© Libro
No. 361. Sobre Educación. Kant, Pestalozzi, Goethe. Colección
Emancipación Obrera. Diciembre 22 de 2012.
Título original: © Sobre Educación. M. Kant. J. E. Pestalozzi. J. W. Goethe. Composición y traducción
de Lorenzo Luzurriaga
Versión Original: Sobre Educación. M.
Kant. J. E. Pestalozzi. J.
W. Goethe. Composición y traducción de Lorenzo Luzurriaga
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Sobre Educación
M. Kant - J. E. Pestalozzi - J. W. Goethe
Composición y traducción de Lorenzo Luzurriaga
CONTENIDO
1. Sobre Pedagogía. M. Kant
Introducción
Tratado
De la educación física
De la educación práctica
2. Las veladas de un
ermitaño. J. E. Pestalozzi
De El libro de las madres
3. De Guillermo
Meister. J. W. Goethe
Los años de aprendizaje
Carta de aprendizaje
Los años de viaje: [Capítulo I] y [Capítulo
II]
Sobre Pedagogía
M. Kant
Introducción
El hombre es la
única criatura que ha de ser educada. Entendiendo por educación los cuidados
(sustento, manutención), la disciplina y la instrucción, juntamente con la
educación1.
Según esto, el hombre es niño pequeño, educando y estudiante.
Tan pronto como los
animales sienten sus fuerzas, las emplean regularmente, de modo que no les sean
perjudiciales. Es admirable, por ejemplo, ver las golondrinas pequeñas, que,
apenas salidas del huevo y ciegas aún, saben, sin embargo, hacer que sus excrementos
caigan fuera del nido. Los animales, pues, no necesitan cuidado alguno; a lo
sumo, envoltura, calor y guía, o una cierta protección. Sin duda, la mayor
parte necesitan que se les alimente, pero ningún otro cuidado. Se entiende por
cuidado (Wartung), las precauciones de los padres
para que los niños no hagan un uso perjudicial de sus fuerzas. Si un animal,
por ejemplo, gritara al nacer, como hacen los niños, sería infaliblemente presa
de los lobos y otros animales salvajes, atraídos por sus gritos.
La disciplina
convierte la animalidad en humanidad. Un animal lo es ya todo por su instinto;
una razón extraña le ha provisto de todo. Pero el hombre necesita una razón
propia; no tiene ningún instinto, y ha de construirse él mismo el plan de su
conducta. Pero como no está en disposición de hacérselo inmediatamente, sino
que viene inculto al mundo, se lo tienen que construir los demás.
El género humano
debe sacar poco o poco de sí mismo, por su propio esfuerzo, todas las
disposiciones naturales de la humanidad. Una generación educa a la otra. El
estado primitivo puede imaginarse en la incultura o en un grado de perfecta
civilización. Aun admitiendo este último como anterior y primitivo, el hombre
ha tenido que volverse salvaje y caer en la barbarie.
La disciplina
impide que el hombre, llevado por sus impulsos animales, se aparte de su
destino, de la humanidad. Tiene que su jetarle, por ejemplo, para que no se
encamine, salvaje y aturdido, a los peligros. Así, pues, la disciplina es
meramente negativa, esto es, la acción por la que se borra al hombre la
animalidad; la instrucción, por el contrario, es la parte positiva de la
educación.
La barbarie es la
independencia respecto de las leyes. La disciplina somete al hombre a las leyes
de la humanidad y comienza a hacerle sentir su coacción. Pero esto ha de
realizarse temprano. Así, por ejemplo, se envían al principio los niños a la
escuela, no ya con la intención de que aprendan algo, sino con la de
habituarles a permanecer tranquilos y a observar puntualmente lo que se les
ordena, para que más adelante no se dejen dominar por sus caprichos
momentáneos.
Pero el hombre
tiene por naturaleza tan grande inclinación a la libertad, que cuando se ha
acostumbrado durante mucho tiempo a ella, se lo sacrifica todo. Precisamente
por esto, como se ha dicho, ha de aplicarse la disciplina desde muy temprano,
porque en otro caso es muy difícil cambiar después al hombre; entonces sigue
todos sus caprichos. Se ve también entre los salvajes que, aunque presten
servicio durante mucho tiempo a los europeos, nunca se acostumbran a su modo de
vivir; lo que no significa en ellos una noble inclinación hacia la libertad,
como creen Rousseau, y otros muchos, sino una cierta barbarie: es que el animal
aún no ha desenvuelto en sí la humanidad. Por esto, se ha de acostumbrar al
hombre desde temprano a someterse a los preceptos de la razón. Si en su
juventud se le dejó a su voluntad, conservará una cierta barbarie durante toda
su vida. Tampoco le sirve de nada el ser mimado en su infancia por la excesiva
ternura maternal, pues más tarde no hará más que chocar con obstáculos en todas
partes y sufrir continuos fracasos, tan pronto como intervenga en los asuntos
del mundo.
Éste es un defecto
habitual en la educación de los aristócratas, pues por nacer destinados a
mandar, nunca se les contraría. Es preciso desbastar la incultura del hombre a
causa, de su inclinación a la libertad; el animal, al contrario, no lo necesita
por su instinto.
El hombre tiene
necesidad de cuidados y de educación. La educación comprende la disciplina y la
instrucción. Ningún animal, que se sepa, necesita de ésta; ninguno de ellos
aprende nada de los viejos, excepto los pájaros, que aprenden su canto.
Aquéllos instruyen a los jóvenes, y es delicioso verlos, como en una escuela,
cantar con todas sus fuerzas delante de los pequeños, y a éstos afanándose en
sacar el mismo sonido de sus gargantas. Para convencerse de que los pájaros no
cantan por instinto, sino que realmente aprenden -vale la pena de comprobarlo-
se quitan la mitad de sus huevos a un canario y se cambian por otros de
gorrión, o mejor aún, se sustituyen sus pequeñuelos por gorrioncillos. Si se
los coloca entonces en una caja, donde no puedan oír los gorriones de fuera,
aprenderán el canto de los canarios, y de este modo se tendrán gorriones que
canten. Es admirable también, que cada género de pájaros conserva un cierto
canto característico en todas sus generaciones, siendo esta tradición la más
fiel del mundo.
Únicamente por la
educación el hombre puede llegar a ser hombre. No es, sino lo que la educación
le hace ser. Se ha de observar que el hombre no es educado más que por hombres,
que igualmente están educados. De aquí, que la falta de disciplina y de instrucción
de algunos, les hace también, a su vez, ser malos educadores de sus alumnos. Si
un ser de una especie superior recibiera algún día nuestra educación, veríamos
entonces lo que el hombre pudiera llegar a ser. Pero como la educación, en
parte, enseña algo al hombre y, en parte, lo educa también, no se puede saber
hasta dónde llegan sus disposiciones naturales. Si al menos se hiciera un
experimento con el apoyo de los poderosos y con las fuerzas reunidas de muchos,
nos aclararía esto lo que puede el hombre dar de sí. Pero es una observación
tan importante para un espíritu especulativo, como triste para un amigo del
hombre, ver cómo los poderosos, la mayor parte de las veces, no se cuidan más
que de sí y no contribuyen a los importantes experimentos de la educación, para
que la naturaleza avance un poco hacia la perfección.
No hay nadie que
haya sido descuidado en su juventud, que no comprenda, cuando viejo, en qué fue
abandonado, bien sea en disciplina, bien en cultura (que así puede llamarse la
instrucción). El que no es ilustrado es necio, quien no es disciplinado es salvaje.
La falta de disciplina es un mal mayor que la falta de cultura; ésta puede
adquirirse más tarde, mientras que la barbarie no puede corregirse nunca. Es
probable que la educación vaya mejorándose constantemente, y que cada
generación dé un paso hacia la perfección de la humanidad; pues tras la
educación está el gran secreto de la perfección de la naturaleza humana. Desde
ahora puede ocurrir esto; porque se empieza a juzgar con acierto y a ver con
claridad lo que propiamente conviene a una buena educación. Encanta imaginarse
que la naturaleza humana se desenvolverá cada vez mejor por la educación, y que
ello se puede producir en una forma adecuada a la humanidad. Descúbrese aquí la
perspectiva de una dicha futura para la especie humana.
El proyecto de una
teoría de la educación es un noble ideal, y en nada perjudica, aun cuando no
estemos en disposición de realizarlo. Tampoco hay que tener la idea por
quimérica y desacreditarla como un hermoso sueño, aunque se encuentren
obstáculos en su realización.
Una idea no es otra
cosa que el concepto de perfección no encontrada aún en la experiencia. Por
ejemplo, la idea de una república perfecta, regida por las leyes de la
justicia, ¿es por esto imposible? Basta que nuestra idea sea exacta para que
salve los obstáculos que en su realización encuentre. ¿Sería la verdad una mera
ilusión por el hecho de que todo el mundo mintiese? La idea de una educación
que desenvuelva en los hombres todas sus disposiciones naturales, es, sin duda,
verdadera.
Con la educación
actual no alcanza el hombre por completo el fin de su existencia; porque, ¡qué
diferentemente viven los hombres! Sólo puede haber uniformidad entre ellos,
cuando obren por los mismos principios, y estos principios lleguen a serles
otra naturaleza. Nosotros podemos trabajar en el plan de una educación conforme
a un fin y entregar a la posteridad una orientación que poco a poco pueda
realizar. Las orejas de oso, por ejemplo, cuando se las trasplanta,
tienen todas el mismo color; al contrario, cuando se siembran, se obtienen
colores diferentes. La Naturaleza, por tanto, ha puesto en ellas los gérmenes,
y basta para desarrollarlas, su siembra y trasplante convenientes. Lo mismo
sucede con el hombre.
Se encuentran
muchos gérmenes en la humanidad; y a nosotros toca desarrollarlos, desplegar
nuestras disposiciones naturales y hacer que el hombre alcance su destino. Los
animales lo realizan por sí mismos y sin conocerlo. El hombre ha de intentar
alcanzarlo, pero no puede hacerlo, si no tiene un concepto de él. La
adquisición de este destino es totalmente imposible para el individuo. Aun
admitiendo una primera pareja realmente educada, todavía es preciso saber cómo
ha educado sus alumnos. Los primeros padres dan ya un ejemplo a sus hijos,
éstos lo imitan y así se desarrollan algunas disposiciones naturales. Todas no
pueden ser cultivadas de esta manera, pues los niños, la mayor parte de las
veces, sólo ven los ejemplos ocasionalmente. Antes no tenían los hombres ningún
concepto de la perfección que la naturaleza humana puede alcanzar. Nosotros
mismos no lo poseemos aún con pureza. Pero es asimismo cierto, que obrando
aisladamente los hombres en la formación de sus alumnos, no podían conseguir
que éstos alcancen su destino. No son los individuos, sino la especie humana
quien debe llegar aquí.
La educación es un
arte, cuya práctica ha de ser perfeccionada por muchas generaciones. Cada
generación, provista de los conocimientos de las anteriores, puede realizar
constantemente una educación que desenvuelva de un modo proporcional y conforme
a un fin, todas las disposiciones naturales del hombre, y conducir así toda la
especie humana a su destino. La Providencia ha querido que el hombre deba sacar
el bien de sí mismo y le habló, por decirlo así: «¡Entra en el mundo!; yo te he
provisto de todas las disposiciones para el bien. A ti toca desenvolverlas, y,
por tanto, depende de ti mismo tu propia dicha y desgracia».
El hombre debe
desarrollar sus disposiciones para el bien; la Providencia no las ha puesto en
él ya formadas; son meras disposiciones y sin la distinción de moralidad. El
hombre debe hacerse a sí propio mejor, educarse por sí mismo, y, cuando malo,
sacar de sí la moralidad. Meditándolo maduramente, se encuentra esto muy
difícil: la educación es el problema más grande y difícil que puede ser
propuesto al hombre. La inteligencia, en efecto, depende de la educación, y la
educación, a su vez, de la inteligencia. De aquí que la educación no pueda
avanzar sino poco a poco; y no es posible tener un concepto más exacto de ella,
de otro modo que por la transmisión que cada generación hace a la siguiente de
sus conocimientos y experiencia, que, a su vez, los aumenta y los pasa a las
siguientes. ¿Qué cultura y qué experiencia tan grandes no supone este concepto?
No podía nacer sino muy tarde; nosotros mismos no lo hemos podido obtener en
toda su pureza. ¿Debe imitar la educación en el individuo la cultura que la humanidad
en general recibe de sus diferentes generaciones?
El hombre puede
considerar como los dos descubrimientos más difíciles: el arte del gobierno y
el de la educación y, sin embargo, se discute aún sobre estas ideas.
¿Por dónde, pues,
empezaremos el desenvolvimiento de las disposiciones humanas? Debemos partir
del estado inculto, o por uno ya cultivado? Es difícil imaginarse un desarrollo
partiendo de la barbarie (por esto lo es también el concepto de los primeros hombres),
y vemos que, iniciándose aquél en semejante estado, se ha vuelto siempre a caer
en la animalidad, y que otra vez se han necesitado numerosos esfuerzos para
elevarse. En los más antiguos informes escritos dejados por pueblos muy
civilizados, encontramos que estaban en una gran proximidad a la barbarie -¿y
qué grado de cultura no supone ya el escribir?- tanto que respecto al hombre
civilizado, se podría llamar al comienzo del arte de la escritura el principio
del mundo.
Toda educación es
un arte, porque las disposiciones naturales del hombre no se desarrollan por sí
mismas. -La Naturaleza no le ha dado para ello ningún instinto. -Tanto el
origen como el proceso de este arte es: o bien mecánico, sin plan,
sujeto a las circunstancias dadas, o razonado. El arte de la
educación, se origina mecánicamente en las ocasiones variables donde aprendemos
si algo es útil o perjudicial al hombre. Todo arte de la educación que procede
sólo mecánicamente, ha de contener faltas y errores, por no carecer de plan en
que fundarse. El arte de la educación o pedagogía, necesita ser razonado, si ha
de desarrollar la naturaleza humana para que pueda alcanzar su destino. Los
padres ya educados son ejemplos, conforme a los cuales se educan sus hijos,
tomándolos por modelo. Si éstos han de llegar a ser mejores, preciso es que la
Pedagogía sea una disciplina; si no, nada hay que esperar de ellos, y los mal
educados, educarán mal a los demás. En el arte de la educación se ha de cambiar
lo mecánico en ciencia: de otro modo, jamás sería un esfuerzo coherente, y una
generación derribaría lo que otra hubiera construido.
Un principio del
arte de la educación, que en particular debían tener presente los hombres que
hacen sus planes es que no se debe educar los niños conforme al presente, sino
conforme a un estado mejor, posible en lo futuro, de la especie humana; es
decir, conforme a la idea de humanidad y de su completo destino. Este principio
es de la mayor importancia.
Los padres, en
general, no educan a sus hijos más que en vista del mundo presente, aunque esté
muy corrompido. Deberían, por el contrario, educarles para que más tarde
pudiera producirse un estado mejor. Pero aquí se encuentran dos obstáculos:
a) Los padres
sólo se preocupan, ordinariamente, de que sus hijos prosperen en el mundo,
y b) los príncipes no consideran a sus súbditos más que como
instrumentos de sus deseos.
Los padres, cuidan
de la casa; los príncipes, del Estado. Ni unos ni otros se ponen como fin un
mejor mundo (Weltbeste), ni la perfección a que está
destinada la humanidad y para lo cual tiene disposiciones. Las bases de un plan
de educación han de hacerse cosmopolitamente. ¿Es que el bien universal es una
idea que puede ser nociva a nuestro bien particular? De ningún modo; pues
aunque parece que ha de hacerse algún sacrificio por ella, se favorece, sin
embargo, el bien de su estado actual. Y entonces, ¡qué nobles consecuencias le
acompañan! Una buena educación es precisamente el origen de todo el bien en el
mundo. Es necesario que los gérmenes que yacen en el hombre sean cada vez más
desarrollados; pues no se encuentran en sus disposiciones los fundamentos para
el mal. La única causa del mal es el no someter la Naturaleza a reglas. En los
hombres solamente hay gérmenes para el bien.
¿De dónde debe
venir, pues, el mejor estado del mundo? ¿De los príncipes o de los súbditos?
¿Deben éstos mejorarse por sí mismos y salir al encuentro, en medio del camino,
de un buen gobierno? Si los príncipes deben introducir la mejora, hay que
mejorar primero su educación; porque durante mucho tiempo se ha cometido la
gran falta de no contrariarles en su juventud. El árbol plantado solo en un
campo, crece torcido y extiende sus ramas a lo lejos; por el contrario, el
árbol que se alza en medio de un bosque, crece derecho por la resistencia que
le oponen los árboles próximos, y busca sobre sí la luz y el sol. Lo mismo
ocurre con los príncipes. Sin embargo, es mejor que los eduque uno de sus
súbditos, que uno de sus iguales. Sólo podemos esperar que el bien venga de
arriba, cuando su educación sea la mejor. Por esto, lo principal aquí son los
esfuerzos de los particulares, y no la cooperación de los príncipes, como
pensaban Basedow y otros; pues la experiencia enseña que no tienen tanto a la
vista un mejor mundo como el bien del Estado, para poder alcanzar así sus
fines. Cuando dan dinero con este propósito hay que atenerse a su parecer,
porque trazan el plan. Lo mismo sucede en todo lo que se refiere a la cultura
del espíritu humano y al aumento de los conocimientos del hombre. El poder y el
dinero no los crean, a lo más, los facilitan; aunque podrían producirlos, si la
economía del Estado no calculara los impuestos únicamente para su caja. Tampoco
lo han hecho hasta ahora las Academias, y nunca ha habido menos señales que hoy
de que lo hagan.
Según esto, la
organización de las escuelas no debía depender más que del juicio de los
conocedores más ilustrados. Toda cultura empieza por los particulares, y de
aquí se extiende a los demás. La aproximación lenta de la naturaleza humana a
su fin, sólo es posible mediante los esfuerzos de las personas de sentimientos
bastante grandes para interesarse por un mundo mejor, y capaces de concebir la
idea de un estado futuro más perfecto. No obstante, aún hay más de un príncipe
que sólo, considera a su pueblo, poco más o menos, como una parte del reino
natural, que no piensa sino en reproducirse. Le desea, a lo más, cierta
habilidad, pero solamente para poder servirse de él, como mejor instrumento, de
sus propósitos. Los particulares, sin duda, han de tener presente, en primer
lugar, el fin de la naturaleza; pero necesitan mirar, sobre todo, el
desenvolvimiento de la humanidad, y procurar que ésta no sólo llegue a ser
hábil, sino también moral y, lo que es más difícil, tratar de que la posteridad
vaya más allá de lo que ellos mismos han ido.
Por la educación,
el hombre ha de ser, pues:
a) Disciplinado. Disciplinar es
tratar de impedir que la animalidad se extienda a la humanidad, tanto en el
hombre individual, como en el hombre social. Así, pues, la disciplina es
meramente la sumisión de la barbarie.
b) Cultivado. La cultura
comprende la instrucción y la enseñanza. Proporciona la habilidad, que es la
posesión de una facultad por la cual se alcanzan todos los fines propuestos.
Por tanto, no determina ningún fin, sino que lo deja a merced de las
circunstancias.
Algunas habilidades
son buenas en todos los casos; por ejemplo, el leer y escribir; otras no lo son
más que para algunos fines, por ejemplo, la música. La habilidad es, en cierto
modo, infinita por la multitud de los fines.
c) Es preciso
atender a que el hombre sea también prudente, a que se adapte a la sociedad
humana para que sea querido y tenga influencia. Aquí corresponde una especie de
enseñanza que se llama la civilidad. Exige ésta buenas maneras,
amabilidad y una cierta prudencia, mediante las cuales pueda servirse de todos
los hombres para sus fines. Se rige por el gusto variable de cada época. Así,
agradaban aún hace pocos años las ceremonias en el trato social.
d) Hay que
atender a la moralización. El hombre no sólo debe ser hábil para
todos los fines, sino que ha de tener también un criterio con arreglo al cual
sólo escoja los buenos. Estos buenos fines son los que necesariamente aprueba
cada uno y que al mismo tiempo pueden ser fines para todos.
Al hombre se le
puede adiestrar, amaestrar, instruir mecánicamente o realmente ilustrarle. Se
adiestra a los caballos, a los perros, y también se puede adiestrar a los
hombres.
Sin embargo, no
basta con el adiestramiento; lo que importa, sobre todo, es que el niño aprenda
a pensar. Que obre por principios, de los cuales se origina toda acción. Se ve,
pues, lo mucho que se necesita hacer en una verdadera educación. Habitualmente,
se cultiva poco aún la moralización en la educación privada; se educa al niño
en lo que se cree sustancial, y se abandona aquella al predicador. Pues qué,
¡no es de una inmensa importancia enseñar a los niños a aborrecer el vicio, no
sólo fundándolo en que lo ha prohibido Dios, sino en que es: aborrecible por sí
mismo! De otro modo, les es fácil pensar que podrían muy bien frecuentarlo, y
que les sería permitido, si Dios no lo hubiera prohibido; que, en todo caso,
bien puede Dios hacer alguna excepción en su provecho. Dios, que es el ser más
santo y que sólo ama lo que es bueno, quiere que practiquemos la virtud por su
valor intrínseco y no porque él lo desee.
Vivimos en un
tiempo de disciplina, cultura y civilidad; pero aún no, en el de la
moralización. Se puede decir, en el estado presente del hombre, que la
felicidad de los Estados crece al mismo tiempo que la desdicha de las gentes. Y
es todavía un problema a resolver, si no seríamos más felices en el estado
bárbaro, en que no existe la cultura actual, que en nuestro estado presente.
Pues ¿cómo se puede hacer felices a los hombres, si no se les hace morales y
prudentes? La cantidad del mal no disminuirá, si no se hace así.
Hay que establecer
escuelas experimentales, antes de que se puedan fundar escuelas normales. La
educación y la instrucción no han de ser meramente mecánicas, sino descansar
sobre principios. Ni tampoco sólo razonadas, sino, en cierto modo, formar un
mecanismo. En Austria, casi no hay más que escuelas normales establecidas
conforme a un plan, en contra del cual se dice mucho, y con razón,
reprochándoselo especialmente el ser un mecanismo ciego. Las otras escuelas
tenían que regirse por ellas, y hasta se rehusaba colocar a la gente que no
hubiera estado allí. Muestran semejantes prescripciones lo mucho que el
gobierno se inmiscuía en estos asuntos; haciendo imposible tal coacción que
prosperase nada bueno.
Se cree comúnmente,
que los experimentos no son necesarios en la educación, y que sólo por la razón
se puede ya juzgar si una cosa será o no buena. Pero aquí se padece una gran
equivocación, y la experiencia enseña, que de nuestros ensayos se han obtenido,
con frecuencia, efectos completamente contrarios a los que se esperaban. Se ve,
pues, que, naciendo de los experimentos, ninguna generación puede presentar un
plan de educación completo. La única escuela experimental que, en cierto modo,
ha comenzado a abrir el camino, ha sido el Instituto de Dessau. Se le ha de
conceder esta gloria, a pesar de las muchas faltas que pudieran achacársele;
faltas que, por otra parte, se encuentran en todos los sitios donde se hacen
ensayos; y a él se le debe asimismo que todavía se hagan otros nuevos. Era, en
cierto modo, la única escuela en que los profesores tenían la libertad de
trabajar conforme a sus propios métodos y planes, y donde estaban en relación,
tanto entre sí, como con todos los sabios de Alemania.
La educación
comprende: los cuidados y la formación. Ésta es:
a) negativa, o sea la disciplina, que meramente impide las faltas;
b) positiva, o sea la instrucción y la dirección; perteneciendo en
esto a la cultura. La dirección es la guía en la práctica de lo que, se ha
aprendido. De ahí nace la diferencia entre el instructor (Informator), que es
simplemente un profesor, y el ayo (Hofmeister), que es un
director. Aquél educa sólo para la escuela; éste, para la vida.
La primera época
del alumno es aquella en que ha de mostrar sumisión y obediencia pasiva; la
otra, es aquella en que ya se le deja hacer uso de su reflexión y de su
libertad, pero sometidas a leyes. En la primera hay una coacción mecánica; en
la segunda, una coacción moral.
La educación puede
ser privada o pública. La última no se refiere más que a la instrucción, y ésta
puede permanecer siendo pública siempre. Se deja a la primera práctica de los
preceptos. Una educación pública completa es aquella que reúne la instrucción y
la formación moral. Tiene por fin promover una buena educación privada. La
escuela en que se hace esto se llama un instituto de educación. No puede haber
muchos institutos de esta clase, ni puede ser tampoco muy grande el número de
sus alumnos, porque son muy costosos; su mera instalación exige ya mucho
dinero. Estos institutos vienen a ser como los asilos y hospitales. Los
edificios que requieren y el sueldo de los directores, inspectores y criados
restan ya la mitad del dinero destinado a este fin; y está probado que los
pobres estarían mucho mejor cuidados, enviándoles este dinero a sus casas.
También es difícil que la gente rica mande sus hijos a estos centros.
El fin de tales
institutos públicos es el perfeccionamiento de la educación doméstica. Cesarían
sus gastos si estuvieran bien educados los padres o los que les ayudan en la
educación. En ellos se deben hacer ensayos y educar individuos, y así crearán
una buena educación doméstica.
De la educación
privada cuidan, o bien los mismos padres, o bien otras personas, que son
auxiliares asalariados, cuando aquellos no tienen tiempo, habilidad o gusto;
pero en la educación dada por éstos, se presenta la dificilísima circunstancia
de hallarse dividida la autoridad entre los padres y los ayos. El niño debe
regirse por las instrucciones de los ayos y seguir al mismo tiempo los
caprichos de los padres. En una educación de esta clase es necesario que los
padres cedan toda su autoridad a los preceptores.
¿Pero en qué puede
aventajar la educación privada a la pública o ésta a aquélla? Parece ser más
ventajosa, en general, la educación pública que la privada, no sólo desde el
punto de vista de la habilidad, sino también por lo que se refiere al carácter
del ciudadano. Es muy frecuente que la educación doméstica no solamente no
corrija, las faltas de la familia, sino que las aumente.
¿Cuánto debe durar
la educación? Hasta la época en que la misma Naturaleza ha decidido que el
hombre se conduzca por sí mismo, cuando se desarrolla en él el instinto sexual;
cuando él mismo pueda llegar a ser padre y deba educar; próximamente hasta los
dieciséis años. Pasado este tiempo, se puede emplear aún los recursos de la
cultura y aplicar una disciplina disimulada, pero no una educación regular.
