Libro No. 322. La Forma Clásica de la Novela Histórica. Lukacs, Georg.
© Libro No. 322. La Forma Clásica
de la Novela Histórica. Lukacs,
Georg. Colección Emancipación Obrera. Junio 9 de 2012.
Título
original: © La Forma Clásica de la Novela Histórica. Lukacs, Georg
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Original: © GEORG LUKACS. La forma clásica de la novela histórica
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
GEORG LUKACS
La Forma Clásica De La Novela Histórica
GEORG LUKACS
La forma clásica de la novela histórica
Gyorgy Lukacs nació en Budapest,
capital entonces del Imperio Austro-Húngaro, el 13 de abril de 1885. Su padre,
judío, había recibido de los Habsburgo título de nobleza y fue director de uno
de los principales bancos húngaros.
Gyorgy Lukacs, quien llegaría a
ser uno de los más notables teóricos marxistas del siglo XX, nace pues en el
seno de una familia gran burguesa. Sin embargo desde temprana edad comprendió
que su vocación no era ser banquero —sobreponiéndose a los deseos de su padre—
sino intelectual. A los 17 años ya publicaba artículos literarios en la revista
que él mismo había fundado. En 1909 recibió el grado de doctor en filosofía en
la Universidad de Budapest. Después estudiaría en Berlín y Heidelberg. Murió en
la capital húngara el 4 de junio de 1971, a los ochenta y seis años.
Escribe su primer libro La
Evolución del Drama Moderno, en 1908. Dos años después El Alma y las
formas, que tanto interesó a Thomas Mann y que influiría en su novela
"Muerte en Venecia", también le serviría parcialmente de modelo para
su León Naphta de "La Montaña Mágica".
En estos años Lukacs estudia los
filósofos griegos, principalmente a Platón; a los modernos, sobre todo a Kant y
Hegel; a sus prácticamente contemporáneos Kierkegaard, Dilthey, Bergson, Simmel
(de quien fue su discípulo personal), Husserl y los neokantianos Ritkert y
Lask. Amigos suyos fueron, además de Simmel, Ernest Block, Max Weber, Jaspers.
Con algunos de ellos formó el "Círculo de Heidelberg".
La formación filosófica de Lukacs
era idealista. Existencialista en sus años juveniles (influencia de
Kierkegaard) luego kantiano y posteriormente hegeliano. Su libro El Joven
Hegel, que escribiría en 1938 en Moscú, es una de las más profundas
interpretaciones de Hegel al lado de las de Hyppolite y Bloch.
La Teoría de la Novela de
1916 es la tercera gran obra de esta etapa. Ha sido considerada como uno de los
más notables productos de las tendencias de "las ciencias del
espíritu". Durante estos años Lukacs ha estado completamente sumergido en
lo cultural. Sus preocupaciones han sido los grandes temas metafísicos. Se ha
preguntado por las relaciones del alma con lo absoluto, ha contrapuesto el
mundo de la naturaleza al mundo del espíritu, ha analizado las diferencias
entre la ciencia y el arte.
Lo que sigue, la mayor parte de su
vida, es un prolongado y apasionado diálogo con Carlos Marx a través de los
conflictos de nuestra época. Confiesa que tres veces se acercó a Marx pero solo
la última vez comenzó a comprender su legado. Su "forcejeo intelectual con
el marxismo", como él mismo lo llamó, se prolongó desde su bachillerato
cuando leyó "El Manifiesto Comunista" hasta finales de la década de
los años veintes. Ofrece su experiencia como una contribución a la historia
social de los intelectuales en esta época.
¿Por qué fue tan difícil su camino
hacia Marx? Como intelectual burgués tenía muchos prejuicios sobre el marxismo.
A la filosofía materialista la consideraba entonces superada absolutamente como
teoría del conocimiento. Solo veía a Marx como economista y sociólogo. "El
gran pensador, el gran dialéctico", se le escapaba.
Ninguna lectura le permitió
comprenderlo. Fue una crisis personal que coincidió con la "aparición de
las gigantescas contradicciones del imperialismo que se precipitaron con la
irrupción de la Primera Guerra Mundial", las que lo condujeron a sus
nuevas posiciones ideológicas. Como intelectual académico permanecía alejado
del movimiento obrero, pero la guerra mundial, la Revolución Rusa de 1917 y las
tremendas conmociones sociales que se produjeron en la Europa Central, lo
llevaron después de muchas vacilaciones a ingresar en diciembre de 1918 al
partido comunista, al que pertenecería hasta su muerte, aunque pasó por
momentos críticos.
Lukacs ingresa al comunismo para
romper con el mundo capitalista. Considera que la lucha es radical entre los
dos sistemas. No admite concesiones. Por ejemplo, en la revista
"Kommunismus", se pronuncia rotundamente contra la participación
obrera en el Parlamento burgués. Tesis por la que recibe una dura crítica de
Lenin, al señalarla como síntoma de la enfermedad infantil, el
ultraizquierdismo.
En 1923 publica un libro que
desató una polémica cuyos ecos se escuchan todavía: Historia y Conciencia de
Clase. Michael Lowy, quien ha escrito el libro más completo que conocemos
sobre su evolución política, afirma: "En ese libro la evolución del
pensamiento lukacsiano alcanza su cima... una nueva concepción: el realismo
revolucionario. Es, en ese sentido, la etapa final del itinerario que
conduce a Lukacs de la visión trágica del mundo al leninismo". Pero esta
opinión no es unánime. El libro fue rechazado por los más importantes ideólogos
comunistas de entonces, por estar inspirado en una orientación subjetivista e
idealista.
Basta agregar que allí por primera
vez después de Marx, se trata el problema de la alienación en el capitalismo,
que Lukacs denomina la "cosificación". Como lo ha hecho notar
Goldmann, este tema lo retoma, aunque e otro sentido, Heidegger, en su obra mí
importante, "Ser y Tiempo" (1927).
A partir de 1918 y por cerca de
di< años Lukacs fue uno de los dirigente del PCH. En 1919 ingresó al Cornil
Central. En la breve República de los Consejos de Hungría, dirigida por Bel
Kum, fue nombrado vicecomisario del pueblo para la Educación y la Cultur El
cargo de ministro de Cultura volvería a ocuparlo en 1956 en el gobierno o Imre
Nagy. Al caer éste fue deportado Rumania, de donde regresó a Hungri al año
siguiente. Fuera de estos períodos de actividad política su vida estuvo
concentrada en la actividad teórica.
Para un hombre de la inmensa culti
ra de Lukacs la literatura, las artes incluso la ciencia, llamaban intens mente
su atención. Sus estudios sobre Goethe y Thomas Mann entre otros se memorables.
Entre nosotros el pensador
marxista Francico Posada le dedicó uno de sus libros más densos: "Lukacs,
Brecht y la situación del realismo socialista", en el cual da cuenta de la
pi lémica que enfentó a estos dos grande de la estética marxista de nuestro
siglo. Posada le da razón a Brecht y sin desconocer las dimensiones de la
"filosofía lukacsiana", le anota a ésta, como uno de sus defectos
mayores, el de colocar el arte en el orden del saber racional y estar teñida de
conservadurismo al sostener que el arte debe ser un reflejo armónico y
equilibrado de la realidad.
Sus últimos esfuerzos
intelectuales los dedicó Lukacs a avanzar en su estética y a elaborar una
"ontología del ser social", que dejó inconclusa. Durante su
existencia fue el blanco de duros ataques desde diversos ángulos: de dogmáticos
y revisionistas.
PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL
El presente libro fue redactado
durante el invierno de 1936 a 1937 y se publicó poco después por entregas en la
revista rusa Literaturni Kritik. Es necesario que el lector conozca esta
fecha, ya que ofrecemos ahora la obra sin alteraciones, por lo que debemos
llamar la atención sobre ciertos problemas que, según nosotros mismos, son de
difícil comprensión o inclusive obsoletos para el lector moderno. Una revisión
de la obra que implicara una eliminación de todas las fallas así como una
puesta al día nos ha sido imposible por el mero hecho de estar por el momento
ocupados con otros trabajos teóricos más importantes.
Señalemos, pues, brevemente los
problemas mencionados. El presente estudio se realizó principalmente en el
periodo inicial del Frente Popular contra el hitlerismo, por lo que comparte en
buena medida el optimismo que imperaba en esos días, particularmente en lo que
respecta a las perspectivas del movimiento antifascista en Alemania así como a
la lucha de liberación en España. Esta actitud sin duda tuvo su influencia en
la selección del material utilizado. Los problemas de una transición ideológica
de un liberalismo descolorido a una actitud auténticamente democrática me
parecían en ese tiempo de central importancia. Por supuesto, este problema no
ha perdido su actualidad si lo consideramos desde una perspectiva histórica
universal; sus manifestaciones concretas, sin embargo, son muy diferentes ahora
que hace treinta años, tanto en lo que atañe a la vida como a la literatura.
Aparte de las perspectivas que no se cumplieron en el terreno de la política,
esto tuvo también por consecuencia el que en ocasiones tratamos autores y obras
con una exhaustividad que no corresponde a su importancia estética e
intelectual. Así pues, nuestras reflexiones sólo podrán tener interés para el
lector de hoy como puntos de partida para un análisis teórico de problemas
generales. Esto sin duda es válido también para un sinnúmero de obras críticas
ya viejas, en las que con frecuencia ya no se conocen siquiera los escritores y
los libros tratados, y en las que sólo pueden exigir el interés del lector los
principios y razonamientos del tratamiento crítico-teórico.
Entre nuestros problemas está
desde luego el hecho de que no hemos podido estudiar la literatura posterior a
1937. (Basten como ejemplos el Enrique IV de Heinrich Mann, cuya segunda
parte apareció posteriormente, la Lotte in Weimar de Thomas Mann, Las
campanas de Islandia de Haldor Laxness y el Gattopardo de
Lampedusa.) Entre los aspectos condicionados por el momento debemos mencionar
asimismo que este libro no sólo fue escrito en los tiempos del Frente Popular,
sino en los tiempos de los grandes vuelcos en la Unión Soviética. En ciertas
cuestiones, nos vimos obligados a usar un lenguaje esópico —y a veces a guardar
un silencio esópico. Persisten nuestras convicciones estéticas expresadas en la
toma de posición contra el género biográfico, contra las "bellas letras
históricas", dentro de la literatura burguesa. Consecuencia de esta
posición es también que no hayamos hecho extensiva esta crítica a
manifestaciones semejantes en la literatura soviética, en la que el tratamiento
biográfico de la historia se hallaba preponderantemente al servicio de esa
ideología que hoy en día se suele llamar "culto a la persona".
Permítasenos aún añadir que este lenguaje y silencio esópicos fue muy bien
comprendido tanto por los amigos como por los antagonistas.
Pero el hecho de haber renunciado
a toda reelaboración con fines de actualización tiene otro motivo más, aparte
del exceso de trabajo. Toda esta obra surgió de un impulso teórico y no
pretendió ofrecer una imagen completa en el sentido de la historia de la
literatura. El tema fundamental tratado es el del historicismo en la
literatura, cuya significación intelectual y estética para las letras de los
siglos XIX y XX intentamos aclarar. Nuestras metas han sido, pues, de
naturaleza teórica, y nuestra intención se concentró en la investigación de las
acciones recíprocas entre el espíritu histórico y esa literatura que se afana
por exponer la sociedad en su totalidad. Así planteada la cuestión, resulta
obvio que ya la dialéctica más íntima, teórica, "abstracta del problema
presenta un carácter histórico. En todo caso, no pretendemos ofrecer más que un
estudio de las líneas principales de esta dialéctica histórica. Esto es:
analizamos únicamente las corrientes que son típicas de este desarrollo
histórico, sus ramificaciones y entrelazamientos, pero sólo en la medida en que
resultan indispensables para la caracterización desde el ángulo teórico del
problema. De aquí que no pretendiésemos abarcarlo todo. No espere el lector
tener entre manos un manual del desarrollo de la novela histórica o del drama
histórico; sólo encontrará tratados a aquellos escritores, aquellas
orientaciones y obras, que desde este punto de vista teórico tienen una
importancia representativa.
Este objetivo condiciona los
problemas metodológicos de la obra. En primer término, la selección de los
materiales, según ya dijimos. No presentamos en un sentido inmediato y estrecho
de la palabra un desarrollo histórico, pero sí las directrices de este
desarrollo, o sea que intentamos esclarecer las cuestiones más importantes que
ese desarrollo plantea. A nuestro juicio, la obra presente es sólo un ensayo
para fijar en principio los puntos de vista básicos de este conjunto de
problemas, con la esperanza de que le sucederán obras más completas y
exhaustivas.
El segundo aspecto metodológico
decisivo es el de la investigación de la acción recíproca entre el desarrollo
económico y social y la cosmovisión y forma artística que surge a partir de ese
desarrollo. Se presentan aquí numerosos problemas nuevos y poco analizados
hasta el momento: por ejemplo acerca de la base social de la separación en
géneros, de su aproximación entre sí, del nacimiento y muerte de los nuevos
elementos formales en este complejo proceso de efectos recíprocos. También en
esto nos parece nuestra obra fragmentaria, un mero comienzo, un ensayo. Estas
cuestiones prácticamente no se han planteado en el curso de la concretización
de la estética marxista. Pero es imposible crear una seria teoría marxista
sobre los géneros mientras nos afanemos por aplicar la teoría del reflejo de la
dialéctica materialista al problema de la diferenciación de los géneros. Al
igual que en el tratamiento teórico tuvimos que conformarnos también aquí con
señalar un intento de solución al problema. De este modo, no pretendemos
tampoco ofrecer una teoría acabada sobre las formas dramáticas y épicas, así
como en el campo de la historia no desea ser tomada esta obra como una
exposición completa del desarrollo de la novela y el drama históricos.
A pesar de su volumen, el libro no
es más que un intento, un ensayo, por así decir, un trabajo preparatorio para
la estética marxista y para el tratamiento materialista de la historia moderna
de la literatura. Esperamos que otros estudiosos prosigan la obra,
corrigiéndonos si así resultare necesario. Creemos, con todo, que en un campo
tan poco cultivado tiene su justificación aun un intento como el que ofrecemos.
Budapest, enero de 1965
PREFACIO
Esta monografía no pretende en
modo alguno ofrecer una historia completa de la novela histórica. Aparte de que
carecemos de verdaderos ensayos anteriores, no era ése nuestro objetivo.
Únicamente deseaba yo tratar las más importantes cuestiones de teoría, de
principio. Teniendo en cuenta el papel tan considerable que la novela histórica
desempeña tanto en la literatura de la URSS como en el Frente Popular
antifascista, una investigación de esta especie me parece ser tan
imprescindible como actual. Tanto más cuanto que la novela histórica de
nuestros días, con todo el talento de sus mejores representantes, sufre todavía
bajo los restos de la herencia nociva aún presentes de la decadencia burguesa.
Si se quieren revelar efectivamente estas deficiencias, el crítico tendrá que
dedicar su atención a los problemas de principio no sólo de la novela
histórica, sino de la literatura en general.
Pero la investigación teórica se
realiza aquí sobre una base histórica. La diferencia principal entre la novela
histórica de los clásicos y la de los decadentes, etc., tiene causas
históricas. Y en esta obra queremos justamente mostrar cómo la novela histórica
nació, se desarrolló, alcanzó su florecimiento y decayó como consecuencia
necesaria de las grandes revoluciones sociales de los tiempos modernos, y
mostraremos asimismo que sus diversos problemas formales son reflejos
artísticos precisamente de esas revoluciones histórico-sociales.
El espíritu de nuestro estudio es,
pues, histórico. Pero no por ello se espera alcanzar en él una historia
completa. Sólo se habla de los autores cuyas obras son en un determinado
aspecto representativas, que constituyen momentos cruciales típicos en la ruta
de la evolución de la novela histórica. El mismo principio de selección ha sido
determinante en la mención de críticos y estéticos anteriores y de poetas que
se han dedicado en forma teórica a la literatura. En ambos dominios me he
esforzado por mostrar que tampoco con referencia a la novela histórica se trata
de encontrar artificiosamente sutiles "novedades radicales", sino de
apropiarse, según nos ha enseñado Lenin, todo lo valioso de la evolución
anterior para elaborarlo con criterio propio. La actualidad y ejemplaridad de
los clásicos representa un problema central también para la novela histórica
contemporánea.
No es asunto mío juzgar en qué
medida logré cumplir com mi propósito. Sólo he querido comunicar con toda
claridad ese propósito a mis lectores, para que sepan de antemano lol que deben
esperar o no esperar de este libro.
Pero ya desde ahora debo señalarle
al lector una deficiencia que se debe a mi propio desenvolvimiento personal:
sólo he podido tratar la novela histórica rusa en la medida en que ha sido
traducida a otras lenguas. De ello resultan serias y dolorosas lagunas en la
historia. Pero al menos en cuanto a la literatura antigua me fue posible
referirme a las obras de la literatura rusa que han tenido decisiva importancia
universal. En cambio, de la literatura soviética no disponemos más que de
traducciones casuales que constituyen un material reducido y lleno de vacíos,
de modo que mi conciencia científica no me permite emitir juicios sobre una
base tan débil. A esto se debe mi renuncia al tratamiento de la novela
soviética, pero abrigo la esperanza de que aun así mis exposiciones puedan
aportarleí al lector soviético algunos datos para aclarar estos importantes
problemas, y espero particularmente que las mencionadas lagunas de mi trabajo
sean colmadas cuanto antes por otros investigadores.
Moscú, septiembre de 1937
CAPITULO 1
FORMA CLASICA
DE LA NOVELA HISTÓRICA
I. Las condiciones histórico-sociales del
surgimiento de la novela histórica
La novela histórica nació a
principios del siglo XIX, aproximadamente en la época de la caída de Napoleón.
(El Waverley de Walter Scott se publicó en 1814.) Desde luego que hay
novelas de tema histórico ya en los siglos xvii y xviii, y quien así lo desee
puede considerar como "precursoras" de la novela histórica las
elaboraciones de historia antigua y de mitos en la Edad Media, y remontarse aun
hasta China o la India. Pero en este recorrido no encontrará nada que pudiese
aclarar en algo fundamental el fenómeno de la novela histórica. Las llamadas
novelas históricas del siglo XVII (Scudéry, Calprenéde, etc.) son históricas
sólo por su temática puramente externa, por su apariencia. No sólo la
psicología de los personajes, sino también las costumbres descritas responden
por completo a la época del novelista. Y la más famosa "novela
histórica" del siglo XVIII, el Castle of Otranto (Castillo de
Otranto), de Walpole, trata igualmente la historia como algo meramente
superficial; lo que interesa aquí realmente es la curiosidad y excentricidad
del ambiente descrito, no la representación artísticamente fiel de un periodo
histórico concreto. A la llamada novela histórica anterior a Walter Scott le
falta precisamente lo específico histórico: el derivar de la singularidad
histórica de su época la excepcionalidad en la actuación de cada personaje. El
gran crítico Boileau, que juzgaba las novelas históricas de sus coetáneos con
mucho escepticismo, sólo concede importancia a la verdad social y psicológica
de los personajes; exige que un soberano ame de manera diferente a la de un
pastor, etc. La cuestión de la verdad histórica en la representación poética de
la realidad se halla todavía más allá de su horizonte.
Pero tampoco la gran novela social
realista del siglo XVIII que, al plasmar las costumbres y la psicología de su
época, revolucionó la historia universal de la literatura al aproximarse a la
realidad, planteó como problema la determinación temporal concreta de los
personajes creados. El presente se plasma con extraordinaria plasticidad y
autenticidad, pero se le acepta ingenuamente como algo dado: el escritor aún no
se pregunta por sus raices y las causas de su evolución. Este sentido abstracto
en la estructuración del tiempo histórico tiene también efecto en la plasmación
del lugar histórico. Lesage todavía puede trasladar sin reparos a España sus
muy verídicas descripciones de la Francia de su tiempo. Swift, Voltaire y aun
Diderot hacen desarrollarse sus novelas satíricas en un lugar y tiempo
indeterminados que, sin embargo, reflejan fielmente los principales rasgos de
la Inglaterra y Francia de sus días. O sea que estos escritores plasman las
características esenciales de su época con un realismo audaz y penetrante. Pero
no saben ver lo específico de su propia época desde un ángulo histórico. Esta
actitud fundamental no se altera en nada esencial por el avance cada vez más
intenso del realismo, que destaca los rasgos específicos del momento presente
con extraordinaria fuerza creadora. Recuérdense novelas como Moll Flanders,
Tom Jones, etc. En esta representación ampliamente realista de la
actualidad aparecen ocasionalmente algunos acontecimientos importantes de la
historia contemporánea y se combinan adecuadamente con los destinos de los
personajes. Con esto llega a concretarse, especialmente en Smollet y Fielding,
el tiempo y el lugar de la acción de un modo mucho más enérgico de lo que había
sido costumbre en el periodo anterior de la novela social y todavía entre los
franceses coetáneos. Fielding inclusive tiene una cierta conciencia de esta
práctica, de esta concretización de la novela orientada a captar la
singularidad histórica de las personas y situaciones plasmadas. El mismo se
considera, en cuanto escritor, un historiador de la sociedad burguesa.
En general, al analizarse esta
prehistoria de la novela histórica, se debe rechazar la leyenda
romántico-reaccionaria de que la época de la Ilustración carecía por completo
de todo sentido histórico y de toda comprensión de la historia, y de que apenas
los enemigos de la Revolución francesa —Burke, De Maistre, etc.— fueron los
inventores del sentido histórico. Basta con pensar en la formidable labor
histórica de Montesquieu, Voltaire, Gibbon y otros para enterrar esta leyenda.
Lo que a nosotros nos interesa es
concretar el carácter especial de este sentido para la historia antes y después
del periodo de la Revolución francesa para ver claramente sobre qué base social
e ideológica pudo surgir la novela histórica. Y debemos señalar aquí que la
historiografía de la Ilustración ha sido en su orientación esencial una
preparación ideológica de la Revolución francesa. La estructura de la historia,
que en ocasiones revela nuevos y grandiosos hechos y conexiones, sirve nara
demostrar la necesidad de una total renovación de la "irracional"
sociedad feudal absolutista para derivar de las experiencias históricas
aquellos principios con cuyo auxilio se pueda crear una sociedad
"racional", un estado "racional". A esto se debe que la
Antigüedad clásica se halle en el centro mismo de la teoría de la historia y de
la práctica de la Ilustración. El estudio de las causas de la grandeza y la
decadencia de los estados antiguos constituye una de las principales labores
teóricas preliminares para la ulterior transformación de la sociedad.
Esto se refiere ante todo a
Francia, guía intelectual del periodo de la Ilustración militante. La situación
en Inglaterra es algo distinta. La Inglaterra del siglo XVIII se encuentra
ciertamente en medio de un gigantesco proceso de transformación económica, en
el periodo en que se crean las condiciones económico-sociales de la Revolución
industrial, pero en el aspecto político es ya un país posrevolucionario. En el
dominio teórico y crítico de la sociedad burguesa, en la elaboración de los
principios de la economía política desempeña un papel más importante que en
Francia la plasmación concreta de la historia en cuanto historia. Pero la
conciencia y la consecuente aplicación de tales puntos de vista específicamente
históricos no dejan de ser episódicas para la evolución global. A fines del
siglo XVIII, el teórico economista que realmente domina el pensamiento de su
época es Adam Smith. James Steuart, que presenta el problema de la economía
capitalista en una forma mucho más histórica, y que investiga el proceso de la
formación del capital, cae muy pronto en el olvido. Marx caracteriza la
diferencia entre estos dos notables economistas con las palabras siguientes:
"El mérito [de Steuart para la comprensión del capital se basa en la
demostración de cómo se produce el proceso de separación entre las condiciones
de la producción como propiedad de determinadas clases y la mano de obra. Se
ocupa mucho de este proceso de la formación del capital —sin
comprenderlo todavía directamente como tal—, si bien lo considera como
condición de la gran industria; observa el proceso inte todo en la agricultura:
y sólo a través de este proceso de separación en la agricultura surge
propiamente, en su opiniónj la industria de manufactura en cuanto tal. Este
proceso de separación aparece en el pensamiento de Adam Smith come un hecho ya
concluso." Esta inconsciencia sobre el alcance del sentido histórico, de
hecho existente, sobre la posibilidad de generalizar la peculiaridad histórica
del presente inmediato instintivamente observada con toda precisión caracteriza
la posición que ocupa la gran novela social inglesa en el desarrollo de nuestro
problema. Ha llamado la atención de los escritores sobre el significado
concreto (es decir, histórico) de tiempo y lugar, de las condiciones sociales,
etc., y ha creado los medios literarios realistas de expresión para dar forma a
esta peculiaridad; espacio-temporal (o sea histórica) de los hombres y de las
circunstancias. Pero esto, al igual que en la teoría económica de Steuart, ha
sucedido por instinto realista y no llegó a elevarse a una visión clara de la
historia como proceso, de la historia como condición previa, concreta, del
momento presente.
Sólo en el último periodo de la
Ilustración se presenta el problema del reflejo artístico de épocas pasadas
como un problema central de la literatura. Esto sucede en Alemania. Cierto que
la ideología de la Ilustración alemana se mueve al comienzo en las sendas de la
ideología francesa e inglesa; las grandes obras de Winckelmann y Lessing no se
apartan en lo esencial de la línea general de desarrollo de la Ilustración.
Lessing, acerca de cuyas importantes aportaciones para esclarecer el problema
del drama histórico haremos más adelante una detallada referencia, determina
todavía la relación del poeta con la historia en el sentido de la filosofía de
la Ilustración. Piensa que la historia no es para el gran dramaturgo otra cosa
que un "repertorio" de nombres.
Mas poco después de Lessing
aparece en el "Sturm una Drang" con plena conciencia el problema del
dominio poético de la historia. El Götz von Berlichingen de Goethe no
solamente inicia un nuevo florecimiento del drama histórico, sino que ejerce
también una influencia inmediata y vigorosa en la creación de la novela
histórica con Walter Scott. Esta consciente intensificación del historicismo,
que recibe su primera expresión teórica en los escritos de Herder, tiene sus
raíces en la muy particular situación de Alemania, en la discrepancia existente
entre el atraso político-económico de este país y la ideología de los
ilustrados alemanes que, apoyados en sus precursores ingleses y franceses,
llevaron a una mayor altura las ideas iluministas. Debido a esto resaltan con
mucha mayor evidencia que en Francia las contradicciones inherentes a toda la
ideología de la Ilustración y pasa a primer plano con toda energía la oposición
específica entre estas ideas y la realidad alemana.
En Inglaterra y en Francia, la
preparación y realización económica, política e ideológica de la revolución
burguesa y la constitución de los estados nacionales constituyen un solo
proceso. El patriotismo burgués revolucionario será lo intenso que se quiera y
habrá producido obras sin duda importantes (como la Henriade de
Voltaire), pero al orientarse hacia el pasado necesariamente tuvo que
predominar la crítica ilustrada de lo "irracional". El caso de
Alemania es bien distinto. El patriotismo revolucionario se topa aquí con el
desgarramiento nacional, con la desintegración política y económica del país,
cuya expresión ideológica y cultural es un producto importado de Francia. Pues
todo lo que se producía en las pequeñas cortes alemanas en el campo de la cultura,
ante todo de la pseudocultura, no era más que una servil imitación de la corte
francesa. Las cortes pequeñas no solamente fueron un obstáculo político para la
unidad alemana, sino que obstruyeron también ideológicamente la evolución de
una cultura que provenía de las necesidades de la vida burguesa alemana. La
forma alemana de la Ilustración tuvo que enfrentarse forzosamente con acerbas
polémicas a esa cultura francesa, y conservó esta nota de patriotismo
revolucionario inclusive allí donde el contenido esencial de la lucha
ideológica representa la oposición entre diversas etapas de desarrollo de la
Ilustración (así, la lucha de Lessing contra Voltaire).
