© Libro
No. 385. Marxismo
y Filosofía. Korsch, Karl.
Colección
Emancipación Obrera. Febrero 23 de 2013.
Título original: © Marxismo y Filosofía. Karl Korsch.
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Original: Marxismo y Filosofía. Karl
Korsch.
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e Ilustración E.O. de Imagen: http://es.scribd.com/doc/69967165/Karl-Korsch-Marxismo-y-Filosofia
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Karl Korsch

(Tostedt, 1886-Belmont, 1961)
Político y teórico marxista alemán. Miembro del Partido Socialdemócrata
Independiente (1919) y del Partido Comunista (1920), del que fue expulsado por
ultraizquierdista (1926), y profesor de derecho en la Universidad de Jena
(1923), fue durante unas semanas ministro comunista de Justicia en el gobierno
revolucionario de Turingia. En 1923 publicó Marxismo y filosofía. Como diputado
del Reichstag (1924-1928), votó contra el tratado germano-soviético (1926). En
1933 abandonó Alemania (1933) y se trasladó a Gran Bretaña y, con
posterioridad, a Dinamarca y a EE UU (1936). Defendió una concepción nueva del
marxismo como praxis, o crítica teoricopráctica de la sociedad capitalista y su
decadencia. Entre sus obras destacan Marxismo y filosofía (1923) y Karl Marx
(1938).
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/k/korsch.htm
Marxismo Y Filosofía
Karl Korsch
Índice
2. El Estado Actual Del Problema "Marxismo y
Filosofía".
3. El Punto De Vista De La Concepción Materialista De La
Historia
Marxismo Y Filosofía Karl
Korsch
1 - Marxismo y Filosofía (1923)
Afirmar que la cuestión de la relación entre marxismo
y filosofía pueda contener un problema de extraordinaria importancia teórica y
práctica hubiera encontrado escaso eco, tanto entre los intelectuales burgueses
como entre los marxistas. Para los profesores de filosofía, el marxismo era, en
el mejor de los casos, un sub-capítulo bastante secundario de un capítulo de la
historia de la filosofía en el siglo XIX, tratado por lo demás sin demasiadas
interpretaciones y titulado "La destrucción de la escuela hegeliana".
Pero tampoco los "marxistas" concedían, por lo general, gran valor
-aunque por otros motivos- al aspecto "filosófico" de su teoría. Ya
los propios Marx y Engels, que con tanta frecuencia y con orgullo se refirieron
al hecho histórico de que, en el "socialismo científico", el
movimiento obrero alemán recogió la herencia de la filosofía clásica alemana,
jamás quisieron interpretar en absoluto esta expresión en el sentido de que el
socialismo científico y el comunismo constituyeran esencialmente una "filosofía".
Más bien vieron la misión de su "socialismo científico" en la
necesidad de superar y eliminar, en su forma y contenido, no sólo toda la
filosofía ideal burguesa anterior, sino toda la filosofía como tal. Más
adelante tendremos que detenernos a explicar en qué consistió o debía consistir
esta superación y eliminación de acuerdo con la concepción originaria de Marx y
Engels. Por el momento, limitémonos a señalar el hecho histórico de que, para
la mayoría de marxistas posteriores, no parecía haber ya en esta cuestión
problema alguno. La mejor forma de caracterizar esta eliminación del problema
de la filosofía nos la proporciona la gráfica expresión con que Engels definió
una vez el comportamiento de Feuerbach frente a la filosofía de Hegel. Según Engels,
Feuerbach no hizo otra cosa que "dejar de lado sin miramiento alguno"
la filosofía hegeliana. Con idéntica falta de miramientos actuaron, en efecto,
muchos marxistas posteriores, siguiendo de un modo en apariencia muy
"ortodoxo" la consigna de los maestros, no sólo con respecto a la
filosofía de Hegel, sino a la filosofía en general.
Así, por ejemplo, Franz Mehring ha definido más de una
vez su propio punto de vista, marxista ortodoxo, en la cuestión de la
filosofía, con la afirmación pura y simple de que se adhería a la
"renuncia a todas las disquisiciones filosóficas", renuncia que
"para los maestros (Marx y Engels) fue la premisa de sus inmortales
logros". Estas palabras de un hombre que con toda razón pudo decir de sí
mismo que se había "ocupado con más detenimiento que nadie de los inicios
filosóficos de Marx y Engels" son extraordinariamente definitorias de la
actitud predominante entre los teóricos marxistas de la Segunda Internacional
(1889-1914) frente a todos los problemas "filosóficos". La misma
dedicación a cuestiones que, en el fondo, no tenían nada de filosóficas en
sentido estricto sino que afectaban a los fundamentos generales metodológicos y
de crítica del conocimiento de la teoría marxista, fue considerada por los
teóricos marxistas más influyentes de la época como algo que, en el mejor de
los casos, era una pérdida totalmente innecesaria de tiempo y de energías.
Aunque, volens nolens, se tolerara la discusión de estas querellas filosóficas
en el campo marxista e incluso se tomara parte en ellas, se declaraba siempre
de modo explícito que el esclarecimiento de tales problemas tenía muy escasa
relevancia, y la tendría siempre, para la praxis de la lucha de clase del
proletariado. Con todo, semejante concepción sólo venía justificada
naturalmente por la lógica, suponiendo que el marxismo como tal era una teoría
y una práctica a cuya integridad esencial e insustituible no podía afectar
ninguna actitud concreta frente a cualquier problema filosófico, de suerte que
-para poner un ejemplo- no se consideraba imposible que un teórico marxista de
primera línea fuese partidario de Arthur Schopenhauer en su vida privada.
De ahí que en aquella época, por grandes que fueran
las contradicciones entre la ciencia burguesa y la ciencia marxista en los
campos restantes, existía sobre este punto de vista una coincidencia aparente
entre los dos extremos. Los profesores burgueses de filosofía se aseguraban
mutuamente que el marxismo no poseía un contenido filosófico propio..., y al
hablar así, no creían haber dicho nada importante contra el marxismo. Por su
parte, los marxistas ortodoxos se aseguraban también mutuamente que el marxismo,
por su esencia, nada tenía que ver con la filosofía... y al hablar así, creían
haber dicho algo importante en favor del marxismo. Y del mismo criterio teórico
fundamental partió en definitiva la tercera dirección, la única que en esta
época se ocupó con un poco más de detenimiento del aspecto filosófico del
socialismo; nos referimos a aquella variedad de socialistas
"filósofos" que vieron su misión en "complementar" el
sistema marxista con apreciaciones generales filosófico-culturales o con ideas
de Kant, de Dietzgen, de Mach o de cualquier otra filosofía. Porque
precisamente al considerar que el marxismo necesitaba ser completado en un
sentido filosófico, pusieron claramente de manifiesto que, también a sus ojos,
el marxismo carecía en sí mismo de contenido filosófico.
