© Libro
No. 384. Los Pasos Perdidos. Carpentier, Alejo.
Colección Emancipación Obrera. Febrero 16 de 2013.
Título original: © Los Pasos Perdidos. Alejo Carpentier
Versión Original: Los Pasos Perdidos. Alejo
Carpentier
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Alejo Carpentier
Los Pasos Perdidos
ALEJO CARPENTIER nació en La Habana en 1904 y murió en París en 1980.
Aunque en 1921 inició los estudios de Arquitectura, pronto los abandonó para
dedicarse al periodismo y a la música. Integrado en el llamado Grupo Minorista,
en 1924 fue nombrado director de la revista Carteles y empezó a
participar activamente en la vida musical cubana. En 1927, poco después de
colaborar en la fundación de la Revista de Avance, fue encarcelado por
motivos políticos. En 1928 se trasladó a París, donde residiría hasta 1939, en
que regresó a Cuba. En 1945 se estableció en Venezuela, donde residió hasta
1959, en que, tras el triunfo de la Revolución cubana, volvió a su país. Desde
1966 hasta su muerte fue agregado cultural de la Embajada de Cuba en París.
Postulador de la célebre teoría de lo «real maravilloso», Carpentier desarrolló
una vasta obra narrativa en la que destacan El reino de este mundo, Guerra del tiempo, El
acoso, El siglo de las luces, El recurso del método, Concierto barroco y La
consagración de la primavera.
En 1977 se le concedió el Premio Cervantes.
ÍNDICE
Y tus cielos que están sobre tu cabeza serán de metal;
y la tierra que está debajo de ti, de hierro. Y palparás al mediodía, como
palpa el ciego en la oscuridad.
Deuteronomio, 28-23-28
Hacía cuatro años y siete meses que no había vuelto a
ver la casa de columnas blancas, con su frontón de ceñudas molduras que le
daban una severidad de palacio de justicia, y ahora, ante muebles y trastos
colocados en su lugar invariable, tenía la casi penosa sensación de que el
tiempo se hubiera revertido. Cerca del farol, la cortina de color vino; donde
trepaba el rosal, la jaula vacía. Más allá estaban los olmos que yo había
ayudado a plantar en los días del entusiasmo primero, cuando todos colaborábamos
en la obra común; junto al tronco escamado, el banco de piedra que hice sonar a
madera de un taconazo. Detrás, el camino del río, con sus magnolias enanas, y
la verja enrevesada en garabatos, al estilo de la Nueva Orleáns. Como la
primera noche, anduve por el soportal, oyendo la misma resonancia hueca bajo
mis pasos y atravesé el jardín para llegar más pronto a donde se movían, en
grupos, los esclavos marcados al hierro, las amazonas de faldas enrolladas en
el brazo y los soldados heridos, harapientos, mal vendados, esperando su hora
en sombras hediondas a mastic, a fieltros viejos, a sudor resudado en las
mismas levitas. A tiempo salí de la luz, pues sonó el disparo del cazador y un
pájaro cayó en escena desde el segundo tercio de bambalinas. El miriñaque de mi
esposa voló por sobre mi cabeza, pues me hallaba precisamente donde le tocara
entrar, estrechándole el ya angosto paso.
Por molestar menos fui a su camerino, y allá el tiempo
volvió a coincidir con la fecha, pues las cosas bien pregonaban que cuatro años
y siete meses no transcurrían sin romper, deslucir y marchitar.
Los encajes del desenlace estaban como engrisados; el
raso negro de la escena del baile había perdido la hermosa tiesura que lo
hiciera sonar, en cada reverencia, como un revuelo de hojas secas. Hasta las
paredes de la habitación se habían ajado, al ser tocadas siempre en los mismos
lugares, llevando las huellas de su larga convivencia con el maquillaje, las
flores trasnochadas y el disfraz. Sentado ahora en el diván que de verde mar
había pasado a verde moho, me consternaba pensando en lo dura que se había
vuelto, para Ruth, esta prisión de tablas de artificio, con sus puentes
volantes, sus telarañas de cordel y árboles de mentira. En los días del estreno
de esa tragedia de la Guerra de Secesión, cuando nos tocara ayudar al autor
joven servido por una compañía recién salida de un teatro experimental,
vislumbrábamos a lo sumo una aventura de veinte noches. Ahora llegábamos a las
mil quinientas representaciones, sin que los personajes, atados por contratos
siempre prorrogables, tuvieran alguna posibilidad de evadirse de la acción,
desde que los empresarios, pasando el generoso empeño juvenil al plano de los
grandes negocios, habían acogido la obra en su consorcio. Así, para Ruth, lejos
de ser una puerta abierta sobre el vasto mundo del Drama —un medio de evasión—
este teatro era la isla del Diablo.
Sus breves fugas, en funciones benéficas que le eran
permitidas, bajo el peinado de Porcia o los drapeados de alguna Ifigenia, le
resultaban de muy escaso alivio, pues debajo del traje distinto buscaban los
espectadores el rutinario miriñaque y en la voz que quería ser de Antígona,
todos hallaban las inflexiones acontraltadas de la Arabella, que ahora, en el
escenario, aprendía del personaje Booth —en situación que los críticos tenían
por portentosamente inteligente— a pronunciar correctamente el latín, repitiendo
la frase: Sic semper tyrannis. Hubiera sido menester el genio de una
trágica impar, para deshacerse de aquel parásito que se alimentaba de su
sangre: de aquella huésped de su propio cuerpo, prendida de su carne como un
mal sin remedio. No le faltaban ganas de romper el contrato. Pero tales
rebeldías se pagaban, en el oficio, con un largo desempleo, y Ruth, que había
comenzado a decir el texto a la edad de treinta años, se veía llegar a los
treinta y cinco, repitiendo los mismos gestos, las mismas palabras, todas las
noches de la semana, todas las tardes de domingos, sábados y días feriados —sin
contar las actuaciones de las giras de estío —. El éxito de la obra aniquilaba
lentamente a los intérpretes, que iban envejeciendo a la vista del público dentro
de sus ropas inmutables, y cuando uno de ellos hubiera muerto de un infarto,
cierta noche, a poco de caer el telón, la compañía, reunida en el cementerio a
la mañana siguiente, había hecho —tal vez sin advertirlo— una ostentación de
ropas de luto que tenían un no sé qué de daguerrotipo.
Cada vez más amargada, menos confiada en lograr
realmente una carrera que, a pesar de todo, amaba por instinto profundo, mi
esposa se dejaba llevar por el automatismo del trabajo impuesto, como yo me
dejaba llevar por el automatismo de mi
oficio. Antes, al menos, trataba de salvar su temperamento en un continuo repaso de los grandes papeles
que aspiraba a interpretar alguna vez. Iba de Norah a Judith, de Medea a Tessa,
con una ilusión de renuevo; pero esa ilusión había quedado vencida, al fin, por
la tristeza de los monólogos declamados frente al espejo. Al no hallar un modo
normal de hacer coincidir nuestras vidas —las horas de la actriz no son las
horas del empleado—, acabamos por dormir cada cual por su lado. El domingo, al
fin de la mañana, yo solía pasar un momento en su lecho, cumpliendo con lo que
consideraba un deber de esposo, aunque sin acertar a saber si en realidad mi
acto respondía a un verdadero deseo por parte de Ruth. Era probable que ella, a
su vez, se creyera obligada a brindarse a esa hebdomadaria práctica física en
virtud de una obligación contraída en el instante de estampar su firma al pie
de nuestro contrato matrimonial. Por mi parte, actuaba impulsado por la noción
de que no debía ignorar la posibilidad de un apremio que me era dable satisfacer,
acallando con ello, por una semana, ciertos escrúpulos de conciencia. Lo cierto
era que ese abrazo, aunque resultara desabrido, volvía a apretar, cada vez, los
vínculos aflojados por el desemparejamiento de nuestras actividades. El calor
de los cuerpos restablecía una cierta intimidad, que era como un corto regreso
a lo que hubiera sido la casa en los primeros tiempos. Regábamos el geranio
olvidado desde el domingo anterior; cambiábamos un cuadro de lugar; sacábamos
cuentas domésticas. Pero pronto nos recordaban las campanas de un carrillón
cercano que se aproximaba la hora del encierro.
Y al dejar a mi esposa en su escenario al comienzo de
la función de tarde, tenía la impresión de devolverla a una cárcel donde
cumpliera una condena perpetua.
Sonaba el disparo, caía el falso pájaro del segundo
tercio de bambalinas, y se daba por terminada la Convivencia del Séptimo Día.
Hoy, sin embargo, se había alterado la regla
dominical, por culpa de aquel somnífero tragado en la madrugada para conseguir
un pronto sueño —que no me venía ya como antes, con sólo poner sobre mis ojos
la venda negra aconsejada por Mouche. Al despertar, advertí que mi esposa se
había marchado, y el desorden de ropas medio sacadas de las gavetas de la
cómoda, los tubos de maquillaje de teatro tirados en los rincones, las polveras
y frascos dejados en todas partes, anunciaban un viaje inesperado.
Ruth me volvía del escenario, ahora, seguida por un
rumor de aplausos, zafando presurosamente los broches de su corpiño. Cerró la
puerta de un taconazo que, de tanto repetirse, había desgastado la madera, y el
miriñaque, arrojado por sobre su cabeza, se abrió en la alfombra de pared a
pared. Al salir de aquellos encajes, su cuerpo claro se me hizo novedoso y
grato, y ya me acercaba para poner en él alguna caricia, cuando la desnudez se
vistió de terciopelo caído de lo alto que olía como los retazos que mi madre
guardaba, cuado yo era niño, en lo más escondido de su armario de caoba. Tuve
como una fogarada de ira contra el estúpido oficio y fingimiento que siempre se
interponía entre, nuestras personas como la espada del ángel de las
hagiografías; contra aquel drama que había dividido nuestra casa, arrojándome a
la otra —aquellas cuyas paredes se adornaban de figuraciones astrales—, donde
mi deseo hallaba siempre un ánimo propio al abrazo.
¡Y era por favorecer esa carrera en sus comienzos
desafortunados, por ver feliz a la que entonces mucho amaba, que había torcido
mi destino, buscando la seguridad material en el oficio que me tenía tan preso
como lo estaba ella! Ahora, de espaldas a mí, Ruth me hablaba a través del
espejo, mientras ensuciaba su inquieto rostro con los colores grasos del
maquillaje: me explicaba que al terminarse la función, la compañía debía
emprender, de inmediato, una gira a la otra costa del país y que por ello había
traído sus maletas al teatro. Me preguntó distraídamente por la película
presentada la víspera.
Iba a contarle de su éxito, recordándole que el fin de
ese trabajo significaba el comienzo de mis vacaciones, cuando tocaron a la
puerta. Ruth se puso de pie, y me vi ante quien dejaba una vez más de ser mi
esposa para transformarse en protagonista; se prendió una rosa artificial en el
talle, y, con un leve gesto de excusa, se encaminó al escenario, cuyo telón a
la italiana acababa de abrirse removiendo un aire oliente a polvo y a maderas
viejas. Todavía se volvió hacia mí, en ademán de despedida, y tomó el sendero
de las magnolias enanas... No me sentí con ánimo para esperar el otro
entreacto, en que el terciopelo sería trocado por el raso, y un maquillaje
distinto se espesaría sobre el anterior. Regresé a nuestra casa, donde el
desorden de la partida presurosa era todavía presencia de la ausente. El peso
de su cabeza estaba moldeado por la almohada; había, en el velador, un vaso de
agua medio bebido, con un precipitado de gotas verdes, y un libro quedaba
abierto en un fin de capítulo. Mi mano encontraba húmeda todavía la mancha de
una loción derramada.
Una hoja de agenda, que no había visto al entrar antes
en el cuarto, me informaba del viaje inesperado: Besos. Ruth. P. S. Hay una
botella de jerez en el escritorio. Tuve una tremenda sensaciónde soledad.
Era la primera vez, en once meses, que me veía solo, fuera del sueño, sin una
tarea que cumplir de inmediato, sin tener que correr hacia la calle con el
temor de llegar tarde a algún lugar. Estaba lejos del aturdimiento y la
confusión de los estudios en un silencio que no era roto por músicas mecánicas
ni voces agigantadas. Nada me apuraba y, por lo mismo, me sentía el objeto de
una vaga amenaza.
En este cuarto desertado por la persona de perfumes
todavía presentes, me hallaba como desconcertado por la posibilidad de dialogar
conmigo mismo.
Me sorprendía hablándome a media voz. Nuevamente
acostado, mirando al cielo raso, me representaba los últimos años
transcurridos, y los veía correr de otoños a pascuas, de cierzos a asfaltos
blandos, sin tener el tiempo de vivirlos —sabiendo, de pronto, por los
ofrecimientos de un restaurante nocturno, del regreso de los patos salvajes, el
fin de la veda de ostras, o la reaparición de las castañas—. A veces, también,
debíase mi información sobre el paso de las estaciones a las campanas de papel
rojo que se abrían en las vitrinas de las tiendas, o a la llegada de camiones
cargados de pinos cuyo perfume dejaba la calle como transfigurada durante unos
segundos.
Había grandes lagunas de semanas y semanas en la
crónica de mi propio existir; temporadas que no me dejaban un recuerdo válido,
la huella de una sensación excepcional, una emoción duradera; días en que todo
gesto me producía la obsesionante impresión de haberlo hecho antes en
circunstancias idénticas —de haberme sentado en el mismo rincón, de haber
contado la misma historia, mirando al velero preso en el cristal de un
pisapapel. Cuando se festejaba mi cumpleaños en medio de las mismas caras, en
los mismos lugares, con la misma canción repetida en coro, me asaltaba
invariablemente la idea de que esto sólo difería del cumpleaños anterior en la
aparición de una vela más sobre un pastel cuyo sabor era idéntico al de la vez
pasada. Subiendo y bajando la cuesta de los días, con la misma piedra en el
hombro, me sostenía por obra de un impulso adquirido a fuerza de paroxismos
—impulso que cedería tarde o temprano, en una fecha que acaso figuraba en el
calendario del año en curso—. Pero evadirse de esto, en el mundo que me hubiera
tocado en suerte, era tan imposible como tratar de revivir, en estos tiempos,
ciertas gestas de heroísmo o de santidad. Habíamos caído en la era del Hombre-
Avispa, del Hombre-Ninguno, en que las almas no se vendían al Diablo, sino al
Contable o al Cómitre.
Por entender que era vano rebelarse, luego de un
desarraigo que me hiciera vivir dos adolescencias —la que quedaba del otro lado
del mar y la que aquí se había cerrado— no veía dónde hallar alguna libertad
fuera del desorden de mis noches, en que todo era buen pretexto para entregarme
a los más reiterados excesos. Mi alma diurna estaba vendida al Contable
—pensaba en burla de mí mismo—; pero el Contable ignoraba que, de noche, yo
emprendía raros viajes por los meandros de una ciudad invisible para él, ciudad
dentro de la ciudad, con moradas para olvidar el día, como el Venusberg y
la Casa de las Constelaciones, cuando un vicioso antojo, encendido por el
licor, no me llevaba a los apartamientos secretos, donde se pierde el apellido
al entrar. Atado a mi técnica entre relojes, cronógrafos, metrónomos, dentro de
salas sin ventanas revestidas de fieltros y materias aislantes, siempre en
lugar artificial, buscaba, por instinto, al hallarme cada tarde en la calle ya
anochecida, los placeres que me hacían olvidar el paso de las horas. Bebía y me
holgaba de espaldas a los relojes, hasta que lo bebido y lo holgado me
derribara al pie de un despertador, con un sueño que yo trataba de esperar
poniendo sobre mis ojos un antifaz negro que debía darme, dormido, un aire de
Fantomas al descanso...
La chusca imagen me puso de buen humor. Apuré un gran
vaso de jerez, resuelto a aturdir al que demasiado reflexionaba dentro de mi
cráneo, y habiendo despertado los calores del alcohol de la víspera con el vino
presente, me asomé a la ventana del cuarto de Ruth, cuyos perfumes comenzaban a
retroceder ante un persistente olor de acetona. Tras de las grisallas
entrevistas al despertar, había llegado el verano, escoltado por sirenas de
barco que se respondían de río a río por encima de los edificios.
Arriba, entre las evanescencias de una bruma tibia,
eran las cumbres de la ciudad: las agujas sin pátina de los templos cristianos,
la cúpula de la iglesia ortodoxa, las grandes clínicas donde oficiaban
Eminencias Blancas, bajo los entablamentos clásicos, demasiado escorados por la
altura, de aquellos arquitectos que, a comienzos del siglo, hubieran perdido el
tino ante una dilatación de la verticalidad. Maciza y silenciosa, la funeraria
de infinitos corredores parecía una réplica en gris —sinagoga y sala de
conciertos por el medio— del inmenso hospital de maternidad, cuya fachada,
huérfana de todo ornamento, tenía una hilera de ventanas todas iguales, que yo
solía contar los domingos, desde la cama de mi esposa, cuando los temas de
conversación escaseaban.
Del asfalto de las calles se alzaba un bochorno
azuloso de gasolina, atravesado por vahos químicos, que demoraba en patios
olientes a desperdicios, donde algún perro jadeante remedaba estiramientos de
conejo desollado para hallar vetas de frescor en la tibieza del piso. El
carillón martilleaba un Avemaria.
Tuve la insólita curiosidad de saber qué santo
honrábamos en la fecha de hoy: 4 de junio. San Francisco Carraciolo —decía el tomo de edición vaticana donde yo estudiara
antaño los himnos gregorianos —. Absolutamente
desconocido para mí. Busqué el libro de vidas de santos, impreso en Madrid, que
mucho me hubiera leído mi madre, allá, durante las dichosas enfermedades
menores que me libraban del colegio. Nada se decía de Francisco Carraciolo.
Pero fui a dar unas páginas encabezadas por títulos
píos: Recibe Rosa visitas del cielo; Rosa pelea con el diablo; El prodigio
de la imagen que suda.
Y una orla festoneada en que se enredaban palabras
latinas: Sanctae Rosae Limanae, Virginis. Vatronae principalis totius
American Latinae. Y esta letrilla de la santa, apasionadamente elevada al
Esposo:
¡Ay de mí! ¿A mi querido
quién le suspende?
Tarda y es mediodía,
pero no viene.
Un doloroso amargor se hinchó en mi garganta al
evocar, a través del idioma de mi infancia, demasiadas cosas juntas.
Decididamente, estas vacaciones me ablandaban. Tomé lo que quedaba del jerez y
me asomé nuevamente a la ventana. Los niños que jugaban bajo los cuatro abetos
polvorientos del Parque Modelo dejaban a ratos sus castillos de arena gris para
envidiar a los pillos metidos en el agua de una fuente municipal, que nadaban
entre jirones de periódicos y colillas de cigarros. Esto me sugirió la idea de ir
a alguna piscina para hacer ejercicio. No debía quedarme en la casa en compañía
de mí mismo.
Al buscar el traje de baño, que no aparecía en los
armarios, se me ocurrió que fuera más sano tomar un tren y bajarme donde
hubiera bosques, para respirar aire puro. Y ya me encaminaba hacia la estación
del ferrocarril, cuando me detuve ante el Museo donde se inauguraba una gran
exposición de arte abstracto, anunciada por móviles colgados de pértigas, cuyos
hongos, estrellas y lazos de madera, giraban en un aire oliente a barniz. Iba a
subir por la escalinata cuando vi que paraba, muy cerca, el autobús del Planetarium,
cuya visita me pareció muy necesaria, de repente, para sugerir ideas a Mouche
acerca de la nueva decoración de su estudio. Pero como el autobús tardaba
demasiado en salir, acabé por andar tontamente, aturdido por tantas
posibilidades, deteniéndome en la primera esquina para seguir los dibujos que
sobre la acera trazaba, con tizas de colores, un lisiado con muchas medallas
militares en el pecho. Roto el desaforado ritmo de mis días, liberado, por tres
semanas, de la empresa nutricia que me había comprado ya varios años de vida,
no sabía cómo aprovechar el ocio. Estaba como enfermo de súbito descanso,
desorientado en calles conocidas, indeciso ante deseos que no acababan de
serlo.
Tenía ganas de comprar aquella Odisea, o bien
las últimas novelas policíacas, o bien esas Comedias Americanas de Lope
que se ofrecían en la vitrina de Brentano's, para volverme a encontrar con el
idioma que nunca usaba, aunque sólo podía multiplicar en español y sumar con el
«llevo tanto». Pero ahí estaba
también el Prometbeus Unbound, que me apartó prestamente de los libros,
pues su título estaba demasiado ligado al viejo proyecto de una composición
que, luego de un preludio rematado por un gran coral de metales, no había
pasado, en el recitativo inicial de Prometeo, del soberbio grito de rebeldía: «...regard
this Earth — Made multitudinous with thy slaves, whom thou — requitest
for kneeworship, prayer, and praise, — and toil, and hecatombs of broken
heart, — with fear and self-contempt and barren bope». La verdad era que, al tener tiempo para detenerme ante
ellas, al cabo de meses de ignorarlas, las tiendas me hablaban demasiado. Era,
aquí, un mapa de islas rodeadas de galeones y Rosas de los Vientos; más adelante,
un tratado de organografía; más allá, un retrato de Ruth, luciendo diamantes de
prestado, para propaganda de un joyero. El recuerdo de su viaje me produjo una
repentina irritación: era ella, realmente, a la que yo estaba persiguiendo
ahora; la única persona que deseaba tener a mi lado, en esta tarde sofocante y
aneblada, cuyo cielo se ensombrecía tras de la monótona agitación de los
primeros anuncios luminosos. Pero otra vez un texto, un escenario, una
distancia, se interponía entre nuestros cuerpos, que no volvían a encontrar ya,
en la Convivencia del Séptimo Día, la alegría de los acoplamientos primeros.
Era temprano para ir a casa de Mouche. Hastiado de
tener que elegir caminos entre tanta gente que andaba en sentido contrario,
rompiendo papeles plateados o pelando naranjas con los dedos, quise ir hacia
donde había árboles. Y me había librado ya de quienes regresaban de los
estadios mimando deportes en la discusión, cuando unas gotas frías rozaron el
dorso de mis manos. Al cabo de un tiempo cuya medida escapa, ahora, a mis
nociones —por una aparente brevedad de transcurso en un proceso de dilatación y
recurrencia que entonces me hubiera sido insospechable—, recuerdo esas gotas
cayendo sobre mi piel en deleitosos alfilerazos, como si hubiesen sido la
advertencia primera —ininteligible para mí, entonces— del encuentro. Encuentro
trivial, en cierto modo, como son, aparentemente todos los encuentros cuyo
verdadero significado sólo se revelará más tarde, en el tejido de sus
implicaciones...
Debemos buscar el comienzo de todo, de seguro, en la
nube que reventó en lluvia aquella tarde, con tan inesperada violencia que sus
truenos parecían truenos de otra latitud.
Había reventado, pues, la nube en lluvia, cuando
andaba yo detrás de la gran sala de conciertos, en aquella acera larga que no
ofrecía el menor resguardo al transeúnte. Recordé que cierta escalera de hierro
conducía a la entrada de los músicos, y como algunos de los que ahora pasaban
me eran conocidos, no me fue difícil llegar al escenario, donde los miembros de
una coral famosa se estaban agrupando por voces para pasar a las gradas. Un
timbalero interrogaba con las falanges sus parches subidos de tono por el
calor. Sosteniendo el violín con la barbilla, el concertino hacía sonar el la
de un piano, mientras las trompas, los fagotes, los clarinetes, seguían
envueltos en el confuso hervor de escalas, trinos y afinaciones, anteriores a
la ordenación de las notas.
Siempre que yo veía colocarse los instrumentos de una
orquesta sinfónica tras de sus atriles, sentía una aguda expectación del
instante en que el tiempo dejara de acarrear sonidos incoherentes para verse
encuadrado, organizado, sometido a una previa voluntad humana, que hablaba por
los gestos del Medidor de su Transcurso. Este último obedecía, a menudo, a
disposiciones tomadas un siglo, dos siglos antes.
Pero bajo las carátulas de las particellas se
estampaban en signos los mandatos de hombres que aun muertos, yacentes bajo
mausoleos pomposos o de huesos perdidos en el sórdido desorden de la fosa
común, conservaban derechos de propiedad sobre el tiempo, imponiendo lapsos de
atención o de fervor a los hombres del futuro. Ocurría a veces —pensaba yo— que
esos póstumos poderes sufrieran alguna merma o, por el contrario, se acrecieran
en virtud de la mayor demanda de una generación. Así, quien hiciera un balance
de ejecuciones, podría llegar a la evidencia de que, este u otro año, el máximo
usufructuario del tiempo hubiese sido Bach o Wagner, junto al magro haber de
Telemann o Cherubini.
Hacía tres años, por lo menos, que yo no asistía a un
concierto sinfónico; cuando salía de los estudios estaba tan saturado de mala
música o de buena música usada con fines detestables, que me resultaba absurda
la idea de sumirme en un tiempo hecho casi objeto por el sometimiento a
encuadres de fuga, o de forma sonata. Por lo mismo, hallaba el placer de lo
inhabitual al verme traído, casi por sorpresa, al rincón oscuro de las cajas de
los contrabajos, desde donde podía observar lo que en el escenario ocurría en
esta tarde de lluvia cuyos truenos, aplacados, parecían rodar sobre los charcos
de la calle cercana. Y tras del silencio roto por un gesto, fue una leve quinta
de trompas, aleteada en tresillos por los segundos violines y violoncellos,
sobre la cual pintáronse dos notas en descenso, como caídas de los arcos
primeros y de las violas, con un desgano que pronto se hizo angustia, apremio
de huida, ante la tremenda acometida de una fuerza de súbito desatada...
Me levanté con disgusto. Cuando mejor dispuesto me
encontraba para escuchar alguna música, luego de tanto ignorarla, tenía que
brotar esto que ahora se hinchaba en crescendo a mis espaldas. Debí suponerlo, al ver entrar a los coristas al
escenario.
Pero también podía haberse tratado de un oratorio
clásico. Porque de saber que era la Novena Sinfonía lo que presentaban
los atriles, hubiera seguido de largo bajo el turbión. Si no toleraba ciertas
músicas unidas al recuerdo de enfermedades de infancia, menos podía soportar el
Freunde, Schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium! que había esquivado,
desde entonces, como quien aparta los ojos, durante años, de ciertos
objetos evocadores de una muerte.
Además, como muchos hombres de mi generación,
aborrecía cuanto tuviera un aire «sublime». La Oda de Schiller me era
tan opuesta como la Cena de Montsalvat y la Elevación del Graal... Ahora me veo
en la calle nuevamente, en busca de un bar. Si tuviera que andar mucho para
alcanzar una copa de licor, me vería invadido muy pronto por el estado de depresión
que he conocido algunas veces, y me hace sentirme como preso en un ámbito sin
salida, exasperado de no poder cambiar nada en mi existencia, regida siempre por
voluntades ajenas, que apenas si me dejan la libertad, cada mañana, de elegir
la carne o el cereal que prefiero para mi desayuno. Echo a correr porque la
lluvia arrecia. Al doblar la esquina doy de cabeza en un paraguas abierto: el
viento lo arranca de las manos de su dueño y queda triturado bajo las ruedas de
un auto, de tan cómica manera que largo una carcajada. Y cuando creo que me
responderá el insulto, una voz cordial me llama por mi nombre: «Te buscaba
—dice—, pero había perdido tus señas.» Y el Curador, a quien yo no veía desde
hacía más de dos años, me dice que tiene un regalo para mí —un extraordinario
regalo— en aquella vieja casa de comienzos de siglo, con los cristales muy
sucios, cuya platabanda de grava se intercala en este barrio como un anacronismo.
Los resortes de la butaca, disparejamente vencidos, se
incrustan ahora en mi carne con rigores de cilicio, imponiéndome una compostura
de actitud que no me es habitual. Me veo con la tiesura de un niño llevado a
visitas en la luna del conocido espejo que encuadra un espejo marco rococó,
cerrado por el escudo de los Estherhazy. Renegando de su asma, apagando un
cigarrillo de tabaco que lo asfixia para encender uno de estramonio que le hace
toser, el Curador del Museo Organográfico anda a pasos cortos por la pequeña
estancia atestada de címbalos y panderos asiáticos, preparando las tazas de un
té que, por suerte, será acompañado de ron martiniqueño.
Entre dos estantes cuelga una quena incaica; sobre la
mesa de trabajo, esperando la redacción de una ficha, yace un sacabuche de la
Conquista de México, preciosísimo instrumento, cuyo pabellón es una cabeza de
tarasca ornada de escamas plateadas y ojos de esmalte, con fauces abiertas que
alargan hacia mí una doble dentadura de cobre. «Fue de Juan de San Pedro,
trompeta de cámara de Carlos V y jinete famoso de Hernán Cortés», me explica el
Curador, mientras comprueba el punto de la infusión.
Luego vierte el licor en las copas con la previa
advertencia —cómica si se piensa en quien la escucha— de que un poco de
alcohol, de cuando en cuando, es cosa que el organismo agradece por atavismo,
ya que el hombre, en todas las épocas y latitudes, se las arregló siempre para
inventar bebidas que le procuraran alguna embriaguez. Como resulta que mi
regalo no se hallaba aquí, en este piso, sino donde fue a buscarlo una
sirvienta sorda que camina despacio, miro mi reloj para fingir una repentina
alarma ante el recuerdo de una cita ineludible. Pero mi reloj, al que no he
dado cuerda anoche —me percato de ello ahora— para acostumbrarme mejor a la
realidad del comienzo de mis vacaciones, se ha parado a las tres y veinte.
Pregunto por la hora, con tono urgido, pero me responden que no importa; que la
lluvia ha oscurecido prematuramente esta tarde de junio, que es de las más
largas del año. Llevándome de una Pangelingua de los monjes de St. Gall
a la edición príncipe de un Libro de Cifra para tañer la vihuela, pasando,
acaso, por una rara impresión del Oktoechos de San Juan Damasceno, trata
el Curador de burlar mi impaciencia, hostigada por el enojo de haberme dejado
atraer a este piso donde nada tengo que hacer ya, entre tantas guimbardas,
rabeles, dulzainas, clavijas sueltas, mástiles entablillados, organitos con los
fuelles rotos que veo, revueltos, en los rincones oscuros. Ya voy a decir con
tono tajante, que vendré otro día por el regalo, cuando regresa la sirvienta,
quitándose los chanclos de goma. Lo que trae para mí es un disco a medio
grabar, sin etiqueta, que el Curador coloca en un gramófono, eligiendo con
cuidado una aguja de punta muelle. Al menos —pienso yo —el engorro será breve:
unos dos minutos, a juzgar por el ancho de la zona de espiras. Me vuelvo para
llenar mi copa cuando suena a mis espaldas el gorjeo de un ave.
Sorprendido, miro al anciano que sonríe con aire
suavemente paternal, como si acabara de hacerme un presente inestimable. Voy a
preguntarle, pero él reclama mi silencio con un gesto del índice hacia la placa
que gira. Algo distinto va a escucharse ahora, sin duda. Pero no. Ya andamos
por la mitad de lo grabado y sigue ese gorjeo monótono, cortado por breves
silencios, que parecen de una duración siempre idéntica. No es siquiera el
canto de un pájaro muy musical, pues ignora el trino, el portamento, y sólo produce
tres notas, siempre las mismas, con un timbre que tiene la sonoridad de un
alfabeto Morse sonando en la cabina de un telegrafista. Casi va terminando el
disco y no acabo de comprender dónde está el regalo tan pregonado por quien
fuera un tiempo mi maestro ni me imagino qué tengo yo que ver con un documento
interesante, a lo sumo, para un ornitólogo. Termina la audición absurda y el
Curador transfigurado por un inexplicable júbilo, me pregunta: «¿Te das cuenta?
¿Te das cuenta?» Y me explica que el gorjeo no es de pájaro, sino de un
instrumento de barro cocido con que los indios más primitivos del continente
imitan el canto de un pájaro antes de ir a cazarlo, en rito posesional de su
voz, para que la caza les sea propicia. «Es la primera comprobación de su
teoría», me dice el anciano, abrazándoseme casi con un acceso de tos.
Y por lo mismo que ahora comprendo demasiado lo que
quiere decirme, ante el disco que suena nuevamente me invade una creciente
irritación que dos copas, apuradas de prisa, vienen a enconar. El pájaro que no
es pájaro, con su canto que no es canto, sino mágico remedo, halla una
intolerable resonancia en mi pecho, recordándome los trabajos realizados por mí
hace tanto tiempo —no me asustaban los años, sino la inútil rapidez de su
transcurso— acerca de los orígenes de la música y la organografía primitiva.
Eran los días en que la guerra había interrumpido la composición de mi
ambiciosa cantata sobre el Prometheus Unbound. A mi regreso me sentía
tan distinto, que el preludio terminado y los guiones de la escena inicial
habían quedado empaquetados dentro de un armario, mientras me dejaba derivar
hacia las técnicas y sucedáneos del cine y de la radio. En el engañoso ardor
que ponía en defender esas artes del siglo, afirmando que abrían infinitas
perspectivas a los compositores, buscaba probablemente un alivio al complejo de
culpabilidad ante la obra abandonada y una justificación a mi ingreso en una
empresa comercial, luego de que Ruth y yo hubiéramos destrozado, con nuestra
fuga, la existencia de un hombre excelente. Cuando agotamos los tiempos de la
anarquía amorosa me convencí muy pronto de que la vocación de mi mujer era
incompatible con el tipo de convivencia que yo anhelaba. Por ello había tratado
de hacerme menos ingratas sus ausencias en funciones y temporadas, orientándome
hacia una tarea que pudiera llevarse a cabo los domingos y días de asueto, sin
la continuidad de propósitos exigida por la creación. Así me había orientado
hacia la casa del Curador, cuyo Museo Organográfico era orgullo de una
venerable universidad.
Bajo este mismo techo había trabado yo conocimiento
con los percutores elementales, troncos ahuecados, litófonos, quijadas de
bestias, zumbadores y tobilleras, que el hombre hiciera sonar en los largos
primeros días de su salida a un planeta todavía erizado de osamentas
gigantescas, al emprender un camino que lo conduciría a la Misa del Papa
Marcelo y El Arte de la Fuga. Impelido por esa forma peculiar de la
pereza que consiste en darse con briosa energía a tareas que no son
precisamente las que debieran ocuparnos, me apasioné por los métodos de
clasificación y el estudio morfológico de esas obras de la madera, del barro
cocido, del cobre de calderería, de la caña hueca, de la tripa y de la piel de
chivo, madres de modos de producir sonidos que perduran, con milenaria
vigencia, bajo el prodigioso barniz de los factores de Cremona o en el suntuoso
caramillo teológico del órgano. Inconforme con las ideas generalmente
sustentadas acerca del origen de la música, yo había empezado a elaborar una
ingeniosa teoría que explicaba el nacimiento de la expresión rítmica primordial
por el afán de remedar el paso de los animales o el canto de las aves. Si
teníamos en cuenta que las primeras representaciones de renos y de bisontes,
pintados en las paredes de las cavernas, se debían a un mágico ardid de caza
—el hacerse dueño de la presa por la previa posesión de su imagen—, no andaba
muy desacertado en mi creencia de que los ritmos elementales fueran los del
trote, el galope, el salto, el gorjeo y el trino, buscados por la mano sobre un
cuerpo resonante, o por el aliento, en la oquedad de los juncos.
Ahora me sentía casi colérico frente al disco que
giraba al pensar que mi ingeniosa —y tal vez cierta — teoría se relegaba, como
tantas otras cosas, a un desván de sueños que la época, con sus cotidianas
tiranías, no me permitía realizar. De pronto, un gesto levanta el diafragma del
surco. Deja de cantar el ave de barro. Y se produce lo que yo más temía: el
Curador, acorralándome afectuosamente en un rincón, me pregunta por el estado
de mis trabajos, advirtiéndome que dispone de mucho tiempo para escucharme y
discutir. Quiere saber de mis búsquedas, conocer mis nuevos métodos de
investigación, examinar mis conclusiones acerca del origen de la música —tal
como pensé buscarlo alguna vez, a base de mi ingenios? teoría del mimetismo-mágico-rítmico
—. Ante la imposibilidad de escapar, empiezo a mentirle, inventando
escollos que hubieran diferido la elaboración de mi obra. Pero, por falta de
hábito en su uso, es evidente que cometo risibles errores en el manejo de los
términos técnicos, enredo las clasificaciones, no doy con los datos esenciales
que, sin embargo, tenía por muy sabidos. Trato de apoyarme en bibliografías,
para enterarme —por irónica rectificación de quien me escucha— de que ya están
desechadas por los especialistas. Y cuando me voy a asir de la supuesta
necesidad de reunir ciertos cantos de primitivos recién grabados por
exploradores, me parece que mi voz me es devuelta con tales resonancias de
mentira por el cobre de los gongs, que me varo sin remedio, en la mitad de una
frase, sobre el olvido inexcusable de una desinencia organológica. El espejo me
muestra la cara lamentable, de tramposo agarrado con naipes marcados en las
mangas, que es mi cara en este segundo. Tan feo me encuentro que, de súbito, mi
vergüenza se vuelve ira, e increpo al Curador con un estallido de palabras
gruesas, preguntándole si cree posible que muchos puedan vivir, en este tiempo,
del estudio de los instrumentos primitivos. El sabía cómo yo había sido
desarraigado en la adolescencia, encandilado por falsas nociones, llevado al estudio
de un arte que sólo alimentaba a los peores mercaderes del Tin-Pan-Alley,
zarandeado luego a través de un mundo en ruinas, durante meses, como intérprete
militar, antes de ser arrojado nuevamente al asfalto de una ciudad donde la
miseria era más dura de afrontar que en cualquier otra parte. ¡Ah! Por haberlo
vivido, yo conocía el terrible tránsito de los que lavan la camisa única en la
noche, cruzan la nieve con las suelas agujereadas, fuman colillas de colillas y
cocinan en armarios, acabando por verse tan obsesionados por el hambre, que la
inteligencia se les queda en la sola idea de comer. Tan estéril solución era
aquélla como la de vender, de sol a sol, las mejores horas de la existencia. «Además —gritaba yo ahora—, ¡estoy vacío! ¡Vacío! ¡Vacío!»... Impasible, distante, el Curador me
mira con sorprendente frialdad, como si esta crisis repentina fuese para él una
cosa esperada. Entonces vuelvo a hablar, pero con voz sorda, en ritmo
atropellado, como sostenido por una exaltación sombría. Y así como el pecador
vuelca ante el confesionario el saco negro de sus iniquidades y concupiscencias
—llevado por una suerte de euforia de hablar mal de sí mismo que alcanza el
anhelo de execración—, pinto a mi maestro con los más sucios colores, con los
más feos betunes, la inutilidad de mi vida, su aturdimiento durante el día, su
inconsciencia durante la noche. A tal punto me hunden mis palabras, como dichas
por otro, por un juez que yo llevara dentro sin saberlo y se valiera de mis
propios medios físicos para expresarse, que me aterro, al oírme, de lo difícil
que es volver a ser hombre cuando se ha dejado de ser hombre. Entre el Yo
presente y el Yo que hubiera aspirado a ser algún día se ahondaba en tinieblas
el foso de los años perdidos. Parecía ahora que yo estuviera callado y el juez
siguiera hablando por mi boca. En un solo cuerpo convivíamos, él y yo,
sostenidos por una arquitectura oculta que era ya, en vida nuestra, en carne
nuestra, presencia de nuestra muerte. En el ser que se inscribía dentro del
marco barroco del espejo actuaban en este momento el Libertino y el Predicador,
que son los personajes primeros de toda alegoría edificante, de toda moralidad
ejemplar. Por huir del cristal, mis ojos fueron hacia la biblioteca.
Pero allí, en el rincón de los músicos renacentistas,
se estampaba el lomo de becerro, junto a los volúmenes de Salmos de la
Penitencia, el título como puesto adrede, de la Representazione di anima
e di corpa. Hubo algo como un caer de telón, un apagarse de luces, cuando
volvió un silencio que el Curador dejó alargarse en amargura. De pronto esbozó
un gesto raro que me hizo pensar en un imposible poder de absolución. Se
levantó lentamente y tomó el teléfono, llamando al rector de la Universidad en
cuyo edificio se encontraba el Museo Organográfico. Con creciente sorpresa, sin
atreverme a alzar la mirada del piso, oí grandes alabanzas de mí. Se me
presentaba como el colector indicado para conseguir unas piezas que faltaban a
la galería de instrumentos de aborígenes de América —todavía incompleta, a
pesar de ser única ya en el mundo, por su abundancia de documentos—. Sin hacer
hincapié en mi pericia, mi maestro subrayaba el hecho de que mi resistencia
física, probada en una guerra, me permitiría llevar la búsqueda a regiones de
un acceso harto difícil para viejos especialistas. Además, el español había
sido el idioma de mi infancia. Cada razón expuesta debía hacerme crecer en la
imaginación del interlocutor invisible, dándome la estatura de un Von Horbostel
joven. Y con miedo advertí que se confiaba en mí, firmemente, para traer, entre
otros idiófonos singulares, un injerto de tambor y bastón de ritmo que
Schaeffner y Curt Sachs ignoraban, y la famosa jarra con dos embocaduras de
caña, usada por ciertos indios en sus ceremonias funerarias, que el Padre
Servando de Castillejos hubiera descrito, en 1561, en su tratado De
barbarorum Novi Mundi moribus, y no figuraba en ninguna colección
organográfica, aunque la pervivencia del pueblo que la hiciera bramar
ritualmente, según testimonio del fraile, implicaba la continuidad de un hábito
señalado en fechas recientes por exploradores y tratantes. «El Rector nos
espera», dijo mi maestro. De repente, la idea me pareció tan absurda, que tuve
ganas de reír. Quise buscar una salida amable, invocando mi ignorancia
presente, mi alejamiento de todo empeño intelectual.
Afirmé que desconocía los últimos métodos de
clasificación, basados en la evolución morfológica de los instrumentos y no en
la manera de resonar y ser tocados. Pero el Curador parecía tan empeñado en
enviarme a donde en modo alguno quería ir, que apeló a un argumento al que nada
podía oponer razonablemente: la tarea encomendada podía ser llevada a buen
término en el tiempo de mis vacaciones.
Era cuestión de saber si me iba a privar de la
posibilidad de remontar un río portentoso por apego al aserrín de los bares. La
verdad era que no me quedaba una razón válida para rehusar la oferta.
Engañado por un silencio que le pareció aquiescente,
el Curador fue a buscar su abrigo a la habitación contigua, pues la lluvia,
ahora, percutía recio en los cristales. Aproveché la oportunidad para escapar
de la casa. Tenía ganas de beber. Sólo me interesaba, en este momento, llegar a
un bar cercano, cuyas paredes estaban adornadas con fotografías de caballos de
carrera.
Había un papel sobre el piano, en que Mouche me dejaba
dicho que la esperara. Por hacer algo me puse a jugar con las teclas,
combinando acordes sin objeto, con un vaso puesto al borde de la última octava.
Olía a pintura
fresca. Al cabo, de la caja
de resonancia, en la pared del fondo, comenzaban a definirse las esbozadas
figuraciones de la Hidra, el Navio Argos, el Sagitario y la Cabellera de
Berenice, que pronto darían una útil singularidad al estudio de mi amiga.
Después de mucho mofarme de su competencia astrológica, yo había tenido que
inclinarme ante el rendimiento del negocio de horóscopos que ella manejaba por
correspondencia, dueña de su tiempo, otorgando una que otra consulta personal,
como favor ya bastante solicitado, con la más regocijante gravedad. Así, de
Júpiter en Cáncer a Saturno en Libra, Mouche, adoctrinada por curiosos
tratados, sacaba de sus pocilios de aguada, de sus tinteros, unos Mapas de
Destinos que viajaban a remotas localidades del país, con el adorno de signos
del Zodíaco que yo le había ayudado a solemnizar con De Coeleste Fisonomiea,
Prognosticum supercoeleste y otros latines de buen ver. Muy asustados por
su tiempo debían estar los hombres —pensaba yo a veces— para interrogar tanto a
los astrólogos, contemplar con tal aplicación las líneas de sus manos, las
hebras de su escritura, angustiarse ante las borrajas de negro signo, remozando
las más viejas técnicas adivinatorias, a falta de tener modo de leer en las
entrañas de bestias sacrificadas o de observar el vuelo de las aves con el
cayado de los auríspices.
Mi amiga, que mucho creía en las videntes de rostro
velado y se había formado intelectualmente en el gran baratillo surrealista,
encontraba placer, además de provecho, en contemplar el cielo por el espejo de
los libros, barajando los bellos nombres de las constelaciones.
Era su manera actual de hacer poesía, ya que sus
únicos intentos de hacerla con palabras, dejados en una plaquette ilustrada
con fotomontajes de monstruos y estatuas, la habían desengañado —pasada la
sobreestimación primaria debida al olor de la tinta de imprenta— en cuanto a la
originalidad de su inspiración. La había conocido dos años antes, durante una
de las tantas ausencias profesionales de Ruth, y aunque mis noches se iniciaran
o terminaran en su lecho, entre nosotros se decían muy pocas frases de cariño.
Reñíamos, a veces, de tremenda manera, para abrazarnos luego con ira, mientras
las caras, tan cercanas que no podían verse, intercambiaban injurias que la
reconciliación de los cuerpos iba transformando en crudas alabanzas del placer
recibido. Mouche, que era muy comedida y hasta parsimoniosa en el hablar,
adoptaba en esos momentos un idioma de ramera, al que había que responder en
iguales términos para que de esa hez del lenguaje surgiera, más agudo, el
deleite. Me era difícil saber si era amor real lo que a ella me ataba.
A menudo me exasperaba por su dogmático apego a ideas
y actitudes conocidas en las cervecerías de Saint-Germain-des-Prés, cuya
estéril discusión me hacía huir de su casa con el ánimo de no volver. Pero a la
noche siguiente me enternecía con sólo pensar en sus desplantes, y regresaba a
su carne que me era necesaria, pues hallaba en su hondura la exigente y egoísta
animalidad que tenía el poder de modificar el carácter de mi perenne fatiga,
pasándola del plano nervioso al plano físico. Cuando esto se lograba, conocía a
veces el género de sueño tan raro y tan apetecido que me cerraba los ojos al
regreso de un día de campo —esos muy escasos días del año en que el olor de los
árboles, causando una distensión de todo mi ser, me dejaba como atontado.
Hastiado de la espera, ataqué con furia los acordes iniciales de un gran
concierto romántico; pero en eso se abrieron las puertas y el apartamento se
llenó de gente. Mouche, cuya cara estaba sonrosada como cuando había bebido un
poco, llegaba de cenar con el pintor de su estudio, dos de mis asistentes, a
quienes no esperaba ver aquí, la decoradora del piso bajo, que siempre andaba
fisgoneando en torno a las demás mujeres, y la danzarina que preparaba, en
aquellos días, un ballet sobre meros ritmos de palmadas.
«Traemos una sorpresa», anunció mi amiga, riendo. Y
pronto quedó montado el proyector con la copia de la película presentada la
víspera, cuya calurosa aceptación había determinado el comienzo inmediato de
mis vacaciones. Ahora, apagadas las luces, renacían las imágenes ante mis ojos:
la pesca del atún, con el ritmo admirable de las almadrabas y el exasperado
hervor de los peces cercados por barcas negras; las lampreas asomadas a las
oquedades de sus torres de roca; el envolvente desperezo del pulpo; la llegada
de las anguilas y el vasto viñedo cobrizo del Mar de los Sargazos. Y luego,
aquellas naturalezas muertas de caracoles y anzuelos, la selva de corales y la
alucinante batalla de los crustáceos, tan hábilmente agrandada, que las
langostas parecían espantables dragones acorazados. Habíamos trabajado bien.
Volvían a sonar los mejores momentos de la partitura, con sus líquidos arpegios
de celesta, los portamenti fluidos del Martenot, el oleaje de las arpas y el
desenfreno de xilófono, piano y percusión, durante la secuencia del combate.
Aquello había costado tres meses de discusiones, perplejidades, experimentos y
enojos, pero el resultado era sorprendente. El texto mismo, escrito por un
joven poeta, en colaboración con un oceanógrafo, bajo la vigilancia de los
especialistas de nuestra empresa, era digno de figurar en una antología del
género.
Y en cuanto al montaje y la supervisión musical, no
hallaba crítica que hacerme a mí mismo. «Una obra maestra», decía Mouche en la
oscuridad. «Una obra maestra», coreaban los demás. Al encenderse las luces,
todos me congratularon pidiendo que se pasara nuevamente el film. Y
después de la segunda proyección, como llegaban invitados, se me rogó por una
tercera. Pero cada vez que mis ojos, a la vuelta de una nueva revisión de lo
hecho, alcanzaban el «fin» floreado de algas que servía de colofón a aquella
labor ejemplar, me hallaba menos orgulloso de lo hecho. Una verdad envenenaba
mi satisfacción primera: y era que todo aquel encarnizado trabajo, los alardes
de buen gusto, de dominio del oficio, la elección y coordinación de mis
colaboradores y asistentes, habían parido, en fin de cuentas, una película
publicitaria, encargada a la empresa que me empleaba por un Consorcio Pesquero,
trabado en lucha feroz con una red de cooperativas. Un equipo de técnicos y
artistas se había extenuado durante semanas y semanas en salas oscuras para
lograr esa obra del celuloide, cuyo único propósito era atraer la atención de
cierto público de Altas Alacenas sobre los recursos de una actividad industrial
capaz de promover, día tras día, la multiplicación de los peces.
Me pareció oír la voz de mi padre, tal como le sonaba
en los días grises de su viudez, cuando era tan dado a citar las Escrituras:
«Lo torcido no se puede enderezar y lo falto no puede contarse.» Siempre andaba
con esa sentencia en la boca, aplicándola en cualquier oportunidad. Y amarga me
sabía ahora la prosa del Eclesiastés al pensar que el Curador, por ejemplo, se
hubiera encogido de hombros ante ese trabajo mío, considerando, tal vez, que
podía equipararse a trazar letras con humo en el cielo, o a provocar, con un
magistral dibujo, la salivación meridiana de quien contemplara un anuncio de
corruscantes hojaldres. Me consideraría como un cómplice de los afeadores de
paisajes, de los empapeladores de murallas, de los pregoneros del Orvietano.
Pero también —radiaba yo— el Curador era hombre de una generación atosigada por
«lo sublime», que iba a amar a los palcos de Bayreuth, en sombras olientes a
viejos terciopelos rojos... Llegaba gente, cuyas cabezas se atravesaban en la
luz del proyector. «¡Donde evolucionan las técnicas es en la publicidad!»
—gritó a mi lado, como adivinando mi pensamiento, el pintor ruso que había
dejado poco antes el óleo por la cerámica—. «Los mosaicos de Ravenc no eran
sino publicidad», dijo el arquitecto que tanto amaba lo abstracto. Y eran voces
nuevas las que ahora emergían de la sombra: «Toda pintura religiosa es
publicidad.» «Como ciertas cantatas de Bach.» «La Gott der Herr, est Sonn
und Schild parte de un auténtico slogan.» «El cine es trabajo de
equipo; el fresco debe ser hecho por equipos; el arte del futuro será un arte
de equipos.»
Como llegaban otros más, trayenao botellas, las
conversaciones comenzaban a dispersarse. El pintor mostraba una serie de dibujos de lisiados y
desollados que pensaba pasar a sus bandejas y platos, como «planchas anatómicas
con volumen», que simbolizarían el espíritu de la época. «La música verdadera
es una mera especulación sobre frecuencias», decía mi asistente grabador,
arrojando sus dados chinos sobre el piano, para mostrar cómo podía conseguirse
un tema musical por el azar. Y a gritos hablábamos todos cuando un «¡Halt!»
enérgico, arrojado desde la entrada, por una voz de bajo, inmovilizó a cada
cual, como figura de museo de cera, en el gesto esbozado, a la media palabra
pronunciada, en el aliento de devolver una bocanada de humo. Unos estaban
detenidos en el arsis de un paso; otros tenían su copa en el aire a medio
camino entre la mesa y la boca. («Yo
soy yo. Estoy sentado en un
diván. Iba a rascar un fósforo sobre el esmeril de la caja. Los dados de Hugo
me habían recordado el verso de Mallarmé. Pero mis manos iban a encender un
fósforo sin mandato de mi conciencia. Luego, estaba dormido. Dormido como todos
los que me rodean.») Sonó otro mandato del recién llegado, y cada cual concluyó
la frase, el ademán, el paso que hubiera quedado en suspenso. Era uno de los
tantos ejercicios que X. T. H. —nunca lo llamábamos sino por sus iniciales, que
el hábito de pronunciación había transformado en el apellido Extieich—
solía imponernos para «despertarnos», según decía, y ponernos en estado de
conciencia y análisis de nuestros actos presentes, por nimios que éstos fueran.
Invirtiendo, para uso propio, un principio filosófico que nos era común, solía
decir que quien actuaba de «modo automático era esencia sin existencia».
Mouche, por vocación, se había entusiasmado con los aspectos astrológicos
de su enseñanza, cuyos planteamientos eran muy atrayentes, pero luego se
enredaban demasiado, a mi juicio, en místicas orientales, el pitagorismo, los
tantras tibetanos y no sabría decir cuántas cosas más. El caso era que Extieich
había logrado imponernos una serie de prácticas emparentadas con los asamas
yogas, haciéndonos respirar de ciertas maneras, contando el tiempo de las
inspiraciones y espiraciones por «matras». Mouche y sus amigos pretendían
llegar con ello a un mayor dominio de sí mismos y adquirir unos poderes que
siempre me resultaban problemáticos, sobre todo en gente que bebía diariamente
para defenderse contra el desaliento, las congojas del fracaso, el descontento
de sí mismos, el miedo al rechazo de un manuscrito o la dureza, simplemente, de
aquella ciudad del perenne anonimato dentro de la multitud, de la eterna prisa,
donde los ojos sólo se encontraban por casualidad, y la sonrisa, cuando era de
un desconocido, siempre ocultaba una proposición. Extieich procedía ahora a
curar a la bailarina de una súbita jaqueca, por la imposición de las manos.
Aturdido por el entrecruzamiento de conversaciones, que iban del dasein al
boxeo, del marxismo al empeño de Hugo de modificar la sonoridad del piano
poniendo trozos de vidrio, lápices, papeles de seda, tallos de flores, bajo las
cuerdas, salí a la terraza, donde la, lluvia de la tarde había limpiado los
tilos enanos de Mouche del inevitable hollín veraniego de una fábrica cuyas
chimeneas se alzaban en la otra orilla del río. Siempre me había divertido
mucho en esas reuniones con el desaforado tornasol de ideas que, de repente,
pasaban de la Kábala a la Angustia, por el camino de los proyectos del que
pretendía instalar una granja en el Oeste, donde el arte de unos cuantos iba a
ser salvado por la cría de gallinas Leghorn o Rod-Island Red. Siempre
había amado esos saltos de lo trascendental a lo raro, del teatro isabelino a
la Gnosis, del platonismo a la acupuntura.
Tenía el propósito, incluso, de grabar algún día, por
medio de un dispositivo, oculto debajo de un mueble, esas conversaciones, cuya
fijación demostraría cuán vertiginoso es el proceso elíptico del pensamiento y
del lenguaje. En esas gimnasias mentales, en esa alta acrobacia de la cultura,
encontraba yo la justificación, además, de muchos desórdenes morales que, en
otra gente, me hubieran sido odiosos. Pero la elección entre hombres y hombres
no era muy problemática.
Por un lado estaban los mercaderes, los negociantes,
para los cuales trabajaba durante el día, y que sólo sabían gastar lo ganado en
diversiones tan necias, tan exentas de imaginación, que me sentía, por fuerza,
un animal de distinta lana. Por el otro estaban los que aquí se encontraban,
felices por haber dado con algunas botellas de licor, fascinados por los
Poderes que les prometía Extieich, siempre hirvientes de proyectos grandiosos.
En la implacable ordenación de la urbe moderna, cumplían con una forma de
ascetismo, renunciando a los bienes materiales, padeciendo hambre y penurias, a
cambio de un problemático encuentro de sí mismos en la obra realizada. Y sin
embargo, esta noche me cansaban tanto estos hombres como los de cantidad y
beneficio.
Y es que, en el fondo de mí mismo, estaba impresionado
por la escena en la casa del Curador, y no me dejaba engañar por el entusiasmo
que había acogido la película publicitaria que tanto trabajo me hubiera costado
realizar. Las paradojas emitidas acerca de la publicidad y del arte por
equipos, no eran sino maneras de zarandear el pasado, buscando una
justificación a lo poco alcanzado en la propia obra. Tan poco me dejaba
satisfecho, por lo irrisorio de su finalidad, lo recién realizado, que cuando
Mouche se me acercó con el elogio presto, cambié abruptamente la conversación,
contándole mi aventura de la tarde. Con gran sorpresa mía se me abrazó,
clamando que la noticia era formidable, pues corroboraba el vaticinio de
un sueño reciente en que se viera volando junto a grandes aves de plumaje
azafrán, lo que significaba inequívocamente: viaje y éxito, cambio por
traslado. Y sin darme tiempo para enderezar el equívoco, se entregó a los
grandes tópicos del anhelo de evasión, la llamada de lo desconocido, los encuentros
fortuitos, en un tono que algo debía a los Sirgadores Flechados y las
Increíbles Floridas del Barco Ebrio. Pronto la atajé, contándole cómo me
había escapado de la casa del Curador sin aprovechar la oferta. «¡Pero eso es
absolutamente cretino!», exclamó.
«¡Pudiste haber pensado en mí!» Le hice notar que no
disponía del dinero suficiente para pagarle un viaje a regiones tan remotas;
que, por otra parte, la Universidad sólo hubiera sufragado, en todo caso, los
gastos de una sola persona. Después de un silencio desagradable, en que sus
ojos cobraron una fea expresión de despecho, Mouche se echó a reír. «¡Y
teníamos aquí al pintor de la Venus de Cranach!»... Mi amiga me explicó su
repentina ocurrencia: para llegar adonde vivían los pueblos que hacían sonar el
tambor-bastón y la jarra funeraria, era menester que fuéramos, de primer
intento, a la gran ciudad tropical, famosa por la hermosura de sus playas y el
colorido de su vida popular; se trataba simplemente de permanecer allá, con
alguna excursión a las selvas que decían cercanas, dejándonos vivir gratamente
hasta donde alcanzara el dinero.
Nadie estaría presente para saber si yo seguía el
itinerario impuesto a mi labor de colección. Y, para quedar con honra, yo
entregaría a mi regreso unos instrumentos «primitivos» —cabales, científicos,
fidedignos — irreprochablemente ejecutados, de acuerdo con mis bocetos y
medidas, por el pintor amigo, gran aficionado a las artes primitivas, y tan
diabólicamente hábil en trabajos de artesanía, copia y reproducción, que vivía
de falsificar estilos maestros, tallaba vírgenes catalanas del siglo XIV con desdorados,
picadas de insectos y rajaduras, y había logrado su faena máxima con la venta
al Museo de Glasgow de una Venus de Cranach, ejecutada y envejecida por
él en algunas semanas. Tan sucia, tan denigrante me resultó la proposición, que
la rechacé con asco. La Universidad se irguió en mi mente con la majestad de un
templo sobre cuyas columnas blancas me invitaran a arrojar inmundicias. Hablé
largamente, pero Mouche no me escuchaba. Regresó al estudio, donde dio la
noticia de nuestro viaje, que fue recibida con gritos de júbilo. Y ahora, sin
hacerme caso, iba de cuarto en cuarto, en alegre ajetreo, arrastrando maletas,
envolviendo y desenvolviendo ropas, haciendo un recuento de cosas por comprar.
Ante tal desenfado, más hiriente que una burla, salí del apartamento dando un
portazo. Pero la calle me fue particularmente triste, en esta noche de domingo,
ya temerosa de las angustias del lunes, con sus cafés desertados por quienes
pensaban en la hora de mañana y buscaban las llaves de sus puertas a la luz de
focos que ponían coladas de estaño sobre el asfalto llovido. Me detuve indeciso. En mi casa me esperaba el desorden dejado por Ruth en
su partida; la mera huella de su cabeza en la almohada; los olores del teatro.
Y cuando sonara un timbre sería el despertar sin objeto, y el miedo a
encontrarme con un personaje, sacado de mí mismo, que solía esperarme cada año
en el umbral de mis vacaciones.
El personaje lleno de reproches y de razones amargas
que yo había visto aparecer horas antes en el espejo barroco del Curador para
vaciarme de cenizas.
La necesidad de revisar los equipos de sincronización
y de acomodar nuevos locales revestidos de materias aislantes propiciaba, al
comienzo de cada verano, ese encuentro que promovía un cambio de carga, pues
donde arrojaba mi piedra de Sísifo se me montaba el otro en el hombro todavía
desollado, y no sabría decir si, a veces, no llegaba a preferir el peso del
basalto al peso del juez. Una bruma surgida de los muelles cercanos se alzaba
sobre las aceras, difuminando las luces de la calle en irisaciones que atravesaban,
como alfilerazos, las gotas caídas de nubes bajas. Cerrábanse las rejas de los
cines sobre los pisos de largos vestíbulos, espolvoreados de tickets rotos.
Más allá tendría que atravesar la calle desierta, fríamente iluminada, y subir
la acera en cuesta, hacia el Oratorio en sombras, cuya reja rozaría con los
dedos, contando cincuenta y dos barrotes.
Me adosé a un poste, pensando en el vacío de tres
semanas hueras, demasiado breves para emprender algo, y que serían amargadas,
mientras más corrieran las fechas, por el sentimiento de la posibilidad
desdeñada.
Yo no había dado un paso hacia la misión propuesta.
Todo me había venido al encuentro, y yo no era responsable de una exagerada
valoración de mis capacidades. El Curador, en fin de cuentas, nada
desembolsaría, y en lo que miraba la Universidad, difícil sería que sus
eruditos, envejecidos entre libros, sin contacto directo con los artesanos de
la selva, se percataran del engaño. Al fin y al cabo, los instrumentos
descritos por Fray Servando de Castillejos no eran obras de arte, sino objetos
debidos a una técnica primitiva, todavía presente. Si los museos tesoraban más
de un Stradivarius sospechoso, bien poco delito habría, en suma, en falsificar
un tambor de salvajes. Los instrumentos pedidos podían ser de una factura
antigua o actual... «Este viaje estaba escrito en la pared», me dijo Mouche, al
verme regresar, señalando las figuras del Sagitario, el Navio Argos y la
Cabellera de Berenice, más dibujados en sus trazos ocre, ahora que habían
atenuado la luz.
Por la mañana, mientras mi amiga corría con los
trámites consulares, fui a la Universidad, donde el Curador, levantado desde
muy temprano, trabajaba en la reparación de una viola de amor, en compañía de
un luthier de delantal azul. Me vio llegar sin sorpresa, mirándome por
encima de sus gafas. «¡Enhorabuena!
», dijo, sin que yo supiera a ciencia cierta si quería
felicitarme por mi decisión, o adivinaba que si en aquel momento podía hilar
dos ideas era gracias a una droga que Mouche me había administrado al
despertar. Pronto fui llevado al despacho del Rector, que me hizo firmar un
contrato, dándome el dinero de mi viaje junto a un pliego donde se detallaban
los puntos principales de la tarea confiada.
Algo aturdido por la rapidez del arreglo, sin tener
todavía una idea muy clara de lo que me esperaba, me vi después en una larga
sala desierta donde el Curador me suplicó que lo aguardara un momento, mientras
iba a la Biblioteca, para saludar al Decano de la Facultad de Filosofía, recién
llegado del Congreso de Amsterdam. Observé con agrado que aquella galería era
un museo de reproducciones fotográficas y de vaciados en yeso, destinado a los
estudiantes de Historia del Arte. De súbito, la universalidad de ciertas
imágenes, una Ninfa impresionista, una familia de Manet, la misteriosa mirada
de Madame Riviere, me llevó a los días ya lejanos en que había tratado de
aliviar una congoja de viajero decepcionado, de peregrino frustrado por la
profanación de Santos Lugares, en el mundo —casi sin ventanas— de los museos.
Eran los meses en que visitaba las tiendas de artesanos, los palcos de ópera,
los jardines y cementerios de las estampas románticas, antes de asistir con
Goya a los combates del Dos de Mayo, o de seguirlo en el Entierro de la
Sardina, cuyas máscaras inquietantes más tenían de penitentes borrachos, de
mengues de auto sacramental, que de disfraces de jolgorio. Luego de un descanso
entre los labriegos de Le Nain, iba a caer en pleno Renacimiento, gracias a
algún retrato de condottiero, de los que cabalgan caballos más mármol que
carne, entre columnas afestivadas de banderolas.
Agradábame a veces convivir con los burgueses
medievales, que tan abundosamente tragaban su vino de especies, se hacían
pintar con la Virgen donada —para constancia de la donación—, trinchaban
lechones de tetas chamuscadas, echaban sus gallos flamencos a pelear, y metían
la mano en el escote de ribaldas de ceroso semblante que, más que lascivas,
parecían alegres mozas de tarde de domingo, puestas en venia de pecar
nuevamente por la absolución de un confesor. Una hebilla de hierro, una bárbara
corona erizada de púas martilladas, que llevaban, luego a la Europa merovingia,
de selvas profundas, tierras sin caminos, migraciones de ratas, fieras famosas
por haber llegado espumajeantes de rabia, en día de feria, hasta la Plaza Mayor
de una ciudad. Luego, eran las piedras de Micenas, las galas sepulcrales, las
alfarerías pesadas de una Grecia tosca y aventurera, anterior a sus propios
clasicismos, toda oliente a reses asadas a la llama, a cardadas y boñigas, a
sudor de garañones en celo. Y así, de peldaño en peldaño, llegaba a las
vitrinas de los rascadores, hachas, cuchillos de sílex, en cuya orilla me
detenía, fascinado por la noche del magdaleniense, solutrense, prechelense,
sintiéndome llegado a los confines del hombre, a aquel límite de lo posible que
podía haber sido, según ciertos cosmógrafos primitivos, el borde de la tierra
plana, allí donde asomándose la cabeza al vértigo sideral del infinito, debía
verse el cielo también abajo... El Cronos de Goya me devolvió a
la época, por el camino de vastas cocinas ennoblecidas de bodegones. Encendía
su pipa el síndico con una brasa, escaldaba la fámula una liebre en el hervor
de un gran caldero, y por una ventana abierta, veíase el departir de las
hilanderas en el silencio del patio sombreado por un olmo. Ante las conocidas
imágenes me preguntaba si, en épocas pasadas, los hombres añorarían las épocas
pasadas, como yo, en esta mañana de estío, añoraba —como por haberlos conocido
— ciertos modos de vivir que el hombre había perdido para siempre.
Ha! I scent life!.
SHELLEY
(Miércoles, 7 de junio)
Desde hacía algunos minutos, nuestros oídos nos
advertían que estábamos descendiendo. De pronto las nubes quedaron arriba, y el
volar del avión se hizo vacilante, como desconfiado de un aire inestable que lo
soltaba inesperadamente, lo recogía, dejaba un ala sin apoyo, lo entregaba
luego al ritmo de olas invisibles. A la derecha se alzaba una cordillera de un
verde de musgo, difuminada por la lluvia. Allá, en pleno sol, estaba la ciudad.
El periodista que se había instalado a mi lado —pues Mouche dormía en toda la
anchura del asiento de atrás—, me hablaba con una mezcla de sorna y cariño de
aquella capital dispersa, sin estilo, anárquica en su topografía, cuyas
primeras calles se dibujaban ya debajo de nosotros.
