Libro No. 323. El Banquero Anarquista. Pessoa, Fernando.
© Libro No. 323. El Banquero
Anarquista. Pessoa, Fernando. Colección Emancipación Obrera. Junio 16 de
2012.
Título
original: © Fernando Pessoa - El banquero
anarquista
Versión
Original: © Fernando Pessoa - El banquero
anarquista
Circulación conocimiento
libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos: http://www.elortiba.org/pessoa.html#El_banquero_anarquista
http://www.ufp.pt/ Universidad
Fernando Pessoa - Portugal [Nota: los errores ortográficos son del original]
Licencia Creative Commons:
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto
y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración de original de Imágen: http://www.elortiba.org/pessoa.html#El_banquero_anarquista
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Fernando Pessoa
El Banquero Anarquista
[Traducción de Rodolfo Alonso]
Índice
§
Nota previa
§
El banquero anarquista
§
Apéndice
§
Textos alternativos y complementarios
§
Epílogo
El banquero anarquista

PESSOA Y SUS HETERONIMOS. Fernando Antonio
Nogueira Pessoa (1888-1935), nació en
Lisboa el 13 de junio, a las 3 de la tarde. Entre 1896 y 1905 vivió en Durban,
Sudáfrica, donde su padre era cónsul, de forma que el idioma inglés se
convirtió en su segunda lengua; de hecho, trabajó como traductor técnico y sus
primeros trabajos están escritos en inglés.
En 1906 se matricula en el Curso Superior de Letras en
Lisboa, pero lo abandona un año más tarde.
En 1914 empieza a escribir poemas de sus heterónimos
(personalidades dentro de sí mismo, distintos alter egos). Colabora en revistas
culturales como Orfeu que surge en 1915, Atena dirigida por él mismo y Ruy Vaz
a partir de 1924, o Presença en 1927.
En 1926 Pessoa requiere la patente de invención de un
Anuario Indicador Sintético, por Nombres y Otras Clasificaciones, Consultable
en Cualquier Lengua. En esta época dirige junto con su cuñado la Revista de
Comercio y Contabilidad. En 1934 aparece Mensagem, el único libro que se
publicó mientras vivía.
Muere en Lisboa el 30 de noviembre de 1935. Tenía 47
años.
Pessoa está considerado como uno de los poetas más
importantes de la literatura portuguesa. Influido por filósofos como Nietzsche
y Schopenhauer introdujo en su país las corrientes literarias en auge en su
época como el modernismo o el futurismo y se convirtió en el principal foco
estético de la vanguardia portuguesa.
Fernando Pessoa es el poeta de los heterónimos; el poeta
que se desmultiplica o despersonaliza en la figura de innumerables heterónimos
y semi-heterónimos, dando forma por esta vía a la amplitud y la complejidad de
sus pensamientos, conocimientos y percepciones de la vida y del mundo, al dar
vida a las múltiplas voces que comporta dentro de sí, el poeta puede percibir y
expresar las diferentes formas del universo y de las cosas del hombre. Será
curioso recordar que la palabra pessoa conlleva en sí este simbolismo del
desbordamiento ficticio, del asumir plenamente un personaje, si recordamos que
la palabra persona surge de las máscaras del teatro de los actores clásicos,
representativas de un personaje, origen etimológico de pessoa. Los heterónimos
pueden ser vistos como la expresión de diferentes facetas de la personalidad de
Fernando Pessoa y como la manifestación de una profunda imaginación,
creatividad y ficción que desde pronto se revela en el poeta -se recuerda que
el primer heterónimo, el Cjevalier de Pas fue inventado cuando el poeta tenía
seis años. Los más conocidos y con producción literaria más consistente y
constante son, entre otros: Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y Ricardo Reis.
Pero además de en los heterónimos, Fernando Pessoa se desdobló en innumerables
semi-heterónimos y pseudónimos, personalidades con una biografía trazada con
mayor o menor detalle, personalidades con vidas literarias más o menos
intensas, personalidades que acompañarán al poeta durante un tiempo muy o poco
significativo y que, algunas veces, se desbordan ellas mismas en otras. Teresa
Rita Lopes, en su obra Pessoa por Conhecer (Lisboa, Editorial Estampa, 1990, 2
vol.), nos da a conocer una diversidad muy significativa de estas facetas de
Fernando Pessoa, algunas muy poco estudiadas y otras inéditas o prácticamente
inéditas. Del período de su vida en Portugal con la familia (entre agosto de
1901 y septiembre de 1902) se conocen algunas de las personalidades que con él
colaboran en sus primeros artículos periodísticos, en sus periodicos
manuscritos A Palavra y O Palrador, de difusión reservada a sí mismo y a su
medio familiar, y donde escribe en lengua portuguesa, a pesar de la educación
en lengua inglesa que había recibido, textos de índole diversa. Una de esas
personalidades es el Dr. Pancrácio que colabora en ambos periódicos y que irá a
acompañar al poeta en su regreso a Durban, donde se manifestará a través de un
ensayo humorístico, escrito en inglés, y en el regreso definitivo de Fernando
Pessoa a Portugal, en 1905, continuando su colaboración en el proyecto O
Palrador. En el periódico O Palrador, del periodo de 1902, colaboran también,
además del Dr. Pancrácio, Pedro da Silva Salles, como redactor, Luiz António
Congo, como secretario de redacción, José Rodriquez do Valle, en la dirección
literaria y como administrador Antonio Augusto Rey da Silva. Fernando Pessoa
crea pues, no sólo en un periódico sino también todo un equipo necesario para
dar vida al proyecto.
En ese periódico vendría a colaborar también en ese
periodo, Eduardo Lança, un brasileño que fija su residencia en Lisboa y ahí se
dedica a su producción literaria y acompaña a Fernando Pessoa también en su
regreso en 1903, a Durban. En Durban, se van creando nuevas personalidades :
Alexander Search y el hermano Charles James Search, Robert Annon y David
Merrick. De regreso definitivo a Portugal, en el año 1905, Fernano Pessoa se
hace acompañar de estos compañeros en la actividad literaria. Además de los hermanos
Search, viaja con él un francés: Jean Seul de Méluret. A cada una de estas
personalidades, Fernando Pessoa les atribuyó proyectos literarios,
distribuyendo de este modo, su voluntad de intervenir en la vida cultural de
aquella que siempre fue su patria, su nación. Regresando a Portugal, Fernando
Pessoa retoma sus periódicos manuscritos. Al O Palrador, dirigido en esta nuva
etapa por Gudencio Nabos, se le unen O Phosphoro e O Iconoclasta. Respondiendo
a sus planes de intervenir sobre la sociedad portuguesa, que considera
empobrecida e viciada, va enseñando textos críticos y humorísticos que tratan
por ejemplo, la política y la religión. Otra de las muchas personalidades
creadas por Fernando Pessoa fue la de Joaquim Moura Costa el cual colabora en
estos dos periódicos, a través de textos que manifiestan bien su espíritu
satírico y revolucionario.
Pantaleao fue otro de los colaboradores de O Phosphoro.
Peraonage multifacetada, se vuelve al periodismo, a la poesía, a los textos
humorísticos, es militante republicano y teje críticas vehementes a la iglesia
católica y a la monarquía. Por esta altura aparece también, como en un
desbordamiento de aquel, Torquato Mendes Fonseca da Cunha Rey que, antes de
morir encarga a Pantaleao que publice un texto suyo.
En el proyecto de Fernando Pessoa para la Empresa Ibis en
1907, proyecto inmerso en el espíritu patriótico que se manifiesta abiertamente
por la voluntad de contribuir para la divulgación de la cultura portuguesa,
colaboran Vicente Guedes (personaje muy asociado a Bernardo Soares, este último
asumido por Pessoa como semi-heterónimo), Carlos Otto y los ya conocidos
Joaquim Moura Costa e Charles James Search. Carlos Otto, además de colaborar en
el proyecto de la Empresa Ibis, surga también con Pantaleao, Joaquim Moura
Costa y Fernando Pessoa unido al periódico O Phosphoro.
Del periodo del sensacionismo y del interseccionismo,
Teresa Rita Lopes, en la obra ya mencionada, nos da cuenta de personalidades
como Antonio Seabra, Frederico Reis (probablemente un hermano del heterónimo
Ricardo Reis), Diniz da Silva, Thomas Crosse e I.I.Crosse, siendo estos últimos
los divulgadores en lengua inglesa del sensacionismo. Parece haber existido
otro hermano Crosse, A.A. Crose, aquel que respondía en periódicos ingleses a
concursos de charadas y del cual Fernando Pessoa habla a Ophelia (la respuesta
a concurso de charadas no es novedad en el Fernando Pessoa de 1919, ya que, en
Durban también disputaba estos concursos a través del nombre de Tagus).
A esta lista se deben aún de añadir el psicólogo F.
Antunes, que surge hacia 1907, Frederick Wyatt y sus hermanos Walter y Alfred
(este último con residencia en París dondo convive con Mario de Sá-Carneiro=, o
Barao de Teive, personalidad literaria cuya obra continúa descubriéndose y que
expresa la faceta de inadaptación y el sentimiento de exclusión de su demiurgo,
Bernardo Soares (a quien acabó por ser atribuído o Livro do Desassossego,
pensado tanto para Vicente Guedes como para o propio Fernando Pessoa) e María
José que, según Teresa Rita Lopes, habrá sido la voz femenina que más se
destacó en el universo de las creaciones pessoanas.
Además de los nombres de botelho y de Quaresma (y de
tantos otros!) se destaca también el de Antonio Mora, personalidad asociada al
paganismo, el que asume el papel de loco (dando expresión a un tema que
Fernando Pessoa vive con profunda intensidad) de un manicomio de Cascais y que,
exprimiendose como médico, viene a diagnosticar al hombre moderno, detectando
al loco-enfermo. Colabora con Pessoa en proyectos para algunas revistas.
Las personalidades más conocidas son como mencionamos,
los heterónimos Alvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis. Para cada uno
de estos hombres, Fernando Pessoa diseñó una cuidada biografía, un horóscopo,
un retrato físico completo, trazó sus características morales, intelectuales,
ideológicas. Tres personajes diferentes y cada cual con una actividad literaria
distinta, personajes que se conocen y entran en polémica unos con otros, bien
como el demiurgo, tres facetas de un mismo hombre que de las dispersión parece
haber hecho condición de encuentro consigo mismo.
Ricardo Reis, en lo relativo a su nacimiento, tanto en la
mente del poeta, como en su 'vida real', Fernando Pessoa establece fechas
distintas. Primero afirma, de acuerdo con el texto de Páginas íntimas y de
Auto-Interpretación (p.385) que este nació el día 29 de enero de 1914: El Dr.
Ricardo Reis nació dentro de mi alma el día 29 de enero de 1914 a las once de
la noche. Yo había estado oyendo el día anterior una discusión extensa sobre
los excesos, especialmente de la realización del arte moderno. Según mi proceso
de sentir las cosas sin sentirlas, me fui dejando ir en la onda de esa reacción
momentánea. Cuando me di cuenta de en qué estaba pensando, ví que había
levantado una teoría neoclásica, que se iba desenvolviendo... Más tarde, en una
carta a Adolfo Casais Monteiro fechada el 13 de enero de 1935, altera la fecha
de este nacimiento afirmando que Ricardo Reis nacera en su espíritu en 1912.
Fernando Pessoa considera que este heterónimo fue el primero en revelársele
aunque no haya sido el primero en iniciar su actividad literaria. Si Ricardo
Reis está latente desde el año 1912, a juzgar por la carta mencionada, es sólo
en marzo de 1914 cuando el autor de las Odes inicia su producción, desde
entonces continuada e intensa, y siempre coherente e inalterable, hasta el 13
de diciembre de 1933. También en lo que respecta a la biografía de Ricardo
Reis, Fernando Pessoa presenta datos distintos. En el horóscopo que hizo de él,
sitúa su nacimiento el 19 de setiembre de 1887 en Lisboa a las 4:05 de la
tarde. En la carta a Adolfo Casais Monteiro referida anteriormente altera la
ciudad natal de Ricardo Reis de Lisboa a Porto.
Médico de profesión, monárquico, hecho que lo llevó a
vivir emigrado algunos años en Brasil, educado en un colegio de jesuitas,
recibió, pues, una formación clásica y latinista y fue imbuido de principios
conservadores, elementos que no son transportados para su concepción poética.
Domina la forma de los poetas latinos y proclama la disciplina en la
construcción poética. Ricardo Reis es marcado por una profunda simplicidad de
la concepción de la vida, por una inmensa serenidad en la aceptación de la relatividad
de todas las cosas. Es el heterónimo que más se aproxima al creador, tanto en
el aspecto físico - es moreno, de estatura media, anda medio curvado, es magro
y tiene apariencia de judío portugués (Fernando Pessoa tenía ascendencia
israelita)- tanto en la manera de ser y en el pensamiento. Es adepto del
sensacionismo, que hereda del maestro Caeiro, pero al aproximarlo al
neoclasicismo lo manifiesta, pues, en un plano distinto como refiere Fernando
Pessoa en Páginas Intimas e Auto Interpretaçao,(p. 350): Caeiro tiene una
disciplina: las cosas tienen que ser sentido tal como son. Ricardo Reis tiene
otra disciplina diferente: las cosas deben ser sentidas, no sólo como son,
también de modo que se integren en un cierto ideal de medida y reglas clásicas.
Se asocia todavía el paganismo de Caeiro y sus
concepciones del mundo al estoicismo y al epicureismo (según Frederico Reis la
filosofía de la obra de Ricardo Reis se resume en un epicureismo triste - in
Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p.386). Su forma de expresión la va a
buscar a los poetas latinos, de acuerdo a su formación, y afirma, por ejemplo,
que debe haber, en el más pequeño poema de un poeta, cualquier cosa donde se
note que existió Homero (Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p.393).
Alberto Caeiro, el maestro, en torno al cual se
determinan los otros heterónimos, nació en abril de 1889 en Lisboa, pero vivió
la mayor parte de su vida en una quinta en el Ribatejo, donde conocería a
Alvaro de Campos. Su educación se limitó a la instrucción primaria, lo que
combina con su simplicidad y naturalidad que reclama para sí mismo. Rubio, de
ojos azules, estatura media, un poco más bajo que Ricardo Reis, está dotado de
una apariencia muy diferente al de los otros heterónimo. También es frágil, aunque
no lo aparenta mucho, y murió, precozmente (tuberculoso), en 1915. El maestro
es aquel de cuya biografía menos se ocupa Pessoa. Su vida eran sus poemas, como
dice Ricardo Reis: La vida de Caeiro no puede narrarse pues no hay en ella más
que contar. Sus poemas son lo que hubo en su vida. En todo lo demás no hubo
incidentes, ni hay historia (en Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p. 330).
Aparece a Fernando Pessoa el día 8 de marzo de 1914, de
forma aparentemente no planeada, en una altura en que el poeta se debatía con
la necesidad de ultrapasar el paulismo, el subjetivismo y el misticismo. Es en
ese momento conflictuoso que aparece, de repente, una voz que se ríe de esos
misticismos, que rabia contra el ocultismo, niega lo trascendental, defendiendo
la sinceridad de la producción poética, un ser manifiestamente apologista de la
simplicidad, de la serenidad y nitidez de las cosas, un ser dotado de una
naturaleza positivo-materialista y que rechaza doctrinas y filosofías. Es este
ser que en el día 8 de marzo escribe de corrido más de 30 poemas de O Guardador
de Rebanhos. Gran parte de la producción poética de Ricardo Reis parece haber
sido siempre escrita de este modo impetuoso en momentos de súbita inspiración.
A esa voz, Fernando Pessoa da el nombre de Alberto Caeiro.
Alberto Caeiro da también voz al paganismo. Según
Fernando Pessoa, la obra de Caeiro representa una reconstrucción integral del
paganismo, en su esencia absoluta, tal como ni los griegos ni los romanos que
vivieron en él y por eso no pensaran, lo que pudrían hacer.
Se presenta como el poeta de las sensaciones; su poesía
sensacionalista se asienta en las sustitución del pensamiento por la sensación
(soy un guardador de repaños/ el reballo es mis pensamientos/ y mis
pensamientos son todos sensaciones). Alberto Caeiro es el poeta de la
naturaleza, el poeta de actitud antimística (si quisieran que yo tuviera
misticismo, está bien, lo tengo/ soy místico, poro sólo como cuerto/ mi alma
simplemente no piensa/mi misticismo es no querer saber/ y vivir es no pensar en
eso).
Es el poeta del objetivismo absoluto. Ricardo Reis afirma
que Caeiro, en su objetivismo tota, o, antes, en su tendencia constante hacia
un objetivismo total, es frecuentemente más griego que los propios griegos. Es
también el poeta que repudia las filosofías cuando escribe, por ejemplo, que
los poetas místicos son filósofos enfermos (doentes)/ y los filósofos son
hombres dolidos y que niega el misterio y en lo que a la búsqueda del sentido
íntimo de las cosas: El único sentido íntimo de las cosas/ Es que ellas no
tienen ningún sentido íntimo...
