© Libro
No. 374. El ocaso del pensamiento.
Cioran, E. M. Colección Emancipación Obrera.
Enero 26 de 2013.
Título original: © E. M. Cioran . El ocaso del pensamiento
Versión Original:
El ocaso del pensamiento. Cioran, Emile
Michel
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
E. M. Cioran
El Ocaso Del Pensamiento
El
ocaso del pensamiento es el quinto y penúltimo libro de E.M. Cioran escrito en
rumano. Y también su libro menos conocido.
Tras entregar a su editor en Bucarest el
manuscrito de De lágrimas y de santos en 1937 Cioran se trasladó, antes de su
publicación, a París con una beca del Instituto Francés de Bucarest, ignorando el escándalo que
causaría en su país este libro que los crítico llegaron a tachar de
«sacrílego». Tal vez por este motivo Cioran decidiera instalarse
definitivamente en Francia. Sin embargo, la publicación en Rumania de El ocaso
del pensamiento en 1940 parece confirmar la hipótesis de que Cioran se desplazó
en más de una ocasión a su país durante la guerra. Debido tal vez a las
circunstancias en que apareció, el libro pasó entonces desapercibido y de él
nada más se supo hasta que el autor autorizara la versión francesa en 1991.
El
ocaso del pensamiento
(Amurgul Gândurilor) 1940
El
ocaso del pensamiento es el quinto y penúltimo libro de E.M. Cioran escrito en
rumano. Y también su libro menos conocido.
Tras entregar a su editor en Bucarest el
manuscrito de De lágrimas y de santos en 1937 Cioran se trasladó, antes de su
publicación, a París con una beca del Instituto Francés de Bucarest, ignorando
el escándalo que causaría en su país este libro que los crítico llegaron a
tachar de «sacrílego». Tal vez por este motivo Cioran decidiera instalarse
definitivamente en Francia. Sin embargo, la publicación en Rumania de El ocaso
del pensamiento en 1940 parece confirmar la hipótesis de que Cioran se desplazó
en más de una ocasión a su país durante la guerra. Debido tal vez a las
circunstancias en que apareció, el libro pasó entonces desapercibido y de él
nada más se supo hasta que el autor autorizara la versión francesa en 1991.
EL
OCASO DEL PENSAMIENTO
...aliméntalo
con el pan y el agua de la aflicción.
2 Crónicas, 11, 26
E. M. Cioran
El ocaso del pensamiento
Capítulo primero
Uno puede decir
con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se
enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, éste protestará e
incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede
impune.
Así somos
todos: nos exoneramos de toda culpa cuando se trata de un principio general y
no nos avergonzamos de quedarnos reducidos a una excepción. Si el universo no
tiene ningún sentido, ¿habremos librado a alguien de la maldición de ese
castigo?
Todo el secreto
de la vida se reduce a esto: no tiene sentido; pero todos y cada uno de
nosotros le encontramos uno.
*
La soledad no
te enseña a estar solo, sino a ser único.
*
Dios está muy
interesado en controlar las verdades. A veces un simple encogimiento de hombros
puede hacer que todas se le vengan abajo, puesto que los pensamientos ya hace
tiempo que se las socavaron. Si un gusano es capaz de sentir inquietudes
metafísicas, también él le quita el sueño.
Pensar en Dios
es un obstáculo para el suicidio, no para la muerte. Eso no alivia en
absoluto la oscuridad que habrá asustado a Dios mientras se buscaba el pulso
por miedo a la nada...
Dicen que
Diógenes se dedicaba a falsificar moneda. Todo hombre que no crea en la verdad
absoluta tiene derecho a falsificar cualquier cosa. Si Diógenes hubiera nacido
después de Cristo, habría sido un santo. ¿Adónde puede llevarnos la admiración
por los cínicos y dos mil años de cristianismo? A un Diógenes enternecedor...
Platón dijo de
Diógenes que era un Sócrates loco. Difícil resulta ya salvar a Sócrates...
*
Si la sorda
excitación que me domina cobrara voz, cada gesto sería un postrarme de hinojos
ante un muro de las lamentaciones. Llevo luto desde que nací, luto por este
mundo.
*
Todo lo que no
es olvido, nos desgasta el alma; el remordimiento es el reverso del olvido. Por
eso se alza amenazador como un monstruo de tiempos remotos que mata sólo con la
mirada o llena los momentos con sensaciones de plomo fundido en la sangre.
El común de las
gentes siente remordimientos tras un acto cualquiera; sabe por qué los
tiene porque los motivos están ante sus ojos. Sería inútil que les hablara de
«accesos», nunca podrían entender la fuerza de un tormento inútil.
El
remordimiento metafísico es una turbación sin causa, una inquietud ética en el
límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo
sientes remordimientos. No te acuerdas de nada pero te invade un sentimiento
infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo, pero te sientes
responsable de los males del universo. Sensaciones de Satanás delirante de
escrúpulo. El principio del Mal apresado en las redes de los problemas éticos y
en el terror inmediato de las soluciones.
Cuanto menos
indiferente seas frente al mal, más cerca estarás del remordimiento esencial.
Este a veces es difuso y equívoco: entonces cargas con la ausencia del
Bien.
El color del
remordimiento es el morado. (Lo extraño en él tiene su origen en la lucha entre
la frivolidad y la melancolía, donde la última es la que triunfa.)
El
remordimiento es la forma ética del pesar. (Los pesares se convierten en
problemas, no en tristezas.) Un pesar elevado al rango de sufrimiento.
No resuelve
nada, pero lo empieza todo. La moral aparece con el primer temblor de
remordimiento.
Un dinamismo
doloroso hace de él un desperdicio suntuoso e inútil del alma. Sólo el mar y el
humo del tabaco pueden darnos una idea de su imagen.
El pecado es la
expresión religiosa del remordimiento, al igual que el pesar es su expresión
poética. El primero es un límite superior; el último, inferior.
Te lamentas de
que algo ha ocurrido contigo mismo... Eras libre de dar otro rumbo a los
acontecimientos, pero la atracción del mal o de la vulgaridad ha vencido a la
reflexión ética. La ambigüedad arranca de la mezcla de teología y vulgaridad
que hay en cualquier remordimiento.
No hay forma
más dolorosa de sentir la irreversibilidad del tiempo que a través del
remordimiento. Lo irreparable no es otra cosa que la interpretación moral de
esa irreversibilidad.
El mal nos
desvela la sustancia demoníaca del tiempo; el bien, el potencial de eternidad
del devenir. El mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado. Nadie conoce la
diferencia racional existente entre uno y otro. Pero todos sentimos el doloroso
calor del mal y la frialdad extática del bien.
Ese dualismo
transpone al mundo de los valores otro dualismo más profundo: inocencia y
conocimiento.
Lo que
diferencia el remordimiento de la desesperación, del odio o del honor es una
ternura, un sentido patético de lo incurable.
¡Hay tantos
hombres a quienes sólo les separa de la muerte su anhelo por ella! En este
anhelo, la muerte convierte la vida en un espejo en el cual poder admirarse. La
poesía solamente es el instrumento de un fúnebre narcisismo.
*
Tanto los
animales como las plantas son tristes, pero no han descubierto la
tristeza como una vía de conocimiento. Sólo en la medida en que el hombre la
utiliza, cesa de ser naturaleza. Al mirar a nuestro alrededor, ¿quién no
se da cuenta de que hemos dado nuestra amistad a las plantas, a los animales y
a los minerales? Pero a ningún hombre.
*
El mundo no es
más que un Ninguna‑parte universal. Por eso nunca tenemos un lugar
adonde ir...
*
Todos esos
momentos en que la vida calla para que oigas tu soledad..., tanto en París como
en el más alejado villorrio, el tiempo se retira, se acurruca en un rincón de
la conciencia y se queda contigo mismo, con tus luces y tus sombras. El alma se
ha aislado y, presa de convulsiones indefinidas, sube hasta tu superficie, como
un cadáver pescado en las profundidades. Entonces te das cuenta de que también
existe otro sentido de pérdida del alma distinto del bíblico.
*
Todos los
pensamientos se asemejan a los gemidos de una lombriz pisada por los ángeles.
*
No puedes
entender lo que significa «la meditación» si no estás habituado a escuchar el
silencio. Su voz incita a la renuncia. Todas las iniciaciones religiosas son
inmersiones en su profundidad. Empecé a sospechar del misterio de Buda en
cuanto me entró miedo del silencio. La mudez cósmica te dice tantas cosas, que
la cobardía te empuja a los brazos de este mundo.
La religión es
una revelación atenuada del silencio, una dulcificación de la lección del
nihilismo que nos inspiran sus susurros, filtrados por nuestro miedo y nuestra
prudencia... De esa forma, el silencio se sitúa en las antípodas de la vida.
*
Siempre que la
palabra extravío acude a mi mente, trae consigo la revelación del
hombre. Y también es como si las montañas reposaran sobre mi frente.
*
Suso revela en
su autobiografía que con un punzón metálico se grabó el nombre de Jesús a la
altura del corazón. La sangre no corrió en vano, pues al poco tiempo descubrió
una luz en aquellas letras y las tapó para que nadie las viera. ¿Qué escribiría
yo a la altura de mi corazón? Seguramente: infelicidad. Y la sorpresa de Suso
se repetiría varios siglos después por el simple hecho de que el diablo tuviera
una luz como emblema... De ese modo, el corazón humano se convertiría en el
anuncio luminoso de Satanás.
*
Los ángeles
veranean en los calveros de algunos bosques. En ellos yo sembraría flores de
las márgenes de los desiertos para echarme a reposar a la sombra del propio
símbolo.
*
Hay que tener
el espíritu de un escéptico griego y el corazón de un Job para experimentar los
sentimientos en su esencia: un pecado sin culpa, una tristeza sin
motivo, un remordimiento sin causa, un odio sin objeto...
Sentimientos
puros que equivalen a filosofar sin problemas. Ni la vida ni el
pensamiento existen ya ‑en este sentido‑ sin relación con el tiempo, y la
existencia se define como una suspensión. Todo lo que sucede en tu interior no
puede referirse ya a nada, porque no se dirige a ninguna parte, sino que se
agota en la finalidad interna del acto. Se hace tanto más esencial cuanto robas
a tu «historia» el carácter de temporalidad. Las miradas al cielo son
intemporales, y la vida en sí misma es menos localizable que la nada.
En el anhelo
por lo absoluto existe la pureza de lo indeterminado, que tiene que sanarnos de
las infecciones temporales y servirnos de prototipo de la suspensión incesante.
Porque, en el fondo, esto no es sino desparasitar a la conciencia del tiempo.
*
Siempre que
pienso en el hombre, la compasión anega mis pensamientos. Y así no puedo, en
modo alguno, seguir sus huellas. Una fractura en la naturaleza nos obliga a
meditaciones fracturadas.
*
La pasión por
la santidad sustituye al alcohol en la misma medida que la música. Al igual que
el amor y la poesía. Formas distintas del olvido, perfectamente sustituibles.
Los borrachos, los santos, los enamorados y los poetas se encuentran
inicialmente a la misma distancia del cielo o, mejor dicho, de la tierra. Sólo
las vías difieren, aunque todos están en vías de dejar de ser hombres.
Así se explica por qué el placer de la inmanencia los condena de forma similar.
*
La timidez es
un desprecio instintivo de la vida; el cinismo, uno racional. ¿Y la ternura? Un
delicado ocaso de la lucidez, una «degradación» del espíritu al rango del
corazón.
En toda timidez
se halla un matiz religioso. El miedo de no ser de nadie, de que Dios no sea
nadie, y el mundo su obra... La desconfianza metafísica crea hostilidad en la
naturaleza e incomodidad en la sociedad. La falta de atrevimiento entre los
hombres ‑el decantamiento de la fuerza en desprecio‑ parte de una vitalidad
insegura, agravada por recelos, de lo que es más esencial en el mundo. Un
instinto seguro y una fe decidida le dan a uno el derecho a ser insolente;
incluso le obligan a ello. La timidez es el modo de encubrir un pesar. Ya que
cualquier atrevimiento no es más que la forma que adopta la falta de pesar.
*
El no tener ya
ilusiones es como haber servido de espejo al tocador íntimo de la vida. No hay
en la vida un misterio más conmovedor que el amor a la vida; él solo pasa por
encima de toda evidencia. Hay que dejar de pertenecer por completo a este mundo
para que la vida parezca un absoluto. Desde el cielo, ésta es la perspectiva
que se tiene.
*
Donde aparece
la paradoja, muere el sistema y triunfa la vida. Por medio de ella la razón
salva su honor frente a lo irracional. Lo que en la vida es turbio únicamente
puede expresarse como maldición o himno. Quien no pueda servirse de ellos, sólo
tiene una escapatoria a su alcance: la paradoja, sonrisa formal de lo
irracional.
¿Qué otra cosa
es, desde la perspectiva de la lógica, sino un juego irresponsable y, desde el
buen sentido, una inmoralidad teórica? ¿Es que no se abrasan en ella todo lo
insoluble, los desatinos y los conflictos que atormentan la vida desde lo más
hondo? Siempre que sus agitadas sombras hablan al oído a la razón, ésta viste
sus susurros con la elegancia de la paradoja para enmascarar su origen. ¿Es la
propia paradoja de salón algo distinto a la más profunda expresión que puede
alcanzar la superficialidad?
La paradoja no
es una solución, ya que no resuelve nada. Puede emplearse solamente como
adorno de lo irreparable. Querer dirigir algo con ella es la mayor de
las paradojas. No puedo imaginármela sin el desengaño de la razón. Su falta de pathos
la obliga a estar al acecho del murmullo de la vida y a suprimir su autonomía a
la hora de interpretarla. En la paradoja la razón se anula por sí misma; ha
abierto sus fronteras y ya no puede detener la invasión de los errores
palpitantes, de los errores que laten.
Los teólogos
son parásitos de la paradoja. Sin su uso inconsciente hace mucho que tendrían
que haber depuesto las armas. El escepticismo religioso no es más que su
práctica consciente.
Todo cuanto no
cabe en la razón es motivo de duda; pero en ella no hay nada. De ahí el
fructífero auge del pensamiento paradójico que ha introducido un contenido en
las formas y ha dado curso oficial al absurdo.
La paradoja
presta a la vida el encanto de un absurdo expresivo. Le devuelve lo que ésta le
atribuyó desde el principio.
*
Si yo fuera
Moisés, sacaría con mi bastón pesadumbres de las rocas. Sea como fuere, ése es
también un modo de apagar la sed de los mortales...
*
Lo religioso no
es una cuestión de contenido, sino de intensidad. Dios se concreta en nuestros
momentos febriles, de suerte que el mundo en el que vivimos se convierte en un
excepcional objetivo de la sensibilidad religiosa por el hecho de que sólo
podemos reflexionar en los momentos neutros. Sin «fiebres» no superamos
el campo de la percepción, es decir, no vemos nada. Los ojos sólo sirven
a Dios cuando no distinguen los objetos; lo absoluto teme a la individuación.
La
intensificación de cualquier sensación es señal de religiosidad. El grado
máximo de repulsión nos revela el Mal (la vía negativa hacia Dios). El vicio
está más cerca de lo absoluto que un instinto auténtico, porque la
participación en lo divino es posible en la medida en que ya no somos
naturaleza.
Un hombre
lúcido controla sus «fiebres» a cada paso, como espectador de su propia pasión,
eternamente sobre sus huellas, entregándose de forma equívoca a las fantasías
de su tristeza. En estado lúcido el conocimiento es un homenaje a la
fisiología.
Cuanto más sabemos
sobre nosotros mismos, más cumplimos con las exigencias de una higiene que
consiste en la realización de la transparencia orgánica. Es tanta la claridad,
que vemos a través de nosotros. Te conviertes así en espectador
de ti mismo.
*
La fuente de la
histeria religiosa en los conventos no puede ser otra que escuchar al silencio,
la contemplación del espectáculo de sosiego de la soledad. ¿Pero qué hay del
pálpito interior del Tiempo, de la pérdida de la conciencia en el balanceo del
oleaje temporal? La fuente de la histeria laica...
*
El Tiempo es un
sucedáneo metafísico del mar. Uno sólo piensa en él cuando quiere vencer la
nostalgia marina.
*
Si se admite en
el universo la existencia real de lo infinitesimal, todo es real; si no
existe algo, no existe nada. Hacer concesiones a la multiplicidad y
reducirlo todo a una jerarquía de apariencias significa no tener el valor de
negar. La lejanía teórica de la vida y la debilidad sentimental por ella nos
llevan a la vacilante solución de graduar la irrealidad, a un pro y contra de
la existencia.
La situación
paradójica expresa una indeterminación esencial del ser. Las cosas no se han
ordenado. Tanto como situación real, como de forma teórica, la paradoja surge
de la condición de lo imperfecto. Bastaría con una para lanzar el paraíso por
los aires.
La contingencia
(los oasis de lo arbitrario en el desierto de la Necesidad) sólo es
aprehensible por las formas de la razón a través de la intervención de la
movilidad que la agitación de la paradoja introduce. ¿Qué otra cosa es ésta
sino la irrupción demoníaca en la razón, una transfusión de sangre en la Lógica
y un padecimiento de las formas?
Es un argumento
irrebatible que los místicos no han resuelto nada, ¿pero lo han entendido todo?
Hay un alud de paradojas en torno a Dios para aliviarse del miedo a lo
incomprensible. La mística es la expresión suprema del pensamiento paradójico.
Los propios santos se han servido de la indeterminación para «precisar» lo
indescifrable que resulta lo divino.
*
Sensaciones
etéreas del Tiempo en que el vacío se sonríe a sí mismo...
*
La melancolía:
halo vaporoso de la Temporalidad.
*
La existencia
demoníaca eleva cada uno de los instantes a la dignidad de acontecimiento. La
acción ‑muerte del espíritu‑ emana de un principio satánico, luchar en la
medida en que uno tiene algo que expiar. La actividad política es, más que
cualquier otra cosa, una expiación inconsciente.
*
La sensibilidad
frente al tiempo tiene su punto de partida en la incapacidad de vivir el
presente. A cada momento percibes el inmisericorde movimiento del tiempo que
sustituye al dinamismo inmediato de la vida. Ya no vives en el tiempo,
sino con él, paralelo a él.
Al ser una
misma cosa con la vida, eres tiempo. Al vivirlo, mueres junto con él,
sin dudas y sin dolor. La salud perfecta tiene lugar en la asimilación
temporal, mientras que el estado de enfermedad es una disociación equivalente.
Cuanto mejor se percibe el tiempo, tanto más se avanza hacia el desequilibrio
orgánico.
De forma
natural, el pasado se pierde en la actualidad del presente, se totaliza y se
funde con él. La pesadumbre (expresión de la agudeza temporal, de la
desintegración del presente) aísla el pasado como actualidad, lo vitaliza por
medio de una auténtica óptica regresiva. Porque en la pesadumbre el pasado
conserva la virtud de lo posible. Lo irreparable convertido en
virtualidad.
Cuando se es
plenamente consciente de la clase de agente destructor que es el tiempo, los
sentimientos que se organizan alrededor de esa conciencia intentan salvarlo por
todos lados. La profecía es la actualidad del futuro, como la pesadumbre lo es
del pasado. Al no poder ser en el presente, transformamos el pasado y el
futuro en presencias, de modo que la nulidad actual del tiempo nos
facilita el acceso a su infinitud.
Estar enfermo
significa vivir en un presente consciente, en un presente translúcido en
sí mismo, ya que el miedo al pasado y al futuro, a lo que ha ocurrido y a lo
que ocurrirá, dilata el instante al compás de la inmensidad temporal.
Un enfermo que
pudiera vivir con ingenuidad no sería un enfermo propiamente dicho, ya que se
puede estar afectado de cáncer, pero si no se tiene miedo al desenlace (ese
futuro que corre hacia nosotros, no hacia donde nosotros corremos), se está
sano. No hay enfermedades sino sólo una conciencia de ellas acompañada siempre
por la hipertrofia de la sensación de lo temporal.
¿No nos sucede
a veces que palpamos el tiempo, que se nos escurre entre los dedos, con
una intensidad tal que lo proyecta dándole un contorno material? Y otras veces,
¿no lo sentimos correr como una sutil brisa entre nuestros cabellos? ¿Estará
cansado? ¿Andará buscando lecho donde reposar? Hay corazones más agotados que
él y que, sin embargo, no rehusarían acogerlo...
*
El Mal, una vez
abandonada su indiferencia originaria, tomó al Tiempo como seudónimo.
*
Los hombres
construyeron el paraíso filtrando de una «esencia» de perdurabilidad la
eternidad. El mismo procedimiento aplicado al orden temporal nos hace
inteligible el sufrimiento. Ya que, realmente, ¿qué es éste sino «esencia» del
tiempo?
Después de la
medianoche medita como si ya no formaras parte de la vida o, en el mejor de los
casos, como si ya no fueras tú. Conviértete en una simple herramienta
del silencio, de la eternidad o del vacío. Te crees triste y no sabes que estas
cosas respiran a través de ti. Eres víctima de una confabulación de fuerzas
oscuras, ya que de un individuo no puede nacer una tristeza que no quepa dentro
de él. Todo aquello que nos supera tiene su origen fuera de nosotros. Ya sea el
placer, o el sufrimiento. Los místicos atribuyeron a Dios la inefable felicidad
que experimentaban durante los estados de éxtasis porque no podían admitir que
la finitud individual fuera capaz de tanta plenitud. Lo mismo ocurre con la
tristeza y con todo lo demás. Estás solo, pero con toda la soledad.
*
Cuando todo se
mineraliza, la propia nostalgia se convierte en geometría, las rocas parecen
líquidas en comparación con la pétrea vaguedad del alma, y los matices son más
escarpados que los montes. Entonces, cuando todo eso sucede, sólo te queda
temblar y mirar como un perro apaleado y transformar tu cabeza en un viejo y
desvencijado reloj; almohada de una frente enloquecida.
*
Siempre que
paseo entre la niebla, me descubro mejor a mí mismo. El sol nos enajena, pues
al mostrarnos el mundo nos liga a sus mentiras. Pero la niebla es el color de
la amargura...
*
A los accesos
de lástima precede un estado de debilidad general, en el cual te mueves
temeroso de caer en todos los objetos, de fundirte con ellos. La lástima es la
forma patológica del conocimiento intuitivo. Pese a todo, no puede encuadrarse
dentro de la categoría de las enfermedades, pues es un desvanecimiento...
vertical. Caemos en dirección a nuestra propia soledad.
*
Las noches en
blanco (las únicas negras) hacen de ti un verdadero buzo del Tiempo.
Bajas y bajas hacia su fondo sin fin... La inmersión musical e indefinida hacia
las raíces de la temporalidad se queda en un placer insatisfecho, porque no
podemos tocar los márgenes del tiempo más que saltando desde su
interior. Sin embargo, ese salto nos lo convierte en algo externo; percibimos
sus límites, pero no su experiencia. La suspensión lo transforma en
irrealidad y le roba su idea de infinito, decorado de las noches en blanco.
El único papel
del sueño es el olvido del tiempo, del principio demoníaco que vela en él.
*
Cuando estoy en
una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si no hubiese
creyentes, si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla
el órgano.
*
La mediocridad
de la filosofía se explica por el hecho de que solamente se puede pensar cuando
se tiene la temperatura baja. Cuando dominas la fiebre, ordenas tus
pensamientos como si fueran muñecos, manejas las ideas como si fueran
marionetas en la cuerda y el público no se sustrae a la ilusión. Pero cuando
siempre que te miras a ti mismo ves un incendio o un naufragio, cuando el
paisaje interior es una suntuosa devastación de llamas evolucionando hacia el
horizonte de los mares, entonces das rienda suelta a los pensamientos, columnas
embriagadas por la epilepsia del fuego interior.
*
Si supiera que
una sola vez estuve triste a causa de los hombres, depondría las armas por
vergüenza. Estos pueden ser amados a veces, otras, odiados y siempre
compadecidos, pero entristecerse por ellos es una concesión degradante. Los
momentos de generosidad divina en los que abrazaría a todo el mundo son
inspiraciones raras, verdaderas «gracias».
El amor por los
demás es una enfermedad tonificante y, al mismo tiempo, extraña, porque no se
apoya en ningún elemento de la realidad. Hasta ahora no ha existido un solo
psicólogo amante del prójimo y seguro que nunca lo habrá. El conocimiento no va
al compás de la humanidad. Sin embargo, hay pausas de lucidez, recreaciones del
conocimiento, crisis del ojo implacable, que lo ponen en la situación extraña
del amor. Entonces desearía tenderse en medio de la calle, besar las plantas de
los pies de los demás mortales, desatar las correas del calzado de los
mercaderes y de los pordioseros, arrastrarse por todas las llagas y charcos de
sangre, colgar de la mirada del criminal alas de paloma, ¡ojalá fuera el último
hombre por amor!
El conocimiento
de los demás y la repulsión convierten al psicólogo, por las buenas o por las
malas, en víctima de sus propios cadáveres. Y es que para él todo amor es una
expiación. Los hombres anulados por el conocimiento mueren en ti; las víctimas
de tu desprecio se pudren en tu corazón. ¡Y todo este cementerio cobra vida en
el delirio de amor, en los espasmos de tu expiación!
*
Lo sublime es
lo inconmensurable como idea de muerte. El mar, el renunciamiento, las montañas
y el órgano ‑de formas distintas y, sin embargo, del mismo modo‑ son la
culminación de un final que aunque se consume en el tiempo, su destrucción
está, no obstante, lejos de él. Y es que lo sublime es una crisis temporal
de la eternidad.
Lo que hay de
sublime en el ejemplo de Jesús deriva de vagar eternamente a través del tiempo,
de su inmensurable degradación. Pero todo lo que es fin en la existencia del
Redentor atenúa la idea de sublime, que excluye las alusiones éticas. Si bajó
de buena voluntad para salvarnos, entonces puede interesarnos sólo en la medida
en que apreciamos estéticamente un gesto ético. Por el contrario, si su paso
entre nosotros es sólo un error de la eternidad, una inconsciente tentación de
muerte de la perfección, una expiación en el tiempo de lo absoluto, las
proporciones enormes de esta inutilidad ¿no se alzarán entonces bajo el signo
de lo sublime? Que la estética salve entonces la cruz como símbolo de la
eternidad.
*
No existe mayor
placer que creerse haber sido filósofo y no serlo ya.
Sufrir
significa meditar una sensación de dolor: filosofar, meditar sobre esa
meditación.
El sufrimiento
es la ruina de un concepto; una avalancha de sensaciones que intimida todas las
formas.
Todo en
filosofía es de segundo orden, de tercero... Nada directo. Un sistema se
construye de derivaciones, pues él mismo es lo derivado por excelencia.
Mientras tanto, el filósofo no es más que un genio indirecto.
*
No podemos ser
tan generosos con nosotros mismos como para despilfarrar la libertad que nos
otorgamos. Si no nos pusiéramos impedimentos, ¡cuántas veces cada instante no
sería sino un sobrevivir! ¿No sucede a menudo que seguimos siendo nosotros
mismos sólo por la idea de nuestras limitaciones? Un pobre recuerdo de
una individuación pasada, un jirón de la propia individualidad. Como si
fuésemos un objeto que busca su nombre en una naturaleza sin identidad. El
hombre está hecho (como todos los seres vivos) a la medida de unas determinadas
sensaciones. Pues bien, éstas ya no se hacen sitio las unas a las otras en una
sucesión normal, sino que lo invaden de golpe con una furia elemental, formando
un enjambre en torno a su despojo ‑de la plenitud‑ que es el yo. ¿Dónde
habrá sitio, entonces, para la mancha de vacío que es la conciencia?
*
En Shakespeare
hay tanto crimen y tanta poesía que sus dramas parecen concebidos por una rosa
demente.
*
Por más
amargura que haya en nosotros, no es tan grande como para que pueda
dispensarnos de las amarguras de otros. He aquí por qué la lectura de los
moralistas franceses se asemeja a un bálsamo en las horas tardías. Saben
siempre lo que significa estar solo entre los hombres; y lo insólita que es la
soledad en el mundo. Ni siquiera Pascal pudo vencer su condición de hombre retirado
de la sociedad. Un sufrimiento algo más reducido, y habríamos registrado una
gran inteligencia. Entre los franceses y Dios siempre se interpuso el salón.
*
Ha habido dos
cosas que me han colmado de una histeria metafísica: un reloj parado y un reloj
en marcha.
*
Cuanto menos te
interesan los hombres, más tímido te vuelves delante de ellos, y cuando llegas
a despreciarlos, te pones a balbucear. La naturaleza no te perdona que pases
por encima de su inconsciencia y te acecha en todas las sendas de tu orgullo,
cubriéndolas de pesares. ¿Cómo se explicaría de otro modo que a todo triunfo
sobre la condición humana se le asocie el correspondiente pesar?
La timidez
presta al ser humano algo de la discreción íntima de las plantas, y a un
espíritu agitado por él mismo, una melancolía resignada que parece ser la del
mundo vegetal. Sólo tengo celos de una azucena cuando no soy tímido.
*
Si el
sufrimiento no fuera un instrumento de conocimiento, el suicidio sería
obligatorio. Y la vida misma, con sus desgarros inútiles, con su oscura
bestialidad, que nos arrastra a cometer errores para ahorcarnos de vez en
cuando de alguna que otra verdad, ¿quién podría soportarla si no fuera un espectáculo
de conocimiento único? Viviendo los peligros del espíritu nos consolamos,
por medio de intensidades, de la falta de una verdad final.
Todo enor es
una verdad antigua. Pero no existe una inicial, porque entre la
verdad y el error la distancia está marcada sólo por la pulsación, por la
animación interior, por el ritmo secreto. De este modo el error es una verdad
que ya no tiene alma, una verdad desgastada y que espera ser
revitalizada.
Las verdades
mueren psicológica y no formalmente; mantienen su validez en tanto que
continúan la no vida de las formas, aunque puede que ya no sean válidas para
nadie.
Todo cuanto hay
de vida en ellas ocurre en el tiempo; la eternidad formal las sitúa en un vacío
categorial.
A un hombre,
¿cuánto tiempo más o menos le «dura» una verdad? No mucho más que un par de
botas. Sólo los mendigos no las cambian nunca. Pero como ahora te encuentras
integrado en la vida, tienes que renovarte continuamente, pues la plenitud de
una existencia se mide por la suma de errores almacenados, según la cantidad de
ex verdades.
*
Nada de lo que sabemos
está libre de expiación. Tarde o temprano, terminamos pagando muy caro
las paradojas, los pensamientos osados o las indiscreciones del espíritu. En el
castigo que sigue a cualquier progreso del conocimiento hay un extraño embrujo.
¿Has desgarrado el velo que cubre la inconsciencia de la naturaleza? Lo
purgarás con una tristeza cuyo origen no puedes ni sospechar. ¿Se te ha
escapado un pensamiento revolucionario y amenazador? Hay noches que no pueden
llenarse si no es con las evoluciones del arrepentimiento. ¿Has formulado
muchas preguntas a Dios? ¿Por qué te extraña entonces el peso de las respuestas
que no has recibido?
Indirectamente,
por sus consecuencias, el conocimiento es un acto religioso.
Expiamos con
placer el espíritu a pesar de su total abandono en lo inevitable. Coma la
desintoxicación del conocimiento es imposible porque lo requiere el organismo,
incapaz de habituarse a dosis pequeñas, hagamos también del acto reflejo una reflexión.
De esta manera la infinita sed del espíritu encuentra una expiación
equivalente.
El culto a la
belleza se parece a una delicada cobardía, a una deserción sutil. ¿Es que no
amas porque te eximes de vivir? Impresionados todavía por una sonata o un
paisaje, nos excusamos de la vida con una sonrisa de dolorosa alegría y de
soñadora superioridad. Desde el centro de la belleza, todo está detrás
de nosotros y sólo podemos mirar hacia la vida dándonos la vuelta. Cualquier
emoción desinteresada, no asociada a lo inmediato de la existencia, retarda el
ritmo del corazón. Realmente, ese órgano del tiempo que es el corazón, ¿qué
otra cosa podría marcar en ese recuerdo de la eternidad que es la belleza?
Lo que no
pertenece al tiempo nos corta la respiración. Las sombras de la eternidad que
se ciernen siempre que la soledad está inspirada por un espectáculo de belleza,
nos cortan el aliento. ¡Como si profanáramos la infinitud marmórea sólo con el
vaho de nuestra respiración!
*
Cuando todo lo
que toque se vuelva triste, cuando una mirada furtiva al cielo le transmita el
color de la tristeza, cuando no existan ojos secos cerca de mí y me desenvuelva
por las grandes avenidas como entre zarzas, cuando el sol sorba las huellas de
mis pasos para emborracharse de dolor, entonces tendré el derecho y el orgullo
de afirmar que existe la vida. Toda aprobación tendría de su parte el
testimonio de lo infinito del sufrimiento, y toda alegría, el apoyo de las
amarguras. Resulta torpe y vulgar hacer una afirmación que no sea para
corroborar la totalidad del mal, el dolor y la tristeza. El optimismo es un
aspecto degradante del espíritu, porque no se origina en la fiebre, ni en las
alturas ni en el vértigo. Tampoco una pasión que extraiga su fuerza de las
sombras de la vida. En los gargajos, en la basura, en el lodo anónimo de las
callejuelas brota un manantial más limpio e infinitamente más fructífero que en
el suave y racional hecho de compartir la vida. Tenemos bastantes venas por las
que suben las verdades, bastantes venas en las que llueve, nieva, sopla el
viento, nacen y se ponen soles. ¿Y no caen en nuestra sangre estrellas para
recobrar su destello?
*
No hay lugar
bajo el sol que me retenga ni sombra que me resguarde, porque el espacio se
vuelve vaporoso en el ímpetu errante y en la fuga ansiosa. Para quedarse en
algún sitio, para encontrar tu «lugar» en el mundo, tienes que cumplir el
milagro de hallarte en algún punto del espacio, sin andar encorvado bajo el
peso de las amarguras. Cuando te encuentras en un lugar, estás siempre pensando
en otro, porque la nostalgia se perfila orgánicamente como una función vegetativa.
El deseo de otra cosa, del símbolo espiritual, se convierte en naturaleza.
Expresión de la
avidez de espacio, la nostalgia termina por anularlo. Aquel que sufre solamente
de la pasión de lo Absoluto no necesita de ese deslizarse horizontalmente por
el espacio. La existencia estacionaria de los monjes tiene su razón de ser en
la canalización vertical, hacia el cielo, de esas difusas nostalgias por lo
eterno, por otros lugares y otros confines. Una emoción religiosa no espera
consuelo del espacio; es más, sólo es intensa en la medida en que lo asimila a
un escenario de caídas.
Si no hay un
solo sitio en el que no hayas sufrido, ¿qué otro motivo puedes invocar en apoyo
de una vida errante? ¿Y qué te ligará al espacio si el azul oscuro de la
nostalgia te desliga de ti mismo?
*
Si el hombre no
hubiera sabido introducir un delirio voluptuoso en la soledad, hace mucho que
se habría acostumbrado a la oscuridad.
La
descomposición más horrible en un cementerio desconocido es una imagen pálida
por el abandono en el que te encuentras cuando, desde el aire o de debajo de la
tierra, una inesperada voz te revela lo solo que estás.
iNo tener a
nadie a quien decirle nunca nada! Solamente objetos; ningún ser.
Y la opresión de la soledad tiene su origen justamente en el sentimiento de
estar rodeado de cosas inanimadas, a las que no tienes nada que decirles.
Ni por
extravagancia ni por cinismo deambulaba Diógenes con un candil en plena noche
buscando a un hombre. Nosotros sabemos muy bien que es por soledad...
*
Cuando no
puedes agrupar tus pensamientos y someterte derrotado a su azogue, el mundo ‑y
tú con él‑ se desvanece como el vapor, y das la impresión de estar escuchando,
a la orilla de un mar que haya retirado sus aguas, la lectura de las propias
memorias escritas en otra vida... ¿Adónde corre tu mente, en qué ninguna‑parte
disuelve sus fronteras? ¿Se funden glaciares en las venas? ¿Y en qué estación
de la sangre y del espíritu te encuentras?
¿Aún eres tú
mismo? ¿No te martillean las sienes de miedo a lo contrario? Eres otro,
eres otro...
... Con los ojos perdidos hacia el otro en la
melancolía inmaculada de los parques.
*
Sobre todas las
cosas ‑y en primer lugar sobre la soledad‑ estás obligado a pensar negativa y
positivamente a la vez.
Capítulo
segundo
Sin la
tristeza, ¿podríamos tomar conciencia a la vez del cuerpo y del alma? La
fisiología y el conocimiento se encuentran en su ambigüedad constitutiva, de
suerte que no estás más presente para ti mismo ni eres más solidario
contigo como en los momentos tristes. La tristeza es ‑como también la
conciencia‑ un agente de enajenación del mundo, un factor de exteriorización;
pero conforme nos aleja de todo, coincidimos más con nosotros mismos. La
seriedad ‑tristeza sin acento afectivo‑ nos hace sensibles sólo a un
proceso racional, ya que su neutralidad carece de la profundidad que asocia los
caprichos de las vísceras a la vibración del espíritu. Un ser serio es un
animal que cumple las condiciones del hombre; detenle por un instante su
mecanismo de pensamiento, no advertirá lo fácilmente que ha vuelto a ser el
animal de otrora. Sin embargo, quítale a la tristeza la reflexión, la sombría
imbecilidad que quedará será suficiente para que la zoología no te acepte en su
reino.
Tomarse las
cosas en serio significa sopesarlas sin participar; tomarlas por lo
trágico, involucrarte en su suerte. Entre la seriedad y la tragedia (la
tristeza como acción) hay una diferencia mayor que entre un funcionario
y un héroe. Los filósofos son unos pobres agentes de lo Absoluto, pagados de
las contribuciones de nuestras tristezas. Tomarse a la gente en serio se
ha convertido en una profesión.
La tristeza ‑en
su forma elemental‑ es una genialidad de la materia. Inspiración primaría sin
pensamientos. El cuerpo ha vencido su condición y tiende a una
participación «superior», mientras que en las formas reflexivas de la tristeza
el proceso se completa mediante un descenso del espíritu por las venas, como
para mostrarnos lo orgánicamente que nos pertenecemos.
Al arrebatarnos
la naturaleza y restituirnos a nosotros mismos, la tristeza es un aislamiento
sustancial de nuestra naturaleza, a diferencia de la dispersión ontológica
de la felicidad.
*
En los
«accesos» de lástima se manifiesta una atracción secreta por «los malos
modales», por la suciedad y la degradación. Cualquier monstruosidad es una
perfección comparada con la falta de «buen gusto» de la piedad, un mal
con las apariencias reales de la bondad.
En el amasijo
de manchas y desviaciones de la naturaleza, o en el refinamiento vicioso de la
mente, no encontraréis una perversión más tenebrosa y atormentada que la
piedad. Nada nos aparta más de la belleza que sus «accesos». ¡Y si sólo fuera
de la belleza! Pero las virtudes subterráneas de ese vicio nos desvían de
nuestros fines esenciales y consideran depravación todo lo que no emana del
gusto del hundimiento, de los pantanos y de la podredumbre, prolongaciones de
la piedad y pretextos de su infernal voluptuosidad.
Ninguna
patología la ha estudiado, porque es una enfermedad práctica y porque la
ciencia ha estado siempre al servicio de los ayuntamientos. Quien profundizara
en la angustia interna, en el infierno del amor depravado por el hombre,
¿podría todavía tender su mano a un piadoso?
*
El papel del
pensador es retorcer la vida por todos sus lados, proyectar sus facetas en
todos sus matices, volver incesantemente sobre todos sus entresijos, recorrer
de arriba abajo sus senderos, mirar una y mil veces el mismo aspecto, descubrir
lo nuevo sólo en aquello que no haya visto con claridad, pasar los
mismos temas por todos los miembros, haciendo que los pensamientos se mezclen
con el cuerpo, y así hacer jirones la vida pensando hasta el final.
¿No resulta
revelador de lo indefinible de la vida, de sus insuficiencias que sólo los
añicos de un espejo destrozado puedan darnos su imagen característica?
*
Cuando uno ha
comprobado que los hombres no pueden ofrecer nada y continúa tratándolos, es
como si después de haber liquidado todas las supersticiones, siguiera creyendo
en fantasmas. Dios, para obligar a los solitarios a la cobardía, ha creado la
sonrisa, anémica y aérea en las vírgenes, concreta e inmediata en las mujeres
de mala vida, tierna en los viejos e irresistible en los moribundos. Por otro
lado, nada prueba más que los hombres son mortales que la sonrisa, expresión
del equívoco desgarrado de lo efímero. Cada vez que sonreímos, ¿no es como un
último encuentro, y no es la sonrisa el testamento aromatizado del individuo?
La trémula luz del rostro y de los labios, la solemne humedad de los ojos
transforman la vida en un puerto, del cual los barcos zarpan a alta mar sin
destino, transportando no hombres sino separaciones. ¿Y qué es la vida
sino el lugar de las separaciones?
Siempre que me
dejo conmover por una sonrisa me alejo con la carga de lo irreparable, ya que
nada descubre más atrozmente la ruina que espera al hombre como ese símbolo
aparente de felicidad, el cual hace sentir con más crueldad a un corazón
deshojado el temblor de lo pasajero de la vida, como el estertor clásico del
fin. Y siempre que alguien me sonríe, descifro en su frente luminosa la
desgarradora llamada: «¡Acércate, fíjate bien, que yo también soy mortal!». O cuando
la negrura de mi noche vela mis ojos, la voz de la sonrisa aletea junto a mis
oídos ávidos de lo implacable: «¡Mírame, es por última vez!».
...Y por eso la
sonrisa te aparta de la última soledad, y sea cual fuere el interés que tienes
por tus compañeros de respiración y de putrefacción, te vuelves hacia ellos
para sorberles el secreto, para anegarte en él y para que ellos no sepan, no
sepan cuán pesada es su carga de temporalidad, qué mares transportan y a
cuántos naufragios nos invita el tormento inconsciente e incurable de su
sonrisa, a qué tentaciones de desaparición te someten, abriéndote su alma mientras
tú levantas, temblando de aflicción, la lápida de la sonrisa.
