Libro No. 321. Un Corazón sencillo. Flaubert, Gustavo.
Libro No. 321. Un Corazón sencillo. Flaubert, Gustavo.
Colección Emancipación Obrera. Junio 2 de 2012.
Título original: © Un Corazón sencillo. Flaubert, Gustave.
Versión Original: © Un Corazón sencillo. Gustave Flaubert
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Gustave Flaubert
(Francia, 1821-1880)
Novelista francés encuadrado dentro
de la escuela realista, alabado por su objetividad y la esmerada perfección de
su estilo, cualidades ambas que se pueden encontrar en Madame Bovary, su
trabajo más representativo. Flaubert, hijo de un médico, nació en Ruán,
Normandía, el 12 de diciembre de 1821. Estudió derecho en París durante un
corto periodo de tiempo, pero su frágil salud le obligó a abandonarlo. Fue
entonces cuando decidió dedicarse a escribir. Entre 1849 y 1851 viajó, en
compañía de un amigo, por Grecia y Oriente Próximo, una experiencia que le
inspiró los escenarios exóticos de dos de sus novelas. Afectado por un desorden
de tipo nervioso, transcurrió la mayor parte de su vida de forma tranquila,
junto a su familia, en Croisset, un lugar de campo cerca de Ruán, donde recibía
frecuentes visitas de otros notables escritores. Allí murió el 8 de mayo de
1880. La primera novela de Flaubert, y la más leída también, Madame Bovary,
publicada por primera vez en 1857, hubo de enfrentarse muy pronto a un importante
proceso legal. Tanto el autor como el editor fueron acusados por la inmoralidad
de la novela. A pesar de haber sido absueltos, el escándalo empañó el
lanzamiento del libro, y no fue hasta más tarde cuando fue reconocida como una
de las obras maestras de la literatura francesa. Madame Bovary, subtitulada
Costumbres provincianas, es, en apariencia, una convencional historia de
adulterio, pero logra convertirse en un profundo análisis de la humanidad y, en
concreto, un ataque a la monotonía y a las desilusiones de la vida burguesa.
Emma Bovary, con la imaginación repleta de románticas ilusiones sobre el amor y
la pasión, se topa con la realidad de un insípido matrimonio que la ahoga, y
busca las sensaciones sobre las que ha leído en los libros, a través de una
serie de aventuras amorosas, que ella desea ver como grandes pasiones, pero que
no son en realidad más interesantes que su vida matrimonial. En un ataque de
desesperación, se quita la vida. Flaubert refleja con gran acierto la tragedia
de este personaje, y Madame Bovary ha resultado ser una obra de referencia
constante, hasta el punto de estar considerada como una obra maestra del
realismo. Otras novelas también importantes de Flaubert son Salambó (1863) y La
tentación de San Antonio (1874). La primera de ellas es una narración histórica
ambientada en la antigua Cartago; la segunda está basada en la leyenda de las
tentaciones a las que se tuvo que enfrentar el fundador de las comunidades
religiosas cristianas, san Antonio, en la soledad del desierto. Aunque estas
dos novelas son consideradas en general más cercanas al romanticismo que Madame
Bovary, casi todas las obras de Flaubert combinan elementos tanto románticos
como naturalistas. En sus cartas, publicadas póstumamente, Correspondance (4
volúmenes, 1887-1893), Flaubert calificó su trabajo de “agonías del arte”. El
infinito cuidado que ponía en conseguir una gran precisión en los detalles y en
el lenguaje se ha hecho legendario. La devoción de Flaubert hacia el arte no
podría haber sido puesta de manifiesto de otro modo mejor que en la perfección
que se exigía a sí mismo. Entre las demás obras de Flaubert cabe destacar la
novela La educación sentimental (1869), tres narraciones cortas publicadas con
el título de Tres cuentos (1877), y dos trabajos editados póstumamente, la
inacabada novela Bouvard y Pécuchet (1881) y Diccionario de lugares comunes
(1913). © eMe
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1712
Un Corazón Sencillo
Gustave Flaubert

Un corazón sencillo
I
A lo largo de medio siglo, las burguesas de Pont-l’Evéque le envidiaron a
madame Aubain su criada Felicidad.
Por cien francos al año, guisaba y hacía el arreglo de la casa, lavaba,
planchaba, sabía embridar un caballo, engordar las aves de corral, mazar la
manteca, y fue siempre fiel a su ama que
sin embargo no siempre era una persona agradable.
Madame Aubain se había
casado con un mozo guapo y pobre, que murió a principios de 1809, dejándole dos
hijos muy pequeños y algunas deudas. Entonces madame Aubain vendió sus
inmuebles, menos la finca de Toucques y la de Greffosses, que rentaban a lo
sumo cinco mil francos, y dejó la casa de Saint-Melaine para vivir en otra
menos dispendiosa que había pertenecido a sus antepasados y estaba detrás del
mercado.
Esta casa, revestida de
pizarra, se encontraba entre una travesía y una callecita que iba a parar al
río. En el interior había desigualdades de nivel que hacían tropezar. Un
pequeño vestíbulo separaba la cocina de la sala donde madame Aubain se pasaba
el día entero, sentada junto a la ventana en un sillón de paja. Alineadas
contra la pared, pintadas de blanco, ocho sillas de caoba. Un piano viejo
soportaba, bajo un barómetro, una pirámide de cajas y carpetas. A uno y otro
lado de la chimenea, de mármol amarillo y de estilo Luis XV, dos butacas
tapizadas. El reloj, en el centro, representaba un templo de Vesta. Y todo el
aposento olía un poco a humedad, pues el suelo estaba más bajo que la huerta.
En el primer piso, en
primer lugar, el cuarto de «Madame», muy grande, empapelado de un papel de
flores pálidas, y, presidiendo, el retrato de «Monsieur» en atavío de
petimetre. Esta sala comunicaba con otra habitación más pequeña, en la que
había dos cunas sin colchones. Después venía el salón, siempre cerrado, y
abarrotado de muebles cubiertos con fundas de algodón. Seguía un pasillo que
conducía a un gabinete de estudio; libros y papeles guarnecían los estantes de
una biblioteca de dos cuerpos que circundaba una gran mesa escritorio de madera
negra; los dos paneles en esconce desaparecían bajo dibujos de pluma, paisajes
a la guache y grabados de Audran, recuerdos de un tiempo mejor y de un lujo que
se había esfumado. En el segundo piso, una claraboya iluminaba el cuarto de
Felicidad, que daba a los prados.
Felicidad se levantaba al
amanecer, para no perder misa, y trabajaba hasta la noche sin interrupción;
después, terminada la cena, en orden la vajilla y bien cerrada la puerta,
tapaba los tizones con la ceniza y se dormía ante la lumbre con el rosario en la
mano. Nadie más tenaz que ella en el regateo. En cuanto a la limpieza, sus
relucientes cacerolas eran la desesperación de las demás criadas. Ahorrativa,
comía despacio, y recogía con el dedo las migajas del pan caídas sobre la mesa;
un pan de doce libras cocido expresamente para ella y que le duraba veinte
días.
En toda estación llevaba
un pañuelo de indiana sujeto en la espalda con un imperdible, un gorro que le
cubría el pelo, medias grises, refajo encarnado, y encima de la blusa un
delantal con peto, como las enfermeras del hospital.
Tenía la cara enjuta y la
voz chillona. A los veinticinco años, le echaban cuarenta. Desde los cincuenta,
ya no representó ninguna edad. Y, siempre silenciosa, erguido el talle y
mesurados los ademanes, parecía una mujer de madera que funcionara automáticamente.
II
Había tenido, como cualquier otra, su historia de amor.
Su padre, un albañil, se
había matado al caer de un andamio. Luego murió su madre, sus hermanas se
dispersaron, la recogió un labrador y la puso de muy pequeña a guardar las
vacas en el campo. Tiritaba vestida de harapos, bebía, tumbada boca abajo, el
agua de los charcos, le pegaban por la menor cosa y acabaron echándola por un
robo de treinta sueldos que no había cometido. Entró en otra alquería, llegó en
ella a moza de corral y, como daba gusto a los amos, los compañeros de faena le
tenían envidia.
Una tarde del mes de
agosto (tenía entonces dieciocho años) la llevaron a la romería de Colleville.
Se quedó pasmada, estupefacta por el estruendo de los rascatripas, las luces en
los árboles, la variedad abigarrada de los trajes, los encajes, las cruces de
oro, aquella masa de gente saltando todos a la vez. Se mantenía apartada
modestamente, cuando un mozo muy atildado, y que fumaba en pipa apoyado de
codos en la barra de un toldo, se acercó a invitarla a bailar. La convidó a
sidra, a café, a galletas, le regaló un pañuelo, y, creyendo que la moza le
correspondía, se ofreció a acompañarla. A la orilla de un campo de avena, la
tumbó brutalmente. Felicidad se asustó y empezó a gritar. El mozo escapó.
Otra tarde, en la
carretera de Beaumont, Felicidad quiso adelantar a un gran carro de hierba que
iba despacio, y, ya rozando las ruedas, reconoció a Teodoro
El mozo la abordó
tranquilamente, diciendo que tenía que perdonarle, porque era «culpa de la
bebida».
Felicidad no supo qué
contestar y estuvo por echar a correr.
