los males físicos pueden distinguirse los causados por un agente
puramente físico de aquellos que sólo actúan en el cuerpo por mediación de la
inteligencia; sobre todo si la parte de la inteligencia que sirve de hilo transmisor
es la memoria-es decir, si la causa queda suprimida o alejada-, por cruel que
sea el sufrimiento, por profundo que parezca el trastorno ocasionado en el organismo,
es muy raro que, al tener el pensamiento un poder de renovación o más bien una
incapacidad de conservación que no tienen los tejidos, el pronóstico no sea
favorable [...]: mi amor por Albertina no había sido más
que una forma pasajera de mi devoción a la juventud. Creemos amar a una
muchacha, y no amamos en ella ¡ay! sino aquella aurora cuya encarnación refleja
momentáneamente su rostro. [AD 220-2231
Ley general en el
paso de un amor a otro
Había dejado definitivamente de amar a
Albertina.
De
suerte que, tras apartarse tanto este amor de lo que yo había previsto después
de mi amor por Gilberta y haberme hecho dar un rodeo tan largo y doloroso,
acababa también él por entrar-aunque hubiese sido una excepción, lo mismo que
mi amor por Gilberta-en la ley general del olvido. Mas entonces pensé: me
sentía más unido a Albertina que a mí mismo; ahora ya no lo estoy
porque he dejado un tiempo de verla. Pero mi deseo de que la muerte no me
separara de mí mismo, de resucitar después de la muerte, no era como el deseo
de no separarme nunca de Albertina; era persistente. ¿Se
debía acaso a que me consideraba más importante que ella, al hecho de que,
cuando la amaba, me amaba más a mí mismo? No, era porque, al dejar de verla,
dejé de amarla, y yo no había dejado de amarme porque mis lazos cotidianos
conmigo mismo no se rompieron como lo hicieron los de Albertina. ¿Y
si se rompieran los lazos con mi cuerpo, conmigo mismo...? Entonces sería lo
mismo. Nuestro amor a la vida no es sino una vieja relación de la que no
sabemos desembarazarnos. Su fuerza está en su permanencia. Pero la muerte
quebrantadora nos curará del deseo de inmortalidad. [AD 224]
3.
REALIDAD TRANSUBJETIVA
Swann:
a) El iniciador de
un destino
Cierto que en aquel Balbec tanto
tiempo deseado no encontré la iglesia persa que soñaba, ni las brumas inmemoriales.
Ni siquiera el encantador trenecito de la 1:35 h respondió a lo que yo me
figuraba. Pero, a cambio de lo que la imaginación permite esperar y que tan
inútilmente tratamos de descubrir, la vida nos ofrece algo que estábamos muy
lejos de imaginar. ¡Quién me habría dicho en Combray, cuando con tanta tristeza
esperaba las buenas noches de mi madre, que aquella ansiedad curaría y
renacería después un día ya no por mi madre, sino por una muchacha que no sería
al principio más que una flor contra el horizonte del mar [...] Pero si Swann
no me hubiera hablado de Balbec yo no habría conocido a aquella Albertina
tan
necesaria, de cuyo amor mi alma se componía ahora casi por completo. Su vida
habría sido seguramente más larga, la mía carecería de lo que ahora constituía
su martirio. Y así me parecía que por mi cariño exclusivamente egoísta había
dejado morir a Albertina,
como
había asesinado a mi abuela. [AD 83]
b) La «materia» de
una experiencia
La materia de mi experiencia, que iba
a ser la materia de mi libro, me venía de Swann, no sólo por todo lo que se
refería a él y a Gilberta. Pues fue él quien en Combray me despertó el deseo
de ir a Balbec, sin el cual a mis padres nunca se les habría ocurrido enviarme,
y yo no habría conocido a Albertina, ni tampoco a los
Guermantes, porque mi abuela no se habría encontrado a madame de
Villeparisis y yo no habría conocido a SaintLoup y a monsieur de
Charlus, lo que me permitió conocer a la duquesa de Guermantes y por ella a su
prima,
así
que mi presencia misma en este momento en casa del príncipe de Guermantes,
donde se me acababa de ocurrir bruscamente la idea de mi obra (lo cual hacía
que debiera a Swann no solamente la materia sino la decisión), me venía
asimismo de Swann. Pedúnculo tal vez algo delgado, para sostener la extensión
de toda mi vida (el «lado de Guermantes» yendo así a proceder del «lado de
Swann»).
[TR 221-222]
La madre: la «forma»
de una experiencia
Estaba decidido a no seguir probando
de dormirme sin haber visto a mamá, para besarla costase lo que costase, cuando
volviera a acostarse, aun con la certeza de que estaría luego mucho tiempo
enfadada conmigo [...].
Yo sabía que, de todos, era el trance
que peores consecuencias podía acarrearme con respecto a mis padres, mucho
peores en efecto de lo que ningún extraño habría supuesto, de aquellas que
creería sólo derivadas de faltas verdaderamente bochornosas. Pero, en la educación
que a mí me daban, el orden de las faltas no era el mismo que en la educación
de los otros niños, y me habían acostumbrado a anteponer a todas las demás
(porque sin duda no había otras contra las que hubiera que ser más
cuidadosamente precavido) aquellas cuya característica común, según ahora
comprendo, es que se incurre en ellas cediendo a un impulso nervioso...
Oí los pasos de mis padres que
acompañaban a Swann [...]. Mi madre abrió la puerta con celosía del vestíbulo
que daba a la escalera y oí que subía a cerrar su ventana. Salí quedo al
pasillo; mi corazón latía con tanta fuerza que apenas podía andar, pero al
menos ya no latía de ansiedad, sino de espanto y de alegría. Vi proyectarse en
el hueco de la escalera la luz de la bujía de mamá. Por fin apareció ella, y me
eché en sus brazos. En un primer momento, me miró con asombro, sin comprender
lo que ocurría. Luego en su rostro se reflejó la irritación, no me decía ni
una palabra [...]. Pero oyó que mi padre subía del tocador donde había ido a
desvestirse y, para evitarme una escena, me dijo con una voz entrecortada por
la furia: «¡Anda, escóndete, que al menos tu padre no te vea así, esperando
como un bobo!». Pero yo le insistía: «Ven a darme las buenas noches»,
aterrorizado al ver cómo el reflejo de la bujía de mi padre ascendía por la
pared, pero utilizando al mismo tiempo su proximidad como un medio de intimidación
[...].
Mamá se quedó aquella noche en mi
habitación, y, para no aguar con remordimientos aquellas horas tan distintas de
lo que yo habría podido esperar, a la pregunta de Francisca-al darse cuenta de
que pasaba algo extraordinario, viendo a mamá que se sentaba a mi lado, me
cogía la mano y me dejaba llorar sin reñirme-: «Pero señora, ¿qué tiene el
señorito para llorar de ese modo?», mamá le contestó: «Ni él mismo lo sabe,
Francisca; está nervioso. Prepáreme en seguida la cama grande y suba a
acostarse». Así, por primera vez, mi tristeza ya no se vio como una falta
punible, sino como un mal involuntario que acababa de reconocerse oficialmente,
como un estado nervioso del que yo no era responsable. [...]
Debiera haberme sentido feliz, pero no
lo estaba. Me parecía que mi madre acababa de hacerme una primera concesión
para ella dolorosa, que era una primera abdicación por su parte del ideal que
concibiera para mí, y que por primera vez ella, tan resuelta, se confesaba
vencida. Me parecía que si yo acababa de obtener una victoria era contra ella,
que había logrado, como lo habrían hecho la enfermedad, las penas o la edad,
debilitar su voluntad y quebrantar su ánimo, que aquella noche comenzaba una
nueva era y que quedaría como una triste fecha. [CS 32-38]
Al oír aquellas palabras de disculpa,
pronunciadas como si [Albertina] no fuera a venir, sentí que al deseo
de volver a ver la figura aterciopelada que ya en Balbec orientaba todos mis
días, al momento en que, ante el mar malva de septiembre, estaría junto a
aquella rosada flor, venía dolorosamente a unirse un elemento muy distinto. Esa
terrible necesidad de un ser la había sentido ya en Combray hacia mi madre,
hasta el punto de querer morirme si enviaba a Francisca a decirme que no podía
subir.[SG
130]
[Monsieur de Guermantes] se había enamorado de mademoiselle
de
Forcheville, sin que se cohocieran bien los comienzos de esta relación. [...]
Mas llegó a tomar proporciones tales que el anciano, emulando en ese último
amor la manera de los que tuviera en otro tiempo, secuestraba a su amada hasta
el punto de que, si mi amor por Albertina había repetido, con
grandes variaciones, el amor de Swann por Odette, el
amor de monsieur
de
Guermantes recordaba el que yo sentí por Albertina... [TR 322]
4.
LA ESENCIA DEL AMOR
Esencia como
generalidad: de una Idea, de una Imagen, de un Tema
Las mujeres a las que más he amado
nunca coincidieron en mi amor por ellas. Ese amor era sincero, porque lo
supeditaba todo a verlas, a conservarlas para mí solo, y sollozaba si una noche
las estuve esperando inútilmente. Pero ellas tenían sobre todo la propiedad de
suscitar ese amor y llevarlo hasta el paroxismo, más que la de ser su imagen.
Cuando las veía o las oía, nada encontraba en ellas que se pareciera a mi amor
y pudiera explicarlo. En cambio, mi única alegría era verlas, esperarlas toda
mi ansiedad. Diríase que la naturaleza les había agregado accesoriamente una
virtud ajena a ellas, y que esa virtud, ese poder electrizante tenía la capacidad
de excitar mi amor, es decir de dirigir todas mis acciones y de ocasionar
todos mis sufrimientos. Pero la belleza, la inteligencia o la bondad de esas
mujeres no tenía nada que ver con eso. Fui sacudido por mis amores como movido
por una corriente eléctrica; los viví y los sentí, pero nunca llegué a verlos o
a pensarlos. Hasta me inclino a creer que en esos amores (dejo aparte el
placer físico que generalmente los acompaña, sin que baste para constituirlos),
bajo la apariencia de la mujer, nos dirigimos a esas fuerzas invisibles que la
acompañan accesoriamente como a oscuras divinidades. [SG 511]
Ciertos filósofos afirman que el mundo
exterior no existe, y que es en el interior de nosotros mismos donde
transcurre nuestra vida. Comoquiera que sea, el amor es, hasta en sus más
humildes comienzos, un ejemplo asombroso de cuán poco significa la realidad
para nosotros. Si tuviera que esbozar de memoria un retrato de mademoiselle
de
Éporcheville, describirla, plasmar sus caracteres, no me sería posible; ni
siquiera la reconocería por la calle. La entreví de perfil, móvil, me pareció
bonita, sencilla, alta y rubia, nada más podría decir. Pero todas aquellas
reacciones del deseo, de la ansiedad, del golpe mortal que me asestaba el miedo
a no verla si mi padre me llevaba consigo, todo eso asociado a una imagen que
en definitiva yo no conocía y que bastaba con saberla agradable constituía ya
un amor. [AD 146]
En el deseo-lo único que nos despierta
el interés por la existencia y el carácter de una persona-, permanecemos tan
fieles a nuestra naturaleza, aunque no obstante abandonemos uno tras otro a los
distintos seres que hemos amado, que una vez, en el momento en que abrazaba a
Albertina
llamándola
«mi pequeña», vi en el espejo la expresión triste y apasionada de mi propio
rostro, semejante a como había sido en otro tiempo junto a Gilberta, que ya no
recordaba, y al que sería seguramente algún día junto a otra muchacha si
olvidaba a Albertina,
y
me hizo pensar que por encima de las consideraciones personales (ya que el
instinto quiere que consideremos la mujer actual como la única verdadera)
cumplía las obligaciones de una devoción ferviente y dolorosa consagrada como
una ofrenda a la juventud y a la belleza de la mujer. Y no obstante, con ese
deseo que honraba de un «exvoto» a la juventud, así como a los recuerdos de
Balbec, se mezclaba, en mi necesidad de retener a Albertina todas
las noches a mi lado, algo que hasta entonces fue ajeno a mi vida amorosa, si
no enteramente nuevo en mi vida. Era un poder de apaciguamiento como nunca
había sentido desde aquellas lejanas noches de Combray en que mi madre, reclinada
sobre mi cama, me traía el descanso con un beso.
[LP 68-69]
La inteligencia y el
dolor
La felicidad es sólo saludable para el
cuerpo; pero es el dolor el que desarrolla las fuerzas del espíritu. Además,
aunque no nos descubriera una ley cada vez, no por eso sería menos
indispensable para conducirnos a la verdad y forzarnos a tomar las cosas en
serio, arrancando las malas yerbas del hábito, del escepticismo, de la
ligereza, de la indiferencia. Cierto que esta verdad, que no es compatible con
la felicidad ni con la salud, tampoco lo es siempre con la vida. El dolor
acaba por matar. A cada nueva pena más intensa, sentimos abultarse una vena más
y desarrollarse su mortal sinuosidad a lo largo de nuestra sien y bajo
nuestros ojos. [...] Dejemos que nuestro cuerpo se disgregue, puesto que cada
nueva parcela desprendida [...] viene a añadirse a nuestra obra. Las ideas son
sucedáneos de las penas; una vez éstas se transforman en ideas, pierden parte
de su acción nociva sobre nuestro corazón, e incluso en un primer momento la
transformación desprende repentinamente alegría.. Por otra parte, son sucedáneos
sólo en el orden del tiempo, pues parece que el elemento primero es la idea, y
el dolor solamente el modo en que ciertas ideas entran al principio en nosotros.
No obstante en el grupo de las ideas hay varias familias, y algunas son
inmediatamente alegrías. [TR
213]
La obra a la que han colaborado
nuestros pesares puede ser interpretada por nuestro futuro a la vez como un signo
nefasto de sufrimiento y como un signo venturoso de consolación. [...] Según el
primer punto de vista, la obra debe considerarse únicamente como un amor desgraciado
que presagia fatalmente otros, y que hará que la vida se asemeje a la obra, sin
que el poeta apenas tenga ya necesidad de escribir; hasta ese punto podrá encontrar
en lo que ha escrito la figura anticipada de lo que va a ocurrir. Así, mi amor
por Albertina,
pese
a que era muy diferente, estaba ya inscrito en mi amor por Gilberta [...] .
Mas, desde otro punto de vista, la
obra es signo de felicidad, porque nos enseña que en todo amor lo general
figura junto a lo particular, y a pasar de lo segundo a lo primero con una
gimnasia que fortalece contra el dolor haciéndonos desdeñar su causa para
profundizar su esencia [...].
Cierto que nos vemos obligados a
revivir nuestro sufrimiento particular con el coraje del médico que experimenta
en sí mismo la peligrosa inyección. Pero, al mismo tiempo, tenemos que pensarlo
bajo una forma general que nos libra, en cierta medida, de su opresión, que
hace a todos copartícipes de nuestro dolor, y que tampoco está exento de cierto
goce. Allí donde la vida nos encierra, la inteligencia abre una salida, pues si
bien no hay remedio a un amor no compartido, de la constatación de un
sufrimiento se sale, aunque sólo sea sacando las consecuencias que eso implica.
La inteligencia no conoce esas situaciones cerradas de la vida sin salida. [TR 212]
Exterioridad y
contingencia de la elección
A lo sumo podía decir que, desde un
punto de vista casi fisiológico, pude haber sentido aquel amor exclusivo por
alguna otra mujer, pero no por cualquier otra. Pues aunque Albertina,
gruesa
y morena, no se parecía a Gilberta, esbelta y pelirroja, las dos tenían sin
embargo el mismo aspecto saludable, y, sobre las mismas mejillas sensuales, una
mirada cuya significación era difícil de captar. [...] Casi podía creer que la
personalidad sensual y voluntaria de Gilberta había emigrado al cuerpo de Albertina,
un
poco diferente, es cierto, pero ahora que pensaba retrospectivamente en ello,
con analogías profundas. Un hombre tiene casi siempre la misma manera de
acatarrarse, de caer enfermo, es decir que necesita de unas determinadas
circunstancias para ello; es natural que, cuando se enamora, sea de un cierto
tipo de mujeres, tipo por lo demás muy expandido. [...] En todo caso, incluso
si la que habría de amar un día debía en parte parecérsele, es decir si mi
elección de una mujer no era enteramente libre, eso haría que, dirigida de una
forma acaso necesaria, recayera en algo más vasto que el individuo, en un tipo
de mujeres, y eso suprimía toda necesidad en mi amor por Albertina. La
mujer cuyo rostro contemplamos con más constancia que la misma luz-pues aun con
los ojos cerrados no dejamos ni por un instante de admirar sus hermosos ojos,
su graciosa nariz, de procurarnos todos los medios para verlos de nuevo-esta
mujer única bien sabemos que sería distinta si estuviéramos en otra ciudad que
aquella donde la hemos encontrado, paseáramos por otros lugares y
frecuentáramos otro salón. ¿única, creemos? Es innumerable. Y no obstante
compacta, indestructible ante nuestros ojos enamorados, irreemplazable durante
largo tiempo por otra. La razón es que esa mujer no ha hecho sino suscitar, a
base de una especie de artilugios mágicos, mil elementos de ternura presentes
en nosotros en estado fragmentario y que ella ha concentrado, reunido,
suprimiendo cualquier laguna entre ellos; al darle sus rasgos, nosotros mismos le
hemos procurado la materia sólida de la persona amada. [...] Cierto que yo
tampoco veía aquel amor necesario [...], al sentirlo más vasto que Albertina
y
envolverla, sin conocerla, como un reflujo en torno de un fino rompiente. Mas
poco a poco, a fuerza de vivir con Albertina, no podía librarme
ya de las cadenas que yo mismo había forjado; el hábito de asociar la persona
de Albertina
al
sentimiento que ella no había inspirado me hacía creer sin embargo que le era
tributario, como el hábito da a la simple asociación de ideas entre dos
fenómenos-según sugiere cierta escuela filosófica-la fuerza y la necesidad
ilusorias de una ley de causalidad. [AD 83-86]
Recuerdo los calurosos días de
entonces, cuando de la frente de los jornaleros que trabajaban al sol caía una
gota de sudor vertical, regular, intermitente, como la gota de agua de un
depósito, y se alternaba con la caída del fruto maduro que se desprendía del
árbol en los «cercados» vecinos; para mí siguen siendo, aún hoy, junto a ese
otro misterio de una mujer oculta, la parte más consistente de todo amor. Si
me hablan de una mujer en la que no se me ocurriría pensar, altero todas mis
citas de la semana si hace un tiempo como aquél y he de verla en una granja
aislada. Sé que ese tiempo y esa cita no le pertenecen, sino que es el cebo en
el que, pese a conocerlo bien, me dejo prender y que basta para atraerme. [SG
231-232]
Subjetivismo del
amor
En ese momento ni siquiera pensaba en
el placer carnal; no veía tampoco en mi pensamiento la imagen de aquella Albertina
causante
sin embargo del trastorno de mi ser, no percibía su cuerpo, y si hubiera
querido aislar la idea unida a mi dolor-pues siempre hay alguna-habría sido
alternativamente, por una parte, la duda sobre la predisposición con la que se
había marchado, su ánimo de volver o no, y por otra los medios de hacerla
venir. Tal vez haya un símbolo y una verdad en el ínfimo lugar que ocupa en nuestra
ansiedad la persona a quien la atribuimos. Es porque en realidad su propia
persona significa poca cosa; casi todo consiste en el proceso de emociones y
angustias que el azar nos hizo sentir entonces por ella, y que el hábito fijó a
ella. Bien lo demuestra (más incluso que el tedio que sentimos con la
felicidad) lo indiferente que nos resultará ver o no a esa persona, que nos
aprecie o no, tenerla o no a nuestra disposición cuando sólo hayamos de plantearnos
ya el problema (tan obvio que ya no nos plantearemos) relativo a
su propia persona-tras quedar olvidado el proceso de emociones y de angustias,
al menos referente a ella, pues éste puede desarrollarse de nuevo, pero
transferido a otra persona. Antes de eso, cuando estaba aún unido a ella,
creíamos que nuestra felicidad dependía de su persona, pero dependía solamente
del fin de nuestra ansiedad. Por tanto, nuestro inconsciente era en ese momento
más clarividente que nosotros mismos, al empequeñecer tanto la figura de la
mujer amada, figura que quizá hasta habíamos olvidado, que podíamos conocer
mal y creer mediocre, en el terrible drama del que, de volver a encontrarla
para no alcanzarla ya, podía depender hasta nuestra propia vida. Proporciones
minúsculas de la figura de la mujer, efecto lógico y necesario del modo en que
se desarrolla el amor, clara alegoría de la naturaleza subjetiva de ese amor. [AD 16-17]
Cuando se ve uno al borde del abismo y
parece que Dios le haya abandonado, no vacila ya en esperar de Él un milagro.
Reconozco que en todo esto fui el más apático aunque el más doliente de los
policías. Pero la huida de Albertina no me devolvió las
cualidades que la costumbre de hacerla vigilar por otras personas me había
suprimido. Sólo pensaba en una cosa: delegar en otro esta búsqueda. Ese otro
fue Saint-Loup, que se prestó a ello. [...] Él me consideraba un ser tan
superior que creía que, de someterme yo a otra criatura, había de ser ésta
realmente extraordinaria. Yo estaba convencido de que su fotografía le
parecería hermosa, pero como al mismo tiempo no suponía que le produciría la
impresión que produjo Helena a los antiguos troyanos, mientras la buscaba le
decía modestamente: -«¡Oh! no vayas a creer; primero que la foto
es mala, y además no es nada despampanante, no es ninguna belleza; es sobre
todo muy simpática»- [...] Al fin la encontré.«Seguro que es
maravillosa»-insistía Saint-Loup, sin reparar en que le tendía la fotografía.
De pronto la miró, sosteniéndola un momento en la mano. Su aspecto expresaba
un asombro rayano en la estupidez. -«¿Es ésta la muchacha de
la que estás enamorado?»me dijo finalmente [...]. Comprendí en seguida la sorpresa
de Roberto, semejante a la que me provocó la imagen de su querida, con la única
diferencia de que yo reconocí en ella a una mujer que ya conocía, mientras que
él creía no haber visto nunca a Albertina. Pero sin duda la
diferencia entre lo que uno y otro veíamos de una misma persona era igual de
grande. Quedaba lejos aquel tiempo de Balbec en que comencé tímidamente a
añadir, a las sensaciones visuales cuando miraba a Albertina, sensaciones de
sabor, de olor, de tacto. Desde entonces, vinieron a añadirse sensaciones más
profundas, más dulces, más indefinibles, y después sensaciones dolorosas. En
suma Albertina
no
era, como una piedra en torno a la cual ha nevado, sino el centro generador
de una inmensa construcción que atravesaba el plano de mi corazón. Roberto,
para quien toda esta estratificación de sensaciones era invisible, sólo
captaba un residuo que a mí, por el contrario, me era imposible percibir. [...]
Me daba cuenta de que todo ese pasado de Albertina hacia el que tendía
cada fibra de mi corazón y de mi vida con un dolor vibrante y torpe, debía de
parecer tan insignificante a Saint-Loup como resultaría para mí quizá algún
día; que respecto a la insignificancia o a la gravedad del pasado de Albertina
pasaría
yo probablemente poco a poco del estado de ánimo de entonces al de Saint-Loup,
puesto que no me hacía ilusiones sobre lo que podía pensar él o cualquiera que
no fuera el amante. Y esto no me dolía demasiado. Dejemos las mujeres bonitas
a los hombres sin imaginación. Recordaba esa trágica explicación de tantas
vidas que es un retrato genial y sin parecido, como aquel de Odette
pintado
por Elstir, y que es menos el retrato de una amante que el del amor deformador.
Sólo le faltaba lo que poseen tantos retratos: ser a la vez de un gran pintor
y de un amante (e incluso se decía que Elstir lo había sido de Odette).
Esta
desemejanza-toda la vida de un amante, de un amante cuyas locuras nadie comprende-la
demuestra toda la vida de Swann. [AD 18-24]
5. REVELACIÓN DE LA ESENCIA
Por las leyes
generales de la mentira
a) Presencia de la
cosa oculta
Al oír aquellas palabras de disculpa,
pronunciadas como si Albertina no fuera a venir, sentí que al deseo
de volver a ver la figura aterciopelada que ya en Balbec orientaba todos mis
días al momento en que, ante el mar malva de septiembre, estaría junto a
aquella rosada flor, venía dolorosamente a unirse un elemento muy distinto. Esa
terrible necesidad de un ser la había sentido ya en Combray hacia mi madre,
hasta el punto de querer morirme si enviaba a Francisca a decirme que no podía
subir. El esfuerzo del antiguo sentimiento por combinarse y formar un único
elemento con el más reciente, y cuyo objeto voluptuoso no era sino la superficie
coloreada, la rosada carnación de una flor de playa, ese esfuerzo acaba de
ordinario por componer (en el sentido químico) un cuerpo nuevo, aunque dure
sólo unos instantes. Aquella noche por lo menos, y por mucho tiempo aún, los
dos elementos permanecieron disociados. Pero ya por las últimas palabras de Albertina
en
el teléfono empecé a comprender que su vida estaba situada (no materialmente,
claro) a tanta distancia de mí que requeriría siempre de fatigosas
exploraciones para acertar a tocarla, pero además organizada como las
fortificaciones de campaña y, para mayor seguridad, de esa clase calificada más
tarde «de camuflaje». [...] Existencias distribuidas en cinco o seis
repliegues, de suerte que cuando quiere uno ver a esa mujer, o saber de ella,
ha ido a dar demasiado a la derecha, o demasiado a la izquierda, o demasiado
adelante, o demasiado atrás, y que puede ignorar todo durante meses o años. En
Albertina
sentía
que nunca sabría nada, que en esa multiplicidad entremezclada de detalles
reales y de hechos falsos jamás conseguiría aclararme. Y que sería siempre
así, a menos que la metiera en prisión (pero uno se escapa) hasta el final.
Aquella noche, esta convicción sólo me infundió inquietud, pero en ella sentía
vibrar como una anticipación de largos sufrimientos. [SG
130-131]
La conversación de la mujer amada es
como un suelo que recubre un agua subterránea y peligrosa; siente uno de
continuo tras las palabras la presencia y el frío penetrante de una charca
invisible; vemos aquí y allá impregnarse su pérfida humedad, pero el agua permanece
oculta. [SG 406]
b) Traición del
mentiroso
Sentimos amor por una persona-me decía
yo en Balbec-cuando nuestros celos tienen aparentemente por objeto sus
acciones; está uno convencido de que si ella se las contara, dejaría acaso con
facilidad de amarla. El celoso gusta de disimular hábilmente sus celos, pero el
que los inspira los descubre de inmediato y se sirve con destreza de ellos.
Así, procura engañarnos sobre lo que podría disgustarnos; y nos engaña, pues
¿por qué razón una frase insignificante habría de revelar, al que no está en
antecedentes, las mentiras que esconde? No la distingue de las demás; se dice
con temor, pero uno la oye sin atención. Luego, una vez solos, recordaremos esa
frase y no nos parecerá del todo conforme a la realidad. Pero ¿la recordamos
bien? Con aparente espontaneidad, surge en nosotros una duda respecto a ella y
a la exactitud de nuestro recuerdo, semejante a la que en determinados estados
nerviosos impide recordar si se ha echado el cerrojo, ya sea la primera vez
como al cabo de cincuenta veces; se diría que puede uno reiniciar indefinidamente
el mismo acto sin que vaya nunca acompañado de un recuerdo preciso y
liberador. Al menos podemos cerrar la puerta por cincuenta y una vez; mientras
que la inquietante frase vive en el pasado, en una audición dudosa que no está
a nuestro alcance repetir. Aplicamos entonces nuestra atención a otras frases
que no ocultan nada, y el único remedio, que no deseamos, sería olvidarlo todo
para no sentir deseos de saber más. Una vez descubre los celos, la persona que
los suscita los considera una desconfianza que autoriza al engaño. Por otra
parte, con el fin de averiguar alguna cosa, somos precisamente nosotros los
que hemos tomado la iniciativa de engañar. [LP
53-54]
[Entre las mentiras de Gilberta y las
de Albertina]
había
un punto en común: el hecho mismo de la mentira, que en algunos casos es una
evidencia. No de la realidad oculta tras la mentira. Bien sabemos que, aunque
cada asesino en particular se imagina haberlo organizado todo tan bien que
resultará imposible prenderlo, al final los asesinos casi siempre acaban
descubiertos. En cambio a los mentirosos rara vez los cogen, y entre ellos
concretamente a las mujeres que amamos. Ignoramos dónde ha estado, qué ha hecho
allí, pero mientras está hablando, cuando habla de aquella otra cosa bajo la
que se oculta lo que no dice, percibimos de inmediato la mentira. [...] La
verosimilitud, pese a la idea que se hace el mentiroso, no es exactamente la
verdad. Si tras oír algo verdadero, oímos acto seguido otra cosa tan sólo
verosímil, más verosímil incluso que la verdad, tal vez hasta demasiado, el
oído-un poco músico-siente que no es así, como en el caso de un verso cojo o de
una palabra leída en voz alta por otro. El oído lo nota, y si estamos
enamorados el corazón se alarma. [LP 167-168]
Por los secretos de
la homosexualidad
Es curioso que cierto tipo de actos
secretos tenga por consecuencia externa un modo de hablar o de gesticular que
los revela. Si un individuo cree o no en la Inmaculada Concepción, en la
inocencia de Dreyfus o en la pluralidad de mundos y desea callarlo, no
hallaremos en su voz ni en su actitud nada que deje adivinar su pensamiento.
Pero oyendo a monsieur
de
Charlus decir con aquella voz aguda y esa sonrisa y esos gestos con los brazos:
«No, preferí la de al lado, la de fresa», podía uno decirse: «Le gusta el sexo
fuerte», con la misma certeza que permite a un juez condenar al criminal que no
ha confesado, o a un médico descubrir a un paralítico general en un enfermo
que ni siquiera él sabe su enfermedad pero que, ante una determinada anomalía
en su pronunciación, deduce que morirá en tres años. Seguramente, la gente que
infiere de la manera de decir: «No, preferí la de al lado, la de fresa» un
amor considerado antifísico, no necesita de tanta ciencia. Pero es porque aquí
la relación entre el signo revelador y el secreto es más directa. [SG 356-357]
Las series profundas
del amor: Sodoma y Gomorra
Su rostro medio ladeado, donde la
satisfacción rivalizaba con la moderación, se plisaba de pequeñas arrugas de
afabilidad. Parecía que entraba madame de Marsantes, de
tanto que afloraba en ese momento la mujer que un error de la naturaleza había
introducido en el cuerpo de monsieur de Charlus. Cierto
es que el barón se esforzaba severamente por disimular su error y adoptar un
aspecto masculino. Pero apenas lo conseguía que, como seguía conservando los
mismos gustos, ese hábito de sentir como mujer le daba una nueva apariencia femenina,
surgida ésta no de la herencia sino de la vida individual. Y como hasta en lo
social llegaba a pensar paulatinamente y sin darse cuenta de modo femenino,
pues, a fuerza de mentir a los demás, pero de mentirse también a sí mismo, deja
uno de notar que miente, por más que pidiera a su cuerpo que manifestara (al
entrar en casa de los Verdurin) la cortesía de un gran señor, ese cuerpo que
había comprendido muy bien lo que monsieur de Charlus había
dejado de oír desplegó todas las seducciones de una gran dama, hasta el punto
de que el barón habría merecido el epíteto de lady-like. Además ¿es posible separar completamente el aspecto de monsieur
de
Charlus del hecho de que los hijos, que no siempre se parecen al padre aunque
no sean invertidos y busquen a las mujeres, perpetren en su rostro la
profanación de su madre? Pero dejemos aquí lo que merecería un capítulo aparte:
las madres profanadas.
A pesar de que otras razones
precedieran a esta transformación de monsieur de Charlus y que los
gérmenes puramente físicos «trabajaran» en él la materia y pasara poco a poco
su cuerpo a la categoría de los cuerpos femeninos, no obstante el cambio que
destacamos aquí era de origen espiritual. A fuerza de creerse uno enfermo,
enferma, adelgaza, carece de fuerzas para levantarse y padece enteritis
nerviosas. A fuerza de pensar tiernamente en los hombres, se vuelve uno mujer,
y un atuendo postizo le impide desarrollarse. En éstos, la idea fija puede
modificar (lo mismo que en otros casos la salud) el sexo. [SG 300-3011
Por el lado de Méséglise vivía monsieur
Vinteuil.
