© Libro
No. 373. Leyendas
de Egipto. Brown, Kyle.
Colección Emancipación Obrera. Enero 26 de 2013.
Título original: © Leyendas de Egipto. Brown, Kyle.
Versión Original: Leyendas de Egipto. Kyle Brown.
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400 × 627 - LEYENDAS DE EGIPTO - KYLE BROWN - M
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Leyendas De Egipto
Kyle Brown
CONTENIDO
VICTORIA DEL GENERAL THUTI EN LA CIUDAD DE JOPPE
EL HEBREO YUSUF Y LA EGIPCIA ZULAIJA
Leyendas De Egipto
Kyle Brown
El
vocablo leyenda viene por sí mismo rebosante de evocaciones, al tiempo que
sugiere aromas de siglos perfumados por la pátina del tiempo, sabor popular,
aconteceres sensacionales en ambientes tan idóneos como adecuados. Surgen en
las leyendas,, con igual maestría que un cortometraje de dibujos animados de
Walt Disney, las princesas en sus castillos, los príncipes amorosos que las
cortejan, los hechizsos, los embrujos, los dragones, los bosques y los lagos,
los nenúfares y las azucenas, los monjes, las abadesas, los comentarios con sus
sombríos y estirados cipreses… Toda una interminable liturgia contenida en la
sabiduría, la imaginación y la fantasía populares.
Todos
entendemos lo que se nos dice cuando se nos dice que algo es legendario. Pero
si ninguno pasa de entenderlo como una vaga condición exótica, antigua y
maravillosa. Por el contrario, la leyenda es algo definido concretamente: una
narración tradicional, fantástica, que combina en sorprendente contraste unos
hechos extraordinarios con una referencia de lugar y personas bien sean
históricas o imaginarias.
La
leyenda, como la poesía y el teatro, tiene su génesis en la religión. Nace de
las creencias totémicas y animistas de los albores de las razas y de los
pueblos primitivos. Por eso trata en tantas ocasiones de hechizos y talismanes
o de virtudes y hechos fantásticos que se refieren a ciertos animales, plantas
u objetos. Así ocurre en las leyendas tan frecuentes sobre encarnaciones de
personas en bestias y de transformaciones de éstas, por obra del amor, en
príncipes llenos de gallardía, ternura y seductora fineza.
Un
gran número de leyendas tienen también su origen en mitologías paganas unas
veces, como ocurre de manera especial con las de Grecia y Roma; en tal caso
resulta difícil saber dónde concluye el mito y comienza la leyenda propiamente
dicha. Buda, Confucio y Mahoma, por otra parte, han inspirado centenares de
relatos fantásticos que solo tangencialmente tienen que ver con su historia y
doctrina. Por su parte, en dos mil años de historia, el cristianismo ha dado
pábulo infatigablemente a la leyenda. Leyenda cristiana que se nutre de la
Biblia, de la vida de Cristo, formando narraciones más allá de lo que permiten
los datos evangélicos sobre la Virgen, inspiradora de numerosa literatura
legendaria a base de milagros históricos e/o imaginarios, de las historias de
santos, en fin, subrayando y exagerando unos hechos prodigiosos realizados en
vida y después de muertos, o inventándolos.
Los
temas de procedencia inmediata o remotamente religiosa forman un núcleo muy
importante que da a la leyenda, como género, una tónica muy elevada y noble. Se
inició, pues, la leyenda por un camino digno que ha predispuesto a la
humanidad, con el paso del tiempo, a incorporarle los motivos más serios,
aquellos casos que suponía merecedores de ser enaltecidos y perpetuados: el
origen de los pueblos, la fundación de reinos y ciudades, los principios de los
ilustres linajes, los hechos cumbre de la historia y sus grandes protagonistas.
La
leyenda a la historia. Penetramos con ello en un terreno en que la leyenda se
encuentra en un mismo segmento que la historia. La guerra de Troya, la batalla
de Roncesvalles, las hazañas del Cid Campeador, interesan por igual a ambas. La
leyenda ha pasado en todos estos avatares por gemina historia durante un cierto
tiempo, hasta el extremo de haber sido fuente en la que han ido a beber los
propios historiadores. En la actualidad, obviamente, no es posible la
confusión. Queda claro que para la leyenda la realidad histórica sirve unos
datos sobre los que opera, novelándolos, exagerándolos, dotándoles de un cariz
extraordinario, maravilloso y poético. Es la cuenta que el corazón y la
inspiración llevan de los hechos. Es sustancia que nutre la tradición, memoria
de los pueblos, en que éstos esbozan y definen su personalidad.
Cómo
se forman las leyendas. Pero, ¿es el pueblo así, en abstracto, quien crea la
leyenda? Éste es un matiz largamente controvertido. No parece asequible de una
forma radical que la leyenda haya surgido como por generación espontánea y que
se produzca de una manera por completo anónima. Existe siempre una persona
concreta que imagina y crea. Ni aún los géneros más populares pueden reducirse
en última instancia a un asunto narrativo y a unas imágenes básicas que alguien
ha fijado. La leyenda se considera, pues, popular más bien en el sentido de que
el creador intuye en ella aquellos grandes temas con que el pueblo puede
sentirse identificado. Existe siempre un creador personal de las leyendas. Sea
un aedo, un mendigo medio ciego, medio poeta de la corte –como el que se
describe en La Odisea-, un doncel que recitaba y cantaba trovas en los
castillos feudales o un juglar maestro en poesía y a la vez caminante y
prestidigitador en plazas públicas. O los mismos monjes, que en la paz de sus
celdas elaboraban pacientemente voluminosos códices de pergamino e intentaban
-¿inventaban?- leyendas y episodios sobre el santo tutelar de su monasterio. Es
el caso de la leyenda de Carlomagno, que se forjó y encontró calor en una serie
de monasterios que lo santificaron.
La
leyenda, patrimonio popular. Una vez creada, la leyenda, si acierta a dar en
algo que se imprime con fijeza en el corazón del pueblo, éste la toma y adopta
amorosamente como cosa suya. Se la pasan unos a otros y, además, la miman y la
pulen; centran la atención en este o aquel personaje que les es más agradable y
amplían o reducen los episodios.
Entonces
la leyenda ya es patrimonio popular. Se hace conseja para ancianas que las
cuentan junto al hogar, romance que se tararea en la plaza pública, letrilla
para acompasar y acompañar el trabajo. O poema y narración que el clérigo, el
literato o el gran señor escriben en las horas de ocio junto a anaqueles bien
repletos de libros. Porque llega un momento en que la leyenda se hace obra
culta. Con ello muchas veces vuelve a los ambientes de donde procede.
La
leyenda va estrechamente vinculada a un pueblo concreto, a un país o religión.
Viene al mundo de la mano de la fantasía enraizada a un ambiente, a un poso de
creencias, a determinada condiciones étnicas, históricas o psicológicas de una
colectividad. Muchas veces nace en cultos locales a antepasados que un grupo
humano venera: a una roca cuya forma dispara la imaginación de las gentes
sugiriendo la idea de un gigante encadenado o de un animal fantástico; a una
fuente de aguas a las que se atribuyen virtudes maravillosas; a un boque que
por el terror que infunde a los viajeros se supone lugar repleto de espíritus
en donde han sucedido hechos terribles; a un árbol, a un río, a un monasterio,
a un castillo, a una torre en ruinas, a una princesa convertida en sapo, a
cualquier motivo, en fin, que, a la vista de un pueblo durante generaciones, le
asombra e incita su capacidad de fantasía.
La
leyenda, patrimonio común de la humanidad. Tiene por tanto la leyenda ese
paladar, ese sabor de cosa ligada a tierra y raza. Pero sucede que, con el paso
del tiempo, los pueblos, países y regiones entran en contacto, intercambian su
patrimonio particular, y con sus creencias e ideas, los hallazgos de sus
fantasías. Y España hace a Carlomagno nacido en Toledo y Ulises se convierte en
el fundador de Lisboa (Ulisibona) o Eneas el troyano, de Roma. Leyendas nacidas
a orillas del Ganges pasan a Persia y de ella trotan a la grupa de los corceles
de los invasores árabes a todo el norte de África, a España, a Italia, a
Francia…
Se
produce entonces una gran conexión. Temas, protagonistas y ambientes se
entrecruzan y combinan. La leyenda pasa a ser patrimonio común de toda la
humanidad. Así se da este aparecer de motivos iguales en tan diferentes épocas
y regiones que da pie a establecer unas genealogías de leyendas buscando
filiación o paternidad entre ellas. Pero en un buen número de ocasiones tales
vínculos son falsos, pues sucede que hay un fondo de creencias, de situaciones,
de recursos y de fuentes inspiradoras de carácter legendario que ocasionan
leyendas sumamente parecidas sin que existan entre ellas una real
interdependencia.
Una
vez hecho este breve pero interesante resumen acerca de los orígenes, historia
y desarrollo de las leyendas, así como su innegable universalidad, pasaremos a
continuación a ocuparnos de las que corresponden al presente volumen: las de
Egipto.
Hotep
no siempre había sido un mendigo. Hijo de un fellah de los alrededores de
Tebas, su adversa suerte quiso que fuera incluido en una de las levas con las
que Ramsés I, el gran monarca conquistador, nutria las filas de los ejércitos
que guerreaban en Asia.
El
joven no tuvo ocasión de distinguirse, pues justo en el primer encuentro con
los asirios un flechazo, traspasándole un muslo, le puso fuera de combate;
cuando finalmente pudo recobrar la salud se encontró con la pierna derecha
privada de movimiento.
Hotep
no se desanimó por su adversa suerte y, uniéndose a una caterva de guerreros,
más o menos mutilados, emprendió el regreso a Tebas apoyándose en un grueso
garrote.
Con
las peripecias y aventuras de tal viaje desde Mesopotamia al mar Rojo, podría
escribirse un buen volumen; habremos de contentarnos con saber que, de
guarnición en guarnición, unas veces comiendo y otras ayunando, dos meses
después de desdichada caravana llegó al delta del Nilo, lugar fijado para la
separación de los veteranos, que desde allí se desparramaron por todo Egipto.
Hotep
quedó solo con otro compañero que, nacido en una aldea inmediata a la suya,
seguía el mismo itinerario. Era el camarada un hombre ya viejo, encanecido en
la milicia debido a sus largos años de servicio y privado de la vista, a
consecuencia de una profunda herida en la cabeza.
El
cojo tenía excelente fondo y, movido a compasión, se brindo a servir de
lazarillo al ciego; y así, una noche en que los dos inválidos descansaban al
abrigo de un espeso cañaveral, Hotep, que dormía plácidamente, oyó de pronto un
lastimero quejido que exhaló su compañero e incorporándose le dijo:
-¡Hola
veterano! ¿Qué es eso? Despierta, que sin duda te estás atormentando con alguna
horrible pesadilla.
-Hotep,
me muero –murmuró el ciego-. Siendo que la vida se me acaba.
-¡Estás
delirando! ¿Quién piensa ahora en morir?
-Me
muerto, muchacho, me muero. Creía que tendría fuerzas para llegar allá, pero no
puedo. ¡Agua…! ¡Dame agua, me ahogo…!
Hotep,
alarmado, corrió con cuanta ligereza permitía su cojera hasta un canal
inmediato y volvió con la calabaza llena del líquido pedido, diciendo:
-Bebe.
Esto pasará, es un desvanecimiento ocasionado por el fuerte sol que hoy nos ha
hecho hervir la sangre.
-Gracias,
camarada –respondió el ciego-. No temo a la muerte; hace años que la he
considerado siempre cercana. Después de todo, para no ver más la luz, tanto me
importa. Mira, en este saco va toda mi fortuna; un casco de bronce, unos
cuantos trapos y unas sandalias de cuero, que es lo que más valor tiene, pues
son casi nuevas, el material es superior y están bordadas en oro. No sé de
donde proceden, pues las encontré en la batalla en que me hirieron, atadas a la
cintura de un soldado muerto, sólo Dios sabe a quién se las robaría. Cógelo
todo si muero. Es la fortuna de un soldado que ha servido treinta años a los
faraones. ¡Bonita herencia!
Hotep
se devanaban los sesos, pensando qué haría o diría en aquella situación, que le
parecía bastante grave y apurada. Por fin su compañero bebió de nuevo y dijo:
-Puede
que tengas razón y me haya equivocado; pasó la angustia y tengo sueño. Durmamos
y, si me muero, ya sabes; todo para ti.
Y
volvió a tenderse entre las cañas, murmurando palabras confusas. Hotep siguió
su ejemplo. Al poco tiempo roncaba haciendo ruda competencia a las parleras
ranas. Cuando despertó, al salir el sol, el ciego yacía a algunos pasos de
allí, tendido boca abajo.
Hotep
llegó finalmente a su pueblo y continuó llevando la vida que había tenido antes
de ir a servir al faraón.
Un
día, cuando el sol comenzaba a iluminar con sus espléndidos rayos, Hotep,
vistiendo su viejísimo calasiris de algodón listado, que dejaba ver por sus
múltiples desgarrones las oscuras carnes del mendigo, salió de su casa y empezó
a andar con alegría.
Apareció
junto a una de las colosales esfinges que constituían la entrada del templo. Se
detuvo un momento y, sacando de un envoltorio el casco de bronce y las
sandalias que heredara del viejo guerrero, se atavió con ambas prendas,
quedando en breve espacio de tiempo convertido en la más grotesca figura que
imaginarse pueda nadie.
No
parecía, sin embargo, el inválido descontento de su aparato indumentario, pues
con aire satisfecho se atusó la encrespada y revuelta cabellera, y canturreando
una canción popular se dirigió, apoyado en un grotesco bastón que le servía de
muleta, hacia una puertecilla que se divisaba casi oculta entre las robustas
piernas de la colosal estatua, que parecía guardar la entrada al gran patio.
Hotep
dio con su bastón un fuerte golpe en la hoja de la puerta y pocos instantes
después apareció en el dintel una mujer, cubierta por ajustada túnica blanca,
sostenida por una especie de tirantes de cuero rojo.
-¿Qué
se te ofrece tan temprano y tan compuesto? –preguntó con burlona sonrisa al
reparar en el casco y las lujosas sandalias del mendigo-. Hoy no es día de
repartir los restos de las ofrendas…
-No
vengo a pedir limosna –contestó Hotep. Y luciendo una gran sonrisa, añadió-:
Vengo a hablar con un padre para decirle que es mi deseo pedirle tu mano, pues
quiero casarme contigo.
Los
ecos del templo reprodujeron durante largo espacio de tiempo las más sonoras y
alegres carcajadas que jamás habían turbado la majestuosa calma de aquel
silencioso recinto. Hotep, sin desconcertarse por la manera como era acogida su
pretensión, dijo mirando con petulancia sus sandalias:
-Hermosa
Amneris, veo que mi idea te regocija y esto me hace suponer que mi figura no te
disgusta y el resultado…
-El
resultado –interrumpió la joven- será que mi padre te dará algunos palos y te
romperá la pierna que aún tienes sana.
-¡A
mí, a un guerrero del faraón!
-¡Imbécil!
Tú ya no eres guerrero, sino pordiosero; y si no fuera por lo que en esta casa
te hemos protegido, perjudicando a otros pobres más antiguos, hace tiempo que
estarías descansando en el cementerio en agradable compañía con otros ilustres
personajes de tu calaña.
-¿Olvidas
acaso que soy propietario de una gran casa junto al canal del Castillo Blanco?
-Sí,
ya sé que tienes una barraca de adobes cuarteada y sin techo.
-No
es tan mala, y además tengo… estas sandalias –dijo él mientras se miraba los
pies.
-Mira
Hotep –dijo Amneris adoptando un aire protector-, sin duda algunas los fuertes
calores y todo el hambre que has sufrido en Asia han perturbado tu razón. En
primer lugar, debes saber que tengo un pretendiente muy bien acomodado, y en
segundo lugar, ¿cómo quieres que yo, hija de un guarda del templo, corresponda
al afecto de un buen muchacho como tú, pero que ha quedado completamente inútil
para todo? ¿Cómo atenderás a mi subsistencia con la pierna arrastrando y ese
casco tan abollado…? ¡Ja…, ja…, ja…!
Y de
nuevo la risa más retozona animó el semblante de la muchacha.
El
pobre, cuya candidez le había hecho concebir las más lisonjeras esperanzas, por
única respuesta se rascó el cogote, miró a Amneris y, con gesto de cómica
desesperación, dio media vuelta y sin pronunciar una palabra se alejó de la
puerta acompañado por las carcajadas de Amneris.
-¡Pobre
chico! –dijo ésta-. No es malo, pero… ¡es tan miserable!
Hotep,
aunque verdaderamente anonadado por la escena narrada, tenía, como todos los
fellahs una gran dosis de mansedumbre y resignación; así que, después de
desahogar su cólera murmurando unas cuantas invectivas contra Amneris, se
encaminó hacia un grupo de palmeras que sombreaban el camino que conducía al
templo y se tumbó sobre la menuda hierba. Pocos instantes después roncaba como
un bienaventurado.
De
pronto el mendigo se despertó a impulsos de algunos puñetazos aplicados con
mano vigorosa, e incorporándose vio ante sí a un personaje de elevada
condición, a juzgar por la pedrería que brillaba en el pectoral que cubría su
robusto pecho y por la finura y elegancia de su túnica. Otro sujeto, portador
de un abanico de plumas de avestruz, que era sin duda el que le había
despertado de un modo tan enérgico, se hallaba junto al primero.
-¿Quién
eres? –dijo con voz imperiosa-. ¿Qué estás haciendo aquí?
-Pero
ya lo ves, dormir –repuso Hotep con justa indignación.
-¿Quién
te ha dado estas sandalias? –volvió a preguntar el incógnito y refinado
personaje.
-Quien
puede –contestó Hotep recogiendo su cayado y adoptando una actitud defensiva.
-¡Por
mi padre, el Sol, que no he visto jamás sabandija tan insolente! Oye,
miserable, y tiembla.
-¿No
temblé en el campo de batalla cuando una flecha asiria traspasó mi muslo, y me
asustaré ahora que nada malo he hecho? Pero ¡ah! –exclamó de pronto-, tú debes
ser el rival que me disputa el amor de Amneris.
-¡Está
loco! –dijo el desconocido con asombro, volviéndose hacia su acompañante, que
contestó con signo afirmativo.
-¿Con
que, es decir –prosiguió Hotep-, que no contento con quitarme la novia, quieres
también apoderarte de mis sandalias?
-Sin
dudas ignoras quién soy –dijo el personaje del pectoral-. ¡De rodillas,
miserable, ante el faraón!
Hotep
lanzó un grito de asombro, e inclinando humildemente la cabeza respondió:
-Alto
y poderoso Ramsés, perdona a tu humilde esclavo. No me postro ante ti, porque
la herida que recibí a tu servicio me inutilizó la pierna y no puedo… Ten
misericordia de este infeliz inválido, que si pronunció palabras inconvenientes
fue por no haberte conocido.
-Piensa
bien lo que vas a contestarme, porque de ello depende tu vida. ¿Recuerdas la
ocasión en que adquiriste esas sandalias?
-Sí,
hijo predilecto de Dios.
-¿Recuerdas
si el que tales prendas te dio te aseguró que eran la fortuna de un soldado?
-Sí
–contestó Hotep, pensando en las últimas palabras pronunciadas por el guerrero
ciego.
-Entonces,
¿cómo no has reconocido en mí al faraón a quien guiaste en el reconocimiento
del campo enemigo y que, como prenda de su real aprecio, para reconocerte y
recompensarte después de la batalla, te dio las sandalias que hubo de quitarse
para trepar por los acantilados de Saín, cuyo paso nadie conocía como tú, y
merced a cuyo descubrimiento alcancé una de mis más favoritas victorias?
El
mendigo quedó inmóvil.
Comprendió
que se le ofrecía una enorme fortuna. Solo tenía que contestar de forma
adecuada a las preguntas de Ramsés. Por un momento pensó en esto y en que de
esta forma tan sencilla conseguiría aquello que tanto deseaba, es decir, podría
casarse con Amneris.
Pero
era honrado y no quiso mentir.
-Señor
–dijo-, soy un mendigo inútil y despreciable, el alimento que tomo lo debo a la
generosidad del pueblo, pero mis labios no se mancharon nunca con una mentira.
Estas sandalias no me las diste tú.
Y
brevemente contó al faraón su triste historia y la manera cómo las sandalias
habían llegado a sus manos.
El
faraón, viendo que había tropezado con un hombre honrado, alguien que no
deseaba aprovecharse de la fortuna que había llamado a su puerta, decidió
llevarlo a palacio donde le agasajó por su fidelidad y le recompensó
ampliamente por sus servicios, ofreciéndole además un puesto en la corte.
Gracias
a ello Hotep pudo ir al templo a pedir la mano de Amneris, quien viéndole en
una buena posición le aceptó rápidamente, pues ella siempre le había querido.
Fueron
extremadamente felices en su nueva posición y tuvieron muchos hijos, todos
ellos servidores fieles de Ramsés Meiamun, a cuya regia esplendidez debían
tantos favores.
El
gran faraón de Egipto había sido brutalmente asesinado. A los pocos días, la
reina viuda, la bella Nicrotis, aceptaba el trono que sus súbditos le ofrecían.
Ocurría esto en el viejo Egipto, en Menfis, la capital del Imperio Antiguo,
hace muchos cientos de años.
Los
festejos para el día de la coronación prometían ser muy espléndidos; parecía
como si la reina Nicrotis hubiese olvidado por completo al joven esposo,
vilmente asesinado.
Para
celebrar en forma solemne su coronación había dado la orden de construir un
gran salón subterráneo, donde ofrecería a los grandes personajes del reino un
suntuoso banquete, y se decía que más tarde se dejaría que el pueblo
presenciase el espectáculo.
Llegó
el día señalado para el gran festín y los invitados empezaron a llegar luciendo
sus más exquisitas, bellas y espléndidas galas. Antes de que estuvieran todos
reunidos, comenzó la comida. La bella Nicrotis aparecía mucho mas hermosa que
nunca, y una extraña mirada brillaba en sus ojos. Todo se realizaba con la
mayor magnificencia ante los absortos invitados.
Cuando
el banquete estaba en el punto más álgido y los asistentes, con la euforia de
una abundante comida bien rociada del mejor vino, más contentos se mostraban,
se produjo un gran ruido. De los cuatro lados de la sala comenzaron a manar
abundantes chorros de agua.
De
momento los comensales creyeron que se trataba de algún efecto de tramoya para
amenizar la fiesta y siguieron degustando tranquilamente los alimentos y
bebidas mientras continuaban las charlas y bromas entre ellos.
Empezaron
a alarmarse cuando vieron que el agua subía y subía sin parar. Ya les estaba
cubriendo los pies y, presos de terror, buscaron las salidas para evitar morir
ahogados.
Las
puertas estaban cerradas y nadie las abrió, con lo cual el agua seguía manando
e iba aumentando el nivel. A muchos de los comensales ya les alcanzaba hasta la
cintura, con lo cual las escenas de pánico se fueron sucediendo cada vez con
mayor frecuencia.
En
aquel instante comprendieron la trágica realidad y vieron que solo estaban
presentes los que habían sido traidores, así como también los asesinos. Habían
caído en el lazo que la Reina les tendiera para llevar a cabo su venganza.
Ninguno
de los invitados pudo alcanzar la salida y murieron ahogados y sorprendidos por
lo que había sucedido.
El
agua siguió saliendo hasta anegar por fin todo el subterráneo.
Sobre
los cadáveres flotantes de los cortesanos se dejó oír la voz de Nicrotis que
decía:
-Los
traidores deben morir a traición.
En
efecto, Nicrotis había concentrado allí, precisamente, a todos los que
participaron en el complot para asesinar a su esposo.