En seguida, Teodoro habló
de las cosechas y de notables del municipio, pues su padre se había ido de
Colleville a la finca de Les Ecots, de modo que ahora eran vecinos. «¡Ah!»,
exclamó la muchacha. El mozo añadió que deseaban casarle. Pero él no tenía prisa
y esperaba una mujer que le gustara. Felicidad bajó la cabeza. Teodoro le
preguntó si pensaba casarse. Respondió ella, sonriendo, que estaba mal
burlarse. «No, no, ¡te lo juro!», y con el brazo izquierdo le rodeó la cintura;
la muchacha andaba sostenida por aquel abrazo; acortaron el paso. El viento era
suave, brillaban las estrellas, oscilaba ante ellos la enorme carretada; y los
cuatro caballos, arrastrando los cascos, levantaban polvo. Después, sin que se
lo mandaran, doblaron a la derecha. Él la besó otra vez. Ella se perdió en la
oscuridad.
A la semana siguiente,
Teodoro llegó a obtener citas.
Se encontraban al fondo de
los patios, detrás de pared, debajo de un árbol solitario. Felicidad no era
inocente como las señoritas los animales
la habían enseñado ; pero la razón y el instinto de la honra le impidieron
caer. Esta resistencia exasperó el amor de Teodoro, hasta tal punto que para
satisfacerlo (o quizá inocentemente) le propuso casarse con ella. Felicidad no
acababa de creerlo. Teodoro le hizo grandes juramentos.
Al poco tiempo confesó una
cosa desagradable: el año anterior, sus padres le habían comprado un sustituto,
pero cualquier día podrían volver a llamarle; la idea de ir al servicio le
espantaba. Esta cobardía fue para Felicidad una prueba de cariño; el suyo se
duplicó. Se escapaba por la noche, y al llegar a la cita, Teodoro la torturaba
con sus acaloramientos y su porfía.
Finalmente, le anunció que
iría él mismo a la prefectura a enterarse y le diría el resultado el domingo
siguiente, entre las once y las doce de la noche.
Llegado el momento,
Felicidad corrió al encuentro del novio.
En su lugar encontró a un
amigo de Teodoro.
El amigo le dijo que no
debía volver a verle. Para librarse del servicio, Teodoro se había casado con
una vieja muy rica, madame Leboussais, de Toucques.
Fue un dolor desmesurado.
Se tiró al suelo, rompió a gritar, invocó a Dios y estuvo gimiendo
completamente sola en medio del campo hasta el amanecer. Después volvió a la
alquería, dijo que pensaba marcharse, y, pasado un mes, le dieron la cuenta,
envolvió todo su equipaje en un pañuelo y se fue a Pont-l'Evéque.
Delante de la posada,
preguntó a una señora con toca de viuda y que precisamente buscaba una
cocinera. La muchacha no sabía gran cosa, pero parecía tener tan buena voluntad
y tan pocas exigencias que madame Aubain acabó por decir: «¡Bueno, te tomo!».
Al cabo de un cuarto de
hora, Felicidad estaba instalada en casa de madame Aubain.
Al principio vivió como
temblando por la impresión que le causaban «el señorío de la casa» y el
recuerdo de «Monsieur» planeando sobre todo. Pablo y Virginia, el uno de siete
años, la otra de cuatro no cumplidos, le parecían hechos de una materia preciosa;
los cargaba a caballo sobre la espalda, y madame Aubain le prohibió besarlos a
cada paso, lo que le dolió. Sin embargo, estaba contenta. La apacibilidad del
medio había disipado su tristeza.
Todos los jueves iban unos
amigos a jugar una partida de boston. Felicidad preparaba de antemano las
cartas y las rejillas. Llegaban a las ocho en punto y se marchaban antes de dar
las once.
Todos los lunes por la
mañana, el chamarilero que vivía debajo de la avenida exponía en el suelo sus
chatarras. Después la localidad se llenaba de un runruneo de voces, en el que
se mezclaban relinchos de caballos, balidos de corderos, gruñidos de cerdos,
con el traqueteo seco de los carros en la calle. Al mediodía, en lo animado del
mercado, aparecía en la puerta un viejo campesino de elevada estatura, la gorra
echada hacia atrás, la nariz ganchuda: era Robelin, el colono de Greffosses. Al
poco tiempo llegaba Liébard, el granjero de Toucques, pequeño, gordo, colorado,
con chaqueta gris y polainas armadas de espuelas.
Los dos traían al ama
gallinas o quesos. Felicidad descubría invariablemente sus marrullerías y ellos
se iban llenos de respeto a Felicidad.
En épocas indeterminadas,
madame Aubain recibía la visita del marqués de Gremanville, un tío suyo
arruinado por la mala vida y que vivía en Falaise del último pedazo de tierra
que le quedaba. Se presentaba siempre a la hora de comer, con un horrible caniche
que ensuciaba con las patas todos los muebles. A pesar de sus esfuerzos por
parecer un caballero, hasta el punto de llevarse la mano al sombrero cada vez
que decía: «Mi difunto padre», la costumbre le podía, se servía de beber vaso
tras vaso y soltaba desvergüenzas. Felicidad le empujaba afuera, no sin
miramientos: «¡Ya ha bebido bastante, monsieur de Grernanville! ¡Hasta otra
vez!». Y cerraba la puerta.
Se la abría con gusto a
monsieur Bourais, antiguo procurador. Su corbata blanca y su calvicie, la
chorrera de la camisa, la amplia levita parda, la manera de sorber el rapé
doblando el brazo, toda su persona le producía ese pasmo que nos causa el
espectáculo de los hombres extraordinarios.
Como administraba las
propiedades de «Madame», se encerraba con ella durante horas en el gabinete de
«Monsieur», y siempre tenía miedo de comprometerse; respetaba muchísimo a la
magistratura, tenía sus pretensiones de saber latín.
Para enseñar a los niños
de manera agradable, les regaló una geografía en estampas que representaban
diferentes escenas del mundo, de los antropófagos con plumas en la cabeza, un
mono que se llevaba a una doncella, beduinos en el desierto, pescadores clavando
el arpón a una ballena, etc.
Pablo dio a Felicidad la
explicación de las estampas. Y hasta fue ésta su única instrucción literaria.
La de los niños corría a
cargo de Gullot, un pobre diablo empleado del ayuntamiento, famoso por su buena
letra y que afilaba el cortaplumas en la bota.
Cuando hacía buen tiempo, iban temprano a la finca de Greffosses.
El patio estaba en cuesta,
la casa en el centro, y a lo lejos se veía el mar como una mancha gris.
Felicidad sacaba de su
capacho lonchas de carne fría, y almorzaban en una estancia contigua a la
lechería. Era el único resto de una casa de recreo, ya desaparecida. El papel
de la pared, en jirones que temblaban con las corrientes de aire. Madame Aubain
inclinaba la frente, abrumada de recuerdos; los niños no se atrevían a hablar.
«¡Pero idos a jugar!», les decía; y escapaban.
Pablo subía al granero,
atrapaba pájaros, hacía remolinos en la charca o golpeaba con un palo los
grandes toneles, que resonaban como tambores.
Virginia daba de comer a
los conejos, se precipitaba para coger azulinas, y al correr descubría sus
pantaloncitos bordados.
Una tarde de otoño
volvieron por los prados.
La luna, en cuarto
creciente, alumbraba una parte del cielo, y sobre las sinuosidades del
Toticques flotaba como una niebla. Unos bueyes, echados en medio del prado,
miraban tranquilamente pasar a aquellas cuatro personas. En el tercer pastizal
se levantaron algunos y las rodearon. «¡No tengan miedo!», dijo Felicidad; y,
murmurando una especie de romance, le pasó la mano por el espinazo al que
estaba más cerca; el animal dio media vuelta y los otros le imitaron. Pero, ya
atravesado el pastizal siguiente, oyeron un bramido formidable. Era un toro
que, por la niebla, no habían visto. Avanzó hacia las dos mujeres. Madame
Aubain iba a echar a correr. «¡No, no, no vayáis tan deprisa!» Sin embargo
aceleraban el paso y oían detrás de ellas un resoplar sonoro que se iba
acercando. Las pezuñas golpeaban como martillos la hierba de la pradera; ¡ahora
galopaba! Felicidad se volvió y, con ambas manos, se puso a arrancar terrones y
a tirárselos al toro a los ojos. El toro
bajaba el morro, sacudía los cuernos y temblaba de furia bramando
horriblemente. Madame Aubain, en la linde del prado con sus dos pequeños,
alteradísima, buscaba la manera de franquear el resalto. Felicidad seguía
andando hacia atrás ante el toro y tirándole terrones de césped que le cegaban,
a la vez que gritaba: «¡Corran, corran!».
Madame Aubain bajó a la
zanja, empujó a Virginia, después a Pablo, se cayó varias veces intentando
escalar el talud, y a fuerza de valor lo consiguió.
El toro había arrinconado
a Felicidad contra una empalizada; su baba le saltaba a la cara; un segundo más
y la destripaba. A Felicidad le dio tiempo a colarse entre dos estacas, y el
enorme animal, muy sorprendido, se detuvo.
Este trance fue, durante
muchos años, tema de conversación en Pont-l'Evéque. Felicidad no se envaneció
nada de su hazaña, sin ocurrírsele siquiera que había hecho algo heroico.
Su única preocupación era
Virginia, pues le quedó del susto una afección nerviosa, y monsieur Poupart, el
doctor, aconsejó los baños de mar de Trouville.
En aquel tiempo no eran
frecuentados. Madame Aubain se informó, consultó a Bourais, hizo preparativos
como para un largo viaje.
