Libro No. 320. El Abuelo. Perez Galdoz, Benito.
Libro No. 320. El
Abuelo. Perez Galdoz, Benito.
Colección Emancipación Obrera. Mayo 26 de 2012.
Título original: © El Abuelo. Benito Perez Galdoz
Versión Original: © El Abuelo. Benito
Perez Galdoz
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Guillermo Molina Miranda
El Abuelo
Novela en cinco jornadas
Benito
Pérez Galdós
Prólogo
A los lectores que
con tanta indulgencia como constancia me favorecen, debo manifestarles que en
la composición de EL ABUELO he querido halagar mi gusto y el de ellos, dando el
mayor desarrollo posible, por esta vez, al procedimiento dialogal, y contrayendo
a proporciones mínimas las formas descriptiva y narrativa. Creerán, sin duda,
como yo, que en esto de las formas artísticas o literarias todo el monte es orégano, y que sólo debemos poner mal ceño a lo
que resultare necio, inútil o fastidioso. Claro es que si de los pecados de
tontería o vulgaridad fuese yo, en esta o en otra ocasión, culpable, sufriría
resignado el desdén de los que me leen; pero al maldecir mi inhabilidad, no
creería que el camino es malo, sino que yo no sé andar por él.
El sistema
dialogal, adoptado ya en Realidad,
nos da la forja expedita y concreta de los caracteres. Estos se hacen, se
componen, imitan más fácilmente, digámoslo así, a los seres vivos, cuando
manifiestan su contextura moral con su propia palabra, y con ella, como en la
vida, nos dan el relieve más o menos hondo y firme de sus acciones. La palabra
del autor, narrando y describiendo, no tiene, en términos generales, tanta
eficacia, ni da tan directamente la impresión de la verdad espiritual. Siempre
es una referencia, algo como la Historia,
que nos cuenta los acontecimientos y nos traza retratos y escenas. Con la
virtud misteriosa del diálogo parece que vemos y oímos sin mediación extraña el
suceso y sus actores, y nos olvidamos más fácilmente del artista oculto; pero
no desaparece nunca, ni acaban de esconderle los bastidores del retablo, por
bien construidos que estén. La impersonalidad del autor, preconizada hoy por
algunos como sistema artístico, no es más que un vano emblema de banderas
literarias, que si ondean triunfantes, es por la vigorosa personalidad de los
capitanes que en su mano las llevan.
El que compone un
asunto y le da vida poética, así en la Novela como en el Teatro, está presente
siempre: presente en los arrebatos de la lírica, presente en el relato de
pasión o de análisis, presente en el Teatro mismo. Su espíritu es el fundente
indispensable para que puedan entrar en el molde artístico los seres imaginados
que remedan el palpitar de la vida.
Aunque por su
estructura y por la división en jornadas y escenas parece EL ABUELO obra
teatral, no he vacilado en llamarla novela, sin dar a las denominaciones un
valor absoluto, que en esto, como en todo lo que pertenece al reino infinito
del arte, lo más prudente es huir de los encasillados, y de las
clasificaciones catalogales de géneros y
formas. En toda novela en que los personajes hablan, late una obra dramática.
El Teatro no es más que la condensación y acopladura de todo aquello que en la
Novela moderna constituye acciones y caracteres.
El arte escénico,
propiamente dicho, ha venido a encerrarse en nuestra época (por extravíos o
cansancios del público, y aún por razones sociales y económicas que darían
materia para un largo estudio) dentro de un módulo tan estrecho y pobre, que
las obras capitales de los grandes dramáticos nos parecen novelas habladas. Saltando de nuestras pequeñeces a los grandes
ejemplos, pregunto: el Ricardo III de
Shakespeare, colosal cuadro de la vida y las pasiones humanas, ¿puede ser hoy
considerado como obra teatral práctica?
Hace un siglo lo representaba Garrick íntegramente, y existía un público capaz
de entenderlo, de sentirlo, y de asimilarse su intensísima savia poética. Hoy
aquélla y otras obras inmortales pertenecen al teatro ideal, leído, sin ejecución; arte que por la muchedumbre y
variedad de sus inflexiones, por su intensidad pasional, en un grado que no
resiste lo que llamamos público (mil señoras y mil caballeros sentaditos en una
sala), difícilmente admite intermediario entre el ingenio creador y el ingenio
leyente, que ambos creo han de ser ingenios para que resulte la emoción y el
gusto fino de la belleza.
Que me diga también
el que lo sepa si la Celestina es
novela o drama. Tragicomedia la llamó
su autor; drama de lectura es
realmente, y, sin duda, la más grande y bella de las novelas habladas. Resulta
que los nombres existentes nada significan, y en literatura la variedad de
formas se sobrepondrá siempre a las nomenclaturas que hacen a su capricho los
retóricos. Sólo tengo que decir ya a mis buenos amigos, que sin cuidarse de cómo se llama esta obra, humilde ensayo
de una forma que creo muy apropiada a nuestra época, tan gustosa de lo
sintético y ejecutivo, la acojan con benevolencia.
B.P.G.
El Abuelo, novela en cinco jornadas
Benito Pérez Galdós
DRAMATIS PERSONAE
D.
RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, Conde de
Albrit, señor de Jerusa y de Polan, etc., abuelo de
LEONOR
(Nell), y
DOROTEA
(Dolly).
LUCRECIA,
condesa de Laín, madre de Nell y Dolly, y
nuera del Conde.
SENÉN,
criado que fue de la casa de Laín;
después, empleado.
VENANCIO,
antiguo colono de la Pardina; actualmente
propietario.
GREGORIA,
su mujer.
EL
CURA DE JERUSA (D. Carmelo).
EL
MÉDICO (D. Salvador Angulo).
EL
ALCALDE (D. José M. Monedero).
LA
ALCALDESA (Vicenta).
D.
PÍO CORONADO, preceptor de las niñas Nell
y Dolly.
CONSUELO,
viuda rica, chismosa.
LA
MARQUEZA, viuda campesina, pobre.
EL
PRIOR DE LOS JERÓNIMOS (Padre Maroto).
La acción se supone
en la villa de Jerusa y sus alrededores; las
principales escenas en la Pardina, granja que
perteneció a los Estados de Laín.
Careciendo esta obra de colorido local,
no tienen determinación geográfica el país ni el mar que lo baña. Todos los nombres de pueblos y lugares son
imaginarios. Época contemporánea.
Jornada
I
Escena
I
Terraza en la Pardina. A la derecha, la casa; al fondo, frondosa arboleda de frutales; a lo lejos, el mar.
GREGORIA, junto a la mesa de piedra, desgranando judías en la falda;
VENANCIO, que viene por la huerta y se
entretiene con un criado, observando
los frutales. En la mesa una cesta
de hortalizas.
GREGORIA.- ¡Eh...
Venancio!... Que estoy aquí.
VENANCIO.- Voy...
Más de cincuenta duquesas se han
caído con el ventoleo de anoche.
GREGORIA.- ¡Anda
con Dios!... Deja las peras y ven a contarme... ¿Es verdad que...?
(Entra VENANCIO, respirando
fuerte y limpiándose el sudor de la cabeza, trasquilada al rape. GREGORIA espera
impaciente la respuesta.
Son marido y mujer, de más de cincuenta años, ambos
regordetes y de talla corta, de
cariz saludable, coloración sanguínea y mirar inexpresivo. Pertenecen a la clase ordinaria, que ha sabido ganar con paciencia, sordidez y astucia una holgada posición,
y descansa en la indiferencia pasional y
en la santa ignorancia de los grandes problemas de la vida. El rostro de ella es como una manzana, y el de él como pera de las de piel
empañada y pecosa. No tienen hijos,
y cansados de desearlos principian a
alegrarse de que no hayan querido nacer. Se aman por rutina, y apenas
se dan cuenta de su felicidad, que
es un bienestar amasado en la sosería metódica y sin accidentes. Gruñen a veces, y rezongan por contrariedades menudas que alteran la normalidad del
reloj de sus plácidas existencias. En
edad madura viven donde han nacido, y
son propietarios donde fueron colonos. Su
única ambición es vivir, seguir
viviendo, sin que ninguna
piedrecilla estorbe el manso correr de la onda vital. El hoy es para ellos la serie de actos que tiene por objeto producir un
mañana enteramente igual al de ayer. Visten
el traje corriente y general, así en
pueblos como en ciudades, muy
apañaditos, limpios, modestos. GREGORIA es hacendosa, guisandera
excelente, tocada del fanatismo
económico, lo mismo que su marido.
Este entiende de labranza horticultura,
de caza y pesca, de algunas industrias agrícolas y no es
lerdo en jurisprudencia hipotecaria, ni
en todo lo tocante a propiedad, arrendamientos,
servidumbres, etc. Para entrambos la
Naturaleza es una contratista puntual, y
una despensera honrada, como ellos,
prosaica, avarienta, guardadora.)
VENANCIO.-
¡Brrr...!
GREGORIA.- Pero,
hombre, sácame de dudas. ¿Es cierto lo que han dicho? ¿Tendremos tarasca?
VENANCIO.- Sí. ¿Has
visto tú alguna vez que falle una mala noticia?
GREGORIA.- (Suspensa.) ¿Y cuándo llega la señora Condesa?
VENANCIO.- Hoy...
Pero no te apures; se alojará en casa del señor Alcalde.
GREGORIA.- Menos
mal. (Volviendo a desgranar.) Pues otra... Si llega también el
señor Conde, se juntarán aquí el agua y el fuego.
VENANCIO.- Se
pelearán hoy como ayer... Suegro y nuera rabian de verse juntos. Si no quedaran
de uno y otro más que los rabos, ¡qué alegría!... Por supuesto, al señor Conde
habremos de alojarle.
GREGORIA.- ¿Qué
duda tiene? No faltaba más... Yo digo: ¿vienen y se topan aquí por
casualidad... o es que se dan cita para tratar de asuntos de la casa?... porque
de resultas de la muerte del Condesito habrá enredos...
VENANCIO.- ¿Yo qué
sé? La Condesa Lucrecia vendrá, como siempre, a dar un vistazo a sus hijas.
GREGORIA.- Y a
pagarnos la anualidad vencida por el cuidado, manutención y servicio de las dos
señoritas que puso a nuestro cargo... ¡Ah, ruin pécora...! Las tiene en este
destierro para poder zancajear y divertirse sola por esos Parises y esas
Ingalaterras
de Dios... o del diablo... ¡Tunanta! Lo que yo digo, Venancio: comprendo que su
suegro, el señor Conde de Albrit, que es el primer caballero de España, ¡y que
lo digan! le tenga tan mala voluntad a esa condenada extranjera, de quien se
enamoró como un tontaina su hijo (que esté en gloria)... Lo que no me cabe en
la cabeza es que parezca por aquí, si sabe que ha de hocicar con ella... O será
que lo ignora... ¿Qué piensas, hombre?
VENANCIO.- (Revolviendo en la cesta de hortalizas.) Pronto hemos de ver si vienen a posta
los dos, o si la casualidad les hace empalmar en Jerusa... ¡Y que no traerán
ella y él las uñas bien afiladas!... Créetelo... hemos de ver por tierra
mechones de barbas blancas o de pelos rubios, y tiras de pellejo... porque si
el Conde D. Rodrigo quiere a su hija política como a un dolor de muelas, ella
en la misma moneda le paga.
GREGORIA.- Yo digo
lo que tú: el pobre D. Rodrigo viene a que le demos de comer.
VENANCIO.- Así lo
pensé cuando supe su viaje.
GREGORIA.- Es cosa
averiguada que no ha traído de América el polvo amarillo que fue a buscar.
VENANCIO.- Ha
traído el día y la noche. Cuando embarcó para allá, había desperdigado toda su
fortuna... Esperaba recoger otra, que le ofreció el Gobierno del Perú por las
minas de oro que allá tuvo su abuelo, el que fue Virrey... Pero no le dieron
más que sofoquinas, y ha vuelto pobre como las ratas, enfermo y casi ciego, sin
más cargamento que el de los años, que ya pasan de setenta. Luego, se le muere
el hijo, en quien adoraba...
GREGORIA.- ¡Infeliz
señor!... Venancio, tenemos que ampararle.
VENANCIO.- Sí, sí,
no salgan diciendo que no es uno cristiano, ¡Quién lo había de pensar!...
¡Nosotros, Gregoria, dando de comer al conde de Albrit, el grande, el poderoso,
con su cáfila de reyes y príncipes en su parentela, el que no hace veinte años
todavía era dueño de los términos de Laín, Jerusa y Polan!... Díganme luego que
no da vueltas el mundo...
GREGORIA.- (Acentuando con un manojo de judías.) ¿Oyes lo que te digo? Que tenemos que
ampararle. Es nuestro deber.
VENANCIO.- (Filosofando con un tomate que coge de la
cesta.) ¡Qué caídas y
tropezones, Gregoria; qué caer los de arriba, y qué empinarse los de abajo!...
Claro, le ampararemos, le socorreremos. Ha sido nuestro señor, nuestro amo; en
su casa hemos comido, hemos trabajado... Con las migajas de su mesa hemos ido
amasando nuestro pasar. (Levántase con
aire de protección.) Pues, sí:
hay aquí cristianismo, delicadeza... (Coge
otro tomate y admira su belleza y tamaño.) Estos son tomates, Gregoria... Que venga el Cura refregándonos
los suyos por las narices... Pues, sí, mujer: me da lástima del buen D.
Rodrigo.
GREGORIA.- (Contestando a la apología del tomate.) Pero las judías no granaron bien. (Mostrándolas.) Mira esto... También a mí me aflige ver tan caidito al señor
Conde... Parece castigo... y si no castigo, enseñanza.
VENANCIO.- Castigo,
has dicho bien. Todo ello por no ser económico, y no pensar más que en darse la
gran vida, sin mirar al día de mañana. Ahí tienes el caso, Gregoria, y pónselo
delante a los que le critican a uno por la economía. En fiestas y viajes, en
caballos y trenes, en convitazos y otras mil vanidades, se le escurrieron al
señor los bienes de la casa de Albrit, y parte de los de Laín, que eran de su
madre. La casa venía empeñada de atrás, pues dicen las historias que ningún
Conde de Albrit supo arreglarse. Mira por dónde las culpas de todos las paga
este desdichado. Ya ves, después que le dejan en cueros los acreedores, le
falla el negocio de América; luego le quita Dios el hijo, y se encuentra mi
hombre al fin de la vida, miserable, enfermo, sin ningún cariño... Es triste,
¿verdad?
GREGORIA.- Ahora
caigo en que viene a ver a sus nietas: sí, Venancio, anda en busca de un querer
que dé consuelo a su alma solitaria...
VENANCIO.- (Cogiendo de la cesta una berenjena.) Puede ser... ¿Y qué tienes que decir
de estas berenjenas?
GREGORIA.- No son
malas... Lo que digo es que al señor Conde le atrae el calorcillo de la
familia.
VENANCIO.- Pero ya
verás: mi D. Rodrigo, buscando el agazajo, mete la mano en el nidal, y toca una
cosa fría que resbala... ¡Ay! Es el culebrón de la madre, es la extranjera, la
mala sombra de la familia, pues desde que el Conde D. Rafael casó con esa berganta,
la casa empezó a hundirse... (Poniendo
en el cesto la berenjena con que acciona.) En fin, que en tomates y berenjenas no hay quien nos tosa... pero
no sabemos qué vientos echan para acá al señor Conde de Albrit.
GREGORIA.- Él nos
lo dirá. Y si se lo calla, no callarán sus hechos. (Dando por terminada su tarea, y
pasando de la falda a un cesto las
judías.) No te descuides,
Gregoria; que venga por lo que venga, tienes que prepararle una buena mesa...
Ya es un respiro que la extranjera no se meta en casa.
VENANCIO.- Y aunque
viniera... Nunca está más de dos días o tres. Jerusa es muy chica, y esa
necesita tierra ancha para zancajear a gusto.
GREGORIA.- (Asaltada de una idea.) ¡Ay, Venancio de mi alma, lo que se
me ocurre! ¡No haber caído en ello ni tú ni yo! ¿Apostamos a que Doña Lucrecia
viene a llevarse sus niñas?
VENANCIO.- (Permaneciendo largo rato con la boca
abierta.) Puede que aciertes...
Ya son grandecitas... mujercitas ya. Pues, mira, nos fastidia...
GREGORIA.- ¡Hijo de
mi alma, cuándo nos caerá otra breva como esta!
VENANCIO.- (Paseándose meditabundo.) No es mucho lo que nos pasa cada
trimestre por cuidarlas y mantenerlas; pero algo es algo: rentita puntual,
saneada... No, no: verás cómo no se las lleva.
GREGORIA.- Ea, no
nos devanemos los sesos por adivinar hoy lo que sabremos mañana. (Dispónese a pasar a la casa.)
VENANCIO.- ¿Sabes
tú quién nos lo va a decir? Pues Senén. Desde ayer está aquí.
GREGORIA.-
¿Senén?... ¿El de la Coscoja?... Sí: las niñas me dijeron que le habían visto,
y que está hecho un caballero.
VENANCIO.- Empleado
público, funcionario, como quien dice, nada menos que en las oficinas de
Hacienda de Durante. Fue criado de la Condesa, que en premio de sus buenos
servicios le ha dado credenciales, ascensos; en fin, que de un gaznápiro ha
hecho un hombre.
GREGORIA.- Le
protege, según dicen, porque le servía de correveidile y de tapa-enredos en
sus...
VENANCIO.- Chist...
Cuidado... puede llegar... Le espero. Ha quedado en traerme noticias.
GREGORIA.- (Bajando la voz.) De tapadera en sus trapisondas amorosas... Ello es que siempre
que nos visita la señora, recala Senén, y no la deja vivir con su pordioseo
impertinente: que si la recomendación; que si la tarjeta al Jefe, que si la
carta al Ministro, o al demonio coronado... Y como la tal Condesa es persona de
grandes influencias, y trae a los personajes de allá cogidos por el morro...
VENANCIO.- Senén es
listo, se cuela por el ojo de una aguja. Pues me ha contado que doña Lucrecia
salió de Madrid el 12, y que de aquí irá a visitar a los señores de Donesteve
en sus posesiones de Verola. Todo lo sabe el indino. Él es quien ha dicho al Alcalde
que la señora llega hoy, y... ¡Ah, pues se me olvidaba lo mejor! Le harán un
gran recibimiento, por los grandes beneficios y mejoras que Jerusa le debe.
GREGORIA.-
¡Festejos! ¡Y aquí no sabíamos nada!... Y de esta visita del Conde, ¿tenía
Senén conocimiento?
VENANCIO.- ¡Pues
no! Como que se le han respingado las narices de tanto olfatear, de tanto
meterlas en todos los secreticos de la casa en que sirvió antes de andar en
oficinas. Se cartea con marmitones y cocheros de la casa de Laín, y allí no
vuela una mosca sin que él lo sepa.
GREGORIA.- (Alegre.) Pues ese, ese pachón de vidas ajenas nos ha de sacar de dudas.
VENANCIO.- Ya
tarda... Me dijo que a las diez. Ha ido a telegrafiar al jefe de la estación de
Laín, y al Alcalde de Polan...
GREGORIA.- (Mirando a la huerta.) Me parece que está ahí... Alguien
anda por la huerta llamándote.
VENANCIO.- Él es...
(Llama.) ¡Senén, Senén, chicooo...!
Escena
II
GREGORIA, VENANCIO;
SENÉN, de veintiocho años, más bien más que menos, vestido a la moda, con afectada elegancia de plebeyo que ha querido cambiar rápidamente y
sin estudio la grosería por las buenas formas. Su estatura es corta; sus
facciones aniñadas, bonitas en
detalle, pero formando un conjunto
ferozmente antipático. Pelito rizado;
chapas carminosas en las mejillas; bigote rubio retorcido en sortijilla. Lucha por su existencia en el terreno de la
intriga, olfateando las ocasiones
ventajosas y utilizando la protección y gratitud de las personas a quienes ha
prestado servicios de ínfima calidad, sobre
los cuales guarda cuidadoso secreto. Ya
no se acuerda de cuando andaba descalzo y harapiento por las mal empedradas
calles de Jerusa. Nacido de la Coscoja, viuda pobre que adormecía sus penas emborrachándose, Senén vivió de la caridad pública hasta que
fue recogido por los Condes de Laín, que
lo pusieron en la escuela y después le tomaron a su servicio. Fue pinche de cocina, escribiente, ayuda de cámara, hasta que
su agudeza, reforzada por ardiente
ambición de dinero, le emancipó de
la servidumbre. En diversos trabajos
y granjerías, hubo de probar fortuna:
viajante de comercio, corredor de vinos, administrador de periódicos, y por fin la Condesa le abrió los espacios
de la Administración pública con un destinillo de Hacienda, al que siguieron ascensos, comisiones y otras gangas. Compensa la cortedad de su inteligencia con
su constancia y sagacidad en la adulación, su olfato de las oportunidades, y su arte para el pordioseo de recomendaciones. Su egoísmo toma más bien formas solapadas
que brutales, y para disimularlo,
el instinto, más que la voluntad, le
sugiere la economía, y todo el
ahorro compatible con el lucimiento y afeite de su persona. Guarda su dinero, y se apropia todo lo que sin peligro puede apropiarse. En lo que no es ostensible, o sea en el comer, gasta lo indispensable, reservando
casi todo su peculio para el coram vobis.
Su vicio es la buena ropa, y su pasión las alhajas; lleva constantemente tres sortijas de
piedras finas en el meñique de la mano izquierda, y al llegar a Jerusa ha sacado a relucir un alfiler de corbata, que es ¡ay!, la desazón de sus compatriotas de ambos sexos.
SENÉN.- Allá voy.
Estaba mirando las peras... (Entra en la
terraza.) Hola, Gregoria; usted
siempre tan famosa.
GREGORIA.- ¡Y tú
qué guapo... y qué bien hueles, condenado! Estás hecho un príncipe.
SENÉN.- Hay que
pintarla un poquillo, Gregoria. Es uno esclavo de la posición.
VENANCIO.- (Impaciente.) Vengan pronto esas noticias.
SENÉN.- La Condesa
llegará a Laín en el tren de las doce y cinco. He tenido un parte. (Mostrándolo.) Se lo he llevado al Alcalde, que no estaba seguro de la hora de
llegada.
GREGORIA.- Y D.
José irá a esperarla en su coche.
VENANCIO.- Claro.
SENÉN.- (Sentándose con indolencia. Se cuida mucho de emplear un lenguaje muy
fino.) Y el Municipio ¡oh!, le
prepara un gran recibimiento, una ovación entusiasta.
GREGORIA.- ¡A tu
ama!
SENÉN.- A la que
fue mi ama. ¡Estaría bueno que no se hicieran los honores debidos a la ilustre
señora; por cuya influencia ha obtenido Jerusa la estación telegráfica, la
carretera de Jorbes, amén de las dos condonaciones!
GREGORIA.- Puede
que, si hay festejos, tengamos aquí a Doña Lucrecia más tiempo del que
acostumbra.
SENÉN.- Creo que
no; está invitada a pasar unos días en Verola con los señores de Donesteve.
VENANCIO.- ¿Y del
Conde qué me dices?
SENÉN.- Que Su
Excelencia debió llegar a Laín anoche, o esta mañana en el primer tren. De modo
que no me explico... digo que no me explico, mi querido Venancio, que no le
tengas ya en tu casa.
GREGORIA.- De fijo
habrá ido a Polan a visitar el sepulcro de su esposa, la Condesa Adelaida.
VENANCIO.- Bueno,
Senén. Tú que todo lo sabes... naturalmente, has vivido en la intimidad de la
familia, conoces sus costumbres, la manera de pensar de cada uno, sus
discordias y zaragatas, dinos... ¿D. Rodrigo y su nuera se encontrarán aquí por
casualidad, o es que...?
SENÉN.- (Seguro, dándose importancia.)
No: se han dado cita en Jerusa.
GREGORIA.- ¿Cómo es
eso? ¿Y para qué se citan los que se aborrecen? ¿Qué hacen?
SENÉN.- Lo
contrario de lo que hacen los que se aman. Los amantes se acarician; éstos se
muerden.
VENANCIO.- Vamos,
es al modo de un desafío... Dicen: «en tal parte, a tal hora, nos juntamos para
rompernos el bautismo.»
GREGORIA.- Será que
el señor Conde, que no ha visto a su nuera desde que él embarcó para el Perú,
querrá ajustar con ella alguna cuenta...
VENANCIO.- De
interés, o de cosas tocantes al honor de la familia, pues para nadie es un
secreto... no te enfades, Senenillo... que tu protectora la señora Condesa...
En fin, no está bien que yo repita...
SENÉN.- Sí, que el
repetir es cosa fea. ¿Qué les importa a ustedes, ni qué me importa a mí, que el
señor conde de Albrit y su nuera la Condesa viuda de Laín se peleen, se arañen
y se tiren de los pelos por un pedacito así de honra, o por un pedazo grande...?
Pongamos que es pedazo de honra tan grande como esta casa.
VENANCIO.- Tiene
razón Senén. Haiga virtud o no la haiga, nada nos dan ni nada nos quitan.
SENÉN.- Yo no sé
sino que el viejo Albrit, que hasta ahora, desde la muerte de su hijo, no se ha
movido de Valencia, escribió a la Condesa...
VENANCIO.- (Riendo.) Pidiéndole dinero.
SENÉN.- Hombre, no:
le proponía una entrevista para tratar de asuntos graves...
GREGORIA.- De
asuntos de familia. Y como la Condesa no quiere altercados en Madrid, porque
allí puede haber escándalo, y se entera todo el mundo, y hasta lo sacan los
papeles, le ha citado en este rincón de Jerusa, donde sólo vivimos cuatro
papanatas, y si hay zipizape aquí se queda, y la ropa sucia en casita se lava.
¿Qué tal, señor cortesano, entiendo yo a mi gente?
VENANCIO.- Di que
no es lista mi mujer.
SENÉN.- (Risueño y galante.) Sabe griego y latín. ¡Vaya un talento! Y para acabar de
granjearse mi estimación me va a traer un vasito de cerveza. Estoy abrasado.
GREGORIA.- Ahora
mismo: hubiéraslo dicho antes. (Entra a
la casa, llevándose las hortalizas.)
VENANCIO.- Y tú,
rey de las hormigas, ¿qué pretendes ahora de tu ama? ¿Otro ascenso, una plaza
mejor?
SENÉN.- Quiero
adelantar, salir de esta miseria de la nómina, del triste jornal que el
Gobierno nos da por aburrirnos, y aburrir al país que paga.
VENANCIO.- Picas
alto. Digan lo que quieran, chico, tú tienes mucho mérito. Yo te vi salir del
lodo.
SENÉN.- Y me verás
subir, subir... El lodo, créeme, es un gran trampolín para dar el salto.
GREGORIA.- (Que vuelve con la cerveza y copas, y les sirve.) Dime, Senenillo, ¿y para tus medros, no te agarras también a los
faldones del señor Conde?
SENÉN.- Albrit no
tiene una peseta, y nadie le hace caso ya.
VENANCIO.- Ese
roble ya no da sombra, y sólo sirve para leña.
GREGORIA.- (Que sentándose entre los dos bebedores de
cerveza, acaricia a SENÉN.)
Vamos a ver, hijo, ¿por qué no nos cuentas el por qué y el cómo de que tan mal
se quieran la Condesa viuda y el abuelo? Tú lo sabes todo.
VENANCIO.- Vaya si
lo sabe; pero no muerde el gosque a quien le da de comer. (SENÉN paladea la cerveza, dándose aires de madrileño, y calla.)
GREGORIA.- Ya lo
ves: callado como un besugo. Dinos otra cosa. Será cuento todo eso que se dice
de tu señora... Es cuento, ¿verdad?
SENÉN.- (Enfático.) Me permitiréis, queridos amigos, que no hable mal de mi
bienhechora. Os diré tan sólo que es un corazón tierno y una voluntad generosa
y franca hasta dejárselo de sobra. No le pidáis gazmoñerías, eso no. Es mujer
de muchísimo desahogo... Compadece a los desgraciados y consuela a los
afligidos. Y como persona de instrucción, no hay otra: habla cuatro lenguas, y
en todas ellas sabe decir cosas que encantan y enamoran.
VENANCIO.- Todas
esas lenguas, y más que supiera, no bastan para contar los horrores que acerca
de ella corren en castellano neto.
SENÉN.- (Endilgando sabidurías que aprendió en los
cafés.) ¡Horrores!... No hagáis
caso. La honradez y la no honradez, señores míos, son cosas tan elásticas, que
cada país y cada civilización... cada civilización, digo, las aprecia de
distinto modo. Pretendéis que la moralidad sea la misma en los pueblos patriarcales,
digamos primitivos; como esta pobre Jerusa, y los grandes centros... ¿Habéis vivido vosotros en los grandes centros?
VENANCIO.- Ni
falta.
SENÉN.- Pues en los
grandes centros veríais otro mundo,
otras ideas, otra moralidad. La Condesa Lucrecia no es una mujer: es una dama,
una gran señora. ¿Qué? ¿Que le gusta divertirse? Cierto que sí; se divierte por
la noche, por la mañana y por la tarde... No, no me saquéis el Cristo de la
moralidad. Yo os digo, y lo pruebo, que es cosa esencial en las sociedades que
las damas se diviertan; porque del divertirse damas y galanes viene el lujo,
que es cosa muy buena... (Riendo del
asombro de sus interlocutores.)
Ya... papanatas; creéis que es malo el lujo... Vivís en Babia. Pues os digo, y
lo pruebo, que el lujo es lo que sostiene la industria... la industria de los grandes centros, por la cual y con la
cual, lo pruebo, come todo el mundo. Reasumiendo:
que si hubiera moralidad, tal y como vosotros la entendéis, la gente no se
divertiría, y sin diversiones, no tendríamos lujo, y por ende, no habría industrias: la mitad de los que hoy comen se
morirían de hambre, y la otra mitad mascarían tronchos de berzas.
VENANCIO.- Vaya que
eres parlanchín, y entiendes la aguja de marear.
GREGORIA.- (Imitando, sin saberlo, a las brujas de
Macbeth.) ¡Senén, tú serás
ministro!
SENÉN.- ¿Ministro
yo? No, no: mi ambición, como nacida del lodo, no quiere viento, sino barro,
barro substancioso que amasar. Mis
tendencias son a lo positivo; tiendo
a ganar dinero, mucho dinero. No me conformo con un sueldo más o menos
cuantioso; ambiciono más; ambiciono el trabajo libre...
GREGORIA.- Manos
libres, quieres decir.
VENANCIO.- (Da un cigarro a SENÉN, y fuman los dos.) Lo que tú buscas, tunante, es una dote; andas a la husma de una
rica heredera.
GREGORIA.- Por eso
vistes tan elegantito, y te quitas el pan de la boca para comprarte trapos...
Por eso gastas anillos, y te echas esencia en el pañuelo. Vaya, que hueles
bien. (Oliéndole.) ¿Qué es eso? ¿Heliotropo?
SENÉN.- (Reventando de fatuidad.) Es mi perfume favorito... Pues no he
pensado en casarme, y lo pruebo. Claro, si se me presentase una buena ganga
matrimonial, no la desperdiciaría. Estamos a la que salta.
GREGORIA.- Por un
camino o por otro, has de ser rico.
VENANCIO.- A
trabajar, se ha dicho. En la corte hay mil maneras de afanar el garbanzo.
GREGORIA.- Allí
donde hay bambolla, derroche, y donde los ricos por su casa gastan, según
dicen, más de lo que tienen, el pobre allegador, económico y despabilado como
tú, sabe encontrar piltrafa. Ahí tienes el caso del señor Conde. Toda su
riqueza se ha repartido entre muchos que andaban quizás con los codos al aire.
VENANCIO.-
Prestamistas, curiales, cuervos y buitres, y todos los golosos de carne muerta.
SENÉN.- (Desdeñoso.) Mal fin ha tenido el prócer. Vaya usted preparando, Gregoria, las
buenas calderadas de patatas, las sopitas de leche, para que se acostumbre a la
frugalidad, y olvide sus hábitos gastronómicos.
GREGORIA.- No, no:
lo que es hoy, al menos, si viene, tengo que prepararle una buena comida.
VENANCIO.- Como se
entretenga en Polan y no coja el coche que ha salido de allí a las diez, no
vendrá hasta mañana.
SENÉN.- Me inclino a creer que le veremos venir
en carreta, porque el buen señor padece tal tronitis,
que no tendrá para el coche.
GREGORIA.- No
exageres... Esos nobles arrumbados siempre guardan algo para sus últimas, y
también te digo que suelen encontrar algún tonto que les alimente los vicios.
SENÉN.- Albrit no
tiene más vicios que la rabia de verse pobre, y el orgullo de casta, que se le
ha recrudecido con la pobreza.
GREGORIA.- (Intranquila.) Dime, Senén, ¿y al señor Conde no le dará la ventolera de
quitarnos las niñas?
SENÉN.- ¿Para
qué?... ¿Y a dónde las lleva?
VENANCIO.- A un
colegio de Francia.
SENÉN.- No temáis
perder esta ganga. El Conde no tiene con qué pagarles un buen colegio, y la
mamá no está por esos gastos, que dejarían
indotado su presupuesto. Todo es poco para ella. Además, la presencia de
las niñas en sociedad junto a ella, la envejece. Su obsesión es ser joven, o parecerlo.
VENANCIO.- Su...
¿qué has dicho? ¡Vaya unas palabras finas que te traes!
GREGORIA.- (Incomodándose.) Pero ya son creciditas, jinojo...
Algún día tiene que presentarlas en la corte, casarlas...
SENÉN.- ¿Casarlas?
Dificilillo es... y lo pruebo.
GREGORIA.- ¿Cómo
no, si son tan monas?
SENÉN.- Les concedo
el buen palmito. Pero cualquiera carga con ellas, educadas en la ñoñería, con
hábitos y maneras de pueblo, y, por añadidura, pobres..., porque la Condesa
está dando aire a la fortuna, y cuando toquen a liquidar no habrá más que
pagarés vencidos, cuentas no liquidadas, y el diluvio... Ya lo dijo Luis XV (estropeando el francés): Apré muá, le diluch.
GREGORIA.- (Incomodándose más.) La madre será lo que quieran: una feróstica, una púa extranjera;
pero Dorotea y Leonor a ella no salen, digo que no salen... y lo pruebo
también.
VENANCIO.- Son
buenísimas, aunque algo traviesas; almas puras, ángeles de Dios, como dice D.
Carmelo.
GREGORIA.- Créelo,
Senén; las quiero como si fueran mis hijas, y el día que se las lleven me ha de
costar algunas lágrimas.
SENÉN.- (Con impertinencia.) ¿Y de instrucción, qué tal?
VENANCIO.- Poca
cosa les enseña D. Pío, el maestro jubilado del pueblo. Sobre que él sabe poco,
no tiene carácter, y las chicas le han tomado por monigote para divertirse.
GREGORIA.- Todo el
día se lo pasan enredando. Ya se ve: no están en su esfera, como dice Angulo,
nuestro médico.
VENANCIO.- (Repitiendo una frase del Doctor.) Su institutriz es la Naturaleza, su
elegancia, la libertad, su salón el bosque. Bailan al compás de la mar con la
orquesta del viento.
SENÉN.- (Que se levanta, recordando con inquietud algo que había olvidado.) ¡Buena la hemos hecho!
VENANCIO.- ¿Qué te
pasa?
SENÉN.- Que con
tanto charlar se me olvidó el encargo del señor Alcalde.
GREGORIA.- ¿Para
nosotros?
SENÉN.- Sí... ¡qué
cabeza! Pues que inmediatamente le llevéis las niñas, para que la Condesa las
vea en cuanto llegue.
VENANCIO.- Es
natural. Y comerán allí.
SENÉN.- ¿Están en
casa?
GREGORIA.- De paseo
andan por el bosque. (Mirando hacia la
izquierda.) No las veo.
VENANCIO.-
Correteando, y de juego en juego, se habrán ido a media legua de Jerusa.
SENÉN.- ¿Y las
dejáis andar solas por el bosque?
GREGORIA.- Solitas
van. Todo el mundo las respeta.
VENANCIO.- Hay que
ir corriendo a buscarlas.
SENÉN.- Si queréis,
iré yo... ¿No saben todavía que hoy viene su mamá?
GREGORIA.- No lo
saben... ¡pobres hijas!
SENÉN.- Pues yo se
lo diré, y las traeré por delante, como un pavero de Navidad.
VENANCIO.- Las
encontrarás, de fijo, bosque arriba, en el sendero de Polan... Pero mira,
chico, no les hagas la corte. Verdad que sería inútil...
SENÉN.- (Con ganas de irse pronto.) ¿La corte yo?... ¿Yo, este cura? ¡Señoritas que no viven en su elemento y reúnen todo lo malo,
orgullo y pobreza...!
GREGORIA.- Están
verdes.
SENÉN.- Que las
madure quien quiera. ¿Decís que bosque adentro?...
VENANCIO.- Vete, y
tráelas pronto.
GREGORIA.- Vivo...(Viéndole partir.) ¡Vaya un pájaro!
VENANCIO.- ¡Vaya un
peje!
Escena
III
Bosque en las inmediaciones de Jerusa, formado de corpulentos robles, hayas y encinas. Lo atraviesa un tortuoso sendero, donde se ven los surcos trazados por los carros del país. Por el Norte, formidable cantil de roca y conglomerado, en cuyos cimientos baten las olas del mar; al Sur cierra el paisaje la espesura de la vegetación; hacia el Oeste serpentea y se subdivide el
sendero, atravesando algunas calvas
y espesos matorrales.
LEONOR y DOROTEA, niñas de quince y catorce años respectivamente, lindas, graciosas, de tipo
aristocrático, la tez bronceada por
el aire marino y el sol. Son negros
sus ojos, rasgados, melancólicos; negro también su cabello, peinado
al descuido en moño alto. Se lo
adornan con flores silvestres, que
van clavando en él como se clavan los alfileres en un acerico. La diferencia de edad, un año y meses, apenas en ellas se distingue, y
por gemelas las tienen muchos, viendo
la semejanza de sus rostros, y la
igualdad del talle y estatura. Son
ágiles, corretonas, traviesas; dos diablillos encantadores. Visten,
con sencillez graciosa y elegancia no
aprendida, trajecitos claros, cortados y cosidos en Jerusa. La modestia da más realce a su gentileza
vivaracha, y les imprime cierta
gravedad dulce cuando están quietas. Desde
la niñez, su madre, irlandesa, las nombraba con los diminutivos ingleses NELL y DOLLY, y estos nombres exóticos prevalecieron en Madrid como en Jerusa. Las acompaña y juega y brinca con ellas un
perrito canelo, de pelo largo y fino,
hocico muy inteligente, rabo que parece un abanico. Atiende por Capitán.
DOLLY.- Estoy
cansada; yo me siento. (Se recuesta en
el tronco de un roble.)
NELL.- Estoy
entumecida; yo quiero correr. (Disparándose
en carrera circular, vuelve al punto
de partida.)
DOLLY.- (Mirando a la copa del árbol.) ¡Qué gusto poder subir y posarse en
una rama!... ¡Nell!
NELL.- ¿Qué
quieres?
DOLLY.- Decirte una
cosa. ¿Qué te apuestas a que me subo a este árbol?
NELL.- Te
desgarrarás el vestido...
DOLLY.- Lo
coseré... sé coser tan bien como tú... ¿A que me subo?
NELL.- No está
bien. Nos tomarían por chiquillas de pueblo.
DOLLY.- (Que suspendiéndose de una rama, se balancea.) Pues ser chiquilla de pueblo o parecerlo, ¿crees tú que me
importa algo? Dime, Nell, ¿andarías tú descalza?
NELL.- Yo no.
DOLLY.- Yo sí. Y me
reiría de los zapateros. (Viendo que NELL se sienta y saca un librito.) ¿Qué haces?
NELL.- Quiero
repasar mi lección de Historia. Ya hemos corrido bastante; estudiemos ahora un
poquito. Acuérdate, Dolly: ayer, D. Pío te dijo que no sabes jota de Historia
antigua ni moderna, y en buenas formas te llamó burra.
DOLLY.- Burro él...
Yo sé una cosa mejor que él: sé que no sé nada, y D. Pío no sabe que no sabe ni
pizca.
NELL.- Eso es
verdad... Pero debemos estudiar algo, aunque no sea más que por ver la cara que
pone el maestrillo cuando le respondamos
bien. Es un alma de Dios.
DOLLY.- Mejor la
pone cuando le damos alguna golosina, de las que guardamos para Capitán.
NELL.- Anda, ven;
estudiemos un poquito. ¿Sabes que es un lío tremendo esto de los Reyes godos?
DOLLY.- El demonio
cargue con ellos. Son ciento y la madre... y con unos nombres que pican como
las zarzas, cuando una quiere metérselos en la memoria.
NELL.- Ninguno tan
antipático y majadero como este señor de Mauregato.
DOLLY.- ¡Valiente
bruto!
NELL.- Nada: que
tenían que echarle cien doncellas por año para desenfadarle.
DOLLY.- Para
desengrasar, como dice D. Carmelo.
NELL.- La verdad es
que la Historia nos trae acá mil chismes y enredos que no nos importan nada.
DOLLY.- (Siéntase junto a su hermana. El perro se echa entre las dos.) Figúrate qué tendremos que ver
nosotras con que hubiera un señor que se llamaba Julio César, muy vivo de
genio... Ni qué nos va ni nos viene con que le matara otro caballero, cuyo
nombre de pila era Bruto... ¿A mí qué me cuenta usted, señora Historia?
NELL.- Pero, hija,
la ilustración... ¿A ti no te gustaría ser ilustrada?
DOLLY.- (Acariciando al perrito.) Ilústrate tú también, Capitán. La verdad: me carga la
ilustración desde que he visto que también se ha hecho ilustrado Senén. ¿Te
acuerdas de cuando estuvo aquí hace dos meses, creyendo que venía mamá?
NELL.- Sí: a cada
instante sacaba la Edad Media, y qué sé yo qué.
DOLLY.- ¡Qué
tendremos nosotras que ver con las edades medias o partidas!... Y el mejor día
nos salen con que a Cleopatra le dolían las muelas.
NELL.- O que a Doña
Urraca le salieron sabañones.
DOLLY.- Pero, en
fin, nos ilustraremos algo, puesto que mamá, en todas sus cartas, nos manda que
aprendamos, que seamos aplicaditas.
NELL.- Mamá nos
idolatra; pero no nos lleva consigo. (Con
tristeza.) ¿Por qué será esto?
DOLLY.- Porque,
porque... Ya nos lo ha dicho. Como nos criamos tan raquíticas, quiere que
engordemos con los aires del campo. Ya sabe mamá lo que hace.
NELL.- Mamá es muy
buena. Pero que venga al campo con nosotras a robustecerse también.
DOLLY.- Tonta, ¿no
le oíste que se espanta de engordar, y que lo que quiere ahora es enflaquecer?
NELL.- Gorda o
flaca, mamá es guapísima.
DOLLY.- Sí que lo
es... Ya nos llevará consigo cuando seamos mayores. Yo no tengo prisa.
NELL.- (Rayando la tierra con un dedito.) Como prisa, yo tampoco.
DOLLY.- Me gusta el
campo.
NELL.- Y la
soledad, ¡qué me gusta!
DOLLY.- En la
soledad piensa una mejor que entre personas.
NELL.- ¡Y esta
libertad...!
DOLLY.- (Poniendo en dos patas al perrito.) Yo te digo una cosa: creo que cuanto
más salvajes, más felices somos.
NELL.- Eso no: la
civilización, Dolly...
DOLLY.- Me carga la
civilización desde que oigo hablar tanto de ella a nuestro amigo el Alcalde,
que se ha hecho rico y personaje fabricando fideos.
NELL.- (Mordiendo el palo de una florecita.) Salvaje no quiero yo ser... ni
civilizada a estilo de D. José Monedero. También te digo que dentro de la
civilización puede existir la soledad que tanto me agrada. ¿A ti no se te ha
ocurrido alguna vez ser monjita?
DOLLY.- ¡Ay, no!
Nunca he pensado en eso.
NELL.- Yo sí, sobre
todo cuando nos llevan a misa a las Dominicas. ¡Qué iglesita más mona y más
sosegada! Me figuro yo que de aquellas rejas para dentro hay una paz, una
tranquilidad...
DOLLY.- (Recogiendo piedrecitas.) La religión es cosa bonita... lo
mejor entre lo bueno. El rezar consuela... Pero eso de estar siempre rezando,
siempre, siempre... francamente, hija... Y metida entre rejas, como están las
monjas, ni ves árboles, ni ves flores...
NELL.- Tonta, si
tienen huertas y jardines...
DOLLY.- Pero no ves
el mar.
NELL.- ¡Bah!... Veo
a Dios, que es más grande.
DOLLY.- ¡Si Dios
está en todas partes! ¿Crees que no está también aquí, oyendo todo lo que
decimos?
NELL.- Pero no le
vemos ni le oímos nosotras.
DOLLY.- Hay que
mirar bien, Nell, y escuchar callandito. (Pausa.
Las dos, silenciosas y un tanto sobrecogidas, exploran con lento mirar el horizonte, mar y cielo, y la sombría
espesura del bosque.)
NELL.- ¿Qué oyes?
DOLLY.- Como un
aliento muy grande. ¿Y tú, qué ves?
NELL.- Como una
mirada grandísima. (Otra pausa larga.
Bruscamente, como quien vuelve sobre sí, se
incorpora.) Pero se nos va el
tiempo charlando, y no hemos estudiado ni una letra.
DOLLY.- ¡Está el
día tan hermoso!
NELL.- Salimos con
ganas de leer. Tú dijiste que estudiaríamos en el campo mejor que en casa.
DOLLY.- Porque allí
nos molestaban los berridos de Venancio.
NELL.- (Repitiendo una frase de su maestro.) ¡Sus, valientes, y a los libros! (Dando a su hermana el manualito de
Historia.) Mira, lees en alta
voz, y así nos enteramos las dos a un tiempo.
DOLLY.- (Toma el libro y levántase de un brinco.) Dame acá. ¿Sabes lo que se me ocurre?
Que conviene que se instruyan también los pájaros... Toda la ciencia no ha de
ser para nosotras. (Lanzando el libro a
los aires con fuerte impulso.)
NELL.- ¿Qué haces,
tonta? (El libro, abierto en el aire y dando al viento sus
hojas, describe una curva, y se detiene al fin en una rama de encina,
como pájaro que se posa.)
DOLLY.- Ya lo ves. (El perro se entrega al trajín inocente de
cazar moscas.)
NELL.- ¡Buena la
has hecho! ¿Y cómo lo cogemos ahora?
DOLLY.- De ninguna
manera. Los pájaros se enterarán ahora de lo que hicieron D. Alejandro Magno,
el señor de Atila y el moro Muza.
NELL.- (Riendo.) ¡Si a los pajaritos todo eso les tiene sin cuidado!
DOLLY.- Como a mí.
NELL.- ¡Vaya un
compromiso! ¡Si pasara por ahí un chiquillo que se subiera a cogerlo!
DOLLY.- Me subiré
yo. (Disponiéndose a encaramarse en la
encina.)
NELL.- (Tirándola de la falda.) No, no, que te desnucas.
DOLLY.- Espérate;
le tiraré piedras a ver si se atonta y cae. (Hace lo que dice.)
NELL.- Hay
viento... Puede que vuele el libro.
DOLLY.- ¡Ay, no,
que es muy pesado! (Tirando piedras.) A mí, bribón; baja, ven acá. (El perro cree de su obligación ladrar
fuertemente al libro para que baje.)
NELL.- (Sintiendo pasos.) Basta, Dolly. Viene gente... ¡Qué vergüenza! Te tomarán por una
desarrapada del pueblo.
DOLLY.- ¿Y qué me
importa?
NELL.- Que te estés
quieta. (Mirando a lo largo del sendero.) Aquí viene un señor, un hombre... por
el camino que baja de Polan, ¿ves?... Mira. (Aparece por entre los robles el CONDE DE ALBRIT, con lento paso.)
DOLLY.- No le veo.
NELL.- Mírale... Se
ha parado al vernos, y allí le tienes como una estatua. No nos quita los
ojos...
Escena
IV
NELL y DOLLY, DON RODRIGO DE
ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT, MARQUÉS DE LOS BAZTANES, SEÑOR DE JERUSA Y DE
POLAN, GRANDE DE ESPAÑA, etc. Es un hermoso y noble anciano de luenga
barba blanca y corpulenta figura, ligeramente
encorvado. Viste buena ropa de viaje,
muy usada; calza gruesos zapatones y se apoya en garrote nudoso. Revela en su empaque la desdichada ruina y
acabamiento de una personalidad ilustre.
NELL.- (Observándole medrosa.) Es un pobre viejo... ¿Por qué nos
mira así? ¿Nos hará daño?
DOLLY.- Parece el
Santa Closs de los cuentos ingleses. Pero no trae saco a la espalda.
NELL.- ¿Sabes que
tengo miedo, Dolly?
DOLLY.- Yo también.
¿Será un mendigo?
NELL.- Si
tuviéramos cuartos, se los daríamos... ¡Ay, no se mueve!...
DOLLY.- Y ahora, en
nosotras clava los ojos...
NELL.- (Palideciendo.) Parece que habla solo... ¡Qué miedo!
DOLLY.- (Trémula.) Y no pasa un alma. Si llamamos nadie nos oirá.
NELL.- No nos hará
nada, creo yo.
DOLLY.- Lo mejor es
hablarle.
NELL.- Háblale
tú... Dile: «Señor mendigo...»
DOLLY.- Mendigo no
es. Parece más bien una persona decente mal trajeada. (Lánzase el perrillo con furiosos ladridos hacia el CONDE.)
NELL.- Capitán, ven acá...
DOLLY.- ¡Ay, Nell,
yo conozco esa cara!...
NELL.- Y yo
también. Yo le he visto en alguna parte... ¡Ay, ay! (Se juntan las dos, como
para protegerse mutuamente.) Ahora se adelanta...Nos hace señas...
DOLLY.- Parece que
llora. ¡Pobre señor!...
EL CONDE.- (Con voz grave, avanzando.) Preciosas
niñas, no me tengáis miedo. ¿Sois Leonor y Dorotea?
NELL.- Sí, señor:
así nos llamamos.
EL CONDE.- (Llegándose a ellas.) Pues abrazadme. Soy vuestro abuelo.
¿No me conocéis? ¡Ay! Han pasado algunos años desde que me visteis por última
vez. Erais entonces chiquitinas, y tan monas... Me volvíais loco con vuestra
gracia, con vuestra donosura angelical... (Las
abraza, las besa en la frente.)
DOLLY.- ¡Abuelito!
NELL.- Yo decía: le
conozco.
DOLLY.- Por el
retrato te conocemos.
EL CONDE.- Y yo a
vosotras por la voz. No sé qué hay en el timbre de vuestras vocecitas que me
remueve toda el alma. ¿Y cómo es que los dos sonidos me parecen uno solo?
Dejadme que os mire bien: ¿serán iguales vuestras caritas como lo son vuestras
voces?... No, no puedo veros bien, hijas de mi alma. Estoy casi ciego. Vamos,
sigamos hacia Jerusa. (Capitán abre la marcha.)
NELL.- ¡Qué
sorpresa tan agradable, abuelito! Pues, mira, te tuvimos miedo.
EL CONDE.- ¿Miedo a
mí, que os adoro?
DOLLY.- Senén nos
dijo anoche que venías; pero no creíamos que llegases tan pronto.
NELL.- ¿Y cómo no
has venido en el coche?
EL CONDE.- Me
molesta horriblemente el traqueteo de ese armatoste... y el venir prensado
entre otras personas groseras y estúpidas... No, no... He preferido venirme a
pie, sin más compañía que la de este palo, que me ha regalado un pastor de mis
tiempos, a quien encontré en Polan. ¡Figuraos si será viejo el hombre! Era yo
un niño, y él un mocetón como un castillo que me llevaba a la pela por estos
montes...
NELL.- ¿Pero vienes
de Polan?
EL CONDE.- Allí
pasé la noche, en la cabaña de Martín Paz... Luego me he venido pasito a paso
por el filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah!, todos los caminos y
veredas de este país me conocen; conócenme las breñas, las rocas, los
árboles... Hasta los pájaros creo que son los mismos de mi niñez... Esta
hermosa Naturaleza fue mi nodriza. No podréis comprender, niñas inocentes que
empezáis a vivir, cuán grato, y cuán triste al mismo tiempo es para mí recorrer
estos sitios, ni cuánto padezco y gozo haciendo revivir a mi paso cosas y
personas! Todo lo que me rodea paréceme a mí que me ve y me reconoce... y que
desde el mar grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda
en suspenso... no sé cómo decirlo... se para y mira... para ver pasar al
desdichado Conde de Albrit. (Las dos
niñas suspiran.)
DOLLY.- Apóyate en
mi brazo, abuelito.
NELL.- En el mío.
EL CONDE.- En los
dos... Una por cada lado. Así... Me lleváis como en volandas.
Escena
V
NELL, DOLLY; el CONDE; SENÉN, que ha presenciado de lejos, oculto tras un árbol, el encuentro del abuelo y sus nietas.
SENÉN.- ¡Qué
estropeado y qué caído está el viejo león de Albrit!... Hoy por hoy, no me
conviene malquistarme con él. Nunca se sabe de qué cuadrante sopla la suerte. (Viendo avanzar el grupo, se adelanta sombrero en mano.) Señor Conde, bien venido sea, mil
veces bien venido, a la tierra de sus mayores. ¡Qué hermosa figura hace
Vuecencia en medio de estos dos ángeles!
EL CONDE.- (Parándose.) ¿Quién me habla?
NELL.- Es Senén,
papá.
DOLLY.- ¿No te
acuerdas?
SENÉN.- Senén
Corchado, señor, el que fue... no me avergüenzo de decirlo.... criado del señor
Conde de Laín.
EL CONDE.- ¡Ah,
lacayo! (Con súbita cólera, requiriendo el garrote.) ¿Vienes a que te dé dos palos?
SENÉN.- (Retirándose.) ¡Señor...!
NELL.- Abuelito,
¿qué haces?
DOLLY.- ¡Si es de
casa, si es nuestro amigo!
EL CONDE.- (Reportándose.) Perdonadme, niñas queridas... he confundido sin duda... Y tú,
Séneca, Cenón, o como quiera que te llames, perdóname también... te he tomado
por otro. Pensé que eras tú el infame que se permitió decirme... Ven acá, dame
la mano. Tengo el genio poco sufrido...
SENÉN.- (Dándole la mano.) Siempre fue lo mismo Vuecencia.
EL CONDE.- Luego,
esta continua disminución de mi vista no me permite distinguir a los bribones
de las personas honradas. La ceguera me hace irascible... ¿Y qué tal? Ya
recuerdo que me hablaron de ti: sé que estás hecho un hombre.
SENÉN.- (Con falsa humildad.) Aunque me iba muy bien en casa del
señor Conde de Laín, me dio por abandonar la servidumbre y trabajar en
cualquiera industria o negocio...
EL CONDE.- Muy bien
pensado. Así se hacen los hombres. ¿Y qué eres ahora? ¿Zapatero?
SENÉN.- Señor, no.
NELL.- Papá, si es
empleado.
DOLLY.- Empleado de
Hacienda con tantos miles de sueldo.
EL CONDE.- Vamos,
que tú querías ganar dinero a todo trance... El dinero lo ganan, Senén, todos
aquellos que con paciencia y fina observación van detrás de los que lo pierden:
fíjate en esto.
SENÉN.- (Inflándose.) La señora Condesa me consiguió un destinito...
NELL.- Mamá le ha
protegido y le protege, porque es buen muchacho...
EL CONDE.- La
Condesa es una gran potencia. Nadie le niega nada. Ya sabes tú, picaruelo, a
qué aldabones te agarras.
DOLLY.- Aquí donde
le ves, papá, es la economía andando, y mira por su ropa como una mujer.
EL CONDE.- Séneca,
digo Senén, tú pitarás. Y ahora, ¿estás aquí con licencia?
SENÉN.- He venido
de Durante para tener el honor de saludar al señor Conde de Albrit y a la
señora Condesa de Laín, que también debe de llegar hoy.
NELL.- ¡Que viene
mamá! (Despréndense las dos de los
brazos de su abuelo, y saltan
gozosas.)
DOLLY.- ¡Jesús, qué
alegría!
NELL.- Pues no
sabíamos nada. ¿Lo sabías tú, abuelito?
EL CONDE.- (Pensativo.) Sí.
DOLLY.- (Volviendo a coger el brazo de ALBRIT.)
Vamos aprisita.
NELL.- (Inquieta.) Tenemos que arreglarnos.
SENÉN.- Las
señoritas han de ir al hotel del
señor Alcalde, a esperar a su mamá.
NELL.- ¿Pero va
mamá a casa del Alcalde?
DOLLY.- ¿Por qué no
viene a la Pardina con nosotros, con abuelito? (SENÉN se encoge de hombros.)
EL CONDE.- La
Pardina no le parecerá a tu mamá bastante cómoda... En fin, no quiero que os
detengáis por mí... Vamos, hijas mías.
NELL.- ¡Ah! Se me
olvidaba... Amigo Senén, ¿querrías hacernos un favor?
SENÉN.- Todo lo que
las señoritas quieran. ¿Qué es?
NELL.- Subirse a
aquel árbol a coger la Historia.
EL CONDE.- ¡A coger
la Historia!
DOLLY.- El pícaro
libro, que se echó a volar.
NELL.- Jugando, lo
tiramos al aire.
EL CONDE.- (Gozoso.) Comprendo, sí... Estudiáis mirando al cielo... Senén, intrépido
Senén, sube pronto, hijo... Anda, que cuando eras muchacho ya treparías más de
una vez para coger nidos.
SENÉN.- (Disimulando su disgusto, se quita la americana.) Allá voy.
NELL.- Ten cuidado
no se te rompa el traje.
SENÉN.- Que es
nuevo... ya lo ven.
DOLLY.- ¡Vaya un
alfiler de corbata que te traes!... Por Dios, no te caigas.
EL CONDE.- No
temáis: éste sabe subir y agarrarse bien. Si cae, será porque le tiene cuenta.
SENÉN.- Por ahora,
señor Conde, me tiene más cuenta apoyarme bien en las ramas fuertes... Ajajá...
Ya te cojo, Historia maldita.
DOLLY.- Bájate
pronto... (Desciende SENÉN a las ramas bajas, y se tira de un salto.)
NELL.- (Cogiendo el libro.) Dios te lo pague. Vaya, sigamos.
DOLLY.- ¿No quiere
el abuelito entrar por el pueblo?
EL CONDE.- No, no:
vamos por el atajo, que nos lleva directamente a la Pardina sin pasar las
calles de Jerusa. No quiero ver gente, y menos jerusanos.
SENÉN.- (Poniéndose la americana.) ¡Lástima no haber sabido antes que
venía el señor Conde! El pueblo le habría preparado un buen recibimiento.
EL CONDE.- (Con desdén.) ¿A mí?... ¿A mí Jerusa?... Brrr...
SENÉN.- Habría
salido la música, el orfeón... No faltaría el arquito de ramaje, y luego lunch en la Casa Consistorial.