Fernando Pessoa dejó un texto en que explicita el valor
de Caeiro y un mensaje que este poeta nos dejó y puede servir de base para la
comprensión de su obra:
A un mundo sumergido en diversos géneros de subjetivismo
viene a surgir el Objetivismo Absoluto, más absoluto de lo que los objetivistas
paganos tuvieron jamás. A un mundo ultracivilizado viene a sustituir una
Naturaleza Absoluta. A un mundo hundido en humanitarismos, en problemas
operarios, en sociedades éticas, en movimientos sociales, tras un desprecio
absoluto por el destino y por la vida del hombre, lo que, puede considerarse
excesivo, es al final natural para él un correctivo magnífico. (Páginas Intimas
e Autointerpretaçao, p.375)
Alvaro de Campos nació en 1890 en Tavira y es ingeniero
de profesión. Estudión ingeniería en Escocia, se formó en Glasgow, en
ingeniería naval. Visitó oriente y durante esa visita, a bordo, en el Canal de
Suez, escribe el poema Opiário, dedicado a Mario de Sá-Carneiro. Desilusionado
de esa visita, regresa a Portugal donde lo espera el encuentro con el maestro
Caeiro, y el inicio de un intenso viaje por las teorías del sensacionismo y del
futurismo o del interseccionismo. Lo espera aún un cansancio y un sonambulismo
poético como el prevé en el poema Opiario: Vuelvo a Europa descontento, y de
paso/ de llegar a ser un poeta sonambólico.
Conoció a Alberto Caeiro en una visita al Ribatejo y se
convirtió en su discípulo: Lo que el maestro Caeiro me enseñó fue a tener
claridad; equilibrio, organismo en el delirio y en el desvairamiento, y también
me enseñó a procurar no tener filosofía ninguna, pero con alma (Páginas Intimas
e Auto Interpretaçao, p.405)
Se distancia entre tanto, mucho del maestro al
aproximarse a movimientos modernistas como el futurismo y el sensacionismo. Se
distancia del objetivismo del maestro y percibe las sensaciones distanciándose
del objeto y centrándose en el sujeto, cuando, pues, en el subjetivismo que
acabará por encaminarse por la conciencia del absurdo, por la experiencia del
tedio, de la desilusión (grandes son los desiertos, y todo es desierto/ grande
es la vida, y no vale la pena haber vivido) y de la fatiga (lo que hay en mi es
sobre todo cansancio/ no de esto ni de aquello,/ sin siquiera de todo o de
nada:/ cansancio así mismo, él mismo, /Cansancio).
Alvaro de Campos experimentara la civilización y admira
la energía y la fuerza, transportándolas para el dominio de su creación
poética, nombrandamente en los textos Ultimatum y Ode Triunfal. Alvaro de
Campos es el poeta modernista, que escribe las sensaciones de la energía y del
movimiento así como, las sensaciones de sentir todo de todas las maneras. Es el
poeta que más expresa los postulados del Sensacionismo, elevando al exceso ese
ansia de sentir, de percepcionar toda la complejidad de las sensaciones.
Su primera composición data de 1914 y todavía el 12 de
octubre de 1935 firmaba poesías, o sea, poco antes de la muerte de Fernando
Pessoa, el cual dejara de escribir textos antes que Alvaro de Campos.
Semiheterónimos
Además de los heterónimos Alvaro de Campos, Alberto
Caeiro y Ricardo Reis, Pessoa escribió una serie de textos atribuidos a unos
semi-heterónimos, personajes no totalmente independientes de la figura del
poeta. Entre ellos se encuentran:
Pero Botelho: escribió una serie de cuentos como El Prior
de Burcos, Cuaresma, La Muerte del Dr. Cerdeira, La experiencia del Dr.
Lacroix, El Eremita de la Sierra negra, El vencedor del tiempo, de los cuales
sólo se conservan algunos fragmentos.
Antonio Mora: Filósofo, escribió varios textos sobre el
paganismo, y sobre los heterónimos como el libro Alberto Caeiro y la renobación
del paganismo, en el que cuenta la relación maestro-discípulo que había entre
los heterónimos y reflexiona sobre sus posturas paganas.
Fausto: A este semi-heterónimo se le atribuye un poema
dramático incompleto en es que se hace una reflexión sobre el conocimiento, el
mundo, el placer y el amor, la muerte ...
Alexander Search: Uno de los primeras personalidades que
aparecen en Pessoa autor de sus primeras composiciones. Escribe en inglés.
Bernardo Soares: Contable al que se le atribuye el Libro
del Desasosiego, publicado en 1982. También escribió algunos poemas.
Frederico Reis: Es el hermano del heterónimo Ricardo
Reis.
Barón de Teive: Sólo se conocen notas sueltas para un
libro que no llegó a terminar como La educación del estoico. Al igual que
Soares, Pessoa afirma que nació a partir de rasgos particulares de su
personalidad.
Viciente Guedes: Hay teorías que afirman que fue el
primer autor del Libro del Desasosiego aunque algunos de los textos incluidos
en este libro fueron publicados con anterioridad adjudicandose su autoría el
propio Pessoa.
Por último decir que en otras ocasiones Pessoa escribía
bajo su propia personalidad pero tras un seudónimo, algunos de ellos fueron:
Raphael Baldaya
A.A.Cross
Thomas Crosse
Pantaleao
Chevalier de Pas
Charles Robert Anon
Maria Jose
Adolf Moscow
Jean Seul de Méleuret
Fuente: http://www.ufp.pt/ Universidad Fernando Pessoa -
Portugal [Nota: los errores ortográficos son del original]
Nota previa
Esta edición de El banquero anarquista reproduce el texto
publicado en vida por Fernando Pessoa, en 1922, en la revista Contemporánea (Nº
1, mayo, pp. 5-21). Se procedió, no obstante, a la actualización de la
ortografía, así como a la homologación en el uso de la abreviatura ud. (usted)
que, seguramente por desliz tipográfico, aparece escrita, en mitad de la frase,
a veces con u minúscula y a veces con u mayúscula.
Se publican también, en el Apéndice, algunos textos
existentes en el Legado de la Biblioteca Nacional de Lisboa: la traducción al
inglés, hecha por el propio poeta, de las primeras dos páginas del texto de
1922 (dos hojas mecanografiadas con cuatro agregados a mano); los distintos
escritos (manuscritos, mecanografiados o mixtos) destinados a una proyectada
edición corregida y aumentada de la novela, que no llegaría a concretarse, ni
siquiera a ser concluida por el autor.
Esos textos se presentan, en el Legado, en estado de
borrador, sin indicación del lugar exacto del texto original donde deberían ser
insertados. En su fijación, se remiten como nota al pie a las variantes
encaradas por Fernando Pessoa, entendiéndose por variante la palabra o palabras
agregadas sobre, bajo, a continuación (entre paréntesis) o al margen de una
palabra o expresión, con vistas a una posible alteración del texto, así como el
señalamiento de las palabras dudosas, esto es, consideradas de redacción
provisoria por el autor. Se corrigen también algunos lapsus evidentes de
redacción y se utiliza la señal convencional 5, siempre que aparece un espacio
en blanco dejado por Pessoa.
Cada texto del Apéndice es precedido por el número de la
referencia que consta en el Legado y por la indicación de la forma en que se
presenta: manuscrito [Ms. ], mecanografiado [Mee. ] o mecanografiado con
agregados a mano [Mixto].
La presentación de estos textos alternativos y
complementarios se hace según el orden de catalogación de la Biblioteca
Nacional, atendiendo al hecho de que no siempre es posible determinar, con
rigor, el lugar de su inserción en la versión de 1922, ya que algunos de ellos
podrían, inclusive, venir a sustituir por completo muchos parágrafos del texto
publicado, independientemente de su secuencia, y de que otros, además, no
tienen ningún antecedente discursivo que remita a ellos.
El banquero anarquista
Habíamos concluido de cenar. Frente a mí, el banquero, mi
amigo, gran comerciante y acaparador notable, fumaba como quien no piensa. La
conversación, que había ido apagándose, yacía muerta entre nosotros. Intenté
reanimarla, al azar, sirviéndome de una idea que me pasó por el pensamiento. Me
di vuelta hacia él, sonriendo.
-Es verdad: me dijeron hace días que ud. en sus tiempos
fue anarquista...
-Fui, no: fui y soy. No cambié con respecto a eso. Soy
anarquista.
-¡Ésa sí que es buena! ¡Usted anarquista! ¿En qué es ud.
anarquista?... Sólo si ud. le da a la palabra cualquier sentido diferente...
-¿Del habitual? No; no se lo doy. Empleo la palabra en el
sentido habitual.
-¿Quiere ud. decir, entonces, que es anarquista
exactamente en el mismo sentido en que son anarquistas esos tipos de las
organizaciones obreras? ¿Entonces entre ud. y esos tipos de la bomba y de los
sindicatos no hay ninguna diferencia?
-Diferencia, diferencia, hay. Evidentemente que hay
diferencia. Pero no es la que ud. cree. ¿Ud. duda quizás de que mis teorías
sociales no sean iguales a las de ellos?...
-¡Ah, ya me doy cuenta! Ud., en cuanto a las teorías, es
anarquista; en cuanto a la práctica...
-En cuanto a la práctica soy tan anarquista como en
cuanto a las teorías. Y en la práctica soy más, mucho más anarquista que esos
tipos que ud. citó. Toda mi vida lo demuestra.
-¿¡Qué!?
-Toda mi vida lo demuestra, hijo. Ud. es el que nunca
prestó a estas cosas una atención lúcida. Por eso le parece que estoy diciendo
una burrada, o si no, que estoy jugándole una broma.
-¡Pero, hombre, yo no entiendo nada!... A no ser..., a no
ser que ud. juzgue su vida disolvente y antisocial y le dé ese sentido al
anarquismo...
-Ya le dije que no; esto es, ya le dije que no doy a la
palabra anarquismo un sentido diferente del habitual.
-Está bien... continúo sin entender... Pero, hombre, ¿ud.
quiere decir que no hay diferencia entre sus teorías verdaderamente anarquistas
y la práctica de su vida, la práctica de su vida como ella es ahora? ¿Ud.
quiere que yo crea que ud. tiene una vida exactamente igual a la de los tipos
que habitual-mente son anarquistas?
-No; no es eso. Lo que yo quiero decir es que entre mis
teorías y la práctica de mi vida no hay ningún desacuerdo, sino una conformidad
absoluta. De allí que no tenga una vida como la de los tipos de los sindicatos
y de las bombas, eso es verdad. Pero es la vida de ellos la que está fuera del
anarquismo, fuera de sus ideales. La mía no. En mí, sí, en mí, banquero, gran
comerciante, acaparador si ud. quiere, en mí la teoría y la práctica del
anarquismo están reunidas y ambas son verdaderas. Ud. me comparó con esos
tontos de los sindicatos y de las bombas para indicar que soy diferente de
ellos. Lo soy, pero la diferencia es ésta: ellos (sí, ellos y no yo) son
anarquistas sólo en la teoría; yo lo soy en la teoría y en la práctica. Ellos
son anarquistas y estúpidos, yo anarquista e inteligente. Es decir, mi viejo,
soy yo quien es el verdadero anarquista. Ellos, los de los sindicatos y las
bombas (yo también estuve allí y salí de allí precisamente a causa de mi
verdadero anarquismo), ellos son la basura del anarquismo, los hembras de la
gran doctrina libertaria.
-¡Eso ni el diablo lo ha oído! ¡Eso es espantoso! ¿Pero
cómo concilia ud. su vida, quiero decir su vida bancaria y comercial, con las
teorías anarquistas? ¿Cómo lo concilia ud., si dice que por teorías anarquistas
entiende exactamente lo que los anarquistas ordinarios entienden? ¿Y ud.,
todavía por encima, me dice que es diferente de esa gente por ser más
anarquista que ellos, no es verdad?
-Exactamente.
-No entiendo nada.
-¿Pero ud. pone empeño en entender?
-Todo el empeño.
Todas las cartas de amor son ridículas. Fragmento del
espectáculo teatral "Versos Per-Versos", presentado en 1982 en el
Teatro de La Fábula, de la ciudad de Buenos Aires. Texto: Fernando Pessoa.
Actriz: Alicia Morisio.
Él se quitó de la boca el cigarro, que se había apagado;
volvió a encenderlo lentamente; miró el fósforo que se extinguía; lo depositó
suavemente en el cenicero; después, irguiendo la cabeza, por un momento
inclinada, dijo:
-Oiga. Yo nací del pueblo y en la clase obrera de la
ciudad. De bueno no heredé nada, como puede imaginar, ni la condición ni las
circunstancias. Apenas me aconteció tener una inteligencia naturalmente lúcida
y una voluntad un tanto más fuerte. Pero ésos eran dones naturales, que mi bajo
nacimiento no me podía quitar.
"Fui obrero, trabajé, viví una vida ajustada; fui,
en resumen, lo que la mayoría de la gente es en aquel medio. No digo que
absolutamente pasase hambre, pero anduve cerca. Por otra parte, podía haberla
pasado, que eso no hubiera alterado nada de lo que sucedió o de lo que voy a
exponerle, ni de lo que fue mi vida ni de lo que ella es ahora.
"Fui un obrero común, en suma; como todos, trabajaba
porque tenía que trabajar, y trabajaba lo menos posible. Lo que yo era, era
inteligente. Siempre que podía, leía cosas, discutía cosas y, como no era loco,
nació en mí una gran insatisfacción y una gran rebelión contra mi destino y
contra las condiciones sociales que lo hacían así. Ya le dije que, hablando
claro, mi destino podía haber sido peor de lo que era; pero en aquel entonces
me parecía que yo era un ente a quien la Suerte había hecho todas las injusticias
juntas, y que se había servido de las convenciones sociales para hacérmelas.
Esto era así allá por mis veinte años, veintiuno a lo sumo, que fue cuando me
volví anarquista.
Se detuvo un momento. Se volvió un poco más hacia mí.
Continuó, inclinándose todavía más.
-Fui siempre más o menos lúcido. Me sentí sublevado.
Quise entender mi rebelión. Me volví anarquista consciente y convicto: el
anarquista consciente y convicto que ahora soy.
-¿Y la teoría que ud. tiene hoy es la misma que tenía en
ese entonces?
-La misma. La teoría anarquista, la verdadera teoría, es
una sola. Tengo la que siempre tuve, desde que me volví anarquista. Ud. ya va a
ver... Le iba diciendo que, como era lúcido por naturaleza, me volví anarquista
consciente. ¿Pero qué es un anarquista? Es un sublevado contra la injusticia de
que nazcamos desiguales socialmente; en el fondo es sólo eso. Y de ahí resulta,
como es evidente, la rebelión contra las convenciones sociales que volvieron
esa desigualdad posible. Lo que le estoy indicando ahora es el camino
psicológico, esto es, cómo es que la gente se vuelve anarquista; ya vamos a la
parte teórica del asunto. Por ahora, comprenda ud. bien cuál sería la rebelión
de un tipo inteligente en mis circunstancias. ¿Qué es lo que ve por el mundo?
Uno nace hijo de un millonario, protegido desde la cuna contra aquellos
infortunios, y no son pocos, que el dinero puede evitar o atenuar; otro nace
miserable, para ser, cuando niño, una boca más en una familia donde las bocas
resultan de sobra para la comida que puede haber. Uno nace conde o marqués, y
tiene por eso la consideración de todo el mundo, haga lo que haga; otro nace
así, como yo, y tiene que andar derechito como una plomada para ser al menos
tratado como gente. Unos nacen en tales condiciones que pueden estudiar,
viajar, instruirse, volverse (puede decirse) más inteligentes que otros que
naturalmente lo son más. Y así por ahí adelante, y en todo...
"Las injusticias de la Naturaleza, vaya, no las
podemos evitar. Ahora las de la sociedad y de sus convenciones, ésas, ¿por qué
no evitarlas? Acepto, no tengo incluso otro remedio, que un hombre sea superior
a mí por lo que la Naturaleza le dio: el talento, la fuerza, la energía, no
acepto que él sea mi superior por cualidades postizas, con las que no salió del
vientre de su madre, sino que le ocurrieron por azar después que apareció por
aquí: la riqueza, la posición social, la vida fácil, etcétera. Fue de la
rebelión que le estoy pintando, por estas consideraciones, que nació mi
anarquismo de entonces: el anarquismo que, ya le dije, mantengo hoy sin ninguna
alteración.
Se detuvo otra vez un momento, como pensando la forma en
que iba a proseguir. Aspiró y exhaló el humo lentamente, hacia el lado opuesto
al mío. Se volvió e iba a proseguir. Yo, sin embargo, lo interrumpí.