*
La germinación
de toda verdad nos comprime el cuerpo como uva en un lagar. Cada vez que
pensamos se nos escurre la vida, de suerte que un pensador absoluto sería un
esqueleto que escondiera sus huesos en... la transparencia de los pensamientos.
*
La palidez es
el color que cobra el pensamiento en el rostro humano.
*
El Destino
sólo existe en la acción, porque solamente en ella arriesga uno todo, sin saber
adónde va a llegar. La política (en el sentido de exasperación de lo que es histórico
en el hombre) es el espacio de la fatalidad, el abandono integral de las
fuerzas constructivas y destructivas del devenir.
También en la
soledad arriesga uno todo, pero ahora teniendo muy claro lo que va a ocurrir,
la lucidez atenúa lo irracional de la suerte. Anticipa uno la vida, vive su
destino como algo inevitable sin sorpresas, ya que, realmente, ¿qué otra
cosa es la soledad sino la visión translúcida de la fatalidad, el máximum de
luminosidad en la agitación ciega de la vida?
El hombre
político renuncia a la conciencia; el solitario, a la acción. Uno vive el
olvido (eso también es la política); el otro lo busca (también eso es la
soledad).
Una filosofía
de la conciencia no puede terminar más que en una del olvido.
*
Un hombre que
practica toda su vida la lucidez, se convierte en un clásico de la
desesperanza.
*
La mujer que
mira hacia algo ofrece una imagen de rara trivialidad. Los ojos
melancólicos te invitan, por el contrario, a una destrucción aérea, y tu sed de
lo impalpable apagada por su fúnebre y perfumado azul, impide que sigas siendo
tú mismo. Ojos que nada ven y frente a los cuales desapareces, para no manchar
el infinito con el objeto de tu presencia. La mirada pura de la
melancolía es el modo más peregrino por el que la mujer nos hace creer que
antaño fue nuestra compañera en el Paraíso.
*
La melancolía
es una religiosidad que no precisa de lo Absoluto, un deslizamiento fuera del
mundo sin la atracción de lo trascendente, una tendencia por las apariencias
del cielo pero insensible al símbolo que éste representa. Su posibilidad de
prescindir de Dios (si bien cumple las condiciones iniciales para aproximarse a
El) la transforma en un placer que satisface su propio crecimiento y sus
flaquezas repetidas. Porque la melancolía es un delirio estético, suficiente en
sí mismo, estéril para la mitología. En ella sólo encontrarás el arrullo de un
sueño, porque no genera ninguna imagen que no sea su etérea desintegración.
La melancolía
es una virtud en la mujer y un pecado en el hombre. Así se explica por qué éste
se valió de ella para el conocimiento...
*
En algunas
sonrisas femeninas hay una tierna aprobación que te pone enfermo. Estas anidan
y se aposentan en el fondo de las tribulaciones cotidianas, ejercitando un
control subterráneo. En las mujeres ‑como en la música‑ hay que evitar su
difusa receptividad, que agranda hasta el desvanecimiento los pretextos de la
ternura. Cuando hablas del miedo, del miedo mismo, delante de una rubia
espiritualizada por la palidez y que baja los ojos para suplir con el gesto la
confidencia, su quebrada y amarga sonrisa se te incrusta en la carne y prolonga
por medio de ecos su tormento inmaterial.
Las sonrisas
son una carga voluptuosa para el que las reparte y para el que las recibe. Un
corazón tocado por la delicadeza difícilmente puede sobrevivir a una sonrisa
tierna. De igual forma, hay miradas tras las que uno ya es incapaz de decidir
nada.
*
Un copo perdido
a merced del aire es una imagen de vanidad más desgarradora y simbólica que un
cadáver. Igualmente, un insólito perfume nos pone más tristes que un
cementerio, o una indigestión nos vuelve más pensativos que un filósofo. ¿Y no
es cierto que, más aún que las catedrales, nos vuelve más religiosos la mano de
un mendigo que, en una gran ciudad en la cual nos hemos perdido, nos muestra el
camino a seguir?
*
El Tiempo
empieza a angustiarte mucho antes de leer a los filósofos, cuando, en un
momento de cansancio, miras atentamente el rostro de un viejo. Los profundos
surcos que han dejado las penalidades, las esperanzas y las alucinaciones se
vuelven negros y se pierden, diríase que sin dejar rastro, en un fondo de
oscuridad, que el «rostro» esconde a duras penas, máscara insegura de un
doloroso abismo. En todas y cada una de las arrugas el tiempo parece haberse
concentrado, el devenir, enmohecido y el pretérito, envejecido. ¿Acaso no cuelga
el tiempo de las arrugas de la vejez y cada pliegue no es un cadáver temporal?
El rostro humano es utilizado diabólicamente por el tiempo como demostración de
vanidad. ¿Puede alguien mirarlo serenamente en su ocaso?
Vuelve tus ojos
hacia un viejo cuando no tengas el Eclesiastés a mano, su rostro ‑del cual
puede él sentirse totalmente ajeno‑ te enseñará más que los sabios. Pues hay
arrugas que revelan la acción del Tiempo de forma más despiadada que un tratado
sobre la vanidad. ¿Dónde encontrar palabras que plasmen su implacable erosión,
su destructor avance, cuando el paisaje abierto y accesible de la vejez se
ofrece como una lección decisiva y una sentencia sin un recurso ulterior?
El desasosiego
de los niños en brazos de los abuelos, ¿no será el horror instintivo al Tiempo?
¿Quién no ha sentido en el beso de un viejo la inutilidad infinita del tiempo?
*
De los hombres
me separan todos los hombres.
*
Si corriera
como un loco en mi busca, ¿quién me diría que nunca me encontraría en mi propio
camino? ¿En qué páramo del universo me habré perdido? Voy a buscarme allí donde
se oye la luz..., ya que, si recuerdo bien, ¿he amado otra cosa que no
sea la sonoridad de las transparencias?
*
A quien no le
parezca que después de cada amargura la luna se ha vuelto más pálida, los rayos
del sol más tímidos y que el devenir pide excusas, cercenando su ritmo, a ése
le falta la base cósmica de la soledad.
*
La ruptura del
ser te pone enfermo de ti mismo, de manera que basta pronunciar palabras como olvido,
desdicha o separación para disolverte en un mortal escalofrío. Y,
entonces, para vivir arriesgas lo imposible: aceptas la vida.
*
Quedarse solo
con todo el amor, con el peso de lo infinito del eros; he ahí el sentido
espiritual de la infelicidad en el amor, de forma que el suicidio no es prueba
de la cobardía del hombre, sino de las dimensiones inhumanas del amor. Si todos
los amantes no hubiesen calmado sus tormentos amorosos mediante el desprecio
teórico a la mujer, se habrían suicidado. Pero sabiendo qué es ella, han
introducido con lucidez un elemento de mediocridad en lo insoportable de esa
llamarada. La desdicha amorosa supera en intensidad a las emociones religiosas
más profundas. Es cierto que no ha construido iglesias, pero ha levantado
tumbas, tumbas por doquier.
¿El amor? ¡Pero
mirad cómo cada rayo de sol se entierra en una lágrima, que parece como si el
astro fulgente hubiera nacido de un golpe de llanto de la divinidad!
*
La infelicidad
es el estado poético por excelencia.
*
En la medida en
que los animales son capaces de sentir infelicidad en el amor participan de lo
humano. ¿Por qué no hemos de admitir que la mirada húmeda del perro o la
ternura resignada del asno expresan a veces pesadumbres sin palabras? Hay algo
sombrío y lejano en el erotismo animal que nos la hace muy extraña.
La literatura
es un testimonio seguro de que nos sentimos más cerca de las plantas que de los
animales. La poesía, en gran parte, no es más que un comentario de la vida de
las flores, y la música, una depravación humana de las melodías vegetales.
Toda flor puede
servir de imagen a la infelicidad amorosa. Así se explica nuestra proximidad a
ellas. Y, además, ningún animal puede ser un símbolo de lo efímero, mientras
que las flores son su expresión directa, lo estético irreparable de lo
efímero.
*
En el fondo,
¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo.
*
Sólo podría
amar a un sabio desgraciado en amores...
*
Lo que vuelve
tan tristes las grandes ciudades es que cada hombre quiere ser feliz,
pero las oportunidades disminuyen a medida que el deseo crece. La búsqueda de
la felicidad indica la distancia del paraíso, el grado de la caída humana. ¿Por
qué asombrarnos entonces de que París sea el punto más alejado del Paraíso?
*
Puede uno
devorar bibliotecas enteras, que no encontrará más allá de tres o cuatro
autores a quienes valga la pena leer y releer. Las excepciones de ese tipo son
unos analfabetos geniales a quienes hay que admirar y, si hace falta, estudiar,
pero que, en el fondo, no nos dicen nada. Me gustaría poder intervenir en la
historia del espíritu humano con la brutalidad de un carnicero, revestido con
el más refinado diogenismo. Porque ¿hasta cuándo vamos a dejar en pie a tantos
creadores que no han sabido nada, niños descarados e inspirados, faltos
de la madurez de la felicidad y de la infelicidad? A un genio que no haya
llegado a las raíces de la vida, pese a las posibilidades de expresión de que
ha gozado, sólo hay que degustarlo en los momentos de indiferencia. Resulta
estremecedor pensar qué pocos hombres han sabido algo de verdad, qué
pocas existencias completas han aparecido hasta ahora. ¿Y qué es una
existencia completa? ¿Qué significa saber? Conservar sed de vida en los
ocasos...
*
Ciertos seres
sienten el impulso criminal sólo para saborear una vida intensificada,
de manera que la negación enfermiza de la vida sea al mismo tiempo su homenaje.
¿Habrían
existido acaso criminales si la sangre no fuese caliente? El impulso destructor
busca el remedio a un enfriamiento interno y dudo que, sin la representación
implícita de un calor rojo y entumecedor, un puñal pudiera clavarse alguna vez
en un cuerpo. De la sangre emanan vapores adormecedores con los que el asesino
espera aliviar sus escalofríos helados. Una soledad no mitigada por la ternura
genera crimen, con lo que toda moral que busque la destrucción del mal desde la
raíz debe considerar sólo un problema: la dirección que tenga que dar a
la soledad, marco ideal de la ruina y de la descomposición.
*
¿Encontrará
alguien alguna vez palabras para expresar el estremecimiento que aúna en la
infinitud del mismo instante el goce supremo con el dolor supremo? ¿O podrá
alguna música ‑que surja de todos los ortos y ocasos de este mundo‑ transmitir
a otros hombres las sensaciones de una víctima cósmica de la felicidad y de la
infelicidad? ¡Un náufrago golpeado por todas las olas, estrellado contra todas
las rocas, envuelto por todas las tinieblas y que tuviera el sol en sus brazos!
Un casco a la deriva con la fuente de la vida en el pecho, abrazando su fulgor
mortal y ahogándose con él en las olas, ya que el fondo del mar está esperando
hace toda una eternidad a la luz y a su enterrador.
*
El contacto
entre los hombres ‑la sociedad en general‑ no sería posible sin la utilización
repetida de los mismos adjetivos. Que la ley los prohíba y se verá en qué
ínfima medida el hombre es un animal sociable. De inmediato desaparecerán la
conversación, las visitas, los encuentros, y la sociedad se degradará hasta
quedar reducida a relaciones mecánicas de intereses. La pereza de pensar ha
dado origen al automatismo del adjetivo. Se califica de manera idéntica a Dios
y a una escoba. En otro tiempo Dios era infinito; hoy es asombroso.
(Cada país expresa a su manera su vacío mental.) Que se prohíba el adjetivo
cotidiano y la célebre definición de Aristóteles caerá.
*
Las diferencias
entre los filósofos antiguos y los modernos, tan chocantes y desfavorables a
estos últimos, parten del hecho de que los filósofos modernos han hecho
filosofía en su mesa de trabajo, en el despacho, mientras que los filósofos
antiguos la hicieron en los jardines, en los mercados o a lo largo de Dios sabe
qué ribera marina. Además, los antiguos, más perezosos, se pasaban mucho tiempo
tumbados porque sabían muy bien que la inspiración viene de forma horizontal.
De esta forma, ellos esperaban los pensamientos, mientras los modernos
los fuerzan y los provocan por medio de la lectura, dando la impresión de que
ninguno ha conocido el placer de la irresponsabilidad meditativa, sino que han
organizado sus ideas con una aplicación propia de empresarios. Ingenieros en
torno a Dios.
Muchos
espíritus han descubierto lo Absoluto por haber tenido al lado un canapé.
Cada posición
de la vida ofrece una perspectiva distinta de ella. Los filósofos piensan en
otro mundo, porque acostumbrados a estar encorvados, se han hartado de mirar
éste.
*
¿Qué hombre, al
mirarse al espejo en penumbra, no ha tenido la impresión de encontrarse con el
suicida que lleva dentro?
*
¿Puede amarse a
un ser impermeable al Absurdo y que no sospeche cuál es el punto de partida de
su tragedia, de sus elegancias ponzoñosas, de su refinamiento desolado, de los
reflejos viciosos y engañosos del desierto interior?
Lo absurdo es
el insomnio de un error, el fracaso dramático de una paradoja. La fiebre del
espíritu no puede ser medida más que por la abundancia de esos funerales
lógicos que son las fórmulas absurdas.
Los mortales
desde siempre se han guardado de ellas, han captado inequívocamente algo de su
noble descomposición, pero no han podido preferirlas a la seguridad estéril, a
la calma comprometedora de la razón.
*
Siempre que
pienso en la muerte me parece que moriré menos, que no puedo extinguirme
sabiendo que voy a extinguirme, que no puedo desaparecer sabiendo que voy a
desaparecer. Y desaparezco, me extingo y muero desde siempre.
*
La vida es
etérea y fúnebre como el suicidio de una mariposa.
*
La inmortalidad
es una concesión de eternidad que la muerte hace a la vida. Pero nosotros
sabemos muy bien que no la hace... Porque tanta generosidad le costaría la
vida.
*
Cada problema
requiere una temperatura diferente. Sólo a la desdicha le sirve cualquiera...
*
¡Aparenta
alegría ante todos y que nadie vea que también los copos son losas sepulcrales!
Ten brío en la agonía...
*
La moralidad
subjetiva alcanza su punto culminante en la decisión de no volver a
estar triste.
*
Permeable a lo
demoníaco, la tristeza es la ruina indirecta de la moral. Cuando el mal se
opone al bien, participa de los valores éticos como fuerza negativa; no
obstante, cuando consigue su autonomía y yace en sí mismo, sin afirmarse ya en
la lucha con el bien, entonces alcanza el sentido demoníaco. La tristeza es uno
de los agentes de autonomía del mal y de socavamiento de la ética. Si el bien
expresa el ansia de pureza de la vida, la tristeza es su incurable sombra.
*
Las creaciones
del espíritu son un indicador de lo insoportable de la vida. Exactamente igual
es el heroísmo.
*
La melancolía
es el estado onírico del egoísmo.
*
Si no existiera
un placer secreto en la desdicha, llevaríamos a las mujeres a parir al
matadero.
*
Dile a un alma
delicada la palabra separación y brotará el poeta que hay en ella. La
misma palabra a un hombre cualquiera no le inspira nada. Y no solamente separación,
sino cualquier otra palabra. La diferencia entre los hombres se mide por la
resonancia afectiva de las palabras. Algunos enferman de agotamiento extático
al oír una expresión banal, otros se quedan fríos ante una prueba de inanidad.
Para aquellos no hay palabra en el diccionario que no esconda un sufrimiento, y
para éstos ni siquiera forma parte de su vocabulario. Muy pocos son los que
pueden volver su mente ‑en todo momento‑ hacia la tristeza.
*
Por más que se
liguen las enfermedades a nuestra constitución es imposible que no las
disociemos, que no las encontremos como algo externo, ajeno, sin valor. Por esa
razón, cuando hablamos de una persona enferma, le especificamos su enfermedad
como un añadido fatal que introduce una carga irremediable a su identidad
inicial. Ante nosotros se queda con su enfermedad, que conserva una
independencia y una objetividad relativas. ¡Pero qué difícil es disociar la
melancolía de un ser! Y es que la enfermedad es subjetiva por excelencia,
inseparable del que la posee, adherente incluso a la coincidencia y, como tal,
incurable. ¿Acaso no existe remedio contra ella? Sí, pero entonces tenemos que
curarnos de nuestro propio yo. La nostalgia de otra cosa en los
sueños melancólicos no es más que el deseo de otro yo, don que buscamos
en los paisajes, en la lejanía, en la música, engañándonos involuntariamente en
un proceso mucho más profundo. Siempre volvemos descontentos y nos abandonamos
a nosotros mismos, ya que no hay salida de la enfermedad que lleva nuestro
nombre y, si la perdiéramos, ya no nos encontraríamos.
*
No creo que
Dios haya hecho a Eva de una de nuestras costillas, porque entonces tendríamos
que llevarnos bien con ella y no únicamente en la cama. Pero, a decir verdad,
¿no es eso un engaño también? ¿Es que cabe estar más lejos el uno del otro que
en esa cuasi identidad horizontal? ¿De dónde procedería entonces la oscura e
indómita inclinación, en los momentos de angustia, a echarse misteriosamente a
llorar en el regazo de las mujeres de la vida en un hotel de mala muerte?
Dependemos de
las mujeres no tanto por instinto como por horror al hastío. Y es más que
posible que ella no sea otra cosa que una invención de ese horror. Por miedo a
la soledad de Adán, forjó Dios a Eva, y siempre que nos invaden las sacudidas
del aislamiento ofreceríamos al Creador alguna que otra costilla para
absorber de la mujer, nacida de nosotros mismos, nuestra propia soledad.
La castidad es
un rechazo del conocimiento. Los ascetas habrían podido satisfacer su deseo de
soledad más fácilmente en la cercanía de la mujer si el miedo a la «tentación»
no los hubiera desposeído de la misteriosa profundidad de la sexualidad. El
pánico en un mundo de objetos despierta un deseo mortal por la mujer (objeto
ella misma), deseo avivado por los padecimientos de nuestro hastío.
*
Un ser en vías
de espiritualización completa ya no es capaz de melancolía, porque no puede
abandonarse a merced de los caprichos. Espíritu significa resistencia,
mientras que la melancolía, más que cualquier otra cosa, presupone la no‑resistencia
al alma, al elemental ardor de los sentidos, a lo incontrolable de los
afectos. Todo cuanto en nosotros hay de indómito y agitado, de irracional
compuesto de sueño y de bestialidad, de deficiencias orgánicas y aspiraciones
ebrias, como de explosiones musicales que ensombrecen la pureza de los ángeles
y nos hacen mirar desdeñosamente una azucena, constituye la zona primaría del
alma. Ahí se encuentra la melancolía en su casa, en la poesía de esas
flaquezas.
Cuando te crees
más alejado del mundo, la brisa de la melancolía te muestra la ilusión de tu
cercanía al espíritu. Las fuerzas vitales del alma te atraen hacia abajo, te
obligan a sumergirte en la profundidad primaria, a reconocer tus fuentes
de las que te aísla el vacío abstracto del espíritu, su implacable serenidad.
La melancolía
se distancia del mundo por obra de la vida y no del espíritu: la deserción de
los tejidos del estado de inmanencia. A través de la incesante apelación al
espíritu los hombres le han añadido un matiz reflexivo que no encontramos en
las mujeres, quienes, al no resistirse nunca a su alma, flotan a merced del
oleaje de la inmediata melancolía.
*
La necesidad de
un tiempo puro, limpio de devenir y que no sea eternidad... Un etéreo
diluirse en su «tránsito», un crecimiento en sí misma de la
temporalidad, un tiempo sin «curso»... Extasis delicado de la movilidad,
plenitud temporal desbordante de los instantes... Sumergirse en un tiempo falto
de dimensiones y de una calidad tan aérea que nuestro corazón pueda hacerlo
volver atrás, ya que el tiempo no está manchado por lo irreversible ni tocado
por lo irrevocable...
... Empiezo a
sospechar el modo cómo se insinuó en el Paraíso.
*
Quien no tiene
un órgano para la eternidad la concibe como otra forma de la temporalidad, de
manera que construye la imagen de un tiempo que corre fuera de sí o la
de un tiempo vertical. La imagen temporal de la eternidad sería entonces
un curso hacia arriba, una acumulación vertical de instantes que sirven
de contención al deslizamiento dinámico, al desplazamiento horizontal hacia la
muerte.
La suspensión
del tiempo introduce una dimensión vertical, pero solamente mientras dure el acto
de esa suspensión. Una vez consumado, la eternidad niega el tiempo,
constituyendo un orden irreductible. El cambio en la dirección natural, la
interrupción violenta de la temporalidad en su acceso a la eternidad, nos
muestra que todo acto de trasgresión de la vida implica asimismo una violación
del tiempo. La dimensión vertical de la suspensión es una perversión del
sentido temporal, porque la eternidad no sería accesible si el tiempo no
estuviera depravado y corrompido.
*
La enfermedad
representa el triunfo del principio personal, la derrota de la sustancia
anónima que hay en nosotros. Por eso es el fenómeno más característico de la
individuación. La salud ‑incluso bajo la forma transfigurada de la ingenuidad‑
expresa la participación en el anonimato, en el paraíso biológico de la
indivisión, mientras que la enfermedad es la fuente directa de la separación.
Cambia la condición de un ser, su exceso determina una unicidad, un salto más
allá de lo natural. La diferencia entre un hombre enfermo y otro sano es mayor
que entre este último y cualquier animal. Pues estar enfermo significa ser otra
cosa distinta a lo que se es, someterse a las determinaciones de lo posible,
identificar el momento con la sorpresa. Normalmente, disponemos de nuestro
destino, hacemos previsiones a cada momento y vivimos en una soledad llena de
indiferencia. Somos libres de creer que en un día determinado, a una hora
determinada, podremos estar serios o contentos y que nada nos impide apoyarnos
en el interés que demos a una cosa cualquiera. Cuando tenemos conciencia
general de la enfermedad, sucede todo lo contrario: no hay ni rastro de
libertad; no podemos prever nada, pues somos esclavos atormentados de las
reacciones y caprichos orgánicos. La fatalidad respira por todos nuestros
poros, el tedio brota de nuestros miembros y todo junto conforma la apoteosis
de la necesidad que es la enfermedad. No sabemos nunca qué hacer, qué va a
ocurrir, qué desastres nos acechan en las sombras de nuestro interior, ni en
qué medida amaremos u odiaremos, presas del clima histérico de las
incertidumbres. La enfermedad que nos separa de la naturaleza nos ata a ella
más que la tumba. Los matices del cielo nos obligan a modificaciones
equivalentes en el alma, los índices de humedad, a actuaciones según el grado
de humedad, las estaciones, a una periodicidad maldita. De esa forma traducimos
moralmente toda la naturaleza. A una infinita distancia de ella vertemos
todas sus fantasías, el caos evidente o implícito, las curvas de la materia en
las oscilaciones de un corazón incierto. Saber que no se tiene relación alguna
con el mundo y registrar todas sus variaciones, he ahí la paradoja de la
enfermedad, la extraña necesidad que se nos impone, la libertad de pensar más
allá de nuestro ser y la condición mendicante de nuestro propio cuerpo. Pues,
en realidad, ¿no tendemos la mano hacia nosotros mismos, no solicitamos nuestro
apoyo, como vagabundos a las puertas de nuestro yo, al abandonar una vida sin
remedio? ¡Tener la necesidad de hacer algo para uno mismo y no poder elevarse
sobre una pedagogía de lo incurable!
Si fuésemos libres
en la enfermedad, los médicos se convertirían en mendigos, porque los mortales
tienden al sufrimiento pero no a su atroz mezcla de exasperada subjetividad y
de invencible necesidad.
La enfermedad
es el modo que tiene la muerte de amar la vida; y el individuo, el teatro de
esa debilidad. En todo dolor lo absoluto de la muerte saborea el
devenir, lo que nos atormenta es la tentación, la voluntaria degradación de la
Oscuridad. Y así, el sufrimiento no es otra cosa que una minoración del
absoluto de la muerte.
Capítulo
tercero
«Mi corazón,
como la cera, se diluye en mis entrañas» (Salmo 22, 15).
¡Dios Santo,
haz lo que puedas hasta que te tire mis huesos a la cabeza!
*
La música es tiempo
sonoro.
*
La vida y yo
somos dos líneas paralelas que se encuentran en la muerte.
*
Todo hombre es
su propio mendigo.
*
Los vértigos
que aquejan a algunos y que los obligan a apoyarse en los árboles o en las
paredes en plena calle tienen un sentido más profundo de lo que los filósofos o
incluso los poetas se sienten inclinados a creer. No poder seguir estando en
posición vertical (renunciar a la posición natural del hombre) no procede de
una alteración nerviosa ni de un componente de la sangre, sino del agotamiento
del fenómeno humano, que lleva consigo el abandono de todas las características
que lo acompañan. ¿Has agotado lo que de humano hay en ti? En ese caso,
abandonas fatalmente la forma a través de la que se ha definido. Caes;
pero no por ello vuelves a la animalidad, pues es más que probable que los
vértigos te tiren a tierra para darte otra posibilidad de erguirte. El retorno
a la posición que precedió al fenómeno de la verticalidad humana nos abre otras
sendas, nos prepara otra evolución y, al cambiar nuestra inclinación corporal,
otra perspectiva del mundo.
Las extrañas
sensaciones de vértigo que nos vienen por doquier, y sobre todo siempre que la
distancia del hombre evoluciona en dirección al infinito, no indican sólo una
presencia agresiva del espíritu, sino también una violenta ofensiva de todo lo
que hemos añadido a las constantes del destino humano. Pues el vértigo es el
síntoma específico de la superación de una condición natural y de la
imposibilidad de seguir participando de la posición física ligada a ella. Al
romperse la unión interna con el hombre, sus signos externos siguen un proceso
de disolución. Análogas zozobras tienen que haber experimentado los animales
cuando empezaron a levantarse a dos patas. ¿Y no hay acaso introspecciones
regresivas que nos hacen descender hasta esas alejadas turbaciones, hacia esos
indefinidos recuerdos que nos acercan a los vértigos del principio de la
humanidad?
Todo cuanto no
es inerte precisa, en diferente grado, de apoyo. Y tanto más el hombre,
cuyo destino no se cumple si no es inventando certezas y sólo mantiene su
posición por el tónico de las mentiras. Pero quien se pone frente a sí mismo,
quien se desliza por la transparencia de su propia condición, quien solamente
es hombre en la benevolencia de la memoria, ¿puede aún apelar al apoyo
tradicional, a la arrogancia del animal vertical; puede todavía apoyarse sobre
sí mismo cuando hace mucho que ha dejado de ser él?
Los objetos
todavía lo sostienen para que no se caiga, esperando a que broten los frutos de
otra vida en la savia de tantos vértigos.
Lo que hay de
hombre en ti se pudre en el abuso perverso del conocimiento, y nada expresa más
directamente esa suprema desintegración como la inseguridad de tus pasos en el
mundo. El vértigo consustancial al fin del hombre es una convulsión límite, al
principio premonitoria y dolorosa, después prometedora y estimulante. Una
esperanza de diabólica vitalidad nos conduce a repetidas caídas, con vistas a
insospechadas purificaciones. Empezará algo distinto una vez que el hombre haya
madurado en nosotros y se haya desvanecido, algo extraño al presentimiento de
los que han quedado atrás, en un estadio de semihumanidad. ¡Que Dios se te
descomponga en las venas, entiérralo junto a tus despojos reunidos a través de
los recuerdos, abona con carroña humana y divina el césped de tu esperanza, y
que luces de putrefacción respalden la timidez de tantos amaneceres!
Pero para
purificarte de tu herencia humana aprende a cansar, a disolver, a corromper a
la muerte que se esconde en tu interior, en tus cuatro puntos cardinales.
Fíjate en un hombre solitario que esté esperando algo y pregúntate qué.
Verás que nadie espera nada, nada que no sea la muerte. ¿Has estado alguna vez
lo suficientemente febril como para verlo? ¿Para ver cómo todos se engañan,
cómo todos, sin saberlo, tienden las manos a la muerte cuando creen que viene
alguien, que no han estado esperando en vano? ¿Por qué nos parece que ese ser
solitario, con los ojos bajos por una cansada atención, o cualquier otra
criatura, no tienen nada que esperar, que no hay ningún qué, fuera de la
cálida y fría atracción de la muerte, que vaga por los desiertos, por los
cafés, por viejas camas y por las esquinas de las calles? ¿Es que no existen
más encuentros que con ella? ¿Pero a quién, a quién puede esperar un
mortal sin morir? ¿Te vas a su encuentro para vivir, para «vivir» junto a un
mortal? ¡Qué terrible resulta no darse cuenta de que uno corre tras los que
mueren para escapar de la muerte!
*
No soy yo
el que sufre en el mundo, sino el mundo el que sufre en mí. El individuo
existe sólo en la medida en que concentra los mudos dolores de las cosas, desde
un harapo hasta una catedral. E, igualmente, el individuo sólo es vida en el
instante en que, del gusano a Dios, las criaturas gozan y gimen en él.
*
Ningún pintor
ha conseguido reproducir la soledad resignada de la mirada de los animales,
porque ninguno parece haber comprendido lo incompatible de sus ojos: una enorme
tristeza y una similar falta de poesía.
La mirada
humana se ha limitado a acentuar el pesar poético, cuya ausencia indica, en
cada especie, la proximidad de sus orígenes.
*
La amargura es
una música alterada por la vulgaridad. Sólo existe nobleza en la melancolía.
Por ello no carece de importancia saber en qué matiz del tedio por el mundo has
estado pensando en Dios...
*
Un pensador que
oyera pudrirse una idea...
*
«Matar el
tiempo», así se expresa, banal y profundamente, la adversidad del hastío. La
independencia del curso temporal frente a lo inmediato vital nos vuelve
sensibles a lo inesencial, al vacío del devenir, que ha perdido su sustancia:
una duración sin contenido vital. Vivir en lo inmediato asocia la vida y el
tiempo en una unidad fluida, a la que nos abandonamos con el patetismo
elemental de la ingenuidad. Pero cuando la atención, fruto de desigualdades
internas, se aplica al transcurso del tiempo y se enajena de todo lo que
palpita en el devenir, nos encontramos en medio de un vacío temporal que,
excepto la sugestión de un desarrollo sin objeto, no puede ofrecernos nada. El
hastío equivale a estar presos en el tiempo inexpresivo, emancipado de la vida,
que incluso la evacua para crear una siniestra autonomía. ¿Y qué más nos queda
entonces? El vacío del hombre y el vacío del tiempo. El emparejamiento de dos
nadas genera el hastío, luto temporal de la conciencia separada de la vida.
Querríamos vivir y no podemos «vivir» más que en el tiempo; quisiéramos
bañarnos en lo inmediato y tan sólo podemos secarnos al aire purificado del
ser, de un devenir abstracto. ¿Qué se puede hacer contra el hastío? ¿Quién es
el enemigo al que hay que destruir o, cuando menos, olvidar? El tiempo, seguro;
él y sólo él. Lo seríamos nosotros mismos si llegáramos hasta las últimas
consecuencias. Pero el hastío se define incluso evitándolas; busca en lo
inmediato lo que únicamente puede encontrarse en lo trascendente.
«Matar el
tiempo» no significa otra cosa que no «tener» tiempo, ya que el hastío es su
abundante crecimiento, su infinita multiplicación frente a la escasez de lo
inmediato. «Matas» el tiempo para obligarlo a entrar en los moldes de la
existencia, para que no siga apropiándose de prerrogativas de la existencia.
Toda solución
contra el hastío es una concesión a la vida, cuyo fundamento se resiente a
causa de la hipertrofia temporal. La existencia sólo es soportable en el
equilibrio entre la vida y el tiempo. Las situaciones límite derivan de la
exasperación de este dualismo. Entonces el hombre, colocado frente a la
posición tiránica del tiempo, víctima de su imperio, ¿qué otra cosa podría
«matar» cuando ya la vida sólo está presente en la esclavitud de la pesadumbre?
*
A veces
quisiera estar tan solo que los muertos, irritados por la algazara y el
hacinamiento de los cementerios, los abandonarían y, envidiando mi
tranquilidad, suplicarían la hospitalidad de mi corazón. Y cuando descendieran
por escaleras secretas hacia profundidades petrificadas, los desiertos del
silencio les arrancarían un suspiro que despertaría a los faraones de la
perfección de su refugio. Vendrían entonces las momias, desertando de la
lobreguez de las pirámides, a continuar su sueño en tumbas más seguras y más
inmóviles.
La vida:
pretexto supremo para quien se encuentra más cerca de la lejanía de Dios que de
su proximidad.
Si las mujeres
hubieran sido desdichadas por sí mismas y no por culpa nuestra, ¡de qué
sacrificios, humillaciones y debilidades no seríamos capaces! Desde hace un
tiempo uno ya no puede inventar nuevos placeres ni saborear otros deleites si
no es en los aromas insinuantes de las embriagadoras redes de la desdicha. Como
solamente el azar las pone tristes, acechamos también nosotros la ocasión para
ejercitar nuestras apetencias, ávidos de sombras femeninas, nocturnos
vagabundos del amor y cavilosos parásitos de Eros. La mujer es el Paraíso en
tanto que noche. Así aparece en nuestra sed de sedosa oscuridad, de dolorosa
tiniebla. La pasión de los crepúsculos la coloca en el centro de nuestra
excitación, sujeto anónimo transfigurado por nuestra atracción por las sombras.
*
En los grandes
dolores, en los dolores monstruosos, morir no significa nada, es algo
tan natural que uno no puede descender al nivel de semejante banalidad. El gran
problema es entonces vivir; buscar el secreto de esa mortificante
imposibilidad, descifrar el misterio de la respiración y de las esperanzas.
¡Así se explica por qué los reformadores ‑preocupados hasta la obsesión por
encontrar un nuevo patrón de vida‑ fueron seres que sufrieron más allá del
límite de lo soportable! La muerte les parecía de una evidencia tremendamente
banal. ¿Y no aparece ésta, desde el centro de la enfermedad, como una fatalidad
tan cercana que resulta casi cómico transformarla en problema? Basta con
sufrir, con sufrir largamente, para tomar conciencia de que en este mundo todo
es evidencia excepto la vida. Escapados de sus redes, hacemos todo lo posible
para situarla en otro orden, darle otro curso o, finalmente, inventarla. Los
reformadores eligieron las dos primeras vías; la última es la solución extrema
de una extrema soledad.
El miedo a la
muerte es un fruto enfermizo de la aurora del sufrimiento. A medida que los
dolores maduran y se agravan, alejándonos de la vida, el miedo se sitúa
fatalmente en el centro de la perspectiva, de manera que nada nos aleja más de
la muerte que su cercanía. He aquí por qué, para el hombre separado de lo
inmediato por lo infinito, sus esperanzas sólo pueden reverdecer al borde de un
precipicio.
*
Si Dios
colocara la frente en mi hombro, ¡qué bien estaríamos los dos así, solos y
desconsolados!
*
Las
autobiografías hay que dirigirlas a Dios y no a los hombres. La propia
naturaleza da un certificado de defunción cuando uno se dedica a contar sus
cosas a los mortales.
*
La desdicha de
no ser bastante dichoso...
*
¡Vivir
solamente encima o debajo del espíritu, en el éxtasis o en la
imbecilidad! Y como la primavera del éxtasis muere en el relámpago de un
instante, el oscuro crepúsculo de la imbecilidad no se termina ya nunca.
Prolongados temblores de loco borracho; desechos y basuras esparcidos por la
sangre y que detienen su circulación; alimañas asquerosas que ensucian los
pensamientos y diablos que cargan ideas en un cerebro baldío... ¿A qué enemigo
ha vencido el espíritu? ¿De qué sustancia está hecha la oscuridad que alimenta
tan inmensa noche?
El pavor a
postrarse a los pies de la imbecilidad levanta brumas de sopor mudo, y la vida
calla resignada en la fúnebre ceremonia de enterrar al espíritu. Un sueño de
negra monotonía cuyas eternas moradas son demasiado reducidas para albergar su
inmensidad crepuscular.
*
La idiotez es
un terror que no puede reflexionar sobre sí mismo, una nada material.
Cuando la reflexión que nos separa de nosotros mismos pierde parte de su fuerza
y anula la distancia de nuestro propio terror, una introspección atenta nos
obliga a mirar de manera fraternal a los idiotas. ¡Qué enfermedad tan grande es
el terror!
*
Cada día
estamos más solos. ¡Qué pesado y qué liviano ha de ser vivir el último!
Después de
haber reunido con esfuerzo y presteza tanto aislamiento, el sentimiento de
propiedad te impide morir con la conciencia tranquila. ¡Cuántos bienes sin
herederos! Despilfarro es la palabra para la última razón de ser del
corazón...
Arrojado a los
aledaños del propio vacío, espectador de una poesía desnuda, incapaz de
sacudirte esa fría tristeza: el vacío interno te revela la indeterminación
infinita como forma de expiación.
*
A plena luz
piensas en la noche, tu mente corre hacia ella en pleno meridión... El sol no
sólo no vence a la oscuridad, sino que agranda hasta el sufrimiento la
aspiración nocturna del alma. Si el azul del cielo nos sirviera de lecho y el
sol de almohada, un deleitoso agotamiento nos impelería a invocar a la noche
para satisfacer nuestras necesidades de enorme cansancio. Todo cuanto hay en
nosotros de dimensión nocturna forja un sombrío reverso de lo infinito. Y, así,
la extenuación del día y de la noche nos lleva hacia un infinito negativo.
*
La soledad es
una obra de conversión en nosotros mismos. Pero sucede que, al dirigirnos
solamente a nosotros mismos, lo que tenemos de bueno se convierte en algo
independiente de nuestra identidad natural. Y, de esa manera, nos dirigimos a
alguien, a otro. Eso explica la sensación de no estar solos cuando más
solos estamos.
*
Si el sol le
negara al mundo su luz, el último día que alumbrase se parecería a la mueca
burlona de un idiota.
*
Cuando hayas
muerto para el mundo, te echarás de menos a ti mismo y consumirás lo que aún te
quede por vivir en una nostalgia insatisfecha. Dios es un vecino en el exilio
de nuestro yo, que nos condena a buscarnos por otros mundos y a no estar nunca
próximos a nosotros mismos, a sernos inaccesibles.
*
Los individuos
son órganos del dolor. Sin los individuos la disponibilidad de
sufrimiento de la naturaleza la habría transformado en un caos. La
individuación, al determinarse como forma originaria de la expiación, salvó el
equilibrio y las leyes de la naturaleza. Cuando el dolor no pudo seguir
permaneciendo en ella, aparecieron los seres para salvarla de los tormentos de
la virtualidad. Todo acto es una perfección de sufrimiento.
*
Una mujer se
distingue de una criada por su diferente desdicha. La gracia fúnebre es una
fuente de indefinible encanto.
*
La espera,
como ritmo ascendente, define el aspecto dinámico de la vida. Los sabios
(debido al ejercicio de la lucidez) la suspenden, sin por ello eliminar las
sorpresas del futuro. Sólo la idiotez, perfección de la no‑espera, se
sitúa fuera del tiempo y de la vida. El radical alejamiento de las cosas no
tiene por qué impedir lo que serían las emociones de un idiota.
*
Tras los
momentos de intensidad no te conviertes en persona sino en objeto. La
aproximación a lo Absoluto acarrea consecuencias más graves que cualquier otra
intoxicación. Los estados de resaca de una borrachera son sosegados y
placenteros comparados con el agarrotamiento que sigue a las situaciones de
debilidad sufridas por causa de Dios. El último acceso sólo nos permite sentir
el terror de no entender ya nada y solamente volvemos a entrar en la materia
una vez pasado el éxtasis. ¿Hay alguien con valor suficiente para definir los
momentos en que miran los santos a lo alto hacia los idiotas?
*
Las inquietudes
teológicas han impedido al hombre el conocerse a sí mismo. Este, al proyectar
en Dios todo lo que no es él, muestra muy a las claras a qué siniestro
grado de descomposición habría llegado de haber dirigido desde el principio su
interés y su curiosidad hacia sí mismo. En el polo opuesto de los atributos
divinos, el hombre está reducido a la dimensión de gusano. Y, ciertamente,
¿adónde íbamos a llegar con la psicología y el autoconocimiento? A
transformarnos en gusanos, en gusanos que no necesitan seguir buscando sus
cadáveres...
*
La tontería es
un sufrimiento indoloro de la inteligencia. Pertenece a la naturaleza,
no tiene historia. Ni tan siquiera en la patología tienen cabida los tontos,
porque tienen de su parte a la eternidad.
La imagen más
verídica del mundo podría construirse con los «destellos» de un idiota si
pudiera vencer la sensación de putrefacción de la sangre y se diera cuenta a
veces del flujo infinitesimal de su inteligencia.
*
La voz de la
sangre es una elegía ininterrumpida.
*
¿Vivir bajo
el signo de la música significa, por ventura, algo más que morir con
gracia? La música o lo incurable como goce...
*
Si nunca
aliviaste a alguien del no ser, no has conocido ni por lo más remoto las
cadenas del ser ni esa emoción, dolorosamente rara, de experimentar el
agradecimiento ajeno por haberle ayudado a morir, por haberle reforzado el fin
y el pensamiento del fin, por haberle ahorrado la trivialidad de los alientos y
de las esperanzas.
Tampoco podemos
imaginarnos cuántos y cuántos hay a la espera de que les soltemos las ligaduras
de la felicidad...
*
Hay dos clases
de filósofos: los que meditan sobre las ideas y los que lo hacen sobre ellos
mismos. La diferencia entre silogismo y desdicha...
Para un
filósofo objetivo, solamente las ideas tienen biografía; para uno subjetivo,
sólo la autobiografía tiene ideas. Se está predestinado a vivir próximo a las
categorías o a uno mismo. En este último caso la filosofía es la meditación
poética de la desdicha.