EL CONDE.- Veo que
eres un cursi tremendo. Conozco esos homenajes, que en otro tiempo, cuando los
merecía y estaba en disposición de recibirlos, me halagaban, sí. Hoy me harían
el efecto de una burla cruel. Antes de verme tan viejo y tan pobre como ahora,
tuve ocasión de apreciar la villana ingratitud de mis compatriotas los
habitantes del señorío de Jerusa. (Se
detiene y suspira.) Veinte años
ha, la última vez que aquí estuve, los colonos que habían llegado a ser ¡Dios
sabe cómo! propietarios de mis tierras, los señoritingos nacidos de mis
cocineras, o engendrados por mis mozos de cuadra, me recibieron con frío
desdén, que me llenó de tristeza y amargura. Dijéronme que la villa se había
civilizado. Era una civilización improvisada y postiza, como la levita que
compra el patán en un bazar de ropas hechas.
NELL.- Papaíto, no
olvida tu pueblo los beneficios que de ti ha recibido.
DOLLY.- No los
olvida, no. La calle principal de Jerusa se llama de Potestad.
NELL.- La fuente de
los cinco caños, junto a la iglesia, se llama del Buen Conde.
EL CONDE.- Sí, Sí,
mi abuelo paterno. Historia, cosas pasadas, que sólo dejan tras sí un letrero,
una inscripción... Todo se borra, ¡ay! aun las piedras escritas. Cuando la roña
y el musgo las empuercan, y se han criado en ellas cien generaciones de arañas
y lagartijas, viene el progreso, y las manda picar para escribir otra cosa... o
aprovecharlas en una alcantarilla. No me quejo, no. Ese es el mundo. Rodamos
todos hacia lo infinito.
SENÉN.- (Enfáticamente.) Jerusa, por más que digan, no puede olvidar que debe su
existencia a los Albrit de la Edad Media.
EL CONDE.- (Meditabundo.) Y a mis abuelos y a mí todo lo que en ella es de algún valor. La
casa Ayuntamiento, que era el primitivo palacio de los Condes de Laín, fue
donada por D. Martín de Potestad, capitán de las galeras de Nápoles. La calzada
de Verola y el puente sobre el río Caudo, obra fue de mi madre. Mi abuelo
materno hizo el hospital y la casa-cuna; y yo traje las aguas riquísimas de
Santaorra; levanté el muro de contención que defiende al pueblo de las avenidas
del Caudo; fundé y doté la Hermandad de Pescadores, haciéndoles además una
dársena para abrigo de sus lanchas; repoblé el monte comunal... sin contar
otras mejoras de que ya no me acuerdo. ¿Y cómo pagaron mis paisanos tantos
beneficios? Pues cuando me vieron mal de intereses, recargaban horrorosamente
mis propiedades en todos los repartos de contribución para obligarme a
vendérselas... Y lo conseguían... En sus manos rapaces está todo.
NELL.- Abuelito, no
pienses cosas tristes.
DOLLY.- ¿No estás
alegre de vernos y de tenernos a tu lado?
EL CONDE.- (Deteniéndose para abrazarlas y besarlas
con efusión.) Sí, sí, ángeles
inocentes. Soy feliz con vosotras, y lo demás nada me importa.
SENÉN.- (Con malicia indiscreta, que resulta más antipática por lo
pedantesco de la expresión.) Y
de que no seríamos justos achacando a Jerusa el pecado de la ingratitud,
tenemos hoy una prueba elocuente, señor Conde, porque, sabida con antelación la
llegada de la señora Condesa de Laín, se le prepara un recibimiento entusiasta,
cual corresponde a quien tan grande fomento ha dado a los intereses materiales
y morales de esta villa. Saldrá el Alcalde a la estación...
EL CONDE.- Y se
dispararán cohetes. Todo eso está muy en carácter.
NELL.- (Impaciente.) ¡Cohetes, música...! Vamos, vamos pronto.
DOLLY.- Abuelito,
por aquí, si quieres que vayamos derechos a la Pardina.
EL CONDE.- ¿Estamos
ya en la loma que llaman la Asomada?
SENÉN.- Sí, señor:
de aquí se ve toda la villa; y si Vuecencia quiere dar un vistazo a la
población, en dos minutos estamos en la plaza.
EL CONDE.- No, no.
Gracias. Por esta otra calleja bajamos a la Pardina. (Deteniéndose y mirando al pueblo, que en aquel punto se ve totalmente, rodeado de arboledas y verdes lomas.) Sí, sí... te conozco, Jerusa; distingo un montón de tejados rojos
y de ventanales blancos... más allá manchas de verde lozano. Eres Jerusa; te
siento bajo mis pies, te huelo al pisarte... Tu ingratitud me da en el olfato.
Hiciste escarnio del que fue tu señor, aplicándole un mote burlesco... Pues
ahora, el león flaco de Albrit, que
nada te pide, que para nada te necesita, te manifiesta su desprecio con toda la
efusión de su alma, no queriendo de ti ni un pedazo de tierra para sepultar sus
pobres huesos. (Volviéndose hacia las
niñas.) Si me muero aquí, que me
lleven a enterrar a Polan, o que me tiren al mar.
DOLLY.- Papaíto, no
es hoy día de cosas tristes.
NELL.- ¡Si estamos
muy contentas!
EL CONDE.- (Limpiándose una lágrima.) Sí, sí... Vamos, para que lleguéis a
tiempo de presenciar los homenajes a vuestra mamá.
SENÉN.- Por esta
calleja llegamos en un instante a la Pardina.
EL CONDE.- Conozco
bien el camino... En este sitio, torciendo a la izquierda, dejamos de ver el
mar. (Parándose a contemplar el Océano.) ¡Oh, qué hermosura! Es el amigo de mi
infancia.
NELL.- ¡Y qué
espléndido, qué azul! Hoy se viste de gala para recibirte.
EL CONDE.- ¿Sabéis
por qué gozo tanto en mirarle? Porque le veo... es lo único que distingo bien,
por razón de su magnitud. Desde que voy perdiendo la vista, hijas mías, mis
pobres ojos no aprecian bien más que las cosas grandes... ¡Cuanto mayores son,
mejor las veo! Quisiera que en el mundo fuera todo colosal, inmenso... Lo
pequeño, creedlo, me entristece, me enfada... (Se internan en la calleja.)
Escena
VI
Sala baja en la Pardina. En paredes, techo y muebles, aspecto de
venerable antigüedad, bien
conservada.
GREGORIA y VENANCIO
GREGORIA.- (Asomándose a una ventana.) Ya está aquí Capitán... ¡Oh!... allí vienen. (Asustada.) ¡Jesús, lo
que veo!
VENANCIO.- ¿Qué?
GREGORIA.- ¡El
Conde con ellas, el señor Conde!
VENANCIO.- Sin duda
ha venido a pie por el atajo del bosque. Es gran andarín.
GREGORIA.- ¡Pero
qué viejo está! Mira, mira.
VENANCIO.- (Mirando.)¡Y qué mal trajeado! Da pena verle... ¡Quien fue siempre la misma
elegancia...!
GREGORIA.- ¿Sales a
recibirle?
VENANCIO.- (Con prisa.) A escape... Prepárale café, que de fijo lo pide al entrar...
GREGORIA.- Sí,
sí...
VENANCIO.- (Desde la puerta.) Y manda un recado al señor Cura, que nos dijo que le avisáramos
en cuanto el Conde llegase...
GREGORIA.- (Aturdida, sin saber a qué atender primero.) El café... recado al Cura... ¿Y la comida? Voy. ¡Pero si ya están
aquí! ¡Jesús me valga!...
Escena
VII
GREGORIA, el CONDE, las dos niñas, SENÉN y VENANCIO.
GREGORIA.- (Besando la mano al CONDE.) Bien venido
sea mi señor...
VENANCIO.- Y que
entre en su casa con bendición.
EL CONDE.- (Con señorial bondad.) Gracias, gracias, mis buenos amigos
Venancio y Gregoria. Me alegro de veros contentos y saludables... digo, como
veros... (Mirándoles fijamente.) No, no veo bien más que las cosas
grandes.
VENANCIO.- ¿Se
sienta el señor aquí? (Conduciéndole a
un sillón de vaqueta, junto a la
mesa de nogal.)
EL CONDE.- Donde
quieras.
NELL.- Y ahora
nosotras, abuelito, hemos de vestirnos a escape...
EL CONDE.- Sí, sí;
no os detengáis.
DOLLY.- Pronto
volveremos, papaíto... Vendrá mamá con nosotras... supongo.
EL CONDE.- Sí,
sí... (Las besa.) Hasta luego...
GREGORIA.- (Dándoles prisa.) Vivo, vivo... Vais a llegar tarde. (Vase GREGORIA con las niñas.)
SENÉN.- Yo también,
con permiso del señor Conde, me retiro.
EL CONDE.- Sí,
sí... Ve a disparar cohetes...
SENÉN.- Si el señor
me necesita...
EL CONDE.- No...
muchas gracias... Y me alegro de que te ausentes... No, no es por nada ofensivo
para ti, Séneca... o Senén. ¿Te lo digo?
SENÉN.- Nada que
usía me diga puede ofenderme.
EL CONDE.- Pues
deseo que te marches, porque... Hijo, gastas un perfume, que marea. Los aromas
demasiado fuertes me dan vahídos... Dispénsame... (Dándole la mano, y
acariciando la de SENÉN.) perdóname que te despida con una impertinencia.
SENÉN.- (Desconcertado.) Señor... una gotitas de heliotropo...
EL CONDE.- No he
dicho nada... Abur.
SENÉN.- (Aparte, retirándose.) Malas
pulgas trae el león flaco de Albrit.
Escena VIII
El CONDE y VENANCIO. Larga pausa.
El CONDE inclina la cabeza sobre el pecho y se cubre los ojos con la mano.
VENANCIO permanece en pie, a bastante distancia, contemplándole.
EL CONDE.- (Alzando la cabeza y llevándose la mano al
pecho, en que siente opresión.) ¡Ay, Venancio! La emoción que he
sentido al entrar aquí, no me deja respirar... (VENANCIO suspira y calla.) No
creí volver a verte, casa mía, casa bendita de mis mayores, de mi madre... No
esperaba recibir en mi alma esta ola de vida, formada por los recuerdos, embate
de calor y de salud, que al pronto reanima al ser caduco; pero después... mata,
sí, mata. La memoria me abruma, el sentimiento me ahoga... (Vuelve a pasarse la mano por los ojos.) No debí venir, no, no.
VENANCIO.- Señor,
los recuerdos de la Pardina serán gratos para Vuecencia.
EL CONDE.- (Señalando a la derecha.) En esa alcoba nací yo... En ella
nació también mi madre, y en la de arriba murió... No sé si es que me engaña mi
poca vista; paréceme que nada ha variado, que los muebles son los mismos...
¡Qué ilusión!
VENANCIO.- Poco
hemos cambiado. Se conserva todo a fuerza de cuidado y aseo.
EL CONDE.- (Con profunda tristeza.) Aquí pasé mi infancia, al lado de mi
madre, que enviudó a los pocos días de mi nacimiento... Heredero de los
Condados de Albrit y de Laín, ¡cuántas veces, joven, en la plenitud de la vida,
y con todo el verdor de las ilusiones fomentadas por la grandeza de mi linaje;
cuántas veces, solo, con mi esposa, o con mis amigos, vine a pasar alegres
temporadas en la Pardina! En aquel tiempo tú eras un niño. Tus padres, y otros
padres de gentes ingratas que andan por esos mundos en diferentes oficios, eran
entonces mis servidores. En mí veíais al señor, al rey de la Pardina, y hasta
cierto punto, al amo de toda Jerusa... Pasó tiempo; creció mi hijo Rafael.
Correspondiéronle por muerte de su madre, y según el fuero de Laín, este Condado
y esta casa... Yo volví a la Pardina: ya no era el señor; mas era el padre del
señor, y tú, ya grandecito, y los demás servidores de esta antigua casa, me
mirabais con respeto, con cariño, con veneración. El Conde de Albrit, poderoso
todavía, os remuneraba vuestros servicios con la noble largueza que era en él
habitual.
VENANCIO.- Siempre
fue Vuecencia el primer caballero de España.
EL CONDE.- (Con melancólica dignidad, levantándose.) Pues hoy, el primer caballero de España, el generoso y grande,
viene a pedirte hospitalidad. Vicisitudes y trastornos que no quisiera
recordar, esta revolución crónica que hace y deshace los Estados y las
familias, y todo lo trueca y baraja, te han dado a ti la propiedad de la
Pardina. En ella entro yo a pedirte albergue, no como señor, sino como
desvalido sin hogar, abandonado de todo el mundo. Si me la das, ya sabes que
has de hacerlo por pura caridad, no por remuneración ni recompensa. Soy pobre;
todo lo he perdido.
VENANCIO.- El señor
Conde viene siempre a su casa, y nosotros, hoy como ayer, somos sus criados.
EL CONDE.- (Se sienta.) Gracias... Te lo digo tranquilo y sin ninguna afectación, pues
con la realidad no caben juegos de retórica. He llegado a los escalones más
bajos de la pobreza; pero por mucho que descienda, no he llegado ni llegaré
nunca al deshonor. Fuera de la decadencia material, soy y seré hasta el último
día lo que fui.
VENANCIO.- Y yo
igualmente, hoy como ayer, servidor humilde del señor D. Rodrigo.
EL CONDE.- Te lo
agradezco, créeme que te lo agradezco en el alma... Pero... bien mirado, es tu
obligación, y cumples como cristiano. Todo lo que eres y todo lo que tienes, me
lo debes a mí.
VENANCIO.- Sin
duda.
EL CONDE.- No haces
nada de más en ampararme... en ver en mí a tu señor, y en respetar, no sólo mi
nombre y mi historia, sino mi ancianidad, mis achaques... Las desgracias, hijo
mío, me han hecho algo quejumbroso, algo impertinente. Mi genio altivo se exacerba
cada día más con la pérdida de la vista... No puedo sofocar mis ímpetus de
absolutismo, de persona acostumbrada a mandar.
VENANCIO.- Bien,
señor.
EL CONDE.- Y a ser
obedecida.
VENANCIO.- También
tengo el hábito de la obediencia... Y ante todo, señor, ¿en qué aposento quiere
vuecencia dormir?
EL CONDE.- Arriba,
en la alcoba que fue de mi madre.
VENANCIO.- (Contrariado.) ¿La que da al pasillo grande? La tenemos llena de trastos.
EL CONDE.- Pues
sacas los trastos y me metes a mí.
VENANCIO.- Señor,
es un trastorno...
EL CONDE.- (Sulfurándose ligeramente.) ¿Ya empezamos?
VENANCIO.- La hemos
convertido en secadero: allí colgamos las judías...
EL CONDE.- (Sulfurándose más.) Pon las judías en otra parte. ¿Vale tan poco mi persona que no
merece... una molestia insignificante de las señoras hortalizas?
VENANCIO.- (Sin acabar de resignarse.) Bien, señor... Ello es que...
EL CONDE.- ¿Todavía
refunfuñas? Debiste, desde que te lo dije, asentir con delicadeza obsequiosa.
¿Será preciso que te lo mande?... Por poco me apuras (golpeando el brazo del sillón.)
¡Oh, triste cosa es para mí ser huésped de mis inferiores! Venancio, quiero
someterme al destino, quiero olvidarme de mí mismo, y no puedo, no puedo. La
autoridad es esencial en mí. Por Cristo, súfreme o arrójame de mi casa, quiero
decir, de la tuya.
VENANCIO.- Eso
no... (Viendo venir al CURA.) Ya
tiene aquí a su amigo D. Carmelo.
Escena
IX
El CONDE, VENANCIO y
el CURA, hombrachón de buen año;
de aventajadas dimensiones, enormemente barrigudo, sin carecer por eso de cierta agilidad y
soltura de miembros. Su cara es
arrebolada, su boca risueña, su nariz como pico de garbanzo, sus ojos pillines. Usa gafas de un azul muy claro, que se le corren sobre el caballete. Viene a palo seco, es decir,
sin balandrán, por ser buen tiempo. Es
limpio, y la sarga de su sotana,
pulcra y reluciente, ciñe y modela sin arrugas la redondez del
abdomen, bien atacados todos los
botoncitos que corren desde el cuello hasta la panza. Un gorro negro alto, con
caída de fleco, y paraguas de
reglamento, que así le sirve
[65] para el sol como para la lluvia.
Entra en la casa y en la habitación
presuroso metiendo bulla, y se
dirige al CONDE con los brazos
abiertos.
EL CURA.- ¡Carísimo
amigo y dueño, D. Rodrigo de mi alma!...
EL CONDE.- (Abrazándole.) ¡Pastor Curiambro, ven
a mis brazos!... Pero, hijo, ¡qué
gordísimo estás!... No me cabes... ¿ves?, no me cabes... Me cuesta trabajo
poner en tu espalda las palmas de mis manos.
EL CURA.- ¡Qué
sorpresa tan grata, qué alegría!
EL CONDE.- (Tocándole.) Pero, chico, ¿es tuyo todo esto? ¿Es ésta tu barriga, o te has
traído por delante el púlpito de tu iglesia?
EL CURA.- (Riendo.) Es que en esta tierra, Sr. D. Rodrigo, de nada le sirve a uno
hacer penitencia.
EL CONDE.-
¿Penitencia tú? ¡Hombre, qué cosa tan rara!...
En fin, siempre que des gusto a tus feligreses...
VENANCIO.- (Lisonjero.) Tenernos un párroco que vale mas que pesa.
EL CONDE.- ¿Y de
salud, bravamente? Tu cara... (Observándole.) Pues, mira, te veo, te veo bien.
¡Como eres tan grandón! ¡Ah!... Me
permitirás que te tutee, a pesar del tiempo transcurrido.
EL CURA.- (Con modestia suma.) ¡Señor Conde, por amor de Dios!...
EL CONDE.- (Muy cariñoso.) Bien, Carmelo; bien, Pastor
Curiambro. Siéntate a mi lado. ¡Cómo corren, ¡ay!, cómo se escabullen los
pícaros años! Tú... a ver si acierto... andarás en los cincuenta.
EL CURA.- Andaba en
ellos... dos años ha.
VENANCIO.- Como yo.
Somos del mismo tiempo.
EL CONDE.- No podía
ser menos. Tenías veintiséis cuando...
EL CURA.- Cuando
murió mi padre. A la generosidad del señor Conde debí el poder terminar mi
carrera de Teología y Derecho.
EL CONDE.- (Con natural delicadeza.) Pues, mira tú, de eso no me acordaba.
EL CURA.- ¡Ah, yo
sí!
EL CONDE.- ¿Te
acuerdas de aquellas merendonas del Soto de Aguillón? Desde entonces, te profeticé que
serías la première fourchette de
l'Espagne.
EL CURA.- (Riendo.) Era un tenedor tremendo, sí, sí...
EL CONDE.- ¿Y
sigues con la higiénica costumbre de comer copiosamente, y de digerir clavos?
EL CURA.- Ya no soy
ni sombra de lo que fui; pero todavía...
VENANCIO.-
Todavía... si el caso llega, no deja mal puesto el pabellón.
EL CONDE.- ¿Te
acuerdas de cuando apostabas con Valentín, el escribano de Verola, a quién
comía más?
EL CURA.- (Riendo a carcajadas.) Y siempre le gané, siempre.
EL CONDE.- Un día
de vigilia..., Venancio, no lo creerás, pero es verdad... le vi comerse una
langosta de este tamaño, entera y verdadera, detrás de un arroz con pescado y
marisco... y delante de docena y media de torrijas.
EL CURA.- Esos
tiempos pasaron.
VENANCIO.- Pero
hasta hace poco... yo recuerdo el día de la jira en Novoa... su postre era un
queso de bola, enterito.
EL CONDE.- ¡Lo que
yo gozaba viéndole comer!
EL CURA.- Me
tranquiliza sobre ese punto la opinión de San Francisco de Sales, que dice: «Lo
que entra por la boca no daña al alma.»
EL CONDE.- Y tenía
razón.
Escena
X
Dichos; GREGORIA, vestida para salir. Trae servicio de café.
GREGORIA.- Aunque
el señor no lo ha pedido, como sé que le gusta tanto el café... (Lo pone en la mesa.)
EL CONDE.- ¡Oh, qué
bien!... Tu previsión, hija mía, es muy de alabar. Carmelo, te sirvo...
GREGORIA.- Las
señoritas están concluyendo de arreglarse. En seguida nos iremos.
EL CONDE.- Que no
se entretengan; ya será hora. (Al CURA,
sirviéndole azúcar.) A ti te gusta dulzón, si no recuerdo
mal.
EL CURA.- ¡Qué
memoria tiene usted!
EL CONDE.- No
siendo para los favores que me hacen, también la pierdo, como la vista.
GREGORIA.- ¿Se le
ofrece algo más al señor?
EL CONDE.- No...
Gracias. (Vase GREGORIA.)
EL CURA.- (Paladeando el café.) ¿Y qué?... Señor Conde, ¿qué le
parecen a usted sus nietecitas? ¿No las había visto después de su regreso de
América?
EL CONDE.- No.
EL CURA.- Son
angelicales... ¡Y qué lindas, qué graciosas! Se le meten a uno en el corazón...
Verlas, tratarlas y no quererlas, es imposible. (El CONDE, ensimismado, calla. Durante la pausa, D. CARMELO le
observa.) Dios ha hecho en ellas una parejita
encantadora, para regocijo y orgullo de su madre... y de usted.
EL CONDE.- (Como volviendo en sí.) ¿Decías?... ¡Ah! Sí, son hechiceras
las chiquillas.
EL CURA.- (Queriendo sonsacarle el motivo de su
estancia en Jerusa.) Comprendo
la impaciencia de usted por verlas. Al santo anhelo de conocer a sus nietas y
abrazarlas, debemos el honor de tenerle en Jerusa...
EL CONDE.- Yo he
venido a Jerusa, principalmente, por... (A
VENANCIO, con autoridad, pero sin altanería.) Tú...
VENANCIO.- ¿Señor?...
EL CONDE.- Haz el
favor de dejarnos solos. (Vase VENANCIO.)
Escena
XI
El CONDE y el CURA.
EL CURA.- Ya me
dijo Senén que la Condesa y usted se habían citado aquí... (Su solapada curiosidad quiere apoderarse del pensamiento del CONDE,
tomándole las vueltas.) Aquí pueden ventilar con toda calma
las cuestiones de intereses... (Pausa.
El CONDE no dice nada.) O las
cuestiones de otra índole, cualesquiera que sean.
EL CONDE.-
Volviendo a las niñas, te diré, querido Carmelo, que han producido en mi alma
una impresión hondísima.
EL CURA.- ¿De
alegría?...
EL CONDE.- Sí...
Estas alegrías pronto las convierto yo en intensísima tristeza, agobiado como
me veo por crueles desgracias, perseguido de pensamientos revoltosos, obra de
esta fiebre de análisis que traen consigo la experiencia del mal, el excesivo
tesón de mi carácter, los años, la ceguera misma... Figúrome que no me
entiendes, mi buen Carmelo, y has de permitirme que por ahora no te diga más.
EL CURA.-
Francamente, me he quedado en ayunas.
EL CONDE.- (Con humorismo.) ¿En ayunas tú?... No lo creo.
EL CURA.- ¿Tienen
algo que ver esas tristezas, que sin duda son nerviosas, con el porvenir de las
señoritas?
EL CONDE.- (Rehuyendo entrar en el asunto.) No sé... Déjame que te diga otra
cosa. Mi primera impresión al verlas y oírlas, fue... claro que fue excelente,
de gran regocijo y orgullo, como has dicho. Creí notar una perfecta
consonancia, igualdad más bien, en el timbre de sus voces. Como no veo bien,
sus rostros me han parecido como dos reproducciones exactas de un mismo tipo.
¿Serán, por ventura, iguales también sus caracteres, sus almas?
EL CURA.- (Después de un ratito de perplejidad.) ¡Oh, no, Sr. D. Rodrigo! Ni son
iguales sus voces, ni sus caras, ni menos sus caracteres.
EL CONDE.- (Con gran interés.) Pues siendo distintas, la una será forzosamente mejor que la
otra. Dime, tú que las has tratado y visto bien, ¿cuál de las dos es la más
inteligente; cuál la de corazón más puro, recto y generoso?...
EL CURA.- Difícil
es, a fe mía, la respuesta. Ambas son buenas, dóciles, inteligentes, de corazón
hermoso y nobilísimo... algo traviesas, eso sí; pero observantes de la ley del
pudor, muy firmes en los principios elementales, temerosas de Dios.
EL CONDE.- Todo eso
es lo que hay en ellas de común: comprendido. ¿Y qué las diferencia? EL CURA.-
Pues discrepan... Verá usted... Dolly toma la iniciativa en las travesuras;
Nell parece más inclinadita a las cosas graves, más previsora... Dolly es una imaginación
viva, una voluntad impetuosa; Nell, una naturaleza reflexiva, más fija y
constante que la otra en sus aficiones; Dolly, divagando, muestra pasmosas
aptitudes para la vida práctica; Nell, haciendo diabluras, nos deslumbra con
destellos de asombrosa inteligencia... ¿Pero qué he de decirle yo al señor D.
Rodrigo, si en cuanto las trate familiar y diariamente, usted ha de conocerlas
y diferenciarlas mejor que nadie?
EL CONDE.- (Dejándose llevar de su sinceridad.) De eso trato; a eso he venido.
EL CURA.- ¿Ha
venido a...?
EL CONDE.- A
estudiarlas, a intentar un análisis detenido de sus caracteres... Las razones
de esto no está bien que las sepas por ahora... (Variando de tono.) Oye,
Carmelo, ¿por qué no te quedas hoy a comer conmigo? Gregoria no te tratará mal.
EL CURA.- La
conozco... y sé lo que vale. Pero sin perjuicio de tributar a Gregoria en otra
ocasión los honores debidos, hoy, lo que es hoy, señor Conde de Albrit, se
viene usted a mi casa, a hacer penitencia con este cura.
EL CONDE.- Acepto;
sí, señor, acepto... ¿A qué hora?
EL CURA.- A la una
y media en punto.
Escena
XII
El CONDE, el CURA; el MÉDICO, joven, pequeñito, de conjunto
simpático y mirar inteligente. Viene
de levita y sombrero de copa, el
cual revela en su forma de ser prenda de respeto, usada tan sólo de año en año, en
ocasiones muy solemnes.
EL CURA.- ¡Oh,
mediquillo, ven!... (Presentándole.) Salvador Angulo, nuestro médico
titular.
EL CONDE.- (Estrechándole la mano.) Muy señor mío.
EL MÉDICO.- Vengo a
ofrecer mis respetos al Señor de Jerusa y de Polan...
EL CONDE.- (Recordando.) Angulo, Angulo... espérese usted...
EL CURA.- Es hijo
de Bonifacio Angulo, aquél que llamaban aquí por mal nombre Cachorro, guarda de los montes de Laín.
EL CONDE.- ¡Oh,
sí!... Cachorro, hombre sencillo y un
tanto rudo... servidor fiel... Le recuerdo perfectamente. (Le da otra vez la mano, que
el MÉDICO le besa.)
EL CURA.- Y no
habrá olvidado el Sr. D. Rodrigo que a este chico le costeó la carrera en
Valladolid.
EL MÉDICO.- Por lo
cual, debo al señor Conde lo poco que soy y lo poco que valgo.
EL CONDE.- De eso
no me acordaba... mi palabra que no me acordaba.
EL CURA.- Pues ha
de saber usted... no es porque esté delante... que este chico es una
notabilidad... pero una notabilidad, en la ciencia médica.
EL MÉDICO.- Por
Dios, D. Carmelo.
EL CONDE.- (Muy cariñoso.) Bien, hijo mío; dame un abrazo. (Le abraza.) Me
permitirás que te tutee. No puedo corregir este hábito de familiaridad desde
que entro en Jerusa. (El MÉDICO asiente con mudas demostraciones de respeto.)
EL CURA.- Y ya, ya
sé por qué vienes tan pitre, cañamoncito de Jerusa.
EL MÉDICO.- Me han
nombrado de la comisión que ha de recibir a la señora Condesa de Laín...
Dispénseme, señor Conde, si después de saludarle con el debido respeto, me
retiro...
EL CURA.- Hijo, no
hay prisa todavía.
EL CONDE.- Sí, sí:
ve, anda.
EL CURA.- Oye,
Salvador. en cuanto se acabe la función, una vez que el pueblo desfogue su
entusiasmo con un poco de pólvora y cuatro berridos, y suene en los aires la
última simpleza del discurso que ha de pronunciar D. José Monedero, te vienes
corriendito a casa, y tendrás el honor de comer con el señor Conde y conmigo.
EL MÉDICO.- Bien,
bien. ¡Qué honra tan grande!
EL CONDE.- (Con alegría.) ¡Qué feliz coyuntura para consultarle con toda calma!
EL MÉDICO.- ¿Un
padecimiento?
EL CONDE.- No es
eso. Tú conoces a mis nietecitas; las habrás asistido en alguna dolencia.
EL MÉDICO.- Nell y
Dolly disfrutan de una salud enteramente campesina y plebeya. Las he visitado
para indisposiciones sin importancia.
EL CONDE.- Pero que
a ti, como perspicaz observador, te habrán bastado para conocer sus
temperamentos, qué afecciones prevalecen en cada una, qué predisposiciones
patológicas se marcan en una y otra naturaleza... porque de seguro habrá
diferencia grande en la complexión, en la constitución anatómica y fisiológica
de las dos chiquillas. No sé si me explico.
EL MÉDICO.-
Perfectamente. Pero hasta hoy no he tenido ocasión de determinar entre una y
otra notorias diferencias.
EL CURA.- En fin,
ya tendrán ustedes ocasión de hablar largo y tendido. (Suena un cohete.)
EL CONDE.- (Estremeciéndose.) Ya está aquí.
EL MÉDICO.- (Con mucha prisa.) Ya llega...
EL CONDE.- Anda,
hijo, anda.
EL MÉDICO.- Con su
permiso... No necesito decirle... Humildísimo, incondicional servidor... (Suenan más cohetes.)
EL CONDE.- (Al CURA.) ¿Y tú, no vas, Carmelo?
EL CURA.-
Indefectiblemente tengo que asomar las narices por allí. No diga la Condesa que
soy descortés...
EL CONDE.- No eche
de menos la población figura tan culminante en esta clase de ceremonias.
EL CURA.- Sí, sí...
Me voy. Cuidado, señor Conde. A la una y media en punto.
EL CONDE.- No
faltaré. De las pocas cosas que me quedan, una es el respeto, la religión de la
puntualidad. (Óyese música lejana.)
EL MÉDICO.- Hasta
luego.
EL CONDE.-
Divertirse... (Vanse el CURA y el MÉDICO.)
EL CONDE.- (Solo, meditabundo.) ¿Me ayudarán éstos en mis investigaciones?... ¿Se penetrarán del
espíritu de rectitud, del sentimiento de justicia con que procedo?... (Con desaliento.) Lo dudo... Viven en ambiente formado por las conveniencias, el
egoísmo y la hipocresía, y cuando se les habla de la suprema ley del honor,
ponen cara de asombro estúpido, como si oyeran referir cuentos de brujas. Si no
me auxilian, trabajaré yo solo. El viejo Albrit se basta y se sobra. (Suenan más cerca la música y el rumor popular.) ¡Ah! Ya llega, ya entra en Jerusa
Lucrecia Richmond... ¡Ya estás aquí, bestia engalanada, estatua viva,
deshonesta! ¡Cuánto deseaba yo esta ocasión!... ¡Tú y yo solos, frente a
frente! (Se asoma a una ventana.) No sé quién es peor: si tú que paseas
impune por el mundo tu desvergüenza, o un pueblo servil y degradado que te
festeja y te adula. (Óyense campanas.) Repican por ti... y luego tocarán a
la oración. (Furioso, gritando en la ventana, hacia afuera.) ¡Pueblo imbécil, esa que a ti llega es un monstruo de liviandad,
una infame falsaria! No la vitorees, no la agasajes. Apedréala, escúpela.
FIN DE LA JORNADA PRIMERA
Jornada
II
Escena
I
Sala baja en la casa del SEÑOR ALCALDE DE JERUSA, D. JOSÉ
MARÍA MONEDERO, decorada con lujo barato,
en toda la plenitud de la cursilería con
dinero. Cubren las paredes paisajes
al óleo, de los que en parejas, con marco y todo, se venden al aire libre en las calles céntricas de Madrid, obra de artistas desdichados. Hacen
juego con estos mamarrachos, cromos
de cacerías o de revistas navales, figuras
de bazar, fruslerías bordadas, mil laborcillas fáciles de mujer, de esas cuya explicación y dibujo traen en
su sección de recreos útiles los periódicos de modas. Flores de trapo, en tiestos
de cartón, exhalan en los ángulos su
fragancia de cola y tintes descompuestos. Piano desafinado, musiquero,
retratos prendidos en esterillas
japonesas, redoma con peces.
NELL y DOLLY; LUCRECIA, CONDESA VIUDA DE LAÍN. Es
mujer hermosa, de treinta y cuatro
años, del tipo que comúnmente
llamamos interesante, mezcla feliz de belleza, dulzura y melancolía; castaño el cabello, el rostro alabastrino, de un perfil elegante, precioso modelo de raza anglo-sajona, recriada en América. Sus ojos son grandes, obscuros, con ráfagas de oro, y el
mirar sereno y triste, como de tigre
enjaulado que dormita sin acordarse de que es fiera. En su talle esbelto se inicia la gordura, fácil de [82] corregir
todavía con la ortopedia escultórica del corsé. Viste con elegancia traje de luto. En su habla, apenas se
percibe el acento extranjero.
LUCRECIA.- (Abrazando y besando a las niñas.) Hijas mías, no me harto de besaros.
¿Teníais ganitas de verme?
NELL.- Figúrate...
DOLLY.- Hemos
venido a la carrera... ¡Cuánta gente! Creí que no podíamos entrar, y que nos
atropellaban los coches.
LUCRECIA.- ¡Qué
fastidio! Vengo a Jerusa sólo por ver a mis niñas, y me encuentro con este
horrible entorpecimiento del entusiasmo público.
NELL.- Mamá, la
gratitud del pueblo...
LUCRECIA.- Creed
que he pasado un sofoco y una vergüenza...
DOLLY.- Te quieren.
LUCRECIA.-
Demostraciones tan molestas como ridículas. ¿Y a mí, por qué me aclaman?... En
fin, ya hemos pasado el mal rato de la entrada triunfal... (Mirándolas cariñosamente.)
Estáis muy bien... las caras tostaditas. Eso quiero: que se os ponga la tez
como de manzanas pardas, señal de salud y de buena sangre...
NELL.- Mamá, tú sí
que estás guapísima.
LUCRECIA.- (Besándolas otra vez.) Vosotras, mis ángeles salvajitos, sí
que sois bellas y buenas, y... (La
interrumpe la ALCALDESA entrando de
improviso.)
Escena
II
Dichas; la
ALCALDESA, señora enjuta y menudita,
que no tiene en aquel momento más
preocupación que aparecer fina, y
este singular estado de su espíritu, con
la tirantez consiguiente, se revela
en todos sus actos, en sus palabras
melosas, y hasta en los mohines
estudiados de su boca y nariz. Viste
bata azul, elegante, que le han enviado de Madrid. Poco después de ella entra el ALCALDE, señorón macizo, sanote y jovial que, al
contrario de su mujer, pone todo su
esmero en parecer muy bruto, dejando
al descubierto, desnudo de toda gala
retórica, su natural llano y la
tosca armazón de su ser moral. Entiende
que los hombres deben ser claros,
cada cual mostrándose como Dios le ha
hecho. De origen humildísimo, empezó a sacar el pie del lodo con la
carretería; trabajó honradamente
después en distintas industrias, hasta
que halló su suerte en la fabricación de pastas para sopa. Su laboriosidad le hizo rico, y la herencia de un tío de América le
ascendió a millonario. Viste levita,
y su chistera, que usa con frecuencia por razón de su cargo, [84] es sin disputa la mejor del pueblo. Su esposa cuida de renovar esta prenda con
la precisa oportunidad para que no sea ridícula.
LA ALCALDESA.- (Finísima.) Dispense usted, Condesa. Mi esposo y yo hemos tenido que
convencer a los notables del pueblo de que usted, por razón de su luto y del
cansancio del viaje, no puede recibir a nadie...
NELL.- (Asomándose a la ventana.) Mamá, mamá, si está la plaza llena de
gente.
DOLLY.- Quieren que
te asomes para darte vivas.
LUCRECIA.- Por
Dios, Vicenta, líbreme usted de este compromiso... ¡Vivas a mí! Yo no salgo; no
sirvo para eso... Por Dios, que se vayan, que me dejen. Y lo agradezco en el
alma...
LA ALCALDESA.- Las
ovaciones populares, por más que sean merecidas, molestan y fastidian... Jerusa
no puede mostrarse ingrata, ni olvidar los beneficios que usted le prodigó...
LUCRECIA.- (Aterrada del rumor popular.) ¿Qué beneficios ni qué niño muerto?
Yo no he hecho nada, absolutamente nada. ¿Pero están locos aquí? Créalo usted,
Vicenta, me da miedo la voz pública.
NELL.- Mamá, que te
asomes... Quieren despedirse de ti.
DOLLY.- Hay pueblo
y señores... y hasta curas... Mamita, ¿qué te importa que te vitoreen? Mira que
si no sales, nos darán los vivas a nosotras.
LUCRECIA.- Que no
salgo, vamos. Vicenta, por Dios, que su marido de usted me haga el favor de
echarles una arenga, diciéndoles... que estoy enferma, y que les agradezco
infinito sus manifestaciones... que no las merezco... En fin, él sabrá.
EL ALCALDE.- (Limpiándose el sudor de la frente, la levita desabrochada, el chaleco abotonado a medias.) Ya, ya se van... ¿Pero qué le costaba
a usted, Condesa, asomarse un poquito? Con una inclinación de cabeza cumplía
usted. Pero, en fin, respeto su repugnancia de la apoteosis. Lo mismo me pasa a
mí. Siempre que me ovacionan me echo a llorar, y se me descompone el vientre.
LUCRECIA.- ¿Pero
qué he hecho yo, señor D. José de mi alma, para estos obsequios, este
entusiasmo?
LA ALCALDESA.-
Hija, la carretera de Forbes, la estación telegráfica... la condonación...
LUCRECIA.- Me bastó
pedírselo al Ministro...
EL ALCALDE.- Más
que todo eso vale el Instituto de segunda enseñanza, que nos disputaban los de
Durante. Nada agradecen tanto los pueblos, señora mía, como el que les den algo
que se le quita al vecino. Cuestión de amor propio: la entidad pueblo es lo mismo
que la entidad persona. Fastidiar al vecino, y caiga el que caiga. Jerusa verá
siempre en la ilustre Condesa de Laín una individualidad digna de todos
nuestros respetos. Y yo, que llevo el corazón en la mano, que digo siempre la
verdad llana y monda... soy así, muy bruto, muy francote... le aseguro a usted
que la queremos aquí... como sabe querer Jerusa; y si lográramos que nos
concedieran la Escuela de Comercio que pretenden los de Durante, no le quiero
decir a usted... La apoteosis que le
haríamos retumbaría en la China.
LUCRECIA.- (Sonriente.) Yo sí que no vuelvo de mi apoteosis.
DOLLY.- (Desde la ventana.) Ya, ya se retiran.
NELL.- Parece que
van descontentos ¡Y cómo nos miran!
LA ALCALDESA.- No
extrañe usted, Condesa, las vehemencias de mi Marido. Desde que es edil (marcando bien la palabra),
no vive. La fiebre de la cosa pública altera su genio pacífico. Verdad que no
hay otro que mejor cumpla, ni que sepa consagrarse tan de lleno a los deberes
de un cargo espinoso.
LUCRECIA.- (Por decir algo.) Estos son los hombres, estos son los grandes ciudadanos...
UNA CRIADA.- (Entrando con una bandeja de huevos moles.) Esto mandan a la señora Condesa las
monjas Dominicas.
NELL.- (Corriendo a verlo.) ¡Huevos moles! ¡Qué ricos!
DOLLY.- ¡Vaya un
regalo, mamá!
EL ALCALDE.- Para
que diga usted que no se portan bien las monjitas de mi tierra.
LUCRECIA.-
¡Pobrecillas! Tendré que visitarlas.
LA ALCALDESA.-
Iremos. Son finísimas.
OTRA CRIADA.- (Entrando con un descomunal ramo de flores.) De parte de los capataces de la
Granja modelo...
LUCRECIA.- También
tendré que hacerles una visita.
EL ALCALDE.-
Iremos; sí, señora. Verá usted los carneros moruecos, que han traído ahora para
padres.
LA ALCALDESA.- (Que ha salido un momento, vuelve trayendo una labor de tapicería y
mostacilla.) Mire usted,
Lucrecia, lo que manda la maestra del colegio de niñas.
NELL.- ¡Ay, qué
precioso!
DOLLY.- Mira, mamá.
¿Es un gorro?
LUCRECIA.- No,
hija: es un cosy para cubrir las
teteras...
LA ALCALDESA.- (Pesarosa de no haber acertado antes el uso
de aquel chisme.) Es un
adminículo extranjero. Aquí no lo usamos.
EL ALCALDE.- Tiene
usted que visitar el colegio.
LA ALCALDESA.-
¡Pobre Condesa! Ya le cayó que hacer.
EL ALCALDE.- Y
podrá decir que en ninguna parte del mundo ha visto usted labores tan
primorosas como las que hacen las alumnas del colegio de Doña Severiana.
LA ALCALDESA.-
Bordan a maravilla... Ya lo ve usted... Y allí tiene usted a las chicuelas todo
el santo día sobre los bastidores...
EL ALCALDE.- (Mirando su reloj, descomunal pieza de oro.)
Y a todas éstas, Vicenta, son las tantas y no comemos. Mi señora Doña Lucrecia
tiene apetito... las niñas están desfallecidas. ¿Verdad, Nelita y Dolita, que
deseáis sentaros a la mesa?... y yo... ¿por qué no he de decirlo?, estoy
ladrando de hambre... Con que...
LUCRECIA.- Me
arreglaré un momento.
LA ALCALDESA.-
Subamos a mi tocador. Mientras usted se arregla, dispondré que nos sirvan la
comida.
EL ALCALDE.- Y yo,
si la señora Condesa me lo permite, voy a librarla de otra lata horrorosa.
LUCRECIA.- ¿Qué?
EL ALCALDE.- El
orfeón del pueblo quiere venir a cantar durante la comida.
LUCRECIA.- ¡No, por
Dios!
EL ALCALDE.- Ahí
está el director. Voy a quitárselo de la cabeza...
LUCRECIA.- Sí, sí;
que lo agradezco, que siento mucho...
LA ALCALDESA.- Que
está muy fatigadita. Crea usted que no perdemos nada. Desafinan como perros.
EL ALCALDE.- Y que,
motivado al luto, no está usted para músicas... Ya, ya sabré despacharles... Y
sobre todo, que lo mando yo, ea... (Vase
presuroso.)
Escena
III
Tocador de la ALCALDESA.
LUCRECIA, DOLLY y NELL; una criada extranjera que ayuda a vestir a
su ama y no habla; después la
ALCALDESA.
LUCRECIA.- ¡Qué
descanso! Solas un momento. Prefiero una enfermedad a los entusiasmos de
Jerusa.
NELL.- Mamá, es que
te quieren.
LUCRECIA.- Sí, sí:
cariños que reclaman la fuga inmediata, como quien escapa de una epidemia. Es
violentísimo tener que mostrar gratitud ante estas mojigangas.
DOLLY.- Mamá, ten
paciencia.
LUCRECIA.- (Bajando la voz.) Lo mismo que soportar las amabilidades de estos pobres cursis...
Son muy buenos, lo reconozco... y les aprecio verdaderamente. Pero en Jerusa no
quiero ver a nadie más que a vosotras.
NELL.- Mamá,
¿cuándo nos llevas contigo?
LUCRECIA.- (Meditabunda.) No sé... Tal vez muy pronto. Depende de circunstancias
eventuales...
DOLLY.- (Vivamente.) Mamá, ¿no sabes? Ha llegado el abuelito.
LUCRECIA.- (Disimulando su disgusto, que sólo se trasluce en rápidos destellos
de sus pupilas rasgueadas de oro.)
Ya, ya lo sé... Llegó esta mañana. ¿Y qué? Tan gruñón y desabrido como siempre.
NELL.- A nosotras
nos quiere mucho.
DOLLY.- Irás a
verle...
LUCRECIA.- Sin
duda. Ya sé que hoy come con D. Carmelo... ¿Y con vosotras ha estado muy
expansivo? ¿Qué hacíais cuando llegó?
NELL.- Le
encontramos en el bosque. Primero tuvimos mucho miedo, porque no le conocíamos.
LUCRECIA.- Y
después de conocerle, más.
NELL.- No, no: el
pobrecito no acababa de hacernos cariños. Nos da mucha lástima de verle tan
agobiado, viejecito, casi ciego.
LUCRECIA.- Y en el
camino del bosque a la Pardina, ¿no habló con nadie? ¿No le salió al encuentro
alguna persona conocida?
DOLLY.- Sí, mamá:
SENÉN.
LUCRECIA.- (Disgustada.) Ya me han dicho que está aquí ese tábano. El tal marea... y pica.
Os recomiendo el menor trato posible con él.
LA ALCALDESA.- (Entrando.) Cuando usted quiera.
LUCRECIA.- Ya
estoy.
LA ALCALDESA.- (Llevándola a la ventana, y mostrándole al Alcalde, que en la calle habla con un joven.) Vea usted, Lucrecia, los apuros que
pasa mi esposo por defenderla a usted de impertinencias. Ese con quien habla es
Pepito Cea, el periodista de Jerusa, que quiere colarse aquí para celebrar con
usted una interview.
LUCRECIA.- ¡Una interview!... ¿Pero está loco ese
hombre?
LA ALCALDESA.- Mire
usted... mire usted a José María, más colorado que un pavo... Parece que quiere
romperle el bastón en la cabeza... Ahora le coge de las solapas... Al fin
parece que le convence.
LUCRECIA.- ¿Pero
qué quiere preguntarme ese tipo, ni qué tengo yo que decirle?
LA ALCALDESA.- Pues
nada: a qué hora entró en el tren; si le gustó el paisaje; si le prueba bien
Jerusa; si quedó contenta de la ovación o le ha parecido poca, y, por fin, cuál
es su actitud en el asunto de la Cámara de Comercio, es decir, si apoyará a raja-tabla
en Madrid las pretensiones de esta villa.
LUCRECIA.- ¡Dios me
ampare!
LA ALCALDESA.- (Mirando.) Ya, ya le ha despachado. Allá va el pobre Cea con viento fresco.
Pondrá esta noche las paparruchas que le habrá encajado José María... Que usted
adora al pueblo; que ha venido muy cansada y con dolores de reuma, y que se
desvivirá por conseguirnos lo de la Cámara de Comercio, apabullando a los de
Durante... Ya entra mi marido. Bajemos al comedor.
LUCRECIA.- (Salen las dos señoras, enlazadas del brazo; las niñas delante.) Es delicioso. Pero no me hace ninguna gracia que ponga ese
majadero la noticia falsa de mi reumatismo. Es una enfermedad que me desagrada
más que otras, porque, no siendo grave, hace engordar.
LA ALCALDESA.- (Bajando la escalera.) Es muchacho fino, y dirá que está
usted nerviosa.
LUCRECIA.- ¡Menos
mal!
En la puerta del comedor encuentran al señor ALCALDE, que ofrece su brazo a la CONDESA. Sofocado, aunque de buen humor, da
cuenta del gracioso quite con que
logró evitar la formidable tabarra con que les amenazaba el audaz foliculario. Debe decirse, tributando a la verdad los honores debidos, que fue excelente y copiosa la comida, feliz combinación del estilo de
fonda y del arte casero en casa rica; el servicio atropellado y lento, pues las pobrecitas criadas
no acertaban a desenvolverse en aquel mete-y-saca y quita-y-pon de platos, fuentes y salseras. Sentáronse a la mesa, a más de la CONDESA y sus hijas y los dueños de la casa, los dos niños de éstos,
escolares escogidos que se hallaban en plena edad del pavo, y eran de
lo más desaborido que en tan lastimosa edad comúnmente se ve. De personas extrañas sólo había una, la que toda Jerusa conocía por
CONSUELITO, de apodo la Solitaria, prima del ALCALDE, viuda
rica sin hijos, que en investigar
vidas ajenas se pasaba mansamente la suya, y era, por tanto, un viviente archivo de historias, enredos y chismes. Amenizó el señor ALCALDE la
comida con un jaquecoso disertar sobre las mejoras pasadas, presentes y venideras de Jerusa, y a nadie dejaba meter baza. Pugnaba su esposa por intercalar
observaciones finas en medio de la gárrula oratoria del buen Monedero; pero rara vez vio coronado por el éxito su
laudable propósito. Cuando servían
el café (que, entre paréntesis, llegó a la mesa mal hecho, recalentado y frío), entraron a saludar a la CONDESA el señor CURA, que ya la había visto, y
SENÉN, que aún no había tenido el honor
de besarle la mano.
Escena
IV
Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un afectado y
ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande; trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos plantaciones ornamentales de
variada coloración.
LUCRECIA, NELL y DOLLY, el ALCALDE, la
ALCALDESA, sus dos hijos, que no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, el CURA y SENÉN.
Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras.
EL CURA.- (Sentándose con la CONDESA y la ALCALDESA en un banco rústico, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los civilizados.) Ya
comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde sólo por el gusto de
verla, que siempre es grande, sino...
LUCRECIA.- Ya,
ya... Ha comido usted con él... y me
trae algún mensaje; recadito por lo menos.
EL CURA.-
Dispénseme si le digo que se equivoca. El señor Conde no me ha dado ninguna
comisión ni recado para la Condesa de Laín.
LUCRECIA.-
Entonces...
EL CURA.- Lo que yo
diga será por cuenta mía, por inspiración propia y consejo de amigo.
LUCRECIA.- (A la ALCALDESA, que se aparta discretamente.) No, no se retire usted, Vicenta. No
hablamos nada reservado. Puede usted oírlo. Siga, Don Carmelo. Mi ilustre papá
político, como si lo viera, habrá dicho de mí... qué sé yo... horrores
espeluznantes.
EL CURA.- No,
señora. Ni una sola vez la ha nombrado a usted durante la comida.
LUCRECIA.-
Permítame el Sr. D. Carmelo que no le crea, con todo el respeto debido. Es
usted un santo, que en este instante no dice la verdad... por exceso de virtud.
Se dan casos.
EL CURA.- Habló
mucho de su hijo muerto, dignísimo esposo de usted; ponderó sus virtudes, su
mérito no común, lloró...
LUCRECIA.- (Que palidece, e intenta desviar la conversación.) También hablaría de su desdichado viaje a América. Lo emprendió
atraído por la ilusión, por el espejismo de un caudal que allí dejó su abuelo
el Virrey, y después de mil fatigas y trabajos, sufriendo desaires y
persecuciones, ha vuelto descorazonado y sin una peseta. Al diantre se le
ocurre plantarse en el Perú a reclamar las famosas minas de Holgayos, olvidadas
durante un siglo.
EL CURA.- También
nos habló de eso... y de otras cosas. Demuestra un cariño ardiente a sus
nietas. Oyéndole hablar de ellas hemos observado Angulo y yo cierta exaltación
del afecto paternal, y una tenacidad monomaniaca en el propósito de estudiar y
desentrañar los caracteres de una y otra... Por la incoherencia con que se
expresa, no hemos podido apoderarnos de su pensamiento, si es que alguno tiene.
Angulo cree más bien que en aquella cabeza hay un desconcierto lastimoso, ideas
de grandeza, ideas de venganza, el orgullo y la miseria, que rabian de verse
juntos.
LUCRECIA.- No será
extraño que las desdichas, amargando su alma, toda soberbia y altanería, lleven
al buen D. Rodrigo a la locura...
EL CURA.- No diré
yo tanto. Sólo apunto la idea de que el señor Conde, por su ancianidad, por su
pobreza, por el estado de amargura e irritación de su espíritu, merece y
reclama exquisitos cuidados, y de esto precisamente quería que hablásemos usted
y yo.
LUCRECIA.- Por mí
no ha de quedar. Pienso decir a Venancio que si el Conde permanece en la
Pardina tenga con él toda clase de miramientos, le cuide, le agazaje, atienda
con delicadeza a sus necesidades. Pero yo dudo que acepte estos beneficios
dispuestos por mí. Usted le conoce...
EL CURA.- Sí, y sé
que es atrabiliario, descontentadizo, y que la exaltación de la dignidad le
impulsará a rechazar el bien que usted le ofrezca.
LUCRECIA.- (Cruzándose de brazos.) Entonces, ¿qué debo hacer? Vicenta,
dé usted su opinión.
LA ALCALDESA.- (Con finura.) Yo... ¿Qué quiere usted que le diga? Paréceme que no será difícil
encontrar un medio de darle amparo decoroso, digno de su alcurnia, sin que la
vidriosa dignidad de D. Rodrigo se sintiera ofendida.
EL CURA.- (Aprobando enfáticamente.) Mucho, mucho... Vicenta, con su
talento admirable, nos indica el mejor camino. Pues bien: yo tengo una idea,
que quiero someter al buen criterio de usted...
EL ALCALDE.- (Presuroso, hacia la CONDESA.) Lucrecia, ahí tiene usted una visita. El Prior y
dos Padres Jerónimos del convento de Zaratán vienen a ofrecer sus respetos.
LUCRECIA.- ¡Ah!...
Zaratán... Ya me acuerdo. Di una cantidad para la restauración... y Rafael
consiguió del Gobierno un dineral para que estos benditos pudieran instalarse.
LA ALCALDESA.-
¿Están en la sala? Vamos un momento. No tema usted que la fastidien. Son
finísimos.
EL CURA.- Vamos
allá... ¡Qué oportunidad, qué feliz coincidencia! (Entran en la casa LUCRECIA, el
CURA, el ALCALDE y su señora.)
ENÉN.- (En otro grupo, con NELL y DOLLY,
CONSUELITO y los niños del ALCALDE, que no hablan ni a tiros.) ¿Quieren ver la pajarera?
NELL.- Lo que
queremos ver es las sortijas que llevas tú en el dedo meñique.
DOLLY.- Son
preciosas. Ya podías regalárnoslas.
SENÉN.- Están a su
disposición.
DOLLY.- ¡Truhán! Ya
sabes que no las tomaríamos.
SENÉN.- ¿Por qué
no? Hagan la prueba.
NELL.- Te morirías
de rabia.
CONSUELITO.- Las
necesita para deslumbrar a las chicas del pueblo.
DOLLY.- ¿Cuántas
novias tienes? Dinos la verdad.
NELL.- Lo menos dos
docenas.
CONSUELITO.- Que yo
conozca, tres... A mí no me lo negarás, pillo, engañador. Te he visto de
telégrafos con Delfina, la del confitero; sé que te carteas con Amalia Ruiz, y
es de dominio público que le mandas versitos a ese retaco de Hilaria Sevillano,
y que ella te envía, con la mujer del peón caminero, peras de su huerta. Todo
se sabe, amiguito.
SENÉN.- Sí, y lo
primero que sabemos es que se deja usted tamañita a La Correspondencia. Todo lo averigua y todo lo trabuca. Para que se
entere, no han sido peras, sino abridores.
CONSUELITO.- Y
ahora te está preparando una calabaza de cabello de ángel. Es rica la niña,
aunque cargadita de espaldas; pero los padres, que son plateros y conocen el
oro falso, no te pasan... Tienes liga...
(No se oye lo que contesta SENÉN, porque NELL y DOLLY, viendo pasar a un
sujeto al través de la verja que da a la calle de Potestad, se abalanzan gozosas a llamarle.)
DOLLY.- ¡D. Pío,
Pío, Piito, venga, ven acá!... entra.
CONSUELITO.- (Dejando a SENÉN con la palabra en la boca.)
¿Es Coronado, vuestro maestro?
NELL.- (Gritando.) Maestro, maestrillo, entra. Mamá quiere verte.
DOLLY.- No seas
vergonzoso... ven.
SENÉN.- No entrará
ni a tiros. Es muy corto de genio. (Se
asoman los cuatro, y ven a un
anciano que se aleja calle adelante, y
risueño saluda con la mano.)
NELL.- ¡Pobrecillo!... ¡Le queremos más!...
(Los dos niños del Alcalde se dedican, con perseverancia digna de mejor causa,
a untarse las manos de tierra mojada.
La Solitaria,
viendo salir a los frailes, y a las señoras, que en la verja de la plaza les despiden, corre a guluzmear. Fórmanse
nuevos grupos: en un lado están el
CURA, la ALCALDESA y CONSUELITO; en otro, el ALCALDE, la CONDESA, SENÉN y las niñas.)
CONSUELITO.- (A la ALCALDESA.) ¿Se puede saber a qué
han venido los padricos de Zaratán?
LA ALCALDESA.-
Visita de parabién, y nada más. (Al
CURA.) La verdad, D. Carmelo, aquí que nadie nos oye: ¿D. Rodrigo le dijo o no
le dijo a usted los horrores que supone Lucrecia?
EL CURA.- (Escurriendo el bulto.) Psch... Exageraciones, monomanías... chocheces.
CONSUELITO.- A esta
buena señora no le vendría mal mirar un poquito por su reputación... Ella será
buena; pero no puede hacerlo creer a nadie.
LA ALCALDESA.-
Chitón, Consuelo. Lucrecia está en mi casa.
EL CURA.- De todas
las historias que por ahí corren, descontemos lo que añaden la malicia, la
envidia, el afán de los chistes, y...
CONSUELITO.- Quite
usted todo el jierro que quiera, y
siempre quedará lo que es público y notorio.
LA ALCALDESA.- ¿Y
quién te asegura que no sea invención?
CONSUELITO.- No
creo en las invenciones, ni siquiera en la de la pólvora... Esta Vicenta,
cuando se pone a no querer entender las cosas...
LA ALCALDESA.-
Indicábamos que podría ser invención...
CONSUELITO.- ¿He
inventado yo que esta buena señora no tenía ni pizca de amor a su marido... y
que le dejó morir como un perro en una fonda de Valencia?
LA ALCALDESA.-
¡Consuelo, por Dios...!
CONSUELITO.- Hija,
en Madrid lo oí... Los chicos de la calle no sabían otra cosa. Bueno: que es
mentira. ¿Queréis que diga y sostenga que miente todo el mundo? Pues lo digo: a
benevolencia nadie me gana. Pero también os aseguro una cosa: en mi fuero interno
creo que el Conde de Albrit tiene razón en odiar a su nuera, y lo pruebo, como
diría Senén.
EL CURA.- (Riendo.) Recomiéndele usted a su fuero interno que no sea tan malicioso.
CONSUELITO.- Pero
no puedo recomendar a mis ojos que no vean lo que ven; y han visto que la cara
de la Condesa se queda como el mármol cuando le nombran a su suegro.
EL CURA.- De mármol
blanco. Es que tiene una tez que ya la quisiera usted para los días de fiesta.