-Una pregunta, por curiosidad... ¿Por qué es que ud. se
volvió precisamente anarquista? Ud. podía haberse vuelto socialista, o
cualquier otra cosa avanzada que no fuese tan lejos. Todo eso estaba dentro de
su rebelión... Deduzco de lo que ud. dice que por anarquismo entiende (y me
parece que está bien como definición de anarquismo) la rebelión contra todas
las convenciones y fórmulas sociales y el deseo y el esfuerzo para abolirías
todas...
-Eso mismo.
-¿Por qué escogió ud. esa fórmula extrema y no se decidió
por cualquiera de las otras... de las intermedias?
-Se lo digo. Medité todo eso. Está claro que en los
folletos que yo leía se encontraban todas esas teorías. Escogí la doctrina
anarquista, la teoría extrema, como ud. muy bien dice, por las razones que le
voy a decir en dos palabras.
Miró un momento hacia ninguna parte. Después se volvió
hacia mí.
-El mal verdadero, el único mal, son las convenciones y
las ficciones sociales, que se sobreponen a las realidades naturales; todo,
desde la familia al dinero, desde la religión al Estado. La gente nace hombre o
mujer: quiero decir, nace para ser, una vez adulto, hombre o mujer; no nace, en
buena justicia natural, ni para ser marido ni para ser rico o pobre, como
tampoco nace para ser católico o protestante, o portugués o inglés. Es todas
esas cosas en virtud de las ficciones sociales. ¿Pero por qué esas ficciones
sociales son malas? Porque son ficciones, porque no son naturales. Tan malo es
el dinero como el Estado, la constitución de la familia como las religiones. Si
hubiera otras, que no fueran éstas, serían igualmente malas, porque también
serían ficciones, porque también se sobrepondrían y estorbarían a las
realidades naturales. Pero cualquier sistema que no sea el puro sistema
anarquista, que quiere la abolición de todas las ficciones y de cada una de
ellas completamente, es una ficción también. Emplear todo nuestro deseo, todo
nuestro esfuerzo, toda nuestra inteligencia, para implantar, o contribuir a
implantar, una ficción social en vez de otra, es un absurdo, cuando no resulte
incluso un crimen, porque es provocar una perturbación social con el fin
expreso de dejar todo igual. Si encontramos injustas las ficciones sociales,
porque aplastan y oprimen lo que es natural en el hombre, ¿para qué emplear
nuestro esfuerzo en sustituirlas por otras ficciones, si lo podemos emplear
para destruirlas a todas?
"Eso me parece que es concluyente. Pero supongamos
que no lo es; supongamos que nos objetan que todo eso es muy exacto, pero que
el sistema anarquista no es realizable en la práctica. Vamos ahora a examinar
esa parte del problema.
"¿Por qué es que el sistema anarquista no sería
realizable? Todos nosotros, los avanzados, partimos del principio, no sólo de
que el actual sistema es injusto, sino de que hay ventaja, porque hay justicia,
en sustituirlo por otro más justo. Si no pensamos así, no somos avanzados sino
burgueses. ¿Pero de dónde viene este criterio de justicia? De lo que es natural
y verdadero, en oposición a las ficciones sociales y a las mentiras de la
convención. Pero lo que es natural es lo que es enteramente natural, no lo que
es mitad, o un cuarto, o un octavo de natural. Muy bien. Ahora, de dos cosas,
una: o lo natural es realizable socialmente o no lo es, en otras palabras, o la
sociedad puede ser natural o la sociedad es esencialmente ficción y no puede
ser natural de ninguna manera. Si la sociedad puede ser natural, entonces puede
existir la sociedad anarquista, o libre, y debe haberla, porque ella es la
sociedad enteramente natural. Si la sociedad no puede ser natural, si (por
cualquier razón que no importa) tiene forzosamente que ser ficción, entonces
del mal el menor; hagámosla, dentro de esa ficción inevitable, lo más natural
posible, para que sea, por eso mismo, lo más justa posible. ¿Cuál es la ficción
más natural? Ninguna es natural en sí, porque es ficción; la más natural, en
este, nuestro caso, será aquella que parezca más natural, que se sienta como
más natural. ¿Cuál es la que parece más natural, o que sentimos como más
natural? Es aquella a la que estamos habituados. (Ud. comprende: lo que es
natural es lo que es del instinto; y lo que, no siendo instinto, se parece en
todo al instinto es el hábito. Fumar no es natural, no es una necesidad del
instinto; pero si nos habituamos a fumar, nos parece natural, pasa a ser
sentido como una necesidad del instinto. ) ¿Pero cuál es la ficción social que
constituye un hábito nuestro? Es el actual sistema, el sistema burgués. Tenemos
pues, en buena lógica, que o encontramos posible la sociedad natural, y seremos
defensores del anarquismo o no la juzgamos posible, y seremos defensores del
régimen burgués. No hay hipótesis intermedia. ¿Entendió?...
-Sí, señor; eso es concluyente.
-Todavía no es tan concluyente... Todavía hay otra
objeción del mismo género que liquidar... Puede aceptarse que el sistema
anarquista es realizable, pero puede dudarse de que sea realizable de repente',
esto es, que se pueda pasar de la sociedad burguesa a la sociedad libre sin que
haya uno o más estadios o regímenes intermedios. Quien haga esta objeción
acepta como buena, y como realizable, la sociedad anarquista; pero intuye que
tiene que haber un estadio cualquiera de transición entre la sociedad burguesa
y ella.
"Ahora bien, supongamos que es así. ¿Qué es ese
estadio intermedio? Nuestro fin es la sociedad anarquista o libre; ese estadio
intermedio sólo puede ser, en consecuencia, un estadio de preparación de la
humanidad para la sociedad libre. Esa preparación o es material o es
simplemente mental; esto es, o es una serie de realizaciones materiales o
sociales que van adaptando a la humanidad a la sociedad libre, o es una simple
propaganda gradualmente creciente e influyente que la va preparando mentalmente
a desearla o a aceptarla.
"Vamos al primer caso: la adaptación gradual y
material de la humanidad a la sociedad libre. Es imposible; es más que
imposible, es absurdo. No hay adaptación material sino a una cosa que ya hay.
Ninguno de nosotros se puede adaptar materialmente al medio social del siglo
XXIII, aunque sepa lo que será; y no se puede adaptar materialmente porque el
siglo XXIII y su medio social no existen materialmente todavía. Así, llegamos a
la conclusión de que, en el pasaje de la sociedad burguesa a la sociedad libre,
la única parte que puede haber de adaptación, de evolución o de transición es
mental, es la gradual adaptación de los espíritus a la idea de la sociedad
libre... En todo caso, en el campo de la adaptación material, todavía hay una
hipótesis...
-¡Caramba con tanta hipótesis!...
-Ah, hijo, el hombre lúcido tiene que examinar todas las
objeciones posibles y refutarlas antes de poder considerarse seguro de su
doctrina. Y además, todo esto es en respuesta a una pregunta que ud. me hizo...
-Está bien.
-En el campo de la adaptación material, decía yo, hay en
todo caso otra hipótesis. Es la de la dictadura revolucionaria.
-¿Cómo? ¿De la dictadura revolucionaria?
-Como yo le expliqué, no puede haber adaptación material
a una cosa que no existe, materialmente, aún. Pero si, por un movimiento
brusco, se hiciera la revolución social, queda implantada ya, no la sociedad
libre (porque para ella la humanidad no puede tener todavía preparación), sino
una dictadura de aquellos que quieren implantar la sociedad libre. Pero existe
ya, aunque en esbozo o en comienzo, existe ya materialmente algo de la sociedad
libre. Hay ya por lo tanto una cosa material, a que la humanidad se adapte. Es
éste el argumentó con que los cuadrúpedos que defienden la "dictadura del
proletariado" la defenderían si fuesen capaces de argumentar o de pensar.
El argumento, está claro, no es de ellos: es mío. Me lo pongo, como objeción, a
mí mismo. Y, como le voy a demostrar..., es falso.
"Un régimen revolucionario, en cuanto existe, y sea
cual fuere el fin al que se dirige o la idea que lo conduce, es materialmente
sólo una cosa, un régimen revolucionario. Pero un régimen revolucionario quiere
decir una dictadura de guerra o, en las verdaderas palabras, un régimen militar
despótico, porque el estado de guerra le es impuesto a la sociedad por una
parte de ella, aquella parte que asumió revolucionariamente el poder. ¿Qué es
lo que resulta? Resulta que quien se adapte a ese régimen, como la única cosa
que él es materialmente, inmediatamente, es un régimen militar despótico, se
adapta a un régimen militar despótico. La idea, que condujo a los
revolucionarios, el fin hacia el que se dirigían, desapareció por completo de
la realidad social, que es ocupada exclusivamente por el fenómeno guerrero. De
modo que lo que sale de una dictadura revolucionaria, y tanto más completamente
saldrá, cuanto más tiempo dure esa dictadura, es una sociedad guerrera de tipo
dictatorial, esto es, un despotismo militar. Ni tampoco podía ser otra cosa. Y
fue siempre así. Yo no sé mucha historia, pero lo que sé coincide con esto, ni
podía dejar de coincidir... ¿Qué salió de las agitaciones políticas de Roma? El
Imperio Romano y su despotismo militar. ¿Qué salió de la Revolución Francesa?
Napoleón y su despotismo militar. Y ud. verá lo que sale de la Revolución
Rusa... Algo que va a atrasar decenas de años la realización de la sociedad
libre... También, ¿qué podía esperarse de un pueblo de analfabetos y de
místicos?...
"En fin, esto ya está fuera de la conversación...
¿Ud. entendió mi argumento?
-Lo entendí perfectamente.
-Ud. comprende por consiguiente que yo llegué a esta
conclusión: Fin: la sociedad anarquista, la sociedad libre; medio: el pasaje,
sin transición, de la sociedad burguesa a la sociedad libre. Este pasaje sería
preparado y vuelto posible por una propaganda intensa, completa, absorbente, en
forma tal de predisponer a todos los espíritus y debilitar todas las
resistencias. Está claro que por "propaganda" no entiendo sólo la de
la palabra escrita y hablada: entiendo todo, acción indirecta o directa, cuanto
puede predisponer a la sociedad libre y debilitar la resistencia a su venida.
Así, no teniendo casi ninguna resistencia que vencer, la revolución social,
cuando viniese, sería rápida, fácil, y no tendría que establecer ninguna
dictadura revolucionaria, por no tener contra quién aplicarla. Si esto no puede
ser así, es que el anarquismo es irrealizable; y si el anarquismo es
irrealizable, sólo es defendible y justa, como ya le demostré, la sociedad
burguesa.
"Ahí tiene ud. por qué y cómo me volví anarquista, y
por qué es que rechacé, como falsas y antinaturales, las otras doctrinas
sociales de menor osadía.
"Y rápido... Vamos a continuar mi historia. Hizo
estallar un fósforo y encendió lentamente el cigarro. Se concentró y enseguida
prosiguió.
-Había otros varios muchachos con las mismas opiniones
que yo. La mayoría eran obreros, pero había uno u otro que no lo era; lo que
éramos todos, era pobres y, que yo recuerde, no éramos muy estúpidos. Había una
cierta voluntad de instruirse, de saber cosas, y al mismo tiempo una voluntad
de propaganda, de esparcir nuestras ideas. Queríamos para nosotros y para los
otros, para la humanidad entera, una sociedad nueva, libre de todos estos
preconceptos, que hacen a los hombres desiguales artificialmente y les imponen
inferioridades, sufrimientos, estrecheces, que la Naturaleza no les había
impuesto. En mi caso, lo que leía me reafirmaba en estas opiniones. En libros
libertarios baratos, los que había en ese tiempo, y ya eran bastantes, leí casi
todo. Fui a conferencias y reuniones de los propagandistas de la época. Cada
libro y cada discurso me convencía más de la certeza y de la justicia de mis
ideas. Lo que yo pensaba entonces, le repito, mi amigo, es lo que pienso hoy;
la única diferencia es que entonces sólo lo pensaba, y hoy lo pienso y lo
practico.
-Pues sí; eso, hasta donde veo, está muy bien. Está muy
claro que ud. se volviese anarquista de esa manera, y veo perfectamente que ud.
era anarquista. No necesito más pruebas de eso. Lo que yo quiero saber es cómo
es que de ahí salió el banquero... cómo es que salió de ahí sin
contradicción... Esto es, más o menos ya calculo...
-No, no calcula nada... Yo sé lo que ud. quiere decir...
Ud. se basa en los argumentos que me acaba de oír y juzga que yo encontré al
anarquismo irrealizable y por eso, como le dije, sólo defendible y justa a la
sociedad burguesa, ¿no es así?...
-Sí, pensé que sería más o menos eso...
-¿Pero cómo podía serlo, si desde el principio de la
conversación le tengo dicho y repetido que soy anarquista, que no sólo lo fui
sino que continúo siéndolo? Si yo me hubiera vuelto banquero y comerciante por
la razón que ud. juzga, yo no sería anarquista, sería burgués.
-Sí, ud. tiene razón... ¿Pero entonces cómo diablos... ?
Vamos, vaya diciendo...
-Como le dije, yo era (fui siempre) más o menos lúcido, y
también un hombre de acción. Ésas son cualidades naturales; no me las pusieron
en la cuna (si es que tuve cuna), soy yo el que las llevó allí. Pues bien.
Siendo anarquista yo encontraba insoportable ser anarquista sólo pasivamente,
sólo para ir a escuchar discursos y hablar de eso con los amigos. No: ¡era
necesario hacer algo! ¡Era necesario trabajar y luchar por la causa de los
oprimidos y de las víctimas de las convenciones sociales! Decidí ponerle el
hombro a eso, según pudiese. Me puse a pensar cómo es que yo podría ser útil a
la causa libertaria. Me puse a trazar mi plan de acción.
"¿Qué es ser anarquista? La libertad, la libertad
para uno y para los otros, para la humanidad entera.
Querer estar libre de la influencia o de la presión de
las ficciones sociales, querer ser libre tal como se nació y apareció en el
mundo, que es como en justicia debe ser, y querer esa libertad para uno y para
todos los demás. No todos pueden ser iguales frente a la Naturaleza: unos nacen
altos, otros bajos; unos fuertes, otros débiles; unos más inteligentes, otros
menos... Pero todos pueden ser iguales de ahí en adelante; sólo las ficciones
sociales lo impiden. Esas ficciones sociales son las que era necesario
destruir.
"Era necesario destruirlas... Pero no se me escapó
una cosa: era necesario destruirlas pero en beneficio de la libertad, y
teniendo siempre en vista la creación de una sociedad libre. Porque eso de
destruir las ficciones sociales tanto puede ser para crear libertad, o preparar
el camino de la libertad, como para establecer otras ficciones sociales
diferentes, igualmente malas porque son igualmente ficciones. Aquí es donde se
necesitaba cuidado. Era necesario acertar con un proceso de acción, cualquiera
que fuese su violencia o su no violencia (porque contra las injusticias
sociales todo era legítimo), por el cual se contribuyese a destruir las
ficciones sociales sin, al mismo tiempo, perjudicar la creación de la libertad
futura; creando allí mismo, en el caso de que fuese posible, algo de la
libertad futura.
"Es claro que esta libertad, que se debe tener
cuidado de no perjudicar, es la libertad futura y, en el presente, la libertad
de los oprimidos por las ficciones sociales. Claro está que no tenemos que
fijarnos en no perjudicar la "libertad" de los poderosos, de los bien
situados, de todos quienes representan las ficciones sociales y tienen ventajas
en ellas. Ésa no es libertad; es la libertad de tiranizar, que es lo contrario
de la libertad. Ésa, por el contrario, es la que más debíamos pensar en
perjudicar y en combatir. Me parece que esto está claro...
-Está clarísimo. Continúe...
-¿Para quién quiere el anarquista la libertad? Para la
humanidad entera. ¿Cuál es la manera de conseguir la libertad para la humanidad
entera? Destruir por completo todas las ficciones sociales. ¿Cómo se podrían
destruir por completo todas las ficciones sociales? Ya le anticipé la
explicación cuando, con motivo de su pregunta, discutí los otros sistemas
avanzados y le expliqué cómo y por qué era anarquista... ¿Ud. se acuerda de mi
conclusión?...
-Me acuerdo...
-... Una revolución social súbita, brusca, aplastante,
haciendo pasar a la sociedad, de un salto, del régimen burgués a la sociedad
libre. Esta revolución social preparada por un trabajo intenso y continuado, de
acción directa e indirecta, tendiente a predisponer a todos los espíritus para
la llegada de la sociedad libre, y a debilitar hasta un estado comatoso todas
las resistencias de la burguesía. Me excuso de repetirle las razones que llevan
inevitablemente a esta conclusión, dentro del anarquismo; ya se las expuse y
ud. ya las entendió.
-Sí.
-Esa revolución sería preferiblemente mundial, simultánea
en todos los puntos, o los puntos importantes del mundo; o no siendo así,
partiendo rápidamente de unos a otros, pero, a pesar de todo, en cada punto,
esto es, en cada nación, fulminante y completa.