Al
día siguiente, según Nicrotis había prometido, todo el pueblo de Menfis pudo
contemplar el lugar del convite. Y nadie dejó de sentir admiración por la
reina, que no había vacilado en perder la vida con tal que los traidores la
perdieran también.
Anapu
y Bitu eran dos hermanos que vivieron hace muchísimo tiempo en Egipto. Habían
heredado mucha hacienda de su padre.
Según
las leyes y las disposiciones del padre, a Anapu, el mayor, pertenecían casa,
ganados y campos. Bitu, el menor, había de trabajar para su hermano, recibiendo
a cambio el salario necesario.
Bitu
era inteligente, hábil, trabajador y conocedor de todo lo referente a los
campos y ganados; tanto era su saber que conocía el lenguaje de las reses y
sabía lo que los pobres animales querían decirle y cuanto se decían entre elos.
Anapu
no trabajaba tanto como el hermano. Un día, en que estaban los dos ocupados en
preparar la siembra para las tierras, envió Anapu a Bitu a casa en busca de
unas semillas para echarlas en los surcos recién abiertos.
Bitu
partió obediente y cogió la semilla; los dos hermanos la echaron en los surcos
y terminado el trabajo, volvieron a su casa.
Pero
Anapu encontró a su esposa llorando y ella le dijo, después de hacerse rogar,
que cuando Bitu llegó en busca de las semillas le había dado una paliza.
Mucho
se enfadó Anapu con esto y formó el propósito de dar muerte a su hermano, pero
supo contenerse, pues quería hacerlo de un modo que nadie pudiera acusarle de
fraticida, esperando una ocasión favorable para su intento.
Bitu,
que no había hecho lo que dijo su cuñada, se dirigió a su cuarto y no se enteró
por tanto de la conversación de los dos esposos, ni sospechó nada, pues los dos
lo trataron a la hora de la cena con el mismo cariño de siempre.
Cuando
se disponía a entregarse al descanso se le ocurrió ir antes a dar una vuelta
por el redil de los ganados, para ver si les faltaba algo.
Entró
en el cercado y vio a casi todos los cameros y ovejas tendidos en el suelo,
rumiando unos, durmiendo otros, pero sus favoritos se levantaron en cuanto lo
vieron y fueron a pedirle caricias. Bitu pasó la mano por el lomo de los
tranquilos animales y ya se iba cuando, gracias a comprender su lenguaje, oyó
que uno de ellos le decía que debía emprender la figura, pues su hermano,
enfadado con él, pensaba darle muerte.
Bitu
no se detuvo a pensarlo ni un momento y en lugar de volver a su habitación,
emprendió la huida esa misma noche.
Seguidamente
Anapu le oyó alejarse, pues también salió de la casa decidido a impedir su
marcha. Corría Bitu deseando alejarse de la casa de su hermano antes de que
saliera el sol, pero Anapu iba detrás con mayor rapidez, y lo hubiera alcanzado
si el dios Pha-Harmakis, que casualmente miraba entonces la Tierra, no se
hubiera dado cuenta de lo que pasaba. Convencido de la inocencia de Bitu, quiso
ampararlo y para ello hizo surgir, repentinamente, entre los dos hermanos un
ancho río poblado de muchos cocodrilos. El ímpetu de la corriente impidió a
Anapu cruzarlo y, muy fastidiado, tuvo que permanecer en la orilla.
Bitu,
pensando que se había salvado de momento, descansó en la otra orilla, pues su
hermano no podía pasar el río antes de que amaneciera, y en cuanto la luz del
sol permitió a los hermanos verse, Bitu preguntó desde la orilla:
-¿Por
qué me persigues? ¿Qué te hice para que quieras darme muerte?
Anapu
no contestó al momento, enfadado por las preguntas de su hermano, pero luego
empezó a dudar y pensó decirle la causa de su cólera. Bitu negó la acusación y
le aseguró que ni siquiera un minuto había pensado en pegar a su esposa.
Anapu,
avergonzado y arrepentido, prometió a su hermano que no le haría nada y que,
por tanto, podía volver, pero Bitu no quiso, pues ya no se veía capaz de seguir
viviendo bajo el mismo techo que la falsa y mentirosa mujer con la que estaba
casada su hermano.
-Debo
marcharme –contestó-, me voy al valle de las Acacias y voy a decirle todo lo
que pasará. Gracias a mis artes mágicas me arrancaré el corazón y lo colgaré de
la rama más alta de una acacia. Cuando el árbol sea cortado y derribado caerá
al suelo mi corazón y podrás contemplarlo. En cuanto lo hayas buscado durante
siete años tómalo y ponlo en un cacharro con agua fría. Esto bastará para
volverme a la vida. Así resucitaré y me vengaré de mis enemigos; sabrás cuando
lo tienes que hacer si te ofrecen un vaso de cerveza del que caiga al suelo la
espuma. Luego te darán un jarro de vino cuyas heces se levantarán hasta el
borde. Cuando ocurra todo esto procura no perder tiempo.
Anapu
volvió triste a su casa. Encolerizado por la mentira y falsedad de su mujer, le
dio muerte y luego lloró a su hermano Bitu.
El
joven, en el valle de las Acacias, pasaba el día cazando y dormía al pie de u
árbol en cuya rama más elevada había colocado su corazón. Un día se encontró a
los nueve dioses, quienes le dieron por esposa a su propia hija, pero las siete
Atroz (hadas que profetizaban el futuro) le anunciaron que la joven moriría
atravesada por una espada.
Bitu
se casó con la diosa y le comunicó el secreto de que tenía el corazón colgado
en lo alto del árbol, y también de que quien encontrase la acacia tendría antes
que luchar con él.
Tan
hermosa era la mujer de Bitu que la fama de su extraordinaria belleza llegó
hasta el faraón, que, para saber si lo que se decía era cierto, hizo un viaje
al valle d las Acacias, solo, sin séquito y disfrazado. De esta forma pudo
acercarse, sin ser visto ni reconocido por nadie; y cuando vio finalmente a la
joven decidió que debía hacerla su esposa.
Vuelto
a palacio dio las órdenes y envió un grupo de soldados al valle de las Acacias,
con orden de matar a Bitu y llevar a la esposa a su corte. No pensó que todo
podía ocurrir al revés, porque los soldados fueron muertos en lucha por Bit,
que los atacó con la fuerza de un león.
Irritado
el faraón, llamó a los adivinos para que le indicasen el modo de conseguir la
muerte de Bitu. Deliberaron largamente y resolvieron que no podía matarlo en
lucha, sino con astucia. El faraón se disfrazó de nuevo y fue otra vez al valle
de las Acacias, donde esperó la ocasión.
Pudo
el faraón hablar con la joven, que, al saber que sería reina y dueña de muchos
tesoros, consintió en la muerte de su marido y comunicó al rey que en la rama
más alta de la acacia estaba el corazón de Bitu, y que solo con derribarla
caería muerto.
El
faraón llamó a dos leñadores y, en cuanto el hermoso árbol cayó al suelo, se
desplomó muerto el pobre Bitu.
Y
ocurrió entonces lo que Bitu dijera a su hermano. Llegó un día en que le
ofrecieron un jarro de cerveza cuya espuma cayó al suelo y después un jarro de
vino que se puso turbio al momento; así conoció Anapu que había llegado el
momento de actuar.
Provisto
de armas, ropas y sandalias, se dirigió al valle de las Acacias; vio a su
hermano muerto y el corazón convertido en una baya. La puso en agua fría y Bitu
resucito en el acto.
-Voy
a convertirme en el sagrado buey Apis -le dijo-; llévame junto al faraón, que
te dará oro y plata y yo ya encontraré medios para castigar a mi esposa por
toda su maldad.
Anapu
siguió las instrucciones de su hermano. Al día siguiente llevó a la corte a
Bitu, convertido en buey sagrado. Todos se alegraron mucho y el faraón le
recompensó y concedió muchas distinciones. Pocos días después el buey entró en
las habitaciones de su antigua esposa y le dijo:
-Puedes
convencerte de que sigo vivo.
-¿Quién
eres?
-Bitu
–y añadió-. Ya supiste lo que hacías cuando dijiste al faraón que cortase la
acacia.
La
mujer se asustó mucho y, para evitar los peligros que preveía, suplicó al
faraón que le concediese un favor y él consintió en ello.
-Dame,
señor, para que lo coma, el hígado del toro sagrado, no hay nada que me guste
tanto como eso.
Muy
disgustado el faraón, no tuvo más remedio que conceder lo que ya había
prometido. Y un día, mientras el pueblo ofrecía sacrificios al toro sagrado,
mandó llamar a los verdugos y ordenó que diesen muerte al hermoso animal.
En
el mismo instante en que le clavaron el cuchillo en el cuello cayeron de él dos
grandes gotas de sangre junto a las puertas de la ciudad y se convirtieron en
dos grandes árboles.
El
pueblo, lleno de alegría por lo que se pensó que era un milagro, empezó a
adorar y ofrecer sacrificios a los dos árboles.
Pasó
el tiempo. El faraón, coronadas las sienes con diadema de lapislázuli,
guirnalda de flores en el cuello, se sentó en su trono de plata y oro e hizo
que le llevaran al sitio donde habían nacido los dos árboles. Detrás iba la
reina, y ambos fueron colocados al pie de los árboles. Bitu, que era el árbol
bajo el cual estaba la reina sentada, dijo en voz baja:
-Mujer,
a pesar de cuanto has hecho, sigo viviendo. Obligaste al faraón, a través de
tus malas artes, a cortar la acacia en la que estaba colgado mi corazón, para
darme muerte; luego me convertí en buey sagrado y también me hiciste matar,
pero debes saber que he vuelto a renacer.
La
reina oyó con gran terror estas palabras y ese mismo día pidió al faraón que le
prometiese concederle una cosa que deseaba mucho. Cuando éste hubo accedido le
dijo:
-Señor,
ordena que corten inmediatamente esos árboles para que se hagan con ellos dos
hermosas vigas.
Así
se hizo, pero una menuda astilla de madera se escapó del tronco y penetró en la
boca de la reina. Poco después ésta tuvo un hijo, que era Bitu, vuelto a
encarnar en forma humana, pero la mujer no lo sabía.
El
faraón estaba encantado con el niño, le dio el nombre de Príncipe del Alto Nilo
y, como lo había nombrado sucesor suyo, cuando el rey falleció Bitu fue
designado faraón.
Entonces,
Bitu mandó llamar a los grandes de la corte y reveló cuanto le había sucedido.
Al terminar su relato todos los cortesanos condenaron a la mala reina, que fue
desterrada en castigo a sus delitos.
Bitu
reinó durante veinte largos años y luego le sucedió su hermano Anapu, al que
había nombrado su sucesor en el trono.
VICTORIA DEL GENERAL THUTI EN LA CIUDAD DE JOPPE
El
general Thuti vivió cuando imperaba en Egipto la Decimoctava Dinastía. Era uno
de los mejores guerreros egipcios que había acompañado al rey Tutmés III, el de
las grandes conquistas. Se le consideraba hombre extraordinario, muy
inteligente y valeroso a pesar de su juventud.
En
el campo de batalla figuraba siempre al frente de sus tropas, por lo que los
soldados le seguían con gran entusiasmo. Decían que nadie podía ser comparado
con él. Por todo esto, el rey le dispensaba gran afecto y le permitía estar con
él en su palacio.
El
monarca supremo le debía varias de las más importantes victorias conseguidas
por sus ejércitos.
El
general se dio a conocer ante todos los cortesanos, por primera vez en todo su
gran valor, cuando era tan solo un simple oficial. Un día llegó hasta la corte
un mensajero de la ciudad de Joppe, situada en la región de T’hai, al lado de
la desembocadura del Nilo, que había decidido sublevarse contra el monarca
supremo. Llegaba el mensajero presuroso, jadeante, y pidió ser llevado en el
acto a presencia del faraón. Cuando llegó ante él, le dijo que el reyezuelo
asiático de Joppe había dejado de prestarle obediencia y se hallaba en franca
rebeldía.
Al
oír tales palabras, Tutmés montó en cólera y rápidamente decidió convocar a los
más altos dignatarios y cortesanos. Luego les hizo saber su propósito de
destruir por completo la ciudad, para lo cual necesitaba de alguien valeroso y
decidido que se pusiera al frente de su ejército.
Tras
las palabras del faraón, incluso los más expertos en el arte de la guerra se
quedaron en el más completo de los silencios, sin osar ofrecer sus servicios al
monarca, pues por un lado estaban temerosos ante el tono de voz de su faraón,
pero además conocían a la perfección lo inexpugnable que era Joppe así como la
extrema crueldad, el enorme valor y la pericia de su reyezuelo.
Los
ojos de Tutmpes, ante ese silencio, recorrieron el salón, indignados. Cuanto
mas denso era el silencio que invadía la estancia y pensando ya que nadie
tendría la osadía de presentarse para tan suicida misión, un desconocido
oficial se ofreció para llevar a cabo la operación, saliendo de entre el
nutrido grupo de cortesanos que asistían a la escena: era Thuti.
El
rey, ante las sorprendentes palabras de ese muchacho, le dijo que se acercara y
le expreso su sorpresa y hasta puso en duda su capacidad para realizar tamaña
empresa, pero el joven oficial insistió con tanto ahínco y perseverancia,
poniendo tanta emoción y brío en todas sus palabras, que el faraón acabó por
encomendarle la jefatura del ejército que debía ir contra la ciudad rebelde.
Tutti
dispuso grandes preparativos. Entre las muchas cosas que decidió que debía
llevarse había un gran saco de piel en el que introdujo un par de argollas para
los pies y otro par para las manos, así como cuatrocientas tinajas con cadenas,
cuerdas y collares.
Partieron
rápidamente y tras muchos días de marcha sin descansos, llegaron todos los
componentes del ejército cerca de Joppe. Antes de pensar en penetrar dentro de
la fortaleza, Thuti hizo enviar un mensaje dirigido al reyezuelo rebelde en el
que le comunicaba que se hallaba huyendo del faraón porque había pretendido
matarle, por lo que había decidido ir a Joppe a ofrecer sus servicios y los de
los soldados que le habían seguido.
El
reyezuelo de la ciudad, lleno de júbilo y profundamente alegre, pensando que
todos esos hombres le servirían como refuerzo en su lucha contra el faraón, le
abrió las puertas de la misma, le recibió con gran afecto y, tras una breve
charla, le introdujo en su propio palacio.
Una
vez en el interior de su residencia, le obsequió con una abundante y deliciosa
comida. Después de haber degustado todos esos sabrosos manjares, con el rey y
la totalidad de sus cortesanos, mientras se hallaban en una tranquila y
relajada charla durante la que hablaron entre otras cosas de su futura lucha
contra el enemigo, Thuti aprovechó un momento en que el monarca se hallaba
totalmente confiado para derribarle al suelo.
Le
golpeó repetidamente hasta dejarle sin conocimiento y, colocándole las argollas
que llevaba preparadas de antemano en las manos y pies, hizo que sus hombres le
metieran en el saco de piel.
A
todo esto, cuatrocientos de los soldados de Thuti habían conseguido ya
introducirse hasta el corazón de la ciudad metidos en el interior de tinajas,
que otros de ellos, caracterizados convenientemente de mercaderes, hicieron
entrar sobre unas carretas.
Una
vez en la plaza central de Joppe, salieron hombres de sus escondites y,
aprovechando la sorpresa general de los habitantes de la ciudad, se
aprovecharon fácilmente de ella.
En
poco tiempo y sin ninguna pérdida humana, consiguieron que los que se habían
sublevado con tanto ímpetu se rindieran fácilmente.
De
regreso al palacio real, Thuti fue recibido por el faraón con muestras de gran
agradecimiento, obteniendo de éste el nombramiento para lo sucesivo de general
en jefe de todas sus tropas.
EL HEBREO YUSUF Y LA EGIPCIA ZULAIJA
En
Egipto vivía el poderoso Aziz, casado con la bella Zulaija.
Cierto
día llegó a él la noticia de que había entrado en la ciudad un joven hebreo
llamado Yusuf, de gran virtud y honradez. Ante este hecho, Aziz decidió
adoptarle como bajo y así se lo comunicó a su esposa, quien se mostró encantada
ante tan maravillosa idea.
Pero
Yusuf era de gran hermosura y Zulaija se enamoró de él. Por eso siempre
procuraba estar a su lado y atenta a la menor necesidad del joven y se
complacía peinando sus cabellos. Sin embargo, Yusuf no correspondía a su
pasión, todo su pensamiento lo tenía puesto en Dios.
Esto
expresaba a Zulaija, hasta el punto de que sus mejillas empezaron a palidecer y
su cuerpo languideció, solo pensaba en cómo lograría que el joven hebreo
cediese a sus deseos.
Cierto
día en que estaba, como de costumbre, pensativo, entró en su habitación su
antigua nodriza y le dijo que había un medio bien sencillo para que Yusuf
ardiera en amor hacia ella: que le hiciera fijarse bien en la hermosura de su
rostro y en la exquisita perfección de su cuerpo. Si la dejaba obrar a ella
libremente, pronto vería cumplidos sus más íntimos deseos.
Zulaija
la dejó hacer. Entonces la nodriza encargó a unos competentes albañiles que
hicieran una cámara con arreglo a sus indicaciones.
Después
encargó a un pintor que retratara con todo detalle las figuras de Yusuf y
Zulaija abrazándose.
Por
último, compró un magnífico lecho de oro, incrustado de perlas y piedras
preciosas, y lo colocó en el centro de la habitación, cubriéndolo con una
maravillosa colcha de seda llena de fantásticos dibujos. El suelo lo alfombró
con un rico tapiz y colgó de las paredes bellas cortinas de suave tejido.
Hechos
estos preparativos, se dirigió a la estancia donde se encontraba Zulaija y la
atavió espléndidamente. Coronó sus cabellos con una valiosa diadema y puso
sobre su cuerpo una delicada túnica. Así fueron hacia la cámara que antes había
preparado, y Zulaija se tendió en el lecho.
A
continuación, la nodriza fue en busca de Yusuf y le dijo que su señora le
necesitaba y le rogaba que fuese a su cámara. Yusuf le contestó que obedecería
al instante y se encaminó hacia donde se encontraba Zulaija.
Cuando
llegó ante la cámara, el joven comprendió los deseos de la egipcia y quiso
volverse pero ella, rápida como el pensamiento, fue hacia él y, cogiéndole de
la mano, le condujo hacia el lecho. Luego le alabó la belleza de su rostro, de
sus ojos, de sus cabellos, el delicioso aroma de su aliento.
Yusuf
le contestaba diciendo que toda esa belleza se convertiría en polvo cuando
muriera, y si entonces aspiraba su aliento, que tanto le agradaba ahora, huiría
asqueada ante el hedor que desprendería todo su cuerpo.
Cuando
Zulaija le preguntó a qué se debía que cuanto más se acercaba ella a él tanto
más huía, respondió el joven hebreo que de esa manera esperaba acercarse más a
su Señor.
Zulaija
siguió insistiendo, pero la decisión de Yusuf era firme, y su propósito de no
ofender a su Dios, inquebrantable. Por eso, cuando vio una oportunidad para
escapar, no vaciló y corrió hacia la puerta. Pero Zulaija se agarró a su túnica
y la desgarró.
Y he
aquí que en ese momento acertó a pasar junto a la habitación Aziz, quien al ver
a Yusuf tan apenado y a Zulaija llorosa y mesándose los cabellos, entró en la
cámara para saber lo que sucedía. Entonces ella le dijo que su protegido
hebreo, aquel al que había favorecido con todo su cariño, había querido cometer
con ella una mala acción.
Al
oír esto, Aziz se dirigió hacia Yusuf y, afeándole su conducta, le preguntó
cómo había podido intentar tan reprochable acto. Entonces Yusuf, invocando a
Dios, le explicó la verdad del caso.
Aziz
estaba asombrado; su mirada iba de Yusuf a Zulaija, y de ésta al hebreo. Pero
Yusuf se acordó, de pronto, de que podía citar a un testigo en su favor. En la
habitación donde había tenido lugar aquella escena se encontraba un niño
pequeño en una cuna; este niño había sido adoptado por Zulaija, en vista de que
Dios no le concedía ningún hijo, y dormía siempre en su misma alcoba.
Yusuf
elevó al cielo su oración y pidió al Señor que le ayudara en su crítica
situación. Entonces Dios hizo bajar a la Tierra a Gabriel -¡sobre él sea la
paz!- y le dio la orden de que hiciese hablar al niño para que declarase a
favor de Yusuf.
Gabriel
hizo como el Señor le mandaba, y el niño empezó a hablar y dijo a Aziz que si
la túnica de Yusuf hubiera estado desgarrada por delante, Zulaija habría dicho
la verdad; pero que al estarlo por detrás, ella mentía, y el testimonio de
Yusuf era sincero.
Aziz
comprobó que cuanto había dicho el pequeño era totalmente cierto, entonces,
dirigiéndose a su mujer, le mandó que pidiera sincero perdón al muchacho
hebreo.
Y
sucedió que a partir de aquel día empezó a divulgarse la noticia por todo
Egipto, principalmente entre las mujeres, que lo comentaban riendo y no podían
comprender cómo la mujer de Aziz había podido incurrir en tal extravío.
Zulaija
se enteró de todo y quiso demostrar a sus amigas cómo no tenía culpa de lo que
había ocurrido.
Así,
pues, les envió un mensaje invitándolas a merendar en su casa.
Cuando
la reunión estuvo formada, les dio naranjas con miel, y para que mondaran las
naranjas entregó a cada una un pequeño cuchillo.
Las
damitas empezaron su faena, y en ese instante Zulaija mandó que hicieran entrar
en el salón al joven Yusuf, al que antes había vestido y adornado con todo
esmero.
Cuando
sus amigas vieron al bello hebreo, su admiración no tuvo límites. Tan absortas
estaban en contemplar su hermosura, que, en vez de cortar las naranjas,
cortaban sus propias manos, y era tal su atolondramiento que no sentían correr
la sangre ni el dolor que con el
cuchillo se producían.
Zulaija,
mientras, se reía de ellas, comentándoles que si por un momento que le habían
visto habían llegado al extremo de no percatarse de lo que hacían,
comprenderían que a ella, en siete años que llevaba junto a él, le hubiera
acontecido aquello que antes de conocer al joven les causara tanta extrañeza.
Pero
incluso después de lo sucedido Zulaija seguía deseando castigar a Yusuf por su
desprecio. Para ello fue a ver al rey Rayan ibn al Salid, con el que tenía gran
influencia, y logró que le permitiera encarcelar al hebreo.
Cuando
pasó algún tiempo, ante la represión de Aziz por su conducta, Zulaija se
arrepintió y desde entonces no podía conciliar el sueño, y solo estaba contenta
al hablar de Yusuf.
Se
cuenta, acerca de las mujeres que vieron al bello mancebo, que murieron siete
de ellas por su amor.
Cuenta
Herodoto que Amasis había llegado al trono de Egipto desde una vil condición,
ya que antes se había dedicado al robo y al pillaje.
Su
elevación al trono causó una gran sorpresa y un enorme disgusto, pues los
orgullosos egipcios se vieron así mandados por un hombre a quien juzgaban de
clase inferior a los más bajos.
Amasis,
viendo el desprecio con que era tratado, resolvió dar una lección a sus
desdeñosos súbditos.
Entre
los objetos que poseía para su uso personal se encontraba una jofaina de oro en
la que se lavaban los pies todos los que iban a comer con Amasis. Mandó fundir
la palangana y con el oro hacer una estatua de una divinidad, poniéndola
después en una plaza pública.
Todo
los que pasaban por enfrente de la estatua se volvían a ella y la adoraban con
veneración.
Amasis
mandó reunir a todos los que habían adorado a la estatua y les dijo:
-Esa
estatua ante la cual os habéis inclinado tan reverentemente no es más que la
jofaina en que os lavabais los pies, modelada de nuevo. A mí me ha ocurrido lo
mismo: si en otro tiempo era hombre de clase inferior, ahora soy vuestro rey.