*
Por más
pretensiones que tuviéramos, en el fondo, únicamente podemos pedir a la vida
que nos permita estar solos. Así le damos la oportunidad de ser generosa e
incluso pródiga...
*
El papel de la
música es consolarnos por haber roto con la naturaleza, y el grado de nuestra
inclinación hacia ella indica la distancia a que estamos de lo originario.
El espíritu se cura de su propia autonomía en la creación musical.
*
Las sutilezas
de la anemia nos vuelven permeables a otro mundo, y durante sus tristezas
caemos perpendicularmente sobre el cielo.
*
Todo lo que no
es salud, desde la idiotez a la genialidad, es un estado de terror.
*
La sensibilidad
por el tiempo es una forma difusa del miedo.
*
Cuando uno ya
no puede pensar en nada, entiende muy bien el presente absoluto de los
idiotas, al igual que las sensaciones de vacío que a veces aproximan la mística
a la imbecilidad, con la diferencia de que en el infinito vacío de los místicos
bulle una tendencia secreta de elevación, palpita solitario un impulso
vertical, mientras que el vacío horizontal de los idiotas es una
extensión desdibujada donde se desliza, sordo, el terror. Ninguna tormenta
levanta las arenas del monótono desierto de la imbecilidad y ningún color aviva
el instante eterno y sus horizontes muertos.
*
La posibilidad
de sentirse alegre entre los demás, sobre todo cuando nos cohíbe hasta la
mirada de un pájaro, es uno de los secretos más extraños de la tristeza. Todo
está helado y te dedicas a derrochar sonrisas; ningún recuerdo te devuelve ya
al que fuiste y te sientes con ánimo de inventarte un pasado; la sangre rechaza
alientos de amor y las pasiones lanzan llamas frías sobre ojos apagados.
Una tristeza
que no sepa reír, una tristeza sin máscara es una perdición que deja tras de sí
la peste y, sin duda, si no fuera por la risa, la risa de los que están
tristes, la sociedad habría penalizado hace mucho la tristeza. Incluso las
muecas de la agonía no son sino intentos fallidos de reír, que revelan, sin
embargo, su naturaleza equívoca. Así se explica por qué esos accesos nos dejan
un vacío más amargo que una borrachera o una noche de amor. El umbral del suicidio
es un estremecimiento que sigue a una risa impetuosa, sin medida y despiadada.
Nada degrada la vitalidad más que la alegría, cuando no se tiene ni la vocación
ni el hábito. Frente al delicado cansancio de la tristeza, la alegría es un
atletismo agotador.
*
La tristeza es
incluso un arte. Pues uno no se acostumbra así como así a estar solo y de día
en día se ve obligado a bregar con el desconsuelo, sometiendo el torrente de
amarguras a un trabajo interior. A los poetas parece haberles faltado la
necesidad de estilo en la infelicidad y de simetría en la tristeza. Porque ¿qué
significa ser poeta? No distanciarse de la propia tristeza, ser idéntico a su
propia infelicidad.
La preocupación
por la educación personal, incluso en estas cosas, revela un residuo filosófico
en un alma tocada por la poesía. La superstición teórica lo organiza todo,
hasta la tristeza. La muerte misma de un filósofo se asemeja a una geometría
descompuesta, mientras que el poeta, al llevar la tumba consigo desde que
comenzó a vivir, ha muerto antes de la muerte. El núcleo interno de la poesía
es un fin anticipado, y la lira sólo cobra voz cuando está cerca de un corazón
corrupto. Con ninguna otra cosa nos deslizamos más rápidamente a la huesa que
con el ritmo y la rima, porque los versos no han hecho más la lápida a quienes
están sedientos de la noche.
*
El espectáculo
de una mujer alegre supera en vulgaridad a la propia vulgaridad. Es curioso
pero todo aquello que tendría que volvernos menos extraños al mundo lo que hace
es cavar un poco más hondo la fosa entre nosotros y él.
¿Acaso el mundo
no es ajeno en sí?
*
Estás solo
siempre con respecto a ti mismo, no con respecto a otro.
*
El filósofo
piensa en la divinidad; el creyente, en Dios. El uno en la
esencia, el otro en la persona. La divinidad es la hipóstasis abstracta e
impersonal de Dios. La fe, como es un inmediato trascendente, extrae su
vitalidad do la ruina de las esencias. La filosofía es sólo una alusión
existencial, como la divinidad es un aspecto indirecto de Dios.
*
No hables de
soledad si no sientes cómo se tambalea Dios..., ni de maldición si no Lo oyes
terminándose en ti.
*
La vida es lo
que habría sido yo si no me hubiera esclavizado la tentación de la nada.
*
En el alma
mueren los ecos equívocos del instante en que la vida, sorpresa de la
indiferencia inicial, atraviesa la quietud de la nada.
*
Dios es la
última tentativa de satisfacer nuestro deseo de sueño... De esta manera, se
convierte en un nido cuantas veces le crecen alas a nuestro cansancio.
*
El desapego del
mundo por la música caricaturiza los objetos hasta convertirlos en fantasmas;
nada ocurre ya próximo a nosotros y los ojos dejan de estar al servicio de los
seres. ¿Qué es lo que podemos ver cuando todo ocurre lejos? La tristeza,
deficiencia óptica de la percepción...
Cada instante
es una tumba, escasamente profunda, sobre la que tenemos que saltar hasta que
nos rompamos la cabeza.
*
No estás celoso
de Dios, sino de su soledad. Porque frente a la desesperación embalsamada que
El es, el hombre es una momia pizpireta.
*
La timidez es
el arma que nos ofrece la naturaleza para defender nuestra soledad.
*
Cuando te crees
más fuerte, te encuentras de pronto a los pies de Dios. De semejante caída no
puede redimirte inmortalidad alguna. ¡Pero qué vas a hacer si las heridas de la
vida son como ojos vueltos hacia el Creador y como bocas abiertas hacia el
alimento de lo absoluto!
Las vigilias
que pasamos asustados nos salvan, independientemente de nuestra voluntad, de la
superstición de la existencia y, al agotar nuestro ímpetu, nos alimentan con
las brisas del desierto divino. El debilitamiento de la voluntad nos lleva a
hincar a Dios, como una horca, en medio de nuestras incertidumbres... Lo
absoluto es un estadio crepuscular de la voluntad, un estado de hambre
extenuante.
*
El amor por la
belleza es inseparable del sentimiento de la muerte. Pues todo lo que cautiva
nuestros sentidos con escalofríos de admiración nos eleva a una plenitud de
fin, que no es otra cosa sino el deseo abrasador de no sobrevivir a la
emoción. ¡La belleza sugiere una imagen de inanidad eterna! Venecia o
los crepúsculos parisienses nos invitan a un fin perfumado, en el cual la
eternidad parece haberse derretido en el tiempo.
*
El eros es una
agonía pendiente y por esa razón no podemos amar a ninguna mujer que no nos
susurre palabras de muerte ni nos ayude a no ser ya más...
Al interponerse
entre nosotros y las cosas, nos ha enajenado de la naturaleza, cargando así con
la responsabilidad de nuestro retraso en el conocimiento. ¡Cuánto debe el
espíritu a la desdicha amorosa! Podría darse el caso, perfectamente, de que
aquél no fuese sino obra de ésta.
Por otra parte,
observad que las mujeres únicamente han entrado en la Historia en la medida en
que progresivamente han dejado más solos a los hombres.
*
La bruma de
poesía que, para bien o para mal, envuelve a este mundo, emana del eterno otoño
del Creador y de un cielo todavía inmaduro para poder sacudir sus estrellas. La
estación en la que se ha detenido nos pone claramente de manifiesto que El no
es una aurora, sino un crepúsculo y que sólo nos acercamos a él a través de las
sombras. Dios: un otoño absoluto, un final inicial.
La primavera,
como cualquier comienzo, es una deficiencia de eternidad. Y los que mueren en
su transcurso son los únicos puentes hacia lo absoluto. Cuando todo florece, a
los mortales les entra un voluptuoso placer por la soledad, para salvar la
envoltura metafísica de la primavera.
Al principio
fue el Crepúsculo.
*
En un mundo sin
melancolía los ruiseñores se pondrían a escupir y los lirios abrirían un
burdel.
*
Tanto la
alegría como el alborozo vigorizan, pero la una, el espíritu, y el otro,
los sentidos. ¿Alguna vez habló alguien de alborozo en la mística? ¿Oyó
alguien decir alguna vez de un santo que hubiera estado alborozado? Pero, en
cambio, la alegría acompaña al éxtasis y linda con el cielo incluso en sus
manifestaciones más sosegadas.
Sólo podemos
sentir alborozo cuando estamos entre hombres; sólo podemos sentir alegría
cuando estamos solos. El alborozo hay que sentirlo con alguien; cuando no
tenemos a nadie estamos más cerca de las cimas de la alegría.
*
No existe
enfermedad que no nos cure una lágrima que empezara a cantar...
*
El mortal
torbellino que une la vida y la muerte más allá del tiempo y de la eternidad...
Es imposible descubrir ese misterioso dónde, situado fuera del tiempo y
de la eternidad, pero el alma se eleva de las llamas postreras hacia una
pradera incendiaria. Morimos y vivimos en un místico noviazgo con la
soledad... ¿Qué demonio del ser y del no ser nos arranca de todas las cosas
para llevarnos a un todo donde la vida y la muerte levantan bóvedas a un
suspiro? Desde ahora en adelante subirás por el éxtasis las espirales de un
mundo que deja tras de sí la nada y otros cielos, en el espacio que alberga la
soledad, un espacio tan puro que también la nada lo mancha. ¿Dónde, dónde? ¿Es
que no sientes una brisa como el sueño inocente de la espuma? ¿No respiras el paraíso
creado por la utopía de una rosa?
Así tiene que
ser el recuerdo de la nada en una flor marchitada en Dios.
*
Dios mío, he
nacido terminado en ti, en ti, ¡oh Terminadísimo! Y, a veces, te he
sacrificado tanta vida que he sido como una fuente que brota de tu propio
infortunio. ¿Qué soy en ti, carroña o volcán? ¿O es que no lo sabes ni siquiera
tú, oh Abandonado? ¡Qué temblor de demiurgo cuando gritas pidiendo socorro,
para que la vida no muera de su infinito...! Estoy buscando el astro más
alejado de la Tierra para hacerme en él una cuna y un ataúd, para nacer de mí y
morir en mí.
Capítulo
cuarto
Cuando la
aspiración a la nada alcance la intensidad del eros, ni el tiempo ni la
eternidad te dirán ya nada. Ahora o siempre son elementos con los
que se opera en el mundo, son puntos de referencia, convenciones de
mortal. La eternidad nos parece un bien cuya conquista buscamos, el
tiempo, un defecto del que nos excusamos en todo momento. ¿Qué significa todo
esto para quien mira desde la ausencia absoluta y abre sus ojos a la perfección
de un ninguna‑parte? ¿Vislumbra en el puro encanto de la nada, en el panorama
morbosamente vacío una mancha que roce algún infinito virgen?
Tiempo y
eternidad son formas de nuestra adherencia o inadherencia al mundo, pero no de
nuestra renuncia total, que es una música sin sonidos, una aspiración sin
deseo, una vida sin respiración y una muerte sin extinción.
Cuando el ser
se ha diluido hasta llegar a un punto límite, las palabras ahora, allí,
aquí, nunca y siempre, pierden su sentido, porque ¿dónde puede uno
encontrar un lugar o un momento cuando ya no conserva del mundo
ni su recuerdo?
Este «ninguna‑parte»
placentero (pero de un placer sin contenido) es un éxtasis formal de la
irrealidad. Un estado de transparencia se convierte en nuestro ser y una rosa pensada
por un ángel no sería más ligera y vaporosa que el vuelo hacia la perfección
extática del no ser.
La eternidad
provoca la arrogancia de los mortales, una forma pretenciosa a través de la
cual satisfacen un gusto pasajero por no‑vida. Eternamente desilusionados de
ésta se vuelven solidarios con sus propios fantasmas y vuelven a amar ese tiempo
eterno que es la vida. ¿En qué se diferencia éste de la eternidad? En él
vives, pues no es posible respirar más que en la embriaguez del infinito
devenir, mientras que la eternidad es la lucidez del devenir.
Cuando, en el
curso de las cosas, nos asomamos a la infelicidad y nos rebelamos contra la
borrachera de la existencia, el intento de evasión nos empuja a la negación del
tiempo. Mientras, la eternidad nos obliga a una constante comparación
con la temporalidad, cosa que no ocurre ya en la suspensión radical de la
experiencia de la nada, la cual «es» la neutralidad tanto con relación al
tiempo como a la eternidad, la neutralidad en relación con «cualquier cosa».
La eternidad
podría ser el escalón final del tiempo, como la nada, la sublimación última de
la eternidad.
*
Es curioso que
en cuanto adviertes que los seres son sombras, que todo es inútil, te alejas
del mundo para encontrar el único sentido en la contemplación de la nada,
cuando podías quedarte perfectamente en las sombras y en la nada de cada día.
¿De dónde viene la necesidad de superponer a la nada efectiva una nada suprema?
*
La eventualidad
del paraíso me hace apurar todas las amarguras que hay bajo el sol... E incluso
sin la probabilidad de esa perfección, ¡no es horroroso morir rodeado de
amarguras, dejar tantas tristezas sin experimentar, terminar como un aficionado
de la desdicha? Si te ha sobrevivido una sola tristeza, en vano mendigaste la
liberación de la despiadada noche.
*
Hablar de
eternidad y jactarse de ella supone una vitalidad del órgano temporal, un
homenaje secreto al tiempo, el cual está presente a través de la
negación. Saber que estás en la eternidad significa saber claramente la
distancia que te separa de ella, no significa que no estás totalmente en
su interior. Desde la perspectiva de una totalidad viva, de una existencia
presente, la conciencia indica siempre una ausencia.
Sólo viviendo
sin intermediarios e ingenuamente en la eternidad se vence la energía del
órgano temporal. La santidad (un inmediato de la eternidad) no se facta
del camino realizado fuera del transcurso directo de las cosas, porque ella es
eternidad. A lo sumo puede confesarse con el tiempo para aliviar el exceso de
sustancia propia. Las confesiones de los santos nacen de la carga positiva
de la eternidad. Sus libros caen en el tiempo como las estrellas del
firmamento. Exceso de eternidad por una parte y por otra.
*
La pérdida de
la ingenuidad da origen a una conciencia irónica, que no puedes reprimir ni
siquiera en la proximidad de Dios. Te revuelcas en medio de una histeria tierna
y dices a todo el mundo que vives... Y te creen.
El devenir es
una agonía sin desenlace, porque lo supremo no es una categoría del
tiempo.
*
Los desiertos
son los parques de Dios. Desde siempre Dios pasea su cansancio por ellos, y en
ellos nuestros atormentados ímpetus se lamentan. La soledad es nuestro punto en
común con El, pero también con el diablo. Desde el principio de los tiempos,
rivalizan en estar solos; y nosotros hemos llegado tarde, incluso demasiado
tarde, a una contienda fatal. Cuando se retiren de la arena, nos quedaremos
solos en medio de la Soledad y los desiertos serán pequeños para dar sobre
ellos un salto mortal.
*
La vulgaridad
es una vía de purificación similar al éxtasis, a condición de que haya
sufrimiento. El tormento en medio de las basuras, de la suciedad, el miedo en
el suburbio, se convierten en focos de misticismo, y está más cerca del cielo
quien se hunde espantado en una ciénaga que quien está mirando indiferente el
cuadro de una virgen. La maldición es un acto religioso; la bondad, uno moral
(¡sabemos de sobra que la moral no es más que el aspecto cívico de nuestra
inclinación a lo Absoluto!).
De la
efervescencia de la podredumbre interior salen vapores que se elevan
impetuosamente hacia la bóveda celeste. Si por ventura sientes la necesidad,
tira un salivazo a los astros; así estarás más cerca de su grandeza que
mirándolos con total dignidad y respeto. Una boñiga refleja el cielo más personalmente
que el agua cristalina. Y hay en los ojos nublados unas manchas de cielo que
rompen la monotonía azul de la inocencia.
Lo que
generalmente llamamos perfección constituye un espectáculo soso incluso por la
ausencia del tormento de la vulgaridad. Las imágenes de perfección propuestas
por los mortales despiertan una impresión de insuficiencia, de vida
insatisfecha y fracasada. A los ángeles los retiraron de la circulación por
este mismo motivo: no conocieron los sufrimientos de la degradación, los goces
místicos de la putrefacción. Hay que cambiar la imagen ideal de la perfección,
y la moral tiene que adueñarse de las ventajas de la descomposición para no
quedarse reducida a una construcción hueca.
La moral exige
purificación. ¿Pero de qué? ¿Qué es exactamente lo que hay que eliminar?
La vulgaridad, seguro. Pero sólo puede ser eliminada si se vive hasta el final,
hasta la última humillación. Sólo después de haber agotado todas sus
posibilidades de sufrimiento, puede hablarse de purificación. El mal
muere únicamente cuando agota su vitalidad. Por eso el triunfo de la moral
implica la dolorosa experiencia de la ciénaga: ahogarse en ella está más
cargado de sentido que una purificación superficial. ¿No tiene la decadencia en
sí misma más profundidad que la inocencia? Un hombre merece el calificativo de
«moral» sólo en virtud de los títulos que le comprometen con su pasado.
¿Caer en la
tentación no significa caer en la vida? ¡Déjanos, Señor, caer en la
tentación y líbranos del bien!
La oración de
cada día tendría que ser una iniciación a la maldad y el padrenuestro
debería rasgar el velo que la cubre para que, al mirarla a la cara,
familiarizados con la perdición, seamos tentados por el Bien.
La Moral se
pierde por su falta de misterio. ¡No esconderá acaso el bien algún misterio?
*
El enfriamiento
de las pasiones, la moderación de los instintos y la disolución del alma
moderna han hecho que perdamos la costumbre de sentir el consuelo de la furia y
han debilitado la vitalidad de nuestro pensamiento, de donde emana el arte de
maldecir. Shakespeare y el Antiguo Testamento nos presentan a unos hombres
frente a los cuales somos monos engreídos o recatadas damiselas, que no saben
gritarle al cielo su dolor y su alegría, provocar a la naturaleza o a Dios. ¡A
esto nos han conducido siglos de educación y de erudita majadería! En otros
tiempos, los mortales gritaban, hoy se aburren. La explosión cósmica de la
conciencia ha sido sustituida por la intimidad. ¡Aguanta y revienta!
Esta es la divisa que distingue al hombre moderno. La distinción es la
superstición de un género corrupto. Pero la tensión espiritual exige un
determinado nivel de barbarie, sin esta tensión los engranajes del pensamiento
se resienten, un estado volcánico que sólo puede calmarse por medio de
cobardías aceptadas. Una idea que arrolla con el ímpetu de un himno, con la
magia del delirio o de la fatalidad, tal como sucede en la incandescencia de
las maldiciones, esas lenguas de fuego del espíritu.
Los modernos
son tibios, muy tibios. ¿No habrá sonado la hora para que nuestra alma aprenda
a amar y a odiar, con toda la dimensión de la naturaleza? La maldición es una
provocación desmesurada, y su fuerza aumenta conforme se dirige hacia lo inconmensurable.
Ese es su objetivo final. Una vez que las palabras han puesto contra la pared a
un individuo, a un pueblo o a la naturaleza, sólo queda la furia contra el
cielo.
La imprecación
es una adhesión a la vida bajo la apariencia de destrucción; un falso
nihilismo. Porque sólo se puede tronar y fulminar desde lo absoluto de un
valor. Job amaba la vida con una pasión enferma, y el rey Lear se apoyaba en el
orgullo como si fuera una deidad. Todos los profetas del Antiguo Testamento se
enfurecen en nombre de algo, en nombre del pueblo o en el de Dios. Y en
nombre de la nada pueden lanzarse maldiciones si nos adherimos a ella dogmáticamente.
Un estallido despiadado e incendiario, un absoluto en tono directo, un torrente
de destrucción apoyado en una certeza, confesada o no. Que en el envés de la
desesperación se esconda una fe o el titanismo del yo poco importa a la furia
de la maldición como tal. El nivel del alma, el grado de la pasión de un ser,
he ahí el todo. Porque en sí, la maldición no es más que un dogmatismo
lírico.
*
¡Reafirmarse en
la delicia de morir diariamente en sí mismo, compartir con otro la carga de la
existencia, tener un compañero para las decepciones! La mujer comercializa lo
incomprensible, con el matrimonio vendemos porciones de soledad y maldecir la
existencia se convierte en mercancía. El temor a ser amado es fuente de
infelicidad amorosa, el placer de la soledad se sobrepone a los abrazos. La
mujer no se va de buen grado, sino que siente muy bien la mancha de
lucidez sobre el engaño del desmayo reciproco. Lo cierto es que nunca
comprenderá cómo una persona puede ser practicante de la infelicidad ni
de qué modo su presencia deteriora la perfección del aislamiento. Sin embargo,
tiene que irse, irse. Y una vez se ha ido caemos en la cuenta del gran error
que es la vida, con ella y sin ella.
¡Si se pudiera
morir para el mundo a la sombra de la mujer, si su perfume fuera una emanación
de la melancolía para adormecer un corazón arrancado de la tierra...!
*
Hay desapegos
del mundo que súbitamente nos invaden como un soplo mortal, y cuando eso
sucede, los sabios se nos antojan pobres ardillas; y los santos, profesores
fracasados.
*
La clave para
lo inexplicable de nuestro destino es la sed de infelicidad, profunda y
misteriosa, y más duradera que el deseo juguetón de felicidad. Si este deseo
predominase, ¿cómo explicaríamos el vertiginoso alejamiento del paraíso y la
tragedia como una condición natural? La Historia en su totalidad es una prueba
clarísima de que el hombre no sólo no ha huido del sufrimiento, sino que ha
inventado unas redes de donde nunca pueda escapar a su hechizo. Si no hubiera
amado el dolor, no habría tenido necesidad del infierno, utopía del
sufrimiento. Y si a veces ha preferido con más ardor el paraíso, ha sido por lo
que tiene de fantástico, por su garantía de irrealizable: una utopía estética.
No obstante, «los acontecimientos» de la Historia nos muestran claramente qué
es lo que el hombre ha tomado en serio...
*
Hace mucho que
ya no vivo en la muerte, sino en su poesía. Te fundes en un flujo mortal y te
cobijas, soñador, en una delicada agonía, embrujado por fúnebres aromas. Y es
que la muerte es como un aceite que rezuma por el espacio invisible de nuestra
renuncia al mundo y nos envuelve con el placenteramente doloroso aplazamiento
de la extinción, para sugerirnos que la vida es un final virtual y el devenir
potencialidad infinita del fin.
*
Sufrir es la
manera de estar activo sin hacer nada.
*
Uno no puede
preguntarse correctamente qué es la vida, sino qué no es.
*
El deseo de la
muerte comienza como una oscura secreción del organismo y termina con un
desvanecimiento poético. El placentero apagarse de cada día es un
adormecimiento de la sangre. Y ese adormecimiento es la tristeza misma.
*
Solamente
después de haber sufrido por todas las cosas, se tiene el derecho a burlarse de
ellas. ¿Cómo va a pisotearse lo que no ha sido un sufrimiento? (El sentido de
la ironía universal.)
*
La inclinación
por la soledad sólo halla su realización más plena en el abrumador deseo de la
muerte que, al crecer más allá de nuestra resistencia y por nuestra
imposibilidad de morir, se convierte, por reacción, en una revelación de
la vida.
*
¿Cómo podría
olvidar que soy cuando el deseo excesivo de la muerte me desliga de
ella?
Descubriré la
vida en su plenitud cuando empiece a pensar contra mí; cuando ya nunca
esté presente en pensamiento alguno...
Al principio
consideramos la muerte como una realidad metafísica. Después, cuando la hemos
saboreado, cuando nos ha hecho temblar y sentir todo su peso, la sustituimos
por un sentimiento. Hablamos entonces de miedo, de angustia y de agonía,
y no de muerte. Así se produce el tránsito de la metafísica a la
psicología.
*
La luz me
parece cada vez más extraña y más lejana; la miro y me estremezco. ¿Qué ando
buscando en ella cuando la noche es una aurora de pensamientos?
... Pero mirad,
mirad la luz: cómo se resquebraja y cae hecha añicos siempre que las tristezas
nos doblegan. Sólo la ruina del día nos ayudará a elevar la vida al rango de
sueño.
¿Será la
dulzura de la muerte algo distinto a una irrealidad en grado sumo? ¿Y no será
la inclinación a la poesía una fusión en lo fantasmagórico?
Es tanto el
placer musical que hay en el anhelo de la muerte que desearías la inmortalidad
con el único objeto de no interrumpirlo. O, si encontraras una tumba en la que
siguieras gozando del placer musical, ¡querrías morir interminablemente del
deseo de morir! Pues ningún crepúsculo marino ni melodía terrestre alguna
pueden sustituir la progresión difusa y la poesía evanescente del acto de
morir.
En ninguna otra
parte mejor que en las viejas camas de los hoteles provincianos o en la brumosa
atmósfera de los bulevares, te encuentras sometido al vaivén de la extinción y
más dispuesto a gozar de un momento final.
Es por medio de
la muerte como el hombre se vuelve contemporáneo consigo mismo.
*
Para no
aburrirte has de ser o santo o un animal. De esta suerte, la vacuidad esencial
de la conciencia define el sino del hombre. El aburrimiento es una especie de
equilibrio inestable entre el vacío del corazón y el del mundo, una
equivalencia del vacío, que significaría inmovilidad si no fuera por la
presencia secreta del deseo. La iluminación y el embrutecimiento (la una por
exceso y el otro por defecto) se sitúan fuera del sino del hombre y, por ello,
fuera del alcance del aburrimiento. Sin embargo, ¿podemos estar lo
suficientemente seguros de que los santos no se aburren con Dios y de que los
animales (tal y como los delata su mirada vacua) no sienten su supina
ignorancia?
El hombre no
puede ir arrastrándose toda su vida en el hastío, aunque éste no sea una
enfermedad sino una ausencia de intensidad. El vacío consecutivo a un
dolor o el frío recuerdo de una desdicha; el discurrir del silencio al que no
podemos proyectar un contenido; la insensibilidad erótica y el pesar por no
vencerla, son estados que constituyen la degradación de la conciencia y que
suceden a intensas emociones que ya no podemos experimentar. No te duele nada
pero preferirías un dolor preciso antes que lo indefinible de la angustia. La
enfermedad misma es un contenido (y sustancial) comparado con la indiferencia
agobiante y difusa del hastío, en el que te encuentras bien, aunque
preferirías el mal de una enfermedad concreta. Nos quejamos de cualquier dolor
por su precisión. La enfermedad es ocupación; el hastío no. Por eso se parece a
una liberación de la que querríamos escapar.
Esta es la
paradoja del hastío: que es una ausencia y que no podemos sustraernos a ella.
Comparado con la enfermedad, es una salud insoportable, irritante, un bien
sordo y monótono que sólo es grave por lo indeterminable e infinitamente vulgar
de su carácter. Un restablecimiento que no se termina nunca... ¿El hastío? Una
convalecencia incurable.
*
La vida, en su
aspecto positivo, es una categoría de lo posible, una caída en el futuro.
Cuantas más ventanas abras hacia el futuro más cosas podrás realizar. Por el
contrario, la desesperanza es la negación de lo posible y, por ende, de la
vida. Es más: es una intensidad absoluta perpendicular a la Nada.
Una cosa es positiva
cuando tiene relación interna con el futuro, cuando tiende hacia él. La vida se
cumple porque tiende a una plenitud temporal. La desesperanza se
desarrolla en sí misma y su intensidad es una posibilidad sin futuro,
una negación, un callejón sin salida en llamas. Pero cuando se ha llegado a
abrir ventanas a la desesperación, entonces la vida (invadida por sí misma)
parece una gracia liberada y un hervidero de sonrisas.
*
«Las raposas
tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, mas el Hijo del hombre no tiene
dónde reclinar la cabeza» (Lucas, 9, 58). Esta confesión de Jesús, que supera
la soledad de Getsemaní, me acerca a El más que todas las pruebas de amor que
le han asegurado un crédito casi eterno entre los mortales. Cuanto más te
diferencias de los hombres, menos sitio tienes en el mundo para que el
camino a lo divino te separe de la soledad. El último de los pordioseros es un
potentado si lo comparamos con Jesús vagando por la Tierra. Los hombres lo
crucificaron incluso para buscarle un lugar también a él, para atarlo de
alguna manera al espacio. Pero ellos no observaron que en la cruz la cabeza
descansa en dirección al cielo o, en todo caso, más al cielo que a la tierra.
¿Y qué es la Resurrección sino la prueba de que un Dios, aun muerto, no
puede descansar en el mundo y, como él, cualquier hombre que no sea ya hombre?
Una losa cubrió
durante tres días el insomnio de Jesús. Ya que no me puedo imaginar un Dios
muerto que no mire su muerte.
Sólo para
quienes han dormido su vida, la muerte puede equivaler al sueño. Los otros,
afectados de insomnio, ¡sobrevivirán despiertos a sus cenizas o a su esqueleto
burlón! Cuando el conocimiento haya traspasado todas las fibras, entonces nada
podrá hacerte creer que alguna vez dejaste de estar consciente. Morir
parece algo explicable, ¿pero cómo creer que se deja de saber y de conocerse?
Sería como creer que no reposaremos la cabeza nunca ni en ninguna parte...
*
¿Será por
ventura el deseo de soledad algo distinto a un camuflaje poético del egoísmo?
*
El mundo puede existir
solamente para los que no lo han visto. Los otros han perdido la vista ante
tanta apariencia y una pobre realidad les ha herido los ojos. El espacio
ofrecido por los sueños carece de horizonte y, de esta forma, se extiende
generosamente a quienes miran con humildad.
¡Cómo pierde el
mundo sus límites ante la percepción del ocaso!
*
Si yo fuera
Dios, haría de mí cualquier cosa excepto un hombre. ¡Qué grande sería Jesús si
hubiera sido más misántropo!
*
Comparada con
la materia, la vida representa un exceso de intensidad. Igual sucede con la
enfermedad comparada con la vida, aunque en este caso nos hallamos en presencia
de una intensidad negativa.
Cuando se está
enfermo, la naturaleza obliga al conocimiento; aun sin querer, sabemos.
Todo se nos revela de forma indiscreta, ya que los misterios han perdido su
pudor en esa ciencia involuntaria que es la enfermedad.
*
Como no podemos
vivir la vida en frío, ¿encontraremos la lumbre que encienda la razón?
Las esperanzas brotan del incendio de la lucidez.
*
Pregunta frente
al pasado: ¿Para qué me sirve un «acontecimiento»? La historia universal sólo
existe como medio de autointerpretación. Los sucesos que no me han descubierto
a mí mismo, ¿han existido alguna vez? En lo que atañe al pasado, tenemos que
ser más subjetivos, más que frente al presente.
*
La soledad es
una exasperación ontológica de nuestro ser. Se es más de lo necesario. Y
el mundo, menos.
*
La verdad es un
error exiliado en la eternidad.
*
El hombre se
afana por ser al menos un error como Dios es una verdad. Los dos siguen una vía
que ofrece pocas esperanzas y oportunidades. Es cierto que Dios está en camino
desde la eternidad y se busca a sí mismo desde los inicios, mientras que el
vagar humano es más reciente. Si podemos ser más indulgentes con el hombre,
¿encontraremos aún argumentos en favor de Dios, que no es más que una síntesis
de nuestras excusas? Todos lo hemos definido por la ausencia, le hemos
permitido la existencia cuantas veces ha sido necesario, hemos perdonado sus
incumplimientos hasta la cobardía. Nosotros nos ahogaremos en el error, ¡pero
un Dios que no dispone más que de un fragmento de verdad...! Estad seguros de
que si la hubiera descubierto, hace mucho que nos la habría pregonado a los
cuatro vientos.
*
Un pensamiento
que no conmueva a un leproso, ¿tiene alguna relación con la soledad? Y un libro
que no pueda dedicarse al recuerdo de Job...
*
... Quisiera
que, a mi muerte, fantasmas de ángeles caídos entonaran plañideros cánticos con
fragmentos de melodías recopiladas en mi corazón, un corazón afinado desde su
nacimiento para acompasar su coro.
*
Tanto el exceso
como el defecto de vida me producen un escalofrío de irrealidad. Un mar muerto
y otro furioso están, en igual medida, faltos de ritmo. Y como no puedo
marchar al mismo paso que la vida, sus aguas, ya sea porque se retiran o porque
me cubren, me lanzan a una orilla donde todo fue.
El placer de
alejarse de la existencia, del desorden interior, de escapar de un salto cuando
el ser está siendo presa de la soberbia de un torbellino violento... Quien no
se mece en un espacio huero con la esperanza de la venganza, quien no goza en
el vacío con la seducción de una plenitud futura, ése no sabe mortificarse
positivamente, no sabe aprovechar convenientemente el exceso de futilidad de la
vitalidad.
Los psicólogos,
que se dedican al alma ajena porque ellos mismos no tienen bastante alma,
se inclinan por lo irreal sólo a causa de nuestras limitaciones. Ellos no saben
de qué modo la ausencia puede surgir de una sensación de barbarie. Ni
cómo se mezclan la anemia y la barbarie en el panorama de irrealidad de la
vida. Pues, en efecto, ¿para qué sirve que les hablemos de una sangre sin
ritmo, cuya función en las venas sea recordarnos a un mar sin olas y a un mar
que sea todo olas?
*
La vida nunca
me ha parecido digna de vivirse. Unas veces merece mucho la pena;
y otras, muy poco. En ambos casos es insoportable. El suicidio por amor
a la vida no es menos injustificado que el suicidio normal y corriente. Es
incluso más natural... El paraíso es un estado de suicidio continuo como
también lo es el infierno. Entre ellos se interpone el estado de no‑suicidio
llamado ser.
*
Si por
concesión del cielo se me permitiera hablar con un mortal de otro siglo,
elegiría a Lázaro el resucitado. Seguro que él me ayudaría a comprender el
miedo retrospectivo, el sentimiento de haber estado muerto, de haber nacido de
la muerte e ir hacia otra cosa..., de estar expuesto a algo absolutamente
indefinido porque el nacimiento deriva de lo inevitable de la muerte. Lázaro
podría decirme cómo se puede morir cuando ya no se camina hacia la muerte, cómo
se puede escapar de esta infinita Resurrección.
*
El pensar que
la vida podría haber sido algo distinto a una floración demoníaca, que lleve
hacia algo, en un sentido distinto a su inútil transcurso, me parece tan
agobiante y sin valor que su confirmación me produciría una herida incurable.
Entonces, todas las cosas inacabadas y toda pereza que el cinismo excusa, se
abalanzarían sobre nuestro terror petrificado. Podemos considerarnos fracasados
sólo si la vida tiene sentido. Porque solamente en ese caso todo lo que
no hemos llevado a la práctica constituye una caída o un pecado. En un mundo
que tenga sentido fuera de sí mismo, en un mundo que tienda hacia algo, nos
vemos obligados a ser hasta nuestros límites.
Si se
encontrara a un mortal que me probara la presencia de un sentido absoluto, que
me demostrara una ética inmanente al devenir, me volvería loco de
remordimientos y desesperación. Cuando se ha malgastado la vida consolándose
durante su inútil transcurso con los engaños del devenir, cuando, en
apariencia, se ha sufrido cruelmente, lo Absoluto nos hace enfermar.
Decididamente, la vida no puede tener sentido alguno. O, si lo tiene, será
menester que lo esconda si quiere tenernos en su seno todavía.
Quien ame la
libertad, por poco que sea, no puede de buen grado marchar uncido en un sentido
único. Aun cuando se trate del sentido del mundo.
*
La nostalgia
del mar precede y sigue a la introspección.
*
Toda lucidez es
la consecuencia de una pérdida.
*
Nuestro modo de
concebir las cosas depende de tantos condicionantes externos que podría
escribirse la geografía de cada pensamiento. Comenzaríamos por el matiz del
cielo y terminaríamos por la posición de una silla. Los arrabales del
pensamiento tienen también su propio sentido.
*
Pascal, pero
sobre todo Nietzsche, dan la impresión de ser reporteros de la eternidad.
*
Cuando te has
sumergido cruelmente en las profundidades de la existencia y, a base de miradas
subterráneas, las has despojado de sus riquezas, te sientes orgulloso y
altanero en los vaivenes de la nada. ¿Pero qué te pasa para que,
repentinamente, en medio de ese desenfreno metafísico te detengas como
fulminado por lo que existe en sí mismo? ¿Son ocultas resistencias de la
sangre, pasiones que irrumpen en el conocimiento o los instintos que asedian al
espíritu? En nosotros hay algo que rechaza la nada cuando la razón nos muestra
que todo es nada. ¿Será ese algo el todo? Es muy posible
desde el momento en que vivimos por él.
Los santos, los
locos y los suicidas parecen haber vencido a ese algo, a lo inexplicable
esencial y escondido que sirve de resistencia frente a la postrera soberbia del
espíritu. A nosotros, a los demás, a los fracasados de lo absoluto, la vida nos
acecha cuando nos creemos más lejos de ella. Y si nos sale al encuentro cuando
la habíamos olvidado, adivinamos por sus murmullos que lo absoluto no es más
que la Nada como último escalón del conocimiento. Y entonces retrocedemos...
Para el espíritu la vida sólo es un batirse en retirada.
*
La nostalgia de
lo infinito, muy imprecisa, cobra forma y perfil en el deseo de la muerte.
Buscamos precisión hasta en la languidez soñadora o en el desfallecimiento
poético. En cualquier caso, la muerte introduce un determinado orden en lo
infinito. ¿No es ésa su única dirección?
*
El único
argumento que cabe contra el suicidio es el siguiente: no es natural poner fin
a tus días antes de haberte demostrado hasta dónde puedes llegar, en qué medida
puedes realizarte. Aunque los suicidas creen en su precocidad, consuman, sin
embargo, un acto antes de haber alcanzado una madurez efectiva, antes de estar
maduros para una extinción aceptada. El que un hombre quiera acabar con su vida
es fácil de entender. ¿Pero por qué no elegir el punto culminante, el momento
más favorable de su desarrollo? Los suicidios son horribles por el hecho de que
no se llevan a cabo a su debido tiempo, porque tronchan un destino en lugar de
coronarlo. Un final tiene que cultivarse como si fuera un huerto. Para los
antiguos el suicidio era una pedagogía; el fin brotaba y florecía en ellos. Y
cuando se extinguían por su propia voluntad, la muerte era un final sin
crepúsculo.
A los modernos
les falta la cultura interior del suicidio, la estética del fin. Ninguno muere
como debería y todos se extinguen por obra del azar: neófitos en el suicidio,
unos amargados de la muerte. Si supieran acabar a tiempo, no se nos encogería
el corazón al enterarnos de tantos y tantos «actos desesperados» y no
llamaríamos «desgraciado» a un hombre que santifica su propia realización. La
falta de eje de los modernos en ninguna otra parte sorprende más que en su
alejamiento interior frente al suicidio cuidado y meditado, al suicidio como
horror al fracaso, al embrutecimiento y a la vejez, al suicidio como homenaje a
la fuerza, a la belleza y al heroísmo.
*
Siempre que
resisto las tentaciones premonitorias de éxtasis me siento objeto.
Parece que se me hubiera helado la luz en el cerebro... y que el tiempo hubiera
irrumpido en un corazón muerto.
Miro las
piedras y envidio sus palpitaciones. ¿Captarán ellas alguna vez que me ofrezco
para su descanso? ¿Y querrán la rocas ahogarse en el silencio de la sangre?
...Uno se
vuelve así objeto depravado por la insensibilidad en el que la naturaleza
contempla su última inmovilidad.
¿Ha despertado
tu petrificación los celos de las piedras? ¿Has visto cómo se les marcan las
venas a los glaciares?
*
Yo no pienso en
la muerte sino que es ella la que piensa en sí misma. Todo cuanto en ella es
posibilidad de vida respira a través de mí, y yo sólo existo a través del tiempo
de que es capaz su eternidad. Puesto que ella se defiende de su propio
absoluto, rechaza la grandeza y desciende por su propia voluntad a una
degradación temporal, entonces yo soy. Incluso en la muerte busco la
vida y mi papel no es otro que descubrirla en todo lo que ella no es. Si la
carroña divina aún estuviera viva, hace mucho que yo descansaría en sus brazos.
Pero Dios ha prestado muy pocas cosas a la vida para que yo tenga algo que
buscar en su desierto.
No se puede
vivir ya si no es acechando la vida por dondequiera que se encuentre fuera de
sus dominios, para salvarla de convertirse en algo ajeno. De esa forma te
exilias en la muerte para gozar de la vida en su inútil caminar.
*
Lo que le falta
a la salud es lo infinito. Por eso los hombres han renunciado a ella.
*
En los abrazos
la sensación de felicidad y de infelicidad te hace sufrir de un agotamiento
equívoco que te lleva a desear que te pulverice un rayo. De los labios emana
una dulzura mortal que inunda los límites de la existencia y te sumerge en una
desesperación por el paraíso. Nunca la muerte parece más envolvente que en las
proximidades de la infinitud erótica. Amar equivale a ahogarse, a sumergirse en
el ser y en el no‑ser. Y es que todo goce implica una realización y una
extinción. Pero cuando se ama, uno puede imaginarse que la autodestrucción es
el fundamento de la fecundidad. Sin la mujer ‑música extraviada en la carne‑ la
vida sería un suicidio automático. Porque, la verdad, sin ella ¿en qué
moriríamos? ¿Dónde descubriríamos muertes más perfumadas, dónde unos
crepúsculos más floridos, dónde temblaríamos al sepultarnos?
*
Si los hombres
fueran por ahí desnudos, obtendrían más fácilmente la seguridad física de la
muerte. Las ropas se interponen entre nosotros y nuestros objetivos, creando
una ilusión de poder y de independencia. Pero cuando uno pasa desnudo frente a
un espejo, se encuentra abocado a la destrucción porque el cuerpo es un
yacimiento de vanidad donde enmohece el pensamiento de la inmortalidad.
