© Libro
No. 358. El
Darwinismo Visto Desde El Materialismo Filosófico. Alvargonzález, David. Colección
Emancipación Obrera. Diciembre 8 de 2012.
Título original: © El darwinismo visto desde el
materialismo filosófico. Alvar González, David
Versión Original: El
darwinismo visto desde el materialismo filosófico. Alvar González, David
Circulación conocimiento libre, Diseño
y edición digital de Versión original de textos:
http://www.filosofia.org/rev/bas/bas22001.htm. El Basilisco
(Oviedo), nº 20, 1996, páginas 3-46
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
El Darwinismo Visto
Desde El Materialismo Filosófico
David Alvargonzález
§1. Planteamiento de la cuestión
§2. Crítica de las diferentes
interpretaciones sobre El origen:
2.1 Las interpretaciones no
gnoseológicas:
2.1.1 interpretaciones
psicologistas
2.1.2 interpretaciones
sociologistas
2.1.3 interpretaciones
logicistas
2.2 Las interpretaciones
gnoseológicas:
2.2.1 interpretaciones
descripcionistas
2.2.2 interpretaciones
teoreticistas
2.2.3 interpretaciones
adecuacionistas
§3 La idea de identidad sintética
§4 El origen de las especies entendido
como la construcción de una identidad sintética sistemática
4.1 ¿Qué significa
interpretar El origen como identidad sintética? La biología
evolucionista como parte constitutiva de nuestra realidad presente
4.2 Argumentos para
interpretar El origen como identidad sintética
4.2.1 El teorema de
Darwin como modelo
4.2.2 Los cursos
operatorios que confluyen en el modelo evolutivo tal como aparecen en El
origen
4.2.3 Sobre la
diferencia entre la concepción del teorema de la evolución tal como se le podía
aparecer a Darwin y la interpretación propuesta desde la teoría del cierre
categorial
4.3 Reinterpretación gnoseológica de la importancia de
algunas circunstancias que hicieron posible El origen
4.4 El modelo evolutivo después de
Darwin
4.5 Breve referencia al problema de
los límites del darvinismo
Bibliografía citada
David Alvargonzález

1960
Profesor titular de filosofía de la Universidad de Oviedo, universidad
en la que se licenció en Filosofía en el año 1983.
Doctor en 1988 por la Universidad de Oviedo, con la tesis Análisis
gnoseológico del materialismo cultural de Marvin Harris, dirigida por Gustavo
Bueno Martínez, defendida ante un tribunal formado por Vidal Peña, Ricardo
Sánchez Ortiz de Urbina, David Ruiz, Julián Velarde y Juan Bautista
Fuentes. Resumen: «Tomando como referencia la idea de ciencia propuesta
por el filósofo materialista Gustavo Bueno en su Teoría del Cierre Categorial,
se discute el estatuto gnoseológico de la estrategia materialista cultural de
Marvin Harris en Antropología. En el primer capítulo se hace una presentación
sumaria del materialismo gnoseológico de Gustavo Bueno. En el capítulo segundo
se resumen los principios teóricos, los presupuestos epistemológicos, y las
teorías sustantivas del materialismo cultural de Harris. En el capítulo tercero
se aplica la idea de ciencia expuesta en el capítulo primero al análisis de la
producción de Marvin Harris analizando su organización interna: se estudian los
componentes del campo de la antropología materialista cultural, y los
principios, clasificaciones, modelos, y demostraciones construidos por Harris.
El capítulo cuarto entiende de los problemas de demarcación del materialismo
cultural frente a otras escuelas antropológicas (estructuralismo, antropología
cognitiva, &c.), frente a otras disciplinas científicas (antropología
biológica, lingüística, &c.), y frente a otras formas de conocimiento no
científico (filosofía, ideología). El capítulo quinto estudia el origen,
desarrollo y evolución de las teorías materialistas culturales de Marvin Harris
estableciendo las deudas que esta estrategia de investigación tiene contraidas
con otros autores.» Premio extraordinario de doctorado en 1988. Una parte de
esta tesis fue publicada en la editorial de la UNED en el año 1989 con el
título Ciencia y materialismo cultural.
Becario del Plan nacional de formación de personal investigador en 1985,
profesor colaborador de cátedra durante el curso 1984-85, y profesor contratado
desde 1985 hasta 1991, año en que se convirtió en funcionario al ocupar la
plaza de profesor titular en la Universidad de Oviedo. Profesor tutor del
Centro Asociado de Asturias de la UNED desde 1984 hasta la actualidad. Su
actividad docente ha estado centrada, de manera principal, en las disciplinas
de «Filosofía de la religión», «Historia de la ciencia» y «Filosofía de las
ciencias humanas». Ha impartido numerosas conferencias y cursos en congresos e
instituciones españolas y extranjeras. Ha ejercido también cierta actividad
como publicista en periódicos, y en programas de radio y televisión (Tele5,
Euskal Telebista, TeleMadrid, TVG, TeleAvilés y TPA).
Selección bibliográfica de David Alvargonzález
1989 Ciencia y materialismo cultural, UNED (Colección 'Aula
abierta', nº 43), Madrid 1989, 386 págs.
1989 «Problemas en torno al concepto de ciencias humanas», El
Basilisco, nº 2, 2ª época, páginas 51-57.
1992 El sistema de clasificación de Linneo,
Pentalfa, Oviedo 1992, 93 págs.
1996 «El darvinismo visto desde el materialismo filosófico»,
El Basilisco, nº 20, páginas 4-47; también publicado en Eustoquio Molina
(coord.), Evolución. Aspectos interdisciplinares, SIUZ, Zaragoza 1996,
págs. 187-227.
1999 «El relativismo cultural y otros relativismos»,
El Escéptico, nº 3, páginas 8-12.
2000 «Análisis gnoseológico del campo de la teoría de juegos», El
Basilisco, nº 28, páginas 17-36.
2005 «El problema de la verdad en las religiones del
Paleolítico», en Patricio Peñalver, Francisco Jiménez y Enrique
Ujaldón (eds.), Filosofía y cuerpo. Debates en torno a la filosofía de
Gustavo Bueno, Ediciones Libertarias, Madrid 2005, páginas 213-257. Edición
digital en El Catoblepas seguida de una polémica
en la que intervienen, entre otros, Gustavo Bueno, Iñigo Ongay y Alfonso
Fernández Tresguerres.
2009 La clonación, la anticoncepción y el aborto en la
sociedad biotecnológica, Pentalfa, Oviedo 2009.
Textos de David Alvargonzález en el Proyecto Filosofía en español
1996 El darvinismo visto desde el materialismo filosófico
1998 Del relativismo cultural y otros relativismos
2000 Sistema
2001 Marvin Harris: un maldito popular
El darwinismo visto
desde el materialismo
filosófico
§ 1. Planteamiento de la cuestión.
onforme al tema titular, en esta conferencia trataremos de presentar, de
un modo sumario, un análisis histórico de la teoría de la evolución biológica
tal como aparece en la obra de Darwin. Ahora bien, como se advierte en ese
mismo título, este análisis pretende estar hecho desde una perspectiva
filosófica y, más concretamente, desde una filosofía materialista.
Inmediatamente (en el apartado segundo) pasaremos a diferenciar el punto de
vista filosófico de otros puntos de vista alternativos (psicológico, sociológico,
lógico-formal) en el análisis de la historia de la ciencia, y también en el
curso de esta conferencia (en nuestro apartado tercero) intentaremos explicitar
lo que serían algunos de los contenidos de esa filosofía materialista que
tomamos como referencia. Pero, en todo caso, estando como estamos en una
facultad de ciencias y ante un auditorio compuesto mayoritariamente de
científicos (no sólo geólogos y biólogos, sino también físicos, bioquímicos,
matemáticos, &c.), nos parece necesario empezar justificando mínimamente el
significado de nuestra presencia aquí. Efectivamente, podría considerarse
impertinente que una persona ajena a la biología, un profesor de filosofía,
trate de hablar acerca del darvinismo a un auditorio que, no sólo está perfectamente
enterado, sino que además está inmerso en las propias discusiones internas de
la teoría sintética de la evolución, un auditorio que está, en muchos casos, en
la punta de lanza de los debates biológicos y geológicos y de los debates
interdisciplinares entre biólogos y químicos o físicos, &c. Desde luego, no
es nuestra intención discutir aquí cuestiones técnicas, internas, puntuales, de
la teoría sintética de la evolución, pero tampoco nos vamos a contentar con un
tratamiento de la obra de Darwin meramente erudito, propio de una historia de
la ciencia entendida como una disciplina arqueológica exenta, positiva, un
análisis de historiadores que sólo afecte a otros historiadores. No lo vamos a
hacer así porque consideramos, en primer lugar, que la historia de la ciencia
siempre es, en mayor o menor medida, interpretativa, y las interpretaciones
distintas de los episodios históricos, esas interpretaciones que no siempre
coordinan entre sí, dependen de las posiciones filosóficas que se defiendan:
dependen, por ejemplo, de ciertas tesis acerca de qué es la ciencia, acerca de
qué es la verdad científica, o de qué es la realidad y, en nuestro caso, como
vamos a ver, dependen de cuál es el estatuto gnoseológico que se le conceda al
darvinismo hoy. Pero es que, además, las discusiones sobre estos temas citados
no tienen repercusión solamente en el gremio de historiadores de la ciencia
sino que afectan de un modo central a la filosofía (a la ontología, a la
gnoseología) que podemos construir en el momento presente. Porque el
darvinismo, en cuanto integrado en las últimas versiones de la teoría
sintética, no es hoy una mera reliquia histórica, como puedan serlo grandes
tramos de la obra biológica de Aristóteles, ni tampoco es un «error necesario»,
como pudiera serlo la teoría de la pangénesis sostenida por el propio Darwin,
sino que es una parte constitutiva fundamental de nuestro mundo actual, y por
eso la discusión del darvinismo no es solamente una discusión de historia de la
biología. La filosofía que se puede hacer antes y depués de Darwin es diferente
porque la realidad antes y después de Darwin es también distinta. Desde
nuestros presupuestos, no podemos afirmar, como hace Wittgenstein, que la
teoría de Darwin sea irrelevante para la investigación filosófica{2}.
Es relativamente fácil advertir la importancia que
las ciencias tienen para la filosofía ya que, si la función actual de las
ciencias, su función más característica, es la de constituir eso que llamamos
realidad, entonces se entiende que una filosofía actual, cualquier filosofía
actual, no pueda abrirse paso de espaldas a las ciencias (y decimos esto siendo
perfectamente conscientes de que muchos profesionales de la filosofía académica
están, sin embargo, de hecho, dando la espalda a las ciencias, cultivando un
tipo de filosofía que cree poder centrarse en torno a un núcleo de problemas
que se presentarían como intemporales, eternos). Sin embargo, la mayoría de
ustedes no dedican su tiempo al estudio de problemas filosóficos y más bien se
estarán preguntando si desde un enfoque filosófico (no científico) como el que
estamos anunciando aquí se pueden discutir cuestiones y, eventualmente llegar a
algún tipo de conclusiones, que puedan tener algún interés para las ciencias y
para los científicos. Si nosotros aceptamos el encargo de dictar esta
conferencia es porque suponemos que, de hecho, la dinámica interna de las
ciencias no es completamente ajena a las discusiones filosóficas sobre esas
ciencias y su historia (y esto lo decimos independientemente de que nosotros
seamos capaces de suscitar aquí cuestiones de interés para la biología de hoy y
para su historia pues esto depende solamente de nuestra mayor o menor
competencia). Como ya hemos dicho, desde la perspectiva filosófica no se
abordan directamente asuntos internos de las ciencias (pues entonces estaríamos
abandonando esa perspectiva sui generis, filosófica, para
convertirnos en biólogos, geólogos, físicos, matemáticos, &c.): la tarea de
evaluar si una teoría propuesta es verdadera en la inmanencia de un determinado
campo científico es una tarea interna a ese campo y, por tanto, una tarea que
habrán de resolver los propios científicos. Sin embargo, se adopta, de hecho,
ineludiblemente, una perspectiva filosófica (más o menos espontánea, más o
menos elaborada, más o menos consciente) siempre que se discuten los problemas
del estatuto gnoseológico de una teoría pues esa discusión exige el análisis
comparativo de las verdades constituidas en ciencias diferentes para poder
clasificarlas y diferenciarlas (para poder llegar, por ejemplo, a concluir que
no es lo mismo la verdad de la mecánica de Newton que la verdad de la teoría de
la personalidad de Freud). Incluso dentro de una misma ciencia no todos los
teoremas tienen el mismo estatuto gnoseológico: la mecánica de Newton
construida en un contexto local de dos cuerpos graves (donde alcanza su máxima
cientificidad) no tiene el mismo estatuto gnoseológico que las teorías de la
Gran explosión caliente, aunque éstas estén hoy de moda y en una versión
dogmática, mítica, sean más conocidas que la propia mecánica clásica. La moda
es, en todo caso, un proceso sociológico con sus propias leyes, un proceso que
tiene cierta independencia frente a las discusiones acerca del estatuto
gnoseológico de las verdades: así se explica que la frenología gozara de gran
predicamento durante buena parte del siglo pasado sin perjuicio de su falsedad.
Creemos que la discusión gnoseológica (la clasificación de los diferentes
teoremas de las diferentes ciencias) es pertinente cuando se hace historia de
una ciencia (y es imprescindible cuando se hace una historia filosófica de
la ciencia) y, si esos tramos de la historia de la ciencia están integrados
internamente en la ciencia de hoy, como es el caso del darvinismo en la teoría
sintética, entonces la discusión histórica afecta al estatuto gnoseológico de
la ciencia actual. En nuestro caso, es imposible hacerse un juicio acerca
de El origen de las especies, sin hacérselo también de la obra
de Dobzhanski, Genetics and the Origin of Species(Dobzhansky,
1937), o de Mayr, Systematics and the Origin of Species (Mayr,
1942) y, recíprocamente, el resultado de la discusión gnoseológica de la teoría
sintética de la evolución influirá de manera directa sobre nuestra
interpretación (histórico filosófica) acerca del lugar de Darwin en la historia
de la biología. Pero todas estos juicios dependen, a su vez, del análisis
comparativo de las verdades biológicas frente a las físicas, las matemáticas,
las culturológicas, &c.: esa perspectiva que exige analizar comparativamente
las ciencias no sería ya, ella misma, una perspectiva científica sino
filosófica y, sin embargo, es ésta una perspectiva que, con todas sus
dificultades, si es ejercitada de manera adecuada, puede dar lugar a resultados
(por precarios que sean) de interés para las propias ciencias. El necesario
dogmatismo que acompaña a la enseñanza de las ciencias en nuestras facultades
presenta las ciencias como sistemas doctrinales y oculta muchas veces la
realidad de unas ciencias en marcha, infectas, donde no todos
los teoremas estudiados son teoremas efectivamente demostrados, y donde
necesariamente se infiltran ideas filosóficas de valor desigual (por ejemplo,
las Ideas de Causa, de Realidad, de Verdad, de Pasado, de Naturaleza, de Mundo,
&c.). Por otra parte, también es frecuente observar cómo muchos de los que
se dedican a la filosofía académica son hombres de letras que, en el curso de
ciertos debates, quedan inmediatamente en ridículo, descalificados, por su
desconocimiento del estado de la realidad tal como nos viene constituida hoy,
en buena medida, por las ciencias. Dada esta situación, debemos felicitarnos
porque los organizadores del Seminario Interdisciplinar de la
Universidad de Zaragoza hayan advertido la importancia de ciertas
discusiones filosóficas para la buena marcha de las ciencias, para evitar, por
ejemplo, que entre los científicos aniden ideas metafísicas o míticas. Por
nuestra parte, debemos además agradecerles la confianza que nos otorgan al
considerar que podemos contribuir, aunque sea modestamente y con la ayuda de
todos ustedes, a esa tarea de discusión crítica, discriminadora, filosófica. En
todo caso, esa confianza quizás no se dirija tanto hacia nosotros como hacia la
filosofía del profesor Gustavo Bueno que tomaremos constantemente como
referencia en este trabajo. En efecto, nuestra exposición intentará aplicar las
ideas del materialismo filosófico de Gustavo Bueno al análisis del «teorema de
la evolución biológica de Darwin» considerando este teorema como un caso
eminente de identidad sintética sistemática, como una verdad científica en
sentido estricto. Al realizar esta tarea hemos tenido presente mucha de la obra
escrita de Bueno, y en particular aquellos lugares donde se desarrolla la idea
de identidad sintética y que son los siguientes: (1) A propósito del «teorema
del área del círculo», en Gustavo Bueno, Teoría del cierre categorial, (Bueno,
1992, v.1:164-172); (2) A propósito del «teorema de Mendeleiev», en la misma
obra (pp. 172-180) y en Gustavo Bueno, «El cierre categorial aplicado a las
ciencias físico-químicas» (Bueno, 1982:138 y ss); hemos tenido ocasión de
consultar, además, ciertos textos aún no publicados: (3) A propósito del
«teorema de Torricelli», en Gustavo Bueno, Estatuto gnoseológico de las
ciencias humanas, (Bueno, 1976:899-931); (4) A propósito del «teorema
de Mendel», en Gustavo Bueno, 1983, «Sobre el significado de la verdad
biológica de los teoremas de Mendel» (ponencia presentada al II Congreso de
Teoría y Metodología de las Ciencias, Oviedo, 1983). No hemos tenido acceso,
sin embargo, al análisis de la mecánica de Newton presentado por el profesor
Bueno al III Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias (Gijón, 1985).
Nuestra presentación de El origen como identidad sintética
intentará ser fiel al uso dado por Bueno a esta idea en las obras citadas.
Ustedes mismos, y el propio Gustavo Bueno aquí presente entre nosotros, podrán
enjuiciar hasta qué punto logramos este objetivo que nos proponemos.
§2. Crítica a las diferentes interpretaciones sobre El Origen.
Desde los presupuestos del materialismo
metodológico, la discusión de cualquier episodio de la historia de la ciencia
exige previamente la elaboración de una clasificación fundamentada de las
diferentes teorías o interpretaciones alternativas que se refieran a dicho
episodio histórico, pues es al construir esa clasificación cuando se ejerce la
propia racionalidad crítica filosófica. Sería pecar de una total ingenuidad el
comenzar directamente el análisis histórico de la teoría de la evolución de
Darwin ignorando la existencia de toda una larga tradición de interpretaciones
que se han venido ensayando a lo largo del último siglo. De hecho, si vamos a
proponer una interpretación histórica de El origen que
pretende ser en algunos aspectos novedosa, será porque consideramos que las
interpretaciones disponibles son, en todo o en parte, insuficientes o falsas.
Pero para llegar a esa conclusión hace falta hacerse un juicio razonado acerca
de cada una de esas interpretaciones. Ese juicio conduce a una clasificación, en
nuestro caso, a una clasificación de las diferentes teorías (históricas,
interpretativas) acerca de El origen. La intención de nuestra
conferencia no es, por tanto, la de mostrar denotativamente el estado de la
investigación histórica acerca de la célebre obra de Darwin como, en un
congreso de biólogos o de paleontólogos, se podría mostrar el estado actual de
la investigación acerca del hombre de Atapuerca. Entre otras cosas porque ese
«estado actual de la investigación» cuando nos referimos a la historia (y a la
historia de la ciencia en particular), no alude a unas conclusiones sobre las
que existe consenso sino que encubre una pluralidad de interpretaciones
históricas no necesariamente coordinables y, en ocasiones, abiertamente
contrapuestas. Nosotros tampoco vamos a pretender hacer un catálogo
fenomenológico, ordenado conforme a algún criterio arbitrario (por ejemplo,
alfabético), de las diferentes interpretaciones existentes, un catálogo
neutral, sin valoraciones. Al contrario, nosotros pretendemos defender una
serie de tesis muy concretas acerca del lugar de El origen en
la historia de la biología y en la historia general de las ciencias, y acerca
de su estatuto gnoseológico y ontológico, y pretendemos defenderlas de un modo
argumentativo, razonado, no gratuito ni dogmático. Y esa defensa, si es
argumentada, exige valorar el resto de las interpretaciones disponibles,
mostrando sus límites y, eventualemnte, sus errores. Esta exigencia no es un
trámite, una formalidad que pudiera ser obviada por razones de brevedad (y en
el contexto de esta conferencia la brevedad es obligada), sino que es el modo
fundamental que tiene de abrirse paso la racionalidad filosófica como una
racionalidad polémica donde, sin embargo, no todas las posiciones valen lo
mismo (pues no todas son capaces de soportar ciertas críticas y de dar cuenta
de ciertos materiales).
La crítica pormenorizada de las diferentes
interpretaciones históricas que ha recibido El origen durante
este siglo largo posterior a su publicación da como resultado un análisis
excesivamente amplio como para poder reproducirlo aquí íntegramente. Sin
embargo, precisamente por esa importancia que le concedemos, según lo dicho
unas líneas más arriba, no podemos dejar de presentar aunque solo sea un
resumen apretadísimo de ese análisis con el objeto de que resulten inteligibles
nuestras ulteriores propuestas.
En primer lugar, creemos que es imprescindible
diferenciar los estudios sobre el darvinismo que adoptan una perspectiva
gnoseológica de aquellos otros análisis no propiamente gnoseológicos. De una
manera muy sumaria (por eso, también, incompleta) caracterizaríamos las
interpretaciones gnoseológicas como aquellas que se preguntan por la verdad de
la teoría de la evolución de Darwin tratando de precisar en qué consiste esa
verdad en cuanto verdad científica, y analizándola según lo que
denominamos sus partes formales. Llamamos partes formales a
«aquellas partes de un todo que conservan dependencia de la "figura
total", de suerte que el todo (ya sea sustancialmente, ya sea
esencialmente) pueda ser reconstruido o al menos codeterminado por esas partes
formales. Los fragmentos de un vaso de cuarzo que se ha roto y que conservan la
forma del todo (no porque se le asemejen) son partes formales del vaso (que
puede ser reconstruido "sustancialmente"). Las células germinales de
un organismo, que contienen genes capaces de reproducirlo, son partes formales
suyas. Partes materiales en cambio son aquellas que no conservan la forma del
todo: las moléculas de SiO2 (anhídrido silícico) constitutivas del vaso, o las
moléculas de carbono o fósforo constitutivas de los genes, son partes
materiales de las totalidades respectivas»{3}. Las interpretaciones gnoseológicas
intentarán dar cuenta de la verdad del teorema de la evolución biológica a
partir de las partes formales de ese teorema. Las interpretaciones no
gnoseológicas, por el contrario, o bien dejan de lado el problema de la verdad
de la ciencia para analizar otros aspectos históricos que pueden tratarse con
cierta independencia (por ejemplo, las biografías psicológicas de los
científicos o el contexto social y económico en el que aparecen formuladas sus
teorías), o bien intentan analizar en qué consiste esa verdad pero refiriéndose
exclusivamente a sus partes materiales (sean estas partes materiales procesos
psicológicos, contextos sociales o, más comúnmente, unidades de carácter
lógico-formal: enunciados, proposiciones, &c.).
Esta diferenciación no es meramente arbitraria o
convencional, resultado de un afán por clasificar, sino que implica tesis muy
determinadas. Para referirnos a lo fundamental, implica la tesis según la cual
la ciencia se caracteriza frente a otras instituciones, otras construcciones, u
otros modos de proceder (como las técnicas, las artes, &c.), por construir
verdades científicas y éstas, a su vez, se caracterizan por tener un estatuto
ontológico y gnoseológico irreductible a cualquier otra construcción, proceso
psicológico, proceso socio-político, &c. Por tanto, entre las
interpretaciones de los historiadores de las ciencias, es esencial (no sólo
conveniente u oportuno) distinguir aquellas historias de la ciencia que
pretenden reconstruir el proceso de construcción de las verdades científicas
(en lo que este proceso tiene de exclusivo, de característico) de aquellas
otros análisis históricos que dejan este asunto de lado (y pueden dejarlo de
lado, entre otras cosas, porque desde las verdades de las ciencias actuales,
comparando externamente, grosso modo, esas verdades con sus
pretéritas -comparando la relatividad especial con la mecánica clásica, o la
teoría sintética con el darvinismo- pueden hacerse un juicio aproximado de
éstas sin necesidad de analizar su organización gnoseológica).
2.1 Las
interpretaciones no gnoseológicas
La dinámica de una ciencia y, en especial, su progreso interno (definido
por la construcción de verdades científicas cada vez más potentes), va
acompañada necesariamente de un juicio acerca de las verdades científicas
pretéritas (determinando, por ejemplo, el conjunto de fenómenos que ellas
cubren) y supone también una clasificación de lo que queda fuera de esa ciencia
(segregado como falso o, simplemente, como impertinente). La ciencia actual nos
proporciona ya esos juicios hechos y, por eso, es perfectamente posible hacer
historia de una ciencia sin tratar el problema de la verdad de los teoremas
considerados: la ciencia actual nos dice, retrospectivamente, lo que era verdad
y lo que no, nos señala, por tanto, los materiales a los que merece la pena
referirse como constitutivos de la historia de una ciencia ya sea como
verdades, ya sea como errores, equivocaciones o falseamientos. El juicio (la
clasificación) ya lo tenemos hecho de antemano y ello nos permite tratar
cualquier aspecto puntual de esa historia sin necesidad de reconstruir, volver
a justificar o analizar gnoseológicamente las verdades científicas pasadas. Una
biografía de Darwin queda ya, automáticamente, dentro de la historia de la
biología aunque no hable para nada de la teoría de la evolución, y resulta
innecesario justificar por qué se elige a Darwin y no a Marx ya que todo el
mundo está al tanto de que la teoría de la evolución de Darwin es, con las
modificaciones correspondientes consabidas, una verdad científica biológica,
mientras que nadie reconoce a Marx como científico (al menos fuera de la órbita
de influencia del socialismo real). Este juicio previo del que partimos cuenta
igual aun en el caso de que estemos haciendo historia de alguna de esas partes
de una determinada ciencia declaradas erróneas, pues entonces, precisamente
porque ya partimos de ese juicio, el motivo que justifica nuestro tratamiento
histórico no es otro que el triunfo de esa ciencia sobre el error, la
ingenuidad o la trapacería. Porque esos juicios están presentes es por lo que,
probablemente, es distinta la historia de la biología de nuestros días de la
que pudo hacerse a finales del siglo XIX y principios del XX, en la época del
«eclipse del darvinismo» (para utilizar la célebre expresión acuñada por Julian
Huxley en la década de los cuarenta). En todo caso, los juicios están ahí
funcionando y, tomando como referencia ahora la biología de hoy, todos podemos
hacernos una idea aproximada de lo que puede entrar a formar parte de una
historia de la biología. Denotativamente, el campo de esa historia está
suficientemente claro y, por tanto, cabe escoger temas puntuales, positivos,
para su estudio, sin necesidad de detenerse en su justificación. Estos temas
incluyen biografías (Darwin, Schleiden, Cajal, &c.), instituciones
(la Linnaean Society, la Royal Society, &c.),
aspectos psicológicos, sociales, económicos, políticos, ideológicos, y un largo
etcétera. De este modo es posible hacer una historia de la ciencia no
gnoseológica, una historia de la ciencia que: 1.- O bien deja de lado la
historia de las verdades científicas, dándolas por supuestas, 2.- O bien
aparenta poder reconstruir esas verdades a partir de sus partes materiales (a
partir de esas partes que no son capaces de reconstruir internamente el todo
que, sin embargo, constituyen), y puede llevar adelante esa
pseudo-reconstrucción precisamente porque ya parte de esos juicios previos a
los que venimos refiriéndonos, porque cuenta con el estado de la ciencia de
hoy.
Naturalmente, una historia gnoseológica de la ciencia, una historia
centrada en el análisis de las verdades científicas, también toma en
consideración (y también resulta afectada por) el estado de la ciencia actual,
pero la cientificidad de esas verdades de la ciencia pasada no podrá ser
justificada solamente por su participación en la ciencia actual, sino que
tendrá que ser reconstruida y analizada también en su inmanencia histórica
pues, de no ser así, el proyecto de historia gnoseológica fracasaría como tal
proyecto. Pero, si ese proyecto tiene éxito, podrá decirse que, así como la
ciencia actual permite entender y justificar tramos de la ciencia pretérita
(incluso permite entenderlos mejor de lo que pudieron hacerlo sus
decubridores), así también la correcta reconstrucción de la estructura
gnoseológica de la ciencia pasada es imprescindible para una compresión
correcta (crítica, no dogmática) de la ciencia actual. Por vía de ejemplo, la
teoría de la relatividad general nos permite entender ciertos problemas
(históricos) de la mecánica clásica; incluso, podríamos decir que nos permite
darnos cuenta de los límites de aquella mecánica en unos términos mucho más
claros para nosotros de lo que lo fueron para Newton. Pero, recíprocamente, es
imposible entender la relatividad general hoy de un modo correcto (dialéctico,
no meramente dogmático, axiomático) sin referirse a la historia gnoseológica de
la mecánica pre-relativista. Esta relación tan intrincada entre historia
gnoseológica de la ciencia y ciencia actual no se da, sin embargo, a propósito
de la historia no gnoseológica: la ciencia actual ilumina el campo de cada
ciencia indicándoles a los historiadores (no gnoseólogos) qué asuntos deben
tratar, pero los resultados de esas historias no gnoseológicas no afectan
ordinariamente a la comprensión de las ciencias de hoy pues se refieren a una
serie de aspectos (psicológicos, sociológicos, económicos, &c.) que, por
decirlo con una fórmula abreviada aunque imprecisa, forman parte del contexto
de génesis de esas verdades pero no afectan a la justificación de las verdades
científicas de hoy.
Con todo, como vamos a ver, no estamos diciendo que estas historias no
gnoseológicas carezcan de interés: lo tienen indudablemente. De hecho son
imprescindibles para construir, a partir de ellas, la propia perspectiva
gnoseológica. Solamente estamos tratando de clasificarlas y caracterizarlas
para poder entender sus aportaciones a la vez que sus límites.
Vamos a referirnos a continuación a tres perspectivas no gnoseológicas
en el análisis del darvinismo: las interpretaciones psicologistas, las
interpretaciones sociologistas y las interpretaciones logicistas
2.1.1.
Interpretaciones psicologistas
Como representante del enfoque que nosotros hemos llamado «psicológico»
puede citarse el documentado estudio de Howard E. Gruber, Darwin sobre
el hombre. Un estudio psicológico de la creatividad (Gruber, 1974).
Gruber, basándose en un minucioso análisis de los cuadernos de notas y de la
correspondencia de Darwin (y teniendo también en cuenta los escritos de Darwin
publicados), llega a determinar con precisión el momento en el que Darwin va
descubriendo (emic{4}) los diversos componentes de su teoría
(variación de los organismos, desaparición de unas especies, aparición de otras
nuevas, presión demográfica, &c.). Precisamente el interés de esta obra de
Gruber radica, si no nos confundimos, en esa confrontación entre el Darwin
exotérico (el Darwin de los libros publicados) y el Darwin esotérico (el de los
cuadernos de notas, los apuntes, la correspondencia, las relaciones con su
familia y sus amigos, &c.). Gruber trata de contextualizar la figura de Darwin
en su ambiente familiar y social, para deducir de esos contextos su extremada
prudencia y el retraso premeditado en hacer públicas sus conclusiones.
