© Libro
No. 359. Historia
de la Filosofía en España hasta el Siglo XX. Méndez Bejarano, Mario. Colección
Emancipación Obrera. Diciembre 14 de 2012.
Título original: © Historia de la Filosofía en
España hasta el Siglo XX. Mario Méndez Bejarano
Versión Original: Historia
de la Filosofía en España hasta el Siglo XX. Mario Méndez Bejarano
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Mario Méndez Bejarano
Historia De La Filosofía En
España,
Hasta El Siglo XX.
Ensayo
Renacimiento, Madrid [1929], XVI+563 págs.
«Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX. Ensayo por D.
Mario Méndez Bejarano, Catedrático por oposición, Doctor en Filosofía y Letras;
Licenciado en Derecho Civil y Canónico, Consejero Real de Instrucción Pública;
ex-Delegado Regio de Primera Enseñanza de Madrid y Comisario Regio de la
Escuela del Hogar y Profesional de la Mujer; Individuo de la Junta Directiva de
la Real Sociedad Geográfica de Madrid y correspondiente de la de México;
Medalla de Oro de la Real Academia Española y del Instituto Nacional de
Previsión; Académico Honorario de la Real de Jurisprudencia y Legislación de
Madrid, de la S.A. de Historia Internacional de París y de la «Maatschappij der
Nederlandsche Letterkunde» de Leiden; Académico Preeminente de la Real
Sevillana de Buenas Letras y Vocal de su Diputación Permanente en Madrid;
Correspondiente de las Reales de Buenas Letras de Barcelona e Hispano-Americana
de Cádiz, de la de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, del Instituto
de Coimbra, de la Academia de Ciencias y Letras de Nápoles, de la de Historia y
Etnografía de Atenas, de la Romana «Universalis Quiritum Coetus», de la Société
de Linguistique de París, de la Científica Mexicana «Alzate», de l'Alliance
Française; Socio de Mérito de la Real Económica Matritense y numerario de la de
Antropología y Prehistoria de Madrid; Honorario de la Asociación de la Prensa
de Cádiz y Protector de la de la Prensa diaria de Sevilla; Hijo adoptivo y
predilecto de Lebrija y de Jaén; ex-Diputado a Cortes; Gran Cruz del Mérito Militar;
Gran Cruz de la Corona de Rumania; Comendador de la R.O.A. de Isabel la
Católica y de la literaria de San Thiago de Portugal, &c. Biblioteca
Renacimiento. Renacimiento. San Marcos, 42. Madrid. [Imprenta Renacimiento. San
Marcos, 42. Madrid.]»
Índice
Capítulo
primero. Tiempos primitivos
Orígenes de la nación española. Civilización tartesia. Leyes, poemas,
opulencia, alfabeto, creencias religiosas, ritos, monoteísmo. Antigüedad, de la
cultura turdetana. Latinización de la Bética. Sus progresos. Su influjo en la
versificación y el gusto artístico. 1.
Predominio español en la edad de plata de la literatura latina. Lucio
Anneo Séneca: sus obras filosóficas, su carácter, su originalidad, su relación
con otras escuelas, su obra científica. Moderato: su doctrina. Quintiliano.
Anneo Sereno y Deciano: su insignificancia. Juicio de esta etapa. 9.
Capítulo III. Época
cristiano-romana
Primeras manifestaciones. Heterodoxias. Los agapetas. Prisciliano:
descubrimiento de opúsculos suyos. Sus doctrinas. Juicio de ellas. Baquiario.
Origenismo: los Avitos. 15.
Capítulo IV. Ojeada
general sobre la filosofía en la Edad Media
La Filosofía medieval. El Cristianismo. Misión de la Filosofía
platónica. La Gnosis. Los PP. orientales. La Iglesia y los bárbaros. El trivium
y el quatrivium. La Escolástica: su carácter, sus épocas, su desenvolvimiento,
sus direcciones. El misticismo en la Edad Media. 25.
Esterilidad de la etapa visigótica. División espiritual del reino. San
Martín Dumiense. Liciniano y Severo. San Isidoro: su patria; su vida y su
muerte. Las Etimologías: su importancia. El acefalismo. El concilio II
hispalense. Antístites. 37.
Capítulo VI. Acción de
los musulmanes en la cultura española
Orígenes de su filosofía. Aparición de la filosofía musulmana en
Andalucía. Problemas que planteó. Escolástica musulmana. Ibn Masarria. El
masarrismo. Persecución inútil. Discípulos de Masarria. Avicena: su patria; su
doctrina. Ibn Hazam. Avempace. Escuela de Almería. Ibn Zuhar. Ibn Tufail: su
risala, exposición de su doctrina, juicio y relaciones de ella. Averroes:
carácter de sus ideas, su originalidad. El averroísmo y sus vicisitudes. Muhi
al Din: su misticismo. Ibn Sab'in. Filósofos de Ichbilia: Abu Aamir. Al
Taryali. Abu Muhammad. Al Azahri. Ibn al Karchi. Ibn Galendo. Ibn Zarqum. Al
Charai. Ibn el Karchi. Ibn al Mahri. Al Chaduni. Servicios prestados a la
civilización por los filósofos hispanomusulmanes. 47.
Muzárabes y mudejares. Condición de los primeros. Tolerancia musulmana.
Decadencia de la lengua y tradición. Hostegesis y el antropomorfismo. El abad
Sansón. Concilio de Córdoba. Controversia entre Hostegesis y Leovigildo. Misión
de los muzárabes en la historia de la civilización. Reacción latino-cristiana.
Speraindeo. Eulogio y Álvaro. Polémica entre Álvaro y Juan de Sevilla. 65.
Capítulo VIII. Filosofía
hispano-hebraica
Consecuencias de la diáspora. Los hebreos en España. Odio de los
visigodos a los israelitas. Aptitud de los hebreos para la filosofía. Academia
judía. Aben Asdai. Aben Gabirol: sus obras. Idea y carácter de su doctrina. Su
influencia. Cruzada de los rutinarios contra Gabirol. Abraham ben Daud.
Panegiristas: Sem Tom ben Falaquera. Jehudah-ha Leví: su inferioridad
filosófica. Bechaii b. Iusuf b. Pakuda. Aben Saddik. Maimonides: sus obras,
idea y juicio de su doctrina. Moseh ben Jehudah. Moseh ben Thibon. Filósofos
inferiores de los siglos XIII y XIV. Jom Tob. Moseh Cordobero. Jehudah ben
Thibon. Juicio de la filosofía hispano-semítica. 71.
Capítulo IX. Influencia
oriental
Superioridad de la cultura meridional. Academias andaluzas. Colegio
toledano de traductores. Juan Hispalense. Gundisalvo. Mauricio. Conquista de
Sevilla y su decisiva influencia en la Historia y en la cultura cristiana. El
Libro de los doce sabios. Flores de Philosophia. Poridad de Poridades. Barlaam
y Josafat. Bocados d'oro. Otros libros análogos. Libros astronómicos. Virgilio
Cordobés. Alfonso Martínez. Alfonso de la Torre. 83.
Capítulo X. Estados
cristianos del norte hasta el siglo XIV
Heterodoxias. Migecio; desconocimiento de su doctrina. Elipando y el
adopcionismo. Beato y Etherio; juicio de su obra. Prudencio Galindo. Pedro
Compostelano. Pedro Alfonso y sus obras. Alfonso X como filosofo. Álvaro
Pelagio; importancia de su doctrina. 89.
Capítulo XI. Cataluña
en la Edad Media
Carácter de la mentalidad y de la lengua catalana. Influjo oriental. Los
hebreos. Controversias. Escolásticos antiguos. Raimundo Lulio: su carácter: sus
obras. La maquina de pensar. Juicio acerca de sus ideas. El lulismo: su
difusión. Pensadores lulistas hasta nuestros días. Antilulistas. Injustos
ataques del P. Feijoo y Forner. Arnaldo de Villanova. Francesch Eximeniç y su
labor enciclopédica. Anselmo de Turmeda. Raimundo de Sabunde: su misión
histórica en la filosofía. Conocimiento de su Teología Natural. Su
vida y sus obras. Carácter de su doctrina. Bernat Metge. Los moralistas. 97.
Capítulo XII. Idea
general del Renacimiento. 117.
Capítulo XIII. El
Renacimiento en España
Filosofía del Renacimiento. El Renacimiento en España. Albores del
Renacimiento. Colecciones de máximas. Traducciones. Exiguo valor de la
didáctica. El escolasticismo: sus escasos frutos. Resurrección del platonismo.
Impulso renacentista. Nebrija. El erasmismo: sus apostóles. Alfonso Valdés. Los
antierasmistas. Luis de Carvajal. Filósofos y didácticos de orden inferior.
Juan de Lucena. El platonismo en España: Fernando de Córdoba. Predominio de los
españoles en las aulas francesas. Pedro Hispano: su influjo. Tratadistas de
segunda fila. Luis Vives: resumen de su ideario filosófico, sus dos épocas.
127.
§ I. Momento
crítico que denota el siglo XVI. La Casa de Contratación y su
influencia en la mentalidad hispana. Las escuelas filosóficas. Decadencia de la
nación y del pensamiento nacional. 149.
§ II. Aristotélicos. Ginés
de Sepúlveda. Rodrigo de Cueto. Pérez de Oliva. Ruiz de Montoya. Melchor de
Castro. José de Herrera. Pedro Juan Núñez. Francisco Ruiz. Martínez de Brea.
Baltañas. Páez de Castro. Monllor. Monzó. Francisco de Toledo. Marsilio
Vázquez. 160.
§ III. Escolásticos
moderados. El neoaristotelismo. Los precursores. Ledesma.
Oña. Báñez. Alfonso de Córdoba. Alfonso de Castro. Mercado. Diego de León.
Hidalgo. Bernardo y Benito Henriquez. Montes de Oca. Pedro de Fonseca. 166.
§ IV. Los
platónicos. Carácter del platonismo; su incompatibilidad
con el realismo nacional español. León Hebreo. Luis de León: doctrina que de
sus obras se desprende. ¿Es un perfecto platónico? Basilio Ponce de León. José
de Sigüenza. 173.
§ V. El
misticismo y los místicos. Carácter histórico-filosófico de
la Mística: su heterogeneidad, sus direcciones. Diferencia entre el misticismo
y el ascetismo. Tránsito del uno al otro. Las ordenes religiosas. Esencia de la
Mística. Origen, historia y desenvolvimiento del misticismo. Predominio del
ascetismo en Castilla. Exotismo de la Mística en España. Osadías del espíritu
místico. Génesis y carácter del misticismo en España: sus formas literarias: su
bifurcación. Elementos humano y ontológicos. Santa Teresa. San Juan de la Cruz.
Bernardino de Laredo. Fray Juan de los Ángeles. Malon de Chaide. Diego de
Estella. 181.
§ VI. Los
ascéticos. ¿El ascetismo es una filosofía? Interés de su
estudio en nuestra patria. Orígenes de la literatura ascética. Libros de
moralidad y de devoción. Fray Luis de Granada: sus obras, su proximidad al
misticismo. El P. Ribadeneira. 196.
§ VII. El
protestantismo. La Inquisición: su Instalación en Sevilla.
Celo de los inquisidores. Pasividad de la nación, excepto de Aragón y
Andalucía. Cartas de la reina Isabel. Del erasmismo al protestantismo: Juan de
Valdés: su indecisión entre las varias tendencias reformistas. Juan Díaz.
Alfonso Díaz, fratricida. Servet. El protestantismo en España. Se vigila el
comercio de libros. Los protestantes de Valladolid: Agustín de Cazalla, D.
Carlos de Seso, el P. Pedro de Cazalla, otros reformistas, las monjas de Belén.
Vicisitudes de la comunidad. El pueblo reclama la hoguera para los reformados.
Autos de fe. El protestantismo en Sevilla. Rodrigo de Valer. El Dr. Egidio y el
Dr. Constantino. Pérez de Pineda. Comunidad reformada. El Dr. Ponce de León.
Losada. Fernando de San Juan. El Dr. González. El monasterio de San Isidoro del
Campo. Pesquisas de la Inquisición. Prisiones. Evasiones. Procesos y autos de
fe. Protestantes emigrados: Reina, Corro, Valera. 200.
§ VIII. Los
antiaristotélicos. Bocarro y Herrera. Dolese. El
escepticismo. El Brocense. Francisco Sánchez, lusitano. Pedro de Valencia. 233.
§ IX. Los
naturalistas. Alonso de Fuentes. Gómez Pereira. El Br.
Sabuco. Huarte. La Paremiología: Juan de Mal-Lara y sus imitadores. 237.
§ X. Los
eclécticos. Bartolomé de Medina. Venegas. Vallés. Antonio
de Guevara. Arias Montano. 254.
§ XI. Conatos
de armonismo. Gabriel Vázquez. Cardillo de Villalpando.
Andrés Laguna. Sebastián Fox Morcillo y su hermano Francisco. 259.
§ XII. La
escolástica aplicada. Melchor Cano. Fray Antonio Álvarez.
Castillo. Suárez. Luis de Molina. Pererio. Fray Juan de Márquez. Jerónimo de
Carranza. El P. Mariana. Juan de Espinosa. El magnífico caballero D. Pero de
Mejía. Fray Domingo de Soto. Vitoria. Luis del Alcázar. Fray Bartolomé de las
Casas. 272.
§ I. El siglo
XVII. Felipe II acentúa la decadencia. Analogías con la
decadencia de la literatura romana. Parálisis de la investigación.
Intolerancia, religiosa y aislamiento de la mentalidad española. A fines del
siglo la Real Sociedad de Medicina y Ciencias de Sevilla introduce el método
experimental. Balance de las tendencias filosóficas en este tiempo. 295.
§ II. Los
escolásticos. Diversas manifestaciones del aristotelismo
cristiano: tomistas, escotistas y suaristas. Mariner. Hurtado de Mendoza.
Manrique. González Mateos. Molina. Tomás Ortiz. Moreno. Diego Ortiz. Vázquez de
Padilla. Sotomayor. El P. Muniesa. Bernaldo de Quirós. Juan de Santo Tomás.
Martínez de Prado. Cabello. Téllez. Llamazares. Flores. Fuente de la Peña. La
magia: Castillo, Torreblanca. 305.
§ III. Escolásticos
independientes y eclécticos. Rodrigo de Arriaga. Castillo
Calderón. Ostos. Gaspar Hurtado. Juan de Lugo. Fernández de Torrejón. Caramuel.
Juan de Torres. El Pascal español, Juan del Espino. ¿Conoció Pascal la obra de
Espino? 312.
§ IV. Ascéticos. Formas
del ascetismo español. El P. Nierenberg. D. Miguel de Mañara. Miranda y Paz.
317.
§ V. Degeneración
de la Mística. Juan de Palafox. Sor María de Agreda. Doña
Constanza Osorio. Sor Gregoria Parra. Miguel de Molinos. Persecución
inquisitorial. 321.
§ VI. Sensualismo
y naturalismo. Isaac Cardoso. Díez de Leiva. Ramírez de
Arellano. Pujasol. 323.
§ VII. Escuela
crítica. Nicolás Antonio. Quevedo: ¿es un filósofo
propiamente dicho?; sus obras; su antisemitismo: su pesimismo; su filosofía
aplicada. Saavedra Fajardo. Gracián. Lope de Vega. 326.
§ I. Degeneración
de la filosofía. Predominio de la escolástica. Recrudecimiento
del sensualismo. Últimos místicos. Novedades exóticas. Decadencia de la cultura
general española. Atraso de la enseñanza y de la mentalidad nacional. Esfuerzos
meritorios de algunos sabios. Cátedras libres de ciencias puras. Atraso
general. 335.
§ II. Escuela
llamada critica. Sentido crítico. El P. Benito Feyjóo:
carácter de sus escritos, sus obras, sus adversarios. Opiniones de Menéndez y
Pelayo y de don Adolfo de Castro. El P. Almeida. 345.
§ III. Los
sensualistas. Introducción del sensualismo francés e
inglés. Empeño en armonizarlo con la ortodoxia. Verney. El P. Monteiro. El P.
Eximeno. El P. Andrés. El P. Nájera. Avendaño. López de Zapata.
Pereira. Campos. El P. Alea. El P. Ignacio Rodríguez. El P. José Rodríguez. El
P. Tosca. Andrés de Santa Cruz. 349.
§ IV. Los
escolásticos. Estancamiento del escolasticismo. Céspedes.
Silva. Valcarce. El P. Muñana. Aguilar. Rodríguez de Vera. El P. Lossada. El
Dr. Lessaca. Araujo. Palanco. El P. Ceballos. El P. González de la Peña. Fray
José de S. Pedro Alcántara. 357.
§ V. Extinción
de la Mística. Sor Gregoria. Jaime Font. Francisco Avilés.
Antonio Guerrero. Tomás Pérez. Juan Díaz. El P. Morat. El P. Flórez. El P.
Risco. 362.
§ VI. Los
eclécticos. Carácter del eclecticismo en el siglo XVIII. El
Dr. Martínez. Piquer. Calatayud. Forner. García Ostos. Campo-Raso. D. Juan B.
Muñoz. El P. Codorníu. Don Antonio Xavier Pérez y López: sus obras, su
inversión del entimema cartesiano, su tendencia armónica, su «Discurso sobre la
honra y la deshonra legal». Pereira de Castro. Berni. Luis de Flandes. 366.
§ VII. Filósofos
prácticos. La teosofía: Martínez Pascual. Buendía y Ponce.
Jove-Llanos. Cascallana. Peñalosa. Juan Francisco de Castro. El P. Guzmán.
Álvarez de Toledo. Hervás. Arteaga. Mayans. O'Conry. Noriega. Zambrana. 377.
Capítulo XVII. El siglo
de las luces
§ I. Carácter
extranjero de la cultura española en el siglo XIX. El
sensualismo francés y la Enciclopedia: su influjo. Sensualismo mitigado. El
Ateneo y sus vicisitudes. La enseñanza de la filosofía. Influjo de la escuela
escocesa y de Hegel. El eclecticismo cousiniano. La escuela teológica. Escasa
difusión del hegelianismo. El krausismo: su imperio. La revolución de 1868.
Rápida decadencia del racionalismo armónico. Sus enemigos. Profanación del
busto de Sanz del Río. Servicio que prestó el krausismo a la especulación. Sus
defectos. La Institución Libre de Enseñanza: su origen, su primitiva
organización: su estructura actual. El transformismo en Sevilla; Granada y
Santiago. El positivismo spenceriano y el neo-kantismo. La Escolástica. La
Academia de Santo Tomás. El neo-escolasticismo. Carácter práctico de la
filosofía en Cataluña. La actividad filosófica en Andalucía. Precedentes. La
Sociedad Antropológica de Sevilla. La Revista de Filosofía, Literatura
y Ciencias. Academia hispalense de Santo Tomás. La Genuina. El Ateneo
Hispalense. La Biblioteca Científico-Literaria. Revistas científicas en
Sevilla. Escisión del Ateneo. El Ateneo y Sociedad de Excursiones. La
revista El Ateneo Hispalense. La Academia de Ciencias y Letras
de Cádiz. Triunfos del positivismo. 385.
§ II. Escuela
teológica y tradicionalista. Contagio de la reacción
francesa. Donoso Cortés. El Conde del Valle de San Juan. Nocedal y la Academia
de Ciencias Morales y Políticas. 413.
§ III. Escolásticos
rígidos. El P. Alvarado. El P. Mendive. El P. Zeferino
González. Fernández Cuevas. Orti y Lara. Alonso Martínez. López y Sánchez. El
P. González Sánchez. Casanova. Palacín. Pidal. Polo y Peyrolón. Torre Insunza.
España y Lledó. 417.
§ IV. Escolásticos
moderados. Reacción contra el eclecticismo. Balmes.
Mestres. Comellas. Quadrado. El P. Uráburru. 424.
§ V. La
escuela escocesa. Carácter de la escuela. Mora. Martí de
Eixalá. Codina. Lloréns. Nieto y Serrano. 444.
§ VI. El
kantismo. Precursores: D. Manuel y D. Ignacio María del
Mármol. Rey y Heredia. El neo-kantismo. Perojo y la Revista
Contemporánea. Revilla. Papel del neo-kantismo. Decadencia de la
fílosofía. 452.
§ VII. El
hegelianismo. Contero. Fabié. Pi y Margall. Salvoechea.
Castelar. Fernández y González. Núñez Arenas. Escudero y Perosso. Benítez de
Lugo. Álvarez de los Corrales. López Martínez. 457.
§ VIII. Los
eclécticos. García Luna: sus lecciones en el Ateneo de
Madrid. Martín Mateos. Armesto. García Ruiz. Sanz y Escartín. 462.
§ IX. Los
Krausistas. Fácil propagación del realiamo armónico.
Ataques de sus adversarios y desertores. Sanz del Río. Salmerón. La derecha:
Romero Castilla, D. Fernando de Castro, D. Francisco Canalejas, Álvarez Espino.
La izquierda: Romero Girón, García Moreno, Salas, Ruiz Chamorro, Arés, Sama,
Arnau. El centro: D. Federico de Castro, López Muñoz. D. José de Castro,
Álvarez Surga, Giner de los Ríos (D. Francisco y D. Hermenegildo). Krausistas
Independientes: González Serrano. Krausistas de ciencia aplicada: Barnés,
Azcárate (D. Gumersindo), Reus y Bahamonde. 466.
§ X. Escuelas
materialistas. D. José Marchena. El sensualismo: El P.
Muñoz y Capilla. D. Juan Justo García. Reynoso. Lista. Arbolí. Martel. Pascual.
Salas. Difusión de las teorías de Bentham. La frenología: Cubí. El
materialismo: Mata. Sala y Villaret. 481.
§ XI. El
positivismo. Direcciones positivistas. El transformismo:
Machado y Núñez, García Álvarez, Medina y Ramos. Positivismo de Comte: Flórez,
Varela, Poey. Estasén. La Revista Anales de Ciencias Médicas. El
spencerianismo: Cortezo, Simarro. Tubino, González Janer. Positivistas
independientes y naturalistas: González Linares, Gener, Calderon y Serrano
Calderón. Crespo y Lema. 491.
§ XII. Los
críticos. El P. Dehaxo. El Antídoto del
comisario Lamota. D. Patricio de Azcárate. Laverde. Menéndez y Pelayo. Valera.
497.
§ XIII. Independientes. Blanco-White.
Lapeña. Álvarez Guerra. Alcántara. Santos y Castro. Portillo. Cárdenas. Moreno
Nieto. Mena y Zorrilla. Campoamor. El marqués de Seoane y su Pentanomia
Pantanómica. Moreno Fernández. Milla. Pabón. Vida. Ganivet. García
Caballero. Romero Quiñones. 503.
§ XIV. El
espiritismo. Primeras manifestaciones en España. Su
desarrollo desde 1855 a 1865. Excomuniones y autos de fe. Período
revolucionario. Apogeo del espiritismo. Centros y publicaciones. Roma y
el Evangelio y Marieta. Exposición a las Cortes de
1873 para incluir el espiritismo en los planes de enseñanza oficial.
Propagandistas. Primer congreso internacional espiritista en Barcelona en 1888.
Congreso de París en 1889. Ortodoxia cardeciana española. Muerte de Fernández
Colavida. Centro barcelonés de estudios psicológicos. Sorprendentes fenómenos.
Congreso espiritista de Madrid. Más centros y publicaciones. El Dr. Sanz
Benito. Decadencia. Clínica hidromagnetica. Fenómenos fraudulentos. Congreso de
París en 1900. Carácter del espiritismo español. García Lopez. Fernández
Colavida. Vives. Torres Solanot. Huelbes Temprado. González Soriano. S. Sellés.
Amalia Domingo. Navarro Murillo. García Gonzalo. Palasí. Melcior. Quintín
López. 515.
§ XV. La
teosofía. Degeneración del espiritismo. El ocultismo.
Métodos de una y otra escuela. Doctrina teosófica. Explicación de los fenómenos
por el espiritismo y por la teosofía. Idea de la teosofía y su procedimiento.
Difícil adaptación de los occidentales. Ingreso de España en la Sociedad
teosófica universal. Montoliú. Xifré. Grupos españoles. Trabajos. D. Florencio
Pol. Roso de Luna. Escasez de literatura original. Difusión en Andalucía. Los
cuadros de Villegas. 534.
Capítulo XVIII. Conclusión. 543
Índice. 553-563
Reseña Biográfica
del autor:
Mario Méndez Bejarano
Prólogo
«Il n' y a plus de philosophie en Belgique», me repetía con melancólico
acento Mr. de Tiberghien en el despacho de la modesta casita que, ya jubilado,
habitaba en Bruselas, rue de la Commune, núm. 4. El buen anciano, que hasta
última hora trabajaba y se interesaba por el destino de la humanidad, me
preguntó por el estado de la conciencia española, y se sorprendía de lo poco
que España, no obstante la extensión de sus dominios, había influido en el
pensamiento universal.
No niego que aquella candorosa extrañeza mortificaba un tanto mi amor
patrio.
Efectivamente, no sólo resonaban en la cátedra con exclusivo imperio
nombres exóticos, sino que en ninguna obra magistral ni compendiosa había leído
mi aplicación nada referente a filosofía ni a filósofos españoles. En la mayor
parte, silencio absoluto; en alguna que otra, remotísima alusión sin
concederles importancia.
Los mismos manuales de Historia de la Filosofía escritos en España, ya
que no se acometieron obras de mayor empuje, trazaban toda la historia del
pensamiento reflexivo sin mencionar para nada a nuestra patria. Hasta Balmes en
su conato histórico-filosófico, prescinde en absoluto de todo nombre español.
Solamente, en tiempos ya muy cercanos, D. Federico de Castro hizo una ligera
alusión a ciertos pensadores del siglo XVI y su hijo don José agregó notas
relativas a algunos modernos.
¿Era realmente el pensamiento español refractario a la filosofía? ¿Acaso
no existía pensamiento español? [VI]
Desde las aulas, me perseguía con lacerante tenacidad esta duda
estremeciéndome al pavor de verla negativamente resuelta.
No se trataba de un extranjero, era un compatriota, don Baltasar
Champsaur, quien lamentándose de que la filosofía española se reduce a citas y
alardes de erudición, prorrumpía: «Es preciso, ante todo, fortalecernos en
nuestro propio saber; inquirir por nosotros mismos, con nuestras propias manos
abrir las entrañas de la naturaleza, poner algo nuestro en la universal
colaboración científica, algo original y de alcance, para levantarnos de una
vez de la gran postración que sufrimos. De otro modo, la filosofía española
seguirá siendo una ilusión, un deseo de algunos pocos» (Nuestra
filosofía contemporánea, Rev. Cont., año XVIII, Sept. 1892. Tomo LXXXVII, 15), y
proseguía: «Nuestros libros de filosofía, con pocas excepciones, no vienen a
ser otra cosa que trabajos de exposición o de crítica, más o menos discretos y
eruditos, pero nada más, aunque cueste mucho confesarlo y se quiera asegurar
que existe una filosofía española contemporánea. Nuestros pensadores no carecen
de talento, hasta cierto punto superior: lo que yo no creo que tengan es
originalidad suficiente para influir en el pensamiento
filosófico europeo.»
Y tales afirmaciones de un español con apellido francés, hallaban
refuerzo en las de un francés, aunque nacido en Menorca, con apellido español:
el Sr. Guardia, cuyo
desdén hacia la filosofía española, más mortificante por albergarse en persona
tan culta y autor de excelentes monografías sobre pensadores españoles, se
traducía en despectivos conceptos, en crueles sarcasmos, como si el tema no
mereciese más seria y deferente atención.
Desconsolado, trémulo, apliqué el oído al hemisferio opuesto y mi
latente deseo creyó percibir en los rumores de su brisa tenues ecos de aliento
e indecisas voces de esperanza.
Acaso inexplicables negligencias, la falta de estudio [VII] inmediato
del pensamiento español, si censurable en los extraños, culpable e
indisculpable en los propios, dejó en la sombra méritos e iniciativas que un
tardío, pero redentor esfuerzo lograría reivindicar para gloria de España y
bien del mundo. Arrullado por tan dulce ilusión, inicié con entusiasmo, antes
que la personal, la investigación bibliográfica de los sabios patriotas, tan
superiores a mi parvedad en años, títulos y erudición. Era el pórtico obligado
del catecúmeno, la mano paternal que debía guiar los primeros vacilantes pasos,
el tributo de respeto a los que antes que yo y mejor equipados emprendieron el
áspero camino.
Prescindiendo de levísimas indicaciones, nada interesó mi curiosidad
hasta ciertos escritos de mitad del siglo XIX, tales como un brevísimo apéndice
agregado por Martí de Eixalá a la versión del Manual de Historia de la
Filosofía de Amice (1842), al cual, no sé por qué, atribuye
importancia el Sr. Bonilla; otro apéndice, inferior aún, añadido por el P.
Monescillo a la Historia elemental de la Filosofía por Bouvier
(1846); otro análogo de D. Víctor Arnau al fin del Curso completo de
Filosofía (1847) y el libro segundo de la Historia
Philosophiaedel P. Fernández Cuevas (1858).
En el siguiente decenio, hallamos algunas páginas interesantes de D.
Patricio Azcárate en su Exposición histórico-crítica de los sistemas
filosóficos modernos (1861), pero harto insuficientes; los estudios de
Vidart titulados La Filosofía española (1866), los Ensayos
críticos sobre filosofía, literatura e instrucción pública, de D.
Gumersindo Laverde (1868), compuestos de monografías muy superiores a los
precedentes ensayos, y el áureo opúsculo de D. Federico de Castro,Cervantes
y la filosofía española, donde no sólo se arriesga a afirmar la
realidad de una filosofía nacional, sino a especificar sus vernáculos y
peculiares caracteres.
«El hecho más constante de nuestra historia filosófica es sin duda que
en ella no nacen ni arraigan, cuando de [VIII] fuera se importan sistemas
exclusivos. Séneca en la antigüedad; San Isidoro, Maimónides y Raimundo Lulio
en los tiempos medios; Vives, Foxio Morcillo, Servet y aun los mismos místicos
y sensualistas, expresan todos síntesis más o menos acabadas y comprensivas. Y
cuando tras los dos siglos de sopor, que el despotismo y la intolerancia
impusieron al pensamiento ibero, despierta éste en medio de la Europa
sensualista, no lo seducen enteramente los maravillosos descubrimientos que en
las ciencias naturales había alcanzado aquella doctrina, y de que, por cierto,
ningún país estaba más necesitado que el nuestro: sino que, consultando su
manera peculiar de ser en esta relación, reproduce Martín Martínez a Doña Oliva
(el autor de este párrafo ignoraba, porque aún no se había esclarecido el
punto, que Doña Oliva fue un seudónimo de su padre, el Br. Miguel Sabuco),
rehácese a Huarte, y con esto se determina la dirección predominantemente
escéptica que cuenta por jefes a Martínez y a Piquer; escepticismo que, por lo
demás, no consiste sino en apartarse de toda autoridad exclusiva adoptando lo
que consideran el mejor de todos los sistemas. De tal modo en nuestra historia
filosófica ¡hasta la duda es afirmación, hasta la negación armonía!
Y en otro lugar estampaba estos a modo de interrogativos corolarios:
«¿Explicará esto, preguntamos nosotros ahora, la esterilidad relativa de
nuestro genio filosófico? ¿Será que nuestro pueblo, como pueblo, esté destinado
a no dirigir el pensamiento sino en los períodos sintéticos, tomando en los
demás de los otros pueblos sólo lo absolutamente indispensable, para que la
reflexión no se apague y la vida racional no se extinga?»
No volvió a renovarse el tema, hasta que Menéndez y Pelayo, con esfuerzo
laudabilísimo desde el punto de vista patriótico, interesantísimo por la
erudición, aunque poco científico por el apasionamiento, se obstinó en
convencer al mundo de la realidad de una ciencia española. No constituyeron los
escritos de D. Marcelino armazón sistemática. [IX] Las ideas y datos en ellos
contenidos andan dispersos por varias obras y artículos, si bien todos
responden a la unidad preconcebida y no ordenada de un pensamiento nacional.
No tropecé con guías ni elementos aportados por la bibliografía hasta la
fecha en que llamé a sus puertas. Con posterioridad a mis indagaciones escribió
D. Federico de Castro un hermoso discurso inaugural para el Ateneo Hispalense y
otro destinado a la apertura del curso universitario, donde, si no se atreve a
establecer con la seguridad de antes la existencia de un pensamiento
peninsular, sostenía con decisión la realidad de una filosofía andaluza con
pronunciado y privativo carácter. Muchos años más tarde, su hijo y sucesor en
la cátedra de Filosofía, dio a la estampa un extracto de la Historia de
la Filosofía publicada por su progenitor, añadiéndole, a la vez que
una más detenida exposición de los recientes sistemas contemporáneos, notas y
datos de filósofos españoles, aunque no intentando rebuscar un sello común de
nacionalidad hispánica. No sólo con igual carácter, sino desnacionalizándolos
para insertarlos en la corriente general de la filosofía europea, el P.
Zeferino intercala algunas y apasionadas notas en los tomos III y IV de su no
afortunada Historia de la Filosofía.
En suma, notas dispersas, aisladas referencias, golpes de vista
parciales, observaciones ingeniosas más o menos sutiles y nobles
apasionamientos. Nada reflexivo, sereno, sistemático e imparcial.
Contestando a los adversarios que nos negaban la originalidad, la
influencia en la evolución del pensamiento general humano, hasta la capacidad
para la especulación, los panegiristas entonaban ditirambos en vez de
argumentos, hipérboles en lugar de hechos comprobados y oponían al desdén la
energía de la protesta, no la fuerza de la razón.
Con el mejor deseo inscribían en su haber a los profesores oficiales de
filosofía, los abreviadores de súmulas, los [X] exegetas, los meros expositores
y glosadores, comentaristas y escoliastas, nobles obreros de la vulgarización y
no investigadores ni sintetizadores, muy distantes de la categoría de
filósofos. En todas partes han existido tales maestros y no en todas partes ha
habido una filosofía nacional.
Trataban otros de enaltecer la Mística como planta nativa de España:
mas, prescindiendo de si la Mística nacida de la fe y del sentimiento, por su
naturaleza refractaría al análisis y a la sistemática reflexión, puede
considerarse una filosofía, lo peor consiste en que el misticismo nada tiene de
español en su esencia ni en su origen, y aun cuando en nuestros místicos se
hallara algo peninsular, habría de considerarse como ese matiz externo que da
al cielo en cada lugar el reflejo del agua, de la nieve, del llano o de los
montes sobre que despliega su manto, sin que el firmamento, siempre uno,
pudiera considerarse distinto en cada región.
Rellenaban otros más perspicaces el vacío con preclaros nombres de
teólogos. Melchor Cano, Suárez, Ruiz de Montoya... explotando las analogías
entre la Teología y la Metafísica, ya que gravitan ambas sobre el tema
fundamental de la Ontología. No observaron o se resistieron a observar la
radical diferenciación, el abismo abierto entre ambas disciplinas, pues
mientras la segunda analiza, libre de trabas, hasta las raíces de la idea del
Ser, la primera arranca de un postulado indiscutible, exaltado por encima de
toda investigación personal, previamente impuesto a la inteligencia. Es decir,
que el problema ontológico del metafísico deja de ser problema para el teólogo.
El dogma sustituye a la tesis.
No puede titularse filósofo escéptico el que duda, ni dogmático el que
afirma. Uno y otro serán o un incrédulo o un creyente. Para llamarse dogmático
o escéptico en filosofía hay que afirmar o negar, no por espontaneidad de la
inteligencia, sino por lógica reflexión, por rígido proceso deductivo, en una
palabra, por sistema. [XI]
Aún más penosa impresión de esterilidad me producía la inclusión de
poetas, novelistas, preceptistas y oradores. Fernando de Herrera, Mateo Alemán,
Cervantes, Luis de León, Luis de Ribera, Quevedo, Gracián... ¡Dios mío! ¿Tan
poco, tan casi nada ha producido la reflexión española que hay necesidad de
recurrir, de arrebañar en todas las manifestaciones del espíritu para engendrar
una apariencia de filosofía? No. Las intuiciones artísticas, por altas y hondas
que se estimen; las adivinaciones, por muy cercanas que anden de la verdad; la
percepción de relaciones parciales, por agudas o poéticas que luzcan, nada
tienen que ver con la labor filosófica, con la reposada investigación, con el
escrúpulo del análisis, con la justificación de la síntesis, con la misma
intuición genial del filósofo, que no se presenta inesperada y espontánea como
la del poeta, sino al término de un proceso lógico, cuando la mente, en pos de
lenta y sistemática ascensión, llega a una altura donde inmenso panorama y
horizonte se abren a la ya educada retina de sus ojos.
No basta tener talento para creerse filósofo. Claro que en la entraña de
todo pensamiento individual o colectivo, sea cual fuere su índole, palpita un
germen inconscientemente filosófico, mas la labor filosófica discurre siempre
consciente, pudiera llamarse la apoteosis de la conciencia, y los relámpagos
mentales no convierten al hombre de talento en filósofo, ni ofrecen segura base
para cimentar una filosofía definida nacional.
Resumiendo tantos generosos delirios de grandezas más o menos
Justificados, D. Adolfo de Castro exclama triunfalmente: «A pesar de este
desdén de algunos sabios hacia España, todavía se lee en los libros escritos de
sabios extranjeros el nombre de Raimundo Lulio, como enigma filosófico,
deprimido por unos, ensalzado por otros. Ernesto Renán, Luis Figuier, Pablo
Antonio Cap, Nourisson y otros muchos hablan de sus escritos. Todavía se
escriben libros acerca de Maimónides y de Averroes, como los de Adolfo Frank y
de Ernesto Renán, todavía se [XII] publica en lengua italiana la teología moral
de Raimundo Sabunde y Sainte Beuve habla de este autor al par de Montaigne;
todavía Emilio Saisset escribe de Miguel Servet como filósofo y teólogo; el
Padre Bautain publica un libro basado en las doctrinas de Santo Tomás y de
nuestro doctor eximio, Francisco Suárez, declarando que
su filosofía de las leyes bajo el punto de vista cristiano está
tomada de estos dos hombres eminentes».
«Los nombres del Tostado, de Luis Vives, de Melchor Cano, de Eusebio
Nieremberg y de Suárez se repiten con elogio por Alzog. El mismo Ernesto Renán
trata honoríficamente a Luis Vives. Si Emilio Saisset y Alberto Lemoine al
hablar de Descartes no mencionan a Gómez Pereira, Nourrisson sigue proclamando
que en la teoría de ser los animales máquinas precedió el filósofo español al
francés. Washington Irving y Prescot han encomiado a Fray Bartolomé de las
Casas por sus ideas sublimemente humanitarias... Pero ¿a qué seguir enumerando
autores? La satisfacción de todo buen español no puede menos de ser
cumplidísima al contemplar que aún en el mundo de los sabios se oyen los
nombres de nuestros filósofos antiguos.»
A la radiante estrofa del patriotismo respondía el doctor Guardia
motejando a los panegiristas de que su carencia de títulos legítimos los
impulsase a despojar a otros pueblos de hombres eminentes que hubieran nacido
en España si la intolerancia no hubiera obligado a sus padres a emigrar del
suelo patrio, cual sucedió con León Hebreo y el gran Baruch Espinosa...; «pero,
dice, se necesitaba el nombre de León para inflar la lista de pretendidos
platónicos». «Los filósofos no residían en España. El mismo Vives y Fox
Morcillo se formaron o filosofaron en el extranjero». «Aquel que distinga la
filosofía de la teología, el misticismo, la casuística y la declamación
retórica, no se dejará engañar por el fantasma de una filosofía española que no
existe y en vano se evocaría de la nada.» (La miseria filosófica de
España, Rev. de Phil., 1893.) [XIII]
Coincide con tan adverso fallo el español Ramón y Cajal, estatuyendo en
sus Reglas y consejos sobre investigación científica (cap. X)
que España es un pueblo intelectualmente atrasado. El mismo Menéndez y Pelayo
sembraba en mi alma el desaliento cuando al lado de su optimismo trazaba estas
palabras: «España ni antes ni ahora ha tenido ni tiene ciencia desinteresada.» (La
ciencia española (1887) t. 1, p. 96, nota.) Cuando la filosofía
representa el desinterés absoluto, la conquista de la verdad, virgen purísima,
desdeñosa de todo homenaje que lleve distinta intención envuelta, y se esquiva
a cuantos la solicitan para ponerla al servicio de estímulos sectarios o
egoístas. Como las flores, destinadas a agradar, se creería rebajada con ser
útil fuera de la ideal y suprema utilidad.
No obstante, me alentaba mi antiguo y venerado maestro D. Federico de
Castro. Según su optimismo, los trabajos de Alemania en la pasada centuria,
análisis que se pierde de una parte en el absoluto de Hegel, última evolución
del formalismo conceptualista aristotélico, y de otra en el positivismo, nacido
del mismo conceptualismo mirado por el lado de la experiencia y la materia,
suponen necesariamente un momento, en que, agotadas todas las abstracciones del
entendimiento que sólo han podido producir dos fenomenologías, la del sentido y
la del entendimiento puro, reinará la razón, se constituirá definitivamente la
filosofía, y esta obra sintética no podrá ser reclamada sino por el espíritu
latino... Mas, pensaba yo: ¿No existe más espíritu latino que el español?
Francia ¿no inició con el cartesianismo todo el movimiento idealista moderno y
todo el sensualista que propagó la Enciclopedia?
Schliepacke, uno de los mejores discípulos de Krause, puntualiza más
escribiendo: «Es de desear que llegue un día en que, en beneficio de la común
cultura, España sea la encargada de llevar la voz del genio latino, que Francia
nos ha manifestado durante dos siglos nada más que por cierta predominancia
externa y militar». [XIV]
¿Podemos juzgar sinceras estas líneas del escritor tudesco? ¿No serán
eco de la lucha, ya declarada, ya sorda, que desde fines del siglo XVIII,
preludiada en los días de Klosptock, exacerbada por los Schlegel y los
románticos, consagrada urbi et orbi por tres horrorosas
guerras, mantiene Alemania con el latinismo representado por Francia? ¿Habla el
científico o el patriota? ¿No habrá en sus afirmaciones más odio a Francia que
amor a España y a la verdad?
¿Esta fe en el futuro del pensamiento español no tiene más de sueño que
de realidad?
El hecho de refugiarse en el porvenir ¿no indica la esterilidad del
pasado y del presente?
Al enorgullecernos con esas magnas figuras, Séneca, San Isidoro de
Sevilla, Averroes, Tufail, Gabirol, Maimónides, Vives, Fox Morcillo, Pérez y
López, Balmes... ¿no nos adularemos demasiado? ¿No pecaremos de narcisismo
colectivo?
¿Qué importa? Si el escepticismo supone el suicidio de la inteligencia,
el pesimismo, derrota anticipada y convicción de impotencia, acusa el suicidio
de la personalidad.
En tal situación de ánimo, anhelando a fuer de patriota alumbrar una
filosofía nacional y reprimiendo, a fuer de aprendiz científico, los impulsos
sentimentales; comprendiendo que ante la verdad no hay pasión, prejuicio ni
estímulo que no deba desaparecer, siquiera al huir se lleve en sus garras lo
más intimo, lo más querido de nuestra alma, di en aquellos soles juveniles,
engreído con la petulancia y la ilusión de los pocos años, comienzo a mi obra
dispuesto a trazar antes que nadie el cuadro histórico de la filosofía española
o, si no hallaba sujeto idóneo, a confesarlo con la honradez exigida por la
moral científica y presentar los elementos más o menos considerables con que la
realidad respondiera a mi ingenua evocación.
Muchos años volaron; lenta y paulatina, mi labor progresaba [XV] en la
quietud de los cármenes granadinos, y al trasladar mi residencia, «con sobra de
enojos», que decía el poeta, al centro docente de Madrid donde voy dejando los
postreros frutos de mi ancianidad, mi empresa se acercaba a su fin y ya me
preparaba a darle los últimos toques, cuando trabé amistad con el Sr. Bonilla,
amistad que sólo la muerte logró romper y que, por mi parte, ha perdurado más
allá de la tumba.
Aprendí entonces que D. Adolfo Bonilla tenia proyectada una Historia de
la Filosofía española, prontos para la impresión dos volúmenes, en prensa el
primero... Se me había adelantado e inutilizaba sin querer mi ocupación de
tanto tiempo. El vacío que pretendió llenar mi presunción estaba colmado por su
pericia.
No niego la primera penosa impresión que deprimió mi ánimo, pero tampoco
la saludable reacción que confortó mi abatimiento al reflexionar cuánto ganaría
la ciencia con tan ventajosa substitución.
Me resigné sin esfuerzo, relegué al olvido mis notas y abandoné para
siempre aquella ilusión de la mocedad, noble, aunque sobrado ambiciosa para mis
fuerzas.
La muerte arrebató a la cátedra, a la amistad y a la ciencia aquel
ilustrado comprofesor en el punto de su apogeo mental, cuando apenas había dado
a la prensa los prolegómenos de su obra, la edad antigua y los hebreos. El
edificio no se alzó sobre el área trazada. Si realmente existía una filosofía
española, su historia continuaba por hacer.
Asaltóme la idea de emprenderla otra vez, aprovechando lo poco publicado
por Bonilla, mas pronto me disuadieron dos potísimas razones. Proseguir la
admirable labor de mi llorado amigo, se me antojaba profanación, razón
subjetiva a que se agregaba otra nacida de la diferencia de criterio. Él, más
patriota acaso que filósofo, era un perfecto apologista; yo no pasaba de ser un
estudiante.
Resolví, pues, recoger de nuevo mis ideas y mi noción de los hechos y
volver, paciente araña de la ciencia, a [XVI] tender los tenues hilos que
prendí muchos años antes y que había arrebatado, a mi juicio para siempre, el
viento de lo imprevisto.
Ahora bien, al reanudar mi olvidada labor no podía pensar en darle los
aires y las dimensiones con que soñé cuando creía la vida casi eterna, ni
siquiera las amplias proporciones con que la empezó el Sr. Bonilla.
Transpuesta la frontera de la ancianidad, con más desengaños que días
por delante, disminuida mi capacidad de trabajo, se me antoja insigne demencia
pensar en obras de larga extensión que, probable, casi seguramente, la muerte
dejaría por concluir. Doblando la frente al fallo de la realidad, reduciré mi
cuadro hasta donde estime posible, rechazaré lo superfino, renunciaré a
pruritos de erudición y procuraré en el límite de mi temor presentar con
claridad los hechos, sin descender a pormenores, ateniéndome a la idea
fundamental en cada proceso filosófico, tarea de condensación, harto más dura,
aunque más breve, que la nuda exposición y detenido análisis; sofocando mi
patriotismo hasta donde la pasión no me engañe, facilitando a los que me sigan
la metodización de los fenómenos y no sugiriendo prejuicios a la conciencia del
lector. Cuando lleguemos, si llegamos, al fin de la penosa jornada, preguntaré
otra vez a mi convicción y al público:
¿Han existido filósofos en España?
¿Brindan éstos un carácter común?
¿Podemos proclamar ante el mundo la existencia de una filosofía
española?
Con tratarse de conceptos mutuamente complementarios, tan divorciados
andan el «sumite materiam vestram» y el manoseado «nosce te ipsum» que nadie
podría plantearse el primero sin la previa y casi imposible posesión del
segundo. Si se apedrea mi modestia con aforismos clásicos, me abroquelaré en el
verso de un gran poeta:
El intentarlo sólo es heroísmo...
Capítulo
primero
Tiempos primitivos
Orígenes de la nación española. –Civilización tartesia. –Leyes, poemas,
opulencia, alfabeto, creencias religiosas, ritos, monoteísmo. –Antigüedad de la
cultura turdetana. –Latinización de la Bética. –Sus progresos. –Su influjo en
la versificación y el gusto artístico.
El erudito Cavanilles resume así los orígenes de la sociedad española:
«El hecho capital es que España se civilizó por la costa; que el país que
primero ejercitó el comercio y adquirió cultura fue la Bética; que los
extranjeros arribaron a España conducidos tal vez por el acaso; que siguieron
frecuentando puertos, atraídos por el aliciente de los metales preciosos que
recibían en abundancia, en cambio de objetos de escaso valor; que para
regularizar sus expediciones establecieron factorías, y que, para su resguardo
y defensa, las fortalecieron y presidiaron», corroborando lo ya establecido por
la tradición recogida por Florián de Ocampo al decir: «Muchos sostienen ser
Sevilla lo primero que hombres acá moraron». La misma opinión han sostenido
Nebrija, Leibniz, Bory de Saint-Vincent, [2] d'Abbadie, Gallatin, Broca, Chao,
Tubino y tantos otros.
Parece seguro que el Norte se civilizó mucho más tarde, puesto que
Estrabón nos afirma que lusitanos, gallegos y cántabros vivían en completa
barbarie; el P. Mariana dice: «como era aquella gente de suyo grosera, feroz y
agreste», al tratar de los vascos, y con su aseveración convienen Silio Itálico
y otros autores. Las mismas fuentes nos presentan a los habitantes de la España
Central menos rudos que los septentrionales, si bien no civilizados todavía,
aunque ya tenían cantos y danzas religiosas. «Los célticos del Guadiana –dice
Estrabón– eran menos feroces que sus iguales, debido a la vecindad de los
turdetanos.»
Júzgase a la Tartsi, nombre indígena del que, según
parece, sacó la Biblia Tarschich y los helenos Tartessos, el
más antiguo centro fabril, comercial e intelectual del Occidente de Europa y el
objetivo de las navegaciones fenicias. Única comunidad existente en la
península que pudiera llamarse Estado, extendía su imperio desde el Anas hasta
el Júcar y desde Sierra Morena hasta el mar. Sus reyes Gárgoris y Alisque se
esconden en la penumbra que separa el mito de la historia; pero Novax,
Argantonio y Serón, acaso el Geryón de los griegos y último de sus monarcas,
reciben por completo, hasta donde su antigüedad lo permite, la luz de la
consagración. Las naves turdetanas llegaban por el N. a las costas de Bretaña y
por el S. hasta la boca del Niger, dejando por doquiera inequívocas huellas de
su paso. (Frobenius. Auf den Wege nach Atlantis, 1911, p. 14.)
La Bética, ofreciéndonos una civilización contemporánea de Moisés, debe
enorgullecer el patriotismo español; Dionisio, Perigesto y Prisciano la llaman
«suelo de hombres opulentos»; Avieno, «país rico», y Estrabón afirma que hasta
los utensilios domésticos eran de plata. Posidonio, citado por el geógrafo,
escribía: «Debajo de la Turdetania no existe el infierno, sino la mansión del
Dios de la riqueza». Codiciábase en Roma las granadas de [3] Pésula (Salteras)
y de Ilipa (Cantillana), los aceites de Ástigis (Écija) y Carmo (Carmona), los
vinos de Carisa, los alcoholes de Callentum (Cazalla), y las naranjas, sin
rival, de Orippo (Dos Hermanas). «La excelencia de los bueyes turdetanos–dice
Cortés y López–dio ocasión a que los poetas fingieran que Hércules acometió la
empresa de robar unos cuantos al pastor ibero Geryón y esta misma excelencia y
hermosa presencia fue la que tentó al pastor Caco para robar a Hércules algunas
de sus vacas que llevó a Italia desde la Turdetania.»
Quince siglos antes de J. C. se laboraba en Andalucía el bronce, según
comprueba el precioso hallazgo de los «bronces de Huelva», se forjaban armas de
cobre, se extraía el oro y la plata de la Sierra y se exportaba el estaño.
Las artes industriales correspondían a la riqueza natural, pues ya se
labraban tejidos de esparto, se grababa en hueso, se fabricaba pan, en tanto
que su cerámica producía el elegante vaso campaniforme y creaba el vaso de
doble cavidad, la copa.
«Los turdetanos –escribe Estrabón– eran los más doctos de los iberos,
pues usan de Gramática y tienen de antiguo libros, poemas y leyes en
verso, uómonç èmmétroiç, que cuentan, según dicen, seis mil años de
antigüedad.» «Leyes tan remotas –añade un historiador–, aun rebajado todo
encarecimiento, pudieran graduarse de coetáneas del misterioso Egipto.» Los
fragmentos conservados de aquella legislación muestran una sabiduría que no
desmerece de posteriores leyes, pues no aceptaban el testimonio contra los mayores
en edad y otorgan al anciano la preferencia en toda ocasión, no permitían la
vagancia, castigaban la prodigalidad, erigían altares al Trabajo, confiscaban
el capital prestado con interés a pródigos y concedían premios a las mujeres
más trabajadoras» {(1) Nicolás Damasceno: Frag. Hist. Grae., t. III,
p 456}.
La cultura literaria de Andalucía, isla de luz en la general barbarie,
produjo los poemas épico-míticos de Geryón y [4] de Gárgoris, cuyos fragmentos
nos han conservado Trogo Pompeyo y Macrobio, y los heroicos que cantaron la
expedición de los andaluces a la conquista de Córcega y Cerdeña con los
triunfos de su régulo Argantonio sobre los fenicios; los testimonios de poesía
gnómica, epitalámica, funeraria y cosmogónica, así como los ensayos de poesía
dramática. Polibio, testigo presencial, nos representa los régulos andaluces
suntuosamente vestidos, los edificios de magnífica arquitectura, los banquetes
amenizados por dulces liras y los vasos de oro circulando entre las manos de
los comensales, la pompa, en fin, de aquellas cortes donde hasta los pesebres de
los caballos eran de plata.
No se olvide que Andalucía, con su alfabeto fonográfico propio, anterior
a la invasión fenicia, puede disputar el honor de haber inventado la escritura
al Egipto, a Babilonia y a la China, que a la vez se ufanan de tan gloriosa
invención.
Los sacerdotes de los templos andaluces y, singularmente, del de
Hércules, compusieron poemas teogónicos y cosmogónicos, en los cuales se cree
que halló Tisias, vulgarmente denominado Stesíchoro o regulador de los coros,
inspiración para su perdida Geryoneida.
Alguna luz arroja también sobre las creencias religiosas el estudio de
los carmina mágica,destinados a evocar los espíritus y a formular
las contestaciones de los oráculos. Convienen tales observaciones con el aserto
de Filóstrato, el cual asegura la creencia en la vida futura y por eso los
turdetanos celebraban los funerales con cánticos de victoria, corroborando su
confianza en la inmortalidad.
Tanto prestigio logró la civilización tartesia, que San Agustín creyó
que sus sacerdotes y sabios habían conocido la verdadera doctrina por sus
propias fuerzas y Menéndez Pelayo juzga «digna de meditación» la idea del santo
doctor. Rodrigo Caro sostiene «averse en ella (Hispalis) también guardado y
exercitado la ley natural y conocimiento de un Dios verdadero»(Ant. de Sev. C.
IV, f. 7º). Para el conocimiento de las primitivas ideas religiosas de [5] la
Tartéside, recuérdese que los fenicios, para atraerse las simpatías de los
españoles, erigieron en Cádiz un templo al Hércules egipcio. Pomponio Mela dice
al describir la isla gaditana: «Qua Oceanum spectat, duobus
promontoriis erecta in altum, medium littus abducit, et fert in altero cornu
eiusdem nominis urbem opulentam, in altero templum AEgyptii Herculis,
conditoribus, religione, vetustate, opibus illustre».
A este templo, reputado por uno de los más opulentos de la antigüedad,
templo sin esculturas, sin imágenes, sin más que los doce trabajos de Hércules
grabados en el santuario, que aún en el siglo IV se erguía soberbio sobre las
ruinas de la ciudad, acudían las gentes de todo el mundo llevando a sus aras
regias y abundantes ofrendas y a él fue Aníbal a dejar las suyas antes de
acometer la osada expedición al centro de Italia.
La rivalidad mercantil indujo a los cartagineses a destruir la
floreciente ciudad, honor de España, cinco siglos antes de J. C. La envidia y
la codicia hundieron en el polvo la que Rufo Festo Avieno llama «grande y
opulenta ciudad en tiempos antiguos, ahora... un campo de ruinas.» (Or.
mar.)
La diferencia entre los pueblos del Mediodía y los centrales y
septentrionales de la península resalta en los diferentes órdenes del
pensamiento y de la vida. Los del Norte, supersticiosos, adoraban dioses
representativos de objetos físicos, en tanto que los sacerdotes andaluces
«puntualizaron la noción de un Dios Supremo, creador y omnipotente, cuya
virtualidad superior aparecía ordinariamente anónima o inefable, simbolizado a
menudo en Hércules, en el Sol o en Osiris, en el becerro, en el cordero y en el
macho cabrío, reservada su explicación a los doctos o al efecto de misteriosas
iniciaciones»; idea monoteísta que se fue extendiendo por toda España. Así en
Cádiz, se adoraba a Hércules sin representación plástica:
Sed nulla efigies, simulacraque nota Deorum, [6]
que decía Silio Itálico, y en cuya forma de culto veía San Agustín el
presentimiento del verdadero Dios. (Civ. D. VIII, c. IX.)
De todas suertes la civilización andaluza es antiquísima y el griego
Asclepíades, que daba lecciones de humanidades y filosofía a los turdetanos 48
años antes de J. C, la juzgaba tan antigua e inmemorial que la supuso posterior
en muy breve lapso a la catástrofe tradicionalmente conocida con el nombre de
«el diluvio universal».
El historiador Guichot escribe: «¿No es verdaderamente asombroso
encontrar entre los turdetanos, pueblo de Andalucía, un código de leyes,
monumento literario que, por la forma en que está escrito, revela una
civilización muy adelantada y que aparece ser contemporáneo del libro de
Moisés, del de Job, de las obras de Sanchoniaton y de los Vedas de la India?»
«¿Dónde estaban todavía Licurgo, Solón, Numa y la ley de las doce
Tablas?» «¿Dónde el Parthenón, el Capitolio, Fidias, los bronces, las medallas
y los vasos etruscos?»
«¿No es, pues, evidente que la región de España que hoy y desde el
comienzo del siglo V de nuestra era se llama Andalucía, fue la primera de
Europa que se civilizó, y que su cultura es anterior en algunos siglos a la que
produjo el siglo de Pericles en Grecia y el de Augusto en Roma?»
El adelanto de la Bética facilitó su latinización. Al acercarse las
legiones de la república, el andaluz se sentía más cerca de la ilustración
romana que de la barbarie peninsular. Estrabón cuenta que existían en
Turdetania más de 200 ciudades y cita a Corduba, «hechura de Marcelo»; a Gades
por «su comercio marítimo» y a Hispalis «que resplandece por sus excelencias».
La importancia de esta última urbe puede calcularse por el hecho de que César
mandó inscribir su conquista en el Calendario romano por uno de sus principales
fastos con estas palabras: E NEFASTUS PRIMO. HOC DIE CAESAR HISPALIM VICIT, y
Dion Casio [7] llama a esta victoria «el triunfo de España». Y de tal modo se
creía que aquella ciudad era el alma de la nación, que se la tenía por la más
antigua y genuina. «Muchas escrituras de gran substancia –dice Florián de
Ocampo– sólo por hallar su fundación tan trasera, certifican muy de propósito
ser ésta la primera población de toda ella (España), y aun dicen que por su
causa la tierra y comarca de aquellos derredores se dijo Hispalia primeramente
y que después aquel nombre se fue derramando y añadiendo por las otras
provincias, hasta que todas ellas, en lugar de llamarse Hispalia, corrompieron
el vocablo y se nombraron Hispania.» La misma opinión sostiene con no refutadas
razones Antonio de Nebrija y el texto de Justino que reza: «hanc
veteres ab Ibero amne primum Iberiam post ab Hispalo Hispaniam cognominavunt, confirma
que el nombre del río Hispal pasó a la ciudad (Hispalis) y de
ésta a la nación (Hispania).
Muestras indiscutibles del adelanto intelectual suministra el discurso
de César a la Asamblea de notables convocada en Sevilla. «Vosotros –les dice–
que conocéis el derecho de gentes y el de los ciudadanos romanos...», la
existencia de Colegios de barqueros y de monederos; la de la beneficencia
privada, cuyo monumento más antiguo es el legado de un capital de 50.000
sextercios impuesto al 6 por 100 a beneficio de la infancia por Fabia
Hadrianila y la costumbre de epitafios en verso.
«Imaginémonos –escribe Menéndez Pelayo– aquella Bética de los tiempos de
Nerón, henchida de colonias y municipios, agricultora e industriosa, ardiente y
novelera, arrullada por el canto de sus poetas, amonestada por la severa voz de
sus filósofos; paremos mientes en aquella vida brillante y externa que en
Córduba y en Hispalis (Sevilla) remedaba las escenas de la vida imperial, donde
entonces daban la ley del gusto los hijos de la tierra turdetana, y nos
formaremos un concepto algo parecido al de aquella Atenas, donde predicó San
Pablo.» Uno de los hechos que confirman la peculiar complexión de los
meridionales [8] favorable a la literatura, es el citado por Plinio, de aquel
andaluz que realizó un viaje a Roma (¡entonces!) sólo por conocer a Tito Livio,
tornando después a su patria. (Pl. joven: Cartas II, 3, 8.)
En tiempo del imperio no interrumpió la Bética sus progresos. Se
enorgullecía con sus urbes unidas entre sí por amplias carreteras, poseía las
únicas seis ciudades libres que hubo en España, y la densidad de su población
se eleva por Orosio a muchos millones de habitantes, afirmación que comprueba
Cicerón al decir: «No hemos superado en número a los españoles». Los turdetanos
aprendían latín de los invasores y griego de Asclepiades; celebraban ostentosas
representaciones teatrales, y si bien en el idioma triunfaron los latinos,
ellos contagiaron el Parnaso clásico con sus dos formas de versificación, la
aliteración y la rima embrionaria, que ya surge mucho antes de la invasión goda
en ciertos monumentos españoles, tales como el epitafio del auriga Fusco. Los
historiadores refieren el triunfo de las andaluzas sobre las arpistas,
juglaresas y bailarinas asiáticas y cómo dictaron la moda artística en el
imperio.
Capítulo II
Época pagana
Predominio español en la edad de plata de la literatura latina. –Lucio
Anneo Séneca: sus obras filosóficas, su carácter, su originalidad, su relación
con otras escuelas, su obra científica. –Moderato: su doctrina. –Quintiliano.
–Anneo Sereno y Deciano: su insignificancia. –Juicio de esta etapa.
Nota característica de las aetas argentea de la
civilización romana es que la mayor parte de sus hombres ilustres son
españoles, y principalmente andaluces. Lucio Anneo Séneca (¿2?-65), cordobés,
hijo de Marco A. Séneca, el retórico, poseyó acaso la inteligencia más
extraordinaria de este período literario. Después de una vida accidentada, ora
condenado a muerte por la envidia de Calígula, ora recogiendo misterios en
Egipto y enseñanzas en Grecia; calumniado de adúltero por Mesalina; desterrado
por Claudio en conmutación de una segunda pena de muerte impuesta por el
Senado; vuelto ocho años después a Roma para instruir a Domiciano; elegido por
Agripina para que su hijo saliese de la niñez aconsejado por tal maestro;
cuestor, cónsul: preceptor de Nerón; acumuló grandes riquezas y excitó la
envidia de su discípulo el emperador. Séneca, temiendo por su vida, hizo
donación de su hacienda al tirano: mas ya era tarde, fue condenado a muerte y
sucumbió a la asfixia, después de fracasar la rotura de las venas y la absorción
de la ponzoña. Aquel cuadro del sabio dictando sus últimos consejos a los
discípulos y [10] consagrando a la divinidad su último aliento, recuerda la
muerte de Sócrates, preludio de la tragedia del Calvario.
Las obras filosóficas de Séneca son doce, a saber: De Ira, libri
III; De consolatione ad Helviam matrem liber, notable por el vigor y
hermosura del discurso; De consolatione ad Marciam,una de las más
elocuentes y sentidas composiciones de Séneca; De Providentia, en
que trata la eterna cuestión del triunfo del mal en la tierra y aconseja a los
desgraciados la medicina del suicidio; De consolatione ad Polybium
liber, de dudosa autenticidad; De animi tranquilitate ad
Serenum; De constantia sapientis; De clementia ad Neronem Caesarem, celebrando
la piedad y abominando del rigor: De Brevitate vitae ad Paulinum, considerando
que la vida humana es larga para el sabio y sólo breve para quien la
malgasta; De Vita beata, donde se establece que el soberano
bien reside en la virtud y no se opone al disfrute de riquezas legítimamente
adquiridas; De Otio sapientis, obra de difícil y delicada
labor, y De Beneficiis, tratando el modo de hacerlos y de
aceptarlos. Al mismo grupo podrían agregarse las ciento veinticuatro Epístolas
ad Lucilium, reputadas por uno de los libros más excelsos de la
antigüedad.
En Séneca se admira siempre la profundidad del pensamiento y la
dignidad, a veces exagerada, del estilo. Sus aforismos presentan algo de vivo,
se aplican a la crisis, a los dolores de cada día; se esculpen en el alma y el
hombre se siente y se reconoce en su expresión.
Las ideas filosóficas del gran andaluz y la solemnidad de su lenguaje,
despiden reflejos de amargura, matices de aquella inmensa tristeza que abrumaba
las almas entre los horrores de la orgía imperial.
Séneca tiende a reducir la filosofía a la moral. Diderot considera que
«no ha podido la antigüedad legarnos un curso de moral tan grande como el
suyo»; en fin, se alza tan insigne pensador y moralista, sintetizando a su modo
el estoicismo y el cristianismo, que los Padres lo tuvieron por su precursor e
incluyeron sus máximas en los textos [11] cristianos. De todas suertes, se nos
antoja el único filósofo del imperio romano. Es verdad que Marco Tulio estudió
filosofía, pero ¿qué revelación trajo? ¿Dónde están sus discípulos? ¿A quién
enseñó a vivir ni a morir?
Con viriles acentos proclama Séneca la fraternidad humana: «¿Son
esclavos? Di que son hombres. «¿Son esclavos? Lo mismo que tú. El que llamas
esclavo nació de la misma simiente que tú... cual tú vive y muere» (Ad
Luc).
La originalidad del pensamiento de Séneca estriba en su anhelo de llegar
al conocimiento y a la perfección por sí mismo. No rehuye el maestro, no
desprecia el libro, pero «nuestros maestros no son nuestros dueños, sino
nuestros guías; la verdad patente a todos, por nadie se agota y aún hemos de
dejar mucha a nuestros sucesores.» (Ep. XXXIII.)
El sabio es superior a los dioses: éstos son buenos por naturaleza, el
sabio se hace bueno. Mas, aun estimando su propia alteza, se puede saber sin
infatuarse: «licet sapere sine pompa, sine invidia». (Ep. 103.)
La razón es la revelación divina; la filosofía está en nosotros y
consiste en conocer las cosas, no en jugar con los vocablos, non est
philosophia populare artificium, nec ostentationi paratum: non in verbis, sed
in rebus est; así el conocimiento propio eleva el alma a lo absoluto.
Dios se muestra en la conciencia, y viéndose el individuo en su razón suprema,
se convence de la inmortalidad. No podemos, pues, calificar a Séneca de mero
sectario de Zenón. Irá su reflexión a análogas conclusiones, pero va por su
propia indagación; como coincidente, no como discípulo, porque no ha llegado
por la senda de la enseñanza, sino por su individual y primitiva lucubración.
Bien claro lo expresa en De Vita Beata: «Cuando digo nuestra
doctrina no me sujeto a la de ninguno de los estoicos principales, porque
también yo tengo libertad.»
Se ha opinado que Séneca se parece a Schopenhauer porque para ambos el
mundo es un conjunto de apariencias sometidas a determinismo; la verdad
consiste en nuestras percepciones reales e inmediatas; la voluntad [12]
individual, la Voluntad absoluta determinándose en cada uno, y la filosofía
preparan a la muerte, que es la liberación. Pero Séneca, fundiendo la Voluntad
y la Razón, no llega al desconsuelo de la indiferencia, sino, sobreponiéndose a
las miserias terrestres, se prepara para una existencia superior. Nuestra alma
viene de Dios, habita en nosotros, vino al mundo para purificarse, pero tiende
hacia arriba. Desde todos los puntos se puede mirar al cielo. Así fue el primer
filósofo romano que enseñó a vivir y a morir, aun hallando preferible no haber
nacido (ad Lucilium). De todas suertes, hay que confesar que
pocos escritores han dejado huella tan honda como Séneca en la memoria y en la
conciencia de la humanidad.
Un literato francés confiesa lo que su teatro nacional debe al poeta
andaluz diciendo: «C'est de Sénèque, à beaucoup d'égards que relève
particulièrement la tragédie française». En la Medea (Acto II,
vs.-371-5) se estampa la rotunda afirmación, que traduzco, de la existencia en
nuestro planeta de nuevos e ignotos continentes, como si fuera predestinación
geográfica e histórica del genio andaluz presentir la invención del mundo
americano.
Tiempo vendrá, pasados muchos siglos,
En que rompa el Océano sus lindes,
En que Tetis descubra nuevas tierras
Y no sea Thule el término del mundo.
La obra científica de Séneca es la intitulada Cuestiones de
Historia natural (Quaestionum naturalium, libri VII), curiosa
producción en que se mezcla la física y la moral, con seria intuición de la
unidad de la esencia.
Contemporáneo de Séneca, discípulo de los pitagóricos y natural de
Cádiz, brilló Moderato, autor de Lecciones pitagóricas, obra
distribuida en diez libros, de que sólo nos quedan tres fragmentos conservados
por Estobeo en su Florilegio. Gozó de sólido prestigio en su tiempo, vir
eloquentissimus le apellidó San Jerónimo: Mr. Fouillé estima su
intento de conciliar a Platón con Aristóteles, [13] ideal de toda la filosofía
hasta los tiempos modernos, más feliz que el de Alcinóo, y D. Federico de
Castro opina que, en cuanto a los principios, la idea de Moderato supera al
neoplatonismo, por aparecer en él la voluntad como razón activa, ligando y
distinguiendo lo finito y lo infinito. La inteligencia puede conocer
la nouç, del mundo, sin confundirse con él, mas también puede
alcanzar por el éxtasis la perfecta unión, abismándose en la divina esencia.
No me atrevo, siguiendo a Bonilla, a incluir entre los filósofos al
retórico M. Fabio Quintiliano.
La exposición de la preceptiva en sus Instituciones oratorias, está
realizada con claridad, y en la parte crítica se nota una marcada preferencia
por el lenguaje y estilo, relegando los conceptos a secundario lugar. Menos
español que Séneca, no aportó nada al conocimiento de las primeras causas ni
envía ningún aura de regeneración a la amanerada oratoria de las escuelas. Su
espíritu romano se deleita en los clásicos maestros; tiene su ideal en el
pasado; su preceptiva trasciende a culto y, aceptando la perfección consumada,
se limita a actuar de inteligente pedagogo.
Tampoco añaden nada al pensamiento nacional el estoico Anneo Sereno,
prefecto de la guardia neroniana, ni el emeritense Deciano, prosélito de la
misma escuela.
Al cerrar esta etapa, que llena Séneca con su nombre, no podemos dudar
de una filosofía española y añadir con legítima satisfacción que en todo el
mundo no existió más filosofía que la de este inmortal andaluz, pues ni los
epicúreos ni los estoicos, incluyendo a Marco Aurelio, supieron dilatar el
molde forjado por los maestros helénicos. No investigaron ni pensaron con
originalidad, humildes escolares y rumiadores de aforismos. La Historia podría
sin violencia omitir sus nombres.
Por el contrario, Séneca desborda sobre la ortodoxia estoica la
abundante savia de su acentuada personalidad y, si no crea sistema nuevo, al
modificarlo, sepulta el antiguo convirtiendo la uniformidad en modalidad
progresiva, el estoicismo en senequismo.
Capítulo III
Época cristiano-romana
Primeras manifestaciones. –Heterodoxias. –Los agapetas. Prisciliano:
descubrimiento de opúsculos suyos. –Sus doctrinas. –Juicio de ellas.
–Baquiario. –Origenismo: los Avito.
La literatura cristiana, desenvuelta en pos de la conversión del
imperio, es menos española, debido a su carácter religioso y cosmopolita.
Llenan este período los poemas religiosos, hagiografías, tratados teológicos,
disciplinarios y litúrgicos, sin que ni las obras de Osio, el elocuente obispo
de Córdoba, propagador del platonismo, que pronunció la Fórmula de la
fe en el concilio de Nicea y a quien se atribuye una traducción
del Timeo, bien que la desempeñara por sí, o que la mandara
ejecutar a Calcidio, brinden el mínimo interés para el pensamiento nacional.
Apenas cristianizada la península ibérica, florecen las heterodoxias,
aunque ninguna con carácter nacional. Sin detenernos en los libeláticos, no
disidentes, sino cobardes obispos y tibios creyentes, ni en las opiniones más o
menos acertadas referentes a la Encarnación que se profesaron en la Bética, ni
menos en el donatismo, el luciferianismo ni en las ráfagas arrianas, porque
nada hay en ello de indígena ni de propiamente filosófico, señalaremos la
intrusión en el siglo IV del gnosticismo, debida a Marco, el egipcio, y sus
discípulos el retórico Elpidio y la matrona Agape, de cuyo nombre se derivó el
de agapetas, aplicado a la nueva comunión. Del agapetismo
aprendió Prisciliano, español, [16] rico y erudito, cualidades a que, según
Sulpicio Severo, «mezclaba gran vanidad, hinchado con su falsa y profana
ciencia».
De las ideas de Prisciliano, únicamente se sabía lo que cantaban sus
enemigos, pues no poseíamos más que algunas líneas reputadas auténticas; pero
en 1885 el doctor Jorge Schepss encontró en la biblioteca de la Universidad de
Wurzbourg un códice del siglo V con once opúsculos anónimos. La lectura de
ellos convenció al Dr. Schepss de que nadie podía ser su autor sino Prisciliano
y divulgó su descubrimiento en una Memoria, a cuyo frente va un facsímile de
una hoja del original, que presenta claros indicios de ser escritura española.
Es el primero de los opúsculos citados el Liber Apologeticus, en
que Prisciliano rebate el libelo presentado por Itacio en el concilio de
Zaragoza. El segundo, el Liber ad Damasum episcopum, relación
de los sucesos que se desarrollaron desde la clausura del concilio hasta la
llegada del autor a Roma, acompañado de una vindicación de su doctrina y
conducta. Sigue elLiber de fide et apocryphis, en defensa de los
libros apócrifos. Los siguientes, menos importantes, son: Tractatus ad
populum I, Tractatus ad populum II, compuestos ambos de pláticas
dirigidas al pueblo; Tractatus Genesis, Tractatus Exodi, no
menos enderezados a la propaganda popular; dos tratados sobre los salmos
primero y tercero, y la Benedictio super fideles, notable por
su estilo oratorio, pero sin interés por lo que respecta a la doctrina.
Completa este descubrimiento la compilación titulada Priscilliani in
Pauli Apostoli Epistulas (sic) Canones a Peregrino Episcopo
emendati. No se sabe quién sería este Peregrino que, según confiesa,
expurgó la obra de Prisciliano y le antepuso un breve prefacio, ni hasta dónde
logró alterar el primitivo texto. Al lado de tales testimonios, ayúdannos a
reconstruir el credo priscilianista los escritos de Orosio y Santo Toribio,
pues las noticias de éstos son las que reproducen Sulpicio Severo, San Agustín,
San Jerónimo y San León. [17]
Parece que los priscilianistas daban enseñanza oral y reservaban ciertas
doctrinas esotéricas para los perfectos. Prisciliano lo niega en el Apologético
citado, mas hay indicios en el himno de Algirio que Jesús dijo secretamente a
los apóstoles, en algunas abraxas y en las reuniones secretas de los afiliados.
Esta observación es importante, porque de lo contrario no podría
explicarse la incoherencia de ciertas afirmaciones de Prisciliano. Hay que
pensar que esas opuestas sentencias se hallaban armonizadas por vínculos que no
conocemos. Una de estas contradicciones, probablemente aparentes, es la de no
admitir distinción de personas en la esencia divina, sino sólo en los
atributos, siendo el mismo Dios unas veces Padre, otras Hijo y otras Espíritu
Santo, habiendo, por consecuencia de esta indivisibilidad, padecido las tres
personas muerte en la cruz y admitir que el hijo era inferior y posterior al
padre, el cual no tuvo hijo hasta que lo engendró.
En varias ocasiones, principalmente en los dos primeros opúsculos,
Prisciliano hace una profesión de fe perfectamente ortodoxa y anatematiza con
sospechosa insistencia las herejías de que era generalmente acusado; mas debe
rebajarse mucho de su ortodoxia así como de sus negativas de las reuniones
secretas, pues estos escritos eran alegatos ante jueces eclesiásticos que
seguramente habían de condenar la herejía y los conciliábulos nocturnos.
Prisciliano aceptaba escrituras apócrifas. Según él, el canon bíblico no
estaba cerrado y en el tercer libelo se esfuerza en demostrar que los mismos
libros aceptados conceden autoridad a los apócrifos. Confesaba que estos
últimos contenían doctrinas heréticas; pero pensaba que el buen juicio podía
separar lo bueno de lo malo, es decir, que recomendaba en cierto modo el
ejercicio del libre examen. Opinaba además que no existe sólo la revelación
escrita, sino que hay otra revelación perpetua del Verbo, siendo el grado
supremo de la fe el conocimiento de la Divinidad de Cristo. Reminiscencia acaso
de los dogmas del [18] mazdeísmo, existe en la metafísica de Prisciliano un
dualismo muy interesante. Según esta metafísica, el diablo no es obra divina,
sino producto de las tinieblas, por lo cual nunca fue ángel. Y como le atribuye
la creación de los cuerpos, le parece absurda la resurrección de la carne. Al
lado de los cuerpos está el mundo de los espíritus, que, aunque dotados de una
común esencia, poseen individualidad propia en consonancia con las aptitudes de
su cuerpo.
Cada facultad anímica corresponde a un personaje del antiguo testamento,
creencia que debe de ser simbólica por más que hoy no poseamos la clave del
simbolismo. Las almas prometen luchar con valor en la vida y, descendiendo por
los siete círculos celestes, en cada uno de los cuales habita una inteligencia,
llegan al mundo inferior, donde el diablo las encarcela en cuerpos cuyos
miembros dependen cada uno de un signo del Zodiaco. Purgaban así las almas la
falta primitiva, y, como el mal es sombra, Cristo lo vence mostrándose a los
hombres bajo una forma fantástica y clavando en la cruz el signo de su
servidumbre.
Protesta con indignación el autor del cargo que se le dirige de rendir
culto a los demonios y traza una demonología que difiere en parte de la
gnóstica. Con no menos ardor se defiende del dictado de encantador, cargo que
acaso le achacaran sus enemigos porque el pecado de la magia se condenaba con
la pena de muerte. Al defenderse, desenvuelve cierto panteísmo, según el cual,
una sustancia única se reparte entre los seres, coparticipando todos de la
esencia divina, y torna al dualismo persa admitiendo la creación de los seres
por dos principios, uno masculino y femenino el otro, que se subdistinguen en
la naturaleza de Dios.
La moral de Prisciliano descansaba en el ascetismo con absoluto
menosprecio de los goces mundanos. Practicaran o no sus prosélitos esa
austeridad, él atribuye la animadversión de sus enemigos a que la conducta de
los priscilianistas [19] era una reprobación de la licencia en que los
contrarios vivían.
Como se ve, Prisciliano era fundamentalmente un gnóstico e intenta
conciliar las dos direcciones en que se bifurcaba el gnosticismo, la panteísta
y la dualista, tratando a la vez de armonizar la Biblia con el Zendavesta.
Hay dos circunstancias curiosas en la disidencia de Prisciliano: la
primera, que preparó el pensamiento para la difusión en España del platonismo
cristiano de San Agustín; la segunda, que al proclamar la libre interpretación,
vino a ser un prematuro precursor de la reforma protestante.
Fue inmenso el número de eclesiásticos y seglares que se afiliaron al
priscilianismo en todas las regiones de España. Asustado Adygino, obispo de
Córdoba, recurrió a Idacio, prelado de Mérida, el cual extremó tanto el rigor,
que obtuvo resultados contraproducentes, aumentando el número de los
heterodoxos. Para atajar los progresos de la nueva secta, se reunió un concilio
en Zaragoza (380) al cual no asistieron los disidentes; pero su jefe presentó
su Apologético en contestación al capítulo de cargos formulado por Idacio. El
concilio no se satisfizo, siendo excomulgados los obispos Salviano e Instancio
y el mismo Prisciliano. Tales rigores no detuvieron el curso del
priscilianismo, antes bien, aumentaron sus secuaces, y el mismo Adygino, que
levantó el primero la voz contra la herejía, se pasó al campo enemigo, por lo
cual fue depuesto. El emperador Graciano dio un rescripto en 381 que
desterraba extra, omnes terras a los herejes españoles,
resolución que pareció apagar la hoguera.
Prisciliano, elevado por los suyos a la sede de Ávila, consultó con los
prelados de su partido el remedio para acabar con la discordia reinante en la
Iglesia española y, al tener conocimiento del rescripto de Graciano, marchó a
Roma, haciendo de paso muchos prosélitos en las Galias, entre ellos a Eucrocia,
con cuya hija, Prócula, se dice mantuvo relaciones amorosas.
Llegado a Roma, negóse S. Dámaso a oírle y él entonces [20] le dirigió
el Libelo ad Damasum, solicitando también que el obispo de
Mérida, su enemigo, compareciese ante el Tribunal de S. Dámaso, y, si se negase
por cualquier consideración, que ordenara el papa la reunión de un concilio
provincial para fallar la controversia entre Idacio y él. Dirigióse después al
emperador y consiguió la derogación del rescripto imperial.
Se devolvieron sus iglesias a los priscilianistas y comenzó la
persecución de éstos a los ortodoxos en tales términos, que Ithacio, el obispo
portugués, que más se había señalado contra aquéllos, se vio precisado a huir
de la península. Ocurrió entonces la proclamación del español Clemente Máximo,
que, después de destronar a Graciano, compartió con el andaluz Teodosio el
poder imperial. Ithacio le presentó un hábil escrito contra los
priscilianistas. El emperador remitió la decisión al Sínodo bordelés. Allí fue
condenado y depuesto Instancio. Prisciliano apeló al emperador, el cual nombró
juez de la cuestión al prefecto Evodio. Terminado el proceso, se mandó abrir
otro nuevo en que el acusador no fue ya Ithacio, sino Patricio, oficial del
fisco. Por la sentencia se condenó a muerte a Prisciliano y a los principales
sectarios. Todos ellos fueron degollados en Tréveris (385) en tanto que los
menos importantes se vieron desterrados y algunos apedreados por el pueblo.
El sangriento castigo de los heterodoxos priscilianistas indignó a S.
Martín Turonense, el cual se dirigió a la corte, y, a cambio de comulgar con
Ithacio y los demás instigadores del emperador, consiguió la revocación del
rescripto. Efectuóse una reacción contra los antipriscilianistas, llamados
también ithacianos, se atribuyó su conducta a animosidades
personales, e Ithacio fue excomulgado (389) y depuesto de su silla; Idacio, su
principal secuaz, tuvo que renunciar la mitra, y Rufo, otro de sus más ardientes
partidarios, acusado de prestar fe a un impostor que embaucaba con falsos
milagros al pueblo, perdió también su obispado. [21]
Animados los priscilianistas, trajeron a España los restos de sus
mártires, los de Prisciliano entre ellos, y les tributaron culto de santos;
constituyéronse en sociedades secretas, jurando no revelar a nadie lo que en
ellas aconteciese; nombraron obispos y produjeron un cisma que sumió a la
Iglesia española en la más completa anarquía. Tal era la confusión, que los
mismos heterodoxos propusieron a S. Ambrosio renunciar sus opiniones, si
hallaba fórmula de avenencia. S. Ambrosio escribió desde Milán a los obispos
españoles aconsejándoles que recibiesen en su comunión a los gnósticos y
maniqueos convertidos. Reunióse un concilio en Toledo (396), donde los
priscilianistas declararon haber abandonado los errores de su secta; pero
continuaron firmes en sus libros y prácticas. Aunque fracasó el primer intento
de avenencia, el año 400, en el concilio de Toledo, llamado primero por no
conservarse las actas del anterior, Simphosio, Dictino, Isonio, Vegetino,
Comasio y todos los priscilianistas abjuraron en masa.
En este concilio se formó la Regula fidei contra omnes hereses,
maxime contra Priscillianistas.Sólo persistieron en su fe algunos
presbíteros, que fueron depuestos por el concilio, mas no todos los obispos
españoles se conformaron con la absolución concedida a los priscilianistas
después de su conversión y, negándose a comunicar con ellos, resucitaron las
ideas luciferianas. Por todas partes se ordenaban y se deponían obispos,
reinando tal desconcierto, que el papa Inocencio dirigió a los prelados
españoles una Decretal en que encarecía la concordia; fustigaba a los
luciferianos, excomulgando a los que no aceptasen las resoluciones del concilio
toledano, y mandaba deponer a los obispos elegidos anticanónicamente (404).
A pesar de sus desventuras, el priscilianismo no se extinguió. En vano
Honorio (409) rompió contra los priscilianistas, les condenó a perder sus
bienes y sus derechos civiles, declaró libre al siervo que delatase a su señor
e impuso multas a los funcionarios públicos remisos en perseguir [22] la
herejía. Ya a mediados del siglo V, Santo Toribio, obispo de Astorga, se aplicó
a arrebatar de manos de los fieles todos los libros priscilianistas y,
comprendiendo que todavía este remedio era ineficaz, remitió al papa San León
el Magno elCommunitorium, enumeración de los errores consignados en
los libros apócrifos, y el Libellus,donde refutaba el
priscilianismo. San León aconsejó la celebración de un concilio nacional, o, si
esto era imposible por el estado de guerra en que ardía la península, un Sínodo
de obispos gallegos. Celebróse el Sínodo, llamado de Aquis Caelenis, mas
los heterodoxos, aun aparentando admitir la Assertio fidei, perseveraron
en sus doctrinas y prácticas, hasta mediado el siglo VI. El priscilianismo se
enterró en el concilio bracarense (567), donde por última vez condenaron diez y
siete cánones las proposiciones de gnósticos y maniqueos. Como se ve, la
doctrina de Prisciliano nada tiene de original ni de español. Se reduce a un
sincretismo de la idea gnóstica oriental y poseía su parte exotérica y su
esoterismo sólo comunicable a losperfectos.
Frente a Prisciliano, Baquiario, galaico, optimista e ignorante, de
quien se conservan dos opúsculos sin interés, manifiesta su desconocimiento de
la naturaleza y origen del alma y hasta del fondo del problema.
Contemporáneo del priscilianismo, brotó el origenismo en España. Dos
presbíteros bracarenses llamados los dos Avito salieron el uno
para Jerusalén y el otro para Roma. El primero se impregnó de las doctrinas de
Orígenes y, vueltos ambos a España, convirtió al otro, que había adoptado las
doctrinas platónicas de Mario Victorino. Comenzaron la propaganda del origenismo,
extremando las ideas del maestro y estableciendo que todo estabarealmente en
el pensamiento divino antes de poseer existencia exterior. La sustancia era una
sola desde el ángel al demonio, de donde se deducía que no podía haber penas
eternas y aun el mismo diablo acabaría por salvarse, pues su esencia, que era
la de Dios, quedaría buena, así que el fuego consumiera la parte accidental,
que era la mala. [23]
El mundo es un lugar de expiación para las almas que pecaron en
anteriores existencias. Los cuerpos celestes son entidades vivas y racionales;
los seres, todos imperfectos; los mismos ángeles necesitan redención y Cristo
ha debido adoptar la forma de cada jerarquía de seres que ha tenido necesidad
de redimir. Este panteísmo platónico conquistó gran número de sectarios en
Galicia y Portugal. San Agustín, a instancias del obispo Orosio, refutó las
doctrinas de losAvito en su tratado Contra Priscillianistas
et Origenistas. Tan rápido como su desarrollo fue el descenso del
origenismo, y desde su desaparición no se registra ninguna otra disidencia en
la España romana. [24]
Capítulo IV
Ojeada general sobre la Filosofía en la Edad Media
La Filosofía medieval. –El Cristianismo. –Misión de la Filosofía
platónica. –La Gnosis. –Los PP. orientales. La Iglesia y los bárbaros. –El
trivium y el quatrivium. –La Escolástica: su carácter, sus épocas, su
desenvolvimiento, sus direcciones. –El misticismo en la Edad Media.
Durante los primeros siglos de la Edad Media, la filosofía se nutre de
savia teológica. La pagana había venido a parar a la negación. La exageración
de los principios platónicos había conducido a negar el conocimiento,
sustituido por el éxtasis; el éxtasis arrastraba a la anulación de la
individualidad, y la gran Unidad, Dios mismo, venia a ser implícitamente
negado: porque la unidad simplicísima excluye hasta la existencia, que es ya
una complicación. Los sistemas del lado opuesto habían engendrado el escepticismo
y el materialismo. La negación circundaba el pensamiento por todas partes.
El cristianismo, basado en la revelación, descendía de Dios al hombre;
es decir, tenía un carácter sintético, por lo cual aprovecha de la antigua
ciencia cuanto conviene a su desenvolvimiento. Los grandes hombres del
cristianismo sienten ante todo el apremio de defender la religión de los
ataques asestados por los paganos y de patentizar las excelencias de su
doctrina. De tal necesidad nace la filosofía apologística.
Vencido e1 paganismo, la Iglesia experimentó la urgencia [26] de
edificar, de fijar el dogma, y entonces acude a la ubérrima tradición platónica
juzgándola como una preparación de la doctrina revelada.
San Panteno erigió en Alejandría una escuela catequista que consideraba
a la filosofía complemento obligado de la religión, y su sucesor San Clemente
es el fundador de lo que entre los Padres orientales se llama gnosticismo.
Los grandes filósofos paganos prepararon a la humanidad para el
cristianismo, y sobre la ciencia, así como sobre la fe, existe, a juicio de San
Clemente, un conocimiento supremo, lagnosis, en que se contiene
toda la verdad. La gnosis es la revelación del Verbo, la
soberana intuición del principio divino, y su eficacia llega tan profunda que
anonada las pasiones y promueve el desprecio de los placeres, pues todo se
reduce a miseria y sombra ante el éxtasis de la divina contemplación.
Discípulo de este santo el grande Orígenes (186-254), una de las mayores
inteligencias que la humanidad ha conocido, cuyo ideal era establecer la
revelación mesiánica sobre bases rigurosamente científicas, sabio y mártir, nos
dejó, además de otros libros, el Exaplos, losPrincipios y
la Defensa del cristianismo contra los recios ataques del
ingenioso Celso. Orígenes llegó a admitir la eternidad del mundo y a negar la
eternidad de las penas, por lo que se vio cruelmente perseguido. San Gregorio
Nacianceno (329-89), poeta, filósofo y ascético, y otros Padres, participaron
de las opiniones de Orígenes. Todos los orientales fundaron la teología en la
filosofía; los de Occidente sometieron el conocimiento a la revelación.
En los Padres occidentales, ninguno puede igualarse con San Agustín
(354-430). Considerado como filósofo, señala el apogeo de la filosofía
patrística, resucitando el platonismo, y, cimentando en él la idea cristiana,
da a la nueva doctrina una sólida base psicológica (Noli foras ire...) Representa
en la patrística la síntesis de las grandiosas concepciones debidas a los
Padres orientales y el [27] espíritu práctico de los occidentales. En este
caso, como siempre, el Oriente antepone la ontología y el Occidente la
psicología.
Al invadir los bárbaros la Europa, sólo una institución queda en pie: la
Iglesia. La poderosa unidad cristiana, como entidad espiritual, no podía ser
alcanzada por los golpes de la fuerza bruta. Ella es lo único que permanece, y
por eso constituye el lazo de unión entre el Imperio que se desploma y los
nuevos Estados que traza la espada de los invasores. Por ese título, se
constituía la Iglesia en educadora de los jóvenes pueblos que abrían apenas sus
ojos a la civilización.
La ciencia profana, aun después de los esfuerzos de Carlomagno, Boecio y
Casiodoro, se hallaba reducida a las artes liberales, que, en número de siete,
correspondiendo a los días de la semana y a otros misteriosos simbolismos, se
distribuían en dos grupos: el primero, el trivium,comprendía tres
en loor de la Santísima Trinidad (Gramática, Lógica y Retórica); el segundo,
el quatrivium, abrazaba cuatro por los cuatro ríos que
fecundaban el Paraíso terrenal (Aritmética, Geometría, Música y Astronomía).
Todas estas materias se resumían en un verso:
Lingua, Tropus, Ratio, Numerus, Tonus, Angulus, Astra.
La enseñanza de cada una se concretaba designando por la sílaba inicial
la materia correspondiente:
Gram., loquitur; Día, verba docet; Rhe, verba
ministrat;
Mus., canit; Ar., numerat; Ge., ponderat; As., colit
astra.
Los árabes solían sustituir la Retórica por la Medicina, y algunos
suprimían otro miembro del trivium para dar cabida a la
Nigromancia. Tal era el vago recuerdo que conservaba la Edad Media de los
esplendores del clasicismo.
Si el platonismo había sido el instrumento de la Iglesia durante el
período de consolidación y fijación de los dogmas, el aristotelismo debía
guiarla para la explicación, [28] propaganda y organización interior de sus
principios. La Escolástica, así llamada por ser la filosofía
que se enseñaba en las escuelas, esencialmente dogmática, sirvió a la Iglesia
para educar a los bárbaros.
En realidad, mejor que una filosofía, la Escolástica debe considerarse
un método. Manejada por la Iglesia, podría definirse el aristotelismo al
servicio de la idea cristiana. No empece que en posteriores tiempos surgiera
una escolástica musulmana. Filosóficamente el mahometismo no es un antípoda,
sino un retoño del cristianismo. Ambas direcciones se apoyan en el concepto
hebraico de un Dios esencialmente distinto del mundo, y ambas por tanto forman
en la hueste dualista frente a los panteísmos orientales. Educado en un
monasterio, Mahoma no pudo formar otra idea de la divinidad que la que los
monjes le enseñaron, así que su doctrina no pasó de una herejía como el
arrianismo, fondo de su concepción, con ribetes nestorianos.
Es el escolasticismo una filosofía teológica, supeditada al dogma y
juzgando axiomática la armonía entre la fe y el dictado de la razón. La
Escolástica prestó eminente servicio a la especulación, facilitando su labor
con los minuciosos y sutiles análisis, con los rigores de su dialéctica;
puliendo y perfeccionando hasta increíbles extremos el instrumento de la
filosofía, sin que por esta sincera confesión, pueda oscurecerse que la
exageración de la agudeza excediese, cuando faltó materia de investigación, las
fronteras de lo razonable, perdiéndose en laberínticos extravíos que sus mismos
maestros condenaron y trataron de corregir. Tales abusos, cuya explicación
histórica ni la menor dificultad ofrece, motivaron el descrédito de la escuela,
los ataques de los sensualistas, las ironías del racionalismo y hasta las
burlas de los poetas. De Resnel escribía:
Un scolastique vain, cherchant à discourir,
Cache la vérité, loin de la découvrir. [29]
Ya Vives pensaba que algún ingenio diabólico había sacado a luz la
dialéctica escolástica, empeñada en atacar la verdad, en no rendirse al que la
confunde y siempre gozosa cuando vence a la verdad con las armas del
error. (Dialecticam hanc contentiosam et pertinacem, non dubium ab
ingenio diabolico esse profectam, quod in verum contra niti semper, et melius
dicenti nunquam cedere, et falso verum gaudet vincere.) (Comm. in Civ. Dei.)
El P. Almeida, que aparenta someterse a la metafísica escolástica,
escribe en su compendio histórico de la Filosofía: «Era cosa de risa el leve
fundamento sobre que se basaban las contiendas que amotinaban el mundo». El
mismo Balmes decía: «La filosofía escolástica, que de suyo propendía a la
sutileza, fue degenerando entre las disputas de las escuelas. Conocidas son las
cuestiones inútiles y hasta extravagantes que se llegaron a suscitar y que
consumían un tiempo que se hubiera empleado mejor en estudios positivos». (H.
de la F., XXXIX.)
Hasta mi inolvidable amigo Mosén Jacinto Verdaguer me decía, recordando
sus años de seminarista: «Me roda'l cap, quan sento una disputa escolástica.»
Pasa la Escolástica en Europa por un período preparatorio que va desde
el siglo IX al XII; raya en su zenit en los siglos XIII y XIV; desciende desde
esta fecha hasta la Reforma; disfruta en España un fugaz renacimiento debido
solamente a Suárez y Montoya, pues los Vitoria y demás escolásticos no son
verdaderos filósofos especulativos, sino meros aplicadores de la filosofía a la
práctica; desciende hasta llegar a completa postración en los posteriores
tiempos y hoy pugna por renacer abrazada a los adelantos de la ciencia
experimental.
El precursor Juan Escoto Erigena (IX), de céltica estirpe, doctísimo en
lenguas sabias y semíticas, continuador del neoplatonismo, abrió el camino a la
futura dirección realista de la Escolástica. Su sistema, que ofrece marcadas
analogías con el Sankya ateísta de Kapila, con la doctrina de la liberación por
la ciencia, identifica el conocimiento [30] y la religión. En la cuna misma de
la Escolástica se encrespa la formidable pugna, que había de ensordecer la Edad
Media, entre el nominalismo y el realismo, el eterno problema, tan discutido
hoy entre racionalistas y positivistas, como lo fue entre los escolásticos y lo
había sido en los albores de la filosofía helénica. Los realistas aseguraban
que los universales existían per se, ante rem,siendo percibidos por
la razón, el sentido de lo universal. Los nominalistas, afirmando que no hay
conocimiento sin los sentidos, y que éstos no perciben más que individuos,
estiman que las ideas no pasan de meros nombres, flatus vocis, cuya
realidad depende de las cosas, post rem.Apóstol de la primera
dirección se alzó el gran San Anselmo (1033-109), natural de Aosta y arzobispo
de Canterbury, a quien su fe en la razón, quae judex omnium debet esse, condujo
a la célebre prueba ontológica de Dios, tan alta y profunda, que en ella pueden
resolverse cuantas de su misma índole han alegado los teólogos.
Combatió sus ideas Roscelino, canónigo de Compiègne, condenado en el
Concilio de Soissons (1092) por aplicar su individualismo a la doctrina de la
Trinidad. Entre ambas tendencias se colocó el romántico Abelardo (1079-142),
sosteniendo que los universales carecen de existencia objetiva, pero no
subjetiva; entrando así a velas desplegadas por las aguas del conceptualismo.
Joven, poeta y erudito, Abelardo, fundador de la escolástica racional, cautivó
con su elocuencia innumerables discípulos, abordó los más arduos problemas,
ensalzó la razón y sentó tan atrevidas proposiciones, que San Bernardo lo hizo
condenar y encerrar en un claustro. Con la muerte de Abelardo y la timidez de
Pedro Lombardo y Juan de Salisbury, sus mejores discípulos, el conceptualismo y
el nominalismo cedieron al empuje realista, favorecido entonces por la Iglesia.
Las traducciones hebraicas y latinas de las obras de Aristóteles y los
comentos de los orientales, despiertan nueva fase del pensamiento escolástico.
La esfera más [31] amplia de conocimientos, fecundada por el estudio de la
naturaleza, impuso la necesidad de conciliar la fe con la razón. El primer
intento se debe al doctor irrefragabilis Alejandro de Alés
(1238), cuyaSumma theologica sirvió de modelo a Santo Tomás; pero
el verdadero creador de la escolástica filosófica fue el dominicano Alberto
Magno (1193-280), que vivió casi todo el siglo XIII. Grandes prodigios se
cuentan del vasto saber de Alberto, tildado por la ignorancia popular de brujo.
Exponiendo a Aristóteles, inclínase del lado del realismo y desliza ideas que
no se hallan en el maestro, tales como la idea del ser en sí y la del alma como
separable del cuerpo, hecho de que dice haberse convencido en las experiencias
de magia, con lo que viene a constituir un precedente del espiritismo y del
neobudismo o teosofía contemporánea. En la moral, llama la atención la
distinción entre la conciencia propiamente dicha y la conciencia moral, y la de
las virtudes teologales, nacidas por efecto de la gracia divina, de las
cardinales, producto de la voluntad.
Sin tratar aquí de otros escolásticos, ni de sus esfuerzos para
conciliar la fe con la razón, no se puede prescindir de Santo Tomás (1227-74),
la principal figura de la filosofía de las escuelas. Nació Santo Tomás cerca de
Nápoles, fue discípulo de Alberto Magno, y sus compañeros le llamaban por su
silencio el buey mudo. Su maestro profetizó que un día mugiría
tan fuerte que lo escucharía todo el mundo. Noble de origen, desplegando
heroica resistencia a cuantas seducciones se enredaron a sus plantas, profesó
rebosando fe y amor a Dios en la orden de Santo Domingo. En ambas Sumas,
la Suma teológica y la Suma contra los gentiles, Santo
Tomás prueba a armonizar el realismo con el nominalismo, colocándose en el
punto de vista genuinamente aristotélico, esto es, en el conceptualismo. No
sería congruente con mi propósito entrar en la exposición detallada de la
filosofía tomística, donde acaso se confunden demasiado la fe y la razón. Baste
confirmar que Santo Tomás es un perfecto aristotélico y que pone su [32] cooperación
personal en el desenvolvimiento de la doctrina, con la distinción real del alma
y sus facultades, y la hipótesis de las especies inteligibles, que le
pertenecen por modo innegable.
El doctor subtilis, Duns Escoto (1274-308), realista
con propensión nominalista por aceptar la realidad de las ideas generales como
entidades, que tanto multiplicó el tecnicismo escolástico, sigue la dirección
de Santo Tomás: pero sostiene contra éste que las facultades anímicas no tienen
existencia distinta entre sí, ni menos separadas del alma, dando lugar a
obstinada contienda entre tomistas y escotistas. Del escotismo se infiere la
absoluta libertad humana, así como la voluntad divina independiente de toda
ley.
¡Curioso fenómeno! Las dos órdenes, la franciscana y la dominicana,
encargadas por la Iglesia de encauzar la Filosofía por el álveo de la
ortodoxia, libran entre sí descomunal batalla y resucitan controversias al
parecer ya remotas.
A Santo Tomás siguieron los dominicos, y discípulos del santo varón
fueron Herveus Natalis (m. 1323), Enrique Gaethals o de Gan (1217-93), doctor
solemnis, que tuvo sus puntas de platónico sin leer a Platón, y en las
oscilaciones de su vacilante espíritu, acarició la idea de conciliar la
Academia con el Liceo, y Richard Middleton, doctor solidus, contemporáneo
de Santo Tomás, aplaudido en las cátedras de París y de Oxford.
En la hueste escotista se señalaban Francisco de Mayaronis (m.
1325), magister abstractionum, que llegó a afirmar la
separación real y positiva de los divinos atributos; el ex-tomista Guillermo
Durando (m. 1334), doctor resolutissimus, que se aparta de
Escoto en el problema realista, pues no concede efectividad más que al
individuo, y, en fin, toda la orden de los franciscanos.
Sin desconocer que Santo Tomás sirve de columna al neo-escolasticismo,
preciso es confesar que Duns Escoto abre desconocidos horizontes a la Escuela.
En sus manos [33] la filosofía escolástica vuelve sobre sí misma, reconoce su
insuficiencia histórica, y procura rehacerse con ansia de avanzar en la
indagación de la verdad.
Raimundo Lulio, en el siglo XIII, patentiza con su intento de la máquina
de pensar la falta de realidad del formalismo escolástico. Rogerio Bacon
(1214-92), doctor admirabilis,acusado de nigromante, sufrió tenaces
persecuciones. Matemático y físico superior a todos los de su tiempo, defendió
los fueros de la razón, predicó la necesidad de estudiar todas las ramas
científicas y preconizó la experimentación, considerando la escolástica como
una abstracción ineficaz para la ciencia. La lucha se recrudece entre
nominalistas y realistas; Walter Burleigh (1275-357), doctor planus et
perspicuus combate al franciscano Guillermo de Ocam (m. 1357),doctor
invencibilis, defensor de los reyes contra los pontífices y
excomulgado por Juan XXII.
Desde este instante, la filosofía escolástica entra en plena decadencia,
no sin haber prestado a la ciencia eminente servicio. Su rigurosa dialéctica,
perfeccionando y sutilizando el raciocinio, contribuyó a disciplinar los
entendimientos, pero, dejando fuera del conocimiento los principios y los
hechos, llegó a estabilizarse para la evolución progresiva del pensamiento
racional. El jesuita andaluz Francisco Suárez (1548-617), la última gran figura
de esta dirección filosófica, decidió la controversia de nominalistas y
realistas, estableciendo que lo universal se halla potencialmente en las cosas
e in actu en el entendimiento.
Tienen razón los que defienden que el formalismo escolástico, seco y
árido, repulsivo a las almas apasionadas, era incapaz de satisfacer los
piadosos anhelos de confundirse personalmente con Dios. El ardor religioso, el
amor inefable, la sed de una suprema bienaventuranza que sólo puede gozarse en
la unión con Dios, desvaneciéndose en Él y perdiéndose nuestra personalidad,
arrojó a los espíritus fervorosos por la senda del misticismo, no satisfechos
de aquella unión mereintelectual que el tomismo les brindaba. [34]
San Bernardo (1091-153) inicia la idea mística haciendo condenar ciertas
proposiciones de Abelardo, y el minorita Juan de Fidanza, vulgarmente conocido
por San Buenaventura (1221-74), doctor seraphicus, inspirándose
en la filosofía agustiniana, es el ingenuo intérprete de tan grandioso
movimiento. Más semejante a los antiguos Padres que a los doctores medioevales,
San Buenaventura enseña que en Dios radica el principio y el fin de la Ciencia,
y que ésta no es más que una iluminación divina realizable por los cuatro
grados: exterior, interior, luz superior y unión con Dios. No creo lícito
exponer aquí la poética doctrina del doctor seráfico, ni ver cómo estas cuatro
iluminaciones se van gradual y progresivamente concretando en las necesidades
corpóreas (exterius), en el conocimiento sensible (inferius), en
el filosófico (interius); que puede referirse ad
verba, ad res o ad more, y en fin, en las luces de la Escritura y de
la Gracia, hasta llegar al éxtasis.
Si el misticismo miraba con desconfianza a la escolástica, no recelaba
ésta menos de la ortodoxia mística. Los místicos tudescos son los primeros en
ir reduciendo el dogma cristiano a una forma cuyo fondo ha de descubrir la
indagación especulativa. Tal es el sentido de Ruys Broeck, de Eckart, de Suso y
demás pensadores místicos germánicos, sentido que invade a los dominicos,
inspira a los valdenses y al fin se condensa en Tauler (1290-361). En la Imitación
de la pobre vida de Jesucristo enseña el doctor alsaciano que para la
unión con Dios hay que purificarse por el dolor físico y espiritual, doctrina
que propaga con elocuencia de apóstol y ejemplos de héroe, sufriendo
persecuciones y asistiendo a los atacados de la peste.
La Imitación de Cristo, libro extraordinario, de
bárbara latinidad, cuyo autor es todavía un misterio, enciende la llama del
misticismo en los espíritus alejados de la comunión filosófica, y la hace
prender en toda la cristiandad.
Iniciado el misticismo por San Bernardo, sublimado por San Buenaventura,
llevado a la práctica por Tauler y [35] divulgado por la Imitación de
Cristo, había llegado a su apogeo y era sonada la hora de conciliarlo,
templado el ardor del combate, con las enseñanzas del tomismo escolástico. La
ardua misión correspondió a Juan Charlier (1363-429), natural de Gerson, para
quien la teología es una ciencia experimental fundada en la intuición
inmediata, y el éxtasis no supone fusión completa, sino que en el momento mismo
del raptus, estamos como separados por una nube de Dios. Sin
la intuición, capaz de convertir al ignorante en teósofo, la ciencia degenera
en ejercicio estéril que separa a la criatura del Creador
He aquí el estado en que la filosofía mística bordea los límites de la
Edad Media, preparándose a iluminar directamente dos siglos de la Moderna y
reaparecer en diferentes formas y por sorpresa, cada vez que la belleza de la
reflexión enardezca los corazones y excite el santo entusiasmo de la verdad.
[36]
Capítulo V
Época visigótica
Esterilidad de la etapa visigótica. –División espiritual del reino. –San
Martín Dumiense. –Liciniano y Severo. –San Isidoro: su patria; su vida y su
muerte. –Las Etimologías: su importancia. –El acefalismo. –El concilio II
hispalense. –Antístites.
No menos estéril que las anteriores, la etapa visigótica, a pesar del
libro De natura rerum,mandado escribir por Sisebuto, y del poema
astronómico, cuya versión publiqué años ha, atribuido al mismo antisemitísimo
monarca, pasaría inadvertida sin la colosal figura de San Isidoro.
Antes del arzobispo de Sevilla no se registra en la esfera del
pensamiento más que apasionadas controversias teológicas. Una acallada
propaganda maniquea en tierra de suevos y en Extremadura, leves retoños de
agapetismo, asomos de materialismo y la enconada pugna entre arrianos y
católicos que escindió el reino en dos bandos con dos cortes y dos capitales,
la arriana en Toledo y la católica en Sevilla.
No siendo español ni gran filósofo, sino a lo sumo moralista del siglo
VI, no vale la pena de detenerse en el húngaro San Martín Dumiense o
Bracarense, fundador del monasterio de Dume en Galicia, de donde, no
sintiéndose a gusto, se trasladó a Braga.
Las cartas de Liciniano, Carthaginis Sparthariae Episcopus, y
de Severo, obispo de Málaga, acusan el primer monumento filosófico del reino
visigótico. El diácono [38] Epifanio les escribió pidiéndoles las obras de San
Agustín para combatir a un obispo materialista, y ellos contestaron excusándose
de enviar las obras y remitiendo, en cambio, una completa refutación del
materialismo con argumentos teológicos y de razón. «No pueden comprender,
dicen, la espiritualidad del alma aquellos cuyo pequeño ingenio no les permite
separar lo corporal de lo incorpóreo.»
El sistema filosófico de estos dos obispos andaluces podría resumirse
diciendo que en la realidad coexisten tres naturalezas: la de Dios, sin
cualidad ni cantidad, sin espacio ni tiempo; la de los espíritus, que son
cualitativos y no cuantitativos, tienen tiempo y carecen de espacio, y la de la
materia, que tiene espacio y cantidad. No deja de ser curioso el argumento
extraído de la relación extensiva, y fundado en la imposibilidad de medir la
grandeza del alma por el tamaño del cuerpo, porque las almas de los pequeños no
podrían contener tantas imágenes de ríos, montes astros, etc. Quis
etiam locus tan grandis animae, quum tanta spatia locorum confinet? Las
doctrinas de estos prelados parecen ser el tránsito de la patrística a la
escolástica.
Pero ni Menéndez Pelayo, cegado por el aspecto teológico; ni Amador,
circunscrito al literario; ni el P. Flórez meramente erudito, se han detenido
en el interés filosófico de la doctrina de Liciniano y Severo, los cuales
inyectan el olvidado platonismo en Occidente, renuevan la teoría unitaria de
Moderato, consagran el orden material sin adjudicarle la dirección y concuerdan
el Dios, razón del mundo, con el Dios personal, razón del cristianismo.
Además de la epístola Ad Epiphanium Diaconum se conocen
otras dos del prelado de Cartagena.
Faro en las tinieblas; espíritu portentoso que logró recoger entre los
escombros de la barbarie las partículas encenagadas de la cultura antigua y
alzarse con ellas, ya limpias y esplendentes, para preparar el nuevo ideal de
la civilización humana; representación del cristianismo tolerante y progresivo,
San Isidoro abre fúlgidos horizontes al pensamiento nacional. [39]
No hay necesidad de extensa biografía, porque él solo es una página
gloriosa de la Historia de España. Unicamente diré algunas palabras acerca del
error, propalado por devocionarios y libros ayunos de critica, de suponer a San
Isidoro nacido en Cartagena. San Isidoro nació probable, casi seguramente en
Sevilla hacia el año 570.
«Comúnmente se cree, dice D. Nicolás Antonio; que nació en Sevilla,
porque es público que Severiano, su padre, desterrado de Cartagena, vino a
Sevilla, antes de haber nacido San Isidoro.» Esta noticia, aunque común, y esta
fama, aunque pública, no hubo de llegar a oídos del autor de la moderna
Biblioteca Española, pues sin hacer mención de ella, supone con palabras
tomadas de un M S. Anónimo que dice hay en El Escorial, cuya letra indica ser
del siglo XV, haber nacido San Isidoro en Cartagena, porque aquel M S. es
traducción de una obra de San Braulio, impresa en el principio del libro de las
Etimologías de San Isidoro. No dudo de la existencia del MS. Anónimo, porque lo
individua el autor al folio 286 del segundo tomo con tanta menudencia, que
sería temeridad sospechar de su verdad; pero no puedo convenir que sea fiel
traducción de la introducción del libro de las Etimologías, hecha por San
Braulio, y que se advierte comúnmente preceder a dicho libro en todas sus
ediciones. En la de Colonia Agrippina, hecha el año 1617, precede a la obra del
Santo una prenotación de sus libros hecha por San Braulio y empieza así: «Isidorus,
vir egregius, Hispalensis Ecclesiae Episcopus, etc.» y refiriendo
después sus virtudes, sabiduría y escritos, del lugar de su nacimiento nada
dice. Pues ¿cómo será traducción suya la que empieza: «Isidoro, noble varón,
natural de Cartagena, etcétera»? «Ser, como escribe el Sr. Castro, más
circunstanciada esta traducción que el original latino, y por no poner la
patria que aquél calla, convence que en estas y otras cosas que San Braulio no
dixo, y el traductor añade, no se debe atender como expresión de un coetáneo,
discípulo, [40] etcétera, sino como de un escritor que vivió muy posterior a
los tiempos en que floreció San Isidoro. Ni yo comprehendo cómo pueda llamarse
traducción la que extiende a lo menos cuatro tantos más que el original, pues
aunque no es forzoso que se haga la traducción tan a la letra, sí es preciso
que no se aparten de ella tanto que digan lo que el original no dice ni insinúa,
y varía el orden con que aquél está escrito, ésta la tendría yo por obra
diferente y no por traducción.»
A tales juicios del P. Valderrama añade D. José Alonso Morgado en su
eruditoEpiscopologio (pág. 96 y siguientes):
«Como ha sucedido con otros muchos héroes de la antigüedad, se ha
disputado su patria, y Sevilla y Cartagena pretendieron la gloria de haber sido
su cuna» (1).
{(1) El Breviario antiguo del Rito hispalense decía que era originario
de Cartagena, Ex civitate Carthaginensis, Provinciae
Hispaniae originem duxit. De ser oriundo de Cartagena no se infiere
que había nacido San Isidoro en aquella ciudad, sino únicamente que procedía de
ella.
El P. Flórez, en el tomo IX de su España Sagrada, refiere
que, según algunos Breviarios antiguos, y su biógrafo Rodrigo el Cerratense,
fue natural de la ciudad de Cartagena. A lo cual replica el P. Faustino de
Arévalo, autor imparcial que escribió en Roma la mejor biografía de nuestro
santo: Que los padres de Leandro... obligados por las circunstancias, salieron
para el punto del destierro hacia el año de 552; que, después de esto, cree que
nacieron Fulgencio e Isidoro; pero no puede formarse inicio cierto ni del año
ni del lugar, sino solamente de que en Sevilla, según la fama, nació el último
de ellos.
No hallo razón alguna para que el P. Flórez, en el tomo X de la España
Sagrada, defienda como cosa cierta que Isidoro hubiese nacido en
Cartagena. Dupin asegura lo contrario.}
El erudito D. Nicolás Antonio, en su Biblioteca hispana vetus, dejó
consignado que había nacido en Sevilla porque generalmente se cree que su padre
Severiano vino a esta ciudad antes de ver la luz Isidoro, el último de sus
hijos. «Hispali natus vulgo creditur. In eam enim Urbem fama est exulem
venisse, nondum eo nato, Severianum.» (Bibl. Hisp. vetus. Tomo I,
libro V, cap. III.) [41]
En prueba de esto se citan dos testimonios de San Leandro, que se leen
en la Regla monástica que escribió para su hermana Santa Florentina; el primero
dice que, al salir de Cartagena, su patria, era tan pequeña todavía que no
podría acordarse de ella: «Ea aetate abstractam fuisse a Patria,
scilicet Carthagine, ut quamvis ibidem nata fuerit, recordari ejus haud
posset.»
En el segundo, que se halla hacia el fin de la citada Regla, le
dice: «Postremo, charissimam te germanam quoeso, ut mei orando
memineris nec Junioris fratris Isidori obliviscaris: quem quia
sub Dei fuitione, ei tribus germanis superstitibus parenies reliquerunt
communes, loeti et de eius nihil formidantes infantia ad Dominum commearunt.» Cuya
traducción es como sigue: «Ruégote, por último, hermana amadísima, que te
acuerdes de mí en tus oraciones, sin que te olvides de Isidoro,nuestro
hermano el más joven, a quien dejaron nuestros padres bajo la
protección de Dios y cuidado de los tres hermanos que sobrevivimos, entregando
sus almas gozosos al Señor y sin temor alguno de su infancia.»
Ahora bien: si los padres de Isidoro murieron cuando el niño se hallaba
todavía en los años de la infancia; si, por otra parte, Florentina estaba ya en
edad conveniente para atender a su educación, según se deduce de todos los
biógrafos del Santo; si, por último, Santa Florentina salió de Cartagena cuando
no podía recordar su patria, ¿cómo es posible que San Isidoro viese la primera
luz en Cartagena? De ser así, tendríamos que admitir que, tanto Isidoro como
Florentina, salieron de Cartagena durante su infancia y, por consiguiente, que
Santa Florentina fue maestra de un hermano que contaba casi la misma edad, y
que sus padres habían dejado a éste bajo la tutela de quien todavía la
necesitaba.
Debemos, pues, sostener, si no queremos incurrir en tan evidentes
contradicciones, que Sevilla, y no Cartagena, meció la cuna de San Isidoro.
De aquí es que ya los modernos publicistas no han [42] vacilado en
afirmar que San Isidoro es hispalense. En el novísimo Diccionario de
Ciencias Eclesiásticas se lee que «San Isidoro vio la primera luz en
Sevilla, según la opinión más autorizada, aunque el erudito Flores, fundado en
los Breviarios antiguos y en el Cerratense, atribuya esta gloria a Cartagena».
En un notable discurso, leído en la Universidad Central, consigna ya su
autor, D. Carlos Cañal, de un modo definitivo, que San Isidoro, hijo de
Severiano, natural de la provincia cartaginense, nació en la ciudad de Sevilla,
y lo mismo sostiene el P. Bourret en su admirable obra Saint Isidore et
l'Ecole de Seville.
De lo expuesto hasta aquí puede deducirse que los autores antiguos han
opinado por Cartagena y los modernos por Sevilla, sin duda por hallarse mejor
informados, en vista de las razones alegadas.
Mas los sevillanos han llegado hasta fijar el sitio de la casa de
nacimiento del santo en el área donde está hoy su iglesia titular, cuya
tradición se decía haberla recibido de los muzárabes. Durante la dominación
agarena la convirtieron en Mezquita, y después se erigió templo cristiano del
cual escribió el Jesuita extremeño P. Quintana-Dueñas: «Su insigne parroquial,
erigida en el sitio que presumen fue del palacio de sus padres y de su
nacimiento, es fundación del Santo Rey D. Fernando.»
Respecto al año del natalicio, ha existido también variedad de
opiniones. La generalidad de los autores suele referirlo al año 560
próximamente, como el P. Arévalo y el señor Aguilar, obispo de Segorbe, en
su Historia eclesiástica general, pero no faltan algunos
otros, respetables también, que proponen la fecha hacia los años 570 como la
más ajustada a la cronología. Si este nacimiento hubiera acaecido en el
expresado año, se confirmaría una vez más que Sevilla fue la patria de San Isidoro,
el cual rigió su archidiócesis durante cuarenta años y falleció en el 636,
rodeado de la admiración y el respeto de todos.
Cuando la Iglesia creyó necesitar una enseñanza [43] uniforme para la
juventud, todas las miradas se volvieron a Isidoro, cuya autoridad era
universalmente reconocida. De este deseo general, interpretado concretamente
por su discípulo Braulio, arzobispo de Zaragoza, nació las Etimologías, suma
colosal y perfecta de la ciencia contemporánea, el testamento de un mundo y la
cuna intelectual de otro.
No pudo el sapientísimo sevillano corregir su obra pro
invalitudine; mas no por eso dejó de legar un monumento asombroso a la
posteridad. Comienza en las Etimologías u Orígenes por
la exposición del trivium y el quatrivium; trata
luego de la Medicina, de Legislación, de Cronología y de Bibliografía; expone
la doctrina católica, la división de las lenguas; bosqueja una constitución
social; traza un largo catálogo de palabras de oscuro sentido; se emplea en las
ciencias naturales y en la Cosmografía; plantea los principios de la
Agricultura, y concluye hablando de la indumentaria y de las costumbres.
Las Etimologías resume las explicaciones que el santo
arzobispo daba a sus discípulos. «El sabio obispo español todo lo sabe y todo
lo enseña; artes, ciencias, humanidades, gramática, retórica, dialéctica,
metafísica, política, aritmética, geometría, astronomía, física y hasta la
náutica, la construcción naval, la táctica militar, la arquitectura, la pintura
y la música.» (Romey. Hist. de Esp.)
«La verdad es que el tratado de las Etimologías se
considerará siempre como la expresión más acabada de la ciencia, tal cual se
ocultó en los siglos bárbaros. Tal es el inicio de ese libro reformado en la
Edad Media, que lo adoptó como obra de texto en sus escuelas. El venerable Beda
lo imitó, Alcuino lo leía y Raban Mauro tomó de él. Los filólogos del
Renacimiento, que tan severos se mostraban con todo lo que no tenia el sello de
Roma o de Atenas, acudían con frecuencia a él para fundar sus explicaciones y
comentarios. Vossius, Turnebe y Gil Menaje lo citan con elogio, y por más que
Saumaise lo califica con severidad, es lo cierto que lo consultaba con
provecho» (P. Bourret); y añade Ozanam: «La Edad Media supo [44] apreciar todo
el valor de aquel ímprobo trabajo; por eso no cesó de estudiar y reproducir el
libro de losOrígenes», (Civil, chrét. chez les Francs, p. 403.)
En su admirable libro Sententiarum, modelo de Pedro
Lombardo, se contiene la filosofía sincrética del autor y se condensa todo el
pensamiento cristiano de la época. Dios, sumo bien, se halla en todo y lo
contiene todo, siendo, por lo interno, el creador del Mundo y, por lo externo,
su conservador. Coincide Isidoro con San Agustín en que el tiempo comienza con
la creación. «Tempus igitur non ad eas creaturas, quae supra Coelos
sunt, sed quae sub Coelo sunt, pertinere» (1. I. c. VII). El varón fue
creado a imagen de Dios, la mujer a semejanza del hombre, al cual, por ley
natural, está sujeta (c. XI. núms. 3, 4 y 5).
¡Y qué máximas tan profundas!
«El colmo de la culpa es saber uno lo que debe saber y no querer seguir
lo que se sabe.»
«Incierta es la amistad en la próspera fortuna. No se sabe si se ama la
prosperidad o la persona.»
«¿A qué admiras, hombre, la altura de las estrellas y la profundidad de
los mares? Penetra en tu alma y admírate si puedes.»
La obra eminentemente civilizadora del arzobispo de Sevilla esparció la
luz por todo el reino visigodo, inclinó a los magnates al cultivo de las letras
e inspiró a la fiereza goda el respeto que merecían los españoles.
Incalculables beneficios recibió la ciencia de Isidoro. En sus libros
teológicos se crea el método y surge una ciencia nueva de los antes dispersos
estudios; los famosos Concilios de Toledo no son desde entonces más que el
desenvolvimiento de su idea, el reflejo de aquella luz que desde Sevilla
iluminaba el mundo; todos los glosarios de la Edad Media se calcaron en el
modelo isidoriano y la Filología extrae aún en nuestro siglo algo provechoso de
monumento tan antiguo cual las Etimologías.
En medio de su carácter enciclopédico, muestra originalidad filosófica
el genio del maestro, pues su manera de [45] concebir la substancia y el
accidente (Et. II, XXVI) penetra más profundamente en ambos
conceptos que la mayoría de los escolásticos y le da cierto matiz español.
Además, su escolasticismo, sin la sequedad de las escuelas, derrama
cierta penumbra de misticismo (1), acaso antecedente histórico de nuestra gran
literatura mística nacional.
{(1) Rursus, Philosophia est meditatio mortis, quod magis convenit
Christianis, qui saeculi ambitione calcata, conversatione disciplinabili,
similitudine futurae patriae vivunt. (Et.II, XXIV.)}
San Isidoro fortificó a la Iglesia contra la herejía, inició la unidad
legislativa, sometió la monarquía a la Iglesia, despertó en los nobles
visigodos el amor a la ciencia, mejoró las costumbres de los clérigos y
compendió toda la ciencia de Europa. Consistió la misión de San Isidoro en
salvar todo el saber de una sociedad expirante y transmitirlo a otra nueva
sociedad, aún no educada ni instruida. Su enorme sabiduría fue la soldadura de
dos edades.
La Escuela de Sevilla, primer faro encendido en Europa para iluminar la
mente y los pasos de la humanidad sumida en la barbarie, tuvo carácter
enciclopédico, porque todo había que enseñarlo a pueblos que todo lo ignoraban.
Tal renombre adquirió en el mundo, que jóvenes de lejanos países acudían a sus
aulas y hubo necesidad primero de ampliar el edificio destinado a la enseñanza,
y posteriormente de edificar nueva, vasta y suntuosa fábrica donde pudiera
albergarse su numerosa clientela discente. Gracias a San Isidoro y a la Escuela
de Sevilla, España precedió a todas las naciones europeas en la extirpación de
la barbarie y en señalar al mundo los caminos de la civilización.
Los discípulos de Isidoro, o sea todos los prelados de aquella etapa,
dieron preferencia a los temas teológicos o disciplinarios, sin dejar nada de
valor para la indagación filosófica. [46]
En el II Concilio hispalense (619), interesantísimo para la historia
religiosa y presidido por Isidoro, se refutó el acefalismo, herejía
así denominada por ignorarse quién fuera su jefe, la cual negaba la doble
naturaleza atribuida a Cristo por la ortodoxia.
Aunque el prelado sirio, sostenedor de la doctrina condenada, abjuró de
ella en el mismo Concilio, la idea se fue imperceptiblemente infiltrando para
reaparecer dos siglos más tarde.
«Este concilio –dice el P. Flórez– es de mucha erudición en ambos
derechos, y en letras divinas y humanas, según demuestran las especies que se
ven en su texto; por lo que notó Loaysa que se conocía haber sido formado por
varones muy doctos en ambas literaturas. Yo creo –continúa– que todo se debe
deferir a la sabiduría del ínclito metropolitano San Isidoro, que estaba
presidiendo.»
También por este tiempo (VI) floreció Antístites, sevillano emigrado de
su país y arzobispo bracarense, autor del tratado De animabus hominen
non initio inter ceteras intellectuales naturas, neque semel creatis, adversus
Origenem, cuyo titulo apunta su índole filosófica y carácter polémico.
[47).
Capítulo VI
Acción de los musulmanes en la cultura española
Orígenes de su filosofía. –Aparición de la filosofía musulmana en
Andalucía. –Problemas que planteó. –Escolástica musulmana. –Ibn Masarria. –El
masarrismo. Persecución inútil. –Discípulos de Masarria. –Avicena: su patria,
su doctrina. –Ibn Hazam. –Avempace. –Escuela de Almería. –Ibn Zuhar. –Ibn
Tufail: su risala, exposición de su doctrina, juicio y relaciones de ella.
–Averroes; carácter de sus ideas, su originalidad. –El averroísmo y sus
vicisitudes. –Muhi al Din: su misticismo. –Ibn Sab'in. –Filósofos de Ichbilia:
Abu Aamir. –Al Taryali. –Abu Muhammad. –Al Azahri. –Ibn al Karchi. –Ibn
Galendo. –Ibn Zarqum. –Al Charaih. –Ibn al Karchi. –Ibn al Mahri. –Al Chaduni.
–Servicios prestados a la civilización por los filósofos hispano-musulmanes.
En el lapso de tiempo vulgarmente conocido por Edad Media, se abre un
abismo entre la brillante civilización hispano-musulmana, así como entre la
levantina y el atraso, barbarie pudiera decir, del resto de la península, donde
imperaba el casi incivilizable elemento visigodo.
Durante los siglos XII y XIII, los árabes españoles aportaron a la ruda
Castilla reminiscencias helénicas, aprendidas por ellos en Constantinopla y
demás escuelas orientales.
Esta acción indirecta del espíritu griego interesa mucho, porque si bien
constituía el fondo común de la cultura [48] cristiana, se hallaba totalmente
desvanecida en la incultura medieval de Castilla.
Por eso Renán estima que la introducción de los textos árabes en las
aulas de Occidente divide la historia de la civilización medieval en dos
épocas.
La posesión de Alejandría puso a los árabes en contacto con el
pensamiento helénico. Porfirio los familiarizó con la doctrina de Aristóteles,
de donde proceden los maschayin, y el panteísmo místico, no sé
si directa o indirectamente, produjo la filosofía de Al Gazal y lamischrakiia. profesada
por los ischrakiin o contemplativos orientales. En el momento
culminante de la filosofía mahometana, se proyecta, como nuncio de decadencia,
la sombra del fanatismo, seguido de sus dos abominables secuelas, la intolerancia
y la persecución. ¿Qué escuela ni confesión puede juzgarse libre de tal
mancilla? Felizmente entre los musulmanes voló la intransigencia, nube de paso,
sin ensombrecer la Historia con instituciones permanentes.
Quebrantada la tradición isidoriana y acuciados por apremios del
momento, carecían los invasores de serenidad para la lucubración. En el reinado
de Muhammad, aparece por primera vez la filosofía entre los árabes españoles.
En los comienzos de este reinado se suscitó una querella entre alimes y
alfakíes cordobeses, contra el sabio andaluz Abu Abd-al-Rahman
Baki-ben-Machalad, que había estudiado con los más famosos doctores de Oriente
y enseñaba las doctrinas de Abu-Bakri y de Abi-Xuaiba, también famoso andaluz.
El Rey Muhammad mandó que uno y otro bando disputaran en su presencia, y
declaró que no se debía impedir la enseñanza de Baki.
La necesidad de sistematizar –decía mi inolvidable maestro D. Federico
de Castro– las nuevas doctrinas religiosas y de aplicarlas a las diversas
relaciones de la vida, origina entre los pueblos mahometanos un movimiento
análogo al de la escolástica cristiana. Era preciso ver de conciliar la unidad
simplicísima de Dios con los atributos divinos, la predestinación con la
libertad del hombre. [49]
La filosofía musulmana y hebrea se propuso idénticos problemas que la
cristiana, mas diferenciándose en que la última acepta la revelación como
indiscutible, aun cuando repugne a la razón (credo quia absurdum), en
tanto que las primeras la admiten a modo de verbo que necesita interpretación
(V. Tufail y Maimónides). De aquí que la cristiana, más teológica, entra en la
pendiente del dualismo y descuida la ciencia por atender a la moral, y la
oriental, más filosófica, propende al panteísmo y, prefiriendo el conocimiento,
desatiende algo las normas de la moralidad, transigiendo con las debilidades
humanas. Así, tan eximio polemista cual el P. Ceballos escribía:
«No culpo yo a la filosofía, porque es buena, considerada en sí misma y
ordenada por Dios, pero se le debe preferir la conciencia y la vida virtuosa.»
Por otra parte, el Korán no era reputado sólo como código religioso,
sino que se le consideraba también civil y político, y había que deducir de sus
sencillos preceptos todo el derecho público y privado. Medios para ocurrir a
esta necesidad ofrecieron las traducciones siriacas de las obras de Aristóteles
que los árabes encontraron al derramarse, como conquistadores por el Asia.
Formóse así una escolástica musulmana, en la que, a diferencia de la cristiana,
tanto por las especiales aptitudes del pueblo arábigo, como por haber conocido,
aunque de segunda mano, la física aristotélica y por las circunstancias que
precedieron a la introducción de la filosofía en la corte de los califas,
predomina la tendencia hacia el estudio de las ciencias naturales, en que los
pensadores árabes hicieron notables adelantos, si bien mezclados con aquellos
ensueños tan propios de la fantasía oriental y de las escuelas místicas en que
aprendieron durante el reinado de Muhammad I.
El cordobés Farah, viajando por Oriente, se contagió de las ideas de
los cadries, que aprendió de Chaid, místico negador de
atributos corpóreos en la Divinidad. Trajo a Córdoba la doctrina, formó
discípulos y sufrió la [50] persecución ortodoxa, pero el misticismo se agarra
a las mentes orientales como el muérdago a la encina y se propagó a despecho de
la represión.
En tiempo de Abd-al-Rahman III, o sea en el siglo X, floreció el
cordobés Muhammad b. Abd-al-Lah, b. Masarria (883-931 J. C.), panteísta, que
había estudiado en las traducciones de ciertos libros griegos, por los árabes
atribuidos a Empédocles. Acusado de impiedad, emigró a Oriente, donde se
familiarizó con las diferentes sectas, y acaso se afilió a la sociedad secreta
de los islamitas. Volvió a su país afectando una gran devoción, y logró reunir
una numerosa escuela disfrazando la novedad con el ascetismo y dando una
enseñanza exotérica y otra esotérica. Pero los teólogos, alarmados, mandaron
quemar sus obras.
Ibn-Masarria extrajo de los esoterismos profesados en Persia la doctrina
de las emanaciones, es decir, de la evolución de una forma, dando a esta
dicción el sentido peripatético, en serie de cinco derivaciones substanciales.
La persecución contra los filósofos produjo por único resultado que
estos se ocultaran, pues a la caída del califato, los discípulos de
Ibn-Masarria formaban una secta numerosa; otra, bajo extrañas fórmulas (la
tierra descansa sobre un pescado; este pescado está sostenido por el cuerno de
un toro: este toro se halla en una roca que un ángel lleva sobre su cuello:
debajo de este ángel están, las tinieblas, y por bajo de las tinieblas un agua
que no tiene fin), en que parece reconocerse el simbolismo oriental, enseñaba
que el universo es ilimitado y que las religiones pueden imponerse por la
violencia.
En este capítulo he seguido hasta aquí con Filial compenetración las
ideas de mi venerado maestro D. Federico de Castro y hasta reproducido en
ocasiones sus palabras: mas no puedo compartir la exigua importancia que
concede a Ibn Masarria, el cual, no sólo por introductor en España del
movimiento filosófico, sino como raíz de todos los misticismos peninsulares y
con indirectas irradiaciones por el extranjero, merece singularísima
consideración. [51]
El masarrismo, merced a la convivencia de hebreos y musulmanes, se
infunde en Avicebron, penetra en la escuela sufita de Almería, llega hasta
inspirar al Doctor Iluminado y ¿quien sabe si la Pentanomia de Seoane no
arranca del simbólico número cinco masarrista?
Dos palabras, antes de llegar a los filósofos más modernos
arábigo-españoles, sobre Abu Ali al Husain b. Abd Al-lah, conocido entre los
cristianos por Avicena. La patria de este famosísimo médico ha dado margen a
reñida controversia, diciéndole unos nacido en Khamaithen (Persia), otros hijo
de Arabia, quiénes de Córdoba y muchos de Sevilla. No trato de resolver en
definitiva la cuestión; pero basta que un solo autor respetable haya sostenido
que Avicena fue español, para que yo no pueda eludir su mención.
Sostiene Rodrigo Caro que «Sevilla no quiere perder su derecho, teniendo
por sí probanza de tres testigos mayores de toda excepción, pues todos son
autores de gran crédito en la Historia, y la probanza de tres testigos es
prueba plena». Estos son el Vergomense oSuplementum Chronicorum en
el año 1141; Jacobo Midendorpio, libro II, «de Academijs», que
reza así: «Hispalensis vetus Academiaque doctissimos et
praestantissimos Viros protulit... Avicena etiam Medicus et Philosophus», &c...
Andrés Scoto en la Biblioteca Hispánica dice: «...emicuit tot inter
tantos praestantissimos Hispaniae Viros Avicena Medicus, Hispali natum tradunt
Annales: Licet Cordubenses suum esse dicant».
En otro párrafo, confirmando los títulos de Sevilla a este autor, habla
Caro de los estudios en tiempo de los moros, citando la inscripción en mármol
que se ve en la iglesia del Salvador, en la torre aparte que mira al claustro,
lápida interpretada por Sergio Maronit. Para más pormenores, se refiere al
libro I de sus Antigüedades de Sevilla, cap. 23. Alfonso
García de Matamoros, en el libro «De Academijs», decide, si no
deja en suspenso, la patria de Avicena, porque dice: «Avicenam
cordubensem, ut quidam [52] tradunt Hispalensem et Bithinicum
Regem cuius Methaphisica a portens valde probata fuit.»
Avicena en su magna compilación titulada Al Chafah, y
en su compendio Al Nayahordenó el aristotelismo arábigo, mezclando
algunas ideas del idealismo plotínico, tales cual las emanaciones, procediendo
la variedad de la unidad y correspondiendo a Dios el conocimiento de lo
universal, así como a las criaturas sólo el de las ideas particulares.
Profesa, pues, un sistema emanatista. La voluntad puede producir
fenómenos materiales (magia), aunque esta facultad no era común, sed
quarundam esse privilegium singulare, es decir, fakirismo; considera
los astros seres dotados de imaginación y no parece creer en el Paraíso ni
preocuparse de la ortodoxia koránica.
Mientras tanto, la escuela de Almería, inspirada en el sufismo,
resplandecía entonces con Ibn al Arif, predicador del misticismo alejandrino, y
hallaba por representante en Sevilla a Ibn Barrachan, el cual, después de
propagar la doctrina, salió a morir deportado en África hacia el 563 hég. (1141
J. C.)
Si no como filósofo en toda la plenitud del concepto, puede citarse como
psicólogo y moralista a Ibn Hazan al Tahiri (384-456 hég. 994-1164 J. C.),
misántropo y asceta, lanzado del ministerio a la miseria y fallecido en Niebla.
Tal mordacidad puso el desengaño en sus labios que se comparaba su lengua con
la espada de Al Hachach. Su Libro de los caracteres y la conducta es
obra de moral gnómica inflamada en el odio a los malikitas. Para este pensador
cordobés, la ciencia es don divino. La inteligencia limitada del hombre no
alcanza los atributos del Creador. Las ciencias abstractas vigorizan al
entendimiento fuerte y abaten al débil. Consiste la virtud en temer a Dios y
dominar las pasiones. Su definición de la hermosura (Corrección de la forma
física animada por el brillo de la expresión), es el fondo y el modelo de todas
las definiciones formuladas por los tratadistas del siglo XIX. [53]
El aragonés Avempace, nombre que parece corrupción de Ibn-Baya, también
apodado Ibn-al Zayag (el hijo del platero), fue vecino de Sevilla y terminó sus
días en África, muriendo envenenado en Fez en 1138. Dejó escritas numerosas
obras de Medicina, de Matemáticas y otras materias; comentó los trabajos de
Física y Zoología, de Aristóteles, y entre los libros originales que dejó
escritos, quedan El alma, El régimen del solitario y otros de
dudosa autenticidad. El régimen del solitario –dice Avempace–
debe ofrecer la imagen del Estado modelo, es decir, de un Estado en que no
hacen falta autoridades, médicos ni leyes; porque siendo buenos todos los
asociados, no cometen yerros, disfrutan de salud y se rigen por la ley del
amor. Para esto es preciso que el solitario se deje guiar por el alma racional
y no por la animal; sin embargo, no cree bastante la razón para ascender al
sufismo, antes bien, profesa la necesidad de la divina cooperación. En su Risala
Aluida, o carta de despedida, vuelve por los fueros de la filosofía y
combate el fanatismo de Al Gazal. He colocado a Avempace a
continuación de Avicena, porque no tendría explicación en diferente lugar,
siendo un adepto del citado maestro. Sus doctrinas, nada ortodoxas, conducen al
materialismo, según sus más reputados intérpretes, pues no ha de olvidarse la
obscuridad de sus escritos.