Hoy resulta bastante fácil demostrar que esta
concepción meramente negativa de las relaciones entre marxismo y filosofía, que
hemos constatado tanto en los teóricos burgueses como en los marxistas
ortodoxos -en aparente coincidencia-, parte en ambos casos de una comprensión
muy superficial e incompleta de la situación histórica y lógica. (...) A pesar
de la gran diferencia de los motivos aducidos por ambas partes, las dos series
coinciden sin duda en un punto importante. Veremos que, del mismo modo que los teóricos
burgueses de la segunda mitad del siglo XIX, al olvidar completamente la
filosofía de Hegel, dejaron también de lado la consideración de las relaciones
entre filosofía y realidad, teoría y práctica, que en la época de Hegel
constituyó el principio vivo de toda filosofía y de toda ciencia, así también,
por otra parte, los marxistas de la misma época fueron olvidando cada vez más
la importancia originaria de este principio dialéctico, un principio que, en
los años 40, los dos jóvenes hegelianos Marx y Engels, al desviarse de Hegel,
habían salvado con plena conciencia, pasándolo de la "filosofía idealista
alemana" a la concepción materialista del proceso de desarrollo
histórico-social. (...)
Del mismo modo que la evolución del pensamiento
filosófico después de Hegel no se puede concebir como un simple proceso de
"historia de las ideas", así tampoco puede concebirse como tal
proceso la fase anterior del pensamiento filosófico, la evolución filosófica
que va de Kant hasta Hegel. Cualquier intento de comprender en toda su
importancia y en su contenido esencial la evolución de esta gran época del
pensamiento filosófico, una época que en los libros de historia suele definirse
como la del "idealismo alemán", debe fracasar necesariamente mientras
-en el estudio de dicha época- no se tengan en cuenta, o se consideren sólo con
la forma superficial de una reflexión suplementaria, las relaciones que fueron
esenciales para toda la configuración y el transcurso total de dicha evolución
filosófica, unas relaciones que unen el "movimiento de la idea" en
esta época con el "movimiento revolucionario" contemporáneo. A toda
la época del llamado "idealismo alemán", incluida la "conclusión"
con que culmina, el sistema hegeliano, e incluyendo también las luchas
subsiguientes entre diversas direcciones hegelianas en los años 40 del siglo
XIX, se pueden aplicar las frases con que Hegel, en su Historia de la filosofía
y en otras partes de su obra, definió el carácter de la filosofía de sus
predecesores inmediatos (Kant, Fichte, Schelling). En los sistemas filosóficos
de esta época, totalmente revolucionaria en su movimiento histórico real,
"la revolución se precipita y se manifiesta como forma del pensamiento".
Las posteriores formulaciones de Hegel permiten descubrir claramente que, con
lo dicho, Hegel no se refería a lo que los historiadores de la filosofía actual
llaman también una revolución del pensamiento, es decir, un proceso que se
produce lejos del mundo grosero e inculto de las luchas reales, con calma y
limpieza, en el reino puro del gabinete de estudio, sino que el mayor pensador
que produjo la sociedad burguesa en su época revolucionaria consideró que la
"revolución en forma de pensamiento" era un componente real del
proceso real general de la sociedad. He aquí dichas formulaciones:
"En esta gran época de la historia universal,
cuya esencia más íntima se incluye en la filosofía de la historia, sólo han
participado dos pueblos: el alemán y el francés, por muy opuestos que sean, o
precisamente porque son opuestos. Las restantes naciones no han tomado parte en
ella de un modo interno, pero sí lo han hecho políticamente, tanto sus
gobiernos como los pueblos. En Alemania, este principio irrumpió como idea,
espíritu, concepto, y en Francia dentro de la realidad; por el contrario, lo
que ha aparecido en la realidad alemana se presenta como una violencia de
circunstancias exteriores y una reacción en contra".
Unas páginas más adelante, al describir la filosofía
de Kant, vuelve a las mismas ideas:
"Ya Rousseau situó lo absoluto en la libertad:
Kant tiene el mismo principio, sólo que más bien en el aspecto teórico. Los
franceses lo conciben en el campo de la voluntad porque, como dice uno de sus
refranes, Il a la tête près du bonnet. Francia tiene el sentido de la realidad,
de lo realizado, porque allí la idea se convierte inmediatamente en acción; de
ahí que en Francia las personas estén prácticamente inclinadas hacia la
realidad. Pero si la libertad como tal es concreta, fue considerada inmadura en
su abstracción aplicada a la realidad; y dar vigencia a abstracciones en la
realidad significa destruir realidad. El fanatismo de la libertad, en manos del
pueblo, fue terrible. En Alemania, el mismo principio reclamó para sí el
interés de la consciencia, pero sólo se formó teóricamente. Tenemos toda clase
de ruidos en la cabeza y encima de la cabeza; pero la cabeza alemana deja
tranquila la gorra de dormir y opera en su interior..."
