© Libro
No. 375. La Simulación en la lucha por la vida. Ingenieros, José. Colección
Emancipación Obrera. Enero 26 de 2013.
Título original: © La Simulación en la lucha por la vida. José
Ingenieros.
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Original: José Ingenieros. La
Simulación en la lucha por la vida.
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Vida
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
La Simulación
En La
Lucha Por La Vida
José Ingenieros
José
Ingenieros La
Simulación En La Lucha Por La Vida
INTRODUCCIÓN
I. Los
médicos de Molière, el gusano simulador y la simulación de la locura.
II. Ideas
científicas directrices; correlaciones biosociológicas; la filogenia de la
simulación en la lucha por la vida
III. Desarrollo,
en series, de los fenómenos de simulación.
I. Solicitado, de ha tiempo, nuestro espíritu hacia el
estudio de las ciencias antropológicas y sociales, atrájonos especialmente la
fase patológica de la vida individual y colectiva, tan interesante, por cierto,
como sus manifestaciones normales.
Es método, en las ciencias biológicas, llegar al
conocimiento de la función normal por el estudio de su patología; examinando
las lesiones de los centros nerviosos y relacionándolas con los síntomas
previamente observados, ha podido inferirse la fisiología normal de esos
centros. De igual manera las ciencias sociales han aprovechado el estudio de
complejos problemas de patología social, conflictos internos y externos,
crisis, violencias y otras perturbaciones de la evolución social. En las
ciencias psicológicas, por fin, el análisis de las anormalidades de la
actividad mental ha permitido comprender mejor las funciones psicológicas
normales, lo que ha sido elevado por Ribot a método de investigación.
Convergiendo, pues, la psicología individual por el
camino de la psicopatología, y hacia la sociología por el estudio de los
fenómenos de patología social, penetramos en los dominios de la locura y del
delito. En la encrucijada de ambos fenómenos -conjunción sabiamente observada
por Maudsley en un libro feliz-, donde la anomalía psíquica del individuo se
convierte en causa determinante de su actividad antisocial, encontramos la
dolorosa legión de fronterizos y alienados para quienes se entreabre la puerta
sombría del delito, como si un destino inexorable los apresara entre las mallas
funestas de la criminalidad; la locura y el delito de las degeneraciones
humanas, entrelazan sus tentáculos nefastos, engendrando ese personaje
magistralmente burilado por Shakespeare en su Hamlet: el alienado criminal.
De particular manera -y por especiales razones de
observación- nos preocupaban los casos de locura simulada por delincuentes,
máxime al advertir su frecuencia desde que la justicia reconoció la importancia
de la psicopatología criminal y el examen psíquico se consideró indispensable
para determinar la responsabilidad de algunos delincuentes.
Tal era la estática de nuestra mente. De sobre el
velador tomamos una noche, el Malade imaginaire, de Molière, para continuar su
comenzada lectura, con el higiénico propósito, entre otros, de no adormecernos
bajo la influencia poco grata de una monografía sobre "Nuevos tratamientos
de los bolos fecales", cuya lectura acabáramos en el British Medical
Journal. Teníamos para ello nuestras razones: estudiando la psicopatología de'
los sueños habíamos visto que la naturaleza de las impresiones recibidas en el
período prehípnico influye de manera intensa sobre el carácter agradable o
desagradable de los sueños[1]
Las peripecias de Argan -a quien hoy no consideramos
un `enfermo imaginario", sino un caso de neurastenia gastrointestinal,
como demostró ha poco tiempo el profesor Debove en una hermosa conferencia a
los estudiantes de la Sorbona- prolongaban nuestra vigilia más allá de sus
límites habituales. Seguíamos ávidamente las operaciones
"científicas" de Purgón y de Diaforius, que "saben bellas
humanidades, hablan en buen latín y designan con nombres griegos todas las
enfermedades; pero en cuanto a curarlas, carecen de toda noción". Y con
deleite asistíamos a las inagotables lavativas de M. Fleurant, competidor, sin
desventajas, de las purgas y sangrías del primero, mientras Diaforius daba a su
hijo Tomás una lección clínica en presencia del mismo Argan, felicitándole
ardientemente por haber seguido sus huellas, permaneciendo "fiel a las
opiniones de los antiguos", negándose - a prestar la menor atención a las
razones y experiencias de los "pretendidos descubrimientos y teorías de la
época..."
Sonaba involuntariamente en nuestro oído la invectiva
de Cicerón: "Neque imitare malos médicos, qui in alienis morbis
profitentur tenere se medicine scientiam, ipsi se curase non possunt".
(Ad. fam., IV, 5,5). En ese momento M. Fleurant empuñaba de nuevo el
instrumento que sintetizaba toda su profundidad científica. Tuvimos la
percepción de algo dibujado en el campo periférico de nuestra retina, cuya
mácula lútea estaba enfocada a las líneas del libro. Volvimos la mirada; a la
altura de los ojos, adherido a la pared, vimos uno de esos copos de algodón y
polvo que suelen formarse en los rincones de los aposentos.
Poco nos interesó esa observación. Volvimos nuevamente
la vista al libro, para seguir asistiendo, con la voluptuosidad intelectual del
caso, a las operaciones científicas de los médicos de molière.
Excitada ya por las recientes percepciones, nuestra
retina encontrábase en condiciones favorables para descubrir, durante la
lectura, que el copo algodonoso se movía, ascendiendo lentamente por la pared.
Fijamos de nuevo la vista en el objeto: vímosle ya mucho más alto.
Creímos fuese ilusión óptica por el agotamiento de una
retina fatigada en lecturas excesivas; mas no. existiendo motivos para esa
duda, ni razones satisfactorias explicativas, optamos por desprender el copo de
la pared y observamos detenidamente.
Tal es, por otra parte, la buena línea de conducta
ante cualquier hecho difícil de explicar. Y en este caso la observación fue,
como siempre, fecunda de provechosas enseñanzas.
Dentro del copo descubrimos un conducto, espeso y
resistente, que difícilmente hubiéramos adivinado no desprendiendo el copo de
la pared; dentro del conducto se alojaba un gusano, el cual, mediante las dos
extremidades de su cuerpo, se fijaba a la pared y la recorría, arrastrando
consigo su curioso ropaje.
Darwin -presente siempre en nuestro espíritu
estudioso- nos dio la explicación del hecho. Ese disfraz servía al animal para
escapar a las miradas peligrosas de sus enemigos; la simulación resultaba, para
él, un medio simple y excelente de lucha por la vida.
La explicación nos satisfizo.
Hubiéramos continuado la lectura de Molière; pero en
nuestro cerebro estaban sometidas a la elaboración de la cerebración
inconsciente múltiples cuestiones relativas a los alienados criminales, y de
manera especial, a los delincuentes simuladores de una enfermedad mental.
Las neuronas de asociación hicieron lo demás.
Entre el gusano disimulador de su cuerpo bajo un copo
de algodón y el delincuente disimulador de su responsabilidad jurídica tras una
enfermedad mental, debía lógicamente existir un vínculo: ambos disfrazábanse
para defenderse de sus enemigos, siendo la simulación un recurso defensivo en
la lucha por la vida.
II. Entre las verdades definitivamente adquiridas por
la ciencia e impuestas como guía a los pensadores y estudiosos contemporáneos,
hay dos fundamentales, que jamás debiera olvidar quien se aventura en la selva
-aun "selvaggia ed aspra e forte", en decir del poeta florentino de
la ciencia: Determinismo y Evolución.
Dentro de esos conceptos cuyo desarrollo hemos
ensayado en otros estudios[2]
y fuera inoportuno repetir aquí, cimentóse como verdad científica la noción del
transformismo biológico y social. Por él conocemos la génesis y sucesión de las
formas biológicas como resultado de la acción combinada de la herencia,
tendiente a reproducir los caracteres de los antepasados, y la variabilidad,
tendiente a crear caracteres nuevos, en armonía con la evolución de las
condiciones del medio en que "luchan por la vida" todas las especies
vivas. Los fenómenos sociales, además, siguen un proceso constante de
transformación, a semejanza de los fenómenos biológicos; la sucesión de las
formas de organización social y de las diversas instituciones es presidida, en
primer término, aunque no exclusivamente, por la adaptación de los grupos
sociales a las transformaciones del doble ambiente natural (cósmico) y
artificial (económico).
Esta manera de ver, simple aplicación del concepto
evolucionista, tiene su comprobación en las cuatro grandes ramas de los
conocimientos humanos. Laplace lo estableció para los fenómenos geológicos;
Darwin, para los biológicos; Spencer, para los sociales, que llama
superorgánicos. Otros estudiosos confirmaron esa verdad general en grupos
fenoménicos parciales.
En esas series de fenómenos, cuyo desenvolvimiento es
sucesivo e integral, existen vínculos estrechos, fácilmente reconocidos
mediante una observación inteligente. Así, por ejemplo, el perfeccionamiento
progresivo de las funciones corresponde a una creciente complejidad morfológica
y a la mayor división del trabajo en los organismos, conforme se asciende en la
serie evolutiva. Por eso es posible descubrir, en cualquier especie, en forma
larvada y rudimentaria, las funciones que alcanzan mayor desenvolvimiento en
las que son superiores a ella dentro de la misma serie.
Puede reconstruirse la filogenia de cualquier función
de los seres vivos; es decir, encontrar los diversos grados de su integración
progresiva a través de cuantas especies la preceden en la evolución de la serie
biológica. Las más complejas operaciones psíquicas elaboradas en el cerebro
humano, no son sino el perfeccionamiento alcanzado por funciones
progresivamente desenvueltas en la serie animal. El "alma" de los
metafísicos es un perfeccionamiento de funciones inherentes a la subsistencia viva,
al protoplasma; la memoria, por ejemplo, encuéntrase en forma progresivamente
complicada, desde la amiba hasta el hombre.
Con los fenómenos sociológicos ocurre lo mismo; todas
las instituciones sociales tienen su filogenia perfectamente determinable. El
sentimiento de solidaridad social, verbigracia, aparece ya en la primera
asociación de seres vivos, y evoluciona, integrándose progresivamente, hasta
alcanzar sus actuales proporciones, permitiendo inducir que en futuras
transformaciones sociales se equipararán todos los individuos ante las
condiciones de lucha por la vida, para alcanzar el desenvolvimiento máximo de
su propia individualidad. También podría aplicarse a los fenómenos sociales,
además de ese concepto de filogenia, el principio determinado para los
fenómenos biológicos por Haeckel, según el cual la evolución ontogenética
corresponde aproximadamente a la evolución filogenética. Lo saben, a ciencia
cierta, cuantos sociólogos, Loria en primera fila, proponen estudiar en el
rápido desarrollo de las colonias contemporáneas el lento y progresivo
desarrollo ocurrido antes en los pueblos de adelantada civilización.
Pero esos puntos, necesarios de fijar para el
desenvolvimiento consecutivo de nuestra tesis, no podemos dilucidarlos aquí con
la amplitud deseable. Bástenos mencionar, y nadie la niega -aun no aceptando la
teoría orgánica de las sociedades, enunciada por Spencer- la existencia de
cierta analogía, imposible de olvidar, entre las leyes que rigen los fenómenos
biológicos y los sociológicos, pudiendo, casi siempre, encontrarse una
correlación en el conjunto y las modalidades de unos y otros.
III. Para cuantos saben lo expuesto (saber en sentido
relativo, sin olvidar la frase de Grocio: "Nescire quedam magna pars
sapientiae ets") y para quienes lo acepten, aparece lógico y estrecho el
vínculo entre el gusano simulador, aparecido en nuestra retina periférica,
mientras leíamos a Molière, y el delincuente simulador de la locura. Para
quienes vivieran en el mundo feliz de los Fleurante, los Purgon y los
Diaforius, ese vínculo no aparecería jamás.
Evolución, Lucha por la vida, Filogenia, pareceríanles
palabras poco científicas y faltas de sentido; el mismo efecto nos produjo un
libro escrito en japonés, que tuvimos entre manos: era, sin embargo, un libro
importante y condensaba muchos conocimientos. Nuestra es la culpa si
ignorábamos el japonés.
Idéntico sería el caso de cuantos no vieran el vínculo
filogenético, desde la simulación del gusano hasta la del delincuente; la frase
es vieja, pero siempre útil: ellos no lo verían, no por ser incierta su
existencia, sino porque su falta de amplitud y disciplina científicas les
condenaría a una eterna ceguera intelectual.
¡Y, sin embargo, cuántas cosas ve el pavo en la fábula
de La Fontaine, donde el mono enseña las proyecciones de la linterna mágica...
apagada! n nuestro concepto -inexacto, acaso, pero larga e intensamente
pensado- el vínculo existe.
Solamente el estudio de la simulación, como fenómeno
general, puede dar la ley de conjunto donde se encuadra el fenómeno particular
de la simulación de la locura. Idéntico móvil' preside, en general, todas las
manifestaciones conscientes de la simulación, así como una misma finalidad
orienta todas las manifestaciones de la memoria en los seres biológicos, y
todas las formas del sentimiento de asociación y solidaridad en la lucha, en
las sociedades animales en general y particularmente en las humanas.
La simulación en general, siguiendo las ideas
científicas expuestas, debe estudiarse, primeramente, por sus manifestaciones
en la serie biológica; sólo después encontraremos sus manifestaciones
conscientes bien desarrolladas en la vida superorgánica, en las sociedades
humanas.
En
éstas hallaremos la clave para estudiar las simulaciones humanas de toda índole, unificadas por el mismo propósito de
la mejor adaptación del simulador a las condiciones del ambiente donde lucha
por la vida. Entre ellas discerniremos, como hecho general, la simulación de
estados patológicos, una de cuyas formas -la más importante para la psiquiatría
y la medicina legal- es la simulación de la locura en general.
Sólo entonces estaremos habilitados
para estudiar provechosamente la simulación de la locura por los delincuentes,
en sus relaciones con la psiquiatría, la sociología y la medicina legal.
Simulación en general
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En el mundo biológico
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En la vida humana
Simulación
de estados patológicos
Simulación de la locura en general
![]()
Simulación de la locura en los
delincuentes
Con otros métodos y por otros caminos consideramos
imposible llegar a una comprensión clara de la materia a estudiar, y a priori,
predeterminaríamos su insuficiencia.
Sea como fuere, desde el libro clásico -a falta de
otro- de A. Laurent, redactado con estrechez de criterio, exclusivamente
clínico e informado en ideas anticientíficas, solamente disculpables por la
fecha en que fue escrito, ignoramos hasta ahora la publicación de otro libro
especial y sistemático sobre este tema importantísimo[3].
En suma, el presente ensayo constituye un estudio
general de la simulación como medio de lucha por la vida, estudiándola desde
sus primeras manifestaciones inconscientes, en el mundo biológico, hasta sus
complejas modalidades en la vida de los hombres civilizados. Complementando ese
estudio, intentaremos el análisis de la psicología de los simuladores,
clasificando las variedades más notables de este grupo, compuesto por
individuos en quienes la tendencia a simular constituye el rasgo dominante de
su carácter y su medio predilecto de lucha por la vida.
Por fin, determinaremos la evolución de la simulación
en las sociedades humanas, valiéndonos de las más recientes inducciones de la
sociología y usando el más severo método científico.
En su concepto fundamental, y en algunas cuestiones
parciales, esta síntesis desea ser novedosa; incompleta o deficiente, es ya
fruto de la observación y del estudio asiduo. Si el ensayo no resultara tan
convincente como deseamos al escribirlo, podríamos, por lo menos, repetir el
verso dirigido a Virgilio por el Alighiero, al reconocerle, -en el primer canto
de su infierno:
Vagliami il lungo studio e il grande amore.
CAPITULO
I -
SIMULACIÓN
Y LUCHA POR LA VIDA
I. La lucha por la vida.
II. Medios ofensivos y defensivos en la lucha por la
vida.
IV
Aspectos accidentales,
instintivos y voluntarios de los fenómenos de
. simulación
V. Su valor como medio de lucha por la vida. V.
Conclusiones.
I. LA LUCHA POR LA
VIDA
En el progresivo desarrollo del pensamiento humano
pocas nociones han sido tan fecundas para el conocimiento del hombre y de la
sociedad como las derivadas de las ciencias naturales. De crasos errores
primitivos, fundados sobre una observación superficial o una escasa
experiencia, se ha marchado, gradualmente, a través de errores cada vez más
cercanos de la verdad, hacia una comprensión, lenta pero inevitable, de la
realidad que impresiona nuestros sentidos. Así lo observamos en todas las
ciencias.
Ocurre eso mismo en biología. Cuando Linneo osa
afirmar. Nulla species novce, species tot sent diversas quot diversas ab initio
creavit infinitum ens, encuentra favorable acogida entre los naturalistas,
surgiendo en apoyo de su doctrina los trabajos respetables de Cuvier y de
Agassiz. No se podría, ante la doctrina linneana, negar o desconocer que ella
señaló una etapa de aproximación a la verdad; baste pensar en las absurdas
divagaciones de los antiguos naturalistas, cuya concepción del origen de los seres
orgánicos reducíase a la generatio exputridini, y cuyas nociones sobre la
diversidad de las formas se exteriorizaban en la suposición de incongruentes
metamorfosis.
Mas las ciencias naturales, después de la teoría
linneana, tenían un largo sendero que recorrer; antes que el conocimiento del
mundo biológico alcanzase la comprensión exacta de la evolución de las formas
vivas, Lamarck formuló, por vez primera, la doctrina de la variabilidad de las
especies, mostrando la influencia del medio sobre la variación de las formas.
Medio siglo más tarde, Darwin cimentó la teoría, incorporándole el fundamental
concepto de la lucha por la vida y la consiguiente selección natural. Las obras
del segundo, por ser más documentadas, lograron despertar ardientes discusiones
entre los estudiosos, y el resultado final fue, en breve transcurso de años, la
aceptación del núcleo fundamental de la teoría. De entonces acá, la doctrina de
la variabilidad de las especies, o transformismo, ha sido confirmada por todas
las ciencias biológicas, sin que la afecten en lo fundamental todas las
disputas que le han promovido sus adversarios sobre cuestiones de detalle.
Limitándonos a consignar los hechos e ideas que
reputamos base indispensable para nuestra teoría de la simulación, considerada
como medio fraudulento de lucha por la- vida, diremos, brevemente, las líneas
generales de la doctrina darwiniana en lo que a esta última se refiere. Siendo
ella la premisa que sustenta todo el desenvolvimiento de este ensayo, no será
superfluo sintetizarla con claridad, definiendo de manera precisa el punto de
partida de nuestras aplicaciones ulteriores.
Los naturalistas admiten, concordemente, que las
causas principales de la evolución son tres: la variación, la selección y la
herencia. La variación es un resultado de la adaptación al medio, que varía a
su vez más o menos lentamente; la selección natural es un resultado de la lucha
por la vida y determina la supervivencia de los mejor adaptados; la herencia
transmite los caracteres adquiridos y sin ella es inconcebible la evolución de
las especies. Aunque sería fácil repetir, de segunda mano, los fundamentos de
la teoría de Darwin sobre la lucha por la vida y la selección natural,
conviene, para mejor fidelidad, remontar a la fuente de origen, resumiendo en
un párrafo las propias expresiones del gran naturalista.
La lucha por la existencia resulta inevitablemente de
la rapidez con que todos los seres vivos tienden a multiplicarse. Nace un
número de individuos mayor del que puede vivir, y de ello proviene, en cada
caso, la lucha por la existencia, ya sea con los individuos de la misma
especie, ya con los de especies diferentes, y sometida, en ambos casos, a las
condiciones físicas del medio ambiente en que ellos viven. Es la doctrina de
Malthus aplicada, en toda su intensidad, a los seres de los reinos animal y vegetal,
por no existir entre ellos la aptitud de producir a voluntad los medios de
subsistencia, ni otros factores éticos que pueden atenuarla entre los hombres.
Obsérvese que la frase "lucha por la existencia" está. empleada en
sentido general y metafórico, involucrando las relaciones de recíproca
dependencia entre los seres organizados, y dos hechos, aún más importantes: la
supervivencia de los individuos mejor adaptados y su capacidad para dejar
descendientes. Puede afirmarse con seguridad que los animales carnívoros, en
tiempo de escasez luchan entre sí, disputándose los alimentos necesarios para
su existencia; también podrá decirse que una planta, en el borde del desierto,
lucha por la existencia contra la sequedad, aun cuando fuera más exacto decir
que su existencia depende de la humedad; con mayor exactitud diríamos que una
planta, al producir anualmente un millón de semillas, de las cuales solamente
una consigue desarrollarse y madurar a su vez, lucha con las plantas de la
misma especie, o de otras que ya cubren el suelo. El musgo depende del manzano
y de algunos otros árboles; solamente de una manera figurada podrá decirse en
este caso que el manzano lucha contra los otros árboles, por hospedar al musgo,
pues si un gran número de parásitos se radica sobre un mismo árbol, éste
languidece y acaba por morir; pero de muchos musgos que crecen juntos sobre una
misma rama y producen esporos, puede decirse que luchan el uno contra el otro.
Siendo los pájaros los diseminadores de las semillas de un árbol dado, la existencia
de esta especie depende de ellos, y, figuradamente, puede decirse que ese árbol
lucha con los demás frutales, pues interesa a cada uno de ellos atraer los
pájaros para que coman sus frutos y diseminen de esa manera sus semillas.
Empléase, pues, para mayor comodidad, el término "lucha por la
existencia" en los diferentes sentidos apuntados, confundiéndose los unos
con los otros. (El origen de las especies, cap. III). En esa lucha por la vida,
en que se multiplican y se destruyen las más diversas manifestaciones de la
existencia orgánica, desde el bacterio y la amiba hasta la encina y el hombre,
sucumbe la inmensa mayoría de los gérmenes capaces de generar nuevos
individuos. A pocos reserva la Naturaleza el derecho de alcanzar la plenitud
del desenvolvimiento biológico y de transmitir sus caracteres a sus
descendientes.
Para completar el concepto expuesto por Darwin,
acudamos a Wallace, que es fuente autorizada, para comprender de qué manera las
diferencias individuales determinan la selección de la especie y la
supervivencia de los más aptos, o mejor adaptados. Si todos los individuos dé
cada especie -dice- fueran completamente semejantes- entre sí, podríamos
afirmar que la supervivencia sería una cuestión de azar; pero esos individuos
no son semejantes. Los vemos diferenciarse, distinguirse de muchas maneras.
Algunos son más fuertes, otros más rápidos, otros más astutos, otros de
constitución más robusta. Un color oscuro permite a algunos ocultarse
fácilmente; una vista penetrante permite a otros descubrir su presa a mayor
distancia, o escapar de sus enemigos con más facilidad que sus compañeros.
Entre las plantas, las más pequeñas diferencias pueden ser útiles o
perjudiciales. No podemos dudar de que, tomando en cuenta lo apuntado,
cualquiera variación bienhechora dará a quienes la poseen mayor probabilidad de
sobrevivir a la terrible prueba porque deben pasar, alguna parte puede quedar
en manos del azar, pero al fin y al cabo, el más apto sobrevivirá. (El
darwinismo, cap. I).
La selección natural se continúa en la especie por la
conservación y la transmisión de los caracteres útiles a cada individuo, según
las condiciones del medio que actúa sobre él en los varios períodos de la vida.
Todo ser -y éste es el sentido natural de lo que podemos llamar progreso
biológico- tiende a perfeccionarse en su adaptación al' medio; este
perfeccionamiento conduce de una manera natural al progreso de la organización
del mayor número de los seres vivientes en el mundo entero. (Darwin, ob. cit., cap.
IV).
El origen de las variaciones individuales que permiten
la mejor adaptación ha sido objeto de explicaciones diversas, así como el
mecanismo de su transmisión hereditaria. La reseña crítica de las doctrinas
respectivas sería, por cierto interesante; mas no son estas páginas la
oportunidad para hacerla, no siendo ello indispensable para el objeto especial
de nuestra investigación. Baste mencionar, entre otras hipótesis dignas de
consideración, las formuladas por los propios Lamarck y Darwin, por Kolliker, Warner,
I aegeli, Weissmann, Mantegazza y otros defensores de las modernas escuelas
neolamarckiana y neodarwiniana.
En la naturaleza, la variabilidad individual, la
herencia de las variaciones mejor adaptadas y la selección en la lucha por la
vida, se combinan para determinar la evolución de las especies vivas, según la
mayor o menor adaptación de sus caracteres al medio en que viven.
La variación fue certeramente definida como el
elemento "activo" de la evolución en cualquier época de la vida que
actúe, embrión o ser vivo, y de cualquiera causa dependa, cósmica o
fisiológica. La herencia, en cambio, es el elemento "conservador",
que permítela acumulación de las variaciones útiles, transmitiendo los
caracteres ya probados en la lucha por la vida, de individuos que decaen a
otros individuos nuevos. La vida de una especie podría compararse a la de un
individuo perpetuamente joven, como si el desgaste orgánico por la incesante
actividad de la. vida se compensara por un proceso de renovación total que le
mantuviese capaz de sostener nuevas luchas y de adquirir nuevas variaciones
útiles. La selección, elemento "perfeccionador", es un principio de
primordial importancia por su universalidad; actúa, de manera constante, para
la conservación de las formas y funciones útiles, sean cuales fueren las causas
a que se atribuyan las variaciones. Se ha insistido, justamente, en que es
erróneo considerar a la selección como causa determinante de la variación; ella
sería "el timón de la evolución, más no su fuerza propulsora".
De lo expuesto recogemos un concepto fundamental:
todos los seres vivos luchan por la vida. El hombre, lo mismo que las otras
especies, está sometido a ella; las sociedades humanas, lo mismo que las otras
sociedades animales. Individuos y naciones, partidos y razas, sectas y
escuelas, luchan por la vida entre sí, para conservarse y crecer. La lucha por
la existencia en las sociedades humanas es un hecho innegado, manifestándose
con caracteres semejantes a los que reviste en el mundo biológico; tal verdad
es igualmente admisible por los creyentes de la doctrina biosociológica de
Spencer, para quienes las sociedades humanas son simples superorganismos, como
por los que aceptan la primacía de los fenómenos económicos en la constitución
social, con o sin la teoría de la lucha de clases, que es uno de los
fundamentos del mal` llamado "materialismo histórico". En verdad -y
oportunamente volveremos sobre ello- la lucha por la vida se modifica en la
especie humana, porque ésta tiene la posibilidad de producir sus propios medios
de subsistencia, subordinando la lucha al incremento de su capacidad
productiva; aptitud o atenuación de ciertas formas de lucha por la vida en el
porvenir.
No comentaremos, por ahora, la extensión que ha dado
De Lanessan al concepto darwiniano de la lucha por la existencia; en el mundo
inorgánico, entre los minerales, encuentra que esa lucha existe, entendida,
naturalmente, en el sentido figurado, atribuido por el mismo Darwin. Bástenos
señalar la evidencia del hecho en el mundo orgánico, en los reinos vegetal y
animal.
Sintetizados así, rápidamente, los principios del
evolucionismo biológico, dejamos planteado el que nos servirá como punto de
partida para el desarrollo de nuestras observaciones: la lucha por la vida es
un fenómeno general en todos los seres vivos.
II. MEDIOS
OFENSIVOS Y DEFENSIVOS EN LA LUCRA POR LA VIDA
Donde hay vida hay lucha por la vida. En todos los
casos la Naturaleza ha provista a los seres vivos de medios ofensivos y
defensivos útiles para la supervivencia de los mejor adaptados a las
condiciones del medio; no siempre son los más fuertes, considerada la fuerza en
un sentido mecánico o cuantitativo, sino los más diestros o astutos para
substraerse a las infinitas causas destructivas que gravitan sobre los seres
vivos, o los más hábiles para proveer a la propia alimentación. En esa lucha,
directa o indirectamente combatida, los seres emplean recursos de índole
variadísima. Recorriendo la serie evolutiva de las especies animales y
vegetales, se ven dos grandes categorías de recursos: los unos a base de
fraude, los otros fundados en la violencia.
La intensificación de la lucha por la vida, a causa
del aumento numérico de los individuos que tienen análogas necesidades,
estimula el perfeccionamiento y desarrollo de los medios de lucha. La
adquisición de un carácter ventajoso, ofensivo o defensivo, coloca a su
poseedor en condiciones favorables para el éxito, asegurando su vida y su
reproducción, y transmitiendo, mediante esta última, el nuevo carácter
adquirido, que será igualmente provechoso a su descendencia. Y, en efecto, en
toda especie viva los individuos más robustos, más ágiles, más astutos, más
prudentes, según las circunstancias especiales en que luchan por la vida,
tienen más probabilidades de sobrevivir.
De todos esos medios, usados para la adaptación,
algunos son verdaderas armas punzantes, lacerantes, cortantes o contundentes:
aguijones, sierras, dientes, probóscides, aparatos eléctricos, etc. En otros
casos tratase de recursos defensivos: autotomía evasiva, posiciones o actitudes
especiales, defensas químicas, aparatos venenosos, secreciones urticantes o
tóxicas. Otras veces es utilísima la fuerza muscular; la agilidad en el ataque
y la defensa pueden ser decisivos para el triunfo en la lucha por la vida.
Otros seres vivos, animales y vegetales, se asocian con individuos de la misma
o de otras especies diferentes, para luchar mancomunados contra peligros
comunes, etc., etc.
El uso de estos medios de lucha tornase cada vez más
complejo a medida que las especies adquieren una estructura orgánica
complicada. En el reino animal, las funciones biofilácticas o defensivas de la
vida, se acompañan de un desenvolvimiento psíquico progresivo, mejor acentuado
desde que aparece un sistema nervioso encargado de regir la unidad del ser
vivo, su individualidad. Culmina este desenvolvimiento en la especie humana,
que por su estructura cerebral y sus funciones mentales está colocada en el término
del phylum más evolucionado de los vertebrados; esa circunstancia hace que en
el hombre los medios de lucha por la vida sean más complejos que en las demás
especies animales, pues su inteligencia le ha permitido reforzar los
deficientes, suplir los ineficaces e imaginar medios artificiales de aumentar
su propia capacidad ofensiva y defensiva. Limitados sus medios físicos de lucha
por la dimensión de su organismo, por su sistema óseo y muscular, por su
resistencia a la fatiga, ha centuplicado su
fuerza poniendo la inteligencia a los seres enemigos que pueblan el ambiente; pero al mismo
tiempo, en la lucha entre hombre y hombre, entre sociedad y sociedad, ha
perfeccionado casi ilimitadamente sus medios de lucha mediante la mentira y el
fraude, la astucia y la simulación.
En ninguna otra especie animal se presenta bajo más
múltiples' aspectos la lucha por la vida; sólo en el hombre los medios de lucha
llegan a ser un producto casi puramente intelectual. Y, como es fácil de
comprender, la violencia física personal sigue siendo lo esencial en la lucha
entre los salvajes, entre los niños y entre las personas incultas, a la vez que
los medios de lucha se tornan más intelectuales en las sociedades civilizadas,
en los adultos y en las personas cultas. Se produce, en otras palabras, una
evolución que tiende a hacer primar las aptitudes mentales sobre las aptitudes
físicas.
Cerremos este párrafo, cuyo minucioso análisis pudiera
prolongarse indefinidamente, afirmando que: todos los seres que luchan por la
vida poseen medios ofensivos y defensivos adaptados a las contingencias
habituales de la lucha.
III
ASPECTOS ACCIDENTALES, INSTINTIVOS Y VOLUNTARIOS DE LOS FENÓMENOS DE SIMULACIÓN
Cada medio de lucha alcanza desigual difusión en las
diversas especies vivas; algunos están generalizados, otros son patrimonio de
pocas especies. Aquí predominan los medios fundados en la violencia; allá los
que se asemejan al fraude. La posibilidad de este último implica cierto
desenvolvimiento mental y aumenta en proporción a él; por eso lo observamos
especialmente en el hombre, y al apreciarlo en otras especies animales usamos
palabras cuyo valor originario es esencialmente humano.
Dentro del fraude, que es un término genérico, podemos
distinguir diversas formas fundamentales, diferenciadas, aunque vinculadas
entre sí por formas intermedias. La simulación y la mentira son ramas nacidas
del tronco común del engaño, de la astucia, en abierta oposición con la
violencia. Sin embargo, pueden diferenciarse sus manifestaciones.
La mentira -estudiada en sus grandes manifestaciones
sociales por Nordau- es una forma de fraude exteriorizado mediante el lenguaje;
la mentira se dice, no se hace. Los diccionarios académicos definen la mentira:
"expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, cree o
piensa"; y el verbo mentir: "decir o manifestar lo contrario de lo
que se sabe, cree o piensa". Indúcese, claramente, y así el uso lo
consagra, que la mentira es, en suma, una forma de fraude, exteriorizada mediante
las diversas formas del lenguaje hablado o escrito.
Antes de definir la simulación conviene que la
distingamos de la imitación, cuya importancia en la evolución de los agregados
sociales estudió agudamente Tarde. Ella consiste en hacer algo a semejanza de
lo imitado, que sirve de modelo. Las mismas Academias dicen textualmente del
verbo imitar: "ejecutar una cosa a ejemplo o semejanza de otra". La
imitación se refiere al hecho en sí mismo, en su realidad: imitar una buena o
mala acción significa hacer otra realmente buena o mala.
Cuando no se ejecuta a semejanza de otra, pero se
finge hacerlo, hay simulación, fenómeno cuyas manifestaciones estudiaremos en
este ensayo. El diccionario académico explica con demasiada pobreza la
"acción de simular". De este verbo solamente dice: "representar
una cosa, fingiendo o imitando lo que no es". En la voz
"fingiendo" léese: "simulación, engaño o apariencia con que se
intenta hacer que una cosa parezca diversa de lo que es". Definiciones
imperfectas todas ellas. Convendría decir, de manera general que, en la
simulación, las apariencias exteriores de una cosa o acción, hacen confundirla
con otra, sin que efectivamente le equivalga. El actor dramático que desempeña
en la escena un papel homicida -Otelo, pongamos por caso no imita a Otelo, pues
ello significaría dar muerte a la actriz que hace de Desdemona; el actor simula
matar. Sólo si matara de verdad, sería imitador del personaje que representa;
el que imita una acción ajena, buena o mala, no simula, no aparenta hacerla: la
hace en realidad.
Creemos que ese breve ejemplo, sencillo para mayor
claridad, basta para poner de relieve la diferencia entre imitación y
simulación, entre el hecho real de la una y la simple apariencia de la otra.
Pero en la observación corriente suelen transgredirse esas distinciones, por no
existir una línea divisoria que separe de manera absoluta lo uno de lo otro.
Partiendo de esta definición entremos a nuestro tema.
Las múltiples formas de simulación pueden escalonarse
en diversos grupos, según se las estudie en sus diversas fases, de las más
sencillas hasta las más complicadas; fácil es advertir sus cambios a través de
lo que podríamos llamar su "filogenia". En sus manifestaciones
simples y primitivas presentase como un fenómeno accidental: una apariencia
útil, un parecido benéfico; la vemos, después, revestirse de formas
progresivamente complejas: una apariencia que protege de manera estable y general;
y ser, por fin, voluntaria y consciente: deliberadamente ejecutada para
beneficiarse en la lucha por la vida.
En los fenómenos del mundo inorgánico las simulaciones
son casuales, careciendo de valor selectivo. La lucha por la vida sólo existe
allí por analogía con la lucha propia de los seres organizados, y en sentido
metafórico; la simulación no puede ser, en manera alguna, un medio habitual de
lucha por la vida. En esas manifestaciones inferiores, la simulación es un
accidente y la palabra que lo denomina pierde todo sentido psicológico, pues el
hecho es involuntario e inconsciente; no podría ser de otro modo, produciéndose
en cosas que carecen de conciencia y de voluntad. Inútil sería insistir sobre
la verosimilitud de las diversas hipótesis panpsiquistas y los ensayos de
psicología atomística que pretendería dar psiquis y conciencia a todo lo
existente; esos juegos de palabra son posibles llamando psiquis y conciencia a
cosas que no lo son, y quitando a esos vocablos su significación psicológica,
perfectamente determinada; los poemas filosóficos a que nos referimos carecen
del fundamento que permita elevarlos a la dignidad de teorías científicas.
También suelen ser inconscientes e involuntarios los
fenómenos de simulación observables en los seres vivos menos evolucionados; así
se la encuentra en los vegetales. Conviene, sin embargo, señalar que ese
mimetismo vegetal puede tener una influencia selectiva en - la supervivencia de
los mejor adaptados a las condiciones de la lucha por la existencia. No
admitimos que la simulación pueda ser consciente y voluntaria en los vegetales,
por no observarse en ellos fenómenos revestidos de esos caracteres, aunque
teóricamente el hecho pudiera admitirse como posible. Son conocidas las
importantes discusiones sobre la sensibilidad e inteligencia de los vegetales,
fundadas en observaciones del mismo Darwin, que concedía a la radícula de los
vegetales la propiedad de sentir, discernir y elegir.
En principio, si las funciones psíquicas existen ya,
aunque en forma elemental, en los más ínfimos organismos vivientes, como
funciones propias de la sustancia viva elemental, del protoplasma, no hay
motivo para negar a los vegetales -evolucionados desde formas simples, en que
los protofitos y los protozoos tuvieron probablemente un origen común-
funciones psíquicas elementales, no desarrolladas por ser innecesarias a la
forma especial de evolución que caracteriza al reino vegetal. Y es bien claro
que "funciones psíquicas" no equivale a funciones conscientes o
voluntarias.
La simulación determina en el reino animal
importantísimas selecciones, realizadas mediante fenómenos de homocromía
(semejanzas de color) y de homotipia (semejanza de forma), que en conjunto
constituyen el mimetismo. Muchas veces éstos tienen carácter consciente, aun
siendo involuntarios. Solamente en pocos casos pueden calificarse de
conscientes y voluntarios; entonces representan un medio de lucha por la vida
elegido por el animal, que lo considera el más ventajoso de cuantos puede
utilizar.
Entre los hombres congregados en grupos sociales,
vivientes en sociedad, la simulación es frecuentísima como fenómeno consciente
y voluntario.
Este doble carácter permite simulaciones cuyos
resultados pueden invertir la selección natural; gracias a esa y a otras formas
de fraude, tornase posible la supervivencia de individuos inferiores, débiles y
degenerados de toda clase, supervivencia bien descrita por Sergi; es el
fenómeno- que, actualmente, en sociología, suele llamarse de selección
invertida, a "rebours".
Las simulaciones en la sociedad humana y la psicología
de los hombres simuladores constituyen el tema propio de este ensayo; insistir
sobre ellas sería anticiparnos.
Antes de penetrar en ese mundo de ficción y de
mentira, en que todos, buenos y malos, se ven obligados a simular, aunque más
los malos que los buenos, detengámonos en una aunque no superflua. Al exponer la doctrina de la "lucha por la
vida", dijimos que debía entenderse en sentido figurado, como expresamente
lo manifestó Darwin al enunciarla. De igual manera, hablando de simulaciones
como medio de lucha por la vida, conservamos a la frase su originario sentido
figurado; de otra manera, en sentido literal, sólo podría hablarse de lucha y
de simulación al referirse a fenómenos humanos que fuesen conscientes y
voluntarios. Lucha y simulación son, en efecto, palabras que se refieren a la
conducta humana; por extensión, aplica Darwin la una, y por extensión aplicaremos
aquí la otra, sill pretender que todas las formas de simulación deban ser
iguales a las usadas por el hombre fraudulento que engaña a sus semejantes.
Los fenómenos de simulación solamente revisten
caracteres de conciencia y voluntad cuando la lucha por la vida llega a ser
consciente o voluntaria. Existe, pues, cierto paralelismo entre los caracteres
de la lucha y los medios en ella usados; hay una creciente complejidad en los
fenómenos de simulación, partiendo de los accidentes hasta llegar a los
voluntarios.
Conviene, antes de terminar, decir dos palabras sobre
una cuestión, accesoria a primera vista, pero de indudable utilidad, antes de
entrar al análisis de la simulación en la lucha por la vida, pues nos
permitiría reforzar la serie de fenómenos que estudiamos, evidenciando más su
difusión en la naturaleza y en la vida social.
Entre simular y disimular no existe, en realidad,
ninguna diferencia[4],
y menos el antagonismo que podría sospechar quien se atuviera a la forma
aparente de ambas palabras. Y decimos aparente, pues en casi todos los léxicos
disimular corresponde aproximadamente a simular, aun haciéndose entre ambos
vocablos algún distingo de poco valor. Simular: "arte usada con astucia
por el hombre a fin de mostrar, en los actos y en las palabras, todo lo
contrario de lo que se tiene en el espíritu, sea en bien o en mal".
Disimular: "arte, estudio de esconder el pensamiento propio o algún propósito.,
Simular. Ficción".
No existe, pues, diferencia ni contradicción alguna
entre esos términos; a lo sumo, podrá especificarse que el individuo simula lo
que no es, no tiene o no hace, y disimula lo que es, tiene o hace.
Pero considerándolos en relación con la lucha por la
existencia, su significado es el mismo: el que simula y el que disimula tratan
de ponerse en las mejores condiciones de lucha por la vida, dado el ambiente en
que actúan.
Por otra parte, observando los hechos, fácil es
advertir que muchas de las llamadas disimulaciones son simples simulaciones de
las cualidades contrarias a las disimuladas, y viceversa. El enfermo que
disimula su enfermedad para obtener una póliza de seguro sobre la vida, simula
en realidad un estado de salud. El zorro que finge dormir para sorprender mejor
a su presa, disimula su expectativa y simula el sueño. La libélula que cierra
las alas y se posa sobre el verde tallo de una planta, confundida con una hoja
cuya forma y color se parecen a los de su cuerpo, buscando no ser vista por sus
enemigos, simula ser hoja al mismo tiempo que disimula ser mariposa. El
político oportunista que se entusiasma ante los electores, defendiendo
doctrinas que en lo íntimo de su caletre considera absurdas, simula las
opiniones defendidas y disimula las que profesa.
Para evitar mayor tedio, no proseguimos la enumeración
de casos análogos a los citados; ello sería ya innecesario, dada la evidencia
del hecho que prueban: la identidad de objeto y de significado entre la
simulación y la disimulación como medios de lucha por la vida.
IV. SU VALOR COMO
MEDIO DE LUCHA POR LA VIDA
Los fenómenos de simulación han sido cuidadosamente
observados en los animales, gracias a su misma difusión; sin embargo, no han
sido todavía bien coordinados, ni se ha dado de ellos una clasificación
definitiva.