[...] No hay nadie, por virtuoso que sea, a quien la complejidad de las
circunstancias no pueda llevarle a vivir un día en la familiaridad del vicio
que precisamente condena con más rigor-sin que por lo demás lo reconozca bajo
el disfraz de hechos particulares que reviste para entrar en contacto con él y
hacerlo sufrir-[...]. Pero un hombre como Vinteuil debía sufrir mucho más que
cualquier otro ante la resignación a una de esas situaciones que creemos erróneamente
panacea exclusiva del mundo de la bohemia, y que se producen cada vez que un
vicio, al que la propia naturaleza instala en un niño muchas veces tan sólo
mezclando las virtudes de su padre y de su madre, como en el color de los ojos,
necesita reservarse el lugar y la seguridad que le son imprescindibles para
sobrevivir. Pero del hecho de que monsieur Vinteuil conociera
probablemente la conducta [lesbiana] de su hija, no se deriva que su adoración
por ella hubiera disminuido. Los hechos no penetran en el mundo donde habitan
nuestras creencias; ni las han originado, ni consiguen destruirlas. [CS
145-146]
La verdad del amor:
el hermafroditismo original
Los invertidos, que suelen
relacionarse con el Antiguo Oriente o con la edad de oro de Grecia, se
remontarían más lejos aún, a aquellas épocas de experimentación en que no
existían ni las flores dioicas ni los animales unisexuados, al hermafroditismo
primitivo cuya huella parece que conservan algunos restos de órganos masculinos
en la anatomía de la mujer y otros de órganos femeninos en la anatomía del
hombre. La mímica de Jupien y de monsieur de Charlus, al
principio incomprensible para mí, me parecía tan curiosa como esos tentadores
gestos que, según Darwin, las flores compuestas dirigen a los insectos,
alzando los semiflorones de sus capítulos para verse de lejos, como cierta heterostilada
que vuelve sus estambres y los curva para indicar el
camino a los insectos, o les ofrece una ablución y, con la misma simplicidad
que los aromas del néctar, el esplendor de las corolas que en aquel momento
atraían a los insectos al patio. Desde ese día, monsieur de
Charlus hubo de cambiar la hora de sus visitas a madame de
Villeparisis, y no porque no pudiera ver a Jupien en otro lugar y más
cómodamente, sino porque, lo mismo que para mí, el sol de la tarde y las flores
del arbusto estaban seguramente unidas a su recuerdo. [SG 31]
VI. LOS SIGNOS MUNDANOS
1.
GRUPO: GENERALIDAD DEL CARÁCTER
Vacío. Estupidez.
Olvido
Podemos a elección nuestra entregarnos
a una de dos fuerzas, la una surge de nosotros mismos, emana de nuestras
impresiones profundas; la otra nos viene de fuera. La primera trae consigo
naturalmente un goce, el que exhala la vida de los creadores; la otra
corriente, aquella que trata de introducir en nosotros el movimiento que anima
a las personas ajenas, no se acompaña de placer; pero podemos añadirle uno,
por efecto de retroacción, mediante una embriaguez tan ficticia que se
convierte rápidamente en tedio y tristeza; de ahí el semblante melancólico de
tantos mundanos y, en ellos, tantos estados nerviosos que pueden llegar hasta
el suicidio. Pues bien, en el coche que me conducía a casa de monsieur
de
Charlus, era yo presa de esta segunda suerte de exaltación, muy diferente de
la que obtenemos por una impresión personal, como la que tuve en otros coches:
una vez en Combray, en el carricoche del doctor Percepied, desde el que vi
pintarse contra el crepúsculo los campanarios de Martinville; otro día en Balbec,
en la calesa de madame
de
Villeparisis, cuando traté de desentrañar la reminiscencia que me brindaba una
alameda. Pero en este tercer coche, lo que tenía ante los ojos del espíritu
eran esas conversaciones que tan tediosas me habían parecido en la cena de madame
de
Guermantes, como las historias del príncipe Von ***
acerca del emperador de Alemania o del general Botha y
el ejército inglés. Acababa de deslizarlas bajo el estereoscopio interior a
través del cual, en el instante en que no somos ya nosotros mismos y, dotados
de un alma mundana, sólo ansiamos recibir nuestra vida de los demás, damos
relieve a lo que han dicho o han hecho. [...] Y debo decir que si bien esta
exaltación decayó rápidamente, no era del todo insensata. [...] Los grandes
señores son de las pocas personas de quienes se aprende tanto como de los
campesinos; su conversación se reviste de todo cuanto concierne a la tierra, a
las villas tal como estaban habitadas antaño, a las antiguas costumbres, todo
cuanto el mundo del dinero ignora profundamente. [...] Un literato, incluso,
habría quedado encantado de su conversación, que hubiera sido para él-pues el
hambriento no necesita de otro hambriento-un diccionario vivo de todas esas
expresiones que cada día están más olvidadas: corbatas a lo San José, niños de
azul en la consagración, etc., y que ya sólo se encuentran entre quienes se
instituyen en atentos y benévolos conservadores del pasado. El placer que
siente un escritor entre ellos, mucho más que entre otros escritores, no
carece de peligro, ya que corre el riesgo de creer que las cosas del pasado
poseen un interés por sí mismas, y de trasladarlas tal cual a su obra, nacida
sin vida en ese caso, exhalando un hastío del que se consuela diciéndose: «Es
hermoso porque es verdad, se dice así». [CG
530-534]
En el gran mundo (y este fenómeno
social no es, por otra parte, sino una aplicación de una ley psicológica mucho
más general), las novedades, culpables o no, sólo suscitan horror mientras no
se han asimilado y rodeado de elementos tranquilizadores. Ocurría con el
dreyfusismo como con el matrimonio de Saint-Loup y la hija de Odette,
matrimonio
que al principio había escandalizado. [...] El dreyfusismo quedaba ahora integrado
en una serie de cosas respetables y habituales. En cuanto a preguntarse sobre
su propio valor para admitirlo ahora, era cosa que a nadie se le ocurría, como
tampoco en otro tiempo para condenarlo. Ya no era shocking,
y
eso bastaba. [TR 33]
Parece que en los seres de acción, y
las personas de mundo son seres de acción (minúsculos, microscópicos, pero en
definitiva seres de acción), el espíritu, exhausto por la atención ante lo que
sucederá al cabo de una hora, confía muy poco en la memoria.
[LP 311
Los políticos no recuerdan el punto de
vista que adoptaron en un determinado momento, y algunas de sus palinodias no
obedecen tanto a un exceso de ambición como a una falta de memoria. [LP 32]
Mi imaginación, comparable a la de
Elstir en trance de dar un efecto de perspectiva sin tener en cuenta las nociones
de física que por otra parte podía poseer, no me pintaba aquello que yo sabía,
sino lo que ella veía; lo que veía, es decir lo que le mostraba el nombre. Pues
bien, incluso cuando no conocía a la duquesa, el nombre de Guermantes
precedido del título de princesa, como una nota, un color o una cantidad
profundamente modificados por valores circundantes, por el «signo» matemático
o estético determinante, me había evocado siempre algo por completo diferente.
[...] Muchas de las cosas que me había dicho monsieur de
Charlus estimularon mi imaginación, haciéndole olvidar lo mucho que la
realidad le había decepcionado. [...] Si monsieur de Charlus me engañó
durante algún tiempo sobre el valor y la variedad imaginarios de la gente de
mundo fue porque se engañaba a sí mismo. Y quizá fuera así porque no hacía
nada, no escribía, no pintaba, ni siquiera leía nada de una forma seria y meditada.
Pero, superior a la gente de mundo en muchos grados, si de ella y de su
espectáculo extraía la materia de su conversación, no por eso aquélla le
comprendía. Al hablar como un artista, podía a lo sumo emanar el falaz encanto
de la gente de mundo. Pero emanarlo sólo para los artistas, respecto de quienes
habría podido desempeñar el papel del reno para los esquimales; este hermoso
animal arranca de las rocas desérticas líquenes y musgos que aquéllos no
sabrían descubrir ni utilizar, pero que, una vez digeridos por el reno, se convierten
para los habitantes del polo Norte en alimento asimilable. [CG 550]
Castas de origen y
familias mentales
Lleno aún del goce que había sentido
al ver a SaintLoup venir en carrerilla y alcanzar graciosamente su sitio,
advertía que ese placer se debía a que cada uno de los movimientos
desarrollados a lo largo de la pared y sobre el diván tenía su significado o su
causa en la naturaleza individual de Saint-Loup, sin duda, pero más aún en
aquella que, por nacimiento y educación, había heredado de su casta.
Una seguridad en el gusto, no en el
orden de lo bello, sino de los modales, que ante una circunstancia nueva hace
captar en seguida al hombre elegante -como a un músico a quien pedimos que
interprete un extracto que desconoce-el sentimiento y el movimiento que ésta
exige, y adaptar a ella el mecanismo o la técnica más conveniente; [...] un
desprecio ciertamente jamás sentido en su corazón, pero que había heredado en
su cuerpo, sometiendo los modales de sus ancestros a una familiaridad que a su
parecer no podía sino lisonjear y fascinar a quien se dirigiera; y por último,
una noble liberalidad que, al no tomar en consideración tal cantidad de
ventajas materiales [...], las pisoteaba [...], eran todas cualidades
esenciales a la aristocracia, que tras ese cuerpo no opaco ni oscuro como
hubiera sido el mío, sino significativo y límpido, traslucían como a través de
una obra de arte el poder industrioso y eficiente que la creó, y hacían los
movimientos de esa carrera ligera de Roberto por la pared tan inteligibles y
gratos como los de los caballeros esculpidos sobre un friso. [CG 400-401 ]
Nuestra ignorancia acerca de esa
brillante vida mundana que llevaba Swann seguramente se debía en parte a la
reserva y discreción de su carácter, pero también a la idea algo hindú que los
burgueses tenían de la sociedad, que consideraban compuesta de castas cerradas
donde cada cual, desde su nacimiento, se encontraba inscrito en el rango que
ocupaban sus padres, y de donde nada, salvo el azar de una carrera excepcional
o de un matrimonio insospechado, podría arrancarlo para introducirlo en una
casta superior.
[CS 16]
«No va usted descaminado, si lo que
desea es instruirse-me dijo monsieur de Charlus después
de hacerme algunas preguntas sobre Bloch-, al hacerse algunos
amigos extranjeros». Respondí que Bloch era francés.
«¡Ah!-dijo él-había creído que era judío». La declaración de esta
incompatibilidad me hizo creer que monsieur de Charlus era más
antidreyfusista que ninguna de las personas que me había encontrado hasta
entonces. Protestó en cambio contra la acusación de traición lanzada contra
Dreyfus. Pero fue en esta forma: «Creo que los periódicos afirman que Dreyfus
ha cometido un crimen contra su patria, o creo que lo dicen, en fin no presto
mucha atención a los periódicos; los leo como me lavo las manos, sin ver en
ello nada que merezca especial interés. En todo caso, el crimen no existe; el
compatriota de su amigo habría cometido un crimen contra su patria si hubiera
traicionado a Judea,
pero
¿qué tiene que ver él con Francia?». Le objeté que si alguna vez había una
guerra, los judíos serían movilizados como los demás. «Es posible, y no es
seguro que no sea una imprudencia. Si reclutan a senegaleses y malgaches, no
creo que pongan mucho entusiasmo en defender a Francia, y es muy natural. Su
amigo Dreyfus podría más bien ser acusado por infracción de las reglas de la
hospitalidad. [...]
«Toda esta cuestión Dreyfus-continuó
el barón asido aún a mi brazo-tiene sólo un inconveniente, y es que destruye la
sociedad (no me refiero a la buena sociedad, porque hace ya mucho tiempo que
la sociedad no merece ese elogioso epíteto) por la afluencia de caballeros y
damas del Camello, de la Camellería y de los Camelleros, en fin de gente
desconocida que encuentro incluso en casa de mis primas porque pertenecen a la
liga de la Patria francesa, antijudía y qué sé yo, como si una opinión política
diera derecho a una calificación social». [CG
278-280]
Las leyes generales que regulan la
perspectiva en la imaginación se aplican lo mismo a los duques que a los demás
hombres. No solamente las leyes de la imaginación, sino también las del
lenguaje. Pues bien, cualquiera de las dos leyes del lenguaje podía aplicarse
aquí: la una exige que se exprese uno como la gente de su clase mental y no de
su casta de origen. Debido a esto, monsieur de Guermantes podía
ser en sus expresiones, incluso cuando quería hablar de la nobleza, tributario
de pequeños burgueses que habrían dicho: «Cuando se llama uno el duque de
Guermantes», y que en cambio un hombre culto, un Swann o un Legrandin, no lo
habría dicho. Un duque puede escribir novelas de tendero incluso sobre las
costumbres del gran mundo, porque los pergaminos ahí no son de utilidad alguna,
así como los escritos de un plebeyo ser merecedores del epíteto de
aristocrático. [...] Pero otra ley del lenguaje es que de vez en cuando, así
como hacen su aparición y desaparecen ciertas enfermedades de las que no se oye
hablar más, nacen sin que se sepa muy bien cómo, bien sea espontáneamente, bien
por un azar [...], algunas expresiones que se oyen decir en la misma década por
personas que no se han puesto de acuerdo para hacerlo. [CG
227]
Lo que sucedía con monsieur
de
Norpois es que a lo largo de su práctica diplomática se había imbuido de ese
espíritu negativo, rutinario y conservador llamado «espíritu de gobierno» que
es en efecto el de todos los gobiernos y, en particular, en cualquier gobierno,
el espíritu de las embajadas. La carrera diplomática le había provocado
aversión, temor y desprecio por los procedimientos más o menos
revolucionarios, o cuando menos incorrectos, que son los procedimientos de las
confrontaciones. Salvo entre algunos ignorantes del pueblo y de la buena
sociedad, para quienes la diferencia de géneros es letra muerta, aquello que
aproxima a las personas no es la comunidad de opiniones sino la consanguinidad
de espíritus. [JF 7]
Ley
natural/Ascendencia/Tierra natal/Casta/ Nacionalidad/Época/Raza
¡Ay!, en la flor más fresca pueden
apreciarse esos puntos imperceptibles que para el espíritu avezado designan ya
lo que habrá de ser, por la disecación o la fructificación de las carnes aún en
flor, la forma inmutable y predestinada de la simiente. Así, observa uno con
deleite una nariz semejante a una diminuta ola henchida deliciosamente de agua
matinal, que parece inmóvil y dibujable porque con la mar en calma no se
percibe la marea. Los rostros humanos parece que no cambian cuando los miramos
porque la revolución que sufren es harto lenta para que la percibamos. Pero
bastaba con ver junto a una de esas muchachas a su madre o a su tía para medir
las distancias que por atracción interna de un tipo, generalmente horrible,
atravesarían esos rasgos en menos de treinta años, hasta la hora en que la
mirada decae y el rostro, una vez desaparece por el horizonte, no recibe ya
luz alguna. Yo sabía que tan profundo e ineluctable como el patriotismo judío
o el atavismo cristiano en aquellos que se creen liberados de su raza, habitaba
bajo la rosada inflorescencia de Albertina, Rosamunda o Andrea,
ignorado por ellas y en reserva por las circunstancias, una nariz grande, una
boca gruesa o una gordura asombrosa, pero que estaba ya entre bastidores,
dispuesta a salir a escena, de modo imprevisto y fatal, lo mismo que una vena
de dreyfusismo, clericalismo o heroísmo nacional y feudal surgen repentinamente
al conjuro de las circunstancias de una naturaleza anterior al individuo mismo
y por la cual piensa, vive, evoluciona, se fortalece o muere, sin que le sea
posible distinguirla de los motivos particulares con que la confunde. Incluso
mentalmente, dependemos de las leyes naturales mucho más de lo que pensamos;
nuestro espíritu posee de antemano, como algunas cryptogamas o gramíneas, las
particularidades que creemos elegir. [JF 453-454]
¿Fue quizá el parecido entre Charlie
y
Raquel-invisible para mí-la plataforma que permitió a Roberto pasar de los
gustos de su padre a los de su tío, a fin de realizar la evolución fisiológica
que, también en este último, se había producido bastante tarde? Sin embargo, a
veces las palabras de Amado me inquietaban; me acordaba de Roberto aquel año en
Balbec; su modo de no prestar atención al ascensorista mientras hablaba con él
recordaba mucho al de monsieur de Charlus cuando se dirigía a ciertos
hombres. Pero en el caso de Roberto podía muy bien venirle de monsieur
de
Charlus, de cierta altivez y actitud física de los Guermantes, y en absoluto
de los gustos particulares del barón. Así, el duque de Guermantes, que en modo
alguno compartía tales gustos, tenía aquella misma manera nerviosa de monsieur
de
Charlus de contornear su muñeca, como si le crispara el puño de encaje, así
como algunas entonaciones en la voz agudas y afectadas, maneras todas ellas
que en monsieur
de
Charlus podían inducir a darles otro significado, que él mismo les había dado
otro, pues el individuo expresa sus particularidades mediante caracteres
impersonales y atávicos que acaso no sean sino particularidades ancestrales
fijadas en el gesto y en la voz. En esta última hipótesis, que linda con la
historia natural, no sería monsieur de Charlus el que
podría llamarse un Guermantes afectado de una tara, la cual expresaría en parte
con los rasgos de la raza de los Guermantes, sino el duque de Guermantes quien,
en una familia pervertida, sería el ser excepcional cuyo mal hereditario se
economizó tanto que los estigmas externos que dejó en él perdían todo sentido. [AD 265]
Los rasgos de nuestro rostro no son
más que gestos convertidos por el hábito en definitivos. La naturaleza, lo
mismo que la catástrofe de Pompeya o la metamorfosis de una ninfa, ha fijado
nuestra tendencia habitual. De igual modo, nuestras entonaciones contienen
nuestra filosofía de la vida, lo que la persona se dice a cada instante acerca
de las cosas. Indudablemente esos rasgos no pertenecían sólo a las muchachas.
Pertenecían a sus padres. Pues el individuo está sumergido en algo más general
que él. [...] Y más general aún que el legado familiar era la sabrosa materia
que les imponía la provincia natal de donde extraían su voz y variaban sus
entonaciones [...]. Entre esta provincia y el temperamento de la muchacha que
dictaba las inflexiones se percibía un hermoso diálogo. Un diálogo nada
disonante. Nadie sabría separar a la muchacha de su país natal. Porque ella
seguía siendo él. [JF 471]
Algunas existencias son tan anormales
que han de engendrar fatalmente ciertos defectos, como la que llevaba el Rey
en Versalles entre sus cortesanos, no menos extraña que la de un faraón o la de
un dogo; y más aún que la del Rey, la vida de los cortesanos mismos. La de los
criados es, sin duda, de una rareza más monstruosa aún, velada únicamente por
el hábito. En mi caso, aunque hubiera despedido a Francisca, me habría visto
condenado a conservar, hasta en los detalles más particulares, el mismo
criado. Pues otros varios tuvieron ocasión de entrar más tarde a mi servicio;
provistos de antemano de los defectos generales de los criados, no por eso
dejaban de sufrir a mi lado una rápida transformación. Así como las leyes del
ataque rigen las de la defensa, para no verse heridos por las asperezas de mi
carácter practicaban todos en el suyo propio un recoveco idéntico y en el
mismo punto; y, en desquite, se aprovechaban de mis lagunas para instalar en
ellas sus vanguardias. Yo ignoraba esas lagunas, así como las prominencias a
que su hueco daba lugar, precisamente por tratarse de lagunas. Pero mis
criados, a medida que se pervertían, me las revelaban. Fue por sus defectos
invariablemente adquiridos como supe de mis defectos naturales e invariables,
de tal modo que su carácter me presentaba una especie de negativo del mío. Mi
madre y yo nos habíamos reído mucho en otro tiempo de madame Sazerat
cuando afirmaba, al hablar de los criados: «Esa raza, esa especie». Pero debo
decir que la razón de que no hubiera deseado reemplazar a Francisca por
cualquier otra es que esa otra habría pertenecido igual e inevitablemente a la
raza general de los criados y a la especie particular de los míos. [CG 58-59]
Fue así como el príncipe de Faffenheim
se vio llevado a visitar a madame de Villeparisis. Mi
profunda desilusión sobrevino cuando habló. No había imaginado que, si una
época tiene rasgos particulares y generales más firmes que una nacionalidad, de
suerte que en un diccionario ilustrado, donde figura hasta el retrato auténtico
de Minerva, Leibniz
con
su peluca y su gorguera apenas si se diferencia de Marivaux o de Samuel Bernard,
una
nacionalidad tiene rasgos particulares más firmes que una casta. Así se
tradujeron en mi presencia, no por un discurso donde creía de antemano que
oiría el roce de los Elfos y la danza de los Kobolds, sino
por una trasposición que no certificaba menos su poético origen: el hecho de
que al inclinarse, menudo, colorado y panzudo, ante la señora de Villeparisis,
el Ringrave le dijo: «Puenos tías, señorra marquesa» con el mismo acento que
un conserje alsaciano. [CG
253-254]
Vistas a distancia, las diferencias
sociales, e incluso las individuales, se fundamentan en la uniformidad de una
época. La verdad es que la semejanza de los trajes y la reverberación del
espíritu de la época en el rostro ocupan en una persona un lugar hasta tal
punto más importante que su casta-que ocupa uno importante solamente en el amor
propio del interesado y en la imaginación ajena-que para percatarse de que ,un
gran señor del tiempo de Luis Felipe es menos diferente de un burgués de su
tiempo que de un gran señor del tiempo de Luis XV, no hace falta recorrer las
galerías del Louvre.
[SG
81]
Es cierto que el caleidoscopio social
comenzaba a girar y que el caso Dreyfus iba a precipitar a los judíos al último
peldaño de la escala social. Pero, por una parte, de nada servía que el ciclón
dreyfusista causase estragos, pues no es al comienzo de una tempestad cuando
las olas alcanzan su furor máximo. [...] En definitiva, un joven como Bloch,
a
quien nadie conocía, podía pasar desapercibido mientras importantes judíos
representativos de su partido estaban siendo ya amenazados. Su mentón se
acentuaba ahora por una «perilla de chivo», usaba anteojos, una larga levita y
sostenía un guante en la mano como un rollo de papiro. Los romanos, egipcios y
turcos pueden detestar a los judíos. Pero en un salón francés las diferencias
entre esos pueblos apenas si son perceptibles, y un israelita haciendo su entrada
como si surgiera de lo más profundo del desierto, con el cuerpo inclinado como
una hiena, la nuca oblicuamente agachada y saludando con grandes «salams»,
satisface a la perfección un gusto de orientalismo. Sólo se precisa para eso
que el judío no pertenezca al «gran mundo», pues de lo contrario adopta
fácilmente el aspecto de un lord, y sus modales son
hasta tal punto afrancesados que en él una nariz rebelde, que crece, como las
capuchinas, en direcciones imprevisibles, hace pensar en la nariz de
Mascarille más que en la de Salomón. Pero Bloch, que
no había sido moldeado por la gimnástica del «Faubourg» ni
ennoblecido por un cruce con Inglaterra o con España, seguía siendo, para un
amante del exotismo, tan extraño y digno de admiración, a pesar de su traje
europeo, como un judío de Decamps. Admirable poder de
la raza, que del fondo de los siglos hace seguir adelante, incluso en el
moderno París, por los corredores de nuestros teatros, tras las ventanillas de
nuestras oficinas, en un entierro o en la calle, a una falange intacta que,
cuidando el peinado moderno, asimilándose, haciéndose olvidar, disciplinando
la levita, permanece en definitiva semejante a la de los escribas asirios
pintados en traje de ceremonia, que en el friso de un monumento de
Susa
defienden
las puertas del palacio de Darío. [CG
181-182]
Patriotismo y
Nacionalidad
Me da exactamente igual que sea
dreyfusista o no, puesto que es extranjero. Eso me tiene sin cuidado. En el
caso de un francés es distinto. Cierto que Swann es judío. Pero hasta el día de
hoy-si me disculpa usted, Froberville-tuve la debilidad de creer que un judío
puede ser francés; me refiero a un judío honorable y hombre de mundo. Swann lo
era en toda la extensión de la palabra. Pues bien, me obliga a reconocer que me
equivoqué, dado que tomó partido por ese Dreyfus (que, culpable o no, no
pertenece en absoluto a su clase, ni se habría topado nunca con él) contra una
sociedad que lo había adoptado tratándolo como a uno de los suyos. Sobra decir
que todos nosotros hubiéramos salido en defensa de Swann, yo habría respondido
de su patriotismo como del mío. ¡Ah, qué mal nos recompensa! [...] Swann ha
cometido un error de incalculable alcance. Demuestra que todos ellos están
unidos en secreto y de algún modo obligados a dar apoyo a cualquiera de su raza
aunque no lo conozcan. Son un peligro público. [SG 79]
Así como hay cuerpos animales y
cuerpos humanos, es decir conjuntos de células cada uno de los cuales es, por
relación a una sola de ellas, tan grande como el MontBlanc, así también
existen enormes aglomeraciones organizadas de individuos que llamamos aciones;
su vida no hace sino repetir amplificándola la vida de las células
componentes; y quien no es capaz de comprender el misterio, las reacciones, las
leyes de ésta, no pronunciará más que palabras hueras cuando hable de las
luchas entre naciones. Pero si es experto en la psicología de los individuos,
entonces esas masas colosales de individuos conglomerados que se enfrentan
entre sí adquirirán a sus ojos una belleza más poderosa que la lucha originada
solamente por el conflicto de dos caracteres; y los verá a la escala con que
verían el cuerpo de un hombre de elevada estatura unos infusorios, de los que
harían falta más de diez mil para llenar un balde de un milímetro de lado. Así,
desde hacía un tiempo, la gran figura Francia, repleta hasta su perímetro de
millones de pequeños polígonos de formas variadas, y la figura Alemania, más
llena aún de esos polígonos, sostenían entre sí dos de esas querellas. Desde
este punto de vista, el cuerpo Alemania y el cuerpo Francia, y los cuerpos
aliados y enemigos, se comportaban en cierta medida como individuos. Pero los
golpes que se intercambiaban estaban regulados por aquel boxeo multiforme cuyos
principios me había expuesto Saint-Loup; y dado que, aun considerándolos desde
el punto de vista de los individuos, eran aglomeraciones gigantes, la querella
cobraba fuerzas inmensas y magníficas, como la agitación de un océano por
millones de olas que trata de romper una línea secular de acantilados, o como
gigantescos glaciares que, con sus oscilaciones lentas y destructivas,
intentan resquebrajar el marco de montañas al que se ven circunscritos. [...]
En estas querellas, los grandes
conjuntos de individuos llamados naciones se comportan a su vez en parte como
individuos. La lógica que les guía es totalmente interna y está perpetuamente
recompuesta por la pasión, como la de las personas enfrentadas en una disputa
amorosa o doméstica [...] Ahora bien, en las naciones, el individuo, si forma
parte verdaderamente de la nación, no es más que una célula del
individuo-nación. El lavado de cerebro es una expresión sin sentido. Ya podían
decir a los franceses que iban a ser derrotados, que ninguno se habría
desesperado menos que si le hubiesen dicho que moriría por los cañones bertha.
El auténtico lavado de cerebro se lo hace uno a sí mismo por la esperanza, que
es una forma del instinto de conservación de una nación, si se es realmente un
miembro vivo de esa nación. Para no ver lo que tiene de injusta la causa del
individuo-Alemania y reconocer en todo momento lo que tiene de justa la causa
del individuo-Francia, lo mejor para un alemán no era no tener criterio, y
para un francés tenerlo, lo más seguro para uno y otro era ser patriota. Monsieur
de
Charlus, con excepcionales cualidades morales, susceptible de piedad, generoso,
capaz de afecto y de fidelidad, en cambio, por diversas razones-entre las que
podía influir la de haber tenido una madre duquesa de Baviera-no era patriota.
En consecuencia, pertenecía tanto al cuerpo-Francia como al cuerpo-Alemania.
[...] No siendo más que un espectador, todo lo llevaba a ser germanófilo, desde
el momento en que vivía en Francia, sin ser verdaderamente francés. Él era muy
agudo, y en todos los países los tontos son mayoría; no cabe duda que, de vivir
en Alemania, los tontos alemanes que defendían tonta y apasionadamente una
causa injusta le habrían irritado; pero, al vivir en Francia, los tontos franceses
que defendían tonta y apasionadamente una causa justa no le irritaban menos.
La lógica de la pasión, aunque esté al servicio de la razón más justa, nunca
es irrefutable para quien no está apasionado. Monsieur de
Charlus desvelaba con agudeza cada falso razonamiento de los patriotas. [...
] En fin, monsieur
de
Charlus era compasivo, y la idea de un vencido le dolía, se ponía siempre de
parte del débil; no leía las crónicas judiciales para no tener que sufrir en
su piel las angustias del condenado y la imposibilidad de asesinar al juez, al
verdugo y a la multitud encantada de ver «hacerse justicia». En todo caso, era
seguro que Francia no podía ser de nuevo vencida, y en cambio sabía que los
alemanes padecían hambruna y serían obligados un día u otro a rendirse. También
esta idea le resultaba más desagradable por el hecho de que vivía en Francia.
Sus recuerdos de Alemania eran pese a todo lejanos, mientras que los franceses
que hablaban de la aniquilación de Alemania con una alegría que le desagradaba
eran personas cuyos defectos conocía, y de aspecto antipático. En estos casos,
se compadece más a quienes no se conoce, a los que uno se imagina, que a los
que nos rodean en la vulgaridad de la vida cotidiana, a
menos que seamos entonces como ellos, y compongamos una sola piel con ellos; el
patriotismo logra ese milagro: uno es hacia su país como es para consigo mismo
en un lance amoroso. [...]
En fin, monsieur de
Charlus tenía aún otras razones más particulares para ser germanófilo. Una era
que, como hombre de mundo, había vivido mucho entre la gente del gran mundo, la
gente honorable, la gente de honor, gente que no estrecharía la mano a un
sinvergüenza; conocía su delicadeza y su dureza; los sabía insensibles a las
lágrimas de un hombre al que hacen expulsar de un círculo o con el que se
niegan a batirse, aunque su acto de «limpieza moral» costara la muerte de la
madre del apestado. A pesar suyo, aunque admirara a Inglaterra por su
magnífico modo de intervenir en la guerra, esa Inglaterra impecable, incapaz de
embuste, que impedía entrar el trigo y la leche en Alemania, era en parte la
nación que hacía de hombre honorable, de testigo
patentado, de árbitro en asuntos de honor; en cambio, sabía que la gente
tarada, canallas como ciertos personajes de Dostoievski pueden ser mejores, y
nunca pude comprender por qué identificaba con ellos a los alemanes, pues el
engaño y la trampa no bastan para presuponer un buen corazón, que los alemanes
no parecen haber demostrado. [TR 78-84]
Asociaciones
malditas
[...] Como los judíos (salvo algunos
que sólo quieren frecuentar a los de su raza y tienen siempre a punto las
palabras rituales y las chanzas de rigor), [los invertidos] huyen unos de otros
buscando a quienes son más opuestos y les ignoran, perdonándoles sus desprecios
y embelesándose con sus complacencias; pero están tan unidos a sus semejantes
por el ostracismo al que se ven condenados y el oprobio en que han caído, que
han acabado por adoptar, en una persecución semejante a la de Israel, los
caracteres físicos y morales de una raza, en ocasiones hermosos, pero
normalmente horribles, y, pese a todas las burlas con que el más híbrido y
asimilado por la raza adversa, que es en apariencia, y relativamente, el
menos invertido, fustiga al que sigue siéndolo, hallan alivio en el trato con
sus semejantes y hasta apoyo a su existencia, por más que, aún negando que sean
una raza (cuyo nombre es la mayor injuria), desenmascaren a placer a quienes
logran ocultarlo, no tanto por perjudicarlos, algo que tampoco les disgusta,
como por disculparse; y van a buscar, lo mismo que un médico la apendicitis, la
inversión en la historia, complaciéndose en recordar que Sócrates era uno de
ellos, como los israelitas dicen que Jesús era judío, sin pensar que no había
anormales cuando la homosexualidad era la norma, ni anticristianos antes de
Cristo; que sólo el oprobio crea el delito, porque únicamente ha dejado
subsistir a quienes eran refractarios a toda predicación, a todo ejemplo, a
todo castigo, en virtud de una disposición innata tan especial que repugna más
a los otros hombres (aunque pueda ir acompañada de excelsas cualidades morales)
que determinados vicios opuestos, como el robo, la crueldad o la mala fe, mejor
comprendidos y por tanto más disculpados por el común de los hombres; y
constituyen una francmasonería mucho más extendida, más eficaz y menos
sospechosa que la de las logias, ya que se basa en una identidad de gustos, de
necesidades, de costumbres, de peligros, de aprendizaje, de sabiduría, de
comercio, de léxico, y en la que los mismos miembros, que no desean
reconocerse, se reconocen de inmediato por signos naturales o convencionales,
involuntarios o deliberados, que indican a uno de sus semejantes al mendigo en
el gran señor al que cierra la portezuela del coche; al padre, en el novio de
su hija; al que había querido curarse, confesarse o defenderse, en el médico,
en el sacerdote o en el abogado a quien había recurrido a sus servicios. [SG
18-19]
Ciertamente forman en todos los países
una colonia oriental, cultivada, musical, difamadora, con seductoras
cualidades e insoportables defectos. Los veremos con más detalle en las páginas
siguientes; pero hemos querido prevenir de pasada del funesto error que supondría,
al igual que se ha promovido un movimiento sionista, crear un movimiento
sodomita y reconstruir Sodoma. Pues, una vez allí, los sodomitas abandonarían
la ciudad para no parecerlo, se casarían, tendrían algunas queridas en otras
ciudades donde hallarían además todas las distracciones convenientes. Sólo
irían a Sodoma los días de extrema necesidad, cuando su ciudad estuviera
vacía por esos movimientos en que el hambre hace salir al lobo del bosque, es
decir que, en definitiva, todo sucedería como en Londres, Berlín, Roma, Petrogrado
o París. [SG
33]
2.