"Muy bien. ¿Qué podía hacer yo con ese fin? Por mí
solo, no podría hacerla a ella, a la revolución mundial, ni siquiera podría
hacer la revolución completa en la parte relacionada con el país en donde
estaba. Lo que podía era trabajar, en la entera medida de mi esfuerzo, para
preparar esa revolución. Ya le expliqué cómo: combatiendo, por todos los medios
accesibles, las ficciones sociales; no perjudicando nunca al hacer ese combate
o la propaganda de la sociedad libre, ni la libertad futura ni la libertad presente
de los oprimidos; creando ya, de ser posible, algo de la futura libertad.
Exhaló el humo; hizo una leve pausa, volvió a comenzar.
-Entonces aquí, mi amigo, puse yo mi lucidez en acción.
Trabajar para el futuro está bien, pensé; trabajar para que los otros tengan
libertad está perfecto. ¿Pero entonces yo?, ¿yo no soy nadie? Si yo fuese
cristiano, trabajaría alegremente por el futuro de los otros, porque iba a
tener mi recompensa en el cielo; pero también, si yo fuese cristiano, no sería
anarquista, porque entonces las tales desigualdades sociales no tendrían
importancia en nuestra corta vida: serían sólo condiciones de nuestra prueba y
serían recompensadas en la vida eterna. Pero yo no era cristiano, como no lo
soy, y me preguntaba: ¿pero por quién y por qué me voy a sacrificar en todo
esto? Más todavía: ¿parquees que me voy a sacrificar?
"Tuve momentos de descreimiento; y ud. comprende que
era justificado... Soy materialista, pensaba; no tengo más vida que ésta, ¿para
qué voy a atormentarme con propagandas y desigualdades sociales y otras
historias, cuando podría gozar y entretenerme mucho más si no me preocupara de
eso? Quien tiene sólo esta vida, quien no cree en la vida eterna, quien no
admite más ley que la Naturaleza, quien se opone al Estado porque él no es
natural, al casamiento porque él no es natural, al dinero porque él no es natural,
a todas las ficciones sociales porque ellas no son naturales, ¿por qué motivo
es que defiende el altruismo y el sacrificio por los otros, o por la humanidad,
si el altruismo y el sacrificio tampoco son naturales? Sí, la misma lógica que
me muestra que un hombre no nace para ser marido, o para ser portugués, o para
ser rico o pobre, me muestra también que él no nace para ser solidario, que él
no nace sino para ser él mismo, y en consecuencia lo contrario de altruista y
solidario, y por lo tanto exclusivamente egoísta.
"Discutí la cuestión conmigo mismo. Fíjate, yo decía
para mí que nacemos pertenecientes a la especie humana, y que tenemos el deber
de ser solidarios con todos los hombres. ¿Pero la idea de "deber" era
natural? ¿De dónde es que venía esta idea de "deber"? Si esta idea de
deber me obligaba a sacrificar mi bienestar, mi comodidad, mi instinto de
conservación y mis otros instintos naturales, ¿en qué divergía la acción de esa
idea de la acción de cualquier ficción social, que produce en nosotros
exactamente el mismo efecto?
"Esta idea de deber, esto de la solidaridad humana,
sólo podía considerarse natural si trajera consigo una compensación egoísta,
porque entonces, aunque en principio contrariase el egoísmo natural, si diera a
ese egoísmo una compensación, siempre, a fin de cuentas, no lo contrariaría.
Sacrificar un placer, simplemente sacrificarlo, no es natural; sacrificar un
placer a otro es lo que ya está dentro de la Naturaleza: entre dos cosas
naturales de las que no se pueden tener ambas, escoger una es lo que está bien.
¿Pero qué compensación egoísta o natural podía darme la dedicación a la causa
de la sociedad libre y de la futura sociedad humana? Sólo la conciencia del
deber cumplido, del esfuerzo para un buen fin; y ninguna de estas cosas es una
compensación egoísta, ninguna de estas cosas es un placer en sí, sino un
placer, si lo es, nacido de una ficción, como puede ser el placer de ser
inmensamente rico, o el placer de haber nacido en una buena posición social.
"Le confieso, mi viejo, que tuve momentos de
descreimiento... Me sentí desleal a mi doctrina, traidor a ella... Pero pronto
superé todo eso. La idea de justicia estaba ahí, dentro de mí, pensé. Yo la
sentía natural. Yo sentía que había un deber superior a preocuparme sólo por mi
propio destino. Y seguí adelante en mi propósito.
-No me parece que esa decisión revelase una gran lucidez
de su parte... Ud. no resolvió la dificultad... Ud. siguió adelante por un
impulso absolutamente sentimental...
-Sin duda. Pero lo que le estoy contando ahora es la
historia de cómo me volví anarquista y de cómo lo continué siendo, y continúo.
Le voy exponiendo lealmente las vacilaciones y las dificultades que tuve, y
cómo las vencí. Coincido en que, en aquel momento, vencí la dificultad lógica
con el sentimiento y no con el raciocinio. Pero ud. ha de ver que, más tarde,
cuando llegué a la plena comprensión de la doctrina anarquista, esta
dificultad, hasta entonces sin respuesta, tuvo su solución completa y absoluta.
-Es curioso...
-Lo es... Ahora déjeme continuar con mi historia. Tuve
esa dificultad y la resolví, bien que mal, como le dije. Después seguí, y en la
línea de mis pensamientos, surgió otra dificultad que también me perturbó
bastante.
"Estaba bien que me hallara dispuesto a
sacrificarme, sin recompensa alguna verdaderamente personal, esto es, sin
recompensa alguna verdaderamente natural. Pero supongamos que la sociedad
futura no concluía en nada de lo que yo esperaba, que la sociedad libre nunca
llegaría, ¿por qué diablos es que yo, en ese caso, me estaba sacrificando?
Sacrificarme a una idea sin recompensa personal, sin que ganara nada con mi
esfuerzo por esa idea, vaya; pero sacrificarme sin tener al menos la certeza de
que aquello para lo que yo trabajaba existiría un día, sin que la propia idea
ganase con mi esfuerzo, eso era un poco más fuerte... Desde ya le digo que
resolví la dificultad por el mismo proceso sentimental por el que resolví la
otra; pero le advierto también que, del mismo modo que la otra, resolví ésta
por la lógica, automáticamente, cuando llegué al estado plenamente consciente
de mi anarquismo... Ud. después verá... En el momento de lo que le estoy
contando, salí del apuro con una o dos frases huecas. "Yo cumplía con mi
deber para con el futuro; que el futuro cumpliera el suyo conmigo"...
Esto, o cosa que se le parezca...
"Expuse esta conclusión, o, antes, estas
conclusiones, a mis camaradas, y todos ellos coincidieron conmigo; coincidieron
todos en que era preciso ir para adelante y hacer todo por la sociedad libre.
Es verdad que uno u otro, de los más inteligentes, quedaron un poco
conmocionados con la exposición, no porque no coincidiesen, sino porque nunca
habían visto las cosas tan claras, ni las aristas que estas cosas tienen...
Pero finalmente coincidieron todos... Todos íbamos a trabajar por la gran
revolución social, por la sociedad libre, ¡ya quiera el futuro justificarnos o
no! Formamos un grupo con gente convencida y comenzamos una gran propaganda;
grande, es claro, dentro de los límites de lo que podíamos hacer. Durante
bastante tiempo, en medio de dificultades, enredos y a veces persecuciones, ahí
estuvimos trabajando por el ideal anarquista.
El banquero, llegado a este punto, hizo una pausa un poco
más larga. No encendió el cigarro, que estaba otra vez apagado. De repente tuvo
una leve sonrisa y, con el aire de quien llega al punto importante, me miró con
mayor insistencia y prosiguió, aclarando más la voz y acentuando más las
palabras.
-A esta altura -dijo él- apareció una cosa nueva. "A
esta altura" es un modo de decir. Quiero decir que, después de algunos
meses de esta propaganda, comencé a reparar en una nueva complicación, y ésta
era la más seria de todas, ésta es la que iba a valer...
"Ud. se acuerda, ¿no es verdad?, de aquello que yo,
por un raciocinio riguroso, establecí que debía ser el proceso de acción de los
anarquistas... Un proceso, o procesos, mediante cualquiera de los cuales se
contribuyese a destruir las ficciones sociales sin perjudicar, al mismo tiempo,
la creación de la libertad futura; sin perjudicar, por consiguiente, en lo más
mínimo, la poca libertad de los actuales oprimidos por las ficciones sociales;
un proceso que, en lo posible, crease ya algo de libertad futura...
"Pues bien: una vez establecido este criterio, nunca
más dejé de tenerlo presente... Pero, a la altura de nuestra propaganda, de la
que le estoy hablando, descubrí algo. En el grupo de la propaganda, no éramos
muchos; éramos unos cuarenta, salvo error, se daba esta coyuntura: se creaba
tiranía.
-¿Se creaba tiranía?
-De la siguiente manera... Unos mandaban a otros y nos
llevaban para donde querían; unos se imponían a otros y nos obligaban a ser lo
que ellos querían; unos arrastraban a otros por mañas y por artes hacia donde
ellos querían. No digo que hicieran esto en cosas graves; incluso, no había
cosas graves allí como para que lo hicieran. Pero el hecho es que esto ocurría
siempre y todos los días, y se daba no sólo en asuntos relacionados con la
propaganda, sino también fuera de ellos, en asuntos vulgares de la vida. Unos
iban insensiblemente para jefes, otros insensiblemente para subordinados. Unos
eran jefes por imposición, otros eran jefes por maña. En el hecho más simple se
veía esto. Por ejemplo: dos de los muchachos salían juntos a una calle,
llegaban al final de la calle y uno tenía que ir hacia la derecha y otro hacia
la izquierda; a cada uno le resultaba conveniente ir para su lado. Pero el que
iba hacia la izquierda le decía al otro, "venga ud. conmigo por
aquí"; el otro respondía, y era verdad, "Hombre, no puedo; tengo que
ir por allí" por esta o aquella razón... Pero al fin, contra su voluntad y
su conveniencia, allá iba con el otro hacia la izquierda... Eso era una vez por
persuasión, otra vez por simple insistencia, una tercera vez por cualquier otro
motivo... Esto es, nunca era por una razón lógica; había siempre en esta
imposición y en esta subordinación algo de espontáneo, algo como instintivo...
Y como en este caso simple, en todos los otros casos; desde los menos hasta los
más importantes... ¿Ud. ve bien la cuestión?
-La veo. ¿Pero qué diablos hay de extraño en eso? ¡Eso es
de lo más natural que hay!
-Será. Ya llegamos a eso. Lo que le pido que note es que
es exactamente lo contrarío de la doctrina anarquista. Fíjese bien que esto
ocurría en un grupo pequeño, en un grupo sin influencia ni importancia, en un
grupo al cual no se le había confiado la solución de ninguna cuestión grave o
la decisión sobre cualquier asunto de importancia. Y fíjese que ocurría en un
grupo de gente que se había unido especialmente para hacer lo que pudiese por
el ideal anarquista, esto es, para combatir, tanto como fuera posible, las
ficciones sociales, y crear, tanto como fuera posible, la libertad futura. ¿Ud.
se fijó bien en estos dos puntos?
-Me fijé.
-Vea ahora bien lo que eso representa... Un grupo pequeño
de gente sincera (¡le garantizo que era sincera!), establecido y unido
expresamente para trabajar por la causa de la libertad, había, al cabo de unos
meses, conseguido sólo una cosa positiva y concreta: la creación entre sí de
tiranía. Y fíjese qué tiranía... No era una tiranía derivada de la acción de
las ficciones sociales que, aunque lamentable, sería disculpable, hasta cierto
punto, aunque menos en nosotros, que combatíamos esas ficciones, que en otras
personas: pero en fin, vivíamos en medio de una sociedad basada en esas
ficciones y no habría sido enteramente culpa nuestra si no hubiéramos podido
escapar del todo a su acción. Pero no era eso. Los que mandaban a los otros, o
los llevaban hacia donde querían, no hacían eso por la fuerza del dinero o de
la posición social o de cualquier autoridad de naturaleza ficticia que se
arrogaran; lo hacían por una acción de cualquier especie fuera de las ficciones
sociales. Quiero decir, esta tiranía era, con relación a las ficciones
sociales, una tiranía nueva. Y era una tiranía ejercida sobre gente
esencialmente oprimida por las ficciones sociales. Era, todavía por encima,
tiranía ejercida entre sí por gente cuyo objetivo sincero no era sino destruir
tiranía y crear libertad.
"Ahora ponga el caso en un grupo mucho mayor, mucho
más influyente, que trata de cuestiones importantes y de decisiones de carácter
fundamental. Ponga a ese grupo encaminando sus esfuerzos, como el nuestro,
hacia la formación de una sociedad libre. Y ahora dígame si a través de ese
cargamento de tiranías entrecruzadas ud. entrevé alguna sociedad futura que se
parezca a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma...
-Sí: eso es muy curioso...
-Es curioso, ¿no es cierto?... Y mire que hay aspectos
secundarios muy curiosos también... Por ejemplo: la tiranía de la ayuda...
-¿La qué?
-La tiranía de la ayuda. Había entre nosotros quien, en
lugar de mandar a los otros, en lugar de imponerse a los otros, por el
contrario, los ayudaba en todo cuanto podía. Parece lo contrario, ¿no es
verdad? Pues vea que es lo mismo. Es la misma tiranía nueva. Es del mismo modo
ir contra los principios anarquistas.
-¡Ésa sí que es buena! ¿En qué?
-Ayudar a alguien, mi amigo, es tomar a alguien por
incapaz; si ese alguien no es incapaz, es o convertirlo en tal o suponerlo tal,
y esto es, en el primer caso una tiranía, y en el segundo, un desprecio. En un
caso se cercena la libertad del otro; en el otro se parte, por lo menos
inconscientemente, del principio de que el otro es despreciable e indigno o
incapaz de libertad. "Volvamos a nuestro caso... Ud. ve bien que este
punto era gravísimo. Vaya que trabajásemos por la sociedad futura sin esperar
que ella nos lo agradeciese, o arriesgándonos, incluso, a que ella nunca
llegase. Todo eso, vaya. Pero lo que era demasiado era que estuviéramos
trabajando para un futuro de libertad y que no hiciéramos de positivo más que
crear tiranía, y no sólo tiranía, sino tiranía nueva, y tiranía ejercida por
nosotros, los oprimidos, los unos sobre los otros. Esto sí que no podía ser...
"Me puse a pensar. Aquí había un error, algún
desvío. Nuestros objetivos eran buenos; nuestras doctrinas parecían verdaderas;
¿serían equivocados nuestros métodos? Seguramente debían de serlo. ¿Pero dónde
diablos estaba el error? Me puse a pensar en eso y me iba volviendo loco. Un
día, de repente, como ocurren siempre estas cosas, di con la solución. Fue el
gran día de mis teorías anarquistas; el día en que descubrí, por decirlo así,
la técnica del anarquismo.
Me miró un momento sin verme. Después continuó, en el
mismo tono.
-Pensé así... Tenemos aquí una tiranía nueva, una tiranía
que no es derivada de las ficciones sociales. ¿Entonces de dónde es derivada?
¿Será derivada de las cualidades naturales? Si lo es, ¡adiós sociedad libre! Si
una sociedad donde están en operación apenas las cualidades naturales de los
hombres, aquellas cualidades con que ellos nacen, que deben sólo a la
Naturaleza y sobre las cuales no tenemos poder alguno; si una sociedad donde
están en operación apenas esas cualidades es un amontonamiento de tiranías,
¿quién va a mover el dedo meñique para contribuir al advenimiento de esa
sociedad? Tiranía por tiranía, que quede la que está, que al menos es aquella a
la que estamos acostumbrados y que por eso, fatalmente sentimos menos de lo que
sentiríamos una tiranía nueva, y con el carácter terrible de todas las cosas
tiránicas que son directamente de la Naturaleza: el no haber rebelión posible
contra ella, como no hay revolución contra tener que morir, o contra nacer bajo
cuando se prefería haber nacido alto. Asimismo ya le probé que, si por
cualquier razón no es realizable la sociedad anarquista, entonces debe existir,
por ser más natural que cualquier otra salvo aquélla, la sociedad burguesa.
"¿Pero sería esta tiranía, que nacía así entre
nosotros, realmente derivada de las cualidades naturales? ¿Pero qué son las
cualidades naturales? Son el grado de inteligencia, de imaginación, de
voluntad, etcétera, con que cada uno nace; esto en el campo mental, es claro,
porque las cualidades naturales físicas no vienen al caso. Pero un tipo que,
sin ser por una razón derivada de las ficciones sociales, manda a otro,
forzosamente lo hace por que es superior en una u otra de las cualidades
naturales. Lo domina por el empleo de sus cualidades naturales. Pero hay una
cosa para considerar: ¿ese empleo de las cualidades naturales será legítimo,
esto es, será natural?
