© Libro
No. 360. Amistad Funesta. Martí y Perez,
José. Colección Emancipación Obrera. Diciembre 14 de 2012.
Título original: © Amistad Funesta. José Martí y Perez.
Versión Original: Amistad Funesta. José Martí y Perez
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Amistad
funesta
(1885)
José Martí
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(Sic) Editorial
A adelaida baralt
De una novela sin arte
La comisión ahí le envío:
¡Bien haya el pecado mío,
Ya que a Vd. le deja parte!
Cincuenta y cinco fue el precio:
La quinta es de Vd.: la quinta
de cincuenta y cinco, pinta
Once, si yo no soy necio
Para alivio de desgracias
¡Sea!: de lo que yo no quiero
Aliviarme es del sincero
Deber de darle las gracias.
José
Martí
Prólogo
inconcluso de José Martí
Quien ha escrito esta noveluca, jamás había escrito
otra antes, lo que de sobra conocerá el lector sin necesidad de este proemio,
ni escribirá probablemente más después. En una hora de desocupación, le tentó
una oferta de esta clase de trabajo: y como el autor es persona trabajadora,
recordó un suceso acontecido en la América del Sur en aquellos días, que
pudiera ser base para la novela hispanoamericana que se deseaba, puso mano a la
pluma, evocó al correr de ella sus propias observaciones y recuerdos, y sin
alarde de trama ni plan seguro, dejó rasguear la péñola, durante siete días,
interrumpido a cada instante por otros quehaceres, tras de los cuales estaba
lista con el nombre deAmistad funesta la que hoy con el nombre de Lucía Jerez sale
nuevamente al mundo. No es más, ni es menos. Se publica en libro, porque
así lo desean los que sin duda no lo han leído. El autor, avergonzado, pide
excusa. Ya él sabe bien por dónde va, profunda como un bisturí y útil como un
médico, la novela moderna. El género no le place, sin embargo, porque hay mucho
que fingir en él, y los goces de la creación artística no compensan el dolor de
moverse en una ficción prolongada; con diálogos que nunca se han oído, entre
personas que no han vivido jamás. Menos que todas, tienen derecho a la
atención, novelas como esta, de puro cuento, en las que no es dado tender a
nada serio, porque esto, a juicio de editor, aburre a la gente lectora; ni
siquiera es lícito, por lo llano de los tiempos, levantar el espíritu del
público con hazañas de caballeros y de héroes, que han venido a ser personas
muy fuera de lo real y del buen gusto. Lean, pues, si quieren, los que lo
culpen, este libro; que el autor ha procurado hacerse perdonar con algunos
detalles; pero sepan que el autor piensa muy mal de él.
–Lo cree inútil; y lo lleva sobre sí como una
grandísima culpa. Pequé, Señor, pequé, sean humanitarios, pero perdónenmelo.
Señor: no lo haré más.
Yo quiero ver al valiente que saca de los una novela
buena.
En la novela había de haber mucho amor; alguna
muerte; muchas muchachas, ninguna pasión pecaminosa; y nada que no fuese del
mayor agrado de los padres de familia y de los señores sacerdotes. Y había de
ser hispanoamericano.
Juan empezó con mejores destinos que los que al fin
tiene, pero es que en la novela cortó su carrera cierta prudente observación, y
hubo que convertir en mero galán de amores al que nació en la mente del
novelador dispuesto a más y a más altas empresas (grandes) hazañas. Ana ha
vivido, Adela, también. –Sol, ha muerto. Y Lucía, la ha matado.
Pero ni a Sol ni a Lucía ha conocido de cerca el
autor. A don Manuel, sí. Y a Manuelillo, y a doña Andrea, así como a la propia
Directora.
[Ms. en CEM.]
Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la
casa con manos demasiado académicas, cubría aquel domingo por la mañana con su
sombra a los familiares de la casa de Lucía Jerez. Las grandes flores blancas
de la magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas y
puntiagudas, no parecían, bajo aquel cielo claro y en el patio de aquella casa
amable, las flores del árbol, sino las del día. ¡esas flores inmensas e
inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El alma humana tiene una gran
necesidad de blancura. Desde que lo blanco se oscurece, la desdicha empieza. La
práctica y conciencia de todas las virtudes, la posesión de las mejores
cualidades, la arrogancia de los más nobles sacrificios, no bastan a consolar
el alma de un solo extravío.
Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo
fulgente, la luz azul y por entre los corredores de columnas de mármol, la
magnolia elegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus
mecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas, en sus
vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas Jacqueminot al
lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya próxima a morir, prendida
sobre el corazón enfermo, en su vestido de muselina blanca, una flor azul
sujeta con unas hebras de trigo; y Lucía, robusta y profunda, que no llevaba
flores en su vestido de seda carmesí, “porque no se conocía aún en los jardines
la flor que a ella le gustaba: ¡la flor negra!”
Las amigas cambiaban vivazmente sus
impresiones de domingo. Venían de misa; de sonreír en el atrio de la catedral a
sus parientes y conocidos; de pasear por las calles limpias, esmaltadas de
sol, como flores desatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus
amigas, desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las
habían saludado al pasar. No había mancebo elegante en la ciudad que no
estuviese aquel mediodía por las esquinas de la calle de la Victoria. La
ciudad, en esas mañanas de domingo, parece una desposada. En las puertas,
abiertas de par en par, como si en ese día no se temiesen enemigos, esperan a
los dueños los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han
visto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para ir a saludar a la
madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Los viejos ese día se
remozan.
Los veteranos andan con la cabeza más erguida,
muy luciente el chaleco blanco, muy bruñido el puño del bastón. Los empleados
parecen magistrados. A los artesanos, con su mejor chaqueta de terciopelo, sus
pantalones de dril muy planchado y su sombrerín de castor fino, da gozo verlos.
Los indios, en verdad, descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y
luz, parecen llagas. Pero la procesión lujosa de madres fragantes y niñas
galanas continúa, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los
pobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a trechos en
una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de las arrias de
mercaderías, llenan las calles, tirados por caballos altivos, carruajes
lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos, y como de victoria.
Los pobres mismos, parecen ricos.
Hay una quietud magna y una alegría casta. En
las casas todo es algazara. Los nietos ¡qué ir a la puerta, y aturdir al
portero, impacientes por lo que la abuela tarda! Los maridos ¡qué celos de la
misa, que se les lleva, con sus mujeres queridas, la luz de la mañana! La
abuela, ¡cómo viene cargada de chucherías para los nietos, de los
juguetes que fue reuniendo en la semana para traerlos a la gente menor hoy
domingo, de los mazapanes recién hechos que acaba de comprar en la dulcería
francesa, de los caprichos de comer que su hija prefería cuando soltera, ¡qué
carruaje el de la abuela, que nunca se vacía! Y en la casa de Lucía Jerez no se
sabía si había más flores en la magnolia, o en las almas.
Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar
a sus amigas puso sus enseres de coser y los ajuares de niño que regalaba a la
Casa de Expósitos, habían dejado caer Adela y Lucía sus sombreros de paja, con
cintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que retozan.
¡Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero que ha estado una hora en la
cabeza de una señorita! Se le puede interrogar, seguro de que responde: ¡de
algún elegante caballero, y de más de uno, se sabe que ha robado a hurtadillas
una flor de un sombrero, o ha besado sus cintas largamente, con un beso
entrañable y religioso! El sombrero de Adela era ligero y un tanto
extravagante, como de niña que es capaz de enamorarse de un tenor de ópera: el
de Lucía era un sombrero arrogante y amenazador: se salían por el borde del
costurero las cintas carmesíes, enroscadas sobre el sombrero de Adela como un
boa sobre una tórtola: del fondo de seda negro, por los reflejos de un rayo de
sol que filtraba oscilando por una rama de la magnolia, parecían salir llamas.
Estaban las tres amigas en aquella pura edad en que
los caracteres todavía no se definen: ¡ay! ¡en esos mercados es donde suelen
los jóvenes generosos, que van en busca de pájaros azules, atar su vida a
lindos vasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores fuertes de la
vida, enseñan la zorra astuta, la culebra venenosa, el gato frío e impasible
que les mora en el alma!
La mecedora de Ana no se movía, tal como apenas en
sus labios pálidos la afable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en
su falda, como si siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo
se mantenía en su mecedora, que unas veces estaba cerca de Ana, otras de Lucía,
y vacía las más. La mecedora de Lucía, más echada hacia adelante que hacia
atrás, cambiaba de súbito de posición, como obediente a un gesto enérgico y
contenido de su dueña.
–Juan no viene: ¡te digo que Juan no viene!
–¿Por qué, Lucía, si sabes que si no viene te da
pena?
–¿Y no te pareció Pedro Real muy arrogante? Mira, mi
Ana, dame el secreto que tú tienes para que te quiera todo el mundo; porque ese
caballero, es necesario que me quiera.
En un reloj de bronce labrado, embutido en un ancho
plato de porcelana de ramos azules, dieron las dos.
–Lo ves, Ana, lo ves ya Juan no viene. Y se levantó
Lucía; fue a uno de los jarrones de mármol colocados entre cada dos columnas,
de las que de un lado y otro adornaban el sombreado patio; arrancó sin piedad
de su tallo lustroso una camelia blanca, y volvió silenciosa a su mecedora,
royéndole las hojas con los dientes.
–Juan viene siempre, Lucía.
Asomó en este momento por la verja dorada que
dividía el zaguán de la antesala que se abría al patio, un hombre joven,
vestido de negro, de quien se despedían con respeto y ternura uno de mayor
edad, de ojos benignos y poblada barba, y un caballero entrado en largos años,
triste, como quien ha vivido mucho, que retenía con visible placer la mano del
joven entre las suyas:
–Juan, ¿por qué nació Vd. en esta tierra?
–Para honrarla si puedo, don Miguel, tanto como Vd.
la ha honrado.
Fue la emoción visible en el rostro del viejo; y aún
no había desaparecido del zaguán, de brazo del de la buena barba, cuando Lucía,
demudado el rostro y temblándole en las pestañas las lágrimas, estaba en pie,
erguida con singular firmeza, junto a la verja dorada, y decía, clavando en
Juan sus dos ojos imperiosos y negros:
–Juan, ¿por qué no habías venido?
Adela estaba prendiendo en aquel momento en sus
cabellos rubios un jazmín del Cabo.
Ana cosía un lazo azul a una gorrita de recién
nacido, para la Casa de Expósitos.
–Fui a rogar, respondió Juan sonriendo dulcemente,
que no apremiasen por la renta de este mes a la señora del Valle.
–¿A la madre de Sol? ¿de Sol del Valle?
Y pensando en la niña de la pobre viuda, que no
había salido aún del colegio, donde la tenía por merced la Directora, se entró
Lucía, sin volver ni bajar la cabeza, por las habitaciones interiores, en
tanto que Juan, que amaba a quien lo amaba, la seguía con los ojos tristemente.
Juan Jerez era noble
criatura. Rico por sus padres, vivía sin el encogimiento egoísta
que desluce tanto a un hombre joven, mas sin aquella angustiosa abundancia,
siempre menor que los gastos y apetitos de sus dueños, con que los ricuelos de
poco sentido malgastan en empleos estúpidos, a que llaman placeres, la hacienda
de sus mayores. De sí propio, y con asiduo trabajo, se había ido creando
una numerosa clientela de abogado, en cuya engañosa profesión, entre nosotros perniciosamente
esparcida, le hicieron entrar, más que su voluntad, dada a más activas y
generosas labores, los deseos de su padre, que en la defensa de casos limpios
de comercio había acrecentado el haber que aportó al matrimonio su esposa. Y
así Juan Jerez, a quien la naturaleza había puesto aquella coraza de luz
con que reviste a los amigos de los hombres, vino, por esas preocupaciones
legendarias que desfloran y tuercen la vida de las generaciones nuevas en
nuestros países, a pasar, entre lances de curia que a veces le hacían sentir
ansias y vuelcos, los años más hermosos de una juventud sazonada e impaciente,
que veía en las desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, en
los esfuerzos estériles de una minoría viciada por crear pueblos sanos y
fecundos, de soledades tan ricas como desiertas, de poblaciones cuantiosas de
indios míseros, objeto más digno que las controversias forenses del esfuerzo y
calor de un corazón noble y viril.
Llevaba Juan Jerez en el rostro pálido, la nostalgia
de la acción, la luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los
deberes corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeños; y en los
ojos llevaba como una desolación, que solo cuando hacía un gran bien, o trabajaba en pro
de un gran objeto, se le trocaba, como un rayo de sol que entra en una tumba,
en centelleante júbilo. No se le dijera entonces un abogado de
estos tiempos, sino uno de aquellos trovadores que sabían tallarse, hartos ya
de sus propias canciones, en el mango de su guzla, la empuñadura de una espada.
El fervor de los cruzados encendía en aquellos breves instantes de heroica
dicha su alma buena; y su deleite, que le inundaba de una luz parecida a la de
los astros, era solo comparable a la vasta amargura, con que reconocía a poco
que en el mundo no encuentran auxilio, sino cuando convienen a algún
interés que las vicia, las obras de pureza. Era de la raza selecta de los
que no trabajan para el éxito, sino contra él. Nunca, en esos pequeños
pueblos nuestros donde los hombres se encorvan tanto, ni a cambio de provechos
ni de vanaglorias cedió Juan un ápice de lo que creía sagrado en sí, que era su
juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o por paga al servicio
de ideas o personas injustas; sino que veía Juan su inteligencia como una
investidura sacerdotal, que se ha de tener siempre de manera que no noten en
ella la más pequeña mácula los feligreses; y se sentía Juan, allá en sus
determinaciones de noble mozo, como un sacerdote de todos los hombres, que uno
a uno tenía que ir dándoles perpetua cuenta, como si fuesen sus dueños, del
buen uso de su investidura.
Y cuando veía que, como entre nosotros sucede con
frecuencia, un hombre joven, de palabra llameante y talento privilegiado,
alquilaba por la paga o por el puesto aquella insignia divina que Juan creía
ver en toda superior inteligencia, volvía los ojos sobre sí como llamas que le
quemaban, tal como si viera que el ministro de un culto, por pagarse la bebida
o el juego, vendiese las imágenes de sus dioses.
Estos soldados mercenarios de la inteligencia lo
tachaban por eso de hipócrita, lo que aumentaba la palidez de Juan Jerez, sin
arrancar de sus labios una queja. Y otros decían, con más razón aparente,
–aunque no en el caso de él, –que aquella entereza de carácter no era
grandemente meritoria en quien, rico desde la cuna, no había tenido que bregar
por abrirse camino, como tantos de nuestros jóvenes pobres, en pueblos donde
por viejas tradiciones coloniales, se da a los hombres una educación literaria,
y aun esta descosida e incompleta, que no halla luego natural empleo en
nuestros países despoblados y rudimentarios, exuberantes, sin embargo, en
fuerzas vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas, cuando para hacer
prósperas a nuestras tierras y dignos a nuestros hombres no habría más que
educarlos de manera que pudiesen sacar provecho del suelo providísimo en que
nacen.
A manejar la lengua hablada y escrita les enseñan,
como único modo de vivir, en pueblos en que las artes delicadas que nacen del
cultivo del idioma no tienen el número suficiente, no ya de consumidores, de
apreciadores siquiera, que recompensen, con el precio justo de estos trabajos
exquisitos, la labor intelectual de nuestros espíritus privilegiados. De modo
que, como con el cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan
naturales en los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas de
una niña quinceña; –como en las tierras calientes y floridas, se despierta
temprano el amor, que quiere casa, y lo mejor que haya en la ebanistería para
amueblarla, y la seda más joyante y la pedrería más rica para que a todos
maraville y encele su dueña; como la ciudad, infecunda en nuestros países
nuevos, retiene en sus redes suntuosas a los que fuera de ella no saben ganar
el pan, ni en ella tienen cómo ganarlo, a pesar de sus talentos, bien así como
un pasmoso cincelador de espadas de taza, que sabría poblar estas de
castellanas de larga amazona desmayadas en brazos de guerreros fuertes, y otras
sutiles lindezas en plata y en oro, no halla empleo en un villorrio de gente
labriega, que vive en paz, o al puñal o a los puños remite el término de sus contiendas;
como con nuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa y
Norteamérica, somos en nuestros propios países a manera de frutos sin mercado,
cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, y no como su
natural florecimiento, sucede que los poseedores de la inteligencia, estéril
entre nosotros por su mala dirección, y necesitados para subsistir de hacerla
fecunda, la dedican con exceso exclusivo a los combates políticos, cuando más
nobles, produciendo así un desequilibrio entre el país escaso y su política
sobrada, o, apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante
fuerte que los paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel
por nuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestos
servicios. De estas pesadumbres públicas venían hablando el de la barba larga,
el anciano de rostro triste, y Juan Jerez, cuando este, ligado desde niño por
amores a su prima Lucía, se entró por el zaguán de baldosas de mármol pulido,
espaciosas y blancas como sus pensamientos.
La bondad es la flor de la fuerza. Aquel Juan
brioso, que andaba siempre escondido en las ocasiones de fama y alarde, pero
visible apenas se sabía de una prerrogativa de la patria desconocida o del
decoro y albedrío de algún hombre hollados; aquel batallador temible y áspero,
a quien jamás se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano, las ofertas y
seducciones corruptoras a que otros vociferantes de temple venal habían
prestado oídos; aquel que llevaba siempre en el rostro pálido y enjuto
como el resplandor de una luz alta y desconocida, y en los ojos el centelleo de
la hoja de una espada; aquel que no veía desdicha sin que creyese deber suyo
remediarla, y se miraba como un delincuente cada vez que no podía poner remedio
a una desdicha; aquel amantísimo corazón, que sobre todo desamparo vaciaba su
piedad inagotable, y sobre toda humildad, energía o hermosura prodigaba
apasionadamente su amor, había cedido, en su vida de libros y abstracciones, a
la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretar sobre su corazón una
manecita blanca. La de esta o la de aquella le importaban poco; y él, en la
mujer, veía más el símbolo de las hermosuras ideadas que un ser real.
Lo que en el mundo corre con nombre de buenas
fortunas, y no son, por lo común, de una parte o de otra, más que
odiosas vilezas, habían salido, una que otra vez, al camino de aquel joven
rico a cuyo rostro venía, de los adentros del alma, la irresistible belleza de
un noble espíritu. Pero esas buenas fortunas, que en el primer instante llenan
el corazón de los efluvios trastornadores de la primavera, y dan al hombre la
autoridad confiada de quien posee y conquista; esos amoríos de ocasión, miel en
el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda más valiosa y más cara,
la de la propia limpieza; esos amores irregulares y sobresaltados, elegante
disfraz de bajos apetitos, que se aceptan por desocupación o vanidad, y roen
luego la vida, como úlceras, solo lograron en el ánimo de Juan Jerez despertar
el asombro de que so pretexto o nombre de cariño vivan hombres y mujeres, sin
caer muertos de odio a sí mismos, en medio de tan torpes liviandades.
Y no cedía a ellas, porque la repulsión que le
inspiraba, cualesquiera que fuesen sus gracias, una mujer que cerca de la mesa
de trabajo de su esposo o junto a la. cuna de su hijo no
temblaba de ofrecerlas, era mayor que las penosas satisfacciones que la
complicidad con una amante liviana produce a un hombre honrado.
Era la de Juan Jerez una de aquellas almas infelices
que solo pueden hacer lo grande y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de
los espectáculos que veía en sí mismo, y de los dolores y sorpresas de su
espíritu, unos versos extraños, adoloridos y profundos, que parecían dagas
arrancadas de su propio pecho, padecía de esa necesidad de la belleza que como
un marchamo ardiente, señala a los escogidos del canto. Aquella razón serena,
que los problemas sociales o las pasiones comunes no oscurecían nunca, se le
ofuscaba hasta hacerle llegar a la prodigalidad de sí mismo, en virtud de un
inmoderado agradecimiento. Había en aquel carácter una extraña y violenta
necesidad del martirio, y si por la superioridad de su alma le era difícil
hallar compañeros que se la estimaran y animasen, él, necesitado de darse,
que en su bien propio para nada se quería, y se veía a sí mismo como una
propiedad de los demás que guardaba él en depósito, se daba como un esclavo a
cuantos parecían amarle y entender su delicadeza o desear su bien.
Lucía, como una flor que el sol encorva sobre su
tallo débil cuando esplende en todo su fuego el mediodía; que como toda
naturaleza subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e
impaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza verdadera, amaba
lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos desalados, de los
ascensos por la montaña, de las noches de tempestad y de los troncos abatidos;
Lucía, que, niña aún, cuando parecía que la sobremesa de personas mayores en
los gratos almuerzos de domingo debía fatigarle, olvidaba los juegos de su
edad, y el coger las flores del jardín, y el ver andar en parejas por el agua
clara de la fuente los pececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas
blandas de su último sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojos
brillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como águilas, que Juan
reprimía siempre delante de gente extraña o común, pero dejaba salir a caudales
de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y de flores, apenas se sentía,
cual pájaro perseguido en su nido caliente, entre almas buenas que le
escuchaban con amor; Lucía, en quien un deseo se clavaba como en los peces se
clavan los anzuelos, y de tener que renunciar a algún deseo, quedaba rota y sangrando,
como cuando el anzuelo se le retira queda la carne del pez; Lucía, que con su
encarnizado pensamiento había poblado el cielo que miraba, y los florales cuyas
hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que lo escribía con
lápices de colores, y el pavimento a que con los brazos caídos sobre los
de su mecedora solía quedarse mirando largamente; de aquel nombre adorado de
Juan Jerez, que en todas partes por donde miraba le resplandecía, porque ella
lo fijaba en todas partes con su voluntad y su mirada como
los obreros de la fábrica de Eibar, en España, embuten los hilos de plata y de
oro sobre la lámina negra del hierro esmerilado; Lucía, que cuando veía entrar
a Juan, sentía resonar en su pecho unas como
arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles, unas
rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo veía
salir, le tendía con desdén la mano fría,
colérica de que se fuese, y no podía hablarle, porque se le llenaban de lágrimas
los ojos; Lucía, en quien las flores de la edad escondían la lava candente que
como las vetas de metales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho;
Lucía, que padecía de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los
ojos de Juan Jerez, puesto que era pura, sintió una .noche, una noche de su santo, en que antes de salir para el teatro se
abandonaba a sus pensamientos con una mano puesta sobre el mármol del espejo,
que Juan Jerez, lisonjeado por aquella magnífica tristeza, daba un beso, largo
y blando, en su otra mano. Toda la habitación le pareció a Lucía llena de
flores; del cristal del espejo creyó ver salir llamas; cerró los ojos, como se
cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como si la felicidad
tuviese también su pudor, y para que no cayese en tierra, los mismos brazos de
Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo a aquel cuerpo envuelto en
tules blancos, de que en aquella hora de nacimiento parecía brotar luz. Pero
Juan aquella noche se acostó triste, y Lucía misma, que amaneció junto a la ventana
en su vestido de tules, abrigados los hombros en una aérea nube azul, se
sentía, aromada como un vaso de perfumes, pero seria y recelosa...
–Ana mía, Ana mía, aquí está Pedro Real, ¡Míralo qué
arrogante!
–Arrodíllate, Adela: arrodíllate ahora mismo, le
respondió dulcemente Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes
cabellos castaños; mientras que Juan, que venía de hacer paces con Lucía
refugiada en la antesala, salía a la verja del zaguán a recibir al amigo de la
casa.
Adela se arrodilló, cruzados los brazos sobre las
rodillas de Ana; y Ana hizo como que le vendaba los labios con una cinta azul,
y le dijo al oído, como quien ciñe un escudo o ampara de un golpe, estas
palabras:
–Una niña honesta no deja conocer que le gusta un
calavera, hasta que no haya recibido de él tantas muestras de respeto, que
nadie pueda dudar que no la solicita para su juguete.
Adela se levantó riendo, y puestos los ojos, entre
curiosos y burlones, en el galán caballero, que del brazo de Juan venía .hacia ellas, lo esperó de pie al lado de Ana, que con su serio
continente, nunca duro, parecía querer atenuar en favor de Adela misma, su
excesiva viveza. Pedro, aturdido y más amigo de las mariposas que de las
tórtolas, saludó a Adela primero.
Ana retuvo un instante en su mano delgada la de
Pedro, y con aquellos derechos de señora casada que da a las jóvenes la
cercanía de la muerte.
–Aquí, le dijo, Pedro: aquí toda esta tarde a mi
lado. ¡Quién sabe si, enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le
pesaba a la pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! ¡Quién
sabe si quería solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno de
aquella luz de belleza, se lastimase las alas!
Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba,
resplandecía. Y aunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia
estaba brillando aquella tarde, alrededor de Ana se veía una claridad de
estrella. Corrían arroyos dulces por los corazones cuando estaba en presencia
de ella. Si cantaba, con una voz que se esparcía por los adentros del alma,
como la luz de la mañana por los campos verdes, dejaba en el espíritu una grata
intranquilidad, como de quien ha entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo,
aquellas musicales claridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar
a quien lo hace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablaba
aquella dulce Ana, purificaba.
Pedro era bueno, y comenzó a alabarle, no el rostro,
iluminado ya por aquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y
aterra a las almas vulgares, sino el ajuar de niño a que estaba poniendo Ana
las últimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosía, y armaba lazos, y
los probaba en diferentes lados del gorro de recién nacido: Adela súbitamente
se había convertido en una ..gran
trabajadora. Ya no saltaba de un lugar a otro, como cuando
juntas conversaban hacía un rato ella, Ana y Lucía, sino que había puesto su
silla muy junto a la de Ana. Y ella también, iba a estar sentada al lado de Ana
toda la tarde. En sus mejillas pálidas, había dos puntos encendidos que ganaban
en viveza a las cintas del gorro, y realzaban la mirada impaciente de sus ojos
brillantes y atrevidos. Se le desprendía el cabello inquieto, como si quisiese,
libre de redes, soltarse en ondas libres por la espalda. En los movimientos
nerviosos de su cabeza, dos o tres hojas de la rosa encarnada que llevaba
prendida en el peinado, cayeron al suelo. Pedro las veía caer. Adela, locuaz y
voluble, ya andaba en la canastilla, ya revolvía en la falda de Ana los adornos
del gorro, ya cogía como útil el que acababa de desechar con un mohín de
impaciencia, ya sacudía y erguía un momento la ligera cabeza, fina y rebelde,
como la de un potro indómito. Sobre las losas de mármol blanco se
destacaban, como gotas de sangre, las hojas de rosa.
Se hablaba de aquellas cosas banales de que
conversaba en estas tertulias de domingo, la gente joven de nuestros países. El
tenor, ¡oh el tenor! había estado admirable. Ella se moría por las voces del
tenor. Es un papel encantador el de Francisco I. Pero la señora de Ramírez,
¡cómo había tenido el valor de ir vestida con los colores del partido que
fusiló a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partido
contrario, que firmó como auditor en el proceso del señor Ramírez. Es muy buen
mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la señora Ramírez ha gastado mucho, ya
no es tan rica como antes: tuvo a siete bordadoras empleadas un mes en bordarle
de oro el vestido de terciopelo negro que llevó a Rigoletto, era
muy pesado el vestido. ¡Oh! ¿Y Teresa Luz? lindísima, Teresa Luz: bueno, la
boca, sí, la boca no es perfecta, los labios son demasiado finos; ¡ah, los
ojos! bueno, los ojos son un poco fríos, no calientan, no penetran: pero qué
vaguedad tan dulce; hacen pensar en las espumas de la mar. Y, ¡cómo persigue a
María Vargas ese caballerete que ha venido de París, con sus versos copiados de
François Coppée, y su política de alquiler, que vino, sirviendo a la oposición
y ya está poco menos que con el Gobierno! El padre de María Vargas va a ser
ministro y él quiere ser diputado. Elegante sí es. El peinado es ridículo, con
la raya en mitad de la cabeza y la frente escondida bajo las ondas. Ni a las
mujeres está bien eso de cubrirse la frente, donde está la luz del rostro. Que
el cabello la sombree un poco con sus ondas naturales; pero ¿a qué cubrir la
frente, espejo donde los amantes se asoman a ver su propia alma, tabla de
mármol blanco donde se firman las promesas puras, nido de las manos lastimadas
en los afanes de la vida?
Cuando se padece mucho, no se desea un beso en los
labios sino en la frente. Y ese mismo poetín lo dijo muy bien el otro día en
sus versos "A una niña muerta", era algo así como esto: Las rosas del
alma suben a las mejillas: las estrellas del alma, a la frente. Hay algo de
tenebroso y de inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela, no, a Vd. le
está encantadora esa selva de ricitos: así pintaban en los cuadros de antes a
los cupidos revoloteando sobre la frente de las diosas. No, Adela, no le hagas
caso: esas frentes cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensan unas cosas,
que las mujeres se cubren la frente, de miedo de que se las vean. Oh, no, Ana:
¿qué han de pensar Vds. más que jazmines y claveles? Pues que no, Pedro: rompa
Vd. las frentes, y verá dentro, en unos tiestitos que parecen bocas abiertas,
unas plantas secas, que dan unas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba así
ennobleciendo la conversación, porque Dios le había dado el
privilegio de las flores: el de perfumar. Adela, silenciosa hacía un
momento, alzó la cabeza y mantuvo algún tiempo los ojos fijos delante de sí,
viendo cómo el perfil céltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se
destacaba, a la luz sana de la tarde, sobre el zócalo del mármol que revestía
una de las anchas columnas del corredor de la casa. Bajó la cabeza, y a este
movimiento, se desprendió de ella la rosa encarnada, que cayó deshaciéndose a
los pies de Pedro.
Juan y Lucía aparecieron por el corredor, ella como
arrepentida y sumisa, él como siempre sereno y bondadoso. Hermosa era la
pareja, tal como se venían lentamente acercando al grupo de sus amigas en el
patio. Altos los dos, Lucía más de lo que sentaba a sus años y sexo, Juan, de
aquella elevada estatura, realzada por las proporciones de las formas, que en
sí misma lleva algo de espíritu, y parece dispuesta por la naturaleza al
heroísmo y al triunfo.
Y allá, en la penumbra del corredor, como un rayo de
luz diese sobre el rostro de Juan, y de su brazo, aunque un poco a su zaga,
venía Lucía, en la frente de él, vasta y blanca, parecía que se abría una rosa
de plata: y de la de Lucía se veían solo, en la sombra oscura del rostro, sus
ojos llameantes, como dos amenazas.
–Esta Ana imprudente, dijo Juan con su voz de
caricia: ¿cómo no tiene miedo a este aire del crepúsculo?
–¡Pero si es ya el mío natural, Juan querido! Vamos,
Pedro: deme el brazo.
–Pero pronto, Pedro, que esta es la hora en que los
aromas suben de las flores, y si no la haces presa, se nos escapa.
–¡Este Juan bueno! ¿No es verdad, Juan, que Lucía es
una loca? Ya Adela y Pedro me están al lado cuchicheando, de apetito. Vamos,
pues, que a esta hora la gente dichosa tiene deseo de tomar el chocolate.
El chocolate fragante les esperaba, servido en una
mesa de ónix, en la linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan
siempre los jóvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor, con dos
caballeros de edad, discutía las cosas públicas el buen tío de Lucía y Ana,
caballero de gorro de seda y pantuflas bordadas. La abuelita de la casa, la
madre del señor tío, no salía ya de su alcoba, donde recordaba y rezaba.
La antesala era linda y pequeña, como que se tiene
que ser pequeño para ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado,
suspendidos en un ramo del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipán
simuladas en bronce, caía sobre la mesa de ónix la claridad anaranjada y suave
de la lámpara de luz eléctrica incandescente. No había más asientos que
pequeñas mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra.
El pavimento de mosaico de colores tenues que, como
el de los atrios de Pompeya, tenía la inscripción “Salve”, en el umbral, estaba
lleno de banquetas revueltas, como de habitación en que se vive: porque las
habitaciones se han de tener lindas, no para enseñarlas, por vanidad, a las
visitas, sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo
bello. Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el alma,
todo, libros y cuadros, negocios y afectos, ¡aun en nuestros países azules!
Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor, ornando las paredes,
animando los rincones donde se refugia la sombra, objetos bellos, que la
coloreen y la disipen.
Linda era la antesala, pintado el techo con los
bordes de guirnaldas de flores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos
de roble liso dorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de
Pasini, grabados .en Goupil; de dos en dos estaban colgados los
cuadros, y entre cada dos grupos de ellos, un estantillo de ébano, lleno de
libros, no más ancho que los cuadros, ni más alto ni bajo que el grupo. En la
mitad del testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbelta columna
de mármol negro sustentaba un aéreo busto de la Mignon de Goethe, en mármol
blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de Tokio, de ramazones
azules, Ana ponía siempre mazos de jazmines y de lirios.
Una vez la traviesa Adela había colgado al cuello de
Mignon una guirnalda de claveles encarnados. En este testero no había libros,
ni cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la triste niña, y
distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Y en las esquinas
de la habitación, en caballetes negros, sin ornamentos dorados, ostentaban su
rica encuadernación cuatro grandes volúmenes.El Cuervo, de Edgar Poe, el
Cuervo desgarrador y fatídico, con láminas, de Gustavo Doré, que se llevan
la mente por los espacios vagos en alas de caballos sin freno: el Rubaiyat el
poema persa, el poema del vino moderado y las rosas frescas, con los dibujos
apodícticos del norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito,
empastado en seda lila, de Las Noches, de Alfredo Musset; y
un Wilhelm Meister, el libro de Mignon, cuya pasta original,
recargada de arabescos insignificantes, había hecho reemplazar Juan, en París,
por una de tafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan
claros como el alma de la niña, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas,
porque no hubo en aquella vaporosa vida; ópalos, como sus sueños; y un rubí
grande y saliente, como su corazón hinchado y roto. En aquel singular regalo a
Lucía, gastó Juan sus ganancias de un año. Por los bajos de la pared, y a
manera de sillas, había, en trípodes de ébano, pequeños vasos chinos, de
colores suaves, con mucho amarillo y escaso rojo. Las paredes, pintadas
al óleo, con guirnaldas de flores, eran blancas. Causaba aquella antesala, en
cuyo arreglo influyó Juan, una impresión de fe y de luz.
Y allí se sentaron los cinco jóvenes, a gustar en
sus tazas de coco el rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era
famosa. No tenía mucho azúcar, ni era espeso. ¡Para gente mayor, el chocolate
espeso! Adela, caprichosa, pedía para sí la taza que tuviese más espuma.
–Esta, Adela: le dijo Juan, poniendo ante ella,
antes de sentarse, una de las tazas de coco negro, en la que la espuma hervía,
tornasolada.
–¡Malvado! le dijo Adela, mientras que todos reían,
¡me has dado la de la ardilla!
Eran unas tazas, extrañas también, en que
Juan, amigo de cosas patrias, había sabido hacer que el artífice combinara la
novedad y el arte.
Las tazas eran de esos coquillos negros de
óvalo perfecto, que los indígenas realzan con caprichosas labores y leyendas,
sumisas estas como su condición, y aquellas pomposas, atrevidas y extrañas, muy
llenas de alas y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y
desconocido que la conquista hundió en la tierra, a botes de lanza. Y estos
coquillos negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior
trabajados en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode de
plata, formada por un atributo de algún ave o fiera de América, y las dos asas
eran dos preciosas miniaturas, en plata también, del animal simbolizado en la
trípode. En tres colas de ardilla se asentaba la taza de Adela, y a su
chocolate se asomaban las dos ardillas, como a un mar de nueces. Dos quetzales
altivos, dos quetzales de cola de tres plumas, larga la del centro como una
flecha verde, se asían a los bordes de la taza de Ana: ¡el quetzal noble, que
cuando cae cautivo o ve rota la pluma larga de su cola, muere! Las asas
de la taza de Lucía eran dos pumas elásticos y fieros, en la opuesta colocación
de dos enemigos que se acechan: descansaba sobre tres garras de puma, el león
americano. Dos águilas eran las asas de la de Juan; y la de Pedro, la del buen
mozo Pedro, dos monos capuchinos.
Juan quería a Pedro, como los espíritus fuertes
quieren a los débiles, y como, a modo de nota de color o de grano de locura,
quiere, cual forma suavísima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo
es.
Los hombres austeros tienen en la compañía
momentánea de esos pisaverdes alocados el mismo género de placer que las damas
de familia que asisten de tapadillo a un baile de máscaras. Hay cierto espíritu
de independencia en el pecado, que lo hace simpático cuando no es excesivo.
Pocas son por el mundo las criaturas que, hallándose con las encías provistas
de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un placer más
profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos. Pues, ¿para qué es la
dentadura, se dicen los más; sobre todo cuando la tienen buena, sino para
lucirla, y triturar los manjares que se lleguen a la boca? Y Pedro era de los
que lucían la dentadura.
Incapaz, tal vez, de causar mal en conciencia, el
daño estaba en que él no sabía cuándo causaba mal, o en que, siendo la
satisfacción de un deseo, él no veía en ella mal alguno, sino que toda
hermosura, por serlo, le parecía de él, y en su propia belleza, la belleza
funesta de un hombre perezoso y adocenado, veía como un título natural, título
de león, sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son sus bellas
criaturas. Pedro tenía en los ojos aquel inquieto centelleo que subyuga y
convida: en actos y palabras, la insolente firmeza que da la costumbre de la
victoria, y en su misma arrogancia tal olvido de que la tenía, que era la
mayor perfección y el más temible encanto de ella.
Viajero afortunado; con el caudal ya corto de su
madre, por tierras de afuera, perdió en ellas, donde son pecadillos las que a
nosotros nos parecen con justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer
sin el que, por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lícito
gozar, puesto que no le es lícito creer en el amor de la más limpia criatura.
Todos aquellos placeres que no vienen derechamente y en razón de los afectos
legítimos, aunque sean champaña de la vanidad, son acíbar de la memoria.
Eso en los más honrados, que en los que no lo son, de tanto andar entre frutas
estrujadas, llegan a enviciarse los ojos de manera que no tienen más arte ni
placer que los de estrujar frutas. Solo Ana, de cuantas jóvenes había conocido
a su vuelta de las malas tierras de afuera, le había inspirado, aun antes
de su enfermedad, un respeto que en sus horas de reposo solía trocarse en un
pensamiento persistente y blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jamás
hubiera puesto a aquel turbulento mancebo de señor de su alma apacible, como un
palacio de nácar; pero que, por esa fatal perversión que atrae a los espíritus
desemejantes, no había visto sin un doloroso interés y una turbación
primaveral, aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta por la naturaleza
como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunos cantantes transportar
a inefables deliquios y etéreas esferas a sus oyentes, con la expresión en
notas querellosas y cristalinas, blancas como palomas o agudas como puñales, de
pasiones que sus espíritus burdos son incapaces de entender ni sentir. ¿Quién
no ha visto romper en actos y palabras brutales contra su
delicada mujer a un tenor que acababa de cantar, con sobrehumano poder, el
"Spirto Gentil" de la Favorita? Tal la
hermosura sobre las almas escasas.
Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres
incorruptibles, por aquella benignidad de los espíritus superiores, por aquella
afición a lo pintoresco de las imaginaciones poéticas, y por lazos de niño, que
no se rompen sin gran dolor del corazón, Juan quería a Pedro.
Hablaban de las últimas modas, de que en París se
rehabilita el color verde, de que en París, decía Pedro, nada más se vive.
–Pues yo no, decía Ana. Cuando Lucía sea ya señora
formal, adonde vamos los tres es a Italia y a España: ¿verdad, Juan?
–Verdad, Ana. Adonde la naturaleza es bella y el
arte ha sido perfecto. A Granada, donde el hombre logró lo que no ha logrado en
pueblo alguno de la tierra: cincelar en las piedras sus sueños: a
Nápoles, donde el alma se siente contenta, como si hubiera llegado a su
término. ¿Tú no querrás, Lucía?
–Yo no quiero que tú veas nada, Juan. Yo te haré‚ en
ese cuarto la Alhambra, y en este patio Nápoles; y tapiaré las puertas, ¡y así
viajaremos!
Rieron todos; pero Adela ya había echado camino de
París, quién sabe con qué compañero, los deseos alegres. Ella quería saberlo
todo, no de aquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa,
leyendo libros buenos, después de curiosear discretamente por entre las
novedades francesas, y estudiar con empeño tanta riqueza artística como París
encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que en París
generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempre adolorido; la vida
de las heroínas de teatro, de las gentes que se enseñan, damas que enloquecen,
de los nababs que deslumbran con el pródigo empleo de su fortuna.
Y mientras que Juan, generoso, dando suelta al
espíritu impaciente, sacaba ante los ojos de Lucía, para que se le fuese
aquietando el carácter, y se preparaba a acompañarle por el viaje de la
existencia, las interioridades luminosas de su alma peculiar y excelsa, y decía
cosas que, por la nobleza que enseñaban o la felicidad que prometían, hacían
asomar lágrimas de ternura y de piedad a los ojos de Ana, –Adela y Pedro, en
plena Francia, iban y venían, como del brazo, por bosques y bulevares. “La
Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es la más bonita de París.
En las carreras es donde se lucen los mejores vestidos. ¡Qué linda estaría
Adela, en el pescante de un coche de carreras, con un vestido de lila muy
suave, adornado con pasamanería de plata! ¡Ah, y con un guía como Pedro, que
conocía tan bien la ciudad, qué pronto no se estaría al corriente de todo!
¡Allí no se vive con estas trabas de aquí, donde todo es malo!
La mujer es aquí una esclava disfrazada: allí es
donde es la reina. Eso es París ahora: el reinado de la mujer. Acá, todo es
pecado: si se sale, si se entra, si se da el brazo a un amigo, si se lee un
libro ameno. ¡Pero esa es una falta de respeto, eso es ir contra las obras de
la naturaleza! ¿Porque una flor nace en un vaso de Sevres, se la ha de privar
del aire y de la luz? ¿Porque la mujer nace más hermosa que el hombre, se le ha
de oprimir el pensamiento, y so pretexto de un recato gazmoño, obligarla a que
viva, escondiendo sus impresiones, como un ladrón esconde su tesoro en una
cueva? Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres más lindas de París son las
sudamericanas. ¡Oh, no habría en París otra tan chispeante como ella!”
–Vea, Pedro, interrumpió a este punto Ana, con
aquella sonrisa suya que hacía más eficaces sus reproches, déjeme quieta a
Adela. Ud. sabe que yo pinto, ¿verdad? . .
–Pinta unos cuadritos que parecen música; todos
llenos de una luz que sube; con muchos ángeles y serafines. ¿Por qué no nos
enseñas el último, Ana mía? Es lindísimo, Pedro, y sumamente extraño.
–¡Adela, Adela!
–De veras que es muy extraño. Es como en una esquina
de jardín y el cielo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen
mozo... vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos asombrado.
Acaba de romper un lirio, que ha caído a sus pies, y le han quedado las manos
manchadas de sangre.
–¿Qué le parece, Pedro, de mi cuadro?
–Un éxito seguro. Yo conocí en París a un pintor de
México, un Manuel Ocaranza, que hacía cosas como esas.
–Entre los caballeros que rompen o manchan lirios
quisiera yo que tuviese éxito mi cuadro. ¡Quién pintara de veras, y
no hiciera esos borrones míos! Pedro: borrón y todo, en cuanto me ponga
mejor, voy a hacer una copia para Vd.
–¡Para mí! Juan, ¿por qué no es este el tiempo en
que no era mal visto que los caballeros besasen la mano a las damas?
–Para Vd., pero a condición de que lo ponga en
un lugar tan visible que por todas partes le salte a los
ojos. Y, ¿por qué estamos hablando ahora de mis obras maestras? ¡Ah! porque Vd.
me le hablaba a Adela mucho de París. ¡Otro cuadro voy a empezar en cuanto me
ponga buena! Sobre una colina voy a pintar un monstruo sentado. Pondré la luna
en cenit, para que caiga de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permita
simular con líneas de luz en las partes salientes los edificios de París más
famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por el contraste del
perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo, con cabeza de mujer,
estará devorando rosas. Allá por un rincón se verán jóvenes flacas y
desmelenadas que huyen, con las túnicas rotas, levantando las manos al cielo.
–Lucía, dijo Juan reprimiendo mal las lágrimas, al
oído de su prima, siempre absorta: ¡y que esta pobre Ana se nos muera!
Pedro no hallaba palabras oportunas, sino aquella
confusión y malestar que la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en
la compañía íntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra, a manera
de visión, extinguiéndose plácidamente, con la feliz capacidad de adivinar las
cosas puras, sobrehumanas, y la hermosa indignación por la batalla de apetitos
feroces en que se consume la tierra.
–De fieras, yo conozco dos clases, decía una vez
Ana: una se viste de pieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se
viste de trajes elegantes, come animales y almas y anda sobre una
sombrilla o un bastón. No somos más que fieras reformadas.
Aquella Ana, cuando estaba en la intimidad, solía
decir de estas cosas singulares. ¿Dónde había sufrido tanto la pobre niña
salida apenas del círculo de su casa venturosa, que así había aprendido a
conocer y perdonar? ¿Se vive antes de vivir? ¿O las estrellas, ganosas de hacer
un viaje de recreo por la tierra, suelen por algún tiempo alojarse en un cuerpo
humano? ¡Ay! por eso duran tan poco los cuerpos en que se alojan las estrellas.
–¿Conque Ana pinta, y “La Revista de Artes” está
buscando cuadros de autores del país que dar a conocer, y este Juan pecador no
ha hecho ya publicar esas maravillas en “La revista”?
–Esta Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la
queramos sacar a luz. Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los
juzgue bastante acabados para resistir la crítica. Pero la verdad es,
Ana, que Pedro Real tiene razón.
–¿Razón, Pedro Real? dijo Ana con una risa
cristalina, de madre generosa. No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que,
no son absolutamente necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacer
enteramente bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras en lo hondo
de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, me quedan luego en
la tela tan contrahechas y duras que creo que mis visiones me van a castigar, y
me regañan, y toman mis pinceles de la caja, y a mí de una oreja, y me llevan
delante del cuadro para que vea cómo borran coléricas la mala pintura que hice
de ellas. Y luego, ¿qué he de saber yo, sin más dibujo que el que me enseñó el
señor Mazuchellí, ni más colores que estos tan pálidos que saco de mí misma?
Seguía Lucía con ojos inquietos la fisonomía de
Juan, profundamente interesado en lo que en uno de esos momentos de explicación
de sí mismos que gustan de tener los que llevan algo en sí y se sienten morir,
iba diciendo Ana. ¡Qué Juan aquel, que la tenía al lado, y pensaba en otra
cosa! Ana, sí, Ana era muy buena; pero ¿qué derecho tenía Juan a olvidarse
tanto de Lucía, y estando a su lado, poner tanta atención en las rarezas de
Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella debía ser su único pensamiento. Y apretaba
sus labios; se le encendían de pronto, como de un vuelco de la sangre las
mejillas; enrollaba nerviosamente en el dedo índice de la mano izquierda un
finísimo pañuelo de batista y encaje. Y lo enrolló tanto y tanto, y lo
desenrollaba con tal violencia, que yendo rápidamente de una mano a la otra, el
lindo pañuelo parecía una víbora, una de esas víboras blancas que se ven en la
costa yucateca.
–Pero no es por eso por lo que no enseño yo a nadie
mis cuadritos, siguió Ana; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o
me entristezco como una loca, sin saber por qué: salto de contento, yo que no
puedo saltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he dado a unos
ojos, o a la tórtola viuda que pinté el mes pasado, la expresión que yo quería;
y si pinto una desdicha, me parece que es de veras, y me paso horas enteras
mirándola, o me enojo conmigo misma si es de aquellas que yo no puedo remediar,
como en esas dos telitas mías que tú conoces, Juan, La madre sin hijo,
y el hombre que se muere en un sillón, mirando en la chimenea el fuego
apagado: El hombre sin amor. No se ría, Pedro, de esta colección de
extravagancias. Ni diga que estos asuntos son para personas mayores; las
enfermas son como unas viejitas, y tienen derecho a esos atrevimientos.
–Pero, ¿cómo, le dijo Pedro subyugado, no han de
tener sus cuadros todo el encanto y el color de ópalo de su alma?
–¡Oh! ¡oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de
buen gusto ser lisonjero. La lisonja en la conversación, Pedro, es ya como la
Arcadia en la pintura: ¡cosa de principiantes!
–Pero, ¿por qué decías, puso aquí Juan, que no
querías exhibir tus cuadros?
–Porque como desde que los imagino hasta que los
acabo voy poniendo en ellos tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas,
sino mi alma misma, y me da vergüenza de que me la vean, y me parece que he
pecado con atreverme a asuntos que están mejor para nube que para colores, y
como solo yo sé‚ cuánta paloma arrulla, y cuánta violeta se abre, y cuánta
estrella lucen lo que pinto; como yo sola siento cómo me duele el corazón, o se
me llena todo el pecho de lágrimas o me laten las sienes, como si me las azotasen
alas, cuando estoy pintando; como nadie más que yo sabe, que esos pedazos de
lienzo, por desdichados que me salgan, son pedazos de entrañas mías en que he
puesto con mi mejor voluntad lo mejor que hay en mí, ¡me da como una soberbia
de pensar que si los enseño en público, uno de esos críticos sabios o
caballerines presuntuosos me diga, por lucir un nombre recién aprendido de
pintor extranjero, o una linda frase, que esto que yo hago es de Chaplin o de
Lefevre, o a mi cuadrito Flores vivas, que he descargado sobre él
una escopeta llena de colores! ¿Te acuerdas? ¡como si no supiera yo que cada
flor de aquellas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres
o cuatro personas de un mismo carácter, antes de simbolizar el carácter en una
flor; como si no supiese yo quién es aquella rosa roja, altiva, con sombras
negras, que se levanta por sobre todas las demás en su tallo sin hojas, y
aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese a hacerse pájaro y a tender a él
las alas, y aquel aguinaldo lindo que trepa humildemente, como un niño
castigado, por el tallo de la rosa roja! ¡Malos! ¡escopeta cargada de colores!