Para seguir creciendo a lo largo del mar, sobre una
angosta faja de arena delimitada por los cerros que servían de asiento a las
fortificaciones construidas por orden de Felipe II, la población había tenido
que librar una guerra de siglos a las marismas, la fiebre amarilla, los
insectos y la inconmovilidad de peñones de roca negra que se alzaban, aquí y
allá, inescalables, solitarios, pulidos, con algo de tiro de aerolito salido de
una mano celestial. Esas moles inútiles, paradas entre los edificios, las torres
de las iglesias modernas, las antenas, los campanarios antiguos, los cimborrios
de comienzo del siglo, falseaban las realidades de la escala, estableciendo
otra nueva, que no era la del hombre, como si fueran edificaciones destinadas a
un uso desconocido, obra de una civilización inimaginable, abismada en noches
remotas. Durante centenares de años se había luchado contra raíces que
levantaban los pisos y resquebrajaban las murallas; pero cuando un rico
propietario se iba por unos meses a París, dejando la custodia de su residencia
a servidumbres indolentes, las raíces aprovechaban el descuido de canciones y
siestas para arquear el lomo en todas partes, acabando en veinte días con la
mejor voluntad funcional de Le Corbusier. Habían arrojado las palmeras de los
suburbios trazados por eminentes urbanistas, pero las palmeras resurgían en los
patios de las casas coloniales, dando un columnal empaque de guardarrayas a las
avenidas más céntricas —las primeras que trazaran, a punta de espada, en el
sitio más apropiado, los fundadores de la primitiva villa—. Dominando el
hormigueo de las calles de Bolsas y periódicos, por sobre los mármoles de los
Bancos, la riqueza de las Lonjas, la blancura de los edificios públicos, se
alzaba bajo un sol en perenne canícula el mundo de las balanzas, caduceos,
cruces, genios alados, banderas, trompetas de la Fama, ruedas dentadas,
martillos y victorias, con que se proclamaban, en bronce y piedra, la
abundancia y prosperidad de la urbe ejemplarmente legislada en sus textos. Pero
cuando llegaban las lluvias de abril nunca eran suficientes los desagües, y se
inundaban las plazas céntricas con tal desconcierto del tránsito, que los
vehículos conducidos a barrios desconocidos, derribaban estatuas, se
extraviaban en callejones ciegos, estrellándose, a veces, en barrancas que no
se mostraban a los forasteros ni a los visitantes ilustres, porque estaban
habitadas por gente que se pasaba la vida a medio vestir, templando el
guitarrico, aporreando el tambor y bebiendo ron en jarros de hojalata. La luz
eléctrica penetraba en todas partes y la mecánica trepidaba bajo el techo de
los goterones.
Aquí las técnicas eran asimiladas con sorprendente
facilidad, aceptándose como rutina cotidiana ciertos métodos que eran
cautelosamente experimentados, todavía, por los pueblos de vieja historia. El
progreso se reflejaba en la lisura de los céspedes, en el fausto de las
embajadas, en la multiplicación de los panes y de los vinos, en el contento de
los mercaderes, cuyos decanos habían alcanzado a conocer el terrible tiempo de
los anofeles. Sin embargo, había algo como un polen maligno en el aire —polen duende,
carcoma impalpable, moho volante— que se,ponía a actuar, de pronto, con
misteriosos designios, para abrir lo cerrado y cerrar lo abierto, embrollar los
cálculos, trastocar el peso de los objetos, malear lo garantizado. Una mañana,
las ampolletas de suero de un hospital amanecían llenas de hongos; los aparatos
de precisión se desajustaban; ciertos licores empezaban a burbujear dentro de
las botellas; el Rubens del Museo Nacional era mordido por un parásito
desconocido que desafiaba los ácidos; la gente se lanzaba a las ventanillas de
un banco en que nada había ocurrido; llevada al pánico por los decires de una
negra vieja que la policía buscaba en vano. Cuando esas cosas ocurrían, una
sola explicación era aceptada por buena entre los que estaban en los secretos
de la ciudad: «¡Es el Gusano!» Nadie
había visto al Gusano. Pero el Gusano
existía, entregado a sus artes de confusión, surgiendo donde menos se le
esperaba, para desconcertar la más probada experiencia. Por lo demás, las
lluvias de rayos en tormenta seca eran frecuentes y, cada diez años, centenares
de casas eran derribadas por un ciclón que iniciaba su danza circular en algún
lugar del Océano. Como ya volábamos muy bajo, enfilando la pista de aterrizaje,
pregunté a mi compañero por aquella casa tan vasta y amable, toda rodeada de
jardines en terrazas, cuyas estatuas y surtidores descendían hasta la orilla
del mar. Supe que allí vivía el nuevo Presidente de la República, y que, por
muy pocos días, me había faltado de asistir a los festejos populares, con
desfiles de moros y romanos, que acompañaran su solemne investidura. Pero ya
desaparece la hermosa residencia bajo el ala izquierda del avión. Y es luego el
placentero regreso a la tierra, el rodar en firme, y la salida de los sordos a
la oficina de los cuños, donde se responde a las preguntas con cara de
culpable. Aturdido por un aire distinto, esperando a los que, sin darse prisa,
habrán de examinar el contenido de nuestras maletas, pienso que aún no me he
acostumbrado a la idea de hallarme tan lejos de mis caminos acostumbrados.
Y a la vez hay como una luz recobrada, un olor a
espartillo caliente, a un agua de mar que el cielo parece calar en profundidad,
llegando a lo más hondo de sus verdes —y también cierto cambio de la brisa que
trae el hedor de crustáceos podridos en algún socavón de la costa. Al amanecer,
cuando volábamos entre nubes sucias, estaba arrepentido de haber emprendido el
viaje; tenía deseos de aprovechar la primera escala para regresar cuanto antes
y devolver el dinero a la Universidad. Me sentía preso, secuestrado, cómplice
de algo execrable, en este encierro del avión, con el ritmo en tres tiempos,
oscilante, de la envergadura empeñada en lucha contra el viento adverso que
arrojaba, a veces, una tenue lluvia sobre el aluminio de las alas. Pero ahora,
una rara voluptuosidad adormece mis escrúpulos.
Y una fuerza me penetra lentamente por los oídos, por
los poros: el idioma. He aquí, pues, el idioma que hablé en mi infancia; el
idioma en que aprendí a leer y a solfear; el idioma enmohecido en mi mente por
el poco uso, dejado de lado como herramienta inútil, en país donde de poco
pudiera servirme. Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora. Estos
Fabio...
Me vuelve a la mente, tras de largo olvido, ese verso
dado como ejemplo de interjección en una pequeña gramática que debe estar
guardada en alguna parte con un retrato de mi madre y un mechón de pelo rubio
que me cortaron cuando tenía seis años, Y es el idioma de ese verso el que
ahora se estampa en los letreros de los comercios que veo por los ventanales de
la sala de espera; ríe y se deforma en la jerga de los maleteros negros; se
hace caricatura de un ¿Biva el Precidente!, cuyas faltas de ortografía
señalo a Mouche, con orgullo de quien, a partir de este instante, será su guía
e intérprete en la ciudad desconocida. Esta repentina sensación de superioridad
sobre ella vence mis últimos escrúpulos. No me pesa haber venido. Y pienso en una posibilidad que hasta ahora no había
imaginado: en algún lugar de la ciudad deben estar en venta los instrumentos
cuya colección me fue encomendada. Sería increíble que alguien —un vendedor de
objetos curiosos, un explorador cansado de andanzas— no hubiese pensado en
sacar provecho de cosas tan estimadas por los forasteros.
Yo sabría encontrar a ese alguien, y entonces
acallaría al aguafiestas que dentro de mí llevaba.
Tan buena me pareció la idea que, cuando ya rodábamos
hacia el hotel por calles de barrios populares, hice que nos detuviéramos ante
un rastro que tal vez fuera ya la providencia esperada. Era una casa de rejas
muy enrevesadas, con gatos viejos en todas las ventanas, en cuyos balcones
dormitaban unos loros plumiparados, como polvorientos, que parecían una
vegetación musgosa nacida de la verdosa fachada. Nada sabía el
baratillero-anticuario de los instrumentos que me interesaban, y, por llamar mi
atención sobre otros objetos, me mostró una gran caja de música en que unas
mariposas doradas, montadas en martinetes, tocaban valses y redowas en una
especie de salterio. Sobre mesas cubiertas de vasos sostenidos por manos de
cornalina había retratos de monjas profesas coronadas de flores. Una Santa de
Lima, saliendo del cáliz de una rosa en el alborotoso revuelo de querubines,
compartía una pared con escenas de tauromaquia. Mouche se antojó de un
hipocampo hallado entre camafeos y dijes de coral, aunque le hice observar que
podría encontrarlos iguales en cualquier parte.
«¡Es el hipocampo negro de Rimbaud!», me respondió,
pagando el precio de aquella polvorienta y literaria cosa. Yo hubiera querido
comprar un rosario afiligranado, de hechura colonial, que estaba en una
vitrina; pero me resultó demasiado costoso, porque la cruz se adornaba de
piedras verdaderas. Al salir de aquel comercio, bajo la enseña misteriosa de Rastro
de Zoroastro, mi mano rozó una albahaca plantada en un tiesto. Me detuve,
removido a lo hondo, al hallar el perfume que encontraba en la piel de una niña
—María del Carmen, hija de aquel jardinero...— cuando jugábamos a los casados
en el traspatio de una casa que sombreaba un ancho tamarindo, mientras mi madre
probaba en el piano alguna habanera de reciente edición.
(Jueves, 8)
Mi mano sobresaltada busca, sobre el mármol de la mesa
de noche, aquel despertador que está sonando, si acaso, muy arriba en el mapa,
a miles de kilómetros de distancia. Y necesito de alguna reflexión, echando una
larga ojeada a la plaza, entre persianas, para comprender que mi hábito —el de
cada mañana, allá— ha sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante.
Oyese luego el caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado
sobre el melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de
calamares en la cabeza. Los árboles, mecidos por la brisa tempranera, nievan de
blancas pelusas una estatua de procer que tiene algo de Lord Byron por el
tormentoso encrespamiento de la corbata de bronce, y algo también de Lamartine,
por el modo de presentar una bandera a invisibles amotinados. A lo lejos
repican las campanas de una iglesia con uno de esos ritmos parroquiales,
conseguido por el guindarse de las cuerdas, que ignoran los carillones
eléctricos de las falsas torres góticas de mi país. Mouche, dormida, se ha
atravesado en la cama de modo que no queda lugar para mí. A veves, molesta por
un calor inhabitual, trata de quitarse la sábana de encima, enredando más las
piernas en ella. La miro largamente, algo resquemado por el chasco de la víspera:
aquella crisis de alegría, debida al perfume de un naranjo cercano, que nos
alcanzó en este cuarto piso, acabando con los grandes júbilos físicos que yo me
hubiera prometido para aquella primera noche de convivencia con ella en un
clima nuevo. Yo la había calmado con un somnífero, recurriendo luego a la venda
negra para hundir más pronto mi despecho en el sueño. Vuelvo a mirar entre
persianas. Más allá del Palacio de los Gobernadores, con sus columnas clásicas
sosteniendo un cornisamento barroco, reconozco la fachada Segundo Imperio del
teatro donde anoche, a falta de espectáculos de un color más local, nos
acogieran, bajo grandes arañas de cristal, los marmóreos drapeados de las Musas
custodiadas por bustos de Meyerbeer, Donizetti, Rossini y Hérold. Una escalera
con curvas y floreo de rococó en el pasamano nos había conducido a la sala de
terciopelos encarnados, con dentículos de oro al borde de los balcones, donde
se afinaban los instrumentos de la orquesta, cubiertos por las alborotosas
conversaciones de la platea.
Todo el mundo parecía conocerse. Las risas se
encendían y corrían por los palcos, de cuya penumbra cálida emergían brazos
desnudos, manos que ponían en movimiento cosas tan rescatadas del otro siglo
como gemelos de nácar, impertinentes y abanicos de plumas. La carne de los escotes, la atadura de los senos, los
hombros, tenían una cierta abundancia muelle y empolvada que invitaba a la
evocación del camafeo y del cubrecorsé de encajes. Pensaba divertirme con los
ridículos de la ópera que iba a representarse dentro de las grandes tradiciones
de la bravura, la coloratura, la fioritura. Pero ya se había alzado el telón
sobre el jardín del castillo de Lamermoore, sin que lo desusado de una
escenografía de falsas perspectivas, mentideros y birlibirloques, estuviese
aguzando mi ironía. Me sentía dominado más bien por su indefinible encanto,
hecho de recuerdos imprecisos y de muy remotas y fragmentadas añoranzas.
Esta gran rotonda de terciopelo, con sus escotes
generosos, el pañuelo de encajes entibiado entre los senos, las cabelleras
profundas, el perfume a veces excesivo; ese escenario donde los cantantes
perfilaban sus arias con las manos llevadas al corazón, en medio de una
portentosa vegetación de telas colgadas; ese complejo de tradiciones,
comportamientos, maneras de hacer, imposible ya de remozar en una gran capital
moderna, era el mundo mágico del teatro, tal como pudo haberlo conocido mi
ardiente y pálida bisabuela, la de ojos a la vez sensuales y velados, toda
vestida de raso blanco, del retrato de Madrazo que tanto me hiciera soñar en la
niñez, antes de que mi padre tuviera que vender el óleo en días de penuria. Una
tarde en que estaba solo en la casa, yo había descubierto, en el fondo de un
baúl, el libro de cubiertas de marfil y cerradura de plata donde la dama del
retrato hubiera llevado su diario de novia. En una página, bajo pétalos de rosa
que el tiempo había vuelto de color tabaco, encontré la maravillada descripción
de una Gemma di Vergy cantada en un teatro de La Habana, que en todo
debía corresponder a lo que contemplaba esta noche.
Ya no esparaban afuera los cocheros negros de altas
botas y chisteras con escarapela; no se mecerían en el puerto los fanales de
las corbetas, ni habría tonadilla en fin de fiesta. Pero eran, en el público,
los mismos rostros enrojecidos de gozo ante la función romántica; era la misma
desatención ante lo que no cantaban las primeras figuras, y que, apenas salido
de páginas muy sabidas, sólo servía de fondo melodioso a un vasto mecanismo de
miradas intencionadas, de ojeadas vigilantes, cuchicheos detrás del abanico,
risas ahogadas, noticias que iban y venían, discreteos, desdenes y fintas,
juego cuyas reglas me eran desconocidas, pero que yo observaba con envidia de
niño dejado fuera de un gran baile de disfraces.
Llegado el intermedio, Mouche se había declarado
incapaz de soportar más, pues aquello —decía— era algo así como «la Lucía vista
por Madame Bovary en Rouen». Aunque la observación no carecía de alguna
justeza, me sentí irritado, súbitamente, por una suficiencia muy habitual en mi
amiga, que la ponía en posición de hostilidad apenas se veía en • contacto con
algo que ignorara los santos y señas de ciertos ambientes artísticos
frecuentados por ella en Europa. No despreciaba la ópera, en este momento,
porque algo chocara realmente su muy escasa sensibilidad musical, sino porque
era consigna de su generación despreciar la ópera. Viendo que de nada servía la
argucia de evocar la Opera de Parma en días de Stendhal para conseguir que
volviera a su butaca, salí del teatro muy contrariado. Sentía necesidad de
discutí: con ella agriamente, para anticiparme a un tipo de reacciones que
podía aguarme los mejores placeres de este viaje. Quería neutralizar de
antemano ciertas críticas previsibles para quien conocía las conversaciones
—siempre prejuiciadas en lo intelectual— que en su casa se llevaban. Pero
pronto nos vino al encuentro una noche más honda que la noche del teatro: una
noche que se nos impuso por sus valores de silencio, por la solemnidad de su
presencia cargada de astros. Podía desgarrarla momentáneamente cualquier
estridencia del tránsito.
Volvía luego a hacerse entera, llenando los zaguanes y
portones, espesándose en casas de ventanas abiertas que parecían deshabitadas,
pesando sobre las calles desiertas, de grandes arcadas de piedra. Un sonido nos
hizo detenernos, asombrados, teniendo que caminar varias veces para comprobar
la maravilla: nuestros pasos resonaban en la acera del frente. En una plaza,
frente a una iglesia sin estilo, toda en sombras y estucos, había una fuente de
tritones en la que un perro velludo, parado en las patas traseras, metía la
lengua con deleitoso somormujo. Las saetas de los relojes no mostraban prisa,
marcando las horas con criterio propio, de campanarios vetustos y frontis
municipales. Cuesta abajo, hacia el mar, se adivinaba la agitación de los
barrios modernos; pero por más que allá parpadearan, en caracteres luminosos,
las invariables enseñas de los establecimientos nocturnos, era bien evidente
que la verdad de la urbe, su genio y figura, se expresaba aquí en signos de
hábitos y de piedras. Al fin de la calle nos encontramos frente a una casona de
anchos soportales y musgoso tejado, cuyas ventanas se abrían sobre un salón
adornado por viejos cuadros con marcos dorados. Metimos las caras entre las
rejas, descubriendo que junto a un magnífico general de ros y entorchados, al
lado de una pintura exquisita que mostraba tres damas paseando en una volanta,
había un retrato de Taglioni, con pequeñas alas de libélula en el tallo. Las
luces estaban encendidas en medio de cristales tallados y no se advertía, sin
embargo, una presencia humana en los corredores que conducían a otras estancias
iluminadas. Era como si un siglo antes se hubiese dispuesto todo para un baile
al que nadie hubiera asistido nunca. De pronto, en un piano al que el trópico
había dado sonoridad de espineta, sonó la pomposa introducción de un vals
tocado a cuatro manos. Luego, la brisa agitó las cortinas y el salón entero
pareció esfumarse en un revuelo de tules y encajes. Roto el sortilegio, Mouche
declaró que estaba fatigada. Cuando más me iba dejando llevar por el encanto de
esa noche que me revelaba el significado exacto de ciertos recuerdos borrosos,
mi amiga rompía la fruición de una paz olvidada de la hora que hubiera podido
conducirme al alba sin cansancio. Allá, más arriba del tejado, las estrellas
presentes pintaban tal vez los vértices de la Hidra, el Navio Argos, el
Sagitario y la Cabellera de Berenice, con cuyas figuraciones se adornaría el
estudio de Mouche. Pero hubiera sido inútil preguntarle, pues ella ignoraba
como yo —fuera de las Osas— la exacta situación de las constelaciones. Al
advertir ahora lo burlesco de ese desconocimiento en quien vivía de los astros,
me eché a reír, volviéndome hacia mi amiga. Ella abrió los ojos sin
despertarse, me miró sin verme, suspiró profundamente y se volvió hacia la
pared. Me dieron ganas de acostarme de nuevo; pero pensé que fuera bueno
aprovecharse de su sueño para iniciar la búsqueda de los instrumentos indígenas
—la idea me obsesionaba — tal como lo había pensado la víspera. Sabía que al
verme tan empeñado en el propósito me trataría, por lo menos, de ingenuo. Por
lo mismo, me vestí apresuradamente y salí sin despertarla.
El Sol, metido de lleno en las calles, rebotando en
los cristales, tejiéndose en hebras inquietas sobre el agua de los estanques,
me resultó tan extraño, tan nuevo, que para comparecer ante él tuve que comprar
espejuelos de cristales oscuros. Luego traté de orientarme hacia el barrio de
la casona colonial, en cuyos alrededores debía haber baratillos y tiendas
raras. Remontando una calle de aceras estrechas me detenía, a veces, para
contemplar las muestras de pequeños comercios, cuya apostura evocaba artesanías
de otros tiempos: eran las letras floreadas de Tutilimundi, la Bota de Oro, el
Rey Midas y el Arpa Melodiosa, junto al Planisferio colgante de una librería de
viejo, que giraba al azar de la brisa. En una esquina, un hombre abanicaba el
fuego de una hornilla sobre la que se asaba un pernil de ternero, hincado de
ajos, cuyas grasas reventaban en humo acre, bajo una rociada de orégano, limón
y pimienta.
Más allá ofrecíanse sangrías y garapiñas, sobre los
aceites rezumos del pescado frito. De súbito, un calor de hogazas tibias, de
masa recién horneada, brotó de los respiraderos de un sótano, en cuya penumbra
se afanaban, cantando, varios hombres, blancos de pelo a zuecos. Me detuve con
deleitosa sorpresa. Hacía mucho tiempo que tenía olvidada esa presencia de la
harina en las mañanas, allá donde el pan, amasado no se sabía dónde, traído de
noche en camiones cerrados, como materia vergonzosa, había dejado de ser el pan
que se rompe con las manos, el pan que reparte el padre luego de bendecirlo, el
pan que debe ser tomado con gesto deferente antes de quebrar su corteza sobre
el ancho cuenco de sopa de puerros o de asperjarlo con aceite y sal, para
volver a hallar un sabor que, más que sabor a pan con aceite y sal, es el gran
sabor mediterráneo que ya llevaban pegado a la lengua los compañeros de Ulises.
Este reencuentro con la harina, el descubrimiento de un escaparate que exhibía
estampas de zambos bailando la marinera, me distraían del objeto de mi vagar
por calles desconocidas. Aquí me detenía ante un fusilamiento de Maximiliano;
allá hojeaba una vieja edición de Los Incas de Marmontel, cuyas
ilustraciones tenían algo de la estética masónica de La Flauta Mágica. Escuchaba
un Mambrú cantado por los niños que jugaban en un patio oloroso a
natillas. Y así, atraído ahora por la mañanera frescura de un viejo cementerio,
andaba a la sombra de sus cipreses, entre tumbas que estaban como olvidadas en
medio de yerbas y campánulas. A veces, tras de un cristal empañado por los
hongos, se ostentaba el daguerrotipo de quien yacía bajo el mármol: un
estudiante de ojos afiebrados, un veterano de la Guetra de Fronteras, una
poetisa coronada de laurel. Yo contemplaba el monumento a las víctimas de un
naufragio fluvial, cuando el aire fue desgarrado, en alguna parte, como papel
encerado, por una descarga de ametralladoras. Eran los alumnos de una escuela
militar, sin duda, que se adiestraban en el manejo de las armas. Hubo un silencio
y volvieron a enredarse los arrullos de palomas que hinchaban el buche en torno
a los vasos romanos.
Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora,
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Repetía y volvía a repetir estos versos que me
regresaban a jirones desde la llegada y por fin se habían reconstruido en mi
memoria, cuando se oyó nuevamente, con más fuerza, el tableteo de las
ametralladoras.
Un niño pasó a todo correr, seguido de una mujer
despavorida, descalza, que llevaba una batea de ropas mojadas en brazos, y
parecía huir de un gran peligro. Una voz gritó en alguna parte, detrás de las
tapias: «¡Ya empezó! ¡Ya empezó». Algo inquieto salí del cementerio y regresé
hacia la parte moderna de la ciudad. Pronto pude darme cuenta de que las calles
estaban vacías de transeúntes y los comercios habían cerrado sus puertas y
cortinas metálicas con una prisa que nada bueno anunciaba.
Saqué mi pasaporte, como si los cuños estampados entre
sus tapas tuvieran alguna eficacia protectora, cuando una grita me hizo
detener, realmente asustado, al amparo de una columna. Una multitud
vociferante, hostigada por el miedo, desembocó de una avenida, derribándolo
todo por huir de una recia fusilería. Llovían cristales rotos. Las balas
topaban con el metal de los postes del alumbrado, dejándolos vibrantes como
tubos de órgano que hubieran recibido una pedrada. El latigazo de un cable de
alta tensión acabó de despejar la calle, cuyo asfalto se encendió a trechos.
Cerca de mí, un vendedor de naranjas se desplomó de bruces, echando a rodar las
frutas que se desviaban y saltaban al ser alcanzadas por un plomo a ras del
suelo. Corrí a la esquina más próxima, para guarecerme en un soportal de cuyas
pilastras colgaban billetes de lotería dejados en la fuga. Sólo un mercado de
pájaros me . separaba ya del fondo del hotel. Decidido por el zumbar de una
bala que, luego de pasar sobre mi hombro, había agujereado la vitrina de una
farmacia, emprendí la carrera. Saltando por encima de las jaulas, atropellando
canarios, pateando colibríes, derribando posaderos de cotorras empavorecidas,
acabé por llegar a una de las puertas de servicio que había permanecido
abierta. Un tucán, que arrastraba un ala rota, venía saltando detrás de mí,
como queriendo acogerse a mi protección.
Detrás, erguido sobre el manubrio de un velocípedo
abandonado, un soberbio guacamayo permanecía en medio de la plaza desierta,
solo, calentándose al sol.
Subí a nuestra habitación. Mouche seguía durmiendo,
abrazada a una almohada, con la camisa por las caderas y los pies enredados
entre sábanas. Tranquilizado en cuanto a ella respectaba, bajé al hall en
busca de explicaciones. Se hablaba de una revolución.
Pero esto poco significaba para quien, como yo,
ignoraba la historia de aquel país en todo lo que fuera ajeno al
Descubrimiento, la Conquista y los viajes de algunos frailes que hubieran
hablado de los instrumentos musicales de sus primitivos pobladores.
Me puse, pues, a interrogar a cuantos, por mucho
comentar y acalorarse, parecían tener una buena información. Pero pronto
observé que cada cual daba una versión particular de los acontecimientos,
citando los nombres de personalidades que, desde luego, eran letra muerta para
mí. Traté entonces de conocer las tendencias, los anhelos de los bandos en
pugna, sin hallar más claridad. Cuando creía comprender que se trataba de un
movimiento de socialistas contra conservadores o radicales, de comunistas
contra católicos, se barajaba el juego, quedaban invertidas las posiciones, y
volvían a citarse los apellidos, como si todo lo que ocurría fuese más una
cuestión de personas que una cuestión de partidos. Cada vez me veía devuelto a
mi ignorancia por la relación de hechos que parecían historias de güelfos y
gibelinos, por su sorprendente aspecto de ruedo familiar, de querella de
hermanos enemigos, de lucha entablada entre gente ayer unida.
Cuando me acercaba a lo que podía ser, según mi
habitual manera de razonar, un conflicto político propio de la época, caía en
algo que más se asemejaba a una guerra de religión. Las pugnas entre los que
parecían representar la tendencia avanzada y la posición conservadora se me
representaban, por el increíble desajuste cronológico de los criterios, como
una especie de batalla librada, por encima del tiempo, entre gentes que
vivieran en siglos distintos.
«Muy justo —me respondía un abogado de levita, chapado
a la antigua, que parecía aceptar los acontecimientos con su sorprendente
calma—; piense que nosotros, por tradición, estamos acostumbrados a ver
convivir Rousseau con el Santo Oficio, y los pendones al emblema de la Virgen
con El Capital...»
En eso apareció Mouche, muy angustiada, pues había
sido sacada del sueño por las sirenas de ambulancias que pasaban, ahora, cada
vez más numerosas, cayendo en pleno mercado de pájaros, donde, al encontrar de
súbito el falso obstáculo de las jaulas amontonadas, los conductores frenaban
brutalmente, aplastando de un bandazo a los últimos sinsontles y turpiales que
quedaban. Ante la ingrata perspectiva del encierro forzoso, mi amiga se irritó
grandemente contra los acontecimientos que trastornaban todos sus planes. En el
bar, los forasteros habían armado sus malhumoradas partidas de naipes y de
dados, entre copas, rezongando contra los estados mestizos que siempre tenían
un zafarrancho en reserva. En eso supimos que varios mozos del hotel habían
desaparecido.
Los vimos pasar, poco después, bajo las arcadas del
frente, armados de mausers, con varias cartucheras terciadas. Al ver que habían
conservado las chaquetas blancas del servicio, hicimos chistes del marcial
empaque. Pero, al llegar a la esquina más próxima, los dos que marchaban
delante se doblaron, de repente, alcanzados en el vientre por un pase de
metralla. Mouche dio un grito de horror, llevando las manos a su propio
vientre. Todos retrocedimos en silencio hacia el fondo del hall, sin
poder quitar los ojos de aquella carne yacente sobre el asfalto enrojecido,
insensible ya a las balas que en ella se encajaban todavía, poniendo nuevos
marchamos de sangre en la claridad del dril. Ahora, los chistes hechos un poco
antes me parecieron abyectos.
Si en estos países se moría por pasiones que me fueran
incomprensibles, no por ello era la muerte menos muerte. Al pie de ruinas
contempladas sin orgullo de vencedor, yo había puesto el pie, más de una vez,
sobre los cuerpos de hombres muertos por defender razones que no podían ser
peores que las que aquí se invocaban. En ese momento pasaron varios carros
blindados —desechos de nuestra guerra —, y al cabo del trueno de sus
cremalleras pareció que el combate de calle hubiera cobrado una mayor
intensidad. En las inmediaciones de la fortaleza de Felipe II, las descargas se
fundían por momentos en un fragor compacto que no dejaba oír ya el estampido
aislado, estremeciendo el aire con una ininterrumpida deflagración que acudía o
se alejaba, según soplara el viento, con embates de mar de fondo.
A veces, sin embargo, se producía una pausa repentina.
Parecía que todo hubiera terminado. Se escuchaba el
llanto de un niño enfermo en el vecindario, cantaba un gallo, golpeaba una
puerta. Pero, de pronto, irrumpía una ametralladora y volvíase al estruendo,
siempre apoyado por el desgarrado ulular de las ambulancias. Un mortero acababa
de abrir fuego cerca de la Catedral antigua, en cuyas campanas topaba a veces
una bala con sonoro martillazo.
«Eh, bien, c'est gai», exclamó a nuestro lado una mujer de voz cantarína y
grave, con algo engolado, que se nos presentó como canadiense y pintora,
divorciada de un diplomático centroamericano.
Aproveché la oportunidad para dejar a Mouche en
conversación con alguien, para apurar un alcohol fuerte que me hiciese olvidar
la presencia, tan cercana, de los cadáveres que acababan de atiesarse ahí,
junto a la acera. Luego de un almuerzo de fiambres que no anunciaba banquetes
futuros, transcurrieron las horas de la tarde con increíble rapidez, entre
lecturas deshilvanadas, partidas de cartas, conversaciones llevadas con la
mente puesta en otra cosa, que mal disimulaban la general angustia.
Cuando cayó la noche, Mouche y yo nos dimos a beber
desaforadamente, encerrados en nuestra habitación, por no pensar demasiado en
lo que nos envolvía; al fin, hallada la despreocupación suficiente para
hacerlo, nos dimos al juego de los cuerpos, hallando una voluptuosidad aguda y
rara en abrazarnos, mientras otros, en torno nuestro, se entregaban a juegos de
muerte. Había algo del frenesí que anima a los amantes de danzas macabras en el
afán de estrecharnos más —de llevar mi absorción a un grado de hondura imposible—
cuando las balas zumbaban ahí mismo, detrás de las persianas o se incrustaban,
con roturas del estuco, en el domo que coronaba el edificio. Al fin quedamos
dormidos sobre la alfombra clara del piso. Y fue ésa la primera noche, en mucho
tiempo, que dio descanso sin antifaz ni drogas.
(Viernes, 9)
Al día siguiente, impedidos de salir, tratamos de
acomodarnos a la realidad de bu~go sitiado, de nave en cuarentena, que nos
imponían los acontecimientos.
Pero, lejos de inducir a la pereza, la trágica
situación que reinaba en las calles se había traducido, entre estas paredes que
nos defendían del exterior, en una necesidad de hacer algo. Quien tenía un
oficio trataba de armar taller u oficina, como para demostrar a los demás que
en las situaciones anormales era necesario afincarse en la permanencia de un
empeño. En el estrado de música del comedor, un pianista ejecutaba los trinos y
mordentes de un rondó clásico, buscando sonoridades de clavicémbalo bajo las
teclas demasiado duras. Las segundas partes de una compañía de ballet hacían
barras a lo largo del bar, mientras la estrella perfilaba lentos arabescos
sobre el encerado del piso, entre mesas arrimadas a las paredes. Sonaban
máquinas de escribir en todo el edificio. En el salón de correspondencia, los
negociantes revolvían el contenido de grandes carteras de becerro. Frente al
espejo de su habitación, el Kappelmeister austríaco, invitado por la Sociedad
Filarmónica de la ciudad, dirigía el Réquiem de Brahms con gestos
magníficos, dando las entradas fugadas a un vasto coro imaginario. No quedaba
una revista, una novela policíaca, una lectura distrayente, en el puesto de
periódicos y publicaciones. Mouche fue en busca de su traje de baño, pues se
habían abierto las puertas de un patio resguardado, donde unos pocos inactivos
tomaban baños de sol en torno a una fuente de mosaicos, entre arecas en tiestos
y ranas de cerámica verde. Noté con alguna alarma que los huéspedes precavidos
habían hecho provisión de tabaco, vaciando de cigarrillos el expendio del
hotel. Me acerqué a la entrada del hall, cuya reja de bronce estaba
cerrada. Afuera, el tiroteo había disminuido en intensidad. Parecía más bien
que hubiera como pequeños grupos, guerrillas, que se enfrentaban en distintos
barrios, librando batallas cortas, pero implacables, a juzgar por la precipitación
con que las armas eran disparadas. En los techos y azoteas sonaban tiros
aislados. Había un gran incendio en la parte norte de la ciudad: algunos
afirmaban que era un cuartel lo que así ardía. Ante la inexpresividad que
tenían para mí los apellidos que parecían dominar los acontecimientos, renuncié
a hacer preguntas.
Me sumí en la lectura de periódicos viejos, hallando
cierta diversión en las informaciones de localidades lejanas, que a menudo se
referían a tormentas, cetáceos arrojados a las playas, sucesos de brujería.
Dieron las once —hora que yo esperaba con cierta impaciencia— y observé que las
mesas del bar seguían arrimadas a las paredes. Se supo entonces que los últimos
sirvientes fieles se habían marchado, poco después del alba, para sumarse a la
revolución. Esta noticia, que no me pareció mayormente alarmante, tuvo el
efecto de producir un verdadero pánico entre los huéspedes. Abandonando sus
ocupaciones, acudieron todos al hall, donde el gerente trataba de
aplacar los ánimos. Al saber que no habría pan ese día, una mujer rompió a
llorar.
En eso, un grifo abierto escupió una gárgara
herrumbrosa, aspirando luego una suerte de tirolesa que corrió por todos los
caños del edificio. Al ver caer el chorro que brotaba de la boca del tritón, en
medio de la fuente, comprendimos que desde aquel instante sólo podríamos contar
con nuestras reservas de agua, que eran pocas. Se habló de epidemias, de
plagas, que serían acrecentadas por el clima tropical. Alguien trató de
comunicarse con su Consulado: los teléfonos no tenían corriente, y su mudez los
hacía tan inútiles, mancos como estaban, con el bracito derecho colgándoles del
gancho de las reclamaciones, que muchos, irritados, los zarandeaban, los
golpeaban sobre las mesas, para hacerlos hablar. «Es el Gusano»
decía el gerente, repitiendo el chiste que, en la
capital, había acabado por ser la explicación de todo lo catastrófico. «Es el Gusano.» Y yo pensaba en lo mucho que se exaspera el hombre,
cuando sus máquinas dejan de obedecerle, en tanto que andaba en busca de una
escalera de mano, para lanzarme hasta la ventanilla de un baño del cuarto piso,
desde la cual podía mirarse afuera sin peligro. Cansado de otear un panorama de
tejados, advertí que algo sorprendente ocurría al nivel de mis suelas. Era como
si una vida subterránea se hubiera manifestado, de pronto, sacando de las
sombras una multitud de bestezuelas extrañas. Por las cañerías sin agua, llenas
de hipos remotos, llegaban raras liendres, obleas grises que andaban,
cochinillas de caparachos moteados, y, como engolosinados por el jabón unos
ciempiés de poco largo, que se ovillaban al menor susto, quedando inmóviles en
el piso como una diminuta espiral de cobre. De las bocas de los grifos surgían
antenas que avizoraban, desconfiadas, sin sacar el cuerpo que las movía. Los
armarios se llenaban de ruidos casi imperceptibles, papel roído, madera
rascada, y quien hubiera abierto una puerta, de súbito, habría promovido fugas
de insectos todavía inhábiles en correr sobre maderas enceradas, que de un mal
resbalón quedaban de patas arriba, haciéndose los muertos. Un pomo de poción
azucarada, dejado sobre un velador, atraía una ascensión de hormigas rojas.
Había alimañas debajo de las alfombras y arañas que miraban desde el ojo de las
cerraduras. Unas horas de desorden, de desatención del hombre por lo edificado,
habían bastado, en esta ciudad, para que las criaturas del humus, aprovechando
la sequía de los caños interiores, invadieran la plaza sitiada. Una explosión
cercana me hizo olvidar los insectos. Volví al hall, donde la
nerviosidad llegaba a su colmo. El Kappelmeister apareció en lo alto de la
escalera, batuta en mano, atraído por las discusiones gritadas de los
presentes.
Ante su cabeza desmelenada, su mirada severa y cejuda,
se hizo el silencio. Lo mirábamos con esperanzada expectación, como si hubiese
sido investido de extraordinarios poderes para aliviar nuestra angustia. Usando
de una autoridad a que lo tenía acostumbrado su oficio, el maestro afeó la
pusilanimidad de los alarmistas, y exigió el nombramiento inmediato de una
comisión de huéspedes que rindiera exacta cuenta de la situación, en cuanto a
la existencia de alimentos en el edificio; en caso necesario, él, habituado a
mandar hombres, impondría el racionamiento.
Y para templar los ánimos, terminó invocando el
sublime ejemplo del Testamento de Heiligenstadt.
Algún cadáver, algún animal muerto, se estaba
pudriendo al sol, cerca del hotel, pues un hedor de carroña se colaba por los
tragaluces del bar, únicas ventanas exteriores que podían tenerse abiertas sin
peligro, en la planta baja, por estar más arriba de la ménsula que remataba el
revestimiento de caoba. Además, desde la media mañana, parecía que las moscas
se hubieran multiplicado, volando con exasperante insistencia en torno a las
cabezas.
Cansada de estar en el patio, Mouche entró en el hall,
anudando el cordón de su bata de felpa, quejándose de que apenas si le
habían dado medio balde de agua para bañarse, luego de tomar el sol. La
acompañaba la pintora canadiense de voz cantarina y grave, casi fea y sin
embargo atractiva, que se nos hubiera presentado la víspera. Conocía el país y
tomaba los acontecimientos con una despreocupación que tenía la virtud de
aplacar la contrariedad de mi amiga, afirmando que pronto se produciría el
desenlace de la situación. Dejé a Mouche con su nueva amiga, y, respondiendo a
la llamada del Kappelmeister, bajé al sótano con los de la comisión para
proceder a un recuento de las subsistencias. Pronto vimos que era posible
resistir el asedio durante unas dos semanas, a condición de no abusar de lo
existente. El gerente, auxiliado por el personal extranjero del hotel, se
comprometía a preparar para cada comida un guisado sencillo que nosotros mismos
iríamos a servirnos en las cocinas. Pisábamos un serrín húmedo y fresco, y la
penumbra que reinaba en esa dependencia subterránea, con sus gratos perfumes
larderos, invitaba a la molicie. Puestos de buen humor, fuimos a inspeccionar
la bodega de licores, donde había botellas y toneles para mucho tiempo... Al
ver que no regresábamos tan pronto, los demás bajaron a los corredores del
sótano, hasta encontrarnos al pie de las canillas, bebiendo en cuanta vasija
teníamos a la mano. Nuestro informe promovió una alegría contagiosa. Con un
general trasiego de botellas, el licor fue subiendo al edificio, del basamento
al piso cimero, sustituyendo las máquinas de escribir por los gramófonos. La
tensión nerviosa de las últimas horas se había transformado, para los más, en
un desaforado afán de beber, mientras el hedor de la carroña se hacía más
penetrante y los insectos estaban en todas partes. Sólo el Kappelmeister seguía
de pésimo talante, imprecando contra los agitados que, con su revolución,
habían malogrado los ensayos del Réquiem de Brahms. En su despecho
evocaba una carta en que Goethe cantaba la naturaleza domada, «por siempre
librada de sus locas y febriles conmociones». «¡Aquí, selva!», rugía, estirando
sus larguísimos brazos, como cuando arrancaba un fortissimo a su
orquesta. La palabra «selva»
me hizo mirar hacia el patio de las arecas en tiestos,
que tenían algo de palmeras grandes cuando se las veía así, desde la penumbra,
en la reverberación de paredes cerradas, arriba, por un cielo sin nubes que
surcaba, a veces, el vuelo de un buitre atraído por la carroña. Creía que
Mouche hubiera regresado a su silla de extensión; al no verla allí, pensé que
se estaba vistiendo. Pero tampoco estaba en nuestro cuarto.
Luego de esperarla un momento, el licor bebido tan de
mañana, en vasos cargados, me impuso la voluntad de buscarla. Partí del bar,
como quien acomete una importante empresa, tomando la escalera que arrancaba
del hall, entre dos cariátides, con solemne empaque marmóreo. La
añadidura de un aguardiente local, de sabor amelazado, a los alcoholes
conocidos, me tenía el rostro como insensible, súbitamente ebrio, yendo del
pasamanos a la pared con manos de ciego que tienta en la oscuridad. Cuando me
vi en peldaños más angostos, sobre una especie de escagliola amarilla,
comprendí que estaba más arriba del cuarto piso, después de muchísimo andar,
sin tener mayor idea de dónde estaba mi amiga. Pero proseguía la ruta,
sudoroso, obstinado, con una tenacidad que no distraía el gesto de quienes se
apartaban burlonamente para dejarme pasar.
Recorría interminables corredores sobre una alfombra
encarnada con anchura de camino, ante puertas numeradas —intolerablemente
numeradas— que iba contando, al paso, como si esto fuese parte del trabajo
impuesto. De pronto, una forma conocida me hizo detenerme, titubeando, con la
sensación extraña de que no había viajado, de que siempre estaba allá, en
algunos de mis tránsitos cotidianos, en alguna mansión de lo impersonal y sin
estilo. Yo conocía este extinguidor de metal rojo, con su placa de
instrucciones; yo conocía, de muy largo tiempo también, la alfombra que pisaba,
los modillones del cielo raso, y esos guarismos de bronce detrás de los cuales
estaban los mismos muebles, enseres, objetos dispuestos de idéntica manera,
junto a algún cromo que representaba la Jungfrau, el Niágara o la Torre
Inclinada. Esa idea de no haberme movido pasó el calambre de mi rostro al
cuerpo. Vuelto a una noción de colmena, me sentí oprimido, comprimido, entre
estas paredes paralelas, donde las escobas abandonadas por la servidumbre
parecían herramientas dejadas por galeotes en fuga. Era como si estuviera
cumpliendo la atroz condena de andar por una eternidad entre cifras, tablas de
un gran calendario empotradas en las paredes —cronología de laberinto, que
podía ser la de mi existencia, con su perenne obsesión de la hora, dentro de
una prisa que sólo servía para devolverme cada mañana, al punto de partida de
la víspera. No sabía ya a quién buscaba, en aquel alineamiento de habitaciones,
donde los hombres no dejaban recuerdo de su paso. Me agobiaba la realidad de
los peldaños que habría de subir, todavía, hasta llegar al piso donde el
edificio se desnudaba de yesos y acantos, hecho de cemento gris con remiendos
de papel engomado en los cristales, para guarecer de la intemperie a los
criados. El absurdo de este andar a través de lo superpuesto me recordó la
Teoría del Gusano, única explicación del trabajo de Sísifo, con peña hembra
cargada en el lomo, que yo estaba cumpliendo. La risa que me produjo esta
ocurrencia arrojó de mi mente el empeño de buscar a Mouche. Yo sabía que cuando
ella bebía se tornaba particularmente vulnerable a toda solicitud de los
sentidos, y aunque esto no significara una voluntad real de vilipendiarse,
podía llevarla al lindero de las curiosidades más equívocas. Pero esto dejaba
de importarme ante la pesadez de odre que arrastraban mis piernas. Volví a
nuestra habitación en penumbras y me dejé caer en la cama, de bruces,
sumiéndome en un sueño que pronto se atormentó de pesadillas que divagaban en
torno a ideas de calor y de sed.
Tenía la boca seca, en efecto, cuando oí que me
llamaban. Mouche estaba de pie, a mi lado, junto a la pintora canadiense que
habíamos conocido el día anterior. Por tercera vez volvía a encontrarme «con
esa mujer de cuerpo un tanto anguloso, cuyo rostro de nariz recta bajo una
frente tozuda tenía una cierta impavidez estatuaria que contrastaba con una
boca a medio hacer, golosa, de adolescente.
Pregunté a mi amiga dónde había estado durante aquel
mediodía, «Se terminó la revolución», dijo, a modo de respuesta. Parecía, en
efecto, que las estaciones de radio estaban anunciando la victoria del partido
vencedor y el encarcelamiento de los miembros del anterior gobierno, pues aquí,
según me habían dicho, el tránsito del poder a la prisión era muy frecuente.
Iba yo a alegrarme del fin de nuestro encierro, cuando Mouche me avisó que
durante un tiempo indefinido regiría el toque de queda, dado a las seis de la
tarde, con severísimas sanciones para quien fuera hallado en las calles después
de esa hora. Ante el engorro que restaba toda diversión a nuestro viaje, hablé
de un regreso inmediato que, además, me permitiría presentarme ante el Curador
con las manos vacías, providencialmente eximido de devolver lo gastado en la
vana empresa. Pero mi amiga sabía ya que las compañías de aviación, excedidas
en solicitudes semejantes, no podrían darnos pasajes antes de una semana, por
lo menos. Por lo demás, no me pareció que estuviera mayormente contrariada y
atribuí esa conformidad frente a los hechos a la impresión de alivio que
produce, por fuerza, el desenlace de cualquier situación convulsiva.
Fue entonces cuando la pintora, respondiendo a una
palabra de ella, me pidió que pasáramos algunos días en su casa de Los Altos,
apacible población de veraneo, muy favorecida por los extranjeros, a causa de
su clima y de sus talleres de platería, en la que, por lo mismo, se aplicaban
blandamente las disposiciones policiales. Allí tenía su estudio, en una casa
del siglo XVII, conseguida por una bagatela, cuyo patio principal parecía una
réplica del patio de la Posada de la Sangre, de Toledo. Mouche había aceptado
ya la invitación, sin consultarme, y hablaba de paseos florecidos de hortensias
silvestres, de un convento que tenía altares barrocos, magníficos artesonados,
y una sala donde se flagelaban las profesas al pie de un Cristo negro, frente a
la horripilante reliquia de la lengua de un obispo, conservada en alcohol para
recuerdo de su elocuencia. Permanecí indeciso, sin responder, menos por falta
de ganas que un tanto ardido por el desenfado de mi amiga, y, como había cesado
el peligro, abrí la ventana sobre un atardecer que ya pasaba a ser noche. Noté
entonces que las dos mujeres se habían puesto del más lucido atuendo para bajar
al comedor. Iba a hacer mofa de ello cuando advertí en la calle algo que mucho
me interesó: una tienda de víveres, que me había llamado la atención por su
raro nombre de La Fe en Dios, con ristras de ajos colgadas de las vigas,
abría su puerta más pequeña para dar entrada a un hombre que se acercaba
rasando las paredes, con una cesta colgada del brazo. A poco volvía a salir,
cargando panes y botellas, con un veguero recién prendido. Como me había
despertado con una lacerante necesidad de fumar y no quedaba tabaco en el
hotel, señalé aquello a Mouche, que estaba ya en trance de aprovechar colillas.
Bajé las escaleras y, urgido por el temor de que se cerrara aquel comercio,
crucé la plaza a todo correr. Ya tenía veinte paquetes de cigarrillos en las
manos cuando se abrió una recia fusilería en la bocacalle más próxima. Varios
francotiradores, apostados sobre la vertiente interior de un tejado,
respondieron con rifles y pistolas por sobre la crestería. El dueño de la
tienda cerró apresuradamente la puerta, pasando gruesas trancas detrás de los
batientes. Me senté en un escabel, cariacontecido, dándome cuenta de la
imprudencia cometida por confiar en las palabras de mi amiga. La revolución
había terminado, tal vez, en lo que se refería a la toma de los centros vitales
de la ciudad; pero seguía la persecución de grupos rebeldes. En la trastienda,
varias voces femeninas abejeaban el rosario. Un olor a salmuera de abadejo se
me atravesó en la garganta. Volteé unos naipes dejados sobre el mostrador,
reconociendo los bastos, copas, oros y espadas de los juegos españoles, cuya
pinta había olvidado. Ahora, los disparos se hacían más espaciados. El tendero
me miraba en silencio, fumando una breva, bajo la litografía de la miseria de
quien vendió al crédito y la feliz opulencia de quien vendió de contado. La
calma que dentro de esta casa reinaba, el perfume de los jazmines que crecían
bajo un granado en el patio interior, la gota de agua que filtraba un tinajero
antiguo, me sumieron en una suerte de modorra: un dormir sin dormir, entre
cabeceadas que me devolvían a lo circundante por unos segundos. Dieron las ocho
en el reloj de pared. Ya no se oían tiros. Entreabrí la puerta y miré hacia el
hotel. En medio de las tinieblas que lo rodeaban brillaba por todos los
tragaluces del bar y las arañas del hall que se divisaban a través de
las rejas de la puerta de marquesina.
Sonaban aplausos. Al oír en seguida los primeros
compases de Les Barricades Mysterieuses, comprendí que el pianista
estaba ejecutando algunas de las piezas estudiadas aquella mañana en el piano
del comedor, y con muchas copas bebidas, sin duda, pues a menudo los dedos se
le descarrilaban en los ornamentos y appogiaiuras. En el entresuelo,
detrás de las persianas de hierro, se bailaba. Todo el edificio estaba de
fiesta. Estreché la mano al almacenista y me dispuse a correr, cuando sonó un
tiro —uno solo —y una bala zumbó a pocos metros, a una altura que pudo ser la
de mi pecho. Retrocedí, con un miedo atroz. Yo había conocido la guerra,
ciertamente; pero la guerra, vivida como intérprete de Estado Mayor, era cosa
distinta: el riesgo se repartía entre varios y el retroceder no dependía de
uno. Aquí, en cambio, la muerte había estado a punto de darme la zancadilla por
mi propia culpa. Más de diez minutos transcurrieron sin que un estampido
rasgara la noche. Pero cuando me preguntaba si iba a salir nuevamente, se oyó
otro disparo. Había como un atalayador solitario, apostado en alguna parte,
que, de cuando en cuando, vaciaba su arma —un arma vieja, de vaqueta, sin duda—
para tener la calle despejada. Unos segundos nada más tardaría yo en llegar a
la acera del frente; pero esos segundos bastarían para que yo librara un
terrible juego de azar. Pensaba por inesperada asociación de ideas, en el
jugador de Buffon que arroja una varilla sobre un tablado, con la esperanza de
que no se cruce con las paralelas del tablado. Aquí las paralelas eran esas
balas disparadas sin blanco ni tino, ajenas a mis designios, que cortaban el
espacio externo cuando menos se esperaba, y me aterraba la evidencia de que yo
pudiera ser la varilla del jugador, y que, en un punto, en un ángulo de
incidencia posible, mi carne se encontraría sobre la trayectoria del proyectil.
Por otra parte, la presencia de una fatalidad no intervenía en ese cálculo de
posibilidades ya que de mí dependía arriesgarme a perderlo todo por no ganar
nada. Yo debía reconocer, al fin y al cabo, que no era el deseo de volver al
hotel lo que me tenía exasperado en una banda de la calle. Repetíase lo que me
había impulsado horas antes, dentro de mi borrachera, a viajar a través de
aquel edificio de tantos corredores. Mi impaciencia presente se debía a mi poca
confianza en Mouche. Pensándola desde aquí, en este lado del foso, del
aborrecible tablado de las posibilidades, la creía capaz de las peores
perfidias físicas, aunque nunca hubiera podido formular un cargo concreto contra
ella, desde que nos conocíamos. Yo no tenía en qué fundar mi suspicacia, mi
eterno recelo; pero demasiado sabía que su formación intelectual, rica en ideas
justificadoras de todo, en razonamientos-pretextos, podía inducirla a prestarse
a cualquier experiencia insólita, propiciada por la anormalidad del medio que
esta noche la envolvía. Me decía que, por lo mismo, no valía la pena arrostrar
la muerte por quitarme una mera duda de encima. Y, sin embargo, no podía
tolerar la idea de saberla allí, en aquel edificio habitado por la ebriedad,
libre del peso de mi vigilancia. Todo era posible en aquella casa de la
confusión, con sus bodegas oscuras y sus incontables habitaciones,
acostumbradas a los acoplamientos que no dejan huella.
No sé por qué se insinuó en mi mente la idea de que
este cauce de la calle que cada tiro ensanchaba, ese foso, esa hondura que cada
bala hacía más insalvable, era como una advertencia, como una prefiguración de
acontecimientos por venir. En aquel instante ocurrió algo raro en el hotel. Las
músicas, las risas, se quebraron a un tiempo. Sonaron gritos, llantos,
llamadas, en todo el edificio. Se apagaron luces, se encendieron otras. Había
como una sorda conmoción allí dentro; un pánico sin fuga. Y de nuevo se abrió
la fusilería en la bocacalle más cercana.
Pero esta vez vi aparecer varias patrullas de
infantería, con armas largas y ametralladoras. Los soldados empezaron a
progresar lentamente, tras de las columnas de los soportales, alcanzando el
lugar en donde estaba la tienda. Los francotiradores habían abandonado el
tejado y las tropas regulares cubrían ahora el tramo de calle que me tocaba
atravesar.
Haciéndome acompañar por un sargento llegué por fin al
hotel. Cuando abrieron la reja y entré en el hall me detuve estupefacto:
sobre una gran mesa de nogal transformada en túmulo, yacía el Kappelmeister,
con un crucifijo entre las solapas de su frac.
Cuatro candelabros de plata, con adornos de pámpanos,
sostenían —a falta de otros más apropiados— las velas encendidas: el maestro
había sido derribado por una bala fría, recibida en la sien, al acercarse
imprudentemente a la ventana de su cuarto.
Miré las caras que lo rodeaban: caras sin rasurar,
sucias, estiradas por una borrachera que había pasmado la muerte. Los insectos
seguían entrando por los caños y los cuerpos olían a sudor agrio. En el
edificio entero reinaba un hedor de letrinas. Flacas, macilentas, las
bailarinas parecían espectros. Dos de ellas, vestidas aún con los tules y
mallas de un adagio bailado poco antes, se hundieron sollozando en las sombras
de la gran escalera de mármol. Las moscas, ahora, estaban en todas partes,
zumbando en las luces, corriendo por las paredes, volando a las cabelleras de
las mujeres. Afuera, la carroña crecía.
Hallé a Mouche desplomada en la cama de nuestra
habitación, con una crisis de nervios. «La llevaremos a Los Altos en cuanto
amanezca», dijo la pintora.
Los gallos empezaron a cantar en los patios.
Abajo, sobre la acera de granito, los candelabros de
pompas fúnebres eran bajados de un camión negro y plata por hombres vestidos de
negro.
(Sábado, 10)
Habíamos llegado a Los Altos, poco después de
mediodía, en el pequeño tren de carrilera estrecha, parecido a un ferrocarril
de parque de diversiones, y tanto me agradaba el lugar que, por tercera vez en
la tarde, me había acodado al puentecillo del torrente para contemplar en su
conjunto lo que ya había recorrido palmo a palmo, asomándome indiscretamente a
las casas, en mis anteriores paseos. Nada de lo que se ofrecía a la mirada era
monumental ni insigne; nada había pasado aún a la tarjeta postal, ni se alababa
en guías de viajeros. Y, sin embargo, en este rincón de provincia, donde cada
esquina, cada puerta claveteada, respondía a un modo particular de vivir, yo
encontraba un encanto que habían perdido, en las poblaciones-museos, las
piedras demasiado manoseadas y fotografiadas. Vista de noche, la ciudad se
hacía aleluya de ciudad adosada a una sierra, con estampas de edificación y
estampas de infierno sacadas de las tinieblas por los focos del alumbrado
municipal. Pero aquellos quince focos, siempre aleteados por los insectos,
tenían la función aisladora de las luminarias de retablos, de los reflectores
de teatros, mostrando en plena luz las estaciones del sinuoso camino que
conducía al Calvario de la Cumbre. Como los malos siempre arden abajo en toda
alegoría de la vida recta y la vida pródiga, el primer foco alumbraba la
pulpería de los arrieros, la de piscos, charandas y aguardientes del berro y
mora, lugar de envites y mal ejemplo, con borrachos dormidos sobre los barriles
del soportal.
El segundo foco se mecía sobre la casa de la Lola,
donde Carmen, Ninfa y Esperanza aguardaban, en blanco, rosa y azul bajo faroles
chinos, sentadas en el diván de terciopelo raído que había sido de un Oidor de
Reales Audiencias. En el ámbito del tercer foco giraban los camellos, leones y
avestruces de un tiovivo, en tanto que los asientos colgantes de una estrella
giratoria ascendían hacia las sombras y regresaban de ellas —puesto que la luz
no alcanzaba a tales alturas— en lo que duraba en plegarse el cartón del Vals
de los Patinadores. Como caída del cielo de la Fama, la claridad del cuarto
foco blanqueaba la estatua del Poeta, hijo preclaro de la ciudad, autor de un
laureado Himno a la Agricultura, quien seguía versificando sobre una
cuartilla de mármol con pluma que destilaba el verdín, guiado por el índice de
una Musa manca del otro brazo.
Bajo el quinto foco no había cosa notable, fuera de
dos burros dormidos. El sexto era el de la Gruta de Lourdes, trabajosa
construcción de cemento y piedras traídas de muy lejos, obra tanto más notable
si se piensa que, para hacerla, había sido necesario tapiar una gruta verdadera
que existiera en aquel lugar. El séptimo foco pertenecía al pino verdinegro y
al rosal que trepaba sobre un pórtico siempre cerrado.
Luego, era la catedral de espesos contrafuertes
acusados en oscuridades por el octavo foco, que, por estar colgado de un alto
poste, alcanzaba el disco del reloj, cuyas saetas estaban dormidas, desde hacía
cuarenta años, sobre lo que, según la voz de las beatas y santurronas, eran las
siete y media de un próximo Juicio Final en el que rendirían cuentas las
mujeres desvergonzadas del vecindario. El noveno foco correspondía al Ateneo de
actos culturales y conmemoraciones patrióticas, con su pequeño museo que guardaba
una argolla a que había estado colgada, por una noche, la hamaca del héroe de
la Campaña de los Riscos, un grano de arroz sobre el que se habían copiado
varios párrafos del Quijote, un retrato de Napoleón hecho con las x de
una máquina de escribir y una colección completa de las serpientes venenosas de
la región, conservadas en pomos. Cerrado, misterioso, encuadrado por dos
columnas salomónicas de color gris negro que sostenían un Compás abierto de
capitel a capitel, el edificio de la Logia ocupaba todo el campo del décimo
foco. Luego, era el Convento de las Recoletas, con su arboleda mal definida por
el onceno foco, demasiado llena de insectos muertos. Enfrente era el cuartel,
que compartía la luz siguiente con la glorieta dórica, cuya cúpula había sido
abierta por un rayo, pero servía aún para retretas de verano, con paseo de la
juventud, varones a un lado, mujeres al otro.
En el cono del decimotercer foco se encabritaba un
caballo verde, jineteado por un caudillo de bronce muy llovido, cuya espada en
claro solía cortar la neblina en dos corrientes lentas. Después, era la faja
negra, temblequeante de velas y anafes, de los conucos indios, con sus pequeñas
estampas de nacimientos y de velorios. Más arriba, en el penúltimo foco, un
pedestal de cemento esperaba el gesto sagitario del Bravo Flechero, matador de
conquistadores, que los francmasones y comunistas habían encargado en talla de
piedra para molestar a los curas.
Luego, era la noche cerrada. Y al cabo de ella, tan
arriba que parecía de otro mundo, la luz cimera que iluminaba tres cruces de
madera, plantadas en montículos de guijarros, donde más batía el viento. Ahí
terminaba la aleluya urbana, con fondo de estrellas y de nubes, salpicada de
luces menores que apenas si se advertían. Todo el resto era barro de tejados,
que se iba haciendo uno, en sombras, con el barro de la montaña.
Sobrecogido por el frío que bajaba de las cumbres, yo
regresaba ahora, andando por calles tortuosas, hacia la casa de la pintora.
Debo decir que ese personaje, al que no había prestado mayor atención en los
días anteriores —aceptando el azar de esta convivencia como hubiera aceptado
cualquier otra—, se me estaba haciendo cada vez más irritante, desde la salida
de la capital, a causa de su crecimiento en la estimación de Mouche. Quien me
pareciera una figura incolora al principio, se me iba afirmando, de hora en
hora, como una fuerza contrariante. Cierta lentitud estudiada, que daba paso a
sus palabras, orientadas las menudas decisiones que nos afectaban a los tres
con una autoridad, apenas afirmada y sin embargo tenaz, que mi amiga acataba
con una mansedumbre impropia de su carácter. Ella, tan afecta a hacer ley de
sus antojos, daba siempre la razón a quien nos albergaba, aunque minutos antes
hubiera estado de acuerdo conmigo en desistir de lo que ahora emprendía con
ostentoso gusto. Era un continuo salir cuando quería quedarme, y un descansar
cuando yo hablaba de subir hasta las brumas de la montaña, que denotaban el
deseo de complacer constantemente a la otra, observando sus reacciones y
halagándolas. Estaba claro que Mouche concedía a esa nueva amistad una
importancia reveladora, de cuanto echaba de menos —al cabo de tan pocos días—,
un cierto orden de realidades que habíamos dejado atrás. Mientras los cambios
de altitud, la limpidez del aire, el trastorno de las costumbres, el
reencuentro con el idioma de mi infancia, estaban operando en mí una especie de
regreso, aún vacilante pero ya sensible, a un equilibrio perdido hacía mucho
tiempo, en ella se advertían —aunque no lo confesara todavía— indicios de
aburrimiento.
Nada de lo visto por nosotros hasta ahora
correspondía, evidentemente, a lo que ella hubiera querido encontrar en este
viaje, en caso de que hubiese querido encontrar algo, en realidad. Y, sin
embargo, Mouche solía hablar inteligentemente del recorrido que hiciera por
Italia, antes de nuestro encuentro.
Por lo mismo, al observar cuán falsas o desafortunadas
eran sus reacciones ante este país que nos agarraba de sorpresa,
indocumentados, sin saber de su pasado, sin formación libresca al respecto,
empezaba yo a preguntarme si, en el fondo, sus agudas observaciones acerca de
la misteriosa sensualidad de las ventanas del Palacio Barberini, la obsesión de
los querubines en los cielos de San Juan de Letrán, la casi femenina intimidad
de San Carlos de las Cuatro Puertas, con su claustro todo en curvas y penumbras,
no eran sino citas oportunas, puestas al ritmo del día, de cosas leídas, oídas,
tomadas a sorbos en las fuentes de uso más generalizado. Por lo pronto, sus
juicios siempre respondían a una consigna estética del momento. Iba a lo
musgoso y umbroso cuando se tenía por nuevo hablar de musgos y de sombras y,
por lo mismo, puesta ante un objeto que le fuera ignorado, un hecho
difícilmente asociable, un tipo de arquitectura que no le hubiese sido
anunciado por algún libro, yo la veía, de pronto, como desconcertada,
vacilante, incapaz de formular una opinión válida, comprando un hipocampo
polvoriento, por literatura, donde hubiera podido adquirir una tosca miniatura
religiosa de Santa Rosa con su palma florecida. Como la pintora canadiense
había sido la amante de un poeta muy conocido por sus ensayos sobre Lewis y Ana
Radcliff, Mouche, alborozada, volvía a moverse en terrenos de surrealismo,
astrología, interpretación de los sueños, con todo lo que esto acarreaba
consigo. Cada vez que se encontraba —y no era frecuente, sin embargo— con una
mujer que, según decía en tales casos, «hablaba su mismo idioma», se entregaba
a esa nueva amistad con una dedicación de cada hora, un lujo de atenciones, un
desasosiego, que llegaban a exasperarme.
No le duraban largo tiempo esas crisis efusivas;
concluían el día menos pensado, tan repentinamente como hubieran empezado. Pero
mientras transcurrían, llegaban a despertar en mí las más intolerables
sospechas. Ahora, como otras veces, era una mera corazonada, una inquietud, una
duda; nada me demostraba que hubiera nada culpable.
Pero la idea lacerante se había apoderado de mí la
tarde anterior, después del entierro del Kappelmeister.
Al regreso del cementerio, adonde había ido con una
comisión de huéspedes, todavía quedaban pétalos de flores mortuorias —demasiado
olorosas en este país— en el piso del hall. Los barrenderos de calles
procedían a llevarse la carroña cuyo hedor se hiciera sentir tan
abominablemente durante nuestro encierro, y como las patas del caballo,
descarnadas por los buitres, no cabían en el carro, las cortaban a machetazos,
haciendo volar los cascos, con huesos y herraduras, en los enjambres de moscas
verdes que revoloteaban sobre el asfalto.
Adentro, vueltos de la revolución como de un tránsito
normal, los sirvientes colocaban los muebles en su lugar y bruñían los
picaportes con gamuzas. Mouche, al parecer, había salido con su amiga. Cuando
ambas reaparecieron, pasado el toque de queda, afirmando que habían estado
caminando por las calles, extraviadas en la multitud que celebraba el triunfo
del partido victorioso, me pareció que algo raro les ocurría. Las dos tenían un
no sé qué de indiferencia fría ante todo, de suficiencia —como de gente que regresara
de un viaje a dominios vedados —, que no les era habitual. Yo las había
observado tenazmente para sorprender alguna mirada entendida; pensaba cada
frase dicha por una u otra, buscándoles un sentido oculto o revelador; trataba
de sorprenderlas con preguntas desconcertantes, contradictorias, sin el menor
resultado. Mi prolongada frecuentación de ciertos ambientes, mis alardes de
cinismo, me decían que ese proceder era grotesco.
Y, sin embargo, sufría por algo mucho peor que los
celos: la insoportable sensación de haber sido dejado fuera de un juego tanto
más aborrecible por ello mismo. No podía tolerar la perfidia presente, la
simulación, la representación mental de ese «algo»
oculto y deleitoso que podía urdirse a mis espaldas
por convenio de hembras. De súbito, mi imaginación daba una forma concreta a
las más odiosas posibilidades físicas, y, a pesar de haberme repetido mil veces
que era un hábito de los sentidos y no amor lo que me unía a Mouche, me veía
dispuesto a comportarme como un marido de melodrama. Yo sabía que cuando
hubiera pasado la tormenta y confiara esas torturas a mi amiga, ella se
encogería de hombros, afirmando que era demasiado ridículo para provocar su enojo,
y atribuiría la animalidad de tales reacciones a mi primera educación,
transcurrida en un ámbito hispanoamericano. Pero, una vez más, en la quietud de
estas calles desiertas, me habían asaltado sospechas. Apreté el paso para
llegar cuanto antes a la casa, con el temor y el anhelo, a la vez, de una
evidencia. Pero allá me aguardaba lo inesperado: había un tremendo alboroto en
el estudio, con mucho trasiego de copas. Tres artistas jóvenes habían llegado
de la capital un momento antes, huyendo, como nosotros, de un toque de queda
que les obligaba a encerrarse en sus casas desde el crepúsculo. El músico era
tan blanco, tan indio el poeta, tan negro el pintor, que no pude menos que
pensar en los Reyes Magos al verles rodear la hamaca en que Mouche, perezosamente
recostada, respondía a las preguntas que le hacían, como prestándose a una
suerte de adoración. El tema era uno solo: París. Y yo observaba ahora que
estos jóvenes interrogaban a mi amiga cómo los cristianos del Medioevo podía
interrogar al peregrino que regresaba de los Santos Lugares. No se cansaban de
pedir detalles acerca de cómo era el físico de tal jefe de escuela que Mouche
se jactara de conocer; querían saber si determinado café era frecuentado aún
por tal escritor; si otros dos se habían reconciliado después de una polémica
acerca de Kierkegaard; si la pintura no figurativa seguía teniendo los mismos
defensores.
Y cuando su conocimiento del francés y del inglés no
alcanzaba para entender todo lo que les contaba mi amiga, eran miradas
implorantes a la pintora para que se dignara traducir alguna anécdota, alguna
frase cuya preciosa esencia podía perderse para ellos. Ahora que, habiendo
irrumpido en la conversación con el maligno propósito de quitar a Mouche sus
oportunidades de lucimiento, yo interrogaba a esos jóvenes sobre la historia de
su país, los primeros balbuceos de su literatura colonial, sus tradiciones populares,
podía observar cuan poco grato les resultaba el desvío de la conversación. Les
pregunté entonces, por no dejar la palabra a mi amiga, si habían ido hacia la
selva. El poeta indio respondió, encongiéndose de hombros, que nada había que
ver en ese rumbo, por lejos que se anduviera, y que tales viajes se dejaban
para los forasteros ávidos de coleccionar arcos y carcajes. La cultura
—afirmaba el pintor negro— no estaba en la selva.
Según el músico, el artista de hoy sólo podía vivir
donde el pensamiento y la creación estuvieran más activos en el presente,
regresándose a la ciudad cuya topografía intelectual estaba en la mente de sus
compañeros, muy dados, según propia confesión, a soñar despiertos ante una Carta
Taride, cuyas estaciones de «metro» estaban figuradas en espesos círculos
azules: Solferino, Oberkampf, Corvisard, Mouton-Duvernet. Entre esos
círculos, por sobre el dibujo de las calles, cortando varias veces la arteria
clara del Sena, se pintaban las vías mismas, entretejidas como los cordeles de
una red. En esa red caerían pronto los jóvenes Reyes Magos, guiados por la
estrella encendida sobre el gran pesebre de Saint-Germain-des-Prés. Según el
color de los días, les hablarían del anhelo de evasión, de las ventajas del
suicidio, de la necesidad de abofetear cadáveres o de disparar sobre el primer
transeúnte. Algún maestre de delirios les haría abrazar el culto de un
Dyonisos, «dios del éxtasis y del espanto, de la salvajada y la liberación;
dios loco cuya sola aparición pone a los seres vivos en estado de delirio»,
aunque sin decirles que el invocador de ese Dyonisos, el oficial Nietzsche, se
hubiera hecho retratar cierta vez luciendo el uniforme de la Reichsweher, con
un sable en la mano y el casco puesto sobre un velador de estilo muniquense,
como agorera prefiguración del dios del espanto que habría de desatarse, en
realidad, sobre la Europa de cierta Novena Sinfonía. Los veía yo
enflaquecer y empalidecer en sus estudios sin lumbre —oliváceo el indio,
perdida la risa el negro, maleado el blanco—, cada vez más olvidados del Sol
dejado atrás, tratando desesperadamente de hacer lo que bajo la red se hacía
por derecho propio.