"¿Pero cuál es el empleo natural de nuestras
cualidades naturales? El servir a los fines naturales de nuestra personalidad.
¿Pero dominar a alguien será un fin natural de nuestra personalidad? Puede
serlo; hay un caso en que puede serlo: es cuando ese alguien está para nosotros
en un lugar de enemigo. Para el anarquista, es claro, quien está en el lugar de
enemigo es cualquier representante de las ficciones sociales y de su tiranía;
nadie más, porque todos los otros hombres son hombres como él y camaradas naturales.
Ahora, ud. bien ve, el caso de tiranía que habíamos estado creando entre
nosotros no era éste; la tiranía que habíamos estado creando era ejercida sobre
hombres como nosotros, camaradas naturales, y más todavía, sobre hombres dos
veces nuestros camaradas, porque lo eran también por la comunión en el mismo
ideal. Conclusión: esta tiranía nuestra, si no era derivada de las ficciones
sociales, tampoco era derivada de las cualidades naturales; era derivada de una
aplicación equivocada, de una perversión de las cualidades naturales. ¿Y esa
perversión, de dónde es que provenía?
"Tenía que provenir de una de dos cosas: o de que el
hombre es naturalmente malo, y en consecuencia todas las cualidades naturales
son naturalmente pervertidas, o de una perversión resultante de la larga
permanencia de la humanidad en una atmósfera de ficciones sociales, todas ellas
creadoras de tiranía, y tendiente, en consecuencia, a volver instintivamente
tiránico el uso más natural de las cualidades más naturales. Ahora, de estas
dos hipótesis, ¿cuál sería la verdadera? De un modo satisfactorio, esto es,
rigurosamente lógico o científico, era imposible determinarlo. El raciocinio no
puede enfrentar el problema porque éste es de orden histórico o científico, y
depende del conocimiento de hechos. Por su lado, la ciencia tampoco nos ayuda,
porque, por más lejos que retrocedamos en la historia, encontramos siempre al
hombre viviendo bajo uno u otro sistema de tiranía social, y por consiguiente,
siempre en un estadio que no nos permite averiguar cómo es el hombre cuando
vive en circunstancias pura y enteramente naturales. No habiendo manera de
determinarlo con seguridad, tenemos que inclinarnos hacia el lado de la mayor
probabilidad, y la mayor probabilidad está en la segunda hipótesis. Es más
natural suponer que la larguísima permanencia de la humanidad en ficciones
sociales creadoras de tiranía haga que cada hombre nazca con sus cualidades
naturales pervertidas, en el sentido de tiranizar espontáneamente incluso a
quien no pretenda tiranizar, que suponer que las cualidades naturales pueden
ser naturalmente pervertidas, lo que, de cierto modo, representa una
contradicción. Por eso el pensador se decide, como yo me decidí, con una
seguridad casi absoluta, por la segunda hipótesis. "Tenemos, pues, que una
cosa es evidente... En el estadio social presente no es posible que un grupo de
hombres, por bien intencionados que estén todos, por preocupados que estén
todos sólo en combatir las ficciones sociales y en trabajar por la libertad,
trabajen juntos sin que espontáneamente creen entre sí tiranía, sin crear entre
sí una tiranía nueva, suplementaria a la de las ficciones sociales, sin
destruir en la práctica todo cuanto quieren en la teoría, sin perjudicar
involuntariamente lo más posible el propio objetivo que quieren promover. ¿Qué
puede hacerse? Es muy simple... Es que trabajemos todos para el mismo fin, pero
separados.
-¡¿Separados?!
-Sí. ¿Ud. no siguió mi argumento?
-Lo seguí.
-¿Y no le parece lógica, no le parece inevitable, esta
conclusión?
-Me parece, sí, me parece... Lo que no veo bien es cómo
eso...
-Ya le voy a aclarar... Dije yo: trabajemos todos para el
mismo fin, pero separados. Trabajando todos para el mismo fin anarquista, cada
uno contribuye con su esfuerzo a la destrucción de las ficciones sociales, que
es hacia donde lo dirige, y hacia la creación de la sociedad libre del futuro;
y trabajando separados no podemos, de ningún modo, crear tiranía nueva, porque
nadie tiene acción sobre otro y no puede, en consecuencia, ni dominándolo,
disminuirle la libertad, ni ayudándolo, apagársela.
"Trabajando así separados y con el mismo fin
anarquista, tenemos dos ventajas: la del esfuerzo conjunto y la de la no
creación de tiranía nueva. Continuamos unidos porque lo estamos moralmente y
trabajamos del mismo modo para el mismo fin; seguimos siendo anarquistas,
porque cada uno trabaja para la sociedad libre; pero dejamos de ser traidores,
voluntarios o involuntarios, a nuestra causa, dejamos incluso de poder serlo,
porque nos colocamos, por el trabajo anarquista aislado, fuera de la influencia
deletérea de las ficciones sociales, en su reflejo hereditario sobre las
cualidades que la Naturaleza dio.
"Es claro que toda esta táctica se aplica a lo que
denominé el período de preparación para la revolución social. Arrumadas las
defensas burguesas, y reducida la sociedad entera al estado de aceptación de
las doctrinas anarquistas, faltando sólo hacer la revolución social, entonces,
para el golpe final, es que no puede continuar la acción separada. Pero a esa
altura, ya la sociedad libre estará virtualmente alcanzada; ya las cosas serán
de otra manera. La táctica a que me refiero sólo dice con respecto a la acción
anarquista en medio de la sociedad burguesa, como ahora, como en el grupo al
cual yo pertenecía.
"Era ése, ¡por fin!, el verdadero método anarquista.
Juntos, nada valíamos que importara, y todavía, encima, nos tiranizábamos y nos
perjudicábamos unos a otros y a nuestras teorías. Separados, poco también
conseguíamos, pero al menos no perjudicábamos la libertad, no creábamos tiranía
nueva; lo que conseguíamos, por poco que fuese, era conseguido realmente, sin
desventaja ni pérdida. Y, de más en más, trabajando así, separados, aprendíamos
a confiar más en nosotros mismos, a no recostarnos unos sobre otros, a
volvernos más libres, a prepararnos, tanto personalmente como a los otros,
mediante nuestro ejemplo para el futuro.
"Quedé radiante con este descubrimiento. Fui
enseguida a exponérselo a mis camaradas... Fue una de las pocas veces en que
fui estúpido en mi vida. ¡Imagine ud. que yo estaba tan colmado con mi
descubrimiento que esperaba que ellos estuviesen de acuerdo!...
-No estuvieron de acuerdo, es claro...
-¡Contestaron ásperamente, mi amigo, ásperamente todos!
¡Unos más, otros menos, todo el mundo protestó!... ¡No era eso!... ¡Eso no
podía ser!... Pero nadie decía lo que era o lo que tenía que ser. Argumenté y
argumenté, y en respuesta a mis argumentos no obtuve sino frases, basura, cosas
como esas que los ministros responden en las cámaras cuando no tienen ninguna
respuesta... ¡Entonces fue cuando vi con qué animales y con qué cobardones
estaba metido! Se desenmascararon. Los de aquella chusma habían nacido para
esclavos. Querían ser anarquistas a costa ajena. ¡Querían la libertad, pero que
fuesen los otros quienes se la consiguiesen, que les fuese dada como un rey da
un título! ¡Casi todos son así, los grandes lacayos!
-¿Y ud. se enojó?
-¡Si me enojé! ¡Me enfurecí! Me puse a dar coces. Di con
palos y con piedras. Casi me fui a las manos con dos o tres de ellos. Y acabé
por irme. Me aislé. ¡Me vino un enojo con todos aquellos carneros que ud. no se
imagina! Casi llegué a descreer del anarquismo. Casi decidí que no me importaba
más todo aquello. Pero, pasados unos días, volví en mí. Pensé que el ideal
anarquista estaba por encima de estas querellas. ¿Ellos no querían ser
anarquistas? Lo sería yo. ¿Ellos querían solamente jugar a los libertaños? No
estaba yo para juegos en una cuestión así. ¿Ellos no tenían fuerza para
combatir sino recostados unos en los otros, y creando, entre ellos, un
simulacro nuevo de la tiranía que decían querer combatir? Pues que lo hiciesen,
los necios, si no servían para otra cosa. Yo no iba a ser burgués por tan poco.
"Estaba establecido que, en el verdadero anarquismo,
cada uno debe, por sus propias fuerzas, crear libertad y combatir las ficciones
sociales. Pues por mis propias fuerzas iba yo a crear libertad y a combatir las
ficciones sociales. ¿Nadie quería seguirme en el verdadero camino anarquista?
Seguiría yo por él. Iría solo, con mis recursos, con mi fe, desamparado hasta
del apoyo mental de los que habían sido mis camaradas, contra las ficciones
sociales enteras. No digo que fuera un bello gesto, ni un gesto heroico. Fue
simplemente un gesto natural. Si el camino tenía que ser recorrido por cada uno
en forma separada, yo no necesitaba de ninguno más para seguirlo. Bastaba mi
ideal. Fue basado en estos principios y en estas circunstancias como decidí,
por mí solo, combatir las ficciones sociales.
Interrumpió un poco el discurso, que se había vuelto
acalorado y fluido. Lo retomó enseguida, con la voz ya más sosegada.
-Es un estado de guerra, pensé, entre yo y las ficciones
sociales. Muy bien. ¿Qué puedo hacer contra las ficciones sociales? Trabajo
solo, para no poder, de ningún modo, crear tiranía alguna. ¿Cómo puedo
colaborar solo en la preparación de la revolución social, en la preparación de
la humanidad para la sociedad libre? Tengo que elegir uno de dos métodos, de
los dos métodos que hay; siempre, es claro, que no pueda servirme de ambos. Los
métodos son la acción indirecta, esto es, la propaganda, y la acción directa de
cualquier especie.
"Pensé primero en la acción indirecta, esto es, en
la propaganda. ¿Pero qué propaganda podría hacer sólo yo? Aparte de esta
propaganda que siempre se va haciendo en conversaciones, con éste o aquél, al
azar y sirviéndonos de todas las oportunidades, lo que quería saber era si la
acción indirecta era un camino por donde yo pudiese encaminar mi actividad de
anarquista enérgicamente, esto es, en forma de producir resultados palpables.
Vi enseguida que no podía ser. No soy orador y no soy escritor. Quiero decir:
soy capaz de hablar en público, si es necesario, y soy capaz de una nota
periodística; pero lo que yo quería averiguar era si mi hechura natural
indicaba que, especializándome en la acción indirecta, de cualquiera de las dos
especies o en ambas, podía llegar a obtener resultados más positivos para la
idea anarquista que especializando mis esfuerzos en cualquier otro sentido.
Pero la acción es siempre más provechosa que la propaganda, excepto para los
individuos cuya hechura los señala esencialmente como propagandistas: los
grandes oradores, capaces de electrizar multitudes y arrastrarlas detrás de sí,
los grandes escritores, capaces de fascinar y convencer con sus libros. No me
parece que yo sea muy vanidoso, pero, si lo soy, no se me da, al menos, por envanecerme
de las cualidades que no tengo. Y como le dije, nunca se me dio por creerme
orador o escritor. Por eso abandoné la idea de la acción indirecta como camino
a seguir en mi actividad de anarquista. Por exclusión de partes, estaba forzado
a escoger la acción directa: es decir, el esfuerzo aplicado a la práctica de la
vida, a la vida real. No era la inteligencia sino la acción. Muy bien. Así
sería.
"Tenía, pues, que aplicar a la vida práctica el
método fundamental de acción anarquista que yo ya había esclarecido, combatir
las ficciones sociales sin crear tiranía nueva, creando ya, si fuese posible,
algo de libertad futura. ¿Pero cómo diablos se hace eso en la práctica?
"¿Porque qué es combatir en la práctica? Combatir en
la práctica es la guerra, es una guerra, por lo menos. ¿Cómo es que se hace la
guerra a las ficciones sociales? ¿Cómo es que se vence al enemigo en cualquier
guerra? De una de dos maneras: o matándolo, esto es, destruyéndolo; o
apresándolo, es decir, subyugándolo, reduciéndolo a la inactividad. Destruirlas
ficciones sociales yo no podía hacerlo; destruirlas ficciones sociales sólo
podía hacerlo la revolución social. Hasta allí, las ficciones sociales podían
estar conmocionadas, tambaleando, por un hilo; pero destruidas sólo lo estarían
con el arribo de la sociedad libre y la caída positiva de la sociedad burguesa.
Lo más que yo podría hacer en ese sentido era destruir -destruir en el sentido
físico de matar- a uno u otro miembro de las clases representativas de la
sociedad burguesa. Estudié el caso y vi que era una burrada. Suponga ud. que yo
mataba a uno o dos, o una docena de representantes de la tiranía de las
ficciones sociales... ¿El resultado? ¿Las ficciones sociales quedaban más
conmocionadas? No lo quedaban. Las ficciones sociales no son como una situación
política que puede depender de un pequeño número de hombres, de un solo hombre
a veces. Lo que hay de malo en las ficciones sociales son ellas, en su
conjunto, y no los individuos que las representan sino por ser representantes
de ellas. Además, un atentado de orden social produce siempre una reacción; no
sólo todo queda igual, sino que la mayor parte de las veces empeora. Y todavía,
por encima, suponga, como es natural, que, después de un atentado, yo fuera
apresado; fuera apresado y liquidado, de una manera u otra. Y suponga que yo
hubiera acabado con una docena de capitalistas. ¿Y qué venía a dar todo eso, en
resumen? Con mi liquidación, incluso no por muerte, sino por simple prisión o
destierro, la causa anarquista perdía un elemento de combate; y los doce
capitalistas, que yo habría estirado, no eran doce elementos que la sociedad
burguesa hubiera perdido, porque los elementos componentes de la sociedad
burguesa no son elementos de combate, sino elementos puramente pasivos, puesto
que el "combate" está no en los miembros de la sociedad burguesa sino
en el conjunto de ficciones sociales en que esa sociedad se asienta. Y las
ficciones sociales no son gente a la que se pueda pegar tiros... ¿Ud. me
comprende? No era como el soldado de un ejército que mata a doce soldados de un
ejército contrario; era como un soldado que mata a doce civiles de la nación
del otro ejército. Es matar estúpidamente, porque no se elimina a ningún
combatiente... Yo no podía por consiguiente pensar en destruir, ni en su
totalidad ni en parte alguna, las ficciones sociales. Tenía entonces que
subyugarlas, que vencerlas subyugándolas, reduciéndolas a la inactividad.
Súbitamente, apuntó hacia mí el índice derecho.
-¡Fue lo que hice!
Abandonó su gesto y continuó:
-Traté de ver cuál era la primera, la más importante de
las ficciones sociales. Sería a esa a la que yo debía, más que a ninguna otra,
intentar subyugar, intentar reducir a la inactividad. La más importante, de
nuestra época por lo menos, es el dinero. ¿Cómo subyugar al dinero o en
palabras más precisas, la fuerza, o la tiranía del dinero? Volviéndome libre de
su influencia, de su fuerza, superior por consiguiente a su influencia,
reduciéndolo a la inactividad por lo que significaba con respecto a mí. ¿Por lo
que significaba con respecto a mí, comprende ud. ?, porque yo soy el que lo
combatía; si fuese reducirlo a la inactividad por lo que respecta a todo el
mundo, eso ya no sería subyugarlo, sino destruirlo, porque sería acabar del
todo con la ficción dinero. Pero ya le probé que cualquier ficción social sólo
puede ser "destruida" por la revolución social, arrastrada con las
otras en la caída de la sociedad burguesa.
"¿Cómo podía yo volverme superior a la fuerza del
dinero? El método más simple era apartarme de la esfera de su influencia, es
decir, de la civilización; irme a un campo para comer raíces y beber agua de
los manantiales; andar desnudo y vivir como un animal. Pero esto, incluso si no
hubiera dificultad en hacerlo, no era combatir una ficción social; no era ni
siquiera combatir: era escapar. Realmente, quien es esquivo en trabar un
combate no es derrotado en él. Pero moralmente es derrotado, porque no se batió.
El método tenía que ser otro: un método de combate y no de fuga. ¿Cómo subyugar
al dinero combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme a su influencia y tiranía, no evitando
su encuentro? El método era sólo uno adquirirlo, adquirirlo en cantidad
suficiente como para no sentirle la influencia, y en cuanta mayor cantidad lo
adquiriese, tanto más libre estaría de esa influencia. Fue cuando vi esto
claramente, con toda la fuerza de mi convicción de anarquista, y toda mi lógica
de hombre lúcido, que entré en la fase actual, la comercial y bancaria, mi
amigo, de mi anarquismo.
Descansó un momento de la violencia, nuevamente
creciente, de su entusiasmo por su exposición. Después continuó, aunque con un
cierto calor, su narración.