–Ana: yo sí que te recogería a ti, con tu raíz, como
una flor, y en aquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir, te tendría
perpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma.
–Juan, dijo Lucía, como a la vez conteniéndose y
levantándose: ¿quieres venir a oír el M'odi tu, que me trajiste el
sábado? ¡No lo has oído todavía!
–¡Ah!, y a propósito, no saben Vds., dijo Pedro como
poniéndose ya en pie para despedirse, que la cabeza ideal que ha publicado en
su último número “La Revista de Artes”...
–¿Qué cabeza? preguntó Lucía, ¿una que parece
de una virgen de Rafael, pero con ojos americanos, con un talle que parece el
cáliz de un lirio?
–Esa misma, Lucía: pues no es una cabeza ideal, sino
la de una niña que va a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es
un pasmo de hermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.
Se puso en pie Lucía con un movimiento que pareció
un salto; y Juan alzó del suelo, para devolvérselo, el pañuelo, roto.
Como veinte años antes de la historia que vamos
narrando, llegaron a la ciudad donde sucedió, un caballero de mediana edad y su
esposa, nacidos ambos en España, de donde, en fuerza de cierta indómita
condición del honrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las
gentes del poder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidió al fin
salir el señor don Manuel; no tanto porque no le bastase al sustento su humilde
mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tenía, por moverse o por estarse
quedo, al guindilla, como llaman allá al policía, encima; y porque, a
consecuencia de querer la libertad limpia y para buenos fines, se quedó con tan
pocos amigos entre los mismos que parecían defenderla, y lo miraban como a un
celador enojoso, que esto más le ayudó a determinar, de un golpe de
cabeza; venir a “las Repúblicas de América”, imaginando, que donde no
había reina liviana, no habría gente oprimida, ni aquella traílla de cortesanos
perezosos y aduladores, que a don Manuel le parecían vergüenza rematada de su
especie, y, por ser hombre él, como un pecado propio.
Era de no acabar de oírle, y tenerle que rogar que
se calmase, cuando con aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no
sin su buena cerrazón de truenos y relámpagos y unas amenazas grandes como
torres, los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando
ligerezas ajenas querían hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o
tal historia de un capitán de guardias, que pareció bien en la corte con su
ruda belleza de montañés y su cabello abundante y alborotado, y apenas entrevió
su buena fortuna tomó prestados unos dineros, con que enrizarse, en lo del
peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestir de paño bueno, y en lo
del calzador comprarse unos botitos, con que estar galán en la hora en que
debía ir a palacio, donde al volver el capitán con estas donosuras, pareció tan
feo y presumido que en poco estuvo que perdiese algo más que la capitanía. Y de
unas jiras, o fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, así como de
ciertas cenas en la fonda de un francés, que cuando contaba de ellas no podía
estar sentado; y daba con el puño sobre la mesa que le andaba cerca, como para
acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abría cuantas ventanas o
puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen caballero español, de santa ira,
la cual, como apenado luego de haberle dado riendas en tierra
que al fin no era la suya, venía siempre a parar en que don Manuel tocase en la
guitarra que se había traído cuando el viaje, con una ternura que solía
humedecer los ojos suyos y los ajenos, unas serenatas de su propia
música, que más que de la rondalla aragonesa que le servía como de
arranque yritornello, tenía de desesperada canción de amores de un
trovador muerto de ellos por la dama de un duro castellano, en un castillo,
allá tras de los mares, que el trovador no había de ver jamás.
En esos días la linda doña Andrea, cuyas largas
trenzas de color castaño eran la envidia de cuantas se las conocían, extremaba
unas pocas habilidades de cocina, que se trajo de España, adivinando que
complacería con ellas más tarde a su marido. Y cuando en el cuarto de los
libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba don Manuel,
sacudiéndose más que echándose sobre uno y otro hombro alternativamente los
cabos de la capa que so pretexto de frío se quitaba raras veces, era fijo que
andaba entrando y saliendo por la cocina, con su cuerpo elegante y modesto, la
buena señora doña Andrea, poniendo mano en un pisto manchego, o aderezando
unas farinetas de Salamanca que a escondidas había pedido a sus parientes en
España, o preparando, con más voluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos
primores, que acababan de calmar las iras del republicano, jamás dijo mal don
Manuel del Valle, aun cuando en sus adentros reconociese que algo se había
quemado allí, o sufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o
entrambos. ¡Fuera de la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las
piedras negras parece que sale luz de astro!
Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que
nunca, por muchos que fueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni
excesivos ni escasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan
por el mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las gentes de
talento menesterosas, con tal que estas se presten a ayudar con sus habilidades
el éxito de las tramas con que aquellos promueven y sustentan su fortuna:
de tal modo que, si se va a ver, está hoy viviendo la gente con tantas mañas, que
es ya hasta de mal gusto ser honrado.
En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el
país, escribió el señor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y
descompuesta, sus azotainas contra las monarquías y vilezas que engendra, y sus
himnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, de que
"los campos nuevos y los altos montes y los anchos ríos de esta linda
América, parecen natural sustento".
Mas a poco de esto, hacía
veinticinco años a la fecha de nuestra historia, tales cosas iba
viendo nuestro señor don Manuel que volvió a tomar la capa, que por inútil
había colgado en el rincón más hondo del armario, y cada día se fue
callando más, y escribiendo menos, y arrebujándose mejor en ella, hasta
que guardó las plumas, y muy apegado ya a la clemente temperatura del país y al
dulce trato de sus hijos para pensar en abandonarlo, determinó abrir escuela;
si bien no introdujo en el arte de enseñar, por no ser aún este muy sabido
tampoco en España, novedad alguna que acomodase mejor a la educación de los
hispanoamericanos fáciles y ardientes, que los torpes métodos en uso, ello es
que con su Iturzaeta y su Aritmética de Krüger y su Dibujo Lineal, y unas
encendidas lecciones de Historia, de que salía bufando y escapando Felipe
Segundo como comido de llamas, el señor Valle sacó una generación de
discípulos, un tanto románticos y dados a lo maravilloso, pero que fueron a su
tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los gobiernos tiránicos. Tanto
que hubo vez en que, por cosas como las de poner en su lugar a Felipe Segundo,
estuvo a punto el señor don Manuel de ir, con su capa y su cuaderno de
Iturzaeta, a dar en manos de los guindillas americanos "en estas
mismísimas Repúblicas de América". A la fecha de nuestra historia, hacía
ya unos veinticinco años de esto.
Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba año sin
que los discípulos tuviesen ocasión de celebrar, cuál con una gallina, cuál con
un par de pichones, cuál con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo
de la casa.
–Y ¿qué ha sido, don Manuel? ¿Algún Aristogitón que
haya de librar a la patria del tirano?
–¡Calle Vd., paisano: calle Vd: Un malakoff más!
Malakoff, llamaban entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo
que en llano se ha llamado siempre miriñaque o crinolina.
Y don Manuel quería mucho a sus hijos, y se prometía
vivir cuanto pudiese para ellos; pero le andaba desde
hacía algún tiempo por el lado izquierdo del pecho un carcominillo
que le molestaba de verdad, como una cestita de llamas que estuviera allí
encendida, de día y de noche, y no se apagase nunca. Y como cuando la cestita
le quemaba con más fuerza sentía él un poco paralizado el brazo del corazón, y
todo el cuerpo vibrante, como las cuerdas de un violín, y después de eso le
venían de pronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por
tierra, que le ponían muy triste, aquel buen don Manuel no veía sin susto como
le iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte habían de ser más un
estorbo que una ayuda para “esa pobre Andrea, que es mujer muy señora y bonaza,
pero ¡para poco, para poco!”
Cinco hijas llegó a tener don Manuel del
Valle, mas antes de ellas le había nacido un hijo, que desde niño empezó a dar
señales de ser alma de pro. Tenía gustos raros y bravura desmedida, no tanto
para lidiar con sus compañeros, aunque no rehuía la lidia en casos
necesarios, como para afrontar situaciones difíciles, que requerían algo más
que la fiereza de la sangre o la presteza de los puños. Una vez, con unos
cuantos compañeros suyos, publicó en el colegio un periodiquín manuscrito, y
por supuesto revolucionario, contra cierto pedante profesor que prohibía a sus
alumnos argumentarle sobre los puntos que les enseñaba: y como un colegial
aficionado al lápiz, pintase de pavo real a este maestrazo, en una lámina
repartida con el periodiquín, y don Manuel, en vista de la queja del pavo real,
amenazara en sala plena con expulsar del colegio en consejo de disciplina al
autor de la descortesía, aunque fuese su propio hijo, el gentil Manuelillo,
digno primogénito del egregio varón, quiso quitar de sus compañeros toda culpa,
y echarla entera sobre sí; y levantándose de su asiento, dijo, con gran
perplejidad del pobre don Manuel, y murmullos de admiración de la asamblea:
–Pues, señor Director: yo solo he sido.
Y pasaba las noches en claro, luego que se le
extinguía la vela escasa que le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a
caminar, con las Empresas de Saavedra Fajardo bajo el brazo,
por las calles umbrosas de la Alameda, y creyéndose a veces nueva encarnación
de las grandes figuras de la historia, cuyos gérmenes le parecía sentir en sí,
y otras desesperando de hacer cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompía a
llorar, de desesperación y de ternura. O se iba de noche a la orilla de la mar,
a que le salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban del agua salada al
reventar contra las rocas.
Leía cuanto libro le caía a la mano. Montaba
en cuanto caballo veía a su alcance: y mejor, si lo hallaba en pelo; y si había
que saltar una cerca, mejor. En una noche se aprendía los libros que en todo el
año escolar no podían a veces dominar sus compañeros; y aunque la
Historia Natural, y la Universal, y cuanto añadiese algo útil a su saber, y le
estimulase el juicio y la verba, eran sus materias preferidas, a pocas ojeadas
penetraba el sentido de la más negra lección de Álgebra, tanto que su maestro,
un ingeniero muy mentado y brusco, le ofreció enseñarle, en premio de su
aplicación, la manera de calcular lo infinitésimo.
Escribía Manuelillo, en semejanza de lo que estaba
en boga entonces, unas letrillas y artículos de costumbres que ya mostraban a
un enamorado de la buena lengua; pero a poco se soltó por natural empuje, con
vuelos suyos propios, y empezó a enderezar a los gobernantes que no dirigen
honradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindárico, y recibidas con tal
favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta que tramaron contra el
Gobierno unos patricios que andaban muy solos, pues llevaban consigo la buena
doctrina, fue hecho preso don Manuelillo, quien en verdad tenía en la sangre el
microbio sedicioso; y bien que tuvieron que empeñarse los amigos pudientes de
don Manuel para que en gracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien su
padre, riñéndole con los labios, en que le temblaban los bigotes, como los
árboles cuando va a caer la lluvia, y aprobándole con el corazón, envió a
seguir, en lo que cometió grandísimo error, estudios de Derecho en la
Universidad de Salamanca, más desfavorecida que otras de España, y no muy
gloriosa ahora, pero donde tenía la angustiada doña Andrea los buenos parientes
que le enviaban las farinetas.
Se fue el de las odas en un bergantín que había
venido cargado de vinos de Cádiz; y, sentadito en la popa del barco, fijaba en
la costa de su patria los ojos anegados de tan triste manera, que a pesar del
águila nueva que llevaba en el alma, le parecía que iba todo muerto y sin
capacidad de resurrección y que era él como un árbol prendido a aquella costa
por las raíces, al que el buque llevaba atado por las ramas pujando mar afuera,
de modo que sin raíces se quedaba el árbol, si lograba arrancarlo de la costa
la fuerza del buque, y moría: o como el tronco no podía resistir aquella
tirantez, se quebraría al fin, y moría también: pero lo que don Manuelillo veía
claro, era que moría de todos modos. Lo cual, ¡ay! fue verdad, cuatro años más
tarde, cuando de Salamanca había hallado aquel niño manera de pasar, como ayo
en la casa de un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se murió de unas fiebres
enemigas, que le empezaron con grandes aturdimientos de cabeza, y unas visiones
dolorosas y tenaces que él mismo describía en su cama revuelta, de delirante,
con palabras fogosas y desencajadas, que parecían una caja de joyas rotas; y
sobre todo, una visión que tenía siempre delante de los ojos, y creía que
se le venía encima, y le echaba un aire encendido en la frente, y se iba de mal
humor, y se volvía a él de lejos, llamándole con muchos brazos: la visión de
una palma en llamas. En su tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban
cubiertas de palmas.
No murió don Manuel del pesar de que hubiese muerto
su hijo, aunque bien pudo ser; sino que dos años antes, y sin que Manuelillo lo
supiese, se sentó un día en su sillón, muy envuelto en su capa, y con la
guitarra al lado, como si sintiese en el alma unas muy dulces músicas, a la vez
que un frescor húmedo y sabroso, que no era el de todos los días, sino mucho
más grato. Doña Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y lo miraba
con los ojos secos, y crecidos, y le tenía las manos. Dos hijas lloraban
abrazadas en un rincón: la mayor, más valiente, le acariciaba con la mano los
cabellos, o lo entretenía con frases zalameras, mientras le preparaba una
bebida; de pronto, desasiéndose bruscamente de las manos de doña Andrea, abrió
don Manuel los brazos y los labios como buscando aire; los cerró violentamente
alrededor de la cabeza de doña Andrea, a quien besó en la frente con un beso
frenético; se irguió como si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cayó
sobre el respaldo del asiento, estremeciéndosele el cuerpo horrendamente, como
cuando en tormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta
al muelle; se le llenó de sangre todo el rostro, como si en lo interior del
cuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco, y
sonriendo, con la mano casualmente caída sobre el mango de su guitarra, quedó
muerto. Pero nunca se lo quiso decir doña Andrea a Manuelillo, a quien contaban
que el padre no escribía porque sufría de reumatismo en las manos, para
que no le entrase el miedo por las angustias de la casa, y quisiese venir a
socorrerlas, interrumpiendo antes de tiempo sus estudios. Y era también que
doña Andrea conocía que su pobre hijo había nacido comido de aquellas ansias de
redención y evangélica quijotería que le habían enfermado el corazón al padre,
y acelerado su muerte; y como en la tierra en que vivían había tanto que
redimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que poner derecho,
veía la buena madre, con espanto, la hora de que su hijo volviese a su patria,
cuya hora, en su pensar, sería la del sacrificio de Manuelillo.
–¡Ay! decía doña Andrea, una vez que un amigo de la
casa le hablaba con esperanzas del porvenir del hijo. Él será infeliz y nos
hará aún más infelices sin quererlo. Él quiere mucho a los demás, y muy poco a
sí mismo. Él no sabe hacer víctimas, sino serlo.
Afortunadamente, aunque de todos modos, por desdicha
de doña Andrea, Manuelillo había partido de la tierra antes de volver a ver la
suya propia, ¡detrás de la palma encendida!
¿Quién que ve un vaso roto, o un edificio en ruina,
o una palma caída, no piensa en las viudas? A don Manuel no le habían bastado
las fuerzas, y en tierra extraña esto había sido mucho, más que para ir
cubriendo decorosamente con los productos de su trabajo las necesidades
domésticas. Ya el ayudar a Manuelillo a mantenerse en España le había puesto en
muy grandes apuros.
Estos tiempos nuestros están desquiciados, y con el
derrumbe de las antiguas vallas sociales y las finezas de la educación, ha
venido a crearse una nueva y vastísima clase de aristócratas de la
inteligencia, con todas las necesidades de parecer y gustos ricos que de ella
vienen, sin que haya habido tiempo aún, en lo rápido del vuelco, para que
el cambio en la organización y repartimiento de las fortunas corresponda a la
brusca alteración en las relaciones sociales, producidas por las libertades políticas
y la vulgarización de los conocimientos. Una hacienda ordenada es el fondo de
la felicidad universal. Y búsquese en los pueblos, en las casas, en el amor
mismo más acendrado y seguro, la causa de tantos trastornos y rupturas, que los
oscurecen y afean, cuando no son causa del apartamiento, o de la muerte, que es
otra forma de él: la hacienda es el estómago de la felicidad. Maridos, amantes,
personas que aún tenéis que vivir y anheláis prosperar: ¡organizad bien vuestra
hacienda!
De este desequilibrio, casi universal hoy, padecía
la casa de don Manuel, obligado con sus medios de hombre pobre a mantenerse,
aunque sin ostentación ni despilfarro, como caballero rico.
¿Ni quién se niega, si los quiere bien, a que sus
hijos brillantes e inteligentes, aprendan esas cosas de arte, el dibujar, el
pintar, el tocar piano, que alegran tanto la casa, y elevan, si son bien
comprendidas y caen en buena tierra, el carácter de quien las posee, esas cosas
de arte que apenas hace un siglo eran todavía propiedad casi exclusiva de
reinas y princesas? ¿Quién que ve a sus pequeñines finos y delicados, en virtud
de esa aristocracia del espíritu que estos tiempos nuevos han sustituido a la aristocracia
degenerada de la sangre, no gusta de vestirlos de linda manera, en acuerdo con
el propio buen gusto cultivado, que no se contenta con falsificaciones y
bellaquerías, y de modo que el vestir complete y revele
la distinción del alma de los queridos niños? Uno, padrazo ya, con
el corazón estremecido y la frente arrugada, se contenta con un traje negro
bien cepillado y sin manchas, con el cual, y una cara honrada, se está bien y
se es bien recibido en todas partes; pero, ¡para la mujer, a quien hemos
hecho sufrir tanto! ¡para los hijos, que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos
ponen en el corazón la embriaguez del vino, y en las manos el arma de los
conquistadores! ¡para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco!
De manera que, cuando don Manuel murió, solo había
en la casa los objetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse más
el buen gusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba la madre
como pensamientos vivos de su esposo, que debían guardarse íntegros a su hijo
ausente, y los enseres de la escuela, que un ayudante de don Manuel, que apenas
le vio muerto, se alzó con la mayor parte de sus discípulos, halló manera de
comprar a la viuda, abandonada así por el que en conciencia debió continuar
ayudándola, en una suma corta, la mayor, sin embargo, que después de la muerte
de don Manuel se vio nunca en aquella pobre casa. Hacen pensar en las
viudas las palmas caídas.
Este o aquel amigo, es verdad, querían saber de vez
en cuando qué tal le iba yendo a la pobre señora. ¡Oh! se interesaban mucho por
su suerte. Ya ella sabía: en cuanto le ocurriese algo no tenía más que mandar.
Para cualquier cosa, para cualquier cosa estaban a su disposición. Y venían en
visita solemne, en día de fiesta, cuando suponían que había gente en la casa; y
se iban haciendo muchas cortesías, como si con la ceremonia de ellas quisiesen
hacer olvidar la mayor intimidad que podría obligarlos a prestar un servicio
más activo. Da espanto ver cuán sola se queda una casa en que ha entrado la
desgracia: da deseos de morir.
¿Qué se haría doña Andrea, con tantas hijas, dos de
ellas ya crecidas; con el hijo en España, aunque ya el noble mozo había
prohibido, aun suponiendo a su padre vivo, que le enviasen dinero? ¿qué se
haría con sus hijas pequeñas, que eran, las tres, por lo modestas y unidas, la
gala del colegio; con Leonor, la última flor de sus entrañas, la que las gentes
detenían en la calle para mirarla a su placer, asombradas de su hermosura? ¿qué
se haría doña Andrea? Así, cortado el tronco, se secan las ramas del árbol, un
tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra. ¡Pero los libros de don Manuel no!
esos no se tocaban: nada más que a sacudirlos, en la piececita que les destinó
en la casa pobrísima que tomó luego, permitía la señora que entrasen una vez al
mes. O cuando, ciertos domingos, las demás niñas iban a casa de alguna conocida
a pasar la tarde, doña Andrea se entraba sola en la habitación, con Leonor de
la mano, y allí a la sombra de aquellos tomos, sentada en el sillón en que
murió su marido, se abandonaba a conversaciones mentales, que
parecían hacerle gran bien, porque salía de ellas en un estado de
silenciosa majestad, y como más clara de rostro y levantada de estatura;
de tal modo que las hijas cuando volvían de su visita, conocían siempre, por la
mayor blandura en los ademanes, y expresión de dolorosa felicidad de su rostro,
si doña Andrea había estado en el cuarto de los libros. Nunca Leonor parecía
fatigada de acompañar a su madre en aquellas entrevistas: sino que, aunque ya
para entonces tenía sus diez años, se sentaba en la falda de su madre, apretada
en su regazo o abrazada a su cuello, o se echaba a sus pies, reclinando en sus
rodillas la cabeza, con cuyos cabellos finos jugaba la viuda, distraída. De vez
en cuando, pocas veces, la cogía doña Andrea en un brusco movimiento en sus
brazos, y besando con locura la cabeza de la niña rompía en amarguísimos
sollozos. Leonor, silenciosamente, humedecía en todo este tiempo la mano de su
madre con sus besos.
De España se trajo pocas cosas don Manuel, y
doña Andrea menos, que era de familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco,
para atender a las necesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas
perlas margaritas que habían llevado de América a Salamanca un tío, abuelo de
doña Andrea, y un aguacate de esmeralda de la misma procedencia, que recibió de
sus padres como regalo de matrimonio; hasta unas cucharas y vasos de plata que
se estrenaron cuando se casó la madre de don Manuel, y este solía enseñar con orgullo
a sus amigos americanos, para probar en sus horas de desconfianza de la
libertad, cuánto más sólidos eran los tiempos, cosas y artífices de antaño.
Y todas las maravillas de la casa fueron cayendo en
manos de inclementes compradores; una escena autógrafa de El
delincuente honrado de Jovellanos; una colección de monedas romanas y
árabes de Zaragoza, de las cuales los árabes estimulaban la fantasía y
avivaban las miradas de Manuelillo cada vez que el padre le permitía curiosear
en ellas; una carta de doña Juana la Loca, que nunca fue loca, a menos que amar
bien no sea locura, y en cuya carta, escrita de manos del secretario
Passamonte, se dicen cosas tan dignas y tan tiernas que dejaban enamorados de
la reina a los que las leían, y dulcemente conmovidas las entrañas.
Así se fueron otras dos joyas que don Manuel había
estimado mucho, y mostraba con la fruición de un goloso que se complace
traviesamente en hacer gustar a sus amigos un plato cuya receta está decidido a
no dejarles conocer jamás: un estudio en madera, de la cabeza de San Francisco,
de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lápiz rojo, dulce como una cabeza del
mismo Rafael.
Con las cucharas de plata se pagó un mes la casa: la
esmeralda dio para tres meses: con las monedas fueron ayudándose medio año.Un
desvergonzado compró la cabeza, en un día de angustia, en cinco pesos. Un tanto
se auxiliaban con unos cuantos pesos que, muy mal cobrados y muy regañados,
ganaban doña Andrea y las hijas mayores enseñando a algunas niñas pequeñas del
barrio pobre donde habían ido a refugiarse en su penuria. Pero el
dibujo de Goya, ese sí se vendió bien. Ese, él solo, produjo tanto
como las margaritas y las cucharas de plata, y el aguacate.
El dibujo de Goya, única prenda que no se arrepintió doña Andrea de haber
vendido, porque le trajo un amigo, lo compró Juan Jerez, Juan Jerez que cuando
murió en Madrid Manuelillo, y la madre extremada por los gastos en que la puso
una enfermedad grave de su niña Leonor, se halló un día pensando con espanto en
que era necesario venderlos, compró los libros a doña Andrea, mas no se
los llevó consigo, sino que se los dejó a ella "porque él no tenía
donde ponerlos, y cuando los necesitase, ya se los pediría". Muy ruin
tiene que ser el mundo, y doña Andrea sabía de sobra que suele ser ruin, para
que ese día no hubiese satisfecho su impulso de besar a Juan la mano.