Si se para mientes en que los diversos aspectos de la
actividad humana se encuentran ya como funciones elementales en la evolución de
las especies vivas más simples que el hombre, se comprenderá la importancia que
tiene para nosotros el estudio del mimetismo en sus diversas formas. Ellas nos
muestran los primeros esbozos del fenómeno que en el hombre será más tarde
complejo, permitiéndonos rastrear los orígenes y reconstruir la filogenia de la
situación en general.
Los naturalistas que estudiaron el valor de los
caracteres cromáticos de los animales para la conservación de la especie han
observado la frecuente homogeneidad de su color con el del ambiente en que
viven algunos crustáceos; por ejemplo, son rojos cuando viven sobre un alga
roja y verdes si el alga es de este color. Los gusanos que frecuentan las hojas
verdes tienen este mismo color, circunstancia que los hace difícilmente
visibles.
¿Quién no ha descubierto, y acaso aplastado en su
niñez, algunas de las orugas que suelen visitar nuestras vides? Otros insectos,
por su forma, parécense a los objetos del ambiente en que viven. Entre las
mariposas el hecho va más lejos: algunas especies comestibles poseen los
colores y dibujos característicos de otras, protegidas de la gula ornitológica
por su mal gusto y olor. Un animal que simula las formas y el color de otro muy
temido, encuentra en ello una defensa; otro simula el aspecto de animales notoriamente
inofensivos, para ir -lobo bajo piel de cordero hacia su presa sin espantarla
al mover la ofensiva. Otros, reconocidamente nocivos para los insectívoros,
están protegidos por colores vistosos, llamados "premonitorios", que
alejan a cuantos enemigos pudieran, por error, perjudicarlos, si no les
reconocieran a tiempo. Los hay, por fin, que enmascaran su cuerpo cubriéndose
de objetos o substancias que los disimulan a las miradas de sus enemigos.
Este conjunto de fenómenos, estudiado y subdividido
por los naturalistas en varias categorías, es objeto de controversia en cuanto
a su, origen. Pero hay en ellos algo común que nadie discute; es su función
misma; siempre se trata de un hecho que es útil al disimulador en la lucha por
la vida. Éste es el rasgo indiscutido, designándose el conjunto de estos hechos
con el nombre de mimetismo. Algunos naturalistas reservan este nombre para las
simulaciones combinadas, de forma y color al mismo tiempo, dando el nombre de
homocromía a los fenómenos de simple adaptación al color del ambiente; en este
caso, sería más exacto llamar homotipia al mimetismo propiamente dicho.
Dejando para el capítulo siguiente el examen de la
simulación en el mundo biológico, nos limitaremos a fijar un criterio, surgido
de la observación, y cuya importancia consideramos decisiva, aunque hasta ahora
no se haya señalado debidamente: la utilidad de la simulación para el
simulador, ya se trate de un fenómeno instintivo (de la especie) o consciente y
voluntario (del individuo).
Conviene advertir que la utilidad de la simulación
como medio de lucha por la vida no es exclusiva de los animales, ni siquiera de
los seres vivos.
Supuesto que se admite en el mundo inorgánico la lucha
por la existencia -en el sentido metafórico de Darwin, ampliamente aplicado por
De Lanessan-, podemos inducir que allí también se encuentran medios de lucha
que implican lo que en lenguaje humano se llama fraude.
A primera vista, una observación superficial podría
encontrar absurda la pretensión de rastrear el mimetismo en la lucha por la
existencia del mundo inorgánico. Esto débese, máximamente, a que se tiene la
idea de que sólo podemos referirnos a una simulación o un mimetismo consciente
y -voluntario, tal como en el hombre se presenta; bastarán, empero, un par de
ejemplos para evidenciar la exactitud de nuestra inducción analógica.
Los inorgánicos, los minerales, luchan por la
existencia en el sentido de estar expuestos a un número mayor o menor de causas
destructivas, y poseer más o menos condiciones de resistencia a esas causas.
(Sobre esto ilustran, especialmente, De Lanessan y Thoulet, en sus originales
estudios). Cada piedra, cada capa geológica, cada roca, encuéntrase en lucha
contra mil causas destructivas; si triunfa de ellas, sobreviviendo a su acción
destructora, puede decírsela triunfante en la lucha, precisamente porque es
mayor su adaptación y su resistencia. a las condiciones del medio. 'Inferiores
a ella sofí aquellas rocas o piedras que no pueden resistir a las causas
destructoras y desaparecen; éstas, en el metafórico lenguaje adoptado, son
vencidas en la lucha por la existencia[5].
Entendida así la lucha, en servido figurado, es fácil
observar…casos de falsa apariencia que equivalen a simulaciones útiles en la
lucha por la existencia; veamos dos ejemplos, fáciles de multiplicar, sin duda.
Remontémonos a la edad de la piedra. Un hombre busca
una piedra para convertirla en mazo o en hacha; la encuentra, recógela, y acto
continuo la transforma en objeto de uso personal; podemos decir perfectamente,
en el sentido adoptado, que esa piedra es vencida en la lucha por la
existencia, habiendo terminado su estado natural como producto geológico,
individualizado por una forma y un volumen determinados. Supongamos por un
instante que esa piedra, por uno de mil accidentes posibles, encontrárase cubierta
de limo, o hubiese germinado sobre su superficie una capa de musgo; el hombre
habría seguido su camino, no reconociendo bajo el disfraz del limo o del musgo
la piedra buscada. Diríamos, en tal caso, que la piedra ha triunfado en la
lucha por la existencia gracias a una apariencia exterior que le ha servido
como medio defensivo contra el instinto utilitario del hombre.
Transportémonos en pleno siglo veinte. Un campesino se
interesa por cavar un pozo artesiano. Sabe que cierta capa de tierra X es
fácilmente perforable, no ignorando las dificultades que rodean la excavación
de cierta roca, Z. Encuentra junto a su casa una capa de tierra, X, y cava su
pozo; la capa ha perdido su integridad geológica, y, en sentido metafórico, ha
sido vencida en la lucha por la existencia. Más si por una de tantas causas
posibles el aspecto exterior y visible de la capa de tierra X fuese igual al de
la roca Z, el campesino respetaría su integridad, buscando en otro sitio la vía
de menor resistencia para cavar su pozo. En tal caso, diríamos que la capa de
tierra X ha triunfado en la lucha: su existencia ha sido protegida por un
fenómeno de simulación.
Debemos repetir, en verdad, que está muy lejos de
nuestra intención el propósito de atribuir a estas apariencias útiles, propias
del mundo inorgánico, ningún valor selectivo; sería una exageración no
disculpable por el deseo de aquilatar la tesis sostenida. Queremos tan sólo
establecer las dos proposiciones siguientes: admitida en sentido metafórico una
lucha por la existencia entre los inorgánicos, puede encontrarse entre ellos
fenómenos que, en el mismo sentido, podemos asimilarlos a los que constituyen la
simulación; y cuando existen, pueden ser un medio de lucha por la existencia e
influir sobre sus resultados próximos o remotos.
Pasando al reino vegetal, encontramos un panorama
diverso; aquí la lucha y la selección obedecen a condiciones más similares a
las que dominan en el mundo animal, además de estar recíprocamente condicionada
la vida de las faunas y de las floras. Encuéntranse, en efecto, coloraciones de
protección y mimetismo de formas de otras especies mejor protegidas, etc.
Las plantas luchan contra el ambiente físico en que
viven. Luchan con el reino mineral, sustrayendo al suelo una parte de sus
propios elementos; luchan contra los animales que se nutren de ellas, y algunas
veces les sirven de alimento, como enseña Darwin en su magnífica monografía
sobre las plantas carnívoras; y, por fin, luchan entre sí, como resultado de la
desproporción entre el excesivo número de gérmenes y los limitados medios de
desarrollo y nutrición.
Para esas luchas la naturaleza ha dotado a las plantas
de numerosos medios defensivos: espinas, venenos, aguijones, olores
pestilenciales, y más que todo -compensando la deficiencia de los otros medios
defensivos- su extraordinaria fecundidad reproductora. No deberá, por eso,
creerse que las plantas carecen en absoluto de medios ofensivos análogos a los
que en los animales llamados astutos: muchos podrían catalogarse, a no mediar
el ejemplo significativo de las plantas carnívoras, trampas no superadas, en perfección
y delicadeza, por el engaño humano.
Limitándonos a las observaciones más significativas,
determinaremos el valor de los fenómenos de simulación en la lucha por la vida
del reino vegetal.
Numerosas plantas son respetadas por sus enemigos, los
animales, porque sus caracteres externos se asemejan a los de otras especies no
comestibles. En algunas, cuyas semillas prodúcense en corto número, la
superficie de éstas es verdosa, por cuyo motivo los pájaros no pueden verlas
cuando yacen caídas entre el césped; de esta disimulación depende la vida de la
especie. Hay, en cambio, otras semillas, y no pocas, cuya actividad germinativa
aumenta atravesando el tubo digestivo de los pájaros que las ingieren, pues
disuelven su cutícula en las secreciones propias del aparato digestivo; estas
semillas poseen exterioridades atrayentes, colores vivos, equivalentes a la
coloración protectora de los animales. Pero en la naturaleza van más lejos
estas formas de homocromía útil, semejantes al mimetismo propiamente dicho.
Algunas plantas, cuya vida peligraría si inoportunos insectos vinieran a
visitar sus flores, salvan ese peligro porque la forma y el color de sus
corolas es semejante al de otras flores desagradables o nocivas para los
insectos; es un mimetismo de especie a especie, tan protectivo como el que se
observa entre los animales.
Ascendiendo a un orden de fenómenos en que es más
compleja la manifestación de las luchas vitales, encontramos una riquísima
serie de hechos en que la simulación desempeña un papel importante de defensa u
ofensa para las plantas. A diario, verbigracia, muchos árboles fácilmente
explotables, ya por la facilidad de cortarlos, ya por sus numerosas
aplicaciones, son respetados por el hacha dei leñador ignorante sólo por
simular sus exterioridades el color y las formas de otros árboles difícilmente
explotables como materia prima: es un caso de mimetismo protector. Larga sería
la serie de ejemplos que pudiera acumularse de mimetismo vegetal; sobran los
enumerados para afirmar que esos fenómenos análogos a los de simulación son un
medio de lucha por la vida, al que deben su defensa muchas especies vegetales.
Pasando por alto el mimetismo en las especies del
reino animal -que estudiaremos en capítulo especial-, vamos a señalar
brevemente la posición del problema en el mundo social, en las sociedades
humanas. También en ellas domina la lucha por la existencia, aunque se presente
atenuada, como dijimos, por la capacidad de producir artificialmente sus
propios medios de subsistencia.
Y a este propósito podría enunciarse el siguiente
principio: a cada perfeccionamiento de los medios de producción debería
corresponder una atenuación de la lucha por la vida entre los hombres.
Es precisamente esa verdad la que determina la
inexactitud de la ley de Malthus, cuando se la aplica a nuestra especie. Todo,
en cambio, induce a creer que las sociedades humanas, en su desarrollo
progresivo, irán acrecentando la solidaridad entre sus componentes. Si se
abarca, en efecto, la evolución social en una mirada sintética, se advierte que
la asociación para la lucha va sustituyendo entre los hombres el antagonismo en
la lucha; al propio tiempo, la utilidad colectiva, representada por la "lucha
contra la naturaleza", va elevando la capacidad productiva social, de
manera que satisfaga las necesidades de un número cada vez mayor de individuos.
Niveladas las condiciones sociales de lucha por la vida, la selección será
verdaderamente natural entre los hombres, sobreviviendo los realmente
superiores y no los que, independientemente de sus aptitudes persónales, se
encuentran favorecidos de antemano en la lucha: tal selección nefasta es
posible en la actualidad, con serio perjuicio para el porvenir de la especie.
Aunque se va operando esa progresiva atenuación, la
lucha por la vida ha existido, existe y existirá entre los hombres. Las formas
y los medios de lucha modifícanse día a día, pues ellos no están excluidos de
la evolución universal. La tendencia parece ya definida; los métodos primitivos
de lucha son, principalmente, violentos; se atenúan en los grupos sociales más
organizados, en los que va dominando progresivamente la lucha de tipo
fraudulento.
Profundizando esta cuestión, encuéntrase, en todas las
formas de lucha por la vida, una estricta correlación entre el desarrollo ético
y los medios predominantes en la lucha por la vida. A la mayor reacción
instintiva del psiquismo inferior corresponde siempre una mayor violencia; a la
mayor cerebralidad superior, interpuesta entre el excitante y la reacción,
corresponden formas cada vez más complicadas de fraude. La astucia no es una
característica de imbéciles o tontos, ni reina entre los escombros mentales del
derrumbamiento demencial; florece más bien en las esferas políticas y en los
conciliábulos curiales.
Siendo la simulación un medio astuto de lucha por la
vida, se comprende que ha debido seguir un desarrollo progresivo, ascendente,
en los pueblos civilizados. Y la civilización -que Edard Charpenter considera,
alegando sutiles razones, una verdadera enfermedad de la sociedad humana-
preséntase al observador como un terreno fecundo para el desarrollo de las más
variadas simulaciones.
La organización social presente no señala, empero, el
término de la evolución social; el porvenir está lleno de nuevos progresos,
pues ningún hecho impide creer en el advenimiento de otras formas sociales
después del presente período de la civilización capitalista. Cuando nuevos
regímenes de organización social, surgidos de la intensificación de la
capacidad productiva del hombre, atenúen la lucha entre lo grupos y entre los
individuos, la simulación, como todos los medios de lucha, se atenuará progresivamente,
perdiendo su utilidad.
Después de examinar la simulación entre los animales,
estudiaremos en sus diversos aspectos la simulación entre los hombres como
medio de lucha por la vida.
V. CONCLUSIONES
Donde hay vida hay "lucha por la vida",
concepto que debe entenderse en el sentido amplio y figurado que le atribuyó
Darwin. Para esa lucha todas las especies vivientes poseen medios especiales de
protección o de ofensa, que adquieren un valor psicológico cada vez más
explícito desde las especies inferiores hasta el hombre. Los primitivos medios
de lucha son violentos, y se complementan progresivamente con medios
fraudulentos; entre éstos, uno de los más importantes en la especie humana es
la simulación. En todas sus manifestaciones la simulación es útil en la lucha
por la vida, y se presenta como un resultado de la adaptación a condiciones
propias del medio en que la lucha se desenvuelve.
CAPITULO
II
LA
SIMULACIÓN EN EL MUNDO BIOLÓGICO
I. Generalidad de estos fenómenos en el mundo animal.
II. Sus grupos fundamentales.
III. Homocrom1a: permanente, variable y voluntaria. IV.
Mimetismo: permanente, variable y voluntario.
V. Mimetismo entre las especies animales: permanente,
variable y voluntario.
VI. Simulación en función individual.
VII. Utilidad de estos fenómenos en la lucha por la vida.
VIII. Teorías propuestas para explicarlos. IX.
Conclusiones.
I. GENERALIDAD DE
ESTOS FENÓMENOS EN EL MUNDO ANIMAL
La simulación en los animales, representada por falsas
apariencias, equivalentes a lo que en el hombre suele llamarse fraude o
astucia, llena sin duda una de las páginas más interesantes escritas por los
naturalistas. En la incesante evolución de todo lo que, vive, suele alcanzar la
naturaleza expresiones magníficas de belleza, suscitando una admiración tan
intensa como los mismos productos del arte humano.
Armonía de colores y de matices, singularidades
imprevistas de líneas y de formas, sorprendentes flexibilidades de funciones,
súmanse para adaptar los organismos a las condiciones de vida que les son más
favorables, produciendo sutiles y engañadoras ficciones que honrarían a un
artífice ingenioso; todo ello constituye un rico filón de fenómenos sometidos a
la observación del hombre de ciencia que contempla el mundo de las especies
vivas. Éstos son los términos de las series en que los organismos elementales,
complicando sus formas y sus funciones, han evolucionado a través de etapas
multiseculares, hasta transformarse en la fauna actual, de que forme parte la
especie humana.
Justo es que antes de estudiar las múltiples formas de
simulación usadas por el hombre para luchar por la vida dentro de la sociedad,
miremos un momento los fenómenos similares que se observan en las especies
animales. Todos no tienen su misma significación psicológica; algunos carecen
de ella por completo. Pero entre uno y otro extremo, entre el insecto que se
asemeja a otro como simple resultado de la selección natural y el orador
desvergonzado que finge las pasiones más caras a su auditorio, existe una serie
gradual de hechos que muestran la relación entre lo accidental y lo consciente,
entre lo instintivo y lo voluntario.
Nuestro estudio del interesante tema biológico es
fruto, en parte, de observaciones directas; mas para su desarrollo global hemos
analizado las descripciones de los naturalistas, en cuyo vasto material
intentamos proyectar una mirada de conjunto. Procurando sistematizar los
fenómenos estudiados, ensayamos una tarea no estéril; no obstante las bellas
páginas de Wallace, ellos esperaban ser clasificados y explicados conforme a un
criterio común. El conocimiento amplio de la bibliografía permite, en temas de
esta índole, coordinar de manera precisa la labor de los investigadores que,
vistos en diseminado desorden, aparecen confusos e incoordinados.
Una reseña sintética, que sea a la vez un esfuerzo de
sistematización, es siempre útil para los naturalistas y los biólogos. Ver
ordenado metódicamente un conjunto de hechos dispersos es de provecho para los
estudiosos. Por nuestra parte, procuraremos obtener el poderoso argumento de
los hechos en favor de nuestras inducciones acerca del valor de la simulación
como medio de lucha por la vida.
No creemos aventurado afirmar que los fenómenos de
simulación representan uno de los medios de lucha por la vida, ofensivos y
defensivos, más generalizados en la serie animal; su difusión e importancia no
es comparable, sin embargo, con la de los medios violentos. Como sólo
estudiamos los fenómenos en conjunto, quien quiera analizarlos y observar su
desarrollo progresivo puede ocurrir a la interesante monografía en que Cuénot
estudia los medios de defensa en los animales.
Para dar unidad a las ideas expuestas en este capítulo
y a las observaciones en él reunidas, diremos que, en general, hay simulación,
o mimetismo, toda vez que un animal, mediante la adaptación de sus caracteres
exteriores a los seres y cosas del medio en que actúa -ya por la forma:
homotipia; ya por el color: homocromía-, se beneficia en la lucha por la vida
contra sus enemigos, contra sus presas, o contra el medio ambiente.
Así interpretados, en su más alto sentido, esos
fenómenos de simulación -cuya finalidad en la lucha por la vida es siempre la
misma- son numerosos y complejos; sin embargo, es posible unificarlos
encarándolos desde el punto de vista de su rol biológico, pues todos desempeñan
una función útil en la lucha por la vida[6].
II- SUS GRUPOS
PDNDAMENTALES
Antes de ocuparnos detenidamente de esos fenómenos,
debemos señalar que, examinando las investigaciones de los naturalistas, pueden
fijarse varias modalidades bien definidas; ello permite intentar una ordenación
general, agrupándolos en categorías bien diferenciadas por su valor
psicológico, y caracterizadas por modalidades fundamentales diversas.
1º En algunos casos se encuentra una simple
homogeneidad de color entre el animal y el medio en que vive; homogeneidad que
lo disimula más o menos completamente. Es involuntaria, y resulta de la
selección de los mejor adaptados al ambiente: homocromía involuntaria de origen
selectivo.
2º Otras veces esa homogeneidad de color, entre el
animal y su medio, es buscada y completamente voluntaria, resultando de la
emigración activa del animal a un medio homocromo, donde pasa desapercibido,
siéndole más fácil la lucha por la vida: homocromía voluntaria, con fines
protectivos.
Los animales tienen el color y la forma de otros que
gozan de alguna ventaja en la lucha por la vida, beneficiándose de esa
semejanza que los protege como a la especie simulada, favoreciéndolos en la
selección natural: mimetismo involuntario, de origen selectivo.
4º Los animales simulan activamente los caracteres
externos de otras especies u objetos, ya mediante procedimientos fisiológicos
aún poco conocidos, ya cubriéndose con cuerpos extraños, para disimular:
mimetismo voluntario, con fines protectivos.
Esta agrupación en cuatro categorías nos parece más
cómoda que las divisiones que hacen algunos autores; y es la única que nos
interesa, por cuanto ella separa los casos en que el mimetismo es un resultado
de la selección, de los otros en que el animal lo realiza voluntariamente.
Aunque imperfecta, pues algunos fenómenos no pueden ubicarse con precisión en
una u otra categoría, permitirá exponer los hechos con relativa claridad y
fijar su importancia psicológica, lo cual, hasta ahora, ha preocupado poco a los
naturalistas. Consideramos esencial la diferenciación de los tipos
fundamentales en grupos selectivos y voluntarios; más adelante se verá su
importancia para el desarrollo de nuestra interpretación general de la
simulación.
III. HOMOCROMIA:
PERMANENTE, VARIABLE Y VOLUNTARIA
Lamarck, primero, y más tarde Darwin, observaron y
comentaron los fenómenos de homocromía, sintetizables en este hecho general:
los animales están disimulados a la vista de sus enemigos o de sus presas por
la semejanza entre su color propio y la coloración del medio en que viven. Los
ejemplos son numerosísimos.
El color de los animales no es un resultado caprichoso
del fiat creador, como suponían los divagadores metafísicos, ni un objeto de
deleite para la vista humana, como podrían creer los poetas poco ilustrados. El
color es un carácter útil en la lucha por la vida. Ciertos colores vistosos y
llamativos son el resultado de la selección sexual; y otros colores adaptados
al ambiente son resultado de la selección natural; ambos son ventajosos en la
lucha por la vida y determinan la conservación de los mejores individuos de las
especies más adaptadas a las condiciones del medio.
Wallace, cuyo capítulo sobre el mimetismo es clásico
en la materia, se detiene sobre un hecho general e importante. Los colores, más
o menos fijos y uniformes en las especies salvajes, son sumamente variables en
los animales adaptados a la domesticidad: caballos, perros, gatos, vacas, etc.
La diferencia es debida a que éstos son protegidos por el hombre en la lucha
por la vida, mientras que los salvajes fían principalmente en la protección de
su color.
Se ha observado que, en general, la coloración blanca
es el tono predominante en los animales que viven en las zonas polares; el
amarillo y el terroso es el color propio de los habitantes del desierto; el
verde domina en las selvas tropicales perpetuamente frondosas. Los animales
nocturnos son de colores oscuros.
Entre los animales blancos de las regiones árticas los
hay cuyo color es permanente, siendo en otros transitorio. Entre los primeros,
recordemos el oso polar, la liebre polar de América, el halcón de Groenlandia;
el carácter permanente de su color coincide con el hecho de vivir todo el año
entre las nieves. Es notable que en regiones no polares, en los Alpes, la
liebre que vive a grandes alturas sobre el nivel del mar, siempre nevadas, es
también de color blanco. La coloración homocroma permite a los carnívoros
acercarse a sus presas sin ser vistos, y a los herbívoros pasar desapercibidos
a sus enemigos. Además, parece que el color responde, en parte, al objeto de
impedir la irradiación y conservar mejor el calor animal durante el invierno.
En las extensas regiones áridas y desiertas de la
superficie terrestre la armonía de color entre el medio y los animales es
igualmente notable. El puma americano, el león, el camello, todos los antílopes
del desierto, los pájaros del Sahara, el pato salvaje de Egipto, el gato
montés, etc., etc., tienen un color amarillo terroso perfectamente adapta do al
color del medio en que viven. Es lógico que en un medio desprovisto de plantas
o piedras para la ocultación, hayan podido sobrevivir más fácilmente sin emigrar
o morir, las especies mejor disimuladas para la ofensa o la defensa.
En las regiones tropicales, donde las ramas siempre
son frondosas, Encuéntranse especies enteras cuyo color predominante es el
verde; por ejemplo: los loros. En cambio, en las regiones más templadas, donde
las hojas son caducas y el invierno desnuda los árboles de sus adornos
naturales, los pájaros poseen colores que imitan el de la corteza de los
árboles, de las hojas secas, de los tallos desnudos, etc., entre los cuales
están obligados a pasar el invierno.
En los animales pelágicos, que viven en los océanos,.
el hecho es fácil de comprobar; muchos de ellos son transparentes como el agua
en que viven. Entre los moluscos y crustáceos hay numerosas especies en
análogas condiciones, siendo singularísima la identidad de aspecto entre muchas
conchas o caparazones y las piedras o toscas a que están adheridas; es uno de
los géneros más difundidos de mimetismo, y el primero que llama la atención de
los visitadores de un acuario. Hechos semejantes se observan en los peces. Los
animales marinos de mayores dimensiones, que flotan en la superficie, están
hermosamente coloreados de azul intenso o azul gris en el dorso, armonizándose
con el color del mar, mientras su vientre es blanco: esto hace que, vistos por
debajo, se confundan con la espuma de las olas o con las nubes.
Fuera de las adaptaciones generales de coloración,
existen otras especiales, que llegan a caracterizarse por semejanzas de
dibujos. Muchos animales rayados o manchados viven en sitios donde se proyectan
sombras de hojas (manchas) y de tallos (rayas), teniendo en su color especial
un medio de disimulación utilísimo en la lucha por la vida. En el clásico
tratado de Wallace sobre El darwinisme puede leerse un análisis detenido de
esta cuestión singularísima.
Es de observación vulgar que los huevos de muchísimos
animales suelen adaptarse muy bien al color del medio donde se les deposita,
siendo difícil descubrirlos; por eso los hombres de campo comparan
frecuentemente las cosas difíciles de ver con los huevos de ciertos pájaros.
Obsérvase también con frecuencia que los huevos de algunas especies presentan
caracteres morfológicos que los hacen confundir con los pertenecientes a otras
especies, hecho común cuando el animal no construye nido propio, obteniendo de
esa manera la incubación necesaria para que la especie no se extinga. El hecho
es harto conocido, y está consagrado en refranes populares.
Todos los fenómenos de homocromía pueden tener su
origen en una de las causas enunciadas. O en la selección natural sobrevivieron
solamente los animales mejor adaptados al color de un ambiente determinado, o
los animales emigraron voluntariamente a un medio donde estuvieron mejor
disimulados para luchar por la vida en condiciones favorables. Lo primero no
implica que no intervengan otras causas en la conservación de la especie; lo
segundo no excluye que, en ciertos casos, la homocromía sea el producto de una
reacción adaptativa del animal a su medio.
Entrando a considerar la significación psicológica de
estos hechos, es evidente que en la hipótesis migratoria la disimulación es un
acto voluntario, que con el tiempo puede fijarse en la especie bajo forma de
instinto, pasando de consciente a automático. En la hipótesis selectiva, la
disimulación es involuntaria, actuando la selección natural sobre variaciones
favorables adquiridas al azar, sin que esto excluya necesariamente la
adquisición de esas variaciones por la influencia del medio.
En los hechos hasta aquí examinados, la homocromía es
un carácter estable, permanente. En otros la adaptación es transitoria; ciertos
animales, como el zorro y la liebre árticos, sólo viven entre las nieves
durante una parte del año, y sólo entonces tienen el color blanco que los
protege. Es difícil establecer la participación que tienen la temperatura, la
alimentación, la acción del color ambiente, etc., en esos cambios actuales;
pero cabe suponer que esas influencias, lamarckianas, por decir así, han sido
en su origen más importantes que las selectivas, que diríamos darwinianas.
La acción del color ambiente sobre el color de los
animales cuenta en su favor con numerosas observaciones, confirmadas por
experimentos de resultado indiscutido. Wood mostró ciertas crisálidas de una
misma especie que tenían diversos colores, análogos a los de las superficies en
que habían sido depositadas. Las experiencias célebres de Poulton demostraron
la posibilidad de modificar el color de ciertas crisálidas haciendo evolucionar
sus larvas en cilindros de vidrio cubierto de papeles de diversos colores. Por
excepcionales que sean estos hechos, coincidentes con otras observaciones y
experimentos de Shaw y de Pouchet, ellos demuestran que existen organismos
capaces de reaccionar a una excitación luminosa exterior y de adaptársele en
alguna medida, imitando el color del medio.
Conocemos otros hechos que, para ciertos casos, harían
pensar que esa imitación del color ambiente ha podido en su origen ser
voluntaria, fijándose luego por el hábito y convirtiéndose hereditariamente en
instinto de la especie. Existen, en efecto, animales que modifican
voluntariamente su propio color para adaptarse al medio, en cuyos casos es
visible el valor psicológico que tiene esa disimulación activa como medio de la
lucha por la vida. No se trata, como en los anteriores, de una acción directa-,
de1 medio que el animal recibe pasivamente, sino de a activa y brusca del
animal mismo.
El ejemplo clásico del género es el del camaleón, cuyo
color, amarillo verdoso en la juventud y gris térreo en la vejez, se armoniza
más o menos rápidamente con el medio que lo rodea, sin que ello importe
atribuirle la propiedad de recorrer toda la gama del iris; más terroso si está
entre las ramas del árbol, y más verdoso si entre el follaje, puede en momentos
de excitación mostrar manchas rosadas o violáceas sobre el tono claro de los
flancos y del vientre. No es un caso único en la historia natural. Hay un
pececillo que posee propiedades semejantes; si nada en aguas claras, su color
es amarillo, pero se cubre de manchas o rayas negruzcas cuando quiere ocultarse
entre plantas acuáticas de color oscuro, lo que también se observa cuando se le
irrita. Muchos peces chatos, algunos crustáceos, las ranas en cierto modo,
poseen la aptitud de modificar con rapidez la intensidad o el tono de su color
habitual, adaptándolo al medio.
La explicación más admitida de, estas variaciones de
coloración lleva a considerarlas como fenómenos reflejos, en que las
excitaciones visuales determinan cambios de posición de una o más capas de
células pigmentadas, los "cromatoblastos", que se encuentran en el
tegumento y contienen substancias colorantes. La expansión o contracción de
esas células estaría, según Pouchet, bajo la dependencia del sistema nervioso,
y su resultado general sería armonizar el tono del color del animal con el del fondo.
Para probar que no se trata de una acción del medio, Pouchet repitió sus
experiencias en animales privados de sus ojos, no produciéndose el cambio de
color; la sección del trigémino suprimió la reacción en la zona de inervación
propia de ese nervio.
Todos estos hechos han llevado a considerar que la
homocromía movible es una reacción individual, una función activa de los
animales en que se le observa. Es posible que sea refleja y no voluntaria, es
decir, instintiva; pero todos los instintos se consideran actualmente como
antiguos actos voluntarios, que por el uso en el curso de muchas generaciones
se han convertido en automatismos útiles a la especie.
IV. MIMETISMO:
PERMANENTE, VARIABLE, VOLUNTARIO
El mimetismo consiste en la semejanza de forma entre
el cuerpo del animal y los objetos del medio en que suele vivir, o en la
semejanza con los caracteres o actitudes de otros animales mejor defendidos en
la lucha por la vida. Éste es un vasto e interesante capítulo de historia
natural, que procuraremos condensar en pocas notas generales, suficientes para
orientarnos hacia las conclusiones de psicología social propias de este
trabajo.
Insistimos en distinguir dos clases de simulaciones en
los animales. Las unas son espontáneas e involuntarias, resultando de la
selección natural; las otras son conscientes y voluntarias, valiéndose de ellas
el animal para adaptarse mejor a las condiciones de la lucha.
Entre los casos de mimetismo selectivo involuntario,
algunos simulan un objeto ambiente y otros los caracteres externos de especies
mejor protegidas. Wallace restringe a estos últimos el nombre de mimetismo;
parécenos más lógico extenderlos a todos los casos en que hay simulación de
forma, es decir, homotipia.
Muy a menudo se encuentran combinadas las dos
semejanzas, del color y de la forma; a esto llaman algunos autores homocromía
mimética. Es el caso de los parecidos más perfectos; son bien notorios los de
numerosos insectos con tallos, ramitas, hojas verdes o secas, entre las cuales
viven y de las cuales se alimentan. En ciertos casos el detalle de las
semejanzas es tan prolijo, que Wallace se ha visto arrastrado a decir que
"parece implicar la intención de
engañar al observador".
Son curiosos los casos en que se observan colores,y
formas apropiadas para atraer las presas; han sido principalmente señalados
entre las arañas y de manera especial en el género Mantidoe. Forbes ha
observado un caso de simulación voluntaria de esta índole; tratábase de una
araña cuyo vientre simulaba perfectamente, por el color y la forma, un
excremento de pájaro: el animal permanecía inmóvil hasta que algún insecto iba
a posarse sobre su vientre, cerrando entonces las patas y atrapando a su
víctima. Otra especie simula perfectamente por su color, forma, posición y
actitud, una flor en botón, sobre la cual vienen a posarse incautamente las
presas inexpertas. Más curioso aún es el caso de otra mántida, áptera, que
simula a la perfección una orquídea rosada, atrayendo sus víctimas con tal
facilidad, que resulta una verdadera trampa de insectos.
Algunos Phyllium están perfectamente coloreados y
fileteados con excrecencias foliáceas sobre las patas y el tórax, de manera que
difícilmente podrían distinguirse cuando están inmóviles, de los finos tallitos
de la planta donde se posan. Otros simulan fragmentos de madera, con todos los
detalles; o bien hojas secas, tallitos, espolones, espinas, hongos
parasitarios, etcétera. Algunas especies de Cassidoe parecen gotas de rocío,
por su forma convexa y su color perláceo. Entre las mariposas de la India, algunas
tienen la cara inferior de las alas idéntica al aspecto de una hoja; posándose
sobre un tallo, cerradas las alas, pasan completamente inadvertidas. Del
mimetismo de los gusanos con objetos del medio, trata extensamente Weismann.
Entre los arácnidos hay varias especies cuya cara dorsal imita con precisión el
aspecto de una hojita, con sus nervaduras y demás caracteres accesorios.
Por ser, como son, tan interesantes, estos hechos han
alcanzado una rápida difusión, aumentándose extraordinariamente de año en año
el número de los conocidos. Es indudable que la forma de los animales mimantes
se explica por la selección natural, careciendo por lo tanto de significación
psicológica; pero no lo es menos que la actitud de inmovilidad o de acecho es
voluntaria, o lo ha sido en su origen, revelando un aprovechamiento inteligente
de la forma por parte del animal que la posee.
V- MIMETISMO ENTRE
LAS ESPECIES ANIMALES
En ramos a las semejanzas protectoras entre especies
animales; mediante ellas, dice Wallace, una especie, simulando los caracteres
exteriores de otra, es confundida con ésta y disfruta de sus ventajas en la
lucha por la vida. El hecho se produce sin necesidad de que la especie
simuladora y la simulada sean aliadas, y aun perteneciendo a familias u órdenes
distintos. Uno de los animales parece estar disfrazado para ser confundido con
el otro; de allí provienen los nombres de mimetismo y mimético, "que no
implican una acción voluntaria por parte del animal en que se produce".
Como lo comprueban numerosas observaciones, el
mimetismo en ciertos casos es consciente y voluntario, no tanto cuando se trata
de simular los caracteres de otras especies animales o de objetos, pero muy
claramente cuando un animal simula actos o actitudes distintas de los
verdaderos En estos hechos encontramos la transición entre las simulaciones
puramente selectivas y las simulaciones de orden psicológico, usadas por los
hombres en las formas sociales de lucha por la vida.
El mimetismo entre especies animales fúndase en que
ciertas especies bien, protegidas en la lucha poseen "colores
premonitorios", que las preservan de los ataques de sus enemigos; otras
especies menos protegidas, confundiéndose con ellas por la identidad de los
caracteres externos, evitan los ataques de adversario comunes. De esa manera,
ciertas mariposas comestibles son salvadas de la voracidad de sus enemigos por
colores y formas que miman perfectamente a las especies no comestibles. Los helicónidos
son imitados por muchas otras especies de mariposas; el hecho es frecuente
entre los lepidópteros. Entre los coleópteros, los ejemplos son numerosos, como
asimismo entre los arácnidos. Muchas especies inofensivas de himenópteros
presentan el aspecto de otras muy temibles por sus poderosos medios de defensa
y ofensa. Algunas arañas miman a las hormigas, que son menos perseguidas por
los insectos. Entre los vertebrados el mimetismo es común en las serpientes;
algunas especies inofensivas miman a otras muy temibles, como el Elaps de la
América tropical. Ocurre lo mismo con algunos Callophis.- Entre los pájaros se
mencionan algunos casos de mimetismo imperfecto y solamente dos, muy completos,
de mimetismo verdadero.
Wallace, que ha estudiado el mimetismo de las especies
entre sí, ha determinado las cinco condiciones constantes del mimetismo
selectivo.
1º La especie mimante se presenta en la misma región y
ocupa los mismos sitios que la especie mimada.
2º La especie mimante es siempre más pobre en medios
de defensa.
3º La especie mimante cuenta menos individuos.
4 Difiere del conjunto de sus aliados.
5º La simulación, por detallada que sea, es exterior y
visible solamente, no extendiéndose jamás a los caracteres internos, ni a
aquellos que no modifican la apariencia exterior.
Posee mayor interés psicológico el mimetismo movible.
Al hablar de la homocromía hicimos ya notar que la había movible, recordando el
clásico ejemplo del camaleón; señalamos también que en ciertos fenómenos de
simulación de plantas u objetos por animales, intervenía la voluntad de éstos.
Aquí mencionaremos algunos fenómenos activos de mimetismo voluntario entre las
especies animales; su síntesis, como significación en la lucha por la vida, nos
la da el lobo disfrazado con piel de cordero o el grajo con plumas de pavo
real, de las fábulas bien conocidas. Ello comprueba, una vez más, el principio
general de que el arte, en sus manifestaciones más geniales y clásicas, puede
anticiparse a señalar ciertos hechos que en épocas posteriores estudia la
ciencia a la luz de sus métodos menos inexactos.
El Proctotretus multimaculatus, cuando está
atemorizado por la presencia del enemigo, achata su cuerpo y cierra los ojos:
de esa manera se confunde con la tierra que le rodea y difícilmente es visto.
La larva joven del Pterogon Oenetoe está perfectamente adaptada, por su forma y
color, con las hojas del Epilobium, entre las cuales vive; cuando pasa al
estado adulto, su color y forma cambian, pues pasa entonces a vivir entre
ramitas y hojas secas. La Anchnura Scorpionoides, parecida al escorpión, cuando
es atacada, mueve su abdomen, estirado como una cola, de igual manera que los
escorpiónidos, engañando fácilmente a sus enemigos. La Coronella Austríaca,
semejante a la víbora, al ser agredida achata y dilata la cabeza análogamente a
las víboras, manteniendo alejados a sus rivales. Los casos de simulación activa
entre especie y especie podrían multiplicarse; los expuestos son suficientes
para que afirmemos su existencia.
VI. SIMULACIONS EN
FUNCIÓN INDIVIDUAL
Las simulaciones activas y voluntarias, además de
referirse a otras especies animales, pueden ser relativas a estados especiales
del animal mismo. Son las llamadas "ficciones"; en realidad no son
más que simulaciones, usadas como siempre, en calidad de medios de lucha por la
vida.
Llegada es la oportunidad de hacer notar que cuanto
mayor es el desenvolvimiento mental de una especie, mayor es su posibilidad de
fingir y engañar a sus enemigos. La carencia del acto que realiza aumenta
progresivamente, así como la noción de su utilidad; en cierto grado de la
escala biológica encontramos animales que simulan tan hábilmente como el hombre
mismo.
Numerosos son los insectos que en presencia de sus
enemigos simulan estar muertos o se inmovilizan para aprovechar sus semejanzas
con cosas inanimadas: algunas Cucullia se dejan caer al ser tocadas y su
aspecto inmóvil es idéntico al de un fragmentillo de madera. Otros animales
simulan estar dormidos mientras acechan sus presas; el ratón suele fingirse
muerto para escapar del gato; el zorro es memorable y ha inspirado el libro
clásico de Goethe. Muchos animales cubren su cuerpo con hojas, flores, lodo, etc.,
quedando perfectamente disimulados bajo el disfraz; para evitar los ataques de
sus adversarios, caminan con el objeto a cuestas. (Un fenómeno de este grupo
nos sugirió, por asociaciones de ideas, la filogenia de los fenómenos de
simulación). Algunos se cubren con otro animal, no comestible para sus
enemigos; es, característico el caso de la Dromia, que coloca sobre su dorso
una esponja, manteniéndola fijada por medio de dos patas posteriores,
convenientemente transformadas para su objeto[7].
VII. UTILIDAD DE
ESTOS FENOMEN0S EN LA LUCHA POR LA VIDA
Los fines a que responde la simulación en los animales
son un sencillo corolario de los fenómenos que acabamos de revistar. Lo mismo
da que se trate de fenómenos involuntarios, reflejos o conscientes; nada
importa que se imite el color del medio, la forma de un objeto, los caracteres
visibles de otra especie; o una manifestación de la conducta. En todos los
grados y en todos los casos, sea o no inteligente, llámese homocromía,
mimetismo o simulación intencional, converge siempre a este único fin utilitario;
mejorar la situación del simulador en la lucha por la vida, adaptándolo
favorablemente a las condiciones especiales en que ella se presenta.
Hemos visto que en algunos casos la simulación es
ofensiva: adaptación del color del león o del oso polar al de su ambiente, de
la araña que acecha al insecto simulando el aspecto de una orquídea, del animal
que simula estar dormido para inspirar confianza a su presa.
En otros casos es defensiva: las mariposas comestibles
que miman a las no comestibles, los huevos parecidos al color del suelo en que
son depositados, el ratón que se finge muerto para librarse del gato.
Tanto es esa su finalidad esencial, y ninguna otra,
que Girad ha considerado que estos fenómenos deben reunirse simplemente en dos
grupos, sin atender a nada más que a su carácter ofensivo o defensivo. Y dice,
en definitiva: "así como un hombre se disfraza para evitar un peligro o
para cometer un crimen, las especies simuladoras o disimuladoras tienen por
objeto no ser agredidas o agredir". No hay, pues, exageración ninguna en
afirmar que la simulación en el mundo biológico, se nos presenta como un medio
de mejor adaptación a las condiciones de la lucha por la vida.
VIII. TEORIAS
PROPUESTAS PARA ESPLICARLOS
Para terminar, digamos breves palabras sobre las
diversas teorías expuestas para la explicación de los fenómenos de mimetismo:
tres merecen recordarse principalmente. La de Darwin y Wallace, puramente
selectiva; la de Wagner y De Lanessan, emigratoria; la de Wood, Poultan y
otros, fotográfica.