-¿Se acuerda ud. de aquellas dos dificultades lógicas que
yo le dije que me habían surgido en el comienzo de mi carrera de anarquista
consciente?... ¿Y ud. se acuerda que yo le dije que en aquel momento las
resolví artificialmente, mediante el sentimiento y no mediante la lógica? Esto
es, ud. mismo notó, y muy bien, que yo no las había resuelto mediante la
lógica...
-Me acuerdo, sí...
-¿Y ud. se acuerda que yo le dije que más tarde, cuando
di por fin con el verdadero método anarquista, las resolví entonces para
siempre, mediante la lógica?
-Sí.
-Ahora vea cómo fueron resueltas... Las dificultades eran
éstas: no es natural trabajar por cualquier cosa, sea lo que fuere, sin una
compensación natural, es decir, egoísta; y no es natural dar nuestro esfuerzo
para cualquier fin sin tener la compensación de saber que ese fin se alcanza.
Las dos dificultades eran éstas; ahora fíjese cómo quedan resueltas mediante el
método de trabajo anarquista que mi raciocinio me llevó a descubrir como el
único verdadero... El método da como resultado que yo me enriquezco; por
consiguiente, compensación egoísta. El método encara la prosecución de la
libertad; entonces yo, volviéndome superior a la fuerza del dinero, esto es,
liberándome de ella, consigo libertad. Consigo libertad sólo para mí, es
cierto; pero es que como ya le probé, la libertad para todos sólo puede llegar
con la destrucción de las ficciones sociales, con la revolución social, y yo,
por mí solo, no puedo hacer la revolución social. El punto concreto es éste:
busco libertad, consigo libertad: consigo la libertad que puedo, porque, es
claro, no puedo conseguir la que no puedo... Y vea ud.: aparte del raciocinio
que determina este método anarquista como el único verdadero, el hecho de que
él resuelve automáticamente las dificultades lógicas que se pueden oponer a
cualquier método anarquista, prueba más que él es el verdadero.
"Pues fue este método el que yo seguí. Me entregué a
la empresa de subyugar la ficción dinero, enriqueciendo. Lo conseguí. Llevó un
cierto tiempo, porque la lucha fue grande, pero lo conseguí. Evito contarle lo
que fue y lo que ha sido mi vida comercial y bancaria. Podría ser interesante,
en ciertos puntos sobre todo, pero ya no pertenece al asunto. Trabajé, luché,
gané dinero; trabajé más, luché más, gané más dinero; gané mucho dinero
finalmente. No reparé en métodos; le confieso, mi amigo, que no reparé en
métodos; usé todo lo que hay: el acaparamiento, el dolo financiero, la misma
competencia desleal. ¡¿Por qué?! ¡¿Yo combatía las ficciones sociales,
inmorales y antinaturales por excelencia, y tenía que reparar en métodos?! ¡¿Yo
trabajaba por la libertad y me iba a fijar en las armas con que combatía a la
tiranía?! El anarquista estúpido, que tira bombas y pega tiros, bien sabe que
mata, y bien sabe que sus doctrinas no incluyen la pena de muerte. Ataca una
inmoralidad con un crimen, porque encuentra que esa inmoralidad vale un crimen
para ser destruida. Él es estúpido en cuanto al método, porque, como ya le
mostré, ese método es errado y contraproducente como proceso anarquista; ahora,
en cuanto a la moral del método, él es inteligente. Pero mi método era exacto y
yo me servía legítimamente, como anarquista, de todos los medios para
enriquecerme. Hoy realicé mi limitado sueño de anarquista práctico y lúcido.
Soy libre. Hago lo que quiero, dentro, claro está, de lo que es posible hacer.
Mi lema de anarquista era la libertad; pues bien, tengo la libertad, la
libertad que, por el momento, en nuestra sociedad imperfecta, es posible tener.
Quise combatir las fuerzas sociales; las combatí y, lo que es más, las vencí.
-¡Alto ahí!, ¡alto ahí! -dije yo. -Eso estará todo muy
bien, pero hay una cosa que ud. no vio. Las condiciones de su método eran, como
ud. probó, no sólo crear libertad, sino también no crear tiranía. Pero ud. creó
tiranía. Ud., como acaparador, como banquero, como financista sin escrúpulos,
ud. disculpe, pero es ud. el que lo dijo, ud. creó tiranía. Ud. creó tanta
tiranía como cualquier otro representante de las ficciones sociales que ud.
dijo que combate.
-No, mi viejo, ud. se engaña. Yo no creé tiranía. La
tiranía, que puede ser resultado de mi acción de combate contra las fuerzas
sociales, es una tiranía que no parte de mí, que por consiguiente yo no creé,
está en las ficciones sociales, yo no la junté con ellas. Esa tiranía es la
propia tiranía de las ficciones sociales; y yo no podía, ni me propuse,
destruirlas ficciones sociales. Por centésima vez le repito: sólo la revolución
social puede destruirlas ficciones sociales; antes de eso, la acción anarquista
perfecta, como la mía, sólo puede subyugarlas ficciones sociales, subyugarlas
en relación sólo con el anarquista que pone ese método en práctica, porque ese
método no permite una más larga sujeción de esas ficciones. No se trata de no
crear tiranía, se trata de no crear tiranía nueva, tiranía donde no la había.
Los anarquistas, trabajando en conjunto, influyéndose unos a otros como yo le
dije, crean entre sí, fuera y aparte de las ficciones sociales, una tiranía;
ésa es la tiranía nueva. Esa, yo no la creé. No la podía incluso crear, por las
propias condiciones de mi método. No, mi amigo; yo sólo creé libertad. Liberé a
uno. Me liberé a mí. Es que mi método, que, como le demostré, es el único
verdadero método anarquista, no me permitió liberar a nadie más. A quien pude
liberar, lo liberé.
-Está bien... Coincido... Pero mire que, con ese
argumento, la gente casi es llevada a creer que ningún representante de las
ficciones sociales ejerce tiranía...
-Y no la ejerce. La tiranía es de las ficciones sociales
y no de los hombres que las encarnan; ellos son, por así decir, los medios de
que las ficciones se sirven para tiranizar, como el cuchillo es el medio del
que se puede servir el asesino. Y ud. ciertamente no juzga que suprimiendo los
cuchillos suprime a los asesinos... Mire... Destruya ud. a toáoslos
capitalistas del mundo, pero sin destruir al capital... Al día siguiente el
capital, ya en las manos de otros, continuará, por medio de esos otros, su tiranía.
Destruya, no a los capitalistas, sino al capital; ¿cuántos capitalistas
quedan?... ¿Ve?...
-Sí; ud. tiene razón.
-Ah, hijo, lo máximo, lo máximo, lo máximo que ud. me
puede acusar de hacer es de aumentar un poco, muy, muy poco, la tiranía de las
ficciones sociales. El argumento es absurdo, porque como ya le dije, la tiranía
que yo no debía crear, y que no creé, es otra. Pero hay un punto débil más: y
es que, por el mismo razonamiento, ud. puede acusar a un general que entabla
combate por su país, de causar a su país el perjuicio del número de hombres de
su propio ejército que tuvo que sacrificar para vencer. Quien va a la guerra da
y recibe. Que se consiga lo principal; el resto...
-Está muy bien... Pero fíjese en otra cosa... El
verdadero anarquista quiere la libertad no sólo para sí, sino también para los
otros... Me parece que quiere la libertad para la humanidad entera...
-Sin duda. Pero yo ya le dije que por el método que
descubrí, que era el único método anarquista, cada uno tiene que liberarse a sí
mismo. Yo me liberé a mí; cumplí con mi deber simultáneamente conmigo y con la
libertad. ¿Por qué es que los otros, mis camaradas, no hicieron lo mismo? Yo no
se lo impedí. Ése es el que hubiera sido el crimen, si yo se lo hubiese
impedido. Pero yo ni siquiera se lo impedí ocultándoles el verdadero método
anarquista; en cuanto descubrí el método, se lo dije claramente a todos. El
mismo método me impedía hacer más. ¿Qué más podía hacer? ¿Obligarlos a seguir
ese camino? Aunque lo pudiera hacer, no lo haría, porque sería quitarles la
libertad, y eso iba contra mis principios anarquistas. ¿Ayudarlos? Tampoco
podía ser, por la misma razón. Yo nunca ayudé, ni ayudo, a nadie, porque eso,
eso de disminuir la libertad ajena, va también contra mis principios. Lo que
ud. me está censurando es el que yo no sea más que una sola persona. ¿Por qué
me censura el cumplimiento de mi deber de liberar, hasta donde pueda cumplirlo?
¿Por qué no los censura antes a ellos por no haber cumplido el de ellos?
-Pues sí, hombre. Pero esos hombres no hicieron lo que
hizo ud., naturalmente, porque eran menos inteligentes que ud., o menos fuertes
de voluntad, o...
-Ah, mi amigo: ésas son ya las desigualdades naturales y
no las sociales... Son ésas con las que el anarquismo no tiene nada que ver. El
grado de inteligencia o de voluntad de un individuo es entre él y la
Naturaleza; las mismas ficciones sociales no tienen allí ninguna
responsabilidad. Hay cualidades naturales, como ya le dije, que se puede
presumir que sean pervertidas por la larga permanencia de la humanidad entre
ficciones sociales; pero la perversión no está en el grado de la cualidad, que
es absolutamente dado por la Naturaleza, sino en la aplicación de la cualidad.
Pero una cuestión de estupidez o de falta de voluntad no tiene que ver con la
aplicación de esas cualidades, sino sólo con el grado de ellas. Por eso le
digo: ésas son ya absolutamente las desigualdades naturales, y sobre ésas nadie
tiene ningún poder, ni hay modificación social que las modifique, como no puede
volverme a mí alto o a ud. bajo...
"A no ser... A no ser que, en el caso de esos
hombres, la perversión hereditaria de las cualidades naturales llega tan lejos
que alcanza el mismo fondo del temperamento... Sí, que un tipo nazca para
esclavo, nazca naturalmente esclavo, y por lo tanto incapaz de algún esfuerzo
en el sentido de liberarse... Pero en ese caso..., en ese caso..., ¿que tiene
él que ver con la sociedad libre o con la libertad?... Si un hombre nació para
esclavo, la libertad, siendo contraria a su índole, será para él una tiranía.
Hubo una pequeña pausa. De repente me eché a reír.
-Realmente -dije yo- ud. es anarquista. En todo caso, da
ganas de reír, incluso después de haberlo oído, comparar lo que ud. es con lo
que son los anarquistas que andan por ahí...
-Mi amigo, yo ya se lo dije, ya se lo demostré, y ahora
se lo repito... La diferencia es sólo ésta: ellos son anarquistas sólo
teóricos, yo soy teórico y práctico; ellos son anarquistas místicos y yo,
científico; ellos son anarquistas que se agachan, yo soy un anarquista que
combate y libera... En una palabra: ellos son seudoanarquistas y yo soy
anarquista.
Y nos levantamos de la mesa.
Lisboa, enero de 1922.
Textos alternativos y complementarios
[272D-l]
[M.]
Pasó la mano horizontalmente, en un gesto de vaga
caricia, sobre el bigote que sería poblado si no estuviera cortado al ras4.
Y prosiguió hablando; y yo me distraje de él para
escucharlo.
¡Le descubro5 un deseo, hombre, le descubro6 un deseo!...
Y reímos juntos - el banquero y yo*.
[272D-dorso]
[M.]
¿Cómo sería este hombre de joven? Lo miré, como tantas
veces lo he mirado, pero esta vez de nuevo. Su estatura media, de hombre alto y
fuerte, no se notaba, estando él sentado. La cara sería grosera si no
estuviese, por encima de los ojos un poco cansados y de las cejas espesas, la
amplitud de la frente. Percibí por primera vez, al fijarme en el cigarro
encendido, sus manos secas, un poco más largas de lo que su tipo físico
normalmente consentiría. Dejé de mirar porque él iba a hablar.
[272D-2]
[M. ]
Alrededor de nosotros el restaurante se callaba, ya casi
desierto. Habíamos hablado mucho, y largamente, pero ahora la conversación, que
se había venido enfriando, yacía inerte entre nosotros.
Intenté reanimarla con un recuerdo que de repente me
surgió, con respecto a él. Erguí la cabeza y lo miré sonriendo, doblemente
calmo, quieto.
Fue esto: me dijeron que en sus tiempos ud. fue
anarquista.
[272D-3]
[M. ]
¿Sabe lo que me recuerda el estado actual de Rusia?
-¿Qué?
4 Variante superpuesta para "al ras":
"pequeño".
5 Variante superpuesta para "le descubro":
"descubro en ud. "
6 ídem.
* El segundo párrafo se presenta separado del primero por
una línea horizontal, a todo lo largo de la hoja, no siendo obviamente su
continuación.
-Un colegio de jesuitas. Los jesuitas tienen al menos la
explicación de la religión: los otros no. Los comunistas son los jesuitas sin
excusa*1.
-mire que un niño come mucho-
Ni pensé en sonreír.
-¿De qué se ríe usted?
-Ese socio con el que ud. anduvo fue el tal que le dio la
mano, y...
-Fue; no había otro. ¿Y entonces?
-Nada.
-¿Ud. encuentra falta de escrúpulos?
-Yo no iba a decir tanto...
-No lo iba a decir, pero ya lo estaba pensando... Pues
claro que fue falta de escrúpulos.
[272D-4 y dorso]
[M. ]
Mire, mi amigo: las ideas que se piensan válidas, también
es porque se las siente. Nada vive en este mundo -ni la más abstracta de las
ideas- si no está arraigado en el corazón. ¿Amor intelectual por la humanidad?
¿Sentimiento abstracto de justicia?
Mande todo eso [a] pasear; y ni paseará porque no tiene
piernas para eso7.
¿Noción de justicia? Todos la tenernos. ¿Y qué justicia
hacernos nosotros? ¡Palabras de cura!, todos decimos eso. ¿Y cómo va nuestra
caridad? Mi viejo, entre que la gente se convenza de una cosa y sentir que se
convenció de ella hay una gran distancia. Y en esa distancia está todo. Está
aquel todo donde no estamos nosotros... 8
Les hago un favor. Los llamo, por caridad,
seudoa-narquistas. ¡Porque anarquista, mi amigo, soy yo!
Y, con un resto de gestos triunfal, pidió la cuenta*2.
[M. ]
Es verdad:
-Me dijeron aquí hace días algo gracioso con respecto a
ud.
-¿Qué era?10 Algo bueno no era, naturalmente.
*1 Véase variante de este texto, 272D-i2, donde, con un
desarrollo mucho mayor, se retoma la referencia a la Revolución Rusa. El texto
estaba destinado a ser insertado, en la versión de 1922, a continuación de la
frase: "También ¿qué podía esperarse de un pueblo de analfabetos y de
místicos?... " (p. 10).
7 Al comienzo de la página existe un esbozo de poema que
comienza: "Concluid, señora, que el buen día es oscuro" y una
referencia a Shakespeare.
8 Variante, en la secuencia de la línea y entre
paréntesis rectos, para la última frase: "Está todo, sí, incluso
nosotros".
9 Variante superpuesta para "resto de gesto":
"gesto aún".
* 2 Texto que, visiblemente, constituiría un nuevo final
para el cuento.
10 Variante superpuesta: "¿Con respecto a mí?".
-Ni bueno ni malo. Simplemente, lo encontré gracioso. Me
dijeron que ud. en sus tiempos fue anarquista.
-Está equivocado, pero lo que está equivocado es el
"fue". Fui anarquista y soy anarquista.
-¡Eso es mejor todavía!... Entonces ud.... Ah, ya
comprendo: ud. es anarquista teórico. A ud. la doctrina anarquista le parece
buena, pero o la halla inviable en la práctica, o por lo menos inviable para
ud., en su vida de banquero y gran comerciante.
-No es nada de eso. Soy anarquista en" teoría y soy
anarquista en la práctica. Soy banquero y gran comerciante no a pesar de ser
anarquista, sino porque soy anarquista.
-Ahora sí que no entiendo nada. Ud. establece entre su
anarquismo y su negocio una relación, por así decir, de causa a efecto*.
[272D-6y7]
[M. ]
-No es por así decir: es precisamente así. Me hice
banquero y gran comerciante en obediencia, obediencia consciente y orientada12,
a mis principios anarquistas.
Quedé boquiabierto. Me pasé la mano lentamente por la
cabeza, como para quitarme un velo de asombro, y conseguí hablar.
-Pero vea: esto así es un embrollo cualquiera. Lo más
natural es una cosa que muchas veces ocurre en discusiones: una cuestión de
definiciones.
-¿De definiciones?
-Sí: estamos hablando de anarquismo sin definir la
palabra. No nos entendemos, o por lo menos, yo no lo entiendo. Lo más seguro es
que ud. entienda por anarquismo una cosa, y que yo entienda otra. Dígame ud. lo
que entiende por anarquismo.