Tras varios
milenios de civilización, si los hombres empezaran a ir desnudos y, junto a la
ropa, arrojaran las ilusiones realizadas, todos se volverían metafísicos.
Sólo cuando te
ves desnudo te acuerdas de que existes y de que eres mortal. La vestimenta nos
confiere una superioridad artificial sobre el tiempo. ¿Cómo va uno a ser mortal
con un sombrero en la cabeza y una corbata al cuello? Las ropas han creado más
ilusiones que las religiones.
*
Parece que
miles y miles de vidas desconocidas se suicidaran en mi interior y que con sus
suspiros se formara un éxtasis final, que yo no fuera sino una bóveda sobre
infinitos finales... ¡Ojalá pudiera diseminarme en partículas de sufrimiento,
romperme en fragmentos y no estar ya en ninguna parte, sobre todo, en mí! Como
en un delirio de ausencia, suprimirme de todo y extinguirme, centrífugo a mí
mismo.
*
El hombre es el
camino más corto entre la vida y la muerte.
Capítulo
quinto
La muerte es lo
sublime al alcance de cualquiera.
*
Los dolores más
crueles y las más horribles alucinaciones de terror no me han dejado una náusea
comparable a la que sigue a la separación definitiva de un grupo de hombres a
los que se odia o a los que se ama. Brillante o no, admirado o despreciado, el
caso es que cuando te separas de ellos cualquier suicidio parece dulce. Como si
cualquier palabra que les hayas dicho se hubiera convertido en barro y se
escondiera por algún recoveco del fondo de tu aislamiento, para luego saltar y
enlodarte en plena cara. Las palabras se transforman en veneno y después de
haberte confesado horas y horas, el vacío de los demás y el tuyo propio te
aturden. Todo cuanto no está solo se pudre y yo nunca estuve lo suficientemente
solo como para renacer.
Toda
conversación nos deja más abandonados que en la sepultura. Has aliviado el
espíritu y el corazón se te ha podrido. Las palabras volaron a los cuatro
vientos y con ellas la sustancia de tu aislamiento.
*
Sólo en el amor
podemos verificar nuestra distancia respecto al mundo. En brazos de la mujer,
el corazón se somete al instinto, pero el pensamiento vaga alrededor del mundo,
fruto enfermo del desarraigo erótico. Y, por ello, de la efervescencia sensual
de la sangre se alza una protesta melódica y desgarradora que no siempre somos
capaces de distinguir, pero que está presente en el intervalo de un destello
recordándonos de paso lo eternamente frágil que es el placer. De lo contrario,
¿cómo podríamos alcanzar en cada beso la muerte rosada, mientras agonizamos
envueltos de abrazos?
¿Y cómo
mediríamos la soledad si no nos miráramos en los ojos extraviados de la mujer?
Porque a través de ellos el aislamiento se ofrece a sí mismo el espectáculo de
su infinito.
*
Lo equívoco del
amor parte del hecho de que se es feliz y desgraciado a un tiempo, que el
sufrimiento y el placer se igualan en un único torbellino. Por ello, la
desdicha amorosa crece conforme la mujer más nos comprende y nos ama. Una
pasión sin límites nos lleva a lamentar que los mares tengan fondo, y el deseo
de sumergirnos en lo ilimitado lo aplacamos zambulléndonos en la infinitud del
azul celeste. Por lo menos el cielo no tiene fronteras y parece hecho a medida
de la verticalidad del suicidio.
El amor nos
induce a ahogarnos, provoca el anhelo de las profundidades. En eso se parece a
la muerte. Así se explica por qué la sensación del fin la tienen sólo las
naturalezas eróticas. Al amar se desciende hasta las raíces de la vida, hasta
la lozanía fatal de la muerte. No hay rayos que te fulminen como un abrazo, y
las ventanas se abren al espacio para que puedas arrojarte por ellas. Hay mucha
felicidad y mucha desgracia en los altibajos del amor, y el corazón es
demasiado estrecho para sus dimensiones.
El erotismo
proviene de más allá del hombre; lo abruma y lo derriba. Y, por esa razón,
abatidos por sus olas, los días pasan sin que nos percatemos ya de que los
objetos existen, de que las criaturas se agitan y la vida se consume, ya que,
atrapados en el voluptuoso sueño del amor por tanta vida y por tanta muerte,
nos hemos olvidado de ambas, de suerte que cuando despertamos del amor, tras
sus inigualables desgarros sentimos un lúcido e inconsolable desplome.
*
El sentido más
profundo del amor no es inteligible por «el genio de la especie» y tampoco por
la superación de la individuación. ¿Quién puede creer que experimentaría
intensidades tan crueles, de inhumana gravedad, si fuéramos simples piezas de
un proceso en el que, personalmente, perdemos? ¿Y quién puede admitir
que nos meteríamos en sufrimientos tan grandes sólo para desempeñar el papel de
víctimas? Los sexos no son capaces de tanta renuncia ni de tanta falacia.
En el fondo,
amamos para defendernos del vacío de la existencia como reacción contra él. La
dimensión erótica de nuestro ser es una plenitud dolorosa que colma el vacío
que hay en nosotros y fuera de nosotros. Sin la invasión del vacío esencial,
que roe las entrañas del ser y destruye la ilusión necesaria para existir, el
amor sería un ejercicio fácil, un pretexto placentero y no una reacción
misteriosa o una convulsión crepuscular. La nada que nos rodea sufre por la
presencia del Eros, ya que también él es una falacia contaminada por la
existencia. De todo cuanto se ofrece a la sensibilidad el amor es lo menos
vacío, y no podemos renunciar a él so pena de abrir los brazos al vacío
natural, banal y eterno.
Al ser un
máximo de vida y de muerte, el amor constituye una irrupción de intensidad en
el vacío. Y toda intensidad es un sufrimiento del vacío.
¿Soportaríamos
acaso las penas de amor si no fuera un arma contra el hastío cósmico, contra la
putrefacción inmanente? ¿O nos deslizaríamos a la muerte en medio de suspiros y
euforia si no encontráramos en ella una vía de ser hacia la
inexistencia?
*
No es posible
consolarse de la nada del mundo mediante la fuerza, sino mediante la soberbia.
El hombre es demasiado soberbio para rendirse a la evidencia. Y entonces
inventa la existencia.
*
¿Mi intimidad
con las cosas que se extinguen? Yo me sobrevivo después de cada tristeza...
Sólo cuando me
duele el alma de infelicidad, mi corazón se pone a latir. El suspiro es el
marco ideal de la respiración y la felicidad no es la temperatura de la vida.
*
Es muy posible
que el amor contenga en sí mismo un potencial de felicidad mayor de lo
que nuestra razón, contagiada por el corazón, tiende a creer. ¿De dónde vienen,
entonces, los fúnebres acordes de la embriaguez esencial y el perfume de
suicidio de los abrazos?
La arqueología
fatal del amor saca a la superficie no solamente los dolores inconfundibles y
actuales, sino también todas las desdichas incompletas que creíamos haber
sepultado para siempre, todas las heridas que considerábamos cicatrizadas, y
sacia el anhelo de sufrimientos prolongados. Justamente como en la liturgia
erótica de Wagner, el lado sombrío del pasado se llena de vida y toma posesión
de nuestro tormento incierto, de modo que somos menos infelices por las
sensaciones inmediatas del amor que por las resucitadas y revividas del pasado.
Si el amor no
fuera algo más que una presencia epidérmica, sería imposible asociarlo al
sufrimiento. Pero el amor, como Dios, se aviene a un sinfín de predicados. La
mujer puede ser un infinito nulo; pero frente al amor, lo infinito se ruboriza.
Y es que todo es bien poco en comparación con el amor. ¿No hay momentos de amor
a cuyo lado la muerte parece una pura desvergüenza?
*
Hay hombres que
si no pudieran meditar sobre el amor, enloquecerían de amor. La reflexión es la
única derivación. Sin ella resultaría imposible soportar nada. Entonces
moriríamos a causa de Dios, de la música o de la mujer. La transposición
reflexiva suaviza la furia de las pasiones y atenúa el tránsito hacia el no ser
que anida en todo placer. De esta suerte, el pensamiento se convierte en un
instrumento de mediocridad.
*
Nos agitamos,
creemos y pensamos para excusar nuestra existencia. Es como si alguien nos
mirara desde otro mundo con desdén y nosotros, para no convertirnos en víctimas
de su repulsión, nos justificáramos con gestos, palabras y hechos. Así
esperamos obtener su compasión, el perdón por la rareza de ser. Y cuando a ese
alguien lo bautizaran con el nombre de Dios, adornamos nuestro triste
espectáculo como si éste fuera algo más que el espejo del Gran Afligido.
*
Todo me hiere y
el paraíso me parece demasiado brutal. El menor contacto me produce la
sensación de una roca que rodara sobre mí, y el reflejo de las estrellas en los
ojos soñadores de una doncella me causa dolor por su condición de materia. Las
flores expanden aromas mortales y una azucena no es bastante pura para un
corazón que huye de todo. Sólo el beatífico sueño de un ángel podría ofrecerle
una cuna a su balanceo astral.
El mundo se ha
marchitado en la periferia del corazón, y la mente yace al caer la tarde. El
universo muestra despavorido su sonrisa, en la que distingo (símbolo de la
vida) a un ángel caníbal.
*
Nada puede
reducirse a la unidad. El caos acecha al mundo en todos sus rincones. La
contradicción no es sólo el sentido de la vida, sino también el de la muerte.
Un acto cualquiera es idéntico a todos los demás. No hay ni esperanza ni
desesperanza, sino las dos a un tiempo. Se muere al vivir y se vive al morir.
Lo absoluto es simultaneidad: crepúsculos, lágrimas, úlceras, bestias y rosas;
todas esas cosas nadan en la borrachera de lo indistinto. ¡Ay, esos momentos de
soledad total que pasas en trance sintiendo a Dios, y en los que tienes celos
de ti mismo!
Si no sientes
que el mar puede servirte de seudónimo, es que no has experimentado
nunca ni un instante de soledad.
*
Los médicos no
tienen un oído muy fino. Pero cuando sabes que en cada auscultación pueden
descubrir una marcha fúnebre...
Por la tristeza
pierdes tu condición de hombre. Si pudiera dar rienda suelta a mis
inclinaciones, descansaría en un cementerio de mendigos o de emperadores locos.
*
Sólo como
fuente de infelicidad la mujer es revelación de lo absoluto. Si absorbemos
metafísicamente los misterios de su constitución, venceremos a la vida con sus
propias armas, aun cuando el pánico de la anemia ante la proximidad del gran
desfallecimiento esencial vierta llamas abstractas en la sangre.
Un amor total,
un placer que no sea un delicioso desastre, compromete en igual medida al
hombre y a la mujer. El amor no puede soportarse, sino tan sólo sufrir.
Reclinas la cabeza en un seno y te destierras con toda la tierra.
De todas
formas, lo único que puedes hacer por la mujer es rendirle culto, aunque seas
misógino. Además, la adoración tiene un mayor prestigio porque no es atribuible
a un valor intrínseco. No se adora a la mujer, sino que se es por ella. Es un
culto necesario para evitar el narcisismo.
Corres en pos
de las mujeres por miedo a la soledad y te quedas con ellas por una sed
equiparable a ese miedo. Y es que, más que en ninguna otra cosa, en el amor
estás podrido de ti mismo.
La sexualidad
es una operación en la que eres, sucesivamente, cirujano y poeta. Una
carnicería extática, un gruñido de astros. No sé por qué en el amor tengo
sensaciones de ex santo...
*
El amor nos
muestra hasta dónde podemos estar enfermos dentro de los límites de la salud.
El estado amoroso no es una intoxicación orgánica, sino metafísica.
*
Por más que se
diga del suicidio nadie puede robarle el prestigio de lo absoluto. Porque
¿acaso no es una muerte que se supera a sí misma?
*
Harto de la
individuación, me gustaría descansar de mí. ¡Y cómo pulverizaría mi corazón en
la lejanía, para que serpientes sedientas de veneno y víboras enroscadas en mi
cerebro que sorben idea tras idea, reptiles ebrios de desesperanza, lamieran
los restos de sangre! ¡Bóveda celeste, derrúmbate, ya no te quedará nada por
aplastar! Porque los astros giran en el universo como huevos podridos cuyas
emanaciones no podrán ocultar todas las rosas del paraíso. ¿Podré estrellar mis
pensamientos contra mi propia sombra?
Si los demonios
probaran el amargor de la sangre, enloquecerían de tristeza. Circula a sus
anchas por las venas y no la detiene nadie... Es como si, en la sangre, se
descongelaran lágrimas en un prolongado y lejano suspiro. ¿Quién habrá llorado
en mi sangre?
*
Si el amor no
fuera la irresoluble mezcla de crimen premeditado y de infinita delicadeza,
¡qué fácil nos resultaría reducirlo a mera fórmula! Pero los tormentos amorosos
superan la tragedia de Job... El erotismo es una lepra etérea... La sociedad no
te aísla, eso es cierto, pero agrava tu tormento aminorando tu aislamiento.
*
Nada nos niega
más intensa y dolorosamente la vida como su suprema pulsación en el amor. Y al
querer ligarnos a ella a través de la mujer, no hacemos otra cosa que
superarla. El amor no cabe en la vida. Y por ello el perfume femenino recuerda
el aroma de muerte de una corona mortuoria.
*
¿Dónde florece
mejor el suicidio que en la sonrisa?
*
La profundidad
del amor se mide por su potencial de soledad, el cual encuentra su expresión en
un matiz de fatalidad, presente en los gestos, palabras y suspiros. La
tendencia del corazón a no ser confiere al amor una mayor seriedad que a
la desesperanza. Mientras ésta nos impide el acceso hacia el futuro,
arrojándonos sin remisión al desastre puro del tiempo, el amor conjuga la falta
de esperanza con la seducción de una única felicidad. La desesperanza es un
lóbrego callejón sin salida, un irreparable incontenible, una exasperación de
lo imposible, mientras el amor es una desesperanza hacia el futuro,
abierta a la felicidad.
*
Hasta el hecho
de beber agua es un acto religioso. Lo absoluto se deleita en la última brizna
de hierba. Lo Absoluto y lo Vacío...
¿Dónde no está
Dios? ¿Dónde no se hallan ni Dios ni la Nada? La desesperanza es una vitalidad
de la Nada...
*
La teología no
ha podido esclarecer hasta ahora quién está más solo: si Dios o el hombre. Ha
venido la poesía. Y he comprendido que es el hombre...
*
La súbita
revelación de la irrealidad cuando, poseído por el pánico, te entran ganas de
dirigirte al policía de la esquina para preguntarle si existe el mundo o no...
Y qué rápidamente te tranquilizas contento por la incertidumbre... Porque
realmente, ¿qué es lo que harías si existiera?
*
Me gustan las
gentes del Antiguo Testamento: son pacientes y tristes. Los únicos que le han
pedido cuentas a Dios cuantas veces han querido; que no han dejado pasar
ocasión de recordarle que era despiadado y que ellos ya no podían esperar más
tiempo. Por entonces los mortales tenían instinto religioso, hoy sólo fe
y ni siquiera eso. El mayor fracaso del cristianismo es no haber sabido
endurecer las relaciones entre el hombre y el Creador. Demasiadas soluciones y
demasiados intermediarios. El drama de Jesús ha aliviado los sufrimientos y ha
suprimido la exaltación de la hombría en los asuntos religiosos. En otra época
se levantaban los puños al cielo, hoy sólo las miradas.
*
Sólo a través
de la música religiosa hemos tomado conciencia del grado de inmanencia del
erotismo. La oímos y no la comprendemos. ¿Hacia qué dolorosa zona de la tierra
nos precipita la mujer? O cuando nos exilia de la tierra, ¿adónde llevamos
nuestro errante caminar, que no descubrimos el cielo? Bach no ha hecho
enmudecer a ningún amante. Ni siquiera sumido en el desconsuelo amoroso llegas
a entenderlo; solamente en el caso de ausencia del amor. Y puede que aún más:
en ausencia del mundo.
Aparte del
amor, ¿qué es lo que nos impide que terminemos todos en Dios?
*
¿Podríamos oír
la misteriosa melodía de cada cosa? ¿Podríamos escuchar una sonrisa? ¿Ven en
verdad los ojos si no suena una música alejada y dulce? ¿Qué sonidos se
originan en la mirada y mueren a la sombra melodiosa del corazón? Todo cobra
voz con timidez y diríase que las cosas elevan sus acordes hacia el cielo.
Como un enfermo
astral, ¡que sensaciones desconcertantemente sutiles te acerquen al misterio
musical del ser! Todo lo oyes, ¿también el llanto etéreo de un mundo oculto?
Parecería que las flores hubieran arrancado sus raíces del corazón... y te
hubieras quedado solo con sus suspiros...
¿Oyes el
crepúsculo de una azucena? ¿O la desgarradora melodía de un perfume
desconocido?
Si oliéramos
una rosa hasta sentir su música, ¿qué otra marcha fúnebre nos abriría con mayor
delicadeza una tumba en el cielo? ¿Y no pierde el propio cielo su brillo,
disuelto en una melodía que baja hacia nosotros?
*
¿Quién te
sanará de ti mismo? ¿Una jovencita? ¿Pero quién tendría la generosidad rayana
en el sacrificio de asumir tu melancolía? ¿Qué alma pura, deseosa de sueños y
de sinsabores se atrevería a llevar una carga que no puede sospechar? ¿Y
podrías librarte del veneno sorbiendo primaveras de una difunta juventud? ¿O
empañar ojos inocentes con el peso de la tristeza? ¿Qué virginidad no moriría
al sentirlo próximo?
En la carne
lúcida dormita la savia y unos ojos apagados se encienden en otoñal ofrenda,
recogida por la lividez de un amor.
*
Desde que Eva
despertó a Adán del sueño de la perfección inútil, sus descendientes continúan
su obra de sacarnos del sueño y nos tientan todavía con el no‑ser. Su mirada
turbia, el aéreo vértigo de su reclamo incierto, ¿permanecerán ajenos a nuestra
turbulenta comprensión?
La vida es la
eternización del instante de miedo inconsolable en el que Adán, recién
expulsado del paraíso, se dio cuenta de la inmensa pérdida y de la infinita
perdición que le esperaba. ¿Acaso no reeditamos todos, en el curso de nuestra
vida, la desesperada iluminación de ese atroz momento? La herencia del primer
hombre es la luz de la primera desesperación.
*
Cuando las
estrellas se transformen en puñales y mi corazón vuele hacia ellas, no lo
desgarrarán todas juntas lo bastante como para que la tristeza no trace en la
bóveda celeste su sedicioso rastro. Quisiera perecer en cada astro, estrellarme
contra cada altura, y construir un refugio funerario en las estrellas pútridas
para un cadáver descompuesto en el hechizo de las esferas.
¿Qué canción ha
descendido a la carne y qué sonora perdición emborracha todas y cada una de las
células para que nadie pueda detenerlas en su afán de morir?
*
Hay tanto de
indefinible en esta palabra: futilidad... Diríase que Buda me la ha
susurrado al oído en un cabaret.
*
Un suicidio
hace más que un no‑suicidio.
*
Hay algunos
hombres tan necios que si una sola idea aflorara a la superficie del cerebro,
ésta se suicidaría aterrada de su soledad.
*
Al igual que la
neurastenia es la implicación orgánica del gusto por la belleza, los vértigos
traducen nuestra inclinación por lo absoluto. Ya no hay objetos que nos
retengan ni pilares en los cuales apoyarnos, ni bancos donde descansar el peso
de la carne meditabunda. Las articulaciones se nos derriten y caemos en la
eternidad anónima de las cosas. Las venas, presintiendo otro mundo, ya no son
refugio del orgullo de la posición vertical, sino que se marchitan gustosamente
ante lo absoluto. Y el alma, desencantada del mundo y de sí misma, sigue el
ejemplo del cuerpo.
*
Desearía que
ángeles alegres contasen mi vida a la sombra de un sauce llorón. Y cada vez que
no comprendieran algo, que las ramas inclinadas iluminasen su ignorancia con
brisas de tristeza...
*
Si quisiera
saber lo que me ha enriquecido más en el curso de mi vida, de qué prueba he
salido más fuerte y más solo, ni el amor, ni el sufrimiento inmediato del
cuerpo o el miedo por lo incomprensible, ni el arrepentimiento permanente del
pensamiento serían la fuente de mi crecimiento interior, sino todas esas cosas
a la vez, envueltas y purificadas en el sentimiento de la muerte. Sin este
sentimiento te elevas sin rumbo, restándole a tu final lo poco que tenía de
aureola y de apoteosis. Cuando, no obstante, la muerte brota con cada suspiro,
el fruto de nuestros sufrimientos conserva una madurez intacta, y la vida,
conforme a su sentido último, es menos perdición. No se crece sino al unísono
con una agonía en flor. Por el sentimiento de la muerte hacemos a la vida
cómplice de lo absoluto, aun cuando le arrebatemos su ternura. Encerrados en
los límites individuales, ¿qué haríamos sin la tentación de lo ilimitado que
representa la muerte? Sólo al morir me he convertido en algo más que yo mismo,
con una muerte fructífera; que germine en el sueño y en la fuerza una ondulada
agonía. ¿Por qué tiene que asustarme el fin si yo lo he anticipado gozoso desde
la médula y el pensamiento? ¿O es que habrá alguna célula donde la muerte no
haya fermentado?
Pero es posible
enriquecer una vida más allá de sus previsiones. ¿Y si desde el horizonte de la
vida lo infinito fuera una enfermedad? De lo contrario, ¿de dónde procedería el
orgullo de la sangre triste?
*
Hay miradas
femeninas que tienen algo de la triste perfección de un soneto.
*
Sin la
desdicha, el amor no sería mucho más que una gestión de la naturaleza.
*
En cada perfume
se huele el llanto inmaterial de las flores, desde el momento en que nos
inspira una fúnebre desintegración. Envueltos en él, nos embarga el temor a la
muerte como una savia que viene de lejos y va elevándose lenta y tristemente en
la reciedumbre del cuerpo. ¡Y cómo suspira una rosa ante nuestra tristeza
ennobleciéndola! ¡O una inmensa ola de difusos perfumes cargados de suicidio,
que van flotando en busca de corazones caducos!
*
Aunque sepas
desde cuándo la melancolía te ha separado de la naturaleza, te parece, no
obstante, que te ha acompañado desde siempre, que naciste con ella y hasta
puede que de ella. Si mueres, te sobrevivirá y tejerá la poesía morada de la
extinción sin fin.
El sentimiento
de la eternidad negativa de mi vida... He muerto sin haber empezado...
*
Cuando de
ninguna manera te sientas ya persona, y, sin embargo, sigas amando, la
contradicción aumentará y se convertirá en un sufrimiento indecible, infernal.
El amor, para bien o para mal, deriva de la condición de la existencia como
tal, y en la persona sólo llega a producirse si pertenece, a través de todas
sus flaquezas, a la forma de vida que representa. No puedes elevar hacia ti a
la mujer, esa persona por excelencia, y mucho menos descender tú hacia
ella. Entonces vives próximo a ella y sufres al rodearla de no‑humanidad. ¡Qué
perversión esa de amar a un ser humano, cuando ya no tienes sensaciones
humanas, cuando ya no estás ni arriba ni abajo sino fuera de la
condición humana! ¡Y la ilusión de la mujer al creer que te ofrece el olvido
cuando lo único que hace es confirmar tu alejamiento de todas las cosas!
*
¿Por qué no se
apiadará la tierra de mí y, abriendo sus fauces, me engullirá en sus entrañas,
triturará mis huesos y chupará mi sangre? Sólo así se cumpliría la pesadilla en
la que me veo aplastado por el peso de montes y mares que sobre mí se han
arrojado. ¿No soy acaso carroña que vislumbra, desde las profundidades de los
mundos, cómo los cielos, los firmamentos, se desintegran para caer rodando
sobre ella y machacarla? ¿Bajo qué estrella no he muerto, bajo qué mar o bajo
qué tierra? ¡Ay! ¡Todo ha muerto, y en primer lugar, la muerte! ¿El universo?
Da la impresión de ser un conjunto de espectros mirando desde el fondo de una
muela picada...
*
Un vampiro que
me chupa la última gota de sangre y luego entona una triste canción...
*
Hay que reformarlo
todo, incluso el suicidio...
*
Los hombres
exigen tener un oficio. Como si el hecho de vivir no fuera ya uno, ¡y el más
difícil!
*
Soy un Job sin
amigos, sin Dios y sin lepra.
*
Sólo al
aumentar la desdicha, mediante el pensamiento y la acción, podemos encontrar en
ella placer y espíritu.
*
La verdad, como
todo lo que implique escasez de ilusión, solamente aparece en el seno de una
vitalidad comprometida. Los instintos, al no poder alimentar ya la magia de los
errores en los que se baña la vida, colman sus huecos con una lucidez
desastrosa. Comenzamos a ver el estado de las cosas y entonces ya no podemos
vivir. Sin errores, la vida es un bulevar desierto en el que deambulamos como
si fuéramos peripatéticos de la tristeza.
*
La necesidad de
poner fin a tus días en el corazón de una mujer pálida, para que tu cadáver
lleve una no‑vida..., o la de hablar de amor de forma tan etérea que incluso
los copos de nieve pidan perdón. Un amor vaporoso como la esquizofrenia de un
perfume...
*
En el café, más
que en ninguna otra parte, no se puede hablar ya sino con Dios.
*
Sólo me acuerdo
de que soy al oír mis pasos por el suelo a altas horas de la noche.
¿Seguiré siendo
mucho más tiempo vecino de mi corazón? ¿Cuánto me queda aún por marchar junto a
mi tiempo? ¿Y quién me habrá desterrado lejos de mí?
*
Los ojos
perdidos de las mujeres tristes, y que solamente deben abrirse el día del
Juicio final...
*
La vida, no
elevada al rango de sueño, se parece a un Apocalipsis de la necedad y de la
vulgaridad. ¿Quién la soportaría sin su cuota de irrealidad?
*
Los
pensamientos aromatizados por la nobleza del suicidio... Es como beber veneno
servido por manos de una santa. O sorber el pecado de la anónima boca de una
prostituta. ¿Dónde estáis, enfermedades ocultas, que no subís, fatal e
implacablemente, hasta una sangre anhelante de miedo y de aniquilación?
*
Todo cuanto
llamamos proceso histórico tiene su origen en el sufrimiento amoroso. Si
Adán hubiera sido feliz con Eva, nada habría cambiado en el mundo. La tentación
del demonio: «Seréis como Dios», se realizó en la medida en que la creación
humana, nacida del dolor del amor, nos aproxima a un grado de divinidad. La
felicidad no tiene virtudes históricas. Dios empequeñece cada vez que un hombre
no descubre lo Absoluto en el amor o lo descubre en la decepción.
*
El acto del
suicidio es terriblemente grande. Pero aún parece más agobiante suicidarse cada
día...
*
La enfermedad
de un hombre se mide por la frecuencia con que aparece la palabra «vida» en su
vocabulario.
*
Fontenelle,
cuando era casi centenario, decía a su médico: «Je ne me sens autre chose
qu'une difficulté d'être».
Cuando
uno piensa en que tantos otros sienten lo mismo desde su primera reflexión, y
no sólo en el lecho de muerte...
La carga de
vivir es soportable cuando abruma hasta sofocar. El sufrimiento sólo es dulce
bajo la forma del tormento.
Cuando uno toma
conciencia de su insignificancia, el yo se volatiliza con las brumas de la
desolación. Y entonces, ¿qué otra cosa queda del individuo? Una sustancia de
amargura esparcida por una calavera de demonio abandonado.
La tristeza es
una toma de conciencia en relación con el corazón de un demonio.
Capítulo
sexto
La agobiante
necesidad de rezar y la impotencia de no estar dirigiéndote a nadie... Y,
luego, la otra necesidad: de tirarte a tierra, de morderla enfurecido y vomitar
la cólera o la negativa religiosidad de la carne.
¿Se habrá
convertido el cerebro en picadero para unos ángeles que llevan herraduras, si
no puedo captar su eco, vulgar y divino? ¿O será que se han quemado los
llantos? ¿O serán vientos que atizan el incendio provocado por las lágrimas del
mundo?
Cuando veo el
cielo me entran ganas de disolverme en él, y cuando miro la tierra, de
enterrarme en sus entrañas. ¿Para qué extrañarme entonces de que ambos, cielo y
tierra, se descompongan en la mente y en el corazón? He torturado mis
esperanzas entre una geología del cielo y una teología de la tierra.
¡Cómo me
gustaría pegar mis mejillas contra el azul sereno del cielo, como esas hojas
que parecen haber brotado allí, cuando uno las mira por la tarde a la sombra de
un árbol!
*
En el corazón
de Diógenes las flores se volvían carroña y las piedras se reían. Nada que no
estuviera desfigurado: el hombre se desfiguraba la cara; y los objetos, el
silencio. La naturaleza, con descaro, exponía generosamente su impudor, en el
que se deleitaba la locura clarividente del más lúcido de los mortales. Las
cosas perdían su virginidad al contacto con su penetrante mirada, que parecía
querer enseñarnos la existencia de un vínculo más profundo entre la sinceridad
y la nada.
¿Fue Diógenes
el hombre más sincero? Eso parece, desde el momento en que no perdonó a nadie
ni a nada; su sinceridad fue casi enfermiza, pues no tuvo miedo de las consecuencias
del conocimiento. Consecuencias que son el cinismo mismo.
¿Qué le habrá
impulsado a sacudir la dulzura de los prejuicios y del decoro? ¿Qué habrá perdido
para que ya nada haya vuelto a ligarlo a la magia de la apariencia y del error?
¿Se puede llegar sólo por medio de la inteligencia a la osadía y a la
provocación de la verdad? Jamás, al menos mientras el corazón aún persista en
la mentira y al servicio de la sangre. Pero el corazón de Diógenes parece haber
sido arrancado del interés de la existencia y, algo sin precedentes, haberse
vuelto cuna de la inteligencia, lugar de reposo y de convalecencia de la
lucidez. Sacada la sangre de la circulación y controlada la vida sin piedad,
¿dónde se manifestará todavía el error y se deleitará la ilusión? El cinismo
florece en esa evacuación, que te desliga de todo y te permite reír,
despreciar, pisotear, a ti mismo en primer término, soberbio por la ausencia
universal cuyo espectador es el cínico. Este, llorando o riendo, mira a la nada.
¿Qué habrá
impulsado a Diógenes hacia la catastrófica ruptura del hechizo ingenuo,
delicado y envolvente de la existencia? ¿Qué es lo que lo habrá lanzado a
cometer un crimen contra los errores indispensables de la vida? ¿No le debemos
una falta de esa ilusión de la que, acongojados, alardeamos? ¿Qué consuelo le
habrá faltado, qué caricias le truncaron, para separarle de la felicidad a la
que debió de ser sensible incluso si nació con vocación de réprobo? También un
monstruo nace con una tendencia a la felicidad que no puede perder aunque ésta
lo abandone.
¿Qué nos impide
en la vida ser cínicos pese a que la razón nos empuja y nos obliga? ¿Qué limita
la impertinencia última del conocimiento?
¿Nos acordamos
aún del amor, generador de fecundos errores?
Cualquier paso
que demos en el amor intimida el conocimiento y lo obliga a caminar
recatadamente a nuestro lado o pegado a nosotros. La mengua de lucidez es una
señal de vitalidad del amor.
Sin embargo,
cuando algo interviene y desencadena la lucidez en un imperio tan vasto
como el ser, el amor se retira derrotado y aturdido. Y cuando ese «algo» es un
ser (o tal vez muchos) que hemos perdido durante la edad de las mentiras, el
vacío que sigue permite la despiadada expansión de la razón fría y destructora.
Normalmente, nadie puede heredar tanta lucidez como para deslizarse en el
cinismo, sino que en el transcurso de la vida las decepciones vuelven el mundo
transparente, de suerte que se ve hasta el fondo lo que sólo nos era permitido
acariciar. Nosotros no conocemos la vida de Diógenes en la época en la que las
desgracias amorosas deciden el curso de la reflexión. Pero ¿qué importa saber a
quién perdió cuando sabemos muy bien qué perdió y adónde lleva
esa pérdida?
*
¡Ojalá pudiera
volverme una fuente de lágrimas en las manos de Dios! ¡Llorar en él y que él
llorara en mí!
*
Por medio de la
pasión y la desdicha, vencemos el carácter de relatividad de la vida y la
proyectamos en lo Absoluto. De esta manera, se convierte en un Apocalipsis
diario...
*
Hay una gran
resignación que sólo conocemos cuando el torbellino de la muerte nos coge por
sorpresa en mitad de un bulevar... O esa regia inquietud que nos embarga por
las grises calles de París siempre que nos preguntamos si hemos existido
alguna vez y las viejas casas inclinadas nos dan la respuesta negativa de su
agonía...
*
Los medios de
vencer la soledad no hacen más que agrandarla. Al querer alejarnos de nosotros
mismos por medio del amor, la embriaguez o la fe, no conseguimos otra cosa que
profundizar nuestra identidad. Se es más uno mismo en la proximidad de
la mujer, del alcohol o de Dios. Incluso el suicidio no es más que un homenaje
negativo que nos ofrecemos a nosotros mismos.
*
El
estremecimiento que nos revela que el espíritu se ha quedado claro e intacto
pero que la sangre y la carne han perdido la razón... O que los huesos han
perdido la cabeza cuando la razón goza de lucidez propia.
¡Ojalá los
cielos se hundieran frente al espíritu!
*
El amor parece
una ocupación vulgar si lo comparamos con el anhelo de adoración, en que las
inclinaciones de la vida se filtran en un mundo de brisas puras. La mujer que
cae víctima de nuestra sed inmaterial puede considerarse, y con razón,
desdichada en amores. Y es que no le ofrecemos demasiado, con exceso que
ultraja ese poco que es la felicidad?
Ella jamás
comprenderá por qué en la adoración su presencia es tan vana como en la
ausencia. No necesita ser ni saber. ¿Con qué podría contentar o suavizar la
necesidad de absoluto extraviada en el Eros? Al adorarla ella solamente existe
en la medida en que no es, como pretexto por nuestro gusto por la
irrealidad suprema.
Ese absoluto en
nuestra superficie... bautizado mujer.
*
Sólo frente al
mar te das cuenta de la falta de poesía que esconde nuestra resistencia a las
olas de la muerte...
Poesía
significa desmayo, abandono, no ofrecer resistencia al hechizo... Y como todo
hechizo equivale a desaparición, ¿quién podría encontrar una sola poesía exaltadora?
Ella nos hace bajar hacia lo supremo...
Hay corazones
cuya música, concentrada en un rayo sonoro, podría hacer que la vida empezara
desde el inicio. ¡Si supiéramos tocar la fibra cosmogónica de cada corazón...!
*
La duplicidad
esencial de toda tristeza: con una mano quisieras sostener un lirio y con la
otra acariciar a un verdugo. ¿Tendrán la poesía y el crimen la misma fuente?
En la tristeza
todo tiene dos caras. No puedes estar ni en el cielo ni en el infierno, ni en
la vida ni en la muerte, ni se puede ser feliz ni infeliz. Un llanto sin
lágrimas, un equívoco sin fin. ¿Acaso no te expulsa de igual manera de este
mundo como del otro?
Tu tristeza es
desde siempre, no de ahora. Y ese «siempre» abarca a todo el mundo que
ha precedido a tu nacimiento. ¿No es la tristeza el recuerdo del tiempo en que
no hemos existido?
*
La palidez nos
muestra hasta dónde el cuerpo puede entender al alma.
*
¿Me bastarán
las llanuras del cielo para remendar un corazón hecho jirones? ¿O tendré que
mendigárselo también a las llanuras de la tierra? ¡Como si a ellas aún les
quedara algo por cubrir de un alma que nació enterrada!
*
¿Habéis
contemplado el mar durante sus horas de hastío? Parece agitar las olas asqueado
de sí mismo. Las expulsa para que ya no vuelvan más. Pero vuelven y vuelven sin
cesar. Eso mismo nos pasa a nosotros. ¿Quién nos hace volver a nosotros mismos
cuando más nos esforzamos en alejarnos?
La misteriosa
necesidad de dejarnos a merced de la mar, de diluirnos en la vana agitación de
todos los mares, ¿no será una inclinación por el hastío infinito y una
sensación de evanescencia más vasta que el alejamiento? ¡Ni el vino, ni la
música ni los abrazos nos acercan a la dulzura de la desintegración como las
olas que suben hasta nuestra ausencia e insignificancia y nos consuelan con
promesas de desaparición! La mar, comentario sin fin del Eclesiastés...
¿Descifra algo
un hombre feliz en las planicies marinas? ¡Como si la mar estuviese hecha para
los hombres! Para ellos es la tierra, esta desventurada tierra... Pero
los acordes de la desdicha se unen a los de la mar, en una voluptuosa y
desgarradora armonía que los arroja fuera del destino de los mortales.
Y así, la
tonalidad marina es la de una muerte eterna, la de un fin que no se termina
nunca, la de una agonía risueña. No necesitamos un corazón enfermo de matices
ni una sensibilidad dañada por la sutileza del éxtasis para sorprender un
mortal escalofrío en las melodías marinas, sino solamente una inclinación hacia
los misterios y voces de la melancolía. Entonces ya no estamos seguros de
nuestra identidad y, en cierto modo, debemos recogernos, pescarnos a nosotros
mismos incesantemente para que no nos traguen los mares que hay en nosotros
mismos ni los de fuera. Sólo podemos dominarnos entre cuatro paredes. El
reclamo de la lejanía nos empuja más allá del cálculo de nuestra existencia...
La mar tienta a
desaparecer solamente a los que la han descubierto durante días y noches de
introspección... Cuando se la tiene delante, lo único que hacemos es verificar
la sima de esos días y de esas noches... Lo demoníaco del mar reside en que es
una borrasca fragante, una destrucción a la que no podemos negarnos sin hollar
lo más profundo que hay en nosotros... una noble descomposición que tenemos que
cultivar. Y, además, ¿es que la sangre no palpita al compás de un ritmo marino,
su melancólico orgullo no se corresponde con la herida azul, movediza e
infinita? ¡Que ese inmenso y líquido sufrimiento colme mi inclinación por los
dolores inconmensurables y mitigue mi sed de desdichas sin igual! ¡Ojalá
montaran en cólera los mares y rompieran sus olas contra el corazón humano!
Cuando te
pierdes a orillas del mar, dejas el Paraíso de los raquíticos. Porque éste es
un mar sin el componente demoníaco. Ahora ya sólo en esos peligrosos momentos
en los que se derriten las articulaciones y se empapan los huesos me persigue
la imagen del paraíso, durante una suprema debilidad y una total deficiencia.
La imagen más pura que conforma la mente es la emanación de una vitalidad
vacía.
En ninguna otra
parte como en el mar te sientes inclinado a considerar que el mundo es una
prolongación del alma. Y en ninguna parte eres más capaz de sentir un
escalofrío religioso por el simple hecho de mirar. Una vida llena, con un aura
de absoluto, sería aquella en la cual toda percepción equivaliera a una
revelación. Estás en trance de realizarla cuando te sientes hipnotizado por los
crepúsculos marinos... ¿Podré olvidar alguna vez aquel atardecer único en Mont
Saint Michel, cuando entre un sol agonizante y una fortaleza más sola que el
sol, todos los ocasos del mundo me llamaban a un triste esplendor que entreveía
y presentía? Y luego el paseo con aquel crepúsculo en el alma por el parque de
Combourg, tratando de mostrarme digno del hastío del gran René. En efecto, hay
que conocer la magnífica desolación de determinados días en Saint Malo y en
Combourg para poder excusar a Chateaubriand. Es cierto que, excepto unas pocas
páginas de sus Memorias, difícilmente puede leérsele, ya que su
retórica, si bien amplia, carece de sustancia. Sus lamentaciones no han sido
meditadas lo suficiente y su hastío no es bastante esencial. Pero si me atrajo
fue por la suntuosa evolución de su vida, por haber elevado el vacío interior
al rango de arte.
Ha sabido sacar
partido de su insignificancia de tal forma que ya no podemos ser sino sus
epígonos en el arte del hastío. Al menos haría falta ver la habitación en la
que pasó su niñez y entrever las que pudieron ser sus discusiones con Lucile,
por la que todo aficionado a la melancolía debe sentir piedad, para tomar
conciencia de que la desolación surgida en una aldea válaca no puede alcanzar
el fúnebre prestigio de otra nacida en un castillo solitario. Nosotros nos
sentimos más poseídos por la amargura que por la tristeza, ya que no
conocemos el orgullo de la suerte triste, sino las sombras del destino cruel.
«Un corazón
lleno en un mundo vacío.» Chateaubriand se engañó al definir así el hastío; se
engañó por soberbia. Porque, en lo tocante al hastío, no somos más que el
mundo, sino que somos tan poca cosa como él. Es una correspondencia de
vacíos. Y es que si fuéramos más, nos apoyaríamos bastante en nosotros mismos,
estaríamos lo bastante llenos de existencia como para entrar en contacto con lo
enrarecido de la conciencia, de donde brota el vacío interior. Los estados de
gran tensión, sean de éxtasis o de sufrimiento, nos vuelven impermeables al
hastío, aunque del mundo que nos rodea podría venir una irresistible sugestión
de inutilidad.
Al ver las
cosas más de cerca no se las puede amar más que en la medida de su irrealidad.
La existencia no es soportable sino porque participa en alguna medida de la
inexistencia. La virtualidad de no ser nos aproxima al ser. La nada es un
bálsamo existencial.
De esta manera
comprendo mejor nuestra inclinación enfermiza, llena de apasionado sufrimiento,
por la mujer. Aunque más anclada en la vida que nosotros, guarda sin embargo un
algo de irreal que no podemos arrebatarle, producto tanto de la evanescente
poesía con la que nos complace envolverla como de lo equívoco de la sexualidad.