Resultado necesario de esta
situación fue el retorno a la historia alemana. La esperanza de un renacimiento
nacional toma sus fuerzas parcialmente de la resurrección de la pasada grandeza
nacional. La lucha por esta grandeza nacional exige la investigación y
representación artística de las causas históricas de la decadencia y ruina de
Alemania. En los siglos precedentes, Alemania había sido un mero objeto de
transformaciones históricas, pero ahora hace en ella su aparición la
historización del arte antes y con mayor radicalidad que en el resto de los
países occidentales, más desarrollados tanto en lo económico como en lo
político.
Fue la Revolución francesa, la
lucha revolucionaria, el auge y la caída de Napoleón lo que convirtió a la
historia en una experiencia de masas, y lo hizo en proporciones
europeas. Durante las décadas que van de 1789 a 1814, cada una de las naciones
europeas atravesó por un mayor número de revoluciones que las sufridas en
siglos. Y la rápida sucesión de estas transformaciones confiere a los cambios
un carácter cualitativo muy peculiar, borra la impresión general de que se
trata de "fenómenos naturales", hace visible el carácter histórico de
las revoluciones con mucha mayor claridad de lo que suele suceder al tratarse
de un caso aislado. Para sólo mencionar un ejemplo, recuérdense las memorias de
juventud de Heine en su Buch Le Grand (Libro Le Grand), en que describe
plásticamente la influencia que el rápido cambio de gobiernos ejerció en él
cuando joven. Y si tales experiencias se combinan con el conocimiento de que
parecidas revoluciones ocurren por doquiera en todo el mundo, resulta muy
comprensible el extraordinario fortalecimiento de la idea de que hay una
historia, de que esa historia es un ininterrumpido proceso de los cambios, y,
finalmente de que esta historia interviene directamente en la vida del
individuo.
Este tránsito de los cambios
cuantitativos a cualitativos aparece también en la singularidad de estas
guerras comparadas con todas las anteriores. Las guerras de los estados
absolutistas de la época prerrevolucionaria habían sido realizadas por pequeños
ejércitos profesionales. La práctica bélica tendía a aislar al ejército lo más
posible de la población civil. (Abastecimiento de las tropas por depósitos
especiales, el temor a la deserción, etc.) No en vano expresó Federico II de
Prusia la idea de que una guerra debía llevarse a cabo de tal modo que la
población civil ni se enterara de ella. El lema de las guerras del absolutismo
rezaba: "La tranquilidad es el primer deber ciudadano.”
Esta situación cambia de golpe con
la Revolución francesa. En su lucha de defensa contra la coalición de las
monarquías absolutas, la República Francesa se vio forzada a crear ejércitos de
masas. Y la diferencia entre un ejército mercenario y uno de masas es
precisamente cualitativa en lo que respecta a la relación con las masas de la
población. Cuando no se trata de reclutar pequeños contingentes de déclassés
para un ejército profesional (o de obligar a ciertos grupos a enrolarse), sino
de crear un ejército de masas, el significado y el objetivo de la guerra deben
explicarse a las masas por vías propagandísticas. Esto no sucede sólo en
Francia durante los tiempos de la defensa revolucionaria y de las posteriores
guerras de ofensiva. También los otros estados se ven obligados a emplear este
medio cuando pasan a formar ejércitos de masas. (Piénsese en el papel de la
literatura y filosofía alemanas en esta propaganda que siguió a las batallas de
Jena.) Pero la propaganda no puede de ningún modo limitarse a una guerra única
y aislada. Tiene que develar el contenido social y las condiciones y
circunstancias históricas de la lucha; tiene que establecer un nexo entre la
guerra y toda la vida, entre la guerra y las posibilidades de desenvolvimiento
de la nación. Basta con que señalemos la significación que tiene la defensa de
las adquisiciones de la Revolución en Francia, el nexo entre la creación de un
ejército de masas y las reformas políticas y sociales en Alemania y en otros
países.
La vida interna del pueblo guarda
con el moderno ejército de masas una relación muy diferente de la que podía
tener con los ejércitos absolutistas de periodos pasados. En Francia se
derrumba el muro estamental que diferenciaba al oficial noble de sus soldados:
el ascenso hasta los más altos puestos militares le es posible a cualquiera, y
es bien sabido que fue precisamente la Revolución la que permitió que así
fuese. También en los países que combatieron la Revolución es inevitable que,
por lo menos, se abran considerables brechas en ese muro. Basta con leer los
escritos de Gneisenau para reconocer la clara conexión que existe entre estas
reformas y la nueva situación histórica creada por la Revolución francesa. A
esto se añade que también durante la guerra misma se tienen que desplomar los
muros que separaban al ejército del pueblo. El abastecimiento basado en
despensas es algo imposible para un ejército de masas. Puesto que se abastece
por requisa, no puede evitarse que entre en contacto inmediato y continuo con
la población del país en que se desenvuelve la guerra. Cierto que este contacto
consiste frecuentemente en robo y saqueo. Pero no siempre. Y no debe olvidarse
que las guerras de la Revolución y en parte también las de Napoleón fueron
emprendidas conscientemente como guerras de propaganda.
Pero también la enorme extensión
cuantitativa de las guerras juega un nuevo papel cualitativo y aporta una
extraordinaria ampliación del horizonte. Mientras las guerras de los ejércitos
mercenarios del absolutismo consistían casi siempre en mezquinas maniobras
alrededor de fortalezas, etc., el escenario bélico se extiende ahora por toda
Europa. Los campesinos franceses combaten primero en Egipto, luego en Italia,
después en Rusia; tropas auxiliares alemanas e italianas toman parte en la
campaña contra Rusia, y tropas alemanas y rusas entran en Paría después de la
caída de Napoleón, etc. Las experiencias que antes eran exclusivas de unos
cuantos individuos, generalmente de espíritu aventurero —a saber, el viajar por
Europa o pon partes del Continente— se convierte en este periodo en experiencia
de masas, de cientos de miles, de millones de personas.
Así se crean las posibilidades
concretas para que los individuos perciban su propia existencia como algo
condicionado históricamente, para que perciban que la historia es algo que
interviene profundamente en su vida cotidiana, en sus intereses inmediatos.
Sobra hablar aquí de las transformaciones sociales que vivió la propia Francia.
Es bien evidente la proporción en que los cambios grandes y de rápida sucesión
sufridos en esta época alteraron radicalmente la existencia económica y
cultural del pueblo entero. Pero sí debemos señalar que los ejércitos de la
Revolución y más tarde los de Napoleón liquidaron total o parcialmente los
restos de feudalismo que aún imperaban en muchas de las regiones conquistadas,
por ejemplo en el Rhin y en el norte de Italia. El contraste social y cultural
del país del Rhin respecto al resto de Alemania, y que todavía en la Revolución
de 1848 se hace sentir palpablemente, es herencia de la época napoleónica. Y el
nexo que guardan estas transformaciones sociales con la Revolución francesa es
consciente para amplias capas de la población. Permítasenos recordar tambien
aquí algunos reflejos literarios. Además de las memorias de juventud de Heine
resulta muy instructiva la lectura de los primeros capítulos de La
Chartreuse de Parme (La Cartuja da Parma) de Stendhal para observar la
indeleble influencia provocada por el dominio francés en el norte de Italia.
Cuando una revolución burguesa es
llevada seriamente hast el fin, forma parte esencial de ella el hecho de que la
idea nacional se convierta en patrimonio de las grandes masas. Sólo a
consecuencias de la Revolución y de las guerras napoleónicas llegó a ser el
sentimiento nacional una vivencia y posesión de campesinado, de los estratos
inferiores de la pequeña burguesíal etc. No fue sino esta Francia la que
experimentaron como su país propio, como su patria creada por ellos mismos.
Pero el despertar del sentimiento
nacional y, junto con él, del sentido y comprensión de la historia nacional no
es un fenómeno que se haya dado únicamente en Francia. Las guerras napoleónicas
provocan por doquier una ola de sentimientos nacionales, de oposición nacional
contra las conquistas de Napoleón, en suma: una ola de entusiasmo por la
autonomía nacional. Tales movimientos son ciertamente, en la mayoría de los
casos, una mezcla de "regeneración y reacción", para emplear palabras
de Marx. Así es en España, en Alemania y en otras partes. La lucha por la
independencia de Polonia, la llamarada del sentimiento nacional polaco, en
cambio, es progresista en su tendencia. Pero sea cual fuere la mezcla de
"regeneración y reacción" en los diversos movimientos nacionales, lo
cierto es que estos movimientos, que fueron verdaderamente de masas, tuvieron
que verter en las amplias masas el sentido y la vivencia de la historia. La
invocación de independencia e idiosincrasia nacional se halla necesariamente
ligada a una resurrección de la historia nacional, a los recuerdos del pasado,
a la pasada magnificencia, a los momentos de vergüenza nacional, no importa que
todo ello desemboque en ideologías progresistas o reaccionarias.
En esta experiencia de masas se
relaciona por un lado el elemento nacional con los problemas de la
transformación social, y por el otro se tiene conciencia en círculos cada vez
más amplios del nexo que existe entre la historia nacional y la historia
universal. Esta creciente conciencia del carácter histórico del desarrollo
comienza a hacerse patente también en el enjuiciamiento de las condiciones
económicas y de las luchas de clase. En el siglo XVIII no fueron sino unos
pocos críticos aislados, de paradójico ingenio, quienes en sus juicios sobre el
naciente capitalismo compararon la explotación del trabajador por el capital
con formas de explotación típicas de épocas anteriores, para concluir que el
capitalismo era la forma más inhumana de explotación (Linguet). En la lucha
ideológica contra la Revolución francesa, el romanticismo legitimista se sirve
como grito de batalla de una parecida comparación reaccionaria y tendenciosa
—aunque más superficial en lo económico— entre la sociedad antes y después de la
Revolución, y más ampliamente entre el capitalismo y el feudalismo. La
inhumanidad del capitalismo, el caos de la competencia, el aniquilamiento de
los pequeños por los grandes, la humillación de la cultura por haberse
convertido todo en mera mercancía, todo ello se contrasta, generalmente en
forma reaccionaria y tendenciosa, con el idilio social de la Edad Media,
presentada como el periodo de la pacífica cooperación de todas las clases, como
la época del crecimiento orgánico de la cultura. Pero si bien en estos escritos
polémicos suele predominar la tendencia reaccionaria, no debe olvidarse sin
embargo, que es justamente en estos años cuando surge por vez primera la idea
del capitalismo en cuanto periodo histórico determinado de la evolución de la
humanidad; y esta idea no sólo aparece entre los grandes teóricos del
capitalismo, sino también entre sus opositores. Basta con hacer referencia a
Sismondi, quien a pesar de la confusión teórica de sus planteamientos
principales, ha presentado con gran lucidez algunos problemas aislados del
desarrollo económico. Piénsese en su formulación acerca de que en la Antigüedad
el proletariado había vivido a costa de la sociedad, mientras que en los
tiempos modernos es la sociedad la que vive a costa del proletariado.
Ya con estas breves observaciones
puede verse que las tendencias a hacer consciente la historicidad alcanzó su
punto culminante en el periodo que sucedió a la caída de Napoleón, es decir, en
la época de la Restauración, de la Santa Alianza. Cierto que el espíritu
historicista que llegó a predominar y a convertirse en oficial fue reaccionario
y, en esencia, pseudohistórico. La concepción de la historia, los escritos
periodísticos y la literatura del legitimismo desarrollan el espíritu histórico
en crasa oposición a la Ilustración y a las ideas de la Revolución francesa. El
ideal del legitimismo radica en un retorno a la situación anterior a la
Revolución francesa, es decir, en eliminar de la historia el máximo
acontecimiento de la época.
En este sentido, la historia viene
a ser un crecimiento "orgánico", tranquilo, imperceptible, natural.
En otras palabras: una evolución de la sociedad que es, en el fondo, una
quietud que nada altera en las honorables y legítimas instituciones de la
sociedad y que, ante todo, no altera en ellas nada conscientemente. La
actividad del hombre en la historia debe ser eliminada totalmente. La escuela
histórica alemana de Derecho inclusive sostiene que los pueblos no tienen
derecho a darse nuevas leyes, y propone que las viejas y variadas leyes
consuetudinarias del feudalismo sigan su "crecimiento orgánico".
En este terreno nace, pues, un
pseudohistoricismo, una ideología de la inmovilidad, del retorno a la Edad
Media; y esta tendencia crece bajo la bandera del historicismo, de la polémica
contra el espíritu "abstracto" y "no histórico" de la
Ilustración. La evolución histórica se acomoda sin escrúpulos a los intereses
de estos objetivos políticos reaccionarios, y la mentira interna de la
ideología reaccionaria alcanza alturas aún mayores por el hecho de que en
Francia la Restauración se ve forzada económicamente a aceptar socialmente al
capitalismo, que para entonces ya había llegado a ser adulto; inclusive se vio
en la necesidad de apoyarse en él parcialmente, tanto en el aspecto económico
como en el político. (Es similar la situación de los gobiernos reaccionarios en
Prusia, Austria, etc.) Y es sobre esta base sobre la que se ha de escribir de
nuevo la historia. Chateaubriand se esfuerza en revisar la historia antigua y
rebajar con ello históricamente el viejo modelo revolucionario del periodo
jacobino y napoleónico. Tanto él como otros pseudohistoriadores de la reacción
crean una engañosa imagen idílica de la insuperada sociedad armoniosa de la
Edad Media. Esta concepción histórica del Medievo será decisiva para la
plasmación de la época feudal en la novela romántica de la Restauración. No
obstante esta mediocridad ideal del pseudohistoricismo legitimista, el efecto
que tuvo fue extraordinariamente profundo. Desde luego, es una expresión
tergiversada y mendaz del gran periodo de transformación que se inició con la
Revolución francesa, pero debemos reconocer que también es una expresión
históricamente necesaria. La nueva etapa del desarrollo, que comienza con la
Restauración, obliga a los defensores del progreso humano a crear una nueva
armadura ideológica. Hemos visto cómo la Ilustración ha arremetido con
desconsiderada energía contra la legitimidad histórica de los residuos
feudales, así como contra su continuidad. Hemos observado igualmente que el
legitimismo; posrevolucionario ha defendido como contenido de la historia
justamente la conservación de esos residuos. La defensa del progreso después de
la Revolución francesa forzosamente tenía que llegar a una concepción que
demostrara la necesidad histórica de la Revolución francesa, que
aportara las pruebas de que ésta había sido la culminación de una evolución
histórica larga y paulatina, y no un repentino trastorno de la conciencia
humana ni tampoco una "catástrofe natural" (Cuvier) en la historia de
la humanidad, y que el desenvolvimiento futuro de ésta sólo se podría mover en
esa dirección.
Con ello, la concepción del mundo
se alteró radicalmente en comparación con la Ilustración, especialmente en lo
que respecta a la idea del progreso humano. El progreso no se conceptúa ya como
una lucha esencialmente ahistórica de la razón humana contra la irracionalidad
feudal absolutista. La racionalidad del progreso humano se explica cada vez más
por las oposiciones internas de las fuerzas sociales en la historia misma, es
decir, la propia historia ha de ser portadora y realizadora del progreso
humano. Lo más importante aquí es la creciente conciencia histórica acerca del
decisivo papel que desempeña la lucha de las clases en la historia para el
progreso histórico de la humanidad. El nuevo espíritu de la historiografía, más
visible en los importantes historiadores franceses de la Restauración, se
centra precisamente en la cuestión de cómo aportar pruebas históricas para el
hecho de que la moderna sociedad burguesa ha nacido de las luchas de clase
entre la nobleza y la burguesía, de las luchas de clase que hicieron verdaderos
estragos a lo largo de toda la "idílica Edad Media", y cuya última
etapa decisiva había sido la Revolución francesa. De estas ideas surge por
primera vez un intento de distinguir periodos racionales en la historia; es un
intento por comprender racional y científicamente la peculiaridad histórica del
presente y su origen. El primer paso de gran aliento hacia una periodización lo
da ya en medio de la Revolución francesa Condorcet con su capital obra
histórico-filosófica. Sus ideas se van desarrollando en el periodo de la
Restauración hasta alcanzar una elaboración científica. En las obras de los
grandes utopistas, la periodización de la historia incluso llega a rebasar el
horizonte de la sociedad burguesa. Y aunque este paso más allá de los umbrales
del capitalismo desemboca en veredas fantásticas, lo cierto es que su
fundamentación científica y crítico-histórica se halla ligada, como en Fourier,
a una destructiva crítica de las contradicciones de la sociedad burguesa. En
Fourier se presenta con tal claridad la interna contradicción de la imagen
capitalista que, no obstante sus fantásticas ideas acerca del socialismo y de
los caminos que conducen a él, la idea del carácter histórico transitorio de
esta sociedad se muestra a nuestra mirada ya próxima y con claridad.
Esta nueva etapa de la defensa
ideológica del progreso humano encontró su expresión filosófica en el
pensamiento de Hegel. El problema histórico central era, según vimos, demostrar
la necesidad de la Revolución francesa y que esta Revolución y su desarrollo
histórico no representa una oposición, segur pretendían los apologistas del
legitimismo feudal. La filosofía hegeliana ofrece la fundamentación filosófica
para esta concepción histórica; la ley universal de la transformación de la
cantidad en cualidad, descubierta por Hegel, constituye, desde un punto de
vista histórico, una metodología filosófica para comprender que las
revoluciones son elementos orgánicos y necesarios de la evolución y que una
evolución auténtica sin un "calibre de las proporciones" es imposible
en la realidad y es filosóficamente impensable.
Sobre esta base se disuelve
filosóficamente la concepción del hombre creada por la Ilustración. Pues el
mayor obstáculo para comprender la historia consistía en el hecho de que la
Ilustración consideraba como inalterable la esencia del ser humano, de manera
que cualquier cambio en el curso de la historia no era, en casos extremos, más
que un cambio del disfraz y, por lo general, una mera elevación y caída moral
del mismo hombre. La filosofía hegeliana extrae todas las consecuencias del
nuevo historicismo progresista. Tiene al hombre por producto de sí mismo, de su
propia actividad en la historia. Y si bien este proceso histórico parece
idealistamente colocado de cabeza, si bien su portador se mistifica hasta
convertirlo en un "espíritu universal", lo cierto es que Hegel
conceptúa también a este espíritu universal como corporeización de la
dialéctica del desarro-lio histórico. "Así, el espíritu en ella (en la
historia) está en contra de sí mismo, tiene que vencerse a sí mismo por ser el
verdadero obstáculo hostil a su fin: la evolución... es en el espíritu... una
dura e incesante lucha contra sí misma. Lo que quiere el espíritu es alcanzar
su propio concepto, pero él mismo lo oculta y se muestra orgulloso y satisfecho
en esta enajenación de sí mismo... La estructura espiritual es algo distinto
(que la naturaleza); aquí el cambio se efectúa no solamente en la superficie
sino en el concepto. Es el concepto mismo el que se corrige". Hegel ofrece
con esto una certera caracterización, sin duda idealista y abstracta, de la
nueva orientación ideológica de su tiempo. El pensamiento de las épocas
anteriores oscilaba dentro de la antinomia cuyos términos eran una concepción
fatalista y legal de todo suceder histórico y una sobrevaloración de las
posibilidades de intervenir conscientemente en la evolución de la sociedad.
Pero ambos términos de la antinomia se subordinaban a principios
"suprahistóricos", procedentes de la "eterna" esencia de la
"razón". Hegel, en cambio, considera la historia como un proceso
movilizado de un lado por las fuerzas motrices internas de la historia, y cuyo
efecto, por el otro, se extiende a todos los fenómenos de la vida humana,
incluido el pensamiento. Considera la totalidad de la vida humana como un gran
proceso histórico. Con esto advino, tanto en el aspecto histórico concreto como
en el filosófico, un nuevo humanismo, un nuevo concepto del progreso. Es un
humanismo deseoso de conservar los logros de la Revolución francesa como base
imperecedera de la futura evolución humana, un humanismo que tiene la
Revolución francesa (y las revoluciones en la historia en general) por elemento
constitutivo e imprescindible del progreso humano. Sin duda, este nuevo
humanismo histórico es también hijo de su época y no puede rebasar su
horizonte, a no ser que lo haga en formas fantásticas, como de hecho lo vemos
en los grandes utopistas. Los humanistas burgueses importantes de esta época se
encuentran en la paradójica situación de comprender la necesidad del las
revoluciones en el pasado y aceptarlas como fundamento de todo lo racional y
positivo que hay en el presente, pero al propio tiempo de conceptuar el
desarrollo futuro como una tranquila evolución basada en esos logros. Según
expone tan acertadamente M. Lifschitz en su artículo sobre la estética
hegeliana, buscan lo positivo en el nuevo orden universal creado por la
Revolución francesa, y creen que para una definitiva realización de lo positivo
no se requiere ya otra revolución.
Esta concepción del último periodo
humanista burgués, sobresaliente tanto en lo filosófico como en lo poético,
nada tiene que ver con la huera y trivial apologética del capitalismo que se
inició poco después y, en parte, contemporáneamente a ese periodo. Se funda en
una investigación y revelación honrada y sin compromisos de todas las
contradicciones del progreso; no se arredra ante ninguna crítica del presente.
Y si bien no es capaz de sobrepasar conscientemente las limitaciones
espirituales de su época, la continua experiencia de las contradicciones de la
propia situación histórica arroja una oscura sombra sobre la entera concepción
de la historia. Este sentimiento de que, contrariamente a las proclamaciones de
un infinito progreso pacífico pronunciadas por pensadores de tendencia
histórico-filosófica, la humanidad está viviendo un último irremplazable
florecimiento espiritual, se manifiesta en los más significativos
representantes de ese periodo, si bien en las formas más diversas y de acuerdo
con su carácter inconsciente. Por el mismo motivo, el aspecto afectivo es muy
similar en todos ellos. Podemos mencionar así la teoría de la "renuncia'
del viejo Goethe, el "buho de Minerva" de Hegel, que inicia su vuelo
sólo cuando ha comenzado a anochecer, los ambientes "apocalípticos"
de Balzac, etc. No fue sino la Revolución de 1848 la que obligó a los
representantes supervivientes de esta época a elegir entre el reconocimiento de
la perspectiva del nuevo periodo evolutivo de la humanidad, para concordar con
ella (aunque ello implicase un trágico desgarramiento del alma, como en Heine),
y la caída hacia el apologetismo del capitalismo decadente, tal como mostró
críticamente Marx en el caso de personajes tan extraordinarios como fueron
Guizot y Carlyle, inmediatamente después de esa Revolución.
II. Walter Scott
Sobre estos cimientos históricos
surgió en la producción de Walter Scott la novela histórica. Pero de ningún
modo se debe comprender esta relación en el sentido de la "historia del
espíritu" idealista. Esta propondría perspicaces hipótesis acerca de cómo
ciertas ideas de Hegel llegaron, por una serie de rodeos, hasta Scott; o dónde
y en qué escritor olvidado se pueden encontrar las fuentes comunes del
historicismo de Scott y Hegel. Lo cierto es que Walter Scott no conocía la
filosofía hegeliana, y de haber llegado a tenerla entre manos, lo más probable
es que no hubiese entendido una palabra. El nuevo concepto de la historia del
gran historiador de la Restauración inclusive llega a publicarse después de sus
obras y ha recibido influencias de ellas en ciertos planteamientos. La moda
filosófico-filológica de husmear para descubrir aisladas
"influencias" es tan estéril para la historiografía como lo es el
viejo husmeo filológico para rastrear los influjos de un escritor sobre otro.
En el caso de Scott se hizo muy de moda enunciar toda una serie de escritores
de segundo y tercer rango (Ratcliffe, etc.) como supuestos precursores
literarios importantes de Scott. Todo esto no nos acerca en un ápice a la
comprensión de la novedad en el arte de Walter Scott, justamente en la
novela histórica.
Hemos intentado bosquejar el marco
general de las transformaciones político-económicas que se produjeron a
consecuencias de la Revolución francesa en toda Europa; asimismo, esbozamos
brevemente en los comentarios anteriores sus efectos ideológicos. Estos
acontecimientos, esta revolución del ser y de la conciencia del hombre en
Europa constituyen la base económica e ideológica para la creación de la novela
histórica de Walter Scott. Los datos biográficos de los motivos aislados por
los que Scott llegó a ser consciente de esas corrientes nada ofrecen de
importante a la verdadera historia de la creación de la novela histórica. Tanto
menos cuanto que Scott se encuentra entre esos grandes escritores cuya
profundidad se expresa preponderantemente en sus creaciones artísticas,
profundidad que ellos mismos no entienden con frecuencia porque proviene de una
auténtica plasmación realista de la materia, que en muchos puntos se opone a
sus concepciones y prejuicios personales.
La novela histórica, de Scott es
una continuación en línea recta de la gran novela social realista del siglo
XVIII. Los estudios que Scott escribió sobre estos escritores, generalmente sin
profundizar mucho en el aspecto teórico, muestran un cabal conocimiento y una
intensa dedicación. Pero sus propias creaciones significan algo enteramente
nuevo si las comparamos con esa literatura. Sus grandes contemporáneos
reconocieron claramente esta novedad. Así, Pushkin escribe: "...La
influencia de Walter Scott se hace sentir en todos los campos de la literatura
de su época. La nueva escuela de los historiadores franceses se formó bajo la
influencia del novelista Scott. Este les reveló fuentes completamente nuevas,
hasta ese momento desconocidas a pesar de la existencia del drama histórico
creado por Shakespeare y Goethe..." Y Balzac destaca en su crítica de La
Chartreuse de Parme de Stendhal los nuevos rasgos artísticos que la novela
de Walter Scott había introducido en la literatura épica: la extensa
descripción de las costumbres y de las circunstancias que rodean los
acontecimientos, el carácter dramático de la acción y, en estrecha relación con
esto, el nuevo e importante papel del diálogo en la novela.
No se debe al azar el hecho de que
este nuevo tipo de novela haya surgido precisamente en Inglaterra. Al tratar la
literatura del siglo XVIII señalamos ya algunos importantes rasgos realistas de
la novela inglesa de esos años, caracterizándolos como consecuencias necesarias
del aspecto posrevolucionario del desarrollo alcanzado por entonces por
Inglaterra en contraposición a Francia y Alemania. Y ahora, en una época en que
toda Europa incluidas sus clases progresistas y sus ideologías, se ve dominada,
aunque sea pasajeramente, por una ideología posrevolucionaria, es natural que
estos rasgos se destaquen en Inglaterra con mayor nitidez todavía. Pues para la
mayoría de los ideólogos continentales, Inglaterra es ahora nuevamente el país
ejemplar del desarrollo, aunque en un sentido distinto que en el siglo XVIII.
En éste, la realización de las libertades burguesas tuvo un influjo
paradigmático en los ilustrados continentales. En cambio ahora, el ideólogo
historicista del progreso ve en Inglaterra el ejemplo clásico de la evolución
histórica en su sentido. El hecho de que Inglaterra hubiese llevado a cabo su
revolución burguesa en el siglo XVII y de que desde entonces, basándose en los
logros de esa revolución, hubiese vivido durante todo un siglo en una pacífica
y progresista evolución, convirtió a este país en el modelo práctico para el
nuevo estilo de la concepción histórica. La "gloriosa revolución" de
1688 también se les presentaba como ideal a los ideólogos burgueses que
combatían la Restauración en nombre del progreso.
Por otra parte, los honrados
escritores que observaban con perspicacia los hechos del desarrollo económico,
tenían que darse cuenta, como Walter Scott, de que este desarrollo pacífico
había sido pacífico únicamente en cuanto ideal de una concepción histórica y a
vista de pájaro, típica de una filosofía de la historia. El carácter orgánico
de la evolución inglesa es una mera resultante compuesta de ininterrumpidas
luchas de clase y su manifestación en menores o mayores levantamientos
sangrientos, algunos efectuados con éxito, otros destinados al fracaso. Las
enormes transformaciones políticas y sociales de los decenios anteriores
despertaron también en Inglaterra el sentido histórico, la conciencia de la
evolución histórica.