Pero Juan, joven rico y de padres y amistades que no
hacían suponer que buscase esposa en aquella casa desamparada y
humilde, comprendió que no debía ser visita de ella, donde ya eran alegría de
los ojos y del corazón, más por lo honestas que por lo lindas, las dos niñas
mayores, y muy distraído el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino
y generoso, y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostraba a su
prima Lucía, ni visitaba frecuentemente la casa de doña Andrea, ni hacía alarde
de no visitarla, como que le llevó su propio médico cuando la enfermedad de
Leonor, y volvió cuando la venta de los libros, y cuando sabía alguna
aflicción de la señora, que con su influjo, si no con su dinero que solía
escasearle, podía tener remedio.
Lo que, como un lirio de noche en una
habitación oscura, tuvo en medio de todas estas agonías iluminada el alma de
doña Andrea, y le aseguró en su creencia bondadosa en la nobleza de la especie
humana, fue que, ya porque en realidad la apenase la suerte de viuda, ya porque
creyera que había de parecer mal, siendo como el don Manuel bien querido, y
maestro como ella, que permitieran la salida de sus hijas del colegio por falta
de paga, la directora del Instituto de la Merced, el más famoso y rico del país,
hizo un día, en un hermoso coche, una visita, que fue muy sonada, a casa de
doña Andrea, y allí le dijo magnánimamente, cosa que enseguida vociferó
y celebró mucho la prensa, que las tres niñas recibirían en
su colegio, si ella no lo mandaba de otro modo, toda su educación, como
externas, sin gasto alguno. Aquella vez sí que doña Andrea, sin los miramientos
que en el caso de Juan habían más tarde de impedírselo, cubrió de besos la mano
de la directora, quien la trató con una hermosa bondad pontificia, y como una
mujer inmaculada trata a una culpable, tras de lo cual se volvió muy oronda a
su colegio, en su arrogante coche.
Es verdad que las niñas no decían a doña Andrea que,
aunque no las había en el colegio más aplicadas que ellas, ni que llevaran los
vestidos más blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasen
mayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos en las
competencias, y los premios en los exámenes, no eran nunca para ellas, los
regaños, sí. Cuando la niña del ministro había derramado un tintero, de seguro
que no había sido la niña del ministro, ¿cómo había de ser la hija del ministro?,
había sido una de las tres niñas del Valle. La hija de Mr. Floripond, el
poderoso banquero, la fea, la huesuda, la descuidada, la envidiosa Iselda,
había escondido, donde no pudiese ser hallado, su caja de lápices de dibujar:
por supuesto, la caja no aparecía: “¡Allí todas las niñas tenían dinero para
comprar sus cajas! ¡las únicas que no tenían dinero allí eran las tres del
Valle!” y las registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la
cara llena de lágrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la niña de
otro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que había visto a Iselda
poner la caja de lápices en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas y serviciales
fueron, tan apretaditas se sentaban siempre las tres, sin jugar, o jugando
entre sí, en la hora de recreo; con tal mansedumbre obedecían los mandatos más
destemplados e injustos; con tal sumisión, por el amor de su madre, soportaban
aquellos rigores, que las ayudantes del colegio, solas y desamparadas
ellas mismas, comenzaron a tratarlas con alguna ternura, a encomendarles la
copia de las listas de la clase, a darles a afilar sus lápices, a distinguirlas
con esos pequeños favores de los maestros que ponen tan orondos a los niños, y
que las tres hijas de del Valle recompensaban con una premura en el servirlos y
una modestia y gracia tal que les ganaba las almas más duras. Esta bondadosa
disposición de las ayudantes subió de punto cuando la directora, que no tenía
hijos, y era aún una muy bella mujer, dio muestras de aficionarse tan especialmente
a Leonor, que algunas tardes la dejaba a comer a su mesa, enviándola luego a
doña Andrea con un afectuoso recado; y un domingo la sacó a pasear en su
carruaje, complaciéndose visiblemente aquel día en responder con su mejor
sonrisa a todos los saludos.
Porque los que poseen una buena condición, si bien
la persiguen implacablemente en los demás cuando por causa de la posición o
edad de estos teman que lleguen a ser sus rivales, se complacen, por el
contrario, por una especie de prolongación de egoísmo y por una fuerza de
atracción que parece incontrastable y de naturaleza divina, en reconocer y
proclamar en otros la condición que ellos mismos poseen, cuando no puede llegar
a estorbarles.
Se aman y admiran a sí propios en los que, fuera ya
de este peligro de rivalidad, tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran
como una renovación de sí mismos, como un consuelo de sus facultades que
decaen, como si se viesen aun a sí propios tales como son aquellas criaturas
nuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a sí, y las retienen a su
lado, como si quisiesen fijar, para que no se les escapase, la condición que ya
sienten que los abandona.
Hay, además, gran motivo de orgullo en oír celebrar
la especie de mérito porque uno se distingue.
Verdad es que no había tampoco mejor manera de
llamar la atención sobre sí que llevar cerca a Leonor. ¡Qué mirada, que parecía
una plegaria! ¡Qué óvalo el del rostro, más perfecto y puro! ¡Qué cutis, que
parecía que daba luz! ¡Qué encanto en toda ella y qué armonía! De noche doña
Andrea, que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, no bien
la veía dormida, la descubría para verla mejor; le apartaba los cabellos de la
frente y se los alzaba por detrás para mirarle el cuello, le tomaba las manos,
como podía tomar dos tórtolas, y se las besaba cuidadosamente; le acariciaba
los pies, y se los cubría a lentos besos.
Alfombra hubiera querido ser doña
Andrea, para que su hija no se lastimase nunca los pies, y para que anduviese
sobre ella. Alfombra, cinta para su cuello, agua, aire, todo lo que ella
tocase y necesitase para vivir, como si no tuviese otras hijas, quería ser para
ella doña Andrea. Solía Leonor despertarse cuando su madre estaba
contemplándola de esta manera; y entreabriendo dichosamente los ojos amantes, y
atrayéndola a sí con sus brazos, se dormía otra vez, con la cabeza de su madre
entre ellos; de su madre, que apenas dormía.
¡Cómo no padecería la pobre señora cuando la
directora del colegio, estando ya Leonor en sus trece años, la vino a ver, como
quien hace un gran servicio, y en verdad para el porvenir de Leonor lo era,
para que le permitiese retener a Leonor en el colegio como alumna interna! En
el primer instante, doña Andrea se sintió caer al suelo, y, sin palabras, se
quedó mirando a la directora fijamente, como a una enemiga.
De pensarlo no más, ya la pareció que le habían
sacado el corazón del pecho.
Balbuceó las gracias. La directora entendió que
aceptaba.
–Leonor, doña Andrea, está destinada por su
hermosura a llamar la atención de una manera extraordinaria. Es niña todavía, y
ya ve Vd. como anda por la ciudad la fama de su belleza. Vd. comprende que a mí
me es más costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mi deber,
por cariño a Vd. y al señor don Manuel, acabar mi obra.
Y la madre parecía que quería adelantar una
objeción; y la mujer hermosa, que en realidad, en fuerza de la plácida beldad
de Leonor, había concebido por ella un tierno afecto, decía precipitadamente
estas buenas razones, que la madre veía lucir delante de sí, como puñales
encendidos.
–Porque Vd. ve, doña Andrea, que la posición de
Leonor en el mundo, va a ser sumamente delicada. La situación a que están
Vds. reducidas las obliga a vivir apartadas de la sociedad, y en una esfera en
que, por su misma distinción natural y por la educación que está recibiendo, no
puede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse en mi
colegio como interna, se rozará mucho más, en estos tres años, con las niñas
más elegantes y ricas de la ciudad, que se harán sus amigas íntimas, yo misma iré
cuidando especialmente de favorecer aquellas amistades que le pueden convenir
más cuando salga al mundo, y le ayuden a mantenerse en una esfera a que de otro
modo, sin más que su belleza, en la posición en que Vds. están, no podría
llegar nunca. Hermosa e inteligente como es, y moviéndose en buenos círculos,
será mucho más fácil que inspire el respeto de jóvenes que de otro modo la
perseguirían sin respetarla, y encuentre acaso entre ellos el marido que la
haga venturosa. ¡Me espanta, doña Andrea, dijo la directora que observaba el
efecto de sus palabras en la pobre madre, me espanta pensar en la suerte
que correría Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparo en que tienen
Vds. que vivir, sobre todo si llegase Vd. a faltarle! Piense Vd. en que
necesitamos protegerla de su misma hermosura.
Y la directora, ya apiadada del gran dolor reflejado
en las facciones de doña Andrea, que no tenía fuerzas para abrir los labios, ya
deseosa de alcanzar con halagos su anhelo, había tomado las manos de doña
Andrea, y se las acariciaba bondadosamente.
Entró Leonor en este instante, y en el punto de
verla, fue como si los torrentes de llanto apretados por la agonía se saliesen
al fin de sus ojos; no dijo palabra, sino inolvidables sollozos; y se lanzó al
encuentro de su hija, y se abrazó con ella estrechísimamente.
–Yo no iré, mamá, yo no iré: le decía Leonor al
oído, sin que lo oyese la directora; aunque ya Leonor le había dicho a esta
que, si quería doña Andrea, ella quería ir.
A los pocos momentos doña Andrea, pálida, sentada ya
junto a Leonor, a quien tenía de la mano, pudo por fin hablar. ¡Porque era
ceder a cuanto le quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas suyas de
silencio, en que su alma, a solas con su amargura y con su niña, recordaba y
vivía; porque conforme se había ido apartando de todo, en sus hijas, y en
Leonor, como un símbolo de todas ellas, se había refugiado, con la tenacidad de
las almas sencillas que no tienen fuerza más que para amar; ¡porque dar a Leonor
era como dar todas las luces y todas las rosas de la vida!
Por fin pudo hablar y con una voz opaca y baja, como
de quien habla de muy lejos dijo:
–Bueno, señora, bueno. Y Dios le pagará su
buena intención. Leonor se quedará en el colegio.
Y ya hemos visto en los comienzos de esta historia
que estaba Leonor a punto de salir de él.
¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de
Sol del Valle? Era como la mañana que sigue al día en que se ha revelado un
orador poderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo. Era esa conmoción
inevitable que, a pesar de su vulgaridad ingénita, experimentan los hombres
cuando aparece súbitamente ante ellos alguna cualidad suprema. Después se
coligan todos, en silencio primero, abiertamente luego, y dan sobre lo que
admiraron. Se irritan de haber sido sorprendidos. Se encolerizan sordamente, por
ver en otro la condición que no poseen. Y mientras más inteligencia tengan para
comprender su importancia, más la abominan, y al infeliz que la alberga. Al
principio, por no parecer envidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es
de fuertes no temer, ponen un empeño desmedido en alabar al mismo a quien
envidian, pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por el encono común
van agrupándose, cuchicheando, haciéndose revelaciones. Se ha exagerado. Bien
mirado, no es lo que se decía. Ya se ha visto eso mismo. Esos ojos no deben ser
suyos. De seguro que se recorta la boca con carmín. La línea de la espalda no
es bastante pura. No, no es bastante pura. Parece como que hay una verruga en
la espalda. No es verruga, es lobanillo. No es lobanillo, es joroba. Y acaba la
gente por tener la joroba en los ojos, de tal modo que llega de veras a verla
en la espalda, ¡porque la lleva en sí! Ea; eso es fijo: los hombres no perdonan
jamás a aquellos a quienes se han visto obligados a admirar.
Pero allá, en un rincón del pecho, duerme como un
portero soñoliento la necesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al
champaña su fragancia, destilan en cada botella, por
un procedimiento desconocido, tres gotas de un licor misterioso. Así
la necesidad de la grandeza, como esas tres gotas exquisitas, está en el fondo
del alma. Duerme como si nunca hubiese de despertar, ¡oh, suele dormir mucho!
¡oh, hay almas en que el portero no despierta nunca! Tiene el sueño pesado, en
cosas de grandeza, y sobre todo en estos tiempos, el alma humana.
Mil duendecillos, de figuras repugnantes, manos de
araña, vientre hinchado, boca encendida, de doble hilera de dientes, ojos
redondos y libidinosos, giran constantemente alrededor del portero dormido y le
echan en los oídos jugo de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan
en las sienes, y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de las
manos, y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre el respaldo
del sillón, mirando hostilmente a todos lados, para que nadie se acerque a despertar
al portero: ¡mucho suele dormir la grandeza en el alma humana! Pero
cuando despierta, y abre los brazos, al primer movimiento pone en fuga a la
banda de duendecillos de vientre hinchado. Y el alma entonces se esfuerza en
ser noble, avergonzada de tanto tiempo de no haberlo sido. Solo que los
duendecillos están escondidos detrás de las puertas, y cuando les vuelve a
picar el hambre, porque se han jurado comerse al portero poco a poco, empiezan
a dejar escapar otra vez el aroma de las adormideras, que a manera de cendales
espesos va turbando los ojos y velando la frente del portero vencido; y no ha
pasado mucho tiempo desde que puso a los duendes en fuga, cuando ya vuelven
estos en confusión, se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas
de las puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendo las
grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilísimamente por las
piernas y brazos y uno se le para en un hombro, y otro se le sienta en un
brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de rata que roe, las
adormideras. Tal es el sueño del alma humana.
¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de
Sol del Valle?
De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de
ella, porque la fiesta alcanzó inesperadamente, al influjo de aquella niña ayer
desconocida, una elevación y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron a
ello volverían a alcanzar jamás. Tal como suelen los astros juntarse en el
cielo, ¡ay! para chocar y deshacerse casi siempre, así, con no mejor destino,
suelen encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, el genio, y ese
otro genio, la hermosura.
De fama singular había venido precedido a la ciudad
el pianista húngaro Keleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aún más por su
arte, no viajaba, como otros, en busca de fortuna. Viajaba porque estaba lleno
de águilas, que le comían el cuerpo, y querían espacio ancho, y se
ahogaban en la prisión de la ciudad. Viajaba porque casó con una mujer a quien
creyó amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías de su
alma no encontraban eco, de lo que le vino postración tan grande que ni fuerzas
tenía aquel músico-atleta, para mover las manos sobre el piano: hasta que lo
tomó un amigo leal del brazo, y le dijo: “Cúrate”; y lo llevó a un bosque, y lo
trajo luego al mar, cuyas músicas se le entraron por el alma medio muerta, se
quedaron en ella, sentadas y con la cabeza alta, como leones que husmean el
desierto, y salieron al fin de nuevo al mundo en unas fantasías arrebatadas que
en el barco que lo llevaba por los mares improvisaba Keleffy, las que eran
tales, que si se cerraban los ojos cuando se las oía, parecía que se levantaban
por el aire, agrandándose conforme subían, unas estrellas muy radiosas, sobre
un cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en las nubes
de colores ligeros iban dibujándose unas como guirnaldas de flores silvestres,
de un azul muy puro, de que colgaban unos cestos de luz, ¿qué es la música,
sino la compañera y guía del espíritu en su viaje por los espacios? Los que
tienen ojos en el alma, han visto eso que hacían ver las fantasías que en el
mar improvisaba Keleffy: otros hay, que no ven, por lo que niegan muy orondos
que lo que ellos no han visto, otros lo vean. Es seguro que un topo no ha
podido jamás concebir un águila.
Keleffy viajaba por América, porque le habían dicho
que en nuestro cielo del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra
parte del cielo, y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como
cabeza de mujer y blancas como la leche, que crecen en los países del
Atlántico, y de unas anchas hojas que se crían en nuestra costa exuberante, y
arrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella, como
los brazos de una divinidad, vestida de esmeraldas, que llamasen, perennemente
abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y las diosas.
Y aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho
para inspirarlo ni aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no
amaba; aquel dolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir del pecho,
y le tenía la fantasía como apretada por serpientes, lo que daba a toda su
música un aire de combate y tortura que solía privarla del equilibrio y
proporción armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel dolor, en
un espíritu hermoso que, en la especie de peste amatoria que está enllagando el
mundo en los pueblos antiguos, había salvado, como una paloma herida un apego
ardentísimo a lo casto, aquel dolor, que a veces con las manos crispadas se
buscaba el triste músico por sobre el corazón, como para arrancárselo de
raíz, aunque se tuviera que arrancar el corazón con él, aquel dolor no le
dejaba punto de reposo, le hacía parecer a las veces extravagante y huraño, y
aunque por la suavidad de su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde
el primer instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le veían,
poco a poco sentía él que en aquellos afectos iba entrando la sorda hostilidad
con que los espíritus persiguen a los hombres de alma superior, y aquella
especie de miedo, si no de terror, con que los hombres, famélicos de goces,
huyen, como de un apestado, de quien, bajo la pesadumbre de un infortunio, ni
sabe dar alegrías, ni tiene el ánimo dispuesto a compartirlas.
Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente
acomodada había ido toda, y en más de una ocasión, de viaje por Europa, donde
apenas había casa sin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en él
con natural buen gusto, tenía Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre
los músicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entre la
gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De modo que
cuando se supo que Keleffy venía, y no como un artista que se exhibe, sino como
un hombre que padece, determinó la sociedad elegante recibirle con una
hermosísima fiesta, que quisieron fuese como la más bella que se hubiera visto
en la ciudad, ya porque del talento de Keleffy se decían maravillas, ya porque
esta buena ciudad de nuestro cuento no quería ser menos que otras de América,
donde el pianista había sido ruidosamente agasajado.
En la “casa de mármol” dispusieron que se celebrase
la gran fiesta: con un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones,
ya en las salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de
la escalera central había un enorme vaso chino lleno de plantas de camelia
en flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla; de
lugares ocultos por cortinas venía un ruido de fuentes. Cuando se entraba en el
salón, en aquella noche fresca de la primavera, con todos los balcones abiertos
a la noche, con tanta hermosa mujer vestida de telas ligeras de colores suaves,
con tanto abanico de plumas, muy de moda entonces, moviéndose pausadamente, y
con aquel vago rumor de fiesta que comienza, parecía que se entraba en un
enorme cesto de alas. La tapa del piano, levantada para dar mayor sonoridad a
las notas, parecía, como dominándolas a todas, una gran ala negra.
Keleffy, que discernía la suma de verdadero afecto
mezclada en aquella fiesta de la curiosidad y sentía desde su llegada a América
como si constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos
negros; Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus últimos
dolores, vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manos
tiernas y amigas, que se las devolvían a sus propios oídos como atenuados y en
camino de consuelo, porque “en Europa se toca, decía Keleffy, pero aquí se acaricia
el piano”; Keleffy, que no notaba desacuerdo entre el casto modo con que quería
él su magnífico arte, y aquella fiesta discreta y generosa, en que se sentía el
concurso como penetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de lo
extraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melancólica, y más de
quien se aleja que de quien llega, tocó en el piano de madera negra, que bajo
sus manos parecía a veces salterio, flauta a veces, y a veces órgano, algunas
de sus delicadas composiciones, no aquellas en que se hubiera dicho que el mar
subía en montes y caía roto en cristales, o que braceaba un hombre con un toro,
y le hendía el testuz, y le doblaba las piernas, y lo echaba por tierra,
sino aquellas otras flexibles fantasías que, a tener color, hubieran sido
pálidas, y a ser cosas visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepúsculo.
En esto, se oyó en todo el salón un rumor súbito,
semejante a los que en días de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de
las plazas cuando rompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de
artificios. ¡Ya se sabía que en el Instituto de la Merced había una niña muy
bella! que era Sol del Valle; ¡pero no se sabía que era tan bella! Y fue al
piano; porque ella era la discípula querida del Instituto y ninguna como ella
entendía aquella plegaria de Keleffy “¡Oh, madre mía!” y la tocó, trémula al principio,
olvidada después en su música y por esto más bella; y cuando se levantó del
piano, el rumor fue de asombro ante la hermosura de la niña, no ante el talento
de la pianista, no común por otra parte; y Keleffy la miraba, como si con
ella se fuese ya una parte de él; y, al verla andar, la concurrencia aplaudía,
como si la música no hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la
visita de un ser de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando
había entre los seres humanos tan grande hermosura.
¿Cómo era? ¡Quién lo supo mejor que Keleffy! La
miró, la miró con ojos desesperados y avarientos. Era como una copa de nácar,
en quien nadie hubiese aún puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora,
que arroba y ennoblece. Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino la
veía. La niña, cuando se sentó al lado de la directora, casi rompió en
lágrimas. La revelación, la primera sensación del propio poder
lisonjea y asusta. Se tuvo miedo la niña, y aunque muy contenta de sí, halagada
por aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas, se sintió
sola y en riesgo, y buscó con los ojos, en una mirada de angustia a doña
Andrea, ¡ay! a doña Andrea que, conforme iban pasando los años, se hundía en sí
misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera que ya, si sonreía siempre,
apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente. Todos los ojos estaban sobre
ella. ¿Quién es? Las mujeres no la celebraban, se erguían en sus asientos para
verla; movían rápidamente el abanico, cuchicheaban a su sombra con su
compañera: se volvían a mirarla otra vez. Los hombres, sentían en sí como una
rienda rota; y algunos, como un ala. Hablaban con desusada animación. Se
juntaban en corrillos. La medían con los ojos. Ya la veían de su brazo
ostentándola en el salón, y la estrechaban el talle en el baile ardiente y
atrevido; ya meditaban la frase encomiástica con que habían de deslumbrarla al
ser presentados a ella. “¿Conque esa es Sol del Valle?” “¿En qué casas visita?”
“¿Va a casa de Lucía Jerez?” “Juan Jerez es amigo de la señora”.
"Allí está Juan Jerez; que nos presente".
"Yo soy amigo de la directora: vamos". "¿Quién nos presentará a
ella?" ¡Pobre niña! Su alcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos
curiosos. No es para la mayor parte de los hombres una obra santa, y una copa
de espíritu la hermosura; sino una manzana apetitosa. Si hubiera un lente que
permitiese a las mujeres ver, tales como les pasean por el cráneo los
pensamientos de los hombres, y lo que les anda en el corazón, los querrían mucho
menos.
Pero no era un hombre, no, el que con más
insistencia, y un cierto encono mezclado ya de amor, miraba a Sol
del Valle, y con dificultad contenía el llanto que se le venía a mares a los
ojos, abiertos, en los que se movían los párpados apenas.
La conocía en aquel momento, y ya
la amaba y la odiaba. La quería como una hermana; ¡qué misterios de estas
naturalezas bravías e iracundas! y la odiaba con un aborrecimiento
irresistible y trágico. Y cuando un caballero apuesto y cortés que saludaba
mucha gente a su paso, se acercó, por lo mismo que vivía en esfera social más
alta, más que a saludar, a proteger a Sol del Valle, cuando Juan Jerez llegó al
fin al lado de la niña, y Lucía Jerez, que era quien de aquella manera la
miraba, los vio juntos, cerró los ojos, inclinó la cabeza sobre el hombro como
quien se muere; se le puso todo el rostro amarillo; y solo al cabo de algún
tiempo, al influjo del aire que agitaban sus compañeras con los abanicos,
volvió a abrir los ojos, que parecían turbios, como si hubiera cruzado por su
pensamiento un ave negra.
Y Keleffy en aquellos instantes tenía subyugada y
muda a la concurrencia. Allí sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonías
de esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar sereno luego;
la flota toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombrío del
alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasión de luz que
encendiese la atmósfera, y penetrase por los rincones más negros de la tierra,
y a través de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y corales; una como
águila herida con una llaga en el pecho que parecía una rosa, huyendo, a
grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos desesperados y estridentes.
Así, como un espíritu que se despide, tocó Keleffy el piano. Jamás pudo tanto,
ni nadie le oyó así segunda vez. Para Sol era aquella fantasía; para Sol, a
quien ni volvería a ver nunca, ni dejaría de ver jamás. Solo los que persiguen
en vano la pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que
mueren de amor a la hermosura entienden cómo, sin vil pensamiento, ya a punto
de decir adiós para siempre a la ciudad amiga, tocó aquella noche en el piano
Keleffy. Pero tocó de tal manera que, aun para la gente inculta, es todavía
aquel un momento inolvidable.
"Nos llevaba como un triunfador, decía un
cronista al día siguiente, sujetos a su carro. ¿Adónde íbamos? nadie lo sabía.
Ya era un rayo que daba sobre un monte, como el acero de un gigante sobre el
castillo donde supone a su dama encantada; ya un león con alas, que iba de nube
en nube; ya un sol virgen que de un bosque temido, como de un nido de
serpientes, se levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los árboles no
tenían hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, se
quebraba; era una grande alma que se abría.
Mucho se había hecho admirar el apasionado húngaro
en el comienzo de la fiesta; mas, aquella arrebatadora fantasía, aquel desborde
de notas; ora plañideras, ora terribles, que parecían la historia de una vida,
aquella, que fue su última pieza de la noche, porque nadie después de ella osó
pedirle más, vino tan inmediatamente después de la aparición de la señorita Sol
del Valle, orgullo desde hoy de la ciudad, que todos reconocimos en la
improvisación maravillosa del pianista el influjo que en él, como en cuantos
anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de inocencia, ejerció la
pasmosa hermosura de la niña. Nace bien esta beldad extraordinaria, con el
genio a sus plantas”.