MUNDANIDAD: MEDIO DE APRENDIZAJE Velocidad
en los cambios
Como esos caleidoscopios que giran de
vez en cuando, la sociedad sitúa sucesivamente de otro modo elementos que
creíamos inmutables y compone una nueva figura. No había hecho aún mi primera
comunión, cuando algunas damas bienpensantes se quedaban estupefactas al
encontrarse en una reunión a una judía elegante. Esas nuevas disposiciones del
caleidoscopio se producen debido a lo que un filósofo llamaría un cambio de
criterio. El caso Dreyfus trajo consigo uno nuevo, poco después de que yo
comenzara a ir a casa de madame Swann, y el
caleidoscopio alteró una vez más sus pequeños rombos coloreados. Todo lo judío
fue a la baja, incluso la elegante dama, y nacionalistas desconocidos
ascendieron a ocupar su lugar. El salón más brillante de París pasó a ser el de
un príncipe austríaco y ultracatólico. Si en lugar del caso Dreyfus se hubiera
declarado una guerra con Alemania, el caleidoscopio habría girado en otra dirección.
Los judíos demostrarían, ante el asombro general, su patriotismo, habrían
conservado su buena posición y nadie habría querido ir, ni reconocer que había
ido, a casa del príncipe austríaco. Eso no quita para que, cuando la sociedad
se mantiene momentáneamente inmóvil, quienes viven en ella crean que no
sucederá cambio alguno, lo mismo que tras asistir al invento del teléfono se
resisten a creer en el aeroplano.
[JF 87-88]
Movilidad en los
signos
Hasta ahora, me he limitado a imaginar
los diferentes aspectos que adquiere el mundo para una misma persona
suponiendo que el mundo no cambia; si la misma dama que antes no conocía a
nadie va ahora donde todo el mundo, y a otra que ocupaba una posición privilegiada
la dejan de lado, tendemos a ver en ello únicamente esos altibajos puramente
personales que de vez en cuando suceden en una misma sociedad, a consecuencia
de especulaciones bursátiles, una ruina escandalosa o un enriquecimiento
insospechado. Pero no se trata sólo de eso. En cierto modo, las manifestaciones
mundanas (muy inferiores a los movimientos artísticos, a las crisis políticas
y a la evolución que orienta el gusto público hacia el teatro de ideas, la
pintura impresionista, la música alemana y compleja, o hacia la música rusa y
simple, las ideas sociales, las ideas de justicia, las reacciones religiosas o
el entusiasmo patriótico) son no obstante su pálido reflejo, incoherente, impreciso,
confuso y cambiante. De suerte que tampoco los salones pueden pintarse en una
inmovilidad estática que hasta ahora ha podido convenir al estudio de caracteres,
y que a su vez habrán de verse incorporados en un movimiento cuasi histórico. [SG 140]
Sucede con el gran mundo lo que con el
gusto sexual, que no sabe uno a qué perversiones puede llegar una vez permite a
las razones estéticas dictar sus preferencias. La razón de que fueran
nacionalistas acostumbró al faubourg Saint-Germain a
recibir a algunas damas de una sociedad distinta, pero cuando esa razón
desapareció con el nacionalismo, el hábito subsistió. Madame Verdurin,
favorable al dreyfusismo, había atraído hacia su residencia a escritores de
valía que momentáneamente no le fueron de ninguna utilidad mundana porque
eran dreyfusistas. Pero las pasiones políticas son como las demás, no perduran
[...] Los monárquicos dejaron de preocuparse durante el caso Dreyfus de que alguno
hubiera sido republicano, es decir radical y anticlerical, si era antisemita y
nacionalista. En caso de que alguna vez llegara a sobrevenir una guerra, el
patriotismo adoptaría otra forma, y si un escritor era patriotero ya no se
prepocuparían de si había sido dreyfusista o no. Así era como en cada crisis
política, en cada renovación artística, madame Verdurin había
recogido poco a poco, como el pájaro hace su nido, las briznas sucesivas,
provisionalmente inservibles, de lo que sería un día su salón. El caso Dreyfus
había pasado, pero conservaba a Anatole France. El
poder de madame
Verdurin
residía en el sincero amor que profesaba al arte, en el trabajo que se tomaba
por sus asiduos, en las excepcionales veladas que preparaba sólo para ellos,
sin que hubiera convidados del gran mundo. [LP
224-225]
Todo lo que nos parece imperecedero
tiende a la destrucción; una situación mundana, como cualquier otra cosa, no
se origina de una vez para siempre, sino que, al igual que el poderío de un
imperio, se reconstruye a cada instante por una suerte de creación perpetuamente
continua, lo que explica las anomalías aparentes de la historia mundana o
política en el transcurso de medio siglo. La creación del mundo no ocurrió en
el comienzo; tiene lugar todos los días. [AD
247-248]
Perfección en el
formalismo
Los Guermantes-al menos aquellos que
eran dignos de tal nombre-no sólo poseían una calidad exquisita en la
carnación, en el cabello, en la mirada traslúcida, sino que por su apostura, su
modo de caminar, de saludar, de observar antes de dar la mano, de estrechar la
mano, eran tan diferentes en todo a un hombre de mundo cualquiera como lo era
éste de un granjero en camisa. Y a pesar de su amabilidad, se decía uno: Al vernos
andar, saludar, salir, hacer todo aquello que, realizado por ellos, resultaba
tan airoso como el vuelo de una golondrina o la inclinación de una rosa, ¿no
tienen realmente derecho a pensar, aunque lo disimulen: «Son de una raza
distinta de la nuestra, nosotros somos los príncipes de la tierra»? [CG 425]
Empezaba a conocer el valor exacto del
lenguaje hablado o callado de la amabilidad aristocrática, amabilidad que
tiene la fortuna de verter un bálsamo en el sentimiento de inferioridad de
aquéllos sobre quienes se ejerce, pero no hasta el punto de disiparla, pues en
ese caso perdería su razón de ser. «Pero si es usted como nosotros, si no
mejor», parecían decir los Guermantes a través de sus gestos; y lo decían del
modo más gentil que pueda imaginarse, con la intención de ganarse la estima y
la admiración, pero no de ser creídos; desbrozar del carácter ficticio esa
amabilidad era signo de buena educación; creer la amabilidad real, de mala
educación. [SG 62]
Bloch nos comunicó la muerte del Kaiser
con
un aire misterioso e interesante, pero también irritado. Le irritaba
particularmente oír decir a Roberto: «el emperador Guillermo». Creo que ni
siquiera bajo la hoja de la guillotina
Saint-Loup y monsieur
de
Guermantes habrían podido decirlo de otro modo. Si dos hombres del gran mundo
fueran los únicos supervivientes en una isla desierta, donde no tendrían que
dar prueba a nadie de sus buenas maneras, se reconocerían por estos detalles
corteses, como dos latinistas citarían correctamente algo de Virgilio.
Saint-Loup
no habría podido decir, ni aun torturado por los alemanes, otra cosa que «el
emperador Guillermo». Esta cortesía es, a pesar de todo, indicio de grandes
trabas para el espíritu. El que no sabe desprenderse de ellas sigue siendo un
hombre de mundo, si bien esa elegante mediocridad es deliciosa-sobre todo por
la generosidad oculta y el heroísmo inexpresado que van unidos a ella-, al lado
de la vulgaridad de Bloch, a la vez cobarde y fanfarrón, que reprochaba
a Saint-Loup: «¿No
podrías
decir Guillermo a secas?». [TR 47]
[...] Parece que en una sociedad
igualitaria la cortesía desaparecería; no como suele pensarse por falta de
educación, sino porque en unos desaparecería la diferencia fruto del
prestigio, que debe ser imaginario para ser eficaz, y sobre todo en los otros
la amabilidad que se prodiga y refina cuando siente que tiene, para quien la
recibe, un valor infinito y que en un mundo fundado sobre la igualdad se
reduciría súbitamente a nada, como todo aquello cuyo valor es sólo fiduciario.
Pero esta desaparición de la cortesía en una sociedad nueva es incierta, y
estamos a veces demasiado predispuestos a creer que las condiciones actuales de
un estado de cosas son las únicas posibles. Espíritus muy honestos creyeron
que una república no podría contar con diplomacia ni alianzas, y que el
campesinado no toleraría la separación de la Iglesia y el Estado. Después de
todo, la cortesía en una sociedad igualitaria no sería un milagro mayor que el
triunfo de los ferrocarriles o el uso militar del aeroplano. Además, aun cuando
desapareciera la cortesía, nada prueba que eso fuera una desgracia. En
definitiva, ¿acaso no se irá jerarquizando secretamente la sociedad a medida
que sea de hecho más democrática? Es muy posible. El poder político de los
Papas ha aumentado considerablemente desde que ya no tienen ni Estados ni
ejército; las catedrales ejercían un influjo mucho menor en un devoto del siglo
XVII que en un ateo del siglo XX; y de haber sido la princesa de Parma
soberana
de un Estado, sin duda la idea de hablar sobre ella se me habría ocurrido tanto
como la de hablar de un presidente de la República, es decir, nada. [CG 441]
Generalidad en el
sentido
Yo había considerado siempre al
individuo, en un momento dado del tiempo, como un polípero donde el ojo,
organismo independiente aunque asociado, se entorna ante una mota de polvo sin
que la inteligencia lo ordene, donde en el intestino, parásito soterrado, se infecta
sin saberlo la inteligencia; y que en el alma, pero también en la duración de
la vida, una serie de yoes yuxtapuestos pero diferentes morían uno tras otro o
incluso se alternaban entre sí, como en Combray venía uno de mis yoes a ocupar
el lugar del otro cuando anochecía. Pero había visto asimismo que las células
morales que componen un ser son más duraderas que él. Vi cómo los vicios y el
valor de los Guermantes retornaban en Saint-Loup, y en él mismo los defectos
extraños y momentáneos del carácter, o el antisemitismo de Swann. Aún podía
verlo en Bloch.
[...] Lo
mismo que, cuando oía hablar a Cottard, a Brichot y a tantos otros, sentía que
por la cultura y la moda una única ondulación propaga a todo lo ancho del
espacio las mismas maneras de decir y de pensar, así también a lo largo del
tiempo grandes maremotos levantan, desde las profundidades de los años, las
mismas cóleras, las mismas tristezas, las mismas bravuras, las mismas manías a
través de las generaciones superpuestas, y, apoyándose cada sección en varias
de la misma serie, ofrecen, como sombras sobre pantallas sucesivas, la
repetición de una composición idéntica, aunque a veces menos insignificante, a
la que confrontaba de ese modo a Bloch y a su abuelo, a monsieur
Bloch
padre
y a Nissim Bernard...
[TR
244-5]
El literato envidia al pintor; le
gustaría hacerse croquis, tomar notas, y si lo hace está perdido. Pero cuando
escribe, no hay un solo gesto de sus personajes, un tic, un acento que no
aporte la memoria a su inspiración [...]. Pues, movido por su instinto, mucho
antes de creer que llegaría a ser algún día escritor, [...] ordenaba a sus ojos
y a sus oídos que retuvieran para siempre lo que a los demás parecían naderías
pueriles, el acento con que se dijo años atrás una frase, la expresión del
semblante y el gesto de hombros que hizo en un determinado momento una persona
de la que seguramente no sabe nada más; y eso porque aquel acento lo había oído
antes, o sentía que podría volver a oírlo, que era algo repetible, duradero;
es el propio sentimiento de lo general lo que en el futuro escritor elige lo
que es general y podrá incluirse en la obra de arte. Pues sólo escucha a los
demás cuando, por tontos o insensatos que sean, a base de repetir como loros lo
que dicen personas de características similares, se constituyen en pájaros profetas,
en portavoces de una ley psicológica. [TR 207]
Extraterritorialidad
Algunos lugares que vemos siempre
aislados nos parecen sin medida común con el resto, casi fuera del mundo, como
aquellas personas que conocimos en momentos aparte de nuestra vida, en el
regimiento o en nuestra infancia, y que no relacionamos con nada. El primer
año de mi estancia en Balbec, había una colina adonde madame de
Villeparisis gustaba de llevarnos, porque desde allí sólo se veía el agua y los
bosques, que se llamaba Beaumont. Como el camino que tomaba para ir allí y que
consideraba el más bonito por sus añosos árboles ascendía todo el tiempo, su
coche se veía obligado a ir despacio y empleaba mucho tiempo en llegar. Una vez
arriba, nos apeábamos, paseábamos un poco, montábamos de nuevo en el coche y
regresábamos por el mismo camino, sin habernos topado con pueblo o casa
alguna. Yo sabía que Beaumont era algo muy peculiar, muy alejado, muy elevado,
sin tener ni idea de la dirección donde se hallaba, porque nunca habíamos
tomado el camino de Beaumont para ir a otro lugar; además, en coche se tardaba
mucho tiempo hasta llegar allí. Pertenecía evidentemente al mismo departamento
(o a la misma provincia) que Balbec, pero estaba situado para mí en otro plano,
gozaba de un privilegio especial de extraterritorialidad. [SG -393]
Territorialidad
Y ahora, en las brumas del atardecer,
tras aquel acantilado de Incarville que tanto me hiciera soñar antaño, lo que
veía, como si su arenisca se hubiera tornado transparente, era la hermosa casa
de un tío de monsieur
de
Cambremer, donde sabía que sería siempre bien recibido si no quería cenar en
La Raspalière o volver a Balbec. De modo que no sólo los nombres de los
lugares de esa región habían perdido el misterio del principio, sino también
los lugares mismos. Los nombres ya medio vacíos de un misterio que la
etimología supliera por el razonamiento se habían degradado un poco más [...]
Así, Hermonville, Arembouville, Incarville, no contentos con haberse despojado
enteramente de la tristeza inexplicable donde los había visto bañarse antaño en
la humedad de la noche, ni siquiera me evocaban ya las indómitas grandezas de
la conquista normanda. ¡Doncières! Para mí, aun después de haberlo conocido y
despertar de mi sueño, conservó por mucho tiempo en ese nombre unas calles
agradablemente glaciales, unos luminosos escaparates y unos suculentos pollos.
Ahora, Doncières no era más que la estación donde subía Morel; Égleville
(Aquilaevilla), donde nos esperaba
normalmente la princesa Sherbatoff; Maineville, la estación donde bajaba Albertina
[...]. No
solamente no sentía ya la angustiadel aislamiento que me había oprimido la
primera noche, sino que no temía ya despertarme ni sentirme desenraizado o
encontrarme solo en esta tierra que no sólo producía castaños y tamarindos,
sino amistades que a lo largo del trayecto formaban una larga cadena [...]
Aparte de que el hábito llena hasta tal punto nuestro tiempo que al cabo de
unos meses no nos queda ya un momento libre [...], aquel lugar de Balbec se
convirtió para mí en un auténtico enclave de amistades; si su distribución
territorial y su extenso semillero en diversos cultivos a todo lo largo de la
costa daban forzosamente a mis visitas a esos diferentes amigos la forma del
viaje, lo reducían también a no tener más que el atractivo social de una serie
de visitas [...] En aquel valle demasiado social, en cuyas laderas sentía
arraigado, visible o no, a un grupo de amigos, el poético grito de la noche no
era ya el de la lechuza o la rana, sino el «¿qué tal?» de monsieur de
Criquetot o el « ¡Khairé! » de Brichot. La atmósfera ya no suscitaba angustias
y, cargada de efluvios puramente humanos, se hacía fácilmente respirable, hasta
demasiado calmante. Yo obtenía el beneficio, por lo menos, de no ver ya las
cosas sino desde el punto de vista práctico. El matrimonio con Albertina
me
parecía entonces una locura. [SG 497]
VII. UNA IMAGEN DEL PENSAMIENTO
1.
LA VERDAD: AVENTURA DE LO INVOLUNTARIO
La verdad no se da,
se traiciona
A menudo esas cosas que [Swann] no
sabía y que ahora temía saber, la misma Odette se las revelaba
espontáneamente y sin darse cuenta; en efecto, la distancia que el vicio
interponía entre la vida real de Odette y la vida
relativamente inocente que él había atribuido, y atribuía aún muchas veces, a
su querida, la extensión de esa distancia, Odette la
ignoraba: un ser vicioso, al aparentar siempre idéntica virtud ante los seres
que no quiere que sospechen de sus vicios, carece de control para darse cuenta de
hasta qué punto éstos, cuyo crecimiento continuado le es insensible, lo
arrastran poco a poco lejos del modo habitual de vivir. Porque cohabitan en el
seno del espíritu de Odette con el recuerdo de las acciones
ocultas a Swann, los otros reciben poco a poco el reflejo y se contagian, sin
que ella pueda verles nada extraño. [...]
Por lo demás, las confesiones que ella
le hacía de algunas faltas que suponía ya descubiertas, en lugar de acabar con
las viejas sospechas servían a Swann más bien de punto de partida a otras
nuevas. Pues nunca guardaban proporción con ellas. Odette intentaba
eliminar de su confesión todo lo esencial, pero quedaba en lo accesorio algo
que Swann jamás habría imaginado, cuya novedad lo abrumaba y le permitía
alterar los términos del problema de sus celos. [CS
363-364].
No se comunica, se
interpreta
En mi existencia, había seguido una
dirección inversa a la de los pueblos que sólo utilizan la escritura fonética
después de haber considerado los caracteres como una serie de símbolos; yo, que
durante tantos años sólo había buscado la vida y el pensamiento de las
personas en el enunciado directo que me ofrecían voluntariamente, por culpa
suya había llegado, en cambio, a no atribuir importancia sino a testimonios que
no son una expresión racional y analítica de la verdad; las propias palabras
sólo me informaban a condición de interpretarlas del mismo modo que un aflujo
de sangre, en el rostro de una persona estremecida, o incluso como un silencio
repentino. [...] Por lo demás, una de las peores cosas para el enamorado es
que, si bien los hechos particulares-que únicamente la experiencia o el
espionaje, entre otras posibles realizaciones, darían a conocerson muy
difíciles de descubrir, la verdad es en cambio muy fácil de intuir o de
presentir.[LP
80]
Francisca fue la primera en mostrarme
[...] que la
verdad
no necesita decirse para que se manifieste, y que acaso pueda recogerse más
certeramente, sin esperar a las palabras y aun sin hacer el menor caso de
ellas, en mil signos exteriores, incluso en ciertos fenómenos invisibles,
análogos en el mundo de los caracteres a lo que son, en la naturaleza física,
los cambios atmosféricos. [CG 59]
No es querida, sino
involuntaria
[...] No hay palabras, como tampoco
relaciones, de las que no pueda uno asegurar que no extraerá un día alguna
cosa. Lo que me había dicho la señora de Guermantes sobre los cuadros que
valdría la pena ver aunque fuera desde un tranvía era falso, pero contenía una
parte de verdad que me fue valiosa más tarde.
Asimismo, los versos de Victor
Hugo
que me había recitado, debo reconocer que eran de una época anterior a aquella
en que pasó a ser más que un hombre nuevo, en que hizo aparecer en la evolución
una especie literaria todavía desconocida y dotada de mecanismos más
complejos. En los primeros poemas Victor Hugo aún piensa, en
lugar de contentarse, como hace la naturaleza, con dar a pensar. [CG 531]
2.
EL BUSCADOR DE VERDAD
El celoso (ante la
mentira)
La memoria, en lugar de un duplicado
constantemente presente a nuestros ojos de los diversos hechos de nuestra
vida, es más bien un vacío de donde a veces una similitud actual nos permite
extraer, resucitados, algunos recuerdos muertos; pero quedan aún mil hechos
diminutos que no han caído en esa virtualidad de la memoria y que nos
resultarán para siempre incontrolables. No prestamos atención alguna a cuanto
ignoramos relacionarse con la vida real de la persona amada, olvidamos en
seguida lo que nos dijo a propósito de un hecho o de unas personas
desconocidos, así como su expresión al decírnoslo. Por eso, cuando esas mismas
personas suscitan nuestros celos y éstos quieren saber si no se engañan, si a
ellas deben achacar la impaciencia de nuestra amada por salir, o su disgusto de
que lo hayamos impedido al volver demasiado pronto, hurgan en el pasado para
deducir algo pero no encuentran nada; siempre retrospectivos, son como un
historiador que se propone escribir una historia sin documentación; siempre retardados,
se precipitan como un toro furioso allí donde no está ese bravo y reluciente
individuo que lo irrita con sus banderillazos, cuya grandeza y astucia admira
la cruel multitud. [LP 137]
Tiempo atrás, mientras sufría, [Swarm]
se
juró a sí mismo que cuando dejara de amar a Odette y
no temiera ya enojarla o hacerle creer que la amaba demasiado, le daría la
satisfacción de aclarar con ella, por simple amor a la verdad y como un asunto
histórico, si Forcheville estaba durmiendo con ella el día aquel en que él
llamó a su puerta y golpeó contra los cristales sin que le abrieran, y que
después ella escribió a Forcheville que fue un tío suyo quien había llamado.
Pero ese problema tan interesante que trataría de dilucidar en cuanto no
sintiera celos, perdió precisamente todo interés para Swann cuando dejó de
estar celoso. Aunque no de forma inmediata. Sólo sentía celos de Odette
cuando
volvía a excitárselos ese día en que golpeó en balde contra la puerta de la
pequeña residencia de la calle La Pérousse. Era como si los celos, al igual
que esas enfermedades cuya localización y fuente de contagio no reside tanto
en algunas personas como en determinados lugares y casas, tuvieran por objeto,
más que a la propia - Odette, a ese día del pasado perdido en que
estuvo llamando a todas las puertas de la casa de Odette. Como
si ese día y esa hora hubieran fijado por sí mismos algunas parcelas
recónditas de la antigua personalidad amorosa de Swann que sólo allí
recuperaba. [JF 94]
El hombre sensible
(ante la impresión)
Dado que sólo tenía una impresión de
belleza cuando, ante una sensación actual, por insignificante que fuera, una
sensación semejante, que renacía espontáneamente en mí, venía a extender la
primera sobre varias épocas a la vez, y henchía
mi alma, donde las sensaciones particulares dejaban habitualmente tanto vacío,
de una esencia general, no había razón para que no recibiera sensaciones de esa
clase en el gran mundo tanto como en la naturaleza, puesto que se dan al azar
[...]. Y trataría de encontrar la razón objetiva de que fuera precisa y
únicamente esa clase de sensaciones la que debía conducir a la obra de arte
[...] Es cierto que fueron bastante raras en mi vida, pero la dominaban, y
podía recuperar algunas de aquellas cumbres que cometí el error de perder de
vista. Ahora podía afirmar que si en mí esto era un rasgo personal, por la
importancia que adquiría, sin embargo me tranquilizaba descubrir que tenía relación
con otros rasgos menos marcados, pero discernibles y en el fondo bastante
análogos, de ciertos escritores. ¿No depende acaso de una sensación del género
de aquella de la magdalena la parte más hermosa de las Memorias de Ultratumba [...] :
«Un fino y suave olor de heliotropo
emanaba de un pequeño conjunto de habas en flor; no nos lo traía una brisa de
la patria, sino un viento salvaje de Terranova, sin relación con la planta
exiliada, sin afinidad de reminiscencia y de voluptuosidad»? [TR 225-226]
El lector o el
auditor (ante la obra de arte)
Mi frivolidad cuando dejaba de estar
solo me hacía deseoso de agradar, más deseoso de divertir charlando que de
instruirme escuchando, salvo que me dirigiera al mundo para preguntar por un
asunto de arte o alguna sospecha celosa que antes me había preocupado. Pero
era incapaz de ver nada que el deseo no hubiera despertado en mí por una
lectura, nada cuyo croquis no hubiera esbozado yo mismo para confrontarlo luego
con la realidad. ¡Cuántas veces, de sobra lo sabía sin que aquella página del Goncourt
me
lo mostrara, fui incapaz de prestar atención a cosas o a personas que, más
tarde, después de que algún artista me presentara su imagen en la soledad,
habría recorrido leguas y arriesgado la vida para encontrarlas! [TR 25]
Para cambiar el curso de mis
pensamientos, en lugar de comenzar con Albertina una partida de
cartas o de damas, le pedía mejor que interpretara algo de música. [...] Ella
sabía que sólo prestaba con gusto atención a aquello que me resultaba todavía
oscuro y que, a lo largo de sus sucesivas interpretaciones, podía unir entre
sí, gracias a la luz creciente aunque lamentablemente desvirtualizadora y ajena
de mi inteligencia, las líneas fragmentarias e interrumpidas de la
construcción, al principio casi disipada en la bruma. Ella sabía, y creo que
comprendía, el gozo que daba a mi espíritu las primeras veces ese trabajo de
modelaje de una nebulosa aún informe. [...] Así, como el volumen de este ángel
musical estaba constituido por los múltiples trayectos entre los diferentes
puntos del pasado que su recuerdo ocupaba en mí y sus diversos asentamientos,
de la vista a las sensaciones más internas de mi ser, que me ayudaban
a
descender hasta la intimidad del suyo, la música que ella interpretaba tenía
también un volumen, formado por la desigual visibilidad de las diferentes
frases, según que yo lograra aclarar y reunir entre sí las líneas de una
construcción que me había parecido al principio casi completamente sumida en
la neblina. [LP
357-358]
3.
LA OBJETIVIDAD MODERNA (CONTRA EL «LOGOS»): OPOSICIÓN ATENAS/JERUSALÉN
Observación/Sensibilidad
Siempre que deseamos imitar alguna
cosa que fue verdaderamente real, olvidamos que esa cosa no fue producto de
la voluntad de imitar, sino de una fuerza inconsciente e igualmente real. Pero
esta impresión particular que no pudo darme todo mi deseo de sentir un delicado
placer por pasearme con Rachel, lo experimentaba
ahora sin haberlo buscado en absoluto, pero por razones muy distintas, sinceras
y profundas, debido a que-por citar un ejemplo-mis celos me impedían estar
alejado de Albertina
y,
cuando yo podía salir, dejarla ir a pasear sin mí. Sólo ahora lo sentía,
porque el conocimiento no procede de las cosas exteriores que pueden
observarse, sino de las sensaciones involuntarias; pues aunque en otro tiempo
una mujer estuviera conmigo en el mismo coche, no estaba realmente a mi lado, en la medida en que no la recreaba permanentemente
una necesidad de ella como aquella que yo tenía de Albertina... [LP 156]
Racionalidad/Pensamiento
Una idea fuerte comunica algo de su
fuerza a su contradictor. Porque participa del valor universal de los
espíritus, se inserta y se introduce entre otras ideas adyacentes en el
espíritu de aquella que refuta, con cuya ayuda saca una cierta ventaja, la
completa y la rectifica; de tal modo que la sentencia final viene a ser obra de
los dos interlocutores. Sólo a esas ideas que hablando con propiedad no son
ideas, ideas que, al no basarse en nada, no encuentran punto de apoyo ni
ramificación fraternal en el espíritu adversario, éste, al vérselas con el puro
vacío, no sabe qué responder. Los argumentos de monsieur de
Norpois (sobre arte) no tenían réplica porque carecían de realidad. [JF 132]
El genio, incluso el gran talento, no
proviene tanto de elementos intelectuales y de refinamientos superiores a los
de otras personas, como de la facultad de transformarlos y trasponerlos. [...]
De igual modo, aquellos que producen obras geniales no son los que viven en el
ambiente más delicado, o tienen la conversación más brillante y la cultura
más amplia, sino quienes pueden dejar bruscamente de vivir
para sí mismos y volver su personalidad semejante a un espejo donde su vida,
aunque sea mundanamente mediocre y, en cierto sentido, intelectualmente
también, se refleja; porque el genio consiste en el poder de reflexión y no en
la calidad intrínseca del espectáculo reflejado. [JF 125]
Inteligencia
lógica/Inteligencia involuntaria
Hay un aspecto de la guerra que, a mi
parecer, [SaintLoup] empezaba a ver-le dije [a Gilberta]-, y es que la guerra
es humana, se vive como un amor o como un odio, podría narrarse como una
novela, y por consiguiente, si tal o cual insisten en que la estrategia es una
ciencia, eso no les ayuda en nada a comprender la guerra, porque la guerra no
es estratégica. El enemigo no conoce más nuestros planes de lo que conocemos
nosotros el fin que persigue la mujer amada, planes que acaso tampoco sepamos
nosotros. ¿Era objetivo de los alemanes tomar Amiens en
la ofensiva de marzo de 1 g 18? No lo sabemos. Quizá no lo sabían ni ellos
mismos, y fue tal vez el hecho, su avance por el oeste hacia Amiens,
lo
que determinó su proyecto. Aun suponiendo que la guerra sea científica, habría
que describirla como Elstir pintaba el mar, por el otro sentido, y partir de
las ilusiones, de las creencias que se rectifican poco a poco, como contaría
una vida Dostoievski. Por otra parte, es muy cierto que la guerra no es
estratégica, sino más bien médica, con accidentes imprevistos que el clínico
confiaba evitar, como la revolución rusa. [TR
288]
Reflexión/Traducción
Una obra donde hay teorías es como un
objeto en el que se deja la etiqueta del precio. Aún ésta indica un valor que
en literatura, por el contrario, el razonamiento lógico disminuye. Uno razona,
es decir divaga, cuando no tiene la capacidad de limitarse a hacer pasar una impresión
por todos los estados sucesivos que conducirán a su fijación, a la expresión. [TR 189]
Quienes carecen del sentido artístico,
es decir de la sumisión a la realidad interior, pueden estar provistos de la
capacidad de razonar indefinidamente sobre el arte. A poco que sean además
diplomáticos o financieros, involucrados en las «realidades» del presente,
creen fácilmente que la literatura es un juego del espíritu destinado a
desaparecer paulatinamente en el futuro. Algunos pretendían que la novela fuera
una especie de desfile cinematográfico de las cosas. Esta concepción era absurda.
Nada está más lejos de lo que percibimos en realidad que una visión
cinematográfica. [TR
189]
Me daba cuenta de que el libro
esencial, el único libro verdadero no ha de inventarlo el gran escritor, en el
sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, sino traducirlo.