Al cabo de los años, luego de haber perdido la
juventud en la empresa, regresarían a sus países con la mirada vacía, los
arrestos quebrados, sin ánimo para emprender la única tarea que me pareciera
oportuna en el medio que ahora me iba revelando lentamente la índole de sus
valores: la tarea de Adán poniendo nombres a las cosas. Yo percibía esta noche,
al mirarlos, cuánto daño me hiciera un temprano desarraigo de este medio que
había sido el mío hasta la adolescencia; cuánto había contribuido a desorientarme
el fácil encandilamiento de los hombres de mi generación, llevados por teorías
a los mismos laberintos intelectuales, para hacerse devorar por los mismos
Minotauros. Ciertas ideas me cansaban, ahora, de tanto haberlas llevado, y
sentía un obscuro deseo de decir algo que no fuera lo cotidianamente dicho
aquí, allá, por cuantos se consideraban «al tanto» de cosas que serían negadas,
aborrecidas, dentro de quince años. Una vez más me alcanzaban aquí las
discusiones que tanto me hubieran divertido, a veces, en la casa de Mouche.
Pero acodado en este balcón, sobre el torrente que
bullía sordamente al fondo de la quebrada, sorbiendo un aire cortante que olía
a henos mojados, tan cerca de las criaturas de la tierra que reptaban bajo las
alfalfas rojiverdes con la muerte contenida en los colmillos; en este momento,
cuando la noche se me hacía singularmente tangible, ciertos temas de la
«modernidad» me resultaban intolerables. Hubiera querido acallar las voces que
hablan a mis espaldas para hallar el diapasón de las ranas, la tonalidad aguda
del grillo, el ritmo de una carreta que chirriaba por sus ejes, más arriba del
Calvario de las Nieblas. Irritado contra Mouche, contra todo el mundo, con
ganas de escribir algo, de componer algo, salí de la casa y bajé hacia las
orillas del torrente, para volver a contemplar las estaciones del retablillo
urbano. Arriba, en el piano de la pintora, se inició un tanteo de acordes.
Luego, el joven músico —la dureza de la pulsación revelaba la presencia del
compositor tras de los acordes— empezó a tocar. Por juego conté doce notas, sin
ninguna repetida, hasta regresar al mi bemol inicial de aquel crispado
andante. Lo hubiera apostado: el atonalismo había llegado al país; ya eran
usadas sus recetas en estas tierras. Seguí bajando hasta la taberna para tomar
un aguardiente de moras. Arrebujados en sus ruanas, los arrieros hablaban de
árboles que sangraban cuando se les hería con el hacha en Viernes Santo, y
también de cardos que nacían del vientre de las avispas muertas por el humo de
cierta leña de los montes. De pronto, como salido de la noche, un arpista se
acercó al mostrador. Descalzo, con su instrumento terciado en la espalda, el
sombrero en la mano, pidió permiso para hacer un poco de música.
Venía de muy lejos, de un pueblo del Distrito de las
Tembladeras, donde fuera a cumplir, como otros años, la promesa de tocar trente
a la iglesia el día de la Invención de la Cruz. Ahora sólo pretendía entonarse,
a cambio de arte, con un buen alcohol de maguey. Hubo un silencio, y con la
gravedad de quien oficia un rito, el arpista colocó las manos sobre la cuerda,
entregándose a la inspiración de un preludiar, para desentumecer los dedos, que
me llenó de admiración. Había en sus escalas, en sus recitativos de grave
diseño, interrumpidos por acordes majestuosos y amplios, algo que evocaba la
festiva grandeza de los preámbulos de órgano de la Edad Media. A la vez,
por la afinación arbitraria del instrumento aldeano, que obligaba al ejecutante
a mantenerse dentro de una gama exenta de ciertas notas, se tenía la impresión
de que todo obedecía a un magistral manejo de los modos antiguos y los tonos
eclesiásticos, alcanzándose, por los caminos de un primitivismo verdadero, las
búsquedas más válidas de ciertos compositores de la época presente.
Aquella improvisación de gran empaque evocaba las
tradiciones del órgano, la vihuela y el laúd, hallando un nuevo pálpito de vida
en la caja de resonancia, de cónico diseño, que se afianzaba entre los tobillos
escamosos del músico. Y luego, fueron danzas.
Danzas de un vertiginoso movimiento, en que los ritmos
binarios corrían con increíble desenfado bajo compases a tres tiempos, todo
dentro de un sistema modal que jamás se hubiera visto sometido a semejantes
pruebas. Me dieron ganas de subir a la casa y traer al joven compositor
arrastrado por una oreja, para que se informara provechosamente de lo que aquí
sonaba. Pero en eso llegaron las capas de hule y linternas de la ronda; y la
policía ordenó el cierre de la taberna. Fui informado de que aquí también se iba
a observar, durante varios días, el toque de queda a la puesta del sol. Esa
desagradable evidencia que vendría a estrechar más aún nuestra —para mí
ingrata— convivencia con la canadiense, se me tradujo, de súbito, en una
decisión que venía a culminar todo un proceso de reflexiones y
recapacitaciones. De Los Altos partían precisamente los autobuses que conducían
al puerto desde el cual había modo de alcanzar, por río, la gran Selva del Sur.
No seguiríamos viviendo la estafa imaginada por mi amiga, puesto que las
circunstancias la contrariaban a cada paso. Con la revolución, mis dineros
habían subido mucho al cambio con la moneda local. Lo más sencillo, lo más
limpio, lo más interesante, en suma, era emplear el tiempo de vacaciones que me
quedaba cumpliendo con el Curador y con la Universidad, llevando a cabo,
honestamente, la tarea encomendada. Por no darme el tiempo de volver sobre lo
resuelto, compré al tabernero dos pasajes para el autobús de la madrugada. No
me importaba lo que tensara Mouche: por vez primera me sentía capaz de
imponerle mi voluntad.
...será el tiempo en que tome camino, en que desate su
rostro y hable y vomite lo que tragó y suelte su sobrecarga.
El Libro de Chilam-Balam
VIII
(11 de junio)
La discusión duró hasta más allá de la medianoche.
Mouche, de pronto, se sintió resfriada; me hizo tocar su frente, que estaba más
bien fresca, quejándose de escalofríos; tosió hasta irritarse la garganta y
toser de verdad. Cerré las maletas sin hacerle caso, y no eran las del alba
todavía cuando nos instalamos en el autobús, lleno ya de gente envuelta en
mantas, con toallas de felpa apretadas al cuello a modo de bufandas. Hasta el
último instante estuvo mi amiga hablando con la canadiense, disponiendo encuentros
en la capital para cuando regresáramos del viaje, que duraría, a lo sumo, unas
dos semanas.
Al fin empezamos a rodar sobre una carretera que se
adentraba en la sierra por una quebrada tan llena de niebla que sus chopos
apenas eran sombras en el amanecer. Sabiendo que Mouche se fingiría enferma
durante varias horas, pues era de las que pasaban de fingir a creer lo fingido,
me encerré en mí mismo, resuelto a gozar solitariamente de cuanto pudiera
verse, olvidado de ella, aunque se estuviera adormeciendo sobre mi hombro con
lastimosos suspiros. Hasta ahora, el tránsito de la capital a Los Altos había
sido, para mí, una suerte de retroceso del tiempo a los años de mi infancia —un
remontarme a la adolescencia y a sus albores— por el reencuentro con modos de
vivir, sabores, palabras, cosas, que me tenían más hondamente marcado de lo que
yo mismo creyera. El granado y el tinajero, los oros y bastos, el patio de las
albahacas y la puerta de batientes azules habían vuelto a hablarme. Pero ahora
empezaba un más allá de las imágenes que se propusieran a mis ojos, cuando
hubiera dejado de conocer el mundo tan sólo por el tacto. Cuando saliéramos de
la bruma opalescente que se iba verdeciendo de alba, se iniciaría, para mí, una
suerte de Descubrimiento. El autobús trepaba; trepaba con tal esfuerzo,
gimiendo por los ejes, espolvoreando el cierzo, inclinado sobre los precipicios
que cada cuesta vencida parecía haber costado sufrimientos indecibles a toda su
armazón desajustada. Era una pobre cosa, con techo pintado de rojo, que subía,
agarrándose con las ruedas, afincándose en las piedras, entre las vertientes casi
verticales de una barranca; una cosa cada vez más pequeña en medio de las
montañas que crecían. Porque las montañas crecían. Ahora que el sol aclaraba
sus cumbres, esas cumbres se sumaban, de un lado y de otro, cada vez más
estiradas, más hoscas, como inmensas hachas negras, de filos parados contra el
viento que se colaba por los desfiladeros con un bramido inacabable.
Todo lo circundante dilataba sus escalas en una
aplastante afirmación de proporciones nuevas.
Al cabo de aquella subida de las cien vueltas y
revueltas, cuando creíamos haber llegado a una cima se descubría otra cuesta,
más abrupta, más enrevesada, entre picachos helados que ponían sus alturas
magnas sobre las alturas anteriores. El vehículo, en ascensión tenaz, se
minimizaba en el fondo de los desfiladeros, más hermano de los insectos que de
las rocas, empujándose con las redondas patas traseras.
Era de día ya, y entre las cimas adustas, con
asperezas de sílex tallado, se atorbellinaban las nubes en un cielo trastornado
por el soplo de las quebradas.
Cuando, por sobre las hachas negras, los divisores de
ventiscas y los peldaños de más arriba, aparecieron los volcanes, cesó nuestro
prestigio humano, como había cesado, hacía tiempo, el prestigio de lo vegetal.
Eramos seres ínfimos, mudos, de caras yertas, en un páramo donde sólo subsistía
la presencia foliácea de un cacto de fieltro gris, agarrado como un liquen,
como una flor de hulla, al suelo ya sin tierra. A nuestras espaldas, muy abajo,
habían quedado las nubes que daban sombra a los valles; y menos abajo, otras
nubes que jamás verían, por estar más arriba de las nubes conocidas, los
hombres que andaban entre cosas a su escala.
Estábamos sobre el espinazo de las Indias fabulosas,
sobre una de sus vértebras, allí donde los filos andinos, medialunados entre
sus picos flanqueantes, con algo de boca de pez sorbiendo las nieves, rompían y
diezmaban los vientos que trataban de pasar de un Océano al otro. Ahora
llegábamos al borde de los cráteres llenos de escombros geológicos, de
pavorosas negruras o erizados de peñas tristes como animales petrificados Un
temor silencioso se había apoderado de mí ante la pluralidad de las cimas y simas.
Cada misterio de niebla, descubierto a un lado y otro del increíble camino, me
sugería la posibilidad de que, bajo su evanescente consistencia, hubiera un
vacío tan hondo como la distancia que nos separaba de nuestra tierra. Porque la
tierra, pensada desde aquí, desde el hielo inconmovible y entero que blanquecía
los picos, parecía algo distinto, ajeno a esto, con sus bestias, sus árboles y
sus brisas; un mundo hecho para el hombre, donde no bramarían, cada noche, en
gargantas y abismos los órganos de las tormentas. Un tránsito de nubes separaba
este páramo de guijarros negros del verdadero suelo nuestro. Agobiado por la
sorda amenaza telúrica que toda forma entrañaba, en estas faldas de lava, de
limalla de cumbres, observé con inmenso alivio que la pobre cosa en que
rodábamos penaba un poco menos, doblando hacia la primera bajada que yo hubiera
visto en varias horas. Ya estábamos en la otra vertiente de la cordillera
cuando un frenazo brutal nos detuvo en medio de un pequeño puente de piedra
tendido sobre un torrente de tan hondo lecho que no se veían sus aguas, si bien
resultaban atronadores los borbollones de su caída. Una mujer estaba sentada en
un conten de piedra, con un hato y un paraguas dejados en el suelo, envuelta en
una ruana azul. Le hablaban y no respondía, como estupefacta, con la mirada
empañada y los labios temblorosos, meciendo levemente la cabeza mal cubierta
por un pañuelo rojo cuyo nudo, bajo la barba, estaba suelto. Uno de los que con
nosotros viajaban se acercó a ella y le puso en la boca una tableta de maleza,
apretando firmemente, para obligarla a tragar. Como entendiendo, la mujer
empezó a mascar con lentitud, y volvieron sus ojos, poco a poco, a tener alguna
expresión. Parecía regresar de muy lejos, descubriendo el mundo con sorpresa.
Me miró como si mi rostro le fuese conocido, y se puso en pie, con gran
esfuerzo, sin dejar de apoyarse en el contén. En aquel instante, un alud lejano
retumbó sobre nuestras cabezas, arremolinando las brumas que empezaron a salir,
como despedidas a empellones, del fondo de un cráter. La mujer pareció
despertar repentinamente; dio un grito y se agarró a mí, implorando, con voz
quebrada por el aire delgado, que no la dejaran morir de nuevo.
Había sido traída hasta aquí, imprudentemente, por
gentes de otro rumbo, que la creían conocedora de los peligros de cualquier
somnolencia a tal altitud, y sólo ahora comprendía que había estado casi
muerta. Con pasos torpes se dejó llevar hacia el autobús, donde acabó de tragar
la maleza. Cuando bajamos un poco más y el aire cobró más cuerpo, le dieron un
sorbo de aguardiente que pronto deshizo su angustia en chanzas. El autobús se
llenó de anécdotas de emparamados, de gente muerta en ese mismo paso, sucedidos
que eran narrados placenteramente, como quien hablara de percances de la vida
diaria. Alguien llegaba a afirmar que cerca de la boca de aquel volcán que iba
ocultando cimas menores se encontraban, desde hacía medio siglo, metidos en su
propio hielo como dentro de vitrinas, los ocho miembros de una misión
científica, sorprendidos por el mal. Allí estaban, sentados en círculo, con el
gesto de la vida en suspenso, tal como los inmovilizara la muerte, fijas las
miradas bajo el cristal que les cubría las caras como transparentes máscaras
funerarias. Ahora descendíamos rápidamente.
Las nubes que hubiéramos dejado abajo en la ascensión
estaban nuevamente encima de nosotros, y la niebla se desgarraba en flecos,
despejando la visión de los valles todavía distantes. Se regresaba al suelo de
los hombres y la respiración cobraba su ritmo normal después de haber conocido
la hincada de agujas frías. De pronto, apareció un pueblo, puesto sobre una
pequeña meseta redonda, rodeada de torrentes, que me pareció de un sorprendente
empaque castellano, a pesar de la iglesia muy barroca, por sus tejados
enracimados alrededor de la plaza, en la que desembocaban, rematando
vericuetos, tortuosas calles de recuas. El rebuzno de un asno me recordó una
vista de El Toboso —con asno en primer plano— que ilustraba una lección de mi
tercer libro de lectura, y tenía un raro parecido con el caserón que ahora
contemplaba. En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,
no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua,
rocín flaco y galgo corredor...
Estaba orgulloso de recordar lo que con tanto trabajo
nos enseñara a recitar, a los veinte rapaces que éramos, el maestro de la
clase. Sin embargo, había sabido de memoria el párrafo completo, y ahora no
lograba pasar más allá del galgo corredor.
Me enojaba ante este olvido, volviendo y volviendo al lugar
de la Mancha para ver si resurgía la segunda frase en mi mente, cuando la
mujer que habíamos rescatado de las nieblas señaló una ancha curva, al flanco
de la montaña que íbamos a recorrer, afirmando que su ámbito se llamaba La
Hoya. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y
quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los
domingos consumían las tres partes de su hacienda... No podía pasar de
allí. Pero mi atención se fijaba ahora en la que había pronunciado tan
oportunamente la palabra Hoya, llevándome a mirarla con simpatía.
Desde donde me hallaba sólo acertaba a ver algo menos
de la mitad de su semblante, de pómulo muy marcado bajo un ojo alargado hacia
la sien, que se ahondaba en profunda sombra bajo la voluntariosa arcada de la
ceja. El perfil era un dibujo muy puro, desde la frente a la nariz; pero,
inesperadamente, bajo los rasgos impasibles y orgullosos, la boca se hacía
espesa y sensual, alcanzando una mejilla delgada, en fuga hacia la oreja, que
acusaba en fuertes valores el modelado de aquel rostro enmarcado en una pesada
cabellera negra, recogida, aquí y allá, por peinetas de celuloide. Era evidente
que varias razas se encontraban mezcladas en esa mujer, india por el pelo y los
pómulos, mediterránea por la frente y la nariz, negra por la sólida redondez de
los hombros y una peculiar anchura de la cadera, que acababa de advertir al
verla levantarse para poner el hato de ropa y el paraguas en la rejilla de los
equipajes. Lo cierto era que esa viviente suma de razas tenía raza. Al ver sus
sorprendentes ojos sin matices de negrura evocaba las figuras de ciertos
frescos arcaicos, que tanto y tan bien miran, de frente y de costado, con un
círculo de tinta pintado en la sien. Esa asociación de imágenes me hizo pensar
en la Parisiense de Creta, llevándome a notar que esa viajera surgida
del páramo y de la niebla no era de sangre más mezclada que las razas que
durante siglos se habían mestizado en la cuenca mediterránea.
Más aún: llegaba a preguntarme si ciertas amalgamas de
razas menores, sin transplante de las cepas, eran muy preferibles a los
formidables encuentros habidos en los grandes lugares de reunión de América,
entre celtas, negros, latinos, indios y hasta «cristianos nuevos», en la
primera hora. Porque aquí no se habían volcado, en realidad, pueblos
consanguíneos, como los que la historia malaxara en ciertas encrucijadas del
mar de Ulises, sino las grandes razas del mundo, las más apartadas, las más
distintas, las que durante milenios permanecieron ignorantes de su convivencia
en el planeta.
La lluvia empezó a caer de repente, con monótona
intensidad, empañando los cristales. El regreso a una atmósfera casi normal
había sumido a los viajeros en una suerte de modorra. Después de comer alguna
fruta, me dispuse a dormir también, notando de paso que al cabo de una semana
de emprendido este viaje recuperaba la facultad de dormir a cualquier hora, que
recordaba haber tenido en la adolescencia. Cuando desperté, al caer de la
tarde, nos encontrábamos en una aldea de casas calizas, adosadas a la cordillera,
bajo una vegetación oscura, de bosques fríos, en la que los claros conseguidos
para la labranza parecían como parados en la espesura. De las copas de los
árboles colgaban gruesas lianas que se mecían sobre los caminos, asperjándolos
de un agua de niebla. Traída por las sombras largas de las montañas, la noche
subía ya a las cumbres. Mouche se prendió de mi brazo, toda desmadejada,
afirmando que la jornada la había resultado extenuante a causa de los cambios
de altitud.
Tenía dolor de cabeza, se sentía febril y quería
acostarse en el acto, luego de tomar algún remedio.
La dejé en una habitación enjalbegada con cal, cuyo
lujo se reducía a un aguamanil y una jofaina, y me fui al comedor de la posada,
que no era sino una prolongación y dependencia de la cocina, donde ardía, en
gran chimenea, un fuego de leña.
Luego de comer una sopa de maíz y un recio queso
montañés con olor a chivo, me sentía perezoso y feliz al claror de la hoguera.
Contemplaba el juego de las llamas, cuando una silueta hizo sombra frente a mí,
sentándose del otro lado de la mesa. Era la rescatada de aquella mañana, y como
ahora nos llegaba muy arreglada, me divertí en detallar su gracioso atavío de
buen ver. No estaba bien vestida ni mal vestida. Estaba vestida fuera de la
época, fuera del tiempo, con aquella intrincada combinación de calados,
fruncidos y cintas, en crudo y azul, todo muy limpio y almidonado, tieso como
baraja, con algo de costurero romántico y de arca de prestidigitador.
Llevaba un lazo de terciopelo, de un azul más oscuro,
prendido en el corpiño. Pidió platos cuyos nombres me eran desconocidos, y
empezó a comer lentamente, sin hablar, sin alzar los ojos del hule, como
dominada por una preocupación penosa. Al cabo de un rato me atreví a
interrogarla, y supe entonces que le tocaría hacer un buen trecho de camino con
nosotros, llevada por un piadoso deber. Venía del otro extremo del país,
cruzando desiertos y páramos, atravesando lagos de muchas islas, pasando por
selvas y por llanos, para llevar a su padre, muy enfermo, una estampa de los
Catorce Santos Auxiliares, a cuya devoción debía la familia verdaderos
milagros, y que había estado confiada hasta ahora a la custodia de una tía con
medios para lucirla en altares mejor iluminados. Como habíamos quedado solos en
el comedor, fue hacia una especie de armario con casillas, del que se
desprendía un grato perfume a yerbas silvestres, cuya presencia, en un rincón,
me tenía en curiosidad. Junto a frascos de maceraciones y vinagrillos, las
gavetas ostentaban los nombres de plantas. La joven se me acercó y, sacando
hojas secas, musgos y retamas, para estrujarlas en la palma de su mano, empezó
a alabar sus propiedades, identificándolas por el perfume.
Era la Sábila Serenada, para aliviar opresiones al
pecho, y un Bejuco Rosa para ensortijar el pelo; era la Bretónica para la tos,
la Albahaca para conjurar la mala suerte, y la Yerba de Oso, el Angelón, la
Pitahaya, y el Pimpollo de Rusia, para males que no recuerdo. Esa mujer se
refería a las yerbas como si se tratara de seres siempre despiertos en un reino
cercano aunque misterioso, guardado por inquietantes dignatarios. Por su boca
las plantas se ponían a hablar y pregonaban sus propios poderes.
El bosque tenía un dueño, que era un genio que
brincaba sobre un solo pie, y nada de lo que creciera a la sombra de los
árboles debía tomarse sin pago. Al entrar en la espesura para buscar el retoño,
el hongo o la liana que curaban, había que saludar y depositar monedas entre
las raíces de un tronco anciano, pidiendo permiso. Y había que volverse
deferentemente al salir, y saludar de nuevo, pues millones de ojos, vigilaban
nuestros gestos desde las cortezas y las frondas. No sabría decir por qué esa
mujer me pareció muy bella, de pronto, cuando arrojó a la chimenea un puñado de
gramas acremente olorosas, y sus rasgos fueron acusados en poderoso relieve por
las sombras. Iba yo a decir alguna elogiosa trivialidad cuando me dio
bruscamente las buenas noches, alejándose de las llamas. Me quedé solo
contemplando el fuego. Hacía mucho tiempo
que no contemplaba el fuego.
(Más tarde)
A poco de quedar solo frente al fuego oí algo como
pequeñas voces en un rincón de la sala. Alguien había dejado prendido un
aparato de radio, de viejísima estampa, entre las mazorcas y cohombros de una
mesa de cocina. Iba a apagarlo cuando sonó, dentro de aquella caja maltrecha,
una quinta de trompas que me era harto conocida. Era la misma que me hiciera
huir de una sala de conciertos no hacía tantos días. Pero esta noche, cerca de
los leños que se rompían en pavesas, con los grillos sonando entre las vigas
pardas del techo, esa remota ejecución cobraba un misterioso prestigio. Los
ejecutantes sin rostros, desconocidos, invisibles, eran como expositores
abstractos de lo escrito. El texto, caído al pie de estas montañas, luego de
volar por sobre las cumbres, me venía de no se sabía dónde con sonoridades que
no eran de notas, sino de ecos hallados en mí mismo. Acercando la cara,
escuché.
Ya la quinta de trompas era aleteada en tresillos por
los segundos violines y los violoncellos; pintáronse dos notas en descenso,
como caídas de los arcos primeros y de las violas, con un desgano que pronto se
hizo angustia, apremio de huida, ante una fuerza de súbito desatada. Y fue, en
un desgarre de sombras tormentosas, el primer tema de la Novena Sinfonía. Creí
respirar de alivio en una tonalidad afirmada, pero un rápido apagarse de las
cuerdas, derrumbe mágico de lo edificado, me devolvió al desasosiego de la
frase en gestación. Al cabo de tanto tiempo sin querer saber de su existencia,
la oda musical me era devuelta con el caudal de recuerdos que en vano trataba
de apartar del crescendo que ahora se iniciaba, vacilante aún y como
inseguro del camino. Cada vez que la sonoridad metálica de un corno apoyaba un
acorde, creía ver a mi padre, con su barbita puntiaguda, adelantando el perfil
para leer la música abierta ante sus ojos, con esa peculiar actitud del
cornista que parece ignorar, cuando toca, que sus labios se adhieren a la
embocadura de la gran voluta de cobre que da un empaque de capitel corintio a
toda su persona. Con ese mimetismo singular que suele hacer flacos y enjutos a
los oboístas, jocundos y mofletudos a los trombones, mi padre había terminado
por tener una voz de sonoridad cobriza, que vibraba nasalmente cuando,
sentándome en una silla de mimbre, a su lado, me mostraba grabados en que eran
representados los antecesores de su noble instrumento: olifantes de Bizancio,
buxines romanos, añafiles sarracenos y las tubas de plata de Federico
Barbarroja. Según él, las murallas de Jericó sólo pudieron haber caído al
llamado terrible del horn, cuyo nombre, pronunciado con rodada erre,
cobraba un peso de bronce en su boca.
Formado en conservatorios de la Suiza alemana,
proclamaba la superioridad del corno de timbre bien metálico, hijo de la trompa
de caza que había resonado en todas las Selvas Negras, oponiéndolo a lo que,
con tono peyorativo, llamaba en francés le cor, pues estimaba que la
técnica enseñada en París asimilaba su instrumento másculo a las femeninas
maderas.
Para demostrarlo volteaba el pabellón del instrumento
y lanzaba el tema de Sigfrido por sobre las paredes medianeras del patio con un
ímpetu de heraldo del Juicio Final. Lo cierto era que a una escena de caza de
la Raymunda de Glazounoff se debía mi nacimiento de este lado del
Océano. Mi padre había sido sorprendido por el atentado de Sarajevo en lo mejor
de una temporada wagneriana del Teatro Real de Madrid, y, encolerizado por el
inesperado arresto bélico de los socialistas alemanes y franceses, había renegado
del viejo continente podrido, aceptando el atril de primera trompa en una gira
que Anna Pawlova llevaba a las Antillas. Un matrimonio cuya elaboración
sentimental me resultaba obscura hizo que yo gateara mis primeras aventuras en
un patio sombreado por un gran tamarindo, mientras mi madre, atareada con la
negra cocinera, cantaba el cuento del Señor Don Gato, sentada en silla de oro,
al que preguntan que si quiere ser casado con una gata montesa, sobrina de un
gato pardo. La prolongación de la guerra, la escasa demanda de un instrumento
que sólo se empleaba en temporadas de ópera, cuando soplaban los nortes del
invierno, llevó a mi padre a abrir un pequeño comercio de música.
A veces, agarrado por la nostalgia de los conjuntos
sinfónicos en que había tocado, sacaba una batuta de la vitrina, abría la
oartitura de la Novena Sinfonía y dábase a dirigir orquestas
imaginarias, remedando los gestos de Nikisch o de Mahler, cantando la obra
entera con las más tremebundas onomatopeyas de percusión, bajos y metales. Mi
madre cerraba apresuradamente las ventanas para que no lo creyeran loco,
aceptando, sin embargo, con vieja mansedumbre hispánica, que cuanto hiciera ese
esposo, que no bebía ni jugaba, debía tomarse por bueno, aunque pudiera parecer
algo estrafalario. Precisamente mi padre era muy aficionado a frasear
noblemente, con su voz abaritonada, el movimiento ascendente, a la vez
lamentoso, fúnebre y triunfal, de la coda que ahora se iniciaba sobre un
temblor cromático en la hondura del registro grave. Dos rápidas escalas
desembocaron en el unísono de un exordio arrancado a la orquesta como a
puñetazos. Y fue el silencio. Un silencio pronto reconquistado por el alborozo
de los grillos y el crepitar de las brasas.
Pero yo esperaba, impaciente, el sobresalto inicial
del scherzo. Y ya me dejaba
llevar, envolver, por el endiablado arabesco que pintaban los segundos
violines, ajeno a todo lo que no fuera la música cuando el «doblado» de
trompas, de tan peculiar sonoridad, impuesto por Wagner a la partitura
beethoveniana por enmendar un error de escritura, volvió a sentarme al lado de
mi padre en los días en que no estuviera ya junto a nosotros, con su costurero
de terciopelo azul, la que tanto me había cantado la historia del Señor Don
Gato, el romance de Mambrú y el llanto de Alfonso XII por la muerte de
Mercedes: Cuatro duques la llevaban, por las calles de Aldaví. Pero
entonces las veladas se consagraban a la lectura de la vieja Biblia luterana
que el catolicismo de mi madre tuviera oculta, por tantos años, en el fondo de
un armario. Ensombrecido por la viudez, amargado por una soledad que no sabía
hallar remedios en la calle, mi padre había roto con cuanto le atara a la
ciudad cálida y bulliciosa de mi nacimiento, marchando a América del Norte,
donde volvió a iniciar su comercio con muy escasa fortuna.
La meditación del Eclesiastés, de los Salmos, se
asociaban en su mente a inesperadas añoranzas. Fue entonces cuando comenzó a
hablarme de los obreros que escuchaban la Novena Sinfonía. Su fracaso en
este continente se iba traduciendo, cada vez más, en la saudade de una Europa
contemplada en cimas y alturas, en apoteosis y festivales. Esto, que llamaban
el Nuevo Mundo, se había vuelto para él un hemisferio sin historia, ajeno a las
grandes tradiciones mediterráneas, tierra de indios y de negros, poblado por los
desechos de las grandes naciones europeas, sin olvidar las clásicas rameras
embarcadas para la Nueva Orleáns por gendarmes de tricornio, despedidas por
marchas de pífano —detalle, este último, que me parecía muy debido al recuerdo
de una ópera del repertorio—. Por contraste evocaba las patrias del continente
viejo con devoción, edificando ante mis ojos maravillados una Universidad de
Heidelberg que sólo podía imaginarme verdecida de yedras venerables.
Iba yo, por la imaginación, de las tiorbas del
concierto angélico a las insignes pizarras de la Gewandhause, de los concursos
de minnesangers a los conciertos de Potsdam, aprendiendo los nombres de
ciudades cuya mera gráfica promovía en mi mente espejismos en ocre, en blanco,
en bronce —como Bonn—, en vellón de cisne —como Siena—. Pero mi padre, para
quien la afirmación de ciertos principios constituía el haber supremo de la
civilización, hacía hincapié, sobre todo, en el respeto que allá se tenía por
la sagrada vida del hombre. Me hablaba de escritores que hicieron temblar una
monarquía, desde la calma de un descacho, sin que nadie se atreviera a
importunarlos. Las evocaciones del Yo Acuso, de las campañas de
Rathenau, hijas de la capitulación de Luis XVI ante Mirabeau, desembocaban
siempre en las mismas consideraciones acerca del progreso irrefrenable, de la
socialización gradual, de la cultura colectiva, llegándose al tema de los
obreros ilustrados que allá, en su ciudad natal, junto a una catedral del siglo
XIII, pasaban sus ocios en las bibliotecas públicas y los domingos, en vez de
embrutecerse en misas —pues allá el culto de la ciencia estaba sustituyendo a
las supersticiones— llevaban sus familias a escuchar la Novena Sinfonía.
Y así los había visto yo, desde la adolescencia, con
los ojos de la imaginación, esos obreros vestidos de blusa azul y pantalón de
pana, noblemente conmo vidos por el soplo genial de la obra beethoveniana,
escuchando tal vez este mismo trío, cuya frase tan cálida, tan envolvente,
ascendía ahora por las voces de los violoncellos y de las violas. Y tal había
sido el sortilegio de esa visión que, al morir mi padre, consagré el escaso
dinero de su magra herencia, el fruto de una subasta de sonatas y partitas, al
empeño de conocer mis raíces. Atravesé el Océano, un buen día, con el
convencimiento de no regresar. Pero al cabo de un aprendizaje del asombro que
yo hubiera calificado más tarde, en broma, de adoración de las fachadas, fue el
encuentro con realidades que contrariaban singularmente las enseñanzas de mi
padre.
Lejos de mirar hacia la Novena Sinfonía, las
inteligencias estaban como ávidas de marcar el paso en desfiles que pasaban
bajo arcos de triunfo de carpintería y mástiles totémicos de viejos símbolos
solares. La transformación del mármol y el bronce de las antiguas apoteosis en
gigantescos despilfarros de pinotea, tablas de un día, y emblemas de cartón
dorado, hubiera debido hacer más desconfiado.
a quienes escuchaban palabras demasiado amplificadas
por los altavoces, pensaba yo. Pero no parecía que así fuera. Cada cual se
creía tremendamente investido, y había muchos que se sentaban a la derecha de
Dios para juzgar a los hombres del pasado por el delito de no haber adivinado
lo futuro. Yo había visto ya, ciertamente, a un metafísico de Heidelberg
haciendo de tambor mayor de una parada de jóvenes filósofos que marchaban,
sacándose el tranco de la cadera, para votar por quienes hacían escarnio de cuanto
pudiera calificarse de intelectual.
Yo había visto a las parejas ascender, en noches de
solsticios, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos, votivos,
desprovistos ya de todo sentido.
Pero nada me había impresionado tanto como esa
citación a juicio, esa resurrección para castigo y profanación de la tumba de
quien hubiera rematado una sinfonía con el coral de la Confesión de Augsburgo,
o de aquel otro que había clamado, con una voz tan pura, ante las olas
verdegrises del gran Norte: «¡Amo el mar como mi alma!». Cansado de tener que
recitar el Intermezzo en voz baja y de oír hablar de cadáveres recogidos
en las calles, de terrores próximos, de éxodos nuevos, me refugié, como quien
se acoge a sagrado, en la penumbra consoladora de los museos, emprendiendo
largos viajes a través del tiempo. Pero cuando salí de las pinacotecas las
cosas marchaban de mal en peor. Los periódicos invitaban al degüello. Los
creyentes temblaban, bajo los pulpitos, cuando sus obispos alzaban la voz. Los
rabinos escondían la thorah, mientras los pastores eran arrojados de sus
oratorios. Se asistía a la dispersión de los ritos y al quebrantamiento del
verbo. De noche, en las plazas públicas, los alumnos de insignes Facultades
quemaban libros en grandes hogueras. No podía darse un paso en aquel continente
sin ver fotografías de niños muertos en bombardeos de poblaciones abiertas, sin
oír hablar de sabios confinados en salinas, de secuestros inexplicados, de
acosos y defenestraciones, de campesinos ametrallados en plazas de toros. Yo me
asombraba —despechado, herido a lo hondo— de la diferencia que existía entre el
mundo añorado por mi padre y el que me había tocado conocer. Donde buscaba la
sonrisa de Erasmo, el Discurso del Método, el espíritu humanístico, el fáustico
anhelo y el alma apolínea, me topaba con el auto de fe, el tribunal de algún
Santo Oficio, el proceso político que no era sino ordalía de nuevo género. Ya
no podía contemplarse un tímpano ilustre, un campanil, gárgola o ángel
sonriente sin oírse decir que ahí estaban previstas ya las banderías del
presente y que los pastores de Nacimientos adoraban algo que no era, en suma,
lo que cabalmente iluminaba el pesebre. La época me iba cansando.
Y era terrible pensar que no había fuga posible, fuera
de lo imaginario, en aquel mundo sin escondrijos, de naturaleza domada hacía
siglos, donde la sincronización casi total de las existencias hubiera centrado
las pugnas en torno a dos o tres problemas puestos en carne viva. Los discursos
habían sustituido a los mitos; las consignas a los dogmas.
Hastiado del lugar común fundido en hierro, del texto
expurgado y de la cátedra desierta, me acerqué nuevamente al Atlántico con el
ánimo de pa sarlo ahora en sentido inverso. Y, dos días antes de mi partida, me
vi contemplando una olvidada danza macabra que desarrollaba sus motivos sobre
las vigas del osario de San Sinforiano, en Blois. Era una suerte de patio de
granja, invadido por las yerbas, de una tristeza de siglos, encima de cuyos
pilares se conjugaba, una vez más, el inagotable tema de la vanidad de las
pompas, del esqueleto hallado bajo la carne lujuriante, del costillar podrido
bajo la casulla del prelado, del tambor atronado con dos tibias en medio de un
xilofonante concierto de huesos.
Pero aquí, la pobreza del establo que rodeaba el
eterno Ejemplo, la proximidad del río revuelto y turbio, la cercanía de granjas
y fábricas, la presencia de cochinos gruñendo como el cerdo de San Antón, al
pie de las calaveras talladas en una madera engrisada por siglos de lluvias,
daban una singular vigencia a ese retablo del polvo, la ceniza, la nada,
situándolo dentro de la época presente. Y los timbales que tanto percuten en el
scherzo beethoveniano cobraban una fatídica contundencia, ahora que los
asociaba, en mi mente, a la visión del osario de Blois, en cuya entrada me
sorprendieron las ediciones de la tarde con la noticia de la guerra.
Los leños eran rescoldos. En una ladera, más arriba del techo y de los pinos, un
perro aullaba en la bruma. Alejado de la música por la música misma, regresaba
a ella por el camino de los grillos, esperando la sonoridad de un si bemol que
ya contaba en mi oído. Y ya nacía, de una queda invitación de fagote y
clarinete, la frase admirable del Adagio, tan honda dentro del pudor de
su lirismo. Este era el único pasaje de la Sinfonía que mi madre —más
acostumbraba a la lectura de habaneras y selecciones de ópera— lograba tocar a
veces, por su tiempo pausado, en una transcripción para piano que sacaba de una
gaveta de la tienda. Al sexto compás, plácidamente rematado en eco por las
maderas, acabo de llegar del colegio, luego de mucho correr para resbalar sobre
las pequeñas frutas de los álamos que cubren las aceras. Nuestra casa tiene un
ancho soportal de columnas encaladas, situado como un peldaño de escalera,
entre los soportales vecinos, uno más alto, otro más bajo, todos atravesados
por el plano inclinado de la calzada que asciende hacia la Iglesia de Jesús del
Monte, que se yergue allá, en lo alto de los tejados, con sus árboles plantados
sobre un terraplén cerrado por barandales. La casa fue antaño de gente señora;
conserva grandes muebles de madera oscura, armarios profundos y una araña de
cristales biselados que se llena de pequeños arcoiris al recibir un último rayo
de sol bajado de las lucetas azules, blancas, rojas, que cierran el arco del
recibidor como un gran abanico de vidrio.
Me siento de piernas tiesas en el fondo de un sillón
de mecedora, demasiado alto y ancho para un niño, y abro el Epítome de
Gramática de la Real Academia, que esta tarde tengo que repasar. Estos,
Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora... rezael ejemplo que ha poco regresó a mi
memoria. Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora... La negra, allá en el
hollín de sus ollas, canta algo que se habla de los tiempos de la Colonia y de
los mostachos de la Guardia Civil. Ya se ha pegado la tecla del fa sostenido,
como de costumbre, en el piano que toca mi madre. En lo último de la casa hay
una habitación a cuya reja trepa un tallo de calabaza. Llamo a María del
Carmen, que juega entre las arecas en tiestos, los rosales en cazuela, los
semilleros de claveles, de calas, los girasoles del traspatio de su padre el
jardinero. Se cuela por el boquete de la cerca de cardón y se acuesta a mi
lado, en la cesta de lavandería en forma de barca que es la barca de nuestros
viajes. Nos envuelve el olor a esparto, a fibra, a heno, de esta cesta traída,
cada semana, por un gigante sudoroso, que devora enormes platos de habas a
quien llaman Baudilio.
No me canso de estrechar a la niña entre mis brazos.
Su calor me infunde una pereza gozosa que quisiera
alargar indefinidamente. Como se aburre de estar así, sin moverse, la aquieto
diciéndole que estamos en el mar. y que falta poco para llegar al muelle; que
será aquel baúl de tapa redonda, cubierta de hojalata de muchos colores, a cuya
agarradera se amarran las naves. En el colegio me han hablado de sucias
posibilidades entre varones y hembras. Las he rechazado con indignación,
sabiendo que eran porquerías inventadas por los grandes para burlarse de los
pequeños.
El día que me lo dijeron no me atreví a mirar a mi
madre de frente. Pregunto ahora a María del Carmen si quiere ser mi mujer, y
como responde que sí, la aprieto un poco más, imitando con la voz, para que no
se aparte de mí, el ruido de las sirenas de barcos. Respiro mal, me lleno de
latidos, y este malestar es tan grato, sin embargo, que no comprendo por qué,
cuando la negra nos sorprende así, se enoja, nos saca de la cesta, la arroja
sobre un armario y grita que estoy muy grande para esos juegos.
Sin embargo, nada dice a mi madre. Acabo por quejarme
a ella, y me responde que es hora de estudiar. Vuelvo al Epítome de Gramática,
pero me persigue el olor a fibra, a mimbre, a esparto. Este olor cuyo recuerdo
regresa del pasado, a veces, con tal realidad que me deja todo estremecido. Ese
olor que vuelvo a encontrar esta noche; junto al armario de las yerbas
silvestres, cuando el Adagio concluye sobre cuatro acordes pianissimo,
el primero arpegiado, y un estremecimiento, perceptible a través de la
transmisión, conmueve la masa coral cuya entrada se aproxima. Adivino el gesto
enérgico del director invisible, por el cual se entra, de golpe, en el drama
que prepara el advenimiento de la Oda de Schiller.
La tempestad de bronces y de timbales que se desata
para hallar, más tarde, un eco de sí misma, encuadra una recapitulación de los
temas ya escuchados. Pero esos temas aparecen rotos, lacerados, hechos jirones,
arrojados a una especie de caos que es gestación del futuro, cada vez que
pretenden alzarse, afirmarse, volver a ser lo que fueron. Esa suerte de
sinfonía en ruinas que ahora se atraviesa en la sinfonía total, serie de
dramático acompañamiento —pienso yo, con profesional deformación— para un documental
realizado en los caminos que me tocara recorrer como intérprete militar, al
final de la guerra. Eran los caminos del Apocalipsis, trazados entre paredes
rotas de tal manera que parecían los caracteres de un alfabeto desconocido;
camino de hoyos rellenados con pedazos de estatuas, que atravesaban abadías sin
techo, se jalonaban de ángeles decapitados, doblaban frente a una Ultima Cena
dejada a la intemperie por los obuses, para desembocar en el polvo y la ceniza
de lo que fuera, durante siglos, el archivo máximo del canto ambrosiano. Pero
los horrores de la guerra son obra del hombre. Cada época ha dejado los suyos
burilados en el cobre o sombreados por las tintas del aguafuerte. Lo nuevo
aquí, lo inédito, lo moderno, era aquel antro del horror, aquella cancillería
del horror, aquel coto vedado del horror que nos tocara conocer en nuestro
avance: la Mansión del Calofrío, donde todo era testimonio de torturas,
exterminios en masa, cremaciones, entre murallas salpicadas de sangre y de
excrementos, montones de huesos, dentaduras humanas arrinconadas a paletadas,
sin hablar de las muertes peores, logradas en frío, por manos enguantadas de
caucho, en la blancura aséptica, neta, luminosa, de las cámaras de operaciones.
A dos pasos de aquí, una humanidad sensible y cultivada —sin hacer caso del
humo abyecto de ciertas chimeneas, por las que habían brotado, un poco antes,
plegarias aulladas en yiddish— seguía coleccionando sellos, estudiando las
glorias de la raza, tocando pequeñas músicas nocturnas de Mozart, leyendo La
Sirenita de Andersen a los niños.
Esto otro también era nuevo, siniestramente moderno,
pavorosamente inédito. Algo se derrumbó en mí la tarde en que salí del
abominable parque de iniquidades que me esforzara en visitar para cerciorarme
de su posibilidad, con la boca seca y la sensación de haber tragado un polvo de
yeso. Jamás hubiera podido imaginar una quiebra tan absoluta del hombre de
Occidente como la que se había estampado aquí en residuos de espanto. De niño
me habían aterrorizado las historias que entonces corrían acerca de las atrocidades
cometidas por Pancho Villa, cuyo nombre se asociaba en mi memoria a la sombra
velluda y nocturnal de Mandinga. «Cultura obliga», solía decir mi padre ante
las fotos de fusilamientos que entonces difundía la prensa, traduciendo, con
ese lema de una nueva caballería del espíritu, su fe en el ocaso de la
iniquidad por obra de los Libros.
Maniqueísta a su manera, veía el mundo como el campo
de una lucha entre la luz de la imprenta y las tinieblas de una animalidad
original, propiciadora de toda crueldad en quienes vivían ignorantes de
cátedras, músicas y laboratorios. El Mal, para él, estaba personificado por
quien, al arrimar sus enemigos al paredón de las ejecuciones, remozaba, al cabo
de los siglos, el gesto del príncipe asirio cegando a sus prisioneros con una
lanza, o del feroz cruzado que emparedara a los cátaros en las cavernas del Mont-Segur.
El Mal, del que estaba ya librada la Europa de Beethoven, tenía su último
reducto en el Continente-de-poca-Historia... Pero luego de haberme visto en la
Mansión del Calofrío, en este campo imaginado, creado, organizado por gente que
sabía de tantas cosas nobles, los disparos de los Charros de Oro, las ciudades
tomadas a porfía, los trenes descarrilados entre cactos y chumberas, las
balaceras en noche de mitote, me parecían alegres estampas de novela de
aventura, llenas de sol de cabalgatas, de viriles alardes, de muertes limpias
sobre el cuero sudado de las monturas, junto al rebozo de las soldaderas recién
paridas a orillas del camino.
Y lo peor fue que la noche de mi encuentro con la más
fría barbarie de la historia, los victimarios y guardianes, y también los que
se llevaban los algodones ensangrentados en cubos, y los que tomaban notas en
sus cuadernos forrados de hule negro, que estaban presos en un hangar, se
dieron a cantar después del rancho. Sentado en mi camastro, sacado del sueño
por el asombro, les oía cantar lo mismo que ahora, levantados por un lejano
gesto del director, cantaban los del coro:
Freunde, schöner Götterfunken,
Tochter aus Elysium!
Wir betreten feuertrunken,
Himmlische, dein Heiligtum.
Por fin había alcanzado la Novena Sinfonía, causa
de mi viaje anterior, aunque no ciertamente donde mi padre la hubiera situado. ¡Alegría!
El más bello fulgor divino, hija del Elíseo. Ebrios de tu fuego penetramos, ¡oh
Celestial!, en tu santuario... Todos los hombres serán hermanos donde se cierne
tu vuelo suave. Las estrofas de Schiller me laceraban a sarcasmos. Eran la
culminación de una ascensión de siglos durante la cual se había marchado sin
cesar hacia la tolerancia, la bondad, el entendimiento de lo ajeno. La Novena
Sinfonía era el tibio hojaldre de Montaigne, el azur de la Utopía, la
esencia del Elzevir, la voz de Voltaire en el proceso Calas.
Ahora crecía, henchido de júbilo, el alie Menschen
werden Brüder wo dein sanfter Flügel weilt, como la noche aquella en que
perdí la fe en quienes mentían al hablar de sus principios, invocando textos
cuyo sentido profundo estaba olvidado. Por pensar menos en la Danza Macabra que
me envolvía cobré mentalidad de mercenario, dejándome arrastrar por mis
compañeros de armas a sus tabernas y burdeles.
Me di a beber como ellos, sumiéndome en una suerte de
inconsciencia mantenida del lado de acá del traspié, que me permitió acabar la
campaña sin entusiasmarme por palabras ni hechos. Nuestra victoria me dejaba
vencido. No logró admirarme siquiera la noche pasada en la utilería del teatro
de Bayreuth, bajo una wagneriana zoología de cisnes y caballos colgados del
cielo raso, junto a un Fafner deslucido por la polilla, cuya cabeza parecía
buscar amparo bajo mi camastro de invasor. Y fue un hombre sin esperanza quien
regresó a la gran ciudad y entró en el primer bar para acorazarse de antemano
contra todo propósito idealista. El hombre que trató de sentirse fuerte en el
robo de la mujer ajena, para volver, en fin de cuentas, a la soledad del hecho
no compartido. El hombre llamado Hombre que, la mañana anterior, aceptaba
todavía la idea de estafar con instrumentos de rastro a quien hubiera puesto en
él su confianza... Y me aburre, de pronto, esta Novena Sinfonía con sus
promesas incumplidas, sus anhelos mesiánicos, subrayados por el feriante
arsenal de la «música turca» que tan populacheramente se desata en el prestís
simo final. No espero el
maestoso Tochter aus Elysium! Freude schóner Gotterfunken del exordio.
Corto la transmisión, preguntándome cómo he podido escuchar la partitura casi
completa, con momentos de olvido de mí mismo, cuando las asociaciones de
recuerdos no me absorbían demasiado. Mi mano busca un cohombro cuya frialdad parece salirle
de tras de la piel; la otra sopesa el verdor de un ají que rompe el pulgar para
bañarse del zumo que luego recoge la boca con deleite. Abro el armario de las
plantas y saco un puñado de hojas secas, que aspiro largamente. En la chimenea
late aún, en negro y rojo, como algo viviente, un último rescoldo. Me asomo a
una ventana: los árboles más próximos se han perdido en la niebla. El ganso del
traspatio desenvaina la cabeza de bajo el ala y entreabre el piso, sin acabar
de despertarse. En la noche ha caído un fruto.
(Martes, 12)
Cuando Mouche salió de la habitación, poco después del
alba, parecía más cansada que la víspera.
Habían bastado las incomodidades de un día de rodar
por carreteras difíciles, el lecho duro, la necesidad de madrugar, de someter
el cuerpo a una disciplina, para provocar una suerte de descoloramiento de su
persona. Quien tan piafante y vivaz se mostraba en el desorden de nuestras
noches de allá, era aquí la estampa del desgano. Parecía que se hubiera
empañado la claridad de su cutis, y mal guardaba un pañuelo sus cabellos que se
le iban en greñas de un rubio como verdecido. Su expresión de desagrado la avejentaba
de modo sorprendente, adelgazando, con fea caída de las comisuras, unos labios
que los malos espejos y la escasa luz no le permitían pintar debidamente.
Durante el desayuno, por distraerla, le hablé de la viajera a quien había
conocido la noche anterior. En eso llegó la aludida, toda temblorosa, riendo de
su temblor, pues había ido a asearse a una fuente cercana con las mujeres de la
casa. Su cabellera, torcida en trenzas en torno a la cabeza, goteaba todavía
sobre su rostro mate.
Se dirigió a Mouche con familiaridad, tuteándola como
si la conociera de mucho tiempo, en preguntas que yo iba traduciendo. Cuando
subimos al autobús, las dos mujeres habían concertado un lenguaje de gestos y
palabras sueltas que les bastaba para entenderse.
Mi compañera, nuevamente fatigada, descansó la cabeza
sobre el hombro de la que —lo sabíamos ahora— llamábase Rosario, y escuchaba
sus quejas por los quebrantos de tan intómodo viaje con una solicitud maternal
en la que yo vislumbraba, sin embargo, un dejo de ironía. Contento por verme
algo descargado de Mouche, emprendí alegremente la jornada, solo en un ancho
asiento. Esta misma tarde llegaríamos al puerto fluvial de donde salían
embarcaciones para los linderos de la Selva del Sur, y 'de recodo en recodo,
siguiendo laderas, descendiendo siempre, íbamos hacia horas más soleadas.
Nos deteníamos a veces en pueblos apacibles, de pocas
ventanas abiertas, rodeados por una vegetación cada vez más tropical. Aquí
aparecían enredaderas florecidas, cactos, bambúes; allá una palmera brotaba de
un patio, abriéndose sobre el tejado de una casa donde las zurcidoras
trabajaban al fresco. Tan cerrada y continua fue la lluvia que rompió sobre
nosotros a mediodía que, hasta el final de la tarde, no acerté a ver cosa
alguna a través de los cristales engrisados por el agua. Mouche sacó un libro
de su maleta. Rosario, por imitarle, buscó un tomo en su hato. Era un volumen
impreso en papel malo, lleno de escorias, cuya portada en tricromía mostraba
una mujer cubierta de pieles de oso o algo parecido, que era abrazada por un
magnífico caballero en la entrada de una gruta, bajo la mirada complacida de
una cierva de largo cuello: Historia de Genoveva de Brabante. En mi
mente se hizo al punto un chusco contraste entre tal lectura y cierta famosa
novela moderna que estaba en las manos de Mouche, y que yo había dejado en el
tercer capítulo, agobiado por una especie de vergüenza triste ante su caudal de
obscenidad. Enemigo de toda continencia sexual, de toda hipocresía en lo que
miraba el juego de los cuerpos, me irritaba, sin embargo, cualquier literatura
o vocabulario que encanallara el amor físico, por vías de la burla, el sarcasmo
o la grosería. Me parecía que el hombre debía guardar, en sus acoplamientos, la
sencilla impulsividad, el espíritu de retozo que eran propios del celo de las
bestias, dándose alegremente a su placentera actividad a sabiendas de que el
aislamiento tras de cerrojos, la ausencia de testigos, la complicidad en la
busca del deleite, excluían cuanto pudiera promover la ironía o la chanza —por
el desajuste de los físicos, por la animalidad de ciertos machihembramientos—
en las trabazones de una pareja que no podía contemplarse a sí misma con ojos
ajenos. Por lo mismo la pornografía me era tan intolerable como ciertos cuentos
verdes, ciertas desinencias sucias, ciertos verbos metafóricamente aplicados a
la actividad sexual, y no podía considerar sin repulsión una determinada
literatura, muy gustada en el presente, que parecía empeñada en degradar y
afear cuanto podía hacer que el hombre, en momentos de tropiezos y desalientos,
hallara una compensación a sus fracasos en la más fuerte afirmación de su
virilidad, sintiendo en la carne por él dividida su presencia más entera. Yo
leía por sobre los hombros de las dos mujeres, tratando de contrapuntear la
prosa negra y la prosa rosa; pero pronto se me hizo imposible el juego, por la
rapidez con que Mouche doblaba las páginas, y la lentitud de lectura de
Rosario, que llevaba los ojos, pausadamente, del comienzo al extremo de los
renglones, con el movimiento de labios de quien deletrea, hallando aventuras
apasionantes en la sucesión de palabras que no siempre se ordenaban como ella
hubiese querido. A veces se detenía ante una infamia hecha a la desventurada
Genoveva, con un pequeño gesto de indignación; volvía a comenzar el párrafo,
dudando de que tanta maldad fuese posible. Y pasaba nuevamente por sobre el
penoso episodio, como consternada de su impotencia ante los hechos. Su rostro
reflejaba una profunda ansiedad, ahora que se precisaban los sombríos designios
de Golo. «Son cuentos de otros tiempos», le dije, por hacerla hablar.
Sobresaltada se volvió hacia mí al saber que había
estado leyendo por encima de su hombro. «Lo que los libros di:en es verdad»,
contestó. Miré hacia el tomo de Mouche, pensando que si era verdad lo que allí
se contaba, en una prosa que el editor, aterrado, había tenido que amputar
varias veces, no por ello se había alcanzado —con laboriosos alardes— unas
obscenidad que los escultores hindúes o los simples alfareros incaicos habían
situado en un plano de auténtica grandeza. Ahora Rosario cerraba los ojos. «Lo
que dicen los libros es verdad.» Es probable que, para ella, la historia de
Genoveva fuera algo actual: algo que transcurría, al ritmo de su lectura, en un
país del presente. El pasado no es imaginable para quien ignora el ropero,
decorado y utilería de la historia. Así, debía imaginarse los castillos del
Brabante como las ricas haciendas de acá, que solían tener paredes almacenadas.
Los hábitos de la caza y la monta se perpetuaban en estas tierras, donde el
venado y el váquiro eran entregados al acoso de las jaurías. Y en cuanto al traje, Rosario debía ver su novela como ciertos pintores del temprano Renacimiento
veían el Evangelio, vistiendo a los personajes de la Pasión a la manera de los
notables del día, arrojando al infierno, cabeza abajo, algún Pilato con atuendo
de magistrado florentino... Cayó la noche y la luz se hizo tan escasa que cada
cual se encerró en sí mismo. Hubo un prolongado rodar en la oscuridad y, de
súbito, a la vuelta de un peñasco, salimos a la encendida vastedad del Valle de
las Llamas.
Ya me habían hablado algunos, durante el viaje, de la
población nacida allá abajo, en unas pocas semanas, al brotar el petróleo sobre
una tierra encenagada.
Pero esa referencia no me había sugerido la
posibilidad del espectáculo prodigioso que ahora se ampliaba a cada vuelta del
camino. Sobre una llanura pelada, era un vasto bailar de llamaradas que
restallaban al viento como las banderas de algún divino asolamiento. Atadas al
escape de gases de los pozos se mecían, tremolaban, envolviéndose en sí mismas,
girando, a la vez libres y sujetas a corta distancia de los mechurrios —astas
de ese fuego enjambre, de ese fuego árbol, parado sobre el suelo, que volaba
sin poder volar, todo silbante de púrpuras exasperadas. El aire las
transformaba, de súbito, en luces de exterminio, en teas enfurecidas, para
reunirlas luego en un haz de antorchas, en un solo tronco rojinegro que tenía
fugaces esguinces de torso humano; pero pronto se rompía lo amasado y el
ardiente cuerpo, sacudido de convulsiones amarillas, se enroscaba en zarza
ardiente, hincada de chispas, sonora de bramidos, antes de estirarse hacia la
ciudad, en mil latigazos zumbantes, como para castigo de una población impía.
Junto a esas piras encadenadas proseguían su trabajo de extracción,
incansables, regulares, obsesionantes, unas máquinas cuyo volante tenía el
perfil de una gran ave negra, con pico que hincaba isócronamente la tierra, en
movimientos de pájaro horadando un tronco. Había algo impasible, obstinado,
maléfico, en esas siluetas que se mecían sin quemarse, como salamandras nacidas
del flujo y reflujo de las fogaradas que el viento encrespaba, en marejadas,
hasta el horizonte. Daban ganas de darles nombres que fuesen buenos para
demonios y me divertía en llamarlas Flacocuervo, Buitrehierro o Maltrídente,
cuando terminó nuestro camino en un patio donde unos cochinos negros,
enrojecidos por el resplandor de las llamas, chapaleaban en charcos cuyas aguas
tenían costras jaspeadas y ojos de aceite. El comedor de la fonda estaba lleno
de hombres que hablaban a gritos, como aneblados por el humo de las
parrilladas. Con las máscaras antigases colgadas aún debajo de la barbilla, sin
haberse quitado todavía las ropas del trabajo, parecía que sobre ellos se
hubieran fijado, en coladas, borrones y pringues, las más negras exudaciones de
la tierra. Todos bebían desaforadamente con las botellas empuñadas por el
gollete, entre naipes y fichas revueltas sobre las mesas. Pero de pronto, las
briscas quedaron en suspenso y los jugadores se volvieron hacia el patio en una
grita de júbilo. Allí se producía un golpe de teatro: traídas por no sé qué
vehículo, habían aparecido mujeres en traje de baile, con zapato de tacón y muchas
luces en el pelo y el cuello, cuya presencia en aquel corral fangoso, orlado de
pesebres, me pareció alucinante. Además, la mostacilla, las cuentas, los
abalorios que adornaban los vestidos, reflejaban a la vez las llamaradas que a
cada cambio de viento daban nuevo rumbo a su ronda de resplandores. Esas
mujeres rojas corrían y trajinaban entre los hombres oscuros, llevando fardos y
maletas, en una algarabía que acababa de atolondrarse con el espanto de los
burros y el despertar de las gallinas dormidas en las vigas de los sobradillos.
Supe entonces que mañana sería la fiesta del patrón del pueblo, y que aquellas
mujeres eran prostitutas que viajaban así todo el año, de un lugar a otro, de
ferias a procesiones, de minas a romerías, para aprovecharse de los días en que
los hombres se mostraban espléndidos. Así, seguían el itinerario de los
campanarios, fornicando por San Cristóbal o por Santa Lucía, los fieles
Difuntos o los Santos Inocentes, a las orillas de los caminos, junto a las
tapias de los cementerios, sobre las playas de los grandes ríos o en los
cuartos estrechos, de palangana en tierra, que alquilaban en la trastienda de
las tabernas. Lo que más me asombraba era el buen humor con que las recién
llegadas eran acogidas por la gente de fundamento, sin que las mujeres honestas
de la casa, la esposa, la joven hija del posadero, hicieran el menor gesto de
menosprecio.
Me parecía que se las miraba un poco como a los bobos,
gitanos o locos graciosos, y las fámulas de cocina reían al verlas saltar, con
sus vestidos de baile, por sobre los cochinos y los charcos, cargando sus hatos
con ayuda de algunos mineros ya resueltos a gozarse de sus primicias. Yo
pensaba que esas prostitutas errantes, que venían a nuestro encuentro,
metiéndonse en nuestro tiempo, eran primas de las ribaldas del Medioevo, de las
que iban de Bremen a Hamburgo, de Amberes a Gante, en tiempos de feria, para
sacar malos humores a maestros y aprendices, aliviándose de paso a algún romero
de Compostela, por el permiso de besar la venera de tan lejos traída. Después
de recoger sus cosas, las mujeres entraron en el comedor de la fonda con gran
alboroto. Mouche, maravillada, me invitó a seguirlas, para observar mejor sus
vestidos y peinados. Ella, que hasta ahora había permanecido indiferente y
soñolienta, estaba como transfigurada. Hay seres cuyos ojos se encienden cuando
sienten la proximidad del sexo. Insensible, quejosa desde la víspera, mi amiga
parecía revivir en la primera atmósfera turbia que la salía al paso. Declarando
ahora que esas prostitutas eran formidables, únicas, de un estilo que se
había perdido, comenzó a acercarse a ellas. Al ver que se sentaba en uno de los
bancos del fondo, junto a una mesa que ocupaban las recién llegadas, buscando
conversación por gestos con una de las más vistosas, Rosario me miró con
extrañeza, como queriendo decirme algo. Por eludir una explicación que
probablemente no entendería, cargué con el equipaje y fui en busca de nuestro
cuarto. Sobre las bardas del patio danzaba el resplandor de los fuegos. Estaba
sacando cuentas de lo gastado últimamente cuando me pareció que Mouche me
llamaba con voz angustiada.
En el espejo del armario la vi pasar, al otro extremo
del corredor, como huyendo de un hombre que la perseguía. Cuando llegué adonde
estaban, el hombre la había agarrado por el talle y la empujaba dentro de una
habitación. Al recibir mi puñetazo se volteó bruscamente y su golpe me arrojó
sobre una mesa cubierta de botellas vacías que se estrellaron al caer. Me
colgué de mi adversario y rodamos en el piso, sintiendo las hincadas de los
vidrios en las manos y en los brazos. Al cabo de una rápida lucha, en que el
otro me dejó sin fuerzas, me vi preso entre sus rodillas, de espaldas en el
suelo, bajo la anchura de dos puños que se levantaban para caer mejor, como una
maza, sobre mi cara. En aquel instante, Rosario entró en el cuarto, seguida del
posadero.
«¡Yannes! —gritó—. ¡Yannes!» Agarrado por las muñecas,
el hombre se levantó lentamente, como avergonzado de lo hecho. El posadero le
explicaba algo que por mi excitación nerviosa no acertaba a oír. Mi adversario parecía humilde; ahora me hablaba con
tono compungido: «Yo no sabía... Equivocación...
Debió decir tenía marido.» Rosario me limpiaba la cara con un paño untado de ron:
«La culpa fue de ella; estaba metida entre las otras.» Lo peor de todo era que
yo no sentía verdadera cólera contra el que me había golpeado, sino contra
Mouche, que, en efecto, por un alarde muy propio de su carácter, había ido a
sentarse con las prostitutas. «No
ha pasado nada... No ha pasado nada»,
proclamaba el posadero ante los curiosos que llenaban el corredor.
Y Rosario, como si nada hubiera ocurrido, en efecto,
me hizo dar la mano al que ahora se deshacía en excusas. Para acabar de
aplacarme, me hablaba de él, afirmando que lo conocía de mucho tiempo, pues no
era de este lugar, sino de Puerto Anunciación, el pueblo cercano a la Selva del
Sur, donde la esperaba su padre enfermo con el remedio de la milagrosa estampa.
El título de Buscador de Diamantes me hizo interesante, de pronto, al que poco
antes me golpeara. Pronto nos vimos en la cantina, con media botella de
aguardiente bebida, olvidados de la estúpida pelea. Ancho de pecho, espigado de
cintura, con algo de ave de presa en la mirada, el minero movía un semblante
sombreado por un filo de barba que podía haberse desprendido de un arco de
triunfo por la decisión y el empaque del perfil. Al saber que era griego
—explicándoseme así la tremenda eliminación de artículos que caracterizaba su
manera de hablar— estuve a punto de preguntarle, por broma, si era uno de los
Siete contra Tebas. Pero en eso apareció Mouche, con aire indiferente, como si
ignorara lo de la riña que nos había llenado las manos de cortaduras. Le hice
algunos reproches a medias palabras que expresaban insuficientemente mi
irritación. Ella se sentó del otro lado de la mesa, sin hacer caso, y se dio a
examinar al griego —tan respetuoso ahora, que había apartado su escabel para no
estar demasiado cerca de mi amiga— con un interés que me pareció un reto
exasperante en semejante momento. A las excusas del Buscador de Diamantes, que
se calificaba a sí mismo de «bruto idiota maldecido», respondió que el suceso
no tenía importancia.
Me volví hacia Rosario. Ella me miraba soslayadamente, con cierta gravedad
irónica que no sabía cómo interpretar. Quise iniciar una conversación
cualquiera que nos alejara de lo presente, pero las palabras no me venían a la
boca. Mouche, mientras tanto, se había acercado al griego con una sonrisa tan
incitante y nerviosa que la ira me encendió las sienes. Apenas habíamos salido
de un percance que hubiera podido tener consecuencias lamentables, se gozaba en
aturdir al minero que la tratara media hora antes como a una prostituta. Esa
actitud era tan literaria, debía tanto al espíritu que había exaltado, en este
tiempo, la taberna de marineros y los muelles de brumas, que la hallé
increíblemente grotesca, de pronto, en su incapacidad de desasirse, ante cualquier
realidad, de los lugares comunes de su generación. Tenía que elegir un
hipocampo, por pensar en Rimbaud, donde vendían toscos relicarios de artesanía
colonial; había de burlarse de la ópera romántica en el teatro que,
precisamente, devolvía su fragancia al jardín de Lamermoore, y no veía que la
prostituta de las novelas de la Evasión se había transformado, aquí, en una
mezcla de feriante oportuna y de Egipcíaca sin olor de santidad. La miré de
modo tan ambiguo que Rosario, creyendo tal vez que iba a pelear de nuevo, por
celos, me salió al paso en maniobra de aplacamiento con una frase oscura que
tenía de proverbio y de sentencia: «Cuando el hombre pelea, que sea por
defender su casa.» No sé lo que entendía Rosario por «mi casa»; pero tenía
razón si pretendía decir lo que quise comprender: Mouche no era «mi casa».