CONSUELITO.- Yo no
presumo.
EL CURA.- Podía...
LA ALCALDESA.- (Cortando la cuestión.) Basta. Mientras esta señora esté en
mi casa, yo no tolero...
CONSUELITO.-
Claro... pero conste que ella viene a honrarse a tu casa... no eres tú quien se honra con recibirla y agasajarla. ¡Pues no
le han dado hoy poquita ovación!... Y
dice que no le gustan los vivas... A poco más revienta de orgullo.
EL CURA.- Señora
Doña Consuelito, no abre usted la boca sin decir algo en ofensa del prójimo.
Haga caso de mí, que la quiero bien: ponga mesura en sus palabras, y enfrene un
poco su curiosidad de las vidas ajenas.
CONSUELITO.- ¿Qué
mal hay en saber lo que pasa, siendo verdad? La curiosidad es hija de Dios, y
de la curiosidad nace la historia que usted cultiva, y nace la ciencia que
descubre tantas cosas.
EL CURA.- La
curiosidad perdió a Eva.
CONSUELITO.- Hay
opiniones...
EL CURA.- (Riendo.) Es dogma.
CONSUELITO.-
Bueno... lo creo por ser dogma, que si no, no lo creía. Una cosa siento,
acordándome de lo del Paraíso... Sí, señor, siento no haberlo visto yo, para
que nadie me lo contara.
LA ALCALDESA.- (Viendo llegar a la CONDESA.)
Silencio... Aquí viene.
LUCRECIA.- ¡Pobre
Senén! Las chiquillas le traen loco.
(La inopinada presencia del periodista en la verja de
entrada exige una nueva intervención de la muleta del señor ALCALDE. Preséntase también el director del orfeón.
La ALCALDESA se ve precisada a poner coto a los juegos inocentes de sus hijuelos,
y acude al estanque, donde se lavan las manos, mojándose la ropita nueva. NELL y DOLLY llaman a CONSUELITO y al
CURA. SENÉN y la CONDESA se encuentran un rato solos.)
LUCRECIA.- (Sentada a la sombra de una magnolia
frondosísima.) Ya sé que has
visto a ese hombre, que le has hablado.
SENÉN.- (En pie, respetuoso.) Viene de
malas.
LUCRECIA.- (Disimulando su miedo.) ¿Y qué me importa? Forzoso es darle
algo para que viva... Me dejará en paz.
SENÉN.- Lo dudo...
Como soberbio que es, no querrá limosna; como quisquilloso y camorrista, querrá
escándalo.
LUCRECIA.- (Trémula.) ¡Escándalo!... ¿Qué?... ¿te ha dicho algo?
SENÉN.- (Haciéndose el misterioso.) A mí, no... En Madrid, un amigo mío que vivió en Valencia con el señor
Conde, me dijo que éste, desde la muerte de su hijo (Dios le tenga en su
gloria), no vive más que para un fin: revolver lo pasado, los desechos del
pasado...
LUCRECIA.- Como los
traperos en los motones de basura.
SENÉN.- Revolver
para sacar... lo que encuentre.
LUCRECIA.- (Muy inquieta.) Y a ti te haría mil preguntas... Sabe que fuiste mi criado... y
los criados siempre poseen algún secreto... digo mal, algún dato de las
intimidades de sus amos.
SENÉN.- (Enfáticamente.) En mí tuvo y tendrá siempre la señora Condesa un servidor leal...
LUCRECIA.- Lo sé...
Confío en ti.
SENÉN.- Y aunque no
me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento que me hacen esclavo de
la señora, seré fiel y seguro, porque tengo la honradez metida en las
entrañas...
LUCRECIA.- Lo sé...
(Apuradísima por librar su olfato del
insoportable perfume de heliotropo que SENÉN despide de su ropa, saca el
pañuelo, y se acaricia con él la
nariz, fingiendo constipación.)
SENÉN.- Sirvo a la
Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste mandarme, sea lo
que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde protegido, el pobre Senén,
no merece quedarse a mitad del camino en su carrera.
LUCRECIA.- (Con hastío y desdén.) ¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas
otro ascenso? Ahora es imposible.
SENÉN.- (Quejumbroso.) No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna
parte.
LUCRECIA.- ¿Pues
qué pretendes?... Dilo pronto y acaba de una vez. ¿Quieres el arzobispado de
Toledo o la cruz laureada de San Fernando?
SENÉN.- Aspiro a
una posición obscura y de mucho trabajo, con lo cual podré asegurar mi
subsistencia en lo que me quede de vida.
LUCRECIA.- (Impaciente, deseando que se vaya.)
Bueno: la tendrás. ¿Es cosa que puedo hacer yo?
SENÉN.-
Facilísimamente, no dejando pasar la ocasión. Es cosa muy sencilla. Que me
nombren agente ejecutivo de la cobranza de Derechos Reales.
LUCRECIA.- ¿Y eso
da dinero?
SENÉN.- ¡Que si
da!...
LUCRECIA.- ¿De modo
que pidiéndolo al Ministro...?
SENÉN.- Como
tenerlo en la mano.
LUCRECIA.- (Levantándose, por huir del perfume y del perfumado.) Si es así, cuenta con ello.
SENÉN.- Permítame
la señora un momentito...
LUCRECIA.-
¡Insufrible pedigüeño! ¿Todavía más?
SENÉN.- Se me
olvidó decir a la señora que para desempeñar ese cargo necesito fianza.
LUCRECIA.- (Muy displicente.) ¿También eso?
SENÉN.- Una fuerte
fianza.
LUCRECIA.- (Sofocando su ira.) Yo no puedo ponértela...
SENÉN.- (Dando un paso hacia ella.) Pero el señor Marqués de Pescara me
la facilitará sólo con que la señora se lo diga... o se lo mande.
LUCRECIA.- ¡Oh!... Esto ya es absurdo... Pides cosas
difíciles, enfadosas.
SENÉN.- (Dando un paso en seguimiento de la
CONDESA, que se aleja.) Si la señora no quiere molestarse
para que yo salga de pobre, no he dicho nada... Se me olvidaba manifestarle que
el dinero estará seguro, y el señor Marqués cobrará intereses de la Caja de
Depósitos.
LUCRECIA.- (Deseando concluir.) Está bien... Pero es dudoso que yo pueda ver a Ricardo...
SENÉN.- (Con seguridad.) Le verá mañana o pasado.
LUCRECIA.- (Con súbito interés, aproximándose a él, sin temor a la fragancia hetiotrópica.) ¿Dónde?... ¿Qué dices?... ¿Dónde?
SENÉN.- En Verola,
a donde la señora va desde aquí.
LUCRECIA.- ¿Y cómo
lo sabes?
SENÉN.- Cuando lo
digo, es porque lo sé... y lo pruebo.
LUCRECIA.- ¡Él
también en Verola!... ¡Ah!, lo sabes por su ayuda de cámara, que es tu primo.
¿Estás seguro?
SENÉN.- Prométame
la señora que si encuentra allí al señor Marqués le pedirá la fianza. Con eso
me basta.
LUCRECIA.- (Rehaciéndose, avergonzada de sostener coloquio familiar con un inferior.) Yo veré... Ignoro en qué disposición
encontraré a Ricardo.
SENÉN.- (Muy animado.) Prométame hablarle de mi fianza si le encuentra en buena
disposición. Me conformo.
LUCRECIA.- Te
prometo no olvidar el asunto, mirarlo con interés... siempre que tú me asegures
una lealtad a toda prueba...
SENÉN.- (Con aspavientos de adhesión.) ¡Señora!...
LUCRECIA.- (Tapándose la nariz.) Retírate...
SENÉN.- ¿Qué...
está la señora constipada?
LUCRECIA.- (Burlona.) No, hombre... Es que usas unos perfumes tan fuertes, que no se
puede estar a tu lado... Vete ya.
SENÉN.- (Turbado.) Pues yo creía... No
molesto más... (Saludando a distancia.) Señora...
LUCRECIA.- (Agitando con su pañuelo el aire, para alejar los miasmas olorosos.) ¡Qué desgraciada soy, Dios mío!
¡Tener que soportar a ese animalejo, y oírle, y olerle... sólo porque le
temo!...
LA ALCALDESA.- (Que vuelve a meter en cintura a sus niños.) ¿Qué hace usted, Lucrecia?
LUCRECIA.- Limpiar
la atmósfera de los perfumes que usa este imbécil.
LA ALCALDESA.- (Riendo.) Sí, sí: tiene infestada... toda la población.
(Entra en el jardín Capitán, el perrito de
la Pardina, y corre hacia las niñas,
brincando de alegría, y meneando el plumacho que tiene por cola.)
DOLLY.- (Bajándose para cogerle de las patas
delanteras.) Hola, pillo,
¿vienes a ver a tus niñas?
NELL.- ¿Qué trae
por aquí el chiquitín de la casa? Tú no has venido solo, Capitán.
DOLLY.- ¿Con quién
has venido?
EL ALCALDE.- (A LUCRECIA.) Ahí tiene usted a
Venancio, con un recado del León de
Albrit... Cuidado que no le llamo flaco ni gordo, ni hablo de sus pulgas.
LUCRECIA.- (Demudada.) Voy... ¿Qué será? (Entra
en la casa, acompañada de la ALCALDESA.)
EL ALCALDE.- (A CONSUELITO, que ávida de noticias se le aproxima.) Esta tarde no podremos librarnos del orfeón. Ya le he dicho a
Fandiño que con un par de cantatas nos daremos por bien servidos.
CONSUELITO.- Y
echarán, aplicándolo a tu amiga, el coro dedicado a Isabel la Católica, que
dice: «Salve, matrona excelsa...» (Cantando.)
EL ALCALDE.- El
tábano de Cea debiera celebrar su interbú
contigo. Pero como estás sorda, le encargaré que se traiga una trompetilla.
CONSUELITO.- (Amenazándole con su abanico.) ¡Sorda yo!
EL ALCALDE.- Quiero
decir que debieras serlo... y muda.
CONSUELITO.- Eso
quisieras tú, para hacer mangas y capirotes en el Ayuntamiento.
LUCRECIA.- (Que vuelve de la casa, con la ALCALDESA y el CURA.) Mi noble suegro me pide hora y sitio para nuestra
entrevista. He dicho a Venancio que le contestaré esta tarde.
EL CURA.- Me parece
bien que no se demore el careo. Sea usted humilde si él es orgulloso. Tiene
usted la juventud, la fuerza, no sé si la razón... Él es anciano, infeliz...
Merece indulgencia.
LUCRECIA.- (Mirando más al suelo que a los que la
rodean.) No sé qué pretenderá...
Lo sabremos mañana.
EL ALCALDE.-
Citémosle aquí. Verá usted cómo conmigo no se desmanda. ¡Leoncitos a mí!
LUCRECIA.- (Vacilando.) No sé... no sé...
CONSUELITO.- Si
quiere usted celebrar la entrevista en mi casa, pongo a su disposición una sala
hermosísima... Con franqueza. Estarán ustedes solitos... Se cierran bien las
puertas...
LUCRECIA.- No,
gracias... Iré a la Pardina.
EL CURA.- Fije
usted la hora, y yo le llevaré el recado.
LUCRECIA.- Mañana,
a las diez.
LA ALCALDESA.- (Desconsolada.) ¡Mañana que pensaba yo llevármela a visitar a las monjitas!
EL ALCALDE.- Y el
colegio, y la fábrica, y el matadero, y los casinos de la masa obrera, y el hospital, y el instituto, y las escuelas...
Condesa, que espere el león un día más.
LUCRECIA.- No puede
ser, mi querido D. José María, porque me voy mañana.
LA ALCALDESA.- (Con asombro y cierta indignación, de que participa su esposo.) ¿Cómo es eso? ¡Lucrecia, por Dios...!
EL ALCALDE.- (Dando resoplidos.) ¡Trómpolis! Eso no es lo tratado.
LA ALCALDESA.- No,
hija mía; no lo consentimos. Dijo usted que cuatro días.
EL ALCALDE.- Me
opongo. Saco la vara.
EL CURA.- Y yo saco
el Cristo.
CONSUELITO.-
¡Ingrata! ¡Dejarnos tan pronto!
LUCRECIA.- (Remilgada, suspirando.) Lo siento
en el alma...
EL CURA.- ¿Pero tan
mal la tratamos?
CONSUELITO.- (Poniendo morros.) Sin duda la tratan mejor en Verola, en el castillo de sus amigos
los Donesteve.
LUCRECIA.-
Compromiso ineludible. Me esperan mañana. Pero no hay que apurarse... volveré.
EL ALCALDE.- (Con grosería.) ¿De veras? ¡Cómo nos está tomando el pelo!
LA ALCALDESA.- No,
no nos engaña. Volverá.
LUCRECIA.- Como que
es muy probable que allí determine llevarme a las chiquillas... Francamente, me
inquieta un poco dejarlas en Jerusa.
EL CURA.- (Frunciendo el ceño.) Tal vez...
NELL.- (Corriendo hacia su madre.) ¡Mamá, el orfeón!
DOLLY.- ¡El orfeón!
Ahí están.
NELL.- (Batiendo palmas.) ¡Qué gusto!
DOLLY.- ¡Qué
alegría!
CONSUELITO.- (Cantando bajito.) «Salve, matrona excelsa...»
Escena
V
Sala baja en la Pardina.
LUCRECIA, sentada, melancólica, mirando al suelo; el CONDE,
que entra por el foro.
EL CONDE.- Señora
Condesa... (Se inclina respetuosamente.
Saluda ella con fría reverencia.) Agradezco a usted que haya tenido la
bondad de concederme esta entrevista, aunque para merecer yo favor tan grande
haya tenido que venir a Jerusa. (Toma
una silla, y se sienta cerca de ella.)
LUCRECIA.- Es
obligación sagrada para mí acceder a su ruego... aquí o en cualquier parte.
Obligación digo: durante algún tiempo me ha llamado usted su hija.
EL CONDE.- Pero ya
no... Esos tiempos pasaron... Fue usted, como si dijéramos, una hija
eventual... transitoria, una hija de paso...
LUCRECIA.- (Esforzándose en sonreír para engañar su
miedo.) Y a las hijas de paso...
cañazo.
EL CONDE.-
Extranjera por la nacionalidad, y más aún por los sentimientos, jamás se
identificó usted con mi familia, ni con el carácter español. Contra mi voluntad
mi adorado Rafael eligió por esposa a la hija de un irlandés establecido en los
Estados Unidos, el cual vino aquí a negocios de petróleo... (Suspirando.) ¡Funestísima ha sido para mí la América!... Pues bien: como todo
el mundo sabe, me opuse al matrimonio del Conde de Laín; luché con su
obstinación y ceguera... fui vencido. Me han dado la razón el tiempo y usted;
usted, sí, haciendo infeliz a mi hijo, y acelerando su muerte.
LUCRECIA.- (Airada, y todavía medrosa.)
Señor Conde... eso no es verdad.
EL CONDE.- (Fríamente autoritario.) Señora Condesa, es verdad lo que
digo. Mi pobre hijo ha muerto de tristeza, de dolor, de vergüenza.
LUCRECIA.- (Sacando fuerzas de flaqueza.) No puedo tolerar...
EL CONDE.- Calma,
calma. No se acalore usted tan pronto... cuando apenas he comenzado...
LUCRECIA.- Es
monstruoso que se me pida una entrevista para mortificarme, para ultrajarme. (Afligida.) Señor Conde, usted nunca me ha querido.
EL CONDE.- Nunca...
Ya ve usted si soy sincero. Mi penetración, mi conocimiento del mundo no me
engañaban. Desde que vi a Lucrecia Richmond la tuve por mala, y si en algo han
fallado mis augurios ha sido en que... en que salió usted peor de lo que yo pensaba
y temía.
LUCRECIA.- (Levantándose altanera.) Si esta conferencia, que yo no he
solicitado, es para insultarme, me retiro.
EL CONDE.- (Sin alterarse.) Como usted guste. Si prefiere que lo que tengo que decirle lo
diga a todo el mundo, retírese en buen hora. Por la cuenta que le tiene,
preferirá sin duda oírlo sola, por mucho que le desagraden mi voz y mis
acusaciones. ¿No es eso? El oprobio de que pienso hablarle quedará entre los
dos. Nos lo repartiremos por igual, sin dejar nada para los extraños. ¿No es
esto mejor que arrojarlo fuera, a puñados, sobre la multitud? (La CONDESA, que vacila entre salir y quedarse, da un paso hacia su asiento.)
¿Ve usted como no le conviene dejarme con la palabra en la boca?... Así es
mejor.
LUCRECIA.- (Angustiada, pasándose la mano por los ojos y la frente.) Sí, sí... Le suplico
la brevedad... Lo que se propone decirme, dígalo pronto, pronto...
EL CONDE.- Es un
poquito largo... (Le señala el asiento.) ¿A qué tanta prisa? ¡Cuánto mejor
está usted aquí conmigo, oyendo las terribles verdades que salen de mi boca,
que entre gentes aduladoras y embusteras, que públicamente la festejan, y en
privado la denigran! ¿Acaso es usted tan candorosa que se paga de esa estúpida
farsa de la ovación callejera, y los vivas y los cohetes? Todos los que se han
quedado roncos aclamando a la Condesa de Laín, se aclaran la voz contando
aventuras galantes, anécdotas maliciosas. Y también digo que, con ser usted
mala, no lo es tanto como creen y afirman los imbéciles que ayer la
victorearon.
LUCRECIA.- (Queriendo serenarse.) ¡Más vale así!... Siempre es un
consuelo ser mejor de lo que nos creen los amigos.
EL CONDE.- Siéntese
usted. Después de oír tantos embustes y lisonjas, no le viene mal oír la voz de
la justicia, de la verdad... y oírla con paciencia cristiana.
LUCRECIA.-
¡Paciencia! Ya ve usted que la tengo, aunque no sea tanta como su malicia. Pero
no hay que abusar, señor mío; no vea usted cobardía en lo que es respeto a la
ancianidad, a los lazos que nos unen y que usted no puede desconocer, a sus
terribles infortunios...
EL CONDE.- (Con gran abatimiento.) Sí, sí: soy muy desgraciado.
LUCRECIA.- (Envalentonándose al ver desmayar a su
enemigo.) Pero usted, Sr. D.
Rodrigo, no aprende nunca. Las desgracias, que son lecciones y avisos de la Providencia, doman al más soberbio, y
suavizan al más atrabiliario. Esta ley, sin duda, no reza con usted.
Francamente, yo creí que la pérdida total de su fortuna y el horrible desengaño
de América, amansarían su orgullo... Veo que no. El león, caduco y pobre,
vuelve a España más fiero.
EL CONDE.- ¿Qué
quiere usted?... Dios me ha hecho fiero, y fiero he de morir.
LUCRECIA.- (Intentando tomar una posición ofensiva.) Es usted, según creo, el hombre de
las equivocaciones, y bien puede decirse que todo aquello en que pone la mano
le sale mal. Le hacen creer que el Gobierno peruano está dispuesto a
reconocerle la propiedad de las minas de Hualgayos, y se embarca, la cabeza
llena de viento, discurriendo cómo traerá la enorme carga de millones que allá
le tenían muy guardaditos... Pero la realidad le deparó tan sólo desprecios,
cansancio inútil, humillaciones... Y no teniendo sobre quién descargar su
despecho, se resuelve contra una pobre mujer, y la injuria y la maldice.
EL CONDE.- Si al
regresar de aquella excursión que consumó mi ruina hubiera yo encontrado a mi
hijo vivo, su cariño me habría hecho olvidar mi triste situación. Pero la
muerte de Rafael, acaecida hace cuatro meses, avivó en mí la irascibilidad,
despecho si usted quiere, el sabor amargo que en mi alma dejaron las
desdichas... y avivó también el odio a la persona que creo responsable de la
infelicidad y de la muerte de aquel hombre tan bueno y leal.
LUCRECIA.- (Altanera.) ¡Responsable yo de su muerte! Eso es una infamia, señor Conde.
EL CONDE.- (Con gran entereza.) Mi hijo ha muerto... del abatimiento, del bochorno a que le
llevaron los escándalos de su esposa. Eso lo sabe todo el mundo.
LUCRECIA.- (Airada, levantándose.) Mire
usted lo que dice. Se hace usted eco de viles calumnias. Tengo enemigos.
EL CONDE.- Más que
los enemigos, difaman a Lucrecia Richmond... sus amigos.
LUCRECIA.- (Desconcertada.) Repito que es calumnia.
EL CONDE.- (Levantándose también.) Ahora lo veremos... (Con cierta dulzura.) Lucrecia... aún podría suceder que yo
me equivocara, que fuese usted mejor de lo que supongo... Este error mío lo
confirmaría usted, dándome con ello una dura lección, si tuviera el arranque de
confesarme la verdad...
LUCRECIA.- (Aturdida.) ¿La verdad?...
EL CONDE.- Sí...
sobre un punto delicadísimo sobre el cual le interrogaré.
LUCRECIA.- (Medrosa.) ¿Cuándo?
EL CONDE.- Ahora
mismo... sí, y contestándome sin pérdida de tiempo, me proporcionará el placer
inefable de perdonarla. Crea usted que al fin de mi vida, quebrantado, triste,
moribundo casi, el perdonar es gran consuelo para mí.
LUCRECIA.- (Con terror.) ¡Interrogarme! ¿Soy acaso criminal?
EL CONDE.- Sí.
LUCRECIA.- (Luchando con su conciencia, que anhela manifestarse.) Todos somos imperfectos... No me
tengo por impecable... ¿Pero a usted... quién le ha hecho confesor... y juez?
EL CONDE.- Me hago
yo mismo... Quiero y debo serlo, como jefe de la familia de Albrit, y guardador
de su decoro.
LUCRECIA.- (Con pánico, queriendo huir.) Esto es
insoportable... No puedo más...
EL CONDE.- (Deteniéndola por un brazo.) No, no. No puede usted negarse a
responderme... al menos para demostrarme que no tengo razón, si en efecto no la
tuviera y usted pudiese probarlo. Lo que voy a preguntar es grave, y el acto de
preguntarlo yo, de contestarme usted, ha de revestir cierta solemnidad. Ahora
no soy yo quien habla: es el marido de la que me escucha, es mi hijo, que
resucita en mí... (Pausa.) Siéntese usted. (La lleva al sillón.)
LUCRECIA.- (Cayendo desfallecida en el sillón.) Por piedad, señor... Me está usted
martirizando.
EL CONDE.-
Perdóneme usted... Es preciso... Hay que sufrir algo, Lucrecia. No todo ha de
ser gozar y divertirse. (Pausa. La Condesa, ansiosa, no se atreve a
mirarle.) Al llegar a Cádiz de
mi frustrado viaje, entregáronme una carta de Rafael, en la cual me manifestaba
su dolor, su amargura hondísima. La vida había perdido para él todo interés.
Hallábase enfermo, y en su desesperación no anhelaba curarse. Le consumía el
desaliento, la pérdida de toda ilusión, la vergüenza de ver ultrajado su
nombre...
LUCRECIA.- (Revolviéndose.) ¡Señor Conde, por Dios...!
EL CONDE.- Mi hijo
vivía separado de su esposa desde el año anterior.
LUCRECIA.- ¿Y quién
asegura que fue culpa mía?
EL CONDE.- Yo lo
aseguro: por culpa de usted.
LUCRECIA.- No es
cierto.
EL CONDE.- (Colérico.) No me desmienta usted. Calle ahora y escuche. (Recobrando el tono narrativo.) Rafael no me decía nada concreto.
Expresaba tan sólo el estado de su espíritu, sin exponer las causas...
LUCRECIA.- (Con viveza.) No decía nada concreto. Luego...
EL CONDE.- Pero, a
poco de recibir la carta, me dio cuenta detallada de las aventuras de la
Condesa de Laín un amigo mío queridísimo, persona de intachable veracidad, que
no sólo refería lo que era público y notorio, sino algo que por circunstancias
excepcionales tuvo ocasión de conocer y comprobar; hombre que no ha mentido
nunca, tan bueno y noble, que al hacerme la triste historia de aquellos
escándalos, casi, casi los atenuaba... No necesito nombrarle. Usted le conoce.
LUCRECIA.- (Aterrada, casi sin voz.) Yo... no.
EL CONDE.- Usted
sabe quién es. Y no se atreve, no se atreve a sostener que ha mentido, porque
su conciencia, Lucrecia, se sobrepone a su cinismo; y antes dudará usted de la
luz que de la veracidad de ese hombre, venerado de todo el mundo, gloria de la
magistratura...
LUCRECIA.- (Agarrándose a un clavo ardiendo.) El hombre más recto puede
equivocarse.... sobre todo si respira un ambiente malsano de hablillas y
embustes...
EL CONDE.- Sigo. Me
refirió todo, todo... es decir, todo no. Falta algo, tan secreto, que sólo
usted lo sabe... y usted me lo va a decir.
LUCRECIA.- (Con angustia de muerte.) ¡Qué suplicio, Dios mío!
EL CONDE.-
¡Suplicio! No se acuerda usted del de su esposo, fugitivo, solo, muriendo de
melancolía, sin que ningún cariño le consolara... porque yo estaba ausente, y
usted, que no le amaba, no hacía más que rebuscar pretextos para apartarse de
su lado... Claro que al recibir la carta y al oír los informes de mi amigo, me
faltó tiempo para correr al lado de Rafael. Tomé el tren, y sin parar en
ninguna parte, me fui a Valencia...
LUCRECIA.- ¡Ay de
mí!
EL CONDE.- (Con voz lúgubre.) Dos horas antes de llegar yo, mi adorado hijo había muerto.
Agravose su enfermedad en aquellos días. Él no hacía caso... Un tremendo acceso
de disnea, el espasmo... la muerte. Todo en unas cuantas horas... (Llora. Pausa.) Murió en el
cuarto de una fonda... vestido sobre la cama... mal asistido de gente
mercenaria... ¡Jesús... qué dolor...!
LUCRECIA.- (Muy conmovida, sollozando.) ¡Oh! Señor
Conde, aunque usted no lo crea, yo le amaba...
EL CONDE.- (Iracundo, limpiándose las lágrimas.)
¡Mentira! Si le amaba usted, ¿por qué no corrió a su lado al saber que estaba
enfermo?
LUCRECIA.- (Sin saber qué decir.) Porque... no sé... Complicaciones de
la vida que no puedo explicar en breves palabras. Yo...
EL CONDE.- Déjeme
concluir... Fácilmente comprenderá mi desesperación al encontrarle muerto. ¡No
escuchar de sus labios explicaciones que sólo él podría darme! Terrible cosa
era perderle; pero más terrible aún verle yerto, frío, mudo para siempre, como
le vi yo... y no poder consolarle, no poder decirle: «cuéntame tus
martirios, y tu padre te contará los
suyos.» (Cruza las manos, sollozando.) ¡Oh, pena inmensa, agonía lenta de mi vejez, más espantosa que
cuantos males en todo tiempo sufrí! Verle cadáver, hablarle sin obtener
respuesta, sin que a mis caricias respondiese con un gesto, con una mirada, con
una voz. ¡Y sabiendo yo el infinito dolor que amargó sus últimos días, ver que
todo se lo llevaba, todo, al abismo del silencio, la muerte, sin darme una parte,
un poco de dolor suyo, que era su alma!... (La
CONDESA, agitada y poseída de profunda
emoción, llora, apretándose el pañuelo contra los ojos.) ¡Horrible, pavoroso!... Usted no
tiene corazón y no sabe lo que es esto. (La
ve llorar. Pausa.) ¡Qué hermoso sería que en este
instante pudiéramos llorar usted y yo por aquel ser querido!... (La CONDESA da algunos pasos hacia él; están a punto de abrazarse... vacilan...
El CONDE la rechaza secamente.)
No... Tú, no...; usted, no.
LUCRECIA.- Sinceras
son mis lágrimas.
EL CONDE.-
Naturalmente... Viendo mi pena... No es usted de bronce, no es usted una
fiera... Pero no, no sostenga que amaba a su esposo; al hombre que se ama no se
le engaña solapadamente, pisoteando su honra, y arrojando al escándalo y a la
befa del público su nombre sin tacha. (La
CONDESA inclina la cabeza, y fija los ojos en el suelo, no dice nada.) Al fin calla usted. Ahora, ahora veo a la desdichada Lucrecia en
el único terreno en que debe ponerse, que es el de la resignación sumisa,
esperando un fallo de justicia. (Pausa.) ¿Declara usted que su conducta con mi
hijo, al menos en determinadas épocas de su vida, no fue buena?
LUCRECIA.- (Tímidamente.) Lo declaro... Pero algo debo decir en descargo mío...
EL CONDE.- Ya
escucho.
LUCRECIA.- Mis
desavenencias con Rafael son antiguas.
EL CONDE.- Lo sé...
Datan de los primeros años del matrimonio, porque usted, penoso es decirlo, no
hubo de esperar mucho tiempo para lanzarse por mal camino. ¿Lo niega usted?
LUCRECIA.- (Cohibida, abrumada, queriendo y no
queriendo decirlo.) Acusada con
tanta fiereza, no acierto a buscar razones, que algunas hay siempre en estos
casos, para disculparme.
EL CONDE.-
Búsquelas usted... pero antes, ¿reconoce sus faltas?
LUCRECIA.- (Con gran esfuerzo.) Las reconozco. Sería una hipocresía indigna de mí negarlas en
absoluto. Pero...
EL CONDE.- ¿Pero
qué...?
LUCRECIA.- Digo que
Rafael, llevándome desde el principio, contra mi gusto, a la esfera social más
favorable a la relajación del vínculo matrimonial, contribuyó a perderme. Me vi
rodeada de gente frívola, de aduladores, de personas sin conciencia...
EL CONDE.- ¡Sin
conciencia! Tuviérala usted, ¿y qué le importaban los demás?
LUCRECIA.- (Premiosa.) En aquel ambiente no supe o no pude combatir el mal. A mi lado no
tenía un censor severo de mi propia debilidad, un guardián vigilante...
EL CONDE.- Difícil
es guardar a la que guardarse no quiere.
LUCRECIA.- (Batiéndose desesperadamente.) ¡Oh, señor Conde: si hubiera usted
encontrado vivo a su hijo, si hubiera podido escuchar de sus labios la
confidencia o confesión que deseaba... estoy segura de ello, Rafael, que era
sincero y justo, habría tenido la generosidad, la rectitud de decirle: «no sólo
es ella culpable; yo también...!»
EL CONDE.- No lo
habría dicho, no.
LUCRECIA.- (Con firmeza.) Creo, como esta es luz, que Rafael, al juzgarme, no habría sido
extremadamente duro.
EL CONDE.- Fue, más
que duro, implacable.
LUCRECIA.- ¿En sus
últimos momentos?
EL CONDE.- En sus
últimos momentos: fíjese usted en lo que afirmo.
LUCRECIA.- (Con estupor.) Pero si acaba usted de decirme...
EL CONDE.- Que le
encontré muerto... sí.
LUCRECIA.-
Entonces... (Pausa. Ambos se miran.)
EL CONDE.- Los
muertos hablan.
LUCRECIA.- (Con terror.) ¡Y Rafael...! (Vacilante
entre la incredulidad y un miedo supersticioso.)
EL CONDE.-
Desesperado, loco, permanecí... no sé cuántas horas.... ante el cadáver de mi
pobre hijo, [133] sin darme cuenta de nada que no fuera él y el misterio
inmenso de la muerte. Pasado algún tiempo, empecé a fijar mi atención en lo que
me rodeaba, en sus ropas, en los objetos que le pertenecieron, en los muebles
que había usado, en la estancia... (Pausa.
La CONDESA le escucha con ansiosa expectación.) En la estancia había una mesa con varios libros y papeles, y
entre ellos una carta...
LUCRECIA.- (Temblando.) ¡Una carta...!
EL CONDE.- Sí.
Rafael estaba escribiéndola a las tres de la madrugada, cuando se sintió mal.
Vino bruscamente la muerte, le atacó con furia, ¡ay!... El infeliz llamó; acudieron... Se le prestaron los auxilios más
perentorios... Todo inútil... La
carta allí quedó medio escrita... Allí
estaba, ¡hablando... y viva!, hablando... ¡era él!... La leí sin cogerla, sin tocarla, inclinado sobre la mesa, como
me habría inclinado sobre su lecho si le hubiera encontrado vivo... La carta
dice...
LUCRECIA.- (Casi sin aliento, la boca seca.) ¿Era para
mí?
EL CONDE.- Sí.
LUCRECIA.- Démela
usted. (El CONDE deniega con la cabeza.) ¿Pues cómo he de enterarme...?
EL CONDE.- Basta
que yo repita su contenido. La sé de memoria.
LUCRECIA.- No
basta... Si me acusa, necesito leerla, reconocer su letra...
EL CONDE.- No es
preciso. Yo no miento. Bien lo sabe usted... Principia con un párrafo de
amargas quejas que pintan la discordia matrimonial, lo inconciliable de los
caracteres. Siguen estos gravísimos conceptos (repitiéndolos palabra por palabra): «Te anuncio que si no me
envías pronto a mi hija, la reclamaré. Quiero tenerla a mi lado. La otra... la
que, según declaración tuya en la desdichada carta que escribiste a Eraul, y
que pusieron en mi mano sus enemigos... no es hija mía... te la dejo, te la
entrego, te la arrojo a la cara... (Pausa
silenciosa.)
LUCRECIA.- (Con estupor, que casi es embrutecimiento.)
¿Eso decía... eso dice...?
EL CONDE.- Esto
dice... (Repitiendo con pausa.) «La otra... la que no es mi hija, te
la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara.» Y luego añade: «Ya sabes que
lo sé. No puedes negármelo... Tengo pruebas.»
LUCRECIA.- (Buscando una salida.) ¡Pruebas!... ¡Quiero ver la carta!
EL CONDE.- ¿Duda
usted de lo que digo...?
LUCRECIA.- No lo
dudo... no sé... Pero la carta puede ser falsa. La escribiría algún enemigo mío
para vilipendiarme.
EL CONDE.- (Con ademán de sacar la carta.) La escribió mi hijo.
LUCRECIA.- (Espantada.) No, no quiero verla... ¡Qué abominación!
EL CONDE.- Luego,
usted niega...
LUCRECIA.- (Maquinalmente.) ¡Lo niego!
EL CONDE.- Y yo
¡necio de mí!, esperaba encontrar en usted la suficiente grandeza de alma para
revelarme toda la verdad, sin ocultar nada, única manera de obtener el perdón.
Llevado de este noble anhelo, solicité la entrevista, y aspiraba y aspiro a que
la infeliz Lucrecia complete su revelación diciéndome...
LUCRECIA.- (En el colmo del terror.) ¿Qué... qué más...?
EL CONDE.- (Con austera frialdad.) Diciéndome... cuál de sus dos hijas
es la que usurpa mi nombre, la que simboliza y personifica mi deshonor.
LUCRECIA.- ¡Infame
idea!... No, no es verdad.
EL CONDE.- (Repitiendo las graves palabras.) «Ya sabes que lo sé... No puedes
negármelo.»
LUCRECIA.- (Decidida a la negativa, y negando con ahínco.) Lo niego... Es falso...
EL CONDE.- ¿Niega
usted que hizo... a Carlos Eraul, pintor, muerto hace un año... la grave
revelación que ahora le pido?
LUCRECIA.- (Vivamente, sin poder contenerse.)
¿La tiene usted?
EL CONDE.- Luego
existe...
LUCRECIA.- (Volviendo sobre sí.) Quiero decir que si la tiene usted,
si posee algún papel que me comprometa, será falso... habrán imitado mi letra.
EL CONDE.- Como no
puedo mentir, diré que no poseo ese precioso documento. Lo he buscado
inútilmente entre los papeles de mi hijo.
LUCRECIA.- (Respirando.) Todo esto es una farsa, una impostura, de la cual no culpo a
nadie... sólo acuso a mi destino.
EL CONDE.- Ya que
no satisface usted mi anhelo de la verdad, conteste al menos a esta otra
pregunta: ¿Ama usted lo mismo a las dos niñas?...
LUCRECIA.- (Rabiosa, paseándose muy agitada.)
No, lo mismo no... digo, sí... a las dos igual... Deseche usted esa torpe idea.
EL CONDE.- Antes
hará usted del día noche y de la noche día que conseguir arrancarme de la mente
la idea de que lo escrito por mi hijo es la pura verdad. (Con autoridad severa.)
Dígame usted pronto, pronto, cuál de esas dos adorables niñas es la falsa... o
cuál la verdadera: es lo mismo. Necesito saberlo, tengo derecho a saberlo, como
jefe de la casa de Albrit, en la cual jamás hubo hijos espúreos, traídos por el
vicio. Esta casa histórica, grande en su pasado, madre de reyes y príncipes en
su origen, fecunda después en magnates y guerreros, en santas mujeres, ha
mantenido incólume el honor de su nombre. Sin tacha lo he conservado yo en mi
esplendor y en mi miseria... No puedo impedir hoy, ¡triste de mí!, este caso
vergonzoso de bastardía legal; no puedo impedir que la ley transmita mi nombre
a mis dos herederas, esas niñas inocentes. Pero quiero hacer en favor de la
auténtica, de la que es mi sangre, una
exclusiva transmisión moral. Esa será la verdadera sucesora, esa será mi honor
y mi alcurnia en la posteridad... La otra, no. Falsa rama de Albrit, la
repudio, la maldigo... maldigo su extracción villana y su existencia
usurpadora.
LUCRECIA.- ¡Por
piedad!... No puedo más. (Cae en el
sillón consternada, sollozando. Pausa larga.)
EL CONDE.-
Lucrecia, ¿reconoce usted al fin la razón que me asiste?... Llora usted... (Creyendo que los procedimientos de
suavidad serán más eficaces.)
Sin duda expongo mis quejas con demasiada severidad; sin duda interrogo con
altanería... No puedo vencer la fiereza de mi carácter. Perdóneme usted. (Con dulzura.) Ahora no mando... no acuso... no soy el juez... soy el amigo...
el padre, y como tal suplico a usted que me saque de esta horrible duda. (La CONDESA calla, mordiendo su pañuelo.) Valor... Una palabra me basta...
Después de oírla no he de decir nada desagradable. La verdad, Lucrecia, la
verdad es lo que salva.
LUCRECIA.- (Que después de horrible lucha se levanta
bruscamente, y desesperada y como
loca, recorre la estancia.) ¡Oh, no puedo más!... ¡Un balcón
abierto para arrojarme!... Huir, volar, esconderme... Este hombre me mata...
¡Favor!
EL CONDE.- Bueno,
bueno... Veo que no quiere usted entrar en razón... ¿No me contesta?...
LUCRECIA.- (Con fiereza, con resolución inquebrantable,
parándose ante él.) ¡Nunca!
EL CONDE.- ¿De
veras?
LUCRECIA.- (Con más energía.) ¡Nunca!... ¡Antes morir!
EL CONDE.- (Se sienta, calmoso.) Pues lo que
usted no quiere decirme, yo lo averiguaré.
LUCRECIA.- ¿Cómo?
EL CONDE.- ¡Ah!...
yo me entiendo.
LUCRECIA.- Está
usted loco... Su demencia me inspira compasión.
EL CONDE.- La de
usted, a mí no me inspira lástima. No se compadece a los seres corrompidos,
encenagados en el mal.
LUCRECIA.- (Iracunda.) Continúa injuriándome, ¡a mí, a la viuda de su hijo!
EL CONDE.- (Levantándose altanero.) La que me habla no es la viuda de mi
hijo, pues aunque la ley, una ley imperfecta, así lo dispone, por encima de esa
ley está la autoridad moral del jefe de la familia de Albrit, que la coge a
usted, y la arranca, como cosa extraña y pegadiza, y la arroja a la podredumbre
en que quiere vivir.
LUCRECIA.- (Furiosa, descompuesta.)
¡Albrit!... raza de locos... caballería burlesca... honor de bambolla para
cubrir la mendicidad. ¡Qué sería del viejo león si yo no le amparase! Soy
generosa, le perdono sus injurias, y cuidaré de que no muera en un hospital o
arrastrando su melena gloriosa por los caminos.
EL CONDE.- (Con supremo desdén.) Lucrecia Richmond, quizás Dios te
perdone. Yo... también te perdonaría... si pudieran ir juntos el perdón y el
desprecio.
LUCRECIA.- (Dirigiéndose a la puerta.) Basta ya. (A las niñas, que entreabren
la puerta, sin atreverse a entrar.) Podéis pasar.
Escena
VI
NELL y DOLLY, que corren a abrazar a su madre; tras ellas GREGORIA y
VENANCIO. Poco después el CURA y el MÉDICO.
LUCRECIA.- Prendas
queridas, dadme mil besos. (Se besan.)
NELL.- (Observándole el rostro.) Mamita, tú has llorado.
DOLLY.- Estás
sofocadísima...
LUCRECIA.- El
abuelo y yo hemos evocado recuerdos tristes.
NELL.- (Mirando al CONDE, que permanece sentado, inmóvil.) También el abuelito ha llorado. (Se acerca.)
EL CONDE.- Venid...
abrazadme... ¡Os quiero tanto! (Las dos
acuden a él, y le abrazan y besan,
cada una por un lado.)
LUCRECIA.- (Hablando aparte con GREGORIA y VENANCIO.) Le atenderéis, le
cuidaréis como a mí misma. Pero no dejéis de vigilarle siempre, siempre...
DOLLY.- (Al CONDE.) Esta tarde pasearemos.
EL CONDE.- Sí, sí:
no me separaré de vosotras. Charlaremos, estudiaremos.
NELL.- Nos
enseñarás la Aritmética, la Historia...
EL CONDE.- La
Historia... No, esa vosotras me la enseñaréis a mí. (Entran por el foro el CURA y
el MÉDICO; ambos se dirigen a la CONDESA.)
EL CURA.- ¿Qué tal?
¿Tenemos reconciliación?
LUCRECIA.- (En voz baja.) Calle usted... Encargo mucha vigilancia... (Al MÉDICO.) Y a usted, señor Angulo, no me cansaré de recomendarle
que le observe bien. (Dando a entender
que padece desvarío mental.)
EL CURA.- Señor
Conde... (Le saluda y sigue a su lado.
A bastante distancia se agrupan la CONDESA,
el MÉDICO, GREGORIA y VENANCIO.)
EL MÉDICO.-
Descuide usted... Le observaremos...
LUCRECIA.- Y a mi
regreso dispondré...
EL MÉDICO.- ¿Pero
insiste usted en dejarnos hoy?
LUCRECIA.- Volveré
pronto... (El MÉDICO pasa a saludar al CONDE, y el CURA vuelve al lado de LUCRECIA.)
EL CURA.- (En voz baja a la CONDESA.) No se vaya
usted.
LUCRECIA.- Tengo
que estar en Verola hoy mismo. Es para mí... no sé cómo decirlo... cuestión de
vida o muerte. Adiós.
NELL.- Mamita, ¿te
acompañamos a tu casa, o nos quedamos un rato con el abuelo?
LUCRECIA.- Como
queráis.
DOLLY.- No, no:
decídelo.
LUCRECIA.- Lo que
el abuelo disponga.
EL CONDE.- Me
parece natural que si vuestra mamá se va esta tarde, estéis a su lado hasta la
hora de partir. (Besa a las niñas.) ¡Oh!, no os veo bien, no os distingo;
me parecéis una sola...
EL MÉDICO.- ¿Qué?
¿La vista no anda bien?
EL CONDE.- (Se levanta.) Mal estamos hoy... Toda la mañana he notado una obscuridad, una
vaguedad en los objetos... (Mirando en
derredor, con ojos que se esfuerzan
en ver.) No veo nada... apenas
distingo... (Fijándose en la CONDESA
que, altanera, le clava la mirada.) No veo bien más que a Lucrecia... a
esa, sí... la veo... allí está... Mi
ceguera creciente no me permite ver más que las cosas grandes... el mar, la
inmensidad... y ella es grande... enorme... la veo... como el mar... Es otro
mar, un mar de... de... de... (Su voz se
extingue. Queda inmóvil y rígido.
Profundo silencio. Todos se miran.)
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
Jornada
III
Escena
I
NELL, DOLLY, D. PÍO CORONADO, sentados
los tres alrededor de una mesa estudio, donde se ven papeles, tintero,
libros de texto.
Es el maestro de las niñas de Albrit un anciano de
estatura menguada,
muy tieso de busto y cuello, y algo dobladito de cintura, las piernas muy cortas. La expresión bonachona de su rostro no
lograron borrarla los años con todo su poder, ni los pesares domésticos con toda su gravedad. Guiña los ojuelos, y al mirar de cerca sin anteojos, los entorna, tomando un
cariz de agudeza socarrona, puramente
superficial, pues hombre más
candoroso, puro y sin hiel no ha
nacido de madre. Un rastrojo de
bigote de varios colores, recortado
como un cepillo, cubre su labio
superior. Viste con pobreza limpia
anticuadas ropas, recompuestas y
vueltas del revés, atento siempre al
decoro de la presencia en público.
Maestro de escuela jubilado, desempeñó con eficacia su ministerio durante treinta años, distinguiéndose además como profesor
privado de materias de la primera y segunda enseñanza. Su defecto era la flojedad del carácter, y la tolerancia excesiva con la niñez escolar. Sabía el hombre todo lo que saber necesita un maestro, y algo más; pero con la edad y las inauditas adversidades que le agobiaban fue
perdiendo los papeles, y hasta la
afición. Su cabeza llegó a pertenecer al reino de los pájaros;
su memoria era una casa ruinosa y
desalojada, en la cual ninguna idea
podía encontrar aposento; todo lo
que perdía en ciencia lo ganaba en debilidad y relajación del carácter. En esta situación le designó D. CARMELO
para maestro de las niñas de Albrit,
teniendo en cuenta tres razones: que si no sabía mucho, no había en Jerusa quien le aventajara;
que era honrado, honesto, absolutamente
incapaz de enseñar a sus discípulas cosa contraria a la moral, y, por
último, que al aceptarle para aquel
cargo realizaba la CONDESA un acto
caritativo. Su bondad, la excesiva blandura de corazón, eran ya en CORONADO un defecto, casi un vicio,
por lo cual, lamentándose de sus acerbas desdichas, solía decir, elevando al
cielo los ojos y las palmas de las manos; «¡Señor, qué malo es ser
bueno!»
Al comenzar la escena llevaba ya el maestro una hora
de inútiles tentativas para introducir en las molleras de sus alumnas los
conocimientos históricos, aritméticos y
gramaticales.
DOLLY.- (Dando un golpe en la mesa.) ¿Que no sé una palabra? Mejor... Ni
falta que me hace.
D. PÍO.- (Apelando a la emulación.) No dirá lo mismo Nell, que desea
aprender.
NELL.- Sí, señor,
digo lo mismo: ni falta que me hace.
D. PÍO.- (Con severidad fingida, que no convence.) Está bien, muy bien. He aquí dos niñas finas, criadas para la
alta sociedad, y que se empeñan en ser unas palurdas.
DOLLY.- Sí, señor:
queremos ser palurdas.
NELL.- Salvajes,
como quien dice.
D. PÍO.- ¡Anda,
salero! ¡Salvajes las herederas de los condados de Albrit y Laín!
DOLLY.- (Tirándole suavemente de una oreja.) Sí, sí, maestrillo salado. ¿No eres
tú muy ilustradito?
NELL.- ¿Y de qué te
sirve?
DOLLY.- ¡Vaya un
pelo que has echado con tu ilustración!
D. PÍO.- (Suspirando.) Puede que estéis en lo cierto, niñas de mi alma... Bueno,
sigamos. Dolly, otra miajita de Historia... ¡Vamos allá!
DOLLY.- (Apoyando los codos en la mesa y la cara en
las manos, le contempla risueña.) ¡Piito, qué guapo eres!
D. PÍO.- (Tocando las castañuelas con los dedos.) Señorita Dolly, juicio.
NELL.- Tu cara
parece una rosa. Si no fueras viejo y no te conociéramos, diríamos que te
pintabas.
D. PÍO.- Juicio,
Nell... ¡Pintarme yo!
DOLLY.- Dime otra
cosa: ¿es verdad que cuando eras pollo hacías muchas conquistas?
D. PÍO.- (Tocando con más rápido movimiento las
castañuelas, que es su manera
especial de llamar al orden.)
Juicio, niñas. Sigamos la lección.
NELL.- Nos han
dicho que las matabas callando.
DOLLY.- Y que
tenías las novias por docenas.
D. PÍO.-
¿Novias...? Oh, no: quítenme allá eso... Son muy malas las mujeres.
NELL.- (Pegándole suavemente en el cuello.) Peores son los hombres. No hables mal
de nosotras.
D. PÍO.- Vaya, que
estáis hoy juguetonas y desatinadas. (Queriendo
enfadarse.) ¡Por vida de...! Si
no dais la lección, os lo digo con toda mi alma, os lo juro...
NELL.- ¿Qué?
D. PÍO.- (Deseando enfadarse.) Que me enfado.
DOLLY.- Ya lo había
conocido. Estamos temblando.
NELL.- Toca, toca
las castañuelas.
D. PÍO.- (Decidido a tomar la lección.) Orden, juicio. A ver: decidme algo de
Temístocles.
DOLLY.- Sí: el que
le cortó la cabeza a una mala mujer, que llamaban la Medusa.
D. PÍO.- (Llevándose las manos al cráneo.) ¡Por Dios, por todos los santos de la
corte celestial, no me confundáis la Historia con la Mitología!
NELL.- Tan mentira
es una como otra.
DOLLY.- Y nos
importan lo mismo.
D. PÍO.- ¡Ay, ay,
cómo estáis hoy!... ¡Silencio, formalidad! Pronto, referidme los principales
hechos de la vida de Temístocles.
DOLLY.- No nos
gusta meternos en vidas ajenas.
D. PÍO.-
Temístocles, grande hombre de la Grecia, natural de Tebas, vencedor de los
lacedemonios. (Corrigiéndose.) ¡Ah!,
no... le confundo con Epaminondas... ¡Cómo tengo la cabeza!...
NELL.- ¡Ay, que no
lo sabe, que no lo sabe!...
DOLLY.- ¡Vaya con
el preceptor de pega!
D. PÍO.- (Afligido.) Es que me volvéis loco con vuestros juegos, con vuestras
tonterías. (Con gravedad.) Así no podemos seguir.
NELL.- Digo lo
mismo.
DOLLY.- Queremos
ser burras, y salir a los prados a comer yerba.
D. PÍO.- Pero mi
conciencia no me permite engañar a la Condesa, que sin duda cree que os enseño
algo, y que vosotras lo aprendéis...
DOLLY.- (Poniéndose las antiparras de CORONADO que están sobre la mesa.) Piito, estamos aburridísimas.
D. PÍO.- (Queriendo recobrar su anteojos.) ¡Que me los rompes, hija!
NELL.- Piito salado
¿no sería mejor que nos fuéramos los tres a dar un paseo por la playa?
D. PÍO.- Está bien,
muy bien. ¡Magnífico! ¡De pingo todo el santo día, aun las horas dedicadas a la
educación! Muy bonito; sí, señoras, muy bonito... Y heme aquí de figurón, de
monigote irrisorio; yo, que soy la ciencia; yo, yo, que estoy aquí para inculcaros...
DOLLY.- Piito, no
nos inculques nada, y vámonos.
NELL.- En la playa
seguiremos dando lección. Frente al mar, la del viaje de Colón a América.
DOLLY.- Y el paso
del Mar Rojo.
D. PÍO.- (Suspirando desalentado.) ¡Ay, qué niñas! ¡No hay quien pueda
con ellas! Bueno, pues transijo... Pero antes pasemos un poco de Gramática.
NELL.- (Tocando las castañuelas.) ¡Viva Coronado!
DOLLY.- (De carretilla.) La Gramática es el arte de hablar correctamente el castellano...
D. PÍO.- Vamos más
adelante. Dolly, dígame usted qué es participio.
DOLLY.- (Flemática.) ¡No me da la gana!
NELL.-
Participio... Una cosa que se parte por el principio.
D. PÍO.- (Poniendo el paño al púlpito.) ¡Tontas, casquivanas, que no tenéis
aquel punto de amor propio que veo yo en otras niñas, ¡Señor!, en otras niñas
aplicaditas y formales, que aprenden para lucirse en los exámenes, y para que a
sus padres se les caiga la baba oyéndolas!
DOLLY.- No queremos
lucirnos, ni a mamá se le cae ninguna baba... ¡Vaya con el maestrillo este!
NELL.- Coronadito,
si no tienes juicio te pondremos de rodillas.
D. PÍO.- ¡Anda,
salero!... ¿Pero qué trabajo os
cuesta retener en la memoria cosas tan fáciles? Luego seréis mujercitas
aristocráticas, y cuando vuestra ilustre mamá os lleve a los salones, os vais a
lucir, como hay Dios... Figuraos que en los saraos se habla del participio, y
vosotras no sabéis lo que es. ¡Bonito papel harán mis niñas! Dirá la gente:
«¿pero de qué monte ha traído la Condesa este par de mulas?» Eso dirán, y se
reirán de vosotras, y no os querrán vuestros novios.
DOLLY.- Los novios
nos querrán aunque no sepamos el participio, ni la conjunción, ni nada.
NELL.- Que seamos
bonitas, que seamos elegantes, y verás tú si nos quieren.
D. PÍO.- Sí, sí:
lindas borriquitas seréis. Pues yo me planto, señoras mías; ya sabéis que soy
atroz cuando me planto; tengo mal genio.
NELL.- ¡Terrible!
DOLLY.- ¡Ay, qué
miedo!
NELL.- (Que, apoyada en la mesa con indolencia, le mira burlona.)
¿Sabes, Piillo, que estoy observando una cosa? Tienes los ojos muy bonitos.
DOLLY.- Parecen dos
soles... pillines.
D. PÍO.- (Cruzándose de brazos.) Ea, burlaos de mí todo lo que
queráis.
NELL.- No es burla,
es confianza.
DOLLY.- Es que te
queremos, maestrillo, porque eres muy bueno y no tienes malicia.
NELL.- (Acariciándole la barba.) ¡Es un buenazo este D. Pío! Por eso
te hacen rabiar las niñas de Albrit, que son y serán siempre tus amiguitas...
D. PÍO.- (Embobado.) ¡Zalameras, melosas, carantoñeras!
DOLLY.- Di una
cosa: ¿es verdad que tienes muchas hijas?
D. PÍO.- (Lanzando un suspiro muy hondo y fuerte.
Diríase que lo saca de los talones.) Muchas, sí...
NELL.- ¿Son guapas?
D. PÍO.- No tanto
como lo presente.
DOLLY.- ¿Te
quieren?
D. PÍO.- (Intentando sacar otro suspiro hondo, que se le queda atravesado en el pecho,
cortándole la respiración.) ¡Quererme... ellas!
NELL.- Me han dicho
que no. Si es así, no te importe, que bien te queremos nosotras.
DOLLY.- ¿Y tú, nos
quieres? (D. PÍO hace signos afirmativos.)
NELL.- Nos
idolatra... Estudiamos cuando se nos antoja, y cuando no, jugamos.
DOLLY.- Y eso
haremos hoy: jugar, irnos a la playa.
D. PÍO.- (Vencido.) ¡A la playa!
NELL.- Está un día
espléndido. (Mira por la ventana.)
DOLLY.- (Tocando las castañuelas.) Y el cielo y
la mar nos dicen: «¡Venid, volad, y traed a vuestro adorado preceptor!»
D. PÍO.- (Deseando ir, pero no queriendo manifestarlo.)
¿Yo... también yo? ¡Viva la indisciplina!
NELL.- Vendrás con
nosotras, porque si no, Venancio no nos dejará salir ahora. Tú tienes que
decirle: «hoy han estudiado tanto, que en premio de su aplicación las saco a
dar una vuelta.»
D. PÍO.- ¡Anda,
morena! ¡Vaya, que si la señora Condesa se enterara de cómo cumplo mis deberes
profesionales!...
DOLLY.- Lo que
quiere mamá es que estemos siempre a la intemperie, y nos hagamos robustas como
unas aldeanotas.
D. PÍO.- ¡Y qué
diría vuestro abuelo!
NELL.- El abuelito
nos quiere lo mismo en bruto que pulimentadas.
D. PÍO.- Os adora,
sí. Como que sois sus nietas. Acompañadle, dadle palique, hacedle mimos:
también él es niño. Y cuando le oigáis un disparate muy gordo, se lo contáis al
señor Cura y al Médico.
DOLLY.- (Enojada.) No dice disparates el abuelo.
D. PÍO.- Ayer me
decía que vosotras dos no sois más que una para él...
NELL.- Y eso, ¿por
qué ha de ser disparate, maestrillo?
DOLLY.- Quiere
decir...
NELL.- Que el
grande amor que nos tiene nos iguala, y hace de las dos una sola.
D. PÍO.- Esta chica
es un portento.
DOLLY.- Hola, hola;
¿y para mí no hay piropo?
D. PÍO.- ¿Te
enfadas, ángel?
DOLLY.- (Riendo.) Está eso bueno. Mi hermana es
un portento... y yo nada.
D. PÍO.- Tú otro
portento... ¡Vivan las nenas de Albrit!
NELL.- (Alborotando.) ¡Viva el más sabio profesor y catedrático de la antigüedad
pagana, mitológica... y cosmopolita! En fin, ¿nos vamos o qué?
D. PÍO.- (Deteniéndolas.) Esperad. Parece que viene alguien.
DOLLY.- Siento el
vocerrón de D. Carmelo.
D. PÍO.- (Tomando el tonillo profesional.) ¡Orden, formalidad!... Pues hemos
dado un repasito a la Gramática, venga ahora un buen jabón a la Historia.
Niñas, el Papado y el Imperio... A ver...
Escena
II
NELL y DOLLY, D. PÍO, EL SEÑOR CURA,
VENANCIO
EL CURA.- (Riendo, en la puerta.)
Presentes, mi general. Yo soy el Papado, y el Imperio es éste. (Entran.)
VENANCIO.- ¿Cómo
vamos de lección?
EL CURA.- ¿Saben,
saben mucho estas picaruelas?
D. PÍO.- Regular...
Hoy, vamos, hoy, no lo han hecho del todo mal.
EL CURA.- No me
fío. Este Coronado es la pura manteca. (Saludando
a las niñas y acariciando sus manos.)
¡Qué monada de criaturas!
VENANCIO.- Muy
monas, pero desaplicaditas... No quieren más que corretear por el campo.
EL CURA.- Mejor...
¡Aire, aire!
VENANCIO.- Y su
abuelito, en vez de reprenderlas para que se apliquen, les dice que la señora
Gramática y la señora Aritmética son unas viejas charlatanas, histéricas y
mocosas, con las cuales no se debe tener ningún trato.
EL CURA.- ¡Qué
bueno!... Si digo que el Conde...
VENANCIO.- (A D. PÍO.) ¿Y anoche, cuál fue la tecla
que nos tocó?
D. PÍO.- Que no
debo introducir más paja en la cabeza de las señoritas, pues lo que les
conviene es educar la voluntad.
EL CURA.- No está
mal...
DOLLY.- Por eso a
mí no me gusta saber nada de libros, sino de cosas.
EL CURA.- ¡Brava!
VENANCIO.- ¿Y qué
son cosas, señorita?