El deber y la labor de un escritor son los de un traductor. [TR 197]
Cuando la inteligencia razonadora
pretende juzgar obras de arte, no hay ya nada seguro, nada cierto, puede
demostrarse todo lo que se quiera. Mientras que la realidad del talento es un
bien y una adquisición universales, cuya presencia debe constatarse ante todo
bajo las modas aparentes del pensamiento y del estilo, la crítica se fija en
éstas para clasificar a los autores. [TR 200]
Amistad/Amor
La amistad no sólo carece de virtud,
como la conversación, sino que es además funesta. Pues la impresión de tedio,
es decir de mantenerse en la superficie de uno mismo en lugar de proseguir sus
exploraciones hacia las profundidades, que sienten junto a un amigo aquellos
de nosotros cuya ley de desarrollo es puramente interna, esta impresión de
tedio la amistad nos persuade para que la rectifiquemos [...], cuando en
realidad no somos como construcciones a las que pueden añadirse piedras desde
fuera, sino como árboles que extraen de su propia savia cada uno de los nudos
del tallo, o cada nueva capa de su follaje. [...] Junto a las muchachas, en
cambio, si bien el placer de que disfrutaba era egoísta, no se basaba al menos
en la mentira [...] que nos impide confesarnos que ya no hablamos nosotros,
sino que nos adaptamos a la semejanza de los extraños y no de un yo que difiere
de ellos. [...] Amar ayuda a discernir, a diferenciar. En un bosque, el
aficionado a los pájaros distingue en seguida los gorjeos particulares de cada
ave, que sin embargo el común de la gente confunde. El aficionado a las
muchachas sabe que las voces humanas son aún mucho más variadas. Cada una de
ellas posee más notas que el más rico de los instrumentos. Y las combinaciones
según las que se agrupan son tan inagotables como la infinita variedad de
personalidades. Cuando hablaba con una de mis amigas, veía que la composición
original y única de su individualidad se dibujaba ingeniosamente y me era
tiránicamente impuesta tanto por las inflexiones de su voz como por las de su
rostro, dos espectáculos que traducían, cada uno en su plano, la misma realidad
singular. [JF 468-471]
No podemos juzgar del mismo modo el
encanto espiritual de una persona que, como todas las demás, nos es ajena,
perfilada en el horizonte de nuestro pensamiento, que el de una persona que,
por efecto de un error de localización consecutivo a determinados accidentes
pero tenaz, se ha alojado en nuestro propio cuerpo. [...] El deseo físico tiene
el maravilloso poder de restituir su valor a la
inteligencia y unas bases sólidas a la vida moral. No importa que la confianza
y la conversación, cosas mediocres, sean más o menos imperfectas si interviene
el amor, lo único divino. Veía de nuevo a Albertina sentada ante su pianola,
rosada bajo sus negros cabellos; sobre mis labios, que ella trataba de separar,
sentía su lengua, una lengua maternal, incomestible, alimenticia y santa, cuya
llama y cuyo rocío secretos hacían que, incluso cuando Albertina la
deslizaba por la superficie de mi cuello, de mi vientre, esas caricias superficiales
pero de algún modo hechas desde el interior de su carne-exteriorizado éste como
una estofa que muestra su doblez-adquirieran, aun en las caricias más
externas, la misteriosa dulzura de una penetración. [AD 79]
Conversación/Interpretación
silenciosa
Si en Albertina existía
la intención de dejarme, sólo se manifestaba de modo oscuro, por algunas
miradas tristes, ciertas impaciencias, frases que no pretendían en modo alguno
expresarlo, pero que si uno las pensaba (y ni siquiera hacía falta pensar, pues
el lenguaje de la pasión se comprende de inmediato; hasta la gente del pueblo
comprende esas frases que no pueden explicarse más que por la vanidad, el
rencor, los celos a veces inexpresados, pero que en seguida descubren en el interlocutor
una facultad intuitiva que, como ese «sentido común» de Descartes, es «la cosa
más extendida del mundo») no podían explicarse sino por la presencia en ella de
un sentimiento que ocultaba y que podía conducirla a hacer planes para una
vida sin mí. Y así como esta intención no se expresaba en sus palabras de manera
lógica, mi presentimiento de esta intención desde aquella noche permanecía
igual de vago. Seguía viviendo bajo la hipótesis que admitía por cierto cuanto
Albertina me decía. Pero puede que entretanto persistiera en mí una hipótesis
totalmente contraria y en la que no quería pensar [...]. De tal modo que
probablemente vivía en mí la idea de una Albertina por completo opuesta
a la que forjaba mi razón, así como a aquella que sus propias palabras
esbozaban, una Albertina
sin
embargo no absolutamente inventada, dado que era como un reflejo interior de
algunos movimientos que se producían en ella-como su mal humor cuando fui a
casa de los Verdurin. [...] Si, por su parte, Albertina hubiera
querido juzgar acerca de lo que yo pensaba a partir de lo que le decía, habría
sabido exactamente lo contrario de la verdad, poque yq
sólo manifestaba deseos de abandonarla cuando no podía estar sin ella, y
aquella ocasión que en Balbec le confesé dos veces que amaba a otra mujer, una
vez a Andrea, otra a una persona misteriosa, esas dos veces los celos me
devolvieron el amor por Albertina. Mis palabras no
reflejaban en absoluto mis sentimientos. Si el lector sólo tiene de esto una
débil impresión es porque, como narrador, le expongo mis sentimientos al mismo
tiempo que le repito mis palabras. Pero si le ocultara los primeros y conociera
solamente las segundas, mis actos, tan poco relacionados con ellas, le darían
tantas veces la impresión de cambios extraños que me creería casi loco.
Proceder que, por lo demás, no falsificaría mucho el adoptado por mí, pues las
imágenes que me movían a obrar, tan opuestas a las que mis palabras reproducían,
eran en ese momento muy oscuras, ya que sólo de modo imperfecto conocía la
naturaleza según la que yo obraba; hoy conozco claramente su verdad subjetiva.
En cuanto a la verdad objetiva, es decir a si las intuiciones de aquella
naturaleza captaban con más exactitud que mi razonamiento las auténticas
intenciones de Albertina,
a
si hice bien al fiarme de esta naturaleza o si, por el contrario, no enturbió
las intenciones de Albertina en lugar de aclararlas, me resulta
difícil decirlo.
El vago temor que sentí en casa de los
Verdurin de que Albertina
me
dejara se disipó, en un principio, al volver a casa con el sentimiento de ser
un prisionero y en ningún caso de encontrarme a una prisionera. Mas disipado el
temor, me dominó con mayor fuerza cuando, en el momento en que anuncié a Albertina
que
había ido a casa de los Verdurin, vi superponerse en su semblante una
expresión de enigmática irritación, que además no afloraba por primera vez.
Sabía bien que no era sino la cristalización en la carne de agravios razonados,
de ideas claras para quien las concibe y las silencia, síntesis que resulta
visible pero no racional, y que quien recoge sobre el rostro del ser amado
trata por su parte de reducirlo mediante el análisis a sus elementos intelectuales
para comprender lo que le sucede. [LP 332-334]
Homosexualidad
griega/Homosexualidad judía
Las pesadas bromas de Brichot, al
comienzo de su amistad con el barón, habían dado paso en él, una vez no era ya
cuestión de recitar lugares comunes sino de comprender, a un sentimiento
penoso disfrazado de jovialidad. Disfrutaba recitando páginas de Platón o
versos de Virgilio,
porque
ciego también de espíritu no comprendía que en aquella época amar a un efebo
era como hoy en día (las bromas de Sócrates lo revelan mejor que las teorías
de Platón) mantener a una bailarina y contraer matrimonio después. Ni el mismo monsieur
de
Charlus lo habría comprendido, él, que confundía su manía con la amistad-que en
nada se semeja-y a los atletas de Praxíteles con dóciles boxeadores. No quería
ver que desde hacía i.goo años («Un cortesano devoto bajo un príncipe devoto
habría sido ateo bajo un príncipe ateo», dijo La Bruyère) la
homosexualidad fruto de la costumbre-tanto la de los jóvenes de Platón como la
de los pastores de Virgilio-había desaparecido, y que sólo subsiste y
prolifera la involuntaria, la nerviosa, aquella que se oculta a los demás y se
disfraza a sí misma. Monsieur de Charlus habría lamentado el hecho
de no renegar con franqueza de la genealogía pagana. ¡Cuánta superioridad
moral, a cambio de un poco de belleza plástica! El pastor de Teócrito que suspira
por un zagal más tarde no tendrá razón alguna para ser menos duro de corazón y
más fino de espíritu que aquel otro pastor cuya flauta suena por Amaryllis.
Pues
el primero no está afectado de un mal, obedece a las modas de la época. La
única homosexualidad verdadera es la que sobrevive a pesar de los obstáculos,
avergonzada, humillada, la única a la que puede corresponder en el mismo ser
un refinamiento de las cualidades morales. [LP
194]
Nombres/Palabras
Las palabras nos presentan de las
cosas una imagen sucinta, clara y usual como las que se cuelgan en las paredes
de las escuelas para dar a los niños un ejemplo de lo que es un banco, un
pájaro o un hormiguero, cosas que se conciben todas semejantes entre las de su
clase. Pero los nombres presentan de las personas-y de las ciudades, que nos
habitúan a considerar tan individuales y únicas como a personas-una imagen
confusa que extrae de ellos, de su sonoridad resplandeciente o sombría, el
color con que está pintada uniformemente, como uno de esos carteles
completamente azules o completamente rojos en los que, ya sea por limitaciones
del procedimiento o por simple capricho del decorador, son azules o rojos no
solamente el cielo y el mar, sino las barcas, la iglesia y los paseantes. [CS
380-381 ]
Significación
explícita/Signos implícitos
Bloch pensaba que la verdad política puede
ser reconstituida aproximadamente por los cerebros más lúcidos, porque se
figuraba, como la mayor parte del público, que habita siempre, indiscutible y
material, en el archivo secreto del presidente de la República y del presidente
del Consejo, quienes la dan a conocer a los ministros. Pero aun cuando la
verdad política implique algunos documentos, es improbable que éstos tengan más
valor que el de un cliché radioscópico, donde el vulgo cree que la enfermedad del
paciente se inscribe con todas sus letras, cuando de hecho ese cliché ofrece un
simple elemento de apreciación que habrá de unir se a otros muchos sobre los
que se aplicará el razonamiento del médico para deducir su diagnóstico. Por
eso, la verdad política, en el momento en que se acerca uno a hombres
informados y cree alcanzarla, se evade. [CG 232]
[...] A fuerza de vivir conmigo y con
mis padres, el temor, la prudencia, la atención y la astucia habían acabado
por dar [a Francisca] de nosotros esa suerte de conocimiento instintivo y casi
adivinatorio que tiene del mar el marinero, del cazador el venado y de la enfermedad,
si no el médico, al menos con frecuencia el enfermo. [...] Pero, sobre todo,
al igual que los escritores alcanzan a menudo un poder de
concentración del que les habría dispensado el régimen de libertad política o
de anarquía literaria, cuando están atados de pies y manos por la tiranía de
un monarca o de una poética, por las severidades de las reglas prosódicas o de
una religión de Estado, así Francisca, al no poder respondernos
de manera explícita, hablaba como Tiresias y habría escrito como Tácito. Sabía
hacer llegar todo lo que no podía expresar directamente en una frase, que no
podríamos incriminar sin descubrirnos, incluso en menos que una frase, en un
silencio, o en el modo de colocar un objeto cualquiera. [CG
347-349]
Posibilidad/Realidad
Afirmamos que la hora de la muerte es
incierta, pero cuando lo decimos nos representamos esa hora como situada en un
espacio vago y lejano, sin imaginar que tenga la menor relación con la nueva
jornada y pueda significar que la muerte-o su primera apropiación parcial de
nosotros, tras de la cual ya no nos abandonará-se produzca esa misma tarde tan
poco incierta, esa tarde donde el empleo de todas las horas está regulado de
antemano. Piensa uno en su paseo imprescindible para recuperar en un mes el
buen aspecto, duda sobre el abrigo que ha de ponerse, o del cochero que va a
llamar, monta en el coche con toda la jornada por delante, corta, porque
desea volver a tiempo para recibir a una amiga; desea que vuelva a hacer buen
tiempo al día siguiente, sin sospechar que la muerte lo ronda en otro plano y
ha elegido precisamente ese día para entrar en escena...
[CG 305]
Formadas aisladamente, las ideas de
unas bombas lanzadas y de una muerte posible no añadían para mí nada trágico a
la imagen que me hacía del paso de las aeronaves alemanas, hasta que, desde
uno de ellos, sacudido, fragmentado a mis ojos por las oleadas de bruma de un
cielo agitado, desde un aeroplano que, aunque supiera mortífero, imaginaba
sólo estelar y celeste vi un atardecer la trayectoria de la bomba lanzada
contra nosotros. Pues la realidad original de un peligro sólo se percibe en
esa cosa nueva, irreductible a lo ya sabido, que se llama impresión, y que a
menudo se resume, como en este caso, en una línea, una línea que describía una
intención, una línea con el poder latente de una realización que la deformaba. [TR 109]
4.
LA SUPERACIÓN DEL INDIVIDUO (PUNTO DE VISTA SUPERIOR DE LA ESENCIA)*
Así como la señora de Villeparisis
necesitó de mucha seriedad para dar en su conversación y en sus Memorias la
sensación de frivolidad, que es a su vez intelectual, igualmente, para que el
cuerpo de Saint-Loup estuviera animado por tanta aristocracia, era preciso que
ésta hubiera abandonado su pensamiento, orientada hacia fines más elevados,
y, reabsorbida en su cuerpo, se hubiera asentado en él con líneas
inconscientes y nobles. No por ello su distinción espiritual estaba ausente de
una distinción física que, de faltar la primera, no habría sido completa. Un
artista no necesita expresar directamente su pensamiento en su obra para que
ésta refleje la calidad; se ha llegado incluso a decir que la mayor alabanza de
Dios reside en la negación del ateo, dado que encuentra la Creación lo bastante
perfecta para pasar sin creador. [CG
402]
VIII.
COMPOSICIÓN DE LA RECHERCHE
1. RELACIÓN
DE IMPLICACIÓN: CONTINENTE/
CONTENIDO.
LOS SIGNOS SE EXPLICAN
En las impresiones,
la sensación y el lugar
La primera noche, como sufría de una
crisis cardíaca, traté de controlar mi dolor agachándome con lentitud y
prudencia para descalzarme. Pero apenas toqué el primer corchete de mi botina,
se llenó mi pecho de una presencia desconocida y divina, me sacudieron unos sollozos
y las lágrimas brotaron de mis ojos. El ser que venía en mi ayuda a salvarme
de la sequedad del alma era el mismo que varios años atrás, en un momento de angustia
y de soledad idénticas, en un momento en que ya no tenía nada de mí, había
entrado y me devolvió a mí mismo, porque ese ser era yo y más que yo (el
continente que es más que el contenido y me lo traía). Acababa de ver en mi
memoria, inclinado sobre mi fatiga, el semblante tierno, preocupado y
decepcionado de mi abuela tal y como era la primera noche de mi llegada; era
el rostro de mi abuela, no de aquella que me sorprendí y reproché echar tan
poco de menos y que de ella tenía sólo el nombre, sino de mi verdadera abuela,
cuya realidad viva recuperaba por primera vez, desde los Champs-Elysées donde
había sufrido su ataque, a través de un recuerdo involuntario
y completo. Esta realidad no existe para nosotros mientras no sea recreada por
nuestro pensamiento (sin esto, los hombres que participaron en un combate
gigantesco serían todos grandes poetas épicos); y así, con un deseo ciego de
precipitarme en sus brazos, sólo en aquel momento-más de un año después de su
entierro, debido a ese anacronismo que impide tan a menudo al calendario de
los hechos que coincida con el de los sentimientos-acababa de enterarme de que
había muerto. Con frecuencia había hablado de ella después de aquel momento y
la había recordado, pero bajo mis palabras y pensamientos de joven ingrato,
egoísta y cruel, nunca hubo nada que se pareciera a mi abuela, porque en mi
ligereza, mi gusto al placer y mi costumbre de verla enferma, el recuerdo de
cuanto ella había sido sólo vivía en mí en estado virtual. En-cualquier
momento que la consideremos, nuestra alma total tiene apenas un valor ficticio
pese al abundante balance de sus riquezas, porque tan pronto unas como otras no
están disponibles, ya sean riquezas efectivas o de la imaginación, y en mi
caso por ejemplo, más que la del antiguo nombre de los Guermantes, aquellas
mucho más serias del recuerdo verdadero de mi abuela. Pues a las
perturbaciones de la memoria están ligadas las intermitencias del corazón. Sin
duda, la existencia de nuestro cuerpo, semejante para nosotros a una vasija que
contiene nuestra espiritualidad, es la que nos induce a suponer que todos
nuestros bienes interiores, nuestras pasadas alegrías, todos nuestros dolores
están perpetuamente en posesión nuestra. Probablemente sea igual de inexacto
creer que se escapan o retornan. En todo caso, si permanecen en nosotros, casi
siempre es en un dominio desconocido donde no nos sirven de nada, yen
el
que hasta las impresiones más usuales son repelidas por recuerdos de un orden
diferente que excluyen toda simultaneidad con ellas en la consciencia. Pero si
recuperamos el marco de sensaciones donde se conservan, éstas tienen a su vez
ese mismo poder de repeler todo cuanto les es incompatible y de instalar en
nosotros el yo que las vivió. Ahora bien, como el yo que acababa súbitamente
de volver a ser no había existido desde aquella noche lejana en que mi abuela
me desvistió al llegar a Balbec, de modo completamente natural, y no tras la
jornada actual que aquel yo ignoraba-como si hubiera en el tiempo series
diferentes y paralelas-, sin solución de continuidad e inmediatamente después
de aquella primera noche, me adherí al momento en que mi abuela se había
inclinado hacia mí. El yo de entonces, que había desaparecido hacía tiempo
estaba de nuevo tan cerca de mí que me parecía aún oír las palabras inmediatamente
anteriores y no obstante eran sólo un sueño, como un hombre a medio despertar
cree percibir junto a él los sonidos de su sueño fugaz. Yo no era sino ese ser
que buscaba refugiarse en los brazos de su abuela [... ] . Y ahora que aquel
mismo deseo renacía, sabía que podía esperar horas y horas sin que ella
volviera a estar junto a mí; no hacía más que descubrirlo porque, al sentirla
por primera vez viva, real, dilatando mi corazón hasta partirlo, en suma al
encontrarla de nuevo, acababa de descubrir que la había perdido para siempre.
Perdido para siempre; no podía comprenderlo, y trataba de asimilar el
sufrimiento de esta contradicción [...]. De esta impresión
dolorosa y actualmente incomprensible no sabía en realidad si extraería un día
algo de verdad, pero sí que si ese poco de verdad podía obtenerlo alguna vez
sólo sería de ella, tan particular y espontánea que no estaba trazada por mi
inteligencia ni atenuada por mi pusilanimidad, sino que la misma muerte, la
brusca revelación de la muerte, había abierto en mí como el rayo, según un
gráfico sobrenatural e inhumano, una doble y misteriosa escisión. [SG 152-156]
En el lenguaje, el
nombre propio y la genealogía, o la etimología
En la época en que los nombres nos
ofrecen la imagen de aquello incognoscible que hemos depositado en ellos, en el
momento mismo en que designan también para nosotros un lugar real, nos obligan
por ello a identificar lo uno con lo otro, hasta el punto de que vamos a
buscar en una ciudad un espíritu que no puede contener pero que ya no podemos
expulsar de su nombre; no es sólo que den una individualidad a las ciudades y a
los ríos, como hacen las pinturas alegóricas, ni maticen de diferencias y
pueblen de elementos maravillosos únicamente el universo físico, sino también
el universo social: entonces, cada castillo, cada mansión o palacio famoso
tiene su dama o su hada como los bosques su genio y sus divinidades las aguas.
[...]
Si una sensación de un año
pretérito-como algunos instrumentos de música guardan el sonido y el estilo
de los diferentes artistas que los tañeron-permite a nuestra memoria hacernos
oír ese nombre, que en apariencia no ha cambiado, con el timbre particular de
entonces, sentimos la distancia que separa entre sí los sueños que
significaron sucesivamente para nosotros sus sílabas idénticas. Por un
instante, del gorjeo renacido de aquella antigua primavera podemos extraer,
como de los tubitos que se utilizan para pintar, el matiz exacto, olvidado,
misterioso y fresco de aquellos días que creíamos recordar cuando, como los
malos pintores, dábamos a todo nuestro pasado, extendido sobre un mismo
lienzo, los tonos convencionales y uniformes de la memoria voluntaria. Y, por
el contrario, cada uno de los momentos que lo compusieron empleaba, para una
creación original y con una armonía única, unos colores que hoy ignoramos
[...]. Si bien en el torbellino vertiginoso de la vida corriente, donde sólo
poseen un uso enteramente práctico, los nombres han perdido todo color, como
una peonza prismática que gira muy aprisa parece gris, en cambio, cuando en la
ensoñación reflexionamos para volver al pasado y tratamos de moderar, de
suspender, el movimiento perpetuo que nos arrastra, poco a poco vemos aparecer
de nuevo, yuxtapuestos pero completamente distintos unos de otros, los matices
que en el curso de nuestra existencia nos presentaba sucesivamente un mismo
nombre. [CG 4-6]
[...] Por el acento y la elección de
las palabras sentía uno que el fondo de la conversación de la duquesa provenía
directamente de Guermantes. Por eso, la duquesa difería profundamente de su
sobrino Saint-Loup, invadido como él estaba por tal cantidad de ideas y expresiones
nuevas; es difícil, cuando está uno turbado por las ideas de Kant
y
la nostalgia de Baudelaire,
escribir
en el francés exquisito de Enrique IV, de modo que la pureza misma del lenguaje
de la duquesa era señal de limitación, de que en ella la inteligencia y la
sensibilidad se mantuvieron cerradas a cualquier novedad. El talento de la
señora de Guermantes me complacía incluso en eso, precisamente por lo que
excluía (y que componía justamente la materia de mi propio pensamiento) y por
todo aquello que, en consecuencia, había podido conservar, ese seductor vigor
de los cuerpos ligeros que ninguna reflexión agotadora ni preocupación moral o
turbación nerviosa han alterado. Su espíritu, de una formación tan anterior al
mío, era para mí el equivalente de lo que me ofreció el paseo de la bandada de
muchachas a la orilla del mar. [...] Sólo que ella era incapaz de comprender lo
que había buscado en ella-el hechizo del nombre de Guermantes-y lo poco que
había encontrado: un resto provinciano de Guermantes.
[CG 486-487]
Sin duda, esas regiones fantásticas y
ese pasado remoto que introducían bosques y campanarios góticos en su nombre
habían configurado en cierta medida su rostro, su espíritu y sus prejuicios,
pero no subsistían en ellos sino como la causa en el efecto, es decir seguramente
posibles de discernir por la inteligencia pero en modo alguno sensibles a la
imaginación.
Y esos prejuicios de antaño
devolvieron súbitamente a los amigos de monsieur y de madame
de
Guermantes su poesía perdida. Cierto es que las nociones propias de los nobles
que los hacen eruditos, etimologistas de la lengua, pero no de las palabras
sino de los nombres (y aún así solamente en relación a la media de la burguesía
ignorante, ya que si, a pareja mediocridad, un devoto es capaz de contestar
acerca de la liturgia mejor que un librepensador, en cambio un arqueólogo
anticlerical podrá por lo general aleccionar al cura sobre todo cuanto
concierne a su propia parroquia), esas nociones, si deseamos mantenernos en la
verdad, es decir en el espíritu, ni siquiera tenían para esos importantes
señores el encanto que habrían tenido para un burgués. Ellos sabían
seguramente mejor que yo que la duquesa de Guisa era princesa de Clèves, de Orléans
y
de Porcien, etc., pero conocieron, antes incluso que todos esos nombres, el
rostro de la duquesa de Guisa que, a partir de entonces, ese nombre reflejaría
para ellos. Yo comencé por el hada, aunque bien pronto moriría; ellos, por la
mujer. [CG 516]
En el gran mundo, la
aristocracia y la historia
[...]
En
las conversaciones que sostenían yo no buscaba más que un placer poético. Sin
ellos saberlo, me lo procuraban como habrían hecho labradores o marineros que
hablasen de agricultura y de mareas, realidades poco desprendidas de sí mismos
para que pudieran disfrutar en ellas la belleza que personalmente me encargaba
de extraerles.
[...] Un gran acontecimiento histórico
aparecía sólo de pasada y enmascarado, desnaturalizado, reducido al nombre de
una propiedad o a los nombres de una mujer, que se eligieron así por ser la
nieta de Luis Felipe y de María Amelia no en su calidad de
rey y reina de Francia, sino sólo en la medida en que, como abuelos, legaron
una herencia. [...] Así, con su maciza construcción, abierta por escasas
ventanas, sin que apenas se filtre la luz, con la misma falta de elevación
pero también el mismo poder mastodóntico y ofuscado que la arquitectura
romana, la aristocracia encierra toda la historia, la amuralla y la ensombrece. [CG 520]
[...] La historia, aunque sea
simplemente genealógica, devuelve la vida a las vetustas piedras. Hubo en la
sociedad parisina hombres que desempeñaron un papel igual de considerable, que
fueron si cabe más solicitados en ella por su elegancia o por su talento, e
incluso que eran de tan alta alcurnia como el duque de Guermantes o el duque
de La Tremoïlle. Hoy han caído en el olvido porque, como no tuvieron
descendencia, su nombre, que ya no oímos nunca, suena como un nombre
desconocido; a lo sumo un nombre de cosa, bajo el que no esperamos descubrir el
nombre de hombres, sobrevive en algún castillo o pueblo lejano. Algún día, el
viajero que adentrado en la Borgoña se detenga en el pueblecito de Charlus para
visitar su iglesia, si no es bastante estudioso o lleva demasiada prisa para
examinar en ella las lápidas, ignorará que el nombre de Charlus fue el de un
hombre par de los más grandes. [CG 524]
En el amor, la amada
y el paisaje
Qué diferencia entre poseer a una
mujer por la que se interesa sólo nuestro cuerpo, porque no es más que un
pedazo de carne, y poseer a la muchacha que veíamos en la playa con sus amigas
algunos días, sin saber siquiera por qué esos días mejor que otros, y que
hacía que temblásemos por no volver a verla. [...] Besar, en lugar de las
mejillas de la primera que apareciese, por frescas que fueran, pero anónimas,
sin secreto, sin magia, aquellas con las que tanto tiempo había soñado sería
conocer el gusto y el sabor de un color muchas veces contemplado. Vemos a una
mujer, simple imagen en el decorado de la vida, como Albertina perfilada
contra el mar, y esta imagen podemos luego desgajarla, acercárnosla, ver poco
a poco su volumen, sus colores, como si la hiciéramos pasar tras los cristales
de un estereoscopio. [...] Albertina reunía, ligadas en
torno a ella, todas las impresiones de una serie marítima que me era particularmente
querida. Me parecía que habría podido besar, en las dos mejillas de la muchacha,
toda la playa de Balbec.
[CG 351-352]
[...] Mejor que pedirle a Gilberta que
me presentara a algunas muchachas, habría sido ir a esos lugares donde nada nos
vincula a ellas, donde entre ellas y uno mismo se percibe algo infranqueable,
donde a dos pasos, en la playa, camino del baño, se siente uno separado de
ellas por lo imposible. Así es como mi sentimiento del misterio pudo aplicarse
sucesivamente a Gilberta, a la duquesa de Guermantes, a Albertina y
a tantas otras. [...] En las mujeres que yo había conocido, el paisaje era por
lo menos doble. Cada una se alzaba, en un punto diferente de mi vida, enhiesta
como una divinidad protectora y local, primero en medio de uno de esos paisajes
soñados cuya yuxtaposición cuadriculaba mi vida y donde yo me puse a
imaginarla, y después vista desde la perspectiva del recuerdo, rodeada de
parajes donde la había conocido y que, unida a ellos, ella me evocaba, pues si
nuestra vida es vagabunda, nuestra memoria es sedentaria, y por más que nos
lancemos sin tregua, nuestros recuerdos, orillados a los lugares de los que nos
separamos, siguen asociando a ellos su vida cotidiana. [...] Así como la
sombra de Gilberta se alargaba no solamente ante una iglesia de la
¡le-de-France donde yo la había imaginado, sino también por la avenida de un
parque del camino de Méséglise, la de madame de Guermantes lo
hacía por un camino húmedo donde crecían en mazorcas racimos violetas y
rojizos, o sobre el dorado matinal de una acera parisina. Y esta segunda persona,
aquélla nacida no del deseo sino del recuerdo, no era única para cada una de
esas mujeres. Pues conocí a cada una en diferentes ocasiones y en distintos momentos,
cuando era otra para mí y yo mismo era otro, inmerso en sueños de otra
tonalidad. Pues la ley que gobernó los sueños de cada año mantenía reunidos en
derredor suyo los recuerdos de una mujer que yo había conocido, como por
ejemplo todo lo relacionado con la duquesa de Guermantes en la época de mi
infancia estaba concentrado, por una fuerza de atracción, alrededor de
Combray, y todo lo que tenía que ver con la duquesa de Guermantes que ahora me
invitaba a desayunar en torno a un ser sensitivo muy diferente; había varias
duquesas de Guermantes, como hubo varias madame Swann desde la dama
de rosa, separadas por el éter incoloro de los años, y me resultaba tan
imposible saltar de una a otra como dejar un planeta para ir a otro separado
por el éter. No sólo separada, sino diferente, engalanada con los sueños de
otras épocas como de una flora particular e inencontrable en otro planeta.
[...] Todos los recuerdos que componían la primera mademoiselle Swann
estaban efectivamente eliminados de la Gilberta actual, retenidos muy lejos por
la fuerza de atracción de otro universo, en torno a una frase de Bergotte con
la que se amalgamaban, e impregnados de un aroma de espino blanco.
[TR 296]
La filosofía habla a menudo de actos
libres y actos necesarios. Quizá no haya otro al que nos sometamos más
completamente que aquel que en virtud de una fuerza ascensional comprimida
durante la acción, y una vez nuestro pensamiento está en reposo, hace remontar
un recuerdo, hasta entonces igual a los otros por la fuerza opresiva de la
distracción, porque sin saberlo nosotros contenía mayor atractivo que los
demás, pero no nos damos cuenta hasta veinticuatro horas después. Y quizá
tampoco haya un acto más libre, por estar aún desprovisto del hábito, que esa
especie de manía mental que en el amor facilita el renacimiento exclusivo de la
imagen de una determinada persona.
La víspera de ese día fue justamente
cuando vi desfilar ante el mar a la hermosa procesión de muchachas [...],
especie de blanca y vaga constelación donde no era posible distinguir dos ojos
más brillantes que los demás, una cara maliciosa o unos rubios cabellos sino
para volverlos a perder y confundirlos en seguida en el seno de la nebulosa
indistinta y láctea. [...] Entonces aquellas jovencitas estaban aún en ese
grado elemental de formación en que la personalidad no ha impreso su sello en
el rostro. Como en los organismos primitivos donde el individuo apenas existe
por sí mismo y está constituido antes por el polípero que por cada uno de los
pólipos que lo componen, se mantenían apretadas unas contra otras. A veces una
de ellas hacía caer a su vecina, y entonces una risa alocada, que parecía la
única manifestación de su vida personal, las agitaba a todas a la vez,
disipando y confundiendo esos rostros indecisos y gesticuladores en el bloque
de un único racimo chispeante y tembloroso [...]. Debían de formar ya en la
playa un manchón singular que llamaba la atención, pero sólo era posible
reconocerlas individualmente por el razonamiento [...].
Aun
sin saberlo, cuando pensaba en ellas, eran inconscientemente para mí las
ondulaciones montuosas y azuladas del mar, el perfil de un desfile ante el mar.
Si había de ir a alguna ciudad donde ellas estuvieran, yo esperaba encontrarme
sobre todo con el mar. El amor más exclusivo por una persona es siempre amor
por algo más. [JF 397]
Sin duda, cada vez que vemos de nuevo
a una persona con quien nuestras relaciones-por insignificantes que sean-han
cambiado, hay como una confrontación de dos épocas. [...] [Albertina] parecía
una maga que me presentaba un espejo del tiempo. Se asemejaba en eso a todos
aquellos que vemos muy rara vez, y que en otro momento vivieron con nosotros de
un modo más íntimo. Pero en su caso había algo más. Cierto que, inclusive en
nuestros encuentros diarios de Balbec, me sorprendía siempre al verla, de tan
mudable como era. Pero ahora apenas podía reconocerla. Desprendidos del vapor
rosado que los bañaba, sus rasgos estaban cincelados como una estatua. Tenía
otra cara, o más bien tenía por fin una cara; su cuerpo había aumentado. Nada
quedaba ya prácticamente de la carcasa donde estuvo envuelta en Balbec, y en
cuya superficie apenas se insinuaba su futura forma.