Era, por el contrario, aquella hembra alborotosa y
rencillosa de las Escrituras, cuyos pies no podían estar en la casa. Con la
frase se tendía un puente por sobre el ancho de la mesa entre Rosario y yo, y
sentí, en aquel momento, el apoyo de una simpatía que se hubiera dolido, tal
vez, de verme vencido nuevamente. Por lo demás, la joven crecía ante mis ojos a
medida que transcurrían las horas, al establecer con el ambiente ciertas
relaciones que me eran cada vez más perceptibles. Mouche, en cambio, iba resultando
tremendamente forastera dentro de un creciente desajuste entre su persona y
cuanto nos circundaba. Un aura de exotismo se espesaba en torno a ella,
estableciendo distancias entre su figura y las demás figuras; entre sus
acciones, sus maneras, y los modos de actuar que aquí eran normales. Se
tornaba, poco a poco, en algo ajeno, mal situado, excéntrico, que llamaba la
atención, como llamaba la antención antaño, en las cortes cristianas, el
turbante de los embajadores de la Sublime Puerta. Rosario, en cambio, era como
la Cecilia o la Lucía que vuelve a engastarse en sus cristales cuando termina
de restaurarse un vitral. De la mañana a la tarde y de la tarde a la noche se
hacía más auténtica, más verdadera, más cabalmente dibujada en un paisaje que
fijaba sus constantes a medida que nos acercábamos al río. Entre su carne y la
tierra que se pisaba se establecían relaciones escritas en las pieles
ensombrecidas por la luz, en la semejanza de las cabelleras visibles, en la
unidad de formas que daba a los talles, a los hombros, a los muslos que aquí se
alababan, una factura común de obra salida de un mismo torno. Me sentía cada
vez más cerca de Rosario, que embellecía de hora en hora, frente a la otra que
se difuminaba en su distancia presente, aprobando cuanto decía y expresaba. Y,
sin embargo, al mirar a la mujer como mujer, me veía torpe, cohibido,
consciente de mi propio exotismo, ante una dignidad innata que parecía negada
de antemano a la acometida fácil. No eran tan sólo botellas las que se alzaban
ahí, en barrera de vidrio que imponía cuidado a las manos: eran los mil libros
leídos por mí, ignorados por ella; eran creencias de ella, costumbres,
supersticiones, nociones, que yo desconocía y que, sin embargo, alentaban
razones de vivir tan válidas como las mías. Mi formación, sus prejuicios, lo
que le habían enseñado, lo que sobre ella pasaba, eran otros tantos factores
que, en aquel momento, me parecían inconciliables. Me repetía a mí mismo que
nada de esto tenía que ver con el siempre posible acoplamiento de un cuerpo de
hombre y un cuerpo de mujer, y, no obstante, reconocía que toda una cultura,
con sus deformaciones y exigencias, me separaba de esa frente detrás de la cual
no debía haber siquiera una noción muy clara de la redondez de la tierra, ni de
la disposición de los países sobre el mapa. Eso pensaba yo al recordar sus
creencias sobre el espíritu unípedo de los bosques. Y al ver la pequeña cruz de
oro que le colgaba del cuello, observé que el único terreno de entendimiento
que podíamos tener en común, el de la fe en Cristo, lo habían desertado mis
antepasados paternos hacía mucho tiempo: desde que, hugonotes expulsados de la
Saboya por la revocación del Edicto de Nantes, pasados a la Enciclopedia por un
tatarabuelo mío, amigo del barón de Holbach, conservaran Biblias en la familia,
sin creer ya en las Escrituras, únicamente por aquello de que no estaban
exentas de una cierta poesía... La taberna se vio invadida por los mineros de
otro turno. Las mujeres rojas regresaban de los cuartos del patio, guardándose
el dinero de los primeros tratos. Por acabar con la situación falsa que nos
tenía desasosegados en torno a la mesa, propuse que anduviéramos hacia el río.
El Buscador de Diamantes estaba como cohibido ante la insinuante deferencia de
Mouche, que le hacía contar sus andanzas en la selva, aunque sin escucharlo, en
un francés de tan pocas palabras que nunca lograba cerrar una frase. Ante mi
propuesta de salir, compró botellas de cerveza fría, como aliviado, y nos llevó
a una calle recta que se perdía en la noche, alejándose de los fuegos del
valle. Pronto llegamos a la orilla del río que corría en la sombra, con un
ruido vasto, continuando, profundo, de masa de agua dividiendo las tierras. No
era el agitado escurrirse de las corrientes delgadas, ni el chapoteo de los
torrentes, ni la fresca placidez de las ondas de poco cauce que tantas veces
hubiera oído de noche en otras riberas: era el empuje sostenido, el ritmo
genésico de un descenso iniciado a centenares y centenares de leguas más
arriba, en las reuniones de otros ríos venidos de más lejos aún, con todo su
peso de cataratas y manantiales.
En la oscuridad parecía que el agua, que empujaba el
agua desde siempre, no tuviera otra orilla y que su rumor lo cubriera todo, en
lo adelante, hasta los confines del mundo. Andando en silencio llegamos a una
ensenada —un remanso más bien— que era cementerio de viejos barcos abandonados,
con sus timones dejados al garete y los sollados llenos de ranas. En medio,
encallado en el limo, había un antiguo velero, de muy noble estampa, con proa
de mascarón que era una Anfitrite de madera tallada, cuyos senos desnudos
surgían de velos alargados hasta los escobenes, en movimiento de alas. Cerca
del casco nos detuvimos, casi al pie de la figura que parecía volar sobre
nosotros cuando era enrojecida de súbito por la llamarada tornadiza de un
mechurrio. Emperezados por el frescor de la noche y el ruido perenne del río en
marcha, acabamos por recostarnos en la grava de la orilla. Rosario se soltó el
pelo y empezó a peinarlo lentamente, con gesto tan íntimo, tan sabedor de la
proximidad del sueño, que no me atreví a hablarle. Mouche, en cambio, contaba
nimiedades, interrogaba al griego, celebraba sus respuestas con risas en
diapasón agudo, sin advertir, al parecer, que estábamos en un lugar cuyos
elementos componían una de esas escenografías inolvidables que el hombre encuentra
muy pocas veces en su camino. El mascarón, las llamas, el río, los barcos
abandonados, las constelaciones: nada de lo visible parecía emocionarla. Creo
que fue ése el momento en que su presencia comenzó a pesar sobre mí como un
fardo que cada jornada cargaría de nuevos lastres.
(Miércoles, 13)
Silencio es palabra de mi vocabulario. Habiendo trabajado la
música, la he usado más que los hombres de otros oficios. Sé cómo puede
especularse con el silencio; cómo se le mide y encuadra. Pero ahora, sentado en
esta piedra, vivo el silencio; un silencio venido de tan lejos, espeso de
tantos silencios, que en él cobraría la palabra un fragor de creación, Si yo
dijera algo, si yo hablara a solas, como a menudo hago, me asustaría a mí
mismo. Los marineros han quedado abajo, en la orilla, cortando pasto para los
toros sementales que viajaban con nosotros.
Sus voces no me alcanzan. Sin pensar en ellos contemplo esta llanura inmensa,
cuyos límites se disuelven en un leve oscurecimiento circular del cielo. Desde
mi punto de vista de guijarro, de grama, abarco, en su casi totalidad, una
circunferencia que es parte cabal, entera, del planeta en que vivo. No tengo ya
que alzar los ojos para hallar una nube: aquellos cirros inmóviles, que parecen
detenidos allá desde siempre, están a la altura de la mano que da sombra a mis
párpados. De lejanía en lejanía se yergue un árbol copudo y solitario, siempre
acompañado de un cacto, que es como un largo candelabro de piedra verde, sobre
el cual descansan los gavilanes, impasibles, pesados, como pájaros de
heráldica.
Nada hace ruido, nada topa con nada, nada rueda ni
vibra. Cuando una mosca da con el vuelo en una telaraña, el zumbido de su
horror adquiere el valor de un estruendo. Luego vuelve a estar el aire en
calma, de confín a confín, sin un sonido. Llevo más de una hora aquí, sin
moverme, sabiendo cuán inútil es andar donde siempre se estará al centro de lo
contemplado. Muy lejos asoma un venado entre las junqueras de un ojo de agua. Y
se detiene, noblemente erguida la cabeza, tan inmóvil sobre la planicie que su
figura tiene algo de monumento y algo, también, de emblema totémico. Es como el
antepasado mítico de hombres por nacer; como el fundador de un clan que hará de
su cornamenta clavada en un palo, blasón, himno y bandera. Al sentirme en la
brisa se aleja a pasos medidos, sin prisa, dejándome solo con el mundo. Me
vuelvo hacia el río. Su caudal es tan vasto que los raudales, torbellinos,
resabios, que agitan su perenne descenso se funden en la unidad de un pulso que
late de estíos a lluvias, con los mismos descansos y paroxismos, desde antes de
que el hombre fuese inventado. Embarcamos hoy, al alba, y he pasado largas
horas mirando a las riberas, sin apartar mucho la vista de la relación de Fray
Servando de Castillejos, que trajo sus sandalias aquí hace tres siglos. La
añeja prosa sigue válida. Donde el autor señalaba una piedra con perfil de
saurio, erguida en la orilla derecha, he visto la piedra con perfil de saurio,
erguida en la orilla derecha. Donde el cronista se asombraba ante la presencia
de árboles gigantescos, he visto árboles gigantes, hijos de aquéllos, nacidos
en el mismo lugar, habitados por los mismos pájaros, fulminados por los mismos
rayos.
El río entra, en el espacio que abarcan mis ojos, por
una especie de tajo, de desgarradura hecha al horizonte de los ponientes; se
ensancha frente a mí hasta esfumar su orilla opuesta en una niebla verdecida de
árboles, y sale del paisaje como entró, abriendo el horizonte de las albas para
derramarse en la otra vertiente, allá donde comienza la proliferación de sus
islas incontables, a cien leguas del Océano. Junto a él, que es granero,
manantial y camino, no valen agitaciones humanas, ni se toman en cuenta las
prisas particulares. El riel y la carretera han quedado atrás. Se navega contra
la corriente o con ella.
En ambos casos hay que ajustarse a tiempos inmutables.
Aquí, los viajes del hombre se rigen por el Código de
los Lluvias. Observo ahora que yo, maniático medidor del tiempo, atento al
metrónomo por vocación y al cronógrafo por oficio, he dejado, desde hace días,
de pensar en la hora, relacionando la altura del sol con el apetito o el sueño.
El descubrimiento de que mi reloj está sin cuerda me hace reír a solas,
estruendosamente, en esta llanura sin tiempo, Hay un revuelo de codornices a mi
alrededor: el patrón del Manatí me reclama a bordo, con gritos que parecen
salomas, levantando graznidos en todas partes. Vuelvo a acostarme sobre las
pacas de forraje, bajo el ancho toldo de lona, con los sementales a un lado y
las negras cocineras al otro. Por las negras sudorosas que majan ajíes
cantando, los toros en celo y el acre perfume de la alfalfa, reina, donde me
hallo, un olor que me tiene como ebrio. Nada hay en ese olor que pueda
calificarse de agradable.
Y, sin embargo, me tonifica, como si su verdad
respondiera a una oculta necesidad de mi organismo.
Me ocurre algo parecido a lo del campesino que regresa
a la granja paterna, después de pasar algunos años en la ciudad, y se echa a
llorar de emoción al husmear la brisa que huele a estiércol. Algo de esto había
—reparo en ello ahora— en el traspatio de mi infancia: también allí una negra
sudorosa majaba ajíes cantando, y había reses que pastaban más lejos. Y había
sobre todo —¡sobre todo!— aquella cesta de esparto, barco de mis viajes con
María del Carmen, que olía como esta alfalfa en que hundo el rostro con un
desasosiego casi doloroso. Mouche, cuya hamaca está colgada donde más bate la
brisa, charla con el minero griego, sin saber de este lugar que tiene de desván
y de escondrijo. Rosario, en cambio, se trepa a menudo al montón de pacas, nada
molesta por algún chubasco que trasuda de la lona, poniendo frescor en el pasto
recién cortado. Se acuesta a alguna distancia de mí y sonríe mordiendo una
fruta. Me asombra el valor de esa mujer, que realiza sola, sin vacilaciones ni
miedos, un viaje que los directores del Museo para quienes trabajo consideran
como una muy riesgosa empresa. Este sólido temple de las hembras parece cosa
muy corriente aquí. En la popa se está bañando, con baldes de agua derramados
sobre el camisón floreado, una mulata de cuerpo adolescente que va a reunirse
con su amante, buscador de oro, en las cabeceras de un afluente casi
inexplorado. Otra, vestida de luto, va a probar fortuna, como prostituta —con
la esperanza de pasar de prostituta a «comprometida»— en un villorrio próximo a
la selva, donde todavía se conocen hambrunas en los meses de crecientes e
inundaciones.
Me pesa cada vez más haber traído a Mouche en este
viaje. Yo hubiera querido mezclarme mejor con la tripulación, comiendo del
matalotaje que creen demasiado tosco para paladares finos; convivir más
estrechamente con esas mujeres sólidas y resueltas, haciéndoles contar sus
historias. Pero, sobre todo, hubiera querido acercarme más libremente a
Rosario, cuya entidad profunda escapa a mis medios de indagación aguzados por
el trato de las mujeres, bastante semejantes entre sí, que hasta ahora me fuera
dado conocer. A cada paso temo ofenderla, molestarla, llegar demasiado lejos en
la familiaridad o hacerla objeto de atenciones que puedan parecerle tontas o
pocos viriles. A veces pienso que un rato de aislamiento entre los estrechos
corrales de las bestias, allí donde nadie puede vernos, exige una acometida
brutal de mi parte; todo parece invitarme a ello, y, sin embargo, no me atrevo.
Observo, no obstante, que a bordo, los hombres tratan a las mujeres con una
suerte de rudeza irónica y desenfadada que parece agradarles. Pero esa gente
tiene reglas, santos y señas, manera de hablar, que yo ignoro. Ayer, al ver una
camisa de alta factura, que yo había comprado en una de las tiendas más famosas
del mundo, Rosario se echó a reír, afirmando que tales prendas eran más propias
de hembras.
Junto a ella me desasosiega continuamente el temor al
ridículo, ridículo ante el cual no vale pensar que los otros «no saben», puesto
que son ellos, aquí los que saben. Mouche ignora que si aún parezco celarla, si
finjo que me importan sus coloquios con el griego, es porque me imagino que
Rosario me cree en el deber de vigilar un poco a quien comparte conmigo los
azares del viaje. A veces llego a creer que una mirada, un ademán, una palabra
cuyo sentido no me resulta claro, fijan una cita. Me trepo a lo alto de las
pacas y espero. Pero es precisamente cuando habré de esperar en vano. Braman
los toros en celo, cantan las negras para retar y enardecer a los marineros; el
olor de la alfalfa me emborracha. Con las sienes y el sexo llenos de latidos,
cierro los ojos para caer en el exasperante absurdo de los sueños eróticos.
A la puesta del sol atracamos junto a un tosco muelle
de pilones plantados en el barro. Al penetrar en un pueblo donde mucho se
hablaba de coleadas y manganas, advertí que habíamos llegado a las Tierras del
Caballo. Era, ante todo, ese olor a pista de circo, a sudor de ijares, que por
tanto tiempo anduvo por el mundo, pregonando la cultura con el relincho.
Era ese martilleo de sonido mate que me anunció la
proximidad del herrero, aún atareado sobre sus yunques y fuelles, pintado en
sombra, con su mandil de cuero, ante las llamas de la fragua. Era el bullir de
la herradura al rojo apagada en. el agua fría, y la canción que rimaba la
hincada de los clavos en el casco. Y era luego el gualtrapear nervioso del
corcel con zapatos nuevos, aún temeroso de resbalar sobre las piedras, y los
encabritamientos y resabios, logrados a brida, ante la joven asomada a su ventana,
luciendo una cinta en el pelo. Con el caballo había reaparecido la
talabartería, perfumada de cueros, fresca de cordobanes, con sus operarios
atareados bajo colgaduras de cinchas, estribos vaqueros, arciones de guadamecí
y cabezadas para domingos con tachuelas de plata en la frontolera. En las
Tierras del Caballo parecía que el hombre fuera más hombre.
Volvía a ser dueño de técnicas milenarias que ponían
sus manos en trato directo con el hierro y el pellejo, le enseñaban las artes
de la doma y la monta, desarrollando destrezas físicas de que alardear en días
de fiesta, frente a las mujeres admiradas de quien tanto sabía apretar con las
piernas, de quien tanto sabía hacer con los brazos. Renacían los juegos machos
de amansar al garañón relinchante y colear y derribar al toro, la bestia solar,
haciendo rodar su arrogancia en el polvo. Una misteriosa solidaridad se
establecía entre el animal de testículos bien colgados, que penetraba sus
hembras más hondamente que ningún otro, y el hombre, que tenía por símbolo de
universal coraje aquello que los escultores de estatuas ecuestres tenían que
modelar y fundir en bronce, o tallar en mármol, para que el corcel de buen ver
respondiera por el Héroe sobre él montado, dando buena sombra a los enamorados
que se daban cita en los parques municipales. Gran reunión de hombres había en
las casas de muchos caballos cabeceando en los soportales; pero donde un solo
caballo aguardaba en la noche, medio oculto entre malezas, debía el amo haberse
quitado las espuelas para entrar más quedo en la casa donde le aguardaba una
sombra. Me resultaba interesante observar ahora que, luego de haber sido la
máxima fortuna del hombre de Europa, su máquina de guerra, su vehículo, su
mensajero, el pedestal de sus próceres, el adorno de sus metopas y arcos de
triunfo, el caballo alargaba en América su grande historia, pues sólo en el
Nuevo Mundo seguía desempeñando cabalmente y en tan enorme escala sus oficios
seculares. De haberse dejado en claro sobre los mapas, como las tierras ignotas
de medioevo, las Tierras del Caballo blanquearían la cuarta parte del
hemisferio, evidenciándose la magna presencia de la Herradura en un ámbito
donde la Cruz de Cristo hiciera su entrada a caballo, no arrastrada, sino
enhiesta, llevada en alto por hombres que fueron tomados por centauros.
(Jueves, 14)
Reanudamos la navegación con la luna llena, pues el
patrón tenía que recoger a un capuchino en el puerto de Santiago de los
Aguinaldos, en la orilla opuesta del río, y quería salvar en horas de la mañana
un paso de raudales particularmente impetuosos, aprovechándose la tarde para
hacer algún alijo. Cumplido el propósito, con magistral manejo del timón y una
que otra peña sorteada a la pértiga, me hallé aquel mediodía en una prodigiosa
ciudad en ruinas. Eran largas calles, desiertas, de casas deshabitadas, con las
puertas podridas, reducidas a las jambas o al cabestrillo, cuyos tejados
musgosos se hundían a veces por el mero centro, siguiendo la rotura de una viga
maestra, roída por los comejenes, ennegrecida de escarzos. Quedaba la columnata
de un soportal cargando con los restos de una cornisa rota por las raíces de
una higuera. Había escaleras sin principio ni fin, como suspendidas en el
vacío, y balcones ajemizados, colgados de un marco de ventana abierto sobre el
hielo. Las matas de campanas blancas ponían ligereza de cortinas en la vastedad
de los salones que aún conservaban sus baldosas rajadas, y eran oros viejos de
aromos, encarnado de flores de Pascuas en los rincones oscuros, y cactos de
brazos en candelera que temblaban en los corredores, en el eje de las
corrientes de aire, como alzados por manos de invisibles servidores. Había
hongos en los umbrales y cardones en las chimeneas. Los árboles trepaban a lo
largo de los paredones, hincando garfios en las hendeduras de la mampostería, y
de una iglesia quemada quedaban algunos contrafuertes y archivoltas y un arco
monumental, presto a desplomarse, en cuyo tímpano divisábanse aún, en borroso
relieve, las figuras de un concierto celestial, con ángeles que tocaban el
bajón, la tiorba, el órgano de tecla, la viola y las maracas. Esto último me
dejó tan admirado que quise regresar al barco en busca de lápiz y papel, para
revelar al Curador, por medio de algunos croquis, esta rara referencia
organográfica. Pero en ese instante sonaron tambores y agudas flautas y varios
Diablos aparecieron en una esquina de la plaza, dirigiéndose a una mísera
iglesia, de yeso y ladrillo, situada frente a la catedral incendiada. Los
danzantes tenían las caras ocultas por paños negros, como los penitentes de
cofradías cristianas; avanzaban lentamente, a saltos cortos, detrás de una
suerte de jefe y bastonero que hubiera podido oficiar de Belcebú de Misterio de
la Pasión, de Tarasca y de Rey de los Locos, por su máscara de demonio con tres
cuernos y hocico de marrano. Una sensación de miedo me demudó ante aquellos
hombres sin rostro, como cubiertos por el velo de los parricidas; ante aquellas
máscaras, salidas del misterio de los tiempos, para perpetuar la eterna afición
del hombre por el Falso Semblante, el disfraz, el fingirse animal, monstruo o
espíritu nefando. Los extraños danzantes llegaron a la puerta de la iglesia y
golpearon repetidas veces con la aldaba. Largo tiempo permanecieron de pie ante
la puerta cerrada, llorando y plañendo. Pero, de súbito, los batientes se
abrieron con estrépito y en una nube de incienso apareció el Apóstol Santiago,
hijo de Zebedeo y Salomé, montado en un caballo blanco que los fieles llevaban
en hombros. Ante su corona de oro retrocedieron los diablos despavoridos, como
atacados de convulsiones, tropezando unos con otros, cayendo, rodando en
tierra. Detrás de la imagen había brotado un himno, apoyado, en vieja sonoridad
de sacabuche y chirimía, con un clarinete y un trombón:
Primus ex apostolis
Mártir Jerosolimis
Jacobus egregio
Sacer est martirio.
Una campana era volteada arriba, a todo lo que diera,
por varios niños montados a horcajadas sobre la espadaña, que la impulsaban a
patadas. La procesión dio lentamente la vuelta a la iglesia, siempre llevada
por el falsete nasal del párroco, mientras los diablos, remedando tormentos de
exorcisados, retrocedían en grupo gimiente bajo las aspersiones del hisopo. Al
fin, la figura de Santiago Apóstol, el de Campus Stellae, sombreado por
un palio de terciopelo raído, volvió a engolfarse en el templo, cuyas puertas
se cerraron con rudo encontronazo de los batientes sobre un tembloroso escarceo
de luminarias y cirios. Entonces los diablos, dejados afuera, echaron a correr,
riendo y brincando, pasados de demonios a bufones, y se perdieron entre las
ruinas de la ciudad preguntando por las ventanas, a gritos groseros, si allí
las mujeres seguían pariendo. Los fieles se dispersaron. Y quedé solo en medio
de la plaza triste, cuyo embaldosado era levantado y roto por raíces de
árboles. Rosario, que había ido a encender una vela por el restablecimiento de
su padre, apareció poco después en compañía del capuchino barbudo que iba a
embarcar con nosotros, y se me presentó como fray Pedro de Henestrosa. Usando
de muy pocas palabras, en un hablar sentencioso y lento, el fraile me explicó
que era costumbre singular sacar aquí el Santiago en la festividad del Corpus,
porque en tarde de Corpus había llegado a esta villa, a poco de fundada, la
imagen del santo tutelar, y desde entonces se observaba la tradición. Pronto se
nos juntaron dos punteadores negros, de bandolas terciadas, quejosos de que
este año la fiesta se hubiera reducido a meras salvas y procesiones,
prometiendo no regresar más. Supe entonces que esto había sido antaño una
ciudad de arcas repletas, próspera en ajuares, en armarios llenos de sábanas de
Holanda; pero los continuos saqueos de una larga guerra local habían arruinado
sus palacios y heredades, colgando la yedra de los blasones. Quien lo pudo
emigró, deshaciéndose de las casas solariegas a cualquier precio. Luego había
sido el azote de las plagas surgidas de arrozales que, por abandono, se
volvieron pantanos. Esa vez, la muerte acabó por entregar los palacios a las
gramas y guisaseras, iniciándose la ruina de los arcos, techos y dinteles. Hoy
no era sino una población de sombras, en la sombra de lo que hubiera sido, un
tiempo, la rica villa de Santiago de los Aguinaldos. Muy interesado por el
relato del misionero, estaba pensando en ciudades arruinadas por guerras de
Barones, asoladas por la peste, cuando los punteadores, invitados por Rosario a
distraernos con alguna música de su antojo, preludiaron en las bandolas. Y de
súbito, su canto me llevó mucho más allá de mis evocaciones. Aquellos dos
juglares de caras negras cantaban décimas que hablaban de Carlomagno, de
Rolando, del obispo Turpín, de la felonía de Ganelón y de la espada que tajara
moros en Roncesvalles. Cuando llegamos al atracadero se dieron a evocar la
historia de unos Infantes de Lara, que me era desconocida, pero cuyo añejo
acento tenía algo de sobrecogedor al pie de tantos paredones resquebrajados y
cubiertos de hongos, como los de muy antiguos castillos abandonados. Al fin
zarpamos cuando el crepúsculo alargó las sombras de las ruinas.
Acodada en la borda, Mouche acertó a decir que la
vista de aquella ciudad fantasmal aventajaba en misterio, en sugerencia de lo
maravilloso, a lo mejor que hubieran podido imaginar los pintores que más
estimaba entre los modernos. Aquí, los temas del arte fantástico eran cosas de
tres dimensiones; se les palpaba, se les vivía. No eran arquitecturas
imaginarias, ni piezas de baratillo poético: se andaba en sus laberintos
reales, se subía por sus escaleras, rotas en el rellano, alargadas por algún
pasamanos sin balaustres que se hundía en la noche de un árbol. No eran tontas
las observaciones de Mouche; pero yo había llegado, frente a ella, al grado de
saturación en que el hombre, hastiado de una mujer, se aburre hasta de oírle
decir cosas inteligentes. Con su carga de toros bramantes, gallinas enjauladas,
cochinos sueltos en cubierta, que corrían bajo la hamaca del capuchino,
enredándose en su rosario de semillas; con el canto de las cocineras negras, la
risa del griego de los diamantes, la prostituta de camisón de luto que se
bañaba en la proa, el alboroto de los punteadores que hacían bailar a los
marineros, este barco nuestro me hacía pensar en la Nave de los Locos del
Bosco: nave de locos que se desprendía, ahora, de una ribera que no podía
situar en parte alguna, pues aunque las raíces de lo visto se hincaran en
estilos, razones, mitos, que me eran fácilmente identificables, el resultado de
todo ello, el árbol crecido en este suelo, me resultaba desconcertante y nuevo
como los árboles enormes que comenzaban a cerrar las orillas, y que, reunidos
por grupos en las entradas de los caños, se pintaban sobre el poniente —con
redondez de lomo en las frondas y algo de hocico perruno en las copas— como
concilios de gigantescos cinocéfalos. Yo identificaba los elementos de la
escenografía, ciertamente. Pero en la humedad de este mundo, las ruinas eran
más ruinas, las enredaderas dislocaban las piedras de distinta manera, los
insectos tenían otras mañas y los diablos eran más diablos cuando bajo sus
cuerpos gemían danzantes negros. Un ángel y una maraca no eran cosas nuevas en
sí. Pero un ángel maraquero, esculpido en el tímpano de una iglesia,
incendiada, era algo que no había visto en otras partes. Me preguntaba ya si el
papel de estas tierras en la historia humana no sería el de hacer posibles, por
vez primera, ciertas simbiosis de culturas, cuando fui distraído de mis
reflexiones por algo que me sonaba a cosa a la vez muy próxima y muy lejana. A
mi lado, para refrescarme la memoria en día de Corpus Christi, fray Pedro de
Henestrosa salmodiaba a media voz un canto gregoriano que se imprimía en neumas
sobre las páginas amarillas, picadas de insectos, de un Líber Usualis de
muy larga historia:
Sumite psalmum, et date tympanum:
Psalterium jocundum cum cítara.
Buccinate in Neomenia tuba
In insigni dei solemnitatis vestrae.
XIII
(Viernes, 15 de junio)
Cuando llegados a Puerto Anunciación —a la ciudad
húmeda, siempre asediada por vegetaciones a las que se libraba, desde hacía
centenares de años, una guerra sin ventajas— comprendí que habíamos dejado
atrás las Tierras del Caballo para entrar en las Tierras del Perro. Ahí, detrás
de los últimos tejados, se erguían los primeros árboles de la selva aún
distante, sus avanzadas, sus centinelas soberbios, más obeliscos que árboles,
todavía esparcidos, alejados unos de otros, sobre la vastedad fragosa del arcabuco
enrevesado de maniguas, cuya rastrera feracidad borraba los senderos en una
noche. Nada tenía que hacer el caballo en un mundo ya sin caminos.
Y más allá de la verde masa que cerraba los rumbos del
sur, las veredas y picas se hundían bajo un tal peso de ramas que no admitían
el paso de un jinete.
El Perro, en cambio, cuyos ojos estaban a la altura de
las rodillas del hombre, veía cuanto se ocultaba al pie de las malangas
engañosas, en la oquedad de los troncos caídos, entre las hojas podridas; el
Perro de hocico tenso, de olfato agudo, en cuyo lomo se escribía el peligro en
signos de pelo erizado, había mantenido, a través del tiempo, los términos de
su alianza primera con el Hombre. Porque era ya un pacto el que ligaba aquí al
Perro con el Hombre: un mutuo complemento de poderes, que les hacía trabajar en
hermandad. El Perro aportaba los sentimientos que su compañero de caza tenía
atrofiados, los ojos de su nariz, su andar en cuatro patas, su socorrido
aspecto de animal entre los otros animales, a cambio del espíritu de empresa,
de las armas, del remo, de la verticalidad, que el otro maniobraba. El Perro
era el único ser que compartía con el Hombre los beneficios del fuego,
arrogándose, en este acercamiento a Prometeo, el derecho de tomar el partido
del Hombre en cualquier guerra librada al Animal.
Por ello, aquella ciudad era la Ciudad del Ladrido.
En los zaguanes, detrás de las rejas, debajo de las
mesas, los perros estiraban las patas, husmeaban, escarbaban, avisaban. Se
sentaban en la proa de las barcas, corrían por los tejados, vigilaban el punto
de los asados, asistían a todas las reuniones y actos colectivos, iban a la
iglesia: y tanto iban que una vieja ordenanza colonial, nunca observada porque
a nadie interesaba, erigía un cargo de perrero para que arrojara a los perros
del templo «en todos los sábados y en las vigilias de fiestas que las tuvieran».
En noches de luna, los perros se entregaban a su
adoración en un vasto coro de aullidos que no se interpretaba ya, por
costumbre, como lúgubre presagio, aceptándose el consiguiente desvelo con la
tolerancia resignada que ha de tenerse frente a los ritos algo engorrosos de
parientes que practican una religión distinta de la nuestra.
El lugar que llamaban posada, en Puerto Anunciación,
era un antiguo cuartel de paredes resquebrajadas, cuyas habitaciones daban a un
patio lleno de lodo donde se arrastraban grandes tortugas, presas allí en
previsión de días de penuria. Dos catres de lona y un banco de madera
constituían todo el moblaje, con un pedazo de espejo sujeto al dorso de la
puerta con tres clavos mohosos. Como la luna acababa de aparecer sobre el río,
había vuelto a levantarse, luego de un descanso, la ululante antífona de los canes
—desde los gigantescos árboles plateados de la misión franciscana hasta las
islas pintadas en negro—, con inesperados responsos en la otra orilla. Mouche,
de pésimo humor, no se resolvía a admitir que habíamos dejado la electricidad a
nuestras espaldas, que aquí se estaba todavía en época del quinqué y de la
vela, y que no había siquiera una farmacia donde comprar cosas útiles al
cuidado de su persona. Mi amiga tenía la astucia de callarse las atenciones que
prodigaba constantemente a su semblante y a su cuerpo, para que los extraños la
creyeran por encima de tales vanidades femeninas, indignas de una intelectual,
con lo que daba a entender, de paso, que su juventud y natural belleza le
bastaban para ser atractiva. Conociendo esa estrategia suya, me había divertido
en observarla muchas veces desde lo alto de las pacas de esparto, notando con
maligna ironía cuán a menudo se examinaba en un espejo, frunciendo el ceño con
despecho. Ahora me asombraba de cómo la materia misma de su figura, la carne de
que estaba hecha, parecía haberse marchitado desde el despertar de aquella
última jornada de navegación. El cutis, maltratado por aguas duras, se le había
enrojecido, descubriendo zonas de poros demasiado abiertos en la nariz y en las
sienes. El pelo se le había vuelto como de estopa, de un rubio verde,
desigualmente matizado, revelándome lo mucho que debía su cobrizo relumbre
habitual al manejo de inteligentes coloraciones. Bajo una blusa manchada por
resinas raras, caídas de las lonas, su busto parecía menos firme, y mal sosnían
el barniz unas uñas rotas por el constante agarrarse de algo que nos impusiera
la vida en una cubierta atestada de baldes y barriles, del galpón flotante que
había sido nuestro barco. Sus ojos de un castaño lindamente jaspeado en verde y
amarillo, reflejaban un sentimiento que era mezcla de aburrimiento, cansancio,
asco a todo, latente cólera por no poder gritar hasta qué punto le resultaba
intolerable este viaje emprendido por ella, sin embargo, con frases de alto
júbilo literario. Porque la víspera de nuestra partida —lo recordaba yo ahora—
había invocado el consabido anhelo de evasión, dotando la gran palabra Aventura
de todas sus implicaciones de «invitación al viaje», fuga de lo cotidiano,
encuentros fortuitos, visión de Increíbles Floridas de poeta alucinado.
Y hasta ahora —para ella, que permanecía ajena a las
emociones que tanto me deleitaban cada día, devolviéndome sensaciones olvidadas
desde la infancia—, la palabra Aventura sólo había significado un
encierro forzoso en el hotel ciudadano, la visión de panoramas de una grandeza
monótona y reiterada, un trasladarse sin peripecias, arrastrándose la fatiga de
noches sin lámpara de cabecera, rotas en el primer sueño por el canto de los
gallos. Ahora, abrazada a sus propias rodillas, sin molestarse por lo que el desorden
de sus faldas dejaba al desgaire, se mecía suavemente en medio del camastro,
tomando pequeños sorbos de aguardiente en un jarro de hojalata. Hablaba de las
pirámides de México y de las fortalezas incaicas —que sólo conocía por imágenes
—, de las escalinatas de Monte Albán y de las aldeas de barro cocido de los
Hopi, lamentando que, en este país, los indios no hubieran levantado semejantes
maravillas. Luego, adoptando el lenguaje «enterado», categórico, poblado de
términos técnicos, tan usado por la gente de nuestra generación —y que yo
calificaba, para mí, de «tono economista »—, comenzó a hacer un proceso de la
manera de vivir de la gente de acá, de sus prejuicios y creencias, del atraso
de su agricultura, de las falacias de la minería, que la llevó, desde luego, a
hablar de la plusvalía y de la explotación del hombre por el hombre.
Por llevarle la contraria, le dije que, precisamente,
si algo me estaba maravillando en este viaje era el descubrimiento de que aún
quedaban inmensos territorios en el mundo cuyos habitantes vivían ajenos, a las
fiebres del día, y que aquí, si bien muchísimos individuos se contentaban con
un techo de fibra, una alcarraza, un budare, una hamaca y una guitarra,
pervivía en ellos un cierto animismo, una conciencia de muy viejas tradiciones,
un recuerdo vivo de ciertos mitos que eran, en suma, presencia de una cultura
más honrada y válida, probablemente, que la que se nos había quedado allá.
Para un pueblo era más interesante conservar la
memoria de la Canción de Rolando que tener agua caliente a domicilio. Me
agradaba que aún quedaran hombres poco dispuestos a trocar su alma profunda por
algún dispositivo automático que, al abolir el gesto de la lavandera, se
llevaba también sus canciones, acabando, de golpe, con un folklore milenario.
Fingiendo que no me hubiera oído, o que mis palabras
no tenían el menor interés, Mouche afirmó que aquí no había cosa de mérito que
ver o estudiar; que este país no tenía historia ni carácter, y, dando su
decisión por sentencia, habló de partir mañana al alba, ya que nuestro barco,
navegando esta vez a favor de la corriente, podía cubrir la jornada del regreso
en poco más de un día. Pero ahora me importaban poco sus deseos. Y como esto
era muy nuevo en mí, cuando le declaré secamente que pensaba cumplir con la
Universidad, llegando hasta donde pudiera encontrar los instrumentos musicales
cuya busca me era encomendada, mi amiga, de súbito, montó en cólera, tratándome
de burgués. Ese insulto —¡bien lo conocía yo!— era un recuerdo de la
época en que muchas mujeres de su formación se hubieran proclamado
revolucionarias para gozar de las intimidades de una militancia que arrastraba
a no pocos intelectuales interesantes, y entregarse a los desafueros del sexo
con el respaldo de ideas filosóficas y sociales, luego de haberlo hecho al
amparo de las ideas estéticas de ciertas capillas literarias.
Siempre atenta a su bienestar, colocando por encima de
todo sus placeres y pequeñas pasiones, Mouche me resultaba el arquetipo de la
burguesa.
Sin embargo, calificaba de burgués, como
supremo denuesto, a todo el que intentara oponer a su criterio algo que pudiera
vincularse con ciertos deberes o principios molestos, no transigiera con
ciertas licencias físicas, encerrara preocupaciones de tipo religioso o
reclamara un orden. Ya que mi empeño de quedar bien con el Curador y, por ende,
con mi conciencia, se atravesaba en su camino, tal propósito tenía, por fuerza,
que ser calificado por ella de burgués.
Y se levantaba ahora del camastro, con las greñas en
la cara, alzando sus pequeños puños a la altura de mis sienes en una
gesticulación rabiosa que yo veía por primera vez. Gritaba que quería estar en
Los Altos cuanto antes; que necesitaba el frío de las cumbres para reponerse;
que allí es donde pasaríamos el tiempo que me quedara de vacaciones.
De súbito, el nombre de Los Altos me enfureció,
recordándome la turbia solicitud con que la pintora canadiense hubiera rodeado
a mi amiga. Y aunque ya solía cuidarme de proferir palabras excesivas en las
discusiones con ella, esta noche, gozándome de verla fea a la luz del quinqué,
sentía una nerviosa necesidad de herirla, de vapulearla, para largar un lastre
de viejos rencores acumulados en lo más hondo de mí mismo. A modo de comienzo
empecé por insultar a la canadiense, calificándola de algo que tuvo el efecto
de actuar sobre Mouche como una hincada de alfiler al rojo. Dio un paso atrás y
me arrojó el jarro de aguardiente a la cabeza, fallándome por un canto de
baraja. Asustada de lo hecho volvía ya hacia mí con las manos arrepentidas,
pero mis palabras, autorizadas por su violencia, habían roto las amarras: le
gritaba que había dejado de amarla, que su presencia me era intolerable, que
hasta su cuerpo me asqueaba. Y tan tremenda debió sonarle esa voz desconocida,
asombrosa para mí mismo, que huyó al patio corriendo, como si algún castigo
hubiera de suceder a las palabras. Pero, olvidada del fango, resbaló
brutalmente, y cayó en la charca llena de tortugas. Al sentirse sobre los
carapachos mojados, que empezaron a moverse como las armaduras de guerreros sorbidos
por una tembladera, dio un aullido de terror que despertó a las jaurías por un
tiempo calladas. En medio del más universal concierto de ladridos metí a Mouche
en la habitación, le quité las ropas hediondas a cieno y la bañé de pies a
cabeza con un grueso paño roto.
Y luego de hacerle beber un gran trago de aguardiente
la arropé en su catre y marché a la calle sin hacer caso de sus llamadas ni
sollozos. Quería —necesitaba— olvidarme de ella por algunas horas.
En una taberna cercana hallé al griego bebiendo
enormemente en compañía de un hombrecito de cejas enmarañadas, a quien me
presentó como el Adelantado, advirtiéndome que el perro amarillo que a su lado
lamía cerveza en una jicara era un notable sujeto que atendía al nombre de
Gavilán. Ahora, el minero celebraba la suerte que me ponía en relación, tan
fácilmente, con individuo muy poco visible en Puerto Anunciación. Cubriendo
territorios inmensos —me explicaba—, encerrando montañas, abismos, tesoros,
pueblos errantes, vestigios de civilizaciones desaparecidas, la selva era, sin
embargo, un mundo compacto entero, que alimentaba su fauna y sus hombres,
modelaba sus propias nubes, armaba sus meteoros, elaboraba sus lluvias: nación
escondida, mapa en clave, vasto país vegetal de muy pocas puertas. «Algo así
como el Arca de Noé, donde cupieron todos los animales de la tierra, pero sólo
tenía una puerta pequeña», acotó el hombrecito. Para penetrar en ese mundo, el
Adelantado había tenido que conseguirse las llaves de secretas entradas; sólo
él conocía cierto paso entre dos troncos, único en cincuenta leguas, que
conducía a una angosta escalinata de lajas por la que podía descenderse al
vasto misterio de los grandes barroquismos telúricos. Sólo él sabía dónde
estaba la pasarela de bejucos que permitía andar por debajo de la cascada, la
poterna de hojarasca, el paso por la caverna de los petroglifos, la ensenada
oculta, que conducían a los corredores practicables. El descifraba el código de
las ramas dobladas, de las incisiones en las cortezas, de la
rama-no-caída-sino-colocada. Desaparecía durante muchos meses, y cuando menos
se le recordaba surgía por un boquete abierto en la muralla vegetal, trayendo
cosas. Era, alguna vez, un cargamento de mariposas, o pieles de lagartos, sacos
llenos de plumas de garza, pájaros vivos que silbaban de extraña manera, o
piezas de alfarería antropomorfa, enseres líricos, cesterías raras, que podían
interesar a algún forastero. Cierta vez había reaparecido, tras de una larga
ausencia, seguido por veinte indios que traían orquídeas. El nombre de Gavilán
se debía a la habilidad del perro en agarrar aves que llevaba al amo sin
arrancarles una pluma, a fin de ver si presentaban algún interés para el
negocio común. Aprovechando que el Adelantado, llamado desde la calle, se
separara de nosotros para saludar al Pescador de Toninas, que andaba de
diligencias que algunos de sus cuarenta y dos hijos naturales, el griego,
hablando ligero, me dijo que, según la opinión general, el extraordinario personaje
había dado, en sus andanzas, con un prodigioso yacimiento de oro cuyo
arrumbamiento, desde luego, tenía en gran secreto.
Nadie se explicaba por qué, cuando aparecía con
cargadores, éstos regresaban en seguida con más fardaje que el requerido por el
sustento de pocos hombres, llevando, además, algún verraco de cría, telas,
peines, azúcar y otras cosas de escasa utilidad para quien navega por caños
remotos. Esquivaba las preguntas de cuantos lo interrogaban al respecto y
volvía a meter a sus indios en la maleza, a gritos, sin dejarlos vagar por la
población. Se decía que debía estar explotando una veta con ayuda de gente perseguida
por la justicia, o que se valía de cautivos comprados a una tribu guerrera, o
que se había hecho el rey de un palenque de negros huidos al monte hacía
trescientos años, y que, según afirmaban algunos, tenían un pueblo defendido
por estacadas donde siempre retumbaba un trueno de tambores.
Pero ya regresaba el Adelantado, y el minero, para
mudar rápidamente de conversación, habló del objeto de mi viaje. Acostumbrado
al trato de personas animadas por propósitos singulares, amigo de un raro
herborizador llamado Montsalvatje, de quien hacía grandes elogios, el
Adelantado me dijo que podría hallar los instrumentos requeridos en las
primeras aldehuelas de una tribu que vivía, a tres jornadas de río, en las
orillas de un caño llamado El Pintado, por el siempre tornadizo color de sus
aguas revueltas. Como lo interrogaba ahora acerca de ciertos ritos primitivos,
me enumeró todos los objetos para hacer música que llevaba en la memoria,
haciendo sonar, con onomatopeyas afinadas por el aguardiente y gestos de quien
los tocara, una serie de tambores de tronco, flautas de hueso, trompas de
cuerno y cráneo, jarras-para-bramar-en-funerales y panderos de medicina. En eso
estábamos, cuando apareció fray Pedro de Henestrosa con la noticia de que el
padre de Rosario acabada de morir. Algo afectado por la brusquedad de la nueva,
aunque espoleado, a la vez, por el deseo de ver a la joven, de quien nada sabía
desde nuestra llegada, me encaminé hacia la esquina del deceso, por calles en
cuyo centro corrían arroyos turbios, en compañía del griego, el capuchino y el
Adelantado, seguidos de Gavilán, que nunca faltaba a un velorio cuando estaba
en la población.
En mi boca demoraba el sabor avellanado del
aguardiente de agave que acababa de probar con deleite en la taguara cuya
enseña floreada ostentaba un nombre graciosamente absurdo: Los Recuerdos del
Porvenir.
(Noche del viernes)
En aquel caserón de ocho ventanas enrejadas seguía
trabajando la muerte. Estaba en todas partes, diligente, solícita, ordenando
sus pompas, agrupando los llantos, encendiendo los cirios, velando por que
cupiera el pueblo entero en las vastas estancias de poyos profundos y anchos
umbrales para contemplar mejor su obra. Ya se alzaba, sobre un túmulo de viejos
terciopelos mordidos por los hongos, el ataúd aún resonante de martillazos,
hincado de gruesos clavos plateados, recién traídos por el Carpintero, que nunca
fallaba en lo de dar la exacta medida de un difunto, pues su memoria precavida
conservaba la humana mensuración de todos los vivos que moraban en la villa. De
la noche surgían flores demasiado olorosas, que eran flores de patios, de
alféizares, de jardines recobrados por la selva —nardos y jazmines de pétalos
pesados, lirios silvestres, cerosas magnolias — apretados en ramos, con cintas
que ayer adornaban peinados de bailar. En el zaguán, en el recibidor, los
hombres, de pie, hablaban gravemente, mientras las mujeres rezaban en antífona
en los dormitorios, con la obsesionante repetición por todas de un Dios te
salve María, llena eres de gracia; el Señor es contigo, bendita tú eres entre
todas las mujeres, cuyo rumor se levantaba en los rincones oscuros, entre
imágenes de santos y rosarios colgados de ménsulas, hinchándose y cayendo, con
el tiempo invariable de olas apacibles que hicieran rodar las gravas de un
arrecife. Los espejos todos, en cuyas honduras había vivido el muerto, estaban
velados con crespones y lienzos. Varios notables: el Práctico de Raudales, el
Alcalde y el Maestro, el Pescador de Toninas, el Curtidor de Pieles, acababan
de inclinarse sobre el cadáver, luego de echar la colilla de tabaco en el
sombrero. En aquel momento, una muchacha flacuchenta, vestida de negro, dio un
grito agudo y cayó al suelo, como sacudida de convulsiones.
En brazos fue sacada de la habitación. Pero era
Rosario la que ahora se acercaba al túmulo. Toda enlutada, con el pelo lustroso
apretado a la cabeza, pálidos los labios, me pareció de una sobrecogedora
belleza. Miró a todos con los ojos agrandados por el llanto, y, de súbito, como
herida en las entrañas, crispó sus manos junto a la boca, lanzó un aullido
largo, inhumano, de bestia flechada, de parturienta, de endemoniada, y se
abrazó al ataúd. Decía ahora con voz ronca, entrecortada de estertores, que iba
a lacerar sus vestidos, que iba a arrancarse los ojos, que no quería vivir más,
que se arrojaría a la tumba para ser cubierta de tierra. Cuando quisieron
apartarla se resistió enrabecida, amenazando a los que trataban de desprender
sus dedos del terciopelo negro, en un lenguaje misterioso, escalofriante, como
surgido de las profundidades de la videncia y de la profecía. Con la garganta
rajada por los sollozos hablaba de grandes desgracias, del fin del mundo, del
Juicio Final, de plagas y expiaciones. Al fin la sacaron de la estancia, como
desmayada, con las piernas inertes, la cabellera deshecha. Sus medias negras,
rotas en la crisis; sus zapatos de tacón gastado, recién teñidos, arrastrados
sobre el piso con las puntas hacia dentro, me causaron un desgarramiento atroz.
Pero ya otra de las hermanas se estaba abrazando al
ataúd... Impresionado por la violencia de ese dolor, pensé, de pronto, en la
tragedia antigua. En esas familias tan numerosas, donde cada cual tenía sus
ropas de luto plegadas en las arcas, la muerte era cosa bien corriente. Las
Madres que parían mucho sabían a menudo de su presencia. Pero esas mujeres que
se repartían tareas consabidas en torno a una agonía, que desde la infancia
sabían de vestir difuntos, velar espejos, rezar lo apropiado, protestaban ante
la muerte, por rito venido de lo muy remoto.
Porque esto era, ante todo, una suerte de protesta
desesperada, conminatoria, casi mágica, ante la presencia de la Muerte en la
casa. Frente al cadáver, esas campesinas clamaban en diapasón de coéforas,
soltando sus cabelleras espesas, como velos negros, sobre rostros terribles de
hijas de reyes; perras sublimes, aullantes troyanas, arrojadas de sus palacios
incendiados. La persistencia de esa desesperación, el admirable sentido
dramático con que las nueve hermanas —pues eran nueve— fueron apareciendo por puerta
derecha y puerta izquierda, preparando la entrada de una Madre que fue Hécuba
portentosa, maldiciendo su soledad, sollozando sobre las ruinas de su casa,
gritando que no tenía Dios, me hicieron sospechar que había bastante teatro en
todo ello. Un deudo, realmente admirado, observó —cerca de mí— que esas mujeres
lloraban a su muerto que era un gusto. Y, sin embargo, me sentía envuelto,
arrastrado, como si todo ello despertara en mí oscuras remembranzas de ritos
funerarios que hubieran observado los hombres que me precedieron en el reino de
ese mundo. Y de algún pliegue
de mi memoria surgía ahora el verso de Shelley, que se repetía a sí mismo, como
ovillado en su propio sentido:
...How canst thou hear
Who knowest not the language of the dead?
Los hombres de las ciudades en que yo había vivido
siempre no conocían ya el sentido de esas voces, en efecto, por haber olvidado
el lenguaje de quienes saben hablar a los muertos. El lenguaje de quienes saben del horror último de
quedar solos y adivinan la angustia de los que imploran que no los dejen solos
en tan incierto camino. Al gritar que se arrojarían a la tumba del padre, las
nueve hermanas cumplían con una de las más nobles formas del rito milenario,
según el cual se dan cosas al muerto, se le hacen promesas imposibles, para
burlar su soledad —se le ponen monedas en la boca, se le rodea de figuras de
servidores, de mujeres, de músicos—; se le dan santos y señas, credenciales,
salvoconductos, para Barqueros y Señores de la Otra Orilla, cuyas tarifas y
exigencias ni siquiera se conocen.
Recordaba, a la vez, cuán mezquina y mediocre cosa se
había vuelto la muerte para los hombres de mi Orilla —mi gente—, con sus
grandes negocios fríos, de bronces, pompas y oraciones, que mal ocultaban, eras
de sus coronas y lechos de hielo, una mera agremiación de preparadores
enlutados, con solemnidades de cumplido, objetos usados por muchos, y algunas
manos tendidas sobre el cadáver, en espera de monedas. Pudieran sonreír algunos
ante la tragedia que aquí se representaba. Pero, a través de ella, se alcanzaban
los ritos primeros del hombre.
Pensaba yo en esto, cuando el Buscador de Diamantes se
me acercó con una expresión singularmente maliciosa, para aconsejarme que
buscara a Rosario, que se hallaba en la cocina, sola, calentando café para las
mujeres. Molesto por el tono irónico de sus palabras, le respondí que me
parecía inoportuno el momento para distraerla de su pena. «Vete adentro y no se
turbe tu ánimo —dijo entonces el griego, como recitando una lección—, que el
hombre, si es audaz, es más afortunado en lo que emprende, aunque haya venido
de otra tierra.» Iba yo a replicarle que no necesitaba de tan chocante consejo,
cuando el minero, con tono repentinamente declamado, añadió: «Entrando en la
sala hallarás primero a la reina, cuyo nombre es Arete y procede de los mismos
que engendraron al rey Alcinóo.» Y para poner término a mi estupefacción ante
palabras que me habían agarrado por sorpresa, fijó en mi rostro ojos de ave, y
concluyó riendo: Homer Odissevs, empujándome hacia la cocina de un
sólido empellón. Allí, entre tinajas y tinajeros, ollas de barro y fogones de
fuego de leña, estaba Rosario atareada en verter agua hirviente en un gran cono
de paño teñido por años de borra. Parecía como aliviada del dolor por la
violencia de su crisis. Con voz apacible me explicó que la oración a los
Catorce Santos Auxiliares había llegado tarde para salvar al padre. Me habló
luego de su enfermedad en modo legendario, que revelaba un concepto mitológico
de la fisiología humana. La cosa había comenzado por un disgusto con un
compadre, complicado de un exceso de sol al cruzar un río, que había promovido
una ascensión de humores al cerebro, plasmada a medio subir por una corriente
de aire, que le había dejado medio cuerpo sin sangre, provocándole esto una
inflamación de los muslos y de las partes que, por fin, se había transformado,
luego de cuarenta días de fiebre, en un endurecimiento de las paredes del
corazón. Mientras Rosario hablaba, me iba acercando a ella, atraído por una
suerte de calor que se desprendía de su cuerpo y alcanzaba mi piel a través de
la ropa. Estaba adosada a una enorme tinaja puesta en el suelo, con los codos
apoyados en los bordes, de tal modo que la comba del barro arqueaba su cintura
hacia mí. El fuego de los fogones le daba de frente, moviendo remotas luces en
sus ojos sombríos. Avergonzándome de mí mismo, sentí que la deseaba con un
ansia olvidada desde la adolescencia. No sé si en mí se tejía el abominable
juego, asunto de tantas fábulas, que nos hace apetecer la carne viva en la
vecindad de la carne que no tornará a vivir, pero tan afanosa debió ser la
mirada que la desnudó de sus lutos, que Rosario puso la tinaja por el medio,
dándole vuelta con sesgado paso, como quien se estrecha al brocal de un pozo, y
apoyó sus codos en el borde, nuevamente, pero de frente a mí, mirándome desde
la otra orilla de un hoyo negro, lleno de agua, que daba un eco de nave de
catedral a nuestras voces. A ratos me dejaba solo, iba a la sala del velorio, y
regresaba, secándose las lágrimas, a donde yo la esperaba con impaciencia de
amante. Poco nos decíamos. Ella se dejaba contemplar, por sobre el agua de la
tinaja, con una pasividad halagada que tenía algo de entrega. A poco dieron los
relojes la hora del amanecer, pero no amaneció. Extrañados, salimos todos a la
calle, a los patios. El cielo estaba cerrado, en donde debía alzarse el sol,
por una extraña nube rojiza, como de humo, como de cenizas candentes, como de
un polen pardo que subiera rápidamente, abriéndose de horizonte a horizonte.
Cuando la nube estuvo sobre nosotros, comenzaron a llover mariposas sobre los
techos, en las vasijas, sobre nuestros hombros. Eran mariposas pequeñas, de un
amaranto profundo, estriadas de violado, que se habían levantado por miríadas y
miríadas, en algún ignoto lugar del continente, detrás de la selva inmensa, acaso
espantadas, arrojadas, luego de una multiplicación vertiginosa, por algún
cataclismo, por algún suceso tremendo, sin testigos ni historia. El Adelantado
me dijo que esos pasos de mariposas no eran una novedad en la región, y que,
cuando ocurrían, difícil era que en todo el día se viese el sol. El entierro
del padre se haría, pues, a la luz de los cirios, en una noche diurna,
enrojecida de alas. En este rincón del mundo se sabía aún de grandes
migraciones semejantes a aquéllas, narradas por cronistas de Años Oscuros, en
que el Danubio se viera negro de ratas, o los lobos, en manadas, penetraran
hasta el mercado de las ciudades. La semana anterior —me contaban —, un enorme
jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
(Sábado, 16 de junio)
Medio invadido por una maleza que ha vencido sus
tapias, el cementerio donde dejamos enterrado al padre de Rosario, es algo como
una prolongación y dependencia de la iglesia, separado de ella, tan sólo, por
un tosco portón y un embaldosado que es zócalo de una cruz espesa, de brazos
cortos, en cuya piedra gris aparecen enumerados, a cincel, los instrumentos de
la Pasión. La iglesia es chata, de paredes espesísimas, con grandes volúmenes
de piedra acusados por la hondura de las hornacinas y la tozudez de contrafuertes
que más parecen espolones de fortaleza. Sus arcos son bajos y toscos; el techo
de madera con vigas al descanso sobre ménsulas apenas artesonadas, evoca el de
las primitivas iglesias románicas. Dentro reina, pasada la media mañaña, una
noche enrojecida por el éxodo de mariposas que aún se atraviesa entre la tierra
y el sol. Así, rodeados de sus luminarias y cirios, se hacen más personajes de
retablo, más figuras de aleluya, los viejos santos que aparecen entregados a
sus Oficios, como si el templo fuese ante todo un taller: Isidro, a quien han
puesto azada en la mano para que labre, de verdad, su pedestal vestido de grama
fresca y cañas de maíz; Pedro, que lleva un llavero enorme, al que cada día
cuelgan una nueva llave; Jorge, alanceando al dragón con tal saña que más
parece garrocha que arma lo que así le tiene volando sobre el enemigo;
Cristóbal, asido a una palma, tan gigante que el Niño apenas le mide el tramo
del hombro al oído; Lázaro, sobre cuyos canes han pegado pelos de perro
verdadero, para que más verdaderamente parezcan lamerle las llagas. Ricos en
poderes atributivos, agobiados de exigencias, pagados en cabal moneda de
exvotos, sacados en procesión a cualquier hora, esos santos cobraban, en la
vida cotidiana de la población, una categoría de funcionarios divinos, de
intercesores a destajo, de burócratas celestiales, siempre disponibles en una
especie de Ministerio de Ruegos y Reclamaciones. A diario recibían presentes y
luces que solían ser otras tantas rogativas por el perdón de una blasfemia de
las grandes. Se les interpelaba; se les sometían problemas de reumatismos,
granizadas, extravíos de bestias. Los jugadores los invocaban en un descarte y
la prostituta les prendía una vela en día de buen trato. Esto —que me contaba
el Adelantado riendo— me reconciliaba con el mundo divino que, con el
desteñimiento de las leyendas áureas en capillas de metal, con los
amaneramientos plásticos del vitral reciente, había perdido toda vitalidad en
las ciudades de donde yo venía. Ante el Cristo de madera negra que parecía
desangrarse sobre el altar mayor, hallaba la atmósfera de auto sacramental, de
misterio, de hagiografía tremebunda, que me hubiera sobrecogido, cierta vez, en
una viejísima capilla de factura bizantina, ante imágenes de mártires con alfanjes
encajados en el cráneo de oreja a oreja, de obispos guerreros cuyos caballos
asentaban las herraduras ensangrentadas sobre cabezas de paganos. En otros
momentos hubiera demorado un poco más en la rústica iglesia, pero la penumbra
de mariposas que nos envolvía comenzaba a tener, para mí, la acción enervante
de un eclipse que se prolongaba más allá de lo posible. Esto, y las fatigas de
la noche, me llevaron al albergue donde Mouche, creyendo que aún no había
amanecido, seguía durmiendo, abrazada a una almohada. Cuando desperté al cabo
de algunas horas, ya no se encontraba en la habitación, y el sol, acabando el
gran éxodo pardo, había reaparecido. Contento por verme librado de una posible
disputa, me encaminé a la casa de Rosario, deseando intensamente que estuviera
ya despierta. Allí todo había vuelto al ritmo cotidiano.
Las mujeres, vestidas de luto, estaban plácidamente
entregadas a sus quehaceres —con vieja costumbre de seguir viviendo luego del
percance habitual de la muerte—. En el patio lleno de perros dormidos,
concertaba el Adelantado con fray Pedro una muy próxima entrada en la selva. En
eso apareció Mouche, seguida del griego. Parecía que hubiera olvidado su
voluntad de regresar, tan rabiosamente expresada la noche anterior. Por el
contrario: había en su expresión una suerte de alegría maligna y desafiante que
Rosario, atareada en coser ropas de luto, observó al mismo tiempo que yo. Mi
amiga se creyó obligada a explicar que se había encontrado con Yannes en el
embarcadero, junto a la curiara de vela de unos caucheros que se aprestaban a
pasar río arriba, burlando el raudal de Piedras Negras por el atajo de un
angosto caño navegable en este tiempo.
Ella había rogado al minero que la llevara a
contemplar esa barrera de granito, límite de toda navegación de importancia
desde que los primeros descubridores lloraran de despecho, frente a su pavorosa
realidad de pailones espumosos, de aguas levantadas a empellones, de troncos
atravesados en tragantes llenos de bramidos. Ya empezaba a hacer literatura en
torno al gradioso espectáculo, mostrando unas flores raras, especie de lirios
salvajes, que decía haber recogido al borde de las gargantas fragorosas, cuando
el Adelantado, que nunca prestaba atención a lo que decían las mujeres, tajó el
discurso —que, además, no entendía— con gesto impaciente. Era su parecer que
debíamos aprovechar la barca de los caucheros para adelantar un buen trecho de
boga con mayor comodidad. Yannes aseguraba que podríamos alcanzar la mina de
diamantes de sus hermanos aquella misma noche. Contra todo lo que yo esperaba,
Mouche, al oír hablar de «mina de diamantes » —deslumbrada, me imagino, por la
visión de una gruta rutilante de gemas—, aceptó la idea con alborozo. Se colgó
del cuello de Rosario, rogándole que nos acompañara en esta etapa, tan fácil,
de nuestro viaje. Mañana descansaríamos en el lugar de la mina. Allí podría esperar nuestro regreso, cuando
siguiéramos adelante. Me figuro que
Mouche, en realidad, quería enterarse de lo que ahora nos esperaba, en cuanto a
engorros, sin más riesgo que una jornada corta, asegurándose de una compañía
para la vuelta a Puerto Asunción, en caso de abandonar la partida. De todos
modos, me era sumamente grato que Rosario viniera con nosotros. La miré y hallé
sus ojos en suspenso sobre el costurero, como en espera de mi voluntad. Al
encontrar mi aquiescencia, se reunió en el acto con sus hermanas, que armaron
un gran concertante de protestas en los cuartos y fregaderos, afirmando que tal
propósito era una locura. Pero ella, sin hacer caso, apareció al punto con un
hatillo de ropas y un tosco rebozo.
Aprovechando que Mouche anduviera delante de nosotros
por el camino de la fronda, me dijo rápidamente, como quien revela un grave
secreto, que las flores traídas por mi amiga no crecían en los peñones de
Piedras Negras, sino en una isla frondosa, primitivo asiento de una misión
abandonada, que me señalaba con la mano. Iba a pedirle mayores aclaraciones,
pero ella, a partir de ese instante, cuidó de no permanecer sola conmigo, hasta
que nos vimos instalados en la curiara de los caucheros. Luego de salvar el atajo
a la pértiga, la barca avanzaba ahora, río arriba, bordeando un tanto para
esquivar el empuje poderoso de la corriente. Sobre la vela triangular, de
galera antigua, muy desprendida del mástil, se reflejaban las luces del
poniente. En esta antesala de la Selva, el paisaje se mostraba a la vez solemne
y sombrío.
En la orilla izquierda se veían colinas negras,
pizarrosas, estriadas de humedad, de una sobrecogedora tristeza. En sus faldas
yacían bloques de granito en forma de saurios, de dantas, de animales
petrificados.
Una mole de tres cuerpos se erguía en la quietud de un
estero con empaque de cenotafio bárbaro, rematada por una formación oval que
parecía una gigantesca rana en trance de saltar. Todo respiraba el misterio en
aquel paisaje mineral, casi huérfano de árboles. De trecho en trecho había
amontonamientos basálticos, monolitos casi rectangulares, derribados entre
matojos escasos y esparcidos, que parecían las ruinas de templos muy arcaicos,
de menhires y dólmenes —restos de una necrópolis perdida, donde todo era
silencio e inmovilidad —. Era como si una civilización extraña, de hombres
distintos a los conocidos, hubiera florecido allí, dejando, al perderse en la
noche de las edades, los vestigios de una arquitectura creada con fines
ignorados. Y es que una ciega geometría había intervenido en la dispersión de
esas lajas erguidas o derribadas que descendían, en series, hacia el río:
series rectangulares, series en colada plana, series mixtas, unidas entre sí
por caminos de baldosas jalonadas de obeliscos rotos. Había islas, en medio de
la corriente, que eran como amontonamientos de bloques erráticos, como puñados
de inconcebibles guijarros dejados aquí, allá, por un fantástico despedazador
de montañas. Y cada uno de esas islas reavivaba en mí el latido de una idea
fija —dejada por la rara aclaración de Rosario—. Al fin pregunté, como
distraídamente, por la isla de la misión abandonada.
«Es Santa Prisca», dijo fray Pedro, con ligero rubor.
«San Príapo debían llamarla», carcajeó al punto el
Adelantado, entre las risas de las caucheros. Supe así que, desde hacía años,
las paredes ruinosas del antiguo asiento franciscano albergaban las parejas que
en el pueblo no hallaban donde holgarse. Tantas fornicaciones se habían
sucedido en aquel lugar —afirmaba el del timón— que el mero hecho de aspirar el
olor a humedad, a hongos, a lirios salvajes, que allí reinaba, bastaba para
enardecer al hombre más austero, aunque fuese capuchino. Me fui a la proa, junto a Rosario, que parecía leer la
historia de Genoveva de Brabante. Mouche, acostada sobre un saco de sarrapia,
en medio de la barca, y que nada había entendido de lo dicho, ignoraba que
acababa de ocurrir algo gravísimo en lo que se refería a nuestra vida en
común. Y era que ni siquiera me sentía enojado ni tenía impulsos —en aquel
instante, al menos— de castigarla por lo hecho. Por el contrario: en ese
anochecer que llenaba las junqueras de sapos cantores, envuelto en el zumbido
de los insectos que relevaban a los del día, me sentía ligero, suelto, aliviado
por la infamia sabida, como un hombre que acaba de arrojar una carga por
demasiado tiempo llevada. En la orilla se pintaron las flores de una magnolia.
Pensé en el camino que mi esposa seguía cada día. Pero su figura no acabó de
dibujarse claramente en mi memoria, deshaciéndose en formas imprecisas, como
difuminadas. El regazo acunado de la barca me recordaba la cesta que, en mi
infancia, hiciera las veces de barca verdadera en portentosos viajes. Del brazo
de Rosario, cercano al mío, se desprendía un calor que mi brazo aceptaba con
una rara y deleitosa sensación de escozor.
(Noche del sábado)
En la obra de construir la vivienda revela el hombre
su prosapia. La casa de los griegos está hecha con los mismos materiales que
sirven a los indios para levantar sus bohíos, y esa fibra, esa hoja de palmera,
ese bahareque, han dictado sus normas, en función de resistencia, como ha
ocurrido con todas las arquitecturas del mundo. Pero ha bastado un menor
empinamiento de los aleros, una mayor anchura de las vigas de sostén, para que
el hastial cobrara empaque de frontis y quedara inventado el arquitrabe. Para
servir de pilastras se eligieron troncos de un mayor diámetro en la base, en
virtud de una instintiva voluntad de remedar el fuste dórico.
El paisaje de piedras que nos rodea añade algo,
también, a ese inesperado helenismo del ambiente.
En cuanto a los tres hermanos de Yannes, que ahora
conozco, éstos reproducen, en caras de años más o menos, el mismo perfil de
bajorrelieve para un arco de triunfo. Se me anuncia que en una choza cercana,
que sirve de resguardo a las cabras durante la noche, se encuentra el doctor
Montsalvatje —de quien ya me hablara el Adelantado la víspera—, ordenando y
refrescando sus colecciones de plantas raras. Y ya viene hacia nosotros,
gesticulando, hablando con engolado acento, este científico aventurero, colector
de curare, de yopo, de peyotles y de cuantos tósigos y estupefacientes
selváticos, de acción mal conocida aún, pretende estudiar y experimentar.
Sin interesarse mayormente por saber quiénes somos, el
herborizador nos agobia bajo una terminología latina que destina a la
clasificación de hongos nunca vistos, de los que tritura una muestra con los
dedos, explicándonos por qué cree haberlos bautizado acertadamente. De pronto
repara en que no somos botánicos, se burla de sí mismo, calificándose del
Señor-de-los-Venenos, y pide noticias del mundo de donde venimos. Algo cuento
en respuesta, pero es evidente —lo noto en la desatención de las gentes— que
mis nuevas no interesan a nadie aquí.
El doctor Montsalvatje quería saber, en realidad, de
hechos relacionados con la vida misma del río. Ahora traga un comprimido de
quinina que pide a fray Pedro de Henestrosa. El lunes bajará a Puerto
Anunciación con sus herbarios, para regresar muy pronto, pues ha dado con una
clavaria desconocida cuyo solo olor produce alucinaciones visuales, y una
crucifera cuya proximidad enmohece ciertos metales.
Los griegos se llevan el índice a la sien, como
buscándose la piedra de la locura. El Adelantado se mofa de la sonoridad
extraña que cobran, en su boca, ciertos vocablos indígenas. Los caucheros, en
cambio, dicen que es un gran médico, y cuentan de una bolsa de humor aliviada
por él con la punta de un cuchillo mellado. Rosario lo conoce, y considera su
inagotable deseo de hablar, tras de larguísimos silencios, como muy propio del
personaje.