Efectivamente, de las fuentes esotéricas parece deducirse que el pensamiento de
Darwin sobre la evolución de las especies, incluida la evolución del hombre, ya
estaba plenamente formulado en 1838. El estudio de estas fuentes también
probaría que una cierta orientación filosófica materialista estaba ya presente
en Darwin con anterioridad a las primeras formulaciones de su teoría de la
descendencia con modificación: de este modo la teoría de la selección natural
sería, en parte al menos, una consecuencia del ejercicio de esos postulados
materialistas, y no al revés, como quizás pudiera deducirse de otros escritos
darvinianos, por ejemplo, de su célebre Autobiografía. En ese
sentido, Gruber hace un excelente uso de ciertos materiales de Darwin poco
conocidos como las Old and useless notes about moral sense and some
metaphysical points, written about the year 1837 and earlier. Esta
circunstancia es del máximo interés cuando se compara la trayectoria biográfica
de Darwin con la de otros autores coetáneos como Lyell más apegados a la
dogmática y a la ideología del cristianismo: para que luego se diga que las
viejas e inútiles cuestiones filosóficas, metafísicas, no juegan ningún papel
en la historia de la ciencia.
Otro trabajo que puede clasificarse dentro de esta historia psicológica
de la ciencia sería la interpretación psicoanalítica que Phyllis Greenace hace
de la figura de Darwin, y cómo no, de sus relaciones conflictivas con su padre,
en su obra The Quest for the Father: A Study of the Darwin-Butler
Controversy as a Contribution to the Understanding of the Creative Individual (Greenace,
1963). Greenace diagnostica una psicopatología al viajero del Beagle, una
profunda neurosis, aunque reconoce que, curiosamente, ésta no influía en su
trabajo como biólogo. Probablemente sería oportuno discutir si esta
aproximación psicoanalítica es, antes que psicólogica, puramente mítica.
El éxito del enfoque psicológico, sobre todo en la línea más verosímil,
documentada y ponderada de Gruber, está asegurado de antemano por el interés
que tiene para la historia de la ciencia una reconstrucción lo más exacta
posible de la biografía de un personaje como Darwin: de este modo se logra, por
ejemplo, reconstruir una obra como El origen desde la
perspectiva del ordo inventionis. Sin embargo, en este tipo de
análisis no se entra para nada, ni se pretende, a discutir el problema de la
estructura lógico-material del darvinismo, no se discute por qué el darvinismo
es una construccióncientífica, y una construcción científica verdadera,
o cuáles son los límites de su verdad: la verdad del darvinismo y su interés
para la historia de la biología, sencillamente, se dan por supuestos. Lo que sí
pretende Gruber de un modo explícito es dar cuenta de eso que él llama
«creatividad» en cuanto proceso supuestamente psicológico. La idea de
creatividad psicológica, cuando se utiliza para analizar el proceso de construcción
de las verdades científicas, resulta insuficiente desde nuestros presupuestos
pues también existiría esa creatividad psicológica en procesos no científicos
(artísticos, técnicos, lúdicos, &c.): los procesos psicológicos (creativos
o no) son partes materiales de las verdades científicas y de ahí su carácter
genérico. Las verdades científicas no son científicas por ser
resultado de procesos psicológicos originales o «creativos» sino por el modo
como están construidas. Eso sin contar con la necesidad de criticar esa idea de
creatividad psicológica como idea metafísica, como una idea que comparte
ciertos rasgos con la idea teológica de la creación de la nada. En todo caso,
esa crítica no nos impide reconocer la contribución principal del libro de
Gruber, que ciframos en su reivindicación del Darwin esotérico. Al lado de esta
importante contribución, sus intenciones de estar desvelando los secretos de la
creatividad no afectan demasiado a sus conclusiones y resultan poco menos que
anecdóticas.
En la línea de una historia fenomenológica biográfica, dando por
supuesto la verdad de sus descubrimientos pero sin discutir directamente en qué
consiste ésta, podemos encontrar varios estudios. De entre los que están
traducidos al español merece la pena destacar el de J. Huxley y H.B.D.
Kettlewell, titulado Darwin and his World (trad. esp. con el
título Darwin; Huxley, Kettlewell, 1965), que pasa revista a las
fases más importantes de su vida y a una selección de sus libros más
importantes. No podemos dejar de citar la apasionante narración de Alan
Moorehead en su libroDarwin. La expedición del Beagle (1831-1836) (Moorehead,
1969); aunque incluya algunas imprecisiones y tópicos que se han revelado
falsos en posteriores investigaciones no deja de ser una magnífica recreación
del famoso viaje oceánico del «Sabueso». También se encuentran expuestos
aspectos de la biografía de Darwin en varios capítulos de la monografía de
Jonathan Howard Darwin(Howard, 1982: caps. 1, 8, 9) y en el libro
de Desiderio Papp, Darwin. La aventura de un espíritu (Papp,
1983: caps. 5, 6, 7, 9, 10). En estos dos últimos libros se combina una
reexposición fenomenológica de la vida y obra de Darwin con algunos juicios
acerca del significado de la verdad de la teoría de la evolución biológica;
éstos suelen terminar desembocando en posiciones afines a las que nosotros
caracterizaremos unas líneas más abajo como «adecuacionistas».
2.1.2.
Interpretaciones sociologistas
Por su parte, el enfoque que hemos llamado «sociológico» nos presenta la
teoría de Darwin de dos formas radicalmente contrapuestas. El primer tipo de
explicaciones sería continuista ya que procederá resaltando que la teoría
evolucionista estaba presente de una manera difusa, inconsciente, en el
espíritu de la época. Frente a éstas estarán las interpretaciones
discontinuistas que presentan la obra de Darwin sobre el origen de las especies
como un caso sobresaliente de revolución científica.
Desde la posición que hemos llamado constinuista se reivindicará a los
evolucionistas y transformistas predarvinianos (el transformismo de la Filosofía
zoológica de Lamarck, el evolucionismo teista de losVestigios de la
historia natural de la creación de Robert Chambers, la Zoonomia del
propio abuelo de Darwin, incluso se reivindicará a los evolucionistas del siglo
XVIII: Goethe, Buffon, &c.) y se resaltará la significación de la
coincidencia de Darwin y Wallace en su descubrimiento (como hace, por ejemplo,
Merton). Ahora bien, desde los presupuestos de la teoría de la identidad
material sintética no se puede comparar la magnitud de los materiales
movilizados por Darwin en El origen con el opúsculo de Wallace
de 1858 Sobre las tendencias de las variedades a separarse
indefinidamente del tipo original. Y no se trata aquí de reivindicar
la prioridad de Darwin como una prioridad «cronológica» (que Wallace, por otra
parte, reconoció desde el primer momento), sino de defender una prioridadgnoseológica fundamentada
en esa identidad sintética construida por Darwin en El origen sobre
la confluencia de una cantidad ingente de materiales heterogéneos, frente a las
limitaciones de la obra programática de Wallace. Sobre este asunto tendremos
que volver más adelante. Por otra parte, el esquema de la invención simultánea
e independiente se debilita cuando se dejan de ocultar ciertos hechos
significativos: Wallace había leído los Principios de Lyell, y
había leído repetidas veces elDiario de un naturalista de Darwin
(obra a la que consideraba el mejor diario de viajes después delPersonal
Narrative de Humboldt) en donde Darwin habla sobre la ley de sucesión
de tipos; Darwin, por su parte, conocía un opúsculo de Wallace de 1855 («On the
law which has regulated the introduction of new species») y, desde esa fecha,
mantuvo correspondencia regular con Wallace; ambos estaban bajo la influencia
de la obra de Lamarck y de los Vestigios de la historia natural de la
creación de Chambers, aunque fuera de un modo crítico; ambos conocían
la obra de Malthus; &c.
De hecho, si no se establece una distinción clara entre el
descubrimiento material de la selección natural y el
descubrimiento formal que nosotros atribuimos a Darwin, se
podría decir que ese descubrimiento hay que retrotraerlo a una obra de 1818,
«An Account of a female of the white race of mankind parts of whose skin
resembles that of a negro, with some observations on the causes of the
differences in color and form between the white and negro races of man» de
William Charles Wells y, posteriormente, a un apéndice de la obra On
Naval Timber and Arboriculture de Patrick Matthew de 1831. El texto de
Wells, efectivamente, no puede ser más explícito: «Aquellos que se dedican a la
mejora de los animales domésticos, cuando se encuentran individuos que poseen,
en mayor grado que otros, las cualidades que buscan, aparean un macho y una
hembra, después seleccionan a sus mejores crías como paridoras y sementales, y
continúan actuando de este modo hasta llegar tan cerca de sus objetivos como la
naturaleza lo permita. Pero lo que en este caso ocurre por artificio,
parece ocurrir, con la misma eficacia, aunque más lentamente, en la naturaleza,
en la formación de las variedades humanas, adaptadas al país que habitan»
(Wells, 1818; subrayado nuestro). La distinción entre descubrimiento
formal y descubrimiento material de Gustavo Bueno
(Bueno, 1989) resulta aquí imprescindible para poder valorar la importancia de
los hallazgos de Wells y Matthew. Ilustrando brevemente la distinción con un
ejemplo, decimos que el descubrimiento de América por Colón fué un
descubrimiento material por cuanto, aunque Colón estuvo
efectivamente (materialmente) en América, él creía haber llegado a Asia (a
Cipango, a Catay); el descubrimiento formal vendría después
cuando Juan de la Cosa, en 1500, rectificó el error que identificaba el tercero
y el cuarto continente, y el nuevo descubrimiento quedó integrado en una nueva
imagen cartográfica de la Tierra (la que Martin Waldseemüller difundiría en
su Cosmographiae introductio de 1507 en la que aparece por
primera vez el nombre de «América»). El descubrimiento material suele ser
parcial y aparece mezclado con contextos no pertinentes: es un descubrimiento
confuso y muchas veces pasa inadvertido pues está dado en el ejercicio y
no llega a representarseadecuadamente. Por el contrario, el
descubrimiento es formal cuando ya se puede considerar determinada con cierta
claridad la totalidad del cierre operatorio que lo hace posible y que lo
contextualiza. En el caso que estamos comentando, el descubrimiento por parte
de Wells y Matthew de la selección natural, no hay indicios para sospechar que
estos autores se dieran siquiera cuenta de la importancia de su descubrimiento,
de que fueran capaces de reconocer el terreno que pisaban, para forzar la
comparación con el caso de Colón. Las propias circunstancias de sus
publicaciones, unas pocas páginas en un apéndice de un libro sobre construcción
naval y arboricultura, y una breve digresión en un libro sobre patología de la
piel, demuestran lo desapercibido que pasó para ellos mismos el problema del
origen de las especies. Pero, incluso, Matthew, en una carta al Gardener's
Chronicle, respondiendo a otra de Darwin en que éste se excusa de
desconocer el trabajo de Matthew, llega a ser completamente explícito, de un
modo ingenuo (ingenuo respecto a sus reivindicaciones de la prioridad del
descubrimiento) cuando dice: «Para mí, la concepción de esta ley de la
Naturaleza [refiriendose al proceso de diferenciación por selección natural] se
produjo de forma intuitiva como un hecho evidente, casi sin un esfuerzo de
concentración de mis pensamientos. El Sr. Darwin parece tener mayores méritos
que los míos en este descubrimiento --a mí ni siquiera me lo pareció»
(subrayado nuestro). Darwin, de hecho, puso en su sitio la contribución de
Matthew a su teoría biológica cuando se disculpó de desconocer su trabajo en la
carta citada más arriba al Gardener's Chronicle: «Me ha interesado
mucho la comunicación que publica el Sr. Patrick Matthew en el número de su
revista correspondiente al 7 de abril. Reconozco francamente que se ha
anticipado en muchos años a la explicación que yo he dado del origen de las
especies, con el nombre de selección natural. Creo que nadie se sorprenderá de
que ni yo, ni, al parecer, ningún otro naturalista, conociéramos las teorías
del Sr. Matthew, si se tiene en cuenta la brevedad con que las expone y el
hecho de que aparecieran en un apéndice de una obra sobre madera para
construcción naval y arboricultura. No puedo hacer otra cosa sino disculparme
ante el Sr. Matthew por mi total ignorancia de su publicación. Si me piden otra
edición de mi libro, publicaré en él una nota en este sentido»
(subrayado nuestro). Darwin conoció también (hacia 1865) la obra de Wells de
1813 y fue siempre muy consciente de que el mérito de El origen no
residía en la simple formulación del principio de la selección natural (no
residía en el descubrimiento material, diríamos nosotros, de este principio)
sino en la fuerza conjunta de todos los materiales aportados en el libro: en la
quinta edición de El origen, en el breve bosquejo histórico
que precede a la «Introducción», sale al paso de una supuesta reclamación de R.
Owen acerca de la prioridad en el descubrimiento de la selección natural.
Darwin vuelve a restar importancia a ese tipo de reclamaciones diciendo: «En lo
que se refiere al simple enunciado del principio de la selección natural,
carece totalmente de importancia el que el profesor Owen me precediera o no,
porque a ambos [...] nos precedieron hace mucho tiempo el doctor Wells y el
señor Matthew». Así pues, el descubrimiento formal de la
variación de las especies por selección natural no se hace público, tal es
nuestra tesis, hasta la publicación, en 1859, de El origen (con
el adelanto de la comunicación conjunta de Darwin y Wallace a la Sociedad
linneana), aunque Darwin venía trabajando en su puesta a punto, como se sabe,
desde 1838, y antes. La razón que nos lleva a situar en ese momento, y no antes
(en 1813 o en 1818), el descubrimiento formal de la evolución biológica es que
sólo entonces puede hablarse de esta teoría como una identidad material
sintética de carácter sistemático donde un conjunto de cursos operatorios
heterogéneos confluyen sintéticamente(justificaremos esta tesis más
adelante). En todo caso, la distinción entre descubrimientos formales y
materiales no es sociológica sino gnoseológica (pues afecta a la verdad del
descubrimiento): desde el punto de vista del sociólogo todo son «descubrimientos»
y la reiteración de un mismo descubrimiento estaría demostrando su ubicuidad en
una época determinada. Pero ¿qué sentido tiene decir que hay un descubrimiento
cuando pasa desapercibido al supuesto descubridor? ¿Tendría entonces sentido
decir que «descubrieron América» los individuos que en el noveno milenio antes
de Cristo, en la época del Clovis, cruzaron el estrecho de Bering, o más bien
habría que ponerlos en continuidad con otros animales que compartieron su
migración?
Por lo demás, el propio Darwin mostró su desacuerdo con esta
interpretación sociologista que deduce su descubrimiento de un espíritu
evolucionista emergente en su época. La siguiente cita está tomada de su Autobiografía:
«Algunas veces se ha dicho que el éxito del Origen probaba que
'el tema estaba en el ambiente' o 'que las mentes de los hombres estaban
preparadas para él'. No creo que esto sea estrictamente cierto, ya que de vez
en cuando sondeé a no pocos naturalistas y nunca tropecé con uno sólo que pareciera
dudar de la permanencia de las especies. Incluso Lyell y Hooker, aunque me
escuchaban con interés, nunca parecieron estar de acuerdo. Intenté una o dos
veces explicar a hombres capaces lo que yo entendía por selección natural, pero
fracasé por completo. Lo que creo que era estrictamente cierto es que
innumerables hechos bien conocidos estaban almacenados en las mentes de los
naturalistas, listos para ocupar sus lugares adecuados tan pronto como
cualquier teoría que los recogiera estuviera suficientemente explicada».
Reinterpretando esta última frase de Darwin desde la teoría de la identidad
sintética diríamos: había innumerables materiales, agrupados en cursos
operatorios distintos, dispersos unos con relación a los otros, confusamente
mezclados en los contextos más heterogéneos que quepa imaginar y que, vistos
con el anacronismo propio de toda interpretación ex post facto, estaban
«listos» para ser ensamblados en esa construcción sintética, esencial,
sistemática que es la teoría darvinista. Sin embargo, esto no obsta para que
podamos afirmar, con el propio Darwin, que el Zeitgeist predominante
en el siglo XIX incorporaba de un modo central concepciones opuestas e incluso
incompatibles con el darvinismo que no sólo afectaban al público general sino a
eminentes naturalistas de todo el mundo; entre los que se opusieron al darvinismo
baste citar a Quatrefages, Beaumont y Claude Bernard en Francia, Agassiz en
Suiza, Von Baer, Kolliker, Virchow, Braun y Hertwig en Alemania, &c.
Otra interpretación de carácter sociologista continuista tenderá a ver
el darvinismo como la aplicación a la naturaleza de la lucha por la
supervivencia presente en la sociedad inglesa victoriana del siglo XIX. Ya
Marx, en una conocida carta dirigida a Engels en 1862, había destacado las
semejanzas entre la sociedad inglesa coetánea y la caracterización darvinista
de la naturaleza: «Es notable --dice Marx-- cómo Darwin vuelve a hallar en los
animales y en las plantas su sociedad inglesa con su división del trabajo, la
competencia, la apertura de nuevos mercados, las inversiones y la lucha por la
existencia de Malthus [...]». El enfoque sociológico y psicológico convergen
cuando se resalta que el propio Darwin era nieto de Josiah Wedgwood, uno de los
impulsores de la revolución industrial de la Inglaterra decimonónica. También
convergen estos dos enfoques cuando se pone como objetivo de la investigación
histórica el detectar las posibles fuentes de inspiración psicológica que
habrían actuado sobre Darwin (Malthus y Adam Smith como las bases ideológicas
de la evolución, en la interpretación que hace S.J. Gould, 1993:139), aunque, a
veces, precisamente los resultados de esa investigación sirvan para desmentir
esa influencia: la importancia del episodio «lectura de Malthus», por ejemplo,
ha quedado relativizada tras el estudio de los cuadernos de notas de Darwin (vid. Gruber,
1974). En una línea explícitamente sociológica (o social) Bernal, en su
conocida Historia social de la ciencia (Bernal, 1954:49-50 y
497), presenta la teoría de la evolución como el reflejo de «la atmósfera
intelectual no científica de la época, atmósfera que condiciona inevitablemente
al investigador individual» de modo que la teoría de la selección natural de
Darwin se basaría «en la opinión común de la justicia natural de la libre
competencia» (loc. cit.). Quizás pudiera ser interpretada también como
sociológica la teoría de Dühring (criticada por Engels en el Anti-Dühring, 1ª
parte, cap. VII) según la cual Darwin no habría hecho más que trasferir a la
naturaleza la teoría económica de Malthus sobre la población. Precisamente
Radl, en su Historia de las teorías biológicas (t.2,
pp.112-113 de la ed. esp.), hace suya esta interpretación destacando la
similitud entre los razonamientos de los economistas del laissez-faire y
los de Darwin, sobre todo en su opúsculo Extracto de un trabajo inédito
sobre el concepto de especie, leído en la Sociedad Linneana en 1858.
Para Radl la concepción de la naturaleza que tenía Darwin y su visión
científica global estaban dominadas por las teorías económicas: «Darwin miraba
el mundo viviente desde el punto de vista de la economía política» (Radl, loc.
cit.).
Las interpretaciones sociológicas discontinuistas, por su parte,
tenderán a destacar la ruptura que habría supuesto el darvinismo frente a toda
la biología anterior. Kuhn, en su conocido opúsculo La estructura de
las revoluciones científicas (Kuhn, 1962:263-265), da por supuesto que
el darvinismo es una gran revolución comparable a las de Copérnico, Newton o
Einstein. Pero esta revolución no residiría, para Kuhn, en el descubrimiento de
la evolución, que ya se conocía (Lamarck, Chambers, Spencer, &c.), sino en
haber desterrado las causas finales del campo de la biología. La
caracterización de Kuhn es, cuando menos, imprecisa pues el evolucionismo
implica, indudablemente, negar cierto tipo de finalidad (una finalidad global
de la naturaleza tomada como un todo atributivo), pero no todo tipo de
finalidad (por ejemplo, la finalidad y la intencionalidad que hay que suponer a
los organismos con cierta capacidad proléptica, o la finalidad ejercitada que
supone interpretar las estructuras de los organismos inferiores desde las de
los superiores). No todos los partidarios de una interpretación sociológica
discontinuista ponen en el mismo sitio la revolución darviniana. Para E. Mayr
(Mayr, 1972) Darwin habría dado dos pasos revolucionarios: sustituir creación
por evolución, y sustituir lamarckismo por selección natural. Ahora bien, Mayr
también se da cuenta de que la revolución darviniana no puede ser explicada
íntegramente con el esquema de Kuhn. P.J. Bowler, en su obra El eclipse
del darwinismo (Bowler, 1983), ya ha tenido ocasión de destacar
algunas características de la revolución darvinista que no se ajustan a ese
esquema kuhnniano: en primer lugar, el darvinismo y el mendelismo no
compitieron como dos paradigmas rivales incompatibles pues ambos se fusionaron
en la nueva teoría sintética de la evolución; en segundo lugar, el darvinismo
no triunfó como paradigma de un modo claro ya que a finales del siglo XIX y
principios del XX la mayoría de los naturalistas no eran darvinistas (como
demuestra la prolija obra de Bowler citada). Michael Ruse, por su parte,
considera que la obra de Darwin revolucionó las creencias de la humanidad y
cambió drásticamente nuestra concepción del mundo al sustituir los milagros por
las leyes naturales en la explicación del origen de las especies. Además, aun
sin negar la existencia de un evolucionismo anterior a 1840, Ruse considera que
no habría una continuidad intelectual entre Darwin y los evolucionistas
predarwinianos: mucho más habrían influido sobre Darwin las obras de Lyell y
los escritos filosóficos de Herschel y Whewell (Ruse, 1979).
Sin negar que El origen suponga una revolución en
ciertos sentidos (sociológica, ideológica, &c.), y sin negar la importancia
de estas novedades que destacan Kuhn y Mayr (el abandono de las ideas
creacionistas y lamarckistas y de una finalidad que afecte a toda la naturaleza),
nos parece que estas interpretaciones no aluden suficientemente al contexto
previo que hace posible la elaboración de una obra como la de Darwin. Y en este
contexto no pondríamos solo a Lamarck o a Chambers sino, sobre todo, a Lyell, a
Linneo, a Hunter, a Cuvier, a Ehrenberg, a la tradición de la selección
artificial y la mejora animal (de caballos, de perros, de ovejas, de palomas,
&c.), a Malthus, etcétera. Si se considera detenidamente este contexto, el
darvinismo deja de aparecérsenos como un descubrimiento negativo,
revolucionario, que corta totalmente con lo anterior y lo pone del revés, para
dibujársenos como un descubrimiento particular, un descubrimiento que
reorganiza el contexto previo rectificándolo y precisándolo. Y una de las
tareas de la historia de la ciencia será entonces reconstruir, hasta donde sea
posible, esa reorganización y dar cuenta tanto de sus novedades como de sus
dependencias del contexto anterior{5}. En este último sentido, el enfoque que
nosotros caracterizaremos enseguida como «gnoseológico» tendrá que recuperar
todo aquello que permita entender el contexto donde tiene lugar la construcción
de las verdades científicas, y tendrá que clasificar las diferentes maneras en
que ese contexto previo influye sobre las nuevas verdades científicas. Por
nuestra parte, en uno de los epígrafes del apartado cuarto de esta conferencia
intentaremos abordar el estudio de estas influencias sin abandonar la perspectiva
del materialismo gnoseológico.
2.1.3.
Interpretaciones logicistas
Las interpretaciones que llamamos logicistas se caracterizarían por
abordar un análisis lógico formal de los episodios de la historia de la
ciencia. Este análisis suele efectuarse utilizando la lógica de enunciados, la
lógica de predicados, la teoría de conjuntos o nuevas axiomáticas
construídas ad hocque combinan en proporciones variables
enunciados, predicados y conjuntos. Desde el materialismo gnoseológico de
Gustavo Bueno consideramos, como es sabido, que la lógica formal es una ciencia
más, al lado de otras, con un campo material específico de términos y con unas
relaciones y operaciones características (las operaciones que llamamos
autoformantes){6}. Como las diferentes ciencias tienen, cada
una de ellas, campos materiales también específicos, con términos, relaciones y
operaciones específicos, no hay ninguna razón para suponer, a priori, que
la aplicación de un modelo lógico o matemático a la biología vaya a rendir más
que la aplicación de un modelo tomado de la historia o de la física. Sin
embargo, hay toda una tradición de «filosofía exacta», ligada al positivismo
lógico y al unificacionismo del Círculo de Viena, que sigue considerando la
lógica y las matemáticas como una especie de característica universal, como un
lenguaje universal capaz de unificar a todas las ciencias, de modo que el
proceso que conduciría a hacer de la biología una ciencia rigurosa pasa por la
reconstrucción lógico-formal del campo biológico. El autor más conocido que ha
aplicado el análisis lógico formal a la biología, y al evolucionismo, es J. H.
Woodger, en la obra tituladaThe Technique of Theory Construction (Woodger,
1939), y en su libro Biología y lenguaje (Woodger, 1978). Con
el objeto de hacer de la biología una ciencia exacta que se aleje del
«pensamiento intuitivo», Woodger considera necesario construir para la teoría
de la evolución «un conjunto de postulados análogos a los que encontramos en
geometría». Ese conjunto de postulados tendrá que ser «consistente con la
totalidad de los datos que poseemos sobre procesos evolutivos»{7}. En el capítulo titulado «Contribución
lingüística al estudio de la evolución»{8}, Woodger hace un ensayo de cómo podría ser
esa reconstrucción lógico-geométrica que propone para el evolucionismo. El
análisis de Woodger supone que se pueden diferenciar sin ambigüedades los
registros de observación frente a los enunciados teóricos, supone que el
evolucionismo es un conjunto de enunciados teóricos, y supone, por último, que
«todos los enunciados teóricos en biología pueden ser formulados con la sola
ayuda de: (1) Las cinco operaciones sobre enunciados, (2) la cuantificación
universal, (3) identidad estricta (=), (4) paréntesis, (5) variables
individuales, (6) los signos numéricos ususales, (7) variables cuyos valores
son números naturales y racionales, (8) funtores biológicos, de varios grados,
junto con funtores tomados de otras ciencias según proceda, (9) variables cuyos
valores son conjuntos de varios tipos»{9}. Efectivamente, con estos supuestos,
Woodger es capaz de reformular partes importantes del campo de la
«biología docens» de un modo artificioso y técnicamente
intrincado que pone su «metodología biológica» más allá de la paciencia de
muchos lectores. Sin embargo, merece la pena llegar hasta el final con el
estudio de su libro para no quedar con dudas acerca de la inanidad de su
intento: es esa vacuidad la que nos hace inmediatamente sospechar del relativo
interés de sus supuestos de partida. Efectivamente, no cabe duda de que la
biología evolucionista, como cualquier otro episodio científico, necesita del
lenguaje, de los idiomas nacionales, y tampoco cabe duda de que éstos pueden
ser formalizados, hasta cierto punto, por procedimientos lógicos. Desde luego,
en ningún momento pretendemos decir que el evolucionismo quede al margen de la
lógica (que sea ilógico) o que quede más allá de la lógica (que sea, por
ejemplo, una verdad revelada). Ahora bien, la lógica representada (la lógica
formal), sin perjuicio de su utilidad, no puede dar cuenta íntegramente de la
lógica ejercitada en nuestras operaciones en general y en la construcción de
las ciencias en particular, por las mismas razones por las que es imposible un
mapa de Royce, un mapa que tuviera una coordinabilidad plena. Para empezar
negamos que una ciencia o una verdad científica puedan quedar reducidas a su
presentación axiomatizada o deductiva, y ello sin perjuicio de que esta
presentación pueda tener su utilidad a efectos expositivos o de docencia. Jonathan
Howard, en su libroDarwin (Howard, 1982:37-39) presenta la teoría
de la evolución como un silogismo con tres premisas y una conclusión: las
premisas serían (1) la variación de los caracteres, (2) la herencia de esa
variación, y (3) la reproducción según una progresión geométrica, malthusiana,
y la conclusión sería la selección natural. Esta presentación del darvinismo
como sistema doctrinal enseñable puede ser útil, en un libro de divulgación
científica, para informar sucintamente a un principiante acerca de lo que es la
evolución biológica pero, en sí misma, no puede considerarse que dé cuenta de
la organización gnoseológica de la verdad de la evolución. Las razones de esta
imposibilidad son, según creemos, que la verdad de la evolución no es el resultado
de una deducción o de un conjunto de deducciones establecidas en un terreno
formal (de la lógica de enunciados o de proposiciones o del álgebra de
conjuntos) sino que es resultado de procesos operatorios y relaciones
establecidas materialmente en el curso de transformaciones que implican la
utilización de las manos tanto o más que la utilización de la musculatura
bucofaríngea (que, en todo caso, como sabemos, también es una musculatura
estriada). Con relación a esas manipulaciones manuales, quirúrgicas, que
conducen a la construcción de verdades científicas, y con relación a las
propias verdades construidas, los enunciados y las proposiciones son partes
materiales (no partes formales), lo mismo que las moléculas de carbono son
partes materiales constituyentes del cuerpo humano (frente a los diferentes
órganos, que sí serían partes formales). Y así como a partir de moléculas de
carbono (y de hidrogeno, nitrógeno, sodio, &c.) tomadas al azar no se puede
reconstruir un cuerpo humano, porque son necesarias unas totalidades
intermedias (en ese caso, los órganos, los tejidos, &c.), tampoco a partir
de enunciados puede reconstruirse la verdad de la evolución biológica ya que
esa verdad no reside sólo (ni principalmente) en los enunciados que son capaces
de formularla sino, sobre todo, como vamos a intentar exponer, en la síntesis
de unos materiales heterogéneos (geológicos, taxonómicos, biogeográficos,
embriológicos, citológicos, &c.) que están ya organizados a un determinado
nivel.
2.2 Las
interpretaciones gnoseológicas
Si es cierto que las verdades científicas son un tipo de verdad sui
generis, distinto de las verdades del sentido común, de las verdades
de las religiones o de las verdades filosóficas, entonces parece posible
ensayar una historia de la ciencias que intente reconstruir el proceso de
elaboración de esas verdades, una historia de las ciencias centrada en la
dinámica de esas verdades científicas. Esta historia de las ciencias, que
llamamos gnoseológica, no pretende centrarse en el relato fenomenológico del
ambiente social de una época o de las vicisitudes biográficas de un personaje,
sino que trata de discutir el propio estatuto gnoseológico de las verdades
científicas dadas a lo largo de la historia en lo que estas verdades tienen de
específicamente científicas. Ni que decir tiene que para llevar adelante esta
tarea es necesario partir de ese relato fenomenológico (social, biográfico,
&c.). Esta historia gnoseológica ha sido ensayada ya reiteradamente, y
desde ella se ha abordado, también repetidamente, el episodio del darvinismo.
Ahora bien, los contenidos de esa historia, de un modo inevitable aunque no
siempre sea explícito, están determinados por la idea de verdad científica que
se mantenga en cada caso: lo que para unos aparecerá como una serie de descubrimientos
de hechos seguidos de generalizaciones (Duhem) será para otros un conjunto de
conjeturas falsadas por experimentos cruciales (Popper). Por tanto, no resulta
posible hacer una historia gnoseológica de las ciencias que sea neutral, que no
implique ya estar ejercitando alguna idea acerca de lo que es una verdad
científica. Por nuestra parte, como ya dijimos al comienzo, tomamos como
referencia la teoría del cierre categorial con su idea de verdad científica
como identidad sintética. Sin embargo, esa idea, en cuanto que construida según
la metodología de una filosofía dialéctica, no es una idea primitiva ni exenta.
No es una idea primitiva porque se configura en gran medida como la única
salida transitable después de la crítica a otras posibles ideas alternativas.