Ingente figura de la ciencia hispano-arábiga, álzase el facultativo
sevillano Ibn Zuhr, vulgarmente conocido por Abenzoar, miembro el más ilustre
de una dinastía de sabios. Los dos historiadores de la Medicina española, tanto
el Sr. Hernández Morejón como el Sr. Chinchilla, confunden en el glorioso
nombre de Abenzoar nada menos que siete individuos de esta familia, todos
descendientes de un famoso jurisconsulto.
Abd-ul-Malik
B. Zuhr. B. Abd-ul-Malik. B. Maruan B. Zuhr al Aiiadi (468-557 hégira
1073-162 J. C.), médico de Iusuf el almuravide y del almuhade Abd-al-Mumin, «es
el autor de varios tratados de medicina tenidos en alto precio durante la Edad
Media». (Gayangos. Notasa [55] al Maqqari, I, 337.) Su Taisir o
Introducción a la Medicina, se tradujo al hebreo y al latín. Compuso, además,
el Iktisad, tratado de los alimentos y los medicamentos;
el Kitab al agdiia, y unos Comentarios al
Taisir. Freind y Kunst Sprengel lo ponen a la cabeza de las ciencias árabes;
Leclerc y Hernández Morejón convienen en que «obscurece a todos los médicos
españoles y hasta al mismo Avicena» (Historia de la Medicina española. I,
163). Fue también uno de los grandes poetas eróticos musulmanes y redactó su
epitafio en verso. Este médico, dice el Dr. Gutiérrez en su Discurso inaugural
(Univ. de Granada) describió por vez primera el absceso del mediastino. Puede
considerarse, por sus ideas sobre la vida y las funciones orgánicas, como el
verdadero precursor del animismo de Sthal, y no fue la menor de sus glorias
enseñar a Averroes.
Muhammad B. Abd-ul Malik Ben Tufail-al Kaisi (Abu-Bakr), accitano y
probablemente originario de Marchena, una de las mayores inteligencias que ha
producido España, después de haber sido katib del ualí de Granada y visir del
Rey Abu Iaqub b. Iusuf, murió el 1185 (J. C.) en Marruecos. Por razón de su
cargo, debió de residir mucho en Sevilla, por ser ésta la mayor ciudad de
España y corte de los reyes a quienes Tufail sirvió. Así lo comprueba el hecho
de que León Africano y otros autores lo crean natural de la capital de
Andalucía. Si el otro Ibn Tufail, escritor sevillano, era hijo del filósofo,
según se lee en algunos barnamah, se robustecería el indicio,
no así si se tratara de simple homónimo sin entronque de consanguinidad. Sábese
que escribió de medicina, aun cuando no se conservan las obras, y con respecto
a sus conocimientos astronómicos, se afirma que había hallado el medio de
prescindir de las excéntricas y los epiciclos ptolemaicos.
Su obra capital es Risala de Hay Ibn Yukdan, publicada
en árabe por Pococke (1671), con una versión latina titulada Philosophus
autodidactus. Ashwell, Keith y Ockley publicaron sendas traducciones
al inglés; Pritius y Eichorl al holandés y Gauthier al francés. El Sr. Pons dio
a la luz [55] una traducción española (1900). La epístola, o mejor, novela
filosófica, presenta un solitario nacido de la tierra y alimentado por una
gacela. Hay, así se llamaba, no tenía, como parece natural,
más que conocimientos sensibles. En el progreso de las facultades psíquicas deHay, estudia
Tufail el origen de los conocimientos humanos. Comparando esta concepción con
la de Bacon, que supone una estatua, a la cual se iba gradualmente excitando
por la adquisición de los sentidos, nos resulta la concepción del filósofo
andaluz muy superior a la del filósofo inglés, por cuanto éste parte de la
hipótesis absurda de un ser enteramente sin conciencia, mientras que Tufail,
más cerca de la realidad, hace el estudio sobre un alma racional, pero
desligada de prejuicios. Hay se aflige considerándose inferior
a los seres que lo rodean, pero observa que él dispone de recurso para
dominarlos. Al morir la gacela, estudia el cadáver para ver dónde estaba
aquella vida que la ha abandonado y trata de averiguar por qué la abandonó.
Descubre el fuego y halla que el calor es la vida de los animales y, si
faltaba, éstos perecían. Observa que el reino animal es uno, el
vegetal otro, pero también uno, y lo mismo el
mineral, y así toda la creación forma una unidad. La idea de la corporeidad se
descompone en otras dos, ligereza y gravedad, adelantándose al mismo Hegel, que
estima el peso como esencia de los cuerpos. Se eleva Hay a la
idea de extensión y, por fin, a las de materia y forma, integrantes de todo ser
natural. Analiza los elementos naturales, el cielo y los astros, la unidad del
mundo y llega a la conclusión de que lo creado supone un creador inmaterial. De
aquí pasa al éxtasis y comprende que la esencia en sí no es distinta de la del
Ser.
En esto, Asal, un místico, se trasladó a la isla de Hay y
le enseñó a hablar. «Y cuando Asal oyó de su boca la descripción de aquellas
verdades, y de aquellas esencias separadas del Mundo sensible, conocedores del
Ser verdadero (ensalzado y honrado sea) con sus gloriosos atributos; cuando le
hubo explicado (según pueden explicarse [56] estas cosas) lo que él vio, en el
estado de unión con Dios, tocante a los goces de los que a tal estado ha
llegado, y las penas de los que han sido privados de él, no dudó Asal de que
todas las cosas que se contenían en su ley (el Korán) relativas al mandamiento
de Dios (honrado y ensalzado sea) y a sus ángeles, a sus libros, a sus
mensajeros, al último día, a su paraíso y a su fuego son símiles o alegorías de
lo que había visto Hay ben Yukdan, y se abrieron los ojos de su corazón, se
iluminó su inteligencia, percibió la perfecta conformidad entre los dictados de
la razón y las enseñanzas de la tradición, se le hicieron más asequibles los
métodos de la interpretación mística y ya no hubo dificultad alguna en la Ley
divina que no se aclarase, ni puerta cerrada que no se le abriese, ni cosa
profunda que no se le allanase, llegando a ser una de las primeras
inteligencias. Entretanto, miró a Hay ben Yukdan con ojos de admiración y
reverencia y tuvo por seguro que era uno de los Santos de Dios de
aquellos que no tienen temor ni experimentarán dolor. Se puso
por esto a su servicio, se decidió a imitarle y a acoger sus advertencias en lo
tocante a las prácticas legales ordinarias que había aprendido en su secta.»
Hay, deseando comunicar a los otros hombres, cuya existencia había
ignorado hasta conocer a Asal, lo que él por sí había aprendido, pasó a otra
isla de que era soberano Salman, predicó su doctrina, pero en vez del amor, se
atrajo el odio de los hombres a quienes trataba de convertir, y regresó a su
isla, donde practicó la virtud con su amigo Asal, adorando a Dios hasta la
muerte.
Como se ve, Tufail se propone conciliar la fe con la razón, justificando
la primera por la segunda y nos ofrece delicadezas de análisis, algunas de las
cuales apenas se comprenden en aquellos tiempos.
Cítase por imitadores de Ibn Tufail a Gracián (Menéndez Pelayo); a Defoe
(D. Juan Valera); a Descartes (afirmación que se me antoja absurda), y a J. J.
Rousseau, que tampoco acepto. [57]
Opina Bonilla que las coincidencias entre el Hay de Tufail y el Andrenio
de Gracián son meramente fortuitas. Yo creo que no. Dice Bonilla que «es casi
seguro que Gracián no conoció la novela árabe». ¿Por qué? El casi destruye
la fuerza del argumento. Añade que Gracián «dista mucho de ser un gran
pensador, siendo tan sólo un desenfrenado y agudísimo conceptista». ¿No son
estas mediocres inteligencias las más aficionadas a la imitación? Mayor fuerza
podría tener la fecha de la edición de Pockoke, pero ¿no existen mil otros
medios de conocer, ya que no la obra, su argumento y doctrina?
El pensamiento de Tufail, como todos los nobles sistemas idealistas, va
derecho al panteísmo, si bien no comparto la opinión de Menéndez y Pelayo al
establecer que Tufail no es panteísta de un modo abstracto y dialéctico, sino
teosófico. Puede que las últimas páginas parezcan un himno sagrado o el relato
de una arcana iniciación religiosa, acaso eco o manifestación de aquella
filosofía oculta o «celeste» profesada por los orientales, singularmente por
los persas, pero yo veo en el procedimiento del maestro hispano-arábigo algo
muy semejante al método de los racionalistas panenteístas, pues comienza por la
noción confusa de su personalidad, va despertando por grados y mediante el
análisis la conciencia de sí y de lo que le rodea, construye por su propio esfuerzo
toda su ciencia subjetiva, llega como Krause a la intuición racional del Ser de
toda realidad, fuera del cual, nada es ni puede ser, y allí conquista la
Ciencia sin interposiciones entre el Ser y el Conocer. La multiplicidad no
tiene existencia por sí, sino en el Ser, es decir, no pasa de apariencia, al
través de la cual el filósofo contempla la verdad increada y absoluta.
Tufail es un pensador sincero. Su buena fe rechaza las atenuaciones de
Averroes y Gabirol. Esclavo de su verdad, llega sin pestañear al término a que
la dialéctica lo empuja y de ahí los sinsabores que amargaron sus últimos años.
[58]
La influencia de Tufail se advierte en casi todos los especuladores
árabes, hebreos y aun cristianos, posteriores a él; sin embargo, no dejó
discípulos en el sentido concreto del vocablo. Su mismo hijo Abd-ul-Malik ben
Tufail, nacido en Sevilla, no continuó la indagación metafísica y consagró su
perspicaz inteligencia al estudio del Korán, que, dice Codera, «comentó
sabiamente».
Averroes (520-95 H., 1126-98 J. C.), que puede llamarse el Avicena de
Occidente y cuyo verdadero nombre es Abu-l Ualid Muhammad b. Ruchd, nació en
Córdoba, de noble familia; estudió en Sevilla el Fik'h, o sea
el Derecho canónico musulmán, Medicina y Filosofía, viviendo honrado de los
príncipes y de sus conciudadanos hasta los últimos días de su vida, en que el
fanático monarca le privó de sus dignidades y lo desterró a Lucena. Allí
permaneció hasta que los notables de la ciudad de Sevilla pidieron enérgicamente
que se le levantase el destierro. Al fin el pensador partió a morir a
Marruecos.
Averroes, como filósofo, es un perfecto aristotélico, hasta tal punto,
que él no creía posible añadir nada a lo escrito por el estagirita. Escribió
tres clases de comentarios a la obra de Aristóteles: los grandes comentarios,
los resúmenes y los comentarios medios. Tales
comentos, emprendidos por consejo de Ibn Tufail para complacer a Yusuf ben
Yaqub, muestran portentosa y enciclopédica erudición y no pocas ideas
originales. Al exponer la doctrina aristotélica mézclala, sin darse cuenta, con
elementos del neo-platonismo alejandrino; pero es tal su admiración por
Aristóteles, que, como afirma con sobrada razón D. Federico de Castro, hasta
cuando expresa pensamientos originales, cree de buena fe que sólo está
exponiendo la idea del maestro. Así sucede con la teoría del entendimiento
separado, que vino a fijar la característica del averroísmo. El
entendimiento activo ejerce dos acciones diferentes sobre el pasivo: una, antes
que éste se perfeccione, y otra, que consiste en atraer el entendimiento
adquirido, el cual viene a perderse, porque lo mas fuerte triunfa de lo más
débil, [59] sin que esta conjunción salga de los límites de la vida, pues sólo
vive eterno el entendimiento universal. La teoría produjo gran sensación en el
mundo cristiano; muchos escolásticos la aceptaron, otros la combatieron y así
duró la polémica hasta que León X expidió una bula condenando las opiniones de
Averroes.
En cuanto a las ideas fundamentales, Averroes considera la creación un
movimiento que supone una materia prima. Dios sólo conoce lo universal, la ley,
y su mente se halla siempre in actu. Al atacar el problema del
origen de los seres, combate la opinión de los mutacalines o escolásticos,
coincidente con la de los cristianos, como Juan Filopón, según los cuales, la
posibilidad de ser creado sólo reside en el agente. Tampoco acepta la
explicación del mundo por desdoblamiento. Dios no puede reducirse a mero motor.
Estudia las dos opiniones intermedias, que convienen en considerar la
generación de los seres como una transmutación, y expone la doctrina
aristotélica, añadiendo: «La falsa representación, según la cual nos figuramos
las formas como creadas, ha inducido a algunos filósofos a creer que las formas
son cosa real y que existe un hacedor de las formas; opinión que ha llevado a
los teólogos de las tres religiones que actualmente existen a afirmar que
alguna cosa puede salir de la nada. Partiendo de este supuesto, los filósofos
de nuestra religión han imaginado un solo agente (Dios), produciendo todos los
seres sin intermediario alguno y ejerciendo su acción instantáneamente en una
infinidad de actos opuestos y contradictorios.»
Y véase por qué extrañas vías el averroísmo nos conduce al dualismo y a
un panteísmo precursor del hegeliano, coincidencia lógica esta última, pues
tanto el pensador andaluz como el alemán extraen los últimos corolarios del
aristotelismo. Si «para destruir como para crear, el agente no hace más que
pasar de la potencia al acto, se necesita mantener al agente y la potencia, el
uno enfrente del otro. Si faltara alguno de ellos o nada sería o todo sería
actualmente, dos consecuencias igualmente [60] absurdas». (De coelo et
mundo, f. 197.) Y junto a esta franca declaración dualista, se sienta
la afirmación explícita de que el individuo, no pudiendo ser eterno como tal,
se eterniza en la especie. (De anima, f. 133 vto.)
Racionalista siempre, Averroes combatió el Tihafut de
al Gazal, intransigente dogmático y sostenedor de la sumisión al dogma, en su
libro Tihafut Aittchafut (Destrucción de las destrucciones),
propugnando la filosofía contra los fanáticos mutacalines.
En materia de moral, cree en la libertad del alma, en el esse, si
bien, en cuanto sujeto primo, puede éste recibir formas contrarias y el
predominio de la razón, suprema ley ética.
En concepto de preceptista, comenta la Poética de Aristóteles, pero la
interpreta con libertad y acumula notas de los grandes maestros anteislámicos.
Aun no interesando a nuestra finalidad sus lauros de médico, no huelga
indicar que Averroes, antes que ningún otro tratadista, habló de las
traslaciones de lugar en las manifestaciones reumáticas y, siglos antes que
Servet descubriera la pequeña circulación, había escrito: Arteriae quae
portant sanguinem a corde et ramificatae sunt per totum corpus ad ferendum rem
ipsam. (Colliget, c. 8º)
El averroísmo se propagó fácilmente entre los hebreos y, a pesar de la
encarnizada oposición de Raimundo Lulio, de Álvaro Pelagio y de Vives, que
dedica a anatematizarlo cuatro páginas infolio del tratado De causis
corruptarum artium, cundió por las escuelas europeas, resplandeciendo
singularmente en Padua y en Francia.
En vano lo maldecía Duns Scoto, lo injuriaba Petrarca llamando a
Averroes canem rabidum y lo anatematizaba León X, pues
conquistó eximias inteligencias y desempeñó misión gloriosa en la historia de
la filosofía, porque combatió la intolerancia y fue el campeón de la libertad
de pensamiento.
El gran Savonarola, víctima del fanatismo, llamaba al filósofo
andaluz homo ingenio divinus. [61]
Señalados los genios, descendamos a algunas no desdeñables figuras de
segundo orden.
El polígrafo Muhi-al Din Muh. b. Ali b. Muh. al Hatimi (Inb al Arabi)
(560-638 hég., 1165-246 J. C), natural de Murcia, educado en Sevilla, y
fallecido en Damasco, autor, según al Maqqari, de más de cuatrocientos libros,
se entregó a los ensueños del sufismo en su obraRevelaciones de la Meca, existente,
con otras tres del mismo, en la Academia de la Historia. Como todos los
místicos, arranca de la filosofía neoplatónica, procurando concertarla con la
dogmática mahometana. Expone todo un sistema propedéutico para conseguir la
iluminación mediante ayunos, abluciones, inhibición del mundo y sumisión a un
director espiritual. «Alguien preguntó a Mahoma (¡Dios le bendiga y salve!):
–¿Has visto a tu señor?– Y contestó:Una luz; eso es lo que he
visto.»
«La Verdad es la luz pura; el absurdo es la pura oscuridad; ésta jamás
se convierte en luz, así como tampoco la luz se transforma en tiniebla.»
«La criatura colocada entre la luz y la oscuridad es un crepúsculo que
esencialmente no puede definirse ni por la oscuridad ni por la luz, siendo,
como es, una mezcla de ambas, el término medio de esos dos precisos extremos.»
Muhi al Din no pasa de un discípulo de Massarria. Lo mismo que su
maestro, influyó en Raimundo Lulio. Fácilmente lo comprobaría la comparación de
los textos, singularmente la teoría de los nombres divinos, a los que atribuye
virtudes ocultas, y el libro luliano Els cent noms de Deus.
Otro murciano, Abd-al Haqq b. Sab'in, fallecido en 1269 (J. C.), dirigió
a Federico II de Sicilia algunas cartas acerca de la eternidad de la creación,
la esencia del espíritu humano y el número e importancia de las categorías.
Como por esta época, y desde la dinastía Abbadita, se hallaba en Sevilla
el apogeo de la civilización andaluza, florecieron allí notables filósofos, de
algunos de los cuales [62] diré lo que refieren los bibliógrafos, ya que sus
obras no han llegado a nosotros.
Muh'ammad b. M. b'Abd. b. Maslama (Abu 'Aamir). Bachkual
dice que nació del 430 al 34 de la hégira (1041 ó 42 de J. C.) y lo cree
cordobés; pero todos los demás lo juzgan sevillano. Que se crió y vivió en
Sevilla ni el cordobés Bachkual lo discute. Al D'abi le llama gran poeta
residente en Sevilla (170), sin negar por eso que fuera hijo de la ciudad; Dozy
confirma que se trata de familia sevillana y recuerda que en Sevilla radicaban
las fincas del poeta (Abb., I, 210); Maqqari dice que era «uno de
los más notables ciudadanos de Sevilla y alcanzó gran celebridad por sus
conocimientos en Geografía, Astronomía, Medicina y Filosofía» (Gay., II, c.
III, 150); Casiri lo denomina hispalensi, genere et visiris dignitate
insignis (II, 134). Fue muy adicto al rey de Sevilla al Mu'tadid y
feneció en 511 de la hégira (1117 J. C.).
Escribió poemas de carácter anacreóntico y una obra histórica que
intituló Jardín del reposo y de la verdadera alegría. Supongo
será la misma que titula Casiri De hortorum cultu.
Abu y'Afar b. Harum al Taryali, siglo VI de la hégira. Filósofo y
notable oculista. «Uno de los personajes importantes de Sevilla. (Leclerc, II,
95.) Consultor del soberano y maestro de Averroes.
Abd-al-Lah B. Isa B. Abd. B. Ah'mad B. Sulaiman B. Sad b. Abi
h'Abib (Abu Muhammad). Natural y juez de Sevilla. Dominaba la
Dialéctica y la Gramática. Después de ejercer la judicatura sufrió prisión por
orden del amir. Hizo dos viajes a Oriente; uno que duró tres años, en el cual
visitó Egipto (527 heg., 1132 J. C.), y otro que duró más tiempo. «Fue un
hombre tan rico como estimado» (Hammer-Purgstall. VII, p. 265, núm. 7598).
Muh'ammad b.
Ali Abu Bakr (Azahri). Nació el 535 de la hégira (1157 J.
C.) y falleció el 623 (1245). Medicus Regius et Nobilis Philosophus (Casiri,
II, 125). «Il était un philosophe éminent et attaché comme médecin à la
personne du [63] roi» (Leclerc, Histoire de la Médecine Arabe, II,
256). Leclerc da las fechas 1136-1226 J. C. en vez de las consignadas.
Muh'ammad B. Alí B. Ah' B. Abd-al Rah'man al Karchi al Zahirí, apodado
Abu Bakr. «Philosophe très éminent et attaché comme médecin à la personne du
roi», le llama también Leclerc. Nació el 535 de la hégira (1157 J. C.)
y sucumbió el 623 (1226). (Al., Ts., 972; G. P.; Casiri, II, 125.)
Abid-al-Lah b. Ali b. Galendo. En este nombre, que no he visto escrito
en árabe, sigo la transcripción, seguramente viciosa, de Casiri, Leclerc,
Hernández Morejón y González Prats. Según Casiri (II, 130), de quien copia
Hernández Morejón, cuya opinión por sí nada vale, pues ignoraba en absoluto el
árabe, vivía en Sevilla; pero había nacido en Zaragoza. Según Leclerc (II, p.
116), a quien sigue González Prats, era sevillano, médico y filósofo
distinguido, que transcribió casi una biblioteca entera y llenó de anotaciones
todos sus libros. Falleció en 1185 de J. C.
Muh'ammad B. M. B. s'Aid B. ah' B. Said B. Abd-Ul-Bir b. Muyaid al
Ansari, apodado Abul Husain y conocido por Zarqum, también hispalense, que
nació el 539 de la hégira. Su tatarabuelo había recibido el nombre pérsico
Zurqum a causa del color. Estudió con su padre y otros maestros, y siguió las
doctrinas malikitas, por lo que sufrió prisión en Ceuta. Luego enseñó en Túnez
y volvió a su patria, donde murió el 621 (1224) con 83 años de edad.
Escribió El libro elevado (referente a M. b. H'asan), El
polo de la ley, El libro de las riquezas y elLibro de la conducta
en asunto de los reyes (Al., Ts., 967).
Antes de éstos, habían brillado, entre otros, Al Charaih, escritor y
maestro de filosofía, que floreció en el siglo V de la hégira (Bibl.
Ar. Esc; II, 132); Daud b. Abd. al Qisi, que pertenecía a una familia
de sabios sevillanos, estudió la filosofía malikita, fue jurisconsulto e
historiador, dirigió la mezquita de Córdoba y feneció en la última etapa del
gobierno del amir M. b. Abd-al Rah'man (D. 736; F., 424) y Abu-l h'Asan 'Ali b
Ah'. b. Abd-al Rah'man al [64] Qarchi, Cherif, Faki, y Kadi, citado por Ibn
Jair (ed. Cod., p. 457.)
Los últimos filósofos musulmanes españoles de que tengo noticia son:
Muh'ammad b. Ibr. al Mahri. apodado Abu a'bd-al-Lah, que nació en Sevilla y
viajó por Oriente, pero no visitó la Meka. El 593 de la hégira (1196 J. C.)
estuvo encarcelado en Córdoba. Profundizó la filosofía escolástica y vivió
próximamente hasta el 608 (1211). (H. P., VII, p. 459, núm. 7990 Fern. y
Gonz. Disc. p. 56.)
Abu Muh'ammad al Chaduni, escritor médico del siglo VII de la hégira,
nació y murió en Sevilla. Discípulo de Abenzoar, «s'acquit plus tard une
réputacion de médecin savant et de bon praticien. En même temps, il cultivait
la Philosophie et l'Astronomie». (Leclerc, Hist. de la M. Ar., II,
242). En fin, Abd-al-Rah'man b. M. Abi Said b. Jaldun, que floreció por el año
756 de la hégira. Casiri le llama doctrina et dignitate spectantissimus (II,
105). Escribió una Historia de los árabes en cinco volúmenes,
un libro de Lógica para enseñanza de un hijo del rey (ad
usum delphinis), Comentarios a un poema en loor del Profeta y
una Aritmética.
En las tinieblas de ignorancia que envolvían a la España cristiana, la
filosofía andaluza resplandeció como intenso foco de cultura capaz de iluminar
no sólo la península, sino el extranjero. Prestó eminentes servicios, pues
gracias a ella supo el mundo que existía una mentalidad española; puso en
contacto a Europa con el olvidado pensamiento heleno; resucitó a Platón y a
Aristóteles, sepultados durante el imperio romano y la etapa latino-bárbara por
las escuelas de decadencia, y lanzó sobre la grosería medioeval un aroma de
orientalismo perceptible hasta nuestros días. [65]
Capítulo VII
Los muzárabes
Muzárabes y mudejares. –Condición de los primeros. –Tolerancia
musulmana. –Decadencia de la lengua y tradición. –Hostegesis y el
antropomorfismo. –El abad Sansón. –Concilio de Córdoba. –Controversia entre
Hostegesis y Leovigildo. –Misión de los muzárabes en la historia de la
civilización. –Reacción latino-cristiana. Speraindeo. –Eulogio y Álvaro.
–Polémica entre Álvaro y Juan de Sevilla.
Aparte de los españoles que se refugiaron en las montañas del Norte, el
resto de la población quedó sometida a los invasores; mas a pesar de los
ímpetus de un pueblo joven y belicoso, puede afirmarse que la condición de los
españoles sometidos, no fue tan desdichada como pudiera suponerse. En este
período hay que distinguir los muzárabes o cristianos que
vivían en estados musulmanes y los mudejares, o musulmanes que
vivían en tierra de cristianos.
A los muzárabes se les permitió permanecer en sus hogares y cultivar sus
tierras, pagando a los musulmanes la quinta y a veces la décima parte de la
renta de los bienes inmuebles. Sólo se confiscaron las haciendas a los
cristianos que las abandonaron. Se les consintió el culto privado de sus
creencias y se respetaron sus templos, aunque con la prohibición de construir
otros nuevos. Concedióseles gobernarse por sus jueces y leyes propias, si [66]
bien con la intervención del cadí para la aplicación de la sentencia en caso de
pena capital y en otros graves.
Los siervos de la gleba fueron lentamente adquiriendo la libertad. La
emigración de judíos y algunas revueltas de cristianos en terrenos fronterizos,
dieron por resultado el enriquecimiento de muchos de los conquistadores, los
cuales, faltos de mujeres, establecieron pronto cruzamientos con los
cristianos, dando origen a una raza mestiza. La progresiva fusión de ambos
pueblos provocó normas consuetudinarias de convivencia, engendradoras de
saludable tolerancia, que levantaron el nivel moral de la conciencia en
cristianos y musulmanes, tanto más hombres, cuanto menos exclusivos.
No dejó de haber, según los tiempos, obstinada lucha de creencias,
puestos en contacto dos pueblos tan diferentes, señalándose principalmente los
reinados de Abd-al-Rah'man II (822-52), en que los faquíes exacerbaron la
intransigencia de la fe musulmana, mientras los monjes cristianos exhortaban al
martirio por la creencia en Cristo; y el de Muhammad I (852-86), en que
siguieron los martirios; pero desde el de Abd-al-Rah'man III, que comienza en
912, hasta la llegada de los intransigentes almuravides en 1086, los muzárabes
gozaron de tranquilidad en el territorio ocupado por los conquistadores, viendo
respetados sus templos, sus escuelas y bibliotecas.
Semejante espíritu de tolerancia por parte de los agarenos nace del
mismo Korán: «La paz debe reinar entre tos creyentes, porque son hermanos».
«Todo menos la violencia en materias religiosas». (Korán, IX-72.
II-257. XLIX - 9 y 10.) «Devuelve bien por mal, perdona a tus enemigos... y
Dios te recompensará.»
Consecuentes con tales máximas sagradas, los muslimes sancionaron el
culto, reconociendo los jalifas la personalidad de los obispos. Sonaban las
campanas de los templos, existían conventos de frailes y monjas, se permitió
predicar en las plazas y se celebraron concilios.
No siempre desposeyeron los musulmanes a los [67] cristianos de sus
templos, como los castellanos habían de hacer con ellos en pos de la victoria,
antes bien, en Córdoba se conformaron con habilitar para su culto una parte de
la basílica de San Vicente, y, más adelante, compró Abd-al Rahman I por fuerte
suma el resto, dándose el edificante ejemplo de que un mismo techo cobijase a
las dos religiones y confundiese las plegarias de los que la naturaleza creó
hermanos y la opinión convirtió en enemigos.
No decayó entre los muzárabes, por lo pronto, ni el estudio de la
lengua, ni el recuerdo de los escritores del segundo período de la monarquía
visigótica, antes bien, volvieron los ojos a las grandes y próximas tradiciones
de sus creencias, representadas por San Isidoro.
Compruébase la existencia del latín entre los muzárabes, por las actas
de los concilios y de los mártires, escritas en latín, por los códices latinos
y por las inscripciones sepulcrales. El emperador de Constantinopla envió a
Abd-al Rah'mán III una obra latina y otra griega. El jalifa, que no sabía
griego ni latín, solicitó del emperador un intérprete griego, pues en cuanto al
latín había en su reino muchos que lo sabían. Jaime de Vitri, historiador
francés del siglo XIII, afirma que los muzárabes hablaban en latín, y un
escritor árabe llama al latín la aljamía de España.
Claro está que el latín de los muzárabes no era el puro de la aetas
aurea, ni siquiera el de los tiempos visigóticos. Más corrompido que
éste, sufre las influencias regionales, y los escritores arábigos hablan de la
aljamia de Murcia, de Valencia, &c.
Frente al atavismo de los elementos vivos intelectuales, hay que colocar
la parte del pueblo muzárabe que iba desvirtuando su fe, su lengua, sus
tradiciones, y tanto por la asistencia a las escuelas árabes, como por sentir
el influjo de las artes y las ciencias, que se desarrollaron con el poderío del
jalifato, se confundió del todo con la civilización musulmana en nuestra
Península, contribuyendo con su ingenio al mismo progreso mental del pueblo
dominador. [68]
En estos cristianos la cultura árabe, más que por influencias, procedió
por absorción, y los resultados se notaron claramente, mostrando la literatura
medioeval cristiana los elementos semíticos que había lentamente recibido.
Mayor trascendencia que las demás herejías de la época revistió la del
malagueño hostegesis. No es fácil trazar una biografía imparcial de este
obispo, porque los datos actuales se deben a su enemigo Sansón. Parece lo
cierto que incidió en el antropomorfismo, o sea creer que Dios
posee figura humana. Dios está en todas partes: no por esencia, sino por
sutileza. A la doctrina general añadía extravagancias, como afirmar que la
encarnación de Jesús se efectuó en el corazón de su madre y no in utero
Virginis. El talento y la actividad de Hostegesis, hábilmente
secundado por Servando, su pariente, gobernador de Córdoba, produjeron graves
disturbios en la iglesia muzárabe. El abad Sansón presentó a los obispos
reunidos en Córdoba (862) para consagrar un prelado, una profesión de fe
dirigida contra Hostegesis. Aprobaron los obispos la fórmula; pero Hostegesis
se dio traza a conseguir, no sabemos si por habilidad o por amenazas, que se
retractaran de su acuerdo y condenasen a Sansón. El decreto se expidió a todas
las iglesias de Andalucía y Portugal. Declararon la inocencia de Sansón algunos
prelados que no asistieron al concinábulo y otros que concurrieron, y Valencio,
obispo de Córdoba, le nombró para la abadía de San Zoilo. Entonces, irritados
los enemigos del abad, según dice éste, llevaron a Córdoba al arzobispo de
Sevilla y a otros prelados inferiores, obligándoles por la fuerza a deponer a
Valencio y sustituirlo con Stéfano. Hostegesis y Servando lograron que el
Jalifa persiguiera a Sansón, el cual lanzó en 864 los dos libros de suApologético contra
Hostegesis. El mismo año se encendió la controversia entre el presbítero
Leovigildo y Hostegesis acerca del antropomorfismo. En esta discusión,
Hostegesis modificó sus conclusiones, afirmando que, en efecto, Dios estaba por
esencia en todas [69] partes, menos en algunas que le parecían indignas. Al
fin, como los católicos se negasen a comunicar con el obispo de Málaga, éste y
Servando hicieron pública retractación.
Ni árabes ni muzárabes sintieron en España la influencia directa de la
literatura griega: pero en cambio pasaron a ellos las tradiciones científicas
de la Escuela de Alejandría, por cuya tradición la enciclopedia aristotélica
cobra nueva forma y sobrevive en toda la Edad Media. Esta ciencia es recogida
en sus postrimerías por extranjeros que en los siglos XII y XIII vinieron a
España, tales como Gerardo de Cremona, Miguel Scoto, el alemán Herrmann y otros
y conservada en parte por los colegios de traductores.
Una de las causas que más importancia dan al pueblo muzárabe es que, al
emanciparse de sus dominadores, dilató la influencia del espíritu árabe por
Europa.
Los muzárabes habían olvidado casi por completo su filiación cristiana,
halagados por la política de los jalifas. Para provocar la reacción escribió el
abad Speraindeo su Apologético contra Mahoma, del cual sólo se
conoce un fragmento conservado por San Eulogio. Apóstol de los muzárabes y
gloria de Andalucía, señaló el punto de partida de la literatura apologética
entre los cristianos sometidos. Amamantados en su escuela los cordobeses Eulogio
y Álvaro, combatieron la teología musulmana, con sus martirologios el primero:
con su Indiculus luminosus, de carácter polémico, y con
su Liber Scintillarum, recopilación de sentencias de los
Santos Padres, el segundo.
Educado Eulogio en el cultivo de las letras latinas, emprendió un viaje,
en el que logró la adquisición de numerosos códices, entre ellos los que
contenían las obras de Virgilio, Horacio, Juvenal, San Agustín, los himnos de
la Iglesia visigótica, las poesías sagradas de Adhelelmo, y con tan rico tesoro
emprendió a su vuelta a España la restauración de los estudios literarios de la
cultura clásica, si bien subordinando éstos al prestigio de la religión
cristiana. Este fin puede reconocerse en las obras de Eulogio Memoriale
sanctorum. Documentum martyriale, Epistola[70] a Wiliesindo y Apologeticum
Sanctorum Martyrum, escritas desde 851 a 857, las más de ellas en la
cárcel, durante la época de la persecución, ya para contrarrestar falsas
afirmaciones, como la de la inutilidad de los martirios, ya para despertar la
fe o fortalecerla.
Idénticos fines persiguió Álvaro. El Indículo luminoso impugna
el Corán y defiende al cristianismo y a sus confesores, con pasmosa erudición
sacra y profana, y, aunque escrito con menos jugo de alma que el Memorial
de los santos de Eulogio, aventaja a éste en apasionada y briosa
exposición y en fuerza de raciocinio. Aunque Álvaro parece despreciar la
cultura clásica, había dado muestra de cuánto la conocía introduciendo la
mitología pagana en la poesía religiosa.
Entre los mismos cristianos ortodoxos se suscitó alguna interesante
controversia de matiz puramente filosófico o literario, tal cual la polémica
que entre sí sostuvieron Álvaro y Juan de Sevilla. El cordobés sostenía que
sólo debía mirarse el fondo de las obras, pues jamás los Santos se cuidaron de
las galas del estilo; el sevillano contesta citando los Padres que han sido
modelos de elegancia en el decir. Álvaro temía que la cultura pagana
desvirtuase el cristianismo; Juan creía necesario valerse de las letras
clásicas para vencer a las literaturas heréticas de Oriente. Este Juan de
Sevilla, retórico, no era el arzobispo de Sevilla, Juan, de quien decía D.
Alfonso que «era muy sabio en la lengua Aráviga... e transladó las sanctas
escrituras en Arávigo; e hizo las exposiciones dellas según convenio a la
sancta escriptura» ni tampoco el que fue gala del Colegio de traductores. [71]
Capítulo VIII
Filosofía hispano-hebraica
Consecuencias de la diáspora. –Los hebreos en España. Odio de los
visigodos a los israelitas. –Aptitud de los hebreos para la filosofía.
–Academia judia. –Aben Asdai. –Aben Gabirol: sus obras. –Idea y carácter de su
doctrina. –Su influencia. –Cruzada de los rutinarios contra Gabirol, Abraham
ben Daud. –Panegiristas: Sem Tom ben Falaquera. –Jehudah-ha Leví: su
inferioridad filosófica. –Bechaii b. Iusuf b. Pakuda. –Aben Saddik.
–Maimónides: sus obras, idea y juicio de su doctrina. –Moseh ben Jehudah. –Moseh
ben Thibon. –Filósofos inferiores de los siglos XIII y XIV. –Jom Tob. –Moseh
Cordobero. –Jehudah ben Thibon. Juicio de la filosofía hispano-semítica.
La toma y destrucción de Jerusalén por Tito, y el decreto de Flaviano
expulsándolos de Palestina, obligó a los judíos a dispersarse por el mundo. La
emigración decretada por Adriano fue causa de que en España se establecieran
núcleos sobre los que ya había, y sus vicisitudes en nuestra Península fueron
tan varias como la índole de los tiempos. El testimonio epigráfico de Adra
patentiza la existencia de los hebreos en España a principios del siglo III, y
los cánones del concilio iliberitano al comenzar el siglo IV, revelan su
propagación.
A España vinieron los discípulos de los Rabbanin, descendientes de
Jehudah el Santo y de Gamaliel, maestro de [72] San Pablo, trayendo a nuestro
suelo toda la ciencia de los nás autorizados intérpretes.
El concilio iliberitano (año 303) en uno de sus cánones prohibió todo
comercio entre cristiano y judío, añadiendo otras reglas encaminadas a
conservar la unidad de la fe.
Cuando los visigodos se convierten al catolicismo, las leyes
eclesiásticas invaden la legislación civil y se dictaron leves adversas a
la abominable secta judia.
A partir de Sisebuto hasta Don Rodrigo, excepción hecha de un corto
período en los comienzos del reinado de Egica y en el de Witiza, puede
afirmarse que los judíos fueron siempre perseguidos, obligándoseles a optar
entre el bautismo o la muerte.
La cultura científica de los musulmanes y la de los judíos difieren
poco; no así la filosófica y la literaria en que los judios se muestran como
caracteres más propios y originales. Los antecedentes históricos y filosóficos
del pueblo hebreo le daban mayor aptitud que a los árabes para la especulación.
La gloria de la filosofía hebraico-española nos pertenece por entero.
Abundan los tratadistas de filosofía moral, a los cuales atribuímos
secundario interés. Nuestro estudio versará con predilección sobre los lógicos
y metafísicos.
Al fallecer Sahadias, presidente de la Academia Babilónica de Sorah, que
admite la fuerza de la razón al lado de la fe y niega lo que estima absurdo,
por ejemplo, la existencia de Satanás, los judíos españoles fundaron en Córdoba
una Academia, que en tiempo de Al Mutamid se trasladó a Sevilla; más tarde a
Lucena, y, temerosa de los almuravides, buscó refugio en Toledo.
El entusiasmo del fundador, R. Moseh ben Hanoc, maestro oriental,
despertó la adormecida intelectualidad de sus hermanos, prestó calor al
movimiento la protección de los jalifas y brotó aquella numerosa pléyade de
gramáticos y comentadores que levantaron los pilares científicos del estudio de
su lengua.
Aben-Asdai, célebre médico y secretario latino de [73] Abd-al-Rahman
III, discípulo de Aben-Hanoc, difundió entre los rabinos españoles los libros
de los escolásticos musulmanes orientales.
La filosofía hebraico-hispana tendría derecho a la atención, o mejor a
la admiración del mundo, aunque no ostentase más nombre que el de Selomoh
ben-Gabirol Jehudah (1021-70), conocido entre los árabes por Abicebrón, nombre
que también le aplican Alberto Magno y Santo Tomás, y entre los judíos
por Sefardí, el español. A los diez y nueve años compuso elMechabereth, gramática
en verso, y poco después el Azharoth (exhortaciones),
exposición del mosaísmo para las sinagogas.
Muerto muy joven, dejó numerosas composiciones que pasaron al rezo
judaico y se conservan como tesoros de rica inspiración melancólica y dolorosa
aunque esperanzada. Su poema más importante, titulado La corona real, es
esencialmente filosófico y de muy varios conocimientos. En sus ritmos las
abstracciones toman cuerpo y cobran, vida por la fantasía del poeta.
No está labrado este poema sobre textos del Talmud al
modo de otras varias producciones judías de la decadencia, sino sobre el área
amplísima de la inspiración personal. El genial arranque de tan completo
espíritu, mezclando lo lírico y lo épico, lo poético y lo didáctico y
atravesando las esferas sensibles y las metafísicas, nos conduce hasta el
principio fundamental y primario de todas las cosas, ante el cual se detiene
por la imposibilidad de penetrar en él, después de haber recorrido cuanto la
mente puede especular de lo visible y lo invisible.
A los veinticuatro años se reveló filósofo en Thikkum Meddoth
Hannephes (Perfección de las propiedades del alma) y en Mibchar
Hapininim (Colección de rubíes), tratado de filosofía moral, ambos
escritos en árabe y traducidos al hebreo por Jehudah ben Thibón. Mucho se ha
discutido si pertenece a Gabirol el Libro del alma, y aunque
parece lo probable, todavía no ha recaído definitivo fallo de la critica. La
obra filosófica capital de Aben [74] Gabirol es La fuente de la vida, admirablemente
vertida al español por el inolvidable y sapientísimo D. Federico de Castro. El
neoplatonismo, sea que Gabirol directamente lo conociera o que lo hallara en
los libros apócrifos, atribuidos a Empédocles, Pitágoras y otros filósofos
griegos, fecunda el fondo de este admirable libro; así como la veneración a
Platón influye hasta en elegir la exposición dialogada; pero el pensador
descubre una parte hermosamente original en que, abandonando a Plotino,
establece que en las substancias lo inferior es la forma y lo superior la materia,
llegando a la unidad de ambas, mas sin confundirlas en la voluntad divina.
Escritores superficiales lo han juzgado materialista cuando él piensa a
la materia como una, simple y espiritual, o bien lo han motejado de emanatista,
cuando su sistema es una creación continua, incesante; porque las substancias
finitas no están en las divinas, residen en la voluntad de Dios.
No. La ciencia para Gabirol abraza tres puntos esenciales: el creador,
la creación y la relación entre ambos términos, o sea la Voluntad. El creador
es la esencia primera, fuente de todo ser particular. A su conocimiento y en
general al de las substancias simples no puede llegarse sin plena labor de
purificación, abstrayéndose de la vida material, y en este grado de exaltación,
«las substancias simples se revelarán a tus ojos... y otras veces te creerás
idéntico con ellas».
La creación consta del elemento fundamental, hyle o
materia universal, substantivo y, por su unidad, sostén de la diversidad en los
seres. La materia puede ser corporal, simple; es decir, sin forma, o mixta, y
siempre la forma se apoya en ella. La forma universal no existe en sí, sino en
otro y perfecciona la esencia. Por eso llamamos forma a lo visible y la materia
permanece oculta a nuestra mirada, combinándose de tal suerte ambos conceptos,
que la materia de las substancias inferiores sirve de forma a las superiores.
Claro está que las palabras materia y forma [75] son términos aristotélicos de
origen, pero en Gabirol se hallan, si vale decirlo así, alejandrinizados. Las
formas corpóreas, y esto no lo halló en el estagirita, son imágenes de las
psíquicas que pueblan nuestros sueños, y tales ensueños son a su vez imágenes
de las formas inteligibles que yacen en el fondo de nuestra mente. Tanto la
materia universal, cuanto la forma universal, proceden de la voluntad divina
por libre decreto, modificación en la que Gabirol se aparta y distingue de los
neoplatónicos y de su concepto de la unidad de la esencia. La Voluntad o
representación de la relación existente entre el Creador y lo Creado, «mueve
toda forma subsistente» y lo contiene todo. Ella ordena, la forma obedece;
porque la Voluntad, aunque imposible de definir, se puede describir en estas
palabras: «Voluntad divina que hace la materia, que hace la forma y enlaza la
una a la otra.»
De lo uno, del alma universal, se desciende a lo múltiple por incesante
emanación, si bien no involuntaria como en los alejandrinos, sino sometida al
arbitrio de la Divinidad.
– «¿Qué fruto, pregunta el discípulo, sacamos de este estudio?
M. –La liberación de la muerte y la unión al origen de la vida.
D. –¿Qué auxilio habrá para lograr esta noble esperanza?
M. –Apartarse primero de lo sensible, infundir la mente en los inteligibles y
sostenerse todo en el dador de la bondad.»
Tal es en resumen el pensamiento del gran filósofo malagueño, tan
superior a la mentalidad general de su raza y de su medio en aquellos días. No
sé si acertó quien le llamó el Espinosa del siglo XI, pero no se conoce en toda
la Edad Media panteísta más metódico, sugestivo y profundo.
De La fuente de la vida copió literalmente cuanto quiso
el arcediano de Segovia Domingo González, conocido por Gundisalvo. [76]
El gabirolismo en que se ha visto la coniunción entre las doctrinas
hebreo-alejandrinas y las platónico-cristianas, influyó en Avempace y en
Tufail, algo entre los suyos, pero más profundamente entre los filósofos
cristianos.
Sem Tob Falaquera, discípulo de Gabirol, compuso un florilegio de La
fuente de la vida.Escribió además El investigador, en que
presenta a un joven preguntando a un asceta cuáles serán los mejores guías para
marchar por la senda de la virtud y éste le designa los mejores concediendo el
primer lugar a Gabirol.
En las sinagogas de Toledo se había desencadenado un viento de
ignorancia y de fanatismo contra la labor filosófica y especialmente contra la
obra de Gabirol, que duró mucho tiempo, después de fallecer el filósofo. El
reproche mayor asestado a la doctrina del egregio andaluz, consistía en el
carácter universal y humano de sus enseñanzas. El estrecho criterio de los
toledanos se manifestó en las censuras de Abrahám ben Daud cuando escribió:
«Gabirol pretende resolver únicamente una cuestión de filosofía y no especial
para nuestra comunidad, sino perteneciente a todos los hombres.»
No obstante, la superficial refutación de Daud muestra el eco que
logró La fuente de la vida y él mismo lo confiesa diciendo:
«No vituperaría sus palabras si no hubieran producido el reflujo de extravío en
nuestra aljama, que, como ninguno ignora, se ha producido con su libro.»
Entre los religiosos exaltados figuraba el poeta Jehudah
ben-Samuel-Ha-Levi (¿1085?-143).
La inteligencia de Jehudah-Ha-Levi no era tan poderosa como la de
Gabirol, y se opuso a la dirección filosófica señalada por el pensador andaluz.
Jehudah escribió el Khozary, si se confirma su controvertida
paternidad, diálogo entre el rey de los kázaros y su pueblo, uno y otro
convertidos al judaismo en el siglo VIII. Dios comunicó en sueños al rey que
sus intenciones le eran gratas, mas no sus obras, y entonces el monarca
consulta a tres teólogos, uno [77] cristiano, otro muslim y otro hebreo, y sólo
el último lo deja satisfecho.
Para Jehudah, menos pensador y más fervoroso que Gabirol, goza la
tradición de crédito superior a la filosofía.
Bebiendo en la fuente de Gabirol, el rabino cordobés Abu Amr Iusuf, b.
Jacob b. Saddik, fallecido en su patria el 1149, escribió su Lógica y
su Mikrokosmos. Su identificación con los alejandrinos es
perfecta y cree, con el Maestro, en el alma del mundo.
Algo posterior a Gabirol y obscurecido por el recuerdo, vivió Bechaii b.
Iusuf b. Pakuda, ascético, elocuente y penetrado de las doctrinas neoplatómcas.
No obstante su ascetismo, en vez de exhortar al retiro, recomienda la lucha en
el mundo. En su Obligación de los corazones,dividido en diez
partes, donde trata de teología, teodicea y moral, se advierte el influjo
senequista.
El ilustre filósofo andaluz Moseh-ben-Jehudah, conocido por
Abi-Hamohathikim, padre de los traductores, prestó inmenso servicio a la
cultura hispano-hebraica dando a conocer obras interesantes, entre ellas los
comentarios de Abu-Chemed a Aristóteles, obras de Geometría, las Tablas
astronómicas de Alphragani y la Física latina de Juan Isaac. Escribió Moseh una
obra original de Hidrostática con el extraño título de Se juntarán las
aguas, en que resuelve la cuestión de por qué el mar no inunda la
tierra.
Si una de las columnas de la filosofía hispano-hebrea fue el malagueño
Ben-Gabirol, la otra, no menos sólida e insigue, fue el cordobés Moseh ben
Maimum, conocido por Maimónides (1135-204) primus qui inter hebraeos
nugari desiit. Créese que estudió en Sevilla, porque aprendió del
famoso astrónomo sevillano Geber (Muh b. Yabir b. Afla) y del célebre médico
generalmente conocido por Abenzoar. Fingió ser mahometano por necesidad y,
cuando marchó a África, confesó su verdadera religión. Escribió Maimónides varias
obras teológicas y de medicina, arte que cultivó con brillantez, pues sus
aforismos no [78] alcanzaron menor autoridad que los de Hipócrates, y llegó a
ser médico de Saladino, y otras filosóficas, de que trataré sucintamente. Los
tratados de Maimónides se hallan en hebreo o en árabe, con igual pureza en uno
que en otro idioma.
Maimónides parece destinado a dar unidad a las opuestas direcciones de
la filosofía. Su propósito mira a la conciliación de la Biblia y la Filosofía,
para lo cual, aunque escolástico, combate a veces a Aristóteles. Y como siempre
los ortodoxos desconfían de esas armonías entre la ciencia y la religión,
cuando se popularizó el Moré nebouchim o Guía de los
extraviados, dijo un rabino de Toledo: «Esa obra fortifica las raíces de la
Religión, pero destruye sus ramas». El Moré nebouchim, especie
de Suma teológico-filosófica hebrea, dirigido a los que allá en su conciencia
estiman absurdas o contradictorias las enseñanzas de la Biblia, mas, retenidos
por el hábito de la fe, no se atreverían a abjurar, comprende un sistema de
interpretación bíblica, la teogonía y la cosmogonía, una explicación del don de
profecía, y termina con el estudio de la libertad y la Providencia.
Como Aristóteles a ordenar el contenido de la ciencia después de Platón,
vino Maimónides, espíritu conscientemente dialéctico, a fundar una exégesis
racionalista y encauzar las exaltaciones panteísticas y teosóficas de sus
predecesores.
Sostiene Maimónides la distinción entre la esencia divina y la humana,
exponiendo que las mismas cualidades (la sabiduría, la bondad, etc.) no son en
Dios semejantes a como son en la humanidad. «Y la verdad es esta, que todos los
razonables, cuanto más los otros animales, son cosa que no han ninguna
ocupación, comparándolos a todo el ser, como dice: «Hombre a vanidad semeja» y
«El varón es polilla (Job)... Y aprovecha esta noble cosa a que sepa el hombre
lo que monta, porque no piense que el ser todo es de él, mas el ser todo en
comparación a Dios es ninguno como el nuestro al mundo, cuanto más a Dios».
[79]
Al tratar de la psicología, marca sus disentimientos con Aristóteles, su
maestro. Conserva la jerarquía de inteligencias procurando identificarla con
las categorías angélicas y no resuelve con nitidez el problema de la
inmortalidad del alma. Tampoco se decide sobre el tema de la creación, si bien
parece inclinarse a la creación ex nihilo.
En el Sepher-hamadah (Libro de la Ciencia) trata de la
moral, incluyendo en ella la higiene y la economía, porque no podemos amar a
Dios sin conocerlo, ni conocerlo sin ser dueños de nosotros mismos, por lo cual
debemos cuidar de nuestra salud, casarnos cuando podamos subvenir a las
exigencias del estado y comenzar la caridad por nosotros.
Gozó de tal crédito Moisés Maimónides, que se hizo proverbial la frase:
«Desde Moisés a Moisés no ha habido otro Moisés». Padre, no por lejano menos
legítimo, de Epinosa, ha sido el verdadero creador de la exégesis racional.
No obstante, cuando Samuel ben Thibon tradujo al hebreo la Guía, primitivamente
redactada en árabe, produjo apasionadas discusiones y, alarmada la grey
israelita por el encono de la controversia, se llegó al extremo de que un
Sínodo de Barcelona en 1305 prohibió el estudio de la filosofía antes de
cumplir los escolares sus veinticinco años.
También por este tiempo ganó extraordinario renombre el filósofo
sevillano Jacob ben Thibon. Algunos críticos, y en verdad con sólidas razones,
atribuyen a éste la obra titulada:Enseñanza de los discípulos, excelente
exposición del Pentateuco, adjudicada a Jacob Antolí o a Simeón.
En esta centuria, fecundísima para los trabajos de exposición e
interpretación, se distinguieron Jonah, autor de Lo ilícito y lo
licito, Ley de las mujeres, Puerta de la penitencia, Libros del temor y
comentarios talmúdicos; Josseph Caspi, catalán como el anterior, que comentó a
los filósofos griegos y hebreos y compuso dos diccionarios: uno titulado Tesoro
de la lengua santa y otro Cadenillas [80] de
plata; Jehudah Mosca, que, por mandato del Rey Sabio, tradujo el libro
árabe De la propiedad de las piedras; Bechah bar Moseh el
zaragozano, apologista de Maimónides; Iitshaq, autor de las tablas alfonsinas;
Iitshaq-ben Latiph, teólogo, filósofo y médico; Salomón-ben Adereth, célebre
por el citado decreto que dio en unión de Ascher, prohibiendo el estudio de la
filosofía hasta los veinticinco años y autor de notables trabajos jurídicos;
Bechaii, hijo del alemán Ascher, pero nacido en España y excelente
comentarista, así como sus siete hermanos, y Jedahyah Hapenino, que dio a la
filosofía su Carta, su Examen del siglo y
su Vanidad de vanidades del mundo, obra esta última a que
debió su renombre; a la teología, diversos comentarios, y a los pasatiempos,
las Delicias del rey, explicación del ajedrez.
Jom-Tob bar-Abraham nació en Sevilla en 1380 y fue acaso el más famoso
entre los talmudistas de su centuria. Compuso una apología de Maimónides
titulada Libro de la torre fuerte; una recopilación de la Ley
de Maimónides que llamó Libro de memoria: otra obra muy bien
pensada, Las novelas, nuevas exposiciones de algunos tratados del
Talmud; una exposición de laspraschas de la Ley con el
título de Corona del buen nombre y, en fin, los Estatutos
judiciales,concienzudo trabajo de orden jurídico destinado a la recta
administración de la justicia entre los hebreos.
No continuó menos fecundo el siglo XIV, pues registra entre sus hijos
célebres a Josseph de Toledo, que compuso El gobernador del siglo; a
David de Estella, jurisconsulto, orador y teólogo; a Jehudah-ben Ascher, autor
de dos libros cabalísticos; a David Guedalyah, filósofo y jurisconsulto que
fijó su residencia en Lisboa: a Iitshac Chamjanton, distinguido talmudista; a
Joseph Albo, que escribió sus Artículos contra el
cristianismo; a Schem Tob, médico, filósofo y polemista; a Matathias,
comentarista de los Salmos, y a Selomoh, conocido por el Levita,convertido
después al cristianismo. [81]
Moseh Cordobero ben Jacob (1505?-70), insigne cordobés, nació en 1505, y
sus obras son las más perfectas de cuantas los rabinos escribieron en el siglo
XVI. De filosofía, escribió su Tamarindo de Débora; de
liturgia, tres libros, y de cábala, cuatro. En su obra capital, elParaíso de
los granados, nos revela la clave de la cábala. Él mismo extractó este
libro, cuya fama le valió la jefatura de las sinagogas de Saphet, en otro que
llamó Jugo de granadas, porque era como la substancia de
aquél. Más tarde, completó el Paraíso con el Casco de
las granadas.
Jehudah-ben Thibon, insigne rabino, natural de Sevilla, publicó su Colección
de rubíes o de margaritas, compendio de los aforismos y enseñanza
clásicas y orientales. Este libro se imprimió en Cremona el año 1558. En mi
libro Histoire de la Juiverie de Séville y en mi Diccionario
de escritores hispalenses, trato más detenidamente de éste y de otros
claros rabinos.
Al cerrar el ciclo latino pagano dejamos correr la vena de la
satisfacción, observando que entre el silencio universal del pensamiento
filosófico rebajado a los provechos de la aplicación y limitado al comento de
Zenón y Epicuro, sólo un español daba nota de originalidad dentro del círculo
mental de la época y, rompiendo la rigidez del molde, columbraba el porvenir y
tendía el iris entre el Pórtico y el Calvario.
Aún más fúlgida lontananza nos ofrece el período hispano-semítico. La
reflexión se mueve con perfecta independencia. Las teorías orientales se
metodizan con originalidad y, perdiendo su carácter de exclusión, el formalismo
aristotélico ensancha sus fronteras. El pensamiento español crea escuelas,
influye en los investigadores, extiende sus raíces por toda Europa y abre sus
flores hasta en la misma Suma de Santo Tomás.
Por la altura de las ideas, por la magnitud de los pensadores, por la
trascendencia de las doctrinas, por el sello peculiar y por la comunidad de
orientación, puede a mi juicio afirmarse que en tan gloriosa etapa no sólo hubo
[82] filósofos españoles, sino una filosofía completamente nacional, al menos
de aquella parte de la nación que se preocupaba de la filosofía.
En vano que Mr. Guardia, en
otros puntos tan discreto, alegue que esa grandiosa explosión no merece
llamarse española por haber brotado en las razas perseguidas en España.
Perseguidas o no, víctimas de la intolerancia castellana y septentrional,
fieles a una u otra confesión; lo positivo, lo incontrovertible, es que no eran
menos, sino más, mucho más españoles que los visigodos perseguidores, porque en
el Mediodía se fundieron los restos de los primeros pobladores, los
hispano-romanos y los orientales, mientras los reinos semibárbaros de la
llamada reconquista se titularon y fueron la continuación de los visigodos,
jamás enteramente mezclados ni menos confundidos con la población española.
[83]
Capítulo IX
Influencia oriental
Superioridad de la cultura meridional. –Academias andaluzas. –Colegio
toledano de traductores. –Juan Hispalense. –Gundisalvo. –Mauricio. –Conquista
de Sevilla y su decisiva influencia en la Historia y en la cultura cristiana.
–El Libro de los doce sabios. –Flores de Philosophia. –Poridad de Poridades.
–Barlaam y Josafat. –Bocados d'oro. –Otros libros análogos. –Libros
astronómicos. –Virgilio Cordobés. –Alfonso Martínez. Alfonso de la Torre.
La superioridad intelectual del Mediodía sobre la región septentrional,
dio al Sur indiscutible predominio hasta fines del siglo XIV. No tenían los
cristianos otra fuente de información que la enciclopedia isidoriana, ya
insuficiente al cabo de varios siglos; pero, sobre la propia obra del genio
oriental, se nutrían los hispano-semitas de la ciencia helénica, para los
cristianos apenas traslucida en mejores o peores compendios, más completa y
enriquecida con comentarios.
Mucho contribuyeron a difundir los conocimientos del Oriente los
maestros de la Academia de Córdoba, Sevilla y Lucena, cuando Alfonso VII los
acogió en Toledo, donde a mediados próximamente del siglo XII se instituyó el
Colegio de Traductores. Las dos figuras del Colegio fueron Juan Hispalense y
Domingo Gundisalvo. Era Juan hombre de clara inteligencia y versadísimo en las
ciencias exactas. «La primera obra original de Álgebra (y que ha [84]
permanecido inédita)... fue escrita por Juan de Sevilla o de Luna, el
Hispalense(Algorismus sive practica Aritmetica), escribe Mr.
Montucla en el tomo II de su Histoire des Mathématiques (1758)
y repite D. Pedro A. Berenguer en su excelente artículo inserto en laRevista
Contemporánea (Abril, 1900). Al sabio converso se debe además las
traducciones de Avicena, de Al Gazal y de Abicebrón y extractos de libros de
Astronomía, Artes Mágicas y Frenología (De Physiognomia), embajadores
del pensamiento oriental. Nunca la entonces menguada ciencia de Occidente le
agradecerá bastante el progreso debido a su provechosa colaboración.
Merced a él adquiere importancia el Colegio y, merced al Colegio, Toledo
se convierte en uno de los focos de cultura de la cristiandad. «Los clérigos,
se decía, van a París a estudiar artes liberales, a Bolonia los códigos, a
Salerno los medicamentos, a Toledo los diablos y a ninguna parte las buenas
costumbres.»
Gundisalvo, contagiado de la doctrina filosófica aprendida en las
traducciones de Juan alsermo vulgaris y latinizadas por él,
escribió algunos tratados de materia filosófica y teológica. Tales son De
inmortalitate animae, donde al probar su tesis acoplando los
argumentos inducidos por otros autores, desliza conceptos emanatistas; De
Trinitate, atribuido antes a Boecio, y De processione mundi, inspirado
en los escritos de Ibn Gabirol, aunque atenuando la crudeza panteística.
Insiste Gundisalvo en la prueba física de la existencia de Dios, y al estudiar
losprincipios (materia y forma), sigue fielmente al pensador
hebreo. Todo el armazón de este sistema es francamente panteísta, se niega la
creación del mundo in loco et in tempore; se sostiene la
eternidad de la materia y de la forma, ambas idénticas en la unidad total, sin
que la diferenciación aparezca hasta después. Otros tres opúsculos se atribuyen
a Gundisalvo, De divisione philosophiae, De ortu scientiarum y De
anima. Ninguno pasa de mera versión más o menos libre de al Farabi y
de Avicena. No peca [85] Gundisalvo de original. En sus libros se hallan
pasajes íntegros de S. Agustín, de Boecio, de Liciniano y Severo y de otros
autores. El libroDe Unitate y alguna vez el De Sancta
Trinitate están copiados literalmente de La fuente de la vida,de
Gabirol. Acerca de este punto merece leerse el estudio crítico publicado por D.
Juan Díaz del Moral (Sevilla, 1894).
Como se ve, en esta especulación, poco hay, si existe algo, de original
y nada en absoluto de español, si no se entiende así la imitación de los
filósofos españoles. La obra de Gundisalvo se reduce a una inyección de
semitismo y su valor se ha de medir por el que otorguemos al elemento oriental
en la mentalidad hispánica.
La esfera metafísica en que el autor se mantiene y la escasa difusión de
su libro no permitieron que el emanatismo gundisalvista se propagase por
España. Por idénticas razones, fue también caso aislado el panteísmo de
Mauricio, pensador español de quien no poseemos noticias biográficas, que fue
discípulo de Amaury de Chartres. La inmensa ignorancia de Castilla salvó a la
Iglesia de las perturbaciones que el semitismo pudo haber llevado a su seno.
Las conquistas de Fernando III señalan el punto culminante de la
Reconquista. Sometido el poderoso reino de Sevilla, el de Granada, único
superviviente, debía caer un día u otro. Por esta razón, la restauración de la
monarquía cristiana dejó de ser ya un problema de apremiante actualidad. La
tranquilidad del espíritu pone fin a la fiebre heroica, la Reconquista se
estaciona y comienza la era política de una sociedad que aspira a constituirse.
Al tiempo de Fernando III corresponden varios libros de máximas de
origen oriental. El libro de los doce sabios de la Nobleza y lealtad, nos
presenta a los doce sabios presididos por Séneca, exponiendo cada uno su
opinión acerca de las virtudes que deben adornar a los reyes. Las Flores
de Philosophia, que San Fernando mandó aplicar a la educación de sus
hijos, «fue escogido et tomado de [86] los dichos de los sabios para que quien
bien quisiere faser a si et a su fasenda, estudie en esta poca et noble escriptura».
En este libro se compenetran las enseñanzas cristianas con las orientales.
A la misma índole corresponde el Poridat de Poridades. atribuido
«al philósopho leal Aristotil, fijo de Nicomaco»: la novela mística
indostánica, Barlaam y Josafat; Bocados d'oro,colección
de sentencias morales engarzadas en el relato del viaje del Bonium, rey de
Persia, «por buscar la sapiencia», libro que representa la fusión de las
máximas orientales con las enseñanzas helénicas, y además, cuentos y fábulas
egipcias e indias, que por intermedio de los persas y los árabes vinieron a
España y fueron traducidas, a veces por regio mandato, como elCalila e
Dimna, colección de fábulas sacadas del Lalista Vara, por
disposición de D. Alfonso el Sabio, antes de coronarse, y el Sendebar, novela
india, compuesta por el ingenio así llamado, o libro de los engannos e
assayamientos de las mujeres, por orden de D. Fadrique, hijo también
de Fernando III.
Don Alfonso, en su Grant et general Historia, hace
referencia a otro libro de cuentos, «fecho por un sabio a quien llamaban
Çeael», para enseñanza del rey Mimo, «et semejaua aquel libro al de Calila et
Dinna, ca asy fablaba de sessos, et de enxemplos», acerca del cual emite el
docto Gayangos razonables conjeturas.
Compuso D. Alfonso, en unión con sabios colaboradores, las tablas
astronómicas, generalmente llamadas Tablas Alfonsinas, juzgando
más práctico redactar unas nuevas que corregir las de Ptolomeo. Los nombres de
los pocos astrónomos que coadyuvaron a la redacción de las Tablas y a la
traducción de los Libros del Saber de Astronomía, van
consignados en los trabajos mismos, siendo incierto lo que suele contarse en
los tratados de Historia respecto a la intervención de más de cincuenta
astrónomos nacionales y extranjeros.
Otra manifestación del influjo oriental nos suministra [87] el Virgilio
cordobés (Virgiliis Cordubensis Philosophia). Consultado Virgilio en
Córdoba por varios sabios, afirma la realidad de una causa primera, discurre
sobre el macro y el microcosmos, los planetas, los elementos, la eternidad del
mundo, la naturaleza y fin del alma, los espíritus buenos y malignos, los
íncubos, los súcubos y los graves inconvenientes de la castidad. El códice
conservado en la catedral toledana, corresponde al siglo XIV y se supone
traducido de su lengua original, el árabe, al latín.
El Corbacho o Reprobación del amor mundano, título que
no le puso su autor el arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez, natural de
Toledo, alcanzó rápida boga, quizás por la viveza y desenfado de algunos
cuadros. Es el Corbacho una de las últimas obras en que se
nota el influjo oriental, mas no hay originalidad ni en la doctrina, ni en el
propósito, ni en los medios. Eximeniç en la moral y Juan Ruiz en el humor, son
los modelos que por todas partes saltan a la vista, y los asuntos de los
relatos se toman ya del Sendebar, ya de Calila e
Dimna, ora enDisciplina clericalis, ora en sus propios
recuerdos.
La Visión deleitable de Alfonso de la Torre, escrita a mediados
del siglo XV, cuando ya el clasicismo desterraba el espíritu oriental, pretende
ofrecernos una enciclopedia en forma novelesca con un pie en los Orígenes de
San Isidoro, en las Consolaciones de Boecio y en lasBodas
de Mercurio de Mariano Capella, y otro en los maestros orientales, ora
arábigos como al Gazal, ora israelitas como Maimónides. Tampoco merece encomios
la dificultad del lenguaje, afeado por numerosos latinismos y por lo que llama
un critico «insufrible presunción de su autor». (F. Kelly.)
Nutrida de migajas orientales, toda esta cultura exótica se eclipsa
desde el siglo XIV, cediendo el puesto a las añoranzas clásicas, preludios del
Renacimiento. [88]
Capítulo X
Estados cristianos del Norte hasta el siglo XIV
Heterodoxias. –Migecio; desconocimiento de su doctrina. –Elipando y el
adopcionismo. –Beato y Etherio; juicio de su obra. –Prudencio Galindo. –Pedro
Compostelano. –Pedro Alfonso y sus obras. –Alfonso X como filósofo. –Álvaro
Pelagio: importancia de su doctrina.
Los cristianos que no quisieron someterse a la condición de muzárabes o
de apóstatas de la fe, como los muladíes, no tuvieron más remedio que evacuar
el territorio conquistado por los árabes y refugiarse en las montañas del Norte
de la Península.
Bien se comprende que en tal situación y en tiempos tan bárbaros, no
habían de prosperar entre ellos las ciencias ni las artes: pero, sin embargo,
parece que esos cristianos llevaron consigo alguna parte de la cultura
tradicional, derivada de la escuela sevillana.
En la misma dinastía asturiana hemos de buscar la filiación literaria de
las escuelas de Sevilla y Toledo, y los padres del concilio de 811 así lo
reconocen: «Simili etiam modo Toletus totius Hispaniae antea caput
extitit nunc vero Dei indicio cecidit, cuius loco Ovetum surrexit.»
A raíz de la invasión nacieron diversas heterodoxias, ya retoños de las
antiguas, ya con carácter nuevo. Estos movimientos religiosos no han
transmitido a la posteridad más nombre que el del sevillano Migecio. Opinaba
éste que las personas de la Trinidad no eran formas divinas, sino que
representaban personas efectivas [90] históricas distintas de Dios, tales como
David, Jesucristo y San Pablo, doctrina que cimentaba en cuatro pasajes
evangélicos.
Nunca me convenceré de que la doctrina de Migecio consistiese en la
serie de disparates que le atribuye Menéndez y Pelayo (Het. 271-3) tomándolos
de la Epístola de Elipando.
No conocemos directamente los escritos de Migecio, y ocurre con
frecuencia que los impugnadores atribuyan, hasta de buena fe, al adversario
doctrinas que no profesa. Se recordará que los gentiles atribuían a los
cristianos cultos obscenos y los tildaban de adorar una cabeza de asno. Al
nacer con no sospechado vigor el partido republicano federal español, el año
1868, se le achacó el propósito de despojar a los propietarios y repartir todo
linaje de bienes. Al partido autonomista cubano, y antes a los que defendimos
la inmediata abolición de la esclavitud, baldón de la humanidad y de España, se
nos motejó de separatistas. Así se facilita la controversia y obtiene sus
triunfos la alevosía. Si la doctrina migeciana fuese la refutada por Elipando y
condenada con tan groseras frases por el obispo de Toledo, que llamaba a su
autor «fétido, boca cancerosa, fatuo y ridículo, loco, saco de todas las
inmundicias», no hubiera merecido más discusión que el desprecio.
Increpaba Migecio a los sacerdotes, pues si se llamaban pecadores,
siendo santos, mentían, y si eran pecadores, no debieran acercarse al altar.
Las ideas de Migecio fueron combatidas en libro lleno de ultrajes personales
por el mitrado de Toledo, Elipando, que no debió de poseer gran ciencia
ortodoxa, cuando desliza proposiciones adopcionistas, llegando más adelante a
ser condenado por hereje. El adopcionismo o suposición de que Jesucristo en
cuanto hombre era hijo adoptivo de Dios, tomó en España el nombre de felicianismo por
haberlo iniciado el obispo de Urgel, Félix, creído francés por algunos, pero
positivamente español. Sostenían los [91] adopcionistas españoles la unidad de
personas en Cristo, distinguiéndose en esto de los orientales; sólo que
llamaban a Jesucristo hijo natural de Dios según la Divinidad y adoptivo según
la humanidad. Félix convirtió a Elipando y éste a Ascario, acaso obispo
bracarense, conquistando muchos prosélitos por las regiones cantábricas. La
esencia de la doctrina nos es conocida por el fragmento de una carta de
Elipando a su discípulo el abad Fidel, que reproduce Beato en su Apologético.
Este libro fue redactado por Beato y Heterio para rebatir la carta de
Elipando (1). Empieza el libro con un prólogo del P. Flórez, de 48 páginas;
siguen los comentarios del Santo sobre el Apocalipsis con 575 páginas y termina
con un índice alfabético rerum et verborum.
{(1) Sancti Beati Presbiteri Hispani Liebanensis, in Apocalipsim
ac plurimas Utriusque foederis paginas, commentaria; ex veteribus non nullisque
desideratis, Patribus millee retro annis collecta, nunc primum edita Opera et
studio R. P. Doct. Henrici Florez, in Academia Complutensi Cathedra Divi Thomae
quondam moderatoris, et in suo Augustiniano Ordine Hispaniarum et novi orbis Ex
assistensis.Matriti 1770.}
Ambos prelados impugnaron la herejía de Elipando; pero, si consiguieron
el laurel de la ortodoxia, dieron «en su lenguaje y estilo no insignificante
testimonio del doloroso estado a que se veía reducida la antigua cultura de las
Españas». Pensando, como aún opinan autores superficiales, que el verso no es
la forma de la poesía, y cayendo en el absurdo de que puede escribirse la
poesía en prosa y la prosa en rimas, introducen, siguiendo a Cixila y otros,
tan ridículo ornato en sus cláusulas y construyen una prosa adulterada e
insoportable. El fondo de la argumentación es en concepto de Menéndez y Pelayo
indestructible, mas el autor de Los Heterodoxos me perdonará
si no siento fervoroso entusiasmo y, sin negar lo que posee de sólido, me
parece, con frecuencia, altisonante, afectado y más retórico que dialéctico.
Dígalo si no [92] aquel párrafo de «Dios lo afirma, lo comprueba su Hijo, la
tierra temblando lo manifiesta, el infierno suelta su presa, los mares le
obedecen, los elementos lo sirven, las piedras se quebrantan, el sol oscurece
su lumbre; sólo el hereje, con ser racional, niega que el Hijo de la Virgen sea
Hijo de Dios». Esto es pura declamación. Se comprende que Chateaubriand,
después de ver que la creación revela por todas partes a su creador, exclame:
«Solamente el hombre ha dicho: No hay Dios». En la antítesis hay un argumento,
porque el ser racional niega lo que la naturaleza afirma, la existencia de
Dios; mas la naturaleza no afirma ni niega que Jesucristo sea hijo adoptivo de
Dios en cuanto a la humanidad. Y son muchos los párrafos cortados por semejante
patrón. Antójaseme que el ilustre critico redactó con marcada parcialidad esta
parte de su historia, cuando, después de copiar un párrafo de la carta
enderezada por aquellos dos eclesiásticos al arzobispo de Toledo, párrafo que
termina diciendo: «No zozobrará nuestra barquilla, la de Pedro, sino la
vuestra», añade: «En este tono de respetuosa serenidad...»
Además de estos dos obispos, escribió una impugnación del adopcionismo
el andaluz Basilisco.
Elipando se esforzó en propagar el felicianismo y aun «pretendió, afirma
Mariana, enlazar en aquel error a la reina Adosinda», esposa del rey Silo. Al
extenderse la secta por las Galias, rompió Alcuino contra ella escribiendo una
carta a Félix y otra a Elipando. Félix contestó con un extenso libro, del cual
sólo conocemos los fragmentos reproducidos por Alcuino en su contestación, y
Elipando con una Epistola ad Alcuinum ratificándose en sus
convicciones. Félix, parece que abjuró en el concilio narbonense (788 ?), pero
se pone en duda la autenticidad de las actas conciliares.
En el siglo IX Prudencio Galindo, español residente en las Galias, donde
rigió la diócesis de Troyes, poeta, historiador y hagiógrafo, escribió,
terciando en la controversia sobre la predestinación, una larga Epistola
ad Hincmarum [93] inspirada en la doctrina de San Agustín. Como el
eruditísimo Scoto Erigena lanzara en la polémica su admirable libro De
Divina praedestinatione, panteísta y con ribetes de gnóstico,
Prudencio compuso su tratado de De praedestinatione contra Joannem
Scotum. Confirmó sus ideas agustinianas en la Epístola Tractoria.
Sobre las huellas de la escuela isidoriana y recuerdos de Boecio, Pedro
Compostelano a mediados del siglo XII, según Menéndez y Pelayo, o del XIV,
según Bonilla, escribióConsolatione Rationis alternando la prosa y
el verso. No deja de haber en esta obra, cuyo manuscrito, de difícil lectura,
se guarda en la Escurialense, cierta influencia de la filosofía arábiga. Pedro
Compostelano supone que se le aparece en sueños el Mundo y
la Naturaleza en forma de hermosas Jóvenes y le invitan a los
placeres que a cada una corresponde, pero de pronto surge la Razón, más bella y
modesta, la cual se encara con las dos anteriores apariciones y dirigiéndose
luego al autor, le recuerda la enseñanza de las artes liberales, personificadas
en siete hermosas vírgenes, y la felicidad de la práctica de las virtudes
teologales y cardinales. El autor, no sin protesta, se resuelve a abandonar
el Mundo y laNaturaleza, porque la felicidad que
uno y otra pueden granjearle es parecida a la imagen de los sepulcros
blanqueados, según la Razón le recuerda. En esto, los Pecados capitales entablan
una lucha con las Virtudes y la Razón se
erige en arbitro de los contendientes. Es una obra desprovista de originalidad
y de valor filosófico al tenor de las muchas alegorías didácticas que se
componían en su tiempo.
En 1106 el rabino Moseh recibía las aguas del bautismo y con ellas el
nombre de Pero Alonso, después de probar su celo en los Dialogi contra
los errores judíos y sarracenos. Su erudición juvenil en las ciencias
orientales, se puso a contribución del cristianismo en su edad madura. De esta
inclinación brotaron el libro De Scientia et Philosophia y la
famosa Disciplina clericalis, la más [94] importante invasión
del apólogo oriental en nuestra literatura.
En el capítulo anterior he indicado lo poco que de don Alfonso el Sabio
puede notarse en una historia filosófica, no obstante su magna obra de
enciclopedista. D. Alfonso únicamente puede considerarse filósofo en sentido
etimológico, un ávido de saber de todo sin grandes escrúpulos de crítica. Por
eso, como tres ríos que afluyen al mismo lago, recibe en su concepción la
corriente clásica, la oriental y la cristiana. Jamás se planteó el problema del
conocimiento ni intentó escudriñar las primeras causas que su fe religiosa le
presentaba ya resueltas.
En vano se buscará contradicción entre lo que ahora establezco y lo que
expuse en mi discurso Alfonso X polígrafo acerca de la llamada
«filosofía regia», descendiendo del trono a la mente popular, ansiosa de unidad
y de orden. La unidad que enamoraba a D. Alfonso no se refería a la esencia de
las cosas, sino a la esfera de la aplicación. En el Derecho, por ejemplo,
vacilaba su criterio entre la tradición vísigótica-castellana y la clásica,
viva en las escuelas de Bolonia y Padua, buscando, no la unidad, sino la
unicidad que le permitiría regir por un mismo código a sus inquietos subditos
de Castilla y a sus hipotéticos vasallos de Alemania. Demasiada liga de
política para extraer el oro de la pura filosofía.
Se necesita toda la buena intención de Bonilla para incluir en un
programa de la filosofía española, no sólo a D. Alfonso, que algún título
podría alegar, sino las cortes de Sancho IV y Juan II. Semejante propósito da
idea de un acendrado patriotismo, pero equivale a querer sacar agua de una
peña, no poseyendo la varita de Moisés.
Don Álvaro Pérez, más conocido por Álvaro Pelagio, ilustre escotista,
nació a fines del siglo XIII. Su excelente libro de Planctus ecclesiae alcanzó
extensa reputación. Escribió además la Apología Sum. Pont. joannis
XXII, a quien representó como Nuncio en Portugal, y la Summa[95] Theologica. Su
justa fama le elevó al episcopado de Silves, en el Algarbe, y acaso por esta
circunstancia figura como portugués en el Dictionnaire Historique. Otros
biógrafos lo han considerado gallego, mas Ortiz de Zúñiga nos informa que nació
en Sevilla, donde vivía su familia, oriunda del NO., y donde quiso ser
enterrado, según consta de su testamento. Falleció en 1349.
«Está el testamento, escribe el docto analista, en el archivo de las
Monjas de Santa Clara en una piel de pergamino, otorgado en Sevilla a 29 de
Noviembre con dos codicilos, uno a primero y otro a 4 de Diciembre de este año,
todos llenos de cláusulas y legados de gran piedad a su Iglesia, a Hospitales
de su obispado y Sevilla, a las órdenes de la Merced y Trinidad para Redención
de cautivos, al Monasterio de Santa Clara de Moguer y al de Santa Clara de
Sevilla, en que se mandó enterrar y yace dentro de la clausura de las Monjas en
túmulo alto, su cuerpo entero e incorrupto con respeto de Santo. No consta el
día de su muerte, pero sí que fue antes de salir este año. Dexó por sus
albaceas a Dª Elvira, mujer que fue del almirante D. Alonso Jufre Tenorio, y a ciertos
canónigos de su Iglesia; menciona a su hermana Sancha Fernández; a Constanza
Fernández su sobrina, hija de la dicha; a María Alfau, hija de su sobrina María
Alfau, y de Pedro Fernández, y otros deudos, todos sevillanos.»
Que fuera oriundo de Galicia, nada supone; ¿qué cristiano no era en
aquellos días, próximos a la conquista de Sevilla, oriundo del Norte?
La doctrina de Pelagio, formulada para favorecer al Pontificado, asienta
el origen filosófico de las sociedades en la natural propensión humana a la
sociabilidad. El poder reside en el pueblo, aunque sea de origen divino,
pudiendo delegarse en una o varias personas. Coloca la potestad eclesiástica
sobre la civil, cuya legitimidad depende de su reconocimiento por la Iglesia.
Los Pontífices poseen la facultad de inspección sobre los príncipes y aun de
deponerlos, [96] si se rebelasen contra la supremacía de la Iglesia. Se inclina
en pro de la monarquía templada, pero acepta la licitud de la resistencia al
poder, apelando al superior jerárquico, o sea al Papa (invocandum esset
Ecclesiae contra eum) (t. I, p. 56 v.). [97]
Capítulo XI
Cataluña en la Edad Media
Carácter de la mentalidad y de la lengua catalana. –Influjo oriental.
–Los hebreos. –Controversias. –Escolásticos antiguos. –Raimundo Lulio: su
carácter; sus obras. –La máquina de pensar. –Juicio acerca de sus ideas. –El
lulismo: su difusión. –Pensadores lulistas hasta nuestros días. –Antilulistas.
–Injustos ataques del P. Feyjóo y Forner. –Arnaldo de Villanova. –Francesch
Eximeniç y su labor enciclopédica. –Anselmo de Turmeda. –Raimundo de Sabunde:
su misión histórica en la filosofía. –Conocimiento de su «Teología Natural».
–Su vida y sus obras. –Carácter de su doctrina. –Benat Metge. –Los moralistas.
La magnitud de ciertas figuras que frente a la casi completa esterilidad
castellana, ostenta Cataluña, obliga a formar capítulo aparte para esta región
que, no obstante el sello realista y práctico de su literatura, abre con un
gran místico su marcha triunfal en la especulación filosófica.
También merece especial consideración el hecho de ser la lengua catalana
la primera entre las vulgares que sirvió para la filosofía.
Versiones, compendios y florilegios forman en Cataluña, como en todas
partes, las avanzadas de la investigación y, en tal concepto, puede citarse al
judío barcelonés Rabbi-Jahudah Astruch, a quien el rey D. Jaime encargó
de avistar et ordenar paraules des savis et de philosophos. [98]
Con esta obra y con otras análogas se introdujo entonces el semitismo en el
pensamiento y el lenguaje vulgar.
Ignoro si es una versión o arreglo del trabajo de Jahudah, que no
conozco ni espero conocer, el manuscrito escurialense citado por Rodríguez de
Castro, del cual copio este encabezamiento: «Este libro de dichos de sabios e
philosofos e de otros exemplos e doctrinas muy buenas mando trasladar Dn.
lorenço xuares de figueroa maestre de santiago de lenguaje catalán en
castellano e fue trasladado por un Judio su físico». Las autoridades invocadas
en este escrito, afectan varia índole, pues figuran como tales el Viejo y el
Nuevo Testamento, los SS. PP. griegos y latinos, Aristóteles, Catón, Cicerón,
Séneca, Aurelio Menelao, Trogo Pompeyo, Boecio y, aunque las citas de Boccaccio
dan al manuscrito mayor aire moderno, pudieran haberse añadido por el
traductor.
La influencia oriental no se dejó sentir tan intensa en Cataluña como en
Castilla, sin duda porque la civilización arábiga no tuvo tiempo en su breve
estancia para florecer y desarrollarse. Realizó su primer asomo en el reinado
de Ramón Bererguer III el Grande, pero no invadió directamente el campo de las
letras catalanas, sino por mediación del elemento israelita, que, en los siglos
XII y XIII, se desenvolvió con esplendor en los centros rabínicos de Barcelona,
Gerona, Tortosa y Perpiñán.
El gerundense Rabbí Mosehbar Nah Hman (1194-260), Rector y presidente de
Pumbeditah, llamado «el padre de la ciencia», escribió muchos libros mezclando
la teología, la filosofía y la cábala, amén de otros de jurisprudencia y
medicina, y en el mismo siglo XIII Jedahyah Hapenino, ya mencionado, lució
insólitos conocimientos en diversos órdenes científicos asi como el expositor
Rabbí Joseph Caspi, compatriota de Jedahyah, escribió un comentario de Platón y
otro de Aristóteles.
Puntos del influjo oriental constituyen las polémicas del insigne
orientalista Martí, de Raimundo de Peñafort y de Arnaldo Segarra, en presencia
de D. Jaime I, con Bonastruch [99] de Porta, nombre por el cual se designaba a
Moseh bar Nahman, y otros teólogos israelitas. Proporcionaron estas
conferencias, celebradas en 1263, un triunfo más a la intransigencia, a ese
espíritu de barbarie, mancilla de toda opinión, oprobio de toda creencia. El
Papa ordenó a Jaime I que desterrase al sabio hebreo y este venerable exégeta,
alma superior, dechado de moralidad y juicio, tuvo que abandonar su patria a
los setenta y dos años de edad para escribir su admirable Torah, y
morir, en pos de penosísimo viaje, bajo el cielo de Asia. No menos interesante
jalón nos brinda el Libre de la Saviesa, atribuido al dicho
rey, libro que contiene una recopilación de sentencias donde entran con igual
autoridad los filósofos paganos y árabes que los Padres de la Iglesia.
Alcanza el semitismo su apogeo durante el reinado de D. Jaime II, se
traduce la Disciplina clericalis, los Proverbis
arabichs, el Kozary, numerosos libros orientales
anónimos y por doquiera se nota el ascendiente de Avicena, al Gazal, Maimónides
y Averroes.
Contra la preponderancia semítica y en especial la averroísta, se
irguieron Martí y Raimundo Lulio.
El escolasticismo catalán no reviste singular interés y apenas quedan
algunos nombres de filósofos, ninguno de los cuales marcó honda huella en la
vía del pensamiento. Ni Raimundo de Peñafort, más canonista que filósofo, con
sus numerosos tratados latinos; ni Francisco Bacó, a quien sus contemporáneos
apellidaron el Doctor Sublime, ni ninguno de esta época merece
más que la mención de su nombre, pues nada original y propio dejaron en pos de
sí.
Contra el averroísmo lanzó el dominico Ramón Martí a mediados del siglo
XIII su Pugio Fidei, cuya primera parte forma una teodicea
escolástica expuesta con cierta libertad y poniendo a contribución argumentos
extraídos de los orientales, incluso de al-Gazal, así como la segunda y tercera
se encierran en la mera teología. Algunos han estimado que la obra de Martí
dejó sentir su influjo en la Summa contragentes, del Doctor
Angélico. [100]
Lleguemos ya, con Ramón Lull o Raimundo Lulio, al apogeo de la filosofía
catalana.
Raimundo Lulio, a quien Giordano Bruno tenía por «ingenio divino», es
por todos conceptos la imagen de su tiempo.
Nació en Palma de Mallorca en 1234; después de juventud borrascosa, se
separó de su mujer, cuidando de asegurarle su subsistencia, y puso fin a los
escándalos metiéndose a fraile y consagrándose al estudio. Empeñado en
convertir a los mahometanos, aprendió el árabe; fue maltratado en Túnez; fingió
convertirse al mahometismo para catequizar a un sabio musulmán, a cuya
generosidad debió la vida cuando se descubrió el engaño, y, en fin, sufrió el
martirio en Bugía a los ochenta años de edad.
De las innumerables producciones de Lulio, no se ha logrado aún formar
catalogo completo.
La exaltación de su carácter abrió a la filosofía cristiana española la
gloriosa vía del misticismo en el Libre del Amich e del Amat. Abarcando
en el foco de su genio elementos de espacio y de tiempo, la filosofía luliana
ostenta cuatro caracteres simultáneos: es a la vez mística, popular,
enciclopédica y artística. Además, posee una pronunciada inclinación
catequista, norte que guía toda la vida y la producción de Lulio. Jamás sus
obras prosadas carecen de finalidad docente. Siempre se siente apóstol el Doctor
Iluminado, pero gusta de moldear la exposición en formas artísticas,
aprovechando el símbolo, el apólogo, el esquema, la alegoría, el diálogo,
&c.
La levadura artística se refuerza en algunos tratados al punto de
incidir en novelas didácticas, cual sucede en el Libre del Gentil e los
tres Savis, primitivamente escrito en árabe, grandioso alarde de
tolerancia religiosa, donde un hebreo, un cristiano y un musulmán, contraponen
con urbanos razonamientos las excelencias de sus respectivas confesiones; en elBlanquerna, trascendental
utopía filosófico-cristiana, donde espigó D. Juan Manuel; en el Libre
del Ordre de Cauayleria, complemento del pedagógico [101] del Blanquerna, y
en el Libre apellat Félix de les maravelles del mon, relato
mere-episódico en cuanto novela, pues se reduce a que Félix de todas las
maravillas que embellecen el mundo saca motivo para adorar a Dios.
Eclípsase el elemento artístico y auméntase el sentido generalizador en
el Libre de la Contemplació, enorme enciclopedia ascética,
trabajo importante por el asunto, por el lenguaje y por su carácter sintético y
popular. De esta obra, «senyora y majora» de la producción luliana, escrita en
árabe, hízose a mediados del siglo XVIII una traducción al «romanç vulgar».
Imprimióse esta versión en 1911, por ignorar la Comissió editora la
existencia en la Biblioteca Ambrosiana de Milán de otro texto mejor que todos los
conocidos fechado en 1280. Parece probable que la transcripción contenida en
este Codex princeps se ejecutara bajo la inmediata inspección
del mismo Lulio.
Según el proceso lógico dibujado en el Libre de Contemplació en
Deu, los objetos sensibles sirven al entendimiento de escala para
pasar a las cosas intelectuales. El hombre debe estudiar todas las cosas en sí
mismas, incluso la esencia divina. «Qui vol apercebre, Sényer, ni
encercar la vostra divinal natura, en la vostra substancia divina la porá milis
apercebre que en les creatures, car la Cosa milis se demostra per sa natura
metexa que per altra.»
Al enfocar las relaciones entre la fe y la razón, después de trazar un
esquema de la fe y sus formas y de la razón y las suyas, en los brazos de una
cruz, cuyo árbol perpendicular contiene un resumen del Símbolo de la fe,
establece que la fe puede estar en el hombre en potencia, en acto y de una
«tersa manera, mijansera entre la fe potencial e la fe actual». La razón
también puede ser potencial, actual o mixta, pero tiene una cuarta forma que se
halla entre la potencia racional y la sensitiva. «La quarta manera de raó es
com la racional potencia es serva e sotsmesa de la potencia sensitiva e la
sensitiva es dona della.» Y añade pintorescamente: «Aquesta raó aital se
demostra en falsa forma, axí como lo bavastell (estatua) [102] qui demostra
semblansa d'ome e es fust e pintura: on adoncs la raó no usa de sa propria
vertut e per assó pren falsa forma. Car en axí com lo foc e l'aer en lo plom
qui cau a avall se mouen a avall per la natura del plom qui es compost en major
quantitat de terra e d'aigua que no es de loc e d'aer, en axí la rao, qui es
serva de la sensitiva fa so qui es de natura de la sensitiva e no pot fer de so
qui es de sa propria natura dementre que es serva.» Fe y razón mueven al alma
para servir a Dios, porque «com fe e raó ajen tanta de noblea et tanta de
vertut en si, doncs benahuirats son aquells e aquelles qui son en vera fe ne
qui usen vertaderament de lur potencia racional.»
Como todos los místicos, no cabe en las mallas de la escolástica y pone
al desnudo su artificio en el Ars magna, mediante un sistema
especial de cuadros, en que se representan todas las combinaciones posibles de
la inteligencia humana. La empresa acometida en esta obra, es nada menos que el
proyecto de una máquina de pensar.
«Por cuanto toda ciencia es de universales, para que por los universales
sepamos descender a los particulares y dar razón de ellos, por eso se siguen
los universales escritos abajo, para que el entendimiento pueda por ellos
exaltarse en todas materias.
Los principios del arte general son nueve y también las reglas son
nueve, como se ve en la tabla siguiente:
|
Principios |
Cuestiones |
Sujetos |
|
B. Bondad |
¿Si es? |
Dios |
|
C. Grandeza |
¿Qué es? |
Ángel |
|
D. Eternidad |
¿De qué es? |
Cielo |
|
E. Poder |
¿Por qué es? |
Hombre |
|
F. Sabiduría |
¿Cuánto es? |
Imaginativa |
|
G. Voluntad |
¿Cuál es? |
Sensitiva |
|
H. Virtud |
¿Cuándo es? |
Vegetativa |
|
I. Verdad |
¿Adónde está? |
Elementativa |
|
K. Gloria |
¿De qué modo y |
Instrumentativa
[103] |
|
Principios |
Reglas |
Virtudes |
|
B. Diferencia |
Posibilidad |
Justicia |
|
C. Concordancia |
Quiddidad |
Prudencia |
|
D. Contrariedad |
Materialidad |
Fortaleza |
|
E. Principio |
Formalidad |
Templanza |
|
F. Medio |
Cuantidad |
Fe |
|
G. Fin |
Cualidad |
Esperanza |
|
H. Mayoridad |
Temporalidad |
Caridad |
|
I. Igualdad |
Lugarilidad |
Paciencia |
|
K. Minoridad |
Instrumentalidad. |
Piedad |
|
Vicios |
Opuestos de los |
Opuestos de las |
|
B. Avaricia |
Malicia |
Injusticia |
|
C. Gula |
Pequeñez |
Imprudencia |
|
D. Lujuria |
Privación del
bien |
Debilidad o
flaqueza |
|
E. Soberbia |
Impotencia |
Destemplanza |
|
F. Pereza |
Ignorancia |
Infidelidad |
|
G. Envidia |
Aborrecibilidad |
Desesperación |
|
H. Ira |
Vicio |
Odio del prójimo |
|
I. Mentira |
Falsedad |
Impaciencia |
|
K. Inconstancia |
Pena |
Impiedad |
|
Opuestos de los |
Opuestos de los |
Los Vicios |
|
B. Liberalidad |
Confusión |
Prodigalidad |
|
C. Sobriedad |
Discordia |
Insobriedad |
|
D. Continencia |
De lo que
concuerda |
Incontinencia |
|
E. Obediencia |
Ocio |
Desobediencia |
|
F. Fervor de
obrar |
Vacuo |
El que obra mal
de |
|
G. Amor del
prójimo |
Inquietud |
Odio del prójimo |
|
H. Suavidad |
Minoridad del mal |
Burla o fisga |
|
I. Testimonio
verdadero |
Desigualdad |
Contradicción de
la |
|
K. Reposo |
Mayoridad del mal
o de |
La inquietud del
ansia [104] |
Rompiendo la costra de la apariencia, sin dificultad nos percatamos de
que no se trata de grosero mecanismo, sino de la eterna sed de una ciencia
única y universal, donde se funden la Lógica y la Metafísica como en la
realidad el Ser y el Conocer «La idea en Dios es Ente... y es el mismo Dios».
Idéntico propósito que después abrigó Fernando de Córdoba, un platonismo
espontáneo, una dialéctica platónica sin conocer a Platón.
Por la fusión del Ser y del Conocer, la Teología y la Teodicea descansan
en la prueba ontológica de la existencia de Dios, y se inicia en su libro De
audito kabbalistico una teosofía cristiana, habitus animae
rationalis ex recia ratione divinarum rerum cognitivus.
No asiste razón a Bonilla para fustigar esa laudable amplitud de miras,
esa alteza de ideal, llamando «absurda confusión de lo real y lo ideal» y
calificando de «monstruosamente ridícula» la gigantesca concepción del pensador
mallorquín. Y con no menor injusticia escribió Perojo: «Que Raimundo Lulio
discurriera sobre la infinita combinación de nombres, no es decir que fundara
un sistema filosófico, pues no hay en él nada que fundamentalmente se separe
del realismo de la época» (Rev. Cont. 1887).
A mi entender, el contenido místico del lulismo procede de la escuela
andaluza iniciada en Córdoba por Ibn Masarria. No sólo lo indica la índole de
la doctrina, sino que lo confirma el hecho de que Lulio no dominaba el latín y
poseía el árabe, siéndole poco familiares los escritores occidentales.
Atribúyese a Lulio extraordinarias previsiones, entre otras, la
invención de la aguja náutica, punto que tocó en Félix, de las
maravillas del orbe y en su Astronomía, así como la
afirmación de la redondez del planeta en su libro Cuestiones resolubles
por el arte demostrativo,estableciendo el principio Terra et mare
sunt sphaericum corpus.
Lulio es, además, una figura interesantísima en la literatura catalana,
porque rompe con la tradición latina y vierte su pensamiento en el idioma
patrio, siendo el primer [105] poeta catalán, por imprimir sello nacional a su
inspiración sin quebrantar bruscamente la unidad de la tradición provenzal, y
de igual suerte procede en filosofía, prescindiendo de citas, desdeñando el
bagaje erudito y tratando de colocarse por su claridad, por sus gráficos, sus
formas novelescas y hasta versificadas, al nivel de la cultura popular cual
exigía su complexión catequista. Y acaso por no invocar autoridades y hablar
siempre por su cuenta, cual si llevara una iluminación interior, mereció pasar
a la Historia con el nombre de Doctor Iluminado.
El lulismo se difundió rápidamente, arrollando la tenaz resistencia
tomista, y aun se percibe en los modernos pensadores. La identificación de la
Lógica con la Metafísica ¿no ofrece un precedente de la filosofía de Hegel?
Estableciéronse cátedras en Palma, en Montpellier y en la misma Roma.
Sin embargo, en Barcelona no las consiguió hasta fines del siglo XV. Las
frondas del arbor scientiae, arrebatadas por el viento de la
admiración, volaban por toda Europa.
Entre los primeros lulistas catalanes se distinguieron Llovet o Luvetus
(†1460), autor de los De Logica et Metaphysica libri duo: Pedro
Daguí, sucesor de Llovet en la cátedra luliana de Mallorca, autor de una Metaphysica, impresa
en Sevilla (1500) y otra en Jaén, primer libro editado en esta ciudad, indicio
de que el lulismo interesó a los filósofos andaluces, y el mallorquín Arnaldo
Descó, que en el siglo XV ocupó la cátedra luliana y escribió Defensoriosde
la doctrina del Maestro.
Tuvo Lulio numerosos discípulos, imitadores y aun plagiarios. No libó
poco en sus obras el inquieto infante D. Juan Manuel ora en El
Caballero y el escudero, que reproduce en esencia elLibro
del Ordre de Cauayleria; ora en el Libro de los Estados, que
no disimula sus analogías conBlanquerna; ora en el Conde
Lucanor, donde se hallan huellas de todos los didácticos, y en
diversos lugares.
Figuran entre sus discípulos un descendiente llamado Antonio Lull
(¿1510?-82). vicario de Besanzon y distinguido [106] humanista; Jaime de Oleza,
jurisconsulto mallorquín, autor de Commentaria super arte Raymundi
Lulli y del escrito De erroribus philosophorum Jacobi de
Olesia contra errores Martini Luteri, que le valió una cariñosísima
felicitación de León X; Arnaldo Alberti, que en el siglo XVI escribió Commentaria
Super Artem Magistri Raimundi Lulli, y el erudito, poeta y filósofo
sevillano Alonso de Proaza, editor de la Celestina, que imprimió:Disputatio
Raimundi Lulli et Homeri Saraceni (1510), al cual siguen en el mismo
volumen los tratados lulianos Disputatio quinque hominum sapientum (1510)
y De demonstratione per aequiparantiam, y en 1512 publicó
el Liber correlativorum innatorum de Lulio, de cuya doctrina
se convirtió en fervoroso propagandista.
No sé si contar a Pedro Ciruelo, canónigo fallecido a mediados del siglo
XVI, entre los peripatéticos o entre los lulianos. Al explicar De Arte
Lulli in Metaphysica sigue el método luliano, lo mismo que en otro
opúsculo sobre Lógica y Física, mas, por otra parte, dio a la publicidad un
compendio de Aristóteles, Prima pars Logicae adveriores Aristotelis
sensus (1519), Paráfrasis de las categorías de Aristóteles (1529) e In
Summulas Petri Hispani (1537), en todos los cuales resaltó el anhelo
de purificar y simplificar la escolástica.
Pedro de Guevara, sacerdote a cuya pericia entregó Felipe II la
educación de las infantas Isabel Clara y Catalina, entusiasta expositor,
publicó Arte general y breve en dos instrumentos para todas las
ciencias, recopilada del Arte Magna y Arbor scientiae del Dr. Raymundo Lulio (Madrid,
1581) y Declaración muy copiosa para las obras de Raimundo Lulio (1618).
El aragonés Pedro Jerónimo Sánchez de Lizarazo (†1614), deán en
Tarazona, escribióDefensa de la doctrina de Raimundo Lulio (1604)
y Methodus generalis et admirabilis ad omnes scentias facilius et
citius addiscendas, in qua eximii piisimi Dr. Lulli Ars Brevis explicatur (1613
y 19). [107]
Juan Seguí, canónigo y procurador de Mallorca en la causa por R. Lulio,
relató la Vida yhechos del admirable doctor y maestro
R. Lull (Palma, 1606); el presbítero mallorquín Jaime Custurer
(1657-715) escribió Epistola Custureri vitae veteris (R. Lulli)
autenticam probans, &c.; el carmelita cordobés Agustín Núñez
Delgadillo comentó al maestro en su Breve y fácil
declaración del artificio luliano (Alcalá, 1622); Juan de Riera,
franciscano mallorquín, lector de filosofía y teología, con motivo de la
beatificación, escribió Transumptum memorialis in causa pii eremitae et
martyris Raimundi Lulli (Palma, 1627); Francisco Marzal, a quien debe
la bibliografía luliana dos ediciones comentadas del Ars generalis et
ultima (1645) y del Ars brevis (1669) y cumplidas
exposiciones De arte inveniendi medium (1666), Epistolas
familiares pro arte generali (1668), Nova et connaturalis
discurrendi methodus ex principiis artis Lullianae deductae et metamorphosis
logica refórmata(1669), Summa Lulliana (1673), Lectura
super Artem Magnam y Certamen dialecticum: el militar
Alonso de Cepeda, traductor del Libro de la Concepción Virginal de
Lulio y autor de Árbol de la ciencia del Ilustrísimo Maestro Raymundo
Lulio, nuevamente traducido y explicado (Bruselas, 1664), y Damián
Cornejo, que refirió la Vida admirable del ínclito mártir de Cristo B.
Raimundo Lulio(1686). Juan B. Soler dio a la estampa Acta B. R.
Lulli (1708), los capuchinos PP. Tronchón y Torreblanca apologizaron
el Arte luliano y Luis de flandes, de quien se hablará más extensamente,
procuró en su Defensa del caos luliano (1740) y en El
antiguo académico, demostrar la ortodoxia de la doctrina, continuando
la labor del jurisconsulto Juan Arce de Herrera, que había dirigido al cardenal
Federico Borromeo, primo de San Carlos y arzobispo de Milán, una extensa carta
latina en defensa del Doctor Iluminado. Completan la legión luliana el
cisterciense, también mallorquín y acaso el más fiel intérprete del concepto
transcendental del maestro, Antonio Raimundo Pascual, en cuya abundante
bibliografía se halla El [108] milagro de la sabiduría
del B. R. Lulio (Palma, 1744); Vindiciae Lullianae (Aviñón,
1778), con briosa refutación a Nicolás Eymerich; Descubrimiento de la
aguja náutica, de la situación de América, del arte de navegar y de un nuevo
método para el adelantamiento de las artes y las ciencias. Disertación en que
se manifiesta que el autor de todo lo expuesto es el B. Raimundo Lulio (1789); Demostración
del origen del sistema copernicano sacada de las obras del B. Raimundo Lulio; Vida,
virtudes y milagros del B. Raimundo Lulio; De cultu et Scientia B. Lulii ab
ejus obitu, usque ad presentem diem; Opúsculos de Raimundo Lulio traducidos del
lemosin al latín y otros del latín al castellano: otro compatriota, el
franciscano mallorquín Bartolomé Fornés, autor del Liber apologeticus
Artis Magnae (1746); el prelado de Beja, fray Manuel de Cenáculo y
Villaboas, que dio a los tórculos Adversarias críticas y apologéticas
sobre Raimundo Lulio (1752); el canónigo Pedro Bennazar, que casi en
nuestros días publicó Breve ac compendiosum rescriptum nativitatem... (Mallorca,
1868) y Salvador Bové,
el cual en El sistema científico luliano (1908), considera la
doctrina del Doctor Iluminado como la filosofía nacional de Cataluña.
A estos y otros de categoría inferior podría agregarse Las
doctrinas del Doctor Iluminado(1872), por mi ilustre deudo D. Francisco de
P. Canalejas, a quien en cierto modo se juzgaría lulista; los trabajos también
modernos de Weyler y Laviña, Gerónimo Roselló, el Dr. Guardiay la copiosa
bibliografía extranjera.
Fallecido Lulio, se recrudeció la campaña antiluliana de los tomistas.
Llevó la voz el dominico gerundense Nicolás Aymerich o Eymerich (1320-99), a
cuya acerba pluma se debe el Fascinatio Lullistarum, cuajado
de agravios contra la persona del insigne mallorquín, yDialogus contra
lullistas, argumentando en ambos opúsculos con evidente mala fe e
insertando una Bula apócrifa atribuida a Gregorio XI. Su Directorium
Inquisitorum sirvió de pauta ovademecum a los
inquisidores, que en sus folios hallaron [109] la apología del tormento. No
hablemos de su propugnación de la Sede Pontificia sobre el Trono, porque nadie
ha exagerado más el ultramontanismo.
La doctrina luliana encontró también en posteriores tiempos decididos
adversarios, desde Fernando de Córdoba hasta el padre Juan de Mariana y el
judío Isaac Orovio de Castro. En el capítulo XXIII de las constituciones de la
Universidad de Sevilla se lee: «Por último, prohibimos, bajo amenaza de
excomunión, en que por el mismo hecho incurrirán así los que lean como los
oyentes, que de ningún modo se enseñen jamás privada ni públicamente en este
Colegio las doctrinas de los nominalistas o de Raimundo Lulio, las cuales
varían de las verdaderas sagradas y fructuosas y a los ingenios leves de muchos
los perturban, embotan y corrompen. Porque sus sectarios son como aquellos
vanos de quienes dice el apóstol que están siempre aprendiendo y nunca
alcanzaron la sabiduría».
«Raimundo Lulio, dice con su habitual superficialidad y tosco estilo el
P. Feyjóo, por cualquiera parte que se mire es un objeto bien problemático.
Hácenle unos santo, otros hereje, otros doctísimo, otros ignorante, unos
iluminado, otros alucinado. Atribúyenle algunos el conocimiento y práctica de
la crisopeya o arte transmutatorio de los demás metales en oro. Otros se ríen
de esto como de todos los demás cuentos de la piedra filosofal; y finalmente,
unos aplauden su Arte Magna, otros la desprecian; pero, en cuanto a esto
último, es muy superior el número como la cualidad de los que desestiman a
Lulio al número y calidad de los que le aprecian. El arte de Lulio, con todo su
epíteto de magna, no viene a ser más que una especie nueva de lógica que,
después de bien sabida toda, deja al que tomó el trabajo de aprenderla tan
ignorante como antes estaba, porque no da noticia alguna perteneciente al
objeto de ninguna ciencia y sólo sirve para hacer un juego combinatorio muy
inútil, de varios predicados, o atributos sobre los objetos de quienes por otra
parte se ha adquirido noticia. Podrá decirse también que hay algo de [110]
metafísica en el artificio luliano; pero así en lo que tiene de metafísica como
en lo que tiene de lógica, es sumamente inferior a la lógica y metafísica de
Aristóteles. Así la Arte de Lulio, en ninguna parte del mundo logró ni logra
enseñanza pública, exceptuando la isla de Mallorca, de donde fue natural el
autor, por donde es claro que acaso debe esa honra, no a la razón, sino a la
pasión de sus paisanos». Hecho inexacto según hemos visto.
No menos duro en el fondo, si bien con más cultura de forma, añade D.
Juan Pablo Forner: «Lo que no puede negarse es que el talento de Lulio fue en
sumo grado inventor y combinador y que, en mejor edad, acaso hubieran recibido
de él las ciencias y artes algunos auxilios que facilitasen su adquisición o
mejor uso. El convencimiento de la verdad no entra ciertamente en la
jurisdicción de las combinaciones lulianas por más que griten sus sectarios
para persuadirlo. Por su Arte jamás se averiguará la causa del más mínimo
fenómeno (¿Puede existir, me permito preguntar al autor de las Exequias
de la lengua castellana, algo «más mínimo» que otro mínimo?) de la
naturaleza ni se convencerá el entendimiento de la realidad o falsedad de la
mayor parte de las cosas».
En fin, hasta en nuestros días el obispo Torras y Bages en su Tradició
Catalana, sin respeto siquiera a la canonización, le tacha de
utopista, calificando su obra de esfuerzo desesperado e inútil, de algo extraño
al alma nacional de Cataluña. El polo opuesto a la opinión de Bové.
Contemporáneo de Lulio, brilló el médico Arnaldo de Villanova. prudens
et sapiens, vir luminis et virtutis, al cual no puedo aquí tributar la
atención que su varia producción merece. Clasifícanse en tres grupos sus libros
y opúsculos, a saber: teológicos, médicos y alquímicos, clara indicación de que
no se trata de un filósofo, sino de un heterodoxo.
Quince proposiciones extractadas de sus obras sufrieron condenación, y
él falleció a bordo del buque en que [111] marchaba a Roma para conferenciar
con Clemente V. Había pronosticado el fin del mundo para 1335.
Predecesor de Lutero, sólo aspiró, como el agustino alemán en sus
comienzos, a reformar las costumbres de los cristianos y traerlos al estudio de
los sagrados libros, acusando al clero de preferir la Summa a la Escritura. A
esta idea responde su Gladius jugulans thomistas, pero jamás
renegó de las ideas fundamentales del cristianismo: se sentía espíritu
Dei fervens y, como decía Federico II de Sicilia, gelós de ver
Christianisme.
Ilustra el siglo XIV Francesch Eximeniç (†1409), espíritu general que
revistió un fondo escolástico de formas populares e intentó en Lo
Crestiá una enciclopedia para explicar científicamente la vida según
la ley del dogma cristiano. «Buscad allí apologética cristiana; sobre todo en
el Primer libre, filosofía ético-política con defensa del
sistema monárquico paccionado y de las libertades públicas: pero no le pidáis
más. Eximeniç, he dicho en otro lugar {(1) Méndez Bejarano: Alfonso X,
polígrafo.}, os dará mezclada la teología con los conceptos populares en
su Vida de Jesucristo; moral y sociología en su Libre
dels Angels; política en su Doctrina compendiosa; hasta
feminismo en su Libre de las Dones, pues contra la opinión que
había de sustentar Luis de León propugnando la mujer casera y sólo casera,
Eximeniç aboga por la mujer ilustrada; todo en pura y abundante prosa; pero no
se oirá la voz de la Naturaleza ni la revelación de la Historia.»
En el Libre dels regiments de Princeps e de Comunitats, que
forma la segunda parte de Lo Crestiá, aunque muestra amplitud
de criterio defendiendo a los hebreos e infieles poseedores de hacienda en
territorios de cristianos y sosteniendo que los pueblos se gobiernan mejor por
la voluntad popular que «por poder absolut... sens ley e pacte ab los vasalls»,
decae al afirmar, como casi todos los tratadistas sus contemporáneos, que el
Pontífice debe ser «monarcha sobre tot lo mon e aso per dret divinal e temporal».
[112]
Diez años después que Eximeniç sucumbía decapitado en Túnez el
mallorquín Fray Anselmo de Turmeda, franciscano que renegó del cristianismo y
adoptó en África por nombre Abd-al-lah. Dejó un Libre de bons
amonestaments o consejos morales, otro de Profecías (Ms. en El
Escorial) y en su famosa Disputa del asno con fray Anselmo Turmeda
acerca de la naturaleza y nobleza de los animales, expone las
proporciones de los animales; trata de los sentidos corporales, de la memoria,
naturaleza y gobierno de las abejas, avispas y hormigas, y termina reconociendo
la superioridad de la especie humana merced a la inmortalidad del alma.
Este diálogo, traducido al francés e impreso en Lyon en 1548, resultó un
plagio de una narración o apólogo árabe titulado Disputa o reclamación
de los animales contra el hombre. Los místicos de Basora, llamados
Hermanos de la Pureza, lo divulgaron a la vez que otras obras de propaganda y
no se ha conocido en Europa hasta su impresión y la de varios escritos análogos
en el Cairo el año 1900.
En el siglo XV, y ahora, cual otras muchas veces, hemos de agradecer la
revelación a un extranjero, brilla un filósofo español llamado a enlazar el
lulismo con la filosofía renacentista, el barcelonés Ramón Sabunde, nombre que
probablemente seguiría ignorado por los españoles si un eminente escritor
francés de la segunda mitad del siglo XVI, nada menos que Miguel Eyquem de
Montaigne, no hubiera traducido su obra y escrito una apología de su autor. El
azar tomó su parte en la empresa, según el traductor nos informa: «Quelques
jours avant sa mort, mon père ayant de fortune rencontré la Théologie
naturelle de Raimond Sebond, sous un tas d'autres papiers abandonnés,
me commanda de la lui mettre en français... C'etait une occupation bien étrange
et nouvelle pour moi, mais, étant de fortune pour lors de loisir et ne pouvant
rien refuser au commandement du meilleur père qui fût oncques, j'en vins à bout
comme je pus; à quoi il prit un singulier plaisir et [113] donna charge qu'on
le fît imprimer; ce qui fut exécuté aprés sa mort». Y en verdad no debió de
costarle poco trabajo, porque Sabunde no pasaba de mediano humanista y nada
tenía de literato.
Raimundo Sabunde o Sebunde profesó en Toulouse la medicina, la filosofía
y la teología; terminó su obra en Febrero de 1436 y dos meses después, como
quien ha cumplido su misión terrena, sucumbió. La edición primera, o al menos,
la más antigua conocida, de la Teología natural o Libro de las
criaturas, es la de 1484. Dorland redactó el extracto titulado Viola
animae,traducido al español, y Comenio, tan insigne humanista como Dorland,
el llamado Oculus fidei,prohibido en 1707 por la Inquisición
española. También el prólogo de la Theologia naturalis se
prohibió por los padres tridentinos.
¿En qué consiste la originalidad de este libro? Propónese el autor
construir el organismo de las ciencias divinas y humanas, dando de lado a la
revelación y al principio de autoridad. No reniega de ambos elementos, pero
cree que se puede llegar al mismo fin sólo por la razón, y de esta suerte
el convencimiento de los cristianos será más firme e inquebrantable. Su obra
debe considerarse como un ensayo de Ontología o teología racional.
Sabunde milita en el campo de los realistas, aunque no disciplinado, y
procede del lulismo, según delata el intento constructivo a la vez que el hecho
de reproducir las pruebas lulianas de la verdad de los dogmas.
No difiere mucho de Santo Tomás en las cuestiones psicológicas, pero
funda Sabunde el conocimiento, no en las autoridades, sino en la experiencia,
principalmente en la interna. El testimonio de la propia conciencia supera a
todo otro y produce tan íntimo convencimiento, que no se puede rechazar. «Nulla
autem certior cognitio quam per experientiam, et maxime per experientiam
cujuslibet intra se ipsum, principio que refuerza añadiendo: «Así no
tiene necesidad esta ciencia más que del mismo hombre para testigo y prueba de
su certeza, porque es él quien conoce [114] estos medios y no puede dejar de
asentir a las verdades que de ellos se infieren. La constante recomendación de
entrar y habitar en sí nos presenta a Sabunde como un continuador de San
Agustín (in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas) y
del Doctor Iluminado. Por otra parte, parece anunciar el Discours sur
la méthode y hasta vislumbrar a Krause en cuanto establece la
analítica o ciencia subjetiva como obligado preliminar de la suprema intuición
que legitimará el conocimiento del no yo.
En pos de la etapa introspectiva, el espíritu, dice Sabunde, apartándose
de Lulio, debe salir al exterior, leer el libro de la naturaleza, con cuya
instrucción volverá sobre sí y adquirirá más perfecto conocimiento de sí
propio. Liber naturae... omnibus communis et generalis e naturalis...
omnibus patens... quilibet in eo legere potest. La naturaleza le
parece irrecusable. «Las demás escrituras, por santas que sean, pueden ser
torcidas de su verdadero y perfecto sentido; pero ningún hereje hay de secta
tan detestable que pueda falsificar el libro de la Naturaleza.» Intenta
demostrar la existencia de Dios por la llamada prueba moral y pretende no menos
construir una teodicea por el procedimiento psicológico Cognitio de Deo
quae oritur ex propria natura est nobis certior et magis familiaris. Sólo
Dios es infinito y excluye de su esencia todo no ser. Las cosas en Dios son
Dios. El hombre sólo es infinito en potencia y no puede dudar de su
inmortalidad sin equipararse al bruto. Como Dios es uno y trino, el alma, imagen
de Dios, es una y trina en sus facultades, las cuales se distinguen entre sí,
pero no de la inteligencia. El hombre no puede considerar suyo más que una
cosa, el amor.
Puede calificarse el sistema de Sabunde de teología natural ética
sometida al dogma cristiano, aunque opuesto al occamismo en cuanto pide
argumentos a la razón para probar la revelación y representa una reacción
contra el nominalismo.
Desde el tiempo de Ramón Lull, la prosa catalana [115] adquiere su
carácter castizo y popular y el pensamiento nacional, de suyo poco idealista,
no se levantó en el siglo XIV del menguado nivel del empirismo, no obstante el
esfuerzo de los franciscanos y de Bernat Metge, escritor de transición entre el
período catalán y el italiano, que exornó con todas las galas del estilo
sus Quatre llibres de somnis, hermoso diálogo acerca de la
inmortalidad.
Arreció por entonces el anhelo de traducir filósofos extranjeros,
empresa a la cual siguió no exigua copia de moralistas, tales como el jurista
valenciano Domingo Mascó (†1427); el mallorquín Pax con su Doctrina
moral collida de diverses actes, de la cual queda un códice del siglo
XIV y otros de no mayor interés. [116]
Capítulo XII
Idea general del Renacimiento
La Edad media conservó asaz vago recuerdo del clasicismo, por lo cual el
Renacimiento, intermedio entre dos magnos ciclos, es a la vez una reacción y
una liberación.
Un cúmulo de acontecimientos contribuye a la inmensa explosión de vida
que se llama Renacimiento. La toma de Constantinopla por los turcos esparce por
Europa los textos griegos que la cristiandad occidental no conocía; el comercio
se vitaliza, venciendo las distancias, por la invención de la letra de cambio;
la pólvora inutiliza los castillos, y la arquitectura los transforma en
palacios; la castellana se convierte en señora; renace el arte helénico con la
pureza y armonía de sus formas; la imprenta difunde las ideas y el grabado
refuerza la impresión artística; las lenguas romanas se constituyen
definitivamente; el pensamiento quebranta el formalismo escolástico; la
sociedad feudal se hunde; nuevos ideales se levantan, y parece que un soplo de
vida circula por las venas de una nueva humanidad.
En la esfera de la especulación, la evidencia subjetiva se sobrepone a
la prueba testifical y la conciencia se erige en arbitro supremo, ora
dirigiendo su mirada a la luz exterior en que se bañan los objetos y los
fenómenos de la naturaleza, ora escudriñando las intimidades del pensamiento.
Al par que se rompe la unidad católica, se inician las grandes unidades
políticas. La centralización que hoy sofoca, oprime y aniquila la vida de los
pueblos latinos, [118] entonces fue necesidad del tiempo y cooperó al
florecimiento literario, surgiendo las edades de oro en casi todas
las naciones europeas. La unidad política aceleró la marcha unificativa de los
idiomas, la imprenta dilató el radio de acción de los focos culturales, y el
olvido de los dialectos aumentó el aún escaso público de los autores.
La formación definitiva o casi definitiva de las nacionalidades acabó de
determinar el carácter de cada una, y así cada literatura adquirió fisonomía
propia, se individualizó en el concierto de la civilización moderna, y, al
aceptar una misión privativa, se conquistó el derecho a un lugar indiscutible
en la historia de la civilización.
Los peligrosos viajes, los increíbles descubrimientos, inflamaron la
fantasía de la humanidad, abriendo un nuevo ciclo épico ante sus ojos, en tanto
que el renacimiento clásico despertaba el amor a las formas puras y armoniosas
en que debían encarnar los entrevistos ideales de un espléndido porvenir.
Una actividad febril invadió a la humanidad, que tornaba con los
progresos de la madurez a la alegría de la infancia, y religión, ciencia, arte,
industria, organizaciones sociales, estados políticos, todo se vio conmovido y
transformado por el impulso audaz de aquella inmensa renovación; Colón ensancha
la tierra, Copérnico los cielos y Gutemberg la inteligencia. La prensa nivelaba
los espíritus, en tanto que la pólvora nivelaba a un tiempo el territorio y las
clases sociales La propiedad se espiritualizó al convertirse en crédito, y el
palacio artístico y risueño destronó al sombrío torreón y la oscura poterna. La
ciencia se democratizó sacudiendo el hieratismo y descendiendo, como en una
Pascua espiritual, en mil variadas lenguas para comunicarse con los pueblos, y
los nuevos idiomas, al contacto de ideas para ellos desconocidas, se pulieron y
vigorizaron, dignificándose para interpretar las más altas concepciones
humanas.
La prosa adquiere en la Edad Moderna la importancia natural de un
elemento llamado a ser medio común de las [119] inteligencias, a interpretar
necesidades más apremiantes, si no más reales, que la poesía, y a encarnar
aspiraciones antes no sentidas o apenas vagamente vislumbradas.
Con la importancia de la prosa se acelera el conocimiento de ciertos
géneros ya con recursos para más amplio desenvolvimiento. La
Historia se depura con la crítica; la Novela se amplía con todo el movimiento
intelectual y va minando el terreno a la Poesía; la Didáctica se vigoriza en
intensidad y en extensión, viendo aumentarse cada día su público y sus
sacerdotes; la Elocuencia, sepultada en el fondo de los escombros de las
libertades griega y latina, reaparece a los albores de las
emancipaciones modernas, e interpreta el alma de la santa renovación.
El primer efecto general del Renacimiento en Europa fue una alegría
infinita que inundó las almas. Al despertar la naturaleza, encerrada por diez
siglos en olvidada tumba, pareció renacer aquel sincero regocijo de los tiempos
clásicos; pero esta animación no era, como antiguamente, la plenitud de la vida
en un ideal conocido y realizado, sino el fervor de una esperanza que, fundada
en lo conseguido, juzga que todo es accesible a su esfuerzo. Así la alegría del
Renacimiento carece de la serenidad clásica, y muestra la inquieta curiosidad
de una generación acosada por la sed de saber. {(1) Discurso pronunciado por el
autor en la Universidad de Madrid (1905).}
Cansado su pensamiento de torturas, aún estremecida por los terrores
milenarios, Europa volvía el rostro y brindaba sus labios al ósculo fecundante
de la sabiduría clásica.
Roto el troquel de la Edad Media, desangrada una concepción que nada
nuevo podía dar, agotado su contenido vital, de cuerpo presente la exhausta
escolástica, a su lado, más bella y más humana, la vieja sabiduría, semejaba
ser la joven trayendo en su rostro promesas con que reemplazar los desengaños.
Con el remozamiento resurge la ilusión helénica, la [120] mitología
vuelve a hacer presa en la poesía; se espiritualiza el paganismo y se
materializa el cristianismo, cuya ascética severidad se desvanece con el culto
del arte por el arte y el refinamiento de los sentidos. Un ansia inmensa de
saber, de hacer y de gozar invade al mundo. Parece que se redoblan las
palpitaciones de la tierra y un himno triunfal resuena en el espacio. Es, como
decía Gregorovius, una bacanal de la civilización.
El hombre se desposa de nuevo con la naturaleza y la adora con el
recrudecimiento de pasión que acompaña a las reconciliaciones, anhelando
desquitar el tiempo perdido, viviendo en su seno y confiando en su amor.
A la evocación de la antigüedad, renace en Florencia la filosofía
platónica; se pronuncia el nombre del maestro con la misma veneración que
Petrarca había besado el manuscrito de Homero que no entendía. En Roma Pomponio
Leto cultiva su viña ciñendo la toga latina: el cardenal Bembo rehusa leer su
breviario por temor de estragar el gusto de la bella latinidad; los
eruditos se decoran con nombres griegos y latinos, y hasta Eneas Silvio,
exaltado al trono pontificio, adopta el nombre de Pío II en homenaje al Pío
Eneas.
No trata el movimiento renovador de renunciar a una fe incrustada en el
alma por el continuo golpear de diez siglos. Admira la naturaleza, pero quiere
mantenerse en la fe de Cristo; ora hermana los poemas gentiles con el
maravilloso cristiano, ora baraja los filósofos atenienses con los apologistas;
intenta pensar con los Santos Padres a la vez que escribir como Cicerón, mas en
el fondo prefiere las estrofas de Píndaro a los versículos de los Salmos.
Procura revestir el dogma con los esplendores clásicos; mas ¡ah! si la
forma es la posición de la esencia, parece imposible arañar la forma sin clavar
algo la garra en la sustancia del fondo.
Estalló en esta fiera pugna el hambre de saber, y los renacentistas,
olvidados de Santo Tomás, adoraron a Rabelais, que no tenía más fe que la
ciencia. A esta inquietud [121] del ánimo se debió que no copiasen a modo servil
los modelos de la antigüedad, antes bien, imitaron con briosa originalidad,
porque llevaban en las entrañas el principio del libre examen.
A su curiosidad, a su espíritu crítico, debió el Renacimiento su
carácter profundamente liberal, que relampagueó con gallardías de emancipación.
Así Luis Vives apellida a los renacientes libera ingenua, ciudadanos
de la República literaria que vindicaban su libertad. Las energías sociales
sacuden las tutelas que las mediatizaban, se desploma la jerarquía feudal, el
plebeyo ascendió de la gleba al estrado, y el individuo, con mayor conciencia
de su personalidad, se une a la soberanía.
No bastó su médula liberal a sustraer la florescencia renacentista al
peligro iconoclasta. Secta, escuela o partido, toda opinión triunfante se ceba
en el vencido y aspira a borrar su recuerdo. Cristianos y musulmanes
destrozaron las maravillas artísticas del pasado, que, con la belleza de las
formas, parecían insultar su exaltación religiosa. La iglesia bizantina,
enseñoreada del Oriente, persiguió a la Latina, destruyó sus libros, proscribió
hasta su alfabeto, y tanto la Historia antigua como la renaciente hierve de
análogos excesos.
No sólo en el mundo físico se regulan los fenómenos por la relación de
la potencia a la resistencia; también en la esfera espiritual y social todo impulso
se encauza por la oposición de lo existente. Cuando las Universidades,
entregadas a un híbrido ergotismo, se vieron amenazadas por la enseñanza del
griego, alguien alzó la voz de alarma exclamando «Vade retro. El
griego es la lengua de los herejes», y las avanzadas del torrente
se estrellaron en las Universidades a modo de rugiente oleaje, y
las salpicaron con sátiras y protestas.
Como si despertase de horrible pesadilla, Europa se bañaba ebria de
júbilo en la luz de los descubrimientos. Hasta Urania con su veste azul y su
corona estelar, mostrándole un infinito sideral con el cual no veía relación
[122] inmediata, la inducía a suponer ignotas magnitudes, sugiriendo la
sospecha de que todo el Universo era algo más que el escenario de los
terrícolas.
La filosofía reacciona contra la agotada Escolástica, fruto seco y sin
color, desde que, arrancado de su rama, no recibió más savia y hubo de nutrirse
de la que consumiéndose por sus fibras discurría. Se restaura la filosofía
griega, aunque libremente interpretada. El platonismo, la altísima concepción,
rectora del Occidente, que saltó al Oriente y unió dos mundos para
legar la humanidad al cristianismo, no satisfecho de la filosofía posterior,
salió de su tumba para guiar de nuevo la conciencia y resucita a orillas del
Arno, al amparo de los Médicis y por ministerio de Marsilio Ficino, los
laureles de los jardines de Academo, entre las aclamaciones de Erasmo, que
fundía en un arrebato el paganismo y el cristianismo, prorrumpiendo: «¡Qué
felices serían los pueblos cristianos gobernados por Antoninos y Trajanos!»
Supone el movimiento que culmina en el siglo XVI una total renovación de
la mentalidad y de la vida. Su espíritu vertió a raudales la gracia y la
armonía en un arte confuso y desordenado, que se coloreó ante el clasicismo con
rubores de sorprendida modestia. La arquitectura inició el regreso a los
modelos de la antigüedad, y, con amplitud de horizontes, hermanó la línea pura,
símbolo de la severidad griega, con el círculo, genuinamente romano, que
representa una más alta y comprensiva idea de la vida. La escultura arroja las
envolturas o sudarios de la forma humana que concentran toda la existencia en
el rostro, sustituyendo a las imágenes bizantinas aquellas espléndidas madonas
que reconcilian el misticismo con la naturaleza. La pintura inmola el hieratismo,
abismándose en la contemplación del natural. Había sonado la revancha de la
naturaleza sobre diez centurias de menosprecio.
Ofrece el Renacimiento un sagrado connubio de la ciencia con la
inspiración. Todos sus artistas y sus sabios se encadenan entre sí por la
solidaridad de su misión. Al [123] par que se remozan arte y poesía, la
Mecánica fija sus leyes, las Matemáticas y la Cosmografía ensanchan sus
paupérrimos conceptos y Torricelli presiente en misteriosa anunciación el
advenimiento de una nueva edad.
Es el resurgir occidental algo así como el descubrimiento del mundo por
la inteligencia. Hasta entonces orbe y humanidad se consideraban sostenidos o
por el azar o por la mano de la Providencia. Cuando el hombre recobró o
adquirió la confianza en sí, reanudó el hilo de la tradición humana.
Por su amor a la antigüedad y por la solidaridad en el tiempo, dio el
Renacimiento por primer fruto el Humanismo, que llevaba en el alma la sed de
Prometeo y la fiebre de lo bello. Nada arredra a los humanistas, ni en la
especulación ni en la práctica. Por todas las disciplinas acometen sin dividir
el trabajo. Los sabios, convencidos de que elaboran una completa
transfiguración social, se sienten enciclopédicos. Los artistas mismos
promiscuaban en las Artes y en las ciencias. Así, Miguel Ángel, que pintó y esculpió;
así, León Batista Alberti, además de artista, físico, matemático y moralista;
así, el holandés Rodolfo Agrícola, filósofo, poeta, pintor y músico; así,
Leonardo de Vinci, artista, científico e ingeniero que señaló, ya que no los
inventara, el termómetro y el barómetro, las máquinas de vapor y la nueva
comprensión del sistema planetario, en tanto construía las obras hidráulicas
que hasta nuestros días han abastecido de aguas a Milán. Diríase que
reencarnaban los Dioses o que nuevos Titanes habían sorprendido algo más que
los rayos de Júpiter, los eternos arquetipos de las cosas.
Italia heredó dos veces el alma de Grecia. Al conquistar aquel suelo
sagrado, libó y universalizó su asombrosa cultura, y en el siglo XV, cuando
Constantinopla, absorta en sueños y distingos metafísicos, se vio sorprendida
por el rugido de la barbarie que conmovía sus muros, Italia recogió de nuevo el
Palladium de la civilización.
Inicia el movimiento Manuel Crysoloras, que a fines del [124] siglo XIV
arribó a Venecia, concha de asilo para los helenos y ciudad que ha hecho más
que ninguna por la difusión de la cultura griega, a demandar, por orden del
angustiado emperador de Oriente, auxilio contra los turcos. Dos jóvenes
florentinos le suplicaron les enseñara la lengua bendita de Homero. Uno de
ellos acompañó al maestro cuando tornó a Bizancio, el otro gestionó que la
República le instara a abrir cátedra de griego en Florencia. Poco después el
docto embajador regresó a la ciudad de los Médicis, llevando consigo los textos
de Homero, Platón y Plutarco; otros eruditos orientales trajeron más códices,
mientras impacientes italianos iban a Constantinopla a procurarse manuscritos.
A fines de la decimaquinta centuria, Constantino Lascaris publica en
Milán la primera Gramática griega para uso de los extranjeros. La filología
engendra una pasión y ésta una revolución. Los príncipes italianos discernían
recompensas a los cultivadores de las letras; los Médicis, los Montefeltros,
acogían en sus cortes a los sabios constantinopolitanos que habían salvado de
la destrucción innumerables libros y tradujeron profusamente obras helénicas;
rivalizan con los príncipes en esplendidez los Municipios; allana el saber los
altos puestos de la República y se instala con Pío II en el trono pontificio;
León X consagra los tesoros por él amontonados y las pingües rentas de la
Cámara Apostólica a satisfacer su amor y entusiasmo por las letras y las artes...
Toda Italia se convirtió en una escuela. De allí salió la llama que
inflamó el mundo y a su luz acudieron las mariposas de la civilización.
Los humanistas se apoderan de las cátedras y hasta fundan escuelas
gratuitas. Cada día les otorga un triunfo sobre la ignorancia. Por doquiera se
alumbran versos, libros y fragmentos perdidos. Parece que ha sonado la trompeta
del juicio y cada biblioteca es una necrópolis de donde se escapan los
olvidados muertos para acudir ante el Tribunal de la posteridad. [125]
Afianzado el humanismo en Italia, sus Apóstoles se difundieron por toda
Europa predicando el evangelio de la Belleza.
Como corriente subterránea que modifica su composición según los
terrenos humedecidos por sus linfas, el Renacimiento hubo de adaptarse a todas
las variantes étnicas, climatológicas y atávicas de cada región. En las
penumbras del Norte, donde la hostilidad del aire, los velos de la luz, la
ingratitud del suelo y la inclemencia del frío obligan a perenne lucha con el
medio; donde el hombre se refugia en el hogar, huyendo de una naturaleza que
sólo puede amar cerrando los ojos y recreándola en su fantasía, debió la
innovación presentar caracteres de agresividad y de interior análisis que
presagiaban el protestantismo; en tanto que en el Sur, donde el hombre sale del
hogar y teme volver a su quietud para no interrumpir la convivencia con el
medio natural, complementario y amigo, revistió el humanismo formas artísticas
y respetó la ortodoxia, a pesar de que su suelo parecía arado para la
disidencia por la guerra de los Albigenses y el prolongado cisma de Aviñón.
Los discípulos de Eneas Silvio invadieron las universidades, las
escuelas, la cancillería y la corte de Alemania. Nicolás Wile traduce el «Asno
de oro» de Luciano; Heidelberg se constituyó en centro de estudios
humanísticos; el influjo llegó a Bohemia, donde Juan Tussek y Rabstein se
afilian a la bandera de la renovación, y alcanza a la Universidad de Upsal,
recientemente fundada, cuyos profesores escribían en latín hasta las crónicas
suecas.
Holanda bordea con Erasmo la heterodoxia y en Alemania descuellan Ulrico
de Hutten, el Démostenes germano; Conrado Pickel o Celtes, director de un
«Collegium Poeticum» y fundador de la Biblioteca Nacional de Viena, y el
doctísimo Reuchlin, acogido con amor en Roma y Florencia, perseguido en
Alemania y salvado por León X de las iras de la Inquisición de Colonia. El alma
de la Humanidad, resurgiendo ex cimeriis tenebris, canta la
Pascua de un glorioso porvenir. [126]
Capítulo XIII
El Renacimiento en España
Filosofía del Renacimiento. –El Renacimiento en España. Albores del
Renacimiento. –Colecciones de máximas. Traducciones. –Exiguo valor de la
didáctica. –El escolasticismo, sus escasos frutos. –Resurrección del
platonismo. –Impulso renacentista.–Nebrija. –El erasmismo: sus apóstoles.
–Alfonso Valdés. –Los antierasmistas. –Luis de Carvajal. –Filósofos y
didácticos de orden inferior. –Juan de Lucena. –El platonismo en España:
Fernando de Córdoba. –Predominio de los españoles en las aulas francesas.
–Pedro Hispano: su influjo. –Tratadistas de segunda fila. –Luis Vives: resumen
de su ideario filosófico, sus dos épocas.
Entre la Filosofía escolástica, opina Víctor Cosin, y la Filosofía
moderna, está la que con justicia podría apellidarse Filosofía del
Renacimiento. Esta filosofía, que no cuenta con ningún genio, imita a la
antigüedad y con la savia ancestral se propone construir el nuevo mundo de la
inteligencia.
Más tarde que en el resto de Europa, se sintió en España la honda
sacudida del Renacimiento, que penetró en la península por dos puertas de
predestinación. Por la región levantina, la mejor preparada por su historia, y
por la floreciente Sevilla, la mejor dispuesta por su mentalidad.
Aquel magnánimo Alfonso V que saludaba con [128] veneración desde lejos
la patria de Ovidio y entraba en Napóles sobre carro de oro como los
triunfadores romanos, que disputaba con los teólogos y celebraba academias en
sus palacios, que gastaba a millares los florines de oro en pagar su sabiduría
a Jorge de Trebisonda, a Crysoloras el joven, a Lorenzo Valla, al siciliano
Antonio Beccadelli, a Bartolomé Facio, a cuantos profesaban con esplendor las
letras, y, al elevar al helenista Giovanni Manetti a secretario suyo, le decía:
«Si es preciso, partiré con vos mi último pan»; aquel rey soñador, poeta y
guerrero que paseaba su corte ambulante de escritores, de sabios y de artistas
sobre las ondas del mar que había aprendido a arrullar costas, promontorios y
playas con los ritmos de la Odisea y la Eneida, trayendo y llevando el verbo de
la renovación de España a Italia, conquistó a Napóles para su corona y dejó
conquistar espiritualmente sus reinos españoles por el genio italiano.
Por otra parte, legiones de extranjeros, franceses e italianos, alemanes
y flamencos, convergían en incesante peregrinación sobre Sevilla buscando en la
opulencia de la primera capital de España el sueño áureo de todos los
emigrantes. Venían entre ellos numerosos genoveses, con los versos del Dante en
los labios y el espíritu del Renacimiento en las entrañas, y a su influjo nació
la escuela alegórica ante cuya bandera, tremolada por Imperial, Ferrand de
Lando, los dos Martínez, Páez de Rivera y el genial Juan de Mena, se rindieron
con armas y bagajes los trovadores de Castilla.
Así como podía decirse que toda Italia era una escuela, los reinos de
Castilla y León semejaban un campamento. Guerras civiles entre los españoles
que juraban la fe de Cristo y los españoles que seguían la ley de Mahoma,
guerras sin cuartel entre los príncipes cristianos, guerras entre los señores y
los monarcas. El horror y el estrépito ahuyentaban las letras. Clero y pueblo
gemían en la ignorancia; en la corte se sabía algo de latín, casi en absoluto
se desconocía el griego y el centro y norte de Castilla apenas [129]
vislumbraban como relámpagos lejanos los fulgores del incendio que abrasaba a
Europa {(1) V. Discurso pronunciado por el autor de esta obra en la solemne
conmemoración del centenario de Antonio Nebrija. Lujosa edición de las EE. PP.
de Madrid.}.
A fines del siglo XIV apunta en España algo así como la aurora del
Renacimiento. Propenden a desaparecer los apólogos y cuentos, y en los libros
de los moralistas se recopilan las enseñanzas de Aristóteles, Cicerón, Séneca y
demás filósofos paganos, en vez de las máximas orientales. Las Vidas de
los filósofos, de Diógenes Laercio, pasando por el latín,
constituyeron el fondo del libro De los dichos y sentencias de los
philosophos, versión castellana de un original latino, y de este libro
copiaron a su sabor Santillana, Fernán Pérez y la mayoría de los tratadistas
castellanos.
Las numerosas traducciones de escritos clásicos peor o mejor hechas en
los días de Juan II se erigieron en modelos indiscutibles, y la prosa,
especialmente la didáctica, se convierte en pobre remedo o en sintaxis latina
bárbaramente adaptada a nuestro idioma.