Albertina, esta vez, volvía a París antes que de
costumbre. De ordinario no llegaba hasta la primavera, de modo que yo,
alterado ya hacía unas semanas por las tormentas caídas sobre las primeras
flores, no separaba en el placer que sentía el regreso de Albertina
y
el de la hermosa estación. Bastaba que alguien me dijera que ella estaba en
París y que había pasado por mi casa, para que volviera a verla como una rosa a
la orilla del mar. No sé muy bien si era el deseo de Balbec o el de ella lo
que se amparaba de mí entonces, seguramente el deseo de ella era a su vez una
forma perezosa, laxa e incompleta de poseer Balbec, como si poseer
materialmente una cosa, establecer uno su residencia en una ciudad,
equivaliera a poseerla espiritualmente. [...]
Esas agradables combinaciones que una
muchacha forma con una playa, con el cabello trenzado de una estatua de
iglesia, con una estampa, con todo aquello por lo que amamos en una de ellas,
cada vez que se manifiesta, una imagen agradable, no son muy estables.
[CG
334-341]
2. RELACIÓN
DE COMPLICACIÓN: PARTES/TODO
(COEXISTENCIA
DE VASOS ESTANCOS).
LOS
SIGNOS SE ELIGEN
Fraccionamiento y
multiplicación de los mundos
Recordaba a Albertina primero
en la playa, casi pintada contra el fondo marino, con una existencia para mí no
más real que esas visiones de teatro [...]. Luego la mujer real se había
separado del haz luminoso y había venido a mí, pero simplemente para darme
cuenta de que, en el mundo real, en nada tenía esa facilidad amorosa que le
suponía en la imagen mágica. [...] Y, en un tercer plano, me parecía real como
en mi segundo conocimiento de ella, pero fácil como en el primero. [CG
350]
Notaba accesoriamente que la
diferencia entre cada una de las impresiones reales-diferencias que explican
que una pintura uniforme de la vida no pueda ser análoga-se debe probablemente
a que la menor palabra pronunciada en una época de nuestra vida, nuestro gesto
más insignificante, estaba envuelto, portaba en sí el reflejo, de cosas que
lógicamente no procedían de él y que le fueron separadas por la inteligencia,
pues de nada le servían para las necesidades del razonamiento, pero entre las
cuales [...] el gesto, el acto más sencillo, queda recluido como en mil vasos
estancos, cada uno relleno de cosas de un color, un olor, una temperatura
completamente diferentes; sin contar que estos vasos, distribuidos a lo largo
de nuestros años, durante los cuales no hemos dejado de cambiar aunque sea sólo
en sueños y de pensamiento, están situados a alturas muy diversas y nos dan la
sensación de atmósferas singularmente variadas. [TR 171-177]
Para que la muerte de Albertina
hubiera
suprimido mis sufrimientos, el golpe habría debido de matarla no solamente en
Turena, sino en mí. Nunca ella estuvo en mí más viva. Para entrar en nosotros,
un ser ha tenido que conformarse y doblegarse al marco del Tiempo; no
mostrándosenos sino por minutos sucesivos, nunca pudo ofrecernos más que un
solo aspecto a la vez, detallarnos de él una única fotografía. Gran debilidad
sin duda para un ser, que consista en una simple colección de momentos; gran
fuerza también, que depende de la memoria, y la memoria de un momento no está
informada de todo lo sucedido después; el momento que ha registrado perdura
aún, vive todavía, y con él el ser que allí se perfilaba. Y además esta
dispersión no sólo hace vivir a la muerta, la multiplica. Para consolarme,
habría debido de olvidar no a una, sino a innumerables Albertinas. Cuando
conseguía soportar la pena de haber perdido a una, volvía a comenzar con otras,
con otras cien. [AD 60-62]
Hoy haríamos ese viaje [a Balbec], por
creerlo así más agradable, en automóvil. Al realizarlo de ese modo, resultaría
en un cierto sentido hasta más real, porque podrían seguirse más de cerca y
con mayor intimidad las diversas gradaciones del terreno. Pero en definitiva el
placer específico del viaje no estriba en poder apearse por el camino ni
detenerse cuando se está fatigado, sino en hacer que la diferencia entre la
salida y la llegada, en vez de tan insensible, sea todo lo profunda posible,
sintiéndola en su totalidad, intacta, tal y como era en nuestro pensamiento
cuando la imaginación nos trasladaba del lugar habitual hasta el corazón de un
lugar deseado, en un salto que no nos parecía tan milagroso porque cruzara
una distancia como porque unía dos individualidades distintas de la tierra,
llevándonos de un nombre a otro, tal y como esquematiza (mejor que un paseo
donde, como uno para donde quiere, tampoco existe ya la llegada) la misteriosa
operación que se cumple en esos lugares especiales que son las estaciones,
lugares que no forman parte de la ciudad pero contienen la esencia de su
personalidad, lo mismo que en un cartel indicador figura su nombre. [JF 213]
La totalidad es
estadística
Esos seres, entre nuestras propias
manos, son seres fugaces. Para comprender las emociones que despiertan y que
otros seres, aunque sean más bellos, no ocasionan, debe tenerse en cuenta que
no están fijos, sino en movimiento, y añadir a su persona un signo equivalente
al que en física corresponde a la velocidad. [...] Por desgracia, los ojos
dispersos, con la mirada perdida, y tristes, posibilitarían quizá medir las
distancias, pero nunca indican las direcciones. Se abre un campo infinito de
posibles, y si por casualidad nos apareciera lo real, quedaría tan alejado de
los posibles que, por un súbito aturdimiento, yendo a dar contra ese muro
recién alzado, caeríamos de espaldas. [...] Y desde luego, aunque hablemos de
«seres fugaces», esto es igualmente cierto de los seres aprisionados, de las
mujeres cautivas que uno ve imposible poseer. [...] ¿No había adivinado yo en
Albertina a una de esas muchachas bajo cuya envoltura carnal palpitan más
seres ocultos, no ya que en un juego de cartas guardado aún en su caja, o que
en una catedral cerrada, o en un teatro antes de abrir sus puertas, sino que
en la multitud inmensa y cambiante? Y no solamente esa cantidad de seres, sino
el deseo, el recuerdo voluptuoso, la inquieta búsqueda de cada uno de ellos.
[...] Lo que nos vincula a los seres son esas mil raicillas, esos innumerables
hilos constituidos por los recuerdos de la velada de la víspera, las esperanzas
de la madrugada siguiente, toda esa trama continua de hábitos de la que no
podemos desprendernos. Lo mismo que algunos avaros atesoran por generosidad,
nosotros somos pródigos que gastan por avaricia, y sacrificamos nuestra vida no
tanto a un ser como a todo cuanto ha podido fijar en derredor suyo de nuestras
horas y nuestros días, de todo lo que comparado con ello la vida aún por
vivir, la vida relativamente futura, nos parece una vida más lejana, más
separada, menos íntima, menos nuestra. [...] Comprendía así la imposibilidad
con que choca el amor. Creemos que su objeto es un ser que puede estar acostado
junto a nosotros, recluido en un cuerpo. ¡Qué va! Es la extensión de ese ser a
todos los puntos del espacio y del tiempo que ha ocupado y va a ocupar. Si no
poseemos su contacto con un lugar o una hora dados, no lo poseemos en absoluto. [LP 83-92]
[...] No me daba cuenta de que debería
haber renunciado a Albertina hacía tiempo, pues ella había entrado
para mí en ese período lamentable en que un ser, diseminado en el espacio y en
el tiempo, no es ya para nosotros una mujer, sino una serie de acontecimientos
que no podemos dilucidar, una serie de problemas irresolubles, un mar que
tratamos ridículamente de golpear, como Jerjes, para castigarlo por lo que se
ha engullido. [LP 96]
Organización de los
vasos estancos:
a) En círculos
Al dejar mi mirada deslizarse por el
hermoso globo rosado de sus mejillas, cuyas superficies suavemente combadas
iban a morir a pie de los primeros repliegues de sus hermosos cabellos negros,
que resbalaban en accidentadas cadenas, realzaban sus escarpadas estribaciones
y moldeaban las ondulaciones de sus valles, debí decirme: «Al fin voy a
saborear, lo que no logré en Balbec, el gusto de la rosa desconocida que son
las mejillas de Albertina.
Y
dado que los círculos que podemos hacer que atraviesen las cosas y los seres en
el transcurso de nuestra existencia no son muy numerosos, seguramente podría
considerar la mía en cierta forma realizada cuando, tras hacer salir de su
remoto marco el florido rostro que había elegido entre todos, lo condujera a
ese nuevo plano donde obtendría al fin conocimiento de él por medio de los
labios». Me decía esto porque creía que existe un conocimiento por los labios. [CG 353]
b) En direcciones
opuestas
Comprendía que lo que me pareció no
valer veinte francos cuando me había sido ofrecido por veinte francos en la
casa de citas, donde era solamente para mí una mujer ansiosa por ganarse veinte
francos, puede valer más de un millón, más que la familia, o que todas las
situaciones codiciadas, si se ha comenzado por imaginar en ella a un ser
desconocido, curioso de conocer, difícil de conquistar y de conservar. Sin duda
Roberto y yo veíamos la misma cara menuda y fina. Pero habíamos llegado a ella
por los dos caminos opuestos que no comunicarían jamás, y nunca veríamos en
ella el mismo semblante. [...] La inmovilidad de ese fino rostro, como la de
una hoja de papel sometida a las colosales presiones de dos atmósferas, me
parecía equilibrada por dos infinitos que venían a dar en él sin encontrarse,
porque él los separaba. Y en efecto, cuando la mirábamos los dos, ni Roberto ni
yo la veíamos por el mismo lado del misterio.
No es que «Rachel quand
du
Seigneur»
me
pareciera poca cosa, era el poder de la imaginación humana y la ilusión sobre
la que reposaban los dolores del amor lo que encontraba grandes [...], porque
el amor y el sufrimiento que forma un todo con él tienen el poder de
diferenciar para nosotros las cosas. [CG
151-155]
Todos los atardeceres, reanudaba en
otro sentido nuestros antiguos paseos de Combray, cuando íbamos a primera
hora
de la tarde por el camino de Méséglise. [...] Me entristecía ver cuán poco
revivía mis años de entonces. El Vivonne me parecía estrecho y feo junto al camino
de sirga. No porque descubriera grandes inexactitudes materiales en lo que
recordaba. Pero separado de los lugares que volvía a recorrer por toda una vida
diferente, no había entre ellos y yo aquella contigüidad de la que nace, incluso
antes de que lo percibamos, la inmediata, deliciosa y total deflagración del
recuerdo. [...] Hablábamos con Gilberta de manera muy grata para mí. Mas no sin
dificultad. En la mayoría de los seres hay diferentes capas que no son
semejantes, como el carácter del padre, o de la madre; vamos de una a otra.
Pero al día siguiente el orden de superposición se ha invertido. Y al final no
sabe uno quién distribuirá las partes ni a quién fiará la sentencia. Gilberta
era como esos países con los que nadie se atreve a aliarse porque cambian con
demasiada frecuencia de gobierno. Aunque en el fondo es erróneo. La memoria
del ser más sucesivo establece en él una especie de identidad y le hace que no
quiera faltar a las promesas que recuerda, aun cuando no las hubiera
ratificado. En cuanto a su inteligencia, la de Gilberta era, con algunas
incongruencias de su madre, muy viva. Pero, y esto no afecta a su valor propio,
recuerdo que en nuestras conversaciones mientras paseábamos, muchas veces me
sorprendía extraordinariamente. Una, la primera, cuando me dijo: «Si no
estuvieras tan hambriento y no fuera tan tarde, tomando ese camino de la
izquierda y torciendo después a la derecha, en menos de un cuarto de hora
estaríamos en Guermantes». Es como si me hubiese dicho: «Tuerce a la izquierda,
sigue luego a mano derecha, y alcanzarás lo intangible, los intangibles
horizontes de los que, en este mundo, nunca se conoce más que la dirección, exclusivamente
«el camino»-lo que en otro tiempo creí posible conocer solamente de Guermantes
y acaso, en cierto sentido, no me equivocaba. Otra de mis sorpresas fue ver
las «fuentes del Vivonne», que yo me figuraba tan sobrenaturales como la
entrada a los Infiernos, y que no eran más que una especie de lavadero cuadrado
de donde brotaban burbujas. Y la tercera vez fue cuando Gilberta me dijo: «Si
quieres, podríamos salir una tarde a primera hora e ir a Guermantes por
Méséglise, es el camino más bonito», frase que trastocaba todas las ideas de mi
infancia, al mostrarme que los dos caminos no eran tan inconciliables como yo
había creído. [AD 266-268]
Nunca vemos sino un lado de las cosas,
y de no haberme entristecido, habría encontrado cierta belleza en el hecho de
que, mientras la carrerilla del ascensorista hasta Saint-Loup fue para mí una
forma cómoda de hacerle llegar una carta y obtener su respuesta, para éste
supuso la manera de conocer a alguien que le había gustado. Y es que, en
realidad, las cosas son por lo menos dobles. Al más insignificante de nuestros
actos, otro hombre empalma una serie de actos enteramente distinta. Es verdad
que la aventura de Saint-Loup con el ascensorista, si tuvo lugar, no me
parecía que estuviera más contenida en el banal envío de mi carta que el hecho
de que, por el solo conocimiento del dúo de Lohengrin,
alguien
pudiera prever el preludio del Tristán, de
Wagner.
Debido
a la pobreza de nuestros sentidos, las cosas sólo ofrecen a los hombres un
número restringido de sus innumerables atributos. Están coloreadas porque
tenemos ojos; pero ¿cuántos otros epítetos merecerían si tuviéramos centenares
de sentidos? No obstante, el aspecto diferente que podrían tener nos resulta
más asequible por lo que en la vida tal vez sea un acontecimiento mínimo, del
que apenas conocemos una parte como si fuera la totalidad, que otro observa por
una ventana abierta al otro lado de la casa y de donde se le ofrece otra
vista. [AD 260]
c) En partes
separadas
Sólo conocemos verdaderamente lo que
es nuevo, aquello que introduce bruscamente en nuestra sensibilidad un cambio
de tono estremecedor, que el hábito no ha sustituido aún por sus pálidos
facsímiles. Pero sería sobre todo aquel fraccionamiento de Albertina
en
numerosas partes, en varias Albertinas, su único modo de existencia en mí.
Retornaron momentos en que ella había sido sólo buena, o inteligente, o
sensata, o hasta aficionada a los deportes sobre cualquier otra cosa. ¿No era
precisamente ese fraccionamiento lo que me calmaba? Pues aunque en sí mismo no
se trataba de nada real, y se debía a la forma sucesiva de las horas en que
ella se me apareció, forma que era la de mi memoria, dado que la curvatura de
las proyecciones de mi linterna se adaptaba a la curvatura de los vidrios
coloreados, ¿no representaba a su manera una verdad objetiva, a saber que cada
uno de nosotros no es uno, sino que incluye numerosas personas, no todas del
mismo valor moral, y que si la Albertina viciosa existió, no
impedía que existieran otras...? [...] Las dos causas más importantes de error
en nuestras relaciones con otro ser son: tener uno mismo un buen corazón, o
bien amar a ese otro ser. Nos enamoramos de una sonrisa, de una mirada, de un
hombro. Eso basta; luego, en las largas horas de esperanza o de tristeza,
construimos una persona, componemos un carácter. [...] En mí, dado que era un
hombre-uno de esos seres anfibios que están simultáneamente sumergidos en el
pasado y en la realidad actual-, existía siempre una contradicción entre el recuerdo
vivo de Albertina
y
mi conocimiento de su muerte. [...] Por lo demás, el efecto de esas breves revelaciones
no era otro seguramente que hacerme más consciente de mi amor por Albertina,
como
sucede con todas las ideas demasiado constantes, que necesitan de una oposición
para reafirmarse. Quienes vivieron durante la guerra de 1870, por ejemplo,
dicen que la idea de la guerra acabó por parecerles natural, no porque no
pensaran mucho en ella, sino porque pensaban continuamente. Y para comprender
cuán extraño e importante es el hecho de la guerra, se requería de algo que
les distanciase de su obsesión permanente, que olvidasen por un instante el
imperio de la guerra y se viesen de nuevo cómo eran cuando había paz, hasta que
repentinamente, sobre aquel blanco momentáneo, se destacara al fin distinta
la realidad monstruosa que durante mucho tiempo habían dejado de ver, y no
vieran otra cosa que ella. [AD
111-115]
Sistema de paso de
un mundo a otro: la transversal
En el amor, los
celos
¡Qué cantidad de personas, de
ciudades, de caminos, ansiamos conocer por los celos! Gracias a su sed de
saber, acabamos por tener sucesivamente, sobre puntos aislados unos de otros,
todas las nociones posibles salvo aquella que quisiéramos. No puede predecirse
si no nacerá una sospecha, pues de repente recordamos una frase poco clara, una
coartada dicha no sin intención. [...] Por eso los celos son interminables,
porque incluso si el ser amado está muerto, por ejemplo, y no puede provocarlos
ya por sus actos, sucede que determinados recuerdos, posteriores a cualquier
acontecimiento, se comportan en nuestra memoria asimismo como acontecimientos,
recuerdos que no habíamos aclarado hasta ahora, que nos parecieron
insignificantes y que basta con nuestra propia reflexión sobre ellos, sin
ningún hecho exterior, para darles un sentido nuevo y terrible. No hace falta
ser dos; basta con que uno solo piense en su habitación para que nuevas
traiciones de la amada se produzcan, aunque esté muerta. En el amor, como en la
vida habitual, tampoco hay que temer sólo el porvenir, sino también el pasado,
que muchas veces no se realiza para nosotros sino después del futuro, y no
hablamos sólo del pasado que conocemos inmediatamente, sino de aquel que conservamos
desde tiempo atrás en nosotros y que de pronto aprendemos a descifrar. [LP 77-79]
Los días pasados recubren poco a poco
cuantos les precedieron, que a su vez son sepultados por los siguientes. Pero
cada día pasado queda depositado en nosotros como en una inmensa biblioteca
donde, entre los libros más viejos, hay un ejemplar que seguramente nadie pedirá
jamás. Pese a que ese día pasado, a través de la transparencia de las épocas
siguientes, asciende a la superficie y se extiende en nosotros hasta cubrirnos
por completo, de manera que por un instante los nombres recuperan su antiguo
significado, los seres su antiguo rostro, nosotros nuestra alma de entonces, y
sentimos con un sufrimiento vago, pero soportable y pasajero, aquellos
problemas largo tiempo insolubles que tanto nos angustiaban entonces. Nuestro
yo está formado de la superposición de nuestros estados sucesivos. Pero esta
superposición no es inmutable como la estratificación de una montaña.
Perpetuos levantamientos hacen aflorar a la superficie antiguas capas. [...]
En el sufrimiento físico al menos no
somos nosotros quienes elegimos nuestro dolor. Nos lo impone y lo determina la
enfermedad. Pero en los celos necesitamos experimentar en cierto modo
sufrimientos de toda clase e intensidad antes de detenernos en aquel que nos
parece conveniente. [AD 125-126]
En los lugares, el
viaje
Puede parecer que mi afición a los
mágicos viajes en ferrocarril habría de impedirme compartir el entusiasmo de Albertina
por
el automóvil, que conduce incluso a un enfermo allí donde desea e impide-como
había hecho yo hasta entonces-considerar la situación como la marca individual
o la esencia insustituible de las bellezas inamovibles. [...] No, el automóvil
no nos conducía mágicamente a una ciudad cuyo conjunto veíamos resumido en su
nombre, y con las ilusiones propias del espectador en el teatro. Nos introducía
por las callejuelas y se detenía a preguntar una dirección a algún habitante.
La compensación a una incursión tan familiar está en las vacilaciones del
conductor que, inseguro de su ruta, retrocede ante el cruce de perspectivas que
hace que el castillo juegue a las cuatro esquinas con la colina, la iglesia y
el mar mientras se acerca a él, por mucho que se refugie tras su follaje
secular; el automóvil describe círculos cada vez más concéntricos en derredor
de una ciudad cautivadora que huye en todas direcciones para evadirle y sobre
la que finalmente se enfila derecho, en picado, hasta el fondo del valle donde
yace; de suerte que ese lugar, único punto que el automóvil parece haber
despojado del misterio de los trenes expreso, da la impresión en cambio de ser
un descubrimiento, de haber sido determinado por nosotros mismos mediante un
compás, de ayudarnos a sentir con mano más amorosamente exploradora y con una
precisión más exacta la verdadera geometría: la bella «medida de la tierra». [SG 394]
En los diversos
momentos, el sueño
¿Cómo es que, cuando uno busca su
pensamiento, su personalidad, como se busca un objeto perdido, acaba siempre
por encontrar el propio yo antes que cualquier otro? ¿Por qué, cuando volvemos
a pensar, no se encarna en nosotros una personalidad distinta de la anterior?
No hay razón aparente que dicte la elección, ni por qué, entre los millones de
seres humanos que uno podría ser, va a poner la mano precisamente en aquel que
era la víspera. ¿Qué nos guía, cuando ha habido una verdadera interrupción
(bien porque el sueño ha sido completo, o porque los sueños son totalmente distintos
de nosotros), una auténtica muerte? [...] La resurrección del sueño-tras el
beneficioso acceso de alienación mental que es el sueño-debe parecerse en el
fondo a lo que ocurre cuando recordamos un nombre, un verso o un estribillo
olvidados. Y acaso la resurrección del alma después de la muerte pueda
concebirse como un fenómeno de memoria. [CG
81]
Los lugares fijos, contemporáneos de
diferentes años, es mejor hallarlos en nosotros mismos. A ello pueden
contribuir, en cierta medida, una gran fatiga tras una buena noche. Ambas, para
hacernos descender por las galerías más subterráneas del sueño, donde ningún reflejo
de la vigilia ni fulgor de la memoria alumbra ya el monólogo interior, si bien
éste nunca cesa, remueven hasta tal punto el suelo y el subsuelo de nuestro
propio cuerpo que nos ayudan a encontrar, allí donde nuestros músculos hunden
y retuercen sus ramificaciones y absorben la vida nueva, el jardín de nuestra
niñez. No hace falta viajar para verlo de nuevo, sólo hay que bajar a
encontrarlo. Lo que la tierra ha cubierto no está ya sobre ella, sino debajo;
la excursión no basta para visitar la ciudad muerta, son necesarias las
excavaciones. Pero veremos cómo determinadas impresiones fugitivas y fortuitas
nos retrotraen mucho mejor aún hacia el pasado, con una precisión más sutil y
un vuelo más ligero, más inmaterial, más vertiginoso, infalible e inmortal que
esas dislocaciones orgánicas. [CG
85]
El sueño era también uno de los
fenómenos de mi vida que más me había impresionado y que más debió de servirme
para convencerme del carácter puramente mental de la realidad, cuya ayuda no
desdeñaría en la composición de mi obra. Cuando vivía entregado, de una forma
algo menos desinteresada, a un amor, un sueño me aproximaba singularmente,
haciéndole recorrer grandes distancias de tiempo perdido, a la abuela de Albertina,
a
la que comencé a amar porque a su vez me había ofrecido, en mi sueño, una
versión atenuada de la historia de la lavandera. [TR
221]
La unidad se
establece en la transversal
[...] Al cambiar la vía de dirección,
el tren viró... y ya me desesperaba por haber perdido mi banda de cielo rosa
cuando la vi de nuevo, pero esta vez encarnada, por la ventanilla de enfrente,
de donde desapareció tras un segundo recodo de la vía; así que pasaba mi tiempo
en correr de una ventana a otra para acercar y recomponer los fragmentos
intermitentes y opuestos de mi hermosa aurora escarlata y versátil, y obtener
de ella una vista total y una composición continua. [JF 223-224]
3. OLVIDO:
LEY DEL TIEMPO PERDIDO (INTRODUCE
DISTANCIAS
ENTRE COSAS CONTIGUAS)
¿Es porque no revivimos nuestros años
en una serie continua, día por día, sino en el recuerdo fijado en el frescor de
una mañana o en la insolación de un atardecer que, al recibir la sombra de un
lugar aislado, cercado, inmóvil, detenido y perdido, alejado de todo 1o demás,
y ver así suprimidos los cambios graduales no solamente en el exterior, sino en
nuestros sueños y nuestro carácter en evolución, cambios que nos han conducido
insensiblemente por la vida de un tiempo a otro muy diferente, si revivimos
otro recuerdo tomado de un año distinto, hallamos entre ellos, gracias a algunas
lagunas, a inmensos bloques de olvido, como el abismo de una diferencia de
altitud, como la incompatibilidad de dos calidades incomparables en la atmósfera
aspirada y de coloraciones cambiantes?
[CC, 386]
Gilberta no sólo culminaba poco a poco
la obra del olvido en relación a a Swann; la aceleraba en mí respecto a Albertina.
[...] Pues
si muchos recuerdos vinculados a ella contribuyeron a mantener en mí el pesar
de su muerte, recíprocamente el pesar mismo estabilizó los recuerdos. De suerte
que la modificación de mi estado sentimental, preparada seguramente día tras
día por las continuas disgregaciones del olvido pero realizada bruscamente en
su conjunto, me dio aquella impresión, que recuerdo haber sentido ese día por
primera vez, del vacío, de la desaparición en mí de toda una porción de
asociaciones de ideas, como siente un hombre al que se le ha roto una arteria
cerebral debilitada desde hace tiempo y en quien toda una parte de su memoria
queda inhibida o paralizada. No amaba ya a Albertina. [...]
La desaparición de mi sufrimiento, y
de todo lo que llevaba consigo, me dejaba disminuido, como a menudo la
curación de una enfermedad que ocupaba en nuestra vida un lugar importante.
Seguramente el amor no es eterno porque los recuerdos no siempre conservan su
verdad, y porque la vida está compuesta de la permanente renovación de las
células. Pero, en los recuerdos, esta renovación se retrasa debido a la
atención que detiene y estabiliza por un instante lo que ha de cambiar. Y
porque ocurre con el pesar lo que con el deseo de mujeres, que aumenta al
pensar en ellas, estar muy ocupado facilitaría, tanto como la castidad, el
olvido.
Si, por una reacción distinta (aunque
la distracción-el deseo de mademoiselle de Éporcheville-fuera
la que me hizo de pronto el olvido efectivo y sensible), el tiempo es lo que
de todos modos trae progresivamente el olvido, el olvido no deja de alterar a
su vez profundamente la noción del tiempo. Hay errores de óptica en el tiempo
como los hay en el espacio. La persistencia en mí de una antigua veleidad de
trabajar, de recuperar el tiempo perdido, de cambiar de vida, o más bien de
comenzar a vivir, me daba la ilusión de que aún era joven; sin embargo, el
recuerdo de todos los acontecimientos sucedidos en mi vida durante los últimos
meses de la existencia de Albertina-así como los sucedidos en mi corazón, pues
cuando se ha cambiado mucho tendemos a suponer que hemos vivido mucho tiempo-,
hacía que me parecieran mucho más largos que un año, y ahora la interpolación
fragmentada e irregular en mi memoria de aquel olvido de tantas cosas, que me
separaba por espacios vacíos de acontecimientos muy recientes, mostrándomelos
antiguos porque yo había tenido lo que se dice «el tiempo» de olvidarlos-como
una bruma densa sobre el océano y que suprime los puntos de referencia de las
cosas-, era lo que trastornaba, dislocaba mi sentido de las distancias en el
tiempo, distendidas aquí, contraídas allá, y me hacía creerme tan pronto muy
lejos, como mucho más cerca de las cosas de lo que en realidad estaba. Y puesto
que en los nuevos espacios aún por recorrer que se abrían ante mí no quedaría
ya rastro de mi amor por Albertina, así como no quedó,
en el tiempo perdido que acababa de atravesar, de mi amor por mi abuela
-mostrando una sucesión de períodos en los que, tras un cierto intervalo, nada
de lo que sostenía el precedente subsistía ya en el siguiente-, mi vida me
pareció tan desprovista del soporte de un yo individual idéntico y permanente,
tan fútil en el futuro como larga en el pasado, que la muerte igual podría
terminar aquí que allá, sin concluirla en absoluto, como los cursos de historia
de Francia que en retórica se detienen indiferentemente, según el capricho de
los programas o de los profesores, en la Revolución de 1830, en la de 1848, o
al final del Segundo Imperio. [AD
172-174]
4.
RECUERDO: LEY DEL TIEMPO RECOBRADO (INSTAURA UNA CONTIGÜIDAD ENTRE COSAS
DISTANTES)
En el gran juego del escondite que se
practica en la memoria cuando desea uno dar con un nombre, no hay una serie de
aproximaciones graduales. De no ver nada, se pasa de pronto a ver el nombre
exacto y completamente diferente de lo que suponíamos. No es que el nombre
haya venido a nosotros. No, creo más bien que a medida que vivimos pasamos el
tiempo alejándonos de la zona donde un nombre es distinto, y sólo por un
ejercicio de la voluntad y de la atención, que aumentaba la acuidad de la
mirada interior, atravesamos de pronto la semioscuridad y vemos claro. En todo
caso, si hay transiciones entre el olvido y el recuerdo, esas transiciones son
inconscientes. Pues los sucesivos nombres por los que pasamos antes de dar con
el nombre verdadero son falsos, y en nada nos aproximan a él. [SG
51]
IX.
LA CONSCIENCIA MODERNA:
PAPEL DE LA LEY
1.
LA CULPABILIDAD
En el amor
heterosexual (Primer nivel):
a) Porque lo hace
posible
Más incluso que las faltas [de la
mujer] mientras la amamos, están sus faltas antes de conocerla, y la primera
de todas es su naturaleza. Lo que vuelve doloroso estos amores, en efecto, es
que van precedidos de una especie de pecado original de la mujer, un pecado
que nos hace amarlas... [LP
141]
Recordaba haber conocido a una primera
Albertina,
que
luego se trocó bruscamente en otra, la actual. Y sólo yo era responsable del
cambio. Todo lo que ella me habría confesado fácilmente y de buen grado cuando
éramos sólo buenos amigos, dejó de exteriorizarlo en cuanto creyó que la amaba
o, sin que a sí misma se dijera el término Amor, adivinó ese sentimiento inquisitorial
de
saber, que no obstante sufre por saber y trata de saber más. A partir de aquel
día, me lo ocultó todo. [...] Había una sola cosa que ya nunca volvería a hacer
por mí y que sólo habría hecho cuando me resultaba del todo indiferente, que
era precisamente confesar. Me veía reducido para siempre, lo mismo que un juez,
a deducir hipotéticas conclusiones de imprudencias lingüísticas que acaso no
eran inexplicables sin haber de recurrir a la culpabilidad. Y, por su parte,
ella me sentiría siempre celoso y juez. [LP 49-50]
b) Porque lo
concluye
Me doy cuenta ahora de que durante
aquella época [...] padecí el suplicio de vivir habitualmente con una idea tan
nueva como la de que Albertina estaba muerta (hasta entonces partía
siempre de la idea de que ella estaba viva), una idea que me parecía igualmente
imposible de soportar, y que sin darme cuenta configuraba poco a poco el fondo
de mi consciencia y sustituía a la idea de que Albertina era
inocente: era la idea de su culpabilidad. [...] Debí de sufrir mucho durante
aquella época, pero me doy cuenta de que tenía que ser así. Sólo nos curamos
de un sufrimiento a condición de sentirlo plenamente. [...] Pues sobre esas
ideas de la culpabilidad de Albertina, el hábito, cuando
actuara, seguiría las mismas leyes que ya había experimentado a lo largo de mi
vida. Lo mismo que el nombre de Guermantes había perdido el significado y el
encanto de un camino bordeado de nenúfares y de la vidriera de Gilbert
le
Mauvais,
o
la presencia de Albertina
el
de las ondulaciones azules del mar, o los nombres de Swann, del ascensorista,
de la princesa de Guermantes y de tantos otros todo cuanto significaron para mí
[...], asimismo la fuerza dolorosa de la culpabilidad de Albertina quedaría
exteriorizada por el hábito. Por otra parte, de aquí a entonces, como para un
ataque por los flancos, en esta acción del hábito colaborarían dos aliados.