En estas frases de Hegel se expresa de hecho el mismo
principio que hace comprensible la más íntima esencia de esta gran época de la
historia universal: la conexión dialéctica entre filosofía y realidad que, como
expresó Hegel de manera más general en otro lugar, hace que toda filosofía no
pueda ser más que "su tiempo comprendido en ideas", y que, de modo
asimismo indispensable para la captación real del desarrollo del pensamiento
filosófico, lo es sobre todo cuando se trata de comprender la evolución del pensamiento
en una época revolucionaria del desarrollo de la vida social. Y en esto
consiste precisamente el destino impuesto por un poder excesivo a la evolución
ulterior de la investigación filosófica e histórico-filosófica de la clase
burguesa en el siglo XIX; dicha clase, que a mediados de siglo había dejado de
ser revolucionaria en su praxis social, desde este momento -y por una necesidad
interna- perdió también en su pensamiento la facultad de comprender en su
verdadera significación las relaciones dialécticas entre la evolución histórica
ideal y la real, y especialmente entre la filosofía y la revolución. Así, la
auténtica decadencia y el verdadero final que de hecho experimentó el
movimiento revolucionario de la clase burguesa en la praxis social a mediados
del siglo XIX hallaría su expresión ideológica en la decadencia y el final
aparentes del movimiento filosófico, del que nos hablan aún hoy los
historiadores burgueses de la filosofía. (...) Por el contrario, hay un punto
de vista que vuelve a adoptar la concepción dialéctica, olvidada hasta entonces
por la filosofía burguesa, aunque sólo en la forma poco desarrollada y aún no
del todo consciente de sí misma en la que la aplicó Hegel (es decir, la
dialéctica idealista de Hegel en contraposición con la dialéctica idealista de
Marx), y la aplica al estudio de la evolución de la historia de la filosofía en
el siglo XIX de un modo consecuente y, desde este punto de vista, toda esta
evolución se nos aparece de inmediato en una configuración distinta y mucho más
madura, también en el campo de la historia de las ideas. En lugar de una
disminución y una interrupción final del movimiento revolucionario en el reino
de las ideas, aparece una profunda e importante transformación del carácter de
este movimiento revolucionario durante los años 40. En lugar del fin de la
filosofía clásica alemana, aparece la transición de dicha filosofía, que
constituyó la expresión ideológica del movimiento revolucionario de la clase
burguesa, hacia una nueva ciencia, que se presenta en el escenario de la
evolución histórico-ideológica como expresión general del movimiento
revolucionario de la clase proletaria, es decir: su transición a la teoría del
"socialismo científico", tal como esta teoría fue formulada y
fundamentada por primera vez en los años 40 por Marx y Engels. Así, pues, para
comprender de un modo justo y completo esta conexión necesaria y esencial entre
el idealismo alemán y el marxismo, una conexión que, hasta nuestros días, los
historiadores burgueses de la filosofía han pasado por alto u olvidado
completamente (o bien la han captado y descrito de una forma incompleta y
equivocada), tenemos que ir más allá del pensamiento habitual, abstracto e
ideológico de los actuales historiadores burgueses, y pasar a un punto de vista
que aún no es específicamente marxista, sino simplemente dialéctico (hegeliano
y marxista).
Entonces comprenderemos de golpe no sólo el hecho de
las conexiones existentes entre la filosofía ideal alemana y el marxismo, sino
también su necesidad interna. Comprenderemos que el sistema marxista, la
expresión teórica del movimiento revolucionario de la clase proletaria, debe
mantener respecto a los sistemas de la filosofía ideal alemana, expresión
teórica del movimiento revolucionario de la clase burguesa, una relación
idéntica en el terreno de la historia de las ideas (ideológicamente) a la que existe
entre el movimiento del proletariado y el movimiento de clase burgués en el
terreno de la praxis social y política. Se trata de un mismo proceso de
desarrollo histórico en el que, por un lado, del movimiento revolucionario del
tercer estado surge un movimiento proletario "autónomo", y por otro
lado la nueva teoría materialista del marxismo se opone como algo
"autónomo" a la filosofía idealista burguesa. Todos estos procesos se
influyen mutuamente. El nacimiento de la teoría marxista es sólo, desde el punto
de vista hegeliano-marxista, la "otra cara" del nacimiento del
movimiento proletario real; las dos caras constituyen la totalidad concreta del
proceso histórico.
Con este criterio dialéctico que nos permite concebir
cuatro movimientos diferentes (el movimiento revolucionario de la burguesía; la
filosofía idealista de Kant a Hegel; el movimiento revolucionario del
proletariado y la filosofía materialista del marxismo) como cuatro momentos de
un proceso histórico unitario, obtenemos la posibilidad de comprender la
verdadera esencia de la nueva ciencia, una ciencia que, formulada teóricamente
por Marx y Engels, constituye la expresión general del movimiento revolucionario
autónomo del proletariado. Y al mismo tiempo comprendemos también los motivos
por los cuales la historia burguesa de la filosofía se vio obligada a ignorar
totalmente esta filosofía materialista del proletariado revolucionario, nacida
de los sistemas altamente desarrollados de la filosofía ideal revolucionaria
burguesa, o bien sólo pudo concebir su esencia de una forma meramente negativa
o -en sentido literal- "alterada". Así como dentro de la sociedad
burguesa y su Estado no se pueden realizar los objetivos prácticos
fundamentales del movimiento proletario, así tampoco la filosofía de dicha
sociedad burguesa es capaz de comprender los principios generales en los que el
movimiento proletario revolucionario ha encontrado su expresión autónoma y
autoconsciente. Por consiguiente, el punto de vista burgués -también en la
teoría- debe detenerse en el punto en que debe detenerse también en la práctica
social... Sólo en la medida en que la historia de la filosofía trasciende esta
barrera, el socialismo científico deja de ser para ella un más allá
trascendente y se convierte en un objeto de conocimiento posible. La situación
peculiar que dificulta la exacta comprensión del problema "marxismo y
filosofía" consiste sin embargo en que parece como si precisamente al
pasar la frontera del punto de vista burgués (un paso que permite al contenido
fundamentalmente nuevo de la filosofía del marxismo convertirse básicamente en
un objeto comprensible) se aboliera y se destruyera a la vez dicho objeto como
objeto filosófico.
(...) La historia de la evolución de la teoría
marxista ofrece el panorama siguiente: en su primera forma (...) es una teoría
totalmente impregnada de pensamiento filosófico, una teoría del desarrollo
social concebida y entendida como una totalidad viva o, para decirlo con más
exactitud, una teoría de la revolución social concebida y puesta en práctica
como una totalidad viva. Una separación por ciencias aisladas es inimaginable a
este nivel, por muy fielmente que se capten, analicen y critiquen los detalles
concretos de cada momento. Naturalmente, no sólo forman un todo la economía, la
política y la ideología, sino también el devenir histórico y la acción social
consciente de cara a la unidad viva de la "praxis revolucionaria"
(Tesis sobre Feuerbach). La mejor manifestación de esta primera forma juvenil
de la teoría marxista en tanto que teoría de la revolución social la tenemos
naturalmente en el Manifiesto Comunista.