Para los primeros, las homogeneidades de color y de
forma son simple resultado de la selección de los mejor adaptados: los
individuos que por cualquier circunstancia encontráronse revestidos de un
aspecto semejante a su medio, han escapado a sus enemigos, y al reproducirse
transmitieron ese carácter a sus descendientes, mientras los otros
desaparecieron, vencidos en la lucha. En el polo, el oso, gracias a su
blancura, tiene probabilidades de llegar hasta su presa; lo mismo ocurre al
león que pasea dominador sobre la arena del desierto. La oruga no es
descubierta por los pájaros gracias a su color análogo al de las hojas de vid.
La semejanza con objetos u otros animales respondería al mismo fin protectivo y
sería también un `simple resultado de la selección natural. Esa teoría no
explica todos los fenómenos de simulación observados en los animales, sino
puramente los de índole selectiva; y para estos mismos no resulta muy
satisfactorio atribuir al azar las variaciones favorables que han sido
conservadas por la selección.
Moritz Wágner, a cuyas ideas se inclina De Lanessan,
cree que los animales provistos de una coloración homocroma con su medio, han
buscado voluntariamente los sitios u objetos donde dominan su propio color o
sus propias formas, con el fin de escapar más fácilmente a la vista de sus
enemigos o de sus presas. Esta teoría explica muchos fenómenos no encuadrables
en la anterior, pero no basta por sí sola para explicarlos todos.
Para otros casos, la explicación más razonable
consistiría en admitir una influencia refleja o fotoquímica de la coloración
del medio sobre la del animal, cuyo mecanismo no se conoce; las experiencias de
Wood, de Poulton y otros, parecen muy probantes en favor de esta teoría
parcial, que algunos autores llaman "fotográfica". Es de advertir
que, de todas, ésta es la que encuadra mejor en la concepción lamarckiana.
Las tres teorías son parcialmente exactas; sólo
resultan falsas cuando se pretende aplicarlas con exclusión de las otras. El
error de cada una está en la pretensión de excluir a las demás. Esta serie de
fenómenos es producto de un determinismo complejo; creemos que además de las
causas apuntadas deben existir otras secundarias, no estudiadas todavía por los
naturalistas. En sus formas propiamente psicológicas- es decir, voluntarias y
conscientes- los fenómenos de simulación observados en los animales no son ya
un resultado de esas causas que actúan sobre la especie, sino manifestaciones
de la conducta individual adaptada .a cada circunstancia: son la expresión,
transitoria o permanente, de la conciencia que tiene el animal de la utilidad
de simular (VI).
IX. CONCLUSIÓN
En el mundo biológico la simulación y la disimulación
están representadas por los fenómenos de homocromía y de mimetismo. Son
generalmente ajenos a la voluntad del animal mimante, y resultan de la
selección natural o de la .acción del medio; en ciertos casos, sin embargo, son
activos y voluntarios. A medida que progresa el desenvolvimiento mental de las
especies, aumenta la posibilidad de las simulaciones individuales y es mayor la
conciencia que de ellas tiene el simulador. Son activos o pasivos, conscientes
o inconscientes, voluntarios o accidentales; los fenómenos de simulación son
útiles al animal en que se observan y le sirven para la mejor adaptación a las
condiciones de lucha por la vida.
CAPITULO
III
LA
SIMULACIÓN EN LAS SOCIEDADES
I. La lucha por la vida y la simulación entre los
hombres.
II. Formas colectivas de la lucha y de simulación
(humana, étnica, nacional, de clase, de sexo, de grupos, profesionales, etc.).
III. Formas Individuales de lucha y de simulación (niños,
burócratas, escritores, periodistas, propagandistas, mujeres, sablistas,
comerciantes, delincuentes, parásitos sociales, etc.).
IV. Utilidad de la simulación en la lucha por la vida.
V. Conclusiones.
I. LUCHA POR LA
VIDA Y LA SIMULACIÓN ENTRE LOS HOMBRES
Cuando se intenta abarcar, en una mirada de conjunto,
las diversas actividades desarrolladas por el hombre que vive en sociedad,
salta a la vista que la lucha por la vida rige en el mundo social, lo mismo que
en el propiamente biológico, aunque sufre modificaciones importantes que
estudiaremos al examinar la evolución de la simulación. Habiendo "lucha
por la vida", según lo enunciamos en el capítulo precedente, encontraremos
fenómenos de simulación adaptados a sus distintas modalidades.
La Humanidad, como especie biológica, lucha por la
vida contra el reino vegetal y contra las demás especies animales. Eso es
evidente. Además, como animal susceptible de asociarse en agregados o colonias,
el hombre está sometido a nuevas formas de lucha: sea como miembro de un
agregado social, sea como individuo.
Tres formas de lucha por la vida son posibles entre
los individuos de la especie humana:
1º Entre agregados sociales;
2º Entre agregados e individuos;
3º Entre individuos aislados. Dos naciones qué se
arruinan recíprocamente en una guerra de supremacía económica, encuéntranse en
el primer caso. Un delincuente que cometa acciones antisociales, representa el
segundo. Dos salvajes que se disputan una raíz alimenticia, se encuentran en el
tercero.
Recorriendo la escala biológica, a medida que se
asciende, muéstrase más compleja la vida de los organismos, tocando su máximum
en la especie humana. Como consecuencia de ello, cuanto más complejas son las
manifestaciones de la vida, tanto más arduas son las condiciones en que la
lucha por la vida se plantea. Y, como corolario, obsérvase que esas formas
complejas de lucha producen un perfeccionamiento progresivo de los medios de
lucha, superando en el hombre a todas las demás especies vivas. En sentido figurado,
podríamos decir que, también en este caso, la función desarrolla el órgano, es
decir, que la necesidad estimula el desenvolvimiento de la aptitud.
Encarando ampliamente la cuestión, puede afirmarse que
la civilización humana ha implicado un continuo aumento de la lucha por la vida
y de lbs medios de lucha, ora dirigidos contra la naturaleza, ora esgrimidos
entre los agregados sociales o entre los individuos; pero en todos los casos
tiende a la selección de las razas y de los individuos más aptos en su medio.
Para ello, o como su resultado, la especie humana posee un elevado desarrollo
mental que le permite organizar conscientemente sus medios de lucha, buscando
una progresiva adaptación a las condiciones de la lucha por la vida. En una
palabra, para resumir: donde la vida es más compleja la lucha es múltiple y los
medios son más complicados.
Hemos visto ya que las manifestaciones de la lucha
evolucionan de formas violentas a otras fraudulentas; los medios se adaptan a
la lucha y sufren, también ellos, una progresiva evolución, tendiendo hacia el
predominio de los fundados en la fraudulencia. Entre éstos la simulación es uno
de los más frecuentemente observados.
Es fácil encontrarla en todas las manifestaciones de
la actividad humana, reemplazándola la violencia como medio ofensivo y
defensivo. Más aún: el espíritu humano tiende a adaptar una manera especial de
simular a cada una de las modalidades que reviste la lucha por la vida en el
ambiente, estableciéndose entre ellas cierto paralelismo. De ella, en sus
innumerables facetas, trataremos en el presente capítulo, demostrando que a las
diversas formas colectivas e individuales de lucha por la vida, corresponden formas
colectivas e individuales de simulación.
Las formas de lucha por la vida entre los agregados
sociales, así como entre los grupos colectivos que viven dentro de cada
agregado, varían al infinito; sus relaciones recíprocas son constantemente
diversas, debido a la persistente heterogeneidad de intereses. Una primera
causa de antagonismo nace de las desigualdades étnicas: hay luchas entre las
razas, estudiadas por Gumplowicz, Ammond, Lapouge, Winiarsky; en la evolución
histórica se atenúan sus conflictos, tendiendo a unificarse bajo la hegemonía de
las mejor adaptadas para la lucha por la vida, como demostraron Colajanni,
Finot, Nordau y otros. Dentro de una misma raza, la diversidad de condiciones
económicas, debido a la influencia del ambiente natural, determina la formación
de diversos agregados políticos; se constituyen estados distintos, apareciendo
entre ellos antagonismos e intereses que son causa de las luchas entre las
naciones; basta recordar los estudios de Novicov. La diversa función social de
cada sexo y las necesidades de la conservación de la especie, determinan la
lucha entre los sexos, analizada por Viazzi, procurando cada uno ejercer mayor
autoridad sobre el otro y conquistando el derecho al amor al precio del menor
esfuerzo posible. Dentro de cada agregado social, la división del trabajo
determina la aparición de clases sociales que pueden tener intereses
antagónicos o divergentes: aparecen así las luchas de clases, estudiadas por
los marxistas. Desde otro punto de vista más estrecho, la solidaridad de
intereses entre los que ejercitan una función particular engendra una lucha
entre ellos y el resto de la sociedad, en formas que oscilan desde el espíritu
de cuerpo profesional hasta la solidaridad económica de capitalistas o
proletarios, y desde el politiquismo profesional hasta la explotación de las
supersticiones. Podrían señalarse cien formas de lucha por la vida especiales
de colectividades: siempre que exista una solidaridad de intereses, permanente
o transitoria, hay lucha colectiva contra el resto de la especie o contra
algunas de sus partes. El principio darwiniano se repite, bajo mil formas, en
el mundo social. De conformidad con nuestra teoría general, encontraremos que a
cada una de esas formas de lucha, la actividad humana ha adaptado fenómenos
especiales de simulación.
Al mismo tiempo, cada individuo, independientemente de
la raza, clase o grupo a que pertenece, está obligado a luchar por la vida,
adaptándose lo mejor que pueda al medio social. Muy pocos hombres de
personalidad firme resisten a la presión colectiva y pueden hacerlo conservando
algunos de sus rasgos característicos; los más están obligados a imitar las
ideas, los sentimientos, las costumbres colectivas, y su éxito en la vida
consiste en alcanzar la más perfecta adaptación al medio. Para ello no es necesario
ser como los demás; basta con parecer. Eso es lo útil; para ello se simula.
Debería definirse la "educación" como el
arte de formar en los hombres una personalidad; vemos; en cambio, que el uso
corriente da a esa palabra el sentido contrario, diciendo que son mejor
educados los individuos que por su refinada aptitud para fingir consiguen
disimular completamente su personalidad propia, no haciéndola gravitar nunca
sobre los demás. Esta pretendida educación tiende a establecer una verdadera
"homocromía social" entre el individuo y las ideas de la sociedad, y
un riguroso "mimetismo personal" con las costumbres corrientes en
ella. En el traje, en la mímica, en las opiniones, en las maneras, se va hacia
la uniformidad; para ello cada hombre está obligado a disimular todo lo que es
individual y a simular todo lo que es común a la sociedad y no posee él mismo.
No importa que esa costumbre de parecer destruya en el hombre toda capacidad
para ser; la sociedad no vacila en sacrificar los individuos al interés de la
especie, lo mismo que las demás colonias animales. Todo lo que exige del niño que
entra a la vida es que se esfuerce por imitar lo que hacen los demás; y el
niño, cada vez que no puede hacerlo, se decide a simularlo. Así, simulando, se
aventaja en la lucha por la vida, y para conservar las ventajas adquiridas
sigue simulando, después, hasta la muerte.
II. FORMAS
COLECTIVAS D8 LUCHAS Y DE 8IMULACION
Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos
los hombres que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y
formas de simulación igualmente generales comprendidas en el arsenal de las
hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social. Muchas de ellas, que
conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han sido recientemente señaladas por
Stirner, Lombroso, Tarde y otros, estudiándolas Nordau en sus Mentiras
convencionales; éstas, en muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales
consentidas y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas
los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente, ocultando
las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales concepciones de su
inteligencia.
El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres
sociales, y tanto más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La
mentira, el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente
por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con el
interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía ajena o para
abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de la lucha por la vida
se acrecienta entre los hombres la necesidad de engañarse recíprocamente, en la
justa medida en que cada uno advierte su propia debilidad para desenvolverse en
medio de la hostilidad general. Cada sociedad establece una tabla convencional
de valores morales que llama "virtudes" y "vicios", sin
otro objeto que fijar límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen
convertirse en verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de
violarlas, simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a
ser un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad obra en desmedro y
ruina de quienes la practican. Conviene no confundir las creencias sociales,
que pueden ser erróneas, aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras
convencionales, que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es
el caso de los demagogos que declaman
loas al pueblo soberano con el propósito de dirigirlos, sustituyéndose de hecho
a la soberanía que le mienten; a diario lo hacen los políticos que no tienen
creencias religiosas, pero las simulan, considerando que ellas son necesarias
para que el pueblo se conserve manso y obediente. Y son perpetuos simuladores
todos los que exageran la urbanidad y los buenos modales hasta la tolerancia
del vicio, de la indignidad, de la tontería ajenas, poniendo humana ha adaptado
fenómenos especiales de simulación.
Al mismo tiempo, cada individuo, independientemente de
la raza, clase o grupo a que pertenece, está obligado a luchar por la vida,
adaptándose lo mejor que pueda al medio social. Muy pocos hombres de
personalidad firme resisten a la presión colectiva y pueden hacerlo conservando
algunos de sus rasgos característicos; los más están obligados a imitar las
ideas, los sentimientos, las costumbres colectivas, y su éxito en la vida
consiste en alcanzar la más perfecta adaptación al medio. Para ello no es necesario
ser como los demás; basta con parecer. Eso es lo útil; para ello se simula.
Debería definirse la "educación" como el
arte de formar en los hombres una personalidad; vemos; en cambio, que el uso
corriente da a esa palabra el sentido contrario, diciendo que son mejor
educados los individuos que por su refinada aptitud para fingir consiguen
disimular completamente su personalidad propia, no haciéndola gravitar nunca
sobre los demás. Esta pretendida educación tiende a establecer una verdadera
"homocromía social" entre el individuo y las ideas de la sociedad, y
un riguroso "mimetismo personal" con las costumbres corrientes en
ella. En el traje, en la mímica, en las opiniones, en las maneras, se va hacia
la uniformidad; para ello cada hombre está obligado a disimular todo lo que es
individual y a simular todo lo que es común a la sociedad y no posee él mismo.
No importa que esa costumbre de parecer destruya en el hombre toda capacidad
para ser; la sociedad no vacila en sacrificar los individuos al interés de la
especie, lo mismo que las demás colonias animales. Todo lo que exige del niño que
entra a la vida es que se esfuerce por imitar lo que hacen los demás; y el
niño, cada vez que no puede hacerlo, se decide a simularlo. Así, simulando, se
aventaja en la lucha por la vida, y para conservar las ventajas adquiridas
sigue simulando, después, hasta la muerte.
II. FORMAS
COLECTIVAS DE LUCEAB Y DL SIMULACIÓN
Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos
los hombres que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y
formas de simulación igualmente generales comprendidas en el arsenal de las
hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social. Muchas de ellas, que
conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han sido recientemente señaladas por
Stirner, Lombroso, Tarde y otros, estudiándolas Nordau en sus Mentiras
convencionales; éstas, en muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales
consentidas y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas
los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente, ocultando
las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales concepciones de su
inteligencia.
El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres
sociales, y tanto más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La
mentira, el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente
por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con el
interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía ajena o para
abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de la lucha por la vida
se acrecienta entre los hombres la necesidad de engañarse recíprocamente, en la
justa medida en que cada uno advierte su propia debilidad para desenvolverse en
medio de la hostilidad general. Cada sociedad establece una tabla convencional
de valores morales que llama "virtudes" y "vicios", sin
otro objeto que fijar límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen
convertirse en verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de
violarlas, simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a
ser un instrumento de provecho para cuantos lo usan mientras la sinceridad obra
en desmedro y ruina de quienes la practican.
Conviene no confundir las creencias sociales, que
pueden ser erróneas, aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras
convencionales, que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es
el caso de los demagogos que declaman loas al pueblo soberano con el propósito
de dirigirlos, sustituyéndose de hecho a la soberanía que le mienten; a diario
lo hacen los políticos que no tienen creencia religiosas, pero las simulan,
considerando que ellas son necesarias para que el pueblo se conserve manso y
obediente. Y son perpetuos simuladores todos los que exageran la urbanidad y
los buenos modales hasta la tolerancia del vicio, de la indignidad, de la
tontería ajena, poniendo cara de pascuas a todo lo que en su interior reputan
repulsivo. Los hipócritas viven simulando; no hay un solo gesto de Tartufo que
lleve impreso el sello de la verdad.
Esas formas de simulación son tan universales como la
misma lucha por la vida. Pero esta última suele tomar especiales caracteres
colectivos por la existencia de grupos que luchan contra el resto de la
humanidad en defensa de intereses que les son particulares; luchas de razas, de
naciones, de clases, de sexos, de partidos, de profesionales, etc. A cada forma
de lucha encontramos adaptadas formas especiales de simulación.
Para el sociólogo que observa la evolución de las
razas a través de los siglos analizando la sobreposición sucesiva de
civilizaciones diferentes, estudiando las leyes del engrandecimiento y
decadencia de los pueblos -colosal cinematógrafo en que desfilan la India y
Babilonia, Egipto y Cartago, Grecia y Roma, España y las Repúblicas Italianas,
Francia e Inglaterra, y tal vez, mañana, Estados Unidos y el Japón, probables
cunas de la grandeza futura en las civilizaciones oriental y occidental- para
el sociólogo las luchas entre las razas son un fenómeno que se atenúa
progresivamente en las zonas templadas del planeta. Las razas de color
desaparecen; sus elementos más vitales procuran adaptarse a la vida civilizada
de las superiores, o siguen vegetando en las zonas tropicales inaccesibles a la
civilización de las razas blancas. De estas últimas sobreviven los grupos más
selectos, entrecruzándose de manera lenta pero inevitable; no hay uno solo
entre los pueblos civilizados, que pueda ostentar título de pureza étnica.
Por eso muchas cuestiones de raza, cuando no son
sinceramente falsas, son fingidas; involucran una simulación de sentimientos[8].
Podría considerarse como simulaciones --conscientes o
inconscientes- muchas propagandas que tienden a presentar como luchas de razas
entre los pueblos civilizados a ciertos conflictos entre naciones que luchan
por notorios intereses económicos. En los últimos años se ha visto, con
frecuencia, políticos que declamaron sobre la pretendida pureza de las razas,
para apuntalar tambaleantes organismos políticos. Típico es el caso de España
durante la guerra con los Estados Unidos; los partidarios de España mentaron la
solidaridad entre los pueblos de la raza latina, amenazados todos por la
preponderancia de la raza sajona, no ignorando que la pureza étnica de los
llamados pueblos latinos es una fantasía, pues en cada uno se han operado
innumerables cruzas e injertos extraños: semejante solidaridad de raza fue una
simple simulación para captar simpatías. El antisemitismo es otro fenómeno
curioso de simulación en la lucha de razas; como el tiempo demostró, el
pretendido antisemitismo francés fue una máscara de la reacción
clérico-militar, que en Francia se disfrazaba con la indumentaria de una guerra
al judaísmo para arrastrar en ese engaño a las masas populares, explotando el
sentimiento de odio al rico. Bien se dijo, de esa simulación adaptada a la
lucha de razas, que era "el socialismo de los imbéciles".
Junto a la lucha de razas encontramos la lucha entre
las naciones. Lo mismo que en el caso anterior, puede aquí advertirse una
evolución regresiva de la lucha entre pueblos civilizados; las ciencias, la
producción, los intercambios comerciales, la facilidad de las comunicaciones,
tienden a establecer vínculos de solidaridad entre las diversas naciones; la
utilidad recíproca tiende puentes por sobre las fronteras; la civilización
acrece las relaciones internacionales; a expensas de los feudos se han unificado
las naciones, y por encima de las naciones se unificará la humanidad. En el
grado presente de la evolución social, la lucha para constituir unidades
nacionales determina numerosas formas de simulaciones correlativas,
subordinadas al principio de la adaptación utilitaria. No hablaremos de un
hecho común entre las naciones: su causa aparente suele ser diversa de la causa
verdadera; este fenómeno es inconsciente y débese a que esta última queda
oculta tras intrincada red de causas secundarias, más fácilmente apreciables;
las cruzadas o el descubrimiento de América, aparentemente debidas al enfermizo
sentimiento religioso de la Edad Media y a la tenacidad exaltada de Colón[9]
fueron determinadas por la necesidad de
grandes expansiones económicas inherentes a la evolución de la economía feudal.
En los pueblos pobres, y por lo tanto, rapaces, depredadores, la necesidad de
ejercer sus rapiñas sobre los vecinos disimúlase tras un exagerado desarrollo
del sentimiento de nacionalidad; en ellos el "honor nacional" suele
ocultar simples empresas económicas, mientras que en los pueblos agredidos es
una sugestión útil para la defensa. Otra forma de simulación, nacida del
sentimiento patriótico, es la ejercida a menudo por las clases dirigentes sobre
la masa popular, haciéndole creer que el propio país es el mejor del mundo, su
historia la más gloriosa, sus sabios los más profundos, sus poetas los más
inspirados, etc.; la sugestión entra aquí por partes iguales con la simulación,
pues acaba por enseñarse de buena fe una mentira que tiene un simple fin
utilitario. Otras veces, las naciones pretenden simular superioridad entre los
demás pueblos con que están en más inmediata relación, proveyéndose de
ejércitos y armadas muy superiores a su potencialidad económica, real y
encaminándose por la vía del militarismo hacia la bancarrota. Hay simulación en
ostentar un poder desproporcionado a la riqueza nacional, gastando lo que no se
tiene para aparentar una superioridad ficticia, porque la grandeza de un pueblo
no' se mide solamente por la capacidad militar, y menos cuando ella es
desproporcionada a las otras fuerzas morales y sociales.
En la historia contemporánea es frecuente la conquista
de un pueblo débil por otro, con fines exclusivos de engrandecimiento
económico; estas conquistas, que a menudo degeneran en formas colectivas de
delincuencia bruta, suelen disimularse como empresas civilizadoras en beneficio
de las víctimas. Los latinoamericanos, explotados por España en otro tiempo, y
los boers, depredados hoy de sus minas de oro por Inglaterra, podrían decir al
mundo entero que la pretendida misión civilizadora fue una simple disimulación
de la avaricia nacional. El "nacionalismo", esa forma mórbida
colectiva del patriotismo, es en muchos casos una simulación de politiqueros
hábiles y ambiciosos, que saben encontrar los resortes de la popularidad en la
excitación de las más atrasadas pasiones de las turbas.
Doctores no menos audaces saben que, en política
internacional, la astucia, una de cuyas formas es la simulación, suele ser la
clave de éxitos lisonjeros; por algo es tan admirado Maquiavelo: Nordau, en sus
Paradojas psicológicas, demostró que las virtudes esenciales de la diplomacia
son el engaño y la mentira, que suelen involucrar la simulación o la
disimulación.
En las sociedades evolucionadas, la primitiva división
del trabajo llega a revestir tales formas y caracteres que el agregado social
se divide en clases, caracterizadas por intereses heterogéneos, cuando no
netamente antagonistas. La lucha entre las clases que Marx y su escuela miran
como la causa íntima de las transformaciones sociales, determina numerosos
fenómenos de adaptación para la lucha, entre los cuales es fácil encontrar
diversas formas de simulación. Comenzando por las leyes fundamentales de los Estados,
la simulación aparece dominando el vasto escenario de la lucha de clases.
Constituciones, Códigos, Ordenanzas etcétera, todo el engranaje jurídico de
cada país, suele estar destinado a apuntalar y defender el privilegio de las
clases gobernantes; sin embargo, simula propender al beneficio de todo el
pueblo, cuya mayoría suele ser perjudicada por esas mismas instituciones. Como
casos especiales podrían citarse las leyes contra los obreros, que existen en
muchos países disfrazadas de bienhechoras y dictadas simulando el propósito de
favorecer a las mismas víctimas. Es también una simulación de clase todo el
sistema tributario indirecto, que hace recaer sobre las masas menesterosas el
peso de los servicios públicos, aunque se simula haberlo establecido en bien de
quien sufre sus efectos.
Mil veces en la historia las clases privilegiadas han
simulado encontrarse en la pobreza para no ceder a las exigencias del pueblo
hambriento; no podrían contarse las veces que el pueblo ha saqueado graneros
disimulados por las autoridades. La institución del trabajo a destajo,
inventada por la astucia capitalista para aprovecharse de la avaricia obrera,
arruina a los obreros simulando serles ventajosa.
Esa medalla tiene, naturalmente, su reverso, pues no
hemos de creer que la simulación es un privilegio de los poderosos. El obrero
que finge trabajar apresurado, sin terminar jamás la tarea confiada a su
actividad, es un simulador vulgarísimo, parásito de todos los talleres. Y en
muchos casos, las Ligas de Resistencia que los obreros organizan para la lucha
de clases son simples simulaciones colectivas, destinadas a atemorizar a los
patrones; conocimos una que mantuvo en jaque a los de un gremio importante,
hasta descubrirse que, en realidad, sólo la constituían dos o tres sujetos, que
actuaban como si representasen un poderoso sindicato.
La lucha entre los sexos presenta fecundísima cosecha
de fenómenos de simulación. No hablamos aquí de la tendencia general de la
mujer a la simulación, como una de las tantas manifestaciones del fraude y de
la astucia; nos ocupamos de las simulaciones relacionadas con la lucha entre
los sexos. De su tendencia al fraude, sólo diremos que estando la mujer
excluida por la naturaleza del uso violento de algunos medios de lucha,
encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios fraudulentos. El hombre
dispone de la fuerza; la mujer de la astucia.
No falta quien afirme que el amor femenino, en todas
sus manifestaciones, es una persistente simulación, fundándose en la teoría de
la pretendida insensibilidad amorosa de la mujer, muy repetida, antes y después
de Schopenhauer, por los galanes inexpertos; es seguramente inaceptable, no
siendo común el hecho y debiéndose con frecuencia a ineptitud del hombre para
despertar la sensibilidad femenina. Eso no importa desconocer que la
sensibilidad amorosa es, en muchas mujeres, una condescendiente simulación. Su
moralidad también lo es, en gran parte, y tiende a hacer deseables ciertas
partes del cuerpo femenino, más directamente relacionadas con la satisfacción
amorosa; el mismo pudor -como escribimos hace varios años, criticando un
interesante libro de Viazzi[10]-
ha sido, primitivamente, una simulación selectiva voluntaria que mediante la
herencia psicológica se ha convertido en reflejo instintivo. La simulación
femenina aparece convertida en un verdadero arte para luchar contra el hombre
en la coquetería. Consiste, propiamente, en fingir todo lo que interesa o
apasiona al hombre, estimulando sus deseos. Su eficacia depende de un uso
discreto; las grandes coquetas no encienden nunca pasiones intensas, porque su
juego es demasiado visible: solamente los tontos suelen enamorarse de ellas y
son generalmente los maridos que al fin conquistan.
Igualmente difundida está otra simulación. No se trata
ya de actitudes, como en el gato que se agazapa acechando la presa, sino de
apariencias exteriores, como en el verdadero mimetismo. Existen caracteres de
superioridad femenina consagrados por los cánones artísticos y que en su
conjunto constituyen la belleza; las mujeres privadas de esos caracteres,
suplen su natural inferioridad simulándolos. La estatura, el firme busto, la
cadera torneada, el frescor juvenil, la mejilla rosada, la dentadura armoniosa,
el labio vivo, la pupila brillante, son verdaderos indices de eugenia femenina
y de aptitud para la maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara de esos
atributos, o cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por
las mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas, los mil afeites y
composiciones que disimulan la imperfección y la vejez; en las grandes ciudades
prosperan establecimientos especiales para la simulación de la belleza
fisonómica, verdaderos purgatorios donde las mujeres feas compran la belleza
para ser amadas. No es menos frecuente la simulación de los sentimientos;
cientos de mujeres están dispuestas a simular cariño intenso por cualquier
desconocido que les haga vislumbrar la esperanza de un matrimonio ventajoso.
Esta simulación, justo es decirlo, no es patrimonio exclusivo de la mujer; se
la encuentra con frecuencia en muchos hombres que, careciendo de otras
aptitudes en la lucha por la vida, explotan sus condiciones físicas para la
lucha sexual. La vida en común entre cónyuges que se engañan es una sucesión de
astucias, que constituyen el estado habitual de las relaciones domésticas;
baste leer la Fisiología del matrimonio o La mujer de treinta años, de Balzac.
Los mismo ocurre en los matrimonios de conveniencia, donde los cónyuges viven
simulando sentimientos que no sienten. El hombre incurre en muchas
simulaciones, y son innumerables y
cualquiera podría encontrar más de una en sus recuerdos. Un joven singularmente
favorecido en el amor, velase con frecuencia obligado a simular enfermedades
diversas para eludir compromisos contraídos con sus amigos; otro solicitó con
ese objeto un certificado médico y simuló haber contraído una enfermedad
vergonzosa para privar de su amistad a una amante insaciable. En su pertinaz
obsesión de conquista, el hombre y la mujer simulan sin cesar, a todo
propósito, en todo momento. La mirada, la palabra, la voz, el gesto, son los
instrumentos sutiles del dulce engaño recíproco, nadie lo ignora y todos lo
creen. Es la forma de engaño a que todos recurren y de que nadie intenta
defenderse. En que la víctima siempre sea Doña Inés debe verse un buen error
para hilvanar novelas; ella es más artista, casi siempre, que Don Juan[11].
Los engaños de amor no son pecados.
En la lucha por la vida dentro de la sociedad tienen
funciones importantes los grupos profesionales; la solidaridad de intereses
comunes manifiéstase generalmente por el espíritu de cuerpo: una de las formas
del "espíritu gregario", señalado por Nietzsche y recientemente
criticado por Palante. Esa lucha de cada grupo profesional contra el resto de
la sociedad presenta caracteres bien definidos; los medios fraudulentos y la
simulación tienen allí lugar de preferencia. En cada profesión existen simulaciones
específicas. Recuérdese el preciso cuadro, trazado por Quevedo, de las cosas
que debe fingir un médico que aspire a la estimación pública y a la riqueza; y,
por lógica asociación de ideas, recordemos a tal eximio profesor de clínica
médica que terminaba sus lecciones dando consejos sobre lo que conviene simular
cuando la vida del enfermo es independiente de la intervención del médico,
debiendo la sanación esperarse de la simple vis medicatrix naturae. Otra
simulación, general entre los médicos delicados, nace del espíritu de cuerpo;
mil veces, ante un enfermo cuyo mal agravóse por la impericia del médico a
quien confiara su salud, simúlase estar plenamente conforme con el tratamiento
seguido, reemplazándolo, sin embargo, por otro, elogiando al mismo tiempo ante
el enfermo al colega ignorante. En todos
los oficios la lucha profesional involucra fenómenos de simulación. Los joyeros
han inventado sucesivamente el enchapado, el dorado, y otros progresivos
refinamientos de simulación, que en el impreciso lenguaje usual son llamados
imitaciones; las esferitas de cristal simulando perlas son ya indistinguibles
de la preciosa enfermedad de la concha. El carpintero, para aumentar sus
utilidades, reviste de una tenue capa de maderas finas sus malos muebles de
tabla ordinaria. El tejedor mezcla pocas hebras de seda a sus toscos tejidos de
algodón, para simular que ellos son de la primera substancia. El abogado simula
en vastos escritos apasionarse por los intereses de sus clientes, sea éste el
ladrón o la víctima, mientras sólo le preocupa asegurarse más altos honorarios.
El pupilo simula estudiar sus lecciones, cuando en realidad lee libros de
Boccaccio o de Brantóme, que ha disfrazado previamente con tapas de aritmética
o de geografía. Los tenores y las tiples simulan estar resfriados cuando se les
invita a cantar, para aumentar el éxito o atenuar el fracaso de su ejecución.
En cada actividad u oficio, como se ve, las condiciones especiales de lucha por
la vida han engendrado formas apropiadas de simulación, confirmándose el
paralelismo que venimos observando.
Si se encara la cuestión desde otro punto de vista, es
fácil reconocer que todos los miembros de cada profesión, y más especialmente
los funcionarios públicos que no gustan del mucho trabajar, viven en tácito
acuerdo simulando la excesiva importancia y fatiga de sus tareas; algunos
llegan, por autosugestión, a engañarse a sí mismos. A esto no escapan algunos
hombres de ciencia que miran el universo a través del lente opaco de su
especialidad; quizás sea ésta una forma de disimular ignorancia crasa en materias
ajenas a sus respectivas cartillas. En todas esas simulaciones debemos ver
medios útiles de lucha por la vida; simulando una gran importancia de la
profesión o especialidad que se practica, ganase en mérito individual.
Simuladores por excelencia son todos los políticos de
profesión. Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien de
su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única preocupación es
obtener ventajas personales en la lucha por la vida. Cualquier mandatario
simula sacrificarse por su país al aceptar el nombramiento, pero guardase de
confesar que espera sacar de su sacrificio honra y provecho. En una escala
subalterna encontramos al falso elector, que simula ser la 'encarnación de un
difunto o de un ausente; al orador de club que finge entusiasmarse para adular
pasiones que no siente; al esclavo de la popularidad, forzado a seguir las
variaciones sentimentales de la multitud cuyo aplauso busca. En la política,
por fin, donde florece el hombre camaleón, el arquetipo de los simuladores, el
cortesano adulador que sirve con igual celo a todos los que pueden colmarle de
favores, lacayo de todos los amos, unidad de todas las mayorías, instrumento de
todos los despotismos.
Sólo una casta disputa a los políticos el cetro de la
simulación: los sacerdotes de todos los cultos, antiguos y modernos. Es
necesario leer la Historia de los oráculos, de Fontenelle, pues nunca ha visto
la humanidad farsantes más empedernidos que los explotadores del sentimiento
religioso; no exageraba Eusebio, el biógrafo de Constantino, diciendo que al
derribar el templo de Esculapio no había expulsado de él a un dios ni a un
demonio, sino al pícaro simulador que por tanto tiempo había vivido de la credulidad
de los ignorantes. Cuéntase que los augures no podían encontrarse sin soltar la
risa: sabemos que los obispos medievales invocaban el nombre de la divinidad
para atesorar bienes temporales; en tiempos modernos los inquisidores católicos
quemaban herejes para heredarlos, en nombre de Cristo; en nuestra América
colonial la pretendida evangelización fue una formidable industria cuyos
beneficios el brazo espiritual disputó a cuchillo con el brazo temporal. No
diremos por esto que no hay sacerdotes creyentes, ya que los de cada religión
son educados para creer en los dogmas que les son propios y es verosímil que se
entreguen de buena fe al servicio de su culto. Pero es indudable que muchos de
ellos, por amor al estudio y por su amplitud de miras intelectuales, han
conseguido comprender la falacia de los dogmas inherentes a su doctrina,
viéndose obligados a luchar por la vida, simulando creer lo que ya no creen.
Innumerables simulaciones de castidad, de continencia, de frugalidad, son
reglamentarias en esta profesión. Las ceremonias de ciertos cultos, destinadas
a mantener el celo de los creyentes, consisten por lo general en simulaciones
más o menos simbólicas, cuya práctica con vierte a los sacerdotes en consumados
actores de pantomima.
A este propósito merece recordarse la obra de Spencer
sobre las Instituciones ceremoniales, donde se encuentra un cuadro interesante
del origen y evolución de las simulaciones sociales, cuya sorprendente
complejidad sugiere una idea aproximada del refinamiento a que el hombre puede
llevar sus simulaciones, en su afán de adaptarse a las costumbres del medio en
que lucha por la vida.
La necesidad de limitar este ensayo general, escrito
como simple introducción al estudio de la simulación de la locura', nos detiene
en el examen de las formas colectivas de la simulación. Pero antes de pasar a
las formas individuales, debemos advertir que podrían analizarse cientos de
formas distintas, enriqueciendo por infinitas observaciones estas breves notas,
suficientes para nuestro objeto: establecer que a toda forma colectiva de lucha
los hombres han adaptado formas comunes de simulación.
III. FORMAS
INDIVIDUALES DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN
En la breve reseña precedente hemos visto que cuando
existen formas colectivas de lucha por la vida, o condiciones de lucha comunes
a varios individuos, se observan formas de simulación que les son correlativas.
Pero, aparte de esas formas o condiciones comunes de lucha, cada individuo, por
su particular constitución fisiopsíquica y por sus relaciones especiales con el
ambiente, encuéntrase en circunstancias distintas; por ese motivo los modos de
lucha revisten caracteres personales, inclusive los fraudulentos. Siempre, sin
embargo, vemos persistir el paralelismo entre cada una de aquéllas y una forma
de simulación empleada como medio ofensivo y defensivo. Podría, pues,
formularse esta premisa general: todos los hombres son más o menos simuladores,
aunque sólo en algunos la simulación es el medio habitual y preferente de lucha
por la vida.
Equivocado sería considerar las formas individuales de
fraudulencia como producto puramente instintivo, como si el hombre fuese
naturalmente perverso o mentiroso, egoísta o hipócrita. La organización social
presente impone al individuo esas cualidades, en mayor o menor grado, si quiere
atenuar la ruda lucha a que el medio le somete; muy pocos han sido de tal
manera dotados por la naturaleza, que pueden atreverse a luchar en plena
disconformidad con su ambiente.
Un escritor rebelde, S. Faure, sintetiza en el
siguiente párrafo de El dolor universal las razones que obligan al hombre a ser
egoísta y a luchar encarnizadamente contra sus propios semejantes: "Las
condiciones de la lucha nos hacen ver en cada hombre un rival presente o
futuro, directo o indirecto, voluntario o involuntario. El antagonismo de
intereses es la base principal del sistema económico contemporáneo. El interés
del gobernante es contrario al del gobernado, el interés del patrón contrario al
del obrero, el interés del vendedor al del comprador. Hay dualismos constantes
entre el bien del rico y el bien del pobre. Y no es todo: hay conflicto
permanente y forzado entre obrero y obrero, entre vendedor y vendedor, entre
rico y rico, entre pobre y pobre. En todas partes la lucha es encarnizada, por
un mendrugo lo mismo que por una embajada, por un empleo de guardián de plaza
como por una dirección de establecimiento científico, por la dote de una joven
burguesa como por la conquista de una herencia, por un buen local en una feria
lo mismo que por una ventajosa expropiación".
Esa multiplicidad de antagonismos determina un
refinamiento de los medios astutos de lucha por la vida, y, por consiguiente,
de la simulación. El individuo menos apto para simular ciertas adaptaciones al
medio, que son de primera necesidad, es candidato a ser vencido en la lucha,
produciéndote entonces aquellas falsas selecciones de que ya hablamos,
inevitables en un ambiente social cuya organización suele ser perniciosa para
la expansión del individuo.
Como no hay esfera de la actividad individual exenta
de lucha, tampoco la hay donde no se observen fenómenos de simulación para
adaptarse a ella; muchas veces no es posible fijar la línea divisoria entre las
simulaciones individuales y las colectivas.
Surge esta observación lógica: la edad, el sexo, la
clase social, etc., influyen sobre la mayor o menor frecuencia de la
simulación, lo mismo que sobre los otros medios fraudulentos, precisamente
porque esas circunstancias actúan sobre los dos factores que determinan la
simulación: el coeficiente fisiopsíquico de los sujetos y las condiciones del
ambiente donde se lucha por la existencia.
A medida que el niño va formando su personalidad y
conociendo las personas que le rodean, observa, si no es tonto, que la conducta
de las más es puro fingimiento. Fingimiento es todo lo que le enseñan como
discreción y fingimiento la cortesía, fingimiento las buenas maneras y
fingimiento la galantería. Finge éste para ascender, y el otro para pedir, y
todos para medrar; finge el necio, finge el pícaro, el lacayo, el príncipe, el
cortesano. Cada uno finge lo que no es y quisiera parecer en el momento de enmascararse
para engañar a su semejante.
Habría que repetir el cuadro que en pocas líneas de El
criticón (Crisi VII) trazó Baltasar Gracián: "Cuando vieres un presumido
de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes.
El que a todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el
grueso, tiene poca sustancia. El que huele mucho huele mal a todos. El hablador
no dice cosa. El que ríe, engaña. El que murmura, se condena. El que come más,
come menos. El que se burla, tal vez se confiesa. El que dice mal de la
mercadería, la quiere. El que hace el simple, sabe más. Al que nada le falta,
él se falta a sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene como lo que no
tiene. El que gasta más razones, tiene menos. El más sabio suele ser menos
entendido. Darse buena vida es acabar. El que ama, la aborrece. El que te unta
los cascos, éste te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad
la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. El muy derecho es tuerto. El
mucho bien hace mal. El que excusa pasos, da más. Por no perder un bocado se
pierde ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere
bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos". Ese es
el espectáculo que el hábito de simular ha difundido entre los hombres,
poniendo en todo el fraude y el fingimiento, hasta convertir la sociedad en una
inmensa tertulia de enmascarados que procuran engañarse recíprocamente, como es
la escena que describe el mismo Gracián: "No hubo hombre ni mujer que no saliese
con su máscara, y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura,
de santidad y de virtud, con que engañaban a muchos simples que los sabios
claramente les decían se las quitasen. Y es cosa notable que todos tomaban las
ajenas y aun contrarias. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la
serpiente de paloma. el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre
en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo
del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de
tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener
falda, y todos de burla y engaño".
Educados entre esa simulación general, impuesta a
todos por hipocresía organizada como base de la vida en sociedad, los niños
aprenden precozmente a disimular sus intenciones y sus deseos; a ello
contribuye el juego, que suele ser una disciplina de la ficción. La aptitud se
perfecciona a medida que el niño reconoce la utilidad de la simulación, hasta
que a la postre la aplica a fines de provecho. El hecho es banal; todos en la
niñez hemos simulado estar indispuestos para eludir un deber o para satisfacer
un capricho.
Fácilmente se explica la tendencia de los niños a la
simulación. La debilidad resta eficacia al uso de los medios violentos y aparta
de ellos; por compensación, el débil refina los medios fraudulentos, únicos de
que dispone. Fuera pedante recurrir a la inmensa bibliografía moderna para
demostrar que todas sus formas campean soberanas en la psicología infantil; la
inocente bondad de los niños es una leyenda caída en desuso. Hemos tenido
ocasión de estudiar a un degenerado incorregible; cada vez que se le castigaba,
o cuando deseaba realizar un capricho, simulaba un gran ataque epiléptico,
acompañado de gritos ensordecedores; otro, con toda oportunidad, simulaba
enfermarse para eludir el cumplimiento de deberes que le eran desagradables.