El equipaje salió la
víspera, en el carro de Liébard. Al día siguiente trajo dos caballos, uno de
ellos con una silla de mujer provista de un respaldo de terciopelo; y en la
grupa del segundo, una especie de asiento formado por una capa enrollada.
Madame Aubain montó en él, detrás de Liébard. Felicidad se encargó de Virginia,
y Pablo montó el asno de monsieur Lechaptois, prestado con la condición de que
lo cuidaran mucho.
La carretera era tan mala
que tardaron dos horas en recorrer los ocho kilómetros. Los caballos se hundían
en el barro hasta las cuartillas, y para salir hacían bruscos movimientos de
ancas; o bien tropezaban en los baches; otras veces tenían que saltar. En
ciertos lugares, la yegua de Liébard se paraba de pronto. El hombre esperaba
pacientemente que echara a andar de nuevo; y hablaba de las personas cuyas
propiedades bordeaban el camino, añadiendo a su historia reflexiones morales.
Así, en el centro de Toucques, al pasar bajo las ventanas rodeadas de
capuchinas, dijo encogiéndose de hombros: «Ahí tenemos una, madame Lehoussais,
que en vez de tomar un mozo...». Felicidad no oyó el resto. Los caballos
trotaban, el burro galopaba; tomaron todos por un sendero, se abrió una
portilla, aparecieron dos muchachos, y los viajeros se apearon delante del
estiércol, en el umbral de puerta.
La tía Liébard, al ver a
su ama, se deshizo en demostraciones de alegría. Les sirvió de almuerzo un
solomillo, callos, morcilla, pepitoria de gallina, sidra espumosa, una tarta de
frutas y ciruelas en aguardiente, todo ello acompañado de cumplidos a la señora,
que parecía mejor de salud; a la señorita, que se había puesto «hermosa»; al
señorito Pablo, que había engordado mucho; sin olvidar a los difuntos abuelos,
a los que los Liébard habían conocido, pues estaban al servicio de la familia
desde varias generaciones. La granja tenía, como ellos, un carácter de
ancianidad. Las vigas del techo estaban carcomidas; las paredes, negras de
humo; los cristales, grises de polvo. En un aparador de roble había toda clase
de utensilios: jarras, platos, escudillas de estaño, trampas de cazar lobos,
fórceps para las ovejas; una jeringa enorme hizo reír a los niños. No había en
los tres patios un solo árbol que tuviera setas al pie del tronco o una mata de
muérdago en las ramas. El viento había derribado varios. Habían retoñado por el
centro; y todos se doblaban bajo el peso de las manzanas. Las techumbres de
paja, que parecían terciopelo pardo y de desigual espesor, resistían a las más
fuertes borrascas. Pero la carretería estaba en ruinas. Madame Aubain dijo que
se iba a ocupar de esto, y mandó renovar la guarnicionería.
Tardaron todavía media
hora en llegar a Trouville. La pequeña caravana se apeó para pasar Les Écores;
era un acantilado al pie del cual se veían los barcos; y, pasados tres minutos,
al final del muelle, entraron en el patio de «L'Agneau d'or», en casa de la tía
David.
Desde los primeros días,
Virginia se sintió menos débil, resultado del cambio de aires y de la acción de
los baños. A falta de bañador, los tomaba en camisa, y su muchacha la vestía
después en una garita de aduanero que utilizaban los bañistas.
Después de comer iban con
el burro más allá de Roches-Noires, por la parte de Hennequeville. Al
principio, el sendero subía entre unos terrenos ondulados como el césped de un
parque. Luego llegaba a un alto donde alternaban los prados y las tierras labrantías.
En las orillas del camino, entre los zarzales, sobresalían los acebos; acá y
allá, un gran árbol muerto trazaba sobre el aire azul el zigzag de sus ramas.
Casi siempre descansaban
en un prado, con Deauville a la izquierda, Le Havre a la derecha y enfrente el
mar abierto. Estaba reluciente de sol, liso como un espejo, tan manso que
apenas se oía su murmullo; piaban, escondidos, los gorriones, y todo esto bajo
la inmensa cúpula del cielo. Madame Aubain, sentada, trabajaba en su labor de
costura; Virginia, junto a ella, trenzaba juncos; Felicidad escardaba flores de
espliego; Pablo se aburría y quería marcharse.
Otras veces pasaban el
Toucques en barca y buscaban conchas. La marea baja dejaba al descubierto
erizos, moluscos, medusas; y los niños corrían para coger copos de espuma que
llevaba el viento. Las olas dormidas, al caer en la arena, se extendían a lo largo
de la playa; era tan larga que se perdía de vista, pero por la parte de tierra
tenía por límite las dunas, que la separaban del «Maráis», una extensa pradera
en forma de hipódromo. Cuando volvían por allí, a cada paso se iba agrandando
Trouville, al pie de la ladera del otero, y con todas sus casas desiguales
parecía dispersarse en alegre desorden.
Los días de mucho calor,
no salían de su cuarto. La deslumbrante claridad de afuera trazaba barras de
luz entre las hojas de las celosías. Ningún ruido en el pueblo. Abajo, en la
acera, nadie. Este dilatado silencio acentuaba la tranquilidad de las cosas. A
lo lejos, los martillos de los calafates taponaban carenas, y una brisa
pegajosa traía el olor del alquitrán.
La principal diversión era
la arribada de los barcos. En cuanto pasaban las balizas, empezaban a
zigzaguear. Arriaban las velas hasta los dos tercios de los mástiles; y, con la
mesana inflada como un globo, avanzaban, se deslizaban en el chapoteo de las olas
hasta el medio del puerto, donde echaban de repente el ancla. En seguida el
barco se arrimaba al muelle. Los marineros descargaban por la borda montones de
peces palpitantes; los esperaba una fila de carros, y unas mujeres con gorro de
algodón se precipitaban a coger los cestos y a besar a sus hombres.
Un día, una de ellas
abordó a Felicidad, y al poco rato entró ésta muy contenta en la habitación.
Había encontrado a una hermana; y apareció Anastasia Baret, casada con Leroux,
llevando un niño de teta en brazos, de la mano derecha a otro niño, y a su izquierda
un grumetillo con los puños en las caderas y la boina sobre la oreja.
Al cuarto de hora, madame
Aubain la despidió.
Los encontraban siempre
cerca de la cocina, o en los paseos que daban. Al marido no se le veía.
Felicidad les tomó cariño.
Les compró una manta, camisas, un hornillo; era evidente que la explotaban.
Esta flaqueza irritaba a madame Aubain, a la que además no le gustaban las
familiaridades del sobrino pues tuteaba
a su hijo ; y como Virginia tosía y la estación no era buena, madame Aubain
volvió a Pont-l'Evéque.
Monsieur Bourais la
aconsejó sobre la elección de un colegio. El de Caen tenía fama de ser el
mejor. A él mandaron a Pablo; se despidió valiente, satisfecho de ir a vivir en
una casa donde habría chicos como él.
Madame Aubain se resignó a
separarse de su hijo, porque era necesario. Virginia pensaba en él cada vez
menos. Felicidad echaba en falta la bulla que metía. Pero vino a distraerla una
ocupación; a partir de Navidad, llevaba todos los días a la niña al catecismo.
III
Hacía en la puerta una genuflexión, avanzaba bajo la alta nave entre la
doble fila de sillas, abría el banco de madame Aubain, se sentaba y echaba una
mirada en torno suyo.
Los niños a la derecha,
las niñas a la izquierda, ocupaban los asientos del coro; el cura permanecía de
pie junto al atril; en una vidriera del ábside, el Espíritu Santo dominaba a la
Virgen; en otra estaba de rodillas ante el Niño Jesús, y, detrás del tabernáculo,
un grupo tallado en madera representaba a San Miguel abatiendo al dragón.
El cura empezó por resumir
la historia sagrada. Felicidad creía estar viendo el paraíso, el Diluvio, la
torre de Babel, las ciudades envueltas en llamas, pueblos que morían, ídolos
derribados. Y de este deslumbramiento conservó el respeto al Altísimo y el
temor a su cólera. Después lloró escuchando la pasión. ¿Por qué le habían
crucificado, a Él que amaba a los niños, alimentaba a las multitudes, curaba a
los ciegos y había querido, por bondad, nacer en medio de los pobres, sobre el
estiércol de un establo? En su vida se encontraban las sementeras, las
cosechas, los lagares, todas esas cosas familiares de que habla el Evangelio;
el paso de Dios las había santificado; y amó más tiernamente a los corderos por
amor del Cordero, a las palomas por el Espíritu Santo.
Le costaba trabajo
imaginar su persona; pues no era sólo pájaro, sino también una llama, y otras
veces un hálito. Acaso es su luz lo que revolotea por la noche en las orillas
de las charcas, su aliento lo que empuja a las nubes, su voz lo que hace armoniosas
las campanas; y permanecía en adoración, gozando del frescor de las paredes y
de la calma de la iglesia.
En cuanto a los dogmas, no
entendía nada, ni siquiera intentó entender. El cura hablaba, los niños
recitaban, Felicidad acababa por dormirse; y se despertaba de pronto, cuando
los niños se iban repiqueteando con los zuecos sobre las losas.
De esta manera, a fuerza
de oírlo, aprendió el catecismo, pues no había tenido en la niñez una
instrucción religiosa; y desde entonces imitó todas las prácticas de Virginia,
ayunando como ella, confesándose cuando ella. Para el día del Corpus, hicieron
un monumento.