No es una idea exenta pues, indudablemente, está codeterminada por otras ideas
del sistema del materialismo filosófico (por sus ideas ontológicas, por su
filosofía de la historia, por su epistemología, &c.). Resulta imposible dar
cuenta aquí, ni siquiera sumariamente, del resto de ese sistema materialista:
remitimos al lector interesado a la obra de Gustavo Bueno. Sin embargo, no
podemos evitar referirnos a esas teorías de la verdad científica frente a las
que se dibuja la idea de la identidad sintética. Y no podemos dejar de hacerlo
porque de otra manera los argumentos que avalan nuestra propuesta no se
entenderían suficientemente, si es cierto que nuestra posición es un resultado
de la crítica a las otras alternativas disponibles. Por lo demás, en el
contexto de esta conferencia, esa referencia crítica resulta obligada toda vez
que son esas interpretaciones alternativas las que dominan el panorama del
análisis histórico del darvinismo.
Hay que presentar, pues, una clasificación de las diferentes
interpretaciones históricas gnoseológicas del darvinismo. Pero para justificar
esa clasificación sería necesario discutir toda una teoría de teorías acerca de
la verdad científica. No vamos a hacerlo aquí, sencillamente, porque esta tarea
ya está realizada en los cinco primeros volúmenes de la Teoría del
cierre categorial de Gustavo Bueno (Bueno, 1992-94). Nos basta
entonces con decir que, para el materialismo filosófico, las diferentes ideas
de verdad científica que aparecen en la historia de la filosofía hasta nuestros
días pueden reexponerse a través de las relaciones entre las ideas de Materia y
Forma (interpretando las «teorías científicas» como Forma y los «datos
empíricos» o los «hechos» como Materia). Habría entonces cuatro concepciones
básicas acerca de la verdad científica: (1) descripcionismo: aquellas
concepciones que consideran las ciencias como descripciones, más o menos
ordenadas, de «hechos» y conceden un papel subsididario, instrumental, a las
teorías; (2) teoreticismo: concepciones que consideran la ciencia como un
proceso de construcción de «teorías» cuya verdad radica en su coherencia
interna, con una relativa independencia de los «hechos»; (3) adecuacionismo:
concepciones que hacen residir la verdad científica en la adecuación o ajuste
entre «hechos» y «teorías», y (4) circularismo: concepciones que niegan la
propia distinción tajante entre «hechos» y «teorías» y suponen que las
relaciones entre las multiplicidades formales y materiales de las ciencias son
circulares (no de reducción, como en el descripcionismo y el teoreticismo, ni
de yuxtaposición, como en el adecuacionismo).
2.2.1
Interpretaciones descripcionistas
El descripcionismo gnoseológico sería un conjunto de teorías filosóficas
acerca de la verdad científica que se caracterizan «por su tendencia a
considerar el momento constructivo de las ciencias y, por tanto, los
componentes formales de los cuerpos científicos, como
subordinados enteramente a lamateria dada que habría de ser
meramente descrita (sin duda, valiéndose de instrumentos
formales que se supone han de dejarla 'intacta'), inventariada y archivada. Al
descripcionismo asociamos un concepto característico de la verdad científica, a
saber, la verdad como des-velamiento o des-cubrimiento» (Bueno, 1992-94,
vol.5:1397). La interpretación descripcionista del descubrimiento de la
evolución biológica encontraría un posible fundamento en un fragmento de la narración
autobiográfica de Darwin en el que nuestro naturalista, al final de su vida,
reconstruye el proceso que le condujo a centrar su atención en la idea de
selección. El texto de Darwin es el siguiente: «Abrí mi primer cuaderno en
julio de 1837. Trabajé basándome en principios verdaderamente baconianos, y,
sin teoría alguna, recopilé datos al por mayor -muy especialmente respecto a
las producciones domesticadas-, mediante cuestionarios impresos, conversaciones
con hábiles reproductores y jardineros, y extensas lecturas. Cuando veo la
lista de libros de todo tipo que leí y resumí, incluyendo series completas de
revistas y memorias, me sorprendo ante mi laboriosidad. Pronto percibí que la
selección era la piedra angular del éxito del hombre en lograr razas útiles de
animales y plantas. Pero cómo la selección podía aplicarse a los organismos que
viven en estado natural continuó siendo un misterio para mí durante algún
tiempo»{10}. Efectivamente, el texto es tan explícito
que cualquier interpretación ulterior podrá parecer innecesaria, impertinente:
así S. Toulmin y J. Goodfield, en su conocido libro El descubrimiento
del tiempo (Toulmin y Goodfield, 1965:197), citan este párrafo de
la Autobiografía de Darwin dando por supuesto que es ya por sí
mismo una explicación histórica suficiente acerca de la verdad de la biología
darvinista. Además, la sinceridad del autor parece estar asegurada ya que,
según propia confesión, Darwin escribió su Autobiografía para
uso de sus hijos y nietos pero no pensando en su publicación. Sin embargo, no
vamos a dejar de hacer algunos comentarios de este párrafo, corriendo el riesgo
de que se nos acuse de estar deformando su significado más evidente. Sabemos
que en 1876, cuando Darwin escribe estas líneas, el darvinismo estaba lejos de
poder considerarse como un paradigma victorioso y encontraba resistencia
creciente en la calle y entre los naturalistas. Es en este contexto externo
hostil en el que Darwin presenta la génesis de su descubrimiento. LaAutobiografía parece
un lugar adecuado para mostrar el lado sincero y honesto de su talante como
científico. Efectivamente, hay muchos detalles en la redacción de este opúsculo
que nos permiten dudar de su intención privada y avalan la sospecha de que el
propio Darwin contaba con su posible publicación (en un momento oportuno tras
su muerte). Y, por eso, la presentación que hace de su descubrimiento pretende,
en primer lugar, salir al paso de todas aquellas críticas que lo presentan como
una teoría especulativa: parece incluso haber una alusión directa a la crítica
que le lanzara Adam Sedgwick para quien la teoría de Darwin no observaba los
principios baconianos. Darwin se presenta a sí mismo (ante sus hijos, pero muy
probablemente también ante el resto de los naturalistas y del público general,
incluso ante un futuro historiador de la biología), como si hubiera quedado
abrumado por unas evidencias tan abundantes y ajenas a su voluntad que
resultarían imposibles de negar, como si él mismo hubiera resultado atrapado
por ese des-cubrimiento involuntario. Pero la razón que más decididamente nos
mueve a interpretar este texto como meramente retórico, propagandístico, es el
contraste con el modo de proceder efectivo de Darwin en sus cuadernos de notas
y con algunas de sus declaraciones más privadas en su correspondencia. H.E.
Gruber, en el libro ya citado Darwin, sobre el hombre, desmuestra
de un modo definitivo y reiterado que Darwin partía siempre de una serie de supuestos
no sólo teórico-biológicos sino también filosóficos (como demostrarían
sus Notas viejas e inútiles de 1837) en sus investigaciones, y
que su recolección de materiales no estaba hecha «al por mayor» sino que, muy
al contrario, algunos de esos materiales estaban realmente «buscados con
candil». Por otra parte, si, según nuestra hipótesis, consideramos que cierta
correspondencia es un documento más fiable para conocer lo que realmente
pensaba Darwin que su equívoca (y propagandística) Autobiografia, entonces
podrá valorarse la importancia del texto siguiente. Está tomado de una carta
que Ch. Darwin dirige a Henry Fawcett (carta realmente privada al famoso
economista, hombre de estado y amigo), y dice: «Hace unos treinta años se decía
mucho que los geólogos debían observar y no teorizar; y yo recuerdo bien a
alguien que decía que a este paso un hombre bien podría ir a una gravera y
contar los guijarros y describir los colores. ¡Qué extraño es que nadie vea que
toda observación debe ser hecha a favor o en contra de un punto de vista si es
que ha de servir de algo!»{11}. Además de esta carta tenemos un
importante comentario de su hijo Francis que vuelve a desmentir la imagen del
Darwin baconiano cuando dice: «Con frecuencia repetía que nadie puede ser un
buen observador sin ser un activo inventor de teorías. Esto me lleva de nuevo a
lo que dije respecto a su instinto para captar las excepciones: era como si
estuviera provisto de una capacidad teorizante dispuesta a desembocar en
cualquier cauce a la menor confusión, de manera que ningún dato, por pequeño
que fuera, podía evitar una descarga de teoría y, de este modo, el dato
adquiría importancia»{12}. El carácter equívoco de la Autobiografía de
Darwin se pone claramente de manifiesto cuando nos percatamos de que, al lado
de ese pasaje claramente empirista, inductivista, descripcionista, baconiano,
conviven otros pasajes de corte inequívocamente teoreticista, deductivista,
como aquel en el que se refiere a la génesis de su teoría sobre los arrecifes
de coral{13}.
De otra parte, dejando ahora de lado lo que Darwin pensara y dijera,
está la discusión acerca de si es o no posible entender la teoría de la
evolución biológica como una descripción de la realidad, como un desvelamiento,
como un simple reflejo de un hecho en sí mismo evidente que queda, tras su
descubrimiento, intacto. En nuestra opinión difícilmente se podrá mantener este
supuesto aunque sólo sea porque el origen de las especies biológicas va
referido al pasado, y el pasado, por definición, es lo que no existe ahora y,
por tanto, algo que no es posible describir, descubrir, desvelar. Cuando
hablamos del pasado tenemos que hablar más bien de su construcción a
partir de unos materiales presentes (los materiales geológicos y
paleontológicos en biología, las reliquias y los relatos en historia), teniendo
siempre en cuenta que esa construcción no puede aspirar a ser, sin embargo, una
reconstrucción íntegra.
Esta objeción, por sí sola, es bastante para hacernos desistir de una
interpretación descripcionista (no constructivista) del darvinismo. Pero
además, tuviera Darwin o no una autoconcepción baconiana de la ciencia, de lo
que no cabe la menor duda es de que en su ejercicio, en su actividad diaria
como científico, Darwin seleccionaba sus temas de investigación, sus
experimentos, sus materiales, sus lecturas, &c., de acuerdo con unos
intereses teóricos muy precisos. El proceso que conduce a la verdad de la modificación
de las especies por selección natural es un proceso que tiene mucho de
constructivo y esto se deja ver de modo ubicuo en todos los capítulos de El
origen y en la manera como se van haciendo encajar los materiales de
unos capítulos con los de otros: sobre este carácter constructivo materialista
insistiremos en el apartado cuarto de esta lección.
2.2.2
Interpretaciones teoreticistas
Las filosofías de la ciencia que designamos como teoreticistas se
caracterizan porque ponen «el lugar en el que puede constituirse la verdad
científica en el proceso formal de construcción de conceptos,
o de enunciados sistemáticos» (Bueno, 1992-94, v.1:75). El teoreticismo
considerará que las ciencias son, fundamentalmente, construcciones teóricas,
sistemas hipotético deductivos cuya verdad radica, en gran medida, en su propia
coherencia interna (formal). El teoreticismo es una alternativa configurada
tras la crítica al descripcionismo, tras esa crítica que denuncia la
imposibilidad de que la realidad pueda ser descrita de un modo inmediato y
neutral, de un modo que deje intacta esa realidad que se describe. El
teoreticismo se configura también como una filosofía de la ciencia ajustada a
los avances científicos más recientes (sobre todo a los avances en la llamada
física teórica: la mecánica cuántica y relativista, la teoría atómica, el
principio de incertidumbre, &c.), porque es en este contexto donde el descripcionismo
muestra más claramente sus limitaciones (¿Qué es lo que describe la ecuación de
Einstein o la de Schrödinger? ¿Cómo hablar de una realidad que no resulta
afectada por el científico después de la formulación del principio de
incertidumbre?). El teoreticismo radical, que niega cualquier papel a la
materia, a los «hechos», en la construcción de las verdades científicas, es una
alternativa que, en la práctica, sólo es viable cuando se aplica a las ciencias
formales (que para los teoreticistas explorarían una serie de posibilidades de
construcción teórica que nada tendrían que ver con la experiencia). Sin
embargo, sí existen modulaciones no tan extremas de la posición teoreticista:
el falsacionismo de K.R. Popper, en su libro La lógica de la
investigación científica(Popper, 1934), es, indudablemente, el ejemplo más
significativo de filosofía de la ciencia teoreticista. Efectivamente, según el
falsacionismo, la dinámica de las ciencias exige, en primer lugar, la
proliferación de teorías, teniendo en cuenta que esas teorías nunca podrán
encontrar justificación suficiente por vía de la inducción incompleta: esas
teorías no proceden de los hechos, de la experiencia, sino que surgen a partir
de teorías anteriores convenientemente modificadas. En un segundo momento, las
teorías construidas han de poder someterse a falsación, han de poder
contrastarse con los hechos: aquellas teorías que resistan esta prueba de la
falsación serán consideradas teorías científicas verdaderas (provisionalmente,
hasta que sean falsadas); aquellas otras que no superen la prueba serán teorías
científicas falsas. Al margen quedan las teorías que no pueden someterse a
falsación: éstas no pueden considerarse teorías científicas (verdaderas o
falsas) sino metafísicas. (La necesaria brevedad que se nos impone en el
contexto de esta conferencia nos impide extendernos en una reexposición más
detallada del falsacionismo).
Cuando Popper utiliza la filosofía de la ciencia falsacionista como
marco para el análisis del darvinismo en La miseria del historicismo (Popper,
1944-45) y en Búsqueda sin término (Popper, 1974) llega a la
conclusión de que «el darwinismo no es una teoría científica, sino un programa
metafísico de investigación» (Popper, 1974:227), y es un programa metafísico porque
no es falsable, porque no es contrastable. El darvinismo, incluida su crítica
al finalismo, es una ideología pesimista a la que habría que oponer una
ideología moderna, optimista, donde el sujeto individual, con sus innovaciones,
sería el motor de la evolución{14}. Además, según Popper, la teoría de la
evolución biológica sería tautológica e incapaz de realizar predicción alguna
(excepto, quizás, la predicción de la gradualidad de la propia evolución).{15} Los juicios que emite Popper acerca
del evolucionismo biológico, incluyendo los «ocurrentes» añadidos de su teoría
de la presión de selección interna (Popper, 1974:233-239), son, a nuestro
juicio, una muestra evidente de la superficialidad de sus posiciones
filosóficas que corre pareja con su ignorancia de los tópicos más básicos de la
biología evolucionista. La biología evolucionista podrá parecer tautológica
cuando analizamos algunas de sus formulaciones que se mantienen sólo en el
terreno de la reexposición teórica, formal, deductiva, del darvinismo: es en
este contexto en el que se argumenta que la explicación de la adaptación por la
supervivencia del más apto y la explicación de la supervivencia como resultado
de la adaptación forman un círculo vicioso, tautológico. Sin embargo, los
biólogos que no se mueven exclusivamente en el nivel de la «deducción de unos
enunciados por otros» sino que trabajan en el campo material del evolucionismo
(comparando organismos, especies, variedades, procesos, &c.), saben
perfectamente que este círculo deja de ser vicioso en la medida en que
incorpora una gran cantidad de materiales (biogeográficos, poblacionales,
ecológicos, paleontológicos, taxonómicos, &c.) y posibilita su organización
y su codeterminación. La selección natural está, en primer lugar, codeterminada
por la presión demográfica; depende también de la naturaleza de las diferencias
entre unos individuos y otros y del modo como esas diferencias interactúan con
un medio específico que puede cambiar; además, se pueden establecer analogías
entre unos procesos de adaptación y de selección y otros: es este carácter
sistemático y comparado el que hace que sea completamente formal el hablar de
un círculo vicioso (vid. Caplan, 1977). En el límite, puede darse
incluso el caso de que un aumento en la eficacia biológica pueda, por encima de
cierto límite, no ser adaptativo: el depredador que «mejora» su capacidad de
capturar a una determinada presa puede determinar la extinción de ésta y poner
en peligro, de paso, la suya propia.
Por otra parte, es absolutamente falso que el evolucionismo biológico no
sea contrastable pues hay numerosos ejemplos, no sólo de especies nuevas
creadas artificialmente sino también de análisis de procesos de especiación
natural en lapsos relativamente breves (vid, Jones, 1981). Las
concepciones teoreticistas de la ciencia, cuando toman la física como ciencia
de referencia, suelen insistir en la incapacidad de la biología evolucionista
para producir predicciones. La idea de que la característica fundamental de
toda ciencia es la capacidad de predecir fenómenos nuevos es una idea de
procedencia positivista. Podríamos citar como uno de los lugares donde más
radicalmente se defiende esta idea las Cartas de un habitante de
Ginebra a sus contemporáneos (1803) de Saint-Simon donde aparece
ligado el prediccionismo a un fuerte reduccionismo fisicista. Sin embargo, para
nosotros, esta característica de la predictibilidad no puede considerarse como
un rasgo gnoseológico general a toda ciencia: por ejemplo, resulta difícil
interpretar qué pueda significar en las ciencias formales; incluso en la física
la predecibilidad tiene un alcance muy limitado que no se debería olvidar. En
todo caso, es erróneo decir que el darvinismo no produce predicciones: la
teoría de la evolución permite predecir nuevos fenómenos del campo de la
biología en un sentido muy parecido a como la tabla periódica de los elementos
químicos predijo la existencia de nuevas sustancias simples. El mismo Darwin
efectuó alguna de esas predicciones: por ejemplo, contra el argumento de
Kölliker de que no existían en el registro fósil formas de enlace entre
organismos, predijo la aparición de formas fósiles de transición. Y esta
predicción se cumplió ya en 1861 con el descubrimiento, en las canteras de
Solnhofen, del primer especimen de archaeopteryx (incluido por
Darwin en la segunda edición de El origen) que es una forma
transicional clara entre reptiles y pájaros. Un poco más tarde se encontrarían
los restos delcompsognathus, dinosaurio bípedo que se considera un
eslabón entre reptiles y aves. También se encontraron, todavía en vida de
Darwin, carnívoros fósiles reconocidos como formas intermedias entre organismos
pasados y actuales. Esta predicción de Darwin también permite clasificar mejor
(filogenéticamente) ciertas «formas de enlace» vivas como el pez pulmonado.
Esta misma predicción se confirma contínuamente conforme el registro fósil se
va haciendo progresivamente más denso.
El juicio popperiano que clasifica al darvinismo como una teoría
metafísica implica situar la evolución biológica al lado de otras
construcciones que efectivamente lo son como el argumento ontológico de San
Anselmo, las vías tomistas para la demostración de la existencia de Dios o la
idea de Espíritu absoluto de Hegel. Es decir, implica suponer que desde los
conceptos de unidad de estirpe, de descendencia con modificación de las
especies y de selección natural no se puede progresar de modo racional al mundo
de los fenómenos biológicos lo mismo que es imposible este progreso desde las
ideas de Dios, de Alma o de Espíritu absoluto. (Que en las verdades científicas
se pueda progresar desde las esencias a los fenómenos no implica, desde luego,
que se pueda dar cuenta íntegramente de todos los fenómenos en sus múltiples
determinaciones, pero sí, al menos, de algunos). La historia de la biología de
este último siglo después de Darwin abunda en pruebas sobre cómo desde los
conceptos evolucionistas se progresa a nuevos fenómenos, fenómenos que, muchas
veces, se dibujan y se construyen gracias al darvinismo. Por añadir algunos
ejemplos más a los ya citados: la mayoría de los fenómenos paleoantropológicos
conocidos, el estudio de la resistencia de las bacterias a los antibióticos, el
estudio de la resistencia de determinados insectos al DDT, la construcción de
nuevas especies por poliploidía como la Raphanobrassica de
Karpetchenko, &c.
Por último, no podemos dejar de mencionar la circunstancia (quizás no
deseada por Popper, pero los deseos aquí no cuentan) de que el creacionismo más
confusionista y anticientífico de la segunda mitad de este siglo se ha apoyado
frecuentemente en los diagnósticos hechos en La miseria del
historicismo y en Búsqueda sin término. Citando a
Popper como argumento de autoridad, algunos de estos nuevos creacionistas se
congratulan de que la teoría de la evolución sea solamente eso, una teoría, y,
por tanto, una teoría al lado de otras (como el creacionismo adámico): en el
fondo, una cuestión de creencias o de gustos. Otros, como Etienne Gilson,
presentan el evolucionismo biológico como una teoría filosófica y, a la vez que
ensalzan al Darwin científico, disculpan y condenan ese Darwin que se metió a
filósofo (en su teoría de la evolución) y se dejó confundir por el materialismo
(Gilson, 1976).
2.2.3
Interpretaciones adecuacionistas
Llamamos adecuacionismo a un conjunto de filosofías de la ciencia que se
caracterizan «en primer lugar, por distinguir, en los cuerpos de las ciencias,
una forma (lingüística, conceptual, teórica, &c.) y
una materia (empírica, real, &c.), y, en segundo lugar,
por definir la verdad científica como correspondencia (adaequatio) entre
las construcciones formales de las ciencias y la materia empírica o real
constitutiva de sus campos» (Bueno, 1992-94, v.5:1375).
Distinguimos dos modulaciones ligeramente diferentes a la hora de
especificarse más este esquema adecuacionista general que acabamos de formular:
en primer lugar, el adecuacionismo que vamos a llamar «realista» y, en segundo
lugar, el adecuacionismo «neutro».
En su versión realista, el adecuacionismo es una filosofía
«representacionista» de la verdad científica por cuanto entiende que ésta no es
sino la representación adecuada de unos hechos y, en el límite, de una realidad
(que se postula como existente independientemente de su representación). La
representación puede situarse en el entendimiento (como en la versión tomista o
en la de Maritain) o en el lenguaje (como en la versión de Tarski).
El adecuacionismo neutro estaría representado eminentemente por las
filosofías de la ciencia estructuralistas (Sneed, Stegmüller, Moulines). El
estructuralismo es adecuacionismo por cuanto supone la correspondencia entre
una teoría nuclear y unas supuestas aplicaciones de esa teoría (que son las que
permiten considerarla como verdadera). El estructuralismo es
adecuacionismo neutroporque, una vez admitido lo anterior, no
centra su atención, como sería de esperar, en precisar cómo es posible esa
correspondencia postulada, es decir, no toma partido acerca de en qué consiste
esa adecuación que, sin embargo, presupone. Por el contrario, dejando de lado
ese problema central (central con respecto a los presupuestos de su propia
teoría de la verdad científica y a su crítica a descripcionistas y
teoreticistas), el estructuralismo deriva hacia una reconstrucción conjuntista
de la supuesta teoría nuclear, reconstrucción que guarda un indudable parecido
con los análisis clasificados unos párrafos más arriba como logicistas.
Un ejemplo de análisis del darvinismo desde las posiciones del
adecuacionismo realista nos lo ofrece Ernst Mayr en su libro Una larga
controversia: Darwin y el darwinismo (Mayer, 1991:85 y ss.). Según el
célebre profesor emérito de la Universidad de Harvard, los componentes del
modelo explicativo de Darwin de la selección natural son cinco hechos y tres
inferencias. Tres hechos darían lugar a la primera inferencia. «Hecho 1:
Crecimiento exponencial potencial de las poblaciones (superfecundidad)(Fuente:
Paley, Malthus y otros). Hecho 2: Estabilidad de estado estacionario observada
en las poblaciones (Fuente: observaciones universales). Hecho 3: Limitación de
los recursos (Fuente: observación reforzada por Malthus)». De estos tres hechos
surgiría la primera inferencia realizada por Malthus: «Inferencia 1: Lucha por
la existencia entre los individuos (Autor de la inferencia: Malthus)». Esta
primera inferencia se combinaría con los hechos 4 y 5 para dar lugar a la
segunda inferencia. «Hecho 4: Unicidad del individuo (Fuente: criadores de
animales, taxónomos). Hecho 5: Heredabilidad de gran parte de la variación
individual (Fuente: criadores de animales)». Como hemos dicho, la combinación
de la primera inferencia con estos dos últimos hechos daría lugar a la segunda
inferencia: «Inferencia 2: Supervivencia diferencial, es decir, selección
natural (Autor de la inferencia: Darwin)». Esta segunda inferencia conduciría,
a su vez, sin necesitar del concurso de más hechos, a una última inferencia, a
saber: «Inferencia 3: A través de muchas generaciones, evolución (Autor de la
inferencia: Darwin)» (véase el cuadro adjunto tomado directamente de la obra de
Mayr 1991:86). Los presupuestos del adecuacionismo realista son, en esta
interpretación, explícitos: en primer lugar, se afirma la necesidad de
diferenciar dicotómicamente entre «hechos» e «inferencias teóricas» como
componentes del modelo de Darwin; en segundo lugar, se da un esquema de cómo
esas inferencias teóricas y esos hechos se adecuan en el modelo de la evolución
por selección natural. Al final, el modelo se interpreta como una
representación adecuada de los hechos, de la realidad empírica. Una concepción
adecuacionista realista de El origen sería, muy probablemente,
la que tenía el propio Darwin quien, al resumir su libro en la «Recapitulación»
(cap. XV) lo define como una argumentación compuesta por hechos y deducciones.
El adecuacionismo realista de E. Mayr da por supuesto que el crecimiento
exponencial potencial de las poblaciones, la limitación de los recursos, la
estabilidad de estado estacionario de las poblaciones, la unicidad del
individuo y la heredabilidad de gran parte de la variación individual son
«hechos», es decir, son observaciones que se nos presentan con claridad, sin
más, de un modo que quizás podríamos llamar «intuitivo», y que no incluyen ni
suponen nigún componente teórico. Estos hechos serían evidentes en sí mismos,
independientes de cualquier posición teórica que se mantenga, y accesibles de
una manera directa (no mediada por teorías pues por esa razón los llamamos
«hechos»). Sin embargo, nada está más lejos de la realidad pues esto que Mayr
llama «hechos» son en realidad construcciones muy complejas con cantidad de
presupuestos teóricos implícitos: por ejemplo, el crecimiento exponencial
potencial de las poblaciones no es propiamente un hecho si es que ese
crecimiento es «potencial» (es decir, no se da efectivamente); la limitación de
los recursos no tiene sentido en términos absolutos pues será siempre una
limitación respecto de unas poblaciones que han de tener un determinado
crecimiento «potencial» (postulado, pero no empírico); la heredibilidad de gran
parte de la variación individual es más bien una hipótesis teórica que habría
costado muchos años confirmar; la estabilidad de estado estacionario de la
poblaciones no puede considerarse como una estabilidad «observada» sino como
una construcción teórica acerca de la «economía de la naturaleza». En el
esquema de Mayr nos asisten las mismas razones para decir que el crecimiento
exponencial potencial de las poblaciones es un «hecho» como para decir que la
lucha por la existencia de los individuos, una vez establecida, es también un
hecho (aunque para Mayr sea una inferencia teórica). Realmente lo que ocurre es
que Mayr llama «hechos» a las verdades establecidas en un momento dado,
perdiendo de vista que esas verdades implican, a su vez, inferencias teóricas y
observaciones no neutrales sino guiadas, organizadas y determinadas por las
expectativas de ciertas hipótesis. Por eso, el análisis histórico de Mayr
aunque, en el mejor de los casos, pueda darnos cuenta del modo como fueron
ocurriéndosele las cosas a Darwin (y en esto se parecería a esa perspectiva
del ordo inventionis propia del enfoque que hemos llamado
psicológico), no puede, sin embargo, dar cuenta de por qué la evolución
biológica es una verdad y es una verdadcientífica. La adecuación entre
hechos e inferencias tomada como criterio de verdad deja de funcionar en el
momento en que esos supuestos hechos están también, a su vez, cargados de
inferencias, de modo que el esquema de ajuste propuesto (con cinco hechos y
tres inferencias) se disuelve, se desintegra.
El adecuacionismo realista supone tener acceso a los hechos (por una vía
directa que no implique la mediación de ningún componente «teórico») y tener
también acceso a las teorías (por una vía que no sea en ningún sentido
empírica) para poder comparar los unos con las otras y decidir acerca de su
adecuación. Por esta razón, este adecuacionismo comparte con el descripcionismo
gnoseológico una dificultad básica: la imposibilidad de acceder a los «hechos»
de una manera no interpretativa, neutral, inmediata que deje a esos hechos
intactos. Ya Darwin, en el texto antes citado de su carta a Henry Fawcett, se
había dado cuenta de que «toda observación debe ser hecha a favor o en contra
de un punto de vista si es que ha de servir de algo», lo cual es tanto como reconocer
que los hechos, independientemente de las teorías, no existen. Pero, una vez
admitido esto, resulta entonces ineludible llevar a cabo una rectificación
radical de la propia distinción entre hechos/teorías: este es el objetivo de
las filosofías de la ciencia circularistas.
El libro de Magí Cadevall titulado La estructura de la teoría de
la evolución (Cadevall, 1988) sería un ensayo de interpretación
de El origen desde las posiciones que nosotros caracterizamos
como adecuacionismo neutro. La obra de Cadevall comienza con una crítica a los
modelos epistemológicos del positivismo lógico, del popperismo, de la teoría de
los programas de investigación de Lakatos y de la concepción semántica de la
verdad. Cadevall defiende el carácter empírico y la contrastabilidad del
evolucionismo, e intenta precisar en qué sentidos puede decirse que la teoría
de la evolución es una teoría explicativa. Independientemente de nuestras
coincidencias con algunos extremos de esas críticas (al positivismo lógico, a
Popper, a Lakatos, &c.), nos parece, sin embargo, que la propuesta
estructuralista de Cadevall no llega a rebasar muchas de las posiciones que
ella misma critica: concretamente no llega en ningún momento a rebasar la
concepción dicotómica de la ciencia como conjunto de hechos y teorías. Efectivamente,
la filosofía de la ciencia estructuralista distingue explícitamente dos esferas
autónomas: la «teoría» y las llamadas «aplicaciones» que desempeñan el papel de
los «hechos» (en nuestra terminología diríamos que cumplen el papel de materia,
aunque esta palabra sea evitada por el estructuralismo, como si así se pudiera
conjurar la presencia de unas ideas que están, inevitablemente, funcionando).
«La teoría -dice Cadevall en la p. 60- es una estructura matemática o
conjuntista que contiene leyes de algún tipo y que no menciona ningún nombre
propio. Las aplicaciones de la teoría son sistemas físicos que podemos
especificar mediante nombres propios». Lo curioso es que, para Cadevall,
prácticamente todos los contenidos de El origen caerían del
lado de las aplicaciones pues «la paleontología, la biogeografía, la taxonomía,
la embriología se convierten en aplicaciones de la teoría evolucionista» (p. 52
y cap. VI). Se postula, además, que el núcleo central teórico es el que da unidad
al conjunto de las disciplinas evolutivas: la unidad viene dada por la teoría,
no por los hechos, la unidad es, por tanto, formal, no material. En algún
momento se encarece la importancia de esas aplicaciones, con el objeto de
defender un cierto realismo, pero nunca llega a precisarse cómo se produce el
ajuste, la correspondencia, entre el núcleo teórico y las aplicaciones (que
habremos de suponer no-teóricas): precisamente clasificamos a este
estructuralismo como un adecuacionismo neutro porque no llega a tomar partido
acerca de este problema gnoseológico central. Si acaso, lo único que sí parece
poder adivinarse es que la teoría guarda con respecto a sus aplicaciones las
relaciones que guarda un todo distributivo con respecto a sus partes. En el
todo distributivo, las partes son independientes las unas de las otras a la
hora de conformar ese todo: en el esquema de Cadevall las aplicaciones son
independientes unas de otras y la teoría evolutiva se distribuye íntegramente
en cada aplicación. Si esto es así, y si las «aplicaciones» son esas
disciplinas evolutivas que cita Cadevall, entonces sí estamos en condiciones de
denunciar un grave error de la interpretación estructuralista pues, como
veremos en el apartado cuarto, las relaciones que median entre biogeografía,
embriología, genética de poblaciones, ecología, sistemática, morfología,
paleontología y etología (por citar las disciplinas evolutivas a que hace
referencia Cadevall) no se pueden reducir, de ningún modo, a las relaciones
entre partes de un todo distributivo.
