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No. 362. Poesía de la lndependencia. Ospina William. Colección
Emancipación Obrera. Diciembre 22 de 2012.
Título original: © Poesía de la Independencia. William
Ospina
Versión Original: Poesía de la Independencia. William Ospina
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Miranda
William Ospina

William Ospina, (Padua, Tolima, 1954). Poeta, ensayista y traductor. Fue redactor del Suplemento
Estravagario del diario El Pueblo en Cali. Creativo de publicidad, estudió
literatura francesa en Nanterre, Francia y fue coeditor de la edición dominical
del diario La Prensa de Bogotá. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Aurelio
Arturo en la Universidad de Nariño y ha sido jurado de los más sobresalientes
concursos de ensayo y poesía, entre ellos del Premio Nacional de Poesía,
Universidad de Antioquia. Poemas suyos aparecen igualmente en las más
consagradas revistas.
Colcultura publicó su primer libro de poemas bajo el título de
"Hilo de arena" en 1986 y su segundo volumen, "La luna del
dragón", fue editado en la colección La Cierva Blanca del Instituto
Distrital de Cultura en 1991. Dentro del "Panorama de la nueva poesía
colombiana", Santiago Mutis incluye en su antología algunos de sus textos
y Darío Jaramillo en el libro "Sentimentario". Ensayos suyos aparecen
en destacadas publicaciones nacionales y extranjeras. Su libro "Aurelio
Arturo", apareció en 1991 en la colección Clásicos Colombianos de
Procultura. Escribió para la "Historia de la poesía colombiana" de la
Casa de Poesía Silva, en 1991, puntuales y amplios ensayos sobre Poesía
indígena de la conquista, de la colonia y de la independencia.
En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Colcultura en
literatura con "El país del viento". Ha publicado igualmente "Es
tarde para el hombre", 1994, "Esos extraños prófugos de
occidente", donde recorre las lecciones de vida y de muerte dejadas por
Rimbaud, Whitman, Emily Dickinson, Lord Byron, Faulkner o Hölderlin; "¿Con
quién habla Virginia caminando hacia el agua?" y "Un álgebra
embrujada", mezcla de autores y libros comentados en 1996. Tradujo "Tres
cuentos de Flaubert" y "Veinte sonetos de William Shakespeare".
Otros libros suyos son "Dónde está la franja amarilla", 1997;
"Las auroras de sangre", 1999. Sus últimos ensayos publicados en el
año 2001 son "América mestiza" y "Los nuevos centros de la
esfera".
En general en su obra, aborda la problemática del país con un
gran compromiso político y social. Sus poemas tienen base histórica, con gran
ritmo y amplio léxico, abundando en los monólogos dramáticos. Obtuvo el Premio
Rómulo Gallegos en 2009 por su novela "El país de la canela".
http://www.casadepoesiasilva.com/williamospina.htm
Poesía de la
Independencia
William Ospina
Poesía de la Independencia
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Poesía de la Independencia
William Ospina
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Poesía de la Independencia
William Ospina
Poesía de la Independencia
En la segunda mitad del siglo xviii llegó
a nuestro territorio la modernidad, en la persona del sabio español José
Celestino Mutis. Como hemos visto, mientras Europa pasaba, mediante el
Renacimiento, la Ilustración y el racionalismo, a una edad distinta, nuestra
cultura permanecía en la Edad Media, viviendo de unas explicaciones del
Universo a un tiempo pueriles y peligrosas, y hundida en un humo de
superstición que aún no se ha despejado del todo. Aquel hombre, recién graduado
de la Universidad de Sevilla, y que venía a la Nueva Granada como médico del
virrey Pedro Messía de la Cerda, significó de algún modo el comienzo del
amanecer intelectual en estas provincias.
Las verdades que traía no eran nuevas en el
mundo, pero aquí resultaban escandalosas. América había sido
descubierta gracias a las audacias del Renacimiento, pero casi
trescientos años después, le costó a
Mutismucho esfuerzo convencer a las gentes de que la tierra giraba sobre su eje
y alrededor del Sol, y que era un planeta más del sistema solar. Así lo
refiere Francisco José de Caldas, uno de sus más destacados discípulos, en la
nota que escribió a la muerte de su sabio maestro. Mutis trajo aquí el
pensamiento, la ciencia, la filosofía, el método, la disciplina intelectual.