Ahora bien, desde el punto de vista de la dialéctica
materialista, es perfectamente comprensible que esta primera forma de la teoría
marxista no pudiera mantenerse inalterada durante la larga época, prácticamente
no revolucionaria, que llenó básicamente la segunda mitad del siglo XIX en
Europa. También para la clase obrera, que va madurando lentamente para su
autoliberación, debe ser válido lo que Marx, en el prólogo a sus Grundrisse,
aplica a toda la humanidad; según él, la humanidad "se propone siempre tan
sólo las tareas que puede resolver, porque, mirándolo detenidamente, siempre
resultará que una tarea sólo se presenta cuando existen ya las condiciones
materiales para su solución, o por lo menos se hallan en proceso de
realización". Y en este aspecto no cambia nada el hecho de que la tarea
que trasciende a las relaciones actuales haya sido formulada ya teóricamente en
una época anterior. Una concepción que quisiera asignar a la teoría una
existencia independiente fuera del movimiento real, no sería naturalmente
materialista, ni tampoco dialéctica hegeliana; sería simplemente metafísica
idealista. Pero de la concepción dialéctica que, sin excepción, implica toda
forma en el transcurrir del movimiento, se sigue necesariamente que también la
teoría de Marx y Engels sobre la revolución social debía experimentar grandes
cambios en el transcurso de su desarrollo posterior. En 1864, cuando Marx
redactó el Mensaje inaugural y los Estatutos de la I Internacional, veía con
toda claridad que, naturalmente, "se necesitaba tiempo para que el
movimiento renacido permitiera la antigua audacia del lenguaje". Y esto no
es sólo válido para el lenguaje, sino también para todos los componentes de la
teoría del movimiento. Así, el socialismo científico de El capital, de 1867-1894,
y de los restantes escritos tardíos de Marx y Engels, presenta una forma
transformada y perfeccionada en muchos aspectos de la teoría general marxista,
frente al comunismo directamente revolucionario del Manifiesto, de Miseria de
la filosofía, de La lucha de clases en Francia o El 18 Brumario. En su rasgo
fundamental, la teoría marxista se mantiene, con todo, esencialmente inalterada
también en los escritos tardíos de Marx y Engels. Incluso en su forma posterior
y más desarrollada, como socialismo científico, el marxismo de Marx y Engels
sigue siendo el todo completo de una teoría de la revolución social. La
transformación consiste únicamente en que, durante la fase tardía, los diversos
componentes de dicha totalidad, economía, política, ideología -teoría
científica y práctica social- divergen progresivamente. Utilizando la expresión
de Marx, podríamos decir que se rompe el cordón umbilical de su unión natural.
Sin embargo, con dicha ruptura, el todo no es sustituido nunca en Marx y Engels
por una multiplicidad de elementos independientes, sino que se crea una nueva
unión de los distintos componentes del sistema, llevada a cabo con mayor
exactitud científica y construida siempre sobre la base de la crítica a la
economía política. Así, pues, el sistema del marxismo, en sus creadores, jamás
se diluye en una suma de ciencias particulares, con la aplicación práctica de
sus resultados en el aspecto externo. Si, por ejemplo, muchos intérpretes de
Marx y no pocos marxistas posteriores han podido establecer en la obra
principal de Marx, El capital, una diferencia entre los materiales históricos y
los teórico-económicos, al obrar así no han hecho más que demostrar que no han
entendido nada del verdadero método utilizado por la crítica marxista de la
economía política. Porque una de las características esenciales de dicho método
materialista dialéctico es que para él no existe tal diferencia, sino que
consiste esencialmente en la comprensión teórica de lo histórico. Y tampoco la
indestructible conexión entre teoría y práctica, que constituye la
característica más definitiva de la primera forma comunista del materialismo
marxista, se suprime en la forma posterior del sistema. Sólo una observación
superficial puede pensar que la teoría pura del pensamiento ha desplazado la
práctica de la voluntad revolucionaria. En todos los pasajes decisivos,
especialmente en el primer volumen de El capital, vuelve a aflorar esta
subterránea voluntad revolucionaria actual en cada frase de la obra. Piénsese,
por ejemplo, en el célebre apartado 7 del capítulo 24, sobre la tendencia
histórica de la acumulación capitalista. En cambio, por lo que respecta a los
partidarios y seguidores de Marx, hay que comprobar que en ellos, a pesar de
sus adhesiones teórico-metodológicas a la concepción materialista histórica, se
ha producido realmente una disolución de la teoría unitaria de la revolución
social en sus disjecta membra. Mientras que, según la justa concepción
histórica, entendida como teóricamente dialéctica y prácticamente
revolucionaria, no puede haber ciencias particulares aisladas, independientes
unas de otras, como tampoco puede existir una investigación teórica pura,
separada de la práctica revolucionaria, carente de presupuestos en el terreno
científico, resulta que los marxistas posteriores han concebido de hecho el
socialismo científico cada vez más como suma de conocimientos puramente
científicos sin relación inmediata con la práctica política, y de cualquier
otro tipo, de la lucha de clases. Baste como prueba la referencia a las manifestaciones
de un único teórico -aunque muy representativo- de la Segunda Internacional
sobre la relación de la ciencia marxista con la política. En 1909, Rudolf
Hilferding, en el prólogo de su Finanzkapital, donde intenta "comprender
científicamente" los fenómenos económicos más recientes del desarrollo
capitalista, "lo que supone alinearlos en el sistema teórico de la
economía política clásica", escribe sobre dicha cuestión lo siguiente:
"El conocimiento de las leyes de la sociedad
productora de mercancías muestra al mismo tiempo los factores determinantes que
definen la voluntad de las clases de dicha sociedad. Descubrir la determinación
de la voluntad de clase es, según la concepción marxista, la misión de la
política científica, es decir, de la política que describe las relaciones
causales. Al igual que la teoría, la política del marxismo también se mantiene
libre de juicios de valor. Por ello es una concepción falsa, aunque muy
extendida intra y extra muros, identificar sin más el marxismo con el
socialismo. Porque lógicamente, considerado sólo como sistema científico, y
prescindiendo por tanto de sus repercusiones históricas, el marxismo no es más
que una teoría de las leyes del movimiento de la sociedad, leyes que la
concepción histórica marxista formula en general, en tanto que son aplicadas a
la época de la producción de mercancías por la economía marxista. La
consecuencia socialista es resultado de las tendencias que se imponen en la
sociedad productora de mercancías. El conocimiento de la exactitud del
marxismo, que incluye el de la necesidad del socialismo, no es en modo alguno
una concesión a los juicios de valor, y mucho menos una llamada al
comportamiento práctico. Porque una cosa es reconocer una necesidad, y otra
cosa ponerse al servicio de esa necesidad. Es perfectamente posible que alguien
-convencido de la victoria final del socialismo- se ponga sin embargo al
servicio de los que lo combaten. El conocimiento que da el marxismo de las
leyes que rigen el movimiento de la sociedad no deja de conferir siempre una
superioridad a quien las hace suyas y, entre los enemigos del socialismo, los
más peligrosos son sin duda los que más gozan del fruto de su
conocimiento".