Porque esta idea de la culpabilidad de Albertina me parecería cada
vez más probable, más habitual, me sería también menos dolorosa. Pero, por
otra parte, precisamente por serme menos dolorosa, las objeciones a la certeza
de esa culpabilidad que sólo mi deseo de no sufrir demasiado inspiraba a mi
inteligencia, se desmoronarían una tras otra; y como una acción precipitaría la
otra, pasaría yo así con bastante rapidez de la certeza de la inocencia de Albertina
a
la certeza de su culpabilidad. [AD
116-117]
En fin, si lo que decía Andrea era
cierto, y en principio no lo dudaba, la Albertina real que descubría,
después de haber conocido tan diversas apariencias de Albertina, difería muy
poco de la muchacha orgíaca aparecida e intuida el primer día en el malecón de
Balbec y que me había ofrecido sucesivamente tantos aspectos, igual que se
modifica la disposición de los edificios hasta aplastar o borrar el monumento
principal que divisamos sólo mientras nos aproximamos a una ciudad, pero cuyas
verdaderas proporciones resultan ser al final, cuando las conocemos bien y las
juzgamos exactamente, aquellas que la perspectiva del primer vistazo había
indicado, y todo el resto por donde habíamos pasado tan sólo esa serie sucesiva
de líneas de defensa que un ser alza contra nuestra visión y que debemos
franquear una tras otra, a costa de un sinfín de sufrimientos, antes de llegar
al corazón. Por otra parte, si bien no tuve necesidad de creer absolutamente
en la inocencia de Albertina porque mi sufrimiento había disminuido, puedo
afirmar que, recíprocamente, si no sufrí demasiado ante esa revelación es
porque, de un tiempo a esta parte, mi creencia sobre la inocencia de Albertina
se
había ido sustituyendo poco a poco y sin que me diera cuenta por la creencia,
siempre presente en mí, en la culpabilidad de Albertina. Ahora
bien, si ya no creía en la inocencia de Albertina es que no tenía ya
necesidad, o ferviente deseo de creer en ella. Es el deseo lo que engendra la
creencia, y si normalmente no nos damos cuenta de ello es porque la mayoría de
los deseos forjadores de creencia sólo acaban-contrariamente al que me había
persuadido de que Albertina era inocentecon nosotros mismos. [AD
188-189]
En las series
homosexuales (Segundo nivel): Sodoma y Gomorra.
La homosexualidad
maldita
[Monsieur de Charlus] pertenecía a esa raza de
seres que son menos contradictorios de lo que aparentan, porque su ideal de
virilidad obedece justamente a que su temperamento es femenino. [...] Raza
sobre la que pesa una maldición y que ha de vivir en la mentira y el
perjurio...; que ha de renegar de su Dios...; hijos sin madre...; amigos sin
amistades....; amantes a quienes se les cierra prácticamente la posibilidad del
amor cuya esperanza les da fuerzas para soportar tantos riesgos y soledades,
puesto que se enamoran precisamente de un hombre que nada tiene de mujer, de un
hombre que no es un invertido y que, en consecuencia, no puede amarlos... Con
un honor precario, una libertad provisional hasta el descubrimiento del
crimen, una situación inestable, como en el caso del poeta festejado la
víspera en todos los salones, aplaudido después en todos los teatros de
Londres, y expulsado al día siguiente de todos los hoteles, sin poder encontrar
una almohada en la que reposar su cabeza, da vueltas a la noria como Sansón y
dice como él: >Los
dos
sexos morirán cada uno por su lado...». [SG 16-17]
En el transexualismo
(Tercer nivel): homosexualidad local y
no específica
(inocencia original, en analogía con la botánica)
Unos, sin duda los que tuvieron una
infancia más tímida, apenas se preocupan de la clase de placer material que
reciben, con tal de que puedan vincularlo a un rostro masculino. Mientras que
otros, seguramente con los sentidos más violentos, asignan a su placer material
localizaciones
imperiosas. Sus confesiones puede que escandalizaran a la mayoría de la gente.
Quizá no vivan tan exclusivamente bajo el satélite de Saturno, pues para ellos
las mujeres no están enteramente excluidas, como para los primeros, entre
quienes ellas no existirían sin la conversación, la coquetería y los amores
platónicos. Mas los segundos buscan a las que se inclinan por las mujeres,
pues siempre pueden encontrar en ellas a un mancebo, intensificar el placer que
les da verse con él, y hasta sentir con esas mujeres el mismo placer que con un
hombre. De aquí que, a quienes aman a los primeros, sólo les suscite celos el
placer que aquéllos podrían sentir con un hombre y sea el único que consideren
una traición, puesto que no participan del amor a las mujeres y sólo lo han
practicado por costumbre, para reservarse la posibilidad del matrimonio, representándose
tan poco el placer que pueda procurar, que no soportan que su amado lo
disfrute; mientras que los segundos suelen suscitar a menudo celos por sus amores
con las mujeres. Pues en estas relaciones, ellos desempeñan para la mujer que
ama a las mujeres el papel de otra mujer, y a la vez la mujer les ofrece
aproximadamente lo que ellos encuentran en el hombre... [SG 24]
Al igual que tantas criaturas del
reino animal y vegetal, como la planta que produciría la vainilla de no ser porque
en ella el órgano masculino queda separado por un tabique del órgano femenino y
permanece estéril si los colibríes o ciertas abejas no transportan el polen de
unas a otras, o si el hombre no las fecunda artificialmente, monsieur
de
Charlus (y aquí el término fecundación debe tomarse en sentido moral, ya que en
el sentido físico la unión del macho con el macho es estéril, pero no resulta
indiferente que un individuo pueda encontrar el único placer de que es capaz y
que «como cualquier alma de aquí abajo» pueda dar a alguien «su música, su
aliento y su aroma») era de esos hombres que pueden considerarse excepcionales,
dado que, por numerosos que sean, la satisfacción tan fácil en otros de sus
deseos sexuales depende en él de muchas condiciones y muy difíciles de darse.
[...] El odio de los Capuleto y los Montesco no era nada comparado a los
impedimentos de todo orden que han debido vencerse y a las eliminaciones
especiales que la naturaleza ha infligido en las casualidades ya poco comunes
que conducen al amor, antes de que un antiguo sastre que se dirigía diligentemente
a su taller titubee deslumbrado ante un cincuentón barrigudo. [...] Las
extraordinarias estratagemas que la naturaleza ha ingeniado para obligar a los
insectos a asegurar la fecundación de las flores [...] no me parecían más
maravillosas que la existencia de la subvariedad de invertidos destinada a
asegurar los placeres del amor al hombre maduro... [SG 28-30]
Madame de Vaugoubert era un hombre. Poco
importa si había sido siempre así o se había convertido en lo que yo veía, pues
en uno y otro caso nos hallamos ante uno de los milagros más impresionantes de
la naturaleza y que, sobre todo en el segundo, asimilan el reino humano al
reino de las flores. En la primera hipótesis-que la futura madame
Vaugoubert
hubiera sido siempre tan hombruna-, la naturaleza da a la muchacha, por un
ardid diabólico y complaciente, el aspecto engañoso de un hombre. Y el
adolescente al que no le gustan las mujeres y desea curarse se alegra ante ese
subterfugio de una novia que representa para él un descargador del muelle. En
el caso contrario, si la mujer carece al principio de los caracteres
masculinos, los adquiere paulatinamente para complacer a su marido, aunque sea
inconscientemente, por esa suerte de mimetismo que permite a algunas flores
adoptar la apariencia de los insectos que desean atraer. [SG 46-47]
2.
LOS CELOS (EL DELIRIO DE LOS SIGNOS)
Despliegue de los
mundos contenidos en el ser amado
[...] Albertina no
era para mí en modo alguno una obra de arte. Yo sabía lo que significaba
admirar a una mujer de manera artística; había conocido a Swann. [...] Nada
semejante en mi caso. A decir verdad, incluso cuando empezaba a mirar a Albertina
como
un ángel musical maravillosamente patinado y al que me congraciaba de poseer,
ella no tardaba en resultarme indiferente y en seguida me aburría a su lado;
pero estos instantes duraban poco. Sólo amamos aquello en donde perseguimos
algo inaccesible, aquello que no poseemos; y acto seguido me daba cuenta de
que yo no poseía a Abertina [...] ¡La sedicente curiosidad estética
merecería más bien el calificativo de indiferencia frente a la curiosidad
dolorosa e insaciable que yo sentía por los lugares donde Albertina
había
vivido, lo que pudo haber hecho tal o cual velada, las sonrisas y las miradas
que dirigió, las palabras pronunciadas, los besos recibidos! No, nunca los
celos que un día sentí de Saint-Loup me habrían dado, de haber persistido, esta
inmensa inquietud. El amor entre mujeres era algo demasiado incógnito, en el
que era imposible imaginar nada con seguridad o con justeza, ni los placeres ni
la cualidad. ¡Cuántas personas y cuántos lugares (incluso si no la concernían
directamente, vagos lugares de placer donde ella había podido gozarlo, lugares
muy frecuentados y con rozamiento) [...] había introducido Albertina
en
mi corazón desde el umbral de mi imaginación o de' mi recuerdo, donde no me
importaban! Ahora, mi conocimiento de ellos era interno, inmediato,
espasmódico, doloroso. El amor es el espacio y el tiempo vueltos sensibles al
corazón. [LP 369-371]
Los celos [de Swann], como si fueran
la sombra de su amor, se asociaban a la duplicidad de esa nueva sonrisa que
ella le había dirigido aquella misma noche-y que por el contrario ahora lo
ridiculizaba, henchida de amor hacia otro hombre-, de esa inclinación de su cabeza
vuelta hacia otros labios, y de todas las señales de cariño que antes tuvo
hacia él y ahora manifestaba por otro. Y todos los recuerdos voluptuosos que
obtenía de ella eran como bocetos o «proyectos» similares a esos que nos
consultan los decoradores, y que permitían a Swann hacerse una idea de las
aptitudes ardientes o de abandono que ella podía tener con otros. De modo que
llegó a deplorar cada placer que sintió junto a ella, cada nueva caricia cuya
exquisitez él había tenido la imprudencia de resaltarle, cada encanto que le
descubría, pues sabía que un momento después vendrían a enriquecer con nuevos
instrumentos su suplicio. [...]
Sus celos se regocijaban, como si
tuvieran una vitalidad independiente, egoísta y voraz, de todo cuanto los
alimentaba, aunque fuera a costa suya. Ahora tenían un alimento, y Swann podía
preocuparse cada día de las visitas que Odette recibía a las cinco
y tratar de saber dónde estaba Forcheville a esa hora. [...] Al principio no
estaba celoso de toda la vida de Odette, sino sólo de los
momentos en que una circunstancia, tal vez mal interpretada, le había llevado
a suponer que Odette
le
habría engañado. Sus celos, como un pulpo que echa un primer tentáculo, luego
un segundo, y aún un tercero, se fijaron sólidamente a ese momento de las cinco
de la tarde, después a otro, y a otro más.
[CS 271-279]
Revelación del mundo
incognoscible
[Odette] hablaba, y él no la interrumpía;
recogía sólo con ávida y dolorosa devoción las palabras que ella le decía,
sintiendo (precisamente porque tras ellas se la ocultaba al hablarle) que, como
la túnica sagrada, guardaban vagamente la huella y dibujaban el indeciso
modelado de aquella realidad infinitamente valiosa y por desgracia
inasequible-lo que estaba haciendo a las tres, cuando él llegó-, de la cual
nunca poseería sino esas mentiras, ilegibles y divinos vestigios, y que ya sólo
existía en el recuerdo receloso de aquel ser que la contemplaba pero que no le
entregaría. [CS 274]
La realidad nunca es sino el comienzo
de un camino desconocido por donde no podemos llegar muy lejos. Vale más no
saber nada, pensar lo menos posible, no dar a los celos el menor detalle
concreto. Lamentablemente, cuando falta la vida exterior, algunos incidentes
vienen ocasionados asimismo por la vida interior; en vez de los paseos de Albertina,
las
coincidencias que hallaba en mis solitarias reflexiones me proveían a veces de
esos pequeños fragmentos de realidad que atraen hacia sí, como un imán, una parte
de lo desconocido que, desde ese mismo instante, resulta doloroso. [LP 18]
Descubrimiento de la
transexualidad
Ahora, en su lugar-como castigo por
haber llevado demasiado lejos una curiosidad que, contrariamente a lo que
supuse, la muerte no agotó-, me encontraba con una muchacha diferente [...].
Una Albertina
diferente
no sólo en el sentido que le damos al término cuando se trata de los demás. Si
los demás son diferentes de lo que creíamos, como esa diferencia no nos afecta
en profundidad-y el péndulo de la intuición sólo puede proyectar fuera de sí
una oscilación en sentido igual a la ejecutada en su interior-situamos esa
diferencia en las regiones superficiales de sí mismos. Antes, cuando me
enteraba de que a una mujer le gustaban las mujeres, no me parecía por ello una
mujer distinta, de una esencia particular. Pero cuando se trata de la mujer
amada, procuramos librarnos de nuestro dolor ante la idea de esa posibilidad
averiguando no solamente lo que hacía, sino lo que sentía al hacerlo, qué idea
se hacía respecto a eso; entonces, descendiendo cada vez más en la profundidad
del dolor, alcanzamos el misterio, la esencia. [...] Y el dolor que hizo
penetrar así en mí a tanta profundidad la realidad del vicio de Albertina
me
prestó más tarde un último servicio. Como el daño que hice a mi abuela, el mal
que me infligió Albertina
fue
un último vínculo entre ella y yo, sobreviviendo incluso a su recuerdo, pues
con la conservación de energía que posee todo lo físico, el sufrimiento ni
siquiera necesita de las lecciones de la memoria: así, un hombre que ha olvidado
sus hermosas noches en el bosque a la luz de la luna, sufre aún del reumatismo
que cogió allí. [...] Aquellos gustos de Albertina no se añadían
solamente a su imagen como se incorpora al caracol el nuevo caparazón que
arrastra consigo, sino más bien a la manera en que una sal entra en contacto
con otra sal, la cambia de color, e incluso de naturaleza. Cuando la joven
lavandera comentara con sus amigas: «Fijáos, quién lo iba a decir, también la
señorita es una de ellas», para mí no sólo añadía a la persona de Albertina
un
vicio para ella insospechado, sino el descubrimiento de que ella era una
persona distinta, una persona como ellas, que hablaba su misma lengua, y que,
al hacerla compatriota de otras, me resultaba aún más extraña a mí; demostrando
que lo que yo tuve de ella, lo que llevaba en mi corazón, era muy poca cosa, y
que el resto, cuya extensión se debía no sólo al hecho de ser eso tan misteriosamente
importante-un deseo individual-, sino de ser común a otras, siempre me lo
ocultó, lo mantuvo al margen, como si una mujer me hubiera ocultado que era de
un país enemigo y una espía, actuando ella más traicioneramente aún que una
espía, pues ésta sólo engaña sobre su nacionalidad, mientras que Albertina lo
hacía sobre su humanidad más profunda, sobre el hecho de que ella no
pertenecía a la humanidad común, sino a una raza extranjera que se amalgama, se
oculta y no se confunde con ella jamás. [AD 106-108]
4. LA
LÓGICA DE LOS CELOS: SECUESTRO DEL SER AMADO
Vaciarlo de los
mundos posibles
[...] Podía muy bien dividir la estancia de Albertina en
mi casa en dos períodos: uno primero en que aún era, aunque cada día menos, la
tentadora actriz de la playa; y un segundo período en que, convertida en la
gris prisionera y reducida a su deslucido ser, necesitaba de aquellos
destellos por los que yo recordaba el pasado para restituirle algo de color.
[...] La vergüenza, los celos, el recuerdo de
los primeros deseos y del entorno deslumbrante devolvía a Albertina su
belleza y su valor de antaño. Y así, junto al tedio algo pesaroso que sentía a
su lado, alternaba un deseo estremecedor, repleto de imágenes magníficas y de
añoranzas, según estuviera ella a mi lado en mi cuarto, o le devolviera yo su
libertad en mi memoria, allí en el malecón, con sus alegres atuendos de playa,
al son de los instrumentos musicales del mar; Albertina fuera
de su medio, retenida y sin gran valor, o Albertina restituida
a él, escabuyéndose entre un pasado imposible de conocer e hiriéndome junto a
aquella dama, su amiga, tanto como la salpicadura de la ola o el mazazo del
sol; Albertina
en
la playa, o Albertina
en
mi cuarto, en una especie de amor anfibio. [LP
162-163]
Relacionarlos con el
ser amado
Me decía que probablemente allí [en
Balbec] Albertina
hacía
mal uso de su libertad, y sin duda esta idea me resultaba triste pero seguía
siendo general, sin revelarme nada de particular, y, por el número indefinido
de posibles amantes que me hacía suponer, sin dejarme detener en ninguna,
arrastraba mi espíritu en una suerte de movimiento incesante no exento de
dolor, pero de un dolor que por ausencia de una imagen concreta era soportable.
Mas dejó de serlo y se tornó atroz cuando llegó Saint-Loup. [...] Mi
sufrimiento se hizo insoportable al decirme: «Para comenzar por donde te dejó
mi último telegrama, después atravesar una especie de hangar, entré en la casa
y, al final de un largo pasillo, me hicieron pasar al salón». Ante las palabras
de hangar, pasillo, salón, y aun antes de que acabara de pronunciarlas, mi
corazón sufrió una sacudida más intensa que la de una descarga eléctrica, pues
la fuerza que gira mayor número de veces por segundo alrededor de la tierra no
es la electricidad sino el dolor. [...] Ya había sufrido una primera vez cuando
se individualizó geográficamente el lugar donde ella estaba, y supe que en vez
de estar en dos o tres lugares posibles estaba en Turena; aquellas palabras de
su portera marcaron en mi corazón como sobre un mapa el sitio donde finalmente
debía de sufrir. [...] Con las palabras de hangar, pasillo, salón, vi la locura
de haber dejado a Albertina ocho días en aquel maldito lugar cuya existencia (y no su simple posibilidad)
acababa de serme revelada. [AD 52-54]
Interrumpir su mundo
desconocido
Pese a no sentirme en absoluto
enamorado de Albertina, y sin que figuraran como placeres los momentos que
pasábamos juntos, me preocupaba el empleo de su tiempo; lo cierto es que huí de
Balbec para asegurarme de que no podría ver así a nadie de aquella gente con la
que yo tanto temía que causara alegremente algún perjuicio, incluso a costa
mía, y con mi marcha intenté hábilmente cortar de raíz todas sus perversas
relaciones. Albertina
era
tan sumamente pasiva y tenía tal capacidad de olvido y de sometimiento que
esas relaciones quedaron efectivamente interrumpidas, y mi fobia curada. Pero
ésta puede adoptar tantas formas como el impreciso mal que la suscita. Tras mis
sufrimientos pasados, y mientras mis celos no se reencarnaron en nuevos
seres, viví un intervalo de calma. Sin embargo, el menor pretexto sirve para
que renazca una enfermedad crónica, como por otra parte la más mínima ocasión
puede favorecer que el vicio del ser causante de estos celos se practique de
nuevo (después de una tregua de castidad) con seres distintos. Yo había logrado
separar a Albertina
de
sus cómplices y con ello conjurar mis alucinaciones; si bien podía hacer que
olvidara a las personas y limitara sus relaciones, su inclinación al placer
era igualmente crónica, y quizá no esperaba más que la ocasión para darle
curso. Por eso, París le ofrecía lo mismo que Balbec. [...] Así, bastaba que Albertina
volviera
más tarde de lo habitual, que su paseo se prolongara más tiempo de lo normal,
aunque resultara fácilmente explicable sin necesidad de que interviniera
ninguna motivación sensual, para que mi mal renaciera, ligado esta vez a
imágenes que no eran de Balbec, y tratara de destruir lo mismo que las veces
anteriores, como si la destrucción de una causa efímera implicara la de un mal
congénito. No me daba cuenta de que, en estas destrucciones que tenían por cómplice
la capacidad de Albertina
para
cambiar, olvidar, casi para odiar el reciente objeto de su amor, yo causaba a
veces un profundo dolor a alguna de aquellas personas desconocidas con las que
había gozado sucesivamente, y de que lo causaba en vano, pues serían
abandonados pero sustituidos, y que, paralelamente al camino jalonado por
tantos abandonos provocados a la ligera, proseguiría para mí otro implacable,
apenas interrumpido por breves pausas; de modo que, bien pensado, mi
sufrimiento sólo podía acabar con Albertina o conmigo. [LP
15-16]
Descubrir la falta
original
Para comprender el arraigo en mí de
aquellas palabras [la carta de Amado], debe recordarse que las cuestiones que
yo me planteaba relativas a Albertina no eran cuestiones
accesorias, indiferentes, cuestiones de detalle, las únicas en realidad que nos
planteamos en relación a todos los seres que no somos nosotros y que nos
permiten caminar, provistos de un pensamiento impermeable, en medio del
sufrimiento, de la mentira, del- vicio y de la muerte. No, en relación a Albertina
era
una cuestión de esencia: ¿Qué era en el fondo? ¿Qué pensaba? ¿A quién amaba?
¿Me mentía? ¿Había sido mi vida con ella tan lamentable como la de Swann con Odette?
Por
su parte, la respuesta de Amado, aun cuando no fuera una respuesta general
sino particular-y precisamente por esa razón-llegaba al fondo de Albertina
y
de mí mismo.
Con la llegada de Albertina
a
la ducha por la callejuela, junto a la dama de gris, veía al fin ante mí un
fragmento de aquel pasado que no me parecía menos misterioso ni menos
terrible de lo que suponía cuando lo imaginaba contenido en el recuerdo, en la
mirada de Albertina. [...] Aquellas
imágenes me causaron de inmediato un dolor físico del que ya no se separarían
jamás, porque me traían la terrible noticia de la culpabilidad de Albertina.
Pero
el dolor entró en seguida en reacción con ellas; un hecho objetivo, como puede
ser una imagen, es diferente según el estado interior con que se aborda. Y el
dolor es un modificador de la realidad tan poderoso como el éxtasis. Combinado
con aquellas imágenes, el sufrimiento convirtió en algo completamente
diferente de lo que puede ser para cualquier otra persona una dama de gris,
una propina, una ducha o la calle donde ocurría la llegada deliberada de Albertina
con
la dama de gris. Todas estas imágenes -de una vida de mentiras y de faltas que
nunca supuse-tenían alterada su materia misma por mi sufrimiento; no las veía
bajo la luz que ilumina los espectáculos de la tierra, eran el fragmento de
otro mundo, de un planeta desconocido y maldito, una visión del infierno. El
infierno era todo aquel Balbec y los lugares vecinos de donde, según la carta
de Amado, hacía venir a menudo a muchachas más jóvenes y las llevaba a la
ducha. [...] Una facultad de los celos es descubrirnos hasta qué punto la
realidad de los hechos exteriores y los sentimientos del alma son algo
desconocido, dado a mil suposiciones. Creemos saber exactamente las cosas, y lo
que piensa la gente, por la sencilla razón de que no nos preocupa. Pero en
cuanto sentimos el deseo de saber, como siente el celoso, entonces todo es un
vertiginoso caleidoscopio donde ya no distinguimos nada. [AD 97-100]
4.
LA LEY DEL AMOR
a) Secuestro
El amor de monsieur de
Charlus por Morel
adquiría
una sutil novedad cuando se decía: [su mujer] será tan mía como lo es él, no
harán nada que pueda molestarme, se someterán a mis caprichos, y así ella será
un signo (que hasta ahora yo desconocía) de lo que ya casi había olvidado y
que resulta tan sensible a mi corazón: que para todo el mundo, para quienes me
vean protegerlos, acogerlos, para mí mismo, Morel es
mío. Monsieur
de
Charlus se sentía más dichoso por esta evidencia a ojos de los demás y a los
suyos propios que por todo el resto. Pues la posesión del objeto de nuestro
amor constituye una alegría mayor aún que el amor mismo. A menudo, quienes
ocultan a todos esta posesión lo hacen sólo por temor a verse privados del
objeto querido. Y por la prudencia de callarse, su felicidad resulta mermada. [LP 44]
[...] Mi placer de tener a Albertina
en
casa consistía, mucho más que en un placer positivo, en el hecho de retirar del
mundo a la muchacha que todos podían disfrutar; un placer que si bien no me
procuraba una gran alegría, privaba no obstante de ella a los demás. La ambición
y la gloria me habrían dejado indiferente; aún era menos capaz de sentir odio.
Y, en cambio, en mí amar carnalmente equivalía a gozar de un triunfo sobre, un
buen número de competidores. Nunca insistiré bastante en que se trataba fundamentalmente
de un apaciguamiento. [LP
69]
b) Voyeurismo
A veces [...] me encontraba a Albertina
dormida
y no la despertaba. Tendida cuan larga era, en una actitud tan natural que no
podría improvisarse, me parecía un largo tallo que alguien dejara allí; y en
realidad así era, porque aquel poder de soñar que yo tenía sólo en su ausencia,
lo recuperaba en esos momentos junto a ella, como si al dormir se hubiera
transformado en una planta. De este modo, su sueño realizaba en parte la
posibilidad del amor. Si estaba solo, podía pensar en ella, pero la echaba de menos,
no la poseía; si estaba presente, hablaba con ella, pero permanecía demasiado
ausente de mí mismo para poder pensar. Cuando ella dormía, no tenía que
hablar, sabía que ella no me observaba, no necesitaba vivir en la superficie
de mí mismo. Con los ojos cerrados y sin consciencia, Albertina se
había despojado, uno tras otro, de aquellos rasgos de humanidad que me
decepcionaron en cuanto la conocí. Sólo la animaba la vida inconsciente de los
vegetales, de los árboles, vida muy diferente de la mía, muy ajena, y que no
obstante era más mía. Su yo no se escurría ya continuamente, como cuando
hablábamos, por las oquedades del pensamiento inconfesado o de la mirada.
Había retornado a sí lo que se mantenía fuera de ella, estaba refugiada,
encerrada, resumida en su cuerpo. [...] Una vez dormía profundamente, dejaba de
ser únicamente la planta que había sido; su sueño, a cuya orilla soñaba yo con
una fresca voluptuosidad de la que nunca me habría cansado y que podría
disfrutar indefinidamente, era para mí todo un paisaje. Ponía junto a mí algo
tan sereno y tan deliciosamente sensual como aquellas noches de luna llena en
la bahía de Balbec, plácida entonces como un lago, donde las ramas apenas se
mueven y, tendido sobre la arena, uno escucharía indefinidamente el reflujo de
las olas. [...] Entonces, sintiendo que estaba plenamente dormida y que yo no
tropezaría con escollos de consciencia, recubiertos ahora por la pleamar del
sueño profundo, me metía en la cama sigilosamente, junto a ella, pasaba uno de
mis brazos por su cintura, posaba mis labios en su mejilla, en su corazón, y
luego mi única mano libre por todas las partes de su cuerpo [...] Otras veces,
[el sueño de Albertina]
me
hacía disfrutar de un placer menos puro. No necesitaba para ello de ningún
movimiento; sólo extendía mi pierna contra la suya, como la rama que uno deja
suspendida y le imprime de vez en cuando una leve oscilación, semejante al
intermitente batir del ala de los pájaros que duermen en el aire. [...] Su
respiración, al hacerse más fuerte, podía sugerir el jadeo del placer, y cuando
el mío llegaba a su fin, po; día besarla sin
haber interrumpido su sueño. En esos momentos, me parecía que acababa de
poseerla completamente, como a un objeto inconsciente y dócil de la muda
naturaleza. [LP 62-65]
Al ver aquel cuerpo tendido allí, me
preguntaba qué tabla de logaritmos lo constituía para que todas las acciones en
las que había podido involucrarse, desde un movimiento del codo hasta un roce
del vestido, pudieran ocasionarme, desplegadas al infinito por todos
los puntos que ocupaba en el espacio y en el tiempo y reavivados ocasional y repentinamente
en mi recuerdo, una angustia tan dolorosa y que sabía, no obstante,
determinada por unos gestos y deseos de ella que me habrían resultado en otra,
en ella misma cinco años atrás, o cinco años después, tan indiferentes. Era un
engaño, pero al que yo no tenía el valor de buscar otra solución que mi
muerte. [LP 346]
c) Profanación
Cuando pienso ahora que, a mi regreso
de Balbec, mi amiga vino a vivir a París bajo mi mismo techo, que renunció a
la idea de hacer un crucero, que su habitación estaba a veinte pasos de la mía,
al final del pasillo, en el despacho con tapices de mi padre, y que cada noche
antes de dejarme, muy tarde, deslizaba su lengua en mi boca como un pan
cotidiano, como un alimento nutritivo y con el carácter casi sagrado de
cualquier carne a la que los sufrimientos que hemos padecido por su causa han
acabado por conferirle una especie de dulzura moral, lo que evoco de inmediato
por comparación no es aquella noche que el capitán de Borodino me permitió
pasar en el cuartel, por un favor que no curaba en suma sino un malestar
pasajero, sino aquella otra en que mi padre mandó a mamá a dormir en la pequeña
cama junto a la mía. Hasta ese punto la vida, si ha de librarnos una vez más
de un sufrimiento que parecía inevitable, lo hace en condiciones diferentes y
a veces tan opuestas que es casi un sacrilegio aparente constatar la identidad
de la gracia concedida. [LP
4]
Probablemente de una impresión que
sentí cerca de Montjouvain unos años más tarde, impresión entonces confusa,
proceda la idea que me he formado del sadismo. [...] En los hábitos de mademoiselle
Vinteuil
la apariencia del mal era tan completa que difícilmente podría encontrarse
realizada hasta ese grado de perfección como no fuera en una sádica; sólo a la
luz de las candilejas de los teatros del bulevar, mucho más que bajo la lámpara
de una casa de campo real, es posible ver a una hija haciendo escupir a su
amiga sobre el retrato de un padre que no ha vivido más que por ella; solamente
el sadismo da un fundamento en la vida a la estética del melodrama. En la vida
real, salvo en los casos de sadismo, una hija cometería tal vez faltas tan
atroces como las de mademoiselle Vinteuil hacia la memoria y la
voluntad de su difunto padre, pero no las resumiría expresamente en un acto de
un simbolismo tan rudimentario e ingenuo; el carácter perverso de su conducta
quedaría más velado a ojos de los
demás e incluso a sus propios ojos, que
sería mala sin confesárselo. Pero, más allá de la apariencia, en el corazón de mademoiselle
Vinteuil,
el mal, por lo menos al principio, no se daba en estado puro. Una sádica como
ella es la artista del mal, algo que una criatura completamente malvada no
podría ser pues el mal no le resultaría exterior, sino que le parecería
totalmente natural, ni siquiera se diferenciaría de ella; y como ella no
cultivaría la virtud ni la memoria de los muertos o la ternura filial, tampoco
hallaría un placer sacrílego en profanarlos. Los sádicos de la clase de mademoiselle
Vinteuil
son seres tan genuinamente sentimentales, tan espontáneamente virtuosos,
que
incluso el placer sensual les parece algo perverso, un privilegio de los
pecadores. Y cuando se permiten a sí mismos entregarse por un instante a él,
tratan de ponerse en el pellejo de los malvados e involucrar también a su
cómplice, de manera que tengan por un momento la ilusión de evadirse de su alma
escrupulosa y tierna hacia el mundo inhumano del placer. [...] No es el mal
que acompañaba a la idea de placer lo que le parecía agradable, sino el placer
lo que creía malo. Y como cada vez que se entregaba a él se acompañaba para
ella de esos malos pensamientos que el resto del tiempo permanecían ausentes
de su alma virtuosa, acababa por ver en el placer algo diabólico y lo
identificaba con el Mal. [...] Quizá nunca habría imaginado el mal como un estado
tan raro, tan extraordinario y desenraizante, a donde era tan grato emigrar, si
hubiera sabido distinguir en ella, como en todo el mundo, esa indiferencia
hacia los sufrimientos que ocasionamos y que, al margen de cómo lo designemos,
es la forma terrible y permanente de la crueldad. [CS 157-163]
Me entristecía pensar que mi amor, al
que tanto me aferré, quedaría en mi libro tan desprendido de un ser determinado
que lectores diversos lo aplicarían exactamente a lo que ellos sintieron por
otras mujeres. Pero ¿debía escandalizarme por esta infidelidad póstuma, y que
uno u otro pudiera convertir en objeto de mis sentimientos a mujeres
desconocidas, cuando esta infidelidad, esta división del amor entre varios
seres, había comenzado estando yo vivo, e incluso antes de que yo escribiese?