Tuvo que demostrar la importancia de la química, de las matemáticas, de la
botánica; dictó cursos exponiendo el sistema de Copérnico, la
clasificación de Linneo, la cosmología de Newton. «Astronomía,
matemáticas, ciencias naturales, medicina. De las cuatro fue maestro.
Con las cuatro educó una élite inquieta un día, y después
dinámica. De todas fue pionero en nuestro medio». Con Mutis
se emprendió la Expedición Botánica, aquel esfuerzo, el primero realmente
sistemático, por reconocer nuestra naturaleza, su diversidad y sus
revelaciones. Pese al ambiente de según el cual entender las cosas podría
alejarnos de Dios, y, sobre todo, de la Iglesia, Mutis estaba buscando, como
sus inspiradores -Isaac Newton, Herman Boerhaave y Carl von Linneo- las leyes
de la naturaleza a partir de ella misma, y cuando muy a comienzos del siglo XIX
el barón Alexander von Humboldt pasó por Santafé, buscando incansablemente las
pruebas de que el universo era un kosmos, un orden vivo de
infinitas cosas interdependientes, se asombró de encontrar una colección de
botánica como no la había visto en Europa: el trabajo había sido notable.
Alrededor de Mutis se formó la generación de
brillantes intelectuales que unas décadas más tarde protagonizaría los grandes
hechos de la Independencia. Pero aquella nueva atmósfera intelectual apenas se
reflejó en la poesía. Al recorrer los momentos más destacados de nuestra
historia literaria hemos visto que el curioso destino de los poetas de esta
tierra consistió en ir cerrando gradualmente sus ojos a la realidad que
los rodeaba, en irse encerrando en un universo simbólico y a menudo fantástico.
Los criollos se reconocían cada vez menos en las instituciones del imperio
español: es muy posible que tampoco se reconocieran ya en la lengua española.
Esta había sido hábil para narrar y cantar los
furores de la Conquista, había servido para la retorcida y compleja aventura
del retablo barroco de Domínguez Camargo, se había sometido a los ya fatigados
retruécanos de Velasco y Zorrilla, había acompañado las agonías y los éxtasis
de la madre Castillo, porque todas esas obras formaban parte de una aventura
vigorosa: la de la cultura de España trasladándose a otro
mundo, conquistando, como se ha dicho antes, su perfil planetario.
Pero ahora España declinaba; la ahogaban sus carencias internas, su
contrarreforma, sus propios galeones, los cañones ingleses, su falta de
industria, ese estorboso vecino que avanzaba hacia la Revolución, las
insostenibles colonias. Era como un inmenso navio decrépito que se obstinara
aún en ser dueño del mar.
Numerosos esfuerzos de entonces fructificaron
en la Independencia. ¿Pero esa independencia política no suponía también una
independencia cultural? Acaso también nuestra poesía necesitaba independizarse.
Pero hay que sentir demasiado una lengua para poder crear libremente en ella;
hay que ser esa lengua, y los hombres de nuestra independencia no estaban en
posesión de una lengua propia. No querían ser españoles, pero hasta eso tenían
que decirlo en español. Habrían tenido que escribir versos como los de Léopold
Sédar Senghor, aquel poeta senegalés:
Sienten ustedes este sufrimiento
y esta desesperación que no tiene igual,
de domesticar con palabras de Francia
este corazón que me dio el Senegal?.
Pero ni siquiera eso salió de sus labios. Se
gastaron tratando de reemplazar con poses e ingenio la expresión trágica de
aquellos años gloriosos. Había un abismo entre la realidad y el lenguaje y por
lo pronto ese abismo no tendería a cerrarse sino a crecer, hasta que los
criollos encontraran, no otra lengua, lo cual era impensable, pero sí una
manera propia de vivir la lengua castellana. Esa independencia tardaría mucho
en llegar, esa independencia no consistiría en renunciar a la lengua, sino en
apropiarnos de ella y hacerla nuestra, en convertirla en una lengua americana.