NELL.- Pues cosas.
DOLLY.- Cosas.
EL CURA.- (Comprendiendo.) Ya... Pero el arte de la vida ya lo iréis aprendiendo en la vida
misma.
VENANCIO.- Y eso no
quita que estudien lo de los libros, ¿verdad, D. Pío? (El MAESTRO hace signos
afirmativos.) Tan distraídas
están con el corretear continuo, que ya Dolly ni siquiera dibuja.
EL CURA.- ¡Qué
lástima!... (A DOLLY.) Y aquellos
monigotitos, y aquellas vaquitas, y aquellos... (DOLLY se encoge de hombros.)
NELL.- Ya no
dibuja. Le gusta más cocinar.
EL CURA.- ¿De
veras?... ¡Oh, serafín de los cielos!
VENANCIO.- A lo
mejor se nos mete en la cocina, se pone su delantal de arpillera, y allí la
tiene usted entre cacerolas, tiznada, hecha una visión...
EL CURA.- ¡Divino!
VENANCIO.- ¡Miren
que una señorita de la aristocracia, con las manos ásperas y llenas de pringue!
EL CURA.- Eso es
juego... Pero no está de más saber de todo.... por lo que pueda tronar. ¿Y
Nell, no cocina?
DOLLY.- A mi
hermana le gusta más lavar cristales... mojarse, fregotear, pegar cosas rotas,
limpiar las jaulas de los pájaros, y echarles la comidita.
EL CURA.- También
es útil. Bien, bien, niñas saladísimas; seguid estudiando.
NELL.- Es que...
DOLLY.- D. Pío
había dicho que... pues hoy hemos trabajado bárbaramente... podíamos pasear.
D. PÍO.- ¡Ah!... permítanme... dije que si acabábamos
la Aritmética, saldríamos, y en el bosque les explicaría algo de Geografía.
EL CURA.- Paseen,
sí.
VENANCIO.- Pero por
el bosque no.
DOLLY.- A la playa.
(Las dos se quitan los delantales.)
VENANCIO.- (Aparte a D. PÍO.) El Conde suele pasear
por el bosque. Llévelas usted a la playa... No se separe de ellas... ¿Se entera
de lo que le digo?...
D. PÍO.- Sí,
hombre. A la playa...
NELL.- (A VENANCIO.) ¿Ha salido ya el abuelito?
VENANCIO.- No; ni
creo que salga. Vayan las señoritas con el maestro.
NELL.- ¿Y usted se
queda, D. Carmelo?
EL CURA.- Sí, hija
mía: espero al amigo Angulo, con quien tengo que hablar.
VENANCIO.- (Mirando por la ventana.) Ya está aquí.
EL CURA.- Pues
bajemos todos. Las niñas por delante.
DOLLY.- (Que sale la primera, gozosa.) En marcha. (Llamando al
perrito.) ¡Capitán!
NELL.- (Detrás de su hermana.) ¡Capitán!
(Salen los demás.)
Escena
III
Sala baja en la Pardina.
GREGORIA, el MÉDICO; después VENANCIO, el CURA
EL MÉDICO.- ¿Cómo
es que no ha salido aún a dar su paseo de la mañana?
GREGORIA.- ¿Yo qué
sé?... Todavía le tiene usted en su
cuarto. He mirado por el agujero de la llave, y está dando paseos arriba y
abajo, con las manos en los bolsillos.
EL MÉDICO.- ¿Come
bien?
GREGORIA.- Regular.
EL MÉDICO.- ¿Sabe
usted si duerme?
GREGORIA.- Esta
mañana, cuando le entré el desayuno, le dije... con todo el respeto del mundo,
claro: «¿Qué tal ha pasado la noche el señor Conde?» y me contestó: «Bien»;
pero en seco, y con un tonillo que, a mi parecer, era lo mismo que decir:
«Mal».
EL CURA.- ¿Qué?
¿Hay algo de nuevo?
EL MÉDICO.- Nada.
Hoy no le he visto aún. En la conversación que anoche tuvimos, pude observar
que a la exaltación del orgullo aristocrático, añade nuestro D. Rodrigo otra
monomanía: la sutileza del honor y de la moral rígida, en un grado de rigidez
casi imposible, y sin casi, en las sociedades modernas.
EL CURA.- Lo mismo
observé yo en nuestro paseo de ayer tarde. Por cierto que... me hizo pasar un
mal rato.
EL MÉDICO.- ¿Qué
ocurrió?
EL CURA.- Nada...
Es que por lo visto gusta de pasear solo... Desde que salimos, hube de
comprender que le desagradaba mi compañía. Claro que no me despidió de mala
manera: su buena educación no se desmiente nunca. Pero con perífrasis
ingeniosas, me decía: «Mejor voy solo que mal acompañado». Francamente, creía
yo hacerle un favor dándole el brazo, entreteniéndole con una conversación
grata...
EL MÉDICO.- Pues
mire usted, D. Carmelo: en esto no conviene contrariarle. ¿Quiere andar solo?
Pues solo. No, no se cae. En mi opinión, ve bastante más de lo que dice. (A VENANCIO.) Lo que puede usted hacer es mandar un criado que le vigile a
distancia...
GREGORIA.- (De mal temple.) En esta época, Sr. de Angulo, no tenemos a nuestra gente tan
desocupada...
VENANCIO.- (Arrancándose.) D. Carmelo, D. Salvador, yo que ustedes diría a la Condesa que su
señor suegro estará mejor en otra parte. Y esto no significa que queramos
echarle. Es nuestro deber tenerle aquí; hemos sido... fuimos, como quien dice,
sus criados...
GREGORIA.- El
cuento es que el Sr. D. Rodrigo, por haber venido tan a menos, no encaja en
nuestras costumbres de gente pobre, ni se acomoda al trato modestito que le
damos. Y es natural: yo me pongo en su caso.
VENANCIO.- (Rascándose la cabeza.) Hay que mirarlo todo, señores. Con la
consignación que nos ha señalado la señora no podemos hacer milagros. A un
grande de España, por más que ahora sea chico,
no hemos de tenerle aquí como un estudiantón, hartándole de puchero, y...
vamos, que con tanto extraordinario y tanta finura de cocina, se nos van
nuestros ahorros que es un gusto.
EL CURA.- En
efecto...
GREGORIA.- Y, por
añadidura, vivimos siempre sobresaltados... Que si sale, que si tarda, que si
le habrá pasado algo... Se necesita un regimiento de criados para servirle y
atenderle.
VENANCIO.- Tenemos
aquí mucho trajines. Vivimos de nuestro trabajo.
GREGORIA.-
Atendemos a la tierra, a las plantas, al fruto. Hay que mirar a todo.
VENANCIO.- Al
ganado de pelo y de pluma.
GREGORIA.- Ahora me
tienen ustedes todo el santo día en la cocina; y que no trabajo menos con la
cabeza que con las manos: ¡Señor, qué pondré hoy!... ¡Si le gustarán las manos
de ternera!... ¡Si acertaré a freír
el filete!... ¡Ay, Jesús!... Y a
todas éstas, mis judías sin coger, mis tomates pudriéndose en las ramas... y
mis gallinas olvidadas...
VENANCIO.-
Olvidadas, no, que aquí estoy yo para retorcerles el pescuezo... A este paso,
señores míos, pronto liquidará la Pardina.
EL CURA.- Vamos...
siempre habéis de ser lo mismo... aldeanos que se ahogan, aunque naden en la
abundancia.
EL MÉDICO.- Siempre
llorando... y escondiendo a la espalda las llaves del granero.
EL CURA.-
¡Avarientos, mezquinos!
VENANCIO.- (Achicándose.) Sr. D. Carmelo, no hemos dicho nada.
GREGORIA.- (Suspirando.) Sr. D. Salvador... ustedes mandan.
EL CURA.- Por lo
demás, yo creo también que el pobre león de Albrit estará mejor en otra
leonera.
EL MÉDICO.- A ver
si ha pensado usted lo mismo que yo.
EL CURA.- (Enfatuado.) Tengo una idea...
VENANCIO.- (Adivinando.) Yo tengo también una idea...
EL MÉDICO.-
Llevarle a Zaratán.
EL CURA.- Al
convento de Jerónimos.
VENANCIO.- (Asintiendo con viveza, lo mismo que GREGORIA.) Eso, eso.
EL CURA.- Solución
que debe ser la mejor, pues se aprueba por unanimidad.
EL MÉDICO.- Allí
estará como un príncipe. Falta que los reverendos quieran.
EL CURA.-
Deseándolo, querido Salvador, deseándolo. Locos de contento en cuanto les
propuse...
VENANCIO.- ¿Pero
habló usted con el Prior?...
EL CURA.- ¡Toma!
¿Creen que soy de los que cuando dan con una feliz idea, la están rumiando
siete meses?... Y no sólo he hablado con el Prior, sino que he escrito a la
Condesa...
GREGORIA.- (Viendo, llegar al CONDE.) Cuidadito, que aquí viene.
Escena
IV
El MÉDICO, el CURA, VENANCIO,
GREGORIA y el CONDE, a paso lento, apoyado en su palo. Nótase
más deterioro y descuido en su ropa. Avanza
muy abstraído, sin parar mientes en
las personas que están en la habitación.
EL CURA.- Señor
Conde, ¿cómo va ese valor?
EL CONDE.- ¡Ah!, pastor Curiambro, ¿estás aquí? No te
había visto... (Examinando las personas.) ¿Y este bulto...?
EL CURA.- No es
bulto, es nuestro gran médico...
EL MÉDICO.- (Saludándole.) Señor Conde...
EL CONDE.- (Muy afectuoso.) Perdona, hijo... ¡Veo tan poco! Y aquél es Venancio... a ese le
conozco sin verle. Y Gregoria... Ya está aquí todo el cónclave... Bien, bien...
Antes de que me lo preguntes, médico ilustre, te digo que, fuera de este
achaque de la vista, me encuentro muy bien... ¡Y qué contento vivo en la
Pardina! Venancio, Gregoria, sabed que estoy contentísimo, y que tendréis la
satisfacción de alojarme por mucho tiempo...
VENANCIO.- Es lo
que deseamos...
EL MÉDICO.- ¿Va el
señor Conde a dar su paseo?...
EL CONDE.- Si
ustedes no disponen otra cosa... Pero me quedaré un poquito por hacer los
honores a las dignas personas que honran mi casa. (Se sienta en el sillón.)
EL CURA.- Mil
gracias, señor Conde. Veníamos...
EL CONDE.- Ya me lo
figuro: a pasar revista a la huerta y examinar los tomates, y armar las grandes
peloteras con Gregoria sobre si son mejores los de allá o los de acá... (Todos ríen.)
EL CURA.- Los míos
son así de gordos.
GREGORIA.- Ya
quisiera...
EL CONDE.- Basta de
polémicas, y si arrojáis en esta placentera reunión el tomate de la discordia,
yo, deferente con el bello sexo, adjudico el premio a mi patrona... Gregoria,
Venancio, Dios os colme de prosperidades... a ver si salís de pobres... (Con ironía sutil.) En ello voy ganando, porque de lo que tengáis hijos míos, algo ha
de participar siempre este pobre viejo... ¿Verdad que sí?...
VENANCIO.- (Secamente.) Sí, señor.
EL MÉDICO.- (Que, sentado a su lado, le pone
la mano en el hombro.) ¿Con que
bien...?
EL CONDE.- Pero no
de la vista. Cada día se nublan más mis ojos.
GREGORIA.- (En un alarde de osadía.) El señor se pondría bueno de la
vista... y de la cabeza... ¿lo digo?, si no tuviera tan mal genio.
EL CONDE.- ¡Mal
genio yo! Si con la voluntad siempre en guardia he logrado dominarme, y ya no
riño, ya no me oiréis gruñir...
VENANCIO.- Nos dice
palabras blandas, pero con intención dura... Entre flores esconde el látigo con
que...
EL CONDE.- ¿Yo? No,
hijo mío. Precisamente quería aprovechar esta ocasión para decirte que admiro y
alabo tus hábitos de arreglo, y tus grandes dotes de administrador.
VENANCIO.- (Sobresaltado.) ¿Qué quiere decir Vuecencia?
EL CONDE.- Que eres
un ejemplo digno de ser imitado por cuantos manejan intereses propios o ajenos.
Así prosperan las casas. Si no eres ya rico, Venancio, yo te auguro que lo que
posees en tomates y berenjenas lo tendrás pronto en peluconas. Carmelo, Salvador,
oigan este golpe: cuando llegué a la Pardina, este buen amigo mío y antiguo
servidor puso a mis órdenes a un muchacho llamado Rogelio, inteligente, listo,
para que fuese mi ayuda de cámara. Toda mi vida he tenido un servidor de esta
clase. Mentira me parecía que pudiera pasarme sin él... Pero me paso, sí,
señor, me paso.... porque ayer me quitaron el criadito, y ya ven... estoy
perfectamente.
VENANCIO.- (Mascando las palabras.) Señor, es que... Rogelio...
GREGORIA.- Fue
preciso mandarle a traer yerba... (El
MÉDICO y el CURA se miran, hablan con los ojos.)
EL CONDE.- (Con ironía finísima.) Pero, tontos, si no os riño; si me
parece bien lo que habéis hecho... si os lo agradezco, porque así me vais
educando en la pobreza, y enseñándome a ser como vosotros, económico,
administrativo... No quiero ser gravoso; quiero que prosperéis; y con medidas
como ésta claro es que habéis de llegar a ser riquísimos.
VENANCIO.- Señor,
díganos las cosas claras.
EL CONDE.- Digo lo
que siento. Y otra: tienes una mujer que no te la mereces. Esta Gregoria vale
más que pesa, y con su instinto de gobernante de casa te ayudará, te empujará
para que subas pronto a la cima de la opulencia.
GREGORIA.- (Asustada.) Señor, ¿por qué lo dice?
EL CONDE.- Porque
es verdad. ¡Cuánto siento no estar ya en edad de tomaros por modelo!
EL CURA.- ¿Pero
qué...?
EL CONDE.- Que esta
Gregoria, con su arte sublime de mujer casera, me ha suprimido mi bebida
favorita: el buen café.
GREGORIA.- Señor,
si se lo llevé esta mañana.
EL CONDE.- Me
serviste un cocimiento de achicoria, recalentado y frío, que... Pero no te
riño, no. Si está muy bien. Siempre me dais mucho más de lo que merece este
pobre viejo inútil, enfadoso... Prosperad, prosperad vosotros, y que os vea yo
llenos de bienestar, desde el fondo de esta miseria en que he caído.
VENANCIO.- No somos
ricos, ni aspiramos a serlo.
EL MÉDICO.- (Con severidad.) Conviene que se sirva al señor Conde un café muy bueno. Yo lo
mando.
EL CURA.- Y yo... Y
si no se le da como es debido, lo haré yo en casa, y se lo enviaré.
EL CONDE.-
Gracias... Pero ya veis que no me enfado... Soy pobre, y como a pobre quiero
que me traten. Este Venancio, esta Gregoria, que tanto me quieren y no pueden
olvidar los beneficios que de mí han recibido, desean hacerme a su imagen y
semejanza, y que como ellos viva, y como ellos coma, para de este modo
sujetarme y tenerme siempre a su lado. ¿Verdad que es esto lo que anheláis?
Pues me tendréis. De aquí [175] no me muevo. Estad tranquilos, que vuestro
huésped seré... tendréis Conde de Albrit para un rato.
EL MÉDICO.-
Seguramente. Estos aires le prueban bien.
EL CONDE.- (Con gravedad.) No me cuido yo de los aires, sino de la misión que tengo que
cumplir.
EL CURA.- (Receloso.) ¿Aquí precisamente?
EL CONDE.- Aquí...
al menos por ahora. (El MÉDICO y el CURA se sientan junto al CONDE, uno
por cada lado. VENANCIO y
GREGORIA se retiran y vuelven de
puntillas, poniéndose tras el sillón
a escuchar lo que hablan.)
EL MÉDICO.- Pues si
el señor Conde quiere oír un consejo de amigo y de médico... de médico más que
de amigo, me permitiré decirle que la misión más adecuada a su edad y a sus
achaquillos es darse buena vida.
EL CURA.- Y no
cuidarse de nada y de nadie.
EL CONDE.- La
ancianidad da derecho al egoísmo; pero a mí, pásmense ustedes, me han
rejuvenecido las desgracias, y tras las desgracias han venido las ideas a darme
vigor. Por unas y otras, yo tengo aún que hacer algo en el mundo. (El MÉDICO y el CURA se miran, comunicándose con los ojos sus impresiones.)
EL MÉDICO.- ¿Sería
tan amable el Sr. D. Rodrigo que nos dijera qué misión es esa?
EL CONDE.- Misión
que, en cierto modo, tiene cierto paralelismo con la tuya, Salvador, y con la
tuya, Carmelo.
EL CURA.- Tres
misiones paralelas.
EL CONDE.- Tú, pastor Curiambro, luchas en el terreno
de la moral, disputando almas al pecado; tú, Salvador, te bates con la muerte
en el terreno físico, tratando de arrancarle los pobres cuerpos humanos; yo
combato en la esfera moral contra el deshonor (Pausa. D. CARMELO y
ANGULO se hacen guiños), que es lo
mismo que decir: por el derecho, por la justicia... (Pausa. Sonríe benévolamente.) Veo poco, amigos míos; pero lo
bastante para hacerme cargo de que os reís de mí.
EL CURA.- ¡Oh!, no,
Sr. D. Rodrigo...
EL CONDE.- Si no me
enfado, no. ¡Ay! El quijotismo inspira siempre más lástima que respeto. Si
compadecéis el mío, yo compadeceré el vuestro: el religioso y el científico...
¡Cómo ha de ser! En la relajación a que hemos llegado, el honor ha venido a ser
un sentimiento casi burlesco.
EL CURA.-
Reconozcamos, mi señor D. Rodrigo, que lo han desacreditado los duelistas...
EL CONDE.- Sí, sí,
y los nobles presumidos. Aparte de eso, ¿no alcanzáis a ver la relación íntima
del honor con la justicia, con el derecho público y privado? No, no la veis...
Sin duda sois más ciegos que yo... Y decidme ahora, tontainas: ¿también os parecen
cosa baladí la pureza de las razas, el lustre y grandeza de los nombres, bienes
que no existen, que no pueden existir sin la virtud acrisolada de las personas
que...? (Sus interlocutores callan, observándole.) No, no me entendéis. Tú, clérigo, y tú, doctorcillo, vivís
envenenados por los miasmas de la despreocupación actual de ese asqueroso lo mismo da, de ese inmundo ¿y qué?
EL CURA.-
Comprendemos la idea; pero...
EL MÉDICO.- Es una
idea feliz; pero...
EL CONDE.- (Irritándose.) ¡Pero qué!... (Se calma y
sonríe con desdén.) Si tuviera
tiempo y ganas de entretenerme, os explicaría... (Sintiendo ruido detrás del sillón.) ¿Quién anda ahí? (Descubre
a VENANCIO y su mujer.) Venancio, Gregoria, ¿por qué andáis
por ahí acechando como espías? Venid a mi lado, que lo que digo, decirlo puedo
y quiero también delante de vosotros. Ya todos somos iguales. Venid. (Se acercan tímidamente.) Pues decía: a ti y a ti (por el CURA y el MÉDICO), según veo, os importa un ardite que las familias
honradas... y no me refiero sólo a las aristocráticas, sino a toda familia
pundonorosa y decente... conserven la limpieza del nombre de la sangre... (A VENANCIO y GREGORIA.) Y vosotros, ¿qué pensáis, papanatas? También a
vosotros os tienen sin cuidado las usurpaciones ignominiosas de estado civil,
nombre, riqueza... (Callan los cuatro,
observándole compadecidos.) ¡Ah, todos lo mismo: el sabio, el
ignorante, igualmente ciegos ante el sol de la moral pura, de la verdad! (Bruscamente, levantándose.) Me voy...
no quiero más conversación, no quiero...
EL CURA.- (Queriendo detenerle.) Pero, señor Conde...
EL MÉDICO.- Señor,
aguarde...
EL CONDE.- (Nervioso, rechazándoles.) No
quiero, no... Me voy... Abur, abur. (Sale.)
Escena
V
El CURA, el MÉDICO, VENANCIO,
GREGORIA
VENANCIO.- (Viéndole alejarse.) Allá va: habla solo, golpea el suelo con su palo.
GREGORIA.- ¿Qué les
parece a ustedes?
EL CURA.- A mí,
cosa perdida.
VENANCIO.- A mí...
peligroso.
EL MÉDICO.- (Más reflexivo que los otros.) No precipitarse a juzgar. Le tengo
por uno de tantos. El hombre piensa; su idea le invade el espíritu; su voluntad
aspira a la realización de la idea. Uno de tantos, digo, como usted y como yo,
mi querido D. Carmelo.
EL CURA.- ¿No ves
la demencia en ese pobre anciano?
EL MÉDICO.- Veo la
exaltación de un sentimiento, una inteligencia que trabaja sin desmayar nunca,
una voluntad agitándose en el vacío, con fuerza hercúlea que no puede
aplicarse...
VENANCIO.- (Desdeñoso.) Estos médicos siempre han de dar a las cosas nombres raros.
GREGORIA.- Para que
no entendamos.
VENANCIO.- ¿Es eso
locura, o qué es?
EL MÉDICO.-
¿Queréis que os hable con toda sinceridad, como médico honrado? Pues no lo sé.
EL CURA.- (Confuso.) ¿Es o no clara la monomanía?
EL MÉDICO.- En toda
monomanía hay una razón.
EL CURA.- (Mirando al techo en busca de una idea que
se le escapa.) Bueno: yo veo...
VENANCIO.- Rascándose el cráneo. Sí: yo veo
también...
GREGORIA.- (Más sincera que los demás.) Todos vemos que... Lo diré claro: las
barrabasadas de la señora Condesa han influido en que nuestro D. Rodrigo esté
tan perdido del caletre...
EL CURA.-
Exactamente... De ahí le viene la tos al gato.
EL MÉDICO.-
Porque... aquí, que nadie nos oye, señores... la Condesa...
EL CURA.- (Limpiándose sus galas.) Todo lo que digas es poco.
VENANCIO.- No siga
usted, D. Salvador... La señora...
GREGORIA.- Callamos
por respeto; pero ello es que la tal Doña Lucrecia...
EL CURA.- (Sonriente.) Chitón...
VENANCIO.- No
chistamos...
EL CURA.- (Poniéndose las gafas.) Nos sale al encuentro un caso
delicadísimo de la vida privada, y ante él cerramos nuestros picos, y nos
lavamos nuestras manos. La misión de los que ahora estamos aquí reunidos no es
enmendar los yerros de la Condesa de Laín, ni tampoco sacarla a la vergüenza
pública. Nuestra misión... (Tosiendo,
para tomar luego un tonillo oratorio.) nuestra misión, digo, es tan sólo
aliviar, en lo que de nosotros dependa, la triste situación física y moral de
ese anciano desvalido, de ese prócer
ilustre, verdadero mártir de la sociedad, amigos míos. Y recordando que en la
época de su poderío y grandeza él nos tendió la mano y fue nuestro sostén,
correspondámosle ahora con nuestra filial solicitud y cariñoso amparo.
(Demostraciones de asentimiento. Sigue a ellas amplísima y a ratos calurosa
discusión. Aceptada en principio por
los cuatro vocales la conveniencia de alojar al anciano ALBRIT en los Jerónimos de Zaratán, surgen criterios distintos acerca de la
forma y manera de realizar lo que creen benéfica y santa obra. Mientras VENANCIO opina que debe conducírsele al monasterio con toda la derechura y
sencillez con que se traslada un buey de éste al otro prado, GREGORIA, más delicada y benigna, propone que los propios monjes vengan por
él, y le conviden a una fiesta, y le hagan muchas carantoñas hasta
llevársele; y una vez allí, que le trinquen bien y le pongan ronzal de
seda. El MÉDICO, por el contrario,
niégase a autorizar nada que trascienda
a forzado encierro, y sostiene que
D. RODRIGO debe entrar en Zaratán
voluntaria y libremente, y quedarse
allí sin ninguna violencia, única
manera de precaver un desorden mental verdaderamente grave. Y el CURA, hombre conciliador, que todo
lo pesa y mide, se ofrece a buscar
una fórmula que sea como resultante mecánica de las diversas opiniones
expuestas, y a proponer un
procedimiento que a unos y a otros satisfaga. Nómbranle por unanimidad Comisión
ejecutiva, y como él se pirra
por todo lo que sea dirección y mangoneo, promete desplegar en el asunto toda su diplomacia, y el hábil manejo con que sabe acometer las
empresas más arriesgadas y dificultosas.
Despídese Angulo para continuar sus visitas, y DON CARMELO, con los dueños de la casa, se
dirige al espacioso y bien poblado gallinero de la Pardina. Examinando huevos, pollos y echaduras, se pasa
parte de la mañana, y, por último, se convida a comer. GREGORIA le
aconseja que prefiera la cena, y
propone invitar también al MÉDICO. Aprobación
unánime.)
Escena
VI
Bosque.
EL CONDE.- (Solo, paseando lentamente.)
¡Qué hermoso día!... aire manso y tibio, cielo claro, las nubes replegadas
sobre el horizonte, el mar azul, tendido, adormilado... el bosque en silencio.
¡Qué solemne tranquilidad! El paso del hombre no ensucia este cuadro grandioso
y puro... (Mira hacia el sendero que
corta el bosque en dirección a Jerusa, y
detiénese, creyendo sentir voces.) ¿Vendrán las nenas de paseo?
Pareciome oír sus voces lejanas... El corazón me ha saltado en el pecho... No
son ellas, no. Es que el bosque tiene ruidos extraños, modulaciones misteriosas
que a veces semejan llanto de niños, a veces risotadas de muchachas que
anduvieran volando entre el ramaje. (Óyense,
en efecto, voces, risas.) ¡Ah! ¿Serán ellas? No... son insectos
o no sé qué animaluchos, que remedan la voz humana. (Aparecen mujeres del campo, charlando
y riendo.) Por allí vienen...
Pero no son ellas. Esas voces ordinarias no son las de las graciosas niñas de
Albrit. (Pasan las aldeanas y le saludan
respetuosas; el CONDE contesta con afecto paternal al saludo.) Adiós, hijas; que os divirtáis
mucho... (Sigue andando.) Ya estoy solo otra vez... No sé qué
voz del alma me dice que no vendrán por aquí mis chiquillas. ¡Cómo han de venir
las pobres, si toda la mañana las tienen encerradas con el preceptor, un
simple, a quien se paga para embrutecerlas! Pero no conseguirán haceros
idiotas, ¿verdad, hijas mías?... (Suspirando.) ¡Nell, Dolly! ¿cuál de vosotras es mi
nieta, heredera de mi sangre y de mi nombre? (Deteniéndose y cruzando las manos, dolorido.) Señor, ¿las
amo o las aborrezco? En mi corazón hay plétora de amor a mi descendencia. Pero
la certidumbre de que una de las dos, una... no es de ley, me vuelve loco...
No, no es esto locura, no puede serlo; esto es razón, derecho, justicia, el
sentimiento del honor en toda su grandeza... (Desesperado.) Daría mi
vida por ellas... las mataría... no sé. (Continúa
andando, agitadísimo.) No puedo, no debo consentir intrusos
en mi linaje... Al fuego la hierba mala, traída a mi hogar con engaño, contrabando
del vicio... Esa diabólica mujer no ha querido decirme cuál es la falsa; pero
no importa... Verás, verás, infame, cómo yo lo averiguo sin ajeno auxilio, sin
interrogar a los que seguramente conocen tus secretos... Dios me dé una intensa
penetración para desentrañar la verdad; sabré leer la historia de mi deshonra
en esas preciosas caras; y si por mi ceguera no acierto a descifrar los
rostros, leeré la invisible cifra de los pensamientos, penetraré en la hondura
de los caracteres, y no necesito más, pues los caracteres son el temperamento,
la sangre, el organismo, la casta... Adelante, Rodrigo de Albrit... Voy a
sentarme en aquel altozano del bosque que parece suspendido sobre el mar, y que
está siempre seco y bien bañado de sol. (Apresura
el paso.) No sé que tengo hoy,
que no me canso nada, pero nada. Andaría mis dos leguas como un hombre...
Otra parte del bosque.
(Terreno quebrado, donde escasean los árboles, y
abundan los chaparros y arbustería silvestre entre las rocas musgosas. Al Norte, el cantil que desciende con rápido declive hasta la playa, la cual se extiende limpia y arenosa en
toda la profundidad del paisaje. En
una peña que le ofrece cómodo asiento se recuesta el anciano, meditabundo, y contempla abstraído la costa, y el oleaje manso y rumoroso.)
¡Cómo pica el sol!
Turbonada esta tarde... Allá lejos, en la playa, distingo unos bultitos blancos
que se mueven... Dios mío, ¿serán ellas? (Haciendo
anteojo con su puño para ver mejor.)
Sí, sí... juraría que son ellas... Aquel vagar rápido, aquel vuelo de
mariposas... (Con súbita alegría.) Ellas son. Hasta me parece que oigo
sus chillidos alegres. (Bajando un poco,
entre las peñas.) Y distingo también un bulto negro, una especie de cigarrón que
las persigue... Es el maestro, el pobre Coronado... ¿Qué haré? ¿Las llamo, les
hago una seña con el pañuelo, voy a buscarlas? (Vuelve a sentarse, indeciso.) ¡Dios mío, estas lindas criaturas
serían mi encanto, mi gloria, mi consuelo, si no me amargara la vida el
convencimiento de que una de ellas es intrusa, fraudulenta, usurpadora! Quiero
idolatrarlas; pero antes, urge separar la verdad de la mentira, para poder amar
exclusivamente a la que lo merezca... ¿Cuál es, cuál de las dos, Señor? (Se golpea el cráneo con el puño cerrado.) Misterio terrible, ¿será posible que yo
no pueda penetrar en ti...? (Pausa.) ¿Qué atracción es ésta que hacia
ellas me llama?... Fuerza superior a mi voluntad. No quiero ir, y voy...
Atracción del enigma, el ansia inmensa del ¡qué
será!... (Se levanta.) ¡Ah, parece que me han visto! Creo
notar una agitación de cosas blancas, como si me saludaran con los pañuelos.
Sí, sí: ya percibo sus vocecitas más dulces, más musicales que cuantos sones
hay en la Naturaleza... (Gritando.) Sí, sí, Nell, Dolly; aquí estoy... Ya
os había visto... os veo en medio de la inmensidad... ¿Queréis que baje, o
subís vosotras?... (Gozoso.) Ya, ya vienen. No corren, vuelan.
Escena
VII
El CONDE, NELL, DOLLY, D. PÍO
NELL.- (Cuya voz suena lejos.) ¡Abuelo, abuelo!...
EL CONDE.- No
corráis, hijas, que podéis caeros.
DOLLY.- (Suena la voz menos lejana.) Abuelo, te vimos, te vimos.
NELL.- (Cerca.) Yo fui la que primero te vi.
DOLLY.- (Más cerca.) No, que fui yo.
EL CONDE.- Yo
bajaría; pero este camino, lleno de zarzas, es tan quebrado que temo caerme.
NELL.- (Próxima.) No te muevas, que allá vamos.
DOLLY.- (Más próxima.) Por esta veredita, Nell.
NELL.- Por aquí. (Llegan a un tiempo las dos, sofocadas, sin aliento, junto al
anciano, que las abraza y las besa.)
EL CONDE.- ¿Por qué
habéis venido tan a prisa? Claro, como sois ángeles, nada os cuesta volar.
NELL.- D. Pío no
quería que viniésemos.
DOLLY.- (Sujetándose el cabello, que el viento le ha soltado.) Allá sube como una tortuga el pobre
viejo... ¡Qué trabajo le cuesta seguirnos!
EL CONDE.- Sentaos
ya, y descansad aquí conmigo.
DOLLY.- ¿Estás ya
contento?
EL CONDE.- ¿No lo
ves? ¿Por qué me lo preguntas?
NELL.- ¡Como esta
mañana estabas de tan mal humor!... (Sorpresa
del anciano.) Sí, sí... y cuando
entramos a darte los buenos días, nos asustaste.
DOLLY.- Nos
dijiste: «¡Idos; dejadme solo!»
EL CONDE.- No
hagáis caso. ¡Es que Gregoria me había servido tan mal...!
DOLLY.- (Con mimo.) De veras, ¿no estás enfadado con nosotras?
EL CONDE.- Nunca.
Os quiero, os idolatro.
NELL.- (Cariñosa.) Y como Gregoria y Venancio te sirvan mal, ya les ajustaremos las
cuentas. ¡Vaya...!
EL CONDE.- Niñas
mías, la gente pequeña, cuando se hincha de vanidad y coge debajo a los que
fueron grandes, es terrible, es peor que las fieras.
D. PÍO.- (Que llega jadeante, medio muerto de fatiga, y se arroja en el suelo.) Señor Conde, saludo a usía. Como soy
viejo, no puedo seguir a estas criaturas, que tienen alas de mariposa.
EL CONDE.- ¡Pobre
Coronado, cuánto le marean a usted! ¿Y qué tal? ¿Se han sabido la lección?
D. PÍO.- (Con suprema honradez.) Señor, ni palotada. Me lo puede
creer.
EL CONDE.- ¡Habrá
picaruelas...!
D. PÍO.- Como usía
es tan tolerante, puedo decírselo: hacen burla de la ciencia y de mí.
EL CONDE.- ¡Qué
monas! ¡Ángeles divinos! Besadme otra vez, Nell y Dolly, amables borriquitas.
Vuestro D. Pío, que os consiente todas las travesuras y juega con vosotras
cultivándoos en la ignorancia, demuestra ser un verdadero sabio.
NELL.- (Irónica.) Di que queremos sorprenderle, y aprendemos sin que él lo note.
DOLLY.- (Maleante.) Le hacemos rabiar un poquito para amansarle el genio, porque este
D. Pío, aquí donde le ves, tan suavecito, es un tigre.
EL CONDE.- No,
hijas mías, es un cordero, un santo cordero... ¿No le veis esa cara?... Dios le
hizo santo, y su familia le ha hecho mártir. Yo le quiero. Seremos amigos.
D. PÍO.- (Con emoción.) Señor, usía me honra demasiado.
NELL.- (Con lástima.) ¿Y por qué es mártir D. Pío?
DOLLY.- ¿No tiene
muchas hijas?
EL CONDE.- Pero no
son buenas, como vosotras.
NELL.- ¡Ay,
pobrecito, cuánto padecerá!
DOLLY.- (Compadecida.) Ya no volveremos a hacerle rabiar.
EL CONDE.- (Notando, por los hondos suspiros que exhala CORONADO, su disgusto de aquella conversación.) No se hable más de eso. Y ahora que nos hemos encontrado y no
necesita usted estar al cuidado de las señoritas, puede irse a descansar, Sr.
Coronado.
D. PÍO.- (Tímidamente.) Señor Conde, yo no puedo dejar a las señoritas, porque el Sr.
Venancio me encargó mucho que no les consintiera separarse de mí; que con ellas
salía y con ellas tenía que volver a casa.
EL CONDE.- (Picado.) Ya que no es usted su maestro, porque ellas no aprenden, le
mandan a usted que sea su pastor. Pues para pastorear este rebaño, me basto y
me sobro, Sr. Coronado.
D. PÍO.- No se
incomode, señor. Yo no hago más que cumplir órdenes de Venancio.
EL CONDE.- (Dominando su ira por hallarse frente a un
ser débil e inofensivo.) ¿Y mis
órdenes no significan nada para usted? Esa bestia mandará en su casa, pero no
en mi familia.
NELL.- (Asustada.) Abuelito, por amor de Dios, no te incomodes.
DOLLY.- ¡Si D. Pío
se va!... ¿Qué tiene que hacer más que lo que tú le mandes?
EL CONDE.- Ya ves
cómo no lo hace, y me obligará a decirlo por segunda vez, cuando estoy
acostumbrado a que a la primera se me obedezca.
NELL.- Váyase, D.
Pío... Piito, lárgate.
D. PÍO.- (Levantándose perezoso.) Señor Conde, yo creí...
EL CONDE.- (Impaciente, sin poder contenerse.)
Pronto... Retírese usted.
D. PÍO.- (Tocando las castañuelas.) Me retiro, puesto que lo manda usía
con tanto imperio... Y si me riñen allá, que me riñan... Lo que yo digo: es
malo ser bueno. (Saluda y se aleja.)
Escena
VIII
El CONDE, NELL, DOLLY
NELL.- Ya estamos
solitos los tres.
DOLLY.- ¡Qué gusto!
EL CONDE.- Los dos,
digo, los tres, porque vosotras, ¡ay!, sois dos, aunque a mí me parezcáis una.
NELL.- ¡Que
parecemos una!
EL CONDE.- Lo he
dicho al revés: sois una, aunque parezcáis dos... No está bien hoy mi cabeza...
Quiero decir que en vosotras hay algo que sobra.
DOLLY.- ¿Algo que
sobra? Ahora lo entiendo menos.
NELL.- (Con agudeza.) Quiere decir el abuelo que en nosotras, en las dos, no en una
sola, hay lo malo y lo bueno.
DOLLY.- Y lo malo
es lo que sobra.
EL CONDE.- Y debe
quitarse, arrojarse fuera.
NELL.- O será que
una de nosotras es mala, y la otra buena. (Míranle
atentas al rostro.)
EL CONDE.-
Quizás...
NELL.- (Generosa.) En ese caso, la mala soy yo y la buena Dolly.
DOLLY.- (Correspondiendo.) No, no: la mala soy yo, que siempre estoy haciendo diabluras.
EL CONDE.- (Atormentado de una idea.) Chiquillas, acercaos más a mí;
aproximad vuestros rostros para que os vea bien. (Se ponen una a cada lado, y
él las abraza. Las tres cabezas
resultan casi juntas.) Así,
así... (Mirándolas fijamente y con
profunda atención.) No veo, no
veo bien... (Con desaliento.) Esta condenada vista se me va, se me escapa
cuando más la necesito... Y por más que os miro, no hallo diferencia en
vuestros semblantes.
NELL.- Dicen que
nos parecemos. Pero Dolly es un poquito más morena que yo, menos blanca.
EL CONDE.- (Con gran interés.) ¿Y el cabello, lo tenéis negro las dos, muy negro, muy negro?
DOLLY.- Sí, estrepitosamente negro. El pelo castaño
de mamá es más bonito.
EL CONDE.- ¡Qué ha
de ser!
DOLLY.- Otra
diferencia tenemos. Mi nariz es un poquitín más gruesa.
NELL.- Y mi boca
más chica que la tuya.
EL CONDE.- ¿Y los
dientes?
NELL.- Las dos los
tenemos preciosos; no es por alabarnos.
DOLLY.- Pero yo
tengo este colmillo un poquito encaramado... así, como retorcido. Toca,
abuelito. (Llevándose a la boca el dedo
del CONDE.)
EL CONDE.- Es
verdad... colmillo retorcido.
NELL.- Otra
diferencia tengo yo: un lunar en este hombro.
DOLLY.- Yo tengo
dos más abajo, así de grandes.
EL CONDE.- (Preocupado.) ¿Dos?
DOLLY.- Sí, señor:
dos que parecen tres.
EL CONDE.- (Soltándolas de sus brazos.) Vuestros ojos, cuando los examino con
mi corta vista, me parecen igualmente bellos. Nell, hazme el favor de mirar
bien el color de los ojos de tu hermana... Y tú, Dolly, fíjate bien en los de
Nell. Decidme el color... justo.
NELL.- Los ojos de
Dolly son negros.
DOLLY.- Los de Nell
son negros; pero los míos son más.
EL CONDE.- (Con interés ansioso.) ¿Más? ¿Los tuyos, Dolly, tienen acaso
un viso verde?
NELL.- Me parece
que sí... entre verde y azul.
DOLLY.- (Mirando de cerca los ojos de su hermana.) Lo que tienen los tuyos es rayitas
doradas... Sí, sí, y también algo de verde.
EL CONDE.- Pero son
negros. Los de vuestro papá, mi querido hijo, negros eran como el ala del
cuervo.
NELL.- Era
guapísimo nuestro papá.
EL CONDE.- (Suspirando.) ¿Os acordáis de él?
DOLLY.- ¡Pues no
hemos de acordarnos!
NELL.- ¡Pobrecito,
cuánto nos quería!
DOLLY.- Nos
adoraba.
EL CONDE.- ¿Cuándo
le visteis por última vez?
NELL.- Hace... creo
que dos años, cuando se fue a París. Entonces nos sacaron del colegio.
EL CONDE.- (Vivamente.) ¿Se despidió de vosotras?
DOLLY.- Sí, sí.
Dijo que volvía pronto, y no volvió más. Después fue a Valencia.
NELL.- Mamá salió
también para París, pero se quedó en Barcelona. No nos llevó.
DOLLY.- Al volver a
Madrid estaba muy disgustada, sin duda por la ausencia de papá.
EL CONDE.- ¿Y en
qué le conocíais su disgusto?
NELL.- En que se
aburría, y estaba siempre en la calle. Nosotras comíamos solas.
EL CONDE.- ¿Y en
esa época os trajeron aquí?
DOLLY.- Sí, señor.
EL CONDE.- (Con dulzura.) Decidme otra cosa. ¿Queríais mucho a vuestro papá?
NELL.- Muchísimo.
EL CONDE.- Me
figuro que una de vosotras le quería menos que la otra.
LAS DOS.- (Protestando.) No, no, no... Las dos igual.
EL CONDE.- (Después de una pausa, clavando en ellas sus ojos, que poco ven.) ¿Y creéis que él quería lo mismo a entrambas?
DOLLY.- A las dos
lo mismo.
EL CONDE.- ¿Estáis
bien seguras?
NELL.- Segurísimas.
Desde París nos escribía cartitas.
EL CONDE.- ¿A cada
una por separado?
DOLLY.- No; a las
dos en un solo papel, y nos decía: «Florecitas de mi alma, únicas estrellas de
mi cielo...» Pero de Valencia no nos escribió nunca.
NELL.- Ninguna
carta recibimos de Valencia. Nosotras le escribíamos, y él no nos contestaba. (Larga pausa. El CONDE apoya la frente en
sus manos, con las cuales empuña el
palo, y permanece un rato en
profunda meditación.)
DOLLY.- Abuelito,
¿te has dormido?
EL CONDE.- (Suspirando, alza la cabeza y se frota los ojos.) ¿Queréis que andemos un poquito?
NELL.- Sí. (Se ponen las dos en pie, le dan la mano, y le ayudan a levantarse.)
DOLLY.- ¿A dónde
quieres que vayamos?
EL CONDE.- (Indiferente.) Guiad vosotras.
DOLLY.- Iremos
hacia el Calvario y la gruta de Santorojo.
NELL.- No nos
alejaremos mucho.
EL CONDE.- Nos
alejaremos todo lo que queramos, y volveremos cuando nos dé la gana... Parece
que sopla viento de turbonada... ¿Qué? ¿Se ha nublado el sol?
DOLLY.- Sí, y de
aquel lado vienen nubes gruesas. Lloverá.
EL CONDE.- Si
llueve, que llueva, y si nos mojamos, que nos mojemos.
DOLLY.- ¿Quieres
que te demos el brazo?
EL CONDE.- No,
chiquillas, no quiero aprisionaros. Corred solas y con libertad... Ya estamos
en sendero franco, y pisamos la finísima alfombra del bosque sombrío.
NELL.- (A DOLLY.) ¿A que no me coges? (Se
alejan corriendo.)
EL CONDE.- (Hablando solo, desalentado.) Las
facciones nada me dicen... (Animándose.) Hablarán los caracteres... Ya se
clarean, ya. Nell paréceme más grave, más reposada; Dolly, más frívola y
traviesa... Pero noto que cambian, permutan las cualidades de una y otra, de
modo que aquélla parece ésta, y ésta, aquélla. Observemos mejor. (Las niñas juegan a cuál corre más.)
DOLLY.- (Que vuelve triunfante, casi sin respiración.) No me has cogido, no.
NELL.- (Jadeante también.) Que sí... Corro yo más que tú.
DOLLY.- Nunca.
NELL.- Ayer te
gané.
DOLLY.- Mentira.
NELL.- Yo digo la
verdad.
DOLLY.- (Picadas las dos.) Ahora no... Es que eres tú muy orgullosa.
NELL.- Abuelo, me
ha dicho que miento.
EL CONDE.- Y tú no
mientes nunca; no está en tu natural la mentira.
DOLLY.- Ella me
dijo ayer a mí... embustera.
EL CONDE.- ¿Y qué
hiciste?
DOLLY.- Echarme a
reír.
NELL.- Pues yo no
consiento que me digan que miento. (Lloriquea.)
EL CONDE.- ¿Lloras,
Nell?
DOLLY.- (Riendo.) Tonterías, abuelo.
NELL.- Soy muy
delicada. Mi dignidad por la menor cosa se ofende.
EL CONDE.- ¡Tu
dignidad!
DOLLY.- Lo que
tiene es envidia.
EL CONDE.- ¿De qué?
DOLLY.- (Con travesura jovial.) De que todos me quieren más a mí.
NELL.- Yo no soy
envidiosa.
EL CONDE.- Vaya,
Nell, no llores, pues no hay motivo para tanto. Y tú, Dolly, no te rías. ¿No
ves que la has ofendido?
NELL.- Siempre es
así. Todo lo toma a risa.
EL CONDE.- (Para sí.) Nell tiene dignidad. Esta es la buena. (A DOLLY, con un poquito de
severidad.) Dolly, te he mandado
que no te rías.
DOLLY.- Es que me
hace gracia.
EL CONDE.- (A NELL, acariciándola.) Tú eres
noble, Nell. En ti se revela la sangre, la raza... Vaya, haced las paces.
NELL.- No quiero.
DOLLY.- Ni yo...
EL CONDE.- Esa
risita, Dolly, es un poquito ordinaria.
DOLLY.- (Poniéndose seria.) Bueno. (Súbitamente se
lanza a la carrera.)
EL CONDE.- (A NELL.) Estoy algo cansado. Dame el
brazo.
NELL.- Dolly está
sentida... Le has dicho ordinaria, y esto le llega al alma. ¡Pobrecilla!
EL CONDE.- Dime,
hija mía, ¿has notado otra vez en Dolly estos arranques...?
NELL.- ¿De qué?
EL CONDE.- De
naturaleza ordinaria.
NELL.- No, papá...
¡Qué cosas tienes! Dolly no es ordinaria. Creo que se lo has dicho en broma.
Dolly es muy buena.
EL CONDE.- ¿La
quieres?
NELL.- Muchísimo.
EL CONDE.- ¿Y no
estás incomodada con ella porque te dijo que mentías?
NELL.- Yo no...
Cosas de nosotras. Reñimos, y en seguida hacemos las paces. Dolly es un ángel:
le falta sentar un poquito la cabeza. Yo la quiero; nos queremos... ¡Ya tengo
unas ganas de abrazarla y decirle que me perdone!
EL CONDE.- (Con júbilo.) ¡Otro rasgo de nobleza! Nell, tú eres noble. Ven a mí... (La abraza.) Y esa loca, ¿dónde está?
NELL.- Ya viene.
DOLLY.- (Volviendo como una exhalación.) Abuelito, llueve. Me ha caído una
gota de agua en la nariz.
NELL.- (Deseando coyuntura para hacer las paces.) Y a mí dos.
DOLLY.- Papá,
¿quieres que nos metamos en la gruta de Santorojo? Has hecho mal en no traer
paraguas.
EL CONDE.- Es un
chisme que no he usado nunca.
DOLLY.- ¡Ya...
acostumbrado a andar siempre en coche! Pero ahora no tienes más remedio que
andar a patita, como nosotras.
EL CONDE.- (Para sí.) Se burla de mí... ¡Qué innoble!
NELL.- ¡Ay, qué
gotas tan gordas!
DOLLY.- ¡Menudo
chaparrón nos viene encima!... Abuelito, ¿quieres que vaya a casa en cuatro
brincos, y te traiga un capote de agua?
EL CONDE.- No. (Para sí.) Ahora quiere desenojarme con sus zalamerías.
NELL.- Nos
meteremos en la gruta. Oiremos el eco. (Dirígense
por un sendero áspero, entre peñas y
zarzales.)
DOLLY.- Por aquí.
Yo iré delante, apartando las zarzas para que el abuelo no se pinche... ¡Ay,
ay, qué pinchazo me he dado! (Chupándose
la herida.)
EL CONDE.- ¿Te has
hecho sangre?... Ya ves: por traviesa, por correntona.
DOLLY.- Si ha sido
por abrirte camino, para que no te hicieras daño. ¡Así me lo agradeces!
EL CONDE.- Sí que
te lo agradezco, tontuela.
NELL.- (Que soltando el brazo del anciano, y recogiéndose el vestido para no
engancharse, se adelanta.) Dolly, da el brazo a papaíto, y
tráele con cuidado.
EL CONDE.- (Dejándose guiar por DOLLY, que continúa chupándose el dedito lastimado.) Chiquilla, ¿de veras te has hecho
sangre?
DOLLY.- Poca cosa.
La he derramado por ti. Derramaría más: toda la que tengo.
EL CONDE.- (Parándose.) ¿De veras?
DOLLY.- ¡Oh, sí!... Pruébalo... ¡Si pudiera probarse...!
EL CONDE.- ¿Tanto
me amas?
DOLLY.- Más de lo
que crees.
EL CONDE.- ¿Me
querrás más que tu hermana?
DOLLY.- No, más no.
Ofendería a Nell si dijera que ella te quiere menos que yo. Las dos somos tus
nietas, y te queremos lo mismo.
EL CONDE.- (Para sí.) Pues esto es nobleza... y de la fina. ¿Resultará ésta la legítima
y la otra la falsa?... ¡Dios mío, luz, luz! (Alto.) ¿Dónde está
Nell?
DOLLY.- Ha dado un
rodeo para no engancharse el vestido. Sabe sortear las púas.
EL CONDE.- ¿Y tú?
DOLLY.- ¿Yo? Tengo
la piel mechada y endurecida de tanto aguijonazo, y una encarnadura que no la
merezco. Mi hermana es más delicada que yo. Por eso, cuando me has llamado
ordinaria, dije para mí que tenías razón.
EL CONDE.- (Para sí, aturdido, sin saber qué
pensar.) Razón... verdad...
duda... problema.
NELL.- (Desde lejos, mirando hacia atrás.)
Dolly, ¿por qué nos has traído por esta vereda? Es la peor.
DOLLY.- ¿Qué sabes
tú...? Sigue, sigue, que a la vuelta tienes la entrada de la gruta.
EL CONDE.-
Llueve... Vamos a prisa.
NELL.- (Encontrando el paso fácil hacia la gruta.) Que os mojáis... Yo estoy en salvo
ya.
EL CONDE.- (Para sí.) Paréceme Nell un poco egoísta... ¡Qué horrible duda, Señor! ¡Si
resultará que Dolly es la buena! (Alto.) ¿Llegamos por fin? [209]
DOLLY.- Abuelo, por
aquí... cuidado... Otro escaloncito, otro... (Llueve copiosamente.)
NELL.- (Guarecida en la boca de la cueva.) Os habéis mojado; yo no.
Gruta de Santorojo.
(Cavidad ancha y profunda en la fragorosa peña. Festonean su boca parietarias viciosas,
raíces de árboles cercanos, helechos y plantas mil de variado follaje.
El interior se compone de masas
cretáceas de variado color, con
formas de una arquitectura de pesadilla. Las concreciones de la bóveda son como un sueño de bizarras
magnificencias, labradas en cristal,
azúcar y estearina.)
EL CONDE.- (Sentándose en una piedra.) ¡Cuántas veces, niño, me he
refugiado, como ahora, en esta soberbia estancia natural de Santorojo!
NELL.- ¿Y es cierto
que aquí vivió y murió un ermitaño llamado Toronjillo, que hacía milagros?
EL CONDE.- Es
tradición que viene labrando en la mente popular desde el siglo XIII.
Ejecutorias de la casa de Laín mencionan al santo Toronjillo, que desde este
balcón amansaba las olas furibundas con un gesto... Aquí abajo, al pie de la
pendiente llena de malezas, bate la mar.
DOLLY.- (Asomándose.) Ya se ven de aquí los espumarajos.
EL CONDE.- ¿Y esto
no te da miedo? ¡Si te cayeras...!
DOLLY.- Llegaría al
mar en pedacitos así.
NELL.- (Cariñosa.) Por Dios, hermana, no te acerques al abismo.
EL CONDE.- Dolly,
no hagas tonterías... Una tarde, siendo Rafael niño, quiso descender por esta
escarpa... Al primer salto que dio, ya no podía bajar ni subir. ¡Qué susto pasó
su madre! ¡Nos costó un trabajo subirle!
DOLLY.- ¡Qué
trance!...
NELL.- De pensarlo,
me da escalofríos.
DOLLY.- Dicen que
nuestra abuelita era muy hermosa... (Se
sientan las dos junto al CONDE.)
EL CONDE.- Sí: la
figura más arrogante y noble que podríais imaginar.
DOLLY.- Y que Nell
se le parece mucho.
EL CONDE.- (Mirando a NELL.) No sé... no veo bien
las facciones de tu hermana.
NELL.- Por el
retrato que hay en casa, más se parece a Dolly que a mí.
DOLLY.- ¡Si fuera
verdad! ¡Qué gusto parecerme a una señora tan santa y tan... bonita! Abuelo,
mírame bien, y haz memoria.
EL CONDE.- Díme que
haga vista.
DOLLY.- ¿Me
parezco?
EL CONDE.- (Confuso, mirándola de cerca.) No
sé... No veo...
NELL.- (Que se ha levantado para sentarse en mejor
sitio, junto a la roca.) Eso no puede decirlo más que el
abuelo.
DOLLY.- Eso no
puede decirlo más que el abuelo.
EL CONDE.- (Sobrecogido por la igualdad del timbre de
las voces.) ¿Quién habla?
LAS DOS.- Yo.
EL ECO.- (Repitiendo la voz de NELL.) Yo.
EL CONDE.- Ese yo me ha sonado como si lo pronunciara
mi pobre Adelaida, vuestra abuela.
NELL.- (Riendo.) Es el eco, papá. (Gritando.) Conde de Albrit, soy yo.
DOLLY.- (Que corre junto a su hermana y grita.) Soy yo... yo... (El eco repite la voz de entrambas.)
EL CONDE.- (Tembloroso, y profundamente excitado.)
Venid aquí... No os apartéis de mi lado... No hagáis hablar al eco... Me
asusta.
DOLLY.- ¿De veras?
NELL.- No creas, a
mí también me asusta un poquitín.
EL CONDE.- (Para sí.) ¡Confusión horrible!... «Soy yo», dice la Naturaleza... ¿Y quién
eres tú?... (Reflexionando.) ¿Será Nell la mala?... ¿Será Dolly? (Se clava los dedos en el cráneo, y permanece un rato en actitud de
meditación o somnolencia. Un trueno
retumba, con formidable sucesión de
sonidos pavorosos.)
DOLLY.- ¡Jesús, qué
miedo!
NELL.- ¡María
Santísima!
EL CONDE.- (Vivamente, creyendo hallar un dato.)
¿Cuál de las dos se asusta de los truenos?
NELL.- Yo.
DOLLY.- Y yo...
pero me hago la valiente. No me rinde un poco de ruido.
EL CONDE.- (Para sí.) Carácter entero.
NELL.- Yo no finjo,
yo no disimulo la falta de valor. Digo lo que siento. Cualidad de la familia,
como decía papá.
EL CONDE.- Es
cierto... Ven acá, que yo te bese.
DOLLY.- ¿Y a mí no?
EL CONDE.- También
a ti. (Las besa y abraza.)
NELL.- (Con efusión.) Abuelo del alma, las niñas de Albrit te adoran.
EL CONDE.- (Asustado.) Por Dios, no gritéis, no hagáis hablar al eco... Me espanta... no
lo puedo remediar.
DOLLY.- ¿Y los
truenos no te impresionan? (Retumba otro.)
EL CONDE.- Los
truenos, no; el eco, sí. La tempestad corre hacia el Este.
NELL.- Hay una
clara. ¿Quieres que nos vayamos?
EL CONDE.- (Levantándose.) Sí... La gruta me confunde más de lo que estoy... Estas rocas son
mi propio cerebro... Siento el eco aquí, como si mis ideas hablasen solas.
DOLLY.- Ahora no
llueve. Aprovechemos esta clara, y vámonos. En cinco minutos llegaremos a las
primeras casas; y si el aguacero se repite, nos metemos en la casucha de la tía
Marqueza.
NELL.- Bien
pensado. Y con cualquiera de los chicos mandamos un recado a la Pardina.
EL CONDE.- Sí,
vamos... Llevadme. (Salen de la gruta.)
Escena
IX
Casa pobre de campo, de un solo piso, de una sola
puerta, con dos ventanuchos tuertos.
Sale humo en bocanadas por entre las
tejas musgosas, que en sus junturas
y en las jorobas del caballete ostentan un jardín botánico en miniatura, colección lindísima de criptógamas y
plantas parásitas. Junto a la casa,
un huerto mal cercado de pedruscos, con un albérchigo desgarbado, un madroño copudo, varios girasoles con sus caras amarillas, atónitos ante la lumbre del sol, y unas cuantas coles agujereadas por los gusanos. La fauna consiste en un cerdo libre, que hociquea en el charco formado por la
lluvia; dos patos, gallinas, y todos los caracoles y babosas que se quieran poner. Las moscas, huyendo de la lluvia, han
querido refugiarse en el interior de la casa, y como el humo las expulsa, voltejean
en la puerta sin saber si entrar o salir.
Agréganse a la fauna niño y niña, descalzos y con la menor ropa posible, y una vieja corpulentísima, mujer de excepcional naturaleza, nacida para poblar el mundo de gastadores,
y que por su musculatura, en cierto modo grandiosa, parece prima hermana de la Sibila de Cumas,
obra de Miguel Ángel.
La MARQUEZA, el CONDE, NELL y DOLLY; los dos NIÑOS
LA MARQUEZA.- Mira,
Gilillo, ¿no es aquél el señor Conde con sus nenas?
NIÑO.- Sí que
son... madre, ellos... Cá vienen.
LA MARQUEZA.- (Adelantándose a recibirles.) Señor mi Conde, Dios le guarde.
¡Quién pensara verle más!... ¿Quiere descansar?
NELL.- Sí:
descansaremos un rato.
DOLLY.- No llueve.
Madre Marqueza, sáquenos el banquito.
EL CONDE.- (Muy complacido, mientras la anciana le besa la mano.) Gracias, mujer... ¿Era tu marido Zacarías Márquez?
LA MARQUEZA.- ¡Ay,
señor... no me haga llorar recordándomelo!... Hace dos meses que me le quitó
Dios...
EL CONDE.- Era más
viejo que yo, mucho más. Buen hombre, recio como ninguno para el trabajo, y
honrado a carta cabal.
LA MARQUEZA.- Vea,
señor, a qué pobreza hemos llegado desde el tiempo de usía... Entonces teníamos
hacienda, ganado, y Zacarías traía napoleones a casa.