La primera comunión la
atormentaba de antemano. Se azacaneó para los zapatos, para el rosario, para el
libro, para los guantes. ¡Con qué temblor ayudó a la madre a vestirla!
Durante toda la misa
sintió una especie de angustia. Monsieur Bourais le impedía ver una parte del
coro; pero, justamente enfrente, el rebaño de las vírgenes con sus coronas
blancas encima de los velos echados sobre la cara formaba como un campo de
nieve. Y Felicidad reconocía de lejos a su querida pequeña por el cuello más
bonito y el continente más recogido. Sonó la campanilla. Se inclinaron las
cabezas; y hubo un silencio. Cuando el órgano rompió a tocar, los chantres y la
multitud entonaron el Agnus Dei; luego comenzó el desfile de los niños; y,
después de ellos, se levantaron las niñas. Paso a paso, juntas las manos, se
dirigían al altar todo iluminado, se arrodillaban en el primer escalón,
recibían la hostia sucesivamente, y en el mismo orden volvían a sus
reclinatorios. Cuando le llegó el turno a Virginia, Felicidad se inclinó para
verla; y, con la imaginación que dan los verdaderos amores, le pareció que ella
misma era aquella niña; su cara era la de ella, su vestido la vestía a ella, su
corazón latía en su propio pecho; en el momento en que la niña abrió la boca,
cerrando los párpados, Felicidad estuvo a punto de desmayarse.
Al día siguiente,
temprano, se presentó en la sacristía para que el señor cura le diera la
comunión. La recibió devotamente, pero no gustó las mismas delicias.
Madame Aubain quería que
su hija fuera una señorita muy cumplida; y como Gullot no podía enseñarle
inglés ni música, decidió ponerla interna en las ursulinas de Honfleur.
La niña se avino sin
dificultad. Felicidad suspiraba, encontrando insensible a la señora. Después
pensó que a lo mejor su ama tenía razón. Estas cosas rebasaban sus luces.
Por fin, un día paró a la
puerta un carruaje y se bajó de él una monja que iba a buscar a la señorita.
Felicidad subió el equipaje a la imperial, hizo recomendaciones al cochero y
puso en el baúl seis tarros de mermelada y una docena de peras, junto con un
ramillete de violetas.
En el último momento,
Virginia se echó a llorar a lágrima viva; se abrazaba a su madre, que la besaba
en la frente repitiendo: «¡Vamos, sé valiente, sé valiente!». Levantóse el
estribo y el coche se puso en marcha.
Entonces la entereza de
madame Aubain flaqueó; y aquella noche se presentaron para consolarla todos sus
amigos, el matrimonio Lormeau, madame Lechaptois, las niñas Rochefeuille,
monsieur de Hotippeville y Bourais.
Al principio, la privación
de su hija le fue muy penosa. Pero tres veces por semana recibía carta suya,
los otros días le escribía ella, paseaba por el jardín, leía un poco, y de este
modo llenaba el vacío de las horas.
Por la mañana, Felicidad
entraba por costumbre en el cuarto de Virginia y contemplaba las paredes. Le
daba pena no tener ya que peinarla, atarle los cordones de las botas, arroparla
en la cama. Y no estar viendo siempre su linda cara, no llevarla de la mano
cuando salían juntas. Probó a llenar el tiempo haciendo encaje. Sus dedos,
demasiado torpes, rompían los hilos; no entendía nada, había perdido el sueño,
estaba tal era su palabra «minada». Por «distraerse», pidió permiso
para recibir a su sobrino Víctor.
Llegaba los domingos
después de misa, colorados los carrillos, desnudo el pecho, y oliendo al campo
que había atravesado. Felicidad se apresuraba a ponerle la mesa. Almorzaban uno
frente a otro, y, comiendo ella lo menos posible por ahorrar gasto, le atiborraba
tanto de comida que el muchacho acababa por dormirse. A la primera campanada
del toque a vísperas, le despertaba, le cepillaba el pantalón, le hacía el lazo
de la corbata y se iba a la iglesia apoyada en el brazo del sobrino con un
orgullo maternal.
Los padres le encargaban
siempre que se llevara algo, un paquete de azúcar terciada, jabón, aguardiente,
a veces hasta dinero. Le llevaba sus pingos a la tía para que se los remendara,
y Felicidad aceptaba esta tarea contenta porque aquello le obligaba a volver.
En agosto, el padre le
embarcó en el cabotaje.
Era tiempo de vacaciones.
La llegada de los niños la consoló. Pero Pablo se estaba volviendo caprichoso y
Virginia ya no tenía edad para tutearla, lo que determinaba una situación
violenta, una barrera entre ellas.
Víctor navegó
sucesivamente a Morlaix, a Dunkerque y a Brighton; de cada viaje le traía un
regalo. La primera vez fue una caja de conchas; la segunda, una taza de café;
la tercera, un gran pain d’épice en forma de hombre. Iba siendo un guapo mozo,
buen tipo, un poco de bigote, bonitos ojos francos, y una gorra de cuero echada
hacia atrás como un piloto. La entretenía contándole historias con términos
marineros.
Un lunes, 14 de julio de
1819 (Felicidad no olvidó la fecha), Víctor le dijo que se había enrolado para
travesías largas, y que, a los dos días, se iría en el barco de línea de
Honfleur, para embarcar en su goleta, que zarparía pronto de Le Havre. Quizá tardaría
dos años en volver.
La perspectiva de tan
larga ausencia puso muy triste a Felicidad; y para despedirse de él otra vez,
el miércoles por la noche, después de cenar con la señora, calzó los zuecos y
se tragó las cuatro leguas que separan Pont-l’Evéque de Honfleur.
Cuando llegó al Calvario,
en vez de tomar a la izquierda tomó a la derecha, se perdió en unas obras,
volvió sobre sus pasos; unas personas a quienes preguntó le dijeron que se
diera prisa. Bordeó la dársena llena de barcos, tropezaba con las amarras; después
el terreno fue bajando, se entrecruzaron luces, y Felicidad se creyó loca
porque veía caballos en el cielo.
En el borde del muelle
relinchaban otros, asustados por el mar. Un polipasto los levantaba del muelle
y los bajaba a un barco, donde se tropezaban unos viajeros entre barriles de
sidra, cestos de quesos, sacos de cereales; se oía cacarear gallinas, el capitán
juraba, y un grumete permanecía de codos en la serviola, indiferente a todo
aquello. Felicidad, que no le había reconocido, gritaba: «¡Víctor!»; el grumete
levantó la cabeza; cuando Felicidad se lanzaba hacia él, retiraron de pronto la
pasarela.
El barco, que unas mujeres
remolcaban cantando, salió del puerto. Crujían las cuadernas, lentas olas le
azotaban la proa. La vela había girado, ya no se veía a nadie; y ponía sobre el
mar plateado por la luna una mancha negra que iba palideciendo, hasta que se
hundió en el horizonte.
Al pasar por el Calvario,
Felicidad quiso encomendar a Dios a lo que más quería; y rezó mucho tiempo, de
pie, llena de lágrimas la cara, los ojos mirando a las nubes. La ciudad dormía,
rondaban unos aduaneros; y por las bocas de la esclusa caía sin parar el agua,
con un ruido de torrente. Dieron las dos.
El locutorio no se abría
antes de amanecer. Seguro que si volvía tarde se enfadaría la señora; y, a
pesar de su deseo de dar un beso a la otra niña, Felicidad no esperó. Cuando
entraba en Pont-l’Evéque, se despertaban las mozas de la fonda.
¡De modo que el pobre
chiquillo iba a pasar meses corriendo el mundo sobre las olas! Sus anteriores
viajes no la habían asustado. De Inglaterra y de Bretaña se volvía; pero
América, las Colonias, las Islas, todo eso estaba allá perdido Dios sabe dónde,
en el fin del mundo.
Y Felicidad ya no pensó
más que en su sobrino. Los días de sol, la atormentaba la sed; cuando había
tormenta, temía por él al rayo. Al oír el viento que zumbaba en la chimenea y
se llevaba las pizarras, le veía azotado por aquella misma tempestad, en la punta
de un mástil partido, todo el cuerpo hacia atrás, bajo una sábana de espuma; o
bien recuerdo de la geografía en
estampas se lo comían los salvajes, se
lo llevaban los monos a un bosque, se moría caminando a través de una playa
desierta. Y Felicidad no hablaba nunca de sus preocupaciones.
Madame Aubain tenía otras
por su hija.
Las buenas de las monjas
decían que era cariñosa, pero delicaducha. La menor emoción la perturbaba. Hubo
que abandonar el piano.
Su madre exigía al
convento una correspondencia fija. Una mañana que el cartero no llegaba, madame
Aubain se impacientó; se paseaba por la sala, de la butaca a la ventana. ¡Era
verdaderamente extraordinario! ¡Cuatro días sin noticias!
Para que se consolara con
su ejemplo, Felicidad le dijo:
Pues yo, señora, hace seis meses que no tengo
carta...
¿De quién?
La criada contestó
despacio:
Pues... de mi sobrino.
¡Ah, tu sobrino! y madame Aubain, encogiéndose de hombros,
reanudó su paseo, lo que quería decir: «¡Ni me acordaba de él!... Además, a mí
qué me importa. Un grumete, un zarramplín, ¡vaya una cosa!... Mientras que mi
hija... ¡qué ocurrencia! ... ».