Mucho había avanzado Juan de Castellanos por ese camino, pero ya sabemos que un
gran velo había cubierto aquellas cosas. Todo había sido tan atroz que era como
si nuestros pueblos, tratando de borrarlo, estuvieran dispuestos a
renunciar a su propio pasado, a la memoria de la Conquista y de los orígenes. Y
así empezamos a vivir en un mundo irreal, en un mundo donde el lenguaje no se
parecía a la realidad, pero se suponía la verdadera realidad. A fines del siglo
XIX, nuestros bosques verbales todavía estaban llenos de ruiseñores, los
jardines llenos de mármoles versallescos, los discursos de los políticos
parecían transcurrir en la Roma de Cicerón, y las obras completas de José María
Vargas Vila fueron la combustión última de aquella desdicha, un lenguaje hecho
ya sólo de fantasmas y de hipérboles, una desesperada impostura flotando sobre
la realidad como un espejismo.
Desde los comienzos de la Expedición Botánica
y de las tertulias literarias (la de Antonio Nariño, la "Eutropélica"
del periodista, versificador y bibliotecario Manuel del Socorro Rodríguez, la
del
"Buen Gusto" de Manuela Santamaría
de Manrique), los intelectuales y poetas ejercitaron su destreza y su ingenio
en incontables estrofas, décimas y obras menores, en versos de ocasión de los
que no logramos extraer muchas cosas memorables, pero en los que no dejarán de
encontrarse precisiones sobre la vida de aquellos tiempos: sus fiestas,
escándalos locales, celebraciones religiosas, paseos, líos jurídicos, y el
sordo y creciente acumularse de la inconformidad social.
Poesía de la Independencia
William Ospina
Francisco Antonio Vélez
ladrón de Guevara
En este sentido, el último poeta de la
Colonia, Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara, es de alguna manera el
primero de la Independencia. En ninguno de los dos papeles es muy admirable, a
pesar de su habilidad verbal y su ingenio, porque complejos factores impedían
el florecimiento de una gran poesía en aquellos tiempos de desconcierto
espiritual; pero Vélez le puso un poco de música al lenguaje y un poco de
gracia al discurso, y distrajo de un modo a veces riguroso, a veces frivolo, la
agonía de una época de nuestra historia.
Había nacido en Santafé en 1721, o sea que
debió comenzar a escribir versos por los tiempos en que moría en Tunja la madre
Castillo, y en que el almirante Vernon sitiaba Cartagena. Fue el poeta social
de la corte virreinal, que sin un decidido tono propio, y muy en el
espíritu de cierta fácil versificación española, toma recursos de poetas
clásicos: hace travesuras quevedianas, imita el Romancero, busca el ingenio de
Lope, hace versos galantes, satiriza, y teje enredos humorísticos. Uno de sus
romances está dirigido "A un viejo que se confirmó de más de noventa años
de edad", otro "A un Señor Fiscal que se oponía al pago de un sueldo
concedido por el Rey", y unas décimas "Al señor don Andrés Verdugo,
decano de esta Real Audiencia, en favor de un reo condenado a diez años de
presidio en Cartagena por tres días de vida que quitó a una vieja". Así
resume María Teresa Cristina el surtido verbal (llamémoslo así) de Vélez Ladrón
de Guevara: «Entre juegos de luces y de colores, floridos fascistoles, flores,
primavera, juegos de palabras, acrósticos, paronomasias, ingeniosidades
pueriles, una extraordinaria abundancia de nombres mitológicos y de lugares
exóticos con los que pretende maravillar, su meliflua voz canta a veces con
elegancia a la belleza de la dama santafereña, a la gracia de sus gestos, de su
mano, a la hermosura de su rostro».
Es un poeta que no escribe para lectores, sino
que escribe siempre para "el público", esa condescendiente y sufrida
abstracción. Con todo, a veces sus versos de ocasión toman aliento, como en su
romance al salto del Tequendama, que se propone ser la descripción de un paseo
«con varias madamas» y que se ahonda en resonancias verbales y ecos de Góngora:
[...]
pues es aquel bello monstruo
aquel sonoro prodigio,
aquel músico de nieve,
aquel dragón de granizo,
que con su horrendo murmullo
puso silencio, del Nilo
a las altas cataratas
y apaciguó sus bramidos.