La relativa estabilidad del
desarrollo inglés en este periodo tempestuoso comparado con el del Continente
ofreció la posibilidad de resumir el nuevo sentido histórico en una generosa
plasmación de épica objetividad. Esta objetividad recibe un mayor aliento
todavía por el conservadurismo de Walter Scott, quien debido a su concepción
del mundo se halla estrechamente ligado a los estratos sociales que fueron
arrojados a la perdición por el rápido desarrollo del capitalismo. Scott no se
encuentra entre los [entusiastas admiradores de este desarrollo, pero tampoco
entre sus apasionados y patéticos acusadores. Mediante un estudio histórico de
la evolución inglesa total trata de encontrar un camino "medio" entre
ambos extremos combatientes. En la historia inglesa encuentra el consuelo de
que aun las más violentas idas y venidas de las luchas de clase siempre habían
desembocado en una gloriosa y tranquila "línea media". Así, de la
lucha entre sajones y normandos se formó el pueblo inglés, que no es normando
ni sajón; a la sangrienta guerra entre la Rosa blanca y la Rosa roja siguió el
"glorioso" régimen de la dinastía Tudor, especialmente el gobierno de
la reina Isabel; y las luchas de clase que hallaron su expresión en la
Revolución de Cromwell terminaron tras largas vacilaciones y numerosas guerras
civiles en la "gloriosa revolución" de la actual Inglaterra.
La concepción de la historia
inglesa en las novelas de Walter Scott ofrece, pues, una perspectiva implícita
para la evolución futura en el sentido de su autor. No es difícil ver que esta
perspectiva es en muchos aspectos afín al resignado "positivismo" de
los grandes pensadores, eruditos y poetas continentales de esta época. Walter
Scott es uno de aquellos honestos tories de la Inglaterra de esos años
que no hermosean el desarrollo del capitalismo, que no sólo se percatan de la
infinita miseria en qua vive el pueblo y que es resultado de la desintegración
de la antigua Inglaterra, sino que se compadecen de ella, pero que debido a su
conservadurismo no presentan una oposición violenta a los rasgos del nuevo
desarrollo rechazados por ellos. Walter Scott rara vez llega a hablar de su
propia época. No plante en sus novelas los problemas sociales de su presente
inglés ni analiza la creciente agudización de la lucha de clases entre
burguesía y proletariado. En la medida en que es capaz de responderse a sí mismo
estas cuestiones, lo hace a través de rodeos plasmando literariamente las
principales etapas de la historir de Inglaterra en su totalidad.
Paradójicamente, la grandeza de
Scott está en íntima relación con su conservadurismo, en buena parte estrecho.
Busca el "camino medio" entre los extremos y se afana por mostrar
poéticamente la realidad histórica de este camino, basándose para ello en la
elaboración literaria de las grandes crisis de la historia inglesa. Esta
tendencia fundamental de su obra se manifiesta inmediatamente en su manera de
inventar la fábula en el modo en que elige la figura central. El
"héroe" de las novelas de Scott es siempre un gentleman inglés
del tipo medio Posee generalmente una cierta inteligencia práctica, nunca
extraordinaria, una cierta firmeza moral y decencia que llega en ocasiones a la
disposición del autosacrificio, pero sin alcanzar jamás una pasión arrobadora
ni tampoco una entusiasta dedicación a una gran causa. No solamente los
Waverley, Morton, Osbaldiston, etc., son correctos y honestos representantes
promedio de la pequeña nobleza inglesa, sino también el "romántico"
caballero medieval Ivanhoe.
Críticos posteriores, por ejemplo
Taine, reprocharon acremente esta elección del héroe; tomaban a éste por un
síntoma de la propia mediocridad de Walter Scott en cuanto poeta. Pero
justamente lo contrario es cierto. En esta construcción de sus novelas
alrededor de un "héroe" mediocre, correcto pero no propiamente
heroico, se expresa con la mayor claridad el extraordinario y revolucionario
talento épico de Scott, si bien en el aspecto psicológico y biográfico es muy
probable que en la selección de sus héroes jueguen un papel preponderante sus
propios y personales prejuicios conservadores y de pequeño noble.
Pero lo que se manifiesta en ello
primordialmente es una renuncia al romanticismo, una superación del
romanticismo, una elevación, muy propia de la época, de las tradiciones
literarias del realismo correspondientes al periodo de Ilustración. Por
oposición a la denigrante y niveladora prosa del naciente capitalismo surgió
también entre poetas política e ideológicamente progresistas el "héroe
demoniaco", a pesar de que a estos poetas se les encasille todavía, muy
injustamente, entre los románticos. Este tipo de héroe, tal como se presenta
por ejemplo en la poesía de Byron, es la expresión literaria de una
excentricidad e inutilidad sociales de las mejores y más honestas cualidades en
este periodo de la prosa; es una protesta lírica contra el dominio de esta
prosa. Pero el reconocimiento de las raíces sociales y aun de la necesidad
histórica y de la justificación de esta protesta no significa en modo alguno
que su absolutización lírico-subjetivista pudiese convertirse en medio hacia
una gran plasmación poética objetiva. Los grandes creadores realistas de una
época algo posterior y que, como Pushkin o Stendhal, emprendieron la
elaboración de este tipo, superaron el byronismo en forma distinta y superior a
la de Walter Scott. Percibieron y plasmaron la cuestión de la excentricidad de
este tipo de un modo histórico-social, épico-objetivo: lograron comprender la
situación histórica del presente, en que se ha hecho patente la tragedia (o la
tragicomedia) de esta protesta en toda la magnitud de sus determinaciones sociales.
La crítica y el rechazo de este tipo por parte de Scott no alcanza estas
honduras. Su reconocimiento, o mejor: su intuición, de la excentricidad de este
tipo lo lleva a eliminarlo del campo de la plasmación histórica. Se afana por
presentar las luchas y las oposiciones de la historia a través de algunos
personajes que en su psicología y en su destino se mantienen siempre como
representantes de corrientes sociales y poderes históricos. Este modo de ver
las cosas lo extiende Scott también a los procesos de desclasamiento, pero
considera a éste siempre social y no individualmente. Su comprensión de los
problemas del presente no es suficientemente profunda para resolver esta
cuestión de los procesos de desclasamiento. De allí que evite esta temática y
conserve en sus creaciones la gran objetividad histórica del auténtico poeta
épico.
Ya por esta razón es enteramente
erróneo ver en Walter Scott a un escritor romántico, a no ser que se quiera
ampliar el concepto de romanticismo a tal punto que abarque toda la gran
literatura del primer tercio del siglo XIX. Pero en ese caso, borra la
fisonomía del romanticismo en el sentido más limitado y justo. Y esto tiene
suma importancia para comprender a Walter Scott. Pues la temática histórica de
sus novelas tiene contactos muy estrechos con la de los románticos propiamente
dichos. Pero en otro pasaje expondremos con detalle que el concepto que Scott y
los románticos tienen de esta temática se opone radicalmente el uno al otro,
por lo que también su elaboración es completamente diferente. Esta oposición se
manifiesta en primera instancia y en forma inmediata en la composición de sus
novelas, cuya figura central es siempre el héroe mediocre y prosaico.
Desde luego se expresa aquí
también el filisteísmo conservador de Walter Scott. Ya su gran admirador y
sucesor Balzac se molestó por este filisteísmo inglés. Dice por ejemplo que,
con muy pocas excepciones, todas las heroínas de Walter Scott representan el
mismo tipo de la mujer inglesa, correcta y normal, desde un punto de vista
filisteo y que no hay lugar en estas novelas para las interesantes y
complicadas tragedias del amor y del matrimonio. En su crítica, Balzac tiene
razón, y la justeza de su crítica rebasa con mucho el terreno erótico realzado
por él. Scott no dispone de la magnífica y penetrante dialéctica psicológica de
los caracteres que caracteriza a la novela del último gran período del
desarrollo burgués. Ni siquiera alcanza las alturas que la novela burguesa
había escalado en la segunda mitad del siglo XVIII con Rousseau, Choderlos de
Laclos y con el Werther de Goethe. Sus mejores sucesores en la novela
histórica, Pushkin y Manzoni, también lo dejaron muy atrás en lo que respecta a
la profundidad y poesía de la plasmación individual de los personajes. Pero la
nueva orientación que traza Walter Scott en la historia de la literatura
universal es independiente de esta limitación de su horizonte poético-humano.
La grandeza de Scott está en la vivificación humana de tipos
histórico-sociales. Los rasgos típicamente humanos en que se manifiestan
abiertamente las grandes corrientes históricas jamás habían sido creadas con
tanta magnificencia, nitidez y precisión antes de Scott. Y ante todo, nunca esta
tendencia de la creación había ocupado conscientemente el centro de la
representación de la realidad.
Esto hace referencia también a sus
héroes mediocres. Aparte de que expresan con insuperable realismo los rasgos a
la vez humanos, decentes y atractivos y las limitaciones de la "clase
media" inglesa, su exposición de la totalidad histórica de ciertas etapas
críticas de transición alcanza una perfección inigualada justamente debido a la
elección de estas figuras centrales. El gran crítico ruso Belinski reconoció
como ningún otro esta conexión. Analiza diversas novelas de Scott centrando su
atención en el problema de que la mayoría de los personajes secundarios son
humanamente más interesantes y significativos que el mediocre héroe principal.
Pero también se enfrenta decididamente a los reproches que por este motivo se
le han hecho a Scott. "Así debe de ser en una obra de carácter puramente
épico, en que la persona principal sólo sirve de núcleo externo para los
acontecimientos y en que sólo se puede destacar por rasgos humanos generales y
que merezcan nuestra simpatía humana, pues el héroe de la epopeya es la vida
misma y no el hombre. En la epopeya el hombre, por así decirlo, es sometido al
acontecimiento; el acontecimiento, por su magnitud e importancia, deja en la
sombra a la personalidad humana, distrae nuestra atención de ésta por el propio
interés que suscita, por la variedad y multiplicidad de sus imágenes".
Belinski tiene mucha razón en
subrayar el carácter puramente épico de las novelas de Walter Scott. En toda la
historia de la novela son excepcionales las obras —entre estas excepciones
contamos las de Cooper y Tolstoi— que se aproximan en tal medida al carácter de
la antigua epopeya. Según veremos más adelante, esto se encuentra en estrecha
relación con la temática histórica de Scott. No con una orientación a la
historia en general, sino con la manera específica de su temática histórica,
con su selección de los periodos y de los estratos sociales en que se plasma la
actividad humana correspondiente a la de la epopeya antigua, la inmediata
sociabilidad y espontánea publicidad de la vida igualmente características de
esa epopeya. Con esto, Walter Scott se convierte en un gran poeta épico de la
"época heroica", de la época en la que y de la que surge la auténtica
poesía épica, en el sentido de Vico y Hegel. Este verdadero carácter épico de
la temática y de la composición de Walter Scott mantiene íntimos lazos con la
popularidad de su arte, según mostraremos detalladamente en páginas
posteriores.
Las obras de Scott, empero, no son
en modo alguno intentos modernos por dar artificialmente una nueva vida a la
antigua epopeya; son novelas verdaderas y auténticas. Si bien su temática se
remonta a menudo a la "época heroica", al periodo infantil de la
humanidad, lo cierto es que el espíritu creador pertenece plenamente a la
madurez de la vida humana, a su victoriosa prosaización. Esta diferencia debe
subrayarse porque se relaciona íntimamente con la composición de las novelas de
Scott y con la concepción de su "héroe". El héroe novelesco de Scott
es, a su manera, tan típico para este género como Aquiles, y Odiseo fueron
héroes típicos de la verdadera epopeya. La diferencia entre ambos tipos
heroicos esclarece con nitidez la fundamental diferencia entre epopeya y
novela, y lo hace justamente en un caso en que la novela alcanza su mayor
proximidad a la poesía épica antigua. Los héroes de la epopeya son, según dice
Hegel, "individuos totales que comprenden en sí brillantemente lo que
generalmente se halla separado y diseminado en el carácter nacional, y que en
ello se mantienen como caracteres grandes, libres y humanamente hermosos".
Gracias a ello, "estos protagonistas adquieren el derecho de ocupar la
cabeza y de ver ligados a su individualidad los sucesos principales".
También los protagonistas de las novelas de Walter Scott son caracteres
típicamente nacionales, mas no en el sentido de cimas comprensivas, sino en el
del cabal promedio. Aquéllos son los héroes nacionales de la concepción poética
de la vida, éstos en cambio son los héroes prosaicos.
Es fácil observar cómo estas
concepciones opuestas del héroe nacen de los requerimientos fundamentales de la
epopeya y de la novela. No solamente en el aspecto de la composición es Aquil
la figura central de la epopeya, sino que sobrepasa además con mucho a todos
los otros protagonistas; es verdaderamente el sol alrededor del cual giran los
planetas. Los héroes de Scott tienen, en cuanto figuras centrales de la novela,
una función enteramente distinta. Su misión consiste en conciliar los extremos
cuya lucha constituye justamente la novela, y por cuyo embate se da expresión
poética a una gran crisis de la sociedad. Mediante la fábula que tiene por
centro de acción a este héroe se busca y se encuentra un terreno neutral en que
se puede establecer una relación humana entre las fuerzas sociales que se
hallan en extremos opuestos.
La inventiva de Walter Scott que
se hace aquí patente, y que es tan sencilla como inagotablemente grandiosa,
suele menospreciarse hoy día en forma indebida, y eso que Goethe, Balzac y
Pushkin habían reconocido claramente su grandeza. Walter Scott expone en sus
novelas grandes crisis de la vida histórica. A ello corresponde que por doquier
se enfrenten poderes sociales hostiles que quieren destruirse los unos a los
otros. Puesto que los representantes de estos poderes en lucha son siempre
representantes apasionados de sus direcciones, surge el peligro de que su lucha
se convierta en un mero aniquilamiento exterior del contrario, y de que este
aniquilamiento no logre despertar en el lector una simpatía y un apasionamiento
humanos. Es aquí donde se inicia la importancia del héroe mediocre en la
composición. Scott elige siempre protagonistas que por su carácter y por su
destino entran en contacto humano con ambos campamentos. El destino justo de un
héroe mediocre de esta especie, que no se decide apasionadamente por uno de los
poderes en pugna en la gran crisis de su tiempo, sirve de excelente eslabón
unificador en la composición de la obra. Tomemos el ejemplo más conocido.
Waverley es un noble provinciano inglés, hijo de una familia partidaria de los
Estuardos, pero cuyo partidarismo no va más allá de un tranquilo y
políticamente ineficaz simpatizar. Durante su estancia en Escocia, como oficial
inglés, Waverley llega a internarse en el campamento de ios rebeldes
partidarios de los Estuardos, y ello debido a amistades personales y líos
amorosos. Por sus viejas relaciones familiares, por su indecisión en la
participación en el levantamiento —suficiente para una actitud militar
valiente, pero no para una fanática toma de partido—, se mantienen vivos sus
contactos con el partido hannoveriano. De este modo, el destino de Waverley
viene a ser muy apto para crear una fábula cuya trama no sólo representa
pragmáticamente el combate entre ambos partidos, sino que además nos muestra
muy humanamente a los principales representantes de esos partidos.
Este estilo de composición no es
el resultado de una "búsqueda de la forma" o de una sutil
"maestría", sino que procede más bien de los aspectos magníficos y de
los rasgos limitados de la personalidad creadora de Walter Scott. En primer
lugar, la concepción de Scott en cuanto a la historia inglesa es, según hemos
visto, la de una "línea media" que se mantiene firme a lo largo de la
lucha de los extremos. Los protagonistas del tipo de Waverley representan a los
ojos de Scott esta continuidad secular de la evolución inglesa en medio de las
crisis más terribles. Pero en segundo lugar, el gran realista Scott se da
perfecta cuenta de que jamás en la historia ha habido una guerra civil que
hubiese sido tan enconada como para convertir a la población entera, sin
excepción, en fanáticos partícipes de uno) de los campos en pugna. En la
realidad histórica, grandes partes de la población se habían mantenido siempre
entre ambos bandos, manifestando cuando mucho una constante o vacilante
simpatía por uno u otro. Y justamente estas simpatías y vacilaciones fueron con
frecuencia decisivas en el desenlace real de la crisis. Como rasgo adicional de
la realidad histórica se añade que en medio de las guerras civiles más
sangrientas la vida cotidiana de la nación sigue su marcha. Tiene que seguirla
ya en el puro sentido económico, pues en caso contrario la población no
subsistiría, se moriría de hambre. Pero también en los otros aspectos sigue
adelante, y esta continuidad de la vida diaria constituye un importante
fundamento real de la continuidad del desarrollo cultural. Ciertamente, la
persistencia de la vida común y corriente no significa que la vida, el
pensamiento y la experiencia de estas masas populares que no toman parte activa
en la guerra civil, o al menos no la toman apasonadamente, se mantengan
inalterados por la crisis histórica. La continuidad es siempre, al mismo
tiempo, un crecimiento, una evolución. Los "héroes medios" de Walter
Scott representan asimismo este aspecto de la vida popular, de la evolución
histórica.
Pero la significación artística de
este estilo de composición tiene otros efectos importantes. Puede parecerle
paradójico al lector imbuido de las tradiciones actuales de la novela histórica
pero si presta mayor atención, comprenderá que es justamente este lado de su
composición el que ha hecho de él un incomparable elaborador de las grandes
figuras de la historia. En la obra total de Scott nos encontramos con las
principales personalidades de la historia inglesa, y aun de la francesa:
Ricardo Corazón de León, Luis XI, las reinas Isabel y María Estuardo, Cromwell,
etc. Todos estos personajes aparecen en las novelas de Scott en su magnitud
histórica real. Jamás nos presenta Scott a un personaje plasmado a partir del
sentimiento de un romántico y decorativo culto al héroe, a la Carlyle. Para
Scott, la gran figura histórica es sencillamente el representante de una
importante y significativa corriente que abarca amplias capas de la población.
Y es grande porque su pasión personal y su objetivo personal coincide con el de
esta gran corriente histórica, porque resume dentro de sí los aspectos
positivos y negativos de esa corriente, porque es la expresión más clara, el
estandarte más visible de esos afanes del pueblo, tanto buenos como malos.
A esto se debe que Scott nunca nos
muestre cómo surge una personalidad de importancia histórica. Siempre nos la
presenta ya conclusa. Conclusa, sí, pero no sin haberla preparado con todo
cuidado. Mas esta preparación no es psicológica y personal, sino objetiva,
histórico-social. Es decir: revelando las condiciones de vida reales, la
creciente crisis vital y real del pueblo, Scott expone todos los problemas de
la vida popular que desembocaron en la crisis histórica plasmada por él. Y
después de habernos convertido en partícipes simpatizantes y comprensivos de
esta crisis, después de que entendemos claramente los motivos de la crisis, las
causas por las que la nación está dividida en dos partidos, después de que
hemos visto cómo las diversas capas de la población se comportan ante esa
crisis —después de todo ello hace su aparición el gran héroe histórico en el
escenario de la novela. En sentido psicológico, pues, es- un personaje ya hecho
el que se nos presenta, y en efecto debe ser ya una figura definida para que
pueda cumplir con su histórica misión en la crisis. Pero el lector no tiene
nunca la impresión de habérselas con algo rígido y acabado, pues las luchas
sociales ampliamente descritas que anteceden a la aparición del héroe muestran
precisamente cómo en una época determinada tenía que surgir un héroe
determinado para resolver precisamente esos problemas.
Claro está que Scott no aplica
este método exclusivamente a las grandes figuras representativas, conocidas por
todos y ratificadas por la historia. Muy al contrario. Justamente en las
novelas más importantes de Scott desempeñan este papel capital personas
históricamente desconocidas y de autenticidad histórica dudosa o inexistente.
Mencionemos a Vich Jan Vohr en Waverley, a Burley en Old Mortality,
a Cedric y Robin Hood en Ivanhoe, a Rob Roy, etc. También ellos son
monumentales figuras históricas y fueron plasmados según los mismos principios
artísticos que las conocidas grandes figuras de la historia. La popularidad del
arte histórico de Walter Scott se manifiesta precisamente en que estos
personajes dirigentes entrelazados en forma inmediata con la vida del pueblo
suelen recibir del autor una grandeza histórica aun más vigorosa que las
figuras centrales famosas de la historia.
¿De qué modo este éxito de Scott
en la plasmación de la grandeza histórica de una figura históricamente
importante depende del hecho de que en la composición aparezca sólo como figura
secundaria? Balzac reconoció muy claramente este secreto de la composición de
Walter Scott y expresó que la marcha de las novelas de Scott se dirige de la
misma manera hacia los grandes héroes como la historia misma había ido
exigiendo su aparición. O sea que el lector vive la génesis histórica de las
figuras históricas señeras, y la tarea del escritor consiste en hacerlas actuar
en tal forma que aparezcan como verdaderos representantes de esas crisis
históricas.
Tenemos, así, que Scott hace
surgir a sus figuras importantes de la esencia misma de la época, sin explicar
jamás, como lo hacen los románticos veneradores de héroes, la época a partir de
sus grandes representantes. Por eso no pueden ser figuras centrales en la
acción. Pues la extensa y multifacética representación de la esencia de la
época misma sólo puede hacerse patente si se plasma la vida diaria del pueblo,
si se da forma a las penas y alegrías, a las crisis y confusiones del hombre
medio. La destacada figura histórica que resume dentro de sí una corriente
histórica, la resume necesariamente en una determinada medida de abstracción.
Pero puesto que Scott ha revelado en primer término el complicado
entrelazamiento de la propia vida popular, elaboró primero esa esencia cuya
forma abstracta, cuya generalización ideal, cuya concentración en un acto
histórico constituye la misión de la figura histórica dirigente.
El método de composición de Scott
presenta aquí un interesante paralelo con la filosofía de la historia de Hegel.
También en Hegel el "individuo histórico-universal" crece sobre la
amplia base del mundo de los "individuos conservadores". Estos
constituyen para Hegel la característica de la "sociedad burguesa”, la
característica de su ininterrumpida autorreproducción mediante la actividad de
esos individuos. La base está formada por la actividad personal, privada,
egoísta de los hombres particulares. En esta actividad y a través de ella se
impone la generalidad social. En esta actividad se desenvuelve "la
conservación de la vida moral". Pero Hegel no se imagina a la sociedad
sólo en el sentido de esta autorreproducción, es decir, como sociedad inmutable,
sino que la piensa también como elemento en el curso de la historia. Y aquí, lo
nuevo se enfrenta hostilmente a lo viejo, el cambio se halla "unido al
menosprecio a la destrucción, al aniquilamiento de la manera anterior de ser de
la realidad". Se producen las grandes colisiones históricas, en las que,
por supuesto, son portadores conscientes del progreso histórico (del
"espíritu", según Hegel) los "individuos
histórico-universales", pero lo son sólo en el sentido de que prestan
conciencia y clara orientación a un movimiento ya existente en la sociedad. Es
necesario subrayar especialmente este aspecto de la concepción histórica de
Hegel, ya que aquí —a pesar de su idealismo, de su sobrevaloración del papel
desempeñado por los "individuos histórico-universales"— se presenta
en aguda oposición su pensamiento y el romántico culto al héroe. En Hegel, la
función de los "individuos histórico-universales" consiste en dar a
conocer a los hombres lo que éstos quieren. Dice Hegel: "Es el espíritu
oculto que toca a la puerta del presente, que todavía se encuentra bajo tierra,
que aún no ha madurado hasta convertirse en existencia actual, pero que quiere
salir, que tiene al mundo actual por una mera cascara que encierra una semilla
diferente de la que corresponde a esa cáscara".
La genialidad histórica de Walter
Scott, inalcanzada hasta hoy, se manifiesta en la manera en que dispone las
cualidades individuales de sus personalidades históricas dirigentes, por la que
éstas efectivamente resumen los lados positivos y negativos sobresalientes del
movimiento en cuestión. Esta conjunción histórico-social de dirigente y
dirigido está elaborada en Scott con una diferenciación extraordinariamente
fina. Pues así como el recto e imperturbable fanatismo heroico de Burley
representa la culminación humana de los puritanos escoceses rebeldes en tiempos
de la restauración de los Estuardos, así también la aventurera mezcla de estilo
cortesano francés y patriarcalismo de clan en Vich Jan Vohr resume los aspectos
reaccionarios, a la vez que íntimamente ligados a ciertas partes restantes del
pueblo escocés, de los intentos de restauración de los Estuardos después de la
"gloriosa revolución".
Esta estrecha acción recíproca,
esta profunda unión entre los representantes históricos de un movimiento
popular y el movimiento popular mismo se intensifica todavía más en la
composición de Scott por el concentrado vigor de los acontecimientos, por su
dramática comprensión. También en este punto debemos proteger la forma clásica
de la narración frente a los modernos prejuicios. Hoy día se suele creer que
por ser la epopeya más extensa y amplia que el drama, la esencia del arte épico
se encuentra justamente en la pura extensividad, en la sucesión y exposición
separada de los hechos a manera de crónica y dentro de un mismo periodo. Pero
esto no es correcto ni siquiera en el caso de Homero. Pensemos en la
composición de la Ilíada. El poema se inicia con una situación de gran
dramatismo, con el encuentro entre Aquiles y Agamenón. Y como narración
propiamente dicha sólo figuran los sucesos que son consecuencia inmediata de
ese encuentro, a saber, los acontecimientos que culminan en la muerte de
Héctor. Ya la estética antigua reconoció aquí un principio de composición
consciente. Con la creación de la moderna novela social se ha hecho aún más
urgente la necesidad de una intensificación semejante de la acción épica. Pues
las relaciones recíprocas entre la psicología de los hombres y las
circunstancias económico-morales de su vida se han complicado en tal medida que
se requirió una amplia descripción de estas circunstancias, una extensa
elaboración de estos efectos recíprocos para mostrar a los hombres como hijos
concretos de su época. No es casual que el crecimiento de la conciencia
histórica en Walter Scott haya tendido precisamente hacia este estilo de
plasmación. Puesto que deseaba resucitar viejos y remotos tiempos y darles una
vida experimentable, tenía que describir ampliamente esta concreta acción
recíproca entre el hombre y su ambiente social. La inclusión del elemento
dramático en la novela, la concentración de los acontecimientos, la creciente
significación de los diálogos, o sea de la inmediata discusión de elementos
opuestos a través de la conversación, todo ello debe verse en estrecho nexo con
el afán de plasmar, en la realidad histórica tal como realmente había sido, con
autenticidad humana pero de tal modo que el lector de épocas posteriores
pudiese revivirla. Observamos aquí una concentración caracterizadora. Sólo los
novatos pensaban (y con frecuencia piensan todavía) que la caracterización
histórica de hombres y de situaciones consiste en un amontonamiento de
significativos rasgos históricos particulares. Walter Scott nunca despreció la
importancia de tales elementos pintorescos y descriptivos. Incluso llegó a
utilizarlos con tal profusión que ciertos críticos superficiales pensaron
descubrir justamente en esto lo esencial de su arte. Sin embargo, para Scott la
caracterización histórica de tiempo y lugar, el "aquí y ahora"
histórico, significa algo mucho más profundo: la conjunción y el
entrelazamiento de unas crisis en los destinos personales de una serie de
hombres como resultado de una crisis histórica. La presentación de la crisis
histórica no es jamás abstracta en Scott precisamente por eso; la división de
la nación en partidos combatientes atraviesa siempre las más íntimas relaciones
humanas. Padres e hijos, amantes y amadas, viejos amigos, etc., son enfrentados
unos a otros como enemigos, o la necesidad de este enfrentamiento introduce la
colisión profundamente en la vida personal. Este destino lo sufren siempre
grupos humanos estrechamente unidos, y nunca se trata de una catástrofe
aislada, sino de una cadena de catástrofes, en que la solución de una sola
produce inmediatamente un nuevo conflicto. De este modo, la profunda captación
del momento histórico en la vida humana tiende urgentemente hacia una dramática
concentración de la composición épica.