Mouche, que le ha puesto el mote de Señor Macbeth y se
entiende con él en francés, acaba por cansarse de sus historias de plantas y
pide a Yannes que cuelgue su hamaca dentro de la casa. Fray Pedro me explica
que el herborizador, nada loco, pero muy dado a fantasear, en descanso de sus
soledades de meses en la espesura, se ha forjado una divertida prosapia de
alquimistas y herejes que le hace proclamarse descendiente directo de Raimundo
Lulio —a quien llama obstinadamente Ramón Llull—, afirmando que la obsesión del
árbol, en los tratados del Doctor Iluminado, le daban ya, en los días del Ars
Magna, un aire de familia. Pero el alboroto de la llegada y los primeros
encuentros se aplaca en torno a las toscas bateas en que los mineros traen el
queso de sus cabras, los rábanos y tomates de una diminuta huerta, junto al
casabe, la sal y el aguardiente que ofrecen primero —en remembranza, tal vez
involuntaria, del rito secular de la sal, el pan y el vino—. Y estamos
sentados, ahora alrededor de la hoguera, unidos por la necesidad ancestral de
saber el fuego vivo en la noche. Unos apoyados en un codo, otros con el mentón
en las manos, el capuchino arrodillado en su hábito, las mujeres recostadas
sobre una manta, Gavilán con la lengua de fuera, junto a Polifemo, el dogo
tuerto de los griegos: todos miramos las llamas que crecen a saltos entre las
ramas demasiado húmedas, muriendo en amarillo aquí, para renacer azules sobre
una astilla propicia, mientras, abajo, los leños primeros se van haciendo
brasas. Las grandes lajas paradas en el repecho pizarroso que ocupamos cobran
una fantástica apostura de estelas, de cipos, de monolitos, erguidos en una
escalinata cuyos peldaños cimeros se pierden en las tinieblas. La jornada fue
fatigosa. Y, sin embargo, ninguno se decide a dormir. Estamos ahí, como
ensalmados por el fuego, un poco ebrios de su calor, cada cual encerrado en sí
mismo, pensando sin pensar, solidario de los demás por una sensación de
bienestar, de sosiego, que compartimos y gozamos por una razón primordial. A poco,
sobre el horizonte de bloques erráticos, se pinta una claridad fría, y la luna
aparece tras de un árbol copudo, de muchas lianas, que empieza a cantar por
todos sus grillos.
Pasan, graznando, dos pájaros blancos, de un volar
cayéndose. Prendido el hogar, se desatan las palabras: uno de los griegos se
queja de que la mina parezca exhausta. Pero Montsalvatje se encoge de hombros,
afirmando que más adelante, hacia las Grandes Mesetas, hay diamantes en todos
los cauces.
Con sus antiparras de ancha armadura, su calva
requemada por el sol, sus manos cortas, cubiertas de pecas, de dedos carnosos
que tienen algo de estrellas de mar, el Herborizador se hace un poco espíritu
de la tierra, gnomo guardián de cavernas, en mi imaginación que encienden sus
palabras. Habla del Oro, y al punto todos callan, porque agrada al hombre
hablar de Tesoros. El narrador —narrador junto al fuego, como debe ser— ha
estudiado en lejanas bibliotecas todo lo que al oro de este mundo se refiere.
Y pronto aparece, remoto, teñido de luna, el espejismo
del Dorado. Fray Pedro sonríe con sorna. El Adelantado escucha con cazurra máscara, arrojando
ramillas a la lumbre. Para el recolector de plantas, el mito sólo es reflejo de
una realidad. Donde se buscó la ciudad de Manoa, más arriba, más abajo, en todo
lo que abarca su vasta y fantasmal provincia, hay diamantes en los lodos
orilleros y oro en el fondo de las aguas. «Aluviones», objeta Yannes. «Luego
—arguye Montsalvatje—, hay un macizo central que desconocemos, un laboratorio
de alquimia telúrica, en el inmenso escalonamiento de montañas de formas
extrañas, todas empavesadas de cascadas, que cubren esta zona —la menos
explorada del planeta—, en cuyos umbrales nos hallamos. Hay lo que Walter
Raleigh llamara "la veta madre", madre de las vetas, paridora de la
inacabable grava de material precioso arrojada a centenares de ríos.» El nombre
de aquel a quien los españoles llamaban Serguaterale lleva al Herborizadpr, de
inmediato, a invocar los testimonios de prodigiosos aventureros que surgen de
las sombras, llamados por sus nombres, para calentar sus cotas y escaupiles a
las llamas de nuestro fuego.
Son los Federmann, los Belalcázar, los Espira, los
Orellana, seguidos de sus capellanes, atabaleros y sacabuches; escoltados por
la nigromante compañía de los algebristas, herbolarios y tenedores de difuntos.
Son los alemanes rubios y de barbas rizadas, y los
extremeños enjutos de barbas de chivo, envueltos en el vuelo de sus
estandartes, cabalgando corceles que, como los de Gonzalo Pizarro, calzaron
herraduras de oro macizo a poco de asentar el casco en el movedizo ámbito del
Dorado. Y es sobre todo Felipe de Hutten, el Urre de los castellanos, quien,
una tarde memorable, desde lo alto de un cerro, contempló alucinado la gran
ciudad de Manoa y sus portentosos alcázares, mudo de estupor, en medio de sus
hombres. Desde entonces había corrido la noticia, y durante un siglo había sido
un tremebundo tanteo de la selva, un trágico fracaso de expediciones, un
extraviarse, girar en redondo, comerse las monturas, sorber la sangre de los
caballos, un reiterado morir de Sebastián traspasado de dardos. Esto, en cuanto
a las entradas conocidas; pues las crónicas habían olvidado los nombres de
quienes, por pequeñas partidas, se habían quemado al fuego del mito, dejando el
esqueleto dentro de la armadura, al pie de alguna inaccesible muralla de rocas.
Irguiéndose en sombra ante las llamas, el Adelantado arrimó al fuego un hacha
que me había llamado la atención, aquella tarde, por la extrañeza de su perfil:
era una segur de forja castellana, con un astil de olivo que había ennegrecido
sin desabrazarse del metal. En esa madera se estampaba una fecha escrita a
punta de cuchillo por algún campesino soldado —fecha que era de tiempos de los
Conquistadores. Mientras nos pasábamos el arma de mano en mano, acallados por
una misteriosa emoción, el Adelantado nos narró cómo la había encontrado en lo
más cerrado de la selva, revuelta con osamentas humanas, junto a un lúgubre
desorden de morriones, espadas, arcabuces, que las raíces de un árbol tenían
agarrados, alzando una alabarda a tan humana estatura que aún parecían
sostenerla manos ausentes. La frialdad de la segur ponía el prodigio en la yema
de nuestros dedos.
Y nos dejábamos envolver por lo maravilloso,
anhelantes de mayores portentos. Ya aparecían junto al hogar llamados por
Montsalvatje, los curanderos que cerraban heridas recitando el Ensalmo de
Bogotá, la Reina gigante Cicañocohora, los hombres anfibios que iban a dormir
al fondo de los lagos, y los que se alimentaban con el solo olor de las flores.
Ya aceptábamos a los Perrillos Carbunclos que llevaban una piedra
resplandeciente entre los ojos de la Hidra vista por la gente de Federmann, a
la Piedra Bezar, de prodigiosas virtudes, hallada en las entrañas de los
venados, a los tatunachas, bajo cuyas orejas podían cobijarse hasta cinco
personas o aquellos otros salvajes que tenían las piernas rematadas por pezuñas
de avestruz —según fidedigno relato de un santo prior—. Durante dos siglos
habían cantado los ciegos del Camino de Santiago los portentos de una Arpía
Americana exhibida en Constantinopla, donde murió rabiando y rugiendo... Fray
Pedro de Henescrosa se creyó obligado a endosar tales consejas a la obra del
Maligno, cuando las relaciones, por ser de frailes, tenían alguna seriedad de
acento, y al afán de difundir embustes, cuando de cuentos de soldados se
trataba. Pero Montsalvatje se hizo entonces el Abogado de los Prodigios,
afirmando que la realidad del Reino de Manoa había sido aceptada por misioneros
que fueron en su busca en pleno Siglo de las Luces. Setenta años antes, en
científica narración, un geógrafo reputado afirmaba haber divisado, en el
ámbito de las Grandes Mesetas, algo como la ciudad fantasmal contemplada un día
por el Urre. Las Amazonas habían existido: eran las mujeres de los varones
muertos por los caribes, en su misteriosa migración hacia el Imperio del Maíz.
De la selva de los Mayas surgían escalinatas, atracaderos, monumentos, templos
llenos de pinturas portentosas, que representaban ritos de sacerdotes-peces y
de sacerdotes-langostas. Unas cabezas enormes aparecían de pronto, tras de los
árboles derribados, mirando a los que acababan de hallarla con ojos de párpados
caídos, más terribles aún que dos pupilas fijas, por su contemplación interior
de la Muerte. En otra parte había largas Avenidas de Dioses, erguidos frente a
frente, lado a lado, cuyos nombres quedarían por siempre ignorados —dioses
derrocados, fenecidos, luego de que, por siglos y siglos, hubiesen sido la
imagen de una inmortalidad negada a los hombres.
Descubríanse en las costas del Pacífico unos dibujos
gigantescos, tan vastos que se había transitado sobre ellos desde siempre sin
saber de su presencia bajo los pasos, trazados como para ser vistos desde otro
planeta por los pueblos que hubieran escrito con nudos, castigando toda
invención de alfabetos con la pena máxima. Cada día aparecían nuevas piedras
talladas en la selva; la Serpiente Emplumada se pintaba en remotos acantilados,
y nadie había logrado descifrar los millares de petroglifos que hablaban, por
formas de animales, figuraciones astrales, signos misteriosos, en las orillas
de los Grandes Ríos. El doctor Montsalvatje, erguido junto a la hoguera,
señalaba las mesetas lejanas que se pintaban en azul profundo hacia donde iba
la luna: «Nadie sabe lo que hay detrás de esas Formas», decía, con un tono que
nos devolvió una emoción olvidada desde la infancia. Todos tuvimos ganas de
pararnos, de echar a andar, de llegar antes del alba a la puerta de los
prodigios. Una vez más rebrillaban las aguas de la Laguna de Parima. Una vez
más se edificaban, en nosotros, los alcázares de Manoa. La posibilidad de su
existencia quedaba nuevamente planteada, ya que su mito vivía en la imaginación
de cuantos moraban en las cercanías de la selva —es decir: de lo Desconocido—.
Y no pude menos que pensar que el Adelantado, los mineros griegos, los dos
caucheros y todos los que, cada año, tomaban los rumbos de la Espesura, al cabo
de las lluvias, no eran sino buscadores del Dorado, como los primeros que
marcharon al conjuro de su nombre.
El doctor destapó un tubo de cristal, lleno de
piedrecitas oscuras que al punto amarillearon en nuestras manos, a la claridad
del fuego. Palpábamos el Oro. Lo acercábamos a los ojos, para hacerlo crecer. Lo sopesábamos con gesto alquimista. Mouche lo tentó con la lengua, para conocer su sabor.
Y cuando sus pepitas volvieron al cristal, pareció que
el fuego alumbraba menos y que la noche se tornaba más fría. En el río mugían
enormes ranas.
De súbito, fray Pedro arrojó su bastón al fuego, y el
bastón se hizo vara de Moisés al levantar la serpiente que acababa de matar.
(Domingo, 17 de junio)
Regreso ahora de la mina y me regocijo de antemano al
pensar en la decepción de Mouche cuando vea que la caverna maravillosa,
rutilante de gemas, el tesoro de Agamenón que ella se esperaba seguramente, es
un lecho de torrente, cavado, escarbado, revuelto; un lodazal que las palas han
interrogado lateralmente, en profundidad, de arriba abajo, regresando veinte
veces al lugar del hallazgo primero, con la esperanza de haber dejado en el
barro, por un mero desvío de la mano, por un margen de milímetros, la portentosa
Piedra de la Riqueza. El más joven de los buscadores de diamantes me habla, por
el camino, de las grandes miserias del oficio, de las desesperanzas de cada día
y de la rara fatalidad que siempre hace regresar al descubridor de una gran
gema, pobre y endeudado, al lugar de su encuentro.
Sin embargo, la ilusión se reaviva cada vez que surge
de la tierra el diamante singular, y su fulgor futuro, adivinado antes de la
talla, salta por encima de selvas y cordilleras, desacompasando el pulso de
quienes, al cabo de una jornada infructuosa, se desprenden del cuerpo de costra
de fango que lo cubre.
Pregunto por las mujeres, y me dicen que se están
bañando en un caño cercano, cuyas pocetas no albergan alimañas peligrosas. Sin
embargo, he aquí que se oyen voces. Voces que, al acercarse, me hacen salir de
la vivienda, extrañado por la violencia del tono y lo inexplicable de la grita.
Al punto pensamos que alguien hubiera ido a sorprender su desnudez en la orilla
o las afrentara con el propósito villano.
Pero Mouche aparece ahora, con la ropa empapada,
pidiendo ayuda, como huyendo de algo terrible. Antes de haber podido dar un
paso, veo a Rosario, mal cubierta por un grueso refajo, que alcanza a mi amiga,
la arroja al suelo de un empellón y la golpea bárbaramente con una estaca. Con
la cabellera suelta sobre los hombros, escupiendo insultos, pegando a la vez
con los pies, la madera y la mano libre, nos ofrece una tal estampa de
ferocidad que corremos todos a agarrarla. Todavía se retuerce, patea, muerde a
quienes la sujetan, con un furor que se traduce en gruñidos roncos, en bufidos,
por no encontrar la palabra. Cuando levanto a Mouche, apenas si puede tenerse
en pie. Un golpe le ha roto dos dientes. Le sangra la nariz. Está cubierta de
arañazos y desollones.
El doctor Montsalvatje la lleva a la choza de los
herbarios, para curarla. Mientras tanto, rodeando a Rosario, tratamos de saber
qué ha ocurrido. Pero ahora se sume en un mutismo obstinado, negándose a
responder. Está sentada en una piedra, con la cabeza gacha, repitiendo, con
exasperante testarudez, un gesto de denegación que arroja su cabellera negra a
un lado y otro, cerrándole cada vez el semblante aún enfurecido. Voy a la
choza. Hedionda a farmacia, rubricada de esparadrapos, Mouche gimotea en la hamaca
del Herborizador. A mis preguntas responde que ignora el motivo de la agresión;
que la otra se había vuelto como loca, y sin insistir más sobre esto, rompe a
llorar, diciendo que quiere regresar en el acto, que no soporta más, que este
viaje la agota, que se siente en el borde de la demencia.
Ahora suplica y sé que, hace muy poco todavía, la
súplica, por inhabitual en su boca, lo hubiera logrado todo de mí. Pero en este
momento, junto a ella, viendo su cuerpo sacudido por los sollozos de una
desesperación que parece sentida, permanezco frío, acorazado por una dureza que
me admira y alabo, como pudiera alabarse, por oportuna y firme, una voluntad
ajena. Nunca hubiera pensado que Mouche, al cabo de una tan prolongada
convivencia, llegara un día a serme tan extraña. Apagado el amor que tal vez le
tuviera —hasta dudas me asaltaban ahora acerca de la realidad de ese
sentimiento—, hubiera podido subsistir, al menos, el vínculo de una amistosa
ternura.
Pero los retornos, cambios, recapacitaciones, que se
habían sucedido en mí, en menos de dos semanas, añadidos al descubrimiento de
la víspera me tenían insensible a sus ruegos. Dejándola gemir su desamparo,
regresé a la casa de los griegos, donde Rosario, algo calmada, se había
ovillado, silenciosa, con los brazos atravesados sobre la cara, en un
chinchorro.
Una suerte de malestar fruncía el ceño a los hombres,
aunque parecieran pensar en otra cosa. Los griegos ponían demasiada nerviosidad
en el adobo de una sopa de pescados que hervía en una enorme olla de barro,
dándose a discusiones en torno al aceite, y al ají y el ajo, que sonaban en
falsete. Los caucheros remendaban sus alpargatas en silencio. El Adelantado
estaba bañando a Gavilán, que se había regodeado sobre una carroña, y como el
perro se sentía agraviado por las jicaras de agua que le caían encima, enseñaba
los dientes a quienes lo miraban.
Fray Pedro desgranaba las cuentas de su rosario de
semillas. Y yo sentía, en todos ellos, una tácita solidaridad con Rosario.
Aquí, el factor de disturbios, que todos repelían por instinto, era Mouche.
Todos adivinaban que la violenta reacción de la otra se debía a algo que le
confería el derecho de haber agredido con tal furia —algo que los caucheros,
por ejemplo, podían atribuir al despecho de Rosario, tal vez enamorada de
Yannes y enardecida por el insinuante comportamiento de mi amiga. Transcurrieron
varias horas de sofocante calor, durante las cuales cada cual se encerró en sí
mismo. A medida que nos acercábamos a la selva, yo advertía, en los hombres,
una mayor aptitud para el silencio. A ello se debía, acaso, el tono
sentencioso, casi bíblico, de ciertas reflexiones formuladas con muy pocas
palabras.
Cuando se hablaba era en tiempo pausado, cada cual
escuchando y concluyendo antes de responder. Cuando la sombra de las piedras
comenzó a espesarse, el doctor Montsalvatje nos trajo de la choza de los
herbarios la más inesperada noticia: Mouche tiritaba de fiebre. Al salir de un
sueño profundo, se había incorporado, delirando, para hundirse luego en una
inconsciencia estremecida de temblores. Fray Pedro, autorizado por la larga
experiencia de sus andanzas, diagnosticó la crisis de paludismo —enfermedad a
la cual, por lo demás, no se concedía gran importancia en estas regiones—. Se
deslizaron comprimidos de quinina en la boca de la enferma, y quedé a su lado
rezongando de rabia. A dos jornadas del término de mi encomienda, cuando
hollábamos las fronteras de lo desconocido y el ambiente se embellecía con la
cercanía de posibles maravillas, tenía Mouche que haber caído así,
estúpidamente, picada por un insecto que la eligiera a ella, la menos apta para
soportar la enfermedad. En pocos días, una naturaleza fuerte, honda y dura, se
había divertido en desarmarla, cansarla, afearla, quebrarla, asestándole, de
pronto, el golpe de gracia. Me asombraba ante la rapidez de la derrota, que era
como un ejemplar desquite de lo cabal y auténtico. Mouche, aquí, era un personaje
absurdo, sacado de un futuro en que el arcabuco fuera sustituido por la
alameda. Su tiempo, su época, eran otros. Para los que con nosotros convivían
ahora, la fidelidad al varón, el respeto a los padres, la rectitud de proceder,
la palabra dada, el honor que obligaba y las obligaciones que honraban, eran
valores constantes, eternos, insoslayables, que excluían toda posibilidad de
discusión. Faltar a ciertas leyes era perder el derecho a la estimación ajena,
aunque matar por hombría no fuese culpa mayor. Como en ios más clásicos
teatros, los personajes eran, en este gran escenario presente y real, los
tallados en una pieza del Bueno y el Malo, la Esposa Ejemplar o la Amante Fiel,
el Villano y el Amigo Leal, la Madre digna o indigna. Las canciones ribereñas
cantaban, en décimas de romance, la trágica historia de una esposa violada y
muerta de vergüenza, y la fidelidad de la zamba que durante diez años esperó el
regreso de un marido a quien todos daban por comido de hormigas en lo más
remoto de la selva. Era evidente que Mouche estaba de más en tal escenario, y
yo debía reconocerlo así, a menos de renunciar a toda dignidad, desde que había
sido avisado de su ida a la isla de Santa Prisca, en compañía del griego. Sin
embargo, ahora que había sido derribada por la crisis palúdica, su regreso
implicaba el mío; lo cual equivalía a renunciar a mi única obra, a volver
endeudado, con las manos vacías, avergonzado ante la sola persona cuya
estimación me fuera preciosa —y todo por cumplir una tonta función de escolta junto
a un ser que ahora aborrecía. Adivinando tal vez la causa de la tortura que
debía reflejarse en mi semblante, Montsalvatje me trajo el más providencial
alivio, dicendo que no tendría inconveniente en llevarse a Mouche, mañana. La
conduciría hasta donde pudiera aguardarme con toda comodidad: forzarla a seguir
más adelante, débil como quedaría después del primer acceso, era poco menos que
imposible.
Ella no era mujer para tales andanzas. Anima,
vágula, blándula —concluyó irónicamente—. Le respondí con un abrazo.
La luna ha vuelto a alzarse. Allá, al pie de una
piedra grande muere el fuego que reunió a los hombres en las primeras horas de
la noche. Mouche suspira más que respira y su sueño febril se puebla de
palabras que más parecen estertores y garrasperas.
Una mano se posa sobre mi hombro: Rosario se siente a
mi lado en la estera, sin hablar. Comprendo, sin embargo, que una explicación
se aproxima, y espero en silencio. El graznido de un pájaro que vuela hacia el
río, despertando a las chicharras del techo, parece decidirla. Empezando con
voz tan queda que apenas si la oigo, me cuenta lo que demasiado sospecho. El
baño en la orilla del río. Mouche, que presume de la belleza de su cuerpo y
nunca pierde oportunidad de probarlo, que la incita, con fingidas dudas sobre
la dureza de su carne, a que se despoje del refajo conservado por aldeano
pudor.
Luego, es la insistencia, el hábil reto, la desnudez
que se muestra, las alabanzas a la firmeza de sus senos, a la tersura de su
vientre, el gesto de cariño, y el gesto de más que revela a Rosario,
repentinamente, una intención que subleva sus instintos más profundos. Mouche,
sin imaginárselo, ha inferido una ofensa que es, para las mujeres de aquí, peor
que el peor epíteto, peor que el insulto a la madre, peor que arrojar de la
casa, peor que escupir las entrañas que parieron, peor que dudar de la fidelidad
al marido, peor que el nombre de perra, peor que el nombre de puta. Tanto se
encienden sus ojos en la sombra al recordar la riña de aquella mañana, que
llego a temer nueva irrupción de violencias. Agarro a Rosario por las muñecas
para tenerla quieta, y, con la brusquedad del gesto, mi pie derriba una de las
cestas en que el Herborizador guarda sus plantas secas, entre carnadas de hojas
de malanga. Un heno espeso y crujiente se nos viene encima, envolviéndonos en
perfumes que recuerdan, a la vez, el alcanfor, el sándalo y el azafrán. Una
repentina emoción deja mi resuello en suspenso: así —casi así— olía la cesta de
los viajes mágicos, aquella en que yo estrechaba a María del Carmen, cuando
éramos niños, junto a los canteros donde su padre sembraba la albahaca y la
yerbabuena. Miro a Rosario de muy cerca, sintiendo en las manos el pálpito de
sus venas, y, de súbito, veo algo tan ansioso, tan entregado, tan impaciente,
en su sonrisa —más que sonrisa, risa detenida, crispación de espera—, que el
deseo me arroja sobre ella, con una voluntad ajena a todo lo que no sea el
gesto de la posesión. Es un abrazo rápido y brutal, sin ternura, que más parece
una lucha por quebrarse y vencerse por una trabazón deleitosa.
Pero cuando volvemos a hallarnos, lado a lado,
jadeantes aún, y cobramos conciencia cabal de lo hecho, nos invade un gran
contento, como si los cuerpos hubieran sellado un pacto que fuera el comienzo
de un nuevo modo de vivir. Yacemos sobre las yerbas esparcidas, sin más
conciencia que la de nuestro deleite. La claridad de la luna que entra en la
cabaña por la puerta sin batiente se sube lentamente a nuestras piernas: la
tuvimos en los tobillos, y ahora alcanza las corvas de Rosario, que ya me
acaricia con mano impaciente. Es ella, esta vez, la que se echa sobre mí,
arqueando el talle con ansioso apremio. Pero aún buscamos el mejor acomodo,
cuando una voz ronca, quebrada, escupe insultos junto a nuestros oídos,
desemparejándonos de golpe. Habíamos rodado bajo la hamaca, olvidados de la que
tan cerca gemía. Y la cabeza de Mouche estaba asomada sobre nosotros, crispada,
sardónica, de boca babeante, con algo de cabeza de Gorgona en el desorden de
las greñas caídas sobre la frente «¡Cochinos! —grita—. ¡Cochinos!» Desde el
suelo, Rosario dispara golpes a la hamaca con los pies, para hacerla callar.
Pronto la voz de arriba se extravía en divagaciones de delirio. Los cuerpos
desunidos vuelven a encontrarse, y, entre mi cara y el rostro mortecino de
Mouche, que cuelga fuera del chinchorro con un brazo inerte, se atraviesa, en
espesa caída, la cabellera de Rosario, que afinca los codos en el suelo para
imponerme su ritmo. Cuando volvemos a tener oídos para lo que nos rodea, nada
nos importa ya la mujer que estertora en la oscuridad.
Pudiera morirse ahora mismo, aullando de dolor, sin
que nos conmoviera su agonía. Somos dos, en un mundo distinto. Me he sembrado
bajo el vellón que acaricio con mano de amo, y mi gesto cierra una gozosa
confluencia de sangres que se encontraron.
(Lunes, 18 de junio)
Hemos despachado a Mouche con la concertada ferocidad
de amantes que acaban de descubrirse, inseguros aún de la maravilla, insaciados
de sí mismos, y proceden a romper todo lo que pueda oponerse a su próximo
acoplamiento. La hemos metido en la canoa de Montsalvatje, envuelta en una
manta, llorosa, casi inconsciente, haciéndola creer que la sigo en otra
embarcación. He dado al Herborizador mucho más dinero del necesario para que la
atienda, pague sus traslados, la instale, costee los tratamientos necesarios,
quedándome apenas con unos billetes sucios y unas monedas —que de nada sirven,
además, en la Selva, donde todo comercio se reduce a trueques de objetos
simples y útiles, como agujas, cuchillos, leznas. En la liberalidad de mi
donación hay, además, un secreto ritual de adormecimiento del último crepúsculo
de conciencia: de todos modos, Mouche no puede seguirnos, y así, en lo
material, cumplo con mi último deber. Es muy probable, por otra parte, que en
la solicitud de Montsalvatje por llevarse a la enferma haya una maligna
esperanza de aliviarse de varios meses de continencia con una mujer nada fea.
No sólo me tiene indiferente esta idea, sino que para mis adentros deploro que
la poca prestancia física del botánico lo vaya a agobiar con un fracaso. La
barca ha desaparecido ahora en la lejanía de un estero, cerrando con su partida
una etapa de mi existencia. Jamás me he sentido tan ligero, tan bien instalado
en mi cuerpo, como esta mañana. La palmada irónica que doy a Yannes, a quien
veo melancólico, le hace interrogarme con una expresión interrogante y
remordida, que es nueva excusa a mi rigor. Por lo demás, todo el mundo se da
cuenta de que Rosario —como aquí se dice— se ha comprometido conmigo. Me
rodea de cuidados, trayéndome de comer, ordeñando las cabras para mí, secándome
el sudor con paños frescos, atenta a mi palabra, mi sed, mi silencio o mi
reposo, con una solicitud que me hace enorgullecerme de mi condición de hombre:
aquí, pues, la hembra «sirve» al varón en el más noble sentido del término,
creando la casa con cada gesto. Porque, aunque Rosario y yo no tengamos un
techo propio, sus manos son ya mi mesa y la jicara de agua que acerca a mi
boca, luego de limpiarla con una hoja caída en ella, es vajilla marcada con mis
iniciales de amo. «A ver cuándo se formaliza con una sola mujer», musita fray
Pedro tras de mí, dándome a entender que con él no valen pueriles disimulos.
Desvío la conversación para no confesar que estoy casado ya y por rito hereje,
y me acerco al griego, que recoge sus cosas para seguir con nosotros río
arriba. Seguro de que el yacimiento de acá está agotado, viéndose burlado por
la fortuna una vez más, quiere emprender un viaje de prospección, más allá del
Caño Pintado, en una zona de montañas de la que muy poco se sabe. Reserva el
mejor lugar de su hato para el único libro que lleva consigo a todas partes:
una modesta edición bilingüe de La Odisea, forrada de hule negro, cuyas
páginas han sido moteadas de verde por la humedad.
Antes de separarse nuevamente del tomo, sus hermanos,
que saben largos tránsitos del texto de memoria, buscan su versión castellana
en la página de enfrente, leyendo fragmentos con un acento anguloso y duro, en
que mucho se sustituye la u por la v.
En una escuelita de Kalamata les enseñaron los nombres
de los trágicos y el sentido de los mitos, pero una oscura afinidad de
caracteres los acercó al aventurero Ulises, visitador de países portentosos,
nada enemigo del oro, capaz de ignorar a las sirenas por no perder su hacienda
de Itaca. Al haber sido entortado por un váquiro, el perro de los mineros fue
llamado Polifemo, en recuerdo del cíclope cuya lamentable historia leyeron cien
veces, en voz alta, junto a la hoguera de sus campamentos. Pregunto a Yannes
por qué abandonó la tierra a que le ata una sangre cuyos remotos manantiales
conoce. El minero suspira, y hace del mundo mediterráneo un paisaje de ruinas.
Habla de lo que dejó atrás, como podría hablar de las murallas de Micenas, de
las tumbas vacías, de los peristilos habitados por las cabras.
El mar sin peces, los múrices inútiles, la confusión
de los mitos, y una gran esperanza rota. Luego, el mar, secular remedio de los
suyos: un mar más vasto, que llevaba más lejos. Me cuenta que cuando divisó la
primera montaña, de este lado del Océano, se echó a llorar, pues era una
montaña roja y dura, parecida a sus duras montañas de cardos y abrojos. Pero
aquí lo agarró la afición a los metales preciosos, la llamada de los negocios y
de los rumbos, que hiciera cargar tantos remos a sus antepasados.
El día que encuentre la gema que sueña se construirá,
a la orilla del mar y donde haya montañas de flancos abruptos, una casa cuyo
soportal tenga columnas —afirma— como un templo de Poseidón.
Vuelve a lamentarse sobre el destino de su pueblo,
abre el tomo en su comienzo y clama: «¡Ah, miseria! Escuchad cómo los mortales
enjuician a los dioses. Dicen que de nosotros vienen sus males, cuando son
ellos quienes, por su tontería, agravan las desdichas que les asigna el
destino.» Zevs habla, concluye el minero por su cuenta, y presto deja el
libro, pues los caucheros traen, colgado de una rama, un extraño animal de
pezuña, que acaban de matar.
Creo, por un instante, que se trata de un cerdo
salvaje de gran tamaño. «¡Una danta! ¡Una danta!», grita fray Pedro, uniendo
las manos en asombrado ademán, antes de echar a correr hacia los cazadores, con
un júbilo que revela su hartura del manioco diluido en agua con que se alimenta
habitualmente en la selva. Es, luego, la fiesta de encender la hoguera; la
escaldadura de la bestia y su descuartizamiento; la vista de los pemiles,
menudos y lomos, que atiza en nosotros el desaforado apetito que suele atribuirse
a los salvajes. Con el torso desnudo, puesta toda su seriedad en la tarea, el
minero se me hace, de pronto, tremendamente arcaico. Su gesto de arrojar al
fuego algunas cerdas de la cabeza del animal tienen un sentido propiciatorio
que tal vez pudiera explicarme una estrofa de La Odisea. El modo de
ensartar las carnes, luego de untarlas de grasa; el modo de servirlas en una
tabla, luego de rociarlas de aguardiente, responde a tan viejas tradiciones
mediterráneas que, cuando me es ofrecido el mejor filete, veo a Yannes, por un
segundo, transfigurado en el porquerizo Eumeo... No bien hemos terminado el
festín, cuando se levanta el Adelantado y baja hacia el río a grandes trancos,
seguido de Gavilán, que ladra alborotosamente. Dos canoas muy primitivas —dos
troncos vaciados— descienden la corriente, conducidas por remeros indios. Se
aproxima el momento de la partida, y cada cual procede a juntar sus hatos al
fardaje. Me llevo a Rosario a la cabaña, donde nos abrazamos una vez más sobre
el piso de tierra, que Montsalvatje, al ordenar sus colecciones, ha dejado
cubierto de plantas secas, exhaladoras del acre y enervante perfume que
conocimos ayer. Esta vez enmendamos las torpezas y premuras de los primeros
encuentros, haciéndonos más dueños de la sintaxis de nuestros cuerpos. Los
miembros van hallando un mejor ajuste; los brazos precisan un más cabal
acomodo. Estamos eligiendo y fijando, con maravillosos tanteos, las actitudes
que habrán de determinar, para el futuro, el ritmo y la manera de nuestros
acoplamientos. Con el mutuo aprendizaje que implica la fragua de una pareja,
nace su lenguaje secreto. Ya van surgiendo del deleite aquellas palabras
íntimas, prohibidas a los demás, que serán el idioma de nuestras noches. Es
invención a dos voces, que incluye términos de posesión, de acción de gracia,
desinencias de los sexos, vocablos imaginados por la piel, ignorados apodos
—ayer imprevisibles— que nos daremos ahora, cuando nadie pueda oírnos.
Hoy, por vez primera, Rosario me ha llamado por mi
nombre, repitiéndolo mucho, como si sus sílabas tuvieran que tornar a ser
modeladas —y mi nombre, en su boca, ha cobrado una sonoridad tan singular, tan
inesperada, que me siento como ensalmado por la palabra que más conozco, al
oírla tan nueva como si acabara de ser creada. Vivimos el júbilo impar de la
sed compartida y saciada, y cuando nos asomamos a lo que nos rodea, creemos
recordar un país de sabores nuevos. Me arrojo al agua para soltar las yerbas secas
que el sudor me ha pegado a las espaldas, y río al pensar que cierta tradición
es contrariada por lo que ahora ocurre, puesto que, para nosotros, el tiempo
del celo ha caído a medio verano. Pero mi amante desciende ya hacia las
embarcaciones. Nos despedimos de los caucheros, y es la partida. En la primera
canoa, acurrucados entre las bordas, salimos el Adelantado, Rosario y yo. En la
otra fray Pedro, con Yannes y el fardaje. «¡Vamos con Dios!», dice el
Adelantado al sentarse al lado de Gavilán, que olfatea el aire con hocico de
mascarón de proa. De ahora en adelante ignoraremos ya la navegación a vela.
El sol, la luna, la hoguera —y a veces el rayo— serán
las únicas luces que iluminarán nuestras caras.
¿No habrá más que silencio, inmovilidad, al pie de los
árboles, de los bejucos?
Bueno es, pues, que haya guardianes.
POPOL-VUH
(Tarde del lunes)
Al cabo de dos horas de navegación entre lajas, islas
de lajas, promontorios de lajas, montes de lajas, que conjugan sus geometrías
con una diversidad de invención que ya ha dejado de asombrarnos, una vegetación
mediana, tremendamente tupida —tiesura de gramíneas, dominada por la constante,
en ondulación y danza, del macizo de bambúes —sustituye la presencia de la
piedra por la inacabable monotonía de lo verde cerrado. Me divierto con un
juego pueril sacado de las maravillosas historias narradas, junto al fuego, por
Montsalvatje: somos Conquistadores que vamos en busca del Reino de Manoa.
Fray Pedro es nuestro capellán, al que pediremos
confesión si quedamos malheridos en la entrada. El Adelantado bien puede ser
Felipe de Utre. El griego es Micer Codro, el astrólogo. Gavilán pasa a ser
Leoncico, el perro de Balboa. Y yo me otorgo, en la empresa, los cargos del
trompeta Juan de San Pedro, con mujer tomada a bragas en el saqueo de un
pueblo. Los indios son indios, y aunque parezca extraño, me he habituado a la
rara distinción de condiciones hecha por el Adelantado, sin poner en ello, por
cierto, la menor malicia, cuando, al narrar alguna de sus andanzas, dice muy
naturalmente: «Eramos tres hombres y doce indios.» Me imagino que
una cuestión de bautizo rige ese reparo, y esto da visos de realidad a la
novela que, por la autenticidad del decorado, estoy fraguando. Ahora los
bambusales han cedido la orilla izquierda, que estamos bordeando, a una suerte
de selva baja, sin manchas de color, que hunde sus raíces en el agua, alzando
un valladar inabordable, absolutamente recto, recto como una empalizada, como
una inacabable muralla de árboles erguidos, tronco a tronco, hasta el lindero
de la corriente, sin un paso aparente, sin una hendedura, sin una grieta. Bajo
la luz del sol que se difumina en vahos sobre las hojas húmedas, esa pared
vegetal se prolonga hasta el absurdo, acabando por parecer obra de hombres,
hecha a teodolito y plomada. La curiara se va aproximando cada vez más a esa
ribera cerrada y hosca, que el Adelantado parece examinar tramo a tramo, con
acuciosa atención.
Me parece imposible que estemos buscando algo en aquel
lugar, y, sin embargo, los indios palanquean cada vez más despacio, y el perro,
con el lomo erizado, lleva los ojos adonde los fija el amo. Adormecido por la
espera y el balanceo de la barca, cierro los párpados. De pronto, me despierta
un grito del Adelantado: «¡Ahí está la puerta!»... Había, a dos metros de
nosotros, un tronco igual a todos los demás: ni más ancho, ni más escamoso.
Pero en su corteza se estampaba una señal semejante a
tres letras V superpuestas verticalmente, de tal modo que una penetraba
dentro de la otra, una sirviendo de vaso a la segunda, en un diseño que hubiera
podido repetirse hasta el infinito, pero que sólo se multiplicaba aquí al
reflejarse en las aguas. Junto a ese árbol se abría un pasadizo abovedado, tan
estrecho, tan bajo, que me pareció imposible meter la curiara por ahí. Y, sin
embargo, nuestra embarcación se introdujo en ese angosto túnel, con tan poco
espacio para deslizarse que las bordas rasparon duramente unas raíces
retorcidas. Con los remos, con las manos, había que apartar obstáculos y
barreras para llevar adelante esa navegación increíble, en medio de la maleza
anegada. Un madero puntiagudo cayó sobre mi hombro con la violencia de un
garrotazo, sacándome sangre del cuello. De los ramazones llovía sobre nosotros
un intolerable hollín vegetal, impalpable a veces, como un plancton errante en
el espacio —pesado, por momentos, como puñados de limalla que alguien hubiera
arrojado de lo alto—. Con esto, era un perenne descenso de hebras que encendían
la piel, de frutos muertos, de simientes velludas que hacían llorar, de
horruras, de polvos cuya fetidez enroñaba las caras. Un empellón de la proa
promovió el súbito desplome de un nido de comejenes, roto en alud de arena
parda.
Pero lo que estaba abajo era tal vez peor que las
cosas que hacían sombra. Entre dos aguas se mecían grandes hojas agujereadas,
semejantes a antifaces de terciopelo ocre, que eran plantas de añagaza y
encubrimiento. Flotaban racimos de burbujas sucias, endurecidas por un barniz
de polen rojizo, a las que una aletazo cercano hacía alejarse, de pronto, por
el tragante de un estancamiento, con indecisa navegación de holoturia. Más allá
eran como gasas, opalescentes, espesas, detenidas en los socavones de una piedra
larvada. Una guerra sorda se libraba en los fondos erizados de garfios barbudos
—allí donde parecía un cochambroso enrevesamiento de culebras —. Chasquidos
inesperados, súbitas ondulaciones, bofetadas sobre el agua, denunciaban una
fuga de seres invisibles que dejaban tras de sí una estela de turbias
podredumbres —remolinos grisáceos, levantados al pie de las cortezas negras
moteadas de liendres—. Se adivinaba la cercanía de toda una fauna rampante, del
lodo eterno, de la glauca fermentación, debajo de aquellas aguas oscuras que
olían agriamente, como un fango que hubiera sido amasado con vinagre y carroña,
y sobre cuya aceitosa superficie caminaban insectos creados para andar sobre lo
líquido: chinches casi transparentes, pulgas blancas, moscas de patas
quebradas, diminutos cínifes que eran apenas un punto vibrátil en la luz verde
—pues tanto era el verdor atravesado por unos pocos rayos de sol, que la
claridad se teñía, al bajar de las frondas, de un color de musgo que se tornaba
color de fondo de pantanos al buscar las raíces de las plantas. Al cabo de
algún tiempo de navegación en aquel caño secreto, se producía un fenómeno
parecido al que conocen los montañeses extraviados en las nieves: se perdía la
noción de la verticalidad, dentro de una suerte de desorientación, de mareo de
los ojos. No se sabía ya lo que era del árbol y lo que era del reflejo. No se
sabía ya si la claridad venía de abajo o de arriba, si el techo era de agua, o
el agua suelo; si las troneras abiertas en la hojarasca no eran pozos luminosos
conseguidos en lo anegado. Como los maderos, los palos, las lianas, se
reflejaban en ángulos abiertos o cerrados, se acababa por creer en pasos
ilusorios, en salidas, corredores, orillas, inexistentes. Con el trastorno de
las apariencias, en esa sucesión de pequeños espejismos al alcance de la mano,
crecía en mí una sensación de desconcierto, de extravío total, que resultaba
indeciblemente angustiosa. Era como si me hicieran dar vueltas sobre mí mismo,
para atolondrarme, antes de situarme en los umbrales de una morada secreta.
Me preguntaba ya si los remeros conservaban una noción
cabal de las esloras. Empezaba a tener
miedo.
Nada me amenazaba. Todos parecían tranquilos en torno
mío; pero un miedo indefinible, sacado de los trasmundos del instinto me hacía
respirar a lo hondo, sin hallar nunca el aire suficiente. Además, se agravaba
el desagrado de la humedad prendida de las ropas, de la piel, de los cabellos;
una humedad tibia, pegajosa, que lo penetraba todo, como un unto, haciendo más
exasperante aún la continua picada de zancudos, mosquitos, insectos sin nombre,
dueños del aire en espera de los anofeles que llegarían con el crepúsculo. Un sapo que cayó sobre mi frente me dejó, luego del
sobresalto, una casi deleitosa sensación de frescor. De no saber que se trataba
de un sapo, lo hubiera tenido preso en el hueco de la mano, para aliviarme las
sienes con su frialdad. Ahora eran pequeñas arañas rojas las que se desprendían
de lo alto sobre la canoa. Y eran millares de telarañas las que se abrían en
todas partes, a ras del agua, entre las ramas más bajas. A cada embate de la
curiara, las bordas se llenaban de aquellos escarzos grisáceos, enredados de
avispas secas, restos de élitros, antenas, carapachos a medio chupar. Los
hombres estaban sucios, pringosos; las camisas ensombrecidas desde adentro por
el sudor, habían recibido escupitajos de barro, resinas, savias; las caras tenían
ya el color ceroso, de mal asoleamiento, de los semblantes de la selva. Cuando
desembocamos en un pequeño estanque inverno, que moría al pie de una laja
amarilla, me sentí como preso, apretado por todas partes. El Adelantado me
llamó a poca distancia de donde habían atracado las canoas, para hacerme mirar
una cosa horrenda: un caimán muerto, de carnes putrefactas, debajo de cuyo
cuero se metían, por enjambres, las moscas verdes. Era tal el zumbido que
dentro de la carroña resonaba, que, por momentos, alcanzaba una afinación de
queja dulzona, como si alguien —una mujer llorosa, tal vez— gimiera por las
fauces del saurio. Huí de lo atroz, buscando el calor de mi amante. Tenía
miedo. Las sombras se cerraban ya en un crepúsculo prematuro, y apenas hubimos
organizado un campamento somero, fue la noche. Cada cual se aisló en el ámbito
acunado de su hamaca. Y el croar de enormes ranas invadió la selva. Las
tinieblas se estremecían de sustos y deslizamientos. Alguien, no se sabía
dónde, empezó a probar la embocadura de un oboe. Un cobre grotesco rompió a
reír en el fondo de un caño.
Mil flautas de dos notas, distintamente afinadas, se
respondieron a través de las frondas. Y fueron peines de metal, sierras que
mordían leños, lengüetas de harmónicas, tremulantes y rasca-rasca de grillos,
que parecían cubrir la tierra entera. Hubo como gritos de pavo real,
borborigmos errantes, silbidos que subían y bajaban, cosas que pasaban
debajo de nosotros, pegadas al suelo; cosas que se zambullían,
martillaban, crujían, aullaban como niños, relinchaban en la cima de los
árboles, agitaban cencerros en el fondo de un hoyo. Estaba aturdido, asustado, febril.
Las fatigas de la jornada, la expectación nerviosa, me
habían extenuado. Cuando el sueño venció el temor a las amenazas que me
rodeaban, estaba a punto de capitular —de clamar mi miedo—, para oír voces de
hombres.
(Martes, 19 de junio)
Cuando fue la luz otra vez, comprendí que había pasado
la Primera Prueba. Las sombras se ha bían llevado los temores de la víspera. Al
lavarme el pecho y la cara en un remanso del caño, junto a Rosario que limpiaba
con arena los enseres de mi desayuno, me pareció que compartía en esta hora,
con los millares de hombres que vivían en las inexploradas cabeceras de los
Grandes Ríos, la primordial sensación de belleza, de belleza físicamente
percibida, gozada igualmente por el cuerpo y el entendimiento, que nace de cada
renacer de sol —belleza cuya conciencia, en tales lejanías, se transforma para
el hombre en orgullo de proclamarse dueño del mundo, supremo usufructuario de
la creación. El amanecer de la selva es mucho menos hermoso, si en colores
pensamos, que el crepúsculo. Sobre un suelo que exhala una humedad milenaria,
sobre el agua que divide las tierras, sobre una vegetación que se envuelve en
neblinas, el amanecer se insinúa con grisallas de lluvia, en una claridad
indecisa que nunca parece augurar un día despejado. Habrá que esperar varias
horas antes de que el sol, alto ya, liberado por las copas, pueda arrojar un
rayo de franca luz por sobre las infinitas arboledas. Y, sin embargo, el
amanecer de la selva renueva siempre el júbilo entrañado, atávico, llevado en
venas propias, de ancestros que, durante milenios, vieron en cada madrugada el
término en sus espantos nocturnos, el retroceso de los rugidos, el despeje de
las sombras, la confusión de los espectros, el deslinde de lo malévolo.
Con el inicio de la jornada, siento como una necesidad
de excusarme ante Rosario por las pocas oportunidades de estar solos que nos
ofrece esta fase del viaje. Ella se echa a reír, canturreando algo que debe ser
un romancillo: Yo soy la recién casada — que lloraba sin cesar — de
verme tan mal casada — sin poderlo remediar. Y aún sonaban sus
coplas maliciosas, llenas de alusiones a la continencia que el viaje nos
imponía, cuando ya, bogando otra vez, desembocamos a un caño ancho que se
internaba en lo que el Adelantado me anunció como la selva verdadera. Como el
agua, salida de su cauce, anegaba inmensas porciones de tierra, ciertos árboles
retorcidos, de lianas hundidas en el légamo, tenían algo de naves ancladas, en
tanto que otros troncos, de un rojo dorado, se alargaban en espejismos de
profundidad, y los de antiquísimas selvas muertas, blanquecinos, más mármol que
madera, emergían como los obeliscos cimeros de una ciudad abismada.
Detrás de los sujetos identificables, de los
morichales, de los bambúes, de los anónimos sarmientos orilleros, era la
vegetación feraz, entretejida, trabada en intríngulis de bejucos, de matas, de
enredaderas, de garfios, de matapalos, que, a veces, rompía a empellones el
pardo cuero de una danta, en busca de un caño donde refrescar la trompa.
Centenares de garzas, empinadas en sus patas, hundiendo el cuello entre las
alas, estiraban el pico a la vera de los lagunatos, cuando no redondeaba la
giba algún garzón malhumorado, caído del cielo. De pronto, una empinada ramazón
se tornasolaba en el alborozo de un graznante vuelo de guacamayos, que
arrojaban pinceladas violentas sobre la acre sombra de abajo, donde las
especies estaban empeñadas en una milenaria lucha por treparse unas sobre
otras, ascender, salir a la luz, alcanzar el sol. El desmedido estiramiento de
ciertas palmeras escuálidas, el despunte de ciertas maderas que sólo lograban
asomar una hoja, arriba, luego de haber sorbido la savia de varios troncos,
eran fases diversas de una batalla vertical de cada instante, dominada
señeramente por los árboles más grandes que yo hubiera visto jamás.
Arboles que dejaban muy abajo, como gente rastreante,
a las plantas más espigadas por las penumbras, y se abrían en cielo despejado,
por encima de toda lucha, armando con sus ramas unos boscajes aéreos, irreales,
como suspendidos en el espacio, de los que colgaban musgos transparentes,
semejantes a encajes lacerados. A veces, luego de varios siglos de vida, uno de
esos árboles perdía las hojas, secaba sus líquenes, apagaba sus orquídeas. Las
maderas le encanecían, tomando consistencia de granito rosa y quedaba erguido,
con su ramazón monumental en silenciosa desnudez, revelando las leyes de una
arquitectura casi mineral, que tenía simetrías, ritmos, equilibrios, de
cristalizaciones. Chorreado por las lluvias, inmóvil en las tempestades,
permanecía allí, durante algunos siglos más, hasta que, un buen día, el rayo
acababa de derribarlo sobre el deleznable mundo de abajo. Entonces, el coloso,
nunca salido de la prehistoria, acababa por desplomarse, aullando por todas las
astillas, arrojando palos a los cuatro vientos, rajado en dos, lleno de carbón
y de fuego celestial, para mejor romper y quemar todo lo que estaba a sus pies.
Cien árboles perecían en su caída, aplastados, derribados, desgajados, tirando
de lianas que, al reventar, se disparaban hacia el cielo como cuerdas de arcos.
Y acababa por yacer sobre el humus milenario de la selva, sacando de la tierra
unas raíces tan intrincadas y vastas que dos caños, siempre ajenos, se veían
unidos, de pronto, por la extracción de aquellos arados profundos que salían de
sus tinieblas destrozando nidos de termes, abriendo cráteres a los que acudían
corriendo, con la lengua melosa y los garfios de fuera, los lamedodores de
hormigas.
Lo que más me asombraba era el inacabable mimetismo de
la naturaleza virgen. Aquí todo parecía otra cosa, creándose un mundo de
apariencias que ocultaba la realidad, poniendo muchas verdades en entredicho.
Los caimanes que acechaban en los bajos fondos de la selva anegada, inmóviles,
con las fauces en espera, parecían maderos podridos, vestidos de escaramujos;
los bejucos parecían reptiles y las serpientes parecían lianas, cuando sus
pieles no tenían nervaduras de maderas preciosas, ojos de ala de falena, escamas
de ananá o anillas de coral; las plantas acuáticas se apretaban en alfombra
tupida, escondiendo el agua que les corría debajo, fingiéndose vegetación de
tierra muy firme: las cortezas caídas cobraban muy pronto una consistencia de
laurel en salmuera, y los hongos eran como coladas de cobre, como espolvoreos
de azufre, junto a la falsedad de un camaleón demasiado rama, demasiado
lapizlázuli, demasiado plomo estriado de un amarillo intenso, simulación,
ahora, de salpicaduras de sol caídas a través de hojas que nunca dejaban pasar
el sol entero. La selva era el mundo de la mentira, de la trampa y del falso
semblante; allí todo era disfraz, estratagema, juego de apariencias,
metamorfosis.
Mundo del lagarto-cohombro, la castaña-erizo, la
crisálida-ciempiés, la larva con carne de zanahoria y el pez eléctrico que
fulminaba desde el poso de las linazas. Al pasar cerca de las orillas, las
penumbras logradas por varias techumbres vegetales arrojaban vaharadas de
frescor hasta las curiaras. Bastaba detenerse unos segundos para que este
alivio se transformara en un intolerable hervor de insectos.
En todas partes parecía haber flores; pero los colores
de las flores eran mentidos, casi siempre, por la vida de hojas en distinto
grado de madurez o decrepitud.
Parecía haber frutos; pero la redondez, la madurez de
las frutas, eran mentidas por bulbos sudorosos, terciopelos hediondos, vulvas
de plantas insectívoras que eran como pensamientos rociados de almíbares,
cactáceas moteadas que alzaban, a un palmo de la tierra, un tulipán de esperma
azafranada.
Y cuando aparecía una orquídea, allá, muy alto, más
arriba del bambusal, más arriba de los yopos, se hacía algo tan irreal, tan
inalcanzable, como el más vertiginoso edelweis alpestre. Pero también estaban
los árboles que no eran verdes, y jalonaban las orillas de macizos de amaranto
o se encendían con amarillos de zarza ardiente. Hasta el cielo mentía a veces,
cuando, invirtiendo su altura en el azogue de los lagunatos, se hundía en
profundidades celestemente abisales. Sólo las aves estaban en hora de verdad,
dentro de la clara identidad de sus plumajes.
No mentían las garzas cuando inventaban la
interrogación con el arco del cuello, ni cuando, al grito del garzón vigilante,
levantaban su espanto de plumas blancas. No mentía el martín pescador de gorro
encarnado, tan frágil y pequeño en aquel universo terrible, que su sola
presencia, junto a la prodigiosa vibración del colibrí, era cosa de milagro.
Tampoco mentían, en el eterno barajarse de las apariencias y los simulacros, en
esa barroca proliferación de lianas, los alegres monos araguatos que, de repente,
escandalizaban las frondas con sus travesuras, indecencias y carantoñas de
grandes niños de cinco manos.
Y encima de todo, como si lo asombroso de abajo fuera
poco, yo descubría un nuevo mundo de nubes: esas nubes tan distintas, tan
propias, tan olvidadas por los hombres, que todavía se amasan sobre la humedad
de las inmensas selvas, ricas en agua como los primeros capítulos del Génesis;
nubes hechas como de un mármol desgastado, rectas en su base, y que se
dibujaban hasta tremendas alturas, inmóviles, monumentales, con formas que eran
las de la materia en que empieza a redondearse la forma de un ánfora a poco de
girar el torno del alfarero. Esas nubes, rara vez enlazadas entre sí, estaban
detenidas en el espacio, como edificadas en el cielo, semejantes a sí mismas,
desde los tiempos inmemoriales en que presidieran la separación de las aguas y
el misterio de las primeras confluencias.
(Tarde del martes)
Aprovechándose de que nos hubiésemos detenido a
mediodía, en una ensenada boscosa, para dar algún descanso a los remeros y
desentumecer las piernas, Yannes se alejó de nosotros con el ánimo de reconocer
el lecho de un torrente que, según él, debe acaudalar diamantes. Pero hace ya
dos horas que lo llamamos a gritos, sin hallar más respuesta que el eco de
nuestras voces en las vueltas del cauce fangoso.
En el creciente enojo de la espera, fray Pedro vapulea
a los que se dejan cegar por la fiebre de las piedras y del metal precioso.
Oigo sus palabras con cierto malestar, pensando que el Adelantado —a quien se
atribuye el hallazgo de un yacimiento fabuloso — acabará por ofenderse. Pero el
hombre sonríe bajo sus cejas enmarañadas, y pregunta socarronamente al
misionero por qué relumbran tanto el oro y la pedrería en las custodias de
Roma. «Porque justo es —responde fray Pedro— que las más hermosas materias de
la Creación sirvan para honrar a quien las creó.» Luego, para demostrarme que
si pide pompas para el ara exige humildad al oficiante, la emprende acremente
con los párrocos mundanos, a los que califica de nuevos vendedores de
indulgencias, rumiantes de nunciaturas y tenores del pulpito. «La eterna
rivalidad entre la infantería y la caballería», exclama el Adelantado, riendo,
Es evidente —pienso yo— que cierto clero urbano debe parecer singularmente
ocioso, por no decir tarado, a un ermitaño con cuarenta años de apostolado en
la selva; y queriendo serle grato me doy a apoyar sus decires con ejemplos de
sacerdotes indignos y mercaderes del templo. Pero fray Pedro me corta la
palabra con tono abrupto: «Para hablar de los malos, hay que saber de los
otros.» Y comienza a contarme de gente para mí desconocida; de padres
despedazados por los indios del Marañón; de un beato Diego bárbaramente
torturado por el último Inca; de un Juan de Lizardi, traspasado por las saetas
paraguayas, y de cuarenta frailes degollados por un pirata hereje, a quien la
Doctora de Avila, en estática visión, viera llegar al cielo, a paso de carga,
asustando a los ángeles con sus terribles caras de santos.
A todo esto se refiere como si hubiese sucedido ayer;
como si tuviera el poder de andarse por el tiempo al derecho y al revés. «Tal
vez porque su misión se cumple en un paisaje sin fechas», me digo. Pero ahora
se percata fray Pedro de que el sol se oculta tras de los árboles, e interrumpe
su hagiografía misionera para llamar a Yannes, nuevamente, en una grita
conminatoria que no excluye el epíteto de arrieros buscando una bestia huida. Y
cuando reaparece el griego, son tales los bastonazos que pega el fraile en una
laja que, en el acto, nos vemos acurrucados en las curiaras. Al reanudarse la
navegación, comprendo la causa del enojo de fray Pedro ante la demora del
minero. Ahora el caño se estrecha cada vez más entre riberas inabordables que
son como acantilados negros, anunciadores de paisajes distintos. Y, de pronto,
la corriente nos arroja a toda la anchura de un río amarillo que desciende,
atormentado de raudales y remolinos, hacia el Río Mayor, en cuyo costado habrá
de prenderse, llevándole el caudal de torrentes de toda una vertiente de las
Grandes Mesetas. El empuje del agua se acrece hoy, peligrosamente, con el peso
de lluvias caídas en alguna parte. Tomando el oficio de baqueano, fray Pedro,
con un pie afianzado en cada borde, va arrumbando las canoas con el bastón.
Pero la resistencia es tremenda y la noche se nos viene encima sin que hayamos
salido de lo más trabado de la lucha. De pronto, hay turbamulta en el cielo:
baja un viento frío que levanta tremendas olas, los árboles sueltan torbellinos
de hojas muertas, se pinta una manga de aire, y, sobre la selva bramante,
estalla la tormenta. Todo se enciende en verde. El rayo amartilla con tal
seguimiento que no termina una centella de alumbrar el horizonte cuando ya otra
se le desprende enfrente, abriéndose en garfios que se hunden tras de montes
nuevamente reaparecidos. La parpadeante claridad que viene de atrás, de
adelante, de los lados, deslindada a veces por la tenebrosa silueta de islas
cuyas marañas de árboles se yerguen sobre las aguas bullentes —esa luz de
cataclismo, de lluvia de aerolitos, me produce un repentino espanto, al
mostrarme la cercanía de los obstáculos, la furia de las corrientes, la
pluralidad de los peligros.
No hay salvación posible para quien caiga en el
tumulto que golpea, levanta, zarandea, nuestra barca. Perdida toda razón,
incapaz de sobreponerme al miedo, me abrazó de Rosario, buscando el calor de su
cuerpo, no ya con gesto de amante, sino de niño que se cuelga del cuello de su
madre, y me dejo yacer en el piso de la curiara, metiendo el rostro en su
cabellera, para no ver lo que ocurre y escapar, en ella, al furor que nos
circunda. Pero difícil es olvidarlo, con el medio palmo de agua tibia que empieza
a chapotear, dentro de la misma canoa, de proa a popa. Dominando apenas el
equilibrio de las embarcaciones, vamos de raudal en raudal, picando de proa en
los pailones, montando sobre peñas redondas, saltando adelante, sesgándonos de
modo vertiginoso para agarrar un rápido de medio lado, siempre en el borde del
vuelco, rodeados de espuma, sobre estas maderas torturadas que chillan por toda
la quilla. Y para colmo empieza a llover. Acrece mi horror, ahora, la visión
del capuchino, de barbas dibujadas en negro sobre los relámpagos, que ya no
dirige la embarcación, sino reza. Con los dientes apretados, reguardando mi
cabeza como se resguarda el cráneo del hijo nacido en un trance peligroso,
Rosario parece de una sorprendente entereza. De bruces en el suelo, el Adelantado
agarra a nuestros indios por sus cinturones, para impedir que un embate los
arroje al agua, y puedan seguir defendiéndonos con sus remos. Prosigue la
terrible lucha durante un tiempo que mi angustia hace inacabable.
Comprendo que el peligro ha pasado cuando fray Pedro
vuelve a pararse en la proa, afincando los pies en las bordas. La tormenta se
lleva sus últimos rayos, tan pronto como los trajo, cerrando la tremebunda
sinfonía de sus iras con el acorde de un trueno muy rodado y prolongado, y la
noche se llena de ranas que cantan su júbilo en todas las orillas.
Desarrugando el lomo, el río sigue su camino hacia el
Océano remoto. Agotado por la tensión nerviosa, me duermo sobre el pecho de
Rosario. Pero en seguida descansa la canoa en varadero de arena, y al saberme
nuevamente sobre la tierra segura, a la que salta fray Pedro con un: «¡Gracias
a Dios!», comprendo que ha pasado la Segunda Prueba.
(Miércoles, 20 de junio)
Después de un sueño de muchas horas, agarré un cántaro
y bebí largamente de su agua. Al dejarlo de lado, viendo que quedaba al nivel
de mi cara, comprendí, aún mal despierto, que me hallaba en el suelo, acostado
sobre una estera de paja muy delgada.
Olía a humo de leña. Había un techo sobre mí.
Recordé entonces el desembarco de una ensenada; la
caminata hacia la aldea de los indios; la sensación de agotamiento y de resfrío
que llevara al Adelantado a hacerme tragar varios sorbos de un aguardiente
tremendamente fuerte —del que aquí llaman estómago de fuego—, que sólo
probaba a modo de remedio. Detrás de mí, amasando el casabe, había varias
indias de pecho desnudo, con el sexo apenas oculto por un guayuco blanco,
sujeto a la cintura con un cordón pasado entre las nalgas. De las paredes de
hojas de moriche colgaban arcos y flechas de pesca y de caza, cerbatanas,
carcajes de dardos envenenados, taparas de curare, y unas paletas de forma de
espejo de mano que servían —lo sabría después — para la maceración de una
semilla dispensadora de embriaguez, cuyos polvos se aspiraban por canutos
hechos con esternones de pájaros. Frente a la entrada, entre ramas aspadas,
tres anchos peces rojiviolados se tostaban sobre un lecho de brasas.
Nuestras hamacas, puestas a secar, me recordaron por
qué habíamos dormido en el suelo. Con el cuerpo algo adolorido salí de la
churuata, miré, y me detuve estupefacto, con la boca llena de exclamaciones que
nada podían por librarme de mi asombro.
Allá, detrás de los árboles gigantescos, se alzaban
unas moles de roca negra, enormes, macizas, de flaneos verticales, como tiradas
a plomada, que eran presencia y verdad de monumentos fabulosos. Tenía mi
memoria que irse al mundo del Bosco, a las Babeles imaginarias de los pintores
de lo fantástico, de los más alucinados ilustradores de tentaciones de santos,
para hallar algo semejante a lo que estaba contemplando. Y aun cuando
encontraba una analogía, tenía que renunciar a ella, al punto, por una cuestión
de proporciones. Esto que miraba era algo como una titánica ciudad —ciudad de
edificaciones múltiples y espaciadas—, con escaleras ciclópeas, mausoleos
metidos en las nubes, explanadas inmensas dominadas por extrañas fortalezas de
obsidiana, sin almenas ni troneras, que parecían estar ahí para defender la
entrada de algún reino prohibido al hombre.
Y allá, sobre aquel fondo de cirros, se afirmaba la
Capital de las Formas: una increíble catedral gótica, de una milla de alto, con
sus dos torres, su nave, su ábside y sus arbotantes, montada sobre un peñón
cónico hecho de una materia extraña, con sombrías irisaciones de hulla. Los
campanarios eran barridos por nieblas espesas que se atorbellinaban al ser
rotas por los hilos del granito. En las proporciones de esas Formas rematadas
por vertiginosas terrazas, flanqueadas con tuberías de órgano, había algo tan
fuera de lo real —morada de dioses, tronos y graderíos destinados a la
celebración de algún Juicio Final— que el ánimo, pasmado, no buscaba la menor
interpretación de aquella desconcertante arquitectura telúrica, aceptando sin
razonar su belleza vertical e inexorable. El sol, ahora, ponía reflejos de
mercurio sobre el imposible templo más colgado del cielo que encajado en la
tierra. En planos de evanescencias, que se definían por el mayor o menor
ensombramiento de sus valores, se divisaban otras Formas, de la misma familia
geológica, de cuyos bordes se descolgaban cascadas de cien rebotes, que
acababan por quebrarse en lluvia antes de llegar a las copas de los árboles.
Casi agobiado por tal grandeza, me resigné, al cabo de un momento, a bajar los
ojos al nivel de mi estatura. Varias chozas orillaban un remanso de aguas
negras. Un niño se me acercó, mal parado sobre sus piernas inseguras,
mostrándome una diminuta pulsera de peonías. Allá, donde corrían grandes aves
negras, de pico anaranjado, aparecieron varios indios, trayendo pescados
ensartados en un palo por las agallas. Más lejos, con los crios colgados de los
pezones, algunas madres tejían. Al píe de un árbol grande, Rosario, rodeada de
ancianas que machacaban tubérculos lechosos, lavaba ropas mías. En su manera de
arrodillarse junto al agua, con el pelo suelto y el hueso de restregar en la
mano, recobraba una silueta ancestral que la ponía mucho más cerca de las
mujeres de aquí que de las que hubieran contribuido con su sangre, en
generaciones pasadas, a aclarar su tez. Comprendí por qué la que era ahora mi
amante me había dado una tal impresión de raza, el día que la viera
regresar de la muerte a la orilla de un alto camino. Su misterio era emanación
de un mundo remoto, cuya luz y cuyo tiempo no me eran conocidos. En torno mío
cada cual estaba entregado a las ocupaciones que le fueran propios, en un apacible
concierto de tareas que eran las de una vida sometida a los ritmos
primordiales.
Aquellos indios que yo siempre había visto a través de
relatos más o menos fantasiosos, considerándolos como seres situados al margen
de la existencia real del hombre, me resultaban, en su ámbito, en su medio,
absolutamente dueños de su cultura.
Nada era más ajeno a su realidad que el absurdo
concepto del salvaje. La evidencia de que desconocían cosas que eran
para mí esenciales y necesarias, estaba muy lejos de vestirlos de primitivismo.
La soberana precisión con que éste flechaba peces en el remanso, la prestancia
de coreógrafo con que el otro embocaba la cerbatana, la concertada técnica de
aguel grupo que iba recubriendo de fibras el maderamen de una casa común, me
revelaban la presencia de un ser humano llegado a maestro en la totalidad de
oficios propiciados por el teatro de su existencia.
Bajo la autoridad de un viejo tan arrugado que ya no
le quedaba carne lisa, los mozos se ejercitaban con severa disciplina en el
manejo del arco.
Los varones movían potentes dorsales, esculpidos por
los remos; las mujeres tenían vientres hechos para la maternidad, con fuertes
caderas que enmarcaban un pubis ancho y alzado. Había perfiles de una singular
nobleza, por lo aguileño de las narices y la espesura de las cabelleras. Por lo
demás, el desarrollo de los cuerpos estaba cumplido en función de utilidad. Los
dedos, instrumentos para asir, eran fuertes y ásperos; las piernas,
instrumentos para andar, eran de sólidos tobillos. Cada cual llevaba su esqueleto
dentro, envuelto en carnes eficientes. Por lo menos, aquí no había oficios
inútiles, como los que yo hubiera desempeñado durante tantos años. Pensando en
esto me dirigía hacia donde estaba Rosario, cuando el Adelantado apareció en la
puerta de una choza, llamándome con jubilosas exclamaciones.
Acababa de dar con lo que yo buscaba en este viaje:
con el objeto y término de mi misión. Allí, en el suelo, junto a una suerte de
anafre, estaban los instrumentos musicales cuya colección me hubiera sido
encomendada al comienzo del mes. Con la emoción del peregrino que alcanza la
reliquia por la que hubiera recorrido a pie veinte países extraños, puse la
mano sobre el cilindro ornamentado al fuego, con empuñadura en forma de cruz,
que señalaba el paso del bastón de ritmo al más primitivo de los tambores.
Vi luego la maraca ritual, atravesada por una rama
emplumada, las trompas de cuerno de venado, las sonajeras de adornos y el
botuto de barro para llamar a los pescadores extraviados en los pantanos.
Ahí estaban los juegos de caramillos, en su condición
primordial de antepasados del órgano. Y ahí estaba, sobre todo, dotada de la
cierta gravedad desagradable que reviste todo aquello que de cerca toca a la
muerte, la jarra de sonido bronco y siniestro, con algo ya de resonancia de
sepultura, con sus dos cañas encajadas en los costados, tal cual estaba
representada en el libro que la describiera por vez primera. Al concluir los
trueques que me pusieron en posesión de aquel arsenal de cosas creadas por el más
noble instinto del hombre, me pareció que entraba en un nuevo ciclo de mi
existencia. La misión estaba cumplida. En quince días justos había alcanzado mi
objeto de modo realmente laudable, y, orgulloso de ello, palpaba deleitosamente
los trofeos del deber cumplido. El rescate de la jarra sonora —pieza
magnífica—, era el primer acto excepcional, memorable, que se hubiera inscrito
hasta ahora en mi existencia. El objeto crecía en mi propia estimación, ligado
a mi destino, aboliendo, en aquel instante, la distancia que me separaba de
quien me había confiado esta tarea, y tal vez pensaba en mí ahora, sopesando
algún instrumento primitivo con gesto parecido al mío. Permanecí en silencio
durante un tiempo que el contento interior liberó de toda medida.