Y siguiendo, alcanza incluso una inesperada
plenitud en la descripción, una fuerza que paradójicamente nuestra poesía épica
casi nunca logró:
Pero ya que en Tequendama
halla muros y obeliscos,
mira trincheras de cedros,
de robles fuertes castillos,
reprime un tanto sus aguas
por hacer de ellas cuchillo;
y soltando su represa
con un horror vengativo,
rompe montes, barre piedras,
dobla cedros, parte encinos,
y, dejándose caer,
no dándose por vencido,
sí despreciando lo débil
del sojuzgado enemigo,
se precipita en espumas
yendo de rabia encendido,
y desprendido en aljófar
desde tantos montes fríos,
estrella su ardiente enojo
en los profundos abismos,
revolviendo en densas nieblas
sus aguas, con su estallido.
Y a veces, en medio de esas abundantes
composiciones que registran tantas minucias posibles, se filtra también el
testimonio de esa inconformidad creciente de los criollos, aun siendo nobles
como en su caso, ante los españoles que discriminan incluso a quienes
participan de la corte virreinal:
Ya que no ha bastado su orden
real, ni bastan mis escritos,
ni bastan mis alegatos,
mis lamentos y gemidos,
ni mis méritos se atienden
ni aprovechan mis servicios.
Por qué a todos aprovecha
el haber nobles nacido,
y a mí sólo la nobleza
me ha de servir de perjuicio?
Mas dirán que qué mayor
crimen que el que yo publico,
con ser "Ladrón ", de que estoy
por mi confesión, convicto?
Así, sin darse cuenta siquiera, logra reflejar
en sus versos un poco de la temperatura social de aquel tiempo.
Poesía de la
Independencia
William Ospina
Otros
poetas
Es preciso mencionar a los otros poetas y
versificadores de los tiempos de la Independencia. Ellos fueron: José Ángel
Manrique, autor del poema festivo "La Tocaimada"; José María Salazar
(Rionegro 1784 - París 1930), ilustre patriota que escribió nuestro primer
himno nacional y que no se salvó de ser comparado con Rouget de L'Isle; Juan
Manuel García de Tejada, autor de una historia en verso de la revolución
colombiana, cuyo manuscrito se perdió en los vórtices de esa misma revolución;
José María Grueso («Sombras amables del jazmín silvestre / y de los altos
robles corpulentos»); fray José María Valdez y Francisco Antonio Rodríguez.
El aristócrata madrileño Pedro Felipe Valencia, descendiente del primer conde
Valencia, repudió su condición de noble, se unió con entusiasmo a la revuelta,
y publicó en los diarios unos encendidos "Diálogos patrióticos".
Otros autores fueron Joaquín Monsalve, el sargento Arcos, Lino de Pombo, autor
del segundo himno nacional, Miguel Tovar, autor de una celebrada "Oda al
20 de Julio", y Miguel José Montalvo, repentista y mártir, quien escribió
la sátira política "Los ratones federados", famosa en su día.
También fue famoso Francisco Javier Caro,
nacido en la isla de León en 1750 y muerto en 1822 en Santafé, quien trabajó en
la secretaría del Virreinato, donde nutrió su musa para escribir un texto cuyo
título ya es suficientemente expresivo: "Diario de la Secretaría del
Virreinato de Santafé de Bogotá. No comprende más que doce días. Pero no
importa, que por la uña se conoce al león, por la jaula al páxaro y por la
hebra se saca el ovillo. Año de 1783". Pintó después en décimas a los
personajes de la Independencia en su libro Nueva relación y curioso
nombre, y se conoce un epistolario suyo dirigido al oidor Jurado y escrito
totalmente en verso. Fue uno de los primeros cultores del género que aquí se
llamó de "ensaladillas", generalmente romances, décimas y
composiciones breves en versos octosílabos, que cundieron por el siglo XIX,
versando ante todo sobre temas sociales y políticos; éstos fueron, de algún
modo, la única forma de poesía popular cultivada por nuestras clases medias
urbanas, que se prolongó hasta los chispeantes certámenes de la Gruta Simbólica
bogotana de comienzos de siglo, y que perduraría en publicaciones satíricas
como El Alacrán y la revista Fantoches hasta
bien entrado nuestro siglo.
Cabe mencionar a un autor singular, antes de
pasar a los dos poetas más destacados del período de la Independencia; se trata
del presbítero Juan Antonio de Torres y Peña, predicador de San Diego y cura de
Tabio, valeroso enemigo de la emancipación, quien en su obra "Santafé
cautiva" versificó los pormenores de la entrada del tirano
Simón Bolívar a la capital de la Nueva Granada:
«mozo / con aspecto feroz y amulatado, / de
pelo negro y muy castaño el bozo; / inquieto siempre y muy afeminado, / delgado
el cuerpo y de aire fastidioso, / torpe de lengua, el tono muy grosero, / y de
mirar turbado y altanero».