Pues bien, una vez hecha esta distinción entre teoría y aplicaciones, el
estructuralismo se embarca en la tarea de axiomatizar la parte teórica de la
ciencia por medio de la teoría de conjuntos dando lugar a una «axiomatización
jerarquizada» que es, en realidad, una reconstrucción lógico-matemática de
algunos tramos de «ciencia representada» (dejando para mejor ocasión la
«ciencia ejercida» que cae del lado de las «aplicaciones»). El bajo rendimiento
que este análisis logra cuando se aplica al estudio de la biología
evolucionista podría tener que ver con la propia naturaleza de la «revolución
lógica» implícita en el darvinismo. Gustavo Bueno, en la conferencia impartida
en este mismo ciclo con el título de «La scala naturae y la
lógica de la evolución», supone que la revolución lógica introducida por Darwin
reside en la sustitución de todos y partes (géneros y especies) característicos
de la lógica de clases por todos y partes que guardan entre sí las relaciones
del género plotiniano, ese género concebido como género generador de las
especies y de los nuevos géneros. Si esto fuera así, no tendría nada de
particular que los análisis conjuntistas de la biología evolucionista
encuentren dificultades a la hora de tratar con esas totalidades evolutivas
(eminentemente los phyla) pues en estas totalidades es necesario
tener en cuenta las relaciones sinalógicas. Son relaciones
sinalógicas aquellas que se establecen entre términos mediante vínculos de
continuidad, contigüidad o contacto espacial o causal (Bueno,1992-94,
v.5:1432). Estas relaciones sinalógicas pueden ser de naturaleza muy diversa,
desde las relaciones sinalógicas presentes en la recombinación genética propia
de la reproducción sexual hasta las relaciones sinalógicas dadas en los
ecosistemas y las cadenas tróficas. Los géneros plotinianos y las relaciones
sinalógicas se dejan reducir mal a la lógica de clases. Además, algunas de
estas relaciones sinalógicas entre términos del campo biológico son relaciones
sinectivas, relaciones necesarias e imprescindibles entre dos o más términos a
pesar de su diversidad: las relaciones de las células con el medio intercelular
son de este tipo; también son de este tipo las relaciones implicadas en el
heterotrofismo o las relaciones de cohesión interna de ciertas poblaciones
biológicas. Por todas estas razones, cuando se intenta dar cuenta de las
relaciones filogenéticas y ecológicas en términos conjuntistas lo más que se
logra es una paráfrasis trivial y muy artificiosa de algunos enunciados
evolucionistas (enunciados que se entienden igual de bien o incluso mejor si se
formulan con precisión en un lenguaje nacional). Esta paráfrasis puede incluso
llegar a encubrir la propia realidad que intenta aprehender, dado que los
materiales de la categoricidad biológica (desde luego, los términos materiales
propios de esa categoría pero también las relaciones -como quedó dicho-, y las
operaciones específicamente biológicas) son de distinta naturaleza que los
materiales del álgebra. Singularmente, hay un extremo en que la metáfora conjuntista
resulta especialmente desafortunada: nos referimos a las operaciones. Esto es
así porque el concepto conjuntista de operación parece tener que aplicarse
sobre unas totalidades perfectamente definidas, si es que deben poder ser
representables gráficamente. Por el contrario, las operaciones características
de la categoricidad biológica (por ejemplo, las operaciones de hibridación, las
operaciones quirúrgicas de los fisiólogos con fístulas, con quimógrafos,
&c.) no generan esas totalidades tan perfectas sino que nos ponen en la
inmanencia de un campo in fieri, imperfecto o infecto, indeterminado
o indefinido en muchas de sus partes, inacabado, irregular.
El éxito que pueda llegar a cosechar el estructuralismo en el gremio de
los filósofos de la ciencia, como en el caso del enfoque logicista, obedecería
a dos razones: lo costoso que resulta (en términos de tiempo) llegar a advertir
la trivialidad de este estructuralismo, y la circunstancia de que esos
estructuralistas se presentan como miembros de una comunidad de «filósofos
científicos especialistas», como si esa cofradía fuese homologable con los
grupos de investigación existentes en las ciencias efectivas.
§3 La idea de
identidad sintética
Cuando hablamos de las diferentes interpretaciones gnoseológicas de la
verdad del evolucionismo nos referimos a cuatro tipos básicos de teorías de la
ciencia y cada uno de ellos llevaba asociada una determinada idea de verdad
científica: la verdad como desvelamiento, en el descripcionismo; la verdad como
coherencia, en el teoreticismo; y la verdad como correspondencia en el
adecuacionismo; nada dijimos entonces acerca de la idea de verdad científica
del circularismo. Nuestra crítica a las tres primeras concepciones acerca de la
verdad científica reiteraba en todos los casos la imposibilidad de hacer una
distinción dicotómica entre hechos y teorías que nos permitiese referirnos a
unos hechos accesibles al margen de todo supuesto teórico (en el descripcionismo),
o a unas teorías elaboradas al margen de toda experiencia empírica (en el
teoreticismo), o a ambas cosas a la vez (en ese adecuacionismo que exige la
dicotomía para luego postular la correspondencia). Ahora bien, si somos
consecuentes con nuestras críticas, es evidente que la división de la realidad
en hechos y teorías habrá de ser retirada: no habrá «hechos puros», y lo que
llamamos parte empírica de las ciencias estará inevitablemente inundada de
supuestos teóricos (más o menos explícitos); recíprocamente, no existirán
«teorías puras» ni ciencias formales puras pues toda construcción, por teórica
que parezca, tendrá que estar dada en cierto contexto material. Si aceptamos
que hechos y teorías no se pueden separar, entonces la verdad científica no podrá
residir en los hechos (como en el descripcionismo) ni en las teorías (como en
el teoreticismo), ni tampoco en la correspondencia hechos/teorías (del
adecuacionismo) pues esa correspondencia pide la separabilidad que estamos
negando. De este modo, se nos han ido cerrando los caminos por los que
transitan buena parte de las filosofías acerca de la verdad científica. Siendo
así, la opción circularista se nos presenta, en este momento, como negación de
esas otras opciones que hemos tenido que descartar pero, precisamente por su
carácter eminentemente crítico, parece, en un principio, incapaz de generar una
idea de verdad científica alternativa. En estas circunstancias, no elegimos
esta opción porque presente una solución inmediata a las dificultades que
venimos planteando sino, sencillamente, porque es la única que nos queda, si es
que sostenemos consecuentemente las críticas realizadas.
Definimos el circularismo en filosofía de la ciencia como aquel conjunto
de teorías que supone que las relaciones entre las multiplicidades formales y
materiales de las ciencias se ajustan a esquemas circulares, de modo que ambos
tipos de multiplicidades se codeterminan mutuamente de forma constante. Pero el
circularismo, así entendido, resulta indeterminado, y de él no se deduce
ninguna idea de verdad científica concreta. El circularismo materialista supone
una especificación de ese esquema general en dos sentidos: en primer lugar, por
cuanto interpreta que esas multiplicidades (formales y materiales) nunca son
independientes del plano de las operaciones que los sujetos realizan con
objetos corpóreos; en segundo lugar, porque supone que los esquemas circulares
que puedan establecerse tienen unos límites, que son los que definen el campo
de cada ciencia y las franjas de verdad de cada teorema, y que, por tanto, no
tiene sentido hablar de una circularidad referida a la totalidad de los
fenómenos existentes.
Desde esta filosofía circularista materialista se supone que la esencia
de la verdad científica tiene que ver con la identidad entre algunos términos
del campo de una ciencia. La verdad de una ciencia no será, en ningún caso,
extrínseca a los materiales propios del campo de esa ciencia sino que será
específica de los materiales característicos de cada campo. Esa identidad,
aunque se formula mediante proposiciones, se construye y resulta de las
operaciones con los objetos corpóreos y de las relaciones entre los distintos
materiales. Es, por tanto, una construcción que exige objetos, operaciones
quirúrgicas y relaciones materiales. Por eso, consideramos que esa identidad es
una identidad sintética. Ahora bien, la identidad, tal como la
entiende el materialismo filosófico, no debe confundirse con la propiedad de la
reflexividad. La interpretación que pone el núcleo de identidad en la
reflexividad está a menudo ligada a modos de entender la verdad científica como
si ésta se situara exclusivamente en un plano proposicional. Es una idea de
identidad deducida de la lógica formal y de las matemáticas o, dicho con mayor
precisión, de una interpretación de la lógica formal y de las matemáticas que
es, ella misma, formalista. En todo caso, además, para la teoría del cierre
categorial, la relación de reflexividad no es nunca una relación primitiva, ni
siquiera en el contexto tecnológico tipográfico de la lógica formal, sino que,
por el contrario, no sólo es una propiedad derivada de otras (por ejemplo, de
la simetría o de la transitividad) sino que es una propiedad límite, resultado
de un proceso constructivo dialéctico. Se trata de un concepto límite, como
pueda serlo la clase vacía en lógica de clases. La clase vacía es una clase que
no es clase (pues no tiene elementos) pero, sin embargo, es necesaria,
dialécticamente, si es que se quiere llegar a cerrar un sistema operatorio en
el que figuran operaciones como la intersección de conjuntos (pues esa
intersección, cuando se lleva al caso límite de la intersección de conjuntos
disjuntos, exige la clase vacía).
La identidad sintética, para el materialismo gnoseológico, se diferencia
también de la igualdad pues la identidad de la que estamos hablando, muchas
veces, se abre paso a través de situaciones de desigualdad, de situaciones en
las que no se aplican las propiedades de la simetría, la transitividad y la
reflexividad. Esto es especialmente frecuente en las ciencias biológicas donde
las relaciones biológicamente más significativas entre los organismos de una
biocenosis no son, desde luego, relaciones de igualdad; incluso refiriéndonos a
organismos de una misma especie, la igualdad entre esos organismos puede
considerarse, en muchos aspectos, abstracta, frente a las desigualdades
efectivas que son el material mismo del proceso de descendencia con
modificación.
La relación de identidad, según lo dicho, exige siempre una construcción
material (o una multiplicidad de construcciones): esta es la razón de que
hablemos de identidad sintética. Ahora bien, desde un punto de vista semántico
(y aunque toda identidad sea, por su génesis, constructiva, material,
operatoria), el contenido de la identidad puede ir referido a la esencia o a la
sustancia. Los términos griegos isos y autos se
referirían respectivamente a una identidad esencial y sustancial. En la
reinterpretación que el materialismo de Gustavo Bueno hace de las relaciones
materia/forma, la idea de sustancia queda definida como «invariante de las
transformaciones sinalógicas»: un ejemplo de esta invariancia podría ser el
punto donde se cortan las diagonales de un rectángulo como invariante (por
tanto, sustancialmente idéntico) en relación con ciertos giros, rotaciones,
etc. Como ya dijimos, llamamos «sinalógica» (de synallaso =
«juntar, casarse») a aquella unidad que se produce por contigüidad, por ajuste,
y produce una totalidad atributiva, como la unidad del tipo llave-cerradura,
mientras que la unidad isológica es una unidad de tipo distributivo (donde las
partes de la relación son sustitubles) que en el límite nos remite a la
igualdad. «La identidad esencial es un modo extremo de unidad isológica, así
como la identidad sustancial lo es de la unidad sinalógica» (Bueno, 1992-94,
v.1:152). Pues bien, las identidades sintéticas que conforman las verdades
científicas exigen simultáneamente identidades sustanciales y esenciales.
La idea de verdad científica no se confunde, sin embargo, con la idea de
identidad sintética porque no toda identidad sintética constituye una verdad en
sentido estricto, gnoseológico. La razón es que cabe distinguir dos tipos
generales de identidades sintéticas: las identidades sintéticas esquemáticas y
las identidades sintéticas sistemáticas. Las identidades esquemáticas (o
«esquemas de identidad») son configuraciones que resultan de las operaciones.
La configuración «circunferencia» en Geometría sería un ejemplo de identidad
esquemática: el esquema material de identidad será aquí la equidistancia de los
puntos de la circunferencia con respecto del centro, y la operación que genera
la circunferencia podría quedar descrita como «trazar arcos sucesivos con el
compás». La idea de especie exclusivamente morfológica y los sistemas de
clasificación «artificiales», anteriores al darvinismo, pueden considerarse
esquemas materiales de identidad cuando se contemplan desde el teorema de
Darwin o desde la teoría sintética de la evolución (si se supone que éstos son
ya identidades sintéticas sistemáticas). Estos esquemas materiales de identidad
son imprescindibles para la construcción de las verdades científicas puesto que
a partir de los elementos primarios de una ciencia, dados sin ninguna
configuración especial (por ejemplo, los puntos y las rectas, en Geometría o
los organismos individuales en biología), esas verdades no se podrían
construir. Por su parte, las identidades sintéticas sistemáticas son
construcciones que exigen el entrelazamiento de varias identidades esquemáticas
(o esquemas de identidad). En el ejemplo geométrico anterior, esa misma
circunferencia con sus radios, sus diámetros, sus arcos, &c., en la que se
puede inscribir un triángulo cuya hipotenusa sea el diámetro, genera un
contexto que hace posible el entrelazamiento entre esas diferentes identidades
esquemáticas (de radios, de diámetros, de rectas secantes), y la construcción
de la identidad sintética sistemática en que consiste el teorema del triángulo
diametral. Precisamente, en los apartados siguientes intentaremos analizar los
esquemas de identidad que se entrelazan y reajustan en la construcción de la
identidad sistemática del «teorema de Darwin». Ahora bien, siguiendo con
nuestro ejemplo geométrico, para poder decir que ese conjunto formado por la
circunferencia y los triángulos inscritos constituyen una multiplicidad de
identidades esquemáticas hace falta que el propio teorema del triángulo
diametral esté ya construido como identidad sistemática. Igualmente, sólo desde
el modelo de la evolución de Darwin podrá decirse que ciertas construcciones
(taxonómicas, biogeográficas, geológicas, &c.) cumplen el papel de
identidades esquemáticas.
Es necesario insistir una vez más en que el contexto material en el que
se construye una identidad sintética sistemática es siempre un contexto
limitado a unas determinadas clases de fenómenos y a unos contextos materiales
finitos. Es este carácter finito el que hace que el circularismo por el que
hemos caracterizado la teoría del cierre categorial sea un circularismo que
exige determinar los materiales característicos de cada ciencia, de modo que
una verdad científica esté limitada siempre a un conjunto específico de
fenómenos susceptible de ser desconectado de la totalidad del mundo.
Los teoremas de las ciencias son identidades sintéticas sistemáticas. El
teorema es, desde el punto de vista gnoseológico, la unidad funcional básica de
una ciencia. Ahora bien, para que el campo de una ciencia llegue a constituirse
como tal, para que pueda llegar a tener lugar su «cierre categorial», es
necesario que se dé una multiplicidad de teoremas entrelazados. Esos teoremas
estarán regidos por el mismo conjunto de principios gnoseológicos. Por esta
razón, al analizar el «teorema de Darwin» tendremos que hacer alguna mención,
por breve que sea, a la «topología» del campo de la biología posdarvinista y a
los principios gnoseológicos que definen ese campo.
§4. El
origen de las especies entendido como la construcción de una identidad
sintética sistemática
Prácticamente nadie duda hoy de la importancia que para la biología ha
tenido El origen de las especies como el lugar donde se
exponen de un modo suficientemente pausado y sistemático los contenidos de lo
que pasó a llamarse la teoría de la evolución biológica, y tampoco nos parece
necesario insistir en este foro acerca del lugar central que la teoría
darvinista ocupa en el campo de la biología: podría decirse sin exagerar que el
cierre categorial biológico (y, por tanto, la constitución de la biología como
ciencia en sentido moderno, estricto) tuvo lugar por medio del darvinismo
(acompañado, sin duda, de otros teoremas como la teoría celular y los teoremas
de la genética y la biología molecular). No se trata aquí, por tanto, de
reivindicar la verdad de la teoría de la evolución, ya que eso nos parece
improcedente. A pesar de las refluencias creacionistas que han llevado a dos
presidentes recientes de los E.U.A. a defender nuevamente, en plena década de
los ochenta, el relato adámico, la teoría de la evolución, en su última versión
(precisamente llamada teoría sintética), goza hoy de una
inmejorable salud y de un potencial indudable para guiar la moderna
investigación en biología. Esos presidentes creacionistas, aunque hayan sido
personajes de relevancia en la historia política reciente, no pasarán a la
historia de la ciencia como grandes científicos, y sus declaraciones
antievolucionistas sólo son un indicio de la falsa conciencia que les envuelve
y, quizás también, interpretadas en términos sociológicos, de una situación
educativa degradada en la democracia más poderosa del mundo. Por tanto, en vez
de dedicarnos a una reivindicación innecesaria e inoportuna (pues la discusión
de lo que es verdad o no en una ciencia compete, como ya hemos dicho al
principio, a sus propios científicos), se trataría más bien de ver cómo debe
ser entendida esa verdad científica, cuáles son sus principales constituyentes,
dónde radica su objetividad, cómo fue posible su constitución y, por último,
cuáles son sus límites internos. En todo caso, aun descartando la necesidad de
volver sobre la discusión del relato adámico, en nuestro análisis tendremos que
tomar en consideración, inevitablemente, las dificultades que se han puesto al
teorema de la evolución desde dentro del propio campo biológico.
4.1 ¿Qué significa
interpretar El origen como identidad sintética? La biología
evolucionista como parte constitutiva de nuestra realidad presente
La cuestión que plantea este epígrafe afecta al estatuto ontológico que
concedemos a las verdades científicas. Hemos negado que el darvinismo pueda ser
considerado una descripción de la realidad exterior, una descripción que nos
muestre la realidad dejándola intacta. Hemos negado también que la evolución
pueda entenderse como una teoría, más o menos especulativa, en el límite,
metafísica (como cree Popper), una teoría, quizás, al lado de otras
(creacionistas, procesionistas, &c.). Hemos negado, incluso, que la
evolución biológica pueda entenderse como una hipótesis cuya verdad radicara en
adecuarse a los hechos, en adecuarse a una realidad a la que representa
fielmente (como un modelo tecnológico, una esfera armilar o un planetario, por
ejemplo, pretende ser una representación de una realidad externa a él). La
inexistencia presente de esos «hechos evolutivos», que son, por definición,
pasados, es una de las razones más poderosas (aunque, desde luego, no la única)
para descartar las concepciones descripcionista y adecuacionista a la hora de
enjuiciar el estatuto ontológico y gnoseológico del evolucionismo. Pero,
entonces, ¿cómo debe ser entendida la verdad de la evolución?
Las verdades científicas y, por tanto, la evolución biológica, se
refieren efectivamente a la realidad, no son construcciones espurias o
especulaciones vacías producto de una «razón raciocinante». Pero se refieren a
la realidad no porque «penetren en ella» o «la representen adecuadamente»
sino «porque son ciertas partes de la realidad misma las que quedan
incorporadas a las cadenas constitutivas del cuerpo científico» (Bueno,
1992-94, v.3:900). De este modo, la realidad ha de considerarse como un
proceso in fieri dependiente, en muchos de sus tramos, de la
propia construcción de las verdades científicas. Así, se va conformando una
especie de «hiperrealidad», una realidad «ampliada» que tiene en cuenta no sólo
aquello que se aparece directamente a nuestros sentidos (las apariencias, los
fenómenos) sino también aquello que actúa y determina lo existente, aunque no
lo percibamos: las ondas electromagnéticas o gravitatorias, las estructuras
atómicas, o los procesos evolutivos biológicos{16}. Por eso la función más característica de
las ciencias es esa función de constituir partes importantes de la realidad, es
la construcción de una «hiperrealidad» que se va ampliando simultáneamente al
progreso de esas ciencias. Si es así, las ciencias no describen o representan
la realidad sino que son tramos importantes de la realidad previa existente los
que entran a formar parte de las ciencias para dar lugar a una realidad nueva.
Por eso, desde nuestros presupuestos, la verdad de la biología evolucionista
debe entenderse como una verdad que constituye nuestra realidad presente y que
constituye también nuestra propia conciencia lógica. Nuestra realidad presente
no puede prescindir del teorema científico de la evolución biológica. El
creacionismo es un modo claramente irracional de construir esa realidad pues
la creatio ex nihilo no es más que la formulación de un
principio, no ya falso, sino ininteligible. Además, nuestra conciencia lógica
quedará al margen de una cantidad muy importante de fenómenos, de conceptos y
de ideas si no tiene presente la biología evolucionista. Por eso, los que se
oponen al evolucionismo biológico científico renuncian a contar con una parte
importante de la realidad actualmente accesible, y esta renuncia es doblemente
penosa cuando estos esquemas racionales se ven sustituidos por un conjunto de
mitos o de ideas metafísicas.
4.2 Argumentos para
interpretar El origen como identidad sintética
Trataremos ahora de argumentar por qué El origen de las especies puede
considerarse un lugar donde se formula una verdad científica. Supondremos, de
acuerdo con lo dicho en los párrafos anteriores, que las verdades científicas
son identidades sintéticas sistemáticas donde se entrelazan relaciones
isológicas y sinalógicas. Además, como ya quedó dicho, para la construcción de
una verdad científica no podremos partir de una multiplicidad de términos
completamente vírgenes y desorganizados sino que será necesaria la existencia
de conjuntos de términos enclasados (sin perjuicio de que esas clases se puedan
luego rectificar) y organizados parcialmente de acuerdo con estructuras
fenoménicas y esquemas materiales de identidad. Esto es, efectivamente, como
vamos a ver, lo que hace Darwin en El origen toda vez que él
no parte de un magma caótico de fenómenos sino de una serie de disciplinas en
curso (tecnológicas, protocientíficas, científicas) con grados de desarrollo
desigual: la geología, la biogeografía y la paleontología, la morfología y
anatomía, las taxonomías, las técnicas de selección artificial y de
hibridación, los análisis poblacionales, &c. La identidad sintética
sistemática estará construida en la convergencia de ciertas relaciones que se
van decantando a partir de estos materiales organizados en esferas, en
principio, heterogéneas. Precisamente, la necesidad de considerar temas tan
aparentemente alejados entre sí hizo que Darwin tuviera que ser, en la
práctica, geólogo, paleontólogo, zoólogo, botánico, fisiólogo, psicólogo. Ello
contribuyó a que la Academia de Ciencias de París le honrara con el
calificativo de «diletante», muestra de una ligereza de juicio (¿fruto, esta
vez, de cierto chauvinismo?) que se coordina bien con el innecesario retraso de
la recepción del darwinismo en la patria de Lamarck. Pues bien, lo que aquellos
académicos consideraron diletantismo es lo que nosotros consideraríamos más
valioso al juzgar la obra de Darwin, y eso, aun teniendo en cuenta que Darwin
no estuvo solo pues contó con la ayuda de prestigiosos geólogos, anatomistas,
morfólogos, botánicos, ornitólogos, &c.(sobre esto diremos algo más en el
apartado 4.3). En la perspectiva gnoseológica, lo que a otros pudo parecer
diletantismo es para nosotros la circunstancia que posibilitó la identidad
sintética sistemática, la verdad científica, del teorema de la evolución
biológica.
4.2.1. El teorema
de Darwin como modelo
Desde nuestros presupuestos gnoseológicos creemos poder diagnosticar que
el núcleo del teorema de la evolución biológica tiene el formato de un modelo
que toma como patrón el modelo de la selección artificial, aunque sea para
introducir en él importantes modificaciones. De la naturaleza de esas
transformaciones tendremos ocasión de hablar en el apartado siguiente.
No ignoramos, sin embargo, que de la teoría de la evolución se deducen
importantes consecuencias para las taxonomías biológicas, al poder ahora hacer
una reinterpretación filogenética de unas taxonomías basadas hasta entonces en
la morfología, y consideradas inmutables. En este contexto, la analogía y la
homología entre partes de organismos distintos podrá ahora ser explicada en
términos de la comunidad de estirpe. Otras veces la analogía será interpretada
como indicio de la adaptación a medios semejantes. Tampoco nos pasa
desapercibido el hecho de que la evolución biológica implica una re-definición
del concepto de especie. El concepto tipológico, morfológico, deja paso al
concepto evolucionista de especie: según este concepto la especie es un linaje
que evoluciona con independencia de otros. Esta especie evolutiva podrá luego
componerse con la especie en sentido biológico y genético, y desde ella se
podrá reinterpretar el concepto morfológico de especie. Por último, no negamos
que la teoría de la evolución biológica, en muchos de sus tramos, exija
razonamientos o demostraciones de carácter proposicional donde se manejan, a
menudo, argumentos apagógicos que, en ningún sentido, pueden considerarse
meramente ornamentales, superfluos. Muchos de estos argumentos tratan de
presentar al evolucionismo como una metodología que se mantiene de intento en
la inmanencia de los procesos biológicos, y que se recorta polémicamente contra
la oscuridad de los esquemas alternativos creacionistas. El propio Darwin, al
comienzo de la «conclusión» de El origen habla de su libro
como de «una larga y sola argumentación».
Sin embargo, sin perjuicio de reconocer que estos aspectos de la
evolución biológica (como clasificación, como definición y como demostración)
tienen una presencia importante en la obra de Darwin y en el evolucionismo
posterior, nosotros creemos poder intepretar el teorema darvinista como
un modelo, un modelo construido por analogía con el modelo de la
selección artificial. La novedad darvinista frente al evolucionismo anterior
estaría, si no nos equivocamos, en ese modelo y desde él se irradiaría la
organización de esas nuevas clasificaciones, definiciones y demostraciones que,
sin duda, también son partes formales del teorema de Darwin en cuanto
contenidos constitutivos de su franja de verdad. El concepto de especie, por
ejemplo, meramente fenomenológico en las taxonomías predarvinistas, y, en
cierto sentido, anómalo en el transformismo de Lamarck o en el «evolucionismo»
de Chambers, aparece como una necesidad interna del modelo evolutivo de Darwin.
La reinterpretación filogenética de las taxonomías biológicas estaría también
materialmente determinada por el funcionamiento y el rendimiento del modelo. Y
otro tanto ocurriría con las demostraciones.
La relación entre el modelo de la selección artificial y el modelo
evolutivo es, en cierto sentido, parecida a la relación entre el modelo
planetario de Kepler y Newton y los primeros modelos atómicos (el átomo de
Rutherford y luego el de Bohr). El modelo de Kepler tuvo una influencia
conformadora sobre el modelo de Rutherford (mediando entre ambos los
consiguientes ajustes y modificaciones) y del mismo modo el modelo de la
selección artificial, con los cambios consabidos, habría influído sobre el
modelo de la selección natural. Sólo que, en el primer caso, era un modelo ya
científico el que se exportaba a otra ciencia, mientras que en el caso de la
biología se estaba importando un modelo tecnológico, el de la mejora animal y
vegetal. De cualquier forma, tampoco es inusual en la historia de la ciencia la
importación de modelos tecnológicos: el modelo del movimiento parabólico está
tomado, en mecánica, de las prácticas de balística, así como el modelo de
ciertos ciclos termodinámicos resulta indisociable de las máquinas de vapor o
de los motores de combustión interna.
Al hacer nuestro diagnóstico del teorema de la evolución biológica como
un modelo no estamos queriendo decir que Darwin comenzara la construcción de
ese teorema partiendo del modelo de la selección artificial, y no porque
empezara por otra parte y llegara al modelo como conclusión, sino porque
sabemos, por sus cuadernos de notas, que Darwin comenzó por varios sitios a la
vez (taxonomías, cuaderno A; biogeografía y registro fósil, cuaderno B;
selección artificial y selección natural, cuaderno C; problemas poblacionales,
cuaderno C; materiales sobre el hombre, cuadernos M y N); incluso sabemos que
el interés de Darwin por la selección artificial estuvo, en un principio,
movido por el objetivo de determinar directamente las causas de la variación
(objetivo que Darwin nunca llego a alcanzar), y sólo más tarde empezó Darwin a
interesarse por el proceso de selección en sí mismo. Pero nosotros no
pretendemos afirmar la prioridad cronológica del modelo de la selección
artificial, como si en él hubiera que poner el origen del propio teorema de
Darwin, sino que tratamos de argumentar a favor de su prioridad
lógico-material, de su prioridad como conformador material y organizador de los
términos, relaciones y operaciones del teorema. Nuestro diagnóstico del teorema
de Darwin como un modelo no implica que ese modelo sea originario en el ordo
inventionis sino que el formato gnoseológico del núcleo de ese
teorema, una vez construido, es el de un modelo: es ese modelo el que,
internamente a sus partes, hace posible explicar el origen de nuevas especies y
la extinción de especies antiguas, sin la intervención directa del hombre (ni
de ningún Dios creador) como agente de la selección. Ahora bien, ese modelo
alcanza un nivel esencial sistemático (despegando, por tanto, de su génesis
tecnológica) gracias a que en él convergen los materiales de una serie de
tecnologías y disciplinas que Darwin ya encontró en curso, y de las que
recopiló información pertinente en los cuadernos de notas citados. Esta
convergencia, que en un primer momento parece meramente empírica, es la que
pide regresar desde una multiplicidad de términos (términos
materialmente diferentes y enclasados en conjuntos según criterios
fenomenológicos diversos) a ciertas relaciones esenciales
(sistemáticas) que son las que quedan definidas en el modelo
darviniano de la descendencia con modificación: en particular, las relaciones
filogenéticas y las relaciones de competencia y lucha por la supervivencia. Y
estas relaciones que componen la identidad sintética del teorema incluyen tanto
aspectos isológicos (la igualdad intraespecífica en donde se define la
variación, los principios del actualismo y del uniformitarismo en Geología,
&c.), como sinalógicos (las relaciones filogenéticas, las relaciones de
lucha y competencia, los procesos reproductivos, &c.). Ahora bien, estas
relaciones esenciales y, por tanto, el modelo, no podrán entenderse nunca como
relaciones exentas (relaciones dadas en un plano proposicional o teórico) pues
no significarían nada al margen de esos mismos términos de partida (aunque,
ahora, esos términos aparezcan reorganizados según nuevas clases, y según
nuevas relaciones entre clases). A continuación, muy brevemente y, desde luego,
sin pretender en ningún momento ser exhaustivos en nuestra exposición, vamos a
intentar referirnos a algunos de los materiales de esos cursos constructivos
que convergen y piden la construcción de las relaciones sistemáticas
características del modelo evolutivo tal como lo presenta Darwin en El
origen.
4.2.2. Los cursos
operatorios que confluyen en el modelo evolutivo tal como aparecen en El
origen.
En primer lugar, aunque pueda parecer innecesario por demasiado
evidente, hay que destacar que, en tiempos de Darwin, el ámbito de lo que hoy
consideramos biología es un conjunto de disciplinas muy heterogéneo que giran
en torno a ciertas estructuras fenoménicas (y éstas se nos dibujan comofenoménicas,
precisamente, cuando las evaluamos hoy desde el teorema de la evolución o desde
la teoría celular). Un caso de estas estructuras son los sistemas de
clasificación basados en la anatomía, la morfología y la fisiología comparadas.