Felicidad, aunque de
crianza rústica, se indignó contra la señora, luego olvidó.
Le parecía muy natural
perder la cabeza por causa de la pequeña.
Los dos niños tenían la
misma importancia; los unía en su corazón, y su destino tenía que ser el mismo.
El boticario le dijo que
el barco de Víctor había llegado a La Habana. Él lo había leído en un
periódico.
Por los cigarros puros,
Felicidad se figuraba que La Habana era un país donde no se hacía otra cosa que
fumar, y que Víctor circulaba entre negros en una nube de humo de tabaco.
¿Se podía «en caso de
apuro» regresar por tierra? ¿A qué distancia estaba de Pont-l'Evéque? Para
saberlo, preguntó a monsieur Bourais.
El hombre alcanzó su
atlas, después se metió en explicaciones sobre las longitudes; y tenía una
sonrisa bondadosa, de maestro, ante el pasmo de Felicidad. Por último, con su
lapicero, señaló en los picos de una mancha ovalada un punto negro,
imperceptible, añadiendo: «Aquí está». Felicidad se inclinó sobre el mapa;
aquella red de líneas de colores le cansaba la vista y no le decía nada; y como
Bourais la invitara a decir cuál era su perplejidad, Felicidad le pidió que le
señalara la casa donde estaba Víctor. Bourais levantó los brazos, estornudó, se
rió muchísimo; semejante candor suscitaba su jovialidad; y Felicidad no
entendía el motivo, ella que esperaba quizá ver hasta el retrato de su sobrino,
pues así de limitada era su inteligencia.
Pasados quince días, a la
hora del mercado, como de costumbre entró Liébard en la cocina y le entregó una
carta que mandaba el cuñado. Como ninguno de los dos sabía leer, Felicidad
recurrió a su señora.
Madame Aubain, que estaba
contando los puntos de una labor de aguja, la posó a su lado, abrió la carta,
se estremeció y, en voz baja, con una mirada profunda:
Es una desgracia... que te comunican. Tu
sobrino...
Había muerto. La carta no
decía más.
Felicidad se derrumbó
sobre una silla, apoyando la cabeza en la pared, y cerró los párpados, que se
le pusieron de pronto color de rosa. Después, inclinada la frente, las manos
colgando, fijos los ojos, repetía a intervalos:
¡Pobre chiquillo! ¡Pobre chiquillo!
Liébard la contemplaba
suspirando. Madame Aubain temblaba un poco.
Le propuso ir a Trouville
a ver a su hermana.
Felicidad contestó, con un
gesto, que para qué.
Hubo un silencio. El bueno
de Liébard juzgó conveniente retirarse.
Entonces Felicidad dijo:
¡A ellos qué les importa!
Volvió a bajar la cabeza y
de vez en cuando, maquinalmente, levantaba las largas agujas sobre el
costurero.
Pasaron al patio unas
mujeres con unas angarillas de las que goteaba un montón de ropa que acababan
de lavar.
Felicidad, al verlas a
través de los cristales, se acordó de su colada; la había hecho la víspera,
pero había que aclararla; y salió de la casa.
Su tabla y su tina estaban
en la orilla del Toucques; echó junto a ella un montón de camisas, se remangó,
empuñó la pala; y los fuertes golpes que daba llegaban a las huertas de al
lado. Los prados estaban desiertos, el viento agitaba el río; al fondo se
inclinaban grandes hierbas, como cabelleras de cadáveres flotando en el agua.
Felicidad contenía su pena, estuvo hasta la noche muy valiente; pero, ya en su
cuarto, se entregó, boca abajo sobre el colchón, la cara en la almohada y los
puños en las sienes.
Pasado mucho tiempo, supo
por el propio capitán de Víctor las circunstancias de su fin. Le habían
sangrado demasiado en el hospital, por la fiebre amarilla. Le sujetaban cuatro
médicos a la vez. Murió inmediatamente, y el jefe dijo: «¡Bueno, uno más!».
Los padres le habían
tratado siempre brutalmente. Felicidad prefirió no verlos nunca más; y ellos
tampoco se preocuparon de ella, por olvido o por el endurecimiento que da la
miseria.
Virginia se iba
debilitando.
Opresión en el pecho, tos,
una fiebre continua y unas rosetas en los pómulos denotaban una afección
profunda. Monsieur Poupart había aconsejado una temporada en Provenza. Madame
Aubain se decidió y, de no ser por el clima de Pont-l'Evéque, se habría traído
en seguida a su hija a casa.
Concertó un arreglo con un
hombre que alquilaba coches; la llevaba al convento los martes. En el jardín
hay una terraza desde la cual se ve el Sena. Virginia paseaba por ella del
brazo de su madre, sobre las hojas de parra caídas. A veces, mirando las velas
en la lejanía y todo el horizonte, desde el castillo de Tancarville hasta los
faros de Le Havre, el sol, atravesando las nubes, la obligaba a entornar los
párpados. Después descansaban en el cenador. La madre se había procurado un
pequeño barril de excelente vino de Málaga; y, riendo ante la idea de
emborracharse, la niña bebía dos dedos, nada más.
Recuperó las fuerzas.
Transcurrió el otoño apaciblemente. Felicidad tranquilizaba a madame Aubain.
Pero una noche en que había ido a llevar un recado a las cercanías, encontró
ante la puerta el cabriolé de monsieur Poupart; monsieur Poupart estaba en el vestíbulo.
Madame Aubain se estaba atando el sombrero.
Dame la rejilla, la bolsa, los guantes. ¡Más
deprisa!
Virginia tenía un fluxión
de pecho; era quizás caso desesperado.
¡Todavía no!
dijo el médico; y subieron los dos al coche, bajo los copos de nieve que
caían en torbellino. Estaba anocheciendo. Hacía mucho frío.
Felicidad se precipitó a
la iglesia para encender una vela. Después corrió detrás del cabriolé y lo
alcanzó al cabo de una hora, saltó ligeramente por la trasera y, sostenida en
las espirales, se acordó de una cosa: ¡No habían cerrado el patio! ¡Mira que si
entraran ladrones! Y se bajó.
Al amanecer del día
siguiente se presentó en casa del médico: había vuelto y se había marchado de
nuevo al campo. Después Felicidad se quedó en la fonda, creyendo que unos
desconocidos traerían una carta. Por fin, al apuntar el alba, tomó la
diligencia de Lisieux.
El convento estaba al
final de una callecita escarpada. A mitad de la cuesta, le llegaron unos sones
extraños, un toque a muerto. «Es por otro», pensó; y tiró fuertemente de la
aldaba.
A los pocos minutos
arrastraron unas chancletas, se entreabrió la puerta y apareció una monja.
La buena de la hermana
dijo, con aire compungido, que «acababa de pasar a mejor vida». Al mismo tiempo
tocaban a muerto las campanas de Saint-Léonard.
Felicidad llegó al segundo
piso.
Desde el umbral divisó a
Virginia tendida de espaldas, las manos juntas, la boca abierta y la cabeza
echada hacia atrás bajo una cruz negra inclinada sobre ella, entre las cortinas
inmóviles, menos blancas que su cara. Madame Aubain, al pie de la cama, abrazada
a ella, hipaba con estertores de agonía. A la derecha estaba, de pie, la
superiora. Tres candeleros sobre la cómoda proyectaban unas manchas rojas, y la
niebla blanqueaba las ventanas. Unas monjas se llevaron a madame Aubain.
Felicidad se quedó dos
noches al lado de la muerta. Repetía las mismas oraciones, echaba agua bendita
sobre las sábanas, volvía a sentarse, la contemplaba. Al final de la primera
vela, observó que la cara se había puesto amarilla, los labios azulencos, la
nariz afilada, los ojos hundidos. Se los besó varias veces; y no se habría
asombrado mucho si Virginia los hubiera abierto; para estas almas, lo
sobrenatural es completamente natural. La lavó, la envolvió en el sudario, la
bajó al ataúd, le puso una corona, le extendió el pelo. Era rubio y
extraordinariamente largo para su edad. Felicidad cortó un gran mechón y se
guardó la mitad en el pecho, decidida a no desprenderse nunca de él.
El cadáver fue trasladado
a Pont-l'Evéque, porque así lo dispuso madame Aubain, que seguía al carruaje
fúnebre en un coche cerrado.
Después de la misa,
tardaron tres cuartos de hora más en llegar al cementerio. Pablo iba en cabeza
y llorando. Detrás monsieur Bourais, luego los principales habitantes, las
mujeres, con mantones negros, y Felicidad. Pensaba en su sobrino y, como a él
no había podido rendirle aquellos honores, era una tristeza doble, como si le
enterraran con la otra.
La desesperación de madame
Aubain rebasó todo límite.
Empezó por rebelarse
contra Dios, acusándole de injusto por haberle quitado a su hija ¡a su hija, que nunca había hecho mal y tenía
la conciencia tan pura! . ¡Pero no!: ella debía haberla llevado al Midi. ¡Otros
médicos la habrían salvado! Se acusaba, quería irse con ella, gritaba de
angustia en medio de sus pesadillas. La obsesionaba sobre todo una. Su marido,
vestido de marinero, volvía de un largo viaje y le decía llorando que había
recibido orden de llevarse a Virginia. Entonces se concertaban para buscar un
escondrijo en algún sitio.
Una vez volvió de la
huerta como enloquecida. Acababan de aparecérsele (señalaba el lugar) el padre
y la hija uno tras otro, y no hacían nada; la miraban.