Los que se sorprendan de que los niños simulen tan frecuentemente podrían
recordar que han simulado muchísimas veces las más extravagantes dolencias con
el modesto objeto de faltar a la escuela.
En los exámenes la simulación es frecuentísima.
Tuvimos un condiscípulo que sabía fingir admirablemente un estado febril cada
vez que debía superar un examen difícil; gran expediente para quebrantar la
severidad de los examinadores. Generalmente los alumnos simulan poseer
conocimientos que en realidad -no tienen. Otros fingen no oír las
interrupciones de los examinadores cuando ellas pudieran ser causa de fracaso.
Algunos simulan una amnesia transitoria, aparentando escarbar en el fondo de su
memoria conocimientos que jamás han adquirido.
El niño, llegado a la juventud, se encuentra rodeado
por gentes que quieren imponerle opiniones, creencias, gustos, que no son los
suyos. Si se aviene a simularlos, todos a una repetirán que es un joven de
porvenir, que hará carrera, que será un hombre de mundo, es decir, un ser
convencional cuyas apariencias están de acuerdo con la mentira organizada. En
otra época ese joven hacía su carrera en las cortes; hoy se hace burócrata,
generalmente.
En la burocracia hay un inmenso campo para el
ejercicio de la simulación individual. Junto a los empleados verdaderamente
útiles y productivos, hay legiones enteras de parásitos y serviles que viven
simulando "trabajar", como si fuera creíble que consagren su
actividad física e intelectual a producir algo útil para la sociedad; nadie
ignora, a fe, que el parásito de oficina limitase a usufructuar los beneficios
que ha sabido conquistar con la flexibilidad de su carácter o con las
recomendaciones que le empujan. Esta es la "selección servil"
descrita por Sergi; de ella hizo Turati un breve pero ingenioso análisis
aplicado a la vida política y social.
Es una de las simulaciones más perjudiciales a la
sociedad la del que nunca ha hecho cosa útil alguna y vive simulando el trabajo
para justificar la prebenda que percibe. Las simulaciones de estos parásitos
sociales tienen los mismos efectos que las simulaciones del parasitismo animal.
Sus actores, sin embargo, minan las bases de todo sentimiento de justicia;
Novicoc, mejor que todos, lo ha demostrado hasta la evidencia.
En el orden de las creencias la ficción es tan
corriente como en el de la actividad. Es común que los hombres sin ideas
propias se dejen llevar por la corriente de la moda: teósofos ayer, anarquistas
hoy, modernistas mañana, adhieren siempre a los doctrinas de que se habla más,
fingiendo así que son hombres ilustrados; eso que suele llamarse
"dilettantismo", es una simulación de la sabiduría y es frecuente en
los individuos que por su misma ignorancia son más sugestionables.
Cuando se acentúa en una sociedad el gusto por las
letras, las artes y las ciencias, los que carecen de él lo simulan: leen
novelas de autores cuyos nombres suenan, frecuentan exposiciones de pintura o
discuten la pluralidad de los mundos habitados, no porque ello les interese,
sino para simular los gustos que están de moda.
Las simulaciones en el ambiente intelectual son
interesantes y difundidas. Tal escritor finge estar apasionado por un asunto
que no le interesa, pero que apasiona a su público; tal otro simulará creer en
una hipótesis, que sabe absurda, si ella le sirve para confirmar o consolidar
las opiniones que sostiene. Las circunstancias infinitas de la lucha hacen
innumerables las formas posibles de simulación. Recordamos dos casos
originales, cuyos autores conocimos personalmente. Un joven anónimo consiguió
publicar versos suyos en un diario muy importante, simulando que pertenecían a
un autor muy estimado. Otro propúsose colaborar en una revista bien conceptuada
salvando el doble obstáculo de su juventud y de sus ideas revolucionarias;
envió su artículo al director con una carta, simulando atravesar por
circunstancias críticas que le inducían ofrecer en venta su trabajo, que el
director encontró aceptable, y creyó justo ayudar al autor. En ambos casos el
éxito fue debido a la simulación; en el primero de persona, en el segundo de
indigencia.
El literato que no tiene aptitudes originales para
luchar en el ambiente intelectual simula maneras de pensar y de sentir
adaptadas al gusto dominante de los lectores; eso, combinado con la sugestión,
caracteriza al "snobismo". Será clásico, romántico, parnasiano,
modernista, esteta o decadente; pero en lugar de ser "él mismo",
vivirá simulando lo que no es. Para adaptarse a la corriente seguirá el modelo
favorito, y de esa manera engrosará ciertas "escuelas literarias" en que
una cohorte de tontos simula poseer las cualidades que han determinado el
triunfo de un maestro. Otros hay que en sus poesías simulan estar locos de
amor, indignados, entusiasmados, ebrios, enfermos; no teniendo nada real que
decir ni que, pensar, procuran disimular tras vaporoso pelaje de idealismo sus
ficciones anodinas. En estos últimos años todos los poetas principiantes
parecen incapaces de escribir versos si no simulan tener una amada, que debe
ser princesa o duquesa, y revestida de cualidades suprasensibles. A Dante le
bastó una Beatriz y a Petrarca una Laura, que eran simplemente bellas mujeres.
Hay simuladores de más bulto. Sin haber estudiado son
tenidos por doctos, y sin haberse quemado las cejas disfrutan de buena fama;
nunca se ríen, hablan con solemnidad, juzgan con prudencia, midiéndose en todo
para no descubrir su ignorancia. Uno de nuestros profesores simulaba mucha
ciencia estudiando en revistas novedades raras para cuestionar sobre ellas a
los alumnos, que se boquiabrían de sorpresa ante su originalidad siempre
renovada.
Pocos individuos se ven tan obligados a simular como
los periodistas de profesión; escriben simulando profesar las ideas del
director del diario que les paga o la opinión del público que los lee. Su-
personalidad real desaparece en un mundo interior que están constreñidos a
disimular. Su mimetismo mental excede al del camaleón; si cambian de diario,
cambian de aspecto: ayer conservador, mañana liberal, después clerical o
anarquista, según las circunstancias. Pero nos es fuerza abreviar; sobran los
ejemplos enunciados para evidenciar la difusión de estos hechos en la lucha por
la vida intelectual.
En otros campos de observación aparecen ejemplos
variados, siempre interesantes. Numerosos simuladores hay entre los individuos
dedicados profesionalmente a la propaganda de ideas políticas, religiosas,
sociales, etc. En ellos existe, modus vivendi, la obligación de simular a hora
fija, y ante públicos variados, pasiones 'y entusiasmos que en algunos casos
riñen con su estado del momento; si no fuesen oportunamente simuladores
comprometerían, junto con su prestigio, el pan cotidiano que ganan mediante la
simulación. Ellos constituyen la triste antítesis del apóstol lleno de fe y de
convicción que se sacrifica en la propaganda de una idea, noble o absurda, pero
que sinceramente considera buena o justa.
Un conocido industrial, ardiente volteriano y
sindicado por sus ideas liberales, acabó por afiliarse, en calidad de socio_
protector, a un círculo católico de obreros. Preguntado por qué simulaba una
religiosidad que no sentía, nos dijo que su objeto era inducir a los obreros a
ingresar a dichos círculos para sustraerlos a la influencia de otras sociedades
que difunden ideas nocivas a los intereses capitalistas.
Fácilmente Encuéntranse mujeres que simulan desmayos o
enfermedades para obtener una ventaja cualquiera en ciertas circunstancias
especiales. Conocimos una joven señora que simulaba ataques histéricos
frecuentes, esperando de esa manera aumentar el cariño de su esposo; la
simuladora ignoraba que éste se quejaba con el médico por su desgraciada
elección conyugal, aunque, a su vez, simulaba a la falsa histérica un aumento
de cariño por piadosa condescendencia. Sabemos de un hombre a quien su esposa
martirizaba con sus celos e histerismos; de pronto creyó que algún milagro
había devuelto la felicidad a su hogar, trocándose las precedentes
reconvenciones en cariñosas amabilidades, simuladas por la infiel, desde que lo
fue. Mujeres que temen ser abandonadas por sus amigos simulan frecuentemente
estar encinta, y aun sus consecuencias; ello sirve admirablemente para evitar
una separación o asegurarse subsidios especiales.
La situación económica de los individuos lleva con
frecuencia a simulaciones que ayudan a luchar por la vida. El pobre suele
simular una situación mejor que aquella en que realmente se encuentra; su traje
y sus palabras son a menudo un disfraz de su miseria.
También el rico puede verse en el caso de simular que
es pobre; indudablemente lo hacen todos los Harpagones del mundo para evitar
que la caridad llame a sus puertas, obligándoles a aflojar el lazo ceñido al
cuello de su bolsa por la mano de la avaricia. Ninguno de esos tipos aventaja
en simulaciones a los sablistas, que por acá llaman "pechadores"; el
uno, sencillo y humilde, se bebe de inmediato lo que pidió para comer; otro
teje novelas epistolares describiendo tragedias del hogar; los hay copetudos y
aristocráticos, que pechan ofreciendo servir a la víctima con sus influencias
mundanas o políticas; y hay, por fin, pechadores intrépidos que encuentran-en
todo hombre un candidato y en todo momento una oportunidad. Una de sus
características es que creen que el uso crea verdaderos derechos, ofendiéndose
el día que una víctima descubre sus patrañas y se resiste a pagar ese impuesto
al parasitismo.
El comercio es complicado engranaje de simulaciones;
preocúpase el comerciante de fingir tal interés por su cliente, que si en
realidad lo tuviera sería causa de su propia ruina. La etiqueta suele ser una
simulación aplicada a la calidad del artículo. Hay casa de comercio cuya
fundación es simulada con el único propósito de estafar a los fabricantes o al
público. La falsificación no es más que un refinamiento comercial de la
simulación, teniendo en su desfavor la circunstancia de perjudicar directamente
al falsificado. La ceremoniosidad con el cliente, desarrollada en los que
atienden despachos comerciales de toda índole, importa una verdadera educación
de las aptitudes para simular.
Aunque en los centros civilizados no se cree ya en
augures y oráculos, subsiste en las gentes cierto fondo supersticioso que las
hace entregarse a otros simuladores del mismo género: las adivinas y los
curanderos. Hemos conocido a uno de estos últimos que recibía a sus víctimas
envuelto en una larga túnica negra; sentaba al enfermo, le tocaba el occipucio
y trazaba en el aire misteriosos signos con una espada; al terminar simulaba un
ataque de nervios, durante el cual, según decía, penetraban a su cuerpo, ignorábase
por dónde, varios espíritus que le comunicaban el diagnóstico del paciente y
las indicaciones terapéuticas. En amable coloquio nos refirió su ficción, que
le resultaba un medio fácil de ganarse la vida.
Sin que por ello creamos que del comercio a la
delincuencia hay breve trecho, recordaremos que en el mundo de los negocios y
en la alta banca la simulación con fines delictuosos y usurarios es frecuente:
el Shylock, de Shakespeare; el Robert Macaire, de Lemaitre; el Mercadet, de
Balzac; el Saccard, de Zola, son arquetipos del fraude vivientes en todas ' las
grandes urbes. Laschi los estudió según la antropología criminal. Disimulaban
sus delitos en la complicación financiera y eluden hábilmente las débiles redes
del código penal, que aparecen tejidas para atrapar tan sólo a los pequeños
delincuentes; alguno conocemos que simula ser contratista de obras públicas
cuando realiza sus fraudes gigantescos, escudado por la complicidad de algún
alto funcionario que simula firmar contratos para beneficiar al pueblo y
embolsa silenciosamente la coima.
Entre los ladrones que hemos estudiado en la clínica
criminológica establecida en la Policía de Buenos Aires, por el profesor
Francisco De Veyga, muchísimos son los que simulan haberse dedicado al robo
porque son partidarios de las ideas filosóficas de Proudhon, que dijo: "la
propiedad es un robo"; en realidad, su único objetivo es justificar con
esas ideas los actos antisociales que constituyen su método de lucha por la
vida.
En otras formas de delincuencia profesional la
simulación es llevada a sus extremos. Los parásitos sociales, cuyas formas
típicas estudiaron Massart y Vandervelde, suelen simular el desempeño de alguna
función útil, que en realidad no efectúan. Típico es el cafsten, repugnante
entre todos los parásitos, especialista en la trata de blancas; sabido es que
simula ser un protector de sus víctimas, haciendo creer a las más incautas que
gracias a él se ven libres de presuntas persecuciones de la autoridad.
Creemos suficientemente demostrado nuestro principio
general: a cada modalidad de lucha por la vida la astucia humana adapta una
forma especial de simulación. Sería interminable la lista si quisiéramos
presentar un ejemplo de cada una de esas formas; siendo numerosísimas las
condiciones individuales de la lucha, también deben serlo las estrategias que
el hombre utiliza para ofender y defenderse.
IV. UTILIDAD DE LA
SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA
Fácil sería volver la oración por pasiva reuniendo en
un solo golpe de vista todos los fenómenos inversos a los que hemos observado.
Llegaríamos a formular esta regla! el hombre menos apto para simular está más
expuesto a sucumbir en la lucha por la vida.
En verdad, escapan a ella algunos tipos especiales;
pero las reglas no se formulan para las excepciones. El hombre superior, el que
puede imponerse a su ambiente sin necesidad de adaptarse a él, constituye, en
efecto, una excepción; acaso no sea la única. Pero esa excepción, y otras que
hubiera, no invalidan la regla general, que está de acuerdo con otras nociones
similares. La lucha por la vida entre los hombres evoluciona de las formas
violentas a las formas fraudulentas; esto determina el desarrollo de medios de
lucha fundados en el fraude. El hombre primitivo vence a golpes de maza o de
hacha; el civilizado domina con la fuerza de la astucia. El ambiente impone la
fraudulencia; vivir, para el común de los mortales, es someterse a esa
imposición, adaptarse a ella.
Quien lo dude, imagínese por un momento que el astuto
especulador no simule honestidad financiera; que el funcionario no simule
defender los intereses del pueblo; que el literato adocenado no simule las
cualidades de los que triunfan; que el comerciante no simule interesarse por
sus clientes; que el examinado no simule conocimientos de que carece y el
profesor una profundidad inconmensurable; que el parásito no simule ser útil a
su huésped, y la barragana ser madre; el bruto inteligente y el inteligente bruto,
según las circunstancias; que la adivina y el curandero no aparenten facultades
sobrenaturales, para sugestionar a su clientela; que el pícaro no simule la
tontería y el superior la inferioridad, según los casos; el niño una
enfermedad, el maricón un afeminamiento, el propagandista la pasión, la esposa
astuta el histerismo y el marido desgraciado el amor; que el patrón no finja
ser católico y el ladrón ser anarquista; que el periodista no simule pensar lo
mismo que su director o su público: se tendrá una falange de probables
vencidos, casi seguramente vencidos, en la lucha por la vida. -Esa es la regla,
sin que desconozcamos la excepción.
"Existen -dice S. Faure- naturalezas intrépidas y
leales, demasiado saturadas de verdad y de franqueza para plegarse a las
exigencias de la vil estrategia que obliga a ser mentiroso e hipócrita para no
ser vencido en la lucha por la vida, lo que piensan esos caracteres fuertemente
templados salta a sus labios; gritan sus desagrados, sus rebeldías, sus
indignaciones de la misma manera que afirman sus aspiraciones y sus ideales. Si
son obreros, se les arroja de los talleres como ovejas sarnosas que podrían contagiar
la majada; si comerciantes, pierden su clientela y su crédito; si funcionarios,
son destituidos; si escritores, se les quiebra la pluma; si hablan, se les
condena al silencio de la prisión; sus mejores amigos los encuentran
comprometedores; sus parientes los reniegan; su propia familia no les perdona
que hayan levantado la voz indignada contra la mentira socialmente organizada;
y la multitud, si es feroz, los tratará como a malhechores, si es indulgente
los llamará locos. Tartufo es el rey; suyo es el triunfo. Decid a vuestro
auditorio las necesidades más viles, las más bajas adulaciones, y os aclamará:
decidle la verdad, le será desagradable, y os execrará". ¡Y alguien se
asombra de que frente a la hipocresía social el individuo se incline a ser
astuto y mentiroso, simulador y fraudulento, diplomático y estratega, táctico y
disimulado! Sorprenderse de ello sería llegar al colmo de la ficción. Un mundo
de farsantes y de hipócritas empuja al individuo a engañar a sus semejantes.
Todo le dice: ¡Miente y simula!; él simula y miente. La culpa es de una moral
social que tiene sus bases en la mentira; la educación está envenenada por
ella; la tolerancia general agrava en cada uno esta triste aptitud de engañar
para vivir.
V. CONCLUSIONES
En las sociedades humanas la lucha por la vida reviste
múltiples aspectos individuales y colectivos; a cada forma de lucha el hombre
adapta maneras especiales de simulación y disimulación. Existe un franco
paralelismo entre las formas de lucha y las simulaciones correspondientes. Para
el común de los hombres, "saber vivir" equivale a "saber
simular"; sólo algunos individuos superiores, dotados de especiales
condiciones para la lucha por la vida, pueden imponer su ' personalidad al ambiente
sin someterse a simular para adaptarse. Los hombres, en general, adáptanse
tanto mejor al medio en que luchan por la vida cuanto más desarrollada tienen
la aptitud para simular.
CAPITULO
IV
PSICOLOGIA DE LOS
SIMULADORES
I. La psicología sintética y loa caracteres humanos.
II. Los elementos del carácter y su combinación en la
personalidad.
III. Los "hombres de carácter" y los
"hombres sin carácter" en la lucha
por la vida.
IV. La simulación como elemento del carácter.
V. Predominio de la simulación en la personalidad.
VI. Clasificación de los simuladores.
VII. Los simuladores por adaptación al medio
("astutos" y "serviles").
VIII. Los simuladores por temperamento
("fisgones" y "refractarios").
IX. Los simuladores patológicos ("psicópatas" y
-sugestionados").
X.
Conclusiones.
I. LA PSICOLOGIA
SINTÉTICA Y LOS CARACTERES HUMANOS
Las diversas formas de actividad mental,
indisolublemente unidas en la personalidad, intervienen como elementos
armónicos en la constitución del carácter individual, que se exterioriza bajo
la forma de conducta: conjunto de acciones y reacciones mediante las cuales el
individuo se adapta al medio en que vive, o manera personal de reaccionar a las
excitaciones recibidas del medio interior y exterior. Lo qué psicológicamente
(para la personalidad individual) llamamos carácter, éticamente (para la
personalidad adaptada al ambiente moral de la sociedad) se traduce por la
conducta.
Podemos, pues, considerar al carácter como el
instrumento psicológico de la conducta. Siempre es una expresión sintética de
la psiquis humana, de la personalidad.
Taine, primero, y luego Ribot, al comentar su libro La
inteligencia, insistieron sobre la necesidad de complementar las
investigaciones de psicología general, analítica y abstracta, con estudios de
psicología sintética y concreta, es decir, de psicología aplicada. "La
psicología, cuyo objeto es el estudio de los fenómenos mentales en general, no
excluye en manera alguna el estudio de los seres reales de los individuos que
sienten y piensan. Así entendida, es y seguirá siendo una obra de clasificación,
una taxonomía; ella determina los tipos y las variedades específicas. La
psicología general permanecerá siempre muda a este respecto, pues, por su misma
naturaleza, despreocupase de lo que no es general; su obra consiste en
clasificar los procesos mentales, sin inquietarse por las combinaciones
resultantes de sus diversas condiciones. Al contrario de la psicología general,
que es principalmente analítica, la psicología aplicada será, sobre todo,
sintética, por lo menos en cuanto a sus fines'. Agrega el mismo Ribot,
estudiando la psicología de los sentimientos: "Repetidamente muchos
autores han señalado, con razón, que el gran trabajo realizado hoy en el
dominio de la psicología debería completarse por estudios directamente
opuestos; es decir; que la psicología analítica y abstracta tiene por
complemento indispensable una psicología sintética y concreta. Como toda
ciencia, la psicología procede por generalidades. Ya se ocupe de las
percepciones o de los conceptos, de la asociación de ideas o de los movimientos,
de la atención o de las emociones, ella toma esos hechos en todas partes donde
los encuentra, en todos los hombres, en todos los animales, y trata de
explicarlos, reduciéndolos a sus condiciones más generales. Parte de la
suposición, implícita, que en cada hombre hay instintos y costumbres, fenómenos
intelectuales, afectivos, voluntarios. ¿Pero en qué proporciones se combinan
esos elementos para constituir las diversas individualidades psicológicas? ¿Qué
múltiples combinaciones pueden producir? ¿Hay preponderancia de las emociones,
de Ja inteligencia y de la acción? ¿La preponderancia de la una influye sobre
el desarrollo de las otras?" (Psichologie des sentiments). Estas
cuestiones son eminentemente prácticas, y ajenas, por lo tanto, a la psicología
general. Pero así como en medicina no hay una humanidad, sino hombres, todo no
puede reducirse al estudio analítico general de cada fenómeno, pues la
comprensión sintética no es desdeñable. Los elementos del carácter se combinan,
no se suman simplemente; de allí que para conocer el conjunto no basta el
conocimiento aislado de los componentes. El estudio sintético es necesario a
medida que se asciende de lo inorgánico a lo orgánico, a 1o' consciente, a lo
social.
En suma, es justo decir que la psicología analítica y
abstracta tiene por complemento indispensable una psicología sintética y
concreta. El problema capital de esta última reside en el campo de la acción,
no del conocimiento. Es práctico. Consistirá en determinar los principales
tipos de individualidad, según su manera de actuar y de reaccionar, originada
en los sentimientos y en la voluntad. Eso designase con un término, un tanto
vago, consagrado por el uso: el carácter. Es decir, consistirá en el estudio de
la conducta como resultado del carácter individual.
En el mismo orden de ideas encuéntranse Hoffding,
Pérez, Malapert, Queyrat y otros psicólogos, que' estudiaron los caracteres
humanos. Paulhan enuncia este concepto más explícitamente. Fouillée, aunque
tiende a separar de la psicología propiamente dicha el estudio de los
caracteres, le asigna proporciones y objetivos semejantes. Todos los autores
concuerdan en la necesidad de estudios sintéticos de la personalidad humana,
determinando y clasificando sus diversas formas según la relativa
preponderancia de alguno de los elementos psicológicos en la conducta del
individuo, actuando sobre su personalidad.
Los métodos aplicables al estudio del carácter son
cuatro. El empírico, propio de todos los tiempos y accesible a todos los
observadores; el razonante, propio de los filósofos, reducidos a especulaciones
abstractas acerca del proceso íntimo de los hechos estudiados; el fisiológico,
cimentado sobre las doctrinas relativas al "temperamento" individual,
cuya consecuencia fue detener a muchos autores en la investigación de las bases
orgánicas del carácter y de sus manifestaciones; el psicológico, creado por Stuart
Mill, que lleva a estudiar el carácter en sus manifestaciones psicológicas
sintéticas, y que podríamos llamar el procedimiento clínico.
Ribot sólo señala dos métodos: el fisiológico y el
psicológico. Malapert indica los tres últimos. Sin embargo, conviene señalar
que - el empírico, por ellos omitido, fue en toda época el más generalizado y
fecundo, fundándose en la simple observación directa; las más geniales
manifestaciones del arte, que alcanzan la sanción de la clasicidad, son
estudios empíricos del carácter humano. Los tipos creados de Shakespeare a
Ibsen, de Cervantes a Zola, de Calderón a Dostoievsky, serán eternos modelos
psicológicos de caracteres humanos empíricamente observados; los mejores
trabajos debidos al método científico podrán igualar, mas no superar, a un tipo
de Macbeth o Stockmann, Sancho o Saccard, Segismundo o Raskolnikov.
El procedimiento empírico no subordina sus resultados
al rigor de su método, sino a la perspicacia del escritor; se funda en una
aptitud psicológica personal. El razonable reduce mucha parte de su labor a
especulaciones estériles, sólo utilizables cuando corresponde a la observación
empírica. El fisiológico tiende a estudiar las bases orgánicas del carácter,
antes que sus manifestaciones mismas. El psicológico conduce al estudio directo
del carácter; al estudio clínico de sus expresiones psicológicas; es el método
por excelencia, dada la imposibilidad de experimentar en la formación y
evoluciones del carácter. Fuerza es convenir con Malapert en que "el
método conveniente para el estudio de los caracteres es, si así puede decirse,
el método clínico, constituido esencialmente por la observación— la comparación y una inducción prudente".
(Le caractère).
II. LOS
ELEMENTOS DEL CARACTER Y SU COMBINACIÓN
EN LA PERSONALIDAD
¿Cuáles son los elementos constitutivos del carácter
humano? ¿Se equivalen- por su importancia, por la orientación que cada uno
imprime al conjunto de la personalidad, a la conducta?
Antes de exponer nuestro criterio sobre este punto,
creemos útil examinar el que no adoptaremos. Imposible seria el análisis
crítico de los autores que estudiaron el problema de la constitución del
carácter humano: reduciremos nuestro comentario a los autores modernos, más o
menos científicos, previa una cita de Platón, recordada por Fouillée:
"Cada uno de nosotros está compuesto de una hidra, de un león y de un
hombre: la hidra de cien cabezas es la pasión; el león es la voluntad; el
hombre es la inteligencia. Se puede agregar que nuestra modalidad moral cambia
cada vez que uno cualquiera de esos tres elementos adquiere un predominio
sensible".
Esta imagen contiene ya, en su expresión puramente
literaria, la antigua' concepción psicológica fundada en las tres
"facultades", con el mismo sello intelectualista que la caracterizó
durante siglos en esta fórmula: "El hombre es la inteligencia".
El estudio de los fenómenos psicológicos ha entrado ya
a otra nueva concepción, que mira la estesia y la kinesia como formas
evolutivas superiores de las funciones biológicas fundamentales: la
sensibilidad y el movimiento, concepto cuya síntesis clarísima ha dado Sergi en
algunos de sus libros recientes. (La psiche nei fomeni della vita, y L'origine
dei fenomeni psichici). Sobre bases análogas ha fundado Ribot su teoría y
clasificación de los caracteres humanos.
Las condiciones necesarias y suficientes para
constituir, un carácter, dice Ribot, son dos: la unidad y la estabilidad. La
unidad consiste en una manera de actuar y reaccionar, siempre homogénea y
constante: la estabilidad es la unidad continuada en el tiempo. Esas premisas
le llevan a excluir de los caracteres a la masa de los amorfos y los instables.
Sobre esa base, agrega: "La vida psíquica, considerada en su más lata
generalidad, puede reducirse a dos grandes manifestaciones fundamentales: sentir
y actuar; tenemos, pues, dos grandes divisiones: los sensitivos y los
activos".
Ribot no dice que "sentir y obrar" sean dos
funciones, sino el doble aspecto de la sensibilidad, que es impresionabilidad,
susceptibilidad y excitabilidad del sistema nervioso, a la vez que impulso,
tendencia, deseo. La sensibilidad es al mismo tiempo aptitud para el placer y
el dolor, y aptitud para desear. Todo ello es movido por la sensibilidad, que
en su fase más evolucionada es sentimiento y constituye toda la vida afectiva.
La inteligencia, por su parte, queda relegada a un rol
secundario, como fenómeno intermediario entre los sentimientos y la voluntad;
"sólo los estados afectivos son primordiales en la constitución del
carácter. Forman la capa profunda, de primera aparición; las disposiciones
intelectuales forman una segunda capa superpuesta. Lo fundamental en el
carácter son los instintos; las tendencias, los impulsos, deseos, sentimientos:
todo eso y nada más que eso. Es un hecho de observación tan simple y tan evidente,
que no sería menester insistir sobre él si la mayor parte de los psicólogos no
hubieran embrollado esta cuestión por sus inveterados prejuicios
intelectualistas, es decir, esforzándose por referir todo a la inteligencia,
explicar todo por ella, y plantearla como el tipo irreducible de la vida
mental".
Esta opinión de Ribot, de cepa genuinamente
spenceriana, es excesiva. Indudablemente, los sentimientos son el mayor de los
móviles, pero no son todo; si los estados representativos no tuviesen en la
vida función alguna, no formarían parte de la vida psíquica. A lo sumo, la
cuestión podría reducirse a determinar si la inteligencia es función primitiva,
o si es secundaria al sentimiento pero no a discutir su participación en la
actividad psíquica sintética. , Fouillée ha combatido la teoría de Ribot, procurando
devolver su prestigio a la tripartición funcional de la actividad psíquica. ¿La
inteligencia es, como pretende Ribot, una facultad adventicia y sobreagregada?
Contesta Fouillée con pruebas de dos clases: fisiológicas las unas,
psicológicas las otras.
Si se tratara simplemente de señalar las condiciones
básicas del "temperamento", Fouillée iría hasta admitir la
suficiencia de las dos funciones fundamentales, correspondientes a la sensación
y el movimiento; pero el "carácter" es algo más que el temperamento,
por la intervención misma de la inteligencia, que le agrega modalidades que le
son peculiares. Y volviendo sobre la vieja imagen de Platón, concluye su
capítulo sobre clasificación de los caracteres: "Puesto que hemos restablecido
la presencia de la inteligencia entre los elementos primordiales de la
evolución mental, llegamos lógicamente a distinguir tres grandes tipos y
géneros de caracteres: el sensitivo, el intelectual, el volitivo".
Sin negar la participación de los tres elementos en la
formación del carácter, Morselli asigna papel preponderante al sentimiento, y
Sergi, aunque admitiendo la preponderancia de la vida activa, reconoce
esenciales la inteligencia y la voluntad para la determinación del carácter.
En suma, aun admitiendo el primado del sentimiento, se
reconoce generalmente que los tres factores intervienen. El mismo Ribot no hace
sino cuestión de primordialidad; en rigor él no niega a la inteligencia toda
acción sobre la exteriorización de la conducta, sino que la declara consecutiva
al sentimiento, lo mismo que la voluntad. Pero esto no hace al caso; la
conclusión es que los tres modos de funcionamiento juegan un papel, sea cual
fuere el factor primordial ò los secundarios.
Esta concepción, fundada en la tripartición funcional,
es compartida por la mayoría de los autores modernos, comenzando por Bain. Este
autor (On the Study of Character),
.guiándose por un criterio estrictamente psicológico,
fundó su teoría sobre la distinción de los fenómenos psíquicos en emoción,
volición e inteligencia, lo que le lleva a constituir tres tipos fundamentales
de carácter: los intelectuales, los emocionales y los volitivos. El mismo punto
de vista encontramos en Hoffding; las diferencias individuales serían
producidas por la diferente proporción en que se combinan los elementos
psíquicos; una primera diferencia característica resultará del predominio que tengan
en el individuo los elementos intelectuales, afectivos o volitivos (Esquisse
d'une Psychologie).
Otras clasificaciones recientes pueden referirse al
mismo tipo de las de Fouillée, Bain y Hoffding; la de Queyrat, la de Levy,
etcétera.
Malapert, en su reciente monografía, trata de agregar
un nuevo elemento a los tres clásicos, estableciendo una diferencia entre la
actividad y la voluntad. "En resumen, dice, creemos que entre los
elementos constitutivos del carácter, entre las funciones psíquicas esenciales,
cuya particular naturaleza y modo, de combinación constituyen la fisonomía
moral de cada individuo, debe contarse, además de la sensibilidad y de la
inteligencia, la actividad propiamente dicha por una parte, y por otra parte la
voluntad. A la trilogía clásica nos parece más exacto sustituir esta
tetralogía".
Pero no observa que la actividad es la resultante de
toda la personalidad psíquica, la conducta, mientras que la voluntad es uno de
los modos parciales de su funcionamiento, como lo son la inteligencia y el
sentimiento. Su distinción equivaldría a diferenciar el sentimiento, que es un
modo psíquico funcional, de la sensación que es su proceso inicial.
Sin embargo, Malapert encuadra su clasificación dentro
de estas mismas líneas generales. Llega a una clasificación en que figuran, en
diversos grupos, los afectivos, los intelectuales, los activos y los
voluntarios, complementándose con dos grupos de templados y apáticos.
Con otros criterios han intentado clasificar los
caracteres Azam, Pérez y Paulhan. El primero de ellos, aunque reconoce que en
la constitución del carácter entran como elementos constitutivos la voluntad,
la sensibilidad y la inteligencia, incurre en una clasificación empírica, que
no es dei caso discutir, y que se funda sobre una primera tripartición en estas
tres categorías: caracteres buenos, caracteres malos y caracteres indefinidos
(buenos o malos, según las circunstancias); esta primera división se subdivide
en no menos de cien caracteres secundarios (Le caractère dans la santé et dans
la maladie).
Partiendo de la manera de actuar, es decir, de la
actividad, de la conducta, Bernard Pérez ha dividido los caracteres en seis
grandes tipos: vivaces, vivaces-ardientes, ardientes, lentos, lentos-ardientes,
equilibrados (Le caractère de l'enfant à l'homme). En rigor ésta no es una
clasificación psicológica y su análisis no nos corresponde en este sitio.
Para completar esta crítica de las clasificaciones de
los caracteres, recordemos la propuesta por Paulhan. Fundándose en su teoría
general del funcionamiento mental (L'ac tivité mentale et les élements de
l'esprit, Introducción) que
hace presidir toda la vida psíquica por la ley de
asociación sistemática, establece cuatro tipos mentales diferentes, divididos
en dos clases: "1º) Cualidades que se refieren a la manera de ser de las
tendencias, al carácter general de sus relaciones en un mismo individuo: la
coherencia, la lógica, el contraste, la tenacidad, etc.; 2°) Cualidades que
están constituidas por las tendencias mismas: tendencias orgánicas como la
glotonería, sensuales como la gula, etc. La primera clase comprende las formas
de la actividad mental, la segunda los elementos concretos que dirigen esa
actividad". Toda la cuestión, para Paulhan, seria ésta: a tal manera de
asociación sistemática y de organización de las tendencias, tal carácter. Pero
le han observado Fouillée y Malapert que el modo de organización de las
tendencias es una resultante de su naturaleza misma, pues la tendencia produce
la sistematización; las leyes de asociación son efectos, expresan el modo según
el cual actúan y reaccionan las tendencias. Paulhan ha señalado claramente las
diferencias entre su sistema y la clásica doctrina inglesa del asociacionismo;
pues mientras ésta es una relación de mecanismo, la de Paulhan pretende ser una
relación de finalidad; el asociacionismo inglés expresa la ligazón, conexión y
atracción de las ideas, mientras que, para Paulhan, la asociación de las ideas
depende del objetivo común a que ellas concurren.
De todas maneras, si su clasificación de los
caracteres no confirma la tripartita, tampoco se opone a ella, pues obedece a
un criterio muy especial.
De este análisis inducimos que en la determinación del
carácter influye el predominio de una función sobre las demás, la desproporción
entre las funciones. Pero es necesario, sin embargo, fijar cómo debe entenderse
ese predominio y cómo conviene determinar la función dominante en un carácter.
Esa dominante no debe ser el resultado de una comparación entre diversos
individuos, sino el resultado de una comparación entre las diversas funciones
mentales del mismo individuo; además, esa comparación no debe ser propiamente
cuantitativa. Fouillée, en su clasificación, hace cuestión de individuos que
tienen más inteligencia; pero en este orden de fenómenos poco significan los
términos "más" y "menos". Por eso Malapert aconsejó fijarse
en la calidad y no en la cantidad; con eso quiere decir que "en un
individuo dado, la cualidad especial, la modalidad, la expresión característica
de una de las funciones psíquicas (sea cual fuere su grado de desarrollo, su
cantidad) implica tal o cual modalidad, forma o cualidad de las otras (sea cual
fuere, también, su desarrollo). Se trata aquí de influencia (de cualquier
manera que se la explique) más bien que de superioridad cuantitativa. Un
individuo muy inteligente tendrá una inteligencia especial si su inteligencia
está dirigida y dominada por su sensibilidad; el carácter será la sensibilidad;
es un sensitivo. Un individuo muy inteligente tendrá una inteligencia
particular si ella está dirigida por la necesidad de acción: es un
activo". Es necesario, pues, tener en cuenta las modalidades individuales
con que aparecen y se combinan las diversas formas de la vida mental en los
individuos, y no determinar el carácter mediante relaciones abstractas o
heterogéneas.
En suma: en la composición del carácter individual,
considerado como el instrumento psicológico de la conducta, intervienen los
diversos elementos de la actividad mental;, el predominio de alguno sobre los
demás produce tipos que pueden clasificarse como sensitivos, intelectuales y
volitivos.
III. LOS
"HOMBRES DE CARACTER" Y LOS "HOMBRES SIN CARACTER" EN LA
LUCHA POR LA VIDA
Nos hemos detenido en el precedente análisis para
decir con más firmeza que esas clasificaciones de los elementos del carácter no
pueden servir como base para el estudio clínico de los caracteres humanos. En
la realidad, los hechos revisten otro aspecto: una o varias cualidades
especiales predominan sobre las demás, caracterizando la personalidad. Un
intelectual, un sensitivo, un activo, son la materia prima del hombre de
carácter, pero esa materia se elabora y modela según la cualidad predominante
en la conducta; el activo podrá ser ambicioso, avaro, cobarde, temerario o
simulador. Lo mismo ocurrirá con el intelectual y con el sensitivo.
Pero sea cual fuere el tipo psicológico de cada
individuo, no es igualmente intensa la conducta de todos en la lucha por la
vida; además de las diferencias cualitativas tenemos las diferencias
intensivas. Conviene fijar con precisión este problema, esencial para el asunto
que estudiamos.
La lucha, en la vida social, desenvuélvese en
condiciones sociológicas que la diferencian de la lucha por la vida puramente
biológica. Es natural, pues, que para entrar al estudio psicológico de los
simuladores atribuyamos mayor importancia a las diferenciaciones 'subordinadas
a la adaptación social de la conducta.
No basta el simple criterio de la fisiopatología o de
la degeneración, que nos llevaría a escindir la humanidad en dos grandes grupos
de normales y degenerados, por otra parte difíciles de precisar, ni satisface
la división, que hace brillantemente Ferri, en hombres normales y anormales,
subdividiendo estos últimos en evolutivos y regresivos (Studi sulla criminalitá
ed altri saggi). En cambio, encontramos satisfactoria -y para nuestro objeto
suficiente- la teoría, más sociológica que biológica, de Silvio Venturi (Le
monstruositá dello spirito); para éste, los hombres, según su actuación en el
grupo social en que viven, deben dividirse en "característicos" e
"indiferentes". Este concepto concuerda, en general, con algunas
ideas sostenidas por Ribot.
Veamos, brevemente, las ideas cardinales de esta
teoría, que es una útil metodización preliminar para el estudio de los
caracteres humanos. En seguida podremos comprender mejor la mentalidad de los
simuladores.
Es de vieja y común observación que en la sociedad
existen dos clases fundamentales de individuos. Consiguen los unos afirmar su
propia personalidad en la lucha por la vida, haciéndola tangible para cuantos
les rodean; los otros no salen del casillero de la vulgaridad. Vivir es
expandir la propia personalidad, aumentando nuestras anastomosis con el
ambiente e intensificando la acción que sobre él ejercemos; los que no
consiguen hacerlo pertenecen al género que llamaríamos de los "hombres que
no existen".
Estudiando los caracteres humanos, Ribot les excluye
por considerarlos faltos de carácter, haciendo lo mismo con los
"instables"; Venturi, recientemente, analizó ese mismo concepto en su
interesante libro, esbozando además una clasificación teórica de los
característicos, que señalaremos
oportunamente, pues se armoniza con los criterios que serán nuestro
punto de partida para estudiar la psicologia de los simuladores.
Los "hombres sin carácter" son la masa
anodina, el número abstracto, los individuos para quienes, como diría Dante, es
noche mucho antes de la oración. Ribot los llama "amorfos" y Nordau
los señala antes de estudiar la Psicología del genio y del talento,
coincidiendo con Venturi en asignar a los "filisteos" un rol de
lastre en la vida social. Ribery (Essai de clasification naturelle des
caractères), criticando a Ribot
encuentra demasiado impreciso el tipo, del amorfo. Mantegazza (1 caratteri
umani) diríalos "sin carácter", poniendo en el fondo de su psicología
una gran debilidad moral que los hace ceder a la más leve presión y sufrir
todas las influencias. En la clasificación de Pérez figurarían entre los
"lentos"; cómo "apáticos" en la de Malapert y junto a los
"templados" en la de Paulhan.
"Hombres de carácter" son los que poseen
fisonomía propia, presentando cualidades diversificadas, tendencias originales,
capacidad fecunda para iniciativas distintas de las habituales. Son los actores
en el drama humano, en la evolución social. Entre ellos reclutan los que Taine
-antes que Tarde, Sighele y Le Bon- llamó "meneurs" (Les origines,
etc., parte III), y recientemente, D'Annunzio "evocadores",
"animadores" (II fuoco). Ellos son los activos, en una palabra, pero
no en el sentido estrecho que da Ribot a esa designación (persona que tiene por
rasgo dominante la tendencia natural, siempre renaciente, a la acción), sino en
el sentido amplio que le atribuye P. Rossi: persona que posee una o todas las
aptitudes psíquicas apropiadas para vencer la presión de la multitud (I
suggestionatorì e la folla).
El concepto de "hombre de carácter" expresa
la intensificación de una modalidad que puede ser común. En último análisis, no
existe un solo individuo, por muy amorfo que sea, que no tenga algunos
caracteres propios y personales, que no ejerza su acción -tan infinitesimal
como se quiera- sobre el medio en que vive; todos, desde el más grande hasta el
más pequeño, nacen o se moldean con más o menos rasgos personales,
contribuyendo, necesariamente, según su poca o mucha capacidad, a la vida del
agregado social. Lo "indiferente" y lo "característico",
sólo aparecen claros, cuando se juzga al individuo por su función. Enfocando de
esta manera la psicología de los hombres -como hiciera Voltaire en Micromegas-
vemos que la inmensa mayoría desaparece, confundida en una amalgama de uniforme
pasividad: multitud de unidades que, aisladamente, no tienen importancia
alguna.
Bien observa Ribot que la dinámica social es el
producto de la acción de tendencias contrarias: cada tendencia tiene su
antagonista que la equilibra y enfrena en sentido saludable para el conjunto.
Edward Carpenter, en su ingeniosa y poco conocida Defensa de los criminales[12],
intentó poner de relieve la utilidad que reportan a la sociedad ciertas formas
de delincuencia, ideas que ha enunciado, en parte, el mismo Lombroso, en una
breve monografía llena de ideas susceptibles de fecundo desarrollo (La funzione
sociale del delitio).