El mismo Torres había sido uno de los dos
miembros del Colegio Constituyente de Cundinamarca que se opusieron, en 1813, a
la declaratoria de independencia absoluta propuesta por Antonio Nariño y
aprobada por todos los demás. "Santafé cautiva" comienza con una
invocación a la Virgen de Chiquinquirá y cumple con todos los requisitos de la
epopeya clásica, involucrando en la acción no sólo al tirano Bolívar y a sus
huestes, sino a personajes alegóricos y al ángel tutelar de la ciudad,
importante personaje que, desde hace 175 años, se abstiene enfáticamente de
aparecer en las obras de los poetas capitalinos.
Poesía de la
Independencia
William Ospina
José Fernández
Madrid,
el enemigo de la barbarie
Nacido en Cartagena, en el año en que estalla
la revolución Francesa, y muerto en Barnes (Inglaterra) en el año en que muere
el Libertador Bolívar, José Fernández Madrid fue digno
del ardiente período de la historia
que le tocó en suerte. Había estudiado Ciencias Políticas,
Jurisprudencia y Medicina en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, lo
que equivale a decir que se formó bajo la influencia del sabio Mutis. Vivió en
Santafé en la primera década del siglo XIX, la época de mayor efervescencia de
las ideas y de la curiosidad intelectual. Eran tiempos en que la apasionada
generación que después se alzaría contra España, la que sería destrozada por
las balas de los realistas y descuartizada por sus verdugos, discutía en los
salones sobre Copérnico y Newton, hablaba de Linneo y de Voltaire, del
orden de la naturaleza y del desorden de la sociedad, del rigor de la
lógica y de las inquietudes del régimen colonial, de si Dios era anterior a la
naturaleza o si más bien estaba en ella. No había tema de la época que no
agitara a aquellos jóvenes formados y exaltados por el ejemplo de Mutis,
estimulados por el eco lejano de los estampidos de la revolución, crecidos en
la comprobación de la miseria colonial y rebelados contra la prepotencia de la
metrópoli.
Varias obsesiones de la vida de José Fernández
Madrid encontrarían eco y desarrollo en sus obras: la igualdad humana, la
justicia, el amor, la patria, el orgullo frente al enemigo, la muerte, la lucha
contra lo inevitable. No le bastó llegar a la conclusión de que los nativos
americanos eran tan humanos como cualquier
invasor: los quiso héroes y mártires de una causa propia, quiso
hacer de ellos no un decorado, sino dignos protagonistas del drama de
una época.
Sus más importantes obras literarias sonAtala
y Guatimoc. La primera, una reelaboración de la obra de Chateaubriand,
trata del amor imposible entre dos jóvenes. A pesar de los cambios que
Fernández Madrid introdujo en la obra, ésta no pasa de ser una variación de un
tema corriente, y corresponde de un modo cercano a los modelos de la literatura
europea.
Guatimoc es algo distinto: es un drama en verso, que cuenta la captura de
Cuauhtémoc por los soldados de Hernán Cortés, los esfuerzos de Cortés por
lograr que el jefe indígena le revele el lugar donde se encuentra el gran
tesoro de los mexicanos, la negativa del héroe, la presión y el chantaje de los
españoles, entregados al saqueo y la destrucción de
la cultura y las reliquias de los nativos, la utilización de la
mujer y el hijo de Guatimoc como instrumentos de presión, bajo la
amenaza de horribles torturas, la persistencia heroica del protagonista, y
su suplicio en las brasas. La obra no carece de intensidad dramática y, si bien
le falta complejidad, logra rastrear con rigor la psicología del príncipe
vencido y la altivez empeñada en hacer completa su caída, en lo que podríamos
llamar el orgullo de la derrota perfecta. No sólo se niega a confiar el tesoro
a los españoles, evidentemente triunfadores y dueños absolutos de la vida de su
pueblo, pretende que lo hace para impedir que se fortalezcan; no sólo acepta su
propia muerte, sino aun las de su mujer y su hijo, porque le resulta más
importante la lealtad hacia unos principios amenazados, que cualquier bienestar
familiar; no sólo acepta la muerte, sino que en algún momento se niega a
abreviar el plazo fatal mediante el suicidio, para verse obligado a morir en
las brasas como lo ha ordenado su enemigo.