Pasó varios meses en su
cuarto, inerte. Felicidad la sermoneaba bondadosamente; tenía que vivir para su
hijo, y para la otra, en recuerdo «de ella».
¿Ella?
exclamaba madame Aubain como despertándose . ¡Ah, sí!... ¡Sí!... ¡Tú no
la olvidas! alusión al cementerio, que a
ella le había sido escrupulosamente vedado.
Felicidad iba todos los
días.
A las cuatro en punto
salía, bordeaba las casas, subía la cuesta, abría la verja y llegaba a la tumba
de Virginia. Era una pequeña columna de mármol rosa, con una losa al pie y unas
cadenas en torno cerrando un jardincillo. Los arriates desaparecían bajo una
alfombra de flores. Felicidad regaba las hojas, cambiaba la arena, se
arrodillaba para remover mejor la tierra. Cuando madame Aubain pudo ir al
cementerio, sintió un alivio, una especie de consuelo.
Y pasaron los años, todos
iguales y sin más episodios que la repetición de las fiestas mayores: las
Pascuas, la Asunción, Todos los Santos. Algunos acontecimientos domésticos
marcaban una fecha, a la que se referían pasado el tiempo. Por ejemplo, en 1825,
dos vidrieros embadurnaron el vestíbulo; en 1827, cayó al patio una parte del
tejado y estuvo a punto de matar a un hombre. En el verano de 1828, le tocó a
la señora ofrecer el pan bendito; por esta misma época se ausentó Bourais
misteriosamente; y poco a poco se fueron yendo los viejos amigos: Gullot,
Liébard, madame Lechaptois, Robelin, el tío Gremanville, paralítico desde hacía
tiempo.
Una noche, el conductor
del coche correo llevó a Pont-l’Evéque la noticia de la Revolución de Julio. A
los pocos días llegó un nuevo subprefecto: el barón de Larsonniére, ex cónsul
en América, y que tenía en su casa, además de su mujer, a su cuñada con tres
hijas, ya bastante mayorcitas. Se las veía en el jardín, vestidas con unas
batas flotantes; tenían un negro y un loro. Madame Aubain recibió su visita y
no dejó de devolvérsela. En cuanto Felicidad las veía aparecer, por muy lejos
que fuera, corría a avisar a su señora. Pero sólo una cosa era capaz de
impresionar a madame Aubain: las cartas de su hijo.
Disipado en los cafés, no
podía seguir ninguna carrera. La madre le pagaba las deudas, él contraía otras;
y los suspiros que lanzaba madame Aubain haciendo punto junto a la ventana
llegaban hasta Felicidad, que hilaba en la cocina.
Se paseaban juntas a lo
largo del emparrado; y hablaban siempre de Virginia, preguntándose si esto o
aquello le habría gustado, qué habría dicho probablemente en esta o aquella
ocasión.
Todas sus cosas ocupaban
un armario en la habitación de dos camas. Madame Aubain las revisaba de tarde
en tarde. Un día de verano, se resignó; y volaron del armario las mariposas de
la polilla.
Los vestidos estaban
colocados bajo una tabla donde había tres muñecas, unos aros, un juego de
cocina, la palangana que ella usaba. Sacaron también las falditas, las medias,
los pañuelos, y lo extendieron todo sobre dos camas antes de volver a doblarlo.
El sol iluminaba aquellas pobres prendas, destacando las manchas y las arrugas
formadas por los movimientos del cuerpo. El aire era caliente y azul, gorjeaba
un mirlo, todo parecía vivir en una profunda dulzura. Encontraron un sombrerito
de felpa, de pelo largo, color marrón; estaba todo apolillado. Felicidad lo
pidió para ella. Se miraron fijamente, se les llenaron de lágrimas los ojos; la
señora acabó por abrir los brazos, la criada se arrojó en ellos; y se
abrazaron, uniendo su dolor en un beso que las igualaba.
Era la primera vez en su
vida, pues madame Aubain no tenía un carácter expansivo. Felicidad se lo
agradeció como una donación, y desde entonces la quiso con una lealtad animal y
una veneración religiosa.
La bondad de su corazón
fue desarrollándose.
Cuando oía en la calle los
tambores de un regimiento en marcha, salía a la puerta con un cántaro de sidra
y ofrecía de beber a los soldados. Asistió a los enfermos de cólera. Protegía a
los polacos; y hasta hubo uno que le propuso casarse con él. Pero se enfadaron;
pues una mañana, al volver Felicidad del Angelus, le encontró en la cocina,
donde se había introducido y se había preparado una vinagreta que estaba
comiendo tranquilamente.
Después de los polacos,
fue el tío Colmiche, un viejo que tenía fama de haber hecho horrores el 93.
Vivía a la orilla del río, en los escombros de una porqueriza. Los chicuelos le
miraban por las rendijas de la pared y le tiraban piedras que caían en el camastro
donde yacía, continuamente sacudido por un catarro, con el pelo muy largo,
inflamados los párpados y en el brazo un tumor más grande que su cabeza.
Felicidad le procuró ropa interior, trató de limpiar su tugurio, maquinaba
trasladarle al amasadero de la casa, sin que molestara a la señora. Cuando
reventó el cáncer, le vendaba todos los días, a veces le llevaba bizcochos, le
ponía al sol sobre una brazada de paja; y el pobre viejo, babeando y temblando,
se lo agradecía con su voz apagada; tenía miedo de perderla, extendía las manos
en cuanto la veía alejarse. Murió; Felicidad mandó decir una misa por el
descanso de su alma.
Aquel día recibió una gran
alegría: a la hora de comer se presentó el negro de madame de Larsonniére
llevando el loro en su jaula, con su percha, la cadena y el candado. La
baronesa le decía en una esquela a madame Aubain que habían ascendido a su
marido a una prefectura y se marchaban aquella noche; y le rogaba que aceptase
aquel pájaro, como recuerdo y en testimonio de sus respetos.
El loro ocupaba desde
hacía mucho tiempo la imaginación de Felicidad, porque venía de América, y esta
palabra le recordaba a Víctor, tanto que le hacía preguntas al negro. Una vez
llegó a decir: «¡Cuánto le gustaría a la señora tenerlo!».
El negro se lo contó a su
ama, y ésta, no pudiendo llevarlo, se deshacía de él de aquella manera.
IV
El loro se llamaba Lulú. Tenía el cuerpo verde, rosa la punta de las alas,
la frente azul y el buche dorado.
Pero se empeñaba en la
molesta manía de morder la percha, se arrancaba las plumas, esparcía su
excremento, derramaba el agua del recipiente donde se bañaba; a madame Aubain
la importunaba, y se lo dio para siempre a Felicidad.
Felicidad se dedicó a
enseñarle; el loro no tardó en repetir: «¡Niño bonito! ¡Servidor, caballero!
¡Dios te salve, María!». Le había hecho un sitio detrás de la puerta, y a
algunos les extrañaba que no contestara al nombre de Perico, pues todos los
loros se llaman Perico. Decían que era un pavo, un adoquín: esto era para
Felicidad como una puñalada. ¡Qué manía la de Lulú de dejar de hablar en cuanto
le miraban!
Sin embargo, el loro
buscaba la compañía; pues los domingos, mientras las señoritas Rochefeuille,
monsieur de Houppeville y nuevos visitantes
Onfroy el boticario, monsieur Varin y el capitán Mathieu jugaban su partida de cartas, Lulú pegaba en
los cristales con las alas y armaba tal zambra que era imposible entenderse.
La cara de Bourais debía
de hacerle mucha gracia. En cuanto le veía, empezaba a reír, a reír con todas
sus fuerzas. El estrépito de su voz saltaba al patio, el eco lo repetía, los
vecinos se asomaban a las ventanas, se reían también; y monsieur Bourais, para
que el loro no le viera, andaba pegado a la pared, disimulando su perfil con el
sombrero, llegaba al río y entraba por la puerta de la huerta; y las miradas
que le echaba al pájaro no eran precisamente cariñosas.
El chico de la carnicería
le había dado a Lulú un papirotazo, porque se había permitido meter la cabeza
en su cesta; y desde entonces el loro trataba siempre de darle picotazos a
través de la camisa. Fabu amenazaba con retorcerle el pescuezo, y eso que no
era cruel, a pesar del tatuaje que tenía en los brazos y de las grandes
patillas. Al contrario, al loro le tenía más bien simpatía, y hasta quiso
divertirse enseñándole palabrotas. A Felicidad la asustaban estas cosas y lo
puso en la cocina. Le quitó la cadena y el loro andaba suelto por la casa.
Cuando bajaba la escalera,
apoyaba en los peldaños la curva del pico, levantaba la pata derecha, luego la
izquierda; y Felicidad tenía miedo de que esta gimnasia le mareara. Se puso
malo, no podía hablar ni comer. Era un bultito que tenía debajo de la lengua,
como lo tienen a veces las gallinas. Felicidad le curó, quitándole aquella
costra con las uñas. Un día, el señorito Pablo cometió la imprudencia de
soplarle en las narices el humo de un cigarro; otra vez que madame Lormeau se
puso a hacerle rabiar con su sombrilla, le agarró con el pico la contera; por
último se perdió.
Felicidad le había posado
en la hierba para refrescarle y se alejó un momento; cuando volvió, el loro
había desaparecido. Le buscó en los bardales, a la orilla del agua y por los
tejados, sin escuchar a su señora, que le gritaba:
¡Ten cuidado! ¡Estás loca!