Los exagerados son necesarios para el desarrollo
social de una función o modalidad del espíritu. El doctor Stockmann, que nos
pinta Ibsen en Un enemigo del pueblo, es el tipo característico del
individualismo; pero esta cualidad sería socialmente nociva si implicara
considerar, como él hace, que la asociación en la lucha por la vida es
perjudicial y que el hombre más fuerte es el que está más solo. Él Juan Moreira
de la tradición gauchesca, que encarna en los folletines de Gutiérrez tantas
reminiscencias atávicas, desvanecidas hoy al calor de la civilización, es el
característico del valor personal; pero a nadie escaparán los peligros sociales
que tendría la existencia del valor si todo valiente exaltara su cualidad hasta
límites semejantes. Sin embargo, esos tipos son términos de comparación
necesarios para que miles de conciencias amorfas cultiven su individualidad y
procuren no ser cobardes.
Los característicos se forman por la misma acción de
la vida social, respondiendo a la necesidad de la división del trabajo. Esta
necesidad, tanto mayor cuanto más complejo es el organismo colectivo, guarda
relación directa con el grado de evolución de las sociedades humanas, como lo
demuestra Durkheim al estudiar la División del trabajo social.
En la formación de los "hombres de carácter"
intervienen factores externos e internos, sociales y biológicos. Cada uno de ellos puede ser engendrado por las
condiciones de lucha del medio social. En realidad, todos los hombres, en la
lucha por la vida, son gladiadores que pelean o actores que recitan: ninguno
prescinde de su público cuando actúa; quien prescindiera en absoluto del medio
sería un "característico" de la despreocupación.
También puede influir la herencia de elementos
característicos, repetidos y consolidados a través de las generaciones
precedentes. Otras veces la anomalía mental parece intervenir tanto como el
medio social. Pero no la anomalía mental considerada con el criterio estrecho
de la clínica, que se limita a amoldar a su docena de marcos cómodos -que se
llama "formas clínicas"- los fenómenos más llamativos de la patología
mental; la anomalía debe ser entendida en un sentido vasto -tal como Ferri la esboza
en su estudio sobre los anormales-; abarcando todas las divergencias de la
psiquis media: desde esas escabrosidades que estudió Cullere en Les f rontières
de la Folie, hasta las formas trágicas del derrumbe mental.
Partiendo de esas premisas, indispensables para el
mejor desarrollo de este capítulo,
analizaremos las dos cuestiones que directamente atañen a nuestro asunto:
1º Proporciones en que la simulación se manifiesta en
el carácter de todos los individuos.
2º Predominio especial de la simulación en el carácter
de ciertos individuos: los simuladores característicos.
IV. LA SIMULACIÔN
COMO ELEMENTO DEL CARÁCTER
Los medios que usan todos los hombres para luchar por
la vida son semejantes, variando su intensidad y la proporción de sus diversos
elementos. El hombre sin carácter se deja arrastrar por las manifestaciones
comunes de la actividad humana, sin tener un gesto o una modalidad personal; el
hombre de carácter, en cambio, desarrolla aptitudes bien diferenciadas,
procurando afirmar su personalidad en la lucha, sin preocuparse de lo que su
actividad representa para las rutinas convencionales en su medio social.
Por eso, tener o no "carácter" es un
coeficiente de afirmación del individuo contra la colectividad que tiende a
amalgamarlo en la masa. En realidad, los hombres de carácter intenso y
diferenciado son los que más luchan por la vida; los demás lo hacen dentro de
condiciones tan uniformes, y con tan escasa energía, que su actividad resulta
imperceptible en el movimiento social; los indiferentes no luchan, porque en
rigor no viven.
Si, como venimos demostrando, la simulación sirve para
adaptarse mejor a las condiciones del medio, fingiendo cualidades cuya utilidad
para la lucha está probada y disimulando otras que son reconocidamente
perniciosas, debe confirmarse esta verdad en los hombres sin carácter y en los
hombres de carácter. En los primeros encontramos las formas sociales de la
simulación, es decir, las que son comunes a todos los individuos que luchan por
la vida dentro de un mismo ambiente social; en los segundos percibimos las
variaciones individuales de la simulación, formas personales y bien
diferenciadas que decididamente caracterizan al individuo.
En las masas de los hombres amorfos, la simulación
suele ser un simple reflejo de las simulaciones más difundidas, anastomosándose
por una parte con las mentiras convencionales, y por otra con la imitación en
todas sus formas, para cuyo estudio podrán consultarse las -conocidas obras de
Nordau y Tarde. Obsérvese este hecho fundamental: la simulación es una mentira
en acción, al mismo tiempo que sólo es una imitación aparente, según hemos
explicado en el capítulo primero; fácil será, pues, comprender la difusión
combinada de estas tres formas fraudulentas para la adaptación de la, conducta
al medio en que se actúa.
El "espíritu gregario", propio de todas las
asociaciones de individuos, impone a los hombres sin carácter cierta manera de
ser, de pensar, de sentir y de actuar, conforme a las condiciones comunes a
todo el agregado; el individuo, para no sucumbir en la lucha por la vida,
procura aproximarse lo más posible a esa común manera de ser, adaptándose por
todos los medios[13].
Por esos motivos, la simulación forma parte de todos
los caracteres humanos, entra como elemento psicológico en la constitución de
cualquier personalidad, normal o anormal. Estudiando las innumerables formas
colectivas e individuales de la simulación entre los hombres, hemos podido
comprobar que ningún individuo está eximido de simular en la lucha por la vida;
y para la muchedumbre de los sin carácter "saber vivir" equivale a
"saber simular". Los hombres, en general, adáptanse tanto mejor a su
ambiente cuanto más desarrollada tienen la aptitud para simular.
Todo individuo de la especie humana es, en cierto modo
y cantidad, simulador; en determinadas circunstancias necesita serlo
forzosamente. En los amorfos la simulación no llega a ser intensa ni compleja,
por la sencilla razón de que nada lo es en ellos; cuando la afirmación de la
personalidad no lo exige, los medios de lucha no se desenvuelven o lo hacen
escasamente. Con una simulación débil coexisten otras condiciones adaptativas,
débiles también, que no imprimen carácter determinado al individuo; el hombre
larvadamente simulador puede ser, a la vez, larvadamente modesto, hipócrita,
generoso, embustero, ambicioso, delincuente o servil. Esos elementos se
combinan sin formar un carácter, lo mismo que la sobreposición o combinación de
todos los colores determina su negación, según se demuestra en el conocido
aparato de física. Un hombre equilibrado, sin nada suficiente para afirmar su
individualidad, no tiene carácter; la simulación será en su mente uno de los
tantos resortes necesarios para adaptar la conducta a la vida social.
Cuando la lucha es más intensa, todos los medios se
intensifican: la simulación entre otros. En este sentido general, los
característicos simulan más que los indiferentes, puesto que luchan por la vida
con más energía y tienen más ocasiones útiles para simular.
Lo mismo que los demás rasgos psicológicos especiales,
la simulación puede ser predominante o secundaria en la personalidad del hombre
de carácter.
En el primer caso tendremos un tipo psicológico
caracterizado por la simulación; en el segundo un tipo mixto, sobre cuya
conducta la simulación ejerce influencia subalterna.
La aptitud o la tendencia a simular culmina en
determinados individuos, en quienes la simulación alcanza la misma intensidad
que el individualismo en el Stockmann ibseniano, y el valor en el Moreira
criollo. Esos constituyen el tipo psicológico especial, cuyas diversas
manifestaciones analizaremos: el "simulador característico".
Cada uno de estos caracteres especiales desempeña en
el conjunto social una función útil, equilibrando la acción de su antagonista.
El simulador tiene su antítesis en el ingenuo -pariente del
"Cándido", de Voltaire- que representa el otro extremo de la
inadaptación a las condiciones de la lucha por la vida; Bianchi ha definido ese
tipo como característico del sincerismo, y Mantegazza lo estudia bajo la
clasificación de "ingenuo". Ambos pueden perjudicarse por su propia,
exageración, pero del contraste entre las dos funciones nace el justo medio
útil, enseñando al amorfo a no simular menos de lo que necesita y a no ser más
sincero de lo que conviene.
V. PREDOMINIO DE LA
SIMULACIÓN EN LA PERSONALIDAD
El hombre lucha por la vida adaptando su conducta a
las condiciones del ambiente en que se desenvuelve; la actividad mental le
permite distinguir las ventajas o desventajas que un hecho o una cualidad
personal implican para el desenvolvimiento de la personalidad. La conciencia de
esas ventajas o desventajas hace que el individuo adapte su carácter a las
condiciones de lucha, simulando las cualidades que la observación y la
experiencia demuestran ventajosas y disimulando las perjudiciales.
Puesto que todos los hombres simulan y disimulan, ¿en
cuáles estudiaremos el carácter propio de los simuladores, sus diversas
manifestaciones, los factores determinantes de su peculiar modalidad mental y
la importancia extraordinaria que para algunos reviste en la lucha por la vida?
Conviene distinguir el sujeto simulador, que lo es de
manera habitual y permanente, dei sujeto que se ve precisado a simular
accidentalmente, sin que ello constituya una característica de su
funcionamiento mental. El primero posee el carácter simulador, psicológicamente
considerado; al segundo no puede llamársele simulador, aunque el azar le
arrastre a usar con provecho algunas simulaciones. De igual manera se llama
mentiroso al que miente por tendencia o por hábito, sin considerar tal a quien
miente alguna vez por circunstancias especiales; y decimos tímido a quien lo es
en todas ocasiones, sin llamar así a cuantos pueden sufrir un acceso de timidez
circunstancial. Buscaremos, pues, los caracteres psicológicos propios del
simulador en los sujetos que, por tendencia o por hábito, se valen
preferentemente de la simulación como medio astuto de adaptarse a las
condiciones de la lucha por la vida.
Como sabemos, en sus manifestaciones voluntarias y
conscientes, y en muchas subconscientes e involuntarias, su resultado es
proporcionar al simulador una ventaja[14]. La forma
normal de la simulación es simplemente utilitaria, lo mismo que la forma normal
de la disimulación: el simulador saca provecho de las aptitudes que pone en
acción.
El estudio sintético de este carácter fue generalmente
descuidado. Teofrasto, en sus Caracteres, traducidos y verificados por La
Bruyère en su interesante traslado al medio político y social de su época,
esbozó algunas notas sobre la simulación en el carácter. Pero los
"caracteres éticos", no obstante admirar por la clarividencia de la
observación y por su estilo digno y elegante, no constituyen un documento
psicológico, tal como puede exigirlo el criterio moderno en esta índole de
observaciones.
El arte, rico de ejemplos para el estudio de cualquier
tipo psicológico, ha sacado partido del simulador, en sus diversas modalidades.
Sin detenernos en un análisis que para ser completo llenaría por sí solo una
monografía, recordaremos que uno de los tipos más interesantes de Dickens, el
Pechniff de su Martin Chuzzlewit, podría exhibirse como modelo en su género, ya
por la fantasía que le atribuyó su autor, como por la animación y realidad de
su silueta psicológica. Desde otro punto de vista, la simulación juega en el
arte un rol esencial, como producto imaginativo; en muchas obras maestras del
arte, todos los tipos son el simple fruto de una fantasía exuberante servida
por una perfecta posesión del idioma.
Entre los escritores científicos modernos, Pérez,
Fouillée, Azam, Paulhan, Levy, Ribot, Malapert, Ribery, Mantegazza y otros que
estudiaron el carácter en general y sus tipos especiales, no aíslan el tipo
general del fraudulento o del astuto, ni especifican el tipo del simulador.
Sergi, estudiando las degeneraciones humanas, enuncia diversos tipos, sin
aludir al que estudiamos. Venturi, al esbozar sus característicos menores, no
menciona siquiera al simulador. Se explica: el hipócrita, el mentiroso, el astuto,
el simulador, se entremezclan íntimamente y es difícil hacer distinciones que,
por sutiles, podrían parecer artificiosas. Pero ser hipócrita, mentiroso,
astuto o simulador no es lo mismo. Esos diversos tipos psicológicos componen un
grupo más general, el de los fraudulentos, donde todos caben y se entrelazan,
influyéndose recíprocamente, como hermanos de una misma familia, como ramas de
un mismo tronco.
Sin embargo, no siendo la mente humana un aparato
simple, de efecto único, sino un complejo de acciones y reacciones, rara vez
podrá. aparecer un individuo -por muy "característico" que sea- cuya
personalidad tenga una sola manifestación.
Ribot considera la "unidad" del carácter
como una de sus cualidades indispensables, junto con la inneidad y la
estabilidad; por ese motivo, además de los amorfos, se ve obligado a excluir de
los caracteres a los instables negando también la categoría de característicos
a los intelectuales, los voluntarios y los templados. Esa exageración del valor
de la "unidad" en el carácter humano es compartida por otros
psicólogos; a todos pudieran responder las siguientes palabras de Tolstoy, en
cuya Resurrección no escasean las observaciones psicológicas perspicaces.
"Uno de los prejuicios más arraigados y difundidos consiste en creer que
todo hombre posee exclusivamente ciertas cualidades definidas, que es bueno o
malo, inteligente o bruto, enérgico o apático, y así sucesivamente. Podemos
decir de un hombre, que es más a menudo enérgico que apático, e inversamente;
pero decir de un hombre, como suele hacerse, que es bueno o inteligente, y de
otro que es malo o bruto, es desconocer el verdadero carácter de la naturaleza
humana. Los hombres son como un río; aunque formado siempre por agua, ora es
ancho y ora estrecho, lento o rápido, tibio o helado. Los hombres, también,
llevan en sí el germen de todas las cualidades humanas, y ora manifiestan una,
ora otra, mostrándose a menudo diferentes de sí mismos, es decir, distintos de
lo que suelen aparentar. Pero en ciertos hombres esos cambios son más raros y
se- preparan con lentitud, mientras que en otros son más rápidos y se suceden
con mayor frecuencia". En los simuladores, lo mismo que en los demás
característicos, encuéntrase una cualidad predominante, no excluyente; entre
los elementos del carácter algunos se coordinan y otros se subordinan,
combinándose para determinar la resultante: por eso veremos el tipo del
simulador generalmente asociado con otros que le imprimen fisonomía particular.
En general, pues, junto con la aptitud característica,
coexisten las afines, u otras de índole diversa, que pueden no ser afines. Es
frecuentísimo, como observa Venturi, encontrar el tipo mixto del
envidioso-calumniador, del ambicioso-genial: cualidades afines; también es
posible ver pródigos-mentirosos, ladrones-altruistas, ambiciosos-serviles;
caracteres que no se excluyen, aun siendo el uno útil y el otro perjudicial
para la sociedad. Aunque les niega título de caracteres, Ribot confirma su
existencia; los tipos mixtos corresponden o se aproximan a los que él llama
"caracteres contradictorios sucesivos", "caracteres
contradictorios simultáneos" y "caracteres instables y
polimorfos".
Falsearía, en suma, nuestro pensamiento, quien
entendiera que la función característica es única y excluyente; ella sólo
implica la intensificación, hasta ser predominante sobre las demás que con ella
coexisten. Con ese criterio estudiamos la psicología de los simuladores.
Preguntad a cualquier médico quién fue Charcot; os
contestará, sin duda: un neurólogo. ¿Y acaso no habría podido ser, también,
afectuoso como padre, celoso como marido, pródigo o avaro, astuto o inocente,
espontáneo o simulador, en las mil manifestaciones de su vida? Pero él no ha
existido, ni ha sido "característico', sino como renovador de la patología
nerviosa.
Del sacerdote Castro Rodríguez o del anarquista
Ravachol, cualquiera os dirá que fueron homicidas; nadie recordará que el
primero era hipócrita, avaro, mentiroso, ni que el segundo era ladrón, pródigo,
sectario. Fuera de su característica como homicidas, ellos no han existido.
Al analizar, pues, los diversos tipos de simuladores,
los encontraremos complejos, combinados con otros caracteres afines o
predisponentes. Hay, en efecto, caracteres psicológicos que guardan estrecho
parentesco: el mentiroso suele ser fantástico o vanidoso, el modesto suele ser
apático o ingenuo. De igual manera, veremos que, siendo astuto o servil,
fumista o disidente, psicópata o sugestionable, se está predispuesto a
pertenecer al grupo de los simuladores característicos, dando fisonomía propia
a diversos tipos especiales.
VI. CLASIFICACIÓN
DE LOS SIMULADORES
"Es necesario resignarse a no conocerlo ni
explicarlo todo, limitándose a determinar lo que es posible conocer; es la
única manera de saber algo. Un análisis, una clasificación psicológica, he ahí
lo que, por ahora, consideramos posible. Sepamos contentarnos con eso, tanto
más que ello tiene su interés, su valor y su alcance. Lo mismo pensaron y han
intentado realizar los autores que más recientemente ocupáronse de la cuestión
del carácter. En el punto de vista psicológico se han colocado todos, inclusive
el mismo Fouillée". Estas palabras de Malapert justifican la imposibilidad
de ofrecer una clasificación exacta de los simuladores característicos, según
las causas determinantes de su peculiar modalidad psicológica.
Los factores que se combinan para la determinación del
carácter son complejos; Levy ha particularizado sus investigaciones en la
dilucidación de este tópico. En general, encuéntranse dos tendencias; la una
atribuye mayor importancia a los factores congénitos, la otra a los adquiridos;
a la primera refiérense los autores que van desde Schopenhauer hasta Sully y
Ribot, mientras se pliegan a la segunda desde Rousseau y Mill hasta Payot y
Sergi. A este último pertenece la teoría de la "estratificación del carácter",
que es, sin duda alguna, la mejor y más sostenible de las expuestas por los
partidarios de la influencia del medio en la formación dei carácter.
Indudablemente ambos factores tienen importancia: la
herencia da el impulso, la educación lo modifica. Existen caracteres de raza,
de nación y de sexo que nacen con el individuo e influyen sobre su carácter,
sin olvidar, también, la herencia psicológica de los ascendientes inmediatos.
El temperamento individual, expresión de condiciones orgánicas determinadas,
influye en la constitución del carácter, como sostienen Fouillée y Manouvrier.
Pero es innegable que sobre ese fondo de predisposición congénita actúan nuevos
factores mesológicos, modificando la orientación del carácter e imprimiéndole
tendencias nuevas; negarlo equivaldría a desconocer toda influencia a la
educación y, en general, a la sugestión, que tiene tanta parte en la psicología
de todo miembro de un agregado social.
Existen, en suma, dos grupos fundamentales de factores
determinantes en la psicología de los simuladores: los congénitos y los
adquiridos. Según predominen los unos o los otros, tendremos los simuladores
natos y los simuladores producidos por el medio.
Hay simuladores por predominio de tendencias
congénitas. En general, encontramos en todo característico un hombre de
carácter o un anormal. Esto mismo se advierte en el simulador, combinado, en
una proporción que varía de lo mínimo a lo máximo, con factores propios del
ambiente. En favor de la existencia de este grupo abogan dos argumentos
definitivamente aceptados en ciencia. La doctrina de la evolución ha
establecido que los caracteres adquiridos por los individuos de cualquier
especie animal pueden transmitirse a sus descendientes si son ventajosos en la
lucha. Y sí, como venimos demostrando, la simulación es un medio útil en la
lucha, es lógico admitir el carácter hereditario de la aptitud para la
simulación. Los caracteres psicológicos se heredan lo mismo que los
morfológicos: verdad indiscutida ya en psicología y cimentada por los
excelentes estudios de Ribot y otros.
El segundo grupo está determinado por la adaptación
del individuo a las influencias directas del medio en que vive. El ambiente,
sin duda, acentúa o determina aptitudes especiales en ciertos sujetos,
influencia facilitada por la predisposición mental de muchos de ellos, cuya
deficiente síntesis psicológica los predispone a exagerar una de las facetas de
su -prisma en detrimento de las demás. Esa adaptación al ambiente, determinada
por las condiciones de éste, puede, como hemos visto, transmitirse después por
herencia.
Los individuos de los pueblos primitivos, cuya
civilización es de tipo violento, tienden menos a la simulación que los de los
pueblos cuya civilización es de tipo fraudulento. En los primeros predominarán
los hombres como Alejandro o Nerón; en los segundos, Maquiavelo o Bismarck
Pero después de distinguir esas dos grandes ramas,
complícase toda tentativa de clasificación; en general, las que se refieren a
fenómenos psicológicos o sociales no pueden tener la precisión realizable en
ciencias menos inexactas. Nos limitaremos, pues, a esbozar los tipos especiales
de simuladores que es posible distinguir y aislar, gracias a su combinación con
otros caracteres complementarios, reconociendo que estos grupos podrán ser
completados o corregidos cuando observaciones mejores que las nuestras lo
demuestren conveniente.
Concretando, puede afirmarse que los simuladores
característicos llegan a serlo bajo la influencia de tres órdenes de causas que
provocan, acentúan o extreman el pequeño coeficiente de- simulación que todos
tenemos en nuestro carácter.
En primer lugar vemos algunos sujetos en quienes la
simulación se intensifica por efecto del medio social mismo, obedeciendo al
principio general que la determina: la utilidad en la lucha por la vida; son
los simuladores del tipo mesológico, cuyo carácter es esencialmente utilitario.
En otro grupo encontraremos a los que simulan por tendencia natural, fruto de
misteriosa predisposición hereditaria: los llamaremos simuladores congénitos.
Por fin, en otros casos, encontramos simuladores característicos cuyo carácter
se organiza sobre un terreno mórbido, constituyendo el grupo de los simuladores
patológicos.
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Entre
los primeros pueden distinguirse dos variedades principales: el astuto y el
servil; entre los segundos, el fumista y el refractario; entre los últimos, el
psicópata y el sugestionado.
astutos
mesológicos
serviles
Simuladores
fumistas
congénitos
refractarios
psicópatas
patológicos
sugestionados
Veremos las modalidades psicológicas de cada uno de
estos complejos caracteres, nacidos sobre el tronco común de los fraudulentos;
los pondremos en mayor relieve recordando casos típicos ilustrativos. Se
sobrentiende que los tipos esbozados serán característicos, es decir, sujetos
cuya tendencia a la simulación es acentuada. Además, los caracteres humanos
suelen ser complejos; veremos cuáles combinaciones favorecen más la simulación.
Digamos dos palabras sobre los artistas dramáticos en
sus relaciones con el tema que estudiamos. Podría considerárseles simuladores
profesionales, y, por ende, conferirles un sitio en el estudio de la psicología
de los simuladores. Pero, en realidad, no hay simulación en este caso; por un
acuerdo previo entre el artista y su público, está suprimido el objeto de
provocar una confusión entre el simulador y el personaje cuyos caracteres el
artista finge. Esta simulación es convencional y sólo tiene finalidades
estéticas, ajenas a todo engaño utilitario. Esta forma profesional es educable;
la carrera artística es un perfeccionamiento educativo de la aptitud para
simular. No olvidemos, sin embargo, que en los artistas dramáticos es frecuente
la autosugestión del personaje; pero ésta es una deficiencia en arte verdadero,
pues el ideal del intérprete es conservar la autocrítica de su rol, midiendo su
palabra, su gesto y su emotividad. La autosugestión facilita el desempeño de un
papel y transmite más intensamente al público la emoción del personaje
interpretado; pero también expone a yerros graves, por la pérdida del contralor
propio en el momento en que más se lo necesita.
Excluidos, pues, estos simuladores profesionales,
entremos al análisis de los grupos señalados.
VII. LOS
SIMULADORES POR ADAPTACIÓN AL MEDIO
Llamamos simuladores mesológicos a aquellos cuya
aptitud para simular en la lucha por la vida es determinada o acentuada por las
influencias del medio sobre el individuo.
Son los más numerosos, y su simulación es siempre
utilitaria. En la imposibilidad de vivir inadaptados a su medio social,
prerrogativa reservada a pocos caracteres superiores, consiguen vencer las
resistencias que se oponen a la
afirmación de su personalidad simulando las cualidades útiles y disimulando las
perniciosas.
Los simuladores de este grupo son exponentes del
ambiente social. Para no ser vencidos en la lucha por la vida, los individuos
pueden simular y disimular los sentimientos[15] de amor y
de odio, de respeto y de repugnancia, de cortesía y de indignación; suelen
reducirse a una hábil simulación y disimulación de los sentimientos.
Entre estos simuladores utilitarios, que se enmascaran
para adaptarse más provechosamente al medio en que viven, señalaremos dos
grupos bien caracterizados: los astutos y los serviles.
1º El simulador astuto sabe adaptarse hábilmente; es
la encarnación del "vividor", en la acepción más corriente del
vocablo.
Todos los hombres dotados de alguna astucia suelen
simular; pudiendo ser alguna vez el fraude condición de éxito en la lucha por
la vida, fuera ineptitud desdeñarlo sistemáticamente. En su canto XI del
Infierno, donde contempla a los violentos, los fraudulentos y los traidores,
escalonados en tres círculos, Dante puede exclamar sin exageración:
La frode ond'ogni
coscienza è morsa,
porque todos, poco o mucho, tienen sobre la conciencia
algún pecadillo fraudulento.
Pero sólo en pocos individuos la simulación astuta
asume proporciones predominantes, constituyendo el tono principal del carácter.
La personalidad de estos sujetos se afirma en terreno moralmente resbaladizo.
Dado el propósito utilitario de la simulación, llega a las zonas linderas de la
delincuencia, engendrando un tipo mixto de "simuladordelincuente".
Analizando la psicología del astuto, Ferriani dice que
sólo puede concebirse una astucia honesta: la usada para defenderse de las
simulaciones ajenas o para impedir que los astutos deshonestos realicen actos
perjudiciales a los demás. Es la única astucia defensiva contra la astucia
ofensiva.
En estos simuladores la mímica siempre está preparada
para la simulación; la fisonomía no denuncia el estado interior del sujeto. Si
se pretendiera conocer sus estados de alma por la observación de su fisonomía,
resultarían pueriles aquellas sentencias de Schopenhauer: "Todo rostro
humano es un jeroglífico que puede ser descifrado y cuyo alfabeto llevamos en
nosotros mismos. La fisonomía dice más sobre un hombre que sus palabras: es el
compendio de todo lo que seguirá en los pensamientos o en las acciones del
hombre. La palabra no reproduce el pensamiento de la naturaleza". (De la
fisonomía.)
Y fracasarían todos los que han estudiado las
reacciones de la' fisonomía y la mímica, desde Darwin y Spencer hasta Meynet,
Wundt, Mantegazza y Cuyer. El simulador logra su objeto porque los demás
hombres lo juzgan conforme a un prejuicio que el mismo Schopenhauer recoge:
"Cada uno parte tácitamente del prejuicio de que un hombre es lo que
parece"; pero, en verdad, el barbero Fígaro tiene con frecuencia razón
contra el filósofo".
La característica del simulador astuto es precisamente
educar sus reacciones emotivas de tal manera que jamás se traduzcan en signos
fisionómicos exteriores: evitar parecer lo que es. La cara no es el espejo de
su alma: el estudio y el hábito obtienen resultados prodigiosos. Cuando alguien
le narra una desgracia para pedirle consejo, el simulador astuto, husmeando
para más tarde un beneficio, se conmueve, palidece, llora, hace llorar al
narrador mismo: éste se admira de que aún exista sobre la tierra un hombre de
tan virtuoso corazón y cae fácilmente en las redes que luego aquél le tiende.
Es el príncipe de la simulación; dispone a su antojo de los resortes
fisiológicos para simular un estado de alma, haciendo creer a su interlocutor
lo que está simulando. Aquí aparece otro característico mixto: el
"simulador-mentiroso".
El mentiroso puro es un tipo diverso del simulador. La
mentira es una afirmación que contrasta con la verdad; la simulación es un
hecho. Un niño que afirme tener cien años, miente simplemente, sin simular. Un
niño que se disfrace de viejo, simula, no miente. La psicología del mentiroso
ha sido ya muy bien estudiada en monografías de Venturi, Melinand y Duprat.
En las formas astutas de lucha por la vida, la mujer
suele sobrepujar al hombre; algunas llegan a ser simuladoras profesionales en
la lucha sexual. Sin remontarnos a Schopenhauer, podemos comprobarlo en los
estudios de Viazzi sobre la lucha entre los sexos; y es notorio que en el más
expresivo de los poemas gauchescos, el hijo de Martín Fierro parece haberlo
aprendido del "Viejo Vizcacha": "Y menudeando los tragos - aquel
viejo como cerro - no olvidés, me decía, Fierro - que el hombre nunca ha de
creer - en lágrimas de mujer - ni en la renguera del perro".
Como en la lucha por la vida carece la mujer de medios
violentos eficaces, ha debido refinarse en los fraudulentos, alcanzando
superioridades que equilibran las del hombre.
En general, el astuto -observa Ferriani- rehuye la
lucha abierta y declarada, recurre a medios anómalos y marcha por senderos
tortuosos; carece de coraje para luchar a cara descubierta. Esa opinión implica
un juicio infundado; cuando el simulador se limita a aprovechar ciertos medios
de lucha no sospechados por los que le rodean, abusa de su superioridad de la
mismísima manera que el general, mediante una estratagema, consigue derrotar al
ejército enemigo. Y si a esto se llama superioridad en la guerra entre los
pueblos, dudoso es el derecho de afirmar que es inferioridad en la lucha entre
los individuos. El astuto tiene muy presente aquel consejo de Talleyrand a los
jóvenes: "Desconfiad del primer impulso porque siempre es generoso".
Es un estratega consumado en la lucha por la vida y ha aprendido a inhibir
todos sus impulsos, dirigiéndose por los consejos de la inteligencia. No
procede espontáneamente. Su conducta es siempre estudiada.
El simulador solemne es clásico; todos lo alaban y
nadie podría decir por qué; tiene cierto aire de suficiencia que impone; se ha
declarado respetable y todos lo respetan, aunque no se podrían describir sus
méritos ocultos. Para defenderse es ceñudo y poco amigo de tener confianzas;
por eso es necio, rematadamente, y de él parece hablar Quevedo cuando analiza
el origen y definiciones de la necedad: "Se declara por necio con felpas y
plumas de papagayo al que tirando de la gravedad como el zapatero del cordobán,
habla en tono bajo y pausado y a lo ministro, que parece saludador, en cuya
presencia, en vez de despacho y alivio, es confusión y desorden; buscando
retazos de razones imperfectas, pega unas con otras con más sentidos y
dificultades que un algebrista huesos de piernas a brazo quebrado".
(Discursos festivos.) Los hombres solemnes son los más despreciables
simuladores, pues viven temiendo que a la menor imprudencia se le caiga el
antifaz.
Tan famosos como los simuladores silenciosos son los
multiparlantes. Ya Montesquieu decía, en las Cartas persianas (LXXXIII), que si
hay algo más singular que las personas taciturnas y de gran talento, "son
las que saben hablar sin decir nada y que divierten una conversación durante
dos horas sin que podamos recordar una palabra de las que han
pronunciado". Son los parlanchines, que por acá llamamos
"macaneadores".
De estos últimos, algunos son pacíficos, y si molestan
no hacen daño; en diez minutos pueden contradecirse veinte veces y tienen el
tacto no aferrarse a ninguna de sus palabras, pues no expresan con ellas
opiniones. Otros son más incómodos, pues ofende su tenaz adhesión a los
dispares que por casualidad enuncian; ignoran que la más grave falta de respeto
consiste en discutir por testarudez o por espíritu de contradicción.
Los simuladores astutos encuéntranse en todos los
medios sociales y adaptan su simulación a todas las formas de la actividad
humana; los hay en los bajos fondos sociales lo mismo que en las altas clases;
simulan la efectividad o la cultura intelectual[16]; escalan
una posición política, huyen de la cárcel, conquistan una dote, estafan a un
imbécil, consiguen honores, seducen a una joven o sugestionan a una turba de
electores. Su fin es siempre el mismo: triunfar en la lucha por la vida; el
medio no varía: fingir, siempre fingir.
Muchos de los caracteres que suelen atribuirse
al-simulador astuto, pertenecen, como veremos, al simulador servil; entre ambos
debe evitarse confusión.
Para señalar algunos casos de simuladores astutos, a
fin de ilustrar estas páginas con ejemplos concretos, no habría más dificultad
que la elección.
¿Quién no recuerda, poco tiempo ha, el rapto de Gyp,
la escritora francesa, simulado con fines de reclamo? Su digno pendant debía
ser, naturalmente, la simulación del otro sujeto que se presentó --con fines
idénticos- a la policía de París, denunciándose raptor de la misma Gyp... que
no había sido raptada.
Frecuentísimas son, por otra parte, las simulaciones
de originalidad en la vida intelectual, los plagios; y las disimulaciones del
autor: los seudónimos. No podemos detenernos en su análisis.
Un caso típico de simulador astuto, con fines de
utilidad inmediata en la lucha por la vida, nos refirió el profesor Ramos
Mejía. Siendo él estudiante, un enfermo ingresó en el viejo hospital de Buenos
Aires, situado en la calle de Independencia, con úlcera varicosa en una pierna.
La curación se prolongó y el individuo se fue adaptando muy bien a la vida
holgazana del hospital. Cuando sanó de su úlcera comenzaron a notarse en él los
síntomas de la ataxia, que fueron acentuándose hasta completar el cuadro clínico.
Ese enfermo sirvió durante varios cursos para la enseñanza de dicha enfermedad
a los alumnos. Sólo después de utilizarlo algunos años como caso clínico, se
descubrió que el sujeto no era atáxico; había simulado serlo, imitando los
síntomas de un vecino de cama, para no perder las comodidades gratuitas que el
hospital le proporcionaba.
Otro caso, igualmente típico, observamos personalmente
hace poco tiempo. Un sujeto de buen humor, ya entrado en años, pero que aún
conservaba en vigorosa plenitud sus tendencias galantes, fue operado de una
afección sin importancia. Dos días después le oímos comunicar a un vecino su
propia desesperación; decía que le habían inutilizado para siempre y amoldaba
su fisonomía al estado de ánimo que es de imaginar. Supimos más tarde que el
enfermo simulaba haber sido castrado para ganarse la confianza del incauto
vecino y continuar impunemente sus amoríos con la sobrina del mismo.
Astutos simuladores profesionales eran aquellos
augures clásicos, que no podían encontrarse sin reír. Y también lo fue aquel
Pisístrato de quien dítenos Heródoto que, para satisfacer sus ambiciones
políticas, hirióse en varias partes del cuerpo y se presentó al pueblo diciendo
que le habían asaltado sus enemigos.
Fácil sería complementar el examen de las simulaciones
con el de las disimulaciones astutas[17]; según
hemos demostrado, ambos fenómenos son el anverso y el reverso de una sola
medalla, teniendo una finalidad y un mecanismo idénticos: todas las cualidades
morales se simulan si son útiles y se disimulan si son nocivas.
Simulando la bondad y la virtud medran en la sociedad
innumerables pícaros y viciosos; de esa manera parecen menos temibles y burlan
la confianza de los que creen en sus falsas cualidades. Hay quien simula la
lealtad, para traicionar más eficazmente; hay quien simula la modestia, para
que se le confunda con los grandes hombres que generalmente procuran no
estorbar a los torpes con su excesivo ingenio; hay quien simula la generosidad,
y todos conocemos esos falsos protectores que maniatan a sus protegidos; hay
quien simula la ecuanimidad, para herir mejor a las víctimas de su envidia; hay
quien simula la caballerosidad, ocultando el abajamiento de sus costumbres.
Toda virtud puede ser simulada, desde la caridad por el usurero hasta la
ilustración por el charlatán. En el "cuento del tío' -cuyas formas son
muchas más de las que persiguen las policías- todo el éxito depende de la
habilidad con que un "compadre" simula la candidez, haciéndose, como
aquí suele decirse, el "otario".
La simulación de la estupidez es una de las más
generalizadas y provechosas. Dado el enorme porcentaje de personas que odian
cordialmente todo lo que difiere de ellas mismas, `hacerse el zonzo" es un
recurso incomparable en la lucha por la vida y factor seguro en el éxito en el
trato con personas que son tontas de verdad. Quien necesitando empleo
demostrara a su futuro jefe aventajarlo en inteligencia o ilustración, sería
sustituido en la elección por otro que no pudiera constituir con el tiempo un
temible rival en la lucha por la vida, sostenida también por el superior.
Las mujeres de poco talento suelen temer a los hombres
"demasiado corridos". Los, profesores mediocres tiemblan de que
ingrese al cuerpo docente un profesor brillante; prefieren a los que no pueden
echarles sombra, similia similibus. Y en todas partes, poco más o menos, la
banal tontería es preferida a la agudeza de ingenio.
Por eso es frecuente que los hombres de mucho talento
y de virtudes severas disimulen esas cualidades en su trato diario con personas
de mente obtusa o de moralidad equívoca. Al que es evidentemente superior, sólo
puede soportarlo si presenta defectos o fallas que hagan tolerables sus
cualidades; el que no tiene los defectos, debe simularlos, para ser tolerado;
la prudencia lo exige. Si naciera un hombre perfecto no se le permitiría vivir,
nadie lo perdonaría; sería indispensable que simulara algunos vicios o
tonterías para calmar la alarma o la envidia de los demás. Cuando Eneas
descendió a los infiernos, para ablandar al monstruo que vigila sus puertas,
llevó una torta y la arrojó al gaznate del Cerbero: "El mérito -comentó
Helveciopara calmar el rencor de sus contemporáneos, debe echar la torta de
algún ridículo en la garganta de la envidia". Parecer tonto y tolerante de
la tontería ajena, parecer condescendiente con la ajena picardía, es el tributo
de simulación que la sociedad exige al ingenio y a la virtud.
Y, repetimos, a cada instante presenciamos estas
simulaciones astutas; en el hogar y en el club, en el comercio y en las artes,
en la iglesia y en los parlamentos.
2º Para discurrir serenamente acerca del simulador
servil, fuera menester librarse de la antipatía que provoca en todo espíritu
honesto. Servil es antítesis de hombre. Se es siervo por necesidad y servil por
elección. El primero despierta lástima o simpatía; el segundo sólo engendra
repugnancia. La vida del hombre servil es un eslabonamiento infinito de
simulaciones. Se ha observado que las clases dominantes, de todas las épocas y
en todos los pueblos, han cultivado el servilismo de las masas mediante la educación,
para asegurar mejor la perennidad de su dominio; así adquiere el hombre servil
una moral propia, según la cual sus más íntimas tendencias y deseos son
disimulados y sustituidos por otros que son del amo o señor. "Serviles
-dice Sergi- son todos los que sirven y están dispuestos a servir a los
poderosos; los que se prestan voluntariamente, con su fuerza física o con otros
medios, a vencer o castigar a las personas consideradas como rebeldes o
contrarias a la voluntad de un dominador, aunque sea del momento; son los que se oponen a toda
manifestación de sentimientos independientes o libres, ya sea por la palabra,
ya por medio de escritos; también lo son quienes quisieran que todas las
personas adorasen a los gobernantes, aprobaran siempre sus actos y se dejasen
manejar como carneros, seres inferiores entregados al capricho del amo".
(Le degenerazioni umane.)
En la genealogía de los simuladores serviles
encontramos dos ramas diferentes. Algunas veces trátase de individuos que,
después de haber sido espontáneos y sinceros, sucumben en la lucha por la vida,
viéndose obligados a amainar su penacho, a disimular su verdadero carácter y
simular el requerido para recuperar posiciones perdidas en la lucha por la
existencia; este simulador es, en realidad, un sincero derrotado, que se
resigna a fingir. Otras veces se trata de sujetos débiles e inferiores, que
tienen suficiente flexibilidad para seguir sistemáticamente en la vida el
camino de las menores resistencias; viven sin personalidad propia, ocultando
todo cuanto pudiera ser una traba en su carrera y fingiendo todo lo que puede
captar favores, simpatías, benevolencias. Ese tipo psicológico es perjudicial
a la sociedad; además de ser conservador
es reaccionario y se opone a todas las iniciativas de los innovadores.
Psicológicamente, ambos tienen una textura compleja.
En la del primero se fusionan el ambicioso, el cobarde
y el prudente; en la del segundo el apático, el tímido y el impotente.
Muchos espíritus hermosamente originales, rebosantes
de jactanciosa independencia, caen al fin en la simulación servil, adaptándose
a las imposiciones del ambiente social que ha neutralizado su personalidad
hasta confundirlos con la masa de los amorfos; otros, más hábiles en su
docilidad adaptiva, llegan hasta fingir el aplauso al enemigo de ayer,
resignándose a servir al que no pueden vencer. Y del segundo tipo conocemos un
colega, cuya evolución mental y social hemos seguido paso a paso; la naturaleza
fue avara con él de dones intelectuales, pero pudo cursar su carrera,
constituyéndose en puntual discípulo y servil admirador de todos los
profesores. Jamás aparentó dudar de sus palabras, ni se atrevió a faltar a sus
lecciones, ni olvidó clasificarlas de insuperables; con ese entrenamiento salvó
examen tras examen, sin perder un solo año. Y cada vez que aprobaba una materia
frotábase las manos satisfecho, aconsejando a los reprobados: "Con fingir
admiración a los profesores, no hay
necesidad de leer un solo, libro".
Si persistiésemos en esbozar las principales figuras
de simuladores serviles encontrados en la vida, nos expondríamos a llenar
infinitas carillas que evocarían siluetas harto conocidas. Podríamos recorrer
la escala que va del cortesano -por temperamento o por hábito- hasta el
pesquisante, dispuesto a perseguir mañana a sus amos de hoy; y también
encontraríamos a los "meneurs" y caudillos, siempre esclavos de las
muchedumbres que creen dirigir.
Sólo citaremos un caso curioso muy conocido, que no
deja de ser interesante. Dos españoles, pertenecientes a la masonería, vivían
de la propaganda anticlerical, publicando pasquines y panfletos virulentos
contra el catolicismo. El negocio comenzó a declinar; entonces los sujetos se
presentaron a la iglesia del Salvador de Buenos Aires, abjuraron de su fe
masónica y entregaron sus invendibles ediciones de panfletos anticlericales,
con los que se hizo público auto de fe en la nave principal de dicha iglesia. En
seguida hiciéronse propagandistas de los Círculos de Obreros católicos,
redactando su órgano oficial y dando a luz numerosos panfletos contra la
masonería. Por supuesto, la conversión era simulada, como todos sus nuevos
escritos y discursos; ello no obstó paré que durante mucho tiempo explotaran la
interesada credulidad de los católicos mediante esa grotesca simulación.