La mujer es cualquier cosa menos evidencia. Y las penas de amor, sea el que
sea, correspondido o no, ganan en profundidad y rareza conforme la presencia de
la mujer se sutiliza en una perfección cuanto más carnal, más indefinible. El
amor sólo es infinito negativamente, al convertir la plenitud en
sufrimiento. La necesidad de infelicidad se resiente sólo para prestar a los
espasmos eróticos una expresión suprema.
La sexualidad
sin la idea de la muerte es estremecedora y degradante. En los brazos de la
mujer bajan ataúdes del cielo. Lo equívoco del eros es incluso esa mortal
ilusión de plenitud, de exceso desastroso, de esplendor crepuscular.
¿Quién que se
haya abandonado a merced del mar o de su recuerdo no ha sentido vergüenza de
haber pasado, contento o indiferente, momentos de amor? ¿No es el mar un
estorbo para la consecución de cualquier satisfacción? ¿No lo obligamos al
reflujo cuando lo contemplamos con ojos doloridos? La melancolía es un homenaje
de cada momento a las planicies marinas. Y, en las miradas soñadoras y
perdidas, el mar se prolonga más allá de sus riberas y los océanos continúan un
flujo ideal hacia la tristeza. Por eso los ojos ya no tienen fondo...
*
¡Qué curioso
resulta pasear entre mujeres y otras gentes, pensando si merece la pena
o no ser Dios! Rumiando la ilusión de su eternidad, uno se dice: «¿Seré todavía
dueño de mí mismo más allá de mis límites?». Y un transeúnte murmura: «Yo
prefiero crespón de China».
¡Qué suerte que
todavía haya mujeres misteriosamente embellecidas por la enfermedad, que
comprenden el clima del dolor y la perdición de la lucidez! El espíritu es
materia elevada al rango de sufrimiento. Y como las mujeres están ávidas de
dolor, participan en él.
La inocencia es
el contrario del espíritu. Igualmente la felicidad y todo cuanto no es dolor.
*
Los parques son
desiertos positivos.
*
Cuando ya no
estés de acuerdo con el mundo, ni de pensamiento ni de corazón, echa a correr y
no te pares, para que el ritmo de los pasos te rodee y olvides que la
naturaleza está hecha de lágrimas. De lo contrario volverás a ser jardinero del
suicidio.
La locura es un
derrumbamiento del yo dentro del yo, una exasperación de la identidad. Cuando
se pierde la razón, nada puede impedirnos ya el ser ilimitados en nosotros
mismos.
*
La enfermedad:
estadio lírico de la materia. O tal vez más: materia lírica.
*
No puede
explicarse una paradoja al igual que no puede explicarse un estornudo. Pero,
por otra parte, ¿no es la paradoja un estornudo del espíritu?
*
La tristeza es
lo indefinible que se interpone entre la vida y yo. ¡Y cuán indefinible es una
delicada aproximación de lo infinito...!
*
Cuando se es
amado, se sufre más que cuando no se es. Abandonado, uno se consuela con el
orgullo; ¿pero qué consuelo puede inventarse para un corazón que se abre hacia
nosotros?
*
Las montañas
engañan su soledad con la vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de
los espejismos. Sólo el corazón del hombre permanece eternamente consigo
mismo...
*
¿De dónde nace
la sucia inclinación a revolcarme en la desdicha, peor que la de los búfalos a
revolcarse en las charcas y los cerdos en las basuras? Una pereza salpicada de
estiércol y de sueños...
...Y cuando
sabes que ella no es el vicio de tu vida, sino su fuente; y cuando sobre todo
sabes que, junto a la mujer, la desidia se vuelve eternidad...
*
Siempre que
miro el azul del cielo y cualquier otra cosa azul, dejo ipso facto de
pertenecer al mundo. ¿Quién ha llamado confortante al color de la más sutil
perdición?
Si el cielo
tuviera otro aspecto, la religión probablemente habría estado unida a la
tierra. Pero como el azul es el color de la desunión, la fe se convirtió en un
salto fuera del mundo.
El azul, sea
cual sea su matiz, es la negación de la inmanencia.
*
Cuanto más me
curo de mí mismo, más me parezco. La melancolía nos libera del Yo hasta tal
punto, que ésta es su mal.
*
Comparada con
el todo de la muerte, la nada de la vida es una inmensidad.
*
Los santos han
dicho tantas paradojas que es imposible no pensar en ellos cuando se está en el
café.
*
El sentimiento
de la muerte es lánguido y cruel, como si un cisne y un chacal nadaran juntos
en las olas envenenadas de la sangre...
*
Leyendo a los
filósofos se olvida el corazón humano, y al leer a los poetas no se sabe cómo
librarse de él.
La filosofa es
demasiado soportable. Ese es su gran defecto. Le falta la pasión, el
alcohol, el amor.
Sin la poesía
la realidad se deprecia. Todo cuanto no es inspiración es deficiencia. La vida
y con más razón la muerte son estados de inspiración.
El
desvanecimiento de todas la cosas en los oídos y corazones agonizantes de
poesía...
*
¿La melancolía?
Ser enterrado vivo en la agonía de una rosa.
*
Cuando afectado
por una nobleza triste, desligado de los hombres y del mundo, arrastras una
agonía florida, nada te impide ya creer que has nacido por generación
espontánea de un otoño eterno.
Por las venas
vaga un septiembre soñador y sin principio.
*
Un ser que
aburre es un ser incapaz de aburrirse.
*
La vida sustrae
eternidad a la muerte, y la individuación es una crisis de lo infinito.
*
La atención
ininterrumpida al ser es la fuente del hastío. ¡Qué pena que la existencia no
resista al espíritu! Hasta Dios desaparece por causa de nuestra atención.
La nada es
atención absoluta.
*
La alegría es
el reflejo psíquico de la pura existencia, de una existencia que no es capaz
más que de ella misma.
*
El deseo de
morir esconde tantas garantías de absoluto y de perfección, tanta
insensibilidad al error, que la sed de vivir gana en encanto por el prestigio
de lo imperfecto y por la atracción de los errores perfumados. ¿No resulta más
raro apegarse a la imperfección?
La predilección
por lo extraño salva la vida; la muerte se hunde en la evidencia.
*
No existe
grandeza en la vida ni en la misma muerte, sino en una Nada que se yergue
indiferente y eterna hacia el cielo como si fuera el Mont Blanc.
*
Mirad los picos
esquizofrénicos: es curioso que no exista más soledad que la que hay hacia el
cielo.
Las montañas no
nos dan la sensación de infinito, sino de grandeza. Para lo infinito nos bastan
el mar y la desdicha.
Me gustaría
tener un corazón allí donde los Alpes se cortan con el azul del cielo. La
melancolía me dispensa del alpinismo. Cuando se llega a comprender a las
montañas desde abajo...
*
Las mujeres que
no saben sonreír me hacen pensar en una fanfarria de bomberos en el Paraíso.
*
Sólo la
farmacia puede detener todavía a los pensamientos.
*
Cuando el
veneno del insomnio haya depravado el ser, nada puede hacerse ya bajo el sol
que no nos irrite. Excepto, tal vez, un diálogo de las flores sobre la muerte.
*
La diabólica
altivez de disponer de la amargura frente a todo, de desfigurar la banalidad en
el torbellino de la paradoja y de perturbar la serenidad de la naturaleza
mediante la pasión de la contradicción... Lo único que queda es el desenfreno
de la razón sobre una realidad deshojada, una óptica sombría que traspasa la
calma del olvido y mancilla toda lozanía. ¿Por qué extrañarse entonces de que
los cisnes (almas desparramadas en los cuerpos) parezcan bizcos (¿pues acaso no
miran de lado?); ¿que un cielo sereno despierte la imagen resplandeciente de un
cerebro de imbécil y la vida parezca más cómica que un santo lascivo?
¡Ojalá los
manantiales de los Alpes me lavaran la razón y me refrescaran el corazón! Sólo
así me sentiría contento al descubrir la ternura de la ignorancia y no rumiar
por montes y llanuras, por mares y desiertos, la curiosidad fatal de Adán,
expulsándome de mí mismo por medio del insomnio.
¡Vivir toda la
vida el drama del pecado y a veces sentirse tan puro, que alas de cisne nos
llevan a una isla de ángeles que velan la agonía del Paraíso!
Y, sin embargo,
sólo en el sentimiento del pecado somos hombres en el sentido propio de
la palabra. Ya que ser hombre significa identificarse en cualquier latitud de
la tierra y del corazón con el fenómeno de la caída.
Quien no siente
que va hacia el fondo (aun cuando trabaje y cree activamente, sea
notario o genio) no comprende nada de la naturaleza específica del destino
humano, mientras que los que no conocen la irresistible atracción de la
tiranía, del deslizamiento esencial, del crecimiento hacia el abismo, no
han alcanzado en modo alguno la condición a la que han sido destinados.
Sólo los
hombres ajenos a la tentación de la inmersión fecunda mueren, en el
pleno sentido del término, los que no se rompen la crisma en cualquier trance
de la vida. Los otros lo tienen todo tras de sí, y lo primero el final.
*
La lucidez:
tener sensaciones en tercera persona.
*
Los hombres son
en general objetos. Por eso sienten la necesidad de que «exista» Dios. Cuando
han hecho el paso del objeto al yo, Dios es superior al hecho de ser o de no
ser. Justamente como el yo, El se convierte en una realidad que se busca.
*
No puede
alcanzarse el equilibrio en el mundo mientras la existencia sólo sea un estado.
En tal condición, uno está de forma permanente de acuerdo o en desacuerdo con
ella. Naturalmente, la existencia es irreductible, una resistencia pura y
simple, frente a la que nos hallamos, sin vernos obligados a adecuarla a la
subjetividad.
El
desequilibrio en el mundo, fruto de la exasperación de la conciencia, deriva de
la incapacidad de concebir la realidad de forma neutra. Por mucho que nos
esforcemos, la realidad no es más que un estado al cual nos adherimos o
no. La intensificación del subjetivismo en la conciencia mengua la autonomía
del ser. Lo que se gana en intensidad, la realidad lo pierde en presencia.
¿La conciencia?
No estar ya a la altura del ser.
*
Mientras que en
el éxtasis los puntos del universo son inseparables de nuestro centro de
irradiación, en el terror se encuentran a idéntica distancia de nosotros, sin
que uno solo nos sea indiferente. Nada nos separa del mundo, aunque éste nos
sea hostil. El éxtasis y el terror, tan diferentes, nos involucran por igual en
el mundo.
Por ello,
pasmado por su alternancia, consigues no sólo descifrar qué es el yo y qué es
el mundo. Para ninguno de ellos puede quedar algo neutro; todo participa y nada
permanece fuera, no hay nada objetivo.
En el terror no
sabemos si el mundo es una prolongación negativa del yo o si éste lo es del
mundo; y en el éxtasis no puede calificarse la plenitud; en tal medida la
confusión única absorbe las diferencias del ser.
Un mundo de
ortigas altruistas y de piedras que se invitan a bailar un minueto..., o de
carroñas que sonríen como en un vodevil...
A la realidad
hay que llamarla a la vida o prohibirla.
*
La presencia
del espíritu, una vez que se ha vuelto colectiva, convierte a un pueblo en
anémico y lo acerca a la decadencia por los excesos de refinamiento. El fin de
un país es, en general, un agotamiento histórico, una extenuación explicable y
fatal. Las nobles deficiencias de Grecia y Roma en su madurez crepuscular
suponen un destino circular y la alta expiación de un exceso único. Un pasado
de creación se paga por los sufrimientos de la vitalidad, y nada es más
impresionante que una vejez lúcida, abierta a la vastedad de la amargura.
Pero hay
pueblos que no se van a pique por el exceso de espíritu o que, tras haber
llegado a la cumbre, se recobran. ¿Acaso Holanda, cuya pintura no va a
la zaga de la música alemana, no ha degenerado en la salud? Tras sus
encumbramientos históricos, ha «modificado» la sangre y sus gentes prefieren la
apoteosis de la mantequilla a la palidez. ¿Y no muere Suecia agotada de
prosperidad? ¿Qué le impide marchitarse en un glorioso declive? ¿Y cómo puede
haber países que no tengan destino por miedo a la anemia consecutiva de la
«historia»? El devenir universal registra sólo los pueblos que no escatiman
esfuerzos, que no sopesan su destino, sino que se dirigen triunfante e
implacablemente hacia la agonía.
Los peligros de
la creación alejan del espíritu tanto a los individuos como a los países. Al
preferir la salud se oponen a la naturaleza. ¿Acaso retienen las flores su
aroma para no marchitarse? El perfume es la historia de una flor, como
el espíritu lo es de un sujeto. Los pueblos que no se marchitan no han vivido
nunca.
Capítulo
séptimo
A veces el
tiempo es tan agobiante que a uno le gustaría romperse la cabeza contra él.
El devenir se
ha coagulado en el cerebro y la existencia cobra el color del pecado.
La
individuación es una orgía de soledad. Atrás hacia el Ser o la Nada, hacia la
salvación, desprovista de esperanzas.
La verdad es
que Buda fue demasiado ingenuo...
*
En las grandes
soledades se tiene la impresión de que un demonio nos ha estrangulado para
cruel deleite de Dios.
Y por eso la
razón teje en ellas una teología irresponsable.
*
El conocimiento
mata el error vital del amor, mientras la razón construye la vida sobre la
ruina del corazón.
*
Toda lucidez es
una pausa de la sangre.
*
¿Es necesario
haber visto la vejez, la enfermedad y la muerte para retirarse del
mundo? El gesto de Buda es un exagerado homenaje a las evidencias... A su
renuncia le falta la paradoja. Cuando se tiene razón no hay
ningún mérito en abandonar la vida. ¡Pero vivir en conflicto interno con todo y
tener argumentos contra la soledad! La vía de Buda está diseñada a medida de
los mortales... La serenidad del príncipe pensador no comprendería nunca que
pueda verse como él y sin embargo amar la insignificancia. ¿Habrá sido también
Buda un maestro? Ha sistematizado demasiado su renuncia, demasiadas
consecuencias en sus amarguras. Seguro que él condenaría el extravío de quien
arrastra su nada entre los mortales y no entendería cómo en el vacío del mundo
aún sonreímos a la vida. Porque no ha conocido determinadas cimas de la
infelicidad; ha vivido y ha muerto consolado. Como cualquier hombre
ajeno a la fatal tentación de la vida, a la seducción de la nada de la
existencia y del Nirvana fortificante de cada instante.
*
Cuando todos
los pensamientos se han ahogado en la sangre, de filósofo te vuelves abogado
del corazón.
*
Mirando la
plácida infinitud del cielo sereno: ¿existe el mal acaso? Y sumergir
luego el intelecto en medio de su azul, para descubrir que solamente los sueños
pueden separarnos de la frescura eterna del mal, embriaguez negativa del
devenir.
El cielo ha
precedido a los hombres, la poesía ha «existido» antes que ellos. ¿Cómo es
posible que éstos se hayan quedado atrás cuando una fugaz mirada a las
planicies azules es fuente de delirio? El cielo nos ha tomado la delantera y si
no fuera por los poetas, se encerraría en sí mismo y no nos quedaría más que
mirarnos a los ojos (sus desechos) y consolarnos en ese naufragio de poesía que
es la mirada humana.
*
¿La conciencia
de la nada unida al amor de la vida?
Un Buda de
bulevar...
*
Una idea
extingue un placer y crea un goce. Al adormecer los reflejos despertamos las
reflexiones. Uno sólo piensa cuando se detiene la vida.
*
Siempre que un
ser no encuentra su «acomodo» en la existencia, se encuentra en presencia del
Mal. De éste deriva todo fracaso y, al ser inmanente al devenir, todos los
seres tienen que luchar contra él.
En la medida en
que Dios no está acomodado en sí mismo, por esta deficiencia de su condición,
participa del mal. Además, ¿no es él el Gran Fracasado?
Respecto al
hombre, que anda buscando su destino desde Adán hasta hoy, se ha hecho acreedor
de la dignidad en su lucha contra el mal. Su fracaso tiene algo de
reconfortante y heroico: al no estar presente como ser, al no tener lugar
alguno en la existencia, se ha creado una condición desde su falta de
condición, de suerte que nadie puede decir todavía si el hombre es algo, nada o
todo.
Todos sabemos,
o sospechamos, qué es un animal o un Dios. En cualquier caso, ellos «están».
Pero el hombre no está; ¿pues no es un agente de enlace entre los
mundos? ¡Ay! ¡Ojalá lo fuera! Pero en el valor modal del verbo se
encuentra la definición misma del Mal.
En una teología
«seria», que intentara salvar de forma absoluta a Dios, el mal no encuentra una
explicación válida. Las teodiceas se han revelado insuficientes frente a este
obstáculo esencial.
La existencia
del mal convierte al Todopoderoso en un Absoluto decrépito. El devenir ha
engullido su misterio y su poder.
El mal no es
comparable sino con un Dios... laico.
*
El hombre no
sabe hasta dónde puede extenderse ni hasta dónde llegan sus límites.
Continuamente olvidamos la fatalidad de la individuación y vivimos como si
fuéramos todo lo que vemos. Sin esa ilusión, cualquier cosa que hiciésemos nos
revelaría nuestros límites.
Pero la
conciencia de la individuación nos hincaría en el mundo porque nos revelaría de
forma inmisericorde un lugar del que difícilmente podríamos jactarnos; de modo
que estamos perdidos porque no conocemos nuestros límites y, quizá si los
supiésemos, aún lo estaríamos más.
El hombre busca
a tientas su destino, altivo y triste porque no lo encuentra. Sólo el desastre
revela la pequeñez de la individuación; pues él nos hace sentir el desconsuelo
de vernos limitados en todo y, en primer lugar, en nosotros mismos.
*
Los pensadores
que no han meditado sobre el hombre no saben lo que significa sufrir por el
conocimiento y firmar su condenación por cada pensamiento, o apaciguar sus
impulsos en una tristeza orgullosa.
La antropología
es una mezcla de zoología y psiquiatría. Pueden construirse utopías con sólo
mirar las flores. ¿No es el paraíso un apéndice de la botánica?
*
El goce nos
saca del mundo, a diferencia del placer que, al dirigirse solamente a los
sentidos, está desprovisto de matiz religioso. Nada nos recuerda tanto al cielo
como esos estremecimientos con los que querríamos olvidarlo.
*
Sólo a través
de la muerte cesa el hombre de ser cizaña del devenir y gana algo de la
enfermedad pura de las flores. Y al igual que los pensamientos brotan de un
frágil ocaso de la carne, las flores nacen de una anemia soñadora de la
materia.
*
Para creer en
el hombre de forma duradera, es preciso ser incapaz de practicar la
introspección y no conocer la historia. Sólo psicólogos e historiadores tienen
derecho a despreciar «los ideales».
*
En un vacío
vital nada sucede y nada «pasa». El deseo crea el tiempo. Y, por ello, en la
ausencia interior, en el silencio yermo de los apetitos, en el desierto de la
sed y en la mudez de la sangre, se nos aparece de súbito la inmensa
inexistencia del tiempo y la ilusión de su transcurso. Y cuando el reloj de una
vieja catedral da las horas en plena noche, sus campanadas nos revelan más
dolorosamente que el tiempo ha huido del mundo. Entonces la inmensidad es un suspiro
eterno del instante en el que se entierran el cuerpo y el espíritu.
*
Cuando te
estremeces de soledad, te invade la sensación de estar forjado de una sustancia
distinta al mundo. Y por más objeciones abstractas que opongas, en la práctica
no podrás traspasar ese doloroso e irreductible aislamiento. Los hombres
parecen víctimas de un inconfesable error, y la existencia, un vacío consagrado
a nuestra pasión por el descarrío. ¿Qué has hecho crecer dentro de ti para que
la existencia no pueda ya contenerte? La eternidad es demasiado pequeña para un
alma inmensa y loca, discordante por su infinitud con la existencia. ¿Qué otra
cosa, de un mundo enmudecido, podría abrirse paso hasta ella?
Un pensamiento
seca mares, pero no puede enjugar una lágrima; oscurece a los astros, pero no
puede alumbrar a otro pensamiento, una aureola del desconsuelo.
*
La lucidez es
el resultado de una mengua de vitalidad, como cualquier falta de ilusión. Darse
cuenta de algo va en contra de la vida; tenerlo claro, todavía más.
Se es mientras no se sabe que se es. Ser significa engañarse.
*
Cuando la
existencia parece soportable, cualquier poeta es un monstruo. (La poesía tiene
siempre un sentido último o no es poesía.)
*
Eres hombre
hasta el momento en que los huesos empiezan a chirriar de tristeza... Después,
se te abren todos los caminos.
*
Sin el deseo de
la muerte, yo nunca habría tenido la revelación del corazón.
*
Cuando me llevo
la mano a las costillas como si fuera una mandolina, la sensación de la muerte
cobra un perfil de inmortalidad.
Y cuando una
nada me lo dice todo, los sentidos se me abren en un alma vacía. Y entonces la
nada de la mujer sobrevive a la nada del mundo.
*
Cuantos menos
argumentos encuentras para vivir, más te ligas a la vida. Porque el amor que le
mostramos sólo vale por la tensión del absurdo.
La muerte, al
tenerlo todo de su parte, ha dejado ya de convencer. El apoyo de la razón le ha
sido fatal.
La falta de
argumentos ha salvado a la vida. ¡Cómo permanecer frío ante semejante pobreza?
*
Es más fácil
hacer la biografía de una nube que decir algo sobre el hombre. ¿Y qué decir
cuando sobre él todo vale?
Con un poco de
benevolencia Dios cabe en una definición; el hombre, no. A él todo se le
aplica, todo le «va», como todo lo que es y no es.
*
La pereza es un
escepticismo de la carne.
*
La necesidad de
probar una afirmación, de cazar argumentos a diestro y siniestro, presupone una
anemia del espíritu, una inseguridad de la inteligencia, pero también de la
persona en general. Cuando un pensamiento nos invade poderosa y violentamente,
surge de la sustancia de nuestra existencia; probarlo, cercarlo con argumentos
significa debilitarlo y dudar de nosotros. Un poeta o un profeta no demuestran
nada porque su pensamiento es su ser; la idea no se diferencia de su
existencia. El método y el sistema son la muerte de la razón. Incluso Dios
piensa de manera fragmentaria; en fragmentos absolutos.
Siempre que
tratamos de demostrar algo nos situamos fuera del pensamiento, junto a
él, no sobre él. Los filósofos viven de forma paralela a las ideas; las
persiguen paciente y prudentemente, y si por ventura las encuentran, no están
nunca dentro de ellas.
¿Cómo podemos
hablar del sufrimiento, de la inmortalidad, del cielo y del desierto, sin ser
sufrimiento, inmortalidad, cielo y desierto?
Un pensador
tiene que ser todo cuanto dice. Eso se aprende de los poetas y de los
goces y dolores que experimentamos al tiempo de vivir.
*
El vacío
interior es como una música sin sonidos, una canción sin voz. Sus ondas
insonoras se interponen misteriosamente entre nosotros y el mundo y nos separan
de la vida en medio del vivir y de la muerte en medio del morir. ¿Hacia qué
dolorosa elevación se dirige el espíritu del ser? ¿Por qué nos duele cualquier
aproximación y por qué se acelera la respiración por todo aquello que está
lejano?
¿Dónde hay unos
brazos crueles de mujer para que te estrujen los huesos trémulos de pensamiento
e inclines entonces tu oído sobre los latidos de su ebrio corazón y nutras tu
pavor de un precioso y voluptuoso desconsuelo?
*
Cuando los ojos
se me cierran y se extienden mis límites hasta los del mundo, ¿qué misterioso
oído me filtra en el horizonte un coro de niños locos?
...En la
incierta eternidad de una tarde de verano la voz cascada de un muchacho
perturba más que la oración de un demente o que la sonrisa irrevocable de un
suicida.
*
Un pensador no
tiene derecho a contradecirse más que la vida.
*
Sólo tiene
sentido ser poeta, matemático o general.
Podría ser que
las mujeres sólo existieran para enriquecer la inspiración y, aún más, que el
mundo no fuera sino un pretexto para la poesía.
Los poetas no
han cantado ni al cielo ni a la tierra, sino a una especie de no‑mundo
existente en nuestras melancolías.
*
La poesía en un
parque es un estado en el estado.
*
La pereza es
una melancolía que pertenece exclusivamente a la fisiología.
*
Una cascada en
sordina conforma la imagen de lo que generalmente llamamos alma...
*
¿Será Dios algo
distinto a un intento de satisfacer mi infinita necesidad de Música?
*
Quien ama la
mística, la música y la poesía es indefectiblemente una naturaleza erótica, un
ser voluptuosamente exquisito y que al no hallar plena satisfacción en el amor,
recurre a delicias que rebasan la vida. Si en el amor alcanzáramos lo absoluto,
¿para qué correr tras prolongados y delicados goces? No tendríamos necesidad de
ellos y si nos interesaran desde un punto de vista abstracto, no podrían
suscitarnos una pasión duradera e intensa.
En el amor
total (con toda la vulgaridad que le es inherente) vivimos la aspiración hacia
otros mundos como una distracción, como un pretexto. ¿Cómo podrían entonces
convertirse la música, la mística o la poesía en sustancia de la vida?
El salto fuera
del mundo supone un exceso de individuación. De igual forma, todo goce que
sustituye al amor directo, legal u obligatorio del género humano.
*
No puede
concebirse la fuerza sin la enfermedad. No en vano los hombres más peligrosos
son los que tienen una salud precaria.
El carro de la
historia está guiado por hombres que se buscan constantemente el pulso.
*
Los elementos
que definen la enfermedad: el exceso de conciencia; paroxismo de individuación;
transparencia orgánica; lucidez cruel, energía proporcional a la «pérdida»;
respiración en paradoja; religiosidad vegetativa, refleja; orgullo visceral;
vanidad herida de la carne; intolerancia; delicadeza de ángel y bestialidad de
verdugo.
Todo enfermo se
parece a un Dios mendigando a la puerta del Paraíso. Por otra parte, ¿no es
como si se hubiera infiltrado en cada una de sus células una paradoja? La
enfermedad es un estado de inspiración de los tejidos, una megalomanía de la
carne, un pathos imperialista de la sangre.
Cuando enferma
una parte del cuerpo o cuando enfermamos del todo, se tiene la impresión de que
la naturaleza se ha puesto a pensar. La positividad de lo negativo al máximo,
límite de las entrañas hacia el espíritu, un esfuerzo dialéctico de la materia,
un abstracto afán de lo inmediato.
Sin la
enfermedad ahora estaríamos en el paraíso. La patología trata de los estados
excepcionales de la naturaleza.
La salud es
ausencia de intensidad. El temor a las enfermedades no es otro sino la
alteración que sentimos frente a una plenitud para la que no estamos preparados
y que nos asusta porque estamos acostumbrados sólo a la neutralidad del
equilibrio, mientras que la enfermedad es una fuerza acrecentada por la
vecindad de la nada.
*
Todo cuanto no
es música es apariencia, error o pecado.
¡Ay! ¡Ojalá el
hálito de la muerte se elevara al cielo como una melodía y revistiera a una
estrella inmóvil con un himno sonoro!
Si no existiera
la melancolía, ¿se encontraría alguna vez la música con la muerte?
En el momento
en que consigamos disolver toda la vida en un mar sonoro, no tendremos ya
obligaciones con lo Infinito.
Hay invasiones
musicales de una fascinación tan absoluta, que los suicidas parecen unos
aficionados; el mar, ridículo; la muerte, una anécdota; la infelicidad, un
pretexto; y el amor, una dicha. No puede hacerse ya nada, ni pensar nada. Y lo
que uno querría entonces es que lo embalsamaran en un suspiro.
*
Wagner parece
haber exprimido toda la esencia sonora de la sombra.
Quien ama
verdaderamente la música no busca en ella un refugio sino un noble desastre.
¿Acaso el universo no se eleva hacia la desintegración por la música?
*
La música,
justamente como los pensamientos, se instala en los vacíos de la vida. Una
sangre fresca y una carne sonrosada resisten las tentaciones sonoras, no tienen
espacio para ellas; la enfermedad, sin embargo, les hace sitio. A medida
que roe la vida, lo absoluto avanza. ¡No resulta revelador que en lo infinito
de la música y en lo infinito de la muerte todo se funda en nosotros, que la
materia pierda sus límites, que derribemos nuestras fronteras para dejar campo
libre a la invasión del sonido y de la muerte?
*
Todos llevamos,
en grados diferentes, una nostalgia del caos, la cual se expresa en el amor a
la música. ¿No es eso el universo en estado puro de la virtualidad? La música
lo es todo, menos el mundo.
*
La enfermedad,
acceso involuntario de lo absoluto.
*
La lucidez es
un reflejo del pecado cotidiano de ser, y el conocimiento, una forma vulgar de
la nostalgia.
*
¿Cómo se
reflejaría la vida en un alma no contaminada por el conocimiento? La respuesta
sería fácil si supiéramos de qué forma lo pasajero puede vivirse como
eternidad, de qué forma se hicieron los ángeles o hasta dónde se extiende el
paisaje interior de la estupidez.
*
Estás más
seguro en Dios que en una buhardilla parisiense.
*
¡Ojalá pudieras
pensar cuando se te encienden los pensamientos! ¿Pero qué ideas podrían tomar
cuerpo cuando del cerebro sale humo y chispas del corazón?
*
Anhelas el
deseo de la muerte y no la muerte, porque no has llegado al límite de la
repugnancia de vivir y todavía estás orgulloso de ser víctima del error de
existir.
Pero quien ha
descubierto el deseo de morir no puede apegarse ya ni a la vida ni a la muerte.
Ambas son terribles. Sólo existe goce en ese deseo..., en ese estremecedor
confín que constituye el agridulce equívoco de morir.
*
Siempre que
alzo los ojos al cielo no puedo reprimir el sentimiento de una pérdida
infinita. ¡Ojalá se desencadenara una cruzada contra el azul! ¡Con qué ganas me
enterraría en el color del gran pesar!
En mi interior
arden los otoños y el corazón se me ha vuelto del revés.
El prolongado y
vaporoso cántico de la muerte me envuelve cual espuma de eternidad. Y en la
seductora languidez del fin, soy un desecho coronado flotando en los mares
musicales de Dios, o un ángel aleteando en Su corazón.
*
Como aman
tantísimo la vida, los judíos no tienen poetas.
*
El sabor morado
de la desdicha...
*
Los atardeceres
tienen algo de la belleza de una alucinación.
*
Los nuevos
tiempos han perdido de tal manera el sentido de los grandes finales, que Jesús
moriría hoy en un canapé. La ciencia, al eliminar el desatino, ha disminuido el
heroísmo, y la Pedagogía ha tomado el lugar de la Mitología.
*
El devenir es
un deseo inmanente del ser, una dimensión ontológica de la nostalgia. Nos hace
inteligible el sentido de un «alma» del mundo.
¿Por qué cuando
nos adentramos en su misterio, somos presa de un patético temblor y de una
agitación casi religiosa? ¿No será por casualidad el Devenir un huir de Dios?
¿Y no será su desgarradora huida una vuelta a El? Es muy posible, desde el
momento en que el Tiempo suspira, en todos y cada uno de sus instantes, por lo
Absoluto. La nostalgia expresa más directa y dramáticamente la imposibilidad
del hombre de fijar su destino. «Devenir» hipertrofiado, saborea en su
inestabilidad su ausencia de condición. ¿Y no es como si el hombre estuviera
«apresurándose» con todo el tiempo?
*
Si todo lo que
«es» no me hiciera sufrir, ¿cómo podría sufrir para ser? Y sin el balsámico
exceso del dolor ¿quién soportaría el ser condenado a vivir? Pero abrumado y
acosado por la vida disfrutas con un fúnebre entusiasmo hacia la inmortalidad,
hacia la eternidad de morir, llamada también vida...
Capítulo
octavo
El deseo de
morir a veces sólo expresa una sutileza de nuestro orgullo: es decir, queremos
convertirnos en dueños de las fatales sorpresas del futuro, no caer víctimas
del desastre esencial.
Únicamente
somos superiores a la muerte cuando deseamos morir, ya que, viviendo,
morimos nuestra muerte. Cuando ésta se deleita contigo por su ausencia de
finitud, el momento final no es más que un acento melodioso. El no ofrecer el
corazón al voluptuoso agotamiento de la muerte implica una arrogancia en el
sujeto. Sólo extinguiéndose incesantemente la extingue en sí mismo, reduce su
infinitud. Quien no ha conocido la intimidad de la muerte antes de morir,
inexperto de la muerte, se va rodando cuesta abajo, penetra humillado en lo
desconocido. Salta en el vacío, mientras quien está aprisionado en los
meandros de la muerte se desliza hacia ella como hacia sí mismo.
*
Cuando has
saboreado el gusto por la muerte, ya no puedes creer que hayas vivido alguna
vez sin conocerlo..., o que hayas pasado en otro tiempo con los ojos cerrados a
través de los placenteros paisajes de la agonía. ¡Qué extraño entusiasmo te
suscitan el musgo de la extinción y el florecimiento de los suspiros sin fin!
¡Eternamente joven en los crepúsculos, sano en el final, buscando las planicies
de la muerte porque la vida no es lo bastante vasta, y aminorando tu
respiración para que el rumor de vivir no ahogue el discurrir del sueño final!
*
Algunas tardes
de otoño son de una inmovilidad tan melancólica que la respiración se detiene
en la ruina del tiempo y ni siquiera un escalofrío puede infundir vida a la
sonrisa petrificada ausente de eternidad. Y entonces comprendo lo que es un
mundo post‑apocalíptico.
*
En Dios sólo
hay que ver una terapéutica contra el hombre.
*
Uno puede
librarse de los tormentos del amor disolviéndolos en la música. De esta manera,
su ardiente fuerza se pierde en una vaga inmensidad.
Cuando la
pasión es muy intensa, las sinuosidades wagnerianas la disuelven en lo infinito
y en lugar del tormento de marras, te meces en los efluvios de una disolución
horizontal, te tiendes, otoñal, en el desierto de una melodía.
Wagner (música
de la infinita insatisfacción) entona con el suspiro arquitectónico y gris del
Paraíso. Aquí la piedra esconde un ocaso musical, lleno de pesares y deseos...,
y las calles se encuentran para confesarse unos secretos que, no obstante, no
son extraños a un ojo acongojado. Y cuando el nublado cielo de París parece
haber condensado sus vapores en sonoridad, la marejada de motivos wagnerianos
viene a encontrarse con el cielo.
*
El alma de una
catedral gime en el agotamiento vertical de la piedra.
*
Quisiera que me
acariciaran unas manos por las que pueda fluir el Tiempo...
... o que me lloren unos ojos arrancados de un Paraíso
en llamas.
*
Estoy
absolutamente convencido de que los hombres no son otra cosa que objetos:
buenos o malos. Eso es todo. ¿Y yo? ¿Soy acaso algo más que un triste objeto?
Mientras se sufre, no de vivir entre los hombres, sino de ser hombre,
¿con qué derecho haríamos de nuestra congoja una cumbre? Una materia que se
avergüence de sí misma permanece siempre materia... Y a pesar de todo...
En un mundo de
espinas es como si hubiera un sauce cuyas ramas lloraran hacia el cielo.
*
Cuando la mente
muere, ¿por qué sigue latiendo el corazón?
Y el verde
pútrido de los ojos, ¿hacia dónde se abre cuando la sangre está ciega?
¿Qué niebla
atraviesa las entrañas y qué muros se derrumban en la carne?
¿A quién aúllan
los huesos en lo alto, y por qué las alturas oprimen mi tristeza que
apresuradamente corre hacia la nada?
¿Y qué vocación
a ahogarse empuja a mis pensamientos hacia aguas muertas?
¡Dios mío! ¿Por
qué cuerdas puedo trepar hacia ti para estrellar mi cuerpo y mi alma contra tu
indiferencia?
*
Los hombres no
viven en ellos sino en otra cosa. Por eso tienen preocupaciones. Y las
tienen porque no sabrían qué hacer si no las tuvieran a cada momento. Solamente
el poeta está consigo mismo y en sí mismo. ¿Y no le caen las cosas
directamente en el corazón?
Quien no tiene
el sentimiento o la imaginación de que la realidad entera respira a través
de él no presiente nada de la existencia poética.
Vivir el yo
como universo es el secreto de los poetas, y sobre todo de las almas
poéticas. Estas, por un extraño pudor, suavizan el sentido por la sordina,
para que un encantamiento sin límites y sin expresión se prolongue
indefinidamente en una especie de soñadora inmortalidad, no enterrada en sus
poemas. Nada mata más la poesía interior y la indefinición melódica del corazón
que el talento poético. Soy poeta por todos los versos que no he escrito.
Obsesionado
consigo mismo el poeta es un egoísta; un universo egoísta. No es él
quien está triste, sino que todo el mundo está triste en él. Su capricho toma
la forma de emanación cósmica. ¿No es el poeta el punto de la resistencia más
débil, por donde el mundo se vuelve transparente a sí mismo? ¿Y la naturaleza no
está enferma en él? Un universo enfermo y aparecieron los poetas...
*
¿Cómo no sufrir
por ser hombre al ver a los mortales jadeando ante su destino?
Cuando vivamos
con el sentimiento de que pronto el hombre sólo será hombre, entonces
empezará la historia, la verdadera historia. Hasta ahora hemos vivido con
ideales, de ahora en adelante viviremos absolutamente, o sea, cada uno
se elevará en su propia soledad. Y no habrá ya individuos sino mundos.
Adán cayó en el
hombre; nosotros tendremos que caer en nosotros mismos, en nuestro límite, en
nuestro horizonte. Cuando cada uno respire en su límite, la historia concluirá.
Y ésa es la verdadera historia. La suspensión del devenir en lo absoluto
de la conciencia. En el alma humana nunca más habrá sitio para ningún credo.
Seremos demasiado maduros para tener ideales. Mientras sigamos
aferrándonos a la desesperanza y a la ilusión, seremos irremediablemente
hombres. Casi ninguno hemos conseguido mantenernos firmes frente al
mundo y la nada. Somos hombres, infinitamente hombres: ¿Es que todavía no
sentimos la necesidad de sufrir?
Ser «mortal»
significa no poder respirar sin la sed de dolor. Esta sed es el oxígeno del
individuo y el placer que se interpone entre el hombre y lo absoluto. «El
devenir», su implicación.
*
Si no me
gustara cuidar con ternura los errores y si no adormeciera la conciencia con
mentiras piadosas, ¿adónde me llevaría el implacable insomnio en un mundo
implacablemente estrecho?
Ninguna locura
me consolaría de la insignificancia del mundo en los momentos en que el corazón
es un chorro de agua que brota en el desierto.
*
El experimento hombre
ha fracasado. Se encuentra en un callejón sin salida mientras que un no‑hombre
es más: una posibilidad.
Mira fijamente
a los ojos a un «semejante»: ¿qué te lleva a creer que ya no puedes esperar
nada? Todo hombre es muy poco...
*
¿Qué es el
miedo a la muerte, a las tinieblas, al no ser, comparado con el miedo a ti
mismo? ¿Existirá algún otro miedo? ¿No se reducen todos a éste? El tedio
infinito de vivir y el hastío de las cosas que se hacen o no realidad, el
terror de un mundo desencadenado dentro de sí mismo y lo implacable del tiempo
disfrazado de sentimientos delicados, ¿de dónde parten sino del estremecimiento
que nos vuelve extraños a nosotros mismos en el seno de nuestro propio ser? ¡Como
si adondequiera que fueras no te toparas con algo peor que tú, porque tú eres
el mal que cubre el mundo como una bóveda y no puedes estar contigo sin estar
contra ti! Las cavernas profundas son menos estremecedoras que el vacío que se
abre cada vez que clavas la mirada en los subterráneos de tu ser. ¿Qué nada
bosteza en tu tuétano? ¿Te defiende por miedo a tu crueldad? ¿Puedes seguir
estando contigo mismo? ¿Por qué los árboles siguen mirando al cielo y no
vuelven sus hojas para ocultar tu tristeza y enterrar tu miedo?
*
¿Descifrará
alguien algún día el drama de tener que traducir dialécticamente las lágrimas
en lugar de dejarlas correr en verso?
¿Y sabrá
alguien alguna vez los obstáculos que es menester poner a los deseos para que
surja el pensamiento, y cuánto hay que contenerse para que brote la razón? ¡Y
qué otoño de la juventud es el espíritu!
*
¡Dios mío!
Líbrame de mí, porque de los aromas y miasmas del mundo hace mucho que me libré
yo. Eleva mi alma hacia un arrepentimiento lleno de cánticos y no me dejes
junto a mí; antes bien, extiende tus desiertos entre mi corazón y mi
pensamiento. ¿Acaso no ves tú el maligno espíritu de mi destino, predestinado a
la maldición y al llanto?
¿Qué preces
encontraré para ti, Viejo impotente, y del fondo de qué agotamiento lanzaré un
alarido hacia tu indiferencia? ¿Pero quién me dice que también yo soy viejo,
más viejo que tú; que mi corazón es más canoso que tu barba?
Si diera rienda
suelta a mis voces, ¿en qué parajes nos encontraría el pensamiento? ¿Es que no
ves, Señor, que, predestinados a ir dando tumbos, moriremos el uno del otro;
porque ni tú ni yo hemos inventado un sostén fuera de nosotros mismos?
¡He querido
contar contigo y he caído; has querido contar conmigo y no has tenido dónde
caer!
*
La poesía,
comparada con la filosofía, tiene más intensidad, sufrimiento y soledad. Sin
embargo, hay un momento de prestigio para el filósofo: cuando se siente solo con
todo el conocimiento. Entonces, los suspiros penetran en la Lógica. Sólo un
fúnebre esplendor puede todavía volver vivas las ideas.
*
Dios es el modo
más favorable de prescindir de la vida.
*
Los cínicos no
son ni «super» ni «subhombres», sino «posthombres». Se llega a entenderlos e
incluso a amarlos cuando del tormento de nuestro vacío se escapa una confesión
dirigida a nosotros mismos o a nadie: he sido hombre y ahora ya no lo soy.