Los grandes escritores del siglo
XVIII componían en forma mucho menos coherente. Podían hacerlo porque
consideraban como hechos dados y aceptados las costumbres de su tiempo y porque
nada les impedía suponer que el lector aceptaría igualmente con la misma
naturalidad el efecto de sus relatos. Pero no debe olvidarse que esto se
refiere a la construcción general de la composición, y no a la manera en que
los momentos y acontecimientos singulares fueron tratados. También estos
escritores sabían muy bien que lo importante no era la integridad extensiva de
la descripción, la enumeración de un objeto en todos sus componentes, o la
totalidad extensiva de la serie de acontecimientos que componen la vida de un
hombre, sino más bien la elaboración de las determinantes esenciales tanto en
lo social como en lo humano particular. Goethe concibió su Wilhelm Meister
con mucho menor dramatismo que en años posteriores Walter Scott o Balzac sus
propias novelas, pero al exponer los acontecimientos singulares de su extensa
fábula sin duda sigue una dirección intensificadora. La relación de Wilhelm
Meister con el teatro de Serlo se concentra por ejemplo casi completamente
en el problema de la representación del Hamlet. Tampoco en Goethe se
puede hablar de una descripción extensivamente completa del teatro o de una
exhaustiva crónica de los sucesos del teatro de Serlo.
La concentración e intensificación
dramática de los acontecimientos en Walter Scott no constituye, pues, una
radical novedad. No es más que una peculiar síntesis y continuación de los más
importantes principios artísticos del anterior periodo de desarrollo. Pero ya
que Scott llevó a cabo esta continuación y elaboración de acuerdo con las
verdaderas necesidades de su tiempo, un tiempo de radicales innovaciones
históricas, de hecho esta elaboración representa una radical innovación en la
historia de la novela. Pues precisamente con la novela historica es muy grande
la tentación de ofrecer una totalidad extensiva de los acontecimientos. Es
fácil creer que la fidelidad histórica sólo se puede alcanzar mediante este
tipo de totalidad. Pero esto es un error que especialmente Balzac señaló con
lucidez y claridad en sus escritos críticos. En una crítica a la ya olvidada
novela histórica Leo de Latouche comenta: "La novela entera sólo
consta de 200 páginas en que se tratan 200 acontecimientos; nada revela mejor
la incapacidad del autor que la acumulación de hechos... El talento florece
cuando se describen las causas que provocan los hechos, florece en los
misterios del corazón humano, cuyos movimientos descuidan los historiadores.
Las personas de una novela se ven forzadas a ser más racionales que las
personas históricas. Aquéllas deben despertar a la vida, éstas han vivido. La
existencia de éstas no requiere pruebas, por curiosos que hayan sido sus actos,
mientras que la existencia de aquéllas necesita de un general consenso".
Es obvio que cuanto más alejado se halle un periodo histórico, con las
condiciones de vida de sus actores, tanto más se tiene que concentrar la acción
en presentarnos clara y palpablemente esas condiciones de vida, para que no
miremos la peculiar psicología y ética resultante de estas condiciones como
mera curiosidad histórica, sino para que revivamos una etapa del desarrollo de
la humanidad que nos interesa y nos conmueve.
Poco importa, pues, en la novela
histórica la relación de los grandes acontecimientos históricos; se trata de
resucitar poéticamente a los seres humanos que figuraron en esos
acontecimientos. Lo importante es procurar la vivencia de los móviles sociales
e individuales por los que los hombres pensaron, sintieron y actuaron
precisamente del modo en que ocurrió en la realidad histórica. Y si bien a
primera vista pueda parecer paradójico, después de un examen más detenido es
evidenr que una de las leyes de la plasmación poética consiste en que para
hacer patentes tales móviles humanos y sociales de la actuación, son más
apropiados los sucesos aparentemente insignificantes que los grandes dramas
monumentales de la historia universal. En su crítica a la Cartuja de Parma,
Balzac dedicó una entusiasta alabanza al genio de Stendhal porque éste había
emprendido una magnífica exposición de la vida cortesana en el marco de un
pequeño estado italiano. Balzac hace hincapié en que las mezquinas luchas e
intrigas en la corte de Parma manifiestan todos los conflictos sociales y
psíquicos que se habían presentado, por ejemplo, en las grandes luchas en torno
a Mazarino y Richelieu. Y según Balzac, estas luchas se pueden exponer
poéticamente mejor de esta manera porque el contenido político de las intrigas
parmesanas se abarca fácilmente y permite una inmediata transformación en
acción, y porque muestra con una naturalidad directa sus reflejos humanos y
anímicos, mientras que la elaboración de los grandes problemas políticos que habían
formado el contenido de las intrigas que giraban alrededor de Mazarino o de
Richelieu no sería más que un tedioso peso muerto para la novela.
Balzac elabora esta idea suya
hasta el más pequeño detalle de la plasmación épica de la historia. Entre
otras, critica una novela de Eugéne Sue que tiene por tema la guerra de los
Cévennes bajo Luis XIV. De manera moderna y diletante, Sue describe la campaña
entera de batalla en batalla. Balzac se opone con agudo reproche a esta
empresa. Afirma: "Es imposible para la literatura describir los hechos de
la guerra más allá de un determinado volumen. Walter Scott y Cooper
consideraron como una tarea que sobrepasaba sus fuerzas el describir los montes
Cévennes, los valles entre estos montes, la planicie del Languedoc, y hacer que
en esta geografía maniobrasen por doquiera tropas, y explicar las batallas. En
sus obras jamás describieron una campaña militar; se conformaron con mostrar a
través de pequeños encuentros el espíritu de las dos masas en pugna. Y aun
estas escaramuzas, cuya descripción emprendieron, les exigieron largos
preparativos." Balzac no sólo caracteriza aquí el método intensivo de
exponer la historia en Scott y Cooper sino también el del desarrollo posterior
de la novela histórica en sus grandes representantes clásicos.
Sería erróneo creer que por
ejemplo Tolstoi describió en forma extensiva las campañas napoleónicas. Sólo
ofrece algunos episodios sueltos que considera de excepcional interés para el
desarrollo humano de sus principales personajes. Y su genialidad en la novela
histórica consiste en que sabe elegir y transformar estos episodios de tal modo
que logra expresar con aguda precisión todo el ambiente del ejército ruso y, a
través de éste, del pueblo ruso. Siempre que trata de analizar los amplios
problemas político-estratégicos de la guerra —v. gr. en la descripción de
Napoleón—, se pierde en lucubraciones histórico-filosóficas, y no sólo porque
su posición frente a Napoleón es históricamente incorrecta, sino también por
motivos literarios. Tolstoi era un novelista demasiado grande para ser capaz de
presentar un sustituto poético. Cuando su materia rebasaba lo que se podía
plasmar poéticamente, abandonó radicalmente los medios expresivos de la
literatura e intentó dominar el tema con medios intelectuales. Con esto, ofrece
una prueba práctica de la justeza del análisis que Balzac hace de las novelas
de Scott y de la crítica Sue.
Así pues, de lo que se trata en la
novela histórica es de demostrar con medios poéticos la
existencia, el "ser así" de las circunstancias históricas y sus
personajes. Lo que tan superficialmente se ha denominado "verdad del
colorido" en las novelas de Scott es en verdad esta prueba poética de la
realidad histórica. Consiste en la estructuración del amplio fundamento vital
de los acontecimientos históricos en su entrelazamiento y complejidad, en sus
variados efectos recíprocos con las personas actuantes. La diferencia entre los
individuos "conservadores" y los "histórico-universales" se
manifiesta justamente en este vívido nexo con el fundamento antológico de los
acontecimientos. Los primeros perciben las menores vibraciones de este fundamento
como inmediatas conmociones de su vida individual, mientras que los segundos
resumen los rasgos esenciales de los acontecimientos para convertirlos en
motivos de la propia acción y para influir en la acción de las masas y servirle
de guía. Cuanto más apegados a la tierna cuanta menor vocación como dirigentes
tengan los "individuos conservadores", con tanta mayor precisión y
evidencia se expresan las conmociones del fundamento ontológico en su vida
diaria, en sus manifestaciones psíquicas inmediatas. Cierto que tales
manifestaciones fácilmente se hacen unilaterales y llegan aún a ser falsas.
Pero la composición de la imagen histórica total consiste en plasmar una rica y
matizada acción recíproca, llena de transiciones, entre los diversos grados de
la reacción a la conmoción del fundamento ontológico, en revelar poéticamente
la conexión entre la vital espontaneidad de las masas y la posible
conciencia histórica máxima de los personajes dirigentes.
Estas conexiones tienen decisiva
importancia para conocer la historia. Los dirigentes políticos verdaderamente
grandes del pueblo sobresalen por su extraordinaria sensibilidad en la
comprensión de tales reacciones espontáneas. Su genialidad se manifiesta en que
perciben en las pequeñas e insignificantes expresiones cuándo la actitud de un
pueblo o de una clase se altera, y con que son capaces de generalizar la
conexión que existe entre esta actitud y el fluir objetivo de los
acontecimientos. Esta notable capacidad de percepción y generalización
constituye la base para aquello que los grandes dirigentes suelen llamar un
"aprender de las masas". Lenin describe en su folleto
"¿Conservarán los bolcheviques el poder?" un caso ilustrativo de esta
acción recíproca. Después del aplastamiento del Levantamiento de Julio del
proletariado de Petrogrado en el año 1917, Lenin se ve obligado a vivir
ilegalmente entre obreros de un suburbio. Describe la preparación de la comida:
"La mujer de la casa trae el pan. El señor dice: 'Observa ese excelente
pan. Probablemente no se atreven ahora a dar pan malo. Casi habíamos olvidado
que en Petrogrado también puede haber buen pan'". Y Lenin añade: "Me
sorprendió esta apreciación de los días de julio, basada en un concepto de
clase. Mis pensamientos giraban alrededor de la significación política de los
acontecimientos... Como hombre que nunca había conocido la miseria, no había yo
pensado en el pan... Para llegar a la base de todo, a la lucha de las clases
por el pan, el pensamiento tiene que recorrer un camino extraordinariamente
complicado y retorcido a través del análisis político".
Aquí observamos con magnífica
plasticidad uno de estos efectos recíprocos. El obrero de Petrogrado reacciona
espontáneamente con conciencia de clase a los sucesos de los días de julio.
Lenin aprende con gran sensibilidad de estas reacciones y las aprovecha con
admirable rapidez y precisión para la ampliación, para la fundamentación para
la difusión de la perspectiva política justa.
Desde luego, sería falso
históricamente si en las novelas que tratan de la Edad Media, del siglo XVII o
del XVIII, se elaboraran tales efectos recíprocos. Estos se hallaban, por otro
lado, mucho más allá del horizonte que limitaba a los fundadores clásicos de la
novela histórica. El ejemplo citado sólo tenía por objeto mostrar plásticamente
la estructura general del efecto recíproco/Y por más que todos los héroes de la
historia recreada por Walter Scott hubiesen actuado con "falsa
conciencia", de hecho esta "falsa conciencia" no es un esquema,
ni en cuanto a su contenido ni en el aspecto psicológico. Tanto la diferencia
histórico-temática como la psicológica entre la espontaneidad vital y la
capacidad de generalizar, distanciada de la lucha inmediata por el sustento, se
presenta a lo largo de toda la historia. La tarea del novelista histórico
consiste en plasmar este efecto recíproco concreto con la mayor riqueza poética
posible y de acuerdo con las circunstancias históricas concretas del tiempo en
cuestión. En esto está uno de los méritos más notables de Walter Scott.
La riqueza policroma y variada del
mundo histórico de Walter Scott deriva de la multiplicidad de estos efectos
recíprocos entre los seres humanos y de la unidad del ser social, principio
dominante por encima de toda esta riqueza. El ya discutido problema de la
composición, de que las grandes figuras históricas, los dirigentes de las
clases y de los partidos en pugna no son más que personajes secundarios dentro
de la fábula, se coloca así en una nueva luz. Walter Scott no estiliza estas
figuras, no las erige sobre un pedestal romántico, sino que las presenta como
seres humanos, con sus virtudes y debilidades, con sus buenas y sus malas
cualidades. Sin embargo, no dan jamás una impresión mezquina. Con todas sus
deficiencias, se nos muestran históricamente generosas. Esto, naturalmente, se
debe en primer lugar a la profundidad con que Scott comprendió la idiosincrasia
de los diferentes periodos históricos. Y el hecho de que esta compenetración de
personajes históricos la pueda expresar a la vez humana y generosamente
descansa ante todo en su método de composición.
Pues el gran personaje histórico
presentado como figura secundaria puede vivir una vida humana plena y
desarrollar libremente en la acción todas sus cualidades humanas, tanto las
sobresalientes como las mezquinas; pero está incluido de tal manera en la
acción que sólo en las situaciones históricas de importancia llega a actuar y a
manifestar su personalidad. Esta alcanza así una máxima y plena eficacia,
siempre en la medida en que se ve ligada a los grandes acontecimientos de la
historia. Otto Ludwig ha hecho un fino comentario acerca del Rob Roy de Scott:
"Este puede hacer una aparición tanto más imponente porque no hemos
seguido paso a paso su vida; sólo vemos los momentos en que es importante,
nos sorprende con su ubicuidad, siempre se nos muestra en la actitud más
interesante".
Este comentario no sólo contiene
una adecuada caracterización del método de composición de Scott; señala
asimismo algunas leyes generales de la plasmación: el modo de representar
personas señeras. Precisamente aquí es donde existen profundas diferencias
entre la epopeya y la novela. El carácter omninacional de los contenidos
principales de la epopeya, la relación entre individuo y pueblo en la época
heroica exigen que en la poesía épica sea la figura más significativa la que
ocupe el lugar central mientras que en la novela histórica necesariamente tiene
que aparecer como personaje secundario.
Con todo, la selección de las
situaciones en que hace una aparición significativa el personaje se muestra
eficaz también —mutatis mutandis— en la epopeya. Esta selección,
observada por Otto Ludwig, ya la había reconocido sagaz y profundamente
Hölderlin con respecto a la figura de Aquiles. Afirma: "A muchos ha
extrañado que Homero, cuyo propósito había sido cantar la ira de Aquiles, casi
no lo hiciese aparecer, etc... No quería profanar al joven divino en el tumulto
frente a Troya. El ideal no debía parecer cotidiano. Y verdaderamente, no pudo
cantarle con mayor magnificencia y ternura que haciéndolo retirarse..., de
manera que cada revés de los griegos a partir del día en que se extraña al
Único en el ejército hace recordar su superioridad sobre toda la exuberante
multitud de señores y de criados, y los raros momentos en que el poeta nos lo
presenta lo exponen aún más a la luz debido a su ausencia".
No es muy difícil descubrir los
aspectos comunes. En toda exposición narrativa, que por fuerza tiene que dar
razón de los pequeños y aun mezquinos detalles de la vida, el héroe tendría que
ser rebajado necesariamente al nivel general de la vida relatada si se
encontrase continuamente actuando en primer plano. En este caso, sólo una
violenta estilización podría crear la requerida distancia entre él y el resto
de las figuras. Pero esta clase de estilización contradice la esencia de toda
auténtica Doesía épica, que en cuanto totalidad pretende siempre crear la
impresión de que refleja la vida tal como es normalmente. En esto consiste
justamente uno de los muchos encantos inmarcesibles de los poemas homéricos,
mientras que la llamada epopeya artística, que trabaja casi exclusivamente con
los medios de un estilizado distanciamiento entre héroe y medio ambiente y con
una artificiosa sublimación de la figura central, se nos muestra épicamente
exangüe y artificial, retórica y lírica. En Homero, un Aquiles aparece siempre
con la misma naturalidad y sencillez humana como cualquier otro personaje.
Homero lo enseñorea con medios auténticamente épicos por encima del mundo
circundante, con medios que son por ello a la vez artísticos y verdaderos: a
saber, con la invención de situaciones en que lo significativo, por así
decirlo, se presenta "por sí solo";j son situaciones en que el efecto
de contraste de la ausencia del héroe coloca al héroe "por sí solo" y
sin violencia alguna en un pedestal.
Todas estas funciones épicas se
hallan también presentes en Walter Scott. Pero, según hemos visto, en la novela
histórica la relación del "individuo histórico-universal" con el
mundo en que actúa es bien distinta de la que guarda en las antiguas epopeyas.
Los rasgos significativos no son aquí simplemente las supremas formas de
manifestación de una situación universal! que en la poesía se mantiene
inmutable en lo fundamental, sino, por el contrario, las más notorias
agudizaciones de tendencias evolutivas sociales en medio de una crisis
histórica. A esto se añade que la novela histórica elabora un mundo mucho más
diferenciado socialmente que la antigua epopeya. Con la creciente división de
clases y oposición entre ellas el papel representativo del "individuo
histórico-universal", que resume los principales rasgos de una sociedad,
adquiere una significación enteramente distinta.
Las oposiciones en los antiguos
poemas épicos son preponderantemente nacionales. Los grandes contrincantes
nacionales, como Aquiles y Héctor, representan social y por tanto también
moralmente estados muy parecidos; el campo de acción moral es más o menos el
mismo: para cada uno las condiciones humanas de los actos del otro son bastante
transparentes, etc. En el mundo de la novela histórica ocurre algo muy
diferente. El "individuo histórico-universal" es aquí, inclusive en
el aspecto social, un partido, representante de una de las muchas clases
y estratos en pugna. Y si ha de cumplir su función como máximo corolario de un
mundo poético, tendrá que hacer patentes; también, en forma complicada y poco
directa, los rasgos progresistas generales de la sociedad entera, de la época
entera. Estas complicadas condiciones de la comprensibilidad de su papel
representativo son elaboradas literariamente por Walter Scott a través de la
amplia prehistoria que por doquiera señala la aparición de ese individuo, y ya
esta mera prehistoria, imprescindible, bastaría para convertirlo en un
personaje secundario de la acción en el sentido expuesto.
Según habrá podido ver el lector
por la exposición anterior, tampoco aquí se trata de un hábil truco técnico de
Scott, sino de una expresión artística de su sentido vital histórico aplicado a
la composición. Llega a su específico método de composición por venerar a las
grandes personalidades de la historia como factores decisivos del proceso
histórico. A la vez que renueva de modo original las viejas leyes de la poesía
épica, encuentra también para la novela histórica el único medio posible de
reflejar adecuadamente la realidad histórica, sin monumentalizar románticamente
las figuras significativas de la historia ni rebajarlas a los niveles de las
menudencias privadas y psicológicas. En otras palabras: Scott humaniza a sus
héroes históricos, pero evita lo que Hegel llama "psicología de
camarero", a saber, el detallado análisis de pequeñas peculiaridades
humanas que nada tienen que ver con la misión histórica del personaje en
cuestión.
Pero el modo de composición no
indica de ninguna forma que los protagonistas de Scott no se hayan
individualizado hasta en sus más pequeñas singularidades humanas. Nunca son
meros representantes de corrientes históricas, o de ideas, etc. El gran arte de
Scott consiste justamente en generalizar a sus héroes históricos de tal manera
que determinados rasgos individuales y específicos de su carácter se combinen
en forma compleja y vivida con la época en que viven, con la corriente que
representan y que se afanan por guiar hacia la victoria. Scott representa
simultáneamente la necesidad histórica de esta peculiar individualidad y el
papel individual que desempeña en la historia. De esta singular conexión no se
deriva en él solamente la victoria o el fracaso después de la lucha, sino
también el carácter históricamente singular de la victoria o de la derrota, su
peculiar valor histórico, el matiz correspondiente a la clase social.
Entre los máximos logros de la
literatura universal está la manera en que Scott plasma por ejemplo el carácter
de María Estuardo, en el que concentra todos los rasgos que destinan desde un
comienzo al fracaso tanto su golpe de estado como su fuga. La sombra de estos
rasgos se percibe ya en la composición y manera de actuar de sus partidarios
que preparan el golpe, mucho antes de que se le presenten explícitamente al
lector. Su actitud apoya aun más el sentimiento creado en el lector, de modo
que el fracaso no viene a ser sino el cumplimiento de algo ya esperado. Con
idéntica maestría, aunque con medios técnicos por completo diferentes, dibuja
Scott la superioridad y victoriosa diplomacia del rey francés Luis XI. Al
principio presenciamos sólo en pequeñas escaramuzas el contraste social y
humano entre el rey y su séquito, caracterizado en su mayoría por sentimientos
feudales caballerescos. A continuación, el rey desaparece de la escena durante
toda la acción central de la obra. Con gran astucia había encomendado una
misión peligrosa e incluso insoluble al honesto héroe protagonista, el
caballero Quentin Durward. Y sólo al final de la novela aparece nuevamente en
una situación exteriormente desesperada, como prisionero en el campamento del
aventurero duque de Borgoña, feudal y caballeresco pero políticamente necio.
Gracias a su razón y astucia, el rey obtiene tantas ventajas que no obstante el
final indeciso expuesto en la novela el lector intuye claramente la victoria
histórica definitiva del principio que el rey representa. Estos efectos
recíprocos, a la vez complejos y unívocos, entre los representantes de las
diversas clases, entre el "arriba" y el "abajo" de la
sociedad, crean ese incomparablemente auténtico ambiente histórico en cada una
de las no-velas de Scott, con el que despierta a la vida un periodo tanto en lo
social e histórico, por su contenido, como en lo humano y emocional, con todos
sus matices peculiares.
Esta autenticidad y
experimentabilidad del ambiente histórico se debe, en Scott, a la popularidad
de su arte. Esta cercanía al pueblo ha sido menospreciada una y otra vez en el
curso de la decadencia literaria y cultural. Ya Taine pretendía que el arte de
Scott propagaba una ideología feudal. Esta teoría errónea fue adoptada y
elaborada por la sociología vulgar, sólo con la diferencia de que Scott era
considerado ahora como poeta no del mundo feudal, sino de los comerciantes y
colonizadores ingleses, es decir, del imperialismo inglés de aquellos días.
Estas "teorías" de la novela histórica, elaboradas con el objeto de
erigir una muralla china entre el pasado clásico y los tiempos modernos para
negar trotskistamente el carácter socialista de nuestra cultura actual, no ven
en Walter Scott más que al cantor de los comerciantes colonizadores.
La verdad se halla en el extremo
opuesto. Y esto lo reconocieron claramente los contemporáneos inmediatos y los
sucesores importantes de Walter Scott. Con toda razón se refirió George Sand a
él en estos términos: "Es el poeta del campesino, del soldado, del paria,
del artesano". Pues según hemos visto, Scott plasma las grandes
transformaciones de la historia como transformaciones de la vida del pueblo. Su
punto de partida está siempre en la presentación de las influencias en la vida
cotidiana del pueblo pdr parte de los importantes cambios históricos, y en la
presentación de los cambios materiales y psíquicos provocados por aquéllos en
los seres humanos que, sin darse cuenta de sus causas, reaccionan sin embargo a
ellos en forma inmediata y vehemente. Partiendo de esta base, elabora las
complicadas corrientes ideológicas, políticas y morales que por fuerza surgen
en estas transformaciones. La popularidad del arte de Scott no consiste, pues,
en que plasma exclusivamente la vida de las clases oprimidas y explotadas. Esta
sería una comprensión demasiado estrecha de la popularidad. Como todo gran
poeta popular, Walter Scott tiende a dar forma a la totalidad de la vida
nacional en todo su complejo efecto recíproco entre "arriba" y
"abajo"; la enérgica tendencia hacia la popularidad se manifiesta en
sus obras en que considera que "abajo" se encuentra la base material
y la razón explicativa literaria de la plasmación de lo que sucede
"arriba".
Así, Scott elabora en Ivanhoe
el problema central de la Inglaterra medieval, o sea la oposición entre sajones
y normandos. Expresa con gran claridad que esta oposición existe ante todo
entre el siervo sajón y el señor feudal normando. Pero en forma históricamente
correcta no se detiene en este enfrentamiento. Sabe que una parte de la nobleza
sajona, aunque despojada parcialmente de sus bienes materiales y de su poder
político, sigue gozando de sus privilegios de nobleza, y que es justamente aquí
donde se halla el núcleo político e ideológico de la resistencia nacional de
los sajones contra los normandos. Y ya que Scott es uno de los grandes
novelistas que representan la vida popular histórica, observa muy plásticamente
que un importante grupo de la nobleza sajona se sume en la apatía y en la
inactividad, mientras que otro grupo sólo espera a que se presente la
oportunidad de aceptar un compromiso con los nobles normandos moderados, cuyo
representante es Ricardo Corazón de León. Si Belinski tiene razón al afirmar
que el héroe de la novela, Ivanhoe —también representante noble de este
compromiso—, se ve cubierto por la sombra de los personajes secundarios, la
verdad es que este problema formal de la novela histórica tiene un evidente
contenido histórico-político y popular. Pues entre las figuras que arrojan su
sombra sobre Ivanhoe se encuentra ciertamente su padre, el valeroso y ascético
noble sajón Cedric, pero ante todo cuentan los siervos de éste, Gurth y Wamba,
así como en primerísimo término el cabecilla de la, oposición armada contra el
dominio normando, el legendario héroe popular Robin Hood. El efecto recíproco
entre "arriba" y "abajo", cuyo conjunto constituye la
totalidad de la vida del pueblo, se patentiza, pues, en que principalmente las
tendencias históricas de "arriba" adquieren una expresión más clara y
generalizada, pero en que encontramos predominantemente "abajo", con
pocas excepciones, el verdadero heroísmo del combate y desenlace de las
oposiciones históricas.
En forma similar ha elaborado
Scott la vida popular en su otras novelas. En Waverley, el héroe trágico
es desde luego Vich Jan Vohr, que como pago de su fidelidad a la dinastía
Estuardo acaba en el cadalso. Pero el auténtico heroísmo, conmovedor y sin
problemas, no lo encontramos en esta figura aventurera después de todo ambigua,
sino entre sus partidarios del clan escocés. Una de las más grandes creaciones
literarias de un heroísmo sencillo, sin rimbombancias, es la expuesta en el
juicio en que Vich Jan Vohr y su compañero de clan Evan Dhu son condenados a
muerte, cuando este último, a quien el tribunal quisiera indultar, propone que
se le ejecute junto a otros compañeros para así lograr la libertad de su jefe.
En estos pasajes se manifiesta muy
claramente la unidad del espíritu popular en Walter Scott con su profunda
comprensión de la autenticidad histórica. Esta es, para él, la singularidad de
la vida anímica, de la moral, del heroísmo, de la disposición al sacrificio, de
la firmeza, etc., todo ello condicionado temporalmente. Esto es lo que en la
autenticidad histórica de Walter Scott tiene importancia y es imperecedero, lo
que es revolucionario en la historia de la literatura, y no el tan mentado
"colorido local" de las descripciones, que no es más que uno de los
múltiples medios auxiliares que emplea para dar forma a lo preponderante, y que
por sí solo nunca sería capaz de despertar el espíritu de una época. Las
grandes cualidades humanas, así como los vicios y las banalidades de sus héroes
surgen en Scott del terreno histórico claramente estructurado. Nos familiariza
con las peculiaridades históricas de la vida anímica de una época no a través
de un análisis o de una explicación psicológica de sus ideas, sino mediante una
amplia plasmación del ser, mediante la presentación de cómo las ideas, los
sentimientos y los modos de actuar nacen de este terreno histórico. Esto se
expone siempre en forma magistral en el curso de una acción interesante. Así,
Waverley confronta por primera vez a algunos miembros del clan durante una
discusión entre el clan y un hacendado escocés debida a un robo de ganado. El
clan le es por lo pronto tan incomprensible como al propio lector. Pasa después
una temporada con el clan, se entera de ja vida diaria de sus miembros, de sus
costumbres, alegrías y penas. Cuando el clan, y con él Waverley, va a tomar
parte en la guerra, tanto Waverley como el lector conoce ya detalladamente el
modo de ser y la conciencia singulares de esta gente que vive todavía en estado
gentil. Cuando más adelante Waverley, en el primer combate contra las tropas
reales, quiere salvar a un soldado inglés herido y procedente de su propia
hacienda, la gente del clan protesta primero contra esa ayuda a un enemigo. Pero
cuando comprenden que el inglés herido es miembro del "clan" de
Waverley, lo apoyan y honran a Waverley como cacique responsable. El
arrebatador efecto del heroísmo de Evan Dhu sólo pudo alcanzarse sobre la base
de esta amplia exposición del modo de ser y de actuar de esta singularidad
material y moral característica de la vida en el clan. De manera muy similar
hace revivir Scott otras formas peculiares del heroísmo de tiempos pasados, por
ejemplo del heroísmo de los puritanos, etcétera.