Reliquia de la tiranía aristotélica, en un códice escurialense escrito
en vitela a fines del siglo XIV, que contiene cuatro trataditos, se halla
traducido del latín, el conocido en la Edad Medía, con el De secreto
secretorum, «el qual compuso el grant philosofo aristotiles por
mandamiento et ruego del grant Rey Alesandre», en que después del «Prohemyo de
un dotor alabando ad aristotiles, el prólogo de iohan, componedor de la present
obra y la epístola enuiada aristotiles», trata de las condiciones que convienen
al rey, se extiende luego a consideraciones higiénicas, terapéuticas y
farmacológicas, y termina con el tema de la justicia y de la ley del rey.
En la primera mitad del siglo XV, el príncipe de Viana tradujo del latín
al dialecto castellano las Éticas de Aristóteles, por no
satisfacerle la versión latina de Averroes, [130] que, a su
juicio, adulteraba el pensamiento del estagirita, ni ninguna otra de las
realizadas en su tiempo, ilustrando su versión con oportunos comentarios, y el
Doctor Pedro Díaz de Toledo, más aficionado a Platón, vertió del latín
igualmente el Fedon, que escribe Fedron, «en
que se trata de cómo la muerte no es de temer», y el Axioco, estimado
apócrifo y, a mi juicio, por el asunto y la forma, debido a algún discípulo de
Aristocles. A ejemplo de Díaz, muchos se ejercitaron en traducir a los maestros
de la antigüedad.
Por esta época abundan las obras de carácter didáctico; pero ni las del
rabi Amer, bautizado con el nombre de Alfonso, ni las de Pedro Gómez, ni el
libro De los consejos y consejero del príncipe, de Gómez
Barroso, ni el de fray Juan García, ni de fray Jacobo de Benavente, ni las
obras de Pedro Pascual, que acaso se redactaron en catalán, ni las demás que se
escribieron, tienen bastante importancia para aspirar a mención especial en los
límites de nuestro estudio.
A un erudito amigo mio pertenece la idea reproducida en una
Enciclopedia, de que, en gran parte, el Escolasticismo español es un sistema
perfectamente nacional y acomodado al genio de la raza, que llevó sus
procedimientos y su dialéctica a esferas tan distintas de la Filosofía como la
poesía dramática y la lírica, y recuerda que Leibniz apreció méritos en ciertos
escolásticos hispanos de los siglos XIV y XV. ¡Fuerza del prejuicio! ¿Dónde
hallar un sistema, no diré sistema, siquiera un pensamiento original? Las
mismas controversias entre realistas y nominalistas que entonces caldeaban los
ánimos de los maestros en toda Europa apenas hallaron un eco lejano y débil en
las aulas españolas. ¿Qué contribución aportó al debate ni a la investigación
de las primeras causas la universidad de Salamanca, única que entonces existía
en el reino? Flatus vocis, citas pedantescas, nada.
Al siglo XIV corresponde Antonio Andrés, minorita, discípulo de Escoto y
llamado elDoctor Dulcifluo. Sin nota original, compuso
comentarios In Quatuor libros [131] sententiarum, a
laIságoge, de Porfirio: al libro Perihermeneias de
Aristóteles, y a su Física y Metafísica (Scriptum
aureum). También escribió notas exegéticas acerca de los seis libros
de los Principios de Guillermo de la Porrée, de las Sentencias de
Escoto y del libro de la División de Boecio, sin señalar su
huella en la senda de la indagación filosófica.
Al expirar la Edad Media, crece el prestigio de Platón, apenas conocido
en España, a expensas del estagirita. Despiértase insaciable sed de verdad y se
busca la solución de los problemas donde se cree poder hallarla. Esterilizada
por huero formalismo y divorciada de la vida, la filosofía medioeval no se
compadece con el reverdecer de las ciencias naturales ni con la nueva idea del
mundo dilatada por los inverosímiles descubrimientos.
El impulso del Renacimiento era irresistible; la joven savia se filtraba
por todas partes, la fiebre se propagó a príncipes y magnates, y notables
humanistas extranjeros, como Pedro Mártir y Lucio Marineo Sículo, que vinieron
a desbastar nuestra aristocracia, surgiendo multitud de humanistas, igualmente
en la Iglesia, como el Arzobispo de Sevilla e inquisidor general Don Alonso
Manrique, y los Prelados de Granada y Osuna, que en el siglo, donde brillaron
el ilustre marqués de Tarifa y adelantado de Andalucía, Don Fadrique Enríquez
de Rivera, gloria de Sevilla y vastago de una familia de literatos y mecenas:
Don Pedro Girón; el marqués de los Vélez; Don Rodrigo Ponce de León; el prócer
sevillano Don Rodrigo Tous de Monsalve, «omni genere doctrinae doctissimus» y
nutrida pléyade de aficionados.
Todo movimiento ideológico o político se personifica en un hombre, y el
renacimiento español encarnó en la gigantesca figura de Antonio Martínez de
Cala y Xarana del Ojo, conocido por Antonio de Nebrija (1441?-522).
Enciclopedista y polígrafo como todos los genios de la época, padre del
humanismo, autor de la medida más exacta de un grado terrestre, historiador,
botánico, [132] teólogo, filósofo, médico, jurisconsulto, «lo mismo, como decía
Luis Vives, podía ser llamado lo uno que lo otro», porque toda la ciencia de su
tiempo fue propiedad suya y no hubo disciplina en que no señalara la garra del
león.
Aunque apenas escribió en materia filosófica más que el Vafre,
dicta Pilosophorum latinis reddita, publicado por su hijo, influyó más
eficazmente que ningún coetáneo en el despertar de la conciencia reflexiva
española, pues con tenaz ardor defendió la libertad científica en su
valiente Apología contra los fanáticos que intentaban
entregarle a la Inquisición, propugnó los principios fundamentales de la sana
crítica y puso en evidencia la ignorancia y mala fe de sus adversarios.
Más hizo por la mentalidad nacional con su poligrafía; con la creación
de la gramática española: con su pedagogía, en que separaba al uso moderno el
libro del profesor del texto del alumno; con la restauración de las letras
clásicas; con sus interpretaciones bíblicas: con sus depuraciones jurídicas:
con sus enseñanzas cosmográficas; con ser el primero que en España explicó
botánica: con sn enérgica vindicación de los fueros de la conciencia y con su
viril ejemplo, que Vives recorriendo universidades exóticas y que todos los
ergotistas y lectores juntos.
No hay revolución a que no preceda un período crítico, y tal misión
cumplieron en España los erasmistas. Tradujeron las obras de Erasmo Alfonso
Fernández Madrid, cuya versión del Euchiridion militi Christi tanto
disgustó a Erasmo; Bernardo Pérez de Chinchón, y el doctísimo arcediano de
Sevilla Diego López de Cortegana, sin contar otras versiones anónimas cuya
misión era la del apetito respecto a la asimilación.
Entre los admiradores de Erasmo formaban Vives; el canónigo Pedro de
Lerma, condenado en 1537 a recorrer las poblaciones del reino abjurando en cada
una de once proposiciones predicadas y obligado por miedo a la Inquisición a
morir en extrañas tierras (1541); el doctor complutense Mateo Pascual, que
sufrió confiscación de bienes [133] por sus dudas acerca del Purgatorio; Luis
Núñez Coronel, de fervoroso escolástico, convertido en ardiente renacentista, y
el profesor Juan de Vergara, que, así como Bernardino Tovar, sufrió prolongada
clausura en los calabozos inquisitoriales, al par de otros escritores tocados
de luteranismo, como Alfonso Valdés. No consta dónde nació este último, ni se
puede afirmar que fuese clérigo. Sí se sabe que, acompañando a la corte,
asistió a la dieta de Worms y que no formó favorable juicio de los
protestantes. En sus conocidas cartas censura con dureza a Lutero, y únicamente
disculpa la exasperación de los alemanes por la reprobable conducta del clero,
lamentando que el Papa no hubiera procurado corregir el desorden.
Vuelto a España, figura con el cargo de secretario de cartas latinas del
emperador hasta 1529. Por esta época se puso en comunicación con Erasmo,
tornándose en tan adicto y fanático secuaz, que aun algunos erasmistas hubieron
de reprenderle la exageración. En 1527, con motivo del saqueo de Roma por los
imperiales, publicó el Diálogo de Lactancio, en que, después
de relatar aquella empresa, traza la apología del emperador, sin ofensa del
Papa, a quien supone engañado por sus consejeros.
Abundan en la primera parte del Diálogo los ataques al clero, se
establece que no existen países peor gobernados que donde manda la Iglesia y se
combate el poder temporal de los pontífices, a título de ser asunto demasiado
mundano. En la segunda parte satiriza la venta de beneficios, bulas, dispensas,
indulgencias, &c., enumerando después los recursos a que apeló la Iglesia
para conjurar el conflicto de la Reforma. Nada nuevo ni original se encuentra
en este Diálogo, mera y servil imitación de los escritos de Erasmo. Aunque no
llegó el Diálogo por entonces a imprimirse, celosos católicos delataron al
autor por hereje; mas como el escrito constituía un panegírico del emperador,
recayó favorable censura y se imprimió, en 1529. Marchó entonces Valdés con la
corte a Alemania y falleció en Viena el año 1532. Por encargo del emperador,
celebró, [134] en unión de su colega Sceppero, varias conferencias con
Melanchton, antes de la Confesión de Augsburgo, que fue
traducida por Valdés al italiano.
No faltaron tampoco contradictores al humanisfa de Rotterdam. Diego
López de Stúñiga publicó unas destempladas Anotationes contra Erasmum (1520)
y otros escritos, verdaderas diatribas que Erasmo calificaba de «atrocísimos
libelos». Sancho Carranza de Miranda, magistral de la Iglesia de Sevilla y
autor del Libellus de alterationis modo ac quidditate (Roma,
1514), escribió con menos erudición y mayor comedimiento que Stúñiga, dos años
después, su libro de controversia teológica, al que dio Erasmo cumplida respuesta,
y al fin se convirtió en admirador del holandés.
Más peligroso adversario halló en el franciscano Luis de Carvajal, cuya
localidad natal se ignora, sabiéndose únicamente que era andaluz, no obstante
que Menéndez y Pelayo tuviera sospecha de que era extremeño, sin decir en qué
pudo fundarla cuando el mismo Fray Luis, en las portadas de sus libros, se
llama terminantemente Beticus, a no ser que naciera en Zafra o
alguna de esas poblaciones andaluzas (extrema Bética) pertenecientes
a la jurisdicción de Sevilla y que en la actual división geográfica se han incluido
en la provincia de Badajoz, pero todo se reduce a pura hipótesis.
Había estudiado y enseñado en París; enviósele al concilio de Trento
como legado del Cardenal Angelus, y es, según Menéndez y Pelayo, una de las
figuras más nobles del Renacimiento español; «el primero en restituir la
teología a sus antiguas fuentes y exornarlas con las flores de las letras
humanas, antecediendo en esto a Melchor Cano». Análogos encomios había merecido
en su tiempo de tan preclaro humanista como Alfonso García de Matamoros. En
su De restituta Theologia (1545), combate las interpretaciones
de Erasmo con amplia y lucida erudición. Pero todas estas discusiones, lo mismo
que la suscitada poco después por el terco y áspero Juan Ginés de Sepúlveda,
[135] se contraen a la estera humanística y teológica, lo cual las priva de
valor intrínseco filosófico, si bien merecen señalarse en cuanto, removiendo la
conciencia, atrayendo la atención hacia temas especulativos y ejercitando los
espíritus para pensar por sí, actuaron a modo de eficaz propedéutica sobre la
soñolienta reflexión y paresia de iniciativa indagadora personal.
Sin sujeción a escuela, aunque nutridos de savia aristotélica, facilitan
la transición a la plena filosofía del siglo XVI algunos pensadores
secundarios.
El carmelita sevillano Francisco de las Casas (1401-70), hombre de agudo
ingenio, escribió un libro sobre El Apocalipsis de San Juan, cuatro
sobre El Maestro de las Sentencias, dos de Questiones
Ordinarias y otro de poesías originales (Muñana). «Su
estilo en la prosa se distinguía por lo elocuente y en los versos por lo
sublime» (Arana).
Su compatriota y hermano en religión antonio Henriquez, dejó cuatro
obras: De paupertate Christi, Diálogo del rico y del pobre, Comentarios
al Maestro de las Sentencias y Sobre los Meteoros de
Aristóteles.
El converso Alonso de Cartagena (1384-456) no tuvo más roce con la
filosofía que la traducción glosada de unos libros de Séneca y dos de Cicerón,
ni tampoco su discípulo Fernán Pérez de Guzmán se atrevió a más alta empresa
que a reunir, con pasividad de coleccionista, dichos y sentencias de Séneca,
Cicerón, Boecio y Brunetto Latini, ornando su labor de mera copia con el
presuntuoso título Floresta de los Philosophos. Dominado por
la tendencia clásica, tradujo a Séneca, si bien parece que vertía del italiano,
pues él no sabía latín o lo sabía mal.
El dominico Juan de Torquemada (1388-468), siniestro apellido, que
parece arrastrar una maldición de antipatía, poseyó el arte de hacer repulsiva
su ciencia, mucho más teológica que filosófica, privándola de todo atractivo y
amenidad y aterrorizando al lector con la sequedad y aspereza de su ardor
polémico. Su contradictor Alonso Tostado (1400-552), tampoco cultiva la
filosofía propiamente [136] dicha, sino sus aplicaciones en Cuestiones
de Filosofía moral,donde estudia las virtudes teologales y cuál sea la
soberana entre las morales, decidiéndose por la prudencia, porque, siendo
«virtud intelectual, e no moral, tiene el entendimiento por subgecto, el cual
es la parte razonable del ánimo, según su esencia; las otras virtudes no son
intellectuales, mas son en el apetito, el cual no es tan noble como el
entendimiento» (c. III). Acendrado peripatético, fustiga siempre que halla
ocasión a los estoicos y senequistas, ora combatiendo sus teorías de las
pasiones (Com. a S. Mateo), ora justificando el temor (ídem), ora
condenando el suicidio (Com. al 1. II de los Reyes). En
los Commentaria in Exodum, sostiene que «la nación no es dueña
del poder soberano, sino mera depositaria». Menos mal que de semejante absurdo
extrae la consecuencia de no considerar delegable el poder.
Rodrigo Sánchez de Arévalo (1404-70), tampoco excede de la categoría de
moralista. SuSpeculum vitae humanae, dividido en dos partes: la
primera para estudiar la vida temporal y la segunda dedicada a la espiritual,
expone las ventajas e inconvenientes de cada estado y modo de vivir. En
su Liber de monarquia orbis recalca la supremacía del Papado
sobre las soberanías temporales.
Ninguna importancia filosófica podemos atribuir a los Commentaria
magistri Petri de Osma(París, 1495), ni a los Commentarii in
ethicos Aristotelis libros (Salamanca, 1496), también del mismo
peripatético, y no sé si consciente heterodoxo, pero condenado por Sixto IV. Al
P. Martín de Córdoba, excelente predicador y teólogo del siglo XV, en
cuyo Jardín de las nobles doncellas se inspiró Luis de León
para su Perfecta casada, debemos el tratado De
próspera y adversa fortuna, minuciosamente descrito por Gallardo.
Al mismo tiempo y al mismo orden de filosofía ascética
corresponden El espejo del alma y el Libro de las
tribulaciones, ambas del agustino Fray López Fernández y desprovistas
de valor en la especulación filosófica. [137]
Sigue larga pléyade de didácticos de segunda, tercera y cuarta fila,
como Fray Lope Barrientos (1382-469), obispo, confesor de Juan II y autor
del Caso et Fortuna, donde predomina el criterio fatalista
del Dormir et despertar y de las especies de adivinanzas; Fray
Juan López, con su Clarísimo sol de justicia y el Libro
de la Casta Niña; Jiménez de Préxame, que dedicó a la reina Isabel
el Lucero de vida cristiana; Fray Juan Dueñas, con su Espejo
de la concienciay Espejo de consolación de los tristes; Fray
Andrés de Miranda, autor del Tratado de la herejía, y el
minorita Fray Guillermo de Rubión, que compuso Disputas en los cuatro
libros del Maestro de las Sentencias.
Preferente lugar se conquistó por la hermosura de su prosa y exquisita
cultura de su estilo Juan de Lucena, cuya inspiración pesimista se desbordó en
las páginas de su Vita Beata(1463), donde al arreglar libros
exóticos, pone cantidad de pensamiento propio. Figura un diálogo entre
distinguidos personajes que estudian el eterno problema de la felicidad sobre
la tierra. Lucena cierra el fondo sombrío de su pensamiento exclamando: «Facemos
tan reprobado vivir, que no sin razón la lengua vulgar lo maldice». Late en
esta producción un sentido democrático y se defiende a los perseguidos
conversos.
Ciérrase con gloria, después de vivir sin ella en cuanto a la filosofía,
el siglo XV con la interesante figura de Fernando de Córdoba (1425-86 ?),
natural de la ciudad cuyo nombre lleva. Dotado de extraordinaria memoria y
dueño de extensísima cultura, poseyendo las lenguas sabias y las orientales, se
presentó en París en 1445, a los diez y nueve años de edad, disputó con los más
encopetados doctores y, como dice en su Diario el ciudadano de París,«produjo
gran espanto, porque sabe más que puede saber la naturaleza humana, supera a
los cuatro doctores de la Iglesia y, en fin, su ciencia no tiene igual en el
mundo». Tan positivo asombro causó a los maestros franceses que lo creyeron el
Anticristo.
Dejando a un lado su extensa poligrafía, concretémonos [138] a su labor
filosófica. Después de ensayarse en su obra De laudibus Platonis y
en la no terminada De duabus philosophiis, et praestantia Platonis
supra Aristotelem por encargo del Cardenal Niceno, emprendió su obra
fundamental, De artificio omnis et investigandi et in veniendi natura
scibilis, tentativa de organización de los conocimientos humanos bajo
un principio superior, ni más ni menos que Krause en el pasado siglo. Combate
con dureza a Raimundo Lulio, sin estimar en la obra del pensador mallorquín más
elemento que el procedente del estagírita y despreciando su aporte personal. En
realidad, es el único de su tiempo que puede llamarse filósofo y alegar derecho
a un lugar en la historia de la filosofía. Cuando las escuelas entendían que
Platón era la antítesis de Aristóteles, mal conocidos ambos maestros, la
sagacidad de Córdoba atisbó que no constituían polos diametralmente opuestos,
sino modalidades diversas, y por ende complementarias del sentido socrático.
Por eso, completa el Parménides con la Metafísica y
busca la unidad suprema del ser y del conocer para constituir la ciencia como
organismo vivo. En tal concepto, puede juzgarse precursor de Fox Morcillo, de
Leibniz y de Krause, que, en el fondo, buscaron la unidad capaz de refundir la
Academia con el Liceo al fulgor de la Unidad que resuelve todas las antinomias.
Yerran, pues, los que han clasificado a Fernando de Córdoba entre los
platónicos. Avanzada del Renacimiento, no podía apartarse del Maestro de toda
la Edad Medía; pero su estudio de Platón y la amplitud de su genio le impedían
sumarse al gregarismo escolástico. Y aún, mistificando acaso un poco el sentido
de los textos, gusta de establecer armonía entre los dos maestros, p. ej. al
tratar de la unidad genérica, dice: «Nam cum apud eam scientiam sit
perspicuum nullam vel quidditatem vel naturam pluribus convenire posse, nisi
per rationem unius cui primo convenit; quod in Aristotele secundo Primae
Philosophiae, et in Parmenide divi Platonis
legimus;...[139]
Fuera de los atisbos señalados, claro se ve que el problema lógico y el
metafísico, genuina esfera del pensamiento filosófico, no interesaron a los
castellanos medioevales y apenas se dibuja una tradición moralista, sin base
científica, sostenida por el sentido estoico. En suma, ningún dibujo de ideario
nacional; sólo comentos y exégesis de escuelas ultrapirenaicas, citas de
filósofos antiguos y de los libros de la Biblia, escolásticos sin relieve y
trasnochados senequistas.
Y acaso la poca elevación del espíritu filosófico explique el increíble
fenómeno de que los maestros españoles dominen en las escuelas francesas en las
postrimerías del siglo XV y albores del XVI, al extremo de que los cartesianos,
en días posteriores, se lamentasen de que «toda la filosofía contemporánea y la
teología militante fuesen netamente españolas», es decir, «aristotélicas y
vulgares».
En todo este movimiento influyó poderosamente el libro de ese nebuloso
personaje ulisiponense, conocido por Pedro Hispano, que unos identifican con el
Papa Juan XXI; otros hacen fraile dominico, sin haber conseguido demostrarlo, y
algunos, como Pedro Ciruelo y D. Juan Pablo Forner, consideran doble, es decir,
un Pedro Hispano profeso en la Orden de Santo Domingo y otro sacerdote, ambos
filósofos. De todas suertes, las Summulae logicales de Pedro
Hispano sirvieron de manual a los escolares, de guía a los maestros y dieron
lugar a profusos comentarios, algunos de tan reputados tratadistas como Jean
Buridan (Sum. París, 1487). Estampan varios historiadores, no
he podido comprobarlo, que los bárbaros versos latinos empleados para
mnemotecnia de las cuatro figuras del silogismo en sus modos legítimos proceden
sin antecedentes de las Súmulas de Pedro Hispano. La doctrina responde al
criterio logicista de la época, siendo la Lógica la alma mater de
todo el conocimiento, según correspondía al escolasticismo cristiano, que no
necesitaba un principio, ya evidente por la revelación. Con todo, [140]
las Summulas no pasan de un epítome de Dialéctica (ars
artium et scientia scientiarum).
Agustín Pérez de Olivano, que denunciaba su naturaleza hispalense
escribiendo al frente de su libro Quem genuit frondens sub campo Baetis
amoeno, fue reputado Maestro de Filosofía en su patria; pero no en
ella, sino en París, imprimió su tratado Sobre los libros posteriores
de Aristóteles(1506).
En aquellos días de decadencia para la Metafísica, no prosperaban sino
filósofos de segundo orden y podían ocupar la primera línea tan modestos
pensadores como algunos de cuyas obras daré sumarísima noticia, aunque por
razones de método invada un poco la jurisdicción del siglo XVI, sacrificando la
cronología en aras de la analogía de ideario. Impresas muchas en el extranjero,
rarísimos los ejemplares con títulos en mal latín que copio, no todos los
cuales he visto ni creo que existan ya, citan los autores:
De relativis atque oppositionibus in propositionibus in quibus ponuntur
relativa (París, 1520);Exponibilia (ídem, 1521); Tractatus
syllogismorum (ídem), reimpreso con correcciones;Oppositionum liber (ídem,
1528) y Tractatus de verbo mentis et Syncategorematicis, del
vallisoletano Fernando de Enzinas.
Termini logicales (Alcalá, 1512) y Quaestiones logice (Salamanca,
1518), de Bartolomé de Castro.
Scripta quam brevissima pariter et absolutissima (Valencia,
1531); Dialecticae Introductiones(París); Expositio in
primum tractatum Summularum Magistri Petri Hispani (París,
1515); Expositio in librum praedicabilium Porphirii (París,
1516); Expositio in librum praedicamentorum Aristotelis cum
questionibus eiusdem secundum viam triplicem: beati Thomae, Realium et
Nominalium (París, 1516);Expositio in libros Priorum Aristotelis (París,
1516); Magnae Suppositiones (París, 1516) y Magna
exponibilia del valenciano Juan de Celaya, Doctor de la Universidad de
París y Rector de la de Valencia. Este último libro se [141] reimprimió en
Toledo, así como el intitulado Insolubilia et obligationes, y
alcanzó gran resonancia.
Parvae divisiones terminorum, libro muy raro, de que posee un
ejemplar la Biblioteca del Noviciado; Parvae Logicalium; Tractatus
exponibilium propositionum (París, 1507); Tractatus
syllogismorum (ídem, 1510); Tractatus de materiis et de
oppositionibus in generali (ídem, 1511);Tractatus de oppositionibus
propositionum cathegoricarum in speciali et de earum aequipollentiis (ídem,
1512); Tractatus obligationum (ídem, id.) y las Quaestiones
in insolubilibus (ídem, id.), del filósofo y matemático Gaspar Lax
(1487-560). Chevalier da el año 1481 por fecha del natalicio de Lax, el cual
explicó en París, esforzándose en contener la acentuada decadencia del
escolasticismo. Alli fue maestro de Dolz, de Vives y de San Francisco de Borja.
Era Lax de tenaz memoria e ingenio agudo, pero no atacó fundamentalmente ningún
tema. En todo se atuvo a la escuela, abusando de las sutilezas y formalismos
propios de la época.
Theoremata super universalia Porphyrii, paráfrasis de
lógica aristotélica, así como Expositio super duos libros
Perihermeneias Aristotelis (Alcalá, 1533), ambos del Dr. Santiago de
Naveros, donde el autor se deleita en las cuestiones de futuris
contingentibus.
Quaestiones logice secundum viam realium et nominalium Praedicabilia (París,
1509); Expositio super libros Posteriorum Aristotelis (París,
1510), distribuida en doce capítulos; el Tractatus exponibilium et
fallaciarum (París, 1511); Rosarium Logices (París,
1517), Dúplex tractatus terminorum (París, 1518), y Liber
super praedicamenta Aristotelis (Alcalá, 1538), del segoviano Antonio
Coronel, rector del Colegio de Montaigu, fundado en París por los franciscanos
y famoso por su falta de higiene, y la sobra de pedicúlidos a que llamaban los
escolares los coraceros de Montaigu. Rabelais en su Gargantúa descarga sus iras
sobre la institución franciscana en el siguiente pasaje: «Señor, no penséis que
yo lo he llevado a ese Colegio de [142] piojería que se liama Montagú; mejor
hubiera querido meterlo entre los andrajosos de San Inocente que no entre tanta
crueldad y villanía, porque mucho mejor trato reciben los forzados entre los
moros y los tártaros, los asesinos en sus prisiones, y muchísimo mejor los
perros en vuestra casa que los desastrados estudiantes del dicho colegio. Si yo
fuera rey de París, que me lleve el diablo si no le prendía fuego y con él
hacía arder al principal y a sus regentes, que cometen a la luz del día tantas
inhumanidades». (L. I., c. XXXVII.)
El Tractatus syllogismorum (París, 1507), del segoviano
Luis Coronel, hermano de Antonio, profesor también en el Colegio Montaigu.
Termini cum principiis nec non pluribus aliis ipsius Dialectices
difficultatibus (París) y Dissertationes super primum tractatum Summularum (1512),
de Juan Dolz, catedrático en el Colegio Lyonés de París y natural del
Castellar.
Termini secumdum viam realium, del maestro Juan Aznar
(Valencia, 1513).
Insolubilia, del valenciano Andrés de Limos (Salamanca, sin año).
Medulla Dialectices, de Jerónimo Pardo, que por encargo del
bibliotecario de la Universidad de París, revisó Jacobo Ortiz para la edición
de 1505.
Novus sed praeclarissimus in Posteriora Analytica Aristotelis
Commentarius (Alcalá, 1529), a que había precedido Prima pars Logicae
adveriores Aristotelis sensus (Alcalá, 1519), del insigne matemático
Pedro Ciruelo, de quien se habló en anterior capítulo, en la primera de las
cuales se acepta la doctrina de las especies sensibles e inteligibles, así
como en la segunda desahoga su antipatía al platonismo en los más iracundos
términos.
Al maestro Francisco de Prado, probablemente sevillano, se debe el Tractatus
de secundis intentionibus, impreso en Sevilla con la Lógica de Pedro
Hispano en 1563. [143]
Pasemos ya a trazar el perfil de una de las más elevadas
personificaciones de la intelectualidad española.
Entre los amigos de Erasmo, sin que pueda llamársele erasmista, figura
el valenciano Juan Luis Vives (1492-540), si español de nacimiento, extranjero
en su mentalidad, como estudiante en París, profesor en Lovaina y preceptor de
la princesa María, hija de Enrique VIII de Inglaterra, y una vez que volvió a
España se casó en Burgos. En vista de tal contratiempo, emigró de nuevo a los
Países Bajos.
Sus obras propiamente filosóficas se reducen a De prima
philosophia, sive de intimo naturae opificio, de carácter netamente
ontológico, y De anima et vita, obra psicológica. Las demás se
reducen a crítica, metodología o filosofía aplicada. Vives atacó rudamente la
idea Nihil novum sub sole, o sea, la creencia de que todo lo
dijeron los antiguos sabios. In pseudo dialecticoscombate sin
piedad el escolasticismo, moteja de bárbara su jerga y compara su enmarañada
dialéctica con «las adivinanzas con que las mujercillas y los niños se
entretienen por diversión»; sin embargo, inspira su doctrina ontológica en
Aristóteles, de quien contadas veces se separa.
La metafísica de Vives, más que en especulación sobre el principio
fundamental, consiste en desbrozar y simplificar su estudio. Así tiene de la
sustancia el pobre concepto del estagirita, que la confunde con la forma y sólo
la estima sujeto determinado y concreto de los accidentes, así llamados por
referirse a ella (accidentia seu accedencia). Lo cual no
impide que ceje y vocifere contra Aristóteles escribiendo: «No nace la
substancia de la privación, como no nacen los juegos Gímnicos de los Olímpicos,
ni el día de la noche. ¿Por qué derivar las cosas de sus contrarios, mejor que
de sus semejantes?»
Hay en las cosas materia y fuerza activa. A las energías naturales
repartió Dios parte de su sabiduría y poder, según los oficios que deben
desempeñar.
En el concepto del alma se aparta del aristotelismo, pues no cree al
cuerpo informado substancialmente por [144] el espíritu, sino cual mero
albergue de éste (Agens praecipuum, habitans in corpore apto ad vitam). Renueva
también el polianimismo de los griegos, que tanto ha perdurado: «En nuestro
ánimo hay dos partes. Una superior y otra inferior: la superior se llamamente, que
(porque nos entendamos) podemos llamar entendimiento, con que
sepamos que esta parte contiene también en sí la voluntad, y
en cuanto entiende o se acuerda o sabe, se sirve y se vale de la razón, del
juicio y del ingenio, de esta parte somos hombres semejantes a Dios, y somos
más excelentes que todos los otros animales.
»La segunda parte, que decimos inferior, está más apegada con el cuerpo,
de donde se le sigue ser bruta, fiera, recia, más semejante a bestia que a
hombre: en la cual hay aquellos movimientos que se podrán llamar afectos,
perturbaciones o pasiones, como son arrogancia, envidia, malquerencia, ira,
miedo, tristeza, codicia de todos los bienes que ella se imagina, gozos vanos y
locos, y otras mil enfermedades. Esta parte inferior se llama también ánimo
aunque por ella no diferimos de las bestias y por ella nos desviamos y
apartamos infinito de Dios, que es libre y exento de toda pasión, turbación y
enojo». (Introd. a la Sabiduría.)
Dios creó los seres para el bien. Todas las cosas poseen una finalidad
de que no se dan cuenta. El hombre es superior a los demás seres, porque tiene
conciencia de su fin.
El verdadero ser reside en Dios, porque nada existe sobre Él y en Él
radican todos los bienes. De aquí arranca su teodicea. No existe beneficio
comparable al de la religión, y claro está que Vives no llama religión sino al
catolicismo, a cuyas plantas arroja la sabiduría:
«Todo el saber humano, comparado con nuestra cristiana religión, es como
cieno y pura ceguedad y locura. Todo cuanto entre los gentiles se lee grave o
prudente, sabia, santa o religiosamente dicho; todo lo que con gran admiración,
con gran favor y grita ellos reciben; todo lo [145] que de ellos se alaba y se
aprende de coro y se levanta hasta el cielo (oh, válgame Dios), ¿cuán sin
comparación más sencilla y llana y descubiertamente, por cuán más derecho y
breve y fácil camino nos lo muestra la cristiana religión?»
«La labor metafísica de Vives, escribe Bonilla, consiste, más que en
otra cosa, en simplificar el estudio apartándolo de las cuestiones inútiles que
lo entorpecen.»
Enfoca el problema lógico distinguiendo tres clases de conocimiento: el
sensible, el fantástico y el racional, por el cual aprendemos la causa y el
modo del nacimiento, crecimiento y fin de los seres.
Lejos de conceder al común sentir la fuerza probatoria que otros
pensadores le otorgan, siente por la conciencia popular la más profunda
despección. «Cerca de lo cual, escribe en su Introducción a la Sabiduría, es de
notar que son dañosas las opiniones del vulgo que con grandísimo desatino juzga
de las cosas. Gran maestro es el pueblo para amostrar a errar. Y con el que con
buena afición sigue el camino de la sabiduría, la mayor pena que tenemos es
ponerlo en su libertad, sacándole de la tiranía de las opiniones populares, si
ya le tienen usurpado el juicio. Tenga primeramente el tal por sospechoso todo
aquello que el pueblo con gran consentimiento aprueba, hasta que con buen tino
torne a pasar por la balanza en que pasan todas las cosas aquellos que las miden
por virtud.» Seguramente, de haber alcanzado nuestros días, no habría sido
Vives entusiasta del sufragio universal.
En la teoría sobre el origen de las ideas, parece probabilista al modo
de Arcesilao y no sale del sensualismo, puesto que sólo por la experiencia de
los sentidos (januis sensaum) nos elevamos al conocimiento de
las causas. Nos vero quoniam experimentis sensuum omnia collegimus,
experimenta vero sunt effectus et actiones, fít ut sic ad causas pervenerimus
(De Pr. Ph. II). Después de tan clara aseveración ¿cómo explicar
filosóficamente el dogmatismo del filósofo valenciano en materia de metafísica?
[146]
El conocimiento de Dios no proviene de ninguna de las tres citadas
fuentes, lo impone la naturaleza, aunque podemos emplear respetuosamente la
razón. En De anima et vita, reconoce la observación interior y
tal acaso fuera el pretexto, pues en realidad no puede estimarse razón, para la
afirmación de que Vives presintió a Bacon, contra la cual protesta Perojo,
exclamando:
«¿Es que es Vives precedente histórico de Bacon?... ¿Cómo puede
deducirse de Vives neoplatónico, Bacon experimentalista? ¿Dónde está, ni es
posible que esté en Bacon la razón universal, llave de la filosofía seguida por
Vives?» (Rev. Cont. 1887).
«Vives, escribe don Nicolás Salmerón, no lleva su sentido más allá de un
concierto, que ni siquiera sincretismo, entre las doctrinas de Platón y
Aristóteles y las de los Santos Padres»(Pról. a Draper).
Más feliz en la crítica que en el ejemplo, pudo Cano decirle: In
tradentis disciplinis elanguit, cum in carpendis erroribus viguisset.
El pensamiento de Vives recorrió dos períodos: el primero, decididamente
escolástico; el segundo, ampliamente neoplatónico.
Por parte de Laverde, Menéndez y Pelayo y Bonilla, se ha exaltado a
Vives hasta excelsitudes en mi opinión exageradas. Otros antes que Perojo y
Revilla, tales como el gran teólogo Melchor Cano; Enrique Esteban en la
«Declamación» con que enriqueció las «Noches áticas» de Aulo Gelio, y Dupin en
su «Biblioteca eclesiástica» muestran el contrario apasionamiento. El P.
Zeferino González estima que Vives «coincide en el fondo con la filosofía
escolástica» y «su filosofía es incompleta, en atención a que casi se reduce a
ciertas cuestiones metafísicas y psicológicas».
Al penetrar en los temas sociales, anatematiza el comunismo que jam
non secta haec est, sed latrocinium y al tratar de los sucesos
contemporáneos, censura a los Comuneros de Castilla y en especial a don Juan de
Padilla, [147] «que con razón fue castigado del Rey», y a su esposa doña María
Pacheco, que lo indujo a la rebelión «por querer mandar en lo que no le venía
por herencia».
En cuanto a la educación de la mujer, opina Vives que la doncella debe
vivir recoleta sin dejarse ver de ningún varón ni salir de casa, sino en
rarísima ocasión y, aun en este caso, acompañada de sus padres o de personas de
notoria experiencia y honorabilidad. Todas estas ideas, tan en pugna con la
concepción moderna, expuestas en la Institutio feminae christianae, así
como las del P. Martín de Córdoba, pasaron a La Perfecta Casada de
su imitador Fray Luis de León.
Vives, que abrió los ojos a la luz de la filosofía dentro del
peripatetismo, imbuido en el espíritu de Erasmo, conmueve en sus cimientos el
vetusto edificio de la escolástica; aunque, menos hábil para edificar que para
destruir, su concepción de la filosofía no llena el abismo abierto por su
crítica. Una misión desempeñó en filosofía y en literatura y no señaló huella
estéril en la historia. La crítica no supone el escepticismo ni la negación,
sino el balance periódico indispensable a toda empresa para continuar su
desenvolvimiento. [148]
Capítulo XIV
El siglo de Oro
§ I
Momento crítico que denota el siglo XVI
La Casa de Contratación y su influencia en la mentalidad hispana. –Las
escuelas filosóficas. –Decadencia de la nación y del pensamiento nacional.
Como esos inocentes que creen sentirse mejor en invierno, cuando se
están intoxicando, porque entonces recogen el fruto del descanso y la copiosa
eliminación veraniega, y se convencen de que les perjudica el estío cuando
están limpiando el organismo de las toxinas que almacenaron durante el invierno
que, de no interponerse la estación calurosa, les hubieran arrastrado al
sepulcro, así se me antojan los panegiristas del siglo XVI, que halló resueltos
los problemas nacionales, al modo imperfecto con que podían despejarse
entonces; descubierta la América, en marcha la ola renacentista, y él, el siglo
áureo, después de aprovechar las energías, las colosales energías que recibió
del XV, envejeció a la mitad de su vida y se deslizó por el cauce de inevitable
decadencia. Compárese lo que recibió de su antecesor con el miserable depósito
que legó a su heredero.
Más que las antiguas universidades, más que la nueva hispalense, influyó
en la mentalidad española la singular institución llamada Casa de la
Contratación, que participaba de Tribunal, de Escuela, de Centro Mercantil y de
[150] Ministerio de Indias. No comprendemos que pueda historiarse la cultura
española sin mencionar este único foco de ciencia positiva existente en nuestra
patria. Y es tanto más útil consagrar justa atención a la célebre Casa, cuanto
que apenas podemos defendernos de las inculpaciones que los extranjeros nos
asestan, acusándonos de haber puesto toda nuestra alma en estudios inútiles, en
amena literatura y a lo sumo en Teología y Ciencias Morales, desdeñando el
conocimiento de la naturaleza y de las artes de inmediata aplicación a las perentoriedades
de la vida. Y tienen razón, si sólo se mira el triste espectáculo de nuestras
Universidades, pero si se dirigen los ojos a la Casa de Contratación, se verá
que no andábamos rezagados del movimiento científico de los centros europeos y
que en muchas disciplinas les igualamos y en no pocas les precedimos.
La Casa de Contratación, que Pedro Mártir de Anglería llamaba con más
propiedad la Casa del Océano, fue creada por Real Cédula de 14 de Enero de
1503, disponiéndose su instalación en los Atarazanas, si bien por otra Cédula
de Junio del mismo año se mandó establecer en el Alcázar de Sevilla.
Por Cédula de 6 de Agosto del mismo año, se creó la enseñanza náutica,
encomendada a Pilotos Mayores de la Casa. A mediados de siglo, se encargó la
dicha enseñanza a Catedráticos de Cosmografía.
Las plazas de Piloto Mayor y de los profesores de Cosmografía se
proveían mediante oposición. La misión peculiar del Piloto Mayor consistía en
examinar e inspeccionar la enseñanza de la Cosmografía y la construcción de
instrumentos, así como en aprobar las cartas de marear, función en que
auxiliaban su labor los cosmógrafos de la Casa.
Estableciéronse cátedras de Matemáticas, materia desdeñada en las
Universidades; Cosmografía, Astronomía, Cartografía, Hidrografía y aun de
Artillería, servidas por los más eminentes profesores españoles y, a veces, por
[151] extranjeros, como el inglés Sebastián Cabbott. Las clases eran
teoricoprácticas y había de darse una lección cada día, siendo obligatoria la
asistencia de los que solicitaban examen.
Figuran entre las expediciones debidas a la Casa, la accidentada
dirigida por Juan de la Cosa para el reconocimiento de la costa de Venezuela,
la de Alonso de Hojeda, la de Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís. La de
Juan de la Cosa al continente, la trágica de Nicuesa, la organizada para Tierra
Firme; la de Solís al Pacífico y a la Especiería; el primer viaje alrededor del
mundo bajo la dirección de Magallanes, asesorado por los pilotos de la Casa
Rodríguez Mafra y Rodríguez Serrano; en fin, la enviada a las costas de Cumana
llevando al frente al inmortal Bartolomé de las Casas, la cual, como
capitaneada por aquel inmenso corazón, se componía sólo de labradores, y
conducía en extraordinaria cantidad herramientas, semillas y plantas vivas,
únicas armas que concebía el futuro dominico para colonizar.
Los expedicionarios, al regresar a Sevilla, debían, ante todo, rendir
cuentas a la Casa de Contratación de los descubrimientos realizados y los
éxitos conseguidos. La Casa consignaba en mapas, que fueron, no sólo los
primeros, sino por largo tiempo los únicos, los resultados de las expediciones.
Además de estas empresas de exploración, se organizaron por la gloriosa
Institución otras enderezadas a llevar a América lo más útil de la fauna y de
la flora hispana. En sus naves envió el trigo, el centeno, la cebada y otros
cereales; plantas aromáticas y medicinales; caña de azúcar; árboles frutales de
Andalucía, como el naranjo, el limonero; numerosas estacas de olivo compradas
en Olivares, y desde Sevilla, en la segunda mitad del siglo XVI, se mandaron a
Italia algunos ejemplares de papas o patatas procedentes del Perú.
No menos contribuyó a enriquecer la fauna americana, que carecía de
animales mansos propios para rediles, [152] establos o cuadras, con el envío de
caballos, asnos, vacas, cabras, carneros, ovejas, y, por iniciativa del
Tesorero de la Casa, se inició en La Española la aclimatación del gusano de
seda.
El docto personal de la Casa prestaba a las expediciones con sus
conocimientos y estudios un inmenso servicio en tiempos en que aún no había
mapas ni cartas marítimas de las regiones recién exploradas y los instrumentos
de observación eran tan toscos e imperfectos. Por esto, como observa Olea, se
requerían grandes conocimientos para el cargo de piloto, sobre todo en
Astronomía y Cosmografía. A los profesores de la Casa se encomendó la formación
de cartas marítimas. Allí se dibujó la primera Carta geográfica del Nuevo
Mundo, y cuenta Angleria que él y el Arzobispo de Burgos visitaron la Casa y
tuvieron «en la mano muchos Indicadores (Cartas-Mapas) de estas cosas; una
esfera sólida del mundo con estos descubrimientos y muchos pergaminos que los
marinos llaman Cartas de marear».
Además, se conservan en Italia dos hermosas cartas españolas,
evidentemente sevillanas, del litoral atlántico del Nuevo Mundo y el Canal de
Magallanes, fechada una de ellas en 1512, las cuales pertenecieron,
respectivamente, a los dos Cardenales, Juan de Salviati y Baltasar de
Casti-glione, que con los respectivos cargos de Legado y de Embajador de
Clemente VII, asistieron el año de 1526 a las bodas de Carlos V, celebradas en
Sevilla. También es sevillana la carta anónima, conservada en la Biblioteca Real
de Turín. Son muy notables las de Chaves, de Zamorano y de Pedro de Medina,
incluida la última en su obra «De las Grandezas y Cosas memorables de España»
(1548).
El de Torreño, pergamino de grandes dimensiones, con trazos en oro y
colores, representando ciudades, bajeles y príncipes, se debe considerar el
primer mapamundi algo completo que se haya dibujado. Aunque no se conserva
entero, basta la parte subsistente para que Harrise, en [153] sus «Estudios
Geográficos», le haya llamado magnificent.
¿Y qué antecedentes podían guiar a estos genios, y digo genios porque
casi todo lo extrajeron de su propia substancia, para imprimir tan ingente
impulso a la cartografía? ¿Los toscos grabados que en los pórticos de las
escuelas brindaban una falsa idea del planeta; los primeros mapas trazados por
los árabes; los anglo-sajones de mediados del siglo XII; el de Marín Sanudo y
el mapamundi catalán, ambos de principios del XIV, imitando a los árabes; los
italianos de los siglos XIII y XIV, entre ellos el mural de Fra Mauro, o acaso
el informe de fines del siglo XV, que lleva el nombre de Conrado Peutinger de
Augsburgo? El atraso de la cartografía medieval sublima las figuras de estos
colosos, aun en época en que lo gigantesco era lo normal.
Determinada por el Papa una línea meridiana para fijar los límites entre
los dominios de España y Portugal, motivó el asunto serios trabajos de los
cosmógrafos de la Casa de Sevilla, trabajos imperfectos; mas hay que tener en
cuenta el estado de los conocimientos en el siglo XVI recordar que en el
XVIII todavía se hallaban en tal atraso, que Francia, Inglaterra y Holanda
ofrecieron considerables recompensas a los que presentasen algún medio de
resolver el problema de calcular las longitudes, siquiera con bastante
aproximación.
Casi todas las obras compuestas por el personal de la Casa se traducían
en el mismo año de su publicación al latín, francés, inglés, alemán y flamenco.
Débese no menos a los profesores de la Casa trabajos científicos
trascendentales, de los que señalaré algunos. El ilustre cosmógrafo Alonso de
Santa Cruz, nacido en Sevilla, es autor de las Cartas esféricas, innovación que
enmendó muchos de los errores cometidos en los anteriores mapas, y el Islario
general del mundo, el primero en su género, que algunos, por
indisculpable error, han atribuido a Andrés García de Céspedes. Tampoco se
puede pasar en silencio el Libro de las Longitúdines, en que
no sólo se exponen y examinan [154] todos los sistemas conocidos, sino «otras
cosas que yo oviese alcanzado a saber». Los trascendentales estudios
astronómicos de Andrés San Martín, nacido también en Sevilla, han corrido, por
error de Barros, con el nombre de Ruy Falero. San Martín, con anterioridad a la
expedición de Magallanes, había realizado observaciones astronómicas acerca de
la longitud y había notado la imperfección de las Tablas en uso, encontrando en
la conjunción de Júpiter con la Luna un error de diez horas treinta y tres
minutos de más, y una hora cincuenta minutos de diferencia entre el meridiano
de Sevilla y el de Ulma. «Además de éstos –añade el Sr. Navarrete– hizo en
diferentes tiempos, y siempre para deducir la longitud, otras observaciones».
Barros cita una de oposición a la Luna y Venus, otra de la Luna y el Sol, un
eclipse de éste y otra oposición con la Luna; y añade que, siendo muy
repugnante a San Martín atribuir los malos resultados ni a las tablas de
Reggiomontano, ni a sus observaciones, decía en su diario: «Y me mantengo en
que, quod vidimus loquimur, quod audivimus testamur, y
que, toque a quien tocare, en el almanak están errados los movimientos
celestes. Deducción cierta y que prueba su discernimiento y
penetración...»
Al eminente cosmógrafo Andrés de Morales se debe el estudio de las
corrientes del Atlántico, por él llamadas «torrentes del mar». Considera con
razón el Sr. Fernández Duro que Morales es el fundador de la teoría de las
corrientes pelásgicas.
No es menos interesante la carta escrita por el médico Diego Álvarez
Chanca, compañero de Colón, a la ciudad de Sevilla, su patria, dándole noticias
de ciertas especies vegetales, según puede verse en la colección del Sr.
Navarrete; carta coetánea del estudio de la fauna y la flora del Nuevo Mundo,
compuesto por el insigne cosmógrafo Maese Rodrigo Fernández de Santaella,
fundador de la Universidad hispalense. La estatua de Rodrigo Fernández de
Santaella, generalmente conocido por Maese Rodrigo, se [155]
eleva en el patio principal de la Universidad sevillana, de la que fue glorioso
fundador. Vio la luz este sabio en Carmena a mediados del siglo XV y falleció
el 20 de Enero de 1509. Disfrutó una beca en el Colegio de San Clemente de
Bolonia; residió bastante tiempo en Roma, obtuvo una canongía en Málaga, la
capellanía mayor de la Iglesia de Sevilla y el arcedianato de Reina. Se debe a
su pluma las siguientes obras: Oratio habita coram Sixto IV Pont. Max.
in dies Parasceve anno MCDLXXVII (sin 1. ni f.); otra pronunciada ante
el Papa Inocencio, manuscrito conservado en la Biblioteca Ambrosiana, según
Nicolás Antonio; Sacerdotalis instructio circa missam (Sevilla,
1499); Vocabularium Ecclesiasticum partim latina partim hispana linguae
scriptum, de que en pocos años se tiraran catorce ediciones. De
ignotis arborum atque animalium apud Indos speciebus et de moribus Indorium (Manuscrito
citado por Colmeiro); Lectiones sanctorum (Sevilla,
1503); Odoe in divae Dei Genitrices laudes ab eo distichis (Sevilla,
1504); Dialogus contra Impugnatorem Coelibatus et castitatis; Manual de
Visitadores (Sevilla, 1502, y Alcalá, 1530); Libro de Marco
Polo y de las cosas maravillosas y que vido en las partes orientales; se
hicieron cinco ediciones. Del modo de bien vivir en la religión
cristiana (Salamanca, 1515). Tratado de la inmortalidad del
alma (Sevilla, 1503). Arte de bien morir. La summa de
confesión llamada «defecerunt» (Sevilla, 1503); Sermones de
San Bernardo ydel modo de bien vivir en la religión cristiana (Sevilla,
1515). Sermón contra los Sodomitas, Comentarios sobre las Sagradas
Escrituras y Constitutiones Collegii ac Studii Sanctae Mariae de Jesu,
civitatis Hispalensis, de la que se conocen dos ediciones, años 1636 y
1701.
Todo esto sin llegar a la mitad del siglo XVI.
Y en torno de la Casa, ¡qué grandioso movimiento científico impulsado
por los hombres de la gloriosa institución! Arias Montano estudia antes que
nadie en su Natural Historia los efectos de la presión
atmosférica; Falero [156] publica su Tratado de la esphera y del arte
de marear; Cortés, su Breve compendio de la sphera (1551);
Pedro Medina, su Regimiento de navegación;Andrés de Río y Riaño
inventa su instrumento para determinar la longitud y las variaciones de la
aguja magnética; Vasco de Piña corrige las tablas de Copérnico, y García de
Céspedes las Alfonsinas, y Martín Fernández de Enciso da a los tórculos
la Suma de Geografía. Guillén, el boticario sevillano, inventó
un instrumento para determinar las variaciones de la aguja en cada lugar,
«instrumento, dice Santa Cruz, que hoy día anda muy común en Portugal entre
hombres doctos». En el Libro de las Longitúdines se halla la
descripción del ingenioso instrumento, que, como afirma Humboldt, fue el primer
aparato destinado a medir las variaciones de la aguja imantada y sirvió para
los primeros estudios realizados acerca de tan interesantes materias.
Rodrigo Zamorano, botánico y cosmógrafo, tuvo en Sevilla un gabinete de
cosas naturales de América y escribió su Cronología y repertorio de la
razón de los tiempos. El médico sevillano Simón de Tovar fundó un
jardín botánico, donde cultivó las plantas que le remitían de América, y
redactaba catálogos anuales de las especies cultivadas, de los cuales cita
Clusio los correspondientes a 1595 y 96.
Al lado del Museo de Zamorano y antes que el de Tovar, levantó el suyo
médico tan eminente como Nicolás Monardes, que estudió detenidamente los
productos americanos en su admirable Historia medicinal de las cosas
que se traen de nuestras Indias Occidentales, de que se han tirado
numerosas ediciones y traducciones a diversos idiomas, y enriqueció las
aplicaciones de la flora americana con observaciones y experimentos personales.
No menor celebridad adquirió la colección reunida por el insigne genealogista
D. Gonzalo Argote de Molina.
Los resultados obtenidos por la inmortal institución geográfica
pertenecen unos al orden teórico y otros al práctico. He aquí cómo los resume
el Sr. Latorre en breves y oportunas palabras. «Los teóricos son: el
conocimiento [157] del magnetismo terrestre y planteamiento del problema de su
explicación; diferenciación del polo geográfico y del polo magnético;
localización del polo magnético; estudios en las variaciones de la aguja de
marear y perfeccionamiento de ella; formación de cartas de magnetismo; orientación
geográfica en sus problemas de latitudes y longitudes; métodos empleados en la
determinación de longitudes; investigaciones del más exacto; concursos para
premiar al inventor de un sistema preciso; estudio de corrientes atmosféricas y
marítimas; el torrente de mar (Gulf Stream), su determinación
y examen geográfico; cartografía más amplia y exacta del planeta; padrón
general de la Casa y cartas de sus cosmógrafos; nuevos sistemas de proyección;
cartas, planos y cartas esféricas; bibliografía de los países descubiertos,
diarios de pilotos y obras de cronistas de Indias; botánica y zoología
colonial; finalmente, perfeccionamiento del arte naval conforme a las nuevas
necesidades de las travesías por los Océanos.
Y consisten los resultados prácticos en la evitación, por las enseñanzas
y exámenes de pilotos y maestres, de muchas catástrofes en viajes por mares
desconocidos y costas peligrosas, formando un excelente cuerpo de navegantes;
el conocimiento de los grandes Océanos de la Tierra y descubrimiento de las
islas y continentes, y la relación de lascapitulaciones para salir
a descubrir; aplicaciones prácticas de los conocimientos adquiridos en las
cátedras de la Casa, rectificándose en ella, por el resultado experimental
aportado, el tesoro de su cultura geográfica y formando una sola unidad, de
evidente existencia».
No puede calcularse la importancia que revistió en el siglo XVI un
instituto científico que, atento a la observación, pone los ojos en la
realidad, rectifica la menguada y arcaica ciencia de las Universidades
limitadas al Almagesto y las Tablas de Agatomedon y va corrigiendo la obra
ptolemaica, ensanchando el concepto del Universo, apreciando las verdaderas
dimensiones del planeta y expulsando al fin de la esfera científica toda la
paupérrima [158] concepción clásica, entronizando sobre la poética intuición de
los antiguos otra poesía más divina y vigorosa, nacida de la Verdad.
«Desde la fundación de las sociedades, dice Humboldt, en época ninguna
se había ensanchado tan repentinamente y de modo tan maravilloso el círculo de
las ideas en lo tocante al movimiento exterior y a las relaciones del espacio».
(Cosmos, París, 1846-911, p. 315).
Las consecuencias de esta intensa ebullición científica se notarán bien
pronto, no sólo en la filosofía, sino en la literatura y en la mentalidad
general de la nación.
El peripatetismo, dueño del campo por la extinción del platonismo, que
hubo de pedir refugio a la mística, reanimado por contragolpe de la reforma
religiosa, continúa apoderado de las aulas; pero un enérgico movimiento
antiaristotélico, tendiendo al escepticismo en la especulación y bebiendo con
ansia en el venero de la naturaleza, se encrespa contra todo criterio de
autoridad. Los maestros que se atienen al pasado anquilosan su pensamiento, los
más flexibles buscan la conciliación con la opuesta faceta socrática o la
renovación de la rigidez aristotélica.
A título de perfeccionamiento, brotó de la tomística el congruismo, dicción
tomada de un texto de San Agustín (Illi electi, qui congruentur vocati,
cujus miseretur (Deus) sic eum vocat, quomodo scit ei congruere, ut
vocantem non respuat (ad Simpliciam, 1. I, q. 2, núm. 13). Sostenían
los innovadores que el hombre, auxiliado por una gracia congrua, elegiría
libre, pero necesariamente lo mejor. Tal efecto se ha de reputar indefectible,
puesto que la ciencia media,infalible per se, lo
ha previsto. Llámase media esta ciencia por hallarse situada
entre el conocimiento de visión, que se refiere al futuro
absoluto, y el de simple inteligencia, que afane a todos los
futuros posibles. Estas doctrinas, que volverán a salirnos al paso en nuestro
estudio, sufrieron la oposición de los tomistas puros y aun de los agustinos
con la acusación de pelagianos.
Mientras los ascéticos no piensan, sino adoran y [159] tiemblan, la
tradición mística medieval halló firme baluarte en los franciscanos. Los
carmelitas prefirieron la dirección baconiana o se entregaron a un misticismo
más exquisito y refinado que los franciscanos, confundiéndose con Dios, pero
olvidando la obra divina. Una derivación mística se enlaza con la corriente
realista netamente española y produce un florecimiento sensualista que cree de
buena fe ser compatible con la ortodoxia. El tomismo se encastilló en los
dominicos, los agustinos recogen aires de renacimiento y, sobre el conocimiento
directo del aristotelismo y el clasicismo, amoldan la filosofía cristiana al
pensamiento platónico de San Agustín, y los jesuítas, ascéticos y prosaicos,
única Orden religiosa que no ha tenido ni puede tener un poeta de primer orden,
más atentos a la sumisión del impulso individual que al éxtasis del celeste
amor, se formaron en torno de su filósofo Suárez.
Fracasado por prematuro, no por innecesario, el sincretismo del Leibniz
español, de Fox Morcillo, la tentativa más seria que en filosofía ha iniciado
el pensamiento ibérico, todas las direcciones filosóficas desmayan y el siglo
áureo, para coronar su obra, entrega al XVII una literatura culterana y
gracianista, una filosofía vacua y aherrojada, una monarquía degenerada y
vacilante, una nación desorientada y empobrecida. [160]
§ II
Aristotélicos
Ginés de Sepúlveda. –Rodrigo de Cueto. –Pérez de Oliva. –Ruiz de
Montoya. –Melchor de Castro. –José de Herrera. –Pedro Juan Núñez. –Francisco
Ruiz. –Martínez de Brea. –Baltañas. –Páez de Castro. –Monllor.
–Monzó.–Francisco de Toledo. –Marsilio Vázquez.
El filósofo por antonomasia, el tirano intelectual de la Edad Media,
Aristóteles, logró un digno traductor y representante en el humanista Juan
Ginés de Sepúlveda (1490-573), de quien escribió Alfonso Matamoros: «Latine
vertit Aristotelem et quae a doctis accepit Graecis, si digna existimares in
quibus elaboraret, multa quam in ipsis fuerant explicata auctoribus meliora
reddit. Dije digno representante, porque procuró restaurar la pureza
de la doctrina, y así como el Maestro legitimó la esclavitud, el discípulo no
tuvo piedad de los esclavos. Lástima que a servicio de tan aborrecible causa
pusiera tanto ingenio y tan brillante erudición.
Nacido en Pozo Blanco, de familia noble venida a menos, se ordenó de
sacerdote y después de escribir contra Erasmo y Lutero se encargó de la
educación del príncipe Felipe, más adelante Felipe II. Su recia mentalidad
trató de justificar el despotismo, las conquistas, los atropellos a los
vencidos y combatió al P. Las Casas, gloria de España y de la humanidad.
Tradujo los libros Meteororum, De Mundo, la Política de
Aristóteles y el diálogo Demócrates. Nada escribió de
filosofía fundamental. De filosofía aplicada dio a la estampa Apología
pro libro de justis belii causis (1550), donde después de propugnar la
esclavitud [161] como hecho natural sostiene la justicia de la guerra para
esclavizar (herili imperio) y De regno et officio
regis (1571), en que diserta sobre las formas de gobierno dentro de la
ortodoxia aristotélica. Falleció ciego, no dejando una reputación de filósofo
comparable a la justísima de humanista.
Su paisano el erudito cordobés Rodrigo de Cueto, influido, como casi
todos sus coetáneos, por Pedro Hispano, dio a la publicidad su Primus
tractatus Summularum (Alcalá, 1528), anticipándose a la docencia
aristotélica que Antonio Gouvea (1505-66?) esparcía en Portugal.
Fernán Pérez de Oliva (1494-531), profesor de filosofía en París, rector
de la Universidad salmanticense, es el primer prosista importante del siglo
XVI. Dotado de viva imaginación y profundo humanista, enriqueció la lengua
española con felices adaptaciones de voces y giros latinos. Su principal obra,
el Diálogo de la dignidad del hombre, uno de los más preciosos
monumentos de la prosa española, se desenvuelve entre tres interlocutores:
Aurelio, Antonio y Dinarco. El fondo pertenece a la más noble filosofía; el
estilo, grave y correcto, modela con facilidad las ideas y las cláusulas ruedan
con majestuosa armonía. También despierta legítimo interés el Razonamiento
que hizo en Salamanca el día de la lección de oposición de la cátedra de
Filosofía moral. Se le clasifica entre los aristotélicos, pero su
representación de la Trinidad en la esencia del alma transciende a platonismo
al través de San Agustín. No menos abundan los resabios senequistas, como se
nota al tratar de la libertad del hombre y de la transformación de los cuerpos
corruptibles en otros de «eterna salud y con movimiento fácil, hermosos y
resplandecientes». La misma forma dialogada infunde sospecha de aficiones
platónicas, así como el hecho de renunciar al latín que, por ser lengua
universal, no pertenecía a ningún pueblo, indica el paso desde la escolástica,
tan general como el latín, a las filosofías nacionales, democratizando el fondo
y la forma de la especulación.
Refiere Ambrosio de Morales que Oliva escribió en [162] latín un tratado
sobre los imanes, De magnete, que no llegó a publicarse, donde
se asegura que se halla alguna indicación acerca de la telegrafía o telefonía.
También dirigió al Ayuntamiento de su patria elRazonamiento sobre la
navegación del Guadalquivir.
Aunque principalmente teólogo, muy superior por su inmenso talento a
todos los anteriores y posteriores, resplandeció el jesuíta sevillano Diego
Ruiz de Montoya (1562-32), profesor de Teología en el renombrado Colegio de San
Hermenegildo de su patria. Ocupó altos cargos en su Orden y gozó de tal
prestigio que cuando el Cabildo hispalense congregó una Junta de los más
eminentes teólogos de las comunidades religiosas, se dio por unanimidad la
presidencia al P. Diego, firmando y acatando todos su dictamen sobre los puntos
sometidos a su deliberación.
Cuéntase que, habiendo Felipe III exigido a los ciudadanos de Sevilla un
nuevo e ilegal tributo, que la población se resistió a pagar, el duque de
Lerma, en nombre del rey, escribió al P. Ruiz de Montoya rogándole que
persuadiese a los sevillanos a la aceptación del impuesto, prometiéndole en
cambio obtener del Papa el permiso para la publicación de su obra De
auxiliis divinae gratiae. Contestó el jesuíta con todo respeto que
prefería dejar inédita la obra mejor que abogar por un gravamen a su juicio
injusto.
Inicia sus comentarios tomísticos con el voluminoso libro De
Trinitate (Lyon, 1625), dentro de la más pura ortodoxia y precedido de
elegante proemio. En Lyon (1629) dio a la estampa su comento Ac
disputationes, relativo a las quaestiones XXIII y XXIV
ex prima parte Sancti Thomae, que comprende los tratados De
Praedestinatione, ac reprobatione hominum, & Angelorum, seguido de
copioso índice rerum et verborum, y el mismo año en París el
Comentario referente a la doctrina de la ciencia, de las ideas y de la verdad.
Trata en la primera parte extensamente de la scientia Dei, de
la concordia praescientiae cum libertate, de libertatis
indifferentia quae per Dei praescieníiam non laeditur, y de la ciencia
condicionada; siguen los tratados [163] de ideis y de
veritate, donde se proclama la eternidad e inmutabilidad de la verdad
(art. 7 y 8) y se cierra con el estudio de vita Dei (Utrum omnia sit
vita in Deo). En fin, el libro De Providentia(Lyon, 1631)
desenvuelve el concepto fundamental de la providencia divina, sigue con el
tratado que titula De Praedefinitionibus, combate los errores
de los que llama semipelagianos y entra de lleno en el estudio de la
Predestinación.
Menéndez y Pelayo dice de Ruiz de Mendoza que «fue famoso por haber
unido la teología positiva e histórica a la escolástica, más que ninguno de sus
antecesores» (L. c. esp., t. III, pág. 165) y todos reconocen la originalidad y
vigor de su mentalidad, no obstante el círculo, para él no estrecho, de su
orden.
Melchor de Castro, también jesuíta, nació en Sevilla hacia el año 1556:
a los quince años de edad ingresó en la Compañía de Jesús, enseñó Teología y
falleció en Córdoba el 1599, al decir de unos biógrafos, y el 1609, en opinión
de Sommervogel. Dejó terminado el libro De Beatitudine y el
intitulado Logicas ac Philosophicas commentationes que, según
Nicolás Antonio, publicaron otros como obra propia.
José Herrera, agustino y natural de Sevilla, habiendo pasado a Nueva
España para la conversión de los indios en 1557, se graduó en la Universidad de
Méjico y obtuvo allí cátedra de Prima de Teología. Cuando regresó a España, su
fama le llevó a explicar una cátedra en la Universidad de Osuna, donde se
supone que falleció. El P. Veracruz, en carta al Provincial de Méjico, le
llamaba «religioso tal y tan honrado que da a la Orden mucha honra en lo que
muy pocos entre muchos pueden hacer» y el P. Grijalva en su lista de
catedráticos le dice: «hombre de rara erudición y gran lenguatario griego y
hebreo». Resume sus méritos el Alfabeto Agustiniano con estas
palabras: «Era erudito en las letras latinas, griegas y hebreas, doctísimo e
insigne teólogo».
Dejó un manuscrito titulado Summa Philosophiae [164] Scholasticae. Aunque
este trabajo se desenvuelva por el método y dentro del sentido escolástico, no
se mostró el P. Herrera intolerante, pues siendo conventual en su patria y
llamado por la Inquisición a deponer en el proceso instruido a Fr. Luis de León
en 1572, se manifestó conforme con el procesado en las ideas expuestas acerca
de la Vulgata.
Entre los dioses menores del peripatetismo quinientista, puede además
citarse a los siguientes:
Pedro Juan Núñez, valenciano (1522-1602), educado en las opiniones de P.
Ramus, a quien llama vir natus ad docendas omnes artes brevi et
utiliter, las abandonó en su edad madura para abrazar el aristotelismo
con todo el fervor de los neófitos. Confiesa que Aristóteles tiene defectos;
pero agrega que son unos pocos y lo aclama inventor de todas las disciplinas.
No carecen de valor sus paráfrasis a las Segundas Analíticas (Valencia,
1554) y a la Física (ídem id.) ni sus trataditos De
claris peripateticis, Oratio de causis obscuritatis Aristoteleae et de illarum
remediis(ídem id.), De constitutione Artis dialecticae (1554), Isagoge
Dialecticae Artis, In Aristotelis organum, Anonimi compendium Syllogismis,
Physiologiam, De usu Logicae, In Aristotelem observationes y De studio
philosophico (Barcelona, 1594). Aun en sus buenos tiempos de ramista
no extremó la crítica de Aristóteles y su protesta se dirigió, más que al
fondo, al concepto de infalibilidad del Maestro.
El benedictino Francisco Ruiz, que floreció mediada la centuria, es
autor del Index locupletissimus dvobus tomis digestus, in Aristotelis (1540),
obra rarísima, propia de benedictino, loable por la paciencia que supone.
Pedro Martínez de Brea continuó la labor de Cardillo sobre Aristóteles,
dando a la estampa: Tractatus quo ex peripatetica Schola Animae
Immortalitas asseritur et probatur (1575), In libros
Aristotelis de coelo et mundo, de generatione et corruptione (1561), In
libros tres Aristotelis de Anima.
Domingo Baltañas Mexia, de la orden de Predicadores, [165] dio un Compendio
de la Filosofía natural (Sevilla, 1547) que no conozco y supongo
inspirado en la escolástica.
Juan Páez de Castro (1545?-1570), nacido en Quer, sobresalió en el
cultivo de las humanidades, y «aprovechó su estancia en Trento para estudiar
los manuscritos griegos adquiridos por D. Diego de Venecia». Sobre esta base
emprendió estudios acerca de Aristóteles y Platón y sus comentadores. En una
academia aristotélica formada por asistentes al Concilio dio conferencias en
que señaló su predilección hacia las doctrinas del estagirita.
El canónigo de Orihuela Juan Bautista Monllor, otro de los más
distinguidos peripatéticos levantinos, publicó Oratio in commendationem
Dialecticae, habita in Universitate Valentina Kal. Septembris 1567: Paraphrasis
et scnoliorum in duos libros priores analyticorum Aristotelis a graeco sermone
in latinum a se conversorum (Valencia, 1569), De nomine
Entelechia apud Aristotelem, Quaestio unica (ídem id.), De
universis copiosa disputatio, in qua praecipue docetur, universa in rebus
constare sive mentis opera (ídem id.) y Oratio de utilitate
Analyseos seu rationationis Aristotelae: et Philosopho veritatem potius esse
amplectendam quam personarum delectum habendum (Francfort, 1591).
Recalca Bonilla la circunstancia de afirmar Monllor que: non disputat
Logicus de rebus sed tantum praebeí alliis artificibus disserendi instrumenta y
cómo se revuelve contra Cicerón sosteniendo que el
vocablo ènteleceia viene de énteléç, quod est perfectum; o
de telóç quod est finis y e6ceiu,habere, y
significa por lo tanto: «quod potestati adversatur et ex altera parte
respondet».
Pedro Juan Monzó, sacerdote valenciano, lector de Filosofía en Coimbra y
de Sagradas Escrituras en la Universidad de su patria, escribió: De
Locis apud Aristotelem Mathematicis(Valencia, 1556), Elementa
Aritmeticae ac Geometriae ad disciplinas omnes, Aristotelem praesertim
Dialecticam ac Philosophiam, aprime necessaria ex Euclide decerpta (ídem,
1559), y un Compendio del Astrolabio de Roxas. [166]
Al cardenal Francisco de Toledo, jesuita cordobés (1532-96), se deben
cuatro volúmenes: De Lógica, De Physica, De Generatione y De
Anima, todo dentro del sentido escolástico, así como sus Comentarios
al Evangelio de San Juan (Roma, 1538), de que sólo he visto un
destrozadísimo ejemplar en la B. N. En la controversia sobre la materia y la
forma, admite dos géneros de principios: unos, rei infieri; otros, rei
factae.
El cisterciense Fray Marsilio Vázquez, obituado en 1611, nos dejó Commentaria
in Aristotelis Philosophiam.
En suma, erudición, inteligencia; pero nada original ni nada español.
§ III
Escolásticos moderados
El neoaristotelismo. –Los precursores. –Ledesma. –Oña. –Báñez. –Alfonso
de Córdoba. –Alfonso de Castro. –Mercado. –Diego de León. –Hidalgo. –Bernardo y
Benito Henríquez. –Montes de Oca. –Pedro de Fonseca.
Nacida en toda Europa la Escuela por la cópula de la Teología con el
humanismo, acaso el predominio del elemento formal melló en España los filos de
la rigidez escolástica. Algo de eso me parece notar ya en los pensadores del
siglo XV, singularmente en la obra Questiones super duodecim libros
methaphysice (Venecia, 1495), incunable custodiado en la B. N., que
contiene en 52 folios, sin prólogo, de penosa lectura, otros doce libros de
comentarios, debido al antes mencionado minorita de Tauste [167] Antonio Andrés,
fervoroso escotista, fallecido en 1320 (1).
{(1) Además de la obra arriba citada, escribió Fray Andrés Tractatus
formalitarum ad mentem Scoti (Padua, 1475; Vicencio, 1477), Expositio
in alios ll. logicales (Venecia, 1480, 1509 y 17). Trat. de
tribus principiis rerum naturalium (Ferrara, 1490). Compendiosum
principium sobre las sentencias atribuidas a San Buenaventura
(Strasburgo, 1495; Venecia, 1504 y 84), In quatuor ll. Sententiarum (Venecia,
1570 y 78). Las mencionadas en el cap. XII sólo las conozco por referencia de
autores.
Podría o acaso debería citar al lado de Andrés otros escritores de
análoga fecha y dirección, tales cual su cofrade Pedro Tomás, que dejó Tractatum
Formalitarum ad mentem Scoti,manuscrito en el convento de Asís; Commentaria
in quatuor libros sententiarum; Tractatum de esse intellectuali, y Commentaria
in aliquot libros Aristotelis; al dominico de Villalonga Ferrarius
Catalanus, «haereticorum terror», que dejó un Ms. acerca del Creador y las
criaturas y, además, otro titulado Utrum primi motus vel cogitatio de
re illicita sit peccatum; al otro dominico Bernardo Trilla, obituado
en 1292, de quien quedaron comentos de las sentencias y Questiones de
cognitione animae conjuntae corpori, y también al carmelita Fray Guido
Terrena, perpiñanés y obispo de Mallorca; pero me retrajo la inseguridad de lo
que se estudia por referencia, dada la dificultad de consultar los manuscritos,
sin contar los desaparecidos.
En la Bibliotheca Carmelitana de Couret de Villeneuve y Rouzeau-Montaud
se mencionan las siguientes obras de Terrena, que también cita Nicolás Antonio:
De virtutibus, quod apellavit, Ethica, seu commentaria in VIII libros
Ethicorum Aristotelis, quod ms. in Regia Galliarum Bibliotheca Cod. 3914; Super
VIII libros physicorum Aristotelis commentaria; In Aristotelis libros de Anima
commentaria; In XII Aristotelis libros Metaphysica commentaria; Quod libetorum,
liber unus; Quaestionum liber unus; In libros IV Sententiarum Commentaria; De
perfectione vitae, tratado dividido en tres partes; Concordia evangeliorum;
Expositio in tria cantica, es a saber:Magnificat, Benedictus, Nunc
dimittis; Summa de haeresibus et earum confutafionibus.}
Los llamados neoperipatéticos, es decir, que no se ceñían a la tradición
de la Escuela y hasta depuraron de exageraciones algunas de sus fórmulas,
esgrimieron la crítica renacentista dentro de la ortodoxia aristotélica,
dotando a ésta de mayor flexibilidad.
Por otra parte, los golpes que la Reforma religiosa descargaba sobre la
rodela del escolasticismo, provocaron [168] una reacción tomista en las
universidades ibéricas.
Diego de Ledesma (1520-75), jesuita, dejó entre sus manuscritos De
Dialectica, Ethices, sive Philosophia ac Theologiae de moribus y entre
sus obras impresas Tabella brevis totius Summae Theologiae Sancti
Thomae.
Pedro de Oña, mercedario, fallecido en 1626, publicó en español Primera
parte de las postrimerías del hombre (Madrid, 1603), en que expone la
brevedad de la vida, exhortando a vivir bien para bien morir, y en latín Almae
Florentissimae Complutensium Academiae Commentaria una cum quaestionibus super
universam Aristotelis logicam magnam dicata (Alcalá de Henares, 1588),
obra extensa donde también se comenta un libro de Porfirio; Introductionem
ad Aristotelis Dialecticam, quam vulgo Summulae seu Parva logicalia nuncupant
cum argumentis (ídem, 1593), cuyo título expresa con claridad el
propósito; Super octo libros Aristot. De Physica abscultatione.
Commentaria una cum quaestionibus suvi gillantissimo Pastore nostro Magistro
Generali Fratre Francisco Salazar (ídem, id.) (Alcalá, 1593), con
proemio sobre el procedimiento elegido por el autor, y en esta obra sostiene
que las categorías no pertenecen a la Lógica ni a la Metafísica ni a ninguna
ciencia.
El P. Domingo Báñez (1523-604), confesor de Santa Teresa y competidor de
Fray Luis de León en las oposiciones a la cátedra de Santo Tomás en Salamanca,
sostuvo empeñada polémica, a la que más de una vez haré referencia, con Luis de
Molina, oponiendo a la teoría jesuítica que concertaba la gracia con el
albedrío, la doctrina llamada de la «predeterminación física», porque la causa
primera predetermina el acto de la segunda. Dios determina la voluntad creada
al acto en el ejercicio de su omnipotencia. Molina sostenía que tal idea
conducía al fatalismo y avisaba que ese era el camino recorrido por los
teólogos protestantes. Báñez respondía que la voluntad creada permanecía libre,
porque Dios no la obligaba a pronunciarse, dejándola en libertad de actuar o no
[169] actuar, sin negar con tal afirmación la conexión necesaria e
indestructible entre el movimiento impreso por el Creador y el acto ejecutado
por la criatura. Esta discusión nos saldrá más adelante al paso.
Dejó escritas el dominico P. Báñez las siguientes obras filosóficas,
además de las jurídicas y religiosas: Scholastica commentaria in 1am partem
angelici doctoris D. Thomae usque ad 64 quaest. (In folio, Salamanca,
Venecia, Douai); Scholastica commentaria super caeteras 1ae partis
quaestiones (in folio, Salamanca, 1588); Scholastica
commentaría in 2am 2ae usque ad quaest. XLVI(in folio,
Salamanca, Venecia); Scholastica comment. in 2am 2ae a
quaest. LVII ad LV-LXXIII (in folio, Salamanca, Venecia, Colonia y Douai); Commentaria
in quaestiones Aristotelis de generatione et corruptione (in folio,
Salamanca, 1585, Colonia y Venecia); Institutiones minoris dialecticae e In
Aristotelis dialecticam (Colonia, 1618) y Responsio ad quinque
quaestiones de efficacia divinae gratiae(Roma).
El ilustre agustino cordobés Fray Alfonso de Córdoba (†1544?), merece
citarse por haber introducido en Salamanca la escuela nominalista, allí
desconocida o poco apreciada, por más que el P. Monforte, en calidad de
profesor interino, había desempeñado la cátedra de Nominales: pero hasta el P.
Córdoba, sucesor de aquél, no puede decirse que se explicó seriamente el
nominalismo. La más interesante de sus obras de re philosophica son: In
libros Aristotelis Ethicorum, Oeconomicorum et Politicorum Commentaria (1519)
y Principia Dialectices in terminos suppositiones (Salamanca,
id.).
El franciscano Alfonso de Castro (1495-558), director espiritual de
Felipe II, lanzó a la publicidad Adversus hereses (París,
1534), y De insta haereticorum punitione (1550), pidiendo con
bárbara acometividad para los herejes contumaces la muerte, la confiscación y
la infamia transmisible a la posteridad. Preconiza que el hijo de hereje está
obligado a denunciar a su padre o madre y declara que él mismo había utilizado
el confesonario para persuadir a un [170] hijo de confesión de que delatara a
su padre. ¡Qué horror! Escribió también De potestate legis poenalis (1556),
donde sustenta el derecho del príncipe a interponer el veto a la voluntad de la
nación. Para este fraile, como más tarde para el prelado Jacobo Simancas,
natural de Córdoba y autor del libro De catholicis institutionibus, y
del más importante Enchiridium iudicum violate religionis, no
tiene el príncipe deber más apremiante que perseguir los delitos de herejía;
así la adulación al funesto Felipe II se mezcla con los sofismas del fanatismo
ortodoxo.
Tomás Mercado, de Sevilla, su patria, pasó a México, donde tomó el
hábito de Santo Domingo. Estudió en la Universidad mexicana y regresó a España
con rico tesoro de manuscritos de los cuales dio algunos a la imprenta. Al
volver a su provincia de México le acometió en alta mar una fiebre, de la cual
murió a la vista de San Juan de Ulúa el año 1575. Dio a la estampa Commentarii
lucidissimi in textum Petri Hispani (Sevilla, 1571), rápidamente
traducida al italiano en Brescia; In logicam magnam Aristotelis commentarii (ídem,
id.) y De los tratos de Indias y tratantes en ellas (ídem.
id.), donde siguiendo las gloriosas huellas del insigne Bartolomé de las Casas,
impugna la esclavitud de los negros. También este libro se tradujo al italiano
en Brescia. «Esta obra es doctísima, preciosísima y digna de imprimirse hoy»
(Beristain).
El carmelita hispalense, no utrerano, Diego de León, tan elogiado por
Rodrigo Caro y fallecido en 1599, sabía a la perfección el griego y el hebreo,
y compuso algunos trabajos acerca de la Sagrada Escritura. Llamado después por
el rey Felipe II para servir de maestro a los príncipes de Bohemia, no aceptó
el cargo por tener empeñada su palabra con el papa Pío IV, que le había elegido
como su Legado particular en el Concilio de Trento, condecorándolo entonces con
el título de obispo columbiense. Escribió De Arte Grammatica Hebraea,
Super IV libros sententiarum Commentaria, Triodem orationum in Concilio
tridentino habitarum y Disputationum in eodem. [171]
La patria de Juan Hidalgo, que debió de nacer a fines del siglo XV, se
declara en la portada de una de sus obras tituladas así: Super eum
tractatum quem de consequentiis Strodus edidit expositio (Bolonia,
1515), y Joannis Hidalgo, Hispalensis, super compendio quod in logica
Paulus Venetttus edidit Expositio (ídem, 1516).
Benito Enríquez, nacido en Sevilla en 1516, profesó en la Casa grande
del Carmen de su patria. «Fue excelente teólogo, predicador y Catedrático de
Sagrada Escritura en la Universidad de Granada» (Arana), y falleció en 1590.
Escribió Comentarios sobre Santo Tomás,un libro de Metafísica y
varios libros de Sermones.
Bernardo Henríquez, también sevillano, vistió el hábito carmelita. Ortiz
de Zúñiga nos dice que escribió obras de Teología y Filosofía, sin especificar
los títulos ni declarar si se imprimieron o permanecieron manuscritas. No
conociendo sus obras, pero sí el carácter de su Orden, he creído deber
incluirlo en este grupo.
Juan Montes de Oca, sevillano, colegial de San Clemente, catedrático de
Lógica en la Universidad boloñesa, en la romana y en la paduana que con vivo
interés le llamó a su claustro, en las de Pisa y Florencia y de nuevo en
Bolonia, hasta su óbito, acaecido en Perusa, que unos fijan en 1524 y otros
1532, se contagió de las aficiones averroístas de la escuela de Padua.
No en balde le apellidaron Theologus et Philosophus acutus y
Menéndez y Pelayo dice lo que sigue, refiriéndose a sus lecciones sobre el
libro III De Anima: «He visto dos códices de ellas; el mejor y
más antiguo pertenece a la Biblioteca de San Marcos, de Venecia; el otro, a la
Nacional de París. Yo tengo un extenso extracto formado con presencia de ambos.
En la Marciana vi además las lecciones de Montes de Oca sobre los libros I y
IV De coelo y sobre el I y II de la Física de Aristóteles,
dada respectivamente en los años 1522 y 1523» (Vide Facciolati, Fasti Gymnasii
Patavini, 1757, t. II, p. 274).
En ellas, después de refutar con crítica aguda y sutil [172] el famoso
argumento Omne recipiens debet esse denutatum a substantia recepti, y
las demás pruebas averroístas, tomistas, &c., hasta entonces presentadas,
acaba diciendo: quod nulla est ratio naturalis quae cogat intellectum
ad assentiendum quod anima sit immortalis... Assentiendum est quod anima sit
immortalis solo verbo Christi.Verdad es que añade que tampoco las pruebas
de la mortalidad concluyen y procura escudarse, en cuanto a lo primero, con la
autoridad de Escoto; pero, al decir a sus discípulos «Si tuvieseis razones
naturales, creeríais en la inmortalidad más de lo que creéis», harto induce a
sospechar que también a él le habían tocado los vientos de la duda que corrían
en la escuela paduana.
Brillaba por entonces en Portugal, explicando en Coimbra, el ignaciano
Pedro de Fonseca (1528-99), muy estimado de Gregorio XIII y de Felipe II y
apellidado el Aristóteles portugués. Numerosas ediciones consiguieron sus Commentariorum
in libros Metaphysicorum Aristotelis, obra voluminosa en dos tomos,
precedida de extenso proemio que comprende nada menos que ocho capítulos, a
juicio del autor, propedéuticos o preparatorios (Roma, 1577-89), su Isagoge
Philosophica (Lisboa, 1591), opúsculo de 66 páginas in 8°, con cuatro
de proemio y distribuido en doce capítulos, precedido todo de las tres páginas
encabezadas Author philosophiae studiosis,y sus Institutionum
Dialecticarum, de que conozco las ediciones veneciana y conimbricense,
ambas de 1575, distribuida en ocho libros y precedida de un resumen o
argumento. Debió Fonseca su mayor popularidad a la propaganda de la doctrina de
la ciencia condicionada o media en Dios, o sea la teoría, también propugnada
por su cofrade Luis de Molina, acerca del conocimiento que Dios posee de
ciertos hechos en potencia que nunca pasarán al acto, pero que podrían pasar al
amparo de determinadas condiciones, las cuales no han de darse. [173]
§ IV
Los platónicos
Carácter del platonismo; su incompatibilidad con el realismo nacional
español. –León Hebreo. –Luis de León: doctrina que de sus obras se desprende.
¿Es un perfecto platónico? –Basilio Ponce de León. –José de Sigüenza.
Encierra el platonismo algo de oriental no muy compatible con la
idiosincrasia del extremo occidente. La Edad Media ignoró al divino filósofo y
apenas libó de su doctrina tenues gotas extraídas de los escritos de San
Agustín, de los musulmanes o pasadas por el doble tamiz del areopagita y de
Marsilio Ficino.
En nuestra península tuvo vislumbres, ya señaladas, el Doctor Iluminado,
pero nada auténtico se conoció hasta que en la aurora del Renacimiento vertió
Pedro Díaz, y no directamente, el Timeo. Abundaban, en tanto, las traducciones
de Aristóteles, y aun los mismos platónicos acataban al estagirita. Ficino, por
ejemplo, estableció que el alma racional es forma substancial del hombre: Mens
igitur forma illa est, per quam quisque nostrum in humana specie collocatur.
Por eso, a pesar de las gallardías del genial Fernando de Córdoba,
caballero andante de la Academia, la semilla platónica medró tan raquítica en
España y, fuera de los pensadores semítico-hispanos, mejor que en los pensiles
de la filosofía propiamente dicha, creció en el cercado de los místicos y entre
los preceptistas literarios, singularmente en el divino Herrera.
Sin las bárbaras, absurdas y antipatrióticas persecuciones [174] a los
judíos, honraríase España con el glorioso nombre de Jehudah Abarbanel, nacido
en Lisboa en 1490. Tronco de la familia fue Samuel Abarbanel, «ornamento de la
Aljama», sevillano, como probablemente lo habrían sido su descendiente el gran
León Hebreo y el padre de éste, Ishahak, tesorero de los Reyes Católicos, pues
la familia, temerosa de las persecuciones, se había refugiado en Portugal desde
los comienzos de la dinastía de Trastamara.
Tan claro representante de la tradición platónica habría enriquecido el
tesoro del pensamiento español con sus Dialoghi de Amore (1534),
que proclaman el amor por origen de la vida e inspirados en Ibn Gabirol,
refunden el misticismo alejandrino con el semítico e influyeron en los poetas,
oradores y novelistas españoles del siglo áureo.
Sin detenerme más en este filósofo, ya que por desgracia nuestra no es
español, apuntaré que concebía la idea a guisa de luz solar donde se contienen
todos los colores y matices. Con ella se identifica el Logos. El alma
intelectiva, rayo de luz entenebrecido por la materia, no puede alcanzar su
supremo objetivo sin el auxilio de la divina iluminación que reduce el
entendimiento de la virtualidad al acto y esclarece las formas. El mismo Dios
es el entendimiento actual que alumbra el potencial nuestro. La intuición en el
grado superior produce el éxtasis. La cópula con Dios produce la felicidad. Del
abarbanelismo, si se permite el vocablo, emergió toda esa estela perceptible en
la literatura de la época y conocida por platonismo erótico.
Abarbanel, aunque hebreo, mira con simpatía el paganismo creyendo
descubrir en su espléndida constelación de dioses un simbolismo de las ideas de
Platón e inspira su cosmogonía en el Timeo. No juzga imposible concordar la
doctrina del Maestro con el formalismo del discípulo y piensa que «la
diferencia antes está en la corteza de los vocablos que en la significación de
ellos».
Si he consagrado las anteriores líneas a un eminente [175] pensador
lusitano, sírvame de disculpa, además de la admiración a un genio que debió ser
español, la consideración del eficaz influjo que sus ideas ejercieron en la
literatura quinientista española e italiana produciendo numerosos libros de
recreo inspirados en un erotismo platónico y el no menor, sino más extenso,
señalado en la vida social por esta ola filográfica iniciada en las altas
clases y dilatada hasta las más inferiores.
Personificación poética del sentido religioso nacional, se alzó Luis
Ponce de León (1527-91). Nació en Belmonte del Tajo, tomó el hábito de San
Agustín y fue catedrático en Salamanca. Denunciado ante la Inquisición por su
comprofesor León de Castro, a pretexto de sus opiniones acerca de las
inexactitudes de la Vulgata, sufrió siete años de proceso y cuatro de prisión.
Después de amonestado, no recobró su cátedra, ya provista y, por consiguiente,
no pudo pronunciar el manoseado «Decíamos ayer», mera invención de la fantasía
popular; mas al poco tiempo, después de habérsele confiado otra disciplina, se
vio envuelto en nuevo proceso con motivo de sus ideas acerca de la Gracia. En
realidad, el origen de los procesamientos radicó en la constante enemistad del
tomismo, entonces erigido en ortodoxia con la filosofía platónica cristianizada
por San Agustín, de la cual se hallaban impregnadas las enseñanzas del maestro
León. Quizá exacerbó las cosas la envidia, por una parte, y el agrio carácter
de Fray Luis, por otra.
En los Nombres de Cristo, diálogo entre Marcelino,
Juliano y Sabino, según la forma de exposición académica, comentando un
escrito, diserta ampliamente Fray Luis acerca de las denominaciones aplicadas
al Redentor. La Exposición del libro de Job afecta mayor cariz
teológico.
Los que juzgan ser bastante un gran talento y sembrar sus obras de
pensamientos dignos de consideración, podrán discernir el título de filósofo a
Fray Luis Ponce de León; pero mi criterio, más restricto, se resiste a
concederlo a aquellos escritores, sean cuales fueren sus méritos, que no se
proponen la solución del problema [176] filosófico. Fray Luis no tiene ojos
sino para la religión, al servicio de la cual pone las aficiones platónicas,
genuinas de su orden y que desde su insigne fundador se han conservado en ella,
mientras los agustinos fueron lo que antes eran. Cristiano ante todo, vierte,
no como propia investigación, sino subordinadas al punto de vista religioso,
ideas aisladas con propensión platónica y, como toda dirección académica,
apuntando más o menos al panteísmo oriental.
De las ideas esparcidas por sus libros se desprende que entre las
fuentes del conocer otorga preferente lugar al sentido íntimo y que, a su
juicio, el hombre es enteramente en Dios, origen de toda esencia, que contiene
en su inteligencia las ideas y las razones de todo lo creado, y que es bueno
por su semejanza con El, pero esta semejanza es tanto más completa cuanto más
se le aproxima. Cada ser tiende a erigirse en mundo perfecto; es en todos los
otros y todos los otros en El. Por eso su deber está en todos los otros y el
ser de los demás en su propio ser. De este modo, la multiplicidad se reduce a
la unidad y cada cosa permanece distinta y separada, la criatura se acerca a
Dios por la tendencia a la unidad. El hombre es un microcosmos y tiene libre
arbitrio, porque aunque necesita de la gracia para asemejarse a Dios, que es su
fin, el mérito consiste en usar bien de ella.
Como se ve, Fray Luis no llegó a escalar las vertiginosas alturas de la
mística ni su propensión a la unidad suspira por la compenetración con Dios
hasta el anonadamiento.
Aunque la doctrina coincida con la platónica, no concierta
sistemáticamente, o sea a modo filosófico, pues, por más que proteste del
abatimiento de la escolástica, en sus ideas sobre lógica se señalan las huellas
de la Escuela. En La Perfecta Casada contradice la tesis de laRepública de
Platón. Poca fe parece tener en el órgano de la filosofía, en la razón humana,
cuando declara que los deseos «de hecho la engañan; y, quitándole las riendas
de las manos, la sujetan a los deseos del cuerpo, y la [177] inducen a que ame
y procure lo mismo que la destruye» (Nombres de Cristo, dedicatoria
del libro II). Constantemente fijó su pensamiento en el orden religioso, al
cual subordina el científico, estima al sage, que dicen los
franceses, por encima del savant y, entre las fuentes del
conocer, atribuye excepcional valor al sentido íntimo.
Como su hermano en religión Martín Lutero, recomienda la lectura de la
Biblia, práctica jamás observada por los pueblos católicos. «Notoria cosa,
dice, es que las Escrituras que llamamos Sagradas las inspiró Dios a los
profetas que las escribieron, para que nos fuesen, en los trabajos de esta
vida, consuelo, y en las tinieblas y errores de ella, clara y fiel luz; y para
que en las llagas que hacen en nuestras almas la pasión y el pecado, allí como
en oficina general, tuviésemos para cada una propio y saludable remedio. Y
porque las escribió para este fin, que es universal, también es manifiesto que
pretendió que el uso de ellas fuese común a todos, y así cuanto es de su parte
lo hizo; porque las compuso con palabras llanísimas y en lengua que era vulgar
a aquellos a quien las dio primero. Y después, cuando de aquellos, juntamente
con el verdadero conocimiento de Jesucristo, se comunicó y traspasó también
este tesoro a las gentes, hizo que se pusiesen en muchas lenguas, y casi en
todas aquellas que eran entonces más generales y más comunes, porque fuesen
gozadas comunmente de todos» (ídem).
Tales apologías de la Biblia; las versiones y comentos de los libros
sagrados; la poca estima en que, según varias acusaciones asestadas en el
proceso, tenía Fr. Luis la Vulgata, «inspirada por el Espíritu Santo» al decir
de los padres tridentinos; la declaración de su hermano en religión, Fray Juan
Ciguelo, afirmando que «Fray Luis de León no solía decir misa, sino de Requiem, aunque
el día fuese festivo, que nunca se le entendía lo que decía y acababa muy
presto», indicio de menosprecio a las prácticas del culto; el hecho de «haberse
encontrado entre los libros de Fray Luis un considerable número conteniendo
doctrinas [178] heterodoxas»; y, en fin, el no haberse dictado veredicto de
inculpabilidad, sino que a la absolución acompaña la medida de que Fr. Luis
«sea reprendido y advertido que de aquí adelante mire cómo y
adonde trata cosas y materias de calidad y peligro como las que de este proceso
resultan, y tenga en ellas mucha moderación y prudencia para que cese todo
escándalo y ocasión de errores. E por justas causas e respetos, que
a ello nos mueven (probablemente el prestigio del escritor), debemos mandar y
mandamos que por este Santo Oficio se recoja el cuaderno de los Cantares...»,
todas estas circunstancias alientan a D. Pedro Sala para juzgar a Fr. Luis
convicto de vergonzante protestantismo, atribuyendo al justificado pavor a la
Inquisición las súplicas y protestas del procesado y la composición «Virgen que
el sol más pura», única que «presenta un corte medianamente católico, y aun
ésta fue escrita en las cárceles de la Inquisición, yendo probablemente
dirigida a desarmar la crueldad de aquellas fieras que hacían brillar noche y
día la espada de Damocles sobre su cabeza».
Ni el autor de esta obra se juzga con autoridad para resolver problemas
de ortodoxia, ni tampoco le preocupan ahora, pues no escribe historia de
heterodoxias, ya magistralmente tratadas por el inolvidable Menéndez y Pelayo,
sino del pensamiento filosófico español, y quiere ejecutarlo con tan
escrupulosa imparcialidad, que jamás procure suplantar con su propio criterio
el juicio independiente del lector. Más adelante, se repetirá el alegato al
llegar a Santa Teresa y allí sí rechazaré una acusación que ni siquiera ofrece
los indicios en el caso presente susceptibles de varia interpretación.
No transige Fray Marcelino Gutiérrez en que se considere platónico al
Maestro León y hay momentos en que el lector se inclina a darle la razón; pero
¿en qué otra escuela hallarían adecuado encaje conceptos y palabras cual las
siguientes: «La perfección de todas las cosas, y señaladamente de aquellas que
son capaces de entendimiento y razón, consiste en que cada una dellas tenga en
sí a [179] todas las otras, y en que siendo una, sea todas, cuanto le fuere
posible. Porque en esto se avecina a Dios, que en sí lo contiene todo... para
que venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo»?
El P. Marcelino apura su claro entendimiento para librar a Fr. Luis del
carácter platónico, sosteniendo que en las ideas del poeta no halla más que
ciertos influjos platónicos igual que de otras escuelas. Tanto empeño pone en
su tesis que parece considerar mancilla la filiación platónica, inexplicable
inconsecuencia en un hijo de S. Agustín, el gran platónico del cristianismo. En
realidad, Fr. Luis, siempre firme en la religiosidad, se nos presenta siempre
indeciso en la reflexión filosófica.
No, no tengo a Fray Luis por un perfecto platónico, veo vacilar con
frecuencia su criterio, sólo inquebrantable en la religiosidad, oscilante en
filosofía, mas los influjos platónicos, semejantes al que acabamos de ver,
actúan con tal vigor, que lo estimo de platónico, si bien no de filósofo
académico; porque en él veo el alma de Platón, aunque no la característica
filosófica.
La más popular de sus obras prosadas, La Perfecta Casada, recuerda
la Institutio feminae christianae, de Vives, y el Jardín
de las nobles doncellas, del P. Martín de Córdoba, pues a una y otra
imitó Fr. Luis. Cada capitulo desenvuelve un texto del Libro de los Proverbios,
sujeción que impide el desarrollo de un plan metódico, robando fruto y deleite
a la lectura. En la mente de Fray Luis el matrimonio es estado inferior al de
celibato, según el sentido íntimo de la idea cristiana, y además de la
finalidad procreadora de la especie, encierra una misión económica, «porque
para vivir no basta gozar hacienda, si lo que se gana no se guarda». La
educación de la mujer debe concretarse al oficio doméstico, sin aventurarse en
otras vías. La hembra ha de limitarse a la casa, pues «la naturaleza no la hizo
para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultad, sino para
un solo oficio simple y doméstico, ansí les limitó el entender...» [180]
Fray Basilio Ponce de León (1570-62), natural de Granada, agustino y
sobrino de Fray Luis, leyó Teología mucho tiempo en Alcalá, ganó cátedra en
Salamanca en 1608 y a su muerte se imprimió una especie de corona fúnebre con
escritos de muchos ingenios en loor del llorado Maestro. Mucho escribió de
teología y derecho canónico, y trató en una serie deDiscursos de Cuaresma, merecedores
de una versión al italiano, de combatir el suicidio sin exceptuar caso alguno,
en lo que se mostró más severo que San Jerónimo, pues este eminente apologista
exceptuó el caso extremo de peligrar la virtud de la castidad (absque
eo abi castitas periclitatur. Sobre Jonás, cap. I).
Más poeta y estilista que filósoto y, por ende, poco sujeto a mallas de
escuela, el jerónimo Fray José de Sigüenza, bibliotecario del Escorial y
fallecido en 1606, en su Historia del Rey de Reyes y Señor de los
Señores, no terminada, nos dejó un tratado de Teodicea que
debió servir de introdución a la vida de Jesús. Como todas las exaltaciones
religiosas, la de Sigüenza vuela inconsciente hacia el platonismo y al trazar
las relaciones entre Dios y los seres finitos nos recuerda la fórmula de Pablo
a los atenienses: In Deo sumus vivimus et movemur, porque la
naturaleza divina anima todos los seres, pues todos «tienen su centro donde se
recoge y donde nace su virtud», manifestando la esencia suprema que «en todos
es el mismo centro suyo y ninguno es concéntrico con él». Hubiera podido
clasificarse sin dificultad entre los místicos, pues suman tanto las analogías,
existe entre unos y otros tan viva cierta relación que yo me atrevería a
llamar Tactus intrinsecus, que no parece fácil trazar
fronteras entre platónicos y místicos [181]
§ V
El misticismo y los místicos
Carácter histórico-filosófico de la Mística: su heterogeneidad, sus
direcciones. –Diferencia entre el misticismo y el ascetismo. –Tránsito del uno
al otro. –Las órdenes religiosas. –Esencia de la Mística. –Origen, historia y
desenvolvimiento del misticismo. –Predominio del ascetismo en Castilla.
–Exotismo de la Mística en España. –Osadías del espirita místico. –Génesis y
carácter del misticismo en España: sus formas literarias: su bifurcación.
–Elementos humano y ontológico. Santa Teresa. –San Juan de la Cruz. –Bernardino
de Laredo. –Fray Juan de los Ángeles. –Malon de Chaide. Diego de Estella.
La primera reivindicación de la personalidad filosófica nacional se debe
a los místicos.
La escolástica envolvía en su impersonalidad las iniciativas, mas el
misticismo, como no se apoya en una revelación oficial para todos los hombres,
sino en una revelación individual, irradiada del Ser divino a cada estado
personal de éxtasis, abre cauce a las iniciativas particulares o de esos
individuos mayores llamados pueblos.
Así, pues, no cabe un credo místico homogéneo ni sistemático, porque el
extático llega a la plena posesión de su objeto por intuición sentimental,
sin auxilio de la dialéctica. Scientia procedens ex immediatis
intentionibus.
De aquí dos direcciones principales: el quietismo, que
no necesita de las obras, y elmisticismo activo.
Conviene ante todo distinguir el misticismo del ascetismo, confusión en
que inciden la mayoría de los críticos. [182]
Si analizamos la génesis del misticismo, la hallaremos en un estado
subjetivo congruente con pérdida de la inocencia intelectual. Cuando no puede
sostenerse el dogma, porque frente a él hay otro, brota el escepticismo; pero,
como afirmar que no se puede afirmar es ya una afirmación, no pudiendo
permanecer en la negación absoluta, se infiere que, no mereciendo completa
confianza nuestros medios de conocer, hay que arrojar esos instrumentos
inútiles para salir de ese estado que hizo decir a V. Cousin que el misticismo
es la desesperación de la razón humana y unirse sin intermediarios al objeto
del conocimiento, identificándose ambos términos (duo quae ibi unum
sunt).
Así el espíritu conoce a Dios por contacto esencial y por
intuición (Cognitio divinorum fuit semper in anima per simplicem
intuitum vel contactum).
Por eso en aquellas épocas cual el siglo de la Reforma, en que la duda,
la inquietud, se apoderan de las almas, el misticismo llena un vacío del
corazón, así como, por apoyarse en una revelación individual e inmediata, se
torna sospechoso a los siempre desconfiados ojos de la ortodoxia. No sin razón;
porque en la afirmación de la personalidad y su directa comunión con el Sol de
toda verdad, late una tendencia racionalista, que la sincera religiosidad de
nuestros místicos velaba considerando la intuición, no opuesta, sino superior a
la razón, el grado más alto de la ciencia humana.
El ascetismo nace de la voluntad, el misticismo requiere un estado
especial, la gracia.
El ascético busca una finalidad práctica: la salvación; utiliza la
virtud a guisa de instrumento para salvarse, sin concederle valor substantivo.
Es en esencia un egoísta, sólo atento a su bien particular, que procuraría, por
cualquier medio, si estuviese seguro de su eficacia.
No practica el bien por amor, sino por conveniencia; no puede llorar de
contrición, sino temblar de atrición.
El místico ama, contempla y no reflexiona; no piensa en su salvación por
interés, sino en la fusión con el [183] amado; no se preocupa de la conducta y
se entrega por entero hasta el sacrificio de la personalidad.
Aunque no hubiera cielo yo te amara.
Muchos de nuestros escritores religiosos comienzan ascéticos y, cuando
su espíritu se engrandece, se convierten en místicos. La orden religiosa de más
pronunciado misticismo es en España la carmelita; la menos mística y más
ascética, la férrea Compañía de Jesús.
Sin disputa el hombre ha nacido para la acción, no para el éxtasis. La
contemplación misma debe considerarse como un acto enderezado al fin humano. La
propensión a la vida mere-contemplativa supone una disminución de la
personalidad. El estado místico se presenta a título de anormalidad psíquica y
fisiológica; va saturado de sentimentalismo y exige un recogimiento interior
que se siente en el alma cual si tuviera otros sentidos que sustituyen a los
externos.
No sin fundamento escribía J. Simón: «Toute âme dévote est
mystique à ses heures.»
La esencia de la Mística en Filosofía reside en el conocimiento por
ministerio de la intuición y en Teología por la unión íntima con Dios, a la
cual se asciende por tres vías:purgativa o ascética (depuración
previa), iluminativa y sintética.
El misticismo gira como el Sol de Oriente a Occidente, sirviéndose como
mediadora de la raza hebrea.
En anterior capítulo vimos cómo el misticismo latente hállase en las
antiguas creencias asiáticas; en Platón; en Alejandría, singularmente en Filón,
que desenvuelve las hipóstasis divinas inspirado en las teorías académicas, y
en el mismo Plotino, cumbre y zenit de toda filosofía mística; en los
gnósticos; en San Bernardo; en San Francisco de Asís; en San Francisco de
Sales; en el andaluz Ibn Masarria, que lo infundió con mayor energía que nadie
en los semitas españoles, y hasta en Lulio y en pensadores del [184] siglo de
las luces; en el dominico Eckart; en Juan Tauler, estrasburgués que volaba al
panteísmo, y cómo se transmitió a la edad moderna.
La Literatura ascética, mucho más abundante que la mística, forma en
Castilla una cadena no interrumpida desde Séneca hasta hoy.
La mística carece de antecedentes en Castilla. El misticismo no es
español. Nuestro espíritu propende al positivismo; nuestra filosofía, a la
moral y a la política, y nuestra novela es enteramente realista.
Algunos creen que Raimundo Lulio ofrece el nexo entre la mística
oriental y la occidental.
Si en la Edad Media no se conocieron místicos en Castilla, ¿por qué
después los hubo? Por tres razones capitales: por influjo de la mística
universal; porque el sentimiento religioso tuvo ocupación en la guerra con los
árabes españoles y no había logrado estabilizarse, y, en fin, por el
renacimiento platónico y la difusión del petrarquismo. No estoy de acuerdo con
Rousselot al señalar dos causas, la índole nacional y la falta de libertad
religiosa.
Antes del siglo XV no hay en España sino traductores de los místicos
alemanes y de los italianos, y después de enterrado el misticismo, ha
continuado España sin libertad religiosa, de que carece todavía.
La situación política de España, la Inquisición y el despotismo
favorecían su aparición, porque el arrobo aleja al hombre de la sociedad y
brinda un refugio a todas las almas generosas y ardientes mal avenidas con las
asperezas del medio social. De ahí su oposición con el ambiente contemporáneo,
las ansias de reforma, tácitas o expresas, que a todos los místicos devoran y
hasta la constante animadversión al clero, a la que éste y la Inquisición
correspondieron con mal disimulada ojeriza.
En ese mundo subjetivo que la contemplación les crea, los místicos gozan
de una libertad que la realidad exterior les niega, y desde sus luminosas cimas
sientan principios que no hubieran osado exponer en la llanura social, porque
[185] tanto más atrevido se muestra el sentimiento cuanto más cohibido gime el
pensamiento por la tiranía exterior.
En España, la poética de los trovadores presta adecuada forma al
deliquio amoroso e imprime su sello en las producciones de nuestros místicos,
harto propensos al conceptualismo, bien provengan de la fuente bíblica, como
Laredo, San Juan de la Cruz y Jacinto Verdaguer; bien de la doctrina
neoplatónica, como Fray Luis de León y Luis de Ribera, bien como Santa Teresa y
Sor Gregoria, comiencen por el misticismo bíblico y adopten luego
singularísimas formas (raptus). Es verdad que los alejandrinos
alumbraron un venero de misticismo en cuyas aguas bebió el Maestro León, pero
el sentimentalismo germinó con preferencia en el Cantar de los Cantares. Los
españoles, sin darse cuenta, fundieron el ocaso del neoplatonismo con el alba
de la metafísica cristiana, inflamando su pensamiento en la llama devoradora de
un anhelo imposible de saciar.
Puede asegurarse que los españoles extrajeron todas las consecuencias
del misticismo, desde la suprema iluminación hasta las más groseras prácticas,
como en la secta de los alumbrados. Tenían mayor pureza en el procedimiento, y
en vez de ascender a Dios por la razón, al modo de los alejandrinos, o por la
admiración a la obra divina, amando a Dios en sus creaciones con la ternura de
San Francisco de Asís, se subliman sólo por ministerio del amor. Santa Teresa
compadecía a Luzbel, el ser más desgraciado, porque no podía amar.
Como su ascensión se verifica (non rationis sed mentis) desdeñando
la escala reflexiva, no necesitó conocer a sus precursores medioevales San
Buenaventura y Juan de Tauler, llamado «el doctor iluminado» cual nuestro
Lulio; ni a Juan Charlier, a quien pudiera considerarse autor de un misticismo
experimental que llega a la cópula con Dios, distinguiéndose siempre de él. Ni
siquiera recordó al glorioso mallorquín, en quien debía reconocer su legítimo
precursor. En realidad no confesaba génesis, porque no [186] representó ningún
proceso filosófico, sino un arranque pasional cuyo oleaje llegó a acariciar un
momento las playas de la filosofía.
Tampoco necesitaba admirar la creación, porque, salvo alguna excepción
cual la de Luis de Granada, ascético fronterizo de la mística, lleva un teatro
interior y nada ve ni interpone entre el alma y Dios, su adorado esposo.
La filosofía mística española resulta de una fusión del neoplatonismo
con el cristianismo, si bien no con acentuado carácter reflexivo, sino
nutriéndose del sentimiento y dejándose llevar de la intuición.
Al contrario de la sequedad teutónica, el estilo de los místicos
españoles es todo él una pura metáfora. Por eso sus escritos, no necesitando
preparación filosófica, adquirieron tan inmensa popularidad.
Esta filosofía, original en su modo español, se desborda en dos
direcciones opuestas, idealista exaltada la una y naturalista la otra. Ambas
coinciden en que la intuición o vista inmediata del ser es la fuente del
conocimiento; pero ambas se diferencian fundamentalmente en que la una encauza
la revelación personal directa por las vías de la revelación universal
consignada en la Buena Nueva, en tanto que la otra exagera la unidad, o mejor,
la simplicidad, hasta considerarla incompatible con su propio contenido,
viéndose obligada a establecer en la materia el principio de la diversidad.
La primera dirección, mal vista en sus comienzos por la ortodoxia
influida de la sequedad tomística, es la escala por donde ascendieron Santa
Teresa; Gregoria Parra; Fr. Juan de los Ángeles, que, siguiendo las huellas
porfirianas, utiliza las distinciones aristotélicas para lograr el éxtasis;
Malon de Chaide, que, lanzando su pensamiento por la vía neoplatónica, amplía
la doctrina agustiniana de que Dios está en todas sus obras, porque, siendo
El vía, veritas et vita,las cosas en El son El mismo, sin que tal
principio suponga consubstancialidad, sino acuerdo de la voluntad por
ministerio del amor; Diego de Estella, que se [187] representó a Dios como un
centro sin circunferencia, hacia el cual, como dardo disparado, se precipita el
pensamiento...; proceso que lleva inevitablemente en sus últimas
determinaciones a un panteísmo idealista, negador de la materia.
Encierra la filosofía mística un elemento antropológico predominante en
Santa Teresa, que aspira a la unión con Dios por el amor y la voluntad, a un
connubio místico que nos hace amar en Dios a las criaturas, y otro ontológico
el de San Juan de la Cruz, que procura la unión por la esencia y llega al
anonadamiento, a la renuncia de la personalidad {(1) Todo lo que va dicho de
los místicos en general es reproducción del artículo que hace muchos años
consagré al mismo tema en mi Historia General de la Literatura y
amplié en la ultima edición (Tomo II).}
Santa Teresa de Jesús, llamada en el siglo Teresa de Cepeda y Ahumada
(1515-82), profesó en la Orden Carmelita, fundó muchos conventos, sufrió
contrariedades y luchó por la conquista de las almas, mientras sus hermanos
guerreaban en América. Tenían por antecedente los escritos teresianos ciertos
libros como el Tercer Abecedario espiritual, obra de abundante
erudición y doctrina, una de las fundamentales para el estudio de la mística
hispana, publicada en 1527 por Fray Francisco de Osuna.
La primera obra publicada por la Santa, a quien el nuncio de S. S.
llamaba «femina andariega que se mete a escribir», se tituló El
discurso de la vida e imita las Confesiones de San Agustín, cuyos
admirables libros leyó según nos refiere ella misma.
Ya el libro despertó sospechas de iluminismo que motivaron un proceso en
la Inquisición. El carácter de esta producción es de psicología mística y poco
teológico, pues cuando se plantea algún tema transcendental procede como por
tanteo y deja ver su inseguridad tanto en la materia como en el lenguaje.
El camino de la perfección contiene enseñanzas para [188]
sus religiosas y responde a la ética del misticismo. Los conceptos del
amor de Dios, que ha llegado a nosotros muy incompleto, es un arrebato
de amor divino en que explana las ideas místicas que la animaban. El mismo
sentimiento que campea en los citados libros inunda los versos, auténticos los
menos, y las epístolas de la Santa. Su misticismo se inspira en La
Imitación de Cristo y en otros místicos anteriores, singularmente en
Bernardino de Laredo y en el Cartujano, con no escasos influjos de las
hagiografías y libros caballerescos.
Santa Teresa refleja su carácter en El castillo interior o Las
Moradas, al pintar la hermosura del espíritu, la fealdad del pecado y
cómo la oración es la llave del castillo interior. Dios, según la Santa, se
comunica directamente al alma por visión intelectual «como se apareció a los
apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: Pax vobis»,
El espíritu de Platón, latente en todo misticismo, hace preguntar a la
Santa:
«¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y
no se conociese, ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra?»
Implícito en la ingenua interrogación, se esconde aquel sentido platónico de
que el conocimiento de sí sirve de base a la ascensión del alma para llegar al
conocimiento de la divinidad. Cada morada representa un grado de la oración,
pasando de la oral a la mental; la quinta es la unión; la sexta, el éxtasis, y
la séptima, la fusión en que no pueden separarse así como es imposible separar
dos llamas. El plan recuerda el de la Scala coeli de San Juan
Clímaco, en que los peldaños para ascender equivalen a las moradas de Santa
Teresa.
En Las Moradas se notan las exaltaciones de su
juventud, pues antes de ser monja trató, en colaboración con su hermano
Rodrigo, de componer libros de caballería, y este carácter resalta en la obra,
que forma una especie de libro místico de caballería. Es el tratado de la
ontología mística. [189]
A su exaltación religiosa atribuyeron los antiguos el bellísimo soneto
que comienza:
No me mueve, mi Dios, para quererte.
Plenamente demostrado que no es obra de la Santa, ni de San Francisco
Javier, ni de Fray Pedro de los Reyes (opinión de F. Espino), ni de Fray Miguel
de Guevara (opinión de Carreño), ni de San Ignacio de Loyola, nadie ha podido
justificar hipótesis alguna acerca del verdadero autor. ¿Quién sabe? Acaso la
estirpe del soneto no sea siquiera española y sus raíces se extiendan por
Italia, de donde tantas ideas inmigraron a nuestro suelo y en donde Francisco
de Asís sembró los gérmenes de místicos espasmos, desvaneciéndose la
personalidad en oleadas de divino amor.
El lenguaje de Santa Teresa no es muy correcto en verso ni en prosa.
Ticknor lo ha tachado de declamatorio y difuso; el Sr. Arpa reprocha que suela
ser «algo incorrecto su lenguaje y algún tanto descuidada la estructura de las
cláusulas», y Menéndez y Pelayo en sus explicaciones (V. apuntes) decía que
«apenas parecía prosa literaria». En la sinceridad de sus sentimientos y en la
índole de su especial misticismo se ha de buscar el mérito de la santa doctora.
En vano el Sr. Sala y Villaret se obceca en hallar rastros de
protestantismo en la doctora abulense, si no expresos, como cree hallarlos en
San Juan de la Cruz, al menos en la forma posible para «una mujer iliterata,
supeditada a las influencias varoniles, de las cuales una mujer no puede nunca
prescindir». No, ella jamás pone en duda los dogmas del catolicismo; sustenta
la tesis de la salvación por las obras, una de las más acentuadas diferencias
entre católicos y protestantes, diciendo: «Obras quiere el Señor; que si ves a
una hermana a quien puedas dar alivio, no se te dé nada de perder la devoción»
(III de las Quintas Moradas) y no se niega jamás a adorar a la
Virgen ni a los santos. [190]
Su predilección por el Cantar de los Cantares y sus pujos de
familiaridad con Dios, al cual casi humaniza, hasta negar la necesidad de
intermediarios entre el Creador y sus criaturas y reprender a «las que ponen su
fundamento sólo en rezar y contemplar» (Moradas Séptimas, c. IV), imitando un
pasaje de Fray Luis de Granada, achaques son de todos los misticismos, flechas
siempre atraídas por el blanco panteísta y, por ende, sospechosas a la
ortodoxia.
Aun siendo hermanos en la religión, colaboradores en su reforma y ambos
místicos, literariamente una barrera separa a Santa Teresa de San Juan de la
Cruz. La primera desdeña el arte, no pule el lenguaje ni el estilo. San Juan no
olvida que es un humanista y se complace en la perfección de la forma.
Juan de Yepes y Álvarez, conocido por San Juan de la Cruz (1542-91),
carmelita y amigo de Santa Teresa, gimió preso en un convento de descalzos en
Toledo. Sufrió allí crueles tormentos, incluso el de verse insultado y azotado
por sus cofrades, y hubo de evadirse por una ventana que daba sobre el río y
retirarse al corazón de Sierra Morena. Arrastrado por las ficciones propias de
la época, se engolfa en una bucólica mística y semi-esotérica, cuyo fondo es el
desprecio del mundo y la unión con Dios por el amor. La forma resulta obscura
para el público en general por el sentido simbólico del lenguaje, y las
imágenes proceden del Cantar de los Cantares. La Noche obscura del alma y
cuanto San Juan escribió en prosa, se destinó a servir de clave para la
explicación de sus poemas.
Yepes extrema la tesis teresiana. Para lograr a Dios se impone la
renuncia de la naturaleza humana. Cuando las facultades se anonadan, recibe el
alma luz de Dios, pero esta luz se convierte en tinieblas, noche obscura del
alma, porque ésta no puede soportar tanto resplandor. El espíritu vive en la
vida de Dios, sólo separado de ella por un velo. Cuando la muerte desgarre este
velo comenzará la verdadera vida. Dios solamente satisface al alma enamorada
que «se renueva y viste de El». «Las criaturas son como [191] un rastro de
Dios». Los mayores influjos que en San Juan se advierten proceden del
Areopagita y de San Buenaventura.
¿Quién no ve también los gérmenes del quietismo, que antes preconizara
Bernardino de Laredo, que posteriormente había de sistematizar el P. Molinos y
que acecha al cabo de todo sendero místico, en estas palabras de la Llama
de amor viva y en numerosos pasajes análogos: «En la substancia del
alma, donde ni el demonio, ni el mundo, ni el sentido pueden llegar, pasa esta
fiesta del Espíritu Santo; y, por tanto, tanto más segura, substancial y
deleitable es; porque cuanto más interior es más pura; y cuanto hay más pureza,
tanto más abundante, frecuente y generalmente se comunica con Dios; y así es
tanto más el deleite, el gozar del alma y del espíritu, porque es Dios el
obrero de todo, sin que el alma haga nada de suyo en el
sentido que luego diremos. Y por cuanto el alma no puede obrar connaturalmente
y por su industria nada, sino por el sentido corporal, ayudada de él, del cual
en este caso está ella muy libre y muy lejos, su negocio es ya solo recibir de
Dios, el cual solo puede en el fondo del alma, sin ayuda de los sentidos, hacer
y mover al alma y obrar en ella...»
En la Subida al Monte Carmelo censura a los que sólo
piensan en tener bellos oratorios e imágenes, porque «la persona devota en lo
invisible principalmente pone su devoción».
El Sr. Sala ve influencias luteranas en la Subida al Monte
Carmelo. El autor no da la importancia que Santa Teresa a las obras.
Sienta que la fe es el propio y acomodado medio para la unión con Dios, y
prosigue: «De lo dicho se colige que, para que el entendimiento esté dispuesto
para esta divina unión, ha de quedar limpio y vacío de todo lo que puede caer
en sentido; puesto en fe, la cual sola es el próximo y proporcionado medio para
que el alma se una a Dios»... «El camino de la fe es el sano y seguro y por
este han de caminar las almas para ir adelante [192] en la virtud, cerrando los
ojos a todo lo que es del sentido e inteligencia clara y particular.» Tales
afirmaciones y otras análogas se nos antojarían sospechosas, como parecieron a
los teólogos del siglo XVI, si no se conociera la peculiar fraseología de la
Mística, y su propensión velis nolis panteística.
Uno de los primeros místicos y con originalidad de concepción es
Bernardino de Laredo. De familia ilustre, nació en Sevilla el año 1482. Entró
como paje al servicio del Conde de Gelves. En la Universidad hispalense estudió
Artes, y luego terminó la Medicina con los grados de Licenciado y Doctor. A los
doce años de su edad había sentido el impulso hacia la vida monástica, pero a
los veintiocho se recrudeció la vocación, y en 1510 tomó el hábito en el
convento de San Francisco del Monte. No por esto abdicó de la ciencia médica,
ejerciéndola, bien entre sus hermanos, ya con sus vecinos, y aun el Rey de
Portugal Don Juan II solicitaba su pericia en las dolencias. En el convento del
Monte falleció el año 1540.
Todas las obras que publicó Laredo diolas como anónimas, seguramente por
modestia. Algunas tienen notoria importancia en la historia de la Medicina;
tales son: Metaphora medicinae(Hispali, 1522), y Modus
faciendi: cum ordine medicandi (Hispali, 1522). Hubo otras ediciones
en 1534 y 1542, de Sevilla, y una en 1617, de Alcalá. Hablando de esta obra,
dice el Sr. Olmedilla y Puig que Laredo se adelantó «más de tres siglos a las
ideas que expusiera el ilustre Liebig respecto a la teoría de la panificación».
La Crónica franciscana de la provincia de Los Ángeles le atribuye
un Tratado contra el uso del vino.
Juzgando el Sr. Olmedilla la importancia científica de Laredo en
el Discurso inaugural de la R. Academia Médica el año 1904,
dice: «Sus obras conquistaron universal renombre, que, volando de pueblo en
pueblo, a pesar de los difíciles medios de comunicación que entonces existían,
alcanzó la estima de los sabios y de algunos monarcas, y [193] en medio de la
sublime aureola de su modestia, de que siempre estuvo rodeado, no ha podido
menos la Historia de hacerle justicia, arrancándole del obscuro rincón en que voluntariamente
se conservara, y hale ostentado a la luz de la opinión general con el prestigio
que merece, como la perla escondida en el fondo del mar.»
Son sus obras religiosas Reglas de Oración y Meditación y Subida
al monte Sión: por la vía contemplativa. Contiene el conocimiento nuestro y el
seguimiento de Christo, y el reverenciar a Dios en la contemplación quieta (Sevilla,
1535). Hubo otras ediciones sevillanas en 1538 y 1553; y otras en Medina, en
1542, de Valencia, en 1590, y de Alcalá, en 1617. Libro es éste de
transcendencia en la mística española. Su influencia se deja sentir en casi
todos los escritores místicos y más honda en Fr. Luis de León. Aunque anheloso
de confundirse con Dios, Laredo no llega a la absoluta negación de la
personalidad, evitando el escollo panteísta que no todos los místicos salvaron.
La primera parte del libro, dedicada a la anichilación, tiene
un valor esencialmente propedéutico, y entiende la negación de sí «negar a
nuestro cuerpo toda petición sensual» (c. III). El alma ha de esforzarse por
estar siempre en presencia de Dios y en estado de quietud.
La segunda, dedicada a los misterios de Cristo, abunda más en simbolismo
y concluye distinguiendo la caridad del amor a nosotros y al prójimo. Amar a
Dios es «desamar a quanto crió por amarle mejor a él... Pues como nos mande
Dios que nos amemos unos a otros, y dize que en este amarnos seremos conocidos
ser sus sieruos, Luego no nos conviene desamar todo lo criado... El amarnos
unos a otros no tiene contradición para amar a solo Dios, quando quiera que a
él le amamos por sí mismo y a nosotros nos amamos por su amor».
La parte fundamental es la tercera, «la qual llama el anima a se
encerrar dentro de sí a la contemplación quieta». Ensalza la contemplación,
«que es pura, simple y quietísima», celebrando los «grandes bienes que están en
el [194] sosiego del ánima con silencio de potencia», pues el sueño de éstas
despierta el espíritu al vuelo del amor. El amor reviste cuatro formas. Se
llama operativo cuando nos impulsa a la virtud; desnudo, cuando
ningún interés le guía; esencial, cuando la substancia divina
constituye toda su ocupación, y unitivo,cuando se llega a la
perfección en la contemplación quieta.
Ofrece Laredo la singularidad de no haber recibido, al menos
directamente, influios platónicos, antes bien parece un escolástico en ciertos
pasajes, aunque contados y rápidos, p. ej., cuando trata de la distinción entre
el espíritu y el cuerpo, llamando al primero forma del segundo, según el
concepto peripatético anima est forma corporis.
El franciscano Fray Juan de los Ángeles (1536-609) señala otra variedad
en la doctrina del amor místico. En su pecho no brota espontánea la llama, su
teoría es seria y reflexiva. Comenzó por los Triunfos del Amor de Dios (1584)
perfeccionados en la Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma (1600),
en que ambos contendientes se hieren y cautivan; prosiguió exponiendo su
doctrina en los Diálogos de la conquista del espiritual y secreto reino
de Dios (1595) y después de la Lucha publicó el Manual
de Vida perfecta (1668) y otras obras de menor interés impregnadas de
igual misticismo.
Distingue las varias clases de amores; sostiene que el alma es tabla
rasa y susceptible de educación; considera la voluntad como una libre y dulce
inclinación hacia Dios; llama a la inteligencia nodriza de la voluntad y
asiento en Dios el fin de la voluntad y el entendimiento. Para llegar a El hay
que pasar por tres purificaciones: renunciar a todas las nociones procedentes
de los sentidos y a todas las representaciones de la fantasía, porque Dios
carece de forma y es, por tanto, inimaginable, y renunciar a conocerle por el
razonamiento, porque Dios no puede ser definido ni demostrado, siendo el
demostrador universal.
Nótase en Fray Juan la estela porfiriana, y acaso el influjo de Juan de
Ruysbroeck, a quien no sé si leyó. [195]
En cambio el agustino Pedro Malon de Chaide, fallecido en 1589, poeta,
orador y teólogo, autor de la Conversión de la Magdalena, al
desenvolver la teoría del amor divino, principio y ley de la creación y de la
vida, sigue las huellas de Plotino, no sin utilizar para arribar al éxtasis las
distinciones del Peripato. El conocimiento de las cosas divinas redime al alma
del pecado y el amor la sublima dándole una ciencia superior en el seno del
Infinito. La creación es un ejemplar divino; el amor, el artista que da forma y
belleza a lo que antes no la tenía.
Dios se nos presenta como centro de un círculo cuyos radios son las
criaturas, encontrándose El en cada radio. No hay más que una vida y esa está
en Dios: ego sum via ventas et vita. La obra de Malon, más que
alta especulación filosófica, semeja tratado de vulgarización. El mismo nos
advierte en el prefacio que se inspira en «los que mejor hablaron de esta
materia», es decir, en las doctrinas de Hermes Trimegisto, de Orfeo, de Platón,
de Plotino y de Dionisio Areopagita. Y no nos engaña, porque así como su teoría
del amor considerado como atracción a lo bello proviene directamente de El
Banquete, su concepto de la idea arrranca de la escuela alejandrina. En su
entusiasmo platónico, Malon se olvida de sí e imita y a veces traduce Sopra
l'amore de Marsilio Ficino.
Confirma el sello vulgarizador, la humorada de intercalar versos propios
y ajenos, que trata de justificar diciendo: «La razón de esto es, porque ya por
nuestros pecados tenemos tan estragado el gusto para todo lo que es de Dios y
virtud para poder tragar lo que de esta materia se nos dice es menester
dárnoslo con mil sainetes y salsillas y muy bien guisado, y aun Dios y ayuda
que así lo podamos comer.»
Diego de Estella (1524-78), en sus Meditaciones devotísimas del
amor de Dios (1578), obra erudita y en el estilo imitadora del
inimitable Fr. Luis de Granada, piensa en Dios como Ser único, ubicuo,
principio de todo y centro hacia el cual todo gravita, no obstante que su [196]
circunferencia no esté en parte alguna. La doctrina del P. Estella, aunque bien
expuesta, no trae novedad a la mística.
§ VI
Los ascéticos
¿El ascetismo es una filosofía? –Interés de su estudio en nuestra
patria. –Orígenes de la literatura ascética. –Libros de moralidad y de
devoción. –Fray Luis de Granada; sus obras, su proximidad al misticismo. –El P.
Ribadeneira.
Ignoro hasta dónde pueda el ascetismo darse aires de filosofía. No
existe investigación de la verdad, porque la fe la presupone. Tampoco hace
falta la metodización, por depender de la voluntad más que de la inteligencia.
Sea natural o religioso, aceptando esta división señalada por los teólogos, su
esfera se mece en el dominio de la ética, según indica su misma etimología;
pero, puede ser, y así sucede con frecuencia, cuando se han subido los tres
peldaños que S. Ignacio llama grados de humildad, un puente por donde
fácilmente se penetra en la mística, que ya no se limita a gimnástica de la
voluntad, sino que agrega a la teología popular, creada por el ascetismo, una
teología de orden superior, la cual, arrancando de la psicología, se
transfigura por ministerio de la intuición en plena ontología. Aquí desaparece
todo interés personal, amando sólo por amar.
No obstante, algún interés reviste para nuestro estudio el de los
ascéticos, porque gran parte del pensamiento filosófico y teológico de nuestra
raza se halla diluido en los sermones y libros de tales escritores, si bien en
forma [197] popular, como destinados a lectores de todas las categorías
mentales.
Esta literatura ascética, lo mismo que la mística, no aparece antes del
siglo XVI, sino en forma embrionaria, sin que la represente ningún autor de
primer orden. Reconoce por fuentes teológicas las Sagradas Escrituras, los
Santos Padres y la escolástica cristiana medioeval y por orígenes filosóficos
la tradición clásica helénica, dando preferencia al elemento aristotélico, así
como los místicos habían preferido el platónico.
Durante la Edad Media escasean en España los tratados religiosos. En
cambio abundan los morales mezclando con la idea cristiana dos elementos
paganos que extraían de los moralistas antiguos, principalmente de Séneca, y
otros de origen claramente oriental. El Oracional, de Alonso
de Cartagena; El vencimiento de sí mismo, de Madrigal, y algún
otro análogo despiertan exiguo interés para la filosofía y para la literatura.
En cambio en los siglos XVI y XVII se cuentan por millares los libros de
devoción y surgen autores de cierta importancia. En primer lugar podemos
colocar a Juan de Ávila (1500-69) al cual debemos Comentario sobre el
salmo Audi, filia et vide y el tratado del Santísimo
Sacramento, si bien puso lo más selecto de su alma en las Cartas de
dirección espiritual, que recuerdan la correspondencia entre Séneca y Lucilo y
ofrecen interés para el estudio de las costumbres andaluzas.
De Fray Luis de Granada (1504-89), orador no superado ni igualado
siquiera en la iglesia de España, sólo interesan para este estudio las
siguientes obras:
Libro de la oración y meditación, libro de sensibilidad, no
reflexivo y verdadera obra de espontáneo artista. En sus meditaciones, por el
fondo ascéticas, va apuntando el germen del misticismo que florecerá en Guía
de Pecadores, libro de carácter ético y acaso el más firme de estilo
de cuantos compuso Fray Luis; consta de dos libros: el primero es una hermosa
excitación a la virtud; el segundo, una [198] guía para practicarla. El éxito
fue inmenso, y la admiración de los doctos la tradujo a varias lenguas. Lo
mismo la Guía que el tratado de la Oración y
meditación (1554), obra elocuentísima, y constante apelación al
sentimiento, se incluyeron en el Índice y no se reimprimieron
sino cuidadosamente expurgados. San Pedro de Alcántara confesó que su libro
de Oración y Meditación era un simple compendio de la obra de
Fray Luis.
Memorial de la vida cristiana. En estas ardientes páginas se
salvan las lindes del ascetismo y se penetra en las luminosas vías de la
mística. Fúndense allí y aún más claramente en lasAdiciones las
enseñanzas tomísticas que bebió en su Orden con las intuiciones platónicas,
indefectibles en toda exaltación mística, siendo a la vez un libro de filosofía
cristiana y un vademecum de filosofía religiosa popular, es decir, un tratado
del amor divino.
Introducción al Símbolo de la fe. En esta obra, desarrollo
estético de la prueba ontológica de la existencia de Dios, se desenvuelve una
completa teodicea. Propúsose el autor trazar una propedéutica o preparación
para la teología y algo parecido en el fondo al posterior intento de Chateaubriand
en El genio del cristianismo. A la exposición de la ontológica
sigue la prueba llamada física y presenta una cosmología apologética de intensa
energía descriptiva, no sin analogías con las Armonías de la
Naturaleza, por Bernardino de Saint Pierre.
Con sentido muy propio de su educación tomística y de su personal
complexión poco escolástica, señala la diferencia entre la filosofía y la
mística diciendo: «Esta ciencia no se queda en sólo el entendimiento, como la
que se alcanza en las escuelas, sino que comunica su virtud a la voluntad,
regulándola y moviéndola, y penetrando todos los rincones y senos de nuestra
alma».
Así el gran Fray Luis se nos presenta con un pie en la ascética y otro
en la mística. Como los místicos, cree que sólo Dios puede calmar la infinita
sed del alma humana; pero, como los ascéticos, procura llegar a El por el [199]
estudio, la oración y la virtud, no por la sublimación de las potencias que las
conducen al éxtasis, pues si la voluntad y la razón formadas para el bien y la
verdad tienden por naturaleza a Dios, belleza suprema, y a abismarse en un
océano de amor, no debe prescindirse de la vida activa porque la práctica de la
virtud es también una oración.
Discípulo y biógrafo de San Ignacio, el P. Pedro de Ribadeneira
(1527-611), además de numerosas obras históricas, dejó el Tratado de la
tribulación y Tratado de la religión y virtudes que debe tener
el Principe cristiano, contra Maquiavelo, obras de segundo orden en la
bibliografía de su autor. Nada nuevo ni original ostenta su texto, salvo la
propensión a un ascetismo colectivo o político, al cual asigna tanta o más
importancia que al individual. Tal idea le sugiere la división del primer
tratado en dos libros, uno dedicado a las tribulaciones particulares y modo de
remediarlas, otro a las generales y sus remedios. La tesis fundamental de la
obra descansa en el concepto de «Que Dios es el autor y causa primera y
principal de todas las tribulaciones y penas que padecemos... para corregir y
purgar y perficionar a los hombres» (I, III). En el segundo tratado insiste en
el tradicional prurito de someter la jurisdicción civil a la eclesiástica,
causa, según Espinosa, de todas las contiendas políticas y del malestar de los
pueblos. «Ningún rey es rey absoluto ni independiente ni propietario, sino
teniente y ministro de Dios, por el cual reinan los reyes y tiene ser y firmeza
cualquiera potestad» (I, 14). Por tanto, no tienen los monarcas obligación más
perentoria que la de perseguir la herejía y exterminar los herejes; porque «Si
el que hace moneda falsa es quemado, ¿por qué no lo será el que hace y predica
doctrina falsa?... Muere por justicia la mujer que no guardó la fe a su marido
y ¿no morirá el que no guardó la fe a Dios?» (I, 25). ¡Qué aberraciones sugiere
el fanatismo!
Tampoco admite el marco de esta obra figuras de tan escaso relieve como
fray Hernando de Zárate con sus indigestos Discursos de la paciencia
cristiana. [200]
Así, al compás que declinaba la mística en los siglos XVII y XVIII hasta
adoptar en el XIX nuevas formas en los espíritus elevados, se dilata la
ascética en opulenta proliferación hasta el siglo pasado, sostenida por la
mentalidad inferior y vulgar, barrida la una y azotada la otra por el huracán
positivista que respeta la hipocresía de la forma mientras combate la
sinceridad del fondo.
§ VII
El protestantismo
La Inquisición: su instalación en Sevilla. –Celo de los inquisidores.
–Pasividad de la nación, excepto de Aragón y Andalucía. –Cartas de la reina
Isabel. –Del erasmismo al protestantismo: Juan de Valdés: su indecisión entre
las varias tendencias reformistas. –Juan Díaz. –Alfonso Díaz, fratricida.
–Servet. –El protestantismo en España. –Se vigila el comercio de libros. Los
protestantes de Valladolid: Agustín de Cazalla, D. Carlos de Seso, el P. Pedro
de Cazalla, otros reformistas, las monjas de Belén. –Vicisitudes de la
comunidad. –El pueblo reclama la hoguera para los reformados. –Autos de fe. –El
protestantismo en Sevilla. –Rodrigo de Valer. –El Dr. Egidio y el Dr.
Constantino. – Pérez de Pineda. –Comunidad reformada. –El Doctor Ponce de León.
–Losada. –Fernando de San Juan. –El Dr. González. –El monasterio de San Isidoro
del Campo. –Pesquisas de la Inquisición. –Prisiones. –Evasiones. –Procesos y
autos de fe. –Protestantes emigrados: Reina, Corro, Valera.
La edad moderna se abre con un nuevo factor de las contiendas
religiosas, el protestantismo, cuyas salpicaduras [201] no respetaron la blanca
veste de la ortodoxia hispánica. A petición de los reyes de España el Papa
Sixto IV dio en 1478 una bula permitiendo la creación de un tribunal
independiente de la jurisdicción episcopal, del Tribunal de la Inquisición,
instituido para velar por la pureza de la fe católica.
Sevilla, la ciudad más importante del reino y la más expuesta a las
herejías por el carácter universal de su cultura, pues las Universidades no
estudiaban más que teología ortodoxa, fue preferida para establecer el famoso
Tribunal, que en la capital de Andalucía se instaló en primero de Enero de
1481.
Innumerables fueron los herejes conversos atemorizados por la
fiscalización eclesiástica. Multiplicáronse las prisiones hasta el extremo de
llenarse las cárceles, no obstante el crecido número de fugitivos. Una parte
muy considerable de los arrestados pertenecía al elemento intelectual de la
población.
Con tal celo activaron los inquisidores los procesos, que el 4 de
Noviembre del mismo año en que se estableció el Tribunal, iban ya quemadas
doscientas noventa y ocho víctimas sólo en Sevilla.
El cronista Espinosa y Cárcel dice que «los herejes que se hallaron
fueron quince mil, de los cuales no se quemaron más que dos mil». La
extraordinaria diligencia de los inquisidores españoles movió a compasión al
Papa. Sixto IV les amenazó con la destitución si no se ajustaban a las reglas
del derecho y nombró Inquisidor general a Fray Tomás de Torquemada con encargo
de reorganizar el Santo Oficio.
El establecimiento de la Inquisición no despertó el menor disgusto en el
centro ni en el norte de España. Unicamente los aragoneses y los andaluces
vieron con pena su instalación. Los aragoneses protestaron tumultuariamente,
cosa extraña, porque la Inquisición no constituía ya una novedad para ellos.
Que en Andalucía, y especialmente en Sevilla, cayó mal la innovación, se
comprueba por las dos [202] cartas siguientes que se conservan en el Archivo
municipal de la ciudad y que parcialmente reproduzco por ser documentos
históricos poco conocidos. La primera de ellas termina así:
«Como podría suceder que algunas personas sabedoras, bullicieran y
quisieran promover escándalo en la ciudad, para impedirlo vos mandamos esta
nuestra Carta,en la qual os mandamos que no consintáis que persona
alguna sea qual fuere su estado o condición, promueva bullicio, escándalo ni
alboroto sobre lo suso dicho. Y si alguno les ficiere les prendais los cuerpos
y les embargueis todos sus bienes inmuebles y raíces. –En Medina del Campo a 3
días del mes de Octubre de 1480. –Yo la Reyna.»