Cuando ya no
haya nadie en ti, ni siquiera el mismísimo Diógenes, y en tu vacuidad no haya
siquiera vacío y en tus oídos ya no zumbe la nada...
*
El romanticismo
alemán o el tiempo en que los alemanes conocían la genialidad del suicidio...
*
Cuando te
acercas a Dios por la maldad y a la vida por las sombras, ¿adónde puedes llegar
si no es a una mística negativa y a una filosofía nocturna?
Crees sin creer
y vives sin vivir... La paradoja la resuelves con una ternura cruenta que
refuerzan los crepúsculos y enlutan las auroras.
*
Hechizado por
el agotamiento del conocimiento sólo mucho más tarde te resientes del inmenso
cansancio que sigue al insomnio del espíritu. Y entonces empiezas a volver
en ti del conocimiento y a suspirar por los encantos de la ceguera.
Como el
pensamiento surge a costa de la carne, como todo pensamiento es un vicio positivo,
el exceso de espíritu nos empuja hacia lo opuesto. Así aparece el secreto deseo
del olvido y la hostilidad del intelecto contra el conocimiento.
*
El hombre está
tan apegado al vacío de la existencia que por él daría su vida en todo momento,
y está tan empapado por lo infinito del hastío que aguanta el suplicio de vivir
como una delicia.
Cuanto más
clara tienes la pequeñez del todo, más te apegas a ella. Y la muerte te parece
muy poco para salvarla. Sólo así se explica por qué las religiones están contra
el suicidio. Ya que todas intentan dar un sentido a la vida en el instante en
que ésta menos sentido tiene. En esencia no son más que esto: un nihilismo
contra el suicidio. Toda redención nace del rechazo a las últimas
consecuencias.
*
Sin las
agitadas pasiones de la música, ¿qué haríamos con el sentimiento caligráfico de
los filósofos?
¿Y qué haríamos
con el tiempo blanco, vacío y desunido de la vida, con el tiempo blanco del
hastío?
Solamente se
ama la música en el litoral de la vida. Con Wagner asistimos, pues, a una
ceremonia del claroscuro, a una cosmogonía del alma, y con Mozart, a los
estremecimientos del Paraíso soñando con otros cielos.
*
Toda
desesperanza es un ultimátum a Dios.
*
La neurastenia
es al hombre lo que la divinidad es a Dios.
*
Los
pensamientos huyen del mundo a uña de caballo y las estrellas se largan al
cielo. ¿Adónde huirá la mente para embriagarme de mi ausencia y de la del
mundo? ¡Dios mío! ¡Cuán pequeño eres para el desastre de tus hijos! ¡En ti no
hay lugar para albergar nuestro pavor porque tú ni siquiera tienes sitio para
el tuyo! ¡Y de nuevo me esconderé en el corazón polvoriento de mi recuerdo!
*
Sólo es eterno
lo que no tiene relación con la verdad.
*
Mujeres, cuya
vitalidad les permite sonreír una sola vez... Jacqueline
Pascal o Lucile de Chateaubriand. ¡Menos mal que no
está al alcance de la vida separarnos de la melancolía!
«Je
m'éndormirai d'un sommeil de mort sur ma destinée»
(Lucile).
El
mundo está salvado por el puñado de mujeres que han renunciado a él.
*
La anemia es la
derrota del tiempo por la sangre.
*
¡Ojalá pudiera
tamizar las lágrimas, ojalá pudiera prensar el llanto, para con sus heces
envenenar mis creencias bajo un cielo fugitivo!
Nada expresa
tan penosamente las decepciones de un alma religiosa como el deseo nostálgico
del veneno. ¿Qué flores venenosas, qué crueles adormideras nos sanarán de la
plaga de espeluznante luz? ¿Y qué tempestad de arrepentimiento nos descargará
de nuestra alma en los límites del ser?
*
El tiempo es
una estación de la eternidad; su fúnebre primavera.
*
La separación
de los seres del caos inicial creó el fenómeno de la individuación, auténtico
esfuerzo de la vida hacia la lucidez. Las individualidades se originaron como
una apelación a la conciencia, y los seres triunfaron en su esfuerzo por
desgajarse de la confusión del todo. Mientras el hombre permaneció como ser
nada más, la individuación no habrá superado el marco de la vida, porque
aquél se apoyaba en el todo y era todo. Pero el impulso hacia sí mismo,
sacándolo del centro del universo, creó en él la ilusión de un infinito posible
dentro de las fronteras individuales. Y así, el hombre empezó a perder su
límite y la individuación se tornó en condena. Ahí es donde reside su dolorosa
grandeza. Ya que, sin el curso aventurero de la individuación, el hombre no
sería nada.
*
Exactamente
como los ojos de los judíos, la vida tiene algo muerto y agresivo a la vez.
*
Cuando no
tienes con qué compararte, te comparas con Dios. Todo exceso nos lo aproxima.
Porque El no es sino nuestra incapacidad de detenernos en algún lugar. Todo lo
que no tiene límite, el amor, la ira, la locura, el odio, es de esencia
religiosa.
*
La melancolía
es locura en el sentido en que el perfume es un estado anormal.
*
La necesidad de
terminar en Dios no es más que el deseo de morir tu muerte hasta el final, de
no terminar siendo sobrevivido por una vida que no has vivido. El temor de no
haber muerto del todo es lo que transforma la muerte en algo tan terrible.
Después de la eternidad languidecemos en Dios por miedo a no estar vivos
cuando externamente sólo somos carroña. Si para nacer hemos esperado una
eternidad, tenemos que esperar otra para morir.
*
Bajo una mirada
melancólica hasta las piedras parecen soñar, es inútil que, sin ella, busquemos
algo de nobleza en la naturaleza.
La melancolía
expresa todas las posibilidades celestiales de la tierra. ¿Acaso no es ella la
cercanía más alejada de lo Absoluto y no es una realización de lo divino
por la huida de Dios? ¿Qué podríamos oponer sin ella al Paraíso cuando sólo nos
ata al mundo el hecho de vivir en él y el vacío positivo del corazón?
*
La ventaja de
la nada frente a la eternidad es que no puede ser contaminada por el tiempo.
Por tal razón, se asemeja a una sonrisa melancólica.
*
Lo específico
del destino humano se agota en el prestigio metafísico del sufrimiento.
El hombre tiene
que padecer hasta la náusea por el sufrimiento y por sí mismo.
*
¿No será Dios
mi propio estado de la nada?
*
Durante las
noches de insomnio (e incluso todas las noches), no respiramos en el tiempo
sino en su recuerdo, como en medio de la luz que nos hiere ya no vivimos
en nosotros, sino en nuestro recuerdo.
*
La melancolía
es el único sentimiento que concede al hombre el derecho a utilizar la letra
mayúscula. La melancolía concentra su soñador aroma del sopor de los sentidos y
del insomnio de la razón. Sin ese aroma, no volveríamos a mirarnos a nosotros
mismos sin el remordimiento de no haber muerto en Dios.
El veneno de
las amargas delicias de la existencia cobra voz en el musical infierno de la
sangre, de cuyas emanaciones procede su fúnebre perfume.
*
El hastío que
nos depara el futuro nos aterra más que el pavor del momento presente. El
presente en sí nos revela la vida plácidamente insoportable.
*
La locura es la
introducción de la esperanza en la lógica.
*
La grandeza del
goce procede de la pérdida de la razón. Si no sintiéramos que enloquecemos, la
sexualidad sería una porquería y un pecado.
*
¿No implica la
necesidad del veneno un placer negativo de la eternidad? Si no fuera así, ¿por
qué nos arrojamos a los brazos de un diablo divino cuando la sed de
envenenarnos nos emponzoña el pensamiento?
Ese deseo es
una crisis de la inmanencia; un máximo de trascendencia con los medios del
mundo. Pero todos juntos son demasiado débiles para envenenarnos de otro
mundo hasta hacernos olvidar el veneno. ¿Cuándo reventará de una vez la hiel
del espíritu?
¡...Y cómo
tenemos que agradecer al cielo el que haya un veneno que no se acaba nunca, y
cuánta adoración debemos a Dios por ese veneno inagotable! ¿Qué haríamos si no
lo apuráramos hasta la hez durante las noches de insomnio? ¿Y dónde estaríamos
si no nos arrastráramos en sus profundidades?
*
Las mujeres
desengañadas que se retraen del mundo adoptan la inmovilidad de una luz
solidificada.
*
El hombre
depende de Dios de la misma manera que éste depende de la divinidad.
*
Todo chapotea
en la nada. Y la nada en ella misma.
*
Exhausto de
bajar a cada momento de Dios... Y esa falta de descanso llamada «vivir»...
No te agotas
por el trabajo, el infortunio o las penalidades, sino por el arrepentimiento de
tu andadura por el mundo llevando la sombra de Dios a tus espaldas. Nada es más
propio de las criaturas que la fatiga.
¡Cómo se me
parte el alma y se me tambalea la razón! ¡¿Quién apagará la sensual bruma de mi
sangre y el loco bramido de mis huesos?!
*
Todas las
serpientes están muriéndose en los atardeceres de la sangre y en las hondonadas
de la mente. ¡Y ningún demonio hay para cortarles su agonía ni para paliar sus
convulsiones en un cuerpo ofrendado a la aniquilación!
¡Como cizaña
arrojada a los límites del mundo bajo la cual se duelen lagartos dementes!
*
En la pasión
del vacío sólo la sonrisa gris de la niebla anima todavía la imponente y
fúnebre descomposición del pensamiento.
¿Dónde estáis,
crueles y engañosas nieblas, que no os volcáis todavía sobre una mente toda
cubierta de telarañas? ¡En vosotras quisiera desgarrar mi amargura y esconder
un miedo mayor que el crepúsculo de vuestra marcha flotante!
¡Qué aquilón
está colándose en mi sangre!
*
¿Ser?
Una falta de pudor.
*
El aire me
parece un convento cuya priora es la Locura.
*
Todo lo que no
es felicidad es una falta de amor.
*
El hombre no
puede crear nada sin una misteriosa incoación a destruirse. Vivir,
encontrarse en el interior de la existencia significa no poder agregar
nada a la vida. Pero cuando se está fuera de la existencia, por habernos
encaminado por una vía peligrosa, perseguidos por el escándalo ininterrumpido
de la fatalidad, roídos por la soberbia desesperada de un destino implacable,
vulnerables, como la primavera, al hundimiento, con los ojos clavados en el
crimen y en la locura o amoratados bajo el peso del orgullo, entonces cargamos
la vida de todo cuanto, en nosotros, ella no ha sido.
Del sufrimiento
nace todo lo que no es evidencia.
Solamente hay
destino en la furia irresistible de triturar las reservas del ser,
voluptuosamente atraídos por el reclamo de la propia ruina. Destino significa
luchar por encima o al lado de la vida, hacerle la competencia en pasión,
rebeldía y sufrimiento.
Si no sientes
que un Dios desconocido ha extraviado su drama en ti, que fuerzas ciegas,
crecidas en la magia de la aflicción, se encadenan en llamas temblorosas,
surgidas de tantos fuegos invisibles, ¿qué nombre puedes darte para no ser todos?
Lo que no es
dolor carece de nombre. La felicidad es, pero no existe. Por el
contrario, en el dolor el ser alcanza un paroxismo existencial, fuera de la
existencia. La intensidad del sufrimiento es una nada más efectiva que
la existencia.
*
¡Dios mío, cómo
quisiera poder hacer trizas los astros para que su brillo no me impidiera morir
en ti! ¿Y encontrarán reposo mis huesos en tu luz? ¡Muéstrame las tinieblas,
baja tus noches para que en ellas coloque la tierra de mis miedos y la carne
difunta de esperanzas! ¡Ataúd sin principio, colócame bajo el negro de tu cielo
y las estrellas harán de clavos en tu tapa y la mía!
*
Una cosa es
descubrir a Dios a través de la nada y otra descubrir la nada a través de Dios.
*
Nada se
explica, nada se prueba, todo se ve.
Capítulo
noveno
¿Qué es un
artista? Un hombre que todo lo sabe sin saberlo. ¿Y un filósofo? Un hombre que
no sabe nada pero que se da cuenta.
En el arte todo
es posible; en la filosofía... Porque ésta no es más que la deficiencia
del instinto creador en beneficio de la reflexión.
*
No‑filosofía:
las ideas se sofocan de sentimiento.
*
Las
enfermedades son indiscreciones de eternidad de la carne.
*
Siempre que el
vértigo me tienta, me parece que los ángeles se han arrancado las alas en el
firmamento para expulsarme del mundo.
*
¿Qué herida se
me ha abierto como una primavera negra y verdea mis sentidos con fúnebres
capullos? ¿Qué ángel y con qué armas ha ensangrentado mi savia? ¿Me habrá
devuelto Dios mis maldiciones?
Cualquier
injuria que se Le dirija se vuelve contra el que la dijo. Pues, al destruirlo,
te siegas la hierba bajo los pies. Al sacudir el firmamento, sacudes tu propia
firmeza.
El odio contra
Dios arranca de la repugnancia de uno mismo. Se le mata para enmascarar la
propia caída.
*
El sentido del
hombre es asumir el sufrimiento de Dios. Por lo menos, desde el cristianismo en
adelante.
*
Es religioso
quien puede prescindir de la fe pero no de Dios.
*
¿Por qué no se
extienden las manos de los mortales hacia la oración para apoyar en ellas mi
diabólica tristeza y mi miedo asesino? ¿Y por qué las piedras no suspiran mi
pavor y mi extenuación hacia un cielo petrificado por su propia ausencia? Y tú,
Naturaleza, ¿qué otros llantos estás esperando que no te rebelas con plegarias
y maldiciones? Y vosotros, objetos sin alma, ¿por qué no clamáis contra el sino
hostil del alma? ¿O es que queréis que el cielo muera precipitándose sobre
vosotros, sobre vosotros que no conocéis el miedo de volverse objeto? ¡Y
ninguna roca vuela hasta la bóveda celeste para mendigar misericordia!
Antiguamente
las cosas rezaban por los mortales y los mares montaban en cólera por un alma.
Hoy todas las cosas mueren y las estrellas ya no caen en los mares ni los mares
se abalanzan sobre las estrellas. Sólo el alma eleva todavía su agonía hacia
extensiones vencidas y hacia los remedios de la muerte.
*
En el estadio
último del miedo, te entran ganas de pedir excusas a los viandantes, a los
árboles, a las casas, a las aguas, a todo lo que ha muerto y que no ha muerto.
La última
separación, el último beso que se da a este universo, más muerto que un muerto
amado.
¿Me disculpará
alguien por haber sido? ¡Ojalá tuviera unas rodillas como los Alpes para
pedir perdón a los hombres y a los horizontes!
*
Quien no ha
tenido la sensación de que todo el mundo tendría que matarse por él y de que él
tendría que matarse por todo el mundo, ése no ha vivido nunca.
El heroísmo
consiste en querer morir, pero también en querer vivir cuando cada día agobia
más que una eternidad. Quien no haya sufrido lo insoportable de la vida no ha
vivido nunca.
*
Con las últimas
gotas de sangre la melancolía trazará un signo de interrogación sobre un
corazón pálido. ¿Para qué enterrar un corazón subterráneo?
*
Cuando se
acarrean sobre los hombros todos los Juicios Finales...
*
La lucidez es
una vacuna contra la vida.
*
Se tiene que
haber degustado durante mucho tiempo el deseo de morir para conocer la
repulsión por la muerte. Harto de la pasión por el fin, llegas a la idea
opuesta del miedo a morir. Aunque la muerte, como también Dios, goza del
prestigio de lo infinito, no consigue, como tampoco El, impedir el sufrimiento
que supone la saciedad ni aligerar el peso del exceso o la exasperación de la
intimidad prolongada. Si no estuviéramos hastiados de infinito, ¿existiría aún
la vida? ¿Qué secreta vitalidad nos separa de lo absoluto?
*
Solamente mi
sangre mancha todavía la palidez de Dios... (¿Me perdonarás Tú esas gotas de
tristeza y locura?)
*
Hay dolores de
los que únicamente podría consolarme la desaparición del cielo.
*
Durante noches
infinitas el tiempo trepa a los huesos y la desdicha campa a sus anchas por las
venas. Y ningún sueño detiene el enmohecimiento del tiempo, ni aurora alguna
suaviza la fermentación del tormento.
*
«El alma» saca
su vitalidad de las pasiones que bullen dolorosamente, y «el corazón» es una
sangre oprimida. ¿No será el placer de la muerte una sed de crueldad y que por
pudor nos gozamos en nosotros mismos? ¿Será que no queremos morir para no
matar?
«La
profundidad» es una crueldad secreta.
*
¿Te has
preguntado alguna vez por qué un borracho comprende más? Porque la
embriaguez es sufrimiento.
¿Por qué un
loco ve más? Porque la locura es sufrimiento.
¿Por qué un
solitario siente más? Porque la soledad es sufrimiento.
¿Y por qué el
sufrimiento lo sabe todo? Porque es Espíritu.
Los defectos,
los vicios, los pecados no nos descubren aspectos ocultos del ser por los
destellos de placer, sino por el desgarro de la carne y del espíritu, por la
revelación de las negaciones. Porque todo lo que es negativo es expiación
y, como tal, conocimiento. Un ser que lo supiera todo sería un río de sangre.
Dios, al ser depositario de tanto dolor, ya no pertenece al tiempo. Es una
hemorragia con dimensiones de eternidad. El empezó a sangrar desde el primer
instante fuera de la Nada.
Quien quita la
vida a otro está guiado por una furia patológica del conocimiento, aunque
motivos mezquinos oculten su móvil secreto. Al criminal se le revelan misterios
que a nosotros nos resultan ajenos. Por ello los paga tan caro. Uno de los
motivos por los que la sociedad ejecuta al asesino es el de no concederle la
satisfacción de la infinitud del remordimiento. Dejarlo con vida sería
concederle la libertad de superarnos. Las profundidades del mal confieren una
superioridad irritante. Es muy posible que los hombres hayan adorado a Dios por
celos al diablo.
*
En el relámpago
cósmico de la conciencia el cielo se deshace en melodías, seguido por las
montañas, los árboles y los ríos. Y acobardado por lo absoluto del instante, el
Réquiem del alma es un naufragio y una aureola.
*
¿No es como si
una niebla de otro confín estuviera soñando nuestra vida?
El devanar
interior de la muerte es una bruma elevada a principio metafísico.
Una catedral es
la bruma materializada al máximo. Niebla petrificada.
*
En el hombre
existe un secreto deseo de remordimiento que antecede al Mal, que lo crea.
La iniquidad, el vicio o el crimen surgen de esa oculta angustia. Una vez
consumado el acto, aparece en la conciencia con claridad y precisión perdiendo
el encanto de la virtualidad.
El aroma del
remordimiento nos conduce hasta el mal, como la nostalgia de otras tierras.
*
Un alma que
tiene espacio para Dios ha de tenerlo para todo. ¿No arrancará de ahí la
necesidad de confesar a un creyente nuestras últimas zozobras y angustias? ¿Qué
nos induce a creer que él no pueda ser capaz de comprendernos? Como si
creer en Dios fuera un vicio en cuyo interior puede excusársenos de todo, o un
abuso frente al cual todo vale. O que puede dispensársenos cualquier crimen en
el mundo porque, a causa de Dios, ya no pertenecemos a la tierra.
Nada tiene que
escapársele a un creyente: la repugnancia, la desesperación, la muerte.
Los hombres caen
hacia el cielo porque Dios es un abismo visto desde abajo.
*
La revelación
súbita: saberlo todo, y el escalofrío que sigue: no saber ya dónde. De
pronto los pensamientos han deshecho el universo y los ojos se han detenido en
los yacimientos del ser.
El tiempo ha
dejado de respirar. ¿Cómo medirías entonces el torbellino de la luz que te
inunda? Parece durar más o menos lo que la ausencia absoluta de un segundo.
Tras estos
relampagueos el conocimiento resulta inútil, el espíritu se sobrevive y Dios se
vuelve vacío de divinidad.
*
Cuando has
dilatado la vida hasta lo infinito, la voluntad de destruirte emana de una
dolorosa sensación de plenitud. Pues sólo languideces en el deseo de la muerte
extendiendo tu ser más allá de su espacio.
La negación de
la vida desde la plenitud es un estado extático. Jamás nos extinguimos por la
falta sino por el exceso.
Un momento
absoluto rescata el vacío de todos los días; un instante rehabilita una vida.
El orgasmo del espíritu es la suprema disculpa de la existencia. Así, de
felicidad, pierde uno su mente en Dios.
*
Las manos
pálidas son una cuna en la que suspiras la vida. Las mujeres no nos las tienden
sino para que lloremos en ellas.
*
La niebla es la
neurastenia del aire.
*
Esas voces de
las profundidades para las que uno necesitaría el acento de un Job asesino...
¿Qué ángel loco
anda pidiendo limosna tocando un organillo ante la casa de un corazón sin
puertas? ¿Me he despegado del sufrimiento de Dios?
*
Durante la
felicidad y en la infelicidad del amor el cielo, si fuera de hielo, no podría
aplacar la sediciosa embriaguez de la sangre. La muerte la caldea aún más y sus
fúnebres vapores dan forma al espejismo de la vida.
*
Todas las aguas
tienen el color de los ahogados.
*
En el tímido
azul de las madrugadas, la palidez de tantas mujeres, las hayas amado o no, se
te ofrece como un desierto florido al mortal apetito por lo infinito.
*
¿Por qué a la
sombra de las mujeres lo infinito nos parece cerca? Porque en la
proximidad de la mujer ya no existe el tiempo. Y nuestra angustia crece
porque alcanzamos en el mundo un estado que supera al mundo.
El amor es una apariencia
intemporal; ¿es que acaso no suspende el devenir en el seno de la vida? Hay
abrazos en los que el tiempo está más ausente que en un astro muerto.
El tiempo
resulta insuficiente para contener el inhumano exceso del amor, pues éste es un
doloroso y paradójico encuentro entre la felicidad y la desesperación. Por tal
motivo, siempre que desde el amor volvemos a la realidad da la impresión de que
nuestro tiempo se haya podrido en Dios sabe qué corazón.
*
Lo que hace al
pecado superior a la virtud es un exceso de sufrimiento y de soledad, que no
encontramos en la «conciencia tranquila» ni en las «buenas obras».
En sí, es un
acto de individuación por medio del cual se separa uno de algo: de una
persona, de la gente o de todo. Estar solo es un estado difuso de pecado. De
este estado nace la necesidad de Dios, del miedo a sí mismo. Al cielo no le
sirven las virtudes.
*
Una vez que has
degustado las falacias de la vida los desengaños se extienden mansamente como
el aceite y el ser se reviste de los esplendores de la evanescencia.
... Y entonces lamentas no haber conocido más
ilusiones para mecerte en la amargura de su ausencia.
*
Sin el
sentimiento de la muerte los hombres son como niños, ¿pero qué otra cosa son
con él?
Cuando sabes lo
que es el final, ser ya no tiene el perfume de la existencia. Pues la
muerte hurta a la vida su melodía. Y de ambas cosas, el perfume y la melodía,
solamente queda un desastre nocturno y musical.
*
Cuando se ha
conocido la dulzura de las amarguras, lamentamos no tener más que un corazón
que destrozar.
*
¿Desde cuándo
se habrán instalado los desiertos en la sangre del hombre? ¿Y desde cuándo
claman los ermitaños sus oraciones a lo alto? ¿Cuánto tiempo todavía seguirán
plañendo las planicies en su envenenada ondulación? ¿Y cuándo cesarán de
ahogarse los oprimidos en las olas interiores de la muerte?
¡Dios mío! Tu
único mártir: la sangre del hombre.
*
Si la muerte no
interrumpiera el consuelo del deseo de morir...
Pero si a la
vida le falta lo infinito, ¿cómo podremos morir sin un término?
*
El hombre,
asqueado de sí mismo, se vuelve un lunático que busca perderse en los desiertos
de Dios.
*
Si no crees que
eres el autor de las nubes que cubren el cielo, ¿para qué sigues hablando de
hastío? Y si no sientes cómo se hastía el cielo de ti, ¿para qué sigues mirando
hacia Dios?
*
Toda felicidad
que no despierte el deseo de morir es vulgar. Sin embargo, cuando el universo
se vuelve una espuma de irrealidad y éxtasis, y el cielo se derrite al calor
del corazón, de modo tal que el azul fluye por su espacio loco de inmensidad,
entonces las voces del fin emanan del gorgoteo de la plenitud. Y la felicidad
se vuelve tan inmensa como la infelicidad.
Lo infinito
debe ser el color de cada instante. Y como en vida sólo puedo honrarlo por
medio de las crisis, ¡elévame, Muerte, hasta su ininterrumpido prestigio y
revísteme del insomnio de lo ilimitado! ¿Tendré suficientes lágrimas para
llorar todo por cuanto de mí no ha muerto?
*
El amor es el
único modo fecundo de engañarse en el marco de lo absoluto. Por ello, al
amar, solamente podemos estar cerca de Dios a través de todas las ilusiones
de la vida.
*
Quien se ha
contagiado de eternidad ya no puede tomar parte en la historia a no ser que lo
haga por medio de la voluntad de autodestrucción. Pues, entre sus semejantes,
el hombre sólo puede crear sobre su propia ruina.
El hombre es el
único ser que se ha sacudido la embriaguez del tiempo. Y todo su esfuerzo es
volver a entrar en él, volver a ser tiempo.
El privilegio
del aislamiento en la naturaleza deriva de la ruptura de la conciencia de
devenir. Sólo yendo junto al tiempo, el hombre es hombre. Por ello,
siempre que se hastía de su condición, los momentos no parecen lo bastante
fluidos y tampoco lo bastante profundos a su sed de inmersión.
*
Cuando la mente
se dirige a Dios, lo único que todavía nos liga al mundo es el deseo de no
permanecer ya en él.
*
La sensación de
vejez eterna: llevar el tiempo a la espalda desde su primer momento... El
hombre sólo se pone derecho para esconderse a sí mismo lo encorvado que
está en su interior.
El hastío: no
tener ya equilibrio en el tiempo.
*
El corazón es
el lugar en el que la noche se encuentra con el deseo de morir para superarse
en lo ilimitado...
*
Ni los mares,
ni el cielo, ni Dios, ni el mundo tomado globalmente son un universo. Sólo la
irrealidad de la música...
*
El olvido cura
a todo el mundo, menos a los que tienen conciencia de su conciencia, fenómeno
de lucidez que te sitúa paralelamente al espíritu en un último desdoblamiento.
*
En la mar
divina, el archipiélago humano ya no espera más que el flujo fatal que lo
ahogue.
Lo único que te
une a Dios es el orgullo, como si fuera una península; le perteneces y no le
perteneces. Querrías huir de El aunque eres parte de El.
Los elementos
de una geografía celestial...
*
Sólo una cosa
dolorosa hay en la tristeza: la imposibilidad de ser superficial.
*
Ser más
«perezoso» que un santo...
*
La pasión de
morir nace de todo lo que uno no ha amado y se acrecienta con todo lo que uno
ama, de tal suerte que se prolonga con el mismo calor tanto en los pensamientos
hostiles a la vida como en los placenteros. Se apodera de ti en plena calle, al
alba, por la tarde y por la noche, despierto o cayéndote de sueño, rodeado de
gente o lejos de ella, en momentos de esperanza o sin ella. Sus espasmos, como
si fueran un abrazo ascético, te derriten internamente en un éxtasis incompleto
mientras escuchas el vano murmullo de las olas de la sangre y los susurros
nostálgicos de las estaciones interiores.
Y si de mi alma
arrancara una imagen del Paraíso, ésta revelaría un mundo en el que las flores
se cierran y se abren movidas por su deseo de morir. Y yo sería el humilde
jardinero de su agonía.
*
Hay seres a
quienes vivimos tan intensamente en nosotros, que su existencia externa se hace
superflua y volver a encontrarlos resulta una sorpresa desagradable. El hecho
de vivir resulta indecoroso para el ser adorado. Este tiene que expiar
irrevocablemente la carga que para otro ha supuesto el tener que vivirlo.
Así se explica por qué no existen fracasados mayores que los héroes virtuales y
las mujeres adoradas. Porque, a causa de la muerte, no llegan a ser más
los que aman sino los que son amados.
*
El hecho de ser
hombre es tan importante y tan nulo que no puede soportarse más que por el
inmenso desconsuelo que encierra esa decisión. ¡Vivir con el sentimiento de que
es más revelador ser hombre que Dios, que es dolorosamente significativo este
ser y no ser de la condición humana y, sin embargo, que te aplasten los límites
visibles de un drama aparentemente inconmensurable!
¿Por qué el
vagabundeo humano es más desgarrador que el divino? ¿Por qué Dios parece tener
todos los papeles en regla y el hombre ninguno? ¿No será que este último, por
andar vagando entre el cielo y la tierra, se arriesga y sufre mucho más que el
Otro, instalado en el confort de lo Absoluto?
*
¿Qué andas
buscando en medio de los mortales cuando tocas el órgano y ellos la flauta?
*
La flauta lleva
mi pesar hacia todas las mujeres que he inventado cuando imaginaba
nostálgicamente otros mundos. Y siempre me descubría una existencia que se
hacía pedazos contra todos los instantes...
*
¿Tiene alguien
el derecho a escuchar hasta el final el murmullo de los susurros internos?
La aproximación
a nuestras últimas voces es como una autodestrucción en el cielo..., un estado
de santidad...
*
Desearía morir,
pero ya no tengo sitio a causa de tanta muerte.
En un universo
en llamas las tinieblas recurrirían al seguro refugio del corazón.
*
Cuando abusas
de la juventud, de hombre te encuentras convertido en poeta. ¿Cómo puedes no
ser ni lo uno ni lo otro? Hablando en prosa sobre la muerte.
*
Sorprendido en
pleno día por el delicioso terror del vértigo, ¿a quién atribuirlo? ¿Al
estómago o al cielo? ¿O acaso a la anemia, situada entre ambos, a mitad de
camino de las deficiencias?
Se está triste
cuando ya no hay distancia hasta la propia sangre; de su lejanía emana el
perfume metafísico de la Nada.
*
La consistencia
de una verdad se mide exclusivamente por el sufrimiento que esconde. El
sufrimiento que produzca una idea será el único criterio de su vitalidad.
«Los valores»
viven por obra y gracia del sufrimiento del que nacen; una vez que éste se
agota, pierden su eficacia y se convierten en formas huecas, en objeto de
estudio, mezclándose en el presente como pasado. Lo que ya no es
sufrimiento se vuelve irremediablemente historia. Así se demuestra, una vez
más, que la vida únicamente alcanza su actualidad suprema en el dolor.
*
El fúnebre
horizonte de los colores, de los sonidos y de los pensamientos nos zambulle en
un infinito cotidiano. Su solemne luz, preñada de la inmensidad del fin,
concede una incurable gravedad a todo lo superficial, hasta el extremo de que
un simple parpadeo se transforma en un reflejo de lo Absoluto. Y no somos
nosotros quienes abrimos nuestra mirada al mundo sino éste el que se abre a
nuestra mirada.
*
La nostalgia de
la muerte eleva todo el universo al rango de la música.
*
Jesús fue muy
poco poeta para conocer el goce de la muerte. Sin embargo, hay preludios de
órgano que nos muestran que Dios no es tan ajeno a él como nos sentíamos
inclinados a creer; y fugas que no hacen sino traducir el apresuramiento
de ese goce.
Hay músicos,
como Chopin, cuya relación con la muerte sólo existe a través de la melancolía.
¿Pero hace falta mediación alguna cuando uno se encuentra en el interior de la
muerte? Entonces la melancolía es más bien el sentimiento que nos inspira la
muerte para atarnos a la vida por los pesares...
*
El prestigio
del delicado misterio de Oriente deriva de haber profundizado en dos cosas en
las que participamos sólo desde un plano literario: las flores y la
renunciación.
Los europeos no
han importado sólo semillas para este mundo sino también para el otro.
*
Nada es menos
francés que los cuentos de hadas. Un pueblo inteligente, irónico y lúcido, no
puede permitirse confundir la vida con el paraíso, ni siquiera cuando se lo
exige el uso legítimo de una ilusión quimérica.
Tales cuentos
son la solución más consoladora contra el pecado. ¿No los han inventado acaso
los pueblos nórdicos para librarse de su sabor amargo? ¿Y no resultan una
suerte de utopía arropada con símbolos religiosos pero contra la religión
(paradoja que define cualquier utopía)?
Al trasladar a
las cercanías de la inmanencia una nostalgia del paraíso, estos cuentos
ilusorios sólo pueden gustar a quienes no conocen esa nostalgia.
*
Cuando los ojos
se clavan súbita y violentamente en el cielo, todas las rocas de los montes no
podrían aplastarlos...
*
¡Hay tanta
onomatopeya en Wagner! La naturaleza en el corazón.
*
El mar refleja
mejor nuestra pereza que el cielo. ¡Qué plácidamente nos dejamos engatusar por
su inmensa superficie!
A un ser
diligente nada le resulta más deplorable que lo infinito. Para un perezoso lo
infinito es su único consuelo.
Si el mundo
tuviera límites, ¿cómo podría consolarme de no haber sido un elemento primario?
*
Las
introspecciones son ejercicios provisionales para una necrológica.
*
«El corazón» se
convierte en símbolo para el universo en la mística y en la infelicidad. La
frecuencia con que aparece en el vocabulario de cualquier persona indica hasta
dónde puede esta persona eximirse del mundo. Cuando todo te hiere, las heridas
sustituyen a ese todo. Y así las heridas del corazón reemplazan al cielo y a la
tierra.
Capítulo
décimo
La soledad te
transforma en un Cristóbal Colón navegando hacia el continente de tu propio
corazón.
¡Cuántos
mástiles se yerguen en tu sangre cuando sólo los mares te atan al mundo! Yo me
embarcaría a cada momento hacia los ocasos del Tiempo.
*
Una sonrisa
inagotable en el espacio de una lágrima...
*
La pereza se me
encarama al cielo. Y paso una eterna vacación al abrigo del párpado divino...
¿Valdrá Dios lo
que el mar? ¿Por qué cuando me golpean las olas la teología me parece una
ciencia de las apariencias?
El mar, inmensa
enciclopedia de la aniquilación, es más extenso que el cielo, pobre manual de
lo Absoluto.
*
A los
pensamientos peligrosos precede una debilidad física. La discreción del cuerpo
frente a todo lo que no es mundo.
*
Como la
filosofía carece de órgano para las bellezas de la muerte, hemos emprendido
todos el camino de la poesía...
*
Dios no ha
tenido necesidad de enviarnos verdugos; hay tantas noches sin lágrimas... Al
alborear la vida tiemblan las sombras de la muerte. ¿No es la luz una
alucinación de la noche?
*
Entre los
hombres y yo se interponen los mares en los que me he sumergido con el
pensamiento. De igual suerte, entre Dios y yo se alzan los cielos bajo los que
no he muerto.
*
Hay tanto
despilfarro de alma en los perfumes, que las flores parecen estar impacientes
por entregar su espíritu al Paraíso. Y cuando los hombres pierdan la imagen de
éste, la reconstituirán dormitando en el corazón de un perfume o calmando sus
sentidos con una mirada intensificada por la melancolía.
Después de que
Adán destruyese el sentido de la felicidad el Paraíso se escondió agazapado en
los ojos de Eva.
*
Todo lo que no
brota de la lozanía de la tristeza es de segunda mano. ¡Quién sabe si no
pensamos en la muerte para salvar el honor de la vida!
*
En Francia
durante el siglo XVIII no se dijo ninguna banalidad. Francia, por otro lado,
consideró siempre la idiotez como un vicio, la falta de espíritu como
inmoralidad. Un país donde no puede creerse más que en el nihilismo. Los
salones fueron jardines de dudas. Y las mujeres, enfermas de sagacidad,
suspirando ante besos escépticos. ¿Quién entenderá la paradoja de este pueblo
que, abusando de la lucidez, no se ha saturado de amor? ¿Qué caminos habrá
descubierto al eros desde el desierto de la amargura y de la lógica? ¿Y qué es
lo que le habrá guiado ingenuamente hacia la falta de ingenuidad? ¿Hubo alguna
vez en Francia un niño?
*
En lo tocante a
la música, los franceses no han creado gran cosa porque les gustó demasiado la
perfección en este mundo. Y, además, la inteligencia es la ruina de lo infinito
y, por tanto, de la música.
*
Hay miradas
como destinadas a consolarnos de todas las melodías que no hemos oído...
*
Cuando quieras
volverte hacia Dios, hiela la luz entre él y tú. El hombre sufre de una
primavera de la oscuridad.
*
En la tristeza
todo se vuelve alma.
*
El cielo,
cuando al atardecer pasa del azul al gris, refleja en el mar el luto a medias
de la mente.
La locura es
una inclinación de la razón por lo gris.
*
Para ser feliz
con la soledad necesitas tener la preocupación constante de una obsesión o de
una enfermedad. Pero cuando el hastío dilata los sentidos en el vacío y el
mundo abandona al espíritu, el aislamiento se vuelve agobiante e insulso, y los
días parecen tan absurdos como un ataúd colgando de un cerezo en flor.
*
El hastío es la
sensación enfermizamente clara del tiempo que te espera, en el que
tienes que vivir y con el que no sabes qué hacer.
Tratas en vano
de engañarte, pero el sol lo dilata, la noche lo espesa y lo acrecienta y va
alargándose como si fuera una gran mancha de aceite que arañara el
resplandor de tu pavor.
¿Por qué pesan
tanto los instantes? ¿Cómo es que no duermen a la vera de nuestra fatiga?
¿Cuándo le arrebatará Dios el tiempo al hombre?
*
Si una sola vez
has estado triste sin motivo, lo has estado toda la vida sin saberlo.
*
Resulta curioso
cómo buscamos olvidar por medio del amor lo que todos los azules del cielo y
todas las mitologías del alma no pueden hacernos olvidar. Pero dos senos no
pueden ocultarnos la verdad, aunque nos proporcionan más calor que las lejanas
luces de Dios.
Ningún mundo
nos ofrece plenamente las falacias de la vida; pero el miedo a desengañarse de
ellas se convierte en fuerza con cada falacia.
*
He visto todo
cuanto hay y me he retirado a las fronteras de mi corazón...
*
Durante el
llanto de las horas atormentadas me parece oír a los seres que he matado en
sueños...
*
Sólo puedes
hallar reposo en esta tierra en los ojos que no la han visto. Quisiera que me
embalsamaran con todas las miradas ciegas de mundo.
Por encima de
cada pensamiento se alza la bóveda de un cielo.
*
Dios es el
heredero de los que murieron en El. Así te separas fácilmente de ti y del
mundo, dejándolo que prosiga adelante con el hilo de tantas tristezas y
abandonos.
*
Es muy posible
que los hombres no hayan sido desterrados del Paraíso, es muy posible que hayan
estado siempre aquí. Esa suposición, que tiene su origen en el
conocimiento, ha hecho que yo los rehuya. ¿Cómo se puede seguir respirando a la
sombra de un ser que no sufre de recuerdos celestiales?
Así llegas a
aliviar tu tristeza en otro lugar y a olvidar con repugnancia de dónde viene el
hombre. Cualquier instante me parece una repetición del Juicio Final, y
cualquier lugar en el mundo, un confín del mundo.
*
Quien no
conozca la tentación es un fracasado. Por ella vivimos, por ella nos hallamos
en el interior de la vida.
Cuando se ha
terminado con el mundo, las tentaciones celestiales nos encadenan como una
prueba de la última reserva de vitalidad. Con Dios abortamos el fracaso
inscrito en el exceso de amarguras.
Y cuando éstas
nos secan los sentidos, una sensualidad del corazón sustituye con llamas
sutiles la ciega agitación de la sangre. El cielo es una espina en el instinto;
lo absoluto, una palidez de la carne.
*
¡La vida me
parece tan extraña desde que ya no le pertenezco!
*
Pasan años de
tormentos y pensamientos ligados al cielo y a la tierra sin que te preguntes
por el sentido de ese vacío llamado aire y que tan vagamente se
interpone entre esas dos realidades aparentes. De pronto, una tarde cargada de
hastío y eternidad, su impalpable inmensidad se te hace enervante e
irresistiblemente presente. Y entonces te extrañas de haber estado buscando
planicies en las cuales ahogarte cuando él, inmenso espacio diáfano, te llama a
la disolución y a la perdición.
*
Mi cosmogonía
añade a la nada inicial una infinidad de puntos suspensivos...
*
Mientras los
hombres no prescindan del embaucador embeleso del futuro, la historia
continuará siendo un hostigamiento difícil de entender. ¿Pero podemos esperar
que los hombres vuelvan sus ojos de nuevo hacia la eternidad de la no‑espera y
transforme cada uno su destino siguiendo el ejemplo del pozo artesiano?
¿Alcanzarán un destino de devenir vertical? ¿Y lanzará el río del proceso
universal sus gotas hacia las alturas, convirtiendo su inútil curso horizontal
en una inutilidad hacia el cielo?
¿Cuándo caerá
la humanidad en ella misma, a semejanza de las fuentes? ¿Cuándo dará otro curso
a sus falacias?
¡Ojalá la vida
se prolongara como si nada existiese ya! Pero el hombre, al reproducirse, se
vale de la excusa del futuro.
*
Si se trata de
elegir entre errores, Dios resulta por lo menos el más reconfortante y el que
sobrevivirá a todas las verdades. Pues se formó en el punto donde la amargura
se vuelve eternidad, igual que la vida (error pasajero) nació en la encrucijada
de la nostalgia con el tiempo.
*
¿Por qué cuándo
el cansancio se adentra hasta el sueño comprendo mejor a las plantas que a los
hombres? ¿Por qué las flores únicamente se abren por la noche? ¿Y por qué
ningún árbol crece en el tiempo?
¿Habré pasado
con la naturaleza del lado de la eternidad?