Los sistemas de clasificación de los organismos vivos existen ya de un modo
meramente práctico, y por eso mismo parcial, en las culturas preestatales
estudiadas por la etnología. La parcialidad de esos sistemas no debe hacernos
ocultar las coincidencias de estas clasificaciones primitivas con tramos
importantes de las clasificaciones aristotélica y linneana. Estas tecnologías
clasificatorias de origen inmemorial se van depurando progresivamente conforme
crece su radio y conforme se va incrementando la comprensión anatómica y
fisiológica de los organismos, y llegan a su culminación predarvinista con los
sistemas de clasificación de las plantas de Linneo y De Candolle y sus
homólogos para los animales de Cuvier y Lamarck. Darwin se encuentra, por
tanto, con unos sistemas de clasificación muy elaborados (y así reconoce su
deuda para con Linnneo, Cuvier o Aristóteles), y con una situación en la que
estos sistemas estaban llegando, en algunos puntos, a los límites de sus
propias posibilidades. Un indicio de que esto es así sería la discusión
confusa, arrastrada insistentemente durante todo el siglo XVIII y la primera
mitad del XIX, acerca de cómo debería ser un sistema de clasificación para
poder ser llamado «natural», en contraposición con los sistemas llamados
«artificiales». Otro indicio claro de que esos sistemas clasificatorios
empezaban a ser insuficientes eran los abundantes casos en los que resultaba
poco menos que imposible distinguir entre variedades, subespecies y especies:
éste era, sin duda, uno de los precontextos más claros donde «la cuestión de
las especies» se dibujaba como un asunto problemático, como una anomalía
interna a esas disciplinas clasificatorias. De hecho, parece ser que los
problemas taxonómicos que Lamarck se encontró al tratar con los invertebrados
fueron una de las razones que condujeron a este autor a sus conocidas
posiciones transformistas. Las taxonomías predarvinianas, como sabemos, están
basadas en la morfología, la anatomía y la fisiología comparadas. Estas disciplinas
habían alcanzado un grado de desarrollo y de rigor metodológico notable en la
Europa de la primera mitad del XIX, especialmente, en Inglaterra. Cada una de
ellas tiene sus términos y operadores característicos. La fisiología, por
ejemplo, fué separándose paulatinamente de la morfología conforme lograba
aplicar procedimientos químicos y físicos al estudio de los organismos: las
fístulas, el quimógrafo, la bomba mercurial y el calorímetro respiratorio son
algunos de sus primeros operadores y la primera construcción, desde la química,
de una sustancia orgánica fué, como es bien sabido, la síntesis de la urea por
Wöhler en 1828. La morfología, por su parte, amplió su campo espectacularmente
con el perfeccionamiento del microscopio (el primer microscopio acromático es
de 1807) que trajo aparejado el desarrollo de las técnicas de tinción de
tejidos y el invento del microtomo: Alemania fué, como se sabe, la primera
potencia mundial en morfología microscópica en el XIX. La anatomía comparada de
la primera mitad del XIX también muestra un progreso espectacular de la mano de
autores como Cuvier, Lamarck, Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, Meckel, von Baer,
Owen, Huxley, &c.{17} No podemos, por razones de brevedad,
reconstruir toda la historia de estas disciplinas pero sí, al menos, vamos a
llamar la atención sobre ciertos aspectos que afectan muy directamente a
nuestra argumentación. En primer lugar, destacar cómo estas especialidades
tenían tradiciones relativamente independientes dado que exigían el dominio de
técnicas y habilidades diferentes. En segundo lugar, es necesario darse cuenta
de que todas ellas, adoptando una perspectiva comparada más o menos explícita,
fueron determinando las analogías y diferencias entre organismos: de ahí surgió
una primera organización muy sólida del campo biológico no sólo en el sentido
que podríamos considerar más abstracto de la sistemática clasificatoria, sino
en un sentido que, retrospectivamente, podemos interpretar como específicamente
biológico (anatómico, fisiológico, morfológico). Esta organización era, desde
luego, una discriminación de las diferencias entre grupos de organismos pero
también trajo aparejada una sólida fundamentación de las analogías: analogías
no sólo de forma sino también en la composición química y en las funciones
fisiológicas. En esa perspectiva comparada surge el problema de las homologías
y se construyen las primeras teorías acerca de este fenómeno, en particular la
teoría del arquetipo de Owen. Muchas de estas analogías y homologías
alimentaron la sospecha del parentesco entre grupos y, en el límite, la idea de
un origen común. Estas ideas, como es bien sabido, no son de Darwin sino que
son comunes a todos los evolucionistas predarvinianos. Hacía falta construir un
mecanismo de descendencia que permitiera dar cuenta de la modificación de unas
especies en otras y asegurara, al mismo tiempo, su relativa estabilidad. Una
vez constituido ese mecanismo se podría sacar partido de ese potencial
evolucionista que presentaban la anatomía, la morfología, la fisiología y las
taxonomías entendidas como disciplinas descriptivas. Darwin, conocedor de este
potencial, tomó sus notas sobre taxonomías en el Cuaderno A. En
las argumentaciones del capítulo catorce y de la conclusión de El
origen, una vez propuesto su conocido mecanismo de la selección
natural, Darwin supo sacar buen rendimiento de los materiales anatómicos,
morfológicos y fisiológicos, reinterpretándolos desde la perspectiva
filogenética, y ajustándolos, en ocasiones minuciosamente, con su modelo de la
selección natural (por ejemplo, en lo relativo a las homologías y a los órganos
rudimentarios): de este modo, el modelo ensanchó considerablemente su franja de
verdad. Con posterioridad a Darwin, sin negar el interés de realizar
clasificaciones fenéticas, por ejemplo las de la taxonomía numérica, será
necesario tener en cuenta las clasificaciones genealógicas (cladistas,
evolutivas, &c.), que traerán consigo, como es bien sabido, problemas
característicos.
En el citado capítulo catorce, Darwin añadió, además, materiales
procedentes de otra especialidad cercana a las anteriores pero relativamente
diferenciada: la embriología. Esta disciplina, aunque próxima a la anatomía y a
la morfología, también contaba con su tradición específica como especialidad
académica pues no se detenía en las consideraciones anatómicas sino que había
creado su propio campo de operaciones estudiando las reacciones de los
diferentes embriones a los cambios de luz, de temperatura, de presión, a las
alteraciones mecánicas, &c. Como es bien sabido, las homologías se detectan
mejor en los estados embrionarios que en los adultos hasta el punto de que,
como reconocía Louis Agassiz, si no se etiqueta un embrión de un vertebrado en
el momento de su obtención, luego resulta muy difícil determinar si es de un
mamífero, de un ave o de un reptil. Es muy conocido el hecho de que la ley
biogenética de Meckel-Serres data de 1811, mucho antes de la publicación
de El origen. Pero esta circunstancia no debe inducirnos a
confusión ya que dicha ley no exige, por sí misma, una posición evolucionista,
incluso fué aducida en múltiples ocasiones como una prueba de la imposibilidad
del evolucionismo (en el contexto de la teoría de los tipos básicos de von
Baer, por ejemplo). Darwin conocía esta ley, probablemente a través de
los Principios de Geología de Lyell donde aparece discutida (y
descartada la interpretación evolucionista). En El origen, Darwin
saca partido de los materiales embriológicos, argumentando que la semejanza de
las partes homólogas de los organismos en el estado embrionario puede
interpretarse como un indicio más que corrobora la verdad del modelo de
descendencia con modificación por él propuesto, pues el embrión, al no estar
afectado directamente por la selección natural, no ha sido modificado y es como
un testigo de los estados más primitivos. Darwin no se arriesga, sin embargo,
con la ley de Meckel-Serres; será Haeckel el que dará ese paso con su sugerente
y errónea teoría de la recapitulación. Esa doctrina de la recapitulación
probablemente actuó como un importante motor de la investigación embriológica
pero, en todo caso, en la década de los ochenta habían quedado ya discutidas
minuciosamente muchas de sus limitaciones.
Desde nuestra interpretación según la cual la verdad del teorema de
Darwin reside en la trama de relaciones entre diferentes cursos constructivos,
nos atendremos ahora a otro grupo de disciplinas cuyos materiales están
recogidos en el llamado Cuaderno B y en los capítulos décimo
al décimotercero de El origen. Estas materias son, de una
parte, la geología y la paleontología, y de otra, la biogeografía. La
proximidad que guardan entre sí estas disciplinas era ya evidente en tiempos de
Darwin, que había estudiado con detenimiento los Principios de
Lyell y había tenido ocasión de contrastarlos con los materiales de origen
americano recogidos en la expedición del Beagle. Sin embargo,
estas disciplinas tenían una tradición y unos orígenes independientes entre sí
y, desde luego, diferentes de esas otras que hemos considerado en primer lugar.
Por ejemplo, los orígenes tecnológicos del campo de la geología científica deben
ser rastreados en las tecnologías de prospección y explotación minera que, a su
vez, están estrechamente relacionadas con las tecnologías de la metalurgia. En
este contexto, la existencia de los fósiles aparece ya mencionada en Jenófanes
y Herodoto. Los fósiles habían recibido todo tipo de interpretaciones.
Considerados «juegos de la naturaleza» por Plinio, fueron interpretados en
ocasiones como productos errados de la generación espontánea e incluso, desde
posiciones platónicas y neoplatónicas, se llegó a creer que eran plasmaciones
de las Ideas en las rocas. Ahora bien, el estudio de los fósiles se incrementó
notablemente en las últimas décadas del siglo XVIII y principios del XIX dando
lugar a trabajos sistemáticos. Cuvier, por ejemplo, clasificará materiales
correspondientes a vertebrados extintos, y lo mismo hará Lamarck con las
conchas marinas. La asociación de tipos de fósiles con tipos de estratos
geológicos explicaría el interés práctico de los primeros como indicios para la
determinación del tiempo geológico (relativo). Los trabajos estratigráficos de
William Smith fueron, en este extremo, de la máxima importancia. La primera
estimación de la edad de la Tierra hecha desde un racionalismo ajeno a la
religión no fué, sin embargo, geológica: fué Buffon quien, en su Introducción
a la historia de los minerales de 1774, dió un valor de al menos
ciento ochenta mil años (aunque él se inclinaba por un cifra superior de
aproximadamente medio millón de años), valor que hoy nos parece ridículo pero
que, en todo caso, se alejaba ya escandalosamente del cálculo que hiciera el
arzobispo Usher a comienzos del siglo XVII a partir del relato bíblico. Las
estimaciones de Buffon estaban basadas en datos físicos derivados del estudio
de los tiempos de enfriamiento de diferentes sustancias. En este momento
histórico el enfoque físico (más o menos científico pero, en todo caso,
claramente racionalista) contribuyó a hacer viable un pensamiento evolutivo o
transformacionista, al contrario de lo que ocurriría en 1865 cuando las
estimaciones de lord Kelvin, con su error necesario por el desconocimiento de
la radiactividad natural, fueron utilizadas como argumentos en contra de
Darwin.
No podemos aquí ni siquiera hacer un repaso sumario de las
contribuciones de autores tan importantes en la historia de la geología como
Burnet, Steno, Werner o Hutton, de las polémicas entre vulcanistas y
neptunistas o entre los partidarios de un tiempo geológico cíclico o lineal. Sí
vamos a decir dos palabras sobre Lyell y sus Principios de geología pues
la influencia de Lyell sobre Darwin, y de esta obra sobre El origen de
las especies, es inmediata y explícita, y es una referencia obligada
que de ningún modo podría estar ausente en nuestro análisis. Prácticamente todo
el mundo admite que los Principios de Lyell son una parte muy
importante, si no la fundamental, del contexto previo a partir del cual Darwin
elabora su modelo de la transmutación de las especies. Darwin mismo nos narra
cómo la metodología de Lyell fué su guía a la hora de estudiar la geología de
América del Sur. Siendo así, era obligado que Darwin se interesase por los
procesos de elevación y hundimiento del terreno, y el análisis de esos procesos
traía aparejado, de acuerdo con el propio modo de proceder de losPrincipios, el
estudio de la distribución biogeográfica, tanto de los organismos vivos como de
los fósiles. Desde luego, antes de Lyell y de Darwin, la biogeografía era ya,
indudablemente, una disciplina en marcha. Los conocimientos biogeográficos,
existentes a un nivel tecnológico desde tiempo inmemorial, habían recibido un
importante impulso, por su valor estratégico, en la época en la que el
capitalismo colonialista alcanzó una escala planetaria. Estos conocimientos, en
principio ordenados de forma enciclopédica, empezaron a generar ciertas
regularidades (que nosotros podemos calificar gnoseológicamente como
estructuras fenoménicas con sus identidades esquemáticas) en la segunda mitad
del siglo XVIII. Así se establecieron nexos entre los tipos de fauna y flora y
la altura, se trazaron mapas donde se apreciaba de un modo gradual el reemplazo
de unos organismos por otros, se determinaron relaciones entre la flora y la
fauna, especialmente en islas y archipiélagos tanto oceánicos como cercanos al
continente, &c. En la obra de Lyell es explícito el interés de los análisis
biogeográficos para la propia geología y paleontología, puesto que el
uniformitarismo y el actualismo de los Principios exigía
interpretar los estratos geológicos y el registro fósil como un resultado de
procesos similares a los que se pueden contemplar en el presente. En la primera
mitad del siglo XIX el registro fósil era muy incompleto, como Darwin se
encargó de resaltar en el capítulo diez de El origen,pero era ya
suficiente como para poder empezar a plantear problemas biogeográficos también
a propósito de organismos extintos. Y, para alguien que se situaba en las
coordenadas metodológicas de Lyell, lo mismo que para nosotros hoy, la
distribución geográfica y estratigráfica de los organismos en el registro fósil
debía ser explicada con las mismas leyes que rigen los estudios neontológicos.
En los Principios queda ya muy claro que la distribución de
los organismos vegetales y animales está determinada, en buena medida, por las
condiciones de la superficie en cada momento de la historia geológica (la
temperatura, la altura, la humedad, el tipo de suelo, y el resto de
organismos). Si esto es así, los cambios en las condiciones de la superficie
traerán aparejados cambios en las especies animales y vegetales y en su
distribución geográfica. Por eso Lyell admitía que algunas especies, en la
lucha por la supervivencia, podían llegar a extinguirse pero, a renglón
seguido, suspendía el juicio acerca de cómo surgían las especies nuevas. Esta
prudencia respecto al tema del surgimiento de nuevas especies, al margen de que
estuviera o no determinada por motivos religiosos, era justificable desde una
argumentación consistente con el actualismo: nunca se había observado la
aparición de una nueva especie y, según Lyell, era muy posible que nunca se
llegara a observar, dado lo infrecuente del proceso cuando se consideraba en
relación con las magnitudes del tiempo geológico, de modo que el asunto debía
permanecer abierto (aunque, para Lyell, ese «permanecer abierto» era, en la
práctica, afirmar la creación independiente). Como se puede apreciar también en
este contexto geológico y biogeográfico la «cuestión de las especies» aparecía
como una anomalía pendiente de resolución. Quizás por eso, a la hora de
discutir la deuda de Darwin para con Lyell, Toulmin y Goodfield, en su famosa
obra El descubrimiento del tiempo (Toulmin y Goodfield,
1965:198), consideran que puesto que ya Lyell había descubierto que la guerra
entre los organismos podía destruir especies, el genio de Darwin habría
consistido en darse cuenta de que también podía crearlas. Pero, sin entrar
ahora a discutir si ésta fué o no una de las vías de razonamiento seguidas por
Darwin en el ordo inventionis de sus hipótesis, creemos que la
genialidad y la importancia histórica del teorema constituído en El
origen no está en ese lugar puntual, concretísimo, sino en el ajuste
de los múltiples cursos constructivos en una trama que es la que da solidez al
modelo de la evolución biológica, tal como estamos intentando argumentar aquí.
Por otra parte, tampoco se trata de acercar esas dos grandes figuras (Lyell y
Darwin) hasta el punto de olvidar diferencias obvias entre sus posiciones: no
hay que perder de vista que para Lyell el registro fósil no debe entenderse de
forma progresiva sino en términos de un principio de equilibrio dinámico entre
lo que se crea y lo que se destruye. Efectivamente, todavía en 1851, en una
reunión de la Sociedad Geológica de la que era presidente, Lyell continuaba
defendiendo una interpretación del registro fósil que de ningún modo podría ser
considerada «evolutiva» (lo que le valió una dura réplica de Owen{18}). La interpretación de Lyell en esa
ocasión no consideraba para nada esquemas de tipo arborescente con
ramificaciones y divergencias, siendo, sin embargo, esos esquemas tan
característicos del modelo darvinista. Como es bien sabido, el proceso que
condujo a Lyell a abandonar la hipótesis de la creación independiente de las
especies para sustituirla por una perspectiva evolutiva fué lento y no
culminaría hasta el año 1865. Precisamente los numerosos materiales de los
estudios biogeográficos que se incorporaron rápidamente al modelo evolutivo
resultaron el argumento que más pesó a la hora de producirse este cambio de
perspectiva. Y es que los descubrimientos biogeográficos fueron, ya desde los
primeros momentos de la formulación del modelo darvinista, uno de los lugares
donde éste se mostró más fértil y donde siempre encontró una base sólida. Las
semejanzas y diferencias entre especies (independientemente de que fueran
extintas o actuales), interpretadas en combinación con su distribución
geográfica y temporal, podían hacerse encajar con el supuesto de una
ascendencia común. La rápida aclimatación de algunas plantas traídas desde las
colonias a Europa y llevadas desde Europa a países lejanos, y el modo como
estas plantas importadas ocupaban nuevos nichos ecológicos e incluso
desplazaban a otras autóctonas, era un argumento muy potente contra la
hipótesis de la creación independiente que pone a cada organismo, de un modo
providente, en su lugar óptimo (y hasta el propio Lyell fué consciente de esta
dificultad). Contra ese mismo creacionismo irenista también se alzaba la
evidencia de aquellas situaciones en las que dos regiones con las mismas
características físicas (por ejemplo, dos islas) aparecían habitadas por
especies endémicas diferentes. Sin embargo, esos procesos y estas situaciones
encajaban con toda facilidad en el modelo evolutivo, como Darwin se encargó de
destacar y explicar en El origen.
Los materiales de las disciplinas consideradas por nosotros hasta este
momento (anatomía, fisiología, morfología, embriología, geología,
paleontología, biogeografía) ya son suficientes como para poder empezar a
percibir esas convergencias, confluencias y rectificaciones a través de las
cuales, según nuestros presupuestos, se construye materialmente la trama de
toda verdad científica. Darwin mismo destacó con suma claridad estos lugares de
encaje, de isología, y de rectificación. Como mera ilustración, sin pretender
recorrerlos todos, baste destacar algunos de los más sobresalientes. Todos los
organismos conocidos, tanto actuales como extintos, pertenecen a un número
reducido de grandes clases. Esas afinidades, desde el punto de vista de la
taxonomía fijista eran fenómenos y serán precisamente estos fenómenos los que
queden ahora causalmente interpretados en términos filogenéticos (que incluyen
identidades isológicas y sinalógicas). Los fósiles de formaciones geológicas
consecutivas presentan más afinidad entre sí que con terceros, y los de
formaciones geológicas intermedias presentan rasgos intermedios. Estos
fenómenos se explican suponiendo que hay descendencia con variación y selección
natural. También, desde la teoría de la descendencia con modificación, se
pueden explicar las afinidades entre ciertos organismos actuales y otros
fósiles, y se pueden ligar estas afinidades con procesos biogeográficos. La
selección exige, a su vez, la extinción de muchas especies, esa extinción que
encajaba con dificultad en la teoría de Lamarck, dado que para el francés los
organismos se van adaptando al medio según lo requieren. La extinción resultaba
ya necesaria desde las estructuras fenoménicas de la paleontología
preevolucionista y queda perfectamente incorporada como una pieza clave del
modelo de Darwin. En el límite, si un grupo desaparece completamente, no podrá
volver a aparecer al haberse roto la cadena de las relaciones sinalógicas que
une una generación con la siguiente. Por su parte, la variación y la divergencia
se refieren a un conjunto de fenómenos construido tanto desde la paleontología
como desde la biogeografía (y lo será también desde la mejora animal), si es
que tanto en un contexto como en otro se construyen estructuras que revelan la
sustitución progresiva de unos organismos por otros. El fenómeno de la
variación también es un fenómeno taxonómico: Darwin lo discute como tal, de un
modo detenido, en el capítulo segundo de El origen.
En cuanto a las rectificaciones exigidas por la identidad sintética
sistemática, quizás merezca la pena mencionar la necesidad de descartar la idea
de unos organismos diseñados y adaptados de un modo perfecto (reflejo de la
perfección de su creador), para ir sustituyéndola por la idea de una adaptación
relativa a las condiciones de vida, una adaptación que puede estar por debajo
del óptimo e incluso puede ser compatible con las situaciones llamadas de
hipertelia; en suma, la rectificación del esquema armonista de Paley. Todos
estos nudos de la trama del modelo darvinista, y otros más que se podrían
mencionar, están discutidos con detalle en El origen y son
sobradamente conocidos por todos.
Pero para intentar reconstruir la confluencia de materiales que hacen
del modelo de la evolución de Darwin una identidad sintética sistemática, nos
falta referirnos a otros dos cursos operatorios alejados, en apariencia, de las
disciplinas biológicas académicas de la primera mitad del siglo XIX. Los
materiales referentes al primero de estos cursos constructivos están recogidos
en el Cuaderno C de Darwin y en el capítulo primero de El
origen: nos referimos a las técnicas de selección artificial (Darwin escribiría,
además, en 1868 una obra monográfica sobre este tema, Las variaciones
de animales y plantas en estado de domesticación). Estas técnicas de mejora
animal y vegetal habían dado lugar a una serie de estudios de carácter práctico
que, para utilizar la propia expresión de Darwin, habían sido «muy comúnmente
descuidados por los naturalistas»{19} a pesar de que, si se acepta el
teorema de la evolución, «aumentará[n] inmensamente de valor»{20}. Los materiales darvinianos sobre selección artificial incluyen
referencias a dos opúsculos sobre el tema: uno de ellos de John Sebright, de
1809, (The Art of Improving the Breeds of Domestic Animals, in a Letter
Addresed to the Right Hon. Sir Joseph Banks), y otro de John Wilkinson, de
1820 (Remarks on the Improvement of Cattle, etc., in a Lettter to Sir John
Saunders Sebright). Darwin se interesó por el estudio de los procesos de hibridación en un
intento de determinar los agentes causantes de las variaciones de los
organismos, agentes que habrían de explicar la descendencia con modificación.
Darwin, sin embargo, nunca llegó a dar cuenta adecuadamente de cuáles eran las
causas de las variaciones (sobre su apoyo a la teoría de la pangénesis diremos alguna
cosa más adelante), lo cual es un indicio de que la perspectiva delordo
inventionis frecuentemente no conduce donde inicialmente se pretende
(y, consiguientemente, que la historia de la ciencia no puede reducirse a la
recuperación de esta perspectiva si es que resulta obligada la reconstrucción
gnoseológica de las verdades científicas y no su mera suposición). Siendo así,
no es de extrañar que el capítulo quinto de El origen («Sobre
las leyes de la variación») tenga el formato de una rapsodia de fenómenos
agrupados de un modo meramente tentativo. Sin embargo, el interés original de
Darwin por los procesos de hibridación le condujo al estudio de la selección
artificial. Los orígenes de las técnicas de selección artificial a propósito de
ovejas, bueyes, caballos, perros, palomas, gallos, gallinas y plantas son, en
algunos casos, muy remotos, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que estas
técnicas gozaban de muy buena salud en la Inglaterra decimonónica. Darwin se
interesó muy especialmente por la cría de palomas, quizás por razones de
tradición familiar pero, fundamentalmente, porque en este caso existían pocas
dudas de que todas las razas domésticas tuvieran idéntica procedencia. Nos
interesa mucho resaltar en este momento la circunstancia de que, antes de que
la verdad del modelo de la evolución biológica estuviera constituída, las
técnicas de mejora animal y vegetal eran cultivadas por ganaderos,
agricultores, jardineros, cazadores, coleccionistas o sportmen más
o menos ociosos, y estaban muy alejadas de esas otras disciplinas a las que
hemos hecho ya referencia (las contenidas en los Cuadernos A y B de
Darwin). Y nos interesa destacar esta lejanía (en cuanto a su origen y a su
tradición) y esta independencia para insistir en el carácter constructivo del
teorema de Darwin, carácter constructivo que supone la confluencia y el ajuste
de materiales pues, precisamente, desde nuestros presupuestos, es en esa
confluencia y ajuste donde radica su verdad y, seguramente también, su mayor
mérito.
A nosotros nos parece que estos fenómenos acerca de la cría y mejora, y
las consiguientes reglas tecnológicas, prácticas, construidas en este contexto,
tienen una importancia indudable en la constitución del teorema de Darwin, si
es que este teorema se configura fundamentalmente como un modelo, como el
modelo de la selección natural. La mejora animal y vegetal es el contexto donde
la fecundación, mediada por la selección, se constituye como auténtica
operación gnoseológica cuyos resultados generan términos nuevos. Estas
operaciones de fecundación selectiva estaban determinadas, en cada caso, por
los intereses prácticos de los criadores (gallinas que pongan más huevos,
gallos más fieros en las peleas, caballos más veloces, &c.) pero, por
analogía, podría considerarse la situación en la que la selección fuera un
resultado no proyectado de antemano, un resultado de fuerzas que actuaran de un
modo espontáneo, no mediado por el hombre. Darwin habría tenido presente, sin
duda, el importante papel que su profesor y amigo Herschel concedía a la
analogía en el proceso de elaboración de las verdades científicas. Analizada
desde el materialismo gnoseológico, esa analogía entre la selección artificial
y la selección natural permitiría interpetar el modelo de la evolución
biológica como una variante del verum est factum. Sólo que
nosotros no interpretaríamos el verum de la evolución como el
conocimiento (por participación) de una realidad diseñada por un demiurgo, sino
como la construcción de una realidad, construcción que resulta
posible, entre otras cosas, porque tiene rasgos comunes con el factum tecnológico
de la selección artificial. La crítica a la expresión «selección natural» por
su formato antropomorfo (al considerar que la naturaleza es un agente que
selecciona) es muy temprana. El mismo Wallace propuso a Darwin que sustituyera
esa expresión por la fórmula spenceriana «supervivencia del más apto». En
cualquier caso, Darwin dejó muy claro en múltiples lugares de El origen que
esa selección natural no era efectuada por ningún sujeto (como en el caso de la
selección artificial), sino que era un resultado de la lucha
por la existencia. Ese resultado, en muchas ocasiones, era consecuencia de
procesos subóptimos, contingentes, oportunistas. Y, siendo así, Darwin no veía
mayor inconveniente en usar esa fórmula tan pregnante, aunque reconocía su
carácter metafórico; pero también los físicos hacían uso de fórmulas
metafóricas, por ejemplo, cuando hablaban de la «atracción».
Llega el momento de referirse a los materiales del Cuaderno D de
Darwin, el cuaderno de notas dedicado a los problemas de las poblaciones.
Nuevamente apreciamos el carácter constructivo, sintético, del teorema de
Darwin, ese carácter que exige la convergencia de materiales tomados de
contextos muy diversos. Como es bien sabido, Darwin, leyendo el Primer
ensayo sobre la poblaciónde Malthus de 1798, tiene conocimiento de la «ley
de Malthus» que describe el crecimiento de la población humana como una
progresión geométrica, frente al crecimiento de los recursos alimentarios según
una progresión aritmética. De esta ley, deductiva y cuantitativa, paradigma
para Darwin de cientificidad, se sigue la lucha por la existencia y la
necesidad de que muchos de los hombres que llegan a nacer encuentren enseguida
la muerte. Se ha discutido mucho sobre la importancia biográfica del episodio
«lectura de Malthus» en el proceso que condujo a Darwin a la elaboración de su
teorema. Desde nuestros presupuestos, para ponderar la importancia de este
episodio en relación con otros descubrimientos implícitos en el teorema
darviniano habría que diferenciar la perspectiva biográfica de la perspectiva
lógico material. Desde un punto de vista biográfico, ateniéndose a los
cuadernos de notas de Darwin, parece que no hay razones para interpretar como
un ¡eureka! el hallazgo de las leyes de Malthus. Darwin da tan sólo una
descripción breve, a la que no acompaña ningún signo de exclamación (cuando
Darwin utilizaba hasta tres de estos signos en otros contextos en los que él
consideraba haber descubierto algo importante), y esta impresión de no conceder
demasiada importancia a Malthus en ese momento se ve confirmada por el hecho de
que al día siguiente del hallazgo continuara con otros trabajos no relacionados
con él (pues en el cuaderno de notas aparecen, al día siguiente, notas sobre la
curiosidad sexual del chimpancé). Pero, lo que más nos interesa aquí es el
análisis desde la perspectiva lógico material. En este contexto, el episodio de
la «lectura de Malthus» no es sino otro de esos múltiples cursos operatorios
que Darwin logra ajustar y hacer confluir en su modelo. Que esa pieza sea o no
la última que se ajusta puede tener importancia desde una perspectiva
subjetiva, pero resulta menos importante desde la perspectiva de la estructura
esencial, gnoseológica, del teorema que se ha construído.
En cualquier caso, la idea de «lucha por la supervivencia» aplicada a
poblaciones no humanas juega un papel muy importante a la hora de trasladar el
modelo de la selección artifical a la naturaleza pues el papel del criador será
jugado ahora por esa lucha entre organismos, lucha que se genera, en gran
medida, por el exceso de población. Al final del capítulo cuarto de El
origen, Darwin hace un resumen del modelo de la selección natural. Lo
reproducimos íntegramente porque su brevedad y concisión hacen que carezca de
sentido ofrecer una paráfrasis: «Si en condiciones cambiantes de vida los seres
orgánicos presentan diferencias individuales en casi todas las partes de su
estructura, y esto es innegable; si, debido a su progresión geométrica, hay una
rigurosa lucha por la vida en alguna edad, estación o año, y esto, ciertamente,
es innnegable también; entonces, considerando la complejidad infinita de las
relaciones de los seres orgánicos entre sí y con sus condiciones de vida, que
hacen que sea ventajosa para ellos una infinita diversidad de estructura,
constitución y costumbres, sería el hecho más extraordinario que nunca hubieran
tenido lugar variaciones útiles para la prosperidad de cada ser, del mismo modo
que se han presentado tantas variaciones útiles al hombre. Pero si las
variaciones útiles a un ser orgánico ocurren alguna vez, los individuos
caracterizados de este modo tendrán seguramente las mayores probabilidades de
conservarse en la lucha por la vida y, por el poderoso principio de la
herencia, estos tenderán a producir descendientes con caracteres semejantes. A
este principio de conservación o supervivencia de los más adecuados lo he
llamadoselección natural. Este principio conduce al
perfeccionamiento de cada ser en relación con sus condiciones de vida orgánica
e inorgánica, y, por consiguiente, en la mayoría de los casos, a lo que puede
ser considerado como un progreso en la organización. Sin embargo, las formas
inferiores y sencillas persistirán mucho tiempo si están bien adecuadas a sus
sencillas condiciones de vida». Y, después de este párrafo, añade Darwin una
explicación del modo cómo la extinción (que nos muestra la geología), la
divergencia de caracteres (descrita por la biogeografía), y las afinidades
entre grupos (conocidas por la taxonomía y la sistemática), pueden explicarse
coherentemente desde su modelo de la selección natural. El texto citado tiene
el formato de una inferencia, formato que se ajusta muy bien a la concepción
que Darwin tenía acerca de la ciencia, si es que esa concepción era, como
nosotros suponemos, una variedad del adecuacionismo (sobre este asunto
añadiremos alguna cosa más en nuestro apartado 4.2.3). Sin embargo, desde la
interpretación que nosotros estamos ensayando, podría verse en este texto uno
de esos momentos en los que se hace explícito el ajuste de los diferentes
materiales (los diferentes esquemas de identidad) que confluyen en el
teorema-modelo de Darwin.