El hecho curioso de que, con todo, el marxismo (es
decir, una teoría que "lógicamente es una ciencia científica, objetiva,
libre de juicios de valor") se identifique tan a menudo con las
aspiraciones socialistas, es algo que Hilferding se explica muy
"fácilmente" por la "invencible repugnancia de la clase
dominante a reconocer los resultados del marxismo" y a someterse con este
fin a los "esfuerzos" del estudio que exige tan "complicado
sistema". "Sólo en éste es la ciencia del proletariado y se enfrenta
a la economía burguesa, conservando tenazmente la aspiración de toda ciencia a
la validez general objetiva de sus resultados". La concepción histórica
materialista, que en Marx y Engels fue esencialmente dialéctica materialista,
se convierte en los epígonos en algo completamente adialéctico: una de las
direcciones la convierte en una especie de principio heurístico para la
investigación científica particular; en otra de las direcciones, el fluido
principio metodológico de la dialéctica materialista se derrama en una serie de
principios teóricos sobre la conexión causal de los fenómenos históricos en los
distintos campos de la vida social. Se convierte, por tanto, en algo que
podríamos definir con la máxima exactitud como una sociología general
sistemática. Por consiguiente, los unos tratan el principio materialista de
Marx como una "verdad fundamental subjetiva, simplemente para el juicio
reflejo" en el sentido de Kant, mientras que los otros admiten
dogmáticamente las doctrinas de la "sociología" marxista como un
sistema más económico o más geográfico-biológico según los casos. Todas estas
deformaciones y otras muchas, menos profundas, que el marxismo soportó durante
el segundo período de su evolución en manos de los epígonos, pueden ser
caracterizadas con la frase que resume el problema: la teoría general unitaria
de la revolución social se convirtió en una crítica científica del orden
económico burgués y del estado burgués, de la educación burguesa, de la
religión, el arte, la ciencia y toda la cultura burguesa, una crítica que ya no
pasa a ser necesariamente y por toda su esencia una práctica revolucionaria,
sino que igualmente puede derivar, y generalmente así sucede de hecho en su
práctica real, hacia toda clase de aspiraciones reformistas, que básicamente no
traspasan el ámbito de la sociedad burguesa y de su Estado. Esta deformación de
la teoría marxista, originariamente revolucionaria, convertida en una crítica
científica que ya no es revolucionaria o que sólo casualmente se plantea tareas
prácticas revolucionarias, se manifiesta con gran claridad si comparamos el
Manifiesto Comunista o incluso los Estatutos de la I Internacional, escritos
por Marx en 1864, con los programas de los partidos socialistas de la Europa
central y occidental y especialmente del Partido Socialdemócrata Alemán en la
segunda mitad del siglo XIX. Son sobradamente conocidas la amargura y la
mordacidad con que Marx y Engels se manifestaron sobre el hecho de que la
socialdemocracia alemana, el principal partido marxista de Europa, en sus
programas de Gotha (1875) y de Erfurt (1891), casi no planteara más que
exigencias reformistas, tanto en el terreno político como cultural e
ideológico, en las que no quedaba ni rastro del verdadero principio
revolucionario del marxismo.
(...) El menosprecio de todos los problemas
filosóficos del marxismo por la mayoría de los teóricos de la II Internacional
representa tan sólo una expresión parcial de la pérdida del carácter
revolucionario práctico del movimiento marxista, que encontró su expresión
general teórica en la simultánea extinción del principio materialista
dialéctico vivo en el marxismo vulgar de los epígonos. También Marx y Engels,
como hemos dicho, se defendieron siempre contra la idea de que su socialismo
científico seguía siendo una filosofía. Pero es bastante fácil demostrar que
para los revolucionarios dialécticos Marx y Engels, la oposición a la filosofía
tuvo un sentido completamente distinto al que ha tenido para el marxismo vulgar
posterior. Nada más lejos de las intenciones de Marx y Engels que una adhesión
a una investigación científica pura, sin presupuestos y situada por encima de
las clases, preconizada en definitiva por Hilferding y la mayor parte de los
demás marxistas de la II Internacional. El socialismo científico bien entendido
de Marx y Engels se halla en una contradicción aún más aguda respecto a esas
ciencias puras de la sociedad burguesa (economía, historia, sociología, etc.)
que respecto a la filosofía, en la que un día encontró su máxima expresión
teórica el movimiento revolucionario del Tercer Estado. A partir de aquí,
resulta sorprendente la perspicacia de los nuevos marxistas que, guiados por
algunas expresiones famosas de Marx y sobre todo del viejo Engels, han
imaginado la supresión de la filosofía por Marx y Engels como una sustitución
de esa filosofía por un sistema de ciencias positivas, abstractas y
adialécticas. La verdadera contradicción entre el socialismo científico de Marx
y todas las filosofías y ciencias burguesas se basa más bien, y exclusivamente,
en el hecho de que este socialismo científico es la expresión teórica de un
proceso revolucionario que acabará con la supresión total de dichas filosofías
y ciencias burguesas, y al mismo tiempo con la supresión de las condiciones
materiales que hallaron en estas filosofías y ciencias su expresión ideológica.
Así, pues, se vio la absoluta necesidad de poner
nuevamente sobre el tapete el problema de las relaciones entre marxismo y
filosofía, desde un punto de vista simplemente teórico, con el fin de restaurar
el sentido verdadero e íntegro de la doctrina marxista, desfigurada y
trivializada por los epígonos. En este punto, como en la cuestión del marxismo
y el Estado, la misión teórica surge en realidad de las necesidades y
exigencias de la praxis revolucionaria. Durante el período revolucionario de
transición, en el que el proletariado, después de la toma del poder político,
tiene que cumplir unas determinadas tareas revolucionarias, tanto en el terreno
ideológico como en el político y el económico, y todas esas tareas se influyen
a cada paso mutuamente, también la teoría científica del marxismo tiene que
volver a ser lo que era para los autores del Manifiesto Comunista, y no sólo a
través de un retorno, sino a través de un progresivo desarrollo dialéctico:
tiene que volver a ser una teoría de la revolución social que abarque todos los
sectores de la vida social como totalidad (...).