Cuando regresé a la idea de transcurso, con desperezo
de durmiente que abre los ojos, me pareció que algo, dentro de mí, había
madurado enormemente, manifestándose bajo la forma singular de un gran
contrapunto de Palestrina, que resonaba en mi cabeza con la presente majestad
de todas sus voces.
Al salir de la choza en busca de lianas para atar,
observé que un alboroto inhabitual había roto el ritmo de las faenas de la
aldea. Fray Pedro se movía con ligereza de danzante, entrando y saliendo de la
churuata, seguido de Rosario, en medio de un corro de indias que gorjeaban.
Frente a la entrada había dispuesto, sobre una mesa de ramas tornapuntadas, un
mantel de encajes, muy roto, remendado con hilos de distintos grosores, entre
dos jicaras rebosantes de flores amarillas. En medio, plantó la cruz de madera
negra que le colgaba del cuello. Luego, de un maletín de cuero pardo, muy
raído, que siempre llevaba consigo, sacó los ornamentos y objetos litúrgicos
—algunos muy mellados—, mordidos por negras herrumbres, a los que frotaba con
el vuelo de las mangas antes de disponerlos sobre el altar. Yo veía con
creciente sorpresa cómo el Cáliz y la Hostia se dibujaban sobre la Piedra de
Ara; cómo el Purificador se abría sobre el Cáliz, y el Corporal se situaba
entre las dos luminarias rituales. Todo aquello, en semejante lugar, me parecía
a la vez absurdo y sobrecogedor. Sabiendo que el Adelantado se las daba de
espíritu fuerte, le interrogué con la mirada. Como si se tratara de una cosa
distinta, que poco tuviera que ver con la religión, me habló de una misa prometida
en acción de gracias durante la tempestad de la noche anterior. Se acercó al
altar, ante el cual se encontraba Rosario. Yannes, que debía ser hombre de
iconos, pasó a mi lado mascullando algo acerca de que Cristo era uno solo. Los
indios, a cierta distancia, miraban. El jefe de la Aldea, a medio camino,
observaba una actitud respetuosa —todo arrugado en medio de sus collares de
colmillos—. Las madres acallaban los chillidos de sus crios. Fray Pedro se
volvió hacia mí: «Hijo, estos indios rehusan el bautismo; no quisiera que te
vieran indiferente. Si no quieres hacerlo por Dios, hazlo por mí.» Y apelando a
la más universal de las dudas, añadió, con acento más áspero: «Recuerda que tú
estabas en las mismas barcas y también tuviste miedo.» Hubo un largo silencio.
Luego: In nomine Patris, et Filie et Spiritus Sancti. Amén. Una dolorosa
sequedad se hizo en mi garganta. Aquellas palabras inmutables, seculares,
cobraban una portentosa solemnidad en medio de la selva —como brotadas de los
subterráneos de la cristiandad primera, de las hermandades del comienzo —,
hallando nuevamente, bajo estos árboles jamás talados, una función heroica
anterior a los himnos entonados en las naves de las catedrales triunfantes,
anterior a los campanarios enhiestos en la luz del día. Sane tus, Sanctus,
Sane tus, Dominus Deus Sabaoth... Troncos eran las columnas que aquí hacían
sombra. Sobre nuestras cabezas pesaban follajes llenos de peligros. Y en torno
nuestro estaban los gentiles, los adoradores de ídolos, contemplando el
misterio desde su nartex de lianas. Yo me había divertido, ayer, en figurarme
que éramos Conquistadores en busca de Manoa. Pero de súbito me deslumhra la
revelación de que ninguna diferencia hay entre esta misa y las misas que
escucharon los Conquistadores del Dorado en semejantes lejanías. El tiempo ha
retrocedido cuatro siglos. Esta es misa de Descubridores, recién arribados a
orillas sin nombre, que plantan los signos de su migración solar hacia el
Oeste, ante el asombro de los Hombres del Maíz.
Aquellos dos —el Adelantado y Yannes— que están
arrodillados a ambos lados del altar, flacos, renegridos, uno con cara de
labriego extremeño, otro con perfil de algebrista recién asentado en los Libros
de la Casa de la Contratación, son soldados de la Conquista, hechos a la cecina
y a lo rancio, curtidos por las fiebres, mordidos de alimañas, orando con
estampa de donadores, junto al morrión dejado entres las yerbas de acres
savias. Miserere nostri,
Dómine, miserere nostri. Fiat
misericordia —salmiza el capellán
de la Entrada, con acento que detiene el tiempo—. Acaso transcurre el año 1540. Nuestras naves han sido azotadas por una tempestad y
nos narra el monje ahora, a tenor de la sacra escritura, cómo fue hecho en el
mar tan gran movimiento que el barco se cubría de las ondas; mas El dormía, y
llegándose sus discípulos le despertaron diciendo: Señor, sálvanos que
perecemos; y El les dice: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?, y
entonces, levantándose, reprendió a los vientos y a la mar y fue grande
bonanza. Acaso transcurre el
año 1540. Pero no es cierto.
Los años se restan, se diluyen, se esfuman, en vertiginoso retroceso del
tiempo. No hemos entrado aún en el siglo xvi. Vivimos mucho antes.
Estamos en la Edad Media. Porque no es el hombre
renacentista quien realiza el Descubrimiento y la Conquista, sino el hombre
medieval. Los enlistados en la magna empresa no salen del Viejo Mundo por
puertas de columnas tomadas al Palladio, sino pasando bajo el arco románico,
cuya memoria llevaron consigo al edificar sus primeros templos del otro lado
del Mar Océano, sobre el sangrante basamento de los teocalli. La cruz románica,
vestida de tenazas, clavos y lanzas, fue la elegida para pelear con los que usaban
parecidos enseres de holocausto en sus sacrificios. Medievales son los juegos
de diablos, paseos de tarascas, danzas de Pares de Francia, romances de
Carlomagno, que tan fielmente perduran en tantas ciudades que hemos atravesado
recientemente.
Y me percato ahora de esta verdad asombrosa: desde la
tarde del Corpus en Santiago de los Aguinaldos, vivo en la temprana Edad Media.
Puede pertenecer a otro calendario un objeto, una prenda de vestir, un remedio.
Pero el ritmo de vida, los modos de navegación, el candil y la olla, el
alargamiento de las horas, las funciones trascendentales del Caballo y del
Perro, el modo de reverenciar a los Santos, son medievales —medievales como las
prostitutas que viajan de parroquia a parroquia en días de feria, como los
patriarcas bragados, orgullosos en reconocer cuarenta hijos de distintas madres
que les piden la bendición al paso—. Comprendo ahora que he convivido con los
burgueses de buen trago, siempre prestos a catar la carne de alguna moza del
servicio, cuya vida jocunda me hiciera soñar tantas veces en los museos; he
trinchado los lechoncillos de tetas chamuscadas, de sus mesas, y he compartido
la desmedida afición por las especias que les hicieron buscar los nuevos
caminos de Indias. En cien cuadros había conocido yo sus casas de toscas
baldosas rojas, sus cocinas enormes, sus portones claveteados.
Conocía esos hábitos de llevar el dinero prendido del
cinturón, de bailar danzas de pareja suelta, de preferir los instrumentos de
plectro, de echar los gallos a pelear, de armar grandes borracheras en torno a
un asado. Conocía a los ciegos y baldados de sus calles; los emplastos,
solimanes y bálsamos curanderos con que aliviaban sus dolores.
Pero los conocía a través del barniz de las
pinacotecas, como testimonio de un pasado muerto, sin recuperación posible. Y
he aquí que ese pasado, de súbito, se hace presente. Que lo palpo y aspiro. Que
vislumbro ahora la estupefaciente posibilidad de viajar en el tiempo, como
otros viajan en el espacio...
líe misa est, Benedicamos Dómino, Dea Grafías. Había concluido la misa, y con ella el Medioevo. Pero las fechas seguían perdiendo guarismos. En fuga desaforada, los años se vaciaban,
destranscurrían, se borraban, rellenando calendarios, devolviendo lunas.
pasando de los siglos de tres cifras al siglo de los
números. Perdió el Graal su relumbre, cayeron los clavos de la cruz, los
mercaderes volvieron al templo, borróse la estrella de la Natividad, y fue el
Año Cero, en que regresó al cielo el Ángel de la Anunciación.
Y tornaron a crecer las fechas del otro lado del Año
Cero —fechas de dos, de tres, de cinco cifras —, hasta que alcanzamos el tiempo
en que el hombre, cansado de errar sobre la tierra, inventó la agricultura al
fijar sus primeras aldeas en las orillas de los ríos, y, necesitado de mayor
música, pasó del bastón de ritmo al tambor que era un cilindro de madera
ornamentado al fuego, inventó el órgano al soplar en una caña hueca, y lloró a
sus muertos haciendo bramar un ánfora de barro. Estamos en la Era Paleolítica.
Quienes dictan leyes aquí, quienes tienen derecho de vida y muerte sobre
nosotros, quienes tienen el secreto de los alimentos y tósigos, quienes
inventan las técnicas, son hombres que usan el cuchillo de piedra y el rascador
de piedra, el anzuelo de espina y el dardo de hueso. Somos intrusos, forasteros
ignorantes —metecos de poca estadía—, en una ciudad que nace en el alba de la
Historia.
Si el fuego que ahora abanican las mujeres se apagara
de pronto, seríamos incapaces de encenderlo nuevamente por la sola diligencia
de nuestras manos.
(Jueves, 21 de junio)
Conozco el secreto del Adelantado. Ayer me lo confió, junto al fuego, cuidando de que
Yannes no pudiese oírnos. Hablan de sus hallazgos de oro; lo creen rey de
antiguos cimarrones, le atribuyen esclavos; otros se imaginan que tiene varias
mujeres en un selvático gineceo, y que sus solitarios viajes se deben a la
voluntad de que sus amantes no vean otros hombres. La verdad es mucho más
hermosa.
Cuando me fue revelada en pocas palabras, quedé
maravillado por el vislumbre de una posibilidad jamás imaginada —estoy seguro
de ello— por hombre alguno de mi generación. Antes de dormirme en la noche del
colgadizo, donde el leve balanceo de nuestras hamacas arranca un acompasado
crujido a las cabuyeras, digo a Rosario, a través de los estambres, que
proseguiremos el viaje durante algunos días.
Y cuando temo encontrar alguna fatiga, algún
desaliento, o una pueril preocupación por regresar, me responde un animoso
consentimiento. A ella no importa adónde vamos, ni parece inquietarse porque
haya comarcas cercanas o remotas. Para Rosario no existe la noción de estar
lejos de algún lugar prestigioso, particularmente propicio a la plenitud de
la existencia. Para ella, que ha cruzado fronteras sin dejar de hablar 'el
mismo idioma y que jamás pensó en atravesar el Océano, el centro del mundo está
donde el sol, a mediodía, la alumbra desde arriba.
Es mujer de tierra, y mientras se ande sobre la tierra
y se coma, y haya salud, y haya hombres a quien servir de molde y medida con la
recompensa de aquello que llama «el gusto del cuerpo», se cumple un destino que
más vale no andar analizando demasiado, porque es regido por «cosas grandes»,
cuyo mecanismo es oscuro, y que, en todo caso, rebasan la capacidad de
interpretación del ser humano. Por lo mismo, suele decir que «es malo pensar en
ciertas cosas ». Ella se llama a sí misma Tu mujer, refiriéndose a ella
en tercera persona: «Tu mujer se estaba durmiendo; Tu mujer te
buscaba»... Y en esa constante reiteración del posesivo encuentro como una
solidez de concepto, una cabal definición de situaciones, que nunca me diera la
palabra esposa. Tu
mujer es afirmación
anterior a todo contrato, a todo sacramento. Tiene la verdad primera de esa matriz que los
traductores mojigatos de la Biblia sustituyen por entrañas, restando
fragor a ciertos gritos proféticos.
Además, esta definidora simplificación del texto es
habitual en Rosario. Cuando alude a ciertas intimidades de su naturaleza que no
debo ignorar como amante, emplea expresiones a la vez inequívocas y pudorosas
que recuerdan las «costumbres de mujeres» invocadas por Raquel ante Labán. Todo
lo que pide Tu mujer esta noche es que yo la lleve conmigo adonde vaya.
Agarra su hato y sigue al varón sin preguntar más. Muy poco sé de ella. No
acabo de comprender si es desmemoriada o no quiere hablar de su pasado. No oculta
que vivió con otros hombres. Pero éstos marcaron etapas de su vida cuyo secreto
defiende con dignidad —o tal vez porque crea poco delicado dejarme suponer que
algo ocurrido antes de nuestro encuentro pueda tener alguna importancia—. Este
vivir en el presente, sin poseer nada, sin arrastrar el ayer, sin pensar en el
mañana, me resulta asombroso. Y, sin embargo, es evidente que esa disposición
de ánimo debe ensanchar considerablemente las horas de sus tránsitos de sol a
sol. Habla de días que fueron muy largos y de días que fueron muy breves, como
si los días se sucedieran en tiempos distintos —tiempos de una sinfonía
telúrica que también tuviese sus andantes y adagios, entre jornadas llevadas en
movimiento presto. Lo sorprendente es que —ahora que nunca me preocupa la hora—
percibo a mi vez los distintos valores de los lapsos, la dilatación de algunas
mañanas, la parsimoniosa elaboración de un crepúsculo, atónito ante todo lo que
cabe en ciertos tiempos de esta sinfonía que estamos leyendo al revés, de derecha
a izquierda, contra la clave de sol, retrocediendo hacia los compases
del Génesis. Porque, al atardecer, hemos caído en el habitat de un pueblo de
cultura muy anterior a los hombres con los cuales convivimos ayer. Hemos salido
del paleolítico —de las industrias paralelas a las magdalenienses y
aurignacienses, que tantas veces me hubieran detenido al borde de ciertas
colecciones de enseres líticos con un «no va más» que me situaba al comienzo de
la noche de las edades—, para entrar en un ámbito que hacía retroceder los
confines de la vida humana a lo más tenebroso de la noche de las edades. Esos
individuos con piernas y brazos que veo ahora, tan semejantes a mí; esas
mujeres cuyos senos son ubres flaccidas que cuelgan sobre vientres hinchados;
esos niños que se estiran y ovillan con gestos felinos; esas gentes que aún no
han cobrado el pudor primordial de ocultar los órganos de la generación, que están
desnudas sin saberlo, como Adán y Eva antes del pecado, son hombres, sin
embargo. No han pensado todavía en valerse de la energía de la semilla; no se
han asentado, ni se imaginan el acto de sembrar; andan delante de sí, sin
rumbo, comiendo corazones de palmeras, que van a disputar a los simios, allí
arriba, colgándose de las techumbres de la selva.
Cuando las aguas en creciente les aislan durante meses
en alguna región de entremos, y han pelado los árboles como termes, devoran
larvas de avispa, triscan hormigas y liendres, escarban la tierra y tragan los
gusanos y las lombrices que les caen bajo las uñas, antes de amasar la tierra
con los dedos y comerse la tierra misma. Apenas si conocen los recursos del
fuego. Sus perros huidizos, con ojos de zorros y de lobos, son perros
anteriores a los perros.
Contemplo los semblantes sin sentido para mí,
comprendiendo la inutilidad de toda palabra, admitiendo de antemano que ni
siquiera podríamos hallarnos en la coincidencia de una gesticulación. El
Adelantado me agarra por un brazo y me hace asomarme a un hueco fangoso, suerte
de zahurda hedionda, llena de huesos roídos, donde veo, erguirse las más
horribles cosas que mis ojos hayan conocido: son como dos fetos vivientes, con
barbas blancas, en cuyas bocas belfudas gimotea algo semejante al vagido de un
recién nacido; enanos arrugados, de vientres enormes, cubiertos de venas azules
como figuras de planchas anatómicas, que sonríen estúpidamente, con algo
temeroso y servil en la mirada, metiéndose los dedos entre los colmillos. Tal
es el horror que me producen esos seres, que me vuelvo de espaldas a ellos,
movido, a la vez, por la repulsión y el espanto. «Cautivos —me dice el
Adelantado sarcástico—, cautivos de los otros que se tienen por la raza
superior, única dueña legítima de la selva.» Siento una suerte de vértigo ante
la posibilidad de otros escalafones de retroceso, al pensar que esas larvas
humanas, de cuyas ingles cuelga un sexo eréctil como el mío, no sean todavía lo
último. Que puedan existir, en parte, cautivos de esos cautivos, erigidos a
su vez en especie superior, predilecta y autorizada, que no sepan roer ya ni
los huesos dejados por sus perros, que disputen carroñas a los buitres, que
aullen su celo, en las noches del celo, con aullidos de bestia. Nada común hay
entre estos entes y yo. Nada. Tampoco tengo que ver con sus amos, los
tragadores de gusanos, los lamedores de tierra, que me rodean... Y, sin
embargo, en medio de las hamacas apenas hamacas —cunas de lianas, más bien—,
donde yacen y fornican y procrean, hay una forma de barro endurecida al sol:
una especie de jarra sin asas, con dos hoyos abiertos lado a lado, en el borde
superior, y un ombligo dibujado en la parte convexa con la presión de un dedo
apoyado en la materia, cuando aún estuviese blanda.
Esto es Dios. Más que Dios: es la Madre de Dios. Es la Madre,
primordial de todas las religiones. El principio hembra, genésico, matriz,
situado en el secreto prólogo de todas las teogonias. La Madre, de vientre
abultado, vientre que es a la vez ubres, vaso y sexo, primera figura que
modelaron los hombres, cuando de las manos naciera la posibilidad del Objeto.
Tenía ante mí a la Madre de los Dioses Niños, de los totems dados a los hombres
para que fueran cobrando el hábito de tratar a la divinidad, preparándose para
el uso de los Dioses Mayores. La Madre, «solitaria, fuera del espacio y más aún
del tiempo», de quien Fausto pronunciara el sólo enunciado de Madre, por
dos veces, con terror. Viendo ahora que las ancianas de pubis arrugado, los
trepadores de árboles y las hembras empreñadas me miran, esbozo un torpe gesto
de reverencia hacia la vasija sagrada. Estoy en morada de hombres y debo
respetar a sus Dioses...
Pero he aquí que todos echan a correr. Detrás de mí, bajo un amasijo de hojas colgadas de
ramas que sirven de techo, acaban de tender el cuerpo hinchado y negro de un
cazador mordido por un cróralo.
Fray Pedro dice que ha muerto hace varias horas. Sin
embargo, el Hechicero comienza a sacudir una calabaza llena de gravilla —único
instrumento que conoce esta gente— para tratar de ahuyentar a los mandatarios
de la Muerte. Hay un silencio ritual, preparador del ensalmo, que lleva la
expectación de los que esperan a su colmo. Y en la gran selva que se llena de
espantos nocturnos, surge la Palabra. Una palabra que es ya más que palabra.
Una palabra que imita la voz de quien dice, y también
la que se atribuye al espíritu que posee el cadáver. Una sale de la garganta
del ensalmador; la otra, de su vientre. Una es grave y confusa como un
subterráneo hervor de lava; la otra, de timbre mediano, es colérica y
destemplada. Se alternan. Se responden. Una increpa cuando la otra gime; la del
vientre se hace sarcasmo cuando la que surge del gaznate parece apremiar. Hay
como portamentos guturales, prolongados en aullidos; sílabas que, de pronto, se
repiten mucho, llegando a crear un ritmo; hay trinos de súbito cortados por
cuatro notas que son el embrión de una melodía. Pero luego es el vibrar de la
lengua entre los labios, el ronquido hacia adentro, el jadeo a contratiempo
sobre la maraca.
Es algo situado mucho más allá del lenguaje, y que,
sin embargo, está muy lejos aún del canto. Algo que ignora la vocalización,
pero es ya algo más que palabra. A poco de prolongarse, resulta horrible,
pavorosa, esa grita sobre el cadáver rodeado de perros mudos. Ahora, el
Hechicero se le encara, vocifera, golpea con los talones en el suelo, en lo más
desgarrado de un furor imprecatorio que es ya la verdad profunda de toda
tragedia —intento primordial de lucha contra las potencias de aniquilamiento
que se atraviesan en los cálculos del hombre—. Trato de mantenerme fuera de
esto, de guardar distancias.
Y, sin embargo, no puedo sustraerme a la horrenda
fascinación que esta ceremonia ejerce sobre mí...
Ante la terquedad de la Muerte, que se niega a soltar
su presa, la Palabra, de pronto, se ablanda y descorazona.
En boca del Hechicero, del órfico ensalmador,
estertora y cae, convulsivamente, el Treno —pues esto y no otra cosa es un treno—,
dejándome deslumhrado por la revelación de que acabo de asistir al Nacimiento
de la Música.
(Sábado, 23 de junio)
Hace dos días que andamos sobre el armazón del
planeta, olvidados de la Historia y hasta de las oscuras migraciones de las
eras sin crónicas. Lentamente, subiendo siempre, navegando tramos de torrentes
entre una cascada y otra cascada, caños quietos entre un salto y otro salto,
obligados a izar las barcas al compás de salomas de peldaño en peldaño, hemos
alcanzado el suelo en que se alzan las Grandes Mesetas.
Lavadas de su vestidura —cuando la tuvieron— por
milenios de lluvias, son Formas de roca desnuda, reducidas a la grandiosa
elementalidad de una geometría telúrica. Son los monumentos primeros que se
alzaron sobre la corteza terrestre, cuando aún no hubiera ojos que pudieran
contemplarlos, y su misma vejez, su abolengo impar, les confiere una aplastante
majestad. Los hay que parecen inmensos cilindros de bronce, pirámides truncas,
largos cristales de cuarzo parados entre las aguas. Los hay, más abiertos en la
cima que en la base, todos agrietados de alvéolos, como gigantescas madréporas.
Los hay que tienen una misteriosa solemnidad de Puertas de Algo —de Algo
desconocido y terrible— a que deben conducir esos túneles que se ahondan en sus
flancos, a cien palmos sobre nuestras cabezas. Cada meseta se presenta con una
morfología propia, hecha de aristas, de cortes bruscos, de perfiles rectos o
quebrados.
La que no se adorna de un obelisco encarnado, de un
farallón de basalto, tiene una terraza flanqueante, se recorta en biseles,
afila sus ángulos, o se corona de extraños cipos que semejan figuras en
procesión. De pronto, rompiendo con esa severidad de lo creado, algún arabesco
de la piedra, alguna fantasía geológica, se confabula con el agua para poner un
poco de movimiento en este país de lo inconmovible. Es, allá, una montaña de
granito casi rojo, que suelta siete cascadas amarillas por el almenaje de una
cornisa cimera. Es un río que se arroja al vacío y se deshace en arcoiris sobre
la cuesta jalonada de árboles petrificada. Las espumas de un torrente bullen
bajo enormes arcos naturales, acrecidos por ecos atronadores, antes de
dividirse y caer en una sucesión de estanques que se derraman unos en otros. Se
adivina que arriba, en las cumbres, en el escalonamiento de las últimas
planicies lunares, hay lagos vecinos de las nubes que guardan sus aguas
vírgenes en soledades nunca holladas por una planta humana. Hay escarchas en el
amanecer, fondos helados, orillas opalescentes, y honduras que se llenan de
noche antes del crepúsculo. Hay monolitos parados en el borde de las cimas,
agujas, signos, hendeduras que respiran sus nieblas; peñascos rugosos, que son
como coágulos de lava —meteoritas, acaso caídas de otro planeta. No hablamos.
Nos sentimos sobrecogidos ante el fausto de las magnas obras, ante la
pluralidad de los perfiles, el alcance de las sombras, la inmensidad de las
explanadas.
Nos vemos como intrusos, prestos a ser arrojados de un
dominio vedado. Lo que se abre ante nuestros ojos es el mundo anterior al
hombre. Abajo, en los grandes ríos, quedaron los saurios monstruosos, las
anacondas, los peces con tetas, los laulaus cabezones, los escualos de agua
dulce, los gimnotos y lepidosirenas, que todavía cargan con su estampa de
animales prehistóricos, legado de las dragonadas del Terciario. Aquí, aunque
algo huya bajo los helechos arborescentes, aunque la abeja trabaje en las cavernas,
nada parece saber de seres vivientes. Acaban de apartarse las aguas, aparecidas
es la Seca, hecha en la yerba verde, y, por vez primera, se prueban las
lumbreras que habrán de señorear en el día y en la noche. Estamos en el mundo
del Génesis, al fin del Cuarto Día de la Creación. Si retrocediéramos un poco
más, llegaríamos adonde comenzara la terrible soledad del Creador —la tristeza
sideral de los tiempos sin incienso y sin alabanzas, cuando la tierra era
desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo.
Cánticos me fueron tus estatutos.
Salmo 119
(Domingo, 24 de junio)
El Adelantado ha alzado el brazo, señalando el rumbo
del Oro, y Yannes se despide de nosotros para buscar el tesoro de la tierra.
Solitario rn de ser el minero que no quiere compartir su hallazgo; avaro en sus
manejos, mentiroso en sus decires, borrando el camino detrás de sí como el
animal que barre sus huellas con la cola. Hay un instante de emoción cuando nos
abrazamos a ese campesino con perfil de acaieno, conocedor de Homero, que tanto
parecía haberse apegado a nosotros. Hoy lo guía la codicia del metal precioso
que hacía de Micenas una ciudad de oro, y emprende la ruta de los aventureros.
Quiere hacernos un presente, y no teniendo más que la
ropa que lleva puesta, nos tiende, a Rosario y a mí, el tomo de La Odisea, Alborozada,
Tu mujer lo agarra creyendo que es una Historia Sagrada y que nos traerá
buena suerte. Antes de que yo pueda desengañarla, Yannes se aleja de nosotros,
camino de su barca, de torso desnudo en el amanecer, llevando su remo en el
hombro con sorprendente estampa de Ulises. Fray Pedro lo bendice, y proseguimos
nuestra navegación en las aguas de un angosto caño que habrá de conducirnos al
muelle de la Ciudad Porque, ahora que el griego ha partido, puede hablar se a
voces del secreto: el Adelantado ha fundado una ciudad. No me canso de
repetírmelo, desde que esto de una ciudad me fuera confiado, hace pocas
noches, encendiendo más luminarias en mi imaginación que los hombres de las
gemas más codiciadas.
Fundar una ciudad. Yo fundo una ciudad. El ha fundado
una ciudad. Es posible conjugar
semejante verbo. Se puede ser Fundador de una Ciudad. Crear y gobernar una
ciudad que no figure en los mapas, que se sustraiga a los horrores de la Época,
que nazca así, de la voluntad de un hombre, en este mundo del Génesis. La primera
ciudad. La ciudad de Henoch, edificada cuando aún no habían nacido Tubalcain el
herrero, ni Jubal, el tañedor del arpa y del órgano... Recuesto la cabeza en el
regazo de Rosario, pensando en los inmensos territorios, en las sierras
inexploradas, en las mesetas sin cuento, donde podrían fundarse ciudades en
este continente de naturaleza todavía invencida por el hombre; me arrulla el
acompasado chapoteo de la boga y me sumo en una somnolencia feliz, en medio de
las aguas vivas, cerca de plantas que ya recobran fragancias de montaña,
respirando un aire delgado que ignora las exasperantes plagas de la selva.
Transcurren las horas en calma, bordeándose las mesetas, pasándose de un curso
a otro por pequeños laberintos de aguas mansas que, de pronto, nos hacen volver
las espaldas al sol, para recibirlo de frente, luego, a la vuelta de un
farallón revestido de yedras raras. Y cae la tarde cuando por fin se amarra la
barca y puedo asomarme al portento de Santa Mónica de los Venados.
Pero la verdad es que me detengo, desconcertado.
Lo que veo allí, en medio del pequeño valle, es un
espacio de unos doscientos metros de lado, limpiado a machete, en cuyo extremo
se divisa una casa grande, de paredes de bahareque, con una puerta y cuatro
ventanas. Hay dos viviendas más pequeñas, semejantes a la primera en cuanto a
construcción, situadas a ambos lados de una suerte de almacén o establo.
También se ven unas diez chozas indias, de cuyas hogueras se levanta un humo
blanquecino.
El Adelantado me dice, con un temblor de orgullo en la
voz: «Esta es la Plaza Mayor... Esa, la Casa de Gobierno... Allí vive mi hijo
Marcos... Allá, mis tres hijas... En la nave tenemos granos y enseres y algunas
bestias... Detrás, el barrio de los indios...»
Y añade, volviéndose hacia fray Pedro: «Frente a la
Casa de Gobierno levantaremos la Catedral.» No ha terminado de señalarme la
huerta, los sembrados de maíz, el cercado en que se inicia una cría de cerdos y
de cabras, gracias a los verracos y chivatos traídos, con increíbles
penalidades, desde Puerto Anunciación, cuando se desborda el vecindario, se
arma la grita de bienvenida, y acuden las esposas indias, y las hijas mestizas,
y el hijo alcalde, y todos los indios, a recibir a su Gobernador, acompañado del
primer Obispo.
«Santa Mónica de los Venados —me advierte fray Pedro—,
porque ésta es tierra del venado rojo; y Mónica se llamaba la madre del
fundador: Mónica, aquella que parió a San Agustín, santa que fuera mujer de
un solo varón, y que por sí misma había criado a sus hijos.» Le confieso,
sin embargo, que la palabra ciudad me había sugerido algo más imponente
o raro. «¿Manoa?», me
pregunta el fraile con sorna. No es eso. Ni Manoa, ni El Dorado. Pero yo había pensado en algo distinto. «Así eran en
sus primeros años las ciudades que fundaron Francisco Pizarro, Diego de Losada
o Pedro de Mendoza», observa fray Pedro. Mi silencio aquiescente no excluye, empero, una serie
de interrogaciones nuevas que los preparativos de un festín de perniles asados
en un fuego de leña me impide formular de inmediato. No comprendo cómo el
Adelantado, en oportunidad impar de fundar una villa fuera de la Época, se echa
encima el estorbo de una iglesia que le trae el tremendo fardo de sus cánones,
interdictos, aspiraciones e intransigencias, teniéndose en cuenta, sobre todo,
que no alienta una fe muy sólida y acepta las misas, preferentemente cuando se
dicen en acción de gracias por peligros vencidos. Pero no hay muchas oportunidades, ahora, para hacer
preguntas. Me dejo invadir por
la alegría de haber llegado a alguna parte. Ayudo a asar la carne, voy por
leña, me intereso por el canto de los que cantan, y me ablando las
articulaciones con una suerte de pulque burbujeante, con sabor a tierra y
resina, que todos beben en jicaras pasadas de boca en boca... Y más tarde,
cuando todos se hayan hartado, cuando duerman los del caserío indio y las hijas
del Fundador se recojan en su gineceo, escucharé, junto al hogar de la Casa de
Gobierno, una historia que es historia de rumbos.
«Pues, señor —dice el Adelantado, arrojando una rama
al fuego—, me llamo Pablo, y mi apellido es tan corriente como llamarse Pablo,
y si a grandes hechos suena el título de Adelantado, les diré que sólo se trata
de un mote que me dieron unos mineros, al ver que siempre me adelantaba a los
demás en lo de hacer pasar por mi batea las arenas de un río...»
Bajo el emblema del caduceo, un hombre de veinte años,
con el pecho desgarrado por una tos rebelde, mira a la calle a través de las
bolas de cristal, llenas de agua tinta, de una farmacia de viejos. Hacia allí
es la provincia de los maitines y rosarios, de las melcochas y hojaldres de
monjas; pasa el cura con su teja, y todavía hay sereno que canta por Marías
Santísimas la hora en noche nublada. Más allá son las Tierras del Caballo,
durante jornadas y jornadas; luego, los caminos que suben, y la ciudad de casas
crecidas, donde el adolescente no halló sino oficios de sombras, de sótanos, de
carboneras y de cloacas. Vencido y enfermo, se ha ofrecido a trabajar en
botica, a cambio de remedios y albergue. Algo le enseñaron de maceraciones, y
le confían las recetas de prescripción casera, a base de nuez vómica, raíz de
altea o tártaro emético. Y a la hora de la siesta, cuando nadie transita a la
sombra de los aleros, el mozo se encuentra solo en el laboratorio, de espaldas
a la calle, y ocurre que las manos se le duermen sobre la linaza, contemplando,
por entre las moletas y almireces, el correr despacioso de un ancho río cuyas
aguas vienen de las tierras del oro. A veces, traídos por barcos tan viejos que
cargan una estampa de otros tiempos, bajan al desembarcadero cercano unos
hombres de andar agobiado, que tientan con bastones las tablas podridas del
andén, como si al llegar al puerto desconfiaran todavía de las añagazas y
tembladeras de la tierra. Son mineros palúdicos, caucheros que se rascan las
sarnas, leprosos de las misiones abandonadas, que acuden a la farmacia, quien
por quinina, quien por chalmugra, quien por azufre, y al hablar de las comarcas
donde creen haber contraído sus plagas, van descorriendo, ante el oscuro
pasante, las cortinas de un mundo ignorado.
Llegan los vencidos, pero llegan, también, los que
arrancaron al barro una mirífica gema, y, durante ocho días, se hartarán de
hembras y de música. Pasan los que nada hallaron, pero traen los ojos
enfebrecidos por el barrunto de un tesoro posible. Esos no descansan ni preguntan dónde hay mujeres. Se encierran con llave en sus habitaciones, examinando
las muestras que traen en frascos, y, apenas curados de una llaga o aliviados
de una buba, parten, de noche, a la hora en que todos duermen, sin revelar el
secreto de su rumbo. El joven no envidia a los de su edad que, cada lunes del
año, después de haber oído una última misa en la iglesia del púlpito carcomido,
salen con sus ropas de domingos, para irse a la ciudad lejana. Andando de
frascos a recetarios, aprende a hablar de yacimientos nuevos: conoce los
nombres de quienes encargan bombonas de agua de azahar para bañar a sus indias;
repasa los extraños nombres de ríos ignorados por los libros; obsesionado por
la percutiente sonoridad del Cataniapo o del Cunucunuma, sueña frente a los
mapas, contemplando incansablemente las zonas coloreadas en verde, desnudas,
donde no aparecen nombres de poblaciones.
Y un día, al alba, sale por una ventana de su
laboratorio, hacia el embarcadero donde los mineros izan la vela de su barca, y
ofrece remedios a cambio de ser llevado. Durante diez años comparte las
miserias, desengaños, rencores, insistencias más o menos afortunadas, de los
buscadores. Nunca favorecido, se aventura más lejos, cada vez más lejos, cada
vez más solo, habituado ya a hablar con su propia sombra. Y una mañana se asoma
al mundo de las Grandes Mesetas. Camina durante noventa días, perdido entre montañas
sin nombre, comiendo larvas de avispas, hormigas, saltamontes, como hacen los
indios en meses de hambruna. Cuando desemboca en este valle, una llaga
engusanada le está dejando una pierna en el hueso. Los indios del lugar —gente
asentada, de una cultura semejante a los factores de la jarra funeraria— lo
curan con hierbas. Sólo un hombre blanco vieron antes que él, y piensan, como
los de muchos pueblos de la selva, que somos los últimos vástagos de una
especie industriosa pero endeble, muy numerosa en otros tiempos, pero que está
ahora en vías de extinción. Su larga convalecencia lo hace solidario de las
penurias y trabajos de esos hombres que lo rodean. Encuentra algún oro al pie
de aquella peña que la luna, esta noche, hace de estaño. Al volver de cambiarlo
en Puerto Anunciación, trae semillas, posturas y algún apero de labranza y
carpintería. Al regreso del segundo viaje trae una pareja de cerdos atados de
patas en el fondo de la barca. Luego, es la cabra preñada y el becerro
destetado, para el cual tienen los indios, como Adán, que inventar un nombre,
pues jamás vieron semejante animal. Poco a poco, el Adelantado se va
interesando por la vida que aquí prospera.
Cuando se baña al pie de alguna cascada, en las
tardes, las mozas indias le arrojan pequeños guijarros blancos, desde la
orilla, en señal de apremio.
Un día toma mujer, y hay grande holgorio al pie de las
rocas. Piensa, entonces, que si sigue apareciendo en Puerto Anunciación con
algún polvo de oro en los bolsillos, no tardarán los mineros en seguirle el
rastro, invadiendo este valle ignorado para trastornarlo con sus excesos,
rencores y apetencias. Con el ánimo de burlar las suspicacias, comercia
ostensiblemente con pájaros embalsamados, orquídeas, huevos de tortugas. Un día
se percata de que ha fundado una ciudad. Siente, probablemente, la sorpresa que
yo mismo tuve al comprender que era conjugable el verbo «fundar» al hablarse de
una ciudad. Puesto que todas las ciudades nacieron así, hay razón para esperar
que Santa Mónica de los Venados, en el futuro, llegue a tener monumentos,
puentes y arcadas. El Adelantado traza el contorno de la Plaza Mayor. Levanta
la Casa de Gobierno.
Firma un acta, y la entierra bajo una lápida en lugar
visible. Señala el lugar del cementerio para que la misma muerte se haga cosa
de orden. Ahora sabe dónde
hay oro. Pero ya no le afana el oro. Ha abandonado la búsqueda de Manoa, porque mucho más
le interesa ya la tierra, y, sobre ella, el poder de legislar por cuenta
propia. El no pretende que esto sea algo semejante al Paraíso Terrenal de los
antiguos cartógrafos. Aquí hay enfermedades, azotes, reptiles venenosos,
insectos, fieras que devoran los animales trabajosamente levantados; hay días
de inundación y días de hambruna, y días de impotencia ante el brazo que se
gangrena. Pero el hombre, por muy largo atavismo, está hecho a sobrellevar
tales males. Y cuando sucumbe, es trabado en una lucha primordial que figura
entre las más auténticas leyes del juego de existir. «El oro —dice el
Adelantado— es para los que regresan allá.» y ese allá suena en su boca
con timbre de menosprecio —como si las ocupaciones y empeños de los de allá fuesen
propias de gente inferior—. Es indudable que la naturaleza que aquí nos
circunda es implacable, terrible, a pesar de su belleza. Pero los que en medio
de ella viven la consideran menos mala, más tratable, que los espantos y
sobresaltos, las crueldades frías, las amenazas siempre renovadas, del mundo de
allá. Aquí, las plagas, los padecimientos posibles, los peligros
naturales, son aceptados de antemano: forman parte de un Orden que tiene sus
rigores. La Creación no es algo divertido, y todos lo admiten por instinto,
aceptando el papel asignado a cada cual en la vasta tragedia de lo creado. Pero
es tragedia con unidades de tiempo, de acción y de lugar, donde la misma muerte
opera por acción de mandatarios conocidos, cuyos trajes de veneno, de escama,
de fuego, de miasmas, se acompañan del rayo del trueno que siguen usando, en
días de ira, los dioses de más larga residencia entre nosotros. A la luz del
sol o al calor de la hoguera, los hombres que aquí viven sus destinos se
contentan de cosas muy simples, hallando motivo de júbilo en la tibieza de una
mañana, una pesca abundante, la lluvia que cae tras de la sequía, con
explosiones de alegría colectiva, de cantos y de tambores, promovidos por
sucesos muy sencillos como fue el de nuestra llegada. «Así debió vivirse en la
ciudad de Henoch», pienso yo, y al punto vuelve a mi mente una de las
interrogaciones que me asaltaron al desembarcar. En ese momento salimos de la
Casa de Gobierno para aspirar el aire de la noche.
El Adelantado me muestra entonces, un paredón de roca,
unos signos trazados a gran altura por artesanos desconocidos —artesanos que
hubieran sido izados hasta el nivel de su tarea por un andamiaje imposible en
tales tránsitos de su cultura material—.
A la luz de la luna se dibujan figuras de escorpiones,
serpientes, pájaros, entre otros signos sin sentido para mis ojos, que tal vez
fueran figuraciones astrales.
Una explicación inesperada viene, de pronto, al
encuentro de mis escrúpulos: un día, al regresar de un viaje —cuenta el
Fundador—, su hijo Marcos, entonces adolescente, le dejó atónito al narrarle la
historia del Diluvio Universal. En su ausencia, los indios habían enseñado al
mozo que esos petroglifos que ahora contemplábamos, fueron trazados en días de
gigantesca creciente, cuando el río se hinchara hasta allí, por un hombre que,
al ver subir las aguas, salvó una pareja de cada especie animal en una gran canoa.
Y luego llovió durante un tiempo que pudo ser de cuarenta días y cuarenta
noches, al cabo del cual, para saber si la gran inundación había cesado,
despachó una rata que le volvió con una mazorca de maíz entre las patas. El
Adelantado no hubiera querido enseñar la historia de Noé —por ser patraña — a
sus hijos; pero al ver que la sabían sin más variante que una rata puesta en
lugar de la paloma, y una mazorca de maíz en lugar de la rama de olivo, confió
el secreto de esta ciudad naciente a fray Pedro, a quien consideraba un hombre,
porque era de los que viajaban solos por regiones desconocidas y sabía hacer
curas y distinguir las yerbas.
«Ya que al fin y al cabo les contarán los mismos
cuentos, que los aprendan como los aprendí yo.» Pensando en los Noés de tantas
religiones, se me ocurre objetar que el Noé indio me parece más ajustado a la
realidad de estas tierras, con su mazorca de maíz, que la paloma con su ramo de
olivo, puesto que nadie vio nunca un olivo en la selva. Pero el fraile me
interrumpe abruptamente, con tono agresivo, preguntándome si he olvidado el
hecho de la Redención: «Alguien ha muerto por los que aquí nacieron, y era menester
que la noticia les fuese dada.» Y atando dos ramas en cruz con una liana, la
planta de modo casi rabioso, en el lugar donde comenzará a erigirse, mañana, la
choza redonda que será el primer templo de la ciudad de Henoch. «Además, viene a sembrar cebollas», me advierte el
Adelantado, a modo de excusa.
(27 de junio)
Amanece sobre las Grandes Mesetas. Las nieblas de la
noche demoran entre las Formas, tendiendo velos que se adelgazan y aclaran
cuando la luz se refleja en un acantilado de granito rosa y baja al plano de
las inmensas sombras recostadas. Al pie de los paredones verdes, grises,
negros, cuyas cimas parecen diluirse entre brumas, los helechos sacuden el leve
cierzo que los esmalta. Asomado a una oquedad en la que apenas pudiera
ocultarse un niño, contemplo una vida de líquenes, de musgos, de pigmentos plateados,
de herrumbres vegetales, que es, en escala minúscula, un mundo tan complejo
como el de la gran selva de abajo. Hay tantas vegetaciones distintas, en un
palmo de humedad, como especies se disputan allá el espacio que debiera bastar
para un solo árbol. Este plancton de la tierra es como una pátina que se espesa
al pie de una cascada caída de muy alto, cuyo constante hervor de espumas ha
cavado un estanque en la roca. Aquí es donde nos bañamos desnudos, los de la
Pareja, en agua que bulle y corre, brotando de cimas ya encendidas por el sol,
para caer en blanco verde, y derramarse, más abajo, en cauces que las raíces
del tanino tiñen de ocre. No hay alarde, no hay fingimiento edénico, en esta
limpia desnudez, muy distinta de la que jadea y se vence en las noches de
nuestra choza, y que aquí liberamos con una suerte de travesura, asombrados de
que sea tan grato sentir la brisa y la luz en partes del cuerpo que la gente de
allá muere sin haber expuesto alguna vez al aire libre. El sol me ennegrece
la franja de caderas a muslo que los nanadores de mi país conservan blanca,
aunque se hayan bañado en mares de sol. Y el sol me entra por entre las
piernas, me calienta los testículos, se trepa a mi columna vertebral, me
revienta por los pectorales, oscurece mis axilas, cubre de sudor mi nuca, me
posee, me invade, y siento que en su ardor se endurecen mis conductos seminales
y vuelvo a ser la tensión y el latido que buscan las oscuras pulsaciones de
entrañas caladas a lo más hondo, sin hallar límite a un deseo de integrarme que
se hace añoranza de matriz. Y luego, es el agua otra vez, a cuyo fondo
desembocan manantiales helados que voy a buscar con la cara, metiendo las manos
en una arena gruesa, que es como limalla de mármol. Más tarde vendrán los
indios y se bañarán en cueros, sin más traje que el de las manos abiertas sobre
el pene.
Y a mediodía será fray Pedro, sin cubrir siquiera las
canas de su sexo, huesudo y enjuto como un San Juan predicando en el
desierto... Hoy he tomado la
gran decisión de no regresar allá. Trataré de aprender los simples oficios que se
practican en Santa Mónica de los Venados y que ya se enseñan a quien observe
las obras de edificación de su iglesia. Voy a sustraerme al destino de Sísifo
que me impuso el mundo de donde vengo, huyendo de las profesiones hueras, el
girar de la ardilla presa en tambor de alambre, del tiempo medido y de los
oficios de tinieblas. Los lunes dejarán de ser, para mí, lunes de ceniza, ni
habrá por qué recordar que el lunes es lunes, y la piedra que yo cargaba será
de quien quiera agobiarse con su peso inútil. Prefiero empuñar la sierra y la
azada a seguir encanallando la música en menesteres de pregonero. Lo digo a
Rosario, que acepta mi propósito con alegre docilidad, como siempre recibirá la
voluntad de quien reciba por varón.
Tu mujer no ha comprendido que esa determinación es, para mí,
mucho más grave de lo que parece, puesto que implica una renuncia a todo lo de
allá.
Para ella, nacida en el lindero de la selva, con
hermanas amaridadas a mineros, es normal que un hombre prefiera la vastedad de
lo remoto al hacinamiento de las ciudades. Además, no creo que para habituarse
a mí haya tenido que hacer tantos acomodos intelectuales como yo. Ella no me ve
como un hombre muy distinto de los otros que haya conocido.
Yo, para amarla —pues creo amarla entrañablemente
ahora—, he tenido que establecer una nueva escala de valores, en punto a lo que
debe apegar un hombre de mi formación a una mujer que es toda una mujer, sin
ser más que una mujer.
Me quedo, pues, con toda conciencia de lo que hago.
Y al repetirme que me quedo, que mis claridades serán
ahora las del sol y las de la hoguera, que cada mañana hundiré el cuerpo en el
agua de esta cascada, y que una hembra cabal y entera, sin torceduras, estará
siempre al alcance de mi deseo, me invade una inmensa alegría. Recostado sobre
una laja, mientras Rosario, de senos al desgaire, lava sus cabellos en la
corriente, tomo la vieja Odisea del griego, tropezando, al abrir el
tomo, con un párrafo que me hace sonreír: aquel en que se habla de los hombres
que Ulises despacha al país de los lotófagos, y que, al probar la fruta que
allí se daba, se olvidan de regresar a la patria. «Tuve que traerlos a la
fuerza, sollozantes —cuenta el héroe— y encadenarlos bajo los bancos, en el
fondo de sus naves.»
Siempre me había molestado, en el maravilloso relato,
la crueldad de quien arranca sus compañeros a la felicidad hallada, sin
ofrecerles más recompensa que la de servirlo. En ese mito veo como un reflejo
de la irritación que causan siempre a la sociedad los actos de quienes
encuentran, en el amor, en el disfrute de un privilegio físico, en un don
inesperado, el modo de sustraerse a las fealdades, prohibiciones y vigilancias
padecidos por los más. Doy media vuelta sobre la piedra cálida, y esto me hace
mirar hacia donde varios indios, sentados en torno a Marcos, el primogénito del
Adelantado, trabajan en obras de cestería. Pienso ahora que mi vieja teoría
acerca de los orígenes de la música era absurda. Veo cuan vanas son las
especulaciones de quienes pretenden situarse en los albores de ciertas artes o
instituciones del hombre, sin conocer, en su vida cotidiana, en sus prácticas
curativas y religiosas, al hombre prehistórico, contemporáneo nuestro. Muy
ingeniosa era mi idea de hermanar el propósito mágico de la plástica primitiva
—la representación del animal que otorga poderes sobre ese animal— con la
fijación primera del ritmo musical, debida al afán de remedar el galope, trote,
paso, de los animales.
Pero yo asistí, hace días, al nacimiento de la música.
Pude ver más allá del treno con que Esquilo resucita
al emperador de los persas; más allá de la oda con que los hijos de Autolicos
detienen la sangre negra que mana de las heridas de Ulises; más allá del canto
destinado a preservar al faraón. Una de las mordeduras de sierpes, en su viaje
de ultratumba. Lo que he visto confirma, desde luego, la tesis de quienes
dijeron que la música tiene un origen mágico. Pero ésos llegaron a tal
razonamiento a través de los libros, de los tratados de psicología, construyendo
hipótesis arriesgadas acerca de la pervivencia, en la tragedia antigua, de
prácticas derivadas de una hechicería ya remota. Yo, en cambio, he visto cómo
la palabra emprendía su camino hacia el canto, sin llegar a él; he visto cómo
la repetición de un mismo monosílabo originaba un ritmo cierto; he visto, en el
juego de la voz real y de la voz fingida que obligaba al ensalmador a alternar
dos alturas de tono, cómo podía originarse un tema musical de una práctica
extramusical. Pienso en las tonterías dichas por quienes llegaron a sostener
que el hombre prehistórico halló la música en el afán de imitar la belleza del
gorjeo de los pájaros —como si el trino del ave tuviese un sentido
musical-estético para quien lo oye constantemente en la selva, dentro de un
concierto de rumores, ronquidos, chapuzones, fugas, gritos, cosas que caen,
aguas que brotan, interpretado por el cazador como una suerte de código sonoro,
cuyo entendimiento es parte principal del oficio. Pienso en otras teorías
falaces y me pongo a soñar en la polvareda que levantarían mis observaciones en
ciertos medios musicales aferrados a tesis librescas.
También sería útil recoger algunos de los cantos de
indios de este lugar, muy bellos dentro de su elementalidad, con sus escalas
singulares, destructoras de esa otra noción generalizada según la cual los
indios sólo saben cantar en gamas pentáfonas... Pero, de pronto, me enojo
conmigo mismo, al verme entregado a tales cavilaciones. He tomado la decisión
de quedarme aquí y debo dejar de lado, de una vez, esas vanas especulaciones de
tipo intelectual.
Para zafarme de ellas me pongo la poca ropa que aquí
uso y voy a reunirme con los que están acabando de construir la iglesia. Es una
cabaña redonda, amplia, de techo puntiagudo como el de las churuatas, de hojas
de moriche sobre viguetería de ramas, rematada por una cruz de madera. Fray
Pedro se ha empeñado en que las ventanas tuviesen un figuración gótica, con
arco quebrado, y el repetido encuentro de dos líneas curvas en una pared de
bahareque es, en estas lejanías, una premonición de canto llano. Colgamos un
tronco ahuecado de la espadaña, pues, a falta de campanas, lo que sonará aquí
es una suerte de teponaxtle ideado por mí. La fabricación de aquel instrumento
me fue sugerida por el tambor-bastón-de-ritmo que está en la choza, y me es
preciso confesar que el estudio de su principio resonante se acompañó de una
prueba dolorosa. Cuando, dos días antes, desaté las lianas que sujetaban las
esteras protectoras, éstas, hinchadas por la humedad, se atiesaron de golpe,
echando a rodar la jarra funeraria, las sonajeras, los caramillos, sobre el
suelo. De pronto me vi rodeado de objetos-acreedores, y de nada me sirvió
arrinconarlos, como a niños castigados, para olvidar su acusadora presencia.
Vine a estas selvas, solté mi fardo, hallé mujer, gracias al dinero que debo a
estos instrumentos que no me pertenecen. Por evadirme estoy atando, desde aquí,
a mi fiador. Y me digo que lo estoy atando, porque el Curador aceptará
seguramente la responsabilidad de mi defección, devolviendo los fondos que se
me entregaron, a costa de empeños, sacrificios y, tal vez, de préstamos
usurarios.
Yo sería feliz, plácidamente feliz, si junto a la
cabecera de mi hamaca no se hallaran esas piezas de museo, en perpetuo reclamo
de fichas y vitrinas.
Debería sacar esos instrumentos de aquí, romperlos
acaso, enterrar sus restos al pie de alguna peña. No puedo hacerlo, sin
embargo, porque mi conciencia ha vuelto al asiento desertado, y tanto la tuve
ausente que me ha venido llena de desconfianza y resquemores.
Rosario sopla en una de las cañas de la botija ritual
y suena un bramido bronco, como de animal caído en las tinieblas de un pozo. La
aparto con un gesto tan brusco, que se aleja, dolida, sin comprender. Para
desarrugar su ceño, le cuento la razón de mi enojo. Ella no demora en dar con
la solución más simple: enviaré esos instrumentos a Puerto Anunciación, dentro
de algunos meses, cuando el Adelantado haga su viaje acostumbrado, para
proveerse de remedios indispensables y reponer algún enser dañado por el mucho
uso. Allí se encargará una hermana suya de hacerles descender el río hasta
donde haya correo. Mi conciencia deja de torturarme, pues el día en que los
bultos se pongan en camino habré pagado las llaves de la evasión.
He ascendido al cerro de los petroglifos con fray
Pedro, y ahora descansamos sobre un suelo de esquistos, accidentado de peñas
negras erguidas contra el viento por todos sus filos, o derribados a modo de
ruinas, de escombros, entre vegetaciones que parecen recortadas en fieltro
gris. Hay algo remoto, lunar, no destinado al hombre, en esta terraza que
conduce a las nubes, y que surca un arrojo de agua helada, que no es agua de
manantiales, sino agua de nieblas. Me siento vagamente inquieto —un poco intruso,
por no decir sacrilego— al pensar que con mi presencia se rompe el arcano de
una teratología de lo mineral, cuya grandiosa aridez, obra de una erosión
milenaria, pone al desnudo un esqueleto de montañas que parece hecho con
piedras de azufre, lavas, calcedonias molidas, escorias plutonianas. Hay gravas
que me hacen pensar en mosaicos bizantinos que se hubieran desprendido de sus
paredes en alud, y que, recogidos a paletadas, hubiesen sido arrojados aquí,
allá, a modo de una aventada de cuarzo, oro y cornalinas. Para llegar hasta
aquí hemos atravesado durante dos jornadas —por caminos cada vez más limpios de
reptiles, ricos en orquídeas y en árboles florecidos— las Tierras del Ave. De
sol a sol nos escoltaron los guacamayos fastuosos y las cotorras rosadas, con
el tucán de grave mirar, luciendo su peto de esmalte verdeamarillo, su pico mal
soldado a la cabeza —el pájaro teológico que nos ha gritado: ¡Dios te ve!, a
la hora del crepúsculo, cuando los malos pensamientos mejor solicitan al
hombre—. Vimos a los colibríes, más insectos que pájaros, inmóviles en su
vertiginosa suspensión fosforescente, sobre la sombra parsimoniosa de los
paujíes vestidos de noche; alzando los ojos, conocimos la percutiente
laboriosidad de los carpinteros listados de oscuro, el alborotoso desorden de
los silbadores y gorjeadores metidos en los techos de la selva, asustados de
todo, más arriba de los comadreos de pericos y catalnicas, y de tantos pájaros
hechos a todo pincel, que a falta de nombre conocido —me dice fray Pedro— fueron
llamados «indianos girasoles» por los hombres de armaduras. Así como otros
pueblos tuvieron civilizaciones marcadas por el signo del caballo o del toro,
el indio con perfil de ave puso sus civilizaciones bajo la advocación del ave.
El dios volante, el dios pájaro, la serpiente emplumada, están en el centro de
sus mitologías, y todo cuanto es bello para él se adorna de plumas. De plumas
fueron las tiaras de los emperadores de Tenochtitlán, como son hoy de plumas
los ornamentos de las flautas, los objetos de juego, las vestimentas festivas y
rituales de los que aquí he conocido. Admirado por la revelación de que vivo
ahora en las Tierras del Ave, emito alguna fácil opinión acerca de la probable
dificultad de hallar, en las cosmogonías de estas gentes, algún mito
coincidente con los nuestros. Fray Pedro me pregunta si he leído un libro
llamado el Popol-Vuh, cuyo mismo nombre me era desconocido. «En ese
texto sagrado de los antiguos quitchés —afirma el fraile—, se inscribe ya, con
trágica adivinación, el mito del robot; más aún: creo que es la única
cosmogonía que haya presentido la amenaza de la máquina y la tragedia del
Aprendiz de Brujo.» Y, sorprendiéndome con un lenguaje de estudioso, que debió
ser el suyo antes de endurecer en la selva, me cuenta de un capítulo inicial de
la Creación, en que los objetos y enseres inventados por el hombre, y usados
con ayuda del fuego, se rebelan contra él y le dan muerte; las tinajas, los
comales, los platos, las ollas, las piedras de moler y las casas mismas, en
pavoroso apocalipsis que atruenan con sus ladridos los perros enrabecidos y
sublevados, aniquilan una generación humana... De eso me habla aún cuando alzo
los ojos, y me veo al pie del paredón de roca gris en que aparecen hondamente
cavados los dibujos que se atribuyen al demiurgo vencedor del Diluvio y
repoblador del mundo, por una tradición que ha llegado a oídos de los más
primitivos habitantes de la selva de abajo. Estamos aquí en el Monte Ararat de
este vasto mundo. Estamos donde llegó el arca y encalló con sordo embate,
cuando las aguas comenzaron a retirarse y hubo regresado la rata con una
mazorca de maíz entre las patas. Estamos donde el demiurgo arrojó piedras a sus
espaldas, como Deucalión, para dar nacimiento a una nueva generación humana.
Pero ni Deucalión, ni Noé, ni Unapishtim, ni los Noés chinos o egipcios,
dejaron su rúbrica fijada por los siglos en el lugar de arribo. Aquí, en
cambio, hay enormes figuras de insectos, de serpientes, seres del aire, bestias
de las aguas y de la tierra, figuraciones de lunas, soles y estrellas, que alguien
ha cavado ahí, con ciclópeo cincel, mediante un proceso que no acertamos a
explicarnos. Hoy mismo sería imposible erigir en tal lugar el andamiaje
gigantesco que levantara un ejército de talladores de piedras hasta donde
pudieran atacar el paredón de roca con sus herramientas, dejándolo tan
firmemente marcado como está... Ahora fray Pedro me lleva al otro extremo de
los Signos y me muestra, de aquel lado de la montaña, una suerte de cráter, de
ámbito cerrado, en cuyo fondo medran pavorosas yerbas. Son como gramíneas
membranosas, cuyas ramas tienen una mórbida redondez de brazo y de tentáculo.
Las hojas enormes, abiertas como manos, parecen de flora submarina, por sus
texturas de madrépora y de alga, con flores bulbosas, como faroles de plumas,
pájaros colgados de una vena, mazorcas de larvas, pistilos sanguinolentos, que
les salen de los bordes por un proceso de erupción y desgarre, sin conocer la
gracia de un tallo. Y todo eso, allá abajo, se enrevesa, se enmaraña, se anuda,
en un vasto movimiento de posesión, de acoplamiento, de incestos, a la vez
mostruoso y orgiástico, que es suprema confusión de las formas. «Estas son las
plantas que han huido del hombre en un comienzo —me dice el fraile—. Las
plantas rebeldes, negadas a servirle de alimento, que atravesaron ríos,
escalaron cordilleras, saltaron por sobre los desiertos, durante milenios y
milenios, para ocultarse aquí, en los últimos valles de la Prehistoria.» Con
mudo estupor me doy a contemplar lo que en otras partes es fósil, se pinta en
hueso o duerme, petrificado, en las vetas de la hulla, pero sigue viviendo
aquí, en una primavera sin fecha, anterior a los tiempos humanos, cuyos ritmos
no son acaso los del año solar, arrojando semillas que germinan en horas, o,
por el contrario, demoran medio siglo en parar un árbol.
«Esta es la vegetación diabólica que rodeaba el
Paraíso Terrenal antes de la Culpa.» Inclinado sobre el caldero demoníaco, me
siento invadido por el vértigo de los abismos; sé que si me dejara fascinar por
lo que aquí veo, mundo de lo prenatal, de lo que existía cuando no había ojos,
acabaría por arrojarme, por hundirme, en ese tremendo espesor de hojas que
desaparecerán del planeta, un día, sin haber sido nombradas, sin haber sido
recreadas por la Palabra —obra, tal vez, de dioses anteriores a nuestros dioses,
dioses a prueba, inhábiles en crear, ignorados porque jamás fueron nombrados,
porque no cobraron contorno en las bocas de los hombres... Fray Pedro me
arranca a mi casi alucinada contemplación, dándome un ligero golpe en el hombro
con su cayado.
Las sombras de los obeliscos naturales se acortan cada
vez más en la proximidad del mediodía.
Tenemos que empezar a bajar antes de que la tarde nos
sorprenda en esta cumbre, desciendan las nubes y nos veamos extraviados entre
nieblas frías.
Luego de pasar nuevamente ante las rúbricas del
demiurgo, alcanzamos el borde de la falla en que se iniciará nuestro descenso.
Fray Pedro se detiene, respira hondamente y contempla un horizonte de árboles,
del que emerge, en volúmenes pizarrosos, una cordillera de filos quebrados, que
es como una presencia dura, sombría, hostil, en la sobrecogedora belleza de los
confines del Valle. El fraile señala con el bastón nudoso: «Allí viven los
únicos indios perversos y sanguinarios que hay en estas regiones», dice. Ningún misionero ha regresado de allá. Creo que, en aquel instante, me permití alguna burlona
consideración sobre la inutilidad de aventurarse en tan ingratos parajes. En
respuesta, dos ojos grises, inmensamente tristes, se fijaron en mí de manera
singular, con una expresión a la vez tan intensa y resignada, que me sentí
desconcertado, preguntándome si les había causado algún enojo, aunque sin
hallar los motivos del tan enojo. Todavía veo el semblante arrugado del
capuchino, su larga barba enmarañada, sus orejas llenas de pelos, sus sienes de
venas pintadas en azul, como algo que hubiera dejado de pertenecerle y de ser
carne de su persona: su persona, en aquel momento, eran esas pupilas viejas,
algo enrojecidas por una conjuntivitis crónica, que miraban, como hechas de un
esmalte empañado, a la vez dentro y fuera de sí mismas.
Sentado detrás de una tabla tendida de horcón a
horcón, teniendo al alcance de la mano una libreta de colegial en cuya portada
se lee: Cuaderno de Pertenecientes a..., casi en cueros a causa del
calor que mucho se ha acentuado en estos últimos días, el Adelantado está
legislando, en presencia de fray Pedro, del Capitán de Indios y de Marcos, que
es el Responsable de la Huerta. Gavilán está sentado al lado de su amo, con un
hueso guardado entre las patas traseras. Se trata de tomar un cierto número de
acuerdos en provecho de la comunidad y de dejarlos consignados por escrito.
Habiendo comprobado que, en su ausencia, se han cazado ciervas, el Adelantado
instituye la prohibición absoluta de matar lo que llama «el venado hembra» y el
cervatillo, salvo fuerza mayor de hambruna y aun así, el levantamiento de la
veda será objeto de una disposición de emergencia, sometida al criterio de los
presentes. La emigración de ciertas manadas, la caza inconsiderada, la acción
de las fieras, han mermado la existencia del venado rojo en la comarca,
justificándose la medida.
Luego de que todos juran acatarla y hacerla respetar,
la Ley queda asentada en el Libro de Actas del Cabildo y se pasa a considerar
una cuestión de obras públicas. La época de las lluvias se aproxima, y Marcos
informa que los canteros hechos bajo la dirección de fray Pedro en los últimos
días tienen una orientación por él discutida, que tendrá por efecto canalizar
las aguas de una vertiente cercana, inundándose probablemente el batey del
almacén de granos. El Adelantado mira severamente al fraile, en demanda
de explicaciones. Fray Pedro informa que el trabajo realizado respondía a un
intento de cultivo de la cebolla, la cual exige terrenos en los que no se
estanque el agua ni haya demasiada humedad, cosa que sólo podía lograrse
trazando los canteros con el narigón hacia la vertiente. El peligro señalado
por el Responsable de la Huerta podría ser conjurado con levantar un valladar
de tierra, de unos tres palmos, entre la huerta y el almacén de granos. Se
reconoce luego, por unanimidad, la conveniencia de ejecutar la obra, y se fija
su inicio para mañana mismo, movilizándose toda la población de Santa Mónica de
los Venados, pues el cielo se está cargando de nubes y el calor se hace más
difícil de sobrellevar en un mediodía que se cubre de vahos pesados y nos agobia
con una exasperante invasión de moscas, salidas de no se sabe dónde. Fray Pedro
recuerda, sin embargo, que la edificación de la iglesia no está terminada y que
esto también debería ser objeto de una medida de urgencia. El Adelantado
responde con tono tajante que la buena conservación de los granos es cuestión
de más inmediato interés que los latines, y concluye el examen de las
cuestiones anotadas en el orden del día, con una disposición sobre la tala y el
acarreo de troncos para un cercado, y la necesidad de apostar gente para
vigilar la aparición de ciertos cardúmenes que, este año, están remontando el
río antes de tiempo. De la reunión capitular de hoy han quedado varios acuerdos
para realizar obras inmediatas y una Ley —una ley cuya infracción «será castigada»,
reza la prosa del Adelantado —. Esto ultimo me inquieta de tal modo que
pregunto al hombrecito si ya ha tenido el horroroso deber de instituir castigos
en la Ciudad. «Hasta ahora —me responde—, al culpable de alguna falta se le
castiga con no dirigirle la palabra durante un tiempo, haciéndosele sentir la
reprobación general; pero llegará el día en que seamos tan numerosos que se
necesitarán castigos mayores.» Una vez más me asombro ante la gravedad de los
problemas planteados en estas comarcas, tan desconocidas como las blancas Terras
Incógnitas de los antiguos cartógrafos, en donde los hombres de allá sólo
ven saurios, vampiros, serpientes de mordida fulminante y danzas de indios. En
el tiempo que llevo viajando por este mundo virgen, he visto muy pocas
serpientes —una coral, una terciopelo, otra que tal vez fuera un crótalo —, y
sólo he sabido de las fieras por el rugido, si bien he arrojado piedras, más de
una vez, al caimán artero, disfrazado de tronco podrido en la traidora paz de
un remanso. Pobre es mi historia en cuanto a peligros arrostrados —si se deja
de lado la tormenta en los raudales—. Pero, en cambio, he encontrado en todas
partes la solicitación inteligente, el motivo de meditación, formas de arte, de
poesía, mitos, más instructivos para comprender al hombre que cientos de libros
escritos en las bibliotecas por hombres jactanciosos de conocer al Hombre. No
sólo ha fundado una ciudad el Adelantado, sino que, sin sospecharlo, está
creando, día a día, una polis, que acabará por apoyarse en un código
asentado solemnemente en el Cuaderno de... Perteneciente a... Y un
momento llegará en que tenga que castigar severamente a quien mate la bestia
vedada, y bien veo que entonces ese hombrecito de hablar pausado, que nunca
alza la voz, no vacilará en condenar al culpable a ser expulsado de la
comunidad y a morir de hambre en la selva, a no ser que instituya algún castigo
impresionante y espectacular, como aquel de los pueblos que condenaban al
parricida a ser echado al río, encerrado en un saco de cuero con un perro y una
víbora. Pregunto al Adelantado qué haría si viese aparecer en Santa Mónica, de
pronto, a algún buscador de oro, de los que manchan cualquier tierra con su
fiebre. «La daría un día para marcharse», me responde. «Este no es sitio para esa
gente», acota Marcos, con súbito acento de rencor en la voz. Y me entero de
que el mestizo ha ido allá, hace tiempo, contra la voluntad de su padre,
pero que dos años de maltratos y humillaciones por parte de aquellos a quienes
quería acercarse, amistoso, dócil, le hicieron regresar un día con odio a todo
lo visto en el mundo recién descubierto. Y me muestra, sin explicaciones, las
marcas de grillos que le remacharon en un remoto puesto fronterizo. Ahora
callan el padre y el hijo; pero detrás de aquel silencio adivino que ambos
aceptan sin reticencias una dura posibilidad creada por la Razón de Estado: la
del Buscador, empeñado en regresar al Valle de las Mesetas, y que jamás volverá
del segundo viaje —«por haberse extraviado en la selva», creerán luego quienes
puedan interesarse por su destino—. Esto añade un tema de reflexión a los
muchos que se comparten mi espíritu a todas horas. Y es que después de varios
días de una tremenda pereza mental, durante los cuales he sido un hombre
físico, ajeno a todo lo que no fuera sensación, quemarme al sol, holgarme con
Rosario, aprender a pescar, habituarme a sabores de una desconcertante novedad
para mi paladar, mi cerebro se ha puesto a trabajar, como después de un reposo
necesario, en un ritmo impaciente y ansioso. Hay mañana en que quisiera ser
naturalista, geólogo, etnógrafo, botánico, historiador, para comprenderlo todo,
anotarlo todo, explicar en lo posible. Una tarde descubrí con asombro que los
indios de aquí conservan el recuerdo de una oscura epopeya que fray Pedro está
reconstruyendo a fragmentos. Es la historia de una migración caribe, en marcha
hacia el Norte, que lo arrasa todo a su paso y jalona de prodigios su marcha
victoriosa. Se habla de montañas levantadas por la mano de héroes portentosos,
de ríos desviados de su curso, de combates singulares en que intervinieron los
astros. La portentosa unidad de los mitos se afirma en esos relatos, que
encierran raptos de princesas, inventos de ardides de guerra, duelos
memorables, alianzas con animales. Las noches en que se emborracha ritualmente
con un polvo sorbido por huesos de pájaros, el Capitán de los Indios se hace
bardo, y de su boca recoge el misionero jirones del cantar de gesta, de la
saga, del poema épico, que vive oscuramente —anterior a su expresión escrita—
en la memoria de los Notables de la Selva... Pero no debo pensar demasiado. No estoy aquí para
pensar. Los trabajos de cada día, la vida ruda, la parca alimentación a base de
mañoco, pescado y casabe, me han adelgazado, apretando mi carne al esqueleto:
mi cuerpo se ha vuelto escueto, preciso, de músculos ceñidos a la estructura.