Consideremos, por otra parte, otro asunto tratado por Darwin en El
origen: el tema del instinto, abordado en el capítulo octavo. El propio
autor reconoce que el análisis de los instintos de los animales está todavía
muy poco desarrollado pero trata de ajustar algunos fenómenos aparentemente
ininteligibles con su modelo de la supervivencia de los más aptos. El instinto
podrá sufrir variaciones, como cualquier otro aspecto del organismo, y no hay
nada de contradictorio en pensar que, de esas variaciones, puedan seleccionarse
aquellas que sean importantes para la supervivencia del animal. Y así tenemos
otro curso constructivo convergente que, si bien no está dotado de la fuerza de
los materiales biogeográficos o paleontológicos, sí permite ajustar con el modelo
evolutivo unos fenómenos que resultarían ininteligibles desde otras
perspectivas (por ejemplo, desde el creacionismo).
Que, desde un punto de vista gnoseológico, haya que considerar el
teorema de Darwin como un modelo (el modelo de la selección natural) no implica
que su verdad se sostenga solamente sobre los materiales de la mejora animal y
vegetal. Su verdad radica en la confluencia de todos esos materiales
heterogéneos a los que nos venimos refiriendo. Si nos atuviéramos solamente a
la selección artificial, el modelo darvinista presentaría importantes
problemas. Uno de estos problemas, denunciado ya tempranamente por Fleeming
Jenkin en 1867, podría resumirse de este modo: las operaciones de la selección
artificial chocaban con unos límites irrebasables, ya que resultaba imposible
crear especies distintas nuevas (hoy en día, se han llegado a crear especies
nuevas de drosophila en el laboratorio por procedimientos de
selección artificial severa). Por tanto, los conocimientos de mejora animal y
vegetal probaban, precisamente, que habría límites que no se podrían sobrepasar
en la modificación de los organismos. Darwin no pudo hacer frente directamente
a esta crítica y, por eso, admitió que esta imposibilidad de crear especies
nuevas (definibles por la inviabilidad de sus cruces) era, de momento, un hecho
empírico, y prefirió hacerse fuerte en otros frentes (geología, paleontología,
biogeografía, &c.). Así, Darwin volvió a insistir en el carácter
convergente de los argumentos que sostenían su teorema. Es en este ajuste entre
los diversos cursos materiales considerados donde reside la objetividad del
teorema donde se aprecia su carácter de construcción cerrada. Por ejemplo,
quizás se pudiera considerar un modelo de evolución en que haya una variación
de caracteres discontinua que no vaya seguida de selección natural, de modo que
los organismos no muestren adaptación alguna al medio (en la línea propuesta
por Eimer y Bateson). Sin embargo, la coincidencia en varias especies de
mecanismos de adaptación análogos (como, por ejemplo, puede ser el mimetismo)
resulta inexplicable desde el supuesto de la evolución no adaptativa, mientras
que es perfectamente posible desde el modelo evolutivo de la selección natural.
Quizás sí resulte conveniente recordar que, desde nuestra
interpretación, esta confluencia de fenómenos y de cursos operatorios no debe
entenderse como una síntesis exclusivamente proposicional, argumentativa,
silogística o conjuntista, ni como una mera convergencia de inducciones (como
probablemente la entendía Darwin, siguiendo a Whewell), sino como una
construcción material que incluye los fenómenos mismos a los que nos venimos
refiriendo considerados como partes imprescindibles constitutivas del teorema.
Si es así, nuestra interpretación está muy alejada del estructuralismo
adecuacionista que presentaba las disciplinas evolutivas como aplicaciones de
la teoría evolutiva. El concepto de aplicación parece sugerir una perspectiva
descendente según la cual la teoría se construye previamente y luego se aplica
a contextos diferentes e independientes como, por ejemplo, la mecánica de
Newton cuando se aplica tanto al control de la trayectoria de un ingenio
espacial como al análisis de las fuerzas que actúan sobre un automóvil en
marcha. Pero, para el materialismo gnoseológico, la verdad del modelo evolutivo
es posible, precisamente, por la confluencia y el ajuste de ciertos aspectos de
esos cursos constructivos heterogéneos que venimos considerando: taxonomías, morfología,
fisiología, paleontología, geología, biogeografía, análisis de poblaciones,
mejora animal y vegetal. Esta confluencia y ajuste no es un proceso que se
mueva en una esfera formal, proposicional, sino que es un proceso que se
efectúa con los propios materiales (con los objetos, con las operaciones
quirúrgicas efectuadas con esos cuerpos, gracias a las relaciones materiales
que se van estableciendo entre ellos, &c.) a pesar de su naturaleza, en
principio, tan heterogénea. Esa verdad del modelo, esa identidad sintética
sistemática, exige progresar constantemente hacia los fenómenos tratados y
hacia otros fenómenos nuevos que se van dibujando gracias, precisamente, al
modelo construido: nuevos fenómenos taxonómicos, biogeográficos, paleontológicos,
&c. Y ello sin contar con que la franja de verdad del modelo se pueda
ensanchar para, con los ajustes convenientes, dar cuenta de nuevos cursos
constructivos auténticamente imprevistos: citológicos, bioquímicos, etológicos
(nos referiremos a este asunto cuando hablemos del modelo evolutivo después de
Darwin). En todo caso, el teorema deberá tener una franja de fenómenos finita,
no podrá extenderse indefinidamente a la omnitudo rerum. El
doble circuito que va desde los materiales (construidos y definidos por las
operaciones y las relaciones) a los componentes esenciales del teorema para
progresar nuevamente desde estos hacia nuevos fenómenos y nuevos materiales, y
el carácter finito, limitado, de los materiales incluidos en el teorema,
caracterizan las construcciones científicas frente a las teorías teológicas y
metafísicas. Esta dialéctica fenómenos/esencias puede observarse con claridad a
propósito del teorema de Darwin. También es una constante en el proceder de
Darwin restringir su teorema a las especies existentes y extintas, y dejar
fuera problemas más generales como el origen de la vida o la evolución futura.
Resulta chocante, entonces, que Popper clasifique el teorema de Darwin al lado
de las teorías metafísicas. Precisamente en el género de la metafísica y de la
teología el doble circuito esencias/fenómenos o no existe o está mal
construido. Resulta también chocante que Popper no se dé cuenta de las
diferencias de radio que hay entre la obra de Darwin y las de Chambers o
Spencer.
Siendo así las cosas, si la verdad del teorema de Darwin radica en la
confluencia y el ajuste de todos estos cursos constructivos y exige aclarar los
contextos materiales que posibilitan ese ajuste, estamos ahora en condiciones
de entender aquello que el enfoque sociológico no podía más que dar por
supuesto, a saber: las razones que nos exigen descartar las obras de Patrick
Matthew y William Charles Wells como los lugares donde se formula el teorema de
la evolución. El teorema está en estas obras presentado de un modo oscuro,
imperfecto, muy incompleto, mezclado con contextos impertinentes hasta el punto
de que pasa inadvertido: se trataría, como ya hemos dicho, de un descubrimiento
material. Todo lo contrario de la discusión pormenorizada, completa (para la
época), explícita, sistemática, «clara y distinta» que aparece en El
origen, características de un descubrimiento formal. Desde
perspectivas descripcionistas o adecuacionistas, sin embargo, habría que seguir
reivindicándo a Matthew o a Wells como los autores del descubrimiento de la
evolución biológica; no así desde nuestros presupuestos, pues de ningún modo se
puede decir que esos autores construyeran identidad sintética alguna. Y si esto
es así, también habría que sacar conclusiones gnoseológicas sobre las
diferencias entre la obra de Darwin y la de Wallace; esta última, aunque
explícita y acertada (olvidándose ahora, por un momento, de sus nexos con el
espiritismo de Wallace) no deja de ser meramente programática si se la compara
con El origen. Pero, hablando en términos históricos, el programa para
la construcción de una identidad sintética no es lo mismo que la identidad
sintética sistemática ya constituida.
4.2.3. Sobre la
diferencia entre la concepción del teorema de la evolución tal como se le podía
aparecer a Darwin y la interpretación propuesta desde la teoría del cierre
categorial.
Vamos a referirnos ahora a la diferencia entre la autoconcepción
gnoseológica que tenía Darwin de su propio teorema y la interpretación que
estamos intentando esbozar desde la teoría del cierre categorial. El asunto
merece un comentario, por breve que sea, porque hay coincidencias aparentes
entre ambas que encubren importantes diferencias. Es bien sabido que, en lo
relativo a sus ideas sobre la ciencia, Darwin estuvo influenciado directamente
por el filósofo y teólogo William Whewell a quien conoció en Cambridge, y cuya
amistad siguió cultivando intensamente durante su estancia en Londres posterior
al viaje del Beagle. No podemos referirnos ahora a la
interesante biografía intelectual de Whewell ni a sus relaciones con Darwin (su
oposición frontal al darvinismo le llevó al extremo de prohibir que la
biblioteca del Colegio de la Trinidad de Cambridge, bajo su dirección,
incluyera un ejemplar de El origen). Lo que sí nos interesa
resaltar aquí es su teoría de las ciencias inductivas en la que se define la
verdad científica como el resultado de una convergencia de inducciones
independientes acompañada de una vera causa (Whewell, 1840).
Así como en un juicio las diferentes pruebas convergen en el veredicto de
culpabilidad, el científico de la naturaleza va buscando pruebas inductivas que
converjan en una determinada verdad, en una vera causa. Esta vera
causa se construye deductivamente y podrá ser considerada verdadera
cuando confluyan en ella un conjunto de inducciones independientes. Michael
Ruse argumenta que Darwin conocía estas ideas de Whewell y estaba de acuerdo
incondicionalmente con ellas, de modo que El origen no sería
más que «un ejemplo escolar de convergencia» (Ruse, 1875, 1979 y 1986). Según
Ruse, la teoría de la evolución tendría la estructura de un abanico de
subdisciplinas girando en torno al eje de la selección natural (Ruse,
1979:250-51). Desde estos presupuestos, la interpretación histórica que Ruse
hace de Darwin pretende reexponer a Darwin desde el propio Darwin,
presentando El origen como una aplicación, al caso de la
evolución biológica, de la concepción que tenía Darwin acerca de la ciencia.
Así se evita Ruse la molestia de tener que tomar partido por una idea de
ciencia determinada y parece poder mantenerse en la inmanencia del siglo XIX, como
un historiador «neutral». En realidad lo que ocurre es que la idea de ciencia
del propio Ruse está muy cercana, en algunos momentos, a la de Whewell, y
quizás más cercana aún a la de Darwin.
Vaya por delante que a nosotros nos parece muy plausible la influencia
de Whewell sobre Darwin en los asuntos tocantes a la filosofía de la ciencia, y
tampoco tenemos inconveniente en reconocer que esta influencia se aprecia, en
el ejercicio, en el modo como están dispuestas las partes de la obra de Darwin
que venimos comentando. Seríamos, sin embargo, algo más cautos en lo tocante a
la cuestión de si muchas de las discusiones características del idealismo
kantiano presentes en la filosofía de Whewell pueden reconocerse también, en la
misma medida, en la obra de Darwin. Decimos esto porque es evidente que Darwin
no tenía los intereses ni la formación filosófica de Whewell (y esto
probablemente fué para él una ventaja si es que contribuyó a alejarle de posiciones
idealistas). Su interés por la filosofía de la ciencia era más inmediato:
conocer los métodos a seguir para construir una teoría verdaderamente
científica, y las características que debería tener esa teoría para que fuese
reconocida (por científicos y filósofos) como científica, para que se pareciera
lo más posible, por su formato, a la mecánica newtoniana. Resulta difícil
imaginar a Darwin discutiendo cuestiones puramente filosóficas de la obra
kantiana y whewelliana, como la distinción entre conceptos e ideas, o entre
verdades necesarias y verdades empíricas, o intentando dilucidar la relación
entre la forma y la materia de las leyes fundamentales de la naturaleza. Esta
distancia entre Darwin y Whewell estaría determinada también por la influencia
sobre Darwin de la filosofía de la ciencia de John Herschel, con su insistencia
en la importancia para la ciencia de la analogía y de las verificaciones
empíricas. Así pues, creemos poder concluir que la autoconcepción que Darwin
tiene de su tarea puede ser calificada sin tergiversación como un realismo
adecuacionista: la realidad está dada de una vez por todas y el científico
elabora teoremas que se adecuan, en mayor o menor medida, con esa realidad. Ese
adecuacionismo yuxtapone esquemas teoreticistas y descripcionistas: escora
hacia el teoreticismo cuando encarece la importancia de progresar desde las
hipótesis hacia la experiencia, y se inclina hacia el descripcionismo cuando
insiste en la importancia decisiva de la convergencia de inducciones como la
mejor garantía de la verdad de una ley científica. Por ejemplo, dice Darwin en
su obra de 1868, La variación de animales y plantas bajo domesticación:
«Ahora esta hipótesis [la hipótesis de la selección natural] puede
verificarse (y ésta me parece que es la única manera justa y legítima de
considerar toda la cuestión) comprobando si explica varias clases
grandes e independientes de hechos; tales como la sucesión geológica de los
seres orgánicos, su distribución en épocas pasadas y actuales, y sus afinidades
mutuas y sus homologías. Si el principio de la selección natural explica
realmente estos y otros grandes grupos de hechos, debería ser aceptado»
(Darwin, 1868, v.l:657; subrayado nuestro).
Ahora bien, no hay que olvidar que las autoconcepciones que los
científicos ofrecen de su trabajo no tienen por qué ajustarse a su proceder
efectivo, aunque puedan cumplir y cumplan una función metodológica (como guías
de la investigación, como organizadoras de metas en la perspectiva emic,incluso
como motores de la voluntad de los científicos). La creencia de estar
descubriendo la organización de la naturaleza dada por el Sumo Hacedor, antes
que una cortapisa, fue para Linneo un objetivo que le animó en la gigantesca
tarea del Systema Naturae, y resulta prácticamente imposible
analizar la historia que condujo a Kepler a la construcción de sus famosas
leyes sin referirse a las concepciones teológicas del Mysterium
cosmographicum. Naturalmente, sería necio negar la necesidad de
referirse a la perspectiva emic a la hora de reconstruir un
episodio de la historia de la ciencia. Ahora bien, esa perspectiva emic habrá
que confrontarla con la perspectiva etic, si es que se es
capaz de adoptar una perspectiva etic adecuada y suficiente
para dar cuenta del proceso en cuestión. Por nuestra parte, como ya hemos dicho
varias veces, nuestra perspectiva etic a la hora de analizar
las ciencias desde el presente es la de la teoría del cierre categorial.
Dejamos para otra ocasión la discusión pausada de las semejanzas y diferencias
entre la filosofía de Whewell y la de Bueno. Esta discusión, aunque reviste la
mayor importancia, no podemos incluirla aquí pues nos exigiría inevitablemente
una revisión crítica de la errónea distinción de Whewell entre ciencias
inductivas y ciencias formales y, más en general, requiere argumentar contra
tramos importantes de la filosofía kantiana, lo que nos aleja excesivamente de
los problemas propios de esta conferencia.
Volviendo, por tanto, a Darwin, a nadie se le escapa que el esquema de
la convergencia de inducciones seguido en El origen presenta
similitudes con la idea de la verdad como identidad sintética sistemática: se
nos podrá acusar, entonces, de que, desde nuestra interpretación, no hemos
hecho otra cosa que presentar los capítulos de El origen tal y
como los diseñó Darwin. Podría parecer una mera quaestio nominis el
que hablemos de «convergencia de inducciones» o de «identidad sintética»: al
fin y al cabo, en ambos casos, es esa convergencia o confluencia la que asegura
la legitimidad de la verdad científica. Sin embargo, no es lo mismo entender
esa confluencia desde una perspectiva adecuacionista, como la que suponemos en
Darwin, que desde la perspectiva circularista del cierre categorial. La
perspectiva adecuacionista va ligada a un realismo que presenta la evolución
biológica como una realidad dada, cuyas leyes habrán de ser descubiertas por la
ciencia biológica. Para ello los científicos elaborarán sus hipótesis y las
someterán a verificación o a refutación. Para la teoría del cierre categorial,
sin embargo, el descubrimiento de la evolución biológica no es un
descubrimiento manifestativo, un descubrimiento que saque a la luz una
configuración preexistente (como se supone que existió previamente el acto de
un sujeto que se reconstruye, en un juicio, a partir de una serie de pruebas
circunstanciales independientes y convergentes). Para el materialismo
gnoseológico el descubrimiento de la evolución biológica es un descubrimiento
constitutivo, una construcción sui generis que literalmente
constituye la realidad y, consiguientemente, la amplía.{21} Y para constituir ese descubrimiento
no se parte de unos hechos para proceder inductivamente a verificar o refutar
unas hipótesis (pues insistimos en negar la existencia de hechos puros o de
hipótesis teóricas puras), sino que se parte de una realidad constituida ya de
antemano por un conjunto de teoremas y principios de rango menor, teoremas y
principios que habrá que confirmar o rectificar, y rango que se intentará
ampliar al mayor número de fenómenos, teoremas y estructuras posible. En el
caso del darvinismo, ya lo hemos dicho, podemos referirnos a los teoremas
clasificatorios de la sistemática, los teoremas y principios geológicos que
aparecen en la geología de Hutton y de Lyell, las leyes de la difusión
biogeográfica, los principios prácticos ejercitados en la mejora animal y
vegetal, los teoremas de Malthus, los teoremas sobre el desarrollo
embriológico, sobre la fisiología común de los organismos, &c. El teorema
de Darwin logra precisamente la convergencia de partes muy significativas de estas
construcciones independientes en torno a un modelo que posibilita encajar esos
teoremas y principios previos en una unidad sistemática, esencial. Esta
confluencia, en todo caso, no tiene por qué tener la simetría que Ruse
presupone en su modelo «en abanico». La metáfora del abanico sigue presa de la
dicotomía hechos/teorías: las disciplinas biológicas son los hechos que se
relacionan con la teoría de la selección natural como los radios del abanico
con su centro de giro (pues las diferentes áreas de esa ciencia derivarían de
un mismo principio: la selección natural). Pero para el materialismo filosófico
la verdad del teorema de Darwin surge de la confrontación y el ajuste entre
esos cursos constructivos diferentes, surge, por así decir, en las relaciones
«transversales» entre esos diferentes cursos operatorios, y estas relaciones
«transversales» no tienen por qué ser simétricas ni transitivas, y ligan de
diferente manera los materiales de unos cursos y los de otros. No todas las
partes de esa trama operatoria que se genera quedan anudadas con la misma
fuerza ni del mismo modo. Precisamente, los detalles hasta los que baja Darwin
en cada uno de los capítulos de su obra sobre las especies no son detalles
oligofrénicos sino que tratan de mostrar cuál es la topología de esta trama que
se está construyendo y en la que se hace residir la verdad del teorema. Y
porque es así, es por lo que surge una verdad científica con una solidez, un
alcance y una potencia explicativa muy superior a la que tenían por separado
esos contextos previos y esos «detalles» cuando «flotaban», independientes unos
de otros, en una masa caótica de fenómenos.
En todo caso, el carácter constitutivo de las verdades de las ciencias
naturales y formales no tiene por qué conducir necesariamente a las posiciones
del idealismo trascendental kantiano (ni del «kantismo whewelliano»). Cabe una
interpretación materialista en la que esa constitución se entiende como
indisolublemente ligada a procesos constructivos materiales, a procesos de
tranformación de la realidad que tienen lugar a través de las operaciones
manuales, quirúrgicas, de los sujetos. Porque esa trama de confluencias y
ajustes no es una trama exclusivamente proposicional (un libro) sino que
compromete a los estratos geológicos mismos, a los organismos mismos con sus
partes anatómicas y su fisiología, a los embriones, a las poblaciones, o a los
fósiles que, en cuanto objetos corpóreos, también constituyen esa
verdad. En el último párrafo de esta conferencia, cuando discutamos los límites
del teorema de Darwin, podremos apreciar cómo esos límites no están
determinados por la mayor o menor potencia lógico-formal (proposicional,
conjuntista, &c.)del teorema sino que dependen, fundamentalmente, de las
posibilidades operatorias y constructivas de los propios materiales con los que
está forjado el teorema.
Observemos, por otra parte, que, desde la interpretación ofrecida por la
teoría del cierre categorial, podemos dar cuenta del papel metodológico que han
jugado las concepciones realistas adecuacionistas en la historia de la ciencia
(y, desde luego, también en la propia Historia con mayúsculas, es decir, no ya
entre los científicos objeto de esa historia, sino entre los propios
historiadores). Efectivamente, si es acertado nuestro diagnóstico, con toda
probabilidad Darwin compartía la idea de un método científico, inventado por
los físicos y exportable a la biología, que se basaría en el ajuste entre
hechos y teorías. Frente a la interpretación ensayada por nosotros podría
parecer más clara una historia que tenga el siguiente argumento: las ciencias
existentes antes del descubrimiento que se considera (pongamos por caso,
los Principios de Lyell, en cuanto ciencia probada anterior
a El origen) son los hechos (se hablará del hecho
del registro fósil, del hecho de las afinidades entre géneros o especies, del
hecho de la distribución geográfica, del hecho del crecimiento exponencial de
las poblaciones, &c.), y la hipótesis que se propone (en
nuestro caso la hipótesis de la evolución con sus hipótesis
asociadas) es una teoría científica gracias a la convergencia
de inducciones cuya materia son esos hechos. El origen sería
la obra donde esas hipótesis aparecen, en primer lugar, verificadas y,
ulteriormente, contrastadas, ya que las sucesivas ediciones incluyeron las
respuestas de Darwin a sus críticos. Habría una segunda manera de entender el
método científico y de organizar la interpretación histórica: se supondría
ahora que la ciencia existente con anterioridad a El origen constituye
un conjunto de teorías (parcialmente erróneas) que han de
adecuarse a los nuevoshechos que se van descubriendo; algunos de
esos hechos anómalos los habría recogido el propio Darwin en la expedición del
Beagle, otros procederían de otros contextos. A la vista de estos nuevos hechos
se rectificarían aquellas teorías. En un caso a la ciencia previa se le
considera «materia» (hechos) y en el otro se le considera «forma» (teoría). El
adecuacionismo se ejercita así en una perspectiva diacrónica que puede tener
cierta utilidad como autoconcepción asociada al trabajo de los propios
científicos, en la medida en que trata de sistematizar las relaciones de un
científico con el precontexto de su descubrimiento. Lo que es más dudoso es que
este tipo de interpretaciones pueda sostenerse a la hora de ensayar una
historia gnoseológica de las ciencias pues la misma posibilidad de
aplicar ad hoc, según convenga en cada caso, uno u otro de
estos dos esquemas incompatibles es un indicio de su falsedad. En efecto, tan
improcedente es considerar la geología predarvinista como un hecho o una
multiplicidad de hechos empíricos, como considerarla como una teoría o conjunto
de teorías, porque esas ciencias, técnicas y protociencias a partir de las
cuales está constituido el darvinismo son ya construcciones materiales
complejísimas donde los aspectos formales y materiales están tan
intrincadamente entrelazados que carece de sentido referirse a ellas
globalmente como «hechos» o como «teorías». Precisamente, y para decirlo una
vez más, nuestra reexposición del teorema de Darwin desde la filosofía del
cierre categorial pretende que la verdad de ese teorema no reside en un ajuste
pensamiento/realidad o teorías /hechos, sino en el ajuste entre unos cursos
constructivos materiales ya dados a una determinada escala y otros dados en
contextos materiales diferentes. Cuando ese ajuste es posible y está
correctamente realizado es cuando se constituye una nueva realidad que es la
del nuevo teorema.
4.3
Reinterpretación gnoseológica de la importancia de algunas circunstancias que
hicieron posible El origen
Como ya quedó dicho, nos parece que cuando se estudia un episodio de la
historia de la ciencia se puede distinguir el enfoque sociológico del enfoque
gnoseológico. El primero trata de analizar las circunstancias económicas,
sociales, políticas, &c., que rodean un descubrimiento, sin discutir
directamente el estatuto gnoseológico de la verdad construida. El segundo se
centra, precisamente, en el problema de la verdad científica y de los procesos
que conducen a su constitución como tal verdad. Ahora bien, ateniéndonos ahora
concretamente al enfoque gnoseológico de la teoría del cierre categorial, la
verdad científica aparece, como ya hemos dicho, por la confluencia y el ajuste
de cursos operatorios inicialmente independientes. Estos cursos se construyen a
partir del «mundo heredado», o el pre-contexto del descubrimiento, e incluyen
una serie de materiales, de objetos, de técnicas, de aparatos, &c., como
partes constitutivas de esas ciencias y de esas verdades científicas (cuando
éstas llegan a constituirse). Por eso, ciertos aspectos sociales, económicos,
tecnológicos, políticos, &c., pueden llegar a formar parte de una historia
de la ciencia gnoseológica (materialista) sin que el enfoque gnoseológico se
confunda con el enfoque sociológico.
En todo caso, la hora de analizar el precontexto material (social,
económico, político, tecnológico, &c.) que influye en un determinado
teorema científico habrá que hacerlo desde los componentes gnoseológicos de ese
teorema y, eminentemente, desde los cursos constructivos que posibilitan la
verdad del teorema (incluyendo, además, las circunstancias que hacen posible
que tenga lugar la confluencia de esos cursos heterogéneos e independientes).
Tomando como referencia los componentes gnoseológicos que hemos venido
analizando en el modelo de la evolución de Darwin, vamos ahora a referirnos a
la influencia que el precontexto de ese teorema pudo haber tenido en su
constitución.
Pues bien, esta influencia del «mundo heredado» sobre el nuevo mundo
recién construido (sobre la nueva verdad científica) puede ser de tres tipos
(Bueno, 1992-94, v.1:§14). En primer lugar, una influencia limitativa: el
estado de la investigación en bioquímica, en biología molecular y en citología
en 1859 no permitía conocer los mecanismos de la herencia ni las causas
responsables de la variabilidad. Este hecho fue uno de los obstáculos más
importantes con los que tropezó reiteradamente el darvinismo, y condujo al
propio Darwin a sostener posiciones ambiguas y erróneas (posiciones
lamarckistas, teoría de la pangénesis, &c.). Estos límites del mundo
heredado por Darwin solo serían sobrepasados tras su muerte, pues exigieron la
mejora de muchas tecnologías (de microscopía, de síntesis de compuestos
orgánicos, de química analítica, de espectroscopía, tecnología de rayos X,
&c.). Y estas tecnologías se desarrollaron en algunas ocasiones por razones
internas a la investigación evolucionista pero, las más de las veces, por
razones, en principio, externas a esa investigación (aunque luego se muestren
relevantes para hacer la historia gnoseológica de ese evolucionismo). La
investigación en medicina, y el desarrollo de una industria (textil,
alimentaria, metalúrgica, de la automoción, de guerra, &c.) cada vez más
dependiente de la química orgánica podrían ser algunas de estas razones.
En segundo lugar, el mundo heredado por Darwin, el precontexto de su
descubrimiento, ejerció sobre él una influencia directiva, selectiva, pues el
tema del origen de las especies aparece reiteradamente de un modo más o menos
explícito en la biología del siglo anterior a Darwin. Los transformistas y
evolucionistas predarvinianos (y precientíficos o, en el mejor de los casos,
protocientíficos) serían un indicio de este hecho. Como ya hemos dicho, el
«problema de las especies» estaba ya definido como tal desde contextos
taxonómicos, anatómicos, fisiológicos, paleontológicos, biogeográficos. La
Inglaterra en la que Darwin construyó su teorema era un estado colonialista con
intereses prácticos inmediatos en la botánica, en la zoología, en la geología,
en la geografía, &c., y todas estas disciplinas en marcha posibilitaron y
dirigieron la investigación de Darwin. Por otra parte, tampoco hay que olvidar
que, dentro de ese estado colonialista, Darwin pertenecía a una clase social
que tenía influencia allí donde hacía falta tenerla, lo cual posibilitó su
formación, su periplo marítimo y sus relaciones con las personas adecuadas.
Basta recordar que los materiales recogidos en la expedición del Beagle fueron
estudiados y catalogados por naturalistas tan prestigiosos como Owen,
Waterhouse, Gould, Jenyns, Hooker, Lyell, Bell. Probablemente en ningún otro
país del mundo podrían haberse encontrado, en aquel momento, un elenco de
geólogos, botánicos, y zoólogos con tan alto grado de especialización y
conocimiento.
Por otra parte, durante aquel siglo, la actitud de las iglesias,
manteniéndose fieles al relato literal delGénesis y del mito
adámico, contribuyó, por paradójico que pueda parecer, a seleccionar los
intereses de aquellos biólogos y geólogos cristianos y, también, a dirigir
muchas de sus discusiones (independientemente del partido que tomaran a favor o
en contra del creacionismo). Es en este punto donde los Vestigios de
Chambers tendrían su puesto asegurado en la historia de la biología (dejando al
margen ahora las interpretaciones psicologistas que nos presentan esta obra
como un producto de la hexadactilia de su autor). Desde luego, como es bien
sabido, la presión social de la Inglaterra victoriana anglicana influyó sobre
Darwin, obligándole a trabajar sobre sus materiales durante un periodo de
veinte años antes de dar a conocer sus conclusiones, y exigiéndole, en todo
momento, tener presentes (para refutarlas) las líneas de la argumentación
teológica. Esta afirmación no implica para nada negar el hecho de que, en el
último tercio del siglo XIX, las iglesias adoptaron una actitud de cierto
repliegue en relación con sus pretensiones de seguir manteniendo una
interpretación literal delGénesis. La crítica bíblica de los
historiadores alemanes (la Vida de Jesús de Strauss), la
progresiva sistematización de la investigación en arqueología y prehistoria, y
los absurdos a los que conducía una interpretación literal de la Biblia puestos
de manifiesto, entre otros, por el propio obispo Colenso, despejaron
indirectamente el camino al darvinismo.
Por último, el contexto previo a la elaboración de El origen influyó
sobre el naturalista de Down de un modo conformativo. Fué conformativa la
influencia de los Principios de Geología de Lyell, sin duda,
en la medida en que esa geología fue para Darwin la llave que le permitió
interpretar otros muchos materiales geológicos y paleontológicos, los de la
América meridional, hasta el punto de conducir a la rectificación de algunos de
sus puntos de partida. Pero quizás esta influencia será considerada por los historiadores
de la historia sociológica demasiado «interna» como para que
pueda hablarse de «aspectos sociales o socioeconómicos que influyeron sobre el
darvinismo». Serán esos historiadores los que tendrán que explicarnos entonces
qué es lo que significa «interno», ¿o acaso la geología de Lyell, aun siendo
como es ciencia universal, no es también, en su origen, «ciencia de la
universidad inglesa de la primera mitad del siglo XIX», ciencia social y
económicamente implantada? También podríamos interpretar como conformativa la
atmósfera ideológica de la economía del laissez-faire(Malthus, Adam
Smith), según la interpretación de Gould, lo que exigirá precisar en qué medida
el modelo evolutivo biológico y el modelo económico pueden considerarse
isomorfos. En todo caso, donde los historiadores de esta historia que nosotros
caracterizamos unos párrafos más arriba como sociológica tendrán que reconocer
el carácter conformativo de una influencia, en principio, externa a la ciencia
biológica es en el modelo de la selección artificial tomado, sobre todo, de la
práctica de los ganaderos, agricultores, cazadores y colombófilos.