-Por anarquismo entiendo aquella doctrina social extrema
que cuestiona13 que no debe haber entre los hombres otras diferencias o
desigualdades sino las naturales, ni pesar sobre los hombres otras penas u
otros males sino los que la propia Naturaleza da... La abolición, por
consiguiente, de todas las castas, de la aristocracia, del dinero, de todas las
convenciones sociales que promueven la desigualdad. La abolición, también, de
todas las convenciones sociales contra la Naturaleza, las patrias, las religiones,
el casamiento... ¿No era esto lo que ud. entendía por anarquismo?
-Oh, hombre, por desgracia para mi criterio, era
justamente eso. Dígame: ¿estoy loco?
El banquero rió.
-¿Y ud. quiere curarse? Si quiere yo lo curo. El
tratamiento es un poco largo
11 Variante superpuesta para "en": "en
la".
* El texto está encabezado por el título El banquero
anarquista, seguido de dos indicaciones: "perfeccionar el argumento de
mutua influencia" y "aumentar el argumento extraído". Tal como
272D-2, constituye otra variante para el primer párrafo de la versión de 1922
(p. 5), continuando en 272D-6 y 272D-7.
12 "orientada", palabra dudosa, con variante
superpuesta: "predeterminada".
13 "cuestiona", palabra dudosa, con variante
superpuesta: "proclama".
pero da resultado.
-¿El tratamiento? ¿Qué tratamiento?
-Voy, si ud. quiere, a explicarle todo eso: explicarle
cómo me volví anarquista, explicarle cómo por ser anarquista me volví gran
comerciante y banquero, gran comerciante y hasta, como ud. sabe, acaparador,
continuo, por eso mismo y fiel a mis principios anarquistas. Lleva un rato
decirlo pero ud. queda convencido. Por eso le dije que el tratamiento era un
poco largo pero daba resultado. ¿Quiere escuchar?
-¡Eh, sí quiero! Diga, diga...
[272D-8]
[Mixto]
-Nací, como ud. sabe, de lo que en lenguaje burgués se
llama "gente humilde", esto es, de gente pobre de clase trabajadora.
Cuando se es pobre pero con aire burgués se dice "buena gente".
Cuando se es trabajador pero autosuficiente se dice "gente del
pueblo". Yo nací como humilde.
Sonreí. Él continuó.
-Cuando digo "pobre", quiero decir realmente
pobre, una familia en que no se gana lo bastante para el sustento, y mucho
menos para lo también mayormente necesario, o que puede ser necesario, como
remedios. Cuando se es trabajador, pero se gana lo bastante para todo eso, ya
se está en lo que yo llamo autosuficiente.
-Es el sentido lógico de la palabra, pero no es el usual.
-Pues no. Es por eso que le estoy explicando.
Sacó un cigarro de la cigarrera, le cortó bruscamente la
punta, lo encendió con una rápida caricia, y después de meditar abstractamente
un poco, mientras exhalaba la primera bocanada, me encaró con una especie de
decisión intelectual.
-Nací, como le dije, de gente pobre. Entre padre y madre,
hijos, y la mujer y el hijo de uno de ellos, éramos once en casa. Sólo cinco de
nosotros trabajábamos: mi padre, yo y dos hermanos míos, pues los otros eran
pequeños, y mi cuñada, que era costurera. Me estoy refiriendo, es claro, a la
época en que comencé a volverme anarquista. (Incliné la cabeza. ) Con sólo
cuatro trabajando, y ninguno ganando más que lo suficiente para alimentarse y
vestirse decentemente sólo a sí mismo, puede ud. calcular cómo se vivía, se
comía y se vestía en aquella casa. Pues era así que vivíamos, yo y la familia,
cuando comencé a tener cabeza para pensar*.
[272D-9]
[Mixto]
-No comprendo. ¿Sin diferencia entre los propios
trabajadores? ¿Usted quería que un aprendiz ganase tanto como un oficial, o un
tipo que trabaja diez horas gane tanto como uno que trabaja siete?
* Texto que podría eventualmente sustituir la parte del
diálogo del banquero que comienza por "Oiga. Yo nací del pueblo... "
(p. 6).
-No es eso. Yo era tipógrafo. Y sabía que cualquiera de
los oficiales de peluquero del negocio al lado de la tipográfica ganaba más que
yo, por lo menos en ese momento, y sin contar propinas. No comprendía, dentro o
fuera del sistema burgués, en qué el trabajo de un tipógrafo tenía menos valor,
social o humano, que el trabajo de un peluquero. Ni entendía por qué es que, en
buena ley, yo, tipógrafo, tenía que ganar más, porque lo ganaba, que un cavador
de zanjas. Bien sé que económicamente eso se explica fácilmente; pero
económicamente es lo que me sublevaba. Una economía que producía esos
resultados era, para mí, y todavía lo es, una injusticia y una tiranía.
-Los obreros no siempre ven ese aspecto de la cuestión.
Quiero decir, no siempre llevan el espíritu de observación hasta ese punto.
-Bien sé, pero lo llevé yo. Estúpido nunca fui, gracias a
Di..., gracias a no sé qué...
Sonreímos ambos.
-Yo comprendí, es claro, que todo eso eran defectos del
sistema burgués; que no era por culpa del peluquero que yo ganaba menos, ni por
mi culpa que el cavador ganaba menos que yo. El sistema burgués, en sus
distintos engranajes, protegía al peluquero más que a mí, y a mí más que al
cavador. El mismo sistema que protegía a la modista más que a mi cuñada
costurera, a mi patrón más que a mí, y al agricultor más que al peón de
campo...
"Colmado de pensar todos los días -todos los días y
todas las noches- en estas injusticias, me volví un profundo sublevado. Tampoco
era fácil pensar en otra cosa. Era suficiente despertar para oír las
lamentaciones de mi madre y las quejas de mi padre -casa donde no hay pan, mi
viejo... -, era suficiente sentarme a la mesa para encontrar argumentos, desde
las mismas quejas y trifulcas hasta lo que había encima de la mesa, lo que
había para cinco y tenía que alcanzar para once... Era suficiente esto y todo lo
demás... Era suficiente el tener que andar casi siempre con una camisa que en
el mejor caso estaba medio rota y en el peor sucia, o tener que pasar un
invierno entero sin que hubiera manera de conseguir un sobretodo, a no ser que
dejase de dar el dinero en casa y hacerme pasar hambre no sólo a mí sino
también a los otros, que no tenían culpa. Por fin, todo esto, y todo esto todos
los días... *
[272D-10]
[Mec. ]
-El ideal del anarquista es la libertad, la igualdad por
la libertad, y la fraternidad por la igualdad en la libertad. Fíjese bien: lo
que hay de igualdad en el sistema anarquista no acompaña a la libertad,
proviene de ella. Para que
pueda haber un sistema intermedio entre el sistema
burgués y el anarquismo, y para que por él se pase suavemente hacia el
anarquismo, ese sistema intermedio
* Como se puede ver, el diálogo del interlocutor del
banquero no continúa ninguno de sus diálogos en la versión de 1922, por lo que
se debe conjeturar que otro nuevo texto, del que éste sería a su vez la
continuación, se perdió o ni llegó a ser pasado por escrito.tiene que contener
más libertad que el sistema burgués. Si no fuera así, no es un paso hacia el
anarquismo, sino una simple sustitución del sistema burgués por ora cosa, o
equivalente, si no hay acrecentamiento de libertad, o peor, si hay decrecimiento.
Sustituir el sistema burgués por un sistema equivalente es tomarnos el trabajo
de realizar esfuerzos, y tal vez hasta de derramar sangre y causar angustia,
para quedar exactamente en lo mismo. Es como si gastáramos dinero y trabajo
para mudarnos de una casa que queda lejos del Bajo, porque queda lejos del
Bajo, a otra casa, del otro lado de la ciudad e igualmente lejos del Bajo.
"Pero lo peor es que no apareció todavía ningún
sistema que pueda ser considerado intermedio entre el capitalismo y el
anarquismo, que no sólo sea superior en materia de libertad al capitalismo,
sino que siquiera le sea equivalente. El socialismo y el comunismo se basan en
la idea de igualdad, despreciando la de libertad. Son peores tiranías que el
sistema burgués que, al menos, basándose en el individualismo, siempre se basa
en una cosa que envuelve en germen la libertad. El socialismo y el comunismo
vuelven al Estado omnipotente, y a los hombres iguales bajo ese monstruoso Rey
Absoluto, que ni siquiera tiene cuerpo para que podamos matarlo. Con el
socialismo y el comunismo el burgués pierde y el trabajador no gana. El burgués
se vuelve esclavo, lo que no era; el obrero, quedando igual al burgués,
continúa siendo, con otro dueño, el esclavo que era. En el sistema burgués, un
trabajador siempre podía, por trabajo o suerte, o cualquier otra razón,
conseguir dinero, ir ascendiendo, hasta alcanzar un cierto grado de libertad,
aquella libertad que el dinero puede dar. En el régimen socialista o comunista,
no hay esperanza. Es la perfecta realización del infierno sobre la Tierra, y en
el Infierno, por lo que parece, son todos iguales.
"Ya ve ud., que yo no podía aceptar el socialismo o
el comunismo, en cualquiera de las distintas formas de uno y de otro, como
pasos hacia el anarquismo, por la simple razón de que ir hacia atrás no es el
método más simple de ir hacia adelante. El hecho, mi viejo, es que socialismo y
comunismo son regímenes de odio y, dígase en elogio de la humanidad, los
regímenes de odio no pueden durar.
-Regímenes de odio, ¿cómo?
-El objetivo del socialismo y del comunismo no es elevar
al trabajador sino rebajar al burgués. El trabajador queda en la misma, si no
peor, como ya le dije. Lo que el burgués pierde, el obrero no lo gana. El
anarquismo, por el contrario, es un régimen de amor, y nadie quiere oprimir a
quien ama.
[272D- 11 y dorso]
[Mixto]
-Está bien, comprendo. ¿Pero no habría otro tipo de
sistema intermedio, realmente intermedio, entre el capitalismo y el anarquismo?
-Si lo hay, no lo conozco. Pero ud. verá, en el
transcurso de mi exposición, que no veo necesidad de tal sistema... Vamos ahora
al otro caso, el de, poniendo de lado al anarquismo por inviable o
provisoriamente inviable, admitir un sistema anticapitalista menos radical que
el anarquismo, pero con viabilidad o viabilidad inmediata o cercana. El
socialismo y el comunismo, ya le mostré que no sirven; y si no sirven como
sistemas de transición, mucho menos sirven (¡caramba!, da frío pensar en eso)
como sistemas definitivos. De modo que lo que resta por examinar es si el
anarquismo será viable, o si será viable en un tiempo relativamente cercano.
"Comencemos por dejar de lado esa historia de lo
"relativamente cercano". Lo que queremos es el bien de la humanidad,
por la libertad: lo que queremos es trabajar para establecer el sistema que le
dará ese bien. Hasta aquí está en nuestra mano. No está en nuestra mano, sino
en la operación de las leyes naturales, el determinar la hora en que ese
objetivo se realice. Por consiguiente, lo que tenemos que examinar es si es
viable el sistema anarquista.
"Comencemos por definir lo que viene a ser eso de
viabilidad. No se entiende evidentemente, en el caso del anarquismo, su
viabilidad en nuestro tiempo, con estas costumbres y maneras -maneras de
actuar, de sentir y de pensar-, todas producto del sistema burgués. Eso
equivaldría a preguntar si el anarquismo es viable dentro del sistema burgués.
Se trata de saber si el anarquismo no contraría la naturaleza humana. Si no la
contraría, es viable; si es viable, algún día, si permanentemente trabajamos por
él, él ha de llegar.
"La naturaleza humana se compone de dos elementos:
los instintos naturales, como el de conservación y el sexual, y los instintos
sociales, que se resumen en esto: en tener, con todos los otros hombres, una
aspiración común. Tener, con todos los hombres, una aspiración común es -notará
ud. - la base del sentimiento religioso -dando al término, es claro, su sentido
lato-, que es el más alto sentimiento humano, el de la fraternidad en un ideal
común.
"Cuando los hombres se vayan convenciendo de que la
libertad es el supremo bien, y de que sólo en la libertad podemos ser iguales y
amarnos como hermanos, porque lo seremos, el ideal anarquista habrá alcanzado
el estadio religioso. Ahora, cuando un ideal o una aspiración alcanza el
estadio religioso fatalmente vence, como lo prueba la historia de todas las
religiones; y fatalmente vence porque se encuentra de acuerdo con lo que es, al
mismo tiempo, el más alto y el más profundo, el más humano y el más puro de los
sentimientos humanos, porque se encuentra, en suma, de acuerdo con la humanidad
en sí misma, con la humanidad entera.
"¿Se duda de que ese convencimiento se pueda dar,
por gradualmente que sea, en todos los hombres? ¿Por qué? El propio sistema
capitalista, porque es individualista, muestra la conveniencia y la belleza de
la libertad, y porque es opresor, muestra su necesidad y la necesidad de
remover las injusticias que la oprimen. ¿Les llevará tiempo a los hombres
alcanzar ese convencimiento? Sin duda. Pero porque el convencimiento está de
acuerdo con la propia naturaleza humana, puede llegar; como está de acuerdo con
el instinto religioso, que traduce la aspiración en acción, puede vencer; como
es estimulado, positiva y negativamente, por el régimen social en que vivimos,
tiene con qué alimentarse y poderse formar. De acuerdo así con la naturaleza
humana fundamental, pues no le impide ningún instinto natural, y de acuerdo
también con la naturaleza humana superior, pues se adapta con su espíritu
religioso, el anarquismo es enteramente viable.
Se detuvo un momento en lo que ya era un discurso. Estaba
un tanto cansado. Señaló con un dedo la copa, mirando hacia el criado. Éste la
llenó de coñac. Rehusé con la cabeza que llenara la mía. El banquero bebió de
un trago. Pensó un poco. Se me ocurrió una objeción y la expuse.
-Ud. dice que si una aspiración social alcanza el estadio
religioso, forzosamente vence, y me citó la historia de todas las religiones.
Acepto el argumento, pero le hago notar lo siguiente: cualquier religión,
después de vencer, ¿impuso realmente, o conservó realmente, la aspiración que
la había formado? Fíjese en el cristianismo. Alcanzó el estadio religioso,
venció, es verdad. ¿Pero lo que se realizó fue cristiano? ¿La civilización
cristiana estuvo y está de acuerdo con los principios cristianos? ¿La paz, el
amor entre los hombres, la caridad, la castidad, todo eso que está en el
cristianismo, a ud. le parece que ha sido muy sobresaliente en la vida de la
civilización cristiana?
-No me parece. Y presumo que ud. quiere decir que,
alcanzando el anarquismo el estadio religioso, y realizándose de esa manera,
malogrará, al realizarse, sus propios principios y aspiraciones exactamente
como el cristianismo, en su realización malogró los suyos.
-De eso se trata.
-Pero, mi amigo, el cristianismo se malogró al realizarse
porque es una religión antinatural, antinatural porque contraría casi todos los
instintos humanos, y antinatural porque es sobrenatural. Y lo sobrenatural es
antinatural de dos maneras: porque es sobrenatural, y porque sobre lo
sobrenatural, que es invisible e inverificable, es imposible obtener la
creencia y el acuerdo de todos los hombres. ¿A ud. no le parece más fácil que
nosotros dos coincidamos en que este coñac es bueno, porque lo podemos probar,
que en la idea que nos hagamos de la cara del francés que lo fabricó? Pues es
mucho más fácil, mucho más natural y mucho más Q conseguir que los hombres
aspiren a la libertad, que saben lo que es, que a un cielo o a un Dios del que
no pueden tener en verdad idea alguna. Por otro lado, yo cité el hecho
histórico de que siempre haya vencido una aspiración cuando alcanza el estadio
religioso, simplemente para probar la viabilidad del anarquismo cuando alcance
ese estadio. No comparé al anarquismo con ninguna religión, ni podría
compararlo. El anarquismo es la irreligión natural, puesta por la Naturaleza en
el corazón de los hombres. Empleo las frases religiosas, ud. entiende, pero les
pongo un signo menos. Y así está claro.
-Si ud. hubiera dicho "el estadio místico", en
lugar de "el estadio religioso", yo no hubiera hecho objeción alguna.
-Es verdad. Tiene ud. mucha razón. De hecho es eso lo que
yo debería haber dicho. ¿Pero ud. comprende, no es verdad?
-Ahora, perfectamente*1.
[272D-12]
[Mixto]
No tenía escrúpulos. ¿Por qué había de tener escrúpulos?
¿Cómo puede tener escrúpulos quien está trabajando por la liberación de la
humanidad?
Casi tuve ganas de reír, pero mi risa murió antes de
pensar en nacer14. El banquero hablaba calurosamente y con evidente sinceridad.
Y en un gesto aún triunfal pidió la cuenta.