Por lo tanto, habréis de respetarme y tenerme veneración.
Y en
efecto, desde aquel día cesó el desdén de los egipcios por Amasis y le
prestaron acatamiento y respeto.
“EN
EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO, UN SOLO DIOS. AMÉN.”
Este
es el discurso pronunciado por San Anastasio, obispo de la isla de Turquía. En
él exalta y alaba la grandeza del arcángel San Miguel y se cuenta el gran
milagro realizado en favor de Santa Eufemia y las dos historias maravillosas
que se deben leer el doceavo día del mes de Paoni. Que sea con nosotros la
intercesión del arcángel San Miguel y con el humilde copista. Amén.
Reinando
el gran rey Honrius, había un emir llamado Aristarco, que tenía por mujer a
Eufemia. Aristarco y Eufemia eran fieles devotos de la ley de Dios; cumplían
con todos los preceptos de la caridad, de la fe y de la modestia.
Habían
recibido el bautismo de San Juan Crisóstomo (“Boca de Oro”). En sus devociones
entraban con particular efecto la del arcángel San Miguel, celebrada por ellos
todos los días 12 de cada mes; la de la Virgen María, que celebraban el día 21
de todos los meses, y el Nacimiento de Nuestro Señor el Mesías, celebrada el 29
de cada mes. Aristarco era como un vaso de elección, hombre puro que ni por un
momento flaqueaba en su devoción y en su entrega a los deberes y a las
prácticas religiosas. Así sucedió que el Señor, queriendo premiar su vida
santa, lo llevó a su seno.
Cayó
enfermo Aristarco de mortal dolencia. Sabiendo que el fin de sus días estaba
próximo, llamó a su esposa y, afirmando su fe en Cristo, le declaró, una vez
más, que el mejor camino de salvación era la práctica de las buenas obras,
exhortándola a que siguiese la vida hasta entonces llevada y que no dejase de
rogar al arcángel San Miguel, para que los protegiese en esta vida y los
condujese con ventura a la dicha eterna.
La
buena mujer afirmó que seguiría los consejos de su marido y le pidió que le
dejase una imagen del santo arcángel para colocarla en la habitación y para que
la defendiera contra las asechanzas de Satán, ya que la mujer sin marido es
semejante a un cuerpo sin alma. Aristarco tuvo gran alegría por ello y mandó
llamar a un habilísimo pintor, el cual ejecutó una imagen perfecta del
arcángel, ornándola con una capa de oro y guarneciéndola de piedras preciosas.
Cuando el emir vio la imagen, sintió una gran alegría y mandó llamar a su
mujer, a la cual dijo:
-Tu
deseo ha sido cumplido, he aquí una bella y rica imagen del santo arcángel
Miguel.
La
mujer lloró de alegría y pidió a su marido que la encomendase al Jefe de las
Milicias celestiales para que la protegiera. Aristarco, elevando sus ojos al
cielo, rogó ardientemente al arcángel que protegiera a su esposa contra todos
los peligros y asechanzas del malo. Cuando Eufemia, la bendita, oyó la
plegaria, se alegró grandemente y se afirmó en su fe en el Mesías y en el
arcángel San Miguel.
Desde
aquel momento sabía que tenía una firme defensa contra las asechanzas del
demonio. Poco tiempo después, Aristarco murió santamente y su cuerpo fue
enterrado en la iglesia.
Eufemia
no dejó ni un día de practicar el bien, de ejercer todas las obras de
misericordia. Pero Satán, siempre vigilante, no quiso perder la ocasión de
conquistar a una sierva del Señor. Tomó un día la apariencia de una virgen
consagrada al Señor e hizo que otros dos demonios, bajo la misma figura, lo
acompañasen. Llegaron a la puerta de la casa de Eufemia, llamaron y a la
sirvienta que les abrió le dijeron que tres religiosas, enteradas de la fama de
santidad de la dueña de la casa, deseaban visitarla.
Cuando
supo Eufemia quiénes eran las visitantes, salió ella misma a recibirlas con
toda amabilidad y cortesía. Cuando las vio, las hizo entrar en la casa, pues
mostraban un aire de modestia y humildad admirable. Las llevó a la habitación
en donde había colocado la imagen del arcángel San Miguel que le hiciera pintar
su marido. Eufemia dijo a Satán, sin saber quién era en realidad:
-¡Oh
hermana!, entra aquí para pedir la bendición del santo Arcángel, cuya figura
aquí se muestra. Desde que murió mi esposo nadie ha entrado en esta habitación,
salvo yo.
Y
Satán le contestó:
-Mal
has hecho, mujer. En cualquier sitio en donde no haya un hombre no habrá
bendición. Si quieres ser grata a Dios, yo te daré un buen consejo: toma de
nuevo a un hombre en matrimonio. Yo conozco a un gran emir, el mayor de todos
los que rodean al rey Honorio. Tiene por hombre Heraclio. Es yerno mío y ha
enviudado hace poco tiempo. De parte de él vengo a solicitarte en matrimonio, y
aquí te traigo estos presentes para que veas cuán grande es su magnificencia y
generosidad.
Y
mostró a Eufemia una gran cantidad de joyas que brillaban maravillosamente. Mas
estas joyas eran para apariencia, ilusión y no realidad. Eufemia contestó:
-He
de pedir consejo a mi intendente. Él no me abandona ni por un momento.
Entonces,
la falsa religiosa mostró un gran escándalo y le dijo:
-¡Oh
hermana!, tus palabras son mentirosas. Acabas de decirme que desde que murió tu
esposo no ha entrado hombre alguno en tu habitación, y ahora afirmas que tu
intendente no te deja ni de noche ni de día. La Escritura dice que aquel que
observa la ley, pero falta a una sola letra de ella, será responsable como si
hubiera violado todas las leyes. Dios detesta y condena a los mentirosos.
Pero
Eufemia, sonriendo, contestó:
-Tú
me has propuesto un nuevo matrimonio con un hombre rico y generoso. Y en tus
manos he visto brillar joyas resplandecientes. Pero ni por todas las riquezas
del mundo querría faltar a la memoria de Aristarco. Mi cuerpo jamás será tocado
por varón, y cuando yo entregue mi espíritu al Señor, aparecerá limpio y sin
mancha. En cuanto a mi intendente, no debes escandalizarte. No es de este
mundo, aunque su poder sea grande. Conoce los pensamientos de los hombres y
acude en socorro de aquel que lo invoca con fe y pensamiento puro.
Satán
pidió entonces que le mostrase a su consejero. Pero Eufemia dijo:
-Antes
de concederte lo que pides has de orar. Dirige tu mirada al Este y pide a Dios
que te perdone por haber pensado mal de mi guardián. Cuando hayas hecho eso,
entonces te mostraré a mi guardián.
Satán
contestó:
-Aquellos
que mi invistieron con este hábito religioso me enseñaron a no elevar las manos
para rezar sino en mi monasterio, y a no aceptar ni comida ni bebida en mesa de
laicos.
-¡Ah!
– exclamó Eufemia-, tú acabas de reprocharme una supuesta falta contra la ley,
y sin embargo tú olvidas que el Señor ha dicho: “En cualquier casa en donde
entréis decid: Que la paz sea con los habitantes de esta casa. Y si hay alguien
digno de recibir vuestro saludo, recaerá sobre él, y en caso contrario volverá
sobre vosotros”. También ordena que e rece por todos los caminos, en todos los
lugares.
Y
con estas y otras razones, confundió a Satán.
Éste,
viendo que Eufemia lo había vencido, cambió súbitamente de aspecto,
transformándose en una quimera espantosa. Entonces, Eufemia, comprendiendo que
se trataba de una asechanza del demonio, exclamó:
-¡Oh
arcángel Miguel, que gobiernas las milicias del cielo, ven en mi ayuda! ¡Tú, a
quien mi marido Aristarco me confió antes de morir!
Satán,
cuando oyó la invocación al Arcángel, tuvo miedo y cambió nuevamente de
aspecto, tomando la forma de un negro barbudo, con los ojos inyectados de
sangre y con una espada desnuda en la mano. Eufemia se estremeció de espanto;
entró corriendo en su habitación y tomó la imagen de San Miguel y, apretándola
contra su echo, invocó de nuevo al arcángel. Satán no pudo penetrar tras ella,
pues lo impedía la gloria de San Miguel. Satán estalló en orgullosas amenazas:
-¡Yo
soy aquel que acecha al hombre desde que fue creado, para dominarlo con mi
poder! ¡Ahora me has dominado, Miguel; pero espero mi venganza!
Y a
Eufemia le dijo que volvería el día 12 del mes de Paoni.
-Ese
día Miguel, con todas las milicias celestiales, estará delante del trono del
Señor para pedirle que haga subir las aguas de los ríos, para que haga
descender la lluvia y el rocío sobre los campos. Durante tres días y tres
noches permaneceré prosternada ante Dios.
-En
ese momento yo vendré aquí. Romperé esa tabla en mil pedazos sobre tu cabeza.
¡Y así conocerás cuán grande es mi poder! –replicó Satán.
Eufemia,
con la imagen en la mano, amenazó a Satán, saliendo éste corriendo de la casa.
Desde
aquel día Eufemia extremó sus devociones, pidiendo a San Miguel que no la
abandonase. Se aproximaba la fiesta del Arcángel y Eufemia preparó
cuidadosamente las ofrendas y todo aquello que era necesario para celebrar
dignamente la festividad. Día era señalado para ella, y por eso esperaba
vivamente la llegada. El día 12 del mes de Paoni, la bendita mujer, desde la
alborada, se hincó de rodillas y comenzó a orar devotamente.
De
pronto Satán se apareció bajo la forma de un ángel inmenso, con largas alas
extendidas. Iba ceñido por un resplandeciente cinturón de oro y sobre su cabeza
llevaba una diadema de fulgurantes piedras preciosas. En la mano llevaba un
cetro de oro que no tenía encima la cruz de Cristo. Eufemia se estremeció de
miedo. Satán le dijo las siguientes palabras:
-¡Que
la paz sea contigo, mujer bendita de Dios y de sus ángeles! Bendita seas, pues
tus ofrendas y sacrificios han llegado hasta el Señor. Él me ha envidado a ti
para aconsejarte y guiarte en lo que tienes que hacer. Obedéceme como si fuera
él mismo, pues escrito está que la obediencia es mejor que los sacrificios.
La
piadosa mujer se inclinó y dijo:
-Presta
estoy a oír la orden de mi Señor.
Satán,
entonces, comenzó así:
-Durante
mucho tiempo has hecho grandes sacrificios y has gastado todo tu caudal en
hacer buenas obras en memoria de tu marido Aristarco, más éste, por su santa
vida y muerte, ha sido acogido en el seno del Señor. Tú, con tu piadosa vida,
excitas la envidia de Satán, el cual puede tentarte, como hizo con Job, el
santo paciente. Satán puede arruinar tu casa, como hizo con Job. Tu marido
murió sin dejar descendencia. Tú has de contraer nuevo matrimonio. Y Arius ha
de ser tu esposo, un señor lleno de riquezas.
Eufemia
comprendió que era Satán el que le hablaba. Y decididamente contestó:
-¿En
qué libro ha ordenado Dios que no se hagan limosnas, que se abandonen las
buenas obras? ¿Dónde ha dicho el Señor que la mujer ha de casar con dos
hombres? Todo libro que venga de Dios ha de aconsejar la pureza de alma, la
castidad, el abandono de los bienes materiales, el desprecio al mundo, la
caridad hacia los pobres y los miserables. En cambio tú me ordenas lo
contrario. Dice el sabio Salomón que las tortolillas y las cornejas no toman
mas que un marido. Si eso hacen los pájaros mudos y sin inteligencia y
conservan puras sus almas, ¿qué hará una criatura racional, que Dios ha creado
a su imagen y semejanza? Yo no tomaré otro marido ni abandonaré todas las obras
de caridad que realizo en nombre de Dios y del arcángel San Miguel. Dime de
dónde vienes y cuál es tu nombre.
Satán
contestó:
-Yo
soy el arcángel San Miguel, al cual rezas con tanta devoción. Arrodíllate ante
mí, pues Dios me ha enviado.
Eufemia
contestó:
-Cuando
Satán se apareció a Jesucristo y se fue a prosternar ante Jesús el Mesías, éste
exclamó: “¡Atrás, Satán!”.
Satán
protestó:
-¿Cómo
Satán habría tomado esta magnífica apariencia con que yo me he presentado ante
ti? Satán fue expulsado del cielo por su orgullo y Dios me encargó que yo
tomase su puesto.
Pero
Eufemia no se dejó engañar y le preguntó que si, como decía, era el arcángel,
dónde estaba la cruz que debía llevar en su espada, pues en la imagen que tenía
así lo había visto.
Satán
dijo que eso era una invención del pintor, ya que no todos los ángeles llevan
la cruz en sus espadas. Eufemia contestó:
-Si
el rey envía a un sitio a uno de los soldados, ¿no llevará el enviado el sello
de su señor? Pues, de lo contrario, no podrá justificar debidamente que es un
enviado y no un traidor que quiere introducirse con falsas palabras, y la
persona a quien se dirige no lo recibirá ni atenderá las órdenes que lleva. Si
tú eres un enviado de Dios, déjame que traiga el retrato del Arcángel.
Al
oír cuanto había dicho, Satán comprendió que había sido vencido, una vez más,
por la virtuosa Eufemia y se puso a rugir como un león y gritó con grandes
voces. Se lanzó contra la desdichada Eufemia y, agarrándola por la garganta, le
dijo con voz tenebrosa:
-Hoy
no te me escapas. Desde hace mucho tiempo estoy en acecho, noche y día, para
lograr vencerte; mas hoy ya no te valdrá Miguel.
Eufemia,
viéndose en atroz peligro de muerte, invocó fervorosamente al arcángel,
pidiéndole socorro en tan angustioso trance. Y en aquel mismo momento San
Miguel se apareció, revestido de toda su gloria.
La
habitación se iluminó con una resplandeciente luz y Satán, temeroso, cayó de
rodillas, pidiendo perdón al arcángel y suplicándole que no le maltratara.
-¡Jamás
–decía- volveré a entrar en un sitio en donde se encuentre tu nombre y tu
imagen!
El
arcángel lo tenía bien agarrado en su mano, como si fuera un pajarillo, y al
fin lo dejó escapar. Después, volviéndose a Eufemia, le dijo:
-Tranquilízate
y confía en mí. Desde este momento nada podrá Satán contra ti. Yo soy el
arcángel San Miguel, a quien tanta devoción has tenido desde tu infancia. Las
ofrendas y las buenas obras que has realizado en mi nombre han subido hasta el
trono del Señor y han sido acogidas con benevolencia. Acaba los preparativos
para esta fiesta y disponlo todo bien, pues éste es el último verano que
pasarás en la Tierra. Cuando acabe el estío, vendré a buscarte con los
escuadrones angélicos y te llevaré hasta el seno del Señor.
Y
dichas estas palabras, se elevó en los aires, rodeado de una gran gloria.
Eufemia
quedó arrodillada dirigiendo la mirada al arcángel. Cuando éste desapareció en
el cielo, se levantó y fue al obispo Anthimos y le relató todo lo ocurrido. El
obispo tuvo una gran alegría al oírla y alabó al arcángel San Miguel.
Eufemia
le pidió que asistiera a un gran banquete en honor del Arcángel, acompañado del
pueblo. Una vez terminadas las ceremonias, Eufemia regresó a su casa para
disponerlo todo. Cuando llegaron el obispo con muchos señores y mucha gente,
Eufemia les abrió de par en par las puertas de su casa y los introdujo en una
hermosa cámara, en donde estaban dispuestas las mesas para el banquete.
En
el centro, sobre una silla de marfil y oro, estaba la imagen del arcángel, ante
la cual se arrodillaron todos. Después Eufemia abrió las cajas de sus riquezas
y las ofreció todas al obispo para obras de caridad, en nombre del arcángel,
que aquel mismo día pediría a Dios que le permitiera bajar a buscar a la buena
mujer. El obispo llevó consigo todos los bienes de Eufemia. Ésta, por la tarde,
dio libertad a todas sus esclavas negras. Su mansión se llenó de un perfume
exquisito. Después se volvió hacia Oriente. Santa Eufemia se dirigió al obispo,
que había vuelto después de llevar las riquezas a su palacio, y le dijo:
-¡Oh,
padre mío!, yo te suplico, en nombre de Dios, que reces por mí al Señor, a fin
de que me presente ante Él en un momento propicio. Cercana está la hora de mi
muerte. He aquí que detrás de mi está el arcángel San Miguel, con todas sus
celestiales milicias.
El
obispo empezó a entonar sus plegarias. Santa Eufemia pidió que se le trajese su
imagen del arcángel y cuando la tuvo ante ella, le invocó.
Entonces
todos pudieron ver que se abría el cielo y aparecía el arcángel San Miguel,
resplandeciente como el Sol. Sus miembros parecían brillar como el cobre
batido. En su mano tenía una trompeta y estaba encima de un carro que tenía la
forma de una barca; su mano izquierda blandía una espada, en cuyo pomo se veía
la Santa Cruz. Estaba revestido con hábitos magníficos.
Todos
cayeron de rodillas, mientras el arcángel desplegaba su manto luminoso, en el
que recibió el alma de Santa Eufemia, que en aquel mismo momento murió.
Un
concierto de armoniosas voces se oía. Las palabras que se escucharon eran
éstas: “El Señor conoce la vía de los justos y de los pruso. Ellos son los que
heredarán los bienes eternos.”
Así
murió Santa Eufemia.
Fue
enterrada en la iglesia, en el mismo sepulcro de su marido. Cuando quisieron
recoger la imagen de San Miguel, vieron que había desaparecido. Pero al día
siguiente, cuando entraron en la iglesia, vieron que la tabla estaba en el
altar mayor, suspendida en el aire.
Todos
se arrodillaron, entonando el Kyrie Eleison. Se extendió la nueva del prodigio
y de todos los puntos vinieron gentes que adoran al arcángel.
Su
imagen obra muchos milagros.
En
el País de la Sal vivía un humilde y honrado campesino –que allí se llaman
sekhti- que se ganaba la vida traficando en Henenseten con sal, juncos y demás
productos de la región.
Cuando
iba hacia allá tenía que atravesar las tierras de casa de Fefa.
Junto
al canal vivía Tehuti-nekht, hijo de Asri y siervo del senescal Maruitensa.
Este hombre había invadido el sendero –pues entonces no estaban los caminos de
Egipto protegidos por la ley- y solo quedaba un estrecho camino de tierra, con
el canal a un lado y un campo de trigo al otro.
Tehuti-nekht
era injusto, avaro, y una de sus pasiones era la de quedarse con lo ajeno;
cuando vio al sekhti acercarse con sus asnos bien cargados sintió un
irresistible afán de quedarse con ellos, así como con toda la carga, y no tardó
en forjar un plan para ello.
-Tomaré
un chal –se dijo- y lo extenderé por el sendero. Si el sekhti deja que pasen
los burros por encima –lo que no tendrá más remedio que hacer, pues no hay otro
camino-, nada me costará empezar la discusión con él y apoderarme de todo
cuanto posee.
Y
dicho y hecho. Mandó un servidor en busca del chal y lo extendió muy
cuidadosamente de manera que una punta se sumergía en el canal y otra estaba
sobre el campo de trigo.
El
sekhti se acercaba, y, cuando vio el chal, no tuvo mas remedio que seguir
adelante dejando que sus asnos pisaran esa prenda. Tehuti-nekht al acecho y se
apresuró a exclamar encolerizado:
-¡alto!
¿Piensas que tus animales pueden pisar impunemente prendas que me pertenecen?
-Quise
evitarlo y trataré de hacerlo.
Y
mientras así hablaba, obligó a los asnos restantes a desviarse un poco y pasar
entre los tallos del trigo.
-¡Cómo!
¿Así destruyes mis campos? ¿Te parece bien que tus anos los pisoteen?
-¡No
tengo más remedio! Con el chal has interceptado el sendero, así que o lo piso o
estropeo algunas espigas. Sabes bien que no puedo ir por el otro lado, pues
está el canal.
Empezaron
a discutir y, mientras tanto, uno de los animales empezó a comer espigas de
trigo.
-Mira
tu asno comiendo mi trigo. En vista de ello me quedaré con uno de ellos para
compensar el daño que me causas.
-¿Voy
a verme robado en las posesiones del senescal Maruitensa, que tan severo es con
los ladrones? Si actúas de esta forma no tendré más remedio que ir a quejarme a
él y no lo consentirá.
-¡Ni
siquiera te oirá! –contestó el otro burlón-. Pobre como eres, ¿quién se va a
preocupar de ti? Es como si yo mismo fuera el senescal.
Y
empezó a apalear cruelmente al sekhti y le quitó todos los asnos, que llevó a
sus campos. Le ordenó luego callar y amenazó con enviarle al Demonio del
Silencio si continuaba quejándose.
El
sekhti no perdió los ánimos y, como después de rogar un día entero, no le
hiciera caso se alejó, pero al día siguiente se fue a Hehensut a exponer sus
quejas al senescal Maruitensa.
Le
encontró en el momento en que justamente iba a embarcar en el bote que había de
llevarle a la sala en que juzgaba los casos de su jurisdicción. El sekhti se
inclinó hasta tocar el suelo y dijo que iba a exponer sus quejas, pidiendo que
le escucharan su historia.
El
senescal accedió y le confió a uno de su séquito, al que dio detallada cuenta
de todo cuanto le había sucedido con Tehuti-nekht. Después fue expuesto el caso
al senescal, que lo sometió a la jurisdicción de los nobles que le acompañaban
en la sala de justicia.
Deliberaron
los jueces y al fin aconsejaron lo siguiente: “Ordenamos al sekhti que traiga
un testigo, y, en caso de que pruebe lo que acaba de decir, tal vez sea
necesario apalear a Tehuti-nekht y obligarle a pagar una suma pequeña por la
sal y las bestias que ha robado.”
Ocupaba
el trono de Egipto a la sazón el faraón Neb-ka-n-ra y el senescal pensó no
decidir él solo el caso, por temor de las complicaciones que pudiese acarrear,
y someterlo al soberano. Se presentó ante él y le dijo:
-Señor,
vengo a decirte que un sekhti ha apelado a mi justicia, porque le han robado
cuanto poseía. Ha demostrado ser el más elocuente de todos los mortales. ¿Qué
ordenas, señor, que haga?
-No
contestes absolutamente nada –ordenó el rey-, pero manda que alguien escriba
todas sus palabras y trae luego el papiro, para que yo pueda verlo. Procuro,
además, que reciba todo lo necesario para vivir con su familia, pero sin que
nunca sepa quién les favorece.
El
senescal obedeció al faraón y dio cuantas órdenes fueron necesarias para que
llevaran a diario al campesino pan, carne y cerveza, y que entregasen a la
esposa aquello que necesitasen de ropas sus hijos.
Todas
las mañanas, al abrir la puerta de su miserable cabaña encontraban ante ella
los víveres suficientes para poder alimentarse. Ante estos hechos el sekhti
intentó vigilar durante varias noches, para saber quiénes eran los misteriosos
bienhechores, pero no lo consiguió. Por fin renunció a aclararlo, resignado a
aceptarlo sin averiguaciones.
Pero
su mujer no lo entendió así; estaba agradecida, pero no quería renunciar a lo
que había sido suyo y excitó a su marido para que fuese por segunda vez a
reclamar justicia.
El
sekhti se dirigió otra vez al sensual; tras saludarle respetuosamente, reiteró
su queja ante los nobles que le acompañaban, de manera muy persuasiva y
elocuente. El senescal le hubiera dado gustoso la razón, pero, obedeciendo
cuanto le había dicho el faraón, no contestó una sola palabra y el campesino
volvió a su casa sin haber obtenido justicia.