EL CONDE.- ¡Ay!,
desde aquel tiempo ha dado muchas vueltas y sacudidas el mundo, y se han caído
algunas torres. Otros conozco yo que eran más ricos que tú, mucho más, y ahora
son pobres, más pobres que tú... Y tus hijos, ¿qué ha sido de ellos? Yo recuerdo
unos mocetones como castillos.
LA MARQUEZA.- En la
América están dos... Dicen que ricachones. Los demás se han muerto. Para mí,
muertos todos... Pasó la nube, señor, y se llevó lo bueno, dejándome a mí para
rociarlo con mis lágrimas. Estas criaturas son de mi hija, la Facunda, que enviudó
por San Roque, y en las minas trabaja como una mula. Vivimos en miseria.
Dispénseme, señor mi Conde; pero no tengo nada que ofrecerle.
EL CONDE.- Gracias.
Yo tampoco puedo darte más que palabras tristes... el tesoro del pobre. Estamos
iguales.
NELL.- Marqueza, yo
te voy a traer ropita para tus nietas.
DOLLY.- Y yo los
cuartitos que tengo ahorrados, para que tú les compres lo que quieras. (Se van a jugar con los chicos junto a unos
troncos.)
LA MARQUEZA.-
Bendígalas Dios... ¡Qué par de pimpollos tiene aquí el buen Conde! Da gloria
verlas tan reguapas, tan bien apañaditas... ¡Ay, qué vieja soy, y cuánto he visto en este mundo! El día
en que nació el señor Condesito Rafael, padre de estas nenas, estábamos mi
hermana y yo en la Pardina. Las dos le planchábamos a la señora Condesa. Usía
no se acordará...
EL CONDE.- Mi
memoria flaquea. ¿Y tú te acuerdas de mi hijo?
LA MARQUEZA.- Como
si lo tuviera delante. Ya sé que está gozando de Dios.
EL CONDE.- Dime una
cosa: ¿se parecen a él mis nietas?
LA MARQUEZA.- (Mirándolas detenidamente.) Se parece la señorita Nela. Es la misma cara.
EL CONDE.- ¿Y su
hermana?
LA MARQUEZA.- La
señorita Dola no... digo, sí, también
tiene la pinta; pero cuando se ríe, nada más que cuando se ríe.
EL CONDE.- (Secamente.) Rafael era muy serio...
LA MARQUEZA.- ¡Y
qué galán! Tan caballero y respetoso
que toda Jerusa se quitaba el sombrero cuando pasaba, y hasta la torre de la iglesia parecía como
si le hiciera la reverencia.
EL CONDE.- (Que mira y no ve, impaciente.) Dime,
Marqueza, ¿qué hacen ahora las niñas? Oigo sus risotadas; pero no las veo.
LA MARQUEZA.-
Juegan con mis chicos... ¡Qué bonitas son, y qué afables con el pobre! La
señorita Nela quiere bailar con mi
Narda, y la señorita Dola y mi Gil
están ahora cogiendo moras. Las niñas de la Pardina llevan la alegría por donde
quiera que van. ¡Ay, si el señor las hubiera visto aquí, esta primavera, cuando
venían a pintar...!
EL CONDE.- (Sorprendido.) ¡A pintar!... ¿Acaso mis nietas son pintoras?
LA MARQUEZA.- Anda,
anda... ¿Pues no sabe...? Si pintan como los serafines. Pues en un librote
grande retrataron toda esta casa, y a mí mesma... y hasta el guarro, con
perdón, hasta el guarro, tan parecido, que era él en persona.
EL CONDE.- (Excitadísimo, llamando.) Nell, Nell...
Ven acá, hija... (Se acerca.) Oye lo que dice la Marqueza... (Ésta repite lo del guarro.)
NELL.- Yo, no. Es
Dolly la que dibuja y hace acuarelitas...
EL CONDE.- (Llamando.) Dolly... ven... ¿Es verdad esto, Dolly?... (Acércase ésta, sofocada.) ¡Qué callado te lo tenías! ¡Tú
pintora!
DOLLY.- (Con modestia.) Me dio por hacer monigotes. Aquí veníamos algunas mañanas, por
ser éste el sitio más bonito de los alrededores de Jerusa.
NELL.- (Que quiere congraciarse con DOLLY.)
Tiene un álbum lleno de apuntes preciosos.
DOLLY.- No valen
nada, abuelito.
NELL.- Di que sí.
Pinta y dibuja... ¡Si tuviera fundamento, qué preciosidades haría!
DOLLY.- Quita,
quita.
EL CONDE.- (Con profundo interés.) ¿Quién te ha dado lecciones?
DOLLY.- Nadie: lo
que sé lo he aprendido yo solita, mirando las cosas. Me gusta, eso sí, y cuando
me pongo a ello no sé acabar.
LA MARQUEZA.- Unos
señores que vinieron acá una tarde... eran de Madrid, y traían unas cajas con
trebejos y cartuchitos de pintura... vieron
lo que hacía la señorita Dola, y se pasmaron...
DOLLY.- (Ruborizada.) No hagas caso, papá.
NELL.- Y dijeron
que esta chica, si estudiara, sería una gran artista... sí que lo dijeron. No
vengas ahora con farsas.
EL CONDE.- (Con gran agitación, que procura disimular.) ¡Eres pintora, Dolly... y te
avergüenzas de serlo! Dime, ¿sientes una afición honda, un gusto intenso de la
pintura? ¿Te sale del fondo del alma el anhelo de reproducir lo que ves?
¿Ayúdante los ojos y la mano, y encuentras facilidad para dar satisfacción a
tus deseos?
DOLLY.- Facilidad,
sí... digo, no... Me gusta... Quiero,
y a veces no puedo...
EL CONDE.- ¿Y hace
tiempo que sientes en ti ese ardor, esa fiebre del arte, don concedido a la
criatura desde el nacer, que no se aprende, que se trae del otro mundo, de...?
DOLLY.- Me entró la
afición... qué sé yo cuándo.
NELL.- Desde niña
hacía garabatos...
EL CONDE.- Ya me
acuerdo. Cinco años tenías, y me quitabas todos los lápices.
LA MARQUEZA.-
¡Ángel de Dios!
EL CONDE.- Y tú,
Nell, ¿no dibujas?
NELL.- ¡Soy más
torpe...! No sirvo... no acierto. Me aburro.
EL CONDE.- (Con viveza.) ¡Tú eres pintora, Dolly, tú... tú...! ¡Y te avergüenzas!...
Bueno, hijas, seguid jugando. Dejad aquí a los viejos que hablemos de cosas
tristes. (NELL y DOLLY se alejan y continúan su juego.)
LA MARQUEZA.- ¡Qué
par de serafines! Ya puede el señor estar contento. (El CONDE no contesta. Mirando al suelo se sumerge en profunda
abstracción.) ¿Qué tiene, mi
señor, que está tan triste?
EL CONDE.- (Como quien vuelve de un letargo.) ¡Ay, Marqueza, qué malo es vivir
mucho!
LA MARQUEZA.- Lleva
razón. Mientras más se vive, más cosas malas se ven. Digo yo, gran señor, que
los niños de pecho ya saben lo que hacen al morirse.
EL CONDE.- (Con tristeza.) ¡Y otros ¡ay!, qué bien harían en no nacer!... Porque después de nacidos y crecidos, ya no hay remedio...
LA MARQUEZA.- ¿Y
los viejos, qué tenemos que hacer aquí?
EL CONDE.- Por algo
estamos cuando estamos.
LA MARQUEZA.- Es
verdad: somos troncos, que servimos para que las plantas tiernas se agarren y
vivan.
EL CONDE.- Tú eres
útil, Marqueza. Hoy me has hecho un gran servicio.
LA MARQUEZA.- ¿Yo? (Pausa larga. El CONDE vuelve a quedarse
abstraído, cual si su espíritu se
sumergiera en abismos profundos.)
Señor... ¿qué le pasa que no habla?
EL CONDE.- (Después de otra pausa.) Has sido la sibila que me ha revelado
lo que yo quería saber. Dios me trajo a tu choza.
LA MARQUEZA.- (Confusa.) ¿Qué dice que soy?
EL CONDE.- Mis
horribles dudas, gracias a ti, se han trocado en triste certidumbre...
LA MARQUEZA.- (Creyendo fundado lo que se dice del
desorden mental del SEÑOR DE JERUSA.) ¿Quiere que le dé un vasito de vino?
Lo tengo blanco y bueno.
EL CONDE.- No,
gracias.
LA MARQUEZA.- Lo
que tiene mi Conde es debilidad.
EL CONDE.- Es
tristeza, y mi tristeza no se disipa bebiendo. Es muy honda. A veces el
descubrimiento de la verdad nos amarga la existencia más que la duda. No sé
cuál es más terrible monstruo, si la madre o la hija, si la duda o la verdad...
LA MARQUEZA.- (Con espontánea filosofía, por decir algo.) No se caliente la cabeza, señor... porque, ¿de cavilar, qué
sacamos? El cuento de que las mentiras son verdades y las verdades mentiras.
Todo es dudar, gran señor... Vivimos dudando, y dudando caemos en el hoyo.
EL CONDE.- (Con ingenua indecisión.) ¿Y qué debo hacer yo?
LA MARQUEZA.- Pues
dude siempre el buen padre, y hártese de dudar y de vivir... tomando las cosas
como vienen, y vienen siempre dudosas.
EL CONDE.- Eres la
sibila de la duda. Te agradezco tu filosofía. No sé si podré seguirla.
NELL.- (Corriendo hacia el anciano.) Abuelo, vienen a buscarnos.
EL CONDE.- Sí, es
Venancio; oigo su rebuzno. (Aparecen
VENANCIO y un MOZO por entre un grupo de castaños.)
Escena
X
Los mismos; VENANCIO y un MOZO con paraguas y capotes.
VENANCIO.- Locos
buscándole, señor Conde... En cuanto vi venir el nublado, salimos... Mira por
aquí, mira por allá. Nos dicen que en el bosque... nos dicen que en la playa,
nos dicen que en la gruta.
EL CONDE.- Es muy
de agradecer tu solicitud. Nos hemos mojado poco. Las chiquillas, tan
contentas.
VENANCIO.- A casa.
La humedad no es buena para usía. Lo ha dicho el médico.
EL CONDE.- (Con humorismo.) Pues si lo ha dicho el médico... boca abajo. Vamos a donde
quieras. Tú mandas, Venancio.
VENANCIO.- Yo no
mando, señor.
EL CONDE.- (Levantándose.) Que sí. Eres el amo, y aquí estamos todos para obedecerte.
DOLLY.- (Displicente.) No necesitamos de tu oficiosidad, Venancio. Nada nos pasa, y
sabemos volver a casa.
EL CONDE.- (Chancero.) Ya lo ves... Te riñe esta mocosa. Chiquilla, no: hay que respetar
las jerarquías... Vaya, pongámonos en marcha, conforme al deseo del señor de la
Pardina... Yo te digo, Venancio, que hoy has sido muy previsor... No, no quiero
capote. Supongo que será tuyo... Póntelo tú.
NELL.- (Dando el brazo a su abuelo.) Yo contigo.
EL CONDE.- Sí... y
vayan delante Venancio y la pintora. Adelantaos todo lo que queráis. Esta y yo
no tenemos prisa, ni hemos de perdernos. Adiós, Marqueza. Que prosperes... que
vivas muchos años.
LA MARQUEZA.- (Despidiéndoles afectuosa.) Vayan con Dios... Señorita Nela, señorita Dola, la Virgen las acompañe.
Escena
XI
Comedor en la Pardina.
El CONDE, NELL, DOLLY, el CURA, el MÉDICO, sentados a la mesa; VENANCIO y GREGORIA, que les sirven.
La cena toca a su fin. El CONDE, en el sitial, a la cabecera de la mesa, tiene a su derecha a NELL; enfrente el CURA, teniendo a su derecha a DOLLY. Entre
las dos parejas, el MÉDICO.
EL CONDE.- ¿Qué
secretos son ésos, pastor Curiambro?
Toda la noche picoteando con Dolly.
EL CURA.- (Riendo.) ¡Ah!, son cosas nuestras. La señorita Dolly es muy simpática y
ocurrente. Yo celebro infinito que el señor D. Rodrigo haya alterado esta noche
la colocación de costumbre, y me haya cedido a una de sus nietas...
EL CONDE.- Por
variar. Cuando están las dos a mi lado, me aturden.
EL CURA.- A mí esta
me encanta... ¡Qué pico, qué sal!
DOLLY.- Como está
tan desganadito, no sé cuántas cosas tengo que decirle para hacerle comer.
EL CURA.- (Riendo.) ¡Si es ella la que no come, y tengo que partirle la comida en
pedacitos, y dárselos envueltos en un poco de sermón para que no me desaire!
DOLLY.- Yo me como
el sermón y él los pedacitos. Cada uno lo que más le aprovecha.
EL CURA.- (Riendo más fuerte.) ¿Te gustan mis sermones?
DOLLY.- Sí, padre;
quiero enflaquecer. (Todos ríen.)
EL CONDE.- (Deseando volver a un tema interrumpido.) Cuando acabes de reír las gracias de
Dolly, continuaremos lo que hablábamos de los monjes de Zaratán, y del Prior...
EL CURA.- (Tragando a prisa para poder hablar.) ¡Ah! sí... ahora voy...
EL CONDE.- (Al MÉDICO.) ¿Decís que el Prior desea
verme?
EL MÉDICO.- Sí,
señor... quieren ofrecer sus respetos a D. Rodrigo de Arista-Potestad, cuyos
antecesores fundaron aquel insigne Monasterio.
EL CONDE.- Y lo
dotaron espléndidamente. Después vinieron años malos, la exclaustración. Siendo
yo niño vi frailes en Zaratán. Desde aquel tiempo hasta hace poco ha
permanecido el edificio como un panteón en ruinas.
EL CURA.- Hasta que
el Conde de Laín, Diputado por Durante, gestionó que se incluyera una partida
para restauración, y que volvieran los monjes...
EL MÉDICO.- No ha
tenido poca parte en la resurrección del Monasterio el actual Prior, hombre de
gran virtud, de una actividad asombrosa, conocedor del mundo...
EL CURA.- Como que
es de la escuela romana... hombre de mucha sociedad, instruidísimo. Treinta y
tantos años ha estado en las oficinas De
Propaganda Fide.
EL CONDE.- ¿Y cómo
se llama ese sujeto?
EL MÉDICO.- Padre
Baldomero Maroto...
EL CONDE.- (Festivo.) Baldomero... Maroto... Pues debiera llamarse con más propiedad. El abrazo de Vergara.
EL CURA.- Eso dice
él... y se ríe... Su nombre y apellido no carecen de simbolismo, porque el
hombre es el puro espíritu de la conciliación...
EL MÉDICO.- Enlace
entre las ideas que pasaron y las vigentes, siempre dentro del dogma...
EL CURA.- (Con énfasis en el elogio.) Y por su trato se diría que ha pasado
la vida entre aristócratas... ¡Qué finura, qué tacto y delicadeza en la
conversación!
EL MÉDICO.- He oído
decir que procede de una gran familia.
EL CONDE.- ¿Es
navarro quizás?
EL CURA.- No,
señor; malagueño... Es punto muy fuerte en heráldica, y cuando se pone a hablar
de linajes no acaba. Conoce el Becerro
como nadie.
EL CONDE.- ¡Ah!... pues sí, me gustaría charlar con él.
NELL.- (Bajito, al CONDE.) Abuelito, ¿qué Becerro
es ese?
EL CONDE.- Un
libro... ya te lo explicaré.
DOLLY.- (Por lo bajo al CURA.) Don Carmelo, ¿qué
es el Becerro?
EL CURA.- Ya te lo
diré.
NELL.- (A DOLLY.) Un libro. Debe de ser como un
Diccionario.
EL CURA.- (Encomiástico.) ¡Ah!, lo que tiene usted que ver, Sr. D. Rodrigo, es el
monasterio.
EL MÉDICO.- Han
hecho maravillas, en el año y medio escaso que llevan en él.
EL CONDE.- Yo lo he
conocido habitado por los lagartos.
EL MÉDICO.- Pues
ahora... ¡qué amplitud, qué comodidad! Luz y ambiente por los cuatro costados.
No hay en toda la provincia lugar más higiénico.
EL CONDE.- ¿De
veras...?
EL CURA.-
Resguardado de los vientos del Norte por el monte de Verola, disfruta de un
temple meridional.
EL MÉDICO.- Y la
huerta, que propiamente es un extenso parque, rodeado de tapias, mide ochenta
hectáreas.
EL CURA.- (Hiperbólico.) ¡Oh!, allí verá usted toda clase de cultivos, desde el naranjo al
almendro.
EL MÉDICO.- Son
agrónomos de primera... Además, tienen vacas holandesas, faisanes, un palomar
con más de quinientos pares, gallinas de famosas razas, colmenas... estanques
con riquísimas carpas... y qué sé yo...
EL CONDE.- (Con donaire.) Convengamos, amigos míos, en que esos pobres frailecitos se dan
una vida de perros.
EL MÉDICO.- Ellos
trabajan infatigables, eso sí, de sol a sol. Por la vida común, por la igualdad
en el disfrute de los dones de la tierra, por el orden y la división del
trabajo, vemos en el instituto religioso de Zaratán como un esquema de las futuras organizaciones
sociológicas...
EL CURA.- ¡Ah, ya
te lo diré yo...! (Arde en ganas de
definir el verdadero papel de la Iglesia en la vida social; pero no conviniéndole abandonar el asunto
que en aquel momento se trata, aplaza
discretamente el punto evangélico-sociológico. NELL y DOLLY atienden con toda su
alma, sin chistar, a la conversación de los mayores.)
DOLLY.- (Muy bajito.) D. Carmelo, ¿qué es esquema?
EL CURA.- Es... (Con desdén.) Cosas de estos sabios... nada.
(Las dos niñas, de un lado a otro de la mesa, con
visajes y alguna palabra suelta, se
entienden, y comentan lo que oyen.)
EL CONDE.- Hermoso
será sin duda.
EL CURA.- De mí sé
decir que siempre que voy a Zaratán me dan ganas de ponerme la cogulla y
quedarme allí.
EL CONDE.- ¿Por qué
no te quedas? Te convendría, créeme, entablar relaciones con el azadón.
EL CURA.- (Suspirando.) ¡Oh!, sí... Pero no soy libre. Pertenezco a mis feligreses. Usted
sí, Sr. D. Rodrigo; usted sí que debería ser el Carlos V de ese Yuste.
EL CONDE.- (Vagamente, sin mirarles.) No es
mala idea...
EL MÉDICO.- (Pensando que no es pertinente manifestar
el deseo ni menos el propósito de llevarle a Zaratán.) El señor Conde no gustará quizás del excesivo regalo y confort que allí tendría.
EL CURA.-
Seguramente no. Los monjes le tratarán con demasiado mimo, y el mimo y los
agasajos excesivos pugnan con el carácter rudo y llanote del Conde de Albrit.
EL CONDE.- Según y
conforme, amigos míos. (Con sutil
malicia.) Antes de resolver nada
en este delicado punto, la primera persona con quien debo consultar es
Venancio, a quien debo generosa hospitalidad... Venancio, acércate. ¿Has oído?
Sí, tú todo lo oyes. ¿Qué te parece? ¿Debo ir a Zaratán?
VENANCIO.- (Oportunamente aleccionado por el
MÉDICO y el CURA, contesta todo lo contrario de lo que tan
ardiente desea.) Señor, en
ninguna parte está usía como en su casa.
EL CONDE.- (Con finísima marrullería.) Ya veis... ¡Cómo he de desairar yo a
este hombre tan bueno para mí... que me hace la limosna con cristiana
delicadeza!... ¡Ea!, hablemos de otra cosa.
EL CURA.- (Contrariado de que el CONDE desvíe tan
bruscamente la conversación.) Pero esto no es óbice para que el
señor Conde reciba al Prior...
EL MÉDICO.- Ni para
que le pague la visita. Iremos todos. Yo quiero que se haga cargo de la
organización admirable de Zaratán.
NELL.- (Gozosa.) ¿Iremos, abuelito?
DOLLY.- D.
Carmelo... ¿iremos nosotras?
EL CONDE.- (Impaciente por pasar a otro asunto.) Veremos esa maravilla... Gregoria. (Adelántase GREGORIA.) Ven acá, mujer...
Quiero felicitarte delante de todos por la excelente cena que nos has dado. Sin
necesidad de que yo te lo advirtiera, te has esmerado esta noche, porque
tenemos dos buenos amigos a nuestra mesa. Así me gusta. El régimen de sobriedad
y economía se guarda, naturalmente, para cuando estamos solos las niñas y yo.
GREGORIA.- (Azorada.) Señor...
EL CONDE.- (Envolviendo su sátira en formas exquisitas.) Yo alabo tu arreglo, y me parece muy
bien que, cuando como solo con éstas, no se conozca que eres buena cocinera, ni
que tu despensa está bien surtida, ni que posees vajilla elegante y manteles
limpios. Decidido a dejarme educar por vosotros en la sordidez y en la miseria,
que tan bien cuadran a este tristísimo fin de mi vida, os daría la
satisfacción, si lo quisierais, de comer con vosotros en la cocina... (Mutismo enojoso de GREGORIA y VENANCIO. Este traga saliva muy amarga. El
CURA y el MÉDICO no saben qué decir.) Yo te felicito una y otra vez, porque distingues, con claro
talento, entre mi persona humilde y la de mis amigos. Nos debemos a la
sociedad. (GREGORIA recoge las migajas y
el servicio del postre sin decir una palabra. La procesión va por dentro. VENANCIO se retira.) Y estoy bien seguro, porque te conozco, de que el café
de esta noche será excelente, como tú sabes hacerlo cuando no estamos en
familia, en la santa llaneza a que os obligan vuestros escasos recursos...
GREGORIA.- (Tragándose la ira.) El Sr. Angulo toma té, ¿verdad?
EL MÉDICO.- Sí: el
café me desvela.
EL CURA.- A mí, no:
venga café.
DOLLY.- Lo
serviremos nosotras.
NELL.- (Levantándose.) Ponlo en aquella mesita.
GREGORIA.- (Poniendo el servicio donde se le indica.) Aquí está. (El CURA saca su petaca,
y da un cigarro al CONDE. Ambos encienden. El MÉDICO no fuma.)
EL CONDE.-
Chiquillas, servidnos ya.
NELL.- (Vivamente.) Yo le sirvo al abuelo.
DOLLY.- Le sirvo
yo.
NELL.- Yo...
DOLLY.- A mí me
corresponde.
NELL.- ¿A ti, por
qué?
DOLLY.- Porque no
me senté a su lado. De algún modo se ha de compensar...
NELL.- No me
conformo. (Disputan con cierto calor
sobre cuál servirá al abuelo.)
EL CURA.- Vaya, no
reñir, niñas. ¿Qué más da?
DOLLY.- (Testaruda.) Sí da.
EL MÉDICO.- Pues
que lo echen a la suerte.
NELL.- Eso es: dos
pajitas.
EL CURA.- Vaya... A
la suerte. (Coge rabillos de guindas que
han quedado en la mesa.) Una
pajita grande y otra chica. (Las prepara
y las da al CONDE.) En manos del león
de Albrit está la suerte.
EL CONDE.- Sea.
Chiquillas, venid, y aquí tenéis la solución de vuestro destino. (Van las niñas, y de los dedos del abuelo cada una saca un palito.)
NELL.- (Con alegría.) Yo gané. (Muestra la
pajita grande.)
DOLLY.- (Retirándose corrida.) Ha habido trampa.
NELL.- ¿Qué?
DOLLY.- (Con ligereza, sin saber lo que dice.)
El abuelo ha hecho trampa.
EL CONDE.-¡Que yo
hago trampas!
DOLLY.- Porque no
me quiere.
EL CONDE.- (Meditabundo, hablando solo.) ¡Qué
innoble! No hay duda, es la falsa, la mala, la intrusa. (Las niñas llenan las tazas.)
EL CURA.- ¡Si os
quiere a las dos! Dolly, no te enfades.
DOLLY.- Yo no me
enfado. (Se ríe.)
EL CONDE.- (Para sí.) ¡Se ríe... qué descarada... después de ofenderme!
NELL.- (Llevando al abuelo su taza.) Abuelo... ahí lo tienes como te
gusta, amarguito.
EL CURA.- Dolly me
sirve a mí. Ya sabes: pónmelo dulzacho.
DOLLY.- Ahí va.
Ahora el té para el doctor.
EL CONDE.- (Para sí.) ¡Y aún se ríe!... Carece de delicadeza... No le hacen mella los
desaires. Epidermis moral muy gruesa... extracción villana. (Alto.) ¿Qué tal os sirve la pintora?
EL CURA.-
Divinamente.
EL CONDE.- Siempre
juguetona y atropellada.
EL MÉDICO.- Señor
Conde, un poquito de ron. (Ofreciéndole
de una botella que acaba de traer GREGORIA.) Es riquísimo; le probará bien.
EL CONDE.- No me
sientan bien los alcoholes. Pero si te empeñas... Y parece muy bueno. (Catándolo.) ¡Qué guardadito lo tenías, Gregoria! Así se hace: estas cosas
ricas para las ocasiones.
EL CURA.- (Después de servirse ron.) Ahora, chicuelas, un poquito para
vosotras.
NELL.- (Retirando su copa.) No, no... ¡qué asco!
DOLLY.- Yo, sí...
póngame media copa, D. Carmelo.
EL CURA.- (Riendo.) Te emborrachas unas miajas, y a la camita.
EL CONDE.- (Para sí, mirándola beber.)
¡También eso!... ¡Qué ordinaria! ¡Buena diferencia de esta mía, que en todo
revela su origen noble!... (Bebe de un
trago, y al instante siente
desvanecimiento en su cabeza.)
EL MÉDICO.- (Observando que cierra los ojos, y articula palabras ininteligibles.) ¿Qué... qué es eso? [241]
EL CONDE.- Nada...
se me va un poco la cabeza... Ya te dije... los alcohólicos... (Se confunden sus ideas; aléjase la realidad; ve a los comensales y a sus nietas como
sombras esfuminadas, y oye sus voces
como un murmullo distante de hojas secas que arrastra el viento.)
EL CURA.- Parece
que se aletarga.
EL MÉDICO.- (Sacudiéndole suavemente el brazo.) Sr. D. Rodrigo...
NELL.- Está
fatigado. (Llamándole.) ¡Abuelito!
EL CONDE.- (Volviendo en sí, y pasándose la mano por los ojos.) Lo he soñado.
DOLLY.- ¡Pero si no
has tenido tiempo de soñar nada! Ha sido un instante.
EL MÉDICO.- Medio
minuto.
EL CONDE.- (Mirando detenidamente a todos.) Lo he soñado... ¡Qué imitación tan
perfecta de la realidad!
DOLLY.- (Asustada.) ¿Qué dices?
EL CONDE.- Le he
visto.... como ahora te veo a ti.
NELL.- ¿A quién?
EL CONDE.- A tu
padre... Entró por aquella puerta. No le veíais, yo sí... Acercose a la mesa, y
se sentó junto a Dolly... sin decir nada... A mí sólo miraba. (Vuelve a pasarse la mano por los ojos.
DOLLY, medrosa, no acierta a pronunciar palabra alguna. VENANCIO y GREGORIA espían desde la puerta.)
NELL.- (Abrazándole.) Papaíto, debes retirarte... Estás rendido.
EL CURA.- Sí, sí: a
la cama.
EL MÉDICO.- Vamos. (Dispuesto a llevársele, le coge del brazo.) Sr. D. Rodrigo, a dormir.
EL CONDE.- (Levantándose con dificultad, ayudado de NELL y de ANGULO.) No tengo sueño ya... Pero, pues tú lo quieres, Nell,
vamos... Tú mandas, hija mía...
NELL.- Señores, mi
abuelito les pide permiso para retirarse.
EL CURA.- Sin
cumplidos... ¡No faltaba más!
EL MÉDICO.- (Viendo que el CONDE suelta su brazo.) ¿No quiere que le acompañe a su dormitorio?
EL CONDE.- No es
preciso. Gracias, querido Salvador. Estoy bien... muy bien. Carmelo, buenas
noches.
DOLLY.- (Despidiéndose del CURA y del MÉDICO.) Buenas noches. (Va tras de
su abuelo, que, apoyado en NELL, avanza lentamente hacia la puerta.)
EL CONDE.- (Volviéndose hacia ella bruscamente.) No vengas. (Con displicencia.)
Acompaña a estos señores. Aprende a ser cortés. (Pausa.)
(Retíranse despacio el CONDE y NELL. DOLLY vuelve al centro de la estancia, se sienta, apoya en la mesa
los codos, la cara en las palmas de
las manos.)
EL CURA.- ¿Qué
tienes, chiquilla?
EL MÉDICO.- También
la marea el ron.
DOLLY.- (Sollozando.) El... abuelo... no me quiere.
Escena
XII
Dormitorio del CONDE. Es de noche. Una lamparilla
de aceite, puesta en una rinconera,
alumbra la estancia; la luz es chiquita, tímida, llorona, un punto de claridad que vagamente dibuja y
pinta de tristeza los muebles viejos, [244] las luengas y lúgubres cortinas del lecho y del balcón. Profundo silencio, que permite oír el mugido lejano del mar como los fabordones de un
órgano. El viento, a ratos, gime, rascándose en los
ángulos robustos de la casa.
El CONDE, solo. (Después de un sueño breve y profundo, se viste precipitadamente, y
se sienta en el borde de la cama.)
Bien despierto estoy, no puedo dudarlo... En vela, paréceme que duermo;
dormido, veo y toco la realidad. ¿Qué es esto? Tan cierto como esa es luz, yo
vi a Rafael entrar en el comedor, acercarse a la pequeña y... La primera vez no
hizo más que mirarme... movimiento, ninguno: no tenía brazos. La segunda vez,
Rafael tenía brazo derecho y mano... nada más que un brazo y una mano. No sé
qué arma era la que llevaba. Sólo sé que así, así.... de un golpe, mató a
Dolly. La pobre niña no dijo ¡ay! Murió calladita y risueña... como un ángel,
cumpliendo la ley del destino, que ordena que las hijas paguen las culpas de
las madres... (Tratando de despejarse,
da algunos pasos.) Sueño ha sido; mas no debemos
despreciar los sueños como obra caprichosa de los sentidos, ni creer que éstos,
al dormirnos, se sueltan, se embriagan, se dan a la imitación burlesca y
desenfrenada de los actos normales dictados por el juicio... No, no son los
sueños un Carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora... es
que el mundo espiritual, invisible, que en derredor nuestro vive y se extiende,
posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones
de lo de allá sobre lo de [245] acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos
hacer... (Se pasea vacilante, sin guardar la línea recta en sus idas y
venidas.) ¡Cómo suena esta noche
la mar! ¡Y yo, durmiendo, creía que ese bum-bum
eran mis ronquidos! ¡Y es el mar el que ronca! (Detiénese a escuchar.)
¡Qué silencio en la casa! Todos duermen: las niñas también, ignorantes de que
urge expulsar a la intrusa. Ley de justicia es. No he inventado yo el honor, no
he inventado la verdad. De Dios viene todo eso; de Dios viene también la
muerte, fácil solución de los conflictos graves. Tiene razón Laín: el que
usurpa, debe morir, debe ser separado... Rafael y yo separamos, apartamos lo
que por fraude se ha introducido en el santuario de nuestra familia. (Coge maquinalmente su palo, por costumbre de andar con él.) Esto es más claro que la luz. Siempre
lo has dicho, Albrit; siempre lo has dicho. La causa de que las sociedades
estén tan podridas, la causa de que todo se desmorone es la bastardía infame...
el injerto de la mentira en la verdad, de la villanía en la nobleza... Tú lo
has dicho, Albrit; tú debes sostenerlo. Albrit...
(Sale de su cuarto cautelosamente, y tentando las paredes avanza por un largo
pasillo. La claridad de la luna le
permite llegar sin tropiezos insuperables hasta una puerta, por cuyos resquicios se filtra la luz. Es el cuarto donde duermen NELL y DOLLY. Aproxímase, procurando
evitar todo ruido, y aplica el oído
a la cerradura.)
No duermen...
Parece que rezan. Oigo confusas sus dos voces, que no son más que una. (Con súbita emoción afectiva.) ¡Oh, Dios! ¡Si me parece que las amo
a las dos; que no puedo separarlas en mi amor; que la falsa se agarra a la
verdadera y se hace con ella una sola persona...! Esto no puede ser; esto es
una cobardía... Albrit, mira quién eres:
la justicia, la verdad están en tu mano... ¡Oh!, ahora distingo mejor las
voces... (Poniendo toda su alma en el
oído.) No, no hay cántico de
ángeles que iguale a sus vocecitas... No rezan; ahora hablan. Nell parece que
quiere consolar a Dolly... Oigo mi nombre... «el abuelo...» Dolly solloza...
Sin duda se aflige porque la reñí, porque le manifesté despego, diciéndole que
no viniera conmigo, como de costumbre. (Con
desesperación muda.) ¡Señor,
Señor, haz quelas dos sean legítimas!... Pero ni Dios, con todo su poder, puede
impedir que Dolly sea falsa... La denuncia su carácter villano... es el
contrabando infame introducido en mi casa por esa ladrona de mi honor... (Asaltado de una idea terrible, se clava en el cráneo las uñas de la mano
derecha.) ¡Y si las dos son
falsas, si las dos son...! (Pone la mano
en la puerta, con intención de
abrirla suavemente. Espantado de sí
mismo, se aleja.) No, no, Albrit; tú no puedes, no
sabes... no sirves para la ejecución de estas obras crueles, por más que sean
justas... (Volviendo a la puerta.) ¿Y de qué modo se amputa y arroja la
maleza, si una ley torpe, inicua, ampara el fraude? (Nueva indecisión. Su
voluntad, turbada, gira rápidamente a impulsos de un huracán.) ¡Pobrecitas, se asustarán si entro
tan a deshora!... Y Nell me dirá... de seguro me lo dirá... «Abuelo, no mates a
Dolly.» Tú lo has dicho también, Albrit; tú lo has dicho: «Todo ser humano que
tiene vida debe vivir.» Dios se la dio... nosotros no debemos quitársela... (Se aleja pausadamente.) Hasta podría ser... sí... podría
suceder que la espúrea, que es Dolly, fuera buena... buena y espúrea, ¡qué
sarcasmo!... ¡Así anda el mundo, así anda la justicia!... Pero de eso no tenemos
culpa los pobres mortales: es el de
arriba quien tiene la culpa, el que permite la rareza extravagante de que salga
buena la falsa... (Avanza. En mitad del pasillo es sorprendido por
VENANCIO.)
Escena
XIII
El CONDE, VENANCIO; después, GREGORIA y criados
VENANCIO.- (Con malos modos.) ¿Por qué está levantado el señor Conde?
EL CONDE.- (Arrogante.) Porque quiero... ¿Quién eres tú para interrogarme en esa forma
descortés?
VENANCIO.- Nada
tiene que hacer usía a estas horas en los pasillos oscuros, rondando como alma
en pena.
EL CONDE.- Si tengo
o no tengo que hacer, eso no es cuenta tuya.
VENANCIO.- (Con autoridad.) Entre usía en la alcoba.
EL CONDE.- ¡Lacayo!... ¿te atreves a mandarme?
VENANCIO.- Me
atrevo a guardar el orden en mi casa, y a no permitir...
EL CONDE.- (Furioso.) Vil... vete de mi presencia.
VENANCIO.- Estoy en
mi casa.
EL CONDE.- (Que devora su ira, apretando los dientes y los puños.) ¡En tu casa, sí!... Pero eso no es
razón para que te insolentes con tu señor.
VENANCIO.- No hay
señor que valga. A mí sólo me manda una persona, la señora Condesa de Laín.
EL CONDE.- (Con intenso coraje reconcentrado.) Es cierto... Eres un villano que dice
la verdad... y yo estoy aquí de limosna... Pues bien: quiero mandar un recado a
tu ama, dignísima reina de tal vasallo.
VENANCIO.- ¿Qué?
EL CONDE.- Un
mensaje de gratitud... (Con rápida
acción enarbola el palo, y con la
fuerza que le imprime su insensata cólera, lo descarga sobre la cabeza de VENANCIO, sin darle tiempo a esquivar el golpe. Es palo de ciego, palo
nocturno. Formidable acierto.) Toma... De mi parte.
VENANCIO.- ¡Ay!...
¡Maldito viejo!
GREGORIA.- (Que acude en paños menores; tras ella, dos criados con un farol.)
¡Sujetarle!... Ese hombre está loco.
EL CONDE.- (Cuadrándose fiero.) ¡Villanos, al que se atreva a poner la mano en el león de Albrit, al que manche estas
canas, al que toque estos huesos, le mato, le tiendo a mis pies, le despedazo!
(Inmóviles y mudos, no se atreven a llegar a él. Dirígese Albrit impávido a su estancia, y penetra en ella sin mirarles.)
VENANCIO.- (Mientras se restaña con un pañuelo la
herida, de que brota sangre.) ¡Encerradle, encerradle! (Un criado da vuelta a la llave y la quita.)
FIN DE LA JORNADA TERCERA
Jornada
IV
Escena
I
Terraza en la Pardina
GREGORIA, disponiendo la mesa para
servir al CONDE su desayuno;
VENANCIO, con la cabeza vendada;
SENÉN, que entra por el fondo con una
maletita en la mano.
SENÉN.- Aquí me
tenéis otra vez.
VENANCIO.- (Abrazándole.) Senén de todos los demonios, te juro que me alegro de verte.
GREGORIA.- Muy
pronto has vuelto de Verola.
VENANCIO.- ¿Qué?...
¿traes instrucciones de la Condesa?
SENÉN.- Sí... lo
primero, que me alojéis aquí... Descuidad: os molestaré muy poco.
GREGORIA.- Te
pondremos en el cuartito de arriba.
VENANCIO.- Próximo
al del Conde. Sin duda la señora quiere que nos ayudes a quitarle las pulgas al
león.
GREGORIA.- ¡Y qué
pulgas, Senén!
SENÉN.- (Fijándose en la venda de VENANCIO.) Ya,
ya llegó a Verola la noticia de tu descalabradura. Una caricia de la fiera.
VENANCIO.- (Renegando.) ¡Que uno aguante esto!
SENÉN.- Es un viejo
de cuidado. A los sesenta años conserva los músculos de acero de sus buenos
tiempos, y la voluntad de bronce. No hay quien le amanse. Te digo que más
quiero verme ante un tigre hambriento que ante el Conde de Albrit irritado.
VENANCIO.- (Dando patadas.) Pues yo le juro que de mí no se ríe. Un hombre libre, que vive de
su trabajo y paga contribución, no está en el caso de sufrir esas arrogancias
de figurón de comedia.
SENÉN.- Poco a
poco, Venancio. La señora Condesa me encarga te diga que... tengas paciencia.
VENANCIO.- ¿Más
paciencia, jinojo?
SENÉN.- Y que
sigáis guardándole las consideraciones que se le deben por su rango, por sus
desgracias, sin perjuicio de vigilarle...
GREGORIA.- Y si nos
mata, que nos mate.
VENANCIO.- Por si
acaso, desde ayer le vigilo... con un revólver.
SENÉN.- Calma... (Receloso, mirando.) ¿Vendrá por
aquí?
GREGORIA.- Me ha
mandado que le sirva el desayuno en la terraza.
SENÉN.- Pues le
espero.
VENANCIO.- ¿También
traes instrucciones para él?
SENÉN.- No; pero
necesito... sondearle. Ya sabéis: soy muy largo, me pierdo de vista. Con que...
me tenéis de huésped.
GREGORIA.- (Cogiendo la maleta.) ¿Vienes a tu cuarto?
SENÉN.- Luego. Me
atrevo a suplicar a mi simpática patrona que en el cuidado de esta maleta ponga
sus cinco sentidos. La quiero como a las niñas de mis ojos.
VENANCIO.- ¿Qué
traes ahí?
GREGORIA.- Pues
pesa, pesa...
SENÉN.- Es mi
relicario. Recuerdos, cositas que sólo para mí tienen interés. Y juro por mi
honor, que no la estimaría más si la trajera llena de brillantes del tamaño de
almendras. En fin, Gregoria, usted me responde de ese tesoro.
VENANCIO.- (Mirando por la derecha.) El león viene.
GREGORIA.- Voy por
el café.
Escena
II
VENANCIO, SENÉN, el CONDE, GREGORIA
EL CONDE.- Buenos
días... Hola, Senén, ¿qué traes por aquí? [255]
SENÉN.- ¿Qué ha de
traer el pobre más que las ganas de dejar de serlo?
EL CONDE.- Y con
las ganas, la decidida voluntad de enriquecerte. Eres joven; tienes estómago de
buitre, epidermis de cocodrilo, tentáculos de pulpo: llegarás, llegarás... ¿Y
tú, Venancio?... ¿Cómo va esa herida? Vamos, hombre, no es para tanto. Poco mal
y bien quejado. Ya estarás bien.
VENANCIO.- Todavía,
todavía... El señor tiene un genio imposible.
EL CONDE.- Sí,
sí... Y tú crees que la miseria debe ser mordaza y grillete para este genio
maldito que me ha dado Dios. No sé, no sé: gran domadora es la pobreza; pero
soy yo muy bravo. Me propongo contenerme dentro de la humildad y sumisión; pero
llega un momento de prueba... un insensato que con frase agresiva me ofende,
echándome al rostro mi humillante miseria, y entonces... ¡ay!, no soy dueño de
mí, pierdo la cabeza...
GREGORIA.- (Poniendo en la mesa el servicio de café,
que se compone de piezas de latón y loza
ordinaria.) Aquí tiene, señor.
EL CONDE.- (Sentándose.) Pero no tardo en recobrar mi serenidad de persona bien nacida y
educada; vuelvo a sentir la hidalga benevolencia con que he tratado siempre a
los inferiores, y... ya tienes al león aplacado, y pesaroso de su fiereza...
VENANCIO.- Pensara
el señor esas cosas antes de levantar el palo...
EL CONDE.- Es mi
manera de aleccionar a los que quiero bien... En fin, Venancio, hoy, como ayer,
te pido que me perdones. Yo no te faltaré... pero has de guardarme, fíjate bien
en esto, la consideración que me debes... (A
SENÉN.) ¿Quieres café?
SENÉN.- Mil
gracias, señor Conde. Me desayuné con aguardiente y buñuelos en el parador.
EL CONDE.- (Examinando el servicio con repugnancia.) ¿Pero qué servicio es éste?
GREGORIA.- (Para sí.) Fastídiate, viejo regañón.
EL CONDE.- ¿Qué
habéis hecho de la cafetera y del jarrito de plata en que me servisteis estos
días?
VENANCIO.- Mandamos
que los limpiaran, y...
GREGORIA.- Y para
no hacer esperar al señor...
EL CONDE.- ¿Y
aquellas tacitas de porcelana fina...? En fin, con tal que el café esté
bueno... (Se sirve.) ¿Lo has hecho tú?
GREGORIA.- Con
muchísimo cuidado... Veremos si hoy
está a su gusto.
EL CONDE.- (Probándolo.) ¿Qué es esto? (Con asco.) ¡Agua indecente de achicoria... y
recalentada... y fría!... Vamos, las
sobras del café de anoche, que ya era malo adrede... (Cogiendo el pan y tratando de partirlo.) ¿Y de dónde habéis sacado esta piedra que me dais por pan?... Con
ser tan duro, no lo es tanto como vuestros corazones.
VENANCIO.- Culpa
del panadero, señor...
EL CONDE.- Culpa de
vuestra sordidez villana. (Les arroja el
pan.) Echad esto a vuestros
perros, y dadme a mí lo que para ellos tenéis, pues de fijo les dais trato
mejor que a mí. Guardad esta preciosa vajilla, no se os deteriore, no se os
desgaste en mi servicio. (Arroja al
suelo todas las piezas de loza y latón.)
¡Queréis aburrirme, queréis hacerme imposible la vida! Al último pastor de
cabras, al último mendigo que llegara con hambre a vuestra puerta, le haríais
la limosna sin humillarle. ¿Por qué, ingratos, me humilláis a mí?
VENANCIO.- (Que aterrado, lo mismo que GREGORIA, no
sabe por dónde salir.) Se
servirá otra vez... Nosotros...
EL CONDE.- (Con arrogancia.) No quiero. Me quedaré en ayunas.
SENÉN.- Eso no.
Mandaré traerlo del café...
EL CONDE.- No te
molestes. (A VENANCIO y GREGORIA, con majestuosa indignación.)
No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras almas ennegrecidas por la
avaricia; no sois cristianos; no sois nobles, que también los de origen humilde
saben serlo; no sois delicados, porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza
caída, la pisoteáis; vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa,
pasasteis de animales a personas. Sois ricos... pero no sabéis serlo. Yo sabré
ser pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta
casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit.
SENÉN.- (Con afectada gravedad y adulación.) Los deseos de la Condesa son que se
prodiguen al señor todas las atenciones que merece por su categoría...
EL CONDE.- Ya lo
veis: esa mujer liviana y sin pudor es más cristiana que vosotros, y más
generosa y delicada.
VENANCIO.- (Turbadísimo, tragándose la ira.) La
Condesa no puede mandarme... yo... digo, la Condesa es mi señora... dueña de
todo...
GREGORIA.- (Vivamente.) De la Pardina no.
VENANCIO.- La
Pardina es mía.
EL CONDE.- (Arrogante.) Sea de quien fuere, y en tanto que decido si me quedo o me voy,
no quiero veros. Idos de mi presencia.
VENANCIO.- (Dudando.) Decídalo pronto, porque...
EL CONDE.- (Despidiéndoles con gesto de autoridad.) Pronto.
VENANCIO.- (Saliendo con GREGORIA.) Sufrámosle un
día más, un solo día.
GREGORIA.- Y es
mucho... ¡jinojo!
Escena
III
El CONDE y SENÉN
EL CONDE.- (Serenándose.) Siéntate aquí, Senén... Tengo que hablar contigo.
SENÉN.- (Con fatuidad, sentándose.) Nada más
temible que esta plebe hinchada, señor; estos patanes hartos de bazofia, que
porque han logrado reunir cuatro cuartos se atreven a medirse con las personas comilfot...
EL CONDE.- La
villanía es perdonable; la ingratitud, no... En mi cuarto había un lavabo
bastante bueno, muy cómodo para mí. Ayer me lo han quitado esos viles, poniendo
una palangana de latón de este tamaño, como las que hay en los asilos...
SENÉN.- (Afectando indignación.) ¡Qué atrocidad!
EL CONDE.- Parece
que escogen las servilletas y manteles más sucios para ponerlos en mi mesa.
Saben que me gusta la mantelería limpia...
SENÉN.- Pues, como
he dicho, traigo instrucciones precisas de la Condesa... ¡Oh!, crea usía que si
se entera de estas infamias, se pondrá furiosa.
EL CONDE.- Sí. Me
odia, como yo a ella; pero no desconoce que mi persona exige atenciones,
respetos...
SENÉN.- ¡Qué duda
tiene...!
EL CONDE.- Y aunque
obra suya es seguramente la intriga que se traen Carmelo y el Doctor para
arreglarme una jaula en los Jerónimos...
SENÉN.- (Haciéndose de nuevas.) ¡Oh!, no sé... no tengo noticia...
EL CONDE.- Pues sí:
desde ayer andan de mucho trasteo conmigo. Yo les calo la intención... y me
hago el tonto... Pero dejemos esto, Senén, que de cosa más grave y de mayor
transcendencia para mí quiero hablarte.
SENÉN.- Ya escucho.
EL CONDE.- (Receloso.) ¿Nos oye alguien?
SENÉN.- Nadie,
señor. Estamos solos.
EL CONDE.- Estos
miserables se ponen en acecho tras de las puertas, oyendo lo que se habla.
SENÉN.- (Examinando las puertas.) Nadie nos oye. Puede hablar el
Excelentísimo Sr. D. Rodrigo de Arista-Potestad.
EL CONDE.- Dudo
mucho que seas bastante afecto a mi persona para responder a todo lo que te
pregunte.
SENÉN.- Usía debe
contar siempre con mi adhesión incondicional... (dándose importancia) como cuento yo con que el señor Conde no ha
de pedirme nada contrario a mi dignidad.
EL CONDE.- (Asombrado.) ¡Tu dignidad!... Dispénsame: creí que no la habías adquirido
aún... Ya sé que estás en camino de adquirirla... vas muy bien... llegarás.
SENÉN.- Señor Conde
de Albrit, aunque humilde, yo... me parece.
EL CONDE.- Nada,
nada. Ya no te hago las preguntas.
SENÉN.- ¡Ah!, puede
usía interrogarme con toda confianza. (Queriendo
familiarizarse.) Señor Conde...
de usía para mí... (Se atreve a ponerle
la mano en el hombro.) Entre
amigos...
EL CONDE.- No, no,
porque si salimos ahora con que hay dignidad, o esta dignidad es incorruptible
o es venal... En el primer caso, Senén, no me dirás nada... en el segundo...
Soy pobre y no podré cotizarla en lo que vale.
SENÉN.- (Afectando seriedad.) Creo que nos hallaríamos en el primer
caso.
EL CONDE.- Pues,
hijo... (despidiéndole). Adiós.
SENÉN.- (Queriendo provocarle a la interrogación,
para conocer su pensamiento.) Si el señor Conde me lo permite, diré
una palabra. Usía quiere preguntarme... algo referente a su hija política, en
el tiempo en que tuve el honor de servirla.
EL CONDE.- Y cuando
aún no habías echado dignidad.
SENÉN.- La eché
después... Y ahora, sin faltar al respeto que debo a usía, tengo el sentimiento
de manifestarle que por gratitud, por estimación de mí mismo, por mil razones,
no puedo en manera alguna revelar secretos que no me pertenecen.
EL CONDE.- (Con vivo interés.) No se trata de secretos... que quizás no lo sean para mí. Quiero
tan sólo informaciones exactas acerca de una persona...
SENÉN.- Ya...
EL CONDE.-
Íntimamente relacionada...
SENÉN.-
Comprendido.
EL CONDE.- El
pintor Carlos Eraúl. Tú estuviste a su servicio algún tiempo, al dejar el de mi
hijo; tú... (Con ardor.) Senén, por lo que más quieras, por la
memoria de tu madre, revélame cuanto sepas.
SENÉN.- (Con pujos de delicadeza.) Sr. D. Rodrigo, por todos los
gloriosos antepasados de usía, le ruego que nada me pregunte, pues antes
perdería la vida que responderle.
EL CONDE.- (Con intenso afán.) Dame al menos alguna luz... sin ofender a nadie, sin faltar a los
respetos que debes a tu ama. Dime: ese hombre era de baja extracción.
SENÉN.- (Secamente.) Sí.
EL CONDE.- Hijo de
un pobre vaquero de la ganadería de Eraúl, en Navarra. (SENÉN responde afirmativamente con la cabeza.)
El cual, despedido por mala conducta, se metió a contrabandista. (Con triste humorismo.) Carlos, el hijo, también despuntó por
el contrabando...
SENÉN.- ¡Oh, no...!
EL CONDE.- Sé lo
que digo... Su genio pictórico le abrió camino. Fuera de la educación
artística, que se debió a sí mismo y al estudio del natural, era un ignorante,
un bruto...
SENÉN.- Poco menos.
EL CONDE.- Ni alto
ni bajo, moreno, de ojos negros... vigoroso... voluntad potente. (SENÉN afirma.) Su apellido era Vicente, pero
él firmaba con el nombre de ganadería: Eraúl.
SENÉN.- Exacto.
EL CONDE.- Le
conoció Lucrecia en una de esas rifas o kermessas
que organizan las señoras para...
SENÉN.- (Interrumpiéndole.) Basta, señor Conde. No sé nada más.
EL CONDE.- (Imperioso.) Responde.
SENÉN.- (Inflado como un sapo.) No sé nada. Usía no me conoce.
EL CONDE.- (Rabioso.) Te conozco, sí. Tu discreción no es virtud; es... cobardía,
servilismo, complicidad. No eres el hombre digno que calla la culpa ajena; eres
el esclavo, obediente a los halagos o al látigo del amo que le compró. (Apostrofándole con solemne acento.) ¡Maldígate Dios, villano! Que la luz
que me niegas, a ti te falte. ¡Que enmudezca tu voz para siempre, que cieguen
tus ojos! ¡Que vivas sin poseer la verdad, rodeado de tinieblas, en eterna y
terrible duda, palpando en el vacío, tropezando en la realidad!... ¡Que busques
la justicia, el honor, y encuentres mentira, infamia, dentro de un vacío tan
grande como tu imbecilidad!... (Con
desprecio.) Vete, vete; no te
acerques a mí.
SENÉN.- (A distancia.) ¡Demonio!... Saca las
uñas el león... ¡Hola, hola!... (Vuelve
el CONDE a su asiento. Entra NELL con un servicio de café, elegante,
en bandeja de plata.) ¡Ah!... señorita Nell!... (Ofreciéndose a tomar de su mano la bandeja.) Deme acá.
NELL.- No, no... ya
puedo.
SENÉN.- (Aparte a la niña.) Cuidadito con él... Está de malas. (Vase.)
Escena
IV
El CONDE, NELL; después, DOLLY.
EL CONDE.- ¡Ah!
Nell... ¿qué traes ahí?
NELL.- ¿Cómo
habíamos de consentir que no te desayunaras? Hemos reñido a Gregoria.
EL CONDE.- ¡Oh!,
¡qué ángel!... A ver... ¡Oh, esto sí
que es bueno!... recién hecho... ¡qué aroma!...
Dios te bendiga.
NELL.- No merezco
yo las bendiciones, sino Dolly, que es quien te lo ha hecho.
EL CONDE.- Pero la
idea habrá sido tuya. (Se sirve.)
NELL.- No quiero
engalanarme con plumas ajenas. La idea fue de ella... Se ha puesto furiosa... Y
a Venancio, le ha echado una buena peluca.
EL CONDE.-
¡Atrevidilla!
NELL.- Le gusta
cocinar... y sabe... ¿Qué tal está?
EL CONDE.-
Riquísimo... ¿Dices que Dolly sabe
cocinar?
NELL.- Le gusta.
Quiere aprender. Pues ahora está preparando un guisote, y luego te hará fruta
de sartén. Verás qué bueno.
EL CONDE.- ¡Qué
criatura! Dile que venga.
NELL.- Cree que
estás enfadado con ella, y no se atreve a venir.
EL CONDE.- (Imperioso.) Que venga, digo.
NELL.- (En la puerta de la casa, llamando.) A Dolly, que venga. Dolly, ven... Dice que no está enfadado.
DOLLY.- (Con mandil de arpillera, remangados los brazos.) Abuelito, con esta facha no quería
presentarme a ti.
EL CONDE.- Ven...
no seas tonta... Gracias, chiquilla, por el excelente café que me has hecho.
DOLLY.- Y si me
dejase Gregoria, te haría un arroz... que te chupabas los dedos.
EL CONDE.- (Sonriendo benévolo.) Bien, bien... Vaya, posees el genio
de dos artes muy difíciles: la pintura y la culinaria.
DOLLY.- (Haciendo una graciosa reverencia.) Para servir a usía, señor Conde.
NELL.- Mientras
nosotras estemos aquí, no te faltará nada papaíto.
EL CONDE.- (A DOLLY.) Pues aplícate, hija,
aplícate, y serás una excelente cocinera. Quizás te conviene más de lo que tú
crees. ¿Y Nell, no guisa?
NELL.- ¡Ay!, yo no
sirvo para eso. Me da repugnancia... Además, no sé; vamos, que no me gusta.
EL CONDE.- Cada
cual según su temperamento.
DOLLY.- (Sonriendo.) Esta es tan finústica,
que para fregar un plato, es preciso que el plato esté limpio.
NELL.- (Riendo.) Esta es tan a la pata llana que no lava las cosas sino cuando
están muy sucias.
DOLLY.- Claro.
EL CONDE.- Cada
cual, chiquillas, es como es, y no puede ser de otra manera. ¡Y yo que no veía
diferencia entre vosotras! Ahora, no sólo os distingo, sino que os considero
con absoluta desigualdad. Ya separo vuestros caracteres, separo vuestras voces,
separo vuestras almas... Sois el día y la noche, el alfa y la omega... la...
No, no os digo lo que pienso, pobrecitas; no me entenderíais.
Escena
V
El CONDE, NELL y DOLLY, el CURA; después D. PÍO
EL CURA.- La paz
sea en esta casa.
EL CONDE.- Curiambro; buenos días... Yo bien, ¿y tú?
EL CURA.-
Pasando... Ya me enteré... Venancio y
Gregoria se han llevado un mediano réspice. No se repetirá el disgusto; yo se
lo aseguro al noble león de Albrit.
EL CONDE.- El león de Albrit, que no teme las
fieras, pero siente repugnancia por las alimañas inferiores, tendrá que buscar
otra cueva.
EL CURA.- A
propósito de cuevas, el Prior de Zaratán, que, entre paréntesis, quedó ayer
encantadísimo de la exquisita cordialidad con que usted le recibió, nos invita
hoy a tomar un bocadillo en su Monasterio.
EL CONDE.- ¿A mí
también?
EL CURA.- A usted
principalmente. Iremos Monedero, Angulo y yo, en calidad de séquito, de
cortesanos o chambelanes de Vuestra Señoría, por no decir majestad.
EL CONDE.-
Gracias... Pues no me opongo. A cortesía nadie me gana. Visitaré gustoso el
Monasterio.
EL CURA.- (A NELL, que le hace señas.) No, si
vosotras no vais. No queremos estorbos. Además, Vicenta Monedero, por mi
conducto, os invita a comer en su casa, y a pasar allá la tarde.
EL CONDE.- ¿La
Alcaldesa?
EL CURA.- Celebra
su fiesta onomástica... Allí tendréis a toda la juventud florida de Jerusa.
DOLLY.- Lo
siento... Mejor me estaba yo todo el día en mi cocinita.
NELL.- ¡Tonta, si
el abuelo no ha de comer aquí!
EL CONDE.- ¿Cómo
no?
EL CURA.- Segura
mente, los señores frailes no nos soltarán a dos tirones. Me figuro el
convitazo que habrán dispuesto, algo así como las bodas de Camacho, o los
festines de Lúculo. Ea, chiquillas, hoy secuestro al león. Yo cuidaré de que no
se aburra lejos de vosotras.
DOLLY.- Malditas
ganas tengo yo de festejo.
NELL.- (Gozosa.) Sí que iremos. Nos divertiremos mucho.
EL CURA.- Nell es
más sociable que Dolly... (A DOLLY.)
Pero, tonta, ¿no te avergüenzas de que te vean tiznada?... ¡Uy!, ¡cómo apestas
a cebolla!
DOLLY.- Mejor. Pues
a usted bien le gusta que le den comiditas buenas... y bien se regodea y se
relame.
EL CURA.- Veremos
lo que te dura esa ventolera de los afanes domésticos... (Mira al CONDE como
pidiéndole su parecer; pero D.
RODRIGO, profundamente abstraído, no atiende a la conversación.)
EL CONDE.- (Con una idea fija.) Cada cual, según es...
D. PÍO.- (Con timidez, desde la puerta.) ¿Dan
permiso?
EL CURA.- Adelante,
gran Coronado.