La sumisión del
alumno puede ser, o bien positiva: cuando ha de hacer lo que se le
ha prescrito, por no poder juzgar por sí mismo y por tener aún la facultad de
imitar, o negativa: cuando necesita hacer lo que deseen los demás,
si quiere, a su vez, que éstos hagan algo por complacerle. En el primer caso se
aplica el castigo; en el segundo, no se hace lo que él quiere; aquí está
pendiente de su placer, aunque ya pueda pensar.
Uno de los más
grandes problemas de La educación es conciliar, bajo una legítima coacción, la
sumisión con la facultad de servirse de su voluntad. Porque la coacción es
necesaria. ¿Cómo cultivar la libertad por la coacción? Yo debo acostumbrarle a
sufrir una coacción en su libertad, y al mismo tiempo debo guiarle para que
haga un buen uso de ella. Sin esto, todo es un mero mecanismo, y una vez
acabada su educación, no sabría servirse de su libertad,. Ha de sentir desde el
principio la inevitable resistencia de la sociedad para que aprenda lo difícil
de bastarse a sí mismo, de estar privado de algo y de adquirir para ser
independiente.
Aquí es preciso
observar lo siguiente: a) que se deje libre al niño desde su
primera infancia en todos los momentos (exceptuados los casos en que pueda
hacerse daño, como, por ejemplo: si quiere coger un cuchillo afilado), con tal
que obre de modo que no sea un obstáculo a la libertad de otro, por ejemplo:
cuando grite o su alegría sea tan ruidosa que moleste a los demás; b) se le ha
de mostrar que no alcanzará sus fines, sino dejando, alcanzar los suyos a los
demás, por ejemplo: que no se le concederá gusto alguno si no hace lo que se le
manda, que debe aprender, etc.; c) es preciso hacerle ver que la coacción que
se le impone le conduce al uso de su propia libertad; que se le educa para que
algún día pueda ser libre, esto es, para no depender de los otros. Esto es lo
último. Los niños tardan mucho, por ejemplo, en hacerse cargo de que más tarde
están obligados a preocuparse de su sostenimiento. Creen que sucederá siempre
lo mismo que en casa de sus padres, donde reciben la comida y la bebida sin
tener que cuidarse de ello. Si no se les trata así, continúan siendo niños toda
su vida, como los habitantes de Otahití, particularmente los de padres ricos y
los hijos de príncipes. La educación pública tiene aquí sus más evidentes
ventajas, pues en ella se aprende a medir sus fuerzas y las limitaciones que
impone el derecho de otro; no se disfruta de ningún privilegio porque se halla
resistencia por todas partes, y no se sobresale más que por el propio mérito,
es la educación que mejor imagen da del futuro ciudadano.
Pero todavía hay
que resolver una dificultad que se presenta aquí: consiste en anticipar el
conocimiento sexual para impedir el vicio antes de entrar en la pubertad. Más
adelante se hablará de ello.
La Pedagogía o
teoría de la educación es o física o práctica. La
educación física es aquella que el hombre tiene de común con
los animales, o sea los cuidados. La educación práctica o moral es
aquella mediante la cual el hombre debe ser formado para poder vivir, como un
ser que obra libremente. (Se llama práctico a todo lo que
tiene relación con la libertad). Es la educación de la personalidad, la
educación de un ser que obra libremente, que se basta a sí propio, y que es un
miembro de la sociedad, pero que puede tener por sí mismo un valor intrínseco.
Así, pues, esta
educación se compone: a) de la formación escolástico-mecánica, que
se refiere a la habilidad; entonces es didáctica (instructor);
b) de la formación pragmática, que se refiere a la prudencia (ayo);
c) de la formación moral, que se refiere a la moralidad.
El hombre necesita
de la formación escolástica o instrucción para llegar a alcanzar todos sus
fines. Le da un valor en cuanto a sí mismo como individuo. La educación por la
prudencia le hace ciudadano, porque adquiere un valor público. Aprende con
ella, tanto a dirigir la sociedad pública a sus propósitos como a adaptarse a
ella. Finalmente, por la formación moral adquiere un valor en relación con toda
la especie humana.
La formación
escolástica es la primera y más antigua. Pues toda prudencia supone habilidad.
La prudencia es la facultad de aplicar bien la habilidad. La formación moral es
la última, en tanto que se apoya en principios que el hombre mismo debe
comprender; pero hay que practicarla desde luego, igual que la educación
física, mientras sólo descanse en el sentido común; de otro modo, fácilmente
arraigarían las faltas, en las que todo esfuerzo de la educación es inútil. En
cuanto a la habilidad y a la prudencia, ha de ser continua la labor. Apenas si
vale más ser, de niño, hábil, prudente, benigno, astuto, al modo de un hombre,
que infantil de carácter cuando adulto.
De la educación física
Aun cuando el que
se encarga como ayo de una educación no toma al niño bajo sus cuidados lo
bastante pronto para que pueda cuidar asimismo de la educación física, conviene
saber sin embargo, todo lo que es necesario observar en la educación desde el
principio hasta el fin. Puede ocurrir, aun no siendo ayo más que de niños
mayores, que nazcan en la casa otros niños, y, si se conduce bien, convertirse
en el íntimo de los padres, que le pedirán entonces consejo sobre la educación
física de sus hijos, ya que con frecuencia es el único entendido en el hogar.
Por esto necesita el ayo tales conocimientos.
La educación física
propiamente no consiste sino en los cuidados de los padres, nodrizas o niñeras.
La leche de la madre es el alimento que la Naturaleza ha destinado al niño. Es
un mero prejuicio creer que chupa su carácter con la leche; muchas veces se oye
decir: ¡Tú lo has mamado con la leche de tu madre! Lo más ventajoso para la
madre y el niño es que ella misma lo críe. Sin embargo, también hay en esto
excepciones: en casos extremos, por enfermedad. Se creía antes que la primera
leche después del parto, serosa, era perjudicial para el niño, y que la madre
había de suprimirla antes que pudiera mamar. Pero Rousseau fue el primero que
llamó la atención de los médicos, sobre si esta primera leche podría también
ser buena, pues la Naturaleza no ha dispuesto nada en vano. Y se ha encontrado
realmente que esta leche (llamada por los médicos meconium) es la
que mejor quita las inmundicias que se encuentran en los recién nacidos,
siendo, por lo tanto, muy conveniente para los niños.
Se ha suscitado el
problema de la posibilidad de criar mejor al niño con la leche de animal. La
leche humana es muy diferente de la leche de los animales. La de todos los
herbívoros se cuaja muy pronto cuando se le añade algún ácido, por ejemplo, el
tártrico o el cítrico, y particularmente el ácido que se llama cuajo.
La leche humana no se cuaja. Pero cuando la madre o la nodriza comen sólo
vegetales durante algunos días, la leche se cuaja del mismo modo que la de
vaca, aunque vuelve a ser tan buena como antes, si no comen más que carne
durante algún tiempo. De esto se ha deducido que lo mejor y más provechoso para
el niño es que su madre o su nodriza se alimenten de carne durante el tiempo
que crían. Pues si el niño devuelve la leche, se ve que está cuajada. El ácido
de su estómago tiene que favorecer el cuajamiento mejor que los demás; si no,
en modo alguno podría cuajar la leche humana. ¡Qué mal se haría si se diera al
niño una leche que por sí misma ya se cuajara! Pero se ve en otras naciones,
que no depende todo únicamente de esto. Los tunguses, por ejemplo, apenas comen
más que carne, y son gentes sanas y fuertes; sin embargo, todos estos pueblos
no viven mucho, pudiéndose levantar con poco esfuerzo a un gran muchachote a
quien, al verle, no se le creería tan ligero. Los suecos, y particularmente los
indios, por el contrario, no comen casi ninguna carne, y sin embargo se crían
muy bien. Parece, pues, que esto sólo depende de la salud de la nodriza, y que
el mejor alimento es aquel que sienta mejor.
Aquí se pregunta:
¿con qué se ha de alimentar al niño cuando termine la leche de su madre? Desde
hace algún tiempo se ha ensayado toda clase de papillas; pero no es bueno
alimentar al niño, al principio, con tales cosas. Particularmente, se ha de
evitar darle excitantes, como vino, especias, sal, etc. Es extraño, sin
embargo, que los niños tengan tan grande afán por estas cosas. Ello es debido a
que proporcionan a sus sensaciones, aún confusas, una irritación, una animación
que les son agradables. Los niños rusos reciben, sin duda, de sus madres el
mismo gusto que tienen éstas por beber aguardiente, y se observa que los rusos
son sanos y fuertes. Bien es cierto, que los que lo resisten han de tener muy
buena constitución; y así mueren muchos que no haciendo esto, hubieran podido
vivir; pues tal prematura irritación de los nervios produce muchos desórdenes.
Hay que preservarlos cuidadosamente hasta de los alimentos o bebidas calientes,
pues también les debilitan.
Se debe evitar,
además, no mantener al niño muy caliente, pues su sangre lo está ya por sí
misma mucho más que en los adultos. El calor de la sangre de los niños llega a
110º Fahrenheit, y la de los adultos sólo a 96º. El niño se asfixia en una
temperatura en que otros de más edad se encuentran perfectamente. La habitación
fresca generalmente hace fuerte al hombre. No es bueno tampoco para los adultos
abrigarse demasiado, cubrirse con exceso y acostumbrarse a bebidas muy
calientes. Por tanto, hay que tener al niño en lecho fresco y duro. Los baños
fríos son buenos también. No se debe emplear excitante alguno para despertar el
apetito de los niños; ha de nacer sólo de la actividad y de la ocupación. No se
debe dejar que el niño se acostumbre a nada, pues la costumbre se convierte en
necesidad. Aun para el bien, no se le ha de hacer de todo un hábito por medio
del arte.
Los pueblos
bárbaros no envuelven en mantillas a sus niños. Los salvajes de América, por
ejemplo, hacen para sus hijos hoyos en la tierra; cubren el fondo con polvo de
los árboles carcomidos para que absorba la orina y demás secreciones y
permanezcan secos los niños, y, después, los cubren con hojas; pero, por lo
demás, les dejan el libre uso de sus miembros. Nosotros envolvemos a los niños
como momias por nuestra pura comodidad, para no cuidar de que se hagan daño; lo
que, no obstante, sucede con las mantillas, que además les causan mucho temor y
les hacen caer en una especie de desesperación, impidiéndoles a menudo hacer
uso de sus miembros; se cree entonces poder apagar sus gritos con meras
palabras; pero que se envuelva tan sólo una vez a un hombre, y se verá si no
grita también y no cae en la angustia y en la desesperación.
En general, es
necesario observar que la primera educación sólo tiene que ser negativa, es
decir, que no se ha de añadir nada a la previsión de la Naturaleza, sino
únicamente impedir que se la pueda perturbar. Si hay un arte permitido en la
educación, es sólo el del endurecimiento: una razón más para desechar las
mantillas. Si, no obstante, se quiere tomar algunas precauciones, lo más
conveniente es una especie de caja guarnecida en la parte alta por correas. Los
italianos la usan y la llaman arcuccio. El niño permanece siempre
en esta caja, y allí se le deja hasta para amamantarle. Se impide a la vez con
ella que la madre pueda aplastar al niño si se duerme por la noche. Entre
nosotros mueren muchos niños de esta manera; semejante precaución es, pues, mucho
mejor que las mantillas, porque los niños tienen más libertad y les impide
deformarse, como frecuentemente ocurre con ellas.
Otra costumbre de
la primera educación es el mecer a los niños. El modo más fácil es el que
emplean algunos campesinos. Suspenden la cuna, mediante cuerdas, de una viga, y
no tienen más que empujarla para que se mueva de un lado a otro. En general, no
sirve de nada el brizar a los niños; pues el vaivén les es perjudicial. Se ve
hasta en las personas mayores que el columpiarse les produce vértigos y un
movimiento como para vomitar. De este modo se quiere aturdir a los niños para,
que no griten; pero los gritos les son saludables. Tan pronto como salen del
seno materno, donde no han disfrutado ningún aire, respiran el primero.
Alterado con ello, el curso de la sangre les produce una sensación dolorosa;
pero por sus gritos desarrolla el niño mejor sus partes interiores y los
canales de su cuerpo. También se les perjudica mucho acudiendo a ellos cuando
gritan, cantándoles algo, por ejemplo, como tienen costumbre de hacer las amas;
ésta es habitualmente la primera perversión del niño, pues al ver que todo viene
a sus gritos, los repite con más frecuencia.
Se puede decir con
verdad, que los niños de la gente vulgar están peor educados que los de los
señores, porque la gente ordinaria juega con sus hijos como los monos: los
cantan, los zarandean, los besan, bailan con ellos; piensan hacerles algún bien
corriendo a ellos cuando lloran, forzándoles a jugar, etc.; pero así gritan más
a menudo. Cuando, por el contrario, no se atiende a sus gritos, acaban por
callarse, pues ninguna criatura se toma un trabajo inútilmente. Si se les
acostumbra a ver realizados todos sus caprichos, después será demasiado tarde
para quebrar su voluntad. Dejándoles gritar, se cansan ellos mismos; mas si se
satisfacen todos sus caprichos en la primera juventud, se pervierte su corazón
y sus costumbres.
El niño, sin duda,
no tiene aún ningún concepto de lo moral; pero se tuercen sus disposiciones
naturales porque hay que emplear después castigos muy duros para volver bueno
lo corrompido. Cuando después se quiere desacostumbrar a los niños de que se
acuda presurosos a sus deseos, manifiestan un furor tan grande en sus gritos,
como sólo son capaces de mostrarlo las personas mayores; faltándoles sólo las
fuerzas para traducirlo en obras. Mandan de modo completamente despótico, en
tanto que no tienen más que gritar para conseguirlo todo. Es muy natural que se
enojen ante la pérdida de este dominio, pues aun las personas mayores, cuando
han estado mucho tiempo en posesión de un poder, les es muy difícil
deshabituarse de pronto.
Los niños no ven
bien al principio, próximamente hasta los tres primeros meses; tienen, en
efecto, la sensación de la luz, pero no pueden diferenciar unos objetos de
otros. Para convencerse de ello basta enseñarles, una cosa brillante; no la
siguen con los ojos. Con la vista aparece también la facultad de reír y de
llorar. Cuando el niño se encuentra en este estado, grita con reflexión, sea
ésta todo lo oscura que se quiera. Entonces cree que siempre se le hace daño.
Dice Rousseau, que cuando se pega en la mano a un niño de seis meses, grita
como si le hubiera caído en ella un tizón ardiendo. Realmente aquí supone ya la
idea de una ofensa. Comúnmente los padres hablan mucho de quebrar la voluntad
de los hijos. No hay que contrariarles más, que cuando previamente se les ha
corrompido. Pues la primera corrupción nace de acceder a la voluntad despótica
de los niños, en tanto que pueden conseguirlo todo con sus llantos. Después es
muy difícil reparar este mal, y apenas se llega a conseguirlo.
Puede muy bien
lograrse que el niño esté tranquilo; pero en tanto, consume su cólera y
mantiene más y más su rabia interior. Así se le acostumbra al disimulo y a las
emociones internas. Es muy extraño, por ejemplo, que los padres exijan a sus
hijos que les besen la mano después de haberle pegado con la palmeta. De este
modo se les habitúa al disimulo y a la falsedad; pues la palmeta no es un
regalo tan hermoso que hayan de agradecerlo, y es fácil pensar con qué corazón
besarán entonces la mano.
Para enseñar a
andar a los niños se emplean ordinariamente los andadores y
los carretones. Es chocante que se quiera enseñar a andar a un
niño; como si un hombre no pudiera andar por falta de instrucción. Los
andadores especialmente, son muy perjudiciales. Cierto escritor se quejaba un
día de asma, que no atribuía sino a los andadores. Pues como el niño, todo lo
coge y arrastra por el suelo, apoya el pecho en los andadores, y como el pecho
está tierno aún, se aplasta y después conserva esta forma. Los niños no
aprenden con tales auxilios a andar tan firmemente como si hubieran aprendido
ellos solos. Lo mejor es dejarles que se arrastren hasta que empiecen a andar
poco a poco, por sí mismos. Por precaución se puede guarnecer el cuarto con
cobertores de lana para que no se claven astillas, ni caigan en duro.
De ordinario se
dice que los niños caen muy pesadamente; pero sin contar que no siempre sucede
eso, no les hace daño caerse alguna vez. Así aprenden a guardar mejor el
equilibrio y a hacer que la caída no les perjudique. Habitualmente se les pone
las llamadas chichoneras, que son lo bastante salientes para impedir que el
niño nunca pueda caer sobre su cara. Es una educación negativa emplear
instrumentos allí donde el niño los tiene naturales. Aquí lo son las manos, que
el niño pone ante él en las caídas. Cuantos más instrumentos artificiales se
usen, tanto más dependerá el hombre de ellos.
En general, lo
mejor sería usar menos instrumentos al principio y dejarles aprender más por sí
mismos; lo realizarían más sólidamente. Sería así posible, que el niño
aprendiera, por ejemplo, a escribir solo, pues alguien lo ha inventado una vez,
y esta invención tampoco es muy difícil. Bastaría decirle, v. gr., cuando
quiere pan: ¿Podrías pintarlo? Entonces dibujaría una figura ovalada. Se le
podría decir que no se sabe si representa un pan o un canto rodado; trataría
después de dibujar la P y llegaría de esta manera a inventar con el tiempo su
propio A B C, que más tarde podría cambiar por otros signos.
Algunos niños
vienen al mundo con ciertos defectos, ¿No hay medio de corregir sus formas
defectuosas a estos mal conformados? Los trabajos de muchos sabios escritores
han probado que el corsé no sirve en este caso más que para empeorar el mal;
para impedir tanto la circulación de la sangre y de los humores, como la muy
necesaria dilatación de las partes exteriores e interiores de nuestro cuerpo.
Cuando se deja en libertad al niño, ejercita todavía su cuerpo; siendo el
hombre que lleva corsé mucho más débil cuando se lo quita, que otro que no se
lo haya puesto nunca. Quizá se pudiera auxiliar a los que han nacido ladeados,
colocando mucho peso donde los músculos sean más fuertes. Pero esto es también,
muy peligroso; pues ¿qué hombre puede determinar su equilibrio? Lo mejor es que
el niño se mueva por sí mismo y tome una postura, aun cuando le sea molesta,
pues todas las máquinas no consiguen nada en este asunto.
Todos estos
aparatos artificiosos son tanto más perjudiciales, cuanto más en contradicción
están con el fin de la naturaleza en los seres organizados y racionales; en
consecuencia, hay que dejarles la libertad de aprender a usar sus fuerzas. Sólo
se debe impedir en la educación que los niños lleguen a ser flojos. El
endurecimiento es lo contrario de la molicie. Se arriesga demasiado queriendo
que los niños se acostumbren a todo. La educación de los rusos va en esto muy
lejos. Pero también muere allí un número increíble de niños. El hábito es un
goce o una acción que se ha convertido en necesidad por la frecuencia de
repetir el mismo goce o la misma acción. A nada pueden los niños habituarse con
más facilidad (y por eso nada se les tienen que dar menos) que a las cosas
excitantes, por ejemplo, las bebidas calientes, el aguardiente, el tabaco. Es
muy difícil después deshabituarse de esto, y al principio va unido a molestias,
porque el placer repetido produce un cambio en las funciones de nuestro cuerpo.
Un hombre es tanto
menos libre e independiente, cuántos más hábitos tiene. El hombre, como todos
los demás animales, conserva cierta inclinación a lo que se le ha acostumbrado
desde el principio. Impídase, pues, que los niños se habitúen a alguna cosa y que
nazca en ellos ninguna costumbre.
Muchos padres
quieren acostumbrar sus hijos a todo. Pero esto nada vale, porque la naturaleza
humana, en general, y la de los individuos, en particular, no se deja
acostumbrar a todo, y muchos niños se quedan en el aprendizaje. Quieren, por
ejemplo, que puedan dormir y levantarse a cualquier hora o que coman cuando
ellos lo exijan. Para poder sobrellevarlo es necesario un modo particular de
vida, un régimen que fortalezca el cuerpo y que repare el mal que aquéllo ha
ocasionado. Sin embargo, encontramos también en la Naturaleza mucha
periodicidad. Los animales tienen un tiempo determinado para el sueño. El
hombre debía también acostumbrarse a hacerlo a horas fijas para no perturbar al
cuerpo en sus funciones. En cuanto a que los niños puedan comer a cualquier
hora, no se puede alegar aquí el ejemplo de los animales. Porque siendo lo que
comen los animales herbívoros poco nutritivo, el comer les es una ocupación
ordinaria. Pero es muy conveniente para el hombre comer en tiempo determinado.
Asimismo, quieren muchos padres que sus hijos puedan soportar grandes fríos,
malos olores, toda clase de ruidos, etc. Esto no es necesario cuando no se les
ha acostumbrado a nada. Y para ello, conviene mucho colocar al niño en
distintas condiciones.
Una cama dura es
mucho más sana que una blanda. Generalmente, una educación dura sirve mucho
para el fortalecimiento del cuerpo. Entendemos por educación dura el mero
impedimento de la comodidad. Para la confirmación de este aserto, no faltan
ejemplos notables, sólo que no se atienden o, dicho más exactamente, no se
quieren atender.
En lo que se
refiere a la educación del espíritu, que, en cierto modo, también se puede
llamar física, se ha de cuidar ante todo que la disciplina no esclavice al
niño; éste debe, por el contrario, sentir siempre su libertad, de tal modo que
no impida la de otro; por lo que ha de encontrar resistencia. Muchos padres
rehúsan todo a sus hijos para ejercitar su paciencia, exigiéndoles mucha más de
la que ellos mismos tienen: esto es cruel. Que se dé al niño todo lo que
necesita y que se le diga después: ¡tienes bastante! Pero es absolutamente
necesario que esto sea irrevocable. No se preste atención a los lloros de los
niños, ni se acceda a sus deseos cuando quieran alcanzar algo por sus gritos;
pero déseles cuando lo pidan amigablemente, si les conviene. El niño se
acostumbrará por este medio a ser sincero, y como no importuna a nadie con sus
gritos, cualquiera, en cambio, les será benévolo. La Providencia parece haber
dado a los niños un aire agradable para que puedan mover a la gente en su
favor. Nada más perjudicial para romper su obstinación, que una disciplina
servil y estrecha.
Se dice
ordinariamente a los niños: ¡Uf, avergüénzate! ¡Qué indecente es esto!,
etcétera. Pero semejantes expresiones no debieran encontrarse en la primera
educación. El niño no posee todavía idea alguna del pudor ni de la decencia; no
tiene por qué avergonzarse, no debe avergonzarse; así no se hará más que un
huraño. Quedará perplejo a la vista de los demás, y se ocultará gustoso de la
gente. De tal modo, adquiere una reserva y un disimulo perjudiciales. No se
atreve a pedir nada y debía pedirlo todo; oculta su carácter, parece siempre de
otro modo que es, y debería poder decirlo todo con franqueza. En vez de estar
siempre con sus padres, huye de ellos y se arroja en los complacientes brazos
de los criados.
Los mimos y
caricias ininterrumpidas no son nada mejor que esta educación estrecha. Esto
fortifica al niño en su propia voluntad, le hace falso, y como le revela una
debilidad de los padres, les roba la estimación necesaria a los ojos del hijo.
Pero cuando se le educa de modo que no pueda conseguir nada con sus gritos, es
libre, sin ser impertinente, y discreto, sin ser tímido. No se puede sufrir a
un hombre atrevido. Muchos, tienen un rostro tan insolente, que ante ellos se
teme siempre una grosería; así como se ven otros, por el contrario, a quienes
se cree incapaces de decir una inconveniencia a nadie. Se puede parecer siempre
franco, cuando a ello va unida cierta bondad. La gente dice, con frecuencia, de
los hombres de alto linaje, que tienen un aire de realeza; pero la mayor parte
de las veces éste no es sino una cierta mirada altanera, a la cual se han
acostumbrado desde su juventud, porque no se les ha rehusado nada.
Todo lo dicho se
puede considerar como perteneciendo a la educación negativa. Pues muchas
debilidades del hombre, vienen no de que se le enseñe nada, sino de comunicarle
impresiones falsas. Así, por ejemplo, las nodrizas hacen que los niños teman
las arañas, sapos, etc. Los niños podrían ciertamente coger las arañas igual
que las otras cosas. Pero como las nodrizas muestran su terror en su aspecto
tan pronto como ven una araña, este terror obra sobre el niño por una cierta
simpatía. Muchos, lo conservan durante su vida y permanecen en esto siempre
niños. Porque, en efecto, las arañas son peligrosas para las moscas, su
picadura les es venenosa; pero al hombre no le perjudican. Y un sapo es un
animal tan inocente como una hermosa rana verde u otro animal cualquiera.
La parte positiva
de la educación es la cultura. El hombre se distingue por ella del
animal. Consiste, sobre todo, en el ejercicio de las facultades de su espíritu,
por lo cual, los padres han de proporcionar ocasiones favorables a sus hijos
con este fin. La primera y principal regla aquí es que se prescinda en lo
posible, de todo instrumento. Así, al principio, no se usan andadores ni
carretoncillos, y se deja arrastrar al niño por el suelo hasta que aprende a
andar por sí mismo, que es como andará más firmemente. Los instrumentos no
hacen más que destruir la habilidad natural. Y así y cuando se usa un cordel
para medir una extensión, pudiéndolo realizar muy bien calculando a simple
vista; cuando se emplea un reloj para determinar el tiempo, bastando para ello
la posición del sol; cuando se sirve de un compás para saber el sitio de un
bosque, pudiéndolo hacer asimismo por el sol, de día, y por las estrellas de
noche. Hasta se puede decir, que en vez de usar una barca para ir por el agua,
se puede nadar. El ilustre Franklin se extrañaba de que no aprendiera a nadar
todo el mundo, no obstante ser tan agradable y útil. Citaba también una manera
fácil para aprender a nadar por sí mismo: se pone un huevo en un arroyo, en
cuyo fondo descansa el individuo, teniendo, por lo menos, la cabeza fuera del
agua. Se intenta entonces cogerlo; al agacharse, suben los pies por alto y se
echa la cabeza sobre la nuca para que el agua no entre en la boca, y así se
tiene la postura que es necesaria para nadar; basta ahora mover las manos y se
nada. No se trata, sino de cultivar la habilidad natural. Frecuentemente, se
necesita una instrucción para esto; a menudo, también el niño mismo es bastante
rico en invenciones, o encuentra él solo los instrumentos.