El
fracaso le desanimó bastante y regresó a su hogar. Tras contarle a la familia
cuanto había sucedido, su esposa, que no perdía la esperanza de recuperar los
asnos con la carga, le convenció de que se presentara otra vez ante el senescal
y así lo hizo el hombre al cabo de unos pocos días.
Una
vez en el Palacio de Justicia, saludó respetuosamente a los presentes y empezó
a hablar, pronunciando ante los jueces una larga, elocuente y respetuosa
arenga, pero el senescal, implacable con las órdenes del faraón, ordenó que le
apaleasen, para ver si así le hacía desistir de su empeño.
Para
nada sirvió, pues el campesino volvió por cuarta, quinta y sexta vez, tratando
de ser atendido a fuerza de elocuencia.
El
senescal no le hacía ningún caso, ni le contestaba. Cuando a veces el sekhti se
desanimaba, su mujer le infundía valor nuevamente para que no abandonara su
derecho y, por esta razón, siguió presentándose en la sala de justicia cuantas
veces fue necesario.
Cuando
llegó la novena vez el senescal envió a dos personas de su séquito en busca del
sekhti; el pobre hombre temió, con razón, ser apaleado de nuevo a causa de su
insistencia en molestar a tan altos personajes.
Al
notar ellos el temor que producía su presencia le tranquilizaron diciendo:
-¡Nada
tienes que temer, oh sekhti! El senescal está complacido de la elocuencia de
que has dado muestra y se dispone a hacerte justicia. Ven con nosotros sin
miedo alguno.
Esta
décima vez fue bien acogido el campesino en la sala de justicia. El senescal le
sonrió amablemente y ordenó a uno de sus escribas que anotase en un papiro
cuanto pedía el sekhti, para enviarlo al faraón, como le había ordenado.
Neb-a-n-ra
leyó atentamente los discursos del sekhti, pero no tomó decisión alguna, sino
que confió al senescal el cuidado de fallar el asunto, según conviniese en
buena justicia.
Con
esta autorización el senescal Maruitensa quitó de su empleo a Tehuti-nekht y le
confiscó sus propiedades, que fueron entregadas al sekhti.
Pero
no terminaron aquí sus aventuras, pues fue llamado por el faraón, quien le
invitó a vivir en palacio con toda su familia. Y el sekhti dio tanta prueba de
fidelidad y honradez que fue nombrado, en seguida, inspector general del
faraón, quien le tenía mucho afecto.
Shu
y Tefenet fueron los primeros de los hijos de Ra-Atum. Ellos se quisieron con
un amor tan grande y profundo que, al cabo de poco tiempo, Tefenet dio a luz
unos gemelos. El primero en nacer fue Geb, el dios de la tierra, y el segundo,
Nut, diosa del cielo.
Geb
amaba a su hermana apasionadamente, la bella Nut, y durante muchísimo tiempo
permanecieron fuertemente abrazados. Como consecuencia de tal efusión el cielo
se mantenía estrecho contra la tierra y entre ellos no quedaba espacio para que
pudiera alguien vivir o crecer.
Al
final, Ra-amun cogió enormes celos del gran amor de Nut por Geb y con gran ira
tomó la decisión de que nunca más pudieran estar juntos. Para ello ordenó al
padre de ambos, Shu, que hiciera algo para separarlos definitivamente. Así se
lo hizo saber y el poderoso dios pisó a Geb para que no pudiera elevarse. Luego
levantó a Nut con las manos y la mantuvo, de esta forma, muy por encima de su
hermano, de manera que les mantenía separados. A pesar de que Nut esperaba un
hijo, Ra-Amun la maldijo, como castigo por su actitud anterior, para que fuera
incapaz dar a luz ninguno de los días del año.
Al
verse separados de una forma tan violenta, Geb luchaba sin descanso y con gran
valentía bajo los pies de su padre, mientras que Nut intentaba abalanzarse
hacia abajo para acercarse a él, pero no había forma de que se pudieran
alcanzar y con ello su tristeza y desesperación fue en aumento.
Mientras
tanto, el Creador había ido dando vida a muchos otros seres, entre ellos a
Thot, el más sabio de los dioses. Un día, Thot levantó los ojos y vio el bonito
cuerpo de Nut encima del mundo, mientras se debatía por regresar hasta su
amado, y la amó de una forma tan pura y profunda que se compadeció de ella.
Decidió
prestar su ayuda a la infeliz diosa para que al menos pudiera dar a luz a sus
hijos, e inmediatamente inventó el juego de las damas. Entonces, decidió
desafiar a los demás dioses a que jugaran contra él siempre y cuando utilizaran
el tiempo a modo de apuesta. Poco a poco, el sabio dios consiguió ir ganando a
sus contrincantes hasta obtener de ellos cinco días.
El
Creador había fijado la duración del año en trescientos sesenta y cinco días,
pero Thot le añadió el tiempo que había ganado y lo alargó en cinco días más.
Este periodo no estaba sometido al curso de Ra-Atum, y de esta forma Nut pudo
finalmente dar a luz a sus hijos.
El
primer día dio a luz a un niño ya coronado, que fue llamado Osiris. El segundo
día llegó Haroeris y el tercero, después de grandes dolores, Seth. Los días
cuarto y quinto llegaron al mundo las dos hijas, Isis y Neftis.
Osiris
e Isis se habían enamorado en el interior del vientre de su madre y no tardaron
demasiado en convertirse en marido y mujer.
Seth
y Neftis también se casaron con el tiempo, pero nunca existió un verdadero amor
entre ambos.
Las
dos hijas de Nut eran totalmente diferentes de carácter. Isis era valiente,
bella y astuta, la Señora de la Magia, más sabia que millones de hombres,
mientras que Neftis era leal y dócil.
Los
hermanos Osiris y Seth tenían, si cabe, todavía más diferencias. Osiris era
hermoso, gallardo noble y generoso, mientras que Seth tenía la cabeza de bestia
salvaje y ello ya delataba su naturaleza, porque era ambicioso, maligno y
cruel. Nunca pudo perdonar a Osiris que fuese su hermano mayor y, por tanto, el
destinado a ocupar el trono.
Ra-Atum,
con sus hijos Shu y Tefenet, sus nietos Geb y Nut y sus biznietos Osiris e
Isis, Seth y Neftis, fueron adorados como los nueve grandes dioses bajo el
nombre de la Enéada.
El
Creador fue dando existencia a muchos otros dioses y diosas y llenó el cielo de
encima y debajo de la Tierra de espíritus, demonios y divinidades menores.
Vivieron todos ellos bajo el poder del primero de todos.
Una
vez creados todos los seres que debían hacer compañía a los dioses, se dio la
vida al hombre.
Hubo
quien dijo que la humanidad había brotado directamente de las lágrimas de
alegría que había volcado Ra-Atum cuando recuperó a Shu y Tefenet de las aguas
del caos.
Otros
contaban que el primer hombre había sido modelado por Khnum, el dios con cabeza
de cordero, en su torno de ceramista. Después de haber dado la vida a sus
nuevas criaturas, el Creador les hizo una tierra para que vivieran en ella: se
trataba del reino de Egipto.
Ra-Atum
protegió Egipto de posibles peligros con enormes barreras de desierto, pero
decidió crear también el río Nilo para que sus aguas lo inundasen
periódicamente y así sus habitantes podrían tener ricas y abundantes cosechas.
Después fue haciendo el resto de países y precisamente para ellos puso un Nilo
en el cielo, lo que denominamos lluvia.
Ra
hizo a su vez que existieran las estaciones y las divisiones temporales (meses)
y cubrió la tierra de árboles, hierbas, flores y vegetales de todo tipo.
Finalmente creó todas las especies de insectos y peces, de pájaros y animales
terrestres, y les infundió el aliento de la vida.
Ra-Atum,
contento y satisfecho con cuanto veía a su alrededor, es decir, su propia
creación, se paseaba cada día sin descanso por su reino o bien navegaba por el
cielo con la Barca de Millones de Años.
Cada
vez que veían el Sol, las criaturas vivientes de las tierras de Egipto se
alegraban y alababan a su poderoso Creador.
Finalmente,
para poder frenar todas las fuerzas del caos y el mal, así como para poder
defender el orden, la justicia y el bien, Ra-Atum inventó lo que se denominó
realeza. Él fue el primero y más grande rey de Egipto y gobernó durante siglos
y siglos con alegría y paz.
Ra,
el Único Creador, se hacía visible a todo el pueblo de Egipto bajo la forma del
disco solar, pero también era conocido bajo muchas otras.
Era
capaz de aparecer como un hombre coronado, como un halcón o bien como un hombre
con cabeza de halcón y de la misma manera, como el escarabajo pelotero empuja
las bolas de excrementos, los egipcios representaban a Ra como un escarabajo
que empujaba el Sol a través del cielo.
En
unas cavernas profundas debajo de la tierra se escondían otros sesenta y cinco
formas de Ra; seres misteriosos de cuerpo momificado y con la cabeza de pájaro,
serpiente, plumas o flores.
Los
nombres de Ra eran tan numerosos como sus formas: era el Radiante, el Oculto,
el Renovador de la Tierra, el Viento de las Almas, el Ensalzado, pero había un
nombre del Dios Sol que, desde el principio de los tiempos, nunca jamás había
sido pronunciado.
Llegar
a conocer ese nombre secreto de Ra significaba mucho. Nada más y nada menos que
tener el poder por encima de él y sobre todo el mundo que había creado.
Isis
se deleitaba por poseerlo. Había soñado que un día tendría un hijo maravilloso
con cabeza de halcón, que se llamaría Horus. Ella deseaba el trono de Ra para
darlo a su propio hijo.
Isis
era la Señora de la Magia, mucho más sabia que millones de hombres, pero
conocía perfectamente que no existía absolutamente nada en toda la creación con
el poder suficiente para poder dañar a su Creador. La única cosa posible era
poner el propio poder de Ra contra él mismo y finalmente, tras mucho pensarlo,
Isis concebió un plan cruel y astuto.
Todos
los días, el dios Sol visitaba su reino, y lo hacía acompañado de un nutrido
grupo de espíritus y divinidades menores, pero Ra se iba haciendo cada vez más
viejo. La vista y las piernas le empezaban a flaquear y también estaba
empezando a perder un poco la cabeza.
Una
mañana, Isis se mezcló con un grupo de divinidades menores y siguió la comitiva
del Rey de los Dioses. Observó con cuidado la cara de Ra, hasta que vio que la
saliva le goteaba como un terrón.
Tras
asegurarse bien de que nadie la estaba observando, recogió con una pala el
trozo de tierra y se lo llevó. Entonces, Isis mezcló la tierra con la saliva de
Ra para hacer arcilla y con ella modeló una serpiente de aspecto maléfico.
Durante todas las horas de oscuridad, fue susurrando encantamientos a la
serpiente de arcilla, que reposaba sin vida en sus manos. Después, la astuta
diosa la llevó hasta un cruce de camino que el dios siempre tomaba. Escondió a
la serpiente en medio de la alta hierba y regresó rápidamente a palacio.
A la
mañana siguiente Ra salió a pasear por su reino y, como de costumbre, fue
acompañado de su séquito de espíritus y divinidades menores que se
arremolinaban detrás de él.
Cuando
se acercaba al cruce, los encantamientos de Isis empezaron a hacer efecto y la
serpiente se estremeció de vida. En el instante en que el dios Sol pasó, le
mordió en el tobillo y acto seguido volvió a convertirse en un montón de
tierra. Tras el mordisco, Ra lanzó un grito que pudo oírse por toda la
creación.
-He
sido herido por alguna cosa mortal –dijo Ra con un hilo de voz-. Me lo dice el
corazón, a pesar de que mis ojos son por completo incapaces de verlo. Sea lo
que sea, no lo he hecho yo, Señor de la Creación. Estoy totalmente convencido
de que ninguno de vosotros me habría hecho una cosa tan terrible, ¡pero sabed
que nunca había sufrido tanto! ¿Cómo puede haberme sucedido esto a mí? Yo soy
el Creador Único, el hijo del abismo acuoso. Soy el dios de los mil nombres,
pero mi nombre más secreto fue pronunciado una única vez, antes del principio
de los tiempos. Y fue precisamente escondido en el interior de mi cuerpo para
que nadie nunca lo pudiera saber ni me pudiera lanzar encantamientos. Y, sin
embargo, mientras paseaba por mi reino, alguna cosa me ha herido y ahora el
corazón me quema y las piernas no paran de temblar. ¡Id a buscar a la Enéada!
¡Haced venid a mis hijos! Entienden de magia y su sabiduría penetra el cielo.
Los
mensajeros marcharon a toda prisa a buscar a los dioses, y de los cuatro
pilares del mundo vino la Enéada: Shu y Tefenet, Geb y Nut, Seth y Osiris, Isis
y Neftis. Los enviados recorrieron cielo y tierra y el abismo acuoso para
reunir a todas las divinidades creadas por Ra.
De
los pantanos vinieron Heket, el de cabeza de rana; Wadjet, la diosa cobra, y el
temible dios Sobek, con su cabeza de cocodrilo. De los desiertos llegaron el
feroz Selkis, la diosa escorpión; Anubis, el chacal, guardián de los muertos, y
también Nekhbet, la diosa del buitre.
De
las ciudades situadas en el Norte vinieron la guerrera Neith; la bondadosa
Bastet, con cabeza de gato; la feroz Sekhmet, con cabeza de léon, y Path, el
dios de los oficios.
De
las ciudades del Sur llegaron Onuris, el cazador de vino, y el dios Khnum, el
de cabeza de cordero. Todos habían sido llamados al lado de Ra.
Dioses
y diosas se reunieron alrededor del dios Sol, llorando y gimiendo, de miedo a
que pudiera llegar a morir. Isis estaba de pie en medio de todos, dándose
golpes en el pecho y haciendo ver que estaba tan angustiada y perpleja como
todas las demás divinidades.
-Padre
de todos –dijo poniendo gran dolor en el tono de voz-, ¿qué te ha sucedido?
¿Acaso te ha mordido una serpiente? ¿Alguna criatura miserable ha osado atacar
a su Creador? Pocos dioses se pueden comparar a mí por su sabiduría y además
soy la Señora de la Magia. Si me dejas ayudarte estoy más que convencida que
podré sanar todos tus males.
Ra
agradeció profundamente estas palabras de Isis y les contó detalladamente lo
que le había sucedido.
-Ahora
estoy más frío que el agua y más caliente que el fuego- se lamentó el dios
Sol-. Los ojos se me oscurecen. No puedo ver el cielo y tengo el cuerpo lleno
de sudor por la fiebre.
-Ahora
deberías decirme tu nombre completo –dijo la astuta Isis-. Así lo podré
utilizar para mis encantamientos. Sin esto, ni el más grande de los magos te
podrá ayudar.
-Soy
el creador del cielo y la tierra –dijo Ra-. He hecho las alturas y las
profundidades, he fijado horizontes al Este y al Oeste. Al alba, me elevo a
Khepri, el escarabajo, y navego por el cielo en la Barca de Millones de Años.
Al mediodía luzco en los cielos como Ra, y al anochecer, soy Ra-Atum, en el sol
poniente.
-Todo
esto ya lo sabemos –dijo Isis-. Si de verdad deseas que encuentre un
encantamiento para sacarte el veneno, tendré que hacer uso de tu nombre más
secreto. Menciona por una vez tu nombre y vive.
-El
nombre secreto me fue dado para que pudiera vivir de forma tranquila –gimió Ra-
y para que no tuviera que temer a ninguna criatura viviente. ¿Cómo quieres que
lo devele?
Isis
no dijo nada y se arrodilló al lado del dios, cuyo sufrimiento iba en aumento.
Cuando se le hizo insoportable, Ra ordenó a los demás dioses que se apartasen y
después, le dijo su nombre secreto a Isis.
-Ahora
el poder del nombre secreto ha pasado de mi corazón al tuyo –dijo Ra
cansadamente-. Con el tiempo lo podrás revelar a tu hijo, ¡pero adviértele que
nunca traicione el secreto!.
Isis
dijo que sí con la cabeza y se puso a recitar un poderoso encantamiento que
consiguió expulsar todo el veneno del cuerpo de Ra; pasado poco tiempo el dios
Sol se levantó más fuerte que antes y regresó a la Barca de Millones de Años
para proceder a sus diarios paseos durante los cuales contempló todo cuanto
había salido de su mano.
Isis,
habiendo conseguido aquello que más ambicionaba en el mundo, gritó de alegría
debido a que su plan había sido todo un éxito. Ahora tenía el convencimiento de
que un día su hijo Horus se sentaría en el trono de Egipto y ostentaría el
poder de Ra.
Hathor,
hija de Ra, tenía muchas formas. Podía ser una vaca o un gato y se aparecía a
los recién nacidos bajo la forma de siete maravillosas damas para predecirles
el futuro.
Hathor,
bajo su apariencia humana, era la más encantadora y alegre de las diosas, pero
cuando asumía el papel del Ojo del Sol también podía llegar a ser la más cruel
y feroz. Era la protectora de los dioses, pero, cuando se enfadaba, hasta los
dioses le tenían miedo. Las inscripciones de los templos y una leyenda escrita
en Egipto hacia el siglo I después de Cristo hablan de una época siniestra,
cuando Hathor abandonó su país y decidió vivir en Nubia.
El
Ojo del Sol tenía celos de los demás dioses y diosas creados por Ra. Por este
motivo mantuvo una fuerte riña con su padre y como consecuencia decidió
marcharse al Sur para vagar por los desiertos remotos de Nubia. La airada diosa
abandonó su forma humana y adoptó la de un gato salvaje o la de una leona
furiosa. Vivía de la caza y mataba a toda criatura que osara acercársele.
Egipto
estaba desolado, porque, sin la bella Hathor, las sonrisas y el amor se
volvieron mustios y la vida no daba ninguna alegría. El dios Sol ocultó su
rostro afligido y la oscuridad cubrió la tierra. Nadie le podía consolar de la
pérdida de su adorada hija, y lo peor de todo era que, sin el poder de su ojo,
Ra estaba a merced de sus enemigos. Las tinieblas estrechaban sus anillas
alrededor de la luz y el caos amenazaba el orden.
-¿Quién
me devolverá a Hathor? –preguntaba Ra-, pero los dioses permanecían en
silencio. El Ojo del Sol tenía el poder de la vida y la muerte sobre todos los
seres, y los dioses tenían miedo de acercársele.
Entonces
Ra llamó a Thot, el más sabio de los dioses, y le ordenó que fuera a Nubia y
que convenciese a Hathor para que regresase a Egipto.
Thot
obedeció al Rey de los Dioses con el corazón encogido. Estaba convencido que,
si Hathor le reconocía, lo mataría antes de dejarle hablar. Con este
pensamiento, se transformó en un humilde mandril. Después se arrastró poco a
poco por el desierto de Nubia, siguiendo el rastro sanguinolento de la diosa.
Cuando
la hubo encontrado, Hathor tenía la forma de gato salvaje y estaba sentada en
una roca lamiéndose el pelaje. Thot se le acercó a cuatro patas y dando golpes
de cabeza en el suelo.
-¡Salud,
hija del Sol! –dijo humildemente.
Hathor
se encogió y resopló, pero al ver que solo se trataba de un mandril, se paró y
no se le lanzó encima.
-Graciosa
deidad –dijo Thot con voz temblorosa-. ¿Puede una mona humilde osar hablar
contigo?
-Hablar
y muere –gruñó el gato salvaje a la vez que enseñaba las garras. El mandril se
encogió y besó el suelo murmurando:
-Oh,
poderosa, si decides matarme, no puedo yo impedirlo, pero recuerda la historia
de la madre buitre y la madre gata.
-¿Qué
historia? –preguntó Hathor.
-Escúchame,
mi señora –dijo Thot con astucia-, y te la contaré.
El
gato salvaje se sentó y de nuevo empezó a limpiarse. Parecía que no hacía caso
del mandril, pero Thot sabía que si intentaba huir sentiría sus garras de
inmediato. Así pues, empezó la historia:
“Había
una vez un buitre hembra que hizo un nido en una palmera e incubó sus huevos
hasta que de ellos nacieron cuatro preciosos pollitos. En el mismo instante en
que salieron de las cáscaras, los pollinos pidieron comida, pero la madre tenía
miedo de abandonar el río a causa del gato salvaje que vivía cerca de allí. La
gata también había tenido cuatro gatitos y a su vez estaba atemorizada de
dejarlos por culpa del buitre.
Los
pollitos y los gatitos gritaban con tanta desesperación a causa del hambre que
pronto se reunieron las madres y concertaron una tregua. El buitre y la gata
salvaje juraron solemnemente por Ra que ninguna atacaría a las crías de la
otra. Entonces la madre buitre se sintió suficientemente segura para ir volando
en busca de carroña y la madre gata se atrevió a ir de caza.
Durante
unas semanas todo iba bien y los pollitos y gatitos se hacían mayores. Los
pequeños buitres pronto empezaron a jugar por toda la montaña. Un día, mientras
la madre buitre daba vueltas sobre el desierto, el más atrevido de sus pollitos
salió volando del nido. Sus alas no estaban todavía bien fuertes y, tras un
corto vuelo, se posó en la cima de la montaña donde jugaban los gatitos y comió
un poco de su alimento.
Sin
pensárselo dos veces, la madre gata atacó al pequeño buitre y lo hirió.
-Ve
a buscarte la comida –se quejó el gato salvaje.
El
pequeño buitre intentó batir las alas, pero vio que no podía volar.
-No
podré regresar al nido –dijo-, pero has roto el juramento y Ra me vengará.
Cuando
la madre buitre regresó al nido con el pico lleno de carroña, vio que uno de
sus pollitos había desaparecido y le vio muerto en la otra montaña.
“Así
que el gato ha roto su juramento”, pensó el buitre. “No tardaré en vengarme”.
Cuando
el gato salvaje volvió a salir de caza, el buitre se lanzó en picada sobre los
gatitos. Los mató y se los llevó a su propio nido, para que sirviesen de
alimento a sus pollitos.
Cuando
la madre gata volvió con su presa fue incapaz de encontrar sus gatitos. Los
buscó por toda la montaña, mientras, iba lanzando desgarradores maullidos. Lo
único que pudo hallar fueron unos cuantos mechones de pelo sanguinolento y
comprendió rápidamente que el buitre había matado a sus gatitos. Entonces pidió
venganza a Ra.
-¡Oh
gran dios, que juzgas a los justos y malvados, el buitre ha roto el juramento
sagrado y ha matado a mis hijos! ¡Escúchame, Ra, y castiga a la perjura!
El
dios Sol escuchó su ruego y se enojó porque se hubiera roto un juramento hecho
en su ombre. Como el buitre se había tomado la venganza por su cuenta y había
matado a los gatitos, Ra ordenó a un mensajero para que dispusiera el castigo
adecuado.
A la
mañana siguiente cuando el buitre volaba por encima del desierto buscando
comida, vio a un cazador solitario que estaba cocinando una pierna en una
hoguera. El buitre se lanzó en picado, le arrancó la pata con sus garras y se
la llevó triunfante al nido. La dejó caer sobre los pollitos hambrientos, pero
sucedió que todavía llevaba unas cuantas brasas encendidas pegadas debajo. Tan
pronto como las brasas tocaron las ramitas y la hierba seca, el nido se
encendió. Los tres pollitos murieron quemados sin que la madre, que daba
vueltas por encima pudiera hacer nada para evitarlo. El gato salvaje corrió
hasta donde estaba y le chilló al buitre:
-Por
Ra, que tú mataste a mis gatitos, pero ahora tus crías han muerto. ¡Ya estoy
vengada!
Es
decir, señora mía –concluyó Thot-, que las dos madres habían roto el juramento
y ambas fueron castigadas por ello. Ra, quien todo lo oye y todo lo ve, castiga
todos los crímenes. Glorifica a Ra, que da la vida a todas las cosas y el
rostro resplandeciente del cual lleva alegría a toda la tierra.”