II - El estado actual del problema "marxismo y
filosofía". Al mismo tiempo una anticrítica (1929)
(...) El texto Marxismo y filosofía concebía (...) la
necesidad de valorar nuevamente el aspecto filosófico del marxismo, frente al
abandono y al menosprecio del contenido filosófico revolucionario de la
doctrina de Marx y Engels, aparecidos en el período anterior entre las diversas
direcciones del marxismo, en forma distinta pero con idéntico resultado; de ahí
que Marxismo y filosofía entrara en contradicción con todas las direcciones del
marxismo alemán e internacional que aparecieron en el período precedente como
"revisionistas" filosóficos partidarios de Kant, de Mach o de
cualquier otro filósofo, y también con la línea evolutiva maestra que, en la
dirección centrista predominante de la ortodoxia marxista socialdemócrata,
había conducido cada vez más a una concepción científica afilosófica,
positivista, del marxismo, y a la que pagaron tributo en aquel momento los
ortodoxos revolucionarios como Franz Mehring con su manifiesto desprecio por
todas las "elucubraciones filosóficas". Sin embargo, esta formulación
de la misión revolucionaria a cumplir en el terreno de la filosofía dentro del
período actual entró en una contradicción aún mayor, si cabe, como muy pronto
habría de demostrarse, con una tercera tendencia que se había formado
principalmente en las dos fracciones del marxismo ruso durante el período
inmediatamente anterior, y que ha sido defendida especialmente por los teóricos
del nuevo "marxismo-leninismo" bolchevique durante la fase evolutiva
actual.
La acogida extraordinariamente belicosa que dispensó
la prensa rusa y la de todos los partidos comunistas de todos los países a los
estudios dialécticos marxistas de Georg Lukács, aparecidos en 1923, y también,
a poco de conocerse, a la primera edición de mi escrito, aparecida por la misma
época, se explica en gran parte por el hecho de que precisamente entonces
(cuando, al morir Lenin, prosiguió con mayor encono la lucha, iniciada ya en
vida del dirigente, de los diadocos por su legado, y a la vez el comunismo
internacional de Occidente había recibido una dura derrota en la praxis
política con los sucesos de octubre y noviembre de 1923 en Alemania) se inició,
por parte de la dirección del partido comunista ruso, con la consigna de una
"propaganda del leninismo", la lucha por la
"bolchevización" de todos los partidos comunistas no rusos
incorporados a la Internacional Comunista. A esta ideología
"bolchevista" correspondería también, como pieza central y
fundamental, una ideología estrictamente filosófica, que se autorizaba ella
misma a una restauración de la filosofía marxista, auténtica y no falseada, y
que se disponía a emprender, sobre esta base, la lucha contra las restantes
tendencias filosóficas que apareciesen en el seno del moderno movimiento
obrero.
Esta filosofía marxista leninista, que avanzaba
precisamente hacia Occidente, se encontró con una tendencia filosófica opuesta
dentro de la propia Internacional Comunista en los escritos de Lukács, en los
míos y en los de otros comunistas "europeos occidentales"; de ahí que
entraran por primera vez en una discusión directamente filosófica las dos
tendencias revolucionarias que hasta entonces sólo se habían enfrentado en
problemas políticos y tácticos, tendencias nacidas en el seno de la Internacional
socialdemócrata antes de la guerra y unidas sólo de un modo superficial desde
el primer momento en la Internacional Comunista. Esta discusión filosófica
(...) fue relegada de nuevo a un segundo término por las luchas políticas
fraccionales que volvieron a desencadenarse desde el año 1925 dentro del
partido ruso y, desde entonces, en todos los partidos comunistas con creciente
encono. Luego tuvo una importancia transitoria no escasa en el marco de la
evolución general como primer intento de romper la "mutua impenetrabilidad"
que, en palabras de un crítico ruso extraordinariamente bien informado sobre la
situación teórica en ambos campos, había existido hasta entonces entre la
ideología general del comunismo ruso y el occidental.
Si queremos reducir a una fórmula breve la querella
filosófica del año 1924, sin abrir brecha en la forma ideológica que adoptó
dicha querella en la conciencia de los implicados en ella, podemos decir que se
trató de la confrontación entre la interpretación leninista del marxismo de
Marx-Engels, formalmente canonizada entonces en Rusia [hecha por A. Deborin
sobre la base del Lenin de Materialismo y empiriocriticismo], y las
concepciones de Georg Lukács y de otros muchos teóricos de los partidos
comunistas húngaro y alemán, considerados, con más o menos razón,
"partidarios" suyos; unas concepciones que al parecer se
"desviaban" de este canon leninista en dirección hacia un idealismo,
hacia la crítica filosófica del conocimiento de Kant y hacia la dialéctica
idealista de Hegel. En relación con el escrito Marxismo y filosofía, este
reproche de "desviación idealista" se fundamentó por un lado
atribuyendo al autor unas opiniones que no se formularon en absoluto en su
trabajo y que en parte se rechazaron de un modo expreso, en especial la
supuesta negación de la "dialéctica en la naturaleza". [En realidad,
Marxismo y filosofía se mantenía distante tanto de la unilateralidad con que
Lukács independizaba las concepciones respectivas de Marx y de Engels, como del
dogmatismo ortodoxo que establecía una coincidencia total y absoluta entre las
doctrinas de ambos padres de la Iglesia]. Pero, por otra parte, los ataques se
dirigían también contra las ideas defendidas realmente en Marxismo y filosofía,
y especialmente contra la renuncia dialéctica, expresada más de una vez, al
"realismo ingenuo" de que se sirve "el llamado sentido común,
ese lamentable metafísico", y con él la "ciencia positiva"
habitual de la sociedad burguesa, y tras ella también, por desgracia, el
marxismo vulgar actual, abandonado de todo pensamiento filosófico, para trazar
"una profunda línea divisoria entre la consciencia y su objeto", y
así admite la consciencia "como algo dado, contrapuesto desde el principio
al ser, a la naturaleza" (como Engels reprochó críticamente a Dühring aún
en el año 1878).