Después se puso a buscarle
por todos los jardines de Pont-l’Evéque; paraba a los transeúntes. «¿Ha visto
usted por casualidad a mi loro?» A los que no le conocían se lo describía.
De pronto creyó distinguir
detrás de los molinos, al pie de la cuesta, una cosa verde que revoloteaba.
¡Pero nada! Un buhonero le aseguró que lo había visto hacía un momento en
Saint-Melaine, en la tienda de la tía Simon. Allá se fue corriendo. No sabían
lo que quería decir. Por fin volvió, cansadísima, con las chancletas todas
rotas, muerta de pena; y, sentada en medio del banco, junto a la señora, le
estaba contando todas sus diligencias, cuando le cayó sobre el hombro un ligero
peso: ¡Lulú! ¿Qué diablos había estado haciendo? ¡A lo mejor había ido de paseo
por los alrededores!
A Felicidad le costó
trabajo reponerse del susto, o más bien no se repuso nunca.
Cogió un enfriamiento y le
vino una angina; al poco tiempo, un dolor de oídos; al cabo de tres años,
estaba sorda; hablaba muy alto, hasta en la iglesia. Aunque sus pecados podían
difundirse por todos los pueblos de la diócesis sin deshonor para ella ni escándalo
para el mundo, el señor cura juzgó oportuno no confesarla más que en la
sacristía.
Unos zumbidos ilusorios
acababan de trastornarla. Su señora solía decirle: «¡Dios mío, qué tonta
eres!», y ella contestaba: «Sí, señora», buscando algo en torno suyo.
El pequeño círculo de sus
ideas se redujo más aún, y ya no existían para ella el carillón de las
campanas, el mugido de las vacas. Todos los seres funcionaban con el silencio
de los fantasmas. Ahora ya sólo un ruido llegaba a sus oídos, la voz del loro.
Como para distraerla,
reproducía el tic-tac del asador, el agudo pregón de un pescadero, la sierra
del carpintero de enfrente; y cuando sonaba la campanilla, remedaba a madame
Aubain: «¡Felicidad, la puerta, la puerta!».
Sostenían diálogos, él
repitiendo hasta la saciedad las tres frases de su repertorio, y ella
contestando con palabras que ya no tenían sentido, pero en las que le rebosaba
el corazón. En su aislamiento, Lulú era casi un hijo, un novio. Le subía por
los dedos, le mordisqueaba los labios, se le agarraba al chal; y cuando
Felicidad bajaba la frente balanceando la cabeza como las nodrizas, las grandes
alas del gorro y las alas del pájaro se estremecían juntas.
Cuando se amontonaban las
nubes y retumbaba el trueno, Lulú se ponía a gritar, recordando quizá los
aguaceros de sus selvas natales. El correr del agua le producía una especie de
delirio; revoloteaba como loco, se subía al techo, lo tiraba todo, y se iba por
la ventana a chapotear en la huerta; pero volvía en seguida a posarse en uno de
los morillos, y, dando saltitos para secarse las plumas, tan pronto mostraba la
cola como el pico.
Una mañana del terrible
invierno de 1837, Felicidad, que le había puesto frente a la chimenea por el
frío, le encontró muerto en medio de la jaula, cabeza abajo y agarrado con las
uñas a los alambres. Debió de matarle una congestión. Felicidad creyó que le
habían envenenado con perejil, y, aunque no tenía ninguna prueba, sospechó de
Fabu.
Lloró tanto que su ama le
dijo:
¡Bueno, manda disecarlo!
Pidió consejo al
boticario, que siempre había sido bueno para el loro.
El boticario escribió a Le
Havre. Un tal Fellacher se encargó de esta tarea. Pero, como las diligencias
extraviaban a veces los paquetes, Felicidad decidió llevarlo ella misma hasta
Honfleur.
En las orillas de la
carretera desfilaban los manzanos sin hojas. Las cunetas estaban cubiertas de
hielo. Aullaban los perros en torno a las casas de labranza; y Felicidad, con
las manos metidas debajo de la toquilla, con sus pequeños zuecos negros y su capacho,
caminaba deprisa por el medio de la carretera.
Atravesó el bosque, pasó
Haut-Chéne, llegó a Saint-Gatien.
Detrás de ella, un coche
correo envuelto en una nube de polvo, y acelerando cuesta abajo a galope
tendido, se precipitaba como una tromba. Viendo que aquella mujer no se
apartaba, el conductor se asomó por encima de la capota y el postillón se puso
también a gritar, mientras que los cuatro caballos, que no podía sujetar,
aceleraban la marcha; los dos primeros la rozaban ya; el conductor, de un tirón
de las bridas, los echó al borde, pero, furioso, levantó el brazo y volteándolo
a todo lo que daba, le cruzó a Felicidad el cuerpo con la fusta desde el
vientre hasta el moño, y el golpe fue tan fuerte que la tumbó de espaldas.
Cuando recobró el
conocimiento, lo primero que hizo fue abrir la cesta. Por suerte, Lulú no tenía
nada. Sintió una quemadura en la mejilla derecha; se llevó a ella las manos y
se le pusieron rojas. Sangraba.
Se sentó en un montón de
grava, se taponó la cara con el pañuelo, después comió un mendrugo de pan que
había puesto en la cesta por precaución. Y se consolaba de su herida mirando al
pájaro.
Al llegar al alto de
Ecquemauville, vio las luces de Honfleur, que centelleaban en la noche como
estrellas; más lejos, se extendía confusamente el mar. Un desfallecimiento la
hizo detenerse; y volvieron en tropel, como las olas de una marea, apretándole la
garganta, la miseria de su infancia, la decepción del primer amor, la partida
de su sobrino, la muerte de Virginia.
Después quiso hablar con
el capitán del barco; y, sin decir lo que iba en el paquete, le pidió que lo
cuidaran bien.
Fellacher tardó mucho en
devolver el loro. Prometía siempre mandarlo la semana siguiente; al cabo de
seis meses, anunció que salía una caja; y no se habló más del asunto. Era cosa
de creer que Lulú no volvería nunca. «¡Me lo habrán robado!», pensaba Felicidad.
Por fin llegó, y llegó
espléndido, muy erguido en una rama de árbol atornillada en una peana de caoba,
una pata en el aire, la cabeza entornada, y mordiendo una nuez, que el
disecador, por amor a lo grandioso, había pintado de purpurina.
Felicidad lo puso en su
cuarto.
Este lugar, donde dejaba
entrar a poca gente, parecía una mezcla de capilla y de bazar, tan lleno como
estaba de objetos religiosos y de cosas heteróclitas.
Había un gran armario que
estorbaba para abrir la puerta. Enfrente de la ventana, dando a la huerta, un
ojo de buey mirando al patio; junto al catre de tijera, una mesa con un jarro
de agua, dos peines y un pedazo de jabón azul en un plato desportillado. En las
paredes se veían rosarios, medallas, varias vírgenes, una pila de agua bendita
hecha de una cáscara de coco; sobre la cómoda, cubierta con un paño como un
altar, la caja de conchas que le había regalado Víctor; además una regadera y
un globo, cuadernos de caligrafía, la geografía en estampas, un par de botinas;
y, en el clavo del espejo, el sombrerito de felpa colgado por las cintas.
Felicidad llevaba tan lejos esta clase de respeto que hasta conservaba una
levita del señor. Todas las antiguallas que ya no quería madame Aubain las
cogía ella para su cuarto. Así es que había flores artificiales en el borde de
la cómoda, y el retrato del conde de Artois en el hueco de la claraboya. Lulú
quedó acomodado sobre una tablilla clavada en un saliente de la chimenea. Por
las mañanas, al despertarse, Felicidad lo veía a la luz del alba, y entonces se
acordaba de los días desaparecidos, y de cosas insignificantes, hasta en los
menores detalles, y se acordaba sin dolor, plena de tranquilidad.
Como no trataba con nadie,
vivía en un torpor de sonámbula. Las procesiones del Corpus la reanimaban. Iba
a pedir a los vecinos antorchas y esteras para adornar el altar que levantaban
en la calle.
En la iglesia, se quedaba
siempre contemplando al Espíritu Santo, y observó que tenía algo del loro. Su
semejanza le pareció más manifiesta aún en una imagen de Epinal que
representaba el bautismo de Nuestro Señor. Con sus alas de púrpura y su cuerpo
de esmeralda, era el vivo retrato de Lulú.
Compró esta estampa y la
colgó en el lugar del conde de Artois; de suerte que, de una misma ojeada, los
veía juntos. Se unieron en su pensamiento, santificado el loro por aquella
relación con el Espíritu Santo, que así resultaba para ella más viva y más inteligible.
El Padre, para expresarse, no había podido elegir una paloma, porque estos
animales no tienen voz, sino más bien un antepasado de Lulú. Y Felicidad rezaba
mirando la imagen, pero de vez en cuando se volvía un poco hacia el pájaro.
Le dieron ganas de hacerse
de las hijas de María. Madame Aubain la disuadió.
Surgió un acontecimiento
importante: la boda de Pablo.
Después de haber sido
pasante de notario, de trabajar en el comercio, en la aduana, en las
contribuciones, y hasta de haber dado los pasos para ríos y bosques, de pronto,
a los treinta y seis años, por inspiración del cielo, descubrió su camino: ¡el
registro! Y demostró en esto tan altas facultades, que un inspector le ofreció
su hija, prometiéndole su protección.