Lo que ha de
observarse en la educación física y, por consiguiente, en lo referente al
cuerpo, se reduce, o bien al movimiento voluntario, o bien a los órganos de los
sentidos. Se trata, en el primer caso, de que el niño se baste siempre a sí
mismo. Para ello necesita fuerza, habilidad, agilidad y seguridad; por ejemplo,
que pueda andar por un sendero estrecho, por una altura escarpada, donde ante
sí vea un abismo, o por un suelo vacilante. Cuando un hombre no pueda hacer
estas cosas, no es todo lo que podría ser. Desde que dio el ejemplo el Philan-tropinum,
de Dessau, se han hecho muchos ensayos de esta clase en otros Institutos. Es
maravilloso leer, cómo los suizos se acostumbran desde su juventud a ir por las
montañas y la habilidad que esto les da; pudiendo pasar con la más completa
seguridad por los más estrechos senderos y saltar sobre los abismos, habiendo
previamente juzgado a simple vista que pueden salvarlos sin riesgo. Pero la
mayor parte de los hombres temen una caída imaginaria, y este temor les paraliza
de tal modo los miembros, que les hace muy peligroso el andar de esta manera.
Este temor crece generalmente con la edad, y abunda sobre todo, en los hombres
acostumbrados a trabajos intelectuales.
Tales ensayos con
los niños no son realmente muy peligrosos, porque éstos tienen, en relación a
sus fuerzas, un peso mucho menor que los hombres, y por eso no caen tampoco de
un modo tan pesado. Además, sus huesos no son ni tan secos ni tan frágiles como
lo llegarán a ser con la edad. Los mismos niños ensayan sus fuerzas. Así se les
ve frecuentemente trepar sin propósito alguno. El correr es un movimiento
saludable y que robustece al cuerpo. Son buenos ejercicios también, el saltar,
levantar, llevar, lanzar, arrojar hacia un objeto, luchar, correr y todos los
de esta clase. El baile artístico parece prematuro para los niños propiamente
dichos.
El juego de lanzar,
ya a lo largo, ya para dar en el blanco, tiene también como fin el ejercicio de
los sentidos, y en particular, el de la vista. El juego de la pelota es uno de
los mejores juegos infantiles porque origina una carrera saludable. En general
los mejores juegos son los que, a más de desenvolver la habilidad, ejercitan
también los sentidos; por ejemplo, los ejercicios de cálculo a simple vista
para juzgar exactamente sobre la lejanía, el tamaño y la proporción; para
encontrar la situación de los lugares según las regiones en lo cual tiene que
ayudar el sol, etc.; todos estos son buenos ejercicios. También es muy
ventajosa la imaginación local, que consiste en la habilidad de representarse
todo en los lugares en que realmente se han visto; por ejemplo, el placer de
encontrar la salida de un bosque, observando los árboles por los cuales se pasó
antes. Lo mismo sucede con la memoria localis, mediante la cual,
no sólo se sabe en qué libro se ha leído alguna cosa, sino también el lugar
donde está. Así, el músico tiene la representación de las teclas, para no tener
que mirarlas. También es necesaria la cultura del oído de los niños a fin de
que conozcan por él si una cosa se encuentra lejos o cerca y el sitio en que
está.
El juego de la
gallina ciega, era ya conocido por los griegos; lo llamaban muioa. Los juegos
de los niños son muy generales; los de Alemania se encuentran también en
Inglaterra, Francia, etc. Se fundan en una cierta tendencia natural de los
niños; en el de la gallina ciega, por ejemplo, comprenden cómo podrían
arreglarse si estuvieran privados de un sentido. El peón es un juego
particular; sin embargo, estos juegos de niños proporcionan materia a los
hombres para más vastas reflexiones, y a veces también, ocasión para inventos
importantes. Así, Segner ha escrito una disertación sobre el peón, y el peón ha
dado motivo a un capitán de navío inglés para inventar un espejo, mediante el
cual se puede medir sobre el barco la altura de las estrellas.
Los niños gustan de
los instrumentos ruidosos, por ejemplo, las trompetillas, los tamborcitos, etc.
Pero éstos no valen nada, porque importunan a los demás. No obstante, ya sería
otra cosa si ellos mismos aprendieran a cortar una caña para poder tocar.
El columpio es
también un buen ejercicio, los mismos adultos lo utilizan para su salud y sólo
necesitan los niños que se les vigile, porque puede llegar a ser muy rápido el
movimiento. La cometa es igualmente un juego inofensivo; educa la habilidad,
porque el levantarla muy alta depende de la posición que se tome respecto al
viento.
El muchacho se
aparta de otras necesidades por el placer de estos juegos, y así aprende poco a
poco a pasarse sin otras más graves. Además, adquiere la costumbre de una
ocupación continua. Tampoco deben ser meros juegos, sino que han de tener una
intención y un fin. Cuanto más se fortifica y se curte de tal modo su cuerpo,
se asegura tanto más contra los perniciosos resultados del mismo. La gimnasia
sólo debe guiar a la Naturaleza; no debe producir una gracia forzada.
Primeramente ha de venir la disciplina y no la instrucción. Pero es preciso
considerar, que en la cultura del cuerpo del niño se le forma también para la
sociedad. Dice Rousseau: «No llegaréis a formar hombres enteros si no hacéis
antes pillos». Se puede hacer mejor de un muchacho despierto un hombre de bien,
que de un indiscreto un hombre que obre prudentemente. El niño no ha de ser
importuno en sociedad, y menos, adulador; será, incitado por los demás,
confiado sin importunidad, franco sin impertinencia. El medio de conseguirlo,
es no mimarle nada, ni darle un concepto de las conveniencias sociales, porque
se volverá tímido, y silvestre, o le sugerirá, por otra parte, la idea de
hacerse valerse. Nada hay más ridículo que la presuntuosa modestia o la
indiscreta vanidad de los niños. En este último caso, hemos de hacerle notar
sus faltas, pero sin que sienta mucho nuestra superioridad y dominio, a fin de
que se forme por sí mismo, pero en la sociedad, donde el mundo ha de ser
bastante grande para él y para los demás.
Toby, en Tristram
Shandy, dice a una mosca, que le había molestado mucho tiempo y a la que
deja salir por la ventana: «Vete, perverso animal, que el mundo es bastante
grande para mí y para ti». Y esto podría tomarlo cada uno por lema. No debemos
importunarnos unos a otros; el mundo es bastante grande para todos.
Llegamos ahora a la
cultura del alma, que, en cierto modo, también se puede llamar física. Hay que
distinguir la naturaleza de la libertad. Dar leyes a la libertad es muy otra
cosa que formar (bilden) la Naturaleza. La
naturaleza del cuerpo y la del alma están de acuerdo en que se ha de impedir
perturbar su recíproca educación, y en que el arte aún ha de añadir algo tanto
a una como a otra. Por consiguiente, -de alguna manera- puede llamarse física a
la educación del alma como a la del cuerpo.
La formación física
del espíritu se diferencia de la formación moral en que ésta no se refiere más
que a la libertad y aquélla sólo a la naturaleza. Un hombre puede estar
físicamente muy cultivado, puede tener el espíritu muy formado, pero estar
moralmente mal educado y ser una mala criatura.
Hay que distinguir
la cultura física de la práctica, que es pragmática o moral.
La última tiene por fin la moralización y no el cultivo del hombre.
Dividimos la
cultura física del espíritu en libre y escolar.
La libre, poco más o menos, no es más que un juego; la escolar,
por el contrario, supone un proceso; la libre es la que se ha
de seguir siempre en el alumno; se le considera en la escolar como
sometido a la coacción. Se puede estar ocupado en el juego lo que se llama
pasar el tiempo, pero también se puede estarlo por la coacción, y esto se llama
trabajar. La educación escolar debe ser un trabajo para el niño; la libre, un
juego.
Se han trazado
distintos planes de educación para buscar, lo que es muy loable, cuál es el
mejor método. Se ha pensado, entre otros, hacer que los niños aprendan todo
jugando. Lichtemberg se burla, en un número del Magazin de Gotinga,
de la ilusión de que los muchachos lo hagan todo como juego, en vez de
acostumbrarles desde temprano a los negocios, porque alguna vez han de entrar
en la vida activa. Esto produce un resultado absurdo. El niño debe jugar, debe
tener sus horas de recreo; pero tiene también que aprender a trabajar. La
cultura de su habilidad es, sin duda, tan buena como la del espíritu; pero
ambos modos de cultura han de practicarse en diferente tiempo. Ya es una gran
desgracia para el hombre ser muy propenso a la ociosidad. Cuanto más ha holgazaneado,
más fácil le es decidirse a trabajar. En el trabajo, la ocupación no es
agradable por sí misma, si no se emprende con otro propósito. La ocupación del
juego, por el contrario, es agradable en sí, sin que haya necesidad de
proponerse para ello ningún fin. Cuando se va a pasear, el propósito es el
mismo paseo, y por esto, cuanto más largo es el camino, tanto más agradable nos
resulta. Pero cuando vamos a algún sitio, sea a la sociedad que se encuentra en
tal punto, sea otra cosa el objeto de nuestro paseo, escogemos con gusto el
camino más corto. Lo mismo pasa con el juego de cartas. Es realmente singular,
ver cómo lo hombres razonables son capaces de estar sentados, mezclando las
cartas, horas y horas. Esto prueba que los hombres no dejan de ser niños tan
fácilmente. Pues ¿aventaja en algo este juego al de la pelota de los niños? No
quiere decirse precisamente que las personas mayores monten a caballo en los
bastones, aunque cabalgan en otras manías.
Es de la mayor
importancia que los niños aprendan a trabajar. El hombre es el único animal que
necesita trabajar. Ha de estar muy preparado para que pueda gozar de su
sustento. Se contesta, sin duda, negativamente, a la pregunta de si se hubiera
mostrado el cielo más propicio para con nosotros preparándonoslo todo, sin que
tuviéramos que trabajar; porque el hombre ha de estar ocupado, aun en aquellas
cosas que llevan consigo cierta coacción. Es falso asimismo, creer que al haber
permanecido Adán y Eva en el Paraíso, no hubieran hecho más que estar juntos,
cantar canciones pastoriles y contemplar las bellezas de la Naturaleza. En tal
estado les hubiera atormentado el aburrimiento, lo mismo que a los demás
hombres.
El hombre ha de
estar ocupado de tal modo que, lleno del fin que tiene a la vista, casi no se
sienta a sí mismo; su mejor descanso es el que sigue al trabajo. Por
consiguiente, se ha de acostumbrar al niño a trabajar. ¿Y dónde mejor que en la
escuela debe cultivarse la afición al trabajo? La escuela es una cultura
coercitiva (zwangmässige). Es de lo más, perjudicial habituar
al niño a que mire todas las cosas como un juego. Ha de tener un rato para
recobrar fuerzas, pero es preciso también que tenga sus momentos de trabajo. Si
no comprende inmediatamente para qué le sirve esta coacción, más tarde
advertirá su gran utilidad. En general, se acostumbraría a los niños a la
indiscreción, si se contestara siempre a sus preguntas: ¿para qué es esto? ¿y
aquéllo? La educación tiene que ser coercitiva, pero sin que por ello haya de
esclavizar a los niños.
En lo que se
refiere a la cultura libre del espíritu, se ha de observar, que continúa
siempre. Tiene que dirigirse propiamente a las facultades superiores. Se
cultivarán además las inferiores, pero sólo en vista de aquéllas; el ingenio,
por ejemplo, en vista de la inteligencia. La regla principal en este asunto es
que no se ha de cultivar aisladamente ninguna facultad, por sí misma, sino cada
una en relación con las demás; la imaginación, por ejemplo, en provecho del
entendimiento.
Las facultades
inferiores no tienen por sí solas ningún valor, v. gr.: un hombre de mucha
memoria, pero sin ningún juicio. Semejante individuo no es más que un léxico
viviente. Son necesarias también estas bestias de carga del Parnaso, porque,
aunque no realicen nada razonable por sí, arrastran materiales con los cuales
otros pueden producir alguna cosa buena. El ingenio hace grandes necedades,
cuando no le acompaña el juicio. El entendimiento es el conocimiento de lo
general. El juicio es la aplicación de lo general a lo particular. La razón es
la facultad de comprender la unión de lo general con lo particular. Esta
cultura libre sigue su curso desde la infancia hasta que cesa toda educación.
Cuando un joven, por ejemplo, aduce una regla general, se le puede hacer citar
casos de la historia, de la fábula en que esté disfrazada, pasajes de los
poetas donde esté expresada, y proporcionarle de este modo ocasión de ejercitar
su ingenio, su memoria, etc.
La máxima tantum
scimus, quantum memoria tenemus2 tiene, sin duda alguna, su
exactitud, por lo cual es muy necesaria la cultura de la memoria. Todas las
cosas están dispuestas de tal modo, que el entendimiento ha de seguir las
impresiones sensibles y la memoria, conservarlas. Esto sucede con las lenguas.
Se las puede aprender, bien de memoria -formalmente- o mediante la
conservación, y este último método es el mejor en las lenguas vivas. El estudio
de los vocablos es realmente necesario, pero es mucho mejor, que los aprendan
los niños cuando los encuentren en un autor, que se les ha mandado leer. La
juventud ha de tener una tarea fija y determinada. Se aprende mejor la
geografía por un cierto mecanismo. La memoria prefiere particularmente este
mecanismo, que es también muy conveniente en una porción de cosas. Hasta ahora
no se ha encontrado todavía ninguno a propósito para la historia; se han
ensayado unas tablas; sin embargo, parece que no dan buenos resultados. La
historia es un excelente medio para ejercitar en el juicio al entendimiento. La
memoria es muy necesaria, pero no vale absolutamente nada, cuando se hace de
ella un mero ejercicio; por ejemplo, cuando se hace aprender los discursos de
memoria. En rigor, esto no sirve más que para favorecer la osadía; y la
declamación, por otra parte, no conviene más que a los hombres.
Aquí pertenecen
también todas las cosas que no se aprenden más que para un futuro examen o en
consideración al futuran
oblivionen3. No se ha de
emplear la memoria más que en las cosas cuya conservación nos sea conveniente y
que tengan relación con la vida real. Es perjudicial a los niños la lectura de
novelas, porque no les sirven más que de distracción mientras las leen;
debilita también la memoria, pues sería ridículo retener la novela y quererla
contar a los demás. Se ha de retirar, por tanto, toda novela de manos de los
niños. Mientras las leen, imaginan en ellas otra novela, porque se representan
de otro modo las circunstancias, divagan y quedan como aturdidos.
No se han de
permitir nunca las diversiones, a lo menos en la escuela, pues acaban por
producir cierta inclinación, cierto hábito a ellas. Los que son dados a las
diversiones, pierden sus más hermosas cualidades. Aunque los niños se
distraigan en sus juegos, vuelven pronto al recogimiento; cuando preparan una
mala partida, se les ve con frecuencia distraídos, pues entonces reflexionan
cómo han de ocultarla o repararla. En estos momentos, no oyen más que la mitad
de lo que se les habla, responden al revés, no se enteran de lo que leen, etc.
La memoria se ha de
cultivar desde muy temprano, sin olvidar tampoco la inteligencia.
Se cultiva la
memoria: a) Reteniendo los nombres que se encuentran en las
narraciones; b) mediante la lectura y escritura, pero
ejercitándolas reflexivamente y no por el deletreo; c) mediante
las lenguas, que los niños han de aprender hablándolas, aún antes de que
lleguen a leer. Puede prestar un buen servicio, convenientemente arreglado, el
llamado orbis pictus, pudiéndose comenzar principalmente
por la botánica, la mineralogía y la física. Al hacer una indicación en estas
materias, se da motivo a modelar y dibujar, para lo que se necesitan las
matemáticas. Lo más conveniente es que la primera instrucción científica se
dirija hacia la geografía, tanto matemática como física. Los relatos de viajes,
explicados con grabados y mapas, conducen en seguida a la geografía política.
Del estado actual de la superficie terrestre, se vuelve al primitivo y se
llegará a la geografía e historia antiguas.
Hay que tratar de
unir lentamente en la instrucción del niño el saber y el poder. Las matemáticas
parecen ser, entre todas las ciencias, el único medio de satisfacer este fin.
Además, es preciso unir el saber y el idioma (la elocuencia, el bien decir y la
retórica). También ha de aprender el niño, a distinguir claramente el
conocimiento, de la mera opinión y de la creencia. De este modo, se prepara un
recto entendimiento y un gusto, no fino o delicado, sinoexacto.
Hay que preparar antes el gusto de los sentidos, sobre todo el de la vista, y,
en último lugar, el de las ideas.
Ha de haber reglas
en todo lo que deba cultivar al entendimiento. Es muy útil abstraerlas, para
que el entendimiento no obre sólo mecánicamente, sino con conciencia de una
regla. Es también muy conveniente cristalizar las reglas en ciertas fórmulas y
confiarlas así a la memoria. Nosotros tenemos las reglas en la memoria y no las
encontramos pronto cuando descuidamos usarlas. Se pregunta aquí: ¿deben
preceder las reglas in abstracto? ¿se deben
aprender como consecuencia del uso? ¿las reglas y el uso deben ir a pasos
iguales? Esto último es lo que únicamente conviene. En otro caso, el uso es muy
largo e inseguro hasta que no se llega a alcanzar las reglas. Han de aprenderse
éstas ocasionalmente, pero también clasificadas, pues no se pueden retener,
cuando no están unidas entre sí. Por eso, ha de preceder algo la gramática en
el estudio de los idiomas.
También es preciso
dar un concepto sistemático del fin completo de la educación y del modo de
alcanzarlo.
A) La cultura
general de las facultades de las espíritu, diferente de la especial. Tiene por
objeto la habilidad y el perfeccionamiento; no enseña en particular al alumno,
sino que fortifica las facultades de su espíritu. Es
a) o física,
dentro de lo que todo descansa en el ejercicio y en la disciplina, sin que los
niños necesiten conocer ninguna máxima; pasiva para el alumno,
que ha de seguir la dirección de otro; otros piensan por él:
b) o moral,
que no se apoya en la disciplina, sino en máximas. Todo se pierde, si se quiere
fundarla sobre ejemplos, amenazas, castigos, etc. Sería entonces mera
disciplina. Se ha de procurar, que el alumno obre bien por sus propias máximas
y no por costumbres; que no sólo haga el bien, sino que lo haga porque es
bueno. Pues el único valor moral de las acciones está en las máximas del bien.
La educación física se diferencia de la moral en que aquélla es pasiva para el
alumno, mientras que ésta es activa. Ha de comprender siempre el fundamento y
la derivación de los actos por la idea del deber.
B) La cultura
particular de las facultades del espíritu. A ella pertenece la cultura de las
facultades del conocimiento, de los sentidos, de la imaginación, de la memoria,
de la atención y del ingenio, en lo que concierne a las facultades
inferiores del entendimiento. Se habló ya anteriormente, de la cultura
de los sentidos, por ejemplo, de la vista. Por lo que hace a la cultura de la
imaginación, es preciso observar lo siguiente: los niños tienen una imaginación
extremadamente fuerte, y no hay que excitarla y alimentarla con cuentos. Más
bien se la ha de sujetar y someter a reglas; pero sin dejarla del todo
desocupada.
Los mapas tienen
cierto encanto para todos los niños, hasta para los más pequeños. Aun
fatigados, aprenden algo todavía, cuando se usan. Es esta una labor, que no
deja vagar su imaginación, antes bien, la detiene en ciertas figuras. Podría
hacérseles comenzar por la geografía, y al mismo tiempo unir a ésta, figuras de
animales, vegetales, etc., que la vivifiquen. La historia vendría después.
En cuanto a la
atención, obsérvese que es preciso fortificarla. Una persistente aplicación de
nuestro entendimiento a un objeto, revela, más que una buena condición,
debilidad de nuestro sentido interno; porque en tal caso pierde la flexibilidad
y no se puede emplear a voluntad. La distracción es enemiga de toda educación.
Y en la atención descansa la memoria.
Lo relativo a las
facultades superiores del espíritu comprende la cultura del entendimiento, del
juicio y de la razón. Al principio también se puede educar el entendimiento, en
cierto modo, pasivamente, citando ejemplos para la regla, o al revés, encontrando
reglas para los casos particulares. El juicio indica el uso que se ha de hacer
del entendimiento. Es necesario comprender lo que se aprende o se habla, y no
repetir nada sin que se comprenda. ¡Cuántos leen y oyen sin comprender, aun
creyéndolo así! Para evitar esto, se necesitan imágenes y cosas.
Mediante la razón
se comprenden los fundamentos; pero hay que pensar que se habla aquí de una
razón aún no dirigida. El niño no debe querer, pues, razonar siempre, tampoco
ha de razonar mucho sobre lo que supera a nuestras ideas. Aún no se trata en
este sitio de la razón especulativa, sino de reflexionar sobre lo que procede
según sus causas y efectos. El niño tiene una razón práctica en su economía y
organización.
Se educan mejor las
facultades del espíritu, haciendo por sí mismo todo lo que se pretende, por
ejemplo, cuando se pone en práctica la regla gramatical que se ha aprendido. Se
comprende mucho mejor un mapa, cuando se le puede hacer por uno mismo. El mejor
recurso para comprender, es producir. Lo que, más o menos, se aprende por sí
mismo, es lo que se aprende más sólidamente y lo que mejor se conserva. Con
todo, sólo algunos hombres se encuentran en esta situación: se les llama
autodidactas (autodidaktoi).
En la cultura de la
razón se ha de proceder socráticamente. En los diálogos que Platón, de algún
modo, ha conservado, da Sócrates -que se llamaba la partera de los espíritus-,
el ejemplo de cómo las gentes de edad pueden sacar mucho por sí mismas de su espíritus.
Se usa la razón de los niños en muchas cosas que no debía usarse. No han de
razonar en todo. No deben conocer los fundamentos de aquello que se emplea para
educarlos; pero sí, los principios, en cuanto se trata del deber. Se ha de
mirar principalmente en esto, no meterles los conocimientos
racionales, sino más bien sacarlos de ellos mismos. El método socrático debía
dar la regla al catequístico. Aquél es sin duda, lento y difícil de acomodar
para que mientras se sacan los conocimientos a unos puedan
aprender algo los otros. En muchas, ciencias es también bueno el método
mecánico-catequístico, por ejemplo, en la exposición de la religión revelada.
En la religión universal, por el contrario, se tiene que usar el método
socrático. Se recomienda especialmente el método mecánico-catequístico para lo
que se tiene que enseñar históricamente.
Corresponde aquí
también la educación del sentimiento de placer y de disgusto. Tiene que ser
negativa, pero sin halagar el sentimiento mismo. La inclinación a la comodidad
es para el hombre peor, que todos los males de la vida. Por eso es de una
extrema importancia, enseñar a trabajar a los niños desde el principio. Cuando
no están ya mimados, les gustan las diversiones a las cuales va unida la fatiga
y las ocupaciones en que necesitan fuerzas. No hay que dificultarles sus
placeres ni dejárselos escoger. Ordinariamente las madres educan mal a sus
hijos y los miman. Y no obstante, se observa que los niños, en particular los
hijos, quieren a sus padres, más que a sus madres. Esto nace de que las madres
no les dejan saltar, corretear, etc., por temor a que puedan hacerse daño. El
padre, que, por el contrario, los riñe, los pega cuando han sido malos, a veces
los lleva al campo y allí los deja corretear, jugar y estar contentos, como es
propio de su edad.
Se cree ejercitar
la paciencia de los niños haciéndoles esperar las cosas mucho tiempo. Sin
embargo, esto no debe ser necesario. Pero sí necesitan la paciencia en las
enfermedades, etc. La paciencia es doble. Consiste, o bien en renunciar a toda
esperanza, o bien en recobrar un nuevo valor. La primera no es necesaria cuando
sólo se pide lo que es posible, y se tiene siempre la última cuando se desea
sólo lo que es justo. La desesperación agrava tanto las enfermedades, cuanto
las mejora el buen valor. Pero ¿quién es capaz de hacer comprender a los
enfermos, que no abandonen la esperanza de su estado físico o moral?
Tampoco ha de
hacerse tímidos a los niños. Sucede esto principalmente, cuando se les dirige
injurias y se los avergüenza con frecuencia. Aquí encajan particularmente las
palabras de muchos padres; «¡Puf; avergüénzate!». No se ve propiamente de qué,
debían avergonzarse, por ejemplo, cuando tienen los dedos en la boca, etc. Se
les puede decir: esto no es conveniente, pero no se les debe dirigir un «¡puf,
avergüénzate!», más que en el caso de mentir. La Naturaleza ha dado al hombre
el rubor para que le traicione en cuanto mienta. Por eso los padre no deben
hablar nunca de vergüenza a los niños, más que en el caso de que mientan, y de
este modo conservarán el rubor para la mentira durante toda su vida. Pero si se
están avergonzando constantemente, adquirirán una timidez, que conservarán toda
la vida.
Es preciso no
romper la voluntad de los niños, como ya se dijo antes, sino sólo guiarla de
modo que ceda ante los obstáculos naturales. Al principio, el niño tiene que
obedecer a ciegas. No es natural que mande por sus gritos y que el fuerte
obedezca al débil. Nunca, pues, habrá que complacer a los niños por sus gritos,
aun en su infancia, ni dejarles conseguir nada por este medio. Ordinariamente
se equivocan los padres en este asunto, y quieren más tarde repararlo,
negándoles en absoluto todo lo que desean. Es muy absurdo negarles sin motivo
alguno lo que esperan de la bondad de sus padres, sólo por contrariarles y
hacer -a los débiles- sentir su superioridad.
Se mima a los
niños, cuando se satisface sus gustos, y se les educa de un modo completamente
falso, saliendo al encuentro de su voluntad y de sus deseos. Esto sucede
ordinariamente, cuando los niños sirven de juguete a los padres,
particularmente en la época que comienzan a hablar. Pero esto mismo les causa
un gran mal durante toda su vida. Efectivamente se les impide mostrar su enojo,
saliendo al encuentro de su voluntad, pero entonces se enfurecen más y más
interiormente. Aún no han podido conocer el modo cómo deben portarse; por
consiguiente, la regla que se ha de observar con los niños desde su más tierna
infancia, es auxiliarles cuando griten y se crea que algo, les hace daño, pero
no, hacerles caso cuando meramente griten por cólera. Más tarde, se observará
de modo continuo una conducta semejante. Es del todo natural, la resistencia
que encuentra el niño en estos casos, y es propiamente negativa, sólo porque no
se acude a sus súplicas. Por el contrario, muchos niños obtienen de sus padres
todo lo que piden cuando ruegan. Dejándoles conseguirlo todo con sus gritos, se
encolerizan, pero si lo obtienen con ruegos, llegan a hacerse blandos. Hay que
acceder a las súplicas de los niños si no se tiene ninguna razón importante en
contra; pero habiendo motivos para no ceder, tampoco hay que dejarse conmover
por sus muchas súplicas. Una negativa tiene que ser irrevocable. Esto lleva a
no tener que negar frecuentemente.