Dos amigas están sentadas a la sombra de la
magnolia, nuestra antigua conocida. En un sillón está sentada Lucía. Otras
sillas de mimbre esperan a sus dueñas, que andan preparando dulces por los
adentros de la casa, o con Ana, que no está bien hoy. Está muy pálida. No se
espera gente de afuera aquella tarde; Juan Jerez no está en la ciudad: fue el
viernes a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos de unos
indios a sus tierras, y aún no ha vuelto. Lucía hubiera estado más triste, si
no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan no puede venir. Ferrocarril no hay
hoy. A caballo, es muy lejos.
A los pies de Lucía, en una banqueta, con los brazos
cruzados sobre las rodillas de la niña, ¿quién es la que está sentada, y la
mira con largas miradas, que se entran por el alma como reinas hermosas que van
a buscar en ella su aposento, y a quedarse en ella; y la deja jugar con su
cabeza, cuya cabellera castaña destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba
con mucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los pies de Lucía
está Sol del Valle.
Desde la noche de la fiesta de Keleffy, Lucía y Sol
se han visto muchas veces. ¿De conocerla, cómo había de librarse, en estas
ciudades nuestras en que todo el mundo se conoce? Aquella misma noche, y no fue
Juan por cierto, Lucía, muy adulada por la directora del Instituto de la
Merced, de donde había salido tres años antes, se vio en brazos de Sol, que la
miraba llena de esperanza y ternura. Se levantó la directora y llevó a Sol de
la mano a donde Lucía estaba, taciturna. Las vio venir, y se echó atrás.
–¡Vienen a mí, a mí! se dijo.
–Lucía, aquí te traigo una amiga, para que te la
pongas en el corazón, y me la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la
puedo dejar: tú no eres envidiosa.
Y a Sol se le encendía el rostro, sin saber qué
decir, y a Lucía se le desvanecía el color, buscando en balde fuerzas con que
mover la mano y abrir los labios en una sonrisa.
–Por esto no ha de ser así, no.
Y la directora puso el brazo de Sol en el de Lucía,
y acompañadas de miradas celosas, se refugió por algunos momentos con ellas en
un balcón, cuya baranda de granito estaba oculta bajo una enredadera florecida
de rosas salomónicas. El balcón era grande y solemne; la noche, ya muy entrada,
y el cielo, cariñoso y locuaz, como se pone en nuestros países cuando el
aire está claro, y parece como que platican y se hacen visitas las estrellas.
–Y ante todo, Lucía y Sol dense un beso.
–Mira, Lucía, dijo la directora juntando en sus
manos las de las dos niñas y hablando como si no estuviese Sol con ellas, quien
se sentía las mejillas ardientes, y el pecho apretado con lo que la maestra iba
diciendo, tanto que por un instante vio el cielo todo negro, y como que desde
su casita la estaba llamando doña Andrea. Mira, Lucía, tú sabes cómo entra en
la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Su padre se ha muerto. Su
madre está en la mayor pobreza. Yo, que la quiero como a una hija, he procurado
educarla para que se salve del peligro de ser hermosa siendo tan pobre.
Sintió Lucía en aquel instante como si la mano de
Sol le temblase en la suya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y
ponerse en pie.
–Señora...
–No, no, Lucía. La que va a ser mujer de Juan
Jerez...
La sombra de una de las cortinas de la enredadera,
que flotaba al influjo del aire, escondió en este instante el rostro de Sol.
–...merece que yo ponga en sus manos, para que me la
enseñe al mundo a su lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido
Juan Jerez tan bueno.
Aquí la cortina flotante de la enredadera cubrió con
su sombra el rostro de Lucía.
–Juan...
–Juan ha sido muy bueno, dijo como con cierta prisa
voluntaria la directora. Él apenas conoce a Sol, porque ha ido muy poco a casa
de doña Andrea; pero como es tan generoso, se alegrará de que tú ampares a esta
niña con el respeto de tu casa, de los que, porque la verán desvalida...
Más blanco que su vestido pudo verse en este
momento, el rostro de Sol.
–...querrán faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado
su colegio; pero para que mi obra no quede incompleta voy a dejarla en él como
profesora, y así ayudará a su madre a llevar los gastos de la casa, y le hemos
tomado ya a doña Andrea una casita mejor, cerca del Instituto. Yo espero,
añadió la señora gravemente, y como si las estrellas no estuviesen brillando en
el cielo, que Sol será una buena maestra. Yo, Lucía, no podré llevarla a todas
partes, porque ya he dejado de ser joven, y los cuidados del colegio me lo
impiden; pero quiero que tú hagas mis veces, y ya lo sabes, dijo con una ligera
emoción en la voz dando un beso en la mejilla de Lucía, cuídamela. Que sientan
que el que no pueda llegar hasta ti, no puede llegar hasta ella. Cuando haya
una fiesta, llévala. Ella se vestirá siempre linda, porque yo la he enseñado a
hacérselo todo es maestra en coser. Convídala a tu casa, para que nadie tenga
reparo en convidarla a la suya: que el que entra en tu casa puede entrar en
todas partes. Sol es tan bonita como agradecida.
–Sí, sí, señora, interrumpió Lucía que en sus
mejillas propias estaba sintiendo la palidez de las de Sol. Yo la llevaré
conmigo. Yo sí, yo sí, ahora mismo la presentaré a todas mis amigas. Iremos
juntas la Semana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre
juntas.
Y el cariño le iba creciendo con las palabras, que
decía amontonadamente, como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiese
vengarse de sí misma.
–Bueno, vamos entonces, que yo veo que la gente
curiosea porque estamos cuchicheando tanto tiempo. Vamos.
Sol no hablaba. Lucía, como que quería defenderla de
la directora, que entraba ya en el salón con su paso pomposo.
–Enseguida, señora, enseguida. Entre Vd. y detrás
vamos nosotras. Voy a coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol, y se
la prendió con mucha ternura, mirándola amorosamente en los ojos; esta, que es
la menos bonita, para mí.
–¡Oh, Vd. es tan buena!
–¿Vd.? No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de
lo que dice la directora. Yo te querré siempre como una hermana. Y abrió los
brazos, y apretó en ellos a Sol, a la que llevaba sin miedo, prestísimamente.
–Oh, dijo Sol de pronto ahogando un grito. Y se
llevó la mano al seno, y la sacó con la punta de los dedos roja. Era que al
abrazarla Lucía, se le clavó en el seno una espina de la rosa.
Con su propio pañuelo secó Lucía la sangre, y de
brazo las dos entraron en la sala. Lucía también estaba hermosa.
–¿Cómo entenderte, Lucía? decía Juan a su prima unos
quince días después de la noche de la fiesta, con una intención severa en las
palabras que él con Lucía nunca había usado. Desde hace unos quince días,
espera, creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro tan
injusta, que a veces, creo que no me quieres.
–¡Juan! ¡Juan!
–Bueno, Lucía: tú sí me quieres. Pero ¿qué te hago
yo que explique esas durezas tuyas de carácter, para mí que vengo a ti como
viene el sediento a un vaso de ternuras? Más cariño no puedes desear. Pensar,
yo sí pienso en todo lo más difícil y atrevido; pero querer, Lucía, yo no
quiero más que a ti. Yo he vivido poco; pero tengo miedo de vivir y sé lo que
es, porque veo a los vivos. Me parece que todos están manchados, y en cuanto
alcanzan a ver un hombre puro empiezan a correrle detrás para llenarle la túnica
de manchas.
La verdad es que yo que quiero mucho a los hombres,
vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancolía dolorosa. ¿Qué me falta?
La fortuna me ha tratado bien. Mis padres me viven. Me es permitido ser bueno.
Y además, te tengo –le dijo tomándola cariñosamente de la mano que Lucía le
abandonó como apenada y absorta.
–Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las
fuerzas frescas que necesito para que el corazón no se me espante y debilite.
Cada vez que me asomo a los hombres, me echo atrás como si viera un abismo;
pero de cada vez que vengo a verte, saco un brío para batallar y un poder de
perdón que hacen que nada me parezca difícil para que yo lo acometa. No te
rías, Lucía; pero es la verdad. ¿Tú has leído unos versos de Longfellow que se
llaman “Excelsior”? Un joven en una tempestad de nieve, sube por un puerto pobre,
montaña arriba, con una bandera en la mano que dice: –“Excelsior”.
No te sonrías: yo sé que sabes tú latín: "¡Más
alto!" –Un anciano le dice que no vaya adelante, que el torrente ruge
abajo y la tempestad se viene encima:
"¡Más alto!" –Una joven linda –¡no tan linda como tú!– le dice:
"Descansa la cabeza fatigada en mi seno." Y al joven se le humedecen
los ojos azules, pero aparta de sí a la enamorada y le dice: "¡Más
alto!"
–¡Ah! ¡no! pero tú no apartarás a mí de ti. Yo te
quito la bandera de las manos. Tú te quedas conmigo. ¡Yo soy lo más alto!
–No, Lucía: los dos juntos llevaremos la bandera. Yo
te tomo para todo el viaje. Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. ¡No
te me canses! Y le besó la mano.
Lucía le acariciaba con los ojos la cabeza.
–Y el joven al fin siguió adelante: y los monjes lo
hallaron muerto al día siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la mano
asida a la bandera, que decía: "¡Más alto!" Pues bien Lucía: cuando
no te me pones majadera, cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de
frente como con odio y te burlaste de mí y de mi bondad, y sin saberlo llegaste
hasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer, me parece
cuando salgo de aquí, que me brilla en las manos la bandera. Y veo a todo el mundo
pequeño, y a mí como un gigante dichoso. Y siento mayor necesidad, una
vehemente necesidad de amar y perdonar a todo el mundo. En la mujer, Lucía,
como que es la hermosura mayor que se conoce, creemos los poetas hallar como un
perfume natural todas las excelencias del espíritu; por eso los poetas se
apegan con tal ardor a las mujeres a quienes aman, sobre todo a la primera a
quien quieren de veras, que no es casi nunca la primera a quien han creído
querer, por eso cuando creen que algún acto pueril o inconsiderado las
desfigura, o imaginan ellos alguna frivolidad o impureza,
se ponen fuera de sí, y sienten unos dolores mortales, y
tratan a su amante con la indignación con que se trata a los ladrones y a los
traidores, porque como en su mente las hicieran depositarias de todas las
grandezas y claridades que apetecen, cuando creen ver que no las tienen, les
parece que han estado usurpándoles y engañándoles con maldad refinada, y creen
que se derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan
viviendo, abrazados a las hojas caídas de su rosa blanca. Los poetas de raza
mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alféreces
de la poesía, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo
besando en venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos y
húmedos en lo que se ve, ¡pero en lo que no se ve tintos de veneno! Vamos,
Lucía, me estás poniendo hoy muy hablador. Tú ves, no lo puedo evitar. Si me
oyeran otras gentes, dirían que era un pedante. Tú no lo dices, ¿verdad? Es que
en cuanto estoy algún tiempo cerca de ti, de ti que nadie ha manchado, de
ti en quien nadie ha puesto los labios impuros, de ti en quien miro yo como la
carne de todas mis ideas y como una almohada de estrellas donde reclino, cuando
nadie me ve, la cabeza cansada, estas cosas extrañas, Lucía, me vienen a los
labios tan naturalmente que lo falso sería no recordarlas. Por fuera me suelen
acusar de que soy rebuscado y exagerado, y tú habrás notado que ya yo hablo muy
poco. ¿Qué culpa tengo yo de que sea así mi naturaleza, y de que al influjo de
tu cariño enseñe todas sus flores?
Y le besó las dos manos, como pudiera un niño haber
besado dos tórtolas.
Así, aunque no parezca cierto, suelen hablar y
sentir algunos seres “vivos y efectivos”, como dicen las lápidas de los nichos
en que están enterrados los oficiales militares muertos en el servicio de la
corona española. Así exactamente, y sin quitar ni poner ápice era como
sentía y hablaba Juan Jerez.
–Tú me perdonas, Juan, dijo Lucía antes de que
hubieran pasado algunos momentos, bajos los ojos y la voz, como pecador
contrito que pide humildemente la absolución de su pecado. Juan yo no sé qué
es, ni sé para qué te quiero, aunque si sé que te quiero por lo mismo que vivo,
y que si no te quisiera no viviría. Y mira, Juan, te miento; ahora mismo te
estoy mintiendo, yo creo que no sé por qué te quiero, pero debo saberlo muy
bien, sin notarlo yo, porque sé por qué pueden quererte los demás. Y como si te
conocen, han de quererte como yo te quiero, ¡no me regañes Juan! ¡Yo no
quisiera que tú conocieses a nadie! ¡Yo te querría mudo, yo te querría ciego:
así no me verías más que a mí, que le cerraría el paso a todo el mundo, y
estaría siempre ahí, y como dentro de ti, a tus pies donde
quisiera estar ahora! ¿Tú me perdonas, Juan? Luego, yo
no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: ¡tú dices que
yo soy hermosa! yo sé que fuera de mí hay muchas cosas y muchas personas bellas
y grandes; yo sé que no están en mí todas las hermosuras de la
tierra, y como a ti te caben en el alma todas, y eres tan
bueno que te he visto recoger las flores pisadas en las calles y ponerlas con
mucho cuidado donde nadie las pise, creo, Juan, que yo no te basto, que
cualquier cosa o persona, hermosa, te gustaría tanto como yo, y odio un libro
si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que es bella y
puedes verla tú. Quisiera reunir yo en mí misma todas las bellezas del mundo, y
que nadie más que yo tuviera hermosura alguna sobre la tierra. Porque te
quiero, Juan, lo odio todo. Y yo no soy mala, Juan; yo me avergüenzo de eso, y
luego me entran remordimientos, y besaría los pies de los que un momento antes
quería no ver vivos, y de mi sangre les daría para que viviesen si se
muriesen; ¡pero hay instantes, Juan, en que odio a todas las cosas, a todos los
hombres y a todas las mujeres! ¡Oh, a todas las mujeres! Cuando no estás a mi
lado, y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento,
créemelo, Juan; ¡ni sé lo que veo, ni sé qué es lo que me posee, pero me das
horror, Juan, y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades, y te las
echo en cara, como ayer, para ver si llegas tú a odiarlas, y a no ser tan
bueno, y si así no te quieren! Eso es, Juan, no es más que eso. A veces, y te
lo diré a ti solo, sufro tanto que me tiendo en el suelo en mi cuarto, cuando
no me ven, como una muerta. Necesito sentir en las sienes mucho tiempo el frío
del mármol. Me levanto, como si estuviera por dentro toda despedazada. Me muero
de una envidia enorme por todo lo que tú puedas querer y lo que pueda quererte.
Yo no sé si eso es malo, Juan: ¿tú me perdonas?
La magnolia, nuestra antigua conocida, oyó a las
últimas luces de la tarde, el final de esta conversación congojosa.
Lindo es el montecito que domina por el Este a la
ciudad, donde a brazo partido lucharon antaño, macana contra lanza y carne
contra hierro, el jefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de
barranco en barranco abrazados, matándose y admirándose iban cayendo, hasta que
al fin, ya exhausto, e hiriéndose con su propia macana la cabeza, cayó el indio
a los pies del español, que se levantó la visera, dejando ver el rostro bañado
en sangre, y besó al indio muerto en la mano. Luego, como que era recio de subir,
le escogieron para sus penitencias los devotos, y es fama que por su falda
pedregosa subían de rodillas en lo más fuerte del sol, los penitentes, cantando
el rosario.
Vinieron gentes nuevas, y como que el monte es corto
y de forma bella, y desde él se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios
de arbolado, como una gran cesta de esmeraldas y ópalos, limpiaron de piedras y
yerbajos la tierra que, bien abonada, no resultó ingrata; y de la mejor parte
del monte hicieron un jardín que entre los pueblos de América no tiene rival,
puesto que no es uno de esos jardinuelos de flores enclenques, y arbustos
podados, con trocitos de césped entre enverjados de alambre, que más que cosa
alguna dan idea de esclavitud y artificio, y de los que con desagrado se aparta
la gente buena y discreta; sino uno como bosques de nuestras tierras, con
nuestras propias y grandes flores y nuestros árboles frutales, dispuestos con
tal arte que están allí con gracia y abandono, y en grupos irregulares y como
poco cuidados, de tal manera que no parece que aquellos bambúes, plátanos
y naranjos han sido llevados allí por las manos de jardinero, ni aquellos
lirios de agua, puestos como en montón que bordan el estrecho arroyo cargado de
aguas secas fueron allí trasplantados como en realidad fueron: antes bien
parece que todo aquello floreció allí de suyo y con libre albedrío, de modo que
allí el alma se goza y comunica sin temor, y no bien hay en la ciudad una
persona feliz, ya necesita ir a decírselo al montecito que nunca se ve solo, ni
de día ni de noche.
Por allí, en la tarde en que vamos caminando, halló
Pedro Real razón para encontrarse a caballo, el cual dejó en la cumbre,
mientras que, golpeándose con el latiguillo los botines, se perdía, sin
recordar el cuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por allí, y sin saber
por cierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con tres amigas suyas, que
estrenaban unos sombreros de paja crema adornados con lilas, de bajar del
carruaje, que en la cumbre, con los caballos, esperaba. Por allí, sin que
lo supiese Adela tampoco, aunque sí lo sabía Pedro, andaban lentamente, con las
dos niñas mayores, Sol y doña Andrea: doña Andrea, que desde que el colegio le
devolvió a su Sol y podía a su sabor recrear los ojos, con cierto pesar de
verle el alma un poco blanda y perezosa, en aquella niña suya de “cutis tan
transparente, decía ella, como una nube que vi una vez, en París, en un
medio-punto de Murillo”, andaba siempre hablando consigo en voz baja, como si
rezase; y otras regañaba por todo, ella que no regañaba antes jamás, pues lo
que quería en realidad, sin atreverse, era regañar a Sol, de quien se encendía
en celos y en miedos, cada vez que oía preparativos de fiesta o de paseo, que
por cierto no eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doña
Andrea por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en el
colegio había entrado en la casa, se contentaba doña Andrea; y a veces se dio
la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tanto mimaba, y que
desde la infancia de la niña cuidaba ella y favorecía, se la echase en cara
como un pecado, que le llevó un día a prorrumpir en este curiosísimo
despropósito, que a algunas personas pareció tan gracioso como cuerdo: “Si
Manuel viviera, tú no serías tan hermosa.” Enojábase, doña Andrea, cuando oía,
allá por la hora en que Sol volvía con una criada anciana del colegio, la
pisada atrevida del caballo de cierto caballero que ella muy especialmente
aborrecía; y si Sol hubiese mostrado, que nunca lo mostró, deseos de ver la
arrogante cabalgadura, fuera de una vez que se asomó sonriendo y no
descontenta, a verla pasar detrás de sus persianas, es seguro que por allí
hubieran encontrado salida las amarguras de doña Andrea, que miraba a aquel
gallardísimo galán, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galán alguno
hubiera soportado doña Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre de que
aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, que poseyese a su
Sol, no sería de Sol nunca, por lo alto que estaba, y porque era ya de otra. Mas
aquella mansísima señora se estremecía cuando pensaba que, por parecer
proporcionados en la gran hermosura externa, pudiesen algún día acercarse en
amores aquel catador de labios encendidos y aquella copa de vino nuevo. Sentía
fuerzas viriles doña Andrea, y determinación de emplearlas, cada vez que el
caballo de Pedro Real piafaba sobre los adoquines de la calle. ¡Como si los
cuerpos enseñasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una
habitación recamada de nácar, se encontró refugiado a un bandido. Da horror
asomarse a muchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de
una madriguera. Y ya se sabía por toda la ciudad,
con envidia de muchas locuelas, que tras de Sol del Valle había echado
Pedro Real todos sus deseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus
caballos caracoleadores, sus ímpetus de enamorado de leyenda. Y lo despótico de
la afición se le conocía en que, bruscamente, y como si no hubiera estado
perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, cesó de decir gallardías,
a afectar desdenes a aquella que más de cerca le tuvieron desde su llegada de
París, ya porque de público se las señalase como las conquistas más apetecidas,
ya porque lo picante de su trato le diese fácil ocasión para aquellas
conversaciones salpimentadas que son muy de uso entre aquellos de nuestros
caballeros jóvenes que han visto tierras, y suplen con lo atrevido del discurso
la escasez de la gracia y el intelecto. La conversación con las damas ha de ser
de plata fina, y trabajada en filigrana leve, como la trabajan en Génova y
México.
En ser visto donde Sol del Valle había de verlo,
ponía Pedro Real el mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a
él; si al teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la
directora, y no más que dos veces, estaba la luneta de Pedro, si en Semana
Santa, por donde Sol iba con Lucía y Adela, Pedro, sin piedad por Adela,
aparecía. Decirle, nada le había dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al
saludarla en público, encogimiento y moderación mayores. Y parecía más
arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le decía, ni le escribía; pero quería
llenarle el aire de él. A la salida del teatro, la segunda noche que fue a él
Sol, ofrecía un pequeñuelo de sombrero de pita y pies descalzos un ramo de
camelias color de rosa, que eran allí muy preciadas y caras. Y en el punto en
que salió Sol, y con rapidez tal que pareció a todos cosa artística, tomó el
ramo Pedro Real, lo deshizo de modo que las camelias cayeron al suelo, casi a
los pies de Sol, y dijo, como si no quisiera ser oído más que del amigo que
tenía al lado: “Puesto que no es de quien debe ser, que no sea de nadie.”
Y como la fantasía que la hermosura de Sol arrancó a
Keleffy era ya a manera de leyenda en la ciudad, Pedro Real, con tacto y
profundidad mayores de los que pudieran suponérsele, compró, para que nadie
volviese a tocar en él, el piano en que habían tocado aquella noche Sol y
Keleffy.
Sonaban por la ciudad alegremente las chirimías, los
pífanos y los tambores. Los balcones de la calle de la Victoria eran cestos de
rosas, con todas las damas y niñas de la ciudad asomadas a ellos. Por cada
bocacalle entraba en la de la Victoria, con su banda de tamborines a la cabeza,
una compañía de milicianos. Unos llevaban pantalón blanco de dril, con casaquín
de lana perla, cruzado el pecho de anchas correas blancas, con asta plateada.
Otros iban de blanco y rojo, blanco el pantalón, la casaca roja. Iban otros más
de ciudadano, y aunque menos brillantes, más viriles: llevaban un pantalón de
azul oscuro y uno como gabán corto y justo, cerrado con doble hilera de
botones de oro, por delante: el sombrero era de fieltro negro de alas anchas,
con un delgado cordón de oro, que caía con dos bellotas a la espalda. En las
esquinas iban las compañías tomando puesto. ¡Qué conmovedoras las banderas
rotas! ¡Qué arrogantes, y como sacerdotes, los que las llevaban! Parecían altos
aunque no lo fueran. No parecían bien, cerca de aquellos pabellones
desgarrados, los banderines de seda y flores de oro en que con letras de realce
iban bordados los números de las compañías. ¡Qué correr desalados, el de los
muchachos por las calles! Verdad que hasta los hombres mayores, periódico en
mano y bastón al aire, corrían. A algunos, se les saltaban las lágrimas.
Parecía como que de adentro empujaba alguien a las gentes. Cuando una banda
sonaba a distancia, como si estuviera yéndose, los muchachos, aun los más
crecidos, corrían tras ella, con la cara
angustiada, como si se les fuera la vida. Y los más
pequeños, cruzando de un lado para otro, mirados desde los balcones, parecían
los granos sueltos de un racimo de uvas. Las nueve serían de la mañana, y el
cielo estaba alegre, como si le pareciese bien lo que sucedía en la tierra. Era
el día del año señalado para llevar flores a las tumbas de los soldados muertos
en defensa de la independencia de la patria. Entre compañía y compañía, iban
carros enormes en la procesión, tirados por caballos blancos, y henchidos de
tiestos de flores. Allá en el cementerio, había sobre cada tumba clavada una
bandera.