Y la segunda, que debía pregonarse en las plazas y sitios de costumbre
para conocimiento de todos los vecinos de Sevilla, termina así:
«Y por cuanto he sido informada que algunos malos y no fieles
cristianos, por temor de las penas que merecen, y por vivir más libremente en
su infidelidad se han ausentado o quieren ausentarse de mis Reynos y Señoríos y
se van al reino de Granada y a otras partes y se retornan moros y judíos, para
lo qual venden y enagenan sus bienes o los dejan en guarda y depósitos de otras
personas, cosas todas que redundan en deservicio del Rey, mi Señor, y mío.
»Por ende, Yo, queriendo proveer en ello como cumple al servicio de Dios y
acrecentamiento de la fe católica, vos mando a todos y a cada uno de vos, que
cuando supieredes que algunos de los tales susodichos se ausentan o quieren
ausentarse de los lugares donde viven para ir fuera de nuestros Reynos, no los
acojais ni defendais; antes los prendais y fagais prender los cuerpos y los
tengais presos; y si algunos bienes llevaren consigo, que se los toméis y
pongáis en poder de personas abonadas, por inventario ante escribano público y
lo hagais luego saber a los dichos inquisidores. –Dada en Medina del Campo a 9
días de Noviembre de 1480. –Yo la Reyna.» [203]
La derivación del erasmismo al protestantismo, apuntada en Alfonso de
Valdés, se representa por su hermano Juan. La primera etapa de la vida de Juan
de Valdés es tan oscura como la de su hermano. Créese que nació en Cuenca y no
ha podido comprobarse si estudió en la universidad complutense. Dedicó su
mocedad a aprender las lenguas clásicas, aprendió más tarde el hebreo y alternó
tan doctas enseñanzas con la lectura de libros de caballería, a que fue
extremadamente aficionado. Por mediación de Alfonso entró en relaciones con
Erasmo, del cual recibió muestras de afecto, y en 1528 compuso solo o en
colaboración con su hermano, punto aún no resuelto por la crítica, El
Dialogo de Mercurio y Carón, libro de adulación a Carlos V.
Ignoro qué causa hizo a Valdés marchar a Roma en 1531. Parece probable
que allí se convirtiera al protestantismo, cuyas doctrinas no eran bien
conocidas en España. Pasó en 1531 a Napóles, donde fijó su residencia,
dedicándose hasta su fallecimiento (1541) a la predicación de las doctrinas
luteranas.
Inició entre sus amigos el estudio de las epístolas de San Pablo, y
formó con ellos una congregación que llegó a contar hasta tres mil afiliados.
Compuso entonces Valdés el Alfabeto cristiano, diálogo entre
el autor y su discípula, la duquesa viuda de Trajetto, donde recomienda, como
en un tiempo los krausistas, «que lea cada uno en el libro de su conciencia». A
la misma época se refiere el escrito: Comentarios a las Epístolas de
San Pablo, en que expone la doctrina luterana acerca de la fe y la
justificación.
La obra de Valdés que mejor refleja su pensamiento es la titulada Ciento
y diez consideraciones divinas. Resulta de su lectura que Valdés era
antitrinitario, puesto que, después de interpretar la afirmación bíblica de que
el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, dice en otro lugar:
«entiendo que esta imagen de Dios estaba en la persona de Cristo en cuanto al
alma, antes de su muerte». Es [204] decir, que Jesús se hallaba respecto a Dios
en idéntica relación que el hombre antes del pecado original. El hombre, según
Valdés, ha perdido por el pecado algo de la imagen divina, mas por los méritos
del Salvador, puede recobrar aquella parte de la imagen de Dios correspondiente
al espíritu. De esta manara el hombre llega, merced a Cristo, a asemejarse a Dios como
Cristo, si bien éste sea cabeza y los hombres miembros. Estos hombres
sólo conocen a Dios por la criatura, lo que equivale a conocer a un pintor por
sus cuadros, o bien por los libros sagrados, o sea como a un autor por sus
escritos, mientras que debemos conocerlo por Cristo, que es como conocer al
emperador por su retrato o por sus familiares. Verdad que en algunos pasajes
llama a Cristo hijo de Dios, mas no se olvide que Valdés considera hijos de
Dios a los que se dejan dirigir por él (Cons.III). Acaso Valdés, al modo
de otros pensadores, supondría a Cristo una entidad intermedia entre Dios y el
hombre.
Por lo menos, en toda la obra no se halla una afirmación rotunda y
terminante de la divinidad de Cristo; tampoco existen claras negaciones por el
evidente afán de eludir la cuestión con ambigüedades de lenguaje. Un trinitario
no podría declarar que «a Cristo debemos fe y a Dios adoración en espíritu y en
verdad». Obsérvase además que cuando nombra al Espíritu Santo lo hace en el
sentido de luz o espíritu divino, jamás como persona integrante de la Trinidad.
Como todos los inclinados al misticismo, abate la razón humana, la juzga inepta
para el conocimiento divino, que no se consigue sino por Dios mismo, así como
no se puede ver el sol sin el sol. Hasta el deseo de saber le parece
condenable, pues por esa insana curiosidad vino a la tierra el pecado (Cons. LXVIII).
No hubieran extremado más la idea aquellos absolutistas fernandinos de hace un
siglo que condenaban «la funesta manía de pensar».
El cristiano debe confiar en Dios, que lo mantendrá en su gracia durante
la vida terrena y lo llamará a su gloria [205] cuando abandone el mundo.
Muéstrase también la tendencia fatalista de los místicos en atribuirlo todo a
Dios, hasta el pecado (Cons. XLIX).
La moral de Valdés, severa y de rigoroso ascetismo, manda refrenar los
sentidos. La carne es enemiga de Dios y no menos la razón natural y la
voluntad. El hombre debe renunciar a discernir cuál sea su deber. Dios lo
moverá a obrar; la criatura ha de permanecer en quietud hasta sentir la
inspiración divina.
Si se compara a Valdés con las diversas direcciones del protestantismo
se le verá coincidir ya con una, ya con otra, ora con los luteranos, ora con
los unitarios, ora con los cuáqueros, y se advertirá el carácter germánico de
su misticismo.
Aun con menos importancia que Valdés para la indagación filosófica,
escribieron de asuntos religiosos Jaime de Enzinas, quemado por la Inquisición;
su hermano Francisco (†1552) y Pedro Núñez Vela, autor de Dialéctica, partidario
de Ramus, y profesor de lengua helénica en Lausanne.
Jaime de Enzinas convirtió al protestantismo al conquense Juan Díaz, de
quien fue condiscípulo en París. Gozaba ya Díaz cierta reputación de teólogo.
En 1545 visitó a Ginebra para estudiar el estado de la iglesia calvinista y de
allí, acompañando a Martín Kuhhorn, el cual, por no llamarse cuerno de
vaca, había helenizado su apellido, transformándolo en Bucero(bous
keras), diputado por los magistrados strasburgueses para
representarlos en el famoso coloquio de Ratisbona, pasó a esta ciudad. Celebró
dos conferencias privadas con el dominico Fray Pedro Maluenda, diputado del
emperador, sin que el uno pudiera convencer al otro. Terminado el Coloquio, marchó
a Neoburg para dirigir la edición de una obra de Bucero, llevando ya, según
algunos, el presentimiento de su trágica muerte.
Cuando el jurisconsulto Alfonso Díaz, hermano de Juan, supo que había un
hereje en su familia, se encaminó a [206] Alemania resuelto a convertir a su
hermano o a arrancarle la vida. Llegado a Neoburg celebró con su hermano una
entrevista en la que esgrimió todo género de recursos.
Alfonso argumentó hasta apurar su ingenio y sus conocimientos
teológicos, suplicó y lloró de rodillas, ofreció honores y prosperidades. Nada
pudo vencer la firmeza de Juan. Desesperado Alfonso, fingió quedar vencido en
la controversia y le instó para que, abandonando a Alemania, donde eran
innecesarias sus predicaciones, difundiese la nueva doctrina en el suelo virgen
de Italia. Halagó la idea a Juan y llegó a consultarla con Bucero, mas éste le
representó la temeridad del proyecto, advirtiéndole que en Italia se vería
obligado a la abjuración o a sufrir la pena capital. Alfonso entonces se
consagró a meditar con toda frialdad el fratricidio.
Madurado el proyecto, se despidió de su hermano con falaces muestras de
cariño; marchó a Augsburgo, donde comunicó el intento a su criado; volvió a
Neoburg, habiendo comprado un hacha durante el camino, y el 27 de Marzo de
1546, a la hora del amanecer, llegaron dueño y fámulo a la casa del pastor
donde moraba Juan Díaz con su amigo Senarcleus. El servidor llamó a la puerta
diciendo que traía para Juan importante misiva de su hermano Alfonso. Levantóse
precipitadamente Juan, mandó subir al mensajero, tomó de sus manos las cartas,
se acercó a la ventana para aprovechar la pálida luz de la mañana, y, cuando
comenzaba a leerlas, el sicario le descargó un hachazo que le partió en dos
pedazos la cabeza. Alfonso había presenciado la escena. Sigilosamente había subido
en pos de su criado, había inspeccionado la elocución de sus propias órdenes,
y, después de cerciorarse de que Juan quedaba bien muerto, huyó rápidamente con
su cómplice, cabalgando en los caballos que habían dejado a la entrada.
Sorprendidos en Inspruck, fueron ambos asesinos encarcelados, mas ante los
enérgicos requerimientos del Papa, que reclamaba para sí el conocimiento de la
causa por tratarse de un individuo de la Curia romana, Alfonso fue entregado
[207] a la jurisdicción pontificia, teniendo la suerte de salir incólume y
volver a su patria, donde su bárbara conducta, aprobada por el César, no
recibió, como merecía, universal reprobación.
De la pluma de Juan Díaz no queda más que un compendio intitulado Christianae
religionis Summa, pues las Anotaciones teológicas, que
en su testamento declara haber escrito, no han llegado a nosotros.
Entre todos los protestantes que vivieron fuera de España no hay figura
más interesante que la de Miguel Servet, oriundo de Aragón y
nacido en Tudela hacia 1510 u 11. Hijo de un notario de Villanueva de Sixena,
aprendió humanidades, estudió jurisprudencia en Tolosa, asistió a la dieta de
Augsburgo, conoció allí a Melanchton, y, extremando cada día más su heterodoxia,
se retiró a Basilea y Strasburgo. Publicó en 1531 el tratado De
Trinitatis erroribus,algo desordenado y de poco recomendable latinidad.
Era Servet uno de esos espíritus entusiastas que engendró el
Renacimiento. Erige la Biblia en suma de toda ciencia y regla única de las
creencias humanas. El fundamento del cristianismo, la clave de la salvación, es
la fe en Jesucristo, Hijo de Dios; pero que «no era Dios por naturaleza, sino
por gracia». Negada así la divinidad de Jesucristo, que en algún pasaje intenta
defender, aunque dándole el sentido indicado, rechaza el Espíritu Santo en
cuanto persona de la Trinidad, limitándolo a representar la energía o voluntad
divina.
Se muestra, pues, Servet, desde el principio, ardoroso unitario; llama a
la Trinidad Cerbero de tres cabezas y suele aplicar dicterios a los creyentes
en semejante «quimera teológica». «La Trinidad, decía, es una obra de
demencia».
Aguantó Servet los anatemas que, al aparecer su libro, le asestaron
católicos y protestantes. No solamente no rectificó nada de sus declaraciones,
sino que, excitado por las objeciones de sus adversarios, publicó también en
[208] Haguenau dos diálogos sobre la Trinidad, añadiendo un apéndice
intitulado De justicia regni Christi et de Charitate (1532).
Arranca Servet en este tratado del siguiente principio: la filiación de los
cristianos con Dios es imposible sin una participación de naturaleza con
Cristo. Sienta en el primer diálogo la preexistencia en la divinidad de todos
los hijos de Dios, y dedica el segundo a la naturaleza de Cristo. No es exacto
en cuanto al fondo, si bien lo parezca en la parte formal o material, como
afirman Tollin, Dardier y Menéndez y Pelayo, que la cuestión de la Trinidad
ocupe en este tratado secundario lugar, pues si detiénese principalmente en la
explicación de la esencia del Cristo, es porque de este concepto depende, según
el autor, que no pueda ser considerado como persona de la Trinidad. Jesús es el
verbo. Dios antes de la creación no era luz, porque no resplandecía; pero Dios
creó por medio de su verbo: Ecee tam verbo creat: ecce hic Logos et
Elhoim et Christum. La conclusión final es que Cristo no es una
criatura, sino partícipe de todas las criaturas: pariceps omnium
creaturarum. El Espíritu Santo no era persona en la Ley antigua.
Empapado en el platonismo, Servet subordina Cristo a Platón.
La cristología de Servet se desliza siempre obscura. En realidad su
Cristo no es Dios, ni hombre; es el centro de un mundo ideal situado entre el
Creador y la creación, por lo cual se encuentra, sin darse cuenta, fuera del
cristianismo y, a su juicio, del panteísmo, pero no se libró de
penetrar en este sistema, última fase de todos los idealismos.
El apéndice consta de cuatro capítulos en que trata de la justificación,
del reino de Cristo, de la ley comparada con el Evangelio y de la caridad.
Acentúase aquí la diferencia entre las ideas de Servet y el luteranismo, pues
defiende el libre albedrío y afirma la necesidad de las buenas obras para la
salvación. Por la fe se llega a la caridad; pero sólo en ésta reside la
perfección. (Fides est ostium et charitas est perfectio.) El
creía decir la última palabra.
La difícil posición que su actitud teológica le había creado, determinó
a Servet a trasladarse a París, donde [209] conoció a Juan Calvino y lo desafió
a discutir; mas, llegado el día de la disputa, Servet no concurrió al lugar
previamente designado.
Falto de recursos, entró de corrector en una imprenta de Lyon, y,
habiendo trabado amistad con Champier, médico insigne, recibió de él las
primeras nociones de medicina, que luego amplió en las escuelas de París
(1536). Ejercía ya la profesión de médico cuando dio sus conferencias sobre
astrología. Los facultativos parisienses, disgustados porque Servet tachaba de
ignorantes a los médicos ajenos a la astrología, le acusaron por sospechoso de
doctrinas perniciosas ante el inquisidor y el Parlamento. Recayó sentencia
favorable a Servet (1538), pues si bien el Parlamento mandó recoger los
ejemplares de la Apologética disceptatio pro Astrologia, en
que Servet vaticinaba horrendos cataclismos, autorizó la continuación de la
enseñanza, con tal que el profesor se limitase a los influjos generales de los
astros sin descender a los particulares, recomendando al mismo tiempo a los
Doctores que tratasen a Servet con la benevolencia que debe reinar entre padres
e hijos.
En 1546 escribió a Calvino proponiéndole tres cuestiones principales:
1ª, si Jesús era hijo de Dios y cómo se explica la filiación; 2ª, cómo
ha de entenderse el reinado de Cristo en el hombre y la redención de éste por
Cristo; 3ª, en qué concepto el Bautismo y la Cena son sacramentos de la Nueva
Alianza y si el primero debe ser recibido en la edad de la razón. Irritado
Servet por el tono magistral de la respuesta de Calvino, le escribió unas
treinta cartas en duro e insultante lenguaje, epístolas que hoy conocemos por
haberse añadido al libro Christianismi Restitutio.
Por molestar más a su enemigo, le remitió un ejemplar de la obra de
Calvino Institutiones relligionis Christianae, con las
márgenes llenas de notas insultantes y despeetivas.
No contento con esto, le envió el primer borrador de su [210] Christianismi
Restitutio,añadiéndole que allí podía aprender muchas cosas que ignoraba y
que él mismo estaba dispuesto a ir a Ginebra para explicárselas. Con esto llegó
a su colmo el furor de Calvino, el cual no contestó; pero escribió a su amigo y
colaborador Guillermo Farel una carta, cuyo autógrafo se conserva en la
Biblioteca Nacional de París, en que decía: «Si viene, le juro que no ha de
salir vivo de mis manos» (Nam si venent, modo valeat mea auctoritas,
vivum exire nunquam patiar).
En Enero de 1553 dio a luz Servet la Restitución del
Cristianismo, editada en Viena por su cuenta y en secreto, pues no
halló impresor que se decidiera a estampar la obra, en la cual presumía haber
descubierto el verdadero fondo de la Biblia.
La doctrina de este célebre tratado, en cuanto panteística, se opone a
la concepción cristiana en su sentido histórico. El Hijo de Dios es Dios por
ser la forma divina. El Logos era la representación o razón ideal de Cristo que
estaba en la mente de Dios. El Logos, como palabra, se
manifestó en la creación y en todo el Antiguo Testamento; como persona, se
manifestó en Cristo. Siendo, pues, el Verbo el arquetipo, contiene realmente todas
las formas de los cuerpos, y como Cristo es la Idea, contemplando
a Cristo, vemos a Dios. La luz divina, en cuya comparación todo es materia
crasa y penetrable, inunda por entero lo creado. La esencia de Dios lo llena
todo, es universal y omniforme, manifestándose ya a modo pleno, lo cual sólo se
verifica en Jesucristo, ya a modo parcial, es decir, a modo corporal, a modo
espiritual o en cada cosa según sus propias ideas específicas e individuales.
La derivación panteísta está claramente expresada (Deus est omnium
rerum forma et anima et spiritus) y se nota marcadamente el influjo de
los filósofos neoplatónicos, de los cuales aduce textos en apoyo de su
doctrina. Dios, unidad simplicísima de la que irradian los principios activos
de la realidad y el conocimiento, tenía en sí ab aeterno todas
las representaciones, reluciendo en el Verbo. [211]
«Todos los seres son consubstanciales con Dios, pero por intermedio de
las ideas, o sea del Cristo», puente entre la eternidad, la inmovilidad, lo
absoluto, el cielo y la temporalidad, el movimiento, la relatividad, la tierra.
En el mundo no hay realidad, todo es sombra, mera apariencia, formas
accidentales que se funden en Dios. En Dios todo es uno y todos los seres son
modos o subordinaciones de Dios. Así como el Verbo es la manifestación divina,
el Espíritu Santo es la comunicación, el modo divino acomodado a las criaturas.
Tal es la esencia del panteísmo místico del médico español, en realidad
más próximo a Proclo que al gran Plotino en cuanto considera la unidad divina
como esencia capaz de adoptar todas las formas. En consecuencia, rechaza todo
género de culto, viendo en la adoración externa una profanación de estirpe
gentílica. Los sacramentos quedan reducidos al Bautismo, por el cual se nos
comunica el sacerdocio, y a la Cena, que ha de ser efectiva de pan fermentado y
vino, pudiendo añadirse moderadamente otros manjares.
Denunciado en Francia por su heterodoxia y reducido a prisión, logró
fugarse. Después de vagar algunos meses por el Delfinado y otras tierras,
ignorando los caminos y no atreviéndose a preguntar a nadie, llegó, con
intención de embarcarse para Zurich, a Ginebra, la Roma protestante, donde el
genial Calvino, con su luenga barba y su estilo de fuego, ejercía abrumante
dictadura.
Era Domingo y tuvo nuestro perseguido la audacia de concurrir al templo
en que predicaba Calvino. Cara pagó su imprudencia, porque Calvino lo reconoció
entre el público y el mismo día lo mandó prender.
Formulada la acusación por Nicolás de la Fontaine, cocinero de Calvino,
se entabló disputa entre este último y el procesado. Menéndez y Pelayo resume
felizmente la controversia. «Se le mostraron dos cartas de Ecolampadio y dos
pasajes de los Lugares Comunesde Melanchton, como prueba de que su
herejía había sido condenada en [212] Alemania, a lo cual respondió Servet que
la desaprobación de esos dos teólogos no implicaba una condenación pública y
oficial. Se le objetó lo de la fertilidad de la Palestina en un escolio delTolomeo, y
contestó que no hablaba de los tiempos de Moisés, sino del estado actual, y aun
pudo añadir que este escolio estaba copiado a la letra del de Pirckeimer, que a
nadie había escandalizado en Alemania. También fueron capítulo de acusación las
notas a la Biblia de Santos Pagnino, especialmente a los capítulos VII, IX y
LIII de Isaías, cuyas profecías interpreta en sentido literal y refiriéndolas a
Ciro y no a Cristo. «Lo principal (dijo Servet) debe entenderse de Cristo; pero
en cuanto a la historia y a la letra, se ha de entender de Ciro.» Pero Calvino
insistía y esta vez con plena razón. ¿Cómo han de entender de Ciro estas
palabras: Vere languores nostros ipse iulit dolores nostros ipse
portavit, afflictus est propter peccata nostra?De aquí se pasó a la
cuestión de la Trinidad. Servet dijo que no admitía distinción real,
sino formal, dispensaciones, modos y no personas, en
la esencia divina, y porfiaba en sostener que tal había sido la opinión de San
Ignacio, San Policarpo y demás Padres apostólicos. Calvino le argüyó sobre su
panteísmo: «¿Crees, infeliz, que la tierra que pisas es Dios?» Y él respondió:
«No tengo duda de que este banco, esa mesa y todo lo que nos rodea, es de la
esencia de Dios». «Entonces (dijo Calvino) también lo será el diablo.» «¿Y lo
dudas? (prosiguió impertérrito Servet); por mi parte, creo que todo lo que
existe es partícula y manifestación substancial de Dios».
No es óbice que tales contestaciones, referidas por Calvino, no consten
en el proceso para afirmar su exactitud, estando conformes en la doctrina con
las ideas de Servet y siendo muy propia de éste la entereza de la ratificación.
La moderación de Servet le atraía continuamente las simpatías de los
ginebrinos y aun del Tribunal. Decidió éste que Calvino y otros teólogos
visitasen al procesado y procurasen convencerle. La inutilidad de este empeño
[213] movió el ánimo de los jueces a dirigir consulta a las iglesias
evangélicas y a los Consejos de los Cantones protestantes, mas en tanto Calvino
escribía una Brevis refutatio errorum et impietatum Michaelis Serveti y
el proceso se dilataba con detrimento de la salud de Servet, el cual escribía a
los jueces en 15 de Septiembre de 1553: «Humildemente os suplico que abreviéis
estas dilaciones y me declaréis exento de culpa. Calvino se ha propuesto, sin
duda, hacer que me consuma en la prisión. Las pulgas me comen vivo, mis calzas
están desgarradas, y no tengo camisa que mudarme. Os presenté una demanda
conforme a la ley de Dios, y Calvino os responde con las leyes del emperador
Justiniano alegando contra mí lo que él mismo no cree. Cinco semanas hace que
me tiene aquí encerrado; todavía no me ha citado ningún texto de la Escritura
que lo autorice. Os había yo pedido un procurador o abogado, porque soy
extranjero, ignorante de las costumbres del país, y no puedo defender yo mismo
mi causa. Y, sin embargo, a él le habéis dado procurador y a mí no... Os
requiero que mi causa sea llevada al tribunal de los Doscientos, y si puedo
apelar a él, desde luego apelo y protesto de todo, pidiendo la pena del Talión
contra mi primer acusador y contra Calvino, su amo, que ha tomado la causa por
su cuenta».
En 19 de Octubre llegaron las contestaciones de las iglesias, todas
hostiles a Servet; tardó el Tribunal tres días en discutirlas y el 25 del mismo
mes se sentenció al procesado al suplicio de la hoguera. Pasado el primer
estupor que la noticia produjo, Servet llamó a Calvino y le pidió perdón de
aquello en que personalmente le hubiera ofendido. Poco después se le leyó la
sentencia. Servet pidió que sustituyeran el fuego por el hacha y un ministro
aprovechó la ocasión para decirle: «Confiesa tu crimen y Dios se apiadará de
tus errores». Irguióse Servet y replicó con entereza: «Nada he cometido que
merezca la muerte. Dios nos perdone a mí y a mis enemigos.» Cayendo después de
rodillas, sin mirar a los que le rodeaban, alzó los ojos clamando: «¡Jesús,
hijo de Dios, salva mi alma, ten piedad de [214] mí!» Llegado el instante de la
ejecución, se le condujo al montículo de Champel, donde debía sufrir la
cremación. La leña, que era verde y se hallaba humedecida por el rocío matinal,
ardía con lentitud. Dos horas duró el horrible suplicio. Algunos espectadores
conmovidos trajeron leña seca para abreviarlo y poco después sólo quedaban
cenizas del gran pensador que había descubierto la pequeña circulación de la
sangre. Yo he visitado con profunda emoción el apartado lugar, al borde del
camino de Beau-Séjour, donde una inscripción en sencillísimo munumento
expiatorio, recuerda la tragedia, uno de los mayores crímenes de la
intolerancia religiosa.
Viniendo ya a la península Ibérica, conviene saber que en ella no se
tenía idea clara del alcance de la Reforma. Acaso la primera noticia la daría
un Breve expedido por el Papa en 21 de Marzo de 1521 previniendo a los
gobernadores, por ausencia del emperador, contra la introducción de las obras
de Lutero. Desde entonces se ejerció la mayor vigilancia sobre el comercio de
libros; en 1523 el Cardenal Adriano mandó que en las fronteras se redoblase el
celo; en 1524 se quemaron en San Sebastián dos grandes barriles de libros,
procedentes de un buque fletado en los Países Bajos para Valencia, el cual fue
apresado por los franceses, recobrado por los españoles y registrado por las
autoridades de nuestro país para inventariar su carga; en fin, otra expedición
de libros, enviada en buques de la Señoría veneciana, fue sorprendida en el
reino de Granada.
Más de 20.000 herejes habían perecido en las llamas, antes de que se
iniciase en España el movimiento reformista. En una de las dos inscripciones
colocadas sobre las puertas del Castillo de Triana, se leía lo que sigue, tal
cual nos lo transmite Ortiz de Zúñiga:
Anno Domini MCDLXXXI
Sixto IV Pont. Max.
Fernando V & Elisabeth Hispaniarum, &
utriusque iciliae Regibus Catholicis, sacrum Inquisitionis Officium [215] contra Haereticos Iudaiçantes
ad fidei exaltationem, hoc exordium sumpsit. Vbi post Iudaeorum, &
Sarracenorum expulsionem. Ad annum usque M. D. XXIV. Divo Carolo Romanorum Imp,
ex materna haereditate eorumdem Regum Catholicorum sucessore, tune Regnanti, ab
Reverendissimo Domino Alphonso Manrrico, Archiepiscopo Hispalensi, Fidei
Officio Praefecto XX. M. haereticorum, & ultra nefandum haereseos crimen
abiurarunt, necnon omnium fere M. in suis haeresibus obstinatorum postea iure
praevio, ignibus tradita sunt & combusta.
Los dos focos de mayor intensidad que encendió el luteranismo en España,
radicaron en Valladolid y en Sevilla, más grave el segundo por la superior
importancia de la población y el heroísmo de los conversos. Uno de los primeros
propagadores de la reforma en Castilla fue un canónigo llamado Agustín de
Cazalla, el cual aprendió la nueva doctrina en los viajes que, siguiendo al
emperador, realizó por Alemania y por Flandes, aunque otros autores creen que
recibió la sugestión de D. Carlos de Seso, pues Cazalla era hombre débil,
pedante, como todos los doctores universitarios de su tiempo, y quizá se
deslumhró con la ilusión de ser el Lutero español.
Don Carlos de Seso, pundonoroso militar, casado con una descendiente de
Don Pedro I, oyó predicar en Italia la doctrina de la justificación. Convencido
por las razones que escuchó, se afilió secretamente a la Reforma y, vuelto a
España, comenzó a propagar sus ideas, siendo su primer catecúmeno el P. Pedro
de Cazalla, hermano de Agustín.
Aceptaron las ideas luteranas la madre y hermanas de Cazalla; la beata
Francisca de Zúñiga; la familia de los Rojas; la hermosa Doña Ana Enríquez,
hija de los marqueses de Alcañices, y las monjas del monasterio de Belén, en
Valladolid. Reuníanse los protestantes de esta ciudad en casa de la madre de
Cazalla, Doña Leonor de Vivero y, en verdad, parece inexplicable que allí
admitiesen católicos, según se desprende de la declaración de uno de los [216]
concurrentes, Francisco de Coca, el cual confirma la asistencia de varias
personas que no comulgaban en las ideas de los congregados y hasta les
reprendían su conducta. Es difícil compaginar esta circunstancia con el
misterio indispensable, dado lo mucho que exponían si llegaban a ser
descubiertos por la Inquisición.
Y lo fueron. La esposa de uno de los congregados, inquieta por no saber
lo que hacía su marido, acechó sus pasos y, convencida de que en aquella
reunión se trataba de algo contrario a su religión, participó el caso a su
confesor. Negóse este sacerdote a intervenir en el asunto; mas la mujer,
reflejo en su ignorante fanatismo del espíritu castellano de entonces, prefirió
perder a su esposo y dio cuenta de todo a la Inquisición. Ignoro por qué el
señor Usoz juzga inverosímil un hecho relatado en los anales de la ciudad y
confirmado por una relación manuscrita, auténtica y contemporánea de los
acontecimientos.
El Inquisidor general, Valdés, deseoso de poseer pruebas, púsose al
habla con varios catecúmenos, los cuales, por indicación del prelado, rogaron a
sus «ensoñadores» que les diesen instrucciones escritas para mejor estudiarlas.
Estos escritos en poder del Inquisidor, preparábase la captura de todo el grupo
disidente, cuando el Obispo de Zamora prendió al propagandista Cristóbal de
Padilla, delatado por algunos vecinos como hereje.
Fue tan público el suceso, que los protestantes de Valladolid se
pusieron sobre aviso, salvándose los más previsores por medio de la fuga y
cayendo los demás en poder de la Inquisición. No escaparon mejor los fugitivos,
pues se mandó tomar los puertos, y todos, sin más excepción que Juan Sánchez,
el antiguo criado de Pedro de Cazalla, se vieron sorprendidos y llevados entre
arcabuceros a Valladolid. Era tan adicto el centro de España a su ortodoxia y
tan enemigo de reforma, que la muchedumbre insultaba a los presos durante el
camino, pidiendo para ellos la hoguera, y hubo necesidad de introducirlos de
noche en Valladolid, a fin de que el pueblo no los matase a [217] pedradas. La
caza de los disidentes logró completo éxito, pues hasta el único fugitivo que logró
burlar la persecución, Juan Sánchez, fue preso en Flandes por el alcalde de
corte Don Francisco Castilla y remitido a los inquisidores de Valladolid
(1558).
Termináronse las actuaciones en breve espacio, no tan breve que el
emperador tuviera el gusto de ver morir a los herejes, pues falleció en 21 de
Septiembre de 1558 y el primer auto de fe no se celebró hasta el 21 de Mayo de
1559. En esta solemnidad fueron quemados siete herejes; Cazalla y otros once
relajados abjuraron públicamente del protestantismo, consiguiendo así conmutar
la hoguera por el garrote; catorce reos fueron condenados a penas de
degradación, cárcel y sambenito perpetuo y otras menores, y se quemaron los
huesos de Doña Leonor de Vivero, madre de Cazalla, fallecida años antes, mas se
desenterraron sus huesos para este efecto, mandándose también arrasar las casas
en que se habían celebrado reuniones heréticas.
El deseo de averiguar si se hallaba complicado en aquellos sucesos el
Arzobispo de Toledo Fray Bartolomé Carranza, contra el cual habían depuesto
Cazalla y otros procesados, que habían tenido confidencias con el Arzobispo,
movió a la Inquisición a dilatar la sentencia de los demás protestantes, que no
fueron ejecutados hasta el auto de fe de 8 de Octubre de 1539.
Por consecuencia de este segundo auto, fueron quemados vivos Don Carlos
de Seso y Juan Sánchez; agarrotados otros diez reos, hombres y mujeres, entre
ellos Pedro de Cazalla y Fray Domingo de Rojas; quemada en estatua Juana
Sánchez, que se había suicidado en la prisión, y castigados con otras penas
varios delincuentes.
Como se ve, los protestantes castellanos ofrecen escaso interés. No hubo
entre ellos ningún teólogo eminente, ningún espíritu superior y ni siquiera
brillaron por la entereza de su fe, pues la mayor parte abjuraron y murieron
como cobardes. Hasta los que mostraron alguna serenidad [218] en el último
trance, no la afectaron, sino por amor propio, después de perder la esperanza
de salvarse, no sin haber antes agotado todos los recursos, incluso la
retractación.
Vengamos ahora a la limpia atmósfera del Mediodía, donde una raza
tachada de indolente trabajaba con entusiasmo en el suelo y en el taller, en el
arte y en la ciencia, sirviendo de broche a la conjunción de dos mundos.
Para comprender bien el carácter de los reformistas sevillanos, conviene
trazar rápidamente el cuadro del medio local en que se desarrollaron los
sucesos.
Sevilla, después de haber sido la corte turdetana, la ciudad querida de
César, desde el tiempo de los visigodos venía siendo la capital intelectual de
España. San Isidoro la había erigido en cabeza de la ciencia cristiana, y de la
tradición de su enseñanza se nutrieron la cultura visigótica, la mozárabe y la
hispano-latina del tiempo de la reconquista.
En el siglo XVI era la capital más populosa del continente europeo. Su
privilegiado suelo le brindaba la riqueza de sus productos; su industria,
floreciente sobre toda ponderación, llegó a contar 16.000 telares de seda que
prestaban trabajo a 130.000 obreros.
Disfrutaba el monopolio del comercio americano, y sus comerciantes
dictaban leyes para las Indias. Tanta opulencia y grandeza tanta hicieron decir
a la musa portuguesa:
Os dois extremos da terrestre esphera
Dependen de Sevilla e de Lisboa.
Satisfechas con amplitud sus necesidades materiales, nada estorbó la
expansión de su vigorosa intelectualidad. Su escuela de pintura, con Murillo y
con Velázquez al frente, no halló rivales en Europa. Martínez Montañés, el
primer escultor del mundo, llenó sus templos de maravillas artísticas y la
ciudad se ornó con magníficos edificios. Fue la primera población de la
monarquía castellana que [219] tuvo imprenta, así como había sido la primera de
España que tuvo reloj; allí se erigió la primera biblioteca importante, la
Colombina; se creó un gabinete de plantas, animales y productos naturales de
América; se instauró un museo botánico; se publicaron en número increíble
tratados y disertaciones acerca de ciencias exactas y naturales, asi como de
aplicaciones a la higiene, a la medicina, &c., y formaba contraste con la
rutina de las universidades la actividad creadora de la gloriosa Casa de
Contratación.
Correspondió a tal florecimiento de las ciencias matemáticas y físicas
el cénit de las filosóficas y teológicas sublimadas por los pensadores de que
hablaré en su oportuno lugar.
El mismo vuelo llevaba su escuela poética con el divino Herrera, rey sin
rival de los poetas líricos españoles; Cetina y Arguyo, los mejores sonetistas
de la península; Baltasar de Alcázar, modelo no igualado de gracia y de
ingenio; Lope de Rueda, creador del teatro; Juan de la Cueva, que preparó el
terreno a Lope de Vega e inició en España el drama histórico; Diego de Ojeda,
el primero de los poetas épicos... y en los demás géneros literarios no dieron
menor fama a la ciudad del Betis los grandes didácticos Pero y Luis de
Mejía; Juan de Mal-lara,
padre del folk-lorismo nacional; los grandes historiadores de América Bartolomé
de las Casas, Francisco de Jerez y López de Gomara; los geniales novelistas
como Mateo Alemán, y hasta el mismo Cervantes, que en Sevilla pasó su niñez y
lo mejor de su vida, formando en aquella atmósfera la superioridad de su
espíritu.
Al intenso anhelo de vida intelectual respondieron las Academias y
doctas tertulias, a que asistió lo más selecto de la población y en cuyo seno
se comunicaban mutuamente los hombres de saber, sin distinción de clases
sociales. Entre los varios focos de cultura del siglo XVI en Sevilla brillaron
sucesivamente las reuniones de Mal-lara y de Pacheco. La celebridad de la
academia de Pacheco llamó allí a los mejores literatos de España. Espinel,
[220] Góngora, Vélez de Guevara, Céspedes, Cervantes. Lope de Vega, Alarcón,
todos pagaron su tributo a la hegemonía literaria hispalense. Y aún se
añadieron en esta centuria otros dos núcleos, docentes, cuyas rivalidades
perduraron hasta la oportuna clausura de los Colegios Mayores: el Colegio de
Santa María de Jesús, cuna de la Universidad hispalense, y el de Santo Tomás,
de indeleble recuerdo.
Necesarios eran tales antecedentes para comprender la importancia del
movimiento religioso en esta región; porque donde se piensa, se estudia y se
trabaja es más fácil el desenvolvimiento de todas las ideas, los fervores
ortodoxos son más intensos, las disidencias más hondas y el espíritu se adhiere
con mayor fe a lo uno o a lo otro.
Buen ejemplo dio el noble caballero Don Rodrigo de Valer, nacido en el
cercano pueblo de Lebrija, y residente en la capital de la provincia, donde
disfrutaba sin tasa los mil placeres que podían proporcionarle su riqueza y su
alcurnia. Leyó un día por casualidad algunos pasajes de la Biblia y quedó tan
profundamente emocionado, que desde aquel momento dio de lado a la caza, a los
deportes, a los lujosos trenes y fogosos caballos, consagrándose a leer y a
meditar la Biblia, llegando casi a aprenderla de memoria y a convencerse de que
una reforma era indispensable en la iglesia cristiana. Sus ideas acerca de la
justificación y del concepto de la iglesia misma coincidían con las de los
protestantes, cuyas obras desconocía. Tanto se penetró de la verdad de su pensamiento,
que comenzó a predicar por calles, plazas y mercados, no rehuyendo las
ocasiones de disputar con teólogos. Al fin la Inquisición tomó mano en el
asunto, mas tuvo la suerte de que el Santo Oficio le considerara loco y lo
pusiera en libertad, aunque confiscándole gran parte de su cuantiosa fortuna.
No escarmentó Valer, prosiguió sus expuestas predicaciones; no obstante
que el Santo Oficio de Sevilla era muy de temer, pues su celo por la pureza de
la religión animaba su brazo para extirpar hasta la sospecha de la herejía.
[221]
En 1545 fue nuevamente encarcelado Valer y obligado a retractarse. Se le
condenó a sambenito y cárcel perpetua con obligación de oír todos los domingos
una misa y un sermón. Refiere un historiador que la retractación se verificó
privadamente entre los dos coros de la iglesia mayor; pero dudo de que la
afirmación sea exacta, porque Valer siempre continuó pensando lo mismo, sin
miedo a perder la vida, pues hasta cuando le llevaban al sermón, solía
interrumpir al predicador contradiciendo su doctrina. Por evitar tamaño
escándalo, se le condujo a Sanlúcar, donde terminó sus días a los cincuenta
años de edad. Cuéntase que después de su fallecimiento apareció su camisón,
colgado a guisa de bandera en la catedral con la siguiente incripción: «Rodrigo
de Valer, ciudadano de Lebrija y Sevilla, apóstata, falso apóstol, quien
pretendió ser enviado de Dios.»
La semilla esparcida por Rodrigo de Valer no había sido estéril. Oyó
aquellas predicaciones un canónigo llamado don Juan Gil, conocido por el Dr.
Aegidius, que desempeñaba la magistralía del cabildo catedral. Convencido por
las razones de Valer, solicitó su amistad y se dedicó en unión suya al estudio
de las cuestiones teológicas. Separados por la prisión de Valer, halló Gil un
nuevo confidente en el Dr. Constantino Ponce, el cual facilitó a Egidio libros
protestantes, y uno y otro comenzaron a predicar embozadamente el luteranismo,
deslizando en sus sermones las nuevas doctrinas con el mayor disimulo posible;
si bien Egidio, menos cauteloso, comenzó a inspirar sospechas. Sus enemigos,
excitada su envidia porque Carlos V quiso hacer justicia a su talento e
instrucción, proponiéndolo para Obispo de Tortosa, lo denunciaron ante el Santo
Oficio, alegando ciertas proposiciones heréticas sacadas de sus sermones y la
obstinada defensa que de su amigo Valer había hecho con extraordinario valor.
Por consecuencia de la delación, cayó preso y, estando en la cárcel,
escribió un tratado acerca de la justificación [222] impregnado del espíritu
luterano. Constantino entretanto viajaba por los Países Bajos unido al séquito
del emperador. El termino del proceso fue condenar a Egidio a pública
retractación; a un año de cárcel en el castillo de Triana; a ayunar todos los
viernes; a confesión mensual; a no poder salir de España; a prohibición de
decir misa durante un año y de confesar, predicar y tomar parte en actos
públicos por espacio de diez. El cabildo catedral votó una pensión de 600
ducados anuales a favor de Egidio durante el tiempo que estuviese preso (1552).
¿Se retractó realmente Egidio? Los católicos sostienen que sí, González
de Montes defiende que no y refiere los hechos del siguiente modo: Fray Domingo
Soto persuadió a Egidio de que escribiera una profesión de fe para leerla en la
catedral. Cuando llegó el momento, Egidio y Fray Domingo Soto se instalaron
cada uno en un púlpito. Fray Domingo, al terminar el sermón, sacó un papel que
dijo ser la profesión de fe del Dr. Egidio; pero que no fue tal cosa, sino una
solemne y completa retractación, preguntando después a gritos a Egidio si
estaba conforme. El procesado, que no había oído lo que Fray Domingo leía, por
causa de la distancia que mediaba entre ambos púlpitos, no sospechando la
superchería, contestó afirmativamente.
Sea lo que fuere, Egidio siguió tan luterano como antes y sosteniendo
relaciones con los correligionarios de Valladolid. A la vuelta de un viaje a la
dicha ciudad le sorprendió la muerte (1556), mas si libró su vida de las
llamas, no así sus restos, como veremos más adelante. Los escritos de Egidio
comentando lugares bíblicos, se han perdido para la posteridad.
Al conocer la prisión de Egidio, el Dr. Juan Pérez de Pineda, rector del
colegio de la Doctrina de Sevilla y cuya verdadera patria se ignora, pues no se
ha probado que naciera en Montilla, huyó a Ginebra, donde publicó sus versiones
del Nuevo Testamento y de los Salmos, más los Comentarios a San Pablo, de
Valdés, poniendo la data en [223] Venecia. De los Salmos puede decirse que no
hay versión en prosa española que aventaje a la del doctor andaluz.
La obra que circuló con el titulo de Breve Tratado de la
doctrina Antigua de Dios y de la nueva de los hombres, no es seguro
que pertenezca el Dr. Pérez. El ejemplar está Falto de portada y únicamente por
conjeturas se ha supuesto el autor, mas es seguro que fueron escritas por Pérez
las Amonestaciones que van una al fin de cada capítulo.
Escribió también un Breve Sumario de Indulgencias precedido de
una interesante carta de Casiodoro de Reina.
Dio más tarde a la estampa opúsculos religiosos y la Epístola
Consolatoria, dedicada a sus correligionarios perseguidos, obra
notable por la sinceridad de los sentimientos y ecuanimidad reflejada en lo
sereno de su estilo.
Después de predicar en Ginebra y en Blois, entró en el castillo de
Montargis en calidad de capellán de la princesa Renata de Ferrara, ardiente
calvinista, y falleció de avanzada edad en París, dejando su fortuna entera
para la impresión de una Biblia española.
Casi coincidiendo con la muerte de Egidio, volvió Constantino Ponce a
Sevilla y fue elegido por el cabildo para desempeñar la magistralía que Egidio
había dejado vacante. En posesión de su cargo, no obstante los obstáculos
puestos por el provisor Ovando, que, escarmentado con el caso de Egidio, tenía
barruntos, ya que no convicción, de la heterodoxia del candidato, dedicóse
Constantino de nuevo a la predicación solapada de las doctrinas protestantes,
comenzando su pugna con los jesuítas recientemente establecidos en la capital.
Dado el escaso conocimiento de la doctrina reformista que tenían los españoles,
no era difícil el disimulo con que el magistral predicaba.
No faltó, sin embargo, quien le acusara ante la Inquisición, y, aunque
nada se pudo probar por entonces, asustado Constantino, trató de ponerse a
salvo solicitando entrar en la Compañía de Jesús. Los padres de la Compañía le
negaron la entrada y Constantino tembló, [224] presintiendo la próxima ruina.
El azar la precipitó más de lo que que él esperaba. Temiendo que registrasen su
casa, había ocultado sus libros y papeles en casa de una viuda llamada Isabel
Martínez, afiliada a las congregaciones secretas que los discípulos de Valer y
de Egidío iban estableciendo con ferviente entusiasmo.
Encarcelada la viuda en la Inquisición, se decretó el embargo de sus
bienes, y un alguacil se presentó en la casa para hacerlo efectivo, mas el hijo
de la viuda, creyendo que no buscaban las alhajas de su madre, sino los libros
de Constantino, se atemorizó, derribó el tabique que los escondía, y así todos
los trabajos inéditos del magistral cayeron en poder de la Inquisición.
Convicto y confeso, fue encerrado Constantino en el Castillo de Triana, en
cuyos calabozos murió a los dos años de encierro. Sus huesos sufrieron la
cremación algún tiempo después.
Cerraremos la noticia de este heterodoxo reseñando sus obras. La más
antigua de su pluma es la Summa de la doctrina christiana, impresa
en Sevilla en 1545, si bien el señor Usoz cree que existe otra edición de 1540.
Supone una conversación entre tres interlocutores, exponiendo la doctrina con
tal ambigüedad, que nada sospechoso alarmó a la censura.
Más adelante compendió este libro en otro que tituló Cathecismo
cristiano, destinado a los niños e impreso en Amberes en 1556. En la
misma ciudad había impreso un Tratado de Doctrina christiana (1554)
que o no concluyó o no ha llegado completo hasta nosotros.
Entretanto los discípulos de Valer y Egidio proseguían incesante
propaganda. Muchas señoras, personales de la nobleza, sacerdotes, frailes y
hasta un monasterio en masa, el famoso de San Isidro del Campo, entraron por la
vía de la Reforma. Así se formó una sociedad o iglesia secreta que vivió doce
años hasta caer en las garras de la Inquisición. ¿Cómo se consumó este
acontecimiento? Menéndez y Pelayo refiere la siguiente anécdota: «Y aconteció
que un día al salir de un sermón de Constantino, el [225] magnífico caballero
Pedro Megía... dijo en alta voz y de suerte que todos lo oyeron: «Vive Dios que
no es esta doctrina buena ni es esto lo que nos enseñaron nuestros padres.»
Causó extrañeza esta frase e hizo reparar a muchos por ser de persona tan
respetada en Sevilla, a quien comúnmente llamaban «el filósofo» (Het. II,
p. 435). No señala D. Marcelino la fecha de este supuesto suceso. Antes parece
referirse a 1557 al aludir a la dispensa de horas canónicas a Constantino.
Ahora concreta algo escribiendo: «Y como por el mismo tiempo hubiera venido a
Sevilla San Francisco de Borja...», viaje que debe de coincidir con la fecha
anterior, pues los jesuítas no se establecieron en Sevilla hasta 1554, ocasión
en que llegaron únicamente dos padres, ni comenzaron hasta 1556 la edificación
de su Colegio en la collación del Salvador, pero en la fecha citada hacía ya
cuatro años que D. Pero de Mejía había descendido al sepulcro, según reza el
epitafio. La cronología destruye la anécdota.
Antes de 1557, nadie, a excepción del suspicaz provisor, había
sospechado de la pureza de la doctrina predicada por Constantino y sólo en el
dicho año empezaron los dominicos a estudiar los sermones del magistral y se le
delató a la Inquisición.
La existencia de la Iglesia secreta fue denunciada por una mujer a
quien, por error del encargado de repartir libros, entregaron un ejemplar de
la Imagen del Anticristo. La conducción de libros a Sevilla
corría a cargo de un mozo llamado Julián Hernández y vulgarmente Julianillo,
arriero de oficio, el cual trasportaba en toneles desde Ginebra ejemplares del
Nuevo Testamento y escritos de propaganda. La mujer en cuyas manos había caído
la Imagen del Anticristo, al ver en la portada la figura del
Papa arrodillado a los pies del demonio, sospechó que el contenido del libro no
debía de ser ortodoxo, y lo entregó a la Inquisición, refiriendo cómo había
venido a su poder. Huyó Julianillo, pero fue alcanzado en Adamuz (Córdoba) y
traído a la cárcel de Sevilla. [226]
Grande fue el asombro de los inquisidores al conocer el gran número de
prosélitos que el luteranismo había reclutado en la capital. Era uno de ellos
D. Juan Ponce de León, hilo del Conde de Bailén, tan entusiasta por sus ideas,
que visitaba a menudo los quemaderos de la Inquisición para ir perdiendo el
miedo a los horribles suplicios que le esperaban. Era otro D. Cristóbal de
Losada, uno de los más afortunados médicos de su tiempo, el cual quedó como
Pastor de la grey a la muerte de Egidio. Figuraban también entre ellos Fernando
de S. Juan, rector del Colegio de la Doctrina, y el famoso predicador D. Juan
González. Entre los monjes de San Isidro había hombres tan insignes como
Cipriano de Valera; Antonio del Corro; García Arias, llamado el Maestro Blanco;
Arellano y el historiador conocido por el pseudónimo de Reinaldo González de
Montes. Pertenecían a la congregación damas tan insignes como Doña María
Bohórquez, docta en humanidades, y hasta algunas monjas.
Descubierto por la Inquisición el lugar de las reuniones, que era la
casa de Doña Isabel de Baena, no fue difícil dar con los demás asociados,
elevándose a unas 800 personas el número de los procesados. Los monjes de San
Isidro trataron de huir; mas no todos consiguieron salvarse, y alguno de ellos,
Fray Juan de León, cayó preso en un puerto de Zelanda. Comenzaron los procesos
por Fray Gregorio Ruiz, acusado de predicar la doctrina de la fe y las obras en
sentido luterano. Llenáronse los calabozos de procesados, y aunque se hicieron
algunas tentativas de evasión, no pudo escaparse más que Francisco de Zafra
beneficiado de la parroquia de San Vicente. Todos los reos se mostraron serenos
y firmes en sus convicciones hasta última hora.
A Ponce y a González se les obligó, o se consiguió quizá por medio de
ruegos, a que firmaran una retractación; pero al día siguiente se ratificaron
en su fe protestante. De ninguno se pudo lograr que confesara ni que denunciase
a sus compañeros. [227]
Rápidamente despachado el proceso, se señaló para celebrar el auto de fe
el día 24 de Septiembre de 1559. En esta ceremonia fueron quemadas las
siguientes personas:
Garci Arias, prior de San Isidro del Campo, hombre de claro talento y
sólida instrucción, el cual aceptó la muerte con gran serenidad, ratificándose
en las ideas protestantes e increpando a sus jueces.
Fray Juan Crisóstomo, Fr. Casiodoro y Fr. Juan de León, jerónimos del
mismo monasterio.
Doña Isabel de Baena, cuya casa se mandó arrasar por haber servido de
capilla.
Don Juan González, el cual fue llevado con mordaza. Cuando se la
quitaron recitó con firmeza el salmo 106.
Las dos hermanas de González, a las cuales se instó hasta última hora
para que abjuraran. Ellas declararon que harían lo que les mandase su hermano,
y como éste las animase a morir por su fe, se ofrecieron al suplicio.
Cristóbal de Losada, el médico.
Fernando de San Juan, el profesor, no menos valeroso en el terrible
trance, y otros varios acusados de diferentes delitos.
Perecieron en el garrote:
Juan Ponce de León, Doña María Bohórquez, Doña María Coronel, Doña María
de Virués y el P. Morcillo, hermano del gran filósofo Sebastián Fox. Fue
sorprendente el ánimo que mostraron las señoras, especialmente Doña María
Bohórquez, doncella de veintiún años.
Se quemó en estatua a Francisco de Zafra, que ya en 1555 había sido
delatado por una beata, la cual envió a la Inquisición una lista de trescientos
herejes.
En este auto salieron veintiuna personas por luteranos y cuarenta por
sospechosos y culpables de otros delitos.
Continuó con no menos expedición el proceso de los restantes presos y
acusados, verificándose en 22 de Diciembre de 1560 un solemne auto de fe. Los
quemados en persona fueron:
Julianillo Hernández, conductor de libros heréticos. [228]
Fr. Juan Sastre, lego de San Isidro.
Nicolás Burton, comerciante inglés, y ocho señoras.
Doña Ana de Ribera, viuda de noble familia.
Doña Francisca Ruiz, casada; Doña María Gómez, viuda.
Doña Francisca Chaves, monja de Santa Isabel; Doña Leonor Núñez, esposa de un
conocido médico y sus tres hijas.
Fueron penitenciados cinco monjes de San Isidro y tres señoras de la más
alta nobleza.
Abjuraron de vehementi o de levi el jurado Virués,
Bartolomé Fuentes y dos estudiantes contra ninguno de los cuales se probó el
delito de herejía.
«Grandes cosas, escribe con el candor de aquellos días el cronista Ortiz
de Zúñiga, se cuentan de este Auto, en que fueron cincuenta los quemados en él,
e innumerables los comprehendidos, habiendo cundido el engaño con capa de
reformación a muchos de lo no inferior. Lo cierto es que el remedio fue muy
oportuno, y que si no fue tan grande el daño hecho, pudo ser mayor el que se
rezeló.»
Dio otra nota tristísima en este auto la proclamación de la inocencia de
Doña Juana Bohórquez. Acababa esta señora de dar a luz cuando se vio puesta en
el tormento y, no pudiendo resistirlo, murió en sus torturas. Causó gran
conmiseración en el público el inútil sacrificio y la tardía reparación de la
infeliz señora.
Sigamos ahora las huellas de los fugitivos de Sevilla. Al abandonar la
hermosa ciudad, patria de casi todos ellos, buscaron refugio en Alemania, desde
donde enviaban a la península barriles de libros, y en 1563, algunos emigrados
pasaron a residir a Inglaterra, donde fundaron una congregación subvencionada
por la reina Isabel con 60 libras. Al frente de la pequeña iglesia española
pusiéronse Francisco y Gaspar Zapata y Casiodoro de Reina, mas el culto duró
poco tiempo. La reina, por no enemistarse más con Felipe II, retiró la
dotación, Gaspar Zapata se convirtió y la congregación se deshizo poco a poco.
[229]
Parece que en 1569 los emigrados españoles imprimieron en Inglaterra
un Nuevo Testamento en lengua española y un Psalterio parafraseado.
Reseñadas las vicisitudes del Dr. Pérez de Pineda, pasemos a otro de los
más notables emigrados, de Casiodoro de Reina, fraile sevillano, a quien ignoro
con qué fundamento considera granadino el Sr. Menéndez y Pelayo. No existe
prueba documental hasta hoy de cuál fuera el lugar de su nacimiento; pero hallo
su nombre entre los Hijos ilustres de Sevilla del P.
Valderrama y otros biógrafos, y esta misma es la opinión de Pellicer. Contra
tales autoridades me parece de escaso valor el documento de Simancas que le
llama morisco granadino y que probablemente se referirá a su oriundez. A esa
afirmación gratuita puede oponerse el testimonio de Casiodoro mismo, pues en la
universidad de Basilea se conserva una Biblia, regalada por Casiodoro con una
dedicatoria latina escrita de su puño y letra que comienza diciendo:
«Casiodoro, español, sevillano, alumno de esta ínclita Academia, &c.»
A su llegada a Inglaterra, se hizo cargo de predicar en la mencionada
congregación española y poco después contrajo matrimonio. En 1564 asistió al
coloquio de Poissy, volvió a Inglaterra, de donde, por una falsa acusación,
tuvo que huir a Amberes. Allí fueron en pos de él los comisionados ingleses y,
depurada la verdad, Casiodoro resultó inocente. Dedicóse entonces, muy falto de
salud y de recursos pecuniarios, a imprimir la Biblia traducida por él,
satisfaciendo los gastos con el dinero que dejó para ese fin el Dr. Pérez de
Pineda y logrando al cabo dar cima a la impresión con mil apuros a fines del
año 1569.
Doce años invirtió en la versión y pueden darse por bien empleados, pues
las traducciones que poseemos en castellano son muy inferiores a la de
Casiodoro, con ser esta la primera versión total de la Biblia al idioma
español. Concluida la edición en Basilea, se trasladó Casiodoro a Francfort,
donde residió algún tiempo e imprimió un libro [230] acerca del Evangelio de
San Mateo (1573). En 1574 predicó a los martinistas de
Amberes, enredándose en competencias con los calvinistas. Estos sacaron a
relucir una profesión de fe en otro tiempo presentada por Casiodoro ante el
Arzobispo de Cantorbery, en la cual hablaba de la Cena en términos calvinistas.
De este documento se tiró una edición trilingüe y, si bien Casiodoro redactó
una contestación sosteniendo que sus opiniones no contradecían la Concordia de
Witenberg, los magistrados de Amberes no permitieron la impresión. En 1580
publicó un Catecismo, contra cuya exposición escribieron un sacerdote luterano
y el teólogo Tomás Heshusio. Después de la controversia no hay más noticias de
Casiodoro que una carta Fechada en 9 de Enero de 1582; pero viejo, enfermo y
cansado, no es probable que viviera mucho más.
Muchos autores al tratar de otro sevillano fugitivo, de Reinaldo
González Montano, se empeñan en que este nombre es seudónimo. No existen datos
auténticos para afirmarlo ni para negarlo, pero no repugna aceptar
que fuera un nombre verdadero. Este apreciable estilista publicó en
Heidelberg el año 1558 un curioso libro titulado Sanctae Inquisitionis
Hispanicae Artes aliquot detectae, ac palam traductae (Algunas artes
de la Inquisición española descubiertas y puestas a luz). La relación de los
tormentos con que el Santo Oficio atormentó a sus correligionarios está hecha
con soltura y animación. Como obra literaria, es un libro estimable y
entretenido, que tuvo entusiasta acogida y se tradujo inmediatamente a los
principales idiomas europeos. La opinión de que el autor fue Casiodoro de
Reina, no parece sostenible por ser de muy diferente latinidad.
Entre las notas biográficas que voy enlazando, pocas tan interesantes
como la de Antonio del Corro. Dotado de amplio talento, no fue satélite
fanatizado de la Reforma, fue un pensador y, si se quiere, mejor un
libre-pensador que un reformado. Por eso defiende la libertad religiosa y
vitupera los excesos de los protestantes. Nacido en Sevilla y [231] monje en el
monasterio de San Isidro, fue de los primeros que escaparon en 1557. La lectura
de las declaraciones de Egidio, que le facilitó un inquisidor, le dio a conocer
las ideas protestantes, a las que discretamente se adhirió. Después de su fuga
fue pastor en Aquitania en 1560, pasando luego a ejercer su ministerio en
Teobon, desde donde escribía a Casiodoro Reina en 1563, consultándole dudas
teológicas que mostraban su propensión al racionalismo místico. Esta carta fue
interceptada por su colega Juan Cousin. Hallándose en Amberes, donde era
predicador de una congregación francesa, publicó en francés el año 1567 una
carta al Rey de España (Lettre envoiée à la Maiesté du Roy des
Espaignes) en que propone la libertad religiosa como única solución
para apaciguar las turbulencias en que ardían los Países Bajos. Con pena halló
Corro la iglesia de Amberes dividida en enconados bandos, trató de mediar, pero
como expuso su criterio favorable al calvinismo en la cuestión de la Cena, se
vio envuelto en aquella profunda división. Cousin escribió al Consistorio de
Amberes acusando de hereje a Corro e imprimió la interceptada epístola a
Casiodoro en latín, en francés y en inglés, repartiéndola profusamente por
todas partes. Por eso, cuando en 1569 pasó Corro a Londres halló tal prevención
contra él, que se vio precisado a reclamar la protección del obispo. Diole éste
un certificado de pureza de doctrina y obligó a Cousin a restituirle las
cartas; pero el odio de este último era tan grande, que continuó desacreditando
a Corro y, lo que es más grave, imprimió a nombre de su enemigo algunas cuestiones de
Juan Brencio. Los adversarios de Corro triunfaron en toda la línea. Consiguieron
que el obispo inglés le retirase la licencia de predicar, que se excluyera a su
mujer de la Cena y que se le vejara para obtener una retractación a que se negó
continuamente. Corro protestó, dio a luz varios folletos y llegó a decir que en
la Iglesia reformada existía más tiranía que en la Inquisición española. Al
cabo de dos años próximamente que duró la polémica, el nuevo obispo de Londres
designó [232] árbitros que oyesen a ambas partes y absolvió a Corro.
Marchó entonces nuestro emigrado a Alemania, publicó las Actas
del Consistorio y tornó a Inglaterra, donde predicó de nuevo y dio a
luz unas lecciones dialogadas entre San Pablo y un romano sobre la doctrina de
la justificación. El éxito de este trabajo le valió una cátedra en Oxford
(1573). Imprimió también en el mismo año una traducción latina del Eclesiastés con
paráfrasis y notas, obra muy notable por la seriedad del fondo y por lo
elegante de la latinidad. Poco más se conoce de la biografía de este personaje.
Por una carta fechada en 1583 se sabe que en esa fecha continuaba en Oxford y
en 1590 publicó en Londres The spanish Grammar, with certains rules,
teaching both the spanish and french tongues, que parece ser la más
antigua entre las obras de esta índole. La fecha y el lugar de su muerte son
todavía desconocidos.
Filólogo y teólogo, hombre de talento y de erudición, como los
anteriores, Cipriano de Valera fue probablemente el más joven de ellos, pues
nació en Sevilla hacia 1532. Al abandonar su monasterio de San Isidro, se
dirigió a Londres, donde contrajo matrimonio y publicó su primer libro. Es un
trabajo de propaganda protestante intitulado Dos tratados, y,
en efecto, comprende un tratado del Papa y otro de la Misa. La primera edición
(1588) salió anónima; la segunda (1599) lleva al pie de la epístola Al
christiano lector, las iniciales C. de V. y hasta las ediciones
modernas no ha ostentado el nombre entero de su verdadero autor. Siguió a este
opúsculo el Tratado para confirmar los pobres cautivos de Berbería, en
la católica i antigua fe i religión christiana (1594). Por el título
se comprende el contenido de este libro, trabajado con fervor y escrito con
singular elegancia. En 1597 lanzó al público una traducción española de
las Instituciones de Calvino y dos años después otra de El
Cathólico reformado de Perquino, tomando por seudónimo el nombre de
Guillermo Massan.
Con motivo del Jubileo de 1600 dio a la estampa un folleto combatiendo
las indulgencias, que se tituló Aviso a [233] los de
la Iglesia Romana. En 1596 había publicado en Londres el nuevo
Testamento y en 1602 imprimió su famosa Biblia. Tan
importante trabajo es una corrección del de Casiodoro Reina, depurando el texto
de añadiduras, puliendo el lenguaje y agregando un curioso prólogo, rico en
noticias de traductores bíblicos.
Imprimióse la primera edición en Amsterdam y hanse hecho después
multitud de reimpresiones, mas para los que traten de emitir juicio literario
acerca de este libro, conviene advertir que en las nuevas ediciones se ha
alterado el puro lenguaje de Valera.
La vida de tan insigne escritor, a quien llama un autor tan ortodoxo
como González de Salas «doctísimo hebraizante», y designaban sus contemporáneos
por el hereje español, se prolongó durante un cuarto del siglo
XVII.
Así terminó en España la tragedia protestante arrancando de raíz la
herejía por el hierro y el fuego. Desde entonces no reapareció hasta la
revolución de 1868; mas, septentrional por su índole, refractaria a la
complexión latina, arrastra una vida lánguida en España, como raudal impotente
para abrirse hondo cauce en la hostil sequedad del terreno.
§ VIII
Los antiaristotélicos
Bocarro y Herrera. –Dolese. –El escepticismo. –El Brocense. –Francisco
Sánchez, lusitano. –Pedro de Valencia.
El aristotelismo en sus distintas formas, clásica, escolástica, tomista,
suarista o baconiana, pasado lo más recio de la pugna con los renacentistas
platónicos, recobra su [234] imperio en las escuelas del siglo XVI, aunque
algunos adeptos difieran en puntos singulares de la tradición peripatética, mas
no faltaron pensadores que, sin formar en las huestes platónicas, combatieran
la tiranía del Peripato.
Antes que el astrónomo portugués manuel Bocarro (1588-662) levantara
bandera contra el preceptor de Alejandro, Hernando de Herrera (¿1460-527?)
escribió en destemplado estiloBreve disputa de las ocho levadas contra
Aristóteles y sus secuaces (1517), obra bilingüe y rarísima, si no de
extraordinario valor filosófico, pues casi más se refiere a la gramática que a
la filosofía, notable por la audacia de romper contra la autoridad del
estagirita, rebatiendo la confusión entre cantidad y extensión.
El médico valenciano Pedro Dolese, en su Suma de Filosofía y Medicina,
combatió la cosmología aristotélica y, resuelto atomista, defiende los átomos y
la incorruptibilidad de los elementos.
Al rechazar la dialéctica tradicional, un momento de escepticismo se
produce en el pensamiento, pero la Scepsis no es por si una filosofía, sino un
remanso o posición del espíritu que, reconfortado, se abre a nuevos dogmatismos
y hasta a hiperbólicas idealidades.
A vanguardia de los adversarios de Aristóteles se presenta Francisco
Sánchez, el Brocense (1523-661), eminente gramático y retórico, fulminando
rayos y centellas contra ergotistas y dómines. Popularizador del ramismo, por
más que Degerando afirme que merced a su atraso, España, totalmente divorciada
del movimiento científico, no se hallaba preparada para asimilar la doctrina de
Ramus, se vio procesado por la Inquisición, cuyas garras logró embotar del peor
modo para él, pues, a causa de su fallecimiento, el Tribunal no llegó a dictar
sentencia. En Los errores de Porfirio, libro recientemente
traducido por el Sr. Alcaide, se encarniza en la dialéctica del Liceo, y en
el Organum dialecticum et rethoricum cunctis discipulis utilissimum et
necessarium (Lyon, 1579), asoma su ojeriza al escolasticismo, sin que
tampoco olvide combatir la ética [235] del estagirita rechazando el
aforismo in medio virtus y adhiriéndose a la solución
epicúrea.
Rechaza los argumentos de autoridad (Quia cuiuslibet quaestionis
causas et vera principia eruere conamur: improbantes cum Cicerone Pythagoricum
illud: Ipse dixit) y otorga el mayor crédito a la razón con
preferencia a la fenomenología (Min. 1. I, cap. I), pues,
desconociendo las causas, no podemos responder de nuestro conocimiento.
Propende a absorber la Preceptiva Literaria en la Dialéctica, dejando
solamente a la Retórica el estudio de la acción y de la elocución. Como todos
los escépticos, da de cuando en cuando alguna nota mística y prefiere las
escuelas de decadencia a las grandes escuelas socráticas. No sólo ataca a
Aristóteles, sino que coloca a Platón en plano inferior a Epicteto, mero
moralista e intérprete del Pórtico (Pról. a la tr. de Epict.)
En su Minerva preconiza la moral epicúrea y por todas
partes se advierte su filiación decadentista.
Sin empañar su valor critico, no puede atribuirse al Brocense gran
importancia filosófica. Mayor la ostenta su homónimo Francisco Sánchez, a
quien, no sin que algunos lo nieguen, se tiene por lusitano, nacido hacia
mediados del siglo XVI y fallecido en Toulouse, donde ejercía la medicina el
año 1632. Además de sus tratados médicos, publicó De multum nobili et
prima universali scientia quod nihil scitur (Lyon, 1581), de tendencia
notoriamente escéptica; su Tractatus philosophici (Rotterdam,
1649) o reunión de comentarios, antes aisladamente publicados, a libros
aristotélicos, y, según Moreri, un Tractatus de anima, al
parecer, no conocido. Contra el peripatetismo cierra denodadamente combatiendo
el principio de autoridad, aconsejando el método experimental, sequi
ratione naturam. Coincide con los modernos positivistas en negar valor
al conocimiento racional y en declarar que si la Ciencia ha de ser rei
perfecta cognitio, debe reputarse ideal inaccesible, porque no podemos
rebasar la esfera de lo relativo, ni debemos, por tanto, preocuparnos del
porqué de las cosas. [236]
No por arrancar del Quo magis cogito, magis dubito se
le estime escéptico absoluto, sino de la ciencia escolástica. Sus aficiones
corrían por la pendiente de la experimentación y sólo otorgaba crédito al
conocimiento de las cosas singulares. Así, con gesto dantesco, cerraba su obra
diciendo: Unde ergo scientia? Ex his nulla. At non sunt alia, esculpiendo
el No hay otra con los ígneos caracteres del Lasciate
ogni speranza.
De uno y otro Sánchez puede predicarse que buscan sinceramente la
verdad, reentrando en sí para rehacer sus conocimientos. Ambos toman por guía
la naturaleza y disparan contra el silogismo. La autoridad, dicen, manda creer;
la razón demuestra. Dejemos la primera para la fe y basemos la ciencia en la
segunda. En realidad, no son escépticos absolutos, sino desconfiados de lo
suprasensible. Todo este alzamiento contra la autoridad del maestro de
Alejandro coincide con la proclamación del libre examen. El protestantismo, a
mi juicio, lleva en las entrañas la huella platónica y ya el mismo Lutero
consideraba que Aristóteles era a la teología lo mismo que las tinieblas a la
luz (Aristoteles ad theologiam est tenebra ad lucem).
Entre los pensadores que clausuraron el siglo XVI se distingue Pedro de
Valencia (¿1552-620?), medio andaluz medio extremeño, porque su pueblo más
tiene de Sevilla que de Extremadura. Acaso por eso se llama él mismo Zafrensis
in extrema Betica.
Vivió en su ciudad natal, cultivó la amistad de Arias Montano, recibió
el nombramiento de cronista real de Felipe III, con sueldo, y falleció en
Madrid.
Titula su obra propiamente filosófica Academia sive de iudicio
erga vervm ex ipsis primis fontibus (Amberes, 1596). Es un libro de
carácter histórico-filosófico en que se proponía indicar la clave de las
«Académicas» ciceronianas. Estudia los filósofos griegos, deteniéndose con
marcada delectación en los escépticos. Crítico admirable, sereno expositor,
historiador a la moderna, nada original nos legó en orden al problema de la
certidumbre, que tan [237] hondamente le preocupaba. Sus restantes trabajos
pertenecen a la esfera práctica o de aplicación, aunque por todos ellos derrama
las luces de su perspicacia.
Ostenta en su haber la disimulada pugna contra la superstición, pues si
no niega, ni podría en aquel tiempo negar impunemente, la intervención del
demonio en lo universal del dogma, movido de «horror por los autos de fe contra
los brujos de Logroño, aconseja que en lo particular del hecho, en cada caso es
mui lícito i aun prudente i devido el dudar en las cosas que pueden acontescer
de muchas maneras, de qual dellas acontesció la de que se trata.
»Y la presunción está siempre por la via ordinaria, humana i natural, no
averiguándose con los requisitos necesarios milagro o exceso sobre lo natural y
común».
Feliz escepticismo el que nace del amor a la sabiduría y se acompaña de
noble sinceridad, porque desde cualquier punto que honradamente inicie la
investigación, irá, como pensaba Sócrates, derecho a la verdad.
§ IX
Los naturalistas
Alonso de Fuentes. –Gómez Pereira. –El Br. Sabuco. Huarte. –La
Paremiología: Juan de Mal-Lara y sus imitadores.
Lo mismo podría colocar a Alonso de Fuentes entre los platónicos que en
el grupo naturalista. Enamorado de Platón, al cual reputa no rivalizado y
excelso filósofo, no halla en él otra mácula que ser antecristiano y pone su
empeño en conciliar la doctrina académica con el [238] cristianismo; pero,
concediendo a la percepción de la naturaleza decisivo papel en la
investigación, pugna por concertar la sublimidad platónica y la cristiana en el
campo neutral de la naturaleza, donde todas las opiniones pueden compadecerse
en el seno de la verdad.
Meció Sevilla su cuna el año 1515. Docto y elegante poeta, dio a la
estampa el Libro de los quarenta cantos en verso y prosa, dedicado
al marqués de Tarifa y dividido en cuatro partes: bíblica, romana, extranjera e
hispano-cristiana. Cada canto se compone de diez romances prolijamente
comentados. Varios de estos romances han sido incluidos en el Romancero de
D. Agustín Durán.
Parece que debió de ser notable orador, puesto que Juan de la Cueva dice
de él:
Hará de España eterna la memoria
Y así digno del premio soberano
Que mereció Demóstenes.
También es sevillana la primera edición de la Summa de
Philosophia natural, de Alonso de Fuentes, impresa en 1545. Está
redactada en forma de diálogo entre dos caballeros, uno italiano, Etrusco, y
otro andaluz. Vandalio (1), escrito con tal artificio «que toda la prosa que
pregunta y habla Etrusco es verso suelto italiano, y la prosa en que responde y
habla Vandalio es verso suelto castellano». Los versos libres que llama
italianos tienen distinta medida, propendiendo al octosílabo. Los que llama
sueltos españoles ofrecen tal polimetría, que he preferido ponerlos en forma de
prosa para su mejor inteligencia. Más feliz en el extranjero que en su patria,
muy luego la Philosophia [239] natural se
tradujo al italiano con el título Le sei giornate.
{(1) Llama Vandalio al andaluz por el error, antes generalizado, de que
la palabra Andalucía procedía de los vándalos, cuando estos bárbaros jamás
residieron en Andalucía y sólo pasaron como una tromba, sembrando el estrago y
la desolación. Andalucía se deriva del árabe Al-Andalus.}
Conciliar a Platón con El Evangelio dentro de la
filosofía de la naturaleza parece haber sido el norte del pensador andaluz. La
substancia divina, según Fuentes, es la unidad que, sin ser número, contiene
todo número. La creación no es arbitraria, sino conforme a razón, pues el poder
es inseparable del saber. Admite la creación de una materia informe donde todo
se hallaba cual el árbol en la semilla.
Bueno es advertir que no han sido Huarte y el Bachiller Sabuco los
primeros que, adelantándose a la ciencia extranjera, pusieron en el cerebro el
órgano material de la inteligencia, y explicaron la diferencia de ingenios por
la diversidad de temperamentos. Fuentes lo había escrito mucho antes que ellos,
llevándoles de ventaja su más profunda concepción, pues les supera al pensar
que no son las potencias anímicas dependientes del organismo, sino su
ejercicio, adelantándose al célebre símil de Leibniz, como observa el Sr.
Castro, con otro más adecuado.
Y ya que he nombrado a mi inolvidable maestro, en sincero homenaje a su
memoria, resumiré lo que a propósito de Fuentes dice con su admirable
perspicacia. Declara Fuentes su propósito en la siguiente forma:
La obra esta dividida en cuatro partes. La primera comienza por la
noción de substancia, que declara de este modo:
ETRUSCO
Pues que dize que es cosa necessaria
Para hacer aquesta obra que tratamos
El saber que es substancia, me declare
¿Que cosa es substancia? y si este nombre
Quiere decir una o muchas cosas
VANDALIO
Este nombre de substancia quiere decir muchas cosas, porque a [240] veces lo
damos a cualquier cuerpo criado, y aquí quiere decir cuerpo, y también lo
atribuymos y lo damos al espíritu, &c.
Después de la substancia creadora pasa nuestro filósofo a interrogar
acerca de la creada.
ETRUSCO
Paréceme que a bien acabado
La confesión y fe de lo que cree
Quanto a la substancia creadora,
De la que es criada, diga ahora.
Explica en la segunda parte la creación primitiva de la materia, donde
el cielo y la tierra y los diversos elementos estaban confundidos, explanando
esta idea con todo el saber astronómico, cosmográfico y físico del tiempo, y
preocupándose también de si los malos espíritus pueden hacer milagros, a
propósito de lo cual cita el caso de lo ocurrido a Magdalena de la Cruz la
Cordobesa.
Véanse los más esenciales párrafos o estrofas:
ETRUSCO
Acuerdo que ayer me prometió
Que mostraría cómo fueron
Creados estos nuestros elementos,
Por Dios, lo cual le ruego que me diga.
VANDALIO
Esto es ya gran pesadumbre y quererme molestar, porque os tengo, señor, dicho
que Dios los hizo de nada y con sólo su palabra, como dice el Génesis de
aquello que en el principio crió Dios, el délo y tierra, y la tierra era
invisible y incompuesta, assi mismo aquella materia era sin forma; la cual Dios
hizo de nada: lo que llamamos primero el cielo y la tierra y por aquesto se
dice en el principio, crió y hizo dios cielo y tierra, no que aquesto ya allí
fuesse así como la simiente de un árbor considerada podemos decir en ella ser
las raíses y fuerza de ramas y hojas y fructo, y aquesto no que ya sea más,
porque dél han de ser, y desta forma lo dize: en el principio crió nuestro dios
el cielo y tierra [241] siendo aún inconfusa esta materia del cielo y tierra:
más porque an de ser de aquella muy cierto el cielo y la tierra hechos y los
otros elementos, según los sacros doctores.
Explicado el movimiento, el ruego y la tierra, combate en la tercera
parte el arbitrarismo en la creación.
VANDALIO
Lo que dices, señor, es fuera de lo que tratamos; porque hecho lo que dios hizo
y vemos que hordenó, fue muy conforme a razón, y si aquello que dis el Criador
ordenara, fuera muy contra la orden de nuestra naturaleza.
Y en la cuarta desenvuelve la relación de los sentidos con el alma, de
la de ésta con el cuerpo y del entendimiento con la razón, manteniendo estas
notables afirmaciones: «Estos sentidos, señor, son del ánima, porque de derecho
debe ella ser salva o condenada por ellos; pero decimos que son corporales
porque obran en el cuerpo.» Respecto de la relación del cuerpo con el alma:
VANDALIO
El alma, como dizes, no está sobre el cuerpo puesta, ni menos está mezclada, ni
con el cuerpo compuesta; mas está pinta con él, pero porque preguntáis que
quién lo hace ayuntar y le hace amar al cuerpo, podría dezir que dios, mas
porque me demandáis razón natural, en esto abive el entendimiento, dios ha
puesto tanto amor y concordia en cualquier alma, que cualquier son de vihuela o
de cualquier instrumento por todo extremo le agradan y los ama, y esto es lo
que nos quiso mostrar aquel divino platón cuando dixo que dios hizo ánima de
acordamientos de música.
Y respecto de la del entendimiento con la razón, dice:
ETRUSCO
Ya sé que la opinión nasce del seso
Y que desta opinión la razón nasce;
Mas que el entendimiento, como dixo,
De la razón nasca, no lo sé. [242]
VANDALIO
El entendimiento nasce de la razón; mas aquesta razón no es entendimiento; mas
tiene cuidado dél, porque como los primeros hombres conosciesen éstos lo que
podían hacer nuestros cuerpos, conoscieron alguna cosa hazerlo, que no era
cuerpo, y a esta cosa llamaron spíritu; y pusieron tanto en esto su ingenio y
su pensamiento, que tuvieron de primero unas opiniones falsas y otras también
verdaderas; y las falsas, cuando ouvieron hallado que no eran buenas, con gran
trabajo y fatiga dexáronlas, y las buenas que hallaron verdaderas, confirmaron
con razones en todo muy verdaderas, y assi con la razón halla el hombre el
entendimiento, porque entendimiento es juizio muy verdadero de las cosas que no
tienen cuerpo, y este entendimiento sube hasta el criador, porque los primeros
hombres philosophos naturales, como viesen estas cosas, que la natura ni hombre
ni ángel podía hazer, conoscieron que una cosa ynuisible lo hazía, y después
desto pensaron largamente disputando; dixeron que era dios, hallando sus propiedades,
y, si no todas, al menos muchas dellas que escriuieron; porque sant augustín
prueua que en los libros de platón halló todo lo que está escrito en el
evangelio, que comiença: «In principio erat verbum», hasta aquel lugar donde
dize el assi: «fuit homo missus a deo», que dize el euangelista sant juan en el
euangelio, que comienza desta forma:
«Los principios constantes de la Escuela Bética tienen, añade Castro, en
la Filosofía natural nuevas, aunque naturales deducciones. La
substancia divina, como en Severo, no tiene cantidad, no es ancha, ni larga, ni
espesa; pero la carencia de cantidad no se refiere a no tener cantidad
determinada porque es muy grande; no es parte, porque es todo;
es la unidad que, sin ser número, contiene todo número. Alonso de Fuentes da a
Dios cualidades; es sabio y mioso;es piadoso, y muy justo; es
omnipotente, y, sin cambiar de lugar, está en todo lugar; pero en esto no se
aparta tampoco de Liciniano, que al negar a Dios cualidad, lo que le niega es
cualidades específicas: el límite en la cualidad. Alonso de Fuentes contradice
el arbitrarismo en la creación, porque todo lo que Dios hizo fue muy conforme a
la razón, arbitrarismo sostenido hasta el presente por muchos teólogos que, por
exagerar la omnipotencia, olvidan que en Dios, por la unidad de sus atributos,
el poder [243] no puede estar separado de la inteligencia. Admite Fuentes, como
ya hoy aceptan algunos escolásticos, obligados por los progresos científicos,
la creación primitiva de una materia informe, explicando el texto in
principio creavit Deus coelum et terram, no que aquesto ya
alli fuere, sino como la semilla del árbol; mas, porque de ella han de
ser; señala una distinción bastante exacta entre razón y entendimiento, y
afirma que por éste los hombres suben hasta Dios, hallando sus propiedades, al
menos muchas de ellas; porque San Agustín prueba que en los libros de Platón
encontró todo lo que está escrito en el Evangelio, que comienza: in
principio erat verbum, hasta el lugar donde dice fuit homo
misus a Deo, y piensa también que el alma no está puesta sobre el
cuerpo, ni mezclada ni compuesta con él, sino junta, y junta por el amor. ¡Cuán
distinta esta filosofía natural española de la italiana, donde por este tiempo
se publicaban las Sumulas del judío Sambelio Tabonino, según
Aristóteles y Averroes, traducidas por otro hebreo español, eleximio doctor
en Artes y Medicina, Jacobo Man, y donde este mismo dedicaba al papa
León X su paráfrasis de Averroes, De partibus et de generatione
animalium, trasladándola del hebreo al latín!»
Gómez Pereira, cuya población natal se ignora, nació en 1500. Mediano
humanista, médico adocenado y filósofo nominalista, siguió la pendiente lógica
hasta llegar al sensualismo. Tituló su obra filosófica Antoniana
Margarita (1554) por el piadoso cuanto pueril capricho de encabezarla
con los nombres de sus padres. «Hablaré, dice con arrogancia, de cosas que
nadie ha dicho ni escrito antes que yo. En no tratándose de cosas de religión,
no me rendiré al parecer y sentencia de ningún filósofo, si no está fundado en
razón».
¿Cómo se realizan tales protestas de originalidad? Lanzándose en el
piélago del nominalismo. Todo conocimiento principia por la mera sensación,
pues entre la facultad sensitiva y la intelectiva no existe diferencia de [244]
cualidad, sino meramente de grado. Por la sensación percibimos los seres
exteriores a nosotros, de esta noción, suministrada por el sensorio, nos
elevamos a la de los seres individuales y, por ministerio de la abstracción,
formamos las ideas de causa y substancia. Niega Pereira la intuición mental y,
por ende, las ideas innatas. Con sus correligionarios de nominalismo relega los
universales a la razón negándoles toda realidad objetiva. Ni ¿qué facultad
admite Pereira capaz de percibirlos como seres reales? Ya la sensación es una
modificación anímica, no procede del objeto, afirmación que excluye las
especies sensibles y presupone el conocimiento directo de la objetividad.
La intelección, de origen sensible, necesita el esfuerzo de la atención,
pues ella no es obra de la inteligencia, sino la inteligencia misma. Tampoco la
inteligencia se distingue del alma, así que las tres palabras intelección,
inteligencia y alma expresan una misma idea. Tal concepto justifica la
inutilidad de imágenes intermedias entre el sujeto y el objeto del conocer. Y
como la sensación es el alma misma en una modificación y la facultad de
discernir las percepciones tampoco es diferente del alma, no puede admitirse un
sentido común a la especie humana. Juega importante papel en el funcionamiento
de la inteligencia la facultad de rememorar, que es orgánica y reside en la
parte posterior de la cabeza, y no menor la imaginación, pero esta facultad no
se halla localizada ni puede considerarse orgánica cual la memoria.
La psicología reconoce por base y único criterio el trabajo experimental
interno, idea de que ha partido el célebre aforismo precartesiano.
«De las operaciones del alma no puede aducirse otro testimonio que la
experiencia interna. Ella nos dice que el alma no se conoce a sí misma, si
antes no la impresiona algún objeto extrínseco... Por eso, en nosotros ha de
preceder siempre alguna noción de causa extrínseca al conocimiento del alma que
se conoce a sí misma. Esta consecuencia es evidente. Y de aquí se seguirá
también que esa [245] noción sólo puede servir de antecedente para que el alma
saque después el consiguiente, procediendo así: «Conozco que yo conozco algo.
Todo lo que conoce es; luego yo soy».
Lo expuesto ha servido de fundamento para ver en Gómez Pereira nada
menos que un precursor de Descartes, afirmación que indignaba al Sr. Perojo.
«Gómez Pereira, escribe, no puede considerarse precursor de Descartes, porque
su cogito no es base del sistema cartesiano ni pretendió su
fundador haber sido él quien primero hizo el argumento (San Agustín y otros
padres de la Iglesia lo habían dicho muchos siglos antes)». (Perojo: Rev.
Cont. 1887.) A lo que, arrostrando las iras de Laverde y Menéndez y
Pelayo, agregaba Salmerón: «Pereira... no pasa de enunciar en forma silogística
un razonamiento análogo al que constituye el principio del método cartesiano,
pero sin el carácter de criterio de indagación ni la intención sistemática que
determina su valor científico». (Prólogo a Draper.)
Confunde la facultad sensitiva con la intelectiva, sin aceptar más que
una diferencia de grado. El conocimiento es directo, sin perjuicio de admitir
para los brutos las especies intermediarias, y combate la doctrina de la
materia única, prefiriendo la tradicional y rudimentaria teoría de los cuatro
elementos.
Funda Pereira la inmortalidad del alma en argumento de tan exigua
solidez como el siguiente: «El alma puede ejercitar sin el cuerpo las
principales operaciones (el entender), luego puede vivir sin él». Si no tuviera
más firme fundamento el dualismo, seguramente no podría ya sostenerse con
seriedad.
En lo que sí coincide con Descartes es en la absurda teoría de los
animales máquinas, a la que Descartes se vio arrastrado por la concepción
mecánica de los cuerpos, y que descubre el punto acaso más débil y vulnerable
de su concepción filosófica. Pereira defiende el automatismo de los
irracionales afirmando que el animal no puede sentir; porque si siente, juzga;
si juzga, raciocina, en cuyo caso no [246] habría diferencia entre el animal y
el hombre, lo que es absurdo. Las obras admirables de los animales no se
explican tampoco por mero instinto, porque o éste es parte de la razón o es
inexplicable. Hay, pues, que suponer que esos seres no pasan de máquinas muy
bien montadas.
A la creencia contraria llama Pereira «delirio y obcecación», sin
escasear denuestos contra aquellos que la profesan. Siempre acompaña la
procacidad a la sinrazón, y al lado de tan ruin doctrina, pregonada por novedad
en el siglo XVI, parece sublime la idea milenaria de los indios: El alma duerme
en la piedra, sueña en la planta, se mueve en el animal y despierta en el
hombre.
Los brutos, si hemos de dar crédito a las obcecaciones de Pereira, se
determinan en virtud de unos fantasmas o cuerpecillos que emanan de todos los
cuerpos orgánicos e inorgánicos, los cuales actúan sobre su sensorio o cerebro.
Estos, dice, tienen en la parte posterior de la cabeza una celdilla, triclinium, en
la cual se depositan las imágenes de los objetos que entraron por los sentidos,
y se conservan como desecados durante la ausencia de los objetos. También
tienen otra celdilla en la parte anterior del cerebro, scrinium, a
la cual vienen a residir los fantasmas o cuerpecillos que estaban conservados
en el triclinium, cuando los objetos se presentan. Una vez
depositados y conservados los fantasmas en la celdilla occipital, si el objeto
que los produjo primitivamente se ofrece ante el bruto, entonces salen de la
celdilla posterior los fantasmas y depositándose en el scrinium se
representan la imagen del objeto ausente, y los miembros del bruto se ven
obligados a moverse del mismo modo que como se produjeron por primera vez los
fantasmas a la presencia del objeto (V. Chinchilla,Hist. de la Med. esp.)
Con todas sus protestas de originalidad, recoge aquí Gómez Pereira, para
aplicarla a los irracionales, la doctrina de las especies sensibles, el
elemento más materialista del aristotelismo escolástico, que bulle, quiérase o
no, como virus latente en las entrañas del empirismo. [247]
Contra las opiniones paradójicas de Pereira disparó un libelo, impreso
en Medina el 1555, el Ldo. Miguel Palacios, profesor de teología en Salamanca,
y al siguiente año, en la misma ciudad, vio la luz el Endecálogo contra
Antoniana Margarita, diálogo satírico de ignorado autor, donde se
presentan los animales nombrando procurador y promoviendo querella criminal
contra Gómez Pereira por haberlos despojado de sentidos, causa resuelta por
sentencia a favor de los animales.
El misticismo, en su dirección naturalista, exagerando la unidad, o
mejor, la simplicidad, hasta considerarla incompatible con su propio contenido,
se ve obligado a establecer en la materia el principio de la diversidad. Mas si
la materia es la fuente de la variedad, lo será para todo, las almas mismas
deberán recibir de ella el principio de distinción, y de este modo quedan las
almas, por lo menos en esa relación, sujetas a la materia. Por aquí el
misticismo se precipita en el cauce materialista, enlazándose ambas tendencias
en el Br. Sabuco, que localiza las facultades intelectuales en el cerebro,
señalando a cada una su lugar y forma, contando con influencias estelares e
iniciando una especie de determinismo, y en Juan de Dios Huarte, médico navarro
que en su Examen de Ingenios exagera la doctrina hasta dar
ciertos consejos a los padres para que los hijos salgan varones y nazcan
ingeniosos.
En 1587 publicó el Br. Miguel Sabuco y Álvarez su Nueva
filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes
filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana,poniendo por
autor en la portada el nombre de su hija Dª Oliva Sabuco de Nantes, que nada
tenía de docta. Esta superchería, llevada a cabo por motivos familiares, ha
tenido tres siglos y medio engañados a los tratadistas. Ignoro si Feyjóo,
Castro, Morejón y cuantos, impulsados por inconsciente galantería, han ensalzado
los méritos de la obra, recogerán algo de sus hipérboles al verlas caer sobre
las sienes de un varón. El libro, a guisa platónica, adopta la forma de
coloquio [248] entre tres pastores filósofos en vida solitaria, nombrados
Antonio, Velonio y Rodonio. Cree modestamente el autor que «este libro faltaba
en el mundo, así como otros muchos sobran. Todo este libro faltó a Galeno, a
Platón y a Hipócrates en sus tratadosDe natura humana y a
Aristóteles cuando trató De anima y de vita et morte. Faltó
también a los naturales, como Plinio, Eliano y los demás, cuando trataron De
homine. Esta era la filosofía necesaria, y la mejor y de más fruto
para el hombre, y ésta se dejaron intacta los grandes filósofos antiguos».
Leído lo que precede, horroriza y aterra pensar lo que hubiera sido de la
humanidad, de no haberse impreso la obra de Sabuco. Procuraré resumir la
doctrina.
Amalgamando el sensualismo con la idea religiosa, considera Miguel
Sabuco al hombre como un árbol invertido, cuya raíz es el cerebro, la espina
dorsal el tronco y los nervios las ramas. «Como el origen y nacimiento del
ánima del hombre fue del cielo, quedóse así como colgado de él, y tomó su
principal asiento y silla en la cabeza y celebro del hombre, como la raíz de
las plantas quedó asida en la tierra». Comprende el encéfalo tres celdas. En la
parte frontal reside el sentir y el conocer, en la parte media y superior la
imaginación, el raciocinio, el juicio, el amor y el odio y en la parte
posterior las facultades relativas a la conservación de la especie». Clara se
ve la tendencia a reducir la psicología a mera fisiología. No obstante el
misticismo latente originario, retoña el calor del sentimiento religioso de la
época y le hace decir con evidente inconsecuencia: «y así como las cosas
naturales no pasan ni están quedas hasta haber llegado a su centro, la piedra a
bajar, el humo a subir; así el alma nunca para ni tiene asiento, contento y
sosiego, hasta que llega a ver a Dios y allí hinche su capacidad». El análisis
de las pasiones hecho por Miguel Sabuco ofrece no poca semejanza con ciertos
capítulos del citado libro De anima et vita de Vives.
Despréndese del examen de las pasiones y elementos que intervienen en la vida
una moral semiaristotélica, [249] semiepicúrea (in medio virtus), considerando
que la felicidad «consiste en la sapiencia... y en la elección de la prudencia,
sabiendo tomar el medio en todas las cosas; el cual medio hace felice y dichoso
al hombre, obrando las virtudes (que es el medio entre dos vicios) con alegría
de buena conciencia, y en los deleites tomando el medio necesario de todo bien
para el sustento de la vida, y no más».
Sin ánimo de rebajar al autor ni a la obra, honradamente declaro no
haber hallado en elExamen de Ingenios (Baeza, 1575), del médico
Juan Huarte de San Juan, natural de Pie del Puerto y avecindado en Andalucía,
tantos méritos como le atribuyen ciertos críticos. Más fácil parece que sea yo
el equivocado que no ellos; pero me creo autorizado para dudar de críticos tan
miopes que, sin reparar en el fondo crudamente naturalista del libro, declaran
que «su doctrina toda es católica y sana, sin cosa que sea contraria a la fe de
nuestra madre la Santa Iglesia de Roma y sacada de la mejor filosofía que puede
enseñarse». (Fray Lorenzo de Villavicencio.) Algo me acompaña en este sentir
Menéndez y Pelayo al decir que el libro de Sabuco y el de Huarte son discretos
y amenos, mas «por ningún concepto pertenecen a la alta filosofía». (La
ciencia española, t. I, p. 113-4.)
En pos de dos proemios, extensísimo y dividido en dos partes el segundo,
desarrolla su doctrina en diez y ocho capítulos (quince en la primera edición)
y cinco artículos más, empedrando el texto con inagotable copia de sentencias
latinas.
Comienza por estudiar qué es ingenio y cuántas diferencias se hallan de
él en la especie humana, así como de hombres inhábiles para la ciencia; pondera
el influjo del temperamento; establece las condiciones del cerebro «para que el
ánima racional pueda hacer con él sus razones y silogismos»; añade que las tres
almas (vegetativa, sensitiva y racional) son sabias per se y
que las diferencias de ingenio dependen de tres solas calidades, calor,
sequedad y humedad, sin que por eso se infiera la mortalidad del [250] alma;
explica la ciencia correspondiente a cada ingenio y a cada facultad anímica; y
la manera de engendrar hijos sabios.
En el epígrafe de este capítulo añade el autor estas palabras: «Es
capítulo notable». En los cinco artículos declara las señales para conocer el
grado de calor y sequedad de cada hombre, «qué mujer con qué hombre se ha de
casar para que pueda concebir, las diligencias que se han de hacer para que
salgan varones y no hembras», y para que salgan ingeniosos y sabios, así como
para conservarles el ingenio, terminando con ardiente protesta de ortodoxia
católica.
Exponiendo la doctrina, decía D. Federico de Castro que preocupaba al
autor la dificultad no tocada por ningún filósofo «que siendo
todos los hombres de una misma especie indivisible, y las potencias del ánima
racional (memoria, entendimiento y voluntad) de igual perfección en todos: y lo
que más aumenta la dificultad, que siendo el entendimiento potencia espiritual
y apartada de los órganos del cuerpo, con todo eso vemos por experiencia que,
si mil hombres se juntan para juzgar y dar su parecer sobre una misma
dificultad, cada uno hace juicio diferente y particular sin concertarse con los
demás, por donde se dijo: «Mille hominum species et rerum discolor
usus, velle suum cuique est, nec voto vivitur uno.»
Esto proviene, en su sentir, de no hallarse los cuerpos en una perfecta
temperatura.
La variedad de ingenios «no nace, pues, del ánima racional, porque en
todas las edades es la misma, sin haber recibido en sus fuerzas y substancia
ninguna alteración, sino que en cada edad tiene el hombre vario temperamento y
contraria disposición, por razón de la cual hace el ánima unas obras en la
puericia, otras en la juventud y otras en la vejez, de donde tomamos argumento
evidente, que, pues una misma ánima hace contrarias obras en un mismo cuerpo,
por tener en cada edad distinto temperamento, que cuando de muchachos, el uno
es hábil y el otro necio, que [251] han de tener cada uno temperamento
diferente del otro, al cual por ser principio de todas las obras del ánima
racional, llamaron los Médicos y Filósofos naturaleza, de la cual significación
se verifica propiamente aquella sentencia: «Natura facit habilem». No
exigua porción de las observaciones de Huarte sobre la variedad de ingenios y
estudios que a cada uno convienen, están cimentadas en la conocida obra De
Disciplinis, de Vives.
No sólo profesa Huarte con los naturalistas la inferioridad intelectual
de la mujer, sino que, al par de los católicos, insiste en la tesis; «porque
las hembras por razón de la frialdad y humedad de su sexo, no pueden alcanzar
ingenio profundo, y, como dice Salomón (Ecles., cap.
51), melior est iniquitas viri quam mulier bene faciens». «Y
que según la diferencia de ingenio que cada uno tiene, se infunda una ciencia y
no otra, o más o menos de cada cual, es cosa que se deja entender en el mismo
ejemplo de nuestros primeros padres; porque llenando Dios a ambos de sabiduría,
es conclusión averiguada que le cupo menos a Eva. Por la cual razón, dicen los
Teólogos que se atrevió el Demonio a engañarla; y no osó tentar al varón
temiendo su mucha sabiduría. La razón de esto es (como adelante probaremos) que
la compostura natural que la mujer tiene en el cerebro no es capaz de muchos
ingenios, ni de mucha sabiduría.»
Este libro, del cual aumentó los lectores la censura de la Inquisición,
está inspirado enDe Placitis Hippocratis et Platonis, debido al
inmortal Claudio Galeno, de cuyas obras se había hecho ediciones en Venecia
desde 1490 y numerosas versiones latinas en París, Leyden, Londres, Venecia y
Basilea antes de la publicación del Examen de Ingenios.
Huarte se presenta como complementador y perfeccionador del médico y
filósofo de Pérgamo que hasta en la Ética hizo depender las cualidades morales
del temperamento y condiciones fisiológicas.
Sumo a este grupo, por cuanto ofrece nueva [252] manifestación de la
filosofía empírica, y no por otro concepto, al eminentísimo humanista Juan de Mal-Lara (1527-71),
de tan distinta y superior mentalidad.
Nadie puede dudar de la importancia de los refranes, que Cervantes llamó
«sentencias breves sacadas de la lengua y discreta experiencia», porque
constituyen la esencia de eso que hoy se llama Folk-lore, y
que siempre se ha llamado sabiduría popular. Ninguna de las colecciones de
proverbios tuvo la importancia de la obra titulada Filosofía vulgar (1566),
porque no se reduce a mera recopilación como la de Fernán Pérez y otros, exenta
de todo valor literario y científico, sino que las acompaña de comentos y explicaciones.
Jual de Mal-Lara escogió para ella los refranes de mayor trascendencia
por su doctrina, desechando las mil trivialidades difundidas a beneficio de la
ignorancia. Los comentarios que acompañan a cada sentencia revelan una inmensa
sabiduría, sin que el estilo, correcto, castizo y de una decorosa naturalidad,
suponga el menor alarde de jactancia.
Constituyó su Filosofía vulgar una especie de filosofía
épica nacional de enorme interés y quiero recordar las reflexiones sugeridas de
su lectura al autor de La Ciencia española y con ellas algunas
áureas frases del prólogo de la obra:
«Llamo la atención de los apasionados a lo que se llama Folk-lore sobre
las siguientes ideas del Preámbulo, en que con tanta claridad
se discierne el carácter espontáneo y precientífico del saber del vulgo, y se
da por infalible su certeza, y se marcan las principales condiciones de esta
primera y rápida intuición del espíritu humano: «En los primeros hombres..., al
fresco se pintan las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel
retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar
esta ciencia, no libro esculpido, ni traslado, sino natural y estampado en
memorias y en ingenios humanos; y, según dice Aristóteles, parecen los
Proverbios o [253] Refranes ciertas Reliquias de la antigua Philosophia, que se
perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquellas como
antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dice todo el
pueblo, no es de burla, como dice Hesiodo...» Libro natural llama
en otra parte a los refranes, que él pretende emparentar nada menos que con la
antigua sabiduría de los turdetanos: «Antes que hubiese filósofos en Grecia,
tenía España fundada la antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razón
habrá que la que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisímil argumento que el que
por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas
ciudades y villas, y lo que todos en común, hasta los que en los campos
apacientan ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se acaban
los superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides, los más
poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reyno, dividido
en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo
de boca en boca, según moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas,
y de ella vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando
impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por
ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres.»
Dábase entonces gran importancia a refranes y proverbios. Hállanse en
gran número en casi todos nuestros escritores. El marqués de Santillana hizo
una colección de los que «se decían por las viejas tras el huego»; el riojano
Juan de Espinosa trabajó una colección de seis mil proverbios vulgares, que no
dio a la imprenta; Blasco de Garay publicó en el siglo XVI una extensa carta en
refranes; Pedro de Vallés, una colección de 4.400, otra Hernán Núñez de Guzmán,
otra de 6.000 Jerónimo Martín Caro y Sejudo y, aunque no pertenece por la
cronología a este siglo, aunque sí espiritualmente, debemos mencionar, como una
de las más interesantes, la publicada en 1616 por Don Juan Sorapan de Rieros,
médico de Granada. Los [254] refranes que colecciona Sorapan se refieren a la
higiene y están explicados con ingenio en agradable forma literaria. También
merece recordarse la colección del maestro correas, suVocabulario de
refranes y frases proverbiales, impreso en 1606. Menos vale la
colección de sentencias en octosílabos dadas por Alonso de Barrios, con el
título de Filosofía cortesana moralizadora, e infinitamente
menos la de Cristóbal Pérez de Herrera, titulada Proverbios morales y
consejos cristianos, muy provechosos para concierto y espejo de la vida,
adornados de lugares y textos de las divinas y humanas letras. Este
libro es una mala imitación del anterior, y los versos son tan malos que, como
dice Ticknor, «no merecen ser conocidos».
Modernamente han visto la luz varios Refraneros regionales o de ciertas
materias. Como obra de carácter general, no conozco más que dos verdaderamente
serias: el Refranero general español (1874-8) y el
póstumo Diccionario de refranes, adagios, proverbios, modismos, &c; ambos
compuestos por el sabio sacerdote andaluz D. José María Sbarbi.
§ X
Los eclécticos
Bartolomé de Medina. –Venegas. –Vallés. –Antonio de Guevara. –Arias
Montano.
Porque no creyó imposible la conciliación entre ambas derivaciones
perfectas socráticas, doy aquí cabida al dominico Fray Bartolomé de Medina,
que, por lo demás, profesó la ortodoxia tomista. Dentro de ella, sustentó el
probabilismo antes que los jesuítas. Recta et firma sententia dictat et
docet; licitum esse indubiis sequi opinionem probabilem. Su Expositio
in Primam Partem, Primam [255] Secundam, Secundam Secundae et
Tertiam Partem Divi Thomae Summae, se imprimió en Salamanca en 1588.
También Pedro Simón Abril, nacido en Alcaraz de la Mancha en 1530, de
quien se ha dicho «excelente gramático y adocenado humanista», publicó Introductio
ad Logicam Aristotelis(Tudela, 1572), tradujo los tratados lógicos, éticos
y políticos de Aristóteles y los diálogos platónicos Gorgias y Cratilo y
adaptó al idioma español el tecnicismo del Organon. Preocupa
más a Abril la forma que el fondo filosófico; así, lamenta la pérdida de los
grandes maestros antiguos «los quales nos ensenaron en Latín y en Griego, dota
y descretamente, las cosas tocante a esta facultad (la Lógica). Lleuonoslos el
tiempo y, sepultando todas las buenas letras, trúxonos en lugar dellos vn puro
barbarismo, vnos malos escritores de lógica, los quales no entendiendo el
lenguaje y artificio de aquellos primeros graues escritores, inuentaron una
lógica monstruosa: la qual con grandísimo daño de los buenos entendimientos ha
reynado muchos años en las escuelas públicas.» En los Apuntamientos de
cómo se deben reformar las doctrinas y la manera de enseñarlas, señala tres
vicios generales y comunes, a saber: la enseñanza en lenguas extrañas, la
mezcla de disciplinas y el afán de estudiar por resúmenes para adquirir pronto
títulos sin ciencia, defecto éste de que aún adolecemos, y especifica luego los
vicios de cada materia particular, incluyendo la teología.
Alejo de Venegas (¿1493-554), auxiliar en la Universidad toledana,
escribió Agonía del tránsito de la muerte, funerario libro de
ningún valor filosófico, acompañado de un extravagante vocabulario y
etimologías disparatadas, y Diferencias de libros que hay en el
Universo (1540). Los cuatro libros a que se refiere son: el libro
divino (ciencia de Dios), el de la naturaleza (conocimiento del Mundo), el
moral (ciencia de los deberes) y el religioso (ciencia del culto). Comienza
tratando de concertar la predestinación con el libre albedrío; busca luego el
conocimiento de Dios mediante el de las criaturas, estudiando la disposición de
los [256] elementos y los fenómenos naturales; en el tercer libro de la primera
parte, a que llama libro de la razón, de la que establece paupérrimo concepto
diciendo: «no es otra cosa razón sino lo que en romance se llama cuenta, como
dezimos que no tiene alguno razón cuando no tiene buena cuenta» y definiéndola
«una ponderación de lo que la memoria conserva», vuelve al tema del albedrío y
se engolfa en consideraciones de orden religioso y moral, y en el cuarto,
después de sentar que «el conocimiento de fe es más noble que el de la opinión
y la sciencia», termina apologizando la Escritura y anatematizando a los
protestantes, pues «si, como manda el Deuteronomio, quel que no obedeciesse a
la determinación de la Iglesia: muriesse luego por ello: porque escarmentasen
los otros: las dos Alemanias vuieran tenido la vigilia y el zelo de la casa de
Dios, que zelosissimamente se ha tenido en España; no vuiera hecho tanto
estrago en las ánimas de los simples la zizaña que sembró Sathanás». Como se
ve, el buen auxiliar era hombre de soluciones radicales.
Francisco Vallés, médico, fallecido en 1592, comentó los cuatro libros
aristotélicos de los Meteoros (Alcalá, 1558), la Física (id., 1562),
publicó Controversiarum medicarum et philosophicarum (1564),
en cuyos dos primeros libros trata las materias comunes a filósofos y médicos,
o sea los elementos y las propiedades de los cuerpos, y critica las discusiones
silogísticas, y, además de otros trabajos ajenos a nuestro estudio, su tratado De
sacra philosophia (León, 1588).
Comienza este último comentando pasajes bíblicos y exponiendo opiniones
de filósofos helenos, trata de los nombres que tenían los animales en el
principio del mundo y, después de considerar el alma humana cual emanación de
la divinidad, entra en asuntos más peculiares de la medicina. Sostiene en sus
obras que la materia prima se reduce a una ficción, propia de gentes rudas, y
que, acéptese el concepto de Platón o de Aristóteles, no es nada (non
enim est–dice–quod non est ens). Se aferra a la tesis [257] peripatética
de los tres principios y considera las nociones de materia y forma, principios
del ente natural.
Añade que los principios son los elementos que están en potencia en las
cosas, jamás en acto; que la forma de la cosa es su esencia, conforme al
aforismo peripatético Forma est essentia rerum; coloca el
principio de individuación en la cantidad y cree que por la contrariedad innata
la generación existe, pues supone corrupción de una substancia y transformación
ocupando las nuevas el lugar que las anteriores les han cedido, aun sin necesidad
de materia común.
A tan superficial concepto, ya combatido por Isaac Cardoso, se opone una
mortal objeción. Si ex nihilo, nihil, se impone aceptar una
materia común que, metamorfoseándose, sostenga y explique la rotación eterna de
la vida. Niega la creación ex nihilo, suponiendo que los
cuerpos de los cuatro elementos preexistian a la creación de la luz,
generándose todo de lavis repugnandi o ley de contrariedad,
sucediéndose los seres unos a otros, como queda dicho.
No estima que la característica del hombre consista en la racionalidad,
pues, siendo el sentido inseparable del intelecto, también los brutos se pueden
considerar racionales (bruta omnia rationabilia etiam...), sino
en la capacidad de aprender.
Peripatético flexible y entusiasta de Pitágoras, Vallés nos ofrece la
paradoja de un aristotelismo pitagórico.
Antonio de Guevara (†1545), no vizcaíno según afirma Ticknor, pues en
tres pasajes declara ser montañés, cronista del emperador, obispo de Guadix y
de Mondoñedo y autor de la disparatada Década de los Césares, se
conquistó dilatado renombre. Si no la mejor, es la más conocida de sus obras
el Relox de Principes, a que va incorporado el Libro
de Marco Aurelio(1529). Fitzmaurice Kelly dice que el Relox de
Principes es una «novela didáctica, cuyo héroe es Marco Aurelio».
Completamente inexacto. Se trata de dos obras distintas, que pudieran muy bien
[258] correr separadas. Guevara anunciaba su Marco Aurelio como
traducción de códice florentino, lo cual le valió acerbas censuras y le enredó
en apasionadas controversias.
En la edición barcelonesa, harto modificada, de 1647, se dice que la
Vida de Marco Aurelio está «sacada al pie de la letra de la historia Imperial y
Cesárea, la qual compuso Pero Mexia». El Relox de Principes semeja
tela urdida con hilos de Plutarco, de Laercio y hasta de las «Fazañas de los
filósofos», con momentos de hábil ejecución y desmayos de afectación retórica.
Me limitaré a mencionar Menosprecio de Corte y alabança de la aldea y
Aviso de Privados,pequeñas obras que denuncian la lectura de Castiglione y
cuyos asuntos revelan los títulos, yEpístolas familiares (1539), a
ratos amenas, insoportables a ratos. No comprendo cómo han merecido tanta
atención y la versión a varios idiomas, esas obras «dont on aurait de
la peine à supporter aujourd'hui la lecture.» (Desessarts: Bibl. d'un homme de
gout, T. IV, París, año 7.°) También el Br. Pedro de Rua, en sus
epístolas al Obispo, asesta juiciosas censuras a la obra de Guevara.
Mas ninguno cual Benito Arias (1527-98) supo concertar la ciencia con el
sentimiento, la erudición con la poesía, Se le conoce generalmente por Arias
Montano, aunque no se llamaba así, pues Montano (serrano) no es apellido, sino
adjetivo que él se añadió para indicar su patria. Nació en Fregenal; pasó su
juventud en Sevilla, donde estudió Filosofía; se vio laureado en Alcalá;
cumplió en Inglaterra y en Flandes la difícil misión que le confirió Felipe II
de oponerse a la reforma religiosa; asistió al Concilio de Trento, donde su
erudición fue admirada por todos, y justamente celebrados sus discursos acerca
de la Eucaristía y del divorcio, regresó a su patria y se retiró a la gruta de
Alajar (Huelva), conocida por la Peña de Aracena o el Cerro de los Ángeles, a
causa del santuario de N. S. de los Ángeles que la corona. No conocemos en toda
España lugar más pintoresco que la cima de este cerro, ni gruta más fantástica
que la elegida por el sabio Maestro. Allí [259] permaneció entregado al trabajo
hasta que se le nombró confesor de Su Majestad. Por este tiempo se encomendó a
su ciencia el trabajo de la Biblia políglota. La Universidad de Salamanca
levantó acusaciones contra la obra de Arias Montano, mas la superioridad de
éste confundió sin esfuerzo a sus detractores.
Volvió Arias a su gruta de Alajar, renunciando las pingües mitras que el
rey le ofrecía, y sólo su amor a Sevilla le arrancó a la soledad cuando fue
elegido prior del Capítulo de Santiaguistas de la dicha ciudad, donde
permaneció hasta su óbito.
Con ser varón tan eminente que no lo pudo haber más en su siglo, no
puede Arias Montano considerarse como filósofo, sino teólogo, mas de todo
cuanto escriben los entendimientos superiores brotan efluvios de exquisita
filosofía. Para lograr el conocimiento supremo, el de Dios, señala dos seguros
derroteros: o la revelación directa o la investigación racional. Dios es la
Verdad (solus autem dictus est Veritas) y por la razón intenta
explicar el origen y proceso de las personas divinas.
Estéril por sí, ahora, como siempre, el eclecticismo preludia los
intentos de armonía.
§ XI
Conatos de armonismo
Gabriel Vázquez. –Cardillo de Villalpando. –Andrés Laguna. –Sebastián
Fox Morcillo y su hermano Francisco.
Entre los aristotélicos que presintieron la posibilidad de la concordia
entre la Academia y el Liceo, podríamos colocar al jesuíta Gabriel Vázquez
(1551-606), que escribió [260] susDisputationes Metaphysicae, obra
póstuma, impresa en Alcalá (1618), en cuya Aprobación se le aplican las
palabras viri, ab incomparabilem doctrinam magni et absolutissimi... En
las XXXII disputaciones, iniciadas con el estudio de Analogia Entis, que
comprende ontología y teodicea, discute la existencia de Dios con las pruebas
ontológica, física y moral y apenas se separa de la escolástica corriente,
salvo en el tema de la distinción entre la esencia y la existencia en el mundo
y en el concepto propio de la unidad transcendental, pues para él todo cuanto
está en el entendimiento divino posee una existencia real, puesto que Dios,
atendiendo a la posibilidad, puede hacer las cosas o dejar de hacerlas. En las
disputaciones XVI y XVII se desliza de la esfera metafísica para probar la
verdad de la fe católica. Un año antes, había impreso la Orden los Opuscula
moralia, también póstuma, que abarca los tratados De
Eleemosyna, Scandalo, Restitutione, Pignoribus et Hypothesis, Testamentis,
Beneficijs y Redditibus Ecclesiasticis. Lo más
curioso me parece el dubium V de los Testamentos, encabezado
así: An rerum omnium dominium, quod habet haereticus, ante iudicis
sententiam amittat: ita vt in conscientia fisco teneatur illa bona statim
deferre?
Gaspar Cardillo de Villalpando (1527-81) refuta los argumentos aducidos
por Vives y Pedro Ramus contra el estudio de las categorías en la Lógica,
distinguiendo esta ciencia de la Dialéctica.
Publicó una Suma de las Súmulas de Pedro Hispano,
citada por Cervantes en el Quijote;Apología Aristotelis adversus eos, qui
ayunt sensisse animam cum corpore extingui (Alcalá, 1660);Isagogen
sive Introductio in Aristotelis Dialecticam (Alcalá, 1557); Eloquentiae
et libelarium artium Compluti professore. Breve compendium artis Dialecticae (1599); In
praedicamenta, et categorias (1558);In libros de priori
resolutiones (1561); Octo libros Physicorum Aristotelis
praesertim Questiones quae ad eosdem libros pertinent in contrariam partern
disputatas [261] (1567); In libros duos de generatione et
corruptione (1568); In topica Aristotelis (1569); In
quator libros de Coelo (1576).
El principal mérito de este escritor consiste en fijar la doctrina
aristotélica acudiendo a las fuentes. Sus ideas no son muy originales, pero
influyeron considerablemente en la cultura española, porque las obras de
Cardillo sirvieron de texto largo tiempo en la Universidad complutense. No
obstante, su entusiasmo aristotélico sueña en conciliar la doctrina del maestro
con la platónica. Ergo peripatetici ab accidenti ita nominati sunt, cum
re ipsa cum his qui academici dicebantur, consentirent. La intención merecía
loa, pero faltó el talento de Fox Morcillo. Poco influyó en la mentalidad
española el médico Andrés Laguna (1499-560), que pasó parte de su mocedad en
París y los últimos y más provechosos veinte años de su vida en Alemania. Buen
humanista, tradujo del griego al latín los libros aristotélicos De
Fisonomia, De Mundo, el tratado de plantas y el De virtutibus, que
comenta con respeto, y nos legó larga copia de obras médicas y traducciones.
Considerando en conjunto su pensamiento, pues ningún trabajo especialmente
filosófico compuso, se le clasifica entre los naturalistas, pero, en realidad,
no se aleja del maestro de Alejandro.
Tantas y tan variadas manifestaciones logró la conciencia reflexiva en
el siglo XVI que se impuso la necesidad de una síntesis o al menos de un
sincretismo racional que recogiese tan múltiples direcciones para fecundar con
ellas la formación de una conciencia temporal colectiva.
Con verdadero instinto científico acometió la empresa Fox Morcillo, a mi
juicio, la más alta encarnación de la filosofía áurea española.
Menéndez y Pelayo y Bonilla, por su desaforado «vivismo», se obstinan en
presentar a Fox en categoría de satélite de Vives, señalando con
encarnizamiento lo que en opinión de ambos maestros debió al filósofo
valenciano. Ahora bien: ¿existe algún escritor de cualquiera disciplina que no
[262] haya tenido precursores y no haya aprovechado algo de su labor
preparatoria? La vida es continuidad y nada se pierde, antes bien, enlaza al
pasado con el presente y previene el futuro. Sin mermar un ápice los méritos de
Vives, no se podrá negar que, si fue el crítico más formidable de su tiempo,
anduvo menos feliz al construir que al derruir. No enfocó la exigencia del
momento, saltó bruscamente del aristotelismo al campo contrario, sin aprovechar
lo correspondiente a ambos, y no dejó un amplio camino abierto a la
especulación. Yo no creo que valga más un filósofo por su erudición ni por su
crítica, sino por abordar con valentía el problema de su época, con plantear la
cuestión y mirarla frente a frente, procurando resolver la incógnita con los
medios que le brinden su tiempo y el ambiente en que respira, y tal fue la
intención de Fox Morcillo al intentarla conciliación entre los dos momentos de
la reflexión socrática, el dialéctico y el lógico; el divino Platón, resucitado
por los esplendores del Renacimiento, y el «sotil Aristotil», dictador de la
Edad Media, que libraban una definitiva batalla en los albores de una nueva
edad.
Sebastian Fox Morcillo nació en Sevilla el año 1528, en la calle de las
Palmas, y se bautizó en la parroquia de San Miguel. Fox Morcillo era de
nobilísima alcurnia provenzal, pues descendía de los Condes de Foix, según él
mismo declara en su obra sobre el estilo. Aprendió a la perfección el latín y
el griego en su ciudad natal, trasladándose luego a los Países Bajos y
terminando sus estudios en la célebre Universidad de Lovaina, en cuyos libros
de matrícula aparecen inscriptos su nombre y el de un hermano suyo, según
afirma Menéndez y Pelayo. Tuvo por maestros en aquella Universidad al célebre
matemático Jerónimo Frivio y de humanidades a Pedro Nanio y a su sucesor
Cornelio Valerio. Este último consultó con Fox Morcillo los libros que
escribía, honor que suponía en el filósofo español extensísimos conocimientos
porque comprendían magnas de varias facultades. Apenas contaba diez y nueve
[263] años de edad cuando terminó una obra sobre los Tópicos de
Cicerón, escolios y paráfrasis, lo cual nadie había hecho después de
Boecio, y por esto Baillet lo menciona entre los niños célebres por su
precocidad. La reputación del filósofo se formó y consolidó tan rápidamente,
que Felipe II lo eligió para maestro de su hijo el Príncipe Don Carlos,
prefiriéndole a otros ilustres varones que honraban las letras españolas.
Cuando regresaba de los Países Bajos para tomar posesión de su cargo, el
mal tiempo que batía el mar del Norte hizo naufragar la nave que lo conducía a
España y desapareció para siempre, cuando aún no había cumplido los treinta
años y podían esperarse mayores frutos de aquel privilegiado cerebro en todo el
apogeo de su genio y la madurez de la reflexión. La Nouvelle Biographie de
Hoefer, tomo XXXVI, página 703, apunta la hipótesis de que Fox Morcillo murió
el año 1560, coincidiendo con los cálculos de Baillet, aunque Boros señala el
1559 como fecha de tan irreparable infortunio.
Escoto le compuso este digno elogio sepulcral:
Ante diem quid me raptum fugetis, amici?
Fallor? An ingenium docta per ora volat?
Coelo anímam condis, doctis tua scripta Sebasti
Committis, corpas quis tonet? Oceanus.
Spiritus astra tenet, Morsilli scripta diserti
Tellus: corpus ubi est? heu, rapit Oceanus.
De los libros que dejó escritos se han repetido las ediciones y al autor
se le otorgaron los honoríficos y singulares epítetos de filósofo
prestantísimo, doctísimo, sólido, fundado, &c., en años
posteriores a su muerte por críticos de tanto peso como Auberto Mireo, Gabriel
Naudé, Gerardo J. Vosio y Mr. Boivin, «para quien su obra de la concordia
platónica aristotélica era la mejor y más sabia que se había escrito desde el
Renacimiento hasta el siglo XVIII». El malogrado filósofo sevillano dejó
escritas unas notas [264] marginales que puso a la aritmética de Boecio
firmadas por él que poseía Matute.
Expuso su Física y su Metafísica en las admirables obras In
Platonis Timaeum seu de Universo Commentarius (Basilea, 1554), seguida
de magnífico y detallado índice y en cuyos cinco libros comenta con
independencia la teoría platónica; In Platonis dialogus que Phaedo, seu
de animorum immortalitate inscribitur (Basilea, 1556), conocido
por In Phaedonem Platonis seu de Animarian immortalitate a
causa de viciosa transcripción en la «Biblioteca Nova», donde, como en la
anterior, se obstina en exponer el platonismo con fondo cristiano, y más
concretamente en su De Naturae Philosophia, seu de Platonis et
Aristotelis consensione (Lovaina, 1554).
Dedicó a la lógica De usu et exercitatione Dialecticae (Basilea,
1556), rarísimo libro en que combate la lógica peripatética; De
Demonstratione, ejusque necessitate ac vi (Basilea, 1556), donde al
tratar del origen del conocimiento rechaza los exclusivismos tanto de Platón
cuanto de su discípulo.
Estableció su Moral y su Política en los breves diálogos De
Juventute y De Honore, el segundo vertido al francés
por Francisco Baraud (París, 1759) y el primero al español por González de la
Calle, autor de una excelente monografía sobre Fox Morcillo; en suCompendium
Ethices Philosophiae ex Platone, Aristotele, aliisque auctoribus collectum (Basilea,
1554), obra de opulenta erudición; In Platonis X libros de Republica
Commentarius (Basilea, 1556), donde esclarece y fija con acierto los
conceptos jurídicos y políticos de Platón; y en De Regni Regisque
institutione (Amberes, 1556), coloquio entre Aurelio, Antonio y Lucio,
según Godoy, torpemente imitado por el profesor aragonés Dr. Juan Costa.
De Philosophici studíi ratione (Amberes, 1621), dedicado a su
hermano Francisco, donde recomienda el estudio del griego y la retórica, sirve
de introducción general y como de propedéutica a la doctrina filosófica. De
situ [265] elementorum, citado por Nicolás Antonio
con referencia a Gessner, no me es conocido, así como tampoco Duodecim
locorum, &c., citado por él mismo con referencia a Alfonso Chacón.
Al grupo literario corresponden In Topica Ciceronis paraphrasis
et Scholia, primer ensayo de Fox Morcillo, compuesto a los veintidós
años, dedicado a Don Perafán de Ribera (Amberes, 1550), donde en la indecisión
de su pensamiento y estilo aún no formados, ya luce lo que su detractor Baillet
apellida bonté d'esprit; De imitatione sive de informandi styli
ratione, libro duo(Amberes, 1554), donde campea su rumbosa y ciceroniana
latinidad y se adelanta a la célebre frase de Buffon: el estilo es el hombre, y
el no menos bello coloquio De Historiae institutione Dialogus (París,
1557), calificado por el batallador bibliógrafo mantuano Antonio Possevino en
su Biblioteca selecta de grave y docto (XVI,
V, página 225) y por Godoy y Alcántara de «el más didáctico y metódico de todas
las Artes de Historia». Impone por primera obligación al narrador el culto a la
verdad. «Todo debe narrarse por árido y desagradable que sea». No se ha de
omitir circunstancia esencial geográfica, cronológica, de antecedente o
consiguiente y el tono debe ser un término medio entre la poesía y la
filosofía. Tal es la importancia de la Historia, que «en rigor, todas las ramas
científicas son y pueden apellidarse historias».
Mr. Boivin le Cadet, dice de nuestro autor en su memoria presentada a la
Real Academia de Inscripciones de Bellas Artes de París con el título de Querelle
des Philosophes du quinzième siècle (Tomo III. Historia de la
Academia, París, imprenta Real, MDCCXVII): «Vers le milieu du mesme siecle, un
auteur Espagnol composa aussi en latin un ouvrage divisé en cinq livres, qu'il
dédia a Philippe II pour lors Infant d'Espagne & Roy d'Angleterre. Cet
ouvrage qui a pour titre Sebastiani Foxii Morzilli Hispalensis de nature
Philosophia seu de Platonis e Aristotelis consensione libri V, fut imprimé a
Louvain en l'anne MDLIV. [266] C'est peut-etre ce qu'il y a de plus solide
& de mieux ecrit sur cette matiére; & je ne croy pas que personne ait
jamais parlé plus elegamment.»
La contradicción entre Platón y Aristóteles, según Fox, consiste en que
el Maestro eleva la ciencia a los principios y el discípulo viene a las cosas
sensibles, en la doctrina platónica de la idea y la peripatética de la forma.
Fox ataca el problema unificando la idea con la forma en un principio superior,
pero no los identifica, sino que afirma su distinción en el hecho de buscar un
principio de unidad para resolver la antinomia.
Ambos conceptos se presuponen, pues la distinción entre ellos, en cuanto
elementos integrantes de la substancia, no pasa de constituir una abstracción.
Materia sin forma es tan inconcebible como forma sine materia.
No sin razón asegura Menéndez y Pelayo que Fox planteó el problema en
sus verdaderos términos y sobre más sólida base que Pico de la Mirándola.
Si Platón separa la idea de las cosas y Aristóteles la une a ellas, la
idea platónica contiene las ideas de los singulares, y si el estagirita
reconoce una forma divina, origen de las particulares, ambas fórmulas se
confunden; la materia y la forma requieren para razón de ser un principio
unitario y superior que las abrace, la idea divina. Podría decirse que
Aristóteles comunica la vida a la ontologia platónica y que Platón da
fundamento y razón a la biología de Aristóteles. La ciencia puede referirse a
la contemplación o a la acción. La contemplación concierne a las ideas
fundamentales (Teología o Metafísica), a la magnitud (Matemática) o a los
cuerpos y las fuerzas (Física). La ciencia de la acción es la Ética.
El dato suministrado por el sentido no es en sí el objeto del conocer:
éste recae sobre el ente (tò'òn o ens). La inteligencia, como
facultad adecuada a su objeto, no puede equivocarse en lo relativo a la esencia
de los seres.
Los sentidos no conocen, puesto que no disciernen; pero sus datos son
indispensables. La especulación y la [267] experiencia se completan mutuamente;
por eso, aunque entusiasta de Platón, recomienda la eficacia del procedimiento
inductivo. Methodi autem est...
universam rem propositam ordine apto et convenienti tractare ac ponere. Cree que los sentidos corresponden a
los elementos y, si en la teoría de la visión conviene con Vives, nadie podrá
negar que la expone con mayor exactitud que el valenciano y el cono de
los rayos luminosos responde a la realidad mejor que la pirámide de
Vives.
Nihil est in intellectu quod prius no fuerit in sensu, decían las
escuelas, pero mucho antes de que naciera el filósofo que había sabiamente de
añadir nisi intellectus ipse, había añadido el español: excepto
las nociones naturales del mismo entendimiento.
Así se apartaba de la absurda teoría de las especies sensibles y de la
no menos absurda del conocimiento directo que había profesado Gómez
Pereira. Nec sensus sine iisdem
notionibus satis ad scientiam pariendam sunt, nec sine sensibus ipsae notiones.
No le repugna la idea de las localizaciones cerebrales, pues cree que
la animae sentienti facultas o sentido común, se halla in
anteriori cerebri parte posita, enlazando así el platonismo con el
materialismo sevillano de Alonso de Fuentes, que, como queda dicho, proviene de
fuente mística y por ende de raíz platónica.
Admite con Platón las ideas innatas (ser, esencia, accidente, modalidad,
axiomas matemáticos e ideas fundamentales de moral), «pero estas nociones,
escribe Menéndez Pelayo, en Fox no son meras formas subjetivas como en Vives ni
ideas innatas virtualiter como en Leibniz», sino proyeciones
de la idea divina.
A los dos modos del conocimiento, ascendente y descendente, corresponden
los dos procedimientos, analítico y sintético.
«El sistema de Fox, decía el Dr. Laverde, implica una verdadera
revolución en la dialéctica tradicional y el regreso a la platónica, pero
ensanchada en términos de caber [268] dentro de ella hasta la inducción de
Vives y de Bacon, a la cual nuestro filósofo confía la tarea de demostrar a
posteriori las mismas verdades per se notas.
El hecho mismo de haber planteado con tanta precisión y claridad las dos
cuestiones capitales de la filosofía, en un tiempo en que la erudición,
desbordándose, anegaba lo esencial bajo la balumba de los pormenores, es ya
indicio seguro de un soberano talento filosófico.»
Verdadero pensador, relega el principio de autoridad, y en el tratado
de Studii philosophici ratione señala una de las principales
fuentes de error, el jurare in verba magistri. «El método,
dice, que siempre me propuse en mis estudios filosóficos fue no seguir por
sistema a ningún maestro, sino abrazar y defender lo que me parecía más
probable... Juzgo que el amor a la verdad debe anteponerse a toda autoridad
humana».
Sin embargo, existe una autoridad a la cual ni Fox ni ningún pensador de
su tiempo podía sustraerse, el dogma cristiano. Esta entonces inevitable
sumisión obliga a nuestro filósofo, pese a la sinceridad de su independencia, a
separarse de Platón, su predilecto guía, en ciertas cuestiones relativas a la
creación ex nihilo, como observa justamente Bores, a las ideas
divinas, a la creación y a la causa del mal que no puede residir en Dios: «Quaequmque
ait ille in hoc mando facta sunt a Deo bona sunt, mala vero ab ipso provenire
nequeunt mali enim auctor non est». También corrige a Vives en la
afirmación agens preaecipuum habitans in corpore apto ad vitam. Fox
no cree que el alma sea una actividad habitando en un instrumento idóneo, sino
sostiene la unidad humana, In corpus descendente integro animal
constituere, si bien ambos no disfruten de la inmortalidad, reservada
al espíritu en virtud de las razones que aduce, creencia que tropieza con la
grave dificultad de conciliar una distinción esencial con una unidad integral.
Esta diferenciación hecha por Fox, esta secretio animi a corpore, podrá
en la crisis de la muerte respetar el alma; pero ¡ay! no respeta al hombre.
[269]
Muestra Fox un ánimo perfectamente equilibrado, sediento de hallar la
verdad y poco dócil a las sugestiones de menudos exclusivismos; por eso no se
dejó arrebatar del misticismo, peligro de todos los platónicos de su era, y
mantuvo en su justo límite los derechos del método experimental. De igual
suerte, al cerrar contra el formalismo escolástico, no incurre en las
procacidades de Vives, censura a los decadentes con mayor severidad que a los
grandes escolásticos, y tanto aprovecha de éstos en el método, cuando ha lugar,
que mi excelente y llorado amigo don Eduardo Badía, quizá con más ingenio que
exactitud, calificó a nuestro filósofo de «un buen escolástico en los malos
tiempos de la escolástica».
Con perfecta justicia pensaba Cánovas del Castillo que Sebastián Fox «no
tuvo entre los filósofos españoles de su tiempo iguales, ni dejó tampoco quien
siguiese su ejemplo en esto de aplicar el poder de la razón, fortificada por el
estudio profundo de la madre de las ciencias, al análisis y exposición de las
cuestiones políticas».
Ética es «el arte de informar rectamente los costumbres». Los hombres,
siendo libres, contraen responsabilidad por sus acciones. Al tratar de los
deberes, de la familia y de la mujer, se expresa con una nobleza y
clarividencia digna de un sublime moralista. La pasión se define:impetus
animae appetitoriae sentientis ex imaginatione boni aut mali ortus.
En materia político-social, arranca Fox de la sociabilidad humana que,
por ser esencial, desenvuelve un instinto al cual deben su origen las
agrupaciones humanas. Las sociedades requieren un principio de autoridad. La
forma de la organización constituye el derecho. No comprendiendo la política
divorciada de la moral, rechaza con indignación la mentira y la perfidia
disfrazadas con el nombre de razón de Estado. Las leyes, dice, como Krause en
el siglo XIX, son las formas del Derecho. Su contenido es quam recta
ratio praescribens quae agenda ex virtute sint, prohibensque contraria. [270]
El Estado carece de capacidad para definir en materia científica. La
enseñanza religiosa corresponde al clero y no al Estado. González de la Calle,
en su preciosa monografía, observa con justicia que en el libro De Rege del
P. Mariana, se hallan ideas muy semejantes a las de Fox sobre las formas de
gobierno «con la particularidad de que el célebre jesuíta acalla sus dudas
declarándose monárquico y el filósofo de Hispalis, cuando sus convicciones
vacilan, siente marcadas preferencias por la forma republicana, «en lo que no
menos acreditó su buen juicio, abandonando intransigencias, «se inclina a creer
que la república conviene a los pueblos más cultos y la monarquía a los menos
civilizados». (Comp. Ethices, t. III, c. IX. G. de la Calle,
p. 203.) En fin, condena la esclavitud, pide la abolición gradual de los
mayorazgos y discurre con increíble acierto para su tiempo acerca de los
impuestos, gastos y temas financieros.
En el paralelo trazado por G. de la Calle entre las ideas económicas de
Fox Morcillo y el P. Mariana, resalta el claro sentido del primero hermanando
aquellos dictados de la general sindéresis, que pudiéramos llamar humanos por
cernerse sobre las contingencias geográficas y cronológicas, con los apotegmas
circunstanciales adaptados a la necesidad de los tiempos.
Defiende Fox la implantación de nuevas industrias; censura la
exportación de primeras materias laborables en el país; pide una ley de vagos
con magistratura ad hoc y una racional distribución de la riqueza,
adelantándose a las modernas legislaciones en indicar la supresión de
mayorazgos, convirtiendo en vitalicios todos los honores, progreso a que no
hemos llegado todavía; propone que se evite la compra de grandes cantidades de
granos, debiendo adquirirse subsistencias por cuenta del Erario; traza una reforma
de la tributación, sobre la base de la universalidad y proporcionalidad del
impuesto, y propugna la organización administrativa de la Hacienda.
Tantas luminosas ideas y anticipaciones contenidas en [271] el
libro De regni reg. inst.,justifican la razón con que el autor
citado lo considera sembrador de ideas económicas y, yendo más allá que él en
mi juicio, sostengo que no podrá escribirse la historia de las doctrinas
económicas en nuestra patria, sin que figure en primer lugar el nombre de Fox
Morcillo.
La labor llevada a cabo por Fox Morcillo merece legítima admiración, y
su personalidad como filósofo tiene un relieve marcadísimo en la historia. En
sus comentarios del Fedon y del Timeo había trazado con segura mano las
analogías y las diferencias entre el platonismo y el aristotelismo. El profundo
conocimiento de estos dos eternos polos de la especulación, le sugirió la idea
de que la verdad pudiera hallarse en la congruencia de ambas doctrinas, y tan
magnífica obra de sincretismo fue la que emprendió en su De natura
philosophiae seu de Platonis et Aristoteles consensione, adelantándose
a la intención de Leibniz.
También en la teoría literaria se anticipó a Buffon, estableciendo la
personalidad como sello de estilo; pero más filósofo que aquél, concedió a la
objetividad lo que de derecho le corresponde, partiendo de este aforismo
capital: «Ha de acomodarse el estilo al asunto, no el asunto al estilo»,
doctrina tan perfectamente reforzada con el ejemplo en sus escritos
filosóficos, y más aún en sus gallardas dedicatorias, que Gabriel Naudeo cuando
hablaba de él afirmaba «que dijo mucho en poco» y Auberto Mireo le llamó «el
filósofo más elocuente de su edad».
Hermano del eximio pensador Sebastián, que le dedicó su tratado De
Philosophici siudii ratione, Francisco Fox Morcillo dejó manuscritos
trabajos de Derecho. Era además cultísimo literato y humanista, pues poseía el
latín y el griego, lenguas que estudió en Sevilla bajo la dirección del famoso
maestro Alonso de Medina. Adquirió tan exquisita erudición en las escuelas de
su patria, emporio de la civilización española, y estuvo después en Lovaina.
Profesó en el histórico monasterio de San Isidoro del Campo y, como
todos los monjes de aquella comunidad, [272] se convirtió al protestantismo.
Perseguido y preso por sus ideas religiosas, abjuró; mas habiéndole afeado su
debilidad Fray Fernando de León, correligionario y compañero en la prisión
inquisitorial, se retractó de su abjuración y pereció en el auto de fe de 1559.
Menéndez y Pelayo en su Historia, de los heterodoxos españoles, habla
de Morcillo sin sospechar que fuese hermano del filósofo. Inconvenientes de la
costumbre castellana de preferir el apellido materno y suprimir el paterno. En
las notas a la traducción de la obra de Reinaldo Montano De
Inquisitionis Hispanicas Artes, por Skinner, se le llama Foxio
Morcillo, y se añade que era el hermano de Sebastián Foxio Morcillo, escritor
de filosofía.
¡Trágico y prematuro fin tuvieron ambos esclarecidos hermanos con la
complicidad de los elementos y el fanatismo!
§ XII
La escolástica aplicada
Melchor Cano. –Fray Antonio Álvarez. –Castillo. –Suárez. –Luis de
Molina. –Pererio. –Fray Juan de Márquez. –Jerónimo de Carranza. –El P. Mariana.
–Juan de Espinosa. –El magnífico caballero D. Pero de Mejía. –Fray Domingo de
Soto. –Vitoria. –Luis del Alcázar. –Fray Bartolomé de las Casas.
Los escritores españoles de filosofía aplicada a la teología,
jurisprudencia y demás ramas del saber en el siglo XVI se distinguen ante todo
por su erudición, a veces indigesta de excesiva; por su universalidad de
influjo, pues eran consultados en toda Europa; por su base común en la doctrina
tomista, salvo pasajeros desvíos, y, en fin, por [273] su empeño en someter a
la jurisdicción teológica todos los puntos controvertibles.
Melchor Cano (1509-60), dominico, enemigo acérrimo de la Compañía de
Jesús, e injusto perseguidor del prelado Carranza, en De logis
Theologicis (1563) aplica a la ciencia divina el criterio
renacentista, renovando los métodos teológicos y representando el criticismo en
la ciencia divina, es decir, procurando conciliar la teología con su sierva la
filosofía. Sin vacilar pisa sobre las huellas de Santo Tomás, pero todo lo que
no es teología en Cano deriva de fuente no tomística. Combatió con el encono
propio de su carácter la doctrina aristotélica de los universales, declarando
que nunca había logrado entenderla. Opinaba también que en cuanto a la teodicea
y a la inmortalidad del alma, Platón respondía mejor que Aristóteles a los
dogmas cristianos. En lo demás prefiere al estagirita y llama a Santo
Tomás máximo gravissimo theologo atque philosopho.
Fr. Antonio Álvarez combatió en 1591 la tiranía, según este pasaje que
reproduce D. Adolfo de Castro y al cual me atengo por no conocer su obra:
«Nadie piense, pues, que hay autoridad en la tierra, por crecida que sea, que
llegue a poder trocar los derechos y a desatentar la justicia de su lugar; que
el imperio de la ley es sobre los príncipes y no reconoce superioridad... Así
como los príncipes no son señores de la justicia para hacer libres tiranías,
así tampoco lo son para dejar de ejecutarlas en sus casos debidos».
El trinitario Alonso de Castrillo, eventual burgalés, en su
literariamente poco estimableTratado de República con otras historias y antigüedades, infolio
a dos columnas (Burgos, 1521), rechaza las monarquías hereditarias, repugnantes
al buen sentido, pues «para ser más segura la república, no conviene ser
perpetuos los governadores della, porque quando goviernan por poco tiempo,
entretanto que aprenden tiranizar, ya se les acaba el poder para ser tiranos».