*
La melancolía
es el límite de poesía que podemos alcanzar en el interior del mundo. No
sólo contribuye a nuestra elevación, sino también a la de la propia existencia.
Esta se ennoblece conforme avanza hacia la irrealidad, y ese devenir se debe más
que nada a la proximidad de un estado onírico.
La irrealidad
es un excedente ontológico de la realidad.
*
Sólo reconozco
existencia a los seres que no pertenecen ya al mundo. Esas mujeres que no han
dejado escapar la misteriosa oportunidad de morir día a día de melancolía... Es
como si uno sólo hubiera amado a Lucile de Chateaubriand...
A veces me
parece que podría descubrir fácilmente todos los secretos del mundo, excepto el
de su desarraigo.
La nobleza del
alma deriva de la inadaptación a la vida. ¡Cómo crecen nuestros afectos cerca
de los corazones heridos!
*
¿De dónde
nacerá la sensación de amontonamiento infinito del tiempo, de invasión de la
vejez en medio de la juventud y de sus ilusiones? ¿Por qué doloroso misterio te
vuelves un Atlas del tiempo a la edad de las mentiras?
No te agobia
nada de lo que has vivido inconscientemente; los instantes han muerto vivos
en ti y no han quedado cadáveres en la senda de las esperanzas y de los yerros.
Pero todo lo
que has sabido, toda la lucidez asociada al tiempo, constituye una carga
bajo cuyo peso se asfixian todos los afanes.
La vejez
prematura, el infinito cansancio en las todavía sonrosadas mejillas, es el
resultado de todos los momentos que ha acumulado monstruosamente el transcurso
del tiempo en el plano de la conciencia.
Soy viejo por
todo lo que no es olvido en mi pasado, por todos los instantes que he
sustraído a la perfecta ignorancia de la temporalidad y los he obligado a estar
solos y, a mí, a estar solo con ellos.
Contra mi
cabeza se estrellan las maldiciones del devenir, cuya inconsciencia no me
permite la cruel violación de la lucidez y el tiempo se venga por haberlo
sacado de su sendero.
¡Dios mío!
¿Para cuándo un nuevo diluvio? Arcas, puedes enviar las que quieras. ¡No voy a
ser yo un descendiente de la cobardía de Noé!
*
Los seres,
extenuados por su propia presencia, sienten muy intensamente el deseo de morir.
Al colocarte en el centro de tu obsesión, harto de tu yo, tienes la necesidad
de escapar de él. Así los impulsos procedentes de la muerte disuelven la
estructura de la individualidad.
*
La desgracia de
los hombres es no poder mirar al cielo sino de forma oblicua.
Si los ojos
tuvieran una relación perpendicular con él, otro habría sido el cariz de la
historia.
*
¿La enfermedad?
Un atributo trascendente del cuerpo.
En cuanto al
alma, está enferma por el mero hecho de ser.
La patología
trata de las invasiones psíquicas en los tejidos.
*
Nubes que
piensan y parecen ser tan extrañas al cielo como a la tierra... Ruysdael.
*
Todo es posible
desde el momento en que has perdido los frenos del tiempo.
*
Utiliza la
razón mientras estés a tiempo.
*
Hay tanta
niebla en el corazón del hombre que los rayos de cualquier sol ya no se van una
vez que entran. Y hay tanto vacío en sus sentidos, en sus desparramados
sentidos, que descarrían a palomas locas de alas desgarradas por los vientos en
los caminos que lo acercan al mundo.
*
¿De qué
estratos de la inexistencia proviene el tedio de los días, para desentumecernos
hasta el horror del sopor de la existencia?
¿Llegaremos
alguna vez hasta las fuentes del hastío? ¿Descifraremos la enervante demencia
de la carne y la calamidad de una sangre turbia?
¡Cómo se
pulveriza en un plañidero misterio la sustancia de la vida y cómo secan las
fuentes de la existencia el tedio omnipresente, parodiando negativamente el
principio divino! ¡El hastío es tan inmenso como Dios y más activo que él!
*
Sin Dios, la
soledad sería un alarido o una desolación petrificada. Pero con El, la nobleza
del silencio atempera el desvarío que nos produce la falta de consuelo. Cuando
ya lo hemos perdido todo, recobramos la calma eternizando nuestros sueños bajo
los desnudos árboles de sus alamedas.
Sólo el pensar
en El me mantiene de pie. Cuando extirpe mi soberbia, ¿podré acostarme en su
cuna misericordiosa y profunda y adormecer mis insomnios consolado por su
vigilia?
Más acá de Dios
sólo nos queda el anhelo por El.
*
Todo cansancio
esconde una nostalgia de Dios.
*
¿Cómo pueden
dialogar dos hombres cuyos sufrimientos no están a igual distancia de Dios?
¿Qué tienen que decirse dos seres en los cuales la muerte no se ha elevado al
mismo nivel? ¿Y qué es lo que se leen en las miradas cuando cada una refleja un
cielo distinto?
*
El conocimiento
de los hombres nos lleva a quedarnos más solos con Dios.
*
Un arquitecto
desarraigado de la tierra podría construir con nuestras amarguras un monasterio
en el cielo.
*
La falta de
orgullo vale lo mismo que la eternidad.
*
La desgracia de
los que durante toda su vida han estado buscándose a sí mismos es reencontrarse
incluso en Dios. Una humildad apacible e inmensa es el único modo de
transformar en virtud el cansancio de existir.
Quien ya no
quiere ser está expresando negativamente una aspiración a todo. Desear
la nada satisface púdicamente una secreta y confusa apetencia de divinización.
Sólo nos aniquilamos en Dios para ser El mismo. Las vías de la mística pasan
por los más dolorosos misterios de la soberbia de las criaturas.
*
¿Por qué en la
iluminación incurable de la muerte me siento menos seguro que en medio de la
vida? La conciencia de morir es algo tan desastrosamente seguro que te
reconforta de la ausencia de hombres y verdades.
Los acordes de
órgano y la nostalgia de la muerte mezclan la eternidad con el tiempo hasta
llegar a la promiscuidad. ¡Tan absolutamente extraviado en el devenir, y un
alma delicada llevando tanto cielo y tanta tierra!
*
Mueres de lo
esencial cuando te desligas de todo.
*
¿Dios? La nada
en hipóstasis de consuelo. Un soplo positivo en la Nada pero por la que querría
sangrar como un mártir... exonerado de morir.
Es muy posible
que el secreto último de la historia humana no sea otro que la muerte en y para
Dios. Todos nos extinguimos en sus brazos, los ateos los primeros.
*
La extraña
sensación de que todos los pensamientos han huido de mí hacia Dios, que guarda
mi mente cuando la he perdido...
O que, perdido
en Su interior, una sed de apariencias me impide seguir respirando.
El desajuste
entre Dios y la vida conforma el más acerbo drama de la soledad.
*
¡Dios mío!
¡Sólo me quedas tú! Tú, vestigio del mundo y yo, de mí mismo. Espuma de mis
abandonos, en ti quisiera truncar mi espíritu y poner fin a mis vanas
convulsiones. Tú eres el sepulcro con el que sueña el ser en los momentos de
tribulación, y la cuna suprema de la inmensa fatiga.
¡Esparce aromas
de adormidera sobre mis irreflexivas rebeldías, absórbeme en ti, mata en mí el
impulso a dejarme arrastrar hacia auroras y seducciones, ahoga la loca
elevación de mi pensamiento y destroza mis cumbres iluminadas por tu
proximidad! Extiende tus sombras, cúbreme de horribles tinieblas, no estoy
pidiéndote la gracia de los momentos de misericordia sino la humillación eterna
y dura y la generosidad de tu noche.
¡Siega mi
cosecha de esperanzas para que, desierto en ti, ausente de mí mismo, deje ya de
tener tierra alguna dentro de tu espacio!
*
Después de
haber leído a los filósofos retornas a la infancia absoluta del espíritu,
musitando una oración y refugiándote en ella.
*
Como si acabara
en ti un último resto de la sustancia pura de la noche con la que Dios se
encontró la primera vez...
*
Algunas noches
en blanco duran tanto que, tras ellas, el tiempo ya no es posible...
Quien en su
agitación acumula los elementos dolorosos del mundo ya no conoce nunca más un
principio ni un fin. Todo es eterno. Las cosas que no pueden
satisfacerse en el sufrimiento participan de la cualidad de lo eterno.
*
Cuando nunca se
ha marchado al mismo compás que la vida: unas veces a un ritmo mayor,
invadiendo sus límites, otras menor, arrastrándose por debajo de ella.
Semejante a esos ríos que no tienen cauce: o se desbordan o se secan.
Anclado por
defecto o por exceso se está predestinado a la desdicha, como cualquier ser
arrancado de la línea de la vida. Ser es un obstáculo para lo infinito
del corazón.
*
¡Es tan
misterioso el fenómeno por el que un hombre crece más allá de sí mismo! Al
despertarse ya no ve a nadie a su alrededor. De esa forma, dirige su mirada al
cielo, a la altura más próxima. En materia de soledad, el hombre sólo tiene que
aprender del Altísimo.
*
El espíritu
florece sobre las ruinas de la vida.
*
Dicen: «Fulano
conoce a Spinoza, a Kant», etcétera. Sin embargo, no he oído que se diga de
nadie: «Ese conoce a Dios». Que es lo único que importaría.
*
Cuando durante
la noche se abre la mente a alguna que otra verdad, la oscuridad se vuelve
tenue como el diáfano espacio de una evidencia.
*
La enfermedad
otorga a la vida, por la fuerza de lo inevitable y el prestigio de lo fatal,
una dimensión hacia lo ilimitado que obstaculiza dolorosa y noblemente el ritmo
de la existencia. Todo cuanto es profundo resulta de la proximidad de la
muerte.
Y cuando tu
dolencia no proviene de ninguna enfermedad sino de la presencia de otros mundos
en el inicio de tu existencia... Un cansancio divino parece haber descendido a
la mismísima sustancia del ser..., el meollo de la vida está extenuado por el
cielo...
*
El terror es
una memoria del futuro.
*
Esos temblores
de fúnebre maldad en que te gustaría matar hasta el aire..., sacudido por una
sonrisa como las manos de un muerto en una pesadilla.
*
Vivir no
entraña nobleza. Pero rodearte de una aureola de aniquilación...
*
En vano corres
tras la existencia y la verdad. Todo es nada, una danza de alucinaciones
desprovista de ritmo. Lo que hace que una cosa sea es nuestro estado febril, y
las verdades se proyectan sobre un mundo de ausencias por la viveza de nuestros
ardores. El soplo sustancial que transforma la no existencia del mundo en
realidad emana de nuestras intensidades. Si fuéramos más fríos o más reposados,
nada sería. Una lumbre interior sostiene la aparente solidez de la naturaleza,
aviva el paisaje yermo de la vida. Las ascuas de nuestro interior son los
arquitectos de la vida, el mundo no es más que una prolongación exterior de
nuestra hoguera.
*
¿Acaso
perdonará Dios al hombre por haber llevado tan lejos su humanidad? ¿Comprenderá
El que no ser ya hombre es el fenómeno central de la experiencia humana?
*
Existir,
o sea, teñir de afecto cada instante. Mediante matices de sentimiento hacemos a
la nada una concesión de realidad. Sin los dispendios del alma viviríamos en un
universo blanco. Porque «los objetos» no son sino ilusiones materiales de
excesos interiores.
*
El último
peldaño del inicio de nuestra primavera: Dios.
*
Como el
espíritu es una falta positiva de vitalidad, las ideas que surgen de él
son, por compensación, grávidas.
*
Cuanto menos
especializados son los deseos, tanto más rápidamente realizamos lo infinito por
medio de los sentidos. Lo indefinido en los instintos conduce
irrevocablemente hacia lo absoluto.
*
Del recuerdo
del tiempo en el que no hemos sido y del presentimiento del tiempo en que no
seremos nace la sugestión de infinitud melódica de la melancolía.
*
El corazón no
se ha moldeado según la pequeñez del mundo. ¿Podré seguirlo hasta el cielo o
necesitaré un tobogán hacia la muerte?
Una vez
purificado de tiempo, ya no se está abierto más que a la brisa divina.
*
¿Qué secreta
frescura impulsa en medio del mundo y de su desolación a ese misterioso e
inmenso delirio con el que sostienes en vida el universo inclinado hacia
la desintegración, el impulso doloroso e irresistible que insufla movimiento y
esperanzas a la tierra y a las criaturas, que refuerza las flaquezas de la
carne y desvía el espíritu de los sufrimientos de la nada para rehacer el
edificio cósmico y el prestigio del pensamiento?
¿No es la
creación la reacción última frente a la ruina y lo irremediable? ¿No resucita
el espíritu al hallarse ante la proximidad del desenlace y del callejón sin
salida del destino? De lo contrario, ¿por qué no viene la caída, por qué
permanecemos de pie cuando todo se ha vuelto uno por la monotonía de la
náusea y de la nada?
*
Cuando te
laceran con fuerza las insatisfacciones de la vida, te pareces a un náufrago
que huyera de la orilla del mar. Terminas buscando sólo olas y nadando por la
inmensidad de su rizada superficie.
Capítulo
undécimo
La melancolía:
el tiempo convertido en afectividad.
*
Me gustaría
vivir en un mundo de flores heridas por el sol y que, mirando al suelo,
abrieran sus pétalos en dirección contraria a la luz.
La naturaleza
es una tumba y los rayos solares nos impiden tendernos en ella. Al apartarnos
de la sustancia de la muerte, los rayos solares originan una grave crisis de lo
inesencial. A plena luz, somos nuestra apariencia; en la oscuridad, somos lo
más que alcanzamos de nosotros mismos y, por ello, ya no somos.
*
El hastío :
tautología cósmica.
*
Quien nunca
escuchara un órgano no entiende cómo puede evolucionar la eternidad.
*
¡Si todo cuanto
he dado en vano a los hombres lo hubiera derrochado en Dios, cuán lejos estaría
ahora!
*
Que la vida
tiene una calidad existencial sólo por nuestras intensidades, ¿no es la prueba
más segura del vacío de mundo cuando falta el amor? Sin las tentaciones
eróticas, la nada es el obstáculo de cada instante. Solamente el
restablecimiento del amor obliga al mundo a ser, y sus pasiones son una
sordina para la nada.
Una
insuficiencia de amor equivale a una ausencia de existencia; y el vacío
erótico, a un universo purificado de ella. ¿No es el hastío un vacío de amor,
una pausa en su indispensable ilusión demiúrgica?
¿Y no nos
hastiamos por una insuficiencia de delirio? El delirio introduce una nota de
ser en la monotonía de la nada. De las últimas vibraciones del alma irrumpe el
universo, el vuelo de los pensamientos apasionados lo recrea incesantemente.
En medio del
hastío, sabemos que la existencia no ha tenido la oportunidad de ser; en
sus intermitencias nos olvidamos de todo y somos.
*
Cuando con un
esfuerzo doloroso llevas la carga del propio ser, tus semejantes están más
cansados de ti que tú mismo.
Cuando el
desapego del mundo alcanza un cierto grado, los hombres existen sólo por los
excesos de la memoria, y tú por un vestigio de egoísmo.
Adondequiera
que encaminares tus pasos sólo te encontrarás con Dios.
*
¿Cómo podrían
mirar el cielo los que no tienen pesares?
*
Para amar hay
que olvidar que nuestros semejantes son criaturas; la lucidez sólo nos acerca a
Dios y a la nada. Sólo alcanzan la felicidad aquellos para quienes el amor es
un todo que no les revela nada, los que aman entre escalofríos de ignorancia y
perfección.
Visto desde el
horizonte del mundo, Dios está tan lejos como la nada.
*
Esa enorme y
abrumadora invasión de ciertas madrugadas, cuando tenemos la impresión de
encontrarnos de pronto en posesión de la clave de los últimos arcanos, en una
extenuante fiebre de conocimiento y de alucinación final, o esas noches
diluidas en un morado tembloroso que se nos ofrecen enervantes y perfectas como
jardines del espíritu...
¿Quién tendría
palabras para la imposibilidad de no saberlo todo? ¿Y cuántos instantes
de desgarradora felicidad para el conocimiento cuentan en la vida? Ni tan
siquiera un velo esconde ya nada. Pero volvamos al misterio para poder
respirar...
¿Por qué un
mediodía tiene más objetividad que el atardecer? ¿Por qué el crepúsculo es
interior y el caudal de luz se queda fuera, en sí mismo?
... Toda sugerencia de final implica un exceso de
subjetividad. La vida como tal no ocurre en el corazón. Sólo la muerte.
Por ello es el más subjetivo de los fenómenos, aunque más universal que la
vida.
¡Ojalá tuviera
más constancia en Dios! ¿Qué restos de vida me retienen en El en tanto que yo
mismo? ¡Si yo pudiera desaparecer en Su seno...
*
Las blancas e
inmóviles nubes que cubren el cielo de la locura... Cuando se mira a menudo la
falta de matices sombríos, ese gris claro de las alturas, se tiene la impresión
de haber proyectado sobre la bóveda celeste las sombras marchitas del cerebro y
la lividez muda de la mente.
*
Los precipicios
del hombre no tienen fondo porque descienden en Dios.
*
Dios nos mira a
través de cualquier lágrima.
*
¡Dios mío! ¿Por
qué he merecido la dicha sobrenatural de este instante en que estoy fundiéndome
en los cielos? ¡Arroja sobre mi cabeza dolores aún mayores si tan alta
recompensa tienen! ¿He perdido mi rastro entre los ángeles? Haz que jamás
vuelva a encontrarme conmigo. ¡Ayúdame para que pueda ahogar mi espíritu en el
paraíso de los sentidos que el cielo ha hecho enloquecer!
*
El hombre no
tiene derecho a creerse perdido mientras la desesperanza esté ofreciéndole la
destrucción voluptuosa en Dios.
*
Cuando los
deseos se vuelven espumosos, se llega a vivir gracias a la aceptación dada a
cada instante. Obligados a otorgarnos la existencia, se amplía el espacio entre
el mundo y nosotros por la repetición incesante del esfuerzo.
La vigilia del
espíritu pone al tiempo enloquecido sordina a su decisión de ser. ¿No nos
engulliría la escala del tiempo si no lo sosegáramos en el esfuerzo de
consentir a la naturaleza?
Los otros seres
viven; el hombre se esfuerza en vivir. Es como si nos miráramos
al espejo antes de cada acción. El hombre es un animal que se ve
viviendo.
*
La idea es una
especie de melodía que se ha enriquecido.
*
El pensamiento
proyecta la nada como una consolación suprema, bajo la presión de un infinito
orgullo herido. Al querer ser todo y oponérsele el todo, ¿qué haría sin la
dimensión absoluta de la ausencia?
Los tormentos
de la soberbia desmesurada volatilizan al ser y revisten a la nada del
prestigio que lleva consigo la grandeza, en el que se apacigua la pasión del
orgullo. El no‑ser es un esplendor fúnebre que apaga nuestros celos divinos. La
sugestión de la nada satisface nuestro apetito por lo Absoluto, al igual que la
gracia de la muerte lo hace por la armonía en el desastre.
*
¿Cuándo
conseguiré desprenderme de mí mismo? Todos los caminos conducen a esta Roma
interior e inaccesible; el hombre es una ruina invencible. ¿Quién habrá
vertido tanto entusiasmo en sus decepciones?
Vivir en
sentido último: volverse santo de la propia soledad.
Embrujado en tu
soledad, las horas cesaron y la Eternidad ha empezado a sonar. Y Dios tañe las
campanas hacia tu cielo...
*
La soledad es
un afrodisíaco del espíritu, así como la conversación lo es de la inteligencia.
*
Hay tantas
posibilidades de morir en la música interna, que nunca encontraré mi fin...
Sólo se es cadáver en ausencia de sonoridades internas. Pero cuando los
sentidos gimen por ellas, el imperio del corazón supera al del ser y el
universo pasa a desempeñar la función de un acorde interior y Dios se vuelve la
prolongación infinita de una tonalidad.
Cuando a mitad
de una vieja sonata a duras penas puedes reprimir un «¡Dios mío, que no se
acabe nunca!», las ondas de una vertical locura nos impulsan hacia el estado
divino. Exiliarme allí con toda la música.
*
El hombre está
tan solo que la desesperación le parece un nido y el pavor un refugio.
Inútilmente
busca un sendero en la espesura del ser, se queda mohíno con la cara vuelta al
callejón sin salida de su propio espíritu. Porque, en él, la luz no se ha
separado de la oscuridad. Como remate de la Creación, el espíritu pertenece al
principio del mundo.
Nada despojará
de su conciencia a las noches del tiempo. ¿No se ennoblecerá más su destino
durante esa herencia nocturna?
El hombre tiene
de su parte muchas noches...
*
Siempre que
caigo presa de los sortilegios del hastío, vuelvo los ojos al cielo. Y entonces
sé que algún día moriré de tedio, en pleno día, a la vista del sol y de las
nubes...
«...Si es
posible, aleja de Mí este cáliz.» El cáliz de los hastíos.
También
quisiera gritar yo: «¡Padre!». ¿Pero a quién, si el hastío también es una
divinidad?
¿Por qué tengo
que abrir los ojos sobre el mundo para descubrir un Getsemaní del Hastío?
*
La tierra es
demasiado estéril para encontrar en ella los inmisericordes y enervantes
venenos que me libren del oficio que representa existir... ¡Que de
desintegraciones celestiales emanen aromas empapados en la nada, que de las
alturas caigan copos narcotizantes en heridas que ya no se cerrarán...! ¡O que
lluvias del más allá, lluvias venenosas, se cuelen a través de un cielo loco y
caigan sobre la llanura enferma de la razón...
¡Dios mío! Yo
no digo que tú no seas; digo que yo ya no soy.
*
Si la nada nos
diese solamente un perverso apetito por lo absoluto, no tendría importancia;
pero, al crearnos un doloroso complejo de superioridad, nos hace fijar la vista
abajo, hacia el ser, y consolar nuestra nostalgia con el desprecio.
*
Del «yo» sólo
deberían hablar Shakespeare o Dios.
*
Entre dos seres
que se hallan en un mismo grado de lucidez el amor no es posible. Para que el
encuentro sea «feliz» uno de ellos tiene que conocer más de cerca las delicias
de la inconsciencia. Un mismo alejamiento de la naturaleza los hace igualmente
sensibles a su perfidia; de lo que deriva una molestia por los equívocos del
eros y, sobre todo, una reserva en esa inevitable complicidad. Cuando las
falacias de la vida ya no tengan nada impermeable a nuestros ojos, es bueno que
la mujer esté casi en un estado de ignorancia. El amor no puede consumarse
entre dos ausencias de ilusiones; uno siquiera tiene que no saber. El
otro, víctima de la lucidez del espíritu, supervisa el goce de ese prójimo idéntico
y se olvida de sí mismo por el contagio.
El trastorno
caótico de los sentidos, en el éxtasis implícito y periférico, parece una
lastimosa concesión en la que los secretos de la vida resultan transparentes al
hombre y a la mujer. Parecen admitir sus yerros contra la vigilia del espíritu,
pero lo único que logran es contemplar su olvido y aminorar, a través del
pensamiento, el hechizo de su desaparición horizontal. Así introduce la lucidez
una nota crepuscular en los suspiros de ese absoluto barato.
*
Las
desilusiones, el odio y el orgullo no nos excusan de los hombres como las
fuerzas del alma que se adueñan de nosotros con el vigor de una revelación
súbita. ¿Qué otra cosa podrías decirle entonces a alguien, y por qué decírselo
cuando el escalofrío interno es como un río que corriera repentinamente hacia
lo alto?
El oleaje de
una violenta felicidad nos arroja del seno de la humanidad y, al multiplicar
nuestra identidad, suspende las sonrisas destinadas a las mujeres o a los
amigos. El yo se pierde en su infinitud, la vida se amplifica en intensidades
que la hacen vacilar entre varios mundos. De todo cuanto hemos sido sólo queda
un patético soplo.
Lo infinito de
la noche parece un límite en el horizonte de esa amplitud y se anhela la
extinción como un límite, la agonía como un espacio acotado. ¿Quién habrá
injertado lo infinito en un pobre corazón?
*
Como a los
hombres les falta la poesía, ¿dónde pueden fondear sino en la muerte? ¿No
proyecta la inmanencia del no‑ser un gran prestigio sobre el paisaje borroso y
desabrido del ser?
El anhelo de
ahogarse, de elevarse a los cielos ahorcándose o de poner fin tumultuosamente a
la vida, procede de una sublimación del hastío, flauta en el fondo del
infierno.
Exprimir de los
instantes una canción de perdición, inventar venenos trascendentes en el tedio
del tiempo, pulverizar demonios en la sangre y en el devenir...
El sentido
metafísico del tiempo es desembarazarnos de la carga de la individuación. Ser
es una empresa difícil porque subimos hacia el no‑ser; un vacío lanzado
hacia una suprema degradación de la existencia.
El tiempo es
una subida en pendiente hasta el no‑ser.
*
Con todos los
sentidos ansío los deleites del fin... ¿Qué anhelo de misteriosas
satisfacciones me inclina a ellos? ¡Es imposible no descubrir la grandeza de la
muerte después de haber sido traicionado por la vida!
*
Quien ha visto
a través de los hombres y a través de sí mismo, ¿tendría que construirse, de
asco, una fortaleza en el fondo de los mares?
*
La infelicidad
sólo se encuentra en un temperamento esencialmente contradictorio.
*
El que está
cansado de sí mismo cansa a sus semejantes y se cansa de ellos.
*
Las repetidas
decepciones suponen ambiciones inhumanas. Los hombres verdaderamente tristes
son los que, no pudiendo echarlo todo a rodar, se han aceptado como ruina de su
ideal.
*
El tiempo es la
cruz donde nos clava el hastío.
*
Contra la
acometida de los encantos y el soplo de éxtasis que trastornan el orden de mi
vida hacia lo ilimitado, el asco de mí mismo es mi única barrera.
¿Qué otra cosa
puedo hacer con tanto yo?
*
Bach es un
decadente en sentido celestial. Sólo así se explica la solemne
descomposición que no puedes evitar siempre que te encuentras con el mundo que
él creó.
*
A medida que el
hastío espesa el tiempo, adelgaza las cosas hasta hacerlas transparentes. La
materia no resiste su implacable desfiguración.
Aburrirse
significa ver a través de los objetos, volatilizar la naturaleza. Incluso las
rocas se disuelven en humo cuando el mal que es la lucidez se abre hacia ellas.
*
No sé de una
sola de mis sensaciones a la que no haya sepultado en el pensamiento. (El
espíritu es una tumba de la naturaleza.)
*
El suicidio,
como cualquier otro intento de salvación, es un acto religioso.
*
La sinceridad,
expresión de la inadaptabilidad a las ambigüedades esenciales de la vida,
deriva de una vitalidad vacilante. Quien la practica no se expone al peligro
como se cree comúnmente, sino que ya está en peligro, al igual que todo hombre
que separa la verdad de la mentira.
La inclinación
a la sinceridad es un síntoma enfermizo por excelencia, una crítica de
la vida. Quien no ha matado en sí mismo al ángel está destinado a la
desaparición. Sin yerros no se puede respirar ni tan siquiera un instante.
*
Unos ojos
apagados no se encienden más que por amor del anhelo de la muerte; la sangre no
se inflama sino en un himno de agonía.
¿Estoy subiendo
o bajando por las pendientes del ser?
*
Un animal que ha
visto la vida y que todavía quiere vivir: el hombre. Su drama se agota en
esa exasperación.
*
En un corazón
donde se haya instalado la nada la irrupción del amor es indeciblemente
desgarradora porque no encuentra terreno alguno donde florecer. Si tan sólo
hubiera que conquistar a la mujer, ¡qué fácil sería! ¡Pero roturar la propia
nada, dominarse trabajosamente en la hostilidad del alma, abrir al amor un
camino hasta uno mismo! Esa guerra, que te arroja con odio contra ti mismo,
explica por qué nunca querrás matarte de modo más cruel que en las convulsiones
del amor.
*
En Beethoven no
hay suficiente hechizo enervante ni suficiente cansancio...
*
La última
sutileza del diablo es la diferencia entre el infierno y el corazón.
*
Sólo en los
grandes sufrimientos, cuando estás muy cerca de Dios, te percatas de lo
vano que es el papel de Mediador de su Hijo y qué destino menor esconde el
símbolo de la Cruz.
*
El espíritu le
debe casi todo a los sufrimientos físicos. Sin ellos, la vida no sería más que
vida.
Solamente la
enfermedad trae algo nuevo. ¿Es que no es la quinta estación?
La
nirvanización cotidiana por medio del pensamiento y el dolor.
*
Cuando llevas
tanta música en un mundo sin melodía...
*
El hombre no es
un animal hecho para la vida. Por ello gasta tanta vitalidad en el deseo de
morir.
*
La irrealidad
de la vida en ninguna parte es más inquietante que en la desesperanza de la
felicidad. De ahí, lo indeciblemente doloroso del amor.
*
Toda la poesía
de las voces interiores se reduce a la imposibilidad de separar el deseo de
morir del de vivir.
Las esperanzas
son frágiles nidos para los finales. Vivir y morir: dos signos para la misma
ilusión.
*
Todas las
lágrimas no derramadas se han vertido en mi sangre. Y yo no he nacido para
tantos mares ni para tanta amargura.
Capítulo
duodécimo
No encuentro la
clave de este hecho: en la alegría inspirada imitamos a Dios, y en la tristeza
nos quedamos con la ceniza de nuestra propia sustancia.
*
Una reflexión
debe tener algo del esquema interno de un soneto. El arte de abreviar los
finales..., la intervención de la arquitectura en nuestras desintegraciones
musicales...
*
La tristeza: un
infinito por la debilidad, un cielo de deficiencias...
*
La vida del
hombre se reduce a los ojos. No podemos esperar nada de él sin modificar la
mirada.
*
El amor es
santidad más sexualidad. Nadie ni nada puede aliviarnos esta paradoja escarpada
y sublime.
*
Hamlet no
olvidó insertar el amor entre «los males» que hacen que el suicidio sea
preferible a la vida. Sólo que él hablaba de «los sufrimientos del amor
desdeñado». ¡Qué grande habría sido el célebre monólogo si tan sólo hubiera
dicho: amor!
*
En las orillas
del mar la sequía interior de los días desiertos reúne, en una misma sed,
el deseo de felicidad y de dolor. En sus orillas siempre nos eximimos religiosamente
de Dios...
*
El Mediterráneo
es el mar más tranquilo, el más probo y el menos místico. Con su ausencia de
olas, se interpone entre el hombre y lo Absoluto.
*
Porque está sola,
la mujer es.
*
La fuerza de un
hombre deriva de las insatisfacciones de su vida. Por ellas deja de ser
naturaleza.
*
La definición
del Embrujo pasa por Wagner. El introdujo los puntos suspensivos en la música,
ese interminable diluirse..., y su sorda recaída en un subterráneo melodioso e
indefinido. Una neurastenia de... la sangre, de un artista que proyectó su
nervio fastuosa y grandiosamente en la mitología.
Por ello, en el
embrujo wagneriano, lejanas olas preñadas de crepúsculo rompen contra sienes
extenuadas o vuelcan en las venas adormecidas remedios de sueño y muerte.
*
Los estallidos
de la muerte enmarañan el paisaje gramatical de la existencia, tal y como nos
lo muestra el exceso de sistema del hastío, y, a falta de sorpresas, nos sitúan
al acecho, con el puesto de observación instalado en nuestra angustia.
*
Desde el
hastío, a través de un largo proceso, podemos fondear en Dios. En sí, el
hastío sólo es una falta de religión.
*
Al pensar en el
estilo nos olvidamos de la vida; los esfuerzos de expresión tapan las
dificultades de la respiración; la pasión de la forma ahoga el fervor negativo
de la amargura; la seducción de la palabra nos libera de la carga del instante;
la fórmula mitiga el desfallecimiento.
La única salida
para no caer: conocer todos tus desfallecimientos, agotar tus venenos en
el espíritu.
Si hubieses
dejado tus tristezas en estado de sensación, hace mucho que no
existirías ya...
El espíritu
sirve a la vida sólo por la expresión. Es la forma a través de la cual
se defiende con su propio enemigo.
El agotamiento
de las tardes, con una pátina de eternidad recubriendo el alma, y un aire de
vértigo en medio de un jardín impregnado de primavera...
*
La eternidad es
el invernadero donde Dios se marchita desde el principio, y el hombre, de vez
en cuando, por el pensamiento.
*
Cuando la
vitalidad no se distingue de la debilidad sino que se pierde en ella, el
resultado define la composición interior de un ser contradictorio. Hacer
psicología a costa de otro significa incluso desvelar la falta de pureza
de las fuerzas que lo agitan, la extraña e imprevista mezcla de elementos. En
teoría, cuesta imaginar la combinación de barbarie y de decadente melancolía,
de vitalidad y de vaguedad, de instinto y de refinamiento. ¡Qué cierto es que
hay tanta gente atormentada por crepúsculos de la vida entre reflejos vivos
todavía!
Anhelos
prolongados, que abrazan los desarrollos cósmicos y los adornan con las
incertidumbres del sueño, ¿de dónde arrancarían si nuestros impulsos básicos no
estuvieran subiendo y bajando por la pendiente de nuestras flaquezas? ¿Y por
qué los deseos no tienen un curso inmóvil? ¿Quién introduce ese caprichoso
vaivén sino la amalgama de las afirmaciones y negaciones de la sangre? Si
nuestros instintos marcharan en una dirección y las flaquezas en otra, ¿no
seríamos doblemente perfectos? ¿No alcanzaríamos la perfección de dos maneras?
El paradójico encuentro de esas tendencias, su carácter inseparable e
irreductible, crea una tensión que compone y descompone de forma tan extraña un
ser. ¡Y no resulta fácil cargar con dulces y embriagadores infiernos de la decadencia
sobre el monótono y fresco cielo de la barbarie, desenvolverse en la juventud
con la carga de una inmensa vejez, arrastrar fines de siglo en el temblor
vertical de los amaneceres! ¡Qué extraño destino el de quienes florecen en
otoño: han perdido las estaciones de la vida viviendo eternamente los instantes
al revés!
*
¿Por qué
vuelves los ojos hacia el sol cuando tus raíces nutren el pulso de la muerte?
¡Con qué furia y dolor te arrojarás al abismo divino! Ningún límite intelectual
ni ningún horizonte del mundo detendrán la desesperación que se revuelca en el
desierto de Dios, y ningún paraíso florecerá ya en su opresión común. El
creador exhalará su postrer aliento en la criatura, en la criatura sin aliento.
¡Qué gusto a
ceniza emana del más allá de los mundos!
*
A solas con el
diablo. ¿Por qué se deja ver menos que Dios? ¿O es que vives a éste último más diabólicamente,
de modo que la extraña mezcla vuelve superflua la demostración de la esencia
pura de Satán?
La vía de los
anhelos diarios sube desde la tierra al cielo. El camino inverso es más raro.
Por esa razón el diablo es una atrocidad menos frecuente que su gran Enemigo.
*
Cuando la razón
se libera del ser, la voluptuosidad ya no tiene preferencias entre dolor y
placer. Ella los corona a ambos.
La extraña
perfección de las sensaciones inhibe las diferencias entre ellas. Dolor y
placer se vuelven sinónimos.
*
¿Por qué será
que uno pierde primeramente el corazón y sólo después la razón?
*
El encanto de
la angustia reside en el pavor a las soluciones, en saberlo todo en las
preguntas... Toda respuesta está manchada por algún matiz de vulgaridad. La
superioridad de la religión deriva de creer que sólo Dios puede responder.
*
Quisiera
enterrarme en el llanto de los hombres, hacerme de cada lágrima una sepultura.
*
Todo cuanto
crea el hombre se vuelve contra él. Y no sólo todo lo que crea sino todo lo que
hace. En la historia, un paso adelante es un paso atrás. Mas de todo cuanto el
hombre ha concebido y ha vivido nada se vuelve tanto en su contra como la
soledad.
*
¿Por qué los
recuerdos ya no tienen relación con la memoria? ¿Y por qué las pasiones habrán
perdido su enraizamiento en la sangre? Balcanismo celestial...
*
Los rayos
dispersos que emanan de Dios sólo se muestran en el crepúsculo de la razón.
*
La proximidad
del éxtasis es el único criterio para una jerarquía de valores.
*
La experiencia
hombre ha tenido éxito sólo en los instantes en que éste se cree Dios.
*
El tiempo se
deshace en vagas ondulaciones, como una solemne espuma, siempre que la muerte
agobia los sentidos con la destrucción de sus encantos o cuando las nubes bajan
con todo el cielo meditabundo.
*
Expío la falta
de decepciones de mis antepasados, soporto su lucha en pos de la felicidad,
pago caro las esperanzas de su agonía y dejo pudrirse en vida la frescura de la
ignorancia ancestral. He ahí el sentido de la decadencia.
Y en el plano
de la cultura, varios siglos de creación e ilusiones, que tienen que rescatarse
irremediablemente en la lucidez y en el desconsuelo. Alejandrinismo...
No es fácil
pagar por todos los campesinos de otros siglos, no tener ya hortalizas ni
tierra en la sangre..., ni bañarse en los ocasos del espíritu.
*
Sólo en la
música y en los temblores extáticos, cuando se pierde el pudor de los límites y
la superstición de la forma, llegamos a la inseparabilidad de la vida con
respecto a la muerte, a la pulsación unitaria de una muerte vital, de comunión
entre existencia y extinción. Los hombres distinguen, por medio de la reflexión
y de la ilusión, lo que en el devenir musical es embrujo de eternidad equívoca,
flujo y reflujo del mismo motivo. La música es tiempo absoluto, sustancialización
de instantes, eternidad cegada por las ondas...
Tener
«profundidad» significa no dejarse engañar más por las separaciones, no ser
esclavo de los «planes», no volver a desarticular la vida de la muerte. Al
fundir todo eso en una confusión melódica de mundos, la agitación infinita,
sombría y comprensiva de elementos varios, se purifica en un estremecimiento de
nada y de plenitud, en un suspiro surgido de las más hondas profundidades del
ser, y nos deja eternamente un sabor a música y humo...
*
La existencia
de los hombres se justifica por las amargas reflexiones que nos inspiran. En un
tribunal de la amargura todos serán absueltos, en primer lugar, la mujer...
*
Nada te
satisface, ni tan siquiera lo Absoluto; sólo la música, ese desvanecimiento de
lo Absoluto.
*
Solamente
embriagándonos de nuestros propios pecados podemos llevar la carga de la vida.
Hay que trocar cada ausencia en delicia; por medio del culto elevamos nuestras
deficiencias. En caso contrario nos asfixiamos.
*
Después de
haber querido poner el mundo patas arriba, ¿qué yerros te atan aún al vano
paraíso de dos ojos llenos de infinito y de vacío?
Dios, previendo
la caída del hombre, le ofreció la ilusoria compensación de la mujer. Gracias a
ella, ¿pudo olvidar el paraíso? La necesidad de la religión da una respuesta
negativa.
*
En un simposio
que reuniera a Platón y a los románticos alemanes se diría prácticamente todo
sobre el amor.
Sin embargo, lo
esencial tendría que añadirlo el diablo.
*
Quien ha
rehusado la santidad pero no ha abjurado del mundo hace de una divinidad
desengañada la meta de su devenir.
*
Cuando invoques
a Dios, hazlo con el pronombre, tú solo, para poder estar con El. De lo
contrario eres hombre y nunca estarás cara a cara con Su soledad.
*
La teología
sólo guardó para Dios el respeto por la letra mayúscula.
*
Hay tanta
nobleza cruel y tanto arte en el hecho de ocultar los sufrimientos a nuestros
semejantes, en el de jugar el papel de un cáncer divertido...
*
Cuando el cielo
se derrite en gotas de hastío y destila una inmensidad de azul y de desolación,
me defiendo de mí mismo y del cielo con los Mediterráneos del espíritu.
*
Nos purificamos
de infelicidad en los accesos de odio festivo en los que, al reducirlo todo a
la nada (y en primer lugar el amor), limpiamos el yo de todas las impurezas de
la naturaleza. Quien no puede odiar no conoce ninguno de los secretos
terapéuticos. Todo restablecimiento empieza por una obra de destrucción. La
pureza se gana por la aniquilación. Sólo somos nosotros mismos cuando nos
pisotean sin piedad.
*
Una verdad que
no habría que decir nunca a nadie: sólo hay sufrimientos físicos.
*
En las
tentaciones del amor ya no hay espacio entre la muerte y yo.
Lo Absoluto se
instala en la cabecera de un erotismo purificado de universo. Todo cuanto crece
más allá del amor terrenal construye los fundamentos de Dios. La imposibilidad
de conciliar el amor con el mundo...
*
Más que en
cualquier otra cosa, en el amor se es o no se es. La falta de
diferencia entre la vida y la muerte es un fenómeno propio del enamoramiento.
*
Cuando se es
teólogo o cínico, se puede soportar la historia. Pero quienes creen en el
hombre y en la razón, ¿cómo es que no enloquecen de desilusión y conservan el
equilibrio ante el eterno mentís de los acontecimientos? Sin embargo, apelando
a Dios o al asco, se desenvuelve uno bien en el devenir... La oscilación entre
teología y cinismo es la única solución al alcance de las almas heridas.
*
Esas noches
crueles, largas, de una sorda maldad, esas tempestades ahogadas en las aguas
muertas de los pensamientos, que soportas por la curiosa sed de saber cómo
responderás a esta muda pregunta: «¿Me mataré antes de que amanezca?».
La materia se
ha empapado de dolor.
*
Cuando la razón
haya sobrepasado las cumbres del mundo, la estrechez de la vida provocará
escalofríos de elefante en un invernadero.
*
¿Qué
enloquecidas olas de mares desconocidos me golpean los párpados e irrumpen en
mi mente? ¡Cuánta grandeza revela la fatiga de ser hombre!
*
El recuerdo del
mar en las noches de insomnio nos da, más que la música de órgano o la
desesperación, la imagen de la inmensidad. La idea de lo infinito no es más que
el espacio creado en el espíritu por la ausencia de sueño.