Efectivamente, si no nos equivocamos, las técnicas de mejora animal y vegetal
se abrían paso, en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX, dentro de
instituciones sociales y económicas de naturaleza muy heterogénea:
explotaciones agrícolas y ganaderas en busca de mejores rendimientos y
determinadas por el crecimiento de la población urbana, actividades de recreo
de una nobleza y una burguesía que sale de caza regularmente, ociosidad de
«coleccionistas» que se enfrascan en la obtención de nuevas variedades de
palomas o de perros, &c. La familia Darwin era conocida en los círculos
colombófilos, y el tío de Darwin, Josiah Wedgwood, era uno de los grandes
criadores de ovejas de la Inglaterra de la primera mitad del XIX. Desde luego,
estas instituciones y gremios de ganaderos, de criadores, &c., no formaban
parte de la ciencia pues incluso los naturalistas dedicados a la ciencia amable
cuidaban mucho de no ser confundidos con jardineros y hortelanos. Sin embargo,
desde nuestra particular perspectiva gnoseológica resulta indudable que la
teoría de la descendencia con modificación por selección natural está
conformada a imagen y semejanza del modelo de la selección artificial, y en
continuidad con él. Si es así, estaríamos entonces ante un caso en el que unos
contenidos «externos» a la biología («externos» antes de 1859), y procedentes
de grupos sociales diversos y de prácticas con funciones sociales y económicas
diferentes, ejercen una influencia conformadora (por tanto, a partir de ese
momento «interna» en cuanto dator formarum de la nueva
realidad que se construye) sobre la verdad científica de la evolución
biológica.
Desde luego, los encargados de hacer la historia social y económica del
darvinismo no analizan la influencia del mundo heredado sobre el nuevo
descubrimiento en los términos que acabamos de utilizar, es decir,
distinguiendo la influencia limitativa, directiva y conformativa de aquél sobre
éste, pues esta clasificación implica un juicio que es ya, en sí mismo,
gnoseológico. Desde ese punto de vista gnoseológico no se trata sólo de
reconocer la continuidad entre los fenómenos y las operaciones mundanos y los propiamente
científicos sino que se trataría de mostrar la diferente manera en que esas
influencias limitativas, directivas y, sobre todo, conformativas, hacen posible
la construcción de una verdad científica, y cómo ésta reabsorve y reorganiza
todos esos materiales para constituir una realidad nueva cuyo significado
rebasa ampliamente el de esos contextos de partida. Esa nuevo teorema que
constituye una nueva realidad será, a su vez, un nuevo lugar desde el cual
seguir haciendo más ciencia.
4.4 El modelo
evolutivo después de Darwin
Una de las pruebas más fiables para considerar un determinado teorema
como verdaderamente científico es que ese teorema sirva de punto de partida
para el desarrollo fértil de la ciencia posterior, y se entreteja con los otros
teoremas del campo. Casi siglo y medio después de El origen podemos
estar seguros de que eso ha sido así en el caso del modelo de Darwin, sin duda.
En este apartado no pretendemos hacer una historia de la biología después de
Darwin, pues esta tarea excedería claramente los límites que nosotros mismos
nos hemos impuesto, pero vamos a referirnos a ciertos contextos que han
desarrollado y ampliado el modelo evolutivo y lo han dotado de una solidez y
una potencia muy superiores a las de su primera formulación. (No estamos, con
esto, pretendiendo que no haya continuado habiendo un modo de hacer biología al
margen del evolucionismo o incluso contra él, por ejemplo, la morfología
formalista de D'Arcy Wentworth Thompson, pero su historia nos alejaría
demasiado de nuestra argumentación que presentamos necesariamente
simplificada).
En primer lugar, se podría asegurar que el teorema de Darwin reordenó,
de un modo notable, no sólo las relaciones entre ciertas disciplinas
tecnológicas y científicas ya en curso, sino también la organización interna de
los materiales de muchas de esas materias. Por ejemplo, en lo relativo a la
anatomía comparada y a la morfología, Haeckel y Huxley, ya en un primer
momento, desarrollaron estas disciplinas desde la perspectiva darvinista. Más
importantes fueron todavía las contribuciones de Carl Gegenbaur a la anatomía
comparada filogenética de invertebrados y, sobre todo, de vertebrados.
Gegenbauer fundó en 1875 el Morphologisches Jahrbuch, una
revista de anatomía comparada evolucionista. En 1883, publicó su Lehrbuch
der Anatomie des Menschen donde se estudia al hombre desde los
presupuestos de la anatomía evolucionista comparada, y en el periodo 1898-1901
apareció su monumental Vergleichende Anatomie des Wirbelthiere donde
se hace otro tanto con los vertebrados.
Por otra parte, el teorema de Darwin hizo que la paleontología pasara de
ser una disciplina clasificatoria a ser un intento de reconstruir la historia
evolutiva. En 1873, V.O. Kovalevski presentó una historia paleontológica de los
ungulados del terciario construida a partir del análisis de las extremidades y
las piezas dentales, y hacia 1900 se habían construido ya líneas evolutivas
relativamente fiables de corales y amonitas. Por su parte, la paleontología
humana es posdarvinista en su práctica totalidad: antes de 1850 no se conocía
ningún fósil humano o prehumano que pudiera considerarse seguro, en cuanto a su
clasificación y datación. El famoso descubrimiento del valle de Neander es,
como se sabe, de 1856, y el del homo sapiens de Cromagnon es
de 1868. Por su parte, el primer homo erectus descubierto fué
el famoso «hombre de Java» que halló Dubois en 1891, mientras que los
australopithecos pertenecen ya a la paleontología del siglo XX. Pero esta
paleontología humana no es una aplicación más de la teoría de la evolución
(como pretende Cadevall desde presupuestos estructuralistas, adecuacionistas)
sino que es un curso constructivo (pues no es meramente empírico), que se
ajusta con todos los anteriormente considerados, y cuyos materiales amplían la
franja de verdad del teorema de Darwin (que, dado que incluye todos esos
materiales, todos esos fósiles que son objetos corpóreos, es también un teorema
material).
Los estudios biogeográficos, tanto de organismos actuales como extintos,
conocieron también un importante avance posibilitado por los principios del
modelo de Darwin y, a su vez, este modelo se benefició de los datos aportados
por la biogeografía. Por lo demás, a nadie se le oculta el ajuste mutuo entre
la biología evolucionista y la teoría de la deriva continental. El modelo de
Wegener, visto desde el teorema de Darwin, es otro curso constructivo más que
contribuye a dar solidez al teorema y que demuestra su fertilidad.
También es evidente que el teorema de Darwin determinó que creciera el
interés por el estudio de las relaciones entre los organismos. Estos estudios
condujeron a la constitución de una disciplina biológica nueva: en 1866, en
su Morfología general de los organismos, Haeckel presenta un
programa para la investigación en este nuevo campo al que él mismo dió el
nombre de «ecología». Sería Karl Möbius, en un estudio sobre la bahía de Kiel
publicado en 1877, el que introduciría el concepto de «biocenosis», de tan
importante rendimiento en la futura investigación ecológica. Dollo, por su
parte, ampliaría estos estudios ecológicos a los materiales paleontológicos.
La teoría de la evolución también contribuyó al estudio de las
semejanzas entre el hombre y los animales en lo relativo a cuestiones
psicológicas y etológicas. Ya Darwin, en los cuadernos M y N,había
tratado de analizar esas semejanzas en lo relativo a los actos propositivos,
estudios que se continuaron en La expresión de las emociones en los
animales y en el hombre y en La descendencia del hombre. Por
lo demás, a nadie se le oculta la importancia que tienen en la actualidad los
estudios del comportamiento animal en el contexto de las investigaciones en
biología evolutiva. Y destacamos esta importancia aun a sabiendas de que éste
es uno de los lugares donde la verdad del teorema de Darwin tiene que
enfrentarse con una serie de materiales que resultan especialmente
problemáticos. Nos estamos refiriendo a la circunstancia de que, a través de la
etología, las operaciones de los animales entran a formar parte, como términos,
del campo de la biología evolucionista. El teorema de Darwin tendrá entonces
que intentar dar cuenta de estas operaciones: ya sea como resultado de
relaciones físico-contiguas (el caso de las hormonas sociales), o ya sea como
resultado de estructuras que envuelven esas operaciones y las determinan desde
fuera (el caso de las estructuras topológicas o de las estructuras culturales){22}. Sin embargo, no parece imposible
enfrentarse a este reto desde la confluencia de los otros cursos constructivos
entre los que cabría destacar especialmente la ecología (sin olvidar la
anatomía y la fisiología).
Ahora bien, la consideración del modelo evolutivo después de Darwin
exige necesariamente referirse a dos nuevos frentes de investigación que Darwin
no pudo considerar y que, sin embargo, aportan nuevos materiales y nuevos
fenómenos a la identidad sintética de la evolución biológica. Nos referimos,
por una parte, a la teoría celular y, por otra, a los importantísimos logros de
la biología molecular y de la genética de poblaciones durante el presente
siglo, logros que condujeron, como es bien sabido, al nuevo ajuste de la teoría
sintética.
El desarrollo de la teoría celular, desde las primeras formulaciones de
Schleiden, Schwann y Henle hasta su culminación con los descubrimientos de
Cajal sobre las células nerviosas, supuso el abandono progresivo de una serie
de principios erróneos que acompañaban el estudio de los organismos, y
posibilitó, tanto o más que la teoría de la evolución, el cierre categorial del
campo biológico. En primer lugar, la teoría celular eliminó, de una vez por
todas, la hipótesis de la generación espontánea: toda célula proviene de otra
célula y, por tanto, todo organismo proviene de otro anterior, lo que asegura
la continuidad reproductiva ininterrumpida. Este principio es un auténtico
principio gnoseológico que define la inmanencia del campo biológico. Es uno de
esos principios materiales que un campo se da a sí mismo como norma
indispensable para su constitución. No hace falta insistir en que este
principio se encuentra ejercido en el teorema de Darwin cuando se niega la
creación puntualex nihilo y cuando se afirma la unidad de
descendencia de todos los organismos. Aquí tenemos uno de los lugares en los
que el teorema de la evolución se articula con otros teoremas del campo
biológico (pues consideramos la teoría celular como uno de los teoremas más
importantes de ese campo). La teoría celular, además, rompió la barrera entre
el reino animal y vegetal y estableció la célula como unidad morfológica y
funcional de todos los organismos. En este extremo, su ajuste con el teorema de
Darwin es también muy evidente si se interpreta esa ubicuidad de la célula en
todos los organismos como una prueba de la unidad de estirpe. La teoría celular
también contribuyó a eliminar una serie de hipótesis animistas y vitalistas
acerca de fuerzas o energías que serían específicas de los organismos vivos,
para sustituirlas por el estudio físico-químico de los procesos que tienen
lugar en los diversos componentes de la célula. El teorema de la célula y el
teorema de Darwin se coordinan a la hora de descartar las hipótesis vitalistas,
porque la vitalidad de los organismos no obedece a un principio inmaterial sino
a una determinada organización, y esa organización es fruto de la selección
natural. La teoría celular sin teoría de la evolución correría, quizás, el
riesgo de degenerar en un reduccionismo químico y físico (por ejemplo, el del
propio Schwann que compara el proceso de citogénesis, a partir de lo que él
llama el citoblastema, con el proceso químico de
cristalización) o, en otro sentido, correría el peligro de volver a formular un
principio vitalista a propósito de la célula o a propósito del organismo
(considerado como un todo que, misteriosamente, es más que la suma de las
partes, por ejemplo, en la interpretación de Henle). Pero la consideración
evolutiva del origen de la célula y de los procesos que conducen a sus
sucesivas especializaciones vuelve a dejar estos asuntos en la inmanencia del
campo biológico. El establecimiento de la célula como unidad funcional
biológica (sede de la actividad metabólica, secretora, nerviosa, reproductora,
&c.) subraya esta inmanencia pues permite el estudio de los procesos de
reproducción celular y del desarrollo embrionario en términos de sus causas
próximas (físico-químicas) y de su historia evolutiva, lo que descarta las
explicaciones de tipo epigenético. Fué en el marco de la teoría celular donde
los trabajos de Weismann sobre la relación entre las células sexuales y el
resto de las células del organismo condujeron a descartar la teoría de la
pangénesis (apoyada por Darwin) y el lamarckismo (y ya estamos, entonces, en
los orígenes del neodarvinismo, el darvinismo sin herencia de los caracteres
adquiridos, en la definición que diera Romanes en 1896). Subrayamos el hecho de
que el modelo de Darwin se articula con el teorema de la célula (y vicecersa)
no sólo porque consideremos que la teoría celular es otro de los cursos
constructivos que, en muchos aspectos, convergen con el modelo de Darwin, sino
también porque suponemos que un teorema científico (como el de la evolución) no
es nunca un teorema aislado sino que forma parte de un campo constituido por
una multiplicidad de teoremas entrelazados y regulados por los mismos
principios.
Por último, tenemos que referirnos a un conjunto de construcciones
científicas nuevas, que Darwin no podía haber previsto de ningún modo,
fundamentalmente lo que actualmente se conoce con el nombre de biología
molecular y genética de poblaciones. En este nuevo contexto es donde se formula
uno de los principios gnoseológicos más importantes del campo actual de la
biología, principio que inmediatamente afectará al teorema de la evolución y al
teorema de la célula. Este principio, el llamado «dogma» de la biología
molecular, acaba ya de una vez por todas con la hipótesis de la herencia de los
caracteres adquiridos y obliga a una modificación del teorema de Darwin que
conduce a un nuevo teorema, aún más sólido y más potente, con una banda de
fenómenos más amplia y más rico en posibilidades constructivas, que es la
teoría sintética. Teoría «sintética» porque aúna el darvinismo clásico con los
principios de la biología molecular y de la genética mendeliana. Pero, como
venimos argumentando, también el teorema evolutivo en la versión de Darwin era
«sintético» (tenía el formato gnoseológico de una identidad sintética
sistemática) pues estaba posibilitado por el ajuste de una multiplicidad de
cursos constructivos. Y en el nuevo teorema, aquellos cursos referidos por Darwin
(paleontológicos, biogeográficos, ecológicos, &c.) seguirán jugando su
importante papel, sin duda alguna. A ellos se unirán ahora nuevas
construcciones que resultarán convergentes con esos cursos taxonómicos,
paleontológicos, anatómicos, morfológicos, &c. que continúan, por su parte,
ampliándose con materiales renovados. Por ejemplo, son materiales que
consolidan el teorema de Darwin la semejante composición bioquímica de todos
los organismos (los azúcares, las bases nitrogenadas, los aminoácidos y, slobre
todo, la estructura ubicua de las moleculas de ADN y ARN); también contribuye a
ampliar la cientificidad del teorema la confluencia entre las secuencias
filogenéticas construidas desde los análisis comparados de los mapas genéticos
de diversos organismos con las construidas desde la anatomía y la fisiología
comparadas o desde la paleontología (y no estamos aquí haciendo apología del
reduccionismo bioquímico sino insistiendo en la necesidad de ajustar las partes
del teorema, en este caso, la necesidad de ajustar la reconstrucción bioquímica
con la fenotípica, con la paleoecológica o la paleogeográfica, &c., para
construir conceptos tan importantes y fértiles como el de «evolución en
mosaico» o para desenmascarar casos crípticos de convergencia). También añaden
solidez al teorema los análisis matemáticos de la genética de poblaciones,
donde el concepto de selección natural puede reconstruirse en términos mucho
más precisos que en cualquier otro contexto precedente.
El análisis del teorema de Darwin desde la nueva teoría sintética de la
evolución quizás nos permita entender algunas de las dificultades irrebasables
con las que tuvo que enfrentarse el autor de El origen. Y así
como desde la teoría de la relatividad general podemos entender, incluso mejor
que Newton, ciertos aspectos de la mecánica clásica (la coincidencia entre masa
gravitacional y masa inercial), así también hoy, desde la teoría sintética,
podemos entender, quizás mejor que Darwin, la circunstancia de ciertos errores
necesarios: nos referimos a la teoría de la pangénesis ya citada. El propio
Darwin se dió cuenta perfectamente del carácter problemático de esta teoría a
la que consideraba sólo una hipótesis floja y provisional, hipótesis
desaprobada por algunos de los darvinistas más fervientes como el propio
Huxley. De hecho, Darwin nunca incluyó esta teoría en El origen aunque
sí aparece formulada en su obra de 1868 sobre las variaciones de los animales y
las plantas en estado de domesticación. Si nos atenemos estrictamente a El
origen podemos decir que Darwin se conforma con dar por supuesta la
variabilidad espontánea ligada a la herencia, haciendo compatible esta
variabilidad con la influencia directa del medio (manteniendo siempre un cierto
grado de lamarckismo compatible con su teoría de la selección natural). Darwin
no conoció la obra de Mendel, aunque es sabido que Mendel le envió una copia de
su trabajo de 1865 que no llegó nunca a consultar. En todo caso, Darwin sí
conocía los estudios del francés Charles Naudin, que llegaba a conclusiones
parecidas a las del sacerdote austríaco, y, sin embargo, se opuso una vez más a
la hipótesis de la herencia dura en favor de la herencia mezclada, y mantuvo
esas mismas posiciones hasta el final de su vida. Para poder entender las
razones de esta oposición tan tenaz quizás sea pertinente recordar que Darwin
construyó su teorema de la evolución en polémica contra el creacionismo y
contra cualquier hipótesis que supusiera en la historia natural algún tipo de
salto o discontinuidad inexplicable en términos biológicos. La reiterada
apelación darviniana a la inexistencia de saltos en la naturaleza (el famoso
lema tomado de Leibniz: Natura non facit saltum) podría
interpretarse no tanto como un requerimiento ontológico (la naturaleza es
continua) o matemático (la continuidad en biología puede ser definida en
términos matemáticos), cuanto como un principio gnoseológico: no puede haber en
la filogénesis de los organismos procesos que no tengan una explicación
internamente biológica (ésta sería la lectura que nosotros haríamos del párrafo
final del capítulo séptimo de El origen). Desde estos presupuestos,
y en ausencia de una teoría celular y una teoría genética firmemente
desarrolladas, las hipótesis de la herencia blanda y de la pangénesis podían
parecer más atractivas. De hecho Darwin, aunque reconoció la variabilidad espontánea
(probablemente porque no tenía más remedio, ya que ésta se daba en el contexto
de la selección artificial), siempre desconfió de esa variabilidad dado su
carácter opaco, inanalizable en términos biológicos.
Vamos a terminar este párrafo acerca del teorema de la evolución después
de Darwin haciendo una brevísima referencia a los principios gnoseológicos que
van asociados con este teorema. Llamamos principios gnoseológicos de una
ciencia a aquellas normas que el campo de esa ciencia se da a sí mismo para
hacer posible su constitución como tal campo. La unidad y organización interna
de un campo científico es posible a partir del momento en que se dispone de un
número mínimo de teoremas, si es que consideramos el teorema como la «célula
gnoseológica», el elemento funcional básico de la ciencia. Pero una
multiplicidad de teoremas, cuando pertenecen a un mismo campo o están en trance
de constituirlo, no tienen una independencia total, no están aislados, sino que
se nos aparecen entrelazados unos con otros compartiendo un conjunto de
principios. Ahora bien, estos principios no son principios en un sentido lógico
(axiomas, postulados), ni en un sentido ontológico (primeros principios por
razón de su obviedad o de su «claridad y distinción»), sino en un sentido
gnoseológico y constructivo. Con esto queremos decir que estos principios
comprometen a los objetos corpóreos y a las operaciones manuales que conforman
los campos materiales de las ciencias. De ningún modo habrá que considerarlos
principios en un sentido cronológico (aquello que se pone al comienzo), entre
otras cosas porque su justificación no se alcanza hasta que no se construyen
esos teoremas que los exigen y los hacen posibles. De los principios de la
biología no se van a derivar las configuraciones de las especies, de los
organismos o de las biocenosis. Son los propios principios los que se
construyen a partir de los organismos, las especies, las biocenosis o los
fósiles ordenados en estratos; sólo si los principios se muestran útiles en el
análisis de estas configuraciones podrán ser reivindicados como auténticos
principios materiales del campo, como principios no espurios. En el marco de
esta conferencia, la discusión sistemática acerca de cuáles deban considerarse
los principios gnoseológicos de la biología contemporánea rebasa claramente
nuestro espacio disponible pues obligaría a analizar el resto de los teoremas
de ese campo. Pero con todo, vamos a intentar referirnos, aunque sea de modo
sucinto, a algunos principios que afectan más directamente al teorema de Darwin
en su formulación actual de la nueva síntesis.
En primer lugar, el teorema de Darwin es indisociable del
establecimiento de un principio gnoseológico que llamaremos, con Bueno, el
«principio del cierre interespecífico», según el cual el problema de la
transformación de unas especies en otras queda definido como un problema
biológico. Este principio quedará, a su vez, limitado por el «principio del
cierre específico», exigido por el teorema de Mendel, que supone que los
organismos se reproducen manteniendo sus características específicas según
leyes determinadas (Bueno, 1983). Precisamente, la teoría sintética de la
evolución se construirá conservando la tensión entre estos dos principios. Como
ya quedó dicho, nosotros seríamos partidarios de interpretar el lema Natura
non facit saltum en el contexto de este requerimiento gnoseológico de
mantenerse en la inmanencia de los fenómenos biológicos a la hora de
reconstruir los procesos filogenéticos. En todo caso, si analizamos el
principio interespecífico desde la actualidad, resulta que, tras su apariencia
inocua y trivial, esconde las mayores dificultades, si es que se pretende
entender de un modo no dogmático el teorema de la evolución biológica. Si
interpretamos ese principio como un principio ontológico, como una verdad
evidente en sí misma, intuitiva (desde el descripcionismo), o como un auténtico
primer principio axiomático justificado en su adecuación con la realidad,
estaremos cayendo en esa concepción dogmática, metafísica, del modelo
evolutivo. Pero si lo interpretamos como un principio gnoseológico, constructivo,
dentro de una estrategia materialista y circularista, resultará ser un
auténtico «postulado de cierre» que nos estará marcando críticamente muchos de
los límites de la franja de verdad del teorema de la evolución. Estos límites
se dibujan frente a otras ciencias en curso (mecánica cuántica, geodinámica,
climatología, &c.): en el último apartado de esta lección diremos alguna
cosa más acerca de este asunto.
El modelo de la evolución exige, por razones evidentes, utilizar el
principio del actualismo (tomado de la geología) en el contexto de los
fenómenos biológicos, con el objeto de poder establecer relaciones isológicas
entre los materiales pretéritos y los actuales. Ahora bien, no creemos que este
principio pueda considerarse un principio ontológico o lógico formal. No es un
principio ontológico porque no habría ninguna justificación ontológica para
mantener el actualismo más que el catastrofismo. No es lógico formal porque sus
contenidos están claramente determinados por materialidades muy específicas (no
exclusivamente tipográficas). Nosotros interpretamos este principio como un
principio gnoseológico, un principio que se adopta en virtud de su fertilidad para
generar cursos constructivos e identidades sintéticas. Ahora bien, el alcance
del principio del actualismo está inmediatamente compensado por el principio de
Dollo, formulado ya por Darwin, acerca del carácter irreversible e irrepetible
de los procesos evolutivos. También aquí el teorema de Darwin se mueve en la
tensión entre estos dos principios, y también de esta tensión se derivan
importantes consecuencias para la comprensión no dogmática del teorema, como
veremos enseguida.
Por otra parte, es importante referirse a ciertos supuestos que hace
falta negar para poder constituir el teorema de Darwin, y que dan lugar a
principios negativos, principios que centrifugan de la categoricidad biológica
ciertas tesis, y que, precisamente por esto, posibilitan la constitución de ese
campo científico. Por ejemplo, es indudablemente un principio del campo
biológico, que posibilita todos sus teoremas, el principio que niega la
generación espontánea. La conformación de este principio se consolidó
históricamente en torno al teorema de la célula pero afecta de manera central,
como no podía ser de otro modo, al teorema darviniano. Afecta a este teorema,
en primer lugar, como principio de los términos porque implica la imposibilidad
de un organismo que aparezca ex abrupto, sin proceder de otro,
creado de la nada. Pero afecta, además, como un principio que regula las
operaciones porque, en el contexto de la mejora animal y vegetal, la
reproducción selectiva puede considerarse, desde el punto de vista
gnoseológico, una operación y, para nosotros, como quedó dicho, esta operación
(de origen tecnológico) habría quedado incorporada, gracias al teorema de
Darwin, en el campo de la biología. Una vez establecido este principio, la
generación espontánea y lacreatio ex nihilo serán incompatibles con
la constitución de la biología como campo científico y quedarán relegadas a
disciplinas metafísicas, como la Teología, o a contextos acausales como, por
ejemplo, en la magia.
El conocimiento negativo no es la ausencia de conocimiento: el segundo
principio de la termodinámica, definido como la imposibilidad de construir un
móvil perpetuo de ciertas características, es, sin embargo, imprescindible para
que el campo pueda constituirse como tal campo científico. En el caso del
teorema de Darwin, otro de los supuestos que resulta negado es el de que los
organismos están adaptados de una manera óptima, como consecuencia de que
participan de la perfección del Dios que los creó. Como es bien sabido, el
teorema de la evolución sólo exige que la adaptación sea suficiente como para
posibilitar la reproducción (diríamos nosotros que se trata de un concepto de
adaptación diamérico, frente a la definición metamérica que exige la referencia
al demiurgo{23}). Si es así, no puede resultar
sorprendente que la mayor parte de los organismos muestren caracteres
subóptimos, y dejan de resultar tan enigmáticos los casos de hipertelia.
Como una prueba más acerca del carácter constructivo de los principios
gnoseológicos de una ciencia, como una prueba también de que esos principios no
son evidentes por sí mismos sino que, por decirlo de algún modo, «se prueban
por sus conclusiones», nos basta con observar que algunas de las grandes
discusiones actuales de la biología evolucionista tienen que ver, precisamente,
con la determinación de algunos de esos principios. Por ejemplo, en la versión
ortodoxa de la teoría sintética, son principios establecidos que las unidades
de variación son los genes, las unidades de selección son los organismos
individuales, y las unidades de evolución son las especies. Se trata de una
correspondencia biunívoca que define, unos por otros, ciertos procesos biológicos
y ciertas clases de términos característicos del campo. Pero, en este momento,
la discusión apasionante acerca de los contenidos de esta ortodoxia es una
discusión esotérica que compete exclusivamente a los biólogos profesionales y
que, si nuestro diagnóstico es correcto, no seguirá tanto la vía ex
principiis cuanto la vía ex consequentiis.
4.5. Breve
referencia al problema de los límites del darvinismo
La verdad de la teoría de la evolución biológica, tal como aparece
formulada en las versiones modernas de la teoría sintética, organiza una
cantidad tal de fenómenos biológicos que, hoy en día, puede decirse, con
Dobzhansky, que es casi imposible hacer biología al margen de las explicaciones
evolucionistas. La teoría de la evolución, junto con la teoría celular, son dos
de los teoremas constitutivos más importantes del campo categorial de la
biología científica. Ahora bien, la potencia indudable de la teoría de la
evolución como identidad sintética no debe tampoco ocultarnos los límites de la
«franja de verdad» abarcada por esta teoría. Todas las verdades científicas y
todas las ciencias tienen unos límites que vienen determinados,
fundamentalmente, por las verdades y las construcciones de las otras ciencias;
por esta razón la discusión de esos límites se convierte necesariamente en una
reflexión de segundo grado, filosófica, una reflexión que puede diferenciarse
de la evaluación de la verdad de los teoremas científicos tal como la realizan
los propios científicos desde la inmanencia de sus campos. Esta discusión es,
para nosotros, importantísima ya que, desde las posiciones del circularismo
materialista, la misma posibilidad de las verdades científicas es indisociable
de la definición de un campo de inmanencia que pueda ser desconectado, en
ciertas condiciones, del resto de los fenómenos. Por eso, sería inmediatamente
sospechoso un teorema que pretendiera referirse a la totalidad de los fenómenos
existentes.
Vamos a referirnos aquí a tres frentes en donde se nos dibujan los
límites del evolucionismo biológico, unos límites que, si no nos equivocamos,
serían inseparables de esa verdad y vendrían determinados por los propios
fenómenos que posibilitan su existencia. Estos límites marcan, a la vez,
algunos de los contornos más importantes del cierre categorial biológico, un
cierre categorial efectivo, pero «infecto» y problemático (aunque quizás no más
problemático que los cierres de otras ciencias que, sin embargo, se presentan a
sí mismas como «perfectas» sin serlo).
En primer lugar, es un problema actualmente abierto y sujeto a
importantes discusiones e investigaciones el de determinar en qué momento el
modelo evolutivo deja de ser aplicable cuando descendemos en la escala
filogenética: ¿puede aplicarse el modelo de la lucha por la supervivencia y la
selección natural a macromoléculas orgánicas separadas, o a los protobiontes
anteriores a los primeros procariontes? ¿Puede establecerse una modulación
climacológica del modelo que nos permita entender, desde sus determinaciones
internas, su funcionamiento diferencial conforme descendemos en la escala
evolutiva, hasta llegar a su propia degeneración, degradación y desaparición
como tal modelo, pongamos por caso, en el nivel de ciertas estructuras de la
química del carbono? Si estas preguntas pudieran ser respondidas o, al menos,
precisadas en alguna medida, se arrojaría mucha luz acerca de los límites de la
categoría biológica con respecto a la categoría físico-química y, más en
general, sobre el alcance de ciertas teorías metafísicas que pretenden poder
progresar causalmente desde las moléculas, los átomos, o incluso, las
estructuras subatómicas, hasta las células, los tejidos, y los organismos de la
biología. Al descender en esa escala filogenética, el momento en el que el
modelo de la evolución deja de engranar con los materiales y los fenómenos
habrá que interpretarlo como un indicio sólido de que esos procesos
considerados ya no son categoriales, determinados, sino que conducen a teorías
metafísicas, a teorías que son incapaces de progresar nuevamente a los
fenómenos. Pero la crítica de estas teorías sólo puede hacerse desde las ideas
de materia y tiempo en sentido ontológico general. El riesgo incesante de
convertir los procesos categoriales en teorías metafísicas (Alexander con su
«emergencia absoluta» o Bergson con su «evolución creadora») vuelve a
reproducir la oscuridad y el error del creacionismo. Si el creacionismo
predarvinista imposibilitaba el cierre categorial de la biología, este
emergentismo también es hoy un obstáculo para poder precisar los límites
inmanentes de ese cierre.
No faltan quienes pretenden borrar estos límites del campo biológico
proponiendo una reducción de ese campo al campo de la física (una reducción que
nosotros calificaríamos de «reduccionismo descendente»): J.J.C. Smart, en
su Philosophy of Scientific Realism (Smart, 1963, p. 57), da
por supuesta esta reducción, y E. Nagel, en La estructura de la
ciencia (Nagel, 1961, cap. XI), considera el problema de la reducción
de la biología a la física como una cuestión empírica pendiente de los posibles
desarrollos de la biología molecular (como si la biología molecular pudiera
llegar a dar cuenta, desde sus principios, de la etología, la ecología o la
biogeografía implicadas en el evolucionismo biológico).