El gran objetivo poético de Walter
Scott en la plasmación de las crisis históricas en la vida del pueblo consiste
en mostrar la grandeza humana que, sobre la base de una conmoción de
toda la vida popular, se libera en sus representantes más significativos. Es
indiscutible que esta tendencia en la literatura se debe, consciente o
inconscientemente, a la experiencia de la Revolución francesa. Aparece ya
aisladamente en el inmediato periodo de preparación. La figura más clara es la
Klärchen goethiana en el Egmont. Goethe presenta este heroísmo
ciertamente basándose en la Revolución neerlandesa, pero la causa inmediata se
halla en el amor de Klärchen a Egmont. El propio Goethe encuentra después de la
Revolución francesa una expresión heroica aún más pura de esta tendencia en la
figura de su Dorotea. En ella se desenvuelven cualidades sencillas y fuertes,
decididas y heroicas como consecuencia de los sucesos de la Revolución
francesa, como consecuencia del destino que sufre su mundo inmediato por estos
sucesos. El gran arte épico de Goethe se muestra en la manera en que presenta
el heroísmo de Dorotea en perfecto acuerdo con su carácter sencillo y modesto,
como algo que siempre había estado oculto en ella en cuanto posibilidad y que
había salido a la luz gracias a los grandes acontecimientos del momento, pero
también como algo que no implica para ella un cambio radical de su vida o de su
psicología. En cuanto la necesidad objetiva de la actuación heroica deja de
existir, Dorotea vuelve a su cotidiana vida.
Poco importa que Walter Scott haya
o no conocido estas obras de Goethe y, de haberlas conocido, en qué medida; lo
que está fuera de duda es que prosigue históricamente esta tendencia de Goethe
y la transforma. Todas sus novelas están repletas de estos destinos, de estas
llamaradas de un heroísmo a la vez magnífico y simple en sencillos hijos del
pueblo que aparentemente pertenecen al promedio. La elaboración de la tendencia
goethiana consiste en primer lugar en el hecho de que Walter Scott resalta
mucho más que Goethe el carácter histórico del heroísmo, la singularidad
histórica de la grandeza humana que se revela. Con extraordinario apego a la
realidad traza Goethe los contornos generales de los movimientos populares,
tanto durante la Revolución neerlandesa como durante la francesa. Pero mientras
que las figuras secundarias del Egmont presentan marcados rasgos
históricos, y mientras también Klärchen sigue siendo miembro de su clase y de
su pueblo en todas las manifestaciones vitales que provoca su idílico amor por
Egmont, lo cierto es que su impulso heroico carece de un carácter histórico
claro y definido. Es fiel a la realidad y verídico, pues presenta la grandeza
humana en determinadas condiciones históricas, y esta grandeza se deriva
orgánicamente de la psicología de Klärchen, pero su singularidad no ha sido
caracterizada históricamente. Lo mismo podemos decir respecto de la
caracterización de Dorotea. En ninguna de estas figuras emplea el poeta, para
plasmar en forma positiva el impulso heroico, rasgos específicamente
histórico-sociales. Estos rasgos los coloca Goethe en el primer plano de su
narración al principio de la obra (o al final, como en el caso de Dorotea).
Pero sólo sirven de marco al impulso heroico y no le proporcionan colorido
histórico.
En Walter Scott sucede algo muy
distinto. Con máxima claridad observamos esta tendencia en The Heart of
Midlothian (El corazón de Midlothian). Scott ha creado aquí su principal
personaje femenino en la figura de la muchacha campesina Jeanie Deans. La hija
de un soldado radical del ejército de Cromwell se enfrenta a un terrible dilema
debido a los acontecimientos. Su hermana es acusada de infanticidio; de acuerdo
con las inhumanas leyes de esa época, basta para condenarla a la pena capital
la prueba de que había mantenido en secreto su preñez. Se había visto forzada a
mantener el secreto sin haber matado por ello al niño. Jeanie podría salvar a
su hermana haciendo un juramento en falso. Mas a pesar de su profundo amor por
su hermana y de su infinita compasión por su destino, vence en ella la
conciencia puritana y da un testimonio verídico. La hermana es condenada a
muerte. Y ahora, la muchacha campesina inculta, carente de dinero y de
conocimientos acerca del mundo, emprende a pie el camino a Londres para obtener
del rey el indulto de su hermana. La historia de estas luchas psíquicas y de la
lucha por salvar a la hermana presenta los rasgos de profundidad humana y
sencillo heroísmo propios de una persona verdaderamente excepcional. Pero Scott
ofrece una imagen de su heroína en que no se desvanecen en ningún momento los
estrechos rasgos del puritano campesino escocés; por el contrario, estos rasgos
revelan una y otra vez el carácter especifico del grande e ingenuo heroísmo de
este personaje del pueblo.
Una vez logrados sus intentos,
Jeanie Deans retorna a la vida cotidiana, y jamás vuelve a resurgir en su vida
otro impulso que hiciera sospechar la presencia de tales fuerzas. Scott expone
esta última etapa con una amplitud un poco exagerada, un poco demasiado
filistea, mientras que Goethe, que persigue la belleza de la línea, la
perfección clásica, se contenta con insinuar que la heroica vida de Dorotea ha
llegado a su fin y que también ella se integrará nuevamente en la simple vida
de cada día.
En ambos casos se trata de una
necesidad de la forma épica. Pero en ambos casos esta necesidad formal expresa
una profunda verdad humana e histórica. Estos dos grandes poetas quieren
revelar, a través de sus recreaciones, las enormes posibilidades humanas de
heroísmo siempre latentes en el pueblo y que aparecen "de repente" en
la superficie con arrobador impacto siempre que se presenta una gran ocasión,
siempre que la vida social, o también una vida personal, sufre una profunda
conmoción. La magnitud de los periodos críticos de la humanidad se debe en
buena parte a que siempre y por doquiera se hallan ocultos en el pueblo estos
vigorosos impulsos, que se desatan en cuanto la situación los necesita. La
necesidad épica de la desaparición de estas figuras una vez cumplida su misión
heroica subraya precisamente la generalidad de este fenómeno. Con Dorotea y
Jeanie Deans, Goethe y Walter Scott no pretendían exhibir personajes de
excepción o talentos sobresalientes que surgen del pueblo para elevarse a
dirigentes de un movimiento popular (figuras como éstas las presenta Walter
Scott en Robin Hood y Rob Roy). Por el contrario, lo que quieren es mostrar que
las posibilidades de este impulso humano, de este heroísmo, existen, aunque
latentes, en grandes cantidades en la masa del pueblo, y que muchísimas
personas del pueblo acaban sus días tranquilamente, sin impulso de esta índole,
porque no se les había presentado la oportunidad que hubiese provocado en ellos
la necesidad de tensar sus fuerzas. Las revoluciones son grandes épocas de la
humanidad justamente porque en ellas y a través de ellas se suscitan en masa
estos rápidos movimientos ascendentes de las capacidades humanas.
Este es el método de plasmación
histórica y humana con que Scott da vida a la historia. Según hemos mostrado,
expone la historia como una serie de grandes crisis. Su presentación del
desarrollo histórico, en primer término de Escocia e Inglaterra, constituye una
serie ininterrumpida de estas crisis revolucionarias. Así pues, si Scott expone
y defiende el proceso en su tendencia literaria principal, que se manifiesta en
todas sus novelas hasta el punto de convertirlas, en cierto sentido, en una
especie de ciclo, lo cierto es que este progreso es en él siempre un proceso
lleno de contradicciones, un proceso cuya fuerza motriz y base material es la
contradicción viva de las potencias históricas en pugna, la oposición de las
clases y de las naciones.
Scott se muestra de acuerdo con
este proceso. Es un patriota, y se muestra orgulloso de la evolución de su
pueblo. Y esta actitud es imprescindible para crear una novela histórica
auténtica que haga vivir al lector el pasado en toda su verdad y realidad. Sin
una relación vivida con el presente, la plasmación de la historia resulta
imposible. Pero con respecto al arte histórico verdaderamente grande, esta
relación no consiste en insinuaciones sobre algún acontecimiento coetáneo —como
hicieron los imitadores incapaces de Scott, tan sarcásticamente criticados por
Pushkin—, sino en la revivificación del pasado convirtiéndolo en prehistoria
del presente, en la revivificación poética de las fuerzas históricas, sociales
y humanas que en el transcurso de un largo desarrollo conformaron nuestra vida
con en efecto es, como la vivimos nosotros ahora. Hegel dice: "Lo
histórico sólo es nuestro... si en general podemos aceptar presente como efecto
de los acontecimientos en cuya cadena los caracteres o hechos expuestos representan
un eslabón esencial... Pues el arte no existe para un pequeño círculo cerrado
de unos pocos hombres, preferentemente cultos, sino para la nación en su
totalidad. Y lo que es válido para la obra de arte en general puede aplicarse
también al aspecto externo de la realidad histórica expuesta. También ella debe
presentársenos con claridad y accesible sin gran erudición, a nosotros que
pertenecemos a nuestro tiempo y a nuestro pueblo, de modo que nos podamos
familiarizar con ella y no permanezcamos forzosamente frente a ella como frente
a un mundo extraño e incomprensible".
Esta relación viva con el pasado
presupone el patriotismo de Scott. Pero sólo un sociólogo vulgar puede ver en
este patriotismo una glorificación de los comerciantes explotadores. Goethe
percibió con mucha mayor profundidad e inteligencia esta relación de Walter
Scott con la historia de Inglaterra. En una de sus conversaciones con Eckermann
se refiere al Rob Roy de Scott que, detalle interesante y significativo
para el "equivalente social" del autor, es una novela cuyo
protagonista es un héroe del pueblo escocés, una peculiar mezcla de rebelde,
cuatrero y contrabandista. Comenta Goethe: "Ciertamente, en esa novela
todo es grande: el tema, el contenido, los caracteres, el tratamiento... Pero
se ve lo que es la historia inglesa y lo que significa que un poeta capaz tenga
que cargar con un legado así". Goethe percibe, pues, claramente en qué
radica el orgullo de Scott respecto de la historia inglesa: por un lado, desde
luego, el paulatino crecimiento del poder y la grandeza nacionales, que Scott desea
ejemplificar en su continuidad con su "camino medio", pero por el
otro, ligado íntimamente a él, las crisis de ese crecimiento, los extremos,
cuya lucha puede desembocar como resultado final en este "camino
medio", pero que jamás se podrían eliminar de la imagen característica de
la grandeza nacional sin quitarle también su grandeza, riqueza y contenido.
Scott conoce y elabora
poéticamente el complicado y entrelazado camino que condujo a la creación de la
grandeza nacional de Inglaterra, a la formación del carácter nacional. En
cuanto pequeño noble sobrio y conservador naturalmente está de acuerdo con el
resultado y defiende su necesidad. Pero de ninguna manera se agota en esto la
imagen poética que del mundo tiene Scott. Este novelista observa el inmenso
campo de escombros de vidas destruidas, de heroicos afanes humanos aniquilados
o malgastados, de formaciones sociales destrozadas, etc., y que constituye la
condición necesaria de ese resultado final.
Sin duda se presenta aquí una
cierta contradicción entre el inmediato conglomerado político de las opiniones
de Scott y su imagen poética del universo. Como tantos realistas importantes,
como Balzac y Tolstoi, también Scott llegó a ser un gran realista a pesar de
sus propias convicciones político-sociales. También en él puede observarse la
"victoria del realismo" (para usar una expresión de Engels) sobre sus
ideas personales político-sociales. El pequeño noble escocés Sir Walter Scott
afirma este desarrollo, sin más, con sobria racionalidad. En cambio, el poeta
Scott conforma el sentimiento del poeta romano Lucano: "Victrix causa diis
placuit, sed victa Catoni" (La causa vencedora gustó a los dioses, la
vencida en cambio a Catón).
Sería erróneo pensar que esta
oposición es radical y que carece de mediaciones, es decir, tomar la sobria
aceptación de la realidad inglesa, del "camino medio" del desarrollo
inglés, como algo exclusivamente negativo, como algo que sólo significa un
obstáculo para el gran arte de Scott. Por el contrario, debemos reconocer que
este gran arte histórico ha surgido precisamente de la acción recíproca, de la
compenetración dialéctica de estos dos aspectos de la personalidad de Scott.
Gracias a este carácter, Scott no es un romántico, no se ha convertido en un
poeta glorificador y elegiaco de tiempos pasados. Gracias a esa compenetración
pudo plasmar objetivamente la descomposición de formas sociales pasadas no
obstante toda la simpatía humana y toda su capacidad de comprensión poética de
las grandiosas y heroicas cualidades existentes en ellas. Y esta objetividad se
presenta en un gran sentido histórico a la vez que en un sentido poético: con
la misma mirada descubría las cualidades extraordinarias y la necesidad
histórica de su destrucción.
Esta objetividad realza aun más la
verdadera poesía del pasado. Hemos visto que en la imagen histórica de Walter
Scott, a diferencia de las opiniones deformadoras de críticos posteriores,
nunca juegan los papeles principales los representantes oficiales de las
antiguas clases dominantes. Aparte de los correctos "héroes medios",
que sólo con restricciones se pueden considerar héroes positivos, son pocas las
figuras trazadas como positivas entre los personajes nobles de las novelas de
Scott. Este señala a menudo humorística, satírica o trágicamente la debilidad y
la degeneración humana y moral de los estratos superiores. El pretendiente en Waverley,
María Estuardo en The Abbott (El abad), e incluso el príncipe heredero
en The Fair Maid of Perth (La bella doncella de Perth), ofrecen sin duda
rasgos atractivos y amables, pero el lineamiento general de su caracterización
tiende más bien a mostrar su incapacidad para el cumplimiento de sus misiones
históricas. La poesía de la objetividad histórica de Walter Scott consiste aquí
en que presenciamos los fundamentos sociales histórico-objetivos de esta
incapacidad personal en el ambiente global sin tener que soportar un análisis
pedante. Junto a esto, Scott dibuja en toda una serie de personajes los
aspectos repulsivamente brutales de la dominación de la nobleza (como los
caballeros templarios en Waverley) al lado de la incapacidad frecuentemente
ridicula y cómica de la nobleza cortesana para vivir de acuerdo con su época,
puesto que esa nobleza se va alejando cada día más de la vida nacional. Las
pocas figuras positivas adquieren esta cualidad casi siempre a través de un
sencillo cumplimiento del deber, de su comportamiento como gentlemen.
Sólo algunos representantes aislados del progreso histórico adquieren una
monumentalidad histórica en el tratamiento de Scott, como por ejemplo Luis XI.
Casi siempre que algún personaje
de la nobleza juega un papel íntegra o parcialmente positivo, ello se debe a la
relación de ese personaje con el pueblo, una relación por lo general
patriarcal, sea vivida o moribunda (así, en el duque de Argyle en The Heart
of Midlothian). La vida auténtica y viva de la realidad histórica de Scott
es la vida del propio pueblo. Como pequeño noble inglés, tradicionalmente bien
relacionado con la burguesía también por su manera de vivir, Scott sentía una
profunda simpatía por la altiva autoconciencia del burgués de las ciudades
medievales inglesas y escocesas y del campesino libre. Especialmente en la
figura de Henry Gow (en The Fair Maid of Perth) ofrece una hermosa
imagen de este valor y de esta dignidad del burgués medieval. En cuanto
combatiente, Henry Gow es por lo menos tan diestro como cualquier caballero,
pero rechaza orgullosamente el ofrecimiento del conde Douglas, quien lo quiere
armar caballero, porque es burgués y desea vivir y morir como ciudadano libre.
En las obras completas de Scott
encontramos maravillosas escenas y figuras de la vida de los campesinos libres
y siervos, de los destinos de numerosos parias de la sociedad, de los
contrabandistas, bandidos, soldados profesionales, desertores, etc. Mas la
poesía capital de sus plasmaciones de la vida pasada se halla en su inolvidable
elaboración de los residuos de la sociedad gentil, es decir, del clan escocés.
Ya por el tema mismo se ofrece aquí un elemento tan vigoroso del periodo
heroico de la humanidad que las novelas de Scott se aproximan
considerablemente, en sus episodios culminantes, a las antiguas epopeyas. Scott
es aquí un magnífico descubridor y revelador de este remoto pasado. Cierto que
ya en el siglo XVIII se amaba y gozaba la poesía de las situaciones primitivas.
Y en la ola de entusiasmo por Hornero, que destituyó a Virgilio como modelo,
sin duda se hace patente un presentimiento de esta época de la infancia de la
humanidad. Algunos pensadores de importancia, como Ferguson, establecieron un parentesco
entre los héroes homéricos y los indígenas norteamericanos. Pero esta
predilección se mantuvo en un plano abstracto, de sentimental moralización. Fue
Scott quien realmente resucitó este periodo al conducirnos a la vida diaria de
los clanes, al recrear, a partir de esta base real, tanto la magnificencia
humana extraordinaria y nunca más alcanzada de esta situación primitiva como
también la necesidad interna de su trágica decadencia.
Debido a esta revivificación de
los principios poéticos objetivos de que deriva la poesía de la vida popular y
de la historia, Scott llegó a ser el gran poeta de los tiempos pasados, el
auténticamente popular recreador de la historia. Heine percibió claramente esta
singularidad de la poesía de Scott y vio asimismo que su fuerza se encuentra
justamente en esta representación de la vida del pueblo, en el hecho de que los
grandes acontecimientos y personajes oficiales no son colocados en primer
plano. Así, dice: "Las novelas de Walter Scott ofrecen en ocasiones con
mayor fidelidad que Hume el espíritu de la historia inglesa". Los
historiadores y filósofos de la historia más capaces de este periodo, como
Thierry y Hegel, tienden a esta concepción de la historia. Pero en ellos no
pasa de ser una exigencia, una manifestación teórica de esta necesidad. Pues en
la teoríai y en la historiografía, únicamente el materialismo histórico es
capaz de desenterrar este fundamento de la historia, de hacer surgir ante
nuestra mirada fielmente el periodo de infancia de la humanidad. Y lo que
Morgan, Marx y Engels elaboraron y probaron con lucidez teórica e histórica, en
las mejores novelas históricas de Walter Scott se ofrece vividamente bajo forma
poética. Por este motivo resalta Heine con mucha razón este aspecto de Walter
Scott, es decir, el aspecto de su popularidad. "¡Extraño capricho del
pueblo! Exige su historia de la mano del poeta, no de la del historiador. No
quiere un fiel relato de los hechos secos, sino los hechos que, disueltos en
poesía original, son causa de aquéllos".
Repetimos: esta poesía se halla
objetivamente ligada a la necesidad de la decadencia de la sociedad gentil. En
las diversas novelas de Scott asistimos a las etapas particulares de esta
decadencia en toda su concreción y diferenciación histórica. Scott no ha
querido convertir sus novelas en un ciclo coherente a la manera pedante de los Ahnen
(Los antepasados) de Gustav Freytag. Mas precisamente en relación con el
destino del clan se presenta con enorme plasticidad el gran nexo histórico, la
inexorable necesidad de esta tragedia del clan. El dramatismo nace ya de la
mera acción recíproca entre estos destinos y el mundo histórico-social
circundante. Nunca se representan en forma autónoma y aislada, sino siempre en
el contexto de una crisis general de la vida popular escocesa o anglo-escocesa.
La cadena de estas crisis se inicia con las primeras grandes luchas de la
naciente burguesía escocesa contra la nobleza, y desde los intentos de la
monarquía para aprovechar esa lucha con el fin de fortalecer el poder central (The
Fair Maid of Perth, cuya acción transcurre a fines del siglo XIV), hasta
los últimos ensayos de los Estuardos por dar marcha atrás a la rueda de la
historia y restaurar el anticuado absolutismo en una Inglaterra que ya ha
progresado considerablemente en su estructuración capitalista (Rob Roy,
que se desarrolla a fines del siglo XVIII). Por necesidad histórica, los clanes
siempre son los explotados, los estafados, los engañados. Precisamente sus
cualidades heroicas, procedentes del primitivismo de su estructura social, los
convierten en juguete de los representantes de los poderes dominantes en cada
etapa de la civilización, representantes por lo demás mucho más despreciables
en el aspecto humano. Lo que Engels muestra en forma científica —cómo la civilización
lleva a cabo cosas que están más allá del alcance de la sociedad gentil—, Scott
lo plasma poéticamente. Elabora especialmente el contraste que Engels recalca
con relación a lo humano al analizar este necesario fracaso de la sociedad
gentil frente a la civilización: "Pero las ha llevado a cabo poniendo en
movimiento los más sucios instintos y pasiones de los hombres y las desarrolló
a costa de todo el resto de sus disposiciones".
Ya los primeros intentos para
crear una monarquía absoluta, efectuados durante las luchas de clase de la
época feudal, se aprovechan sin escrúpulo alguno de las irrelevantes querellas
entre los clanes para que hagan estragos entre sí. El mutuo exterminio de todos
los hombres capaces de llevar armas entre dos clanes, que constituye la trama
de la primera de las novelas aquí citadas, es sin duda una excepción en esta
forma tan extremosa, y es Scott, con su gran arte, quien extrae de aquí lo
típico. Pero Scott puede hacerlo sólo debido a que en esta medida espontánea,
aislada y episódica se expresa tanto la incapacidad de los clanes de defender
sus intereses comunes frente a la nobleza o la burguesía como el desgaste de
sus energías en la estrechez local de sus pequeñas querellas, incapacidad y
desgaste que necesariamente derivan del fundamento mismo de la existencia de
los clanes. La guardia personal del rey francés Luis XI se compone ya de
miembros de estos viejos clanes, dispersos más bien involuntariamente y
dependientes de sí mismos (Quentin Durward). Y los partidos de las guerras
civiles posteriores, tanto el Parlamento como los Estuardos, utilizan en forma
masiva y única a los valientes y entusiastas combatientes de los clanes para
carne de cañón con fines políticos enteramente ajenos a los clanes (A Legend
of Montrose [Una leyenda de Montrose], Waverley, Rob Roy).
Con la supresión del levantamiento
de 1745, descrita en Waverley, se inicia según Engels la verdadera
decadencia de la sociedad gentil en Escocia. Unos pocos decenios después (en
Rob Roy) se nos presentan los clanes en total disolución económica. Un
personaje de esta novela, Jarvie, el sensato comerciante y alcalde de Glasgow,
percibe con gran claridad que los golpes desesperados, de antemano destinados
al fracaso, de los clanes en apoyo de los Estuardos se han convertido en una
necesidad económica para los propios clanes. No pueden ya sostenerse sobre la
base de su economía primitiva. Sufren de una sobrepoblación continuamente
armada y muy ejercitada en el combate, pero con la que nada pueden hacer en
tiempos normales; esta gente se ve obligada a entregarse al bandidaje, y su
única salida de esta situación desesperada es iniciar o apoyar uno de esos
levantamientos. Debido a esto aparece aquí un matiz de disolución, de
desclasamiento, que aún no se había presentado en la imagen que el Waverley
ofrece del clan.
También aquí debemos admirar el
extraordinario realismo de la exposición histórica de Scott con que traspone
estos nuevos elementos del cambio económico-social al destino de varias
personas, a una psicología alterada de los personajes. Su auténtica popularidad
se manifiesta en que, por una parte, desde luego estructura enérgicamente y con
inexorabilidad realista estos rasgos desclasados, especialmente en las acciones
románticas y aventureras del propio Rob Roy, quien por ello se distingue
nítidamente de la primitiva sencillez de los jefes de clan de épocas
anteriores, pero por la otra plasma esta decadencia de los clanes con todo su
verdadero heroísmo popular: no obstante su tendencia al desclasamiento, la
figura de Rob Roy resume igualmente las antiguas y magníficas cualidades
humanas de los viejos héroes de un clan. La caída de la sociedad gentil se
presenta en Scott como una tragedia heroica, no como una miserable
degeneración.
Y así se convierte Walter Scott en
el gran poeta de la historia gracias a una intuición mucho más profunda,
auténtica y diferenciada de la necesidad histórica que la que cualquier poeta
anterior pudo haber tenido. La necesidad histórica es en sus novelas rigurosa e
inexorable, pero sin constituir un hado trascendente: muy por el contrario,
consta de la compleja acción recíproca de circunstancias históricas concretas
que sufren un proceso de transformación, una mutua influencia de hombres
concretos que, criados en esas circunstancias, reciben efectos muy variados y
actúan en forma individual según sus pasiones personales. La necesidad
histórica es en la plasmación siempre una resultante y no una condición, en la
elaboración poética exhibe el ambiente trágico de la época, pero no es el
objeto de las reflexiones del escritor.
Esto, naturalmente, no significa
que los personajes de Scott no reflexionen acerca de sus objetivos y sus
misiones. Pero se trata de reflexiones de personas que actúan bajo determinadas
circunstancias. Y el ambiente de la necesidad histórica surge precisamente de
la finamente elaborada dialéctica entre el poder y la impotencia del juicio
correcto en circunstancias históricas concretas. En A Legend of Montrose
presenta Scott un episodio escocés de la gran Revolución inglesa. Tanto las
tropas del Parlamento como las monárquicas tratan de ganarse el apoyo de los
belicosos clanes. Utilizan para ello como instrumentos a los dos grandes
caciques Argyle y Montrose. Tiene extraordinario interés que en esta situación
exista además un pequeño jefe de clan que se percate con gran lucidez que tanto
el apoyo al rey como la ayuda al Parlamento significaría a fin de cuentas la
propia destrucción. Pero su sensatez y visión está de antemano condenada a la
impotencia debida a la fidelidad y a la confianza del clan en sus grandes
jefes. Y de este modo se inicia la lucha entre Montrose y Argyle.
La misma necesidad que favoreció
aquí los planes de Montrose establece para su realización unos estrechos
límites, propios del sistema de clan. Montrose abatió al contrincante y quiere
combatir ahora contra los enemigos ingleses del rey; una campaña con fuerzas
militares frescas incluso podría provocar en Inglaterra un desenlace diferente.
Pero esto es objetivamente imposible. Con un ejército formado por miembros de
un clan únicamente se puede efectuar una guerra de clan escocés. Los adeptos de
Montrose harían cualquier cosa por su jefe, pero como están convencidos de que
el verdadero enemigo no es el Parlamento, sino el grupo de clanes enemigos
conducidos por Argyle, no hay razonamiento ni autoridad que los pueda convencer
de lo contrario, por ilimitada que sea la autoridad de Montrose, mientras éste
se mueva dentro del marco de la ideología de clan. Y uno de los magníficos y
finos rasgos históricos del arte con que Scott caracteriza a sus personajes se
expresa en el hecho de que no se conforma con manifestar sólo exteriormente
esta oposición. Cierto que Montrose es aristócrata y convencido partidario del
rey, jefe militar de notables cualidades y hombre de grandes ambiciones
políticas, pero también en su fuero interno es un cacique de clan. Los
razonamientos de sus compañeros tienen una fuerte influencia en él, y por una
necesidad tanto exterior como interior renuncia a su grandes planes y malgasta
sus fuerzas en la mezquina guerra de clan contra Argyle.
La fidelidad histórica de
Walter Scott está en la plasmación de esta gran necesidad histórica, que se
impone a través de la apasionada actuación de los individuos, pero con
frecuencia contra su psicología, así como en la fundamentación de esta
necesidad en las bases económico-sociales reales de la vida del pueblo. Junto a
esta autenticidad en la reproducción literaria de los verdaderos componentes de
la necesidad histórica poco importa que algunos hechos o detalles particulares
no correspondan a la verdad histórica. Por otro lado, Walter Scott es muy
vigoroso y auténtico justamente en estos detalles, pero nunca en el sentido
anticuado y exótico de algunos escritores posteriores. Para Scott, los detalles
no son más que medios para alcanzar verdaderamente la mencionada fidelidad
histórica, para hacer patente en forma concreta la necesidad histórica de una
situación concreta. Esta fidelidad histórica es en Scott la verdad de la
psicología histórica de sus personajes, del hic et nunc (aquí y ahora)
de sus motivaciones psíquicas y de su actuación.