Las malas grasas que yo traía, la piel blanca y flaccida, los sobresaltos, las
angustias inmotivadas, los presentimientos de desgracias por ocurrir, las
aprensiones, los latidos del plexo solar, han desaparecido. Mi persona, metida en su contorno cabal, se siente
bien.
Cuando me acerco a la carne de Rosario, brota de mí
una tensión que, más que llamada del deseo, es incontenible apremio de un celo
primordial: tensión del arco armado, entesado, que, luego de disparar la
flecha, vuelve al descanso de la forma recobrada.
Tu mujer está cerca. La llamo y acude. No estoy aquí para pensar. No debo pensar. Ante todo sentir y ver. Y cuando de ver se pasa a
mirar, se encienden raras luces y todo cobra una voz. Así, he descubierto, de
pronto, en un segundo fulgurante, que existe una Danza de los Arboles. No son
todos los que conocen el secreto de bailar en el viento. Pero los que poseen la
gracia, organizan rondas de hojas ligeras, de ramas, de retoños, en torno a su
propio tronco estremecido.
Y es todo un ritmo el que se crea en las frondas;
ritmo ascendente e inquieto, con encrespamientos y retornos de olas, con
blancas pausas, respiros, vencimientos, que se alborozan y son torbellino, de
repente, en una música prodigiosa de lo verde. Nada hay más hermoso que la
danza de un macizo de bambúes en la brisa. Ninguna coreografía humana tiene la
euritmia de una rama que se dibuja sobre el cielo.
Llego a preguntarme a veces si las formas superiores
de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento
de lo creado.
Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los
ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se
sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema.
Llueve sin cesar desde hace dos días. Hubo una larga
obertura de truenos bajos que parecieron rodar sobre el suelo mismo, entre las
mesetas, colándose en las oquedades, retumbando en los socavones, y, de súbito,
fue el agua. Como las palmas del techo estaban resecas, pasamos la primera
noche mudando las hamacas de un lugar a otro, en inútil busca de un espacio sin
goteras. Luego, un torrente fongoso comenzó a correr debajo de nosotros, sobre
el piso, y, para salvar los instrumentos colectados, tuve que colgarlos de las
vigas que sostienen la cobija.
El amanecer nos halló a todos desconcertados, con las
ropas húmedas, rodeados de lodo. Mal se encendían los fuegos, y las viviendas
se llenaron de un humo acre que hacía llorar. Media iglesia ha caído, por los
efectos de la lluvia sobre el bahareque aún mal fraguado, y fray Pedro, con el
hábito anudado a la cintura y un simple guayuco puesto sobre el sexo, está
tratando de apuntalar la apuntalable, con ayuda de algunos indios. Su pésimo
humor cubre al Adelantado de invectivas, por no haberle ayudado a terminar la
obra con el dictado de una medida de emergencia. Luego vuelve a llover, y es
lluvia, y más lluvia y nada más que lluvia, hasta el atardecer.
Y luego es la noche otra vez. No tengo el consuelo,
siquiera, de poder abrazar a Rosario, que «no puede », y cuando esto le
acontece se torna arisca, huraña, pareciendo que todo gesto de cariño le fuera
odioso. Me duermo con dificultad, en el ruido universal y constante del agua
que corre por doquiera, borrando todo ruido que no sea ruido de agua, como si
hubiésemos llegado a los tiempos de las cuarenta arduas noches... Al cabo de
algún tiempo de sueño —lejos debe estar el alba todavía— me despierto con una
rara sensación de que, en mi mente, acaba de realizarse un gran trabajo: algo
como la maduración y compactación de elementos informes, disgregados, sin
sentido al estar dispersos, y que, de pronto, al ordenarse, cobran un
significado preciso.
Una obra se ha construido en mi espíritu; es «cosa»
para mis ojos abiertos o cerrados, suena en mis oídos,
asombrándose por la lógica de su ordenación.
Una obra inscrita dentro de mí mismo, y que podría
hacer salir sin dificultad, haciéndola texto, partitura, algo que todos
palparan, leyeran, entendieran.
Muchos años atrás me había dejado llevar, cierta vez,
por la curiosidad de fumar opio: recuerdo que la cuarta pipa me produjo una
suerte de euforia intelectual que trajo una repentina solución a todos los
problemas de creación que entonces me atormentaban.
Lo veía todo claro, pensado, medido, hecho.
Cuando saliera de la droga, no tendría más que tomar
el papel pautado y en algunas horas nacería de mi pluma, sin dolor ni
vacilaciones, un Concierto que entonces proyectaba, con molesta incertidumbre
acerca del tipo de escritura por adoptar. Pero al día siguiente, cuando salí
del sueño lúcido y quise de verdad tomar la pluma, tuve la mortificante
revelación de que nada de lo pensado, imaginado, resuelto, bajo los efectos del
Benares fumado, tenía el menor valor: eran fórmulas adocenadas, ideas sin consistencia,
invenciones descabelladas, imposibles transferencias estéticas de plástica o
sonidos, que las gotas burbujeantes, trabajadas entre dos agujas, habían
sublimado al calor de la lámpara. Lo que me ocurre esta noche, aquí, en la
oscuridad, rodeado del ruido de las goteras que caen en todas partes, es muy
semejante a lo que inició, para mí, aquella delirante lucubración; pero esta
vez la euforia se nutre de conciencia; las ideas mismas buscan un orden, y hay
ya, en mi cerebro, una mano que tacha, enmienda, delimita, subraya. No tengo
que regresar de las torpezas de una embriaguez para poder concretar mi
pensamiento: sólo me es preciso esperar al amanecer, que me traerá la claridad
necesaria para hacer los primeros esbozos del Treno. Porque el título de
Treno es el que se ha impuesto a mi imaginación durante el sueño.
Antes de caer en las estúpidas actividades que me
hubieran alejado de la composición —mi pereza de entonces, mi flaqueza ante
toda incitación al placer no eran, en el fondo, sino formas del miedo a crear
sin estar seguro de mí mismo— había meditado mucho acerca de ciertas
posibilidades nuevas de acoplar la palabra con la música. Para enfocar mejor el
problema había repasado, desde luego, la larga y hermosa historia del
recitativo, en sus funciones litúrgicas y profanas. Pero el estudio del
recitativo, de los modos de recitar cantando, de cantar diciendo, de buscar la
melodía de las inflexiones del idioma, de enredar la palabra dentro del
acompañamiento o de liberarla, por el contrario, del sostén armónico; todo ese
proceso que tanto preocupa a los compositores modernos, luego de Mussorgsky y
Debussy, llegándose a los logros exasperados, paroxísticos, de la escuela
vienesa, no era, en realidad, lo que me interesaba. Yo buscaba más bien una
expresión musical que surgiera de la palabra desnuda, de la palabra anterior a
la música —no de la palabra hecha música por exageración y estilización de sus
inflexiones, a la manera impresionista—, y que pasara de lo hablado a lo
cantado de modo casi insensible, el poema haciéndose música, hallando su propia
música en la escansión y la prosodia, como ocurrió probablemente con la
maravilla del Dies Irae, Dies Illa del canto llano, cuya música parece
nacida de los acentos naturales del latín. Yo había imaginado una suerte de
cantata, en que un personaje con funciones de corifeo se adelantara hacia el
público, y, en un total silencio de la orquesta, luego de reclamar con un gesto
la atención del auditorio, comenzara a decir un poema muy simple, hecho
de vocablos de uso corriente, sustantivos como hombre, mujer, casa, agua,
nube, árbol, y otros que por su elocuencia primordial no necesitaran del
adjetivo. Aquello sería como un verbo-génesis. Y, poco a poco, la repetición
misma de las palabras, sus acentos, irían dando una entonación peculiar a
ciertas sucesiones de vocablos, que se tendría el cuidado de hacer regresar a
distancias medidas, a modo de un estribillo verbal. Y empezaría a afirmarse una
melodía que tuviera —yo lo quería así— la sencillez lineal, el dibujo centrado
en pocas notas, de un himno ambrosiano —Aeterne rerum conditor— que es,
para mí, el estado de la música más cercano a la palabra.
Transformado el hablar en melodía, algunos
instrumentos de la orquesta entrarían discretamente, a modo de una puntuación
sonora, a encuadrar y delimitar los períodos normales del recitado,
afirmándose, en estas intervenciones, la materia vibrante de que cada
instrumento estuviera hecho: presencia de la madera, del cobre, de la cuerda,
del parche tenso, a modo de un enunciado de aleaciones posibles.
Por otra parte, me había impresionado mucho, en
aquellos días lejanos, la revelación de un tropo compostelano —Congaudeant
Catholici—, en que una segunda voz era situada sobre la del cantus
firmus con el papel de adornarla, de darle las melismas, las luces y
sombras que no fuera decente agregar directamente al tema litúrgico, cuya
pureza, así, quedaba salvaguardada: especie de guirnalda colgada de una severa
columna, que nada le restaba de su dignidad, pero le añadía un elemento
ornamental, flexible, ondulante. Yo veía las entradas sucesivas de las voces
del coro, sobre el canto primicial del corifeo, a la manera con que éstas se
ordenaban —elemento masculino, elemento femenino— en el tropo compostelano.
Esto, desde luego, creaba una sucesión de acentos nuevos cuyas constantes
engendraban un ritmo general: ritmo que la orquesta, con sus medios sonoros,
diversificaba y coloreaba. Ahora, por vías del desarrollo, el elemento
melismático pasaba al terreno instrumental, buscando planos de variación
armónica y oposiciones entre los timbres puros, mientras el coro, por fin
compactado, podía entregarse a una suerte de invención de la polifonía, dentro
de un enriquecimiento creciente del movimiento contrapuntístico. Así pensaba yo
lograr una coexistencia de la escritura polifónica y la de tipo armónico,
concertadas, machihembradas, según las leyes más auténticas de la música,
dentro de una oda vocal y sinfónica, en constante aumento de intensidad
expresiva, cuya concepción general era, por lo pronto, bastante sensata. La
sencillez del enunciado prepararía al oyente para la percepción de una
simultaneidad de planos que, de haberle sido presentada de golpe, le hubiera
resultado intrincada y confusa, haciéndosele posible seguir, dentro de la
lógica indiscutible de su proceso, el desarrollo de una palabra-célula a través
de todas sus implicaciones musicales. Había, desde luego, que desconfiar del
posible desorden de estilos engendrados por esa suerte de reinvención de la
música que, en lo instrumental, entrañaba riesgosas incitaciones. De lo último
pensaba defenderme especulando con los timbres puros, y me citaba a mí mismo,
como referencia, unos sorprendentes diálogos de flautín y contrabajo, de oboe y
trombón, que había encontrado en obras de Alberic Magnard. En cuanto a la
armonía, pensaba hallar un elemento de unidad en el uso habilidoso de los modos
eclesiásticos, cuyos recursos inexplotados empezaban a ser aprovechados, desde
hacía muy pocos años, por algunos de los músicos más inteligentes del
momento... Rosario abre la puerta y la luz del día me sorprende en deleitosa
reflexión.
Aún no vuelvo de mi asombro: el Treno estaba
dentro de mí, pero fue resembrada su semilla y empezó a crecer en la noche del
Paleolítico, allá, más abajo, en las orillas del río poblado de monstruos,
cuando escuché cómo aullaba el hechicero sobre un cadáver ennegrecido por la
ponzoña de un crótalo, a dos pasos de una zahurda donde estaban los cautivos
postrados sobre sus excrementos y orines.
Esa noche me fue dada una gran lección por los hombres
a quienes no quise considerar como hombres; por aquellos mismos que me hicieran
ufanarme de mi superioridad, y que, a su vez, se creían superiores a los dos
ancianos babeantes que roían huesos dejados por los perros. Ante la visión de
un auténtico treno, renació en mí la idea del Treno, con su enunciado de
la palabra-célula, su exorcismo verbal que se transformaba en música al
necesitar más de una entonación vocal, más de una nota, para alcanzar su forma
—forma que era, en ese caso, la reclamada por su función mágica, y que, por la
alternación de dos voces, de dos maneras de gruñir, era, en sí, un embrión de
Sonata—. Yo, el músico que contemplaba la escena, estaba añadiendo el resto:
oscuramente intuía lo que había ya de futuro en ello y lo que aún le faltaba.
Cobraba conciencia de la música transcurrida y de la no transcurrida...
Ahora voy corriendo, bajo la lluvia, a la casa del
Adelantado, para pedirle una de sus libretas; una de esas en cuya portada se
lee: Cuaderno de... Perteneciente a... —que me entrega, por cierto, con
alguna mala gana—, y empiezo a esbozar ideas musicales sobre pentagramas que yo
mismo trazo, sirviéndome, como regla, del lomo casi recto de un machete.
De primer intento, por fidelidad a un viejo proyecto
de adolescencia, yo hubiera querido trabajar sobre el Prometeo Desencadenado
de Shelley, cuyo primer acto ofrece por sí solo —como el tercio del Segundo
Fausto— un maravilloso tema de cantata.
La liberación del encadenado, que asocio mentalmente a
mi fuga de allá, tiene implícito un sentido de resurrección, de regreso
de entre las sombras, muy conforme a la concepción original del treno, que era
canto mágico destinado a hacer volver un muerto a la vida. Ciertos versos que
ahora recuerdo hubieran correspondido admirablemente a mi deseo de trabajar
sobre un texto hecho de palabras simples y directas: Ah me! Alas, pain, pain, pain, ever, for ever! —No change, no pause, no hope! Yet I endure!
Y luego, esos coros de montañas, de manantiales, de
tormentas: de elementos que ahora me rodean y siento.
Esa voz de la tierra, que es Madre a la vez, arcilla y
matriz, como las Madres de Dioses que aún reinan en la selva. Y esas «perras
del infierno»
—hounds of hell— que irrumpen en el drama y
aullan con más acento de ménade que de furia. Ah, I scent lije! Let mi but look into his eyes! Pero no. Es absurdo caldearse la imaginación sobre
esto, puesto que no tengo el texto de Shelley ni lo tendré jamás aquí donde
sólo hay tres libros: la Genoveva de Brabante de Rosario; el Líber
Usualis, con los textos propios del ministerio de fray Pedro, y La
Odisea de Yannes. Hojeando Genoveva
de Brabante descubro con sorpresa que el asunto del cuento, si se le
despoja de un estilo intolerable, no es mucho peor que el de óperas excelentes,
pareciéndose bastante al de Pelleas. En cuanto a la prosa cristiana,
ésta me alejaría de la idea del Treno, dando un estilo
versicular, bíblico, a toda la cantata. Me queda, pues, La Odisea, cuyo
texto está en español. Nunca había pensado en componer música para poema alguno
escrito en ese idioma que, por sí mismo, constituiría un eterno obstáculo a la
ejecución de una obra coral en cualquier gran centro artístico. Pero me enoja,
de pronto, esa inconsciente confesión de un deseo de «verme ejecutado». Mi renuncia
no sería verdadera nunca, mientras pudiera sorprenderme en tales resabios.
Era el poeta de la isla desierta de Rainer María, y como tal debía crear, por
necesidad profunda. Además, ¿cuál era mi idioma verdadero? Sabía el alemán, por
mi padre. Con Ruth hablaba el inglés, idioma de mis estudios secundarios; con
Mouche, a menudo el francés; el español de mi Epítome de Gramática —Estos,
Fabio...— con Rosario. Pero este último idioma era también el de las Vidas
de Santos, empastadas en terciopelo morado, que tanto me había leído mi madre:
Santa Rosa de Lima, Rosario.
En la coincidencia matriz veo como un signo
propiciatorio.
Vuelvo, pues, sin más vacilación, a La Odisea de
Yannes. Su retórica empieza por descorazonarme, pues me niego a usar de
fórmulas invocatorias del tipo de «Hijo de Cronos, padre mío, suprema
majestad», o «Hijo de Laerte, vástago de dioses, Ulises de mil astucias». Nada
resultaría más opuesto al género de texto que necesito. Leo y releo algunos
pasajes, impaciente por ponerme a escribir. Me detengo varias veces sobre el
episodio de Polifemo, pero en fin de cuentas lo encuentro demasiado movido y
lleno de peripecias. Salgo de la casa irritado y doy vueltas bajo la lluvia,
ante el escándalo de Rosario. Apenas si respondo a Tu mujer que se
alarma de verme tan nervioso; pero pronto deja de preguntar, admitiendo que el
varón tiene «días malos»
y que en modo alguno está obligado a dar cuenta de lo
que le arruga el ceño. Por no molestar se sienta en un rincón, a mis espaldas,
y se pone a limpiar las orejas de Gavilán, que se le han llenado de garrapatas,
con la punta de un retoño de bambú. Pero
a poco me vuelve el buen humor. La
solución del problema era sencilla: bastaba aligerar de hojarasca el texto
homérico para hallar la simplicidad deseada.
De pronto, en el episodio de la evocación de los
muertos, encuentro el tono mágico, elemental, a la vez preciso y solemne: «Hago
a los muertos tres libaciones.
Libación de leche y miel. Libación de vino y libación
de agua clara. Derramo la harina y prometo que cuando regrese a Itaca
sacrificaré la mejor de mis vacas sobre el fuego del altar y daré a Tiresias un
carnero negro, el mejor de mis rebaños... He degollado las bestias, he
derramado su sangre, y veo aparecer las sobras de los que duermen en la muerte.
» A medida que el texto cobra la consistencia
requerida, concibo la estructura del discurso musical.
El paso de la palabra a la música se hará cuando la
voz del corifeo se enternezca, casi imperceptiblemente, sobre la estrofa en que
se habla de las vírgenes enlutadas y de los guerreros caídos bajo el bronce de
las lanzas. El elemento melismático que habré de colocar sobre la primera voz
será traído por la queja de Elpenor, que llora de no tener «su tumba en la
tierra, al borde de los caminos». En el poema mismo se habla de un largo gemido
que interpretaré en vocalización, preludio de su imploración: «No me abandones
sin lágrimas, ni funerales; quémame con todas mis armas y levanta mi tumba en
la orilla del mar para que todos sepan mi desgracia. Planta sobre mis despojos
el remo con que remaba entre vosotros.» La aparición de Anticleia pondrá el
timbre de contralto en el edificio vocal que se me hace cada vez más dibujado,
entrando como una suerte de fabordón en el discantus de Ulises y Elpenor.
Un acorde muy abierto de la orquesta, con sonoridad de
pedal de órgano, anunciará la presencia de Tiresias. Pero aquí me detengo. La
necesidad de escribir música es tan imperiosa que empiezo a trabajar sobre lo
apuntado, viendo renacer los signos musicales, por tanto tiempo olvidados, bajo
la mina de mi lápiz. Cuando termino una primera página de esbozos me detengo
maravillado ante esos toscos pentagramas, irregularmente trazados, de líneas
más convergentes que paralelas, sobre los cuales se inscriben las notas de un
comienzo homofónico que tiene, en una gráfica misma, algo de ensalmo, de
invocación, de música distinta a la que yo hubiera escrito hasta ahora. En nada
se asemejaba esto a la mañosa escritura de aquel desventurado «Preludio»
para el «Prometeo Encadenado», muy al gusto del día,
en que, como tanta gente, había tratado de volver a encontrar la salud y la
espontaneidad del arte artesanal —la obra empezaba el miércoles para ser
cantada en el oficio del domingo—, tomando sus fórmulas, sus recetas
contrapuntísticas, su retórica, pero sin recuperar su espíritu. No eran las
disonancias, los puntos mal colocados sobre puntos, las asperezas de los
instrumentos situados adrede en los registros más rispidos e ingratos, los que
iban a asegurar la perdurabilidad de un arte de calco, de fabricación en frío,
en que sólo el muerto legado —la forma y las rectas para «desarrollar»— era
actualizado, en obras que olvidaban demasiado a menudo, y con todo propósito de
olvidarlos, la enjundia genial de los tiempos lentos, la sublime inspiración de
las arias, para hacer juegos de manos en medio del aturdimiento, de la prisa,
del correr, de los allegros. Una suerte de ataxia locomotriz había aquejado
durante años a los autores de Concerti Grossi, en que dos movimientos en
corcheas y semicorcheas —como si no hubiesen existido notas blancas o
redondas—, desencuadrados por acentos martillados fuera de lugar, contrarios a
la respiración misma de la música, trepidaban a ambos lados de un ricercare
cuya pobreza de ideas era disimulada bajo el contrapunto más mal sonante
que pudiera inventarse. Yo también, como tantos otros, me había dejado
impresionar por consignas de «regreso al orden», necesidad de pureza, de
geometría, de asepsia, acallando en mí todo canto que pugnara por levantarse.
Ahora lejos de las salas de conciertos, de los manifiestos, del inacabable
aburrimiento de las polémicas de arte, invento música con una facilidad que me
asombra, como si las ideas, bajadas del cerebro, me llenaran la mano, atrepellándose
por salir a través del plomo del lápiz. Sé que debo desconfiar de lo que se
crea sin algún dolor. Pero ya habrá tiempo de tachar, de criticar, de ceñir. En
medio de la lluvia que cae sin tregua, escribo con jubilosa impaciencia, como
impulsado por un brote de energía interior, reduciendo mi escritura, en muchos
casos, a una suerte de taquigrafía que sólo yo podría descifrar.
Cuando me duerma esta noche, los primeros estados del Treno
habrán llenado todo el Cuaderno de...
Perteneciente a...
Acabo de tener una desagradable sorpresa. El Adelantado, a quien fui a pedir otro cuaderno, me
preguntó si me los tragaba. Le
expliqué por qué necesitaba más papel. «Te doy el último», me dijo, de mal
humor, explicándome luego que esas libretas se destinaban a levantar actas,
consignar acuerdos, tomar apuntes de utilidad, y en modo alguno podían
despilfarrarse en músicas. Para calmar mi despecho, me ofrece la guitarra de su
hijo Marcos. Según veo, no establece relación alguna entre el hecho de componer
y la necesidad de escribir. Todas las músicas que conoce son de arpistas,
tocadores de bandola, gentes de plectro, que siguen siendo ministriles del
Medievo, como los venidos en las carabelas primeras, y para nada necesitan de
partituras ni saben, siquiera, de papeles pautados. Enojado, voy a quejarme a fray Pedro. Pero el
capuchino da toda la razón al Adelantado, añadiendo que éste, además, parece
olvidar que pronto habrán de llevarse Libros de Bautizo y Libros de Entierros,
en la comunidad, sin olvidar el Registro de Casamientos. Y, de súbito, se encara conmigo, preguntándome si
pienso seguir en concubinato por toda la vida. Tan poco me esperaba esto que
balbuceo cualquier cosa ajena a la cuestión.
Fray Pedro, ahora, increpa a los que se tienen por
personas cultas y sensatas, y empiezan por entorpecer su labor de
evangelización, dando malos ejemplos a los indios. Afirma que estoy en la
obligación de casarme con Rosario, pues las uniones santificadas y legales
deben ser la base del orden que habrá de instaurarse en Santa Mónica de los
Venados. Repentinamente me vuelve el aplomo y tengo una reacción irónica,
diciéndole que muy bien se vivía aquí sin su ministerio.
Todas las venas de la cara del fraile parecen
hincharse a un tiempo; iracundo, me grita, con la violencia de quien insulta o
profiere improperios, que no tolera dudas acerca de la legitimidad de su
ministerio, justificando su presencia con una frase en que Cristo hablaba de
las ovejas que no eran de su rebaño y tenían que recogerse para que oyeran su
voz. Sorprendido por la ira de fray Pedro, que golpea el suelo con su cayado,
me encojo de hombros y miro a otra parte, guardando para mí lo que iba a decirle:
He aquí para lo que sirve una iglesia. Ya salen a relucir las ataduras hasta
ahora escondidas bajo el sayal samaritano. No pueden dos cuerpos yacer y
gozarse, sin que unos dedos de uñas negras tracen sobre ellos el signo de la
cruz. Habrá que asperjar de agua bendita las esteras en que nos abrazamos, un
domingo en que hayamos consentido a ser los personajes de una edificante
estampa. Tan ridículo me parece el cromo nupcial, que prorrumpo en una
carcajada y salgo de la iglesia, cuya pared abierta en rajaduras ha sido
calafateada temporalmente con anchas hojas de malangas, sobre las que corre la
lluvia con sordo tamborileo. Vuelvo a nuestra choza, y debo confesarme,
entonces, que mi burla, mi risa desafiante, no eran sino fáciles reacciones de
quien buscaba, en muy literarios principios de libertad, una manera de ocultar
la verdad molesta: estoy casado ya. Y poco importaría esto si no amara
hondamente, entrañablemente, a Rosario. La bigamia, a tales distancias de mi
país y de sus tribunales, sería un delito incomprobable. Podría prestarme a la
comedia ejemplar pedida por el fraile, y todos quedarían contentos. Pero
pasaron los tiempos de las estafas. Por lo mismo que he vuelto a sentirme un
hombre, me he prohibido el uso de la mentira; ya que la lealtad puesta por
Rosario a cuanto me atañe es algo que estimo sobre todas las cosas, me subleva
la idea de engañarla —y más, en materia a que tanta importancia atribuye, por
instinto, la mujer llevada a buscar casa donde albergar la viviente casa de su
gravidez siempre posible—. No podría aceptar el espectáculo atroz de verla
guardar entre sus ropas, tal vez con alegría de niña endomingada, el acta,
suscrita en papel de libreta, en que se nos declare «marido y mujer ante Dios».
La conciencia de mi conciencia me impide ya semejantes canalladas. Por lo
mismo, tengo temor a las probables tácticas frailunas: firme en su propósito,
Pedro de Henestrosa actuará sobre el ánimo de Tu mujer, para que sea
ella quien se coloque en el disparadero.
Me veré en el dilema de confesar lo cierto o de
mentir. La verdad —si la digo— me pondrá en situación difícil ante el
misionero, falseándose, de hecho, la plácida y simple armonía de mi vida con
Rosario. La mentira —si la acepto— echará abajo, con un acto grave, la rectitud
de proceder que yo me había propuesto como ley inquebrantable en esta nueva
vida. Por huir de la zozobra, del acoso de esta cavilación, trato de
concentrarme en el trabajo de mi partitura, lográndolo al fin con arduo
esfuerzo.
Estoy en el momento, sumamente difícil, de la
aparición de Anticleia, que hace pasar la voz de Ulises a un plano de simple
discantus, bajo el lamento melismático de Elpenor, introduciendo el primer
episodio lírico de la cantata —episodio cuya materia pasará a la orquesta,
luego de la entrada de Tiresias, sirviendo de alimento al primer desarrollo de
tipo instrumental, bajo una polifonía establecida en el plano de las voces...
Al final del día, a pesar de haber apretado la escritura hasta donde fuera posible,
veo que he llenado ya la tercera parte del segundo cuaderno. Es evidente que
debo hallar con urgencia un modo de resolver este problema. Alguna materia debe
haber en la selva, tan pródiga en tejidos naturales, yutas extrañas, yaguas,
envolturas de fibra, en que se haga posible escribir. Pero llueve sin cesar.
Nada está seco en todo el Valle de las Mesetas. Aprieto un poco más la gráfica,
con astucias de pendolista, para aprovechar cada milímetro de papel; pero esa
preocupación mezquina, avara, contraria a la generosidad de la inspiración,
cohibe mi discurso, haciéndome pensar en pequeño lo que debo ver en grande. Me
siento maniatado, menguado, ridículo, y acabo por abandonar la tarea, poco
antes del crepúsculo, con resquemante despecho. Nunca pensé que la imaginación
pudiera toparse alguna vez con un escollo tan estúpido como la falta de papel.
Y cuando más exasperado me encuentro, Rosario me
pregunta a quién estoy escribiendo cartas, puesto que aquí no hay correo. Esa
confusión, la imagen de la carta hecha para viajar y que no puede viajar, me
hace pensar, de súbito, en la vanidad de todo lo que estoy haciendo desde ayer.
De nada sirve la partitura que no ha de ser ejecutada. La obra de arte se
destina a los demás, y muy especialmente la música, que tiene los medios de
alcanzar las más vastas audiencias. He esperado el momento en que se ha consumado
mi evasión de los lugares en donde podría ser escuchada una obra mía, para
empezar a componer realmente. Es
absurdo, insentato, risible.
Y, sin embargo, puedo prometerme, jurarme en voz baja
que el Treno se quedará ahí, que no pasará del primer tercio de la segunda
libreta: sé que mañana, al alba, una fuerza que me posee me hará tomar el lápiz
y esbozar la página en la aparición de Tiresias, que suena ya en mis oídos con
su festiva sonoridad de órgano: tres oboes, tres clarinetes, un fagot, dos
cornos, trombón. No importa que el Treno
no se ejecute nunca. Debo escribirlo y lo escribiré, sea como sea; aunque
fuera para demostrarme que no estaba vacío, totalmente vacío —como quise
hacérselo creer, un día de este año, al Curador. Algo calmado, me recuesto en mi hamaca. Pienso
nuevamente en el fraile y su exigencia. Tu mujer está detrás de mí,
acabando de asar unas mazorcas de maíz sobre un fuego que mucho le ha costado
encender, a causa de la humedad. Desde donde se encuentra no puede ver mi
rostro en sombra, ni podrá observar mi expresión cuando le hable. Me decido por
fin a preguntarle, con voz que no me suena muy firme, si ella cree útil o deseable
que nos casemos.
Y cuando creo que se va a agarrar de la oportunidad
para hacerme el protagonista de un cromo dominical para uso de catecúmenos, la
oigo decir, asombrado, que de ninguna manera quiere el matrimonio.
Al punto se transforma mi sorpresa en celoso despecho.
Voy hacia Rosario, muy dolido, a pedirle
explicaciones.
Pero me deja desconcertado con una argumentación que
es la de sus hermanas, fue sin duda la de su madre, y es probablemente la razón
del recóndito orgullo de esas mujeres que nada temen: según ella, el
casamiento, la atadura legal, quita todo recurso a la mujer para defenderse
contra el hombre.
El arma que asiste a la mujer frente al compañero que
se descarría es la facultad de abandonarlo en todo momento, de dejarlo solo,
sin que tenga medios de hacer valer derecho alguno. La esposa legal, para
Rosario, es una mujer a quien pueden mandar a buscar con guardias, cuando
abandona la casa en que el marido ha entronizado el engaño, la sevicia o los
desórdenes del licor. Casarse es caer bajo el peso de leyes que hicieron los
hombres y no las mujeres.
En una libre unión, en cambio —afirma Rosario,
sentenciosa—, «el varón sabe que de su trato depende tener quien le dé gusto y
cuidado». Confieso que la campesina lógica de este concepto me deja sin
réplica. Frente a la vida, es evidente que Tu mujer se mueve en un mundo
de nociones, de usos, de principios, que no es el mío. Y, sin embargo, me
siento humillado, en un plano de molesta inferioridad, porque soy yo, ahora, el
que quisiera obligarla a casarse; soy yo quien aspira a verse pintado en la edificante
estampa nupcial, oyendo a fray Pedro pronunciar la fórmula ritual de
casamiento, ante la indiada reunida. Pero hay un papel firmado y legalizado, allá,
muy lejos, que me quita toda fuerza moral.
Allá, sobre
el papel que aquí tanto falta... En ese momento, un grito de Rosario, seguido
de un jadeo de terror, me hace mirar atrás. Lo que apareció allí, en el marco
de la ventana, es la lepra; la gran lepra de la antigüedad, la clásica, la
olvidada por tantos pueblos, la lepra del Levítico, que aún tiene horribles
depositarios en el fondo de estas selvas. Bajo un gorro puntiagudo hay un
residuo, una piltrafa de semblante, una escoria de carne que aún se sujeta en
torno a un agujero negro, abierto en sombras de garganta, cerca de dos ojos sin
expresión, que son como de llanto endurecido, prestos a disolverse también, a
licuarse, dentro de la desintegración del ser que los mueve y despide por la
tráquea una suerte de ronquido bronco, señalando las mazorcas con una mano de
ceniza. No sé qué hacer frente a esa pesadilla, a ese cuerpo presente, a ese
cadáver que gesticula tan cerca, agitando pedazos de dedos, y tiene a Rosario
arrodillada en el suelo, muda de pavor.
«¡Vete, Nicasio! —dice la voz de Marcos, que se acerca
sin enojo—. ¡Vete, Nicasio! ¡Vete!» Y lo empuja suavemente con una rama
horquillada, para separarlo de la ventana. Luego entra en nuestra choza riendo,
toma una mazorca y la arroja al miserable, que se la guarda en una alforja, y
se aleja hacia la montaña, arrastrándose más que andando. Sé ahora que he visto
a Nicasio, un buscador de oro a quien el Adelantado encontró aquí al llegar, ya
muy enfermo, y que vive en una caverna distante, esperando una muerte que le
tiene demasiado olvidado. Le está prohibido venir a la población. Pero hace
tanto tiempo que no se atrevía a acercarse, que hoy no hubo mayores sanciones.
Horrorizado por la idea de que el leproso pueda regresar, invito al hijo del
Adelantado a compartir nuestra cena. Presto corre bajo la lluvia a buscar su
vieja guitarra de cuatro cuerdas —la misma que sonó a bordo de las carabelas— y
sobre un ritmo que hace correr sangre de negros bajo la melodía del romance,
empieza a cantar:
Soy hijo del rey Mulato
y de la reina Mulatina;
la que conmigo casara
mulata se volvería.
Al saber que trataba de escribir en yaguas, en
cortezas, en el cuero de venado que alfombra un rincón de nuestra choza, el
Adelantado, compadecido, me ha dado otro cuaderno, aunque advirtiéndome que es
el último. Cuando terminen las lluvias se propone ir a Puerto Anunciación por
unos días, y entonces me traerá todas las libretas que yo quiera. Pero aún
habrán de pasarse más de ocho semanas de aguas, y antes de partir será
necesario acabar la edificación de la iglesia y reparar todo lo que haya sido
dañado por la humedad, además de procederse a las siembras oportunas en tal
tiempo. Sigo trabajando, pues, sabiendo que al cabo de sesenta y cuatro
pequeñas hojas llenadas quedarán los esbozos donde están.
Casi temo, ahora, que me vuelva la maravillosa
excitación imaginativa del comienzo y, usando mucho la goma del lápiz —es
decir: haciendo algo que no acrece el consumo de papel— paso los días
enmendando y aligerando los guiones primeros. No he vuelto a mentar el
matrimonio a Rosario; pero su negativa de la otra tarde es algo que, por decir
verdad, me escuece a lo hondo. Los días son interminables.
Llueve demasiado. La ausencia del sol, que aparece a
mediodía como un disco difuminado, más arriba de nubes que de grises se hacen
blancas por unas horas, mantiene como en estado de agobio esta naturaleza
necesitada de sol para poner a cantar sus colores y mover sus sombras sobre el
suelo. Los ríos están sucios, acarreando troncos, balsas de hojas podridas,
escombros de la selva, animales ahogados.
Se arman diques de cosas arrancadas y rotas, de pronto
quebradas por el empellón de un árbol entero que cae, de raíces, de lo alto de
una cascada, envuelto en borbollones de fango. Todo huele a agua; todo suena a
agua, y las manos encuentran el agua en todo. En cada una de mis salidas a la
busca de algo donde poder escribir, he rodado en el lodo, hundiéndome hasta las
rodillas en hoyos llenos de cieno, mal cubiertos por yerbas traidoras. Todo lo
que vive de la humedad crece y se regocija; nunca fueron más verdes ni más
espesas las hojas de las malangas; nunca se multiplicaron tanto los hongos,
treparon los musgos, cantaron mejor los sapos, fueron más numerosas las
criaturas de la madera podrida.
Sobre los farallones de las mesetas, las filtraciones
pintan grandes coladas negras. Cada falla, cada pliegue, cada arruga de la
piedra, es cauce de un torrente. Es como si estas mesetas estuvieran cumpliendo
la gigantesca tarea de arrumbar las aguas hacia las tierras de abajo, dando a
cada comarca su caudal de lluvia. No se puede levantar una tabla caída en
tierra sin encontrar, debajo, una fuga desaforada de chinches grises. Los
pájaros desaparecieron del paisaje, y Gavilán, ayer, ha rastreado una boa en la
parte anegada de la huerta. Los hombres y las mujeres pasan este tiempo como
una necesaria crisis de la naturaleza, metidos en sus chozas, tejiendo,
haciendo cuerdas, aburriéndose enormemente.
Pero padecer las lluvias es otra de las reglas del
juego, como admitir que se pare con dolor, y que hay que cortarse la mano
izquierda con machete blandido por la mano derecha, si en ella ha fundido los
garfios una culebra venenosa. Esto es necesario para la vida, y la vida ha
menester de muchas cosas que no son amenas. Llegaron los días del movimiento
del humus, del fomento de la podre, de la maceración de las hojas muertas, por
esa ley según la cual todo lo que ha de engendrarse se engendrará en la vecindad
de la excreción, confundidos los órganos de la generación con los de la orina,
y lo que nace nacera envuelto en baba, serosidades y sangre —como del estiércol
nacen la pureza del espárrago y el verdor de la menta. Una noche creímos que
las lluvias hubieran terminado. Hubo como una tregua, en que las techumbres
dejaron de sonar, y fue un gran respiro en todo el valle. Se oyó el correr de
los ríos, a lo lejos, y una bruma espesa, blanca, fría, se adueñó del espacio
entre las cosas. Rosario y yo buscamos nuestros calores en un largo abrazo.
Cuando, salidos del deleite, volvimos a cobrar conciencia de lo que nos
rodeaba, llovía de nuevo. «En tiempo de las aguas es cuando salen empreñadas
las mujeres», me dijo Tu mujer al oído. Puse una mano sobre su vientre
en gesto propiciatorio. Por primera vez tengo ansias de acariciar a un niño que
de mí haya brotado, de sopesarlo y saber cómo habrá de doblar las rodillas
sobre mi antebrazo y ensalivarse los dedos...
Me sorprendo en estas imaginaciones, el lápiz detenido
sobre un diálogo de trompa y corno inglés, cuando una grita me hace salir al
umbral de la casa.
Algo ha sucedido en el caserío de los indios, pues
todos vocean y gesticulan en torno a la choza del Capitán.
Rosario, arropada en su rebozo, echa a correr bajo el
aguacero. Lo que allá ocurre es atroz: una niña, de unos ocho años, ha
regresado del río, hace un momento, ensangrentada de las ingles a las rodillas.
Cuando de su llanto horrorizado lograron alguna
aclaración, se supo que Nicasio, el leproso, había tratado de violarla,
desgarrándole el sexo con las manos. Fray Pedro está restañando la hemorragia
con hilachas, mientras los hombres, armados de garrotes, emprende una batida
por los alrededores.
«Yo dije que ese lazarino estaba de más aquí»,
recuerda el Adelantado al fraile, como si en estas palabras se encerrara un
reproche de largo tiempo latente. El capuchino no responde, y, con vieja
experiencia de remedios selváticos, pone un tapón de telarañas en el
entrepiernas de la niña, mientras le frota el pubis con ungüento sublimado. El
asco y la indignación que me causa el atropello es indecible: es como si yo, el
hombre, todos los hombres, fuésemos igualmente culpables del repugnante
intento, por el mero hecho de que la posesión, aun consentida, pone al varón en
actitud agresiva. Y aún apretaba yo los puños con furor cuando Marcos me
deslizó un fusil debajo del brazo: era uno de esos fusiles maquiritares, de dos
larguísimos cañones, marcado al troquel de los armeros de Demerara, que aún
hacen perdurar, en estas lejanías, las técnicas de las primeras armas de fuego.
Poniendo el índice sobre sus labios, para no llamar, con palabras, la atención
de fray Pedro, el mozo me hizo seña de seguirlo. Envolvimos el fusil en paños,
y echamos a andar hacia el río. Las aguas turbulentas y fangosas, arrastraban
el cadáver de un venado, tan hinchado que su vientre blanco parecía una panza
de manatí. Llegamos al lugar de la violación, donde las yerbas estaban holladas
y sucias de sangre. Unos pasas se marcaban hondamente en el barro. Marcos,
encorvado, se dio a seguir las huellas. Anduvimos durante largo tiempo. Cuando
empezó a oscurecer, estábamos al pie del Cerro de los Petroglifos, sin haber
dado con el leproso. Ya nos concertábamos para regresar, cuando el mestizo me
señaló un trillo recién abierto en la maleza llovida. Avanzamos un poco más y,
de pronto, el rastreador se detuvo: Nicasio estaba allí, arrodillado en medio
de un claro, mirándonos con sus horribles ojos. «Apunta a la cara», me dijo
Marcos. Levanté el arma y puse la mira al nivel del agujero que se hundía en el
semblante del miserable.
Pero mi dedo no se decidía a hacer presión sobre el
gatillo. De la garganta de
Nicasio salía una palabra ininteligible, que era algo así como: «onjejión...
onjejión... onjejión». Bajé el arma: lo que pedía el
criminal era la confesión antes de morir. Me volví hacia Marcos. «Dispara
—apremió—. Más vale que el cura no se meta en esto. Volví a apuntar.
Pero había dos ojos ahí: dos ojos sin párpados, casi
sin vida, que seguían mirando. De
la presión de mi dedo dependía apagarlos. Apagar dos ojos. Dos ojos de hombre.
Aquello era inmundo; aquello era culpable del más indignante atropello, aquello
había destrozado una carne niña, contaminándola tal vez con su mal. Aquello
debía ser suprimido, anulado, dejado a las aves de rapiña. Pero una fuerza, en
mí, se resistía a hacerlo, como si, a partir del instante en que apretara el
gatillo, algo hubiera de cambiar para siempre. Hay actos que levantan
muros, cipos, deslindes, en una existencia. Y yo tenía miedo al tiempo que se
iniciaría para mí a partir del segundo en que yo me hiciera Ejecutor. Marcos,
con gesto colérico, me arrancó el fusil de las manos: «¡Arrasan una ciudad desde
el cielo, pero no se atreven a esto!
¿No habías estado en una guerra?...» El fusil
maquiritare tenía bala en el cañón izquierdo y carga de perdigones en el
derecho. Sonaron dos disparos tan seguidos que casi se confundieron, rebotando
luego el estampido de roca en roca, de valle en valle...
Aun volaban los ecos cuando me forcé a mirar: Nicasio
seguía arrodillado en el mismo lugar, pero su rostro se estaba desdibujando,
emborronando, perdiendo todo contorno humano. Era una mancha encarnada que se
desintegraba a pedazos y se escurría a lo largo del pecho, sin prisa, como una
materia cerosa que se estuviera derritiendo. Al fin terminó la colada de
sangre, y el torso se vino adelante sobre la yerba mojada. De súbito arreció la
lluvia y fue la noche. Era Marcos, ahora, quien llevaba el fusil.
Es como un largo trueno percutiente que entra en el
Valle por el norte y nos pasa encima. Me yergo en lo acunado de la hamaca con
tal precipitación que casi la volteo. Bajo el avión que gira y regresa, huyen,
aterrorizados, los hombres del Neolítico. El Adelantado ha salido al umbral de
la Casa de Gobierno, seguido de Marcos; ambos miran, pasmados, mientras fray
Pedro grita a las mujeres indias, que aullan de miedo en sus chozas, que esto
es «cosa de blancos» sin peligro para la gente. El avión está, acaso, a unos
ciento cincuenta metros del suelo, bajo un pesado techo de nubes prestas a
romperse en lluvia nuevamente; pero no son ciento cincuenta metros los que
separan la máquina volante del Capitán de Indios, que la mira, desafiante, con
la mano aferrada al arco: son ciento cincuenta mil años.
Por vez primera suena, en estas lejanías, un. motor de
explosión; por vez primera es el aire removido por una hélice, y esto que
repite su redondez, paralelamente, donde los pájaros tienen las patas, nos trae
nada menos que la invención de la rueda. El avión, sin embargo, tiene una
suerte de titubeo en el modo de volar. Advierto que el piloto nos observa como
buscando algo, o esperando una señal. Por ello, echo a correr hacia el centro
de la explanada, agitando el rebozo de Rosario. Mi regocijo es tan contagioso
que los indios acuden ahora, ya sin temor, saltando y alborotando, y tiene fray
Pedro que apartarlos con su cayado para despejar el campo. El avión se aleja
hacia el río, desciende un poco más, y es, de súbito, la vuelta cerrada, que lo
trae a nosotros, como vacilando de ala a ala, cada vez más bajo. Es luego el
contacto con el suelo; un rodar peligroso hacia la cortina de árboles, y un
viraje oportuno que frena lo que restaba de impulso. Dos hombres salen del
aparato: dos hombres que me llaman por mi nombre.
Y se acrece mi estupor al saber que, desde hace más de
una semana, varios aviones me están buscando.
Alguien —no saben decirme quién— ha dicho allá que
estoy extraviado en la selva, tal vez prisionero de indios sanguinarios. Se ha
creado una novela en torno a mi persona, que incluye la insidiosa hipótesis de
que yo haya sido torturado. Se repite conmigo el caso de Fawcett, y mis
relatos, publicados en la prensa, están reactualizando la historia de
Livingstone.
Un gran periódico tiene ofrecido un premio cuantioso a
quien me rescate. Los pilotos fueron orientados, en su vuelo, por informes del
Curador, quien señaló el área de dispersión de los indios cuyos instrumentos
musicales vine a buscar. Ya iban a abandonar la partida cuando, esta mañana,
tuvieron que apartarse de los rumbos hasta ahora seguidos por esquivar una
turbonada. Al pasar por sobre las Grandes Mesetas se asombraron al divisar una
aglomeración de viviendas donde sólo se esperaba a otear suelos sin huella de
hombre, y pensaron, al verme agitar el rebozo, que era yo el extraviado que
buscaban.
Me admiro al saber que esta ciudad de Henoch, aún sin
fraguas, donde acaso oficio yo de Jubal, está a tres horas de vuelo de la
capital, en línea recta. Es decir, que los cincuenta y ocho siglos que median
entre el cuarto capítulo del Génesis y la cifra del año que transcurre para los
de allá, pueden cruzarse en ciento ochenta minutos, regresándose a la
época que algunos identifican con el presente —como si lo de acá no fuese
también el presente— por sobre ciudades que son hoy, en este día, del
Medievo, de la Conquista, de la Colonia o del Romanticismo.
Ahora sacan del avión un bulto envuelto en telas
impermeables, que me hubiera sido arrojado con un paracaídas en caso de
habérseme hallado donde fuera imposible el aterrizaje, y entregan medicamentos,
conservas, cuchillos, vendas, a Marcos y al capuchino.
El piloto aparta una gran cantimplora de aluminio,
desenrosca la tapa y me hace beber. Desde la noche de la tempestad en los
raudales yo no había probado un sorbo de licor. Ahora, en la universal humedad
que nos envuelve, este alcohol me produce, de súbito, una embriaguez lúcida,
que llena mis entrañas de apetencias olvidadas. No sólo quisiera beber más, y
miro por ello con celosa impaciencia al Adelantado y a su hijo que también
tragan de mi aguardiente, sino que mil ansias de sabores se disputan mi paladar.
Son llamadas apremiantes del té y del vino, del apio y del marisco, del vinagre
y del hielo. Y es también ese cigarrillo que renace en mi boca, cuyo olor es el
de los cigarrillos de tabaco rubio que fumaba en la adolescencia, a hurtadillas
de mi padre, en el camino del Conservatorio. Hay, dentro de mí mismo, como un
agitarse de otro que también soy yo, y no acaba de ajustarse a su propia
estampa; él y yo nos superponemos incómodamente, como esas planchas movidas de
un tiro de litografía, donde el hombre amarillo y el hombre rojo no aciertan a
coincidir —como cosas que ojos sanos contemplaran con lentes de miope—. Este
líquido ardiente que pasa por mi garganta me desconcierta y ablanda. Me siento
a la vez deshabitado y mal habitado.
En este segundo precioso me acobardo bajo las
montañas, bajo las nubes que vuelven a espesarse; bajo los árboles que las
lluvias hicieron más frondosos. Hay como telones que se cierran en torno mío.
Ciertos elementos del paisaje se me hacen ajenos; los planos se trastruecan,
deja de hablarme aquel sendero y el ruido de las cascadas crece hasta hacerse
atronador. En medio de ese infinito correr del agua, oigo la voz del piloto
como alto distinto del lenguaje que emplea: es algo que había de suceder, un acontecimiento
expresado en palabras, una convocatoria inaplazable, que tenía que alcanzarme
por fuerza, dondequiera que me encontrara. Me dice que recoja mis cosas para
marcharme con ellos sin demora, pues la lluvia amenaza otra vez, y sólo se
aguarda a que la bruma suelte el tope de una meseta para arrancar el motor.
Hago un gesto de denegación.
Pero en ese mismo instante suena dentro de mí, con
sonoridad poderosa y festiva, el primer acorde de la orquesta del Treno. Recomienza
el drama de la falta de papel para escribir. Y luego viene la idea del libro,
la necesidad de algunos libros. Pronto se me hará imperioso el deseo de
trabajar sobre el Prometheus Unbound —Ah, mi! Alas, pain, pain, ever,
for everl De espaldas a mí habla nuevamente el piloto. Y lo que dice, que
siempre es lo mismo, despierta en mí el recuerdo de otros versos del poema: I
heard a sound of voices; not the voice which I grave jorth. El idioma de
los hombres del aire, que fue mi idioma durante tantos años, desplaza en mi
mente, esta mañana, el idioma matriz —el de mi madre, el de Rosario—. Apenas si
puedo pensar en español, como había vuelto a hacerlo, ante la sonoridad de
vocablos que ponen la confusión en mi ánimo. No me quiero marchar, sin embargo. Pero admito que carezco de cosas que se resumen en dos
palabras: papel, tinta. He llegado a prescindir de todo lo que me fuera
más habitual en otros tiempos: he arrojado objetos, sabores, telas, aficiones,
como un lastre innecesario, llegando a la suprema simplificación de la hamaca,
del cuerpo limpiado con ceniza y del placer hallado en roer mazorcas asadas a
la brasa. Pero no puedo carecer de papel y de tinta: de cosas expresadas o por
expresar con los medios del papel y de la tinta. A tres horas de aquí hay papel
y hay tinta, y hay libros hechos de papel y de tinta, y cuadernos, y resmas de
papel, y pomos, botellas, bombonas de tinta. A tres horas de aquí... Miro a Rosario. Hay en su semblante una expresión fría y ausente, que
no expresa disgusto, angustia ni dolor.
Es indudable que advierte mi zozobra, pues sus ojos,
que evitan los míos, tienen la mirada dura, altiva, de quien quiere demostrar a
todos que nada de lo que pueda ocurrir importa. En eso, Marcos llega con mi
vieja maleta verdecida por los hongos. Hago un nuevo gesto de denegación, pero
mi mano se abre para recibir los Cuadernos de... Perteneciente a...
que en ellas colocan. La voz del piloto, que mucho
debe apetecer la recompensa ofrecida, suena enérgicamente para apremiarme.
Ahora, el mestizo sube al avión llevando los instrumentos musicales que
deberían estar en posesión del Curador. Le digo que no, y luego que sí,
pensando que el bastón de ritmo, las sonajeras y la jarra funeraria, al partir
envueltos en sus esteras de fibra, me librarán de las presencias que todavía
turbaban mi sueño en las noches de la cabaña. Bebo lo que quedaba en la
cantimplora de aluminio. Y, de repente, es la decisión: iré a comprar las pocas
cosas que me son necesarias para llevar, aquí, una vida tan plena como la
conocen los demás. Todos ellos, con sus manos, con su vocación, cumplen un
destino. Caza el cazador,
adoctrina el fraile, gobierna el Adelantado. Ahora soy yo quien debe tener
también un oficio —el legítimo — fuera de los oficios que aquí requieren el
esfuerzo común. Dentro de algunos
días regresaré para siempre, luego de haber enviado los instrumentos al Curador
y de haberme comunicado con Ruth, para explicarle la situación lealmente y
pedirle un pronto divorcio. Comprendo ahora que mi adaptación a esta vida fuera
acaso demasiado brusca; mi pasado exigía el cumplimiento de un último deber,
con la rotura del vínculo legal que me ataba todavía al mundo de allá. Ruth
no había sido una mala mujer, sino la víctima de su vocación malograda.
Aceptaría todas las culpas cuando comprendiera la inutilidad de obstaculizar el
divorcio o reclamar cosas imposibles a un hombre que conocía los caminos de la
evasión. Y, dentro de tres o cuatro semanas, yo estaría de vuelta en Santa
Mónica de los Venados, con todo lo necesario para trabajar durante varios años.
En cuanto a la obra producida, la llevaría el
Adelantado a Puerto Anunciación, cuando le tocara bajar al poblado, quedando al
cuidado del correo fluvial: los directores y músicos amigos a quienes sería
destinada se entenderían con ella, ejucutándola o no. Me sentía curado de toda
vanidad a ese respecto, aunque me creyera capaz, ahora, de expresar ideas, de
inventar formas, que curaran la música de mi tiempo de muchas torceduras.
Aunque sin envanecerme de lo ahora sabido —sin buscar la huera vanidad del aplauso—,
no debía callarme lo que sabía.
Un joven, en alguna parte, esperaba tal vez mi
mensaje, para hallar en sí mismo, al encuentro de mi voz, el mundo liberador. Lo hecho no acababa de estar hecho mientras otro no lo
mirara. Pero bastaba que
uno solo mirara para que la cosa fuera, y se hiciera creación verdadera por la
mera palabra de un Adán nombrando.
El piloto me pone la mano en el hombro con gesto
imperativo. Rosario parece
ajena a todo. Le explico
entonces, en pocas palabras, lo que acabo de decidir. Ella no responde,
encogiéndose de hombros con una expresión que ha pasado a ser despectiva.
Le entrego, entonces, como prueba, los apuntes del Treno.
Le digo que, para mí, esos cuadernos son la cosa más valiosa después de
ella. «Te los puedes llevar», me dice con acento rencoroso, sin mirarme.
La beso, pero se me zafa con gesto rápido, huyendo de
los brazos que la abrazaban, y se aleja, sin volver la cabeza, con algo de
animal que no quiere ser acariciado. La llamo, le hablo, pero en ese instante
arranca el motor del avión. Los indios prorrumpen en una grita jubilosa. Desde
la cabina de mando, el piloto me hace una última seña. Y una puerta metálica se
cierra detrás de mí. Los motores arman un estrépito que no me deja pensar. Y
luego es el ir hasta el extremo de la explanada; es la media vuelta seguida de
una inmovilidad trepidante, que parece encajar las ruedas en el suelo fangoso.
Y ya las copas de los árboles quedan abajo; pasamos rasando la Meseta de los
Petroglifos, y giramos sobre Santa Mónica de los Venados, cuya Plaza Mayor ha
sido invadida nuevamente por los vecinos. Veo a fray Pedro que hace molinetes
con su cayado. Veo el Adelantado, de brazos en jarras, que mira hacia arriba,
junto a Marcos, que sacude su sombrero de cogollo.
Sola en el sendero que conduce a nuestra casa, Rosario
camina sin alzar la vista del suelo, y me estremezco al advertir que su
cabellera negra, que cuelga a ambos lados de la cabeza —dividida por una raya
cuyo olor un poco animal me vuelve deleitosamente al olfato—, tiene algo de
velo de viuda. Lejos, en el lugar donde cayó Nicasio, hay un gran revuelo de
buitres. Una nube se espesa debajo de nosotros, y por buscar bonanza ascendemos
hacia una niebla opalescente que nos aisla de todo. Avisado de que volaremos
durante largo tiempo sin visibilidad, me acuesto en el piso del avión y me
duermo, algo aturdido por el licor y la mucha altitud que vamos alcanzando.
Y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que
llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo.
QUEVEDO. Los sueños
(18 de julio)
Acabamos de atravesar un manso espesor de nubes sobre
el cual pintábamos todavía —a través de arcos truncos, de obeliscos carcomidos,
de colosos con cara de humo— las claridades del día, para hallar, abajo, el
crepúsculo de la ciudad cuyas luces empiezan a encenderse. Algunos se divierten
en ubicar un estadio, un parque, una avenida principal, entre tantas geometrías
luminosas, paseando los índices sobre los cristales de las ventanillas.
Mientras otros se alegran de llegar, yo me acerco con angustiosa opresión a ese
mundo que dejé hace mes y medio, según cálculo hecho sobre los calendarios en
uso, cuando en realidad he vivido la pasmosa dilatación de seis inmensas
semanas que escaparon a las cronologías de este clima. Mi esposa ha dejado el
teatro para interpretar un nuevo papel: el papel de esposa. Esa es la tremenda
novedad que me tiene volando sobre los humos de suburbios que jamás creía ver
más, en vez de estar preparando ya la vuelta a Santa Mónica de los Venados,,
donde Tu mujer me aguarda con los apuntes del Treno, que ya
tendrán resmas y resmas de papel donde desarrollarse.
Para más contrasentido, la gente que me rodea, y para
quien fui la gran atracción del viaje, parece envidiarme: todos me mostraron
recortes de publicaciones en que Ruth aparece, en nuestra casa, rodeada de
periodistas, o bien irguiendo una silueta plañidera ante las vitrinas del Museo
Organográfico, o mirando un mapa con expresión dramática en el apartamento del
Curador. Una noche, estando en escena —me cuentan—, tuvo una corazonada. Rompió
a sollozar a media réplica, y, saliendo del drama a poco de iniciar el diálogo
con Booth, fue directamente a la redacción de un gran diario, revelando que no
se tenían noticias mías, que yo había de estar de regreso desde los comienzos
del mes, y que mi maestro —quien fuere a verla aquella tarde— estaba realmente
inquieto al no saber de mí. Pronto se evocaron las figuras de exploradores, de
viajeros, de sabios, cautivos de tribus sanguinarias —con Fawcett en primer
lugar, desde luego—, y Ruth, en el colmo de la emoción, pidió que el periódico
exigiera mi rescate, dando un premio a quien me hallara en la gran mancha
verde, inexplorada, que el Curador había señalado como la zona geográfica de mi
destino.
A la mañana siguiente, Ruth era patética figura de
actualidad, y mi desaparición, ignorada la víspera, se hacía noticia de un
interés nacional. Todas mis fotografías pasaron a ser publicadas, incluso la de
mi primera comunión —esa primera comunión aceptada por mi padre a
regañadientes— frente a la iglesia de Jesús del Monte, y las de uniforme, en
las ruinas de Monte Cassino, y la otra, frente a la Villa Wahnfried, con los
soldados negros. El Curador explicó á la prensa, con grandes elogios, mi teoría
—¡tan absurda me parece hoy!— del mimetismo-mágico-rítmico, en tanto que
mi esposa ha trazado un hermoso y plácido cuadro de nuestra vida conyugal.
Pero hay algo más, que me irrita sobremanera: el
periódico, que tan generosamente acaba de premiar a los aviadores por mi
rescate, muy dado a congraciarse con el hogar y la familia, se empeña en
presentarme a sus lectores como un personaje ejemplar.
Una temática persistente se hace demasiado audible
tras la prosa de los artículos que se refieren a mí: soy un mártir de la
investigación científica, que torna al regazo de la esposa admirable; también
en el mundo del teatro y del arte puede hallarse la virtud conyugal; el talento
no se excusa para infringir las normas de la sociedad; vean la Pequeña
Crónica de Ana Magdalena, evoquen el apacible hogar de Mendelssohn, etc.
Cuando me voy enterando de todo lo hecho por sacarme de la selva, me siento a
la vez avergonzado e irritado. Yo
he costado al país una verdadera fortuna: más de lo necesario para asegurar una
existencia holgada a varias familias por una vida entera. En mi caso, como en
el de Fawcett, me sobrecoge el absurdo de una sociedad capaz de soportar
fríamente el espectáculo de ciertos suburbios —como ésos, sobre los cuales
estamos volando, con sus niños hacinados bajo planchas de palastro—, pero que
se enternece y sufre pensando que un explorador, etnógrafo o cazador, pueda
haberse extraviado o ser cautivo de bárbaros, en el desempeño de un oficio
libremente elegido, que incluye tales riesgos en sus reglas, como es albur del
toreo recibir cornadas. Millones
de seres humanos han sido capaces de olvidar, por un tiempo, las guerras que se
ciernen sobre el orbe, para estar pendientes de noticias mías. Y los que ahora
se disponen a aplaudirme, ignoran que van a aplaudir a un embustero.
Porque todo, en este vuelo que ahora se arrumba hacia
la pista es embuste. Estaba yo en el bar del hotel donde habíamos velado al
Kappelmeister, cuando, venida del otro extremo del hemisferio, me llegó la voz
de Ruth por el hilo del teléfono. Lloraba y reía, y estaba rodeada, allá, de
tanta gente, que apenas entendí lo que quería decirme. De pronto, fueron
expresiones de amor, y la noticia de que había abandonado el teatro para estar
siempre junto a mí, y que iba a tomar el primer avión para reunirse conmigo.
Aterrado por ese propósito, que la traería a mi terreno, en la antesala misma
de mi evasión, allí donde el divorcio se hacía sumamente largo y difícil en
virtud de leyes muy hispánicas, que incluían rogativas al Tribunal de la Rota,
le grité que permaneciera en nuestra casa y que quien tomaría el avión aquella
misma noche sería yo. En la despedida confusa, entrecortada de sonidos
parasitarios, creí oír algo acerca de que quería ser madre.
Pero luego, repasando mentalmente cuanto inteligible
hubiera emergido de la conversación, quedé con el pulso en suspenso,
preguntándome si había dicho que quería ser madre o que iba a ser madre. Esto
ultimo, para desventura mía, estaba dentro de las posibilidades, puesto que me
había acoplado con ella, por última vez, en rutinario rito dominical, hacía
menos de seis meses. Ese fue el momento en que acepté la suma considerable
ofrecida por el periódico de mi rescate para reservarle la exclusividad de
innumerables mentiras —ya que son cincuenta cuartillas de mentiras las que voy
a vender ahora—. No puedo, en efecto, revelar lo que de maravilloso ha tenido
mi viaje, puesto que ello equivaldría a poner los peores visitantes sobre el
rumbo de Santa Mónica y del Valle de las Mesetas. Por suerte, los pilotos que
me hallaron sólo se refirieron a una misión en sus reportes, por el
hábito verbal de llamar «misión » todo lugar apartado donde un fraile ha
plantado una cruz. Y como las misiones
no inspiran mayor curiosidad al público, puedo callarme muchas cosas.
Lo que venderé, pues, es una patraña que he idr
repasando durante el viaje: prisionero de una tribmás desconfiada que cruel;
logré fugarme, atravesando, solo, centenares de kilómetros de selva; al fin,
extraviado y hambriento, llegué a la «misión» donde me encontraron. Tengo en mi
maleta una novela famosa, de un escritor suramericano, en que se precisan los
nombres de animales, de árboles, refiriéndose leyendas indígenas, sucedidos
antiguos, y todo lo necesario para dar un giro de veracidad a mi relato.
Cobraré mi prosa, y con una suma de dinero que puede
asegurar a Ruth unos treinta años de vida apacible, plantearé el divorcio con
menos remordimientos.
Porque es indudable que mi caso ha venido a agravarse,
en lo moral, con esta duda acerca de su gravidez —gravidez que explicaría su
brusca deserción del teatro y la necesidad de acercarse a mí—.
Siento que habré de combatir la más terrible de todas
las tiranías: la que suelen ejercer los que aman sobre la persona que no quiere
ser amada, asistidos por la tremenda fuerza de una ternura y una humildad que
desarman la violencia y acallan las palabras de repudio. No hay peor
adversario, en una lucha como la que voy a librar, que quien acepta todas las
culpas y pide perdón antes de que le señalen la puerta.
Apenas dejo la escalerilla del avión, la boca de Ruth
acude a mi encuentro y su cuerpo me busca en la inesperada intimidad creada por
los abrigos abiertos que se hacen uno a ambos lados de nuestros flancos;
reconozco el contacto de sus senos y de su vientre bajo el ligero tejido que
los viste, y es luego un prorrumpir en sollozos sobre mi hombro.
Estoy cegado por mil relámpagos que son como espejos
rotos en el atardecer del aeródromo. Pero llega ya el Curador, que se me abraza
emocionado; viene luego la delegación de la Universidad, encabezada por el
Rector y los Decanos de las Facultades; varios altos funcionarios del gobierno
y de la municipalidad, el director del periódico —¿no estaba también ahí
Extieich, con el pintor de las cerámicas y la bailarina?
—, y, finalmente, el personal de mi estudio de
sincronización, con el presidente de la empresa y el comisionado de relaciones
públicas —completamente borracho ya—. De la confusión y el aturdimiento que me
envuelven veo surgir, como venidos de muy lejos, muchos rostros que ya había
olvidado: rostros de tantos y tantos que conviven estrechamente con nosotros
durante años, por la práctica común de un oficio o la concurrencia obligada a
un área de trabajo, y que, sin embargo, a poco de dejar de verse, desaparecen
con sus nombres y el sonido de las palabras que decían. Escoltado por esos
espectros me encamino hacia la recepción del Ayuntamiento. Y observo a Ruth,
ahora, bajo las arañas de la galería de los retratos, y me parece que
interpreta el mejor papel de su vida: enredando y desenredando un inacabable
arabesco, se hace poco a poco el centro del acto, su eje de gravitación, y
quitando toda iniciativa a las demás mujeres, usurpa las funciones de ama de
casa con una gracia y una movilidad de bailarina.
Está en todas partes; se desliza detrás de las
columnas, desaparece para resurgir en otro lugar, ubicua, inasible; entona el
gesto cuando un fotógrafo la acecha; alivia una jaqueca importante, hallando la
oblea oportuna en su cartera; regresa a mí con una golosina o una copa en la
mano, me contempla con emoción por espacio de un segundo, me roza con su cuerpo
con gesto íntimo, que cada cual cree ser el único en haber sorprendido; va,
viene, coloca unr palabra ingeniosa donde alguien citó a Shakespeare, da una
breve declaración a la prensa, afirma que me acompañará la próxima vez que yo
vaya a la selva; se yergue, esbelta, ante el camarógrafo, de las actualidades,
y es su actuación tan matizada, diversa, insinuante, dándose sin dejar de
guardar las distancias, haciéndose admirar de cerca aunque siempre atenta a mí,
usando de mil artimañas inteligentes para ofrecerse a todos como la estampa de
la dicha conyugal, que dan ganas de aplaudir. Ruth, en esta recepción, tiene la
estremecida alegría de la espos: que va a vivir —esta vez sin el dolor de la
desflo ración— una segunda noche de bodas; es Genoveva de Brabante, vuelta al
castillo; es Penélope oyendo a Ulises hablarle del lecho conyugal; es
Griseldis, engrandecida por la fe y la espera. Al fin, cuando presiente que sus
recursos van a agotarse, que una reiteración puede quitar relumbre al juego de
la Protagonista, habla tan persuasivamente de mi fatiga, de mi deseo de reposo
y de intimidad, después de tantas y tan crueles tribulaciones, que nos dejan
marchar, entre los guiños entendidos de los hombres que ven descender a mi
esposa la escalinata de honor, colgada de mi brazo, con el cuerpo modelado por
el vestido. Tengo la impresión, al salir del Ayuntamiento, que sólo falta bajar
el telón y apagar las candilejas. Me
siento ajeno a todo esto. He quedado muy lejos de aquí. Cuando hace un momento
me dijo el presidente de mi empresa: «Tómese unos días más de reposo», lo miré
extrañamente, casi indignado de que se atreviera a arrogarse todavía alguna
potestad sobre mi tiempo. Y
ahora vuelvo a encontrar la que fue mi casa, como si entrara en casa de otro.