Con esta crítica de la concepción primitiva,
predialéctica y aun pretrascendental de la relación entre consciencia y ser,
una crítica lógica -según me pareció entonces- para todo dialéctico
materialista y marxista revolucionario, y por esta misma razón más presupuesta
que detalladamente fundamentada, yo había tocado precisamente, sin ser
consciente de ello, el punto fundamental de aquella concepción
"filosófica" peculiar que entonces debía ser propagada y difundida
desde Moscú a todo el mundo comunista de Occidente, considerada como fundamento
de la nueva doctrina ortodoxa del llamado "marxismo-leninismo". Y con
una ingenuidad que, desde el pervertido punto de vista "occidental",
sólo puede ser caracterizada como un "estado de inocencia"
filosófico, los autorizados exponentes del nuevo "marxismo-leninismo"
ruso respondieron a este pretendido ataque "idealista" con su ABC
"materialista", aprendido de memoria.
La auténtica confrontación teórica con esta filosofía
materialista de Lenin, a la que se aferran formalmente hasta hoy los epígonos
de Lenin en la Rusia soviética, a pesar de algunas inconsecuencias grotescas y
de algunas contradicciones manifiestas, aparece en este punto como una tarea
secundaria, por la simple razón de que el mismo Lenin no puso en primer lugar
una fundamentación teórica de esta filosofía suya en ningún momento de su vida,
sino que la defendió como la única filosofía "útil" al proletariado
revolucionario, frente a la filosofía de los seguidores de Kant, Mach y otros
idealistas, "perjudicial" para el proletariado. De una forma clara e
inequívoca se pone de manifiesto este hecho en la correspondencia sobre estas
cuestiones "filosóficas" que Lenin mantuvo con Máximo Gorki después
de la primera revolución rusa de 1905. Una y otra vez Lenin intenta aclarar a
Gorki, su amigo personal pero su adversario político-filosófico, que "un
hombre de partido, cuando está convencido del carácter totalmente erróneo y de
la nocividad de una determinada doctrina, tiene el deber de enfrentarse a
ella", y que lo más importante que puede hacer, caso de producirse esta
"lucha absolutamente inevitable", consiste en procurar que, en el
transcurso de la lucha, "no se resienta el imprescindible trabajo práctico
de partido" [carta a Gorki del 24 de marzo de 1908]. Y de esta suerte
resulta que la importancia real de la obra filosófica capital de Lenin no
reside en modo alguno en los argumentos filosóficos con que Lenin "rebatió"
y combatió teóricamente las distintas tendencias idealistas de la moderna
filosofía burguesa, que habían influenciado en la dirección revisionista (como
kantismo) y en la dirección centrista (como "empiriocriticismo"
seguidor de Mach) del movimiento socialista de entonces. Reside, más bien, en
la extrema consecuencia con que combatió prácticamente e intentó destruir estas
tendencias filosóficas contemporáneas como ideologías falsas desde una
perspectiva de partido.
Así, el promotor de esta supuesta restauración de la
verdadera filosofía materialista de Marx y Engels ha visto con perfecta
claridad, para detenernos sólo en un punto muy importante, que Marx y Engels,
después de acabar de una vez por todas con el idealismo de Hegel y los
hegelianos durante los años 40, en la época siguiente de su trabajo teórico se
"limitaron, en el terreno de la teoría del conocimiento, a corregir los
errores de Feuerbach, a burlarse de las trivialidades del materialista Dühring,
a criticar los defectos de Büchner y a subrayar lo que les faltaba a estos
escritores, los más populares y divulgados en los círculos obreros: la
dialéctica". Las verdades básicas del materialismo, que los vendedores
ambulantes lanzaban al mundo en docenas de ediciones, no eran para Marx, Engels
y J. Dietzgen motivo ninguno de preocupación; toda su atención se dirigió a que
esas verdades no se vulgarizaran, no se simplificaran demasiado, no condujeran
a una paralización del pensamiento ("materialismo abajo, idealismo
arriba"); a que no se olvidara el precioso fruto de los sistemas
idealistas, la dialéctica de Hegel, esta perla auténtica que esos gallos
llamados Büchner, Dühring y compañía (junto a Leclair, Mach, Avenarius, etc.)
no consiguieron separar del montón de estiércol del idealismo absoluto. En una
palabra, partiendo de las condiciones históricas dadas entonces por su trabajo
filosófico, lo que hicieron fue "distanciarse de la vulgarización de las
verdades básicas del materialismo más que defender esas mismas verdades",
lo mismo que, en su lucha política, "se distanciaron de la vulgarización
de las exigencias básicas de la democracia política más que defender esas
mismas exigencias". En cambio, Lenin considera que, bajo las condiciones
históricas actuales, completamente transformadas en este punto según su
opinión, la misión que tienen que cumplir él y los restantes marxistas y
materialistas revolucionarios es, ante todo y por encima de todo, no ya
defender las exigencias fundamentales de la democracia política en el terreno
de la política, sino "las verdades básicas del materialismo filosófico en
el terreno de la filosofía" contra sus modernos agresores del campo
burgués y sus cómplices en el propio campo de la clase obrera, y divulgar a la
vez dichas verdades entre los millones de campesinos y masas atrasadas de
Rusia, de Asia y de todo el mundo, enlazando así conscientemente con el
materialismo burgués revolucionario de los siglos XVII y XVIII [las citas son
de Materialismo y empiriocriticismo].
Como se ve, para Lenin en toda esta problemática no
interesa en el fondo la cuestión teórica de la verdad o la falsedad de la
filosofía materialista por él defendida, sino la cuestión práctica de su
utilidad para la lucha revolucionaria de la clase trabajadora, o bien -en los
países que no han llegado aún al pleno desarrollo capitalista- de la clase
trabajadora y de las otras clases populares oprimidas. Por tanto, el punto de
vista "filosófico" de Lenin aparece simplemente como una forma peculiar,
extrañamente camuflada, de aquel punto de vista que ya fue estudiado en la
primera edición de Marxismo y filosofía en otra de sus manifestaciones y cuyo
defecto principal queda definido muy agudamente por el juicio del joven Marx
contra aquel "partido político práctico que se imagina que puede suprimir
la filosofía (prácticamente) sin convertirla en realidad (teóricamente)".
Al tomar posición respecto a las cuestiones tratadas por la filosofía y hacerlo
sólo pensando en los motivos y efectos que se dan fuera de la filosofía y no
pensando a la vez en su cometido teórico filosófico, comete la misma falta que
cometió, según palabras de Marx, el "partido político práctico de
Alemania" al creer que podía llevar a cabo la "negación de toda
filosofía" (en Lenin: ¡de toda filosofía idealista!), exigida por él con
razón, y que podría hacerlo "volviendo la espalda a la filosofía y
murmurando unas frases enojadas y banales sobre ella con la cabeza
vuelta".