Pero también hay un modo de entender estos límites del modelo evolutivo
que supone considerarlos necesarios, necesarios como límites que posibilitan y
constituyen el modelo y el mismo campo biológico. Desde esta posición, resulta
improcedente considerar un defecto del darvinismo el no poder explicar el
origen de la vida, como hace Popper (Popper, 1974:228). Popper, además, deduce
de esa imposibilidad que el darvinismo es entonces una lógica situacional ya
que exigiría asumir «que la vida y su marco constituyen nuestra 'situación'».
Nuevamente volvemos a topar aquí con la sutil agudeza de Sir Karl. Darwin, por
su parte, se dió cuenta muy tempranamente (en sus Notas viejas e
inútiles de 1837) de que el problema del origen de la vida quedaba
fuera del horizonte de su teoría pues ésta exigía partir in medias res de
los organismos vivos como términos del campo ya dados, para intentar esclarecer
los mecanismos responsables de la descendencia con modificación. Darwin sabía
que los términos característicos del campo biológico eran los organismos
(actuales y extintos) y el origen de la vida no era un asunto inmanente al
campo biológico. En la conclusión de El origen, Darwin se
defiende de aquellos que critican su teoría por no poder dar cuenta «de la
esencia u origen de la vida» argumentando que tampoco la mecánica de Newton,
paradigma indiscutible de cientificidad, «explica qué es la esencia de la
atracción de la gravedad». Darwin también fué plenamente consciente de la
imposibilidad de reducir íntegramente el mundo orgánico al mundo inorgánico,
dada la especificidad material de los fenómenos biológicos y, en este sentido,
fué siempre contrario a ese «reduccionismo descendente» (y ello a pesar de que
considerara las ciencias físicas como un modelo metodológico para las
biológicas).
En segundo lugar, la verdad de la teoría de la evolución biológica
encuentra también sus límites cuando se intenta aplicar a las últimas decenas o
incluso centenas de miles de años de la especiehomo sapiens, a la
culturología e incluso a la historia. El proyecto de los sociobiólogos sería la
muestra más importante de este intento, aunque no la única, puesto que caben
versiones del evolucionismo culturológico menos dependientes de la genética (en
la línea del llamado darvinismo social de Spencer). Pero ¿puede utilizarse la
teoría de la evolución biológica con algún sentido (y con algún rendimiento)
para analizar la especie homo sapiens sapiens actual dados los
propios progresos de la biología y de las tecnologías biomédicas? ¿Acaso no
son, precisamente, esas tecnologías las primeras encargadas de mantener
estables las características de la especie subsanando ortopédicamente las
variaciones que se produzcan? ¿La selección natural y la selección sexual
pueden aplicarse sin más, directamente, al hombre actual sin mediar contenidos
históricos y culturales? Si vamos a fijarnos en el parecer de Darwin, no es
fácil exponer de modo resumido su posición. Por una parte, él consideraba que
el modelo de la evolución biológica no era aplicable al terreno social, y por
eso no consideraba de ninguna utilidad la obra de Spencer (como nos narra en suAutobiografía),
y más absurdas todavía le parecían las comparaciones entre el evolucionismo
biológico y la historia política{24}, pero, por otra parte, según sabemos por
su correspondencia, Darwin trasladaba la lucha por la existencia a las razas
humanas y sostenía que las razas caucásicas, más civilizadas, habían vencido a
la raza turca{25}.
No podemos abordar ahora el análisis de aquellas situaciones en las que
ciertos componentes del modelo evolucionista refluyen en el seno de materiales
etnológicos e históricos. Esta refluencia se da, sin duda, y su estudio es una
tarea urgente pues tiene implicaciones para la filosofía moral y política del
presente; es, además, una tarea que exige tomar partido sobre el carácter
prescindible, sustituble o imprescindible de la refluencia en cada caso. A
pesar de reconocer estas refluencias, las prognosis acerca de la
evolución biológica del hombre actual (y de otros organismos)
entrarían, sin embargo, para nosotros, dentro del género de la ciencia ficción.
Incluso parece pertinente dudar hoy de la aplicabilidad del
modelo de la selección natural no sólo a nuestra especie sino a todas las demás
en la medida en que el hombre ha alterado de forma muy importante la «economía
de la naturaleza» y está dispuesto a alterarla aún más (sea en el sentido que
sea, incluido el de un conservacionismo ecologista --culturalmente construído,
sin duda-- que no parece tener muy bien definidos los contenidos de aquello que
pretende conservar: ¿el paisaje? ¿la biomasa? ¿la diversidad, incluido el virus
de la viruela?); y esta alteración de etiología humana obedece, sin duda, a causas
que ya no caen dentro de la categoría biológica (la lucha por la supervivencia,
&c.) sino dentro de otras categorías (culturología, historia, economía,
sociología, política, &c.). Este intento de aplicar el esquema de la
evolución biológica a materiales culturológicos, históricos, sociopolíticos,
éticos, morales, &c., cuando se presenta como el único modo científico de
tratar estos asuntos, da lugar a un «reduccionismo ascendente». Los límites de
este reduccionismo no siempre son fáciles de determinar ya que puede darse el
caso de contenidos aparentemente culturales o históricos que resultan
efectivamente reductibles por vía biológica. Así ocurre, por ejemplo, con la
fobia hacia el consumo de leche de muchas poblaciones humanas, que en vez de
explicarse como un tabú dietético de etiología cultural, debe entenderse como
un efecto de una deficiencia de lactasa genéticamente determinada, de modo que
las poblaciones con capacidad de sintetizar cantidades suficientes de lactasa
serían un resultado de un proceso de evolución biológica.
El tercer frente en el que se dibujan también importantes límites de la
verdad de la teoría de la evolución implica criticar un uso del modelo que
conduce a la construcción de una historia natural atributiva, global. Son
totalidades atributivas «aquellas cuyas partes están referidas las unas a las
otras, ya sea simultáneamente, ya sea sucesivamente» frente a las totalidades
distributivas «cuyas partes se muestran independientes las unas de las otras en
el momento de su participación en el todo» (Bueno, 1992-94, v.5:1441). Se
entiende el modelo de la evolución biológica como modelo atributivo cuando se
supone que este modelo permite hablar de una historia natural científica total.
Las partes de este modelo serían, entonces, las diferentes fases de la filogénesis
que se podrían conectar sucesivamente en una construcción global científica.
Ahora bien, si entendemos el modelo evolutivo como modelo atributivo global,
entonces todas esas conexiones que aseguran la unión de las partes de ese todo
sucesivo (de esa historia natural global) serían conexiones científicas,
y lo serían gracias, precisamente, a ese modelo de la evolución biológica. Nos
parece, sin embargo, que esa totalidad atributiva histórica, cuando pretende
dar cuenta causalmente de la totalidad de los fenómenos que cubre, cae
inevitablemente en el sofisma del post hoc ergo propter hoc. Y
este error no sólo se da en el ámbito de la historia natural, sino también en
el de la historia cosmológica y en el de la historia política. La causalidad,
como sabemos, no es mera sucesión, porque puede haber acontecimientos sucesivos
no ligados causalmente. La causalidad tampoco es, para nosotros, percepción de
una regularidad (como pretendía Hume), porque puede haber regularidades no
causales o cuyas causas estén en terceros componentes no aparentes. En este
sentido la teoría científica de la evolución biológica no puede explicar todo
acontecimiento como un efecto de la sucesión histórica porque de ese modo
«probaría demasiado». Quizás pudiera pensarse que la biología molecular podría
asegurar la continuidad material efectiva de esa historia
evolutiva. Pero este supuesto choca con la incertidumbre cuántica, donde la
posibilidad de construir esquemas causales encuentra sus límites, y conduce
nuevamente o al reduccionismo descendente o a las concepciones metafísicas.
La verdad de la teoría de la evolución la haríamos residir en su
carácter de modelo genérico,distributivo, variacional, pero también de
modelo determinado, limitado. Entendido de este modo, el modelo es una
totalidad, un género, pero una totalidad cuyas partes, cuyas especies, son
distributivas y, por tanto, independientes las unas de las otras en la conformación
del todo. Esa independencia de los diferentes tramos o contextos donde funciona
el modelo exige su relativo aislamiento (temporal, espacial o ambas cosas a la
vez) y, por tanto, requiere determinar los límites del proceso evolutivo que se
está considerando en cada caso. De este modo, el modelo será variacional y
modulante pues cubrirá una multiplicidad de situaciones heterogéneas: desde
aquellos contextos en los que el modelo pueda aplicarse con la máxima
perfección y un alto rendimiento (por la abundancia de los fenómenos, por su
accesibilidad, por su fácil manipulación, por la posibilidad de hacer un
tratamiento matemático de los resultados, &c.), hasta aquellos contextos
donde la aplicación del modelo sea problemática, precaria, incluso mínima
(debido también a razones diversas: el ignorabimus fenoménico{26} como uno de los límites internos de
la paleontología, las dificultades debidas a la destrucción y alteración de
muchos ecosistemas, &c.). Tanto Darwin como los creadores de la teoría
sintética intentaron estudiar comparativamente los diferentes procesos de
especiación para construir un cierto sistema básico modulante que se repitiera
en todos ellos. Lo anteriormente dicho no significa negar que gracias al
darvinismo se pueda fundamentar la categoría de la biología como categoría
atributiva. Pero esta categoría no sólo resulta del teorema de Darwin sino del
resto de los teoremas del campo biológico, entre los que están los teoremas de
la célula, de la genética de poblaciones o de la biología molecular. Además, la
categoría biológica no debe ser confundida, sin más, con la idea de Naturaleza,
idea que nosotros consideramos mítica en cuanto presupone la unificación
metafísica de una serie de categorías heterogéneas (física, termodinámica,
biología, &c.) cuyas relaciones son, de hecho, polémicas.
Nosotros pretendemos que el proceso de evolución biológica considerado
como historia natural total, como proceso idiográfico global, resulta
ininteligible si partimos de la inexistencia de otros mundos (al menos
accesibles) donde haya habido evolución biológica, para poder efectuar
comparaciones, para poder construir una identidad esencial sistemática aún
más general acerca de los procesos evolutivos considerados globalmente. En este
sentido, el carácter idiográfico del tiempo total (geológico, biológico, histórico,
cosmológico) no es un componente de una identidad sintética, de una verdad
científica. Ese tiempo total es una idea mítica, metafísica. Esa idea deberá
ser sustituida por una idea de tiempo crítica (como la idea de tiempo en
sentido ontológico general que nosotros hemos expuesto en otro lugar). Será
entonces, desde esa idea crítica desde donde podremos apreciar los límites de
cada una de esas categorías (geología, biología, historia, física relativista).
Es difícil pronunciarse acerca de hasta qué punto Darwin fué consciente de este
tercer frente de dificultades. En todo caso, de lo que Darwin se dio
perfectamente cuenta en El origen fue de la imposibilidad de
aplicar el determinismo reversibilista característico de la mecánica clásica a
los materiales de la biología porque «una especie desaparecida no reaparece
jamás, incluso aunque se vuelvan a dar las mismas condiciones vitales orgánicas
e inorgánicas»{27}. La ley de Dollo (Dollo, 1893) marcaría
por vía negativa uno de los límites más importantes de la franja de verdad del
darvinismo, afectando de manera central y ubicua a la estructura de la
identidad sintética de la que venimos hablando. Al mismo tiempo, esta ley
pondría de manifiesto el carácter trascendental (en sentido positivo,
recursivo) que tiene la estructura de los organismos actuales (su anatomía, su
fisiología, sus relaciones ecológicas y etológicas, &c.) respecto de los
procesos evolutivos próximos.
La negación de esa historia natural atributiva global, total, no
significa, sin embargo, negar la posibilidad y la efectividad de una teoría de
la evolución científica cuya identidad sintética sistemática
sea un modelo limitado capaz de desplegarse como un
género distributivo, variacional (como es variacional el género
«palanca» respecto a sus especies), a propósito de los materiales más diversos
del campo biológico (hasta tal punto esto es así que ese campo biológico
empieza a quedar internamente definido por los conjuntos de materiales que
pueden pasar a constituir ese modelo). De este modo, la evolución biológica no
sería una identidad sustancialista sino funcional, un modelo genérico en el
sentido de los géneros combinatorios (esos géneros que se construyen por
combinación de los rasgos específicos), un modelo susceptible de aplicarse a
contextos finitos que puedan desconectarse unos de otros y de la totalidad del
mundo o de esa historia total a la que hacíamos referencia. Si entendemos el
modelo de este modo resulta fácil argumentar contra la acusación (ya formulada
muy tempranamente) de que la teoría de la evolución no es más que una
tautología (pues explica la supervivencia por la adaptación y recíprocamente):
esta acusación se sostendría sobre la falsa expectativa de poder dar cuenta
íntegramente de esa historia natural total.
Este tercer frente de limitaciones en la franja de verdad de la teoría
de la evolución afectaría por igual a los diferentes momentos de la filogénesis
(no ya sólo a sus orígenes o a sus postrimerías) pues es, en buena medida, un
resultado de las dificultades que plantea el concepto de «medio de un
organismo». Como sabemos el concepto de «medio» y de «adaptación al medio» es
central en la teoría de la evolución biológica, tanto en su versión darvinista
como en la teoría sintética. Ahora bien, el «medio» de un organismo se puede
referir a materiales muy heterogéneos: en principio, es todo aquello que afecta
al organismo. Y al organismo le pueden afectar los rayos cósmicos, la
radiactividad natural, los procesos geológicos (el vulcanismo, los cambios del
nivel del mar, la deriva continental), el clima y los meteoros y, desde luego,
también los otros organismos (la biocenosis de la que forma parte) que son
parte importantísima constitutiva de su medio. Incluso acontecimientos de
etiología extraterrestre como el meteorito que, en la hipótesis de Álvarez{28}, podría haber sido responsable de la
extinción de los dinosaurios. Siendo así las cosas, podría decirse que, dado
que el medio de un organismo es todo aquello que le afecta, y puesto que no
podemos saber qué es lo que le afecta hasta que ya se haya visto afectado, y
puesto que ningún agente puede descartarse a priori (pues las
vías en que un agente externo puede afectar a un organismo son, en principio,
impredecibles), parece indudable que el cierre categorial de la teoría de la
evolución es, en este sentido preciso, problemático. Hoy, mucho más que en
tiempos de Darwin, somos conocedores del importante papel que juegan en la
evolución biológica los procesos estocásticos y las contingencias más diversas
que se intercalan en secuencias deterministas: las mutaciones, las roturas de
cromosomas y su entrecruzamiento, &c, se intercalan en los mecanismos
hereditarios; la misma selección de los gametos en la reproducción sexual
resulta, en parte, fruto del azar, por no hablar de los avatares climatológicos,
geológicos, o astronómicos, o, incluso, de las contingencias etológicas que
pueden ser decisivas en los procesos de especiación. De este modo, estamos en
condiciones de poder dibujar con mayor precisión los límites gnoseológicos del
campo biológico, esos límites que se van definiendo en la dialéctica entre las
categorías: entre la biología evolucionista y la física cuántica o la
astronomía o la geodinámica , &c. Los límites, en todo caso, son necesarios
si es verdad que los contextos científicos son, obligadamente, contextos
finitos, limitados, susceptibles de desconectarse relativamente de su entorno.
Darwin consideró, en la primera edición de El origen, que
el aislamiento era responsable, en muchos casos, de la especiación.
Ulteriormente, sin embargo, al preparar la última edición de esta misma obra
(en 1876), Darwin restó importancia al aislamiento como factor de especiación,
probablemente porque consideró que las causas que producían el aislamiento de
una especie eran, en muchos casos, abióticas. Darwin prefería explicar la
especiación mediante procesos internamente biológicos (o que él consideraba, en
aquel momento, como propiamente biológicos): variación, herencia,
multiplicación, lucha por la supervivencia. Esta diferente importancia dada al
aislamiento, en el '59 y en el '76, quizás podría interpretarse como un intento
de «mejorar» más la teoría de la evolución en el sentido de hacer de ella una
teoría «lo más biológica posible», si se nos permite esta expresión, en el
sentido de limitar y determinar el contexto determinante de la evolución como
un contexto exclusivamente biológico (no geológico o geográfico). Este intento,
sin embargo, ha resultado ser ilusorio pues, como sabemos, la importancia de
los factores abióticos (astronómicos, geodinámicos, físico-químicos, cuánticos,
&c.) en la historia natural ha ido revelándose cada vez mayor. En todo
caso, Darwin fué muy consciente de que la selección natural no era el único
medio responsable de la modificación, aunque sí fuera el más importante{29}. Todavía en nuestros días, los biólogos
evolucionistas siguen discutiendo acerca del mayor o menor peso que ha de
concedérsele, en cada caso, a la selección natural como mecanismo causante de
evolución.
Desde nuestros presupuestos, los factores abióticos que entran a formar
parte de la historia natural, sobre todo aquellos que son determinantes de
procesos de extinción masiva, cumplen una función gnoseológica muy específica
en relación con el modelo de la evolución biológica que
venimos comentando. Son, en cierto, sentido, componentes de la historia natural
que nos sacan fuera de la inmanencia del campo biológico. Así como el individuo
psicológico, entendido en primera persona a través de la introspección, queda
fuera del campo de la psicología empírica, del mismo modo que el valor de uso
queda fuera de la economía política (que sólo se interesa por el valor de
cambio), de modo análogo los factores abióticos que determinan la historia
natural quedan, en parte, fuera de modelo evolutivo biológico. Con esta
afirmación no estamos negando la presencia de esos factores, su presencia
empírica en el ámbito de la historia natural; lo que estamos es precisando en
qué medida determinados acontecimientos (por ejemplo, una extinción masiva de
etiología extraterrestre) pueden quedar incluidos en las concatenaciones que
anudan los términos del modelo de la evolución biológica. Porque esos
acontecimientos habría que interpretarlos, en muchas ocasiones, como los
interruptores que nos permiten construir el modelo como modelo distributivo, modulante yvariacional,
como un modelo cuya estructura se repite en las diversas épocas geológicas a
propósito de materiales biológicos diferentes. Estos «interruptores temporales»
serían los análogos de la interrupción espacial que supone el aislamiento
biogeográfico (y ese aislamiento espacial es también imprescindible para que el
modelo funcione como modelo distributivo). Y, siguiendo con esta analogía entre
aislamiento geográfico y aislamiento temporal (determinado por extinciones
masivas), habrá que considerar la situación en que esos «cuellos de botella»
que representan las grandes extinciones sean responsables de una explosión
ulterior de nuevos procesos de especiación. Una comprensión dialéctica del
teorema de la evolución implica reconocer que estos componentes abióticos, por
una parte, nos ponen en los límites del modelo en cuanto modelo específicamente
biológico (no geológico, geodinámico o astronómico) pero, por otra parte, esos
mismos componentes son, en muchas ocasiones, los responsables del carácter
distributivo del modelo y, por tanto, de su posibilidad como identidad
sintética sistemática, como modelo científico. Con esto no estamos
queriendo decir que estos componentes abióticos no deban ser estudiados: es
imprescindible estudiarlos, pero no tanto para colonizar nuevos terrenos en
favor del campo biológico como para comprender, dibujar y delimitar los límites
de este campo. Esta situación dialéctica no debe confundirse, sin más, con el
problema de la macroevolución. En primer lugar, porque los factores abióticos
afectan tanto a la macro como a la microevolución, y, en segundo lugar, porque
los procesos macroevolutivos podrían explicarse, en ocasiones, por mecanismos
internamente biológicos, como en los modelos de especiación peripátrica de
poblaciones con alto grado de homozigosis.
Pero, en todo caso, la franja de verdad del teorema de Darwin es
indudablemente amplia pues incluye materiales cuya construcción procede por
vías muy heterogéneas, lo que le da una riqueza y una solidez indiscutible. Por
supuesto, ni el modelo de Darwin, ni sus reformulaciones en la teoría
sintética, son capaces de reducir la totalidad de los fenómenos que rodean a
los organismos vivos (actuales y extintos). Esto ocurre en la biología como en
cualquier otra ciencia pues ningún teorema (o conjunto de teoremas) de ninguna
ciencia reduce íntegramente todos los fenómenos del campo. Si fuera así, ese
campo, esa ciencia, sería ya una ciencia acabada, perfecta, sería una ciencia
muerta. Una comprensión no dogmática del darvinismo exige reconocer los límites
de su franja de verdad, pero ello no niega la existencia del teorema de Darwin
como teorema científico en aquellos contextos materiales donde
efectivamente pueda constituirse. Contando, desde luego, con que su desarrollo
puede conducirnos a una nueva variedad del teorema aún más sólida y potente.
* * *
Aquí termina, por fin, nuestra exposición, aunque en absoluto
pretendemos haber agotado los problemas filosóficos suscitados por la biología
evolutiva. En particular, no podemos dejar de referirnos a un asunto central
que quizás haya causado cierta perplejidad. Nuestro análisis gnoseológico del
darvinismo, en la medida en que está hecho desde una filosofía de la ciencia
constructivista circularista, supone considerar la evolución biológica como un
teorema que construye una realidad nueva (una realidad, por tanto, que no
existe previamente como tal). Por eso hemos argumentado que no es
posible describir el pasado, o construir una teoría que se adecue al pasado, y
hemos preferido hablar de la constitución del pasado o, por lo
menos, de la constitución de algunas partes del pasado. El pasado, por
definición, no existe, y tan sólo podemos hablar con sentido de él en cuanto
construcción realizada a partir de vestigios, reliquias y cursos operatorios
presentes. Ahora bien, parece evidente que el teorema de la evolución
biológica, una vez construido, exige la existencia de una serie de procesos que
son anteriores a la aparición del teorema; anteriores, incluso, a la existencia
de sujeto gnoseológico alguno. Efectivamente, los procesos evolutivos
resultarían ininteligibles si no suponemos su existencia previa al siglo XIX.
Pero, la pre-existencia de los procesos evolutivos parece que entra en
contradicción con nuestra interpretación del modelo de Darwin como
descubrimiento constitutivo. Estaríamos diciendo, por una parte,
que la evolución biológica no existe previamente a la construcción del teorema
de Darwin y, por otra, que tendría que existir previamente, si es que ese
teorema ha de resultar inteligible. Estaríamos, en fin, hablando de un
descubrimiento constitutivo que, sin embargo, exigiría la preexistencia de lo
descubierto.
Vamos a referirnos a esta dificultad considerándola desde un punto de
vista gnoseológico, aunque no estamos muy seguros de que sea posible separar
aquí la perspectiva gnoseológica de la ontológica. Pues bien, desde la
gnoseología materialista, habrá que reconocer explícitamente una tensión
ineludible entre dos requerimientos que afectan a toda verdad científica. Por
un lado, consideramos que una verdad científica es posible por la
neutralización de los aspectos subjetivos de las operaciones, y suponemos que
esta neutralización se produce cuando múltiples cursos operatorios confluyen en
una identidad sistemática. Hemos intentado exponer cómo este proceso tiene
lugar en el teorema de Darwin. Nos alejamos así del operacionalismo radical del
primer Bridgman que llega a reducir los conceptos de las ciencias a series de
operaciones. Para nosotros, la neutralización de los aspectos subjetivos de las
operaciones supone reconocer en las verdades científicas ciertos componentes
que no están en las operaciones, fundamentalmente, los contenidos de esas
verdades que se imponen a los propios sujetos gnoseológicos. Ahora bien, por
otro lado, es necesario hacer notar que, desde el punto de vista gnoseológico,
esos contenidos no se imponen al sujeto de un modo inmediato, ni en la
perspectiva del Mundo o del Hombre, sino que implican sólamente la franja de
fenómenos que cubre el teorema. La verdad del teorema de la evolución se impone
si es que hay que mantener necesariamente esas armaduras de cuya confluencia
surge: el registro fósil, las analogías y homologías anatómicas y fisiológicas,
la distribución biogeográfica, &c. Esto es tanto como decir que esa verdad
no puede considerarse como una verdad exenta, separada totalmente de
los fenómenos y de las estructuras fenoménicas de donde brota, y por eso es
imprescindible restituirla contínuamente a esos contextos que la hacen posible
(y esos contextos están dados en el presente, necesariamente). Si esto es así,
y ateniéndonos al punto de vista gnoseológico (si es que ello es posible), el
reconocimiento de la evolución biológica como un proceso pasado no exige una
concepción descripcionista o adecuacionista de la ciencia. Tan sólo es
necesario reconocer que el pasado está constituido siempre desde el presente
(con todo lo que esto supone), y que la verdad científica que construye ese
pasado, aunque tenga componentes que se imponen como objetivos: (1) no llega
nunca a ser independiente de los cursos operatorios fenoménicos que la hacen
posible, (2) no es una descripción del pasado, (3) no es una teoría que se
adecua al pasado, y (4) puede ser considerada una construcción material
sintética que conforma nuestra realidad actual. La realidad presente incluye el
«pasado construido» porque ese pasado, aunque no lo percibamos directamente, afecta
y determina lo existente.
El análisis de la idea de Pasado en su relación con la teoría ontológica
del materialismo filosófico conduce, por su parte, a multitud de problemas que
merecen una discusión detenida. Ello exige, en primer lugar, exponer la
distinción entre ontología general y especial, y referirse a la teoría de los
géneros de materialidad (Bueno, 1972 y 1990b). También supone desarrollar una
teoría filosófica acerca de la idea de Tiempo y analizar cómo las ideas de
Pasado y de Tiempo se abren paso a través de una multiplicidad de categorías
(físico-química, biología, historia, &c). Será necesario, además, decidir
cuál es la figura dialéctica que permite constituir una idea de Pasado que no
sea metafísica (por ejemplo, habría que responder a preguntas como la siguiente:
¿se acomoda esta idea al modelo de la catábasis o de la catástasis?).
Pero todo ello habrá de quedar para mejor ocasión.
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{1} Texto de la conferencia impartida en
Zaragoza, el 3 de julio de 1995, dentro del Seminario Interdisciplinar
de la Universidad de Zaragoza.
{2} vid. C. Burret (ed.), 1967, p.26.
El desarrollo de la biología evolucionista no parece haberse visto
afectado, en cualquier caso, por el desprecio del autor del Tractatus. Sin
embargo, es discutible que una obra como el Tractactus pueda
escribirse si uno se toma la verdad de la evolución biológica en serio.
{3} Citamos a Gustavo Bueno, 1994, vol.5,
p. 221.
{4} A lo largo de esta lección
utilizaremos la distinción emic/etic tal como la usan los
antropólogos culturales (por ejemplo, Harris) para distinguir el punto de vista
del nativo, interno a una cultura (en nuestro caso, a un momento histórico que
ya no existe), que sería el punto de vista emic, frente al
análisis de esa cultura desde fuera, tal como la reconstruye el antropólogo (en
nuestro caso, tal como aparece ese momento histórico al historiador actual),
que sería la perspectiva etic.
{5} vid. Bueno, 1989, para
más información acerca de la distinción entre descubrimientos negativos y
descubrimientos particulares.
{6} vid. Gustavo Bueno, 1979.
{7} J.H. Woodger, 1978: 155.
{8} vid. op.cit., pp.
154-183.
{9} op. cit., p. 33.
{10} Ch. Darwin, 1876, Autobiografía (publicada
en 1887), en el último capítulo titulado: «Residencia en Down, desde el 14 de
septiembre de 1842 hasta la fecha, 1876», en el apartado titulado «Mis
publicaciones».
{11} tomado de F. Darwin y A.C. Seward
(eds.), 1903.
{12} Francis Darwin ,1892, The
Autobiography of Charles Darwin and Selected Letters, citamos por la
versión española de Alianza (1977, 1984), vol.1, pp. 160-161.
{13} Dice Darwin: «Ningún otro trabajo
mío comenzó sobre una base tan deductiva como éste, ya que había imaginado toda
la teoría [mientras me hallaba] en la costa occidental de Sudamérica, antes de
haber visto un verdadero arrecife coralino», Darwin, Autobiografía, en
el apartado en el que narra su estancia en Londres 1839-1842.
{14} vid. Popper, K.R., 1984:
32-34. Popper cita a Bergson y vuelve a insistir en su errónea teoría de la
presión interna de selección de 1974.
{15} Sobre el carácter tautológico de la
teoría de la evolución vid. Manser, A.R., 1965. Sobre la
imposibilidad de realizar predicciones desde el evolucionismo biológico vid. Rosenberg,
A., 1983.
{16} Con algunas modificaciones
parafraseamos a Gustavo Bueno, 1992-94, v.3:869.
{17} Para una visión de conjunto de la
anatomía comparada anterior a Darwin puede consultarse López Piñero, 1992.
{18} Un resumen de las posiciones de
Lyell y de la réplica de Owen puede verse en Michael Ruse, 1979:170 y ss.
{19} Darwin en el «Prólogo» a El
origen de las especies.
{20} Darwin, en la «Recapitulación y
conclusión» de El origen.
{21} Sobre la diferencia entre
descubrimientos constitutivos y manifestativos puede verse Bueno, 1989.
{22} La teoría del cierre categorial
analiza estas situaciones en las que las operaciones de los sujetos (animales)
entran a formar parte, como términos, del campo de las ciencias por medio de la
distinción entre metodologías a y b operatorias. Un resumen
reciente de esta teoría puede encontrarse en Gustavo Bueno, 1995: 74-88.
{23} Diamérico: «Dado un término o
configuración definidos, diamérico es todo lo que concierne a la comparación,
relación, cotejo, confrontación, inserción, coordinación, &c. de este
término o configuración con otros términos o configuraciones de su mismo nivel
holótico (distributivo o atributivo)». Metamérico: «Para un término o
configuración dados es metamérica toda relación, comparación, inserción,
&c. de este término o configuración con otros de superior [...] nivel
holótico» (Bueno, 1992-94, vol.5: «Glosario»).
{24} Darwin escribió en 1879: «Qué
absurda idea parecen sostener en Alemania sobre la conexión entre socialismo y
evolución por selección natural», en F. Darwin, 1887, vol. III:237.
{25} Darwin, F., 1887, t.1:316.
{26} Con Bueno, llamamos ignorabimus fenoménico
a aquellos fenómenos que ignoramos en la actualidad y que ignoraremos siempre
sencillamente porque han desaparecido como tales fenómenos, atomizados en sus
partes materiales. Los organismos del pasado que no se han fosilizado o que,
habiéndose fosilizado, han desaparecido ulteriormente por erosión o por la
acción de altas prsiones y temperaturas serían ejemplos de este ignorabimus. También
son ejemplos de este ignorabimus la situación fenoménica de
hace, pongamos por caso, tres mil o cuatro mil millones de años: esos fenómenos
no existen y, contrariamente a lo que se suele decir, no se pueden reproducir
en un laboratorio las condiciones fenoménicas de ese mundo de hace tres mil o
cuatro mil millones de años. Lo que se construye en el laboratorio es, siempre,
algo bien diferente, sin duda. Véase Bueno,
1990a.
{27} On the Origin of Species, 5ª ed.,
1869, p.388.
{28} Álvarez, L.W; W. Álvarez; F. Asaro;
y H.V. Michel, 1980. Álvarez, L.W., 1982. Un magnífico análisis de la extinción
masiva en E. Molina, 1995.
{29} vid. el final del
«Prólogo» a El origen.