En general sus doctrinas parecen [274] democráticas y las robustece con la
autoridad de Aristóteles.
Francisco Suárez (1548-617), honor de Andalucía, ingresó en la Compañía
de Jesús no sin dificultades, porque se le creía dotado de escaso
entendimiento. Enseñó Filosofía en varios noviciados y recibió de Felipe II el
nombramiento de profesor de Teología en la Universidad de Coimbra.
Compuso Suárez muchas obras: Una de las más notables se titula: De
legibus ac de Deo Legislatore libri X (Coimbra, 1613). Más feliz la
que tituló Defensio fidei catholicae et apostolicae adversus anglicanae
sectae errores cum responsione ad Apologiam pro juramento fidelitatis et
praefationem monitoriam Serenissimi Jacobi magni Britanniae Regis (ídem
íd.), escrita a instancias del Pontífice Paulo V contra el juramento que Jacobo
I exigía a sus vasallos, mereció un breve del Papa felicitando al autor.
Francisco Suárez desenvuelve en sus obras un sistema filosófico completo
dentro del tomismo, pero no totalmente de acuerdo con el ángel de las escuelas.
Aunque sigue a Santo Tomás, al cual alude como a otros Maestros con las
palabras nostri scholastici, se separa en determinados puntos
y procura mirar las cosas más de raíz «para darles algo de novedad». Difiere
del Santo en problemas tan serios y fundamentales como la causalidad en la
forma: el principio de individuación, la actividad de la potencia cognoscitiva;
el modo de conocimiento de los universales y de los singulares, pues el
entendimiento puede ser potencial y activo y se dirige por naturaleza a lo
universal; la distinción entre la esencia y la existencia, combatiendo la tesis
negativa sostenida por Gabriel Vázquez; la naturaleza de la cantidad; la
esencia del tiempo; los caracteres de la eternidad, y otros no menos graves.
Para Suárez el objeto de la metafísica no puede estar in habitu, ha
de ser la realidad misma. Entiende por real lo cognoscible in se, y
como la diferencia de los seres no reside en su ser universal, todas las cosas,
al parecer diferentes, reconocen una esencia común que existit in
natura rei ante omnem [275] operationem intellectus, aunque
sólo se dé en lo fundamental.
No le satisface la prueba física para un Dios inmaterial y prefiere la
metafísica Omne quod fit ab alio fit. También al tratar de la
inmortalidad del alma humana añade a la metafísica la prueba moral. Su
cosmogonía no difiere de la ortodoxia. Dios creó el mundo de la nada y lo
mantiene por su voluntad sin interrupción quam continua creatio.
Su ética arranca del reconocimiento de la libertad moral. El alma es
libre por necesidad interna y puede elegir entre el apetito del bien sensible y
el del bien espiritual. En la cuestión, entonces muy discutida, del alma de los
brutos, Suárez, superior a todos los tratadistas de su tiempo, concede a los
animales inteligencia y sólo les niega la razón y, por corolario, la libertad.
Como casi todos los teólogos de su tiempo, consiente el tiranicidio,
pero sólo siendo quo ad titulum, pues, si se trata de un
tirano quo ad administrationem, no cree justo rebelarse, a no
ser que lo haya depuesto y excomulgado el Papa (Defensio catholicae et
apostolicas fidei). Su concepto del Derecho de Gentes es más amplio
que el de Francisco Vitoria, y por eso fue el primero que comprendió cómo la
norma internacional no consta únicamente de principios abstractos, sino que
abraza elementos prácticos o costumbres.
Suárez es la más eximia expresión del congruísmo, sistema teológico
inventado por los jesuítas para cohonestar la libertad humana sin perjuicio de
la predestinación gratuita y necesidad de la gracia eficaz, tesis tildada de
pelagiana hasta Paulo V, presentada por el P. Suárez desde el punto de vista
más favorable a la predestinación gratuita y creyendo explicarla por el
concurso simultáneo de Dios y el hombre. Según él, la gracia realiza
infaliblemente su efecto sin que el hombre deje de ser libre para ceder o para
resistir. Así modificada la tesis del P. Molina, se diferencia fundamentalmente
del congruísmo de Suárez en tres puntos. Según Molina, la eficacia de la [276]
gracia depende a título exclusivo del consentimiento libre de la voluntad, y
según los congruístas proviene de la congruencia de la gracia. Sostiene aquél
que el buen uso de la gracia, en cuanto efecto del libre albedrío, no deriva de
la predestinación, en tanto que los congruístas lo hacen dimanar mediatamente
de Dios. En fin, Molina asienta que el hombre, sin la gracia, puede ejecutar
actos buenos que Dios premia por los méritos de Jesucristo, y los congruistas
opinan que, dando Dios gracia en mayor o menor cantidad a todos, parece
temerario el intento de adivinar lo que el hombre podría hacer sin el divino
auxilio. La concepción total del P. Suárez es de las más sólidas que registra
la Historia de la escolástica.
El jesuíta P. Luis de Molina, fallecido en 1600, a quien me he referido
antes, defendió en su Concordia Liben Arbitrii cum Gratiae donis,
divina praescientia, providentia, praedestinatione et reprobatione (Lisboa,
1588), un sistema denominado «ciencia media», por hallarse este conocimiento
entre el de mero intelecto y el de visión suprema, para concertar la gracia
divina con el albedrío. Dios conoce toda posibilidad; mas de que la conozca, no
se concluye la necesidad de su realización, para la cual se requieren
condiciones que no concurren al hecho. El sistema puede resumirse así: Dios,
por la ciencia de simple inteligencia, ve todo lo posible; por la ciencia media
conoce lo que haría cada voluntad libremente en el orden que le corresponde. El
quiere salvar a todos los hombres a condición de que lo quieran también ellos,
por lo cual otorga a todos los auxilios suficientes, aunque no por igual. Por
la ciencia de visión sabe los que se salvarán y los que no, y predestina a cada
uno a la gloria o al infierno. La gracia, pues, será eficaz si cooperamos con
nuestra voluntad. Esta colaboración hace a la gracia eficaz en acto
secundo. La gracia eficaz in actu primo, depende sólo
de Dios, el cual la otorgó previendo que el hombre había de corresponder.
Cayetano de Brescia afirma que hasta entonces no se había logrado una solución
para tan arduo [277] problema. La verdad es que, substancialmente, no difiere
del congruísmo. Esta doctrina de la ciencia condicionada nace del suarismo y ya
la vimos propugnada en Coimbra por el portugués Fonseca, maestro del P. Luis.
Muchas vicisitudes corrió el libro de Molina antes de ver la luz, y tales
estridores alcanzó la controversia suscitada a causa de su doctrina entre
jesuítas y dominicos, sustentadores éstos de la predeterminación física, que
Paulo V prohibió a ambos contendientes censurar la doctrina del opuesto bando.
De tal suerte, impugnada por dominicos y agustinos y aceptada por los jesuítas,
esta doctrina, no sancionada ni anatematizada por la Iglesia, continua
defendiéndose de la imputación de pelagianismo asestada por sus adversarios.
Con el título De iustitia et iure, escribió Molina otra
obra compuesta de 760 indigestasdisputationes éticas y jurídicas,
donde también se justifica el regicidio, y, al tratar de las penas, se posterga
el fin correccional asentando que el juzgador «no ha de mirar tanto al bien del
delincuente como al bien común de la república».
También de materia política mereció tanta estimación en su época como
hoy olvido laPbilosophia moral de Principes (1596), de otro
jesuíta, el P. Juan de Torres, que abruma al lector con la asombrosa balumba de
citas sagradas y profanas. Tampoco reviste mayor interés elTratado de
República y Policía christiana (1615) por Fr. Juan de Santamaría. El
P. Benito Perer (Pererius), nacido hacia 1555, profeso en la orden ignaciana y
obituado en 1610, escribió De principiis y el inédito De
anima. Dentro del escolasticismo, pero con cierta relativa
independencia, desenvolvió el citado Physicorum sive de Principiis
rerum naturaliam (Roma, 1582), donde parece imitar o, al menos,
recibir eficaz influjo de Fox Morcillo, y combatió las supersticiones, no sólo
entonces, sino aun hoy, tan extendidas en Castilla, con su libroAdversas
fallaces et superstitiosas artes (Ingolstadt, 159), sin embargo acepta
la magia diabólica, aunque rechaza las apariciones de ánimas de difuntos y
propone que se persiga a los alquimistas. [278] Tampoco admite la oneirocrítica
o interpretación de los ensueños, tan en boga hoy en los laboratorios de
psicología experimental.
Cánovas del Castillo juzga «la expresión más exacta y completa que puede
hallarse en cierta escuela templada o media, entre las extremas de los
políticos españoles de los siglos XVI y XVII», el Gobernador cristiano, del
agustino Fr. Juan de Márquez (1565?-621), libro compuesto por orden del duque
de Feria para «hazer tratable el gouierno, y sanear los medios forçosos, sin
que no se pueda dar passo en él: y para este desseo doctrina...» e indigesto
por sus innumerables citas, donde se sostiene que la facultad legislativa
reside en el rey y, si éste es legítimo, la nación no tiene derecho a
resistirle aun cuando fuese tirano.
Jerónimo de Carranza escribió De la Filosofía de las armas, de
su destreza y de la agresión y defensión Christiana (1582). Esta obra
se imprimió en Sanlúcar de Barrameda, de donde Carranza era Gobernador.
Cervantes le tributó elogios en el Canto de Calíope, Herrera y
Mosquera le dedicaron versos, el mercenario Fr. Francisco García la comentó y
D. Luis Pacheco de Narváez la compendió.
Era D. Jerónimo caballero del hábito de Cristo y pasó con el cargo de
Gobernador en 1589 a Honduras, «donde fué estimado por su urbanidad, literatura
y piedad» (Arana). A su vuelta se entregó más aún al estudio hasta su muerte.
Atestiguan sus dotes de discreto poeta las octavas insertas en su obra y una
epístola en verso dirigidas al Duque de Medina Sidonia, y en tal concepto lo
alabaron Cervantes y Cristóbal de Mesa en su poema La Restauración de
España. Basta para su renombre Los cinco libros sobre la ley
de la injuria de palabra o de obra, en que se incluyen las verdaderas
resoluciones de honra y los medios con que se satisfacen las afrentas. Con
veinte seis consejos y Tratado de la alevosía.
Según Carranza, la ciencia está en las cosas, el conocimiento precede al
amor, el entendimiento humano «es un espejo de las cosas reales»; pero la
verdad y el error [279] no se hallan en el objeto, sino en el sujeto. La verdad
es la propiedad del ser natural relacionada con el entendimiento, se refiere a
lo universal, no a lo particular, y reside primordialmente en Dios.
Estudiados en el primer diálogo los fundamentos, dedica el segundo a la
hipocresía de los bravos; el tercero a las causas naturales y efectos de la
destreza, y el cuarto al estudio del honor, cómo se gana o se pierde y a la
doctrina de la defensa y la agresión. Toda la obra se halla esmaltada de graves
y profundas sentencias.
El P. Juan de Mariana (1536-623), hijo de un canónigo de Talavera y una
señora de la misma ciudad, ingresó en la Compañía de Jesús y desempeñó cátedra
de Teología en el Gran Colegio establecido por la Compama en Trento. Explicó
después en Sicilia y en París, y en 1574 se volvió a su patria. Sus ideas y su
libro acerca de la moneda le valieron ser encerrado en una prisión. Al
registrar sus papeles se encontró su obra De las enfermedades de la
Compañía,que acaso no destinaba a la publicidad.
En las obras latinas figura el tratado De morte et
immortalitate, síntesis de la filosofía cristiana acerca de tan grave
cuestión. De Espectaculis, traducida por el mismo autor, es un
tratadito moral que censura los abusos y las inmoralidades que a la sazón se
desenvolvían al amparo del teatro y censura la prostitución, entendiendo
razonablemente que la autoridad debe extirparla y, si no le es posible,
abstenerse de reglamentarla dictando órdenes que puedan suponer una tácita
aprobación.
El libro De Rege et Regis institutione carece de
originalidad y únicamente se ha salvado del olvido merced a la dureza con que
preconiza el tiranicidio, ya defendido por tantos desde Cicerón hasta Santo
Tomás; a la notoriedad alcanzada por las censuras de la Sorbonne, y la
cremación de un ejemplar por orden de Enrique IV.
En el capítulo VI, que comienza preguntando: «¿Es lícito matar al
tirano?» Mariana se decide por la afirmativa, alegando numerosas razones, y
añade que «es saludable [280] que estén persuadidos los príncipes de que si
oprimen la República, si se hacen intolerables por sus vicios y por sus
delitos, están sujetos a ser asesinados, no sólo con derecho, sino con
gloriade las generaciones venideras». Consecuente con su doctrina, califica
de hazaña memorable el asesinato de Enrique III y ensalza al fraile Jacobo Clemente,
asesino del rey, diciendo que fue considerado «como una gloria eterna
de la Francia».
No se vea por esto en el P. Mariana un anarquista a la moderna, ni
siquiera un republicano, no. El P. Mariana era partidario de la teocracia sin
límites y trataba de mermar la autoridad regia para que nada se opusiese a la
teocracia, para que la Iglesia reinara sin obstáculos y no viera jamás su
acción estorbada por la voluntad de los reyes, que más de una vez habían
contrariado las decisiones del Papa.
Deseoso de que el Clero intervenga en la pública gobernación, demanda
para el episcopado representación en Cortes por Derecho propio, disfrute de
jurisdicción señorial, los más elevados puestos políticos, y, en cambio, niega
al Estado intervención en materias eclesiásticas, imponiéndole la obligación de
apoyar los mandatos episcopales castigando a los inobedientes con las más
severas penalidades. En opinión de Mariana, la potestad regia es superior a la
de la nación en las materias de su competencia; absurdo derivado del falso
concepto de la soberanía. Antes que Mariana, Juan de Espinosa, ya citado entre
los refraneros, secretario del virrey de Sicilia, y autor de una colección de
sentencias y hechos de claros varones a la que dio por título Micracathos y
de Gynacepanos o Diálogo en laude de las mujeres(Milán, 1580),
había defendido en esta segunda obra el tiranicidio recordando las palabras de
Tulio: Nulla nobiscum tirannis societas est (1. III De
of.)
No es menos curiosa la exigencia de que los monarcas dominen el idioma
del Lacio «para comprender a los oradores extranjeros, que casi siempre se
expresan en latín, [281] y contestar con pocas palabras, pero selectas y
graves» (1. II, c. b.)
Pocos hombres tan doctos en su tiempo como el magnífico caballero D.
Pedro de Meiía (1500-57), cuya Silva de varia lección excitó
tal entusiasmo, que fue inmediatamente traducida al francés, al italiano, al
alemán y al flamenco. Es libro a un tiempo de recreo y de instrucción,
hermanando en su lectura el interés con el deleite. Sin orden quizás, objeción
a que él mismo se adelantó titulando la obra Silva, expone
inmensa copia de curiosidades y narra sin digresiones con admirable
facilidad. Las Noches áticas de Aulo Gelio, quedan muy por
debajo de la Silva en doctrina y erudición.
Tiene otra obra didáctica que intitula Diálogos, mina
abundante de sabias sentencias y de preciosos consejos. En los ocho diálogos
(De los Médicos, Del Convite. Del Sol, &c.), se dilucidan muchas cuestiones
con arreglo a los conocimientos de la época. No acierto por qué se denominan
generalmente diálogos morales, cuando la mitad se dedican a asuntos de física
(El Sol, La Tierra, Diálogo natural, Meteorología). Algunos bibliógrafos los
llaman, con mayor razón, diálogos de los elementos. Mejía representa la tradición
de las ciencias físicas, no interrumpida en Andalucía desde el tiempo de los
árabes.
Fray Domingo de Soto (1492-60), dominico, y «sofista de reputazión»,
como le llama su coetáneo González de Montes, fue uno de los llamados a
dictaminar sobre la ortodoxia del Dr. Egidio. «Después de esperado mucho
tiempo, fue con gran aparato», y por hallarse ausentes o inhibirse los demás
censores, quedó el asunto en sus manos. Soto se dio tal arte, que dejó
disgustados a todos, censurándole los católicos su lenidad y su insidia los
protestantes.
Enemigo acérrimo de los nominalistas, en sus comentarios In
Dialecticam Aristotelis (1544) se atreve a defender el procedimiento
inductivo. Además de otro comento a los ocho libros de Física (1545)
y de algunas obras teológicas, [282] escribió De justitia et jure, acaso
su obra maestra, en que trata de dar base filosófica al Derecho (philosophique
est civilia ex principiis philosophiae examinare), sin salir del marco
tomístico.
No tendría alto concepto de los estímulos para el bien obrar cuando
ensalza el principio utilitario Duo divina lamina cuneta gubernant,
praemium scilicet et poena.
Soto concede a los reyes cristianos el derecho de arrebatar sus bienes a
los moros y judíos avecindados en sus dominios, bárbara doctrina que se llevó a
la práctica con las inicuas expulsiones de hebreos y moriscos. En materia civil
ofrece la curiosidad de creer, sin aprobar la usura, que la ley puede no
castigaría, así como hace con las rameras.
En la manoseada cuestión del pauperismo, se opone a la ordenación de las
limosnas, a que se obligue a socorrer a los mendigos extrañaros y sólo admite
que se les permita entrar en el país a mendigar (In causa pauperum
deliberatio).
Francisco de Vitoria, dominico, que había estudiado en París, trabado
amistad con Erasmo y otros maestros, y permanecido cerca de veinte años en
Francia, dejó escrita una obra titulada Relectiones Theologicae, que
no llegó a imprimirse hasta 1550, o sea, cuatro años después de fallecido su
autor, circunstancia que acaso explique algunas libertades y alardes de
independencia que no se hubiera permitido en vida sin ciertas atenuaciones.
Analicemos rápidamente el contenido de la obra. Versa la primera Relección
acerca de los indios, de los títulos ilegítimos y legítimos por los cuales los
bárbaros del Nuevo Mundo pudieron venir a poder de los españoles y del derecho
de guerra de éstos sobre aquéllos, estudiando las causas justas de guerra,
determinando que, si al subdito le consta la injusticia de la guerra, no le es
lícito pelear aunque el Príncipe lo ordene, mas en caso dudoso debe obedecerse.
Nunca es lícito matar a los inocentes, pero sí reducirlos a cautiverio y
despojarlos de sus bienes. [283] Lograda la victoria, es licito matar a los
culpables y alguna vez, no sólo es lícito, sino conveniente matar a todo el
ejército enemigo, aunque «en guerra contra cristianos no creo sea lícito obrar
así». Puede ser lícito el saqueo, mientras sea necesario para llevar bien la
guerra, o para aterrar a los enemigos, o para levantar el espíritu de las
tropas, siempre que los jefes lo autoricen. Con esa doctrina pretendieron los
alemanes justificar sus excesos en Bélgica y Francia durante la última guerra.
Sigue luego la relección del matrimonio y la de la potestad de la
Iglesia. «En absoluto, dice, es mayor y más augusta la potestad espiritual que
la temporal, y por lo tanto debe ser más respetada y más obedecida», no
obstante lo cual sostiene que el Papa no tiene ningún poder temporal en virtud
del pontificado mismo. «Y se prueba, porque, como se dijo arriba, la potestad
espiritual se distingue de la temporal por el fin, en cuanto tiende aquella a
un fin espiritual. Pero el Sumo Pontífice no es sino una persona o un
sacerdote, en el cual reside la suprema potestad eclesiástica».
«Confírmase, porque, sin potestad alguna temporal, fuera igualmente Sumo
Pontífice, que tendría la suprema potestad eclesiástica; luego, no hay porqué
poner en él potestad temporal».
«Confírmase nuevamente, porque la necesidad y la razón de las cosas debe
tomarse del fin; ahora bien, no hay fin alguno que asignar a esa potestad.
Luego... y aun cuando entre los defensores de la doctrina contraria los hay de
entre los tomistas; no obstante, pienso que Santo Tomás es del otro parecer, ya
porque, como se dijo, por más que fue el Santo celoso defensor de la potestad
pontificia, nunca le atribuyó semejante poder al Papa; ya, principalmente,
porque, como más abajo diremos, según Santo Tomás, los eclesiásticos son
exentos de pagar tributos por privilegio de los príncipes seglares, y si el
Papa es señor temporal, como los contrarios pretenden, y 1os Reyes tienen de él
el poder, no habría necesidad alguna [284] del privilegio de los Príncipes para
la exención de los eclesiásticos». (Trad. de Torrubiano.)
En la relección de la potestad civil sostiene que la monarquía no sólo
es justa, sino que los reyes tienen su poder del derecho divino y natural y no
de la república. Estudia después la potestad del Papa y el concilio, siguen las
relecciones de orden moral, de la tiranía y, por fin, del arte mágico. Cree en
la realidad de la magia, que divide en natural y sobrenatural que se apoya en
alguna potestad y virtud inmaterial. Las obras de los magos se hacen por el
poder del demonio, al cual pueden forzar algunas veces, así como los demonios
superiores a los inferiores. Toda obra de magia supone algún pacto con los
demonios. Por la fuerza demoníaca pueden los magos transmutar la materia y las
naturalezas corporales. La última Relección trata de aquello a que está
obligado el hombre al tener uso de razón.
Aunque acierta censurando la venta de oficios públicos, algo claudica al
aconsejar tolerancia con los poseedores de cargos en concepto de merced real
perpetua, consintiéndoles arrendarlos. No se eclipsa menos su juicio al
estudiar la validez de las leyes dictadas por los gobiernos ilegítimos. Opina
que «si las leyes dadas por el tirano son convenientes al Estado, es innegable
que obligan a los súbditos». No y mil veces no. Ninguna disposición
incompetentemente formulada puede gozar de título obligatorio. Si la comunidad
o autoridad competente, en vista de sus ventajas, la sanciona, entonces podrá
obligar, no por su conveniencia, sino merced a su legitimación.
Propenso al eclecticismo, ni acepta la absoluta soberanía pontifical ni
le niega potestad indirecta en los asuntos temporales, reconociendo en el
Papado hasta facultad de deponer a los monarcas, aun cuando éstos no sean
vasallos suyos. In tantum
saecularis potestas est sub spirituali, in quantum est a Deo supposita,
scilicet in his, quae ad salutem pertinent, decía Santo Tomás.
Defiende la licitud de la pena de muerte, impugnando [285] el hermoso
precepto non occides, que más elevados espíritus interpretaban
en términos absolutos, sin más excepción que la propia defensa.
Profesando la paupérrima idea de que la libertad no es propiedad
esencial e inherente del hombre, sino «bien de fortuna», cree «indudable que es
licito reducir a cautiverio y a servidumbre a mujeres y niños musulmanes».
Su buen corazón contrasta en ocasiones con su lógica. ¿Cómo pondremos de
acuerdo el tercer corolario de su teoría de la guerra. «Lograda la victoria y
terminada la guerra, es menester usar del triunfo con modestia cristiana», con
la anterior proposición segunda de la quinta duda que resuelve así: «Lograda la
victoria y puesto todo a salvo, es lícito matar a los culpables»; porque si en
la actualidad ha cesado el peligro, por parte de los enemigos, no hay seguridad
para el tiempo futuro?
Lo más digno de alabanza en Vitoria se estima la parte relativa al
derecho de gentes al determinar las causas justas de guerra, el proceder de los
beligerantes y la conducta del vencedor. En realidad, únicamente admite
la injuria accepta o injuria sufrida por razón justificante
del casus belli (Rel. de Indis). Bartolomé de las Casas
rechaza la guerra en términos absolutos. Por tales méritos se ha considerado a
Vitoria precursor de Grocio, mas sin dudar de que en varios puntos se anticipó
al egregio jurisconsulto holandés, pienso, robusteciendo mi convicción con las
irrecusables autoridades que citaré de profesores españoles y extranjeros, que
el más legítimo y verdadero precursor es el, probablemente por falta de
traducción completa, poco estudiado Luis del Alcázar.
De excelsa progenie, no menos insigne por la cuna que esclarecido en las
letras, como hijo de D. Melchor del Alcázar y sobrino del primero entre
nuestros vates festivos, del cincelador de la redondilla, del casi perfecto
Baltasar del Alcázar, como escribía Menéndez y Pelayo, nació el año 1554, en
pleno apogeo del catolicismo y la Monarquía. Lanzada su mentalidad por el cauce
de la exaltación [286] religiosa, obedeciendo al impulso espiritual de su siglo
en el ambiente de su patria, contra la voluntad de su familia, que prefería un
caballero a un asceta, desdeñó la espada en 1569 y ciñó con fervor la sotana de
San Ignacio. Meció su cuna la leyenda, máquina épica imprescindible en las
biografías de los hombres extraordinarios, transmitiéndonos esta infantil narración:
Echáronle inconsideradamente en la boca una moneda de plata que, introducida en
las fauces, la tuvo atravesada nueve meses, siendo preciso darle el alimento
gota a gota por una rajilla que acaso tenia la dicha moneda. Pasado cierto
tiempo padeció una tos convulsiva, a cuyos repetidos golpes arrojó tan molesto
cuanto peligroso impedimento.
Como de todos los entes de peregrino ingenio, díjose de éste que estaba
loco. Refieren las memorias de su orden que descubrió tanta grandeza en sus
discursos, que los propios instructores juzgaron delirios sus discreciones. Un
examinador, hombre de alta capacidad, al oírlo exclamó: No; no está demente; es
que sabe mucho más de lo que le enseñaron sus maestros.
Regentó cátedras de Filosofía, enseñó Teología en Córdoba y luego en
Sevilla durante más de veinte años; compuso tratados escriturarios, disertó de
pesas y medidas, fustigó a los malos médicos, argumento de perenne actualidad,
y redactó la obra magistral «Investigación sobre el sentido oculto del
Apocalipsis» (Amberes, 1614 y 19; Lyon, 1616) (1), que es, dice el Diccionario
de Bayle, «una [287] de las mejores que los católicos romanos hayan escrito
jamás».
{(1) Rev. Patri Lvdovici al Alcasar... Vestigatio arcani sensvs
ic Apocalypsi, cum opusculo de Sacris Ponderibus ac Mensuris. Antverpiae, apud Ioannem Keerbergium. c I s, I s c.
XIV. (Bibl. S. Isidro). En la B. N. existe lo que sigue:
Ludovici ab Alcasar.–Hispalenisis e Socielate Jesus Theologi.– Et in
Provincia Baetica Sacrae Scriptarae Professoris.–In eas veteris Testamenti
partes quas respicii Apocalipsis. –Libri quinque. –Cum opasculo de malis
Medicis. –Prodeunt nunc primum. –Indicibus, cum scholarum, tum concionum usui
percommodis, insigniti.–Lugduni.– Sumptibus Jacobi et Andreae Prost.–M. D C. XXXI. Cum privilegio Regio.}
El sabio Nicolás Antonio llama a este libro obra insigne para ilustrar y
exornar las oscuridades del Apocalipsis y recuerda que Cornelio de Lápice llama
eruditas, ingeniosas y fundadas las lucubraciones de Alcázar acerca del texto
bíblico, si bien opina que nadie pueda jactarse, por certera que sea su
puntería, y agudo su dardo, de haber señalado el blanco en tan tenebroso tema.
Bossuet aprovechó en no escasa copia la doctrina de Alcázar, el cual muestra
que el Apocalipsis no se refiere a un porvenir remoto, y descubre con admirable
sagacidad la relación entre la profecía apocalíptica y la historia de los
primeros siglos de la Iglesia.
Además, escribía D. Federico de Castro en admirable oración inaugural de
curso: «En Alcázar apunta el Derecho natural antes que en ningún pensador de su
tiempo», por lo cual marca una fecha en la historia de la filosofía del
Derecho. Que se anticipó a Grocio no lo proclama sólo nuestro patriotismo. No
era español el sabio profesor M. de Meaux, cuya sinceridad declara en sn libro
acerca del Apocalipsis, refiriéndose a la obra de Alcázar, que«Grotius y a
pris beaucoap de ses idées». (Véase edición holandesa, pág. 33.)
El examen de varios conceptos emitidos por Luis del Alcázar puede leerse
en Heidegger(Mysterium Babylonis magnae, Leyden, 1687).
El glorioso y olvidado atleta del pensamiento español, dejó de existir
en su patria el 11 de Junio de 1613, treinta y dos anos antes que sucumbiera en
Rostock el sabio holandés Hugo de Groot y doce antes de que diera a los
tórculos en París su tantas veces reimpresa y comentada obra De jure
belli et pacis, fundamento del moderno derecho natural e
internacional.
Desde la dedicatoria a Paulo V se nota la fe en la victoria de la
Iglesia sobre Jerusalén y Roma (la Roma gentil), pues las plagas apocalípticas
representan las dos [288] ciudades, cabezas del judaismo y el paganismo. Por la
religión alcanzará Roma brillo mayor que con el imperio... latiius
praesidet Roma religione divina, quam olim dominatione terrena, idea
sobre la cual insiste en el libro V... finem sacrae actioni imponunt
descriptio longinquae pacis Ecclesiae, nec non victoria gloriosissima quam
obtinebit de antichristo et aeternae gloriae magnitudo.
Mas, cuando habla de guerras y triunfos, no se refiere Alcázar, cual los
teólogos militantes, a empresas de orden material, sino a guerra de
ideas, apocalypseos bella mistice esse intelligenda (p. 86, 7.
D) y al aludir a la batalla contra la sinagoga y la gentilidad, interpretando
el capítulo XI, repite que se trata de bellum spirituale quod ipsa
eisdem intulit, et quam de ipsis bellum gloriosum reportarit (p. 49,
I. e).
Solamente Alcázar puede llamarse iniciador del derecho de gentes entre
tantos teólogos como proclamaron el derecho de los reyes a perseguir a sus
subditos infieles al dogma oficial. ¿Cómo, sancionando tan abominable error, se
puede hablar de derecho natural?
Tal será la inmarcesible gloria de Bartolomé de las Casas (1474-566),
apóstol, no sólo de los indios, sino de la naturaleza humana. No podía Hugo
Grocio tener dos más dignos precursores.
Descendiente de los cruzados que llegaron a Sevilla unos tres siglos
antes, tuvo energía para predicar, viajar, porfiar con los obispos, los
jerónimos y los publicistas, recorrer a pie las soledades americanas y sostener
solo la más titánica lucha de la colonización; una epopeya espiritual.
La filosofía de Las Casas se condensa en estas palabras suyas: «¿Quién
podrá sufrir que tuviese corazón de carne y entrañas de hombre, ni ver tan
inhumana crueldad? ¿Qué memoria debía entonces de haber de aquel precepto de la
caridad «amarás a tu prójimo como a ti mismo» en aquellos tan olvidados de ser
cristianos y aun de ser hombres que así trataban en aquellos hombres la
humanidad?» [289]
La doctrina preconizada, el criterio esgrimido por Casas encierra lo más
puro del derecho de gentes y quisiera yo saber en qué se apoyaría un «patriota»
para refutarla.
Fue un Cristo que quiso sustituir el látigo con la palabra.
¿E invocando a la patria se intenta desmentir al hombre que proyectó
sobre ella la gloria más pura?
¿Qué interés pudo tener en faltar a la verdad? ¿Qué ganaba sino crearse
enemistades? Los poderosos de América atentaron a su vida cuando trató de hacer
ejecutar las «nuevas leyes».
En Ciudad Real se hizo un alboroto y se compró un asesino. Oyó los
insultos sin inmutarse ni dar un paso atrás. Cuando los dominicos le rogaron
que se ausentase, contestó: «Acaso lo hiciera si se tratara de mí, pero no lo
puedo hacer porque se trata de mis ovejas y de la libertad de los indios. Esta
iglesia es mi esposa y no la puedo abandonar.»
¿De dónde sino de la verdad pudo sacar tan inconcebible energía? Sólo
movido por profunda convicción se cruza catorce o diez y seis veces el Océano y
se va cuatro a Alemania en pos del emperador, con todas las molestias y
peligros que tales viajes suponían.
Hasta en la hora de la muerte protesta ser verdadero cuanto ha dicho y,
llevando el amor más allá de la tumba, expira pidiendo a los que lo escuchan y
a todos que continúen su obra.
¿Por qué deslucir el patriotismo con la falsía o la parcialidad? ¿Qué
ganamos con engañarnos, si no hemos de engañar a los demás ni lograremos con
falacias desarmar la sanción de la posteridad? Jamás me sedujeron los españoles
que por sistema menosprecian su patria ensalzando lo exótico, sólo por serlo,
ni despertaron mis simpatías los que enaltecen todo lo suyo, bueno o malo, como
si el suceder los hechos en el territorio donde uno ha nacido bastara para
santificar lo torpe o lo indigno. El que encomia los defectos del ser amado, no
siente verdadero amor [290] por él ni lo favorece animando sus bríos para la
protervia en vez de encauzarlos hacia la corrección.
Hay que confesarlo; fuimos tan desaforados como todos los invasores, no
por españoles, sino por conquistadores, pues «para eso, dice D. Modesto
Lafuente, se aunaron las dos pasiones que más endurecen el corazón humano: la
codicia y el fanatismo».
Por todas partes brotan los testimonios, y los corrobora nuestro
Castellanos, asegurando que ni las tumbas merecieron respeto, porque
... la codicia
De nuestros españoles la rastrea,
Y como tenga oro, raras veces
Pueden asegurarse de sus uñas.
Diego de Mejía, en la segunda parte del Parnaso Antartico, lamenta
los estragos ocasionados en Méjico; Cieza de León declara que «por donde entran
los cristianos va el fuego asolándolo todo»; el P. Quiroga se queja de la
esclavitud y malos tratos a los indios, a quienes se robaba el fruto de su
trabajo y se obligaba a aborrecer la existencia. El mismo P. Quiroga pone en
boca del personaje indio que de cuantas servidumbres registra la historia
ninguna igualó a la de los americanos. Los incas castigaban a los malos
caciques, y el rey cristiano, no.
Las leyes no se ejecutan, luego son inútiles.
«No toman sino cosas que puedan trasladar a España y obran como quien no
trata de permanecer, destruyéndolo todo. A las bestias las curan y a los indios
los hacen morir trabajando (coloquio II) y añade por boca del
indio Tito que no se dice la verdad al rey, y cuando alguno quiere decirla, se
procura que no tenga audiencia, y si la tiene, no se le dé crédito: se le quita
el honor, se le llama hombre apasionado o que lo hace por venganza.»
El Ldo. Vasco de Quiroga en el informe que envió a Carlos V refiere
horrores. «La miserable y dura [291] cautividad en que nosotros los españoles
los ponemos, no para mejor deprender la doctrina y servir en nuestra casa...
sino para echarlos a las minas, donde muy en breve mueran malamente, y vivan
muriendo y mueran viviendo como desesperados; y en lugar de deprender la
doctrina, deprendan a maldecir el día en que nascieron y la leche que mamaron.»
En la hoja impresa sobre «el negocio del conde de Puñonrostro con
Antonio de Herrera, coronista mayor», se refieren los sucesos exactamente cual
Fray Bartolomé y se extracta el relato de Lipsio, historiador auténtico, en
su Constancia: «ni los bárbaros ni gente ninguna cruel
hicieron tantos estragos como aquellos del Darién, porque de 600.000 indios no
dejaron 15.000». Fray Agustín Dávila y Padilla, en su Historia de la
provincia de Santiago de Méjico de la orden de Predicadores (1596),
exclama: «Todo se acabó y despobló por el rigor y crueldad de algunos capitanes
y soldados que, interpretando siniestramente las justas leyes de los Reyes
Católicos, llamaban promulgación pacífica su violenta demanda
de oro y al no darlo llamaban resistencia a la promulgación
del Evangelio, y con esto los destruían.»
Además ¿carecen de importancia hechos cual el de la Española, donde
tanto disminuyó la población india que fue necesario traer gente de las Lucayas
para explotar las minas?
Sucedió entonces lo que debía suceder por imposición del tiempo y de la
psicología nacional, sin que nadie pudiera impedirlo. En América, como en todo
lugar y en todo tiempo, la fuerza atropelló a la debilidad. ¿Para qué dictar
leyes protectoras de los indios, si no se hubiera abusado de su inferioridad?
España no sentía necesidad de colonizar, sino fiebre de combatir. La paz
se consideraba una desgracia nacional, y los escritores deploraban que la vida
regalada sustituyese a las recias fatigas de la guerra. El continuo batallar
medieval había endurecido los ánimos; los despojos [292] perpetrados en los
españoles, musulmanes y hebreos acostumbraron a no respetar la propiedad, y en
la contemplación perpetua de la sangre se aprendió a despreciar la vida ajena.
El cronista Ortiz de Zúniga, nos relata que desde las primeras
expediciones «fueron a América, unos a sueldo y otros a su costa, esforzados
caballeros, que, ejercitados ya en la guerra de Granada, no cabían en el
sosiego de su casa».
Ni España ni pueblo alguno sabría sustraerse a la imposición del tiempo,
del hábito y de la viciada mentalidad. Hicimos lo que todos los pueblos en
análogas condiciones. Ni ¿qué podríamos reprochar a los férreos conquistadores
del siglo XVI, cuando hemos presenciado en el siglo XX! los espantosos
reflorecimientos atávicos de pueblos tenidos por los más civilizados de la
cristiandad? No me parece patriótico preconizar lo imposible, lo absurdo, y
menos, para defenderlo, rebajar esa grandiosa figura, honor de su patria y de
la humanidad, acaso la mayor de su siglo, que se llama Bartolomé de las Casas.
Otro tanto aconteció en Filipinas, en las Canarias y ¡caso singular!: en
cada región oprimida emergió un religioso sevillano a protestar del despotismo
y amparar a los débiles. ¡Bartolomé de las Casas!, ¡Alberto de las Casas!,
¡Juan de Frías!, ¡Juan de Quiñones! ¡Mendo de Viedma! ¡Benditos mil veces
vuestros nombres! Ellos darán a España más gloria que todos los conquistadores,
teólogos acomodaticios e ignorantes patrioteros.
España fue como debió ser por sus antecedentes y la presión de la época.
Amémosla así como buenos hijos, sin pedirle una perfección inverosímil, y
demostraremos que se puede ser buen español sin dejar de sentirse razonable.
Más patriótico me parecería ocultar que hubo en España teólogos capaces
de defender la esclavitud y que el obispo de Burgos, al decirle cómo habían
muerto 7.000 niños indios en tres meses, contestó:
–Miren el necio. ¿Qué se le da al rey ni qué se me da a mí? [293]
Gozó Casas crédito entre sus contemporáneos. Diego Fernández en su Historia
del Perúafirma «que todo lo que decía y platicaba parecía muy justificado».
Elogió su obra Bartolomé L. Argensola y le llamó «autor de mucha fe». Gil
González Dávila, al referir sus disputas con los mayores teólogos en presencia
del Emperador, nos cuenta cómo «él solo, acompañado de la verdad y la
justicia», les hizo obedecer la ley de Dios. Ensalza su probidad y sabiduría
Fray Domingo Mª Márquez; «celoso reprehensor de los desafueros y exhorbitantes
rigores de los españoles» le apellida Ortiz de Zúñíga y, en posteriores
tiempos, vindicaron su veracidad el obispo Gregorio y otros eclesiásticos.
Censuran algunos, batiéndose en retirada, la acrimonia y fuertes colores
que puso en su defensa de los indios; pero ¿qué temperamento noble y meridional
podría referir tales abominaciones con la impasibilidad del que describe una
fiesta o un deporte? Con razón Washington Irving, el idealizador de Granada,
les sale al paso diciendo: «Si una décima parte de lo que dice que vio por sus
propios ojos es cierto, y su veracidad es indudable, hubiera faltado a los
sentimientos naturales de humanidad si no expresara su indignación al pintar
tales escenas». (Vida de Colón.)
Todos los conquistadores del mundo han cometido análogos excesos, pero
la superioridad moral de España nace de que sólo en su hidalgo solar hubo un
hombre capaz de levantar su protesta, mientras otros pueblos sancionaron la
iniquidad y no produjeron un héroe apóstol.
Capítulo XV
Aetas argentea
§ I
El siglo XVII
Felipe II acentúa la decadencia. –Analogías con la decadencia de la
literatura romana. –Parálisis de la investigación. –Intolerancia religiosa y
aislamiento de la mentalidad española. –A fines del siglo la Real Sociedad de
Medicina y Ciencias de Sevilla introduce el método experimental. –Balance de
las tendencias filosóficas en este tiempo.
Con la potente savia, con la hercúlea vitalidad del siglo XV, reforzada
en lo espiritual por el Renacimiento y la invención de la imprenta y en lo
geográfíco-político por el descubrimiento de un nuevo mundo, se nutrió y
resplandeció el siglo XVI; pero esta gloriosa centuria, llamada de Oro por los
méritos de la anterior, no supo administrar su pingüe herencia y sembró los
gérmenes del decadentismo que debían florecer en su segunda mitad y rendir sus
amargos frutos en el siglo XVII. Realizan los Reyes Católicos, sin escrupulizar
en los procedimientos, una unidad peninsular incompleta y mal hilvanada, como
decía Silvela, que por su viciosa estructura, continúa, por desgracia, siendo
litigiosa; estropean el comercio con la expulsión de los israelitas y ahogan el
pensamiento con el terror inquisitorial.
Carlos V nos desvía del porvenir colonial comprometiendo al país en
inútiles guerras de religión y, al abatir la [296] nobleza, aniquila fueros y
libertades municipales, entronizando el poder personal. Felipe II, el menos
prudente de los reyes, equivoca su misión, cierra los ojos al destino
providencial de la Península y prodiga la sangre de los españoles vertida a
ríos por ideales extraños. Y aquel gobernante que consumió todas las fuerzas
vitales netas de la nación, restadas a la agricultura y a la industria,
abriendo la puerta a la mayor época de miseria que ha conocido España, pues
hasta «se pedía limosna de puerta en puerta para socorrer al soberano de dos
mundos» (Lafuente, Hist. de Esp., t. XV. p. 29), prohibió, más
celoso de la fe que de la cultura, a profesores y estudiantes visitar las
universidades extranjeras, aisló la monarquía de la nación, erigió la
desconfianza en diplomacia y, al morir comido de úlceras y gusanos, legó su
retrato en El Escorial, gigantesco panteón del poderío español, y su testamento
en la agonía de un pueblo, por ministerio de su rey, aborrecido en toda Europa.
Entregado por entero al fanatismo, el primer acto de gobierno cuando
volvió de los Países Bajos a regir el cetro español, fue un auto de fe...
«Presidióle Felipe con toda solemnidad... Uno de ellos (los sentenciados)
volviéndose al balcón donde estaba el rey, exclamó: –¿Consentiréis, Señor, que
sea quemado? –Yo mismo –replicó aquél con aspereza– llevaría la leña para
quemar a mi propio hijo si fuese tan malo como vos». (Cabrera, Hist. de
Fel. II.) «Así se expresaba el piadoso monarca, con la misma ingenuidad
que cuando declaraba la satisfacción que le producían los autos de fe y cómo,
por largos que fueran, no le producían el menor cansancio.» (Op. cit.)
Con razón, después de recordar aquel absurdo principio: «Mejor es no
reinar que reinar sobre herejes», añadía D. J. M. López en el Ateneo: «La
aplicación de este principio explica las matanzas de los Países Bajos, el
exterminio de los moriscos, los autos de fe, el repugnante asesinato de
Montigny, las confiscaciones, la ruina de las provincias más prósperas y
florecientes del mundo.» [297]
El siglo XVI, momento de exaltación, de empuje, de acción, no se dio
cuenta de que España no era nación, ni por su estructura política ni por su
ideal. No tenía más vinculo de unidad que la uniformidad católica, es decir,
universal, no nacional.
Todavía en la primera mitad del siglo XVII vivió España del prestigio
logrado en mejores días. «No hubo, es verdad, ni grandes filósofos, ni
publicistas distinguidos; y gracias que alguno alcanzó no común reputación de
pensador y escritor entendido, en medio de la compresión que ejercía sobre las
inteligencias en estos ramos del saber el severo tribunal del Santo Oficio, y
del aislamiento en que vivía España del movimiento intelectual europeo desde
Felipe II. En cambio florecieron y brillaron multitud de ingenios en el campo
libremente cultivado de las bellas letras y de las artes liberales». (M.
Lafuente.)
Si prosperaron las letras al par que decaían los estudios, debióse al
impulso anterior, ya que el pensamiento aherrojado no halló otra válvula que el
campo neutral de la literatura; mas como las facultades del espíritu,
representadas en las distintas ciencias, se auxilian y complementan en mutuo y
armónico esfuerzo, el divorcio de la ciencia y las letras no podía continuar.
Así, la segunda mitad de la etapa, vacía de ideales, se precipitó por la
vertiente de inatajable decadencia, ya iniciada en el siglo XVI, donde el
florecimiento de la novela picaresca nos revelaba una España tan grande por
fuera cuanto indigente y corroída por dentro.
Durante Felipe III, «que hubiera podido contarse entre los mejores
hombres a no haber sido rey» (Malvezzi), y el vesánico Felipe IV, se pierden
Cataluña, Portugal y el Rosellón, aumentan los autos de fe, más brazos hay en
los 10.000 monasterios de religiosos que en el campo y los talleres, y en los
tristes soles del menguado Carlos II, se acaba el comercio americano a manos de
los piratas y el país se despuebla hasta el punto de que el Consulado de
Sevilla elevó una representación basada en que su [298] vecindario, el más
numeroso de Europa el siglo anterior, se había reducido a la cuarta parte.
«Fatigaba a todo el reino su general despoblación, se acababan sus familias,
los labradores se ausentaban, los criadores se extinguían y los comercios se
agotaban». (Céspedes, Hist. de Felipe IV. f. 49 vto.)
En esta pendiente de desmoronamiento, de corrupción, no despertó la
contrición el alma del país. Una inconcebible pasividad, una incomprensión
fronteriza de la inhibición cerebral y reforzadora de la abulia, paralizó toda
reacción saludable. La escolástica ahoga la mística, que, por su índole
individualista, llevaba en la médula algo de libertad de pensar; languidecen la
lírica y la épica, géneros nobles e idealistas; la escuela sevillana, que cantó
los triunfos de la patria, llora, evoca muertas grandezas ancestrales o suspira
ante las flores, símbolo de lo pasajero de la vida, y, sobre la ruina de los
preceptos clásicos, se levanta un teatro grandioso, pero no de caracteres, que
ya no había, sino de intriga, en el cual se refugian todos los elementos líricos
y épicos de las centurias anteriores; prospera la sátira, descubriendo en el
muro de una sociedad que se desploma las grietas de la caducidad, mientras la
novela picaresca sepulta en el cieno de los bajos fondos sociales los sublimes
delirios de la caballeresca.
Por esa estrecha relación que existe entre modalidades análogas, nuestro
siglo de oro refleja el siglo áureo de Roma, y nuestra majestuosa decadencia la
no menos imponente de las letras latinas. Así en el siglo XVI, Cicerón y Tito
Livio, los de la prosa viril y abundante, los del estilo periódico, los del
lenguaje correcto y lozano, sirven de modelo a nuestros escritores áureos, y
nuestros prosistas del siglo XVII, los del concepto alambicado, los de la frase
enfática y sentenciosa, ponen los ojos en la severa concisión de Tácito o en la
solemne cláusula de Séneca, monarca indiscutible del pensamiento español en la
Edad Media, que lograba, tras del pasajero eclipse del siglo XVI restaurar su
trono sobre el vencido platonismo.
Es característica de todas las decadencias iniciales esta propensión al
estilo cortado, breve, a la frase nutrida de pensamiento y escasa de vocablos.
Tal se presenta la manifestación en el estilo del pensamiento conceptista: es
decir, del pensamiento que no brota con la soltura y la confianza de la
juventud, sino que se recoge, se piensa a sí mismo y revela en la tortura de la
frase la labor interna del espíritu. Si algunos escritores no llegaron a
adoptar el estilo de la época, fueron los místicos, por su carácter más
desligado de presunciones literarias, y algún historiador como Melo; pero
Solís, con sus reflexiones rítmicamente dispuestas al final de cada capítulo;
Saavedra y, sobre todo, los didácticos moralistas, extremaron el abuso de la
gravedad concisa y sentenciosa.
En realidad el siglo XVII carece de substantividad científica y
literaria, nutriéndose de la ciencia y el alma de la precedente centuria. El
escolasticismo, sostenido por la Iglesia, acaba por desterrar los otros
sistemas y domina con absoluto imperio cerrando el paso a toda innovación,
aunque bifurcado en tomismo puro, sustentado por los dominicos, y suarismo
profesado por los jesuitas. El nominalismo y el lulismo sufrieron excomunión y
se interdigo su enseñanza en algunas universidades. La filosofía parece simple
huella del pasado y, precisamente a la hora en que el cartesianismo unido al
experimentalismo baconiano conmovían los cimientos del edificio escolástico, en
España se petrifica el pensamiento, brillando muy contados chispazos de
independencia en la noche de la uniformidad tomista enseñoreada de las
escuelas.
La intolerancia religiosa ahogó la libre investigación. Diga cuanto
guste mi venerado amigo Menéndez y Pelayo, no puede negarse que por miedo al
error se cayó en la ignorancia, que los pensadores españoles tuvieron que
aprender a imprimir sus libros allende las fronteras y apenas quedó hombre de
mérito que no sufriera en mayor o menor escala persecución o vejaciones del
odioso Tribunal de la Inquisición. [300]
Los más doctos publicistas se quejaban de las escuelas de Gramática que
mermaban el personal a las armas, al campo y a los oficios, provocando con sus
declamaciones medidas de gobierno, tales como la de 1623, disponiendo que no
existiesen tales escuelas sino en las ciudades donde hay Corregidor y sólo una
en cada población (Nov. Rec.). La Compañía de Jesús, entonces
cual hoy, obstinada en ahogar la enseñanza oficial, no cejaba en sus
fundaciones de estudios para familias nobles, no sin la protesta de las Universidades
que veían despoblarse sus aulas. En realidad, poco se perdía, pues las
Universidades más concurridas, o sea, las de Salamanca y Alcalá, se hallaban
convertidas en focos de pedantería; enseñaban medicina basando este arte en la
lógica; educaban para la disputa, no para la investigación; los escolares «iban
por las calles proponiendo a los transeúntes temas absurdos de discusión y
empleando en ella argumentos no menos absurdos, sembrando sus discursos de
citas latinas sin orden ni concierto» (Juderías), con lo cual, su escandalosa
conducta y rivalidades de colegios {(1) Ved mi Historia Política de los
Afrancesados (l. I, c. III, p. 83-5)}, se tornaron odiosos y
despreciables, al punto de suscitar levantamientos populares, como el de
Salamanca en 1644, terminando lo ridículo en trágico y la risa en sangre.
A falta de obras científicas, se multiplican los oracionales, escritos
de devoción, libritos morales, apologéticas contra las sectas disidentes,
comentos de Aristóteles y Santo Tomás.
La filosofía española, dice en substancia D. Federico de Castro, en
vista de que todas las direcciones del pensamiento se acercan y comienza a
despertarse un sentido tan amplio que Fray Alonso de Chacón y Sepúlveda quieren
llevar al cielo a Aristóteles y Trajano, había encontrado un Leibniz colectivo
y esperaba su Kant. Kant no pareció y España dejó de filosofar en la segunda
mitad de siglo XVII, precisamente en el siglo de la filosofía. [301]
En los comienzos del XVIII se riñó apasionada controversia sobre los
conceptos de materia y forma, discusión iniciada en el anterior, defendiendo la
opinión aristotélica Vallés, Núñez y Toledo contra Vives y otros. En el XVII
rompen el fuego Torrejón y Cardoso.
Mas, al ocaso de esta centuria cupo la gloria de haber mecido la cuna de
una institución original, prez de gloria, no sólo para Sevilla, sino para la
Ciencia española. Esta admirable institución, que dio sus opimos frutos en el
siglo XVIII, era la Real Sociedad de Medicina y Ciencias de Sevilla, fundada en
1697. No representaba sólo la egregia Corporación el valor real de una audaz
innovación, no marcaba sólo un paso de gigante en la ciencia española, sino que
reanudaba el hilo precioso de la tradición científica hispalense, tan brillante
en la Medicina.
Las escuelas médicas sevillanas rivalizaron con las cordobesas; en
Sevilla estudiaron médicos eminentes de Córdoba; allí ejerció de Cadí y escuchó
a varios maestros el inmortal Averroes, a quien los sevillanos defendieron de
las persecuciones desencadenadas por el fanatismo; a Sevilla fueron Aben Pace y
Aben Tufail; en su suelo nacieron los Ben Zuhr, la más gloriosa dinastía de
facultativos que ha conocido el orbe por el profundo saber en relación a la
época y por el considerable número de claros maestros que durante varias
generaciones la compusieron. También en nuestro titulado Siglo de Oro
resplandecieron estrellas de primera magnitud en el cielo de la ciencia patria,
tales como Álvarez Chanca, los hermanos Monardes, Simón de Tovar, Díaz Daza y
tantos otros. Había proseguido la áurea cadena con Caldera de Heredia, no
castellano, como insinúa Hernández Morejón, sino nacido en Sevilla en la
collación de San Esteban y bautizado en su parroquial, el 33 de Octubre 1591;
Valverde, Pedrosa, Delgado, Lorite..., y a Sevilla correspondía inaugurar el
nuevo camino que exigían los progresos de la investigación.
En efecto, dos siglos antes que Claude Bernard, entre [302] el clamoroso
aplauso de los sabios, preconizara la necesidad de abandonar la tradición
clásica y echarse en alas de la experimentación, la Regia Sociedad Sevillana se
erguía con el único fin de combatir el galenismo y lanzarse a toda vela por los
mares de la observación personal. Era toda una inmensa revolución inconcebible
en la mentalidad de la época y, sobre todo, en la psicología española, y que el
fruto correspondió al esfuerzo, lo confirma el principal historiador de nuestra
Medicina, al declarar que tales progresos realizó en la Ciencia aquel naciente
areópago, «que a los pocos años había llegado su nombre a las naciones
extranjeras» (H. Morejón).
La precaria instrucción médica que se daba en las Universidades se
reducía a exégesis de aforismos hipocráticos y de las doctrinas contenidas en
los catorce libros de la Terapéutica de Galeno, sin clínicas, sin anatomías,
sin una sola lección práctica.
Los facultativos revalidados hispalenses constituyeron la Sociedad, y,
mirando con desdén a los universitarios o galénicos, no les abrían las puertas
de su Senado científico sin previa sumisión a pruebas acreditadoras de su
aptitud para el estudio serio y personal. No dejó de mortificar a su «alma
mater» literaria tan soberbia actitud, y su Claustro movió a la Sociedad a un
pleito, que terminó por el ruidoso triunfo de la Sociedad, representante de las
nuevas orientaciones científicas.
Convencida de que nada vive aislado en el mundo, la Real Sociedad de
Medicina fomentó las Ciencias auxiliares, instauró un Jardín Botánico, formó
espléndido Herbario y hasta admitió, al lado de las otras tres clases de socios
llamados Médicos revalidados, Cirujanos yFlamacópolas o
farmacéuticos, una cuarta con el título de socios de erudición, compuesta de
doctores en distintas facultades que estudiasen la filosofía y la moral de la
ciencia médica en su principio y sus aplicaciones. Eran éstos socios o jurisconsultos
que disertaban sobre las relaciones del Derecho y la Medicina o teólogos que
daban una nota [303] sui generis y juzgados con el criterio
actual, podía considerárseles como los payasos de la institución, destinados a
amenizar la aridez de las tareas científicas con temas del siguiente jaez:
Disertación moral físico-médica: Si en las que murieron, confiando antes
al médico, para su curación, bajo secreto, estar ilícitamente embarazadas,
pueda aquél descubrirlo para atender a la vida espiritual del feto, disecando a
la madre.
Lección médico-moral: Si se puede, algunas horas después de muerto
vulgarmente algún sujeto, absolverle.
Disertación teológica: Del bautismo del feto en el útero.
Disertación físico-moral: De la invalidación del bautismo hecho con el
agua destilada de vegetales.
Disertación físico-teológica: De las resurrecciones naturales y
milagrosas señales con que se distinguen, y crítica para evitar los engaños.
Disertación físico-teológica: Del poder del demonio en la parte física
del hombre.
Lección médico-moral: Si los sordos y mudos de nacimiento son capaces
del sacramento de la Penitencia.
Lección médico-teológica: Si el médico que obra según su práctica,
aunque contrario al común sentir de los autores, lo haga lícitamente.
Lección físico-teológica: Si en atención a los nuevos experimentos de la
elevación de los cuerpos graves, el vuelo de Simón Mago fue natural o
prestigioso.
Disertación físico-teológica: Sobre si fue natural o milagrosa la muerte
del dragón que se refiere en el libro de Daniel, cap. XIV.
Mas si a los ojos del presente escepticismo provocan hilaridad
semejantes problemas, no así ante la conciencia individual y colectiva de
aquella fervorosa generación, que hubiera sacrificado gustosa todos los
adelantos de la Medicina ante el menor escrúpulo de orden espiritual.
Atenta a recoger todas las noticias que la práctica profesional
suministrase y las opiniones de todos los [304] hombres doctos, no limitaba su
acción a la localidad, sino se relacionaba con los sabios del mundo entero; los
acogía como socios: daba lectura pública a las Memorias que de ellos recibía y
hasta los llamaba con carácter de profesores retribuidos a que diesen enseñanza
también pública.
No menos atenta a divulgar que a conocer, para que todos aprovechasen
las noticias que aprendía, publicó doce tomos de Memorias, y además, ofreció a
los autores de trabajos importantes ayudarles a la impresión y aun imprimir
ella por su cuenta.
Uno de los mayores servicios que prestó a la patria la Regia Sociedad
consistió en la abnegación con que combatió la terrible epidemia que asoló a
Ceuta. Encargada de tan peligrosa misión por el Gobierno, al nombrar la
comisión que debía trasladarse a la plaza infestada, todos sus miembros se
ofrecieron y los elegidos ejecutaron su empeño con heroísmo superior a toda
ponderación.
Mas no basta, repetimos, las circunstancias de producir muchos hombres
de mérito para apreciar la civilización de un país; mucho más significa esta
abundante y espontánea proliferación de Institutos destinados, sin finalidad
interesada, al cultivo del saber; pero hay algo más elocuente todavía: el
ambiente general favorable, la participación del público, su interés en la
labor cultural, y este hermoso espectáculo nos brinda, contrastando con la
general decadencia, la reina del Betis. La Real Sociedad daba sesiones públicas
bisemanales y después dominicales; en sus abiertas clases se practicaban
anatomías y vivisecciones, verdaderas audacias en su época, y crecía tanto la
afluencia de personas deseosas de instruirse, que se colocaron agentes de la
autoridad a las puertas del local, para evitar la confusión nacida del exceso
de concurrentes.
En este siglo la Escolástica vegeta, como toda institución doctrinal que
apenas sufre tímida y minúscula oposición; el ascetismo medra con su más alta
representación, Mañara, a expensas del misticismo que arroja con Molinos su
último resplandor; prosiguen los escritos de magia [305] y las discusiones
acerca del alma de los brutos, ya encendidas en la centuria anterior, así como
la controversia sobre los conceptos aristotélicos de materia y forma; el
materialismo con atenuados matices asoma por los escritos de algunos médicos y
sacerdotes que no se dan cuenta del alcance de sus tesis, en tanto moralistas y
políticos, como en la decadencia del paganismo, se dan a sí propios el diploma
de filosofía.
§ II
Los escolásticos
Diversas manifestaciones del aristotelismo cristiano: tomistas,
escotistas y suaristas. –Mariner. –Hurtado de Mendoza. –Manrique. –González
Mateos. –Molina. –Tomás Ortiz. –Moreno. –Diego Ortiz. –Vázquez de Padilla.
–Sotomayor. –El P. Muniessa. –Bernaldo de Quirós. –Juan de Santo Tomás.
–Martínez de Prado. Cabello. –Téllez. –Llamazares. –Flores. –Fuente de la Peña.
–La magia: Castillo, Torreblanca.
Muchos filósofos y parva filosofía: tal podría formularse la síntesis de
este artículo.
Señálase entre los aristotélicos de este siglo el valenciano Vicente
Mariner de Alagón, erudito humanista; mas su labor filosófica se reduce a la
versión de algunos libros del estagirita, otros menos importantes y el
tratado De Mortis cogitatione et effectu, de no extraordinario
interés. Todas las mencionadas traducciones de Aristóteles se publicaron desde
1626 a 1628 y, a pesar de ciertas extravagancias de estilo, tienen el valor de
ser directas.
A Pedro Hurtado de Mendoza (1578-1651), natural de [306] Valmaseda y
rígido escolástico, se debe Disputationes a Summulis ad Metaphysicam (Valladolid,
1615); Disputationes logicae ac metaphysicae; Disputationes de universa
philosophia, y Commentarii in universam philosophiam,
Scholasticae; et Morales disputationes de tribus virtutibus theologicis (Salamanca,
1631).
Por más que conste a la posteridad que el cisterciense Ángel Manrique
(1577-649) tenía preparados para la impresión Commentaria et
Disputationes in Universam Summam divi Thomae Aquinatis, como se
perdió el manuscrito, sólo puede predicarse de él que leyó a Escoto y a Santo
Tomás en las aulas salmantinas y fue maestro de Caramuel, si bien éste combatió
algunas doctrinas de su maestro, tal como el origen del principio de
individuación que Manrique ponía en la causa eficiente creada.
El 21 de Marzo de 1701 falleció en el Colegio de San Buenaventura Fray
Francisco Antonio González Mateos, insigne por su virtud y letras. Fue natural
de Utrera, tomó el hábito de San Francisco, en Sevilla hacia 1640, y escribió
de su puño y letra cinco volúmenes sobre los Sentenciarios del
sutil Escoto, los que, encuadernados en pasta, se conservaron en el Colegio de
San Buenaventura, de Sevilla, con gran estimación. «De los diversos volúmenes
que compuso, hoy se hallan tres en folio; el primero contiene los siguientes
tratados: De Visione, cinco cuestiones en diez y ocho
artículos; De Beatitudine, tres cuestiones en veinticuatro
artículos, tiene 690 páginas. El segundo contiene dos: De actibus
humanis, dos cuestiones en diez y ocho artículos, y De
Bonitate et Malitia, una cuestión en dos artículos. El tercero, sobre
la doctrina de Escoto, acerca de la distinción formal o no identidad de los
predicados divinos; dos cuestiones y once artículos. Florecía en Roma por los
años 1689-1692, según consta de las inscripciones de sus libros.»
Desgraciadamente quedaron inéditos y han desaparecido, según afirma el P.
Ortega.
Miguel de Molina (1659-93) nació en Sevilla, tomó la sotana de la
Compañía de Jesús y escribió un Cursus [307] Philosophicus, fechado
en 1689, o sea cuatro años antes de su fallecimiento.
Fray Tomás de Ortiz, nacido en Sevilla, profeso en la regla de Santo
Domingo y fallecido en 1640, se distinguió por sus grandes conocimientos
filosóficos y escribió:
Summularum explicatio cum gravioribus quaestionibus a summulistis
disputari solitis (Sevilla, 1635). Reimprimióse en Amberes y Lovaina.
Quaestiones in Logicam (Sevilla, 1640).
Quaestiones in octo physicorum libros (Sevilla, 1640).
Cursus philosophicus Angélico-Thomisticus. De esta obra,
en ocho volúmenes, se publicaron cuatro ediciones, la última en Alemania el año
1667.
Jerónimo Moreno (1561-631), de Sevilla, según Arana; de Utrera, según
Beristain, profesó en la orden de Santo Domingo y murió en América, siendo
Provincial de Oaxaca. Entre sus numerosos escritos dejó Commentaria
aliquot in Summam Divi Thomae, no impreso y mencionado por el P.
Burgos en su «Palestra histórica». Hizo su retrato el famoso Pacheco.
Paisano del anterior, Diego Ortiz, dominico, dio a la estampa:
Summularum brevis explicatio, et conferentiae
communes, quae ad maiorem explicationem doctrinae traditae in summulis,
habentur in nostro praedicatorum ordine (Hispali, Anno 1635).
Summularum brevis explicatio. VIII Lib. Physicorum (Hispali,
Anno 1640). Es segunda edición de la anterior. Se hizo una tercera en 1678.
Philosophiae brevis explicatio (Hispali, Anno 1678).
Logicae brevis explicatio (Hispali, Anno 1678).
Summularum Logicae (Hispali, Anno 1744). Impresa sin terminar en
1744.
Proponíase desenvolver con extensión todas las demás partes de la
filosofía, pero la muerte, que le sorprendió el año 1640, frustró su noble
proyecto.
Miguel Vázquez de Padilla (1559-624), según la [308] Biografía
Eclesiástica, nació en Sevilla, como había establecido el P.
Valderrama. Entró en la Compañía de Jesús y leyó teología en Córdoba y después
en Roma, con general aplauso. Desempeñó a su regreso las cátedras de Teología
de Salamanca y Granada, donde también acreditó su vasto saber y dio a la
estampa De Augustissimo Trinitatis Mysterio (Lyón, 1617),
dejando dispuesto para imprimirseCommentaria in Primam Partem D. Thomae.
Alonso de Sotomayor, carmonense, que vistió el escapulario de la Merced
y disfrutó opinión de erudito en las Sagradas Letras, mereciendo ser
preconizado para la Sede arzobispal de Cerdeña y en 1663 promovido al Obispado
de Barcelona, dejó escrito Commentaria in 3. P. Divi Thomae M. Fr.
Joannis Prudencio et opera Conceptione M. Saavedra, vita que S. P. Ar. Petri
Nolasci a M. Colombo y Synodales Episcopatus Barcinonensis.
El P. Tomas Muniessa (1627-96), jesuita, nacido en Alacón, residente
muchos años en Barcelona y muerto en Parma, ayudado pecuniariamente por la
duquesa de Villahermosa, dio a la estampa Disputationes scholasticae de
essentia et atributis Dei in communi et in particulari, et de Ente
supernaturali in genere (Barcinone, 1687); De Myst. inc. et
ench. Prostat in limine conspectus operis, in tres tractatus annuos, pro
scholis dilucide, ac concinne digesti, et finem facit index alphabeticus(Barcinone,
1689); Disputationes scholasticae de gratia actuali, habituali,
justificatione et merito(Cesaraugustae, 1694) y Disputationes
scholasticae, de providentia Dei, de fide divina et de baptismo(Cesaraugustae,
1700), sin contar las obras de asuntos teológicos, ascéticos y biográficos.
Antonio Bernaldo de Quirós (1613-68), jesuita y predicador de Felipe IV,
dio a luz Opus Pbilosophicum (1656) y Selectas
disputationes theologicae de Deo (Lyón, 1654).
El dominico Juan de Santo Tomás, fallecido en 1644, publicó, a más de
las obras teológicas, Ars Logica (Alcalá, 1631-2, 2
tomos), Philosophia Naturalis (1633-5, 4 tomos) yCursus
philosophicus thomisticus (sin pie de imprenta). [309]
De Juan Martínez de Prado, fallecido en 1668, quedan Controversiae
metaphisicales sacra theologiae ministrae (Alcalá, 1649).
Dialecticae institutiones, quas summulas vocant (Alcalá,
1651).
Quaestiones Philosophiae Naturalis supera octo libros physicorum (Alcalá,
1651).
Quaestiones supra duos libros Aristotelis de generatione e corruptione (Alcalá,
1651).
Quaestiones super tres libros de anima (Alcalá, 1652).
Pedro Cabello, jesuita sevillano, nació el 20 de Junio de 1683 y dejó de
existir el 14 de Mayo de 1728. En la Compañía ejerció el profesorado e
imprimió Disputationes in universam Logicam Aristotelis.
Al jesuita Baltasar Téllez, fallecido en 1675, se debe Summa
universae philosophiae, donde expone fielmente el suarismo.
Tomás de Llamazares, acérrimo escotista, propugnó su escuela en el Cursus
philosophicus, philosophia scholastica ad mentem Scot, nova et congruentiori
addinentibus methodo disposita (Lyón. 1670); compiló Apotegmas
en romance, notables dichos y sentencias de Santos Padres de la Iglesia, de
filósofos y otros varones ilustres (Lyón, 1670) y publicó otros libros
teológicos.
Juan de Flores, hijo de Sevilla y de linajudos padres, profesó en la
orden Seráfica en 1653, a los diez y siete años de su edad. Desempeñó cátedra
«dejando pruebas de su sabiduría en escritos sobre materias filosóficas y
teológicas». Así se expresa D. Justino Matute, según el cual, se distinguió
también en la predicación. Falleció y recibió sepultura en Belalcázar, a la
edad de cincuenta años. No conozco sus escritos y me limito a mencionar su
nombre.
Pedro de la Serna (1583-642) en el siglo y de Jesús María en el
claustro, nació en Sevilla y profesó en la orden de la Merced, alcanzando las
categorías de Provincial y Definidor. Su obra filosófica se titula Commentaria
in Logicam Aristotelis (Sevilla, 1624). Compuso otros libros [310]
teológicos y de varia índole. Fue hombre de gran inteligencia y eminente
teólogo.
Otro andaluz, el franciscano Juan Pérez, que pasó a Guatemala en 1630,
dejóDisputationes in quatuor Libros Magistri Sententiarum, no
publicada que yo sepa.
Ejemplo del abismo hasta donde podía precipitarse la escolástica,
salvando los linderos del error e invadiendo los terrenos de la ridiculez, nos
ofrece el Provincial de los capuchinos Antonio de Fuente la Peña con su
obra El ente dilucidado, discurso único novísimo, en que se muestra hay
en naturaleza animales irracionales invisibles, y cuales sean (Madrid,
1676). Propúsose su reverencia demostrar «hasta por altos términos filosóficos»
la existencia de los duendes, su naturaleza no angélica (ni ángeles ni demonios)
y hasta la posibilidad de hombres del tamaño de avispas o fabricados en
crisoles, no sin discutir si estos últimos deberían o no recibir el bautismo.
En vano aguza D. Adolfo de Castro su ingenio patriótico para disculpar tamañas
extravagancias.
Tendamos el velo de piadoso silencio y pongamos a su lado el libro de
Hernando Castillo, jesuita gaditano, que publicó su Historia y Magia
natural o ciencia oculta con nuevas noticias de los más profundos misterios y
secretos del Universo visible (1692). El Sr. Castro cita una edición
de 1649 que no conozco. En cuanto precedente hispánico de las modernas teorías
ocultistas, se lee con curiosidad esta obra dividida en seis libros. Trata el
primero de la magia, que es «un compuesto de las naturalezas visibles e
invisibles, corporales y espirituales». La magia es ciencia y la superior entre
todas. Dios la comunicó a Adán y éste a sus hijos. Los primitivos españoles la
poseyeron y los hebreos la perfeccionaron al venir a la Península. Trata el
segundo de la «materia y objeto de la magia», o sea la tierra. En este libro
nos informa de que los reyes de España tienen gracia de ahuyentar los demonios.
(El autor sí que tiene gracia.) Consagra el tercero al Paraíso, su descripción,
el tema de si en él residen [311] Matusalén, Elías, Enoc y S. Juan. y el más
grave de si estos inquilinos comen. Respecto al estado de aquel prado de
bienandanza, opina que hoy existe aún, más invisible para castigar así las
culpas de los hombres. Estudia en el cuarto los montes y en el quinto los
campos, valles y bosques, tocando al final el problema de la sensibilidad
vegetal. Dedica el sexto a los metales y piedras, deslizando consideraciones de
esta importancia: «La piedra de la ijada suele ser verde, como lo es la cólera,
que suele ser la que avisa aquel dolor».
Al mismo asunto consagró su pluma Francisco de Torreblanca y
Villalpando, publicando su Epitome Delictorum in quibus aporta vel
oculta invocatio daemonis intervenit, libri IV (1618). Trata en el
primer libro De Magia divinatrice, en el segundo De
Magia operatrice, en el tercero De criminis punitione in foro
exteriore y en el cuarto de igual materia in foro interiore. Como
se levantasen advertencias contra esta obra, publicó luego Defensa en
favor de los libros católicos de la Magia por... escrita por mandado del
presidente de Castilla. Al principio copia el autor íntegras las
advertencias y las va impugnando una por una.
Reconociendo el talento y la erudición de todos los citados Maestros,
podría prescindirse de sus nombres, sin menoscabo de la Historia. [312]
§ III
Escolásticos independientes y eclécticos
Rodrigo de Arriaga. –Castillo Calderón. –Ostos. –Gaspar Hurtado. –Juan
de Lugo. –Fernández de Torrejón. –Caramuel. –Juan de Torres. –El Pascal
español, Juan del Espino. –¿Conoció Pascal la obra de Espino?
Si no fuera por Espino, casi podríamos anticipar de este artículo
resumen análogo al del anterior.
Rodrigo de Arriaga (1592-667) en sus Disputationes theologicae y
su Cursus philosophicus,alardea de sutil en el comento del Ángel de
las Escuelas y de cierta, aunque relativa, independencia, brote natural de su
agrio carácter. Sin salir de la Escuela, se acerca algo al cartesianismo en la
proposición probabile est quantitatem non distingui a materia prima y
hasta se encara con Santo Tomás. En lo demás, ninguna originalidad, no obstante
los propósitos manifestados en el prólogo de su Cursus.
También su homónimo Gonzalo de Arriaga (1563-657), dominico,
escribió Super Tertiam S. Thomae partem en el sentido de la
más pura ortodoxia tomista, sin servilismo.
El P. Francisco Castillo Calderón, educado en el tomismo, pero ecléctico
por temperamento, escribió Exorcismus Pneumatis Macro-cosmi Phisyco
theologicus contra Etnicos Philosophos Pseudo-Trismegistos et Anti Platones,
&c. (Praga, 1677).
El mercedario astigitano Marcos de Ostos, cuyo apellido aún subsiste en
Écija, Provincial de Andalucía, arzobispo de Salerno y autor de biografías de
esclarecidos hijos de la Merced, dejó entre sus escritos un curioso Curso
de Filosofía, donde expone «el punto sutil de la distinción real
metafísica». [313]
El P. Gaspar Hurtado (1575-646), jesuita, moralista, teólogo, procesado
por la Inquisición y absuelto, publicó en 1641 su Tractatus de Deo, sólo
notable por haberse adelantado a la concepción cartesiana en considerar la
extensión, la capacidad de llenar un espacio por razón de tener cuantidad, como
característica de los cuerpos.
Juan de Lugo (1585-660), a quien se tuvo por madrileño hasta que Matute
comprobó su naturaleza sevillana, ingenio precocísimo, entró en la Compañía de
Jesús y regentó cátedras de filosofía y teología en España y en Roma.
Consiguiendo al fin la mitra y el capelo. Siguió en sus obras la dirección
suarista, no sin cierta libertad de juicio, sobre todo en la ética. San Alfonso
de Ligorio lo reputaba la primera autoridad después de Santo Tomás y los ocho
tomos impresos de sus obras forman un monumento de la teología española. Además
de las impresas en repetidas ediciones, dejó muchas manuscritas y otras
anónimas y pseudónimas.
Pedro Fernández de Torrejón, en su Philosophia antiqua ex Arist.
et D. Thom. ad libros de ortv et interitv, expositivis dispvtationibvs
envcleata (Alcalá, 1641), sostiene que la materia y la forma no son
dos entidades actualmente essentes et existentes. El acto o
la forma, según interpreta Bonilla, cuyas son estas palabras,
no es algo que se añade o imprime a alguna entidad para su
perfección, sino una esencia constitutiva –quidditas constitutiva–
como la blancura en lo blanco, el alma en el hombre: por lo cual, es de la
razón del acto que de ningún modo presuponga aquel predicamento, del cual se
dice acto; porque si la blancura presupusiese lo blanco, no sería el acto ni la
forma de lo blanco, y lo mismo en otras cosas. Luego el acto dice relación a la
potencia, es decir, a aquella que llamamos lógica y que verbalmente se expresa
con vocablos terminados en able, como generable,
alterable, &c.
Descuella entre los eclécticos Juan Caramuel de Loblokowitz (1606-82),
cisterciense y luego obispo, en cuya [314] inagotable bibliografía se hallan
algunos tratados filosóficos, en realidad, sin señalar ninguna nueva
orientación. Son las principales: Apparatus philosophicus(1652), Philosophia
rationalis (1651), Severa argumentandi methodus (1643), Philosophia (1648),Metalogica
Disputationes (Francfort, 1665), Pandoxium Physico-Ethicum, cuyo
primer tomo contiene la lógica (1668) y Mathesis audax, ensayo
de aplicación del método matemático a la filosofía (t. I, Lov, 1642).
Hombre de varia y abundante lectura, ya que no profundo pensador,
conoció y criticó las entonces recientes doctrinas de Descartes y Gasendo, mas
su vacilante criterio se inclinaba contra la escolástica a conceder realidad a
la idea de Platón, entendiendo universal a parte rei,lo que
llamaban materia prima los tomistas y, sin desertar de la ortodoxia, apadrinaba
teorías monistas y atomistas. No creía tampoco que el principio de
individuación naciese de la causa eficiente ya creada, sino de algo intrínseco,
cual la materia o la forma.
La ética de Caramuel se resuelve en la negación. La inteligencia humana
es nada, sueño la ciencia, necedad el arte. La vida sólo tiene razón por la
muerte. «Cuál es, se pregunta, la más mísera de todas las miserias? Nacer,
llegar a la adolescencia, vivir..» La muerte es la maestra de la vida, la
medicina de toda enfermedad, la perfección de todo lo creado. He aquí la
esencia de su Thanato Sophia nemque mortis museum, un libro
que parece un sarcófago.
Philosophia moral de Principes para su buena criança y govierno; y para
personas de todos estados(1596), por el jesuita Juan de Torres, comprende 22
libros en que se trata de los preceptores reales de la religión y el culto, de
la educación de los príncipes, de las virtudes que deben adornarlos, de los
buenos consejeros y aduladores y de la lección de buenos libros y horror a los
malos, que «como limas sordas hazen labor y como cáncer se van entrando y
talando la rayz de toda virtud». En suma, 953 páginas, más otras muchas, de
extensas tablas, todo con bien escasa [315] filosofía ahogada por un diluvio de
citas y autoridades.
Cerraré esta reseña con el llamado Pascal español, o sea Juan del
Espino, nacido en Vélez Málaga el año 1587, carmelita primero y después
sacerdote secular, varón ilustrado y ágil dialéctico, el cual ofrece un gran
parecido con el pensador francés por la forma expositiva y hasta por los
asuntos, pues combatió acerbamente a los jesuitas. Leyendo al uno se lee al
otro. No teniendo ahora a mi alcance la obra de Espino, daré a guisa de muestra
a dos columnas los párrafos escogidos por D. Adolfo de Castro.
|
ESPINO Puede ser la Compañía en el Evangelio muy diferente en la práctica,
leyes y monitos que en la doctrina especulativa, y de hecho sus monitos son
una pésima corrupción del Evangelio... Quiero daros que en tiempos antiguos
tuvisteis algunos varones espirituales que escribieron mejor que vosotros. ... ¡Oh blasfemos y enemigos del Evangelio y cruz de Cristo, en la
cual está puesta toda la perfección de su caridad, prescrita en el Evangelio
suyo! Bien mostráis el odio de esa cruz y Evangelio, pues no es posible,
después de dos sentencias en Roma, haceros que en Japón y China prediquéis a
Cristo crucificado, porque es cosa que no duele a la carne adorar la Cruz en
España, y la engrandecéis con los labios y os queréis llevar con esto la
devoción del pueblo; pero lo penoso de la cruz todo lo despreciáis y
aborrecéis. (Antiepitomologia.) |
PASCAL Piensas hacer mucho en favor de los jesuitas diciendo que tienen
padres tan conformes con la doctrina evangélica, como otros le son
contrarios; y de aquí concluyes que aquellas opiniones anchas no son de toda
la Compañía. Bien lo sé, porque si esto fuese, no sufriría ella a los que son
tan rígidos. Pero como también encierra y sufre en sí a los que son tan
relajados, concluye también que el espíritu de la Compañía no es el de la
severidad cristiana porque si esto fuese, no sufriría a los que están tan
alejados della. Y así tienen de todo y para todo género de personas, y responden tan
ajustadamente a cuanto se les pregunta, que cuando se hallan en aquellas
partes donde un Dios crucificado pasa por locura, disimulan y suprimen el
escándalo de la cruz y sólo predican Jesucristo glorioso y no Jesucristo
humilde y penando; como hicieron en las Indias y en la China, donde
permitieron a los cristianos la [316] idolatría, con esta sutil invención
enseñando a aquellos pueblos que podían adorar los ídolosChacinchoun y Keum
fucum con tal que mentalmente refiriesen esta adoración a una imagen
de Cristo que habían de tener encubierta debajo del vestido........ De suerte que fue
menester que la Congregación de Cardenales de propaganda fide hiciese
particular inhibición a los jesuitas, so pena de excomunión, de permitir de
adorar los ídolos so cualquier pretexto, y de celar el misterio de la cruz a
los que instruían en la fe, mandándoles expresamente de no admitir al
bautismo a los que ignoraban este misterio, como también de poner en sus
iglesias la imagen de Cristo crucificado. |
|
|
No admito que la
gravedad del delito de infamia sea igual o mayor que el de muerte física
natural corporal. Ni tan grande mal la infamia como la muerte porque la
contraria doctrina es muy ajena de la profesión cristiana y propia de la
gentilidad soberbia, que anteponía la fama a la vida, ignorando el Evangelio
y doctrina de Cristo, que puso la honra del cristiano en sufrir afrentas y
desearlas por su nombre... Y casos hay entre cristianos y filósofos en que un
hombre se pueda infamar y ninguno hay en que se pueda matar. Y ningún derecho
humano ni divino tiene penas iguales para el que infama y el que mata. (Id.) |
Por esta vía
nuestros padres han hallado forma de permitir las violencias que se hacen por
defender la honra; porque no hay más que apartar la intención del deseo de
venganza, como malo y criminal, y dirigirla a la voluntad de defender su
honra, pues es permitido, según nuestros Padres. Y desta manera satisfacen
con Dios y con los hombres. Porque contentan al mundo permitiendo las
acciones, y cumplen con el Evangelio purificando las intenciones. Esto es lo
que los antiguos no han alcanzado, y se debe esto a nuestra Compañía. [317] |
|
|
También me
objeta, digo que con ella ya la usura no es usura y así otros vicios. Esto es
verdad probada por mí en este tribunal sobre el séptimo mandamiento y sobre
los consejos, y en otras partes. (Id) |
Hablemos ahora de
los hombres de negocios. Bien sabes que el mayor trabajo que hay con ellos
está en apartarlos de la usura, y por esta razón nuestros Padres han puesto
en ello particular cuidado, porque es tanto lo que aborrecen este vicio, que
Escobar dice (Tr. 3.ex. 5 n. I.) Que
seria herejía decir que la usura no era pecado... La usura casi no
consiste, según nuestros Padres, si no es en la intención de tomar la
ganancia como usuraria. |
¿Conoció un escritor la obra del otro? Si así fue, la ventaja
corresponde al andaluz, pues sus escritos vieron la luz en 1642-3, o sea diez
años antes que empezara el francés la impresión de sus «Cartas Provinciales».
El P. Espino, que ya había sido encarcelado por la Inquisición en Toledo y
trasladado más tarde a Aragón, se vio nuevamente procesado y preso en Granada
por su Apología contra la Compañía de Jesús.
§ IV
Ascéticos
Formas del ascetismo español. –El P. Nierenberg. –Don Miguel de Mañara.
–Miranda y Paz.
En el ascetismo español, del cual en general he tratado al hablar de los
místicos, se dibujan dos formas: una [318] serena, didáctica, representada por
Nierenberg: otra ardiente, casi apocalíptica, simbolizada en Mañara, cuyas
palabras de fuego dejan en el alma la silueta del rayo.
El P. Juan Eusebio Nierenberg (1590-658), de origen bávaro, prosista
desigual, en cuyos períodos se pierde aquel fino sentido de la armonía tan
desenvuelto en los clásicos del siglo XVI y singularmente en Fray Luis de
Granada, a pesar de pertenecer a la orden ignaciana, no nos parece un simple
ascético. Acaso por su estirpe teutónica posee en su disciplina espiritual no
sé qué de soñador que nos lo presenta, más que como un ascético, como un
decadente del misticismo. Por su mejor obra se reputa De la hermosura
de Dios, tratadito de moral cristiana donde junta las enseñanzas
platónicas con las aristotélicas, y emplea la prueba ontológica de la
existencia de Dios, formulada por San Anselmo y poco grata a las escuelas.
El Aprecio y estima de la divina gracia no pasa de una
exposición del congruismo, tomada en el fondo del P. Suárez. Sin detenernos en
producciones ascéticas de exiguo valor filosófico, mencionaremosLas obras y
los días, empalagoso manual para uso de señores y príncipes, y Las
centurias de dictámenes prudentes y reales, colección de máximas,
paganas muchas de ellas, sin enlace entre sí, al modo de La Rochefoucauld.
El P. Nierenberg es metódico y a veces presenta relativas bellezas; pero
falta en él la nota personal y, como consecuencia, la originalidad y la
energía. Por su ignorancia y la de su tiempo en las ciencias naturales, tanto
en la Curiosa filosofía y cuestiones naturales (1630) cuanto
en De oculta filosofía (1634), acoge supersticiones y patrañas
de las más vulgares. Abusa mucho de los lugares comunes y tampoco posee el buen
gusto de prescindir de inoportunos juegos de palabras.
Parece más preocupado de la parte literaria que de rigor filosófico;
así, excita el ánimo para conocer al Principio de toda realidad, al Ser por
antonomasia y escribe aludiendo a Demócrito: «Por conocer las verdades [319]
naturales quiso perder los ojos un gentil, bien podemos nosotros desojarnos por
la verdad eterna... ¿Por qué no nos mueve la verdad eterna a que la
conozcamos?» Mas ¡ay!, él mismo se contesta declarando incognoscible la primera
verdad de las que todas dependen y lanzando al alma por el despeñadero del
escepticismo, sin más cable que la fe. «Aquel inmenso piélago de esencia...,
sólo puede nuestro entendimiento admirarlo, pero no comprenderlo... No cabe el
concepto divino en la capacidad de naturaleza criada». (De la herm. de
Dios.)
No comprendemos cómo sobre la vulgar falange de hueros ascéticos, secos
y aburridos, no exaltan los historiadores literarios la grandiosa figura de D.
Miguel de Mañara (1626-79). Hombre de borrascosa juventud, según confesión
propia y afirmación de sus primeros biógrafos, por más que recientes
panegiristas se obstinen en presentarlo con nimbo de perpetua santidad, al
fallecer su esposa, se contrajo a edificante vida y postuló el ingreso en la
Hermandad de la Caridad, donde se le admitió, no sin obstinada resistencia.
Consiguió ser elegido Hermano Mayor, y en esta dignidad realizó portentosa
obra, estableciendo el Hospicio, el Hospital y el templo que enriquecieron con
sus pinceles y buriles Murillo, Roldán y Valdés Leal. Un celo hiperbólico le
impulsó a iniciar dura cruzada contra los espectáculos teatrales, campaña tan
eficaz que logró cerrar por mucho tiempo casi todos los coliseos de España {(1)
Vide nuestro Dic. de Escr. Sev., t. II}. Consérvase de su
pluma la Carta a D. Carlos de Herrera sobre las representaciones
escénicas, pero donde arde toda su alma es en El Libro de la Verdad (1725),
tan notable por la sinceridad del pensamiento cuanto por la fogosidad y nervio
del estilo.
Tomamos dos párrafos al azar, verdaderamente al azar, con la seguridad
de que en ningún clásico se hallará calor y energía comparable a ellos:
«Quien vio lo que Judas hizo después que vendió a [320] Jesucristo ¿no
dijera que era un verdadero penitente? Porque él confesó su pecado a voces,
restituyó la honra en público a quien se la había quitado, volvió a su dueño el
dinero mal ganado. ¿Quién viendo estas demostraciones no dijera había
enteramente satisfecho su pecado? Y con todas estas circunstancias se condenó,
porque el corazón estaba de diferente color que las obras exteriores. ¿Qué
importa que la boca diga pequé si el corazón no dice nada? ¿Que
desprecie las riquezas con la lengua cuando las guarda el corazón? ¿Qué
importa? Llega a las playas de Nínive el profeta Jonás (capítulo 1.°), empieza
a sonar su voz por las calles y plazas de aquella opulentísima ciudad; pregona
la justicia de Dios, que vendrá sobre sus habitadores dentro de cuarenta días,
y al instante empiezan todos a llorar y a hacer penitencia de sus pecados; bien
pudieran aguardar algunos días, pues sabían tenían cuarenta días de término;
no, sino luego hicieron penitencia desde el Rey hasta el más vil esclavo.
¿Viene el auxilio de Dios, suena la voz del Señor, de Jonás, en nuestros
corazones? No hay que aguardar segunda voz, no sea que sea la postrera que Dios
tenga determinada para castigar nuestros pecados. Estos varones ninivitas tiene
Dios guardados para el día del Juicio, y con ellos juzgará a estos embelesados
del mundo. La penitencia de S. Juan Bautista y la del santo profeta Jeremías,
ambos santificados antes de nacer, se levantarán contra esta mala gente el día
de la venganza, pues teniendo vida inculpable hacían rigurosa penitencia, sólo
por asegurar la gracia de Dios; mira tú lo que debes hacer cuando tienes que
pagarle tanta multitud de culpas.» ¡Cómo se hunden en el alma las terribles
palabras del ascetal «Mira una bóveda, entra en ella con la consideración y
ponte a mirar tus padres y tu mujer, si la has perdido, los amigos que
conocías. ¡Mira qué silencio! No se oye nada, el roer de los carcomas y gusanos
tan solamente se percibe, y el estruendo de pajes y lacayos ¿dónde está? Acá se
quedó todo... ¿Y la mitra y la corona? También acá la dejaron.» Nadie hay tan
emocionante, tan apocalíptico, [321] tan descarnadamente sublime en los
círculos del Dante. Sólo pudiera compararse con los cuadros de Valdés Leal.
Por aquellos días, D. Francisco de Miranda y Paz, capellán de los Reyes
Nuevos de Toledo, imprimió El Desengañado (1663), libro de
filosofía moral, tirando a ascético, destinado a encarecer la vanidad de la
vida. «Topo es quien no distingue la ropa del engaño y desnudez de la verdad.»
«Abre oy los ojos, pues no sabes sí tendrás vista mañana.» «Teme que ni tengas
lugar ni tiempo, quando quieras.» Todo es una viva exhortación al
arrepentimiento. Hay algo, aunque menos imponente, del alma de Mañara.
§ V
Degeneración de la Mística
Juan de Palafox. –Sor María de Agreda. –Doña Constanza Ossorio. –Sor
Gregoria Parra. –Miguel de Molinos. –Persecución inquisitorial.
El siglo XVII, como etapa de decadencia, nada crea ni apenas sostiene
los sistemas de la edad de oro, limitándose a extraer las últimas consecuencias
de ellos, y así como la Escolástica decadente halla su postrera expresión en
las extravagancias del «Ente dilucidado», así la mística decae desde las
cumbres de los místicos áureos hasta la peligrosa doctrina del quietismo,
renovación del nirvana y clara manifestación del origen oriental de las
doctrinas de los iluminados.
El venerable Juan de Palafox (1600-59), perseguido por los jesuitas, en
sus Discursos espirituales (1641) y su Varón de deseos (Madrid,
1653), donde declara las tres vías [322] de la vida espiritual; Sor María de
Agreda (1602-65) con la Mística ciudad de Dios, aunque su
carácter la inclinaba más al ascetismo que a la iluminación; Doña Constanza
Ossorio (1565-637), tan superior a ambos, como reconoce respecto a la última el
Sr. Serrano Sanz, con su Huerto del celestial Esposo (Sevilla,
1686), y sobre todo Sor Gregoria Parra, en el claustro Gregoria Francisca de
Santa Teresa, la primera poetisa mística de España, que en sus Memorias y
elegantes ritmos reverdece los grandes tiempos de la mística, nos muestran la
senectud del movimiento neoplatónico cristiano que llenó de gloria el siglo
XVI.
Pero todos estos místicos se desenvolvieron dentro de la ortodoxia y
sólo el primero mereció excomunión, no por la doctrina, sino por el odio de los
Jesuitas. No así Miguel de Molinos (1627-97), clérigo aragonés que publicó
entre aplausos de muchos y censuras de los jesuitas, su Guía espiritual
que desembaraza el alma y la conduce al interior camino para alcanzar la
perfecta contemplación (1675).
En este peligroso libro, se empieza por definir la mística «ciencia del
sentimiento», la cual no se adquiere por el estudio, sino por la infusión del
espíritu de Dios. Puede llegarse a Dios por la meditación, que es la oración de
la inteligencia, o por la contemplación, o sea la oración del amor y de la fe.
La primera nos comunica algunas verdades, pero la contemplación nos muestra la
verdad universal. Para lograr esta visión hay que prescindir de todo, cual si
nada existiera más que Él y el alma. La meditación activa requiere los auxilios
de la gracia, los cuales se manifiestan por la incapacidad para razonar, el
amor a la soledad, el disgusto de los libros devotos, el afán de orar y la
vergüenza de sí mismo. No así la gracia pasiva, que es perfecta: porque
desciende de lo alto y Dios la concede a quien mejor le parece.
Cuando el alma permanece quieta, obra en ella el Espíritu Santo. Hay que
someterse a la voluntad divina aniquilando la nuestra, no hacer nada de propio
impulso, [323] despreciar la devoción práctica, no pensar, no ser. «Abismaos en
la nada y Dios será vuestro todo».
La doctrina de Molinos se puede compendiar en estas dos máximas:
«Oportet hominem suas potentias annihilare, et haec est via interna». «Velle operari active, est Deum offendere, qui vult
esse ipse solus agens; et ideo opus est se in Deo totum et totaliter
derelinquere, et postea permanere velut corpus exanime».
El molinosismo, o mejor el quietismo, se vio combatido por Alfonso de
Ligorio en suDisertación XIV, 68 proposiciones sufrieron el anatema
de Inocencio XI y su autor fue condenado a reclusión perpetua con grandes
penitencias, debiendo la salvación de la vida a su abjuración y humildes
protestas de sumisión a la Iglesia, mientras sus textos ardían en públicos
autos de fe. No obstante, la doctrina hizo su camino y de numerosos adeptos
dieron cuenta las hogueras de la Inquisición.
Así, el misticismo degenera en quietismo, doctrina cuyo abolengo
ascendería a los contemplativos orientales y, dentro de la concepción
cristiana, hasta el origenismo, pasando después por las máximas de Evagrio,
escritas en la soledad del desierto; por los hesicastas, y aun por los begardos
o perfectos, nacidos de la más austera interpretación de la regla de S.
Francisco.
§ VI
Sensualismo y naturalismo
Isaac Cardoso. –Díez de Leiva. –Ramírez de Arellano. –Pujasol.
De la filosofía naturalista, en la anterior centuria tan floreciente,
sólo puede citarse a Isaac Cardoso (1615-86) [324] a pesar de haber nacido en
Portugal, por haber adoptado la nacionalidad española, estudiado en España,
residido en Valladolid ejerciendo la Medicina y luego en Madrid como
facultativo del rey, hasta que la Inquisición le procesó por judaizante. Huyó
entonces a Venecia, donde cambió su nombre de Fernando por el de Isaac y
falleció en Verona. Su Philosophia libera (Venecia, 1673),
dividida en siete libros, estimada en las universidades y hasta en los
conventos, sostiene que la materia prima (vaginam et anforam formarum) sólo
existe en nuestro pensamiento y que los principios de todo compuesto natural no
son lógicos ni gramaticales, sino naturales.
Los principios de las cosas naturales no son más que los cuatro
elementos. En defensa de sus ideas atomistas combate con saña la doctrina
aristotélica de los tres principios: materia, forma y privación (1. I, q. 1ª).
En la entonces batallona cuestión del alma de los brutos, niega a éstos
el juicio concediéndoles sólo el impulso instintivo (1. V., q. 28).
Profesó Cardoso en medicina la hidroterapia; en filosofía, cierto
eclecticismo con antipatía a Aristóteles; combatió las especies sensibles, y
fue un nominalista erudito y abanderado en el campo de los atomistas.
D. Fernando Díez de Leiva, natural de Sevilla y médico de la ciudad de
Santo Domingo, «cuyo nombre y escritos, dice Beristain, se escondieron a los
Pinelianos y a Egiara en sus manuscritos y apuntes», escribió Antiaxiomas
Morales, Médicos, Philosophicos y Políticos (Madrid, 1682), y mereció
el siguiente elogio:
Grande opus ingenii, quo non felicius ullum,
Hispalis enixa est, si India nostra tenet.
El P. Juan Ramírez de Arellano compuso República cristiana y
destierro de los vicios, razón de Estado y política de la virtud, la eterna
salvación (Madrid, 1662), que no se recomienda por el laconismo del
título y contiene [325] doctrina ética extraída de Séneca y los Santos Padres.
Por la forma empírica de su enseñanza, lo hemos colocado en este lugar, pues,
dada su exigua importancia, no era de fácil clasificación.
Consecuencia, pero no copia, de la doctrina expuesta primero por Fuentes
y después por Sabuco y Huarte, vio la luz El sol solo y para todos sol
de la Filosofía sagaz y anatómica de ingenios(Barcelona, 1637), de Esteban
Pujasol, inspirada, según nos informa, en un pasaje de Aristóteles, y con idea
de que todos «se apliquen a lo bueno resistiendo a lo malo y perjudicial».
Divide la obra en cuatro libros. Comienza tratando de la anatomía humana,
tomando la mayoría de las definiciones de los Orígenes isidorianos,
sigue a la fisiognómica la Astrología y concluye con el «Tratado en que se
resume y epiloga la intención de todo lo dicho con dos manuales ejemplos
tomados de los retratos y figuras que se siguen» (las cuales, dice muy bien
Carracido, no honran al buril que las grabó), y señalando los pronósticos de
las enfermedades. Por más que Castro en su tendencia apologética nos presente
al presbítero de Fraga como precursor de la Craneoscopia y de Gall, y que la
inagotable bondad de Carracido, reconociendo las escasas condiciones literarias
del autor, celebre su inventiva, no logro convencerme del valor positivo de
tanta arbitraria afirmación y deficientes observaciones, ni acierto a
concordar, en éste cual en otros casos, el materialismo de la doctrina con la
psicología católica del presbítero que somete su libro a la corrección de la
Iglesia; pero tampoco debe olvidarse este conato, si no por su mérito
intrínseco, en concepto de eslabón para la historia de la ciencia. [326]
§ VII
Escuela crítica
Nicolás Antonio. –Quevedo: ¿es un filósofo propiamente dicho?; sus
obras; su antisemitismo; su pesimismo; su filosofía aplicada. –Saavedra
Fajardo. –Gracián. –López de Vega.
Crítica llamo a esta escuela, que no es escuela ni filosofía crítica, en
honor a D. Nicolás Antonio, cuya intención científica en constantes aciertos se
revela, y por transigencia con la corriente fraseológica, pues la crítica de
los demás autores comprendidos en el epígrafe, da de lado al problema
filosófico y se endereza en preferente lugar a la política y las costumbres.
D. Nicolás Antonio (1617-84), en Sevilla, su patria, estudió Humanidades
y Teología, ejerció el profesorado en el Colegio de Santo Tomás, estudió leyes
en Salamanca y regresó a Sevilla, atraído por las copiosas bibliotecas
particulares y la conventual del convento de San Benito. Allí trabajó hasta
1669 en que fue nombrado representante del rey en Roma. Residió en la ciudad
eterna veinte años entregado en cuerpo y alma al estudio. La biblioteca que
comenzó a reunir en Sevilla y terminó en Roma, constante de treinta mil
cuerpos, casi competía con la Vaticana.
Su obra inmortal, la que consumió su vida y, nunca bastante estimada por
la ciencia y por la patria, le aseguró el puesto altísimo que su nombre ocupa;
su preciosa Bibliotheca,hállase dividida en dos partes: la
primera, Bibliotheca vetus, abraza la historia literaria
española desde Augusto hasta nuestro siglo de oro, y se desenvuelve en forma
narrativa; la segunda,Bibliotheca nova, está dispuesta en forma de
diccionario y acompañada de varios [327] índices que facilitan su manejo,
pudiéndose buscar los autores por sus nombres, sus apellidos, sus patrias, sus
facultades, &c. A esta segunda parte se añadieron las notas donde el mismo
autor consignaba las noticias de los más modernos escritores hasta la fecha en
que murió. «Por las singulares excelencias de erudición y hasta de crítica
(sobre todo al tratar de las fuentes históricas), la riqueza incomparable de
noticias recogidas en aquellos cuatro volúmenes que son aún y serán por mucho
tiempo el monumento más grandioso levantado a la gloria de las ciencias y de
las letras españolas» (M. y Pelayo), Nicolás Antonio se alza, padre de la
historia literaria nacional, entre los colosos de la mentalidad de su siglo.
Sin él hubiera sido imposible, o harto imperfecto, el conocimiento de la
filosofía y la literatura de España.
Dejó manuscrita una Censura de las historias fabulosas,
editada por Mayans, en que expone y juzga las crónicas inventadas en el siglo
XVI, preparando así el advenimiento de la crítica histórica. Todas sus Cartas y aprobaciones de
libros, ya impresas, denotan la serenidad y alteza de su juicio, así como la
pureza, corrección y naturalidad que las exalta a modelos literarios de su
género.
Ni las superficiales apologías de Fernández Guerra, ni el primoroso
trabajo de D. Juan Valera, me han convencido de que D. Francisco de Quevedo
(1580-645) merezca ser incluido en el número de los filósofos. Ni apenas se
preocupó de temas filosóficos, ni inventó sistema, ni perfeccionó sistemas
ajenos, ni comentó con sabiduría, ni sus escritos más o menos filosóficos gozan
de valor científico. Continuamente hay que estar en la brecha contra la
superficialidad de llamar filósofos a todo hombre de talento o predicador de
pensamientos hondos y originales. La filosofía no consiste en la alteza ni en
la profundidad de las máximas. En tal concepto ¿quién no ha sido filósofo
poseyendo una clara inteligencia? La filosofía es un conocimiento
especial, una rama científica, distinta de las otras e independiente
de la clarividencia, es organismo, es [328] reflexión lógica, sostenida, y todo
pensamiento, por elevado que vuele, carece de valor filosófico si no se halla
sistematizado.
Y no sólo faltan en Quevedo tales condiciones, sino que por su
complexión espiritual, podía serlo todo, poeta, crítico, novelista, teólogo y
sobre todo un humorista..., menos filósofo. Requiere este carácter serenidad de
espíritu, imparcialidad, ecuanimidad, y condiciones tan esenciales como
antípodas del ánimo irascible, apasionado, vehemente, característico de
Quevedo. ¿Vehemente dije? Me quedé corto, pues llegó hasta el fanatismo,
singularmente en sus odios, alardeando de antisemitismo y de intransigencia.
Educado en el escolasticismo, si algo filosófico le atrae, no son los
temas fundamentales lógicos ni metafísicos, sino las derivaciones éticas y
políticas genuinas de su temple batallador.
No existen para su criterio la verdad ni el error en sí, sino la
conformidad o divergencia con el dogma. ¿Por qué enaltece el aristotelismo?
¿Por su valor científico? No. Porque en su lógica y su metafísica «se
confeccionan los argumentos de las escuelas católicas» y por ser el antídoto
del platonismo. ¿Rechaza el platonismo por deficiencias científicas? Tampoco.
Unicamente porque en ella «todos los herejes informaron sus errores» (Prov.
de Dios).
La gran variedad de asuntos tratados por Quevedo le dan carácter de
polígrafo, y hacen difícil sorprender en su obra una ley de unidad, pues la
misma concepción estoico-pesimista de la vida al modo cristiano, es sello de la
época, visible en todos los contemporáneos, si bien más o menos acentuado según
la personalidad de cada uno.
El tratado de La Providencia de Dios, imponente aparato
teológico, cuajado de citas, muestra a cada instante la imitación de
Séneca (De Providentia Dei). Quevedo no terminó más que la
primera parte, o sea el discurso de la inmortalidad del alma, en
que explota el tratado De Anima del P. Suárez. La segunda,
donde trata de Dios y su Provincia, queda interrumpida cuando anuncia la [330]
comprobación de la doctrina en las vidas de ilustres personajes antiguos. Se
suele considerar tercera parte el tratado de las aflicciones de Job, totalmente
ascético y teológico.
Revélase el estrecho espíritu ortodoxo de Quevedo en su odio atávico a
los hebreos. Cuando Olivares concibió la idea de transigir con los israelitas
de Salónica para procurar fondos al erario, a la vez que el nuncio, el Consejo
de Estado, la Inquisición y todo el pueblo de Madrid, levantó su voz Quevedo
contra la raza deicida, combatiendo todo contacto y conversación con la grey
mosaica, en la alegoría de la isla de los Monopantos. (V. La Fortuna
con seso.)
Ni al dramaturgo Felipe Godínez, que llegaba a Madrid perseguido,
perdonó su origen, antes bien, le afligió con mordaces alusiones, reprochándole
su abolengo hebreo, cual si se tratase de voluntario delito.
Quevedo no es un filósofo ni su labor superficialmente filosófica brinda
la más leve novedad. En su discurso predomina el escolasticismo, tal vez el
suarismo, no sin levadura pagana. La cuna y la sepultura no
pasa de exposición popular, siguiendo a Séneca, de la moral estoica, sazonada
con referencias teológicas. Análogo al anterior, el libro Las cuatro
partes del mundo y los cuatro fantasmas de la vida contiene el
concepto de la ética que profesaba Quevedo. Tratado de vulgarización es no
menos la citada introducción sobre Inmortalidad del alma,exposición
de la filosofía de las Escuelas. Ignoro hasta qué punto sea lícito estimar este
opúsculo elaboración de la conciencia reflexiva ni flor de la sinceridad.
Quevedo se dejaba arrastrar por el pesimismo, y la profunda convicción de la
inmortalidad trae ya una sonrisa del Cielo, un resplandor anticipado de la luz
eterna que disipa negruras, consuela dolores, cura desalientos e infunde
inquebrantable optimismo garantizado por Dios y la certeza de la eternidad. Católico
sincero, jamás se permitió dudar a conciencia de un dogma; pero en el fondo del
alma, en la región de lo inconsciente... ¿quién sabe? [330]
La ausencia de seria filosofía roba también interés a los trabajos
políticos, faltos de novedad en la doctrina y de orden en la exposición.
La Política de Dios y gobierno de Cristo, más que tratado,
semeja revuelto arsenal de sentencias, plagado de lugares comunes, y, en su
segunda parte, francamente conceptista. Entre el desorden que reina, se dibuja
la más completa exposición del pensamiento político de Quevedo. Las fuentes donde
bebió el autor son Aristóteles, Séneca, Tácito, y no parece tampoco extraña a
la concepción la sugestiva lectura de Maquiavelo. Paralelas a las
consideraciones de índole seria, corren sátiras y alusiones del momento, no
todo lo caritativas ni moderadas que de un pensador ascético espera el lector.
Complemento de La política de Dios es el Marco Bruto, de
que no vio la luz sino la primera parte. Comienza el autor por traducir a
Plutarco, y desarrolla su tesis en prosa cortada, seca, sentenciosa, imitando
cuanto puede a Tácito, Séneca y Juvenal. La tesis fundamental podría
formularse: usurpador buen gobernante vale más que tirano legítimo; César es
preferible a Tarquino.
Al lado de los tratados doctrinales figuran los Grandes anales
de quince días, escritos con apasionamiento y procurando imitar a
Tácito; el Chiton de las Maravillas, paupérrimo trabajo de
política económica en defensa del Conde Duque, y otras varias producciones de
circunstancias. No se hable de La defensa de Epicuro, que no
excede de un desahogo de la imaginación, sobre todo si se tiene en cuenta, como
observa Azcárate, que su defensa se hace «en el acto mismo de confesar que este
filósofo (Epicuro) no admitía la Providencia ni la inmortalidad del alma».
Estoy de acuerdo con el Sr. Azcárate en este pormenor; pero no en la
apreciación de que a Quevedo no le desagradaban tanto las doctrinas epicúreas,
«si bien tuvo la destreza, consultando el país en que escribía, de darles un
nuevo bautismo y someter su trabajo al juicio respetable de la Iglesia».
La rehabilitación de Epicuro se había intentado varias [331] veces en
España antes de Quevedo, no ya en plan de humorismo, prosado o versificado,
sino con la seriedad digna del asunto. Bastaría recordar aquellas palabras del
Brocense: «La opinión de Epicuro vino a ser tan abominable por ser mal
entendida de sus secuaces y tomada corporalmente y en afrenta de su inventor,
porque él fue muy abstinente y muy buen hombre».
En igual sentido se expresaba Gonzalo Correas. «Epicuro puso la
felicidad en el deleite, y entendiéndolo del ánimo, se lo interpretó el vulgo
por deleite corporal. (Notas a Tabla de Cebes.)
El carácter literario del tiempo se pronuncia más en don Diego de
Saavedra Fajardo (1584-648), que nació en Aljezares (Murcia) y ocupó altos
cargos en la diplomacia.
Fue su primera y más famosa obra la titulada De las empresas
políticas o idea de un príncipe político cristiano (1640). El autor
coloca una alegoría o jeroglífico al frente de cada capítulo y éste consiste en
la explicación de la empresa. Ya se comprende que no es posible verdadera
ilación por tan raro procedimiento. Pero este mismo desorden tan del gusto de
la época, lejos de perjudicar a su popularidad, contribuyó a su crédito. Nótase
en las Empresas, sobre la influencia, entonces general, de
Santo Tomás y el P. Suárez, el influjo de El príncipe, de
Maquiavelo. El desorden que reina en la exposición, motiva que las bellezas se
presenten aisladas. El estilo peca de afectado y las ideas se repiten en
múltiples formas, por lo cual parece preñado de pensamientos lo que sólo prueba
habilidad retórica.
La Corona gótica debió ser una historia general
política de España, pero sólo es un pretexto para explanar ideas de política.
Más digna de estudio, La república literaria (1655), obra
póstuma de Saavedra, si en efecto es suya, encerraba en su forma novelesca los
juicios literarios del autor. Desenvuélvese la idea bajo la ficción de un
sueño, forma que recuerda a Luciano, modelo de Quevedo y demás soñadores
literarios. Parece la crítica de Fajardo [332] una manifestación del
escepticismo dominante en la filosofía, carácter que dota de mayor
trascendencia al libro, porque debajo de la crítica literaria palpita la
censura general de la ciencia coetánea y el desaliento del pesimismo.
Lejos de ambicionar la ilustración de su país, proclama en la Empresa
LVI cuánto más conviene que el pueblo exceda en el valor con preferencia a la
mente, pues «con el estudio se crían melancólicos los ingenios, aman la soledad
y el celibato: todo opuesto a lo que ha menester la República para
multiplicarse y llenar los oficios y puestos y para defenderse y ofender».
Escribió Saavedra opúsculos de menor interés, tales como las Locuras
de un loco y laIntroducción a la política y razón de Estado del Rey
católico Don Fernando, que dejó sin concluir, y forma un curioso
tratado de derecho político, inspirado en la doctrina del estagirita, con la
particularidad de que reconoce la inmanencia del poder en la república.
Por días se acentúa la degeneración de la prosa didáctica, hasta caer en
las manos de Baltasar Gracián (1601-58), que, hijo legitimo del conceptismo, se
lanzó de lleno por la torcida senda, estableciendo que en la literatura no hay
que aplaudir sino la agudeza: ser agudo es el ideal del escritor.
Como Góngora y Ledesma habían personificado la corrupción del gusto
poético, el gracianismo simboliza la decadencia de la prosa. Era Gracián un
jesuita aragonés y penetró en la república de las letras con el tratado El
Héroe (1637), en que indica los medios para la formación de un héroe,
y se expresa en cláusulas secas y cortadas, perdiéndose en laberinto de
sutilezas. Queriendo justificar la innovación, redactó el código de la escuela
en su preceptiva intitulada Agudeza y arte de ingenio (1642),
inspirada en la «Acutezze» de Peregrini. Comienza por un Panegírico al
arte; sigue un discurso sobre la ciencia de la agudeza ilustrada, en
que afirma que producir la agudeza es «empleo de cherubines y elevación de
hombres que nos [333] remontan a extravagantes jerarquías»; continúa
desbarrando acerca de las clases y formas de la agudeza, y multiplica las citas
de oradores «ocultamente elocuentes», estampando desatinos como el de «que con
muchas crisis conglobadas se hace un discurso satírico», y que «doblar el desacierto
es doblar el concepto». Claro se ve que el Arte de agudeza es una retórica
conceptista. Su mayor defecto nace del exclusivismo de escuela, si de escuela
puede blasonar semejante extravío, pues reduciendo todas las facultades
artísticas a una sola, el fruto de la tentativa no podía ser más que la
monstruosidad.
Algunos libros de Gracián se tradujeron al francés, no obstante que el
P. Des Fontaines asegurase no haber encontrado en ellos «un solo raciocinio y
únicamente extravagancias y soberbias necedades».
Por sus obras, recibió Gracián más de una reprensión disciplinaria. Su
afición a la vida social, su culto a la agudeza, nos inducen a juzgarle
espíritu poco profundo y lo confirma la ligereza cometida en Valencia, donde
para atraer público a sus sermones, anunció que leería en el púlpito una carta
recién llegada del Infierno. El censor le obligó a retractarse públicamente de
tan bellaca superchería. Desde entonces, no perdonaba ocasión de deprimir a
Valencia, como atestigua El Criticón.
La sensata rehabilitación de este escritor, motejado sin justicia de
culterano, intentada por el Sr. Menéndez y Pelayo con atenuaciones propias de
su prudencia, ha alentado a críticos superficiales para declamar que Gracián es
un genio, y si no se le entiende, es de profundo. ¿Qué idea tendrán de la
profundidad los que ignoran que la agudeza figura al extremo opuesto entre las
cualidades del pensamiento? Con razón D. Adolfo Bonilla, aludiendo a las
coincidencias entre El Criticón y el Autodidacto de Tufail,
dice «Gracián dista mucho de ser un gran pensador; es tan sólo un desenfrenado,
ingenioso y agudísimo conceptista.»
Si no de mérito científico, sí de curiosidad puede reputarse el Heráclito
y Demócrito de nuestro siglo (1641), [334] diálogos morales que acerca
de la nobleza, la riqueza y las Letras dio a la estampa D. Antonio López de
Vega, literato lisbonense que vivió en España. Discuten los interlocutores si
conviene al filósofo la nobleza y la riqueza y cómo ha de usar de tales
ventajas, y, después de repasar a los críticos, gramáticos, poetas,
jurisconsultos, historiadores, políticos y astrólogos, estudia las disciplinas
que convienen al filósofo, si debe porfiar y si le es lícita la alabanza
propia. No empachado de modestia, alardea de menospreciar al «hueco Crítico o
Erudito de Boato», que «si escriví con cuydado, i con inteligencia, quiçá no
vulgar, de las Materias, Vosotros lo reconoceréis. Verdaderos doctos». En la
Biblioteca Nacional se guarda un ms. del mismo autor titulado Paradojas
racionales, también en forma de diálogo entre un cortesano y un
filósofo. Está fechado en 1655.
En 1728 vieron la luz en Madrid las ridículas Obras históricas,
políticas, philosóphicas y morales, del pobre D. Juan de Zabaleta
(1627-67) ya coleccionadas. Con la mención basta y aun sobra.
No me atrevo a estimar filósofos a los autores de aforismos y máximas,
por no representar sino momentos aislados, a veces irreflexivos, sin que la
profundidad de algunos pensamientos los eleve sobre el nivel de un humorismo
filosófico. Figura en este número Antonio Pérez, el ex-secretario de Estado,
cuyos Aforismos (1603) contienen frases ingeniosas revueltas
con perogrulladas, cual la de «El amor iguala a todos los estados» o «El amor,
enemigo de ceremonias». A imitación de Pérez, el extremeño D. Juan Blázquez
Mayoralgo llenó de sentencias, también de desigual mérito, su Perfecta
razón de Estado (Méjico, 1646).
Triste resumen de un siglo estéril para la filosofía. [335]
Capítulo XVI
El siglo XVIII
§ I
Degeneración de la filosofía
Predominio de la escolástica. –Recrudecimiento del sensualismo. –Últimos
místicos. –Novedades exóticas. –Decadencia de la cultura general española.
–Atraso de la enseñanza y de la mentalidad nacional. –Esfuerzos meritorios de
algunos sabios. –Cátedras libres de ciencias puras. –Atraso general.
Malos vientos corrían en España durante el siglo XVII para la filosofía,
nunca más ancilla Theologiae que durante esa larga noche de la
conciencia, no arrebolada por matinales esperanzas sino al final de la
centuria. Ningún pensador original hasta D. Javier Pérez y López, que trasladó
con audacia de la psicología a la ontología el entimema cartesiano. Las órdenes
religiosas continuaban rumiando el escolasticismo. Los franciscanos en la
variedad escotista, los dominicos en la ortodoxia tomista y los ignacianos en
la modificación suarista. Algunos jesuitas se lanzaron en brazos del
sensualismo, que no acierto a comprender cómo podían compaginar con la doctrina
cristiana, pues todo sistema que arranque de los sentidos, considerados única
fuente de conocer, impulsa fatalmente al materialismo en psicología y en
ontología al ateísmo. Entretanto, el oleaje cartesiano y gassendista [336]
golpeaba contra las cimas del Pirineo y de sus salpicaduras se aprovechaba
Feyjóo.
El misticismo, ya caduco, anulado por el predominio de escolásticos y
sensualistas, lanza sus resplandores de ocaso con dos figuras: una grandiosa,
otra caricaturesca con la horrible mueca de la tragedia obscura. La primera, la
celeste Sor Gregoria Parra, poetisa mística, superior a la excelsa Doña
Constanza Ossorío, y cuyos versos tanto aventaban a los atribuidos a Santa
Teresa, de los cuales se puede afirmar que valen bien poco, pero no asegurar
que sean suyos. La segunda, la desdichada Dolores López, la beata ciega,
prototipo de la mística vulgar con sus groseras degeneraciones sensuales.
Acusada ante la Inquisición de que «ponía huevos», sufrió un largo proceso, y
sus carnes, abrasadas en la hoguera, dieron testimonio del espíritu de los
tiempos.
El siglo XVIII hereda elementos heterogéneos, ninguno de los cuales
posee virtud para el imperio exclusivo. Es uno de esos momentos de transición
en que todo tiene derecho a la vida, todo fermenta, nada desaparece; porque
todo ha de recibir su sanción relativa del ideal que se forma entre la
ebullición de las ideas, y, arrancando de la postración en que halló el
pensamiento al expirar el siglo XVII, lega al XIX un gran número de provechosos
elementos que él no poseyó condiciones para idealizar.
En los albores de la centuria dominan las tendencias cartesianas y las
gassendistas, ya puras, ya combinadas con el aristotelismo, llamadas a derivar
hacia el sensualismo, así como en Francia, partiendo de la lógica del abate
Condillac, se había llegado al materialismo con Garat, Cabanis y demás hombres
de ciencia que completaron la obra condillarista con el aporte de los avances
conseguidos en las ciencias naturales aplicándolos a las varias ramas del
saber. Inútiles los esfuerzos de Voltaire y Rousseau para sostener en la
conciencia nacional el deísmo, siquiera por su necesidad (Il faudrait
l'inventer). Triunfaron Dupuis y el barón de Holbach, más idóneos por
su [337] audaz radicalismo para barrer las reliquias del pasado.
En la segunda mitad del siglo se impone la tendencia crítica, Feyjóo se
considera autoridad en las aulas y asoma el sensualismo, consecuencia del
predominio de la Enciclopedia y el condillarismo.
El tomismo comienza a batirse en retirada, sufriendo deserciones tan
significativas cual la del P. Arteaga, y aquellos pensadores que se inspiran en
Descartes derivan en la dirección de Wolf.
Las más apasionadas controversias de esta época, si bien iniciadas en
anteriores etapas, se libraron en torno de las formas substanciales, o de la
materia prima aristotélica, partiéndose el campo entre atomistas y
antiatomistas, y de la existencia, naturaleza y condiciones del alma de los
brutos. La pugna entre atomistas y escolásticos se ha prolongado hasta nuestros
días, logrando triunfos los primeros al rejuvenecer Juan Dalton una teoría que
parece explicar los hechos fundamentales de la química, más, a mi juicio, que
por su solidez científica, por esa transparencia propia de las aguas poco
profundas. Hoy el tema se ha desplazado del estadio filosófico, en cuya arena
se repetía con estéril ensañamiento la misma argumentación.
Reinaba un absoluto desdén por la lectura; y la mayoría de los libros se
redactaban barajando citas de vetustos escritores. Sempere relata lo que sigue
en su Ensayo de una biblioteca de escritores del tiempo de Carlos III
(Prel. p. 19):
«En 1723 se entregó al Rey un papel en que se le representaba como muy
conveniente que los oficiales de la Biblioteca Real trabajaran dos resúmenes de
los libros que salían a luz, para remitirlos a los diaristas de París y de
Trevoux, con el fin de que por aquel medio se tuviera en Europa alguna noticia
de los progresos de la literatura de España. Pero, remitido este papel a D.
Juan Ferreras, bibliotecario mayor, para que dijera su parecer, respondió que
era inútil esta diligencia, pues que en nuestros libros españoles, los que
constaba haber salido en este siglo por [338] el índice de la Real Biblioteca,
no se hallaba cosa singular ni invención, ni descubrimiento nuevo.»
Don José María Blanco, al trazar desde el extranjero el cuadro de la
educación española, se expresa en estos términos que directamente
traduzco (Let. From Sp.):
«El mismo espíritu que hizo a Galileo retractarse de rodillas de sus
descubrimientos astronómicos, impulsa todavía a los profesores a enseñar
el sistema de Copérnico como una mera hipótesis. Las mismas
escrituras, valiosísimas como son para la información moral de los caracteres,
tocan con frecuencia, incidentalmente, asuntos independientes de su objeto
principal y tratan de la naturaleza y de la sociedad civil, con arreglo a los
conocimientos de un pueblo rudo en época primitiva.
»De aquí la intrusión de los teólogos en todos los ramos del saber
humano, intrusión tolerada por los poderes civiles en una parte de Europa, pero
en ninguna de modo tan depresivo como en España.
»La astronomía tiene que pedir permiso a los inquisidores para ver con
sus propios ojos. La geografía estuvo mucho tiempo obligada a encogerse en
presencia de ellos. El espectro de un fraile persigue al geólogo hasta en las
entrañas de la tierra, y un fraile de carne y hueso acecha los pasos del
filósofo en la superficie. La anatomía es sospechosa y vigilada en cualquier
parte y a cualquier hora que toma el escalpelo, y la medicina tuvo no poco que
sufrir cuando se esforzaba en borrar el uso de la inoculación del catálogo de
los pecados mortales.»
Cadalso se lamentaba de que sus compatriotas no hubiesen recibido una
educación comparable a la que desde un siglo antes daban a sus hijos los demás
pueblos europeos y de que en las Universidades no existiesen cátedras de
Historia, y que la escolástica, depravando el buen sentido natural, redujese a
prurito de sutilezas las cátedras de Teología.
Según Sarmiento, la Historia Natural, que había brillado en el siglo XVI
y tenido en Barcelona y Sevilla [339] museos de la flora americana, era en
España casi desconocida y se hallaba «estancada en la sala hipocrática, siendo
vergonzoso que todas las naciones hubiesen progresado y que sólo los españoles
se estén mano sobre mano confiándose en libros extranjeros»; y se sorprendía de
que en las Universidades apenas se conociesen los nombres de Historia Natural,
Botánica y Agricultura, y de que tales conocimientos no se estudiasen «en parte
alguna de España».
Felizmente en el reinado de Carlos III se inició una débil, pero
laudable reacción en beneficio de las ciencias naturales, con la eficaz
colaboración de profesores extranjeros.
El Marqués de la Ensenada, en su Memorial a Carlos III,
se dolía de que nadie en nuestra nación supiese hacer cartas geográficas.
¡Quién supondría tamaño retroceso en un país donde resplandeció aquella
Casa de Contratación que enseñó Cosmografía a Europa; que adoctrinó con las
obras de sus profesores, traducidas a todas las lenguas cultas, a navegantes y
geógrafos extranjeros, y aún admira a la posteridad con sus maravillas
cartográficas!
La enseñanza oficial de la Ética se reducía a los Elementos de
Jacquetier y Heinecio, hasta que en los días de Carlos IV expidió Caballero una
circular a las Universidades prohibiendo el estudio de la filosofía moral.
Todo el plan de la primera enseñanza, a pesar de los esfuerzos
realizados en los días de Carlos III y de los conatos pestalozianos de Godoy,
se reducía al arte de leer, a escribir y a la iniciación de la Aritmética.
Fuera de esto, la doctrina cristiana y, en las escuelas de lujo, algo de buenas
maneras. Para dedicarse a la enseñanza no se exigía más prueba científica al
candidato que un examen de lectura, escritura y las cuatro reglas. Todos los
demás requisitos se referían al orden moral y religioso; un examen de doctrina
cristiana ante el ordinario eclesiástico, acreditar buena vida, y, sobre todo,
la indispensable [340] limpieza de sangre, no sea que algún extraviado glóbulo
de origen hebreo, indio o arábigo, inutilizase los frutos de su labor escolar. Los
ejercicios habían de censurarse por la Hermandad de San Casiano.
Nada digamos de las maestras, a las cuales se les expedía el título sin
más estudios ni requisitos que el examen de doctrina. Así las educandas no
hallaban en el colegio sino la tácita consagración de su ignorancia, con el
beneplácito y aun satisfacción de los padres de familia, que temblaban de
exponer sus hilas al veneno de la instrucción. No exageró, antes bien quedóse
parco D. Juan Valera al escribir que «en las familias acomodadas y nobles,
cuando eran religiosas y morigeradas, se educaban las niñas para que fuesen muy
hacendosas, muy arregladas y muy señoras de su casa. Aprendían a coser, a
bordar y a hacer calceta; muchas sabían de cocina; no pocas planchaban
perfectamente; pero casi siempre se procuraba que no aprendiesen a escribir, y
apenas si se les enseñaba a leer de corrido el Año Cristiano o
algún otro libro devoto». Todavía en los tiempos de mi juventud he conocido no
exigua copia de señoras, perteneciente a la anterior generación, que no sabían
leer, mayor número que no sabían escribir y muchas, de lucidísima estirpe, que
afirmaban no haber recibido lecciones de escritura por severa prohibición del
paternal desvelo, el cual veía en ese arte graves peligros para el pudor o la
honorabilidad de sus hijas; tristísimo estado de ignorancia de que apenas las
habían redimido esos dos grandes maestros que se llaman la necesidad y el amor.
La segunda enseñanza, no secundaria, que dicen los
modernos galicistas, no existía en el amplio concepto de la pedagogía actual;
mas para transmitir una impresión del carácter de los estudios preparatorios
para el ingreso en las Facultades por aquella época, traduzco un episodio de la
autobiografía de Blanco White (Carta III, pág. 100-2).
«Como Feyjóo me acababa de dar la más clara noción sobre la teoría de la
bomba aspirante y de la relativa gravedad del agua y del aire, nada tan grande
como mi [341] desprecio por aquellos frailes que aun discutían por el antiguo
sistema de las simpatías y las antipatías. Una reprimenda de un profesor de
Lógica por desatención a sus lecciones hizo estallar la mina que, cargada con
las fantasías juveniles, estaba, tiempo hacía, a punto de explotar. Si aquel
fraile me hubiera reprendido a solas, mi habitual timidez habría sellado mis
labios; pero me avergonzó delante de toda la clase, y eso excitó mi
indignación. Me levanté de mi asiento con un coraje que, por lo inusitado en
mí, parecía inspirado, y declaré solemnemente que no estaba dispuesto a seguir
pervirtiendo mi inteligencia con los absurdos que en aquella escuela se
enseñaban. Preguntado con sarcástica sonrisa cuáles eran las doctrinas que
habían incurrido en mí desaprobación, dejé helado al profesor (que no era un
genio) con la teoría de la bomba aspirante en sus relaciones con la cuestión
capital del vacío. Verse así apabullado por un mozalbete, era más de lo que su
humildad profesional podía resistir. Me dijo que gracias a la respetabilidad de
mi familia no me expulsaba en el acto de la clase, declarando que pondría en
conocimiento de mi padre mis impertinencias.»
Es apenas concebible el atraso en que yacía el pueblo español. Las
Universidades habían encauzado los estudios por márgenes tan humildes y
angostas, que nada fecundo logró prosperar entre las mallas del ergotismo y la
pedantería.
Un testigo de mayor excepción, D. Diego de Torres y Villarroel, nacido y
educado en Salamanca, confiesa que durante su carrera no había oído nombrar las
matemáticas. Al hablar del tratado del Padre Clavio acerca de la esfera, dice:
«Creo que fue la primera noticia que había llegado a mis oídos de que había
ciencias matemáticas en el mundo.» Enseñábase aún en Salamanca el sistema de
Ptolomeo y se criticaba el de Copérnico, que excitaba en España «no sólo un
grande aborrecimiento, mas también un gran desprecio, en parte por
religiosidad, en parte por ignorancia». (Feyjóo, Carta XXIII);
habíase estacionado [342] la filosofía en el escolasticismo medioeval,
desconocíase casi en absoluto la apelación de Descartes a la conciencia y la
reacción empírica baconiana, y absurdo veto amenazaba los adelantos de las
ciencias naturales. No sostenía tampoco aquella Universidad, según declaraba en
su Memoria ministerial el marqués de la Ensenada, cátedra de Derecho político,
de Física experimental, de Anatomía ni de Botánica. En fin, cuando el Gobierno
excitó a las Universidades españolas a preocuparse de las ciencias exactas y
físicas, la de Salamanca respondió: «Nada enseña Newton para hacer buenos
lógicos o metafísicos, y Gassendi y Descartes no van tan acordes como Aristóteles
con la verdad revelada.» Tampoco pudo reaccionar la Complutense, reducida su
actividad casi por completo a los estudios humanísticos, así como la salmantina
era preferentemente teológica, aunque de bien añeja y desmedrada teología.
No se abusaba entonces de los exámenes. La reválida, única prueba formal
del aprovechamiento estudiantil, celebrábase de noche, con soberbio aparato de
luces y estallidos de voces que lanzaban sus ergos a rebotar
en las bóvedas, en tanto los graves doctores sonreían beatíficos, suspendidos
entre el sueño y la vela por la sonrosada perspectiva de suculenta cena con que
era costumbre solemnizar el acto.
Bien claro lo expresa D. Francisco Pérez Bayer en su trabajo Por
la libertad de la literatura española, redactado por orden expresa de
Carlos III. En el primer volumen hace constar que las Universidades de Alcalá y
Salamanca eran la causa de su propio decaimiento y de la desilusión o falta de
ánimo de que adolecía la juventud. Toda la ciencia española, que no era mucha,
se hallaba en el Mediodía y en Levante, por lo cual Menéndez y Pelayo rechaza
con razón la tesis sustentada por Feyjóo y por Torres, de que las matemáticas
eran planta exótica en España, y les contesta: «Seríanlo en Oviedo o en
Salamanca, donde ellos, casi profanos, escribían», y prueba cumplidamente que
[343] no lo eran en Andalucía ni en Valencia (Het., I, VI,
69).
El doctísimo D. Juan Lucas Cortés (1624-701) había estudiado los
orígenes de nuestras leyes y escrito luminosos trabajos que Frankenau publicó
en el extranjero, dándose por su autor, con el título de Sacra Themidis
hispanae arcana. Otros llegaban con sabia crítica hasta las raíces del
conocimiento histórico, depurándolo de fábulas, y en Sevilla trabajaba la Sociedad
de Medicina y demás ciencias, establecida en 1697, combatiendo las
rutinas del galenismo y encauzando las ciencias experimentales por la fecunda
vía de la observación. Honraban a España los empeños científicos de Fr. José
Franco (1680-758), académico de mérito de la Historia, autor de luminosísimos
trabajos de gnomónica, de óptica, dióptrica, catóptrica, perspectiva y
astronomía; del genial Mendoza Ríos (1763-816), de quien dijo Hoyos: «Hombres
como éste los producen los siglos de tarde en tarde, y basta uno solo para que
el nombre de un pueblo pase a la posteridad con inmarcesible gloria»; del sabio
D. Antonio de Ulloa (1715-95), que tanto contribuyó a la ejecución de las
operaciones geodésicas y de las observaciones astronómicas de los académicos
franceses en Quito, y estudió profundamente las producciones naturales de la
América austral, adquiriendo los conocimientos que llenan sus dos interesantes
obras, una titulada Noticias americanas y otra Relación
histórica del viaje a la América meridional. Con motivo del eclipse de
Sol de 24 de Junio de 1778 escribió Ulloa El eclipse de Sol con el
anillo refractario de sus rayos, &c. La obra en dos tomos La
Marina y las fuerzas navales de la Europa y del África, acabó de
consolidar su reputación y fue elegido académico de casi todas las Academias
españolas, más la Real de Ciencias de París, la de Berlín, la de Estocolmo y
otras muchas. Su estatua orna el lado derecho de la portada del Ministerio de
Fomento.
No faltaron entidades que, notando las infinitas deficiencias de la
enseñanza oficial, intentaron suplirlas con fundaciones particulares; mas de
tan loables cuanto [344] infecundos ensayos sólo prosperó el esfuerzo de la
Real Sociedad Patriótica de Sevilla, que logró sostener hasta la época de la
catástrofe nacional algunas cátedras libres de materias que no se explicaban en
las Universidades, tales como Literatura, Química y, en general, Ciencias puras
y humanas. Allí hicieron sus primeras armas docentes Lista, Reinoso, Blanco y
otras distinguidas personalidades. Creó también clases de Matemáticas dirigidas
por monsieur Pierre Henog, a quien los fanáticos, coincidiendo con los ponentes
salmantinos que juzgaban las matemáticas cosa del demonio, consiguieron hundir
en una prisión donde adquirió el reumatismo que le abrió las puertas de la
eternidad.
La Sociedad a la vez organizaba conferencias y convocaba certámenes
sobre puntos de Agricultura, Técnica industrial y cuanto podía interesar a la
prosperidad del país. Publicaba sus Memorias, donde admitía la colaboración de
especialistas de toda España, y desde las más apartadas regiones de la
Península acudían escritores a disputarse los codiciados premios de sus
concursos.
También la gloriosa Real Sociedad de Medicina y Ciencias de la misma
ciudad pugnaba con desesperado empeño dilatar la afición a las ciencias físicas
y naturales, ¿y quién lo diría? un sabio canonista sevillano, D. Benito Navarro
y Abel de Beas (1729-80), daba a la estampaFísica eléctrica o compendio en
que se explican los maravillosos fenómenos de la virtud eléctrica de los
cuerpos (Madrid, 1753), notable tratado que, sólo precedido de alguna
traducción o pasaje aislado, es el primero original, completo y metódico de
electricidad publicado en España. Declara el P. Jerónimo Benavente que Navarro
«manifiesta fundadamente sólido conocimiento para discurrir, adquirido con
propias y ajenas experiencias, y, efectivamente, discurre con grande ingenio y
prudente verosimilitud». Carracido elogia la historia tan completa que Navarro
traza de la electrología en este primer tratado de electroterapia impreso en
nuestro idioma. [345]
La marcha de la ciencia en el mundo nos dejaba muy atrás. El mismo
florecimiento intelectual de tipo europeo que honra la etapa de Carlos III
vivió ce que vivent les roses por carecer de sólidos
cimientos, por no haber granado como fruto de proceso biológico, sino brotado
de repente por la buena voluntad de hombres superiores, a favor de
circunstancias históricas que, una vez desaparecidas, arrastraron consigo el
artificio de la bien intencionada improvisación. Planta sin raíces ni terreno
abonado, no podía medrar, faltando la incesante solicitud del jardinero, en la
hostilidad del medio natural.
Así expira la centuria, compartiéndose el imperio el tomismo, dictador
en las aulas, y el materialismo, triunfante en los espíritus descontentos de la
tradición, hollando ambos el sepulcro de la idealidad platónica.
§ II
Escuela llamada crítica
Sentido crítico. – El P. Benito Feyjóo. –Carácter de sus escritos. –Sus
obras. –Sus adversarios. –Opiniones de Menéndez y Pelayo y de D. Adolfo de
Castro. –El P. Almeida.
Llámase escuela crítica, por llamarla de algún modo, la falange de
hombres inteligentes que, atento el oído al movimiento cultural exótico, del
cual apenas llegaban vagos rumores a la península, se hicieron eco de las
innovaciones científicas y del espíritu liberal procedente de Francia.
Más por su talento crítico que por sus escasas condiciones literarias,
el benedictino Benito Jerónimo Feyjóo (1676-764) ejerció positiva influencia,
si no en el estilo, en [346] el pensamiento de sus contemporáneos. Su
perspicacia comprendió el abismo que nos separaba del resto de Europa. Como
dice oportunamente Ticknor, «no era un genio ni capaz de inventar nada»; pero
era un hombre estudioso, de buen sentido, honradamente patriota, y sintió dolor
inmenso al notar el aislamiento de España y la ignorancia en que yacía nuestro
pueblo con relación al adelanto de los demás países. El generoso intento de
sacudir la pereza intelectual española, que tal será siempre el mérito de
Feyjóo, se tradujo en el Teatro crítico,reunión de disertaciones
sobre puntos importantes de la filosofía y del estado social en las cuales
predomina el pensamiento de los naturalistas. Feyjóo se presenta con sentido
crítico, casi adoptando la actitud de un Bacon español, dispuesto a romper lanzas
con la dialéctica y la cosmología de las escuelas y a ahuyentar las absurdas
creencias o prejuicios que bullían en los cerebros de sus compatriotas. La
natural reacción contra toda iniciativa, motivó la publicación de muchos
trabajos contra la obra del P. Feyjóo. Al núcleo protestante pertenece el Antiteatro
crítico, de Salvador José Mañer, «en que se impugnan 26 discursos y se
le notan 70 descuidos». Más adelante, en 1731, el mismo autor, que sólo había
impugnado los dos primeros tomos, se emplea en el tercero, señalando «998
errores, que podrían contarse por las márgenes».
El 1739 suspendió el P. Feyjóo la publicación del Teatro, cuando
ya llevaba ocho tomos, y emprendió la de las Cartas eruditas, estudios
de orden análogo al Teatro, pero más de carácter práctico por
referirse con predilección a la moral y a los temas religiosos. La serie
de Cartas se cerró en 1760 con el quinto volumen.
Feyjóo sería una figura simpática aunque fuera sólo por la libertad e
intrepidez con que atacó las preocupaciones reinantes en aquel tiempo de
postración y servilismo. No importa que las obras del benedictino hayan perdido
su valor en nuestro siglo por los adelantos científicos modernos, ni que
cometiese inexactitudes, ni que calcase los [347] diccionarios franceses, ni
que su estilo descuidado pueda justificar la frase de «que se le debiera erigir
una estatua y quemar ante ella todos sus libros». Al fin y al cabo, gran
didáctico es el que destierra supersticiones y fomenta el amor a la ciencia.
Feyjóo, en efecto, contribuyó como pocos a la saludable regeneración que se
notó en los tiempos de Carlos III, y eso que no edificó nada en sustitución de
lo que demolía. Su crítica, nada profunda, taló la maleza sin arrancar las
raíces.
Ignoro en qué pudo apoyarse, sino en su apasionamiento vivista, Menéndez
y Pelayo, para enlazar la crítica de Feyjóo, experimentalista, con la de Vives,
impregnado del clasicismo helénico. Feyjóo nada supo de la antigüedad y se
inspiró siempre en la Enciclopedia francesa y en el Diccionario de Bayle. Su
falta de profundidad y de severo criterio filosófico, le tuvo en perpetua
indecisión, y no obstante su predilección por Bacon y Newton, ni se decidió por
la escolástica, declarándose «bien hallado con las formas aristotélicas», ni
por los innovadores, sin perjuicio de oponer a la primera su acerba crítica del
ergotismo y a la segunda su inquebrantable afirmación ortodoxa.