Suponiendo que
existiera en el niño una inclinación natural a la obstinación, lo que sólo se
puede aceptar como extremadamente raro, el mejor modo de proceder, es no
complacerle en nada, cuando tampoco nos haga nada con gusto. -El quebramiento
de la voluntad le produce un modo servil de pensar; por el contrario, la
resistencia natural ocasiona la docilidad.
La cultura moral
tiene que fundarse en las máximas, no en la disciplina. Ésta impide los vicios,
aquélla forma el modo de pensar. Ha de mirarse, pues, a que el niño se habitúe
a obrar por máximas y no por ciertos estímulos. Con la disciplina sólo queda una
costumbre, que se extingue con los años. El niño debe aprender a obrar por
máximas, cuya justicia comprenda él mismo. Fácilmente se ve, que es difícil
conseguir esto con los niños pequeños, y que la educación moral exige la mayor
ilustración de parte de los padres y de los maestros.
Cuando el niño
miente, por ejemplo, no se le ha de castigar, sino acogerle con desprecio,
decirle que no se le creerá en lo futuro, etcétera. Pero si se le castiga
cuando obra mal o se le recompensa cuando obra bien, hará lo bueno para que se
le trate bien. Más tarde, «vendrá al mundo en que no sucede así, donde puede
hacer el bien sin una recompensa, y el mal sin un castigo, y entonces será un
hombre que sólo mire el medio de prosperar, o será bueno o malo, según lo
encuentre más ventajoso.
Es preciso que las
máximas nazcan del hombre mismo. En la cultura moral se debe inculcar pronto a
los niños el concepto de lo que es bueno o malo. Si se quiere fundamentar la
moralidad, no hay que castigar. La moralidad es algo tan santo y tan sublime, que
no se la puede rebajar y poner a la misma altura que la disciplina. Los
primeros esfuerzos de la educación moral son para fundar un carácter. Consiste
éste en la facilidad para obrar por máximas. Al principio son las máximas de la
escuela, y después, las de la humanidad. El niño en los comienzos obedece a las
leyes. Las máximas también son leyes, pero subjetivas; se derivan del propio
entendimiento del hombre. No ha de quedar impune ningún quebrantamiento de la
ley de la escuela, aunque el castigo tiene siempre que ser apropiado a la
transgresión.
Al formar el
carácter de los niños, se trata de hacerles perceptible un cierto plan en todas
las cosas, ciertas leyes que tienen que seguir punto por punto. Así, por
ejemplo, se les señala un tiempo fijo para el sueño, para el trabajo, para las
diversiones, y esto no se ha de alargar o acortar. En las cosas indiferentes se
les puede dejar la elección, habiendo sólo de seguir constantemente después lo
que hicieron una vez por las leyes. No hay que formar en los niños el carácter
de un ciudadano, sino el de un niño.
Los hombres que no
se han propuesto ciertas reglas son veleidosos; ocurre con frecuencia, que no
se les puede entender ni conocer nunca bien como son. En efecto, se censura a
menudo a la gente que obra siempre por reglas; por ejemplo, al hombre que fija un
tiempo para cada obra; pero muchas veces es injusta esta censura; esta
precisión asienta una disposición favorable para el carácter, aunque parezca
meticulosidad.
Es necesario, ante
todo, la obediencia en el carácter de un niño, particularmente en el de un
alumno. Ésta es doble; en primer lugar, una obedienciaabsoluta al
director, y luego, a la razonada y recta del
que dirige. La obediencia puede nacer de la coacción y entonces es absoluta,
o de la confianza y entonces es razonada. Esta obediencia voluntaria es muy
importante, pero aquélla es en extremo necesaria, porque prepara al niño al
cumplimiento de las leyes, que después tiene que cumplir como ciudadano, aunque
no le agraden.
Por eso, los niños
han de estar sujetos a una cierta ley de necesidad. Pero esta ley tiene que ser
universal, en vista de la cual hay que obrar siempre en la escuela. El maestro
no ha de mostrar entre varios niños, predilección ni afecto alguno de preferencia
por uno determinado, pues si no, la ley deja de ser universal. El niño se
vuelve rebelde en cuanto ve que no se somete a todos a la misma ley.
Se habla
constantemente de que se ha de presentar todo a los niños de modo que lo hagan
por gusto. En muchos casos esto es bueno sin duda, pero hay que prescribirles
también muchas cosas como un deber. Después les es esto de la mayor utilidad en
toda su vida; porque sólo el deber, y no la inclinación, nos puede conducir en
los impuestos públicos, en los trabajos del oficio y en otros muchos casos.
Suponiendo que el niño no comprendiera el deber, lo mejor en hacerle entender
que tiene deberes como niño, puesto que es más difícil que comprenda, que los
tiene como hombre. La obediencia sería más completa si pudiera comprender esto,
que sólo es posible con los años.
Toda infracción por
un niño de lo mandado es una falta de obediencia, que lleva consigo un castigo;
tampoco está demás en la infracción de una orden cuando es por descuido. Este
castigo es, o bien físico o bien moral.
Se castiga moralmente cuando
se contraria la inclinación a ser respetados y queridos, cuando, por ejemplo,
se avergüenza al niño, recibiéndole con tono frío y seco. Hay que conservar
esta inclinación en cuanto sea posible. Por ello este modo de castigar es el
mejor, porque viene en auxilio de la moralidad; v. gr., cuando un niño miente,
una mirada de desprecio es un castigo suficiente y aun el que más conviene.
El castigo
físico consiste en no acceder a sus deseos, o en la aplicación de una
pena. El primer modo de castigar es semejante al moral y, además, negativo. Los
demás castigos tienen que usarse con prudencia para no producir una indoles
servilis. Conviene no conceder recompensas, porque así se hacen interesados y se
les causa una indoles mercenaria.
La obediencia es,
además, o bien del niño o bien del muchacho. A la infracción de ella sigue el
castigo, que es, o natural, que el mismo hombre contrae con su
conducta, por ejemplo: cuando el niño enferma por haber comido mucho, y éstos
son los mejores, porque el hombre los experimenta toda su vida y no sólo
mientras es niño, o bien es artificial.
La inclinación a
ser apreciado y querido es un medio seguro de hacer permanentes los castigos.
Los físicos sólo tienen que ser un complemento de los morales. No se llegará a
formar ningún carácter, cuando los castigos morales apenas sirvan y se tenga
que acudir a los físicos. Pero al principio tiene que suplir la coacción física
a la falta de reflexión de los niños.
Los castigos que se
aplican con señales de cólera, son contraproducentes. Los niños no los ven
entonces más que como efecto de la pasión de otro, y ellos mismos se creen
objeto de esta pasión. En general, los castigos se han de aplicar siempre con
prudencia, para que vean que el único fin de éstos es su mejoramiento. Es
insensato -y convierte en esclavos a los niños.- cuando tienen que
agradecerlos, besar las manos, etc. se hace tercos a los niños aplicando a
menudo los castigos físicos; cuando los padres castigan a sus hijos
obstinadamente, sólo les hacen ser cada vez más testarudos. Los tercos no son
siempre los peores hombres; a veces se conducen fácilmente por buenas
representaciones.
La obediencia del
joven es diferente de la del niño. Consiste en la sumisión a las reglas del
deber. Hacer algo por deber es obedecer a la razón. Es un trabajo inútil hablar
al niño del deber; acaban por verlo como algo a cuya infracción sigue la
palmeta. El niño podría ser guiado por sus meros instintos; pero en cuanto
crece hay que darle el concepto del deber. Tampoco se ha de acudir al recurso
de la vergüenza con los niños, sino solamente en los años de la juventud. Esto
no puede hacerse hasta que la idea del honor haya echado raíces.
La veracidad es
otro rasgo principal en la fundación del carácter del niño. Es lo básico y
esencial de un carácter. El hombre que miente, apenas tiene carácter alguno, y
si posee algo bueno, únicamente lo debe a su temperamento. Muchos niños son
inclinados a la mentira, que procede frecuentemente de una imaginación viva. Es
asunto de los padres procurar que los niños no se acostumbren a ella, pues las
madres, ordinariamente, lo miran como una cosa de ninguna o escasa importancia;
encuentran en esto una prueba lisonjera de las disposiciones y capacidades
superiores de sus hijos. Este es el momento de hacer uso de la vergüenza, pues
ya comprende bien el niño. El rubor nos traiciona cuando mentimos, pero no
siempre es una prueba de ello. Nos ruborizamos a menudo de la imprudencia con
que otro nos acusa de una falta. Por ningún motivo hay que tratar de arrancar
la verdad a los niños mediante los castigos; su mentira debiera arrastrar
consigo un daño igual, y entonces este daño los castigaría. La pérdida de la
estimación es el único castigo que conviene para la mentira.
También se pueden
dividir los castigos en negativos y positivos. Se
aplicarían los primeros a la pereza o a la inmoralidad; por ejemplo: en la
mentira, la descortesía y la insociabilidad. Los castigos positivos sirven para
la mal intencionada ira. Hay que guardarse, ante todo, de tener rencor a los
niños.
La sociabilidad ha
de ser un tercer rasgo del carácter del niño. Ha de tener amistad con los demás
y no ser siempre sólo para él. Muchos maestros se oponen a ello en la escuela,
pero muy sin razón. Los niños se deben preparar a la más dulce satisfacción de
la vida. Los maestros no han de preferir a ninguno por su talento, si no
solamente por su carácter, pues, de lo contrario, nace la envidia, contraria a
la amistad.
Los niños tienen
también que ser francos, y sus miradas, tan serenas como el sol. Un corazón
contento es el único capaz de encontrar placer en el bien. La religión que hace
al hombre sombrío es falsa, pues él tiene que servir a Dios con el corazón
contento y no por la coacción. No es necesario conservar siempre el buen humor
en la coacción de la escuela, pues en este caso se la derribaría pronto; se
rehace cuando hay alegría. Para esto sirven ciertos juegos en los que hay
animación, en que el niño se esfuerza por hacer algo antes que los demás.
Entonces el alma vuelve a serenarse.
Mucha gente mira
los años de su juventud como los mejores y los más agradables de su vida; esto
no es cierto: son los más fastidiosos, porque se está tan sujeto a la
disciplina, que es raro tener un amigo verdadero, y más raro aún tener
libertad. Ya dice Horacio: Multa tulit
facitque puer, sudarit et alsit4.
Únicamente se ha de
instruir a los niños en cosas convenientes a su edad. Se complacen muchos
padres en oír hablar a sus hijos como sabios precoces. Pero tales niños,
ordinariamente, no llegan a ser nada. Un niño ha de ser sólo prudente como un
niño. Nunca tiene que remedar. Está completamente fuera de su edad el niño
provisto precozmente de juicios morales, que no son si no imitados. No debe
tener más que el entendimiento de un niño, ni lo debe mostrar temprano. Un niño
semejante no será nunca un hombre de inteligencia y de entendimiento sereno. Es
asimismo insoportable un niño que quiere ya seguir todas las modas; por
ejemplo, acicalarse, llevar puños y hasta tabaquera. Así se convierte en un ser
afectado, cosa que no es propia de un niño.
Una sociedad culta
le es una carga, y al fin falta completamente el valor de hombre. Por esto
también se le ha de impedir muy pronto la vanidad, o mejor dicho, no darle
motivo a que llegue a ser vanidoso. Sucede así cuando se les dice que son
hermosos, que les sienta de un modo encantador este o aquel adorno, o cuando se
les promete y se les da uno. Los adornos no convienen a los niños. Sólo han de
conservar sus vestidos limpios y sencillos, como una cosa necesaria. Pero
tampoco han de darse los padres a si propios ningún valor, ni mirarse al
espejo, pues en esto, como en lo demás, el ejemplo es todopoderoso y afirma o
destruye las buenas doctrinas.
La educación
práctica comprende: a) la habilidad; b) la
prudencia; c) la moralidad. En lo que se refiere a la
habilidad, se ha de procurar que sea sólida y no fugaz. No hay que adoptar aire
de conocer cosas que después no se pueden realizar. Hay que buscar la solidez
en la habilidad, y que llegue a ser esto, poco a poco, por hábito en el modo de
pensar. Es lo esencial del carácter de un hombre. La habilidad es necesaria
para el talento.
Por lo que toca a
la prudencia, consiste en el arte de colocar nuestra habilidad en
el hombre; es decir, ver cómo puede servirse de ellos para sus intenciones.
Requiere esto varias cosas. Propiamente, es lo último en el hombre; pero por su
valor merece el segundo lugar.
Si se ha de dejar
al niño la prudencia, tiene que hacerse disimulado e impenetrable, pero
pudiendo examinar cuidadosamente a los otros. Tiene particularmente que
ocultarse en lo que se refiere a su carácter. Los modales son el arte de la
apariencia exterior, y éste le ha de poseer. Es difícil penetrar en los otros,
pero se ha de lograr necesariamente el arte de hacerse impenetrable. Para ello
se necesita disimulo; es decir, ocultar sus faltas y su apariencia exterior. El
disimulo no es siempre el fingimiento, que se puede permitir a veces, aunque
confina con la impureza. El fingimiento es un medio desesperado. La prudencia
pide no precipitarse fácilmente, pero no hay que caer tampoco en la indolencia.
Valiente, es diferente de violento. Un hombre bravo (strenus) es el que goza
queriendo. Esto es relativo a la moderación del afecto; la prudencia
corresponde al temperamento.
La moralidad concierne
al carácter. Susline et abstine es prepararse
a un prudente moderación. Para formar un buen carácter es necesario suprimir
las pasiones. Hay que acostumbrar al hombre a que sus inclinaciones no lleguen
a ser pasiones, y a pasar sin lo que se le niegue. Sustine, significa:
soporta y acostúmbrate a soportar.
Es necesario valor
e inclinación para aprender a privarse de algo. Hay que acostumbrarse a las
respuestas negativas, a la resistencia, etcétera.
La simpatía
pertenece al temperamento. Ha de prevenirse a los niños contra una compasión
anhelante o lánguida. La compasión es realmente sensibilidad; concuerda sólo
con un carácter sensible. Es también distinto de la piedad, siendo un mal
lamentarse meramente de una cosa. Se debía dar dinero a los niños para gastos
menudos, con los que pudieran socorrer a los necesitados, y entonces se podría
ver si son o no son piadosos; pero cuando sólo son dadivosos en el dinero de
sus padres, pierden esta virtud.
La máxima festina
lente indica una actividad continua; hay que apresurarse a aprender
mucho; es decir, festina; pero también hay
que aprender con fundamento, y por lo tanto emplear tiempo en esto; es
decir, lente. Se ocurre preguntar si es
preferible dar una gran cantidad de conocimiento o sólo una pequeña, pero
sólidamente. Es mejor saber poco, pero con fundamento, que mucho y
superficialmente, pues al fin se advertirá en el último caso lo poco profundo
de esto. Como el niño no sabe en qué circunstancias tendrá que usar este o
aquel conocimiento, lo mejor es que sepa algo de todo con solidez; de lo
contrario, sólo seducirá y deslumbrará a los demás con sus conocimientos
superficiales.
Lo último es la
fundación del carácter. Consiste éste en los firmes designios para querer hacer
algo, y también en la ejecución real de los mismos;Vir
propositi tenax, dice Horacio, y éste es el buen carácter. Por ejemplo: si yo he
prometido algo, he de mantenerlo, aun cuando pueda perjudicarme. No puede
fiarse mucho de sí mismo el hombre que, haciendo propósito de algo, no lo hace.
Acaba por desconfiar de sí el que proponiéndose levantarse temprano siempre
para pasear, para estudiar o para hacer esto o aquello, se excusa, en la
primavera, con que aún son frías las mañanas, pudiéndole perjudicar el frío; en
verano, con que es bueno dormir, siéndole el sueño agradable, y aplaza de este
modo su propósito de un día para otro.
Lo que es contrario
a la moral queda excluido de tales determinaciones. En un malvado, el carácter
es muy malo; pero aquí se le llama tenacidad, y aun entonces agrada a ver que
cumple su propósito y es constante, aunque fuera mejor que se condujese así en
el bien.
No hay que contar
mucho con el que aplaza constantemente la ejecución de sus propósitos. Esto
ocurre con la llamada conversión futura. Es imposible que pueda convertirse en
un instante, como quiere, el hombre que fue siempre vicioso, al no suceder un
milagro para que de una vez sea como aquel que caminó bien toda su vida y
siempre pensó honradamente. Tampoco se puede esperar nada de las
peregrinaciones, mortificaciones y ayunos; no se concibe cómo pueden hacer de
un hombre vicioso un hombre noble las peregrinaciones y otras prácticas
semejantes.
¿Qué hace por la
honradez y corrección ayunar todo el día, comiendo, en cambio, a la noche, o
imponer una expiación a su cuerpo que en nada puede contribuir al cambio del
alma?
Para fundar un
carácter moral en los niños hay que observar lo siguiente:
Enseñarles, en lo
posible, el deber que tienen que cumplir, mediante ejemplos y disposiciones.
Los deberes que el niño ha de cumplir son sólo los deberes ordinarios hacia sí
mismo y hacia los demás. Es preciso educir estos deberes de la naturaleza de
las cosas. Aquí tenemos que considerar inmediatamente:
a) Los deberes
para consigo mismo. No consisten en procurarse un magnífico traje, comer
deliciosamente, etc., aunque haya que ser limpio en todo, ni en buscar el
contento de sus apetitos e inclinaciones -por el contrario, hay que ser muy
moderado y sobrio-, sino en que, el hombre tenga en su interior una cierta
dignidad que le ennoblezca ante todas las criaturas, siendo su deber no
desmentir esta dignidad de la humanidad en su propia persona.
Pero nosotros nos
separamos de esta dignidad de la humanidad cuando, por ejemplo, nos entregamos
a la bebida, realizamos actos contra naturaleza, cometemos toda clase de
excesos, etc.; todo lo cual coloca al hombre mucho mas bajo que los animales.
No es menos contrario a la dignidad de la humanidad el hombre que se rebaja a
los otros y les hace siempre cumplimientos, imaginándose que se captará su
voluntad con conducta tan indigna.
Habría también que
hacer sensible la dignidad humana a los niños en sí mismos; por ejemplo, en el
caso de suciedad, que, por lo menos es indecoroso para la humanidad. Pero
cuando realmente se coloca el niño por bajo de la dignidad humana, es con la
mentira, pues ya puede pensar y comunicar sus pensamientos a los demás. La
mentira hace al hombre objeto del menosprecio general, y es un medio que le
roba a sí mismo la estimación y crédito que cada uno debiera tener consigo
mismo.
b) Los deberes
para con los demás. Hay que enseñar al niño desde muy pronto la veneración y
respeto al derecho de los hombres y procurar que lo ponga en práctica; si, por
ejemplo, un niño encuentra a otro niño pobre y, orgulloso, le arroja de sí o
del camino o le da un golpe, no se le ha de decir: «No hagas eso, le haces
daño, sé compasivo, es un pobre niño», etc., sino tratarle con la misma
altanería y hacerle sentir cuán contraria al derecho de los hombres era su
conducta. Los niños apenas tienen generosidad. Se puede ver esto, v. gr.,
cuando los padres mandan a sus hijos que den a otro la mitad de su tostada, sin
que, vuelvan a recobrarla; entonces, o no lo hacen o lo hacen muy raramente y
de mala gana. Tampoco se les puede hablar mucho de generosidad, porque aún no
tienen nada propio.
Muchos han pasado
por alto o han explicado falsamente, como Crugot, la parte de la
moral que contiene la teoría de los deberes para consigo mismo. Consiste el
deber hacia sí mismo, como se ha dicho, en conservar en su propia persona la
dignidad humana. El hombre se censura teniendo a la vista la idea de humanidad.
En su idea tiene un original con el cual se compara. Cuando aumenta el número
de años, cuando empieza a nacer la inclinación sexual, es el momento crítico en
que la dignidad humana es la única capaz de conservar en sus límites al joven.
Hay que advertirle temprano el modo de preservarse de esto o aquello.
Apenas hay en
nuestras escuelas una cosa que promovería la educación de los niños en la
honradez, a saber: un catecismo del Derecho. Habría de contener casos populares
que sucedieran en la vida ordinaria, y en los cuales entrara siempre,
naturalmente, la pregunta: ¿es esto justo o no? Por ejemplo: cuando uno se
conmueve a la vista de un necesitado, teniendo que pagar aquel día a su
acreedor, y le da la suma de que es deudor y que debía pagar, ¿es justo o no?
No; esto es injusto, pues para hacer buenas obras tengo que ser libre. Cuando
doy el dinero a los pobres, hago una obra meritoria; pero al pagar mi deuda
hago lo que debía de hacer. Se preguntaría además: ¿es permitida una mentira
oficiosa? No; no se concibe caso alguno en que convenga la excusa, por lo menos
ante los niños, pues de otro modo mirarían como una necesidad cualquier
bagatela y se permitirían mentir a menudo. Si hubiera un tal libro, se le
podría destinar diariamente una hora con mucha utilidad, para conocer y
aprender de memoria el derecho de los hombres -esta pupila de Dios en la
tierra.
La obligación de
socorrer no es mas que una obligación imperfecta. Tampoco hay que ablandar el
corazón de los niños para que se afecte por la suerte de los demás, sino más
bien hacerle fuerte. Que no está lleno de sentimiento, sino de la idea del
deber. Muchas personas llegan a hacerse duras de corazón, porque habiendo sido
compasivas anteriormente, se vieron engañadas con frecuencia. Es inútil querer
hacer comprensible a un niño lo meritorio de las acciones. Los eclesiásticos,
frecuentemente, se equivocan al presentar las obras de beneficencia como algo
meritorio. Aun sabiendo que no podemos cumplir nunca nuestras obligaciones con
relación a Dios, no hacemos sino cumplir nuestro deber cuando socorremos a los
pobres, pues la desigualdad del bienestar nace sólo de circunstancias
ocasionales. Así, pues, si yo poseo una fortuna, sólo la tengo gracias a que
estas circunstancias fueron favorables para mí o para mis predecesores,
continuando siempre siendo la misma la relación con el todo.
Se excita la
envidia de un niño, haciendo que se estime por el valor de los otros. Debe
estimarse principalmente por los conceptos de su razón. La humildad no es, por
consiguiente, más que una comparación de su valor con la perfección moral. La
religión cristiana, por ejemplo, no enseña tanto la humildad, cuanto hace
humildes a los hombres, por tener que compararse con el más alto modelo de
perfección. Es absurdo asentar la humildad en apreciarse menos que los demás:
«¡Mira cómo se conduce tal o cual niño!», etc. Hablarles de este modo, sólo les
produce maneras innobles de pensar. Cuando el hombre aprecia su valor por los
otros, trata, o bien de elevarse sobre los demás o de disminuir el valor de
ellos. Esto último es la envidia. Entonces sólo pretende atribuir faltas a los
demás; de otro modo no podrían compararse con ellos: sería el mejor. Aplicando
mal el espíritu de emulación, sólo se produce la envidia. Aún podría servir de
algo la emulación en el caso que se tratara de convencer a alguien de la posibilidad
de una cosa; por ejemplo: cuando yo exijo al niño aprender una determinada
tarea y le muestro que otros pudieron hacerlo.
En modo alguno hay
que consentir que un niño avergüence a los otros. Es necesario ahogar todo
orgullo fundado en la superioridad de la fortuna. Pero, al mismo tiempo, se ha
de crear la franqueza en los niños, que consiste en una discreta confianza en
sí mismo. El hombre se pone mediante ella en situación de mostrar
convenientemente sus dotes. Se ha de diferenciar de la impertinencia, que
consiste en la indiferencia respecto al juicio de otro.
Todos los deseos
del hombre son formales (libertad y poder) o materiales (referentes a un
objeto), deseos de opinión o de goces, o bien finalmente, se refieren a la mera
duración de ambos, como elemento de la felicidad.
Los deseos de la
primera clase son la ambición, el deseo de mando y la codicia. Los de la
segunda, el goce sexual (lujuria), el de las cosas (bienestar) o el de la
sociedad (gusto en la conversación). Por fin, los deseos de la tercera clase
son: el amor a la vida, a la salud, a la comodidad (despreocupación de cuidados
para lo futuro).
Los vicios son: o
de maldad, o de bajeza, o de pusilanimidad. A los primeros pertenece la
envidia, la ingratitud y la alegría por el mal ajeno; a los segundos, la
injusticia, la infidelidad (falsedad), el desorden, tanto en la prodigalidad de
los bienes como en la de la salud (intemperancia) y en la del honor. Los vicios
de la tercera clase son la dureza, la mezquindad y la pereza (molicie).
Las virtudes son: o
virtudes de mérito, o meramente de deber, o de inocencia.
A las primeras pertenece la generosidad (vencimiento de sí mismo, tanto en la
venganza como en el bienestar y en la codicia), la caridad y el dominio de sí
mismo; a las segundas la honradez, la decencia y el carácter pacífico, y,
finalmente, a las últimas, la probidad, la modestia y la sobriedad.
¿El hombre es por
naturaleza, moralmente, bueno o malo? Ninguna de las dos cosas, pues no es por
naturaleza un ser moral; sólo lo será cuando eleve su razón a los conceptos del
deber y de la ley. Entretanto, se puede decir que tiene en sí impulsos originarios
para todos los vicios, pues tiene inclinaciones e instintos que le mueven a un
lado, mientras que la razón le empuja al contrario. Sólo por la virtud puede
devenir moralmente bueno, es decir, por una autocoacción, aunque puede ser
inocente sin los impulsos.
La mayor parte de
los vicios nacen de la violencia que el estado civilizado ejerce sobre la
naturaleza, y, sin embargo, nuestro destino como hombres ha de salir del estado
de naturaleza en que estamos. El arte perfecto vuelve a la naturaleza.
En educación, todo
estriba en asentar por todas partes los principios justos y en hacerlos
comprensibles y agradables a los niños. Han de aprender a sustituir el odio por
el aborrecimiento de lo repugnante y absurdo; con el horror interior, el
exterior de los hombres y castigos divinos; con la propia estimación y la
dignidad interior, la opinión de los hombres; con el valor interno de la acción
y la conducta, el de las palabras y movimientos del corazón; con el
entendimiento, el sentimiento, y con una alegría y una piedad en el buen humor,
la triste, tímida y sombría devoción.
Pero, ante todo, se
les tiene que preservar de que no aprecien demasiado la merita
fortunae.