También podríamos citar muchos políticos, reputados
por su elocuente retórica electoral, cuya característica es defender siempre
los candidatos del partido que está en el gobierno; si llegan a turnarse
diversos partidos, ellos simulan en los diversos casos la misma sinceridad y
ardoroso entusiasmo, lo que les vale magníficos triunfos en la lucha por la
existencia.
Abreviaremos esta página poco simpática; la pluma no
encuentra en ella inspiraciones, ni el carácter ejemplos. Estos simuladores
serviles producen nefastos efectos sociales; quien quiera medir la perniciosa
acción de los que así sobreviven y triunfan en la concurrencia social, lea las
páginas brillantes que Sergi les dedica en el capítulo "Siervos y
serviles" de sus estudios sobre las degeneraciones humanas.
VIII LOS
SIMULADORES POR TEMPERAMENTO
Hemos dicho que existen dos grupos de factores
esenciales. Los mesológicos, propios dei ambiente, producen el simulador
adquirido; los orgánicos, propios del temperamento individual, caracterizan al
simulador congénito. Así como hay mentirosos, valientes, avaros, ambiciosos que
lo son por temperamento y a pesar de todos los obstáculos que el medio puede
oponer a su peculiaridad psicológica, así hay también simuladores natos, en
quienes predomina el factor orgánico en la determinación de la tendencia a simular.
En los de este grupo puede no existir un propósito
socialmente utilitario; así como el mentiroso-nato miente por satisfacer un
impulso de su cerebro, como el pródigo-nato derrocha su fortuna sin medir las
desventajas que ello le reporta, como el delincuente-nato se ensaña en la
víctima por carecer de sentido moral y no porque en ello tenga lucro, el
simulador-nato simula desinteresadamente; la simulación es el fin de su
conducta y no un medio para obtener ventajas de otra índole. En este sentido
puede considerarse como un juego; y es
sabido que el valor biológico de este
último consiste en que tiende siempre a adoptar formas de actividad
específicamente útiles para la mente y para el
cuerpo.
Todo lo dicho puede generalizarse a los disimuladores
de esta misma categoría. Estudiaremos aquí los tipos mejor caracterizados
del grupo: el simulador fumista y el
simulador refractario.
1º Hemos conocido algunos
simuladores fumistas. Sujetos mentalmente superiores, hiperestésicos e
hiperactivos a la vez, exuberantes de vida y de alegría, su ocupación
característica es deleitarse en "tomar el pelo" a los tontivanos,
haciendo un verdadero deporte de la fisga; "burla que se hace de una
persona, con arte, usando de palabras irónicas o de acciones disimuladas",
según la define el Diccionario de la Academia. Esa forma de juego, a puro
ingenio, suele llevarlos a simulaciones extraordinarias, elevándolos de muchos
modos sobre los demás simuladores.
El fisgón, "que tiene por costumbre fisgar o
hacer burla", según la Academia (palabra española equivalente a la
francesa fumiste aunque incapaz de reemplazarla) no simula para adaptarse a las
condiciones de lucha por la vida, sino por tendencia natural, expresión, acaso,
de simulaciones utilitarias de sus antepasados, transmitidas hereditariamente
como tendencia psicológica. El objetivo del fumista simulador está en la
simulación misma y en el placer intelectual que le reporta realizar su propósito.
Es, a menudo, un artista de la simulación: trabaja, apasionadamente, por amor a
su arte.
La base fisiológica de este tipo suele ser una
exuberante salud física, moral e intelectual; sin ella el organismo no tiene el
exceso de energías que el fumista derrocha sin propósito útil, por simple
satisfacción de su temperamento. La risa, como fenómeno psicológico -no como
expresión mímica, que puede ser inconsciente y muequear sobre el rostro de los
idiotas-, es un privilegio de la salud y de la superioridad intelectual, como
lo demostró Hermenio Simel en su Apología de la risa[18]; entra
abundantemente en la psicología de este tipo. Diríanse escritas por un
superhombre fumista las palabras de Nietzsche: "¡De esta corona de risa,
de esta corona de rosas rientes me he coronado; he proclamado sagrada mi risa!
... esta corona de risa, esta corona de rosas rientes, a vosotros, hermanos, os
la arrojo! ¡He proclamado sagrada la risa! ¡Hombres superiores: aprender, pues,
a reír!" (Zarathustra).
Su derroche de actividad prueba que el fumista posee
energías sobrantes en la lucha por la vida. El hombre inferior limítase a
economizar, aprovechando útilmente lo que posee para no ser vencido; el juego
desinteresado es un derroche y revela superioridad.
Esta última condición le permite fisgarse de los
individuos que, no encontrándose en igual caso, luchan ineptamente por la vida.
No le guía el propósito malsano de perjudicar a las víctimas de la simulación:
sólo busca el deleite de precipitar a otros espíritus en los despeñaderos de
sus ficciones. Los candidatos para la práctica de la fumistería no son siempre
el tonto y el ignorante; el éxito sobre ellos no reportaría al fisgón grandes
satisfacciones intelectuales. Cuanto más ilustradas e inteligentes sean las
víctimas, tanto mayor es el éxito; el fisgón tiene, casi siempre, cierto
orgullo de la propia superioridad; eso, en ciertos casos, le hace cruel con los
vanidosos y solemnes, que prefiere como víctimas de su fisga.
La psicología del simulador-nato es compleja, entran
en su composición el ironista, el pícaro y el impertinente. Pero todos esos
rasgos están convergiendo hacia el objetivo principal: la simulación.
Como casos clásicos de simuladores-fumistas son dignos
de recordarse los de "Lemine Terrieux" y "Leo Taxil", ambos
franceses, que alcanzaron renombre universal.
Lemine Terrieux -nombre que suena Le Mysterieux: el
misterioso- es un distinguido escritor francés, colaborador de revistas
literarias, ultramodernas. Este fisgón simuló, durante muchos años, una serie
de inventos y sucesos que descansaban sobre un absurdo, disimulado siempre tras
apariencias lógicas; la prensa, las sociedades científicas y el mismo gobierno
les prestaron su atención, estudiándolos detenidamente. Llegó, según refieren
las crónicas, a engafiar a la misma Academia de Ciencias. Con motivo de un
accidente ferroviario, presentó una memoria a la Academia exponiendo la manera
de evitar los accidentes; esa corporación científica la tomó en consideración,
apercibiéndose después que se trataba de una colosal simulación científica, la
más absurda que imaginarse pueda.
"Leo Taxil" -de pila: Gabriel Jogand Pagés-
ha realizado el récord de la fumistería. Durante doce años simuló ser ardiente
católico, dedicándose a combatir la masonería. Inventó un Rito Paládico o culto
de Satanás, para combatirla: una querida suya, también fisgona, simuló ser gran
sacerdotisa del Paladismo, convertida por Taxil. La cosa llegó hasta engañar al
mismo papa León XIII, quien recibió en audiencia particular al gran fisgón
Taxil y mandó su apostólica bendición a la sacerdotisa convertida. Por fin, el
formidable fisgón, ante el público más selecto de París, reunido en los salones
de la Sociedad Geográfica, describió personalmente todos los detalles de su
memorable farsa, declarando que la había organizado por puro placer y porque
era fumista nato...
En Francia parecen abundar los grandes simuladores
fumistas. Entre sus literatos contemporáneos son numerosísimos los que aparte
de sus méritos literarios poseen el talento de esta simulación. Mallarmé tiene
en sus libros páginas llenas de puntos suspensivos, que el lector debe
interpretar subjetivamente. Peladan simula ser gran sacerdote de ritos que no
existen, y dice profesar el culto del androginismo, D'Annunzio (italiano que ha
sufrido contagios franceses) ha simulado en sus primeros libros ser partidario
del-amor sororal, y pueden considerarse como simples ficciones los- más de sus
"refinamientos" amorosos. Se comprende que el primero no ha creído
que significaron algo sus puntos suspensivos, ni el segundo, aspiró a
convertirse en andrógino, ni el tercero amó a sus hermanas: son simplemente
estetas de la fisga. En verdad, Nordau ha incurrido en error interpretando como
signos degenerativos algunos hechos simulados, simple producto de una
fumistería complicada de estetismo.
2º En la vida social desfilan sujetos inadaptados o
inadaptables a su ambiente; algunos son pasivos y quedan derrotados en la
lucha; otros reaccionan contra las condiciones del medio, convirtiéndose
frecuentemente en simuladores. Estos simuladores refractarios[19]
son el producto de importantes factores orgánicos, pero sólo exteriorizan bajo
especiales influencias del medio.
En ellos la simulación no es, como en los fumistas, el
fin de sí misma. Lo que le lleva a simular es el deseo de disonar con su
ambiente, disgregando las ideas de los individuos entre quienes viven y luchan;
son sujetos cuya finalidad es negativa y cuya simulación suele serles
perjudicial.
Hacen el efecto de aquellos individuos que se
disfrazan de fantasma para asustar a los demás, y acaban por recibir una bala
enviada por alguno de los que debían asustarse. Suelen considerar malo su
ambiente, al cual no saben o no pueden adaptarse. Sus actos son contradictorios
con los ajenos; pero no son espontáneos, sino disimulados. Son divergentes,
intencionalmente dispuestos para hacer resaltar lo que consideran malo, injusto
o inútil en su medio.
En su compleja psicología se combinan elementos
aparentemente heterogéneos. Hay algo de místico, de orgulloso, de esteta y de
descortés, engarbado en el mosaico de la simulación. Ofrece este tipo dos
ramificaciones compuestas, con fisonomía propia, el poseur y el epáteur. El
primero es un refractario combinado con un vanidoso y un esteta; el segundo
resulta de la anastomosis del refractario con el exhibicionista y el paradojal.
Es refractario el niño que en la escuela simula no
poder á prender sus lecciones, cuando ya las sabe, por espíritu de indisciplina
y como protesta contra las exigencias de un maestro inepto; la joven que simula
odiar un candidato a esposo, rico y joven, aunque en realidad lo anhela; el
creyente que simula ser ateo para enfrentar los excesos de su familia compuesta
de beatos; el sabio que se finge ignorante para mortificar a un grupo de
pedantes; el bueno que simula ser malo, para protestar contra la hipocresía de
los tartufos, etcétera.
Hemos conocido un caso típico digno de recordarse: un
joven estudiante de ingeniería, de inteligencia clara e ilustración estimable,
aunque neurópata. El medio familiar y el ambiente social en que vivía no eran
de su agrado; los frenos domésticos y las conveniencias sociales le torturaban
insufriblemente. En esas condiciones leyó libros anarquistas, encontrando
exacta su parte negativa, la crítica de las costumbres e instituciones
sociales, aunque no se convenció de la eficacia de la violencia para reformar
la sociedad. No obstante su disconformidad con las ideas del anarquismo, simuló
pertenecer a esa secta, y especialmente a su grupo más exaltado: el de los
individualistas dinamiteros. Su objetivo era mostrar a los individuos del medio
en que vivía cuán absurdas eran sus mentiras -convencionales. A esta
fundamental simulación del anarquismo agregó otras secundarias no menos
curiosas. Así, por ejemplo, frente a la indiferencia de los demás ante su
anarquismo, orientó su conducta por un sendero de simulación habitual; todos
sus actos, uno por uno, eran lo inverso de lo que en igualdad de circunstancias
hubiera hecho otro individuo. Vestía en pugna con la estética más elemental,
pudiendo engalanarse con rica indumentaria; vivió varios años en los más
plebeyos conventillos: simplificó sus comidas hasta desbordar los límites
fisiológicos de la nutrición mínima; en el orden moral simuló adoptar las
doctrinas de resistencia pasiva predicadas por Tolstoy, a fin de mostrar cuán
despreciables son los hombres violentos.
Entre las simulaciones secundarias, la más interesante
fue la de su propia temibilidad. Siendo el sujeto más inofensivo, simulaba ser
peligroso, para que las autoridades se preocupasen de las doctrinas que fingía
profesar; hízose arrestar en un mitin obrero, con el único propósito de exhibir
un enorme cuchillo al ser revisado por la policía; de esa manera -pensaba- las
autoridades y la burguesía, espantadas por el, anarquismo, procurarían corregir
los males que minan la sociedad contemporánea.
Este simulador desistió al fin de sus curiosas
ficciones; dejó el anarquismo, resignándose a distanciarse del medio social a
cuyos prejuicios e hipocresías no sabía adaptarse.
IX. LOS SIMULADORES
PATALÓGICOS
Quien haya frecuentado por algún tiempo una clínica de
patología mental, sabe cuán frecuente es la tendencia mórbida a la simulación,
a veces subconsciente o automática. Krafft-Ebing ha señalado los trastornos de
la fantasía, determinados en los locos por asociaciones mentales mórbidas,
llevándolos tan pronto a la mentira como a la simulación. Hemos visto docenas
de enfermos que han fingido síntomas aislados o cuadros clínicos completos, ora
con el propósito de interesar al médico por su salud, ora engañándose sin un
propósito especial bien definido. Fuera de los consultorios y de las salas de
hospital, el hecho se presenta a los médicos con igual frecuencia, aunque bajo
aspectos muy variables. En numerosos desequilibrados y anormales suele existir
una marcadísima tendencia a la simulación, que se manifiesta en cualquier
circunstancia de manera irresistible para el simulador, como si el hábito mismo
la convirtiera en un fenómero automático. Estos sujetos son los que se llaman
simuladores-patológicos.
El contralor de la conducta está en ellos perturbado
por una anomalía del funcionamiento mental; resulta de ello un pérdida del
"sentido de la adaptación al medio", de que el sujeto tiene
conciencia o subconciencia, procurando compensarla mediante simulaciones
complicadas.
En algunos de estos sujetos la simulación es un
resultado directo de la anormalidad mental: son los psicópatas. En otros es un
producto indirecto, pues el desequilibrio psíquico exagera la sugestibilidad
del individuo y lo predispone a simular bajo la influencia de otro sujeto: son
los sugestionados.
1º La tendencia a la simulación en los degenerados, no
escapó a la aguda perspicacia de Morselli. "La falsedad del carácter es
también anomalía frecuente en los degenerados; ofrecen una tendencia
irresistible a mentir, a fingir, a disimular, a calumniar. Muchos se tejen una
vida de embustes, y no siempre porque ello les convenga. Típico del
desequilibrio del carácter es afirmar distraídamente una cosa, un hecho, sin
reparar en las consecuencias de la afirmación; después se le sostiene con el
empecinamiento habitual en los espíritus pequeños, hasta que, a fuerza de
repetirla, transfórmase por autosugestión en una creencia sincera (falsificación de los recuerdos,
ilusiones de la memoría)" Aquí reside el origen de la simulación
inconscíente que se observa en tantos degenerados, llegando al colmo en los histéricos. Y definiendo algunas
modificaciones del carácter de los alienados, debidas a la exageración de los
sentimientos egoístas, dice: "carácter falso (astucia, complacencia en la
materia y fecundidad de invención para calumniar, propias de la histérica, del
querulante, del loco razonante; mendacidad desvergonzada del alcoholista, el
morfinómano, el ebefrénico masturbador; obsequiosidad hipócrita del epiléptico;
picardía y tenaz premeditación de todos los alienados movidos por alguna idea
impulsiva a cometer actos perjudiciales y criminosos, por ejemplo: el incendio
o el suicidio; disimulación del paranoico delirante y alucinado; etc.)"
No repetiremos las exageraciones tocantes a las
relaciones entre la histeria y la simulación; los trabajos de clínicos
distinguidos, principalmente de Giles de la Tourette y Pierre Janet, han
demostrado que muchos de los fenómenos que se creían simulados son
esencialmente patológicos, ajenos a la voluntad del sujeto, debidos a fenómenos
de subconsciencia, automatismo, restricciones del campo de la conciencia,
etcétera. En este grupo se observan dos formas clínicas diversas. En un caso la
enfermedad determina una tendencia mórbida a la simulación consciente; en el
otro la enfermedad, mediante torcidos procesos psicológicos, arrastra al
enfermo a simular inconscientemente. La anormalidad mental suele impedir una
apreciación exacta de las condiciones en que se presenta la lucha por la vida;
además, como observa Morselli, las mentiras y las simulaciones voluntarias,
"frecuentísimas en los alienados, los degenerados y las histéricas,
reiterándose, pueden terminar por ser creídas sinceramente"; la mendacidad
y la simulación tórnanse, con el tiempo, involuntarias.
Caben en este grupo algunos tipos intermedios entre la
salud y la locura, ya recordados. Estos individuos, por su deficiencia mental,
no consiguen armonizar su conducta con el medio en que viven; esa inadaptación
real los induce a colocarse en terreno falso, simulando adaptaciones ficticias,
creyendo que ellas facilitarán una lucha que no aciertan a planear en
condiciones normales. Otras veces la simulación es producida por la morbosidad
psíquica y no tiene ningún propósito -real ni ilusorio- de lucha o adaptación.
Un caso extraordinario, clásico en la historia de la
neuropatología, es el referido por Giles de la Tourette, relativo a la célebre
Sor Juan de los Ángeles. Aquella histérica creía ser poseída a menudo por un
sujeto que la violaba vigorosamente, en complicidad con diablos y otros seres
sobrenaturales; afirmó encontrarse encinta, y como no faltaron algunos de los
signos físicos de su embarazo simulado, el inocente sujeto que ella acusaba
como autor de sus alucinaciones fue condenado.
Conocemos un caso singular de simulación en una
histérica ansiosa de tener prole. A fuerza de desearlo, comenzó su abdomen a
aumentar lentamente de volumen y se suprimieron ciertas funciones periódicas de
su organismo. Consultó a varios médicos que no atinaban a complacer su
pretensión de ser madre; hubo uno, por fin, más inepto o más complaciente que
le diagnosticó embarazo extrauterino, indicándole el nombre de un distinguido
cirujano a fin de hacerse operar. Éste, sugestionado por el diagnóstico de su
colega, encontró en realidad algunos síntomas de probabilidad, creyendo por
autosugestión encontrar otros de certeza, sugestión contagiada a uno de sus
practicantes, que creyó "oír" latidos donde simplemente sospechaba el
otro. Se procedió a operar a la enferma y se encontró "peritonismo
histérico", es decir, hinchazón producida por gases. La simulación había
transformado en convicción obsesiva su deseo de maternidad; las únicas víctimas
fueron el operador y el agregado que "oyó los latidos".
Otro caso de neurópata simulador merece, por lo
extraordinario, recordarse en pocas líneas. Se trata de un original literato,
enfermo de neurastenia cerebral, con impulsos ambulatorios conscientes, pero
irresistibles; un caso de aquellos que frecuentemente llegaban a la clínica de
Charcot: sujetos que viajaban al azar, sin objetivo y sin rumbo, repitiendo en
la vida real la leyenda de Ashavero. Este enfermo posee en grado sobresaliente
varios caracteres psicológicos; sobre fondo enteramente psicopático es genialoide,
simulador, mentiroso y generoso; todo en grado característico. Ha simulado los
hechos más inverosímiles, sin tener en ello la menor utilidad, ni siquiera el
deseo de ser creído. En un caso le vimos convertirse en cerebro y brazo de una
terrible asociación secreta, cuyo nombre envidiárale cualquier delirante
sistematizado: "Liga Americana de la Democracia pura"; consiguió
iniciar a varios jóvenes en los misterios de la sociedad consagrándolos
reformadores sociales y profetas del americanismo. Sabiendo que sus viajes son
el resultado de impusos irresistibles de duración variable, llegó a simular que
respondían al propósito de ejecutar misiones de la asociación creada por su
fantasía. Realizó otras curiosas simulaciones, hostigado por sus anomalías
mentales. Para eludir el modesto compromiso de un banquete ofrecido a varios
amigos, simuló haber muerto, haciendo distribuir las esquelas de invitación a
sus exequias fúnebres. Otra vez simuló intenciones homicidas contra un joven
colombiano, cobohemio suyo; recorría las calles de Buenos Aires anunciando a
voz en cuello que le asesinaría; pero, al encontrarle, todo terminó en un
caluroso abrazo de cofrade. Simuló diversos viajes a Montevideo, con el
propósito imaginario de reñir con otro joven, desequilibrado como él, que había
plagiado algunos de sus escritos; pero jamás realizó 'sus viajes, limitándose a
no salir de su habitación por todo el tiempo que simulaba estar ausente. Por
fin, ha simulado numerosos hurtos con el propósito de verse enredado en montepinescas
aventuras policiales y, según nos ha manifestado, para estudiar el ambiente
carcelario y la psicología de los delincuentes, que -nuevo Dostoievsky- deseaba
utilizar como material para una novela naturalista.
Es un simulador-mentiroso, mixto, caso típico de los
que Delbrück llama "pesudología fantástica", estudiados también por
Koppen y Kraepelin.
En la parte especial de esta obra ("La simulación
de la locura") estudiamos con minuciosidad la psicología de los
delincuentes en sus relaciones con la tendencia y la aptitud para simular, así
como el estado mental de los simuladores de la locura, punto asaz
controvertido, especialmente por los psiquiatras y crimínologistas italianos;
algunos de ellos -creyendo que puede ser un argumento en favor de las teorías
de la Escuela- pretenden que la simulación de la locura es una característica
del delincuente nato, opinión que no compartimos:
Es harto conocida la importancia que tienen en
medicina legal las simulaciones de los neurópatas en general y particularmente
de los histéricos. Para eludir cuestiones incidentales suprimimos cualquier
consideración al respecto[20]
2º La vida en sociedad es intrincada red de
sugestiones de toda índole. Se extiende desde la útil sugestión del maestro
sobre el alumno, hasta la perniciosa de un condiscípulo perverso; desde la
caricia bondadosamente sugestiva de la madre hasta el cáliz de voluptuosidad en
que las rameras ofrecen tentadores refinamientos; desde el ejemplo educador dei
laboratorio hasta el veneno de una amistad malsana. Todo en la vida es fuente
de sugestiones que pueden llevar al mal como al bien: se transforman, se adaptan
a las exigencias de cada edad, de cada profesión, de cada temperamento, de cada
ambiente.
Si la sugestión es fuerza omnipotente -pues así como
frecuentemente observable; bajo la influencia de sugestiones diversas algunos-
individuos son arrastrados a hacer de la simulación un hábito irresistible.
Si la sugestión es fuerza omnipotente -pues así como
arrastra al delito a un degenerado mental, lleva al heroísmo a un entusiasta y
al martirio a un místico- lógico es que en circunstancias especiales induzca a
la simulación, o encamine en este sentido las tendencias de un sujeto ya
predispuesto al fraude.
En la psicología de este tipo suelen combinarse
diversos caracteres convergentes, aunque derivados de grupos diversos; se suman
la credulidad, el misticismo y el estetismo, mezclados con la vanidad, el
exhibicionismo y la mentira. Algunas veces se descubre una simulación de
audaces perversidades en sujetos ingenuos, inocentes; así en un literato
inteligente, pero degenerado, comprobamos detrás de una irresistible tendencia
al erotismo simulado, la castidad y el
onanismo.
El simulador-sugestionado lo es de segunda mano. El
impulso para simular le viene de otros individuos. En psicología colectiva se
sabe que la sugestión de la masa sobre
el individuo puede arrastrarle a simular cosas que en realidad no ha hecho, ni es capaz de
hacer; en una reunión de huelguistas la
sugestión del ambiente era tan grande que muchos entusiastas simulaban haber
apaleado a obreros que no se adherían a la huelga; uno de ellos, incapaz de
ninguna acción mala, simuló lesiones que dijo recibir en la refriega con el
apaleado, imitando, sin saberlo, el clásico ejemplo de Pisistrato. Más tarde se
asombraba de la sugestión del medio, que
le había inducido a simular la realización de actos contrarios a sus sentimientos.
Otras veces la sugestión es individual e indirecta.
Conocemos un colega, sugestionado por otro, que para ser estimado y respetado
cree debe parecérsele; simula su manera de hablar y sus gestos, y, por hábito,
lo hace ya inconscientemente, con pleno automatismo. De sugestión indirecta nos
dan abundante ejemplo los snobs, que simulan los gustos e ideas que están de moda. Entre los
literatos novicios es frecuente encontrar sujetos que simulan poseer malas
cualidades, creyéndolas verdaderas en los fumistas por quienes están sugestionados; el snob literario suele
fingir todo lo que cree verdadero en sus
modelos.
Un joven literato, sugestionado por los decadentes
franceses, creyóse obligado a simular los refinamientos y vicios fingidos por
éstos, conceptuándolos verdaderos. Simulaba ser maricón, haschista, morfinómano
y alcoholista; vestía trajes raros; trasnochaba en los cafés, simulando estar
ebrio, aunque sentía repulsión orgánica por las bebidas alcohólicas. Simuló
estar enamorado de una joven que decía víctima de la lujuria infamante de su
propio padre; de esta simulación le nació la ocurrencia de simular un suicidio,
después de haber simulado un pretendido envenenamiento de su supuesto suegro y
confesarse arrepentido de ello. Todo era producto de sus pueriles sugestiones,
fruto de las fumisterías de los estetas y superhombres cuyas obras leía con
predilección y bajo cuya influencia vivía.
Agregaremos que es común observar la auto-sugestión en
muchos simuladores, que al fin realizan con sinceridad sus simulaciones. Igual
fenómeno ocurre- con los otros fraudulentos; algunos mentirosos acaban por
creer sus propios embustes, y muchos imitadores se convencen fácilmente de su
originalidad. Por otra parte, conviene reconocer que muchas veces hay un fondo
sincero en lo que se simula: el sólo hecho. de querer, fingir algo significa
que el individuo estima o desearía poser la cualidad simulada.
X. CONCLUSIONES
El carácter humano, como instrumento de adaptación de
la conducta al medio, es una expresión sintética de la personalidad. El estudio
de la psicología de los simuladores se refiere a una modalidad sintética
del-carácter, caracterizada por el predominio de la simulación.
En la composición del carácter intervienen diversos
elementos de la personalidad; el predominio de algunos produce tipos que pueden
clasificarse como sensitivos, intelectuales y volitivos. Sobre esos tipos las
cualidades predominantes constituyen los diversos "caracteres
humanos".
Los "hombres de carácter" luchan
intensamente por la vida y están diferenciados de la masa compuesta por los
"sin carácter". La, mayor intensidad en la lucha por la vida implica
una intensificación de los medios de lucha.
Todos los hombres son simuladores, en mayor o menor
grado, siendo ello indispensable para la adaptación de la conducta a las
condiciones del medio. Pero la simulación es la nota dominante en el
"simulador característico", en quien la simulación es el medio
preferido en la lucha por la vida.
Existen dos grupos de simuladores: los congénitos y
los adquiridos. En los primeros predomina el temperamento individual; en los
segundos, la influencia del medio social. En otros casos la tendencia a simular
surge sobre fondo patológico.
Por la combinación de su carácter fundamental con
otros secundarios, los simuladores pueden clasificarse en tres grupos y seis
tipos principales. Los simuladores mesológicos ("astutos" y
"serviles"); los simuladores por temperamento ("fumistas" y
"refractarios"); los simuladores patológicos ("psicópatas"
y "sugestionados").
Los simuladores mesológicos, determinados por el
ambiente, exageran una forma normal de lucha por la vida; los astutos y los serviles son harto
numerosos. Los simuladores por temperamento y los patológicos constituyen una
minoría; la simulación no es, para éstos, un medio de adaptación a las
condiciones de la lucha por la vida, sino el exponente de una modalidad
psíquica especial.
CAPITULO
V
SIMULACIÓN
DE ESTADOS PATOLÓGICOS
I. Su utilidad en la lucha por la vida.
II. Difusión de estas simulaciones.
III. Objetivo uniforme de sus diversas formas.
IV. Principales aspectos clínicos: eludir el servicio
militar, explotación de
la beneficencia, simulación de la locura.
V. Enfermedades que pueden simularse.
VI. Simulación de la salud (enfermedades disimuladas).
VII. Conclusiones.
I. SU UTILIDAD EN
LA LUCHA POR LA VIDA
Siendo este ensayo una introducción al estudio
particular de la simulación de la locura, justo será examinar con diligencia
cierto grupo de simulaciones que conexiona el tema general con el asunto
especial de la parte siguiente.
Slocker, autor de la mejor monografía sobre
enfermedades simuladas, ve el asunto a través de su preocupación personal y
descubre en las enfermedades simuladas los problemas de mayor importancia que
se presentan a la consideración del médico. En verdad, no puede compartirse tal
opinión; al médico le interesan más, sin duda, las enfermedades verdaderas.
Hacemos esa pueril salvedad para agregar que no es
nuestro propósito abordar el tema siguiendo la vía trazada por los
profesionales que han visto la cuestión médica, desconociendo la cuestión
humana. No han sospechado que una amplia ley biosociológica encuadra esos
fenómenos en un marco general, abarcando todos los fenómenos de simulación en
la vida biológica y social. Se ha estudiado en las enfermedades simuladas el
hecho clínico y médico legal, ignorándose su aspecto psicosociológico. Para lo
primero basta ser médico; para lo segundo requiérense otros conocimientos
cintíficos, ajenos al bagaje mental de los profesionales de la medicina.
Léese en todos los autores que Hipócrates, Galeno,
Ambrosio Pareo, Silvaticus, Fidelis, Zacchias, Steurlin y otros, hacen
referencia especial a la simulación de enfermedades. Foderé, Belloc, Marc,
Dehauss, Robecourt, Setier Gilbert, se
ocuparon de ella en el siglo XX Respecto 'de simulaciones especiales en el
ejército escribieron Souvillé, Borié, Moricheau-Beaupré, Perey y Laurent,
Coche, Fallot, Hennem, Hutchison, Chegue, Marshall, Kirchkof. Isfordink, en la
primera mitad del siglo; en los últimos cincuenta años la bibliografía es muy
vasta. Permanece clásico el tratado de Boisseau, siendo realmente estimables
los de Duponchel. Devergie, Derblick, Slocker y pocos más.
Estudiaremos el asuntó de distinta manera; elevando el
punto de observación ensacharemos nuestro horizonte.
En los capítulos precedentes hemos visto que el
hombre, como todos los seres vivos,
lucha por la vida. Para ello posee medios de diversa índole que se adaptan a
las condiciones de lucha; entre los medios fraudulentos la simulación es de los
más generalizados, y asume numerosas formas adaptadas al ambiente.
Los medios de lucha por la vida se transforman
tendiendo a obtener la mejor adaptación con el menor esfuerzo, es decir, en el
sentido de la menor resistencia.
En las sociedades humanas el principio de la lucha por
la vida se atenúa progresivamente, desarrollándose otro principio, el de
asociación, que tiende a modificar radicalmente las condiciones de la lucha
misma; al antagonismo absoluto entre los inidividuos, al mors tua vita mea, se,
oponen numerosas y complicadas formas de solidaridad social.
Esa evolución se caracteriza por fenómenos paralelos,
producidos en la mente humana y en la organización social. Psíquicamente,
tenemos el desarrollo progresivo de los sentimientos llamados altruistas, que
en la evolución mental de la humanidad tiende a extender la solidaridad del
individuo a la familia, de ésta' a la tribu, de ésta a la raza o a la nación, y
de ésta a la humanidad. Sociológicamente, se caracteriza por la, formación de
instituciones que, en su conjunto, constituyen la beneficencia, evolucionando
de formas primitivamente utilitarias( beneficencia positiva), hacia formas cuyo
utilitarismo es cada vez más indirecto, (beneficencia negativa), ambas bien
estudiadas por Spencer. Estas instituciones sociales resultan de la evolución
mental indicada.
La evolución altruista de los sentimientos humanos se
inicia en presencia del dolor ajeno. El débil y el inferior han podido ser
objeto de desprecio; no lo fue nunca el enfermo. El hombre, que busca rehuir el
dolor y encontrar el placer (nosotros diríamos que trata de seguir su evolución
por el camino de las menores resistencias), debe, necesariamente, conmoverse
ante el dolor de sus semejantes. En el salvaje y en el niño ya se encuentra ese
fundamental sentimiento de piedad inherente al hombre considerado como animal
sociable; cuando falta, lo mismo que el sentimiento de probidad, el hombre es
un ser antisocial, es decir, un delincuente. Confirma nuestras ideas la clásica
definición de Garófalo.
Considerado el hombre como unidad social, en lucha
contra sus propios semejantes, su locus minoris resistentioe para los enemigos
debe ser siempre el sentimiento de piedad, punto de arranque del altruismo; las
instituciones de beneficencia son su expresión social. Por esto, dentro de
nuestro concepto funcional de la simulación, debemos encontrar' aquí una forma
especial perfectamente adaptada a ese lado vulnerable: la simulación explota el
sentimiento de solidaridad social, en su forma de piedad por el dolor, y
determina la simulación de estados patológicos.
No discutiremos las desventajas que el incremento de
la solidaridad social puede tener para la selección humana; mientras multitudes
laboriosas y fecundas carecen de lo necesario, duele ver que los manicomios,
las cárceles y los asilos entretienen la cómoda holgazanería de seres '
improductivos, cuando no perjudiciales. Es el eterno problema de la lucha
contra el parasitismo social de los degenerados, frente al de la justa
protección a las clases trabajadoras; un cultor de la frase podría decir que se
degenera a las masas en la miseria, para darse el lujo de mantenerlas en ocioso
parasitismo. Sergi, en' Las degeneraciones humanas, ha dedicado un bello
capítulo al estudio de la supervivencia de los débiles y de los inferiores;
Nietzsche la fustigó ácremente invocando contra ella el mejoramiento selectivo
de la especie humana[21]
También pasaremos por alto la dilucidación de otro
problema que, si debiera ser cuidadosa, requeriría como la anterior, un volumen
aparte. La piedad y la solidaridad con los enfermos, traducidas en ventajas
reales que la sociedad les brinda en la lucha por la vida, expresan nuevas
formas evolutivas del utilitarismo individual.; la máxima galilea "haz a
otros lo que quisieras fuera hecho contigo mismo" es altamente utilitaria;
aunque atenúa la lucha por la vida, no está en contradicción con ella, pues
representa la mejor forma de asociación para la lucha. Comprobaríase, una vez
más, que el altruismo, lejos de ser antagonista del individualismo, es su forma
superior y más socializada; corresponde a formas asociativas de lucha por la
vida, que, en definitiva, son las más ventajosas para los individuos.
En rigor podríamos ver que la simulación de
enfermedades es paralela a la evolución de la lucha por la vida entre los
hombres. A medida que esta lucha se atenúa,
por el desarrollo de los sentimientos altruistas de piedad, la
simulación de estados patológicos presenta mayor ventaja y tiende a
generalizarse.
El estudio de la cuestión bajo esta nueva fase merece
tentar a los que han acumulado datos clínicos y médico legales sobre las
enfermedades simuladas; hay una rica veta de observaciones psicológicas y
sociales que no han sabido descubrir los autores, demasiado médicos, que han
tratado esa materia. Diríase que el hábito ha restringido su campo visual al
círculo estrecho de las preocupaciones clínicas.
Antes de terminar digamos dos palabras sobre otra
cuestión, nacida también del sentimiento de piedad, cuyo protagonista suele ser
el médico. Hay formas de rutina profesional que perjudican seriamente a la
sociedad. Cuando el médico, llevado por su piedad, prolonga por días o minutos
el dolor de un enfermo incurable, realiza una crueldad nociva; procede en
armonía con sus sentimientos, propios del ambiente, recibidos por la herencia y
disciplinados por la educación; pero en realidad cumple una misión inhumanitaria.
La función social de la medicina debería
ser la defensa biológica de la especie humana, orientada con fines selectivos,
tendiendo a la conservación de los caracteres superiores de la especie y a la extinción agradable de los
incurables y los degenerados; se evitaría con ello el desperdicio de fuerzas
requerido por el parasitismo social de los inferiores, alejando, a la vez, la
posible transmisión hereditaria de caracteres inútiles o perjudiciales para la
evolución de la especie. Pero este
problema sólo puede señalarse, por ahora, en el orden teórico. Acaso los
hombres del porvenir, educando sus sentimientos dentro de una morall que
refleje los verdaderos intereses de la especie, pueden tender hacia una
medicina superior, selectiva; el sereno cálculo desvanecería una falsa
educación sentimental, que contribuye a la conservación de los degenerados, con
serios perjuicios para la especie[22].
II. DIFUSIÓN
DE ESTAS SIMULACIONES
Las simulaciones de estados patológicos ofrecen vastos campos de
observación y de estudio. Así como es fácil encontrar en el mundo biológico
los primeros ejemplos de simulación en general, también se encuentran las de
enfermedades simuladas. El hecho se explica, puesto que entre las especies
animales aparece el principio de asociación para la lucha, originando el
sentimiento de solidaridad; por eso en los animales que se asocian pueden
encontrarse enfermedades simuladas.
Los animales asociados con el hombre, adaptados a la domesticidad, simulan
con frecuencia estados patológicos. Poseímos un, perrito muy inteligente que'
recurría con frecuencia a la astucia. Enfermó en cierta ocasión, y le regalamos
de golosinas; curado de su pasajera dolencia, dos rases más tarde, viendo un
plato con dulce de leche, el astuto animal simuló estar enfermo; echóse en un
rincón, llorando enternecedoramente. Nadie sospechaba el motivo de su repentina
enfermedad; el dulce fue comido sin darle participación alguna. Pocos momentos
después el animal curó de su fingida dolencia, resignándose, apresuradamente,
a lamer los platos pringosos de dulce.
Entre los hombres de campo los hay muy hábiles para reconocer las
enfermedades simuladas por los animales.
Todos hemos visto caballos que se fingen enfermos
antes de ser atados; después de estarlo desisten de su simulación, trabajando
sin inconvenientes.
Es harto conocido el ejemplo del pato que arrastra el
ala al volar, simulando estar herido, con el propósito de defender su nido
mediante esa estratagema. Al estudiar las simulaciones en el mundo biológico,
hemos recordado que muchos insectos, viéndose amenazados, fingen estar muertos.
Cuando niños, todos pasamos emocionadores momentos contemplando las luchas
entre el gato y el ratón; este último puede simular estar mal herido o
moribundo, para intentar la fuga en momento inesperado. Recorriendo los libros de
Romanes, Wallace, Cuenot y otros, podría coleccionarse una larga serie de
ejemplos de simulación de enfermedades en los animales.
En los hombres son frecuentísimas; en todos los
idiomas y dialectos existen modismos o vocablos especiales para expresarlas. En
la jerga popular mil frases lo revelan, y algunas de ellas están generalizadas
entre las personas cultas.
No se crea que el fenómeno es moderno. Basta abrir el
Génesis para encontrar a Raquel simulando estar indispuesta para no levantarse
de la cama donde tiene escondidos ciertos ídolos robados; en otra parte, en el
Libro de los Reyes, encontramos a David simulando haber perdido la razón para
sustraerse a las iras de Saúl; y a Amnón, hijo de David, simulando estar
enfermo para guardar cama y desahogar su amor incestuoso con su propia hermana
Tamar.
Es seguro que antes de los tiempos a que la Biblia se
refiere existían enfermedades simuladas. Como observa Tomellini, el hombre
debió concebir esta forma de simulación al observar por vez primera que ante el
quejumbroso ¡ay! del enfermo sus
semejantes lo rodeaban de atenciones cuidadosas, eximiéndole de ciertos deberes
fundamentales que la lucha por la vida impone. Sin engolfarnos en el análisis
de las formas que debió revestir este fenómeno a través de la historia,
limitémonos a decir que donde hay asociación en la lucha y sentimientos de
solidaridad social, algunos sujetos astutos simulan estar enfermos para
explotar esos sentimientos.
En un epigrama de Marcial encontramos la historia
picaresca de Celio, que simulaba estar enfermo de gota para no cumplir ciertas
obligaciones de la vida cortesana; pero con tan mala suerte, que a fuerza de
fingir la enfermedad acabó por contraerla de veras. Apiano cuenta de un tal que
para esquivar persecuciones se fingía ciego, no sospechando que al quitarse el
emplasto se encontraría realmente privado de la vista; y Plinio, para probar la
fuerza de la imaginación, refiere que un sujeto soñó estar ciego y despertó
privado de la vista. No son raros los hechos de este género; Montaigne, en sus
ensayos (Libro II, Cap. XXV) aconsejó "de ne contrefoire le malade",
por ser peligroso para el simulador.
. Es seguro que en ciertas épocas de mayor relajación
moral se ha difundido extraordinariamente la costumbre de simular enfermedades.
En la Edad Media esta clase de superchería llegó a ser epidémica; bástenos
recordar la famosa "Cours des Miracles", donde se reunían todos los
mendigos, pícaros y trapisondistas del viejo París. La novela picaresca
española es una verdadera enciclopedia de simulaciones, y difícil es encontrar
un solo relato en que no aparezca un falso mendigo que simule enfermedades para
explotar la credulidad del prójimo.
Son muchísimos, sin duda, los acontecimientos
históricos de importancia en que la simulación por parte de altos personajes
juega un papel principal; Boisseau indica varios; otros son recordados en el
diccionario de medicina de Dechambre y algunos en los demás autores. Pero no es
nuestra tarea repetir sus datos ni investigar otros nuevos; ésa es obra
paciente de cronistas.
Sólo agregaremos que la disimulación de las
enfermedades responde siempre al propósito general de todas las simulaciones:
el fin es adaptarse en el sentido de las menores resistencias. La simulación de
la enfermedad es, precisamente, una disimulación de la salud, y viceversa,
Simúlase la enfermedad cuando ella ofrece ventaja sobre la salud; se simula
ésta cuando la enfermedad coloca al sujeto en condiciones desfavorables que
conviene ocultar.
III. OBJETIVO
UNIFORME DE SUS DIVERSAS FORMAS
Desde el punto de vista médico-legal la simulación de
enfermedades comprende fenómenos muy diversos. Slocker los específica como
sigue: simular una enfermedad es fingir
las manifestaciones comunes del proceso simulado; disimularla es ocultar las
manifestaciones sintomáticas con que la enfermedad real perturba las funciones
biológicas; pretextarla es referir las manifestaciones patológicas, procurando
demostrarlas incompatibles con determinadas funciones; provocarla es ponerse en
las condiciones necesarias para alterar una o varias funciones normales;
exagerarla es presentar con mayor intensidad los síntomas clínicos de la
enfermedad existente. Así fijados esos conceptos parciales, dedúcese claramente
que todos entran en el concepto genérico de la simulación. Disimular es simular
el estado fisiológico; pretextar es simular la incompatibilidad entre una
enfermedad y el cumplimiento de una obligación; provocar es simular que han
sido espontáneas las condiciones determinantes de la enfermedad; y finalmente, exagerar
es simular manifestaciones patológicas mayores que las existentes.