Pablo, convertido en
hombre serio, la llevó a casa de su madre.
La nuera denigró las
costumbres de Pont-l’Evéque, se dio humos de princesa, trató con desprecio a
Felicidad. Cuando se marchó, madame Aubain sintió un alivio.
A la semana siguiente se
supo que monsieur Bourais había muerto en una fonda de la baja Bretaña. El
rumor de un suicidio se confirmó; surgieron dudas sobre su probidad. Madame
Aubain estudió sus cuentas, y no tardó en conocer la retahíla de sus fechorías:
desfalcos de atrasos, ventas de madera escamoteadas, recibos falsos, etc.
Además, tenía un hijo natural y «relaciones con una de Dozulé».
Estas truhanerías la
disgustaron mucho.
En marzo de 1853, le dio
un dolor en el pecho; tenía la lengua como cubierta de humo, las sanguijuelas
no calmaron la opresión; y a los nueve días expiró, a los sesenta y dos años
recién cumplidos.
La creían menos vieja, por
el pelo castaño, que le rodeaba el rostro pálido, picado de viruelas. Pocos
amigos la lloraron, pues sus maneras eran de una altivez que distanciaba a la
gente.
Felicidad la lloró como no
se llora a los amos. Que la señora muriera antes que ella no le cabía en la
cabeza, le parecía contrario al orden de las cosas, inadmisible y monstruoso.
A los diez días (el tiempo
necesario para acudir desde Besançon), llegaron los herederos. La nuera
registró los cajones, eligió algunos muebles, vendió otros, después se
volvieron al registro.
¡Se fueron la butaca de la
señora, su velador, su rejilla, las ocho sillas! En el lugar donde estuvieron
los grabados se destacaban ahora unos cuadrados amarillos en medio de las
paredes. Se habían llevado las dos cunas, con sus colchones, y en el armario ya
no quedaba nada de los enseres de Virginia. Felicidad subió las escaleras,
muerta de tristeza. Al día siguiente había un anuncio en la puerta; el
boticario le gritó al oído que la casa estaba en venta.
Felicidad se tambaleó,
tuvo que sentarse.
Lo que más pena le daba
era abandonar su cuarto, tan cómodo para el pobre Lulú. Envolviéndole en una
mirada de angustia, imploraba al Espíritu Santo, y contrajo la costumbre
idólatra de rezar sus oraciones arrodillaba ante el loro. A veces entraba el
sol por la claraboya y daba en el ojo de vidrio de Lulú, haciendo salir de él
un gran rayo luminoso que ponía en éxtasis a Felicidad.
Tenía una renta de
trescientos ochenta francos que le había legado su señora. La huerta la
abastecía de verduras. En cuanto a la ropa, tenía para vestirse hasta el fin de
sus días, y economizaba la luz acostándose al anochecer.
Apenas salía, por evitar
la tienda del chamarilero, donde estaban expuestos algunos de los antiguos
muebles. Desde que le dio el mareo, arrastraba una pierna; y como sus fuerzas
iban disminuyendo, la tía Simon, arruinada en la tienda de comestibles, iba todas
las mañanas a partirle la leña y a bombearle el agua.
Fue perdiendo vista. Ya no
se abrían las persianas. Pasaron muchos años. Y la casa no se alquilaba y no se
vendía.
Felicidad, por miedo de
que la echaran, no pedía ninguna reparación. Las viguetas del techo se iban
pudriendo. Pasó todo un invierno cayéndole una gotera en la almohada. Después
de las Pascuas, escupió sangre.
La tía Simon llamó a un
médico. Felicidad quiso saber lo que tenía. Pero, como estaba muy sorda, sólo
oyó una palabra: «neumonía». Aquello le era conocido, y contestó apaciblemente:
«¡Ah, como la señora!», pareciéndole muy natural seguir a su ama.
Se acercaba el momento de
los altares del Corpus.
El primero estaba siempre
al pie de la cuesta, el segundo delante de la posta, el tercero hacia el medio
de la calle. A propósito de éste hubo rivalidades, y las feligresas acabaron
por elegir el patio de madame Aubain.
Aumentaron las opresiones
de la fiebre. Felicidad estaba muy triste por no hacer nada para el altar. ¡Si
siquiera hubiera podido poner algo en él! Entonces pensó en el loro. Eso no
estaba bien, objetaron las vecinas. Pero el cura dio permiso; Felicidad se puso
tan contenta que le pidió que, cuando ella se muriera, aceptara a Lulú, su
única hacienda.
Del martes al sábado,
víspera del Corpus, tosió más. Por la noche se le contrajo el rostro, se le
pegaron los labios a las encías, sobrevinieron vómitos.
Y al día siguiente, al
amanecer, sintiéndose muy mal, mandó llamar a un sacerdote.
Tres buenas mujeres la
rodeaban durante la extremaunción. Después dijo que tenía que hablar con Fabu.
Llegó vestido de domingo,
muy a disgusto en aquella atmósfera lúgubre.
¡Perdóneme
le dijo haciendo un esfuerzo , pensé que había sido usted quien le mató!
¿Qué chismes eran
aquéllos? ¡Sospechar que había cometido un asesinato, un hombre como él! Y se
indignaba, iba a armar un escándalo. «¡Ya ve que ha perdido la cabeza!»
De vez en cuando Felicidad
hablaba a unas sombras. Las buenas mujeres se fueron. La Simon almorzó.
Luego cogió a Lulú y,
acercándoselo a Felicidad:
¡Ande, despídase de él!
Aunque no era un cadáver,
le devoraban los gusanos; tenía un ala rota, se le salía la estopa del vientre.
Pero Felicidad, ya ciega, le besó en la frente y lo sujetaba contra su cara. La
Simon se lo quitó para volver a ponerlo en el altar.
V
Los prados despedían un olor a verano; zumbaban las moscas; el sol hacía
resplandecer el río, recalentaba las pizarras. La tía Simon, de nuevo en el
cuarto de Felicidad, se dormía apaciblemente.
La despertaron unas
campanadas; la gente salía de las vísperas. Felicidad dejó de delirar. Pensando
en la procesión, la veía como si la siguiera.
Por las aceras iban todos
los niños de las escuelas, los chantres y los bomberos, mientras que por mitad
de la calle iban en primer lugar: el suizo armado con su alabarda, el sacristán
con una gran cruz, el maestro vigilando a los chiquillos, la monja preocupada
por sus niñas; tres de las más monas, rizadas como angelitos, echaban al aire
pétalos de rosas; el diácono, con los brazos abiertos, moderaba la música; y
dos monaguillos con los incensarios se volvían a cada paso hacia el Santo
Sacramento, que llevaba el señor cura, vistiendo su preciosa casulla, bajo un
palio rojo carmesí sostenido por cuatro fabriqueros. Detrás se empujaba el
gentío, entre las colgaduras blancas que cubrían la pared de las casas; y
llegaron al pie de la cuesta.
A Felicidad le mojaba las
sienes un sudor frío. La Simon se lo enjugaba con un paño blanco, diciéndose
que ella también pasaría algún día por aquel trance.
El murmullo de la multitud
fue subiendo; por un momento llegó a ser muy fuerte; se alejó.
Una descarga hizo trepidar
los cristales. Eran los postillones saludando a la custodia. Felicidad abrió
los ojos y, lo menos bajo que pudo, dijo:
¿Está bien?
preocupada por el loro.
Empezó la agonía. Un
estertor, cada vez más precipitado, le levantaba las costillas. Le salían
espumarajos por las comisuras de la boca y le temblaba todo el cuerpo.
No tardó en distinguirse
el ronquido de los fieles, las claras voces de los niños, la voz profunda de
los hombres. De vez en cuando callaba todo, y el golpear de los pasos,
amortiguado por las flores, era como el ruido de un rebaño pisando sobre la
hierba.
Apareció el clero en el
patio. La Simon se encaramó a una silla para alcanzar la claraboya, y así
dominaba el altar.
Guirnaldas verdes pendían
sobre él, adornado con un volante de punto de Inglaterra. En el centro, un
cuadrito que contenía reliquias, en los extremos dos naranjos, y, a todo lo
largo, candeleros de plata y floreros de porcelana con girasoles, lirios, peonías,
digitales, ramas de hortensias. Este montón de colores esplendorosos descendía
oblicuamente desde el primer piso hasta la alfombra, prolongándose por el
pavimento; y llamaban la atención algunas cosas raras. Un azucarero de plata
dorada tenía una corona de violetas, relucían en el musgo colgantes de piedras
de Alençon, mostraban sus paisajes dos abanicos chinos. A Lulú, escondido bajo
las rosas, no se le veía más que la frente, azul como una placa de lapislázuli.
Los fabriqueros, los
chantres, los niños se alinearon en los tres lados del patio. El sacerdote
subió lentamente los escalones y posó sobre el encaje su gran sol de oro
reluciente. Todos se arrodillaron. Se hizo un gran silencio, y los incensarios,
pendientes de sus cadenas, giraban a todo vuelo.
Un vapor de azur ascendió
en el cuarto de Felicidad. Adelantó la nariz aspirándolo con una sensualidad
mística; luego cerró los ojos. Sus labios sonreían. Los latidos de su corazón
se fueron amortiguando uno a uno, más tenues cada vez, más espaciados, como un
manantial que se va agotando, como un eco que se va extinguiendo; y cuando
exhaló el último suspiro, creyó ver en el cielo entreabierto un loro gigantesco
planeando sobre su cabeza.
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