Tisoc, su aliado y compañero, no ignora que
los poderes a los que ellos se sacrifican ya han sido vencidos y profanados; no
ignora que el cielo está vacío, y le dice a su jefe:
Tú eras digno de tiempos menos tristes,
de dioses más propicios que los nuestros;
en vano los invocan sus ministros
con sacrificios y fervientes ruegos;
nuestros dioses inmóviles responden
con ceño adusto y hórrido silencio;
y en sus sagradas casas sólo se oye
tremenda retumbar la voz del trueno.
Tristes gemidos salen de la tierra,
negros fantasmas vagan por el cielo;
la faz del sol, en la mitad del día,
cubren aciagos, sanguinosos velos.
No deja de invocar con reproches a su patria
deshecha:
Señora del Anáhuac: ¿dónde se hallan
tus invictos caudillos y guerreros?
¿Quién podrá defenderte? Tus valientes
con heroico furor todos han muerto.
Y ya sólo una misión parece quedarle:
Salvar a Guatimoc es lo que importa;
en nuestro emperador vive el Imperio.
Pero el Imperio ya prefiere morir. Y Tisoc lo
acompañará hasta las brasas.
Al hecho de que Fernández Madrid, mucho antes
de las razones de la antropología, haya partido de una tan alta valoración de
la cultura indígena, de su dignidad y de su orgullo, debe añadirse el severo
juicio que lanza sobre la obra de los conquistadores y de los poderes en que
éstos se legitiman:
Guatimoc:
¿Derechos y piedad osáis nombrarme,
usurpadores, monstruos carniceros?
¿Quién os autorizó para invadirnos?
Alderete:
La religión, el Dios del Universo.
La obra tiene momentos de gran tensión
dramática, de nobleza y fuerza expresiva. En alguna parte, Guatimoc sostiene,
casi como una amenaza, que los cuerpos de los muertos, en su descomposición,
todavía están luchando contra el enemigo:
Complácete en tus víctimas, tirano, / ceba tus
ojos en sus cuerpos yertos: / mas témelos aún, que todavía / la causa de su
patria defendiendo, / contra vosotros lanzan el contagio/ y la peste, y la
muerte de sus senos.
Es notable el grado de civilización del autor,
por ejemplo cuando censura tácitamente al español por utilizar el bárbaro
concepto de "sangre impura" para aludir a los indígenas (como se
sabe, hasta un himno tan aparentemente liberal como La Marsellesa, reclama sin
pudor «que una sangre impura / sacie nuestros surcos».
Ecos de las literaturas que el autor
frecuentaba brillan de pronto en sus páginas. El belicoso Cortés habla como un
guerrero del Walhalla de espadas que iluminan el espacio: «Gozaos, que
a la luz de esas espadas/ con que habéis las tinieblas disipado / en que estaba
este mundo sumergido/, brilla la pura fe de los cristianos». En otro
momento, utiliza el recurso heroico que le habría de dar su mayor fuerza, un
siglo después, al famoso "Epitafio para un ejército de mercenarios"
del poeta inglés Alfred Edward Housman: la voluntad de luchar y de resistir,
aun ya sin el auxilio de Dios: «Si al dios asolador del extranjero,
débiles nuestros dioses se han rendido,/ vosotros no, ni yo, que, a vuestro
ejemplo,/ juro guerra sin fin a los tiranos, y venganza mortal y un odio
eterno». No otra es la intención y la fuerza del verso de Housman: «Lo
que abandonó Dios, lo defendieron ellos». Ese heroísmo humano capaz de
renunciar a toda justificación exterior.
Aun preso en la lógica del orden mental al que
combatía, pero lleno de pasión y sincero fervor, José Fernández Madrid no sólo
fue«el pionero de nuestras artes dramáticas»: fue un hombre americano en
un sentido nuevo, moralmente más audaz e intelectualmente más libre, que creyó
en el poder de los grandes ideales, en la dignidad de los pueblos vencidos, en
el deber de reprobar la profanación de toda grandeza, y en el derecho de la
inteligencia para oponer la justicia a la mera victoria, y para reivindicar el espíritu
creador contra toda barbarie aventurera.