DOLLY.- Hoy no hay
lección, Piito. Tengo mucho que hacer.
NELL.- ¡Qué gracia!
El juego de las comiditas. (Al
CURA.) Pues hoy me da a mí por estudiar de firme, ea.
EL CURA.-
¡Bravísimo!
NELL.- (Con estímulo de amor propio.) Quiero aprender, quiero instruirme.
La ignorancia me avergüenza, y empieza a estorbarme. Hoy estudiaré por las dos.
¿Te gusta, abuelito?
EL CONDE.- (Divagando.) Cada una, según su natural...
D. PÍO.- (A NELL.) ¿Vamos?
DOLLY.- Yo, a mis
cacerolas.
NELL.- Y yo, a
darle la jaqueca a D. Pío.
EL CURA.- Y yo, a
ponerme de acuerdo con el Alcalde sobre la hora a que hemos de salir. (Dando su mano al CONDE.) Vendremos por
usted.
EL CONDE.- Hasta
luego, hijo.
EL CURA.- (A las niñas.) Cuando terminen, la una sus lecciones, la otra su trajín,
prepárense para la fiesta de Vicenta. Que os pongáis bien guapas, ¿eh?...
Cuidado, chiquillas, que representáis en el mundo la gloria, la nobleza, la
tradicional elegancia de Albrit.
DOLLY.- Bueno,
bueno. Estamos enteradas. (Se detiene,
esperando que el abuelo le diga algo.)
EL CONDE.- Dolly...
DOLLY.- (Presentando su mejilla.) Abuelito...
EL CONDE.- (Besándola.) No estoy enfadado contigo. ¿Y tú conmigo?
DOLLY.- Lo
estuve... pero ya pasó... (Vase gozosa.)
EL CONDE.- (Tomando el brazo de NELL.) Nell,
aguarda... Quiero asistir a tu lección. Llévame, hija mía.
(Entran en casa seguidos de D. PÍO.)
Escena
VI
Dormitorio del CONDE
El CONDE, que entra; DOLLY, barriendo.
EL CONDE.- ¿Qué
haces, chiquilla?
DOLLY.- Ya lo ves:
arreglándote la leonera. ¿No has reparado que esa bribona de Gregoria, ni
limpia aquí, ni barre?... Toda la casa la tiene como una tacita de plata, menos
esta alcoba tuya, que debiera ser el sagrario...
EL CONDE.- Hija
mía, como no veo bien...
DOLLY.- Te digo que
la maldad de esta gente me subleva... Entérate de lo que he dispuesto. Entre la
Pacorrita y yo hemos traído el lavabo bueno, que esos indinos quitaron de aquí
para ponerlo en nuestro cuarto. Luego te mudaremos la cama, poniéndola en aquel
rincón, para que estés más resguardadito del aire que entra por las rendijas de
la ventana.
EL CONDE.- (Embelesado.) ¡Admirable! ¿Y a ti se te ha ocurrido todo eso?
DOLLY.- Todito ha
salido de esta cabeza.
EL CONDE.- (Besándola.) ¿Y has acabado ya tus guisotes?
DOLLY.- Como te vas
a comer con los frailes, he suspendido lo que tenía preparado para hoy. Pero
mañana te haré una cosa muy rica, que a ti te gusta mucho.
EL CONDE.- (Se sienta; la abraza.) Eres un
ángel... Lo uno no quita lo otro. Cabe en lo humano que seas lo que eres... y
al propio tiempo criatura inocente, buena... quizás rematadamente buena.
¿Verdad que sí?
DOLLY.- Pero tú no
me quieres.
EL CONDE.- (Confuso.) Sí te quiero. Es que...
DOLLY.- No vayas a
creerte que hago yo estas cosas porque me quieras. Pégame, y haré lo mismo. Las
hago porque es mi deber, porque soy tu nieta, y no puedo ver con calma que a un
caballero como tú, poderoso en otro tiempo y dueño de toda esta comarca, le
desatiendan gentes groseras, que no valen lo que el polvo que llevas en la
suela de tus zapatos.
EL CONDE.- (Con viva emoción.) Deja que te bese una y mil veces, criatura. ¿Con que tú...?
DOLLY.- Y a esos
indecentes, que no se acuerdan de la miseria que tú les remediaste, ni de que
crecieron, yerbecitas chuponas, en el tronco de Albrit; a esos puercos,
arrastrados, canallas, les estaría yo dando en la cabeza con el palo de esta
escoba, hasta que aprendieran a respetar al que honra su casa sólo con pisar en
ella.
EL CONDE.- (Empañada la voz por la emoción.) ¡Y tú... tú piensas eso!
DOLLY.- Y lo
digo... y lo hago...Esta noche, cuando vuelva del convite, te arreglaré toda la
ropa, que la tienes bien destrozadita. Esa pánfila de Gregoria no da una
puntada en tu ropa. Fíjate en la de Venancio, que parece un Duque.
EL CONDE.- (Cruza las manos y la contempla extático,
tratando de estimular la visión en sus
ojos enfermos.) ¡Y lo haces por
mí, por mí!
DOLLY.- (Se sienta a su lado, la escoba entre las manos.) Sabiendo que me quieres menos que a
Nell. Reconozco que Nell lo merece más que yo, porque es más fina... y además
tan buena...
EL CONDE.- (Algo perturbado.) Pero a ti... a ti te quiero también. Dime la verdad: ¿te
incomodaste porque no te dejé subir conmigo?
DOLLY.- ¡Vaya con
el desprecio que me has hecho... dos noches seguidas! La primera vez, D.
Carmelo y el Médico, que cenaron aquí, me consolaban... Pero anoche... ¡ay!, me
entró tal tristeza, que no pude dormir, y los ratos que dormí tuve sueños muy
malos.
EL CONDE.- ¿Qué
soñaste? A ver si lo recuerdas.
DOLLY.- (Con emoción un tanto picaresca.) Pues soñé... Primero soñé que tú eras
malo... ¡Ya ves qué desatino! Después soné que entraba en nuestro cuarto mi
papá... con una cara tan triste, tan triste... y se llegaba a mi cama, y me
daba muchos besos...
EL CONDE.- Antes
iría a la cama de Nell...
DOLLY.- Ni antes ni
después... Yo soñaba que Nell no dormía en mi cuarto. Ya ves, otro desatino.
EL CONDE.- ¿Y no te
dijo nada tu papá?
DOLLY.- Sí: algo me
dijo, juntando su cara con la mía; pero no puedo acordarme: de eso sí que no me
acuerdo... ¡Luego hablaba tan bajito, tan bajito...!
EL CONDE.- Es
lástima...
DOLLY.- (Con donaire.) No hagas caso. Lo que soñamos es todo mentira, ilusión.
EL CONDE.- No
aseguro yo tanto. Mi vejez resulta más candorosa que tu infancia. Yo creo en
los sueños.
DOLLY.- ¡Pues
cuando tú lo dices...! (El anciano cae
en profunda meditación. DOLLY le
observa cariñosa, esperando que
reanude la conversación.) ¿Qué
tienes, papaíto? ¿Por qué estás triste?
EL CONDE.- Hija
mía, tu charla inocente, tu ingenuidad, tu alma, que sale con tu voz, y aletea
en tus resoluciones, hacen en mí el efecto de un tremendo huracán... ¿no
entiendes?... sí, de un huracán que me envuelve, me arrebata, me arroja en
medio de la mar...
DOLLY.- ¡Abuelo...!
EL CONDE.- (Levantándose, consternado.) Sí: aquí
me tienes forcejeando en medio de este oleaje de la duda. Una onda me trae y
otra me lleva... y yo... ahogándome sin morir en esta inmensidad negra y
fría... ¡Oh, no puedo vivir, no quiero vivir!... Señor, o la verdad o la
muerte... No te asustes, niña querida. Son arrebatos que me dan. Tras esta duda
quizás venga la certidumbre que deseo, que pido a Dios con toda mi alma;
certidumbre que no será la que perdí: será otra, qué sé yo... (Con intensa ternura.) Dolly, ¿dónde estás? Ven a mí; suelta
la escobita y abrázame. (La abraza
estrechamente y la besa llorando.)
Si eres tú, porque lo eres... si no, porque... no sé por qué... porque sí... no
lo sé.
Escena
VII
El CONDE, DOLLY, el CURA
EL CURA.- (En la puerta.) Pero, señor león de Albrit,
¿se olvida de que abajo estamos esperándole?
EL CONDE.- (Limpiándose las lágrimas.) Voy... Perdona... me entretuvo esta
chiquilla.
EL CURA.- (Dando prisa.) No nos sobrará el tiempo.
DOLLY.- Adiós,
abuelito. Toma tu palo y el gabán. (Le
da ambas cosas.) El día está
bueno. Te divertirás mucho.
EL CONDE.- (Resignado, dejándose llevar.)
Adiós, hija mía. Quieren que vaya a Zaratán... Pues a Zaratán. Hasta la noche.
Escena
VIII
Monasterio de Zaratán (Jerónimos).
Hállase situado en un fértil llano, con ligera inclinación y corriente de aguas
hacia el Mediodía. Lo resguardan de
los vientos septentrionales el verde muro de una selva espesísima, y la fortaleza de un monte, estribación de la sierra que por el Este se
extiende en escalones hasta la mar. Rodeándolo
frondosas arboledas de sombra, adorno
y fruto, y tierras de cultivo y
pasto, cerradas por tapia o setos
vivos, en extensión considerable.
La construcción románica de la iglesia y de parte del
convento aparece bastardeada, y en algunos
puntos ridículamente sustituida por horribles superfetaciones del pasado siglo,
de una imbecilidad que causa enojo y
tristeza. En el frontis de la
iglesia, en distintas puertas y
ventanas, campea el escudo de Albrit,
león rampante con banderola en la garra,
y el lema: Potestas Virtus.
No lejos de la fachada de la iglesia, separado de ella por anchurosa calle de
chopos viejos, podados, llenos de jorobas y arrugas, está el portalón de ingreso. Es una [282] plazoleta mal pavimentada de losetones verdinegros y resbaladizos, que fuera de él se extiende, se para el coche que conduce al CONDE
DE ALBRIT y su acompañamiento. Sale toda la Comunidad a recibirle, con el Prior a la cabeza.
El CONDE DE ALBRIT, el CURA, el MÉDICO, el ALCALDE, el PRIOR y monjes.
Es el PADRE MAROTO varón
tosco y agradabilísimo, con sesenta
años que parecen cincuenta; ni bajo
ni flaco, ni gordo, admirablemente construido por dentro y por
fuera, con equilibrio perfecto de
músculos, hueso y cualidades
espirituales. La ingeniosa
Naturaleza supo armonizar en él, como
en ninguno, la potente estructura
corporal con la agudeza del entendimiento. Su índole nativa de organizador y gobernante en todo se revela; pero reviste tan hábilmente de dulzura y
gracia el báculo de su autoridad, que
ni siquiera duelen los estacazos que suele aplicar a los díscolos de su corto
rebaño. Sin su energía, actividad y metimiento prodigioso, el fénix de Zaratán no habría renacido de
sus cenizas.
EL CONDE.- (Muy afectuoso, contestando con exquisita urbanidad al saludo de bienvenida que en el
portalón le dirige el PRIOR.) Me anonada usted, señor Prior, saliendo a
recibirme con la dignísima Comunidad... Vamos, que esto es hacer de mí un
Emperador Carlos V.
EL PRIOR.- Para
nosotros, imperio ha sido la casa de Albrit, y las glorias de Zaratán se
confunden en la historia con la grandeza de las Potestades. (Entran en la calle de chopos jorobados;
detrás, respetuosamente, el séquito
civil y frailuno.)
EL CONDE.- (Con tristeza.) ¡Oh, grandezas desplomadas!... Albrit y Laín no son ya más que
polvo y ruinas. (Pausa solemne.) Y agradezco más los honores que en
esta ocasión se me tributan, porque veo en ellos un absoluto desinterés. Señor
Prior de Zaratán, el último Albrit no puede corresponder a tan noble agasajo
con ninguna clase de beneficios. Es pobre.
EL PRIOR.- Nosotros
también. En los tiempos que corren, no hay más riquezas que la virtud y el
trabajo, y más vale así.
EL CONDE.- (Parándose con intento de admirar las
hermosas campiñas que a un lado y otro de la chopera se ven.) Admirable cultivo. Esta santidad
agricultora es un encanto... y un gran progreso, el único progreso verdad.
EL PRIOR.-
Trabajamos porque Dios lo manda. Dios quiere que no cultivemos sólo el cielo,
sino la tierra; la tierra, que es el complemento de la fe.
EL CONDE.- Y, como
la fe, la tierra no engaña. Ella nos alimenta vivos; muertos nos acoge...
(Entran en el convento, y pasan a una sala cuadrilonga, en cuyas paredes se ven rastros de un fresco decorativo, que borroso asoma por entre los remiendos
de yeso. La sillería es moderna y
ordinaria, porque los monjes no tienen para más. El PRIOR hace al CONDE la presentación de los Padres más ancianos,
o más significados por sus talentos.
El uno es notable por su facultad
oratoria; el otro despunta en la
agronomía; aquél es teólogo insigne;
esotro, arquitecto. No falta el
organista ni el veterinario, que al
propio tiempo es algo canonista, y
muy buen castrador de colmenas. Terminadas
las presentaciones, el PRIOR quiere obsequiar al CONDE y acompañamiento con un Málaga superior,
que le han enviado de su tierra para
celebrar. Acéptalo el CONDE con galantería y D. CARMELO con júbilo. Sirve un lego y catan todos el finísimo licor.)
EL ALCALDE.- (Repantigado en un sillón.) ¡Compadres, vaya una vida que se dan
ustedes!
EL CURA.- (Repitiendo.) ¡Bendita sea la cepa que da este caldo! Debe de ser la que plantó
Noé.
EL MÉDICO.- (En voz baja, a un fraile con quien platica.)
Conviene que vea y aprecie las excelencias de Zaratán bajo el punto de vista de
la vida orgánica y de las comodidades, porque, como buen aristócrata, se
inclina al sibaritismo.
EL ALCALDE.- (A un monje que despunta en la agronomía.) Dígame, compañero, ¿de dónde demonios
han sacado ustedes la simiente de esa remolacha forrajera que he visto en
algunos tablares?
EL FRAILE.- (Con acento italiano.) Es de Lombardía, y también el grano turco.
EL ALCALDE.- ¿Qué
es eso?... ¡Ah!... el maíz... Buenas cañas. Me han de dar ustedes unas
mazorcas. Pues ¿y la alfalfa? Dan ganas de comerla... También quiero
simiente... Yo no ando con repulgos; soy muy francote... barro para adentro...
Verdad que también doy cuanto tengo... el corazón inclusive... (Pasando junto al CONDE.) Señor D.
Rodrigo, yo que usía, francamente, me dejaría ya de hacer el caballero andante,
y me vendría a vivir con estos compadres, que me parece... vamos... que no lo
pasan mal.
EL PRIOR.- (Que, descuidándose a veces, emplea
los tratamientos italianos.)
¡Oh!... si monseñor viviera con
nosotros, nos honraría extraordinariamente.
EL CURA.- (Repitiendo.) Yo... se lo he dicho... ¡las veces que se lo he dicho!... Pero no
quiere hacerme caso... Él se lo pierde.
EL PRIOR.- Eccellenza, otra copita.
EL CONDE.- No...
Muchísimas gracias.
EL MÉDICO.- No
puede desechar el recelo de que en Zaratán carecería de libertad. ¿Verdad,
señores, que aquí estaría tan libre como en su casa?
EL PRIOR.- Viviría
en la más hermosa y abrigada celda que tenemos; comería lo que más fuese de su
agrado; se pasearía de largo a largo por nuestros plantíos y praderas, y
estaría dispensado de asistir a los oficios, y de ayunos y penitencias. Si esto
no es buena vida, que me traigan al que descubra otra mejor.
EL CURA.- (Repitiendo.) Su edad exige cuidados exquisitos, que aquí tendría como en
ninguna parte.
EL CONDE.- (Con afabilidad.) Señores míos, yo agradezco infinito su solicitud, y me siento
orgulloso del afecto que me demuestran, deseando tenerme en su compañía. Lo
agradezco en el alma; pero no puedo acceder a sus nobles deseos, no y no. Y
rechazo la oferta, no por mí, sino por la Comunidad, por lo mucho que la
quiero, la respeto y la admiro.
EL MÉDICO.- (Aparte a un fraile.) ¡Viejo más marrullero!...
EL ALCALDE.-
Veremos por dónde sale.
EL CONDE.- Estoy
bien seguro de que los señores monjes, a los pocos días de alojarme aquí, no me
podrían aguantar, y renegarían de
haberme traído. Créanlo: tengo un genio imposible.
EL PRIOR.- ¡Eccellenza... por Dios...!
EL ALCALDE.- (Volviendo al grupo distante.) ¡Zorro de Albrit, remolón,
pamplinero, si acabarás por venir aquí y tomar lo que te den, aunque sean
sopas!
EL CONDE.- Sí, soy
inaguantable. Cuando no ha podido domarme el infortunio, ¿quién me domará?
EL PRIOR.- (Echándose a reír y palmeteándole en el
hombro.) Yo... sí, monseñor, yo... ¡También suelo gastar un
geniecillo!...
EL CURA.- (Repitiendo.) La dulzura, el tacto, el don de gentes del Padre Maroto, son una
garantía de concordia... Vivirán en santa paz.
EL CONDE.- Además,
hay otro inconveniente. En mi vejez triste no puedo vivir sin afectos; me
moriría de pena si no pudiera tener a mi lado a mis nietecillas, una de ellas
por lo menos, la que escogiera yo para mi compañía.
EL ALCALDE.- (En voz alta.) Pues que las traigan. Es lo único que falta en Zaratán para que
esto sea completo: un par de niñas...
EL PRIOR.- ¡Ah!,
eso no. Aquí no pueden vivir mujeres. Las señoritas le escribirían con
frecuencia.
EL CURA.- (Repitiendo, sin beber, y aplicándose,
con finura, la palma de la mano a la boca.)
Ya se iría jaciendo. Y alguna vez
podrían las niñas venir a visitarle.
EL CONDE.- (Un poco molesto.) Que no me conformo. ¿Cuántas veces he de decirlo?
EL PRIOR.- Sí,
sí... No se hable más.
EL CONDE.- (Con fina marrullería.) No desconozco la fuerza de las
razones expuestas para convencerme. Ni quiero que vean ustedes en mí un hombre
terco, atrabiliario y desagradecido... No, Prior; no, amigos míos. Mal genio
tengo; pero de las tempestades de mis nervios suele surgir el juicio sereno y
claro. Hermoso es Zaratán, simpáticos y agradabilísimos el Prior y sus dignos
cofrades. ¿Quieren tenerme por compañero y amigo? No digo que sí; no digo que
no... No debo aparecer ingrato, ni tampoco ansioso de un bien que no merezco.
EL PRIOR.- (Repitiendo los palmetazos afectuosos.) ¡Si al fin, monseñor, hemos de comer juntos muchos potajitos... y nos hemos de
pelear aquí... como buenos hermanos!
EL ALCALDE.- (Dando resoplidos.) ¡Si digo que...!
El MÉDICO y el
CURA cambian una mirada de satisfacción.
Propone el PRIOR enseñar la sacristía, y dar un paseo por la huerta antes de comer,
y a todos les parece idea felicísima.
Aunque el buen ALBRIT ve poco, se presta con galana urbanidad a que le muestren prolijamente las
imágenes, los ornamentos, los vasos sagrados. El pobre señor, en obsequio a los bondadosos frailes, hace como que lo ve todo, y
con discreta lisonja de buena sociedad, todo lo admira y alaba, hasta
que el PRIOR, abriendo un estuche,
saca de él un cáliz y se lo enseña, diciéndole: «Esta hermosa pieza es donación de la CONDESA DE LAÍN.» Inmútase el anciano, y después de preguntar a MAROTO si celebra en la hermosa pieza, y de
responderle el fraile que sí, suelta
un terno... y tras el terno una
denominación que es escándalo y azoramiento de todos los que cerca están. Hace el PRIOR como que no ha oído nada, y
siguen.
Se sirve la suculentísima y abundante comida en una
salita próxima al refectorio, mientras come
la Comunidad, y sólo asisten a ella,
a más de los forasteros, el PRIOR y un monje anciano, el más
calificado de la casa. Muéstrase,
desde la sopa al café, decidor y jovial el buen PRIOR, arrancándose a contar salados chascarrillos
andaluces de buena ley; y el
CONDE, aunque con pocas ganas de
conversación, y como atacado de
tristeza o nostalgia, se esfuerza en
cumplir la tiránica ley de cortesía, riendo
todos los chistes incluso los del Alcalde, el cual, después de un
impertinente disputar sobre cosas triviales, barre para su casa, sosteniendo la supremacía de las pastas
españolas para sopa entre todas las del mundo, incluso las italianas. Termina
despotricando contra el Gobierno,
porque no protege la industria nacional recargando fuertemente en el Arancel...
¡el fideo
extranjero!
De sobremesa, propone el PRIOR un agradable plan para la tarde: siesta, el que quiera dormirla; después,
paseo hasta la casa de labor de abajo,
que es la más interesante; visita a los corrales, establos y cabañas, y, por
fin, solemnes vísperas con órgano,
Salve, etc.
Escena
IX
Coro de la iglesia conventual de Zaratán.
El PADRE MAROTO, en
la silla prioral. A su lado el
CONDE DE ALBRIT. Siguen a derecha e
izquierda los monjes, ocupando con
sus venerables cuerpos más de la mitad de la sillería. En el centro, frente al
facistol, los cantores. No hay verja que separe el coro de la
iglesia, que es tenebrosa, sepulcral, cavidad cuyos límites y contornos se deslíen en un misterioso ambiente,
tachonado por las luces de los cirios.
En el fondo lejano se adivina, más que se ve, el altar mayor, disforme
carpintería barroca y estofada. A la
derecha un órgano pequeño, nuevecito,
de excelente son. Toca con maestría el mismo fraile italiano
que antes hablaba de la simiente de alfalfa y remolacha forrajera.
EL CONDE.- (Que sin darse cuenta de ello, entrelaza y confunde su rezo con sus
meditaciones.) Señor de los
cielos y la tierra, ilumíname, dame la verdad que busco... No muera yo sin
conocerla... Que acabe mi vida con mis dudas horribles... Padre nuestro que estás... Creí que la falsa es Dolly, y la
legítima Nell... y ahora creo lo contrario: Dolly es la buena, Nell la mala, la
intrusa... Señor, que no prevalezca en mi familia la usurpación infame... El pan nuestro...
EL CORO.- Recordare Domine quid acciderit nobis...
Intuere et respice opprobrium nostrum.
EL CONDE.- No me tengas,
Señor, sobre esta zarza de las dudas... Me revuelco en ella, y mi cuerpo es
todo una llaga... Dame la verdad, y que la verdad sea puerta para entrar en la
muerte... Líbrame del oprobio de mi nombre, y aparta de mi descendencia el
deshonor.
EL CORO.- Haereditas nostra versa es ad alienos, domus nostrae ad extraneos...
Suena con dulcísimos acordes el órgano.
Encantado de oírle, el CONDE se inclina hacia el PRIOR para
elogiar el instrumento y las hábiles manos que lo tocan.
EL PRIOR.-
¡Excelente organito!... Regalo de su hijo de usted, el señor Conde de Laín, que
nos lo mandó de París. La carta en que me anunciaba este obsequio fue la última
que de él recibí.
EL CONDE.- (Que desvaría un poco, afectado de la solemnidad del lugar y
ocasión y de la lúgubre poesía que allí emana de todas las cosas.) Pues me lo había figurado... Como
apenas veo, mi oído tiene una sutileza extremada, y en esos dulces acentos escuché la propia voz
de mi pobre Rafael resonando en la iglesia... ¡Desdichado hijo mío! ¿Verdad, P.
Maroto, que mi hijo merecía mejor suerte? Pero la felicidad no es para los
buenos. (El PRIOR contesta con cabeceos, por no creer que es ocasión de largas
conversaciones, y continúa rezando.
Pasa tiempo. La placidez del sitio, la
suave temperatura, el monótono canto,
determinan en el viejo ALBRIT una sedación dulcísima, y recostándose sobre la derecha en el
amplio sitial, se adormece. A ratos se despabila, y perdida la noción de la realidad, olvidado de dónde está, dirige al PRIOR palabras que este estima de una incongruencia absoluta. En aquel sopor, cuyas intercadencias no es posible apreciar, ve y oye el desdichado prócer extrañísimas cosas. Si al despertar tiene algunas por
disparates, otras quedan en su mente
como verdades incontrovertibles. No
puede dudar que su hijo Rafael se aparece en el coro, viniendo de la iglesia, vestido
de monje, y avanzando lentamente se
llega a su padre, y le habla... Bien seguro está de que le dice algo, y más le dijera si su imagen no
desapareciese súbitamente como una luz que el viento apaga.)
EL PRIOR.- ¿Qué
dice el señor D. Rodrigo?
EL CONDE.- Me
parece que hablo claro... La falsa es Nell. Me lo dice quien lo sabe... (Enteramente despabilado.) ¡Ah!... perdone usted... No he dicho
nada. Estas cosas no deben decirse. (Mira
en torno suyo, y nada ve. Pero advierte que han cesado los cánticos,
y que el oficio ha concluido. La Comunidad se retira.)
EL PRIOR.- (Levantándose.) Eccellenza... hemos
terminado nuestro rezo. Tome usted mi brazo, y saldremos.
EL CONDE.- (Apoyado en el brazo del PRIOR.) Es
hermoso poseer la verdad...
EL PRIOR.- Cuando
se posee.
EL CONDE.- Yo la
tengo.
EL PRIOR.- Verdades
hay, amigo mío, que no merecen que las poseamos. Vale más la duda que ciertas
verdades. Lo que hay que tener es fe.
EL CONDE.- También
la tengo. A ella me acojo, y de ella tomo mi energía para esta batalla con la
espantosa duda... (Con grande extrañeza.) Pero dígame, ¿dónde se meten Carmelo
y el Alcalde y el Médico de Jerusa? No les siento. ¿Es que están todavía
examinando carneros y vacas?
EL PRIOR.- (Retardando la contestación, que supone ha de ser penosa para el anciano.) Pues D. Carmelo...
EL CONDE.- ¿Es que
duerme aún la siesta para empalmar mejor la comida con la merienda? Me asombra
que el Alcalde, que es tan beato... por dar ejemplo a las masas, como él dice... no haya venido a las vísperas.
EL PRIOR.- (Arrancándose, por aquello de «el mal camino andarlo pronto».) Señor Conde de Albrit, esos señores se han vuelto a Jerusa.
EL CONDE.- (Parándose en firme, erguido. El estupor contiene aún el estallido de su ira.) ¡Se han vuelto a Jerusa...!
EL PRIOR.- (Resuelto.) Esos caballeros piensan, como yo, que el señor Conde debe
permanecer aquí.
EL CONDE.- (Airado.) Me han traído con engaño, me dejan con perfidia... se van... Me
encierran como a una bestia dañina... ¡Me ponen en manos del carcelero, que es
usted, la Comunidad... Zaratán maldito!
Escena
X
Atrio de la iglesia. Alameda. Portalón.
El CONDE, el PRIOR; algunos monjes,
que a distancia se mantienen observando
la escena, prontos a intervenir en
ella, si lo ordena el Superior con
seña o simple mirada.
EL PRIOR.- Yo ruego
al ilustre Albrit que se sosiegue, y que vea en esto un acto sencillísimo,
dictado por la amistad, por el afecto que todos le profesamos.
EL CONDE.-
¡Encerrarme traidoramente, como a un loco, como a un criminal!
EL PRIOR.- (Empleando la persuasión y buenos modos,
que estima más eficaces.) Eccellenza,
considere que está en su casa... ¿No dice nada a su espíritu la paz de este
santo instituto? Cuantos aquí vivimos con sagrados al servicio de Dios y al
trabajo de la tierra, somos sus amigos, no sus carceleros.
EL CONDE.- Estimo
la buena intención, señor mío; pero a mí no se me enjaula, atentando
inicuamente a mi libertad.
EL PRIOR.- ¿Y para
qué quiere usted esa libertad más que para calentarse los sesos, acometiendo
empresas ideológicas en busca de una luz que no ha de encontrar? (Queriendo acariciarle.) Créame a mí, que soy su amigo. Estos
señores dejan a mi cuidado al león de
Albrit, y yo respondo de que, pasada esta efervescencia de amor propio, monseñor nos lo agradecerá. Mi orden me
manda acoger al desvalido, y practicar en todo caso las obras de Misericordia.
EL CONDE.- (Decidido a partir.) Muy bien. La novena dice: «No encerrar al prójimo contra su
voluntad...» Dígame usted por dónde se sale.
EL PRIOR.- (Dominándose, y persistiendo en los procedimientos de dulzura.) Por segunda vez, Sr. D. Rodrigo, le
invito a considerar que es locura oponerse a esta santa reclusión, dispuesta
por la familia, patrocinada por los amigos, aconsejada por la Facultad... En
ninguna parte tendrá monseñor la paz,
la tranquilidad y los bienes materiales que aquí le prodigaremos sin tasa.
EL CONDE.- (Cada vez más colérico.) Maldigo a la familia, maldigo a los
amigos, a la Facultad y a este endiablado laberinto de Zaratán, donde quieren
que yo me vuelva loco... Pronto, señor Prior, mande usted que me franqueen la
salida. (Avanza con paso resuelto por la
alameda de chopos jorobados.)
EL PRIOR.- (Tras él, suplicante.) Reflexione
usía, señor Conde; considere que ofende a Dios renegando de este santo
recogimiento, en que la Religión y la Naturaleza le ofrecen descanso y paz...
EL CONDE.- (Revolviéndose furioso.) No me hable usted de religión... Aquí
no la quiero... ¡aquí, donde tendría que oír las misas que dice usted con ese
cáliz!... (Con ligera inflexión
humorística, que chisporrotea en
medio de su indignación.) Del
cáliz nada tengo que decir, porque está consagrado... ¡Qué culpa tiene el pobre
cáliz!... ¡Pero la misa... usted... esa tal!...
No, no quiero vivir en Zaratán, no quiero estar preso... ¿Ni quién esa cuál para encerrarme a mí?... Me
encierra porque no haga públicas sus ignominias... ¡Y el Prior de Zaratán es su
cómplice; el Prior de Zaratán dice misa en su cáliz; el Prior de Zaratán se
presta a ser mi carcelero para que no hable, para que no investigue, para que
no descubra la verdad odiosa!... Pero no les vale, no, porque ahora mismo,
señor D. Maroto o señor don Diablo, va usted a mandar que me abran aquella
puerta, que jamás, jamás ha de volver a abrirse para el Conde de Albrit.
EL PRIOR.- (Ya cargado, con fuertes ganas de meter mano al prócer, y hacerle entrar en razón por el procedimiento más expedito.) Señor Conde, que ya me va faltando la
paciencia.
EL CONDE.- ¡La
salida... pronto, la salida!
EL PRIOR.- (Apretando los puños.) Le digo a usted que conmigo no se
juega. Albrit es un niño, y como a tal habrá que tratarle. A los niños mañosos
se les sujeta y se les... (Acércanse
varios frailes, a quienes el
PRIOR ha hecho seña. El CONDE, que en sus tiempos ha sido un excelente
boxeador, se prepara de puños y
brazos, dando a entender su
propósito de romper cráneo o clavícula, si hay alguien tan osado que ponga la mano en su ancianidad venerable.)
EL CONDE.- (Con bravura caballeresca.) Abusas tú, Prior, de la desigualdad
de nuestras fuerzas, y porque me ves solo pretendes acoquinarme. Pero yo te
aseguro que si me vence el número, no
será sin que caiga al suelo alguno de estos bigardones, y bien podría suceder
que el que caiga no se levante más.
EL PRIOR.- (Aunque no ha boxeado nunca, es hombre de empuje; sus puños cerrados igualan a la maza de
Fraga, y los músculos de su brazo
compiten en elasticidad y fuerza con el acero. La actitud guerrera del anciano le saca de quicio, y su primer impulso es dar cuenta de él,
sin ayuda de sus cofrades.) Ahora lo veremos. ¡Leoncitos a mí!...
EL CONDE.- (Ciego de ira, poniéndose en guardia.)
¡Aquí te espero!
(Rodean los frailes al PRIOR, haciéndole ver con gestos y palabras expresivas la inconveniencia de
emplear la fuerza. Basta un momento
de reflexión para que así lo comprenda MAROTO; se domina; encuéntrase en la
posesión plena de sus facultades perfectamente equilibradas; se ríe de sí mismo, se ríe del CONDE con más lástima que menosprecio, y manda que se le abra la puerta.)
EL CONDE.- ¡Ah! Se
me obedece al fin... Abierta la jaula, el león recobra su libertad... ¡Ay del
que quiera sujetarle! (Sale presuroso,
y se aleja con tal viveza, sacando bríos de sus piernas cansadas, que su rápido andar parece milagroso.)
EL PRIOR.- (Rodeado de los frailes, viéndole partir.) ¡Pobre demente! Te ofrecemos el descanso y lo rehúsas; te damos
el olvido de lo pasado, y prefieres revolver las escorias inmundas de tu
deshonrada familia. Rechazas nuestra dulce compañía por correr tras un enigma
cuya solución no has de encontrar... no, no la encontrarás, porque Dios no lo
quiere... (Hablando para sí.) No, no lo quiere; yo, único mortal
que sabe la verdad, no puedo decírtela, y aunque pudiera, menguado y díscolo
viejo, no te la diría... (Alto.) Mirad, mirad cómo corre. Ni una sola
vez ha mirado para atrás. La inseguridad de su paso denuncia el tumulto de sus
ideas...
UN FRAILE.- Toma la
dirección del Páramo.
EL PRIOR.- Quiere
ir como hacia la mar.
OTRO FRAILE.- Hacia
el cantil de Santorojo.
EL PRIOR.- Dios
ataje sus pasos si van en busca de la muerte. Recémosle un Padrenuestro. (Rezan.) Ya no se le ve... Cae la tarde, hermanos; vámonos a cenar en paz
y en gracia de Dios.
Escena
XI
Meseta árida, en la cual no
crecen más que cardos y aliagas. A
trechos, rocas de singulares formas
que parecen cuerpos a medio salir del suelo arenoso. Termina la planicie por el Norte bruscamente, como si la tajaran de un golpe con arma formidable. Allí está el filo del cantil, colosal muralla que del mar se eleva, en algunos sitios con declive de peñas
escalonadas, en otros con una
verticalidad espantable, terrorífica.
La altura varía, por la [300] desigualdad de la rasante en la meseta; pero en ninguna parte deja de ser tal, que difícilmente la soporta sin vértigo la mirada. Sube de lo profundo el murmullo hondo y
persistente de la mar, dando
testarazos en la base del cantil. Anochece.
El cielo es tempestuoso.
EL CONDE.- (Solo, andando lenta y descompasadamente, fatigado ya de la carrera que emprendió en su fuga de Zaratán.) Ya me lo decía el corazón... Carmelo,
el Mediquillo, y ese Alcalde que envenena a media Humanidad con sus fideos
falsíficados, han vendido sus conciencias a la infame. ¡Hechuras mías habían de
ser! Yo les favorecí, ellos me crucifican, me escarnecen, quieren enjaularme.
¡Dios mío, las veces que le he matado el hambre a ese Pepillo Monedero, cuando
venían inviernos crudos y no podía trajinar con sus caballerías!... Con el vino
que me ha robado, cuando me traía las tercerolas de Villarán, se podría
emborrachar Carmelo, cuyo vientre es una bodega... Al padre de ese mediquejo le
libré de presidio, cuando las talas de Laín. Era un hombre que siempre que
Rafael o yo pasábamos por su lado, se ponía de rodillas, y teníamos que darle
de palos para que se levantara... Y ahora ¡ay!... ¡Generación ingrata,
generación descreída y que nada respetas, generación parricida, pues devoras el
pasado, y menosprecias las grandezas que fueron! El honor, la pureza de los
nombres, ¿qué son para estos menguados, que se pasan la vida hociqueando en el
suelo, para recoger el pedazo de pan que la suerte les arroja? Son de vista
baja, y no ven el cielo, ni el sol que nos alumbra... Y ahora, recobrada mi
libertad, voy detrás de mi idea, como los Reyes Magos tras de la estrella que
les guió al pesebre, en que acababa de nacer la verdad. (Detiénese, un tanto
sobrecogido del espantoso estruendo de la mar en aquel sitio. Retumba el suelo. Las olas, en pleamar, penetran en tortuosas cavernas, y se revuelven con furia en las
profundidades tenebrosas.) ¡Cómo
brama! Mal vino trae esta noche el agua... Y allá, el reventar de la ola suena
como cañonazos... Desde este borde distingo el tremendo salivazo de espuma
cuando lo escupe para arriba... ¡Hermoso, sublime! (Continúa andando, no sin
dificultad, porque va de cara al
viento, que sopla del Oeste en
rachas violentísimas.) Vaya con
el aire... hay que ponerle la proa sin miramientos, y cortarlo con la cabeza,
después de bien asegurado el sombrero. De nada me sirve el palo... ¡Qué
soledad! O yo no veo absolutamente nada, o no pasa alma viviente por estos
sitios... ¿Quién demonios, quién que no sea el estrafalario Albrit, este loco
enjaulable, se ha de arriesgar por el horrible páramo en noche tempestuosa? (El viento le hace girar sobre sí mismo;
tiene que acudir con ambas manos al
sombrero; el palo se le cae.) Hola, hola, ¿esas tenemos, señor
vientecito? Pues ahora nos veremos las caras. Primero se cansará usted que yo.
Recojo mi palo, y adelante. Potestad
me llamo: no hay quien me rinda. (Es ya
noche cerrada, noche lúgubre, de cielo revuelto, invadido de negras nubes veloces, que corren hacia el Este, montando
unas sobre otras, acometiéndose...
Por entre sus vellones deshilachados,
se deja ver, a ratos, la luna creciente,
despavorida, que con su lividez ilumina el Páramo, y da siniestro relieve a los peñascos esparcidos, los cuales semejan aquí gatos en acecho,
allí esfinges egipcias, más adentro esqueletos de ballenas.) Vaya... parece que afloja la racha.
No podía ser menos. ¡Vientecitos a mí...! Adelante... (Sorprendido de oír una voz, que
parece humana.) ¿Qué voz es esa? Si no es que el viento se da
a la imitación del graznido de los hombres, ha sonado una voz. (Parándose, para oír mejor.) Sí,
hasta parece que oigo mi nombre... No, no: es el viento, que sabe pronunciar la
última sílaba: brit... brit... (En dirección contraria a la que lleva el CONDE, avanza un hombre; pero como anda a favor del viento, más bien parece que vuela. Lo
que en tan extraño sujeto aparenta alas son faldones de un largo abrigo. Pasa veloz junto al CONDE. Se para no sin gran esfuerzo, le llama... vuelve a llamarle.)
Escena
XII
El CONDE; D. PÍO, sin sombrero, que le ha sustraído el huracán; lleva bufanda al cuello, que
se enrosca y desenrosca a cada instante; levitón largo, que se le
pone por montera; los pantalones
arremangados.
EL CONDE.- (Con voz firme.) ¿Quién es... quién me llama? Si es el viento... perdone, hermano,
no llevo suelto.
D. PÍO.- (Que se ve obligado a agarrarse al
CONDE para no caer.) Soy yo, señor. ¿No me ha conocido?
Soy Pío, el profesor de las niñas.
EL CONDE.- ¡Ah!
Coronado... Acabáramos. ¿Y qué traes por estos sitios tan amenos, en noche tan
deliciosa?
D. PÍO.- En el
momento de encontrar a usía buscaba mi sombrero, que arrebató el viento.
EL CONDE.- Pues no
es fácil que te lo devuelva. Si temes constiparte sin sombrero, ponte el mío.
En verdad, no me sirve más que de estorbo...
D. PÍO.- Gracias,
señor Conde. Estamos en el peor sitio. Agarrémonos bien el uno al otro, y
vámonos a lugar más abrigado y seguro... Por aquí, señor... (Se agarran y se internan, alejándose del cantil.)
EL CONDE.- Por lo
visto, las revueltas del Páramo te son familiares.
D. PÍO.- Si es mi
paseo favorito. Esta soledad, esta aridez, este ruido de la mar me enamoran.
Llega para mí un momento, al terminar el día, en que me hastían de tal modo las
personas, que me arrimo a los animales; pero me hastían también los domésticos,
y busco la compañía de los lagartos, de los saltamontes, de los cangrejos, y de
todo lo que más se diferencia de nosotros.
EL CONDE.-
Comprendo tu odio al género humano, infeliz Pío. Dícenme que eres muy
desgraciado en tu casa.
D. PÍO.- (Llevándole a un sitio resguardado del
viento.) Sí, señor. Más de una
vez he venido a estos cantiles con el propósito de arrojarme por el más
empinado. Pero...
EL CONDE.- Te ha
faltado valor.
D. PÍO.- (Candoroso.) Sí, señor... Me faltan ánimos. Esta noche misma llegué decidido,
tan decidido, que ya me estaba viendo cenado por los peces; pero en el momento
crítico...
EL CONDE.-
¡Matarse, qué locura! Hay que luchar, luchar sin desmayo para aniquilar el mal.
D. PÍO.- (Con tristeza.) ¡Ah!, eso no es para mí. Luche quien pueda. Yo no sirvo; nací
para dejar que todo el mundo haga de mí lo que quiera. Soy un niño, señor
Conde, y no un niño de raza humana, sino de la raza ovejuna; soy un cordero,
aunque me esté mal en decirlo. Nací sin carácter, y sin carácter he llegado a
viejo. Permítame que me alabe. Soy el hombre más bueno del mundo; tan bueno,
tan bueno, que casi he llegado a despreciarme a mí mismo, y a futrarme, con perdón, en mi propia
bondad.
EL CONDE.- Y tuya
es una frase que corre como proverbial en Jerusa: «¡Qué malo es ser bueno!»
D. PÍO.- Porque de
la bondad me vienen todas mis desgracias... parece mentira. En mí no encuentro
fuerza para hacer daño a ningún ser, llámese mosquito, llámese mujer u hombre.
Donde yo estoy, está el bien, la verdad, el perdón, la dulzura... y llueven sobre
mí las desdichas como si mi bondad fuera un espigón de metal que atrae el
rayo... Señor, he llegado a un extremo tal de sufrimiento, que ya no puedo más;
quiero arrojar por ese cantil el fardo de mi bondad, que es mi vida. Mi vida, o
sea mi bondad, ya me enfada, me apesta, me revuelve el estómago... ¡Váyase a
los profundos abismos, bendita de Dios!
EL CONDE.- Ten
paciencia, Pío. Si eres tan bueno, Dios te dará tu merecido... Pero si hemos de
charlar, desahogando en la confianza y amistad recíprocas las penas de uno y
otro, no será malo, bendito Coronado, que me lleves a un sitio cómodo donde
pueda sentarme. Por mi nombre te juro que estoy cansado.
D. PÍO.- (Guiándole.) Precisamente llegamos a un recodo donde estaremos a cubierto del
vendaval. Entre estas peñas enormes, que parecen dos formidables canónigos con
sus sombreros de teja, he descabezado yo mis sueñecitos algunas noches que he
dormido fuera de casa. Aquí podemos sentarnos, sobre esta limpia arena llena de
caracolitos, y hablar todo lo que nos dé la gana. (Se sientan.)
EL CONDE.- Dime,
Pío: ¿al fin se murió tu mujer?
D. PÍO.- (Tocando las castañuelas.) ¡Al fin!, sí, señor. Dos años hace ya
que el infierno la quiso para sí.
EL CONDE.- ¡Cuánto
habrás padecido, pobre Coronado! De veras te digo que no hay en la sociedad
vicio más desorganizador ni de peores consecuencias que la infidelidad
conyugal; y cuando ese atroz delito trae el falseamiento de la ley del
matrimonio y el fraude de la sucesión, no hay palabra bastante dura para
anatematizarlo. Pues bien: aquí donde me ves, yo estoy en el mundo para
combatir y anular las usurpaciones de estado civil, producidas por el
desacuerdo entre la Ley y la Naturaleza. Nuestros legisladores no han tenido
valor para abordar este problema. Yo lo tengo. He declarado la guerra a la
impureza de los nombres, y a todas las ilegitimidades producidas por el infame
adulterio.
D. PÍO.- (Embobado.) Ya... ¿Y qué hace el señor Conde para...?
EL CONDE.- Por de
pronto, descubrirla usurpación... sacarla a la vergüenza pública... ¿Te parece
poco? (D. PÍO, ensimismado, no dice nada.) Pero no hablemos ahora
de mis cuitas, sino de las tuyas. Tu mujer, según creo, te dejó un mediano
surtido de hijas.
D. PÍO.- (Secamente, mirando al suelo.)
Seis...
EL CONDE.- Que son
seis arpías, según se cuenta.
D. PÍO.- (Con aflicción.) Llámelas usía demonios o fieras infernales, pues arpías es poco.
No me tienen ningún respeto, ni viven nada más que para martirizarme.
EL CONDE.- ¡Y lo
aguantas! Tu bondad, pobre Coronado, raya en lo inverosímil, porque si no
miente el vulgo... permíteme que te hable con una franqueza que resulta tan
extremada como tu bondad... tus hijas... no son tus hijas...
D. PÍO.- (Después de una pausa.) Señor, por duro que sea declararlo,
yo... En efecto, tan cierto como ésta es noche, esas hijas... no me pertenecen.
EL CONDE.- Y si de
ello estás tan seguro, ¿cómo las tienes contigo?
D. PÍO.- Por ley de
la costumbre, que es la gran encubridora de las perrerías que hace la bondad.
Desde que nacieron las tengo a mi lado. Me quito el pan de la boca para dárselo
a ellas... Las he visto crecer, crecer... Lo peor es que de niñas me querían, y
yo... ¿para qué negarlo?... las he querido, casi las quiero, no lo puedo
remediar... (ALBRIT suspira.) No tengo vergüenza, ¿verdad, señor Conde? No soy digno de
hablar con un caballero como usía.
EL CONDE.- Eres un
desgraciado, y yo quiero que seamos amigos. Dime otra cosa: esas tarascas,
¿permanecen solteras?
D. PÍO.- Dos
casaron con los primeros ladrones del pueblo. A una la abandonó el marido, y
está otra vez en mi casa: empina el codo, y me dice las cosas más indecentes
que se le pueden decir a un hombre. María y Rosario tienen por novios a dos
perdidos: el uno barbero, el otro muy dado al matute. Esperanza es loca por los
hombres, y se va tras ellos por las calles y caminos, sin reparar que sean
soldados, amoladores o titiriteros, y Prudencia, la más chica, me ha salido un
poquito bruja. Echa las cartas, cura por salutaciones... y roba todo lo que
puede.
EL CONDE.- (Con piadosa lástima.) No conozco otro ser más dejado de la
mano de Dios. Sobre tu bondad caen todas las maldiciones del Cielo. ¿Cómo en
tantos años no has tenido un día, una hora de entereza de carácter, para echar
de tu lado a esas hembras espúreas que te consumen la vida?
D. PÍO.- No me pida
el señor Conde que tenga carácter, que es como pedir a estas peñas que den uvas y manzanas. Soy bueno; me reconozco el
mejor de los hombres. En un punto está que uno sea un santo o un mandria. Mi
mujer, que de Satanás goce, me dominaba; me hacía temblar con sólo mirarme. Yo
hubiera tenido valor delante de una docena de tigres; delante de aquel monstruo
no lo tenía. Tan grande como mi paciencia era su liviandad. Me traía los hijos;
nacían en casa. Yo le decía verdades como puños; pero no me escuchaba. ¿Qué
había de hacer yo con las pobres criaturas, ni qué culpa tenían ellas? ¡No las
había de tirar en medio de la calle! Crecían, eran graciosas, se dejaban
querer. El tiempo me alargaba la bondad, y yo era más bueno cada día... y me
dejaba ir, me dejaba ir... Nunca tuve resolución... Mañana será otro día, decía
yo, y, en efecto, señor, todos los días, en vez de ser otros, eran los
mismos... El tiempo es muy malo, es como la bondad... Entre uno y otro hacen
estas maldades que no tienen remedio.
EL CONDE.- (Meditabundo.) Buen Pío, tu filosofía resulta dañina; tu bondad siembra de males
toda la tierra.
D. PÍO.- Déjeme que
siga contándole, para que acabe de despreciarme. Lo que sufro con esas
culebronas a quienes llamo hijas no hay palabras para decirlo. Ellas me pegan,
ellas me insultan, ellas me matan de hambre; ellas gozan con mis dolores, con
mi vergüenza... ¡Qué malas, qué malas son! Cada una es un demonio, y juntas el
Infierno. Y que no me vale huir de mi casa y abandonarlas, porque salen
desaforadas a buscarme, y me cogen, y me llevan por fuerza, y me besuquean y
hacen mil carantoñas. Tengo el corazón tan blando, que cuando veo llorar a
alguien soy un río de lágrimas. Pues cuando alguna se pone mala, ¡si viera usía
lo inquieto y apenado que estoy! Nada, que me falta tiempo para correr a casa
del médico, a la botica...
EL CONDE.- Eres
cosa perdida. Vas al abismo, buen Coronado.
D. PÍO.- (Agitadísimo.) Lo sé, señor Conde... Por eso pido a Dios que me lleve pronto al
Cielo, porque allí, lo que es allí... supongo que podrá uno ser tierno de
corazón y de voluntad sin perjudicarse... allí puede uno ser todo amor, sin que
le descalabren, le pellizquen y le aporreen.
EL CONDE.- El
Cielo, sí. Para ti no hay otro sitio. Aquél es tu mundo, y no debiste, no,
Coronado, no debiste venir a éste.
D. PÍO.- (Con desesperación.) ¿Pero acaso yo me he traído?
EL CONDE.- Si no te
has traído, puedes volverte cuando quieras. Ahora comprendo la razón y
excelente lógica de tus propósitos de suicidio.
D. PÍO.- (Con efusión.) Me suicido porque soy un ángel, y nada tengo que hacer en este
mundo.
EL CONDE.- (Indicando la dirección del cantil.) Es verdad... Vete pronto al tuyo, al
Cielo. Por hacerme compañía no te entretengas.
D. PÍO.- (Que, sintiendo frío en la cabeza, se
la cubre con el pañuelo, y anuda las
puntas bajo la barba.) Si
quisiera el señor Conde prestarme su pañuelo para sonarme, pues el mío me lo he
puesto por la cabeza...
EL CONDE.- Hijo,
sí; tómalo y suénate todo lo que quieras... Me parece que debemos continuar
andando, porque nos enfriamos. Yo estoy aterido.
D. PÍO.- Como el
señor Conde guste. (Levántase y le da la
mano.) El viento afloja; ahora
se descubre la luna.
EL CONDE.- (Andando los dos del brazo.) Pues en este momento, mi buen
Coronado, se me ocurre una idea que puede ser tu salvación. Tú te librarás de
todo mal a que tu bondad te ha traído, y yo tendré el gusto de producir en ti
el único bien que has disfrutado en tu vida.
D. PÍO.- (Algo inquieto.) ¿Qué idea es esa, Sr. D. Rodrigo?
EL CONDE.- Pues muy
sencillo. Tú no tienes valor para lanzarte de este mundo al otro. El valor que
a ti te falta, a mí me sobra. Te agarro, te arrojo por el cantil, y al llegar
abajo ya eres cadáver y se han acabado tus sufrimientos. (Pausa.)
D. PÍO.- (Que se rasca la cabeza, metiendo la mano por debajo del pañuelo.) Es una idea excelente. Por mi parte,
no me opongo... Al contrario... Lo único que temo es que la muerte no sea muy
rápida...
EL CONDE.- ¿Pero
qué estás diciendo? Morirás en menos de cinco segundos. No, no encontrarás
muerte mejor, ya emplees arma, veneno, o el ácido carbónico. Muerte
instantánea, súbita entrada en la felicidad, en el Paraíso, de que nunca
debiste salir. Si no me engaño, estamos en una parte del cantil que ni de
encargo. Aquí la cortadura es vertical, la altura vertiginosa... Con que...
D. PÍO.- (Algo alelado.) Sí, sí... Pero ahora caigo en otro inconveniente, y éste sí que
es grave, gravísimo, señor Conde. Como alguien nos habrá visto venir hacia acá,
fácil es que acusen a usía de mi muerte; y le metan en la cárcel... y causa
criminal al canto, por homicidio, con nocturnidad, alevosía... No, no, señor
Conde. ¡Cómo había yo de consentirlo!
EL CONDE.- Nadie
nos ha visto, ni es lógico que sospechen de mí... Decídete: ya ves qué fácil,
ahora... ¿Oyes la mar que brama, como pidiendo que le arrojen algo con que
entretenerse?... Pero hay más, carísimo Pío: figúrate tú el chasco que se
llevarán tus hijas cuando vean que ya no tienen a quién martirizar, que se les
ha escapado la víctima... ¡ja, ja!... Se revolverán unas contra otras, y
furiosas, tirándose de los pelos, se enzarzarán con uñas y dientes...
D. PÍO.- (Riendo.) Sí, sí... y a ver quién les mantiene el pico... ¡Y que van a
rabiar poco esas bribonas cuando yo me vaya! ¡Y con qué júbilo les diré yo
desde allá: «Fastidiaos ahora, grandísimas puercas...!» Por supuesto, créame el
Sr. D. Rodrigo, al recibir la noticia de que me ha tragado la mar, llorarán...
porque, en medio de todo, me quieren... a su modo.
EL CONDE.- Y tú a
ellas también. Remachas tu bondad con el tremendo deshonor de amarlas. Para
poner fin a tanta ignominia es preciso... (Le
agarra fuertemente por la cintura.)
D. PÍO.- (Riendo, para disimular su temor.)
Otro día, señor Conde, otro día... Esta noche me encuentro algo destemplado.
EL CONDE.- (Soltándole.) Como tú quieras.
D. PÍO.- (Alejándose del cantil.) No podemos, no podemos tomar esa
determinación sin que yo escriba un papel en que diga que sucumbo de motu proprio.
EL CONDE.- Bien. No
está de más hacer las cosas con la preparación y formalidad debidas.
D. PÍO.- (Gravemente.) Otra noche, después de disponerlo todo muy bien, nos reuniremos
aquí.
EL CONDE.- Pues
mira, ahora me alegro de que se quede la función para otra noche, porque así
podrás darme algunas informaciones acerca de mis nietas... Dime: ¿en dónde
estamos ya?
D. PÍO.- Cerca del
Calvario, en el lindero del bosque.
EL CONDE.- Pues al
pie de la cruz echaremos otra sentada... Me harás el favor de decirme...
D. PÍO.- Todo lo
que el señor Conde quiera. (Despéjase un
poco el cielo, y a la claridad de la
luna andan los dos ancianos con menos lentitud. Llegan al Calvario, y se
sientan en la meseta de granito que sustenta las cruces.)
EL CONDE.- Muy bien
estamos aquí... Hablemos de Nell y Dolly. Dime, ante todo: ¿tú te sientes con
el saber, con la suficiencia necesaria para instruir a mis nietas? ¿Te
reconoces verdadero maestro de lo que ellas ignoran?
D. PÍO.- Señor
Conde, yo...
EL CONDE.- Nada,
nada: deja a un lado el amor propio, y respóndeme. Olvídate de quién soy y de
quién eres. Somos dos amigos.
D. PÍO.- (Olvidando las categorías.) Pues amigo Albrit, diré a usted...
digo a usía que, tan cierto como ese astro es luna, yo no sé una palabra de
nada. Sabía, sí, sabía mucho, aunque me esté mal el decirlo; pero las
desgracias me han desconcertado horriblemente el magín. Mi memoria es un desván
lleno de telarañas. Subo a él en busca de mi sabiduría, y sólo encuentro
retazos deshechos, trastos inútiles... Y como soy hombre de conciencia, más de
una vez le he dicho a D. Carmelo que busque otro preceptor para las niñas...
Una sola ciencia, o arte más bien, conservo en mi caletre. Es lo único que me
queda en esta dispersión tristísima de mis conocimientos.
EL CONDE.- ¿Qué es?
D. PÍO.- Pues la
Mitología. Todo lo he olvidado, menos el admirable y poético simbolismo de los
griegos... Es raro, ¿verdad? ¿Y a qué debo atribuir que se agarre a mi
entendimiento la dichosa Mitología? Pues lo atribuyo a que en ella todo es
falso. En conciencia, señor Conde, yo declaro que no puedo enseñar a las niñas
más que dos cosas: la reforma de letra, por Torío, y la fábula mitológica.
EL CONDE.- Ya no
tendrás que enseñarles nada, bendito Coronado... Y ahora, vamos a mi asunto: tú
que las has tratado íntimamente, tú que has vivido en contacto con sus
inteligencias en capullo, con sus corazones virginales, dime: ¿cuál de las dos
te parece más noble, más moralmente bella, más digna de ser amada?
D. PÍO.- (Meditabundo.) No es tan fácil determinar...
EL CONDE.- Porque
iguales no han de ser. En la Naturaleza no hay dos seres enteramente iguales.
D. PÍO.- Igualdad,
en efecto, no hay. Los caracteres son distintos. Vaya usted a saber si salen al
padre, a la madre, o a los abuelos...
EL CONDE.- Yo
quiero que designes la mejor. Figúrate que una ley ineludible te obliga a tomar
una y a sacrificar la otra. (D. PÍO se
muestra sorprendido y confuso.) Hazte cuenta de que no hay más remedio, de
que no puedes evadir el dilema terrible.
D. PÍO.- (Rascándose la cabeza.) ¡Vaya un compromiso! Pues si la cosa
es tan por la tremenda, si no hay más solución que escoger una... (Decidiéndose, tras larga vacilación.)
Pues... con todas sus travesurillas, con toda su inquietud diablesca, y, si se
quiere, desvergonzada, la preferida es Dolly.
EL CONDE.- ¿Y en
qué te fundas para tu preferencia?
D. PÍO.- (Lleno de confusiones.) No sé... Hay algo en Dolly que me
parece superior a cuanto vemos en el mundo. O mucho me equivoco, señor de
Albrit, o la engendraron los ángeles.
EL CONDE.- (Gozoso de encontrar una afirmación.) Mi Rafael era un ángel. Soy de tu
opinión con respecto a Dolly, agudísimo Coronado. Veo que tu inteligencia sabe
penetrar en la razón y fundamento de las cosas. Y me figuro que tu juicio se
funda en observaciones...
D. PÍO.- (Con inocencia angelical.) Sí, señor... también. Cuando estuvo
aquí toda la familia dos años ha, observé en el señor Conde de Laín la misma
preferencia.
EL CONDE.- (Excitado.) ¿De veras?... ¿Qué me dices?
D. PÍO.- Cuando
paseaban, que era las más de las tardes, Dolly iba colgadita del brazo de su
papá.
EL CONDE.- ¡Oh,
Coronado ilustre, qué consuelo me das!
D. PÍO.- (Apoyándose en la rodilla de ALBRIT.) Y
Nell del de su madre. D. Rafael idolatraba a Dolly.
EL CONDE.- ¿Dices
que hace dos años?