La
diosa se quedó sentada pensando sobre la historia y recordando a su padre justo
y poderoso. Thot vio su oportunidad y se le acercó más:
-Señora,
te traigo comida divina del palacio del dios Sol. Hierbas prodigiosas que dan
salud y alegría a cualquiera que las prueba.
Le
alargó un ramo de hierbas con la pata, y su dulce fragancia tentó finalmente al
gato salvaje a roerlas. Cuado se hubo tragado el alimento divino, el humor de
Hathor había cambiado. Toda su cólera había desaparecido y escuchó con
docilidad a Thot.
-Estas
hierbas se han hecho en Egipto –dijo Thot-, la tierra que surgió de las aguas
del Nun, el lugar que el Creador formó para los dioses y para los hombres, la
casa de Ra, tu padre amado, y de Shu, tu querido hermano.
Mientras
había rondado por el desierto, Hathor había olvidado su tierra y a su familia,
pero las palabras de Thot se lo devolvieron todo a su memoria. Pensó en su
padre y en su hermano y recordó todos los templos donde los hombres la habían
adorado como a la más grande de las diosas. De pronto, Hathor se sintió
inundada de añoranza por Egipto y sus lágrimas cayeron abundantes.
Thot
la vio llorar un rato y después le dijo con ternura:
-Oh
señora, ahora te afliges por la tierra, pero piensa en el mar de lágrimas que
han derramado por ti los que están en Egipto. Sin ti, los templos están vacíos
y silenciosos. Sin ti, no hay música ni baile, no hay risas ni alegría. Sin ti,
jóvenes y viejos se desesperan. Pero si decides regresar, las arpas y los
tambores, los laúdes y todos los instrumentos volverán a sonar. Egipto bailará.
Egipto cantará, las Dos Tierras se alegrarán como nunca en la vida. Ven
conmigo, regresa a casa y de camino hacia el Norte, te contaré otra historia.
Había una vez un halcón, un buitre y un coco. Un día se encontraron…
Thot
dio un paso hacia delante, confiando que Hathor le seguiría, pero de pronto la
diosa se dio cuenta que durante todo ese rato, el mandril había intentado
animarla a regresar a Egipto.
Le
dio rabia que la hubiese hecho llorar y, con un terrible grito, se convirtió en
una enorme leona. Su piel tenía el color de la sangre y rugía y humeaba como
una llama viva. Su rostro brillaba más que el disco solar y su apariencia feroz
hizo estremecerse a Thot. Se puso a saltar como una langosta y a temblar como
una rana. La saludó como si fuera el mismo Sol:
-¡Oh,
poderosa, ten piedad! ¡En nombre de Ra te pido que me perdones la vida!
¡Graciosa divinidad, antes de atacar, escucha la historia de los dos buitres!
La
cólera de Hathor se fue calmando un poco y como sentía curiosidad por saber la
historia, se volvió a convertir en un gato salvaje. Thot, entonces, se apresuró
a empezar la narración:
“Hubo
una vez dos buitres que vivían entre los montes del desierto. Un día el primero
de los buitres se jactaba:
-Mis
ojos son más vivos que los tuyos y mi vista es más afilada. Ninguna otra
criatura con alas tiene un don como el mío.
-¿Y
cuál es este don? –preguntó el segundo buitre.
-De
día o de noche puedo ver los límites de la Tierra –contestó el primero-. Encima
de todo el cielo o dentro del océano, puedo ver lo que allí pasa.
-Quizá
si tus ojos sean más vivos que los míos y que tu vista supere a la mía
–reconoció el otro buitre-, pero mis orejas son más vivas que las tuyas y mi
oído supera al tuyo. Puedo oír cualquier ruido que se produzca tanto en la
tierra, como en el mar o en el cielo.
Los
dos pájaros pasaron muchos días discutiendo sobre quién poseía el don más
preciado, pero una mañana, mientras estaban en la rama de un gran árbol muerto,
el segundo se puso a reír:
-¿De
qué te ríes? –le preguntó el primero.
-Río
de cómo un cazador puede convertirse rápidamente en cazado –dijo el segundo
buitre. Y añadió-: Un pájaro en el otro lado del río me está contando lo que
acaba de ver. Tú serías incapaz de oírlo a esta distancia. Ha visto cómo una
lagartija cazaba y se comía una mosca. Un momento después, una serpiente
atrapaba y se tragaba a la lagartija y, acto seguido, la serpiente era agarrada
por un halcón hambriento. Resulta que pesaba demasiado y el halcón y la
serpiente han caído al mar. Si tienes tan buena vista como has afirmado, dime
qué les ha ocurrido a partir de aquí.
El
primer buitre levantó su cabeza calva y dirigió su mirada hacia las costas del
mar lejano.
-Un
pez se ha tragado al halcón con la serpiente aún cogida entre sus garras. Y
ahora un pez más grande se ha comido al primero –el buitre permaneció en
silencio un rato y luego continuó-: Y ahora el pez grande se ha acercado
demasiado a la playa y un león lo ha sacado del agua de un golpe de zarpa. Se
lo está comiendo… ¡Ah!
El
primero de los buitres se mostró muy revolucionado:
-¡Un
animal fantástico mitad águila mitad león se ha lanzado sobre el león y se lo
lleva a su nido!
-¿Estás
seguro? ¿Puede ser cierto? –preguntó el segundo pájaro.
-Si
no me crees, acompáñame a su nido –dijo el primer buitre- y podrás comprobarlo
por ti mismo.
Y
los dos buitres emprendieron el vuelo y cruzaron los montes del desierto hasta
llegar cerca de la cueva de tan maravilloso animal.
Los
dos pájaros contemplaron cómo esa bestia se comía las últimas tiras de carne de
los huesos del león y acto seguido emprendieron el vuelo hacia un lugar que
fuera más seguro.
-Todo
cuanto hemos visto muestra el poder de Ra en acción en el mundo –empezó el
primero de los buitres-. Ni la mente de una mosca se le escapa al dios Sol, y
los que matan mueren. La violencia se paga con violencia. Y lo sorprendente del
caso es que nada le ha pasado a este último animal, a pesar de que se ha comido
al león.
-Debe
ser porque es el mensajero de Ra –respondió el segundo buitre-. El dios Sol le
ha dado el poder de la vida y la muerte sobre todas las criaturas. No hay nada
más fuerte que él a excepción de la justicia de Ra.
Es
decir, señora, que es tu propio padre quien da bien por bien y mal por mal
–concluyó Thot-. Y él te ha llenado de su poder. Eres el Ojo del Sol, su
vengador”.
El
corazón de Hathor empezó a batir de alegría y se volvió a sentir orgullosa de
ser la hija del dios Sol.
-Para
ya de temblar, pues no pienso matarte –prometió el gato salvaje-. Tus palabras
me han embrujado, pero sé que no me quieres ningún mal. Me has quitado la pena
y la cólera que sentía.
-Señora,
si deseas seguirme –empezó a decir tímidamente Thot-, te conduciré hasta
Egipto. No son demasiados días de viaje a través de estas colinas.
-Pongámonos,
pues, en marcha en seguida –gruñó Hathor- y basta de charla.
El
mandril empezó el camino en dirección a Egipto, con el gato salvaje a unos
pocos pasos detrás de él. Por miedo a que se lo pensara de nuevo o que volviera
a encenderse de ira, Thot empezó una nueva historia:
“Había
dos chacales que vivían en el desierto y que eran los amigos más fieles.
Cazaban juntos, comían y bebían siempre juntos, y compartían la misma zona de
sombra. Un día que descansaban bajo las ramas de un árbol del desierto, vieron
cómo un león enfadado se acercaba hacia donde ellos estaban reposando. Los dos
chacales se quedaron bien quietos y dejaron que el león se viniera hacia ellos.
Esto desconcertó al animal y rugió:
-¿Es
que acaso vuestras piernas están demasiado pesadas a causa de los años? ¿No
habéis visto cómo me acercaba? Y siendo así, ¿cómo es que no habéis emprendido
rápidamente la huida?
-Señor
león –contestaron los chacales-, sí hemos visto cómo venías lleno de furia
hacia nuestra posición, pero hemos tomado la decisión de no huir. Al fin y al
cabo nos hubieras atrapado igual y creímos que no tenía ningún sentido que nos
cansáramos antes de que nos comieras.
Como
a los poderosos la verdad no les ofende, al león le hizo mucha gracia la
respuesta fría y tranquila y dejó libres a los dos compañeros.
No
te he contado más que la verdad de cuanto sucedió –añadió Thot-, y, ahora que
me has perdonado la vida, podemos ir hacia Egipto juntos y yo prometo
protegerte.”
-¿Qué
tú me protegerás? El Ojo del Sol no necesita la protección que pueda
proporcionarle un mandril.
-A
veces el débil puede salvar al fuerte –contestó Thot-. Recuerda la historia del
león y el ratón.
“Había
una vez un león que vivía en los montes del desierto. Era tan grande y fiero
que todos los animales le tenían miedo. Pero un día se encontró por casualidad
a una pantera tendida en el suelo, más muerta que viva. El animal tenía la piel
destrozada y el cuerpo lleno de profundos cortes que sangraban. El león estaba
muy sorprendido, pues siempre había pensado que él era el único suficientemente
fuerte como para vencer a una pantera.
-¿Qué
ha pasado? –preguntó-. ¿Quién te ha hecho esto?
-El
hombre –suspiró la pantera-. No hay nadie tan astuto. ¡Procura no caer nunca en
sus manos!
El
león nunca había oído hablar de la existencia de una bestia llamada Hombre,
pero le enojaba que una criatura pudiera causar unas heridas tan crueles
únicamente para divertirse. Entonces pensó que iría a la caza del hombre y se
dirigió en la dirección de donde había venido la pantera. Cuando ya llevaba una
hora andando, el león se encontró con una mula y un caballo unidos por un yugo,
con trozos de metales que les hacían daño a las tiernas bocas.
-¿Quién
os ha hecho esto? –quiso saber el león.
-El
Hombre, nuestro amo –respondió el caballo.
-Así
pues, ¿el Hombre es más fuerte que vosotros dos?
-Señor
león –dijo a su vez la mula-, no hay nadie más astuto que el Hombre, ¡cuídate
de no caer jamás en sus manos!
El
león se enfadó de nuevo y estuvo más decidido que nunca a encontrar y matar a
esta criatura tan cruel denominada Hombre. Continuó su camino y pronto encontró
un buey y una vaca atados con una cuerda. Les habían serrado los cuernos y
tenían la nariz atravesada por anillas de metal. Cuando el león les preguntó
quién les había hecho eso, recibió la misma respuesta:
-El
Hombre, nuestro amo. No existe nadie más astuto que él. ¡Procura no caer en sus
manos!
El
león reemprendió el camino y la próxima cosa que vio fue a un enorme oso
acercándose pesadamente hacia él. Cuando lo tuvo cerca, el león se dio cuenta
que le faltaban las garras y también los dientes.
-¿Quién
ha osado hacerte esto? –le preguntó-. No es posible que el Hombre sea más
fuerte que tú.
-Es
cierto –gimió el oso-, porque el Hombre es más astuto. Yo capturé al Hombre y
le obligué a que me sirviera, pero él me dijo: “Amo, tienes las garras tan
largas que seguro te resulta difícil coger la comida y tienes los dientes tan
largos que te costará meterte los alimentos en la boca. Deja que te corte las
uñas y los dientes y te aseguro que podrás comer el doble.” Yo le creí y dejé
que lo hiciera, pero en lugar de lo que me había prometido me arrancó las
garras y me limó los dientes. Entonces ya no tuvo miedo de mí. Me tiró arena en
los ojos y se alejó lanzando sonoras y enormes carcajadas.
Habiendo
oído esto, el león se enfureció más que nunca y continuó su camino hasta que se
encontró con otro león cuya pata estaba atrapada en el tronco de una palmera.
-¿Qué
te ha pasado? –preguntó el primer león-. ¿Quién ha sido capaz de hacerte una
cosa así?
-El
Hombre –gruñó el segundo león-. ¡Ten mucho cuidado! ¡Nunca te fíes de él! El
Hombre es malo por naturaleza. Le convertí en mi criado y le pregunté cuál era
el trabajo que sabía hacer, pues daba la sensación de que era una criatura muy
débil. Me respondió que sabía hacer un amuleto que me daría vida inmortal.
“Sígueme”, me dijo, “y convertiré este árbol en amuleto. ¡Haz exactamente lo
que te diré y vivirás eternamente!” Y vine con él hasta esta palmera y él serró
una grieta en el tronco y la abrió con una palanca. Me dijo que metiera la pata
en ella y, cuando lo hube hecho, la rendija se cerró y la pata me quedó así
atrapada. Luego el Hombre me tiró arena en los ojos y se fue riendo. Y ya lo
ves, ahora tendré que quedarme aquí hasta que me muera de hambre.
Entonces
el primer león lanzó un reto con un gran rugido.
-¡Hombre!
¡No te dejaré de perseguir hasta que te haya hecho padecer todos los males que
has causado a todas estas criaturas!
Continuó
avanzando a grandes saltos hasta que vio a un ratón en el camino. Fue a
levantar un agudo chillido y dijo:
-¡Oh,
señor león, no me aplastes, por favor! Conmigo no tienes ni para un solo
mordisco; apenas me encontrarás sabor alguno. Perdóname la vida y quizá un día
te podré devolver el favor. Si ahora me perdonas, te ayudaré cuando te halles
en un mal paso.
El
león se rió:
-¿Qué
puede hacer un minúsculo e insignificante ratón para ayudar al más fuerte de
los animales? Además, nadie tiene el poder de hacerme daño.
-Señor
león, a veces sucede que el débil puede ayudar al fuerte –insistió el ratón y
pronunció un solemne juramento de amistad. El león lo encontró divertido y,
como era verdad que no valía la pena comerse a un ratón, lo dejó escapar.
Pero
sucedió que el Hombre había oído los rugidos del león y le preparó unas
trampas. Excavó un agujero, encima extendió una red de cuerdas resistentes y lo
tapó todo con hierbas. Esa tarde, el león, mientras perseguía al Hombre, se
acercó al lugar y cayó en la trampa, quedando atrapado en la red. Durante
varias horas estuvo intentando librarse de ella, pero le resultó imposible. A
media noche el león quedó agotado y ya solo le quedaba esperar al alba para que
el Hombre viniera a matarle. De pronto oyó un susurro en su oreja:
-Señor
león, ¿te acuerdas de mí? Soy el ratón a quien gentilmente perdonaste la vida.
¿Qué cosa en este mundo existe más bonita que la de corresponder a una buena
acción con otra?
El
ratón empezó a roer las cuerdas. Trabajó hora tras hora para liberar al león y,
justo antes del amanecer, acabó de romper la última. El león se puso de pie de
un salto y se sacudió la red de encima. Con el ratón agarrado a su crin, salió
del agujero dando un gran salto y huyó lejos del Hombre, dirigiéndose a los
montes del desierto.
El
destino le había enseñado que incluso el ser más débil e insignificante puede
ayudar al más fuerte.”
Hathor
comprendió la moraleja de la historia de Thot y siguió al mandril con un nuevo
respeto, pero parecía no tener prisa en regresar a Egipto. Al llegar al límite
del desierto, se entretuvo bajo unas palmeras, sicomoros y algarrobos, para
probar algunos de sus frutos.
El
mandril se encaramó a los árboles con la esperanza de poder ver Egipto. Probó
una fruta y la encontró buena, pero recordó a la diosa que la fruta de los
árboles de Egipto era todavía muy buena, de manera que continuaron el viaje.
En
el momento de pasar la frontera, la gente de Egipto acudió en un gran número
para rendir honores a la diosa que regresaba. En El-Kab tomó forma de buitre y,
en el siguiente pueblo, la de una gacela, pero, al acercarse a Tebas, volvió a
su forma de gato salvaje. Antes de entrar en la ciudad se pararon para
descansar. Hathor se durmió y Thot se mantuvo vigilante.
Los
enemigos de Ra no estaban nada satisfechos de que el Ojo del Sol hubiera
regresado a Egipto. Protegida por la sombra de la noche, una serpiente del caos
se arrastró hasta la diosa dormida, con la intención de envenenarla y quitarle
a Ra su protectora.
Thot
que se mantenía en vigilia vio a la serpiente a punto de atacar y despertó
rápidamente a Hathor. El gato salvaje saltó sobre la serpiente y la partió en
dos. Luego le dio las gracias al mandril para haberla protegido y avisado y
recordó la historia del ratón que salvó al león.
A la
mañana siguiente entraron en Tebas y toda la ciudad enloqueció de alegría.
Hathor estaba tan contenta que se transformó en una bella y bondadosa mujer.
Después dejó que el mandril la condujese más al norte.
Ra
se reunió con su hija en la ciudad sagrada de Heliópolis y, cuando se
abrazaron, el país saltó de alegría. Entonces Thot volvió a tomar su forma
normal y Hathor por fin le reconoció. Se sentó al lado de ella en la fiesta y
Ra le dio las gracias al astuto Thot por haberle devuelto al Ojo de Sol.
En
las paredes de las tumbas reales y en el sepulcro de oro de Tutankamon había
una inscripción: “El libro de la Vaca Divina”, un libro que contaba la historia
de cómo la cólera del dios Sol por poco no destruía la humanidad…
Ra
era viejo, sus ojos eran como plata, su piel como oro bruñido y sus cabellos
como el lapislázuli. Cuando los egipcios vieron cómo había envejecido y al
percatarse de lo delicado de la salud de su rey, empezaron a murmurar contra él
y las murmuraciones se volvieron conspiraciones para apoderarse del trono de
Ra. Los conspiradores se reunieron en el límite del desierto, donde se creían
seguros, pero el dios Sol cuidaba de Egipto y escuchó sus intrigas.
Ra
estaba tan triste que deseaba hundirse de nuevo en el abismo acuoso, pero
también estaba más ofendido y colérico que nunca. Habló a los seguidores
congregados alrededor de su trono:
-Id
a buscar a mi hija, el Ojo del Sol; haced venir al poderoso Shu y Tefenet;
traed a sus hijos Geb y Nut; haced venir también a los oscuros Ogdoad, a los
ocho que estaban conmigo en el abismo acuoso; encontradme también a Nun. Pero
que vengan en secreto. Si los traidores saben que he convocado un consejo de
los dioses, adivinarán que han sido descubiertos y procurarán, por todos los
medios escapar del castigo.
Los
seguidores de Ra se apresuraron a obedecerle. Llevaron el mensaje a los dioses
y diosas y éstos, uno a uno, entraron en forma discreta en el palacio.
Inclinados ante el trono de Ra, quisieron conocer el porqué de tal convocatoria
y reunión que era tan sumamente secreta.
Entonces
el Rey de los Dioses habló a Nun, señor del abismo acuoso, y a las otras
divinidades.
-Tanto
los más viejos de los seres vivientes, así como todos los que junto a mí
estáis, sabéis perfectamente que de mis lágrimas surgieron los seres humanos.
Les di la vida así como el país donde ahora habitan, pero ahora se han cansado
de mi autoridad y piensan conspirar contra mí. Decidme, ¿qué tendría que
hacerles? –y tras una pausa continuó-. De hecho, no quisiera destruir a los
hijos de mis propias lágrimas hasta que no haya escuchado vuestro sabio
consejo.
El
acuoso Nem habló primero:
-Hijo
mío, eres más viejo que tu padre, más grande que el dios que te creó. ¡Qué
reines eternamente! Tanto los dioses como los hombres temen el poder del Ojo
del Sol. Envíalo contra los rebeldes.
Ra
dio una ojeada a Egipto y dijo:
-Los
conspiradores ya han huido hacia el interior del desierto. ¿Cómo les puedo
perseguir?
Y
todos los dioses exclamaron a una:
-¡Envía
al Ojo del Sol para matarlos! Toda la humanidad es culpable, deja que el Ojo
del Sol baje como Hathor y destruya a los hijos de tus lágrimas. Que no quede
ni uno solo con vida.
Hathor,
el Ojo del Sol, la más bella y terrible de las diosas, se inclinó ante el trono
y Ra asintió con la cabeza. Hathor fue hacia el desierto rugiendo como una
leona. Los conspiradores se dispersaron, pero ni uno solo se le escapó. Los
agarró y mató y luego se bebió su sangre.
Después,
la despiadada Hathor abandonó el desierto y extendió el terror por pueblos y
ciudades, matando a todo el que encontraba: hombres, mujeres y niños. Ra sintió
los ruegos y los gritos de los moribundos y empezó a sentir lástima de los
hijos de sus propias lágrimas, pero no dijo nada.
Al
anochecer, Hathor regresó triunfante a la presencia de su padre.
-Bienvenida
seas en paz –dijo Ra.
Intentó
aplacar la furia de su hija, pero Hathor había probado la sangre humana y la
había encontrado dulce. Estaba nerviosa por que llegara la mañana siguiente
para poder regresar a Egipto y completar la matanza de la humanidad en venganza
por su alta traición.
El
dios Sol buscaba la manera de salvar al resto de la humanidad de la furia de su
hija sin tener que faltar a su palabra real. Pronto dio con un buen plan. Ra
ordenó a sus seguidores que corriesen, más deprisa que las sombras, a la ciudad
de Abu y que trajeran todo el ocre que allí pudiesen encontrar. Cuando hubieron
regresado con cestas llenas de tierra roja, les volvió a enviar, esta vez a
buscar al sumo sacerdote de Ra en Heliópolis y a todas las esclavas que
trabajaban en el templo.
Ra
ordenó al sumo sacerdote que triturara el ocre para hacer un tinte rojo y puso
a las esclavas a hacer cerveza. El sumo sacerdote estuvo golpeando hasta que
los brazos le dolieron y las esclavas trabajaron toda la noche para hacer siete
mil jarras de cerveza. Antes del alba ya había mezclado la cerveza con la
pintura roja, que así parecía sangre fresca. El Rey de los Dioses sonrió:
-Con
esta poción para dormir puedo salvar de mi hija a la humanidad –dijo.
Entonces
Ra hizo llevar las jarras al lugar donde Hathor había de empezar la matanza y
ordenó que volcasen la cerveza por los campos.
Tan
pronto como hubo empezado el nuevo día, Hathor bajó a Egipto para oler el
rastro de los pocos que aún quedaban vivos y así poderlos matar. La primera
cosa que vio fue un gran charco de sangre. La diosa se agachó para chupar un
poco de sangre y le gustó tanto que se lo bebió todo.
La
cerveza era fuerte y la diosa pronto se puso muy alegre. La cabeza le daba
vueltas y ya no recordaba cuál había sido el motivo de su visita a Egipto. Con
un ensimismamiento agradable, Hathor regresó al palacio de Ra y cayó a los pies
de su padre, donde permaneció dormida un buen número de días.
-Bienvenida
bella Hathor –dijo Ra con tono suave-. La humanidad recordará el día que se
escaparon de tu furia bebiendo cerveza fuerte durante todas tus fiestas.
Los
hombres y mujeres supervivientes ciertamente lo recordaron y por siempre Hathor
fue conocida como la Señora de la Embriaguez. Durante las fiestas que a ella se
dedicaban, los egipcios se podían emborrachar tanto como quisieran y nadie les
reprochaba nada.
Pero
Ra todavía estaba enojado y triste por la rebeldía de los hombres. Ya nada
podía ser igual a la edad de oro de antes de la traición. Cuando por fin Hathor
se despertó, se sintió como nunca antes se había sentido, y Ra le preguntó:
-¿Te
duele la cabeza? ¿Te queman las mejillas? ¿Te sientes bien?
Mientras
hablaba, la enfermedad entró por primera vez en Egipto.
Ra
convocó un segundo consejo y dijo:
-Mi
corazón está demasiado triste y cansado para
continuar como rey de Egipto. Soy viejo y débil, dejadme hundirme otra
vez en el abismo acuoso hasta que me llegue el momento de renacer.