Por lo que se
refiere a la educación de los niños en vista de la religión, el primer problema
es ver si es posible enseñarles pronto los conceptos religiosos. Sobre esto se
ha discutido mucho en Pedagogía. Los conceptos religiosos suponen siempre
alguna teología. Ahora bien; ¿se debe enseñar una teología a la juventud que no
conoce el mundo, que tampoco se conoce a sí misma? ¿Podría la juventud, que no
conoce aún el deber, comprender un deber hacia Dios? Es verdad que si fuera
posible que los niños no vieran acto alguno de veneración al Ser Supremo ni
oyeran nunca el nombre de Dios, sería adecuado al orden de las cosas llevarle
primero a los fines y a lo que conviene al hombre, aguzar su juicio, instruirle
en la belleza y orden de las obras de la Naturaleza, añadir luego un
conocimiento más profundo de la fábrica del universo y, por ello abrirles la
idea de un Ser Supremo, de un legislador. Pero como esto no es posible en
nuestro estado actual, sucedería que, cuando más tarde se les quisiera enseñar
alguna cosa de Dios, como le oyen nombrar y presencian manifestaciones de
veneración hacia Él, le produciría indiferencia o ideas equivocadas; por
ejemplo: un temor ante su poder. Como hay que procurar que estas ideas no
aniden en la fantasía del niño, ha de enseñárseles pronto las ideas, religiosas
para preservarles de aquéllas. Sin embargo, no ha de ser esto obra de la
memoria, pura imitación o mero mimetismo; el camino que se escoja ha de ser
adecuado a la naturaleza. Aun no teniendo los niños una idea abstracta del
deber, de la obligación, de la buena o mala conducta, comprenderán que existe
una ley del deber, que no es la comodidad, la utilidad, etc., quien debe
determinarla, sino algo universal que no se rige por el capricho de los
hombres. El mismo maestro se tiene que hacer esta idea.
Primeramente hay
que atribuir a Dios todo lo de la Naturaleza, y después ésta misma; como, por
ejemplo, está todo colocado para la conservación de las especies y su
equilibrio, pero también remotamente, para que el hombre pueda hacerse feliz
por sí mismo.
Se podría, desde
luego, hacer más clara la idea de Dios comparándola con la del padre bajo cuyos
cuidados estamos, con lo cual se podría indicar provechosamente la unidad de
los hombres, formando como una familia.
¿Qué es, pues, la
religión? La religión es la ley que está en nosotros, en tanto que nos imprime
fuerza mediante un legislador y juez; es una moral aplicada al conocimiento de
Dios. No uniendo la religión con la moralidad, es sólo mera aspiración al favor
divino. Los salmos, las súplicas, el ir a la iglesia, únicamente deben dar a
los hombres nuevas fuerzas, nuevo valor para su mejoramiento, o ser la
expresión de un corazón animado por la representación del deber. Sólo son
preparación a las buenas obras, pero no por sí mismas buenas obras, y no se
puede ser agradable al Ser Supremo más que convirtiéndose en un hombre mejor.
Con el niño hay que
empezar por la ley que tiene en sí. El hombre se juzga despreciable cuando es
vicioso. Este desprecio tiene su fundamento en él mismo y no en que Dios haya
prohibido el mal, pues no es necesario que el legislador sea a la vez el autor
de la ley. Así, puede un príncipe prohibir el robo en su país, sin que por esto
se le pueda llamar el autor de la prohibición del robo; y así aprende el hombre
que sólo su buena conducta le hace digno de la felicidad. La ley divina tiene
que parecer a la vez como ley natural, porque no es voluntaria. La religión se
necesita para toda moralidad.
Pero no hay que
empezar por la teología. La religión que se funda meramente en la teología
nunca puede contener algo moral. No habrá en ella más que temor, por una parte,
y sentimientos y miras interesadas, por otra; y esto sólo produce un culto
supersticioso. Así, pues, tiene que preceder la moralidad y seguir la teología,
y esto se llama religión.
La ley en nosotros
se llama conciencia. La conciencia es propiamente la aplicación de nuestras
acciones a esta ley. Los reproches de la conciencia quedarán sin efecto si no
se los piensa como representantes de Dios, cuyo asiento elevado está sobre
nosotros, pero que también ha establecido en nosotros un tribunal. Cuando la
religión no procede de la conciencia moral, queda sin efecto. La religión sin
la conciencia moral es un culto supersticioso. Se quiere servir a Dios, por
ejemplo, alabándole, ensalzando su poder, su sabiduría, sin pensar en cumplir
las leyes divinas, hasta sin conocer e investigar su poder, sabiduría, etc. Los
salmos son un narcótico para la conciencia de algunos y un cojín sobre el cual
deben dormir tranquilos.
Los niños no pueden
comprender todos los conceptos religiosos, a pesar de lo cual hay que
enseñarles algunos, sólo que han de ser más negativos que positivos. No sirve
de nada hacer rezar a los niños, que no les produce sino una falsa idea de la
piedad. La verdadera veneración hacia Dios consiste en obrar por su voluntad, y
esto hay que enseñárselo a los niños. Se ha de procurar, tanto con los niños
como consigo mismo, no usar a menudo el nombre de Dios. Es asimismo un abuso
usarle en las felicitaciones, aun cuando se haga con intención piadosa. Cada
vez que los hombres pronuncian el nombre de Dios debían estar penetrados de su
idea con un profundo respeto; por esto debían usarlo raramente y nunca con
ligereza. El niño tiene que aprender a sentir veneración hacia Dios como señor
de la vida y del mundo entero; además, como cuidador de los hombres y,
finalmente, como su juez. Se cuenta que, siempre que Newton pronunciaba el
nombre de Dios, se detenía y reflexionaba algún tiempo.
El niño aprende
tanto mejor el concepto de Dios y del deber por una explicación de los cuidados
divinos respecto de las criaturas, y se le preserva de la inclinación a la
destrucción y a la crueldad que manifiesta a menudo atormentando a los
animalitos. Asimismo, se debía enseñar a la juventud a descubrir el bien en el
mal; los animales de rapiña y los insectos, por ejemplo, son modelos de
limpieza y de asiduidad. Despiertan a los hombres malos las leyes. Los pájaros
que persiguen a los gusanos son los defensores de los jardines, etc.
Por consiguiente,
hay que enseñar a los niños algunas ideas del Ser Supremo para que cuando vean
a los demás rogar, etc., puedan saber hacia quién y para qué lo hacen. Pero
estas ideas tienen que ser poco numerosas y, como se ha dicho, meramente
negativas.
Se ha de empezar a
enseñárseles esto desde su más temprana edad; pero hay también que mirar que no
estimen sólo a los hombres por el cumplimiento de su religión, pues, a pesar de
la diversidad de religiones, hay una unidad de religión en todas partes.
Finalmente,
queremos hacer aquí algunas advertencias que debía observar especialmente la
niñez al entrar en la adolescencia. Empieza el adolescente en este tiempo a
hacer ciertas diferencias que antes no hacía, Primeramente la
diferencia sexual. La Naturaleza ha extendido sobre esto el velo del secreto,
como si hubiera en ello algo no del todo conveniente para el hombre y no fuera
más que una mera necesidad de la animalidad humana. Ha tratado de unirlo con
toda clase de moralidad posible. Aun las naciones salvajes se conducen aquí con
una especie de pudor y recato. Los niños hacen a veces preguntas a los mayores
sobre este asunto; por ejemplo, dicen, ¿de dónde vienen los niños? Y se les
deja fácilmente contentos, o bien con respuestas absurdas, que no significan
nada, o bien respondiéndoles que eso es una pregunta de niños.
El desarrollo de
estas inclinaciones en el adolescente es mecánico; se realiza, como todos los
instintos que se desarrollan en él, sin necesidad de conocer su objeto. Es, por
tanto imposible conservar al adolescente en la ignorancia e inocencia que en él
están unidos. Con el silencio, no sólo se hace el mal, sino que se empeora. Se
ve en la educación de nuestros antepasados. En la de nuestro tiempo se admite
con razón la necesidad de hablar al adolescente francamente y de un modo claro
y preciso. Sin duda este es un punto delicado, porque no se hace de él
gustosamente un objeto de conversación pública. Pero se obrará perfectamente
hablándole con digna seriedad de ello y entrando en sus intenciones.
A los trece p
catorce años es ordinariamente el momento en que se desenvuelve en el
adolescente la inclinación sexual (cuando sucede más temprano es por haberles
seducido y perdido con los malos ejemplos). Su juicio está ya desarrollado y la
naturaleza los ha preparado para la época en que se les puede hablar de esto.
Nada debilita tanto
el espíritu y el cuerpo del hombre como esa clase de voluptuosidad dirigida a
sí mismo (die auf sich selbst gerichtet ist) y en completa
lucha con la naturaleza humana. Pero tampoco hay que ocultársela al
adolescente. Se le ha de presentar en su completo horror, y decirle que así se
inutiliza para la propagación de la especie; que las fuerzas de su cuerpo
marchan directamente a su ruina; que contrae una temprana vejez; que sufre su
espíritu, etc.
Esa instigación se
puede evitar mediante una ocupación constante, por lo cual es preciso que no
consagre al sueño y a la cama más tiempo del necesario. Con estas ocupaciones
hay que procurar que abandone esos pensamientos, pues aunque el objeto sólo
quede en la imaginación, no por eso deja de corroer la fuerza de la vida.
Cuando su inclinación se dirige al otro sexo, siempre puede encontrar alguna
resistencia; pero cuando se dirige a sí mismo, puede satisfacerla en toda
ocasión. El efecto físico es del todo perjudicial, pero son mucho peores las
consecuencias con relación a la moralidad. Se traspasan aquí los límites de la
naturaleza y la inclinación se desencadena sin trabas, porque no encuentra
ninguna real satisfacción. Hay maestros que a jóvenes ya desarrollados han
formulado esta pregunta: ¿se permitirá que un joven se relacione con el otro
sexo? Cuando necesariamente haya de optarse entre ambas, preferible es esta
última solución. En lo primero, obra contra la naturaleza; en lo último, no. La
naturaleza le ha llamado para ser hombre en cuanto es mayor de edad, y propagar
así su especie; pero las necesidades que tiene el hombre necesariamente en un
estado civilizado hacen que no pueda siempre educar a sus hijos, de este modo
comete una falta contra el orden civil. Lo mejor es, siendo además su deber,
que espere el joven hasta que esté en situación de casarse regularmente. Obra
entonces, no sólo como un buen hombre, sino también como un buen ciudadano.
Que el adolescente
aprenda pronto a estimar al otro sexo, a adquirir en cambio la misma
consideración por una libre actividad y aspirar así a encontrar el alto premio
de una feliz unión.
En la época que
entra el adolescente en sociedad comienza a hacer una segunda diferenciación;
consiste en el conocimiento de la diferencia de los estados y de la desigualdad
de los hombres. No hay que hacérselos notar cuando niño. A esto hay que añadir
que no mande a los criados. Si ve que los padres lo hacen, se le puede decir en
rigor: «Nosotros les damos el pan, y por eso nos obedecen; como tú no se lo
das, tampoco tienen que servirte». No conocen ellos nada de esto, si los padres
no inculcan esta ilusión a los niños. Hay que mostrar al adolescente que la
desigualdad entre los hombres es una situación que nace de haber buscado uno
alcanzar ventajas sobre los otros. Se les puede formar poco a poco la
conciencia de la igualdad de los hombres en la desigualdad civil.
Se ha de procurar
que el adolescente se estime en absoluto y no por los otros. La estimación de
otro, en la que no se determina el valor del hombre, es vanidad. Además, hay
que incitarle a tener conciencia de todas las cosas y a no esforzarse sólo en
parecer, sino en ser. Hay que prevenirlo para que en ninguna circunstancia se
convierta en vana resolución la resolución, que haya tomado. Es preferible no
formar ningún proyecto y dejar la cosa en duda. Hay que enseñarle la sobriedad
en las circunstancias exteriores y la paciencia en los trabajos: sustine y abstine;
también la frugalidad en las diversiones. Se llegará a ser un miembro apto de
la comunidad y se preservará del fastidio, no sólo no deseando los placeres,
sino también siendo paciente en sus tareas.
Hay que enseñar,
además, al adolescente la alegría y buen humor. El gozo de corazón nace de no
tener que reprocharse nada, así como la igualdad del humor. Se puede llegar por
el ejercicio a mostrarse siempre de buen humor en sociedad.
Han de mirarse
muchas cosas siempre como deber. Una acción ha de serme valiosa, no porque
concuerde con mi inclinación, sino porque mediante ella cumplo mi deber.
También se ha de
desenvolver el amor a los otros y después los sentimientos cosmopolitas.
Hay algo en nuestra
alma que hace interesarnos a) por nosotros mismos; b) por aquellos entre
quienes hemos crecido, y c) por el bien del mundo. Se ha de hacer familiares a
los niños estos intereses y templar en ellos sus almas. Han de alegrarse por el
bien general, aun cuando no sea el provecho de su patria ni el suyo propio.
Que pongan escaso
valor en el goce de los placeres de la vida. El temor infantil ante la muerte
cesará de este modo.
Se ha de mostrar al
adolescente que el placer no proporciona lo que a la vista promete.
Y, por último, la
necesidad de una liquidación diaria consigo mismo, para que pueda al final de
la vida hacer un cálculo de su valor.
J. E. Pestalozzi
¿Qué es el hombre
en su ser, en lo que tiene de igual, ya esté sentado en un trono, ya se
guarezca bajo las hojas de los árboles? ¿Por qué no nos lo dicen los sabios?
¿Por qué los espíritus esforzados no comprenden qué es su especie? ¿No conoce
el campesino los bueyes que utiliza? ¿No se informa el pastor de la naturaleza
de sus ovejas?
Y vosotros los que
utilizáis, y decís al hombre que lo guardáis y conducís, ¿os tomáis el trabajo
del campesino por sus bueyes? ¿Tenéis asimismo las preocupaciones que tiene el
pastor por sus ovejas? Vuestra sabiduría, ¿es el conocimiento de vuestra especie,
y vuestra bondad la bondad del pastor ilustrado del pueblo?
Conocer lo que el
hombre es, lo que necesita, lo que te eleva y le deprime, lo que le fortifica y
le debilita, es una necesidad, tanto para los pastores de los pueblos como para
el habitante de la más humilde cabaña.
En todas partes
siente el género humano esta necesidad. En todas partes trata de elevarse con
esfuerzos, trabajos y afanes. Por ello se marchitan, descontentas, sus
generaciones, y el día último de sus varios períodos, exclama la humanidad que
no ha alcanzado el término de su carrera. No es su terminación como el
sazonamiento de los frutos en su tiempo, que, después de cumplida su misión,
caen en el reposo del invierno.
¿Por qué investiga
el hombre la verdad sin orden y sin fin último? ¿Por qué no investiga las
necesidades de su naturaleza para construir sobre ellas el goce y la ventura de
su vida? ¿Por qué no busca la verdad, que es el sosiego y el placer de la vida,
la verdad, que le satisface en lo más íntimo, que desarrolla sus fuerzas,
distrae sus días y hace felices sus años?
El hombre,
impulsado por sus necesidades, encuentra el camino de esta verdad en lo más
íntimo de su naturaleza.
El niño pequeñito,
satisfecho, aprende en este camino lo que para él es su madre, quien crea en el
amor -la esencia de la gratitud- antes de que pueda oír la voz del deber y del
agradecimiento. En este mismo camino de la Naturaleza -en los deberes filiales-
encuentra la ventura de su existencia el hijo que come el pan de su padre y se
cobija en su hogar.
Hombre, si
investigaras la verdad siguiendo este orden de la naturaleza, encontrarías cómo
habías de servirte de ella para tus miras y para tu carrera.
Así como la verdad
es para ti, hombre, la necesidad de tu sosiego y de tu paz; así como es para ti
la más segura estrella que te guía en tus quehaceres más inmediatos; así como
es el sostén en que descansa tu vida, del mismo modo es tu felicidad.
No puedes emplear
en este camino cualquiera verdad.
El círculo del
saber -por el que es agraciado el hombre en su estado- es reducido, y comienza
cerca, a su alrededor, alrededor de su ser, alrededor de sus más próximas
relaciones; desde allí se extiende y tiene que regirse en cada expansión por
este punto central, fecundador de la verdad.
El puro sentido de
la verdad se forma en círculos reducidos, y la pura sabiduría humana descansa
en el firme fundamento del conocimiento de sus relaciones más próximas y en la
educada capacidad para proceder en sus asuntos más inmediatos.
Esta sabiduría
humana, que se revela por las necesidades de nuestra condición, fortifica y
forma nuestra capacidad de acción, y la dirección espiritual que provoca es
simple y mira firmemente a las cosas; está formada por la fuerza total de las
disposiciones naturales, de los objetos, firmemente establecidas en sus uniones
efectivas, y por esto fácil de conducir a todas las direcciones de la verdad.
Su expresión son la
fuerza y el sentimiento, y la aplicación precisa.
Camino excelso de
la Naturaleza, la verdad, a la cual conduces, es la fuerza y el hecho, la
causa, la formación, la realización y la disposición del ser completo de la
humanidad.
No educas al hombre
con un desarrollo rápido y brillante, y tu hijo ¡oh Naturaleza! es limitado; su
discurso es expresión y efecto del conocimiento realizado sobre las cosas.
Pero cuando los
hombres aceleran la marcha de tu orden, perturban en sí mimos su fuerza íntima
y descomponen el equilibrio y el reposo de su ser en lo más íntimo.
Hacen esto, cuando
antes de haber educado dócilmente su espíritu en la verdad y en la sabiduría
por el conocimiento preciso de los objetos reales, se aventuran en el caos
infinito de las palabras vanas y de las opiniones, y ponen, como fundamento de
su carácter, y, como primera educación de sus fuerzas, sonidos, discursos y
palabras, en vez de las verdades de los objetos científicos.
Este camino
artificial de la escuela, que coloca la serie de las palabras antes de la
naturaleza libre, lenta, cuidadosa, educa al hombre en el brillo falso, que
disimulala carencia de fuerza natural interior y satisface a tiempos como
nuestro siglo.
Orientación de la
vida, destino del hombre, eres el libro de la Naturaleza. En ti está contenida
la fuerza y el orden de esta sabia conductora; la educación escolar que no se
construya con este fundamento, va descaminada.
Hombre, padre de
tus hijos, no lleves las fuerzas de su espíritu por lejanos derroteros antes de
que hayan adquirido fuerzas mediante un ejercicio apropiado, y guárdate de los
malos tratos y de los esfuerzos excesivos.
La fuerza de la
Naturaleza -aunque conduce irresistiblemente a la verdad- no es inflexible en
su dirección; suena en la umbría el canto del ruiseñor, y todos los objetos de
la Naturaleza se mueven con una libertad placentera; por ninguna parte se ve la
menor sombra de un orden importuno.
Si el orden en el
modo de enseñar de la Naturaleza fuera coercitivo e inflexible, crearía la
unilateralidad, y su verdad no caería dulce y libremente en la plenitud del ser
de la humanidad. El afán opuesto, agotador, por la mera sombra de la verdad; el
afán por el sonido, acento y palabras de verdad, donde no se excita ningún
interés y su empleo es posible; la dirección de toda la fuerza del hombre
adulto por la opinión del maestro de escuela terco y parcial, y las múltiples
afectaciones del tráfico de palabras y del procedimiento de enseñanza a la
moda, que se ponen como fundamento de la educación humana, todo ello constituye
un alejamiento penoso del camino de la Naturaleza.
Su marcha violenta
no forma en el hombre la verdad como una servidora dulce de la humanidad, como
una buena madre afectuosa, cuya alegría y sabiduría es el contento y la
necesidad de sus hijos.
El hombre pierde el
equilibrio de sus energías, la fuerza de la sabiduría, cuando su espíritu se
dirige unilateral y violentamente a un objeto. De aquí que el método de
enseñanza de la Naturaleza no sea violento.
Sin embargo, hay
firmeza en su educación y exactitud económica en su orden.
Tampoco es el
camino de la Naturaleza el caos disperso de la erudición.
El hombre que
mariposea con vuelo aturdido alrededor del saber y no fortifica sus
conocimientos con un ejercicio reposado y firme, pierde asimismo el camino de
la Naturaleza, la visión firme, clara y atenta, la alegría verdadera, apacible,
serena, susceptible del sentimiento de la verdad.
Vacilante es la
marcha de los hombres; encuentran, en efecto, mucha palabrería en el caos de su
erudición, y, sin embargo, sacrifican por ella el sentido reposado de la pura
sabiduría humana. Con el estrépito de su orgullo encontrarás a su alrededor, en
las relaciones en que brilla clara la luz bendita del saber, desiertos y
tinieblas.
Educación de los
hombres en la verdad, eres la formación de su ser y de su naturaleza para la
sabiduría apaciguadora.
¿Dónde estás,
fuerza de la Naturaleza, edución pura de la humanidad?
También apartan de
tu camino los desiertos indolentes de la ignorancia sombría. La falta del
conocimiento de tu naturaleza, hombre, limita tu saber de un modo más
restringido que las necesidades de tu ser. Cómo obscurece el universo la sombra
densa que proyectan la alteración de los primeros conceptos fundamentales de
tus relaciones; el poder asfixiante, aniquilador de la tiranía; la retención de
todos los goces de la verdad y de la dicha, y la carencia, contraria a la
Naturaleza, de una ilustración nacional de las primeras necesidades y de las
relaciones esenciales de la humanidad.
Por esta causa, la
fuerza ilustrada de la humanidad -fuente de sus hechos enérgicos y de sus goces
serenos- no es ningún impulso quimérico ni ningún error engañoso.
Beatitud de nuestro
ser en lo más íntimo, fuerza pura de nuestra naturaleza, tú eres la ventura de
nuestra existencia, no ningún sueño. Buscarte e investigarte es el fin y el
destino de la humanidad y el impulso de mi alma, y también mi necesidad.
¿Por qué camino,
por qué vía te encontraré, verdad, que eres mi salud y me elevas al
perfeccionamiento de mi naturaleza?
En lo íntimo de mi
naturaleza está la explicación de esta verdad.
Toda la humanidad
es substancialmente igual, y no tiene más que un camino para alcanzar su fin.
Por esto, la verdad
-que es puramente creada por lo más íntimo de nuestro ser- será la verdad
humana general y llegará a ser la verdad conciliadora de los combatientes que a
millares discuten en su superficie.
Todas las fuerzas
fecundas de la humanidad no son dones del arte ni del azar. Están con sus
fundamentos en lo íntimo de la naturaleza de todos los hombres. Desarrollarlas,
es una necesidad general de la humanidad.
Por ello, el camino
de la naturaleza que esta cultura descubre, ha de ser abierto y fácil, y la
educación humana en la verdadera y sedante sabiduría, simple y aplicable a
todo.
La Naturaleza
descubre, mediante el ejercicio, todas las fuerzas de la humanidad; su
desarrollo se funda en el uso.
El orden de la
Naturaleza en la educación de la humanidad se halla en la capacidad de
aplicación y ejercicio de sus conocimientos, de sus dones y de sus
disposiciones.
Así, pues, el
hombre que posee la sencillez y la inocencia es educado por la Naturaleza en la
verdadera sabiduría humana al ejercitar y al servirse de sus conocimientos con
un empleo puro y dócil, y de sus fuerzas y disposiciones con una dulce
actividad; por el contrario, el hombre que altera este orden de la Naturaleza
en su alma y debilita el sentido puro de la docilidad de sus conocimientos se
incapacita para el goce venturoso de la verdad.
La práctica de
actos contra el sentimiento interior de lo justo socava la fuerza de nuestro
conocimiento de la verdad y perturba el claro sentido de la sencillez pura y
elevada de nuestros conceptos y sentimientos fundamentales.
Por tanto, la
sabiduría humana descansa en la fuerza de un corazón bueno, obediente a la
verdad, y toda la dicha humana en este sentido de la sencillez e inocencia.
Educación de la
humanidad en este sentido puro de la sencillez y de la inocencia, eres la
solicitud paternal que protege los fundamentos no corrompidos del corazón, y
dirige rectamente la marcha de su desarrollo espiritual.
La elevación (emporbildung-zu) de estas fuerzas
de la naturaleza humana a la pura sabiduría de la humanidad, es el fin general
de la educación de los hombres, aun de los más humildes. El ejercicio, la
aplicación y el uso de su fuerza y de su sabiduría en las situaciones y
circunstancias particulares de la humanidad, constituyen la educación
profesional y especial, que ha de estar subordinada al fin general de la
educación humana.
En la sencillez y
en la inocencia se fundamenta la sabiduría y la fuerza de la parte
fertilizadora de la humanidad, así como son para ella una necesidad
indispensable en cada altura alcanzada.
Quien no es hombre
en sus fuerzas interiores -hombre educado-, carece de los fundamentos para la
formación de su destino más próximo y de sus condiciones particulares, a los
que no puede descubrir ninguna elevación exterior. Hay grandes abismos entre el
padre y el príncipe, entre el pobre abrumado por las preocupaciones de su
subsistencia y el rico que se lamenta de otros cuidados más difíciles aún;
entre la mujer ignorante y el erudito mal afamado; entre el perezoso indolente
y el genio cuya fuerza de águila influye en todo el mundo. Pero cuando falte a
alguien en su altura la pura humanidad, le envolverán nubes sombrías, mientras
que en las bajas cabañas de la humanidad educada brilla la pura, elevada y
satisfecha magnitud humana.
Un príncipe, desde
su altura, ansía leyes sabias y justas para sus presos; pero arrojará en vano,
como precio de ello, su bolsa repleta ele oro. Si introduce alguna humanidad en
el consejo de guerra, en su intendencia de caza, en la administración de sus
rentas, y lleva al interior de su casa un puro sentido paternal, hará sabios,
austeros y paternales a los jueces y guardianes de sus prisioneros.
Sin esto, el
resplandor de la ley más justa es como la promesa de amor al prójimo en boca
del monje más dominante.
Así, cuán lejos te
hallas, príncipe, de la venturosa verdad que buscas.
Mientras, los
padres, que se arrastran en el polvo a tus pies, obran sabiamente con sus hijos
mal aconsejados. Príncipe, aprende en las lágrimas de sus insomnios y en las
penas de sus vigilias la sabiduría para con tus presos, y cede tu derecho de
vida y muerte a los hombres que buscan la sabiduría en este camino. Príncipe,
la ventura del mundo es la humanidad educada, y sólo por ella produce efectos
la ilustración, la sabiduría y la gracia interior de las leyes.
Hombre, el
sentimiento interior de tu ser y de tus fuerzas -tú mismo- es el objeto
inmediato de la Naturaleza educadora.
Pero no vives en la
tierra únicamente para ti. La Naturaleza te educa para las relaciones
exteriores y por las relaciones exteriores.
Cuanto más próximas
a ti, hombre, están estas relaciones, más importantes son en la educación de tu
ser para la consecución de tu destino.
La fuerza ilustrada
de una relación próxima es siempre la fuente de la sabiduría y de la fuerza del
hombre en relaciones más lejanas.