Bien había yo sufrido sucesivamente por Gilberta, por madame de
Guermantes, por Albertina.
Sucesivamente
también las había olvidado, y sólo mi amor dedicado a seres diferentes fue
duradero. La profanación de uno de mis recuerdos por lectores desconocidos la
había consumado yo mismo antes que ellos. [...] Un libro es, en efecto, un gran
cementerio donde sobre la mayoría de las tumbas no pueden leerse ya los nombres
borrados. [TR 209-210]
El destino de la
ley:
a) Amar sin ser
amado
Habría que optar entre dejar de sufrir
o dejar de amar. Pues el amor, que al principio está formado de deseo, más
tarde sólo se mantiene por la ansiedad dolorosa. Yo sentía que una parte de la
vida de Albertina
se
me escapaba. El amor, tanto en la dolorosa ansiedad como en el gozoso deseo,
es la exigencia de un todo. No nace ni subsiste como no haya
una parte por conquistar. Sólo amamos aquello que no poseemos por completo. [LP
98]
[...] La búsqueda de la felicidad en
la satisfacción del deseo moral era algo tan ingenuo como la empresa de
alcanzar el horizonte avanzando hacia él. Cuanto más avanza el deseo, más se
aleja la auténtica posesión. De modo que si la felicidad, o al menos la
ausencia de sufrimientos, puede hallarse, no debe buscarse en la satisfacción
sino en la reducción progresiva, en la extinción final del deseo. Tratamos de
ver el objeto amado, pero deberíamos procurar no verlo, pues sólo por el olvido
se llega a la extinción del deseo. [...] Los vínculos entre un ser y nosotros
existen sólo en nuestro pensamiento. Al debilitarse la memoria, se relajan, y
pese a la ilusión con que querríamos engañarnos y, por amor, por amistad, por
cortesía, por respeto humano, por deber, engañar al mismo tiempo a los demás,
existimos solos. El hombre es el ser que no puede salir de sí, que no conoce a
los demás sino en sí mismo, y si dice lo contrario miente. [...] Uno cree que
en función de su deseo cambiará las cosas de su entorno; lo cree porque, fuera
de esto, no ve ninguna otra solución. No piensa en la que sucede normalmente y
que es igualmente favorable: no conseguimos cambiar las cosas según nuestro
deseo, pero poco a poco nuestro deseo cambia. [AD
33-35]
b) Dejar de amar
Así pues, mi vida cambió por completo.
Lo que le había dado dulzura, no a causa de Albertina, sino
paralelamente a ella, mientras estaba solo, era precisamente el perpetuo
renacimiento de momentos pasados ante momentos idénticos. El ruido de la
lluvia me traía el olor de las lilas de Combray; la movilidad del sol en el
balcón, las palomas de los Campos Elíseos; los ruidos ensordecedores en el
calor matutino, el frescor de las cerezas; el deseo de Bretaña o de Venecia,
por el rumor del viento y el retorno de Pascua. [...] Mas ahora al primer
frescor del alba me estremecía, pues recordaba la dulzura de aquel verano en
que tantas veces nos habíamos acompañado el uno al otro de Balbec a Incarville,
o de Incarville a Balbec, hasta el amanecer. No me quedaba sino una sola esperanza
para el futuro, esperanza mucho más desgarradora que un temor: olvidar a Albertina.
Sabía
que un día la olvidaría, bien había olvidado a Gilberta y a madame
de
Guermantes, como había olvidado completamente a mi abuela. Y nuestro más justo
y cruel castigo por ese olvido tan total, apacible como el de los cementerios,
que nos separa de quienes ya no amamos, es que entreveamos ese mismo olvido
como inevitable en relación a quienes más amamos. A decir verdad, sabemos que
es un estado no doloroso, un estado de indiferencia. [AD 62-64]
Ese nuevo ser que soportaría con
facilidad vivir sin Albertina había hecho su aparición en mí, ya que pude
hablar de ella en casa de madame de Guermantes con
palabras afligidas pero sin sufrimiento profundo. [...] Con el olvido, ese ser
tan temido, y beneficioso, que no era otro que uno de esos yoes de recambio que
el destino nos reserva y que, sin oír nuestras súplicas más que un médico
clarividente y, por tanto, autoritario, sustituye a pesar nuestro, con una
intervención oportuna, al yo realmente demasiado maltrecho, me traía por el
contrario una supresión casi completa del sufrimiento. Por lo demás, este
recambio ocurre de vez en cuando, como la erosión y la reparación de los
tejidos, pero sólo nos damos cuenta cuando el antiguo soportaba un gran pesar,
un cuerpo extraño e hiriente, que nos asombra no volver a encontrar,
maravillados de habernos transformado en otro, alguien para quien el
sufrimiento de su predecesor no es ya sino un sufrimiento ajeno, del que puede
hablar con compasión porque ya no lo siente. [...] Nuestro afecto por los
demás se debilita no porque ellos hayan muerto, sino porque morimos nosotros. [AD 174-175]
5. EL TELESCOPIO (INSTRUMENTO DE «LA RECHERCHE»)
Las diferencias son
infinitesimales
[...] Nuestro conocimiento de los
rostros no es matemático. No comienza por medir las partes, sino que su punto
de partida es una expresión, un conjunto. En Andrea, por ejemplo, la delicadeza
de los dulces ojos parecía ir a reunirse con la fina nariz, tan exigua como una
simple curva trazada para que pudiera seguir por una única línea la intención
de delicadeza dividida previamente en la doble sonrisa de las miradas gemelas.
Una línea igual de fina cruzaba por sus cabellos, liviana y profunda como
aquella del viento cuando surca la arena. Y debía de ser hereditaria, pues el
cabello completamente blanco de la madre de Andrea se ondulaba del mismo modo,
formando aquí una prominencia, allá una depresión, como la nieve que se eleva o
se hunde con arreglo a los desniveles del terreno. Comparada a la fina
delineación de la nariz de Andrea, la de Rosamunda parecía ofrecer extensas
superficies, cual alta torre asentada sobre una firme base. Aunque la expresión
baste para sugerir enormes diferencias entre aquello que separa algo infinitamente
pequeño, y que algo infinitamente pequeño pueda crear por sí solo una
expresión absolutamente particular, una individualidad, no era lo
infinitamente pequeño de la línea ni la originalidad de la expresión lo que
hacía que esos rostros parecieran irreductibles unos a otros. Entre aquellos
de mis amigas, la coloración abría una separación más profunda aún, no tanto
por la variada belleza de las tonalidades que les daba, como porque las
diferencias infinitamente pequeñas de las líneas se agrandaban desmesuradamente
y las proporciones entre las superficies cambiaban por
completo debido a ese nuevo elemento del color, que además de dispensar tonalidades
es un gran generador o al menos modificador de dimensiones. [...] Por eso,
cuando captamos los rostros los medimos con exactitud, pero como pintores, no
como agrimensores. [JF
505-506]
Las distancias son
astronómicas
Ahora individualizadas, la réplica que
no obstante se daban unas a otras con las miradas, animadas de suficiencia y
de espíritu de camaradería, en las que se iluminaba de cuando en cuando una
chispa de interés o de insolente indiferencia, según se tratase de sus amigas
o de los paseantes, esa consciencia además de conocerse entre ellas con
bastante intimidad para pasearse siempre juntas, formando «grupo aparte»,
establecía entre sus cuerpos independientes y separados, mientras avanzaban
lentamente, un lazo invisible pero armonioso, como una misma sombra cálida o
una misma atmósfera, y hacía de ellos un todo tan homogéneo en sus partes que
se diferenciaba de la multitud entre la que pasaba calmosamente su cortejo.
Por un momento, cuando pasaba [yo]
junto a la morena de gruesos carrillos que iba empujando una bicicleta, me
crucé con sus ojos oblicuos y risueños, salidos del fondo de aquel mundo
inhumano que contenía la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita
donde la idea de lo que yo era no podía llegar ni tener cabida. Distraída por
lo que decían sus compañeras, ¿me habría visto esta muchacha tocada con un
casquete que le cubría media frente, cuando el negro rayo emanado de sus ojos
fue a dar conmigo? Y si me vio, ¿qué le habría parecido? ¿Desde qué universo me
divisaba? Me habría sido tan difícil decirlo, como erróneo concluir, de
ciertas partículas que distinguimos en un astro vecino gracias al telescopio,
que lo habitan seres humanos... [JF 359-360]
Pronto tuve ocasión de enseñar algunas
pruebas [de mi obra]. Nadie entendió nada. Incluso quienes se mostraron
favorables a mi percepción de las verdades que yo quería luego grabar en el
templo, me felicitaron por haberlas descubierto con el «microscopio», cuando
por el contrario yo me había servido de un telescopio para ver cosas en
apariencia muy pequeñas, que estaban situadas a gran distancia, pues cada una
de ellas era un mundo. Allí donde yo buscaba las grandes leyes, me calificaban
de desvelador de detalles.
[TR 346]
X. LA OBRA DE ARTE MODERNA
1.
CONCEPCIÓN DE «LA RECHERCHE»
La obra como
instrumento
[...] Yo pensaba en mi libro con más
modestia, y también sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran,
en mis lectores. Pues, a mi parecer, no serían mis lectores, sino los propios
lectores de sí mismos, al no ser mi libro sino una suerte de cristales de
aumento, como los que ofrecía a un cliente el óptico de Combray, que les
brindaba el medio de leer en sí mismos. De manera que no les pediría que me
alabaran o me denigraran, sino sólo que me dijeran si efectivamente se ajusta,
si las palabras que leen en sí mismos son las que yo he escrito (así, las
posibles divergencias, por otra parte, no siempre provendrían de que yo me
hubiera equivocado, sino a veces de que mi libro no convendría a los ojos del
lector para leer bien en sí mismo). [...] El autor no debe ofenderse, sino por
el contrario dejar la mayor libertad al lector, diciéndole: «Pruebe usted
mismo si ve mejor con este cristal, o con este otro». [TR 338-318]
Una máquina
esencialmente productiva (de ciertas verdades)
En relación al libro interior de
signos desconocidos [...], para cuya lectura nadie podía darme regla alguna,
esta lectura consistía en un acto de creación en el que nadie puede
sustituirnos ni tampoco colaborar con nosotros. Por eso, ¡cuántos renuncian a
escribirlo! ¡Cuántas tareas se asumen para evitarlo! Cada acontecimiento, ya
fuera el caso Dreyfus, ya la guerra, sirvió de pretexto a los escritores para
no descifrar ese libro; preocupados por asegurar el triunfo del derecho y
rehacer la unidad moral de la nación, no tenían tiempo de pensar en la literatura.
Pero eso no eran más que excusas, porque o no tenían, o habían dejado de tener
talento, es decir instinto. Pues el instinto dicta el deber y la inteligencia
proporciona los pretextos para eludirlo. Sólo que en el arte no figuran las
excusas, pues las intenciones no cuentan; el artista debe escuchar a su
instinto en todo momento; eso hace que el arte sea lo más real que hay, la
escuela más austera de la vida y el verdadero juicio Final. [TR 186-187]
Lo producido no es
sólo interpretación. Relación entre impresión, recuerdo, creación: «el
equivalente espiritual»
La decepción que causan al principio
las obras maestras puede atribuirse, efectivamente, a un debilitamiento de la
impresión inicial, o al esfuerzo requerido para dilucidar la verdad. Dos
hipótesis que se plantean en todas las cuestiones importantes, aquellas de la
realidad del Arte, de la Realidad misma, de la Eternidad del alma, y que debe
elegirse entre ellas; en la música de Vinteuil, esta elección se planteaba a
cada momento bajo distintas formas. Por ejemplo, su música me parecía algo más
auténtico que todos los libros conocidos. A veces pensaba que se debía al hecho
de que, como lo que sentimos en la vida no es en forma de ideas, su traducción
literaria, es decir intelectual, da cuenta de ello, lo explica, lo analiza,
pero no lo recompone como la música, donde los sonidos parecen adoptar la
inflexión del ser y reproducir esa punta interior y extrema de las sensaciones
que nos da una embriaguez específica [...] Cuando me entregaba a la hipótesis
de que el arte era real, me parecía que la música podía dar incluso más que la
simple excitación alegre de un tiempo agradable o de una noche de opio, una
embriaguez más real, más fecunda, al menos así lo presentía yo. Pero no es posible
que a una escultura o a una música cuya emoción se siente más elevada, más pura
y más verdadera no corresponda una cierta realidad espiritual, o la vida carecería
de sentido. Así, nada se parecía tanto como una hermosa frase de Vinteuil a ese
placer particular que yo había sentido a veces en mi vida, por ejemplo frente a
los campanarios de Martinville, ante algunos árboles de un camino de Balbec, o
más sencillamente, en el comienzo de esta obra, al hecho de beber una cierta
taza de té. Como esta taza de té, las sensaciones de luz, o los claros rumores,
los resplandecientes colores que Vinteuil nos enviaba del mundo donde componía
paseaban por mi imaginación, con insistencia pero demasiado rápidamente para
que pudiera aprehenderlo, algo comparable a la sedosa fragancia de un geranio.
Sólo que, mientras en el recuerdo esa cosa vaga puede, si no profundizarse,
cuando menos precisarse por su referencia a unas circunstancias que explicar
por qué un determinado sabor ha podido recordarnos sensaciones luminosas, las
vagas sensaciones dadas por Vinteuil, al. provenir no de un recuerdo, sino de
una impresión (como aquella de los campanarios de Martinville), habrían
requerido no una explicación material de la fragancia de geranio de su música,
sino el equivalente profundo, aquel festejo desconocido y coloreado (de la que
sus obras parecían los fragmentos dispersos, los pedazos con grietas
escarlatas) según el cual «oía» y proyectaba fuera de sí el universo. Quizá en
esta cualidad desconocida de un mundo exclusivo, que ningún otro músico antes
nos había hecho ver, consistía-le decía yo a Albertina-la prueba más auténtica
del genio, mucho más que en el contenido de la propia obra. -»También en la
literatura?», me preguntó ella. - «Incluso en la literatura». [...] Pero
mientras ella me hablaba, como yo pensaba en Vinteuil, se presentaba a mí la
otra hipótesis, la hipótesis materialista del vacío. Empezaba a dudar; me decía
que después de todo cabía la posibilidad de que, si bien las frases de
Vinteuil parecían la expresión de ciertos estados del almaanálogos al que yo
sentí al probar la magdalena mojada en la taza de té-, nada me garantizaba que
la vaguedad de tales estados fuera una prueba de su profundidad, sino
solamente de que no hemos acertado aún a analizarlos, y de que, por tanto, no
habría en ellos nada más real que en los demás. Sin embargo, esa felicidad, ese
sentimiento de certeza en la felicidad, mientras me bebía la taza de té, de que
respiraba en los Campos Elíseos el aroma del añoso bosque, no era una ilusión.
Sea como sea, el espíritu de duda me decía que, aun si esos estados son en la
vida más profundos que otros y precisamente por eso inanalizables, porque
intervienen demasiadas fuerzas aún ignoradas por nosotros, el interés de
algunas frases de Vinteuil hace pensar en ellos porque es inanalizable también,
pero eso no prueba que tengan la misma profundidad.
[LP
361-367]
2.
LA PRODUCCIÓN DE LA VERDAD (BUSCADA)
Primer orden:
reminiscencias y esencias singulares (por los signos naturales y artísticos)
Una hora no es una hora, es un
recipiente repleto de aromas, sonidos, proyectos y climas. Lo que consideramos
la realidad es una determinada relación entre las sensaciones y los recuerdos
que nos rodean simultáneamente-relación que suprime una simple visión cinematográfica,
la cual se aleja por esa razón tanto más de lo verdadero a medida que pretende
limitarse a ello-, relación única que el escritor ha de recuperar para encadenar
definitivamente a ella en su frase los dos términos diferentes. [...] ¿Acaso
no me puso la naturaleza, desde este punto de vista, en la vía del arte, no fue
ella misma un comienzo de arte, pues sólo me permitió conocer, a veces mucho
tiempo después, la belleza de una cosa en otra: el mediodía de Combray en el
estruendo de sus campanarios, las mañanas de Doncières en las sacudidas de
nuestro calentador de agua? La relación puede parecer poco interesante, los
objetos mediocres, el estilo malo, pero mientras no haya habido esto, no hay
nada. [TR 196]
Segundo orden: leyes
generales y objetos parciales (por los signos mundanos, amorosos, y el sueño)
Albertina me había parecido un obstáculo
interpuesto entre mi persona y todas las cosas, porque ella era para mí su
continente y de ella, como de un vaso, podía tomarlas. Ahora que ese vaso se
había roto, no me sentía ya con fuerzas para tomarlas; abatido, no había ni una
sola que no evitase, prefiriendo no disfrutarla. De manera que mi separación
de ella no me abría en modo alguno el campo de los placeres posibles que creí
cerrado por su presencia. [...] Unida como estaba a todas las estaciones,
debería olvidarlas todas para perder el recuerdo de Albertina, sin
perjuicio de volver a reconocerlas, como un anciano aquejado de hemiplejía que
aprende de nuevo a leer; habría de renunciar a todo el universo. Me decía que
sólo una verdadera muerte de mí mismo (pero no es posible) podría consolarme de
la suya. No creía que la propia muerte fuera imposible, ni extraordinaria; se
consuma a pesar nuestro, contra nuestra voluntad si es necesario, cada día, y
sufriría la repetición de todas aquellas jornadas que no solamente la
naturaleza, sino circunstancias más artificiales y un orden más convencional
introducen en una estación. [...] Al recuerdo de las horas aun puramente
naturales, se añadiría forzosamente el paisaje moral que hace de él algo único
[...]. Así, aquellos años que el recuerdo de Albertina volvía
tan dolorosos, no sólo imponían los colores sucesivos, las modalidades
diferentes, el residuo de sus estaciones o de sus horas, de los atardeceres de
junio en las noches de invierno, de los claros de luna sobre el mar cuando, al
amanecer, volvíamos a casa, de la nieve de París sobre las hojas muertas de
Saint-Cloud, sino también de la idea particular que me formaba sucesivamente
de Albertina,
del
aspecto físico con que me la imaginaba en aquellos momentos, de la frecuencia
con que la veía en aquella temporada, y en la que aparecía más dispersa o más
compacta, de la ansiedad que ella pudo provocarme por la espera, del deseo experimentado
en un determinado momento por ella, de las esperanzas concebidas y luego
perdidas; todo ello modificaba el carácter de mi tristeza retrospectiva tanto
como las impresiones de luz o de aromas asociadas a ella, y completaba cada uno
de los años solares que yo había vivido y que solamente por sus primaveras, sus
otoños, sus inviernos me resultaban ahora tan tristes a causa del inseparable
recuerdo de ella, reforzándola de una suerte de año sentimental en el que las
horas no se definían por la posición del sol sino por la espera de una cita
[...]. ¿Acaso el estado cambiante de mi atmósfera moral y la presión
modificada de mis creencias no disminuyeron cierto día la visibilidad de mi
propio amor, y no lo extendieron otro indefinidamente; no lo embellecieron un
día hasta la sonrisa y lo constriñeron otro hasta la tormenta? No somos sino
por lo que poseemos, y sólo se posee lo que nos es realmente presente, ¡y son
tantos los recuerdos, los estados de ánimo, las ideas que parten lejos de
nosotros, perdiéndose de vista! Entonces no podemos ya incluirlos en el total
que compone nuestro ser. Sin embargo, disponen de caminos secretos para
retornar a nosotros. [...] Así, cada una de las Albertinas estaba vinculada a
un momento, en cuya fecha me veía de nuevo instalado cuando volvía a
considerarla. Y esos momentos del pasado no son inmóviles; conservan en
nuestra memoria el movimiento que los precipitaba hacia el futuro-hacia un
futuro convertido a su vez en pasado-, arrastrándonos hacia él también a
nosotros mismos. [...] Parecía que hubiera de elegir entre dos hechos, decidir
cuál era el verdadero, de tan contradictoria que era la muerte de Albertina-venida
a mí desde una realidad que yo no conocí, su vida en Turena-con todos mis
pensamientos acerca de ella, mis deseos, mis pesares, mi ternura, mi rabia, mis
celos. Esa riqueza de recuerdos obtenidos del repertorio de su vida, la
profusión de sentimientos que evocaba e implicaba su vida, hacía increíble que Albertina
hubiese
muerto. Profusión de sentimientos porque, como mi memoria conservaba mi
cariño, le dejaba toda su variedad. Y no sólo Albertina, sino
hasta yo mismo era como una sucesión de momentos. [...] No un solo hombre,
sino el desfile de un ejército variado compuesto, según el momento de
apasionados, indiferentes, celosos, ninguno de los cuales estaba celoso de la
misma mujer. Sin duda, de ahí vendría un día la curación, que yo no deseaba.
En una multitud, cada elemento puede sustituirse por otro, que a su vez otros
elementos eliminan o refuerzan sin que se note, si bien al final se ha
realizado un cambio imposible de concebir si fuéramos uno. [...] Una mujer que
ya no podía sentir placer con otras no debería suscitarme celos, en el caso de
que solamente se hubiera materializado mi cariño. Pero eso era imposible, dado
que éste sólo podía encontrar su objeto, Albertina, en
los recuerdos donde ella seguía viva. Pues al pensar en ella la resucitaba,
sus traiciones nunca podían ser las de una muerta, al hacerse actual el
instante en que las había cometido no solamente en relación a Albertina,
sino
a aquel de mis «yoes» que súbitamente evocado la contemplaba. [...] Y ahora lo
que aparecía ante mí como un doble del futuro [...] no era ya el futuro de Albertina
sino
su pasado. ¿Su pasado? No es exacto, porque para los celos no hay ni pasado ni
futuro, lo que imaginan es siempre presente.
Los cambios de atmósfera provocan
otros en el interior del hombre, despiertan yoes olvidados, contrarían el
adormecimiento del hábito, insuflan nuevas fuerzas a esos recuerdos y
sufrimientos [...]; como les ocurre a los amputados, el menor cambio de tiempo
renovaba mis dolores en el miembro que ya no existía. [AD 65-73]
El hombre es un ser sin edad fija, un
ser que tiene la facultad de tornarse en unos segundos muchos años más joven,
y que rodeado por los muros del tiempo en que ha vivido, flota en él, pero como
en un estanque cuyo nivel cambia constantemente y lo sitúa tanto al alcance de
una época como de otra. [AD 193]
Si la figura de una mujer es
difícilmente abarcable por los ojos, que no pueden aplicarse a toda esa
superficie movediza, o por los labios, menos lo es por la memoria, y si algunas
brumas la modifican según su posición social o la altura a la que nos
situamos, ¡cuánto más opaco aún es el velo corrido entre las acciones que
vemos de ella y sus móviles! Los móviles yacen en un plano más profundo, que no
percibimos, y engendran otras acciones además de las que conocemos, a menudo en
absoluta contradicción con ellas. [AD
197]
En cuanto a las verdades que la
inteligencia-aun la de los espíritus más elevados-recoge a plena luz, ante
ella, pueden ser de un valor inmenso; pero son de contornos más duros, y
planas, carecen de profundidad, porque, al no haber sido recreadas, no ha
habido que atravesar profundidades para llegar a ellas. [...] Aun así, notaba
que esas verdades que la inteligencia deduce directamente de la realidad no
son del todo desdeñables, pues podrían fijar con una materia menos pura pero
aún penetrada de espíritu aquellas impresiones que nos trae fuera del tiempo la
esencia común a las sensaciones del pasado y del presente, pero que, más valiosas,
son también demasiado raras para que la obra de arte pueda componerse
exclusivamente de ellas. Sentía aglomerarse en mí una multitud de verdades
relativas a las pasiones, los caracteres, las costumbres adecuadas para eso. Su
percepción me causaba alegría; pero creía recordar que más de una la descubrí
en el sufrimiento, y otras en placeres muy mediocres. [TR
2051
Mientras Swann dormía, de imágenes
incompletas y mudables extraía deducciones falsas, disponiendo momentáneamente
de un poder creador tal que podía reproducirse por simple división, como
algunos organismos inferiores; con el calor que sentía en la palma de su
propia mano modelaba el hueco de una mano ajena que creía estrechar, y de
sentimientos e impresiones que eran aún inconscientes, hacía nacer algunas
peripecias que, por su encadenamiento lógico, atraerían al sueño de Swann el
personaje necesario para recibir su amor o para despertarlo. [CS 373]
Tercer orden:
producción de catástrofe (por los signos de vejez, enfermedad y muerte)
Nada más entrar en el salón, aunque
mantuviera firme en mí, en el punto en que
estaba, el proyecto que acababa de concebir, se produjo un golpe de
efecto que opondría contra mi empresa la más grave de las objeciones. [...] Al
principio no comprendí por qué vacilaba en reconocer al huésped y a los
invitados, y por qué cada uno parecía haberse «fabricado una cara», en general
empolvada, que lo cambiaba por completo. [...] Una velada como aquella en que
me encontraba era algo mucho más valioso que una imagen del pasado, pues me
ofrecía como todas las imágenes sucesivas, y que nunca había visto, que
separaban el pasado del presente, o mejor aún, la relación que había entre el
presente y el pasado; era como lo que antes se llamaba una «visión óptica»,
pero una óptica de los años, no de un momento, sino de una persona situada en
la perspectiva deformadora del Tiempo. [...] La necesidad de remontar
efectivamente el curso de los años para dar un nombre a las figuras, me
obligaba, por reacción, a restituir acto seguido, otorgándoles su lugar real,
los años en los que yo no había pensado. Desde este punto de vista, y para no
dejarme engañar por la identidad aparente del espacio, el aspecto
completamente nuevo de un ser como monsieur d'Argencourt era
para mí una revelación patente de esa realidad milésima que de costumbre nos
resulta abstracta, como la presencia de ciertos árboles enanos o baobabs
gigantes
nos advierte del cambio de meridiano. Descubría esta acción destructiva del
Tiempo en el mismo momento en que me proponía dilucidar, intelectualizar en una
obra de arte realidades extemporales. [TR
232]
Y ahora comprendía lo que era la
vejez-la vejez, que de todas las realidades es quizá aquélla de la que más
tiempo conservamos en la vida una noción puramente abstracta [...], sin
comprender, sea por miedo, sea por pereza, lo que significa, hasta el día en
que vemos una silueta desconocida, como la de monsieur d'Argencourt,
que nos muestra que vivimos en un mundo nuevo. [...] Comprendía el significado
de la muerte, del amor, de los goces del espíritu, de la utilidad del dolor, de
la vocación, etc. Pues así como los nombres habían perdido para mí parte de su
individualidad, las palabras me descubrían todo su sentido. La belleza de las
imágenes reside detrás de las cosas; la de las ideas, delante. De suerte que
la primera deja de deslumbrarnos cuando las alcanzamos, mientras que la
segunda sólo se comprende cuando las hemos traspasado.
Seguramente el cruel descubrimiento
que acababa de hacer me serviría para la materia misma de mi libro. Una vez
decidido que no podía consistir únicamente en impresiones plenas-aquellas que
están fuera del tiempo-, entre las verdades con que contaba combinarlas
ocuparían un lugar importante las referidas al tiempo, al tiempo en el que
están inmersos y cambian los hombres, las sociedades, las naciones. [TR
237-238]
[...] Admiraba la fuerza de renovación
original del Tiempo que, respetando la unidad del ser y las leyes de la vida,
sabe cambiar el decorado e introducir marcados contrastes en dos aspectos
sucesivos de un mismo personaje. [...] En definitiva el artista, el Tiempo,
había «ofrecido» todos esos modelos de tal forma que eran reconocibles, pero no
parecidos. [...] En efecto, «reconocer» a alguien, y más aún, después de no
haber podido reconocerlo, identificarlo, es pensar bajo una sola denominación
dos cosas contradictorias, es admitir que lo que está aquí, el ser que se
recuerda, ya no está, y lo que está es un ser desconocido; es tener que pensar
un misterio casi tan turbador como la muerte, de la que por otra parte es
prefacio y heraldo. [TR
241-246]
[...] Lo mismo que sobre los seres, el
tiempo había ejercido también en este salón su química sobre la sociedad.
[...] Distendidos o rotos, los resortes de la máquina rechazadora ya no
funcionaban, mil cuerpos extraños penetraban en él, quitándole toda
homogeneidad, toda compostura, todo color. El faubourg Saint-Geiinain,
como una hacendada gaga, sólo respondía con tímidas sonrisas a criados
insolentes que invadían sus salones, bebían su naranjada y le prestaban sus
queridas. [TR 262-263]
El Tiempo, un
monstruo con dos cabezas: a) Alteración y muerte (universalidad)
[...] En la transcripción de un
universo que había que recomponer por completo, por lo menos no dejaría de
describir en él al hombre con la longitud, no de su cuerpo, sino de sus años,
como si hubiera de arrastrarlos con él-tarea cada vez más enorme y que acaba
por vencerle-cuando se desplaza. Por otra parte, que ocupamos un lugar
progresivamente creciente en el Tiempo todo el mundo lo siente, y esta
universalidad no podía menos de alegrarme, puesto que es la verdad que todos
sospechamos y que yo intentaría elucidar. No sólo todo el mundo siente que
ocupamos un lugar en el Tiempo, sino que el más ingenuo mide este lugar
aproximadamente como mediría el que ocupamos en el espacio [...]. Si tenía
ahora la intención de poner tan de relieve esta noción del tiempo incorporado,
de los años pasados no separados de nosotros, es porque en este preciso
momento, en la residencia del príncipe de Guermantes, oía aún aquel ruido de
los pasos de mis padres acompañando a monsieur Swann y aquel
tintineo estridente, ferruginoso, insistente, penetrante y fresco de la campanilla
que me anunciaba que monsieur Swann se había ido por fin y que mamá
subiría, los oía tal cual, situados no obstante en un pasado muy lejano.
Entonces, pensando en todos los hechos interpuestos forzosamente entre el
instante en que yo los había oído y la velada de los Guermantes, me aterró
pensar que era exactamente aquella campanilla la que seguía tintineando en mí,
sin que pudiera modificar en nada el estrépito de su badajo [...]. Para
intentar oírlo más de cerca, debía internarme en mí mismo. Luego aquel
tintineo seguía allí, así como entre él y el instante presente todo aquel
pasado indefinidamente desplegado que yo desconocía que portaba. Cuando sonó,
yo existía ya, y desde entonces, para que oyese aún su tintineo, era preciso
que no hubiera habido discontinuidad, que yo no hubiera dejado un instante de
ser, de existir, de pensar, de tener consciencia de mí, puesto que aquel
instante remoto se conservaba aún en mí, podía encontrarlo todavía, volver a
él con sólo descender más profundamente en mí. [...]
Me producía un sentimiento de fatiga y
escalofríos sentir que todo ese tiempo tan largo no solamente había sido
vivido, pensado, segregado por mí sin interrupción, que era mi vida y yo
mismo, sino también que tenía que mantenerlo constantemente amarrado a mí, que
me sostenía encaramado a su vertiginosa cima, que no podía moverme sin
desplazarlo a duras penas consigo. La época en que oí el ruido de la
campanilla del jardín de Combray, muy distante y sin embargo interior, era un
punto de referencia en esta dimensión enorme que desconocía tener. Me daba
vértigo ver por debajo de mí, y no obstante en mí-como si midiera leguas de
estatura-, tantos años.