Nun
se apresuró a decir:
-Shu,
protege a tu padre. Nut, llévale a cuestas.
-¿Cómo
puedo llevar al poderoso Rey de los Dioses? –preguntó la bella Nut, y Nun le
dijo que se transformara en vaca de ijadas doradas y largos cuernos curvos. Ra
montó la Vaca Divina y se fue de Egipto.
Cuando
el dios Sol decidió marchar de Egipto, la gente que se había salvado de la
furia de Hathor sentía rabia y miedo.
Cuando
la tierra se oscureció todos echaban la culpa al vecino. Los hombres fabricaron
las primeras armas y atacaron a todo aquel que pudiera ser un enemigo del dios
Sol. Ra miró hacia atrás y comprendió que, de ahora en adelante, el hombre
siempre mataría al hombre en Egipto. Habló con tristeza a la Vaca Divina:
-Llévame
adonde me sea posible ver a la humanidad, pero que sea lejos de su alcance.
Entonces
el cuerpo de la Vaca Divina se convirtió en el cielo, sostenido como un gran
arco sobre la tierra, y Ra hizo las estrellas y las derramó por el vientre de
Nut. A continuación, el Rey de los Dioses creó el Campo de la Paz y el Campo de
las Cañas, residencias de los bienaventurados difuntos. Nut empezó entonces a
temblar, pues se hallaba muy arriba. Y Ra creó a los dioses Heh, los Dos
Crepúsculos, para que la sostuvieran y mandó al aéreo Shu que permaneciera
entre el cielo y la tierra.
Después,
Ra llamó a Thot y le dijo:
-Mira,
desde estas alturas deseo brillar e iluminar el cielo de arriba y al cielo de
abajo. Tú me representarás en la tierra y serás el responsable de registrar las
acciones de los hombres.
Entonces
creó la forma de ibis para Thot y lo hizo encargado del registro.
Cuando
Ra iluminaba el cielo de abajo, la tierra estaba a oscuras y los hombres tenían
miedo y lloraban la pérdida del dios Sol. Ra les oyó y también transformó a
Thot n el Gran Mandril Blanco. Thot brilló con una luz plateada y la humanidad
ya no tuvo nunca más miedo de una puesta de sol, porque Ra les había regalado a
la Luna. Y así, Thot con la cabeza de ibis fue el sabio Escribiente de los
Dioses, y Thot como mandril brilló en el cielo de la noche. De esta forma fue
como Ra se compadeció de los hijos de sus lágrimas.
Finalmente,
Ra ordenó a Nun y Geb que protegieran la tierra de las serpientes del caos e
hizo a Osiris rey de Egipto y a Isis reina.
Osiris
demostró ser un soberano sabio y bondadoso, enseñó al pueblo de Egipto la forma
de labrar la tierra, les dio leyes y les enseñó también a adorar a los dioses.
Incluso emprendió un viaje por los demás países de la Tierra para favorecerles
con los mismos dones.
Seth
estaba celoso de él y le hubiera gustado apoderarse de Egipto mientras su
hermano estaba fuera, pero Isis se había quedado para gobernar el reino. Ella
nunca se había fiado de Seth.
Cuando
Osiris hubo regresado sano y salvo de Egipto, hubo una gran alegría e incluso
Seth simuló estar contento. Ya había empezado a conspirar contra su hermano y
había encontrado un grupo de hombres ambiciosos y descontentos que deseaban
ayudarle. Seth esperó pacientemente a que llegara su oportunidad y finalmente,
una noche fue invitado a un banquete en casa de su hermano, en el cual Isis no
iba a estar.
En
el mismo instante de llegar, el hermano del rey se puso a hablar de una caja
maravillosa que le habían acabado de hacer. Cuando todos ya habían bebido mucho
vino, Seth mandó a buscar la caja y todos los invitados admiraron la exquisita
madera y los ricos dorados. Con una sonrisa en los labios, Seth prometió que
daría la caja a aquel que encajara en ella perfectamente.
Seth
sabía que solo había un hombre a quien la caja ajustara perfectamente, porque
había sobornado a uno de los criados para saber las medidas exactas del rey.
Después de que todos los invitados hubieron fracasado, los conspiradores
rodearon a Osiris e insistieron para que la probara.
Confiadamente,
Osiris se metió en la caja. Se tendió en su interior y todos vieron que entraba
en ella perfectamente, con la cabeza y los talones que tocaban justo los
extremos de la caja. Los más inocentes
rieron al pensar que Seth había perdido la apuesta en favor de su hermano.
Osiris mismo también sonrió a Seth y empezó a hablar, pero su hermano, en ese
justo instante, hizo una señal a los conspiradores y de repente, la tapa de la
caja se cerró y los cerrojos se deslizaron. Mientras los conspiradores retenían
a los invitados, Seth selló la caja con plomo fundido y de esta forma Osiris
murió.
La
caja, convertida en ataúd, fue llevada de noche cerca de uno de los numerosos
brazos del Nilo, desde donde los conspiradores la lanzaron al agua, esperando
que la corriente la arrastrara hasta el mar y allí se perdiera para siempre.
Después, Seth anunció la muerte de su hermano y se coronó como nuevo rey.
Cuando
Isis oyó la terrible noticia, se volvió como loca de pena. Se cortó un mechón
de cabellos y se vistió con ropa oscura. Después salió a buscar el cuerpo de su
marido.
Corrían
rumores extravagantes por todas partes, pero durante mucho tiempo nada pudo
descubrir. Fue a pie de un pueblo a otro, interrogando a todos los que
encontraba y, finalmente, habló con unos niños que habían visto cómo tiraban la
caja al Nilo y se alejaba río abajo.
La
diosa siguió aquel brazo del Nilo hasta el mar. De cuando en cuando daba con
alguien que le decía que hacía unos días le había parecido ver una caja dorada
que iba hacia el Norte, e Isis salió de Egipto y cruzó países desconocidos
siguiendo la costa, hasta que llegó al reino de Biblos. Las gentes de la zona
no pudieron decirle mucho, aparte de que un árbol milagroso había crecido de
repente en la playa.
La
caja de Osiris había sido arrastrada hasta tierra por el agua y había quedado
pegada entre las raíces de un arbolito. Fortalecido por el dios asesinado, ese
vegetal se transformó en una sola noche en un árbol grande.
Cuando
el rey de Biblos se enteró de aquel prodigio, envió a los carpienteros a cortar
el árbol y les ordenó que lo llevaran a palacio para utilizarlo como pilar. Los
carpinteros obedecieron. Pero nadie sospechaba que en el interior del árbol
estaba escondido el féretro de un dios.
Cuando
Isis tuvo conocimiento de este hecho, gracias a unos hombres que estaban
deseosos de entablar conversación con una forastera, se dirigió rápidamente al
centro de la ciudad de Biblos y se sentó al lado de una fuente que estaba muy
cercana al palacio real.
Cuando
unas criadas de la reina de Biblos fueron a la fuente a buscar agua, vieron a
Isis y le preguntaron quién era. La diosa les dijo simplemente que era egipcia
y una gran peluquera. Allí mismo les trenzó con ingenio los cabellos a las
muchachas y les lanzó su aliento en la piel para que se impregnaran de
fragancia divina.
Cuando
regresaron a palacio, todos se admiraron de los fantásticos peinados y del
maravilloso perfume. Las criadas hablaron a su señora, la reina Atenais, de la
mujer egipcia de la fuente, y la soberana mandó que la fueran a buscar para
traerla a su presencia.
La
diosa le trenzó sus hermosos cabellos y la reina quedó tan encantada que le
pidió a Isis que se quedara en palacio. La reina Atenais no tardó en tomarle un
gran afecto y confianza a la forastera egipcia e Isis se convirtió en la
nodriza del más pequeño de los dos príncipes de biblos.
Cada
noche, cuando todo el palacio se ponía a dormir, Isis se deslizaba a la
habitación donde estaba el pilar con el ataúd de su marido y lloraba. Durante
el día cuidaba al príncipe infante.
Isis
le tomó afecto al pequeño y decidió hacerlo inmortal. Una noche se lo llevó a
la habitación del pilar y allí encendió un fuego. Pronunció encantamientos y
colocó al niño medio dormido en medio de las llamas. El fuego empezó a quemar
al pequeño príncipe, pero Isis no lo vigilaba. Se convirtió en una golondrina y
voló y voló alrededor del pilar, lamentándose del asesinato de su marido con la
voz aguda y triste del pájaro.
La
reina Atenais, que dormía en la habitación de al lado, se despertó por el ruido
de las llamas y se levantó para investigar de dónde venía. Abrió la puerta de
la sala del pilar y chilló horrorizada al ver que su propio hijo se estaba
quemando. La golondrina se convirtió en el acto en mujer y las llamas mágicas
se extinguieron.
Isis
contó a la horrorizada reina quién era y le advirtió que su hijo el pequeño
príncipe nunca jamás podría ser inmortal.
Atenais
lloró su error y le preguntó a la diosa cómo la podría servir. Isis le pidió el
pilar y lo sacó del techo con facilidad, de la misma forma que hubiera podido
coger un loto. La divinidad separó el tronco, derramó aceite en las maderas y
las envolvió con un lienzo antes de darlas a Atenais para que las guardara y
venerara en el templo de Biblos.
Le
dio a Isis el mejor barco del puerto y una tripulación para gobernarlo, y luego
subieron el féretro a bordo. Al llegar a las costas de Egipto, Isis mandó bajar
el féretro a tierra, en un lugar solitario. Entonces quitó los sellos de la
tapa.
El
cuerpo de Osiris parecía que estuviera durmiendo e Isis lo abrazó con ternura,
mientras sollozaba desconsoladamente.
Volvió
a cerrar el ataúd y se dirigió hacia el Sur, a travé de las ciénagas del bajo
Egipto. Una noche, mientras Isis dormía, Seth fue a cazar a las ciénagas y se
encontró la caja. La reconoció en seguida y tuvo miedo. El cruel dios la abrió
y al ver el cuerpo de su hermano lo despedazó. Luego los esparció por todo
Egipto.
Cuando
Isis descubrió la caja vacía, su grito de angustia llegó al cielo y su hermana
Neftis se acercó a ayudarla. Si bien era la mujer de Seth, Neftis siempre había
preferido a Isis y Osiris, y por tanto las dos hijas de Nut se pusieron juntas
a buscar el cuerpo que había sido desparramado.
Durante
años, largos y tristes, la fiel Isis y la dulce Neftis recorrieron Egipto de
cabo a rabo, y en todos los sitios donde encontraban un fragmento de Osiris
erigían un santuario.
Finalmente,
consiguieron reunir todos los trozos e Isis se sirvió de un encantamiento más
poderoso para volver a unirlos. Las dos diosas vigilaron el cuerpo en forma de
halcones, haciéndole sombra con las alas, mientras Isis rogaba para que Osiris
se recuperara.
Lo
intentó todo, ayudada de todos los encantamientos que sabía, y consiguió
resucitar a Osiris para una noche de amor con la esperanza de concebir el hijo
prometido. Después, el cuerpo de Osiris quedó definitivamente muerto, pero su
espíritu continuó vivo. Ra-Atum hizo a Osiris rey de los Muertos en el reino
del Bello Oeste y desde entonces todo Egipto supo que no tenía que temer a la
muerte, porque su espíritu continuaría en l reino de Osiris.
Horus,
el hijo con cabeza de halcón de Isis y Osiris, nació en el pantanal de Tshemmis
y se cuentan muchas historias sobre la peligrosa infancia que allí pasó.
Isis
y su hijito fueron capturados por Seth fuera del pantano. Haciendo ver que
actuaba de tal forma para protegerla, Seth encerró a Isis en una casa de
hilados y la obligó a hilar durante todo el día. La princesa era estrechamente
vigilada y, sin ayuda, no se atrevía a intentar la huida, pues junto a ella
estaba su hermoso y pequeño chiquillo.
No
pasó mucho tiempo, pues, antes que Thot descubriera dónde estaba escondida
Isis. El sabio dios entró en la casa sin ser visto por los guardianes y pudo
hablar con Isis.
-Tienes
que partir rápidamente y regresar a los sagrados pantanales de Tshemmis, donde
Seth no podrá seguirte. Espera allí hasta que Horus tenga edad suficiente para
reclamar el trono de su padre y entonces ¡veremos cómo se hace justicia!.
Thot
explicó detalladamente a Isis cómo tenía que hacerlo para poder huir y le dejó
siete escorpiones mágicos para que le sirvieran de escolta durante el camino
hacia el Norte. Esa noche Isis se escapó de la casa de hilados con Horus en
brazos, abriendo los escorpiones la comitiva.
Después
de andar durante toda la noche y buena parte del día siguiente con su hijo
durmiendo en su cuello, Isis estaba extenuada y suspiraba por encontrar un
sitio para poder descansar. Finalmente, ella y sus escorpiones llegaron a un
pueblo e Isis se paró delante de la casa más grande esperando que le invitaran
a entrar. Cuando la rica propietaria de la casa vio a los escorpiones, se
asustó y cerró la puerta en las narices de la pobre madre agotada y su hijo.
Isis
estaba ya dispuesta a continuar su camino cuando la hija de un pobre pescador
abrió la puerta de su cabaña y rogó a los viajeros a que compartieran con ella
lo poco que tenía.
Mientras
Isis descansaba en la pobre y humilde choza de la joven, y compartía con ella
su cena de pan duro con pescado seco, los escorpiones murmuraban contra la
rica. Las mágicas criaturas juntaron su veneno en el aguijón de su jefe Tefen,
quien se coló por debajo de la puerta de la casa rica.
El
hijo único de la mujer adinerada dormía cerca de la ventana abierta, al lado de
su nodriza. Tefen se arrastró hasta la cuna y picó al niño, el cual se despertó
dando un fuerte chillido. La nodriza saltó de la cama lo suficientemente
deprisa para ver cómo un enorme escorpión escapaba corriendo.
Entonces
llamó a su señora y en pocos momentos toda la casa se llenó de alboroto como si
se hubiera producido fuego o si hubiera habido una inundación. La mujer rica
cogió al hijo en brazos y corrió de casa en casa, pero los vecinos tenían
demasiado miedo de ayudarla.
Cuando
Isis supo lo que había sucedido, muró a Horus que dormía plácidamente y sintió
pena de la mujer rica.
-No
dejaré que una criatura inocente muera por mi causa –dijo la diosa, e hizo que
la llamaran para que le trajera a su hijo.
Temblando
de miedo, la mujer llevó al niño a la cabaña de la muchacha pobre. La criatura
quemaba de fiebre y casi no podía respirar. Isis se levantó y puso las manos
sobre el niño, ordenando al veneno que saliera de aquel cuerpo.
-¡Soy
Isis, la Señora de la Magia. Todas las criaturas venenosas me obedecen. Que la
criatura viva y el veneno muera!. ¡Que Horus se conserve bien para su madre y
que este niño se conserve bien para su madre!
La
fiebre desapareció al instante, la piel de la criatura volvió a estar fría de
nuevo y su respiración se fue acompasando.
Ahora
que la mujer rica sabía quién era aquella a la que había negado la entrada en
su casa, se sintió más trastornada que nunca. Se llevó a su hijo, lo metió en
la cama y después llevó las cosas más valiosas que poseía a la cabaña de la
hija del pescador, para complacer de esta forma a la diosa.
Isis
se alegró de ver a la pobre joven recompensada por su bondad y, a la mañana
siguiente, ella y su hijo continuaron su viaje. Pronto llegaron a los
pantanales de Tshemmis sin problemas e Isis escondió al joven dios entre las
malezas de papiro y los estanques de lotos. Cuando salía de los pantanales para
ir a buscar algo de comida, Isis se disfrazaba de pordiosera, pero no siempre
dejaba un guardián con Horus. Nunca se imaginó que le pudiera pasar nada
mientras jugaba cerca de las aguas tranquilas.
Un
día, cuando Isis regresó Horus no se le acercó como de costumbre para
saludarla. El pequeño niño divino estaba tendido boca arriba en el lodo, con
agua que le salía de los ojos y de la boca. Tenía el cuerpo flácido y cuando
Isis le escuchó el corazón, los latidos eran casi imperceptibles.
La
diosa recitó encantamientos, pero como no sabía el nombre de la enfermedad de
su hijo no lo podía exorcizar. Cuando vio que la magia le fallaba, Isis empezó
a llorar. ¿A quién podía acudir? Su marido estaba muerto, su hermano era un
enemigo mortal y su hermana era del todo impotente para ayudarla. Los dioses
estaban lejos, pero los hombres estaban cerca en un pueblecito de pescadores,
al final de los pantanales. Isis se dirigió hacia allí con Horus colgando del
cuello lo más rápido que pudo.
Al
oír los gritos angustiados de Isis, los pescadores salieron de sus cabañas y la
compadecieron de la misma forma que hubieran compadecido a cualquier madre con
un niño enfermo. Los pescadores probaron los remedios sencillos que conocía,
pero Horus estaba cada vez más débil. Entonces, uno de ellos, fue a buscar a
una sabia anciana que vivía en el mismo pueblo.
Compareció
con un poderoso amuleto, el Signo de la Vida, y cogió a Horus en brazos.
-No
tengas miedo, Horus –murmuró la sabia-. Madre de dios, no desesperes. Horus
está protegido de la malevolencia de su tío en los pantanales de Tshemmis. Seth
no osa entrar aquí, pero debe haber enviado a una serpiente o a un escorpión
para que le inyectara su veneno.
Entonces
Isis se arrodilló para oler el aliento del pequeño y vio que le sabia tenía
razón. Horus había sido envenenado.
Horus
empezó a gemir de dolor, mientras las gentes del lugar lo miraban impotentes.
De pronto apareció Neftis. Había oído la pena de su hermana y fue corriendo a
Tshemmis. La acompañaba Selkis, la diosa Escorpión. Mientras Neftis lloraba
apoyando a su hermana, Selkis examinó a la criatura. Muy pronto se dio cuenta
que nada podía hacer, la fiebre hacía estragos en el cuerpo del pequeño y
pronto se moriría.
-Isis,
tienes que implorar al cielo –dijo Selkis-. ¡Haz que se detenga la Barca del
Sol! Y el viento cósmico dejará de soplar y el tiempo se parará hasta que Horus
sane. ¡Rápido!.
Isis
miró hacia arriba, allí donde los dioses llevaban a Ra a través del firmamento,
remando en la Barca de Millones de Años y lanzó un grito espantoso. Toda la
Tierra se estremeció y el Sol se detuvo, porque Isis, que conocía el nombre
secreto de Ra, tenía poder sobre él.
Cuando
el Rey de los Dioses vio su barca no podía avanzar, envió a Thot a Egipto para
que investigara qué estaba pasando.
-¿Qué
pasa Isis? –preguntó Thot-. Espero que no le haya pasado nada a Horus. ¿Por qué
has parado la Barca del Sol y has traído la oscuridad a las tierras que
deberían estar iluminadas?
-Horus
ha sido envenenado –contestó Isis amargamente-, y la culpa es de Seth.
-No
temas, Isis; no llores, Neftis. He traído el aliento de la vida para curar a tu
hijo.
Y el
dios empezó a recitar un encantaminto:
-¡Atrás,
veneno! ¡Serás vencido por el poder del mismo Ra! El Rey de los Dioses te
ordena salir de este niño. La Barca del Sol permanecerá inmóvil y medio mundo
se secará y se quemará y el otro medio permanecerá a oscuras hasta que Horus no
se restablezca.
Entonces
el veneno empezó a dejar a Horus y Thot anunció:
-La
fiebre ha bajado, ¡el veneno ha sido vencido! ¡Horus se ha curado, para alegría
de su madre!
-Ra
en persona protegerá a Horus –prometió el dios sabio-, y el poder de su madre
lo guardará, porque hará que todo el mundo lo quiera. Ahora tengo que regresar
a la Barca del Sol, porque sin mí no pueden remar. Debo llevar a Ra la buena
noticia de la curación de Horus y de la alegría de su madre.
Y
diciendo esto Thot regresó al cielo e Isis se llevó a su hijo, con una inmensa
alegría, a los pantanales, donde esperaría la hora de la venganza contra Seth,
quien tanto daño les había causado hasta ese momento.
Cuando
Horus fue suficientemente mayor para poder desafiar a su tío Seth, convocó a la
Enéada y a muchos otros dioses para que hicieran de jueces.
Con
su madre al lado, Horus habló del cruel asesinato de su padre, Osiris, y de
cómo Seth había usurpado el trono de Egipto.
Todos
los dioses quedaron impresionados por la elocuencia de Horus, cabeza de halcón,
y, tras haber oído toda la historia, también se compadecieron de el.
Shu,
el gran hijo del Creador, habló primero:
-La
justicia tendría que prevalecer sobre la fuerza. Seth tenía la fuerza de su
lado, pero Horus tiene la justicia. Debemos hacer justicia a Horus diciendo:
“Sí, tú ocuparás el trono de tu padre.”
Entonces
Thot dijo a la Enéada:
-Esto
es mil veces justo.
Isis
lanzó un grito de alegría y pidió al viento del Norte que cambiase su dirección
y que soplara hacia el Oeste para poder susurrar la noticia a Osiris.
-¡Dar
el trono a Horus parece de justicia para toda la Enéada! –declaró Shu.
En
ningún momento a nadie se le ocurrió preguntar al Rey de los Dioses cuál era su
opinión sobre el caso.
-¿Qué
significa esto? –murmuró Ra-Atum-. ¿Es que acaso la Enéada empieza a tomar
decisiones por su cuenta?
Shu
no se percató de que el rostro de su padre se había oscurecido y prosiguió
confiadamente:
-Thot
le dará a Horus el anillo de sello y lo coronaremos con la Corona Blanca.
Todos
los dioses lanzaron un grito como señal de su aprobación. Todos, excepto dos:
el dios Sol permanecía siniestramente silencioso y, en cuanto a Seth, avanzó de
pronto y rugió:
-Si
existe alguna duda en vuestros corazones sobre quién debe gobernar Egipto,
dejad que este mocoso me desafíe en persona. ¡Entonces ya veréis como queda
destronado!
-Todos
sabemos que tal cosa no sería justa –protestó Thot-. ¿Cómo quieres que te demos
el trono de Osiris teniendo a su hijo ante nosotros? Es su legítimo heredero,
todos estamos de acuerdo.
-Yo
no –dijo el dios Sol con frialdad.
Se
produjo un silencio tenso y, después, Shu se lamentó:
-¿Y
qué vamos a hacer ahora?
La
mejor solución que encontraron fue la de ir a buscar al anciano dios-cordero de
Mendes y pedirle que hiciera de árbitro entre Horus y Seth. Así pues, enviaron
a buscar rápidamente a Benedbjed y, cuando este anciano dios hubo llegado,
Ra-Atum le dijo:
-Te
hemos hecho venir para que decidas entre estos dos jóvenes dioses y para que de
esta forma se acaba la disputa que mantienen sobre Egipto
Benedbjed
sabía que Horus tenía razón, pero a su vez tenía miedo de enojar al dios Sol, y
dijo:
-Esta
cuestión no se puede decidir sin aconsejarnos mejor. Enviemos una carta a
Neith, la Divina Madre.
Entonces
la Eneada le dijo a Thot:
-¡Escríbele
una carta a toda prisa!
-¡En
seguida! ¡En seguida! –prometió el escribiente de los dioses, y se sentó a
escribir una carta a Neith. Ella la leyó e inmediatamente respondió con una
suya.
Thot
desenrolló el papiro y leyó la carta en voz alta: “Dad el trono de Osiris a
Horus, su hijo. Cualquier otra cosa sería tan perversa que el cielo se
derrumbaría sobre vuestras cabezas. En cuanto a Seth, dobladle los dioses,
dadle dos hermosas diosas para que sean sus mujeres y que ceda el trono a
Horus”.