D. Adolfo de Castro opina que Feyjóo «no merece el nombre de filósofo.
No hay un pensamiento original digno de su memoria, no hay una sentencia que
merezca respeto». No combatió errores de sabios, sino preocupaciones vulgares.
De todas suertes, su sentido práctico desembarazó de cuestiones lógicas
inútiles y buscó los fundamentos metafísicos en las ideas religiosas. Y no sólo
se propuso «depurar la hermosura de la religión» y alardeó de católico; llegó
hasta escribir contra los hebreos, como un antisemita; a combatir a los
protestantes, a los materialistas; no hallaba en Rousseau más que «continua
sofistería, paradojismo anheloso de notoriedad», y tributaba ferviente
adoración a la Virgen María, fundando en su amoroso patrocinio la esperanza de
la eterna felicidad.
Misión análoga a la de Feyjóo, cumplió en Portugal el P. Teodoro Almeida
(1722-803), del Oratorio de S. Felipe [348] Neri, cuya influencia, se dejó
intensamente sentir en toda la península, merced a las repetidas traducciones
de sus obras. Las Cartas físico-matemáticas de Teodoro a Eugenio, forman
un tratado de Física, con algo al final de Cosmología y descripción de algunos
aparatos especiales, todo enderezado a la divulgación de las ciencias físicas.
Al mismo fin dirige su Recreación filosófica o Diálogos de Filosofía
natural. No confiesa con sinceridad su dirección mental y, como
Feyjóo, alardea de ortodoxia y, aunque en el preliminar escribe: «No he de
ceñirme a escuela alguna, ni he de seguir ciegamente a autor alguno
determinado, sino lo que sinceramente comprendiese que se acerca más a la
verdad», en el compendio de Historia de la Filosofía que precede a las
Recreaciones, se nota el desvío de la escolástica, y tanto en el título Filosofía
natural, cuanto en la índole de las materias, su predilección al
empirismo. En efecto, comienza exponiendo los conceptos de materia, forma,
gravedad y peso; estudia los elementos, los sentidos, la fisiología de los
brutos (el alma de éstos es pura materia), las plantas, astronomía y geografía
físicas; sigue una Introducción a la filosofía racional (lógica, patología del
entendimiento y dialéctica) y sólo en el último y menos voluminoso de los tomos
aborda la metafísica sin tocar más que algunos puntos. Es, como el español, un
pensador práctico o un filósofo con la menor levadura posible de filosofía.
§ III
Los sensualistas
Introducción del sensualismo francés e inglés. –Empeño en armonizarlo
con la ortodoxia. –Verney. –El P. Monteiro. –El P. Eximeno. –El P. Andrés. –El
P. Nájera. –Avendaño. –López de Zapata. –Pereira. –Campos. –El P. Alea. –El P.
Ignacio Rodríguez. –El P. José Rodríguez. –El P. Tosca. –Andrés de Santa Cruz.
Como el espíritu humano no podía ya descansar sobre el artificio
escolástico y los sistemas idealistas se habían oscurecido en España, la
inquietud investigadora acogió sedienta el sensualismo inglés y francés, cuyas
doctrinas prendieron con tal vigor que, sin reparar su índole materialista y
atea, la aceptaron eclesiásticos de todas las órdenes y personas religiosas que
juzgaban, sin duda de buena fe, cohonestar la profesión de doctrinas
irreligiosas con alardes de ortodoxia y aparente respeto a la revelación. La
sinceridad que presidiera a sus declaraciones materia es que, oculta en el
interior de la conciencia, no permite ajena inspección.
Dos traducciones de la Lógica de Condillac aparecieron
al final del siglo: una literal en 1784, debida a D. Bernardo María Calzada,
procesado por la Inquisición; otra puesta en diálogos y seguida de un apéndice
sobre la crítica de los conocimientos, por D. Valentín Foronda, en 1794.
En la difusión del sensualismo por España, influyó no poco el portugués
Luis Antonio Verney, que en su Verdadero método de estudiar para ser
útil a la república y a la Iglesia (1760) combate el aristotelismo,
deprime la silogística, rechaza la ontología y los fundamentos de la ética,
refiere las ideas a las sensaciones, presenta la reflexión [350] actuando
únicamente sobre los datos sensibles, forma las ideas relativas por la
comparación de las simples, y las universales por la consideración de cosas
semejantes en conjunto, prescindiendo de las diferencias. «Metafísica
intencional es pura lógica. Metafísica real es pura física, y todo lo demás son
puerilidades».
El jesuita P. Ignacio Monteiro (probablemente portugués, pues con tal
carácter figura en la bibliografía de la orden), motejado por Menéndez Pelayo
de «desertor de todos los campos», desterrado con toda su orden, militó en su
juventud en la falange aristotélica, pasó rápidamente por el atomismo, saltó al
cartesianismo y al fin paró en el experimentalismo. Él creyó de buena fe que su
tránsito por tan varios sistemas le concedía patente de ecléctico y tituló su
libro Philosophia libera seu eclectica (Venecia, 1766). Se
comprende que reivindique la libertad de pensar en las materias no religiosas,
porque nadie usó ni acaso abusó más que él de ese derecho. En el informe
conjunto de ideas que constituyen su Lógica, sigue a los escolásticos y de
pronto propugna las ideas innatas al modo de los platónicos, atribuyendo a los
sentidos la formación de las ideas inferiores y otras a la meditación. Divide
la Filosofía en pneumática, moral y física, clasificación que no comprendo cómo
Menéndez y Pelayo dice «que se aparta de todos los preceptistas», antes bien,
carece de novedad por coincidir poco más o menos con la división tradicional de
las escuelas griegas. Si su lógica reúne en absurda mezcla el experimentalismo
y el innatismo, su moral se inspira en el sensualismo, declarando haber
aceptado teorías de Helvecio, y su física, parte la más recomendable de
su Curso, brinda la sorpresa de no admitir sino en parte la
teoría de Newton sobre la atracción. Sus doctrinas físicas se basan en la
observación, la experimentación y el cálculo. Dos años después, dio a la
publicidad su Principia Philosophica Theologiae atque religionis
naturalis (Venecia, 1778).
El jesuita valenciano Antonio Eximeno y Pujades (1729-808), entusiasta
de Locke y de Condillac, [351] anatematiza el aristotelismo y cae de lleno en
la lógica sensualista que anima su tratado De studiis philosophicis et
mathematicis instituendis (1789), librito de unas 300 paginas, y en
sus Institutiones philosophicae et matematicae (1796), sólo
parcialmente conocida, pues sólo se imprimieron dos volúmenes que comprenden la
dialéctica, la metafísica, la moral y el derecho. No obstante sus aficiones
sensualistas, asienta que el alma humana es substancia, es decir, entidad
subsistente por sí y distinta del cuerpo (II, 1. IV, c. I). Mas no puede evitar
su repugnancia a la metafísica, como se nota en el título del Tractatus
Primus de la Dialéctica: De rebus quas vulgo metaphysicae
vocant.
La idea es para Eximeno una sensación renovada, pues todo acto anímico
va unido a una sensación placentera o desagradable. Ninguna idea, incluyendo la
de Dios (¿Quid a sensibus magis alienum quam Deus? &c.),
procede de otras fuentes que los sentidos. Todas las percepciones permanecen en
la retentiva y se enlazan unas con otras, y con todas las impresiones recibidas
en el cerebro. La actividad del espíritu consiste en comparar, enlazar y ordenar
las sensaciones elevadas a ideas. Comparadas las ideas individuales, el
espíritu abstrae la nota común y extrae las ideas generales. Entiéndase que se
refiere al espíritu humano, pues los animales, aunque juzgan y, por tanto,
piensan, carecen de la facultad de generalizar (Inst.II, 152 Y
sig.), puesto que el alma de los brutos non est entitas absoluta ab
omni materia prima entitative distincta (II, prop. IV)
y caret cognoscitiva (pr. X).
De semejante lógica fácil es comprender la índole de la moral que se
desprende. La voluntad se determina por razón del placer o del dolor actual y,
por eso, los actos humanos tienen por fin la utilidad, pues la vida misma se
nos ofrece como finalidad halagüeña hacia cuyo disfrute conspiran todas las
actividades humanas.
Sigue las huellas de los anteriores el P. Andrés (1740-817), conviniendo
con Condillac en que los sentidos brindan la única fuente de conocimiento y
reduciendo las [352] funciones anímicas a la metamorfosis de la
sensación. Prospectus de Philosophia universae disputatione(1773).
En dos campos opuestos figuró el franciscano Juan de Nájera. Acérrimo
atomista en su primera época, defendió la doctrina en su libro Maignanus
redivivus (Tolosa, 1720), mas, arrepentido de sus opiniones, se
revolvió contra la escuela de Descartes y formuló una completa retractación en
aras de la escolástica con su segundo libro Desengaños filosóficos(Sevilla,
1737). El Maignanus es una disertación fisicoteológica,
dividida en tres partes, una general, otra de disputaciones referentes a la
Eucaristía y dos apologías en que responde a las objeciones del P. Palanco y a
las Dr. Lessaca.
En la palinodia titulada Desengaños filosóficos, nos
dice arrepentido: «La Philosophia de Aristóteles procede satisfaciendo a los
sentidos y al entendimiento... La experiencia también ha convenido que el
estudio de las Escuelas es el que ha permanecido, y que los otros apenas nacen
cuando mueren. Y si los Escolásticos no hicieran algunos imprudentes empeños
por contradecirlos, se hubieran dissipado mas presto... Cierro éste y los otros
Desengaños. Lo que se sabe de Philosophia, es poco; y ello se sabe por el
abstracto systema de las Escuelas»(Desengaño III, p. 105).
Un teólogo atomista, Alexandro de Avendaño, decidido innovador, publicó
los Diálogos philosoficos en defensa del atomismo y respuesta a las
impugnaciones aristotélicas del R. P. M. Francisco Palanco, &c.
(Madrid, 1716), precedido de extenso prólogo o censura, escrito por el Dr.
Diego Matheo Zapata, que, en el párrafo 182, proclama a Platón «príncipe de
nuestra filosofía atomística». En pos del preliminar firmado con el nombre de
Francisco de la Paz, «profesor teólogo» y la respuesta, conversan Aristotélico y
Atomista, dedicando los siete primeros diálogos a refutar las tesis del Sr.
Palanco y los cuatro últimos a vindicar la doctrina maignanista. Vencido, al
fin, Aristotélico se rinde con estas palabras: «No puedo resistirme [353] ya a
vuestras sólidas razones y agudezas; y assí contadme por vno dé los muchos
apassionados, que tiene esta doctrina, infamada quizás por inteligencias
siniestras».
D. Diego Matheo López de Zapata, médico murciano, autor de varios libros
de su facultad, enconado adversario del estagirismo y franco atomista, dio a la
estampa El Ocaso de las formas aristotélicas, cuyo título
excusa de indicar su índole filosófica. De esta obra póstuma sólo vio la luz el
primer tomo. Perseguido por la Inquisición, Zapata, acaso el más serio crítico
del aristotelismo en su época, sufrió prisión en Cuenca y salió a la vergüenza
en solemne auto público de fe.
Podría agregarse a este grupo Luis José Pereira, autor de Teodicea
o religión natural,pequeño libro que podemos referir a 1771, aunque carece
de año de impresión. Nació en Evora, estudió en Leiden y pasa por español a
causa de haber ejercido en Madrid. Se propone en esta obrita defender a los
médicos de la nota de materialismo, procediendo, después de justificar la
legitimidad del acceso de los médicos a la filosofía, a establecer
definiciones, postulados y 43 proposiciones, infiriendo la idea de la espiritualidad
de Dios, la inmortalidad del alma humana y la esencia del derecho natural,
cuyos preceptos obligan a todos. Trata de elevarse desde el conocimiento de la
anatomía al de la causa primaria. La inteligencia activa, la eternidad de la
materia y la esencialidad del movimiento y cuanto transcienda a idealismo debe
ser rechazado por Pereira, para el cual no existe más que un elemento lógico,
los sentidos, y uno biológico, la Providencia.
Ramón Campos, nacido en Burriana y fallecido en 1808, publicó Sistema
de Lógica(Madrid, 1790) y, ya en el siglo XIX, El Don de la palabra (1804),
inspirados en el escolasticismo nominalista. Una de las curiosidades de la
doctrina de Campos, explanada en su libro, consiste en reducir las facultades
intelectuales a la imaginación y la memoria y en sostener que la abstracción no
es función del entendimiento, sino del lenguaje articulado, de suerte que no
[354] hay medio de infundir ideas abstractas a los sordomudos de nacimiento.
Coincide en el fondo de la doctrina con la tesis del tradicionalista Bonald:
«L'homme pense sa parole avant de penser sa pensée.»
El P. José Miguel Alea, también sensualista, rebatió, no obstante, la
exageración de Campos en artículos que publicó en Variedades de
Ciencias, Literatura y Arte y recogió luego al final de sus Lecciones
analíticas destinadas a los sordomudos (1807).
Hollando en el sendero abierto por Alonso de Fuentes y seguido por
Sabuco, Huarte y Pujasol, el P. Ignacio Rodríguez (1763-808), de las Escuelas
Pías, dio a la estampa su tratadito, poco más de 300 páginas in 4.°,
titulado Filosófico discernimiento de ingenios para artes y ciencias (1785).
En los veinte artículos de que consta este libro, estudia la etimología y
significación de la palabra ingenio; la conformidad del ingenio con la
naturaleza; las clases de ingenio y el modo de descubrirlo; las diferencias por
razón de naciones, edades y otros accidentes; el ingenio que funda la Poesía,
la Oratoria, la Jurisprudencia, la Medicina y la Milicia, y los medios de
conservar el ingenio. No hay novedad en los temas dilucidados por sus
antecesores, a los cuales sigue también en el criterio sensualista. «Que el
ingenio y despejo del alma se rastree por el temperamento del cuerpo a ninguno
debe causar maravilla si considera que aun los dotes morales del alma, que son
más ocultos, se conocen a veces por las señales corporales, por la fisonomía y
por el ademán.» La sumisión de la psiquis a la fisiología, se declara sin
ambages: «Quatro condiciones pienso yo que deben acompañar a la substancia
interior de la cabeza: 1ª Buena organización y contextura. 2ª Unión de partes.
3ª Que ni el calor sobrepuje a la frialdad, ni la humedad a la sequedad. 4ª Que
conste de partes sutiles y delicadas. A estas quatro calidades podemos añadir
como la principal, que su substancia sea en bastante porción.»
Si en el fondo nada añade, su estilo fluye con más elegancia que el de
Huarte y, aunque no escatima las citas [355] clásicas, a fuer de distinguido
humanista y traductor de las Instituciones oratorias de Quintiliano (1799) en
colaboración con el P. Sandier, no las acumula con la pesadez y presunción de
su modelo.
Más que filósofo puede llamarse apologista, aunque decidido prosélito
del método experimental, el cisterciense P. José Rodríguez, pues su Philoteo (1776)
se propone demostrar la forma y finalidad de la creación, inferidas de la
naturaleza. No se muestra intransigente. Salvando el dogma de la creación, que
«era lo necesario y por eso está claro en las Sagradas Letras», el hombre puede
lícitamente investigarlo todo y discutirlo según sus luces. Las pruebas físicas
que se alegan en el diálogo, que tal es la forma socrática del Philoteo, entre
los dos católicos y los dos librepensadores, pudieron tener algún valor en su
tiempo; hoy ya no convencen a nadie. Al modo de los experimentalistas coetáneos
suyos, se desposa con la revelación y este mismo soplo anima la Palestra
crítico-médica y el Nuevo aspecto de teología moral,mas
embiste contra Newton y Fontenelle, sobre todo contra la teoría de la
pluralidad de mundos habitados.
Atomista moderado y ecléctico, el P. Tomás Vicente Tosca, del oratorio
de San Felipe Neri, distribuye los cinco tomos de su Compendium
Philosophicum (Valencia, 1721) en forma semiaristotélica. En primer
lugar estudia la Lógica, sive Philosophia rationalis y siguen
los tratados De Metaphysica intentiotiali, donde estudia el
Ente y sus cualidades; De Physica generali et commanioribus Corporis
naturalis affecfionibus; los tratados cosmológicos, o sea los
relativos alMundo, Cielo y Cuerpos celestes; el De Elementis,
ac Mixtis, quae ex ipsis componuntur; los de losMeteoros, fósiles,
minerales y plantas; el de los animales, sive de robas vita et
sensu praeditis, y termina con el de Metaphysica reali que
comprende el estudio del alma humana, los ángeles, los demonios y Dios. Aunque
parezca extraño, dada su condición eclesiástica, propugna la doctrina
atomística por la imposibilidad de subdividir hasta [356] lo infinito, frágil
argumento, ya esgrimido en De rerum natura, pues la
imposibilidad del procedimiento para el hombre, ser finito, no supone su
imposibilidad para la Naturaleza infinita. En el debate acerca del alma de los
brutos, considera la forma brutorum material, perecedera y sin
facultad de conocer (V, 10 y sig.). Por más que se busquen atenuantes, si no
por declaración de la Iglesia, al menos por exigencia de la lógica, el atomismo
será siempre hijuela de la filosofía materialista.
Palpable ejemplo de los extremos a que arrastra el prurito de conciliar
ciertas doctrinas científicas con el sentimiento religioso, nos ofrece D.
Andrés de Santa Cruz, natural de Guadalajara. Pasó este pensador la mayor parte
de su vida en el Extranjero; fue preceptor de los hijos de un príncipe alemán
hasta 1790 y se instaló en París durante los tormentosos días de la revolución.
Cuando Robespierre intentó poner dique al imperante ateísmo con aquellas
palabras «No hay más Dios que el Ser Supremo; su templo, el universo; su culto,
la virtud», fundó Santa Cruz la Sociedad de Theofilántropos, entre cuyos socios
figuraron personalidades tan señaladas como Bernardino de Saint Pierre. No
obstante la mofa de la prensa, la comunidad reclutó prosélitos en el Norte de
Francia y llevó próspera existencia hasta que la división de sus miembros la
escindió en dos grupos: uno, fiel al deísmo idealista; otro, que exigió un
culto e inventó una liturgia, afirmando la vida futura en este lema colocado en
su templo: «La muerte es el principio de la inmortalidad». Esta nueva iglesia
brindó refugio a los tímidos contra el desconsuelo ateísta. El movimiento de
reacción política perjudicó a la comunidad, pues si se respetó su derecho a la
vida, se le prohibió congregar, cual antes, a los adeptos en edificios
nacionales. Santa Cruz regresó a España, presentándose en Bilbao derrotado y
famélico sin más bagaje que una maleta con dos o tres ejemplares de su
obra Le culte de l'humanité, impresa el año V de la República.
Es un libro de poco volumen, inspirado en las [357] doctrinas del Barón de
Holbach. El catolicismo, dice Santa Cruz, está ya gastado, se ha convertido en
enemigo de la libertad humana y las pocas ideas útiles que propaga se
desprestigian al encerrarlas en símbolos incomprensibles. Para la felicidad de
los hombres, basta la moral universal. La ley natural puede suplir con ventaja
a la religión. Esta crea egoístas y la tolerancia es, sin duda, la mayor de las
virtudes.
Cuando sólo se admite el conocimiento experimental sensible, hay que
rechazar todo lo que no cae bajo la jurisdicción de los sentidos, se impone la
concepción materialista, y las ideas, el espíritu, Dios, se desvanecen como el
humo en los horizontes de la conciencia.
§ IV
Los escolásticos
Estancamiento del escolasticismo. –Céspedes. –Silva. –Valcarce. –El P.
Muñana. –Aguilar. –Rodríguez de Vera. –El P. Lossada. –El Dr. Lessaca. –Araujo.
–Palanco. –El P. Ceballos. –El P. González de la Peña. –Fray José de S. Pedro
Alcántara.
La filosofía de las Escuelas, agotado ya su propio contenido, no
progresa en relación al siglo XVII. Continúan los franciscanos sosteniendo el
matiz escotista, los dominicos el tomismo, los jesuitas el suarismo, pero nada
adelanta ni varía en los escolásticos puros.
Las figuras de mayor relieve son los polemistas, es decir, que en este
período todo el esplendor de la filosofía tradicional se reduce a una
pirotecnia de ingenio.
Distínguese entre los suaristas de esta etapa Pedro de [358] Céspedes
(1682-762), de aristocrática estirpe hispalense. Profesó en la Compañía,
presidió el Colegio de Teólogos de la Concepción y escribió su Curso de
Filosofía, que dictó después a sus discípulos de Granada. Alcanzó tan
sólida cuanto extensa reputación que, dice Matute, «eran apreciados de todos
los sabios los trabajos que dictaba y aun los maestros de diversas
Universidades mandaban a toda costa les copiasen los discursos del P.
Céspedes».
De ilustre alcurnia el jesuita José Fernando de Silva (1750-829), que
ingresó de novicio a los quince años y llegó a los más elevados puestos en su
orden, dejó entre sus innumerables producciones, escritas ora en latín, ora en
italiano, pues en los días de la expulsión se imprimieron en Italia, relativas
a teología, historia y aritmética, una sobre filosofía física en dos tomos, aún
no impresa, titulada: Adversaria philosophica, desenvolviendo,
con arreglo a los conocimientos de la época, los conceptos vulgares acerca de
la electricidad y las causas de los terremotos.
No me explico, salvo la natural y juvenil exageración de pasajero
sectarismo, que el Maestro D. Marcelino lamentase cual «pérdida grande de
nuestra ciencia» la interrupción, después de impreso el cuarto tomo, de
los Desengaños filosóficos del deán D. Vicente Fernández
Valcarce. La literatura al menos, no perdió gran cosa, porque el buen capitular
escribía con menos elegancia que corrección y eso que no despuntaba por esta
última cualidad. Ni podía siquiera lucir erudición ni humanidades, aunque no
economiza las citas latinas. Estima que la pluralidad de mundos habitados «no
amplifica ni sublima las ideas de la divinidad» y asienta que «la población
planetaria no se compone bien con lo que nos enseña la religión acerca del fin
del mundo» (II, d. IV, c. V). Establece muy curiosas razones para demostrar el
poder del demonio y asegura que «los que dudan de estas verdades no proceden
con sinceridad ni con piedad» (d. V, c. IV).
Tomista, como buen dominico, el eruditísimo y excelente orador D. José
de Muñana (1669-721) dejó un [359] elegante apologético titulado Dignitas
Philosophiae accla mata et vindicata (Sevilla, 1702), pero su
actividad mental recayó con preferencia sobre las investigaciones históricas.
José Aguilar, a quien por la fecha y algunas indicaciones supongo
tomista, imprimióCursus Philosophicus (Sevilla, por Francisco de
Blas, 1701). Tres volúmenes.
D. José Rodríguez de Vera, fallecido en 1800, «Preceptor de Filosofía en
el patrio Liceo hispalense», según dice en el subtítulo de su obra, y ejemplar
presbítero, se dedicó a la enseñanza de la Filosofía «en que tiene crédito de
muy hábil», según reza una nota enviada al palacio arzobispal.
Publicó para auxiliar sus explicaciones de cátedra Institutiones
logicae ex philosophorum tum veterum tum recentiorum scriptio (Hispali,
1788, 2ª ed., id., 1789).
Distínguese entre los aristotélicos decadentes el suarista asturiano
Luis de Lossada (1681-748), S. J., no por su originalidad relativa, pues en
nada disintió de las Escuelas, sino por la preferencia, insólita entre los
escolásticos, concedida a los avances de las ciencias físicas en su tiempo, mas
respetando siempre la cosmología aristotélica. Sus Institutiones
Dialecticae (1721) y su Cursus Philosophicus (1724-30-5),
merecieron elogios de Feyjóo, y dos de sus Cartas, firmadas
con seudónimo, en defensa de los PP. bolandistas, fueron recogidas por la
Inquisición.
No abandonaron los aristotélicos su puesto en el torneo empeñado entre
atomistas y antiatomistas, de que hablé en el articulo anterior; antes bien,
ganoso de romper una lanza, contestó a Avendaño el médico y catedrático de la
Universidad de Alcalá D. Juan Martín de Lessaca con el Colirio
filosófico-aristotélico y el libro titulado Formas ilustradas
a la luz de la razón, con que responde a los diálogos de D. Alexandro Avendaño
y a la censura del Doctor Don Diego Matheo Zapata (Madrid, 1717),
donde combate el atomismo y patentiza la inconsecuencia de Martín Martínez y
sus amigos, admitiendo dos cosmologías contradictorias: la aristotélica,
completada por los [360] escolásticos, y la atomística. Lástima que la pesadez
del estilo convierta en fatigosa su lectura.
Sujeto a la ortodoxia tomista, imprimió en Madrid su Cursus
Philosophicus el minorita Francisco Palanco (1657-720), electo
«Episcopo iaccensi», encabezando el libro con ferviente dedicatoria al Doctor
Angélico. Tanto en este libro como en el complementario Dialogus
Physico-Theologicus (Madrid, 1714), se nota el propósito de combatir
las ideas cartesianas y gasendistas que tímidamente comenzaban a introducirse
en España.
Armado de la dialéctica escolástica, se colocó en situación de «Thomista
contra atheistas» y provocó la vigorosa respuesta del minorita francés Jean
Saguens, que impugnó la tesis de Palanco en su Athomismus demonstratus
et vindicatus ab impugnationibus philosophico-theologicis, y otra
firmada por el «Profesor Theologo Don Francisco de la Paz» y fechada en Málaga
a 14 de Agosto de 1741. Palanco contestó con más acrimonia que razones y quedó
vencido por el malagueño.
Al mismo grupo antiatomista se afilió el Dr. Bernardo López de Araujo y
Azcárraga, autor de Centinela médico-aristotélica contra escépticos (Madrid,
1725). Llama «centinela» a la obra, porque, como médico, sojuzgaba obligado a
descubrir en los libros su utilidad o inutilidad o el daño que pudieran
ocasionar. Dedica las mayores censuras al pirronismo y defiende la indefendible
enseñanza que entonces se daba en las escuelas españolas. Martínez y Feyjóo
respondieron con sendas refutaciones.
A la opuesta margen de los adalides de la innovación, se yergue la
interesante figura del sabio monje, natural de Espera (Cádiz), Fray Fernando de
Ceballos (1732-802), poniendo el pecho contra el torrente de los tiempos y
erigiendo con sus solas fuerzas una enciclopedia frente a la enciclopedia de
los pensadores franceses. La Falsa Filosofía es un monumento
notabilísimo, y, sin juzgar su pensamiento filosófico, hay que admirar el
natural talento del autor y su copiosa ciencia, que, como dice D. Federico de Castro,
[361]«es difícil calcular dónde pudo adquirirla en el estado miserable de las
escuelas españolas». Su estilo se desborda vivo, nervioso, y parece vibrar como
la hoja de una espada. Escribió, además, Insanias o las demencias de
los filósofos confundidos por la sabiduría de la Cruz (Madrid, 1878),
especie de compendio en forma epistolar de La Falsa Filosofía; El
juicio final de Voltaire (Sevilla, 1856, 2 tomos); Ascanio o
discurso de un filósofo vuelto a su corazón, y otras sobre temas no
filosóficos o en defensa de sus obras citadas. Comienza el jerónimo andaluz por
indagar en el notable y original Aparato de su Falsa Filosofía el
origen de los librepensadores (protestantes, enciclopedistas, teístas,
&c.), desde la Sagrada Escritura, al través de todas las herejías, hasta su
tiempo, denunciando ante el poder público y la conciencia general las
peligrosas consecuencias de sus teorías que destruyen las virtudes personales y
las familias, porque la filosofía deja de serlo si no contribuye al bien de la
sociedad.
Termina el primer tomo con la idea de Dios y la demostración de su
existencia por cinco pruebas, siendo las principales la idea de la perfección y
la repugnancia ante un proceso hasta lo infinito. Dios es mente y razón del
universo, presente en cuanto vemos, y se diferencia de nosotros en que lo más
noble de nuestra naturaleza es el alma y El es todo alma. «Las cosas humanas,
aunque remotamente, son disposiciones para las divinas».
Desarrolla una teodicea, muy bien trabajada dentro de la escuela del
autor, y en punto a Ética combate las ideas de Espinosa. Exalta la fe sobre la
razón y propugna que la filosofía no basta para hacer a los hombres virtuosos,
pues si puede convencer, no consigue mover la voluntad. Católico antes que
filósofo, persigue un fin práctico.
En concepto de Ceballos, negada la divina Providencia, toda humana
potestad, pública o doméstica, es una quimera por falta de finalidad, y, negada
la libertad del hombre, queda destruido el sujeto de los gobiernos, o sea los
ciudadanos libres. «Creedme, exclama; si Bayle tiene muchos [362] admiradores,
es porque Dios, el rey y la sociedad tienen muchos enemigos» (1.I, c. VI).
Pese al tono agresivo, no carece de respeto a los adversarios. «Si
alguna vez les arguyo como a necios... no niego, por otra parte, las luces
naturales de los mismos cuyos extravíos lamento. No quiero hacer injusticia ni
aun a los injustos. Es Dios quien da los talentos, quien a ellos como a
nosotros los ha concedido, y quien nos pedirá cuenta del uso y del abuso».(Aparato, parte
1ª, c.V.)
El P. Vicente González de la Peña, franciscano, en su Cursus
philosophicus scholasticus,sigue las huellas de Duns Scoto. Divide su
tratado en tres partes: Dialéctica (1736-8), Física (1741) y Psicología y
Metafísica. Nada nuevo.
Otro franciscano, Fray José de S. Pedro de Alcántara Castro, fallecido
en 1792, escribió su Apología de la Theología Escholástica (impresa
en 1797), engendro tan erudito cuanto iliterario, donde se escarnece el
progreso de las ciencias y se llama «cosillas de modernos» (sic) a
bagatelas como el descubrimiento de la circulación sanguínea.
¿Cabe agotamiento mayor de una filosofía?
§ V
Extinción de la Mística
Sor Gregoria. –Jaime Font. –Francisco Avilés. –Antonio Guerrero. –Tomás
Pérez. –Juan Díaz. –El P. Morat. –El P. Flórez. –El P. Risco.
La mística decadente produjo los admirables escritos de Sor Gregoria
Parra, de cuyo análisis prescindo, porque [363] la autora, no presintiendo su
publicación, realizada en homenaje póstumo por el Dr. Torres Villarroel, carece
de esa nota de generalidad indispensable para salvar los límites del
subjetivismo. Su admirable inspiración poética, limpia de afectaciones
retóricas, del conceptismo y culteranismo propios del mal gusto literario de su
tiempo, forma áurea soldadura entre dos siglos (1).
{(1) La precipitación y desfavorables condiciones en que se imprimió
mi Diccionario de Escritores de la provincia de Sevilla, hasta
sin poder corregir las pruebas por mí mismo, motivó el desliz de erratas hijas
del descuido. Aprovecho la ocasión para enmendar un pequeño error cometido en
la biografía de esta religiosa. Nació el 9 de Marzo de 1653, hija de D. Diego
García de la Parra y Dª Antonia de Queynogue, de flamenca oriundez. Tomó el
velo del Carmen en el convento llamado de las Teresas de Sevilla el 1 de Abril
de 1668. Compuso unColoquio en verso, muy celebrado, para la
beatificación de San Juan de la Cruz. Fue sacristana, tornera, y Priora en los
conventos de Puente Don Gonzalo y Sevilla. En el último falleció el 27 de Abril
de 1736. Aunque cronológicamente corresponde a dos siglos, el XVII y el XVIII,
su alma pertenece al XVI, así como su estilo, pues ni en Góngora ni en ninguno
de los grandes romancistas áureos se encuentra nada superior al romance: Celos
me da un pajarillo. La incomprensible resistencia que las comunidades
femeninas oponen al conocimiento público de sus producciones literarias, ha
originado la pérdida de casi todos los escritos de esta celeste religiosa, sin
más excepción que las joyas salvadas por Torres. Lo mismo aconteció con Dª
Constanza Ossorio, pues de sus versiones rimadas de los Salmos, sólo se
conocían las dos publicadas por Serrano, hasta que logré dar con todas e
insertarlas en el referido Diccionario (Tomo III).}
Las ideas expuestas, así en la severidad de la prosa como en la gala del
ritmo, se encienden en el más puro y alto sentido de la filosofía del Carmelo.
La orden agustiniana se ilustró con los siguientes místicos, aunque de
inferior categoría, de que dio amplia noticia su cofrade el P. Monasterio en su
trabajo Místicos agustinos españoles:
El agustino mallorquín Jaime Font Amorós (1657-730) publicó en
1692 Las cuatro vías,obra sacada de un manuscrito del P. Truyols y
prohibida por la Inquisición [364] en 1712. Expone la vía purgativa, consistente
en la penitencia para purificar el alma; la iluminativa,referente
al entendimiento; la unitiva, nacida del amor a Dios, y
la transformativa (luz, calor y actividad), en que «la divina
luz vence las tinieblas del entendimiento humano, y el amor divino (que es
calor) las frialdades del corazón, y da al ánimo tal vehemencia en el obrar,
que no parecen obras de hombres, sino de Dios Nuestro Señor». A tan superior
estado no puede llegarse sino por la fragua de la tribulación, procurando
deshacer las tormentas del alma con la humildad y la confianza en Dios. Dejó
además opúsculos morales e imprimió hagiografías agustinianas.
En 1734 falleció el P. Mtro. Francisco Avilés, de la misma orden, que
había publicado en 1713 el Contraste espiritual en que se dan
reglas claras «para examinar y conocer el aprovechamiento del alma en la
oración». No era hombre literario y así lo confiesa la «Biblioteca
Ibero-Americana de la O. de San Agustín» con estas palabras: «No se distinguía
este religioso por sus escritos». Tampoco ofrece novedad en la mística la
obra Retiro espiritual y sus ejercicios (publicada póstuma el
año 1772), por el vallisoletano P. Antonio Guerrero (†1766) en las postrimerías
de su provincialato. Comprende este libro veinte meditaciones. Imprimió
también Theologia moralis (1733). El Retiro se
divide en parte teórica y parte práctica. Poco antes el P. Tomás Pérez (†1755),
natural de Muchamiel (Alicante), había sacado a luz, después de un libro sobre
las visiones de Sor Beatriz Ana Ruiz, su Disertación dogmático-mística(Valencia,
1753) en estilo culterano, la cual provocó impugnaciones del canónigo D.
Vicente Calatayud, a quien se censuraba. La contestación de Calatayud se
tituló Visura de la Verdad acrisolada.
El P. Juan Díaz en los cinco libros de Educación de la juventud
religiosa (1780) señala las siete gradas de la escala de perfección a
cuyo remate sólo llegan los que rinden sus pasiones «y como el carbón
encendido, más parece fuego que carbón», transforman sus almas por el amor
[365] divino; compendia con fortuna los escritos de otros autores al tratar de
las tres vías, y expone la intensa felicidad de la unión con Dios.
La materia de los cinco tratados referidos se distribuye de esta suerte:
1º, de las excelencias del estado religioso y cómo han de ser probados aquellos
que pretenden ser religiosos antes de ser admitidos; 2º, de la instrucción que
se ha de dar a los que entran en la religión en el año de noviciado; 3º, de la
perfección y de los medios comunes a todos los cristianos para conseguirla; 4º,
de los medios propios del estado religioso para caminar al cielo y de la
facilidad que tiene el religioso para llegar a ser perfecto; 5º, de la oración
mental y vocal, y de los tres grados de perfección. Todos estos decadentes
nadan entre la mística y la ortodoxia, como declara el mismo P. Díaz,
escribiendo: «Mis documentos se ordenan, lector mío, a que sepas agradar a Dios
y aprovechar a tus prójimos; lo que conseguirás sin duda si los recibes con
amor y te aprovechas de ellos. Recíbelos, no como míos, sino como sacados de
los escritos de los Santos.»
Obra de menor importancia la del P. Antonio Morat y Rufet (†1790), por
limitarse a la esfera biográfica, puede citarse El Espíritu de la
perfección evangélica (1788), aunque dejó manuscrito un Cursus
Philosophicus en el Colegio de Valladolid. Los mismos padres Enrique
Flórez (1702-73) y su continuador el P. Risco, o sea Juan
Manuel Martínez Ugarte (1735-801), pueden incluirse entre los místicos, como lo
hace el doctor D. José María Salvador y Barrera en su discurso de ingreso en la
Academia de la Historia, el P. Flórez por su Libro de los libros yCiencia
de los Santos y su Modo práctico de tener oración mental (1754)
y el P. Risco por su Profesión cristiana (1774). donde
indirectamente impugna a los doctores que paliaban los principios de la moral.
Todos estos agustinos representan los últimos moribundos ecos de la
gloriosa mística quinientista. [366]
§ VI
Los eclécticos
Carácter del eclecticismo en el siglo XVIII. –El Dr. Martínez. –Piquer.
–Calatayud. –Forner. – García Ostos. Campo-Raso. –D. Juan B. Muñoz. –El P.
Codorniu. –D. Antonio Xavier Pérez y López: sus obras, su inversión del
entimema cartesiano, su tendencia armónica, su «Discurso sobre la honra y la
deshonra legal.» –Pereira de Castro. –Berni. –Luis de Flandes.
El eclecticismo de esta centuria no busca ahora la conciliación entre el
Liceo triunfante y la Academia, ya desterrada, sino entre los métodos
experimentales y el Peripato, es decir, entre la filosofía presente y oficial
de las Escuelas y la del porvenir que rayaba ya por encima del Pirineo. No
brota más resplandor idealista que el de la filosofía cartesiano-wolfiana,
interpretada con bastante originalidad por Pérez y López, en mi opinión, el
pensador español de más intención científica desde Fox Morcillo hasta el siglo
XIX.
El profesor de anatomía Dr. Martín Martínez (1684-734), siempre
vacilante, atraído por su profesión médica al experimentalismo y no
atreviéndose a romper con la escolástica dominante, en su Philosophia
scéptica (1730), recopilada en diálogos, sostiene que el método
aristotélico merece preferencia para los estudios teológicos, pero luego llama
telarañas a las cuestiones metafísicas, declara incognoscible la esencia de los
cuerpos, y propugna para los estudios de su facultad el método de los
novadores, llamados corpusculares, procurando conciliar la nueva filosofía con
el Peripato. Dedica su obra a la Real Sociedad de Medicina y Ciencias de
Sevilla, confesando que «la Academia [367] Hispalense en sólo el espacio de
seis lustros ha ilustrado más la Physica y Ciencias Naturales, que todas las
demás Escuelas de España en algunos siglos.» (Prólogo.)
Más se acredita de creyente que de filósofo cuando la emprende contra
Descartes, acusándole de que erró el método; pues «dado que convengamos en
dudar de todo por sólo el plazo de su hypothesis; porque los sentidos pueden
engañarse, y las opiniones engañarnos; ¿qué más firme punto, ni qué más
inconcusas verdades, que las de la Fe? La primera verdad infalible que él
encontró fue ésta: Yo pienso, luego yo soy, y después halló en
todos los discursos el tropiezo de las verdades de Fe, que son más infalibles
que la suya; luego tomó el método al revés, debiendo empezar por las summas
verdades de nuestra Religión. Empezó a echar los cimientos por el pensar, debiendo
empezar por el creer, pues la Philosophia no nos puede hacer
Fieles, pero la Fe nos puede hacer Philosophos.» (Diálogo IV.)
El médico D. Andrés Piquer y Arrufat (1711-72) representa el
eclecticismo entre la corriente sensualista y la escolástica, pero eclecticismo
erudito con todos los recursos científicos de la antigüedad y de su tiempo.
Parece una encarnación del bon sens de Boileau aplicado a la
filosofía. Su Lógica moderna o arte de hablar la verdad y perfeccionar
la razón (1757), es en el fondo completamente aristotélica, admitiendo
las innovaciones de la época en orden a la metodología. Reconoce dos elementos
básicos: la sensibilidad, que domina a la razón y hasta prescinde de ella en la
Ética, y la razón, que, en la Física, apenas sirve para generalizar después de
la experimentación. Él mismo confiesa en la Introducción que la Lógica de
Aristóteles es la única y verdadera, y de ella ha «procurado formar el
principal fondo de la suya». Leyendo esto, no comprendo cómo Menéndez Pelayo y
Bonilla, en su febril vivismo, llaman a Piquer «declarado vivista», lo cual no
empece para que Piquer admire y cite con frecuencia a Vives, sin que de eso se
desprenda la realidad del vivismo ni que Piquer sea un secuaz de tan dudoso
sistema. [368]
Y es lo curioso que, arrancando del sensualismo, encomiando la
observación en suDiscurso sobre el mecanismo (1757), se revuelve
contra Locke y dice de su Ensayo que «tan lejos está de pertenecer a la lógica,
que parece haberse escrito contra ella». En el segundo libro de la suya estudia
Piquer las causas más frecuentes de error, recordándonos, sin mención especial,
los ídolos de Bacon, y ensalza el eclecticismo, porque «de atar la filosofía a
un solo sistema filosófico se puede seguir el gravísimo inconveniente de
hacerse empeño de mantenerlo en perjuicio de la verdad».
Repite esta idea en el Prólogo del Discurso sobre la aplicación
de la Philosophia a los asuntos de Religión, porque además de que «la
verdad no está vinculada en un solo Systema Philosophico, podrá assi más
fácilmente combatir los errores de qualquiera Philosophia». Sostiene en esta
larga disertación que ni los Padres, ni los Concilios, ni los Papas necesitaron
de la filosofía, que ningún sistema es simpliciter necesario a
la teología, pero que el eclecticismo es muy acomodable y congruente.
Pese a su entusiasmo por la observación, se me antoja que confunde esta
idea con la de experimentación, pues en el § III de su Prefación a los
Aforismos hipocráticos, llama experimento a «la conformidad de nuestras ideas
sensibles con cosas physicas» y en el V añade: «el uso bien ordenado de la
experiencia, consiste en observar atentamente, en repetir varias veces las
observaciones, en notar las que son generales y particulares, &c.» De
suerte, que la experimentación no es para Piquer una observación provocada,
sino reiterada, y a la primera atribuye muy escaso valor. «Por esta razón en la
Physica las observaciones que se hacen con redomas, instrumentos y máquinas,
son de poquísimo uso, porque aquella operación, que se descubre con la máquina,
o el instrumento, sólo muestra el modo de obrar de la naturaleza con la
aplicación de esas cosas, de modo que lo que entonces se ve, y se observa, no
se cumple en las operaciones, en que tales [369] instrumentos no intervienen.
Por esso quisiera yo, que la juventud se aplicase, assi en las cosas de la
Physica, como de la Medicina, a las observaciones generales y perpetuas, más
que a las particulares. ¿Qué ventajas hemos sacado hasta ahora de las máquinas
del barómetro y thermómetro; ni qué observaciones fixas nos han dado sobre el
modo de obrar de la naturaleza? ¿Qué aumentamientos hemos hecho con los
experimentos de la Chymica? El mismo Roberto Boyle, que tanto trabajó en ésto,
al cabo de muchas pruebas, se vio precisado a confesar que eran muy dudosas
semejantes observaciones, y lo manifestó en su célebre Tratado Chimista
Scepticus. Lo mismo debe decirse de los famosos experimentos de Mr.
Nolet. Tantas observaciones médicas como han escrito Schenchio, Bonet, Riverio
y otros a este modo, sirven muy poco, o nada, porque aquella cosa particular,
que nos comunican en su observación está atada a ciertas circunstancias, que
rarísima o ninguna vez vuelven a juntarse.»
Al estudiar la «cosa divina» que, según Hipócrates, suele mezclarse en
las dolencias, explica el valor del elemento impropiamente llamado espíritu, porque
en la realidad es cuerpo, aunque sutilísimo. En este punto conviene su
descripción con el fluido que los físicos llaman éter; pero añade que los
filósofos antiguos le llamaban alma del mundo. Si se refiere a
la nousplatónica, confunde ambos conceptos, así como al decir que
este espíritu corpóreo es de naturaleza celeste y «que quando el hombre muere,
por lo común se destruye la travazón de este espíritu con las materias
elementales que le dan fomento», trae a la memoria el cuerpo astral de los
teósofos, con los cuales también coincide al repetir aquel concepto de
Sydenham, que al modo que con la vista percibimos al hombre exterior, compuesto
de partes sensibles, así con el entendimiento debemos contemplar un hombre
interior, compuesto de una serie y fábrica de espíritus (spirituum
serie et quasi fabrica), dispuesta con orden para las acciones. (Syd. Dissertat. Epistol. de affect. hister., p.
142.) (Hip. t.I, p. 23.) [370]
En su Filosofía moral para la juventud española (1755),
merece atención el tratado de las pasiones, de las que intenta minuciosa
disección. Protesta a cada paso de su catolicismo, rechaza que otra secta pueda
llamarse verdadera religión de Jesucristo y recomienda a los soberanos que la
católica romana «se guarde en todos sus dominios con inviolable santidad y
pureza», procurando que la juventud aprenda el aristotelismo para que forme la
base de sus conocimientos, antes de estudiar otros sistemas.
Contra las doctrinas de Piquer lanzó Fr. Vicente Calatayud sus Doce
cartas contra el discurso del Dr. Piquer sobre la aplicación de la Filosofía a
los asuntos de religión (1758-9), que por la índole de la
controversia, llamó vivamente la atención. Pertenecía este sacerdote al
oratorio de S. Felipe Neri y había confiado a las prensas sus Dissertationes
theologicae scholastico-dogmaticae,trabado muy metódico, aunque poco
original, muy fácil de consultar por ir seguido de tres índices, uno Ad
propositiones damnatas, otro bíblico y otros de cosas notables.
A la vez anheloso de renovación y acostumbrado al culto de lo antiguo,
el emeritense D. Juan Pablo Forner (1756-97), mediano poeta, crítico sagaz,
infatigable polemista y hombre ilustrado, más prudente que genial,
se mueve, no sin dificultad, entre el respeto a lo pasado y su inclinación
progresiva.
La formación filosófica de Forner fue dirigida por su tío D. Andrés
Piquer y, no sé si por ser cierto o por halagar a Floridablanca, declara haber
compuesto a la edad de veinticuatro años cinco discursos filosóficos, lo cual,
según él, demuestra el progreso de España bajo la tutela de aquel ministro.
Escribió la comedia El Ateísta para combatir el
enciclopedismo. Su ideal es concertar la tradición con los adelantos, pero
resultó antipática la escolástica a su carácter artístico, siempre más literato
que filósofo.
Exequias de la lengua castellana, sátira menipea, firmada con el
pseudónimo Ldo. D. Pablo Ignocausto, con [371] golpes de prosa y verso, se
considera la obra maestra de Forner. Declara éste que el propósito consiste en
«manifestar las fuentes del buen gusto en el uso de la lengua, declarando la
guerra a sus corruptores antiguos y modernos... pues nunca una nación arribará
a poseer las ciencias en su verdadero punto y razón, si sus profesores no
aprenden a pensar y hablar como conviene a cada cosa», idea en que resucita la
fundamental de las Etimologías de San Isidoro. Por lo demás, el empleo del
verbo arribar, no digo que esté del todo mal, pero desprende tufillo francés un
tanto inoportuno, tratándose de propugnar la pureza del idioma.
Del conjunto de sus escritos, y singularmente de las ilustraciones con
que refuerza su frío y desgarbado poema Discursos filosóficos sobre el
hombre, puede inferirse un cierto cuerpo de doctrina. El hombre está
dotado de espíritu y materia. El espíritu es libre y por lo tanto moralmente
responsable.
No puede prescindirse de Dios, por ser éste el fin total de los actos
humanos que, sin Él, carecerían de razón. A semejanza de este orden ontológico,
el hombre es el fin de la creación, mas el hombre ha corrompido su naturaleza y
Dios, para restituirlo a su prístina bondad, ha perfeccionado la ley natural a
que el hombre obedecía con el beneficio de la revelación.
Los brutos poseen alma sensitiva; su imaginación, pantalla donde se
reflejan y combinan las sensaciones, pone en acción los conatos del apetito,
los cuales producen las pasiones; recuerdan, cuando algún fenómeno conexo
renueva en la fantasía la imagen del objeto ya no presente pero les está vedado
por la naturaleza el conocimiento reflexivo.
Al mismo grupo corresponde D. Miguel García Ostos y Algarate, de familia
astigitana, ilustrado e inteligente, que ingresó en la Real Academia de Buenas
Letras el 29 de Octubre de 1790 y leyó un interesante Discurso sobre la
ley natural. [372]
José del Campo Raso en 1756 publicó un cuaderno con el titulo de El
elogio de la Nada dedicado a nadie, obra frívola acerca de la cual D.
Adolfo de Castro escribe: «Es un escrito lleno de excelente filosofía: burla
donairosa y severa, cuanto conveniente en los donaires, todo gala de ingenio,
encubriendo las profundidades de un juicio lleno de ciencia y de desengaños;
es, a mi parecer, una felicísima refutación anticipada del sistema hegeliano,
de ese sistema grave por el énfasis y por lo laberíntico de la manera de
exponer sus conceptos, pero absurdo por sus conceptos mismos, y risible si se
presentase en llano estilo al alcance de todos. El elogio de la Nada es
un presentimiento de la Nada de Hegel; pero describiendo
la Nada dentro de nuestra fe y de la razón verdadera». Si no
lo tuviera ante los ojos, jamás hubiera creído que un hombre del talento de D.
Adolfo fuera capaz de escribir semejante párrafo.
D. Juan Bautista Muñoz (1745-99), persona ilustradísima, publicó De
recto Plilosophiae recentis in theologiae usu (Valencia, 1767),
disertación escrita con motivo de unas oposiciones;De bonis et malis
Peripateticis (Valencia, 1769), y, según el testimonio de Sempere,
dejó comenzadas unas Institutiones Philosophiae que la
«Enciclopedia universal ilustrada» menciona como impresas en Valencia el año
1768, pero confieso que han fracasado todos mis intentos para verla y me
permito dudar de la noticia. Reimprimió la «Lógica» de Verney y colocó su
tratadito De Scriptorum Gentilium lectione, &c., al frente
de la Collectanea moralis Philosophiae.
Muñoz rebatió las doctrinas de la Escuela y profesó un eclecticismo
basado, como el de Vives, y después el del eminente onubense D. José Isidoro
Morales, en el culto a las humanidades, pero no es la filosofía, aunque la
enseñó en la universidad valenciana, su más legítimo título para pasar a la
posteridad.
El jesuita barcelonés Antonio de Codorniu (1699-719), autor de obras de
varia índole, en su Índice de la filosofía moral cristiano-política (2ª
ed., Gerona, 1753), busca la [373] conciliación entre el cristianismo, el
senequismo y el aristotelismo. Para la felicidad personal se le antoja
admirable la firmeza estoica, mas como no vivimos sólo para el egoísmo, sino
que somos solidarios en la vida social, necesitamos la ética del Liceo. Tiene
pasajes muy vivos y elocuentes, los cuales tanta admiración produjeron al autor
de las «Cartas eruditas», que, refiriéndose a los elogios tributados por la
censura de la obra, escribe: «Sobre lo que se debía a la justicia, no sé que
pudiese añadir cosa alguna la adulación» (Carta XXIX). En su libroDolencias
de la crítica, establece con gran serenidad las condiciones necesarias
para ser buen crítico, siendo una de ellas la bondad para «dar de menos a lo
bueno por ir en busca de lo mejor y hacer lo mejor contrario de lo que es
bueno». También combatió el sensualismo portugués en sus Observaciones
sobre el Barbadiño, mostrándose siempre, ya que no gran filósofo,
hombre discreto y razonador.
D. Antonio Xavier Pérez y López (1736-92), a cuya merecida fama acaso ha
perjudicado en el público la vulgaridad de sus apellidos, fue pensador
original, eminente jurisconsulto y hombre de excepcionales méritos, de quien
publicó extensa y admirable biografía el irreemplazable maestro D. Federico de
Castro. Nació en Sevilla; perteneció al claustro universitario; fue Diputado
por la Universidad en la Corte, donde ejerció la abogacía; alcalde Mayor de
Motilla del Palancar, y Académico de la Real Sevillana de Buenas Letras.
Falleció el 17 de Octubre de 1792 en humilde lecho del Hospital general de
Madrid. Escribió: Discurso sobre la honra y la deshonra legal (Madrid,
1781); Teatro de la legislación universal de España e Indias(ídem,
1791), enciclopedia jurídica dispuesta por orden cronológico y alfabético en 28
tomos, «injustamente pospuesta por muchos abogados a otras de mérito y calidad
harto inferiores» (Castro), y Principios del orden esencial de la
Naturaleza (ídem, 1785), obra de profunda filosofía, acerca de la cual
insertó la Revista de Filosofía [374] Literatura y
Ciencias de Sevilla el magistral trabajo de exposición y crítica a que
antes he aludido.
La última obra citada, fundamental de su pensamiento filosófico, como
encaminada a justificar las bases morales, políticas y religiosas de las
sociedades humanas, no emplea la palabra Naturaleza en sentido de mundo
material, sino de essentia rerum. Así, comienza lógicamente
por el concepto general del orden, buscando su ley en el Sumo Ordenador.
Determinado el orden esencial del universo y la inmortalidad del alma,
condición ineludible del mundo moral, cimenta el orden ético en el metafísico del
hombre y aun en el corpóreo. De los principios inmediatos pasa el estudio de
las reglas del orden moral; señala las leyes naturales relativas a la salud, a
la procreación y otras facultades, indicando los derechos, las obligaciones, y
el fin del hombre, asentando sobre tales bases la constitución
jurídico-religiosa de la colectividad humana.
Filósofo de mayor perspicacia que cuantos españoles cultivaron en su
tiempo la reflexión, Pérez y López no sólo se divorcia de la esterilidad
escolástica, sino que descubre el punto vulnerable de los dos sistemas
profesados por los que se reputaban pensadores avanzados de su tiempo. Al mismo
Wolf objeta diciendo: «querer... que nuestra propia perfección sea el último
término y regla de nuestras acciones, es lo mismo que querer explicar las leyes
del movimiento del orbe por el que tiene el cuerpo de cada persona particular y
hacerse cada uno el centro del mundo». Oponiendo su fórmula «soy, luego el ser
es» a la más estrecha de Descartes, dice: «La fuerza de la famosa proposición
cartesiana, «yo pienso, luego soy», consiste en la imposibilidad metafísica de que
la nada piense... Ahora bien; la proposición «yo soy, luego siempre ha habido
un ser» es idéntica en todo, pues repugna que en algún momento de la eternidad
no existiese aquel ente cuya esencia es el ser y la existencia misma». Así
excluye el subjetivismo de la Razón buscando el fundamento de la razón
individual en el Ser absoluto e infinito donde coexisten con la [375] Verdad
absoluta todas las verdades subjetivas, sólo justificables en la Unidad suprema
del Ser y del Conocer.
Trata de conciliar la ciencia con la fe, pues repugna a la razón que
Dios nos dicte dos leyes distintas, una por la naturaleza y otra por la razón.
«El orbe, dice, es el gran código de la ley natural donde están grabados los
fines de Dios y de las cosas creadas». En toda la obra de Pérez y López se deja
sentir la tendencia armónica, la exaltación del principio del orden, es decir,
de la perfección, razón suficiente de cuanto existe.
Menéndez y Pelayo, al tratar del que llama «substancioso libro que en
300 páginas no cabales compendia la filosofía así especulativa como práctica»,
lo califica de libro muy original por la forma (tomando esta palabra forma en
el sentido más alto, esto es, como una singular manera de concebir, encadenar y
exponer la doctrina), que autorizó a su autor para llamarle «Nuevo sistema
filosófico». Y aun cuando le encuentre remotos antecedentes, como a todo
sistema, «tampoco ha de negarse que hizo propia esa concepción armónica
exponiéndola de una manera ceñida y rigurosamente sistemática, con el método
geométrico, que entonces privaba tanto, y con mucha novedad en los pormenores y
en la manera de hilar y deducir unos de otros los razonamientos».
La ciencia es para el autor un hábito del entendimiento en cuya virtud
establece lo que se afirma bajo fundamentos innegables y de modo evidente. Al
reflexionar sobre nosotros mismos, nos convencemos de que hay en nuestro
interior una facultad de formar ideas de las cosas posibles a la que llamamos
entendimiento, pero no es tan fácil conocer hasta dónde se extiende esta
potencia, ni cómo hemos de servirnos de ella para descubrir por nuestras
propias meditaciones verdades antes desconocidas ni para juzgar con exactitud
de las que otros han descubierto; así nuestra primera ocupación debe ser
examinar cuáles son las fuerzas del entendimiento humano y cuál su legitimo
uso. Esta parte de la Filosofía es la llamada Lógica, así como la que [376]
examina la naturaleza común de los seres se denomina Ontología.
Presenta el árbol de la ciencia coronado por la Metafísica y desciende a
las aplicaciones. Con singular agudeza, al tocar la filosofía de lo bello,
rebate la superficial apreciación de que no existe criterio de belleza, y
distingue con claridad el deleite sensual, puramente subjetivo, del agrado
producido por la presencia de lo noblemente hermoso.
En la filosofía sociológica completa el pensamiento de Montesquieu,
excesivamente preocupado de los accidentes físicos e históricos, pero olvidado
del orden natural, elemento básico reintegrado por Pérez y López a la alta y
primordial consideración por su propio valor merecida.
Con menor importancia, por no ser la obra fundamental de Pérez y López,
pero no menos digna de estimación, se nos presenta el Discurso sobre la
honra y la deshonra legal,destinado a mostrar que todos los oficios
necesarios y útiles al Estado merecen honra en las leyes, «según las cuales,
sólo el delito propio disfama». Distingue la honra legal de la natural, cuyo
objeto es la virtud, y estudia el honor debido al sacerdocio; a los héroes; a
los artesanos; a la nobleza, a la cual se llega por gracia soberana, por las
armas o por las letras; a los labradores, industriales y comerciantes por mayor
y menor; a las artes liberales; a los jueces, abogados, procuradores, maestros
y albéitares; a los oficios mecánicos, y expone después las sanciones legales.
Aparte las preocupaciones generales de la época, este libro, que preparó la
pragmática de Carlos III ennoblecedora del trabajo, está muy bien concebido y
ordenadamente desenvuelto el asunto. En realidad Pérez y López es más un
armónico que un ecléctico.
Con menos relieve, pertenecen al grupo ecléctico Miguel Pereira de Castro, autor
delPropugnáculo de
la racionalidad de los brutos (1753); Juan Bautista Berni,
que en 1736 publicó suFilosofía Racional, Natural, Metafísica y Moral, y
el P. Luis de Flandes, que en El antiguo académico[377] contra
el moderno escéptico rígido o moderado (1742-4), intenta una
conciliación entre la escolástica y el Doctor Iluminado. Esta voluminosa obra,
precedida de una apología por la persona y doctrina de Lulio, consta de dos
tomos, dedicado el primero a la defensa de la física pitagórica y especialmente
de la Medicina y el segundo a la defensa general de las ciencias. A rebatir
«este librejo», así lo llama, dedica Feyjóo su extensísima Carta
quarta, que cierra diciendo: «No se pueden poner los ojos en parte
alguna sin encontrar o un pensamiento absurdo o una especie que no viene al
caso o una doctrina siniestramente entendida o una consecuencia mal hilada o
una crítica torcida o una fárfala confusa. ¿Parece a V. md. que un Escrito de
tales circunstancias puede tener por Autor al P. Flandes? Yo no lo creeré jamás».
Antes había dado a la estampa un libro pequeñito, y nada ameno de lectura,
titulado Tratado y resumen del caos luliano (Palma, 1740),
donde estudia la esencia, forma y materia del caos, operaciones intrínsecas y
extrínsecas y demás modalidades para terminar con la afirmación de la
conformidad entre la doctrina luliana y la católica.
§ VII
Filósofos prácticos
La teosofía: Martínez Pascual. –Buendía y Ponce. –Jove-Llanos.
–Cascallana. –Peñalosa. –Juan Francisco de Castro. –El P. Guzmán. –Álvarez de
Toledo. –Hervás. –Arteaga. –Mayans. –O'Conry. –Noriega. –Zambrana.
Los filósofos que, no atreviéndose a enfocar el problema lógico ni el
ontológico, se conforman con aplicar a la [378] práctica los corolarios de una
escuela, sin discutir su fundamento, forman como en la anterior centuria lucida
pléyade de pensadores, en realidad de orden inferior, pero no exentos de mérito
ni menos significativos de la psicología nacional.
El orientalismo, desterrado de la conciencia general desde los postreros
místicos, reaparece en el dominicano (portugués, según otra opinión) Martínez
Pascual, fallecido en Puerto Príncipe el año 1779 y autor del Tratado
de la reintegración de los seres en sus primeras propiedades, virtudes y
potencias espirituales y divinas (París, 1899). Fundó este original
personaje una Logia llamada de la Beneficencia, donde se practicaban estudios
de ocultismo. Su doctrina no ofrece sello especial dentro de las lucubraciones
teosóficas y la parte conocida de su tratado desenvuelve dos puntos
principales, la emanación y el pecado original. A la doctrina cabalística,
unían los adeptos prácticas teúrgicas y medianímicas hasta llegar, si era
factible, a la intuición directa del Verbo.
Entre sus discípulos directos e indirectos, apellidados martinezistas,
philaletas, Grandes Profesos, &c., se contaron hombres tan notables como el
abate Fournié, Claudio Saint Martin el príncipe de Hesse, el conde de
Bernstorf, Cazotte, F. von Baader, H. Stern, el conde de Haute-rive y otros.
Los que sobrevivieron al maestro continuaron la labor propagandista por Francia
y Alemania. En realidad pude haber omitido su nombre, pues ni nació en la
península hispánica ni vivió en ella, ni en España logró discípulos ni influyó
lo más mínimo en la intelectualidad española totalmente realista y ortodoxa.
No osaríamos llamar filósofo al eminente facultativo D. Francisco
Buendía y Ponce (1721-800), siquiera sus numerosos y admirables trabados de
topografía médica, higiene pública, climatología y materia farmacéutica hayan
influido en la mentalidad nacional más que todas las sutilezas escolásticas.
Sin embargo, hay dos entre sus escritos que entran de lleno en la forma moderna
de estudiar la [379] psicología y pudieran estimarse precursores del novísimo
método de Freud: una oración elegantísima acerca de los celos y
otra sobre el origen de los ensueños, impresas ambas en
Sevilla, ciudad natal del autor.
Los sueños pueden ser de tres clases, pero todos nacen de las especies
comunicadas por los sentidos a la imaginación, la cual los percibe de modo
confuso a causa del estado de laxitud en que el reposo sume al organismo. Eso
explica su irregularidad, su variedad y su extravagancia y falta de ilación.
Espíritu radicalmente contrario el de Jovellanos, propendía a construir
sin romper bruscamente los lazos que unían su tiempo a los pasados. D. Gaspar
Melchor de Jove-Llanos (1744-1810) nació en Gijón. Destinado a la Audiencia de
Sevilla, residió en la dicha ciudad durante cinco años y, con gran disgusto
suyo, se le trasladó a Madrid en 1774. En sentidísima epístola exhalaba su
pesar diciendo:
Voime de ti alejando y de tu hermosa
Orilla, ¡oh sacro Betis!, que otras veces
En días ¡ay! más claros y serenos
Eras centro feliz de mis venturas.
. . .
Mas ¡ay!, lejos de ti, Sevilla, lejos
De vosotros, ¡oh amigos!, ¿cómo puede
Ser de mi corazón huésped el gozo?
A la caída de Cabarrús se vio desterrado a Asturias; en 1797 nombrado
ministro de Gracia y Justicia, y poco después encerrado como reo político en el
castillo de Bellver (Mallorca). Jovellanos formó parte de la Junta Central de
Defensa contra Napoleón.
Sin llegar a escritor de primer orden, es Jovellanos una de las más
claras inteligencias de su siglo. Su honradez, su buen sentido, su patriotismo
y su ilustración rodean de simpática aureola el nombre del insigne gijonés.
Jovellanos, en el Tratado teórico-práctico de enseñanza, muestra
sus aficiones a la escuela de Wolf, muy en [380] boga en su tiempo, mas su
cerebro carecía de capacidad metafísica. Coincide con Locke en suponer la essentia
rerum inaccesible a nuestro conocer. Toda la labor de la ontología es
para él inútil y sólo produce «monstruos y quimeras». Nuestra flaca razón, sin
la luz divina de la revelación, nada hubiera alcanzado, ni siquiera las
verdades naturales(Or. in. del Instituto asturiano). Llamó a los
innovadores feroces, blasfemos y malvados; se desató en vituperios contra la
revolución francesa, y calificó a Francia de «nación loca». La soberanía
nacional, base de toda escuela liberal, le parecía «herejía política»; aboga
contra la libertad de pensamiento y de imprenta, y reclama la persecución
«contra las sectas corruptoras». ¡Qué pena produce leer semejantes afirmaciones
firmadas por hombre tan inteligente!
Libro más literario que científico parece Prolusiones
philosophicae (Barcelona, 1756), debido al ingenioso Mateo Aymerich
(1733-99), S. J. Da este escritor excesiva importancia a la amenidad y ornato
del estilo filosófico, cualidad muy estimable para el lector, pero de menor
importancia en la investigación de la verdad. Cree que una sabia libertad
conviene a la docencia filosófica y declara que España sola ha permanecido fiel
a Aristóteles. Todas sus demás obras refiérense a temas lingüísticos o
históricos.
Luis de Cascallana y Míguez, graduado en Filosofía y en Artes por la
Universidad de Sevilla, en cuyos libros consta ser hijo de la misma ciudad,
Doctor en Teología por la misma ilustre Escuela y Honorario de Buenas Letras,
el 8 de Febrero de 1771 leyó y dejó en la dicha Real Academia Disertación
dogmática-política sobre que el Atheismo es más dañoso a la sociedad política y
civil que la superstición gentílica.
Menos feliz en sus empeños, el arcediano de Segovia D. Clemente Peñalosa
suscribió el desdichado engendro rotulado La Monarquía (1793),
queriendo, como quien no dice nada, imitar L'Esprit des lois con
el criterio diametralmente opuesto. [381]
Escaso de talento filosófico, el canónigo D. Juan Francisco de Castro
emprendió la impresión de un libro enciclopédico titulado Dios y la
Naturaleza, compendio histórico, natural y político del Universo (1780
y sig.), del cual «compendio» sacó a la luz diez volúmenes y llevaba trazas de
nunca acabar, pues aun dejó buena parte manuscrita. Abarcó mucho, ciñó poco y
no ofreció novedad alguna en la justificación de las causas finales inferidas
del espectáculo de la creación.
También tiene sus pujos de novador sistemático el Padre Guzmán en
su Diamantino escudo atomístico y, aunque fervoroso creyente,
el poeta místico D. Gabriel Álvarez de Toledo, en su Historia de la
Iglesia y del mundo, a que da carácter filosófico, deja asomar el
influjo de Descartes.
El P. Lorenzo Hervás y Panduro (1735-809), insigne lingüista, publicó un
tratado de antropología titulado Historia de la vida del hombre (1778-80),
desprendido, cual otros varios, de su obra enciclopédica Idea del
Universo (1778-88), donde estudia al hombre como ser físico, la
sociedad, las razas y las lenguas, la constitución y el origen del planeta
terráqueo.
El P. Esteban Arteaga, nacido en 1747 y religioso jesuita, no puede
considerarse filósofo sino en el inferior escaño destinado a los filósofos de
aplicación. Claro lo revela el título de su tratado fundamental Investigaciones
filosóficas sobre la belleza ideal, considerada como objeto de todas las artes
de imitación (Madrid, 1789). Su interés versaba sobre la crítica
literaria y artística, especialmente musical. Tiene su criterio tangibles
analogías con la escuela de Reid, en algún modo precursora del positivismo
inglés. Su repugnancia al estudio de las causas, verdadero, y me atrevería a
decir privativo, objeto de la especulación filosófica, señala una propensión al
empirismo, siquiera no niegue la legitimidad de la investigación metafísica,
aunque confesando su esterilidad hasta la fecha en que escribía, razón que lo
arrastra a declarar irresolubles los temas de la génesis y constitución del
ideal artístico. [382]
Hombre eruditísimo y consumado humanista, D. Gregorio Mayans y Siscar
(1699-781), natural de Oliva, autor de Institutiones Philosophiae
moralis (1777), con ser tan alta mentalidad, carece de importancia
filosófica, aun en concepto de moralista, pues, antes que por investigador de
las primeras causas, se distinguió por acertado crítico y hábil vapuleador de
los pedantes e ignaros redactores de El Diario de los literatos.
D. Felipe Fernando O'Conry (1726-87), uno de los fundadores de la
gloriosa Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, presentó y en sus sesiones
dio lectura del siguiente trabajo: Reflexiones críticas sobre la
historia y origen de la Filosofía (primera y segunda parte).
Entre los cultivadores de la filosofía aplicada, se distinguió D. José
García Noriega, graduado en Cánones por la Universidad de Sevilla, su patria,
el año 1767; abogado de los Reales Consejos, catedrático de la Universidad,
socio de erudición de la R. S. de Medicina y de la Real Academia de Buenas
Letras, que escribió Nueva idea del Derecho Natural (in 8.°,
Sevilla, 1786), fundando el carácter del Derecho en el concepto de la
responsabilidad inherente a la condición humana, pues siendo el hombre racional
y libre, es susceptible de sanción por sus actos.
Una de las personalidades más doctas de Sevilla en el siglo XVIII, D.
Juan Zambrana, como toda la juventud ilustrada de su época, formó parte de la
memorable Academia de Letras Humanas, para cuyas sesiones escribió las
siguientes disertaciones: La ley del Gusto en las Artes, La existencia
de Dios y El estilo sublime y sus vicios. (Las tres
están fechadas en 1797.)
Así, al fragor de los cañones que hundían nuestra escuadra en el cabo de
S. Vicente y nos arrebataban la isla de la Trinidad, al fúnebre rumor de las
vencidas tropas que repasaban el Pirineo, a los ayes de perder Figueras, se
clausuraba esta centuria bajo el débil cetro de Carlos IV, mientras Espinosa en
Holanda y Mallebranche, el Platón cristiano, en Francia, extraían los postreros
corolarios del [383] idealismo cartesiano; Locke en Inglaterra defendía la
libertad religiosa y política, y formulaba la metafísica del empirismo, cuyas
varias manifestaciones debía resumir la Enciclopedia francesa; los escoceses
ensalzaban el sentido común expulsando de la filosofía las ideas
representativas y reduciendo el saber a la fenomenología; Kant en Prusia
aplicaba la piqueta de su demoledora crítica al templo escolástico, y Fichte
lanzaba al público El destino del hombre, preparando con su
idealismo subjetivo esa gloriosa etapa de la filosofía germánica que recuerda
la Atenas de los discípulos de Sócrates. [383]
Capítulo XVII
El siglo de las luces
§ I
Carácter extranjero de la cultura española en el siglo XIX
El sensualismo francés y la Enciclopedia: su influjo. –Sensualismo
mitigado. –El Ateneo y sus vicisitudes. –La enseñanza de la filosofía. –Influjo
de la escuela escocesa y de Hegel. –El eclecticismo cousiniano. –La escuela
teológica. –Escasa difusión del hegelianismo. –El krausismo: su imperio. –La
revolución de 1868. –Rápida decadencia del racionalismo armónico. –Sus
enemigos. –Profanación del busto de Sanz del Rio. –Servicios que prestó el
krausismo a la especulación. –Sus defectos. –La Institución Libre de Enseñanza:
su origen, su primitiva organización: su estructura actual. –El transformismo
en Sevilla, Granada y Santiago. –El positivismo spenceriano y el neokantismo.
–La Escolástica. –La Academia de Santo Tomás. –El neo-escolasticismo. –Carácter
práctico de la filosofía en Cataluña. –La actividad filosófica en Andalucía.
–Precedentes. –La Sociedad Antropológica de Sevilla. –La Revista de Filosofía,
Literatura y Ciencias. –Academia hispalense de Santo Tomás. –La Genuina. –El
Ateneo Hispalense. –La Biblioteca Científico-Literaria. –Revistas científicas
en Sevilla. –Escisión del Ateneo. –El Ateneo y Sociedad de Excursiones. –La
revista «El Ateneo Hispalense». –La Academia de Ciencias y Letras de Cádiz.
–Triunfos del positivismo.
Con trémula mano, escribí años ha y repito ahora, y no sin justa
desconfianza, oso llamar a las puertas del [386] siglo de las luces. Parece
inverosímil, pero aún están pendientes en España los mismos problemas
planteados al inaugurarse la pasada centuria, y aún nuestra vida política,
social y artística se estremece al soplo de las mismas contradictorias ideas
que agitaron la cuna del siglo XIX.
La decadencia del pensamiento filosófico se acentúa en los ominosos días
del comienzo de la agitada centuria y necesidades más apremiantes que la de
filosofar embargan la atención de la conciencia nacional. Mucho contribuyó al
decaimiento la imperfección de la cultura; no poco lo que se ha llamado
caciquismo intelectual; bastante la censura; más la intolerancia, única forma
de fe y creencia en las almas bárbaras, y, sobre todo, en lo extemo, el
estridor del carro de Marte, que recorría la península ibérica, ya al grito de
independencia, ya al clamor de libertad, y la vergonzosa reacción absolutista
con que escribió tan negra página aquel soberano que, más desdichado que Nerón
y Felipe II, no ha logrado en la posteridad la suerte de hallar un solo
historiador capaz de defenderle.
El carácter más positivo de la filosofía española durante el siglo XIX
se dibuja en el exotismo. Desde Pérez y López, último pensador original, todas
las direcciones filosóficas extranjeras o universales hallan en nuestra patria
terreno abonado para florecer, mas ni un brote puramente español se destaca en
la confusa selva de tan heterogéneo ramaje. El escolasticismo por su
universalidad no reviste sello nacional en ninguna parte; los racionalistas
miran a Alemania; a Francia, sensualistas y eclécticos; a la gran Bretaña, los
positivistas; los críticos, a Edimburgo y Koenigsberg; los tradicionalistas, a
la escuela teológica ultrapirenaica, y los mismos que se titularon
independientes obedecen a impulsos exóticos o se acercan antes a la
extravagancia que a la originalidad.
Tradicionalistas y escolásticos en pugilato de catolicismo se miran
frente a frente. Los segundos consideran a los primeros superficiales y
peligrosos. Jove-Llanos lanza, entre otros disparos, esta andanada: «En la
renovación de los [387] estudios el mundo literario fue peripatético; y el
método escolástico, su hijo malnacido, fijó en todo la enseñanza. Más o menos
tarde fueron las naciones sacudiendo este yugo... la nuestra lo siente
todavía.»
La opinión liberal, mal avenida con la tradición eclesiástica, no
hallando puerto en los idealismos germánicos, aún desconocidos en España, ancló
en el sensualismo francés, antes por recurso que por convicción. La
Enciclopedia y el «Systéme de la nature» de Holbach educaron nuestra juventud
no mojigata, incluyendo la sacerdotal, que, sin la vigilancia de las órdenes
religiosas, celosos argos de la ortodoxia, no habría tardado en exteriorizar su
lastimoso estado de conciencia.
Algo semejante se había desarrollado en Italia, donde, en pos del
predominio cartesiano, Gioja y Romagnosi propagaron teorías de irrecusable
filiación materialista. Mas el sensualismo, de suyo utilitario, no podía
moldear la mentalidad de un pueblo en días de luchas, de exaltaciones, de
sacrificios, y Condillac hubo de ir cediendo su cetro a Laromiguière, mitigador
de la crudeza sensualista. Esta nueva dirección arraigó en D. Alberto Lista y
sus discípulos, no sin que el materialismo conservara sus posiciones, sobre
todo entre los médicos y naturalistas.
El 14 de Mayo de 1820 se firmaron los Estatutos del Ateneo Español,
sociedad privada «para discutir tranquila y amistosamente... toda materia que
se reconociera de pública utilidad» con sentido franca y expresamente liberal,
pero los temas de sus discusiones más versaron sobre fines de aplicación que
sobre pura investigación filosófica; de suerte, que la instauración de tan
importante centro cultural nada influyó en el pensamiento español en orden a
nuestro estudio. La desatentada reacción absolutista cerró el Ateneo en 1823 y
los progresistas abrieron de nuevo sus puertas en 1835 con el nombre Ateneo
científico y literario de Madrid y peculiar carácter que hoy posee.
La enseñanza de la filosofía desmayaba en las universidades y
seminarios. Hasta 1845 no conocieron sus aulas [388] más autores que Goudin,
Jacquier y Guevara. Llegó a tanto el abandono en la docencia de la filosofía y
de las ciencias físicas, que cuando en la citada fecha se pidió a las
universidades un inventario de sus gabinetes, hubo una que sólo poseía un
barómetro prestado y otra en que no se halló sino una máquina eléctrica de
madera, construida por el profesor de Física para dar una idea aproximada a sus
alumnos.
«En corroboración de lo dicho acerca de la dificultad de darse bien la
enseñanza en los seminarios conciliares, me referiré al testimonio de un
diocesano que, en comunicación no muy remota al gobierno, se quejaba de la
falta de instrucción del clero de su diócesis, reducida aquélla, según decía, a
un poco de gramática latina, a la filosofía de Guevara, mal estudiada y peor
explicada, a la teología moral por el prontuario del P. Lárraga y unos cuantos
artículos de Santo Tomás». No pudo Fernando VII mejorar semejante estado. «Si
algún seminario, como el de San Fulgencio de Murcia, se adelantaba a los demás
ampliando la enseñanza científica, la nota de jansenista recaía infaliblemente
sobre sus individuos». (Revilla: Breve reseña de la Instrucción pública
en España.)
Las doctrinas escocesas prendían por analogías de temperamento en
Cataluña y tímidamente se iniciaba el racionalismo hegeliano en Sevilla, dentro
de un coetus selectusuniversitario que hizo explosión al perder a
su caudillo, el inteligente Contero, y esparció sus luces por toda España. Pero
el hegelianismo, por su vernácula condición, carecía de condiciones difusivas y
jamás se popularizó en nuestro país, ni apenas determinó sino brotes aislados
en los demás. A pesar de su estirpe aristotélica, no podía amoldarse a otras
razas, porque encarnaba el alma alemana con sus ambiciones y sus sueños. Era la
filosofía de los Nibelungos y «en las rojas páginas de los Nibelungos, he dicho
en otro lugar {(1) Inst. de Historia Literaria, 7ª edición, tomo 1, página 300.},
puede escudriñarse hasta el [389] origen de la terrible conflagración en que
han perecido a nuestra vista millones de criaturas. «Tot lanzó el hacha. Todos
los pueblos sobre los que pasó le pertenecen; el hacha cayó en el límite Sur y
por eso los germanos llevaron el fuego y la espada por todas partes». Mentes
superficiales atribuyan las causas de la gran guerra a rivalidades mercantiles,
a ambiciones políticas, a necesidades coloniales... Nada de eso falta en otros
pueblos y las catástrofes no estallan. Las simientes no prenden sino en terreno
abonado. El arte ahora, como siempre, delata la entraña íntima de pueblos y
acontecimientos. La concepción hegeliana donde la Idea preside a la evolución
universal y, al actuar en la vida, encarna en un pueblo, y ese pueblo es
Alemania; esta teoría, razonando, metodizando, justificando el ideal denunciado
por el poema, explica el delirio de los Hohenzollern y cómo todo un pueblo,
intelectualidad y vulgo, bajo la sugestión de la gloriosa perspectiva latente
en su médula, se confundió en una sola masa de choque arriesgando más de lo que
ha perdido, iluso, heroico y desesperado. De los hombros del wurtemburgués se
desprendía la clámide grecolatina.
Presentóse de pronto arrollador, irresistible, el impulso ecléctico, en
cuyas varias facetas saciaban su sed de espiritualidad los liberales, que por
algo había Royer Collard vulnerado en el corazón al materialismo proclamando la
natural actividad del espíritu, y buscaban justificación los opuestos para lo
substancial de su creencia. Este movimiento, actuando de filosofía académica,
propagado por Fernández Espino y García Luna, se apoderó de las cátedras y por
la derecha absorbió los asomos de la escuela teológica, así como por la
izquierda gran parte de los críticos y kantianos. Su dogma doctrinario,
ofreciendo una conciliación de todos los sistemas en el orden especulativo y de
todos los intereses en la esfera de la vida práctica, debía ser la mesa en que
se firmara el armisticio, precursor de la paz definitiva. Mas la realidad no se
detiene con fórmulas. [390]
En pleno apogeo del eclecticismo francés llamó a las puertas otra
escuela extranjera, el krausismo, e irrumpió con tan soberano empuje, que sus
adversarios doblaron la frente y reinó durante unos veinte años con
ininterrumpido imperio. Y eso que los krausistas no se sentían filósofos
militantes. Procuraban formar en su método el espíritu de la juventud; en buena
lid se apoderaban de las cátedras; al recibir dardos de crítica, se contentaban
con sonreír, y sólo cuando el ataque revestía cierta gravedad, descendían a la
arena de la pública discusión.
La revolución de 1868, más fecunda aún en frutos intelectuales que
políticos, pues los últimos han podido perderse y los primeros aún alientan y
resisten, señala un momento crítico en la historia interna de España. La
libertad de cátedra, tribuna y prensa, facilitó la investigación al par que
aficionó a la opinión hacia los temas científicos, y ya que no logró recoger la
tradición hispana, interrumpida por larga decadencia, abrió las fronteras a
extraños influjos, estímulos del estudio; restableció el contacto con la
cultura mundial, y nos reintegró al hogar de la mentalidad europea.
Sólo un espíritu pervertido por el fanatismo protestante y kaiserista
que perturbó al profesorado alemán después de la guerra de 1871, pudo inspirar
al Rector de la Universidad de Strasburgo, Dr. Baumgarten, aquel discurso en
que dice: «Mientras que la revolución de 1868 ha sido, no sólo infecunda, sino
también perjudicial...» Los hechos que se referirán en este capitulo darán al
estatólatra cumplida contestación.
Abrió la marcha el racionalismo armónico, que, como he adelantado, venía
incubándose desde el reinado de Isabel II, propagado entre el elemento
relativamente popular, no de primera mano, sino por Ahrens y Tiberghien, los
autores que, a juicio de la escuela, menos habían profundizado en el espíritu
del maestro. Mientras Sanz del Río daba en su cenáculo la doctrina recogida en
el venero de Heidelberg, los catecúmenos leían exclusivamente la exposición
[391] belga, pues de Krause apenas se tradujo algún compendio o fragmento
aislado, y hasta los impugnadores lanzaban sus dardos contra los textos de
Tiberghien exaltándolos a libros sagrados de la revelación krausista.
Fenómeno singular. Jamás escuela se impuso tan rápida y completamente.
Jamás ninguna se vio atacada con mayor ensañamiento en los días de su ocaso. Se
desvaneció el hegelianismo como luz de lámpara que se extingue; pasó el
eclecticismo como estrella errante que apenas traza vaporosa estela, sin que
nadie molestara su crecimiento ni profanara sus funerales, hundidas ambas
escuelas en la indiferencia de la opinión; pero el krausismo despertó enconos,
estimuló procacidades y hasta hombres tan superiores como Menéndez y Pelayo, al
rozar el krausismo con su pluma, pierden la serenidad, se rebajan a osadías de
lenguaje y recurren al más plebeyo estilo. ¡Cuántas veces se habrá arrepentido
el cultísimo maestro de los desafueros apenas disculpables por los aturdimientos
de la mocedad! Él mismo nos refiere que temió ser examinado por Salmerón y hubo
de trasladar la matrícula a Valladolid. Mas lo que en nuestro querido e
inolvidable D. Marcelino pudo ser mero desahogo de estudiante, adquirió
proporciones de cruzada en los demás bandos sin excepción unidos contra el
enemigo común, distinguiéndose por su saña los antes afiliados a la escuela. ¿Y
todo por qué? ¿Se trataba de seres perversos; de corruptores más peligrosos que
los ateos y materialistas, desde el punto de vista católico, o más ilusos y
soñadores que los idealistas, desde el punto de vista del positivismo? Llegó el
odio vesánico hasta pisotear el busto de Sanz del Río, que se erguía en alto
presidiendo el decanato de la facultad de Filosofía y Letras. Una circunstancia
especial me hizo conocer con todos sus pormenores el brutal atentado. En 1876,
un auxiliar, cuyo nombre tengo la piedad de omitir, que desempeñaba la
secretaría de la Facultad, llamó a un mozo, el entonces popular Joaquinillo, y
le mandó descender el busto so pretexto de que tenía polvo. Una vez el busto en
el suelo, el secretario [392] prorrumpió: «¿Y esto para qué... sirve?» y
descargando una coz sobre la obra artística, la redujo a pequeños trozos, que
mandó arrojar a la basura. Salió el mozo con los ojos preñados de lágrimas y
contó el caso al estudiante Sr. Vega y Huecas, joven inteligente y generoso, el
cual, no logrando disimular su indignación, penetró en la secretaría e increpó
al autor del atentado. Éste mandó detener al estudiante y conducirlo al
despacho del Rector, en donde se presentó también él a demandar castigo de la
irreverencia. Defendióse el escolar alegando que no pudo reprimir su exaltación
al ver profanada la imagen del que había sido su maestro, y el Rector, Sr.
Lafuente, como hombre ilustrado, se limitó a reprender la indisciplina,
añadiendo que no le imponía castigo «por lo noble de la intención».
No; al krausismo, sea cual fuere el concepto que de la doctrina se
forme, debemos innegables beneficios. Esa escuela despertó en nuestra juventud,
acaso demasiado literaria, el amor a la filosofía y el rendimiento a la verdad;
acostumbró su espíritu a la disciplina de la reflexión metódica y seria; educó
hombres austeros, la mayoría de los cuales dieron ejemplo de virtud en la
familia, de abnegación en la cátedra, de moralidad en los cargos públicos;
informó en sentido progresivo los códigos, las instituciones jurídicas y
procedimientos penales, y, hasta considerados como víctimas del error,
prestaron eminente servicio a la cultura, ejercitando el pensamiento y
provocando la reacción escolástica. De la doctrina quedará lo que quede, poco o
mucho, el tiempo lo dirá. La humanidad extrae de todas las escuelas, ninguna
absolutamente errónea, todo lo universal aprovechable para el progreso humano y
olvida lo que contienen de individual u ocasional. Ni aun cuando su fruto fuese
pobre y escaso, estamos autorizados para estigmatizar ese ni ningún otro
esfuerzo de cuantos honradamente se dirijan al bien de la evolución humana.Todo
el que ha pensado ha orado. Todo el que ha orado ha pensado en Dios.
Si de algo pecó el krausismo fue de excesiva [393] espiritualidad: gastó
sus fuerzas en levantar diques a la ola materialista y positivista; mantuvo el
idealismo en Estética, y en Filosofía moral el fundamento ontológico del Bien
manifiesto en el imperativo categórico de la conciencia por encima de todo
accidente o vicisitud. Acaso se atropelló formulando una síntesis prematura e
inculcó cierto despego por el dato sensible, produciendo más reflexivos que
investigadores, con lo cual quedaban algo en el aire, faltas de contraste, sus
generalizaciones y la promulgación de sus leyes, dejando penetrar sin darse
cuenta una ráfaga de fantasía en el sagrado claustro de la razón. Discurriendo
sólo no podría la ciencia adelantar mucho.
Así acosado por ambas partes, empobrecido por las defecciones, exhausto
de savia por haber cumplido su misión histórica en el medio hispano, el
krausismo resignó la soberanía y buscó en la Institución Libre de Enseñanza su
monasterio de Yuste.
Algunas líneas merece un instituto de tanta influencia en el pensamiento
nacional. Consolidada la restauración monárquica, no pudo, aunque tolerante, D.
Antonio Cánovas reprimir en el primer hervor reaccionario las exigencias de
aquel carlismo disimulado, sin denuedo de guerrillero ni visión de estadista,
que se tituló partido moderado histórico, escurridura de los peores tiempos del
reinado de Doña Isabel.
El 26 de Febrero de 1875 el marqués de Orovio, ministro de Fomento,
publicó un decreto restableciendo en España la ciencia oficial. El
decreto y la circular dirigida a los Rectores de las Universidades para su
aplicación, ordenaban proceder sin consideraciones contra cuantos profesores no
supeditasen el criterio científico al reconocimiento de los principios
católico-monárquicos y no se sometiesen al «indispensable» método y disciplina
escolásticos. La protesta de la mejor parte del profesorado estalló briosa y
digna. D. Nicolás Salmerón, el ex presidente de la República, responde
noblemente: «Entre el deber, que no desconozco ni rehuso, de prestar a la
autoridad [394] acatamiento y de cumplir las leyes, que al mismo soberano
obligan, no puedo vacilar, y, honrando mi función, desobedezco al poder por
obedecer a la ley».
Salmerón fue deportado a Lugo y Azcárate a Cáceres; encerrados en el
Castillo de San Antón, de la Coruña, Laureano Calderón y Augusto González de
Linares. Protestan, renunciando sus cátedras o sufriendo suspensión, Montalvo,
Hermenegildo Giner, Fernando de Castro, Antonio Machado, Francisco Barnés,
Federico de Castro, Timoteo Alfaro, Piernas Hurtado, Moret, Figuerola,
Castelar, Serrano Fatigati, Luis Silvela, Francisco de Paula Canalejas, Sales y
Ferré y otros muchos.
D. Francisco Giner envió al ministerio viva protesta y se le llamó en
nombre de Cánovas para rogarle que la retirase, asegurando el Presidente que el
decreto ministerial no llegaría a cumplirse. Giner contestó con firmeza que el
Sr. Cánovas disponía de la Gaceta para deshacer la iniquidad
cometida y podría perseguirle, pero no proponerle una indignidad. Y aquella
misma noche, enfermo, entristecido por una desgracia de familia, fue arrancado
del lecho con intensa fiebre, a las cuatro de la madrugada, para ser trasladado
entre guardias civiles al castillo de Santa Catalina, de Cádiz. Visitóle allí
el cónsul de Inglaterra ofreciéndole su apoyo y el de la opinión inglesa. Giner
rehusó alegando que no importaba su sacrificio personal y sólo esperaba una
reparación legítima cuando reaccionase la conciencia nacional. También recibió
proposiciones para la creación de una Universidad libre española en Gibraltar,
pero también las rechazó su patriotismo.
Los disparos se dirigieron con preferencia al krausismo, y eso que,
políticamente, nada existe más inofensivo que un krausista. Casi ningún
prohombre de la escuela (Sanz del Río, Castro, Giner...) mostró afición a la
política. Preferían la evolución a la revolución. Conforme al espíritu
noblemente conservador de Krause, y mientras los hegelianos y positivistas
clamaban por la República y los [395] tomistas y tradicionalistas por el
absolutismo más o menos embozado, los krausistas se amoldaban gustosos a la monarquía
constitucional más o menos democratizada. Algunos (Romero Girón, Santamaría...)
sirvieron, no ya a la monarquía democrática, sino a la restaurada por el común
esfuerzo de unionistas y moderados. El mismo D. Nicolás Salmerón no profesó de
primera intención el credo republicano y su hermano D. Francisco, ministro de
la República, sólo aceptó esta forma de gobierno cuando la abdicación de D.
Amadeo I puso al partido radical gubernamental en el dilema de proclamar la
forma democrática o resignarse al triunfo de los partidos reaccionarios, únicos
que podían entonces garantizar al país un gobierno perdurable. Soñaron
descubrir en la función constitucional la síntesis de los opuestos términos:
monarquía y democracia, y no vieron que no se trataba de aquella superior
unidad en que los varios miembros del organismo hallan su razón y complemento,
sino de un mero yuxtapuesto, de un intermedio ecléctico, de un sistema
formalista basado en un simple juego de palabras. «El rey reina y no gobierna»,
pues si reinar no es gobernar ¿qué es? Nada.
Como en todo matrimonio cada cónyuge procura dominar a su consorte, así
se esfuerzan la monarquía por aniquilar la democracia, la democracia por abatir
la monarquía. El rey se siente anulado con su teórica irresponsabilidad.
Irresponsables para la función jurídica se considera a los menores y a los
enajenados. Ni los niños ni los locos están llamados a gobernar. La realidad,
que no se para en distingos, exige una responsabilidad efectiva. Carlos I, Luis
XIV, Carlos X, Luis Felipe, Maximiliano, Isabel II, Napoleón III... ¿de qué
responsabilidad os escudaron parlamentos ni ministros? ¿Quiere esto decir que
la monarquía constitucional es un absurdo? Filosóficamente, sí; históricamente,
no. La humanidad no procede per saltum. Las mismas
revoluciones vienen seguidas de restauraciones que atenúan sus efectos. La
fórmula política constitucional ha prestado un inmenso servicio, marcando el
[396] ritmo del progreso con las plantas firmes sobre el pasado y la mano
tendida al porvenir.
A consecuencia de tales precedentes, se inauguró en Octubre de 1876 la
Institución Libre de Enseñanza, con carácter de universidad libre frente a la
oficial y en competencia con ésta, sin más recursos que los donativos
particulares y el producto de sus matrículas. Instalóse en la casa número 11 de
la calle de Esparteros y, más adelante, al cambiar de rumbos, en el
número 8 del entonces llamado Paseo del Obelisco. Fue su primer Rector el
eminente hacendista D. Laureano Figuerola y honraron sus cátedras las más
excelsas figuras de la intelectualidad española. Además de los cursos en forma
académica, organizó cursillos y conferencias públicas. Pero en el ambiente
«práctico» creado por toda restauración, no podía subsistir un centro docente
que no habilitaba para profesiones ni discernía monopolios ni expedía títulos
que otorgasen capacidades y condiciones administrativas. Renuncióse, pues, a
tan desventajoso pugilato y, comprendiendo que el fin de toda pedagogía estaba
en la formación de hombres, labor integral que abraza desde la escuela hasta el
doctorado sin distinción de grados, es decir, de enseñanza primaria; segunda,
que hoy llaman secundaría los modernos galiparlantes, y universitaria,
inauguróse en 1878 una escuela absolutamente laica, de organización cíclica,
inspirada en las ideas y métodos que en aquella época pugnaban en otros países
por orientar la educación hacia nuevos horizontes.
Las últimas metempsícosis del materialismo y, sobre todo, la doctrina
positivista importada de Inglaterra y Francia, necesitaban abolengo que
enlazara el sensualismo tradicional español con las modernas teorías de
Spencer, y esta misión correspondió al naturalismo y al evolucionismo. Poco
había penetrado la teoría transformista en España. Un foco en Madrid entre los
naturalistas; otro en Barcelona; otro en Sevilla, donde el gaditano D. Antonio
Machado y Núñez, que había estudiado en París, propugnaba [397] la doctrina
darwiniana mucho antes de la revolución de 1868, y otro en Granada iniciado por
D. Rafael García y Álvarez. Poco a poco fue extendiéndose a las más rezagadas y
levíticas universidades. No llegó la marea a la de Santiago hasta 1872, en que
se trasladó a aquella universidad el catedrático D. Augusto González Linares,
el cual, invitado por la Academia escolar de Medicina, disertó acerca de la
teoría evolucionista. Hecho tan insólito en aquella capital, provocó airadas
protestas, sobre todo cuando el orador, al advertirlas, gritó que la doctrina
evolucionista no era una teoría más, sino la Ciencia misma. Un catedrático de
Medicina se levantó a impugnar la opinión del disertante con argumentos de
Santo Tomás. Tributósele estruendosa ovación, mas, como dice el eminente doctor
Carracido, testigo del extraño suceso, se dividieron los pareceres, se disputó
fuerte y muchos opinaron que la conferencia quedaba incontestada.
En los primeros años de la restauración, el positivismo spenceriano
sustentado por Tubino, Cortezo y Simarro, penetró en el Ateneo y combatió con
ardor juvenil la consagración panenteísta. Casi a la vez aquellos jóvenes
krausistas que no se habían compenetrado con la doctrina ni habían conseguido
entenderla, como D. Manuel de la Revilla, formaron en torno de Perojo, recién
llegado de Alemania, y titulándose neo-kantistas, fundaron la Revista
Contemporánea, una de las mejores que en España han visto la luz, de
la que hicieron posición avanzada para disparar contra el krausismo y puente
para pasar al positivismo.
La filosofía escolástica, absorbida por el eclecticismo y por la escuela
tradicionalista, languidecía falta de vitalidad en el último tercio de la
centuria. El tradicionalismo, confesando la impotencia de la razón, había
cavado, no un foso, un abismo, entre la razón y la fe. Atento a este peligro,
el pontífice León XIII expidió para conciliar ambos términos en 1879 la
encíclica AEterni Patris, corroborando el anhelo de los
«amigos de las ciencias filosóficas, que deseando en estos últimos años
emprender su restauración [398] de un modo eficaz, se han consagrado y
consagran a poner en vigor la admirable doctrina de Tomás de Aquino y a
devolverle su antiguo esplendor». Esta encíclica motivó una reacción
escolástica tan enérgica cuanto fugaz.
Creóse en Madrid una academia tomística y en Sevilla la Academia de
Santo Tomás, presidida por el eminente Cardenal Lluch, en cuya inauguración,
celebrada el 16 de Octubre de 1881, leyó D. Marcelino Menéndez y Pelayo su
discurso acerca de San Isidoro, e inauguró las conferencias el canónigo D.
Servando Arbolí con una acerca del concepto de la filosofía, dividiendo esta
ciencia en tres clases: «la filosofía que niega, la filosofía que duda y la
filosofía que adora». Los términos de esta división, indicando ya una previa
afirmación inconmovible, esterilizan todos los esfuerzos de la investigación.
Mas no todos los profesores y publicistas católicos siguieron el consejo
de León XIII. El mismo Menéndez y Pelayo, que siempre profesó no disimulada
ojeriza a la escolástica, sostuvo con D. Alejandro Pidal y Mon una polémica
recogida en su libro La Ciencia Española.A pesar de todos los
esfuerzos, el tomismo moría. Había legado al pensamiento general todo lo que
encerraba de aprovechable y positivo, desprendiéndose de los elementos
históricos e individuales. Si Santo Tomás hubiera pronunciado la última palabra,
la historia de la filosofía habría terminado en el siglo XIII.
En tan crítica situación, el tomismo se remozó, no acercándose al
racionalismo, con el cual se sentía incompatible, pero sí hacia el sensualismo,
por cuyo análisis, también de procedencia aristotélica, experimentaba oculta
simpatía, y aprovechó los trabajos de los meros experimentadores mezclándolos
con su propia substancia. En este consorcio, el experimentalismo, infundiendo
nueva sangre en la vetusta escolástica, actuó de elemento masculino, y la
estructura tomística, fecundada por la ciencia moderna, de elemento femenino y
formal. Así, procedente de laboratorios alemanes y belgas, se constituyó lo que
hoy [399] se llama neoescolasticismo, es decir, una escuela que arrastra a la
negación de su contenido religioso. Coinciden en ella el positivismo, hijo de
las doctrinas sensualista y materialista, con la escolástica, sierva de la
teología cristiana y, como siempre, un extremo ideológico o político no
reconoce mejor aliado que el polo opuesto. El positivismo, por corolario de su
ética acomodaticia, adolece de cierta hipocresía mundana. Después de proceder
experimentalmente, lo que, sin contrapeso, conduce a la negación de lo
suprasensible y, por ende, al ateísmo, deja una esfera vacía (l'Inconcevable)
para alojar en su recinto la fe, llegando algunos, por ejemplo, González Janer,
a defender la revelación como hecho positivo y sostener la necesidad de la
formación evangélica de los pueblos, aclamando superiores a las naciones
cristianas, «no solamente por su instrucción, sino por su educación religiosa,
única base moral del individuo». (Rev. Cont.) Pero esa fe sin
justificación, contradicha por las raíces de su pensamiento y la índole de su
reflexión, carece de valor ideológico y religioso. En cambio, resulta muy útil
y cómoda para adaptarse al medio social.
En rigor el neoescolasticismo queda por razón cronológica fuera de mi
plan. Algunos llaman neoescolásticos a todos los escolásticos del siglo XIX.
Confieso que entre éstos y sus predecesores no distingo más diferencias que las
naturales de los tiempos y de los temperamentos individuales, ninguna de teoría
ni de procedimiento. Otros sitúan el origen de la escuela en la encíclica de
León XIII (1879). En este documento sólo hallo la fervorosa recomendación del
tomismo, nada de renovación esencial. A lo sumo se trataría de impulso inicial
incapaz de rendir frutos antes del siglo XX. No creo equivocarme mucho al
considerar tales hechos a modo de necesarios precedentes, ya que en la vida
nada se improvisa, del movimiento neoescolástico, cuyo origen, dirección y apostolado
atribuyo al cardenal Mercier. Así como no sabría pasar sin descubrirme ante esa
gloriosa figura, la más excelsa que, a mi [400] humilde juicio, ha ostentado el
catolicismo desde hace siglos, tampoco puedo estampar su nombre sin tributar la
oblación de mi respeto al sabio, al justo, al patriota que supo amar a su país
sin odiar a sus enemigos. No consideró el gran cardenal «la filosofía tomista
como un ideal que no pudiéramos superar, a modo de valla o que limite la
actividad del espíritu», sino «como punto de partida y de apoyo» (Logique). Consideraba
el mejor servicio que podía prestarse a la escolástica ponerla en relación con
los vuelos adquiridos por la biología celular, la histología y la embriogenia,
simplificar los hechos psíquicos al modo de los ingleses y colocarse en el
movimiento impreso a la psicología por la escuela experimental de Alemania(Psicología,
Pref.), sin rechazar la alta especulación filosófica. «Dès là qu'elle
(la science) est en possession de la connaissance certaine du monde sensible,
la raison peut, moyennant l'application des principes aux réalités
contingentes, s'élever à la connaissance du monde suprasensible: justifier ce
procédé ascensionnel, c'est établir la valeur de la metaphysique.(Critériologie
générale, ch. III, n.º 27.)
Él intentó reintegrar la filosofía al divorciado caudal de la ciencia
contemporánea, conciliando los datos experimentales con el ansia infinita e
insaciable de penetrar las causas. No me parece fácil conseguirlo por las vías
de poco libre tránsito a que obligan circunstancias extrínsecas al profundo
pensador, ni estimo parvo mérito conocer la necesidad, señalarla y acometer con
mejor o peor éxito la obra imprescindible que entre todos se llegará a coronar
dentro del actual ciclo espiritual. Y si, por su naturaleza y haber surgido a
fin de la centuria, apenas fructificó en el extranjero, no obstante la reforma
de programas acometida por la universidad de Lovaina, la fundación de las
universidades católicas de Saizburgo, Friburgo y Washington, la creación de la
sociedad tomista de Lucerna y la publicación de numerosas revistas, y sólo en
este siglo se van notando sus resultados, menos todavía podía esperarse en
España, que, en todo el último cuarto [401] de siglo, no ha producido ninguna
obra de transcendencia en la nueva dirección.
La actividad filosófica se apoderó de toda España en la época
revolucionaria y continuó dominando los primeros años de la restauración
borbónica. Ya hemos registrado cómo penetró el transformismo hasta en el
marasmo de la arcaica y levítica Compostela.
Gracias a su sentido práctico, se libró Cataluña de los sistemas
idealistas (Hegel, Schelling, Krause), si bien el elemento popular se enamoró
del idealismo espiritista; así que, entre los hombres cultos, únicamente
prosperó el positivismo, ya preparado por los adictos a la escuela escocesa
(Martí y Codina), o la no interrumpida tradición escolástica. Lograron las
derechas en Cataluña un imperio que jamás soñaron en Castilla ni menos en
Andalucía. Suspender las conferencias positivistas en el Ateneo y hasta cerrar
aquella respetable tribuna no se hubiese siquiera ocurrido ni en la época de la
efervescencia filosófica de Sevilla ni en el entonces libérrimo Ateneo de
Madrid. Y, sin embargo, la Junta directiva del Ateneo barcelonés prohibió a
Estasen continuar la serie de sus conferencias y hubo el filósofo de explicar
las dos últimas en la Academia de Derecho, «He hablado siempre –decía– bajo una
presión indecible» (El Positivismo, 1877). No contento aún el
Presidente del Ateneo, D. Ignacio M. de Ferrán, viendo que las cortapisas no
impedían la invasión del moderno ideario, trató de bastardear el carácter de la
Sociedad, convirtiéndola en círculo de recreo, y abonaba el terreno para su
fracasado propósito diciendo en su discurso inaugural de 1878: «Aquí venimos a
hermanarnos y confundirnos, que no a contender y batallar».
Otra consecuencia del espíritu práctico de los catalanes se señaló en la
escasa producción especulativa y la pingüe de filosofía aplicada. Merece de
pasada mencionarse los trabajos de Estética y teoría del Arte de Milá y
Fontanals. Puede señalarse la labor de Ascética y Mística del bibliotecario
barcelonés D. Joaquín Roca y Cornet (1804-73) y el [402] franciscano Ramón
Boldú. Dístínguense en la apologética popular el canónigo Colell, D. Luis M.
Llauder, articulista y jefe regional del carlismo; Milá de la Roca y Félix
Sardá y Salvany (1844-916), autor de El Liberalismo es pecado, obra
aprobada por la Congregación del Índice. De esta obra se tiraron varias
traducciones y una edición políglota, y, lo mismo que las anteriores, posee el
valor definitivo de la firme cimentación dogmática. Con idéntico sentido
ortodoxo lanzó el Dr. José Ildefonso Gatell y Domenech (1831-918) su Historia
de la Revolucióny su Historia de las persecuciones de la Iglesia (1876).
La figura más eminente de fin de siglo en materia de apologética y
filosofía popular catalana, es el Rmo. Padre José Torras y Bajes, prelado de
Vich, que en su producción La tradició catalana, seis
volúmenes llenos de ideas bien expuestas, la emprende con el Doctor Iluminado
tildándolo de iluso y exótico, no embargante su canonización.
Cayetano Soler, autor de El dato psicológico en la crítica
histórica, se mostró en la Real Academia de Buenas Letras original y
diestro polemista. Representan las escuelas jurídicas clásicas D. Manuel Durán
y Bas, después ministro de Gracia y Justicia; D. Juan de D. Trías y D.
Guillermo M. de Broca y Montagut, también académico de Buenas Letras.
En el campo de la filosofía jurídico-política y económica lucieron D.
Francisco Romaní y Puigdengolas (1830-914), autor de muchos trabajos jurídicos,
sobre todo de El Federalismo en España (1869), obra magistral
que ha servido de base a todas las posteriores; Valentín Almirall y Llozer
(1840-904), que trató del federalismo y régimen autonómico con solidez
doctrinal y serenidad de criterio, aunque en sentido cada vez menos liberal, y dio
forma definitiva al nacionalismo, en su tratado Lo catalanisme; Enrique
Prat de la Riva (1870-917), que en su famoso Catecismo produjo
el ideario del regionalismo radical y puso toda su alma en el movimiento
separatista de principios [403] del siglo XX; el gerundense Federico Rahola y
Tremols (1858-919), académico de Buenas Letras y especializado en los temas
hispano-americanistas, y Guillermo Graell, a un tiempo republicano federal y
estatista y proteccionista.
No se nota otra corriente especulativa que la divulgación del tomismo
por D. Joaquín Rubio y Ors (1818-99), que compuso contra Draper Los
supuestos conflictos entre la ciencia y la religión; el mallorquín D.
Juan Pou y Ordinas (1834-900) y el escolapio Eduardo Llanas (1843-904), fácil
orador, conferenciante en la Academia de Santo Tomás de Aquino, y fundador de
la Revista Católica, el cual publicó La Controversia sobre
la filosofía idealista y la escuela materialista.
Creo que en ninguna parte se sintió como en Andalucía, y principalmente
en su capital, el vigoroso impulso intelectual de la revolución de Septiembre
de 1868. Preparado el terreno por Contero y sus discípulos hegelianos, por
Fernández Espino, Huidobro, Adolfo de Castro y demás representantes del
eclecticismo francés, que tenía por órgano la Revista de Ciencias,
Literatura y Artes, y no menos por la tradición sensualista que,
convertida en evolucionismo, propagaba desde su cátedra D. Antonio Machado y
Núnez llevó D. Federico de Castro, entonces en la fuerza de la edad y del
entusiasmo, y, auxiliado por D. José María Millet, catedrático de Derecho
penal, y más tarde por el núcleo de alumnos que en torno suyo se formaron,
despertó en la juventud el amor a la reflexión, y con sus admirables
explicaciones de Historia de la Filosofía, vulgarizó el conocimiento de los
sistemas antiguos y modernos, estudiándolos sin prejuicios en fiel y clara
exposición.
Castro y Machado fundaron la Revista de Filosofía, Literatura y
Ciencias, a mi juicio la mejor que en su género se ha publicado en
España, palenque abierto a todas las opiniones, pero preferentemente a las
racionalistas, en la cual colaboraban Salmerón, Giner de los Ríos y demás
personalidades filosóficas de aquella época, a la vez que los profesores de la
Universidad. [404]
Al calor de la Revolución, los catedráticos de distintas opiniones
multiplicaron las doctas conferencias y crearon una importantísima institución
docente que elevó en poco tiempo el nivel general de la cultura, la Sociedad
Antropológica, que celebró su primera sesión pública el 4 de Octubre
de 1871. Leyó en ella el Sr. Machado un curioso trabajo acerca de la
importancia, concepto y límites de las ciencias antropológicas, y se acordó que
la Sociedad se dividiera en tres secciones, a saber: de Antropología Física
para estudiar al hombre como ser natural; de Antropología Psíquica para
estudiarlo como ser espiritual, y de Antropología Social, donde se le
examinaría como relación de espíritu y materia. Aún recuerdo con gusto las
notabilísimas sesiones de la primera, en que se discutió la Memoria de D.
Francisco Chiralt acerca del bioplasma o base plástica de la vida. Ya lucharon
allí la tendencia positivista, representada por D. Rafael Tuñón; la ecléctica,
por D. Agapito González Callejo y D. Francisco Prieto, y la racionalista, por
D. Federico de Castro. El resumen de la discusión, debido al presidente de la
sección, D. Antonio Machado y Núñez, constituyó un completo estudio de la
cuestión. La Sección Social discutió la proposición de redactar una circular
dirigida a las sociedades antropológicas de Europa y de América manifestando
los inconvenientes que se originan de los matrimonios celebrados antes del
desarrollo físico y moral y una exposición a las Cortes Españolas en idéntico
sentido. Terciaron en la discusión los Sres. Góngora, Chiralt, D. Rafael Caro,
el futuro y celebradísimo poeta D. José de P. Velarde y D. Antonio Benítez de
Lugo en contra, y en pro D. Manuel Poley, D. Rafael Álvarez Surga, D. Rafael
Martínez Escolar y D. Antonio Machado y Álvarez.
Celebraba la Antropológica sus sesiones en la clase más amplia de la
Universidad y era tal el entusiasmo público para escuchar las discusiones, que
se necesitaba acudir mucho antes de la hora para poder encontrar sitio. La
restauración de la monarquía, distrayendo la atención hacia más positivos
horizontes, amortiguó el movimiento filosófico y asfixió la Revista de
Filosofía, así como la benemérita Sociedad Antropológica, que tan
relevantes servicios prestó a la cultura.
El Liceo Sevillano y la Academia de Santo Tomás nada influyeron, el
primero por su tendencia preferentemente literaria, y la segunda por su
filosofía estacionaria, al desenvolvimiento de los estudios filosóficos. Los
jóvenes dimos algunas conferencias en distintas sociedades; yo mismo di una
acerca de ciertos vínculos entre las doctrinas de Santo Tomás de Aquino y las
de Herbert Spencer, como si en mi inconsciencia juvenil presintiera el
neoescolasticismo, y algunas otras expositivas de materias filosóficas. Algo
reanimó a la juventud liberal la llegada del Sr. Barnés a la cátedra de
Historia Universal en 1874, y poco después la de D. Manuel Sales. Unido éste
con D. Federico de Castro, comenzaron en 1877 la publicación de la importante
«Biblioteca Científico Literaria», tan interesante de fondo cuanto mal
presentada, según procedía en quienes miraban la ciencia y no el negocio, en la
cual se editaron obras tan importantes como la Historia de los Árabes de
Dozy, doctamente anotada por D. Federico de Castro; la Historia de la
Geografía de Vivien Saint-Martín, anotada por D. Manuel Sales; El
arte cristiano de Passavant, traducida por D. Claudio Boutelou;
la Filosofía de la muerte de Sanz del Río, arreglada por
Sales; el Tratado de Agricultura de Abu-Zacaria, y otras obras
de Spencer, Stuart Mill, Claudio Bernard, Quinet, Hartmann, el P. Secchi,
Schoedler y Ribot. Del mismo año data la publicación de la revista La
Enciclopedia, indicando ya cierta inclinación hacia el folklorismo y
los estudios eruditos que Menéndez y Pelayo comenzaba a poner en boga.
Los alumnos de la Universidad habían constituido en Febrero de 1875 una
sociedad científica con matices de reserva masónica, titulada La
Genuina, extraño título para un cenáculo filosófico, la cual careció
por entonces de interés, pero sirvió de base a la constitución [406] el Ateneo
Hispalense, que se organizó pictórico de vida en la misma forma que el
de Madrid, el 26 de Octubre de 1879, en la Real Academia de Medicina. D. Javier
Lasso de la Vega y Cortezo leyó el discurso inaugural sobre el «Origen de la
vida orgánica». Aumentado en cantidad y calidad el número de socios, y
disponiendo de mayores recursos, el Ateneo se instaló el año 1880 en los altos
del edificio ocupado por el Centro Mercantil en la calle de la Cima, número 68.
Funcionaron con brillo las secciones, no desmereciendo nada las controversias
en ellas sostenidas, ni por la animación ni por la seriedad de la doctrina, de
las del Ateneo de Madrid. Muchos extractos de discursos se hallarán en La
Enciclopedia y en El Pensamiento Moderno, así como
los resúmenes de las notabilísimas conferencias explicadas por el Dr. García
Blanco sobre la filosofía de la lengua hebrea desde 1880.
Se eligió Presidente al prestigioso jurisconsulto don Narciso Suárez y
para presidir las Secciones se designó a D. Federico de Castro en la de Morales
y Políticas, siendo vicepresidentes D. Manuel Sales y el senador D. Rafael
Lafitte; a D. Claudio Boutelou en la de Literatura y Artes con el catedrático
D. Daniel Ramón Arrese y el erudito D. Fernando Belmonte por vicepresidentes y,
en fin, a don Antonio Machado y Núñez en la de Ciencias exactas, físicas y
naturales, teniendo por vicepresidentes a D. Javier Lasso de la Vega y Chichón,
catedrático y Presidente de la Real Academia de Medicina, y al ingeniero D.
José San Martín y Falcón.
Continuó con iguales si no con mayores bríos en 1881 la labor del
Ateneo; vio la luz El Pensamiento Moderno, en que colaboraron
Salmerón, Canalejas y Méndez, Castro y lo mejor de la intelectualidad
sevillana; Machado hijo, desertor del krausismo y fundador del Folklore,publicó
la revista de esta sociedad y todo marchaba a pedir de boca cuando los
rozamientos personales, lacra de nuestro carácter social, determinaron una
gravísima crisis. Desavenencias de orden particular entre los Sres. Sales y
Barnés [407] y entre el primero y D. Federico de Castro, coincidiendo con la
separación del krausismo y alistamiento en el positivismo de los Sres. Sales y
Machado Álvarez, enfriaron el amor de éstos al Ateneo que habían contribuido a
fundar. No obstante, todavía D. Manuel Sales dio una serie de conferencias,
aprovechadas por sus amigos para ensalzar la personalidad del competente
profesor, con las cuales se formó el tomo XIII de la Biblioteca
Científico-Literaria, titulado El hombre primitivo y las tradiciones
orientales. La ciencia y la religión. Estas
conferencias encendieron una controversia entre el orador y la Revista
Católica. No tardó en presentarse ocasión para que la publicidad
iluminase el aciago rompimiento. La Gaceta insertó el decreto
de 3 de Marzo de 1881 devolviendo sus cátedras a los insignes profesores
expulsados de ellas y perseguidos por el ignaro fanatismo maculador de los
albores de la restauración, cuando aún el egregio Cánovas no había logrado
imponer el freno de su férrea voluntad a las audacias de los llamados moderados
históricos, a quienes mejor se llamaría prehistóricos, y un aplauso unánime
resonó en toda la península y más allá de sus fronteras.
No sé si por convicción o para la galería, protestó la prensa extremista
de la derecha y hasta dos cardenales y otros seis prelados apelaron al soberano
en alzada del decreto de Albareda. En tal estado de opinión, se presentó al
Ateneo una proposición para felicitar al Gobierno. Los elementos ultramontanos
fingieron escandalizarse y ¿quién lo diría? en aquella memorable sesión llevó
la voz de los intolerantes, tanto ciega la pasión, D. Manuel Sales y Ferré,
sosteniendo que el Ateneo no debía mezclarse en política. D. Federico de
Castro, insistentemente aludido, defendió la proposición en límites de la mayor
templanza; esclareció los términos, mostrando el deber que toda docta
corporación tiene de interesarse en materias de cultura, tanto más cuanto que
la disposición ministerial venía a alejar de los cuerpos docentes todo aguijón
de parcialidad; explanó el concepto de política en su amplio sentido y
patentizó que [408] toda persona, individual o jurídica, perteneciente a un
Estado, es por naturaleza política en lo referente a los fines que se propone
dentro de la nación, y en tal concepto todas las entidades se deben considerar
políticas, sin dar a esta palabra la significación partidista o de mezquina
actuación histórica en la vida gubernativa. El discurso convenció al auditorio
y se aprobó la proposición por gran mayoría; pero la triste determinación
estaba adoptada a priori.
Los elementos derechistas se retiraron y al frente de ellos D. Manuel
Sales. Aún me apena recordar ese paso en falso de persona para mí tan respetada
y querida.
En 1882 diéronse veladas tan memorables como la necrológica en honor de
Moreno Nieto, y lecturas de algunos poetas que entonces empezaban a revelarse,
entre otros la señorita Blanca de los Ríos, autora de Esperanzas y
recuerdos (1881), firmando con el anagrama «Carolina del Boss».
Establecióse el estudio libre del Doctorado de Filosofía y Letras, suprimido en
la Universidad por el Marqués de Orovio, dando Castro la enseñanza del
Sánscrito.
Años después, el Sr. Sales y sus accidentales amigos fundaban por su
cuenta, ¡oh ironías del destino!, en la calle que ostentaba el rótulo de
«Albareda», el ministro cuya disposición motivó la hégira de los disidentes, la
sociedad que aún existe titulada «Ateneo y Sociedad de Excursiones». La
inauguración se efectuó el 6 de Marzo de 1887, constituyendo su primera
directiva D. Manuel Sales, presidente; D. Francisco Pagés, vicepresidente; D.
Alejandro Guichot y D. Antonio González Ruiz, secretarios; D. Javier Sánchez
Dalp, tesorero; D. Antonio María de Ariza, director del Museo de la Sociedad, y
D. Manuel Cano y Cueto, bibliotecario.
El tiempo, que decide muchas cosas; la vejez de don Federico; la
necesidad de acudir los jóvenes a Madrid para verificar oposiciones; la muerte
o la traslación de catedráticos, y, sobre todo, el estado de conciencia
utilitario, inseparable compañero de las restauraciones, que dio su fruto en
los postreros años de la centuria, no favorecían a un [409] Centro donde se
cultivaba la ciencia pura sin miras ulteriores o transcendentales y fueron
minando la vida del Ateneo Hispalense, que se había trasladado con el Centro
Mercantil al suntuoso edificio erigido en 1868 para Café Universal con entrada
por la clásica arteria de las Sierpes y por la calle de Tetuán.
En pos de aquel generoso movimiento, se apagó el amor a la filosofía. La
misma metafísica, separada por un genio maléfico de la enseñanza, se vio
relegada a las cumbres casi inaccesibles del Doctorado, y desglosada de la
licenciatura en Derecho, sin figurar siquiera en la rama menos nutrida de la
menos nutrida de las facultades universitarias. Los amores científicos arden
desinteresados, y en la atmósfera positivista de fin de siglo, donde todos los
ideales políticos y morales se extinguieron; donde vimos egoístas e inmorales a
hombres que en anteriores etapas habían, por sus ideas y por su patria,
sacrificado el bienestar y expuesto hasta la vida; donde los romanticismos y
heroísmos se vieron escupidos y ridiculizados por la concupiscencia y el
cinismo, no podía florecer el árbol de la ciencia pura, que sólo vive con el
riego de la abnegación, en el ambiente del amor y al sol de los magnos ideales.
En cambio el Ateneo y Sociedad de Excursiones, integrado por elementos
numerosos, que habían contemplado de reojo al primitivo Ateneo y cuya
mentalidad corría más acorde con la época, se separó de la filosofía, dirigió
sus preferencias a la Literatura e investigaciones bibliográficas e históricas,
huyendo, como en toda España, de colisiones con la ortodoxia. Asi prosperó
rápidamente; se instaló en más amplio local en la calle de Santa María de
Gracia; aún disfrutó otro magnífico en la calle de las Sierpes, construido para
el Casino Español, y, pasado su apogeo, se redujo al que hoy ocupa, harto
insuficiente para su misión y para la grandeza de Sevilla.
No obstante, el desinteresado amor a la ciencia de los primitivos
ateneístas halló aliento para lanzar a la [410] publicidad la revista Ateneo
Hispalense (80 paginas y cubierta), cuyo primer número,
correspondiente al 1º de Enero de 1893, contenía, además de artículos de varías
ciencias debidos a ilustres profesores y una reseña bibliográfica a cargo del
Secretario D. Juan Díaz del Moral, notables trabajos filosóficos firmados por
D. Nicolás Salmerón y D. José de Castro. Esta publicación aspiraba a establecer
activa y constante comunicación entre los socios numerarios y los
corresponsales, y también «medíante la libre exposición de las diferentes
direcciones del pensamiento ibérico, a traer a conciencia reflexiva el espíritu
unitario de esta raza, tan claramente demostrado en recientes acontecimientos»
y «a ser uno de los órganos de comunicación entre el pensamiento reflexivo
ibérico y el de los otros pueblos civilizados».
Mientras tanto, en el Ateneo y Sociedad de Excursiones se atendía al
personalismo antes que al culto de la ciencia pura, surgiendo
incompatibilidades que pusieron las hieles de sangrienta sátira en la bien
cortada pluma del poeta y novelista Lorenzo Leal. Imprimió éste, con el
pseudónimo «Pedro Sánchez» un mordaz libelo titulado Un Vivero de
sabios, donde ridiculizaba la labor ateneísta y bajo nombres
supuestos, seguramente con más pasión que justicia, trazaba burlescas
semblanzas de los optímates de la corporación.
Contribuyó a la ascendente marea cultural la Escuela de Medicina
organizando cursos de conferencias de subido mérito, algunas de las cuales
invadían la jurisdicción filosófica, sobre temas de importancia, con la
cooperación del eminente operador D. Federico Rubio. Numeroso público las
escuchaba, traspasó su fama las fronteras y, con las leídas en el curso 1888-9,
se formó un volumen titulado Conferencias científicas, hoy
raro, a pesar de su reciente fecha. Hay un ejemplar en la Biblioteca Nacional.
Irradiado el krausismo desde Sevilla, se apoderó de la Real Academia
Gaditana de Ciencias y Letras, donde lo sostuvieron Moreno Espinosa y Álvarez
Espino, no sin [411] que el travieso D. Adolfo de Castro, a pesar de sus años,
cejase de disparar continuamente contra ellos artículos en la prensa y folletos
tan procaces como el titulado El racionalismo en la Real Academia
Gaditana de Ciencias y Letras (1877) con motivo de la contestación
leída por Álvarez Espino al discurso del sacerdote D. José Picó en la solemnidad
de su ingreso en la Academia.
¿Con qué bandera desplegada penetra el pensamiento español, si es que
existe como pensamiento reflexivo nacional en el atrio del siglo XX? Las
escuelas tradicionalista y teológica, olvidadas en el actual estado mental,
apenas sí animan las toscas mentes de candorosos rezagados. Las doctrinas
racionalistas e idealistas en todas sus formas, se han visto atropelladas y
barridas de la especulación. Ya no resuenan sus nobles acentos en las bóvedas
de las aulas, ni palpitan en el libro, ni encienden la elocuencia, ni iluminan
las artes, ni inspiran la austeridad, ni guían la política, ni atraen los ojos
hacia el porvenir bañados en un rayo de suprema esperanza.
Los eclecticismos, no habiendo logrado una síntesis definitiva y faltos
de un soporte, se desploman al desvanecerse su misión y las notas altas de su
sinfonía.
La escolástica, incapacitada para sentirse española por el sello de
universalidad que la caracteriza e infecunda para la investigación, siente el
frío de su oquedad bajo el manto de su recio formalismo y demanda contenido a
las recientes conquistas de la ciencia experimental, subordinándose a ella y
reservando pudorosa un santuario para la fe, a fin de que, velados los ojos por
la venda y defendidos por el muro los oídos, no se escandalice de tan audaz
profanación.
Las escuelas sensualistas, materialistas, críticas y escocesa, se
pierden en el positivismo a modo de manantiales confluentes que forman
caudaloso río y la teoría positivista dominante, arrolladora, sin émulos ni
obstáculos, da la fórmula definitiva de la mentalidad española y europea,
pasando al compás de alegres himnos por los arcos triunfales de la actualidad.
[412]
En vano la tradición cristiana; en vano el espiritismo, revelación del
nuevo continente, y la teosofía, beso de luz que el Oriente, recordando el
candor infantil, estampa en las rugosas sienes de la vieja Europa, proyectan un
destelle de espiritualismo sobre la niebla del pensamiento contemporáneo, en
cuyo fondo obscuro resuena el acento de Hobbes proclamando a la materia
único subjectum philosophiae. El socialismo, regresión a los
primitivos núcleos sociales, y el comunismo, sólo ensayado en la vida conventual
y en Rusia, sofocan la libertad, la iniciativa individual, orto de cuantas
grandezas se han consumado en el mundo; la política de programa, noble ilusión
de la primera mitad, se llama al expirar el siglo oportunismo en Francia,
posibilismo en España, por doquiera política experimental; la filosofía,
telaraña inútil, pierde su influjo ético; el arte vacuo, falto de ideal,
castiga la forma; la rata bibliográfica sustituye al águila genial; se ha
descendido de las nubes al archivo protocolario; el alto sentido religioso se
desvaneció en la gratuita negación o se envileció en la repugnancia de
hipócrita beatitud y el billete de banco reblandeció el imperativo categórico
de la conciencia.
Así, así hemos penetrado en el siglo XX.
Jamás conoció la historia éxito más completo, pues no sólo ha humillado
a los contrarios, sino que ha vencido en el arte, en la literatura, en la
política, en las costumbres... No más alma tras de la imagen, no más sacrificio
en la conducta, no más ejemplo en el símbolo, no más ensueños de libertad y de
gloria.
No se trata de que el hecho nos halague o nos repugne, convenga o
damnifique, suponga adelanto o regresión. Es el hecho, y al historiador
concierne reconocerlo sin reservas.
No nos dejemos abatir ni entusiasmar por la impresión del momento. La
reflexión no es inútil, sino generadora de fe racional. No ahora, hace un
cuarto de siglo, decía yo en La Ciencia del Verso: «Corrientes
positivistas que parecen ahogar la inteligencia y atrofiar el corazón,
arrastran a [413] casi todos los sabios del globo; marejadas de no entendido
realismo aspiran a sepultar el arte, cuyo sol se apaga al frío contacto de un
yerto naturalismo; la idea democrática reviste formas socialistas mientras el nihilismo
va minando la espantada Rusia; razas del pasado se galvanizan para la guerra y
doblan la frente, heridas o seniles, las más nobles estirpes de la humanidad;
el torpe afecto a los intereses particulares borra los puros ideales de la
moral; el descreimiento, la negación o la indiferencia combaten el sentido
religioso de los hombres y de los pueblos; parece que, cual dijo el insigne
poeta Heine, todos nos desvanecemos, hombres y dioses, todos nos
sumimos en la nada, todo se pierde en la sombra. Pero no es esto la
descomposición de la muerte, antes bien, la reacción indispensable de
exageraciones contrarias y la saludable llamada al concierto de la vida de
elementos valiosos, que por exclusivistas desdeñamos, o por lamentable error
lanzamos en la proscripción o en el olvido.»
§ II
Escuela teológica y tradicionalista
Contagio de la reacción francesa. –Donoso Cortés. –El Conde del Valle de
San Juan. –Nocedal y la Academia de Ciencias Morales y Políticas.
La reacción sucesora en Francia del hervor revolucionario, resucitó el
sentimiento religioso y lo hiperbolizó en compensación de las exageraciones
pasadas. Asomó en pos de la nueva escuela de Bonald y de Maistre, bautizada de
teológica, el espectro de la demagogia blanca, excitada por el pavor sufrido, y
dio a esta filosofía el carácter de [414] terror político, no el de serena y
circunspecta investigación. De la escuela teológica se ausentó el Evangelio,
invocando su angustia al Jehová que abrasaba ciudades, exterminaba pueblos y
había de recibir con agrado los holocaustos de la persecución y de la hoguera.
Esta escuela nacida del terror, y no exenta de precursores en la España
de los siglos XVII y XVIII, cuyo pensamiento era tesis latente y familiar,
reclutó en la España del XIX un adepto tan vigoroso de elocuencia cuanto
anémico de lógica en la ilustre persona del extremeño D. Juan Donoso Cortés
(1809-53), primer marqués de Valdegamas. Terminó en Sevilla sus estudios de
jurisprudencia el precoz filósofo a los diez y nueve años y pronto se dio a
conocer como humanista, poeta y publicista; se lanzó a la política y en 1849
abjuró en las Cortes de sus ideas liberales. De todas sus obras se tiró edición
en 1891. En su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el
socialismo (1851) proclamó la supremacía política de la Iglesia,
extremando las consecuencias del ultramontanismo y escarneciendo la razón
humana en términos tan duros que los mismos críticos católicos han censurado
frases cual las siguientes: «Entre la razón humana y lo absurdo hay una
afinidad secreta, un parentesco estrechísimo...», «Entre la verdad y la razón
humana, después de la prevaricación del hombre, ha puesto Dios una repugnancia
inmortal y una repulsión invencible». Se leen tales dislates y no quiere uno
convencerse de que los ha trazado, ¡qué digo un hombre de talento!, ni el más
obtuso de los mortales. De que el hombre pueda equivocarse, y nunca se equivoca
del todo, se atreve a inferir que se equivoca siempre, más aún, que su cerebro
está organizado para el error, puesto que le repugna la verdad. Comprendo las
hipérboles propias de los neófitos, pero tales extremos bordean los límites de
la vesania. No puede darlas de filósofo, aun contando con entendimiento tan
amplio y comprensivo, quien así abre las puertas al sentimiento y reflexiona
con la fantasía y el corazón. [415]
Grandilocuente, sublime a veces, Donoso recrea, admira y, al terminar la
lectura de sus rotundos párrafos, hasta se siente la tentación de aplaudir, mas
nada deja en el espíritu que no se deshaga con la espuma del oleaje oratorio.
¿Había en su hermosa literatura, reflejo de El Genio del
Cristianismo, más impresionabilidad artística que sinceridad cristiana
y mayor dosis de miedo a los avances de la naciente democracia que de adhesión
al trono ni devoción al altar? Lo ignoro, aunque el propósito de encerrarse en
el claustro, designio que la Parca le impidió consumar, parece avalorar la
verdad de sus sentimientos.
Su política somete el Estado a la creencia. «El Estado, decía en el
Parlamento, debe ser tan religioso como el hombre». «La autoridad pública,
considerada en general, en abstracto, viene de Dios». «El hombre ha pertenecido
antes a la sociedad religiosa que a la civil». El primer hombre estuvo antes en
sociedad con Dios que con el segundo hombre. Mas, aun reclamando la
independencia y la soberanía espiritual de la Iglesia, porque «lo seglar se
opone a lo eclesiástico, no a lo religioso», no acepta la intromisión de la
Iglesia en la potestad civil. En la obra que expongo no sale del estricto
criterio católico; en las posteriores acentúa su adhesión a los jefes franceses
de la escuela: son más sectarias que individuales. Sin embargo, refuta la
opinión de Bonald sobre la constitución del hombre y corrige la doctrina, en
realidad de índole sensualista, del lenguaje revelado, sosteniendo que «no es
asunto de invención ni de revelación, sino de creación».
Inflamada en el mismo espíritu e impresa en el mismo año que la de
Donoso, salió a luzConsideraciones sobre la Iglesia en sus relaciones con el
Estado (Madrid, 1851), por el Conde, del Valle de San Juan, dedicada
al rey (¿a qué rey en esta fecha?) y precedida del retrato del autor. Al ver la
imagen de un hombre en mangas de camisa, deshecho el nudo de la corbata, con
faja, sombrero calañés, la chaqueta de alamares a un lado y el puro a medio
fumar entre [416] el índice y el dedo del corazón, jamás se figuraría nadie
contemplar el retrato de un conde, de un filósofo ni de un hombre político. Y
sin embargo, de todo tenía el autor de este ya rarísimo libro. Comandante de
voluntarios realistas en 1833, emigrado en 1840, progresista en 1843,
revolucionario en Cartagena, fugitivo en Argel y fundador de un diario
democrático, El Pueblo,llegó desengañado a retraerse de la política
y escribir este libro, declarando en el prólogo: «No más partidos: la iglesia
de Dios quiere que ocupe mis ocios». En efecto. Después de proclamar la
urgencia de restablecer el principio de autoridad y de una breve teodicea
ortodoxa, que trata de comprobar en la historia, defiende a la Iglesia de
cuantos cargos se han acumulado contra ella, cerrando el libro primero con la
apoteosis del cristianismo.
El segundo se halla dedicado a combatir el protestantismo y termina
encomiando a la Compañía de Jesús. La tesis fundamental es la contraria de
Espinosa. Sostenía este filósofo que todos los males sociales dependen de la
obstinación del clero en invadir la potestad civil. Nuestro conde, por el
contrario, afirma que el sacerdocio se une al imperio para mejorar la condición
de los gobernados y hacer más justos a los gobernantes. En toda la obra
fulguran los anatemas del neófito absolutista contra el jansenismo, el
volterianismo, el jacobinismo y la enciclopedia.
El tradicionalismo se extinguió, ahuyentado por el renacimiento
escolástico. Su último y poco honroso acto público, aparte del mérito
subjetivo, consistió en la renuncia que D. Cándido Nocedal presentó de su
sillón en la Academia de Ciencias Morales y Políticas; porque, sin duda
influida por el demonio, al dictaminar en 1868 sobre el libro La
libertad de pensar y el catolicismo, de D. José Lorenzo de Figueroa,
elogiaba el criterio del autor que «se aparta a la vez de la extrema
racionalista y de la neocatólica o tradicionalista».
El conde José de Maestre, con el encanto de su estilo que hizo de
las Soirées de Saint-Pétersbourg una de las [417] lecturas
favoritas de mi adolescencia, popularizó la escuela teológica, creadora de un
sensualismo religioso, que opuso la fe colectiva a la razón, empresa que
arrebató a la fe su base racional. Condenadas por la Iglesia algunas de sus
proposiciones, desapareció de Europa y de España, pero dejó su veto a la razón
para conocer los primeros principios, veto reconocido por el positivismo,
última evolución de la tesis sensualista.
§ III
Escolásticos rígidos
El P. Alvarado. –El P. Mendive. –El P. Zeferino González. –Fernández
Cuevas. –Orti y Lara. –Alonso Martínez. –López y Sánchez. –El P. González
Sánchez. –Casanova. –Palacín. –Pidal. –Polo y Peyrolón. –Torre Insunza. –España
y Lledó.
Nadie con tanto ingenio y donosura combatió a los novadores cual el
dominico Fray Francisco Alvarado (1756-814), natural de Marchena, con el
seudónimo «El Filósofo Rancio». Sus famosas polémicas enlazan la escolástica
del siglo XVIII con la del XIX.
La agudeza crítica de Alvarado resalta a cada momento en la sagacidad
con que descubre el flaco del contrario y la destreza con que lo expone a la
compasión o a la burla del público. Véase cómo retrata y se mofa de esa
superficialidad llamada filosofía ecléctica:
«¿Consiste el eclecticismo en tomar cuatro o cinco autores, o los que se
pudiere, y sacar de uno una cosita, de otro otra, mas que no ate, y de otro
otra, mas que contradiga, y así formar una filosofía remendada? [418]
Respóndanme, nadie nos oye; yo guardaré el secreto y no saldrá de mi boca para
alma de este mundo. Si consiste en esto, me retracto, aunque no tengo cara para
ello, de lo dicho. Pero, en primer lugar, ¿cómo tienen ustedes cara para
arrogarse lo que es común a tantos hombres de bien? Desde que hay literatos ha
habido remendones de literatura, como desde que hay zapatos ha habido zapateros
remendones». La conclusión que extrae de sus cartas polémicas consiste en negar
que el eclecticismo pueda llamarse escuela Filosófica «porque no contiene ninguna
filosofía». Como casi todos los españoles es rectilíneo.
Epigramático siempre, supone que las Cartas aristotélicas (1825)
las escribe Aristóteles desde los mismos infiernos. Para Alvarado la filosofía
moderna y la impiedad son una misma cosa, y así lo declara con su habitual
energía: «Esa Filosofía, empeñada en explicar mecánicamente la naturaleza y
empeñada en negar nuestras entelechias, es prima hermana del materialismo. Esa
Metafísica tan nueva como brillante en que se abren nuevos rumbos a nuestras
primeras ideas, marcha a toda prisa contra el Supremo Ser, contra la
inmaterialidad del alma y contra todas las verdades que son base de la
Religión.»
Zahiere sin piedad a persona tan respetable como el Dr. D. Manuel
Custodio a causa de rivalidades entre dominicos y jesuítas. Parece que los
primeros habían escrito algo contra la devoción al Corazón de Jesús, y los
segundos azuzaron a Custodio para que acusara a los tomistas de apologizadores
del tiranicidio. Publicó el Dr. Custodio La Devoción del Sagrado
Corazón de Jesu-Christo explicada y defendida contra los Autores de la carta
refractaria por el Licenciado Farfán (Cádiz, 1790). Con tal motivo la
emprende Alvarado contra el firmante, descubriendo el seudónimo y satirizando
hasta su figura. «Bajo este presupuesto voy a presentar a V. M. delante de los
ojos a don Manuel Custodio, si es que encuentro cómo dibujarlo; porque mi
pincel no sabe dibujar miniaturas: lo es en la estatura y en el volumen, y
tanto que si fuese tan pobre de [419] caudal como le ha tocado serlo de persona
ya hace muchos años que se hubiese muerto de hambre. Sus papeles, comparados
con él, le darán a usted alguna idea de sus dimensiones. Lo exceden
infinitamente en lo largo. Son excedidos por él incomparablemente en lo ancho
que (por ser autor de ellos) se pone. Pero lo igualan exactisimamente en la
profundidad, en que tanto ellos como él gozan el privilegio de punto, línea y
superficie». (Copia de una carta escrita por un tomista de Sevilla a un
amigo suyo de la corte.)
No creo que ningún escritor tomista haya sido tan fiel ni tan diáfano
expositor de la doctrina del Maestro cual el dominico de Marchena en puntos de
tal importancia como el fundamento filosófico del poder civil y los conceptos
de ley, derecho y potestad social.
Todas las obras de Alvarado están incluidas en el Catálogo de
autoridades de la Real Academia Española. Algunos críticos censuran la excesiva
violencia de su lenguaje en la controversia, olvidando que el texto original ha
sufrido graves alteraciones en la impresión, circunstancia que mortificó
profundamente al autor, pues, en ocasiones, se llega hasta cambiar
esencialmente el sentido.
Ahogada por el tradicionalismo y el eclecticismo, renace la tomística en
el último tercio de la centuria.