¿Qué caballerín, de los elegantes de la ciudad, no
estaba aquella mañana, con un ramo de flores en el ojal, saludando a las damas
y niñas desde su caballo? Los estudiantes, no, esos no estaban por las calles,
aunque en los balcones tenían a sus hermanas y a sus novias: los estudiantes
estaban en la procesión, vestidos de negro, y entre admirados y
envidiosos de los muertos a quienes iban a visitar, porque estos, al fin, ya
habían muerto en defensa de su patria, pero ellos todavía no: y saludaban a sus
hermanas y novias en los balcones, como si se despidieran de ellas. Los
estudiantes fueron en masa a honrar a los muertos. Los estudiantes que son el
baluarte de la libertad, y su ejército más firme. Las universidades parecen
inútiles, pero de allí salen los mártires y los apóstoles. Y en aquella ciudad
¿quién no sabía que cuando había una libertad en peligro, un periódico en
amenaza, una urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunían, vestidos
como para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos del brazo, se iban por
las calles pidiendo justicia; o daban tinta a las prensas en un sótano, e
imprimían lo que no podían decir; se reunían en la antigua Alameda, cuando en
las cátedras querían quebrarles los maestros el decoro, y de un tronco hacían
silla para el mejor de entre ellos, que nombraban catedrático, y al amor de los
árboles, por entre cuyas ramas parecía el cielo como un sutil bordado, sentado
sobre los libros decía con gran entusiasmo sus lecciones; o en silencio, y
desafiando la muerte, pálidos como ángeles, juntos como hermanos, entraban por
la calle que iba a la casa pública en que habían de depositar sus votos, una
vez que el Gobierno no quería que votaran más que sus secuaces, y fueron
cayendo uno a uno, sin echarse atrás, los unos sobre los otros, atravesados
pechos y cabezas por las balas, que en descargas nutridas desataban sobre ellos
los soldados? Aquel día quedó en salvo por maravilla Juan Jerez, porque un tío
de Pedro Real desvió el fusil de un soldado que le apuntaba. Por eso, cuando
los estudiantes pasaban en la procesión, vestidos de negro, con una flor
amarilla en el ojal, los pañuelos de todos los balcones soltábanse al viento, y
los hombres se quitaban los sombreros en la calle, como cuando pasaban
las banderas; y solían las niñas desprenderse del pecho, y echar sobre los
estudiantes, sus ramos de rosas.
En un balcón, con sus dos hermanas mayores y la
directora, estaba Sol del Valle. En otro, con un vestido que la hacía parecer
como una imagen de plata, una linda imagen pagana, estaba Adela. Más allá,
donde Sol y Adela podían verlas, ocupaba un ancho balcón, amparado del sol por
un toldo de lona, Lucía con varias personas de la familia de su madre, y Ana.
En una silla de manos habían traído a Ana hasta la casa. Muy mala estaba, sin
que ella misma lo supiese bien; estaba muy mala. Pero ella quería ver, “con su
derecho de artista, aquella fiesta de los colores: a la tierra le faltaba ahora
color: ¿verdad, Juan? Mira si no como todo el mundo se viste de negro. Quiero
oír música, Lucía: quiero oír mucha música. Quiero ver las banderas al viento”.
Y allí estaba en el ancho balcón, vestida de blanco,
muy abrigada, como si hubiese mucho frío, mirando avariciosamente, como si
temiera no volver a ver lo que veía, y sintiendo como dentro del pecho, porque
no se las viesen, le estaban cayendo las lágrimas.
Lucía distinguió a Sol, y miró si estaba en el
balcón, o dentro, Juan Jerez. Sol, no bien vio a Lucía, no quitó de ella los
ojos, para que supiese que estaba allí, y cuando le pareció que Lucía la estaba
viendo, la saludó cariñosamente con la mano, a la vez que con la sonrisa y con
los ojos. Prefería ella que Lucía la mirase, a que la miraran los jóvenes mejor
conocidos en la ciudad, que siempre hallaban manera de detenerse más de lo
natural frente a su balcón. A Pedro Real, pagó con un movimiento de cabeza, su
humilde saludo, cuando pasó a caballo; y no lo vio con pena, ni con afecto que
debiera afligir a doña Andrea, todo lo cual vio Adela desde su balcón,
aunque estaba de espaldas. Pero Lucía se había entrado por el alma de Sol,
desde la noche en que le pareció sentir goce cuando se clavó en su seno la
espina de la rosa. Lucía, ardiente y despótica, sumisa a veces como una
enamorada, rígida y frenética enseguida sin causa aparente, y bella entonces
como una rosa roja, ejercía, por lo mismo que no lo deseaba, un poderoso
influjo en el espíritu de Sol, tímido y nuevo. Era Sol como para que la
llevasen en la vida de la mano, más preparada por la naturaleza para que la
quisiesen que para querer, feliz por ver que lo eran los que tenía cerca de sí,
pero no por especial generosidad, sino por cierta incapacidad suya de ser ni
muy venturosa ni muy desdichada. Tenía el encanto de las rosas blancas. Un
dueño le era preciso, y Lucía fue su dueña.
Lucía había ido a verla; a buscarla en su coche para
que paseasen juntas; a que fuese a su casa a que la conociera Ana; y Ana la
quiso retratar; pero Lucía no quiso “porque ahora Ana estaba fatigada, y la
retrataría cuando estuviese más fuerte”, lo que, puesto que Lucía lo decía, no
pareció mal a Sol. Lucía fue a vestirla una de las noches que iba Sol al
teatro, y no fue ella: ¿por qué no iría ella? Juan Jerez tampoco fue esa noche:
y por cierto que esa vez Lucía le llevó, para que lo luciese, un collar de perlas:
“A mí no me lo conocen, Sol: yo nunca me pongo perla”; pero doña Andrea, que ya
había comenzado a dar muestras de una brusquedad y entereza desusadas, tomó a
Lucía por las dos manos con que estaba ofreciendo el collar a Sol, que no veía
mucho pecado en llevarlo, y mirando a la amiga de su hija en los ojos, y
apretando sus manos con cariño a la vez que con firmeza, le dijo con acento que
dejaba pocas dudas: “No, mi niña, no”, lo que Lucía entendió muy bien, y
quedó como olvidado el collar de perlas. A la mañana siguiente, a la hora de
que Sol fuese a sus clases, fue Lucía a buscarla para que diesen una vuelta en
el coche por cerca del colegio, y le preguntó con ahínco sobresaltado y
doloroso, que a quién vio, que quién subió a su palco, que a quién llamó la
atención, que dónde estaba Pedro Real: “¡Oh! Pedro Real, tan buen mozo; ¿no te
gusta Pedro Real? Yo creo que Pedro Real llamaría la atención en todas partes.
Has visto como desde que te conoce no se ocupa de nadie Pedro Real”; pero
pronto acabó de hablar de esto Lucía. Quién estaba en el teatro, no le
importaba mucho saberlo: Juan no había estado; pero ¿a la salida quién estaba?
¿no recuerdas quién estaba a la salida? ¿Estaba...? y no acababa de preguntar
quién había estado. Ni sabía Sol por quién le preguntaba. No: Sol no había
visto a nadie. Iba muy contenta. La directora la había tratado con mucho
cariño.
Sí, Pedro Real había estado; pero no a saludarla:
nadie había subido a saludarla. La habían mirado mucho. Decían que el cónsul
francés había dicho una cosa muy bonita de ella. Pero al salir, no, no vio a
nadie. Sol quería llegar pronto, porque se había quedado triste doña Andrea. Y
al llegar en esta conversación al colegio, Lucía besó a Sol con tanta frialdad,
que la niña se detuvo un momento mirándola con ojos dolorosos, que no apearon
el ceño de su amiga. Y de pronto, por muchos días, cesó Lucía de verla. Sol se
había afligido, y doña Andrea no; aunque la ponía orgullosa que le quisiesen a
su hija; pero Lucía no: ella no veía nunca con gusto a Lucía. Un día antes de
la procesión Lucía había vuelto a la casa de Sol. Que la perdonase. Que Ana
estaba muy sola. Que Sol estaba más linda que nunca. “Mira, mañana te mandaré‚
la camelia más linda que tenga en casa. Yo no te digo que vengas a mi balcón,
porque... Yo sé que tú vas al balcón de la directora.
Pero mira, vas a estar lindísima; ponte la camelia
en la cabeza, a la derecha, para que yo pueda vértela desde mi balcón.” Y le
tomó las manos, y se las besó; y conforme conversaba con Sol, se pasaba
suavemente la mano de ella por su mejilla; y cuando le dijo adiós, la miraba
como si supiera que corría algún peligro, y le avisase de él, y cuando fue
hacia el coche, ya se le iban desbordando las lágrimas.
–¡Allí está, allí está! dijo como involuntariamente,
y reprimiéndose enseguida que lo había dicho, una de las hermanas de Sol, la
mayor, la que no era bella, la que no tenía más que dos ojos muy negros y
acariciadores, expresivos y dulces como los de la llama, el animal que muere
cuando le hablan con rudeza.
–¿Quién?
–No, no era nadie: Juan Jerez, en el balcón de
Lucía.
–Sí, ya lo veo. Lucía está mirando para acá. Y se
desprendió, y volvió a prender, para que Lucía lo notase, y supiera que pensaba
en ella. Hermanita, dijo de pronto Sol en voz baja: hermanita, ¿no te parece
que Juan Jerez es muy bueno? Yo quisiera verlo más. Nunca lo he visto cuando he
ido a casa de Lucía. Yo no sé qué tiene, pero me parece mejor que todos los
demás. ¿Tú crees que él querrá mucho a Lucía?
Hermanita no quería decir nada, hacía como que no
oía.
–Juan Jerez iba antes algunas veces a casa, antes de
que yo saliese del colegio; ¿verdad? Cuéntame, tú que lo conoces. Yo sé‚ que él
se va a casar con Lucía, aunque ella no me habla de él nunca; pero a mí
me gusta hablar de él. A Lucía no me atrevo a preguntarle, como ella no me
dice... Él ha sido muy bueno con mamá, ¿no? ¡La directora lo quiere tanto!
Mira, allí vuelve a pasar Pedro Real: ¡es buen mozo de veras! pero yo le
hallo unos ojos extraños, no son tan dulces como los de Juan. No sé; pero el
único que me dijo algo la noche de Keleffy, que no se me ha olvidado, fue Juan
Jerez.
Hermanita no decía palabra. Se le habían puesto los
ojos muy negros y grandes como para contener algo que se salía a ellos.
Ella, que no miraba hacia el balcón, sentía que Juan
Jerez había tenido puesta buen tiempo su mirada larga y bondadosa en Sol. Juan,
que acariciaba los mármoles, que seguía por las calles a los niños descalzos
hasta que sabía dónde vivían, que levantaba del suelo las flores pisadas, si no
lo veían, y les peinaba los pétalos y las ponía dónde no pudiesen pisarlas más.
De la misma manera, y con aquel deleite honrado que produce en un espíritu fino
la contemplación de la hermosura, había Juan mirado a Sol largamente.
Lucía no estaba allí entonces. ¡Pobre Ana! Cuando ya
iban pasando los últimos soldados, palideció, se le cubrió el rostro de sudor,
cerró los ojos, y calló sobre sus rodillas. La llevaron cargada para adentro, a
volverle el sentido. Parecía una santa, vestida de blanco, con su cara
amarilla. Lucía no se aparta de su lado; Ana había vuelto en sí; Lucía había
mirado ya muchas veces a la puerta, como preguntándose dónde estaría Juan.
"¿En el balcón? ¡Qué no esté en el balcón!" Y aún desmayada Ana, por
poco no le abandona la mano.
–¡Vete, vete con Juan! le dijo Ana, apenas abrió los
ojos, y le notó el trastorno: y con la mano y la sonrisa la echaba hacia la
puerta suavemente.
–Bueno, bueno, vengo enseguida.
Y fue al balcón derechamente.
–¡Juan!
–¿Y Ana? ¿Cómo está Ana?
El balcón de la directora estaba ya vacío.
–Ya está bien: ya está bien. ¡Yo no sabía dónde tú
estabas!
Y volvemos ahora al pie de la magnolia, cuando ya
llevaba días de sucedido todo esto, y Sol estaba en una banqueta a los pies de
Lucía, sentada en un sillón de hierro. Ana, con sus caprichos de madre, había
querido que le llevasen aquel domingo a Sol. “Es tan buena, Lucía! Tú no tienes
que tenerle miedo: tú también eres hermosa. Mira: yo veo a las personas
hermosas como si fueran sagradas. Cuando son malas no: me parecen vasos
japoneses llenos de fango; pero mientras son buenas, no te rías, me parece, cuando
estoy delante de ellas, que soy un monaguillo y que le estoy alzando la
cogulla, como en la misa, a un sacerdote. Vamos, tráeme a Sol; ¿pero es de
veras que Juan no viene hoy?”
–¡Es de veras! Sí, sí; ahora mismo voy, y te traigo
a Sol.
Sol vino, y otras amigas de Ana, mas no Adela. Vivía
ya Ana en un sillón de enfermo, porque andar le era penoso, y reclinarse no
podía. Ya, como las tardes cuando se está yendo la luz, tenía el rostro a la
vez claro y confuso, y todo él como bañado de una dulce bondad. Ni deseos
tenía, porque de la tierra deseó poco mientras estuvo en ella, y lo que Ana le
hubiera pedido a la tierra, de seguro que en ella no estaba, y tal vez estaría
fuera de ella. Ni sentía Ana la muerte, porque no le parecía a ella que fuese
muerte aquello que dentro de sí sentía crecientemente, y era como una
ascensión. Cosas muy lindas debía ver, conforme se iba muriendo, sin saber que
las veía, porque se le reflejaban en el rostro. La frente la tenía como de
cera, alta y bruñida, y hundidas las paredes de las sienes. Aquellos ojos eran
una plegaria. Tenía fina la nariz, como una línea. Los labios violados y secos,
eran como una fuente de perdón. No decía sino caridades.
Sola, sí, no quería estar ella. Tampoco se quiere
estar solo cuando se va a entrar en un viaje: tampoco, cuando se está en las
cercanías de la boda. Es lo desconocido, y se le teme. Se busca la compañía de
los que nos aman. Y más que con otras se había encariñado Ana en su enfermedad
con Sol, cuya perfecta hermosura lo era más si cabe, por aquel inocente
abandono que de todo interés y pensamiento de sí tenía la niña. Y Ana estaba
mejor cuando tenía a Sol cogida de la mano, en cuyas horas Lucía, sentada cerca
de ellas, era buena.
Dormía Ana en aquellos momentos, cuando en el patio
hablaban Lucía y Sol. Hablaban del colegio, que había dado su examen en
aquella semana, y dejaba a Sol libre durante dos meses: y a
Sol no le gusta mucho enseñar, no, "pero sí me gusta: ¿no ves
que así no pasa mamá apuros? ¡Mamá!" Y Sol contaba a
Lucía, sin ver que a esta al oírlo se le arrugaba el ceño,
cómo inquietaban a doña Andrea los cuidados de Pedro Real, de que no
hablaba la señora, porque la niña no se fijase más en él; pero ella no, ella no
pensaba en eso.
–No, ¿por qué no?
–No sé: yo no pienso todavía en eso: me gusta, sí,
me gusta verle pasear la calle y cuidarse de mí; pero más me gusta venir acá, o
que tú vayas a verme, y estar con Ana y contigo. Luego, Pedro Real me da miedo.
Cuando me mira, no me parece que me quiere a mí. Yo no sé explicarlo, pero es
como si quisiera en mí otra cosa que no soy yo misma. Porque a mí me parece,
¡anda, Lucía, tú puedes decirme de eso! a mí me parece que cuando un hombre nos
quiere, debemos como vernos en sus ojos, así como si estuviéramos en ellos, y
dos veces que he visto de cerca a Pedro Real, pues no me ha parecido
encontrarme en sus ojos. ¿No es verdad, Lucía, que cuando a uno lo quieren le
sucede a uno eso?
En la mano de Lucía se encogió de pronto el cabello
de Sol con que jugaba.
–¡Ay! me haces daño.
–¿Quieres que vayamos a ver cómo está Ana?
Y ya se estaban poniendo en pie para ir a verla, y
arreglándose Sol los cabellos, aquellos cabellos suyos finos, de color castaño
con reflejos dorados, cuando a un tiempo se oyeron dos diversos ruidos: uno en
el cuarto de Ana, como de mucha gente que se moviera y hablara agitadamente,
otro a la puerta de la calle, donde, con aire desembarazado, saltaba un hombre
apuesto, de una mula de camino.
–¡Juan! murmuró Lucía, poniéndose más blanca que las
camelias.
–¿Juan Jerez? dijo Sol alegrándosele el rostro, y
acabando apresuradamente de sujetarse las trenzas.
Lucía, en pie y ceñuda, y con los ojos puestos sobre
Sol, a quien turbaba aquel silencio, aguardó apoyada en la silla de hierro, a
Juan que, reparando apenas en Sol, venía hacia su prima con las manos tendidas.
–Señorita Sol, ¿qué me le ha hecho a mi Lucía? ¿Por
qué no sales a recibirme? ¿para castigarme porque por verte hoy he andado
veintidós leguas en mula?
A Lucía se le veían temblar los labios
imperceptiblemente, y como crecer los ojos. Su mano se sacudía entre las de
Juan, que la miraba con asombro.
Sol hacía como que sobre una mesita un poco alejada
arreglaba las flores de un vaso.
–Lucía, ¿qué tienes?
–¡Sol, Lucía, vengan! dijo acercándose a ellas una
de sus amigas que salía del cuarto de Ana precipitadamente. Ah, Juan, qué
bueno que esté aquí. Ve, Lucía, ve, yo creo que Ana se muere.
–¡Ana!
–Sí, mande enseguida por el médico.
Saltó Juan en la mula, y echó a escape. Sol ya
estaba al lado de Ana, Lucía miró muy despacio a la puerta de la calle, miró
con ira a aquella por donde había entrado Sol, y se quedó unos momentos de pie,
sola, en el patio, los dos brazos caídos y apretados a los costados, fijos los
ojos delante de sí tenazmente. Y echó a andar hacia el cuarto de Ana, después
de haber mirado a su alrededor a todos los lados, como si temiese.
¡Al campo! ¡al campo! Todos van al campo. Todos, sí,
todos. Adela y Pedro Real, Lucía y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto, las
personas mayores que por no influir directamente en los sucesos de esta
narración no figuran en ella. ¡Al campo todos!
.
El médico llegó aquel domingo en momentos en que Ana
abría los ojos, que a Sol arrodillada al borde de su cama fue lo primero que
vieron.
–¡Ah, tú, Sol! Y Sol le pasaba la mano por la
frente, y le apartaba de ella los cabellos húmedos.
Lucía arreglaba las almohadas de manera que Ana
pudiera estar como sentada. Sus amigas todas rodeaban la cama, y Ana, sin
fuerzas aún para hablar, les pagaba sus miradas de angustia con otras de
reconocimiento. Parecía que era dichosa. Sol quiso retirar la mano con que
tenía asida la de Ana; pero Ana la retuvo.
–¿Qué ha sido, eh, qué ha sido? Sentí como si todo
un edificio se hubiese derrumbado dentro de mí. Ya, ya pasó. Ya estoy bien. Y
se le cayó la cabeza al otro lado de las almohadas.
El médico la halló de esta manera, le puso el oído
sobre el corazón, abrió de par en par la ventana y las puertas, y aconsejó que
solo quedase junto a ella la persona que ella desease.
Ana, que parecía no oír, abrió los ojos, como si el
aire le hubiese hecho bien, y dijo:
–Juan ha llegado, Lucía.
–¿Cómo sabes?
–Vete con Juan, Lucía. Sol, tú te quedas.
Miró Sol a Lucía, como preguntándole; a Lucía, que
estaba en pie al lado de la cama, duros los labios y los brazos caídos.
Juan llamaba a la puerta en este instante, y el
médico lo entró en el cuarto, de la mano.
–Venga a decirme si no es locura pensar que corre
riesgo está linda niña. Y con los ojos, desdecía el médico sus palabras. Pero
es indispensable que la enfermita vea el campo. Es indispensable. No me
pregunte Vd. qué remedio necesita, dijo el médico clavando los ojos en
Juan. Mucho reposo, mucho aire limpio, mucho olor de árboles. Llévenmela donde
haya calor, estos tiempos húmedos pueden hacerle mucho daño. Si mañana mismo
pueden Vds. disponer el viaje, sea mañana mismo. Pero, niña, no se me vaya a ir
sola. Lleve gente que la quiera, y que la arrope bien por las mañanitas y por
las tardes. ¿Y esta señorita? añadió volviéndose a Sol. Y creo que Vd. se me
pone buena si lleva consigo a esta señorita.
–Oh, sí, Sol va conmigo; ¿no, Juan?
–Por supuesto, dijo Juan vivamente, pensando con
placer en que así se regocijaría Ana, cuya afición a Sol le era ya conocida, y
se daría una prueba de estimación a la pobre viuda: por supuesto que
la llevamos. Va a ser una gala de los ojos ver ir por un caminito
de rosales que yo me sé, cogidas del brazo, a Sol, Ana y Lucía. Lucía, mañana
nos vamos. Sol, voy ahora a su casa a pedirle permiso a doña Andrea. ¿Te
parece, Lucía, que invitemos a Adela y a Pedro Real? ¡Upa, Ana, upa! Allá tengo
unos inditos en el pueblo que te van a dar asunto para un cuadro delicioso.
¿Vamos, doctor? Acarició Juan una mano de Ana, besó la de Lucía, con un beso
que la regañaba dulcemente y salió al corredor, hablando como muy contento, con
el médico.
Ana llamó a Lucía con una mirada, y así que la tuvo
cerca de sí, sin decir palabra, y sonriendo felizmente, trajo sobre su seno con
un esfuerzo las manos de Lucía y de Sol, que estaban cada una a un lado de
ella, y paseando sus ojos por sobre sus cabezas, como conversándoles, retuvo
largo tiempo unidas las manos de ambas niñas bajo las suyas.
Y Sol miró a Lucía de tan linda manera, que no bien
Ana se quedó como dormida, se acercó Lucía a Sol, la tomó por el talle
cariñosamente, y una vez en su cuarto, empezó a vaciar con ademanes casi
febriles sus cajas y gavetas.
–Todo, todo, todo es para ti. Y Sol quería hablar, y
ella no la dejaba. Mira, pruébate este sombrero. Yo nunca me lo he puesto.
Pruébatelo, pruébatelo. Y este, y este otro. Esos tres son tuyos. Sí, sí, no me
digas que no. Mira, trajes: uno, dos, tres. Este es el más bonito para ti.
¿Oyes? Yo quiero mucho a Pedro Real. Yo quiero que tú quieras a Pedro Real. Que
te vea muy bonita. Que te vean siempre más bonita que yo. Pero óyeme, a
Juan no me lo quieras. Tú déjame a Juan para mí sola. Enójalo. Trátalo
mal. Yo no quiero que tú seas su amiga. ¡No, no me digas nada! sí, es chanza,
sí es chanza. ¿Ves? Este vestido malva sí te va a estar bien. A ver, ve qué
bien hace con tu pelo castaño. ¿Ves? Es muy nuevo. Tiene el corpiño como un
cáliz de flor, un poco recto; no como esos de ahora, que parecen una copa de
champaña: muy delgados en la cintura, y muy anchos en los hombros. La
saya es lisa; no tiene tablados ni pliegues; cae con el peso de la seda hasta
los pies. ¿Ves? a mí me está muy corta. A ti te estará bien. Es un poco ancha,
a lo Watteau. ¡Mi pastorcita! ¡mi pastorcita! Yo nunca me la he puesto. ¿Tú
sabes? A mí no me gustan los colores claros. ¡Ah! mira: aquí tienes, y escondía
algo con las dos manos cerradas detrás de su espalda, aquí tienes, y no te lo vas
a quitar nunca, aunque se nos enoje doña Andrea. Cierra, cierra los ojos.
Los cerró Sol venturosa de verse tan querida por su
amiga, y cuando los abrió, se vio en el brazo, e hizo por quitarse un gesto que
Lucía le detuvo, un brazalete de cuatro aros de perlas margaritas.
–Sí, sí, es muy rico; pero yo quiero que tú lo
tengas. No: nada, nada que me digas: ¿ves? yo tengo aquí otro, de perlas
negras. ¡Y nunca, nunca te lo quites! Yo quiero ser muy buena.
Y la tomó de las dos manos, y la besó en las dos
mejillas apasionadamente. ¡Ven, vamos a ver a Ana!
Y salieron del cuarto, cogidas del talle.
¡Al campo, al campo! doña Andrea no sabe que va
Pedro Real; que si lo supiese, no dejaría ir a Sol: aunque a Juan ¿qué le
negaría ella? ¡A Juan! Ese, ese era el que ella hubiera querido para Sol.
“Bueno, Juan: que no salga al sol mucho.” Juan preguntó en vano por la hermana
mayor, por Hermanita. Ella estaba en la casa cuando entró él; pero ahora no:
estará en casa de alguna vecina. ¡No, Hermanita estaba allí; estaba en el
comedor, detrás de las persianas. Ella veía a quien no la veía. “Cierra los
ojos, Hermanita, no veas a lo que no debes ver”! Y cuando Juan salió, las
persianas se entornaron, como unos ojos que se cierran.