Y
todos los dioses exclamaron:
-¡Esta
diosa tiene toda la razón!
El
dios Sol estaba muy enfadado y le dijo a Horus con desdén:
-¿Cómo
puede gobernar un dios tan débil como tú?
Entonces
se enfadaron los demás dioses, y el dios mandril Baba se puso en pie y le dijo
a Ra-Atum:
-¡Tu
santuario está vacío y no te haremos caso!
El
dios Sol se sorprendió ante tal respuesta y para demostrar la ofensa que le
habían hecho se tapó la cara y se tendió de espaldas al suelo. La Enéada
comprendió que se habían excedido. Probaron de consolar a Ra-Atum, pero él se
negó a escucharles. Se levantó, entró ofendido en su cámara y no quiso volver a
salir.
Nadie
sabía qué hacer y todos tenían miedo de lo que podría pasar en el mundo si
Ra-Atum se negaba a navegar con la Barca del Sol por el firmamento.
Finalmente,
Hathor, hija de Ra-Atum, decidió un plan. La bella diosa se puso a bailar y
mientras lo hacía, empezó a quitarse la ropa. Los demás dioses hicieron un
corro a su alrededor para verla mejor, y reían y aplaudían. El follón molestaba
al dios Sol y sacó la cabeza por la puerta de la habitación para ver qué estaba
pasando. Al ver a su hija bailando, Ra-Atum también empezó a reír y olvidó su
cólera. El Rey de los Dioses volvió a sentarse con la Enéada y les dijo a Horus
y Seth:
-Volveremos
a escuchar vuestras razones y podréis defender vuestros puntos de vista.
Seth
insistió en hablar primero:
-Yo
soy Seth, el más fuerte de la Enéada. Cuando la Barca del Sol pasa por elcielo
de abajo y las serpientes del caos atacan, sólo yo os puedo salvar. Soy el
protector de los dioses y, por tanto, ¡tenéis que darme el trono de Osiris a
mí!
Al
recordar los horrores de la serpientes de caos, muchos dioses murmuraron
diciendo que Seth tenía razón, pero Shu y Thot insistieron:
-¿Cómo
podemos dar el trono al tío, cuando el hijo y heredero está aquí, ante
nosotros?
Benedbjed
contestó:
-¿Cómo
podemos dar el trono a un jovencito, cuando su mayor está aquí, delante de
nosotros?
Isis
estaba furiosa con la Enéada porque no había hablado en favor de su hijo y no
paró de quejarse que, en interés de la paz, prometieron que se haría justicia a
Horus.
Entonces
le tocó el turno de enfadarse a Seth:
-Cobardes,
¿cómo os atrevéis a romper vuestra palabra? Iré a buscar mi gran cetro y cada
día le chafaré la cabeza a uno de vosotros, ¡y os juro que no discutiré mi caso
delante de ningún tribunal en el que Isis esté presente!
Para
mantener la paz, Ra-Atum dijo:
-Cruzaremos
el río e iremos a la Illa del medio, y allí juzgaremos el caso. Ordenaré a
Nenti, el barquero, que no cruce a Isis ni a ninguna mujer que pudiera ser
ella.
Y
así fue como la Enéada y todos los demás dioses y diosas cruzaron el río y
plantaron sus magníficas tiendas en la isla.
La
astuta Isis, Señora de la Magia, se transformó en una viejecita jorobada que
llevaba un jarro de harina y pasteles de miel. Cojeando, se dirigió a la
ribera, donde Nenti, el barquero, estaba recostado junto a su barca.
-Anda,
joven –refunfuñó Isis-, llévame al otro lado. En esta jarra llevo comida para
el joven que guarda el ganado en la isla.
-Lo
siento, abuela –dijo Nenti-, pero tengo órdenes severas de no cruzar a ninguna
mujer.
Entonces
Isis puso un dedo delante de la cara de Nenti.
-¿Ves
este anillo de oro que hay en mi dedo? Pues si me llevas al otro lado será para
ti.
El
anillo era muy hermoso y Nenti no pudo resistir el soborno.
-Bueno,
abuela. Dame el anillo y te llevaré.
Pronto
llegaron a su destino.
-Apresúrate
en regresar, cuando hayas encontrado a tu pastor –gritó Nenti mientras amarraba
la barca.
Isis
ya se deslizaba por entre los árboles en dirección al campamento de la Enéada.
Los dioses estaban celebrando una fiesta, pero Seth se mantenía alejado de tan
alegre tertulia. Después de volver a cambiar de forma, Isis se acercó a Seth
bajo la apariencia de una bella señora, vestida como una viuda. Tenía muy claro
que su hermano podía ser el más fuerte de los dioses, pero ella sabía
perfectamente que con astucia lo podría vencer siempre que quisiera. Isis
sonrió y Seth fue corriendo a saludar a esa hermosa y atractiva forastera.
-¿Quién
eres, preciosa? –preguntó Seth-. ¿Y para qué has venido hasta aquí?
Isis
simuló que estaba llorando.
-Oh,
gran señor, busco a un paladín. Yo era la feliz esposa de un pastor y le di un
hijo. Entonces mi amado murió y el chico empezó a guardar el ganado de su
padre. Un buen día llegó un forastero y se apoderó de todo nuestro establo; le
dijo a mi hijo que se quedaba con la manada y nos echó. Mi adorado hijo quiso
protestar, pero el hombre le amenazó con pegarle. Gran señor, ayúdame y
conviértete en el paladín de mi hijo.
Seth
la envolvió con sus brazos.
-No
llores, bonita. Seré tu paladín y daré una buena paliza a ese enemigo. ¡Cómo
osa un extraño quitarle las propiedades del padre cuando su hijo todavía vive!
Entonces
Isis estalló en carcajadas. Se transformó en milán y voló hasta una acacia.
-Llora
tú, poderoso Seth. ¡Tú mismo te has condenado! Tú has dictado sentencia.
Seth
estaba tan enfadado que lloró lágrimas de rabia y los demás dioses quisieron
saber qué le pasaba.
-Esa
malvada me ha vuelto a engañar –se quejó Seth y les contó lo que le había
sucedido.
-Es
verdad, Seth, tú mismo te has sentenciado. ¿Qué piensas hacer ahora?
-¡Primero,
mandaré castigar al barquero! –rugió Seth.
Nenti
fue llevado ante la presencia de los dioses y, como castigo por haber
desobedecido las órdenes, le cortaron los dedos de los pies. Desde ese mismo
instante Nenti jamás volvió a mirar el oro.
Y
entonces la Enéada cruzó el río y acampó en las Montañas Occidentales, mientras
hacían los planes para la coronación de Horus. Pero Seth aún no se daba por
vencido. Observaba la corona blanca sobre la cabeza de plumas de Horus y dijo:
-Por
coronado que esté, no podrá gobernar hasta que no me haya derrotado. Te
desafío, Hoprus. Convirtámonos en hipopótamos y luchemos dentro del río. El
primero que salga a la superficie perderá.
Horus
aceptó, pero Isis se sentó llorando ante el miedo de que Seth le matara a su
hijo.
Al
instante, los dos dioses se transformaron en hipopótamos y se lanzaron al río.
Isis se apresuró a coger hilo y cobre y los convirtió en un arpón mágico. Lanzó
el arma a las aguas transparentes, removidas por las dos bestias contendientes,
pero no podía distinguir a uno de otro dios. La punta de cobre se clavó en el
costado de Horus, quien emergió un momento para gritar:
-Madre,
tu arpón me está perjudicando, ¡quítamelo!.
Isis
ordenó al arma mágica que abandonara su presa. La volvió a lanzar y esta vez se
clavó en Seth. Con un gran grito de dolor, Seth subió a la superficie, estirado
por el arpón y exclamó:
-Oh,
hermana mía, ¿por qué siempre tienes que ponerte en mi contra? ¿Qué es lo que
te he hecho? Soy tu hermano, haz el favor de soltarme.
Como
Isis no podía dejar de sentir un poco de lástima por Seth, ordenó al arma que
se soltara.
Horus
se enfadó con su madre por intervenir y por compadecer a Seth. Salió del río de
un salto con una cara como un leopardo y le cortó la cabeza a su madre de un
golpe con su cuchillo de cobre. Después se dirigió con grandes pasos hacia las
Montañas Occidentales, con la cabeza de su madre bajo el brazo.
Isis,
la Señora de la Magia, tranquilamente convirtió su cuerpo en una estatua y se
dirigió hacia la tienda del dios Sol. Todos los dioses y diosas dieron un salto
de sorpresa y Ra-Atum le dijo a Thot:
-¿Quién
es aquella que se dedica a ir deambulando de un lado para otro sin su cabeza?
-Es
Isis –contestó el más sabio de los dioses-. Horus le ha cortado la cabeza.
El
dios Sol se horrorizó y juró que Horus sería severamente castigado. Isis
regresó a su forma habitual y la Enéada emprendió el camino de las Montañas
Occidentales en busca de Horus.
El
joven dios había encontrado un oasis y dormía a la sombra de una palmera,
cuando su tío le encontró. Seth lo cogió por detrás y le arrancó ambos ojos.
El
joven dios gritó de dolor, mientras Seth se alejaba para enterrar los ojos. De
regreso al campamento de la Enéada, Seth dijo que no había encontrado ni rastro
de su sobrino.
Durante
la noche el pobre y ciego Horus gimió de dolor, y a la mañana siguiente dos
preciosos lotos habían nacido allí donde sus ojos habían sido enterrados.
Hathor,
Señora del Sicomoro del Sur, había continuado la búsqueda de Horus; finalmente
le encontró y se compadeció de su profundo dolor. Hathor, la gran cazadora,
cogió a una gacela y la ordeñó. Después, se arrodilló al lado del joven dios y
le dijo dulcemente:
-Destápate
la cara.
Horus
hizo lo que se le había dicho y Hathor derramó la leche sobre sus heridas. Con
ello el dolor desapareció al instante.
-Abre
los ojos –le ordenó Hathor. Horus obedeció y vio cómo la magia reparadora de la
diosa le había devuelto los ojos y gracias a ello podía ver de nuevo. Hathor
fue corriendo a ver a la Enéada y les dijo:
-Seth
os ha mentido. Ayer encontró a Horus y le arrancó los ojos, pero yo le he
curado y ahora viene hacia aquí.
Y
entonces la Enéada ordenó a Horus y a Seth que compareciesen rápidamente
delante del dios Sol y escucharan su opinión. Como ambos habían actuado mal,
Ra-Atum dijo:
-Por
última vez, dejad ya de pelearos y haced las paces.
Seth
hizo ver que estaba de acuerdo y pidió a Horus que se quedara en su palacio.
Horus, sin embargo, pronto descubrió que no podía confiar en su tío y volvió a
pedir ayuda a su madre. Isis perdonó a su hijo de todo corazón y consiguió que
todos los trucos de Seth se volvieran en contra de él mismo.
Finalmente,
lleno de desesperación, Seth solicitó una contienda con Horus. Delante de la
Enéada en pleno manifestó:
-Construyamos
los dos un barco de piedra y hagamos una carrera bajando por el Nilo. Quien
gane llevará la corona de Osiris.
Horus
asintió al instante.
El
poderoso Seth cogió su enorme garrote y golpeó la cima de una de las montañas
próximas. Después construyó un barco de piedra maciza y lo arrastró hacia el
río. Cuando hubo llegado, el barco de Horus ya estaba flotando en el agua,
porque el joven dios había hecho camuflar un barco de pino y lo había rebozado
para que pareciera de piedra.
Cuando
Seth intentó hacer navegar su barco éste se hundió en el Nilo casi al instante
y la Enéada rió. Seth se lanzó al agua y se convirtió otra vez en hipopótamo.
Atacó el barco de Horus y, como que era solamente de madera, se rompió y no
tardó demasiado en hundirse.
Horus
cogió su lanza y se lanzó contra Seth, pero la Enéada le gritó que se parara y
él obedeció.
Horus
ya empezaba a desesperar, pensando que nunca se acabaría de resolver su caso, y
emprendió el camino del Norte para pedir consejo a la sabia diosa Neith.
Mientras tanto, Shu y Thot convencieron a la Enéada que enviasen una carta al
mismo Osiris en el Bello Oeste, el reino del muerto. El camino de este reino
era largo y peligroso, pero finalmente el mensajero regresó con una carta
indignada del rey de los Muertos.
Osiris
quería saber por qué habían desposeído a su hijo del trono y si los dioses
habían olvidado que había sido Osiris quien había dado al mundo los preciosos
dones del trigo y la cebada.
Cuando
Thot leyó la carta en voz alta a la totalidad de los dioses, el dios Sol se
enfadó con Osiris por haber sido capaz de decirle qué había de hacer y le
respondió con otra carta llena de arrogancia.
Al
cabo de muchos días, otro mensajero cansado regresó con una segunda carta del
rey de los Muertos, y Thot la leyó:
“¡Realmente
son buenas las acciones de la Enéada! –empezaba Osiris sarcásticamente-. La
justicia ha descendido al infierno. Y ahora escuchadme: la tierra de los
muertos está llena de demonios que no tienen miedo de ningún dios o diosa. Si
les dejo ir por el mundo de los vivos, regresarán con los corazones de los
malvados al lugar de castigo. ¿Quién de vosotros es más poderoso que yo?
Incluso los dioses han de venir más tarde al Bello Oeste.”
Cuando
el dios Sol oyó el contenido de la carta, también él acabó teniendo miedo y
absolutamente todos los dioses acordaron que se tenía que respetar la voluntad
de Osiris. Isis misma fue enviada a encadenar a Seth y traerlo ante la
presencia de todas las divinidades.
-Seth,
¿le has quitado el trono a Horus? –preguntó el dios Sol.
Seth
contestó sumiso:
-No,
traed a Horus y entregadle el trono.
El
joven dios volvió a ser coronado y colocado en el trono de Egipto; Isis gritó
con alegría:
-Hijo
de Nut, vivirás en el cielo conmigo como Señor de las Tempestades y cuando
regreses, ¡toda la tierra temblará!
Finalmente
Seth quedó satisfecho e hizo al fin las paces con Horus, con lo cual todos los
dioses se alegraron.
Había
una vez dos hermanos que se llamaban Verdad y Mentira.
Verdad
era noble y honrado, y su hermano maligno, llamado Mentira, le odiaba.
Un
día Mentira fue a ver a la Enéada y se quejó ante los dioses que Verdad le
había robado la daga. Cuando le pidieron que describiera la daga, Mentira dijo:
-Todo
el cobre del monte Jal sirvió para hacer la hoja y toda la madera de Koptos
para el mango. La vaina tiene el largo del pozo de ventilación de una tumba y
la piel de todos los rebaños de Kal sirvió para hacer el cinto –insistió
Mentira-, y Verdad me la ha robado. Si se niega a devolvérmela, cegadlo y
dádmelo para que me haga de portero.
Verdad
fue llamado ante la presencia de la Enéada y afirmó su inocencia. No pudo
presentar la daga, pues ésta no existía, y las acusaciones de Mentira parecían
tan convincentes que Verdad fue condenado. La Enéada ordenó que le quitaran los
ojos y que fuera entregado a Mentira para que le hiciera de portero.
Mentira
pronto se dio cuenta que no podría soportar la presencia de Verdad sentado
plácidamente delante de su puerta. Aquello le recordaba cada día su crueldad
así como la inocencia de su hermano. Por este motivo les dijo a dos de los
antiguos criados de Verdad:
-Llevaos
a vuestro amo al desierto y dejadlo en un sitio donde una manada de leones lo
pueda encontrar fácilmente. No regreséis hasta que no estéis seguros que esté
muerto.
Los
criados tenían demasiado miedo de Mentira para negarse a llevar a cabo tal
acto. Muy tristes, cogieron a Verdad uno por cada brazo y lo condujeron al
desierto. Cuando el hombre ciego notó la tierra del desierto bajo sus desnudos
pies, preguntó adónde le estaban llevando. Los criados le contaron las órdenes
que tenían con los ojos llenos de lágrimas.
Un
día más tarde, una señora que se llamaba Deseo paseaba por su jardín, cuando
dos criadas corrieron a ella para decirle:
-Señora,
hemos encontrado un ciego sentado entre las cañas cerca del lago. ¡Ven a verlo!
-Traédmelo
aquí –dijo Deseo.
Los
criados no tardaron en llegar llevando a Verdad entre los dos. Estaba
desfallecido y medio muerto de hambre, pero Deseo pensó que era el hombre más
hermoso y apuesto que jamás había visto.
Le
aceptó en su casa y en su cama y tuvo un hijo con él, pero Deseo pronto se
cansó de su nuevo amante y lo echó fuera del hogar.
El
hijo de Deseo y de Verdad no era un niño normal y corriente. Se hizo alto y
hermoso como un dios, y a los doce años superaba a sus compañeros de colegio tanto en la lectura y la escritura
como en las artes de la guerra. Los demás muchachos le tenían muchísima envidia
y se mofaron de él diciendo:
-Si
eres tan listo, quién es tu padre.
El
hijo de Deseo no lo sabía y el resto de los niños no paraban de burlarse por
ello, hasta que un día no lo pudo resistir más y fue corriendo a ver a su madre
para preguntarle:
-Por
favor, dime quién es mi padre y así se lo podré decir a los demás compañeros de
clase.
-¿Ves
ese ciego que está sentado sobre el polvo? –preguntó Deseo a su hijo-. Pues
bien, ese hombre es tu padre.
El
niño corrió al patio y abrazó a su padre. Después acompañó a Verdad dentro de
la casa y le hizo sentar en la mejor silla. Después de poner los mejores y más
selectos platos delante de él y de ayudarle a comer y beber cuanto le vino en
gana, le preguntó:
-Padre,
¿quién fue el que tuvo la osadía de dejarte ciego? Si me lo dices, te vengaré.
-Fue
mi propio hermano –contestó con tristeza Verdad.
El
muchacho preparó inmediatamente un plan y luego fue a la despensa de su madre a
buscar diez panes, un bote de agua, una espada, un bastón y un par de sandalias
de cuero.
Después
cogió un magnífico buey del rebaño de su madre y se dirigió hasta donde Mentira
estaba pastando sus propios animales. El niño se acercó al vaquero principal y
le dijo:
-Tengo
que partir para un largo viaje. Si me guardáis el buey mientras estoy fuera,
podréis quedaros con las provisiones, la espada, el bastón y estas preciosas
sandalias de cuero.
El
vaquero aceptó lleno de contento y el muchacho simuló que se iba fuera de la
comarca.
Unas
semanas más tarde, Mentira fue a inspeccionar sus rebaños. Inmediatamente se
encaprichó el precioso buey.
El
vaquero principal objetó que el buey era propiedad de un chico que regresaría
pronto para reclamarlo. Mentira se encogió de hombros:
-¿Y
qué más da? –añadiendo-. Cuando el chico regrese le puedes dar el mejor del
rebaño.
Y
así Mentira se llevó el buey y lo hizo sacrificar. El hijo de Verdad se enteró
pronto y fue a ver al vaquero.
-Cualquiera
de estos animales es tuyo –dijo el vaquero principal-. Elige el que prefieras.
-¿Por
qué, si ninguno se puede comparar al que era mío? –preguntó el muchacho-. Mi
buey era más grande que, si se situara en la isla de Ammon, el hocico le
llegaría hasta el desierto de Nubia y la cola hasta los pantanales del delta,
con la punta de un cuerno apoyada sobre las Montañas Occidentales y la otra en
las Orientales.
El
vaquero se quedó estupefacto:
-¿Existe
un buey tan grande?
El
hijo de Verdad simuló un gran enfado y llevó al vaquero principal y a Mentira
al tribunal para ser juzgados por la Enéada por el robo de su buey. Mentira
exclamó:
-¡Vaya
tontería! ¡Nadie ha visto jamás un buey de las dimensiones que estás diciendo!
-Tampoco
nadie ha podido jamás ver una daga de las medidas del pozo de ventilación de
una tumba –dijo el hijo de Verdad-, con todo el cobre del monte Jal en la hoja,
toda la madera de Koptos en el mango y toda la piel de las bestias de Kal en su
cinto.
Mentira
se volvió amarillo al oír las palabras que acababa de pronunciar el chico ante
la Enéada.
-Volved
a juzgar a Verdad y Mentira. ¿Cómo podéis condenar a Verdad basándoos en esta
historia? Yo soy su hijo y estoy ante vosotros para defender su inocencia.
Mentira
continuó afirmando que todo cuanto había estado explicando hasta el momento era
cierto.
-Y
si Verdad está vivo y puede venir a negarlo, entonces me confesaré culpable de
lo que dice el joven. Luego podréis arrancarme los ojos y convertirme en su
portero.
Mentira
estaba convencido de que su hermano había muerto, pero el joven dijo:
-Tú
mismo te has juzgado. Venid conmigo.
Entonces
llevó a la Enéada a casa de su madre y les mostró a su padre. Después de oír su
historia, ordenaron que sacaran los ojos a Mentira y desde ese día Verdad y su
hijo vivieron juntos y felices y Mentira les hizo de portero.
El
santo y puro Goussima, obispo de la villa de Tarsos, cuenta que en su tiempo
había un rey llamado Armenios, que seguía con toda fidelidad los caminos
marcados por Dios.
Armenios
tenía una esposa llamada Jassi, y ambos eran muy piadosos y cumplían con los
deberes de la religión.
Todos
los días Goussima se reunía con el rey para predicarle y comentar con él los
Santos Evangelios. De esta forma le explicaba la historia de los santos padres
y el sentido de todas las profecías. Dios había abierto a la verdad el corazón
del monarca; así que él entendía perfectamente lo que leía en las Escrituras y
lo practicaba de todo corazón.
Cuando
reunía los tributos y las cosechas habían sido ya recogidas, hacía ofrendas en
la iglesia y entregaba las cantidades de dinero y especies que eran necesarias
para el culto y para el sostenimiento de la misma; después entregaba otra
cantidad al obispo y a los sacerdotes, y, por último, distribuía entre los más
necesitados el resto, de manera que a nadie le faltase lo indispensable para
subsistir. Y tan generosas eran sus limosnas que se quedaba él mismo sin un
dracma en sus arcas y sin un grano en sus silos.
Aquellos
a quienes beneficiaba con tan buen corazón rogaban por su rey, a fin de que
Dios le diese largos años de vida y le protegiese de las asechanzas del siempre
despierto enemigo de los hombres.
Los
visires y los patricios se presentaron un día delante del rey y se lamentaron
de la pobreza en que el soberano, con sus grandes ofrendas y limosnas, había
dejado la casa real.
-¡Oh,
señor! No olvides que el enemigo está al acecho para combatir a los hombres
buenos y que siembra la discordia entre los reyes. Si alguno de tus vecinos se
siente inspirado por Satanás y quiere apoderarse del reino, no tendrás dinero
para pagar a los ejércitos ni provisiones suficientes para poder alimentar al
pueblo y pereceremos miserablemente.
Pero
el rey les tranquilizó, diciéndoles:
-No
os desvele que yo gaste todo el caudal y nuestras provisiones en obras de
caridad. Mi padre me ha dejado grandes y abundantes bienes, y de esos usaré en
caso necesario. Pero lo que Dios me ha entregado he de gastarlo en socorrer a
los necesitados.
El
rey, diciendo “mi padre”, se ha referido al Padre celestial, según había
aprendido en la Escritura. Y los visitantes se retiraron con fe en las palabras
de su monarca.
Pero
su temor se cumplió bien pronto. Satán tomó el aspecto de un hombre venerable y
se presentó a un rey de los magús. Llegó al palacio de este rey y les dijo a
los guardias:
-Id
a vuestro señor y decidle que ha llegado un extranjero de muy larga vida y
experiencia que desea darle un buen consejo.
Los
guardias llevaron este recado al rey y éste les ordenó que dejasen el paso
franco al anciano viajero. Satán fue introducido en el salón regio, y allí,
inclinándose reverente ante el monarca, le dijo:
-El
rey de los tarsos, Armenios, ha gastado todo su caudal y todas sus provisiones
en limosnas y ofrendas y tiene sus arcas vacías y sus ejércitos desprovistos.