Dentro del escolasticismo rígido, no sin clara inclinación suarista,
según característica de, su religión, el ignaciano P. José Mendive (1836-906)
escribió Institutiones philosophiae scholasticae ad mentem Divi Thomae
ac Suarezii, que estuvo muy en boga en los seminarios y algunas
universidades, así como su voluminosa Institutiones theologiae
dogmatico-scholasticae (1895, en 6 tomos). De la primera se había
tirado una edición española en 1882, a que algunos otorgan preferencia. Es uno
de los mejores libros que ha producido su escuela en los últimos tiempos.
También sumó su nombre a los muchos escritores católicos obstinados en
impugnar los famosos Conflictos entre la Ciencia y la Religión, del
profesor Draper, [420] prologados por D. Nicolás Salmerón en la edición
española. La vindicación de Mendive (1897), de que se han tirado varias
ediciones, se halla animada del nervosismo polémico. Llama al profesor
americano «solemnemente ridículo y digno de lástima por su ignorancia» (c. IV),
establece la realidad histórica de los milagros, defiende los misterios y, siguiendo
el orden de los conflictos planteados por Draper, sostiene la imposibilidad de
colisiones entre la religión y la ciencia, proclamando la infalibilidad
pontificia.
Ni éste, ni el P. Zeferino González y Díaz-Tuñón (1831-94), de la Orden
de Santo Domingo, pueden llamarse filósofos, sino profesores de Filosofía. Fray
Zeferino, sucesivamente Obispo de Córdoba, Arzobispo de Sevilla y de Toledo,
archidiócesis que renunció para volver a la Sede isidoriana, publicó en
Manila Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás (1864),
excelente trabajo expositivo que acredita su penetración. Trazó en él un cuadro
sintético del pensamiento del Ángel de las Escuelas, consecuente con su opinión
de que el tomismo es una concepción del eclecticismo superior y transcendental
que abraza y compendia todos los elementos racionales diseminados en los varios
sistemas filosóficos, y aun los que no compartimos su creencia ni aceptamos que
la razón humana alcanzara la cumbre de su esfuerzo en el siglo XIII, concesión
que supondría la inutilidad y falta de razón de ser de los siglos posteriores,
no podemos menos de admirar la profunda labor del Arzobispo de Sevilla.
No tan feliz en su Historia de la Filosofía (1878-9),
donde se nota cierta superficialidad, apenas concebible en quien profundizó con
insólito acierto las reconditeces de la tomística, al exponer y juzgar los
sistemas contrarios y el apasionamiento propio de historiadores y críticos
cuando laboran ofuscados por un prejuicio superior a su inteligencia y a su
voluntad. Sin darse cuenta, confiesa su natural parcialidad al descubrir un
dogmatismo real, palpitante en el seno de la filosofía y de su historia, a pesar
[421] de su aparente escepticismo y al arrancar del apotegma Religio
possidet veritatem, formulado en los gloriosos soles del Renacimiento.
Al verle acudir a la fe, desconfiando del valor histórico de su
filosofía, produce una impresión pesimista y escéptica confesada por él mismo.
«Es difícil, escribe, eximirse de cierta impresión escéptica al terminar la
lectura de la Historia de la Filosofía, y ahora debemos añadir
que esta impresión de escepticismo tiene que ser más vehemente e inevitable
cuando se estudia o se escribe una Historia de la Filosofía en el siglo XIX».
«Difícil es predecir en la hora presente el destino futuro y la victoria definitiva
entre el teísmo cristiano y el monismo materialista» (Prólogo).
Al grupo suarista perteneció el jesuíta P. José Fernández Cuevas
(1816-64), autor de unaHistoria Philosophiae (1858), que publicó
su Philosophiae rudimenta (1856-9), en tres volúmenes,
dedicados, el primero a la Lógica, Ontología y Cosmología; el segundo a la
Psicología y Teodicea, y el último a la Ética. Tal distribución se presumía,
dado el concepto general expresado en los Prolegómena. «Philosophiam
definimus scientiam praecipuarum veritatum de Ente in genere, Deo, Mundo et
Homine, ex principiis deductam solius rationis lumine cognitis.» Las
obras citadas no contienen nada nuevo ni notable, si bien merece estima la
primera por dedicar tres disertaciones a reseñar la evolución de la ciencia
hispana, aunque con datos asaz incompletos.
Cuando el primer Gabinete de la restauración borbónica dejó sin cátedra
a los profesores tildados de librepensadores, el Gobierno proveyó la vacante de
D. Nicolás Salmerón, trayendo a la cátedra de Metafísica a D. Juan Manuel Orti
y Lara (1826-90), que ya había explicado esa materia, excelente persona, muy
conocida por sus ideas ultramontanas y como redactor de periódicos derechistas.
Sus escritos filosóficos son tres trataditos de Psicología, de Lógica y de
Ética, unas Lecciones sumarísimas de Metafísica y Filosofía natural,
según la mente del [422] Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino (1887), Introducción
a la Filosofía, Principios del Derecho natural, El racionalismo y la humildad (1862), Krause
y sus discípulos, convictos de panteísmo (1864) y otros de menor
importancia o variantes de los mismos temas. Todos sus libros se inspiran en
Santo Tomás con estrechísimo criterio, ninguna novedad ni nota original aportan
y repiten lo que Liberatore y el P. Prisco, traducido por D. Gabino Tejado,
apuntan contra las doctrinas racionalistas. Esto no obstante, su patria, la
villa de Marmolejo, le dedicó un centenario el 29 de Octubre de 1926. Hizo
bien, pues si no la altura filosófica, la austeridad de su vida, la sincera
devoción y consecuente apego a sus ideales, su aplicación y laboriosidad,
merecían ese piadoso y solenme recuerdo.
En la empresa de refutar a Krause, le secundaron el ex ministro D.
Manuel Alonso Martínez (1827-91), con un superficialísimo discurso leído en el
acto de su ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y D. Pedro
López Sánchez, también castellano viejo, catedrático de Disciplina eclesiástica
en la Universidad de Sevilla, y también en su discurso, no menos superficial y
más pesado, de ingreso en la Real Academia sevillana de Buenas Letras.
Al Obispo de Jaén, D. Manuel González Sánchez (1825-96), natural de
Sevilla, elocuente, famoso por sus elogiadas pastorales, se debe La
filosofía católica comparada con la racionalista (Sevilla, 1874).
Conocidas las aficiones filosóficas del magistral de Huesca, D.
Valero Palacín y Campo (1827-95), por su Testamento de un demócrata
cristiano (1869), escrito de circunstancias, a nadie sorprendió con la
publicación de otros libros entre ellos, Armonía y dependencia entre la
razón y el catolicismo (1870), Conferencias casuales con un
eminente ateo y La Grande Empresa malograda,entendiendo
por la gran empresa la civilización de la Humanidad. «La civilización, escribe,
consiste en que en cada nación vea conseguido todo su fin la sociedad: entre la
[423] Iglesia y el Estado se ha de poner cima a la empresa.» Palacín es un
escolástico batallador, y en su otra obra La Verdad, la Bondad y la
Belleza, afrenta del panteísmo actual (1884), la emprende con Kant,
Hegel y Krause, procurando aniquilar con su dialéctica todas las encarnaciones
del moderno racionalismo.
Aunque ninguna novedad ofrecen sus obras, puede completarse esta
enumeración citando a Gabriel Casanova y su Cursus philosophicus ad
mentem D. Buenaventurae et Scoti (1894).
D. Alejandro Pidal y Mon (1846-913), que en su libro Santo Tomás
de Aquino (1875) se muestra elocuente apologista y sostuvo reñida
controversia con Menéndez y Pelayo, defendiendo el tomismo, y D. Manuel Polo y
Peyrolón (1846-918), también apologista en suElogio de Santo Tomás de Aquino (1880)
y formidable polemista e impugnador del darwinismo, cierran el cuadro de los
más conspicuos escolásticos.
Tampoco añadieron nada al escolasticismo de fin de siglo la Filosofía
cristiana (1897) de D. Ramón Torre Insunza, con encomiástico prólogo
de Orti y Lara, ni la Filosofía subjetiva(Granada, 1888), dividido
en tres partes: Dialéctica, Crítica y Metodología, obra del catedrático
granadino D. José España y Lledó, hombre de claro talento y nada vulgar
ilustración, pero el temperamento menos filosófico que he conocido. [424]
§ IV
Escolásticos moderados
Reacción contra el eclecticismo. –Balmes. –Mestres. –Comellas.
–Quadrado. –El P. Uráburru.
La filosofía ecléctica anterior al eclecticismo por antonomasia de
Cousin, y más tarde la de Cousin mismo, invadían las aulas y nutríase con
traducciones y exégesis de obras eclécticas el ansia de la juventud. Semejante
irrupción tropezó con la protesta del canónigo Jaime Balmes (1810-48), natural
de Vich. La otra más leída de Balmes es, sin duda, El protestantismo
comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1844),
donde contesta a laHistoria de la civilización europea publicada
por Guizot. Sigúele en aura popular el precioso y casi improvisado compendio de
lógica práctica titulado El criterio (1845), apellidado por
Torrascodech del seny, donde estudió las fuentes del conocer y la
marcha de las facultades psíquicas, libro, aunque calificado por Menéndez y
Pelayo de «juguete literario y lógica familiar», de lo mejor pensado y orgánico
que existe. Mas la esencia del pensamiento de Balmes reside en laFilosofía
fundamental (1846), obra básica, pues las demás revisten carácter
polémico, cuyo objeto, nos dice el autor, es examinar las raíces del árbol de
la ciencia con cuantos materiales extranjeros se ofrecieron afines a su
espíritu. Estos libros, que causaron profunda impresión en las ideas del clero,
no merecieron simpatía de los escolásticos. Y es que el contradictor del
eclecticismo, mal aprisionado en las mallas de la escolástica, es también un
ecléctico. En efecto, aunque de filiación tomista y debiendo bastante de sus
ideas al P. Fernando de Ceballos y al P. Francisco de [425] Alvarado,
indiscutibles maestros suyos, atraído por la filosofía contemporánea, propende
al racionalismo armónico de Leibniz y pudiera decirse, con Menéndez y Pelayo,
que algo del ontologismo de Fox Morcillo reflorecía en su espíritu. Rechaza el
intelecto agente o abstractivo de Aristóteles; coincide en ocasiones con la
escuela teológica; admite el punto de partida de Descartes y casi su
famoso Cogito ergo sum; tampoco le satisface la especie
impresa del estagirita: utiliza los análisis de Reid y sus discípulos; conviene
con Suárez en confundir la esencia y la existencia; contra la opinión de Santo
Tomás sostiene que «la existencia es el acto que da el ser a la esencia», mas,
separándose también en la teoría del alma de los brutos, halla redundante el
segundo miembro de la definición de la unidad(Ens indivisum in se et divisum
ab aliis) formulada por los escolásticos.
A este tratado recurriré para mostrar que de tal complexión anímica,
reforzada en su amplitud de miras por las visitas a París y el trato con los
hombres de ciencia franceses, debían brotar numerosas contradicciones, faltando
un principio de unidad, no impuesto, sino por intuición o por reflexión hallado
en la propia conciencia.
Al tratar del punto de partida de la ciencia, después de haber
sostenido, como escolástico, que el Yo, para ser conocido de
sí propio, no disfruta de otro privilegio sobre los seres distintos de él sino
el de presentar inmediatamente los hechos que pueden conducir a su
conocimiento, por lo «que el Yo en sí mismo, considerado como sujeto, no es
punto de partida para la ciencia, aunque sea su punto de apoyo» (F.
Fund. I, 44). Se contestó a sí mismo(id., IV, 79): «La
realidad permanente del Yo, considerada en sí misma y prescindiendo de las
cosas que pasan en ella, es un hecho que sentimos en nuestro interior y
expresamos en todas nuestras palabras: Si a esta presencia, a esta experiencia
interna se le quiere llamar intuición del alma, nosotros tenemos intuición de
nuestra alma... o es necesario admitirla o renunciar al testimonio de toda
[426] conciencia». Avanzando «¿Quién sabe si podríamos decir que no
hay otra intuición de nuestra alma que la que tenemos ahora; que ella en sí
misma, en su entidad una, simple, es esta misma fuerza que sentimos; que esta
misma fuerza es el sujeto de las modificaciones: que es la misma substancia,
sin que sea preciso excogitar otro fundamento, digámoslo así, en que resida esa
fuerza?... ¿Por qué no podríamos decir que la presencia de sentido íntimo, la
conciencia de sí propia, es toda la intuición que el alma puede tener de sí
misma?» (id., IV, 80).
Véase ahora cómo se expresa al tratar del Ente y cómo lo comenta D.
Federico de Castro: «Que no podemos pensar sin la idea de ente, dice (id., cap.
XI), lo demuestra lo dicho en los capítulos anteriores, y además, cualquiera
puede consultar la experiencia en sí mismo esforzandose para hacer una
reflexión en que no entre la idea de ser... ¿Podrá habernos
venido de las sensaciones? La sensación, en sí, no nos presenta sino cosas
determinadas; la idea del ente es cosa indeterminada: la sensación no nos
ofrece sino cosas particulares, la idea del ente es la más general que hay y
que puede haber; la sensación nada nos dice, nada nos enseña, fuera de que ella
es una simple afección de nuestra alma; la idea del ente es una idea vasta, que
se extiende a todo, que fecunda admirablemente nuestro espíritu, que es el
elemento de toda reflexión que funda por sí sola una ciencia; la sensación no
sale de sí misma, no se extiende siquiera a otras sensaciones... La idea del
ente conduce al espíritu por todo linaje de seres, por lo corpóreo y lo
incorpóreo, lo real y lo posible, por el tiempo y la eternidad, lo finito y lo
infinito». «La idea de ser tampoco puede formarse por abstracción. Para
abstraer es preciso reflexionar, y la reflexión es imposible sin tener de
antemano dicha idea: luego es necesaria para la abstracción, luego la
abstracción no puede ser su causa. Por otra parte, a esta argumentación, que
tan concluyente parece, se le puede oponer una explicación sumamente sencilla
del método con que la abstracción se ejecuta. Yo veo el papel [427] en que
escribo; la sensación envuelve dos cosas: blanco y extenso. Si no tengo más que
la sensación, aquí me pararé y sólo recibiré esta impresión: extenso y blanco.
Si hay en mí alguna facultad distinta de sentir que me haga reflexionar sobre
la misma sensación que experimento, podré considerar que esta sensación tiene
algo semejante con otras que recuerdo haber experimentado. Podré, pues,
experimentar la extensión y la blancura en sí prescindiendo de que sean éstas
que en la actualidad me afectan. En seguida puedo reflexionar que estas
sensaciones tienen algo de común con las demás en cuanto todas me afectan de
algún modo; entonces tengo la idea de la sensación en general. Si luego
considero que todas las sensaciones tienen algo de común con todo lo que hay en
mí, en cuanto me modifican de alguna manera, formaré la idea de una
modificación mía, prescindiendo de que sea sensación o pensamiento o acto de
voluntad, y en fin, prescindiendo de que estas cosas se hallen en mí, de que
sean substancias o modificaciones, sólo atiendo a que son algo, habré llegado a
la idea del ser. Luego esta idea puede formarse por abstracción. Esta
explicación es seductora por su sencillez, pero no deja de sufrir graves
dificultades. Desde los primeros pasos de la operación nos servimos sin
advertirlo de la idea de ser: luego nos hacemos ilusión cuando creemos
formárnosla. Para reflexionar sobre lo extenso y lo blanco, es necesario
considerar que existe, que es algosemejante a otras sensaciones;
cuando prosigo pensando en que me afecta, ya sé que yo soy, que aquello que me
afecta es; ya hablo de ser o no ser, de tener o no tener algo común;
y por fin, cuando prescindo de que las modificaciones de mi espíritu sean esto
o aquello y sólo las miro como una cosa, como un algo, como
un ser, claro está que no podría considerarlas como tales si
no existiera en mí la idea de algo en general. Aquí el ser es
un predicado que yo aplico a las cosas; luego ya existía este predicado. Lo que
hago es colocar las cosas particulares y determinadas en una idea general e
indeterminada que preexistía en mi [428] entendimiento». No obsta para la
verdad, aunque incompleta, de esta crítica, la extraña componenda que intenta
hacer entre estas opiniones opuestas y que basta transcribir para ver que es un
tejido de contradicciones. «La idea de ente –continúa– no
la tengo por innata en el sentido de que preexista en nuestro entendimiento
como un tipo anterior a las sensaciones y a los actos intelectuales; pero
no veo inconveniente en que se le llame innata, si con este nombre no se
significa otra cosa que lafacultad innata de nuestro entendimiento para
percibir los objetos bajo la razón general de ente o de existencia, tan
pronto como se reflexiona sobre ellos. De esta suerte, la idea no
dimana de las sensaciones y se la reconoce como un elemento primordial del
entendimiento puro; tampoco se la forma por abstracción, como si se la
produjese totalmente, sino que se la separa de las demás, se la depura, por
decirlo así, contribuyendo a esta depuración ELLA MISMA. Así puede
preexistir a la reflexión y ser en algún modo el fruto de la reflexión, según
los varios estados en que se la considera. En cuanto anda mezclada y confusa
con las demás ideas, preexiste a la reflexión; pero es fruto de la misma
reflexión en cuanto esta la ha separado y depurado.» No puede abstraerse,
separarse, una cosa de donde no la hay, y los particulares, por muchos que
sean, nunca darán la idea de lo general.
Si en lo particular lo vemos, no es por la inducción naturalista de
Aristóteles, sino por la inducción geométrica de Platón; lo particular no da el
todo, sino que no puede verse más que en el todo. La epagogé que,
según Aristóteles, no puede tener lugar sino por el agotamiento de los casos
particulares, no se logra nunca, y en todo caso nos conduciría a la nada. El
ente no tiene valor, ni aun lógico, sino como una abstracción del ser, no como
la abstracción de unas cuantas cosas, que a la sumo formarían un género o una
especie: no por lo que quitásemos, sino por lo que dejáramos. El ente no es más
que el ser pensado antes de pensar sus cualidades, una posición del
entendimiento, [429] sin otro valor que el discursivo cuando no se aparte de la
vista racional que sucesivamente traduce en el tiempo. Separado de ella «no
ofrece al espíritu –como dice Balmes– nada real ni aun posible, pues no
concebimos que exista un ser que no sea más que ser, de tal modo, que no se
pueda afirmar del mismo ninguna propiedad, excepto la de ser» (entiéndase ente
donde dice ser).
El ente, abstractamente tomado, lleva envuelta su propia negación (su
contradefinición), es contradictorio en sí mismo (ser sin ser, ser que no es) y
tiene que llevar al cabo por esta su negación interna a hacer desaparecer el
propio supuesto al ser plenamente determinado, enteramente definido y
circunscrito (al acto puro de Aristóteles, al Espíritu absoluto de Hegel). Mas
en este nuevo aspecto obtenido, no mirando derechamente a su objeto, sino de
espaldas a él, apartándolo cuanto es posible de nuestros ojos, es el ser visto
otra vez como mera posición lógica, como mera forma, como pura idealidad; acto
sin agente, pensamiento sin quien piense, filosofía sin filósofo, idea sin
substancia, como antes era materia sin concepto.
Ni se salva este panteísmo lógico, que va de apariencia en apariencia en
vez de realidad en realidad, de negación en negación en vez de afirmación en
afirmación positiva, con la distinción entre el ser puro por abstracción (el
ente) y el ser puro por simplicidad (Dios), que sirve o para mostrar la
imposibilidad de la hipótesis o para conducirnos a un dualismo irresoluble,
cuya última expresión es un escepticismo lógico y moral. Si el concepto del
ente en común, según el P. Zeferino González (F. F., II, p. 16,)
«no incluye la realidad completa, absoluta y total del ser, sino más bien un
principio, un grado y como un aspecto parcial de la realidad completa, pues que
sólo incluye una parte, por decirlo así, de la esencia o realidad de las
naturalezas de las cuales se produce», y por el contrario, cuando
referimos este concepto a Dios, diciendo que es el Ser puro y universal,
queremos significar, no solamente que este Ser no es una abstracción del
entendimiento, sino [430] principalmente que encierra
en sí toda la realidad y todas las perfecciones posibles (ser universal), y por
consiguiente, todo el ser real, positivo y concreto, que excluye por lo mismo
todo no ser puro, toda mezcla de imperfección o potencialidad, es
claro que el ente, que no es más que un principio, un grado y como un
aspecto parcial de la realidad completa, sólo en el ser puro
universal que encierra en sí toda la realidad puede ser visto y
comprendido, luego no es la idea primera, y si, por el contrario, nos decidimos
porque el ente se opone a Dios como lo potencial puro a lo actual puro, como el
no ser al ser, entonces todo lo que descubrimos mediante la idea del ente es
precisamente lo contrario de lo que es, lo que estimemos como realidad es la
mentira, lo que estimemos como bien es el mal, y como todo lo que pensemos
tenemos que pensarlo mediante la idea del ente, entre Dios y el hombre hay una
barrera infranqueable. ¿Pero no podrá decirse, con Rosmini, que «la simple idea
de ser no es percepción de alguna cosa existente, sino la intuición de alguna
cosa posible, no es más que la idea de la posibilidad de la cosa»? A esto
contesta Balmes: «Quisiera que se me dijese a que corresponde la idea del ser
en general, prescindiendo de que exista. Si después de haber prescindido de
todas las determinaciones, prescindo también del ser mismo, ¿qué me resta?
Resta, se me dirá, una cosa que puede ser. ¿Qué significa una cosa? Supuesto
que prescindimos de todo lo determinado,cosa no puede significar
sino un ser; tendremos que una cosa que puede ser equivaldría a un ser que
puede ser. Ahora bien; se habla de un ser que puede ser: ¿se trata simplemente
de la posibilidad no pura? Entonces no se prescinde de la existencia y se falta
a lo supuesto. ¿Se trata de la posibilidad pura? Entonces se niega la existencia
y la proposición equivale a esta otra: un ser que no es, pero que no envuelve
ninguna repugnancia». Veamos lo que significa esta expresión: un ser que no es.
¿Qué significa el sujeto, el ser? Una cosa, o bien lo que es. ¿Qué significa
una cosa? Un ser, pues se prescinde de todo lo [431] determinado. Luego o el
sujeto de la proposición no significa nada o la proposición es absurda, pues
equivale a esta otra: «una cosa que es que no es, pero que no envuelve
repugnancia.» Y sin embargo, el mismo Balmes, que añade más adelante: «La idea,
pues, de ser es la misma idea de la existencia de la realización; si concebimos
el ser puro, sin mezcla, sin modificación, subsistente en sí mismo, concebimos
el infinito, concebimos a Dios; si consideramos la idea de ser participada de
una manera contingente con aplicación a las cosas finitas, entonces concebimos
la actualidad o la realización de ellas» (F. F., III, IV),
dirá algo después (id., III, XI): «Dios tiene en sí la
plenitud del ser; es su mismo ser, se llama con profunda verdad el que
es; pero de él afirmamos también con verdad que es inteligente, que es
libre y que tiene otras perfecciones no expresadas en la idea general y pura
del ser.» ¡Tanto pueden, aun en varones de gran inteligencia, los prejuicios de
escuela! La conciencia no me dice que yo soy un ente, un algo
indiferente a ser o no ser, sino un ser real en quien es y
tiene razón inmediata todo lo que soy. Mis propiedades lo son de mí como ser de
propiedades esencialmente, o como Yo soy, sin lo que no se sabría de quién
hablo cuando dijera: Yo soy esto o lo otro, y las propiedades de que hablo serían
anejas, allegadas, no propiedades del que las es, o mediaría algo para tal
anexión, y así indefinidamente sin ser ni mostrar Yo lo que soy, sino siendo
siempre distinto y otro de Entidad a Entidad, donde yo sería un incógnito
abstracto, y las propiedades también pensándose sin saber a quién ni de quién
son tales como se dicen.
Al hablar de la confusión a que he aludido entre la esencia y la
existencia, dice: «La esencia de un hombre, si se prescinde de su existencia,
¿a qué se reduce? A nada, luego no debe admitirse ninguna relación entre
ellas.» «Las esencias de todas las cosas están en Dios, y en este sentido puede
decirse que se distinguen de la existencia finita; pero esto, si bien se
considera, no afecta en nada a la cuestión presente. Cuando las cosas existen
en Dios, no [432] son nada distinto de Dios; están representadas en la
inteligencia infinita, la cual, con todas sus representaciones, es la misma
esencia infinita. Comparar, pues, la existencia finita de las cosas con su
esencia, en cuanto se halla en Dios, es variar radicalmente el estado de la
cuestión y buscar la relación de la existencia de las cosas, no con sus
esencias particulares, sino con las representaciones del entendimiento
divino»... «La relación de las propiedades esenciales es necesaria, porque
destruyéndose se cae en contradicción»... «La contradicción no existe cuando no
se comparan unas propiedades con otras, y esta comparación no se hace cuando se
trata de la esencia y la existencia. Entonces no se compara una cosa con otra,
sino una cosa consigo misma; si se introduce la distinción, no se la refiere a
dos cosas, sino a una misma considerada bajo dos aspectos o en dos estados: en
el orden ideal y en el real.» «Cuando nos ocupamos de la esencia, prescindiendo
de la existencia, el objeto es el conjunto de las propiedades que dan al ser
tal o cual naturaleza; prescindimos de que éstas existen o no, y sólo atendemos
a lo que serían si existiesen. En todo cuanto afirmamos o negamos de las
mismas, envolvemos expresa o tácitamente la condición de la existencia; pero
cuando consideramos la esencia realizada o existente no comparamos propiedad
con propiedad, sino la cosa consigo misma. En este caso, la no existencia no
implica contradicción, porque desapareciendo la existencia desaparecerá también
la misma esencia y, por consiguiente, todo lo que ella incluye.» «Decían los
escolásticos que el ser cuya esencia fuese lo mismo que su existencia, sería
infinita y absolutamente inmutable, a causa de que siendo la existencia lo
último en la línea de ente o de acto, dicho ser no podría recibir cosa alguna.
Esta dificultad se funda también en el sentido equívoco de las palabras. ¿Qué
se entiende por último en la línea de ente o de acto? Si se
quiere significar que a la esencia identificada con la existencia nada le puede
sobrevenir, se comete petición de princpio, pues se afirma lo que se ha [433]
de probar. Si se entiende que la existencia es lo último en la línea de ente o
de acto, en tal sentido que puesta ella nada falte para que las cosas, cuya es
la existencia, sean realmente existentes, se afirma una verdad indudable, pero
de ella no se infiere lo que se intentaba demostrar.» Estos argumentos que
pueden robustecerse por cada parte, no significan en el fondo sino la oposición
que hay entre los conceptos del ente (el ser que no es o que,
por lo menos, es indiferente a ser), y el ser (el que es). El
ente, no siendo por sí más que un algo indeterminado, para ser esto o aquello
necesita de algo que lo saque de esa indiferencia, que lo determine; este algo
es la esencia (aquello por que una cosa es la propia que es y no otra); pero el
ser así esenciado, no es todavía más que un ser posible, que determinadamente
no se puede actualizar más que de aquella manera, aunque muy bien pudiera no
actualizarse; para que sea efectivamente (físicamente) lo que puede ser, se
necesita de una causa que le dé la actualidad que no tiene; esta actualidad es
la existencia. Pero se olvida aquí que tanto la existencia como la esencia son
puros conceptos, que no se refieren a nada real; que, como el ente, son
indiferentes a ser o no ser. No hay, pues, diferencia en que se diga: Pedro es
racional o Pedro existe actualmente; porque si en el primer caso afirmo que no
puedo concebir un Pedro sin ser racional, porque no puedo concebir un Pedro que
no sea hombre; en el segundo afirmo igualmente que no puedo concebir a Pedro
sin existencia actual, porque no puedo concebir un Pedro que no sea individuo
humano. Mas ni en uno ni en otro caso, afirmo la realidad del ser de Pedro ni,
por consiguiente, que se den en él las propiedades que se le atribuyen. Otra cosa
sería si afirmara esta realidad: entonces Pedro no podría ser visto como
racional sin ser antes conocido como existente. Del Pedro que no existe, no
puede decirse que sea racional, ni que no lo sea. Lo que sucede es que,
considerado el ser sin ser, puede considerarse el ser sin esencia y la esencia
sin existencia, lo que es pensar al revés; pero [434] pensando a derechas, el
ser que es no puede ser concebido sin esencia ni su esencia sin existencia.
No incurre en menores contradicciones en la doctrina del conocimiento
sensible. Después de afirmado (F. Fund., II, 21) «que las
sensaciones son algo más que simples fenómenos de nuestra alma, que son efectos
de una causa distinta de nosotros, lo demuestra la comparación de ellas entre
sí; unas las referimos a un objeto externo, otras no» (id., II,
25); «los fenómenos independientes de nuestra voluntad, y que están sujetos en
su extensión y en sus accidentes a leyes que nosotros no podemos alterar, son
efecto de seres distintos de nosotros mismos. No son los mismos, porque
existimos muchas veces sin ellos; no son causados por nuestra voluntad. pues se
presentan sin el concurso de ella y muchas veces contra ella; no son efecto uno
de otro en el orden puramente interno, porque acontece con mucha frecuencia que
haciéndose seguido mil y mil veces un fenómeno a otro, deja de repente de
existir el segundo, por más que se reproduzca el primero», y de haberlo
rebatido (id. I, 135): «En la idea de sensación, como puramente
subjetiva, no se encierra la idea de la existencia o posibilidad de un objeto
externo... Esto, además de ser claro de suyo, se confirma con la experiencia de
todos los días. La representación de lo extemo considerada subjetivamente como
puro fenómeno de nuestra alma, la tenemos continuamente, sin que le
correspondan objetos reales, más o menos clara en la sola imaginación durante
la vigilia; viva, vivísima, hasta producir una ilusión completa, en el estado
de sueño», se pregunta (id., I, 89, 90): «Nada más
cierto, nada más evidente a los ojos de la filosofía que la subjetividad de
toda sensación; es decir, que las sensaciones son fenómenos inmanentes o que
están dentro de nosotros y no salen fuera de nosotros, y sin embargo, nada más
constante que el tránsito que hace el género humano entero de lo subjetivo a lo
objetivo, de lo interno a lo externo, del fenómeno a la realidad. ¿En qué se
funda este [435] tránsito?» (id.. I, 89, 90). Y se contesta:
«Es evidente que... no puede explicarse por motivos de raciocinio y hay que
apelar al instinto de la Naturaleza. Luego hay un instinto que por sí solo nos
asegura de la verdad de una proposición, a cuya demostración llega difícilmente
la filosofía más recóndita». Antes (id.. I, 6) había dicho:
«La simple sensación no tiene una relación necesaria con el objeto externo,
pues ella puede existir y existe muchas veces sin objeto real. Esta
correspondencia entre lo interno y lo externo, es de la incumbencia del juicio
que acompaña a la sensación, no de la sensación misma». Más adelante dirá (id., II,
172): «Su existencia (la del mundo exterior) nos es conocida, no sólo por los
fenómenos, sino por los principios del entendimiento puro, superiores a todo lo
individual y contingente. Dichos principios, apoyados en los datos de la
experiencia, esto es, en las sensaciones, cuya existencia nos atestigua el
sentido interno, nos aseguran que la realidad de las sensaciones o la realidad
del mundo externo es una verdad»; lo que confirma (id., III,
129): «La sensación nada nos enseña, nada nos dice fuera de lo que es ella, una
simple afección de nuestra alma... la sensación no sale fuera de sí misma; la
del tacto nada tiene que ver con la del oído; todas pertenecen a un instante
del tiempo y no existen fuera de él; la idea del ente conduce al espíritu por
todo linaje de seres, por lo real y lo posible, por el tiempo y la eternidad,
lo finito y lo infinito. Si algo sacamos de las sensaciones, si nos producen
algún fruto intelectual, es porque reflexionamos sobre ellas, y la reflexión es
imposible sin la idea del ente». Asi, después de haber puesto sucesivamente el
fundamento de nuestra creencia en la objetividad de la Naturaleza, primero en
la diferencia de sensaciones, luego en el juicio, después en el instinto
natural, lo que le lleva a proposiciones semi-kantianas, por ejemplo, «el
espíritu no puede pensar fuera de sí mismo; lo que conoce, lo conoce por sus
ideas; si éstas le engañan, carece de medios para rectificarse» (id., I,124),
acaba por buscarlo en la idea del ente, con lo que se [436] aproxima
notablemente a la verdad. Mas ¿no hubiera evitado el autor muchas de estas
contradicciones si se hubiera propuesto francamente la cuestión en vez de
procurar eludirla?
Confundiendo, como lo hace Balmes, la unidad con la simplicidad, entendida
ésta como la indistinción interna (lo realmente uno carece de distinción en sí
mismo, no consta de partes de las que se pueda decir esto no es aquello)
no halla esta unidad en el mundo corpóreo en cuanto es objeto de nuestra
sensibilidad. Lo extemo consta esencialmente de partes, de donde resulta que la
unidad real o la simplicidad no la hallamos en el mundo corpóreo en cuanto es
objeto de nuestra sensibilidad.» «La verdadera unidad sólo se encuentra, pues,
en la simplicidad: donde no hay verdadera simplicidad, hay una unidad ficticia,
no real, pues aun cuando no hay separación, hay distinción entre las varias
partes de que el compuesto se forma.» Y no sería difícil demostrar siguiendo el
mismo razonamiento que nuestra alma no la tiene tampoco. «He dicho, escribe,
que las substancias simples no se ofrecían a nuestra intuición, y que ésta no
tenía más objetos que mereciesen el nombre de simples que los actos de nuestra
alma»; «tocante a los actos de nuestra alma que nos son dados en intuición en
el sentido íntimo, no cabe duda que son perfectamente simples.» «Conviene no
confundir la multiplicidad de los actos con los actos: no niego que éstos sean
muchos, sólo digo que son simples en sí mismos. En nuestro espíritu se suceden
continuamente pensamientos, impresiones, afecciones de varías clases: estos
fenómenos son distintos entre sí, como lo prueba el que existen en tiempos
diferentes, y en un mismo tiempo existen los unos sin los otros y algunos de
ellos son incompatibles porque se contradicen, pero cada fenómeno por sí es
incapaz de ser descompuesto, no admite dentro de sí la distinción en varias
partes, y por consiguiente, es simple.» Luego el alma, que se manifiesta en
actos que se distinguen y hasta se contradicen, no es simple, y por [437]
consiguiente, no es uno al menos para nuestra inteligencia, por más que los
actos le sean considerados cada uno de por sí.
Respecto a la esencia del tiempo, se pregunta Balmes: ¿Qué es la
sucesión? Se contesta que es el ser y el no ser y
cree que la percepción de esta sucesión de este ser y no ser es la idea de
tiempo.
Mas, fácilmente se comprende que si un ser es y deja de ser no va a otra
cosa, sino a la nada; no muda, concluye; para que un ser mude es necesario que
permanezca siendo; por eso se dice que la muerte es el término de la mudanza.
Hijas de la afirmación que combatimos son las siguientes proposiciones del
filósofo de Vich: «El tiempo en las cosas es la sucesión de las mismas, su ser
y su no ser; la perfección de este orden en su mayor generalidad, prescindiendo
de los objetos que en él se contienen, es la idea del tiempo; esta es la razón
por que percibimos el tiempo antes y después del mundo actual, porque expresa
una relación que no está afectada por nada de contingente»; «las ideas de ser y
de no ser, como elementos primordiales, engendran la idea de tiempo, de la que
no alcanzamos a eximir al mismo ser infinito sino por un esfuerzo de
reflexión»; error semi-hegeliano que le lleva a preguntarse seriamente: «¿Cómo
se excluye el movimiento de las hojas de nuestros jardines con la del jardín de
Adán?» Pero el mismo autor se toma el trabajo de refutar estas afirmaciones con
estas otras: «El tiempo es la duración, duración sin algo que dure es
una idea absurda»; «la percepción del tiempo en nosotros viene a parar a la
percepción de la no necesidad de las cosas»; «el tiempo no es nada distinto de
las cosas, es la misma sucesión de las cosas»; «el tiempo comienza con las
cosas mudables; si éstas acabasen, acabaría con ellas», «un tiempo anterior a
las cosas o fuera de las cosas es también una ilusión de la fantasía»; «no es
posible separarlo de las cosas sin anonadarlo»; «siempre que hay sucesión hay
alguna mudanza y no hay mudanza sin que algo sea de otra
manera»; «los seres mudables cuando [438] no en sus
sustancias al menos en sus modificaciones todos envuelven sucesión». La
causa es, dice Balmes, todo lo que hace pasar algo del no ser al ser; donde
se define lo que es por lo que hace, se deja de definir la
relación de causa en el hacer pasar (causar con otras
palabras) y se supone algo que no es fuera de la causa (contradicción
lógica). De aquí las siguientes proposiciones, recíprocamente exclusivas: «El
principio de causalidad se funda en las ideas puras de ser y de no ser». Del
concepto de no ser es imposible que salga el ser. Para que a un ser A se le
pueda aplicar el principio de causalidad, es preciso que... antes no existiese
A; hay, pues, una duración asignable en que no había A. Del no A absoluto jamás
saldría el A, no habría ni siquiera concepto, pues que el pensamiento de
negación pura no es pensamiento. Hay imposibilidad de concebir un comienzo sin
algo preexistente. Hallamos en nuestras ideas el ser como absoluto y el no ser
como relativo. ¿Qué significa esta relación de lo que existe a lo que no
existe? ¿No parece una cosa contradictoria, una relación sin término? Y, sin
embargo, pretende resolver esta contradicción por la inteligencia; «sólo esta
puede pensarlo que no existe», o sea, según Balmes, pensar el no pensamiento.
«La unidad, establece Balmes, es el primer elemento del número, pero que
por sí sola no constituye el número; éste no es la unidad, sino la colección de
unidades», lo que no tarda implícitamente en contradecir cuando asegura que «el
número por excelencia es el abstracto; porque prescindiendo de lo que distingue
a las cosas numeradas, las considera únicamente como seres, y por tanto como
contenidas en la idea general de ser».
Al tratar de la ciencia transcendental en el orden intelectual absoluto,
estampa estas notables palabras: «Es digno de notarse que a medida que se va
adelantando en las ciencias se encuentran entre ellas numerosos puntos de
contacto, estrechas relaciones que a primera vista nadie hubiera podido
sospechar» (I, VI, 52) y concluye con [439] éstas que Sanz del Río recoge para
hacerlas suyas al estudiar el idealismo: «No cabe duda alguna de que en el
orden intelectual hay una verdad de la cual dimanan todas las verdades, hay una
idea que encierra todas las ideas» (id., 52).
Mas «nosotros no vemos intuitivamente la verdad infinita en que todas
las verdades son una» (c. XXXIV, 338) y «excepto la unidad de la conciencia,
nada encontramos en nosotros que no sea muchedumbre de ideas»...
¿Dónde apoyar la certidumbre de la idea? «Es un producto espontáneo de
la naturaleza del hombre, va aneja al acto directo de las facultades
intelectuales y sensitivas»...
Sin embargo, «los filósofos han buscado un primer principio de los
conocimientos humanos; cada cual lo ha señalado a su manera y... todavía es
dudoso quién ha acertado y hasta si ha acertado nadie» (c. IV, 38). Por eso «la
misma duda universal de Descartes, cuerdamente entendida, es practicada por
todo filósofo» (c. XVIII), afirmación contradicha cuando desconoce o aparenta
desconocer el valor de la duda previa lanzando estas frases, por otra parte tan
bellas: «Negar o dudar de ese primer hecho es caer en la extravagancia de
afirmar que en el umbral del templo de la sabiduría está sentada la locura o
asemejarse al anatómico que, antes de la disección, quemase el cadáver y
aventase las cenizas.» Harto sabía aquel privilegiado cerebro que la duda
metódica debe hacer entrar en razón a la demencia y que no quema el cadáver,
sino lo analiza para decidir o rehusar la cremación.
Combate los sistemas que van a parar al panteísmo, pero confiesa que
encierran una verdad profunda, «la unidad buscada por los filósofos, o sea la
Divinidad misma» (c. IX, 100, 105).
Tales observaciones y otras que podría añadir, debidas unas con su
comento a D. Federico de Castro y otras mías, que me he complacido en unir a
las suyas por piadoso homenaje a la memoria del maestro, ya que tantos años
[440] trabajamos juntos, se justifican por las contradicciones a que arrastró,
no en parva medida, la condición social del pensador. Si Balmes no hubiera
profesado el sacerdocio, acaso tales antinomias habrían hallado solución en la
altura de su espíritu, porque, cualquiera que sea la escuela o confesión a que
se pertenezca, si tenemos promulgada una revelación infalible, forzosamente
habremos de rechazar toda conclusión opuesta al dogma y careceremos de libertad
en nuestro criterio. Un teólogo musulmán, jamás podría convertirse al cristianismo
sin perder su fe, pues las razones que se le dieran contrarias al Korán, se
estrellarían ante la infalibilidad del dogma revelado por Al-lah a su profeta.
Contribuye no menos a tales contradicciones el carácter analítico del
pensamiento de Balmes. Si hubiera poseído un espíritu sintético, habría logrado
resolver las antinomias venciendo la constante indecisión cuando no se apoya en
la columna de la fe. Su condición de analizador no le ha permitido legar un
sistema propio y substantivo ni dar unidad didáctica al contenido de la
Filosofía fundamental, más semejante a serie de disertaciones, no siempre con
orden dispuestas, que a exposición sistemática e integral.
Balmes, el primero entre los apologistas modernos, profundamente
religioso, de penetrante mirada, tan amplio en sus conceptos que se asfixiaba
en la estrechez escolástica, hasta sintiendo antipatía por su tecnicismo, se
nos muestra más preocupado del triunfo de su idea religiosa que de la
consecuencia filosófica, más polemista que investigador. Por eso no ofrece un
sistema de cerrada arquitectura y recurre antes a la sutileza que a la visión
profunda, término de constante y desinteresada meditación.
El P. Zeferino señala en Balmes la tendencia al escepticismo objetivo y
al fideísmo de Jacobi. En efecto, sí no poseemos certeza más que de la
fenomenología subjetiva y la que creemos, o mejor, queremos tener en la
realidad externa, no se apoya más que en una necesidad íntima o [441] instinto,
el sentimentalismo llama a las puertas del alma y cede el paso al escepticismo
objetivo. Esta inexorable consecuencia se acentúa más en Balmes, poeta,
escritor político, alma vibrante y saturada de generosos sentimientos.
De todas suertes, Balmes, aun dentro del escolasticismo, da una de las
rarísimas notas originales del pensamiento español, durante todo el siglo XIX
sometido a exótica tutela. Demuestra su recia constitución filosófica llamando,
como Sócrates, al hombre hacia su interior. Detestaba la balumba de citas y
aforismos, tan en auge en su tiempo, y eso que ninguno hubiera podido
amontonarlas con tanta novedad, pues era, según creo, el único español entonces
al corriente de la filosofía francesa y, sobre todo, de las escuelas alemanas,
de las que se señaló en su Historia de la Filosofía por ser el primer
expositor. Mas Balmes, filósofo popular, según característica del espíritu
práctico de su región, la cual antes que los demás pueblos latinos había
sustituido el latín por el romance para la exposición científica, facilitando
así la difusión didáctica por todas las capas sociales, desdeñaba la erudición
y decía: «Enseñar pensamientos está bien; pero vale más enseñar a pensar.
Hagamos fábricas, no almacenes». Contribuyó poderosamente a su popularidad
aquel estilo y aquella prosa, incorrecta, es verdad, cuajada de galicismos y
ayuna de arte, pero diáfana, transparente, que infundía sin nubes el
pensamiento, compenetrando su alma con el lector. Por tal claridad de exposición,
Balmes hizo accesibles a todas las inteligencias los problemas y se erigió en
educador de cuantos españoles de su tiempo fijaron los ojos en el cielo de la
filosofía.
El sacerdote catalán, catedrático de Filosofía y religión en el
Instituto de Barcelona, D. Salvador Mestres (†1879), aparte de sus libros y
opúsculos literarios y didácticos, compusoOntologia o Metafísica pura
universal y general, obra de mayor aliento impresa en 1865. Dentro del
círculo escolástico, presenta como matiz especial el influjo de los filósofos
italianos, singularmente de Antonio Rosmini, aún [442] sustentador del aforismo
medieval scientia ancilla theologiae, y de Pascual Gallupi,
que en sus Elementi di filosofía intentó restaurar el
esplritualismo cristiano. Las docencias de tales maestros prendieron en su
cerebro durante su estancia en Rímini y Bolonia, donde había profesado la
filosofía, la teología y los cánones. Su marcada preferencia por el método psicológico
indujo a algunos críticos a afiliarle entre los que confunden la filosofía con
el sentido común, es decir, de los que, sin salir de la propedéutica, descansan
en los umbrales de la ciencia reflexiva y no se arriesgan a lanzar una mirada
al interior.
El sacerdote D. Antonio Comellas y Cluet (1832-84), ardiente polemista
cuyo busto se alza sobre una columna en una plaza de Berga, su ciudad natal,
ofrece un caso de autodidactismo muy digno de atención. Su obra, propiamente
filosófica, se titula Introducción a la filosofía, o sea doctrina sobre
el ideal de la ciencia (Barcelona, 1883). Poca novedad brinda en la
marcha de la investigación, si bien luzca originalidad en la metodología. Su
labor ha sido muy estimada y algunos le otorgaron preferencia sobre Jaime
Balmes, opinión que no comparto. También figuró en la legión de contradictores
de Draper con su Demostración de la armonía entre la religión católica
y la ciencia (1880).
D. José María Quadrado y Nieto (1819-96), menorquín, historiógrafo,
arqueólogo y vate romántico, de quien en concepto de escritor traté en mi
Historia de la Literatura española, se alistó en las huestes derechistas de su
tiempo. Animóle la íntima amistad de Balmes, con quien intelectualmente se
compenetró, pero ortodoxo por encima de su propio criterio, al condenar el
romano Pontífice las teorías tradicionalistas, desertó de la escuela. No
cultivó directa e intensamente la filosofía. Seguro de la verdad revelada, con
férrea convicción nacida de inquebrantable fe, se sentía tranquilo respecto al
desenvolvimiento ulterior de su existencia más allá de la tumba y se preocupaba
poco o nada de problemas para él definitivamente resueltos. Por eso se [443] ha
dicho que sus escritos y los de Balmes deben considerarse complementos mutuos y
que Quadrado, apologista católico antes que ninguna otra cosa, escribía sobre
los asuntos de la tierra con los ojos puestos en el cielo.
Sobresale entre los modernos escolásticos el P. Juan José Uráburru
(1844-904). SusInstitutiones philosophiae (Valladolid, 1890-1900),
de que también redactó un Compendio para las aulas, se atienen
al escolasticismo tomista, quo ad substantiam, pero con
criterio renovador. Si respeta el árbol secular y su ramaje, poda las ramas
secas. Combate con encarnizamiento los que juzga errores filosóficos y con más
cruda saña los modernos. Acaso por su extensión (siete tomos en 4º, alguno con
más de 1.000 páginas) y por su clara exposición, sea la obra más importante de
la escolástica suarista, entre todas las dadas a luz durante la actual
centuria. En la Introducción establece el propositum auctoris al
emprender su trabajo con estas palabras: «Illud autem fuit meum consilium, quod
jam diu executioni ab allis mandari vehementer cupiebam, ut nempe
nondum penitus omnibus notus qui in libris S. Thomae aliorumque summorum
virorum continentur, doctrinas thesauros recluderem, atque ex his recentiores
errores confutarem... (§ IV, p. 97).
Neque tamen is ego sim qui solos Scholasticos audire velim, caque
dumtaxat amplecti quae illi docuere. Sicut enim ipsi multa suis majoribus
addidere, potuerunt quoque et ipsis alia posten addere ac de tacto
addiderunt, in re potissimum physica et mathematica, quorum nos
rationem habere oportet, immo etiam ad eorum normam, ubi opus fuerit, quaedam
veterum placita reformare» (id.,98).
Al morir estaba publicando un estudio titulado El principio
vital y el materialismo, en la revista Razón y Fe. [444]
§ V
La escuela escocesa
Carácter de la escuela. –Mora. –Martí de Eixalá. –Codina. –Lloréns.
–Nieto y Serrano.
La escuela escocesa, preparada por Smith y Ferguson, fundada por Reíd,
perfeccionada por Dugald Stewart y desenvuelta por Oswald, Price y el poeta
Beatti, que no representa sino la protesta del buen sentido contra los
exclusivismos sistemáticos, pero que en el fondo complica en vez de resolver el
problema de la comunicación entre el espíritu y el cuerpo y deja fuera de la
filosofía aquellos principios racionales superiores a la experiencia y
patrimonio común de la humanidad, logró en España algunos prosélitos. Sin
embargo, siempre deberemos a este grupo, compuesto de andaluces y catalanes, la
reivindicación de la conciencia humana en su total integridad como único
criterio legítimo en la especulación.
Era una escuela lógica y psicológica, pero ayuna de metafísica, por lo
cual sirvió de antesala a Spencer y a Stuart Mill.
No oculta su filiación el poeta y polígrafo D. José Joaquín de Mora
(1783-64), natural de Cádiz, a quien arrojó de su patria la vergüenza de verla
absolutista, pues francamente titulaba su obra Cursos de Lógica y Ética
según la escuela de Edimburgo (Lima, 1832).
Comienza desde el prólogo la apología de su escuela, «cuna de la nueva
rehabilitación del espíritu humano», que «debía ofrecer a los hombres sedientos
de verdad un punto de apoyo en medio de tantas incertidumbres, una base firme
en medio de tantas vacilaciones y un medio satisfactorio de combinar los
adelantos de la Filosofía con las [445] creencias en que está interesado
nuestro porvenir y que son el alma de la civilización». En la Lógica incluye la
psicología, conprensible detalle en quien otorga a esta última menos valor, ya
que respecto al espíritu «carecemos de la idea inmediata de su ser» y apenas
«sabemos lo que es percepción, idea y voluntad».
El entendimiento, centro de las impresiones externas, impulsa la máquina
y practica las operaciones (conciencia, percepción, idea, juicio, raciocinio e
imaginación). Después de estos medios de conocer, estudia la definición y la
clasificación, y la emprende contra el paciente silogismo reprochándole su
esterilidad en cuanto instrumento de investigación e interrumpiendo, como él
decía, con los acentos de la censura y las armas de la critica, el concierto
unánime de aplausos que arrancaban por todas partes los triunfos de la
dialéctica.
Con igual criterio incluye en la Ética la Ontologia y la Teodicea. «La
Lógica se aleja de estas elevadas cuestiones, porque siendo su objeto una
utilidad práctica, sólo puede emplear nociones de cosas reales y de hechos
arraigados en el conocimiento.» La voluntad es el conjunto de las facultades
que proporcionan la posesión del bien moral. Es facultad activa por excelencia
y necesita para su ejercicio ciertos móviles (apetitos, deseos, afectos, amor
propio...). La facultad moral consta de tres elementos: percepción de un acto
como justo o injusto, sensación de placer o dolor y percepción del mérito o
demérito del agente. ¿Por qué, pues, tenemos obligación de practicar el bien?
Por resultado de la razón, de la sensación y de la conciencia.
Inferior como literato, no como filósofo, D. Ramón Martí de Eixalá
(1808-57), tan distante del sincretismo leibniziano cuanto de la rutina
escolástica, comprende en su bibliografía filosófica el Curso de
Filosofía elemental (Barcelona, 1841); la Memoria tituladaConsideraciones
filosóficas sobre la impresión de lo sublime (1845) y Estudios
sobre la inteligencia de los animales y [446] especialmente,
en los mamíferos. Divide el curso en Ideología y Lógica. Considera la
ideología ciencia de observación, pues para él lo son todas excepto las
matemáticas, sin arriesgarse a estudiar la posibilidad de un conocimiento
racional. Parte de lo individual para ascender a lo general y confunde las
ideas generales con las abstractas. «Toda idea general ha de ser abstracta,
pues para que convenga a varios objetos es indispensable hacer abstracción de
las circunstancias o puntos en que discrepan».
La Lógica es «el arte de hallar el mayor número de verdades evitando el
error en cuanto sea dable». Existen tres órdenes de verdades: intuitivas,
demostrativas e inductivas. Enemigo de la lógica formalista, establece pocas
reglas, confesando que éstas no nos llevarán a grandes aciertos, pero nos
evitarán sistemáticos extravíos. Cierra su obra con estas palabras: «La verdad
no puede deberse toda ni a un hombre ni a todo un siglo, es una obra
inconmensurable en la cual está llamado a trabajar todo el género humano
durante todos los siglos de su existencia». Juiciosa observación que acredita
su seriedad científica y lo separa toto orbe de esos ridículos
dogmatismos que sueñan haber aprisionado en sus redes el tesoro de la verdad
absoluta.
La posición de Martí se halla dentro del círculo del empirismo y con
marcadas simpatías al sensualismo, según revela la fruición con que reproduce
la clasificación de los juicios formulada por Locke; su opinión acerca del
origen de las ideas, las cuales son los actos de que tenemos conciencia, y la
afirmación de que la verdad de los axiomas procede de los conocimientos
particulares, puesto que se forman al modo de las ideas generales, partiendo de
lo concreto por el procedimiento de la abstracción. Parece que había adivinado
a Hamilton y a Mansel, cuyas publicaciones desconocía.
D. Pedro Codina y Vila, fallecido en 1858, dio a la estampa una
traducción de la obra de Stuart Mill titulada Sistemas de lógica
demostrativa e instructiva, o sea exposición de los principios de evidencias y
los métodos de [447] investigación científica (Madrid,
1853), y sus discípulos publicaron póstuma su obra Psicología y Lógica. Curso
1856 a 57 (Barcelona, 1858). Dejó manuscrita la conferencia Observaciones
sobre el sentimiento de lo bello en la Real Academia de Buenas Letras
de Barcelona.
Las aficiones de Codina a Stuart Mill y la propensión de su doctrina en
la citada obra postuma nos le presentan como uno de los representantes
españoles de la transición al positivismo.
Mucho ponderaban sus discípulos a D. Francisco Javier Lloréns y Barba
(1820-72); poco puedo decir por cuenta propia, pues no dejó más escrito que el
discurso de apertura de la Universidad barcelonesa (1854-5), una Memoria
acerca de la filosofía del malogrado Dr. D. Ramón Martí y Eixalá y
unos Apuntes de explicaciones, no impresos y víctimas de todas
las vicisitudes de las copias manuscritas. Según Vergés, había comenzado por
estudiarse elevando sus meditaciones hasta Dios. En ese caso podríamos
considerar su filosofía como un presentimiento de krausismo, pues no otro es el
proceso de la Analítica de Krause, pero otros caracteres nos lo presentan
afiliado a la escuela de Reid. Así, si hemos de creer a Menéndez y Pelayo, de
la «Crítica de la Razón pura» no infería ni el idealismo ni el materialismo,
sino aquel tertium quid de la escuela de Edimburgo. Según
Rubió, adoptó en su enseñanza sin reserva la divisa socrática. «El nosce
te ipsum –decía– nos conduce al examen de nuestra naturaleza, y con esto
avigora las más altas facultades de la mente y nos allana la crítica de los
sistemas. Por fortuna en todos tiempos el precepto socrático ha tenido fieles
seguidores, quienes aun cuando no hayan levantado los colosales
sistemas que han llenado de admiración pasajera al mundo científico, al
menos han contribuido a la elaboración de aquella philosophia perennis que
el gran Leibniz vislumbraba al graves de las opiniones de todas las escuelas; y
en nuestros tiempos, tan importante, aunque modesto trabajo, ha continuado con
fe viva, y ajena de pretensiones sistemáticas [448] en la tierra clásica del
buen sentido, en la sencilla Escocia. ¿Me será lícito indicar –añadía– que a la
observación psicológica y a la crítica a que ésta da origen podemos fiar la
suerte de nuestro desenvolvimiento filosófico?»
Lloréns fue, ante todo, un psicólogo –dice su antiguo discípulo el Dr.
Torras y Bagés–, un hombre de observación interna que vivía perennemente en la
celda de la propia conciencia, que leía con admirable facilidad las
manifestaciones humanas dentro del horizonte de la conciencia íntima como en un
libro misterioso lleno de insinuaciones luminosas. Hasta en sus especulaciones
metafísicas encerraba su actividad dentro de los límites del método
psicológico. La Lógica y la Psicología nos conducen a la Metafísica, lo mismo
que la observación del mundo exterior; por todos caminos se va a ella; pero una
vez nos han franqueado el paso a la trascendental, Lloréns
volvía a ser empírico, reconociendo, con Hamilton, una asombrosa
revelación en el término de los conocimientos humanos.
Para Lloréns la filosofía abraza toda labor del espíritu para conseguir
el ideal, el conocimiento completo; mas cualquier tentativa en tal sentido debe
comenzar por la psicología experimental. Al término del proceso lógico y
metafísico, surge la idea de Dios como ley suprema del ser y del conocer.
No concebía Lloréns la filosofía divorciada de la conciencia popular;
sostenía que «la masa de ideas elaboradas por cada pueblo debe ser la materia
sobre la cual se «ejercite la actividad filosófica» y, confirmando discretas
observaciones de Rubió, ¿cómo negarnos, pues –decía– a reconocer un fondo de
ideas elaborada paulatinamente por la nación entera, hijas de un espíritu común
que estampa su sello en sus creaciones? Por eso el pensamiento filosófico
adquiere un aspecto indígena y forma parte del patrimonio intelectual de cada
pueblo. No debemos arrinconar por vetusto el patrimonio espiritual que nos han
legado los siglos anteriores».
Así Lloréns, menos entusiasta que sus maestros y [449] correligionarios
del empirismo baconiano, aparece más espiritualista, adoptando entre los
españoles de su escuela una posición parecida a la de Hamilton y Mansel en la
filosofía insular, agregando a este semiempirismo muchos pensamientos genuinos
de la doctrina de Kant.
Suele considerarse, no sé si con entera exactitud, adepto de la escuela
escocesa el médico D. Matías Nieto y Serrano, marqués de Guadalerzas
(1813-902), que publicó Bosquejo de la ciencia viviente o Ensayo de
enciclopedia filosófica (1867). La primera parte, única sacada a luz,
comprende los prolegómenos o introducción al estudio de la ciencia.
Nieto, partidario de Renouvier, es decir, de una modificación del
idealismo kantiano con orientación positivista, se opone a todo exclusivismo,
cree que la verdad está repartida entre todos los sistemas y trata de
unificarla, no eclécticamente, sino con un criterio apriorístico. Para él es
necesario el error, el mal, porque son necesarios la verdad y el bien. «La
ciencia no vive sin la fe, ni la libertad sin la autoridad, ni el mal sin el
bien; porque vivir es ser imperfecto y aspirar a la perfección» (Prefacio).
Parece que se trata de un armonismo, pero se distingue porque los
racionalistas no creen la ignorancia necesaria sino de hecho y tratan de
sustituirla con la ciencia. Si se analizan de buena fe ambos puntos de vista
acaso resulte la contradicción limitada a la forma expresiva. Creer el mal y la
ignorancia necesarias per se y en principio equivale a
profesar su necesidad en la realidad en cuanto hecho permanente, no por su
naturaleza, sino por la naturaleza de las cosas, siquiera se parta de
diferentes conceptos.
La filosofía es una ciencia que abraza lo que todas las ciencias tienen
de común y general, concepto en que coincide con Spencer.
Las categorías o primeros principios evidentes, aunque considerados
inalterables, varían según los tiempos. No puede convenirse con Kant en que la
critica de la razón sea [450] el principio legítimo de la ciencia; porque la
crítica, antes que un principio, es un mero procedimiento.
En la filosofía existen dos principios: uno lógico y otro práctico. Del
primero nace la evolución filosófica y no tiene carácter provisional, sino
definitivo. «Saber e ignorar: he aquí el principio del conocer.» El segundo
supone cierta cantidad de conocimiento y de ignorancia que acompaña a la
iniciación, «el conocimiento de algo en medio de mi ignorancia».
Si la filosofía tiene por objeto todo lo permanente de la realidad, que
es la realidad misma, no puede aspirar a agotar su objeto. Si se propone
conocerlo todo, se convierte en metafísica, ciencia incapaz de conseguir su
objeto, porque si lo lograra, dejaría de ser. Obvia declaración de que, siendo
todo y la ciencia misma relativo, la metafísica carece de razón, es imposible.
Se ha propuesto también la filosofía servir de fundamento a todas las
ciencias, pero ¿no necesitará fundamento ella misma? El verdadero objeto de la
filosofía consiste en conocer más, aun sabiendo que nunca lo conocerá todo, no
obstante de que el saber total se presente a la conciencia como fin supremo,
aunque el intelecto no halle manera de realizar ese fin. La ciencia, por tanto,
se halla y se hallará siempre por su esencia en perpetua evolución.
El método en filosofía es «salir del principio y pasar a un fin, que
nunca es el último fin», o sea la filosofía misma en acción. Sea cualquiera el
procedimiento, «ha de definirse en algún sentido para ser método real y
positivo» y esta definición constituirá un análisis. La
definición en un sentido trae consigo otra necesidad, la
indefinición en otros sentidos, o sea, la conservación,
respecto de ellos, de la identidad del principio, a la que llamamos síntesis». No
es lícito al filósofo desechar uno de ambos procedimientos y entregarse
exclusivamente a uno solo, pues el método filosófico «sólo puede llamarse
sintético respecto de las ciencias particulares, como se le llama analítico
respecto de la ciencia más general e indefinida». [451]
Puede que influyera cierta obscuridad de estilo en la exigua atención
que mereció esta obra, a la cual siguieron La Naturaleza, el Espíritu y
el Hombre (1877), trabajo de cortas dimensiones en que el autor expone
los resultados de su sistema; Filosofía de la naturaleza(1884); La
libertad moral (1895); La ciencia y la fe (1897); Discursos
sobre la especialidad filosófica(1897); Historia crítica de los
sistemas filosóficos (1897-8); Filosofía y fisiología (t.
I, 1899) y otras referentes a distintas materias, pero todas con sabor
marcadamente filosófico. Detengámonos un punto ante la Biología del
pensamiento (1891) por su carácter de aplicación. Establece que la
naturaleza del espíritu es «el espíritu mismo en cuanto determinado a su modo,
en cuanto representado para sí propio», siendo, por tanto, antagónica con la
naturaleza exterior. Así ambos polos se copian en sentido inverso, realizando
cada uno a su manera la función viviente. Me parece el siguiente párrafo, que
por lo breve y expresivo copio, la mejor condensación de la idea de Nieto: «La
fecundación mutua de la Naturaleza por el Espíritu y del Espíritu por la
Naturaleza, hace descender el Espíritu a la Naturaleza y ascender la Naturaleza
al Espíritu, descenso y ascenso indefinidos, perpetuos, que llevan una parte
hacia otra y el todo hacia lo incomprensible, o sea hacia la Divinidad».
Toda persona versada en asuntos filosóficos, capaz de penetrar la
intención al través de la palabra, comprende que aquí, como en innumerables
casos análogos, los vocablos espíritu, naturaleza, divinidad, se lanzan a la
galería por evitar el escándalo de la masa ignara, pero su sentido difiere
mucho del concepto teológico cristiano. Con la expresada base, analízase la
biología del pensamiento individual y del colectivo. La consideración de la
conciencia en general, de la sensitiva, de la fisiología y patología del
intelecto, le lleva a la generación del pensamiento individual, producto de la
polaridad sexual del espíritu, y en la generación colectiva, van emergiendo los
conceptos de Arte, Moral, Política y Religión. En este último punto, el [452]
autor expone su criterio tolerante. «Un culto religioso, dice, es siempre y
debe ser; todos los cultos particulares son respetables, en cuanto no perturban
el orden humano, con el cual deben armonizarse» (p. 419), porque «es digno del
hombre superior y que concibe la Religión a toda la altura de su ingénita
sublimidad, respetar los otros cultos inocentes» (p. 416).
El positivismo absorbió en España como en Inglaterra la especulación de
la escuela escocesa.
§ VI
El kantismo
Precursores: D. Manuel y D. Ignacio María del Mármol. –Rey y Heredia.
–El neo-kantismo. –Perojo y la «Revista Contemporánea». –Revilla. –Papel del
neo-kantismo. –Decadencia de la filosofía.
Nada emerge sin precedentes en el mundo físico ni en el de las ideas.
Corazón de inagotable generosidad, espíritu amplio y liberal, dotado de las más
variadas aptitudes, el Dr. Manuel María del Mármol (1776-840), conocido por «el
insigne sacerdote», era figura que destacaba, no sólo en la cultura hispalense,
sino en la mentalidad española de principios del siglo XIX.
En 1823 desempeñó, por encargo del Gobierno, un establecimiento público
de Gramática, Poesía latina, Francés y Matemáticas. Muy contra su voluntad,
desempeñó cátedras de Teología, Filosofía, Taquigrafía, Geografía, Astronomía,
Cosmografía, Literatura e Historia. Contrariado con tal diversidad de
disciplinas, elevó en 1823 respetuosa exposición en solicitud de que se le
volviese a su clase de [453] Filosofía, sin perjuicio de explicar cuantas
materias dispusiese el Gobierno. La Filosofía era su afición, su vocación
decidida. Durante su larga vida de profesor combatió el escolasticismo,
entonces dominante en las aulas, sustituyendo, como decía Lista, «la enseñanza
de las ideas a la enseñanza de las palabras». Su pensamiento se inclinaba a la
Filosofía de Wolf, que había desenvuelto con originalidad el sistema de
Leibniz.
Para uso de sus discípulos extractó la Lógica del
Genuense, que, arrancando de Wolf, venía como a allanar el camino a la escuela
escocesa, y redactó otros tratados filosóficos en abierta oposición al
ergotismo escolástico.
Tampoco permanecía extraño a las ciencias físicas. Tradujo El
Mundo físico y el Mundo moral de A. Libes, enriqueciendo con notas la
versión. Publicó un cuaderno acerca de los rumores esparcidos entre el vulgo, y
en su tiempo casi todo el mundo era vulgo en materias científicas, de
peligrosas aproximaciones entre la Tierra y la Luna. Su folleto sobre El
Barco de vapor, escrito durante una enfermedad, muestra la noble
impaciencia del científico que se traslucía en su comunicación dirigida a la
Universidad al remitirle el folleto en 25 de Agosto de 1817. «El barco de
vapor, decía, que empieza a navegar por el Guadalquivir, es tan interesante y
tan nuevo para nosotros, que exige un escrito en que se dé la idea de él, de su
máquina, sus progresos y sus ventajas. Me parecería una falta de Sevilla y su
Universidad que no hubiese un hijo o individuo suyo que desempeñase este
asunto. Lo ansiaba con impaciencia, a causa del amor que tengo a mi patria y a
mi madre la Real Universidad.»
La sinceridad de su corazón despreciaba la dialéctica ergotista; «porque
era para él la verdad superior a todas las consideraciones de reputación
literaria, a todos los cálculos de intereses» (Lista). Puede asegurarse que
preparó el campo de la reflexión para la semilla kantiana que aún debía tardar
en florecer.
Su hermano, el canónigo D. Ignacio María del Mármol, [454] fallecido en
1840, cuya bio-bibliografía he escrito en mi Diccionario de escritores
hispalenses (t. II), nada filosófico dejó impreso, pero en la Biblioteca
universitaria de su patria existe, primorosamente encuadernada, una elegante
tesis latina de D. Ignacio sobre la entonces batallona cuestión del alma de los
brutos (10 Maij. 1793).
D. José Rey y Heredia nació de paupérrima familia en Córdoba el 8 de
Agosto de 1818; por su esfuerzo llegó a ocupar cátedra en los Institutos de
Ciudad Real y Madrid y herido por la tuberculosis falleció en su patria el 18
de Febrero de 1861.
Apasionado de las Matemáticas, dio a la publicidad su Teoría
transcendental de las cantidades imaginarias (1865), «sin duda la obra
más original que el movimiento kantiano ha producido en España» (Menéndez y
Pelayo), entusiastamente acogida por el público perito, y sus Elementos
de Lógica y Ética, que casi monopolizaron la enseñanza oficial durante
muchos años. La Ética es una verdadera creación para su tiempo, dado el atraso
de los estudios filosóficos en España, y parece señalarla transición de la
moral kantiana a la del filósofo de Nobitz.
Con las añoranzas de Kant sentidas en Heidelberg por el profesor Vischer
y propagadas por Lange, vino de Alemania a España en pleno apogeo del krausismo
el cubano D. José del Perojo y Figueras (1852-908), hombre activo, emprendedor
y apasionado de la filosofía. Sus estudios sobre Kant y los filósofos
contemporáneos, Schopenhauer, la antropología y el naturalismo y objeto de la
filosofía en nuestros tiempos, fueron recogidos con otros de literatura y
política en la obra Ensayos sobre el movimiento intelectual en Alemania (1875),
obra incluida en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia. De filosofía
publicó además Haeckel juzgado por Hartmann (1876) y La
ciencia española bajo la Inquisición (1877). A su bibliografía debe
añadirse traducciones de Kant, Draper y otros autores.
Fundó la Revista Contemporánea, desde la cual riñó
descomunal batalla, negando la realidad de la ciencia y la [455] filosofía
española, secundado por el Sr. Revilla, con el entonces joven Menéndez y
Pelayo. Al fin, ¡oh paradoja del destino!, el heterodoxo puesto en entredicho
acabó sus días siendo diputado maurista, y su revista, heterodoxa y avanzada,
murió en manos de D. José de Cárdenas, de un hombre de la derecha.
D. Manuel de la Revilla y Morera (1846-81), hombre de talento claro y no
profundo, dotado de palabra tan fácil como su pluma, publicó estudios de
filosofía islámica e india harto ligeros y se inició en la especulación dentro
del cenáculo krausista. En esta época escribió libros en colaboración con
González Serrano y un programa de literatura con D. Francisco Giner. De pronto,
se desvió de la escuela y abrazó el neo-kantismo, dedicándose a zaherir cuanto
pudo al krausismo y a negar la realidad de una filosofía española, en unión con
D. José del Perojo, desde la Revista Contemporánea.
No parece extraña la defección: Revilla, con todo su talento, carecía de
estructura cerebral metafísica y, a mi juicio, no llegó jamás a penetrar en la
entraña del sistema de Krause. Su misma obra de Literatura en colaboración con
Alcántara lo delata, pues el tomo I, redactado por él, donde trata la Estética
y las generalidades de la ciencia literaria, no es más que la Estética de
Krause, desnaturalizada por imperfecta visión de los principios, y laLiteratura de
don Francisco de P. Canalejas, despojada de su alto sentido y su brillante
idealidad. Por eso siempre anduvo vacilante su criterio y de cuanto habló o
escribió sobre filosofía no puede recoger la crítica una sola afirmación.
No tenía el neo-kantismo otro valor que el de un puente por donde los
krausistas poco convencidos pudiesen derivar al positivismo, y así aconteció
con muchos, incluso D. Nicolás Salmerón.
Firmes y consecuentes, los andaluces Giner de los Ríos, Federico de
Castro y Francisco de P. Canalejas no siguieron a Salmerón, Sales y demás
neo-spencerianos, permaneciendo leales custodios del credo panenteísta, sin
[456] renunciar a su representación personal dentro de la escuela. Parecía que
el racionalismo, como ejército derrotado que busca un punto de apoyo en que
rehacerse, se replegaba sobre Kant para resistir y avanzar de nuevo.
En pos de aquel generoso movimiento, se apagó el amor a la filosofía.
Los amores científicos arden desinteresados, y en la atmósfera positivista de
la Restauración, donde todos los ideales políticos y morales se extinguieron;
donde vimos egoístas e inmorales a hombres que en anteriores etapas habían por
sus ideas y por su patria sacrificado el bienestar y expuesto hasta la vida;
donde los romanticismos y heroísmos se vieron escupidos y ridiculizados por la
concupiscencia y el cinismo, no podía florecer el árbol de la ciencia pura, que
sólo vive con el riego de la abnegación, en el ambiente del amor y al sol de
los magnos ideales.
Así como la vetusta Escolástica pidió al experimentalismo barniz idóneo
para tapar sus venerables arrugas, así para encubrir las suyas, menos
pronunciadas, el kantismo se desvió de la mater et magistra omnium
scientiarum y se acercó a los laboratorios. Iniciado el movimiento por
Renouvier, tomó cuerpo en Marburgo, merced a las aportaciones de Federico
Alberto Lange y de Hermann Cohen, que basaron la Lógica sobre las matemáticas y
la física, estrechando el contacto entre la filosofía y la ciencia experimental.
Esta dirección, llamada neo-kantista, distinta del neo-kantismo anterior,
aunque nacida de él, por no haber logrado hasta este siglo adeptos en España,
queda cronológicamente fuera de nuestro cuadro.
§ VII
El hegelianismo
Contero. –Fabié. – Pi y Margall. –Salvoechea. –Castelar. –Fernández y
González. –Núñez Arenas. –Escudero y Perosso. –Benítez de Lugo. –Álvarez de los
Corrales. –López Martínez.
Así como han logrado representación en España todos los sistemas
alemanes derivados de la Crítica de la razón pura, no la
consiguieron los procedentes de la Crítica de la razón práctica.
El idealismo absoluto de Hegel, última etapa del formalismo aristotélico
y malogrado sincretismo del movimiento despertado por la crítica kantiana,
penetró en nuestra península por las márgenes del Guadalquivir, merced a la
iniciativa de un eminente profesor.
D. José Contero y Ramírez (1791-¿857?), nacido en Osuna, de padres
artesanos, se elevó por su talento y constancia a la cátedra de Metafísica de
la Universidad sevillana. Su nombre va unido a la fundación del Ateneo de
Madrid, y Labra y otros hombres eminentes han enaltecido su memoria. Sócrates
del hegelianismo le llama Menéndez y Pelayo, pues, en efecto, su enseñanza no
pasó de oral: pero formó numerosos discípulos que resistieron el arrollador
empuje del krausismo y continuaron la obra del maestro hasta nuestros días.
Oyó las explicaciones de Contero y afilióse a su escuela D. Antonio
María Fabié y Escudero (1832-99), hombre de gran inteligencia y escogida
erudición que, por méritos propios, llegó a los altos puestos del Estado y de
las letras. Sus trabajos filosóficos son:Examen crítico del materialismo
moderno (1875) y Estado actual de la Ciencia y el [458] Derecho(1879);
pero la literatura y la historia ocuparon la mejor parte de su actividad
mental.
Por más que D. Francisco Pi y Margall (1824-90) pertenezca
principalmente a la esfera política y no cultivara la especulación, sus
libros Filosofía del Progreso (1868), Filosofía
popular(ídem), Solución del problema social (1869) y,
sobre todo, sus Estudios sobre la Edad Media, donde hace
abierta profesión de panteísta, nos lo muestra afiliado a la izquierda
hegeliana, aceptando con impasibilidad hasta las más extremas consecuencias de
la doctrina. El hábito de escuela le hace notar en primer lugar la antítesis,
circunstancia favorable en general para el ministerio de la crítica, que ejerce
Pi con rigor sobre la moral del cristianismo; estima antropomórfica la idea
histórica de Dios, y no considera la transcendencia de esta vida como
inmortalidad del alma individual, sino fusión de las vidas particulares en la
colectiva.
Representa Pi en su escuela el paso de la especulación a la filosofía
social, sufriendo la honda influencia de Proudhon, cuya Solución del
problema social defiende del dictado de utópica. «Se suele mirar hoy
con grande desdén todas las ideas encaminadas a transformar nuestras viejas y
carcomidas sociedades; el agua filtra las más duras rocas, cuanto más los leños
gastados por la podredumbre; y las ideas, sería temeridad negarlo, filtran algo
más que el agua.»
En Pi la filosofía se transfiguraba en acción y por eso poseyó el
cerebro más revolucionario de su generación. Aunque socialista por influencia
del Maestro y campeón del socialismo en sus controversias con Castelar, siempre
rechazó las inevitables consecuencias cesaristas de la idea hegeliana y flotó
entre esa doctrina y la libertaría, más acorde con su desiderátum federalista
que bajaba del encéfalo al corazón desbordándose del convencimiento e
irrumpiendo en la esfera de la pasión. Tenía muy alta mentalidad para detenerse
en la prosa del socialismo. Como todos los verdaderos liberales repugnaba la
[459] estatolatria. «Si la idea del contrato social, escribía, estuviere bien
determinada, no sólo no dejaría en pie la monarquía, no dejaría en pie ni la
república.»
La postrera derivación práctica de la doctrina de Pi, encarna en el
gaditano Fermín Salvoechea (1842-907), mártir de su ideario, santo laico,
venerable utopista, olvidado de sí mismo ante su ofuscación del fin redentor
sonado y procurado por cuantos medios hubo a su alcance. Tinta o sangre, pluma
o fusil, vida o muerte, todo es igual. Sobre el dolor, sobre el holocausto,
flota la voz de Tomás Paine: «Mi patria, el mundo; mi religión, el bien; mi
familia, la humanidad». La sinceridad consagrada por la libre aceptación del
sacrificio, le valió el respeto y aun la simpatía, claramente manifiesta, de
sus adversarios en ideas.
La innegable poesía del hegelianismo sedujo a D. Emilio Castelar
(1832-99) desde los días de la juventud, y aunque derivó cada vez más a la
derecha, no sabría yo decir si por sincera convicción o por maniobra política,
jamás perdió el sello de su iniciación filosófica.
Extremó contra la izquierda su fastuosa elocuencia, tratando como
antípodas a sus secuaces, acusándolos de negar todo principio absoluto, lo cual
arrastraba al materialismo y por corolario jurídico-político a la tiranía. La
espantosa guerra que acaba de horrorizar al mundo parece darle la razón, pues
el filósofo ha visto en ella la materialización de la idea hegeliana. Para
Castelar la filosofía de Hegel, interpretada con el criterio de la derecha,
representa una vasta síntesis de las dos determinaciones del progreso, la
subjetiva y la objetiva. Fúndase en el ser idea, y en el devenir o esfuerzo del
ser para hacerse efectivo. La realidad nace del movimiento de la idea o
dialéctica que marca tres términos: tesis, antítesis y síntesis. «Sistema
asombroso, añade con su ardiente verbo, que podéis negar, en el cual no queréis
arrojar vuestros penates ni confundir vuestra personalidad, río sin ribera,
movimiento sin término, sucesión indefinida, serie lógica, especie de serpiente
que desde la obscuridad de la nada se [460] levanta al ser, y del ser a la
naturaleza, y de la naturaleza al espíritu, y del espíritu a Dios, enroscándose
en el árbol de la vida universal; sistema asombroso que podréis rechazar, pero
que no podréis de ninguna suerte desconocer, como el esfuerzo más grande que la
razón humana ha hecho para dar conciencia de sí a la gran idea del siglo, a la
idea del progreso.»
Homero del hegelianismo, cantó la idea y empapó en aquella vasta
concepción sus sueños políticos. La impresión de realidad sufrida en la
gobernación del país, separó su mente del corolario social y cesarista, acentuó
su individualismo que no lograba acomodar en las mallas de la escuela, no se
satisfizo ni con el concepto sajón de la libertad y se postró ante la
democracia francesa, lenta y gradualmente progresiva.
Otro tanto diría del inolvidable maestro D. Francisco Fernández y
González (1833-917), sapientísimo orientalista, prodigio de erudición, que
explicaba Estética en la Universidad Central siguiendo a Hegel y a Vischer;
alma liberal y generosa, alistado en el partido conservador por esas paradojas
tan frecuentes en España.
Al lado de D. Francisco, podría figurar su amigo don Isaac Núñez Arenas
(1812-69), en cuyos escritos corre la savia germánica, y en el único
propiamente filosófico, en su discurso inaugural de la Universidad de Madrid
(1862), sentaba el principio de que el fundamento del ser y del conocer reside
en la unidad, que es lo que el espíritu encuentra en sí y lo que asemeja la
criatura al Creador.
Nunca la elocuencia española llorará bastante la pérdida de D. Francisco
Escudero y Perosso (1838-74), sevillano, poeta y catedrático de Filosofía del
Derecho en el Doctorado de esta Facultad en la Universidad de su patria. Aunque
nada dejó escrito, su verbo propagó la doctrina de Hegel e influyó
poderosamente en la juventud de su época.
Como orador, era su palabra abundante, elegantísima; su ademán, airoso y
distinguido; clara su pronunciación; [461] la voz, simpática y extensa. Muchas
veces le oí durante las agitaciones del período revolucionario y siempre le vi
dominar al auditorio, que respondía con entusiastas aplausos a cada uno de sus
arrebatadores períodos. Castelar, nada pródigo en encomios a oradores, tuvo
para Escudero las más calurosas y justas alabanzas.
D. Antonio Benítez de Lugo (1841-97), también hegeliano y catedrático
del Doctorado de la Facultad de Derecho en Sevilla, su patria, dejó entre sus
obras Filosofía del Derecho o estudio fundamental según la doctrina de
Hegel (1872), exposición clara y fiel del sistema.
En la escuela de Contero se formó también el catedrático sevillano D.
Diego Álvarez de los Corrales (1826-65), propagador elocuente del hegelianismo,
si bien los escritos que dejó no aborden la filosofía pura, pues sus dos obras
se refieren la una a Doctrinas de los escritores españoles de Derecho
internacional en el siglo XVI (1859) y la otra a la Teoría de
la Moneda y su fabricación (1863).
No sé si incluir en la derecha hegeliana a D. Miguel López Martínez,
autor de Armonía del mundo racional en sus tres fases: la humanidad, la
sociedad y la civilización (1851). También este escritor se obstina en
el absurdo propósito de conciliar el panteísmo con la ortodoxia católica. Dios
es la esencia eterna que, sin perder en unidad, puede sufrir modificaciones.
Una modificación del ser absoluto vemos en la creación y la más noble en la
humanidad, que lleva por característica la razón y con ella la perenne
aspiración al infinito.
El publicista más influyente de España en su época, el que movía a su
arbitrio las masas populares, el sevillano Roque Barcia (1823-85), poeta,
polígrafo, director de La Justicia Federaly alma de la insurrección
de Cartagena en 1873, dejó entre sus numerosas obras, la mayor parte
políticas: Las armonías morales, La verdad social. Teoría del infierno
o ley de vida y La filosofía del alma humana (París,
1856), a que acompaña el tratado Generación de las ideas. Aunque
no puro hegeliano, aquí lo sitúo por [462] mostrarse francamente panteísta.
Funda la unidad de las ideas en la unidad de la esencia. Todo es uno. Los seres
son modificaciones del Ser y así las ideas son expresiones parciales de la
Idea. Tal concepto facilita la formación del organismo científico, basando cada
afirmación en otra más alta hasta alcanzar la afirmación cúspide, la total del
conocer de que dependen las particulares en cuanto formas parciales de ella.
En su fondo humanitario habla el espíritu de Lammenais y en su
especulación palpita la dialéctica de Pi y Margall. Un algo de inconsciente
misticismo anima su estilo cortado, su cláusula breve, su elocuencia
sentenciosa que comunican tono bíblico a la exposición, transformando el
párrafo en versículo.
¡Lástima que no supiera morir como vivir! La última estrofa deslució un
largo poema de abnegación; mas toda psiquis tiene sus misterios inaccesibles a
los profanos.
El hegelianismo español lanzó su postrer suspiro al apagarse el incendio
revolucionario. El europeo se liquidó en la guerra mundial y soportó por
epitafio el tratado de Versalles.
§ VIII
Los eclécticos
García Luna: sus lecciones en el Ateneo de Madrid. –Martín Mateos.
–Armesto. –García Ruiz. –Sanz y Escartín.
El moderno eclecticismo, engendrado en Francia como reacción contra el
sensualismo materialista del siglo XVIII y aun de la filosofía sentimentalista
y escocesa, reclutó [463] sus primeros declarados campeones en Andalucía, donde
D. Adolfo de Castro, unido a los poetas Fernández, Espino y Huidobro,
discípulos en Literatura de D. Alberto Lista, crearon la Revista de
Ciencias, Literatura y Arte, de Sevilla, uno de los mejores órganos
culturales de que dispuso España a mediados de la decimonona centuria.
Fiel discípulo de Víctor Cousin, el gaditano D. Tomás García Luna,
fallecido en 1880, explicó en la Sociedad Económica de Amigos del País, y
después en el Ateneo de Madrid, unas Lecciones de Filosofía ecléctica que
dio a la imprenta en tres tomos, desde 1842 a 1845. Consagra a la idea general
de la filosofía, al método, a la sensibilidad y a las facultades intelectuales
el primer volumen; prosigue con la psicología, dando la teoría estética al
tratar de la imaginación, en el segundo, y llena con la gramática, «íntimamente
enlazada con la psicología», el tercero. Mantiene esta obra toda la amplitud de
criterio del maestro. Nada de exclusivismos ni considerar vitandas ciertas
doctrinas, porque en todas se refleja algo de la verdad. «El espíritu de mis
lecciones, dice, es eminentemente moral y religioso. Si los que las escucharen
o leyeren no logran con ellas adquirir cumplida noticia de la ciencia del
hombre, por lo menos conseguirán desnudarse de las prevenciones sistemáticas
con que no ha mucho se miraban las doctrinas filosóficas que no eran del todo
conformes con los principios de Locke y Condillac.»
Algo después, D. Nicomedes Martín Mateos, director del Instituto
Industrial de Béjar, publicó su obra El Espiritualismo, Curso de
Filosofía (4 tomos, 1861-3), después de haber meditado largos años y
realizado ensayos durante veinte, según nos dice, de diferentes sistemas.
Explica esta circunstancia el tolerante criterio que aplica a la crítica
y cómo desde laRevista de España (t. 71), después de ensalzar la
duda, que «cuando llega a ser extrema, es cuando renace la esperanza», se
lamenta de que el siglo haya «cometido una gran injusticia separando las
ciencias físicas de la filosofía; porque la humanidad no [464] puede pasar sin
metafísica, sin ese influjo que dirige la corriente de la historia, sin
mezclarse aparentemente con ella.
«La esencia del espiritualismo consiste en que las ideas generales son
propiedades del espíritu creado y, a la vez, del espíritu increado, y en la
incesante comunicación que entre ambos existe, bien lo advierta el hombre o lo
ignore» (T. 1º, cap. 6.°, p. 89).
Inspirándose en el autor del Discours sur la méthode, justifica
la metafísica, en la cual ve el origen de todas las ciencias particulares. Al
estudiar las relaciones del Principio con sus determinaciones, en lo cual
también se parece al krausismo, establece la teodicea, corona del sistema, pues
todo va a parar a la relación del hombre con Dios, y en su Ética se eleva sobre
la moral, hija del medio y el tiempo, para rendir culto a esa otra moral,
superior a modalidades y contingencias, en la que se manifiesta la voluntad y
la bondad divinas.
Al mismo grupo puede añadirse D. Indalecio Armesto, que en sus Cuestiones
Metafísicas se acuesta del lado del espiritualismo semioriental de
Vacherot, y D. Eugenio García Ruíz, que, mucho antes de desempeñar la cartera
de Gobernación en la seudo-república nacida del golpe de Estado asestado el 3
de Enero de 1873, había dado a la publicidad Dios y el hombre (1863),
sosteniendo que la creencia en Dios no se extinguirá jamás, siendo la base de
la idea de libertad, porque en ella se funda cuanto concebimos absoluto o
relativo.
Ecléctico por carácter, católico por sincera convicción, político
integérrimo, llegado más tarde de lo que merecía a los consejos de la Corona,
D. Eduardo Sanz y Escartín, nacido en 1855, no ha cultivado mucho en sus
escritos la filosofía pura, no obstante sus grandes cualidades de talento y
serenidad de juicio, aplicando su investigación a las cuestiones sociales. Como
todas las almas superiores, tiene un fondo de tolerancia, que si le consiente
contradictores, no le permite adversarios. Los fanáticos se [465]
escandalizarían si leyeran aquella ingenua confesión de su magistral estudio
acerca de la teoría del evolucionismo: «La teoría de la evolución orgánica de
que Darwin ha sido en nuestro tiempo el principal mantenedor, no es en sí y en
lo que tiene de científica incompatible con los dogmas de nuestra religión.»
La amplitud espiritual y la nobleza científica se revelan en estas
frases:
«La doctrina evolucionista, por tanto, no sólo presenta una hipótesis
probable e importantísima para la explicación del universo y de la vida,
abstracción hecha del origen primero, desconocido y misterioso de toda realidad
objetiva y subjetiva, sino que constituye también un método de investigación,
el más adecuado, a nuestro juicio, para alcanzar fielmente la verdad de las
cosas sometidas al entendimiento humano.»
Si me decidiera en encasillarle, seguramente lo haría entre los
positivistas. No puede ocultar su predilección. En 1881 publicaba en la Revista
de España (núm. 335) un artículo titulado «El movimiento filosófico en
España», donde distingue del comtismo otro positivismo más amplio que, según
él, ofrece sólida base a la Ética y la Sociología (yo me permito dudarlo) y
recalca en una nota con estas palabras: «Esta última tendencia... pronto
ejercerá su saludable y decisiva influencia sobre la sociedad... y, o mucho nos
equivocamos, o a ella pertenece el porvenir.»
Empero este último eclecticismo reviste sello práctico, conciliando la
filosofía y la ortodoxia. No es ya el eclecticismo clásico cousiniano que
pretendió sintetizar el movimiento filosófico de su tiempo y en pos de verse
exaltado a filosofía oficial en Francia y en España, se desvaneció con la
muerte de su autor, ingresando muchos de sus partidarios franceses en las
sectas socialistas y pasando en España al racionalismo sus más conspicuos
defensores. [466]
§ IX
Los krausistas
Fácil propagación del realismo armónico. –Ataques de sus adversarios y
desertores. –Sanz del Río. –Salmerón. –La derecha: Romero Castilla, D. Femando
de Castro, D. Francisco Canalejas, Álvarez Espino. –La izquierda: Romero Girón,
García Moreno, Salas, Ruiz Chamorro, Arés, Sama y Arnau. –El centro: D.
Federico de Castro, López Muñoz, D. José de Castro, Álvarez Surga, Giner de los
Ríos (D. Francisco y D. Hermenegildo). –Krausistas independientes: González
Serrano. –Krausistas de ciencia aplicada: Barnés, Azcárate (D. Gumersindo),
Reus y Bahamonde.
Si se reputa justa la tesis de los que creen en la realidad de una
filosofía española o por lo menos andaluza (Castro), caracterizada por esa
tendencia armónica que señalan sus grandes pensadores, desde Séneca hasta Fox
Morcillo y Pérez López, no podrá extrañarnos la rapidez con que prendió y se
propagó en España el sistema de Krause, nacido como un realismo racional, un
armonismo donde se confundieran el panteísmo, que considera la unidad separada
de su contenido, y el dualismo, que se detiene en la interior discreción del
todo, según la fórmula: todo es y está en el Ser, el ente infinito y absoluto
que, por contenerlo todo, no se queda en unidad abstracta y vacía.
Además, no encontró el krausismo graves obstáculos en las otras
escuelas, anémicas unas, poco difundidas otras, ni contradictores que se
arrojaran al fondo de la cuestión. Tachaban su doctrina de panteísta. Orti,
Alonso Martínez (que confiesa no haber leído a Krause ni a Sanz del Río y
muestra que no ha entendido a Tiberghien) y [467] D. Pedro López Sánchez, en el
interminable y amazacotado discurso titulado Krause y Santo Tomás, que
leyó con ocasión de su ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.
Clasificar una teoría no es combatirla a fondo. ¿Y si el panteísmo fuera la
verdad? A la calificación debía preceder la demostración de la falsedad del
panteísmo.
D. Manuel de la Revilla, después de desertar del krausismo; Perojo,
Menéndez y Pelayo, otros mil vociferaban contra la exposición proclamando que
los krausistas destrozaban el idioma con sus logomaquias. Pero ¿qué culpa tenía
la doctrina de que un idioma poco trabajado en la alta filosofía, y más si ésta
procedía de fuente extranjera, no se hallase preparado para la expresión de
pensamientos profundos y exóticos, obligando a los nuevos tratadistas a
violentar su sintaxis para acomodarla a su sistema? ¿No destrozó la Escolástica
el latín áureo? Y aun cuando tal necesidad no existiera y la obscuridad se
originase de torpeza en el manejo de la lengua, ¿podría graduarse la verdad de
una filosofía por la deficiencia expositiva de sus apóstoles?
Otro estribillo jamás omitido consistía en repetir que no se había
otorgado en Alemania gran importancia a la nueva escuela. ¿Depende acaso la
verdad del interés que despierte en una nación o en una época un sistema de
filosofía? ¿No hemos visto autores y sistemas consagrados en su tiempo hundirse
en el más completo olvido y exaltar la posteridad glorias no apreciadas por sus
contemporáneos? ¿Cabe mayor prestigio que alcanzó en Alemania Schelling ni más
rápido olvido?
No adornaban a Krause personales condiciones difusas. Ni elocuente como
Hegel, ni brillante escritor como Schopenhauer, nómada y perseguido, su
filosofía, como su breve y dolorosa existencia, se arrastró penosamente por las
universidades alemanas, mas no creo se halle tan olvidado cuando poco antes de
la gran guerra se reimprimieron sus obras en Leipzig. [468]
No. Así no se refutan las doctrinas. Hay que ir a la médula de ellas. No
debieron esgrimirse argumentos tan superficiales, sino atacar el punto de
arranque, la «base de la especulación y, de haberlo ejecutado con fortuna, el
edificio se hubiera hundido como las torres que desprecio al aire fueron. El
krausismo siempre fue combatido por las ramas.
¡Refutación! No puedo resistir la antipatía que me despierta esa dicción
tan impropia del lenguaje científico. ¡Refutación! Impugnación o negación
absoluta de una tesis, especie de castigo al error considerado materia punible.
¡Como si el entendimiento humano pudiera alcanzar la verdad ebsoluta, como si
el error absoluto pudiera existir, ni siquiera concebirse!... No. La Verdad, en
cuanto idea absoluta, se muestra interiormente en sistemas, intuiciones y
reflexiones parciales, todas verdaderas por afirmar un aspecto de la realidad,
todas erróneas si niegan las demás facetas. No se circunscribe a determinación
histórica individual ni especial, pero las abraza todas completándolas allá en
su altura sin confundirse con ninguna de ellas. Así, rehuyendo los términos
medios del eclecticismo, aseguramos que en todo sistema o manifestación
histórica de pensamiento reflexivo, y cada una con valor propio, y por eso han
influido todas en la mentalidad de su época, reside verdad y la Verdad en
ninguno.
Ya lo sospechaba el agudo ingenio de Mme. de Staël cuando decía: «casi
todas las opiniones verdaderas traen un error en pos de sí». No tiene por
misión el filósofo perseguir lo que él juzga error, sino aquilatar lo que
encierra cada opinión de positivo y fructuoso, extraer de cada concha la
escondida perla y, sin preocuparse de su origen, engarzarla en la corona del
pensamiento humano labrada entre todos los hombres, adelantando cada día y
jamás rematada entre dos infinitos.
¡Y qué procacidades en la discusión! A fuerza de no merecerlo, merece
lectura el discurso de ingreso de D. Vicente Barrantes en la Academia Española
y no menos la [469] contestación de D. Cándido Nocedal. No contienen, sobre las
vacuidades del fondo, sino, como decía el Sr. Revilla, ya acérrimo detractor
del krausismo, «epítetos malsonantes, chistes de pésimo gusto, sañudas
invectivas, venenosas acusaciones» (R. Cont., 1876).
Comisionado por el Gobierno español para estudiar filosofía en Alemania,
marchó a esta nación D. Julián Sanz del Río (1814-69), hombre austero, natural
de Torrearévalo (Soria) y educado en Granada, profundo pensador, un tanto
tocado de propensión mística y ya algo conocedor del krausismo, pues desde 1837
se había popularizado el Curso de Derecho natural,de Ahrens, que
tradujo al español en 1851 D. Ruperto Navarro y Zamorano. Oyó en Heidelberg las
explicaciones del eminente penalista Gustavo Roeder, de Leonhardi y de
Schliepacke y, reintegrado a la Universidad Central, explicó la cátedra de
Historia de la Filosofía, hasta que en 1867 se la arrebató el marqués de
Orovio, ministro de Fomento, por el delito de negarse a suscribir una profesión
de fe religiosa y dinástica. La revolución de 1868 reparó aquel error,
brindándole el rectorado de la Universidad, que D. Julián, ajeno a las
sugestiones de la vanidad, el interés o la ambición, se negó rotundamente a
aceptar.
Muchos artículos acerca de materias filosóficas dejó Sanz del Río en
diversas revistas. Sus obras fundamentales son: La cuestión de la
filosofía novísima (1860), tesis doctoral; Lecciones sobre el
sistema de Filosofía analítica de Krause (1850); Sistema de la
filosofía (1860), obra de que sólo imprimió la parte analítica, pues
de la sintética tiró para uso de sus discípulos una edición autografiada de
contadísimos ejemplares, uno de los cuales, el de don Francisco Canalejas,
logré disfrutar y en vano intenté adquirir al fallecimiento de mi deudo D. José
Canalejas y Méndez, a cuyo poder había pasado después del óbito de nuestro tío
D. Francisco; El ideal de la Humanidad, que por modestia
atribuyó a Krause, de quien era el pensamiento fundamental, no el
desenvolvimienlo; el magnifico [470] Discurso inaugural del curso de
1857-58, donde ni su más cruel detractor, Menéndez y Pelayo, entonces
en el zenit de su época fanática, se atrevió a hincar el diente, y otras de
menor interés, a que se añadieron postumas El idealismo absoluto (Bibl.
económica fil., t. IX); Filosofía de la muerte (Sevilla,
1877), extractada de sus manuscritos por D. Manuel Sales, y Análisis
del pensamiento racional (1877), manuscrito preparado para la
impresión por don José de Caso y felizmente compendiado por D. Federico de
Castro al comienzo de su «Metafísica». Análisis del pensamiento
racional, libro póstumo, y acaso el más personal e interesante de Sanz
del Río, merece, mejor que aplauso, homenaje de seria y detenida meditación.
Cultivó D. Julián la filosofía, más como hombre que en concepto de
especialista, considerando la ciencia uno de los medios de realizar el fin
humano, el Bien por el Bien. No trajo nada nuevo a la indagación reflexiva. Su
aporte consistió en un sincero entusiasmo por la ciencia, una honradez
científica a toda prueba y el mérito de haber atraído a la filosofía la
juventud de su tiempo, enseñándola a pensar con método y pureza de intención.
Aun no habiendo recibido enseñanza directa del Maestro, lo tengo por el más
hondo y enterado de todos los discípulos del filósofo de Nobitz.
Sinceras sus profundas convicciones, seguro de prestar alto servicio a
la juventud, a su patria y, sobre todo, a la Verdad, dejó fundada en la
Universidad de Madrid una cátedra deSistema de la filosofía que, en
estos tiempos de utilitarismos, yace olvidada, y milagro el curso que cuenta
con algún oyente. Ganó en oposición esta cátedra D. Tomás Tapia, ex-sacerdote,
que había escrito Ensayo sobre la filosofía fundamental de Balmes, mas
la disfrutó breve tiempo. Sucumbió prematuramente y en 1884 pasó a explicar la
materia el respetable D. José de Caso y Blanco, nacido en 1856, que desempeñó
su cargo hasta Diciembre de 1926, renunciándolo a causa de su avanzada edad.
[471]
El óbito de Sanz del Río señaló un momento crítico en la escuela. Todos
los ojos se tornaron a D. Nicolás Salmerón (1838-908), andaluz, tan extremado
en la pasión como en la poderosa inteligencia que denunciaba su profunda
mirada, luminosa, aun en la fotografía; pero este predilecto evangelista
conservó apenas tres o cuatro años la fidelidad. Lanzado al destierro por el
pronunciamiento de Sagunto que derribó aquella sombra de república pilotada por
monárquicos más o menos vergonzantes, se familiarizó en París con las
direcciones experimentalistas señaladas por Comte y Littré y, perdiendo de
vista el punto cúspide de la intuición racional, negó la visión total del Ser y
de los seres en y bajo Él, entrando de lleno en las vías del positivismo. La
declaración terminante de su evolución se pronunció en el prólogo al
libro Filosofía y Arte de don Hermenegildo Giner. Allí se
confesó monista, negando la dualidad radical de espíritu y cuerpo, y sostuvo ya
que la evolución de lo inconsciente debe explicar la producción de la
conciencia.
Poco fecundo escritor, distraído por el foro y la política, sus Obras (1911)
constan de artículos, prólogos, traducciones, discursos y dos trabajos más
concretamente filosóficos insertos en el Boletín de la Universidad, uno
sobre Conceptos de la Metafísica (1870) y otro sobrePrincipios
analíticos de la idea de tiempo (1873). A pesar de su inmenso talento,
nada dejó original tan eminente varón en el campo del pensamiento español y
asestó golpe mortal con su deserción al krausismo peninsular.
Acentuóse la ya latente división de la escuela en derecha e izquierda.
En la primera figuraron D. Tomás Romero de Castilla (n. 1833), catedrático
extremeño, formado intelectualmente bajo la dirección de Castro, y obstinado en
conciliar el racionalismo con el catolicismo, imposible intento al cual
consagró los opúsculos La doctrina que establece el carácter objetivo
de las ideas y la infalibilidad de la razón no es contraria a los principios
del catolicismo; Ni incrédulo ni tolerante: Contestación al folleto [472] «¿Católico
o krausista?» (1881), Nuestro concepto de razón y de la
doctrina de Santo Tomás, y El krausismo y la fe católica. Aun no
teniendo razón, venció al canónigo Fernández Valverde, contra cuyos folletos
polémicos iban dirigidos los de Romero, que mostró bien su talento y la solidez
de su aprendizaje en la escuela de Sevilla.
D. Fernando de Castro y Pajares (1814-74), franciscano, luego presbítero
secular, catedrático de Historia en el Instituto de San Isidro y más tarde en
la Universidad Central, aunque sólo escribió de filosofía su Memoria
Testamentaría, donde expone el ilusorio proyecto de una religión
universal donde cupieran Buda, Cristo, Mahoma y todos los grandes reformadores,
sabios y artistas, y una Introducción al estudio de la Historia o
Filosofía de la Historia,no creo equivocarme mucho si lo clasifico entre
los krausistas de la derecha, pues sus obras históricas dejan trascender los
efluvios del realismo racionalista.
Natural de Lucena, la villa hebrea, D. Francisco de P. Canalejas y Casas
(1834-83), inteligencia de primer orden, espíritu abierto y, como buen andaluz,
elocuente y artista; Si bien profesó con gusto por complexión y por exigencia
de su cátedra la ciencia literaria y no poco se distrajo con la política y el
foro, consagró a la filosofía su más asidua labor y al fin permutó su cátedra
de Literatura por la de Historia de la filosofía. Sus publicaciones filosóficas
son: Cartas a Campoamor sobre el panteísmo, Introducción al estudio de
la filosofía platónica. Ley de relación interna de las ciencias filosóficas (1858), Del
estado actual de la filosofía en las naciones latinas (1861), Las
doctrinas del Doctor Iluminado Raimundo Lulio (1870), Teodicea
popular (1872),Estudios críticos de filosofía, política y
literatura (1872) y Doctrinas religiosas del racionalismo
moderno, La voluntad (1874).
Comenzó Canalejas militando en la extrema izquierda de la escuela; mas,
influido en su edad madura por la lectura de filósofos y teólogos alemanes,
singularmente de Schleiermacher, fue adoptando ese tono de misticismo de [473]
los germanos, que todos son o místicos o escépticos, acercándose al lulismo, y
terminando su carrera filosófica a cierta distancia del punto de partida, sin
perder nunca el sello original.
Poeta, insigne estilista y catedrático de Filosofía en Cádiz, siguió
análoga orientación el sevillano D. Romualdo Álvarez Espino (1839-95) en sus
compendios de Antropología psicológica(1873) y Psicología,
Lógica y Ética (1876), pero no llegó a intentar la absurda
conciliación del catolicismo con el panenteísmo, manteniéndose en un sentido
cristiano semejante al de los krausistas alemanes. Toda España aplaudió sus
artículos firmados con el pseudónimo «Christian». Fue un hombre bueno,
inteligente y menos afortunado de lo que tenía derecho a esperar.
Formó en la izquierda D. Vicente Romero Girón (1835-900), especializado
en materia jurídico penal, que era a su vez nota característica de la escuela;
espíritu liberal y republicano, a quien vieron con pena los que le estimaban,
rebajarse a ser ministro de la restauración en 1883. Circunscrito a la esfera
del Derecho, publicó en colaboración con el almeriense D. Alejo García Moreno,
también krausista en sus comienzos, aunque ignoro si derivó más tarde hacia el
positivismo, y algunos jóvenes, yo entre ellos, el monumento jurídico
titulado Colección de las Instituciones políticas y jurídicas de los
pueblos modernos.
D. Manuel Sales y Ferré (1843-910), catalán y catedrático de Historia en
Sevilla, afiliado a la izquierda krausista, dio forma a los manuscritos que
dejó Sanz del Río sobre la Filosofía de la Muerte, dando a luz
su arreglo en 1877, y dedicó su actividad con preferencia a la historia, la
geografía, la arqueología y la sociología. Ya hemos referido en qué
circunstancias renegó del krausismo y se lanzó a la corriente spenceriana.
Cuando llegó a la cátedra de Sociología en Madrid propugnó sus nuevas ideas y
alardeó de ellas en su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y
Políticas (1907), explicando los Nuevos fundamentos de la moral sobre
la base de la [474] solidaridad humana, sometiéndola a modalidades históricas,
teoría toto coelodistante del imperativo categórico de Kant,
aceptado por el racionalismo armónico.
En la izquierda se alistó también mi compañero don Eusebio Ruiz
Chamorro, fallecido en 1899, hombre de extraordinarias facultades filosóficas
que aplicó con preferencia a la esfera del Derecho. En su original y no
terminada Psicología, desenvuelve la doctrina de Krause con
criterio francamente monista. Considera muy precipitada la subdistinción del Yo
en alma y cuerpo, lo cual determina un desequilibrio en la investigación, pues
el estudio psicológico se limita al cuerpo, es decir, se estudia la parte y se abandona
el todo, error que se transmite desde Descartes a Leibniz.
El problema debe replantearse, preguntándose cómo se relacionan entre sí
los seres, no el alma con el cuerpo, porque éstos no son dos substancias, sino
dos aspectos del Yo. Cree también el autor indispensable ayudar y completar la
introspección con los datos de las ciencias naturales.
Al malogrado D. Mariano Arés (1842-90), catedrático de Salamanca,
debemos un discurso inaugural (1870-1), Sobre la legitimidad y carácter
de la Metafísica, además de las traducciones de Le
materialismo contemporain por Pablo Janet, y La filosofía de Schopenhauer por
Ribot, y a D. Joaquín Sama y Vinagre, Indicaciones de Filosofía y de
Pedagogía (1893).
D. Joaquín Arnau e Ibáñez (1850-90), natural de Rubielos de Mora y
catedrático de Metafísica en Valencia, también figuró en la izquierda krausista
y dio a los tórculos un Ensayo de filosofía fundamental (1889).
En realidad la jefatura de la escuela pasó a D. Federico de Castro
(1834-903), almriense y catedrático en Sevilla, el más consecuente de todos los
discípulos de Sanz del Río. No formaríamos de él la idea que merece, si lo
juzgáramos por sus obras, escritas de mal grado y plagadas de erratas que jamás
su pereza se avino a corregir. [475]
Hay que recordar su palabra, su conversación pletórica de doctrina, su
pasión por la docencia socrática y su inmenso influjo en la mentalidad de su
época. Ni su primera obra, El progreso interno de la razón (1861);
ni su áureo opúsculo Cervantes y la filosofía española (1876),
ya tan raro; ni su Metafísica (1888-93), cuyo primer grueso
volumen, en octavo, contiene el mejor tratado de historia de la filosofía que
haya visto la luz en España; ni su libro de cuentos Flores de invierno (1873);
ni su admirable prólogo a la Fuente de la vida, seguido de la
versión de la obra; ni su traducción anotada de la Historia de los musulmanes
españoles de Dozy; ni suEstudio jurídico y filosófico del arrendamiento; ni El
concepto de nación como postulado de la Historia general; ni los dos
primeros tomos de su Historia de España, sugieren la verdadera
estimación de su talento y condiciones pedagógicas.
Se necesita la larga convivencia, la constante colaboración e íntimo
trato que nos unió muchos años para columbrar su mérito y rendir a su memoria
la ofrenda de cariñosa admiración que incesantemente le tributo. Y no sólo
superó a todos sus condiscípulos en fidelidad a la ortodoxia, sino que corrigió
viciosas exposiciones de Ahrens y de Tiberghien en temas tan fundamentales como
el punto de partida de la ciencia, piedra angular de toda la construcción
sistemática de Krause.
La vista interior del Yo, llegando a ella por eliminación de accidentes
y cualidades, sólo podía recaer sobre un ser potencial, una abstracción, lo que
equivaldría a cimentar en el vacío. Castro insiste en presentar, no una
intuición, sino una percepción directa e inmediata, revelación primera y más
íntima de la personalidad racional, pensada antes y sobre toda ulterior
determinación, conteniendo en su unidad indivisa la idea, el juicio y el
raciocinio, la cual, por su certeza, para el sujeto absoluta, y en cuanto
primer conocimiento racional, constituye el punto de arranque de la ciencia y
el principio del conocer subjetivo o ciencia de nosotros, ya que no el
principio absoluto del conocimiento científico. [476]
Hasta el mismo principio absoluto, para considerarse cierto, supone que
Yo esté seguro de su verdad. ¿Quién puede dudar de su ser? ¿Quién dudaría de su
duda?
Nunca supuso D. Federico haber agotado el krausismo todo el contenido de
la Ciencia ni soñó prescindir de los innegables progresos del conocer
experimental, limitándose a profesar las ventajas de su sistematización que,
por su amplitud, no rechaza, sino ambiciona enriquecerse con todas las nuevas
aportaciones en un evangelio de continuo adelanto y perpetua esperanza.
¡Siempre las coincidencias en los seres excepcionales! ¡Expiró el sabio,
el bueno, el ejemplar Maestro el Viernes Santo, a las tres de la tarde!
La influencia del eminente maestro se sintió tan intensa que despertó
aficiones, reveló vocaciones, formó numeroso apostolado y merece la pena de
señalarse el hecho de que todos sus discípulos cuando intentaron oposiciones a
cátedras salieron triunfantes de la prueba y casi todas las aulas de Andalucía
y Extremadura repitieron como fieles ecos su enseñanza. Tal aconteció con
Romero Castilla, con Álvarez Espino, con tantos más ilustres profesores, entre
los cuales merece especial distinción D. Antonio López Muñoz (n. 1849),
onubense, poeta, elocuente orador, consumado lógico, que por su propio esfuerzo
se elevó desde modesta cuna a catedrático en Granada y en Madrid, repetidas
veces ministro, embajador, y ha ceñido la corona condal. Su Filosofía
elemental es, a mi juicio, el libro más claro, más artístico, y más
orgánico de cuantos análogos han visto la luz en España.
D. José de Castro y Castro, nacido en Sevilla en 1863, hijo y sucesor de
D. Federico, en la cátedra hispalense de Lógica fundamental, continúa la
enseñanza de su padre y es ya quizás el último profesor de una escuela que casi
monopolizó la enseñanza oficial. En el ejercicio de su doctorado leyó un
discurso, cuyo manuscrito se halla en la Universidad de Madrid, sobre laTeoría
heliocéntrica de Alfonso Belhaw. Ha publicado Psicología de la
célula. Haeckel, Richet, Binet(Sevilla, 1889), [477] un excelente compendio
de Historia de la Filosofía (Sevilla, 1890), y el discurso
inaugural de 1902-3, acerca del Concepto de la Lógica, reproducido
por el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, con
anotaciones del autor y elogiado por D. Francisco Giner de los Ríos en una nota
sobre la Dialéctica platónica de Lutaslowski.
A uno de los predilectos discípulos de Castro, el malogrado Rafael
Álvarez Surga (1848-72), poeta, historiador y orientalista, esperanza perdida
para la filosofía y las letras, consagro aquí un piadoso y harto merecido
recuerdo. Sus producciones se hallan recogidas en un volumen póstumo. La Revista
de Filosofía le dedicó un número necrológico y, durante varios años,
se conmemoró su aniversario.
D. Francisco Giner de los Ríos (1839-915), rondeño y discípulo inmediato
de Sanz del Río, perpetuó la austeridad del maestro, la devoción a la ciencia y
la propensión pedagógica que le arrancaba aquellas socráticas palabras: «En mi
cátedra no enseño filosofía, sino a filosofar.» No expuso su pensamiento en
forma de sistema total, ni hacía falta, porque el fondo se hallaba siempre en
Krause, si bien, pensando por su cuenta, modificaba en ciertos accidentes la
ortodoxia, como por ejemplo, al tratar de la división del arte en bello, útil y
compuesto, sosteniendo que semejante distinción no puede realizarse en el Arte,
sino en las producciones artísticas.
Giner es el pedagogo de la escuela, y por más que su sistema educativo
no pueda adaptarse por guisa perfecta a la actual modalidad social, ni su ideal
concierte con las vulgares ideas acerca del bien y la misión humana, no ha
dejado de señalar el procedimiento para hacer hombres.
Su hermano Hermenegildo (1847-923), simpático gaditano, de inteligencia
más flexible que profunda, dejó una inmensa bibliografía que consta de más de
120 obras entre originales y traducidas. De ellas sólo corresponden a la
Filosofia unos Elementos de Ética, arreglados de [478]
Tiberghien (1872) y aumentados en 1873 con nociones de Biología;
Filosofía y Arte(1878), algunos resúmenes de Psicología, Lógica y Ética,
traducciones y programas. Excelente orador y convencido republicano, dejó tan
grata memoria en el Parlamento como entre sus amigos.
Compenetrado por íntima amistad y por afinidades mentales con D. Nicolás
Salmerón, de quien se decía discípulo, D. Urbano González Serrano (1848-904),
extremeño y catedrático de San Isidro, no siguió enteramente a su maestro en la
evolución hacia el positivismo, limitándose a dulcificar la rigidez krausista,
dando cabida a elementos de las nuevas direcciones científicas, no recatándose
de celebrar «la tendencia crítica y positiva y la experimentación fisiológica»,
que son «los factores más importantes del actual progreso en la psicología».
De su actividad de publicista, ejercida en distintos órdenes, aunque
siempre con médula filosófica, pertenecen de lleno a nuestra jurisdicción los
numerosos artículos insertos en varias revistas; las biografías de filósofos y
síntesis de sus sistemas, enviadas al al Diccionario enciclopédico
hispanoamericano; los tratados elementales de psicología, lógica y
ética, admirablemente hechos, y sus iibros La psicología científica (1880); Preocupaciones
sociales (1882);La sociología científica (1884); Cuestiones
contemporáneas (1884); La sabiduría popular (1886),
precioso folleto de vulgarización; La psicología fisiológica (1886); La
psicología del amor (1888) yEstudios psicológicos (1892).
Tenía Urbano de su escuela la austeridad de conducta, el amor desinteresado a
la verdad y el culto a la docencia sistemática. Su bondad, su buena fe
científica y moral corrían parejas con su talento y aplicación. Era una figura
simpática, atractiva y todos lo recordamos con cariño y veneración.
A la sombra de Salmerón, acrecentó su personalidad científica y política
D. Gumersindo Azcárate (1840-917). Genio poco metafísico, cultivó con
preferencia los estudios políticos y sociales, aplicando la doctrina de Krause
[479] con marcado tono derechista. Tanto susEstudios filosóficos y
políticos, como sus demás publicaciones, trascienden al orden
jurídico, tratándose todo con discreción y sin poderosa originalidad.
Azcárate ha sido siempre un conservador dentro del campo republicano y
de igual suerte en filosofía fue un reaccionario del krausismo. No muy
hondamente penetrado de los propios principios de su escuela, temeroso del
positivismo que, declaraba en sus discursos del Ateneo, le parecía harto
peligroso, y más dado a la aplicación que a la especulación, soñaba religiones
racionalistas sobre la base del criterio cristiano y repúblicas democráticas en
moldes doctrinarios.
Discípulo de D. Fernando de Castro, a quien aventajó en radicalismo, D.
Francisco J. Barnés (1834-92), uno de los hombres más sinceros y nobles que he
conocido en mi vida, ahorcó los hábitos por no ejercer un sacerdocio
disconforme con los dictados de su conciencia. Con criterio krausista bastante
radical explicó Historia en el Instituto de Lorca y en las Universidades de
Oviedo y Sevilla. En el cementerio de San Fernando de esta última capital, se
halla su tumba cubierta por una lápida, cuya leyenda dejó escrita, donde
compendia la historia religiosa de su conciencia y deja consignada su profesión
de fe,
El precoz y malogrado Emilio Reus y Bahamonde (1859-91) halló entre sus
proezas financieras y afortunados escarceos políticos, tiempo para sus
aficiones filosóficas y nos sorprendió con Estudios sobre la filosofía
de la creación (1876), de que sólo dio a luz el primer tomo. En la
primera parte, titulada Crítica, examina las revelaciones
religiosas y trata de refutar el transformismo. En la segunda, Filosófica, se
proponía, según anuncia en el prólogo, resolver todos los problemas
fundamentales. Él mismo nos resume la doctrina del volumen impreso en estas
palabras: «Hay tres hechos irreductibles (sic), el instinto de
la planta, el instinto y la inteligencia del animal y la razón y la libertad
humanas.» No habiendo [480] traspasado la frontera de la crítica, sólo por
conjetura podemos clasificar el autor entre los espiritualistas, harto influido
por la derecha krausista, influjo más patente e inequívoco en suTeoría
orgánica del Estado (1880). Lo mismo que en su primera obra, sucedió a
Reus en la seguada, La Biología (1879), pues sólo el primer
volumen salió a la publicidad. Recoge en él, considerándolo propedéutico, los
datos suministrados hasta entonces por la historia de la ciencia y deja
entrever su criterio que Costa temió se resolviera en un trasnochado animismo
remozado con savia lotziana. Recapitularé el contenido doctrinal de la obra. La
vida no es una esencia, sino un hecho. La biología es ciencia positiva porque
estudia cómo se manifiesta ese hecho, mas, siendo la vida ley de ciertos seres,
la biología, que inquiere su causa, es metafísica. Así, pues, la fuente de
conocimiento debe ser la conciencia y su garantía el método realista.
No puedo menos de aplaudir la fidelidad con que expone las doctrinas,
singularmente la darwiniana.
No se deshizo a estela de Krause en España como el hegelianismo sin
dejar más recuerdo que ciertas derivaciones socialistas. Tan en la entraña de
mi generación y de la anterior ahondó su savia que, desaparecida la
individualidad de la escuela, pasaron sus doctrinas, ya sin sello de origen, al
torrente circulatorio del pensamiento general, animando explicaciones, libros y
conferencias, imperando en la esfera del Derecho y enviando desde su tumba un
haz de luminosa despedida, como si estuviese vinculado a la conciencia humana
por una irradiación que jamás puede desaparecer.
Est defunctus... et loquitur. [481]
§ X
Escuelas materialistas
D. José Marchena. –El sensualismo: El P. Muñoz y Capilla. –D. Juan Justo
García. –Reynoso. –Lista. –Arbolí. –Martel. –Pascual. –Salas. –Difusión de las
teorías de Bentham. –La frenología: Cubí. –El materialismo: Mata. –Sala y
Villaret.
No existe término medio en la conciencia religiosa de España. O católica
o atea. Avis rarissima será la persona que reniegue del
catolicismo para confesar otro dogma. En España no se puede romper la
disciplina mental formada por tantas generaciones sin saltar con brusco empuje
a la completa negación o a la absoluta indiferencia. Semejante cualidad nos
explica que el clero descreído a fines del siglo XVIII, según hemos de ver,
abrazara las teorías sensualistas, que sólo un eclesiástico de nota, D. José
María Blanco, sentara sus reales en la iglesia inglesa y que la mayoría se
hundiera, como el llamado Abate Marchena, en la sima del ateísmo materialista.
D. José Marchena (1768-821), utrerano, estudió humanidades y teología en
Sevilla; pero no pasó de las órdenes menores. Huyendo de la Inquisición se
refugió en Gibraltar y emigró a Francia. Alma generosa y abierta a todas las
ideas, sufrió el vértigo de la innovación, y después de haber cooperado en la
Revolución francesa, vino a morir bajo el cielo de su patria.
Su obra como traductor fue inmensa. Sabio humanista, tuvo la humorada de
fingir un texto de Petronio, realizando con tal arte su empresa, que todos los
eruditos cayeron en el lazo. Alentado con el éxito, repitió la superchería y
fingió haber descubierto versos de Catufo en un [482] pergamino de Herculano.
Había pasado con brusco salto de ortodoxo a ateo y en París estableció una
escuela con el siguiente rótulo: «Se enseña el ateísmo por principios».
Todos los sacerdotes de la escuela sevillana compartían en el fondo las
ideas de Marchena. Un hálito de criticismo volteriano había estremecido todo el
clero secular español que seguramente habría exteriorizado su descatolización.
sin la presión constante de las Órdenes religiosas. En las Cortés de Cádiz,
ilustrados presbíteros abogaban por las ideas liberales, en tanto que otros
abrazaban el partido francés por amor al mismo credo, y algunos se expatriaban
para abjurar públicamente su perdida fe.
Tengo por innegable que en el alma de Marchena subsista un fondo de
candor y generosidad visible aun en sus supercherías literarias que trascienden
a bromeo andaluz. De la insólita claridad de su mente bastará a dar idea el
siguiente hecho: Deseando el general Moreau poseer una estadistíca de cierta
región alemana imperfectamenle conocida, Marchena aprendió en brevísimo tiempo
alemán, leyó todo cuanto sobre el asunto se había escrito y redactó la
estadística como si fuera consumado topógrafo.
Poeta de la duda positiva que minaba su conciencia, no la guisa de los
modernos retóricos, exclamaba:
«¿Quién sabe si es la muerte mejor vida?
Quién me dio el ser ¿no puede conservarme
Más allá de la tumba? ¿Está ceñida
A este bajo planeta su potencia?
El inmenso poder ¿hay quien lo mida?
¿Qué es el alma? ¿Conozco yo su esencia?
Yo existo. ¿Dónde iré? ¿De dó he venido?
¿Por qué el crimen repugna a mi conciencia?»
Marchita su juventud, acaso los anteriores versos dentaban un
reflorecimiento de su prístina educación que le hizo dudar de su ateísmo.
Profesa la moral de la naturaleza, combate el ascetismo; mas no se halla en su
pensamiento nada sistemático. Tenía mucho talento, mucha erudición [483], mucha
gracia; pero sus aptitudes parecían flores malogradas que daban aromas al aire
por no haber hallado la dama merecedora de lucirlas o aspirarlas, el altar que
embalsamar con su aliento y adornar con sus colores.
En el prólogo a sus Lecciones de filosofía moral y elocuencia (1820),
presenta al Dios de los cristianos como espíritu inextenso que llena el espacio
y el tiempo y ve todas las verdades posibles, de donde infiere que los milagros
son indignos de la Majestad divina.
El influjo sensualista se nota en el agustino cordobés P. José de Jesús
Muñoz y Capilla (1771-840), notable orador, excelente botánico, exclaustrado
por la revolución política y autor de La Florida, extracto de varias
conversaciones habidas en una casita de campo que forman un tratado elemental
de ideología metafísica y moral para uso y enseñanza, de la juventud (1836). Tres
son los interlocutores. «Un joven, hijo de uno de ellos, los oía con profunda
atención y después, a la vista del padre, se tomaba el trabajo de formar una
especie de extractos de aquellas conferencias», sostenidas en poética quinta de
Segura fue la Sierra (Jaén).
De este tratado, bellamente escrito, decía Menéndez y Pelayo: «La
psicología del P. Muñoz salva más que la de Eximeno la actividad del alma que
trabaja sobre el dato de los sentidos y además tiene el mérito de distinguir
claramente entre la impresión y la sensación,definiendo
esta última «modificación del alma excitada por los sentidos»; y añadiendo que
ninguna sensación por sí sola es idea aunque las ideas se compongan de
sensaciones... Yo no alcanzo, por más que Condillac se empeñe en explicármelo,
cómo la sensación, aunque se la haga pasar por todas las metamorfosis de
Ovidio, puede llegar a ser una percepción, ni mucho menos una idea».
No obstante, mi coincidencia con D. Marcelino no pasa del juicio general
de La Florida,sin alcanzar a los pormenores y principalmente a la
apreciación del Tratado del verdadero origen de la Religión, donde
se propone refutar [484] con exiguos elementos la conocida obra de Dupuis
acerca del origen de todos los cultos no sin estimar lo generoso y aun eficaz
del esfuerzo dentro del estado de conocimientos en su época.
De todas suertes, la concepción del cerebro como almacén de vestigios de
sensaciones y percepciones racionales fundadas en el dato sensible y de las
relaciones de las ideas, bastan para afiliar al P. Muñoz en la falange
sensualista. Hasta sus comparaciones cuando habla del alma atraen la atención
hacia el cuerpo. Al explicar la génesis del conocer, nos dice que los
conocimientos «son los alimentos del alma, unos son tales que se convierten en
propia substancia o se asimilan a ella y éstos son la parte nutritiva» y
continúa asemejando a la digestión la formación de las ideas.
¡Quién pensara que un hijo del mayor platónico cristiano llegaría a
rivalizar en criterio sensualista con los citados filósofos de la Compañía de
Jesús, hijos de la corriente aristotélica!
D. Juan Justo García, catedrático de matemáticas, publicó Elementos
de verdadera lógica(1821), extracto de la Ideología de Destutt-Tracy, donde
prescinde de la espiritualidad del alma, que no puede aceptarse por la
filosofía, falta de datos, sino por la fe.
También penetró la doctrina condillarista en la escuela sevillana y de
ella trazó clara exposición el poeta D. Félix J. Reinoso (1772-841) en el curso
de Ideología que explicó en la Real Sociedad Patriótica y en la disertación
acerca de la Influencia de las bellas letras en la mejora del
entendimiento (1816). Para Reinoso, como para los sensualistas, la
materia de conocimiento se limita al fenómeno y la misión del científico se
reduce a comparar los hechos entre sí, hallar su origen y sus deficiencias y
reducirlos a principios generales. Toda volición nace del deseo: todo deseo de
una necesidad. Nuestro bien consiste en el placer, el mal en el dolor. Bueno y
útil se dice de lo que produce un placer más radical y permanente, aunque [485]
menos delicado y más penoso a veces de conseguir; bello y agradable, de lo que
causa un placer más exquisito y puro, aunque menos durable.» Toda esta doctrina
procede del sensualismo francés e inglés, transmitida por el Système de
la nature, lectura entonces favorita de los eclesiásticos liberales
sevillanos.
Si no con la crudeza de sus expositores clásicos, mitigado por Pedro
Laromiguière, que ensanchó el área de la ideología condillarista colocando la
reflexión al lado de la sensación, el sensualismo halló aplicación al orden
moral y al artístico interpretado por el gran D. Alberto Lista (1775-848), pero
más completamente a la filosofía por don Juan José Arbolí y Acaso (1795-863),
hijo de Cádiz, que, después de haber sido Doctoral en su patria, se consagró
obispo de Guadix en 1852 y pasó a la sede gaditana en 1854. Este prelado, a
quien Menéndez y Pelayo llama Aribau (Het., III, p. 695),
supongo que por una de tantas erratas de que somos víctimas los autores, sin
indicar nombre ni fechas ni título exacto de la obra, cooperó con Lista en la
Fundación del Colegio de San Felipe Neri el año 1838 y en sus aulas explicó Filosofía
hasta 1848. Por este tiempo dio a la estampa Compendio de las lecciones
de Filosofía que se enseñan en el Colegio de Humanidades de San Felipe Neri de
Cádiz en cinco pequeños volúmenes. La primera edición, que no he
podido ver, se publicó por entregas y éstas se agotaron tan rápidamente que,
antes de concluir la edición, acometió la segunda en Cádiz, Imprenta de laRevista
Médica, 1846. Los cinco volúmenes, cada uno por el siguiente orden,
tratan de psicología, lógica, gramática general, ética y teodicea. La profesión
de fe es terminante. «Nuestras ideas, nuestros juicios, nuestros conocimientos
no existen en el alma, por lo menos actualmente, sino cuando los sentimos».
«Los conocimientos que la constituyen (la inteligencia) todos se derivan
próxima o remotamente de los sentimientos». «Luego si para conocer es necesario
sentir, infiérese legítimamente que la inteligencia depende de la
sensibilidad». Al estudiar [486] el sistema de Laromiguière, declara que «el
principio en que descansa es el verdadero, y sólo tiene defectos en la
combinación. Además, ha dicho en el prólogo: «sigo las doctrinas de M. de
Laromiguière, modificadas por su discípulo Mr. de Cardaillac».
Con sentido empírico, el P. Miguel Martel publicó su Filosofía
Moral (1843), en que se nota animadversión al espiritualismo y a la
escolástica. Acaso por rendir tributo al estado de la conciencia nacional, no
se atrevió a formular en crudo la doctrina y aceptó conclusiones morales
propias de las escuelas espiritualistas.
Moralista al modo de Martel se mostró D. Prudencio María Pascual en
su Sistema de la Moral o teoría de los deberes, que autorizó
con su nombre, y en el Arte de pensar y obrar bien o Filosofía racional
y moral (1820), que firmó con las iniciales D. P. M. P. M., obras de
escaso valer que no juzgo indispensable extractar.
Idéntico sentido sensualista, sin novedad alguna y robustecido por el
utilitarismo de Jeremías Bentham, anima los Principios de legislación
civil y penal (1821) de D. Ramón de Salas, catedrático en Salamanca,
en casa del cual se congregaban los afectos al volterianismo. Tradujo Sala a
Destutt-Tracy y a Bentham y, procesado dos veces, fue obligado a abjurar y
desterrado. Su mismo libro citado es una traducción de los Principios
de legislación y codificaciónde Esteban Dumont, luego extractados por D.
Joaquín Ferrer y Valls.
En el segundo tercio del siglo, Bentham ejerció positiva influencia en
la filosofía del Derecho sobre los profesores y tratadistas hispanos,
principalmente en la universidad salmantina, donde Meléndez Valdés profesaba el
ateísmo, y en la hispalense, según se ha visto antes. D. Toribio Núñez
(1777-834) dio a la estampa Sistema de la ciencia social, ideado por el
jurisconsulto inglés Jeremías Bentham y puesto en ejecución conforme a los
principios del autor original(1820); D. José Joaquín de Mora, Consejos
que dirige a las Cortes y al pueblo español, traducidos[487] (Madrid,
1820); D. Santiago Villanova y Jordán, Aplicación de la panóptica de
Jeremías Bentham a las cárceles y casas de corrección españolas. Se
publicaron varias traducciones, unas anónimas, otras con iniciales, por
ejemplo: Teoría de las penas y las recompensas, sacada de los
mss. de Bentham, traducida por D. L. B, (París, 1826; Madrid, 1838); Táctica
de las Asambleas legislativas, traducida por F. C. de C. (Madrid,
1835); Deontología o ciencia de la moral, ordenada por M. J.
Bowring y traducida por D. P. P. (Valencia, 1836), y otras firmadas, como la
delTratado de las pruebas judiciales, por D. Diego Bravo y
Destonet, escritor sevillano fallecido en 1889, sin contar la completa
colección de obras del filósofo insular vertidas al español que lanzó a la
publicidad en catorce tomos el año 1847 D. Baltasar Anduaga y Espinosa
(1817-61), jurisconsulto y naturalista, fallecido en la Habana.
Secuela del materialismo, la doctrina frenológica y craneoscópica
formulada por Gall y Spurzheim, confundida con el mesmerismo, acerca de la cual
habían visto la luz en España algunos libros y folletos, encarnó en D. Mariano
Cubí y Soler (1801-75), catalán educado en América, el cual se impuso penoso
apostolado recorriendo casi toda España y sufriendo críticas, burlas y un
proceso ante el tribunal eclesiástico de Santiago. Entre los muchos libros
escritos por Cubí, se refieren a nuestra materia Introducción a la
Frenología (N. Orleans, 1836),Manual de Frenología (Barcelona,
1844), Sistema completo de Frenología (id.) y varios opúsculos
de controversia. Llevó con paciencia los contratiempos, escribiendo que «el
hombre que de buena fe abraza una causa filosófica... debe bendecir los embates
que le obligan a explicarla...» En su excursión a Sevilla el año 1845 dio
pruebas prácticas de sus conocimientos en el Presidio, abrió gabinete de
consulta en la Fonda de Europa y, dando un modelo de cabeza humana con indicación
de los órganos referentes a las cualidades y pasiones del individuo, la fábrica
de loza conocida por La Cartuja, sin rival en España, construyó numerosos y
bellísimos ejemplares [488] que aún se ven en los despachos de personas
estudiosas.
En el teatro Principal pronunció un hermoso discurso, muy aplaudido, a
modo de preparación para los dos cursos que explicó en la Universidad ante
considerable número de alumnos matriculados. No cabe duda del relevante
servicio prestado por Cubí a la cultura pública popularizando conocimientos
entonces poco cultivados. Algo me sorprende que Menéndez y Pelayo en sus Heterodoxos, III,
p. 698, busque antecedentes a las doctrinas de Gall y de Cubí, olvidándose del
primero y más filosófico de los precursores, del gran Alonso de Fuentes, que en
su Filosofía natural señaló las localizaciones cerebrales, vía
en que siguieron sus pasos con menos exactitud el Br. Sabuco y Huarte de San
Juan. Ni tampoco era novedad en Sevilla, donde desde el primer cuarto de siglo
se extendió la afición a estos estudios, al punto de que los Sres. Herrera
Dávila y Alvear, editores de la biblioteca titulada «Colección de tratados
breves y metódicos», ofrecieron en 1826 un tratado de Frenología.
El materialismo halló, si no profundo, elocuente apóstol en D. Pedro
Mata y Fontanet (1811-77), natural de Reus, alcalde de Barcelona, rector de la
Universidad Central, académico, senador, gobernador civil de Madrid y autor de
muchas obras de distinta índole. Las más interesantes para nuestro estudio
son Filosofía española (1858), Compendio de psicología(1866), De
la libertad moral (1868), Tratado de la razón humana en estado
de salud (1878) y Tratado de la razón humana en estado de
enfermedad (id.).
Puede llamarse Mata el creador de la Medicina legal, mas en materia
filosófica no mostró superior originalidad. Experimentalista que no
experimentaba; materialista que no se resignaba a pasar por serlo y lo negaba
en su artículo Vindicación inserto en La España
Médica;no expreso negador de la existencia del alma, pero
desarrollando su sistema sin contar con ella; confundiendo la experiencia
psicológica con el estudio del encéfalo (cada [489] órgano supone una facultad
y cada facultad un órgano) y procurando refundir la psicología en la
fisiología, con lo que preparaba la vía a los psicólogos actuales que la
confunden con la patología; aunque señale su huella personal en los pormenores,
ninguna originalidad ofrece en el fondo sobre los materialistas de su tiempo y
suele considerársele como el tránsito del materialismo al positivismo
contemporáneo.
Su opinión respecto a la irresponsabilidad de los locos conduce, dice
Menéndez y Pelayo en son de vituperio, «a considerar el crimen como estado
patológico y a sustituir los presidios con los manicomios». Cierto, y por eso
aplaudo, en vez de censurar, al ilustre pensador español que se anticipó a las
conclusiones de la moderna ciencia penal.
Aunque él proteste, no ha podido evitar el ex sacerdote D. Pedro Sala y
Villaret, director de El Diluvio, que la crítica lo moteje de
materialista. Verdad es que da por cimiento a la ciencia la especulación
metafísica, pero no menos cierto que en su Materia, forma y fuerza(1891)
se acerca a las conclusiones de Haeckel. Numerosos trabajos, además del citado,
consagró a la filosofía, tales cual Verbo de Dios (1890), La
clave del misterio, Lo absoluto (1912) y sus artículos contra el
neoescolasticismo en la Revista Contemporánea, 1877. No puede
dudarse, visto el diseño de su sistema, que la lógica conduce al materialismo
sus pasos, mas su fidelidad a la metafísica y su resuelta afirmación de Dios no
se compadecen con la tendencia atea de todo materialismo.
La edición de Materia, forma y fuerza antes citada es
la segunda, pues la primera, salida a la luz hacia 1869, fue recogida por la
autoridad eclesiástica. Quizá hubiera acertado clasificando a Sala entre los
eclécticos, ya que su libro mereció un elogio de Alejandro Pidal y otro de Suñer
y Capdevila. «La materia es la base de todo ser finito». Por la forma se
distinguen los objetos. «La fuerza es una entidad distinta de la materia» y su
atributo es la [490] intensidad. Coincide con el tomismo en considerar la
perfección de la fuerza y de la forma en razón inversa de la masa. El estudio
de las facultades anímicas le conduce al monismo, a la indistinción de espíritu
y materia como seres opuestos y su concepto de la relación cuantitativa entre
la materia y la fuerza a admitir la posibilidad de la inmortalidad del hombre,
la comunicación de los espíritus, la metempsícosis y el transformismo como ley
del universo sin afirmar su realidad.
Entrando en plena metafísica, sostiene la verdad de las ideas generales.
«Lo finito no agota jamás las inspiraciones de lo infinito; nada de lo que
existe es necesario en particular ni en general. Sólo es necesario lo
absoluto». Al trazar la sinopsis de lo absoluto, ora acepta con los
escolásticos el principio de contradicción, ora al definir el Derecho, emplea
casi literalmente la fórmula de Krause, «la condición para cumplir el deber de
realizar los fines de la vida», aun cuando en otro lugar ha declarado no
conocer la filosofía de Krause. Al tratar del Bien dice que «los actos del ser
libre deben estar (no asegura que lo estén) arreglados a ciertas leyes
eternas». Se trata, pues, de una metafísica de posibilidades.
En la teodicea admite los dogmas fundamentales del cristianismo, o sea
la Trinidad, la distinción entre Dios y el mundo, la Encarnación, la Gracia,
para cerrar su excursión de Haeckel a Cristo, con estas palabras: «Esto es la
religión cristiana, ni más ni menos. Todo lo que no sea esto, son añadiduras
humanas». En realidad, el Sr. Sala era un protestante. Bien lo evidencia la
serie de folletos titulados ¿Los místicos españoles son protestantes?, editados
por la comunidad evangélica de Madrid. Aunque los folletos no llevan nombre de
autor, se descubrió el Sr. Sala al firmar la contestación a la Revista
Carmelitana de Segovia, que había calificado sus afirmaciones de
«disparates y ridiculeces». [491]
§ XI
El positivismo
Direcciones positivistas. –El transformismo: Machado y Núñez, García
Álvarez, Medina y Ramos. –Positivismo de Comte: Flórez, Varela, Poey. –Estasén.
–La Revista Anales de Ciencias Médicas. –El spencerianismo: Cortezo,
Simarro, Tubino, González Janer. –Positivistas independientes y naturalistas:
González Linares, Gener, Calderón y Serrano Calderón. –Crespo y Lema.
Salvo las reservas mentales de dudosa sinceridad, la entraña del
positivismo, o doctrina negadora del conocimiento racional, es el materialismo,
siquiera en su fobia de la metafísica, tachen los positivistas de teólogos a
los ateos y de metafísicos a los materialistas. Las tres direcciones generales
del positivismo, según hemos de ver, la francesa o clásica; la alemana, que
traslada el estudio filosófico a la fisiología, pasando por la experimentación
al monismo, y la inglesa, fruto de la escuela escocesa y del comtismo,
fecundado por la teoría transformista y con acentuado carácter psicológico,
hallaron representación en nuestra patria.
Hemos señalado que el transformismo sirve de enlace entre el sensualismo
antiguo español y el positivismo moderno. Si no el primero, de sus primeros
propagandistas fue D. Antonio Machado y Núnez (1812-69), gaditano; ayudante de
Orfila en la Sorbonne; catedrático de Historia natural en la Universidad de
Sevilla; persona de gran talento, fácil verbo y notoria respetabilidad, e
iniciador en España de los estudios prehistóricos a la vez que Del Prado y
Vilanova. También figuró entre los primeros apóstoles D. Rafael García Álvarez
(1828-94), sevillano y [492] catedrático de Historia natural en el Instituto de
Granada, que apuntó la teoría en sus Nociones de Historia natural (1859)
y la desenvolvió en dos trabajos:Exposición y examen de la doctrina
transformista, sus antecedentes y consecuencias, premiada en público
certamen por el Ateneo de Almería, y otro, prólogo de Echegaray, editado en
1883. No he visto más que uno de estos dos opúsculos.
El eminente anatómico y entomólogo, hispalense, nacido en 1861, D.