¡Al campo, al campo! Cuatro mulas tiran del
carruaje, con collares de plata y cencerro, porque Ana vaya alegre: y las mulas
llevan atadas en el anca izquierda unas grandes moñas rojas, que lucen bien
sobre su piel negra. El cochero es Pedro Real, que lleva al lado a Adela, en la
imperial, Juan y Lucía, adentro, con la gente mayor, que es muy respetable,
pero no nos hace falta para el curso de la novela, Ana sentada entre almohadas,
muy mejor con el gozo del viaje, con su cuaderno de apuntes en la falda, para
copiar lo que le guste del camino, que ya le parece que está buena, y Sol a su
lado, con un vestido de sedilla color de ópalo, tranquila y resplandeciente
como una estrella.
Pedro Real se mordió el bigote rizado cuando vio que
no iba a ser Sol su compañera en el pescante. Y con Adela iba muy cortés. Pero
¿Ana no necesitaría nada? Juan, ¿irá Ana bien? deberíamos bajar.
¡Voy a bajar un momento, a ver si Ana va bien! Bajó
muchos momentos. Y las mulas, aunque diestras, más de una vez se iban un poco
del camino, como si no estuviese bastante puesto en ellas el pensamiento del
cochero.
Era como de seis leguas el camino, y
todo él a un lado y otro de tan frondosa vegetación que no había manera de
tener los ojos sino en constante regalo y movimiento. Porque allá al fondo era
un bosque de cocoteros, o una hilera de palmas lejanas que iba a dar en la
garganta de dos montes; ya era, al borde mismo del camino, una pendiente llena
de flores azules y amarillas que remataba en un río de espumas blancas, nutrido
con las aguas de la sierra, o eran ya a la distancia, imponentes como dos
mensajes de la tierra al cielo, dos volcanes dormidos, a cuya falda serpeada
por arroyuelos de agua blanca viva y traviesa, se recogían, como siervos
azotados a los pies de sus dueños, las ciudades antiguas, desdentadas y
rotas, en cuyos balcones de hierro labrado, mantenidos como por milagro sin
paredes que los sustentasen sobre las puertas de piedra, crecían en hilos que
llegaban hasta el suelo copiosas enredaderas de ipomea. De una iglesia que tuvo
los techos pintados, y dorados de oro fino de lo más viejo de América los
capiteles de los pilares, quedaba en pie, como una concha clavada en tierra por
el borde, el fondo del altar mayor, cobijado por una media bóveda: un
bosquecillo había crecido al amor del altar; la pared interior, cubierta de
musgo, le daba desde lejos apariencia de cueva formidable; y era cosa común y
sumamente grata ver salir de entre los pedruscos florecidos, al menor ruido de
gente o de carruajes, una bandada de palomas. Otra iglesia, de la que no había
quedado en pie más que el crucero, tenía el domo completamente verde, y las
paredes de un lado rosadas y negras, como los bordes de una herida. Y por
el suelo no podía ponerse el pie sin que saltase un arroyo.
Llegaron a los volcanes; pasaron por las ciudades
antiguas: más allá iban; y no se detuvieron. Lucía, a la sombra de su quitasol
rojo, se sentía como la señora de toda aquella natural grandeza, y como si el
mundo entero, de que tenía a los ojos hermosa pintura, no hubiera sido
fabricado más que para cantar con sus múltiples lenguas los amores de Lucía
Jerez y de su primo. Y se veía ella misma lo interior del cráneo como si
estuviese lleno de todas aquellas flores: lo que le sucedía siempre que estaba
sola, con Juan Jerez al lado. Adela y Pedro hablaban de formalísimos sucesos,
que tenían la virtud de poner a Adela contemplativa y silenciosa, dando a Pedro
ocasión para ir callado buena parte del camino, lo cual aprovechaba él en
celebrar consigo mismo animados coloquios: y a cada instante era aquello
de: “Juan, ¿cómo estará Ana? Bajaré un instante, a ver si se le ofrece algo a
Ana”. Y Lucía reía, y daba por cosa cierta que, aunque Sol era niña recatada,
ya le había dicho que Pedro Real le parecía muy bien, y se la veía que le
llevaba en el alma: lo que a Juan no parecía un feliz suceso, aunque
prudentemente lo callaba. Adentro del carruaje, la dichosa Sol era toda
exclamaciones: jamás, jamás en su vida de huérfana pobre, había visto Sol
correr los ríos, vestirse a los bosques fuertes de campanillas moradas y
azules, y verdear y florecer los campos. De un color de rosa de coral se le
teñían las mejillas, y el ónix de México no tuvo nunca mayor transparencia que
la tez fina de Sol, en aquella mañana de ventura en la naturaleza. ¡Ay! la
buena Ana sonreía mucho, pero había olvidado levantar de su falda el cuaderno
de notas.
Y de pronto sonaron unas músicas; se oscureció el
camino como por una sombra grata, y refrenaron las mulas el paso, con gran
ruido de hebillas y cencerros. De un salto estaba Pedro a la portezuela del
carruaje, al lado de Sol, preguntándole a Ana qué se le ofrecía. Pero aquí
bajaron todos, y Sol misma, que se volvió pronto al carruaje, para acompañar a
Ana, y animarla a tomar del breve almuerzo que los demás, sentados en torno de
una mesa rústica, gustaban con vehemente apetito, sazonado por chistes que el piadoso
Juan encabezaba y atraía, porque los oyese Ana desde su asiento en el coche,
traído a este propósito cerca de la mesa.
Allí, en las tazas de güiros posadas en trípodes de
bejuco recién cortado de las cercanías, hervía la leche que, a juzgar por lo
fragante y espumosa, acababa de salir de la vaca de Durham que asomó su cabeza
pacífica por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar
un lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto allí por los dueños de
la finca, para que los visitantes hiciesen de veras, al llegar de la ciudad, su
almuerzo a la manera campesina. Allí el queso, que manaba la leche al ser
cortado, y sabía ricamente con las tortas de maíz humeantes que servía la
indita de saya azul, envueltas en paños blancos. Allí unos huevos duros, o
blanquillos, que venían recostados, cada uno en su taza de güiro, sobre una
yerba de grata fragancia, que olían como flores. Allí, en la cáscara misma del
coco recién partido en dos, la leche de la fruta, con una cucharilla de coco
labrado que la desprendía de sus tazas naturales. Y mientras duraba el
almuerzo, unos indios, descalzos y en sus trajes de lona, puesto en tierra sus
sombreros de palma, tocaban, bajo otro paradorcillo más lejano, dispuesto para
ellos, unos aires muy suaves de música de cuerda, que blandamente templada
por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba a nuestros alegres caminantes
como una caricia. Adela solo reía forzadamente. Violencia tenía que hacerse Sol
para no palmotear en el carruaje. Muy feamente arrugó el ceño Lucía una vez que
se acercó Juan a la portezuela del lado de Ana, y habló con ella, haciéndola
reír, unos minutos: y en cuanto oyó reír a Sol, dejó Lucía su asiento, y se fue
ella también a la portezuela. ¡Ea! ¡Ea! ya tocan diana, que es el toque de
bienvenida y adiós, los indios habilidosos. La indita de saya azul da a gustar
a la vaca mirona una de las tazas de coco abandonada. Al pescante van Pedro y
Adela: Lucía, menos contenta, a la imperial con Juan. Y a la casa de la finca,
toda blanca, de techo encarnado, se ve a poca distancia. Ana ya va muy pálida;
y las mulas, al olor del pesebre, vuelan camino arriba, bajo la bóveda de
espesos almendros que llenan la avenida con sus hojas redondas y sus verdes
frutas.
Mucha, mucha alegría. Lucía también estaba alegre,
aunque no estaba Juan allí. ¿Por qué no estaba Juan?: el pleito de los indios,
aunque aquellos eran días de receso en tribunales como en escuelas, le había
obligado a volver al pueblecito, si no quería que un gamonal del lugar, que
tenía grandes amigos en el Gobierno, hurtase con una razón u otra a los indios
la tierra que la energía de Juan había logrado al fin les fuese punto menos que
reconocida en el pleito. Los indios habían salido de la iglesia con su música,
el domingo antes, apenas se supo que Juan no esperaría el tren del día
siguiente; y cuando le trajeron a Juan la mula, vio que la habían adornado toda
con estrellas y flores de palma, y que todo el pueblo se venía tras él, y
muchos querían acompañarle hasta la ciudad. Una viejita, que venía apoyada en
su palo, le trajo un escapulario de la Virgen, y una guapa muchacha, con un
hijo a la espalda y otro en brazos, llegó con su marido, que era
un bello mancebo, a la cabeza de la mula, y puso al indito en
alto para que le diese la mano al "caballero bueno"; y muchos
venían con jarras de miel cubiertas con estera bien atada, u otras ofrendas,
como si pudiesen dar para tanto las ancas de la caballería, muy oronda de toda
aquella fiesta; y otro viejito, el padre del lugar, mi señor don Mariano, que
jamás había bebido de licor alguno, aunque él mismo trabajaba el de sus
plantíos propios, llegó, apoyado en sus dos hijos, que eran también como
senadores del pueblo, y con los brazos en alto desde que pudo divisar a Juan, y
como si hubiera al cabo visto la luz que había esperado en vano toda su vida:
"Abrazarlo, decía. ¡Déjenme abrazarlo! ¡Señor, todito este pueblo lo
quiere como a su hijo!" De modo que Juan, a quien habían conmovido
aquellos cariños, dejó la finca, dos días después de haber llegado a ella, no
bien supo que los indios, a pesar de su esfuerzo, corrían peligro de que se les
quitase de las .manos la posesión temporal que, en espera de la
definitiva, había Juan obtenido que el Juez les acordase, –el Juez, que había
recibido el día anterior de regalo del gamonal un caballo muy fino.
Mucha, mucha alegría. Lucía misma, que en los dos
días que estuvo allí Juan le dio ocasión de extrañeza con unos cambios bruscos
de disposición que él no podía explicarse, por ser mayores y menos racionales
que los que ya él le conocía, estaba ahora como quien vuelve de una enfermedad.
Era la casa toda de los visitantes, por no estar en
ella entonces sus dueños, que eran como de la familia de Juan. Pedro, al
anochecer, salía de caza, porque era el tiempo de la de los conejos, por allí
abundantísimos. De los que traía muertos en el zurrón no hablaba nunca, porque
Ana no se lo había de perdonar, por haber todavía en este mundo almas sencillas
que no hallan placer en que se mate, a la entrada misma de la cueva donde
tiene a su compañero y a su prole, a los padres animales que han salido a descubrir,
para mudarse de casa, algún rincón del bosque rico en yerbas.
Pero los conejos, de puro astutos, suelen caer en
las manos del cazador; porque no bien sienten ruido, se hacen los muertos, como
para que no los delate el ruido de la fuga, y cierran los ojos, cual si con
esto cerrarse el cazador los suyos, quien hace por su parte como que no ve, y
echada hacia la espalda la escopeta, por no alarmar al conejo que suele
conocerla, se va, mirando a otro lado, sobre la cama del conejo, hasta que de
un buen salto le pone el pie encima y así lo coge vivo: una vez cogió tres, muy
manso el uno, de un color de humo, que fue para Ana: otro era blanco, al cual
halló manera de atarle una cinta azul al cuello, con que lo regaló a Sol; y a
Lucía trajo otro, que parecía un rey cautivo, de un castaño muy duro, y de unos
ojos fieros que nunca se cerraban, tanto que a los dos días, en que no quiso
comer, bajó por primera vez las orejas que había tenido enhiestas, mordió la
cadenilla que lo sujetaba, y con ella en los dientes quedó muerto.
Paseos, había pocos. Sin Ana ¿quién había de
hacerlos? Con ella, no se podía. Ni Sol dejaba a Ana de buena voluntad; ni
Lucía hubiera salido a goce alguno cuando no estaba Juan con ella. Adela, sí,
había trabado amistades con una gruesa india que tenía ciertos privilegios en
la casa de la finca, y vivía en otra cercana, donde pasaba Adela buena parte
del día, platicando de las costumbres de aquella gente con la resuelta Petrona
Revolorio: “y no crea la señorita que le converso por servicio, sino porque le
he cobrado afición”. Era mujer robusta y de muy buen andar, aunque esto lo
hacía sobre unos pies tan pequeños que no había modo de que Petrona
llegara a ver a “sus niños” sin que le pidieran que los enseñase, lo cual ella
hacía como quien no lo quiere hacer, sobre todo cuando estaba delante el niño
Pedro. Las manos corrían parejas con los pies, tanto que algunas veces las
niñas se las pedían y acariciaban; llevaba una simple saya de listado, y un
camisolín de muselina transparente, que le ceñía los hombros y le dejaba
desnudos los hermosos brazos y la alta garganta. Era el rostro de facciones
graciosas y menudas, de tal modo que la boca, medio abierta en el centro y
recogida en dos hoyuelos a los lados, no era en todo más grande que sus ojos.
La naricilla, corta y un tanto redonda y vuelta en el extremo, era una
picardía. Tenía la frente estrecha, y de ella hacia atrás, en dos bandas no muy
lisas, el cabello negro, que en dos trenzas copiosas, veteadas de una cinta
roja, llevaba recogida en cerquillo, como una corona, sobre lo alto de la
cabeza. Un chal de listado tenía siempre puesto y caído sobre un hombro; y no
había quien, cuando remataba una frase que le parecía intencionada, se echase
por la espalda con más brío el chal de listado. Luego echaba a correr, riendo y
hablando en una jerga que quería ser muy culta y ciudadana; y se iba a preparar
a la niña Ana, lo cual lo hacía muy bien, unos tamales de dulce de coco y un
chocolatillo claro, que era lo que con más gusto tomaba, por lo limpio y lo
nuevo, nuestra linda enferma. Y mientras Ana los gustaba, Petrona Revolorio,
con el chal cruzado, se sentaba a sus pies “no por servicio, sino porque le
había cobrado afición”, y le hacía cuentos.
¿El alba, sin que Petrona Revolorio estuviese a la
puerta del cuarto de la niña Ana con su cesta de flores, que ella misma quería
ponerle en el vaso y ver con sus propios ojos, cómo seguía la niña? –“¡Mi
niñita: mírenla que galana está hoy: se lo voy a decir al niño Pedro que nos dé
un baile de convite a las señoras, y vamos a sacarla a bailar con el niño
Pedro. ¡Y él sí que es galán también, el niño Pedro! –Mire mi niñita: no le
traigo de esos jazminotes blancos, porque los de acá huelen muy fuerte; pero aquí
le pongo, en este vaso azul, esos jazmines de San Juan, que acá se dan todo el
año y huelen muy bien de noche. Con que, mi niñita, prepárese para el baile, y
que le voy a prestar un chal de seda encarnada que yo tengo, que me la va a
poner más linda que la misma niña Sol. ¡Cómo está que se muere el niño Pedro
por la niña Sol! Pero yo no sé que tiene la niña Adela, que está como aburrida.
–¿Quiere mi niñita los tamales hoy de coco, o de carnecita fresca? Ayer maté un
cochito, que está de lo más blando: era el cochito rosado, y la carne está como
merengue ¡Jesús, mi niñita, no me diga eso! Si yo me muero por servirla: mire
que yo soy como las tacitas de coco, que dicen en letras muy guapas: “yo sirvo
a mi dueña”.
Voy a poner la puerta de mi casa llena de tiestos de
flores, y a alquilar a los músicos, el día que mi niñita vaya a verme. ¡Y eso
que yo no se lo hago a nadie: “porque no lo hago por servicio, sino porque le
he cobrado mucha afición”!
Y Pedro, como que con la ausencia de Juan venía a
ser el caballero servidor de las cuatro niñas, ¿qué había de hacer sino
estarlas sirviendo, y mucho mejor cuando no estaba cerca Adela, y mejor aún
cuando no estaba junto a Ana, que no ponía buenos ojos cuando miraba a la vez a
Sol y a Pedro, y mejor que nunca cuando por algún acaso Lucía y Sol estaban
solas? Y siempre entonces tenía Lucía algo que hacer, ir de puntillas a ver si
seguía durmiendo Ana, ver si habían puesto de beber a los pajaritos azules, preguntar
si habían traído la leche fresca que debía tomar Ana al despertarse: siempre
tenía Lucía, cuando Pedro y Sol podían quedarse solos, alguna cosa que
hacer.
Era el lugar de conversación un colgadizo espacioso,
de tablilla bruñida el pavimento: la baranda –como toda la casa, de madera–
abierta en tres lados para las tres escalerillas que llevaban al jardín que
había al frente de la casa. Estaba el colgadizo siempre en sombra, porque lo
vestía de verdor una enredadera copiosísima, esmaltada de trecho en trecho por
unos ramos de florecitas rojas. Colgaban del techo, pintado al fresco de unas
caprichosas guirnaldas de hojas y flores como las de la enredadera, unos cestos
de alambre cubiertos de cera roja, que les hacía parecer de coral, todos llenos
de florecillas naturales, brillantes y pequeñas, y a menudo adornados con las
hebras de una parásita que crecía sobre los árboles viejos de la finca, y era,
por su verde blancuzco y por crecer en hilos, como las canas de aquella
arboleda. En los tramos de pared, entre las ventanas interiores, realzadas con
unas líneas de vivo encarnado, había unos grandes estudios de flores en madera,
pintada con los colores naturales por los artistas del país, con propiedad muy
grande: dos de los cuadros eran de magnolia, la una casi abierta, y con cierta
hermosura de emperatriz; la otra aún cerrada en su propia rama: y otros dos
cuadros eran de las flores pomposas del mar pacífico, con sus hojas de rojo
encendido, agrupadas de modo que realzase su natural tamaño y hermosura.
Y allí, a la suave sombra, contaba Pedro maravillas
y glorias europeas a Ana, que le oía con cariño, –a Adela, que hacía como si no
le interesasen, –a Lucía, que pensaba con amorosa cólera en Juan, en Juan, que
no debía venir, porque estaba allí Sol, en Juan, que debía venir puesto que
estaba Lucía; –y a Sol contaba también aquellas historias, quien sin
desagrado ni emoción las escuchaba y con sus hábitos de niña huérfana, azorada
a veces de la súbita rudeza que templaba Lucía luego con arrebatos afectuosos,
solo se sentía dueña de sí cerca de quien la necesitaba, y ni con Adela, que
parecía esquivarla, ni con la misma Lucía, aunque esto le pesaba mucho, tenía
ya la naturalidad y abandono que con Ana, con Ana a quien aquellos aires
perfumados y calurosos habían vuelto, si no el color al rostro, cierta
facilidad a los movimientos y unos como asomos de vida.
Hallaba Pedro con asombro que el atrevimiento
desvergonzado y celebración excesiva a que se reduce, casi siempre pagado de
prisa y con usura por las mujeres, todo el arte misterioso de los enamoradores,
no le eran posibles ante aquella niña recién salida del colegio, que con franca
sencillez, y mirándole en los ojos sin temor, decía en alto como materia de
general conversación lo que con más privado propósito dejaba Pedro llegar
discretamente a su oído. Era la niña de tal hermosura que llevaba consigo, y de
sí misma, la majestad que la defiende; y lo usual iba siendo que cuando Lucía
encontraba modo de ir a ver si los pajaritos azules tenían agua, o si había
llegado la leche fresca, no mudase la conversación entre Sol y Pedro, abierta
por los demás y no muy amena, del asunto en que se estaba antes de que Lucía
fuera a ver los pájaros. Ni había cosa que a Lucía pusiese en mayor enojo que
hallarlos conversando, cuando volvía, de la caza de ayer, del jabalí en
preparación, de las fiestas de cacería en los castillos señoriales de Europa,
de la pobre Ana, de los tamales de Petrona Revolorio. Y Pedro, de otras mujeres
tan temido, era con la mayor tranquilidad puesto por Sol, ya a que le leyese
la Amalia de Mármol o laMaría de Jorge Isaacs, que
de la ciudad les habían enviado, ya, para unos cobertores de mesa que
estaba bordando a la directora, a que devanase el estambre.
–Sí, sí, hoy estaba muy hermosa. Dime, tú, espejo:
¿la querrá Juan? ¿la querrá Juan? ¿Por qué no soy como ella? Me rasgaría las
carnes: me abriría con las uñas las mejillas. Cara imbécil, ¿por qué no soy
como ella? Hoy estaba muy hermosa. Se le veía la sangre y se le sentía el
perfume por debajo de la muselina blanca.
Y se sentaba Lucía, sola en su cuarto en una silla
sin espaldar, sin quitarse los vestidos, ya a más de medianoche, y a poco rato
se levantaba, se miraba otra vez al espejo, y se sentaba nuevamente, la cara
entre las manos, los codos en las rodillas. Luego rompía a hablarse:
–Yo me veo, sí, yo me veo. ¿Qué es lo que tengo, que
me parezco fea a mí misma? Y yo no lo soy, pero lo estoy siendo. Juan lo ha de
ver; Juan ha de ver que estoy siendo fea. ¡Ay! ¡por qué tengo este miedo!
¿Quién es mejor que Juan en todo el mundo? ¿Cómo no me ha de querer él a
mí, si él quiere a todo el que lo quiere? ¿quién, quién lo quiere a él más que
yo? Yo me echaría a sus pies. Yo le besaría siempre las manos. Yo le tendría
siempre la cabeza apretada sobre mi corazón. ¡Y esto ni se puede decir, esto
que yo quisiera hacer! Si yo pudiera hacer esto, él sentiría todo lo que yo lo
quiero, y no podría querer a más nadie. ¡Sol! ¡Sol! ¿quién es Sol para quererlo
como yo lo quiero? ¡Juan!... ¡Juan!...
Y conteniendo la voz se iba hacia la ventana
abierta, y tendía las manos como sin querer, llamando a Juan a quien acababa de
escribir sin decirle que viniese.
Empujó violentamente las dos hojas de la ventana, y
arrodillándose de repente junto a ella, sacó afuera, como a que el aire se la
humedeciese, la cabeza; y la tuvo apoyada algún tiempo sobre el marco, sin que
le molestase aquella almohada de madera.
–¡No puede ser! ¡no puede ser! dijo levantándose de
pronto: Juan va a quererla. Lo conozco cada vez que la mira. Se sonríe, con un
cariño que me vuelve loca. Se le ve, se le ve que tiene placer en mirarla. Y
luego ¡esa imbécil es tan buena! No es mentira, no: es buena. ¿Yo misma, yo
misma no la quiero? ¡Sí, la quiero, y la odio! ¿Qué sé yo qué es lo que me pasa
por la cabeza? ¡Juan, Juan, ven pronto; Juan, Juan, no vengas!
–¿Cómo no ha de quererla Juan? decía la infeliz,
entre golpe de lágrimas, a los pocos momentos, siendo aquel llanto de Lucía
extraño, porque no venía a raudal y de seguida, aliviando a la que lloraba,
sino a borbotones e intervalos, sofocándola y exaltándola, parecido al agua que
baja, tropezando entre peñas, por los torrentes. ¿Cómo no ha de quererla Juan,
si no hay quien ame lo hermoso más que él, y la Virgen de la Piedad no es tan
hermosa como ella? Juan... Juan... decía en voz baja, como para que Juan viniese
sin que nadie lo viera; ¡sin que Sol lo viera!
–Y si viene... y si la mira... ¡yo, no puedo
soportar que la mire!... ¡ni que la mire siquiera! Y si está aquí un mes, dos
meses. Y si ella no quiere a Pedro Real, porque no lo quiere, y Ana le dice que
no lo quiera. Y ella va a querer a Juan ¿cómo no va a quererlo? ¿Quién no lo
quiere desde que lo ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya él me
quería a mí; ¡porque Ana es buena! Adela lo quiso como una loca; yo bien lo vi,
pero él no puede querer a Adela. Y Sol ¿por qué no lo ha de querer? Ella es pobre;
él es muy rico. Ella verá que Juan la mira. ¿Qué marido mejor puede tener ella
que Juan? Y me lo quitará, me lo quitará si quiere. Yo he visto que me lo
quiere quitar. Yo veo cómo se queda oyéndole cuando habla; así me quedaba yo
oyéndole cuando era niña. Yo veo que cuando él sale, ella alza la cabeza para
seguirle viendo.
¡Y van a estar aquí un mes, dos meses! ella siempre
con Ana, todos con Ana siempre. Él recreando los ojos en toda su hermosura. Yo,
callada a su lado, con los labios llenos de horrores que no digo, odiosa y
fiera. Esto no ha de ser, no ha de ser, no ha de ser. O Sol se va, o yo me iré.
Pero ¿cómo me he de ir yo?; ¡qué me lo robe alguien si puede! Y abrió los
brazos en la mitad del cuarto, como desafiando, y le cayó por las espaldas
desatada la cabellera negra.
–¡Qué no se sienten juntos: que yo no lo vea!
Y con los labios apoyados sobre el puño cerrado,
quedó dormida en un sillón cerca de la ventana, sombreándole extrañamente el
rostro, al agitarse movida por el aire la cabellera negra.