Si me quedaba el tiempo suficiente
para realizar mi obra, en ella describiría ante todo a los hombres, aun a costa
de hacerles parecer seres monstruosos, como ocupando un lugar muy considerable
al lado de ese otro tan restringido que se les asigna en el espacio, un lugar
por el contrario prolongado sin límite, puesto que, como gigantes sumergidos en
los años, lindan simultáneamente con épocas-entre las que han venido a intercalarse
tantos días-, que ellos viven muy distantes, en el Tiempo. [TR 351-353]
Debía partir, efectivamente, del hecho
de que tenía un cuerpo, es decir, de que estaba perpetuamente amenazado por un
doble peligro, exterior e interior. Y aún hablaba así por comodidad del
lenguaje, pues el peligro interior, como el de hemorragia cerebral, es igualmente
exterior, puesto que es del cuerpo. El hecho de tener un cuerpo es la gran
amenaza para el espíritu, la vida humana y pensante, de la que sin duda
conviene decir que no es precisamente un milagroso perfeccionamiento de la
vida animal y física, sino más bien una imperfección en la organización de la
vida espiritual, incluso tan rudimentaria como la existencia común de los
protozoarios en políperos, como el cuerpo de la ballena, etc. El cuerpo
aprisiona al espíritu en una fortaleza; pronto la fortaleza se ve asediada por
todas partes y, al final, el espíritu ha de rendirse. [TR
341]
b) Superación de la
contradicción (por la fragmentación)
[...] Me sentía acrecido por esta obra
que llevaba en mí (como por algo valioso y frágil que me hubiera sido confiado
y yo deseara entregar intacto en las manos a que iba destinada y que no eran
las mías). Ahora, sentirme portador de una obra hacía más terrible para mí un
accidente que pudiera costarme la vida [...]. Sabía muy bien que mi cerebro era
una rica cuenca minera, con una extensión inmensa y muy variada de yacimientos
preciosos. Pero ¿tendría tiempo de explotarlos? [...] Por una extraña coincidencia,
este temor razonado del peligro nacía en mí en un momento en que, desde hacía
poco, la idea de la muerte me resultaba indiferente. [...] Pues comprendía que
morir no era nada nuevo, sino que por el contrario desde mi infancia había muerto
ya varias veces. [TR
341-343]
La ley cruel del arte es que mueran
los seres y nosotros mismos muramos agotando todos los sufrimientos, para que
crezca la hierba, no del olvido, sino de la vida eterna, la hierba firme de las
obras fecundas sobre la que las generaciones vengan a celebrar, sin cuidado por
los que duermen debajo, su «almuerzo en la hierba». [TR
343]
3.
LA EXPERIMENTACIÓN ARTÍSTICA
El arte como
productor de efectos (o verdades)
«Y a propósito de las catedrales-dijo
Elstir dirigiéndose a mí, porque hacía referencia a una conversación en la
que las muchachas no habían participado ni, además, les habría interesado-, el
otro día le hablaba de la iglesia de Balbec como de un enorme acantilado, un
gran brote de piedra del país; pero, me dijo mostrándome una acuarela, observe
a la inversa estos acantilados (es un boceto tomado muy cerca de aquí, en los
Creuniers), observe cómo esas rocas recortadas con tanta fuerza y delicadeza
recuerdan a una catedral». [...] Me lamenté de no conocer los Creuniers. Pero Albertina
y
Andrea me aseguraron que debía de haber ido al menos cien veces. En ese caso
fue sin saberlo, ni sospechar que algún día su visión podría inspirarme tal
sed de belleza, no precisamente natural como aquella que había ido a buscar en
los acantilados de Balbec, sino más bien arquitectónica. [...]
De suerte que si antes de esas visitas
a Elstir [...] me esforzaba siempre que estaba frente al mar por expulsar de
mi campo visual a los bañistas de primer término y a los yates de velas tan
blancas como los trajes de playa, todo cuanto me impedía convencerme de que
contemplaba el flujo inmemorial cuya misteriosa vida desplegaba ya antes de
la aparición de la especie humana, incluidos aquellos días radiantes que me
parecían revestir de un aspecto banal de estío universal a esa costa de brumas
y tempestades, marcando en ella un simple tiempo de descanso equivalente a lo
que en música se denomina un compás de espera, ahora, en cambio, lo que me
parecía un accidente funesto era el mal tiempo, sin que pudiera ocupar un lugar
en el mundo de la belleza: deseaba ardientemente ir a encontrar en la realidad
lo que tan fuertemente me exaltaba, y confiaba en que el tiempo fuera lo
bastante favorable para ver desde lo alto del acantilado las mismas sombras
azules que había en el cuadro de Elstir. [JF
464]
[...] Mis ojos, instruidos por Elstir
a retener precisamente los elementos que antes apartaba yo a propósito, no
dejaban de contemplar lo que el primer año no sabían ver. La oposición que
entonces tanto me impresionara entre mis agrestes paseos con madame
de
Villeparisis y la proximidad fluida,
inaccesible y mitológica del Océano
eterno no existía ya para mí. Y, en cambio, a veces el mar mismo me parecía
ahora casi rural. Los pocos días de auténtico buen tiempo, el calor trazaba
sobre el agua, como a través del campo, un surco polvoriento y blanco tras el
que sobresalía, como un campanario rural, la fina punta de un barco pesquero.
Un remolcador del que apenas se veía la chimenea echaba humo en lontananza como
una fábrica lejana, mientras que aislado en el horizonte un cuadrado blanco y
abombado, pintado sin duda por una vela pero con aspecto compacto y calcáreo,
recordaba la arista soleada de algún edificio aislado, un hospital o una
escuela. Y las nubes y el viento, los días en que se mezclaban con el sol,
pulían, si no el error de juicio, sí al menos la ilusión de la primera mirada,
la sugerencia que despierta en la imaginación. Pues la alternancia de espacios
coloreados y netamente recortados, como aquellos que se forman en el campo por
la contigüidad de diferentes cultivos, las ásperas irregularidades amarillas y
como cenagosas de la superficie marina, las lomas, los taludes que ocultaban a
la vista una barca donde un grupo de ágiles marineros parecía que recolectaba,
todo eso hacía del océano, en los días borrascosos, algo tan variado,
consistente, accidentado, poblado y civilizado como la tierra transitable por
la que yo andaba tiempo atrás y a la que no tardaría en volver. [SG 179-180]
La obra se nutre de
sus propios efectos
Comprendí que todos los materiales de
la obra literaria constituían mi vida pasada; que vinieron a mí con los
placeres frívolos, la pereza, la ternura, el dolor, y que los almacené sin
sospechar su destino ni su supervivencia, como no lo hace la simiente cuando
acumula los alimentos que nutrirán la planta. Como la simiente, yo podría
morir cuando la planta se hubiera desarrollado, y resultaba que había vivido
para ella sin saberlo [...]. De suerte que toda mi vida hasta este día podía y
no podía resumirse en este título: Una vocación. No podía porque la literatura
no había desempeñado papel alguno en mi vida. Lo podía porque esta vida, los
recuerdos de sus tristezas y de sus alegrías, constituía una reserva semejante
al albumen que se aloja en el óvulo de las plantas y del cual obtiene su
alimento para transformarse en grano, cuando aún se ignora que se está
desarrollando el embrión de una planta, y que sin embargo es el lugar de fenómenos
químicos y respiratorios secretos pero muy activos. Mi vida estaba así en
relación con lo que la conduciría a su maduración. Y los que se nutrirían
después de ella ignoraban, como quienes comen los granos alimenticios, que las
ricas sustancias que contienen fueron hechas para su propio alimento,
alimentaron primero la semilla y posibilitaron su maduración.
[TR 206]
El arte: descubridor
(por la observación), creador (por la imaginación subjetiva), productor (por el
pensamiento)
Cualquiera que sea la idea que nos
deje la vida, su figura material, huella de la impresión causada, es además la
marca de su verdad necesaria. Las ideas formadas por la inteligencia pura sólo
poseen una verdad lógica, una verdad posible, y su elección es arbitraria.
[...] Sólo la impresión, por endeble que parezca su materia e inconsistente su
huella, es un criterio de verdad [...]. La impresión para el escritor es como
la experimentación para el sabio, con la diferencia de que en el sabio el trabajo
de la inteligencia precede y en el escritor viene después. [...] Así, había
llegado a la conclusión de que no somos en modo alguno libres ante la obra de
arte, no la hacemos a nuestro antojo, sino que, preexistente en nosotros, y
porque es a la vez necesaria y está oculta, hemos de descubrirla como haríamos
con una ley de la naturaleza. [TR
186-187]
De mi vida pasada comprendí también
que los menores episodios contribuyeron a darme la lección de idealismo de la
que hoy iba a sacar provecho. Mis encuentros con monsieur de
Charlus, por ejemplo, ¿no me permitieron, incluso antes de que su germanofilia
me diera la misma lección, y mejor aún que mi amor por madame de
Guermantes o por Albertina,
o
que el amor de SaintLoup por Raquel, convencerme de cuán indiferente es la
materia y de que todo puede ponerlo el pensamiento [...]? Mi sobrecogimiento
cada vez que veía en los Champs-Elysées, en la calle, en la
playa, el rostro de Gilberta, de madame de Guermantes, de Albertina,
tno
probaba hasta qué punto un recuerdo no se prolonga sino en una dirección
divergente de la impresión con la que coincidió al principio y de la que se
aleja paulatinamente? [TR
217]
Me di cuenta de que sólo la percepción
burda y errónea pone todo en el objeto, cuando todo está en el espíritu;
perdí a mi abuela en realidad muchos meses después de haberla perdido de
hecho; vi a las personas variar de aspecto según la idea que yo u otros nos hacíamos
de ellas; vi a una sola ser varias según las personas que
la veían (los diversos Swann del principio, por ejemplo; la princesa de
Luxemburgo para el primer presidente), o hasta para una sola a lo largo de los
años (el nombre de Guermantes o los diversos Swann para mí). Vi cómo el amor
situaba en una persona lo que sólo está en la persona que ama. Pude darme aun
más cuenta de esto porque yo extendí hasta el límite la distancia entre la
realidad objetiva y el amor (Raquel para Saint-Loup y para mí, Albertina
para
mí y para SaintLoup, Morel o el conductor de ómnibus para Charlus
u otras personas...). En fin, la germanofilia de monsieur de
Charlus, así como la mirada de Saint-Loup a la fotografía de Albertina,
me
ayudaron en cierta medida a distanciarme por un instante, si no de mi
germanofilia, al menos de mi confianza en su pura objetividad, y a hacerme
pensar que quizá ocurría con el odio como con el amor y que, en el terrible
juicio que en aquel momento emitía Francia con respecto a Alemania, a la que
consideraba al margen de la humanidad, había sobre todo una objetivación de
sentimientos [...]. (Y no obstante, lo que yo veía de subjetivo en el odio
como en la mirada misma no impedía que el objeto pudiera poseer cualidades o
defectos reales, ni desvanecía de ningún modo la realidad en un puro relativismo.)
[TR 219-220]
La enfermedad, que como un inexorable
director de consciencia me hacía morir a ojos del mundo, me había hecho un
favor, «pues si la semilla de trigo no muere una vez sembrada, quedará sola,
pero si muere dará muchos frutos»; si la pereza me protegió contra la facilidad,
la enfermedad que acaso iba a guarecerme ahora contra la pereza había consumido
mis fuerzas y [...] las fuerzas de mi memoria. Mas ¿no era la recreación por la
memoria de impresiones que después debían profundizarse, esclarecerse, transformarse
en equivalente intelectual, una de las condiciones, casi la esencia misma de
la obra de arte tal como yo la había concebido en la biblioteca? [...]
Entonces, pensé que si tenía aún
fuerzas para realizar mi obra, esta velada-como antaño en Combray algunos
días que influyeron en mí-que hoy mismo me había dado a la vez la idea de mi
obra y el temor a no poder realizarla, marcaría en ésta ante todo la forma que
presentí en otro tiempo en la iglesia de Combray y que nos resulta
habitualmente invisible, la del Tiempo. [TR 349-350]
El
arte: objetivo final de la vida o de la Naturaleza
Comoquiera que las relaciones mundanas
habían ocupado hasta entonces un lugar en mi vida cotidiana, me asustaba un
futuro en el que no figuraran, y este recurso [de escribir] que me permitiría
retener la atención de mis amigos sobre mí, y quizá suscitar su admiración,
hasta el día que me repusiera lo bastante para volver a verlos, me consolaba;
pero, aunque me dijera esto, me daba cuenta de que no era verdad, de que si me
complacía representarme su atención como el objeto de mi placer, ese placer
era un placer interior, espiritual, último, que los demás no podrían darme y
que yo no podría encontrar charlando con ellos, sino escribiendo alejado de su
compañía; y que si comenzaba a escribir para verlos indirectamente, para que
tuvieran mejor opinión de mí, para prepararme una situación más ventajosa en
el mundo, acaso escribir me quitaría las ganas de verlos, y no me apetecería
disfrutar la posición que la literatura me valdría tal vez en el mundo, pues mi
placer no residiría ya en el mundo sino en la literatura. [AD 152]
Toda persona que nos hace sufrir puede
relacionarse con una divinidad de la cual no es sino un reflejo fragmentario y
el último grado, divinidad (Idea) cuya contemplación nos procura al instante
un goce en lugar del dolor que sentíamos. Todo el arte de vivir no consiste
sino en servirnos de las personas que nos hacen sufrir como de un grado que
nos permite acceder a su forma divina y poblar así gozosamente nuestra vida de
divinidades.
[TR 205]
El trabajo del artista, de intentar
captar bajo la materia, bajo la experiencia, bajo las palabras algo distinto,
es exactamente el trabajo inverso de ese otro que, cuando vivimos ajenos a
nosotros mismos, efectúa en nosotros el amor propio, la pasión, la
inteligencia, así como el hábito, al acumular sobre nuestras impresiones
verdaderas, y para ocultárnoslas por completo, las nomenclaturas y los fines
prácticos que consideramos erróneamente la vida. En definitiva, ese arte tan
complicado es precisamente el único arte vivo. Sólo él expresa para los demás
y nos hace ver a nosotros mismos nuestra propia vida, esa vida que no puede
«observarse» y cuya apariencia ha de ser traducida y con frecuencia leída al
revés o descifrada penosamente. El trabajo que hicieron nuestro amor propio,
nuestra pasión, nuestro espíritu de imitación, nuestra inteligencia abstracta,
nuestros hábitos es el trabajo que el arte deshará, y la marcha que nos hará
seguir en sentido contrario es el regreso a las profundidades, donde lo que
realmente existió yace ignorado por nosotros. [TR
202-203]
4.
LA UNIDAD DE LA OBRA DE ARTE
Inacabada y
compuesta de remiendos
Esta idea del Tiempo tenía un último
valor para mí, era un acicate, me decía que ya era hora de empezar, si quería
desentrañar los breves destellos que sentí a veces en el transcurso de mi vida
por el camino de Guermantes, o durante mis paseos en coche con madame
de
Villeparisis, y que me hizo considerar la vida como digna de ser vivida. [...]
¡Qué afortunado sería quien pudiera escribir ese libro, qué tarea ante él! Para
hacerse una idea, habría que compararlo con las artes más excelsas y variadas;
pues este escritor, que mostraría además las caras opuestas de cada carácter
para realzar su volumen, tendría que preparar su libro minuciosamente, con
constantes reagrupamientos de fuerzas, como una ofensiva, soportarlo como una
fatiga, aceptarlo como una regla, construirlo como una iglesia, seguirlo como
un régimen, vencerlo como un obstáculo, conquistarlo como una amistad,
sobrealimentarlo como a un niño, crearlo como un mundo, sin dejar de lado esos
misterios que probablemente sólo encuentren explicación en otros mundos y cuyo
presentimiento es lo que más nos conmueve en la vida y en el arte. En estos
grandes libros, hay partes que sólo han tenidd tiempo de ser esbozadas,
y que seguramente nunca se acabarán, por la amplitud misma del plano del
arquitecto. ¡Cuántas grandes catedrales han quedado inacabadas! [TR
337-338]
Observado por Francisca, trabajaría
junto a ella, y más o menos como ella [...]; pues, pegando aquí o allá algún
papel suplementario, construiría mi libro, no me atrevo a decir ambiciosamente
como se construye una catedral, sino simplemente como se monta un vestido.
[...] Por lo demás, como en un libro las individualidades (humanas o no) están
compuestas de numerosas impresiones que, tomadas de varias muchachas, de varias
iglesias, de varias sonatas, sirven para componer una sola sonata, una sola
iglesia, una sola muchacha, ¿no habría de hacer yo mi libro como preparaba Francisca
su estofado de buey, tan apreciado por monsieur de Norpois, donde
tantos pedazos de carne añadidos y seleccionados enriquecían la gelatina? [TR
338-340]
Punto de vista
supraindividual y multiplicidad de mundos
La verdadera vida, la vida finalmente
descubierta y esclarecida, la única vida en consecuencia plenamente vivida,
es la literatura. Esa vida que, en cierto modo, habita a cada instante en
todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven porque no tratan de
dilucidarla. Y por eso su pasado está sembrado de múltiples clichés que
resultan inútiles porque la inteligencia no los ha «desarrollado». Nuestra
vida; y también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como
el color para el pintor; no cosa de técnica, sino de visión. Es la revelación,
que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia
cualitativa que hay en la manera de aparecérsenos el mundo, diferencia que, si
no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. Sólo mediante el
arte podemos salir de nosotros, saber lo que otro ve de ese universo distinto
del nuestro y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda
haber en la luna. Gracias al arte, en lugar de ver un solo mundo, el nuestro,
lo vemos multiplicarse, y disponemos de tantos mundos como artistas originales
hay, más diferentes unos de otros que los que gravitan en el infinito... [TR 201-202]
Uno Y Todo: ni
unidad lógica, ni totalidad orgánica
Cuántas veces retornaron a mí todos
aquellos personajes en el transcurso de su vida, cuyas diversas circunstancias
parecían presentar los mismos seres, pero con formas y objetivos variados; y la
diversidad de los puntos de mi vida por donde había pasado el hilo de la de
esos personajes acabó por mezclar a quienes parecían más alejados, como si la
vida poseyera solamente un número limitado de hilos para trazar los dibujos
más variados. [...] Hoy todos esos hilos diferentes se habían entrelazado
para tejer la trama, aquí de la pareja SaintLoup, allá del joven matrimonio
Cambremer, por no hablar de Morel y de tantos otros
cuya unión contribuyó a formar una circunstancia, pareciéndome que la
circunstancia era la unidad completa y el personaje tan sólo un componente.
Además, mi vida era ya bastante larga para que no encontrase a más de uno de
aquellos seres, en regiones opuestas de mis recuerdos, otro ser que lo
completara. [...] Del mismo modo, si a un aficionado al arte le muestran el
panel de un retablo, recuerda en qué iglesia, en qué museos o en qué colección
particular están dispersos los demás [...], y puede reconstruir en su cabeza
la parte inferior y el altar completo. Como el cubo que al subir por un torno
roza varias veces y por lados opuestos la cuerda, no había personaje ni acaso
cosas que, si ocupaban un lugar en mi vida, no desempeñaran alternativamente
papeles diferentes. Si al cabo de unos años volvía a encontrar en mi recuerdo
una simple relación mundana, o incluso un objeto material, veía que la vida no
había dejado de tejer en torno a él distintos hilos que acababan por darle ese
hermoso aterciopelado inimitable de los años, semejante al que en los parques
antiguos forra de esmeralda una simple cañería. [TR
278-279]
La música, muy diferente en este
aspecto de la compañía de Albertina, me ayudaba a
descender en mí mismo y a descubrir allí algo nuevo: la variedad que había buscado
en vano en la vida [...]. Era una diversidad doble.
Por una parte, al igual que el
espectro exterioriza para nosotros la composición de la luz, la armonía de un Wagner
o
el color de un Elstir nos permiten conocer esa esencia cualitativa de las
sensaciones de otro ser donde el amor por otra persona no nos hace penetrar.
Por otra, la diversidad en el seno de la propia obra, por el único medio
posible de ser efectivamente diversa: reunir varias individualidades. [... ]
Pensaba en el hecho de que, al mismo tiempo, esas obras participan del carácter
de ser-si bien maravillosamente-siempre incompletas, carácter propio de todas
las grandes obras del siglo xix, cuyos magníficos escritores malograron sus
libros pero, al contemplar su trabajo como si fueran artesano y juez a la vez,
extrajeron de esta autocontemplación una belleza nueva, exterior y superior a
la obra, al imponerle retroactivamente una unidad, una magnitud de que carece.
Sin detenernos en quien vio realmente en sus novelas una Comedia humana, ni en quienes denominaron a poemas o ensayos
heterogéneos La leyenda de los siglos y
La Biblia de la humanidad, ¿no puede decirse de este último, que tan bien
encarna el siglo xix, que la mayor belleza de Michelet acaso no haya que
buscarla tanto en su propia obra como en la actitud que adopta frente a ella,
es decir no en su Historia de Francia o en
su Historia de la Revolución, sino en
sus prefacios a esos dos libros? Prefacios, es decir páginas es-. critas una
vez acabados, donde los juzga y se ve obligado a añadir de vez en cuando
frases que comienzan normalmente por un «¿Debiera decirlo?», que no es una
precaución de erudito, sino una cadencia de músico. [...] O como Balzac,
cuando
al mirar sus obras con los ojos de un extraño y de un padre a la vez...
proyectó sobre ellas una iluminación retrospectiva y se dio cuenta de pronto
de que serían más bellas reunidas en un ciclo donde reaparecieran los mismos
personajes, añadiendo así a su obra por este ensamblaje la última y más sublime
pincelada. Unidad ulterior, no artificial. De otro modo quedaría pulverizada,
como tantas sistematizaciones de escritores mediocres que con el refuerzo de
títulos y subtítulos aparentan haber pretendido un único y trascendental
propósito. No artificial, sino hasta quizá más real por ser ulterior y haber
surgido de un momento de entusiasmo, descubierta entre fragmentos que sólo les
falta reunirse, unidad que se ignoraba, por tanto vital y no lógica, que no ha proscrito
la variedad ni enfriado la ejecución. Es como un fragmento compuesto aparte
(pero aplicado esta vez al conjunto), nacido de una inspiración, no exigido por
el desarrollo artificial de una tesis, y que viene a integrarse al resto.
[...] El propio Wagner
exultó
de gozo cuando descubrió en su memoria el son del pastor y lo agregó a su obra,
proyectando en ella su significado. Alegría que, por lo demás, no le abandona
nunca. En él, cualquiera que sea la tristeza del poeta, queda consolada,
rebasada-es decir desgraciadamente en parte destruida-por el gozo del creador.
En ese momento, tanto como aquella identidad que constatara entre la frase de
Vinteuil y la de Wagner,
me
había conmocionado esta habilidad vulcánica. ¿No será ella la que en los
grandes artistas produce la ilusión de una profunda originalidad,
irreductible, aparentemente reflejo de una realidad sobrehumana, pero en
realidad fruto de un trabajo industrioso? Si el arte consiste sólo en eso, no
es más real que la vida misma, y no tenía entonces de qué lamentarme. [LP
149-151]
Estatuto
de la esencia: punto de vista (adyacente o contiguo)
Combray, de lejos, a diez leguas a la
redonda, vista desde el tren cuando llegábamos allí la última semana antes de
Pascua, era tan sólo una iglesia que albergaba el pueblo, lo representaba, y
hablaba de él y por él en lontananza [...]. Era el campanario de Saint-Hilaire
lo que componía, coronaba y consagraba todos los quehaceres, todas las horas y
todas las perspectivas del pueblo. [...] Incluso en nuestros paseos por detrás
de la iglesia, cuando ya no la veíamos, todo parecía ordenado por relación al
campanario, que surgía aquí o allá entre las casas, aún más impresionante si
asomaba sin la iglesia. [CS 47-64]
[En las pinturas de Elstir] el río que
discurre bajo los puentes de una ciudad estaba captado de tal manera que
parecía completamente dislocado, explayado aquí en lago, reducido allá a
reguero, cortado en otra parte por la interposición de una colina, coronada de
bosque, donde el vecindario acude al atardecer a tomar el fresco; y el propio
ritmo de esta agitada ciudad sólo estaba fijado por la vertical inflexible de
los campanarios que, en lugar de elevarse, la plomada de la pesantez marcaba la
cadencia como en una marcha triunfal, pareciendo mantener en suspenso, por
debajo de ellos, toda la masa más confusa de casas escalonadas en la bruma, a
lo largo del río aplastado y deshecho. [JF 403]
La nueva literatura:
ausencia de estilo
(en vez de
descripción, explicación)
En una descripción, podemos hacer que
los objetos del lugar descrito se sucedan indefinidamente, la verdad sólo
empezará cuando el escritor tome dos objetos diferentes, establezca su
relación, análoga en el mundo del arte a lo que en el mundo de la ciencia es la
relación única de la ley causal, y los encierre en los anillos necesarios de
un buen estilo. O cuando, como en la vida, aproxime una cualidad común a dos
sensaciones, extraiga su esencia común y las reúna, para sustraerlas a las
contingencias del tiempo, en una metáfora. [TR 196]
Mi incapacidad para mirar y escuchar,
que tan penosamente me reveló [mi lectura del diario de los Goncourt],
no
era sin embargo completa. Había en mí un personaje que más o menos sabía ver
bien, pero era un personaje intermitente, que sólo cobraba vida cuando aparecía
alguna esencia general, común a varias cosas, que constituía su alimento y su
gozo. Entonces el personaje miraba y escuchaba, pero solamente a una cierta
profundidad, de modo que la observación no le era de provecho. Como un geómetra
despoja a las cosas de sus cualidades sensibles para no ver más que su sustrato
lineal, a mí se me escapaba lo que contaba la gente, pues no me interesaba lo
que querían decir, sino el modo de decirlo, en tanto revelaba su carácter y sus
ridiculeces; o quizá el objeto que más particularmente fue siempre el fin de mi
investigación, porque me procuraba un placer específico, era el punto común
entre un ser y otro. Sólo cuando lo percibía, mi espíritu-hasta ese momento
amodorrado, incluso tras la aparente actividad de mi conversación, cuya
animación ocultaba a los demás un absoluto entumecimiento espiritual-se lanzaba
de pronto a la caza, pero lo que perseguía entonces, por ejemplo la identidad
del salón Verdurin en diversos lugares y tiempos, estaba situado a media
profundidad, más allá de la apariencia misma, en una zona un poco más
retirada. Asimismo, se me escapaba el encanto aparente, reproducible de los
seres, porque no tenía la capacidad de detenerme en él, como el cirujano que
bajo la tersura de un vientre femenino ve el mal interno que lo roe. Si cenaba
en compañía, no veía a los comensales, porque cuando creía mirarlos, los
radiografiaba.
El resultado era que, de todas las
observaciones que había podido reunir en una cena sobre los invitados, el
dibujo de las líneas que yo trazaba representaba un conjunto de leyes
psicológicas donde el interés propio de las palabras del invitado apenas ocupaba
lugar ninguno. Pero ¿quitaba eso todo mérito a mis relatos, si yo no los tenía
por tales?
[TR 25]
Intercambio y
comunicación de puntos de vista:
la transversalidad
(estructura formal de la obra)
A su manera, y sin que ni siquiera la
hubiese visto, mademoiselle
de
Saint-Loup me traía de nuevo la idea del Tiempo pasado. ¿Por otra parte, no era
ella como la mayoría de los seres, como son en los bosques las «estrellas» de
las encrucijadas donde vienen a converger caminos procedentes, también en
nuestra vida, de los puntos más diversos? Eran muchos para mí los que iban a
dar en mademoiselle
de
Saint-Loup y se propagaban a su alrededor. Ante todo, iban a parar a ella los
dos grandes «caminos» donde yo diera tantos paseos y forjara tantos sueños-por
su padre, Roberto de Saint-Loup, el camino de Guermantes; por Gilberta, su
madre, el camino de Méséglise, que era el «lado de Swann». Uno de ellos, por
la madre de la muchacha y los Champs-Élysées, me conducía hasta Swann, a mis
noches de Combray, al camino de Méséglise; el otro, por su padre, a mis tardes
de Balbec, donde lo veía de nuevo junto al mar soleado. Ya entre estos dos
caminos se tendían algunas transversales. Pues si tanto deseé ir a ese Balbec
real donde conocí a Saint-Loup, fue en gran parte por lo que Swann me dijo
acerca de las iglesias, de la iglesia persa sobre todo; y, por otra parte, por
Roberto de Saint-Loup, sobrino de la duquesa de Guermantes, enlazaba, también
en Combray, con el camino de Guermantes. Pero mademoiselle de
Saint-Loup conducía aún a otros muchos puntos de mi vida, a la dama de rosa, su
abuela, a la que vi en casa de mi tío-abuelo. Una nueva transversal aparecía
aquí, pues el criado de este tío-abuelo que aquel día me introdujo y más tarde
me permitió, por el regalo de una fotografía, identificar a la dama de rosa,
era el padre del joven al que amaron no sólo monsieur de
Charlus, sino hasta el propio padre de mademoiselle de Saint-Loup, por
quien hizo desdichada a su madre. ¿Y no fue el abuelo de mademoiselle de
Saint-Loup, Swann, el primero en hablarme de la música de Vinteuil, como fue
Gilberta la primera que me habló de Albertina? Y hablando a Albertina
de
la música de Vinteuil, descubrí quién era su gran amiga e inicié con ella esa
vida que la condujo a la muerte y me causó tantos pesares. En fin, fue también
el padre de mademoiselle
de
Saint-Loup quien trató de que Albertina volviera. E incluso toda mi vida
mundana, tanto en París en el salón de los Swann o de lbs Guermantes, como en
el extremo opuesto, en casa de los Verdurin, alineaba junto a los dos caminos
de Combray y de los Champs-Elysées la hermosa terraza
de La Raspalière. Por lo demás, por opuestos que fueran, los Verdurin se
relacionaban con Odette
por
el pasado de ésta, y con Roberto de Saint-Loup por Charlie; ¡y
qué papel desempeñaría en su casa la música de Vinteuil! Por último, Swann
había amado a la hermana de Legrandin, el cual conoció a monsieur de
Charlus, con cuya pupila se casó el joven Cambremer. Ciertamente, cuando se
trata únicamente de nuestros corazones, el poeta acertó al hablar de los
«misteriosos hilos» que corta la vida. Pero es aún más cierto que no deja de
tejerlos entre los seres y los hechos, entrelazándolos y doblándolos para reforzar
la trama, de tal modo que una rica red de recuerdos entre el menor punto de
nuestro pasado y todos los demás no deja otra elección que las comunicaciones.
[TR
334-335]
¿
Quién es el sujeto de «La Recherche»?
Puede decirse que, si yo trataba de no
utilizarla inconscientemente sino de recordar lo que fue para mí, no había una
sola de las cosas que nos servían en aquel momento que no fuera algo vivo, y
vivo con una vida personal para nosotros, transformada luego por el uso en
simple materia industrial. [...]
No podríamos contar nuestras
relaciones con un ser al que conocimos, aunque fuera poco, sin hacer sucederse
los parajes más diversos de nuestra vida. Así, cada individuo-y yo mismo era
uno de aquellos individuos-medía para mí la duración por la revolución
realizada no solamente en derredor suyo, sino en torno a los demás, y sobre
todo por las posiciones que ocupó sucesivamente con respecto a mí. Y,
efectivamente, todos esos planos con arreglo a los cuales el Tiempo, desde
que lo había recobrado en aquella fiesta, distribuía mi vida, haciéndome pensar
que, en un libro que se propusiera relatar una, convendría emplear, frente a la
psicología plana que se aplica normalmente, una especie de psicología en el
espacio, añadían así una belleza nueva a las resurrecciones que mi memoria
realizaba mientras meditaba solo en la biblioteca, porque la memoria, al
introducir el pasado en el presente sin modificarlo, tal como era cuando era
presente, elimina precisamente esa gran dimensión del Tiempo con arreglo a la cual
se realiza la vida.
* Remitimos a los distintos textos
sobre las reminiscencias y las manifestaciones artísticas, seleccionados en la
presente edición. (N. de la e.)
* Remitimos a las impresiones de los
campanarios de Martinville y de los tres árboles (pp. 5-7 de la presente ed.). (N. de la
e.)
* Remitimos a
los textos sobre la creación artística. (N.
de la e.)
* Remitimos a los textos incluidos en
el apartado Los «hombres superiores» de nuestra edición. (N. de la e.)
* Remitimos al último capítulo de la
presente edición. (N. de la E.)
* Remitimos a las distintas
reminiscencias evocadas en la presente edición. (N. de la e.)
* Remitimos a las distintas
reminiscencias evocadas en la presente edición. (N. de la e.)
* Alusión que remite al texto de las pp. 225-227
de nuestra edición. (N de la e.)
* Remitimos a los textos que hacen
referencia a la creación artística. (N.
de la e.)