Por lo dicho, agrega el mismo Slocker, desde el punto
de vista médico-legal, las determinaciones periciales o simplemente
diagnósticas han de referirse a cada uno de esos distintos aspectos de la
simulación de las enfermedades. Su estudio debe proponerse: 1º Determinar si un
individuo está enfermo o finge estarlo, o bien si es verdadero el defecto
físico que presenta; 2º Determinar si un individuo que dice estar sano oculta
alguna enfermedad o defecto físico; 3º Determinar el fondo de incompatibilidad
que la enfermedad alegada puede tener para las funciones que debe desempeñar el
individuo afectado; 4º Determinar si una enfermedad, lesión o defecto físico,
han sido provocados.
En la práctica médico-legal algunas simulaciones de
estados patológicos tienen interés especial. Fuera de la simulación de la
locura, que dilucidaremos extensamente, el médico legista suele encontrar
simulación de lesiones, de embarazo, de neurosis traumáticas, de estupro, de
importencia, de suicidio, etc., etc. Todos esos casos pueden revestir un alto
interés penal o civil, habiéndose determinado para cada uno de ellos normas
especiales que permiten casi siempre desenmascarar a los simuladores.
IV. PRINCIPALES
ASPECTOS CLINICOS
Pertenece a los tratados especiales el estudio clínico
de las enfermedades simuladas; muchos autores lo han realizado
satisfactoriamente. Nuestras observaciones personales poco pueden agregar, y su
interés sería muy relativo.
En cambio, procuraremos encuadrarlas dentro de
principios generales, encarando el estudio de sus factores determinantes para
hacer resaltar que su objetivo es obtener una ventaja en la lucha por la vida;
señalaremos cuál es, en nuestro concepto, su evolución y cuál la profilaxia que
puede suprimirla.
Boisseau afirma que la realización de cualquier acto
útil o de interés puede determinar un hecho de esta índole. Esta verdad
general, concordante con nuestra ley, no debe interpretarse en un sentido
absoluto, pues ciertos sujetos simulan, por causas patológicas o por
temperamento, como vimos al analizar la psicología de los simuladores.
La simulación de enfermedades es frecuente entre los
neurópatas, especialmente entre los histéricos; la imitación y la sugestión
tienen en ellos primordial importancia. Hemos conocido un histérico cuyo anhelo
supremo era que el médico se preocupara diariamente de él; vecino de cama de un
sujeto afectado de parálisis espinal de Brown Secquard, observó que este
enfermo era objeto de cuidadoso examen diario; un día le vimos pasear por la
sala arrastrando la pierna derecha, y al interrogarle nos manifestó que tenía-
insensible la pierna izquierda; observamos cuidadosamente su injustificada
sintomatología, comprobando que el histérico simulaba las dolencias de su
vecino para atraer la atención de los médicos. Un neurasténico simulaba vómitos
y dificultades digestivas para obtener una dieta especial que se daba a otros
pacientes.
Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la
que nada le faltaba en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido;
celoso éste, no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló
estar afectada de -histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada vez
más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos, donde ella
obtenía el único remedio compatible con su enfermedad. Otro falso enfermo
ofreció el reverso de la medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia
a una mujer que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación,
fingióse enfermo, consultó al médico y refirió ciertos datos que imponían el
diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de las correspondientes
recetas, inició un tratamiento de fricciones mercuriales y yoduro; la víctima
del engaño se apresuró a averiguar para qué servía ese tratamiento, y cuando lo
supo le abandonó indignada. El simulador obtuvo así el éxito más completo.
En la forma parcial de agravación de los síntomas la
simulación de enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los
huéspedes quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la
beneficiencia pública. Enfermos curados, al despedírseles simulan ser
nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración de algunos
de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital conoce la
frecuencia de estos casos.
Otro falso enfermo recorría consultorios particulares
exponiendo sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había
formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y confesaba, con
voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para adquirir los
medicamentos. El médico, por verdadera generosidad, o por librarse del
inoportuno, dábale la suma necesaria para la adquisición de los remedios. El
dinero no terminaba en la farmacia, sino en la taberna, donde el simulador
bebía a la salud de la credulidad médica.
En las prácticas de la justicia menuda es harto
conocido y aplicado el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir
citaciones del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En
algunos casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces,
cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento alegado,
el enfermo se mete en cama, simulando ante el físico los síntomas de la
enfermedad certificada por un médico amigo.
Una menor de edad presentóse ante la justicia de
Buenos Aires, exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para
disuadirla de un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de
conveniencia; el juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el
casamiento de la menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se
las había inferido el padre, sino la misma menor, por consejo del novio. Pero
ya estaban casados.
En la Cárcel de Contraventores, de Buenos Aires, donde
funciona la "clínica de criminología y psiquiatría aplicadas",
fundada por el profesor De Veyga, es frecuente ver individuos que se presentan
a los médicos simulando enfermedades diversas; su propósito es ser enviados a
un hospital para sanar allí en seguida y recuperar inmediatamente la libertad.
Otros, afectados por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar,
tuberculosis, se limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una
crisis aguda de su mal.
Los casos enunciados dan una idea de la innumerable
diversidad de causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y
del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son las formas
notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las cuestiones
médico-legales.
La primera encuentra su origen en la aversión al
servicio militar, y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta
una bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación
diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos mendigos;
aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su bibliografía es corta
y no sistemática. La tercera consiste en la simulación de enfermedades mentales
con el propósito de eludir la acción de la justicia penal, siendo privilegio de
los delincuentes que se encuentran procesados.
Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos
a dar su interpretación general mediante un criterio sociológico: lo único que
cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos, en la parte especial.
1º Eludir el servicio militar. - Los estudios
sociológicos demuestran que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fue en
los siglos pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus,
las naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento
patriótico; en la representación psicológica colectiva del sentimie- to de
solidaridad entre los miembros de un estado.
La organización progresiva de las instituciones
militares tiene por objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas
condiciones es lógico que todos los miembros de una sociedad cooperan a la
tarea colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen.
Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los individuos
la obligación del servicio militar; se considera como un verdadero delito
antisocial simular una enfermedad para eludir ese deber.
Así han nacido las disposiciones legales que castigan
a los simuladores de estados patológicos, siendo su consecuencia el
refinamiento de los medios empleados para descubrirlos.
Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que
los pueblos se civilizan, las formas de lucha por la vida se modifican y los
medios empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización
económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra militar
para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a ser substituida
por otra guerra económica que conquiste mercados para los excesos de
producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra tenderá, cada día más,
a ser una contradicción con la civilización misma; si aún es posible -lo es,
pues se produce-, débese a que las instituciones políticas no han evolucionado
en armonía con el desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad.
Pero ya al concepto de patria, como forma límite del sentimiento de
solidaridad, los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el
concepto de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados,
ampliando el sentimiento patriótico con el humanitarismo. De esto tratamos
detenidamente en un modesto ensayo de sociología aplicada[23].
La difusión de estas ideas impone modificar el
criterio médico-legal con que hasta nuestros días se ha encarado el problema de
la simulación de enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo,
ciertamente, castigar esos hechos si se los considera como la trasgresión de un
deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en algunos
individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra entre naciones
civilizadas; no es sorprendente, pues, que, viendo en el militarismo una causa de
guerra y de despotismo, algunos hombres traten de eludir el servicio de las
armas, que riñe con sus más íntimos sentimientos. Hay factores altamente
morales que justifican esa repulsión; el militarismo ha sido señalado como
causa de injusticia y de presión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha
dicho que es una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las
investigaciones de A. Hamon sobre la Psicología del militar profesional,
tienden a probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y
antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano a ser
soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al cumplimiento de lo
que no considera un deber, sino una coacción.
Esas razones morales inducen a pensar que la
simulación de enfermedades en los concriptos no cederá a los pobres recursos de
los médicos militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes
especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores son
recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero revelan
desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos humanos y
transforman las instituciones sociales.
No haremos inventario del arsenal de los médicos
militares contra las enfermedades simuladas; ellos están expuestos, a errores
inhumanos y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar a quien lo
considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció, conocemos el
caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a un sordomudo verdadero
ciento ochenta puntas de fuego, en varias sesiones, por sospecharse que fuera
un simulador.
Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El
militarismo, cumplida su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los
pueblos civilizados; cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será
progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus actuales
formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte cívico, como es ya
en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad de simular enfermedades para
eludirlo.
La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento
de formas superiores de civilización, donde las luchas violentas sean
reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por nuevas
normas jurídicas de las relaciones internacionales. Esa es la única profilaxis;
obra de lustros, de siglos, poco importa; los siglos son ínfimos espacios de
tiempo en la evolución de la humanidad.
2º Explotación de la beneficencia. - Diversas
monografías, curiosas algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de
simulaciones, cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada.
Víctor Hugo le dedica párrafos hermosos en su imperecedera Nôtre Dame de París.
Es de Puisbarand la conocida frase: "Los peores
enemigos de los pobres son los mendigos;" podría completarse agregando que
los peores enemigos de los mendigos son los falsos mendigos. Pero Puisbarand no
nos dijo por qué hay hombres que viven simulando estar enfermos. Esas causas
son principalmente sociales. Desde que la sociedad no asegura a todos los
miembros una educación integral, capaz de adaptarlos a las condiciones de lucha
por la vida, muchos sujetos carecen de inclinación por el trabajo, único medio
honesto de vivir. Por otra parte, este parasitismo social es debido a que no
siempre los individuos están en condiciones de poderse dedicar a un trabajo
elegido en armonía con sus tendencias; muchos que se ven obligados a aceptarlo
en condiciones inhumanas, por su cantidad y su calidad, se sienten inclinados a
odiarlo. Bien ha demostrado Ferriani que las condiciones antisociales del
trabajo industrial convierten al niño en vago y después en ladronzuelo, por
odio al taller, que, en lugar de ser una escuela donde se enseña a trabajar, es
una cárcel donde se le explota sin consideración; las condiciones sociales
determinan la delincuencia ocasional, en sus formas de fraudulencia y vagancia,
combinadas en los mendigos profesionales que simulan estados patológicos.
En estos sujetos la mise en scéne suele ser aparatosa
y refinada. En Chicago, según refirió la prensa, la policía descubrió un club
de mendigos, hace algunos años, en West Adam Street. Encontróse allí una
comitiva de sujetos sanísimos y alegres,
que comían, bebían, jugaban, fumaban y poseían una biblioteca de filósofos
antiguos para recrear sus ratos de ocio. Todos ellos, durante el día, simulaban
ser cojos, ciegos, mudos, idiotas, sordos, y mendigaban por las calles de la
ciudad; por la noche reuníanse en su club para gozar tranquilamente de las
ganancias de su "trabajo" diario. La policía encontró en una de las
habitaciones gran cantidad de carretelas para tullidos, muletas, piernas de
palo, zapatos simulando pies deformes, anteojeras y vendas para los ojos,
bastones para ancianos débiles, barbas postizas, cajas de pinturas destinadas a
simular sobre la piel toda clase de llagas y pústulas, ocupándose en esta
especialidad dos miembros del club, verdaderos artistas del pincel. Había
numerosos carteles con inscripciones apropiadas: "Soy ciego de
nacimiento", "Soy sordomudo por susto", "Inválido de la
guerra civil", "Ha adquirido su lepra prestando servicios a otros
enfermos", etc. Arrestados, se comprobó un excelente estado de salud y sus
aptitudes para el trabajo; desde largo tiempo habíanse asociado para explotar
la caridad de los filántropos, en perjuicio de los verdaderos pobres.
Casos como el anterior -que por su magnitud alcanzó
cierta celebridad- ocurren en todas las grandes ciudades. En Buenos Aires la
mendicidad fraudulenta aún no ha alcanzado vastas proporciones. Conocemos, sin
embargo, un ladrón profesional que nos refirió haber sido ciego de profesión
durante cinco años; ejerció "honradamente su trabajo con discretas
ganancias, hasta que la policía descubrió su fraude y le arrestó. En la prisión
conoció a varios ladrones profesionales; al ser puesto en libertad no pudo
volver a su antiguo oficio de ciego, y se dedicó al robo profesional con sus
nuevos amigos.
En las puertas de las iglesias no es raro ver sujetos
tullidos que terminada su tarea se retiran tranquilamente a sus casas, muy
mejorados de su enfermedad. Un enfermo de la sala de nerviosos del hospital San
Roque ejercía la mendicidad fraudulenta; era un antiguo hemipléjico, cuya
pierna funcionaba casi normalmente, presentando impotencia del brazo; este
sujeto solía pedir permiso para salir uno o dos días por semana, regresando al
hospital provisto de dinero para tabaco y otras pequeñeces. Supimos que en esas
salidas mendigaba, exagerando su hemiplejia y simulando la afasia observada en
otros enfermos de la sala.
Estos fraudes han motivado la organización de la
caridad social, en sentido de proporcionar trabajo apropiado a todos los
mendigos en institutos ad hoc, encargándose la policía de perseguir a todos los
pícaros que no tienen cabida en ellos; son buenos modelos los institutos
existentes en Londres y en Bruselas.
En suma, sea como fuera, la terapéutica de las
simulaciones usadas para explotar la filantropía debe convertirse en
profilaxia; si el mal tiene hondas raíces sociales, es necesario llevar a cabo
una serie de reformas, que hagan del trabajo un agradable deber para todos, y
no como es hoy un yugo penoso para algunos. Impónese infundir a cada individuo
la noción de los deberes impuestos por la solidaridad social, que a todos
beneficia. Y, por fin, deben desaparecer esas formas agudas de la miseria que
deprimen el espíritu, degradándolo hasta formas inferiores de lucha por la vida
que simulan lo más desagradable en la vida humana: la enfermedad.
Esa será la profilaxia eficaz contra tales
simulaciones, y será obra de mucho tiempo, pues aún son pocos los países
civilizados que pueden pensar en tales reformas. En algunos está ya suprimida
la mendicidad, y todo inválido tiene derecho a ser asistido por el Estado.
Recorridos esos dos grandes grupos de causas de la
simulación de estados patológicos, no insistiremos sobre las demás, menos
frecuentes y sumamente variables. Tendrían su sitio en un tratado especial que
no sabríamos escribir. Réstanos citar las conclusiones de nuestros estudios
sobre el grupo más importante.
3º Simulación de la locura. - Es necesario
considerarla desde tres puntos de vista diversos:
a) En general. Las condiciones en que se desenvuelve
la lucha por la vida en el ambiente social civilizado pueden hacer
individualmente provechosa la simulación de la locura, como forma de mejor
adaptación a las condiciones de lucha, ya sea directamente, favoreciendo al
simulador, ya indirectamente, disminuyendo las resistencias que el ambiente
opone al desarrollo y expansión de su personalidad.
b) Por alienados verdaderos. La persistencia de la
razón en los alienados y la conciencia de su verdadero estado mórbido, les
permite comprender tas ventajas que reporta la simulación de la locura en
diversas circunstancias de la lucha por la vida, determinando el fenómeno de la
"sobresimulación", o simulación de la locura por alienados
verdaderos. En cambio, toda vez que el alienado es consciente de su locura o
comprende las desventajas que ésta le produce en la lucha por la vida
"disimula" su alienación, equivaliendo este fenómeno a una simulación
de la salud, subordinada al mismo criterio utilitario.
c) Por los delincuentes. La simulación de la locura
por los delincuentes está subordinada a circunstancias propias de la
legislación penal contemporánea. Los delincuentes, además de luchar por la vida
como los demás hombres, luchan contra el ambiente jurídico, concretado en leyes
penales, que condena al delincuente castigándolo por la ejecución del acto cuya
responsabilidad le imputa; en cambio, no condena al delincuente alienado,
considerándolo irresponsable de su delito. El delincuente, en su lucha por la
vida contra el ambiente jurídico, simula ser alienado para eludir la
responsabilidad del acto delictuoso y ser excluido de la pena.
La falta de criterio uniforme en el estudio de la
simulación de la locura explica las opiniones divergentes de los autores acerca
de su frecuencia y de su interpretación clínica. Las estadísticas publicadas no
pueden compararse entre sí; carecen de valor científico por estar levantadas en
condiciones heterogéneas y por, haberse apreciado de diversos modos las
relaciones entre las verdaderas anomalías psicológicas de los delincuentes
simuladores y la locura simulada. Subordinándose la simulación de la locura por
los delincuentes a circunstancias propias de la legislación penal
contemporánea, el verdadero criterio para su interpretación debe ser
"clínico-jurídico". La locura, en el concepto de la ley penal, está
representada por formas clínicas definidas que confieren la irresponsabilidad;
las anomalías psíquicas de los simuladores no corresponden al concepto clínico
jurídico de la locura como causa eximente de la pena. El delincuente simulador
no simula porque tiene anomalías psíquicas verdaderas, sino a pesar de
tenerlas, contra lo afirmado hasta ahora por los autores que se ocuparon de
esta materia. Los delincuentes simuladores presentan las anomalías propias de
las diversas categorías de delincuentes; pero como ellas no confieren
irresponsabilidad, simulan formas "clínico-jurídicas" de locura,
siendo éstas las únicas que eximen legalmente de la responsabilidad.
En las diversas categorías de delincuentes las
anormalidades psicológicas se presentan con desigual intensidad y con
modalidades diversas. Contra las ideas predominantes en la actualidad, debe
considerarse que la posibilidad de simular la locura para eludir la represión
penal es en absoluto independiente de esas anormalidades psicológicas; los
delincuentes más anormales son los menos aptos para usar de este medio
defensivo en su lucha por la vida. La posibilidad de la simulación está en
razón inversa del grado de degeneración psíquica del delincuente.
Los delincuentes que intentan eludir la represión
penal simulan formas "clínico-jurídicas" de alienación y no simples
anormalidades típicas, pues sólo las primeras confieren la irresponsabilidad
penal. Las formas simuladas pueden referirse a cinco grupos de síndromes:
maníamos, depresivos, delirantes o paranoicos, episodios psicopáticos y estados
confuso-demenciales. Por orden de frecuencia, encuéntranse los fenómenos
delirantes o paranoicos, los síndromes maníacos, los síndromes depresivos, los
estados confuso-demenciales y los episodios psicopáticos. Suele,
excepcionalmente, observarse la simulación de la locura en ex alienados, como
también el enloquecimiento de los simuladores. Las locuras simuladas carecen,
generalmente, de unidad nosológica.
El estudio de las locuras simuladas con relación a la
herencia, antecedentes patológicos individuales, raza, edad, instrucción, sexo,
educación, estado civil, profesión, ambiente social y carácter individual de
los simuladores, revela algunas particularidades especiales, aunque no de
significación clínica muy característica. Sobre las modalidades clínicas de las
locuras simuladas influyen la tendencia al menor esfuerzo, el carácter, la
vulgarización de las formas simuladas, la imitación, la sugestión y otros
factores de menor importancia. Los delincuentes simuladores pertenecen, en su
-gran mayoría, a las categorías en que predominan los factores externos o
sociales en la determinación del delito; los delincuentes natos dan una
reducida minoría de simuladores y no tienen tendencias espontáneas a la
simulación.
Actualmente llámase "alienados delincuentes"
a individuos psicológicamente heterogéneos, unificándolos jurídica mente por su
irresponsabilidad penal; los verdaderos alienados delincuentes son aquellos
cuyo delito es una resultante de su locura. La mayoría de- los alienados
comunes han cometido actos delictuosos; en los estudios sobre "alienados
delincuentes" sólo figuran los procesados, sean más o menos delincuentes
que los alienados comunes no procesados. El delito de los locos suele presentar
caracteres especiales, que permiten una relativa presunción diagnóstica sobre
el estado mental del agente; pero ningún signo diferencial posee valor absoluto
que permita afirmar la simulación. El delito de algunos alienados tiene
caracteres bien definidos, según la forma clínica de locura; en los simuladores
esa relación es muy excepcional. Por el simple estudio de los caracteres del
acto delictuoso es, posible descubrir la simulación de la locura en algunos
delincuentes; pero esa posibilidad no implica una certidumbre, ni es
generalizable a todos los casos observables en la práctica de la medicina
forense.
Los numerosos elementos que ofrece la clínica
psiquiátrica para establecer el diagnóstico diferencial entre los delincuentes
simuladores y los alienados delincuentes, agréganse a los datos obtenidos
estudiando el delito en sus relaciones con la locura o la simulación, y
constituyen un conjunto de factores útiles para llegar al diagnóstico; pero su
valor es siempre relativo, no absoluto. Por eso el perito puede verse precisado
a recurrir a medios especiales, dirigidos directamente a desenmascarar la simulación.
Los recursos especiales de índole astuta empleados
para descubrir a los simuladores son variables en cada caso, y pueden ser
útiles. Los medios coercitivos y tóxicos no deben emplearse jamás. La
pletismografía no es aplicable al diagnóstico diferencial entre la locura y la
simulación. Cada día es más difícil el éxito de los simuladores; pero no puede
afirmarse su imposibilidad, dada la relatividad de nuestros elementos de
investigación y la falta de un solo carácter "patognomónico".
Las dificultades médico-legales que presentan los
casos de simulación de la locura por los delincuentes son determinadas por las
deficiencias de concepto y de procedimientos inherentes a los sistemas penales
contemporáneos. En la práctica de la psicopatología forense son indispensables
tres reformas: la a todo delincuente
supuesto alienado debe observársele en una clínica psiquiátrica debidamente
organizada; 2a deben ser peritos los médicos de la clínica;
3a el plazo para la observación será indeterminado. La
presente posición jurídica de los simuladores es la de los delincuentes
comunes, no atenuada ni agravada por la simulación.
Demostrado que la simulación de la locura por los
delincuentes nace dei criterio jurídico con que se aplica 1a pena según la
responsabilidad o irresponsabilidad dei sujeto, su profilaxia debe consistir en
una reforma jurídica que la convierta en nociva para el simulador. Reemplazado
el criterio de la irresponsabilidad del delincuente por la aplicación de la
defensa social proporcionalmente a su temibilidad, la simulación de la locura
tórnase perjudicial para los simuladores, desapareciendo de la psicopatología
forense.
Las leyes de la simulación en el mundo biológico
(mimetismo) se comprueban también en la simulación de la locura por los
delincuentes. Existe un estrecho paralelismo entre las transformaciones del
ambiente jurídico y la evolución de la simulación de la locura. Fue
desventajosa cuando la posición de los alienados ante la ley penal era más
grave que la de los delincuentes; pasó a ser ventajosa cuando se reconoció la
irresponsabilidad penal de los alienados delincuentes; será nuevamente
desventajosa cuando se reconozca su mayor temibilidad y sobre ésta se funde la
represión penal.
V. ENFERMEDADES QUE
PUEDEN SIMULARSE
El número de enfermedades que pueden simularse aumenta
proporcionalmente a la difusión de los conocimientos médicos entre los profano;
sus probabilidades de éxito disminuyen en razón directa de los adelantos
científicos del diagnóstico médico. Cuando los médicos sabían menos, la
simulación era fácil; actualmente, es cada día más difícil.
Recorriendo numerosos tratados de medicina militar y
obras especiales sobre enfermedades simuladas, encontramos en número enorme las
que se ha intentado simular. Para dar una idea de ello no bastaría su simple
enumeración, y sería imposible tratar de cada una en particular[24]
Como puede suponerse, muchas de esas simulaciones son
muy hábiles y podrían despistar a más de un médico inexperto. No se trata
simplemente de síntomas subjetivos, artificialmente provocados, cuyo origen
escapa a la perspicacia del perito. Algunos simuladores se provocan una
aceleración del pulso, acompañada de ligera excitación y elevación de la
temperatura cutánea, mediante la permanencia en el recto de supositorios
irritantes, o bien de ajo y tabaco, provocando su contacto una hiperemia rectal
intensa acompañada de los fenómenos indicados. Más conocido es el recurso
empleado para simular la fiebre: el simulador frota la cubeta del termómetro en
un pliegue de la camisa y le imprime un movimiento de rotación sobre su propio
eje; el inconveniente del sistema consiste en que el sujeto no puede graduar su
fraude y de pronto tiene 45 grados que contrastan con su excelente estado
general. Nunca olvidaremos un caso de "fiebre histérica" observada
por dos colegas distinguidos, que demostraron ser una burda simulación.
Un médico francés, Benoit, refiere los medios
empleados por los presidiarios franceses de Nueva Caledonia para simular las
manifestaciones de escorbuto. Se frotan los miembros inferiores con corteza de
caoba; ésta contiene una savia ligeramente cáustica que toma un suave tinte
vinoso al ser expuesta al aire. Se producen los edemas mediante ligaduras
aplicadas a los miembros y sobre las partes así edematizadas provocan la
aparición de manchas equi móticas, golpeándose con una muñeca de lienzo lleno
de sal o arena mojada; frótanse fuertemente las encías con la misma corteza y
los hacen sangrar pinchándolas con una aguja. (Slocker).
La midriasis suele ser frecuentemente simulada
mediante instilaciones de atropina; la simulación de la miosis, por la eserina
y otros constrictores pupilares, es muy rara. Las conjuntivitis suelen ser
provocadas o mantenidas mediante la irritación artificial de la conjuntiva;
algunas veces se emplean substancias que obran física o químicamente.
Es conocidísimo el caso de un simulador cuya
conjuntivitis no cedía a ningún tratamiento; habiéndose aislado y maniatado
para evitar su fraude, descubrióse que mantenía su afección aplicando el ojo
durante horas junto al agujero de la cerradura, donde la corriente de aire frío
se encargaba de satisfacer su propósito. Mencionan todos los autores la
provocación de conjuntivitis mediante el contagio voluntario del pus
blenorrágico. Marshall observó una verdadera epidemia de estos casos en
soldados ingleses que deseaban obtener su licencia. Se refieren casos de
cataratas provocadas mediante la introducción de agujas muy finas hasta el
cristalino; Gavin observó nueve casos en un mismo cuerpo de lanceros. Las
otorreas suelen simularse introduciendo miel, queso blando, jugos animales o
vegetales, sangre, etc., en el conducto auditivo externo; otras veces son
provocadas introduciendo cuerpos extraños.
Las hemoptisis y las hematemesis suelen ser simuladas
especialmente por neurópatas que desean preocupar a sus médicos. Conocimos una
enferma que se mordía la mucosa interior de los labios y mejillas, acumulando
sangre en la boca, y luego, mezclada con mucosidades, la esputaba, simulando
violentos accesos de tos; bastó indicarle que su fraude era conocido para
suprimir los esputos de sangre. La hematemesis simúlase por análogos
procedimientos, tragando la sangre y vomitándola en seguida. Muchos enfermos consiguen
fácilmente hacer sangrar sus encías o muelas cariadas, pretendiendo que la
sangre viene de la garganta.
Las simulaciones de la ictericia son conocidas de
antigua fecha. Las más burdas, consisten en mojar el cuerpo con soluciones
colorantes. Fumando tabaco macerado en aceite de coco al que se añade el
fósforo de una cerilla se obtienen perturbaciones generales, color ictérico de
la piel y de las conjuntivas; este ardid, recordado por Benoit, es un verdadero
envenenamiento por el fósforo. Más ingenioso es el que describe Slocker:
consiste en colocar en la axila una compresa de algodón empapada en vinagre y espolvoreada
con azafrán, previamente sumergido en aquel líquido durante algunas horas;
hecha la aplicación, el individuo se acuesta, provoca una abundante
transpiración, apareciendo pronto un color amarillento en todo el cuerpo,
inclusive en las conjuntivas. Un médico nos refiere haber observado, durante
mucho tiempo, un sujeto que se quejaba de tener las manos amarillentas; para
curar de su inexplicable enfermedad visitó sucesivamente a numerosos médicos,
siguiendo sus prescripciones con puntualidad. Súpose después que se teñía las
manos con solución muy diluida de ácido pícrico, ignorándose el motivo que
pudiera inducirle a persistir en tan original simulación.
La introducción de riñones u otros órganos de animales
pequeños en la nariz, ha servido para simular pólipos nasales; el ozena
simúlase introduciendo algodones embebidos en substancias fétidas o fragmentos
de substancias orgánicas en putrefacción.
Los autores de dermatología recuerdan que la tiña
favosa suele ser simulada quemando con ácido nítrico una zona de cuero
cabelludo. Un profesor nos dijo conocer a un joven que por ese procedimiento
eludió un compromiso de matrimonio.
Podríamos continuar indefinidamente, si quisiéramos
detallar todas las formas de fraude empleadas por el hombre para obtener las
facilidades concedidas al enfermo en los pueblos civilizados. Es indudable que
las enfermedades simuladas se desconocían y se desconocen en aquellos pueblos
donde, con fines selectivos, se mata a los enfermos; allí sólo se concibe con
fines de suicidio.
Como complemento de esta reseña de la "simulación
de estados patológicos", sólo puede agregarse que el hombre en la lucha
por la vida, puede verse obligado a simular la muerte, negación de la vida
misma. Esa simulación puede ser física; otras veces la muerte es simulada,
desde el punto de vista legal solamente, gracias a la ocultación o desaparición
del supuesto muerto; estos casos no son raros en derecho civil y su importancia
es grande. En la literatura este recurso suele ser empleado con frecuencia para
crear posiciones inesperadas e interesantes; "la muerte civil" ha
dado tema a un drama harto conocido.
VI. SIMULACIÓN DE
LA SALUD
Complemento indispensable del estudio de las
enfermedades simuladas es el de la simulación de la salud, por sujetos
verdaderamente enfermos, o sea la disimulación de la enfermedad. Su objetivo se
comprende fácilmente: cuando el estar enfermo determina una situación de
inferioridad en la lucha por la vida, el sujeto recurre a la simulación de la
salud.
En la vida ordinaria es frecuentísimo. Las reglas de
la más simple urbanidad la imponen en el trato de gentes; pocas personas habrá
que nunca hayan disimulado una dolencia de poca monta, para recibir con la
sonrisa en los labios a un amigo o amiga, estimada. Se asiste a tertulias
disimulando una cefalalgia, a un banquete disimulando una dispepsia o una
colitis, a una cita amorosa disimulando una cistitis o una uretralgia. Muchos
lectores habrán disimulado en su juventud alguna enfermedad que reputaban vergonzosa,
hasta que la intensidad de los síntomas los obligó a denunciarse al médico y a
su propia familia.
Hemos visto un caso de impotencia psíquica que
involucra una doble simulación. Un joven contrajo matrimonio con una señorita casi interesante; sufrió
durante varias semanas de impotencia psíquica, siéndole imposible cumplir sus
deberes de marido. En los primeros días la esposa simuló, ante la familia,
dolores y molestias que atribuía a las contingencias de su nuevo estado; el
esposo, por su parte, disimuló su flaqueza haciendo picarescas alusiones de sus
transportes conyugales. Pero al cabo de cierto tiempo consideraron
improrrogables ciertos deberes, consultando a un médico. El pobre esposo trató
de simular una neurastenia, atribuyéndole su impotencia; fácilmente se le hizo
desistir de su irrisoria simulación, demostrándole tratarse de una simple
inhibición psíquica, curada tras breve tratamiento, con visible regocijo de los
cónyuges.
En la lucha entre los sexos son frecuentes las
disimulaciones de enfermedades. Hombres y mujeres, en vísperas del matrimonio,
suelen disimular cuidadosamente sus enfermedades, temerosos de perder un buen
partido. Muchas veces el médico se ve precisado a ser cómplice de esas
disimulaciones, pues consultado sobre el estado de salud de los novios, el
secreto profesional le obliga a no revelar los males de que los asiste. Una
joven, durante las primeras visitas de su prometido, padecía de terribles
cefalalgias; durante horas la joven sufría en silencio sus dolores, simulando
una jovialidad que, de rato en rato, desaparecía para dar lugar a muecas
irreprimibles y a alguna lágrima. Más tarde, cuando la confianza se sobrepuso a
la tiranía de la etiqueta, confesó sus simulaciones, agregando que obedecían al
temor de ser abandonada si la hubiesen sospechado portadora de males mayores
que los verdaderos.
Todo médico ha visto enfermos disimulando sus
dolencias para abandonar la cama o conseguir la supresión de una dieta
desagradable. Otros se dicen convalecientes para volver a las tareas habituales
que la enfermedad les obliga a descuidar. Entre los enfermos cuya asistencia
impone el aislamiento o la reclusión, suelen observarse disimulaciones para
apresurar la vuelta al seno de la familia y de la sociedad.
Disimulan sus enfermedades cuantos están obligados a
probar que gozan de perfecta salud para ser admitidos en un establecimiento o
corporación, o para aspirar a ciertos empleos; nunca faltarán médicos
complacientes que se hagan cómplices activos de estas disimulaciones,
expidiendo certificados falsos. Entre esas simulaciones de la salud existe un
grupo especial que recientemente ha alcanzado extraordinaria importancia en
medicina forense.
El desarrollo de las instituciones de seguros sobre la
vida ha producido formas especiales de simulación para explotarla
fraudulentamente. Sujetos poco escrupulosos aseguran en su favor la vida de
parientes enfermos; rara manifestación de la lucha por la existencia, cuyo
estudio agregaría un capítulo interesante a la psicopatología de los parásitos
sociales.
El número de estas disimulaciones para explotar el
seguro es alarmante; han sido objeto de estudio especial en el "Primer
Congreso de los médicos de las sociedades de seguros", celebrado en
Bruselas en septiembre de 1899.
Fundándose en estadísticas precisas, Weir Mantton
demostró el aumento de las disimulaciones por estas dos hechos: 1º La
mortalidad de los asegurados durante los dos o tres primeros años siguientes a
la celebración del contrato es mucho mayor que en los seis o siete años
posteriores; 2º La mortalidad en las diversas formas de seguro es inversamente
proporcional al monto de las primas; los seguros con primas menores son,
proporcionalmente, más nefastos que los seguros con primas que aumentan con el
transcurso del tiempo.
Desde el punto de vista médico-legal en esos casos
sólo hay verdadera simulación de la salud cuando el sujeto conoce su
enfermedad; si la ignora no hay disimulación de enfermedad, sino simple
desconocimiento, y su fraude involuntario no podrá legalmente considerarse como
delito. En tales casos suele tratarse de una víctima de la avaricia de sus
parientes o amigos, informados por el médico de un pronóstico desconocido por
aquél.
VII. CONCLUSIONES
Las simulaciones de estados patológicos se encuadran
en el principio común a los demás fenómenos de simulación, siendo, como todos
ellos, simples medios adaptativos a las condiciones de la lucha por la vida.
Sus móviles más comunes son tres: la explotación de la beneficencia, eludir el
servicio militar y la simulación de la locura para obtener la irresponsabilidad
penal. Son casos particulares de la ley general que comprende a todos los
fenómenos de simulación.
CAPÍTULO
VI
EVOLUCIÓN
DE LA SIMULACIÓN EN LAS SOCIEDADES HUMANAS
I. Criterio sociológico para abordar su estudio.
II. Evolución de la lucha por la vida entre los hombres.
III. Evolución de los medios violentos y fraudulentos en
la lucha por la
vida.
IV. Disminución regresiva de la simulación en las
sociedades humanas.
I. CRITERIO PARA
ABORDAR SU ESTUDIO
Partimos de esta base, ya cuidadosamente cimentada: la
simulación es un medio fraudulento de lucha por la vida. En este capítulo
determinaremos su evolución, estudiándola entre los medios fraudulentos en
general, como forma de lucha opuesta a los medios violentos. Para ello
comenzaremos examinando brevemente la evolución de la lucha por la vida entre
los hombres; y esto nos impone fijar ante todo el criterio sociológico con que
entraremos a ese examen.
La sociología es una de las disciplinas científicas
más tardíamente desarrolladas; correspondiéndole estudiar fenómenos muy
complicados, su constitución ha sido posterior a otras que se ocupan de
problemas menos complejos. No se ha llegado todavía a fijar definitivamente el
pensamiento de los estudiosos acerca de sus criterios fundamentales. Como
observara, con su habitual clarividencia, A. Loria (en la Revista Italiana di
Sociología), esta ciencia necesita cierta unidad de criterio que sirva de
espina dorsal a las investigaciones que se realicen: sólo así evitará el error
cometido por las ciencias que estudiaron determinados grupos de fenómenos
sociales: partiendo de puntos de vista distintos, han producido conclusiones
unilaterales. Por eso mismo, Kidd considera llegada la hora de que las ciencias
sociales busquen el substratum común de todas, sobre el cuate deben
desenvolverse sinérgicamente.
Las doctrinas de Juan Jacobo han caído
definitivamente; el Contrato social está amortajado. De nada sirven las
amalgamas de Fouillée, pretendiendo armonizar el contractualismo de Rousseau
con el organicismo de Spencer. Éste, por su parte, ha trazado el camino a la
escuela biosociológica, mediante su seductora síntesis, encaminada a establecer
la concordancia entre la constitución y las leyes de los agregados sociales y
las de los agregados orgánicos en general. Se le ha objetado, fundadamente, que
si fuera exacta la concepción de la sociedad como organismo, la sociología no
tendría motivos para existir como ciencia autónoma; los fenómenos sociales, aun
los más complejos, deberían explicarse mediante simples aplicaciones de las
leyes biológicas fundamentales.
Sin duda, la teoría orgánica es cómoda y seductora;
pero la observación del conjunto de los fenómenos sociales la revela
insuficiente, pues se observan en ellos caracteres propios que los diferencian
con claridad de los biológicos. Es innegable que el factor biológico entra, en
vasta proporción, en todo fenómeno social; pero también lo es que éste posee
caracteres específicos, no encontrados en el mundo biológico. En la vida social
existe un nuevo elemento, propio y exclusivo de la especie humana; un hecho fundamental
diferencia al hombre de las demás especies, animales: mientras éstas, en
general, viven subordinadas a os medios de existencia que les ofrece,
espontáneamente, la naturaleza, el hombre puede producir, artificalmente, sus
medios de vida. La evolución y prosperidad de los grupos sociales depende, en
mucha parte, del grado de desenvolvimiento de su capacidad productiva.
Ese es el fenómeno verdaderamente humano,
verdaderamente social; ese factor, integrándose progresivamente, determina
diferencias entre los fenómenos biológicos y los sociales. El análisis genético
y evolutivo de la vida social revela qué las condiciones económicas de los
agregados humanos, representadas por su capacidad. de producción, constituyen
el substratum buscado en vano por Kidd, sobre el cual se desenvuelven los
fenómenos que estudia la sociología. Este concepto, entrevisto por varios
historiadores y sociólogos, fue concretamente formulado por Marx, que ensayó
algunas aplicaciones históricas; recientemente, numerosos escritores han
seguido análogos rumbos, el economista liberal De Molinari entre otros. En
Italia, poro obra de Loria, esta concepción ha adquirido unidad y método,
fijándose en vigorosos estudios sobre "las bases económicas de la
constitución social". Sintéticamente podría enunciarse así: las
instituciones que constituyen la superestructura social se arraigan, florecen y
evolucionan sobre las instituciones económicas, cuya evolución es la causa
principal (no siempre directa ni exclusiva) de las transformaciones sociales.
Espíritus estrechos pretenden que esta concepción
tiende a identificar la sociología con la economía política. Pera se ha
observado, con razón, que esta última es una ciencia particular, y analiza los
fenómenos e instituciones económicas en sí mismos, estática y dinámicamente; la
sociología sobre base económica es, en cambio, una ciencia general que observa
los fenómenos e instituciones económicas en sus relaciones con el conjunto de
la vida social, abarcando otros fenómenos e instituciones que son, por su parte,
objeto de estudio para ciencias particulares. Entre ambas existe la relación de
la parte al todo, relación que también existe con cada una de las otras
ciencias sociales. En la determinación de la resultante final la economía
política entra en proporción importante; pero ello no implica confusión, como
no la hay entre la osteología y la anatomía cuando se afirma que el esqueleto
es el sostén fundamental del organismo.
Vemos, pues, frente a la teoría biosociológica, al
organicismo spenceriano, extremado por los antroposociólogos y los partidarios
del "darwinismo social", esta nueva concepción, más científica: la
económicosociológica. Llamada, impropiamente, por algunos "materialismo
histórico" o "materiilismo económico", "economismo
histórico", "teoría económica de la historia,', etc., esta doctrina
es compartida actualmente por un núcleo selectísimo de sociólogos. Lo más importante
es que se proponen contradecirla.
Aunque éste es nuestro criterio, las conclusiones a
que llegaremos pueden aceptarse por cuantos observan bajo distinto prisma la
vida social, pues no se oponen a las demás teorías sociológicas.
II EVOLUCIÓN DE LA
LUCHA POR LA VIDA ENTRE LOS HOMBRES
El principio de la lucha por la vida, y la
consiguiente selección de los mejor adaptados, domina soberano en la evolución
del mundo biológico; las justas atenuaciones que está s riendo ese concepto por
los estudios de la escuela neolamarckista no conmueven, en lo fundamental, el
sólido esqueleto de la doctrina de Darwin.
Pero en la evolución del mundo social, las condiciones
de la lucia por la vida son modificadas por el incremento de un factor propio
de la especie humana; la capacidad de producir medios de subsistencia determina
la formación de un ambiente artificial (económico) dentro del ambiente natural
(cósmico) y modifica sensiblemente las condiciones de lucha por la vida entre
los hombres.
Esta idea, clara y definida, es, sin embargo,
combatida por exagerados discípulos de
Darwin; la culpa no es del genial naturalista de Schrewbury, sino de los que
complican en esto su nombre. Pocas doctrinas han logrado imponerse tan
rápidamente como las darwinistas; pero pocas han sido objeto de más torcidas
interpretaciones por parte de sus enemigos, y aún de algunos de sus
partidarios.
Las aplicaciones que de ellas pretende hacer la
escuela sociológica llamada
"darwinismo social", son exageradas; se olvida que el fenómeno
biológico entra en la determinación del fenómeno social, pero no lo constituye
por completo pues éste es más complejo. Sus partidarios constituyen la extrema
izquierda del organismo. Algunos sociólogos -Novicov, Lilienfeld y otros- han
llegado a convencerse 'vencerse de la identidad absoluta entre los agregados
orgánicos y los agregados sociales, entre organismo y sociedad; han excedido a
Spencer, no concediendo siquiera que las sociedades sean supeorganismos.