¿A quién vio la mañana siguiente Lucía, sentado en
el colgadizo, con Sol y con Ana? Venía con paso lento, y como si no hubiera
querido venir.
–¡No le diga, no le diga!... a Sol que se levantaba
como para avisarle.
Venía Lucía con paso lento, y Ana y Sol que conocían
las habitaciones de la casa, sabían que era ella quien venía. Volvió Sol a su
asiento. Juan hizo como que hablaba muy animadamente con Ana y con ella. Lucía
llegó a la puerta. Los vio sentados juntos, y como que no la veían. Tembló
toda. ¿Entra? ¿Sale? ¡Juan! ¡allí Juan! ¡Juan así! Se clavó los dientes en el
labio, y los dejó clavados en él. Volvió la espalda, se entró por el corredor
que iba a su habitación; a Sol que fue corriendo detrás de ella, –: ¡Vete!
¡vete! y entró en su cuarto, cerrando tras de sí con llave la puerta.
¡A Juan que, suponiéndola apenada, no bien
acabó con cuanta prisa pudo su empeño en el pueblo de los indios volvió a
la ciudad, y de allí, aprovechando la noche por sorprender a Lucía con la luz
de la mañana, emprendió sin descansar el camino de la finca a caballo y de
prisa! ¡A Juan, que con amores muy altos en el alma, consentía, por aquella
piedad suya que era la mayor parte de su amor, en atar sus águilas al caballo
de aquella criatura, no tanto por lo que la amaba él, sin que por eso dejase de
amarla, sino por lo que lo amaba ella! ¡A Juan que, puestos en las nubes del
cielo y en los sacrificios de la tierra sus mejores cariños, no dejaba, sin
embargo, por aquella excelente condición suya, de hacer, pensar u omitir cosa
con que él pudiera creer que sería agradable a su prima Lucía, aunque no
tuviese él placer en ella! ¡A Juan que, joven como era, sentía, por cierto
anuncio del dolor que más parece recuerdo de él, como si fuera ya persona muy
trabajada y vivida, a quienes las mujeres, sobre todo en la juventud, parecían
encantadores enfermos! ¡a Juan, que se sentía crecer bajo el pecho, a pesar de
lo mozo de sus años, unas como barbas blancas muy crecidas, y aquellos cariños
pacíficos y paternales que son los únicos que a las barbas blancas convienen!
¡A Juan, que tenía de su virtud idea tan exaltada como la mujer más pudorosa, y
entendía que eran tan graves como las culpas groseras los adulterios del
pensamiento!
¡A Juan, porque, ya después de aquellas cartas
extrañas que Lucía le había escrito a la finca sin hablarle de su vuelta,
recibirlo de aquel modo, con aquella mirada, con aquella explosión de cólera,
con aquel desdén! ¡Pues cuándo había cesado de pensar Juan, cuándo, que
aquel cariño que con tanta ternura prodigaba, sin fatiga ni traición, sobre su
prima, era como una concesión de él, como un agradecimiento de él, como una
tentativa, a lo sumo, de asir en cuerpo y ver con los ojos de la carne las ideas
de rostro confuso y vestidura de perlas, que cogidas del brazo y con las alas
tendidas, le vagaban en giros majestuosos por los espacios de su mente! Pues
sin el alma tierna y fina que de propia voluntad suya había supuesto, como
natural esencia de un cuerpo de mujer, en su prima Lucía, ¿qué venía a ser
Lucía? ¿Qué hombre, que lo sea, ama a una mujer más que por el espíritu puro
que supone en ella, o por el que cree ver en sus acciones, y con el que le
alivia y levanta el suyo de sus tropiezos y espantos en la vida? Pues una mujer
sin ternura ¿qué es sino un vaso de carne, aunque lo hubiese moldeado Cellini,
repleto de veneno? Así, en un día, dejan de amar los hombres a la mujer a quien
quisieron entrañablemente, cuando un acto claro e inesperado les revela que en
aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que la invistió su
fantasía.
–Estará enferma Lucía. Ana, dile que la saludaré‚
luego. Voy a ver a Pedro Real. Sol, gracias por lo buena que es Vd. con Ana.
Vd. tiene ya fama de hermosa, pero yo le voy a dar fama de buena.
Lucía oyó esto, que hizo que le zumbasen las sienes
y le pareciese que caía por tierra: Lucía, que sin ruido había abierto la
puerta de su cuarto, y había venido hasta la de la sala, para oír lo que
hablaban, en puntillas.
Violentos fueron, a partir de entonces,
los días en la finca. Ni Ana misma sabía, puesto que tenía a
Sol constantemente a su lado, qué causaba la ira de Lucía. Esta cesó cuando
Juan, tomándola a la tarde de la mano, la llevó, mientras que Pedro y Adela
buscaban flores de saúco para Ana, a la sombra de un camino de rosales que daba
al saucal, y donde había de trecho en trecho unos bancos de piedra, y al lado
unos atriles, de piedra también, como para poner un libro. En la mirada y en la
voz se conocía a Juan que algo se le había roto en lo interior, y le
causaba pena; pero con voz consoladora persuadía a Lucía, quien con pretextos
fútiles, que no acertaba Juan a entender ni excusar, ocultaba la
razón verdadera de su ira, que ella a la vez quería que Juan adivinase y
no supiese: “¡porque si no lo es, y se lo digo, tal vez sea! Y no lo es, no, yo
creo ahora que no lo es; pero si no sabe lo que es ¿cómo me va a perdonar?” Y
airada ya contra Juan irrevocablemente, como si las nubes que pasan por el
cielo del amor fueran sus lienzos funerarios, se levantaron como si hubieran
hecho las paces, pero sin alegría.
Pusiéronse en esto los días tan lluviosos, que ni
Pedro iba a casa, ni Adela a la de la Revolorio, ni podía Ana salir al
colgadizo, ni Sol y Lucía sino estar cerca de ella; ni Juan, fuera de sus horas
de leer, que le fatigaban ahora que no estaba contento, tenía modo de estar
alejado de la casa. Ni había con justicia para Juan placer más grato, ahora que
en Lucía había entrevisto aquel espíritu seco y altanero, que estar cerca de
Ana, cuyo espíritu puro con la vecindad de la muerte se esclarecía y afinaba.
Y se asombraba Juan, con razón, de haber pasado, libre aún, cerca de aquella
criatura que se desvanecía, sin rendirle el alma. Esta misma contemplación del
espíritu de Ana, cuya cabalidad y belleza entonces más que nunca le absorbían,
le apartaron del riesgo, en otra ocasión acaso inevitable, de observar en cuán
grata manera iban unidas en Sol, sin extraordinario vuelo de intelecto, la
belleza y la ternura.
Con Lucía, no había paces. Lo que no penetraba Ana,
¿cómo lo había de entender Sol? En vano, Sol, aunque ya asustadiza,
aprovechando los momentos en que Ana estaba acompañada de Juan o de Pedro y
Adela, se iba en busca de Lucía, que hallaba ahora siempre modo de tener largos
quehaceres en su cuarto, en el que un día entró Sol casi a la fuerza, y vio a
Lucía tan descompuesta que no le pareció que era ella, sino otra en su lugar:
en el talle un jirón, los ojos como quemados y encendidos, el rostro todo,
como de quien hubiese llorado.
Y ese día Lucía y Juan estaban en paz: ni
permitía Juan, por parecerle como indecoro suyo, aquel llevar y traer de
cóleras, que le sacaban el alma de la fecunda paz a que por la excelencia de su
virtud tenía derecho. Pero ese día, como que Ana se fatigase visiblemente de
hablar, y Adela y Pedro estuviesen ensayando al piano una pieza nueva para Ana,
Juan, un tanto airado con Lucía que se le mostraba dura, habló con Sol muy
largamente, y se animó en ello, al ver el interés con que la enferma oía de
labios de Juan la historia de Mignon, y a propósito de ella, la vida de Goethe.
No era esta para muy aplaudida, del lado de que Juan la encaminaba entonces, y
tan hermosas cosas fue diciendo, con aquel arrebatado lenguaje
suyo, que se le encendía y le rebosaba en cuanto sentía cerca de sí almas
puras, que Pedro y Adela, ya un tanto reconciliados, vinieron discretamente a
oír aquel nuevo género de música, no señalada por el artificio de la
composición ni pedantesca pompa, sino que con los ricos colores de la naturaleza
salía a caudales de un espíritu ingenuo, a modo de confesiones oprimidas. Lucía
se levantaba, se mostraba muy solícita para Ana, interrumpía a Juan
melosamente. Salía como con despecho. Entraba como ya iracunda. Se sentaba,
como si quisiera domarse. “Sol, ¿habrán puesto agua a los pájaros?” Y Sol fue,
y habían puesto agua. “Sol, ¿habrán traído la lecha fresca para Ana?” Y Sol
fue, y habían traído la leche fresca para Ana. Hasta que, al fin, salió Lucía,
y no volvió más: Sol la halló luego, con los ojos secos y el talle desgarrado.
Y aquello crecía. Hoy era una dureza para Sol. Otra
mañana. A la tarde otra mayor. La niña, por Ana y por Juan, no las decía.
Juan, apenas bajaba. Lucía, con grandes esfuerzos,
lograba apenas, convertido en odio aparente todo el cariño que por Juan sentía,
disimularlo de modo que no fuese apercibido. ¿Quién había de achacar a Sol
tanta mudanza, a Sol cuya pacífica belleza en el campo se completaba y
esparcía, pues era como si la vertiese en torno suyo, y por donde ella
anduviese fueran, como sus sombras, la fuerza y la energía? ¿A Sol, que sobre
todos levantaba sus ojos limpios, grandes y sencillos, sin que en alguno se
detuviesen más que en otro; con Lucía, siempre tierna; para Ana, una hermanita;
con Pedro, jovial y buena; con Juan, como agradecida y respetuosa? Pero ese era
su pecado: sus ojos grandes, limpios y sencillos, que cada vez que se
levantaban, ya sobre Juan, ya sobre otros donde Juan pudiese verlos, se
entraban como garfios envenenados por el corazón celoso de Lucía; y aquella
hermosura suya, serena y decorosa, que sin encanto no se podía ver, como
la de una noche clara.
Hasta que una noche,
–No, Sol, no: quédate aquí.
–¿Ana, adónde vas? ¿Qué tienes, Ana? ¿Salir tú del
cuarto a estas horas? ¡Ana! ¡Ana!
–Déjame, niña, déjame. Hoy, yo tengo fuerzas.
Llévame hasta la mitad del corredor.
–¿Del corredor?
–Sí: voy al cuarto de Lucía.
–Pues bueno, yo te llevo.
–No, mi niña, no. Se sentó un momento, con Sol a sus
pies, le abrazó la cabeza, y la besó en la frente. Nada le dijo, porque nada
debía decirle. Y se levantó, del brazo de ella.
–Es que sé lo que tiene triste a Lucía. Déjame ir.
De ningún modo vayas. Es por el bien de todos.
Fue, tocó, entró.
–¡Ana!
Ana, casi lívida y tendiendo los brazos para no caer
en tierra, estaba de pie, en la puerta del cuarto oscuro, vestida de blanco.
–Cierra, cierra.
Se habló mucho, se oyeron gemidos, como de un pecho
que se vacía, se lloró mucho.
Allá a la madrugada, la puerta se abría, Lucía
quería ir con Ana.
–No, no, quiero llevarte; ¿cómo has de ir sola si no
puedes tenerte en pie? Sol estará despierta todavía. Yo quiero ver a Sol ahora
mismo.
–¡Loca! ¡Hasta cuándo eres buena, loca! A Juan, sí,
en cuanto lo veas mañana, que será delante de mí, bésale la mano a Juan. A Sol,
que no sepa nunca lo que te ha pasado por la mente. Vamos: acompáñame hasta la
mitad del corredor.
–¡Mi Ana, madrecita mía, mi madrecita!
Y lloró Lucía aquella mañana, como se llora cuando
se es dichoso.
¡Fiesta, fiesta! El médico lo ha dicho; el médico,
que vino desde la ciudad a ver a la enferma, y halló que pensaba bien Petrona
Revolorio. ¡Fiesta de flores para Ana!
¡Todos los músicos de las cercanías! ¡Telegramas a
los sinsontes! ¡Recados a los amarillos! ¡Mensajeros por toda la comarca, a que
venga toda la canora pajarería! Ana, ya se sabe de Ana: ¡Aquí no está bien, y
debe ir adonde está bien! Pero es buena idea esa de Petrona Revolorio, y la
enferma quiere que se dé un baile que haga famosa la finca. Petrona, por
supuesto, no estará en la sala, ni ese es el baile que debía dar el niño Pedro
Real; pero ella estará donde la pueda ver su niñita Ana, y mandarle todo lo que
necesite, porque "ella baila con ver bailar, y lo que hace no lo hace por
servicio, sino porque ha cobrado mucha afición".
Ya está tan contenta como si fuese la señora. Tiene
un jarrón de China, que hubo quién sabe en qué lances, y ya lo trajo, para que
adorne la fiesta; pero quiere que esté donde lo vea la niña Ana.
¡Ahora sí que ha empezado la temporada en la finca!
Andar, bien, andar, Ana no puede; pero Petrona la acompaña mucho y Sol, siempre
que van Juan y Lucía a pasear por la hacienda, porque entonces ¡qué casualidad!
entonces siempre necesita Ana de Sol.
El médico vino, después de aquella noche. El baile
lo quiere Ana para sacudir los espíritus, para expulsar de las almas suspicaces
la pena pasada, para que con el roce solitario no se enconen heridas aún
abiertas, para que viendo a Lucía tierna y afable torne de nuevo, la seguridad
en el alma de Juan alarmado, para que Lucía vea frente a frente a
Sol en la hora de un triunfo, y como Ana le hablará antes a Juan, Lucía
no tiemble. ¡Ana se va, y ya lo sabe!: ella no quiere el baile para sí, sino
para otros.
¡Qué semana, la semana del baile! Pedro ha ido a la
ciudad. Lucía quiso por un momento que fuera Juan, hasta que la miró Ana.
–¡Oh, no, Juan! tú no te vayas.
Una tristeza había en los ojos de Juan Jerez, que
acaso ya nada haría desaparecer: la tristeza de cuando en lo interior hay algo
roto, alguna creencia muerta, alguna visión ausente, algún ala caída. Mas se
notó en los ojos de Juan una dulce mirada, y no como de que se alegraba él por
sí, sino por placer de ver tierna a Lucía. ¡Son tan desventurados los que no
son tiernos!
De la ciudad vendría lo mejor; para eso iba Pedro.
¿Quién no quería alegrar a Ana? Y ver a Sol del Valle, que estaba ahora más
hermosa que nunca ¿quién no querría? Carruajes, los tenían casi todos los
amigos de la casa. El camino, salvo el tramo de las ciudades antiguas, era
llano. Allí habría caballerías para ayuda o repuesto. Cerca de la casa, como a
dos cuadras de ella, aderezaron para caballerizas dos grandes caserones de
madera, construidos años atrás para experimentos de una industria que al fin no
dio fruto. Pedro, antes de salir, había encargado que por todas las calles del
jardín que había frente a la casa, pusieran unas columnas, como media vara más
altas que un hombre, que habían de estar todas forradas de aquella parásita del
bosque, sembrada acá y allá de flores azules; y sobre los capiteles, se
pondrían unos elegantes cestos, vestidos de guías de enredadera y llenos de
rosas. Las luces vendrían de donde no se viesen, ya en el jardín, ya en la
casa; y estaba en camino Mr. Sherman, el americano de la luz eléctrica, para
que la hubiese bien viva y abundante: los globos se esconderían entre cestos de
rosas.
De jazmines, margaritas y lirios iban a vestirle a
Ana, sin que ella lo supiese, el sillón en que debía sentarse en la fiesta. Con
una hoja de palma, puesta a un lado de los marcos y encorvada en ondulación
graciosa por la punta en el otro, vistieron los indios todas las puertas y
ventanas, y hubo modo de añadir a las enredaderas del colgadizo otras parecidas
por un buen trecho a ambos lados de las tres entradas, en cada uno de cuyos
peldaños, como por toda esquina visible del colgadizo o de las salas, pusieron
grandes vasos japoneses y chinos, con plantas americanas. En las paredes del
salón como desusada maravilla, colgó Juan cuatro platos castellanos, de los que
los conquistadores españoles embutían en las torres. Era por dentro la casa
blanca, como por fuera, y toda ella, salvo el colgadizo, tenía el piso cubierto
por una alfombra espesa como de un negro dorado, que no llegaba nunca a negro,
con dibujos menudos y fantásticos, de los que el del ancho borde no era el
menos rico, rescatando la gravedad y monotonía que le hubiera venido sin ellos
de aquella masa de color oscuro.
¡Gentes, carruajes, caballos! Pedro y Juan jinetean
sin cesar toda la tarde, de la casa al parador, y de este a aquella. En las
ciudades antiguas donde aún hay alegres posadas, y cierto indio que sabe
francés, han comido casi todos los invitados. A las ocho de la noche empieza el
baile. Toda la noche ha de durar. Al alba, el desayuno va a ser en el parador.
¡Oh qué tamales, de las especies más diversas, tiene dispuestos Petrona
Revolorio! esta tarde, cuando los hizo, se puso el chal de seda. Ana no ha visto
su sillón de flores. ¿Adónde ha de estar Adela, sino por el jardín correteando,
enseñando cuanto sabe, a la cabeza de un tropel de flores, de flores de ojos
negros?
¿Y Lucía? Lucía está en el cuarto de Ana, vistiendo
ella misma a Sol. Ella, se vestirá luego. ¡A Sol, primero! –Mírala, Ana,
mírala. Yo me muero de celos. ¿Ves? el brazo en encajes. Toma; ¡te lo beso!
¡Qué bueno es querer! Dime, Ana, aquí está el brazo, y aquí está la pulsera de
perlas: ¿cuáles son las perlas? Y ¿de qué iba vestida Sol? De muselina; de una
muselina de un blanco un poco oscuro y transparente, el seno abierto apenas,
dejando ver la garganta sin adorno; y la falda casi oculta por unos encajes muy
finos de Malinas que de su madre tenía Ana.
–Y la cabeza ¿cómo te vas a peinar por fin? Yo misma
quiero peinarte.
–No, Lucía, yo no quiero. No vas a tener tiempo.
Ahora voy a ayudarte yo. Yo no voy a peinarme. Mira; me recojo el cabello, así
como lo tengo siempre, y me pongo ¿te acuerdas? como en el día de la procesión,
me pongo una camelia.
Y Lucía, como alocada, hacía que no la oía. Le
deshacía el peinado, le recogía el cabello a la manera que decía. –¿Así? ¿No?
Un poco más alto, que no te cubra el cuello. ¡Ah! ¿y las camelias?... ¿Esas
son? ¡Qué lindas son! ¡qué lindas son! Y la segunda vez dijo esto más despacio
y lentamente como si las fuerzas le faltaran y se le fuera el alma en ello.
–¿De veras que te gustan tanto? ¿Qué flores te vas a
poner tú?
Lucía, como confusa:
–Tú sabes: yo nunca me pongo flores.
–Bueno: pues si es verdad que ya no estás enojada
conmigo, ¿qué te hice yo para que te pusieras enojada? si es verdad que ya no
estás enojada, ponte hoy mis camelias.
–¡Yo, camelias!
–Sí, mis camelias. Mira, aquí están: yo misma te las
llevo a tu cuarto. ¿Quieres?
. .
–¡Oh! si se pusiera toda aquella hermosura de Sol la
que se pusiese sus camelias. ¿Quién, quién llegaría nunca a ser tan hermosa
como Sol? ¡Qué lindas, qué lindas, son esas camelias! Pero tú, ¿qué flores te
vas a poner?
–Yo, mira: Petrona me trajo unas margaritas esta
mañana, estas margaritas.
¡Gentes, caballos, carruajes! Las cinco, las seis,
las siete. Ya está lleno de gente el colgadizo.
Caballeros y niñas vienen ya del brazo, de las
habitaciones interiores. Carruajes y caballos se detienen a la puerta del
fondo, de la que por un corredor alfombrado, con grabados sencillos adornadas
las paredes, se va a la vez a los cuartos interiores que
abren a un lado y a otro, y a la sala. Ya desde él, al apearse del
carruaje se ve la entrada de la sala, donde hay un doble recodo para poner dos
otomanas, como si hubiese allí ahora un bosquecillo de palmas y flores. En
un cuarto dejan las señoras sus abrigos y enseres, y pasan a otro a reparar del
viaje sus vestidos, o a cambiarlos algunas por los que han enviado de antemano.
A otro cuarto entran a aliñarse y dejar sus armas los que han venido a caballo.
Una panoplia de armas indias, clavada a un lado de la puerta de los caballeros,
les indica su cuarto. Un gran lazo de cintas de colores y un abanico de plumas
medio abierto sobre la pared, revelan a las señoras los suyos.
Ya suenan gratas músicas, que los indios de aquellas
cercanías, colocados en los extremos del colgadizo, arrancan a sus instrumentos
de cuerdas. Del jardín vienen los concurrentes; del cuarto de las señoras
salen; Ana llega del brazo de Juan. “Juan, ¿quién ha sido? ¿para mí ese sillón
de flores?” No la rodean mucho; se sabe que no deben hablarle. Y ¿Lucía que no
viene? Ella vendrá enseguida. ¿Y Sol? ¿Dónde está . .
Sol? Dicen que llega. Los jóvenes se precipitan a la
puerta. No viene aún. Se está inquieto. Se valsa. Sol viene al fin: viene, sin
haberla visto, de llamar al cuarto de Lucía. “¡Voy! ¡Ya estoy! Así responde
Lucía de adentro con una voz ahogada. No oye Sol los cumplimientos que le
dicen: no ve la sala que se encorva a su paso: no sabe que la escultura no dio
mejor modelo que su cabeza adornada de margaritas, no nota que, sin ser alta,
todas parecen bajas cerca de ella. Camina como quien va lanzando claridades,
hacia Juan camina:
–Juan ¡Lucía no quiere abrirme! Yo creo que le
pasa algo. La criada me dice que se ha vestido tres o cuatro veces, y ha vuelto
a desvestirse, y a despeinarse, y se ha echado sobre la cama, desesperada,
lastimándose la cara y llorando. Después despidió a la criada, y se quedó
vistiéndose sola. ¡Juan! ¡vaya a ver qué tiene!
En este instante, estaban Juan y Sol, de pie en
medio de la sala, y otras parejas, pasando, en espera de que rompiese el baile,
alrededor de ellas.
–¡Allí viene! ¡allí viene! dijo Juan, que tenía a
Sol del brazo, señalando hacia el fondo del corredor, por donde a lo lejos
venía al fin Lucía. Lucía, toda de negro. A punto que pasaba por frente a la
puerta del cuarto de vestir, interrumpiendo el paso a un indio, que sacaba en
las manos cuidadosamente, por orden que le había dado Juan, una cesta cargada
de armas, vio viniendo hacia ella del brazo, solos, en plena luz de plata, en
mitad del bosquecillo de flores que había a la entrada de la sala, a Juan y a
Sol, a la hermosísima pareja. Se afirmó sobre sus pies como si se clavase en el
piso. “¡Espera! ¡Espera!” dijo al indio. Dejó a Juan y a Sol adelantarse un
poco por el corredor estrecho, y cuando les tenía como a unos doce pasos de
distancia, de una terrible sacudida de la cabeza desató sobre su espalda
la cabellera: “¡Cállate, cállate!” le dijo al indio, mientras haciendo como que
miraba adentro, ponía la mano tremenda en la cesta; y cuando Sol se desprendía
del brazo de Juan y venía a ella con los brazos abiertos...
¡Fuego! Y con un tiro en la mitad del pecho, vaciló
Sol, palpando el aire con las manos, como una paloma que aletea, y a los pies
de Juan horrorizado, cayó muerta.
–¡Jesús, Jesús! ¡Jesús! Y retorciéndose y
desgarrándose los vestidos, Lucía se echó en el suelo, y se arrastró hasta Sol
de rodillas, y se mesaba los cabellos con las manos quemadas, y besaba a Juan
los pies; a Juan, a quien Pedro Real, para que no cayese, sostenía en su brazo.
¡Para Sol, para Sol, aún después de muerta, todos los cuidados! ¡Todos sobre
ella! ¡Todos queriendo darle su vida! ¡El corredor lleno de mujeres que
lloraban! ¡A ella, nadie se acercaba a ella!
–¡Jesús! ¡Jesús! Entró Lucía por la puerta del
cuarto de vestir de las señoras, huyendo, hasta que dio en la sala, por donde
Ana cruzaba medio muerta, de los brazos de Adela y de Petrona Revolorio, y
exhalando un alarido, cayó, sintiendo un beso, entre los brazos de Ana.