Poesía de la
Independencia
William Ospina
Luis Vargas tejada
y el destino suramericano
El 13 de junio de 1828, Simón Bolívar, quien
recientemente había regresado triunfante de los nuevos países libres del sur y
de sus batallas, se declaró investido de poderes omnímodos para gobernar el
país. Sus partidarios habían concluido que sólo la dictadura permitiría
conjurar el peligro de la guerra civil y enfrentar la crisis externa. Desde ese
momento, antiguos amigos y partidarios suyos empezaron a conspirar. Primero
quisieron asesinarlo en el baile de máscaras del 26 de agosto, donde Santander,
amigo de los conspiradores, desbarató sus planes. Para el 28 de octubre
siguiente, día de san Simón, fraguaron un golpe de Estado en el que se
apoderarían de Bolívar, de sus ministros y de otras altas personalidades. Pero
el 25 de septiembre uno de los conjurados fue descubierto, y los otros,
alarmados, decidieron atacar esa misma noche el palacio presidencial
y «matar al tirano».
Un grupo de ocho conspiradores y doce soldados
de artillería se dirigió allí, mientras que el más exaltado miembro de la
conspiración, Luis Vargas Tejada, un joven de 26 años, después de encender los
ánimos con sus discursos, encabezó otro destacamento, cuya misión era capturar
simultáneamente a los altos jefes. Sabemos lo que ocurrió: cómo el Libertador
pudo huir, de qué manera fracasó el asalto paralelo, y cómo al otro día
Bolívar, aunque quería indultar a los conjurados sin averiguar siquiera sus nombres,
se vio obligado a permitir que se cumplieran las leyes. Catorce de los
conspiradores fueron fusilados, entre ellos el famoso almirante Padilla, héroe
de la batalla del lago de Maracaibo. Muchos otros fueron detenidos, procesados,
desterrados o confinados, y dos lograron escapar:
Mariano Ospina Rodríguez, quien encontró refugio seguro en Antioquia, y
Luis Vargas Tejada, el joven radical.
Éste estaba convencido de que el poder y el
odio de sus enemigos lo encontrarían donde estuviera, y huyó hacia «una
hacienda lejana, situada por los lados de la laguna de Fúquene, donde buscó
refugio en la escondida cueva de un bosque». Allí permaneció algún tiempo
en estado de extrema pobreza y abandono, y unos meses después, en 1829,
encontró oscuramente la muerte, cuando trataba de cruzar las aguas de un río.
Era tal vez el hombre más brillante de su
generación, un destacado intelectual, y un joven erudito. A los 25 años hablaba
inglés, italiano, francés y alemán, y había hecho estudios en latín, griego y
hebreo. No era simplemente un político vehemente y un lector insaciable: era el
más importante poeta de la nueva república.
Había escrito las tragedias Aquimín, Doraminta, Sacresazipa, Sugamuxi y
Witikindo; los monólogos Catón en Útica y La madre de Pausanias,
obras de intención política, para socavar el prestigio de Bolívar; había
traducido el Demetrio de Metastasio y El vero amico de Cario
Goldoni; y era el autor del sainete Las convulsiones, que ha mantenido vivo su
nombre durante casi dos siglos.
Extraño talento el de Vargas Tejada: a pesar
de que la política, como suele ocurrir en estas repúblicas, gastó buena parte
de su energía, y las pasiones de la época lo desviaron continuamente de su
destino literario, se hizo dueño de un lenguaje como difícilmente podemos
encontrarlo en nuestra poesía hasta muy avanzado el siglo XIX, derrochaba
gracia, ingenio, versatilidad, una felicidad de las expresiones y una eficacia
de la ironía que tal vez nadie ha superado en nuestras letras.Las
convulsiones, esa pequeña y brillante representación de las costumbres de
su tiempo, cuyo tema fue tomado, se dice, de Lope de Vega y de Albergati,
está llena de descubrimientos personales, fluye como una obra de Moliere o de
Oscar Wilde, y su único defecto es no ser más larga y más copiosa.