Consecuentes con sus premisas, los sociólogos
representantes de esa tendencia sostienen que la lucha por la vida es la ley
superior de la evolución en los agregados sociales, en la misma forma que en la
evolución de los agregados orgánicos. El progreso de la especie vendría a ser
un resultado del conflicto permanente en que viven los individuos entre sí, los
individuos y los agregados sociales, los agregados entre sí.
Ese criterio, tomado en su expresión absoluta, no es
verdadero, no corresponde a la realidad, tal como la observamos. Estudiando la
evolución de los grupos sociales se ve que frente al principio de antagonismo,
encarnado aisladamente en la conocida máxima de Hobbes, aparece y se desarrolla
progresivamente otro principio compensador, el principio de la solidaridad
social, fundado en la utilidad de la asociación para la lucha por la vida.
En ninguna mente que ha llegado a comprender el hecho
natural de la evolución de las especies, cabe la idea de suponer que la
asociación y la solidaridad' aparecen inesperadamente en la evolución de la
especie humana, como si un fiat misterioso interviniera para modificar su
curso; ellas tienen sus manifestaciones rudimentarias en el reino vegetal, se
definen claramente en las especies animales llegadas a cierta etapa evolutiva,
y, por fin, asumen importancia mayor en la evolución humana, influyendo sobre las
condiciones de desenvolvimiento de la lucha por la vida, su principio
antagonista.
Sin desconocer, pues, que la lucha por la vida preside
la evolución biológica, sabemos que ella se atenúa y modifica toda vez que las
especies animales adquieren la aptitud para vivir en sociedad: este fenómeno,
representado en la esfera psicológica por el desarrollo del sentimiento de
solidaridad social, determina una superioridad de la especie en que se produce.
Houssay ha demostrado el hecho en la Revue Philosophique; aun negando que esa
sea la causa determinante de la prosperidad de una especie, es fuerza reconocer
que ambos hechos son paralelos y están íntimamente ligados. Una especie animal
puede considerarse tanto más "civilizada" cuanto más complejas son
las industrias que practica; esa intensificación de la actividad de la especie
es la prerrogativa de los animales capaces de asociarse constituyendo una
"sociedad", que Espinas define: la cooperación permanente que se
prestan, para una misma acción, individuos separados. En la imposibilidad de
extendernos sobre este punto, bástenos recordar, otra vez, los excelentes
estudios de De Lanessan; ellos demuestran el desarrollo creciente, en la vida
biológica, del principio de la asociación, fundado en la cooperación y la
solidaridad, frente al principio de la lucha, fundado en el antagonismo. El
hecho es claro para quien observe el conjunto general de los fenómenos, sin
descender a sutilezas que aparentemente pueden contrariar, sin anularlas nunca,
el valor de las leyes generales.
Si eso ocurre en otras especies, en la humana la asociación ara la lucha, con su
correspondiente solidaridad social, alcanza un desarrollo aún más importante,
modificando las manifestaciones de la lucha por la vida. Este principio,
predominante en la evolución de muchas otras especies, atenúase gradualmente en
la evolución de las sociedades, humanas. Los datos de la biología pierden parte
de su valer cuando son aplicados a los fenómenos sociales; y aun cuándo se aceptara
considerar a la sociedad como un organismo -por comodidad más bien que por
rigurosa analogía- deberían evitarse algunos errores difundidos, por los
partidarios del "darwinismo social".
"Los discípulos del gran naturalista inglés -dice
Cola-janni-, falseando o exagerando sus enseñanzas, no vacilaron en transportar
la ley de lucha por la vida del terreno biológico al de la sociología; pero
conviene agregar que la adulteración de los principios del maestro no se debe a
los naturalistas, sino más bien a historiadores, economistas, filósofos y
moralistas, que si no deben calificarse de incompetentes pueden, por lo menos,
considerarse sospechosos. De esas extravagancias ultradarwinistas dan ejemplo
los epigonos que llegan hasta afirmar, con Hellwald, que todas las
representaciones psicológicas del mundo Y de la vida son igualmente exactas y
justas, teniendo razón todo el mundo, pues todos luchan por la vida. Semejantes
exageraciones, mezcladas por algunos con sofismas de Hegel, sobre la
glorificación de la guerra y de la fuerza, bruta, dan al moderno
"darwinismo social' un carácter de - sectarismo científico, que le ha
valido críticas muy severas, especialmente de Tarde".
Se impone señalar, frente al principio de la lucha por
la vida, el desarrollo de ese otro que aparece ya en las especies animales más
prósperas. Rudimentario en las primeras etapas de la asociación humana, por la
escasez dé los medios de subsistencia naturales y el insuficiente desarrollo de
la producción artificial, tiende a adquirir cada vez mayor importancia y se
acrecienta en las formas -superiores de civilización.
Las doctrinas organicistas de Spencer y Schaffle no
contradicen, en rigor, las nociones expuestas; si hay aparente contradicción entre ellas, basta un examen despre-ocupado
para llegar a establecer su concordancia redí. El
error está en los discípulos,
según esa ley fatal queÌlleva siempre a los secuaces más lejos de donde quieren los maestros; así encontramos a Lilienfeld,
Worms[25],
Ammond, Novicov y otros, empeñados en
exageraciones insostenibles, que han dado más vigor a la tendencia contraria, representada
por espíritus como Loria, Tarde,
Krauz, Stein, Asturaro,
Krusinsky, Colajanni, Ardigó, Vanni, Ferri, De
Greef, Groppali y muchos más.
Por otra parte, no es nueva la doctrina que
niega a la lucha por la vida el primado en la evolución de las sociedades
humanas. El mismo Russel Wallace
-el más darwinista de los darwinistas-, al estudiar la selección natural,
reconocía que "al pasar el dintel
de la humanidad, la ley de
lucha por la existencia debe ceder
el cetro a alguna otra ley superior";
esta opción es recordada a menuda por los adversarios del darwinismo
social. Si la solidaridad en la asociación para
la lucha es el primer requisito de la prosperidad de una especie, es natural que la encontremos
sumamente desarrollada en la especie más
próspera, más evolucionada de toda la escala
zoológica: el hombre. Todo lo que se sabe de prehistoria y etnografía autoriza a pensar
que el hombre jamás vivió aislado de
sus semejantes, o luchando
permanentemente contra ellos; Robinson
Crusoe es un símbolo novelesco del individualismo à outrance,
pero no representa una
forma posible de existencia humana. La autonomía absoluta, solamente posible en las condiciones
de vida del personaje creado por
Daniel de Foe, sobre ser absurda, sería la más insufrible de las desdichas para el hombre sano. En la soledad de su prisión, Silvio Pellico pudo establecer buena amistad con las arañas,
pero le alentaba la esperanza de volver algún día a la sociedad de sus semejantes.
Sea como fuere, el estado
normal del hombre es la vida en sociedad.
La organización de los primeros agregados sociales ha
sido una espontánea adaptación colectiva
a las condiciones del medio. Escaseando los medios de
subsistencia, el agregado
social los produjo artificalmente;
ese aumento de capa ¡dad productiva fomentó la asociación para
la lucha, imponiendo las primeras divisiones del trabajo social
y la escisión de la sociedad en clases. La lucha,
atenuada gradualmonte, ha persistido; se encuentra subordinada a la insuficiente capacidad productiva del hombre, que no permite la satisfacción ilimitada de las necesidades individuales.
Las condiciones actuales de lucha por la vida entre los hombres
no son eternas.
Todo induce a creer que la asociación de los individuos para luchar contra la naturaleza, haciéndola más
productiva, es condición esencial para
el incremento de los agregados humanos y
tiende a aumentar la solidaridad entre los individuos del grupo,
entre los grupos de la raza y entre las razas de la humanidad.
Este principio es tan natural como el otro. Nace de la conveniencia de asociar las fuerzas individuales para
intensificar el trabajo social;
es la tendencia a obtener un máximum de
bienestar con el menor
esfuerzo posible y
éste, en nuestro entender,
es el objetivo supremo de
todas las voliciones
humanas.
A esta manera de pensar conduce la ley de evolución según la menor
resistencia, ley que
es universal. Preferimos este criterio al que
subordina la atenuación de la lucha por la vida a causas morales metafísicas, como el crecimiento progresivo del "altruismo", concebido
como vaga antítesis del "individualismo',
no obstante ser su forma
más elevada y perfecta.
Podemos, en definitiva,
afirmar: en las sociedades humanas
se atenúa progresivamente la lucha
por la vida al mismo tiempo que
se intensifican los resultados
de la asociación para la lucha contra la naturaleza.
He aquí representadas en sencillo cuadro gráfico
las ideas que acabamos de exponer. (Diagrama I).
1º La estática social, en cada momento de la evolución de los agregados humanos,
es la resultante de la combinación del antagonismo
social (inherente a la lucha por la vida), y la solidaridad social (inherente a la asociación para la lucha).
2º La dinámica social, en el movimiento de
la evolución, está representada
por un desarrollo creciente de
la asociación para la lucha, equilibrado
por una atenuación progresiva de
la lucha por la vida.
III EVOLUCIÓN
DE LOS MEDIOS VIOLENTOS Y FRAUDULENTOS DE LA LUCHA POR LA VIDA
Establecido que la lucha por la vida -entre los
hombres se atenúa por el desarrollo de la asociación para la lucha, examinemos
cómo se produce ese fenómeno.
La lucha por la vida resulta de la acción combinada de
los medios violentos y fraudulentos usados por los hombres para luchar,
aisladamente o en grupos.
Si la intensidad de la lucha disminuye, debe disminuir
la intensidad de los medios requeridos para ella. En otras palabras, a medida
que disminuye la resistencia, debe disminuir la cantidad de energía empleada.
En un ambiente social primitivo, donde la producción es escasa e insuficiente,
la lucha por la vida es más intensa contra la naturaleza, siendo mayores los
esfuerzos que debe hacer el individuo para sobrevivir. En cambio, cuando en los
agregados humanos aumenta la capacidad de producción, el bienestar medio se
eleva, la asociación para la lucha se organiza, y los individuos necesitan
desplegar menos esfuerzos para vivir en condiciones de mayor bienestar.
Cuando las resistencias de la lucha equivalen a cien,
el individuo desarrolla medios de lucha que representan un esfuerzo igual a
cien; cuando la asociación atenúa la lucha en un treinta por ciento, los medios
de lucha empleados sólo ascienden a setenta. Esta noción es simple; aumenta su
sencillez explicándola en forma numérica.
Pero en esa atenuación de los medios de lucha se
establecen diferencias cualitativas. La violencia y el fraude no siguen el
mismo curso, ni se modifican caprichosamente. En los agregados sociales
primitivos los medios violentos predominan en la lucha por la vida sobre los
astutos; basta pensar que la violencia es correlativa del sentimiento de
antagonismo, propio de agregados donde la lucha es mayor; el freno a la
violencia es el sentimiento de solidaridad social correlativo de la asociación
para la lucha.
En la evolución humana el antagonismo se atenúa y la
asociación aumenta; con ésta crece la solidaridad, disminuyendo los medios
violentos de lucha por la vida, sustituidos por medios fraudulentos; o, como
suele decirse, "la violencia se transforma en fraude".
Prueba de ello encontramos en la evolución del delito.
Este ejemplo es expresivo; en último análisis, el delincuente es un sujeto que,
en la lucha por la vida, ha excedido los límites fijados por la ética del medio
social en que actúa. Sin entrar en otras consideraciones, superfluas para
nuestro objeto, damos por demostrada esa evolución de la delincuencia, enviando
al lector a los estudios especiales de Ferri, Sghele, Tarde, Ferrero, Nicéforo
y otros. El hecho es ése; poco importa que ese aumento se considere absoluto,
relativo a la delincuencia violenta, o un resultado de una transformación del
delito violento en fraudulento. El hecho existe, es indudable.
Podemos formular un principio general. En relación a
la lucha por la vida, los medios violentos tienden a disminuir, y los medios
fraudulentos tienden a aumentar. Hay sustitución de la violencia por el fraude,
o bien transformación de aquélla en éste.
Pero, según hemos visto, la intensidad de la lucha por
la vida no es constante; atenúase progresivamente.
Podemos, pues, formular este otro principio, más
complejo pero igualmente exacto:
Relativamente a la evolución social los medios
violentos de lucha tienden a atenuarse; los fraudulentos (aumentando siempre
con relación a los violentos) tienden a un aumento absoluto mientras predomina
la lucha, pero disminuyen cuando comienza a predominar la asociación.
Un cuadro gráfico dará expresión más tangible a estas
ideas sobre la evolución de los medios violentos y fraudulentos en la lucha por
la vida, en su doble concepto absoluto y relativo. (Diagrama II)
Sólo cabe repetir que la simulación es uno de los
medios fraudulentos de lucha por la vida; su evolución se involucra en la del
grupo de los medios fraudulentos.
IV. DISMINUCIÓN
REOREBIVA DE LA BIMULACIÓN EN EL PORVENIR
Es llegado el momento de ensayar una recapitulación
sintética, antes de formular las últimas conclusiones.
Hemos analizado el valor de todos los fenómenos de
simulación, usados como medios de lucha por la vida para adaptarse a las
condiciones del medio. Con ese objeto procuramos reconstruir la filogenia de la
simulación, estudiándola desde sus formas rudimentarias, donde aparece
como
fenómeno
casual, desprovisto de rol selectivo; la vimos luego desempeñar una función
selectiva importante, siendo todavía un fenómeno inconsciente; en etapas
superiores de la vida orgánica la encontramos ya conscientemente usada por el
simulador con fines útiles; ella nos apareció, por fin, no solamente consciente
sino también voluntaria. Desde sus manifestaciones en el mundo inorgánico
pasamos a las del mundo orgánico y de la vida social.
Hemos visto que la simulación es uno de los
principales medios fraudulentos de lucha por la vida, incluyéndose, por
consiguiente, su evolución en la de todos los fenómenos de este grupo. Y,
llegados a formular un juicio respecto de su evolución en la especie humana,
podemos confiar en el método seguido y en el criterio con que ha sido aplicado.
La simulación ha seguido en los agregados humanos una
progresión creciente, sustituyéndose los medios astutos a los medios violentos.
Ha aumentado en absoluto, mientras predominó el sentimiento de antagonismo;
¿disminuirá en etapas venideras de la evolución si llega a predominar el
sentimiento de solidaridad social, nacido de la asociación para la lucha contra
la naturaleza?
No basta que en las sociedades civilizadas se pueda ir
por las calles sin ser agredidos, cruzar los campos sin temer salteadores,
surcar los mares sin encontrar piratas. La asociación crea entre los hombres
sentimientos comunes, que constituyen la moralidad social, desenvuelven la
solidaridad y engendran aspiraciones convergentes hacia ideales que no excluyen
la verdad y la justicia.
El deseo, no lo ignoramos, engendra ilusiones; pero la
experiencia social, si no estamos engañados por un optimismo legítimo, autoriza
a creer que la humanidad ha dado ya algunos pasos hacia un solidarismo ético,
fundado en el incremento de la asociación y a expensas de la lucha.
¿No es ésa la orientación futura de las sociedades más
civilizadas?
Felices los hombres que puedan preocuparse de ser y
olvidarse de parecer; los que puedan fiar en la sinceridad ajena. sin vivir en
perpetua alarma entre la común hipocresía; los que puedan amar la verdad y
aborrecer la mentira; los que puedan ser leales y sentirse correspondidos; los
que puedan creer a sus padres, a sus amadas, a sus hijos, a sus vecinos, a los
hombres todos, esclavos hoy de la ficción organizada y acaso redimidos mañana
por la inutilidad de vivir en perpetuo engaño recíproco.
. V. CONCLUSIONES
De la animalidad primitiva hasta la civilización
presente han disminuido entre los hombres los medios violentos de lucha por la
vida y han aumentado los medios fraudulentos. En formas venideras de
organización social, y dada la creciente tendencia de los hombres a asociarse
contra la naturaleza, la simulación parece destinada a disminuir en la medida en que se atenúe la lucha por la vida.
CONCLUSIONES
SINTÉTICAS
I. Donde hay vida hay "lucha por la vida",
concepto que debe entenderse en el sentido amplio y figurado que le atribuyó
Darwin. Para esa lucha todas las especies vivientes posen medios especiales de
protección o de ofensa, que adquieren un valor psicológico cada vez más
explícito desde las especies inferiores hasta el hombre. Los primitivos medios
de lucha son violentos y se complementan progresivamente con medios
fraudulentos; entre éstos, uno de los más importantes en la especie humana es
la simulación. En todas sus manifestaciones la simulación es útil en la lucha
por la vida y se presenta como un resultado de la adaptación a condiciones
propias del medio en que la lucha se desenvuelve.
II. En el mundo biológico la simulación y la
disimulación están representadas por los fenómenos de homocromía y de
mimetismo. Son generalmente ajenos a la voluntad del animal mimante, y resultan
de la selección natural o de la acción del medio; en ciertos casos, sin
embargo, son activos y voluntarios. A medida que progresa el desenvolvimiento
mental de las especies, aumenta la posibilidad de las simulaciones individuales
y es mayor la conciencia que de ellas tiene el simulador. Sean activos o
pasivos, conscientes o inconscientes, voluntarios o accidentales, los fenómenos
de simulación son útiles al animal en que se observan y le sirven para la mejor
adaptación a las condiciones de la lucha por la vida.
III. En las sociedades humanas, la lucha por la vida
reviste múltiples aspectos individuales y colectivos; a cada forma de lucha el
hombre adapta maneras especiales de simulación y disimulación. Existe un franco
paralelismo entre las formas de lucha y las simulaciones correspondientes. Para
el común de los hombres, "saber vivir" equivale a "saber
simular"; sólo algunos individuos superiores, dotados de especiales
condiciones para la lucha por la vida, pueden imponer su personalidad al
ambiente, sin someterse a simular o disimular para adaptarse. Los hombres, en
general, adáptanse tanto mejor al medio en que luchan por la vida cuando más
desarrollada tienen la aptitud para simular.
IV. El carácter humano, como instrumento de adaptación
de la. conducta al medio, es una expresión sintética de la personalidad. El
estudio de la psicología de los simuladores se refiere a una modalidad
sintética del carácter, caracterizada por el predominio de la simulación.
En la composición del carácter intervienen diversos
elementos de la personalidad: el predominio de algunos produce tipos que suelen
clasificarse como sensitivos, intelectuales y volitivos. Sobre esos tipos las
cualidades predominantes constituyen los diversos "caracteres
humanos".
Los "hombres de carácter" luchan
intensamente por la vida y están diferenciados de la masa compuesta por los
"sin carácter". La mayor intensidad en la lucha por la vida implica
intensificación de los medios de lucha.
Todos los hombres son simuladores, en mayor o menor
grado, siendo ello indispensable para la adaptación de la conducta a las
condiciones del medio. Pero la simulación es la nota dominante en el
"simulador característico", en quien la simulación es el medio
preferido en la lucha por la vida.
Existen dos grupos de simuladores: los congénitos y
los adquiridos. En los primeros predomina el temperamento individual; en los
segundos la influencia del medio social. En otros casos la tendencia a simular
surge sobre fondo patológico.
Por la combinación de su carácter fundamental con
otros y secundarios, los simuladores
pueden clasificarse en tres grupos y seis tipos principales: los simuladores
mesológicos ("astutos" y "serviles"); los simuladores por
temperamento ("fumistas" y "refractarios") ; los
simuladores patológicos ("psicópatas" y "sugestionados").
Los simuladores mesológicos, determinados por el
ambiente, exageran una forma normal de la lucha por la vida; los astutos y los
serviles son harto numerosos. Los simuladores por temperamento y los
patológicos constituyen una minoría; la simulación no es, para éstos, un medio
de adaptación a las condiciones de la lucha por la vida, sino el exponente de
una modalidad, psíquica especial.
V. Las simulaciones de estados patológicos se
encuadran en el principio común a los demás fenómenos de simulación, siendo,
como todos ellos, simples medios adaptativos a las condiciones de la lucha por
la vida. Sus móviles más comunes son tres: la explotación de la beneficencia,
eludir el servicio militar y la simulación de la locura para obtener la
irresponsabilidad penal. Son casos particulares de la ley general que comprende
a todos los fenómenos de simulación.
VI. De la animalidad primitiva hasta la civilización
presente, han disminuido entre los hombres los medios violentos de lucha por la
vida y han aumentado los medios fraudulentos. En formas venideras de
organización social, y dada la creciente tendencia de los hombres a asociarse
contra la naturaleza, la simulación parece destinada a disminuir en la medida
en que se atenúe la lucha por la vida.
[1] El trabajo a que alude Ingenieros,
publicado en "La Semana Médica" de Buenos Aires, en febrero de 1900,
y un mes después de la "Revue de Psychologie", de Paris, fue incluido
posteriormente en la segunda edición de La psicopatología en el arte. - A. P.
[2] En El determinismo evolucionista en
la sociología contemporánea, y en El determinismo económico y la filosofía de
la historia.
[3] Debemos hacer aquí un agregado a
título excepcional. Pocos meses después de ser presentado este trabajo a la
Universidad de Buenos Aires (junio de 1900), recibimos del editor Loescher, de
Roma, un ejemplar de la segunda edición de la interesante monografía del
ilustre profesor y amigo Pasquale Penta, de Nápoles, La simulazione della
Pazzia, 1900. El volumen está lleno de observaciones agudas y escrito con
amplitud de criterio científico. Carece, sin embargo, de método general, y
llega a algunas conclusiones inexactas o contrarias a las vistas expuestas en
este trabajo. De cualquier manera lo tendremos en merecida cuenta, y en notas
oportunas nos referiremos a él todas las veces que pueda ilustrar al lector. -
(Nota de la traducción italiana.)
La primera edición de La Semana
Médica, Buenos Aires, trae una nota parecida, aunque mucho menos explícita.
Hemos preferido por eso la de la versión italiana, Pág. XXIV. - A. P.
[4] Nos complace ver confirmada esta opinión por Penta: "La
simulazione e la dissimulazione nascono sullo steso ceppo e sono In fondo la
stessa cossa"; y por Paulham, en la "Revue Philosophique",
estudiando el rol de la simulación en el carácter del falso impasible y del
falso sensible
[5] Con idéntico criterio, Le Dantec
desarrolló la misma tesis, seis altos después, en La lutte universelle. - A. P.
[6] En su recientísimo Tratado de biología (junio,
1909, Paria), dice Le Dantec, concordando con nuestras ideas:
'Parmi lea phénomènes de variation
observés sur lea diverses espèces, quelques-uns sont particulièrement
favorables a la discussion des théories darwiniennes et lamarckiennes; ce sont
les faits de mimétisme, c'est-à dire de resemblance entre les animaux et
d'autres objets.
"Donc dans tous ces cas si
différents, le caractère d'utilité est manifeste et par conséquent
l'explication darwinienne du mimétisme est admissible. Il n'y a pas de doute
que les individus, doués d'un mimétisme très parfait sont avantagés par rapport
aux autres, et que par conséquent la sélection naturelle doit conserver les
ressemblances si elle& sont acquises une première fois par hasard". En
esos pérrafos sintetisa le Dantec las Interesante, observaciones que formulara,
sobre esta cuestión, en su libro anterior, Lamarckiens et Darwiniens, Paria,
1889. (Nota de la 3e ed.)
[7] En la 113 edición, ingenieros añadió
al texto las siguientes líneas: "Este caso es análogo al de algunos índios
de las pampas americanas, que suelen ocultarse bajo el vientre de los caballos
para no ser vistos por los enemigos. llevando sus ataques por sorpresa; y es
sabido que usando de un ardid semejante logró Ulises escapar con sus compañeros
de la caverna de Polifermo, después de haber reventado el ojo del
cíclope". En el deseo de conservar al libro en la misma fisonomía que tuvo
al publicarse por primera vez, hemos preferido eliminarlas, máxime si se
recuerda que en la advertencia de la 113 edición, fechada en 1917, su autor reconoce que muchos años
después de escribir este libro advirtió que Homero había pintado en Ulises
"el arquetipo de los simuladores". - A. P.
[8] En la 12e edición. Ingenieros precisó
el concepto de raza no enunciado del todo en el texto primitivo, afiadiendo
estas palabras oportunas: "El sentido en que se puede hablar de razas,
refiriéndose a naciones civilizadas, es el sociológico, fundado en la
homogeneidad, de intereses y de sentimientos que surge de la adaptación a un
medio determinado". - A. P.
[9] En la
1ª edición, la "tenacidad exaltada de Colón" era nada menos
que "la tenacidad mórbida
del alienado Colón", con lo cual el joven psiquiatra dejaba asomar su
punto de lombrosismo. - A. P.
[10] El trabajo de Viazzi a que alude Ingenieros se titula Pudore
nell'uomo e nella donna, y fue publicado en 1898 por la Revista Mensile de
Psichiatria Forense.
[11] ¿Don Juan es un
"engañador" de mujeres, o un amante versátil e inconstante? Es
indudable que hay un tipo de don Juan que procede siempre con la misma
sinceridad limitándose a cambiar el objeto de sti pasión verdadera; pero hay
otro que sólo conquista por el placer de triunfar haciendo deporte del amor.
Del primero no diremos que es simulador, pero del segundo podremos afirmar que
vive simulando. - El problema de Don Juan que aparece así planteado en esta
nota de su primer libro, suprimida en las ediciones posteriores, preocupó
siempre a Ingenieros, y reaparece vigorosamente analizado en el capítulo
"Werther y don Juan", de su Tratado del amor. - A. P.
[12] En 1903 apareció en Buenos Aires la traducción de Molina y Vedia.
- A. P.
[13] Carlos Alfredo Becú, en su estudio
sobre "La moral de la lucha por la vida", observa que imitar y
simular son condiciones de éxito en la lucha por la mejor adaptación a la vida
social. "Si fuera necesario desarrollar aún más esos principios de ética
social, llegaríamos a preconizar no sólo la necesidad de evitar las
divergencias, sino la obligación moral positiva de identificarnos en absoluto
con el medio social. En otras palabras, abdicar de nuestra personalidad, pues
su acción podría obstaculizar nuestro triunfo en la lucha. Es lo que se llama
habilidad en la vida, englobando en esta palabra un grupo de
procedimientos encaminados a templarnos
al unisono de nuestros conciudadanos. Es, en resumen, erigir en principio de
moral social la supresión de nuestras individualidades, ahogadas en la
necesidad de imitar a los demás o simular sus caracteres. Es éste un principio
darwinlano, cuya excelencia, considerándolo como la mejor templada de. las
armas para la lucha por la vida, pude ser demostrada con argumentos
darwtnianoa. Es, en
efecto, la reproducción, dentro de las sociedades humanas, de una curiosa forma
de adaptación al medio estudiada en
ciertos insectos por Alfred Russell Wallace, el cocreador de la doctrina de
Darwin, naufragado luego en un pantano espiritualista. Llamóle mimicry. que se
traduce mimetismo, y consiste en una adaptación tan perfecta del animal al
medio, que no sólo ha conseguido organizar su filosofía para la vida en cierto
ambiente, sino que ha copiado con pasmosa fidelidad su forma, tamaño,
coloración, etc. De esta manera el insecto que vive entre hojas verdes o
ramitas secas consigue parecerse tanto a una hoja o a una ramita, que pasa
desapercibido entre ellas, y se libra así de sus enemigos; es como vemos, un
excelente medio de luchar por la vida. Un ejemplo criollo de mimetismo es el
mamboretá, lindo bichito vinculado a ciertas agradables reminiscencias
infantiles. Es una verdadera hoja de gramilla tierna, y se necesita toda la
perspicacia de un muchacho travieso para descubrirlo cuando, estirando sus
patas largas y delgadisimas, se desliza entre las matas de pasto.
"Un hombre-mamboretá es el
ejemplar perfecto de la especie, en cuanto a sus aptitudes para la lucha por la
vida; a esta conclusión nos lleva una ordenada lógica, partiendo de la doctrina
darwiniana. Es, como vemos, un concepto radicalmente distinto del usual en los
malos comentadores del pensador inglés, y especialmente de quienes han
intentado edificar sociologías rengas sobre sus principios biológicos.
"Seria acaso Inútil confirmar
con ejemplos la teoría anterior. Basta recordar que la imitación es, según
Tarde, la más enérgica de las fuerzas sociales; y esta simple mención del
sociólogo me evita la ingrata labor de diluir pensamientos ajenos para
confirmar lo propio. Y si de la imitación pasamos al verdadero mimetismo,
considerado como medio de lucha por la existencia, los ejemplos no serán menos
frecuentes. Son repeticiones de Ideas o doctrinas, declaraciones, frases e
Interjecciones, o bien, en una situación más evidente, copias de insignias,
prendas de indumentaria. Recuérdese la Importancia de sacar cruces y otros
emblemas durante ciertas persecuciones religiosas o chalecos colorados bajo el
gobierno de don Juan Manuel de Rozas. Estos últimos casos de mimetismo en nada
se diferencian del estudiado por Wallace.
"Pero sin recurrir a ejemplos
que pueden considerarse excepcionales, bastará un examen imparcial y sensato,
aunque somero, para convencernos de que la organización social contemporánea
impone ese mimetismo como norma de moral colectiva, y como condición para vivir
en la sociedad. Recuérdese lo dicho anteriormente sobre la habilidad en la
vida.
"La imitación y la simulación
representan, pues, en la sociedad, la forma usual de la adaptación; y a este
último concepto se reduce, como hemos visto, la Idea darwiniana de la lucha por
la vida." (Archivos de Psiquiatria y Criminologia, Buenos Aires,
septiembre 1908). - Nota de la 8e edición.
[14] "La organización del carácter,
su desarrollo y su fijación, producen ciertas formas psicológicas completamente
análogas a los fenómenos del mimetismo, estudiados por la naturaleza. El
carácter asume, en ellas, apariencias engafiadoras que disimulan su verdadera
naturaleza, y la confusión así determinada tornase, en principio, en beneficio
del individuo o de la sociedad, no de ambos. El hombre suele tener
instintivamente, cualidades o defectos que en realidad no posee o posee
débilmente.
"Algunas de estas simulaciones
se observan corrientemente. Las más voluntarias -y por eso mismo accidentales-
no constituyen un sistema constante. Sábese, de ha tiempo, que a los miedosos
gusta asumir actitudes provocativas para ocultar su escasa bravura y evitar que
los demás procuren comprobarla. Esto es ya semivoluntario o semiinstintivo,
pudiendo manifestarse continuamente o producirse por casualidad...
"La simulación preséntase bajo
dos formas principales, simétricamente opuestas. En la primera, mediante una
fuerte inhibición, compénsase una tendencia exuberante que podría ser
peligrosa, dejando ver solamente los rasgos opuestos a la tendencia que se
desea ocultar. En la segunda, en cambio, simúlase activamente una tendencia que
en realidad no existe. Hay, principalmente, disimulación en la primera forma y
simulación en la segunda; en esto no hay nada absoluto. La disimulación simula
la cualidad opuesta a la que se oculta, y la simulación disimula la cualidad
opuesta a aquella cuyos síntomas se ponen en evidencia." P. Paulhan.
"La simulation dans le caractére", en Revue Philosophique, diciembre
1902 y mayo 1903. (Nota de la 3a edición.)
[15] Merecen especial mención dos
artículos de Paulhan, aparecidos en la Revue Philosophique. En el primero
estudia la disimulación de los sentimientos afectivos (el falso impasible); en
el segundo, la simulación de los mismos (el falso sensible); en ambos casos el
simulador procede por un propósito netamente utilitario, procurando adaptarse
al sentimiento social del medio en que vive. Ambos estudios son de una
concepción y una claridad casi perfectas. - (Nota de la 3s edición.)
[16] 1 Ramos Mejía ha estudiado
particularmente Los simuladores del talento, en un interesante libro de
proyecciones políticas.
"Estos hombres mediocres e
inútiles que son la expresión humana de aquella animalidad defensiva, tienen en
su espíritu, como los paralíticos y los mudos en su cerebro, suplencias de
extraordinaria aplicación, el don de espera del batracio oportunista, las
transmutaciones de la forma, el usó del color, las actitudes, las complicadas
comedias de todo lo que hiere el sentido alerta de sus enemigos. Todo ello no
les sirve para agredir, sin embargo, porque la iniciativa es propiedad del
talento como la fecundidad de la vida; pero se defienden con armas cuyo uso y
mecanismo ignora aquél, porque es inocente y sin malicia frecuentemente
"Ciertas aptitudes dispersas que por una educación progresiva han llegado a un desarrollo
considerable, establecen por el uso la corrección falaz de un funcionamiento
complicado, alcanzando a constituir verdaderos aparatos mentales, que invitados
al movimiento por cualquier remoto peligro, entran en acción con la regularidad
de un mecanismo registrador. Tales aparatos están generalmente constituídos por
grandes o pequeñas disposiciones para la simulación: aptitudes y actitudes,
ambos combinados, porque en el fondo no hay otra cosa que histrionismo
desvergonzado."
"Tienen en el espíritu todos los
elementos de la ilusión y un dispositivo teatral por medio del cual, combinando
simples manchas, dan en el lienzo la sensación completa de cosas que a la
distancia resultan acabadas; con la escoba sugieren la sensación de un hombre,
con un diario una bandera, con el bastón un cetro, y si el público tiene cierta
disposición que las precauciones y el interés de otros han suscitado, resultan
estigma de la gloria, las erupciones, cicatrices los traumatismos y rostro de la
vigilia estudiosa las ojeras libertinas de la mala noche...
"En la esgrima de estas
aptitudes de protección, el defensivo suele tener golpes de éxito que le
equiparan al genio; porque llegar a la cumbre sin talento, ilustración,
virtudes domésticas elementales, siquiera, es, sin duda, poseer un género
singular de superioridad. ¿No lo tiene, acaso, el que por medio del silencio
recamado con la falsa pedrería de los gestos, de los monosílabos y
exclamaciones, mantiene por largo tiempo la sensación de su misteriosa
existencia? Hay un arte, casi estoy por decir que es una ciencia, que enseña a
vislumbrar los provechos del silencio y revela el secreto de sus usos educando
la perseverancia y el dominio tan útil sobre la fisonomía y los nervios.
Poseerlo es una de las características más humanas de la protección. ¡Cuántas
cosas no teje detrás de él la imaginación popular! Pero, ay de él el día en que
el defensivo, a fuerza de tironeársela, pierde en un instante de desequilibrio
la preciosa virginidad de la lengua, entregándose a un verdadero libertinaje
verbal que le arranca violentamente de aquel olimpo prestigioso de la
sombra..."
"No es menos defensiva, en
muchos casos, la misma oratoria, cuando como ese silencio fructífero, se emplea
para ocultar pobrezas mentales vergonzantes. Ese orador verboso pero estéril,
de todos tan conocido, es el tipo del defensivo superior, mezcla curiosa de
tintorero astigmate, por la abundancia de colores chillones que maneja; de
pirotécnico, por el ruido inútil que produce; de cómico, por el gesto abusivo,
la pose sugerente, el ademán de atleta y de augur confundidos fraternalmente,
con que sugiere la sensación de plenitud en el vacío. Nadie como él más feliz
cuando despliega sus abundantes trapos de serpentinas dominando la simplicidad
de espíritu con aquella verbosidad venturosa que pone láminas a su inútil
facundia. Es el espíritu más consumado de prestidigitación psicológica, el
mentiroso emotivo por excelencia. su charla no es jamás vehículo de ideas, o si
a las veces existe alguna, lo que parece bien raro, es sólo en un estado tal de
dilución que no sería posible pescarla en aquel mar de papelitos multicolores.
Algunos, más alados que otros, suelen en ocasiones suspenderse un poco más
arriba de la tierra, porque con la maravillosa inflexión de la voz y algunas
otras raras cualidades puramente externas, o encantan el oído o sorprenden la
sensibilidad tocándola con mansedumbre. Por ese medio acaban por dominar el
corrillo, desterrar el aburrimiento de la expectativa y conquistar el prestigio
de la atención en los cerebros dóciles al engaño. Su habilidad protectiva está
principalmente en detenerse cuando ya asoma dentro de su incoercible
verborragia la vaga silueta de aquel delicioso macaneador, cuyo espíritu tan
ingenuamente expansivo, vela siempre experto dentro del alma del orador. Hay
que reconocer, con todo, que tiene la facultad de hacerse oír siempre en los
más graves problemas, por la audacia en el abordaje, la felicidad envidiable en
la cita y aquella rara habilidad con que pone al servicio de todas las
inteligencias la chispeante vulgarización de las arduas cuestiones.
Deben tener, y la tienen, sin duda,
una función prevista todos estos defensivos inferiores que en ocasiones flotan
tan arriba, subsisten y se mantienen por raras virtudes de organización animal
hasta por encima del talento y de los verdaderos méritos. En tan complicada
dinámica, ¿no habrá alguna ley de equilibrio que reclame su menudo concurso
como en las trascendentales de la vida la tiene el gusano y el molusco, que
transforman la naturaleza de los terrenos y alteran el curso de los ríos por
simple acumulación? Ya que no pueden sacar de si mismos la fuerza que
necesitan, se injertan otra alma, suerte de autoplastia moral que les permite
usar una postiza y hacer alarde de la abundancia falaz que transitoriamente los
redime de su Inferioridad..."
La tesis de este libro es paradojal:
es necesario poseer talento verdadero para efectuar con éxito semejante
simulación del talento. - Los simuladores del talento. Buenos Aires, 1904.
(Nota de la 8' edición.)
[17] Como complemento lógico de su
paradojal estudio sobre los simuladores del talento, examina Ramos Mejía a los
disimuladores del talento; esta disimulación es un hecho posible, aunque no
frecuente:
--Así como hay quien simule el
talento para vivir y triunfar en la lucha por la vida, as¡ también quien, con
el mismo fin, lo disimula; de manera que, frente al grupo numeroso de los
simuladores está el de los disimuladores.
"La disimulación es una función
tan defensiva como la otra que le hace pendant. Difieren ambas en que aquélla
tiene un carácter de mayor pasividad y es menos dramática en sus
procedimientos. Y sin embargo es más fácil disimular que simular, porque el
disimulo, que no tiene el poder sugerente de la mímica y del ruido, se presta
más fácilmente al análisis y al examen de la curiosidad que a menudo fracasa
frente a la deslumbrante movilidad de ésta. La impenetrable quietud del
disimulador ofrece un procedimiento menos rico de recursos y de engaños que la
inquieta variabilidad del simulador "El reducido despliegue de sus
aptitudes defensivas se limita general mente a achicarse, a reducir la
superficie de agresión, para ofrecer menos flancos de ataque y pasar más
fácilmente desapercibido. Posee un dominio genial sobre las funciones de
relación, la fisonomía y la emotividad, de manera que ningún agente de
perturbación sensitiva pueda tomar de sorpresa a la más inquieta fibra muscular o al más humilde de
los cilindros nerviosos que conduce impresión o movimiento. La oclusión
completa de todos los canales de exteriorización, para que todas las funciones
circulatorias de la sensación se hagan debajo de la superficie tegumentaria,
constituye algunas de las tantas ruedas del aparato destinado a imitar la
muerte y el silencio, la indiferencia y la insensibilidad más completa, a los
fines de ocultación provechosa Loc. cit. - (Nota de la 3e edición).
[18] Hermento elmel, de tan fuerte sabor
d'annunziano, era por aquel entonces uno de los pseudónimos de Ingenieros. La
Apología a que hace referencia no es otra cosa que el Elogio, Incorporado más
tarde a Crónicas de viaje. - A. R
[19] En las primeras ediciones se
llamaban disidentes. - A. P.
[20] Dos psiquiatras italianos, Penta y Del Greco, partiendo de la
observación de los simuladores patológicos, y especialmente de los simuladores
de la locura, se inclinan a ver en la simulación un carácter psicológico
inferior, un estigma degenerativo. Todo lo expuesto en el presente volumen
demuestra que es una de tantas formas de adaptación s las condiciones de la
lucha por, la vida, una manifestación de la astucia y del fraude, más
evolucionada que la brutalidad y la violencia, como instrumento de lucha y de
adaptación. - (Nota de la 3a edición).
[21] La le edición, en vez de "el
mejoramiento selectivo de la especie humana", decía: "la crueldad de
los hombres superiores". Y es necesario reconocer que en el texto
originario guardaba mejor el áspero concepto de Nietzsche sobre la inutilidad
de los inferiores y los débiles. - A. P.
[22]
Estas opiniones acaban de ser confirmadas
por el movimiento eugenista, rápidamente difundido. - (Nota de la 3' edición).
[23] José ingenieros. Cuestión
argentino-chilena. La mentira patriótica, el militarismo y la guerra.
Conferencia dada el 12 de febrero de 1898 en el "Centro socialista
obrero". Editado por la "Librería Obrera", Buenos Aires. - A. P.
[24] Se simulan defectos físicos, estados
patológicos generales y enfermedades constitucionales: inaptitud física,
debilidad general, miseria orgánica, anemia. Síntomas aislados: fiebre,
hiperemia, dolores vagos o localizados, cefalalgia, neuralgias, escrófula,
escorbuto. Enfermedades nerviosas: epilepsia, histerismo, sonambulismo,
catalepsia, córea, temblores convulsiones, rabia, tétanos; parálisis.
Enfermedades mentales; Enfermedades de la vista: de la agudeza del campo visual
de acomodación de percepción, midriasis, hipermetropía, miopía, amblopla,
amaurosis, hemeralopia. Enfermedades del aparato auditivo: sordera,
supuraciones, Aparato digestivo y anexo: saburra gástrica, disfagia,
gastralgia, enteralgia. vómitos, hematemesis, enterorragía, hemorroides, cólicos,
diarrea, hernia. Aparato respiratorio y anexos: pólipos, ozena, epistaxis, tos,
hemoptisis, tuberculosis, asma, tartamudez, mutismo, afonía, sordomutismo.
Circulatorios, torácicas y raquídeas: desviaciones del raquis, palpitaciones,
sincope. Génito-urinarias: uretritis, estrecheces, chancro, varicocele,
hidrocele, espermatorrea, inconsistencia. cálculos, cólicos, erupciones
vesiculosas y pustulosas, sarna, pénfigo, erupciones papulosas, manchas y
coloraciones anormales, úlceras, escrófulas, flemones, bocio. Aparato
locomotor: claudicación, contracturas, deformaciones y desviaciones de los
miembros. Se simulan heridas y traumatismos de toda clase, siendo muy grande su
importancia en medicina legal. No son raras las mutilaciones voluntarias, que
se simulan producidas accidentalmente.
[25] En su excelente Philosophie des sciences sociales,
demuestra Worms haber
reaccionado contra sus primitivos excesos organicistas. - (Nota de
la 3s edición