D. PÍO.- Y antes lo
mismo. Después no volvió por aquí.
EL CONDE.- (Animadísimo.) Pío, gran Pío, abrázame. La concordancia de tus ideas con las
mías me llenan de júbilo.
D. PÍO.- (Con desaliento.) El señor Conde es feliz. Sus nietas le adoran y le dan mil
consuelos. Yo, en cambio, tengo el Infierno en mi casa.
EL CONDE.- (Gozoso.) Respira, hijo. Tus infortunios concluirán pronto, gracias a mí, y
te hartarás de bienaventuranza, y tu bondad podrá explayarse, ser eficaz, y
servir de ejemplo en el Cielo mismo.
D. PÍO.- (Sorprendido de la animación de su amigo.) Parece que está contento el señor
Conde.
EL CONDE.- Sí...
¡Siento en mí una alegría...! Me río de pensar en la cara que pondrán Gregoria
y Venancio cuando me vean entrar. Esta noche cenarás conmigo.
D. PÍO.- (Suspirando.) Bueno: así entraré más tarde en casa. Cuando llegue a las tantas,
y cenado, será ella.
EL CONDE.- Te
acompaño, ¿quieres?, y armados los dos con buenas estacas, daremos un recorrido
a las bribonas de tus hijas.
D. PÍO.- (Contagiado del humor festivo del
CONDE.) Por Saturno, padre de los dioses, señor, que eso sería un lindo paso.
Pero, ¡ay, cómo se vengarían después las muy perras!
EL CONDE.- (En vena de hilaridad.) ¡Y ese bon vivant de Carmelo, y el Médico, que creen haberme dejado preso
en los Jerónimos, figúrate la cara que pondrán...! D. PÍO.- (Tocando las castañuelas.) Sí, sí: estará bueno el sainete.
EL CONDE.- (Impaciente.) Vamos, vamos, que ya es hora de que nos riamos tú y yo, para
desenmohecer nuestros espíritus, quitándonos las murrias de esta noche
lúgubre... Bendito Coronado, padre general de los pelmazos, compendio de todos
los males que acarrea la bondad, ya mereces la alegría... Vena a mi casa...
(Se agarran del brazo, y apoyándose el uno en el otro, se dirigen con incierto paso a la Pardina.)
Escena
XIII
Comedor en la Pardina.
VENANCIO, GREGORIA, SENÉN, disponiéndose a cenar; después el CONDE y D.
PÍO. GREGORIA pone la mesa.
VENANCIO.- Me
parece mentira que estemos libres de ese estafermo insoportable.
GREGORIA.- ¡Ay qué
descanso! Ya vivimos otra vez en la gloria. Cenaremos tranquilos, y nos
acostaremos dando gracias a Dios.
SENÉN.- ¿Y estáis
bien seguros de que se conformará con el encierro?
GREGORIA.- Y si no
se conforma, que llame a Cachán.
VENANCIO.- Dice D.
Carmelo que se quedó dormidito en el coro. Pues como se desmande y quiera
escabullirse, no faltará quien le sujete; que el Prior de Zaratán no es hombre
de mieles como nosotros, y las gasta pesadas. (Óyese la campana de la puerta.)
GREGORIA.- (Temblando.) ¡Jesús me valga!
VENANCIO.- Ha
sonado la campana... Alguien entra... (Se
asoma a la ventana.) Será José
María...
SENÉN.- (Que también se asoma.) ¡Qué chasco, si fuera Albrit!...
GREGORIA.- (Trémula.) Si me parece que he oído su voz diciendo: «¡Ah de casa!»
VENANCIO.- No puede
ser... (Mirando afuera.) ¡Rayos y jinojos, él es!
GREGORIA.- Será un
alma del otro mundo...
SENÉN.- Se ha
escapado el león...
EL CONDE.- (Entrando; tras él D. PÍO, que, distraído, conserva su pañuelo a la cabeza.) Sí, aquí está la fiera... Soy yo, mis queridísimos Gregoria y
Venancio; el propio Albrit, vuestro señor que fue, después vuestro huésped. (Dirígese con calma al sillón que suele
ocupar.) Y me acompaña mi buen
amigo D. Pío Coronado, a quien veis en esa extraña facha porque el aire le
privó de su sombrero.
D. PÍO.- (Con timidez, quitándose el pañuelo.)
Perdón les pido... Me retiraré si estorbo.
EL CONDE.- Aquí no
estorba nadie... (A VENANCIO y GREGORIA.) Ya comprenderéis que no
vengo a pediros nuevamente hospitalidad. Con vuestras groserías me arrojasteis
de la Pardina. No veáis en mí al pobre importuno que, despedido cien veces,
cien veces vuelve. No: no entro en vuestra casa; entro en la casa de mis
nietas, a quienes necesito ver esta noche.
VENANCIO.- Señor...
yo no he arrojado a usía... Es que se creyó que estaría mejor en los Jerónimos.
EL CONDE.- ¡Al
diablo tú y los Jerónimos!
GREGORIA.- La santa
Virgen nos ampare.
SENÉN.- (Queriendo meter su cucharada.) Lo que quiere decir el señor Conde es
que...
EL CONDE.- (Impaciente.) Lo que quiero decir es que necesito ver a mis nietas pronto.
¿Dónde están? ¿Por qué no han salido a recibirme?
GREGORIA.- Ha
olvidado el señor que las convidó la señora del Alcalde.
EL CONDE.- (Severo.) Que vayan a buscarlas inmediatamente. (GREGORIA y SENÉN se ofrecen a traer a las niñas.) No, de ti no me fío... Tampoco tú
eres de fiar... D. Pío, hágame el favor de traerme a Nell y Dolly.
SENÉN.- (Lisonjero.) Iré yo también, para que vea usía con qué solicitud ejecuto sus
órdenes. (Vanse SENÉN y D. PÍO.)
VENANCIO.- (Haciendo de tripas corazón.) El señor querrá tomar algo.
GREGORIA.- Como no
contábamos con usía, nada hay preparado.
EL CONDE.- Os lo
agradezco. Cuando vengan mis nietas decidiré. Tú, Venancio, me harás el favor
de ir a la Rectoral, y decir a Carmelo que deseo verle esta noche.
VENANCIO.- El señor
cura estará cenando...
EL CONDE.- Eso no
es cuenta tuya. Haz lo que te digo.
VENANCIO.- Bien,
señor.
GREGORIA.- ¿Y a mí
qué me manda usía?
EL CONDE.- Que
puedes irte a tus quehaceres. Deseo estar solo. (Apoyando en la mano su cabeza, quédase meditabundo.)
GREGORIA.- (A su marido, que, al retirarse, amenaza con un gesto furtivamente al CONDE.)
¡Por Dios, Venancio...!
VENANCIO.- ¡Otra
vez en mi casa...! Yo te juro que mañana no habrá en la Pardina más que un
león... el de piedra, que está en el escudo. (Se van.)
Escena
XIV
Jardín y casa del ALCALDE. Al llegar SENÉN y D.
PÍO, ven y admiran el jardín, iluminado con farolitos de colores colgados
de los árboles. En la sala baja,
cuyas ventanas están abiertas, suena el cascabeleo del piano. Óyense desde la calle alegres risotadas,
cantos juveniles y pataditas de baile.
La ALCALDESA, SENÉN; después NELL; mucha y diversa gente, pollas y chicarrones de la localidad.
SENÉN.- (Hablando con la ALCALDESA en la puerta de la sala baja, que está de bote en bote.) Sí, señora, que vayan al momento. Nos
ha mandado a D. Pío y a mí con esta comisión. Al maestro le he dejado en el
jardín como un palomino atontado. Esta y no otra es la razón de que vengamos a
turbar el regocijo de su fiesta monocrástica.
LA ALCALDESA.- (Sofocando la risa.) Onomástica, Senén.
SENÉN.- (Sin dar su brazo a torcer.) En Madrid lo decimos de varios modos.
Decimos también fiesta morganática.
LA ALCALDESA.-
Bien, hombre, no riñamos por una palabra... Pero no acabo de creer que el león
se haya escapado de la espléndida jaula de Zaratán. Cuando lo sepa José María,
¡bueno se pondrá! ¡Y D. Carmelo tan confiado en que el Prior se daría sus mañas
para retenerle!
SENÉN.- Me inclino a creer que no hay quien
pueda con Albrit. Para su soberbia no se han inventado jaulas ni barrotes
fuertes.
LA ALCALDESA.- Te
advierto que las chicas no saben nada de esta conspiración para enjaular a su
abuelo.
SENÉN.- Conviene
que lo ignoren.
LA ALCALDESA.- Es
un dolor que ese viejo extravagante las llame en lo mejor de la fiesta. ¡Están
tan divertidas las pobres! Lo que han gozado esta tarde no puedes figurártelo.
Entra, y tomarás un dulce y una copa. (SENÉN da las gracias, y trata de
ganar terreno dentro de la sala; pero
el apretado gentío se lo impide.) Está esto imposible... Pues sí: ahora se
ve que a estas infelices niñas de Albrit les gusta la sociedad, y que para la
sociedad han nacido. Da pena verlas hechas unos saltamontes, del bosque a la
playa y de la playa al bosque, cuando su centro, su atmósfera, como quien dice,
es la buena sociedad, el dar broma con decoro, y el divertirse lícitamente.
Esta tarde lo hemos visto. ¡Virgen, lo que han picoteado con Manolo y Serafín,
los de la confitería! Ellos son saladísimos, llenos de picardía, eso sí; pero
elegantitos. Estudian en Madrid.
SENÉN.- (Introduciéndose más.) Les conozco.
LA ALCALDESA.- Van
a los estrenos, frecuentan las reuniones, saben de memoria todas las tonadillas
del género chico, montan en bicicleta...
SENÉN.- Son chicos
muy simpáticos... Allá veo a Dolly de
conversación tirada con el tontaina de Tomasín, el del Registrador. Como hay
Dios, que le está tomando el pelo.
LA ALCALDESA.-
¿Esa? Es capaz de tomárselo al lucero del alba.
SENÉN.- Procure
usted, Doña Vicenta, echármelas para acá, y si no puede usted a las dos, cójame
a la que pueda... que ya es tarde y el león debe de estar impaciente,
sacudiendo las melenas. (Intérnase
VICENTA. NELL, rompiendo por entre el
gentío, sofocada, fulgurantes los ojos de la batahola del
baile y de la excitación de tanto charloteo, va en busca del antiguo criado de su casa.)
SENÉN.- Señorita
Nell, aquí estoy.
NELL.- ¡Vaya un
fastidio, Senén! ¡Qué poco nos dura el contento! ¿Por qué no nos deja el
abuelito cenar aquí? ¿Se ha puesto malo? (SENÉN deniega.) Pues nos iremos. Espérate un poquito... A ver dónde está
Dolly.
SENÉN.- (En tono de protección.) ¡Es lástima que las señoritas no
disfruten de la sociedad!... Pero, según mis informes autorizados, pronto se les acabará el aburrimiento y la
sosería de este destierro de Jerusa.
NELL.- (Con vivo interés.) «Según tus noticias», has dicho... Ah, Senén, tú has estado en
Verola. ¿Hablaste con mamá?
SENÉN.- (Haciéndose el discreto.) Vine esta mañana de Verola. Los
vientos que allí corren son que la señora Condesa, cuando regrese a Madrid, no
dejará a sus hijas en esta villa
provinciana.
LA ALCALDESA.- (En alta voz, en medio de la sala, dando
palmadas.) Aquí no se cabe,
señoritas y caballeros. Al jardín, a mi jardín, que para eso os lo he iluminado
a la veneciana.
(Salida impetuosa de la muchedumbre juvenil de ambos
sexos,
y de las personas mayores. La juventud se precipita, toma la delantera a los viejos, y se desborda fuera del recinto, ávida de mayor y más fresco espacio en que
producir su actividad bulliciosa; la
oleada pasa junto a SENÉN, pero no
le arrastra.)
NELL.- (Que permanece en la sala, conteniendo su afán de correr también hacia
el jardín.) Dime pronto. ¿Te
habló mamá? ¿Nos llevará consigo? (SENÉN afirma.)
¿Pero es verdad, o suposiciones tuyas? ¿Vuelve mamá por aquí?
SENÉN.-
Seguramente. Dentro de unos días... Hay allí mucha grandeza, marqueses y
duques.
NELL.- ¿Y eso
qué...?
SENÉN.- (Como quien recela decir lo que sabe.) La señora no podrá... En fin, no sé.
Eso depende...
NELL.- (Inquieta.) Habla pronto; dime lo que sepas, o me voy.
SENÉN.- No podré comunicar nada a la señorita si no tiene
un poquitín de paciencia. (NELL quiere conducirle al jardín.) Mejor hablamos aquí. Ya ve la
señorita que nos hemos quedado solos.
NELL.- (En quien por el momento puede más la
curiosidad que el anhelo de divertirse.)
Bueno: pues aquí me estoy.
SENÉN.- Por esta
noche, me limito a consignar... y
esta es noticia adquirida en los centros oficiales... que la señora Condesa ha
decidido presentar a sus niñas en sociedad.
NELL.- Tú me
engañas, Senén maldito. ¡Oh! Pues si eso fuera verdad, y acertaras... vamos, te
regalaría yo muy pronto un alfiler de corbata mejor que ese que llevas...
¿Hablas en broma?
SENÉN.- (Radiante de fatuidad.) Hablo con toda la seriedad propia de
mi carácter. Y si la señorita me promete guardar secreto, le diré otra cosa.
Pero ha de asegurarme que esto no saldrá de entre los dos. ¿Palabra?
NELL.- Palabra... y
el alfiler si resulta que no me engañas. (SENÉN
remusga, haciéndose de rogar.)
Maldito, habla de una vez... Vamos, no sé qué te haría.
SENÉN.- Queda entre
los dos... No fastidiar... Pues... quieren casar a la señorita...
NELL.- (Vivamente, poniéndose muy encarnada.)
¡A mí!
SENÉN.- A usted...
con el primogénito de los Duques de Utrech... Ya sabe: Paquito Utrech, Marqués
de Breda... lleva ese título hace seis meses. ¡Vaya un partido! ¡Rico él,
elegante él, guapo él!...
NELL.- (Afectando incredulidad y conteniendo la
risa, para que no le salga al rostro
el contento, que, no obstante, sale a borbotones.)
¡Vaya unos embustes que te traes! Quita allá... ¿tú crees que yo soy tonta?...
No me digas esas cosas si no quieres que te...
LA ALCALDESA.- (Llamando desde el jardín.) ¡Nell, Nell!
NELL.- Aquí
estamos... Voy. (Corre al jardín, y SENÉN tras ella.)
LA ALCALDESA.-
Hija, no sé dónde se ha metido tu hermana. Hace un momento estaba aquí...
NELL.- (Llamando.) ¡Dolly!
SENÉN.- Vámonos
pronto. (Preguntando en los corros, se averigua que DOLLY hablaba momentos antes con D. PÍO, y... no se sabía más.)
NELL.- Se habrá ido
con él.
SENÉN.- Sin duda.
En la Pardina la encontraremos. (Despídese
NELL y sale con SENÉN, a punto que entra el señor ALCALDE, bufando. Viene de la sesión del Ayuntamiento, que ha sido borrascosa. Sus
colegas le han hecho el desaire de rechazar la moción, por él presentada, para que
a la calle de Potestad se le cambie
el nombre, llamándola Calle del Siglo XIX.)
Escena
XV
Comedor en la Pardina.
El CONDE, en la propia actitud en que quedó al final de la escena XIII. Llegan sucesivamente DOLLY, con DON PÍO, NELL, con SENÉN; VENANCIO y
GREGORIA, el CURA, el ALCALDE.
EL CONDE.- (Oyendo ruido.) Ya vienen.
DOLLY.- (Entrando presurosa.) ¡Abuelito de mi alma... aquí, tan
solito, y nosotras de fiesta!
EL CONDE.- (Besándola.) Alma mía, paréceme que hace un siglo que no te veo.
D. PÍO.- (Sofocadísimo.) En cuanto le dije que usía la llamaba, le faltó tiempo para echar
a correr.
EL CONDE.- ¡Hija
querida!
D. PÍO.- Ni
siquiera se despidió de Doña Vicenta. Me ha traído ¡ay!, como si viniéramos a
apagar un fuego.
EL CONDE.- ¿Y Nell?
DOLLY.- Por no
detenerme no me cuidé de buscarla entre el tumulto.
D. PÍO.- Ya me
parece que llega.
NELL.- (Entrando, seguida de SENÉN.) Albrit... ¿qué ocurre? ¿Qué le pasa al primer
caballero de España, mi ilustre abuelo? (GREGORIA y VENANCIO aparecen por el
fondo.)
EL CONDE.- (Sorprendido del lenguaje ceremonioso que
usa NELL.) Chiquilla, desde que no nos vemos has estudiado más de lo que
creí... has adelantado prodigiosamente en la ciencia del mundo.
NELL.- ¿Has paseado
mucho...?
DOLLY.- (Acariciando al abuelo.) Demasiado... ¡Pobrecito! ¡Cómo habíamos de permitir tal infamia si la
hubiéramos sabido!
NELL.- (Sorprendida.) ¿Pues qué ocurre? (Entra
el CURA, un tanto cohibido. No sabe a quién dirigirse primero, si a las niñas o al CONDE.)
DOLLY.- D. Carmelo
te lo dirá.
EL CURA.- Niñas
mías, podéis creer que al llevarle a Zaratán nos guiaba el deseo de aposentarle
dignamente. Creía y sigo creyendo...
EL CONDE.- (Que sale generosamente a la defensa del
CURA.) No te apures, Carmelo, por sincerarte. Estas tontuelas no están bien
enteradas. Todo se reduce a que me llevasteis a dar un paseo en coche, y yo
tuve la humorada de volverme a pie en compañía del buen Coronado.
EL ALCALDE.- (Que entra presuroso, dando resoplidos.) Me lo temía, sí... me lo temía. El señor Conde se nos ha vuelto
un chiquillo...
EL CURA.- (Animándose con el refuerzo del
ALCALDE.) Y desconoce el grandísimo bien que hemos querido hacerle.
EL ALCALDE.- (Con petulancia.) ¡Vamos, que fugarse del Monasterio! No he visto otra...
¡Desmentir así su respetabilidad!
EL CONDE.- (Con jovialidad desdeñosa.) Amigo Monedero, no es lo mismo hacer
fideos que encerrar leones.
EL ALCALDE.- (Quemado.) En una y otra cosa, Sr. de Albrit, me tengo por hombre que sabe
su obligación.
EL CONDE.- No la
sabe muy bien cuando tan mal le ha salido esta tentativa.
EL CURA.- (Interviniendo pacíficamente.) Permítame, señor Alcalde...
EL ALCALDE.- (Echando roncas.) Digo y repito que sé mi obligación, y que no necesito que nadie
me enseñe a sujetar a los que no deben estar sueltos.
EL CONDE.- (Con desprecio.) No te conozco... No puedo ver en esas arrogancias al buen Pepe
Monedero, servidor que fue de mi casa, cuando aquí, siguiendo las tradiciones
de mi santa madre, consagrábamos parte de nuestra hacienda al socorro de los
desvalidos.
EL ALCALDE.- (Desconcertado.) Pues si usted me desconoce, le diré...
EL CONDE.- No te
empeñes en ello. No te conozco. Sobre que no veo bien, la ingratitud desfigura
los rostros...
DOLLY.- No sea
usted ingrato, D. José María.
EL ALCALDE.- (Reventando de vanidad.) Haga usted entender a su señor abuelo
que soy el Alcalde de Jerusa.
DOLLY.- (Estallando en ira, con gallarda fiereza.) Pues al Alcalde de Jerusa, y al Cura
de Jerusa, y a todos los alcaldes y a todos los curas habidos y por haber en el
mundo, les digo yo que es una oficiosidad inicua lo que han querido hacer con
mi abuelo...
EL CURA.- ¿Pero
tú...?
EL ALCALDE.- ¡Esta
mocosa...! Usted...
DOLLY.- (Creciéndose a cada palabra.) Sí, señor, yo... yo misma. Han
faltado al respeto que merece el noble desvalido, el anciano, el padre de
Jerusa, el que no debiera entrar en estos valles y en este pueblo sin que antes
las piedras se levantaran para bendecirle, y hasta los árboles se arrodillaran
para adorarle... ¿Por qué queréis privarle de libertad? No padece más locura
que el cariño que nos tiene; y si los que se han criado a su sombra le
menosprecian o le ultrajan, aquí estamos nosotras, sus nietas, para enseñar a
todo el mundo la veneración que se le debe.
EL CONDE.- (En pie, cruzando las manos. La
emoción le ahoga.) ¡Señor,
Señor, ella es... es la mía...! Su noble fiereza lo declara... (Vuélvese a CORONADO, que está junto a él.) Esta, esta... la mía.
EL CURA.- (Que ha permanecido junto a NELL.) Cálmate, hija mía: tratábamos de
mejorar su situación...
EL ALCALDE.- ¡Vaya
un geniecillo!
NELL.- (Corriendo al lado del CONDE.) Abuelito querido, sosiégate. Creyeron
que en Zaratán tendrías mejor albergue que aquí... Y no me parece mala idea,
francamente, porque si nosotras nos vamos con mamá...
EL CONDE.- (Con dulzura un poco seca, sin rechazar sus caricias.) Sí: tú, tú puedes marchar cuando
quieras.
NELL.- (Sin comprender.) Se acabó la cuestión... Ahora descansas... Antes se te dispondrá
la cena. Dolly, démosle de cenar.
EL CURA.- Podría
venir a mi casa...
DOLLY.- ¡Pero si
está en la nuestra!
EL CURA.- Dígolo
porque... Bien sabéis que las desavenencias de estos días han creado cierta
incompatibilidad entre el señor Conde y Venancio...
NELL.-
¡Incompatibilidad! Estamos en nuestra casa.
VENANCIO.- (Adelantándose, seguido de GREGORIA.)
Perdone la señorita. Las señoritas, lo mismo que el señor Conde, están en mi
casa.
NELL.- (Acobardada.) Es verdad; pero...
DOLLY.- ¿Qué
dices...?
VENANCIO.- Digo
que, a pesar de todo, por esta noche le alojaremos y le serviremos.
DOLLY.- (Con brioso arranque.) ¿Cómo se entiende? Por esta noche!
Por esta y por todas las noches del mundo, mientras nosotras estemos aquí. La
casa es tuya, es verdad; pero somos tus amas nosotras, mi hermana y yo: somos
tus amas, ¿lo entiendes bien? A excepción de esta huerta, las tierras que
cultivas y que tienes en arrendamiento casi de balde, o en administración,
nuestras son, nuestras. Somos las herederas de la casa de Laín, y tú, Venancio,
y tú, Gregoria, servís a mi abuelo, no por caridad, que caridad está visto que
no tenéis, sino porque yo os lo mando, ¿lo entendéis bien?, yo os lo mando... (Repite el concepto con firme autoridad.)
VENANCIO.- La que
manda... es...
GREGORIA.- La
señora Condesa.
DOLLY.- (Altanera.) Silencio. A disponer la cena... (A GREGORIA.) Tú a la
cocina... de cabeza... El Conde de Albrit vive con sus nietas. No nos tenéis de
limosna... Cenará aquí, cenaremos los tres aquí (Da un fuerte golpe en la mesa), en esta mesa. Dormirá en su
aposento, que para eso se lo arreglé yo misma esta tarde. Y si no queréis ir a
la cocina, iré yo... Y si habéis descompuesto la alcoba, irá Nell a
arreglarla... Pronto, vivo... (A
VENANCIO y GREGORIA.) A poner la mesa... Señores, se les
convida.
EL ALCALDE.- (Con desvío.) Gracias.
EL CURA.- Pero,
chiquilla, tú...
DOLLY.- Yo... Me
basto y me sobro. Nieta soy de mi abuelo.
EL CONDE.- (Con inmensa ternura y entusiasmo, abrazándola.) ¡Sí, sí!... ¡Sangre mía, corazón de Albrit!
FIN DE LA JORNADA CUARTA
Jornada
V
Escena
I
Sala baja en la Pardina.
El CONDE, sentado; el MÉDICO, que entra a visitarle, y se sienta a su lado.
EL MÉDICO.- ¿Qué
tal, señor Conde? ¿Ha pasado usted mala noche?
EL CONDE.-
Malísima... Insomnio, ideas lúgubres, ideas de exterminio; cosa nueva en mí,
pues aunque de genio impetuoso y autoritario, nunca hice mal a nadie. Al
contrario, mi ruina proviene del...
EL MÉDICO.- (Interrumpiéndole.) Ya lo sé: del altruismo desordenado, de no saber contenerse en la
generosidad y protección a todo bicho viviente.
EL CONDE.- (Con amargura.) He cultivado la ingratitud. En el jardín de mi vida, las rosas
que planté se me han convertido en zarzales, y entre ellos... no faltan
culebras.
EL MÉDICO.- (Pulsándole.) Tenemos que enfrenar los nervios, y, sobre todo, cerrar la llave,
el grifo de la ideación, demasiado afluente.
CONDE.- Facilillo
es eso... ¡Tasarle a uno las ideas o medírselas con cuenta-gotas!
EL MÉDICO.- Todo
depende de que usted trate de contener su vida cerebral en los límites de lo
presente, de lo práctico, y, si se quiere, de lo prosaico. ¿Me explico?
EL CONDE.- Sí,
hijo, sí. Entiendes por poesía la idea exaltada del honor, de la justicia. Es
un rodeo parabólico para evitar el empleo de la palabra locura. (El MÉDICO deniega, risueño.) ¡Y queríais
curarme con la prosa de Zaratán!
EL MÉDICO.- (Cortando todo motivo de excitación.) No se hable más de eso. Considérelo
usted como una broma. Y si me apura, le diré que nos equivocamos... en el
procedimiento, se entiende... (El
CONDE intenta decir algo; pero ANGULO, que considera peligroso aquel tema, le quita la palabra cortésmente.) ¡Sí... la libertad, la preciosa libertad!... Estamos conformes...
Ahora explíqueme por qué le encuentro hoy más desanimado y caviloso que otros
días.
EL CONDE.- ¿Pero
estás en Belén? ¿Ignoras que Lucrecia ha vuelto de Verola... y que viene de mal
talante, y con la malvada intención de llevarse a las niñas?
EL MÉDICO.- En su
buen juicio, no desconocerá usted que las señoritas necesitan otro ambiente,
otra sociedad...
EL CONDE.- (Afligidísimo.) ¡Privarme del único consuelo de mi vida! No, no lo consiento, no
puedo consentirlo. (Airado, golpea el brazo del sillón.) Me opongo, me opondré resueltamente,
y por cualquier medio, al inicuo monopolio que esa perversa quiere hacer del
cariño filial.
EL MÉDICO.-
Sosiéguese... Ya trataremos de arreglarlo.
EL CONDE.- Sí,
sí... ¡Buenos arregladores sois vosotros! ¡Qué amigos me han salido en esta
tierra, donde creí haber arrojado a manos llenas simiente de bendiciones!...
¡Pero qué remedio!... No puedo hacer que las piedras se vuelvan amigos.
EL CURA.- (Entrando, jovial, de rondón.) ¿Qué... qué dice? ¡Ya nos está
poniendo de hoja de perejil! (El
CONDE le mira y calla.) ¿Qué ocurre por aquí? Me dicen que el
señor Conde desea verme...
EL CONDE.- Sí,
Carmelo... Caigo, me hundo, y en mi desolación me agarro a lo único que
encuentro: a las piedras, a vosotros.
EL CURA.-
Comprendido: se agarra a lo firme, a lo que seguramente le sostendrá.
EL CONDE.- (Con tristeza.) No sois buenos, no... (El
CURA sonríe y hace señas al MÉDICO.)
Pero no está el tiempo para disputas, Carmelo. No eres bueno, pero te necesito.
EL CURA.- (Risueño.) Quiere decir que soy un mal necesario.
EL CONDE.- (Impaciente por entrar en materia.) Dos palabras: te perdono lo de
Zaratán, y a ti también, Angulo. Olvido la pasada broma, a condición...
EL CURA.- A
condición de que hagamos comprender a la Condesa que es una triste gracia
arramblar con las niñas.
EL CONDE.- (Dolorido.) Es inicuo, cruel...
EL CURA.- Pero como
a Lucrecia no le faltan motivos razonables para presentar a sus hijas en
sociedad, a las manifestaciones que le hagamos en el sentido que pretende
nuestro arrogante león de Albrit, contestará mandándonos a paseo. La cosa es
tan lógica, tan sencilla, tan racional...
EL CONDE.- (Vivamente.) Vete a verla, Carmelo; vete allá...
EL CURA.- ¡Si de
allá vengo! Pero no ha querido recibirme. Ni las moscas pasan a verla. Según me
ha contado Vicenta, viene la condesa de Laín en un estado moral lastimoso. Algo
ha ocurrido en Verola que la contraría, que la aflige profundamente. ¿Qué ha sido?
Lo ignoramos. Dicen que está abatidísima, los ojos encendidos de tanto llorar,
y la pena que agobia su alma la desahoga con los pobres pañuelos, haciéndolos
trizas con los dientes.
EL CONDE.- (Con hondo interés.) ¿Y qué creéis vosotros? ¿Ese estado de su ánimo será favorable o
adverso a lo que yo pretendo?
EL MÉDICO.- Antes
de responder, sepamos la causa de ese duelo.
EL CONDE.- Sea lo
que quiera, tú, pastor Curiambro,
vuelves allá. Le dices que vas de parte mía...
EL CURA.- ¿De parte
del león?... Razón más para que me dé con la puerta en los hocicos.
EL CONDE.- No lo
creas. Vas como representante de Albrit, para proponerle una transacción o
componenda.
EL CURA.- Ya me
figuro. Puesto que se disputan las dos niñas... a dividir. Es un juicio harto
más fácil que el de Salomón.
EL MÉDICO.- Partes
iguales. No está mal pensado.
EL CONDE.- (Con gran viveza.) Ni puede concebirse solución más práctica y elemental. Una para
ella, otra para mí... Pero es condición precisa que yo escoja la mía.
EL CURA.- Sí, sí.
Con proponérselo nada perdemos. Falta que se ponga al habla, y que yo pueda hoy
dedicar mi tiempo a estos negocios. Señor Conde, esta noche predico.
EL CONDE.- Ya
tendrás tu sermón bien guisado... Preséntate a Lucrecia... pero pronto... No te
descuides.
Escena
II
El CONDE, el CURA, el MÉDICO y DOLLY
DOLLY.- (Quitándose el sombrero.) Aquí me tienen otra vez.
EL CURA.- ¿Y tu
mamá, está mejor?
DOLLY.- Un poquito
más sosegada. (Al CONDE.) Como no
podemos atender a las dos casas a un tiempo, hemos determinado partirnos.
EL CONDE.- (Con alborozo.) ¿Os partís?... De eso hablábamos, hija mía.
DOLLY.- Allá se
queda Nell con mamá, y yo me vengo a la Pardina para cuidarte a ti.
EL CONDE.- ¿Lo
veis? Su grande inteligencia, sin ninguna sugestión de mi parte, percibe y pone
en ejecución la componenda lógica.
EL CURA.- Yo dudo
que...
EL CONDE.- (Inquietísimo.) ¿Dudas?... Oh, Carmelo, no me quites la esperanza, no aumentes mi
congoja. ¿Te ríes?
EL CURA.- Sr. D.
Rodrigo de mi alma, ni he dicho nada, ni me he reído, ni haré más que cumplir
fielmente sus órdenes. Vuelvo allá.
EL CONDE.- (Desconcertado, variando de pensamiento.)
No, no vayas; aguarda... Sí, sí, vete y dile...
EL CURA.- ¿En qué
quedamos?
EL CONDE.- (Decidiéndose.) En que vas. Pero te limitas a anunciarle que yo la visitaré hoy
mismo para tratar con ella de un asunto de familia. Cosas tan delicadas no
puedo fiarlas a nadie. Tete à tete la
pantera y el león, yo propondré...
EL CURA.- Y puede
que la convenza, sí, señor... Hay panteras razonables. (Se aparta y habla con DOLLY.)
EL MÉDICO.- (Despidiéndose.) Luego volveré. Supongo que seguirá usted en la Pardina.
EL CONDE.- De
ningún modo. No me faltará hospitalidad en cualquiera de las casas de labor, o
de las cabañas que fueron mías. En Forbes, en Polán y Rocamor, todos mis
antiguos colonos están deseando que el viejo Albrit llegue a su puerta,
pidiéndoles un pedazo de pan y un albergue humilde. Verdad que en ninguna de
estas casas hallaré las comodidades de la Pardina. Pero no me importa; prefiero
guarecerme en la última choza de pastores a soportar aquí la estolidez egoísta
de estos ingratos. A otra parte con mis huesos. Iré de puerta en puerta, con la
esperanza de encontrar un corazón noble, un alma cristiana...
EL CURA.- Bueno;
pues... ya vendré con la respuesta.
EL CONDE.- Aquí te
aguardo.
EL MÉDICO.- Hasta
luego.
EL CURA.- (Aparte al MÉDICO, retirándose ambos.) Al
fin, nuestra pobre fiera apencará con Zaratán.
EL MÉDICO.- ¡Sí es
lo mejor!
EL CURA.- ¡Lo
único, señor, lo único! (Salen hablando.)
DOLLY.- Abuelito,
tengo que decirte una cosa. Que te quiero mucho, mucho.
EL CONDE.- (Con viva ternura, abrazándola.) ¡Corazón
grande!
DOLLY.- Y vas a
saber otra cosa.
EL CONDE.- (Poniendo el oído.) ¿Es también secreta?
DOLLY.- (Amorosa.) Sí, muy reservada... Que no se entere nadie. Quiero seguir tu
suerte. Si pasas trabajos, yo también... Si vas de puerta en puerta, como
dices, también yo... Yo contigo, siempre contigo.
EL CONDE.- (Con intensa emoción.) ¡Señor, qué alegría!... ¡Compensación
hermosa de mis infortunios! Todo lo que padecí, quebrantos de fortuna,
humillaciones, pérdida de seres queridos, se contrapesa con este inmenso
galardón de tu cariño, que Dios me da sin yo merecerlo... (Abrazándola y besándola con efusión.) ¿Pues qué merezco yo, que nada soy, que nada valgo ya?... Dios da
la bienaventuranza en esta vida, ya lo veo... a mí me la da. No necesita uno
morirse, no, para entrar en el Cielo... (Pausa.)
DOLLY.- En la
prosperidad o en la desgracia, abuelito, tu Dolly no te abandonará.
EL CONDE.- (Con majestuosa solemnidad, levantándose.) Y yo, por el nombre de Albrit, por los gloriosos emblemas de mi
casa, por todos y cada uno de los varones insignes y de las santas mujeres que de ella salieron, asombro y
orgullo de las generaciones; por la conciencia del honor y de la verdad que
Dios puso en mi alma, por Dios mismo, juro que antes me harán pedazos que
arrancar de mi lado a la que es luz, consuelo y gloria de mi vida.
Escena
III
Jardín del ALCALDE
El ALCALDE, en zapatillas, con batín de
vistosos cordones, como un húsar;
la ALCALDESA, el CURA, SENÉN.
EL CURA.- (Que acaba de entrar.) Aquí otra vez; mas ahora no vengo por
mi cuenta. Mensajero soy, amigo...
EL ALCALDE.- Ya,
ya... alguna nueva leonada.
LA ALCALDESA.-
¿Pero qué quiere ese hombre?
EL ALCALDE.- (En jarras.) Ya me va cargando a mí ese fantasmón, que, después de todo, no es
más que un desagradecido, pues bien podía mirar que, enchiquerándole en
Zaratán, le dábamos más de lo que merece la polilla de sus pergaminos...
Agradezca que da con un hombre de mi pasta... (No se refiere a la de sopa.)
EL CURA.- Amigo
mío, hay que respetar las grandezas caídas.
EL ALCALDE.- Pues
digo... ¡los moños que se puso anoche, María Santísima!...
LA ALCALDESA.-
Hijo, como no somos aristócratas...
EL ALCALDE.- Y hay
más. Bien sabía el vejete que ayer celebrábamos tu fiesta monástica...
LA ALCALDESA.-
Onomástica.
EL ALCALDE.- Y ni
un recado de atención, ni una fineza... Pues digo, la niña segunda, esa Dolly,
ha heredado el tupé y la caballería andante o cargante de todos los Albrites y
Laínes del obscurantismo. ¿Pues no se me subió a las barbas la muy mocosa? ¡Si
la hubieras oído, Vicenta!... Y todo ello cuando acabábamos de atracarla de
dulces y de atenciones, aquí, en tu fiesta numismática.
LA ALCALDESA.-
Ono... mástica.
EL ALCALDE.- (Bufando.) Lo mismo da... Sacan ahora unas palabras que le vuelven a uno
loco... Acabaremos por tener que hablar por señas.
EL CURA.- Lo de
anoche, mi querido Monedero, ha perdido su interés con la vuelta repentina de
la Condesa en ese estado de tribulación que ustedes me pintaron esta mañana.
EL ALCALDE.- Lo que
yo digo a ésta: menudo jollín habrán
armado en Verola los duques y marqueses...
EL CURA.- (A la ALCALDESA.) ¿Y no se espontanea
con usted, no le cuenta...?
LA ALCALDESA.- Ni
una palabra.
EL ALCALDE.- Este
tunante de Senén debe de saber algo. Pero ahora, desde que ha dado en tener bouquet, como el vino de Burdeos, se nos
ha vuelto tan reservadillo, que ni con saca-corchos se le destapa la boca. (Los tres miran hacia un cenador, cubierto de madreselvas, en cuyo interior está SENÉN, sentado, tristón, mirando al suelo.) Tú, funcionario, ven acá... o te voy
a poner en mi jardín de estatua de la Hacienda pública esperando un ministro.
LA ALCALDESA.-
Desde las ocho de la mañana le tiene usted ahí, esperando audiencia de la que
fue su ama.
SENÉN.- (Destemplado, acercándose.) Ya he
dicho que no sé nada.
EL ALCALDE.- No
negarás que estuviste en Verola.
EL CURA.- ¿Qué
personas de viso había en el castillo de Donesteve?
SENÉN.- Anda,
anda... ¿quién las puede contar?
EL ALCALDE.- ¿A que
no faltaba el Marqués de Pescara?
SENÉN.- Llegó el
lunes, y con él los duques de Utrech y sus hijos, y el martes otros, y otros...
EL CURA.- ¿Viste a
la Condesa?
SENÉN.- Sí,
señor... Cuatro minutos nada más.
EL CURA.- ¿Qué cara
tenía?
SENÉN.- La de
siempre: la bonita.
EL CURA.- (Riendo.) Pues si no nos das más noticias debemos decirte que nos devuelvas
el dinero.
EL ALCALDE.- Este
es muy cuco y no se compromete.
LA ALCALDESA.- (Viendo entrar en el jardín a
CONSUELITO con medio palmo de lengua
fuera.) Aquí viene Consuelito, y
en la cara le conozco que no ha perdido el tiempo. Trae comidilla.
EL ALCALDE.- Con
tal que no sea fiambre...
Escena
IV
Los mismos; CONSUELITO
CONSUELITO.- (Gozosa.) Ya estoy de vuelta, y con las alforjas bien repletas.
EL CURA.- ¿La de la
espalda?
CONSUELITO.- Las
dos... Sois unos mandrias, que aguantáis, sin rascaros la comezón de la
curiosidad. Yo no puedo: o averiguo lo que no sé, o reviento.
EL ALCALDE.- ¿Sabes
algo, maestra?
CONSUELITO.- ¿Cómo
algo?
EL CURA.- Y algos.
CONSUELITO.- No me
ofendáis suponiendo que sé las cosas a medias. No: Consuelo Briján, o las
ignora por entero, o las sabe de cabo a rabo; y todo, todito lo que pasó ayer
en Verola lo conoce ya... y vosotros... ni palabra... y estáis rabiando porque
yo os lo cuente: de donde resulta que sois tan curiosones como yo; pero
hipócritas al propio tiempo, porque os regaláis con la fruta que buscan los que
llamáis chismosos... ¡Ay, dejadme que me siente!... estoy cansadísima... he
venido volando para contaros... No, no: punto en boca. Ahora me vengo de los
hipocritones, negándome a darles la golosina... (Gozándose en la ansiedad de los que la rodean.) No, no: no digo nada. Sois más fisgones que yo, y más ávidos del
escándalo ajeno que yo... Mira, mira los ojos chispos del Alcaldillo... Y el
curita... cómo se relame esperando el dulce... Pues me callo... Soy muy
discreta... No me gusta meterme en vidas ajenas. (Con énfasis cómico.) Es
pecado; es falta de caridad, de delicadeza... Cada cual se las arregle para
buscar la comidilla, que a mí mi trabajito me ha costado sacarla de las
entrañas de la tierra. ¡Ahora se fastidian, se fastidian!
EL ALCALDE.- Vaya,
no marees, y dinos lo que sepas.
EL CURA.- ¿Pero
cómo puede usted saber...? ¿Acaso tiene espías en Verola?
EL ALCALDE.- Los
tiene en todas partes. Son corresponsales que le escriben, y hasta le ponen
telegramas.
CONSUELITO.-
Espías, no; pero tengo mi representación en Verola. ¿Cómo no, habiendo allí
tanta gente gorda de la que da que hablar, y estando además Lucrecia, que por
sí se basta y se sobra para dar materia a setenta corresponsales?
LA ALCALDESA.- Pues
suelta la sin hueso. Abre la espita. ¿Qué ha ocurrido?
CONSUELITO.- (Sin poder contenerse.) Una bronca fenomenal. Lucrecia ha
reñido con el Marqués de Pescara, el cual, en una entrevista que tuvieron en la
estufa, debió de insultarla... ¡Cosas tremendas, señores, que ponen los pelos
de punta! ¡Qué tal habrá sido la gresca, que de ella resultó desafío...!
EL CURA.- Dios nos
asista.
CONSUELITO.- La
conducta del de Pescara no le pareció bien al Duquesito de Malinas... Que si
esto, que si lo otro, que patatín y que patatán. Salieron desafiados para la
frontera, donde a estas horas se habrán disparado el uno al otro la mar de
tiros.
LA ALCALDESA.- Pero
la causa, el por qué de toda esa zaragata...
EL ALCALDE.- Vete a
saber. Probablemente celos...
CONSUELITO.- Algún
motivo daría Lucrecia para que el Marqués echara los pies por alto.
SENÉN.- (Vivamente.) No habrá sido la Condesa quien ha dado el motivo, sino el
Marqués, que hace tiempo venía faltando...
EL CURA.- ¡Ah!,
tunante; luego tú sabes... Permítame la señora Doña Consuelo Briján que ponga
en cuarentena todo ese folletín de La
Correspondencia que acá nos trae...
CONSUELITO.- Mis
informaciones, Sr. D. Carmelo, son siempre competentemente
autorizadas, y proceden...
EL CURA.- De
chismes de lacayos o marmitones.
EL ALCALDE.- Eso
no: el corresponsal de mi prima en Verola es un punto que sabe su obligación.
LA ALCALDESA.- (Riendo.) Tadea, la planchadora de los Donesteve.
EL ALCALDE.- Y que
no se descuida. Larga unas cartas de seis pliegos, llenos de garabatos, que
parecen una alambrera. Ésta sola los entiende.
CONSUELITO.- Y que
no se le escapa nada. Antes de la gresca, los Donesteve y Lucrecia habían
concertado casar a Nell con el marquesito de Breda, primogénito de Utrech.
EL CURA.- Buena
boda. ¿Y a Dolly?
CONSUELITO.-
Seguían los tratos para apalabrarla con el hijo segundo.
EL ALCALDE.- Eso se
llama barrer para adentro.
LA ALCALDESA.- ¿Y
qué más?
CONSUELITO.- La
noticia gorda, la bomba final... ¡Ah!, esa no te la digo si no me la pagas en
lo mucho que vale.
LA ALCALDESA.- (Riendo.) ¿Qué quieres por ella?
CONSUELITO.- Me has
de dar el tarro de dulce de coco con batata que recibiste ayer de la
confitería. Ya sabes que me muero por el coco.
EL CURA.- (A carcajadas.) Golosa había de ser.
EL ALCALDE.- Está
bueno. ¡Que le den el dulce por las mentiras!
CONSUELITO.- (Poniendo morros.) Pues si no me lo dan, no hay caso. No suelto una palabra.
LA ALCALDESA.-
Hija, no: lo que es el coco, no lo catas...
CONSUELITO.- Pues
no cataréis vosotros la miel que tanto os gusta... ¿Ves, ves al curita cómo se
relame?...
EL CURA.- (Riendo.) Vicenta, dele usted el tarro, ¡por San Blas!, porque si no se lo
dan, no habla; y si no habla, revienta.
LA ALCALDESA.-
Bueno; le cederé la mitad.
CONSUELITO.- Anda,
cicatera... Pues la noticia es que a Lucrecia le dieron como unos siete ataques
espasmódicos seguiditos.
EL ALCALDE.- Bah,
bah...
CONSUELITO.-
Espérate... Y se tiró de los pelos, y se abofeteó a sí misma, diciéndose por su
propia boca muchas más abominaciones que han dicho de ella las bocas de los
demás.
EL CURA.- Principio
de arrepentimiento.
CONSUELITO.- Como
que reconocía que por haber sido ella tan alegre de cascos pasan estas
trifulcas. Y consternada, medrosa del Infierno, volvió los ojos a la verdad,
y... vamos, que se le ocurrió confesarse. (Estupor
general.)
EL CURA.- (Oficiosamente, a la ALCALDESA.) Pásele usted recado, Vicenta. Dígale que estoy a
sus órdenes.
CONSUELITO.- Tarde piache. Desde Verola mandó un
propio a Zaratán.
EL ALCALDE.- Sí,
hombre... Hace dos años, se confesó también con Maroto. Por cierto que dijimos:
«Ya no volverá a las andadas». Pero al poco tiempo... ¡trómpolis! Lo que hacen
estas: vaciar de pecados viejos la conciencia, para hacer hueco, y poder ir estibando
los pecados nuevos.
EL CURA.- (Desconcertado.) Pero entendámonos: ¿mandó aviso a Maroto anunciándole que ella
iría a Zaratán, o le suplicaba que fuese él a Verola?
CONSUELITO.- La
carta no lo puntualiza. Está escrito en una postdata, momentos antes de salir
el peatón.
EL ALCALDE.- Bueno;
y después de todo, ¿qué nos importa? La especie
de la confesión apenas vale un cuarto kilo de dulce.
EL CURA.- (Cejijunto.) Sí vale, sí... En fin, Vicenta, hágame el favor de decir a la
Condesa...
LA ALCALDESA.- Al
momento voy. (Entra en la casa.)
EL ALCALDE.- (Oyendo la campana que anuncia entrada de
visitante por la puerta principal del jardín, al lado opuesto de la casa.)
¿Quién entra?
SENÉN.- (Que ha corrido a enterarse.) ¡D. José, D. José!...
EL ALCALDE.- ¿Quién
es?
SENÉN.- El Prior de
Zaratán.
EL ALCALDE.- Que
pase a la sala... ¡Y me coge en zapatillas!...
EL CURA.- (De mal talante.) Yo le recibiré.
Momentos de confusión. El PADRE MAROTO y el cogulla
que te acompaña son recibidos por D. CARMELO. Preséntase luego el ALCALDE; baja
la ALCALDESA; median las cortesías
usuales. Sube el PRIOR a la estancia de la CONDESA. Salen nuevamente al jardín los demás
personajes, entre ellos el
MONJE, a quien anuncia MONEDERO que el señor PRIOR y la compañía comerán en su casa. Alega D. CARMELO mejor
derecho y significación, que los
Monederos reconocen. Después,
CONSUELITO entretiene con ameno coloquio
al MONJE.
LA ALCALDESA.- Yo
espero que después de la confesión recibirá a los amigos.
EL CURA.- (Displicente.) ¡Y si no los recibe, qué le hemos de hacer...! Yo predico esta
noche. Comenzamos la novena de la Esperanza, y entre repasar el sermón y vestir
un poquito la iglesia, se me va el día... Me parece que no podré volver.
EL ALCALDE.- ¿Y las
niñas?
LA ALCALDESA.- Nell
estaba con su mamá... ¿Pero no sabes?... Dolly se ha vuelto a la Pardina, sin
decirnos nada. La Condesa me encarga que la mande venir inmediatamente. Quiere
que las dos estén a su lado.
EL ALCALDE.- Lo que
digo: es loca esa chicuela. Anda, Senén; vete a la Pardina y te la traes. Dile
que lo manda su mamá, y que también lo mando yo, el Presidente del
Ayuntamiento. Ya le bajaremos los humos a esa leoncita...
La confesión dura cinco cuartos de hora, determinados reloj en mano por
CONSUELITO y D. CARMELO. Este se lleva a su casa a los dos frailes,
que resuelven quedarse en Jerusa hasta
el día siguiente, porque el
PRIOR tiene que solventar asuntos varios
en el Ayuntamiento. Alégrase de esta
detención el CURA, para que puedan
oír y apreciar su sermón de aquella noche dos teólogos insignes.
Vuelve SENÉN de la
Pardina con la incumbencia de que DOLLY no quiere salir de allí, y
que ha hecho burla del ALCALDE y de
su vara, lo que saca de quicio a
MONEDERO. Le calma su esposa con el
razonamiento de que es muy natural que la chiquilla desee comer con su abuelo
por última vez. Transige D. JOSÉ
MARÍA, asegurando que a la tarde, o viene la fierecilla, o va él a buscarla con la Guardia Civil.
SENÉN, que no se da por vencido con los
repetidos desaires de la CONDESA, se
va a su casa, prometiendo volver al
plantón a primera hora de la tarde. Es
de los que se imponen por el terror.
A la una comen LOS MONEDEROS con NELL y CONSUELITO. A LUCRECIA
se le sirve en su cuarto. Dan las dos, las tres...
Escena
V
Sala en casa del ALCALDE
La ALCALDESA; el CONDE, que acaba de entrar; después NELL
LA ALCALDESA.- (Aturdida.) Ya me figuro, señor Conde de Albrit, a qué debo el honor de verle
en mi casa.
EL CONDE.- Deseo
hablar con Lucrecia. Y no sé con qué palabras solicitar de usted la
benevolencia que necesito por esta libertad, por esta osadía de mal gusto con
que llego a su casa.
LA ALCALDESA.- ¡Oh,
señor Conde...!
EL CONDE.- Es que
su esposo de usted y yo no hacemos buenas migas. Anoche hemos cruzado algunas
palabras un tanto mordaces... Si el Sr. Monedero me arroja de su casa lo llevaré con
paciencia... (La ALCALDESA, sin saber qué decir, hace con ojos y boca diferentes muecas y
monerías.) Ya no me importa. En
el conflicto en que me veo, la dignidad, ¿qué digo dignidad?, la vergüenza, no
significa nada para mí. Voy derecho a mi objeto con cara insensible, y mi
objeto es...
LA ALCALDESA.- (Recobrando su aplomo.) Ver a Lucrecia, sí.
EL CONDE.- Y me
atrevo a rogar a usted que haga comprender a su amiga que sólo me mueve a
molestarla la necesidad imprescindible de tratar con ella, sin recriminaciones,
un grave asunto de familia.
LA ALCALDESA.- Yo
se lo diré. No dude usted que hablaré a mi amiga con vivo interés.
EL CONDE.- Gracias,
millones de gracias, señora mía. Carmelo quedó en proporcionarme la entrevista;
mas sin duda sus ocupaciones se lo han impedido. Cansado de esperarle,
deshecho, ardiendo en impaciencia, no he podido refrenar mi temperamento
ejecutivo, y arrostrando el disgusto del señor Alcalde, aquí me tiene usted...
LA ALCALDESA.- (Decidida a emplear un lenguaje
extremadamente fino.) Abrigo la
esperanza de ser afortunada en la misión que usted me confía. Pero no puedo
evitar al señor Conde la molestia de esperar un ratito, porque Lucrecia, que ha
venido malísima, en un estado nervioso imposible, ¡ay qué pena!, ha podido al
fin conciliar el sueño. La verdad, no me atrevo a despertarla.
EL CONDE.- (Alardeando de paciencia.) Aguardaré todo lo que usted quiera:
tres días con sus noches, si fuese preciso. Para mí no es molestia esperar. Si
para usted no lo es tener a este pobre viejo en su casa, aquí me estoy,
sentadito, hasta que mi ilustre nuera se digne mejorar de sus nervios, y
acuerde recibirme.
NELL.- (Entrando con timidez.) Abuelito, hasta ahora no me habían
dicho que estabas aquí.
EL CONDE.- (Besándola.) Hija mía, vengo a ver a tu mamá.
NELL.- ¡Oh, cuánto
sufre la pobre! Yo te ruego que no hables con ella más que un ratito. Y si
pudieras dejar la conversación para mañana, mejor.
EL CONDE.-
Mañana... ¡ah!, estoy muy viejo. Los viejos no pueden esperar tanto.
NELL.- Lo he dicho
pensando que sería lo mismo para ti. (El
abuelo le da suavemente en la mejilla.)
Porque mañana no estará mamá en disposición de que nos marchemos.
EL CONDE.- ¿Tienes
prisa?
NELL.- Ninguna. Lo
que tengo es una penita de dejarte... ¡qué pena! Pero yo te aseguro, te doy mi
palabra, ¿me crees?... de que siempre que podamos vendremos a verte.
EL CONDE.- (Con profunda tristeza.) ¡Ojos que te vieron ir...!
LA ALCALDESA.- En
buena lógica, debemos suponer, y aun afirmar, que vendrán.
EL CONDE.- ¡Ah!
Cuando os encontréis en ese mundo que ha de aprisionaros con sus mil atractivos
y seducciones, no os acordaréis del viejo Albrit, a quien dejáis en Jerusa
aposentado de limosna.
NELL.- (Abrazándole.) Papaíto de mi alma, no digas que te olvidamos, porque me enfadaré
contigo. Ni yo ni Dolly podemos olvidarte. Las dos te queremos lo mismo. Te
escribiremos cartitas, y tú a nosotras también, pidiéndonos lo que te haga
falta. ¿Qué quieres, qué deseas?
EL CONDE.- Por el
momento, que despierte tu mamá.
NELL.- ¡Si está
despierta! Apenas ha dormido veinte minutos.
LA ALCALDESA.- Pues
voy allá, oficiando de introductora de embajadores.
EL CONDE.- Sí,
señora, vaya usted... Se lo agradeceré toda mi vida. (Vase la ALCALDESA.)
NELL.- (Mirando al jardín.) Desde esta mañana, tenemos aquí a ese cataplasma de Senén con la
pretensión de que mamá le reciba.
EL CONDE.- Por lo
visto, hay cola. Senén y yo nos encontramos en igual situación de solicitantes
de audiencia; pero como yo estoy en desgracia, pobre viejo que soy, y regañón
insoportable, verás cómo tu madre atiende a ese lacayo antes que a mí. Tu abuelo
será el último, lo verás... No me importa, no. Ya dijo nuestro Señor: «Los
últimos serán los primeros». Seamos humildes, aunque, la verdad, se necesita
gran violencia y abnegación grande para ponerse en fila detrás de Senén. (Vuelve la ALCALDESA y suplica al
CONDE que aguarde un ratito, pues antes recibirá LUCRECIA a un postulante importuno.) ¿No te lo dije?
LA ALCALDESA.- No:
si es porque se vaya de una vez, y quitarnos de encima esa mosca.
EL CONDE.- Bueno.
Vaya delante la mosca. Luego pasará el moscardón... (Siente subir a SENÉN.) Ya sube ese hombre. Dios le dé lo que no
tiene: la santa concisión. (Asómase a la
puerta el ALCALDE, que, como ha vuelto a ponerse las zapatillas,
puede aproximarse sin hacer ruido. Contempla con burlona sonrisa al
CONDE.)
Escena
VI
Gabinete alto en la misma casa.
LUCRECIA, recostada en un sofá con
gatuna indolencia, sin corsé, suelto y en desorden el cabello. Su rostro desmejorado, y el centelleo insano de sus bellos ojos,
son el rastro de la furiosa tempestad;
SENÉN, que, respetuoso, permanece en la
puerta.
LUCRECIA.- (Impaciente y altanera.) Pasa y cierra... Pero no te acerques.
Quédate ahí. Traerás, como siempre, tus endiablados perfumes.
SENÉN.- Dispense la
señora... He puesto mi ropa al aire...
LUCRECIA.- (Desdeñosa.) No te aproximes... ¿Qué quieres? Dímelo pronto. Ya ves qué mala
estoy.
SENÉN.- (Con falsa humildad.) Ya debe suponer la señora que vengo
a...
LUCRECIA.- Aquello
no ha podido ser.
SENÉN.- Ya lo sé.
Han nombrado a otro. Por eso digo que vengo a quejarme.
LUCRECIA.- (Con acritud.) ¡A quejarte! ¿De qué? Pues eso me faltaba. ¿Crees que tengo yo en
mi mano los destinos, las fianzas, y todo eso que ambicionas?
SENÉN.- (Sacando las uñas.) La señora no ha conseguido la fianza, que era lo principal,
porque no ha querido. Teniendo la fianza, la plaza es lo de menos. Ya tenemos
otra vacante de agente ejecutivo.
LUCRECIA.- ¿Y cómo
había de conseguir yo la fianza?
SENÉN.- (Tragando saliva.) Ya, ya sé que al señorito Ricardo no podía pedírsela... No se
enfade la señora: yo me pongo en lo razonable... A D. Ricardo no era posible...
Pero con que la señora hubiera dicho al Duque de Utrech: «Señor Duque,
quiero...»
LUCRECIA.- (Interrumpiéndole.) ¿Pero de dónde sales tú? En ese mundo de tu ambición ridícula se
pierde, por lo visto, toda noción de la realidad. Está bien: yo no tengo más
que hacer que importunar a todos mis amigos, pidiendo fianzas para este
gaznápiro.
SENÉN.- (Escondiendo las uñas.) Sí, ya sé... la señora no puede...
¡Qué le hemos de hacer! Es difícil... y además, ¿quién soy yo para que la
señora se moleste por mí? No, no lo pretendo. Los servicios que he prestado a
la Condesa de Laín, mi lealtad a toda prueba, ¿qué valen?
LUCRECIA.- (Con arrogancia.) Tus servicios bien pagados están. Ea, me canso ya de
contemplaciones. Senén, no te debo nada.
SENÉN.- (Erizándose el pelo.) Bueno... sea como la señora dice. Yo
me callo. Eso he hecho yo toda mi vida, callarme; y de tanto callar, me veo tan
atrasado en mi carrera... de tanto callar, sí, señora; y si quieren que lo
pruebe, lo pruebo.
LUCRECIA.- Tu
silencio me importa ya tan poco, que no doy nada por él... No me tiene cuenta.
SENÉN.- (Agachándose para dar el salto, los verdes ojuelos centelleando.) Eso quiere decir que la señora en
nada estima mi fidelidad, esta fidelidad de perro, que no tiene igual... y lo
pruebo.
LUCRECIA.- Lo que
estás probando tú es mi paciencia.
SENÉN.- (Acobardado nuevamente, sin atreverse más que a desenvainar las
uñas de sus patas delanteras.)