Nunca estuvo tan cerca nuestra poesía de
encontrar su entonación y su firmeza. Luis Vargas Tejada avanzaba hacia un
lenguaje personal, rico y auténtico, combinando la cultura clásica con los
modos del habla popular; su acento crítico refleja realmente el espíritu
ilustrado y la curiosidad intelectual de aquellos años; la elegancia de su
ironía y la precisión de sus imágenes son continuamente estimulantes para el
lector. Es un maestro de la rima, de las ocurrencias sorpresivas, de los
discretos matices psicológicos. Carece de la marmórea pesadez de los poetas del
siglo XIX, posteriores a él y anteriores a Silva. Habrá que esperar hasta
Gutiérrez Nájera en México, en las antesalas del Modernismo, para encontrar esa
gracia del verso.
Por aquellos años, el poeta entonces
grancolombiano y hoy ecuatoriano José Joaquín Olmedo intentó la epopeya de la
emancipación en el célebre Canto a Bolívar oLa victoria de
Junín, algunos de cuyos fragores perduran aún como los trozos de una vieja
estatua: «¿Quién es aquel que el paso lento mueve/ sobre el collado que
a Junín domina?». Y aquellas exhortaciones guerreras: «Acometed,
que siempre/ de quien se atreve más el triunfo ha sido,/ quien no espera
vencer, ya está vencido». Bolívar, buen escritor y excelente crítico
literario, no vaciló en comentarle al poeta que su manera de celebrar esas
hazañas nuevas era vieja y acartonada. Había demasiada rigidez enmascarada de
clasicismo en aquellas estrofas, sin duda sinceras y entusiasmadas. Pero cabía
pensar, insinuó, si esos hechos nuevos y esos nuevos ideales del hombre
americano no merecían una poesía nueva, otro lenguaje. No creo que Bolívar
pensara allí en su propia perduración en el canto, sino en lo fundamental:
¿tendría alguna vez nuestra América un estilo suyo, una poesía propia? Poco
después, en Norteamérica, se dio la enorme aventura poética de Walt Whitman,
que significó la verdadera declaración de independencia espiritual de los
Estados del norte: no era simplemente un poema, era un ideal estético y la
enunciación de un modo de estar en el mundo, de una esperanza y de un
propósito. Aunque es claro que para los americanos del norte, ocupando un
territorio al que previamente despoblaron, y trasladando la lengua a unas
regiones y unos climas que no eran radicalmente distintos de aquellos de donde
procedían, les fue más fácil prolongar la cultura europea, ampliando sus
alcances y modificando sus sueños. Lo nuestro era ocupar la naturaleza excesiva
de los trópicos, con una lengua nacida en otro mundo y que no tenía nombres
para las cosas de cada día, y eso nos amenazaba con la irrealidad; lo nuestro
era la fusión de las razas y las culturas, y eso nos exigía una idea nueva de
nosotros mismos y una redefinición de los principios de la civilización; no sería
fácil que de nosotros saliera, con esa torrencialidad, un canto lleno de
firmeza y de futuro.
Pero algo así buscaba, a su manera, Vargas
Tejada con su talento, su cultura y su apasionada entrega a las confrontaciones
de la época. Si hubiera sigo amigo o partidario de Bolívar, y no su encendido
adversario, tal vez sólo él habría podido cantar, casi en seguida: «el
embate de las lanzas que tejen la batalla escarlata», como ha escrito
Borges de Junín. Pero Bolívar y Vargas Tejada fueron adversarios, y la
fulgurante existencia de aquel poeta joven se vio desviada por los azares y las
sombras de una noche que realmente fue nefanda.
Gracias a Manuelita Sáenz y a cierta ventana
que aún podemos visitar en una calle inclinada de la vieja Bogotá, Colombia se
salvó del estigma atroz de haber matado a su Libertador, pero el
precio de aquella salvación fue la desamparada muerte del hombre que pudo
ser el poeta del país que nacía.
Lejos de todo lo que había sido su vida, de lo
que había escrito y soñado, Luis Vargas Tejada fue arrastrado en su fuga por
las aguas de un río, en alguna región de los Llanos Orientales de Colombia. Así
se frustró un destino para nuestras letras, y así se cumplió esa fatalidad,
casi mítica, que parece ser uno de los destinos de nuestro continente. Como en
los versos de Borges sobre Francisco Narciso de Laprida:
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
Sacrificado a la vez por la naturaleza y por
la historia, el poeta se perdió en las llanuras. Sin él sería más difícil y más
largo alcanzar nuestro lenguaje y nuestro rostro.