-Un colegio de jesuitas. Un jesuita debería retorcerse de
rabia de ver cómo allí se realizó en serio la tal historia de, ¿cómo es que se
llama?..., del perínde ac cadáver. Los jesuitas, al menos, tienen la excusa del
Otro Mundo. Los comunistas, hijo, son los jesuitas sin excusa.
Hay intelectuales, profesores, estudiantes avanzados, y
otras personas así que son socialistas y comunistas... Y ésos, en general, ni
son de la tal "gente humilde" ni pasaron hambre ni...
-Ahora deje eso, hombre, deje eso. ¿Usted considera que
yo, yo que sé cómo se forma, cómo se forma en serio, un sublevado, usted
considera que yo creo en la sinceridad de esos mierdas? Si un tipo cree en una
cosa como el comunismo o el anarquismo sin haber pasado por lo que yo pasé Que
uno u otro se considere sincero, está bien: también hay mucha gente que se
considera inteligente y no lo es, y que se considera buena y no lo es, y que se
considera bonita y no lo es. ¡Bromas, mi amigo! Hay que pasar por cosas que a
uno lo sublevan para llegar a ser un sublevado. No siendo así, sólo siendo un
santo, porque sólo un santo puede tener, sólo por el corazón y sin que sea por
la experiencia, amor a la humanidad.
-Pero, finalmente, siempre hay un Kropotkin, un
Tolstoi...
-Y un Jesucristo, podía ud. agregar. Pero ésos son para
mí de la especie de los santos. Y fíjese, ¿cuántos Kropotkin o Tolstoi
considera ud. que andan por ahí dando vueltas por el mundo? Hombre, si el mismo
Cristo era de gente humilde y, naturalmente, también pasó las suyas.
-Usted al menos no anda creyendo algo muy habitual entre
sus correligionarios. Ud. acepta la existencia histórica de Cristo.
-Ni la acepto ni la dejo de aceptar. Me estoy sirviendo
de argumentos que ud. pueda comprender, como si ud. fuese inglés y no hablase
otra lengua, yo le estaría diciendo lo mismo en inglés*2.
*1 Es evidente que la página 272D-11 continúa la 272D-10.
Todo este texto se presenta como variante de la respuesta del banquero a la
pregunta: "¿Por qué escogió ud. esa fórmula extrema y no se decidió por
cualquiera de las otras... de las intermedias?... " (p. 7).
14 Más adelante, en la misma página, variante para la
última parte de la frase: "pero mi risa no llegó a ser generada".
*2 Se encuentran, claramente, tres secuencias distintas:
un primer párrafo que remite al último diálogo de 27*0-3 y que no
"encaja" en ningún momento de la versión de 1922; una frase aislada,
variante de la última frase del cuento; la parte final, que continúa en la
página 27*0-13, remitiendo también a 272D-3, y que se presenta como agregado,
para ser insertado después de la referencia a la Revolución Rusa (p. 10).
[272D-13]
[Mixto]
-¿Entonces a qué atribuye ud. ese comunismo de los
"intelectuales" y otros por el estilo?
-Quién sabe. La razón no ha de ser la misma para todos.
En unos ha de ser a causa de esa porquería que se llama esnobismo. En otros
será por aquello de que es la manera más moderna de vincularse con la religión.
Los restantes, esos que parece que nacen para esclavos, y tienen como los rusos
el ansia de que los manden, por influencia de compañías o de lecturas. Los más
viejos y los más jóvenes a causa de la parte sexual del asunto. El amor libre,
eso ya lo noté entre los anarquistas, fue siempre una teoría muy querida por
los impotentes y por los onanistas.
-Y las mujeres, por lo que parece...
-Ah, eso...
-Hay una señora aquí cerca, en una mesa -le advertí
rápidamente...
El banquero estuvo callado un momento, que aprovechó
[para] encender de nuevo el cigarro.
-Continuemos con su exposición -le recordé.
El banquero asintió con la cabeza. Después de unos
momentos prosiguió15.
-La tiranía es siempre la tiranía -dijo el banquero-.
¿Para qué diablos sustituir la tiranía social del sistema burgués por la
tiranía de Estado del sistema socialista o del sistema comunista? Eso es pasar
un preso de la celda 23 a la celda 24.
-La celda 24 puede ser más confortable -lo atajé
sonriendo.
-Es posible, pero el único verdadero confort es la
libertad. Vamos, déjeme continuar, o antes déjeme responder a su objeción...
¿Dice ud. por qué no opté yo por cualquier sistema intermedio entre el sistema
burgués y el anarquismo? Ahora bien, eso puede entenderse de dos maneras: tomar
a ese sistema intermedio como sistema definitivo y preferirlo al anarquismo,
puede ser más viable o menos inviable; o tomar a ese sistema intermedio
perfeccionamientos, a alcanzar finalmente el estadio anarquista. Ahora le voy a
responder a ambas hipótesis...
15 Entre este párrafo y el diálogo siguiente, aparece
destacada la frase: "No sé lo que ud. iba a decir, pero basta lo que ya se
le escapó. "
Epílogo
"El escrúpulo es la muerte de la acción. "
Barón de Teive
"Todo lo que es humano en el hombre y más que
cualquier otra cosa, la libertad, es el producto de un trabajo social,
colectivo. "
Mijail Bakunin
El banquero anarquista, cuento publicado en el N91 de la
revista Contemporánea, en 1922, ha merecido, sorprendentemente tal vez, un
conjunto apreciable de ediciones y reediciones a lo largo de los últimos
ochenta años.
Estas sucesivas ediciones o reimpresiones reproducen, por
lo general, con erratas de más o de menos, actualizando o no la ortografía
"etimológica" de Fernando Pessoa, el texto de 1922. La única
excepción y novedad está constituida por la última edición de Teresa Sobral
Cunha (Relógio d'Água, Lisboa, 1998) que incluye también una nueva versión,
fruto de un montaje hecho a partir de los diferentes textos, existentes en el
legado pessoano de la Biblioteca Nacional de Lisboa, con los cuales el poeta
encaraba la hipótesis de rever, corregir y aumentar su cuento.
De hecho, es el mismo Fernando Pessoa quien, en diversas
ocasiones, se refiere a esa intención. En una carta a Adolfo Casáis Monteiro,
del 13 de Enero de 1935, escribe:
Estoy ahora completando una versión enteramente
modificada de El banquero anarquista; que debe estar lista en breve y espero,
en cuanto esté lista, publicarla de inmediato. Si así fuera, traduciré
inmediatamente ese texto al inglés, y voy a ver si puedo publicarlo en
Inglaterra. Tal como debe quedar tiene posibilidades europeas. (No tome esta
frase en el sentido del Premio Nobel inmanente).
Algunos días después (20 de enero), dice al mismo
destinatario, refiriéndose a proyectos de publicación:
Para esa fecha, que indico como probable para la
aparición del libro mayor, deben estar publicados El banquero anarquista (con
nueva forma y redacción), (... )
Y más adelante:
En cuanto a la publicación de El banquero anarquista en
inglés, tampoco ahí ocurrirá ninguna, creo yo, pero por otras razones,
dificultad notable. Si la obra tuviera capacidad de interesar al mercado
inglés, el agente literario a quien se la enviara la colocaría más tarde o más
temprano.
Este proyecto relativo a su "sátira dialéctica"
(como la llama en otra carta, ésta dirigida al director de Contemporánea, José
Pacheco, en el mismo año de 1922) no llegaría a concretarse. Pessoa iba a
morir, como se sabe, en noviembre de 1935, sin siquiera haber completado la
modificación que se proponía hacer y que, tal vez un poco
"fingidamente", daba, en enero, como casi realizada.
En realidad, los textos que nos dejó son otros tantos
borradores -algunos manuscritos informes, otros mecanografiados con distintos
agregados, otros incluso que aparecen dispersos, sin ningún antecedente
discursivo que remita a ellos (o que haga suponer que o se perdieron otros
textos, eventualmente escritos por Pessoa, o que éste no llegó a producirlos)-,
todos ellos sin ninguna indicación rigurosa con respecto al lugar donde podrían
ser insertados, o acerca del texto de la versión de 1922 que podrían venir a
sustituir.
La misma traducción al inglés iba a quedar postergada.
Tanto como es posible apreciar por los textos conocidos, Fernando Pessoa apenas
tradujo poco más que página y media del comienzo de su "cuento del
raciocinio". Pero, curiosamente, lo hizo a partir del original publicado
en Contemporánea, lo que lleva a pensar que hizo esta traducción antes de la
modificación prevista o, si no, que había dejado de lado, mientras tanto, la
idea de rever y aumentar el texto primitivo, o aun que, por lo menos en la
parte inicial, había optado por no alterarlo. (Esto es, por otro lado, práctica
habitual en Fernando Pessoa, ampliamente comprobada, por ejemplo, en la edición
crítica de los Poemas ingleses hecha por Joao Dionisio: proponer una variante o
una nueva versión que después termina por rechazar, optando por la primera
redacción del texto).
Por todo esto, me parece de buen criterio no intentar
hacer con este conjunto de borradores (aunque algunos de ellos, especialmente
los más largos, mecanografiados, representen un significativo enriquecimiento
del texto, más despojado, publicado en Contemporánea) un montaje, o sea, una
nueva versión puramente virtual, aunque legítima. Me pareció preferible, en
contrapartida, agregarlos como apéndice, dándolos a leer y a conocer en toda su
corporalidad - y no truncados, como acabaría irremediablemente por ocurrir, si
fuesen, forzadamente, insertados en el texto ya conocido.
Por otro lado, estos textos, así presentados, quedan como
una invitación a los lectores para que cada uno pueda construir su versión de
revisión -siempre posible, a pesar del riesgo de falsear la voluntad del autor-
del cuento impreso en 1922 y que, según el mismo Pessoa confiesa amargamente a
José Pacheco (en la carta antes citada), "nadie leyó".
No será difícil admitir, con (como) Pessoa, que su
"sátira dialéctica" haya pasado inadvertida al inexistente medio
culto portugués. Haber sido publicada en una revista no contribuyó,
ciertamente, a atraer sobre sí una atención particularizada, aunque la novedad
del primer número de Contemporánea pudiera parecer, en principio, jugar a su
favor.
Sin embargo, la fortuna póstuma de que el texto ha gozado
hace suponer que, por lo menos desde el punto de vista editorial, su relectura
se ha impuesto ampliamente. El hecho de tratarse de una de las pocas
producciones autónomas pessoanas, publicada en vida del autor (aunque fuera en
una revista), podrá justificar, hasta cierto punto, ese interés de los
editores.
Pessoa reconoce, además, la escasez de su obra publicada
y atribuye a El banquero anarquista una importancia tal que incluye siempre ese
título en las extensas listas que, a lo largo de los años, fue trazando de las
obras a publicar o a reeditar, en Portugal y en Inglaterra, decidiendo por eso
también encarar su modificación.
La invitación a la lectura de esta "sátira"
continúa siendo, hoy como entonces, enteramente válida.
En primer lugar, El banquero anarquista se impone como
una obra imprescindible para el conocimiento de la práctica literaria y
cosmovisión pessoanas. Da cuenta, por un lado, del uso (propio de un escritor
que se define a sí mismo como un "raciocinador minucioso y
analítico") de una lógica implacable, aunque se asiente, muchas veces, en
falacias o argumentos poco ortodoxos (es el caso del hombre que combate la
ficción del dinero enriqueciéndose, en nombre de una doctrina que proclama la
necesidad de destruir el foso entre ricos y pobres... ) y de una implacable
ironía (un anarquista que se vuelve banquero, un banquero que se confiesa
anarquista... ). Y, por otro lado, se nos presenta como un producto que,
apareciendo fechado, no deja, paradójicamente, de trasponer las fronteras
temporales y de darnos la impresión de una notable actualidad.
Escrito en plena posguerra, en un Portugal político
altamente inestable, con los ecos muy próximos de la Revolución Rusa de 1917
(Pessoa se refiere, por otro lado, de manera premonitoria, a lo que de ella
resultaría: "Algo que va a atrasar decenas de años la realización de la
sociedad libre... ", p. 11) y con su influencia ideológica haciéndose
sentir a varios niveles1, El banquero anarquista toma de esos vientos su
inspiración.
La misma biografía pessoana puede proporcionar,
igualmente, algunas pistas de lectura, en la medida en que el poeta venía
experimentando, en los últimos años, una necesidad cada vez más apremiante de
mejorar su situación financiera, o la veleidad de volverse incluso un
empresario exitoso.
En 1917-18, Pessoa funda, con los amigos Geraldo Coelho
de Jesús y Augusto Ferreirá Gomes, una firma de comisiones y consignaciones, y
en 1921 emprende, por ejemplo, por medio de otra firma, propiedad suya -la
editora Olisipo, también agencia de servicios- una serie de contactos con
empresas inglesas, como intermediario para la compra y venta de minas en
Portugal. Con este negocio, de ser concretado, habría conseguido, posiblemente,
su independencia económica: se habría liberado de la ficción del dinero1...
Pero el fracaso absoluto del emprendimiento puede haber
servido para confirmar aquello que Pessoa ciertamente sabía desde muy temprano:
que sólo un banquero, un comerciante acaparador, con una total ausencia de
escrúpulos y dejando de lado las buenas intenciones, podría aspirar a esa
liberación2.
Es curiosamente en este punto que reside la
vulnerabilidad de la propuesta política del cuento, propuesta que, diciéndose
anarquista, contradice, ya desde un comienzo, los principios del anarquismo,
incluso de un anarcoindividualismo que parecería, a cierta altura, poder ser la
ideología defendida por el personaje del banquero: apología del egoísmo y de la
competencia desenfrenada y despiadada, de talante ultraliberal; mitologización
del dinero, considerado como un compulsivamente buscado objeto de posesión y no
transformado, como defendería un "verdadero" libertario, en un simple
medio de trueque; ausencia del proyecto de una sociedad nueva o de un nuevo
modelo social, necesariamente solidario y anticapitalista.
No debe haber dudas de que Fernando Pessoa se da cuenta
de estas contradicciones y de que se sirve de ellas para producir el efecto
pretendido. En la biblioteca pessoana se encuentran, por ejemplo, entre muchas
otras, tres obras de Gustave Le Bon, así como The Man versus the State, de
Herbert Spencer; As doutrínas anarquistas, de Paul Eltzbacher (traducida al
portugués por el anarquista Manuel Ribeiro), o la obra de otro conceptuado
intelectual anarquista, contemporáneo suyo, Emilio Costa, Vida portuguesa: ilusóes
políticas, lo que muestra su conocimiento e interés por el pensamiento y
reflexión en el área de la sociología política ligada a las corrientes
socialistas, individualistas y anarquistas. La suprema ironía está, además, en
esas paradojas, tan al gusto del autor que, recuérdese, pone en la escritura de
su muy cercano Bernardo Soares estas dos máximas contradictorias:
El dinero es bello, porque es una liberación.
Eres libre si puedes apartarte de los hombres, sin que te
obligue a buscarlos la necesidad del dinero (... )
Es también en este punto que su "sátira
dialéctica" se revela de una modernidad sorprendente: frente al relato que
el protagonista hace de su lucha por la conquista del dinero y a las
justificaciones que presenta
por los atropellos y traiciones a la ideología, se diría
que estamos en presencia de la historia de un Bill Gates más del momento. Salta
a la vista la premonición pessoana de un mundo cada vez más dominado por la
tiranía del dinero, por el
vaciamiento ideológico y por la consiguiente desaparición
de los principios, sumergidos y subvertidos por los intereses, donde moralidad,
lealtad, fraternidad, son palabras vanas y los fines justifican,
maquiavélicamente, todos los medios.
El tan actual, y cada vez más proclamado, triunfo de lo
económico sobre lo político es irónicamente puesto en perspectiva desde el
mismo título -el protagonista es presentado, en primer lugar, como banquero y
sólo después, clasificado como anarquista-, especie de sombra que lo acompaña o
de mancha cuya existencia, a lo largo del cuento, se esfuerza por explicar.
El banquero, digno representante del homo economicus de
fin de siglo, gasta sus energías para encontrar argumentos que contrarían,
finalmente, la romántica ideología de la que se dice seguidor. Lo político
aparece, así, como pura ficción, a la cual se superpone, mientras tanto, como
Pessoa constataba ya en 1922, la real ficción de la economía3. Es de ella que
el banquero, siendo banquero y siendo, por lo tanto y simultáneamente, también
un viejo tirano y también un viejo esclavo de su propio poder, no conseguirá
ser liberado.
Con sus fragilidades, dígase, El banquero anarquista
constituye, de hecho, un amargo e irónico retrato de su sociedad, nuestra
contemporánea, a la cual los textos alternativos y complementarios añadirían,
quizás, alguna consistencia, pero no lo volverían más actual, de lo que merece,
pues, ser leído por "todo el mundo" y, una vez más todavía,
reeditado.
Manuela Parreiro da Silva
http://www.elortiba.org/pessoa.html#Textos_alternativos_y_complementarios