Scott mantiene esta fidelidad
histórica con peculiar esmero al tratarse de su comprensión humana y moral de
los protagonistas. Las reacciones opuestas y contradictorias a determinados
acontecimientos se mantienen, en sus novelas más logradas, dentro de los
límites de la dialéctica objetiva de una determinada crisis histórica. En este
sentido, jamás crea figuras excéntricas, figuras que por su psicología
desentonan con el espíritu de la época. Bien merecería la pena analizarse esto
detalladamente en algunos ejemplos sobresalientes. Nosotros únicamente nos
referiremos brevemente a la hermana de Jeanie Deans, Effie. Aparentemente se
encuentra en un extremo psicológico y moral radicalmente opuesto al del padre y
la hermana. Pero Scott va mostrando con gran finura cómo este contraste había
surgido de la oposición contra el carácter campesino y puritano de la familia,
cómo una serie de circunstancias le proporcionaron a su educación las
posibilidades de un desarrollo especial y cómo varios rasgos psíquicos se conservaron
en ella aun a través de su trágica crisis y mantuvieron su comunidad
socio-temporal también durante su ulterior ascenso social. En estas
elaboraciones observamos que Scott. a diferencia de la evolución de la novela
histórica después de 1848, jamás moderniza la psicología de sus
personajes.
Aclaremos que esta modernización
no es una nueva "adquisición" de la novela histórica posterior a
1848. Al contrario. Es el falso legado que precisamente Walter Scott había
superado. Y la lucha entre la fidelidad histórica de la psicología y la
modernización psíquica de las figuras históricas constituye el problema central
de la división de los espíritus inclusive en la época de Walter Scott. Más
adelante hablaremos con mayor detalle de este problema. Por el momento sólo
anotamos que mientras las novelas pseudohistóricas de los siglos XVII y XVIII
equiparaban ingenuamente la vida afectiva del pasado con la del presente, va
surgiendo con Chateaubriand y con el romanticismo alemán una nueva y mucho más
peligrosa corriente modernizadora. Pues especialmente los románticos alemanes
dan gran importancia a la fidelidad histórica de todos los detalles. Descubren
el pintoresco encanto de la Edad Media y lo reproducen con una acuciosidad
"nazarena": desde el catolicismo medieval hasta los viejos muebles se
describe todo con una precisión artesanal que en ocasiones se convierte en
pintoresca pedantería. Pero los seres humanos que actúan en este mundo
encantador tienen la psicología de un romántico desgarrado o de un recién
converso apologista de la Santa Alianza.
Esta decorativa caricatura de la
fidelidad histórica fue tajantemente rechazada por los grandes representantes
alemanes del progreso literario y cultural, por Goethe y Hegel. La novela
histórica de Walter Scott es la viva contraparte de estas nuevas tendencias de
un falso historicismo unido a una poco artística modernización del pasado. Pero
¿significa la fidelidad al pasado que se tenga que escribir una crónica
imitativa y naturalista del lenguaje y del modo de pensar y de sentir de ese
pasado? Por supuesto que no. Y los grandes contemporáneos de Scott —Goethe y
Hegel—, expresaron con gran claridad teórica este problema. Goethe plantea la
cuestión en una reseña de la tragedia histórica Adelchi de Manzoni.
Escribe lo siguiente: "Para justificarlo, pronunciaremos la aparentemente
paradójica frase de que toda poesía se mueve en anacronismos. Todo pasado que
evocamos para presentarlo a nuestra manera a los contemporáneos debe otorgarle
a lo antiguo una cultura superior de la que tenía;... La Iliada y la Odisea,
el conjunto de los trágicos, y todo lo que se nos ha conservado de poesía
verdadera, vive y respira sólo en anacronismos. A todas las situaciones se les
presta lo más reciente para hacerlas comprensibles y aun soportables..."
No sabemos en qué medida estos
pensamientos influyeron directamente en la estética de Hegel. En todo caso, al
generalizar conceptual y estéticamente el problema, Hegel ya habla de un necesario
anacronismo en el arte. Pero en lo que se refiere a la concretización y a
la dialéctica histórica del problema, los razonamientos de Hegel, desde luego
van mucho más lejos que los de Goethe y expresan teóricamente los principios
que habían determinado la práctica histórica de Scott. Hegel comenta en la
forma siguiente este anacronismo necesario: "La sustancia interna de lo
representado permanece la misma, pero la conformación desarrollada ai
representar y desplegar lo sustancial hace necesaria una transformación para la
expresión y la estructura de esa sustancia".
Esta formulación está sin duda muy
emparentada a la de Goethe, pero de hecho lleva adelante objetivamente la de
éste. Pues Hegel concibe ya, conscientemente, con mayor historicidad que Goethe
la relación entre el presente y el pasado. Para Goethe lo que interesa
esencialmente es elaborar la liberación de los principios generales humanos, de
los principios humanistas, desde el terreno histórico concreto; le importa una
transformación tal de este terreno histórico que se pueda efectuar la
liberación sin tener que renunciar por ello a la verdad histórica esencial.
(Remitimos a nuestro anterior análisis de las figuras de Dorotea y Klärchen.)
Hegel, en cambio, concibe esta relación con el presente históricamente. Piensa
que el "necesario anacronismo" puede generarse orgánicamente de la
materia histórica si el pasado plasmado por poetas contemporáneos es reconocido
y vivido claramente como prehistoria necesaria del presente. En este
caso sólo se llega a intensificar la expresión, la conciencia, etc., que
presente con mayor nitidez y vigor esta conexión. Y la nueva elaboración de los
acontecimientos, de las costumbres, etc., del pasado consiste en este caso sólo
en el hecho de que el poeta hace resaltar con el justo valor histórico objetivo
que poseen para el producto del pasado —es decir, para el presente— aquellas
tendencias que ya habían sido vivas y efectivas en el pasado y que han llevado
históricamente a la realidad del presente, pero sin que los coetáneos de esos
acontecimientos hubiesen reconocido, desde luego, su ulterior signifi ración.
Estos razonamientos de Hegel
implican una limitación estética de la temática histórica. Pues al proseguir
con estos pensamientos, Hegel enfrenta el necesario anacronismo de los poemas
homéricos y de los trágicos griegos a la elaboración medieval,
feudal-caballeresca del Cantar de los Nibelungos. "En cambio es muy
diferente esta transformación poética cuando las ideas y creencias de una
evolución posterior de la conciencia religiosa y moral se transfieren a una
época o a una nación cuya cosmosivión entera contradice estas nuevas
ideas y creencias". Así pues, la modernización se efectúa con necesidad
estética e histórica cada vez que esta viva relación entre el pasado y el
presente no existe o que existe de manera forzada. (Acerca de este problema de
la modernización aún tendremos que hablar muy detalladamente en los capítulos
siguientes.)
Claro está que hay una enorme
diferencia histórica —reflejada asimismo en la creación estética— entre la
ingenua inconsciencia y despreocupación con que los poetas del Cantar de los
Nibelungos transformaron en sentido feudal y cristiano las leyendas de la
época pagana, y la exagerada apologética con que los románticos reaccionarios
introducen los principios del legitimismo en la Edad Media, convirtiendo a ésta
en un idilio social poblado de desclasados decadentes con aspecto de héroes.
Scott llevó a la práctica
literaria el "anacronismo necesario" de Goethe y Hegel seguramente
sin tener conocimiento de las reflexiones de estos pensadores. Tanto más
notable es esta coincidencia de los importantes poetas y filósofos progresistas
de esta época con sus principios de plasmación. En especial si se piensa que
Scott lo hizo con plena conciencia artística, aunque careciese de una
fundamentación filosófica. En su prefacio al Ivanhoe se refiere a esta
cuestión: "Ni puedo ni quiero pretender una perfecta precisión, ni
siquiera en las cosas que sólo interesan a la forma externa, y mucho menos en
los puntos más significativos de la expresión y la conducta. Pero el mismo
motivo que me impide redactar el diálogo de una obra en anglosajón o en un
francés normando y me prohibe mandar imprimir esta escritura con tipos Caxton o
Wynken de Worde, es el que me impide mantenerme absolutamente dentro de los
confines del periodo en que se desarrolla mi historia. Para suscitar
participación, el objeto elegido tiene que ser traducido a las
costumbres y al lenguaje del periodo en que vivimos... Es cierto que esta
libertad tiene sus límites pertinentes; el autor no debe referir nada que no
esté de acuerdo con las costumbres de la época descrita". El camino hacia
la verdadera fidelidad histórico-poética se presenta en Walter Scott como una
continuación de los principios de plasmación de los grandes escritores
realistas ingleses del siglo XVIII y su aplicación a la historia. Esta
continuación rio debe entenderse meramente como una ampliación temática, sino
en el sentido de la historización de los principios creadores de hombres y
sucesos. Lo que en Fielding no existía más que en forma latente se convierte en
Scott en el alma motriz de la plasmación poética. El "anacronismo
necesario" de Scott sólo consiste, pues, en que presta a sus personajes
una clara expresión de los sentimientos e ideas acerca de nexos históricos
auténticos, expresión que de ningún modo podían haber tenido los hombres de
entonces con esa claridad y lucidez. Pero el contenido de los sentimientos y de
las ideas, la relación de estos sentimientos e ideas con su objeto real es
siempre correcto en Scott, tanto en sentido social como histórico, y su gran
delicadeza poética radica en que por una parte sólo eleva esa clara expresión
por encima de su tiempo en la medida absolutamente necesaria para aclarar el
contexto, mientras que por la otra presta también a esta expresión intelectual
y afectiva el timbre, el colorido, el matiz peculiar de la época, de la clase, etcétera.
III. La novela histórica clásica en pugna con
el romanticismo
Según vimos, el arte de Walter
Scott expresa con perfección artística la tendencia progresista de esta época,
la defensa histórica del progreso. En efecto, Scott se convirtió en uno de los
escritores más populares y leídos de su época, y esto en proporción
internacional. Es inconmensurable la influencia que ejerció en toda la
literatura europea. Los poetas más sobresalientes de este tiempo, desde Pushkin
hasta Balzac, siguen nuevos derroteros en su producción a partir de este nuevo
tipo de plasmación histórica. Sin embargo, sería erróneo creer que la gran ola
de novelas históricas en la primera mitad del siglo XIX efectivamente se basa
en los principios establecidos por Scott. Ya hemos mencionado que la concepción
histórica del romanticismo era diametralmente opuesta a la de Scott. Y con
esto, desde luego, no hemos agotado la caracterización de las demás corrientes
en la novela histórica. Señalemos aquí sólo dos de estas importantes
corrientes: por un lado está el romanticismo liberal, que tiene originalmente,
tanto en su concepción del mundo como en sus principios literarios, mucho en
común con el romanticismo, con la lucha ideológica contra la Revolución
francesa, pero que sobre esta base vacilante y contradictoria defiende, no
obstante, la ideología de un progreso moderado; por el otro tenemos aquellos
escritores importantes que, como Goethe y Stendhal, han conservado incólume una
buena parte de la herencia cosmovisual del siglo XVIII, y cuyo humanismo
contiene hasta el fin vigorosos elementos de la Ilustración. Naturalmente, no
es nuestro tema aquí esbozar la lucha de estas corrientes ni siquiera en sus
contornos. Sólo deseamos analizar algunos ejemplos básicos de la continuación
de los principios poéticos de la novela histórica y del antagonismo a estos principios,
ejemplos que debido a su influencia directa han llegado a tener importancia
para el desarrollo posterior de la novela histórica, o que, por el contrario,
representan contrastes a este desarrollo en la presente crisis, en la que
poseen una gran actualidad junto a Scott.
Los coetáneos y sucesores ingleses
de Scott pueden dejarse de lado en este resumen. En el campo de la lengua
inglesa, Scott únicamente ha tenido un sucesor digno de él que adoptó ciertos
principios de su temática y método de composición llevándolos en ocasiones aun
más lejos: nos referimos al norteamericano Cooper. En su inmortal ciclo de
novelas de los Leatherstocking Tales coloca en el centro de su creación
poética un tema que había sido capital para Walter Scott: la decadencia de una
sociedad pagana. De acuerdo con el desarrollo histórico de Norteamérica, este
tema adquiere rasgos enteramente nuevos. En Scott se trata de una evolución
basada en continuas luchas y a través de siglos enteros; nos presenta las
diversas formas de adaptación de los residuos de una sociedad gentil al sistema
feudal y, finalmente, al incipiente capitalismo; y Scott plasma la lenta
desaparición de esta sociedad con sus numerosas crisis. En América, la propia
historia presentó con mucha mayor brutalidad e inmediatez esta oposición: el
capitalismo colonizador de Francia e Inglaterra destruye física y moralmente la
sociedad gentil de los indígenas, que había florecido casi inalterada durante
milenios.
Al concentrarse Cooper en este
problema, en el exterminio físico y en la desmoralización de las tribus
indígenas, sus novelas adquieren una enorme y amplia perspectiva histórica. Mas
al propio tiempo, el lineamiento recto, sin ambigüedades, de la oposición
social significa un empobrecimiento del mundo poético en comparación con Scott.
En Cooper, esto se expresa muy particularmente al plasmar a los ingleses y
franceses, representados en su inmensa mayoría en forma esquemática, con una
psicología superficial y un humor monótono y exagerado. Ya Balzac criticaba
acerbamente este punto débil de Cooper, a quien por lo demás considera como
digno sucesor de Scott. A mi modo de ver, esta debilidad tiene su origen en que
los europeos que aparecen en las novelas de Cooper son aislados y llevan una
vida mucho más solitaria, sin una verdadera acción recíproca social, que la de
los señores feudales o burgueses en Scott.
El interés poético de Cooper se
centra en la plasmación de la trágica decadencia de la sociedad gentil de los
pieles rojas. Con una magnificencia de gran aliento épico separa Cooper los dos
procesos de la destrucción trágica y el desclasamiento moral y humano.
Concentra los conmovedores rasgos trágicos de la decadencia en unas pocas
grandes figuras sobrevivientes de la tribu Delaware, mientras que expone amplia
y detalladamente los síntomas de la desintegración moral de los indígenas en
las tribus contrincantes. Con esto, sin duda, su estructuración se simplifica,
pero alcanza también en algunos pasajes una grandeza casi de epopeya.
Su máximo logro poético lo realiza
Cooper en una peculiar transformación del "héroe medio" de Scott. La
figura principal de estas novelas es el cazador inglés Nathaniel Bumppo, hombre
analfabeta, sencillo y decente, uno de los muchos pioneros colonizadores de
Norteamérica; pero en cuanto sencillo hombre del pueblo e inglés de principios
puritanos, se siente profundamente atraído por la primitiva grandeza de la
humanidad de los indios; y así llega a establecer un estrecho e irrompible lazo
humano con los sobrevivientes Delawares. En su actitud esencial conserva su
moralidad europea, mas su indómito amor a la libertad, su simpatía por una vida
sencilla y humana lo acercan más a estos indígenas que a los colonizadores
europeos, entre los que él mismo se encuentra desde un punto de vista social
objetivo. En esta figura popular y simple, que sólo puede sentir, pero no
comprender, su propio destino trágico, Cooper da forma literaria al imponente
carácter trágico histórico de esos primeros colonizadores, que con el fin de
conservar su libertad emigraron de Inglaterra para aniquilar esta misma
libertad con su actividad en América. Máximo Gorki encontró hermosas palabras
para este destino trágico: "Como explorador de los bosques y las llanuras
del 'Nuevo Mundo', traza caminos para hombres que poco después lo tacharían de
delincuente porque no se sometió a sus avaras leyes, tan incomprensibles para
su afán de libertad. Durante toda su vida sirvió inconscientemente a la gran
causa de la expansión geográfica de la cultura material en tierra de salvajes y
resultó ser él mismo inadecuado para vivir bajo las condiciones de la cultura a
la que había abierto las primeras veredas". Gorki nos muestra aquí en
forma admirable cómo una gran tragedia histórica, de importancia mundial, pudo
ejemplificarse en el destino de un hombre mediocre del pueblo. Precisamente
Cooper nos prueba que una tragedia de esta índole se expresa con una poesía
mucho más conmovedora si se basa en un ambiente de cuyos problemas cotidianos
derivan orgánicamente los contrastes económicos inmediatos así como las
resultantes divergencias morales. El destino trágico de los pioneros se
entrelaza aquí de modo admirable con la trágica decadencia de la sociedad
gentil, y una de las grandes contradicciones del movimiento progresista de la
humanidad se personifica aquí en una maravillosa figura trágica.
Esta concepción de las
contradicciones del progreso humano es un producto del periodo
posrevolucionario. Arriba citamos las palabras de Pushkin en que señala clara y
conscientemente que la plasmación que Scott hace de la historia significa una
nueva época, aun frente a Shakespeare y Goethe. En el propio Goethe es donde
mejor se puede estudiar esta nueva situación histórica. Hasta el fin de sus
días, Goethe fue un apasionado partidario del progreso en cualquier terreno.
Hasta su muerte seguía con atención y comprensión los nuevos fenómenos de la
literatura. Estudió y criticó detalladamente no sólo a Scott y Manzoni, sino
también, casi en sus últimos días de vida, las primeras grandes obras de
Stendhal y Balzac.
No obstante, la relación de Goethe
con Scott es problemática, y la influencia de éste sobre el método de
composición de Goethe no es decisiva. Al estructurar el hic et nunc
histórico, al conservar la psicología de sus personajes hasta en la cualidades
humanas de sus supremas manifestaciones vitales, Goethe es siempre un poeta del
periodo pre-scottiano. No nos es posible aquí analizar los diversos comentarios
de Goethe sobre Scott en su desarrollo y contradicción. Basta con que señalemos
estas contradicciones. Párrafos arriba citamos ya unas entusiastas palabras de
Goethe sobre el Rob Roy, y podrían citarse otras más de este tipo. En
sus conversaciones con el Canciller von Müller, sin embargo, Goethe valora una
vez muy por encima de Scott a Lord Byron, y dice respecto de Scott: "He
leído dos novelas de Walter Scott, y sé ahora lo que quiere y lo que puede
hacer. Me divertiría continuamente, pero no puedo aprender nada de él".
Aclaremos que las palabras
dirigidas a Eckermann, citadas al principio, son de una época posterior, por lo
que se podría aducir justificadamente que Goethe corrigió más tarde su opinión
sobre Scott. Pero justamente la producción decisiva del viejo Goethe no muestra
vestigio alguno de una eficaz influencia de la nueva concepción histórica
acerca del hombre y de los acontecimientos. El horizonte social del Goethe
maduro abarca cada vez más, su comprensión de la dialéctica trágica de la
moderna vida burguesa es cada vez más profunda, pero en cuanto a la orientación
de su concretización histórica del espacio y del tiempo en sus tramas y a la
psicología histórica conclusa de sus personajes no rebasa jamás el peldaño de
sus años medios. El carácter histórico de algunas obras, como el Egmont,
sigue siendo, en este aspecto, el punto culminante de su producción. Aun
durante los días de su colaboración con Schiller muestra una fuerte tendencia a
plasmar los grandes acontecimientos actuales de acuerdo con su carácter histórico
puro, de tal modo que para la esencia social y humana destilada de ese carácter
halla siempre un marco poético concreto sin atenerse para nada a un tiempo
histórico concreto en el mundo representado. Esta modificada tradición de la
Ilustración se observa sin esfuerzo en Reineke Fuchs (Maese Raposo) y en
la Natürliche Tochter (La hija natural). Y los grandes sucesos
históricos y sociales que se asoman por ejemplo en el Wilhelm Meister
(la guerra, etc.) se mantienen abstractos con toda intención, aún más
abstractos que en Fielding o en Smollet. Goethe sigue en esto más la tradición
francesa que la inglesa. Todas estas tendencias en la plasmación conformadas en
Goethe antes del periodo de Walter Scott se conservan e incluso fortalecen
todavía en sus últimas obras, como en las Wahlverwandschaften (Las
afinidades electivas) y en la segunda parte del Fausto. También como
crítico observador de los nuevos acontecimientos se mantiene viva en Goethe una
notable tradición arraigada en Lessing, según veremos más adelante.
Así pues, las obras de Goethe se
mantienen esencialmente en la etapa de la concretización histórica anterior a
Scott. Pero según vimos también, Goethe reconoció con mayor lucidez que
cualquiera de sus colegas alemanes las condiciones de posibilidad y de la
temática de la novela histórica. Con toda razón subrayó la importancia de la
continuidad en la historia de Inglaterra, tan gloriosa para la generación de su
tiempo. Este fundamento real de la novela histórica está ausente en algunos
importantes países europeos, ante todo en Alemania y en Italia.
En los años cuarenta del siglo
pasado, Hebbel se opone severamente a esta relación; dice a continuación de una
crítica que le hizo Willibald Alexis a uno de sus dramas: "Es cierto que
nosotros los alemanes no guardamos un vínculo con la historia de nuestro
pueblo... Pero ¿dónde está la causa? En que nuestra historia no tuvo
resultados, en que no nos podemos considerar producto de su transcurso
orgánico, como por ejemplo los ingleses y los franceses, en que aquello que sin
duda debemos llamar nuestra historia no es nuestra historia de la vida,
sino nuestra historia de la enfermedad, que hasta hoy todavía no ha
provocado la crisis". Y con grosera rudeza dice acerca del necesario
fracaso de la temática de los Hohenstauffen en los poetas alemanes que estos
emperadores no guardaban con Alemania "una relación distinta de la que
guarda una tenia con el estómago". De esta situación necesariamente tiene
que derivar una temática casual o aun falaz, si los poetas no son capaces de
colocar en el centro mismo de sus creaciones justamente esos rasgos de crisis y
fragmentación, ese carácter trágico de la propia historia.
Alemania carecía de las
condiciones ideológicas para una concepción de esta especie. El único intento
de una narración histórica de gran aliento en que hay presentes, inconsciente e
instintivamente, algunos elementos y presentimientos de esta situación trágica
de crisis, a saber: el Michael Kohlhaas de Kleist, no fue más que un
episodio tanto en la literatura alemana como en la creación del propio poeta.
Al igual que Goethe en su Götz von Berlichingen, Kleist se remonta con
atinado sentido histórico a una crisis memorable de la historia alemana, a la
época de la Reforma. En ambas obras se suscita el conflicto por el choque de la
auto-actividad del individuo (de la psicología y moral de un "periodo
heroico" en le sentido de Vico y Hegel) con la justicia abstracta de la
moderna estatalización del feudalismo. Y en el juicio que el joven Goethe y
Kleist emiten sobre la evolución de Alemania es característico que el paso
siguiente a la Reforma, la Guerra de los Campesinos, se destaque de la imagen total
o aparezca sólo como tendencia negativa. No obstante las convicciones
político-sociales conservadoras de Kleist, su breve novela manifiesta
claramente las huellas ideológicas de la transformación histórica sufrida desde
el drama de juventud de Goethe: mientras en éste la Reforma, y con ella Lutero,
presenta un aspecto exclusivamente positivo —la liberación de la ascesis y
servidumbre medievales—-, en Kleist aparecen en primer plano sus tendencias
problemáticas y aun negativas junto con su dependencia del absolutismo de los
pequeños estados, convirtiéndose en momentos decisivos del conflicto central.
La posición única de esta novela
en la literatura histórica alemana se debe en buena parte a este progreso
intuitivo de la concretización de la verdadera problemática histórica alemana.
Esta excepcionalidad se reconoce en que —mutatis mutandis: en forma
parecida a Goethe— este importante intento de una concepción poética de la
historia alemana no puede tener continuidad tampoco en la obra personal de
Kleist. Sin duda, Goethe extrae con plena conciencia todas las consecuencias de
esta situación: con excepción de los actos I y IV de la segunda parte del Fausto,
en que resurge el motivo del Götz con las correcciones pertinentes
gracias a sus experiencias históricas más ricas y profundas, no vuelve a
dedicar su atención a la temática de la historia alemana. Kleist, en cambio,
incluye en sus dramas los más diversos temas de la historia de Alemania; pero
su manera de acercarse a ellos no tiene ningún vestigio de la progresividad
central del Michael Kohlhaas: son en parte episódicos, sirviéndose del
fondo histórico como de un mero pretexto para expresar vivencias personales y
subjetivas, y en parte ofrecen respuestas reaccionarias a algunas de las
grandes interrogantes de la historia. (Estas dos series de motivos generalmente
se cruzan; recordemos como ejemplo el noctambulismo del príncipe de Homburgo.)
En suma: los dos casos tan opuestos de Goethe y Kleist indican con enérgica
autoridad la mencionada pobreza de la historia alemana.
La corriente predominante de la
poesía histórica en Alemania fue la de la reacción romántica, la de la
glorificación apologética del Medievo. Con Novalis, Wackenroder y Tieck. esta
literatura se inició mucho antes que la obra de Walter Scott. La influencia de
éste cuando mucho subrayó la tendencia a una elaboración más realista de los
detalles, como en la producción tardía de Arnim y Tieck. Mas no produjo una
auténtica reorientación ni podía producirla. Ante todo, debido a razones
políticas y cosmovisuales; pues por lo dicho hasta ahora queda bien claro que
precisamente los medios expresivos más importantes de la composición y
caracterización de Scott no pudieron ser adoptados ni aplicados por el
romanticismo reaccionario. Cuando más, los románticos reaccionarios podían
tomar de Scott sólo rasgos exteriores.
Al romanticismo liberal y
liberalizante algo posterior no le fue mucho mejor. En su época de madurez,
Tieck se liberó de muchos caprichos subjetivistas y reaccionarios de su
juventud. Y sus narraciones históricas posteriores se encuentran, al menos en
cuanto a su tendencia, en un nivel considerablemente más elevado, especialmente
el gran fragmento Der Aufruhr in den Cevennen (La guerra de los
Cévennes). Pero también aquí vemos que Tieck no logró apropiarse de nada
sustancial de lo que Walter Scott ofrecía. Toda la composición de esta obra
parte de las ideas religiosas del último levantamiento hugonote en Francia. Los
debates religiosos, las extrañas formas de la fe mística, los problemas
puramente morales de la conducta (crueldad o caridad), las conversiones
religiosas, etc., constituyen la acción propiamente dicha. Prácticamente no se
habla de las bases vitales de la rebelión, de los problemas vitales del pueblo
mismo. La vida del pueblo no es más que un material ilustrativo, en buena
medida abstracto, para los conflictos espirituales y morales que se
desenvuelven "arriba" en un mundo aislado.
El único escritor alemán del que
puede decirse hasta cierto punto que representa las tradiciones de Walter Scott
es Willibald Alexis. Es un verdadero narrador de gran talento para la
autenticidad histórica en las costumbres y en los sentimientos humanos. En él,
la historia es mucho más que un disfraz y un ornamento; determina realmente la
vida, el pensamiento, el sentimiento y la acción de sus personajes. Así, el
mundo medieval de Willibald Alexis se halla a gran distancia del idilio
romántico reaccionario. Pero es justamente en este talentoso y consciente
realista en quien tiene mayor efecto la estrechez temática de la literatura
histórica alemana. Sus novelas adolecen de la miseria histórica del pasado de
Prusia, de la objetiva mezquindad histórica en las luchas entre nobleza, corona
y burguesía en Prusia. Por ser Alexis un verdadero realista histórico, estos
rasgos ruines se destacan en él con mayor énfasis tanto en la acción como en la
caracterización e impiden que sus creaciones, realizadas con perspectiva
correcta y buena composición, posean la generalidad y la fuerza convincente de
las novelas de Walter Scott. A pesar de su talento, se queda atascado en el
localismo. Gutzkow observó ya muy temprano esta posición de Alexis. "El
que en toda Alemania... se acepte la transformación de la historia local de la
Marca en historia imperial no pasará de ser un sueño". Fontane, a su vez,
resume esta idea en estos términos: "¿Cuan grande o pequeña era la
importancia histórica y política de los sucesos narrados en esta novela? Quizá
no muy pequeña, pero de seguro tampoco muy grande, y ningún esfuerzo logrará
jamás convertir a la Marca en la tierra prometida que desde un comienzo había
tenido el augurio de Alemania, si se hubiese sabido ver con mirada aguda. Pero
esta idea es la que perdura en todas las novelas, mientras que en la realidad
Brandeburgo no fue más que un apéndice del imperio, del que desapareció toda la
gloria de las chozas de adobe de nuestras ciudades en todo lo que se refería a
la riqueza, al poder y a la cultura, para quedar sumido en la Alemania
propiamente dicha, en las ciudades imperiales y hanseáticas".