*
El reloj de sol
de Ibiza llevaba la siguiente inscripción: Ultima multis.
...Sobre la
muerte sólo puede hablarse en latín.
*
Quien tenga una
opinión segura sobre una cosa cualquiera demuestra no haberse acercado a
ninguno de los misterios del ser.
El espíritu
está, por esencia, a favor y en contra de la existencia.
*
En el cuerpo
agotado por el insomnio descubres dos ojos perdidos en un esqueleto. Y en la
magia perturbadora del estremecimiento te buscas en lo que no has sido y nunca
serás...
*
Un hombre sólo
puede hablar honradamente de sí mismo y de Dios.
*
Te encuentras
en el seno de la vida siempre que dices, con toda tu alma, una
banalidad...
*
¿A qué misterio
se debe el que nos despertemos algunas mañanas con todos los errores del
Paraíso en los ojos? ¿En qué manantiales de la memoria abrevan lágrimas
interiores de dicha, y qué antiquísimas luces mantienen el éxtasis divino sobre
el desierto de la materia?
...En mañanas
como ésas entiendo la no‑resistencia a Dios.
*
El futuro: el
deseo de no morir, traducido a una dimensión temporal.
*
La nobleza de
no pecar nunca contra la muerte...
*
El universo ha
encendido sus voces en ti, y tú, tú vas paseando por el bulevar...
El cielo ha
prendido fuego a sus sombras en tu sangre, y tú, tú sonríes a tus semejantes...
¿Cuándo derribarás los claustros de tu corazón sobre ellos?
Hay tanto de
inesperado y tanta inmoralidad en la infinitud del alma, que uno se pregunta
cómo la aguantan el desierto de los huesos y el agotamiento de la carne.
*
El hechizo de
la tristeza se parece a las olas invisibles de las aguas muertas.
*
La necesidad de
anotar todas las reflexiones amargas, por el extraño miedo a no poder volver a
estar triste nunca más...
*
No teniendo el
éxtasis a mano, como los místicos, descubres las zonas más profundas del ser en
las graves recaídas del cansancio... Las ideas refluyen a su fuente, se
sumergen en la confusión originaria y el espíritu sobrevuela las simas de la
vida.
Sentir el mundo
como dolor que va taladrándote durante los momentos de cansancio delirante
despoja a las cosas de su engañoso esplendor y nada nos impide acceder a la
zona originaria del principio, pura como una aurora final. Así desaparece todo
lo que el tiempo agregó a la virtualidad inicial. La existencia aparece ante
nosotros como tal: a remolque de la nada, y no es la nada lo que está en los
límites del mundo, sino el mundo en los límites de la nada.
El cansancio
como instrumento de conocimiento.
La razón bañada
a la luz nocturna de la desesperación.
*
El espíritu
tiene pocos remedios. Puesto que, en primer lugar, debe sanarnos de sí mismo.
Uno se acerca a la naturaleza y a la mujer, huye y vuelve de nuevo, con todo el
temor a lo insoportable de la felicidad. Hay paisajes y abrazos que dejan un
sabor de exilio, como todo lo que mezcla lo absoluto con el tiempo.
*
Estás
irremediablemente sometido en manos de la quimera y de la vida cuando al
contemplar el cielo en los ojos de una mujer no puedes olvidar el original.
*
Poder sufrir
con locura, valor, sonrisa y desesperación.
El heroísmo no
es sino la resistencia a la santidad.
El peligro en
el sufrimiento es el ser amable; soportar con comprensión. Sientes, así,
que de ese hombre que eras, amasado de carne infinitamente mortal, vas
deslizándote hasta convertirte en un icono.
No seas para
nadie ejemplo de perfección; destruye en ti todo cuanto es modelo y huella a
seguir.
Que los hombres
aprendan de ti a asustarse de las vías del hombre. Ese es el sentido de tu
sufrimiento.
*
La mente,
arrancada de sus raíces, se ha quedado sola consigo misma.
*
Todas las
preguntas se reducen a esto: ¿cómo puedes no ser el más infeliz?
*
Lo que no está
afectado por la enfermedad resulta prosaico y lo que no aviva la muerte está
falto de misterio.
*
Sordo cántico
en las profundidades: la enfermedad reza en los huesos.
*
La vida
únicamente merece ser vivida por las delicias que florecen sobre sus ruinas.
*
Cuando se
encuentra una cierta distinción en el lamento, la paradoja es la forma por la
cual la inteligencia ahoga al llanto.
*
¿Qué amaneceres
despertarán a mi razón, ebria de lo irreparable?
Capítulo
decimotercero
¿Cuándo
terminaré de morir?
Hay heridas que
claman la intervención del Paraíso.
Con todos sus
pecados, y con ninguno, la razón se ha sentado en el fondo del infierno y los
ojos miran petrificados al mundo.
Cuando se ama
la vida con pasión y con asco, sólo el diablo se apiada ya de uno y le ofrece
un refugio fatal a su alucinado dolor.
*
Esos desgarros
de la carne y demencias del pensamiento durante las cuales caeríamos en plena
santidad si Dios no acudiera en nuestra ayuda... Sus vacilaciones hacen que nos
sintamos reconciliados con el mundo.
*
¿Por qué no has
hecho de mí un tonto eterno bajo tus imbéciles bóvedas, Dios mío?
*
El espíritu es
carne golpeada por una locura trascendente.
*
La lucha no
tiene lugar entre hombre y hombre sino entre el hombre y Dios. Por ello, ni los
problemas sociales ni la historia pueden resolver nada.
*
Pensar en Dios
sólo sirve para morir. No vamos hacia él de buen grado sino porque no nos queda
otro remedio.
*
Nadie puede
saber si es creyente o no.
*
Cuando vemos a
tantos y tantos sujetos enterrándose en una idea, en un destino, en un vicio o
en una virtud, nos causa extrañeza que la distancia hacia las cosas de que
disponen los hombres sea tan sumamente pequeña. ¿Habrán visto ellos tan
poco? ¿Es que no habrán sentido la influencia del conocimiento, que no permite
acto alguno? El saber sólo soporta ya a la naturaleza por nuestra
voluntad de estar todavía en ella. Nos agitamos entonces entre objetos e
ideales, adhiriendo, con migajas de pasiones, y otorgando por lástima y
amargura, una brisa de existencia a las sombras en busca del ser.
El universo no
es serio. Hay que tomarlo trágicamente a broma.
Hacer
está en las antípodas de pensar.
*
Las
indecisiones entre cielo y tierra nos llevan a un destino como el de Jano,
cuyas dos caras se volverían una sola en el dolor.
Con el corazón
suspendido entre el temblor y la duda: un escéptico abierto al éxtasis.
*
Durante las
tardes de domingo, más que cualquier otra tarde, la razón se desvela como una
ausencia de cielo, y las ideas, como estrellas negras sobre el fondo vacío de
la eternidad. El hastío nace de un recubrimiento último de los sentidos,
despegado de la naturaleza.
En la extensión
cósmica del tedio (bostezo del universo) los bosques parecen inclinarse para
alzar, ceñido por una corona de laurel, tu corazón perdido entre la broza.
La música del
hastío surge del crujir del tiempo, de los sordos acentos de la extinción del
tiempo.
*
Mi corazón,
atravesado por el cielo, es el punto más alejado de Dios.
Nada puede
hacerme olvidar la vida, aunque todo me aliena de ella. A idéntica distancia de
la santidad y de la vida.
*
No tengo
bastante fuerza para soportar el esplendor del mundo; en medio de él he perdido
mi aliento y sólo me ha quedado voz para la desesperación de la belleza.
*
Los hombres
huyen tanto de la muerte como del pensar en ella. A esto último me he ligado
por los siglos de los siglos. Allí he huido en fila con los demás, o incluso
más rápido que ellos.
*
El hastío asola
un alma erótica que no encuentra lo absoluto en el amor.
*
Para cubrir
fastuosamente el drama de la existencia, lanza fuegos artificiales a través del
espíritu; manténlos de la mañana a la noche; crea a tu alrededor el resplandor
efímero y eterno de la inteligencia enloquecida con su propio juego; haz que la
vida brille sobre un cementerio. ¿Es que acaso el alma humana no es una tumba
en llamas?
Da un rumbo
genial a las sensaciones; impónle al cuerpo la vecindad de los astros; levanta
la carne por medio de la gracia o del crimen hasta los cielos; que tu símbolo
sea una rosa sobre un hacha.
Practica el
goce de otorgar a las ideas el espacio de un instante, de amar al ser sin
permitirle tener un sentido, de ser tú mismo sin ti.
*
Espera,
soñador, en medio de la naturaleza, mirando cómo las alas de un buitre tocan el
bordado deshilachado de las nubes.
...E imagínate
que has volado, invirtiendo la altura, hacia los abismos de la vida, que has
acariciado con alas de desconsuelo un cielo de escorias, insuficiente para
saciar tu sed de profundidades.
*
¿Cuántos pueden
decir: «Yo soy un hombre para quien el diablo existe»? ¿Cómo no vamos a
sentirnos unidos por el destino a quienes hacen una confesión como ésa?
*
Una imagen
completa del mundo podrían darla los pensamientos que surgen en los insomnios
de un asesino, edulcorados por un perfume emanado de los desvaríos de un ángel.
*
Hagas lo que
hagas, una vez que has perdido el apoyo en ti mismo, ya sólo puedes encontrarlo
en Dios. Y si todavía sin él se puede respirar, sin la idea de El te
perderías en los desfallecimientos de la mente.
*
Lo que resulta
fascinante de la desesperación es que nos arroja de golpe frente a lo Absoluto;
es un salto orgánico, irresistible a los pies de lo Postrero. Acto seguido
empezamos a pensar y a clarificar (o a oscurecer), por medio de la reflexión,
la situación creada por la furia metafísica de la desesperación.
Separados de
nuestros semejantes por la insularidad del corazón, nos agarramos a Dios para
que los océanos de la locura no levanten las olas por encima de nuestra
soledad.
*
En poesía, como
no se cree en nada, se añade un exceso de magia a la inspiración, ya que el
nihilismo es un suplemento de música, mientras que en la prosa hay que
adherirse a algo para no quedar desnudo frente al vacío de las palabras. Ser
pensador no es ninguna suerte, pues la razón ya no se vuelve hacia las verdades
«elevadas» producto de la ceguera.
*
El único
sentido de la tierra es absorber las lágrimas de los muertos.
*
La música nos
muestra qué sería el tiempo en el cielo.
*
Toda enfermedad
encierra una especie de canto.
*
No pueden
tenderse más puentes entre el hombre perseguido por la muerte y sus semejantes.
Por más que hiciera, sus intentos de aproximación no hacen sino ahondar la sima
y acentuar una fatalidad.
Con el prójimo
es menester ser indiferente o alegre. Pero como sólo conoces el entusiasmo y la
tristeza, tu suerte correrá paralela a la del hombre. Poco a poco acabamos por
no encontrar ya a nadie.
*
Durante los
momentos de tristeza (con la muerte y la locura rivalizando entre sí) las
esperanzas hostigadas se tornan en pensamientos homicidas. Y de la bestia
humana que has sido, te conviertes en rehén del no‑ser.
¿Por qué no me
cubrirán las sombras de la eterna estupidez y el frescor de la ignorancia? Los
ardores de un páramo de desesperanzas...
En un cerebro
difunto los tiempos que emprendieron una cruzada de destrucción no podrán matar
el recuerdo de un Dios fermentado a base de suspiros y soledades.
*
En un mundo
donde ya no tengo a nadie solamente me queda Dios.
*
El silencio que
sigue a las grandes intensidades; a la inspiración, a la sexualidad, a la
desesperación. Diríase que la naturaleza ha huido y el hombre se ha quedado sin
horizontes en una vigilia próxima a la aniquilación. La naturaleza es una
función de los ardores del alma. La existencia se crea en el momento subjetivo
por excelencia. Porque nada es fuera de las embestidas del corazón.
*
El hombre se ve
impotente para librarse de su angustia. No ha conseguido ampliar el horizonte
de la razón más que por medio del terror.
*
... La sed de
un paraíso de la indulgencia construido sobre una sonrisa de depravaciones
celestiales...
*
La neurosis es
un estado de hamletismo automático. Confiere a quien la padece atributos de
genio sin la ayuda del talento.
*
La indecisión
entre cielo y tierra nos transforma en santos negativos.
*
En las cumbres
de los Alpes y de los Pirineos, teniendo las nubes a mis pies, apoyado contra
la nieve y el cielo, comprendí:
‑ que las
sensaciones tienen que ser más puras que el aire enrarecido de las alturas, que
en ellas no pueden entrar ni el hombre ni la tierra ni objeto alguno de este
mundo; que los instantes sean brisas de éxtasis y la mirada un torbellino de
altura;
‑ que los
pensamientos acaricien el barniz de las cosas que no son como el murmullo
melancólico del viento que roza la bóveda celeste y la nieve. Que en tu mente
se reflejen todas las cimas de los montes sobre las cuales no has sido hombre y
todas las orillas de los mares donde has paseado tu tristeza. El hastío se
vuelve música a orillas del mar y éxtasis en las crestas de las montañas;
‑ que ya no hay
«sentimientos». Porque ¿hacia quién los dirigiríamos? Siempre que dejas de ser
hombre, lo único que «sientes» es la pujanza del no‑ser;
‑ que sólo se
puede vivir errante. Vuelve sobre tus pasos y vete hacia las estrellas. Repite
diariamente la lección de la noche en que los astros se te aparecieron
ridículamente solos.
*
Después de cada
viaje, el progreso hacia la nada te ata irremediablemente al mundo. Al
descubrir nuevas bellezas pierdes, por la atracción que ejercen, las raíces que
te habían salido cuando ni sospechabas que existían. Poseído ya de su magia,
embriagado por el olor de «no‑mundo» que de ellas emana, te elevas hacia un
vacío puro, engrandecido por la ruina de las ilusiones.
Cuanto más creo
en menos cosas, tanto más me muero a la sombra de la belleza. Por eso al no
tener nada que me ate ya a la vida, tampoco tengo nada que me vuelva contra
ella. Sólo he empezado a amar conforme he ido malgastando las esperanzas.
Cuando nada tenga ya que perder, la vida y yo seremos uno.
*
El donjuanismo
es el fruto de una santidad mal usada. En todas las declaraciones de amor
sentía que solamente lo Absoluto importaba y que, por tal motivo, podía hacer
lo que se me antojara y sin importarme a quien.
*
El fondo gris
de las montañas jaspeado de nieve en las madrugadas de verano: ruinas de un
cielo inmemorial.
*
Las ideas son
melodías muertas.
*
Al no poder
revelar a los hombres los conflictos de nuestro corazón, si no fuera por Dios,
habríamos tenido que dejar que nuestros puñales se cubrieran de herrumbre en
sus recovecos. El corazón se inclina de forma natural hacia la flor del
suicidio que hay en medio de ese jardín para vagabundos que es la vida.
*
El sino del
hombre es una continua ausencia de «ahora» y una insistente frecuencia de
«antaño» (palabra esta que es expresión de la fatalidad). De su prolongada
resonancia surge un incurable temblor de perdición.
*
Nada altera más
la ingenuidad de la sangre que la intervención de la eternidad. ¿Qué clase de
desgracia estará vertiendo en la lozanía de los deseos para dispersarlos y
extirparlos sin dejar huella? La eternidad no se compone de soplos de vida. Su
fúnebre prestigio ahoga el ímpetu y reduce la realidad a un estado de ausencia.
Sobre las olas
de la nada que cubren a placer el espíritu, sólo de los deseos sopla una brisa
de existencia.
*
En todas las
religiones la parte referente al dolor es la única que vale para una reflexión
desinteresada. El resto es pura legislación o metafísica de saldo.
*
En el hastío el
tiempo sustituye a la sangre. Sin hastío no sabríamos cómo corren los
instantes, ni siquiera que existen. Cuando se desencadena, nada puede
detenerlo. Porque entonces te sientes hastiado con todo el tiempo.
*
El papel del
pensador es inventar ideas poéticas, suplir el mundo por imágenes absolutas
huyendo de lo general quebrantando las leyes. Desde la esencia de la naturaleza
se nos revela en la vergüenza de su identidad y el horror de los principios. El
pensamiento brota sobre la ruina de la razón.
*
Me gustan las
miradas que no sirven a la vida, y las cumbres sobre las que oigo el tiempo.
(El alma no es contemporánea del mundo.)
*
Hay países
donde yo no habría podido fracasar un instante siquiera, por ejemplo, España. Y
hay lugares grandiosos y sombríos en los cuales la piedra desafía las
esperanzas, sobre cuyos muros se dedica a holgazanear la eternidad, entregada a
rememorar el tiempo, lugares privilegiados donde la divinidad sestea, que nos
obligan a ser uno mismo de manera absoluta: en Francia, el monte Saint Michel,
Aigues‑Mortes, les Baux y Rocamadour. En Italia, el país entero.
*
El hastío
absoluto se confunde con la objetivación carnal de la idea del tiempo.
*
Un pensamiento
tiene que resultar tan extraño como la ruina de una sonrisa.
*
El espacio en
el que gira la razón me parece tan alejado y falto de fundamento como un
Uruguay celestial.
*
El defecto de
todos los hombres que creen en algo consiste en menospreciar la muerte. Lo
absoluto de ella sólo se revela a quienes tienen un agudo sentido del carácter
accidental de la individuación, del error múltiple de la existencia. El
individuo es un fracaso existente, un error que afronta el rigor de
cualquier principio. No es la razón quien nos pone frente a la muerte, sino
nuestra condición única de individuo. El que tiene convicciones enmascara
incluso ese drama de la unicidad. Vuélvete hacia la muerte purificado y
desnudo, sin la contaminación de las edulcoraciones de la muerte, de la
atenuación de las ideas. Hay que mirarla a la cara, con la virginidad interior
de los momentos en que no creemos en nada, más incluso: como mártir de la nada.
*
El amor a una
vida llena de miedo y dolor no tienta sino a quienes de mala gana están
sumergidos en ella. Hay mañanas que florecen súbitamente en el desierto del
cansancio y que nos clavan, inmóviles, en brazos de la existencia.
Cuando se
siente asco por todo, ese inmenso asco que emana de la desidia de la sangre y
de las ideas, fugaces revelaciones de felicidad irrumpen y se extienden de
forma ambigua sobre nuestros suspiros, como retazos de cielo. Y entonces
buscamos un equilibrio entre el asco de ser y el de no ser.
*
Una horda de
ángeles o de demonios me ha colocado sobre la frente la corona del hastío.
Pero, dado mi apasionado apego al mundo, no puede ensombrecer la firmeza de mis
esperanzas inútiles.
El cielo y no
la tierra fue quien me volvió «pesimista». La impotencia de ser que
sobreviene al hecho de pensar en Dios...
*
En la mística
existe sufrimiento, un sufrimiento infinito. Pero no la tragedia. El éxtasis es
el reverso de lo irreparable. La tragedia solamente es posible en la vida como
tal, esa falta de salida llena de grandeza, de inutilidad y de
hundimiento. Shakespeare es grande porque en él no triunfa idea alguna: sólo la
vida y la muerte. Quien «cree» en algo carece del sentido de lo trágico.
*
Hace ya un
tiempo que no meditas sobre el tedio sino que dejas que él lo haga sobre sí
mismo. En la vaguedad del alma, el hastío tiende hacia la sustancia. Y se
vuelve sustancia de vacío.
*
Para quien ante
la proximidad de lo Absoluto no pueda escapar a las tentaciones de la vida, no
hay suicidio que pueda poner punto final a su desunión interior. No hay nada
que lo ayude a resolver el cruel drama de la razón. Lo insoluble del
pensamiento se agota en este conflicto. El peso del encanto de lo real
desequilibra la balanza y no hay modo de contrarrestarlo aunque las ideas
flotan sobre el fulgor del no‑ser. Una vida sensual en la nada...
Cuando has
amado apasionadamente la vida, ¿qué andabas buscando entre tus pensamientos? El
espíritu es un error inmenso siempre que las flaquezas otorgan a la vida
prestigios de axioma.
*
Soy un Sahara
roído por los placeres, un sarcófago de rosas.
*
Las calles
desiertas en las grandes ciudades: da la impresión de que en cada casa hay
alguien ahorcándose.
... Y, luego,
mi corazón: cadalso hecho a la medida de sabe Dios qué diablo.
*
La santidad
representa el más alto grado de actividad al que podemos llegar sin necesidad
de recurrir a la vitalidad.
*
El nihilismo es
la forma límite de la benevolencia.
*
El hastío es
vulgar o sublime, según nos parezca que el universo huele a cebolla o que emana
de la inutilidad de un rayo luminoso.
Capítulo
decimocuarto
Sólo me siento
«en casa» cuando estoy a orillas del mar. Porque sólo puedo construirme una
patria con la espuma de las olas.
En el flujo y
reflujo de los pensamientos sé muy bien que ya no me queda nadie: sin país, sin
continente, sin mundo. Me he quedado con los suspiros lúcidos de los amores
fugaces en noches que aúnan la felicidad con la locura.
*
La única excusa
para la pasión de las vanidades es vivir religiosamente la inutilidad
del mundo.
Dios es testigo
de que he mezclado el cielo en todas las sensaciones, que he levantado una
bóveda de pesadumbre sobre cada beso y un firmamento de otras nostalgias sobre
ese desvanecimiento.
*
Nada sirve
menos a la naturaleza que el amor. Cuando la mujer cierra los ojos, tu mirada
se desliza por sus párpados buscando otros firmamentos.
*
En las
desesperaciones súbitas e infundadas el alma es un mar en el que se ha ahogado
Dios.
*
El único
contenido positivo de la vida es negativo: el miedo a morir. La sabiduría ‑muerte
de los reflejos‑ lo vence. ¿Pero cómo podemos dejar de temer a la muerte sin
caer en la sabiduría? Sin separar, de alguna forma, el hecho de morir del de
vivir, encontrando la vida y la muerte en el placer de la contradicción.
Sin ese deleite una mente lúcida ya no puede tolerar las oposiciones de la
naturaleza ni sufrir los problemas insolubles de la existencia.
*
En el último
grado de lo incurable, tomas partido por Dios. Creer significa morir con
las apariencias de la vida. La religión alivia lo absoluto de la muerte
para poder atribuir a Dios virtudes resultantes de esa situación de
disminución. El es grande en la medida en que la muerte no lo es todo. Y hasta
ahora nadie ha tenido la arrogancia de sostener (salvo en los casos de
entusiastas errores) que aquélla lo fuera todo...
*
Cuanto más
pierdo mi fe en el mundo, tanto más me hallo en Dios, sin creer
en él. ¿Será una misteriosa enfermedad o una nobleza de la razón y del corazón
lo que induce a ser al mismo tiempo escéptico y místico?
*
La infelicidad
no tiene sitio en el universo de las palabras.
*
La eternidad no
es otra cosa que la carga de la ausencia de tiempo. Por tal motivo, en ninguna
parte sentimos más intensamente que en el cansancio, sensación física de la
eternidad.
Todo cuanto no
es tiempo, todo lo que es más que el tiempo, nace de un profundo agotamiento,
del intenso y meditativo sopor de los órganos, de la pérdida del ritmo del ser.
La eternidad se extiende por los silencios de la vitalidad.
*
A causa de ser
yo mismo, he roto todas mis barreras. ¿Podrá el espíritu volver a levantarlas
anulándose en la certeza de la ceguera? ¿Con qué prodigios y sortilegios
podríamos hacer retroceder el conocimiento? ¿Cuándo se batirán los insomnios en
retirada? El ser no puede salvarse sin la cobardía de la razón.
¿Hasta cuándo
el papel del corazón será cantar la agonía de la razón? ¿Y cómo poner término a
la conciencia acosada entre la duda y el delirio?
*
El lirismo
representa el máximo error con el que podemos defendernos de las asechanzas de
la lucidez y del conocimiento.
*
No hacer
diferencia entre el drama de la carne y del pensamiento... Haber introducido la
sangre en la lógica...
*
La repugnancia
por el mundo: la irrupción del odio en el tedio. En lo indefinido del hastío se
introduce así la cualidad religiosa de la negación.
La vida me
parece un monasterio donde uno se refugiaría para olvidar a Dios y cuyas cruces
atravesarían la nada del cielo.
*
Una vez que el
alma ha filtrado a Dios, el poso que queda se convierte, como si de un castigo
se tratara, en sustancia suya.
*
Todo es inútil
y una insensatez, excepto, quizá, la melodía oculta del dolor. Las fronteras
del hombre son las del sufrimiento. Sólo tras haber padecido mucho se tiene
derecho a considerar que el mundo es un pretexto estético, un espectáculo para
nuestra noble y enferma inteligencia. Entonces se sufre estando fuera
del sufrimiento. Nadie sabrá qué profusión de sufrimientos es la que te
transforma en un esteta en sentido religioso.
*
Los
pensamientos brotan del ascetismo de los instintos, y el Espíritu vacía de
contenido a los poderes de la vida. Así, el hombre se vuelve fuerte pero
carente de los medios de la vitalidad. El fenómeno humano es la mayor crisis de
la biología.
*
Como no puedo
echar sobre mí los sufrimientos ajenos, cargo con sus incertidumbres. En el
primer caso, acaba uno en la cruz; en el segundo, el Gólgota sube hasta el
cielo.
Los
sufrimientos son infinitos; las incertidumbres, interminables.
*
Cuando ya no
puedas rezar, di Absoluto en lugar de Dios. La primacía de lo
abstracto implica una falta de oración. Lo Absoluto es un Dios fuera del
corazón.
Avanzamos en el
proceso de eliminación de la persona divina a medida que introducimos el culto
a la inutilidad a lo largo y ancho de la conciencia. ¿Para qué otra cosa nos
serviría lo Absoluto? En la eternidad todo es inútil. Es preciso que la nobleza
del gesto estético purifique el impulso místico. Adoptemos un máximo de estilo
desde las raíces últimas del ser. Adornemos el propio Juicio Final con el
prestigio del arte y fundámonos, en la razón final del mundo, en una patética
negación de nosotros mismos. Para un sentimiento elevado lo Absoluto es un
fragmento gratuito de la Nada, exactamente como lo sería en la escultura un
busto.
*
¿Por qué los
hombres no se habrán postrado ante las nubes?
¿Por qué flotan
más fácilmente en el cerebro que en el cielo?
*
Los
pensamientos surgidos en un momento de terror tienen el misterio y los ojos
petrificados de los iconos bizantinos.
*
Todos los
caminos van de mí hacia Dios, no hay ninguno que venga de El hacia mí. Por eso
el corazón es un absoluto, y lo Absoluto, una nada.
*
El exilio
interior es el clima perfecto para los pensamientos sin raíces. No alcanzarás
la grandiosa inutilidad del espíritu mientras tengas un lugar en el mundo.
Piensas ‑constantemente‑ porque te falta una patria. Como no tienes fronteras,
el espíritu no tiene dónde encerrarte. Por tal motivo, el pensador es un
emigrante perpetuo. Y como no supiste pararte a tiempo, la vida errante se
convierte en la única senda de tu desconsuelo.
*
¡La melancolía
introduce tanta música en el hundimiento de la mente!
*
Apegados a lo
inmediato los hombres respiran trivialidad. ¿De qué otra cosa puedes hablar con
ellos que no sea de hombres? E incluso de acontecimientos, de objetos y
preocupaciones. Nunca de ideas. Y precisamente lo único que no es trivial es el
concepto. Desconocen la nobleza de la abstracción porque, avaros de sus
facultades, no son capaces de gastar energías para alimentar lo que no es;
la idea. La trivialidad: la falta de abstracción.
*
El patético
abandono de las cosas fija los dos polos del sentimiento: un amor sin amor y un
odio sin odio. Y el universo se transforma en una Nada activa en la que todo es
puro y sin utilidad, como la oscuridad en los ojos de un ángel.
*
La enfermedad
es un desastroso deleite que no puede asemejarse más que al vino y a la mujer.
Tres medios a través de los cuales el yo es siempre más y menos, ventanas
abiertas a lo absoluto y que se cierran en las densas tinieblas de la mente. Y
es que la locura es un obstáculo que el conocimiento se pone a sí mismo, algo
insoportable al espíritu.
*
Cuanto más
inciertos son los límites del hombre, más fácilmente se acerca a la falta de
fondo de Dios. ¿Acaso lo habríamos encontrado si hubiera sido él
naturaleza, persona o cualquier otra cosa? Sobre él sólo podemos decir lo
siguiente: que no se termina en las profundidades. Así, el hombre no tiene más
puente hacia la inmensidad divina que lo indefinido. La falta de fondo es el
punto de contacto entre el abismo divino y el humano.
Nuestra
tendencia a perder los límites, nuestra inclinación por lo infinito y por la
destrucción son un escalofrío que nos instala en el espacio donde se exhala el
soplo divino. Si nos quedásemos reducidos a los límites de la condición
individual, ¿cómo podríamos deslizarnos hacia Dios? Nuestra inseguridad,
nuestra vaguedad, representan focos metafísicos más importantes que la
confianza en un destino y el orgulloso abandono a una razón de ser. Las
flaquezas humanas son posibilidades religiosas a condición de que sean
profundas. Porque entonces llegan hasta Dios.
Las olas de la
nada que agitan al ser humano se prolongan en ondulaciones hasta la ausencia
infinita de la divinidad. La única base del hombre es un fondo insondable de
Dios.
*
Yo también soy
un mártir: quisiera morir por las dudas. (El escepticismo, sin un aspecto
religioso, es una degradación del espíritu.) Pero no por las dudas de la
inteligencia sino por las de la crucifixión. Traspasar con clavos el corazón
del espíritu. Doblegar dolorosamente la razón hacia los horizontes del mundo;
sangrar al sonreír. ¿Cuándo encenderé fogatas en las ideas? ¡Hay tantas ascuas
en las oscilaciones de la mente! ¡No es fácil dudar cuando se tiene la mirada
vuelta a Dios!
*
Arrodillado,
¿traspasaré acaso la tierra? ¿Llevaré hasta el final mi rechazo a la oración?
¿Humillaré a Dios con mi libertinaje sobrenatural?
Cuanto más subo
hacia el cielo, más bajo a la tierra.
El espíritu,
despegado de todo, marcha con idéntica fuerza en direcciones opuestas. No
puedes adherirte a nada sin hacer una reserva equivalente. Toda pasión
despierta, de manera simultánea, el polo opuesto. La oposición es la sustancia
de la vida humana. Tengo de mi parte todas las direcciones del mundo desde que
ya no me tengo.
La paradoja
expresa la incapacidad de estar naturalmente en el mundo.
*
El universo es
una pausa del espíritu.
*
El papel del
corazón es convertirse en himno.
*
En un último
análisis el escepticismo sólo surge de la imposibilidad de realizarse uno en el
éxtasis, de alcanzarlo, de vivirlo. Sólo su luminosa ceguera, desgarradoramente
reveladora, nos cura de las dudas. Una muerte de temblores balsámicos. Cuando
la sangre bulle dentro de ti hasta el cielo, ¿cómo puedes seguir dudando? ¡Pero
qué raro resulta que bulla así!
Escepticismo:
el desconsuelo de no estar en el cielo.
*
Introducir
sauces llorones en las categorías...
*
Sólo en la
medida en que se sufre se tiene derecho a atacar a Jesús, al igual que,
honradamente, no se puede estar contra la religión sin ser religioso. Desde
fuera no hay una sola crítica que pruebe nada ni comprometa a nadie. Cuando
atacamos el interior de una posición, el interior de nuestra posición,
no tiramos contra el adversario sino contra nosotros mismos. Una crítica
efectiva es una autotortura. El resto es un juego.
*
Sonrisas
dolorosas que apagan el sol...
*
La historia
acabaría en el instante en que el hombre se mantuviera clavado en una verdad.
Pero el hombre vive de verdad sólo en la medida en que toda verdad lo
aburre. La fuente del devenir es la infinita posibilidad de error del mundo.
Una época se
apoya en una verdad y cree en ella porque no la sopesa. Cuando la colocamos en
la balanza y la pesamos, se transforma en una verdad cualquiera, en
error. Cuando se juzga algo, una certeza inmutable se vuelve un principio que
oscila sin sentido alguno.
No es posible
estar lúcido respecto a una verdad sin ponerla en evidencia. Un sujeto o una
época tienen que vivir inconscientemente en lo incondicional de un
principio para reconocerlo como tal. Saber trastoca cualquier huella de
certidumbre. La conciencia (fenómeno límite de la razón) es un foco de dudas
que no pueden resolverse si no es en el crepúsculo de la razón lúcida. La
lucidez es un desastre para la verdad pero no para el conocimiento sobre cuya
base se alza una complicada arquitectura de errores a la que, para simplificar,
llamamos espíritu.
*
Mi espíritu
sólo encuentra satisfacción en la metafísica y en los himnos marianos.
*
Dios está
suspirando a cada momento; y es que el tiempo es Su oración.
*
Cuando la salud
y la dicha se ciernen sobre nosotros, un ascua se posa sobre nuestros
pensamientos y la mente se retira.
La infelicidad
es el más poderoso estimulante del espíritu.
*
Si el corazón
se redujera a su esencia ideal, es decir, a la crucifixión, se levantarían
cruces en sus dominios, de las que penderían las esperanzas con todo el vano
encanto de su locura.
*
La lucidez:
otoño de los instintos.
*
No temo tanto a
los sufrimientos como a la resignación que les sigue. ¡Ojalá pudiera sufrir
eternamente sin reconciliación y sin necesidad de tener que mendigar!
La enfermedad
te coloca en los límites de la materia; gracias a ella, el cuerpo se convierte
en una vía hacia lo Absoluto. Porque las derrotas corporales hacen del dolor un
paraíso en el desastre.
La enfermedad
sirve directamente al espíritu. Más aún: el espíritu es enfermedad, en el
plano abstracto, al igual que el hombre: materia contaminada.
*
Gracias a la
soledad todo lo que escapa del control de los sentidos (lo invisible, en primer
término) adquiere un carácter de inmediatez. Estar sin hombres y sin mundo; o
sea, encontrarse en la esencia sin intermediarios. Así se te abre, con un raro
temblor, la visión sustancial de la noche, de la luz, del pensamiento. Separas
entonces de todas las cosas el resto absoluto, lo que queda de algo
cuando ya no existe para los sentidos. Comprendes el misterio último de la
noche, pero los sentidos ya no sienten la noche. O te emborrachas de música y
ningún sonido te acaricia ya el oído. La acerba soledad del espíritu descubre
la nada inmaculada desde el fundamento de las apariencias, la pureza divina o
demoníaca que se halla en la base de todas las cosas. Y entonces comprendes que
el último sentido del espíritu es enfermarse de infinito.
*
¿Cuándo me
sumergiré sin apelación en el diablo y en Dios?
*
En el paraíso
la bóveda celeste cumplía la función que la tierra tiene para nosotros. Esto
quiere decir que los dos primeros seres marchaban por un desierto azul. Por eso
ellos allí no podían conocer; mientras que aquí, en la tierra, sobre el
doloroso color de la tierra, no puede hacerse otra cosa.
*
Arrancad una
flor o una cizaña y observad de dónde ha brotado: de una solidificada
expiación.
*
La primera
lágrima de Adán puso la Historia en movimiento. Aquella gota salada,
transparente e infinitamente concreta es el primer momento histórico; y el
vacío dejado en el corazón de nuestro siniestro antepasado, el primer ideal.
Poco a poco el
hombre, al perder el don de llorar, ha ido sustituyendo las lágrimas por ideas.
La propia cultura no es sino la imposibilidad de llorar.
*
Existe una
fatiga sustancial en la que se congregan todas las fatigas cotidianas y que nos
deposita directamente en medio de lo Absoluto. Caminas entre hombres, repartes
sonrisas o buscas por la fuerza de la costumbre verdades, y en tu fuero interno
te apoyas sobre los fundamentos de la naturaleza. No tienes alternativa:
te empujan hacia allí. Yaces (de grado o por la fuerza) en los postreros
estratos de la existencia. La vida te parece entonces (un dramático entonces
de cada instante) un sueño que vas devanando del paisaje de lo Absoluto, una
alucinación surgida de haberte enajenado de todo. Al deslizarte de esa manera
por la pendiente de las cosas inalcanzables y tener que sostenerte en el mundo
por medio de instintos vagos, la contradicción de tu destino es más dolorosa
que la irrupción de la primavera en un cementerio rural.
El hombre es un
náufrago de lo Absoluto. No puede elevarse hacia él, sino sólo ahogarse. Y nada
lo sumerge más profundamente en él que las grandes fatigas, esas fatigas que
abren el espacio mediante un bostezo de lo infinito y del hastío.
Como seres, no
tenemos derecho a mirar más allá de nuestros límites. Nos hemos convertido en hombres
y hemos salido del paraíso del ser. Eramos Absoluto. Ahora sabemos que
estamos en él. De esta suerte, ya no somos ni Absoluto ni
hombres. El conocimiento ha levantado un muro insalvable entre el hombre y la
felicidad. El sufrimiento no es otra cosa que la conciencia de lo
Absoluto.
*
Las ideas
tienen que ser espaciosas y onduladas, como la melodía de una noche en blanco.
*
He aquí lo
más vago: Dios. Sólo la idea de El es más vaga que El mismo.
...Y esa
Vaguedad fue desde siempre el más desgarrador tormento del hombre. La muerte no
introduce precisión alguna en ella, sino sólo en el individuo. Y es que por el
hecho de morir no conocemos a Dios más de cerca, porque nos extinguimos con
todas las carencias de nuestro ser y nos enteramos de lo que no somos o lo que
habríamos podido ser. Y así, la muerte nos ha descargado por última vez del
peso del conocimiento.
*
Ese temor al
hastío que no puede asemejarse a nada... Un extraño mal caldea la sangre y
presagia el sordo vacío que te machacará después, en horas sin nombre. Se
acerca el Tedio, hiel del tiempo vertida en las venas. Y el miedo que te
envuelve apela a la huida. Así empiezas a no estar ya en paz en ningún sitio.
*
Es menester
vivir las insuficiencias de este mundo, hasta la teología y el demonismo. No
podemos quedarnos, en ningún caso, en el estadio de los sentimientos. Hay que
dar cuenta de todo, a la vez, a Dios y al diablo.
*
Bach y Wagner,
que aparentemente presentan diferencias radicales, son los músicos que en el
fondo más se parecen. No como arquitectura musical, sino como sustrato de
sensibilidad. ¿Hay en la historia de la música dos creadores que hayan
expresado más amplia y completamente el indefinible estado de la languidez? Que
en el primero sea divino y en el segundo erótico, o que uno condense la
languidez de su alma en una construcción sonora de absoluto rigor y el otro
dilate su alma con una música de prolongadas modulaciones, no invalida en
absoluto el que ambos tengan en común una profunda sensibilidad. Con Bach, uno
ya no está en el mundo a causa de Dios; y con Wagner, a causa del amor. Lo
importante es que los dos son decadentes, que ambos desgarran la vida con una
especie de ímpetu negativo, los dos nos invitan a morir fuera de nosotros. Y
ninguno de ellos puede ser entendido sino en el cansancio, en las nadas
vitales, en los goces de la aniquilación. Ni uno ni otro puede servir de
antídoto a la tentación de no ser.
*
Sea como fuere,
la sexualidad es misteriosa, pero especialmente cuando ya no se pertenece al
mundo. Entonces uno vuelve a sus revelaciones con un indecible estupor y se ve
obligado a preguntarse si, en verdad, ya no pertenece al mundo, desde el
momento en que un ejercicio tan sumamente antiguo lo subyuga y lo conquista.
Pero es más que
posible que el sentido del pensamiento que ha echado a andar por sus propios
senderos no sea otro que la tensión en las contradicciones y la profundidad en
lo insoluble. Sólo en la renuncia al mundo podemos alcanzarlas con facilidad;
en ninguna otra parte. El éxtasis reversible e infinito, al atravesar las
alturas del desprendimiento, crea una desorientación que es foco de problemas,
de angustia y de interrogantes. En un espíritu castigado por el exceso de
pensamiento las caricias y los orgasmos aúnan planos divergentes y mundos
irreconciliables. En el erotismo se concilian las dos caras del universo, la
enemistad del alma y la de la carne. Se concilian por un instante. Enseguida
empieza otra vez con una fuerza más feroz y despiadada. Lo importante es que
aún puedes asombrarte. Y no hay que dejar escapar ninguna de estas ocasiones.
Los otros se someten a las maravillas de la carne; no conocen la que surge en
la intersección del espíritu con la carne ni la zozobra henchida de placer y de
sufrimiento de su complicidad.
*
La neurastenia:
momento eslavo del alma.
*
Si no
hubiésemos tenido alma, nos la habría creado la música.
*
Todo cuanto no
es naturaleza es enfermedad. El devenir histórico expresa los grados de la
enfermedad de la naturaleza. Estos grados no son carencias, sino crisis en los
momentos de elevación. Porque «la salud» puede representar un concepto positivo
solamente hasta la aparición del espíritu.
El mundo salió
de la quietud inicial por la exasperación de la identidad. No podemos saber qué
es lo que «afectó» al equilibrio originario, pero está claro que un hastío por
su propia identidad, una enfermedad del infinito estático puso al mundo en
movimiento. La enfermedad es un agente del devenir. He ahí su sentido
metafísico.
... Y por ello
en todo hastío penetran reflejos del tedio inicial, como si en el paisaje
saturniano del alma se extendiesen oasis desde los tiempos en que las cosas,
inmóviles por sí mismas, esperaban ser.
*
Hay tanta razón
y mediocridad en la institución del matrimonio que parece haberse inventado por
fuerzas hostiles a la locura.
*
No querría
perder la razón. ¡Pero resulta tan prosaico conservarla! ¡Vigilar inútilmente
lo incomprensible del mundo y de Dios y extraer ciencia del sufrimiento! ¡Estoy
borracho de odio y de mí!
*
La tristeza es
un don, como la embriaguez, la fe, la existencia y como todo cuanto es
grande, doloroso e irresistible. El don de la tristeza...