El sentido paternal
forma al regente; el sentido fraternal, a los ciudadanos; ambos crean el orden
en la casa y en el Estado.
Las relaciones
domésticas de la humanidad son las primeras y más excelsas relaciones de la
Naturaleza.
El hombre trabaja
en su profesión y soporta las cargas de la constitución ciudadana, para poder
disfrutar con sosiego la dicha pura de su felicidad doméstica.
Por esto, la
educación profesional y especial del hombre tiene que estar subordinada al fin
último de los goces de una felicidad doméstica pura.
Por esto eres,
hogar paterno, el fundamento de toda educación natural de la humanidad.
Casa Paterna, eres la escuela
de las costumbres y del Estado.
Primero eres niño,
hombre; después, aprendiz de tu profesión.
La virtud filial es
la ventura de tus años de aprendizaje, y la primera educación de tus
disposiciones para el goce de todas las dichas de tu vida.
Quien se aparta de
este orden de la Naturaleza y da preferencia de un modo antinatural a la
educación especial, profesional, a la educación para el mando y para la
servidumbre, conduce a la humanidad, de los goces más naturales, a un mar lleno
de escollos.
Se ha de formar en
el hombre el sosiego interior. La educación cuyo objeto es la
sabiduría humana, consiste en la sobriedad respecto a su situación y a sus
placeres, y en la tolerancia, en el respeto y en la creencia, en el amor al
padre en los conflictos.
Sin el sosiego
interior, el hombre camina por senderos abruptos. La sed y el afán por las
cosas lejanas, inasequibles, le arrebatan todo el goce de la dicha actual y
toda la fuerza de su espíritu sabio, paciente y dócil. Cuando el sosiego
interior no anima al sentimiento, éste debilita al hombre su fuerza en lo más
íntimo, y le atormenta con penas sombrías en días en que brilla el claro saber.
El hombre, no
satisfecho, se encoleriza en el círculo de su paz doméstico cuando, por
ejemplo, no se notaron su baile, el día de fiesta, su violín en el concierto y
su tesis en el
El sosiego y el
goce sereno son los fines inmediatos de la educación humana. Hombre, tu saber,
y tu ambición tienen que estar subordinadas a estos altos fines; si no, la
curiosidad y la ambición se convierten en tormentos y desgracias que te
consumirán.
¿No veis, hombres,
no sentís, hijos de la tierra, cómo pierden vuestras clases elevadas en su
educación sus fuerzas interiores? ¿No ves, humanidad, cómo su alejamiento del
orden sabio de la Naturaleza les produce desdichas entre sí, y de ellos cómo
pasan al pueblo? ¿No sientes, tierra, cómo se aparta la especie humana de la
pura felicidad de sus relaciones domésticas, y en todas partes se dirige
presurosa al teatro tumultuoso, brillante, para representar su saber y halagar
su ambición?
La humanidad,
extraviada, camina por lejanos derroteros.
Dios es la relación
más próxima de la humanidad.
Hombre, no siempre
tu casa y sus goces más refinados sosiegan tu espíritu.
Tu naturaleza
dulce, buena y sencillamente educada, no tiene ninguna fuerza para sufrir sin
Dios la autoridad, la tumba y la muerte.
En la creencia en
Dios como padre de tu casa, como origen de tu dicha -Dios como padre tuyo-,
encuentras el sosiego y la fuerza y la sabiduría con los que no te conmueven ni
el poder ni la tumba.
La creencia en Dios
es la concordancia del sentimiento humano con las relaciones supremas de su
naturaleza; es el sentido filial de la humanidad, que confía en el sentido
paternal de la divinidad.
La creencia en Dios
es la fuente del sosiego de la vida; el sosiego de la vida, la fuente del orden
interior; el orden interior, la fuente del justo empleo de nuestras fuerzas; el
orden en la aplicación de nuestras fuerzas, la fuente de su desarrollo y de su
educación para la sabiduría -y la sabiduría es la fuente de toda la felicidad
humana.
La creencia en Dios
es, pues, la causa de toda la sabiduría y de toda la felicidad, y el camino de
la Naturaleza en la educación pura de la humanidad.
Creencia en Dios,
eres la humanidad subsumida en su ser; estás invariablemente firme en lo íntimo
de nuestra naturaleza como fundamento de la educación humana, del mismo modo
que lo están el sentido del bien y del mal y el sentimiento indeleble de lo justo
y de lo injusto.
Creencia en Dios,
eres la energía y la participación del pueblo; eres la fuerza de la humanidad
en todo lo profundo y elevado, en todas partes.
Creencia en Dios,
no eres el efecto y el resultado de la sabiduría educadora: eres el puro
sentido de la sencillez, el oído de la inocencia atento al llamamiento de la
Naturaleza, cuyo padre es Dios.
El sentido filial y
la obediencia no son el resultado y el efecto subsiguientes a una educación
realizada; más bien han de ser fundamentos anteriores y primeros de la
educación humana.
El asombro del
sabio ante la profundidad de la creación y su investigación en los abismos del
Creador no constituyen la educación de la humanidad en esta creencia. El
investigador puede extraviarse en los abismos de la creación, y puede vagar
perdido en sus aguas, lejos de las fuentes del mar insondable.
Dios, padre, que
existes en las cabañas de los hombres; Dios, que existes en lo más íntimo de mi
ser; Dios, donador de sus presentes y de mis goces de la vida; esto constituye
la educación de la humanidad en esta creencia; esto es la fuerza de la Naturaleza,
que fundamenta todas las creencias en el goce y en la experiencia.
¡Conmuévete,
hombre! -llamo al pueblo; ¿no te conmueve el que predominen los postulados del
bien? ¿Te consuela o tranquiliza que reine en todas partes la dicha o la
desgracia? ¿No te consuelan los discursos de los sabios cuando te abrasan y
destruyen las llamas de la miseria?
Gozas de la
educación de la Naturaleza dirigida a la creencia en Dios, cuando tu padre
fortifica tu ser en lo más íntimo, tranquiliza tus días, acrecienta tu fuerza
en el sufrimiento y te descubre a ti mismo en lo más íntimo la superioridad de
los goces de la ventura.
El pan que mi hijo
come de mi mano educa su sentimiento filial, y no su asombro ante mis vigilias
y mis cuidados por sus años posteriores. Muchos de los juicios que hace de mi
conducta son aturdimientos que seducen su corazón y que pueden alejarle de mí.
La sencillez y la
inocencia, el puro sentimiento humano de agradecimiento y amor son la fuente de
la creencia.
La esperanza en la
vida eterna se apoya en el sentimiento filial de la humanidad; la creencia pura
de la humanidad en Dios no tiene fuerza sin esta esperanza.
El golpe que el
tirano asesta a sus hermanos, a los hijos de su Dios, conmueve en lo más íntimo
a la humanidad.
Ante la serie de
sus víctimas, sus viudas y sus sabios gimen, se estremecen, perecen de hambre,
creen y mueren.
Si Dios es el padre
de los hombres, el día de su muerte no es el día de la consumación de su ser.
¿Hay en ti, hombre,
un sentido para la verdad? ¡Habla! ¿No lucha con el sentido de tu alma creer
que Dios es el padre de los hombres y afirmar, sin embargo, que perece el ser
de estas miserias?
O Dios no es el
padre de los hombres, o la muerte no es la consumación de nuestro ser.
Hombre, tu sentido
interior es la norma más segura de la verdad y de tu deber; ¿y dudas cuando
este sentido te anuncia tan fuertemente la inmortalidad?
Si crees en ti
mismo, hombre, si crees en el sentido íntimo de tu ser, creerás en Dios y en la
inmortalidad.
Si Dios es el padre
de la humanidad, sus hijos son inmortales.
En lo más íntimo de
tu naturaleza, hombre, se halla aquello que oye la verdad, la inocencia y la
sencillez con creencia y adoración.
Pero no todos los
hombres poseen la inocencia y la sencillez.
Para muchos, el
sentido íntimo de la naturaleza humana es una ilusión del sueño; y la creencia
en Dios, y en la inmortalidad construida en este sentido, el objeto despreciado
de su arte.
Dios, que muestra
en mi ser con pureza y vigor la verdad, la sabiduría y la felicidad, la
creencia y la inmortalidad; Dios, a quien oyen todos sus hijos; Dios, a quien
comprende la humanidad toda, dulce, sensible, pura, amante; Dios, si no
prestara atención a la doctrina que es y tiene que ser verdad para mí y para mi
naturaleza en lo más íntimo de mi ser; si no creyera, ¿qué sería yo?, ¿qué
haría yo?
La creencia en Dios
es la separación de la humanidad en hijos de Dios y en hijos del mundo. La
creencia en la bondad paternal de Dios es la creencia en la inmortalidad.
El objeto puro de
la creencia es considerar a Dios como padre de la humanidad y al hombre como
hijo de la divinidad.
Esta creencia en
Dios es el acuerdo de la humanidad en las relaciones con su ventura.
El sentido paternal
y filial, dicha de tu casa, es el efecto de la creencia.
El goce de tu
derecho, padre de familia, la sumisión encantadora de tu mujer y el
agradecimiento interior, nacido del alma de tus hijos, son el resultado de tu
creencia en Dios.
La creencia en mi
padre, que es hijo de Dios, es la formación de mi creencia en Dios.
Mi creencia en Dios
es la garantía de mi creencia en mi padre y en todos los deberes de mi casa.
Así unes en tu
educación, Naturaleza sublime, mis deberes y mis placeres, y el hombre camina
por tu mano de placeres satisfechos a nuevos deberes.
Toda la humanidad,
el príncipe y el súbdito, el señor y el criado, se capacita mediante el goce de
sus primeras relaciones naturales para los deberes particulares de su estado.
El príncipe, que es
hijo de su Dios, es el hijo de su padre.
El príncipe, que es
el hijo de su padre, es el padre de su pueblo.
El súbdito, que es
el hijo de su Dios, es el hijo de su padre.
El súbdito, que es
el hijo de su padre, es el hijo de su príncipe.
La condición del
príncipe es la imagen de la divinidad, el padre de una nación. La condición del
súbdito es la de un hijo del príncipe, con quien es hijo de Dios. ¡Cuán dulce y
fuerte y delicado es este tejido de las relaciones naturales de la humanidad!
El sentimiento de
tu dignidad es en vano para el pueblo caído.
Yo no puedo
calificar tu extirpe, padre de familia, señor de tu casa, imagen del príncipe
en tu choza. ¡Oh, género humano en tu profundidad! ¡Oh señor y padre de todo!
En todo lo
profundo, el criado es substancialmente igual a su amo, quien le debe el poder
satisfacer la necesidad de su naturaleza.
El señor es el
padre del súbdito para elevar el pueblo al goce de las dichas de su ser.
Y todo pueblo ha de
descansar, para gozar de su dicha doméstica, en una pura confianza filial hacia
la paternidad de su señor, y ha de esperar cumplir su deber paternal con la
educación y formación de sus hijos en aquel placer bendito de la humanidad.
Este aguardar y
esta esperanza filial de la humanidad, ¿son una imagen y una alucinación del
sueño?
Creencia en Dios,
eres la fuerza de esta esperanza.
Los príncipes que
creen en Dios y reconocen la fraternidad del género humano, encuentran en esta
creencia el espíritu para cualquier deber de su condición. Con la fuerza divina
son hombres formados para la felicidad de sus pueblos.
Los príncipes que
desmienten la paternidad divina y la fraternidad humana, hallan en esta
incredulidad el principio de la aniquilación más espantosa de la creencia en
sus deberes. Son hombres que causan terror, y su fuerza siembra la desolación.
Con el reconocimiento de la suprema paternidad divina, se aseguran los
príncipes la obediencia del pueblo, en cuanto la consideran como cosa divina.
Y el príncipe que
no quiere buscar el origen de sus derechos y de sus deberes en la obediencia a
Dios, erige su trono en la arena incierta de la creencia del pueblo en sus
fuerzas.
La creencia en Dios
es el lazo entre el príncipe y su pueblo, el lazo de unión interior de las
relaciones fertilizadoras de la humanidad.
La incredulidad es
la negación de los deberes y condición fraternales de la humanidad; el
desconocimiento y menosprecio al derecho paternal de Dios, la audacia
provocadora con el abuso del poder recíproco; la disociación de todos los lazos
puros de las relaciones benditas de la humanidad.
El sacerdote es el
anunciador de la paternidad divina y de la fraternidad humana, y su posición es
el centro de afluencia de las relaciones naturales de la humanidad para su
ventura, mediante la creencia en Dios.
La creencia en Dios
es el origen de todo el sentido paternal y fraternal de la humanidad, la fuente
de toda justicia.
La justicia, sin el
sentido paternal y fraternal, es un absurdo vano y estéril.
La justicia
altanera, expresión de los añejos enredos que alimentan los peritos de leyes y
los tribunales, es la más cara de una justicia, que no es la ventura del
pueblo.
La firmeza, la
inocencia y el valor -origen de una pura virtud del pueblo, efecto de una
justicia sabía y paternal-, son resultado de la creencia.
La audacia, la
osadía con la inocencia; el derecho y la verdad; la confirmación de la falta de
una fuerza paternal pura y vigorosa de la justicia nacional, son consecuencia
de la incredulidad.
La violencia y la
usurpación atrevida y osada del derecho y de la inocencia en el espíritu
nacional, son el origen de toda debilitación nacional; de este modo, la
incredulidad es el origen de esta postración.
Por el contrario,
el sentido paternal y el sentido filial, respecto al espíritu nacional, son la
fuente de toda pura prosperidad nacional.
Así, pues, la
creencia del pueblo en la divinidad es el origen de toda virtud nacional pura y
de toda prosperidad y fuerza popular.
El pecado es la
causa y el efecto de la incredulidad. El pecado es la acción de los hombres
contra el testimonio interior de nuestra naturaleza para lo justo y lo injusto.
El pecado es causa de la alteración de nuestros primeros conceptos
fundamentales y de nuestros puros sentimientos naturales. El pecado es la
pérdida de la creencia en ti mismo, hombre, y en tu sentido interior; la
pérdida de tu creencia en Dios; la pérdida de tu sentido filial hacia Él.
El pecado público
es el desafío de la humanidad a la divinidad.
La abominación del
pecado es el sentimiento puro de la idea filial de la humanidad respecto a
Dios, la expresión y el resultado de la creencia de la humanidad en la
revelación de la divinidad en lo íntimo de su naturaleza.
La abominación del
pecado público es el sentimiento del hijo respecto al hombre que se burla de su
padre y de su madre.
La execración
nacional del pueblo contra los pescadores públicos es la garantía y el sello de
la creencia nacional y del sentimiento filial de un pueblo respecto a su
supremo señor.
La execración
nacional del pueblo contra la provocación pública de sus príncipes a la
divinidad es la prueba de la virtud nacional, y su agotamiento la extenuación
de la fuerza de la creencia y de la obediencia del pueblo a su supremo señor.
La incredulidad es
causa de la destrucción de todos los lazos internos de la sociedad.
La incredulidad de
los superiores es el origen de la desobediencia de los inferiores.
El sentimiento y
los dones paternales de los superiores siembran y aseguran la obediencia de los
inferiores.
La incredulidad
ciega la fuente de la obediencia.
Bajo el imperio de
un señor -que no es su padre- el espíritu de un pueblo no puede llegar a ser la
sensación de un sentido popular puro, agradecido, dichoso en su obediencia
filial.
Las consecuencias
de la incredulidad -aumento de los vicios habituales, disminución del haber
diario, un poder despótico sin ninguna limitación, una grotesca y antinatural
caricatura de gobierno, un poder intermediario opresor, la absorción de la
medula del pueblo, la fuerza popular disminuida por este poder intermediario-
son inevitables bajo un gobierno sin fe, que desprecia los derechos de la
divinidad y de la humanidad.
La sensación del
pueblo ante el uso antinatural del derecho paternal es la descomposición de la
fuerza de los lazos puros de la Naturaleza que existen entre el príncipe y su
pueblo.
Esta buena y
maternal naturaleza humana ata los lazos de las relaciones ciudadanas mediante
la ventura de los goces recíprocos.
Y la sensación
popular, el sentimiento nacional de dicha por estos goces, consagran y bendicen
estas relaciones por medio del agradecimiento, el amor y la creencia en sus
príncipes.
Yo hago sonar las
cuerdas que se hallan distendidas, y cuyo sonido no está de moda. ¡Búrlate de
ellos, sonido bailarín, calumnia gorjeadora; ahoga a gritos su fuerza! La
verdad y el puro sentido humano procuran la tranquilidad.
Toda la fuerza de
la humanidad es únicamente fértil por su creencia en la divinidad; el sentido
paternal del príncipe -origen único de toda la ventura de un pueblo- es también
una consecuencia de la creencia en Dios.
Hombre, por bajo
que estés, si tu príncipe es hijo de tu Dios, su poder es un poder paternal.
El ejercicio
rigoroso, impertinente, de sus derechos, no es el sentido paternal; no es el
sentido de la creencia en Dios: es la corrupción de los quehaceres supremos del
príncipe y de su país; la corrupción del puro sentido filial de la nación con
el príncipe.
Así, pues, no puedo
llamar traición a esta costumbre tan general de las gentes ilustradas del
príncipe.
¿Pero en qué es
ello menor a cuando el derecho paternal del príncipe se muestra como un derecho
para el bien y para el mal, para lo justo y para lo injusto?
¿En que es menor a
cuando alteran la dicha doméstica en nombre del príncipe, no guardan la
propiedad y cubren la inocencia de injurias y oprobios?
Lazo de unión de la
humanidad en su ventura; creencia del príncipe y de su pueblo en el señor
supremo de la humanidad; creencia en Dios, únicamente tú preservas a la
humanidad de aquellos escollos.
Toda incredulidad
es indiscreta; la creencia en Dios, el sentido filial de la humanidad respecto
a la divinidad es la elevación serena en toda la fuerza de su acción.
La extenuación
relumbradora, radiante de su ser; el valor arriesgado, audaz en el peligro y en
la ruina, son las fuerzas de la humanidad que desvían de Dios el sentido
filial.
El ejercicio serio,
ordenado, de todas las disposiciones pequeñas; la aspiración al fortalecimiento
de su fuerza, es el camino de la Naturaleza en la formación y fortificación de
todas las energías, y es la dirección del puro sentido filial de la humanidad
respecto a Dios en todo lo profundo y en toda debilidad.
El gusto por el
falso brillo, el impulso, la disposición y las fuerzas para disfrazar y ocultar
su debilidad, es la dirección de la humanidad más baja y más débil, que se ha
apartado de este camino educador de la Naturaleza.
La elevación
exterior e interior humana, formada en este camino puro de la Naturaleza, es la
condición y sentidos paternales contra las fuerzas y disposiciones inferiores.
Hombre, en tu
excelsitud, dirige el ejercicio de tus fuerzas hacia este fin.
Sentido paternal,
dirige las fuerzas superiores hacia la muchedumbre débil e inculta de la
humanidad.
¡Oh príncipe en tu
excelsitud! ¡Oh Goethe en tu fuerza!
¿No es deber tuyo,
oh Goethe, seguir completamente el camino de la Naturaleza?
Los cuidados con la
debilidad, el sentido, el fin y el sacrificio paternales en el ejercicio de su
fuerza: esta es la pura excelsitud de la humanidad.
¡Oh Goethe en tu
magnitud! Cuando desde mi profundidad miro hacia arriba, tiemblo, callo y
suspiro.
Tu fuerza es igual
al impulso de los mayores príncipes, que sacrifican al brillo de su imperio
millares de dichas de su pueblo.
Gracia pura de la
humanidad, eres la fuerza y el resultado de la creencia.
Sálvame a mí y a mi
cabaña. Porque la humanidad cree en Dios descanso en esta cabaña.
La creencia del
pueblo en el sacerdote de la divinidad es el sosiego de mi vida.
Sacerdote de la
divinidad, eres el puro estado paternal de la humanidad.
Tu fuerza es el
conocimiento divino.
El conocimiento
divino es amor, sabiduría y sentido paternal.
¡Oh si pudiera
poner bajo la protección de mi divinidad a quien se dirigiera a mi choza!
¡Oh sol, imagen de
su fuerza, ha terminado tu día! ¡Te vas tras mis montañas! ¡Oh día de mi
consunción! ¡Oh esperanza en el mañana venidero! ¡Oh fuerza de mi creencia!
El niño no puede
hablar espontáneamente sin el auxilio del arte, como le ocurre con el ver.
Sin dicho auxilio,
sólo posee una simple facultad de emitir sonidos. El arte la eleva a facultad
de lenguaje, y más tarde se sirve de esta fuerza ilustrada para facilitarle la
aclaración de todas las representaciones que son dadas al hombre por sus sentidos.
La madre se ve
obligada, con frecuencia, por su instinto a balbucear sonidos al niño; se deja
llevar con una alegría interior por esta tendencia natural; le causa placer
distraer y divertir al niño de este modo, y la Naturaleza auxilia sus esfuerzos
en tal sentido. El niño no oye únicamente los sonidos de la madre; oye también
la voz del padre, del hermano, del criado y de la criada; oye sonar la campana,
golpear en la madera, ladrar al perro, piar al pájaro, mugir a la vaca, balar a
la oveja, cantar al gallo.
Pronto deja de ser
su oído una simple y vacía conciencia de los sonidos que a él llegan, y
apercibe sus diferencias; comienza entonces a sospechar y observar la relación
de los sonidos con los objetos a los cuales se refieren; mira la campanilla de
la casa cuando suena; dirige sus ojos a la vaca cuando muge; a la puerta,
cuando alguien golpea en ella; al perro, cuando ladra; etc.; y así como empieza
a notar la relación que hay entre los sonidos que llegan a su oído y los
objetos de los cuales provienen, del mismo modo empieza también a descubrir la
relación que existe entre los objetos que están habitualmente ante sus ojos y
los sonidos que la madre produce cuando los nombra; comienza, en fin, a
descubrir la relación de los nombres con las cosas conocidas. Así, antes de que
tenga intención de hacerlo, llega a balbucear algunos de los sonidos que oye;
ahora comienza también a sentir en sí mismo esta fuerza. Salen
involuntariamente de su boca sonidos desiguales; los oye, siente su fuerza;
quiere balbucear, lo consigue, le causa alegría, balbucea de nuevo y ríe. La
madre lo oye, contempla sus risas; su corazón se eleva; se duplica la tendencia
de su instinto a balbucear sonidos ante él, y le ejercita más contenta y
satisfecha que antes lo hacía.
Pero mientras esta
tendencia alcanza el grado supremo de su encanto, comienza ya la Naturaleza a
socavar poco a poco los fundamentos instintivos en que sólo hasta ahora
descansaba. Paulatinamente va desapareciendo la necesidad de distraer y
divertir al niño con el balbuceo. Este modo de obrar rutinario llega a no
satisfacer al niño que ya sabe distraerse por sí mismo; le basta para ello la
Naturaleza que a su alrededor vive y se agita; pero ahora necesita y quiere aún
más para divertirse: desea que se le informe de todo lo que ve, oye y
siente; necesita ahora aprender a hablar, y la madre debe
ahora enseñarle.
Mas como la especie
humana se dirige en general desde todo modo de obrar instintivo a todo modo de
obrar racional por la necesidad, las preocupaciones y las circunstancias, estas
mismas causas ejercen asimismo su influencia en la educación de la humanidad en
este tránsito del modo instintivo de obrar de la madre al modo de obrar
racional. A ésta empieza a faltarle tiempo para su balbuceo irreflexivo; además
de su pequeñuelo, tiene muchísimas cosas de qué ocuparse; se ve obligada, por
consiguiente, a cuidar a su hijo con regularidad; es decir, a determinadas
horas y en ciertos momentos; fuera de esto, sus quehaceres la llaman a otras
partes; debe, pues -porque no puede ser de otro modo-, dedicar aquellas horas y
momentos a enseñarle a hablar en las horas, en los momentos que la Naturaleza
señala para las necesidades del niño y para satisfacerlas. En los momentos en
que le lava y asea, nombra -y así debe hacerlo- todas las partes de su cuerpo,
que le moja y enjuga; al prestarle estos cuidados es cuando precisamente le
dice: dame tu manita; dame tu piececito; y cuando le da de comer nombra la
papilla, el puchero y la cuchara; los cuidados más íntimos y el cariño en esta
asistencia le hacen enfriar en la cuchara la papilla demasiado caliente y
decir, mientras la lleva despacio a la boca del niño: tienes que
esperar, está caliente.
El arte de enseñar
a hablar a los niños es muy limitado en la mayor parte del pueblo, en lo más
esencial de lo que se exige al efecto. Muchas mujeres que hablan de cuanto hay
en el cielo y en la tierra no están en situación de nombrar al niño las tres o cuatro
partes de que se componen los ojos, la nariz y la boca. Charlan, durante muchas
horas del día, de las cosas más extrañas, pero no saben una sola palabra de la
educación del niño, que es lo importante, aunque, lo tengan delante de las
narices. Es una triste verdad, pero es preciso reconocer que la masa del pueblo
no tiene los conocimientos del idioma que son necesarios para enseñar a hablar
a un niño; y es también una triste realidad que las madres campesinas, y las
más locuaces menos, saben enseñar a hablar a sus hijos. Así, los males son
incalculables; pero, ¡Dios mío!, los medios para subsanarlos son tan fáciles
cuanto mayores son los daños.
Ya se ha realizado
enteramente y se ha producido lo que el arte mismo debía realizar y producir
para satisfacer estas necesidades de la educación humana y para poner a las
madres en situación de enseñar a hablar a sus hijos: el idioma que existe y
está formado para ello en todos los pueblos. Lo que falta es una guía para las
madres que las ponga en situación de avanzar sin saltos desde el momento en que
la necesidad, las preocupaciones y las circunstancias las han educado para este
fin -el enseñar a hablar a sus hijos-; falta una guía para que reconozcan en
toda su extensión y utilicen en toda su fuerza este punto, como el punto
inicial para enseñar a hablar a sus hijos.
¡Madres! El libro
que pongo en vuestras manos no tiene fin menos alto; su objeto es poneros en
situación de realizar una educación racional, a la que, hasta aquí, no habéis
prestado una atención y asistencia conforme a la naturaleza humana y a vuestra
condición. Debe poneros en situación de enseñar a hablar, a vuestros hijos de
un modo preciso sobre el cuerpo humano, sus partes, sus ocupaciones y
funciones; debe ampliar con el ejercicio del discurso todos los objetos que
permanecen en el círculo sensible del niño y que deben despertar su atención.