Tú, señor, puedes apoderarte de su reino tan pronto como lo desees.
El
soberano se mostró muy satisfecho con el consejo que le acababa de dar el falso
viejo.
-Has
hablado como hombre sabio y por ello he de pagarte el gran servicio que me has
hecho. Tan pronto como regrese de la conquista de Tarsos te nombraré consejero
áulico.
Después
llamó a su jefe de ejército y le dijo que lanzase una proclama diciendo que
aquellos que deseasen obtener honores y riquezas, que se agrupasen bajo las
banderas reales.
Muchos
de los súbditos del rey acudieron llenos de entusiasmo; otros, en cambio,
juzgaron que tal proclama no respondía a nada verdadero, y permanecieron en sus
casas.
Los
guardianes de Tarsos vieron un día que un gran ejército se dirigía en son de
guerra contra la ciudad. Fueron a dar cuenta a los visires de que tropas
enemigas estaban dispuestas a dar el asalto, y los visires, alarmados, se
presentaron ante el rey Armenios.
-¡Oh,
señor! Un rey extranjero se dispone a atacar nuestra ciudad. Viene al frente de
un numeroso ejército. Explícanos qué es l oque hemos de hacer para defender a
nuestras familias y a nuestras casas de este imprevisto peligro. Ese rey es
rico, nosotros, pobres. Él, poderoso; nosotros, débiles.
El
monarca contestó:
-Si
ese rey, como decís, es poderoso y rico no me importa. Yo lucharé contra él
sólo por la virtud del Mesías, Nuestro Señor.
Los
visires no dijeron nada más; saludaron con reverencia y se marcharon. Pero no
podían dejar de estar acongojados, pues temían que de un momento a otro las
tropas del rey de los magús entrasen a saco en la ciudad y los pasasen a
cuchillo a todos.
Armenios
quedó pensando que la cosa era extremadamente grave. Cuando las luces del día
se extinguieron, derramó ceniza en el suelo, se ciñó un cilicio y echándose en
tierra, se puso en oración. Su mujer llegó junto a él y le imitó. Ambos oraron
con total devoción:
-¡Oh
Señor de los señores! Henos aquí en grande aflicción. Haz que tu voluntad
resplandezca y socórrenos, si tal es tu destino. De lo contrario, iré a
arrodillarme ante el monarca que asedia mi ciudad y tras rendirme completamente
le entregaré cuanto tengo.
En
aquel momento se le apareció un ángel, que le dijo:
-No
tengas temor, ¡oh Armenios! Tu plegaria ha sido oída y esas tropas que cercan
con sus hogueras y sus tiendas los muros de tu ciudad perecerán antes del
amanecer.
El
soberano inclinó su cabeza, dio gracias al Señor y se retiró con su esposa a
descansar, puesta su confianza en Dios. Cuando la noche iba acabando y las
estrellas palidecían, un gran escuadrón de ángeles descendió del cielo,
empuñando espadas y lanzas de fuego y se lanzaron contra los sitiadores, que
perecieron todos, menos el rey, y no dejaron más que las tiendas y los
caballos.
El
rey Armenios, que dormía, fue despertado por un ángel, que le dijo:
-Se
ha cumplido la voluntad de Dios. Ordena a tus soldados que vayan al campamento
enemigo a hacer prisionero al rey. Éste hará penitencia y morirá como buen
cristiano.
Cuando
la mañana llegó, el monarca mandó llamar a todos los visires y a los generales.
Éstos creyeron que los llamaba para ordenar al ejército salir al combate y
dijeron:
-Ahora
el rey nos ordenará dirigirnos contra los sitiadores, que son superiores a
nosotros en número y en armamento. Cada uno de nosotros habrá de enfrentarse
contra cincuenta. Pereceremos sin remedio y la ciudad será invadida.
De
todas maneras, acudieron rápidamente a recibir las órdenes de su monarca.
Armenios,
cuando tuvo ante sí a los visires y a los generales, que le miraban con
semblante expectante y angustiado, les dijo:
-Reunid
las tropas, salid de la ciudad y marchad al campamento enemigo. Haced
prisionero al rey y traedlo, sin que sufra daño alguno.
Los
generales quedaron boquiabiertos y se decían:
“De
ordinario se sueña de noche; pero no de día y con los ojos bien abiertos”.
Algunos
de ellos aconsejaron examinar primero el campamento enemigo desde la muralla,
pues no tenían confianza en las palabras del soberano. Subieron a las murallas
y examinaron el campo enemigo. Vieron que los corceles andaban sueltos y que no
había indicios de que allí hubiese hombres.
Entonces
salieron y se dirigieron al campamento opuesto.
Enorme
fue su sorpresa cuando vieron los cadáveres de los soldados enemigos. Al rey lo
encontraron en su tienda, en tierra y medio muerto. Cogieron las riquezas y las
provisiones, así como los caballos, y volvieron muy alegres a la ciudad. Con
ellos llevaban, en unas andas, al monarca, que no daba señales de vida.
Cuando
se presentaron ante Armenios, se humillaron todos y le dijeron:
-Gracias
¡oh señor nuestro!, por habernos dado la victoria. Verdaderas eran tus palabras
y hemos tenido la victoria y muchas riquezas.
Pero
el rey no esperó a contemplar el botín, sino que rápidamente preguntó si sus
órdenes relativas al rey de los magús habían sido cumplidas. Entonces avanzaron
los portadores de las andas y Armenios vio a su enemigo, que estaba expirando.
Llamó
de inmediato a los médicos más reputados de la ciudad y les ofreció grandes
riquezas si curaban a aquel hombre. Los galenos intentaron hacer todo lo
posible, pero al fin hubieron de desistir. El más anciano dijo al Señor:
-Nada
podemos hacer para devolver la salud a este hombre. Ni nuestro saber ni
nuestras drogas han dado resultado.
Y
Armenios se sintió lleno de dolor por no poder proporcionar la salud a su
enemigo, a fin de que pudiera convertirse a su religión.
Llegó
la noche y Armenios se retiró a descansar a sus habitaciones, muy apenado por
la dificultad de hacer sanar a su enemigo. Se durmió con dificultad y fue
desvelado por el ángel del Señor, que le dijo:
-Cuando
la hora de la plegaria esté próxima, toma un vaso y vierte en él un poco de
aceite. Por la mañana ve adónde está el rey de los magús y úngelo con ese óleo.
En el acto se curará, por la voluntad divina.
El
rey Armenios tuvo gran alegría por esta revelación, dio fervientes gracias a
Dios y esperó pacientemente la hora de la plegaria. Cuando por sus ventanales
empezó a filtrarse la luz lechosa del amanecer, se levantó, cogió uno de sus
vasos más ricos y echó en él una cantidad de finísimo aceite y oyó después
hasta que la mañana estuvo clara.
Entonces
se dirigió hacia donde yacía el rey de los magús y lo roció con el aceite. El
monarca abrió los ojos y se incorporó curado. Cuando supo todo lo que le había
sucedido, se echó a los pies de Armenios y declaró creer en el Dios de los
cristianos y pidió a su salvador que le adoctrinase en la verdadera fe.
El
rey Armenios lo envió al obispo, el cual le enseñó las verdades de la religión
y lo bautizó. Después de esto, el monarca le dio vestidos riquísimos y con una
gran guardia de honor mandó llevarle de nuevo a su ciudad.
Junto
a él iban un gran grupo de sacerdotes y diáconos que habían recibido el
importante encargo de evangelizar a todos los súbditos del rey que había
encontrado la vida y la salvación de tan milagrosa manera. Cuando llegó a su
ciudad el rey de los magús, todos le recibieron con enorme sorpresa, viendo
que, en lugar de regresar acompañado de sus propias tropas, lo rodeaban
soldados extraños y llegaban sacerdotes cristianos también.
El
soberano mandó llamar a los personajes y cortesanos y les contó cuanto le había
sucedido. Después, con los soldados de su guardia que regresaban a Tarsos,
envió a su amigo el rey de esta ciudad un gran tesoro de joyas y otros
presentes. Todo fue repartido entre los pobres por el rey Artemios.
El
buen monarca de Tarsos continuó su vida cristiana, haciendo multitud de obras
de caridad y extremando sus devociones.
Hasta
que al fin Dios, deseándole el premio merecido a su vida ejemplar, le envió una
grave enfermedad que debía poner fin a sus días.
Armenios,
viendo que su muerte estaba cada vez más cerca, mandó llamar a sus hijos y les
dijo que Dios le había concedido el llevarlo a su seno, y que él moriría lleno
de fe en el Señor, que le perdonaría sus pecados. Y después de dar los consejos
habituales en los moribundos, les preguntó por su madre.
-¿Dónde
está mi esposa? Mas pienso que también está enferma de gravedad y no ha podido
venir a estar conmigo en este trance.
Y en
ese momento murió.
Mas
Dios, no queriendo separar a los santos esposos, envió también la muerte a la
reina.
Fueron
enterrados en el mismo sepulcro, que desde entonces fue lugar de prodigios y
milagrosas curaciones.
Quedó
como sucesor de Armenios su hijo Juan.
Este,
tras la muerte de sus padres, fue acometido de una mortal tristeza. Los
patricios y visires, queriendo consolar al que era su nuevo señor, vinieron a
él y le dijeron:
-¡Oh
señor! No te acongojes más por lo que no tiene remedio. Desde que nace, el
hombre está destinado a la muerte y éste es el común destino de los nacidos.
¿Dónde están tus padres y los padres de tus padres? ¿Dónde están los primeros
hombres? Seca tus lágrimas, ten piedad de los que de ti esperan la guía y el
consejo, y toma ejemplo para tu vida de la que tu padre pasó en este mundo con
tanta bondad y santidad.
Pero
todas estas palabras de consuelo fueron inútiles. Juan permanecía mudo y
quieto. Los cortesanos juzgaron que era mejor no molestarle, y le dejaron solo
con su dolor algunos días, y más tarde volvieron a intentar el alivio de la
pena de su señor.
En
vista de que sus esfuerzos resultaron así mismo inútiles, determinaron
organizar un festín en uno de los más bellos jardines de palacio. Cuando las
mesas, los manjares y los vinos estuvieron dispuestos, fueron a buscar a Juan y
le pidieron que les concediera la gracia de acompañarles a la mesa.
Juan
no quería aceptar, pero ante la insistencia de sus servidores, y no queriendo
que creyeran que los despreciaba, aceptó a presidir el banquete. Le ofrecieron
exquisitos manjares, de los que apenas se sirvió, y deliciosos vinos, con los
que solo humedeció sus labios en una bebida fuerte y de aroma delicado. Le
instaron a que bebiera más y así lo hizo. Pero como jamás había bebido vino, se
sintió embriagado por la bebida y por el olor de los jardines, perdiendo el
conocimiento.
Al
momento fue conducido a palacio. A la entrada de su habitación le esperaba su
hermana, que lo abrazó estrechamente. Y Juan, sin saber lo que hacía, cometió
con ella un horrendo pecado.
La
hermana tuvo un terrible dolor por ello. Quedó encinta y, cuando no pudo
disimular su estado, fue a su hermano y le dijo lo que le pasaba. El hermano,
que no recordaba nada de su nefanda acción, le preguntó que quién era el
culpable. La hermana le contestó:
-¡Tú
mismo!
Juan
palideció y le dijo que no recordaba haber cometido esa acción tan monstruosa.
Y
entonces ella le contó que todo había sucedido el mismo día del banquete,
cuando él había regresado embriagado.
Juan
se sintió presa de un gran dolor y de un fuerte arrepentimiento. Huyó de
palacio y fue a refugiarse en un monasterio, en donde tomó el hábito de monje y
se entregó a las más rudas penitencias.
Cuando
los visires volvieron al día siguiente a palacio no encontraron al rey, sino a
su hermana, sola, que no paraba de llorar. Durante un mes, cada día, volvieron
a palacio; pero al ver que su espera era vana y que el rey no aparecía
proclamaron reina a la hermana.
Cuando
llegó el momento de alumbrar su embarazo, tuvo un niño muy hermoso. Mas no
queriendo que de conociese su gran pecado, hizo preparar una caja muy bien
dispuesta, forrada de telas suaves.
Llamó
a su criado de confianza y le encargó buscar tres tablillas: una de marfil, una
de oro y otra de plata. Sobre la primera ordenó que pusieran: “El padre de este
niño es su tío, y su madre es su tía”. Después, en un pergamino escribió: “La
tablilla de oro pertenecerá a este niño cuando sea mayor, y la de plata, a la
que lo tome a su cuidado para educarlo.”
Colocó
al niño en la caja, puso junto a él las tablillas y el pergamino y, echándolo
al río, lo encomendó a la protección divina. La cuna fue llevada por la
corriente.
Había,
aguas abajo, a la orilla misma, un monasterio dedicado al mártir Santiago el
Interciso. Por esos días se celebraba la fiesta del santo patrón. El superior
del monasterio, queriendo tener, para la fiesta, pescado fresco, fue a la
orilla del río y encontró a un pescador, ofreciéndole un dinar por todo lo que
pescase durante la noche.
El
pescador se montó en su barca y, remando, se dirigió al centro de la corriente.
Allí echó su sedal. Sacó un gran pez y de nuevo lanzó el sedal. En aquel
momento pasaba la caja, arrastrada por la corriente, y quedó prendida en el
anzuelo. El pescador tiró y se sorprendió al ver lo que pendía de su sedal. La
sacó del agua, la colocó en su barca y continuó su trabajo. De madrugada se
presentó al superior, al cual entregó la pesca y la cuna, diciéndole:
-Como
habíamos convenido que os entregaría, por un dinar, toda mi pesca, a vos os
pertenece también esta caja.
El
superior abrió la caja y vio al tierno niño. Cogió el pergamino y tomó las
tablillas de oro y de plata. Después de haber leído el pergamino, guardó la de
oro y entregó la de plata al pescador, diciéndole:
-Toma
a este niño y entrégaselo a tu mujer para que lo críe. Y como pago, tuya es
esta tablilla de plata.
Después
leyó lo que había escrito en la de marfil y se asombró de aquellas palabras.
Pero nada dijo y la guardó también.
El
pescador llevó al niño a su casa y la mujer le crió. Creció como un hermano más
de los hijos de los pescadores, y fue educado como ellos y participó en sus
juegos. Cuando ya había crecido, un día, disputó con sus supuestos hermanos y
les golpeó. Los hijos de los pescadores le dijeron:
-¡Ah,
desgraciado! ¿Así pagas los beneficios que te hemos hecho, criándote y
educándote? ¿Por eso te vuelves tan duro de corazón para nosotros?
Entonces,
el muchacho, muy sorprendido por cuanto le acababan de decir, les respondió:
-Me
habláis como si no fueseis hermanos míos…
Y
ellos le contestaron que no lo eran. Entonces él fue a buscar a la mujer del
pescador y le dijo:
-Mis
hermanos me han dicho que no son mis hermanos. ¿Es que acaso no eres tú mi
verdadera madre?
Entonces
le contó la mujer:
-No,
yo no soy tu madre. A nosotros te trajo un monje del monasterio de Santiago.
Cuando
volvió el pescador, el muchacho le rogó que lo llevase a ver al monje. Éste lo
hizo así y juntos fueron a ver al monje. El mancebo al ver el aspecto del
superior, le preguntó:
-¿Eres
tú quizá mi padre?
El
monje, sonriendo ante la inocencia del muchacho, le respondió:
_No,
yo no soy tu padre ni sé quién pueda ser. Sólo te recogí de una cuna que había
sido echada al agua. Allí había tres tablillas.
Y le
contó todo lo demás. Y le dio el consejo de tomar el hábito de monje. Pero el
joven respondió:
-No;
yo deseo ser soldado.
Tras
estas palabras el superior le entregó la tablilla de oro. Fue a venderla a la
ciudad vecina y le dieron mil dinares de oro, con los que compró un caballo y
un rico equipo de soldado. Después se despidió y le dieron la tablilla de
marfil y la bendición del monje.
Después
de algunos días de camino, llegó a una ciudad que estaba sitiada por un
poderoso ejército. Preguntó a los soldados:
-¿Qué
ciudad es ésta? ¿Por qué la sitiáis?
Los
soldados le contestaron que era una ciudad gobernada por una mujer y que su rey
quería apoderarse de ella.
Entonces
el joven guerrero cabalgó aprisa, sin poder ser detenido por los soldados, y
llegó a las puertas de la ciudad, donde pidió alojamiento.
Por
la mañana oyó las trompetas llamar a combate y las voces de los jefes que
incitaban a los soldados a la lucha. Se unió al grueso de las tropas que iban a
hacer una salida contra los sitiadores.
Cuando
los escuadrones de la ciudad toparon con las primeras líneas enemigas, ya el
joven galopaba a la cabeza. La fuerza divina vino en su ayuda, prestándole
fuerza a su brazo, de tal manera que él solo hizo más que todos los soldados
juntos, destrozando a centenares de enemigos. Éstos, aterrorizados, levantaron
el cerco, dejando prisionero a su rey y la ciudad recibió a los vencedores con
gran algazara de cánticos y vítores, que iban dedicados, sobre todo, al
caudillo desconocido, que con su valor había sido el verdadero artífice de la
victoria.
Los
visires fueron a decirle a la reina:
-El
ejército enemigo ha huido y su rey ha sido hecho prisionero por un joven
soldado desconocido que ha batallado con tal denuedo que nos ha conseguido el
triunfo.
La
soberana deseó ver al mancebo y quiso recompensarle por lo que había hecho.
Pero el joven nada quiso aceptar. Entonces la reina le propuso que fuera su
marido y luego proclamarlo rey. Él aceptó, y este enlace fue recibido con gran
alegría por los visires y por todo el pueblo, que se sentía orgulloso de su
monarca.
Las
bodas se celebraron con gran pompa. Grandes festines se dieron y el pueblo
estaba muy alegre. Así pasó algún tiempo. Un día la reina conversaba en su
cámara con sus doncellas. Se sentía tan orgullosa de la belleza y el valor de
su marido que hizo esta pregunta:
-¿Conocéis
alguien más hermoso que el rey? –después suspiró y dijo-. Y sin embargo tiene
una extraña enfermedad. Cada vez que entra en el gabinete de aseo sale con los
ojos enrojecidos y el semblante pálido. Sin duda se apoderan de él malos
espíritus.
Entonces
la mujer que ejercía la mayordoma dijo:
-Yo
me enteré de qué se trata.
Espió,
a la mañana siguiente, la llegada del rey al gabinete de aseo y vio que de un
armario sacaba una tablilla y que, después de leerla, sus ojos se llenaban de
lágrimas y quedaba pálido.
Fue
en seguida a decírselo a la reina, quien pidió que le llevase la tablilla que
el rey guardaba. La fámula así lo hizo y cuando la soberana tomó la tablilla y
la hubo leído, cayó desmayada. Aquella tablilla la había escrito ella misma
cuando echó al río, en una cuna, el fruto de su horrendo pecado.
Esta
reina, en efecto, no era sino la hermana de Juan, el hijo de Armenios.
Las
criadas fueron a avisar rápidamente al rey de que la reina había sido víctima
de un accidente. Cuando llegó el monarca, vio que su esposa estaba llorando. Le
preguntó la causa de su mal, y ella, desesperada, rasgándose los vestidos, le
contó lo siguiente:
-¡Estoy
maldita del Señor! Yo fui quien escribió esas palabras en la tablilla. No solo
tú eres hijo de un gran pecado, sino que tú y yo hemos cometido uno de nuevo,
más nefando todavía. ¡Yo soy tu madre!
El
joven rey, atrozmente torturado, salió de palacio sin saber adónde dirigirse.
Fue a la orilla del mar y vio a un pescador.
-Toma
mis vestidos y dame un guebbeh (hábito rústico).
El
pescador dijo que tan humilde vestidura no correspondía al rey. Pero éste
insistió y el pescador no tuvo más remedio que obedecer y cambió su guebbeh por
las ricas vestiduras reales.
El
soberano le mandó después a comprar una gruesa cadena de hierro con un candado.
Cuando se la hubo traído, el rey se ciñó la cadena a sus pies, tiró la llave al
mar y le pidió al pescador que lo pasase hasta una isla que había cerca de
allí, pero que no era visitada por nadie. El pescador no pudo rehusar, y menos
cuando oyó al monarca que decía:
-¡Oh,
Señor! Ten piedad de aquel que es fruto de un pecado como jamás se ha cometido
otro en la Tierra, y que para agravar su falta se ha casado con su madre
después e ser hijo de su tío.
Después
quedó solo en la isla, haciendo voto de no comer ni pan ni viandas preparadas,
sino sólo la hierva que podría coger con su boca. El guebbeh que llevaba se
rompió y su cuerpo quedó expuesto a la intemperie.
Pasó
el tiempo. Nadie supo nada más del rey. Mientras tanto, el nuevo rey que había
sucedido a la hermana de Juan, que se había retirado del palacio, supo que el
patriarca estaba a punto de morir. Era costumbre que los patriarcas tuvieran a
su servicio jóvenes clérigos, que escogían entre los que observaban mejor
conducta y disposición. Y entre ellos escogían a sus sucesores.
El
rey fue al patriarca y le dijo que diera el nombre el que había de ser su
sucesor. Pero el patriarca, moribundo, le dijo:
-No
puedo darte nombre alguno, por desgracia. ¡Oh, señor!, ninguno de los jóvenes
que he tenido a mi servicio es digno de ocupar mi lugar.
Y
sin decir más expiró.
El
rey escogió a algunos de sus servidores y los envió a recorrer los monasterios
para preguntar si alguno de los monjes era digno de ser nombrado patriarca.
Unos de estos emisarios llegaron adonde estaba el pescador. Fueron dirigidos
hasta allí por la voluntad divina. Tenían hambre y pidieron al pescador que
echase su anzuelo para sacar algo con que saciar su necesidad.
El
pescador echó su anzuelo, sacó un pez y, cuando su mujer lo abrió para
cocinarlo, vio que en su vientre había una llave de hierro que su marido
reconoció al momento como la de las cadenas que había comprado para el rey.
Los
emisarios, al oír esto, le preguntaron de qué se trataba y él les explicó lo
que le había ocurrido hacía muchísimos años y la vida durísima de penitencia
que desde entonces debería estar llevando el desdichado rey.
Los
emisarios le pidieron que les condujera hasta la isla, y cuando estuvieron allí
encontraron al solitario con las manos en alto, orando en el fervor más
profundo al Señor para que le fueran perdonados sus pecados y faltas.
Lo
llevaron con ellos al palacio del rey, el cual habiendo sabido la vida de
penitencia que había llevado, llamó a doce obispos, los cuales estuvieron de
acuerdo en que era digno de ser patriarca, y como tal lo consagraron.
Así
se salvó, por la esperanza y la fe en la bondad de Dios, y el Señor le confirió
el poder de realizar prodigios y curaciones milagrosas.
Su
madre, que desde que él partiera de palacio había vivido en la penitencia,
padecía una terrible enfermedad. Le envió recado, sin saber quién era el
patriarca, de que se dignase conceder la audiencia y pedir para ella la salud
del Señor.
El
patriarca, cuando la vio, la reconoció al momento. Pidió al Señor que la
curase, y así le fue concedido. Ella le dio las gracias, arrodillada a sus
pies, y le dijo que regresaba a su patria y que rogaría por él. Él le dijo:
-Antes
quiero que sepas quién soy.
Y le
descubrió su personalidad. La madre cayó desvanecida. Pero el patriarca la
consoló, diciéndole:
-¡Oh,
madre mía, ya ves los favores que Dios concede a los que hacen penitencia!
Él
la revistió de los hábitos angélicos y fue salvada.
Y
así se salvaron los dos y murieron santamente.