Pareja situación desfavorable para
la temática histórica es la de Italia. Con todo, Scott encontró en Italia un
sucesor que, en una sola y única obra aislada, siguió sus tendencias de un modo
original y magnífico, superando en diversos aspectos al propio Scott.
Naturalmente, nos referimos a I promessi sposi (Los novios) de Manzoni.
El mismo Walter Scott reconoció esta grandeza de Manzoni. Cuando éste le dijo
en Milán que se consideraba su discípulo, Scott le respondió que en ese caso,
la obra de Manzoni era su mejor obra. Pero es muy característico que, mientras
Scott pudo escribir una numerosa serie de novelas acerca de la historia inglesa
y escocesa, Manzoni se limitó a esta única obra maestra. Y esto seguramente no
se debe a una limitación del talento individual de Manzoni. Su inventiva para
la fábula, su fantasía en la exposición de personajes de las más diversas
clases sociales, su sentido para la autenticidad histórica de la vida interna y
externa son por lo menos tan sobresalientes como en Scott. Y en la
multiplicidad y profundidad de la caracterización, en el aprovechamiento de
todas las posibilidades personales y psíquicas que ofrecen las grandes
colisiones trágicas, Manzoni inclusive es superior a Scott. Como creador de
individuos, Manzoni es un poeta más grande que Scott. Y por ser uno de los
grandes poetas, encontró también el tema en que pudo dominar esa actitud
objetiva de la historia italiana tan desfavorable para una verdadera novela
histórica capaz de conmover en el presente y que los coetáneos puedan aceptar
como representación de su propia prehistoria. Pues remite aún más que Walter
Scott a un segundo plano todos los grandes acontecimientos históricos, si bien
los expone con la concreción histórica del ambiente aprendida de Scott. Pero su
tema fundamental es menos una determinada crisis histórica concreta de la
historia nacional, como suele ser siempre el caso en Scott, cuanto la crisis
general de la vida entera del pueblo italiano, debida a la disgregación del
país, y debida también al carácter reaccionario y feudal que las partículas
disgregadas de Italia han adquirido a través de las continuas fricciones entre
sí y a consecuencia de su dependencia de las grandes potencias extranjeras que
intervinieron en ella. Así pues, Manzoni describe en forma inmediata un
episodio concreto de la vida del pueblo italiano: el amor, la separación y el
reencuentro de dos jóvenes campesinos. Pero la historia se convierte a través
de su descripción en una tragedia general del pueblo italiano, agobiado por la
humillación y división nacionales. Sin abandonar jamás el marco concreto del
lugar y el tiempo ni la psicología condicionada por la época y la clase de sus
protagonistas, Manzoni eleva el destino de su pareja de novios hasta
transformarlo en la tragedia del pueblo italiano en general.
Con esta concepción magnífica e
históricamente profunda, Manzoni crea una novela que llega a superar a su
propio maestro en lo que se refiere a la fuerza expresiva de lo humano. Pero ya
la temática misma de su reproche nos hace comprender que esta novela tenía que
ser única, y que una repetición sólo podría serlo en el mal sentido de la
palabra. Walter Scott nunca se repite en sus novelas logradas; pues la historia
misma, la representación de una crisis determinada saca siempre a la superficie
lo nuevo. Esta inagotable variedad de la temática no le fue otorgada por la
historia italiana al genial Manzoni. La sensatez del poeta se muestra en que
emprendió este camino para llegar a una magna concepción de la historia de su
país, comprendiendo a la vez que sólo era posible lograr una única perfección.
Esto, por supuesto, tuvo también
consecuencias para la misma novela. Hemos subrayado líneas arriba los rasgos
poético-humanos de Manzoni que representan en ciertos momentos de la plasmación
una superación de Scott. Mas la ausencia del gran trasfondo histórico, que
Goethe tanto admiraba en Scott, de ninguna manera puede restringirse
exclusivamente a lo temático. Tiene asimismo efectos artísticos internos: la
falta de esa atmósfera histórico-universal que se percibe en Scott aun cuando
describe las pequeñas querellas entre los clanes se expresa en Manzoni como una
cierta limitación interna del horizonte humano de sus personajes. Con toda su
autenticidad humana e histórica, con toda su profundidad psicológica, las
manifestaciones vitales de esos personajes no pueden alzar el vuelo hacia esas
alturas de tipicidad histórica que en las obras de Scott constituyen sus
momentos culminantes. Frente al heroico dramatismo de Jeanie Deans o de
Rebecca, esas magníficas figuras de Scott, el destino de Lucia no es más que un
idilio amenazado desde fuera, y además, en las figuras negativas de la novela
tiene que quedar adherido cierto grado de mezquindad: no son capaces de
descubrir dialécticamente —en esa negatividad que las caracteriza-— los límites
históricos del periodo entero, y con ellos, también las figuras positivas, como
ocurre por ejemplo con el caballero templario en Ivanhoe.
Muy diferentes son las
posibilidades que tiene la novela histórica en el país que en esos días era el
más rezagado de Europa: Rusia. A pesar del retraso económico, político y
cultural, el zarismo absolutista creó aquí una unidad nacional y la defendió
contra los enemigos extranjeros. Gracias a esto, los representantes más
destacados del zarismo, especialmente los que al propio tiempo fueron los
mejores introductores de la cultura occidental en Rusia, ofrecen un excelente
material para la novela histórica, un material que también la época presente
—tan lejana y diferente en los aspectos social, político y cultural, y con
metas enteramente distintas— podía sentir como su propia prehistoria, como el
fundamento real de su existencia. Así, el proceso global de la historia rusa no
presenta, en el aspecto nacional, esa pequenez de las proporciones que
caracteriza a la historia de Alemania o de Italia. Esta generosidad histórica
de la vida nacional aporta también un importante fondo histórico para las
luchas de clase, es decir, una significativa proporción histórica. Las
rebeliones de campesinos de los Pugachov y Stienka Rasin se señalan por una
grandeza histórica trágica que pocos levantamientos campesinos de la Europa
occidental tuvieron en esa medida. Cuando más, sólo la Guerra de los Campesinos
en Alemania los sobrepasa en magnificencia trágica por representar un gran
momento crítico del pueblo alemán en el que apareció en el horizonte siquiera
como perspectiva la salvación, la salida de la humillación nacional y el
restablecimiento de la unidad nacional, si bien esa salvación fracasó
trágicamente en cuanto se abatió la rebelión campesina.
No se debe al azar, pues, que
fuese en Rusia donde la revolucionaria reorientación en la plasmación de la
historia a través de la obra de Walter Scott se comprendiese con mayor rapidez
y profundidad que en el resto de Europa. Pushkin y más tarde Belinski ofrecen,
junto a Balzac, el análisis más lúcido y penetrante de los nuevos principios de
la literatura histórica de Scott. Particularmente Pushkin reconoce desde el
primer instante, con agudeza infalible, la oposición diametral entre Scott y la
novela pseudohistórica de los románticos franceses. Inicia ,una ardiente lucha
contra toda forma de modernización de la plasmación histórica, contra el
amaneramiento de aproximar el pasado al presente haciendo aquí y allá alusiones
a fenómenos actuales disfrazándolos en ropaje histórico, de imponer a los
personajes reacciones modernas no obstante su disfraz histórico: "Las
heroínas góticas fueron educadas por Madame Camman, y los hombres de estado del
siglo XVI leen el Times y el Journal des Debáts". Pushkin
rechaza también la manera romántica de Vigny y Victor Hugo de colocar a los
"grandes hombres" en el centro de sus exposiciones históricas para
caracterizarlos luego mediante anécdotas verídicas o aun inventadas. Así nos
ofrece una irónica y fulminante caracterización de la figura de Milton en el Cromwell
de Hugo y en el Cinq-Mars de Vigny. Establece drásticamente el contraste
entre el huero efectismo romántico y la profunda y auténtica sencillez
histórica de Walter Scott.
La novela histórica La hija del
capitán de Pushkin, y su fragmento El negro de Pedro el Grande
manifiestan un muy atento estudio de los principios de composición de Walter
Scott. Cierto que Pushkin no es nunca un mero discípulo de Scott. Pues su
estudio del novelista inglés, su adopción de los principios de composición de
éste no es primariamente una mera cuestión formal. La gran influencia de Scott
en Pushkin radica, por el contrario, en que gracias a él logró intensificar su
ya existente tendencia hacia una popularidad concreta. Si Pushkin compone sus
novelas históricas de manera similar a la de Scott, es decir, con un
"héroe medio" como protagonista y con la figura de preeminencia
histórica como fenómeno episódico de la novela, esta composición parecida nace
de la afinidad en la actitud ante la vida. Al igual que Scott, Pushkin deseaba
relatar en sus novelas históricas los grandes y críticos cambios
revolucionarios en la vida del pueblo. También para él la conmoción de la vida
material y moral del pueblo no era sólo un punto de partida, sino la tarea
misma de la elaboración literaria. Para Pushkin igual que para Scott el hombre
sobresaliente de la historia no era un individuo aislado que vivía en sí y por
sí y que había alcanzado su importancia gracias a una misteriosa
"magnificencia" psicológica, sino el representante de las corrientes
significativas en la vida popular. Sobre esta base, Pushkin nos presenta en las
figuras de Pugachov y Pedro I dos inolvidables personajes históricos con arrebatadora
autenticidad histórica y verismo humano. Y el fundamento artístico de esta
grandeza consiste también en Pushkin en la descripción de los rasgos decisivos
de la vida popular en su complejidad y entrelazamiento históricos reales.
Pushkin sigue a Scott incluso en el sentido de que en medio de la crisis
histórica los "héroes medios" se ven enredados en graves conflictos
humanos y enfrentados a pruebas y misiones extraordinarias para plasmar en
estas situaciones límite el rebasamiento de su normal mediocridad, para presentar
vívidamente lo auténtico y verdadero de esos personajes y del propio pueblo.
Pero Pushkin, según dijimos, no es
un mero sucesor de Scott. Es el creador de una novela histórica de un mayor
rango estético que el de las novelas de su maestro. Conste que hacemos hincapié
en la palabra "estético". Pues en cuanto a la concepción de la
historia, Pushkin sigue propiamente las huellas de Scott; aplica su método a la
historia de Rusia. Y al igual que Manzoni —si bien la personalidad de los dos
poetas y la diferencia entre los países hace surgir una modalidad distinta—,
Pushkin sobrepasa a Scott en la recreación artística de sus figuras y en la
plasmación estética de la trama.
Pues por genial que Walter Scott
haya sido en los grandes esbozos históricos de su fábula y en la profunda
psicología sor cial histórica de sus protagonistas, lo cierto es que como
artista él mismo no está siempre a esa altura. Pienso aquí menos en la
frecuentemente banal y convencional caracterización de los protagonistas como
en la última elaboración artística de todos los detalles, en la continua
revelación de las ocultas bellezas humanas en las manifestaciones vitales
particulares de sus personajes. En estos aspectos, Scott se muestra a menudo un
poco ligero y superficial si se le compara con un Goethe o un Pushkin. Su
visión genial le permite descubrir en los sucesos históricos un sinfín de
rasgos humanos importantes y sin duda correctos desde un punto de vista social
e histórico. Empero, con frecuencia se contenta con reproducir esa visión en
una forma épica y amable y con un espontáneo placer de narrador, y no llega más
lejos en el aspecto artístico. (Creo que no hace falta repetir que tras esta genial
espontaneidad hay un amplio y penetrante saber histórico y una notable
experiencia vital.)
Pushkin rebasa esta etapa de la
visión y elaboración de la realidad. No es sólo un poeta que observa el mundo
con todas sus riquezas y con juicio certero —Scott no se queda atrás en esto—,
sino que además y ante todo es un artista, un artista poeta, según lo ha
calificado Belinski. Pero sería muy superficial entender este carácter
artístico de Pushkin sólo como mera labor de artista, como incansable búsqueda
de belleza (o, peor aún, en el sentido del moderno esteticismo, como hacen
algunos). La nostalgia de belleza, de perfección artística de las obras es en
Pushkin mucho más profunda y humana; este escritor lleva dentro un humanismo de
gran pureza, que no pertenece como el de Goethe a un periodo pre-scottiano de
la concepción histórica, sino que se atiene en todo momento a le condicionado
históricamente, a la determinación temporal y de clase; al mismo tiempo, eleva
el acontecer narrado al ámbito de la belleza mediante delineamiento estético
claro y sencillo y gracias a la clásica restricción de la trama y de la
psicología a lo humanamente necesario (sin renunciar por ello a la concreción
histórica). Esta belleza no es en Pushkin un mero principio estético, y mucho
menos esteticista. No parte de exigencias formales abstractas ni se basa en la
separación entre poeta y vida, sino que, muy al contrario, es la expresión de
un íntimo e indisoluble vínculo del poeta con la vida. La peculiaridad de la
evolución rusa hizo posible la existencia de este único estadio clásico
intermedio en el arte moderno; es un arte que se encuentra en la cúspide
ideológica de toda la evolución europea hasta ese momento, un arte que ha
logrado abarcar la problemática de la vida en su contenido, mas sin verse
obligado por esta problemática a destruir la pureza de su lineamiento artístico,
de su belleza, ni a abandonar la riqueza vital por mor de la belleza.
El periodo pushkiano no tardó en
ser sustituido por otras corrientes en la literatura rusa. En su plasmación de
la belleza, Pushkin es una figura solitaria no nada más de la literatura de su
país. Su gran coetáneo Gogol, algo más joven, se aproxima a la novela histórica
por una vía enteramente distinta. La gran narración histórica de Gogol, el Taras
Bulba, continúa la principal línea temática de la producción de Scott: la
configuración de la trágica decadencia de las sociedades precapitalistas, de la
destrucción de la sociedad gentil. El relato de Gogol aporta un doble elemento
nuevo frente a Scott, o mejor dicho: subraya ciertos aspectos de esta temática
con mayor énfasis de lo que había hecho Scott. Ante todo, el tema capital de la
obra —la lucha de los cosacos contra los polacos—, es más nacional, unitario y
épico que la temática del propio Scott. Gogol encuentra en la propia realidad
histórica la posibilidad de esta mayor magnificencia y epicidad en la
plasmación, pues el mundo de sus cosacos puede presentarse y actuar con mayor
independencia y unidad que los clanes escoceses encajonados en una cultura más
desarrollada, y que objetivamente habían sido siempre meros juguetes en las
decisivas luchas de clases de Inglaterra y Escocia. Con ello surge una magnífica,
casi homérica amplitud épico-nacional de la temática, cuyas posibilidades
Gogol, como uno de los verdaderos grandes artistas, es capaz de agotar hasta lo
último.
Pero Gogol es, a fin de cuentas,
un poeta moderno que comprende perfectamente la trágica necesidad de la
desaparición del mundo cosaco. Configura esta necesidad de un modo muy singular
al incluir dentro de la generosa composición épica global una trágica
catástrofe dramáticamente concentrada: la tragedia de un hijo del héroe
principal, que por su amor a una aristócrata polaca se convierte en traidor a
su pueblo. Ya Belinski había observado que tenemos aquí un motivo más dramático
que los de Scott. Y sin embargo, esta intensificación de lo dramático no
elimina el generoso carácter épico de la obra total. Con la economía de trazos
típica de un gran maestro, Gogol sabe incluir el episodio trágico en forma
orgánica dentro de la composición global y hacer sentir, no obstante, que no se
trata aquí de un caso individual, sino del problema fundamental del contagio
que sufre una sociedad primitiva por la cultura superior que la rodea, de la
tragedia que implica la necesaria desaparición de todo este sistema social.
Las luchas espirituales decisivas
en torno a la novela histórica, los pasos señeros de su evolución, sin embargo,
se efectúan en Francia, si bien en la literatura francesa de este tiempo no se
llegó a escribir una sola novela histórica que representara una continuación de
las tendencias scottianas en la medida en que lo hacen las novelas de Manzoni o
Pushkin, Cooper o Gogol. Mas por un lado, la novela histórica destacó en el
romanticismo francés con algunas figuras más importantes que en el resto de
Europa, y también la formulación teórica de la novela histórica romántica se
mueve en un superior nivel de principios que en los otros países. Esto no es
casual, sino la necesaria consecuencia de que justamente en el periodo de la
Restauración en Francia fue mucho más inmediato que en cualquier otra parte el
problema social y político central de toda la evolución nacional consistente en
el combate por una concepción más progresista o reaccionaria de la historia.
Se comprenderá que en estas
páginas no podemos exponer in extenso este combate. Con el fin de
ilustrar con la mayor claridad el contraste, únicamente elegimos aquí el
manifiesto teórico más significativo de la orientación romántica en la novela
histórica: analizaremos el ensayo que Alfred de Vigny publicó bajo el título de
"Sobre la verdad en el arte" como prefacio a su novela Cinq-Mars.
Vigny toma como punto de partida
el hecho de la extraordinaria difusión de la novela histórica y, en general,
del interés por la historia. Concibe este hecho absolutamente en un sentido
romántico. Así afirma: "Todos tenemos nuestras miradas fijas en nuestras
crónicas como si, siendo adultos y en espera de grandes acontecimientos,
permaneciésemos inmóviles durante un instante para hacer un examen de
conciencia de nuestra juventud y sus errores". Esta declaración tiene
suma importancia política e ideológica. Pues Vigny expresa aquí con gran
franqueza el objetivo de la historiografía romántica: la madurez viril
alcanzada por Francia gracias a las luchas revolucionarias permite echar un
vistazo retrospectivo a los errores de la historia. La ocupación con la historia
sirve para descubrir esos errores a fin de poderlos evitar en el futuro.
Naturalmente, para Vigny uno de esos errores fue el representado por la
Revolución francesa. Pero Vigny, como muchos otros legi-timistas franceses, se
enfrenta con la suficiente lucidez a la historia como para no ver en la
Revolución un acontecimiento repentino y aislado, sino la última consecuencia
de los "errores de juventud" de la evolución francesa: la destrucción
de la autonomía de la nobleza por la monarquía absoluta, el fomento del poder
de la burguesía y, con ello, del capitalismo. Y en su novela se remonta hasta
los tiempos de Richelieu para revelar a través de una transfiguración literaria
las fuentes históricas de ese "error". En cuanto al reconocimiento
del hecho mismo no existe entre Vigny y los ideólogos progresistas una
oposición irreductible. Balzac ve en Catalina de Médicis una precursora de
Robespierre y Marat, y en una ocasión Heine coloca juntos, con cierto humor, a
Richelieu, Robespierre y Rothschild como los tres transformadores de la
sociedad francesa. El principio romántico, pseudohistórico de Vigny consiste
"sólo" en que percibe aquí un "error" de la historia que se
podría remediar mediante el buen juicio. Con esto se declara partidario de esos
estrechos ideólogos de la Restauración que no se dan cuenta de cómo por debajo
del manto de la restauración del poder legítimo monárquico y noble sigue una
tempestuosa vía ascendente el desarrollo del capitalismo francés, que se había
iniciado con vehemencia con el Thermidor. (Rasgo esencial de la genialidad de
Balzac es que reconoció y plasmó en toda su complejidad esta realidad económica
del periodo de la Restauración.)
Esta concepción de que la moderna
historia francesa había sido un gran camino hacia el "error" de la
Revolución por supuesto que no sólo enjuicia el contenido social de este
desarrollo, sino que implica también toda una metodología de la aproximación a
la historia; contiene, en suma, la concepción íntegra de objetividad o
subjetividad de la historia. Como todo verdadero escritor, Vigny no se da por
satisfecho con los hechos dados, inmediatos y empíricos. Mas no profundiza en
estos hechos para descubrir en ellos sus nexos internos y encontrar en seguida
la trama y los caracteres que pudieran expresar estos nexos mejor que lo dado
en forma inmediata. Se enfrenta a los hechos de la historia con un a priori
subjetivista y moral cuyo contenido es precisamente el legitimismo. Acerca de
los hechos históricos dice lo siguiente: "Siempre les falta una conexión
palpable y visible que pudiera conducir inmediatamente hacia una conclusión
moral". Así pues, el defecto de los hechos históricos consiste según Vigny
en que no son capaces de ofrecer un apoyo convincente a las verdades morales
del autor. Desde este ángulo proclama Vigny la libertad del escritor de
transformar los hechos históricos y los hombres que actúan históricamente. Esta
libertad de la fantasía poética consiste en que "la verdad de los hechos
debe retroceder ante la verdad de la idea, que debe representar a cada
una de ellas [de las figuras históricas] ante los ojos de las generaciones
posteriores".
De esta manera se produce en Vigny
un expreso subjetivismo frente a la historia, un subjetivismo que en ocasiones
llega a la exageración de considerar que el mundo exterior es incognoscible por
principio. Así afirma: "Al hombre no le es dado otro conocimiento más que
el de sí mismo". El que Vigny no sea consecuente hasta el fin con esta
concepción subjetivista extrema nada altera en sus efectos, ya que los
principios de la objetividad en que Vigny busca apoyo son a su vez puramente
irracionales y místicos. ¿De qué sirve, en efecto, si añade que sólo Dios puede
comprender la totalidad de la historia? ¿De qué sirve el aceptar una labor
inconsciente de la fantasía popular en la transformación de la historia, si
esta labor no consiste más que en la creación de frases proverbiales o de
anécdotas históricas del tipo de la ejecución de Luis XVI, en que se deben
pronunciar las palabras: "Hijo del santo Luis, asciende al cielo"?
Pues con esta supuesta labor de la fantasía popular, la realidad histórica sólo
se transforma en una serie sin ilación de ficciones. Según Vigny, éste es un
proceso valioso: "El hecho elaborado está siempre mejor compuesto que el
real... porque la humanidad entera siente la necesidad de que sus
destinos se expongan ante ella bajo la forma de una serie de lecciones".
Según estos principios es fácil
entender que Vigny fuese un radical antagonista de la composición scottiana de
las novelas históricas. "También creo que no necesito imitar a esos
extranjeros [esto es, a Walter Scott] que apenas si esbozan en el horizonte de
sus cuadros a las figuras predominantes de la historia. Yo he colocado a las
nuestras en primerísímo plano, las he convertido en protagonistas de esta
tragedia..." La práctica artística de Vigny se muestra plenamente de
acuerdo con esta teoría. En efecto, los grandes personajes históricos de la
época son los héroes de sus novelas, y correspondiendo a la labor de la
"fantasía popular" están representadas mediante una serie de
anécdotas pintorescas acompañadas de reflexiones moralistas. La decorativa
modernización de la historia sirve para ilustrar una tendencia política y moral
del presente. Nos hemos referido a este escrito de Vigny porque en él se
expresan con toda precisión las tendencias específicas del romanticismo en la
novela histórica. Pero Victor Hugo, de importancia humana y poética
incomparablemente mayor que la de Vigny, construye sus novelas históricas
siguiendo en lo fundamental el mismo principio de la subjetivización decorativa
y de la moralización de la historia, inclusive después de haber roto con los
principios políticos del legitimismo reaccionario y de haberse convertido en el
dirigente poético-ideológico de diversos movimientos liberales de oposición.
Resulta muy característica de su actitud ante estos problemas su crítica al Quentin
Durward de Scott. Como hombre y poeta mucho más destacado que Vigny, Hugo
desde luego se enfrenta de manera más positiva a Scott que aquél. Incluso
reconoce abiertamente en Scott las tendencias realistas tan de acuerdo con la
época y el arte predominante de éste en la prosa del tiempo. Pero es justamente
este semblante realista de las novelas históricas de Scott el que considera
como principio que debe ser superado por su práctica, por la práctica del
romanticismo. "Después de la novela pintoresca, pero prosaica, de Walter
Scott queda por crearse aún otra especie de novela que, a nuestro juicio, es
más hermosa y perfecta. Es la novela que combine el drama con la epopeya, que
sea pintoresca pero poética, real pero ideal, verdadera pero monumental, y que
conducirá a Walter Scott nuevamente hacia Hornero". Todo conocedor de las
novelas históricas de Victor Hugo se dará cuenta de que con estas palabras no
solamente se critica a Scott, sino que Hugo esboza un programa de su propia
actividad poética. Al desechar "la prosa" de Walter Scott, renuncia a
la única posible aproximación a la grandeza épica, renuncia a la verídica
plasmación de los estados y movimientos populares y de las crisis en la vida
popular que contienen siempre los elementos inmanentes de una grandeza épica.
La "poetización" romántica de la realidad histórica es, en cambio,
siempre un empobrecimiento de esta auténtica, específica y verdadera poesía de
la vida histórica. Victor Hugo rebasa con mucho los objetivos reaccionarios de
sus coetáneos románticos, tanto en lo político como en lo social. Sin embargo
conserva su subjetivismo moralizador, aunque alterando los contenidos políticos
y sociales. También con él la historia se transforma en una serie de lecciones
morales para el presente. Resulta muy típico que con su interpretación
justamente transforme esta obra de Scott —verdadero modelo de una exposición
objetiva de los poderes históricos en pugna— en una fábula moralizadora que se
hubiese impuesto como misión mostrar la supremacía de la virtud sobre el vicio.
Sobra decir que en la Francia de
esos días hubo también fuertes tendencias antirrománticas. Mas esto no quiere
decir que tales tendencias promovieran directa y simplemente la nueva
concepción de la historia y, con ella, la consecución de la nueva novela
histórica. Precisamente fue en Francia donde la tradición de la Ilustración se
conservó con mayor vigor y vida que en cualquier otro país. Y fue esta
tradición la que ofreció la más radical resistencia ideológica al oscurantismo
romántico, la que defendió con máxima energía las tradiciones del siglo XVIII y
de la Revolución, en contra de las pretensiones del romanticismo de la
Restauración. (En Francia, estas tradiciones son vivas y múltiples. Puesto que
la Ilustración había tenido también una facción cortesana, tuvieron su
influencia también en el romanticismo, según observó Marx con respecto a
Chateaubriand; el lector hallará en el ahistorismo de Vigny diversos elementos
transformados de la Ilustración.) Claro está que los importantes representantes
de las tradiciones iluministas no dejaron de recibir el influjo de la nueva
situación y de sus tareas. Su lucha contra la reacción tenía que presentar por
fuerza un carácter histórico más consciente que el que tenían las concepciones
de los iluministas primitivos. Mas en esta nueva actitud se perciben siempre
tanto algunos vigorosos elementos de una recta concepción progresista acerca de
la evolución de la humanidad, cuanto alguna tendencia a un general escepticismo
frente a la "racionalidad" de la historia.
Los representantes más
sobresalientes de la tradición iluminista en este periodo son Stendhal y
Prosper Mérimée. En estos párrafos únicamente podremos analizar sus ideas en
relación con el problema de la novela histórica. Mérimée expuso claramente sus
pensamientos al respecto en el prólogo á su novela histórica Chronique du
Régne de Charles IX (Crónica del reinado de Carlos IX) y en un capítulo de
esta novela en que se establece un diálogo entre el autor y el lector. En forma
tajante toma una postura contraria a la concepción romántica de la novela
histórica, es decir, a la idea de que en la novela las grandes figuras de la
historia deben ser a la vez los héroes protagonistas. Esta tarea, afirma,
pertenece al campo de la historiografía. Se mofa del lector que, de acuerdo con
las tradiciones románticas, exige que Carlos IX o Catalina de Médicis deben
mostrar el sello demoniaco en todos sus rasgos privados. Así, el lector pide en
el diálogo, refiriéndose a Catalina: "Por lo menos déjala decir algunas palabras
notables. Acaba de envenenar a Jeanne d'Albert o al menos se ha expandido esta
noticia, y esto debería verse en ella". El autor responde: "Ni
vestigios; pues si esto hubiera de verse en ella, ¿dónde dejaríamos su tan
famosa hipocresía?" Con éste y otros parecidos comentarios se burla
Mérimée muy apropiadamente de la monumentalización y deshumanización romántica
de las figuras históricas.