Ninguno de los objetos que aquí veo tiene para mí el significado de antes, ni
tengo deseos de recuperar esto o aquello. Entre los libros alineados en los
entrepaños de la biblioteca hay centenares que para mí han muerto. Toda una
literatura que yo tenía por lo más inteligente y sutil que hubiera producido la
época, se me viene abajo con sus arsenales de falsas maravillas. El olor
peculiar de este apartamento me devuelve a una vida que no quiero vivir por
segunda vez... Al entrar, Ruth se había inclinado para recoger un recorte de
periódico que alguien —un vecino, sin duda— hubiera deslizado por debajo de la
puerta. Parece ahora que su lectura le causa una creciente sorpresa. Me alegro
ya de esta distracción de su mente que retarda los temidos gestos de cariño,
dándome el tiempo de pensar lo que voy a decirle, cuando hace un ademán
violento y se me acerca con los ojos encendidos por la ira. Me entrega un trozo
de papel de periódico, y me estremezco al ver una fotografía de Mouche, en
coloquio con un periodista conocido por su explotación del escándalo. El título
del artículo —tomado de un tabloide despreciable— habla de revelaciones acerca
de mi viaje. Su autor relata una conversación tenida con la que fuera mi
amante. Esta le declaró del modo más sorpresivo que fue colaboradora mía en la
selva: según sus palabras, mientras yo estudiaba los instrumentos primitivos
desde el punto de vista organográfico, ella los consideraba bajo el enfoque
astrológico —pues, como es sabido, muchos pueblos de la antigüedad relacionaron
sus escalas con una jerarquía planetaria. Con una intrepidez aterradora,
cometiendo errores risibles para cualquier especialista, Mouche habla de la
«danza de la lluvia» de los indios Zunis, con su suerte de sinfonía elemental
en siete movimientos; cita los ragas indostánicos, nombra a Pitágoras, con
ejemplos debidos, evidentemente, a la amistad de Extieich. Y es hábil, a pesar
de todo, ya que con ese despliegue de falsa erudición trata de justificar, ante
los ojos del público, su presencia junto a mí en el viaje, haciendo olvidar la
verdadera índole de nuestras relaciones.
Se presenta como una estudiosa de la astrología, que
se aprovecha de la misión confiada a un amigo para acercarse a las nociones
cosmogónicas de los indios más primitivos. Completa su novela afirmando que
abandonó voluntariamente la empresa, allí donde la derribara el paludismo,
regresando en la canoa del doctor Montsalvatje. No dice más, sabiendo que esto
basta para que los interesados entiendan lo que deben entender: en realidad se
está vengando de mi fuga con Rosario y del hermoso papel que mi esposa se ha
visto atribuir por la opinión, en la vasta impostura. Y lo que no dice, lo hace
vislumbrar el periodista con malvada ironía: Ruth ha empeñado la nación entera
en el rescate de un hombre que, en realidad, fue a la selva con una querida. El
aspecto equívoco de la historia quedaba evidenciado por el silencio de quien,
ahora, salía de la sombra con la más pérfida oportunidad. De súbito, el sublime
teatro conyugal de mi esposa se hundía en el ridículo. Y ella me miraba, en
este instante, con un furor situado más allá de las palabras; su cara parecía
hecha de la materia yesosa de las máscaras trágicas, y la boca, inmovilizada en
una mueca sardónica, dejaba ver sus dientes —era defecto que ocultaba mucho— en
arco demasiado cerrado.
Sus manos crispadas se habían hundido en su cabellera,
como buscando algo que apretar y romper.
Comprendí que debía adelantarme al estallido de una
cólera que ya no podría contenerse, y precipité la crisis largando de golpe
todo lo que no había pensado decir sino varios días después, cuando me
asistiera la abyecta pero innegable fuerza del dinero.
Culpé su teatro, su vocación antepuesta a todo, la
separación de los cuerpos, el absurdo de una vida conyugal reducida a la
fornicación del séptimo día.
Y llevado por una vindicativa necesidad de añadir a lo
revelado la precisa hincada del detalle, le dije cómo su carne, un buen día, se
me había hecho distante; cómo su persona se había transformado, para mí en la
mera imagen del deber que se cumple por pereza ante los trastornos que durante
un tiempo acarrea una ruptura aparentemente injustificada.
Le hablé luego de Mouche, de nuestros primeros
encuentros, en su estudio adornado con figuraciones astrales, donde, al menos,
había encontrado algo del juvenil desorden, del impudor alegre, un tanto
animal, que era inseparable, para mí, del amor físico.
Ruth, desplomada sobre la alfombra, jadeante, con
todas las venas de la cara dibujadas en verde, sólo acertaba a decirme, en una
suerte de estertor gimiente, como queriendo llegar cuanto antes al fin de una
operación intolerable: «Sigue... Sigue... Sigue.»
Pero yo había pasado a narrarle mi desprendimiento de
Mouche, mi asco presente por sus vicios y mentiras, mi desprecio por cuanto
significaban las falacias de su vida, su oficio de engaño y el perenne
aturdimiento de sus amigos engañados por las ideas engañosas de otros engañados
—desde que lo contemplaba todo con ojos nuevos, como si regresara, con la vista
devuelta, de un largo tránsito por moradas de verdad—. Ruth se puso de rodillas
para escucharme mejor. Y al punto vi nacer en su mirada el peligro de una
compasión demasiado fácil, de una generosa indulgencia que en modo alguno
quería aceptar. Su rostro se iba endulzando de humana comprensión ante la
debilidad castigada, y pronto habría una mano para el caído y vendría el perdón
sollozante y magnánimo. Por una puerta abierta veía su cama demasiado bien
arreglada, con las sábanas mejores, las flores en el velador, mis pantuflas
colocadas al lado de las suyas, como anticipación de un abrazo previsto, al que
no faltaría la reconfortante conclusión de una cena delicada que debía estar
dispuesta en alguna parte del departamento, con sus vinos blancos puestos a
enfriar. El perdón estaba tan cerca que creí llegado el momento de asestar el
golpe decisivo, y saqué a Rosario de su secreto, presentando este imprevisto
personaje al estupor de Ruth como algo remoto, singular, incomprensible para
los de acá, pues su explicación requería la posesión de ciertas llaves. Le
pintaba un ser sin asidero para nuestras leyes, que sería inútil tratar de
alcanzar por los caminos comunes; un arcano hecho persona, cuyos prestigios me
habían marcado, luego de pruebas que debían callarse, como se callaban los
secretos de una orden de caballería. En medio del drama que tenía este conocido
aposento por marco, me iba divirtiendo malignamente en aumentar el desconcierto
de mi esposa, con el aspecto de Kundry que mis palabras prestaban a Rosario,
plantando en torno de ella una decoración de Paraíso Terrenal, donde la boa
rastreada por Gavilán hubiera hecho las veces de serpiente. Esa distensión de
mí mismo dentro de la invención verbal daba ,a mi voz un sonido tan firme y
asentado que Ruth, viéndose amenazada por un real peligro, se colocó frente a
mí para escuchar con más atención. De repente dejé caer la palabra divorcio,
y como ella no parecía comprender, la repetí varias veces, sin enojo, con
el tono resuelto y nada alterado de quien expone una decisión inquebrantable.
Entonces una gran trágica se alzó ante mí. No podría recordar lo que me dijo
durante la media hora en que la habitación fue su escenario. Lo que más me
impresionó fueron los gestos: los gestos de sus brazos delgados, que iban del
cuerpo inmóvil al semblante de yeso, apoyando las palabras con patética
justeza. Sospecho ahora que todas las inhibiciones dramáticas de Ruth, su atadura
de años a un mismo papel, sus deseos, siempre aplazados, de lacerarse en
escena, viviendo el dolor y la furia de Medea, hallaron de pronto, un alivio en
aquel monólogo que ascendía al paroxismo...
Pero de pronto, sus brazos cayeron, bajó la voz al
registro grave, y mi esposa fue la Ley. Su idioma se hizo idioma de tribunales,
de abogados, de fiscales. Helada y dura, inmovilizada en una actitud acusadora,
atiesada por la negrura del vestido que había dejado de modelarla, me advirtió
que tenía los medios de tenerme atado por largo tiempo, que llevaría el
divorcio por los caminos más enredados y sinuosos, que me confundiría con los
lazos legales más pérfidos, con las tramitaciones más embrolladas, para impedir
el regreso a donde vivía la que designaba ahora con el término ridiculizante de
Tu Átala.
Parecía una estatua majestuosa, apenas femenina,
plantada sobre la alfombra verde como un Poder inexorable, como una encarnación
de la Justicia. Le pregunté por fin si era cierto lo de su embarazo. En ese
momento, Temis se hizo madre: se abrazó a su propio vientre con gesto desolado,
doblándose sobre la vida que le estaba naciendo en las entrañas, como para
defenderla de mi avilantez, y rompió a llorar de modo humilde, casi infantil,
sin mirarme, tan adolorida que sus sollozos, venidos de lo hondo, apenas si se
marcaban en leves gemidos. Luego, como calmada, fijó los ojos en la pared, con
semblante de contemplar algo remoto; se levantó con gran esfuerzo y fue a su
habitación, cerrando la puerta detrás de sí. Cansado por la crisis, necesitado
de aire, bajé las escaleras. Al cabo de los peldaños, fue la calle.
(Más tarde)
Como he adquirido la costumbre de andar al ritmo de mi
respiración, me asombro al descubrir que los hombres que me rodean, van,
vienen, se cruzan, sobre la ancha acera llevando un ritmo ajeno a sus
voluntades orgánicas. Si andan a tal paso y no a otro, es porque su andar
corresponde a la idea fija de llegar a la esquina a tiempo para ver encenderse
la luz verde que les permite cruzar la avenida. A veces, la multitud que surge
a borbollones de las bocas del tranvía subterráneo, cada tantos minutos, con la
constancia de una pulsación, parece romper el ritmo general de la calle con una
prisa aún mayor que la reinante; pero pronto se restablece el tiempo normal de
agitación entre semáforo y semáforo. Como no logro ajustarme ya a las leyes de
ese movimiento colectivo, opto por progresar muy lentamente, pegado a las
vitrinas, ya que a lo largo de los comercios, existe algo así como una zona de
indulgencia para los ancianos, los inválidos y los que no tienen prisa.
Descubro entonces, en los angostos espacios resguardados que suelen hallarse
entre dos escaparates, o dos casas mal soldadas, unos seres que descansan, como
aturdidos, con algo de momias paradas. En una suerte de hornacina hay una mujer
en avanzado estado de gravidez, con semblante de cera; en una garita de
ladrillo rojo, un negro envuelto en un gabán raído prueba una ocarina recién
comprada; en un socavón, un perro tiembla de frío entre los zapatos de un
borracho que se ha dormido de pie. Llego a una iglesia, a cuyas penumbras
ahumadas de incienso me invitan las notas de un gradual de órgano. Con
profundos ecos resuenan los latines litúrgicos bajo las bóvedas del
deambulatorio.
Miro las caras vueltas hacia el oficiante, en las que
se refleja el amarillor de los cirios: nadie de los que aquí ha congregado el
fervor en este oficio nocturno entiende nada de lo que dice el sacerdote. La
belleza de la prosa les es ajena. Ahora que el latín ha sido arrojado de las
escuelas por inútil, esto que aquí veo es la representación, el teatro, de un
creciente malentendido. Entre el altar y sus fieles se ensancha, de año en año,
un foso repleto de palabras muertas. Ya se alza el canto gregoriano: Justus
ut palma florebit: —Sicut cedrus Libani multiplicatur: —plantatus
in domo Domini, —in atris domus Dei nostri. A la ininteligibilidad
del texto se añade ahora, para los presentes, la de una música que ha dejado de
ser música para la mayoría de los hombres: canto que se oye y no se escucha,
como se oye, sin escucharse, el muerto idioma que lo acompaña. Y al percatarme
ahora de los extraños, de los forasteros que son los hombres y mujeres aquí
congregados, ante algo que se les dice y se les canta en una lengua que
ignoran, advierto que la suerte de inconsciencia con que asisten al misterio es
propia de casi todo lo que hacen. Cuando aquí se casan, intercambian anillos,
pagan arras, reciben puñados de arroz en la cabeza, ignorantes de la simbólica
milenaria de sus propios gestos. Buscan el haba en la torta de Epifanía, llevan
almendras al bautismo, cubren un abeto de luces y guirnaldas, sin saber qué es
el haba, ni la almendra, ni el árbol que enjoyaron. Los hombres de acá ponen su
orgullo en conservar tradiciones de origen olvidado, reducidas, las más de las
veces, al automatismo de un reflejo colectivo —a recoger objetos de un uso
desconocido, cubiertos de inscripciones que dejaron de hablar hace cuarenta
siglos. En el mundo a donde regresaré ahora, en cambio, no se hace un gesto
cuyo significado se desconozca: la cena sobre la tumba, la purificación de la
vivienda, la danza del enmascarado, el baño de yerbas, el gaje de alianza, el
baile de reto, el espejo velado, la percusión propiciatoria, la luciferada del
Corpus, son prácticas cuyo alcance es medido en todas sus implicaciones.
Alzo la vista hacia el friso de aquella biblioteca
pública que se asienta en medio de la plaza como un templo antiguo: entre sus
triglifos se inscribe el bucráneo que habrá dibujado algún arquitecto aplicado
sin recordar, probablemente, que aquel ornamento traído de la noche de las
edades no es sino una figuración del trofeo de caza, pringoso aún de sangre
coagulada, que colgaba el jefe de familia sobre la entrada de su vivienda. A mi
regreso encuentro la ciudad cubierta de ruinas más ruinas que las ruinas tenidas
por tales. En todas partes veo columnas enfermas y edificios agonizantes, con
los últimos entablamentos clásicos ejecutados en este siglo, y los últimos
acantos del Renacimiento que acaban de secarse en órdenes que la arquitectura
nueva ha abandonado, sin sustituirlos por órdenes nuevos ni por un gran estilo.
Una hermosa ocurrencia del Palladlo, un genial encrespamiento del Borromini,
han perdido todo significado en fachadas hechas a retazos de culturas
anteriores, que el cemento circundante acabará de ahogar muy pronto. De los
caminos de ese cemento salen, extenuados, hombres y mujeres que vendieron un
día más de su tiempo a las empresas nutricias. Vivieron un día más sin vivirlo,
y repondrán fuerzas, ahora, para vivir mañana un día que tampoco será vivido, a
menos de que se fuguen —como lo hacía yo antes, a esta hora— hacia el estrépito
de las danzas y el aturdimiento del licor, para hallarse más desamparados aún,
más tristes, más fatigados, en el próximo sol. He llegado, precisamente, frente
al Venusberg, el lugar a donde tantas veces veníamos a beber, Mouche y
yo, con enseña luminosa en caracteres góticos. Sigo a los que quieren
divertirse, y bajo al sótano, en cuyas paredes han pintado escenografías de
llanuras áridas, como sin aire, jalonadas de osamentas, arcos en ruinas,
bicicletas sin ciclistas, muletas que sostienen como falos pétreos, en cuyos
primeros planos se yerguen, como agobiados de desesperanza, unos ancianos medio
desollados que parecen ignorar la presencia de una Gorgona exangüe, de costillar
abierto sobre un vientre comido por hormigas verdes. Más allá, un metrónomo,
una clepsidra y un caracol descansan sobre la cornisa de un templo griego,
cuyas columnas son piernas de mujer vestidas de medias negras, con una liga
roja haciendo de astrágalo. El estrado de la orquesta está montado sobre una
construcción de madera, estuco, trozos de metal, en la que se ahondan pequeñas
grutas iluminadas que encierran cabezas de yeso, hipocampos, planchas
anatómicas y un móvil que consiste en dos senos de cera, montados sobre un
disco giratorio, cuyos pezones son rozados intermitentemente, al pasar, por el
dedo medio de una mano de mármol. En una gruta un poco mayor hay fotografías,
muy agrandadas, de Luis de Baviera, el cochero Hornig y el actor Joseph Kainz
en el traje de Romeo, sobre un fondo de vistas panorámicas de los castillos
wagnerianos, rococós —muniqueses, más que nada— del rey puesto de moda por
ciertos elogios de la locura, ya muy rancios —aunque Mouche les fuera muy fiel,
en fecha todavía reciente, por reacción contra todo lo que llamaba «espíritu
burgués»—. El cielo raso remeda una bóveda de caverna, verdecida irregularmente
por hongos y filtraciones. Reconocido el marco, observo a la gente que me
rodea. En la pista de baile es un intríngulis de cuerpos metidos los unos en
los otros, encajados, confundidos de piernas y de brazos, que se malaxan en la
oscuridad como los ingredientes de una especie de magma, de lava movida desde
dentro, al compás de un blue reducido a sus meros valores rítmicos.
Ahora se apagan las luces, y la oscuridad, propiciando la estrechez de ciertos
abrazos sin objeto, de ciertos contactos exasperados por leves barreras de seda
o de lana, comunica una nueva tristeza a ese movimiento colectivo que tiene
algo de ritual subterráneo, de danza para apisonar la tierra —sin tierra que
apisonar—. Estoy en la calle otra vez, soñando, para estas gentes, en
monumentos que fueran grandes toros en celo cubriendo a sus vacas,
magistralmente, sobre zócalos ennoblecidos de bosta, en medio de las plazas
públicas. Me detengo ante la vitrina de una galería de pintura, en que se
exhiben ídolos difuntos, vaciados de sentido por no tener adoradores presentes,
cuyos rostros enigmáticos o terribles eran los que interrogaban muchos pintores
de hoy para hallar el secreto de una elocuencia perdida —con la misma añoranza
de energías instintivas que hacía buscar a numerosos compositores de mi
generación, en el abuso de los instrumentos de batería, la fuerza elemental de
los ritmos primitivos—. Durante más de veinte años, una cultura cansada había
tratado de rejuvenecerse y hallar nuevas savias en el fomento de fervores que
nada debieran a la razón. Pero ahora me resultaba risible el intento de quienes
blandían máscaras del Bandiagara, ibeyes africanos, fetiches erizados de
clavos, contra las ciudades del Discurso del Método, sin conocer el
significado real de los objetos que tenían entre las manos. Buscaban la
barbarie en cosas que jamás habían sido bárbaras cuando cumplían su
función ritual en el ámbito que les fuera propio —cosas que al ser calificadas
de «bárbaras»
colocaban, precisamente, al calificador en un terreno
cogitante y cartesiano, opuesto a la verdad perseguida.
Querían renovar la música de Occidente imitando ritmos
que jamás hubieran tenido una función musical para sus primitivos
creadores. Estas reflexiones me llevaban a pensar que la selva, con sus hombres
resueltos, con sus encuentros fortuitos, con su tiempo no transcurrido aún, me
había enseñado mucho más, en cuanto a las esencias mismas de mi arte, al sentido
profundo de ciertos textos, a la ignorada grandeza de ciertos rumbos, que la
lectura de tantos libros que yacían ya, muertos para siempre, en mi biblioteca.
Frente al Adelantado he comprendido que la máxima obra propuesta al ser humano
es la de forjarse un destino. Porque aquí, en la multitud que me rodea y corre,
a la vez desaforada y sometida, veo muchas caras y pocos destinos. Y es que,
detrás de esas caras, cualquier apetencia profunda, cualquier rebeldía,
cualquier impulso, es atajado siempre por el miedo. Se tiene miedo a la
reprimenda, miedo a la hora, miedo a la noticia, miedo a la colectividad que
pluraliza las servidumbres; se tiene miedo al cuerpo propio, ante las
interpelaciones y los índices tensos de la publicidad; se tiene miedo al
vientre que acepta la simiente, miedo a las frutas y al agua; miedo a las
fechas, miedo a las leyes, miedo a las consignas, miedo al error, miedo al
sobre cerrado, miedo a lo que pueda ocurrir. Esta calle me ha devuelto al mundo
del Apocalipsis, en que todos parecen esperar la apertura del Sexto Sello —el
momento en que la luna se vuelva de color de sangre, las estrellas caigan como
higos y las islas se muevan de sus lugares—. Todo lo anuncia: las cubiertas de
las publicaciones expuestas en las vitrinas, los títulos pregonados, las letras
que corren sobre las cornisas, las frases lanzadas al espacio. Es como si el
tiempo de este laberinto y de otros laberintos semejantes estuviera ya pesado,
contado, dividido.
Y me viene a la mente, en este momento, como un
alivio, el recuerdo de la taberna de Puerto Anunciación donde la selva vino a
mí en la persona del Adelantado. Me vuelve a la boca el sabor del recio
aguardiente avellanado, con su limón y su sal, y me parece que se pintan, tras
de mi frente, las letras con ornamentos de sombras y de guirnaldas, que
componían el nombre del lugar: Los Recuerdos del Porvenir. Yo vivo aquí,
de tránsito, acordándome del porvenir —del vasto país de las Utopías
permitidas, de las Icarias posibles—. Porque mi viaje ha barajado, para mí, las
nociones de pretérito, presente, futuro. No puede ser presente esto que será
ayer antes de que el hombre haya podido vivirlo y contemplarlo; no puede ser
presente esta fría geometría sin estilo, donde todo se cansa y envejece a las
pocas horas de haber nacido. Sólo creo ya en el presente de lo intacto; en el
futuro de lo que se crea de cara a las luminarias del Génesis. No acepto ya la
condición de Hombre-Avispa, de Hombre-Ninguno, ni admito que el ritmo de mi
existencia sea marcado por el mazo de un cómitre.
(20 de octubre)
Cuando, hace tres meses, me fueron devueltas las
cuartillas de mi reportaje, sin una excusa, el terror me dobló las piernas,
dejándome todo tembloroso.
Había caído en la trampa, al hacerse pública la
noticia de mi instancia de divorcio. El periódico no me perdonaba el dinero
gastado en mi rescate, ni el ridículo de haber armado el más edificante
alboroto en torno mío, frente a un público cuyos Pastores deben considerarme
como transgresor de la Ley, objeto de abominación. Tuve que vender mi relato a
vil precio a una revista de cuarto orden, y un acontecimiento internacional
llegó a tiempo para difuminar la actualidad de mi figura. Y empezó mi lucha
encarnizada con una Ruth vestida de negro, sin carmín en los labios, empeñada
en seguir representando su papel de esposa herida en el corazón y en el vientre
ante los jueces de la nación. Lo de su embarazo fue una mera alarma. Pero esto,
en vez de simplificar mi caso, lo ha enredado un poco más, pues su hábil
abogado explota el hecho de que mi esposa hubiera querido romper su carrera
dramática al menor indicio de gravidez. Era yo, pues, el hombre despreciable de
las Escrituras, que edifica casa y no vive en ella, que planta la viña y no la
vendimia. Ahora, aquel escenario de la Guerra de Secesión que tanto torturara a
Ruth por el automatismo cotidiano de la tarea impuesta, pasaba a ser un
santuario del arte, el camino real de una carrera, del que ella no había vacilado
en salir, sacrificando gloria y fama, para darse más plenamente a la sublime
labor de tornear una vida —una vida que la amoralidad de mi procedimiento le
negaba—. Tengo todas las de perder en ese embrollo que mi esposa alarga
indefinidamente con el ánimo de poner el tiempo de su lado y hacerme regresar,
olvidado de mi evasión, a la existencia de antes. En fin de cuentas, ella ha
tenido el mejor papel en la gran comedia armada, y Mouche quedó eliminada de su
terreno. Así, desde hace tres meses, una tarde y otra tarde, doblo las mismas
esquinas, viajo de piso a piso, abro puertas, aguardo, interrogo a los
secretarios, firmo lo que quieren hacerme firmar, encontrándome nuevamente,
luego, en las mismas aceras enrojecidas por los anuncios luminosos.
Mi abogado me recibe ya con mal humor, hastiado de mi
impaciencia, advirtiendo, a la vez, con ojo experto, que me es cada vez más
difícil hacer frente a ciertas costas del divorcio. Y la verdad es que he
pasado del gran hotel al hotel de estudiantes, y de ahí al albergue de la Calle
Catorce, cuyas alfombras huelen a margarinas y grasas derramadas. Tampoco me
perdona, mi empresa publicitaria, la demora en regresar, en tanto que Hugo, mi
antiguo asistente, ha pasado a ser jefe de estudios. He buscado infructuosamente
alguna tarea en esta ciudad donde hay cien aspirantes para cada cargo. Me
fugaré de aquí, divorciado o no. Pero para llegar hasta Puerto Anunciación
necesito dinero, un dinero que crece en importancia, en cuantía, a medida que
transcurre el tiempo, y sólo encuentro pequeños encargos de instrumentación,
que ejecuto con desgana, sabiendo, al cobrarlos, que estaré nuevamente sin
recursos dentro de una semana. La ciudad no me deja ir. Sus calles se
entretejen en torno mío como los cordeles de una masa, de una red, que me
hubieran lanzado desde lo alto. De semana en semana me he ido acercando al
mundo de los que lavan la camisa única en la noche, cruzan la nieve con las
suelas agujereadas, fuman colillas de colillas y cocinan en armarios.
Aún no he llegado a tales extremos, pero el reverbero
de alcohol, la cazuela de aluminio y el paquete de avena forman parte ya del
moblaje de mi cuarto, anunciando algo que contemplo con horror.
Paso días enteros en la cama, tratando de olvidar lo
que me amenaza con lecturas maravilladas del Popol-Vuh, del Inca
Garcilaso, de los viajes de fray Servando de Castillejos. A veces abro el tomo
de Vidas de Santos, encuadernado en terciopelo morado donde se estampan
en oro las iniciales de mi madre, y busco la hagiografía de Santa Rosa que se
abriera bajo mis ojos, por misteriosa casualidad, el día de la partida de Ruth
—día en que tantos rumbos se trastocaron sin estrépito, por obra de una
asombrosa convergencia de hechos fortuitos—. Y, cada vez, hallo una mayor
amargura al encontrarme con la tierna letrilla que parece cargarse de
lacerantes alusiones:
¡Ay de mí! ¿A mi querido
quién le suspende?
Tarda y es mediodía,
pero no viene.
Cuando el recuerdo de Rosario se encaja en mi carne
como un dolor intolerable, emprendo interminables caminatas que me conducen
siempre al Parque Central, donde el olor de los árboles herrumbrosos de otoño,
que ya se adormilan en brumas, me procura algún aplacamiento. Algunas cortezas,
húmedas de lluvia, me recuerdan, al tacto, las leñas mojadas de nuestras
últimas fogatas, con su humo acre que hacía llorar riendo a Tu mujer, junto
a la ventana donde se asomaba a tomar resuello. Contemplo la Danza de los Abetos,
buscando en el movimiento de sus agujas algún signo propiciatorio. Y a tanto
llega mi imposibilidad de pensar en nada que no sea mi regreso a lo que allá me
espera, que veo, cada mañana, presagios en las primeras cosas que me salen al
paso: la araña es de mal agüero, como la piel de serpiente expuesta en una
vitrina; pero el perro que se me acerca y deja acariciar es excelente.
Leo los horóscopos de la prensa. Busco augurios en
todo. Anoche soñé que estaba en una prisión de muros tan altos como naves de
catedrales, entre cuyos pilares se mecían cuerdas destinadas al suplicio de la
estrapada; también había bóvedas espesas, que se multiplicaban en lontananza,
con una ligera desviación hacia arriba, cada vez, como cuando un objeto se mira
en dos espejos colocados frente a frente. Al final, eran penumbras de
subterráneos, donde sonaba el galope sordo de un caballo. El colorido de aguafuerte
de todo aquello me hizo pensar, al abrir los ojos, que algún recuerdo de museo
me había hecho cautivo de las Invenzioni di Carceri del Piranesi. No
pensé más en esto durante todo el día.
Pero, ahora, que cae la noche, entro en una librería
para hojear un tratado de interpretación de los sueños: «CÁRCEL. Egipto: se afirma la posición. Ciencias ocultas: en
perspectiva, amor de una persona de la que no se espera o desea ningún afecto. Psicoanálisis:
vinculada a circunstancias, cosas y personas, de las que hay que librarse.»
Me sobresalta un perfume conocido, y la figura de una mujer se añade a la mía
en un espejo cercano. Mouche está a mi lado, mirando socarronamente hacia el
libro. Y es luego su voz: «Si es para una consulta, te haré un precio de
amigo.» La calle está cerca. Siete, ocho, nueve pasos y estaré fuera. No quiero hablarle. No quiero escucharla.
No quiero discutir. Esa es culpable de todo lo que
ahora me apesadumbra. Pero hay, a la vez, esa conocida blandura en los muslos y
en las ingles, con el escozor que parece subirse a las corvas. No es deseo
definido ni excitación afirmada, sino más bien una sensación de aquiescencia
muscular, de debilidad ante la incitación, parecida a la que, en la
adolescencia, condujera muchas veces mi cuerpo al burdel, mientras el espíritu
luchaba por impedirlo.
En esos casos yo había conocido un desdoblamiento
interior, cuyo recuerdo me producía luego indecibles sufrimientos: mientras la
mente, aterrorizada, trataba de agarrarse a Dios, al recuerdo de mi madre,
amenazaba con enfermedades, rezaba el Padrenuestro, los pasos iban lentamente,
firmemente, hacia la habitación con cubrecama de cintas rojas en los calados,
sabiendo que al percibir el olor peculiar de ciertos afeites revueltos sobre el
mármol de un tocador, mi voluntad cedería ante el sexo, dejando el alma fuera,
en tinieblas y desamparo. Luego, mi espíritu quedaba enojado con el cuerpo,
reñido con él hasta la noche, en que la obligación de descansar juntos nos unía
en una plegaria, preparándose el arrepentimiento de los días siguientes, cuando
vivía en espera de los humores y llagas que castigan el pecado de lujuria.
Comprendí que había remozado esos combates de adolescencia cuando me vi andando
al lado de Mouche, junto al paredón rojizo de la iglesia de San Nicolás. Ella
hablaba rápidamente, como para aturdirse, afirmando que era inocente del
escándalo armado en la prensa, que había sido víctima de un abuso de confianza
por parte del periodista, etc. —sin haber perdido, desde luego, su habitual
poder de mentir con los ojos limpios, mirando rectamente—. No me echaba en cara
lo hecho con ella, cuando se enfermara de paludismo, atribuyéndolo
magnánimamente a mi empeño de alcanzar los instrumentos verdaderos. Como, en
verdad, estaba bajo los efectos de la fiebre cuando yo había abrazado a
Rosario, por vez primera, en la cabaña de los griegos, me quedaba la duda de
que nos hubiese visto realmente. Con tristeza toleraba su compañía esta noche
por hablar con alguien, por no verme solo en mi mal alumbrada habitación,
andando de pared a pared sobre el hedor de la margarina; y como estaba bien
decidido a frustrar sus intentos de seducción, me dejé llevar al Venusberg donde
tenía crédito de largo tiempo atrás. Así no habría de confesar mi miseria
presente, cuidando, por lo demás, de beber con moderación. Pero, de todos modos,
el licor había de arreglarse para socavar mi entereza con la suficiente
alevosía para que me viera, bastante temprano, en el salón de las consultas
astrológicas, cuyas pinturas estaban terminadas. Mouche llenó varias veces mi
copa, me pidió permiso para ponerse ropas más holgadas, y cuando lo hizo me
trató de necio por privarme de un placer sin consecuencia; afirmó que lo hecho
ahora no me comprometería en nada, y tan hábilmente manejó su persona que
accedí a lo que quiso con una facilidad debida, en mucho, a varias semanas de
una abstinencia inhabitual en mí. Al cabo de algunos minutos supe del agobio y
la decepción de quienes vuelven a una carne ya sin sorpresas, luego de una
separación que pudo ser definitiva, cuando nada une ya al ser que esa carne
envuelve. Me hallé triste, enojado conmigo mismo, más solo que antes, al lado
de un cuerpo que volvía a mirar con desprecio. Cualquier prostituta hallada en
el bar, poseída después de pago, hubiera sido preferible a esto. Por la puerta
abierta veía las pinturas del salón de consultas. «Este viaje estaba escrito en
la pared», había dicho Mouche, la víspera de nuestra partida, dando un sentido
agorero a la presencia del Sagitario, el Navio Argos y la Cabellera de
Berenice, en el conjunto de la decoración, personificándose ella misma en la
tercera figura.
Ahora, el sentido agorero de todo aquello —en caso de
que lo tuviera— cobraba una sorprendente claridad en mi espíritu: la Cabellera
de Berenice era Rosario, con su cabellera virgen, jamás cortada, mientras Ruth
se asimilaba a la Hidra que cerraba la composición, amenazadoramente plantada
detrás del piano que podía tomarse como el instrumento de mi oficio. Mouche
sintió que mi silencio, mi falta de interés por lo recobrado, no le eran
favorables.
Por sacarme de mis pensamientos tomó una publicación
que se hallaba sobre el velador. Era una pequeña revista religiosa, a la que
había sido suscrita en el avión de regreso por una monja negra que compartiera
su asiento durante unas horas. Mouche me explicó, riendo, que como se estaba
sorteando un fuerte mal tiempo, había aceptado la suscripción en la duda de que
Jehovah fuese el dios verdadero.
Abriendo el modesto boletín de misiones, impreso en
papel barato, lo puso en mis manos: «Creo que se habla aquí del capuchino que
conocimos; hay un retrato de él.» En un marco de espesa orla negra Popol-Vuh,
del Inca Garcilaso, de los viajes de fray Pedro de Henestrosa, tomada
muchos años atrás, sin duda, pues le lucía joven todavía el semblante, a pesar
de la barba entrecana. Supe, con creciente emoción, que el fraile había
emprendido el viaje a las tierras de indios bravios que me hubiera señalado,
cierta vez, desde lo alto del Cerro de los Petroglifos.
Por un buscador de oro —decía el artículo— llegado
recientemente a Puerto Asunción, se sabía que el cuerpo de fray Pedro de
Henestrosa había sido hallado, atrozmente mutilado, en una canoa echada al río
por sus matadores, para que llegara a tierra de blancos, a modo de horrenda
advertencia. Me vestí rápidamente, sin responder a las preguntas de Mouche, y
huí de la casa sabiendo que jamás regresaría a ella. Hasta el alba anduve entre
lonjas desiertas, bancos, funerarias en silencio, hospitales dormidos.
Incapaz de descansar, tomé el ferry cuando amaneció,
crucé el río y seguí caminando entre los almacenes y aduanas Hoboken. Pienso
que los matadores deben haber desnudado a fray Pedro, luego de flecharlo, y
levantando sus costillas flacas con un pedernal, deben haberle arrancado el
corazón, en remembranza de un viejísimo acto ritual. Tal vez lo hayan castrado;
tal vez lo hayan desollado, escuadrado, desmenuzado, como una res. Puedo
imaginar las posibilidades más crueles, las ablaciones más sangrientas, las peores
mutilaciones impuestas a su viejo cuerpo. Pero no acabo de hallar en su
terrible muerte el horror que me causaron otras muertes de hombres que no
sabían por qué morían, invocando a la madre o tratando de detener, con las
manos, el desfiguro de un rostro ya sin nariz ni mejillas.
Fray Pedro de Henestrosa había tenido la suprema
merced que el hombre puede otorgarse a sí mismo: la de salir al encuentro de su
propia muerte, retarla y caer traspasado en lucha que sea, para el vencido,
asaeteada victoria de Sebastián: confusión y derrota final de la muerte.
(8 de diciembre)
Cuando el muchacho que me guiaba señaló la casa,
diciendo que allí estaba la posada nueva, me detuve con dolorosa sorpresa:
detrás de esas paredes espesas, bajo ese tejado cubierto de yerbas mecidas por
el viento, habíamos velado cierta noche al padre de Rosario. Allá, en una
cocina enorme, me había acercado a Tu mujer por vez primera, con una
oscura conciencia de su futura importancia. Ahora nos sale al paso un Don
Melisio, cuya «Doña», negra enana, agarra tres maletas de manos de los mozos
que me siguen y se las empila sobre la cabeza como si nada pesaran los papeles
y libros que las llenan hasta reventarles las correas, alejándose hacia el
patio con los ojos salidos de la cara. Las habitaciones están como antes,
aunque sin el cándido adorno de los cromos viejos. El patio guarda las mismas
matas; la cocina, aquella tinaja ventruda que daba a las voces una resonancia
de nave de catedral. La vasta sala del frente, en cambio, ha sido transformada
en comedor y tienda mixta, con grandes rollos de cuerdas en los rincones y
varios estantes en que hay latas de pólvora negra, bálsamos y aceites, y
medicinas en frascos de formas desusadas, como destinadas a enfermedades de
otro siglo. Don Melisio me explica que compró la casa a la madre de Rosario, y
que ésta, con todas sus hijas solteras, ha ido a reunirse con una hermana que
tiene tras de los Andes, a once o doce jornadas de viaje. Una vez más me admiro
ante la naturalidad con que las gentes de estas tierras consideran el ancho
mundo, echándose a navegar o a rodar durante semanas largas, con sus hamacas
enrolladas en el hombro, sin los sustos del hombre cultivado ante las
distancias que los precarios medios de transporte hacen inmensas. Además, el
plantar la tienda en otra parte, pasar del estuario a la cabecera de un río,
mudar la vivienda a la otra banda de un llano que tarda días en cruzarse, forma
parte del innato concepto de libertad de seres ante cuyos ojos se presenta la
tierra sin cercados, cipos ni deslindes. El suelo, aquí es de quien quiera
tomarlo: a fuego y a machete se limpia una orilla de río, se para una cobija
sobre cuatro horcones, y esto es ya un hato que lleva el nombre de quien
se proclama su dueño, como los antiguos Conquistadores, rezando un Padrenuestro
y arrojando ramas al viento.
No se es más rico por ello; pero en Puerto
Anunciación, el que no se cree poseedor del secreto de un yacimiento de oro, se
siente terrateniente. El perfume a sarrapia y a vainilla que llena la casa me
pone de buen humor. Y luego, es esa presencia del fuego, nuevamente, en la
chimenea donde chisporrotea un pernil de danta, por todas sus grasas que ya
huelen a bellotas desconocidas. Ese regreso al fuego, a la lumbre viva, a la
llama que danza, a la pavesa que salta y encuentra, en la ardorosa sabiduría del
rescoldo, una resplandeciente vejez, bajo la arrugada grisura de las cenizas.
Pido una botella y vasos a la enana negra Doña Casilda, y mi mesa es de quien
quiera recordar que aquí estuve hace siete meses —lo cual me trae comensales al
cabo de un rato—.
Ahí están, con sus noticias de más arriba o de más
abajo, el Pescador de Toninas, el hombre de los manatíes, el carpintero que tan
bien medía los ataúdes a ojo de buen cubero, y un mozo lento de gestos, con
perfil aindiado, a quien llaman Simón, y que, hastiado de ser zapatero en
Santiago de los Aguinaldos, viene ahora de remontar los ríos menos navegados en
una canoa llena de mercancías destinadas al trueque. En respuestas a mis
primeras preguntas, se me confirma la muerte de fray Pedro: su cadáver fue hallado,
traspasado de flechas y con el tórax abierto, por uno de los hermanos de
Yannes. Como tremendo aviso a quienes pretendieron hollar sus dominios, los
indios bravios pusieron el cuerpo mutilado en una curiara, llevada luego por
las aguas hasta donde la encontrara el griego, cubierta de buitres, a la orilla
de un caño. «Es el segundo que muere así», comenta el Carpintero añadiendo que
entre los barbudos esos los hay que tienen las bragas muy bien puestas.
Ahora, para mala suerte mía, me dicen que el
Adelantado ha estado en Puerto Anunciación hace apenas quince días. Y otra vez
se repiten las leyendas que corren acerca de lo que se posee o busca en la
selva.
Simón me revela que en la cabecera de ríos
inexplorados tuvo la sorpresa de encontrar gente establecida que levantaba
casas y sembraba la tierra, sin buscar el oro. Otro sabe de quien ha fundado
tres ciudades y las ha llamado Santa Inés, Santa Clara y Santa Cecilia, a la
advocación de las patronas de sus tres hijas mayores. Cuando la enana negra
Doña Casilda nos trae la tercera botella de aguardiente avellanado, Simón se ha
ofrecido ya a llevarme, en su canoa, hasta donde encontré los instrumentos
destinados al Curador. Le digo que voy a buscar otra colección de tambores y de
flautas, para no explicar el verdadero objeto de mi viaje. De allí seguiré
adelante con los remeros indios de la otra vez, que conocen el rumbo. El mozo
no ha navegado por esos lugares y sólo vio de muy lejos, alguna vez, los
contrafuertes primeros de las Grandes Mesetas. Pero me comprometo a guiarlo más
allá de la antigua mina de los griegos. Al cabo de tres horas de remo, río
arriba, tenemos que encontrar aquel valladar de árboles —aquella muralla de
troncos, como trazada a cordel — donde está la entrada del caño de paso.
Buscaré la señal incisa, que es identificación del pasadizo abovedado de ramas.
Más allá, siempre hacia el Este con ayuda de la brújula, hemos de caer en el
otro río, donde me agarrara la tempestad, cierta tarde memorable de mi
existencia. Llegado a donde hallé los instrumentos, veré cómo me desprendo de
mi compañero de viaje, siguiendo con la gente de la aldea... Seguro ya de salir
mañana, me acuesto con una deliciosa sensación de alivio. Ya esas arañas que
tejen entre las vigas del techo no serán para mí de mal agüero. Cuando todo
parecía perdido, allá —¡y qué de allá me parece todo ahora!— fue
zanjado el vínculo legal, y un acierto en la composición de un falso concierto
romántico destinado al cine me abrió la puerta del laberinto. Estoy, por fin,
en los umbrales de mi tierra de elección, con todo lo necesario para trabajar
durante mucho tiempo. Por precaución ante mí mismo, por cumplir con una vaga
superstición que consiste en admitir la posibilidad de lo peor para conjurarlo
y alejarlo, quiero imaginar que algún día me canse de lo que aquí vengo a
buscar; pienso que alguna obra mía me imponga el deseo de regresar allá por
el tiempo de una edición. Pero entonces, aun sabiendo que finjo admitir lo que
no admito, me asalta un verdadero miedo: miedo a todo lo que acabo de ver, de
padecer, de sentir pesar sobre mi existencia. Miedo a las tenazas, miedo al bolge. No quiero volver
a hacer mala música, sabiendo que hago mala música. Huyo de los oficios
inútiles, de los que hablan por aturdirse, de los días hueros, del gesto sin
sentido, y del Apocalipsis que sobre todo aquello se cierne. Estoy ansioso de sentir nuevamente el correr de la
brisa entre mis muslos; estoy impaciente por hundirme en los torrentes fríos de
las Grandes Mesetas, y volverme sobre mí mismo, debajo del agua, para vez cómo
el cristal vivo que me circunda se tiñe de un verde claro en la luz que nace.
Y, sobre todo, estoy tan ansioso de sopesar a Rosario con mi cuerpo entero, de
sentir su calor abierto sobre mi carne en pálpito, y cuando mis manos recuerdan
sus corvas, sus hombros, la honda blandura hallada bajo su vellón corto y duro,
los embates del deseo se me hacen casi dolorosos en su apremio. Sonrío, pensando
que escapé de la Hidra, tomé el Navio Argos, y que quien ostenta la Cabellera
de Berenice debe estar al pie de las Rúbricas del Diluvio, ahora que pasaron
las lluvias, recogiendo las yerbas que tanto hacía macerar en jarras de
burbujeantes remedios, ennoblecidos por el sereno de luna o el albor de los
cierzos amanecidos. Vuelvo a ella más consciente que antes de amarla, por
cuanto he pasado por nuevas Pruebas; por cuanto he visto el teatro y el
fingimiento en todas partes. Además, aquí se plantea una cuestión de
trascendencia mayor para mi andar por el Reino de este Mundo —la única
cuestión, en fin de cuentas, que excluye todo dilema: saber si puedo disponer
de mi tiempo o si otros han de disponer de él, haciéndome bogavante o espaldero
de galeras, según el celo puesto por mí en no vivir y servirlos—. En Santa
Mónica de los Venados, mientras estoy con los ojos abiertos, mis horas me
pertenecen. Soy dueño de mis pasos y los afinco en donde quiero.
(9 de diciembre)
Acaba el sol de asomarse sobre los árboles cuando
atracamos junto a la antigua mina de los griegos, cuya casa está abandonada.
Han transcurrido siete meses apenas desde que aquí estuve, y la selva ha vuelto
a apoderarse de todo. La choza en que Rosario y yo nos abrazamos por vez
primera ha reventado literalmente por el empuje de plantas crecidas desde
adentro, que levantaron su techo, abrieron las paredes, haciendo hojas muertas,
materia podrida de las fibras que hubieran dibujado el perfil de una vivienda.
Además, como la última crecida del río fue
particularmente caudalosa, el terreno estuvo anegado.
Ha llovido fuera de estación, las aguas no terminaron
de descender hacia su más bajo nivel, y en las riberas se pinta una franja de
tierra húmeda, cubierta de escorias de la selva, sobre las cuales revolotean
miríadas de mariposas amarillas, tan apretadas unas a otras al moverse, que
bastaría pegar con un bastón en uno de los enjambres para sacarlo pintado de
azufre. Al ver esto, comprendo el origen de migraciones como la que me tocara
ver en Puerto Anunciación, cuando el cielo quedó oscurecido por una interminable
nube de alas. De pronto bulle el agua y un cardumen de peces que saltan,
chocan, se atropellan, pasa por encima de nuestra barca, erizando la corriente
de aletas plomizas y colas que se abofetean con ruido de aplausos. Luego, pasa
volando en triángulo una bandada de garzas y, como respondiendo a una orden
dada, todos los pájaros de la espesura empiezan a alborotar en concierto. Esta
omnipresencia del ave, poniendo sobre los espantos de la selva el signo del
ala, me hace pensar en la trascendencia y pluralidad de los papeles
desempeñados por el Pájaro en las mitologías de este mundo.
Desde el Pájaro-Espíritu de los esquimales, que es el
primero en graznar cerca del Polo, en lo más empinado del continente, hast?
aquellas cabezas que volaban con las alas de sus orejas en el ámbito de la
Tierra de Fuego, no se ven sino costas ornadas de pájaros de madera, pájaros
pintados en la piedra, pájaros dibujados en el suelo —tan grandes que hay que
mirarlos desde las montañas—, en un tornasolado desfile de majestades del aire;
Pájaro-Trueno, Águila-Rocío, Pájaros-Soles, Cóndores-Mensajeros, Guacamayos-Bólidos
lanzados sobre el vasto Orinoco, zentzontles y quetzales, todos presididos por
la gran triada de las serpientes emplumadas: Quetzalcóalt, Gucumatz y Culcán...
Ya proseguimos la navegación y cuando se hace arduo el bochorno del mediodía
sobre las aguas amarillas y revueltas señalo a Simón, a la izquierda, la pared
de árboles que cierra la ribera hasta donde alcanza la mirada. Nos acercamos, y
empieza una lenta navegación, en busca de la señal que marca la entrada del
caño de paso. Con la vista fija en los troncos, busco, a la altura del pecho de
un hombre que estuviera de pie sobre el agua, la incisión que dibuja tres V superpuestas
verticalmente, en un signo que pudiera alargarse hasta el infinito.
De cuando en cuando, la voz de Simón, que rema
despacio, me interroga. Seguimos
más adelante.
Pero pongo tanta atención en mirar, en no dejar de
mirar, en pensar que miro, que al cabo de un momento mis ojos se fatigan de ver
pasar constantemente el mismo tronco. Me asaltan dudas de haber visto sin
darme cuenta; me pregunto si no me habré distraído durante algunos segundos;
mando volver atrás, y sólo encuentro una mancha clara sobre una corteza o un
simple rayo de sol. Simón, siempre plácido, sigue mis indicaciones sin chistar.
La canoa roza los troncos y tengo, a veces, que apartarla afianzando en un
árbol la punta de un machete. Pero ahora la busca de la señal sobre esa
inacabable sucesión de troncos todos iguales me produce una suerte de mareo. Y
me digo, sin embargo, que el empeño no es absurdo: en ninguno de los troncos,
ha aparecido nada semejante a las tres V superpuestas.
Ya que existen y que lo escrito sobre una corteza
nunca se borra, habremos de encontrarlas. Navegamos durante media hora más.
Pero he aquí que surge de la selva un espolón de roca negra, de tan quebrado y
singular dibujo, que de haber llegado hasta aquí la otra vez lo recordaría
ahora. Es evidente que la entrada del caño ha quedado atrás. Hago seña a Simón,
que hace virar la barca en redondo y empieza a desnavegar lo navegado. Me
imagino que me está mirando con ironía, y esto me irrita tanto como la propia impaciencia.
Por lo mismo, le vuelvo las espaldas y sigo examinando los troncos. Si he
dejado pasar la señal sin verla, ahora que seguimos la valla vegetal por
segunda vez, habré de advertirla por fuerza.
Eran dos troncos, erguidos como las dos jambas de una
puerta estrecha. El dintel era de hoias. v a media altura, sobre el tronco de
la izquierda, estaba la marca. Cuando comenzamos a bogar, el sol nos daba de
lleno. Ahora, remando en sentido inverso, estamos en una sombra que se alarga
sobre el agua cada vez más. Mi angustia crece ante la idea de que caiga la
noche antes de haber hallado lo que busco y tengamos que regresar mañana. El
percance, en sí, no sería grave. Pero ahora me parecería de mal augurio. Todo
ha marchado tan bien últimamente que no quiero aceptar tan absurdo
contratiempo.
Simón me sigue considerando con irónica mansedumbre.
Al fin, por decir algo, me señala unos árboles, idénticos a los demás,
preguntándome si la entrada no sería por aquí. «Es posible», le respondo,
sabiendo que ahí no hay señal alguna «Posible no es palabra de tribunal»,
comenta el otro, sentencioso, y al punto caigo sobre una borda de la barca, que
ha ido a meterse, de proa, en una red de lianas. Simón se levanta, toma el
botador y lo hunde en el agua, buscando apoyo en el fondo, para echar la canoa
atrás. En aquel instante, en el segundo que tarda la vara en mojarse, comprendo
por qué no hemos encontrado la señal, ni podremos encontrarla: el botador, que
mide unos tres metros de largo, no encuentra tierra donde afincarse, y mi
compañero tiene que atacar las lianas a machetazos. Cuando volvemos a bogar y
me mira, ve algo tan descompuesto en mi rostro que acude a mi lado, pensando
que me ha ocurrido algo. Yo recordaba que cuando habíamos estado aquí con el
Adelantado, los remos alcanzaban el fondo en todos momentos. Esto quiere
decir que sigue desbordado el río, y que la marca que buscamos está debajo
del agua. Digo a Simón lo que acabo de entender. Riendo me responde que ya
se lo figuraba, pero que «por respeto» no me había dicho nada, creyendo,
además, que al buscar la señal yo tenía en cuenta el hecho de la creciente.
Ahora pregunto, con miedo a la respuesta, demorando en las palabras, si él cree
que pronto habrán bajado las aguas lo suficiente para que podamos ver la marca
como yo la vi la vez anterior. «Hasta abril o mayo», me responde, poniéndome en
presencia de una realidad sin apelación. Hasta abril o mayo estará cerrada,
pues, para mí, la estrecha puerta de la selva. Me doy cuenta ahora que después
de haber salido vencedor de la prueba de los terrores nocturnos, de la prueba
de la tempestad, fui sometido a la prueba decisiva: la tentación de regresar.
Ruth, desde otro extremo del mundo, era quien había despachado los Mandatarios
que me hubieran caído del cielo, una mañana, con sus ojos de cristal amarillo y
sus audífonos colgados del cuello, para decirme que las cosas que me faltaban
para expresarme estaban a sólo tres horas de vuelo. Y yo había ascendido a las
nubes, ante el asombro de los hombres del Neolítico, para buscar unas resmas de
papel, sin sospechar que, en realidad, iba secuestrado por una mujer
misteriosamente advertida de que sólo los medios extremos le darían una última
oportunidad de tenerme en su terreno.
En estos últimos días sentía junto a mí la presencia
de Rosario. A veces, en la noche, creía oír su queda respiración adormecida.
Ahora, ante la señal cubierta y la puerta cerrada, me parece que esa presencia
se aleja. Buscando la resquemante verdad a través de palabras que mi compañero
escucha sin entender, me digo que la marcha por los caminos excepcionales se
emprende inconscientemente, sin tener la sensación de lo maravilloso en el
instante de vivirlo: se llega tan lejos, más allá de lo trillado, más allá de
lo repartido, que el hombre, envanecido por los privilegios de lo descubierto,
se siente capaz de repetir la hazaña, cuando se lo proponga —dueño del
rumbo negado a los demás—. Un día comete el irreparable error de desandar lo
andado, creyendo que lo excepcional pueda serlo dos veces, y al regresar
encuentra los paisajes trastocados, los puntos de referencia barridos, en tanto
que los informadores han mudado el semblante... Un ruido de remos me sobresalta
en mi angustia. La selva se está llenando de noche, y las plagas se espesan,
zumbantes, al pie de los árboles.
Simón, sin escucharme más, se ha arrumbado al centro
de la corriente, para regresar más pronto a la antigua mina de los griegos.
(30 de diciembre)
Estoy trabajando sobre el texto de Shelley, aligerando
ciertos pasajes, para darle un cabal carácter de cantata. Algo he quitado al
largo lamento de Prometeo que tan magníficamente inicia el poema, y me ocupo
ahora en encuadrar la escena de las Voces —que tiene algunas estrofas
irregulares— y el diálogo del Titán con la Tierra. Esta tarea, desde luego, es
mero intento de burlar mi impaciencia, sacándome a ratos de la sola idea, del
único fin, que me tiene inmovilizado, desde hace ya tres semanas, en Puerto Anunciación.
Dicen que está a punto de regresar del Río Negro un baquiano conocedor del paso
que me interesa, o, en todo caso, de otros caminos de agua igualmente útiles
para ponerme en el rumbo final.
Pero aquí todos son tan dueños de su tiempo, que una
espera de quince días no promueve la menor impaciencia. «Ya regresará... Ya
regresará», me responde la enana Doña Casilda cuando, a la hora del café del
alba, le pregunto si hay noticias del posible guía. «También abrigo la
esperanza de que el Adelantado, urgido por alguna necesidad de remedios o
simientes, haga una aparición inesperada, y por lo mismo, permanezco en el
pueblo, desoyendo las tentadoras invitaciones a navegar por los caños del Norte
que me hace Simón. Los días transcurren con una lentitud que haría feliz en
Santa Mónica de los Venados, pero que aquí, sin poder fijar la mente en una
tarea seria, me resulta tediosa. Además, la obra que me interesa ahora es el Treno,
y los apuntes han quedado en manos de Rosario. Podría tratar de iniciar de
nuevo su composición, pero lo hecho allá me había dado un tal contento, en
cuanto a la espontaneidad del acento hallado, que no quiero empezar nuevamente,
en frío, con el sentido crítico aguzado, haciendo esfuerzos de memoria
—preocupado, a la vez, por el afán de proseguir el viaje—. Cada tarde camino
hasta los raudales y me acuesto en las piedras estremecidas por el hervor del
agua metida en pasos, tragantes y socavones, hallando una suerte de alivio a mi
irritación cuando me encuentro solo en ese fragor de trueno, aislado de todo
por las esculturas de una espuma que bulle conservando su forma —forma que se
hincha y adelgaza, según las intermitencias del empuje de la corriente, sin
perder un dibujo, un volumen y una consistencia que transforma su mutación
perenne y vertiginosa en objeto fresco y vivo, acariciable como el lomo de un
perro, con redondez de manzana para los labios que en él se posaran. En las
espesuras se opera el relevo de los ruidos, la isla da Santa Prisca se hace una
con su reflejo invertido, y el cielo se apaga en el fondo del río. Al mandato
de un perro que siempre ladra sobre el mismo diapasón agudo, con ritmo picado,
todos los perros del vecindario entonan una suerte de cántico, hecho de aullidos,
que esucho ahora con suma atención, andando por el camino del regreso de las
rocas, pues he observado, tarde tras tarde, que su duración es siempre la
misma, y que termina invariablemente como empezó, sobre dos ladridos —nunca uno
más— del misterioso perro-chamán de las jaurías. Descubiertas ya las danzas del
mono y de ciertas aves, se me ocurre que unas grabaciones sistemáticas de los
gritos de animales que conviven con el hombre podrían revelar, en ellos, un
oscuro sentido musical, bastante cercano ya del canto del hechicero que tanto
me sobrecogiera, cierta tarde, en la Selva del Sur. Hace cinco días que los
perros de Puerto Anunciación aullan lo mismo, de idéntico modo, respondiendo a
una determinada orden, y callan a una señal inconfundible.
Luego vuelven a sus casas, se acuestan bajo los
taburetes, escuchan lo que se habla o lamen sus escudillas, sin importunar más,
hasta que llegan los tiempos paroxísticos del celo, en que los hombres no
tienen más que esperar resignadamente a que los animales de la Alianza terminen
con sus ritos de reproducción. Pensando en esto llego a la primera calleja del
pueblo, cuando dos manos vigorosas se cierran sobre mis ojos y una rodilla se
me afinca en el espinazo, doblándome hacia atrás, con tal brutalidad que prorrumpo
en una exclamación de dolor.
Tan necia fue la broma que me retuerzo para zafarme y
pegar. Pero estalla una risa cuyo timbre conozco, y al punto mi enojo se torna
alegría. Yannes me abraza, envolviéndome en el sudor de su camisa.
Lo agarro del brazo, como si temiera que se me
escapara, y lo llevo a mi albergue, donde la enana Doña Casilda nos sirve una
botella de aguardiente avellanado. Para empezar, finjo un interés halagador por
sus andanzas, para hallar más pronto el calor de la amistad y llegar, en tónica
afectuosa, a lo único que me interesa: Yannes conoce seguramente el paso
anegado; con nosotros estaba cuando penetramos en él; además, con su larga
experiencia de la selva será capa2 de abrir la Puerta sin necesidad de buscar la
triple incisión. También es probable que el agua haya bajado un poco en estas
últimas semanas. Pero noto que hay algo cambiado en los rasgos del griego: sus
ojos, de mirada tan penetrante y segura, están como inquietos, desconfiados, no
acabando de descansar en nada. Parece nervioso, impaciente, y es difícil tener
con él una conversación hilvanada. Cuando narra algo, se atropella o vacila,
sin detenerse largo tiempo sobre una idea, como antes hacía. De súbito, con
aire de conspirador, me ruega que lo lleve a mi habitación. Allí cierra la
puerta con llave, asegura las ventanas y me muestra, a la luz de la lámpara, un
tubo de metoquina, vacío de comprimidos, en que hay unos cristalitos como de
vidrio ahumado. Me explica, en voz baja, que esos cuarzos son como los
centinelas del diamante: cerca de ellos está siempre lo que se busca.
Y él hundió el pico en cierto lugar y encontró el
yacimiento portentoso. «Diamantes de catorce carates —me confía con voz
ahogada—. Y debe haber más
grandes.» Ya sueña, sin duda, con la gema de cien kilates, hallada
recientemente, que ha trastornado los sesos de todos los buscadores del Dorado
que todavía andan por el continente y no renuncian a hallar los tesoros
buscados por el alucinado Felipe de Utre. Yannes está desasosegado por el descubrimiento; va a
la capital, ahora, para hacer el denuncio legal de la mina, con el obsesionante
miedo de que alguien, en su ausencia, tropiece con el remoto yacimiento
encontrado. Parece que se han visto casos de una convergencia prodigiosa de dos
buscadores sobre el mismo arpento del inmenso mapa. Pero nada de eso me interesa.
Alzo la voz para imponerle atención y le hablo de lo único que me preocupa.
«Sí, a la vuelta —me responde—. A la vuelta.» Le suplico que difiera su viaje,
para que salgamos esta misma noche, antes del alba. Pero el griego me avisa que
el Manatí acaba de llegar y debe zarpar mañana a mediodía. Además, no
hay modo de dialogar con él.
Sólo piensa en sus diamantes, y cuando calla es por no
hablar de ellos, temiendo que Don Melisio o la enana lo escuchen. Despechado,
me resigno a una nueva dilación: aguardaré, pues, a que regrese —cosa que hará
pronto, bajo el apremio de la codicia—.
Y para estar seguro que no dejará de buscarme, le
ofrezco alguna ayuda para iniciar la explotación. Se me abraza aparatosamente,
llamándome hermano, y me lleva a la taberna donde conocí al Adelantado; pide
otra botella de aguardiente avellanado, y para interesarme más a su hallazgo,
finge hacerme confidencias acerca del lugar en que recogió los cuarzos
anunciadores del tesoro. Y me entero, así, de algo que yo no hubiera
sospechado: encontró la mina viniendo de Santa Mónica de los Venados, luego
de haber dado con la ciudad desconocida y do haber pasado dos días en ella.
«Gente idiota —me dice—.
Gente estúpida; tienen oro cerca y no sacan; yo quise
trabajar: ellos dijeron matarme fusil.» Agarro a Yannes por los hombros y le
grito que me hable de Rosario, que me diga algo de ella, de su salud, de su
aspecto, de lo que hace. «Mujer de Marcos —me responde el griego—. Adelantado
contento, porque ella preñada recién...» Quedo como ensordecido. Mi piel se
eriza de alfileres fríos, salidos de dentro. Con inmenso esfuerzo llevo mi mano
hasta la botella, cuyo cristal me produce una sensación de quemadura.
Lleno mi copa lentamente y derramo el licor en una
garganta que no sabe tragar y se rompe en toses desgarradas. Cuando recupero el
aliento perdido me miro en el espejo ennegrecido por horruras de mosca que está
en el fondo de la sala y veo un cuerpo ahí, sentado junto a la mesa, que está
como vacío No estoy seguro de que se movería y echaría a andar si yo se lo
ordenara. Pero el ser que gime en mí, lacerado, desollado, cubierto de sal,
acaba por subirse a mi gaznate en carne viva, e intenta una protesta balbuciente.
No sé lo que digo a Yannes. Lo que oigo es la voz de otro que le habla de
derechos adquiridos sobre Tu mujer, explica que la demora en regresar se
debió a razones externas, trata de justificarse, pide apelación a su caso, como
si estuviese compareciendo ante un tribunal empeñado en destruirlo.
Sacado de sus diamantes por el timbre quebrado,
implorante, de una voz que pretende hacer retroceder el tiempo y lograr que lo
consumado no hubiese ocurrido nunca, el griego me mira con una sorpresa que
pronto se hace compasión: «Ella no Penélope. Mujer joven, fuerte, hermosa, necesita marido.
Ella no Penélope. Naturaleza mujer aquí necesita
varón...» La verdad, la agobiadora verdad —lo comprendo yo ahora— es que la
gente de estas lejanías nunca ha creído en mí. Fui un ser prestado.
Rosario misma debe haberme visto como un Visitador,
incapaz de permanecer indefinidamente en el Valle del Tiempo Detenido. Recuerdo
ahora la rara mirada que me dirigía, cuando me veía escribir febrilmente,
durante días enteros, allí donde escribir no respondía a necesidad alguna. Los
mundos nuevos tienen que ser vividos, antes que explicados. Quienes aquí viven
no lo hacen por convicción intelectual; creen, simplemente, que la vida
llevadera es ésta y no la otra. Prefieren este presente al presente de los hacedores
de Apocalipsis. El que se esfuerza por comprender demasiado, el que sufre las
zozobras de una conversión, el que puede abrigar una idea de renuncia al
abrazar las costumbres de quienes forjan sus destinos sobre este légamo
primero, en lucha trabada con las montañas y los árboles, es hombre vulnerable
por cuanto ciertas potencias del mundo que ha dejado a sus espaldas siguen
actuando sobre él. He viajado a través de las edades; pasé a través de los
cuerpos y de los tiempos de los cuerpos, sin tener conciencia de que había dado
con la recóndita estrechez de la más ancha puerta. Pero la convivencia con el
portento, la fundación de las ciudades, la libertad hallada entre los
Inventores de Oficios del suelo de Henoch fueron realidades cuya grandeza no estaba
hecha, tal vez, para mi exigua persona de contrapuntista, siempre lista a
aprovechar un descanso para buscar su victoria sobre la muerte en una
ordenación de neumas. He tratado de enderezar un destino torcido por mi propia
debilidad y de mí ha brotado un canto —ahora trunco— que me devolvió al viejo
camino, con el cuerpo lleno de cenizas, incapaz de ser otra vez el que fui.
Yannes me tiende un pasaje para embarcar con él, mañana, en el Manatí.
Navegaré, pues, hacia la carga que me espera.
Alzo los ojos ardidos hacia la enseña floreada de Los
Recuerdos del Porvenir. Dentro de dos días, el siglo habrá cumplido un año
más sin que la noticia tenga importancia para los que ahora me rodean.
Aquí puede ignorarse el año en que se vive, y mienten
quienes dicen que el hombre no puede escapar a su época. La Edad de Piedra,
tanto como la Edad Media, se nos ofrecen todavía en el día que transcurre.
Aún están abiertas las mansiones umbrosas del
Romanticismo, con sus amores difíciles. Pero nada de esto se ha destinado a mí,
porque la única raza que está impedida de desligarse de las fechas es la raza
de quienes hacen arte, y no sólo tienen que adelantarse a un ayer inmediato,
representado en testimonios tangibles en plena conciencia de lo hecho hasta
hoy. Marcos y Rosario ignoran la historia. El Adelantado se sitúa en su primer
capítulo, y yo hubiera podido permanecer a su lado si mi oficio hubiera sido
cualquier otro que el de componer música —oficio de cabo de raza—. Falta saber
ahora si no seré ensordecido y privado de voz por los martillazos del Cómitre
que en algún lugar me aguarda. Hoy terminaron las vacaciones de Sísifo.
Alguien dice, detrás de mí, que el río ha descendido
notablemente en estos últimos días. Reaparecen muchas lajas sumergidas y los
raudales se erizan de espolones rocosos, cuyas algas dulces mueren a la luz.
Los árboles de las orillas parecen más altos, ahora que sus raíces están
próximas a sentir el calor del sol. En cierto tronco escamado, tronco de un
ocre manchado de verde claro, empieza a verse, cuando la corriente se aclara,
el Signo dibujado en la Corteza, a punta de cuchillo, unos tres palmos bajo el
nivel de las aguas.
Caracas, 6 de enero de 1953.
Si bien el lugar de acción de los primeros capítulos
del presente libro no necesita de mayor ubicación: si bien la capital
latinoamericana, las ciudades provincianas; que aparecen más adelante, son
meros prototipos, a los que no se ha dado una situación precisa, puesto que los
elementos que los integran son comunes a muchos países, el autor cree necesario
aclarar, para responder a alguna legítima curiosidad, que a partir del lugar
llamado Puerto Anunciación, el paisaje se ciñe a visiones muy precisas de lugares
poco conocidos y apenas fotografiados, cuando lo fueron alguna vez.
El río descrito que, en lo anterior, pudo ser
cualquier gran río de América, se torna, muy exactamente, el Orinoco en su
curso superior. El lugar de la mina de los griegos podría situarse no lejos de
la confluencia del Vichada. El paso con la triple incisión en forma de «V» que
señala la entrada del paso secreto, existe, efectivamente, con el Signo, en la
entrada del Caño de la Guacharaca, situado a unas dos horas de navegación, más
arriba del Vichada: conduce, bajo bóvedas de vegetación, a una aldea de indios
guahibos, que tiene su atracadero en una ensenada oculta.
La tormenta acontece en un paraje que puede ser el
Raudal del Muerto. La Capital de las Formas es el Monte Autana, con su perfil
de catedral gótica. Desde esa jornada el paisaje del Alto Orinoco y del Autana
es trocado por el de la Gran Sabana, cuya visión se ofrece en distintos pasajes
de los Capítulos III y IV.
Santa Mónica de los Venados es lo que pudo ser Santa
Elena del Uarirén, en los primeros años de su fundación, cuando el modo más
fácil de acceder a la incipiente ciudad era una ascensión de siete días,
viniéndose del Brasil, por el abra de un tumultuoso torrente. Desde entonces
han nacido muchas poblaciones semejantes —aún sin ubicación geográfica— en distintas
regiones de la selva americana. No hace mucho, dos famosos exploradores
franceses descubrieron una de ellas, de la que no se tenía noticia, que responde
de modo singular a la fisonomía de Santa Mónica de los Venados, con un
personaje cuya historia es la misma de Marcos.
El capítulo de la Misa de los Conquistadores
transcurre en una aldea piaroa que existe, efectivamente, cerca del Autana. Los
indios descritos en la jornada XXIII son shirishanas del Alto Caura. Un
explorador grabó fonográficamente —en disco que obra en los archivos del folklore
venezolano— el Treno del Hechicero.
El Adelantado, Montsalvatje, Marcos, fray Pedro, son
los personajes que encuentra todo viajero en el gran teatro de la selva.
Responden todos a una realidad —como
responde a una realidad, también un cierto mito del Dorado, que alientan
todavía los yacimientos de oro y de piedras preciosas. En cuanto a Yannes, el
minero griego que viajaba con el tomo de La Odisea por todo haber, baste
decir que el autor no ha modificado su nombre, siquiera. Le faltó apuntar,
solamente, que junto a La Odisea, admiraba sobre todas cosas La
Anábasis de Jenofonte.
A. C.