¡Madre! En la dirección de las fuerzas del niño en el lenguaje, no tienes que
hacer con este libro más que lo que ya has hecho con las imágenes que has
traído a su conciencia por la vista. Cuando comprendas lo esencial que es para
la formación de sus conocimientos grabar profundamente la imagen de los objetos
más importantes que están habitualmente ante sus ojos, comprenderás, del mismo,
modo, lo esencial que es enseñar al niño a expresarse determinadamente sobre estos
objetos; y cuando te des cuenta de lo importante que es para la educación del
niño que lleves en tus brazos, los objetos que deban despertar su atención de
un modo preferente, y se los hagas contemplar de un modo perfecto, verás con
facilidad qué es lo que debes enseñarle para que se pueda expresar
determinadamente sobre ellos. Haz esto; enséñale a decir concretamente, por
medio de este libro, el nombre, propiedades, formas, partes, etc., de cualquier
objeto que le muestres en la casa, en el campo y en el jardín, y continúa
después despertando su atención sobre la proximidad y la lejanía, el número y
la magnitud de las cosas; proporciónale también nombres para estas
circunstancias y referencias, y aprovecha para este fin último la teoría de la
intención de las relaciones de número y medida, cuyos ejercicios iniciales son
tan fáciles para ti como el contar por los dedos.
Mediante este
conjunto de reglas, podrás educar a tu hijo con seguridad para que pueda
expresarse con la mayor exactitud en todos los objetos sensibles.
Pero el círculo de
objetos del cual el niño oye y tiene que aprender a hablar es mucho más
extenso. Tu hijo ama, agradece, confía; quiere y necesita poder decir que ama,
agradece y confía. La educación de mi especie para poder hablar de los
sentimientos de amor, agradecimiento y confianza, se relaciona con la educación
elemental de estos sentimientos mismos, de igual manera que la educación de mi
especie, para poder hablar de los objetos sensibles, se relaciona con una
educación elemental de la intuición de los objetos sensibles. Esta educación
elemental, o más bien este primer desarrollo de los sentimientos morales, nace
del amor, del agradecimiento y de la confianza, cuyos primeros gérmenes se
desenvuelven en el regazo materno; y así como la Naturaleza coloca el punto
inicial de donde parte para que el niño empiece a hablar de los objetos
sensibles, en los cuidados maternales, del mismo modo hace también depender de
los cuidados prestados al niño en el regazo materno el que, empiece a hablar de
los objetos morales.
Es esencial que la
serie de los medios empleados para desarrollar estos sentimientos partan, en
toda su extensión, de este punto inicial y se aten firmemente a él en su
proceso total. Toda verdad y seguridad interior de la fuerza moral y todo
fundamento de los conceptos exactos de estos sentimientos, que descansan en la
intuición interior, están en la más íntima relación, desde su germen hasta su
término, con los primeros cuidados maternales.
No olvides, por
tanto, madre, que el punto inicial del enseñar a hablar a tu hijo sobre objetos
morales está encadenado por la Naturaleza a los mismos cuidados y a los
sentimientos que vivifican, tanto y más como el punto inicial del enseñar a
hablar a tus hijos sobre objetos sensibles, lo está a estos cuidados y a los
sentimientos que animan; y así, cuando quieras enseñar a hablar a tus hijos
sobre objetos morales, sigue también la marcha de la sabia Naturaleza. Así como
no le haces pronunciar, ni le debes hacer pronunciar nunca los nombres cabeza,
ojos, oreja, mano, etc., antes que la imagen de éstos esté impresa firmemente
en su espíritu por múltiples intuiciones, del mismo modo no le hagas pronunciar
las palabras amor, confianza y agradecimiento hasta que se hayan producido
indeleblemente estos sentimientos mismos en su espíritu mediante múltiples
intuiciones interiores. Que no pronuncie la palabra amor sin el vivo
sentimiento del amor; que no pronuncie la palabra agradecimiento sin sentir
vivamente el agradecimiento; que no pronuncie la palabra confianza sin la
amplia conciencia de una confianza verdadera. Sé lo que exijo, pero Dios y la
Naturaleza exigen lo que yo exijo; el mundo y tú misma te agobian con lo que no
exigen de ti ni Dios ni la Naturaleza; por eso únicamente es difícil lo que
Dios y la Naturaleza exigen de ti. El mundo y tú te apartan completamente de
los sentimientos superiores del gran encadenamiento natural de nuestras fuerzas
y de su desarrollo a los primeros cuidados prestados a tu hijo en tu regazo; y
sin el sentimiento elevado y ferviente de este gran encadenamiento, llegas a
ser arrastrada en cada momento a pronunciar la palabra amor y a hacerla
pronunciar a tu hijo sin el vivo sentimiento del amor. ¡Pobre madre! ¡Lo que el
mundo hace contigo es lo que tú misma haces! ¡Sal de tu error! ¡Apártate de las
asechanzas de este mundo loco; elévate a sostener en todo momento el gran
secreto de tu fuerza suprema, sin el que no eres madre, sin el que no tienes
valor para ser madre; asegúrate; desatiende todas las cosas de la tierra cuando
seas madre, y asegúrate la madurez interior, etcétera -la madurez interior de
los sentimientos de amor, de agradecimiento y de confianza de tu hijo, mediante
la verdad interior de estos sentimientos en ti misma, y mediante una pureza y
santidad en los cuidados prestados a tu hijo, asequibles únicamente mediante
esta verdad interior de estos sentimientos en ti misma!
¡Madre, madre! la
pureza en los cuidados prestados a tu hijo, dirigida y aplicada a la verdad de
estos sentimientos, es la que te arranca del mundo como madre y te entrega a ti
misma y a tu hijo. ¡Madre!, únicamente esta pureza te eleva, como, madre de tu
hijo, de una verdad a la otra, de una a otra fuerza.
¡Madre, madre! esta
pureza te conduce a la fuente de tu verdad, al origen de tu fuerza; te lleva a
tu Dios y a tu Creador; te lleva a tu Padre Eterno, al Padre Eterno de tu hijo;
te muestra a Dios en el brazo de tu hijo; en los abrazos que le das y en los
cuidados que le prestas aprende a conocer a tu Dios del mismo modo que tú le
conoces. Hay una tendencia a creer en la naturaleza humana, que encierra en lo
más íntimo de ella los verdaderos gérmenes del amor, del agradecimiento y de la
confianza, del mismo modo que la flor de la primavera está contenida en su
simiente. ¡Madre!, tu hijo cree a gusto en un ser de quien eres amada y que te
cuida a ti misma, como tú le cuidas a él; apenas pronuncias el nombre de tu
Dios, y ya se sonríe al oírlo; pero no pronuncies nunca, ni se lo hagas
pronunciar, sin estar íntimamente relacionado con los sentimientos de amor, de
agradecimiento y de confianza; y no olvides nunca que la primera impresión que
produzca el nombre de tu Dios depende de la verdad, de la pureza y de la
santidad, y de la pureza de los cuidados prestados a tu hijo. Así como estos
cuidados son amor, así sentirá amor en la obscuridad de su existencia sensible
al pronunciar por primera vez el nombre de tu Dios; y si en estos cuidados
falta este puro y elevado sentimiento, tampoco sentirá ni pensará nada en esta
obscuridad de su existencia, meramente sensible, al oír el nombre de tu Dios;
será para él un sonido vacío. ¡Ah! Si tú no le amas, si no ve, oye, experimenta
y siente, en esta obscuridad de su existencia sensible, el encadenamiento de tu
amor en tus cuidados, el nombre de tu Dios tiene que serle un sonido vacío.
¡Madre, madre!: si no te ve y te siente afable en estos momentos, menos verá y
sentirá lo afable que el Señor es; y, verdaderamente, si ahora no lo siente y
no lo ve, más difícilmente lo sentirá y lo verá después.
Por tanto, madre,
la consecución del fin de enseñar a hablar sobre objetos morales está unida a
la intuición interior y a los cuidados prestados a tu hijo, del mismo modo que
la consecución del fin de enseñar a hablar sobre los objetos sensibles está unida
a la intuición exterior y a estos mismos cuidados, íntimamente enlazados con
ella.
De Guillermo Meister
J. W. Goethe
Los años de aprendizaje
...Solía decir: El
hombre tiene tanta inclinación a darse a las cosas vulgares; el espíritu y los
sentimientos se embotan tan fácilmente a las impresiones de lo bello y de lo
perfecto, que se debe mantener en sí, por todos los medios, la capacidad de sentirlos.
Nadie puede pasarse completamente sin estos goces, y sólo la falta de
costumbre, de gustar las buenas cosas es causa de que muchos hombres encuentren
placer en las simplezas y disparates, con tal que sean nuevos. Se debía -dijo-
oír todos los días, por lo menos, una cancioncilla, leer una buena poesía, ver
un cuadro excelente y, cuando fuera posible, decir algunas frases razonables...
Había reunido una
hermosa colección de cuadros, y en tanto que me la enseñaba no podía impedirme
ver en ella, alegóricamente, la moral. Al manifestarle mis pensamientos,
repuso: Tenéis del todo razón, y en esto vemos que no se obra bien al dirigirse
aisladamente a la educación moral, encerrada en sí misma; aquel cuyo espíritu,
por el contrario, aspira a una cultura moral, tiene motivos suficientes para
cultivar igualmente su sensibilidad, a fin de no estar expuesto a descender de
su elevación moral, entregándose a las seducciones de una fantasía sin regla y
a no rebajar su noble naturaleza gozando con bagatelas insípidas o con otra
cosa peor.
Carta de aprendizaje
«El arte es largo;
la vida, corta; el juicio, dificultoso; la ocasión, fugaz. Obrar, es fácil;
pensar, difícil; obrar conforme al pensamiento es molesto. Todo comienzo es
agradable; el umbral es el sitio de espera. El niño se asombra; la impresión le
determina. Aprende jugando; lo serio le sorprende. La imitación es innata en
nosotros; no se reconoce fácilmente lo que se ha de imitar. Se encuentra
raramente lo perfecto; más raramente aun se aprecia. Las alturas nos atraen; no
así sus escalones; con la cima a la vista, caminamos por la llanura. Sólo una
parte del arte se puede enseñar; el artista lo necesita por entero. Quien no lo
conoce más que a medias anda siempre extraviado y habla mucho; quien lo posee
por completo hace únicamente y habla rara o tardíamente. Aquéllos no tienen
ningún secreto ni fuerza alguna; su doctrina es como el pan cocido, sabroso y
que satisface en el día; pero no se puede sembrar la harina ni se debe moler la
semilla. Las palabras son buenas, pero no es lo mejor. Lo mejor no se aclara
con las palabras. El espíritu, por el cual obramos, es lo más elevado. La
acción es comprendida y representada únicamente por el espíritu. Nadie sabe lo
que hace cuando obra bien; pero siempre tenemos conciencia del mal. Quien
únicamente obra por signos es un pedante, un hipócrita o un charlatán. Hay
muchos hombres así, y se encuentran bien juntos. Su charlatanería retiene al
discípulo, y su medianía constante inquieta a los mejores. La doctrina del
verdadero artista revela el sentido, pues donde las palabras faltan hablan los
hechos. El verdadero alumno aprende a obtener lo desconocido de lo conocido, y
se acerca al maestro».
¿No tenéis a mano
el pergamino? -preguntó Jarno-; contiene muchas cosas buenas, pues estos
aforismos generales no están tomados al azar; sólo parecen vacíos y obscuros a
aquellos que no recuerdan nada de su experiencia. Dadme la carta si la lleváis
con vos. -Ya lo creo, repuso Guillermo; un amuleto semejante debía llevarse
siempre sobre el pecho. -Quién sabe, dijo Jarno sonriendo, si su contenido no
encontrará sitio algún día en vuestra cabeza y en vuestro corazón.
Jarno recorrió con
la vista la primera mitad. Ésta -dijo- se refiere a la educación del sentido
artístico, de la cual pueden hablar otros; la segunda trata de la vida, y aquí
ya me encuentro en mi casa.
Comenzó a leer
algunos pasajes, interrumpiéndose para hablar y uniendo observaciones al
relato. -Es extraordinario el gusto de la juventud por el misterio, las
ceremonias y las grandes frases, y a menudo es señal de una cierta profundidad
de carácter. En esta edad se quiere sentir atraído y conmovido todo su ser por
obscuro e indeterminado que ello sea. El adolescente a quien insten
fuertemente, cree encontrar muchas cosas en un misterio, y por ello tener que
hacer mucho. Con esta intención formó el abad una joven sociedad, movido en
parte por sus principios y en parte por inclinación y por hábito, porque en
otros tiempos había estado en relación con una sociedad que había debido
ejercer una gran influencia. Estos misterios no me convencían. Yo tenía más edad
que los demás; había visto claramente desde mi juventud, y lo que más exigía en
todas las cosas era la claridad. No tenía más interés que conocer al mundo tal
como era; comuniqué este gusto a los mejores de nuestros compañeros, y faltó
poco que nuestra educación tomara una dirección falsa, porque comenzábamos a no
ver más que las faltas y limitaciones de los demás y a considerarnos a nosotros
mismos como seres perfectos. El abad vino en nuestra ayuda y nos enseñó que no
se había de observar a los hombres sin interesarse por su educación, y que sólo
mediante la actividad nos ponemos en situación de observarnos y de conocernos a
nosotros mismos. Nos aconsejó que nos atuviéramos a las primeras formas de la
sociedad, por eso hubo algún orden en nuestras reuniones; se veía en la
organización del conjunto los primeros rasgos místicos; después, como, por una
alegoría, tomó la forma de un oficio, que se elevaba hasta el arte. De ahí
vienen las denominaciones de aprendices, compañeros y maestros. Queríamos ver
con nuestros propios ojos y formarnos un archivo propio con nuestros
conocimientos del mundo; esto ha originado numerosas confesiones que, o bien
hemos escrito nosotros mismos, o bien hemos excitado a los demás para que las
escriban, y con las cuales se han compuesto después los años de aprendizaje. No
todos los hombres se ocupan en su educación; muchos piden, únicamente, remedios
para llegar al bienestar, recetas para conseguir riquezas y toda clase de
satisfacciones. Todos éstos que no querían marchar como debían, los deteníamos
o nos desembarazábamos de ellos con mixtificaciones y otras malas pasadas.
Únicamente emancipábamos a aquellos que sentían vivamente y que reconocían
claramente para qué habían nacido, y a los que estaban lo suficientemente
instruidos para proseguir su camino con una cierta alegría y facilidad.
-Entonces os habéis
apresurado mucho conmigo -repuso Guillermo-, porque precisamente desde este
momento es cuando menos sé lo que puedo, quiero o debo.
-Nosotros no
tenemos la culpa de haber caído en esta confusión; la buena suerte puede
ayudarnos a salir de aquí. Entretanto, oid esto: aquel en quien hay mucho por
desarrollar, se enterará más tarde de sí mismo y del mundo. Son pocos los que
tienen la idea y son al mismo tiempo capaces de acción. La idea amplía, mas
paraliza; la acción vivifica, pero restringe.
-Os ruego
-interrumpió Guillermo- que no me leáis más esas extrañas palabras. Esas frases
ya me han confundido bastante.
-Me atendré, pues,
al relato -dijo Jarno desarrollando a medias el pergamino y echándole de vez en
cuando una mirada. -Yo he sido muy poco útil a la sociedad y a los hombres; yo
soy un maestro muy malo; me es insoportable ver a alguien realizar torpes ensayos;
cuando se extravía un hombre, se lo tengo que advertir en seguida, aun cuando
sea un sonámbulo a quien viera en peligro de romperse el cuello. Sobre esto
discutía siempre con el abad, quien sostiene que el error sólo se puede curar
con el error. También hemos discutido a menudo a propósito de vos. Os había
tomado cariño, y ya significa algo atraer hacia sí en tan alto grado su
atención.
...Hay que
desconfiar -continuó Jarno mirando el pergamino- de un talento que no se tiene
esperanza de elevarlo a la perfección. Se le puede llevar tan lejos como se
quiera, pero se acabará siempre por sentir amargamente, cuando hayamos visto el
mérito del maestro, el tiempo y las fuerzas que se han perdido dedicándose a
una obra semejante.
...Todos los
hombres constituyen la humanidad; todas las fuerzas constituyen el mundo. Éstas
se encuentran a menudo en lucha, y, mientras tratan de destruirse, la
Naturaleza las mantiene conjuntamente y las crea de nuevo. Desde el trabajo
manual más insignificante o más violento, hasta la suprema realización del arte
más espiritual; desde los balbuceos y gritos de alegría del niño, hasta la
expresión más perfecta del orador y del cantor; desde las primeras luchas de
los muchachos, hasta los monstruosos preparativos con los cuales se afianzan y
se conquistan las naciones; desde la más ligera benevolencia y el amor más
fugaz, hasta la pasión más violenta y la unión más seria; desde el más simple
sentimiento ante la presencia sensible, hasta los presentimientos y esperanzas
más suaves en el porvenir espiritual más remoto, todo esto, y aun más, se
encuentra en el hombre y tiene que ser desarrollado; pero no en uno solo, sino
en muchos. Toda disposición es importante y tiene que educarse. Si uno favorece
sólo a lo bello y otro a lo útil, los dos forman un hombre únicamente. Lo útil
se abre paso por sí mismo, nace de la multitud y nadie quiere pasarse sin ello;
lo bello necesita que se le favorezca; lo poseen pocos y lo necesitan muchos.
...Una fuerza
domina a la otra, pero ninguna puede educar a la otra; toda disposición
encierra en sí misma lo que la ha de perfeccionar; los hombres comprenden tan
poco esto, que quieren enseñar y obrar... Continuemos viendo claramente y
afirmando lo que hay en nosotros y lo que podemos educar en
nosotros; seamos justos hacia los demás, pues sólo se nos debe considerar
en tanto que sepamos estimarnos.
Los años de viaje
[Capítulo I]
Los viajeros
tomaron el camino indicado en las instrucciones y encontraron felizmente los
límites de la provincia en que debían ver tantas cosas notables; en primer
término, observaron una comarca fertilísima, favorable en las suaves colinas a
la agricultura; en las altas montañas, a la cría de ovejas; en los amplios
valles, a la de ganado vacuno. Era poco antes de la recolección, y todo se
hallaba en la mayor abundancia; lo que les causó mayor admiración fue no ver
trabajando ni hombres ni mujeres, sino únicamente muchachos y adolescentes, que
se disponían a recoger una feliz cosecha y apresuraban los preparativos de una
fiesta de recolección alegre. Saludaron a unos y a otros, y preguntaron por el
Superior, pero no les pudieron dar ninguna razón de su morada. La dirección de
su carta decía: «Al Superior o a los Tres». Tampoco pudieron informarles de
esto los muchachos; se les envió a un inspector que se disponía a montar a
caballo; le indicaron sus propósitos; pareció agradarle la ingenuidad de Félix,
y cabalgaron juntos camino abajo.
Había observado ya
Guillermo que reinaba una gran variedad en la hechura y en los colores de los
vestidos lo cual daba un aspecto singular a este pequeño pueblo; iba a
preguntar la razón de ello a su acompañante, cuando apercibió una cosa más
prodigiosa aún: todos los niños, cualquiera que fuese su ocupación, la dejaban
y se volvían a los caballeros con actitudes particulares, pero diferentes. Los
más jóvenes cruzaban los brazos sobre el pecho y miraban alegres al cielo; los
medianos colocaban los brazos a la espalda, y miraban sonriendo a la tierra;
los terceros permanecían en una actitud decidida y resuelta, con los brazos
caídos, volvían la cabeza hacia el lado derecho y se colocaban en fila,
mientras que los demás quedaban aisladamente donde se encontraban.
Se hizo alto y se
desmontó en un sitio donde varios niños se colocaban en diferentes posturas, y
fueron inspeccionados por el superior; Guillermo preguntó cuál era la
significación de estas actitudes. Félix le interrumpió y le dijo alegremente:
-¿Qué postura tengo que tomar? -En todo momento -respondió el inspector-
colocad primero los brazos al pecho y mirad hacia arriba seria y alegremente a
la vez, sin apartar la vista. -El niño obedeció, pero pronto exclamó: -Esto no
me gusta demasiado; no veo nada allá arriba; ¿dura mucho? ¡Ah!, sí -prosiguió
alegre-, un par de gavilanes vuela de Oeste a Este; ¿es una buena señal? Según
como lo tomes y según como te comportes; ahora mézclate entre estos niños.
Hizo una señal; los
niños abandonaron sus actitudes y volvieron a tomar sus ocupaciones o jugaron
como antes.
-¿Podríais y
querríais explicarme -dijo Guillermo- lo que causa mi asombro? Veo claramente
que estas actitudes, estas posturas son los saludos con que se os recibe.
Exactamente, repuso aquél; son saludos que me indican al instante el grado de
educación en que se halla cualquiera de estos muchachos.
-¿Pero no podríais
explicarme el sentido de esta graduación? -preguntó Guillermo-; porque, que hay
una, ello se ve fácilmente. Contestaros corresponde a los superiores a mí
-replicó aquél; pero yo os puedo asegurar que no son vanos gestos; que, por el
contrario, se da de ello una explicación a los niños, si no muy elevada, sí
guiadora y comprensible, que se ha rogado a cada uno guardarse para sí y
atenerse a lo que se encuentra bien darle por respuesta; no pueden hablar de
este asunto ni con los extraños ni entre ellos mismos, y así se modifica de mil
modos la enseñanza. El secreto tiene, además, muy grandes ventajas; porque si
se da al hombre siempre la razón de todo lo que sucede, acaba por pensar que no
hay nada detrás de ello. Ante ciertos secretos, aun cuando sean manifiestos, se
ha de mostrar respeto mediante el misterio y el silencio, porque influyen en el
pudor y en las buenas costumbres. -Os comprendo -repuso Guillermo- ¿por qué no
debíamos aplicar a las cosas espirituales lo que es tan necesario en las
corporales? Quizás podrías satisfacer mi curiosidad sobre otro asunto. He
quedado asombrado ante la gran variedad de hechuras y colores de los vestidos,
y, sin embargo, no veo todos los colores, sino únicamente algunos, en todos sus
matices, desde el más claro hasta el más obscuro. Observo asimismo que no se ha
pensado en establecer ninguna graduación por la edad o por el mérito, pues
mientras los muchachos mayores y los pequeños llevan indistintamente vestidos
de igual hechura y color, son diferentes sus actitudes. Tampoco en lo que se
refiere a este asunto -contestó el acompañante- puedo daros más explicaciones;
pero, o mucho me engaño, o no os separaréis de nosotros sin quedar enterado de
todo lo que deseáis saber.
Los viajeros
siguieron buscando al superior, cuya pista creyeron haber encontrado. El
extranjero quedó sorprendido al observar que, a medida que avanzaban en el
país, oían acercarse a ellos un canto armonioso. Cualquiera que fuese su
trabajo, los niños lo realizaban cantando; estas canciones parecían apropiadas
a cada ocupación, y en los cantos iguales eran siempre los mismos. Si se
juntaban varios niños, se acompañaban mutuamente. Al atardecer encontraron
también danzarines, cuyos pasos eran animados y regulados por coros, Félix, a
caballo, unió su voz, y no del todo mal, a la de los niños. Guillermo se
divirtió con este entretenimiento que animaba a toda la comarca.
-Probablemente
-dijo a su compañero- se atenderá mucho a esta instrucción; de otro modo, no
estaría tan extendida y educada tan perfectamente esta habilidad. -Sin duda
-repuso aquél-, el canto es para nosotros el primer grado de la educación; todo
lo demás está contenido y se transmite por él. El goce más simple, como la más
sencilla enseñanza, se inculcan y se vivifican en nosotros mediante el canto;
la instrucción moral y religiosa también se trasmite por este medio; asimismo,
se obtienen otras ventajas para fines independientes; pues al ejercitarse los
niños en escribir con signos en la pizarra los sonidos que emiten, en sacar a
su vez de sus gargantas estos sonidos, según los signos, y en adoptar a éstos
el texto, ejercitan al mismo tiempo la mano, el oído y la vista, y adquieren
más pronto de lo que se cree una escritura buena y bella. Y, últimamente, como
todo ello se ha de practicar con una medida exacta y con números determinados,
comprenden el alto valor de la geometría y de la aritmética mucho más rápidamente
que de otro modo. Por esta causa hemos escogido, entre todo, la música como
elemento de nuestra educación, porque desde ella fáciles caminos conducen a
todas partes.
Guillermo buscaba
cosas nuevas en que instruirse; no ocultó su sorpresa al no apercibir ninguna
música instrumental. -No la descuidamos -repuso el inspector-, pero se practica
en un distrito especial, encerrado en el valle más encantador; se ha procurado
también que se enseñen los diversos instrumentos en lugares separados. Se han
desterrado, en particular, las desafinaciones de los principiantes a ciertas
ermitas, donde no pueden desesperar a nadie, pues me confesaréis que no hay
nada más molesto que la vecindad de un joven violinista o flautista.
Nuestros
principiantes se retiran gustosos al destierro, animados por el loable
sentimiento de no querer ser molestos a nadie, y se esfuerzan, aisladamente, en
alcanzar el mérito de poder entrar en el mundo habitado; se les permite, de
tiempo en tiempo, que intenten acercarse, y este ensayo fracasa raramente,
porque tenemos cuidado en esta dirección, como en las restantes, de despertar
los sentimientos de pudor y de modestia. Me satisface íntimamente que vuestro
hijo posea una voz agradable; así le será más fácil lo demás.
En esto llegaron al
sitio donde Félix debía detenerse y mezclarse con los demás niños hasta que se
hubiera decidido su admisión definitiva; oyeron a lo lejos un canto alegre;
venía de los juegos con que se solazaban los muchachos en las horas de recreo. Resonó
un coro genial, al cual se unía cada miembro de un círculo más extenso con una
voz alegre, clara, entonada, obediente a los signos del director. Éste
sorprendía a menudo a los cantantes, deteniendo con una señal el coro; tocaba
con la varita a uno de los acompañantes, y le invitaba a entonar una canción
que se acomodara al tono y al sentido de la pieza. La mayor parte mostraban ya
mucha habilidad; algunos que no habían cantado bien su parte daban una prenda a
gusto, sin que nadie se burlara de ellos. Félix, como verdadero niño, hizo lo
que los demás, y salía felizmente de su empeño. En seguida se le enseñó el
primer -modo de saludar; colocó las manos sobre el pecho, miró hacia arriba,
pero con un aire tan gracioso, que se veía claramente que no sospechaba aún que
tuviera un sentido misterioso.
Lo agradable del
lugar, lo cordial de la recepción, la alegría de sus compañeros, de juego, todo
ello agradó tanto al muchacho, que no le fue extraordinariamente penoso ver
partir a su padre; casi miró con más tristeza al caballo que se llevaban, pero
se le hizo comprender que no lo podía guardar en el distrito actual; se le
prometió, en cambio, que volvería a encontrar, si no el mismo, uno semejante,
airoso y bien criado, cuando menos lo esperara.