Manuel Medina Ramos, aunque en su copiosa bibliografía no ha dejado un tratado
especial, predicó siempre en su cátedra de Anatomía el transformismo como
ineludible postulado de toda su enseñanza.
El positivismo de Comte se inoculó antes que en la península en los
españoles residentes en Francia. Ninguno más ortodoxo que D. José Segundo
Flórez, nacido en 1789 en San Miguel de la Torre, fraile exclaustrado, profesor
en algunos seminarios, periodista residente en París y amigo del apóstol. No
tengo noticia de que publicara más que obras históricas, nada de filosofía y
unas ¡Lecciones de Religión y moral! (1863).
En la isla de Cuba propagó el positivismo D. Félix Varela y Morales
(1788-853), sacerdote, profesor de Física y Filosofía en el Seminario de San
Carlos, autor de Institutiones Philosophiae ecclecticae (1812), Miscelánea
filosófica y Cartas a Elpidio, con su obra Enseñanza
de la filosofía. Había iniciado su reflexión por el eclecticismo y fue
derivando hasta coincidir con Augusto Comte. En pos de él, otro habanero, D.
José de la Luz Caballero (1800-62), pronunció conferencias antimetafísicas, y
su paisano don Andrés Poey y Aguirre, nacido en 1826, comenzó a publicar
la Bibliothèque de Positivisme en París, dando a la imprenta
en 1876 Le positivisme, obra de exposición y propaganda, y
señalando en Littré et A. Comte (1879) las diferencias que
separan a ambos maestros.
Figuró entre los más ardientes positivistas el abogado catalán D. Pedro
Estasén y Cortada (1853-913), especializado en materias económicas y
comerciales. Sus [493] conferencias en pro del positivismo, explicadas en el
Ateneo de Barcelona, alarmaron a ciertos elementos y provocaron una escisión de
la Sociedad, seguida de la fundación del llamado Ateneo libre. Recogió sus
conferencias en el volumen El positivismo o sistema de las ciencias
experimentales (1877).
Además publicó en la Revista Contemporánea, de Madrid,
varias series de artículos sobre la teoría de la evolución aplicada a la
Historia (30 Jul. 76 a Agosto) que encabeza así: «La experiencia enseña que el
positivismo es el procedimiento con más probabilidad de éxito», sobre la noción
del derecho según la filosofía positiva (29 Febr. 77) y otros temas análogos.
Tanto en estos artículos cuanto en sus lecciones expone con felicidad el
comtismo y se muestra en el fondo superior a la expresión literaria.
El positivismo catalán, no obstante su genealogía insular, ha rondado
siempre más cerca de Comte y de Littré que de Spencer. En general aconteció lo
mismo en toda la península hasta después de la restauración borbónica. El
positivismo francés, no desligado aún del materialismo, su claustro materno, y
desposado con el darwinismo, venía trabajando en Madrid desde 1876 en la
revista Anales de Ciencias Médicas y, cuando parecía arrollado
por el doble empuje de los racionalistas y los espiritualistas católicos, se
galvanizó con el contacto de la filosofía de H. Spencer.
Comenzó en Madrid la difusión del spencerianismo por los jóvenes médicos
D. Carlos Cortezo y D. Luis Simarro y Lacabra (1851-92), romano de nacimiento,
que lo exaltaron en las discusiones del Ateneo. Hombre de gran talento práctico
el primero, renunció a las lides filosóficas y se conquistó una inmensa
reputación profesional en tanto que su evolución a la derecha le elevó a la
poltrona ministerial. Romántico el segundo y discípulo de Charcot, Magnan y
Bell, continuó trabajando en la escuela positivista, creó la «Asociación para
el progreso de las ciencias», ganó la cátedra de Psicología experimental en la
Universidad de Madrid y en el Boletín de la Institución Libre de [494] Enseñanza publicó La
teoría del alma, según Rehmke (1897), Sobre el concepto de la
locura moral (1900) y La iteración (1902). Sus demás
escritos son de materia profesional o se refieren a pedagogía y a fisiología
del sistema nervioso. Con el concepto clásico no puede su Teoría
moderna sobre la fisiología del sistema nervioso (1878) reputarse
bibliografía filosófica, mas en el moderno concepto monista, no existiendo el
alma en cuanto ser substantivo y distinto del cuerpo, sino en cuanto función
del organismo y por ministerio del sistema nervioso, no puede negarse el título
de filosóficas a las obras de Simarro. Hombre bueno, persuasivo y afectuoso,
tanto contribuyó su carácter como su talento y conocimientos amplísimos a la
divulgación de la psicología experimental, beneficio que nunca le agradecerá
bastante la cultura española contemporánea.
A los esfuerzos de Cortezo y Simarro sumó en el Ateneo su valiosa
cooperación D. Francisco María Tubino (1835-89), ex director del importante
diario republicano de Sevilla La Andalucía, diserto
conferenciante y colaborador de la Revista de España.
Era el Sr. Tubino persona de gran talento y competencia, académico de
San Fernando y correspondiente de las principales sociedades científicas de
Europa, autor de obras premiadas, si bien hasta entonces sólo había producido
estudios literarios, artísticos, prehistóricos y políticos; mas había
acreditado sus conocimientos filosóficos en las controversias de la Real
Academia de Buenas Letras y en la Sociedad Antropológica de Sevilla. Su Tratado
completo de la ciencia antropológica había sido premiado en París por
un tribunal que presidía Milne Edwards.
Entre los primeros aficionados al estudio de la doctrina spenceriana se
distinguió el publicista sevillano D. Rafael González Janer (1839-90), el cual,
entre los numerosos escritos de sociología que insertó en la Revista
Contemporánea desde 1882 a 89 y en otras, dio a la publicidad La
idea racional de Spencer o reflexiones sobre la filosofía moral de Spencer (Madrid,
1890). [495]
Más o menos sumisos, ofician en el ara positivista don Augusto González
Linares (1845-904), de quien antes he hablado, autor de Ensayo de una
introducción al estudio de una Historia Natural y otras producciones
científicas; D. Melitón Martínez, con La filosofa del sentido común,y
Pompeyo Gener (1849-919), con La mort et le diable (París,
1880), prólogo de Littré, traducidos al español el siguiente año.
Gener era un espíritu integralmente extranjero. Vivió casi siempre en
extrañas tierras. De España, no habitó más que Barcelona. «En Madrid, dice una
de sus cartas, he estado varias veces y siempre me ha repugnado.» Nunca leyó
sino autores exóticos. Artista, impresionable, distinguido, no podía ser su
filosofía subordinada, ni su política socialista. Es un positivista
individualista y anticristiano que enunció antes que Nietzsche ciertas ideas
del pensador de Röcken, aunque su individualismo, latino al fin, carezca de esa
fuerza brutal y arrolladora.
Salvador Calderón y Aranda, nacido en 1856, con Estudios de la
Filosofía natural (1870), en colaboración con D. Enrique Serrano
Calderón, había intimado con Mr. Léonard en Nicaragua, donde fundaron el
Instituto occidental, magnífica creación científica dotada de abundante y
escogido material. Ignoro por qué causa los católicos exaltados se amotinaron
un día al grito de ¡muera el Instituto!, asaltaron el edificio, destrozaron el
material docente y de investigación y agredieron a los profesores, que
milagrosamente salvaron sus vidas. También fue Calderón uno de los catedráticos
a quienes la restauración borbónica lanzó de sus cátedras, devueltas años
después por el ministro D. Luis Albareda.
Aunque encuadrado por su método en el grupo que podríamos titular de
filósofos naturalistas, sumo al positivismo el libro La circulación de
la materia y de la energía en el universo(Jerez, 1890), porque su autor, D.
Manuel Crespo y Lema, inspector de ingenieros de la armada, no niega el mundo
metafísico, limitándose a afirmar [496] spencerianamente su incognoscibilidad.
Acepta el Sr. Crespo como evidencias físicas la existencia del átomo material
indivisible y su movimiento al par que la realidad de un tiempo y de un espacio
infinitos. Al resplandor de tales postulados, estudia la constitución de la
materia, los agentes físicos y sus relaciones recíprocas, el sistema solar, la
historia de la Tierra, la estructura y la vida del universo. Emprende en la
segunda parte la revisión de los principios de las ciencias físicas,
estableciendo la necesidad de una nueva hipótesis comprensiva, armonizadora de
las ya ideadas para cada ciencia particular y fundada en los dos estados de la
materia, el de completa disociación con grandes velocidades atómicas, o sea el
éter imponderable, y el de grupos geométricos estáticos mantenidos por la
presión etérea, o sea, la materia ponderable. Sigue la extracción de corolarios
relativos al espacio, el tiempo, la materia, la energía, la astronomía y demás
problemas tratados en la primera parte para deducir que el modo de ser actual
del universo es esencialmente eterno y que su actividad no consiste en un
equilibrio dinámico, sino en una continua concentración hacia varios núcleos de
los nuevos sistemas solares formados por la condensación de las nebulosas.
Como se ha visto, en el suelo bien abonado de nuestro pueblo, por su
complexión realista y acaso por su extrema posición occidental, prendieron
todas las ramificaciones positivistas y el alma de la escuela encarnó en la
masa social. El triunfo ha sido tan completo que obliga a presagiar un no
lejano agrietamiento del cual, fuera de España, apuntan significativos albores.
[497]
§ XII
Los críticos
El P. Dehaxo. –El «Antídoto» del comisario Lamota. –D. Patricio de
Azcárate. –Laverde. –Menéndez y Pelayo. –Valera.
La crítica, función modesta y adjetiva o filosofía de segundo orden,
aunque útil y meritoria, corresponde a etapas decadentes si a la artillería no
sigue la arquitectura.
Entre los críticos del comienzo de siglo, se encuentran ejemplares tan
curiosos como el crítico-dogmático Fray Atilano Dehaxo y Solórzano, autor de la
obra epistolar El hombre en su estado natural (1819) que,
según el benedictino, es la sociedad conyugal, patriarcal y civil bajo la
paternal autoridad del gobierno monárquico. Aborda el tema, después de intentar
la refutación de los sistemas de Hobbes y Rousseau, y saca por corolario que el
gobierno mejor es el monárquico. «¿Qué de gracias, dice, no deberemos rendir al
Todopoderoso por haber nacido en la sabia, pacífica, religiosa y católica
España, ilustrada con las luces más puras del Evangelio, sin mezcla de
sombra... bajo el gobierno paternal de un Monarca tan justo como el señor Don
Fernando VII?...» Brisons là-dessus.
Al mismo orden pertenece un grotesco manuscrito conservado en la
Biblioteca del Senado, titulado Antídoto que presenta un maestro de
primeras letras a sus discípulos para precaverlos de la infernal víbora del
Filosofismo... copiado de un Real impreso Y. P. A. L. B. del Señor Don
Fernando VII por el comisario ordenador Eusebio Mariano Lamota. Obras de
adulación sólo inspiran asco.
D. Patricio de Azcárate (1800-86) llegó hasta el límite [498] de su
longevidad trabajando en filosofía, mas su labor reviste carácter histórico y
crítico. Ni inventó ni profesó sistema determinado, trató de todos con
imparcialidad, y su obra principal, la Biblioteca Filosófica, de
que sacó a la luz 26 volúmenes, prestó gran servicio a la difusión de los
estudios y acreditó las excelentes condiciones a que me he referido por sus
discretas anotaciones a las obras de Platón. Aristóteles y Leibniz, traducidas
por él mismo. Sus escritos originales se titulan:Veladas sobre la Filosofía
moderna (1854), Exposición histórico-crítica de los sistemas
filosóficos modernos (1861), Del materialismo y positivismo
contemporáneos. La Filosofía y la civilización moderna en España (1886).
D. Gumersindo Laverde y Ruiz (1840-90) no puede considerarse un
filósofo. Ni tuvo orientación propia ni siguió con fidelidad escuela alguna. Ni
siquiera parece seguro que creyera en la necesidad de la metafísica
desconfiando siempre de la razón humana. «Eso, dice su discípulo Menéndez y
Pelayo, le llevó hasta la atrevida afirmación, casi rayana en el escepticismo,
afirmación que le oí más de una vez en nuestras íntimas conversaciones, de que
el grande interés y la grande excelencia de la filosofía no estriban tanto en
la solución cuanto en el trabajo de buscarla» (La c. esp., III,
p. II). Y doy la razón a D. Gumersindo. Algo indica que trovar proceda
de trouver. El trovador halla; el filósofo busca. Hallar
depende de la fortuna, el mérito estriba en trabajar sin rendirse, como decía
el escritor inglés, en
To strive, to seek, to find and not to yield.
El valor de Laverde estriba en su talento, en el profundo conocimiento
de los filósofos y en su pasión por la ciencia española. Débesele el precioso
libro Ensayos críticos sobre filosofía, literatura e instrucción
pública españolas (1868) y el proyecto no realizado de una biblioteca
de filósofos ibéricos. Hallase en sus estudios monográficos [499] alguno tan
interesante y concienzudo como el de Fox Morcillo. Aunque era Laverde tan
católico que ningún valor asignaba al criterio personal y por entero se entregaba
a la fe, todavía le censura Menéndez y Pelayo el «defecto de excesiva
tolerancia». ¿Quién diría al ilustre maestro, entonces en el zenit de su
apasionamiento, que él llegaría, para bien propio y ajeno, a sentir tanto o más
que Laverde esa divina tolerancia, gala de las almas superiores, que ensalzaba
por fruto de la fe ilustrada S. Agustín?
D. Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-912), caso de estupenda precocidad,
educado en el sentido histórico y positivo de la Universidad barcelonesa, pasó
a la de Madrid, donde, temeroso de no aprobar la Metafísica ante el tribunal
presidido por Salmerón, se trasladó a Valladolid para ganar la asignatura. Me
parece semejante miedo puerilidad sin justificación, disculpable en sus pocos
años. Abrigo la firme convicción de que hubiera salido airoso del examen, como
tantos otros que valían inmensamente menos, pero de entonces data aquel odio
africano a Salmerón, a los krausistas y al krausismo, origen de las crudezas de
lenguaje y estilo, que su prudencia se sentía impotente para reprimir.
Menéndez Pelayo no fue filósofo. Ni fundó sistema, ni se adhirió a
ninguno. En su vasta bibliografía no figura obra de tema filosófico puro, y,
sin embargo, por dondequiera brota la filosofía. Tan pronto truena contra el
aristotelismo, base del tomismo, como afirma que al ideal sólo puede llegarse
por el camino «que recorrió el genio semi-divino de Aristóteles»; fulmina sus
rayos contra el armonismo de Krause y proclama que la verdad es como el mar en
que van entrando todos los riachuelos de las filosofías particulares, depuradas
en el color y en la calidad de las aguas»; ora se aparta del platonismo, que
juzga fuera de la realidad; ora ensalza el misticismo, hijo de Platón,
llamándole la más excelsa de las filosofías, y, ya crítico vivista, ya
ecléctico, enseña que todo sistema no pasa de forma histórica perecedera y
perfectible. [500]
Siempre miró de reojo la escolástica y al mismo Santo Tomás. Por
combatir la dialéctica de las escuelas y del santo, riñó animada polémica con
D. Alejandro Pidal y con el dominico P. Fonseca. Todos los críticos que
rechazan el tomismo ganan sus simpatías. Él mismo se complace en declarar que
«ninguno de los principios filosóficos de Santo Tomás ha sido formulado
primeramente por el santo, sino que todos estaban contenidos en germen o
desarrollo pleno en Aristóteles y sus comentadores, o en los platónicos, o en
San Agustín, o en los escolásticos anteriores al santo».
Poseía el Maestro un amplio criterio, cada día mas imparcial y amigo de
la verdad por ella misma. No hubiera sido joven si no hubiera mostrado cierto
sectarismo en sus primeros escritos, más polémicos que serenos investigadores,
y aun ciertas virulencias de estilo que afearían las páginas de los Heterodoxos y
de La Ciencia Española de haberlas trazado en la edad de la
madurez. Lamentábase él mismo en posteriores años de las que llamaba intemperancias
de expresión, nacidas de irreflexivo entusiasmo; mas, una vez pagado
el inevitable tributo a los impulsos de la mocedad, la imparcialidad que
apuntaba en sus primeros escritos, extendió gradualmente su imperio hasta
dominar los arrebatos propios de un generoso temperamento.
Paladín de la intransigencia ortodoxa, sin duda con perfecta sinceridad,
fue, a medida que su ilustración aumentaba y su reflexión crecía; que sus
propensiones clásicas, la filosofía helénica y la forma horaciana atraían su
corazón, disgustándose de su posición de luchador, dando insensiblemente de
mano a los problemas religiosos y teológicos, mostrando su repugnancia al
ergotismo y su preferencia por el vivismo, incolora filosofía mere-crítica, sin
dogmas indiscutibles, y buscando en el exclusivo placer de la bella literatura
un refugio, un puerto inaccesible a las borrascas de las ideas. Desde entonces
no quiere ser tenido por adicto a ninguna escuela y se proclama «ciudadano
libre de la república de las letras». Ya no se deslizaba el [501] pensamiento humano
entre dos infranqueables carriles llamados verdad y error; su juicio, fecundado
por copiosa lectura y asistido de ingenuo amor a la ciencia, veía la verdad en
el cielo de la infinita esperanza y comprendía el error como inevitable
condición de la naturaleza finita y constante apelación a nuestra cordial y
justa tolerancia. No digo, ni me asisten irrebatibles fundamentos para
profesarlo, que en la conciencia del sabio se consumasen ni radicales ni
minúsculos cambios; mas salta a la vista que raya un período en su vida desde
el cual se nota el desvío por afrontar ciertos temas, el prurito de eludirlos.
No más fervorosas protestas, no más terminantes declaraciones, no más aquellas
resueltas afirmaciones y sumisiones estampadas en La Ciencia Española y
en Los Heterodoxos, antes bien, una laudable circunspección en
los juicios, una admirable imparcialidad de criterio, un escrupuloso cuidado de
no herir con el concepto ni con la expresión ninguna creencia ni
susceptibilidad. El polemista había ascendido a científico; el adalid, a
Maestro. Era la metempsicosis del hombre en genio.
Fue Maestro y no se rebajó a ser ministro. Ni se casó ni bulló en
política. Tuvo la conciencia de su misión como los santos y los profetas. Al
considerar su obra, se dudaría, cual en el caso de Aristóteles, que fuera la de
un hombre solo.
¿Qué influencia señaló su paso por la república de las letras? La súbita
afición a la filosofía había encendido una fiebre de abstracciones, de
sincretismos y de síntesis, que, alejando la reflexión de los hechos,
mostraciones del principio, llegaron a divorciar la crítica, casi siempre
refleja o de segunda mano, del exacto conocimiento de la realidad juzgada.
Menéndez y Pelayo disciplinó toda una generación llevando a la mente la idea de
la futilidad e inconsistencia de las generalizaciones cuando los hechos,
desconocidos o mal apreciados, no prestaban sólida base a la apreciación. Sólo
por tan relevante servicio que convirtió en científica la labor intelectual,
demasiado en las nubes para que [502] no la desvaneciese el viento, merecería
gratitud eterna de la patria.
Mas, al modo que no hay luz sin sombra, ni tragedia sin parodia, ni
bondad sin abuso, la noble empresa de la investigación engendró, al lado de
eminentes discípulos, una microbiada de acéfalos que se decoraron con el título
de literatos sin otro mérito que pasar horas en las bibliotecas o en los
archivos de protocolos anotando minucias y notas de chismografía literaria,
labor mezquina, aunque útil, al alcance de cualquier memorialista.
D. Juan Valera (1824-905), representante de España en distintas
capitales, parecía nacido para la diplomacia en bonancibles épocas. A un tiempo
artista y erudito, platónico y epicúreo, filósofo y poeta, autor y crítico,
ático y andaluz, excelente en todo, y, por lo mismo, genial en nada, presenta
una personalidad artística de perfección geométrica, sin la menor irregularidad
en la expresión, sin el menor atrevimiento en el fondo.
Idólatra de la pulcritud, sacerdote de la distinción, se levanta en pos
de la polvareda romántica, como una evocación del siglo de León X con todas la
facetas del Renacimiento.
No hablemos de lo que se ha llamado el filósofo. Con todo su alarde de
lecturas y alusiones, Valera no pasa de un dilettante de la filosofía. No se
abría su mente a reflexión original, andaba muy mundanizado para abstraerse un
instante en la intimidad de su pensamiento y era demasiado artista para
metodizar.
Su pupila divisaba rápidamente el lado negativo y dejaba escapar el
positivo. Tan involuntaria parcialidad le capacitaba para crítico, y el fondo
escéptico de su pensamiento contribuía a desenvolver la facultad de
apreciación. «Como crítico, escribe Gubernatis, se distingue por la gracia,
finura, elegancia, amenidad y erudición», mas tales dotes lucen en toda obra de
Valera, sea o no crítica. Su mérito de crítico estriba en que nació y se educó
para serlo. [503]
§ XIII
Independientes
Blanco-White. –Lapeña. –Álvarez Guerra. –Alcántara. –Santos y Castro.
–Portillo. –Cárdenas. –Moreno Nieto. –Mena y Zorrilla. –Campoamor. –El marqués
de Seoane y su «Pentanomia Pantanómica». –Moreno Fernández. –Milla. –Pabón.
–Vida. –Ganivet. –García Caballero. –Romero Quiñones.
Alma soñadora y dotada de exquisita sensibilidad, enamorado de un ideal
que perseguía de confesión en confesión sin hallarlo jamás, D. José Mª Blanco y
Crespo, o Blanco-White (1775-841), ofrece el ejemplo de una peregrinación
espiritual, de un desequilibrio psicológico digno de concienzudo estudio, ya
ensayado por eminentes autores, al que también aporté mi modesta contribución.
{(1) Méndez Bejarano. –Vida y obras de D. José María Blanco y Crespo,premiada
por la Real Academia Española en el certamen de 1904.} Hasta última hora,
cuando sostuvo correspondencia con Fichte y otros pensadores alemanes, no se
interesó Blanco por la filosofía y por eso nada directamente filosófico nos ha
legado su pluma. Su pasión se enardeció en la teología, constante preocupación
de su alma.
Tomás Lapeña,
canónigo burgalés, autor de un Ensayo sobre la Historia de la
Filosofía(1806), casi traducción de la Enciclopedia, después de
declarar en el prólogo que estima la libertad de pensamiento «no poco
perjudicial», «Mi obieto en esta obra es..., nos dice, el hacer ver que nada
puede el hombre en materia de religión por sí mismo y que necesita asirse
vigorosamente a la revelación.» Y con [504] la misma tosca y detestable prosa
prosigue su intento de probar que la Historia de la Filosofía no contiene más
que «las extravagancias del entendimiento y de la ignorancia».
Un ya rarísimo volumen vio la luz en 1837. Era el libro titulado Unidad
simbólica y destino del hombre en la Tierra o filosofía de la razón, por Un
amigo del hombre. El tomo III se imprimió en 1855 y el IV en Sevilla
en 1857. ¿Quién era el Amigo del hombre? Menéndez y Pelayo nos dice que se
llamaba D. Juan Álvarez Guerra (1789-845), ministro que fue de Fomento,
director de la Real Sociedad Económica de Madrid y autor de estimables trabajos
sobre agricultura y otras materias. El eminente Maestro se ha confundido. El
verdadero autor no es D. Juan, sino su deudo D. José, nacido en Zafra el año
1878. Este personaje estudió Lógica, Física y Metafísica en un convento de
franciscanos y Matemáticas en San Fernando; se halló en la luctuosa jornada del
2 de Mayo; guerreó contra los invasores; fue jefe político interino en
Salamanca y propietario en Cáceres, y alcanzó envidiable longevidad, puesto que
su autobiografía está fechada en 15 de Octubre de 1860, es decir, que contaba
ya ochenta y dos años y siete meses. Expongamos críticamente su doctrina.
Todo hombre «tiene en sí mismo infusa toda la ciencia que busca en vano
interiormente», proposición exacta si se limita al conocimiento en potencia y
punto inicial de la investigación. Mas la idea se rebaja considerado el hombre
ente exclusivamente imitador. La imitación y el afán de penetrar cosas que no
puede escudriñar, fuentes son de error, así como los llamados goces físicos,
que no deben reputarse goces.
El mal, pura negación, no existe. La ley de atracción mantiene el orden
biológico. La libertad humana no puede negarse y la fe ocupa su lugar porque
«es la razón verdadera del hombre», convencido de su ignorancia y resignado a
soportarla.
Aunque alardea el autor de no saber nada y de [505] menospreciar la obra
de los científicos, no parece extraño a las obras de ellos, según denuncian sus
citas de Saint Pierre, Newton, Epicuro, Locke, Voltaire, Epicteto y otros.
No disimula el punto de vista adoptado por Álvarez Guerra la filiación
jacobina, mas también fulguran en su libro ciertas apreciaciones que parecen
vislumbres o anticipaciones de Federico Nietzsche.
Álvarez Guerra concibió la filosofía al modo de Ibn Tufail. El pensador
no debe leer ni estudiar los filósofos. Su conocimiento se ha de «elaborar con
su sola razón» pues mientras mayor ignorancia tenga, más cercano andará de la
verdad. Tan persuadido andaba, que en su citada epístola autobiográfica, al
referirse a su residencia en Francia, desliza esta curiosa observación: «Me
acabé de convencer que, sumados males y bienes, es muy preferible la sociedad
española, por su mismo atraso intelectual.»
D. José Pedro Alcántara y Rodríguez vivió en Sevilla y creo que nació en
ella, aunque confieso no haber hallado documento que lo compruebe, pero tampoco
indicio que lo contradiga. Perteneció a la Real Academia de Buenas Letras,
donde el 21 de Octubre de 1842 leyó una disertación sobre el tema ¿Qué
sea la Razón y cuáles las utilidades que preste? No la he leído y me
limito a suponer su ortodoxia, teniendo en cuenta la mentalidad de la época.
D. Fernando de Santos y Castro (1809-90), Rector de la Universidad de
Sevilla, su patria, y Doctor en Ciencias, leyó el 2 de Enero de 1842 en la Real
Sociedad de Medicina, una Memoria titulada De la naturaleza e influjo
de las pasiones en la economía del hombre y de los medios de rectificarlas. Hallé
el manuscrito en el archivo de aquella memorable institución.
Alma angelical D. Francisco García Portillo (1812-94), ejemplar
sacerdote y excelente catedrático, era el hombre más bondadoso que he conocido.
Baste decir que sus inquilinos le adoraban y, muchos años después de muerto,
les hemos oído bendecir su memoria. De muy humilde [506] familia, nació en
Sevilla. A fuerza de grandes trabajos e inquebrantable constancia, se doctoró
en Ciencias y Teología a los veintinueve años de edad, y emprendió los estudios
de Derecho, que terminó en 1853. A propuesta del Claustro en 25 de Enero de
1845, se encargó de la cátedra de Matemáticas, que, después de lucida
oposición, se le confirió en propiedad. Al crearse los Institutos, pasó al de
su patria, cuya dirección desempeñó desde 1882 hasta los últimos días de su
vida.
Perteneció a numerosas corporaciones científicas. Al ingresar en la Real
Academia Sevillana de Buenas Letras, leyó un discurso acerca de la Importancia
de la Metafísica como fundamento del conocimiento científico, y en
1877 imprimió una refutación de las doctrinas sensualistas con el título Contra
el materialismo.
No por su condición sacerdotal se encerró aquel amplísimo espíritu en la
cárcel teológica. Contestando al discurso de ingreso de D. Federico Amores en
la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, leyó estas palabras: «Ante todo
quiero dejar consagrado que por inclinación soy amante del progreso de las
ciencias, y por educación, en cuanto lo han permitido mis débiles alcances, he
procurado ir al frente de los adelantos científicos, siendo tal mi entusiasmo
en este sentido, que sin temor de arrepentirme, puedo asegurar que consagraré
mi último aliento a Dios y a esta idea sellada en mis instintos».
Cristiano sincero, apasionado del saber, jamás sintió pujos de
intransigencia ni odios de adversarios. Así confesaba que «cuando en la cátedra
de Filosofía y su Historia, que desempeñé por algunos años, me he visto en la
necesidad de refutar el materialismo, tuve tanta lástima de sus secuaces como
horror a sus doctrinas. Lástima, sí, y se explica, porque, como ministro del
Dios del Calvario que consagró al perdón de sus enemigos los últimos esfuerzos
de su voz trémula y moribunda, no puedo aborrecer a mis hermanos... Todos ellos
viven en mi corazón, cualesquiera que sean sus errores y extravíos». [507]
El eminente político y publicista sevillano D. Francisco de Cárdenas
(1817-98) dio a la estampa Lecciones de filosofía moral (edición
rarísima) y casi toda su actividad intelectual se consagró al Derecho,
publicando obras notabilísimas, entre ellas el Ensayo sobre la historia
de la propiedad territorial de España (Madrid, 1873), «que bastará por
sí sola para que la posteridad le consagre un puesto preeminente entre los
jurisconsultos e historiadores españoles del siglo XIX» (Azcárate: Discurso
en la Academia de la Historia).
Mucho habló y escribió poco D. José Moreno Nieto (1825-82), cuyo ardor
meridional, fluido verbo y sinceridad cautivaban mi entusiasmo en el antiguo
Ateneo de la calle de la Montera. ¿Quién me diría entonces que había yo de
pronunciar en la solemne velada necrológica celebrada por el Ateneo Hispalense
el panegírico de aquel orador por mí tan venerado y aplaudido? Con criterio
conservador, pero de buena ley, dio en el Ateneo de Madrid sus lecciones sobre
el Estado actual del pensamiento en Europa (1868), pronunció
su discurso El problema filosófico y leyó el de ingreso en la
Academia de Ciencias Morales y Políticas sobre el tema Oposición
fundamental entre la civilización religiosa cristiana y la racionalista.
Moreno Nieto era un enamorado de la vida moderna, transigente,
antiescolástico, verdadero liberal, convencido de que el progreso es una
evolución inevitable del espíritu, y a la vez ferviente católico, panegirista
de la resistencia que la Iglesia católica opone a todo ese movimiento
progresivo realizado fuera de las vías de su peculiar idealidad. De aquí la
falta de solidez, el vacío de sistematización y la constante inconsecuencia. De
aquí también que ninguna intransigencia lo tuviera por incondicional y La
Fe le llamara «católico intermitente».
Al lado de ellos brilló D. Antonio Mena y Zorrilla (1823-95), sevillano,
catedrático, diputado, senador, consejero de Estado, Director general de
Instrucción pública, Fiscal del Tribunal Supremo, que ya había explicado un
[508] curso de Estética en la Universidad de su patria y contendió
gloriosamente con Olózaga y Sagasta acerca de la cuestión de Italia y con
Castelar en las Cortes de la Restauración. Muchos de sus trabajos filosóficos y
jurídicos se hallan en las Memorias de la Academia de Ciencias Morales y
Políticas. Al ingresar en esta Corporación leyó un discurso sobre el Epicureismo
contemporáneo (1892), al que contestó Menéndez y Pelayo. Su criterio
participa del eclecticismo cousiniano, imperante en las aulas durante la
mocedad de nuestro académico. «La fe en la humanidad, dice, será nuestra guia
en la labor aquí emprendida; ella es el único y seguro criterio en este linaje
de lucubraciones, y a ella rinden involuntario tributo los que llevaron su
especulación a mayor distancia del común sentir.»
Nunca he tomado muy en serio a D. Ramón de Campoamor (1817-901) en
concepto de filósofo. Tampoco podría ofenderse, pues él mismo confiesa «que
jamás tomó en serio eso de la filosofía, ya que ninguna
escuela ni doctrinarismo alguno, ni siquiera el escepticismo que los niega
todos, logró convencerlo ni a medias». Además, la proverbial despreocupación
con que daba por suyos tantos y tantos pensamientos ajenos, sobre todo de
Víctor Hugo y de Lamartine (1), sin contar el desenfado con que, al verse
descubierto, sostuvo la licitud de apropiarse lo ajeno, asoman también en el
terreno filosófico, donde se le ve, avutarda literaria, prohijar los más
opuestos criterios y sistemas, como quien nunca ha concentrado su pensamiento y
va rozando con las alas del ingenio los cálices de rosas abiertas en extraños
bosques.
{(1) En mi Diccionario de escritores hispalenses, tomo III,
artículo Vázquez Muñoz(Joaquín), se hallará la historia del más
resonante episodio de la vida literaria de Campoamor y el catálogo, tan
copioso, aunque apenas comenzado, de sus plagios, harto literales para
estimarse coincidencias.}
Sostuvo ruidosas polémicas con Valera y Castelar, reduciéndose todo a
alardes de ingenio, y sus obras [509] filosóficas La Filosofía de las
leyes (1840), El Personalismo (1850), Lo
Absoluto (1865), El Ideísmo (1883) y La
Metafísica y la Poética (1901), ofrecen un conjunto de ideas tan
agradables como inconsistentes en que la sutileza suplanta a la
reflexión. Lo Absoluto, que parece la más trabajada, trae
demasiado a la memoria el idealismo de Schelling.
Es menester, dice, admitir un ser necesario o la nada, y como ésta no
puede ser el principio de los seres, forzosamente hemos de admitir un ser
necesario. De igual suerte, admitimos una verdad de la cual dimanan todas las
demás, pero sólo en el orden ontológico, no en el fenomenal, sea material o
psíquico. Los principios absolutos están potencialmente en el hombre y en acto
en Dios, es decir, en Dios son, en el hombre se conocen. Estos principios se
traducen en máximas de aplicación universal, que son en Dios por sí y en
nosotros por Dios, de donde se deduce que, apoyándose en ellas, la razón humana
es infalible.
No trata de lucir erudición. Trabaja sobre «apuntes, la mayor parte
copias. Por eso el lector tal vez no encuentre una sola idea original.» Estudia
en esta obra la Ciencia de Dios u Ontología, la psicología de los seres en
relación al Ser y la Cosmología, con lo cual forma la primera parte y consagra
la segunda a la Ética particular y social, después de señalar las relaciones de
la fisiología y la moral, terminando el organismo filosófico con el tratado de
Estética. Obra en que más labora la fantasía que la razón, pudiera calificarse
de dolora filosófica.
No difiere mucho la estructura de El Personalismo. Menos
metafísico, aunque más lógico y ético, es, a juicio del autor, «la deificación
del racionalismo», suponiendo que todas las ideas expuestas tienen una clave
central de pensamiento, pero creo que acierta al asegurar que todas han sido
emitidas bajo la inspiración de un mismo sentimiento. He ahí la verdadera
clave.
Aunque Desjardins calificara este ensayo de centón en que se recogía lo
peor de Grocio y de Krause, y no [510] obstante su falta de originalidad,
revela el indiscutible talento de su autor.
El Ideísmo afecta carácter polémico, tirando sobre
Cánovas para dar sobre el positivismo, así como La Metafísica y La
Poesía debate con Varela el tema de la perpetuidad de la forma
poética, puesto entonces a discusión en las veladas del Ateneo.
En sus escritos filosóficos y literarios atenuó bastante su sinceridad
el pavor de turbar la paz doméstica, pues su señora, católica à
outrance, no concebía que las ideas de su marido no fuesen «la quinta
esencia del Kempis». Por eso D. Alejandro Pidal calificaba a Campoamor de
«pagano rezagado, que no tiene de cristiano más que su mujer».
En el prólogo a Dudas y Tristezas, título del volumen
de poesías líricas de Manuel de la Revilla, se ensañó en el krausismo,
proyectando atraer el ridículo sobre el esquema de los conceptos fundamentales,
al cual llamaba la lenteja. Con este motivo sostuvo acalorada
polémica con D. Francisco de P. Canalejas. En suma, Campoamor, aunque de altas
ideas y fácil comprensión, no pasó de un poeta de la filosofía.
Él mismo expresa el concepto que le merece el arte, superior al de la
metafísica: «casi es más tolerable, decía en su discurso de ingreso en la
Academia Española (1862), desenvolviendo el tema La metafísica limpia,
fija y da esplendor al lenguaje, un buen artista, siendo un mal
pensador, que un buen pensador, siendo un mal artista». Por feliz
contradicción, jamás me ha parecido más metafísico, más profundo y no sólo
filósofo, sino, lo que es más grave para él, caballero de la lenteja. Ex
abundantia cordis, Tiberghien o Sanz del Río habrían firmado ese áureo
y bellísimo discurso.
Mas ¡ah! Por detrás del filósofo asoma el rostro la sinceridad
exclamando:
Entre creer y dudar, mi alma indecisa... [511]
¿Qué es el hombre para Campoamor? ¿Una razón dudando?
Y añade con gesto de suprema desesperación:
Pues que tanto te admira
El saber de los viejos,
Voy a darte el mejor de los consejos;
Cree sólo esta verdad: «Todo es mentira.»
Eloísa plantó un rosal en su jardín del Paracleto sobre la tumba de
Abelardo.
El rosal de ella y de él la savia toma,
Y mece, confundiéndolos, la brisa
En una misma flor y un mismo aroma
Las almas de Abelardo y de Eloísa.
Y así en el espíritu de Campoamor se mezclan todos los sistemas, fe y
escepticismo, idealidad y burla, lo propio y lo ajeno, para que resulte un
filósofo en verso y un poeta en prosa.
El Marqués de Seoane, senador, Gran Maestre del Gran Oriente Nacional de
España y fallecido en 1887, editó en Francfort los dos volúmenes de su Filosofía
elíptica del latente operante, Pentanomia Pantanómica o ley del quíntuplo
universal (1879-81). Sus razones tendría para escribir su libro en
idioma extranjero, de lo cual no se disculpa y sólo pide benévola corrección.
Como deja entrever el título de la obra, considera el 5 número simbólico, al
modo que los teósofos el 7, y con arreglo a la ley del 5 desenvuelve en el
primer tomo la filosofía integral. Cinco son los sentidos y por eso el hombre
es un pentágono sensitivo. No debemos dar a los sentidos crédito absoluto ni
juzgar que nos engañan. En nuestro contacto con el mundo externo poseemos el
elemento que nos conduce a la certeza (in unserem Contacte mit der
Aussenwelt besitzen wir das Element, welches uns zu einer reellen Gewissheit,
Zu einer sicheren Realität führt). Existen cinco leyes primordiales,
[512] luego hay cinco ciencias. Existe una ley integral y cuatro fraccionarias,
luego habrá una ciencia universal, las matemáticas y cuatro fraccionarias, a
saber: naturales, mentales, sociales y estéticas. La filosofía es la ciencia
elíptica del latente, porque es la elíptica de un juicio latente. Estudia las
funciones de los sentidos, las relaciones de los sentidos y de la razón entre
sí y con la ley, y halla la quintuplicidad (representaciones, ciencias, ideas,
métodos, leyes) y expone ideas constituyentes (cognate) como cooperantes
orgánicos, jamás ausentes. Señala el distintivo exterior humano, o sea la
estación vertical, y el distintivo a la vez externo e interno, la
representación.
La teoría de la creación expuesta por Darwin le parece excelente, pero
censura al autor por no haber visto que la evolución concluye materialmente en
el hombre y en este punto comienza la evolución inmaterial, simbolizada en la
imaginación o quinto aspecto de la representación. Resuelve el problema
kantiano sobre la realidad objetiva del conocimiento, sosteniendo que así como
hay realidad en nuestra representación y esta realidad está en nosotros, pero
no la realidad excitante que no está más en nosotros que en la representación,
así nos engañamos dando a nuestra representación una realidad externa y
concediendo realidad interna a lo que adquirimos de realidad exterior.
Creemos que el yo es nuestro, cuando precisamente está constituido con
la realidad objetiva que recibimos desde la primera posición de nuestra
existencia. Para dar con la certeza, nada más apropiado que la observación de
la elíptica acompañando a toda representación mental. Las universales son
elípticas representativas que traducen el lenguaje original en tantas cifras
como quintuplicidades existen en el universal. Nuestras representaciones
mentales sostienen un contacto continuo entre sí y con el exterior. Este
contacto produce en lo interior el juicio y el razonamiento, en el exterior la
certidumbre y la realidad. Termina esta parte general diciendo como un
ecléctico: «In medio stat virtus, wir fügen hinzu: et
veritas». [513]
La segunda parte o especial, comprende la Historia y divisiones
(Geschichte und Spaltungen). No le interesa la filosofía clásica y prescinde de
todos los pensadores antiguos y medioevales, sin más excepción que Aristóteles,
trazando la evolución histórica del pensamiento desde Bacon hasta nuestros
días, y haciendo una acerba y no injusta crítica del neokantismo, invención
híbrida que no podrá dar mejores frutos que Kant. En pos del juicio de los
varios sistemas, pasa al contenido de la filosofía y lo divide en Psicología,
Metafísica, Lógica y Cosmología, y clausura su trabajo formulando los cinco
mandamientos pentapantanómicos, a saber: confianza en sí, mutua cooperación,
ahorro, libertad e integridad. Y nótese cómo, sin que el autor se dé cuenta,
reaparece el simbolismo místico de la escuela andaluza, seguramente desconocido
del marqués, a quien puede considerarse neopitagórico, por más que el principio
explicativo de toda la realidad brote del número cinco, en vez de nacer de la
unidad, fuera de la cual únicamente existe el vacío, representada por la
decena, la octava, la triada o la tetrada, en oposición a la diada, la
falsedad, la maldad, el no ser.
D. José Moreno Fernández (1825-900), ursaonense y Director de la Escuela
de Medicina de Sevilla, dejó dos trabajos filosóficos de aplicación: Las
pasiones y Cartas a un escéptico en laRevista
Contemporánea.
D. Arcadio Pabón y Montiel (1843-909), sevillano y catedrático de varios
Institutos, dejó impresos unos Elementos de Filosofía e
inédito el estudio Fuentes de Filosofía, que he oído celebrar.
D. Francisco de la Milla y González, nacido en 1850, sevillano y
catedrático en Jerez, dio a la imprenta un tratado de Psicología,
Lógica y Ética.
Muy versado en asuntos filosóficos, aunque sólo escribió de aplicaciones
al Derecho, merece un recuerdo don Fernando Vida, natural de Alcalá de Guadaira
y fallecido en 1890. Al ingresar en la Real Academia de Ciencias Morales y
políticas leyó un discurso sobre La Ciencia penal [514] y
la escuela positivista (1890), donde con criterio de vago
espiritualismo y en pos de larga y no muy completa exposición de sistemas
filosófico-penales, pues omite los trabajos de Röder, que tanto influyeron en
España, combate la escuela de Ferri y Garófalo, reiterando su «fe profundísima
en la doctrina metafísica del libre albedrío, de la imputabilidad moral de los
actos humanos, de la providencia de un Creador...»
Siempre recuerdo con profunda emoción a Ángel Ganivet (1862-98), mi
discípulo en Granada, aun llevándole pocos años. Hube de hablarle la última vez
al pie de la Cuesta de los Muertos. No pude sospechar que aquel joven tan
desdichado en vida cuanto venturoso después de su muerte, se despedía
inconscientemente de mí para la eternidad. No puede el pobre suicida
considerarse filósofo en el exacto sentido de la denominación, pues el Idearium
español es, como dice un crítico, «un ensayo de recio y fogoso meollo
sobre la filosofía de la historia de España», es decir, un trabajo de
aplicación cuyo criterio fundamental se desconoce. Su filosofía, no concretada
en ningún libro, brota de sus obras literarias, mezclada con ideas ajenas,
rebelde al yugo de la sistematización.
D. Manuel García Caballero, nacido en Morón en 1869 y notario en Jerez,
publicóFilosofía del Derecho, obra que no conozco.
D. Ubaldo Romero Quiñones (1843-914), militar, nacido en Ponferrada,
dejó una extensa bibliografía; pero sólo en su libro La Religión de la
Ciencia (Filosofía racional) impreso en 1877, plantea los problemas
fundamentales. Construyendo la filosofía sobre base matemática, admite las
ideas innatas y asciende al conocimiento de Dios. Presenta a Dios como
inmaterial, donde clara se ve la confusión entre el concepto Dios y la idea del
Ser supremo. «Dios, dice, es la suprema sutileza» (c. VI). Establece los principios
para un dogma de Moral Universal y cierra contra el catolicismo a nombre de la
Ciencia. No me detengo más, porque veo en este pensador [515] mejor intención
que acierto y toda su arquitectónica se resiente de superficialidad.
§ XIV
El espiritismo
Primeras manifestaciones en España. –Su desarrollo desde 1855 a 1865.
–Excomuniones y autos de fe. –Periodo revolucionario. –Apogeo del espiritismo.
–Centros y publicaciones. –«Roma y el Evangelio» y «Marieta». –Exposición a las
Cortes de 1873 para incluir el espiritismo en los planes de enseñanza oficial.
–Propagandistas. –Primer Congreso internacional espiritista en Barcelona en
1888. –Congreso de París en 1889. –Ortodoxia cardeciana española. –Muerte de
Fernández Colavida. –Centro barcelonés de estudios psicológicos. –Sorprendentes
fenómenos. –Congreso espiritista de Madrid. –Más centros y publicaciones. –El
Dr. Sanz Benito. –Decadencia. –Clínica hidromagnética. –Fenómenos fraudulentos.
–Congreso de París en 1900. –Carácter del espiritismo español. –García López.
–Fernández Colavida. –Vives. –Torres Solanot. –Huelbes Temprado. –González
Soriano. –S. Sellés. –Amalia Domingo. –Navarro Murillo. –García Gonzalo.
–Palasí.–Melcior. –Quintín López.
El espiritismo, como la mayoría de los movimientos intelectuales,
comenzó en España por la región andaluza. Carecen de valor histórico casi todos
los antecedentes que cita el Sr. Menéndez y Pelayo. Podrán constituir una
vanguardia ideológica, pero no hechos concretos de doctrina, pues todos son
anteriores a 1840, fecha en que se observaron los primeros fenómenos
calificados de espíritas y aún [516] tardó años en llegar su conocimiento desde
los Estados Unidos a nuestra nación. Nada se recuerda anterior a la creación de
la Sociedad espiritista establecida en Cádiz el 1855. Este
primer núcleo, a instancias de la autoridad eclesiástica, fue disuelto el
cónclave en 1857 por la civil.
También en 1857 se publicó con el titulo de Luz y verdad del
espiritualismo. Opúsculo sobre la exposición verdadera del fenómeno, causas que
lo producen, presencia de los espíritus y su misión, el primer libro
espiritista, editado por la Sociedad citada anteriormente. Condenado por el
Obispo, con su tirada se celebró un auto de fe. Consistió el segundo auto en la
pública cremación de las obras de Kardec en 1861. En el mismo año vio la luz
la Carta de un espiritista,por Alverico Perón, a quien Menéndez y
Pelayo tomó por un autor francés, a D. Francisco de P. Canalejas, en
1868, La fórmula del espiritismo, por el mismo autor, cuyo
verdadero nombre era el de Enrique Pastor y Bedoya, decano del espiritismo en
Madrid, notable economista y literato, aunque algo crédulo, que falleció en
1897.
Desde 1861 hasta 1865, se funda en Sevilla la segunda sociedad
espiritista, dirigida por el General Primo de Rivera, y en Madrid la Sociedad
Espiritista Española, que Menéndez y Pelayo cree con error la más antigua, y
luego se fundió con la «Sociedad Progreso-Espiritista» y otros innumerables
grupos. El núcleo sevillano fue de los más importantes dentro de la nueva
dirección, así como la Sociedad Barcelonesa, que editó y divulgó las obras de
Allan-Kardec.
Dos años después, en 1867, verifícase en Madrid el tercer auto de fe con
la obra Noción del espiritismo, del Da. Joaquín Huelbes
Temprado, y en 1868 comienza la época de engrandecimiento del espiritismo, pues
al estremecimiento de la revolución que despertó la conciencia española y la
abrió en todas direcciones, se establecieron varios centros en Soria, Andújar y
otros puntos. En Madrid se reunió el núcleo de la Sociedad Espiritista [517]
Española, que fundó la revista El Criterio, titulada más
tarde El Criterio Espiritista y que acabó llamándose La
Fraternidad en 1893 ó 1894.
Desde entonces, hasta el 1876, surgen innumerables centros espiritistas.
En Sevilla se inició una Sociedad Espiritista, la cual editó el
periódico El Espiritismo,segundo de los periódicos publicados en
España y uno de los mejor escritos. Resucitó la Sociedad de Cádiz, se crearon
otras en Andalucía y Extremadura, entre ellas una de mujeres en Torre de Miguel
Sesmero (Badajoz); apareció la Sociedad Barcelonesa de Estudios Psicológicos
con su Revista Espiritista, fundada por José María Fernández
Colavida, traductor de Kardec, y se erigió en Tarragona el Centro «Fraternidad
humana», de que fue el alma Miguel Vives.
Por el mismo tiempo el Dr. D. Manuel Ansó y Monzó fundó en Alicante la
revista La Revelación y la Sociedad Espiritista
Alicantina, en que figuró D. José Pastor de la Roca (1824-75),
cronista de Alicante.
El General D. Joaquín Bassols, ministro de la Guerra y uno de los más
fervorosos, creó la Sociedad matritense «Progreso espiritista», llamada más
tarde «Sociedad de Estudios Psicológicos», y un periódico titulado
también El Progreso Espiritista, que se refundió en El
Criterio. Lérida debió su «Circulo cristiano espiritista» a los
profesores de la Normal D. Domingo de Miguel y D. José Amigó Pellicer, fundador
este último de la revista El Buen Sentido. Córdoba, Almería,
Soria, Huesca, Granada, Valencia, Murcia, Málaga, Santander, Castellón, León,
Logroño, Ciudad Real, Santa Cruz de Tenerife, Andújar, Sabadell, Alcalá la
Real, &c., tuvieron sociedades más o menos florecientes y publicaron
periódicos tales comoEl Espiritualismo (Ciudad Real); La
Caridad (Santa Cruz de Tenerife); La Luz del Cristianismo(Alcalá
la Real); Lucifer, La Luz de la Verdad y La Luz del
Porvenir, distintas etapas del mismo periódico, en Gracia (Barcelona),
y El Faro Espiritista (Tarrasa), todos los cuales mantuvieron
[518] vivas polémicas con católicos, protestantes y materialistas.
El Espiritismo, fundado en Sevilla en 1869 por Francisco
Martí, vivió hasta 1878, o sea dos años después de muerto su fundador,
sostenido por la viuda, hasta que la autoridad lo suprimió con fútil pretexto.
El grupo de Alcalá la Real, que tuvo por órgano La Luz del
Cristianismo, dirigido por el activo e inteligente facultativo Dr.
Miguel Ruiz Matas, y el nutrido y entusiasta de Loja, que tenía por médium al
simpático Rafael del Rosal, fueron los más importantes de Andalucía, cuando en
Sevilla decayó el espiritismo. Ambos grupos perduraron muchos años. Por esta
época se editaron Exposición y defensa de las verdades fundamentales
del espiritismo (1867), por Anastasio García López; La defensa
del espiritismo, de Miranda y Adot; El espiritismo, epístola
de Fabio a Antino, por José Palet y Villalba; La religión moderna,
Algunas ideas acerca del espiritismo, Máximas y consejos. Consejos de
Cervantes, Apuntes sobre espiritismo y moral (1870), por Ermido la
Key; Tratado de educación para los pueblos (1870); Marieta (1870),
novela editada por los espiritistas de Zaragoza; Estudios acerca del
progreso del espíritu, según el espiritismo (1871), por Medina; Crisálida, por
Diodoro de Tejada; La síntesis del espiritismo, por los
espiritistas de Alicante; Un hecho, la magia y el espiritismo, de
Baldomero Villegas (1872), insigne cervantista;Impresiones de un loco y Exposición
compendiada de la doctrina espiritista (1872), del comandante D. César
Bassols, hijo del general; La religión moderna, de
Medina; Preliminares al estudio del espiritismo y El
catolicismo antes de Cristo (5ª edición en 1890), por el vizconde de
Torres Solanot;Roma y el Evangelio; El Universo espiritista (1875),
de D. Víctor Oscariz; Controversia espiritista a propósito de los
hermanos Davenport (1875), por Torres, y los Almanaques
espiritistas, aparte de algunos otros folletos, catecismos y
publicaciones anónimas, sin contar las novelas espiritistas como Celeste, por
losada; Leila y Lazos invisibles, ambas [519]
de Dª Manuela Alonso Gainza;Ramo de boda y El coracero de
Froesviller, por Enrique Manero; alguna comedia como El Wals
de Venzano, por Antonio Hurtado, y varias fantasías como la Historia
de Ultratumba, por el abogado D. Manuel Corchado, americano.
De todos estos libros, dos lograron más fortuna, Roma y El
Evangelio y Marieta. El primero, dictado a Miguel
Amigó y otros maestros de Lérida, contiene la exposición de la doctrina con
rudos ataques a la iglesia católica, numerosos textos bíblicos en comprobación
de los principios espiritistas y buen golpe de comunicaciones, algunas dignas
de leerse, otras vulgares y vacías. La edición se agotó rápidamente y hoy es
libro de extraordinaria rareza.
El segundo es una novelita de agradable lectura, sin interés doctrinal,
que se supone dictada por los espíritus de los mismos protagonistas, Marieta y
Estrella, a Suárez Artazu, gallego rudo e ignorante, según aseguran los que le
trataron, y más espiritista del espíritu de vino.
Marieta, sencilla joven napolitana, fue el amor purísimo del militar
andaluz Rafael. Estrella, dama granadina, sensual y orgullosa, apasionada de
Rafael, consigue el amor del joven caballero, haciéndole creer que Marieta
había desencarnado. La acción se traslada de la tierra al espacio. Tiene esta
obra un aroma de poesía que seduce a los corazones predispuestos. Sin duda es
lo mejor que en España ha producido la literatura espiritista.
La fiebre ascendía por momentos, los centros, los libros y las revistas
se multiplicaban y la ola llegó a salpicar las regiones oficiales. En 1873, el
día 26 de Agosto, se presentó a las Cortes Constituyentes una proposición
redactada en los siguientes términos: «Los diputados que suscriben, conociendo
que la causa primera del desconcierto que por desventura reina en la nación
española en la esfera de la inteligencia, en la región del sentimiento y en el
campo de las obras, es la falta de fe racional, es la carencia en el ser humano
de un criterio científico a que ajustar sus relaciones con el mundo invisible,
relaciones [520] hondamente perturbadas por la fatal influencia de las
religiones positivas, tienen el honor de someter a la aprobación de las Cortes
Constituyentes la siguiente enmienda al proyecto de ley sobre reforma de la 2ª
Enseñanza y de las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias. El párrafo
3º del artículo 30, Título II, se redactará del siguiente modo: Tercero.
Espiritismo.» Firmaban esta proposición D. José Navarrete, D. Anastasio García
López, D. Luis J. Benítez de Lugo, D. Manuel Corchado y el Sr. Redondo Franco.
El encargado de defenderlo era Navarrete, pero no hubo lugar por haber
ocurrido antes el golpe de Estado de 3 de Enero de 1874.
Los propagandistas más notables de esta época fueron, además de los ya
citados, Modesto Casanovas, El Marqués de la Florida, Luis Román y Ricardo
Ruiz, en Canarias; Manuel Navarro Murillo, en Soria; en Andújar, Bernardo
Centeno y González Soriano, que escribió El espiritismo es la
filosofía, sin duda lo más serio que sobre la materia se ha escrito,
en que trata de explicar el espiritismo por la doctrina de Krause, con la cual
tiene innegables analogías aun cuando los krausistas rechacen la comunicación;
en Coruña, Florencio Pol, notario que se pasó más tarde a las huestes
teosóficas; Miguel Sinués, Eduardo López del Plano y Bartolomé Castellón, en
Zaragoza; Daniel Corchado; Huelbes Temprado; Alejandro Benisia, notable poeta y
novelista sevillano; Anastasio García López; José Navarrete, autor deFe del
siglo; Rebolledo y Salaverría, en Madrid.
La restauración de la monarquía asestó golpe mortal para el espiritismo.
No obstante, Huelbes y Torres Solanot publicaron artículos de propaganda
en El Globo y La Tribuna. En 1879, el
decidido joven D. Julio Fernández Mateos (1852-920), antiguo seminarista, editó
en Sevilla El Espiritismo y dos años después El Faro (1881-6),
uno de los mejores periódicos de la escuela, con el cual sostuve el año de su
fundación animada y correcta controversia. Fernández Mateos padeció por sus
ideas prisión, multas y destierro. [521]
Fundóse algún que otro centro con periódico propio, como la «Sociedad
sertoriana de estudios psicológicos», que publicó el Iris de Paz (1882-85),
y el centro de Gerona, que tuvo también su periódico. En Cataluña se creó la
«Federación espiritista del Valle», que luego se transformó en «Espiritista
catalana», desapareciendo por falta de medios de subsistencia. Sostuviéronse
varias polémicas; la más notable la del Vizconde de Torres Solanot con el
agustino Fray Conrado Muiños y las de Amalia Domingo con Manterola y el P.
Llanas, de las Escuelas Pías.
En 1888 tiene lugar el acto más importante y trascendental para el
espiritismo, la celebración del primer Congreso internacional espiritista en
Barcelona, convocado por el Centro barcelonés de estudios psicológicos.
Concurrieron o se adhirieron al Congreso sesenta y ocho entre grupos, centros y
sociedades peninsulares, seis coloniales americanos, diez de la América
española, dos de los Estados Unidos, diez y seis franceses, cuatro belgas, dos
italianos, uno ruso y otro rumano. Los periódicos representados ascendieron a
veintisiete.
La sesión preparatoria se abrió en el Centro Barcelonés el día 8 de
Septiembre, a las cuatro de la tarde, bajo la presidencia del Vizconde de
Torres Solanot.
Allí se nombró la Mesa definitiva. Se designó a Fernández Colavida
presidente honorario y se organizaron los futuros trabajos del Congreso.
Celebráronse tres sesiones públicas y cinco privadas. Las conclusiones
aprobadas en el Congreso son las siguientes, que literalmente reproduzco:
El primer Congreso Internacional Espiritista afirma y proclama la
existencia y virtualidad del Espiritismo, como la Ciencia integral y
progresiva. Son sus
FUNDAMENTOS
Existencia de Dios.
Infinidad de mundos habitados. [522]
Reexistencia y persistencia eterna del espíritu.
Demostración experimental de la supervivencia del alma humana, por la
comunicación medianímica con los espíritus.
Infinidad de fases en la vida permanente de cada ser.
Recompensas y penas como consecuencia natural de los actos.
Progreso infinito.
Comunión universal de los seres.
Solidaridad.
CARACTERES ACTUALES DE LA DOCTRINA
1º Constituye una Ciencia positiva y experimental.
2º Es la forma contemporánea de la Revelación.
3º Marca una etapa importantísima en el progreso humano.
4º Da solución a los más arduos problemas morales y sociales.
5º Depura la razón y el sentimiento, y satisface a la conciencia.
6º No impone una creencia, invita a un estudio.
7º Realiza una grande aspiración que responde a una necesidad histórica.
Como consecuencia y desarrollo lógico de sus Principios, el Congreso
Espiritista entiende que toda Asociación y todo adepto deben, por cuantos
medios lícitos estén a su alcance, prestar su apoyo y cooperación a cuantas
individualidades, colectividades o empresas civilizadoras llegue a conocer y
por tanto aconseja:
A. El estudio de la Doctrina, en todo su múltiple contenido.
B. Su propaganda incesante por todo medio lícito.
C. La constante realización por la práctica de las más severas
virtudes públicas y privadas.
Para el logro de sus fines, el Congreso Espiritista [523] entiende que toda
Asociación y adepto deberán considerar siempre a los restantes hombres de buena
voluntad como hermanos para combatir el vicio, el error y los sufrimientos
humanos. En su consecuencia aconseja:
D. El respeto profundo a todos los investigadores o propagandistas
de la verdad, aun cuando no sean espiritistas.
E. El constante esfuerzo para difundir el laicismo por todas las
esferas de la vida. La absoluta libertad de pensamiento, la enseñanza integral
para ambos sexos y el cosmopolitismo como base de las relaciones sociales.
F. La Federación autónoma de todos los espiritistas.
Todo adepto pertenecerá a una Sociedad legalmente constituida; toda
Sociedad mantendrá relaciones constantes con el Centro de su localidad; todo
Centro local las sostendrá con su Centro Nacional, directamente o por el
intermedio de Centros Regionales; cada Centro Nacional las sostendrá a su vez
con los restantes. Todos siempre bajo la sola ley del amor mutuo, para obtener
un día la fraternidad universal.
Finalmente, el Congreso Espiritista hizo constar que no conviene aceptar
sin examen solidaridad doctrinal alguna con individuos o colectividades que
desoigan los anteriores consejos.
Debe recordar también que ya Alian Kardec señalaba los peligros de la
excesiva credulidad en las comunicaciones medianímicas. «Han de someterse al
crisol de la Razón y de la Lógica, puesto que el solo hecho de la muerte no
constituye un progreso.»
Barcelona, 13 de Septiembre de 1888.–El Presidente honorario, José
María Fernández; Presidentes, El Vizconde de Torres Solanot,
E. P., Leymarie Efisio Ungher, Doctor Huelbes Temprado; Vicepresidentes, Amalia
Domingo y Soler, Facundo Usich, Juan Hoffmann, Pedro Fortoult Hurtado, Dr.
Hércules Chiaia, Edward Troula, Miguel Vives; [524] Secretarios, Dr.
Manuel Sauz Benito, Eulogio Prieto, Modesto Casanovas, Narciso Moret.
En 1889 se reunió el Congreso Internacional Espiritista y Espiritualista
de París.
Los delegados españoles representaron en el Congreso la pura ortodoxia
kardeciana.
También en este año vio la luz Filosofía de lo maravilloso, por
D. Estanislao Sánchez Calvo. Ignoro si este autor profesaba el espiritismo,
pero de todos modos, su obra va en sentido favorable, pues justifica las
alucinaciones, transmisión del pensamiento, apariciones de muertos y de vivos y
toda la fenomenología espiritista, aceptando también los milagros con
explicación no ortodoxa. Parece una obra de espiritismo disimulado.
Murió Fernández Colavida y se le erigió una tumba monumento en el
cementerio civil de Barcelona con carácter de ofrenda colectiva de los
espiritistas españoles e hispano-americanos. Después, un sobrino suyo,
administrador de la Revista, sacó tanto partido del renombre por su tío
adquirido, que llegaron los adeptos a tributar a éste un culto casi idolátrico,
celebrándose sesiones anuales en su memoria, visitándose periódicamente el
sepulcro y vendiéndose las fotografías de este sencillo monumento funerario como
si fueran amuletos.
Por entonces se fundó la Biblioteca del Centro Barcelonés de estudios
psicológicos, que editó el libro Después de la muerte, de
Denis, y Defensa del espiritismo, de Vallace. Torres Solanot
se encargó de la dirección de la Revista de estudios psicológicos, creada
por Fernández, en la que se publicó la obra de Bonnemère, El alma al
través de la historia.
De 1889 a 1891, siguió la propaganda sin grandes oscilaciones. La
juventud escolar de Barcelona publicó sus Hojas de propaganda; Anastasio
García López, Cosmología, Antropología y Sociología. Por esta
época publicó D. Quintín López El catecismo romano y el espiritismo, y
[525] el Doctor D. José Otero Acevedo, Los fantasmas, traducción
de la obra antes por él editada en lengua inglesa The phantasms of
living, en cuyas páginas relataba sus experiencias medianímicas con la
famosa Eusapia Paladino en Napóles. Este libro produjo en toda España gran
sensación.
En Loja se multiplicaban los adeptos. El espiritismo se había fundido
con la masonería. Todos los espiritistas eran masones del Gr...
O... Esp... y se creó una logia de adopción
a que pertenecieron bastantes señoras. El día del aniversario de la
desencarnación del expositor Mr. Hipólito Rivail, conocido por Alian Kardec, el
San Pablo del espiritismo, se verificaba anualmente una velada magna en el
Teatro, a la cual solían concurrir representantes de casi toda Andalucía.
Ya entonces se destacaba en Barcelona la simpática figura del médico D.
Víctor Melcior. Este ilustrado escritor asegura que en una larga serie de
sesiones experimentales verificadas en casa del médico militar D. Francisco
Pares Llansó, a los que asistían el Vizconde de Torres Solanot y algunas
personas más, se obtuvo por mediación de la señora de Pares y
del niño Juanito Grau, cuanto de más notable se ha registrado en semejante
clase de experiencias: chispas, lucecitas, vapores luminosos como nubes
(corrientes ódicas) y luces del tamaño de una cabeza humana, bicorporeidad de
la médium probada en distintas ocasiones (salida del cuerpo astral); cuerpo
fantásmico materializado, lo que se comprobó con innumerables ataduras;
desatomización del cuerpo de tela interior que llevaba la medium previamente
imposibilitada por las ligaduras, así como en otra ocasión por pase de las
enaguas sobre el vestido, ruidos muy variados, golpes fuertes, campanilla
agitada en el aire, ruido especialísimo como el de rasgar una pieza de seda en
la extensión de un metro; dibujos sorprendentes hechos en un par de minutos
hallándose el médium en período convulsivo; comunicación
precipitada sobre un papel en plena luz y ejecutada en un instante, [526]
resultando un trascendental pensamiento místico en nueve idiomas diferentes;
escritura directa, aportes, transportes, visiones de manos grandes y pequeñas,
y otros fenómenos de gran significación, y después de haber presenciado tanto
hecho insólito, no hallando en su cerebro explicación que encajase en los
conocimientos científicos admitidos, debía necesariamente aceptar la
intervención de los espíritus. Con tal convicción, se lanzó a la propaganda
activa con ardor de apóstol, pero al mismo tiempo persiguiendo con febril
actividad el estudio de todas las obras de hipnotismo, magnetismo, ciencias
ocultas, psicología, psicopatía, &c., que podían llegar a sus manos.
En 1892 se celebró el Congreso de Madrid, menos notable que el de
Barcelona. El presidente fue D. Anastasio García López y el local el salón de
la Sociedad El Fomento de las Artes. La sesión preparatoria
tuvo lugar el 19 de Octubre, la inaugural el 20 y las restantes en los días 21,
22, 23 y 24. Hubo muchos discursos, muchas poesías, pero nada práctico.
Cristóbal Colón sirvió de tema a la mayoría de los trabajos, pues coincidía el
Congreso con el centenario del descubrimiento de las Américas.
Las conclusiones resultaron análogas a las del Congreso de Barcelona. En
el mismo año se fundó el periódico La Irradiación y se
constituyó en Madrid la Sociedad de Estudios psicológicos, especie de protesta
de la Fraternidad Universal. Alma de la corporación fueron Acevedo, García
Torres y D. Tomás Sánchez Escribano, renombrado médium que
tenía un establecimiento de aparatos quirúrgicos en la calle de Atocha, frente
a la facultad de Medicina.
En 1893 aparecieron los periódicos Lumen (semanal y con
grabados), dirigido por D. Quintín López; el Boletín de la Federación
espiritista catalana y El Espiritismo, en
Barcelona; Luz espírita, en Madrid; El guía cristiano, en
La Unión, y La Revelación, en Alicante. Publicó AcevedoLos
Espíritus, Mendoza Destellos de lo infinito y la
Biblioteca del Centro Barcelonés Orígenes y formas. Se [527]
organizó el grupo de investigaciones psíquicas y se dieron
distintos mítines en Barcelona, Mataró, Badalona, Sabadell, Tarrasa y otras
localidades de Cataluña.
En esta misma época, disgustados los estudiantes católicos de Metafísica
de la Universidad de Barcelona por las explicaciones y propaganda espiritista
que hacía desde su cátedra el Dr. D. Manuel Sanz y Benito (1860-911), se
amotinaron y viose obligado el profesor a aprovechar la ocasión de trasladarse
a Valladolid, donde continuó sus trabajos, si bien no tan activamente como en
Barcelona, temeroso quizá de nuevos escándalos. Pasó a la Universidad de Madrid
y falleció poco después, dejando muchas obras impresas y grato recuerdo de su
caballerosidad y buena fe. Figuró entre los espiritistas que adoptaron el
método de Krause y dio a la publicidad La ciencia espírita (1896)
con prólogo de Torres Solanot, La Psiquis (1900), algunas
conferencias y varias obras más.
Desapareció la Federación y se fraccionó el Centro
Barcelonés, naciendo El Cosmopolita,inspirado por Ángel
Aguarod y por Balaña. El Centro Barcelonés publicó la traducción de laPsicología
transformista de Bourgés, y Escribano, en Madrid, imprimió distintos
folletos. También desaparece en este año El buen sentido, de
Lérida. En 1894 vuelven a unirse el Centro Barcelonés y el Cosmopolita.
El Lumen publicó Concordancia del Espiritismo con la
ciencia, y a fin de este año se fusiona el dicho periódico con
la Revista de estudios psicológicos, pasando a ocupar don
Quintín López la jefatura de la Redacción, y conservando la dirección el
Vizconde de Torres Solanot, ya reblandecido del cerebro y con amagos de
apoplejía.
En el local de la Revista de Estudios psicológicos se
estableció una clínica hidro-magnética y un gabinete de lectura. De la
mencionada clínica fue médico Director D. Víctor Melcior, auxiliado por el Dr.
Cembrano, durante cuatro años. Melcior realizó esfuerzos increíbles de
abnegación. Casi solo, asistía diariamente amore Dei a más de
cuarenta enfermos, sosteniendo también consultas médicas [528] por correo con
todos los puntos de España y realizando centenares de curaciones que, según él
mismo dice, no puede atribuir más que al contagio de su fe inculcada a los
enfermos.
Por esta fecha D. José Muñoz López, de Yecla, publicó varios artículos
sobre los éxitos de la fotografía espiritista obtenidos en Crevillente con
la médium doña Dolores Más. FundóseEl deber familiar, por
Fabregat, joven y entusiasta gaditano, residente en Barcelona, quien tuvo
asimismo impulsos altruistas, y durante un año próximamente brindó sus consejos
gratuitos en su casa, asi como su fluido y su sugestividad a algunos pacientes
que acudían en demanda de alivio a sus dolencias.
No correspondieron a tan útiles trabajos los de los espiritistas
madrileños, pues en casa de D. Miguel Vives tuvieron las célebres sesiones de
aportes con María Sala, en las que se demostró la existencia de fraude con las
naturales consecuencias. De 1895 a 1896, inclusive, el Dr. Otero Acevedo
publicó Lombroso y el Espiritismo y escribió unos artículos
calificando al Vizconde de Torres Solanot de fanático y trayendo a colación su
impericia cuando experimentócon la médium de las flores, señora
de gustos muy refinados y afanosa de lucir, que, en unión de su hija, sacaron
al Vizconde varios miles de pesetas, embaucándole con fraudulentos fenómenos.
El grupo de investigaciones que se había establecido en el local de la Revista
experimentó con la pretendida médium María Sala, informando en
sentido negativo de su mediumnidad.
En estos años continuaron los mítines espiritistas, se publicaron los
periódicos Sócrates yRayo de Luz, de breve
existencia; desapareció la Fraternidad, de Madrid, y vio la
luz La estrella polar, de Mahón.
En 1897 publicó el Sr. Melcior la traducción de la obra del Conde de
RochasExteriorización de la motilidad, a la que puso un brillante
prólogo el Dr. Sánchez Herrero; se desunieron la Revista de estudios
psicológicos y el Centro Barcelonés, el cual empezó a publicar laUnión
espiritista, [529] órgano de los Centros unidos de Cataluña, y
desapareció la Revista de estudios psicológicos.
En el año siguiente, 1898, reaparece Lumen con franca
tendencia progresiva, que desagradó a sus correligionarios. Quintín López, que
dirigía la revista, publicó también Magia teúrgica y Vuestras
fuerzas.
El Congreso de París celébrase en 1900 y a él asisten Aguarod y Esteva,
Quintín López, Víctor Melcior y Eugenio García Gonzalo, presentando cada uno
una Memoria impresa tituladas Omniteísmo, Evolución, El peri-espíritu y
las enfermedades y Narraciones, respectivamente. En
el mismo año publicó el Sr. Melcior La enfermedad de los místicos, un
trabajo científico muy digno de ser leído.
En 1901 levanta Aguarod el Colegio de niños y el Centro espiritista
«Sócrates». Publicó Escribano en Madrid El mundo antes de la creación
del hombre. Lumen celebra unos juegos florales espiritistas en
Sabadell y el Centro Barcelonés de estudios psicológicos verificó otros en
Barcelona.
En 1902 se publicaron Luz y unión, en Barcelona; en
Málaga, El Amor al progreso, y laAurora boreal, en
Yecla.
D. Quintín López imprimió en 1903 el libro Doctrina espiritista, en
el mismo año el Sr. Melcior Los estados subconscientes y las
aberraciones de la personalidad y el señor García GonzaloConcepto
de la Ciencia.
Cesan la revista Amor al progreso y La Aurora, y
aparece La Evolución, dirigida por D. Manuel Navarro y
Murillo. Algunos elementos del Centro Barcelonés, agrupados con Aguarod, forman
el núcleo Amor y Ciencia.
En 1904 sólo puedo citar la aparición de la revista La vida
futura, que dejó de existir en el mismo año.
El espiritismo español es francamente ortodoxo. Las tentativas de los
pensadores independientes han hallado antipatía en la masa. España es ortodoxa
en todo, hasta en la heterodoxia. Todavía, a pesar del eclipse que sufre el
espiritismo, hay gran número de espiritistas más o menos vergonzantes. Entre el
elemento popular se [530] constituyen muchos Centros, donde sólo se trababa en
comunicaciones y «dar luz» a los desencarnados. En casi todos hay su Santón
dispuesto a que se le reverencie y se le consulte.
Añadiré dos palabras acerca de las más importantes personalidades del
espiritismo español. D. Anastasio García López fue un hombre de clara
inteligencia, de notable sinceridad y animado del más noble deseo. Era médico
de baños y practicaba la homeopatía; publicó varios libros profesionales. Sus
obras de espiritismo son: Exposición y defensa de las verdades
fundamentales del espiritismo, Refutación del materialismo, La magia del siglo
XIX y Conferencias sobre Cosmología, Antropología y
Sociología. Fue masón y presidente de la «Sociedad espiritista
española». En sus últimos años trató de constituir una masonería espiritista.
D. Antonio de Torres Solanot, Vizconde de Torres Solanot, de carácter
opuesto a Vives, si de algo pecó, fue de bonhomie y de
excesiva credulidad, circunstancia fisiológica o mejor, patológica, como prueba
la dolencia cerebral que le arrastró al sepulcro. Entre sus escritos
figura La médium de las flores; Preliminares al estudio del espiritismo (1872); Controversia
espiritista a propósito de los hermanos Davenport (1875); Defensa
del espiritismo (1878); El catolicismo antes de Cristo, La
religión laica, Los fenómenos espiritistas, Noticias de las investigaciones
hechas durante los años de 1870-3 por William Crookes (traducción) y
artículos en El Globo.
D. José María Fernández Colavida, hombre de regular ilustración, amigo
de figurar en primera línea, enemigo de la religión católica y autor de El
Infierno o la Barquera del Júcar, así como de varios libritos de
oraciones para todos los trances de la vida, mostró contra el Congreso
espiritista una animosidad que nadie esperaba.
D. Miguel Vives, sujeto de noble corazón, que ejercía la medicina
homeopática, considerado como un semimesías entre los más alucinados
espiritistas, era hombre de [531] gran verbosidad y condiciones para atraer a
un público de escasa cultura. Pobre de conocimientos, leía con predilección, y
acaso a título exclusivo, los tratados de Alian Kardec, y el Libro de
oraciones, desechando o desconociendo cuantos trabajos de psiquismo se
deben a los Rochas, Binet, Ochorowictz, Janet, Gibier, &c., y compuso Guía
práctica del espiritista.
D. Joaquín Huelbes Temprado era poeta, doctor en cuatro facultades y,
según aseguran los que lo conocieron, el más prodigioso médium de
que se guarde noticia, pues reunía sin excepción y en el más alto grado todas
las mediumnidades. Dejó impreso Catecismo para mis hijos y Noción
del espiritismo (Bayona, 1867). En las Memorias del Círculo
Magnetológico espiritista se halla una de Huelbes, sobre la voluntad y el
fluido.
D. Manuel González Soriano, alto empleado de Telégrafos, a juzgar por
sus obras tenía temperamento de filósofo. Su instrucción no era mucha, pero sí
poseía vigor de pensamiento. Su obra principal se titula El Espiritismo
es la filosofía. El propósito de esta obra consiste en la exposición
del kardecianismo, justificándolo por el método de Krause.
No sin fortuna, el autor sigue el proceso analítico del filósofo alemán
desde la percepción inmediata del yo hasta la vista real del Principio, sin más
que sustituir aquellos conceptos, tales como los de tiempo y espacio (infinitos
relativos de Krause), en que el espiritismo se hace incompatible con el
pensador que sirve al autor de guía, o desenvolver con arreglo a su doctrina lo
que en la sintética puede apoyarse, por ejemplo, la pluralidad de existencias.
D. Salvador Sellés, nacido en Alicante el 1848, publicó Hacia lo
infinito (1878), colección de poesías, y El temblor de tierra (1878),
poema también espiritista. Con sus ochenta años y su cabeza firme, el simpático
anciano ha seguido publicando libros ya en nuestro siglo. Redactó en verso el
epitafio de Dª Amalia Domingo.
Doña Amalia Domingo y Soler (1835-909), como mujer [532] y poetisa,
obedece a la voz del sentimiento. Ve una desgracia y, sintiendo deseos de
trasladar al papel sus emociones, redacta un capítulo de novela de fondo
espiritista. Su dicción es buena, el estilo correcto y el tono profundamente
simpático. Nació en Sevilla, así como la librepensadora doña Ángeles López de
Ayala, aunque muchos las crean catalanas por su larga residencia en Barcelona.
Abandonada ella y su madre por sus respectivos maridos, tuvo que trabajar
materialmente. Muerta su madre, se trasladó a Madrid, donde pasó hambre, y un
médico la inició en el espiritismo en 1873. Dirigió durante veinte años La
luz del porvenir (fundada en 1878) y aún halló alientos para contender
con el P. Manterola, el P. Llanas, el P. Fita y el P. Sallarés.
Doña Amalia es, sin disputa, la única escritora espiritista de algún
mérito. Recuerdo entre sus obras ¡Te perdono!, En lo invisible,
Memorias del P. Germán, El espiritismo refutando los errores del catolicismo
romano, Ramos de violetas y Cánticos escolares.
D. Manuel Navarro Murillo, hombre algo chapado a la antigua, tuvo como
autor predilecto a Kardec, pero al mismo tiempo leía y estudiaba. Publicó
algunos libros, Armonía universal, obra medianímica, y su
Memoria contra las corridas de toros obtuvo el premio en un certamen convocado
por la Sociedad protectora de los animales y las plantas, de Cádiz.
D. Eugenio García Gonzalo formó con D. Quintín López y D. Víctor Melcior
en el grupo más avanzado. No ha sido espiritista de mítines ni de veladas, sino
de gabinete.
D. Fabián Palasí, aunque no desechaba lo nuevo, tampoco logró sacudir la
influencia de las obras de Kardec. Conozco de él Moral humana y Renacimiento
o pluralidad de vidas planetarias.
De cuantos espiritistas quedan hoy, la figura más interesante es la de
Víctor Melcior, distinguido médico residente en Barcelona. Posee inteligencia
clara y corazón [533] hermoso; no sospecha en nadie aviesas intenciones; su
laboriosidad es inagotable como su caridad.
Obrero ingenuo, busca desinteresadamente la verdad. Como escritor es muy
estimable en cuanto al fondo. No así respecto a la forma literaria, de que él
para nada se preocupa. El español es una lengua extranjera que conoce, pero no
domina. El catalán es su idioma nativo; la mayor parte de sus lecturas son
francesas, de suerte que no ha podido ni querido ser elegante escritor. Es
sencillamente un buen médico, un investigador formal, un corazón sincero y, lo
que vale más que todo, un hombre honrado. En el Ateneo de Madrid dio una
conferencia muy aplaudida.
A Quintín López se debe, a más de los escritos citados, Filosofía
Doctrinal, Hipnotismo fenomenal y filosófico, La mediumnidad y sus misterios,
Los fenómenos psicométricos, El catolicismo romano y el espiritismo, Arte de
curar por medio del magnetismo, Ciencia magnética, Magia Goética y Metafísica
transparente.
Hoy el espiritismo, todavía muy extendido en las capas populares,
desciende en rápido declive, arrollado por tres poderosos factores: la
teosofía, el recrudecimiento de la tradición católica y los procedimientos cada
día más analíticos de la ciencia occidental lanzada en brazos de la corriente
positivista. [534]
§ XV
La teosofía
Degeneración del espiritismo. –El ocultismo. –Métodos de una y otra
escuela. –Doctrina teosófica. –Explicación de los fenómenos por el espiritismo
y por la teosofía. –Idea de la teosofía y su procedimiento. –Difícil adaptación
de los occidentales. –Ingreso de España en la Sociedad teosófica universal.
–Montoliú. –Xifré. –Grupos españoles. –Trabajos. –D. Florencio Pol. –Roso de
Luna. –Escasez de literatura original. –Difusión en Andalucía. –Los cuadros de
Villegas.
La degeneración fanática del espiritismo, las ridiculas sesiones donde
espíritus rezagados y traviesos se apoderan del médium y
repiten una misma sonata hasta que los consejos del presidente del Centro les
convence de que han desencarnado y les abre los ojos a la luz, retrajo a
innumerables devotos y les impulsó hacia el ocultismo que, a fines del siglo,
se presentó como una especie de hiperespiritismo con ciertos aires
aristocráticos, pretendiendo llenar el vacio que dejaban las anteriores
doctrinas y mirando con desdeñosa superioridad a los antiguos espiritistas.
Teosofía y espiritismo proceden por iguales métodos: la observación y la
experiencia; punto en que el espiritismo se distingue, porque la observación
alucina menos que la experiencia u observación provocada. En lo substancial se
notan muchas y capitales coincidencias, sólo que la teosofía presenta un
organismo más complicado. El hombre está compuesto, según el espiritismo, de
tres elementos: espíritu, materia y perispíritu o mediador plástico. [535] La
escuela ocultista da a estos elementos los nombres de cuerpo material, alma y
cuerpo astral que, en el fondo, no es más que la imaginación. No hay para qué
detenerse en subdivisiones del concepto de cuerpo, ni en particularidades de
ramas. Los principios inferiores, según los teósofos, iluminados por el alma,
forman un elemental y flotan alrededor del planeta en el mundo
invisible. En cambio, los principios superiores evolucionan en plano más
elevado. Los elementales no han estado encarnados y equivalen a los
espíritus folâtres de los kardecianos. Para éstos, la
comunicación favorece a los espíritus elevados dándoles ocasión de beneficiar a
los inferiores, encarnados o libres; para los ocultistas, sólo es licita la
evocación en ciertas ocasiones y hasta nos pone en peligro de perpetrar un
crimen, haciendo perder al ser, bruscamente atraído a la tierra, el fruto de su
progreso al alejarse de ella. Por eso los teósofos huyen de la experimentación
y propagan sus doctrinas sin demostraciones prácticas, en tanto que los
espiritistas aplican la frase: Nisi digna et prodigia videritis non
creditis(S. Juan, IV, 48).
Unos y otros admiten la fenomenología misma, aun cuando difieran en la
explicación. Si una mesa se levanta y suenan golpes en el interior, los
espiritistas interpretan que un espíritu, por ministerio del fluido del médium, actúa
sobre la mesa; y los ocultistas, que el cuerpo astral del médium sale
inconscientemente y levanta el mueble, ya por sí, ya con ayuda de un elemental
o del cuerpo astral de los presentes. Si la mesa responde de un modo
inteligente a las cuestiones propuestas, los primeros creen que se manifiesta
un espíritu; los segundos, que el cuerpo astral lee en el inconsciente del
consultante o interpelante, el cual responde sin darse cuenta. Si la mesa se
levanta sin contacto, opinan los primeros que el espíritu actuante aprovecha el
fluido del médium, y los segundos, que el hecho se verifica
por obra del cuerpo astral de los presentes, del médium y aun
con la cooperación de los elementales. Si el médium se duerme,
los primeros interpretan que [536] los espíritus se valen de su fluido para
producir los fenómenos; los segundos, que en el estado cataléptico, el cuerpo
astral sale más completamente del material. Si brillan luces en torno del médium, los
primeros entienden que son fosforescencias producidas por el espíritu para
manifestarse; los segundos, que la vida delmédium se sale por los
vacíos o plexos simpáticos y se hace visible. Si ocurre un fenómeno de aporte,
según los espiritistas, los invisibles desmaterializan los objetos, los traen
al través de las paredes y los rematerializan; según los ocultistas, el cuerpo
astral del médium va al lugar en que están los objetos, los
desmaterializa y los rematerializa súbitamente habiéndolos transportado con la
ayuda de los elementales. Si se materializa un espíritu, lo ejecuta, en la
doctrina kardeciana, con todo lo que constituye la vida del médium y
de los asistentes, y en la ocultista, el cuerpo astral del médium se
une a un elemental y a los astrales de los presentes; este conglomerado toma la
forma de la idea que domina al médium y la sugestión mental
determina la aparición, que gozará de todas las propiedades de los cuerpos
materiales. Así pudiera continuarse comparando los fenómenos de una y otra
escuela, que, como se ve, coinciden en lo esencial.
La teosofía es de por sí una filosofía crítica y ecléctica que busca en
la comparación de los diversos mitos religiosos aquella unidad de sentido que
da vida a todas las confesiones particulares. Su procedimiento es analítico y
comparativo.
La teosofía no puede disimular su naturaleza oriental y carece de
antecedentes en España, salvo en los pensadores de raza semítica o discípulos
de maestros orientales. Martínez Pascual no vivió en España ni influyó para
nada en su mentalidad. Los místicos únicamente presentan antecedente histórico,
porque sus doctrinas proceden del neoplatonismo, mas apenas constituyeron un
fenómeno pasajero, cual las sectas de alumbrados y demás concreciones del
iluminismo. Siendo España la más occidental de las [537] naciones europeas,
sólo podrá ser teósofa cuando se haya convertido todo el resto del mundo.
En 1889 ingresa España en la Sociedad Teosófica.
Uno de sus primeros, si no el primero de sus adeptos, fue D. Francisco
Montoliú Togores, ingeniero catalán, abogado y profesor en el Instituto de
Alfonso XII, de Barcelona, donde falleció en 1892. La lectura de la Revue-Théosophique le
inició en las ideas ocultistas y, enamorado de ellas, aprendió el inglés en
tres meses; se disgustó con su familia, que desaprobaba la nueva confesión y,
con el pseudónimo «Nemo», tradujo varias obras teosóficas, publicando además la
revista titulada Estudios teosóficos, en Barcelona (1892). Al
lado de Montoliú surge otro teósofo, convertido casi en la misma época, pero
que personalmente no conocía ni tenía la menor relación con el anterior. Era
éste D. José Xifré y Hamer, español, nacido en París.
Había conocido en París y en Londres a Madame Blavatsky, mesías femenino
del evangelio ocultista; se afilió a su doctrina, y trabó íntima amistad con
ella. Esta señora le habló de Montoliú y le puso en relación con él. Juntos
ambos, crearon el grupo español de la Sociedad Teosófica. El 10 de Mayo de 1892
falleció Montoliú, acompañado hasta sus últimos momentos por su amigo, el cual,
para continuar su obra, fundó en Madrid la revista Sofía, cuya
dirección confió a D. José Melián, comerciante, natural de Canarias, que la
rigió hasta su emigración a Sud-América para asuntos particulares.
El Sr. Melián tradujo La doctrina secreta (París, 1895)
y falleció poco ha en el Perú.
Al morir Montoliú se dividió el grupo español en dos ramas: la de Madrid
y la de Barcelona, constituida en 1893.
Otra rama se formó en Alicante, mas desapareció en breve plazo y ha
resucitado ya en nuestro siglo.
Por el mismo tiempo se constituyó la de Valencia, denominada Rama
Kutumi, cuyo presidente, D. Bernardo [538] de Toledo, fue desterrado
por sus ideas republicanas y marchó a los Estados Unidos. Se nombró presidente
honorario a D. Manuel de Toledo y Muñoz; miembros honorarios, D. José Xifré y
la señorita Constanza Arthur; secretario, D. Manuel García y García; tesorero,
D. Manuel Morales Alcaide, y bibliotecario, D. Juan A. Campillo. Esta rama
desapareció al poco tiempo.
La rama barcelonesa fue presidida por D. José Plana, médico militar que
falleció hacia el 1914. En 1901 se reformó el reglamento y se constituyó la
segunda directiva en esta forma: presidente, D. José Roviralta, médico;
vicepresidente, D. José Plana y Dorca; administrador, D. José Granes;
secretario, D. José Querol; vocal 1º, D. Ramón Maynadé, y vocal 2º, D.
Jacinto Plana. Esta rama, acaso la más activa, publicó el periódico Antakarana y
constituyó en la capital de Cataluña una Biblioteca Orientalista, bajo la
dirección del Sr. Maynadé, que se convirtió en editor de obras teosóficas en
España.
Además de los citados centros, se crearon pequeños núcleos en torno de
algunos teósofos, distinguiéndose entre éstos D. Viriato Díaz Pérez, autor de
varios trabajos publicados en Sofía; D. Rafael Monleón y
Torres (1853-900), restaurador del Museo Naval; D. Tomás Dorestes, que dio
conferencias privadas en el Ateneo de Madrid, exponiendo el organismo ideal de
la teosofía, y D. Manuel Treviño. El crítico D. Eduardo Gómez Baquero, «Andrenio»,
explicó una conferencia titulada El nuevo budismo, impresa en
1889.
D. Florencio Pol, notario en Órdenes, donde labró un cementerio civil
gratuito y se hizo célebre por sus maravillosas curas magnéticas, se dedicó al
estudio de la Biblia, publicó un trabajo acerca de la inexistencia de la
materia y falleció el 2 de Julio de 1902.
En el último año del siglo empezaron a dibujarse dos figuras
interesantes: una, la del joven D. Rafael Urbano, fallecido en 1925, al cual se
deben varias ingeniosas conferencias e interesantes artículos publicados
en Sofía, y [539] otra, la de D. Mario Roso de Luna, vir
peritus et bonus, que, ya en el siglo XX, ha editado la revista Hesperia
y la Biblioteca de las Maravillas, de la que lleva publicados varios
tomos debidos a su fácil pluma, y de amenísima e interesante lectura.
La literatura teosófica no ha sido prolífica en España durante la pasada
centuria. Sus publicaciones se redujeron a versiones de obras extranjeras.
Señaláronse varios matices dentro de la teosofía española y aun algunos
de sus adeptos, como D. Arturo Sardá y D. Antonio Ballesteros, se mantuvieron
en completa independencia.
Por caso rarísimo, en Andalucía no se esparce esta doctrina hasta el
siglo XX, pues sólo el 7 de Junio de 1911 se estableció en Sevilla la
rama Fraternidad, que dirigió el anticuario D. José Fernández
Pintado y, el 21 de Julio de 1918, la rama Zanoni, que
presidía entonces el Dr. D. Manuel Brioude y que hoy dirige D. Enrique
Mensaque. Morón tuvo su centro, llamadoBlavatski, constituido por
el Dr. Manuel Olmedo el 7 de Diciembre de 1923.
En Enero de 1917, Roso de Luna explicó una conferencia en el Ateneo y,
otra, en el domicilio de Fernández y Pintado (Viriato, 5), ambas tan elegantes
como todas las suyas.
En fin, en 1919, se instauró en la calle de las Sierpes un Centro
de estudios teosóficos con carácter propagandista, desde cuya tribuna
se dio un curso de diez conferencias.
La Revista Teosófica sevillana reanudó en Enero de 1922
su suspendida publicación.
No omitiré un hecho interesantísimo siquiera rebase mi frontera
cronológica. El genial pintor D. José Villegas, teósofo convencido, llevó a
Sevilla la colección de doce cuadros suyos ya admirados en Madrid y en París,
titulada El Decálogo, y el 15 de Noviembre de 1916 los expuso
en el salón alto del Ayuntamiento. La explicación de los asuntos parciales se
repartió al público en un [540] impreso, redactado por el autor. Más que una
explicación era un bellísimo poema. Hela aquí:
DECÁLOGO
Prólogo
El Supremo Hacedor crea a los peregrinos de la Vida y, uniéndolos con
cadenas de rosas, les marca el sendero del bien en diez preceptos, diciéndoles:
I. Yo soy el Señor tu Dios; no antepongas a Mí otro dios. Todo lo por mí
creado se transforma y desaparece, menos el alma inmortal. Muere la soberbia
pretendiendo en vano sorprender en el libro abierto de la ciencia oculta el
secreto de la eternidad; conviértese tu estéril vanidad en humo y tu
desenfrenado amor a la pútrida materia, en bestia. Tu fiebre de riquezas te
devora. Del barro te formé y a la tierra vas... ¡Eleva tu espíritu a Mí, que
soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Postrero, el Principio y el Fin!
II. No pronuncies mi nombre en vano: pronúncialo para que te proteja
como un escudo, para que con su sortilegio divino extienda sobre ti el luminoso
arco del pacto; para que te salve de la lujuria que quiere encardenarte con sus
flores deletéreas nacidas de la pereza (madre de todos los vicios), de la
repugnante gula, de la desenfrenada avaricia, hermana de la híbrida y viscosa
envidia, de la ignorante soberbia y violenta ira.
III. Acuérdate de santificar las fiestas: dedícame este día, elevando a
Mí tu oración desde las místicas penumbras del santuario. Da reposo a tu cuerpo
y haz descansar a todos los que de ti dependen; a cuantos te ayudan durante los
seis días a labrar la tierra próvida, tan generosa para tus necesidades.
IV. Honra a tu padre y tu madre: haz con ellos lo que contigo hicieron
hasta que fuiste hombre. Apártales de la rudeza de la lucha; condúcelos por el
camino de luz que, al través de las lobregueces de la vida, lleva a la mansión
de la felicidad.
V. No matarás: acata la Ley de amor que trajo a la tierra el divino
Jesús. Ama a los buenos y a los malos, a los amigos y a los enemigos, pues Él
por los unos y por los otros derramó sobre la tierra su sangre redentora, para
apagar el fuego de la discordia y hacer que de las propias raíces de la cruz
brotase el olivo, símbolo de la paz.
VI. No fornicarás: bajo el rosado árbol del amor cae la lujuria vencida,
al pie del altar del himeneo, donde arde el fuego sagrado, que, convirtiendo su
humo leve en velo de oro, cubre púdicamente a la compañera que elegiste para la
vida. [541]
VII. No hurtarás: no abandones el trabajo, ley suprema y suprema nobleza
del hombre. La luz que de él emana, alumbra la via que conduce a la fortuna, la
recta vía del deber, la cual, libre de tropiezos, ha de llevarte al fin.
VIII. No levantes falso testimonio: ilumina siempre que puedas la mente
de aquellos que con fallo erróneo pueden condenar la inocencia; sé el profesor
desinteresado de todo derecho, el paladín resuelto de toda justicia.
IX. No desearás la mujer de tu prójimo: desecha ese embriagador
pensamiento que contaminará tu conciencia y aparta de tu camino las flores del
pecado que, acariciándote con su perfume sutil y enervante, pueden entorpecer
tu marcha por la recta vía del deber.
X. No codiciarás los bienes ajenos. Si deseas vivir tranquilo, bendice,
ni envidioso ni envidiado, el pan cotidiano que te da la madre tierra en pago
de tu fatiga y descansarás satisfecho de ti mismo.
Epílogo
LA MUERTE
La muerte no existe. Las más lozanas flores crecen al lado de las
tumbas. Cada cuerpo que se disgrega es una fuente de energía y de vida nueva; y
allí donde los ojos humanos ya nada ven; allí donde la ciencia impotente abre
su signo de interrogación; allí donde la duda exclama «¡quién sabe!», la Fe
contempla a la celeste mariposa del alma, que inicia su vuelo inmortal.
La interpretación del tema pictórico motivó numerosos artículos y una
reñida controversia entre los presbíteros Sres. Fraile y Serrano, sosteniendo
la heterodoxia de los cuadros, y el Sr. Roldán, fiscal del arzobispado. El Sr.
Fernández Pintado pronunció un discurso durante la sesión celebrada en honor de
Villegas, el cual, al dar gracias, declaró que los sevillanos «habían sabido
descifrar el simbolismo de sus cuadros, interpretándolos en el verdadero
sentido que tienen, pues cada tono, cada figura, cada detalle o signo, que para
el vulgo pasa inadvertido, simboliza una idea teosófica».
Los niños asistentes a las escuelas públicas, guiados por sus maestros,
desfilaron ante la magnífica creación del inmortal artista hispalense. [542]
Málaga no conoció oficialmente la teosofía hasta el 8 de Mayo de 1925,
en que se instituyó el grupo Matreya, por D. José Palma. En
fin, Almería hasta el 28 de Marzo de 1926, en que se estableció el grupo Morya, por
D. Miguel Gabín, no tuvo noticia de la nueva doctrina, para cuya difusión la
dotaba de favorables condiciones su posición oriental y la tradición de sus
frecuentes comunicaciones con África durante la Edad Media, dándose el caso
curiosísimo de que su folk lore conserve tradiciones y
costumbres orientales, tales cual la de pesar con oro los enfermos y otras
varias, recogidas algunas por D. Federico de Castro.
Ya en el siglo actual, el movimiento ideológico teosófico ha logrado
evidentes progresos y constituido buen golpe de sociedades y núcleos
propagandistas, y así como el espiritismo compensa el descreimiento en las
masas populares, la teosofía sirve de contrapeso en la mesocracia intelectual
al acaso excesivo espíritu analítico de las ciencias positivas.
No puede estimarse la teosofía, al modo de ciertos tratadistas, un
espiritismo refinado y científico. Ambos sistemas difieren esencialmente en la
concepción ontológica. El espiritismo, de fondo cristiano, piensa, como todo
sistema dualista, en un Dios personal, espiritual, intrínsecamente distinto de
la creación, y sostiene la permanencia del elemento individual, punto en que
coincide con Krause; no así la teosofía, de complexión panteística, que va
despojando a los seres de su corteza individual, arrastrándolos por grados al
eterno foco, de suerte que, cuando los seres llegaran a reingresar en su luz,
dejarían de ser, y al no ser nada, lo serían todo. [543]
Capítulo
XVIII
Conclusión
He llegado, como pude, al término de mi propósito. He procurado dar una
idea, en rauda pincelada, de cuanto ha producido el pensamiento español. Creo
haber expuesto con la posible ecuanimidad, porque la absoluta sólo puede
pedirse a las estatuas y nihil humani puto alienum a me, mas
no temo haber voluntariamente alterado en mi espejo el fondo de ningún sistema
ni la doctrina de ningún filósofo.
Tan rígida imparcialidad me proporciona la consoladora esperanza de
quedar disgustado con todos. Las personas individuales o jurídicas, sectas o
escuelas, olvidan el mérito que se les reconoce y recuerdan la deficiencia que
se les señala; aspiran a la apología y reniegan de la justicia; buscan
confesores y no críticos. Disgustar a todos se me antoja el supremo éxito de un
historiador.
Tampoco juzgo haber dejado en la sombra hecho substancial, si bien sólo
haya indicado casi con el dedo aquellas obras y aquellos autores que en mi
opinión no brindaban suficiente originalidad para más pausada mención y habrían
estorbado sin utilidad el paso de mi investigación.
¿Estoy satisfecho de mi trabajo?
Por su intrínseco valer, no. Aurum et argentum non est mihi, quod ego habeo tibi do.
Sí lo estoy, porque no contando con afortunados precursores, careciendo
de fuentes totales, ya que no de algunas parciales, sin hallar siquiera trazada
el área para mi [544] edificación, he tenido que poner los cimientos, acotar el
terreno, trazar el plano, buscar los materiales y levantar en pequeño toda la
fábrica, desde la base hasta la cúpula. El que siga mis pasos hallará dominado
lo más áspero y penoso de la labor. Le bastará, si es más joven, con ampliar el
cuadro; si es, y lo será, más docto, no tendrá más que corregir mis yerros.
Sólo con facilitar la obra para otros de mayores alientos y competencia,
creo haber prestado un no despreciable servicio a mi país. Y si así no fuera,
no me lo digáis, os lo ruego. Dejadme morir con la dulce y senil ilusión de no
haber sido enteramente inútil.
E il naufragar m'e dolce in questo mare.
Y puesto que, según el Eclesiastés, «andando alrededor en un cerco por
todas partes el espíritu, va y vuelve a sus rodeos», ha sonado el instante de
regresar al punto de partida, y preguntamos de nuevo: ¿Ha existido una
filosofía española?
Sea cual fuere mi personal opinión que, por mía, nada vale, la buena fe
científica me retrae de emitirla ahora, aun cuando no hago de ella misterio y
me propongo expresarla con tanta modestia como diafanidad. Ni siquiera
intentaré ahora sugerirla, para que hable libre de todo prejuicio el estado de
conciencia que la lectura, en combinación con su natural sentir, haya producido
al paciente lector.
Mas antes de responder con categórica conclusión a la pregunta, se
impone despejar algunas cuestiones previas, de cuyas resoluciones parciales
dependerá la definitiva sentencia.
¿Han existido en España filósofos de tal altura que sólo sus nombres
basten para constituir una filosofía? Al negarlo rotundamente, dice el Sr.
Revilla (Rev. Cont., Agosto 1876): «... como no se nos debe
ningún gran descubrimiento, ninguna hipótesis fundamental, ninguna obra de
[545] esas que hacen época, todo el cúmulo de nombres propios que pueda citar
el Sr. Menéndez, no basta a demostrar nuestra afirmación de que en la historia
científica del mundo no suponemos nada. ¿Quiere una prueba de ello el Sr. Menéndez?
Pues vea el lugar que nuestros científicos ocupan en los libros que de la
historia de la ciencia tratan, y verá que al paso que no se concibe una
historia de la literatura en que no se hable de Cervantes, o una historia de la
pintura en que no se mencione a Murillo, no peca de incompleta una historia de
las ciencias positivas en que, o no se mencionen, o, de hacerlo, sea en lugar
secundario, a los científicos españoles».
Frente a tan audaz negativa, presentan Menéndez y Pelayo, Laverde,
Castro y demás apologistas, los nombres de Séneca, Ibn Gabirol, Maimónides,
Averroes, Tufail, Suárez, Montoya, Fox Morcillo, Pérez y López, Balmes...
Si se estima que los pensadores hispanos poseen valor suficiente,
propondré la segunda tesis, a saber: ¿Es tan relevante el mérito de ellos, que
no se pueda escribir la Historia de la Filosofía prescindiendo de sus nombres?
¿Han iniciado alguna nueva dirección filosófica? Cuando los apologistas nos
hablan de senequismo, lulismo, vivismo (vivesismo diría yo, no por enmendar la
plana a D. Marcelino, a quien respeté vivo y venero muerto, sino porque si a
los secuaces de Molinos se apellida molinosistas, no molinistas; si los
prosélitos de Martínez se denominaron martinecistas y no martinistas, los
discípulos de Vives deberán llamarse vivesistas), pereirismo, suarismo... ¿nos
hablan de realidades históricas? A lo que responde Revilla:
«¿Conoce el Sr. Menéndez vivistas o pereiristas fuera de España, como
conoce hegelianos y kantianos en todos los países cultos?... No puede decir que
hay una verdadera filosofía española, ni siquiera que hay un filósofo español
que pueda colocarse a la altura de los grandes filósofos que hacen época en la
historia y habrá que reconocer que, en filosofía como en ciencias, sólo tenemos
algunos estimables ingenios de segundo orden, muy dignos de consideración [546]
y respeto, pero que no nos autorizan a hablar pomposamente de ciencia o de
filosofía española.»
«No existe una creación filosófica española que haya formado una
verdadera escuela original de influencia en el pensamiento europeo, comparable
con las producidas en otros países» (Rev. Cont., Agosto 1876).
A lo que agregó, deponiendo todo eufemismo, desde laRevista Europea: «La
filosofía española es un mito.»
A tal explosión del crítico español, replica un escritor francés, Mr.
Chevalier, desempolvando los argumentos ya esgrimidos por los autores citados y
añadiendo por su cuenta: «Bien plus, on pourrait prouver, je crois, que
l'Espagne a été, en philosophie, une iniciatrice, et qu'elle a suggéré,
peut-être même inspiré, la pensée la plus intime de quelques uns des grands
systémes dont l'Europe mo-derne s'enorgueillit... Nous avons, nous autres philosophes, plus à apprendre aujourd'huí que
jamáis de l'Espagne.»
No puedo menos de expresar la gratitud que tan clara reivindicación
merece.
En lo que no puedo coincidir es en el concepto de la filosofía. Para
Chevalier la filosofía no parece ser una ciencia, sino algo vago, procedente
del concepto ético de las escuelas decadentes helénicas, «la sagesse, l'art d
régler sa conduite sur des principes, d'orienter sa vie vers le vraie, de
penser purement et profondément ce qu'on fait et de faire aussi ce qu'on pense
et qu'on veut aprés l'avoir pensé...» Todo esto es muy filosófico, pero no es
la filosofía.
Si el concepto científico de esta rama del saber coincidiera con el de
Mr. Chevalier, los estoicos y los spencerianos, el fondo de la controversia
equivaldría a discutir si los españoles tenían o no tanta capacidad mental como
los demás ejemplares de la raza blanca. Planteado así el tema, no cabría por
nuestra parte más discusión que el desprecio.
Porque, en verdad, la filosofía es a las otras ciencias lo que el disco
de Newton a los siete colores del espectro, [547] alma y savia de todos los
conocimientos, sanción y corona de todo aprendizaje, única garantía del
carácter científico de toda disciplina, mas no menos, y precisamente por la
elevada misión reconocida, una ciencia especial con sello propio, objeto
privativo, facultades peculiares y genuinos procedimientos que la
individualizan en el esquema de la ciencia.
La filosofía en cuanto ciencia de los principios racionales inaccesibles
a la observación, no se resigna a conocer escuetamente el fenómeno y se
esfuerza por saciar la sed del espíritu siempre afanoso del noúmeno. Es, por
tanto, el sistema de los conocimientos apriorísticos. No estudia hechos, sino
leyes. Prescinde de la mudanza, indaga lo que es.
El desenvolvimiento orgánico del contenido de la metafísica, va
engendrando ciencias particulares, de donde se infiere que la filosofía es una
ciencia enciclopédica, teniendo por finalidad el estudio de lo absoluto, por
órgano la reflexión y la ordenación por método. Así, mientras el sabio erudito
observa los hechos, los aprende y los describe, el sabio pensador los enlaza y
los explica. La necesidad, hondamente sentida, de explicar el fenómeno, nos
confirma la deficiencia del conocimiento experimental y patentiza la realidad e
individualidad de la filosofía como ciencia especial.
Con toda claridad dibuja esta condición el cardenal Mercier: «Las
ciencias particulares, aun en la hipótesis de que ellas fueran coextensivas a
todas las cosas, no puede pensarse que absorbieran en sí el universal contenido
del pensamiento. La ciencia está constituida y diversificada por su objeto
formal. Es así que la Filosofía tiene un objeto formal distinto del de las
otras ciencias particulares, luego ella tiene un lugar particular, el principal
entre las ciencias que puede cultivar el hombre. Adviértese al punto la
objeción que contra esto cabe. ¡La metafísica no es una ciencia!, puede
decirse. ¡Error grande! La metafísica es una ciencia particularísima. [548] Sin
ella es imposible la verdad de las otras ciencias.» (Lógica, Intr., I.)
Y porque es una ciencia, se opone a los conocimientos populares, a las
creencias al conocimiento histórico y a los conocimientos inciertos y
conjeturales.» (Lógica, Intr. I.) Y añade el sabio prelado:
«La filosofía tiene su existencia propia como ciencia. No debe a la Revelación
ni a la Teología sus principios de investigar y demostrar, ni sus métodos»
(II).
El mismo detractor de la metafísica, el autor del Cours de
Philosophie positive, se ve constreñido a admitir una ciencia especial
de «généralités scientifiques».
Si se admite la realidad de las escuelas filosóficas españolas y se
resuelve que sin su estudio no puede escribirse la historia general del
pensamiento humano, queda otra proposición para esclarecer: ¿Presentan los
escritores de filosofía en nuestra península un sello o carácter común que los
distinga entre los demás y delate su origen y naturaleza?
Negaba D. Alejandro Pidal la realidad de un pensamiento nacional con
estas palabras: «La existencia de filósofos en un país, ¿autoriza para bautizar
con su nombre a un organismo científico, cuando no se considera el aspecto
histórico de la ciencia?... En este sentido no se puede decir que hay filosofía
española, pues la única nota característica de gran importancia que une a casi
todos nuestros filósofos y sistemas es la del catolicismo; pero esta nota,
considerada sólo, por decirlo así, negativamente, es muy vaga y no basta para
dar carácter a una filosofía.»
Alejandro Pidal, más fogoso que profundo tomista, confunde la religión
con la filosofía. Además, olvida que el catolicismo, por su nota de
universalidad, no admite sello nacional alguno.
Aunque el catolicismo fuera una filosofía y no una religión, habría
transmitido comunidad de carácter, no sólo a la filosofía española, sino a toda
la europea durante la Edad Media y, producida la Reforma, a la de todas las
[549] naciones latinas. El catolicismo no cabe en las fronteras de una nación.
Seguramente van mejor encaminados los que buscan la unidad en el sello
realista característico del carácter español. El poema castellano, desprovisto
de máquina épica; la novela picaresca sin elevados ideales; los cuadros
históricos de Velázquez; los ángeles rosados de Murillo; la escasez de
metafísicos y la prodigalidad de moralistas, ascéticos y políticos, sin que se
oponga el fenómeno de un misticismo esporádico y pasajero de origen exótico,
todo revela propensión realista, entendiendo esta palabra, no en el sentido
filosófico, en el que le atribuyeron los antinominalistas medioevales, en el
que llamaba Krause realismo racional, sino en el de inclinación a lo práctico,
a lo útil y de inmediata aplicación.
Pero me asalta el temor de que el argumento se vuelva en contra, porque
si la verdadera filosofía es la que ataca el problema ontológico y el lógico,
el Ser y el Conocer, la Metafísica y la Lógica, esta modesta posición de
atenerse a lo práctico, ¿no podría revelar ineptitud para elevarse a más altas
esferas de la especulación?
No lo creo. Me consuela pensar que ese sentido práctico no es español,
sino meramente de alguna región. Contra la incapacidad de idealizar, protesta
la levantina con el Doctor Iluminado y algo con Balmes; protesta Aragón con el
idealismo de Servet; protesta Andalucía con sus grandes idealistas Tufail y
Gabirol, no por su raza semítica menos españoles que los de estirpe germánica,
y con Fox Morcillo, que vivió fuera de la órbita intelectual realista de
Castilla.
Todos ellos se preocuparon del tradicional verso escolástico
Quis? quid? ubi? quibus auxillis? cur? quomodo? quando?
Se ha argüido que tampoco Séneca, español y andaluz, ascendió a los
nimbos de la idealidad, mas se olvida que [550] Séneca formaba en la milicia
estoica, escuela decadente y antimetafísica, como la epicúrea, pues partiendo
ambas de la unificación de los conceptos materia y forma, se distinguen en que
la primera otorga preferencia al elemento inteligible, por lo cual formula una
moral rígida, en tanto que la segunda erige en doctrina el egoísmo. No se
trata, pues, del sentido práctico de un español; se trata del de toda una
filosofía que donde menos florecía era en España.
En igual caso se hallan otros eminentes filósofos béticos, como Suárez y
Ruiz de Montoya, a quienes la reja de la cárcel escolástica no permite
desplegar las alas de su genio.
D. Federico de Castro cree hallar un carácter unitario, más pronunciado
dentro de la escuela o tradición andaluza, en la tendencia a indagar el
principio superior que ha de resolver las antinomias particulares, sin fusión
ni supresión de términos, antes bien, confirmándolos y justificándolos en la
suprema unidad.
De todas suertes, la cuestión se presenta muy compleja para permitirme
arriesgar soluciones sin previa y detenida meditación. Así como no hay teorema
que no se eleve, si ahondamos, a la cumbre metafísica, no existe dificultad
resoluble fuera de su todo. La filosofía es la actividad mental asestada al
conocimiento de lo permanente, de la razón última de las cosas; es decir, un
modo de la actuación intelectual, algo abstracto en nosotros, pero en realidad
manifestación de entidad orgánica superior.
El mismo recelo que me obligó a reducir las proporciones de este ensayo,
emprendido en el ocaso de mi existencia, temeroso de no verlo concluido, me
constriñe ahora a confiarlo a las prensas antes de componer lo que podría
constituir una segunda parle, y será, si el tiempo y la salud lo permiten, obra
substantiva e independiente.
Me propongo decir cosas tan graves, tan originales, o si este adjetivo
parece presuntuoso para mi pequeñez, tan extravagantes, tan lejanas del común
pensar, de la [551] gravitación de lo convencional, que no me atrevería a
expresarlas sin el acompañamiento de robustísima prueba, sin ampliar el
paronama sobre que han de converger las miradas, sin penetrar hasta la entraña
del problema vital de la nación,
Circunstancias de la vida favorecen la publicación de libros, más hijos
de la ocasión que de nosotros. Sin embargo, todos los hombres llevan un libro,
que rara vez escriben, en las profundidades de su espíritu. La diferencia entre
los genios y los autores de talento consiste en que los primeros escriben su
libro; los segundos escriben muchos libros, pero no el propio.
Más me deleita el Tasso que el Dante. Sin embargo, venero más al Dante
que al Tasso, porque éste trazó el poema de las Cruzadas y aquél quemó las
páginas de su poema con las llamas del infierno que ardía en su corazón.
Si Cervantes no hubiese compuesto más que las piezas teatrales, La
Galatea, Las Ejemplares o El Persiles, siendo quien
era, yacería obscurecido entre la turba de medianos o apreciables escritores;
pero compuso el Quijote, su libro, el que inconscientemente
latía en el claustro de su alma y ya había apuntado, sin hallar aún su forma
propia, en El licenciado Vidriera, y el adocenado escritor
escaló de un salto el trono de una literatura y se codeó con los príncipes de
todas. Si cada hombre redactara su obra, la suya, la humanidad poseería una
literatura de dioses. Yo también en mi humildad he escrito libros, pero mi
libro está por escribir. ¿Lo escribiré? ¿Quién puede responder del mañana, y
más en las postrimerías de la vida? ¡Quién sabe si ya no debiera estudiar sino,
como los gladiadores romanos, la manera de caer!... [552]
Mario Méndez Bejarano
1857-1931
Catedrático de Literatura y político español, autor de una curiosa Historia de la filosofía en España
hasta el siglo XX.Nació en Sevilla el 5 de diciembre de 1857
(hijo de Antonia Bejarano y de Rafael Méndez Romero, hermano de María Amparo,
esposa de José Canalejas
Casas). Cursó en la Universidad hispalense las carreras de Derecho y
Filosofía y Letras. En 1877 escribió en nombre de los estudiantes unaCarta
de pésame a Madame Thiers, publicada en la prensa española y
extranjera. En 1880 representó en Huelva, durante las fiestas colombinas, al
diario madrileño El Demócrata. En 1882 pronunció un discurso
necrológico por el general Garibaldi. Fundó en Sevilla la Sociedad
Protectora de los animales y las plantas y fue secretario de El
Liceo Sevillano.Se licenció en la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla
el 15 de febrero de 1883. En enero de 1886 emigró a Madrid,
viviendo entre otras cosas de enseñar Economía Política en la
Academia de Alfaro. En mayo de 1887 tomó posesión de la cátedra de Francés del
Instituto de Granada, que ganó en la oposición convocada al efecto, y el 23 de
junio de 1888 se licenció en Derecho. En Granada fue profesor de Angel Ganivet.
Atraído por la política pronunció un discurso en 1893, en el Teatro Principal
de Granada, que llamó la atención de Antonio Cánovas, contra cuya política iba
dirigido, quien decidió traer a su autor a Madrid, al que se asignó en comisión
una cátedra en el Instituto del Noviciado. En marzo de 1900 se posesionó de la
Cátedra de Literatura del Instituto del Cardenal Cisneros de Madrid, en mayo
fue nombrado Consejero Real de Instrucción Pública y en octubre de ese mismo
año alcanzó el grado de Doctor en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.
Era ya autor de distintos manuales para la enseñanza del francés en el
bachillerato.
En 1904 obtuvo el primer premio de los Juegos Florales convocados por la
Asociación Patriótica Española en Buenos Aires, por su libro La Ciencia
del Verso. El 29 de marzo de 1905 presidió la magna velada de la Liga
Hispano-Americana en que tomaron parte Moret, Vargas Vila, Rubén Darío, Amos
Salvador y otros, pronunciando el discurso inaugural. El 15 de marzo de 1907
ofreció en el Centro Bético una conferencia titulada Idiosincrasia
andaluza, y en noviembre se le eligió Vicepresidente del Centro
Regional Andaluz. El 18 de abril de 1908 pronunció en el Congreso su discurso
contra la ley del terrorismo que había presentado Maura, ley que no prosperó,
estando desde entonces enfrentado con Maura. Poco después fue rechazada su
candidatura a la Academia Española, impulsada por Echegaray, Pérez Galdós y
Ortega Munilla, a causa de la oposición de Catalina [quien por cierto había
firmado en 1902 el dictamen favorable de la Real Academia Española para que laLiteratura de
Méndez Bejarano sirviera como texto]. De aquel fracaso quedaron las frases de
Catalina: «Aquí no se entra por méritos, sino por votos», y de Ménendez Pelayo:
«Creo que no hay candidato comparable en mérito a usted, pero, como se está
poniendo esta casa, tendrá usted el honor de ser derrotado». También fracasó,
esta vez por Romanones, el intento de sus amigos de hacerle académico de la de
San Fernando.
En 1910 fue elegido Diputado a Cortes por el distrito de Cazalla de la
Sierra, y poco después nombrado Delegado Regio de Primera Enseñanza de Madrid:
el 31 de diciembre de 1912 el Instituto Nacional de Previsión le concedió la
Medalla de Oro por la implantación de la Mutualidad escolar, cuyo modelo fue
seguido en otras provincias. Promovió además en las escuelas la asistencia de
los alumnos al cinematógrafo, las prácticas de evacuación ordenada de los
edificios como simulacro de incendios, la graduación de la vista de los
alumnos, las características tipográficas que debían cumplir los libros de
texto...
«Banquetes. Madrid,
27, a las 4'25 tarde. [..] También se ha celebrado hoy un banquete en los
Viveros en honor del catedrático del Instituto del Cardenal Cisneros don Mario
Méndez, que ha sido nombrado consejero de Instrucción pública.» (La
Dinastía. Diario político, literario, mercantil y de avisos, Barcelona,
lunes 28 de mayo de 1900, año XVIII, nº 7.986, página 1, columna 4.)
«Alfonso Pérez
Nieva: Revista de Madrid. [...] En los momentos en que por todos se ataca al
profesorado de Segunda Enseñanza, olvidando que siempre fue eterna injusticia
culpar a las colectividades de la defección de algunos de sus miembros, en esos
momentos críticos, considero un deber dar cuenta del nombramiento de uno de sus
individuos más ilustres para el Consejo de Instrucción pública: de Mario Méndez
Bejarano. Mario Méndez, como le llaman sus compañeros, es catedrático de
Retórica, pero esa cátedra, el desempeño de la cual constituye, por decirlo
así, su puesto oficial, es lo de menos en él. Hay que oirle hablar, hay que
tratarle para medir hasta donde llega su erudición sólida, verdad, que dicen
los convencionales de Paraiso, no de la adquirida en las columnas de los
diccionarios. Poseyendo vasta cultura, revelando haber leído y estudiado mucho,
no se suscita cuestión que no conozca o de que no emita fundado juicio. Baste
señalar un detalle. A cualquier hora se le encuentra en el Ateneo, trabajando.
El honor que ahora ha obtenido debió de alcanzarlo mucho antes. Solo que Mario
Méndez es un genial, tocado y valga la paradoja, de una alegre misantropía. Su
rostro revela enseguida su manera de ser. Refleja poderosa inteligencia pero
también respira ironía profunda. Consecuencia de esto es el no pulular por los
centros oficiales, lo que entre paréntesis, avalora cuanto consigue. Entusiasta
de Barcelona, decíame no ha mucho. ¿Qué cuenta usted en La Dinastía?
Ignoraba yo entonces, que pronto tendría ocasión de contarla lo que él vale,
reconocido para bochorno propio casi más en el extranjero que en España.» (La
Dinastía. Diario político, literario, mercantil y de avisos, Barcelona,
domingo 3 de junio de 1900, año XVIII, nº 7.992, página 2, columna 1.)
«Manuel G. Nogales:
Recuerdos de otro tiempo, José Nogales. [...] A los ocho marchó [José Nogales]
a Sevilla a hacer sus primeros exámenes del bachillerato y a poco empezaron sus
colaboraciones en diferentes periódicos, hasta que en 1876, ya estudiando en la
Universidad, fundó con el hoy catedrático del Instituto del Cardenal Cisneros,
D. Mario Méndez, un periódico tituladoEl Pensamiento Moderno, de
carácter puramente literario, al que siguieron otros tres satíricos
llamados El Látigo, La Sartén y El Estoque.» (Nuevo
Mundo, Madrid, jueves 24 de diciembre de 1908, año XV, nº 781, página
5, columna 1.)
«Emilio H. del
Villar: Nuevas figuras del Parlamento. [...] Mario Méndez Bejarano.
Catedrático, en la actualidad, de Literatura en el Instituto del Cardenal
Cisneros, de Madrid, nació en 1857 en Sevilla, en cuya Universidad estudió las
carreras de Derecho, y Filosofía y Letras. Ingresó en el profesorado por
oposición en 1887, explicando primero su cátedra en Granada hasta que fue
trasladado a Madrid en 1900. En 1904 obtuvo el primer premio, consistente en
5.000 pesetas, por su estudio La Ciencia del Verso, en un
concurso internacional de Buenos Aires, y en 1907 ganó en otro la medalla de
oro de la Real Academia Española. Ha sido consejero de Instrucción Pública.
Aparte de su 'Historia de las literaturas española y extranjeras', bien
conocida, ha publicado otras obras sobre Filosofía y crítica.» (Por esos
mundos, Madrid, junio de 1910, año XI, nº 185, página 77 + foto en
página 74.)
Afiliado primero al partido republicano que acaudillaba Salmerón, desde
1903 se había declarado adicto a la política de José Canalejas Méndez, de
quien era primo (y ambos sobrinos de Francisco de Paula Canalejas).
El asesinato de Canalejas en 1912 por el anarquista Pardiñas determinó que
Méndez Bejarano se decidiera por abandonar la política, limitando su actividad
a la enseñanza, a los libros y a las actividades académicas: en 1914 como
individuo de la Junta organizadora del centenario del descubrimiento del
Pacífico y del Congreso Hispanoamericano celebrado en Sevilla, en 1921
participó en la conmemoración del Centenario de Alfonso el Sabio, en 1922 fue
declarado hijo adoptivo y predilecto de Lebrija por haber impulsado la
celebración del centenario de Antonio de Nebrija...
Buena parte de su obra está dedicada a reivindicar la historia y los
personajes de Sevilla (redactó incluso para la Enciclopedia Espasa las
biografías de escritores sevillanos). Algunos convierten tal sevillanismo en
andalucismo, llegando al ridículo de ponerle entre los fundadores de cierto
andalucismo nacionalista: al parecer algunos discursos y escritos de Méndez
Bejarano habrían sido determinantes para inflamar el ardor andalusí del
islamizado notario Blas Infante (1885-1936). Toda su obra, incluso laLiteratura o
la Historia de la filosofía en España, rezuma tal sevillanismo
que el lector no apasionado hará bien en tomar a beneficio de inventario el
sabor especial de esa manía del autor.
«Instituido por el
Excmo. Sr. D. Mario Méndez Bejarano un premio de 1.000 pesetas al mejor trabajo
bibliográfico acerca del siguiente tema: "La literatura de carácter
andaluz en el reinado de doña Isabel II", el Jurado calificador, compuesto
por tres catedráticos de la Facultad de Filosofía y Letras, adjudicó dicho
premio al trabajo cuyo lema era "Ficta, voluptatis causa, sint proxima
veris", que abierta la plica resultó corresponder al alumno don Cesáreo
Pérez y Pérez.» (El Imparcial,domingo, 30 de septiembre de 1928, pág.
23.)
«Universidad
Central. Facultad de Filosofía y Letras. El catedrático del Instituto del
Cardenal Cisneros doctor D. Mario Méndez Bejarano ofrece un premio de mil
pesetas al mejor estudio acerca del tema: "Efemérides relativas a la
Escuela Literaria de Sevilla desde 1844 a 1924". El Jurado estará
compuesto por tres catedráticos de esta Facultad, y se entregará dicho premio
en el acto de apertura del curso académico 1929 a 1930. Los licenciados o
doctores, así como los alumnos oficiales o no oficiales, admitidos a cátedra
por sus respectivos profesores que, justificando debidamente tal extremo,
aspiren a tomar parte en el concurso, deberán presentar sus trabajos en la
Secretaría de esta Facultad antes del día 31 de agosto próximo, escritos a
máquina por una sola cara, de letra perfectamente legible, inscritos con un
lema, y acompañado, en pliego cerrado, el nombre y domicilio del autor.» (El
Imparcial, miércoles, 16 de enero de 1929, pág. 3.)
«En la última
sesión celebrada por la Sociedad Española de Antropología, el Sr. Hernández
Pacheco se despidió como presidente, haciendo un resumen de la labor realizada
por la Sociedad. Dio luego posesión a D. Luis de Hoyos Sainz y a D. Mario
Méndez Bejarano de los cargos de presidente y vicepresidente, para los que
respectivamente fueron designados en la junta anterior, confirmando en los de
tesorero y secretario a D. Francisco de las Barras y D. Domingo Sánchez, que
habían sido reelegidos. El Sr. López Soler expuso el plan a seguir. Presentó el
Sr. Bauer una colección de objetos etnográficos de Africa.» (El Imparcial, domingo,
3 de febrero de 1929, pág. 2.)
La Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX
La Historia de la
filosofía en España hasta el siglo XX es una obra de
madurez (cuando se publicó ya había cumplido los 70 años). En el Prólogo asegura
que ya desde su juventud «engreído con la petulancia y la ilusión de los pocos
años» había dado comienzo esta obra «dispuesto a trazar antes que nadie el
cuadro histórico de la filosofía española...» Al trasladarse de Granada a
Madrid el libro se acercaba a su fin, pero al conocer a Adolfo Bonilla y San Martín (1875-1926)
y saber de sus planes abandonó el proyecto. En 1923 no parece que tuviera
previsto volver sobre esta obra: el Diccionario de escritores... no
la menciona entre las obras proyectadas por el autor. Quizá el fallecimiento de
Bonilla en 1926, quien como es sabido había abandonado en 1911 su proyecto de
realizar la Historia de la filosofía española que había planeado en 1904,
determinó que Mario Méndez Bejarano volviese sobre su proyecto de juventud, y
llegase a publicar la primera historia «completa» de la filosofía en España
aparecida en el siglo XX.
La Historia de Mario Méndez Bejarano tiene algunas
veces el valor de testimonio histórico en lo que se refiere al medio siglo
anterior a su publicación, y el interés sociológico de mostrar las
preocupacionesfilosóficas por las que circulaban aquellos años
quienes no querían saber de neotomismos y tampoco de materialismos y
positivismos: les quedaban los cuentos y las fantasías espiritualistas de
teósofos y espiritistas.
1929, fecha de edición de la Historia de la filosofía en España
hasta el siglo XX
Desde febrero de 2000 hasta julio de 2009 en esta página se decía:
«Editado por
Renacimiento, apareció este libro en Madrid sin que figure fecha alguna de
edición. En la página 470 se refiere un hecho de diciembre de 1926, y en la
página 412 menciona La ciencia del verso de 1904 como de «hace
un cuarto de siglo». Parece prudente datarlo en 1927. No en 1925 como hace
Fraile o en 1926 como dice Abellán; Martínez Gómez lo data en 1928 y Alain Guy
en 1927.»
Seguíamos aquí lo que ya habíamos dejado escrito en 1992:
«Su juicio no es
apasionado, salvando el sevillanismo que rezuma toda la obra. El libro se
publicó sin fecha. En el texto se cita la fecha diciembre de 1926 (pág. 470) y
menciona su libro La ciencia del verso, de 1904, como de 'hace
un cuarto de siglo' (pág. 412). Podemos datarlo en 1927 o 1928 (Bejarano murió
en 1931). Fraile data mal el libro en 1925, Martínez Gómez lo hace en 1928,
Alain Guy en 1927.» (GBS, «Historia de la 'Historia de la
filosofía española'», El Basilisco, nº 13, 1992,
pág. 44.)
Y con fecha de «[1927]» figuró en la edición digital dispuesta en 2000
por el Proyecto Filosofía en español. Sin embargo parece que debe posponerse a
principios de 1929 la fecha de aparición efectiva de este libro, pues la
primera mención que de él hemos encontrado ahora en la prensa dice:
«Libros Españoles:
Febrero, 1929. Segunda quincena. [...] VI. Filosofía. Religión. Ciencias
Psíquicas: [...] Méndez Bejarano (Mario): Historia de la Filosofía en
España hasta el siglo XX.Ensayo. Un volumen en cuarto, en tela. 15
pesetas.» (Gaceta
Bibliográfica del Mes, redactor: Guillén Salaya, La Gaceta
Literaria, ibérica, americana, internacional, nº 53, año III, Madrid,
1º de marzo de 1929 [periódico quincenal, 1 y 15 de cada mes], pág. 8. col. 2.)
«Jubilación de don
Mario Méndez Bejarano. El ilustre catedrático de Literatura del Instituto del
Cardenal Cisneros, don Mario Méndez Bejarano, ha sido privado de su cargo, en
virtud del precepto reglamentario, al cumplir la edad exigida por la ley. Durante
más de cuarenta años, sin interrupción, el señor Méndez Bejarano ha sido el
educador de buen número de generaciones, inculcando a toda la alegre muchachada
el espíritu de las letras y el amor a los libros. Pero eso, ahora, a la vez que
la jubilación le concede el merecido descanso a sus actividades prolijas y
constantes, la enseñanza de la Literatura pierde uno de sus mas firmes e
interesantes cultivadores.» (La Época, martes 10 de diciembre de
1929, pág. 2.)
Falleció Mario Méndez Bejarano en Madrid, al poco de cumplir los setenta
y tres años, en la madrugada del día 16 de enero de 1931.
Rafael Alberti y la emoción de la colectividad da lugar al
epinicio
Recién cumplidos los veinticinco años publica Rafael Alberti en La
Gaceta Literaria una autobiografía surrealista en la que asegura que
dejó de estudiar el bachillerato a causa de Mario Méndez Bejarano:
«En 1917 vine a
Madrid para ser pintor. (Dejé el Bachillerato porque no supe decir a D. Mario
Méndez Bejarano que la emoción de la colectividad da lugar al epinicio.)
Perdí dos años en el Casón, pintando bigotes a las estatuas de escayola.» («Itinerarios
jóvenes de España, Rafael Alberti», La Gaceta Literaria,
Madrid, 1º de enero de 1929.)
Medio siglo después Alberti sigue recordando que la emoción de la
colectividad da lugar al epinicio, pero prefiere olvidarse del nombre de quien
le suspendió la Preceptiva, el autor de La ciencia del Verso:
«Vuelto a Madrid, y
siempre apremiado por toda la familia a causa de no haber cumplido mi promesa
de seguir el bachillerato, continué estudiando con un poco más de ahínco. Sin
dejar mis visitas al Casón y al Museo del Prado, mis caminatas y nocturnos poéticos
con Gil Gala y Celestino Espinosa, fui preparando malamente, y durante el
verano, la Historia Universal, la Preceptiva y la Historia Literaria. Llegados
al fin los exámenes de septiembre, me presenté muerto de pánico en el Instituto
del Cardenal Cisneros. Tardes horribles, peores que aquellas de Jerez cuando me
examinaron de Aritmética y Geometría. Pasé en Historia Universal, pero en
Preceptiva... ¡Oh, Dios mío! Aquel libro de texto madrileño era más misterioso
e incomprensible que el de los jesuitas del Puerto. Me preguntaron por la
didascálica; oí confusamente hablar de paragoges, hemistiquios, hipérbatones y
metonimias. Y cuando ya al final, en un desesperado esfuerzo por aprobarme, el
catedrático le explicó a mi angustioso mutismo que «la emoción de la
colectividad daba lugar al epinicio», comprendí más que nunca lo hermoso y
tranquilizador que era lanzarse por campos y jardines con una caja de colores,
limpios los ojos y libre el pensamiento de aquel galimatías tan necesario, por
lo visto, para ser buen poeta.
Como fui suspendido en Preceptiva, no pude examinarme de Historia Literaria.
Una gota de cloro me sirvió para borrar el suspenso y adjudicarme un notable; y
una nota en blanco, robada por un amigo, para falsificarle un aprobado a la
otra asignatura. Así, las tres calificaciones en la mano, irrumpí con gran
soltura, aunque agobiado de tristeza, en la habitación de mi padre, cantándole
de lejos las notas, que apenas si miró, pero que le iluminaron el rostro
fatigado de una dulce sonrisa.» (Rafael Alberti, La arboleda perdida.
Memorias, Seix Barral, Barcelona 1977, págs. 122-123.)
«Al desligarse la
conciencia de la objetividad, al reconocerse el individuo frente a la especie,
puede hallarse en diversidad de posición. O se siente en relación de
inferioridad, subyugado por la ley colectiva que su individual esfuerzo se ve
impotente para quebrantar, y entonces lanza el grito de dolor (elegía), o su
brío domina por un instante la ola del fatalismo colectivo y lanza en la
embriaguez del triunfo el cántico de su exaltación (epinicio), o mantiene la
lucha sin vencer ni confesarse vencido, en cuyo caso su lenguaje marca los
momentos sucesivos de la oposición, con el carácter humorístico que en su ánimo
producen los accidentes de la pugna (sátira).» (Mario Méndez Bejarano, La
ciencia del Verso, Madrid 1904, libro IV, cap. II, págs. 397-398.)
Bibliografía de Mario Méndez Bejarano
1897 Práctica
francesa. 4ª ed. notablemente reformada, G. Juste, Madrid 1897, 245
págs. 5ª ed. Gabriel López Horno, Madrid 1905, 208 págs. 6ª ed. Imprenta
Artística Española, Madrid 1912, 208 págs.
1902 Literatura
(parte general), 2 tomos, Antonio Marzo, Madrid 1902, XII+389+373
páginas. Esta obra, prologada por José Echegaray, está dividida en doce libros:
1º Prolegómenos, 2º Estética, 3º Sujeto del Arte Literario, 4º Objeto del Arte
Literario, 5º Contenido del Arte Literario, 6º La Palabra, 7º Los idiomas, 8º
El lenguaje como órgano de la literatura, 9º El pensamiento en la palabra, 10º
Relación entre el sujeto y el objeto de la Literatura, 11º El público, y 12º
Organismo interior de la Literatura. Contiene numerosas referencias a opiniones
y asuntos filosóficos: Platón, Aristóteles... Kant, Hegel, Krause,
Schopenhauer.
1902 Historia
literaria: Ensayo, 2 vols. Madrid 1902, 587+753 págs. (I. Literaturas
extranjeras; II. Literatura española). 2ª ed. Madrid 1903. 3ª ed. Madrid 1907.
En 1907 con el título Lecciones de historia general de la literatura:
extractadas de la historia literaria, Imp. de Fomento Naval, Madrid
1907, 470 págs. En 1915 con el título Instituciones de Historia
Literaria: Ensayo, Imprenta Española, Madrid 1915, 294 págs. 7ª ed.
Imp. Latina, Madrid s.f. En 1919 como Instituciones de Historia general
de la Literatura, Gráfica Universal, Madrid 1919, 477 págs.
1904 La
ciencia del Verso. Teoría general de la versificación, con aplicaciones a la
métrica española.Buenos Aires 1904 [edición plagada de erratas]. 2ª ed.
corregida y aumentada por su autor, Victoriano Suárez, Madrid 1907, 455
páginas. Con un prólogo de Antonio Atienza Medrano, Presidente de la Asociación
Patriótica Española.
1905 Vida y
obras de D. José María Blanco y Crespo (Blanco-White), Madrid 1905.
Madrid 1920, 607 págs.
1912 Historia
política de los afrancesados, con algunas cartas y documentos inéditos, Sucesores
de Hernando, Madrid 1912, 431 págs.
1915 Bio-bibliografía
hispálica de ultramar o Papeletas bio-bibliográficas de escritores nacidos en
la provincia de Sevilla que han tratado de las tierras y misiones de Ultramar, Colección
Biblioteca Sevillana (primera serie), Patronato de Huérfanos de Intendencia e
Intervención Militares, Madrid 1915, 218 páginas.
1915 Doctrinal
de preceptiva literaria, Imprenta Española, Madrid 1915, 423 págs. 3ª
ed. Madrid 1919, 348 págs. 6ª ed. rev. Madrid 1925, 380 págs.
1916 Conferencias
sobre Filosofía del Arte, Imprenta Española, Madrid 1916, 94 páginas.
1921 La
Literatura española en el siglo XIX [general, regional y americana]
aumentada con un apéndice sobre la literatura Hispano-americana por D. Pedro
Sainz Rodríguez, Gráfica Universal, Madrid 1921, VIII+319 págs.
1922 Histoire
de la juiverie de Séville, Ibero-Africano-Americana, Madrid 1922, 280
págs. [Editada en español en Sevilla 1993, 208 págs., con traducción y notas de
Simón Hassan Benasayag y Adela Benelbas Benasayag.]
1922-1925 Diccionario
de escritores, maestros y oradores naturales de Sevilla y su actual provincia, 3
tomos, Sevilla 1922-1923-1925, 471+435+318 páginas, en total 3.841 entradas
biográficas. [Ediciónes facsimilares: en un volumen por Padilla Libros, Sevilla
1989; en tres volúmenes, Valencia 1994.] La entrada 1640 (tomo 2, páginas
75-82) está dedicada al propio autor de la obra, y va firmada por Manuel J.
García.
1925 Luis
de Camoens. El hombre y el poema. Discurso pronunciado en el IV Centenario del
nacimiento del gran poeta portugués. Imp. del Patronato de Huérfanos
de Intendencia e Intervención Militares, Madrid 1925, 19 págs.
1928 Tassara.
Nueva biografía crítica. J. Pérez, Madrid 1928. 209 págs.
1929 Historia de la filosofía en España
hasta el siglo XX, Renacimiento, Madrid [1929], XVI+563
páginas. Edición digital desde mayo de 2000: http://www.filosofia.org/aut/mmb/index.htm
1929 Andalucía
y Ultramar: breviario apologético, Compañía Ibero-Americana de
Publicaciones, Madrid 1929, 98 páginas.
1929 Poetas
españoles que vivieron en América. Recopilación de artículos
biográfico-críticos.Compañía Ibero-Americana de Publicaciones,
Renacimiento, Madrid 1929, 413 págs.
1930 Velada
en honor de Benito Espinosa: celebrada en la Real Academia de Jurisprudencia y
Legislación la noche del 21 de febrero de 1927, organizada por Mario Méndez
Bejarano con la cooperación de Manuel Hilario Ayuso, Madrid 1930, 118
págs.
Sobre Mario Méndez Bejarano:
MOS 2:75-82 | EUI 34:591-592 | DHE 319
Textos de Mario Méndez Bejarano en el Proyecto Filosofía en español:
1926 Sevilla y
América
1927 La casa del
Océano