No molesto más. Aunque la señora me da este pago, yo no le haré ningún
perjuicio. Pero, en justicia, bien podría desquitarme. Como soy tan caballero,
me he perjudicado por guardarle la consecuencia, por poner arrimos a su decoro,
por custodiarle los secretos, por tapar la boca de todos los que hablaban de
ella... lo que la señora no debiera oír... (En
su cobardía, no hace más que enseñar
los colmillos, y tirar levemente la
zarpa.) Vamos, que ni por su
madre haría ningún hombre lo que yo he hecho. De suerte que si la señora dice
que no le importa...
LUCRECIA.- No me
importa. Vete pronto.
SENÉN.- Pues bien
puedo jurar que a mí me importa menos.
LUCRECIA.- Bastante
tiempo he sufrido a este animalucho siniestro, con sus garras clavadas en mí.
Ya no más. Si no sales pronto, llamaré para que te arrojen a escobazos.
SENÉN.- No
alborote, no alborote, que es peor.
LUCRECIA.- (Furiosa, tirando de la campanilla.)
¿Cómo que es peor? ¡Trasto, si no te vas...! (Entran precipitadamente una CRIADA, la ALCALDESA, después el
ALCALDE.)
SENÉN.- (Turbado por la rabia.) Si no digo nada; si yo... si es
que...
LUCRECIA.- Por
favor, arrójenme de aquí a este hombre, y a su paso vayan echando ácido fénico.
EL ALCALDE.- (Con un castañeteo de lengua, como el que se emplea para despedir a un
perro.) ¡Eh... tú...!
SENÉN.- (Al salir, todo uñas, bufando.) Ácido fénico... Por donde ella
vaya... hace más falta... y lo pruebo.
Escena
VII
LUCRECIA, el ALCALDE, la ALCALDESA, después NELL.
LA ALCALDESA.-
Hija, si llego yo a sospechar esto, cualquier día le dejo pasar.
LUCRECIA.- (Tranquilizándoles.) No; si es mejor así. Se me ha resuelto un absceso; me he sacado
una muela, que me dolía horriblemente.
EL ALCALDE.- Pues
digo, lo que le espera a usted ahora, mi querida Lucrecia.
LA ALCALDESA.-
¡Ah!, el león... Hija mía, no he podido evitarlo... ¿Qué había de decirle?
EL ALCALDE.- Pues
muy claro: que llamara a otra puerta. ¡Ah!, si soy yo quien le recibe...
LUCRECIA.- (Sorprendiendo a todos con su inesperada
serenidad y alegría.) ¿Queréis
que os diga la verdad? Pues mi ilustre suegro, que me inspiraba un pavor
horrible, ya no... Es raro... Vamos, que ya no le temo.
NELL.- (Entrando a la carrera.) Mamita, por más que le digo al abuelo
que mañana, insiste en que ha de verte hoy.
LUCRECIA.- Hoy,
sí...
LA ALCALDESA.- ¿Le
digo que...?
LUCRECIA.- (A NELL.) Ve tú, hija, y suéltame al
león. (Sale NELL gozosa, y se precipita por la escalera.)
EL ALCALDE.- Nos
pondremos todos en guardia detrás de esa puerta, ¡trómpolis!, y en cuanto
oigamos el menor rugido...
LUCRECIA.- (Con locuacidad nerviosa.) No es necesario... ¿No me ven tan
tranquila? Me siento ahora muy bien, despejada, casi alegre, y con ganas de ver
a mi papá político, y de pasarle la mano por la melena... Es que mi espíritu se
ha refrescado, soy otra... aire nuevo en mí. (Óyese el tardo paso de ALBRIT en
la escalera, y la vibrante voz de
NELL.) El león sube. ¡Pobre viejo!... Ya, ya está aquí... Ya llega... Déjenme
sola con él.
EL ALCALDE.- Por
aquí. (Vanse por la puerta de la alcoba.)
Escena
VIII
LUCRECIA, el CONDE
EL CONDE.- Siento
infinito molestar a una persona que, según me dicen, no está bien de salud.
LUCRECIA.- (Que permanece en pie.) Me siento mejor. Tome usted asiento.
EL CONDE.- ¿Y usted
en pie?
LUCRECIA.- (Un tanto cohibida.) Como por encanto se me ha quitado la pereza. Ya sabe usted que
estos arrechuchos nerviosos... la epidemia de las señoras... de improviso nos
acometen y de improviso también se nos pasan.
EL CONDE.- (Suspicaz.) Lo celebro mucho.
LUCRECIA.-
Enfermamos como heridas del rayo, y basta una vibración del aire para ponernos
buenas. De la espantosa crisis sólo me queda cierta alegría interna, y un deseo
ardientísimo, irresistible...
EL CONDE.- (Suspenso.) ¿Qué...?
LUCRECIA.- El deseo
de besarle a usted la mano... (Se
arrodilla y le besa la mano una y otra vez.) y de pedirle perdón por las injurias que aquel día triste le
dirigí.
EL CONDE.- (Queriendo levantarla.) Lucrecia... ¿qué es esto?... (Por un momento cree que es burla; pero no tarda en advertir la sincera
emoción de la dama.)
LUCRECIA.- Mi única
pena es que usted sospechará quizá... que le engaño.
EL CONDE.- No, no;
creo que es verdad...
LUCRECIA.- (Que se levanta, enjugando sus lágrimas.)
Necesito explicar a usted cómo ha venido esta crisis... sacudimiento moral,
revolución de todo mi ser... (Se sienta.
Su lenguaje es cortado, febril.) Los temblores de tierra trastornan el suelo... Una catástrofe
horrible en mis sentimientos me ha trastornado a mí, me ha hecho morir y
revivir en menos de dos días... ¿Es esto nuevo? Yo creo que no. Ha ocurrido mil
veces... Fácilmente lo comprenderá usted... Un desengaño de los que anonadan...
la perfidia de un hombre... tempestades del alma que todo lo destruyen y todo
lo iluminan. Mi dolor ha sido como un incendio entre las ruinas... He visto mi
conciencia... la he visto. Ya sé que no debo ser la que he sido, y estoy
decidida a ser otra.
EL CONDE.- ¡Bendito
desengaño, bendita convulsión del alma, que trae el arrepentimiento!
LUCRECIA.- Pero el
arrepentimiento, lo reconozco, necesita probarse. Por eso digo: «Espere usted y
verá...»
EL CONDE.- (Gozoso.) Pues lo veremos... y pronto... Si el arrepentimiento es verdad,
nos lo dirán los hechos.
LUCRECIA.- Y
aguardando confiada los hechos, he querido dar a mi enmienda una sanción
soberana, una garantía que asegure mi convicción y la de los demás. (Pausa.) Hoy he confesado con el Padre Maroto.
EL CONDE.- (Gratamente sorprendido.) ¡Ah!... ya me dijo la niña que estuvo
aquí el Prior... Mas no sospeché...
LUCRECIA.- No tenía
sosiego, no podía vivir mientras no descargara mi alma de la horrible
balumba... ¡Qué alivio, qué consuelo!
EL CONDE.- Me da
usted una grande alegría... Por de pronto, ¡qué situación tan distinta de
aquélla... la última vez que hablamos en la Pardina!
LUCRECIA.- En
efecto, yo he variado radicalmente.
EL CONDE.- Yo
también.
LUCRECIA.- ¿Usted?
¡Ah!, sí, se ha despejado su razón, y ya no piensa en hacerme las terribles
preguntas que en aquella conferencia me hizo.
EL CONDE.- Mi razón
no ha estado nunca turbada. ¿Y por qué no había de repetir yo en esta ocasión
la pregunta que usted llama terrible? Ya no lo es. Su estado de conciencia
facilita la respuesta, que sería la confirmación de lo que sospecho, de lo que
sé... porque al fin, Lucrecia, he podido descubrir...
LUCRECIA.- (Con serena frialdad.) Hoy no puedo incomodarme, señor
Conde. No abuse usted de que estoy desarmada...
EL CONDE.-
Incomodarse..., ¿por qué?
LUCRECIA.- Porque
viene usted a remover en mi corazón heces muy amargas, a trastornar de nuevo mi
espíritu, queriendo penetrar los misterios más profundos del alma y de la
Naturaleza... Eso, señor mío, eso que aun de nosotras mismas quisiéramos
recatar, porque el pensarlo sólo nos avergüenza, eso, a que no doy nombre,
porque si lo tiene yo lo ignoro... (con
solemnidad) ya lo he dicho a Dios, único a quien debo decirlo... Y crea
usted que, para expresarlo, he tenido que violentar mi voluntad de un modo
espantoso. Todo el que no sea Dios es un extraño, es un profano, sin derecho
ninguno a recibir declaración tan grave. Ni una palabra más. (Pausa.)
EL CONDE.- (Gravemente.) Sea. Ni una palabra más. Reconozco la extremada delicadeza del
asunto, y no puedo menos de respetar el sosiego reparador en que hoy se halla
su espíritu. No insisto. Ni es justo que la martirice exigiéndole una
manifestación dolorosa, toda vez que lo que usted había de decirme... ya lo sé.
LUCRECIA.- (Desconcertada.) ¡Que lo sabe!
EL CONDE.- Sí. (Pausa. Ambos se miran.)
LUCRECIA.- Pues si
lo sabe, es más generoso no preguntármelo.
EL CONDE.- (Muy tranquilo.) Es verdad. A generoso no me gana nadie. Ahora conviene que haga
usted alarde de hidalguía, Lucrecia. Si le satisface que crea yo en su
arrepentimiento, empiece usted por ser magnánima, aceptando la proposición que
voy a hacerle.
LUCRECIA.-
¡Proposición!
EL CONDE.- No he
venido a otra cosa. Su conformidad con mi deseo establecerá la concordia
inalterable de nuestras almas... En suma, quiero que partamos el bien que Dios
nos ha dado: las niñas. Una para usted, la otra para mí.
LUCRECIA.- (Con profunda intención, que disimula.) ¡Para usted!... (Pausa.) ¿Cuál?
EL CONDE.- Acceda
usted a la partición, y después escogeré. ¿A las dos quiere usted lo mismo?
LUCRECIA.- Lo
mismo: son mis hijas.
EL CONDE.- Yo no
puedo decir lo propio: las dos no son mis nietas.
LUCRECIA.- (Con temor.) Otra vez la tremenda interrogación.
EL CONDE.- Otra
vez, y siempre... Llévese usted a una de las dos, y déjeme a mí la otra, la que
yo quiera.
LUCRECIA.- ¡Dejarla
aquí, en poder de usted, y sola con usted! Señor Conde de Albrit, eso es
imposible. Además, me hace falta el amor de mis hijas.
EL CONDE.- (Fríamente.) Y a mí el de mi nieta. Tengo derecho a ese consuelo.
LUCRECIA.- Hoy es
indispensable que las dos estén a mi lado, por muchas razones. No sólo debo
atender a su porvenir, sino a la salud de mi alma, a mi corrección, en una
palabra. Como las plantas necesitan aire y luz, yo necesito el cariño de esas
dos criaturas, que fundiré en un solo cariño.
EL CONDE.- (Vivamente.) No son iguales para usted.
LUCRECIA.- (Con firmeza.) Lo son... Otra vez clava usted los ojos de su alma en lo que para
usted será siempre tremendo enigma... Son iguales, y si no lo fuesen, yo haré
que lo sean. Por nada de este mundo me separo de ellas.
EL CONDE.- (Con desconsuelo.) ¿Y yo...?
LUCRECIA.- En
ninguna situación será el Conde de Albrit un extraño para mí. Nell y Dolly
vendrán conmigo a verle... en la temporadita de verano... y usted, como ahora,
a las dos las querrá por igual... por igual. Esa es condición indispensable
para la concordia de nuestras almas, de que usted me hablaba. Dejemos el
misterio allá, ante Dios que lo ve, y atengámonos a la realidad...
convencional, a la realidad de la ley.
EL CONDE.- (Con arranque.) No... ¡Maldita sea la ley...! La Naturaleza...
LUCRECIA.- ¡La
Naturaleza, no... la ley!
EL CONDE.- (Encrespándose.) No, no. Abomino de una ley infame. Quiero a mi nieta; me
pertenece, la reclamo, y usted me la dará.
LUCRECIA.- A mí me
pertenecen las dos: las he llevado en mi seno.
EL CONDE.- (Con desesperación, clavándose en el cráneo los dedos de ambas
manos.) ¡Triste de mí! Lucho con
la ley, lucho con la madre... contienda imposible...
LUCRECIA.- (Con tesón, levantándose.) Y ni como
madre, ni como tutora puedo acceder a lo que mi padre político pretende.
EL CONDE.- ¿Será
usted capaz de rechazar mi proposición, de desairarme, de negar lo que pide el
infortunado Albrit?
LUCRECIA.- Con
grandísima pena me veo precisada a negarlo. Mis hijas son mis hijas. A ellas
les conviene el calor maternal, y a mí el cariño y la presencia continua de
entrambas para vivir en paz con Dios, y asegurarme la rectitud de mi alma. La
una es mi deber, la otra mi error. Mi conciencia necesita los dos testigos, las
dos presencias, para que yo pueda tener siempre entre mis brazos, sobre mi
corazón, mis buenas y mis malas acciones.
EL CONDE.- (Atribulado.) Y entre mis brazos y en mi corazón, la soledad, el horrible
vacío. (Levantándose, altanero.) No, no, Lucrecia, no me conformo... Por Dios, no me lance usted a
la desesperación.
LUCRECIA.- Sea
usted razonable.
EL CONDE.- (Suplicante.) Sea usted generosa.
LUCRECIA.- Soy
madre...
EL CONDE.- (Exaltándose.) Soy abuelo, soy viejo... Necesito familia, amor.
LUCRECIA.- En mí y
en mis hijas lo tendrá. (Con una idea
feliz.) Última palabra: véngase
usted con nosotras.
EL CONDE.- ¡Con
usted... con las dos! ¡Nunca!
LUCRECIA.- ¡Loca
obstinación!
EL CONDE.- (Brioso.) Entereza, sentimiento del honor.
LUCRECIA.-
Demencia.
EL CONDE.- Si es
demencia, maldita sea la razón.
LUCRECIA.- Yo
arreglaré la vida de usted... yo...
EL CONDE.- (Inflexible.) Sin lo que pido, sin mi nieta, no quiero nada.
LUCRECIA.- No
tardará el viejo Albrit en renegar de esa independencia, impropia de su edad y
de su situación. Acójase a mí, o su vejez será muy triste.
EL CONDE.- Nada me
arredra... nada temo. Lo mismo me importa la vida que la muerte. (Implorando.) Lucrecia, por última vez...
LUCRECIA.- No
insista usted... Se cansa en vano...
EL CONDE.- Bien: no
diré nada más. Ni está en mi carácter extremar la súplica... Lucrecia, adiós
para siempre.
LUCRECIA.- Eso es
locura.
EL CONDE.- (Trémulo, balbuciente.) Sí, sí...
y los locos pacíficos... cuando no se les da lo que piden, hacen lo que yo...
se van. Mas no saldré sin decir a usted que no veo, que no toco el cambio moral
que debía ser resultado de su arrepentimiento. No. Lucrecia Richmond es siempre la misma... Confesada y sin
confesar, la misma siempre... No creo que la haya perdonado Dios... ¡No la ha
perdonado, no la ha perdonado, no, no!... (Sale
con vivísima agitación. Se siente su
paso inseguro por la escalera. Baja
agarrándose al pasamanos. LUCRECIA, muy
agitada, cae en el sofá llorosa.
Acuden presurosos a ella MONEDERO y su esposa.)
Escena
IX
LUCRECIA, el ALCALDE, la ALCALDESA; después NELL
EL ALCALDE.- ¿No lo
decía yo? ¿Ha sacado la zarpa?... Si estoy por bajar, y aplacarle un poquito
los humos.
LUCRECIA.- No,
no... ¡Pobre viejo!... Es muy sensible que no pueda yo acceder a lo que
pretende. Dejarle. (Atendiendo al ruido
de los pasos.) ¿Se caerá en la
escalera? Vicenta, mande usted que le acompañe alguien. (Sale la ALCALDESA a dar
órdenes.)
EL ALCALDE.- De
veras, ¿no se ha desmandado?
LUCRECIA.- No...
Debemos compadecerle, cuidar de él con todo el cariño del mundo.
LA ALCALDESA.- (Que ha visto alejarse al CONDE.) El
pobrecito llora... Parece que no puede tenerse en pie. Pero se resiste a que le
acompañe un criado. Quiere andar solo.
LUCRECIA.- Solo...
¡Qué dolor! ¡Triste ancianidad!... (Sintiendo
perturbado su espíritu.) ¡Oh,
Dios mío!, ¿dónde está la paz que diste a mi alma? Ese hombre me la quitó... Es
el agitador de mi conciencia... ¡Otra vez el tumulto en mi mente... otra vez la
ansiedad, el temor, la duda!... (Consternada,
alza los brazos, echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos.)
LA ALCALDESA.-
¿Otra vez mal, amiga mía?
EL ALCALDE.-.- Que
venga el médico.
LA ALCALDESA.- Al
instante.
LUCRECIA.- Los
dos... Que vengan los dos médicos. Quiero ver al Prior... Que vuelva.
EL ALCALDE.-.- (Oficiosamente.) Mandad recado a la Rectoral: allí estará.
LUCRECIA.- (Agitadísima.) Sí... yo no quiero ser mala; no quiero padecer... quiero curarme.
Se renueva la herida. Meteré la mano en ella, y si duele, que duela; y si con
el dolor se me acaba la vida, que se acabe. ¿Dónde está mi hija? Nell, alma
mía. (Entra NELL y se arroja en sus brazos llorando.) Ven, abrázame. ¿Verdad que no te
separarás de mí, que no quieres separarte de mí?
NELL.- (Con emoción infantil.) Nunca, nunca.
Escena
X
Calle de Potestad, callejón del Cristo. Anochece.
El CONDE, que avanza con lentitud, vacilante,
tentando las paredes; después, D. PÍO.
EL CONDE.- Ya lo
veo, ya lo veo; es lo único que veis, ojos míos... que estoy de más en el
mundo. ¡Pobre Albrit, tu vida termina...! «Imposible, ha dicho esa mujer,
imposible...» Y ese imposible cierra todo espacio a la esperanza... Ya no hay
esperanza... Vida, te acabaste; alma, vete de aquí... El monstruo me ha negado
mi consuelo, me roba el único bien de mi triste vejez... Señor, Dios mío, ¿qué
delito he cometido para caerme en este abismo de desolación?... ¡No poder
estrechar entre mis brazos a mi hija, a mi Dolly, retoño preciosísimo de mi
raza, flor nueva de una familia que no debe extinguirse!... ¡Y se la lleva...
se las lleva a las dos, quizás para envilecerlas!... Porque no creo en su
arrepentimiento, no. Se siente abrumada por las terribles consecuencias de sus
pecados... le duele el mal... y cuando el pecado duele, el pecador llora... Sus
clamores quieren decir dolor, opresión, empacho del vicio; mas no quieren decir
arrepentimiento. Cuando el glotón se indigesta, maldice la comida; pero pasa el
mal y vuelve a comer... No creo en tu enmienda, diablo harto de carne, ni creo
que te haya perdonado Dios... No, a Dios no le engañas... ni tampoco al viejo
Albrit... ¿Verdad, Señor, que no la has perdonado? (Detiénese bajo un farol y vuelve los ojos al cielo.)
D. PÍO.- (Parado en la acera de enfrente, contemplándole.) ¡Albrit!
EL CONDE.- ¿Quién
me llama? Conozco esa voz; es voz familiar.
D. PÍO.- (Acercándose.) Soy Coronado, tu amigo... quiero decir el amigo de usía. (Le abraza.)
EL CONDE.- ¡Ah!, mi
único amigo quizás... Ven, acompáñame. ¿En dónde estamos? Mi Jerusa también se
vuelve contra mí, y me trastorna con el cariz nuevo de sus calles reformadas.
D. PÍO.- (Guiándole.) Por aquí. Si va usía a la Pardina, entremos por el callejón del
Cristo.
EL CONDE.- No sé a
dónde voy... ¿Es de noche ya?
D. PÍO.- Sí, señor.
Júpiter está encendiendo los faroles.
EL CONDE.- ¿Quién
es Júpiter?
D. PÍO.- El
farolero, señor. Se llama Jove, Pepe Jove, y yo por broma le llamo Júpiter,
aunque más le cuadraría Baco, porque es el primer borracho de Jerusa.
EL CONDE.- (Abismado en sus reflexiones.) ¡Noche triste, más triste que aquella
en que nos reunimos en el Páramo! No hay humano juicio que pueda discernir esta
noche cuál de los dos es más desgraciado.
D. PÍO.- ¡Ah,
señor!, ahora y siempre, Coronado se lleva la palma. Y lo comprendería el señor
Conde, si ver pudiera las magulladuras y cardenales de mi cara, donde esas
condenadas han escrito esta tarde, con sus uñas, la maldad de sus corazones.
EL CONDE.- ¿Qué me
dices?
D. PÍO.- Me han
insultado, clavándome sus garras en el rostro; me han herido en la cabeza con
una palmatoria... me han tenido todo el día sin comer. Gracias que en casa de
un amigo me dieron estos pedazos de pan...
EL CONDE.- ¿Y no
las matas? Si malo es ser bueno, peor es no ser hombre.
D. PÍO.- (Con desprecio de sí mismo.) Albrit amigo, yo no soy hombre... yo
no sé lo que soy.
EL CONDE.- Mátalas.
D. PÍO.- ¿Matar
yo?... Ni un mosquito ha recibido la muerte de mi mano. Que las espachurre Dios
si quiere... Y usía, señor D. Rodrigo, tenga la dignación de acabar conmigo
esta noche, porque ya no puedo más, ya no aguanto más. Coronado no ha de ver
salir el sol de mañana, porque ese sol significaría más vida; significaría luz,
aire, sonido, y yo quiero... ver las tinieblas, oír el silencio. (Pateando con desesperación.)
EL CONDE.- Así me
gusta. ¿De modo que estás decidido?
D. PÍO.- Tan
decidido, que todo lo he dispuesto. Escribí la carta, en la que digo que a
nadie se culpe de mi muerte, y no me he vestido de limpio, porque esas bribonas
me han empeñado la ropa... ¿Pero qué me importa la ropa, si esta noche he de
acabar? Ahora iba yo en busca de usía para que me cumpliera lo ofrecido.
EL CONDE.- (Cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con
nerviosa fuerza.) Sí... lo haré,
lo haré con toda el alma... Me siento esta noche... no sé... me siento
criminal.
D. PÍO.- No será un
crimen, sino favor.
EL CONDE.- (Con gran vehemencia.) Sí... morirás, Pío; caerás rodando
por el cantil... antes de llegar al fondo del abismo, te harás pedazos.
Morirás, sí. El hombre extremadamente bueno debe morir. Es una planta viciosa,
estéril... Sí, bendito Coronado: verás con qué gracia y con qué denuedo te
arrojo a la sombría inmensidad como si lanzara una pelota. Aún tengo vigor para
eso y para mucho más...
D. PÍO.- (Tocando las castañuelas.) Ahora mismo, si usía quiere...
EL CONDE.- No,
ahora no. Tengo que ver a mi Dolly, a mi adorada Dolly... quiero darla el
último adiós, comérmela a besos... sí, lo que se llama comérmela... Abur,
Coronado, no me sigas. Puedo andar solo.
D. PÍO.- Espero a
Vuecencia...
EL CONDE.- En el
Páramo.
D. PÍO.- Más seguro
será en las Tres Cruces, al extremo de la calleja que sube a Santorojo, a la
entradita del bosque.
EL CONDE.- Bueno...
Iré. Déjame ahora.
D. PÍO.- ¿No quiere
usía que le acompañe?
EL CONDE.- No... ya
estoy cerca.
D. PÍO.- Todo
seguido. Allí se ve una luz: es la Pardina... Adiós.
EL CONDE.- Hasta
luego. (Renqueando, se pierde en la obscuridad. Después de verle entrar en la Pardina,
D. PÍO se aleja.)
Escena
XI
Habitación del CONDE en la Pardina.
El CONDE, VENANCIO, GREGORIA; después SENÉN.
VENANCIO.- (Que entra y ve al CONDE revolviendo en su maleta.) ¿Qué hace el señor Conde?
EL CONDE.- Ya lo
ves: recojo algunos papeles que deseo llevar siempre conmigo.
GREGORIA.- (Alarmada.) ¿A dónde va usía?
EL CONDE.- A donde
a vosotros no os importa. ¿Por qué no viene Dolly? Dos veces la he mandado
llamar.
VENANCIO.- Ahora
vendrá.
EL CONDE.- Pues voy
a donde quiero. A vosotros os bastará saber que os dejo en paz.
VENANCIO.- (Premioso, rascándose la cabeza.)
Me alegro de que el señor Conde facilite la separación, porque yo vengo a decir
a Vuecencia... que... que no puede seguir en mi casa.
GREGORIA.- Nada más
que por el carácter soberbio del señor Conde... que por lo demás...
EL CONDE.- Sí: mi
carácter altanero no se aviene con el vuestro, tan suave, tan pacífico.
VENANCIO.- Por lo
cual he determinado que Su Excelencia se aloje en donde guste, fuera de mi
casa... Por esta noche puede quedarse; pero mañana...
EL CONDE.- (Con dulzura, resignado y calmoso.)
Esta noche misma: no te apures. Tú te quedas en tu Pardina, y yo me voy... a
donde me acomode. No hablemos más. Al fin y a la postre, tengo que agradeceros
la hospitalidad que me habéis dado.
VENANCIO.- Nada
tiene Vuecencia que agradecernos. Lo que me duele es que no hayamos podido
hacer buenas migas.
EL CONDE.- Las
migas hacedlas vosotros... y que os aprovechen... Os pido el último favor.
Traedme a Dolly. Los minutos que paso sin verla me parecen siglos.
VENANCIO.- Vamos.
EL CONDE.- (Sintiendo ruido en la puerta.) ¡Ah!, ella es...
SENÉN.- (Entrando.) Soy yo, señor...
EL CONDE.- ¡Maldito
seas! (Exaltado.) ¡Que venga Dolly, que venga al instante!
SENÉN.- (Aparte a VENANCIO y GREGORIA.) Dejadle conmigo. No hará nada, y en todo caso, yo
sabré ponerle como un guante.
(Se van GREGORIA y VENANCIO.)
Escena
XII
El CONDE, SENÉN; después
GREGORIA
EL CONDE.- (Receloso, altanero.) ¡Ah!... te
dejan aquí, como de guardia, por temor de que yo...
SENÉN.- No, señor:
vengo... porque es de todo punto
indispensable que hable dos palabras con usía.
EL CONDE.-
¿Conmigo?... ¿Palabritas tú? No: tú vienes a vigilarme. Creen que voy a pegar
fuego a la casa... No, Senén; yo no hago mal a nadie. (Óyense gritos lejanos de DOLLY, llorando, pidiendo socorro.) ¡Oh!, ¿qué es eso?... ¡Dolly grita...
llama! ¿Es su voz... o estoy yo loco y no sé lo que escucho?... Infames, ¿qué
hacéis a mi hija, a mi Dolly? (Furioso,
se precipita hacia la puerta. Cesan las voces.)
SENÉN.- (Cortándole el paso.) Deténgase usía. Ya no puede evitarlo.
EL CONDE.- ¿Qué?
SENÉN.- Que se la
llevan. (Mira por la ventana.) Ya, ya salen con ella. (Corre ALBRIT a la ventana.)
EL CONDE.-
¡Bandidos, ladrones! (Vuelve a la puerta.)
SENÉN.- (Sujetándole.) Deténgase, y óigame un instante. (Cierra la puerta y quita la llave.)
EL CONDE.- (Amenazante.) ¿Qué haces?... ¡Me encierras!
SENÉN.- (Agitadísimo.) Una palabra, señor Conde, una sola, y usía comprenderá que quiero
prestarle un gran servicio... Yo le explicaré...
EL CONDE.- Pronto.
SENÉN.- La niña...
Su madre la mandó llamar; no quiso ir... Ha venido el Alcalde con toda su
fatuidad, y con una pareja de la Guardia Civil, y se la ha llevado.
EL CONDE.- (Fuera de sí.) Ábreme ese puerta, o te mato ahora mismo. Ciego, aún tengo vigor
para defenderme, para defender el ser amado. Ábreme te digo. (Coge una silla, decidido a estrellársela en la cabeza.)
SENÉN.- (Trémulo.) Abriré... pero antes... quiero deshacer el grave error de usía.
EL CONDE.- Habla...
pronto.
SENÉN.- Usía,
movido del honor, ha pretendido descorrer el velo, señor; descorrer el velo...
EL CONDE.- Acaba.
SENÉN.- (Sudando la gota gorda.) El velo ¡ay!, para descubrir la
verdad, el endiablado secreto de la familia.
EL CONDE.- Sí.
SENÉN.- Y usía no
ha visto nada.
EL CONDE.- Sí he
visto.
SENÉN.- Lucrecia no
ha querido decir a su padre político la verdad... Ese secreto, señor Conde, no
lo posee más que un hombre en el mundo, y ese hombre soy yo.
EL CONDE.- ¡Tú!
SENÉN.- Yo, que lo
oculté, y ahora lo revelo. La hija falsa, la hija espúrea... es Dolly.
EL CONDE.- (Aterrado.) ¡Oh!... No, no... ¡Tú mientes! (Poseído súbitamente de un furor trágico.) Lacayo vil, tú mientes, y yo... ahora mismo (Se arroja sobre él, clavándole
ambas manos en el cuello), ¡te ahogo, rufián! (Forcejean. El CONDE, aunque anciano, es mucho más vigoroso que SENÉN; le arroja al suelo, y
oprimiéndole con el peso de su cuerpo, le
acogota.) ¡Villano,
serpiente!... te mato, te ahogo, te aplasto. (Breve y formidable lucha.)
SENÉN.- (Que al fin, con gran trabajo, logra
desasirse del CONDE.) ¡Qué furor!... ¡Así paga mi servicio! Tengo pruebas.
EL CONDE.- Tus
pruebas son falsas.
SENÉN.- Ahora lo
veremos.
EL CONDE.-
¡Falsario, traidor! Dolly es mi sangre.
SENÉN.- (Trémulo, descompuesto el rostro y el cabello, registrándose los bolsillos.)
Aquí, aquí la verdad, señor... Tan verdad como que hay Dios. (Saca un paquetito de papeles.)
EL CONDE.- Venga. (Arrebata el paquete que muestra SENÉN,
lo deshace, abre un pliego, intenta leer
aproximándose a la luz.) No veo... no
veo... (Con desesperación.) ¡Dios mío, luz a mis ojos; quiero
luz!... Este hombre me engaña.
(Llaman a la puerta. Óyese la voz de GREGORIA.)
SENÉN.- Aguarde un
poco.
EL CONDE.- (Consternado, indeciso.) No veo...
Toma, toma tus papeles... (Se los da,
y luego los retira.) No... léemelo tú... pero no me
engañes.
GREGORIA.- (Golpeando la puerta.) Abrir... Abre, Senén.
EL CONDE.- ¡Qué
importunidad!
SENÉN.- (Recogiendo sus papeles de manos del
CONDE.) Luego los veremos.
EL CONDE.- (A GREGORIA, que sigue llamando.)
¿Qué demonios quieres? (GREGORIA dice
dentro algo que ALBRIT no entiende.
SENÉN aplica su oído a la cerradura.)
SENÉN.- Dice que
han traído una carta de la Condesa.
EL CONDE.- ¿Para
mí?... Venga pronto. (Abre SENÉN. Entra GREGORIA y da una carta al CONDE, que
la abre con temblorosa mano.) No
veo... (A SENÉN, dándosela.) Léemela tú.
SENÉN.- (Leyendo, alumbrado por el farol que trae GREGORIA.) «Señor Conde, por
consejo de mi confesor, he autorizado a este para revelar a usted la verdad que
desea saber. -Lucrecia.»
EL CONDE.- ¿Dice
eso?
GREGORIA.- (Examinando la carta.) Eso dice.
EL CONDE.- Basta.
SENÉN.- El Prior
está en la parroquia.
EL CONDE.- (Disparado.) Corro allá.
Escena
XIII
Iglesia parroquial de Jerusa, situada al Norte de la
villa.
Es irregular, conjunto inarmónico de nobles vestigios, y de restauraciones y enmiendas de fementido gusto. En el costado de Poniente, conserva un bello pórtico románico rodeado
de poyos de piedra, muy cómodo para
los que van a esperar la misa, o ver
salir la gente. La puerta, que por allí da ingreso a la nave lateral,
es gótica, pintada de ocre, y sus
gastadas esculturas, con las
repetidas manos de cal, parecen obra
de pastelería. En un ángulo del pórtico
hay una puertecilla, de arco
rebajado, que conduce a la sacristía.
En diversas partes del edificio se ve el
escudo de Laín: banda de cuarteles y
un águila explayada con el lema en el pico: Decor vinxit. El interior ofrece escaso interés.
Como primera noche de novena de Nuestra Señora de la
Esperanza,
hay sermón, que predica D. CARMELO, y
Manifiesto. Asisten al piadoso acto
los DOS MONJES de Zaratán, ocupando los sitiales del presbiterio, en que antaño se sentaban los Condes de
Laín y señores de Jerusa, y hogaño
son para las autoridades y personas de viso. Ha querido D. CARMELO deslumbrar
al PRIOR, prodigando las luces con
ayuda de las señoras piadosas de la villa. Cortinas de terciopelo baratito, ramos de dalias y guirnaldas de follaje, completan la vistosa decoración.
Prevalece en Jerusa una costumbre que el progreso no
ha podido destruir,
y consiste en que las mujeres usan, para ir a la iglesia, unas mantellinas o caperuzas de franela,
blancas, en forma de saco abierto por un lado, y ribeteado de estambre de color, con una motita en el vértice. Este
tocado, que ha resistido
valientemente a las anuales acometidas de la moda, es extremadamente gracioso y pintoresco, y da a las multitudes un aspecto medieval. Úsanlo también las señoras principales, distinguiéndose por la finura de la franela y la mayor gala del adorno,
comúnmente de seda.
Sube al púlpito D. CARMELO, y enjareta un sermón pesadito, recamado
de retóricas de similor, y el
indispensable latiguillo de latinajos al final de cada período. Óyenlo con gran recogimiento los feligreses,
sin entender palabra, lo que les aumenta la devoción, que tira un poquito a somnolencia.
El CONDE, SENÉN, en la iglesia, fatigados del plantón y del kilométrico discurso.
EL CONDE.- (De mal talante.) Salgamos; esto es insoportable.
UN HOMBRE DE
PUEBLO.- (Abriendo paso al PRÓCER.)
¿Por qué no sube usía a su sitial, en el presbiterio? Por la sacristía puede pasar sin apreturas.
EL CONDE.- Gracias,
amigo... me voy fuera. Se ahoga uno aquí con tanto calor y tanta retórica. (Salen y esperan. Ambos permanecen silenciosos. El
CONDE da espacio a la ansiedad de su
espíritu paseándose.)
SENÉN.- (En el camino de la Pardina a la iglesia,
le ha contado algo de las ocurrencias y
zaragata de Verola, sin que el CONDE
demuestre interés alguno.) Pues, señor, D. Carmelo lo ha tomado
con gana. ¡Vaya una correa de sermón que se ha traído!
EL CONDE.- Es
pesadísimo. Todos estos que comen mucho hablan sin término. El chorro de
palabras les facilita la digestión... ¡Y no es floja contrariedad para mí!
¿Pero esto, Dios mío, no se acaba nunca?... Sin duda Carmelo quiere lucirse con
el Prior, y no cae en la cuenta de que el pobre fraile estará tan aburrido como
nosotros.
(Pasa tiempo. Como todo
tiene fin en este mundo, se acaba el
sermón carmelino. Óyense
modulaciones de órgano, cantos...
Media hora más, y empieza a salir la gente. Retírase
ALBRIT al ángulo del pórtico, para dar paso a la multitud, y en esto sale por la puerta de la
sacristía NELL, acompañada de
CONSUELITO y de una criada del ALCALDE. Lleva la niña de Albrit caperuza de franela, que le da aspecto de figura gótica arrancada de las vitelas de un misal
antiguo. Su rostro, de hermosas líneas, adquiere distinción severa. Caen sobre sus hombros los pliegues de la
tela con suprema elegancia.
Antes que vea NELL a su abuelo, SENÉN llama la
atención de este sobre la aparición de la niña. Se estremece ALBRIT de
sorpresa y emoción; la busca con su
mirada incierta. NELL le ve al fin,
y corriendo hacia él, le coge las manos y en ellas da sonoros
besos. Al aproximarse la señorita,
SENÉN se escabulle.)
Escena
XIV
El CONDE, NELL, CONSUELITO
NELL.- Abuelito
mío, ¿tú también aquí? ¿Por qué no has pasado? Arriba, junto al altar, tienes
tu silla.
EL CONDE.- ¡Nell,
qué hermosa estás! Te veo; veo la caperuza blanca...
CONSUELITO.- (Oficiosamente.) Esta es una de las que usó su abuelita Adelaida, Condesa de
Albrit. La conservo yo como recuerdo histórico.
EL CONDE.- (Con arrobamiento.) Nell, veo tu rostro. Una aureola de nobleza y majestad lo
rodea...
NELL.- (Sorprendida de la emoción del anciano.) Albrit... ¿por qué me miras así? ¿Por
qué tiemblan tus manos?... ¿Lloras?
EL CONDE.- (Siente hondamente removida su alma. En ella entra una ola impetuosa. Es el convencimiento de que tiene entre sus
manos las de la legítima sucesora de Laín y Albrit.) Hija mía, tu presencia me causa tanto regocijo como orgullo. Te
reconozco. Eres mi descendencia, la continuidad gloriosa de mi sangre. ¡Rama
florida de Arista-Potestad, Dios te bendiga!
NELL.- (Apenada, atribuyendo las palabras del anciano a desconcierto de su razón.) Abuelo querido, ¿por qué has venido
tan solo?
CONSUELITO.- (Radiante de oficiosidad.) ¿Pero no hay en la Pardina quien le
acompañe?
EL CONDE.- Mejor
estoy solo. Y tu hermana, ¿cómo no ha venido contigo?
NELL.- Mamá me ha
mandado a la iglesia, encargándome que rece por ella y por ti.
EL CONDE.- Y harás
bien en rezar... por ella más que por mí.
NELL.- No ha
querido que venga Dolly, porque está un poco mañosa.
CONSUELITO.- (Que rabia por hablar.) Como que fue preciso traerla a la
fuerza de la Pardina.
NELL.- La pobrecita
quería estar más tiempo contigo. Mañana iremos las dos a verte.
EL CONDE.- (Muy agitado.) No vayáis, no vayáis, porque no me encontraréis.
NELL.- ¿Pues a
dónde te vas?
EL CONDE.- (Velada la voz por la emoción.) Sucesora de Albrit, futura marquesa
de Breda... ya sé... ya lo sé... sigue tu camino lleno de luz, y déjame en el
mío tenebroso.
NELL.- (Confusa.) Papaíto, ¿qué razón hay para tanta tristeza? ¡Si te queremos lo
mismo! Yo te aseguro que vendremos a verte, y que nos enfadaremos con mamá si
no nos trae.
EL CONDE.- No os
traerá... ¿Y para qué? ¿Qué soy yo? Un despojo miserable... El viejo tronco
muere; pero quedas tú, gallardísimo árbol nuevo, que perpetuará mi nombre y mi
raza.
NELL.- (Con mayor ternura.) Abuelo mío, si tanto me quieres, ¿por qué no haces lo que yo
digo, lo que yo te mando? Eres un niño, y los que te aman deben... no digo
mandarte... eso no... dirigirte. ¿Me permites que te dirija?
EL CONDE.- Marquesa
de Breda, tú mandas.
NELL.- (Envaneciéndose.) Pues si alguna autoridad tengo sobre ti, oye lo que te digo, y
hazlo, hazlo por Dios... Acepta el recogimiento de Zaratán.
EL CONDE.- (Lastimado en lo más vivo.) Adiós, Nell... Vete con tu madre.
NELL.- En Zaratán
estarás muy bien.
CONSUELITO.- (Metiendo su cucharada.) Como un príncipe, como un emperador.
NELL.- Vendremos a
verte.
EL CONDE.- Adiós,
Nell... (Se retira tambaleándose.) ¿El Prior dónde está?
NELL.- (Gozosa, creyendo que su abuelo busca al Prior para tratar con él de su retiro
en Zaratán.) En la sacristía...
Por aquí.
CONSUELITO.- (Cogiendo a NELL de la mano y llevándosela.)
Niña, vámonos... Ya le has dicho lo que debías decirle. ¡Pobre anciano! Es, en
verdad, un niño... demente.
NELL.- ¡Qué pena,
Dios mío!... (Llamándole.) ¡Abuelo, abuelo!...
CONSUELITO.- Déjale
ya... El león arrogante y fiero entra en la sacristía. No dudes que nuestro
buen Prior le armará una bonita trampa... Verás, verás cómo cae... (Confundidas entre la multitud, se alejan de la parroquia.)
EL CONDE.- (Que, tentando la pared, logra
coger la puerta y se precipita en las salas que conducen a la sacristía.) ¡Horrible, horrible! Ni siquiera ha
manifestado el deseo de vivir en mi compañía... Ni siquiera me ha dicho, como
su madre: «Vente con nosotras». Lo que quiere es encerrarme... Esto es dar con
el pie al ser inútil, al ser caído, que estorba... La duda, oh Dios, me asalta
otra vez; la duda sopla otra vez en mi alma como huracán, y de las pavesas que
se iban apagando levanta llamaradas... No, no es ésta la legítima, no puede
serlo. Todos me engañan... Nell no tiene corazón; su frialdad desdeñosa
desmiente la noble sangre. No es, no es... (Gritando.) ¡Padre Maroto! ¡Prior de Zaratán! (Tropezando se abre camino. Un monaguillo le conduce. El PRIOR sale a su encuentro. Cambian
algunas palabras. Para hablar a
solas, se encierran en el camarín de
la Virgen.)
En la confusión del gentío que se retira, SENÉN busca al CONDE dentro y fuera de la iglesia. Sospechando
que estará en la Rectoral, corre
hacia ella por un atajo. En la
obscuridad se desvía; encuéntrase
con un seto que le corta el camino; creyendo
abreviar saltándolo, sube a unas
piedras, pega un brinco y cae en un
montón de estiércol.
Escena
XV
Calle del Buen Conde, que conduce
de la iglesia a la subida del Calvario.
El CONDE, que anda como un ebrio, tropezando en el desigual piso; un HOMBRE DEL PUEBLO, la MARQUEZA.
EL CONDE.- (Viendo venir un bulto.) Buen hombre, ¿por dónde se va al
Infierno?
EL HOMBRE DEL
PUEBLO.- (Que no conoce al CONDE.)
¿Tabernas? Por aquí no las hay. (Sigue
su camino.)
EL CONDE.- ¿No hay
un rayo del cielo que me haga ceniza? Nell es la verdadera; la falsa es Dolly,
Dolly, ¡la que me quiere más! ¡Vanidades del mundo, grandezas del honor, con
qué mueca tan horrible me miráis! (Parándose
ante un machón de pared que permanece vertical entre montones de ruinas.) ¿Quién va? ¿Eres tú, Senén? Lo que me
dijiste es verdad. Tu revelación traidora resulta verdadera. Es verdad. Maroto
no miente. ¿Ves qué burla?... Mis ideas me persiguen, no ya como águilas
voraces, que quieren picotearme el cerebro, sino como cotorras charlatanas, que
con su graznido, semejante al habla de hombres afeminados, se mofan de
mí...¡Maldito rufián, déjame! Eres una babosa perfumada... hueles
horriblemente... y tu contacto da frío... No me toques.
(Avanza; pasa junto último farol de Jerusa por aquella parte; sube por el sendero que conduce al Calvario.
En dirección contraria viene una mujer
del pueblo, corpulenta y descarnada,
que no es otra que la anciana Sibila a
quien llaman la MARQUEZA. Lleva una
cesta al brazo.)
LA MARQUEZA.- (Parándose y reconociéndole.) ¡Señor, mi Conde, por aquí solito a
estas horas!
EL CONDE.- ¿Quién
eres? Soy Albrit, el último Albrit de la línea masculina. ¿Tú, quién eres? (La anciana se nombra.) ¡Ah!, la Marqueza... Sibila de
Jerusa, aquí me tienes. Ya no dudo: luego no existo... Esto que ves en mí, no
es la persona de Arista-Potestad: es su esqueleto. No te asustes: los
esqueletos no hacen daño. Asustan por el chocar de los huesos, por el mirar
burlón de sus ojos vacíos... pero nada más.
LA MARQUEZA.-
Señor, ¿qué le pasa? ¿Qué disparates dice? Voy a la Pardina con esta cesta de
caracoles que me ha encargado el Sr. Venancio. ¿Quiere algo para allá? ¿Por qué
no se viene conmigo?
EL CONDE.- ¿Yo a la
Pardina?... ¿Has visto a las niñas de Albrit? ¡Qué feas son!... repugnantes
como gusanos venenosos. La legítima no me quiere: me manda al manicomio. Dolly,
que me ama, no es mi nieta. Es hija de un pintor vicioso y grosero... linaje de
contrabandistas en el Alto Aragón. (Riendo
sarcásticamente.) Dime, Sibila,
¿dónde está el hoyo más hondo de basura y lodo para meterme, y hacer en él mi
cama eterna? Como escarabajo, allí labraré la nueva casa de Albrit, toda
inmundicia.
LA MARQUEZA.- Buen
señor, no piense cosas malas.
EL CONDE.- Vete,
déjame. Si ves a Venancio, le dices que me arrodillo ante su radiante
imbecilidad... Adiós, Sibila, adiós. (Se
aleja dando tumbos. La anciana sigue
su camino.)
Escena
XVI
Calvario de Santorojo. Tres cruces en un altozano.
El CONDE, D. PÍO
D. PÍO.- (Viéndole subir.) Albrit, hijo mío, ¿qué horas son éstas de venir? Ya me cansaba de
esperarte... digo, de esperar a usía.
EL CONDE.- ¿Quién
me llama? Eres tú, excelso Coronado, mi amigo del alma. Gran filósofo, dame la
mano: no puedo ya con mis huesos, que pesan como barras de plomo.
D. PÍO.- (Dándole el brazo.) Subamos un poco más, y nos sentaremos en la grada de las Tres
Cruces. ¿Qué tal? Yo vengo decidido... Como tenía mucha hambre, me he traído
estos pedazos de pan.
EL CONDE.- Dame un
poco. También yo estoy desfallecido, hijo. Es cosa poco higiénica matarse con
hambre.
D. PÍO.- Claro,
tomando algún alimento podemos aguardar hasta la madrugada, hora la más
propicia...
EL CONDE.- Te
arrojo a ti, y después yo.
D. PÍO.- No, usía
no; no lo consiento. Me sublevo; no hay trato.
EL CONDE.- (Comiendo pan.) Bueno; pues juntos, en amor y compaña.
D. PÍO.- (Muy apurado.) Usía no. Mire que aviso, y vienen los celadores. Arrójeme a mí,
según lo tratado, y váyase usía tranquilo a su casa.
EL CONDE.- ¿Sabes
que es amargo tu pan?
D. PÍO.- (Suspirando.) Lo que amarga es la boca.
EL CONDE.- Soy todo
amargura, y más desgraciado que tú. ¿Sabes una cosa? Mis nietas, que yo
adoraba, se diferencian poco de tus hijas. Con buenas palabras, Nell me ha
arañado el rostro. Espinas de rosas rasguñan lo mismo que espinas de zarza... Y
con todo, Nell es mi legítima descendencia: lo sé por testimonio irrecusable.
Dolly, que me ama, no es mi descendencia; es una intrusa, la cría infame de la
traición, que con fraude se introdujo en mi casa, y se escondió entre los
brocados de Albrit.
D. PÍO.- (Asustado.) Señor, mire lo que habla.
EL CONDE.- Y yo
quiero que me digas... antes de caer al abismo, lanzado por mí... quiero que me
digas, gran filósofo: ¿qué piensas tú del honor?
D. PÍO.- (Lleno de confusiones.) El honor... pues el honor... Yo
entendía que el honor era... algo así como las condecoraciones... Se dice
también honores fúnebres, el honor nacional, el campo del honor... En fin, no sé lo que es.
EL CONDE.- Hablo
del honor de las familias, la pureza de las razas, el lustre de los nombres...
Yo he llegado a creer esta noche... y te lo digo con toda franqueza... que si
del honor pudiéramos hacer cosa material, sería muy bueno para abonar las
tierras.
D. PÍO.- Y criar la
hermosa lechuga y el rico tomate. Para semilleros, he oído que no hay nada como
la gallinaza y palomina.
EL CONDE.- Y para
la hortaliza social, para este mundo de ahora, nacido sobre acarreos, la mejor
sustancia es la ignominia, la impureza y mezcolanza de sangres nobles y sangres
viles... Quedamos en que tú no aciertas a decirme lo que es el honor, ni te has
encontrado nunca esa alimaña en tus excursiones filosóficas. (Se sientan al pie de las cruces. La noche está plácida, y la luna, en creciente avanzado, platea
el cielo y la mar, y baña en dulce
claridad la tierra.)
D. PÍO.- (Aguzando el entendimiento.) Pues el honor... Si no es la virtud,
el amor al prójimo, y el no querer mal a nadie, ni a nuestros enemigos, juro
por las barbas de Júpiter que no sé lo que es.
EL CONDE.- (Con triste sonrisa.) Ya sales con tu Mitología... Por
cierto que en la fábula mitológica no figura para nada el honor: los dioses
hacían el amor a las hijas del pueblo, así como las diosas se enamoriscaban de
cualquier pastor de cabras.
D. PÍO.- Como que
no había más aristocracia que la hermosura.
EL CONDE.- Pues
mira, sería bueno que ahora, después de bien estrellados y deshechos contra las
rocas, nos convirtiéramos tú y yo en dioses o semidioses mitológicos.
D. PÍO.- Aunque
fuera cuartos de dioses. Nos pondrían en el séquito de Neptuno. (Un escalofrío mortal atraviesa todo su
cuerpo, y lo estremece desde la nuca
al tobillo.) ¡Abuelo, qué fría
estará la mar!...
EL CONDE.- Mejor.
Así, fresquitos y bien desmenuzados, seremos más del gusto de los peces.
D. PÍO.- (Sintiendo un intenso pavor.) Es horrible... ¿Y qué hace uno en el
estómago del pez?
EL CONDE.- (Con lúgubre humorismo.) Lo que haría probablemente Jonás en
el vientre de la ballena: aburrirse... Porque no se dice que llevara periódicos
que leer, ni baraja para hacer solitarios.
D. PÍO.- (Dando diente con diente.) Yo me figuro que cuando llegue a lo
hondo del cantil, ya no estaré vivo... Y así es mejor, Albrit. No le gusta a
uno padecer, ni aun en el momento crítico de poner fin a sus padecimientos...
Esperemos a la madrugada, hora en que no pasa por aquí alma viviente. Hasta
media noche, hay el peligro de que algún pescador rezagado pase, nos vea, y nos
denuncie... (Descubriendo un bulto
lejano.) ¡Ah!, por allí viene
alguien.
EL CONDE.- Será un
vagabundo... quizá un animal; que en las noches claras, como en días de
brillante sol, suelen confundirse los cuadrúpedos con las personas.
D. PÍO.- (Observando atentamente.) Es una mujer. (Pausa. En el silencio grave
de la noche, suena como vibración
intensa de la atmósfera la voz de Dolly gritando: ¡Abuelo!)
Escena
XVII
El CONDE, D. PÍO, DOLLY
EL CONDE.- (Despavorido, agarrándose a D. PÍO.) ¡La voz de Dolly!... ¡Será una racha de
viento!... Dios mío, ¡qué extraña sensación!
D. PÍO.- Pues, sí,
me parece que es Dolly. (Poniéndose en
pie y llamando.) Niña, estamos
aquí.
EL CONDE.- ¡Dolly!
¿Pero qué...?, ¿se abre la tierra y me traga?
DOLLY.- (Andando hacia las cruces, sin correr, porque cojea un poco, como
si le doliera un pie.) ¡Abuelito
querido... lo que me ha costado encontrarte! ¿Sabes? Me escapé de casa. Corrí a
la Pardina, y en la puerta me encontré a la Marqueza con una cesta de
caracoles, y me dijo que te había visto subir hacia el Calvario. (Acercándose.) ¿Pero qué haces? ¿Vuelves la cara? (El CONDE se agarra tan
fuertemente a D. PÍO, que parece
querer estrujarle.)
D. PÍO.- Cuenta,
niña... Hemos oído mal. ¿Dices que te escapaste?
DOLLY.- Tuve que
saltar por la verja... Me lastimé un pie... A Monedero se le antojó ponerme
presa en su despacho, porque dije a mamá que a todo trance quiero quedarme en
Jerusa con el abuelo, y vivir siempre con él... ¡Ay, lo que he corrido!
EL CONDE.- (Con estupor terrorífico.) Veo la ignominia, veo la sublimidad,
no sé lo que veo... ¿Se hunde el cielo, se acaba el mundo, o qué pasa aquí?
DOLLY.- (Acongojada.) Papaíto, ¿por qué no miras a tu Dolly?... ¿Qué dices?... ¿Ya no
quieres a tu Dolly?
EL CONDE.- (Desconcertado.) Eres mi oprobio... Dolly... ¿por qué me amas?
DOLLY.- ¡Vaya una
pregunta! (Acariciándole.) Ya te dije esta mañana en la Pardina
que tu Dolly no se separará nunca de ti... A donde tú vayas, voy yo... Váyase
Nell con mamá; yo quiero compartir tu pobreza, cuidarte, ser la hijita de tu
alma.
EL CONDE.- (Con grandísima agitación.) ¡Oh, Dolly, Dolly!...
DOLLY.- ¿Qué
tienes?...
EL CONDE.- Parece
que me ahogo... Es que Dios me abre el pecho de un puñetazo, y se mete dentro
de mí... Es tan grande, tan grande... ¡ay!, que no cabe...
DOLLY.- Si Dios
entra en tu corazón, allí encontrará a Dolly con su patita coja... Abuelo,
abuelo mío, cuando todos te abandonan, yo soy contigo. (Le abraza y le besa.)
EL CONDE.- (Alelado.) Cuando todos me desprecian, tú eres conmigo... El mundo entero
pisotea el tronco de Albrit, y Dolly hace en él su nido.
DOLLY.- Sí que lo
haré... De veras digo que si no me llevas en tu compañía a donde quiera que
vayas...
EL CONDE.- (Vivamente.) Si no te llevo, ¿qué?
DOLLY.- Me moriré
de pena.
EL CONDE.- (Elevando hacia el cielo las palmas de sus
manos.) Señor, ¿qué es esto?
¿Tal monstruosidad es obra tuya? ¿Qué nombre debo dar a esta cosa espantable y
enorme que llena mi alma de gozo?... Del seno del cataclismo salen para mí tus
bendiciones... Ya veo que de nada valen los pensamientos, los cálculos y resoluciones
del ser humano. Todo ello es herrumbre que se desmorona y cae. Lo de dentro es
lo que permanece... El ánima no se oxida.
D. PÍO.- (Con hermosa ingenuidad.) Señor, ¿hacia qué parte de los cielos
o de los abismos cae el honor? ¿En dónde está la verdad?
EL CONDE.- (Abrazando a DOLLY.) Aquí... (Como quien vuelve de un desvanecimiento.) Dime, amigo Coronado, ¿he dicho
muchos disparates? Porque siento que vuelve a mí la razón. Esta chiquilla,
trastornándome, me ha vuelto a mi ser, y yo, trepidando, recobro mi equilibrio.
Ya ves... Todos me desprecian; ella sola me ama y consagra a este pobre viejo
su florida juventud.
DOLLY.- (Besándole.) Albrit, ¿quién te quiere?
EL CONDE.- Tú sola.
DOLLY.- No te
llamaré Albrit, sino Abuelo.
EL CONDE.- Sí, sí:
me gusta ese nombre... ¡Es tan dulce! Puedes darle el sentido que quieras.
D. PÍO.- (Con unción.) Dios es el abuelo de todas las criaturas.
EL CONDE.- Por eso
es tan grande. La eternidad, ¿qué es más que el continuo barajar de las
generaciones? Y ahora, Pío, gran filósofo, si te dan a escoger entre el honor y
el amor, ¿qué harás?
D. PÍO.- (Sollozando.) Escojo el amor... el amor mío, porque el ajeno lo desconozco.
Nadie me ha querido. Lo juro por la laguna Estigia.
EL CONDE.- ¡Eres
tan infeliz como yo dichoso, pobre Pío!... (Con
resolución, incorporándose.) Vámonos.
D. PÍO.- ¿A dónde?
EL CONDE.- A pedir
hospitalidad a cualquiera de mis antiguos colonos. Son pobres; pero a Dolly no
le importa la pobreza.
DOLLY.- Con mi
cariño te haré yo rico.
EL CONDE.- (Con ardiente júbilo.) Coronado, ¿has oído esto?
D. PÍO.- Oigo a
Dolly... Ángeles he visto yo en sueños; pero siempre mudos. Ahora hablan.
EL CONDE.-
Vámonos... Pío, te nombro mi amigo, te hago la síntesis de la amistad. Ven,
síguenos.
D. PÍO.- (Señalando el cantil.) Pero...
EL CONDE.- Estás
lucido. ¡Matarme yo, que tengo a Dolly! ¡Matarte a ti... que me tienes a mí!
Ven, y esperaremos a morirnos de viejos.
D. PÍO.-
Escondámonos en cualquier aldea.
EL CONDE.- Dios nos
protege. (A DOLLY.) ¿Está cojito mi
ángel? Ven a mis brazos. Pesas poco, y yo aún tengo vigor para cargarte. (La toma en brazos.) Vámonos primero hacia Rocamor. Allí espero encontrar almas
compasivas.
Huyen hacia
Occidente. D. Pío, conocedor de los senderos y atajos, va delante guiando. A
ratitos, Dolly, por no cansar al abuelo, se desprende de los brazos de él y
anda. Desaparecen en las lomas que separan el término de Jerusa del de Rocamor.
En la aldea de este nombre, y en una pobre casa de labor, les da generosa y
cordial hospitalidad un matrimonio dedicado a la cría de carneros y vacas;
gente sencilla; un par de viejos honradísimos y joviales, que allí habían
nacido, y allí moraban desde tiempo inmemorial; restos nobilísimos, olvidados
ya, del poderoso Estado de Laín. Amanece.
Al filo del
mediodía, llega la pareja de la Guardia civil con una carta de la Condesa.
Dolly la lee. Dice así: «Señor Conde,
puesto que usted quiere a Dolly, y Dolly le quiere, doy mi consentimiento para
que viva en su compañía, por sus días. Y que éstos sean muchos desea
ardientemente su hija -Lucrecia».)
D. PÍO.- (Entre los helechos, filosofando.) ¿El mal... es el bien?
FIN DE LA NOVELA
Santander (San Quintín), Agosto-Septiembre de 1897.