Como no se había
podido encontrar a los superiores, dijo el inspector: -Os tengo que abandonar
para seguir en mis ocupaciones; sin embargo, os quiero conducir donde se hallan
los Tres que presiden en nuestros santuarios; vuestra carta va también dirigida
a ellos, y, reunidos, representan al jefe. -Guillermo habría deseado saber de
antemano qué eran estos santuarios, pero el inspector dijo: -Los Tres os
comunicarán, a cambio de la confianza con que nos dejáis vuestro hijo, lo más
necesario y lo que les permitan su sabiduría y su justicia. Los objetos
sensibles de veneración, que he llamado santuarios, se hallan enclavados en un
distrito especial; no están mezclados con nada ni perturbados por nada;
únicamente en ciertas épocas del año se permite entrar allí a los alumnos,
según el grado de su educación, para instruirse histórica y sensiblemente, de
modo que saquen una impresión lo bastante fuerte para mantenerles durante algún
tiempo en la práctica de su deber.
Guillermo se
encontró ante una puerta, a la entrada de un valle rodeado de altas murallas; a
una señal dada se abrió la puertecita, y un hombre de aspecto grave y de
agradable presencia recibió a nuestro amigo. Se encontró en un amplio y
magnífico prado, sombreado por árboles y arbustos de mil clases; los bellos
muros y elegantes edificios desaparecían casi bajo esta densa y elevada
vegetación natural; un recibimiento afable de los Tres, que llegaron uno en pos
de otro, abrió al fin la conversación, a la que cada cual contribuyó con su
parte; he aquí el resumen:
-Puesto que nos
confiáis vuestro hijo -le dijeron-, os debemos iniciar más profundamente en
nuestro proceder. Habéis visto muchas cosas exteriores, que no se explican por
sí misma inmediatamente. ¿En qué queréis que se os instruya?
-He observado
actitudes y saludos correctos, pero extraños, cuya significación desearía
conocer; entre vosotros, lo exterior se refiere sin duda a algo interior, y
viceversa; explicadme esta relación.
-Los niños sanos y
bien nacidos -contestaron- traen mucho consigo; la Naturaleza les ha provisto
de todo lo que les ha de ser necesario en el porvenir; nuestro deber es
desarrollar estos dones, aunque a menudo se desarrollan mejor por sí mismos.
Pero hay una cosa con la cual nadie viene al mundo, y, sin embargo, por ella el
hombre llega a ser hombre en toda su amplitud. Si podéis encontrar cuál sea,
decídnoslo.
Guillermo
reflexionó unos instantes y movió la cabeza dudando.
Los Tres, después
de una espera conveniente, exclamaron: -El respeto. -Guillermo pareció
asombrado. -El respeto -volvieron a decir-, del que carece todo el mundo y
quizá vos mismo.
Tres clases de
actitudes habéis visto y tres clases de respeto enseñamos, que, cuando se
funden y forman un todo, alcanzan su grado supremo de fuerza y de acción. El
primer modo es el respeto a lo que está sobre nosotros. Aquella postura, los
brazos cruzados al pecho, la mirada serena dirigida al cielo, cuidamos de que
la adopten los niños pequeñitos, y les pedimos el testimonio de que allá arriba
existe un Dios que se refleja y se manifiesta en los padres, en los maestros,
en los superiores. El segundo modo, es el respeto a lo que está bajo nosotros.
Las manos juntas y como unidas a la espalda, la mirada baja y sonriente, dicen
que se ha de contemplar a la tierra de un modo puro y sereno; nos proporciona
nuestros alimentos, nos procura alegrías infinitas, pero nos causa también
dolores inmensos. Si un hombre se hace, con o sin culpa suya, un daño corporal;
si otros le hieren, con intención o sin ella; si un objeto inerte le causa un
sufrimiento cualquiera, que lo piense bien; pues semejantes peligros le acompañarán
en el curso de su vida. Nosotros emancipamos a nuestros discípulos lo más
pronto posible de esta posición; en cuanto nos convencemos de que la doctrina
de este grado les ha impresionado suficientemente, les decimos que sean
decididos, que se vuelvan a sus compañeros y se rijan por ellos. Entonces se
mantiene en pie, firme y resuelto; no está aislado; únicamente unido a sus
semejantes podrá hacer frente al mundo. No podemos añadir más.
-Ahora lo veo claro
-repuso Guillermo-. La multitud yace en un estado tan miserable, sólo porque se
ha hecho un elemento de la malquerencia y de la maledicencia; quien se abandona
a ellas se comporta de igual modo con Dios, desprecia al mundo y odia a sus
semejantes; mientras que el verdadero, indispensable amor propio, degenera en
vanidad presunción. Permitidme, sin embargo -continuó Guillermo-, una
observación: ¿no se ha considerado siempre el temor de los pueblos salvajes
ante los fenómenos naturales más poderosos, que ocurren por sucesos
inexplicables y misteriosos, como el germen de donde se ha de desarrollar
gradualmente un sentimiento más elevado, una convicción más pura?
A esto respondieron
los Tres: -El temor está conforme con la Naturaleza, pero el respeto, no; se
teme ante un ser poderoso, conocido o desconocido; el fuerte, trata de
combatirlo; el débil, de evitarlo; ambos desean verse libres de él, y sólo se
hallan contentos cuando lo han apartado de sí, aunque no sea más que por poco
tiempo: cuando su naturaleza ha recobrado su libertad y su independencia. El
hombre natural repite esta operación millones de veces durante su vida; del
temor pasa a la libertad, de la libertad al temor, y no va más allá. Temer es
fácil, mas penoso; respetar es difícil, pero cómodo. El hombre se decide al
respeto con disgusto, o, mejor, no se resuelve nunca. El respeto es un sentido
superior que se ha de añadir a la naturaleza humana, y que únicamente se
desenvuelve por sí mismo en seres muy favorecidos, que son tenidos por ello
como santos, como dioses. En él está la dignidad; en él el asunto de las
religiones verdaderas, que no son más que tres, según el objeto al cual dirigen
su veneración.
Los Tres cesaron de
hablar; Guillermo guardó silencio también y permaneció unos momentos pensativo;
pero como no se sentía con fuerzas para interpretar el sentido de aquellas
extrañas palabras, rogó a estos dignos varones que prosiguieran su información;
lo hicieron en seguida.
-No concedemos
nuestra estimación -dijeron- a ninguna religión que se funda en el temor. Por
el respeto que el hombre deja reinar en se puede, al tributarle homenaje,
conservar su honor; no está en desacuerdo consigo mismo, como en aquel caso. La
religión que descansa en el respeto a lo que está sobre nosotros, la llamamos
étnica; es la religión de los pueblos y el primer grado del alejamiento de un
vil temor; todas las religiones paganas, cualquiera que sea su nombre, son de
esta clase. Llamamos filosófica a la religión que se funda en el respeto que
guardamos a lo que es igual a nosotros; pues el filósofo que se coloca en una
posición media ha de hacer descender hacia sí todo lo que está por encima de
él, y ascender todo lo que está por bajo; sólo en este justo medio merece el
nombre de sabio. Vive, en el sentido cósmico, únicamente en la verdad cuando
empieza a conocer sus relaciones con sus semejantes, y, por tanto, con la
humanidad entera; sus relaciones con las demás cosas terrestres, necesarias o accidentales.
Ahora nos corresponde hablar de la tercera religión, que se fundamenta en el
respeto a lo que está bajo nosotros; la llamamos cristiana, porque se
manifiesta más claramente en esta confesión; es lo último que la humanidad
podía y necesitaba alcanzar. ¡Pero cuánto ha sido necesario, no sólo para dejar
la tierra bajo sí y elevarse a una patria superior, sino también para reconocer
como cosas divinas la abyección y la miseria, la burla y el desprecio, la
afrenta y la calamidad, el sufrimiento y la muerte; para venerar y tomar cariño
al pecado y al crimen, considerándolos, no como obstáculos, sino como medios
para la santificación. Encontramos, sin duda, rastros de esta confesión en
todas las épocas, pero un rastro no es un fin; una vez que éste se ha
alcanzado, la humanidad no puede volverse atrás; y se puede decir que la
religión cristiana, en cuanto ha aparecido, no puede desaparecer; porque al
encarnar la divinidad no puede nunca ser destruida.
-¿Cuál de estas
religiones profesáis en particular? -dijo Guillermo-. Las tres -respondieron-;
pues juntas constituyen la verdadera religión; de estos tres respetos nace el
respeto supremo, el respeto a sí mismo, y aquéllos, a su vez, originan a éste;
así, que el hombre ha llegado al grado más alto que es capaz de alcanzar, puede
considerarse a sí mismo como lo mejor que Dios y la Naturaleza han creado, y
puede mantenerse en esta altura sin que su vanidad y su egoísmo le hagan caer
otra vez en la vulgaridad.
-No me sorprende
una profesión de fe semejante, desenvuelta de este modo -repuso Guillermo-;
concuerda con lo que se oye decir aquí y allá en el mundo; sólo que vosotros
unís lo que otros separan. -Aquéllos respondieron: Ya ha reconocido esta
profesión de fe una gran parte del mundo, aunque inconscientemente.
-¿Cómo y dónde?
-preguntó Guillermo.
-En el Credo -exclamaron-;
porque el artículo primero es étnico y pertenece a todos los pueblos; el
segundo es cristiano, es para los que luchan con el sufrimiento y lo
glorifican; el tercero enseña, últimamente, una comunión espiritual de los
santos, es decir, de los buenos y de los sabios en sumo grado. ¿No debía
considerarse justamente a las tres personas divinas -bajo el símbolo y el
nombre de las cuales se invoca estas revelaciones y estos dogmas- como la
unidad más elevada?
-Os agradezco que
me hayáis explicado tan clara y lógicamente estas cosas como a una persona a
quien no son extrañas las tres teorías, y quedo completamente satisfecho cuando
reflexiono que explicáis estas altas doctrinas a los niños, primero bajo signos
sensibles; después por armonías simbólicas, y últimamente revelándole su
significación más elevada...
Capítulo II
De mano del más
viejo entró nuestro amigo por un espacioso portal en una sala redonda o, más
bien, octogonal, tan ricamente decorada con pinturas, que llenó de admiración
al visitante. Comprendió fácilmente que todo lo que veía debía tener un sentido
significativo, aunque no pudiera descifrarlo en seguida. Tenía el propósito de
interrogar a su acompañante, cuando éste le invitó a pasar a una galería
abierta a un lado, que rodeaba a un extenso jardín sembrado de flores. Sin
embargo, las paredes atraían la mirada más que estos adornos naturales, porque
estaban pintadas por todas partes; no tardó en reconocer que los libros santos
de los israelitas habían suministrado el asunto de las imágenes.
-Aquí es -dijo el
anciano- donde enseñamos aquella religión, que abreviadamente he llamado
étnica. Su contenido se halla en la historia universal, como su envoltura, en
los sucesos. Está comprendida en la rotación del destino de todos los pueblos.
-Habéis concedido
el honor, por lo que veo, al pueblo israelita de poner su historia como
fundamento de esta exposición, o más bien la habéis tomado como objeto
principal.
-Así es, repuso el
anciano; pues observaréis que en los zócalos y en los frisos están
representados los sucesos y las acciones no tanto sincrónica como
sinfroníticamente, porque en todos los pueblos ocurren acontecimientos
semejantes. Así, mirad aquí, en el espacio principal, a Abraham visitado por
sus dioses bajo la forma de bellos adolescentes, y allá abajo, en el friso, a
Apolo entre los pastores de Admeto; en lo que podemos aprender que, cuando los
dioses aparecen a los hombres, caminan generalmente entre ellos sin ser
reconocidos.
Los visitantes
continuaron su visita. Guillermo encontraba en todas partes objetos conocidos,
pero más viva o inteligentemente representados de lo que estaba acostumbrado a
ver. Pidió explicaciones sobre pocas cosas; sin embargo, no pudo impedirse el
preguntar por qué se había preferido la historia hebrea. Contestó el anciano:
Entre todas las religiones paganas -porque eso es la religión judía- tiene ésta
grandes ventajas, algunas de las cuales os mencionaré. Ante el tribunal étnico,
ante el tribunal del Dios de los pueblos, no se pregunta cuál sea la nación
mejor, sino si dura o si se conserva más que las otras. El pueblo judío no ha
valido nunca mucho, como se lo han reprochado mil veces sus conductores,
jueces, jefes, profetas; posee pocas virtudes y la mayoría de las faltas de los
demás pueblos; pero no tiene igual en independencia, firmeza y valor y, si esto
no basta, en tenacidad. Es el pueblo más tenaz de la tierra; existe, ha
existido y existirá para celebrar el nombre de Jehovah a través de los tiempos.
Por eso le hemos tomado como modelo, como imagen principal a la cual sólo
sirven de marco las demás.
No me corresponde
discutir con vos, dijo Guillermo, puesto que estáis para instruirme. Enteradme,
pues, de las otras ventajas de este pueblo, o más bien de su historia, de su
religión.
Una de las ventajas
principales, repuso aquél, es la excelente colección de sus libros santos.
Están tan felizmente reunidos, que con los elementos más extraños forman un
todo engañoso. Son lo bastante completos para satisfacer; lo bastante
fragmentarios, para excitar la curiosidad; lo suficientemente bárbaros, para
imitar; lo suficientemente delicados, para calmar y ¡cuantas más propiedades
contradictorias se han de ensalzar en este libro!
Tanto la colección
de pinturas, como las descripciones que las acompañaban por cima y por bajo
dieron tanto que pensar al huésped, que apenas oyó las inteligentes
observaciones, con las que su guía más parecía desviar su atención que atarle a
los objetos. Entre otras cosas, le dijo: Tengo que mencionar aún una ventaja
más de la religión judía; no encarna a su Dios bajo ninguna forma, y nos deja
por tanto en libertad de darle una digna figura, y, a su vez, de designar la
idolatría con figuras de animales y de monstruos.
Nuestro amigo se
había representado de nuevo la historia del mundo en un corto paseo por estas
salas; era algo nuevo para él en vista de los sucesos. La reunión de las
pinturas, las reflexiones de su guía, le habían abierto nuevos caminos, y se
alegraba pensando que Félix se asimilaría, por medio de aquellas
representaciones sensibles, estos grandes, significativos y memorables hechos
para toda su vida, como si hubiera vivido cerca de ellos. Acabó por considerar
estas imágenes únicamente con los ojos del niño, y en este sentido era completa
su satisfacción. Y así llegaron a los tiempos tristes de revuelta y,
finalmente, a la destrucción de Jerusalén y del templo, a los asesinatos, al
destierro, a la esclavitud que sufrió esta tenaz nación. Sus destinos posteriores
estaban representados alegóricamente, porque está fuera de los límites, de un
arte noble, hacerlo de un modelo histórico y real.
Aquí terminaba
bruscamente la galería, y Guillermo quedó admirado de verse ya al fin.
Encuentro -dijo a su guía una laguna en este desarrollo histórico. Habéis
destruido el templo de Jerusalén y dispersado al pueblo sin haber introducido
al hombre divino, que poco tiempo antes enseñaba en estos mismos lugares una
doctrina, a la que no prestaron atención.
-Hacer lo que
pedís, hubiese sido cometer una falta. La vida del hombre divino que decís no
está en relación alguna con la historia del mundo en su tiempo; su vida era una
vida privada; sus doctrinas se dirigían a los hombres aislados. Lo que llega
públicamente a la masa de los pueblos y a sus asambleas pertenece a la historia
universal, a la religión universal, que es para nosotros la primera. Lo que
sucede interiormente a los individuos pertenece a la segunda religión, a la
religión de los sabios; así era cómo Jesucristo enseñó y practicó mientras moró
en la tierra. Por esto termina aquí lo exterior y os introduzco, en lo
interior.
Se abrió una puerta
y entraron en una galería espaciosa, donde Guillermo reconoció en seguida las
imágenes del Nuevo Testamento. Parecían ser de distinta mano que las primeras;
todo era mas dulce: figuras, movimientos, accesorios, luz y colores.
-Aquí no veis, dijo
el conductor después que hubieron pasado ante una parte de las pinturas, ni
hechos ni sucesos, sino milagros y parábolas. Aquí hay un nuevo mundo, un
aspecto exterior, distinto del precedente, y un sentido interior que falta allí
completamente. Se construye un nuevo mundo con los milagros y las parábolas;
aquéllos hacen extraordinario a lo común; éstas, común a lo extraordinario.
-Tened la bondad, repuso Guillermo, de explicarme estas palabras
minuciosamente, pues no me siento lo bastante hábil para hacerlo por mí mismo.
-Tienen un sentido
natural -dijo aquél-, aunque profundo; con ejemplos lo comprenderéis al
instante. No hay nada más común y más habitual que el comer y beber; pero, en
cambio, ennoblecer una bebida, multiplicar una comida para que alcance a una
multitud, es una cosa extraordinaria. Nada más habitual que las enfermedades y
los achaques corporales; pero curarlos, aliviarlos con remedios espirituales,
esto es ya extraordinario, y lo maravilloso del milagro consiste en que lo
ordinario y lo extraordinario, lo posible y lo imposible llegan a ser una sola
cosa.
En la parábola
sucede al revés: aquí, el sentido, la intención, el concepto es lo elevado, lo
extraordinario, lo inasequible. Cuando se encarna en una imagen común,
habitual, asequible, de modo que se presente a nosotros viviente, actual y
real, que lo asimilemos, lo aprendamos, que esté a nuestro alcance, entonces es
una segunda especie de milagro, que se puede colocar, si no encima, al lado del
milagro mismo. Aquí, la enseñanza es viviente; no se la puede poner ninguna
objeción; no es ninguna opinión sobre lo justo o lo injusto; lo justo o lo
injusto mismo son indiscutibles.
Esta parte de la
galería era más corta que la primera, o, más bien, era sólo la cuarta parte de
el contorno del patio interior. Únicamente gustaba detenerse aquí cuando se
procedía de la primera. Los objetos no eran tan sugestivos, tan variados; pero
esto invitaba tanto más a investigar su profundo y tranquilo sentido. Ambos
caminantes se volvieron al llegar al fin de la galería. Guillermo encontró que
la representación se había detenido en la cena y en la separación del maestro
de con sus discípulos; preguntó por la parte restante de la historia.
-Separamos,
contestó aquél, en cada enseñanza lo que se puede separar; pues únicamente así
nace en la juventud el concepto de las cosas. La vida lo mezcla y confunde
todo; hemos separado la vida y la muerte de este hombre sublime. En su vida se
nos aparece como un verdadero filósofo -perdonadme esta expresión-, como un
sabio en el sentido más elevado. Queda siempre firmemente unido a su objeto;
prosigue rectamente su camino, educando a los humildes al comunicar su fuerza,
su sabiduría, su riqueza a los enfermos, a los ignorantes, a los pobres y, al
querer, igualarse a ellos; por otro lado, no desmiente su origen divino: osó
igualarse a Dios, llamarse a sí mismo Dios. De este modo, desde su juventud
causa la admiración de los que le rodean; se atrae una parte de ellos; mueve a
la otra contra sí y muestra lo que han de esperar del mundo a los que aspiran a
alguna elevación en la vida y la doctrina. Y así es su vida, para la parte
noble de la humanidad, más instructiva y fructífera que su muerte: pues a las pruebas
de la primera está expuesto todo el mundo, y pocos hombres pasarán por la
segunda; y, sin agotar todas las consecuencias a que da lugar esta reflexión,
considerad sólo el espectáculo conmovedor de la cena. Aquí el sabio, como
siempre, deja al partir huérfanos a los suyos, y mientras que cuida de los
buenos, alienta un traidor entre ellos que causará su pérdida y la suya.
Con estas palabras
abrió el anciano una puerta y quedó extrañado de encontrarse en la sala
primera. Hablando, habían dado toda la vuelta al patio. -Esperaba, dijo
Guillermo, que me condujerais hasta el fin, y me conducís de nuevo al
principio.
Por esta vez,
repuso el viejo, no os puedo enseñar más; nosotros no dejamos ver a nuestros
alumnos, ni les explicamos más de lo que habéis visto ahora: lo exterior, lo
general, a todos desde su infancia; lo interior, lo íntimo, lo espiritual, sólo
a aquellas a quienes adquirieron alguna reflexión con la edad; lo restante no
lo abrimos más que una sola vez al año, y no lo enseñamos sino a los que
despedimos. Aquella última religión, que nace del respeto a lo que está por
bajo de nosotros; aquella veneración de la adversidad, de lo que hemos de huir
y evitar, la damos a cada uno a modo de dote, con el fin de que sepa dónde la
encontrará, si de ello tiene necesidad. Os invito a volver aquí dentro de un
año para que asistáis a nuestra fiesta general y veáis lo que ha adelantado
vuestro hijo; entonces entraréis en el santuario del dolor.
-Permitidme una
pregunta, dijo Guillermo: ¿habéis representado los sufrimientos y la muerte de
este hombre divino como un tipo de resignación sublime, del mismo modo que
hicisteis de su vida un modelo y una enseñanza?
-Sin duda no
hacemos de ello un secreto; pero echamos un velo sobre estos sufrimientos,
precisamente porque los veneramos en alto grado. Tenemos por una temeridad
indigna el mostrar aquel retablo de martirio y aquel divino sufriente a la
vista del sol, que se cubrió la faz cuando un mundo impío le ofreció este
espectáculo; el representar y chancear con estos profundos misterios, en los
cuales está cubierta la profundidad divina del dolor; con tanto hacer, se
convierte en vulgar y absurda la cosa más sublime. Con esto tenéis bastante por
ahora para tranquilizaros respecto a vuestro hijo y para convenceros
completamente de que le encontraréis más o menos educado, de un modo o de otro,
pero seguramente de una manera satisfactoria, y que en todo caso no le volveréis
a hallar confuso, vacilante y voluble.
Guillermo se detuvo
contemplando los cuadros de la antesala; quería saber su sentido. También en
esto -dijo el anciano- os quedamos deudores para el año que viene; no admitimos
ningún extraño a la enseñanza que damos a los alumnos en el intervalo; pero volved
en la época que os indiquemos, y veréis lo que nuestros mejores oradores creen
útil decir públicamente sobre estos objetos.
Poco después de
esta conversación se oyó llamar a la puertecita; era el inspector del día
anterior y conducía el caballo de Guillermo; nuestro amigo se despidió de los
Tres, quienes le recomendaron en estos términos al inspector: Este extranjero
es de nuestros íntimos; ya sabes lo que has de responder a sus preguntas,
porque sin duda desea que se le instruya sobre muchas cosas que ha visto y oído
entre nosotros; no te es desconocido el contenido y el fin de tu información.
Guillermo, en
efecto, tenía en el espíritu algunas preguntas, que en seguida hizo. A su paso,
los niños se colocaban como el día anterior; pero ahora vio, aunque raramente,
a algunos que no saludaban al inspector; no se apartaban de su trabajo y le
dejaban pasar sin apercibirse de él. Guillermo preguntó la causa y el sentido
de esta excepción. El inspector respondió: Será por graves motivos, puesto que
es el castigo supremo que aplicamos a los discípulos; se les declara indignos
de manifestar su respeto y se les obliga a parecer groseros y mal educados;
ellos hacen todo lo posible por salir de esta situación y cumplir sus deberes
más celosamente. Sin embargo, si algún muchacho no manifiesta ningún
arrepentimiento, se le envía otra vez a sus padres con un informe razonado,
aunque conciso. Quien no quiere someterse a los leyes, debe abandonar el país
donde aquéllas se dan.
Otro objeto excitó,
como el anterior, la curiosidad del viajero: la variedad de colores y hechura
en el traje de los discípulos; no parecía reinar en ellos ninguna graduación,
pues los que saludaban de distinto modo, vestían de la misma forma, y al revés.
Guillermo preguntó la causa de esta aparente contradicción. -Es un medio,
repuso aquél, de saber el carácter de los muchachos. Les dejamos en este caso
una cierta libertad en vez del orden y de la rigurosidad. Los niños pueden
escoger en nuestros almacenes de tejidos y guarniciones el color que prefieran,
y, con un determinado límite, la forma y el corte; observamos detenidamente
este elección; en los colores se puede reconocer el carácter; en la hechura,
las costumbres. Sin embargo, una propiedad particular de la naturaleza humana
hace en cierto modo difícil una apreciación exacta: la imitación, la tendencia
a asociarse. Es raro que un discípulo elija algo que no hayan llevado los
demás; la mayoría elige lo conocido, lo que han visto. No obstante, tampoco es
para nosotros estéril esta consideración; por semejantes señales exteriores, se
afilian a tal o cual partido; se asocian aquí o allá, y así se manifiestan las
disposiciones generales; nosotros sabemos a qué lado se inclina el niño, a qué
modelo aspira.
Se han visto muchos
casos en que los espíritus tienden a generalizarse; en que una moda se impone;
en que las distinciones se pierden en una unidad.
Tratamos de
combatir estas tendencias; dejamos agotar las provisiones; no se puede tener
tal o cual tela, éste o aquél adorno; mostramos alguna cosa nueva, atrayente.
Con colores claros y formas cortas y estrechas alegramos a los pequeños; los
matices severos, los vestidos holgados, de grandes pliegues, encantan a los
juiciosos, y así restablecemos el equilibrio lentamente.
-Somos enemigos de
la uniformidad; oculta el carácter y sustrae a los ojos de los superiores la
individualidad de los niños más que otra cualquiera simulación.
Con estas y otras
palabras llegó Guillermo al límite de la provincia, y precisamente al sitio
donde el viajero, siguiendo las indicaciones de su viejo amigo, debía
abandonarla para ir en busca de su propio fin.
Al despedirse el
inspector le anunció que le esperaban para cuando se anunciara la gran fiesta a
los interesados. Se invitaría a todos los padres y se despediría a los alumnos
ya capacitados para vivir una vida libre. Entonces podría visitar a su placer las
restantes partes del establecimiento, donde se practicaba y se daba la
instrucción particular conforme a sus propios principios y en un ambiente
adecuado.
(El siguiente
párrafo puede servir como resumen de los conceptos expuestos y, al mismo
tiempo, como punto central en la visión pedagógica de la obra de Goethe.)
Pensar y obrar,
obrar y pensar, es la suma de toda sabiduría, en todo tiempo reconocida, en
todo tiempo practicada, pero no por todos advertida. Una y otra cosa han de
alternar eternamente en la vida, como la inspiración y la expiración; debían
ser inseparables como la pregunta y la respuesta. Quien se hace una ley de lo
que el genio de la razón humana susurra secretamente al oído de cada recién
nacido, es decir, somete la acción al examen del pensar y el pensar al examen
del hacer, éste no puede equivocarse nunca y, si se equivoca, encontrará pronto
el buen camino.