Observamos aquí, pues, un muy
serio intento de conducir a la novela histórica sobre la base de una
investigación libre de prejuicios de la auténtica vida pasada. En todos los
puntos es evidente el contraste con el romanticismo reaccionario. Pero
igualmente radical es el contraste respecto de las convenciones clasicistas,
tanto de la exposición retórica y heroizante de los protagonistas históricos
como de las estrechas tradiciones de la forma, que impiden una verídica
reproducción de la vida histórica. Esta oposición es la que hizo posible la
temporal concordancia literaria de Mérimée y sus amigos con una parte de los
románticos. Pero su común oposición a los límites impuestos por el clasicismo y
su común crítica acerba a éste no debe oscurecer las disensiones internas entre
los aliados.
Y tampoco se deben oscurecer las
oposiciones cosmovisuales y literarias en el campo progresista, la diferencia
en la concepción de la historia, en su elaboración literaria, en su
aprovechamiento para defender el progreso de la reacción. Hemos señalado ya que
Prosper Mérimée y sus amigos arraigan en las tradiciones filosóficas de la
Ilustración; en referencia a la novela histórica, esto tiene el efecto negativo
de que no se resuelve ni en cuanto a la concepción del mundo ni en el aspecto
artístico el dualismo entre la realidad empírica y la legalidad abstracta y
general. Es decir: Mérimée quiere derivar de la historia normas generales
válidas para todos los tiempos (también para el presente), pero las deriva directamente
de la aguda y detallada observación de los hechos empíricos de la historia, y
no del descubrimiento de esas específicas y concretas modificaciones de las
legalidades de la vida, de la estructura social, de las relaciones
interhumanas, etc., de las que Walter Scott había recibido el realismo de sus
cuadros históricos, sin tener conciencia, por supuesto, del alcance general y
metodológico de sus descubrimientos. Mérimée, pues, es más empirista, se atiene
más a los rasgos singulares, a los detalles que Walter Scott, y al propio
tiempo hace deducciones generales a partir de los hechos históricos en forma
mucho más inmediata que Scott.
El empirismo se muestra
principalmente en que Mérimée no representa los sucesos históricos desde la
distancia del narrador actual, como una etapa de la prehistoria del presente,
como lo hacía Walter Scott, sino que más bien desea lograr la proximidad íntima
y familiar del observador contemporáneo que sorprende también los detalles
casuales y fugaces. Vitet, el compañero y amigo del joven Mérimée, y cuyas
escenas históricas influyeron ante todo en la Jacquerie de Mérimée,
expresa sin ambigüedades esta intención en un prefacio: "Me imaginé que
paseaba por París en el mes de mayo de 1588, durante el tempestuoso día de las
barricadas, durante los días que lo precedieron; visité una tras otra las salas
del Louvre. las del Hotel de Guise, las tabernas, las iglesias, las
habitaciones de los burgueses que habían sido partidarios de la Liga, de los
políticos o de los hugonotes, y siempre que a mis ojos se ofrecía una escena
pintoresca, una imagen de las costumbres, un rasgo de carácter, he tratado de
fijarlo en una copia, bosquejando la escena. Se siente que con esto sólo se
podía producir una serie de retratos o, para hablar como un pintor, de estudios,
de esbozos, que no pueden asjairar a otro mérito aparte el del
parecido".
Vitet escribió estas líneas
haciendo referencia a sus escenas dramáticas de la historia. En otro inciso
hablaremos de las consecuencias que estas ideas tuvieron para el drama
histórico; recordemos sólo que la Jacquerie de Vitet representa un
ensayo en esta dirección. La novela histórica de Mérimée sigue en forma
inmediata a estos ensayos dramáticos, pero ostenta una concentración
estilística mayor y más consciente. Esta concentración se refiere, sin embargo,
más a la expresión puramente literaria y no significa una verdadera
aproximación a la concepción clásica de la novela histórica. Mérimée concentra
lo novelístico y anecdótico. En el prólogo ya citado dice: "De la historia
sólo me gustan las anécdotas, y prefiero aquellas en que creo hallar una auténtica
imagen de las costumbres y los caracteres de la época en cuestión". De
allí que las memorias le ofrezcan más que los textos de historia, pues son
conversaciones íntimas del escritor con el lector, por lo que presentan la
imagen de la época en esa cercanía, en esa intimidad de la observación
inmediata, en que Mérimée —como también Vitet—ve lo decisivo de la
representación histórica.
De este modo, la concepción de
Mérimée no es realmente el conocimiento del entrelazamiento concreto y complejo
del propio proceso histórico. Al desteoretizar con un justo escepticismo las
figuras históricamente dirigentes, privatiza a la vez el curso de la historia.
En su novela conforma el destino puramente privado de gente media y quiere
representar con realismo las costumbres de la época mediante la elaboración de
estos destinos particulares. Y de hecho, lo logra estupendamente en los
detalles. Pero su fábula presenta dos puntos débiles, que dependen ambos muy
íntimamente de su actitud escéptico-iluminista. Por un lado, la historia
privada no está ligada con la suficiente fuerza a la auténtica vida del pueblo;
en sus momentos esenciales se desarrolla demasiado en las regione sociales
superiores, con lo que se convierte en una fina descrip ción psicológica de las
costumbres de estas clases, pero sin establecer su conexión con los problemas
reales y decisivos del pueblo. Las cuestiones ideológicas capitales de la
época, ante todo la oposición entre protestantismo y catolicismo, aparecen así
como meros problemas ideológicos, y este carácter se refuerza aún más por la
escéptica posición antirreligiosa del autor, que se va trasluciendo en el curso
de la acción. Por el otro lado, y en estrecha relación con lo anterior, entre
el gran acontecimiento histórico que pretende representar Mérimée —la Noche de
San Bartolomé— y los destinos privados de los protagonistas no existe un nexo
verdaderamente orgánico. La Noche de San Bartolomé tiene aquí algo del carácter
de una "catástrofe natural" a la Cuvier: la necesidad histórica de su
ser y de su ser así no ha sido plasmada por Mérimée.
Tras el escepticismo de Mérimée se
oculta un profundo desprecio a la sociedad burguesa del periodo de la
Restauración, derivada de su "periodo heroico", es decir, de la
Ilustración y la Revolución. El cuadro de costumbres que ofrece Mérimée es por
ello una irónica comparación del presente con el pasado, si bien juzgando ambos
de manera bien distinta a como lo hacía el romanticismo. En su prólogo dice
Mérimée: "Me parece interesante comparar estas costumbres [del periodo de
la Noche de San Bartolomé] con las nuestras y observar en estas últimas la
decadencia de las pasiones enérgicas en favor de la calma y quizá de la
felicidad".
Aquí observamos el estrecho y
palpable contacto entre la concepción histórica de Mérimée y la de Stendhal.
Stendhal es, en la literatura francesa, el último gran representante de los
ideales heroicos de la Ilustración y la Revolución. Su crítica al presente, su
representación del pasado descansan esencialmente en esta crítica contrastación
de las dos grandes etapas de desarrollo de la sociedad burguesa. La
implacabilidad de esta crítica tiene sus raíces en la vivida experiencia del
pasado periodo heroico, en el que, no obstante todo el escepticismo, se ha
mantenido incólume la fe en que el desarrollo llevará a una resurrección de
este gran periodo. De este modo, la pasión y justeza de la crítica a lo actual
se encuentra íntimamente ligada en Stendhal a la barrera iluminista de su
concepción histórica, con su incapacidad de reconocer el término del
"periodo heroico" de la evolución burguesa como una necesidad
histórica. De esta fuente proviene un cierto psicologismo abstracto en sus
importantes plasmaciones históricas, una veneración de la grande e
inquebrantada pasión heroica en sí y para sí. De aquí procede su inclinación
por abstraer las circunstancias históricas hasta una esencia general de su
naturaleza y representarlas en esta generalidad. Esta actitud tiene por
consecuencia ante todo que su energía principal se concentre en la crítica del
presente. El contacto con los problemas históricos de la época produce con
Stendhal menos una nueva novela histórica que una prosecución de la novela
crítico-social del siglo XVIII, sólo incluyendo determinados elementos del
nuevo historicismo para intensificar y enriquecer sus rasgos realistas.
Esta continuación de la novela
histórica en el sentido de una consciente concepción histórica del presente
constituye el gran logro de su sobresaliente coetáneo Balzac. Este es el
escritor que elaboró de la manera más consciente el enorme empuje que la novela
había recibido con Walter Scott, y creó con ello un tipo superior y hasta
entonces desconocido de la novela histórica.
Es muy vigorosa la influencia que
ejerció Walter Scott en Balzac. Hasta puede decirse que la forma específica de
la novela de Balzac surgió en el curso de su polémica ideológica y artística
con la obra de Walter Scott. Pensamos aquí menos en las propias novelas
históricas que Balzac escribió en los albores de su evolución o que al menos
proyectó, si bien debe reconocerse que la novela de juventud de Balzac, Le
dernier Chouan (El último Chouan), representa precisamente en la plasmación
de la vida popular una digna sucesión de Scott, no obstante la historia amorosa
romántica y algo exagerada. En Balzac, el centro de la acción no está ocupado
por una cúspide aristocrática de la rebelión reaccionaria de los campesinos ni
tampoco por un grupo de dirigentes de la Francia republicana, sino que de un
lado está el primitivo, retrasado, supersticioso y fanático pueblo de Bretaña,
y del otro el sencillo soldado de la República, de profunda convicción y
modesto heroísmo. La novela está diseñada según el espíritu de las de Walter
Scott, aunque Balzac con frecuencia supere a su maestro en la plasmación
realista de estas escenas al elaborar detalladamente esta contrastación social
y humana de las clases que combaten en ambos bandos, así como la resultante
desesperanza de la rebelión contrarrevolucionaria. Con extraordinario realismo
presenta la egoísta avaricia y la degeneración moral de los guías
aristocráticos de la Contrarrevolución, entre los cuales algunos viejos
aristócratas verdaderamente convencidos de su defensa del rey constituyen meros
cuervos blancos. Esta determinación no es en Balzac un mero cuadro histórico
moral, como tampoco lo es en el Redgauntlet de Scott, evidente
inspiración de estas escenas. Más bien es precisamente esta disolución moral,
esta absoluta falta de desinteresada entrega a la propia causa la que ha de
hacer patente el motivo de la derrota, el síntoma de la lucha históricamente
perdida y retrógrada. Por otra parte, Balzac muestra, en forma parecida a como
Scott lo había hecho con los clanes, que los campesinos de Bretaña son sin duda
muy hábiles para una guerra de guerrilleros en las montañas, pero que a pesar
de su salvaje valentía y de su astucia gatuna no tienen la menor posibilidad de
enfrentarse con algún éxito a los ejércitos regulares de la República. Y ante
todo en ciertas situaciones que para los republicanos son desfavorables y hasta
trágicas, Balzac muestra el impertérrito valor y la sencilla superioridad
humana y jovial que nace de la convicción profunda de estar combatiendo por la
buena causa de la Revolución como causa del pueblo.
Este solo ejemplo bastaría para
comprobar la profunda influencia que Scott ejerció en Balzac. Este mismo no
sólo se refirió en diversas ocasiones a esta relación en sus comentarios
teóricos, sino que además configuró poéticamente esta influencia y la tendencia
a superar la novela histórica scottiana en su obra Les illusions perdues
(Las ilusiones perdidas). En las conversaciones de Lucien de Rubemprés con
D'Arthez sobre la novela histórica de aquél, Balzac analiza el gran problema de
su propia época de transición: el reproche de representar la historia francesa
moderna en un ciclo coherente de novelas que plasmaría poéticamente la
necesidad histórica del surgimiento de la nueva Francia. En el prefacio a la Comédie
humaine (La comedia humana) la idea de un ciclo aparece ya como una
prudente y comprensiva crítica a la concepción scottiana. Balzac piensa que la
ausencia de ilación cíclica en las novelas de Scott, equivale a una ausencia de
sistema en su gran predecesor. Esta crítica, unida a aquella otra de que Scott
es demasiado primitivo en su descripción de las pasiones por estar encerrado en
la hipocresía inglesa, constituye el momento estético formal en que se hace
patente la transición de Balzac desde la plasmación de la historia pasada
hacia la elaboración del presente como historia.
Balzac mismo expresó en uno de sus
prólogos sus ideas respecto del aspecto temático de esta evolución.
"Walter Scott agotó la única novela posible acerca del pasado. Es la lucha
del siervo o del burgués contra el noble, del noble contra la Iglesia, de la
nobleza y la Iglesia contra la monarquía". Las situaciones y
circunstancias representadas son aquí relativamente sencillas: son
estamentales. "En nuestros días, la igualdad en Francia produjo una infinita
variedad de matices. Anteriormente, la casta le daba a cada uno su fisonomía,
que predominaba sobre su individualidad; hoy, el individuo recibe su fisonomía
de sí mismo."
La más profunda experiencia que
vivió Balzac fue la necesidad histórica del proceso de la historia, la
necesidad histórica del ser-precisamente-así del presente, aunque vio con mayor
lucidez que cualquiera antes de él la infinita red de casualidades que
constituye el supuesto de esta necesidad. No se debe al azar que su primera
novela histórica de importancia no se remonta hacia el pasado más allá de la
gran Revolución. El impulso de Scott lo hizo consciente de su tendencia a
conformar la necesidad histórica. Y de aquí derivó para Balzac la tarea de
representar justamente este periodo de la historia de Francia en su nexo
histórico, es decir, el lapso que va de 1789 a 1848. Sólo ocasionalmente se
remonta a tiempos anteriores. Su gran proyecto original de representar en forma
congruente este desarrollo desde las luchas de clase de la Edad Media y el
surgimiento de la monarquía absoluta y de la sociedad burguesa en Francia hasta
el momento presente pasa cada vez más a un segundo plano para ceder su preeminencia
a este tema central, a la plasmación del último acto decisivo de la gran
tragedia.
La unidad de la concepción social
e histórica que en el plano estético suscitó en Balzac la idea de escribir un
ciclo sólo se podía manifestar si se atenía a esta concentración temporal. El
proyecto juvenil expresado por D'Arthez, de crear un ciclo histórico de
novelas, necesariamente habría tenido que realizarse de un modo muy pedante; la
continuidad de las personas actuantes no habría podido ser más que una
continuidad de las familias, y el resultado habría sido, en cuanto al espíritu,
un ciclo a la manera de Zola o incluso a la de Gustav Freytag con sus Antepasados,
pero no la libre, generosa y necesaria composición de La comedia humana.
Pues la conexión entre las novelas particulares de un ciclo de ninguna manera
hubiera podido ser orgánica y viva, verdaderamente novelística. Justamente la
construcción de La comedia humana muestra cuan poco suficiente es la
familia, el nexo entre las familias, para plasmar estas relaciones, ni siquiera
cuando la duración temporal del ciclo abarca meramente unas cuantas generaciones.
En vista de los cambios radicales que los importantes grupos sociales han
sufrido en el transcurso de la evolución histórica (como son la destrucción y
decadencia de la vieja nobleza en las luchas de clase de la Edad Media, la
sustitución de las antiguas familias patricias en las ciudades al iniciarse el
ascenso del capitalismo, etc.), las novelas particulares tendrían que trabajar
con un personal muy construido y socialmente a veces poco típico para conservar
la continuidad familiar de los hijos, los nietos, etcétera.
Pero el último acto de unos
cincuenta años elaborado por Balzac tiene sin duda alguna el gran aliento
histórico de su predecesor. Sólo que Balzac, a diferencia de lo que él mismo
cree programáticamente, no sólo rebasa a Scott en su más libre y diferenciada
psicología de las pasiones, sino que lo supera también en la concreción
histórica. La acumulación de los acontecimientos descritos históricamente en un
periodo relativamente breve y repleto de grandes alteraciones que se suceden
sin descanso una a otra obliga a Balzac a caracterizar en forma especial casi
cada año de la evolución y a prestarle a etapas históricas muy cortas un
ambiente histórico bien definido, mientras que Walter Scott se podía dar por
satisfecho con la representación históricamente auténtica del carácter general
de una época más extensa. (Recuérdese por ejemplo la del pesado ambiente que
antecede al proyectado golpe de Estado de Carlos IX en Splendeurs et misères
des Courtisanes [Esplendores y miserias de las cortesanas].
Esta continuación de la novela
histórica dirigida a historizar la representación del presente, esta
continuación de la prehistoria plasmada dirigida a la historia narrada por sí
misma tiene a fin de cuentas, por supuesto, causas histórico-sociales, no
estéticas. Scott mismo vivió un periodo de Inglaterra en que parecía asegurado
el desarrollo progresista de la sociedad burguesa, con lo que tuvo la
posibilidad de volver su mirada con épica calma hacia las crisis y luchas de la
prehistoria. La gran experiencia juvenil de Balzac es justamente la del
dinamismo volcánico de las fuerzas sociales que la aparente tranquilidad de la
época de Restauración había ocultado. Reconoció con una nitidez que no alcanzó
ninguno de los escritores coetáneos la profunda contradicción existente entre
los intentos feudal-absolutistas de la Restauración y las crecientes fuerzas
del capitalismo. Su transición del proyecto scottiano de representar la
historia francesa a la configuración de la historia del presente coincide más o
menos, y no por azar, con la Revolución de julio de 1830. Pues en esta
Revolución estallaron las contradicciones aludidas, y su aparente equilibrio en
la "monarquía burguesa" de Luis Felipe fue tan vacilante que el
carácter contradictorio y oscilante de toda la estructura social se tenía que
colocar forzosamente en el centro de la concepción histórica de Balzac. La
orientación histórica acerca de la necesidad del progreso, la defensa histórica
del progreso contra la reacción romántica llegó en lo esencial a su término con
la Revolución de julio: los más agudos espíritus de Europa comienzan a
considerar como problema central el conocimiento y la plasmación de la
problemática histórica de la propia sociedad burguesa. Así, por ejemplo, no es
casual que la Revolución de julio hubiese dado la primera señal de la
disolución de la máxima filosofía histórica de este periodo, la del sistema
hegeliano.
Así, con Balzac la novela
histórica vuelve a representar la sociedad actual, después de que con Scott
había surgido de la novela social. Con esto queda concluida la era de la novela
histórica clásica. La novela histórica clásica, sin embargo, en modo alguno se
ha convertido por ello en un periodo concluso y de mero interés histórico de la
historia de la literatura. Muy por el contrario, la cima de la novela de
actualidad, alcanzada con Balzac, sólo se puede comprender como continuación de
esta etapa, como elevación a una etapa superior. En el momento en que la
conciencia histórica de la idea que Balzac se ha formado del presente comienza
a desvanecerse a consecuencia de las luchas de clase de 1848, se inicia la
decadencia de la novela social realista.
La legalidad de esta transición de
la novela histórica de Scott a la historia poética de la sociedad burguesa
actual se subraya aún por repetirse en la evolución literaria de Tolstoi. En
otro sitio hemos expuesto los complicados problemas que se presentan en la obra
de Tolstoi debido a que es contemporáneo del realismo de la Europa occidental
posterior al 48, del que recibió múltiples influencias, mientras que por otra
parte vive en un país cuya revolución burguesa se prepara lentamente y a lo
largo de toda su vida. (Cf. Der russische Realismus in der Weltliteratur,
El realismo ruso en la literatura universal, Berlín, 1953). Basta decir, con
respecto a la cuestión que aquí nos ocupa, que Tolstoi, en cuanto poderoso
escritor que plasma el periodo de transformación de Rusia desde la liberación
de los campesinos en 1861 hasta la Revolución de 1905, se remontó primero a los
grandes problemas históricos que representaron la prehistoria de esta
transformación y que crearon sus condiciones sociales. Si configuró en primer
término las guerras napoleónicas, fue en ello tan consecuente como antes lo
había sido Balzac, que al exponer la Revolución francesa buscaba,
inconscientemente, las bases sociales para su Comedia humana.
Y sin que queramos exagerar este
paralelo, para evitar disloques y asociaciones ilegítimos, es sin duda notable
que ambos grandes poetas se sumieron originalmente aún más en el pasado, que
ambos se sintieron atraídos por las grandes transformaciones iniciales de la
historia que dieran pie a la evolución moderna de sus respectivos países:
Balzac partió de Catalina de Médicis, Tolstoi de Pedro el Grande. Sin embargo,
Balzac sólo escribió un interesante y significativo estudio sobre Catalina de
Médicis, y Tolstoi incluso se atoró en meros esbozos y fragmentos. Para ambos
fue demasiado vigoroso el enorme impacto de los problemas actuales como para
que hubiesen podido permanecer en la prehistoria de estas cuestiones.
Aquí, ciertamente, termina el
paralelo literario. Sólo lo mencionamos porque debía servirnos para mostrar en
la obra de estos dos máximos representantes de épocas de transición de grandes
pueblos la necesidad social que los hacía tender hacia la novela histórica de
corte clásico para luego alejarlos nuevamente de ella. En el aspecto literario,
La guerra y la paz ocupa en la obra total de Tolstoi un lugar muy
diferente del que tiene Le dernier Chouan en la de Balzac; tampoco en
cuanto al valor poético es posible establecer una comparación, ya que la obra
de Tolstoi se encuentra en la cúspide de toda la historia de la novela
histórica.
Si consideramos La guerra y la
paz una novela histórica de corte clásico, manifestamos con ello cuan poco
se debe tomar esta expresión en un estrecho sentido histórico-literario o
artístico formal. En contraste con escritores destacados, como Pushkin, Manzoni
o Balzac, en Tolstoi no se descubre una directa influencia literaria de Walter
Scott. Que nosotros sepamos, Tolstoi jamás estudió a fondo a Walter Scott.
Partiendo de las condiciones reales de la vida de este periodo de transición,
creó una novela histórica de carácter muy singular que sólo en los últimos y
más generales principios de la composición significa una genial renovación
y continuación de la novela histórica clásica del tipo scottiano.
Este último principio unificador
es el de la popularidad. Además de estimar mucho a Balzac y a Stendhal
como escritores, Tolstoi apreció también a Flaubert y a Maupassant. Pero los
rasgos verdaderos y decisivos de su arte se remontan al periodo clásico del
realismo burgués, porque los impulsos sociales y cosmovisuales de su
personalidad se alimentan de una profunda compenetración con los problemas
centrales de la vida popular en una gran época de transición, ya que su arte
tiene todavía como tema central el sentido progresista y contradictorio de esta
época de transición.
La guerra y la paz es la
moderna epopeya de la vida popular, y lo es en un modo aún más decisivo que en
Scott o Manzoni. La descripción de la vida del pueblo es aún más amplia,
colorida y rica en figuras humanas. Es más consciente el énfasis en la vida
popular como el verdadero fundamento del proceso histórico. Con Tolstoi, este
estilo de composición incluso adquiere un acento polémico que no tenía ni pudo
haber tenido con los primeros clásicos de la novela histórica. Estos exponían
ante todo el nexo, los acontecimientos históricos derivaban como corolarios de
las contradictorias fuerzas populares en pugna. (El muy peculiar desarrollo
histórico de Italia tuvo por efecto que Manzoni representara en forma puramente
negativa, como perturbaciones de la vida popular, ciertos sucesos históricos.)
Tolstoi sitúa en el centro de su atención la contradicción entre los
protagonistas de la historia y las fuerzas vitales del pueblo. Muestra que
quienes verdaderamente fomentan el auténtico desarrollo —aunque inconsciente e
ignoto— son aquellos que a pesar de los grandes acontecimientos del primer
plano histórico siguen viviendo su vida normal, privada y egoísta, mientras que
los "héroes" que actúan conscientemente en la historia no son más que
ridiculas y nocivas marionetas.
Esta idea fundamental acerca de la
historia determina la grandeza y la limitación de la plasmación literaria en
Tolstoi. Como quizá nunca antes en la literatura universal se desarrolla con
una riqueza y vitalidad la vida humana individual, sólo afectada por los
sucesos principales, mas no absorbida por ellos. La concreción histórica de las
pasiones y los pensamientos, la autenticidad histórica de la peculiar cualidad
de la reacción al mundo exterior a través de actividad y sufrimiento, alcanza
aquí una magnífica altura. Pero sigue siendo problemática justamente la
fundamental idea tolstoiana de que estos afanes individuales de espontánea
eficacia, pero inconscientes de su sentido y de sus consecuencias, y cuyo
conjunto representa las fuerzas populares que se manifiestan de manera
igualmente espontánea, sean los verdaderos móviles del curso de la historia.
Hemos mencionado ya que Tolstoi
logró una auténtica figura heroica popular con Kutusov: un hombre que es
notable porque nunca quiere ser diferente, sino que es un sencillo
órgano de las fuerzas populares que él resume y expresa. Sus cualidades más
personales e íntimas se agrupan maravillosamente, con todas sus contradicciones
y aun paradojas, en torno de esta fuente de su grandeza social. Su popularidad
"abajo" y su posición discrepante "arriba" se explican
siempre clara y contundentemente de esta su situación. Mas para Tolstoi, el
contenido necesario de esta grandeza es la pasividad, una espera que deja que
actúen la historia misma, el sentimiento espontáneo del pueblo, la marcha
espontánea de las cosas, sin querer estorbar la libre expansión de ésas fuerzas
con su intromisión.
Esta concepción del héroe
histórico "positivo" hace patente la medida en que desde los días de
Walter Scott se habían acrecentado los contrastes sociales también en la Rusia
zarista. Uno de los rasgos grandiosos de Tolstoi es que no tiene confianza en
los "jefes oficiales" de la historia, ni en los reaccionarios francos
ni en los liberales. Y su limitación —la limitación de la progresiva
indignación de las masas campesinas en ese tiempo— está en que la desconfianza
históricamente justificada se detiene pasivamente frente a toda acción
histórica consciente, de modo que no reconoce en su valor la democracia
revolucionaria que ya desde esa época comenzaba a aflorar. Esta ceguera ante el
papel de la actuación consciente del pueblo mismo tiene por resultado que
Tolstoi caiga en una negación abstracta extremista también al juzgar la
significación de la actuación consciente de los explotadores. La exageración
abstrayente no está en la crítica, en el rechazo del contenido social de estas
actuaciones, sino en que de antemano se les niega toda significación. No es
casual que en los mejores hombres que Tolstoi crea en su obra se perciba un
movimiento que tiende hacia el decembrismo; tampoco se debe al azar el hecho de
que Tolstoi se hubiese ocupado durante largo tiempo con el proyecto de escribir
una novela sobre el decembrismo. Ni es casual que esta tendencia hacia el
decembrismo se haya quedado en tendencia, sin llevar verdaderamente a él, y que
la novela decembrista jamás fuese concluida.
Esta contradictoria ambigüedad de
la plasmación tolstoiana de la vida popular histórica tiende ya vigorosamente
del pasado al presente. La guerra y la paz planteó, bajo la forma de una
amplia transfiguración de la vida económica y moral del pueblo, el gran
problema tolstoiano de la cuestión campesina y de la relación entre esta
cuestión y las diferentes clases, estratos e individuos. Ana Karenina
presenta los mismos problemas después de la liberación campesina y en una etapa
de desarrollo superior de la acendrada contradicción: aquí se ha alcanzado en
la plasmación de la actualidad una concreción histórica que supera del mismo
modo toda la literatura rusa precedente como Balzac había superado a todos sus
predecesores con su exposición del capitalismo francés. Con La guerra y la
paz, Tolstoi se convirtió en "su propio Walter Scott". Pero La
guerra y la paz surgió de la anterior novela social realista de Rusia y
Francia del mismo modo que las creaciones literarias de Walter Scott habían
tenido su origen en el realismo crítico social inglés del siglo XVIII.
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