Esta actitud, tomada por Lenin ante la filosofía y
ante la ideología en general, plantea una primera pregunta de la que hay que
hacer depender en principio el juicio de la "filosofía materialista"
peculiar defendida por Lenin, consistente en saber si, en la situación
histórica actual, subsiste todavía la transformación de toda la situación
histórica cultural preconizada por Lenin, una transformación que haría
necesario destacar hoy en el materialismo dialéctico no ya la dialéctica frente
al materialismo de la ciencia burguesa -de signo vulgar, predialéctico y
también, en la actualidad, en parte conscientemente no dialéctico y
antidialéctico- sino más bien el materialismo frente al avance de las
tendencias idealistas de la filosofía burguesa. En mi opinión, expuesta ya en
otro lugar, no es éste en realidad el caso. Pero a pesar de ciertos fenómenos
contradictorios en la superficie del movimiento filosófico y científico burgués
de hoy, y a pesar de ciertas corrientes contrapuestas que realmente existen, la
dirección que hay que atacar como fundamental y predominante en la filosofía y
en las ciencias naturales y del espíritu burguesas -hoy como hace 60 ó 70 años-
es la dirección que no parte de una concepción idealista, sino más bien de una
concepción materialista teñida de ciencia físico-natural. La opinión contraria
de Lenin, que con su teoría político-económica del "imperialismo" se
sitúa en un estrecho contexto ideológico, tiene en gran medida -como esa misma
teoría- sus raíces materiales en la especial situación económica y social de
Rusia y en las especiales tareas práctico-políticas y teórico-políticas
planteadas a la Revolución Rusa de un modo aparente, y también de un modo
efectivo, durante un período de tiempo muy delimitado. Esta teoría general
"leninista" no es, sin embargo, la expresión teórica suficiente de
las necesidades prácticas en la actual fase evolutiva de la lucha de clases del
proletariado internacional, y la filosofía materialista de Lenin, que sirve de
fundamento ideológico a aquella teoría leninista, tampoco es -por la misma
razón- la filosofía revolucionaria del proletariado que corresponde a este
grado de desarrollo actual.
A esta situación histórica y práctica corresponde
también el carácter teórico de la filosofía materialista de Lenin. En estricta
contradicción con la concepción materialista dialéctica -que sigue siendo aún
inevitablemente "filosófica" por su esencia teórica, pero que en su
objetivo y en su tendencia actual se dirige ya a la supresión total de la
filosofía-, una concepción que fundaron Marx y Engels en su primer período
evolutivo revolucionario, y en cuya renovación a un nivel más elevado reside
también hoy la única misión revolucionaria que se puede cumplir en el terreno
filosófico, resulta que el filósofo Lenin, como marxista de veras, quiere
seguir siendo a la vez hegeliano, lo mismo que su maestro filosófico Plejanov y
que la otra discípula filosófica de éste, L. Axelrod-Orthodox. Realmente se
plantea la transición de la dialéctica idealista hegeliana hacia el
materialismo dialéctico de Marx y Engels como la sustitución de esta concepción
idealista, inherente al método dialéctico en Hegel, por otra concepción
filosófica del mundo que ya no sea "idealista" sino "
materialista", y no parece adivinar en absoluto que con tal
"inversión materialista" de la filosofía idealista hegeliana sólo
podría, en el mejor de los casos, introducirse un cambio terminológico, un
cambio que consistiría en no llamar ya "espíritu" a lo absoluto, sino
"materia". Pero en realidad este materialismo leniniano supone
incluso algo mucho más grave. No sólo es anulada la última inversión
materialista de la dialéctica idealista hegeliana que introdujeron Marx y
Engels, sino que se hace retroceder toda la discusión entre materialismo e
idealismo a un nivel de desarrrollo histórico anterior, que ya había sido
superado por la filosofía idealista alemana de Kant a Hegel. Ya desde la
disolución de la metafísica de Leibniz y Wolff, iniciada con la filosofía
trascendental de Kant y consumada con la dialéctica de Hegel, quedó
definitivamente desterrado lo "absoluto" del ser, tanto del
"espíritu" como de la "materia", y trasladado al movimiento
dialéctico de la "idea". La inversión materialista de esta dialéctica
idealista de Hegel por parte de Marx y Engels consistió únicamente en liberar
esta dialéctica hegeliana de su última envoltura mística, en descubrir bajo el
"automovimiento" dialéctico de la "idea" el movimiento
histórico real escondido en él, y en proclamar este movimiento histórico
revolucionario como el único "absoluto" que nos queda. En cambio,
Lenin vuelve a las contradicciones absolutas de "pensamiento" y
"ser", de "espíritu" y "materia", ya superadas
dialécticamente por Hegel, unas contradicciones sobre las que, en los siglos
XVII y XVIII, se mantuvo la polémica filosófica, y en parte todavía religiosa,
entre las direcciones de la Ilustración [v. Fenomenología del Espíritu].
Naturalmente, este materialismo que parte de la idea
metafísica de un ser absoluto dado deja de ser ya completamente una concepción
universalmente dialéctica, o siquiera materialista-dialéctica, a pesar de sus
protestas formales. Lenin y los suyos, al desplazar unilateralmente la
dialéctica al objeto, a la naturaleza y a la historia, y al definir el
conocimiento como simple reflejo y reproducción pasiva de este ser objetivo en
la consciencia subjetiva, destruyen de hecho toda relación dialéctica entre el
ser y la consciencia y, como consecuencia necesaria de tal proceder, destruyen
asimismo la relación dialéctica entre la teoría y la práctica. No les basta con
pagar un tributo involuntario al "kantismo", tan combatido por ellos,
en el sentido de revisar retrospectivamente la cuestión de la relación entre
todo el ser histórico y las formas de conciencia históricamente existentes
-cuestión planteada ya por la dialéctica de Hegel y sólo en un sentido mucho
más amplio por la dialéctica materialista de Marx y Engels-; no les basta,
pues, con llevar esta revisión a la cuestión mucho más estrecha,
"gnoseológica" o de crítica del conocimiento de la relación entre el
objeto y el sujeto del conocimiento, sino que a la vez conciben este
conocimiento como un proceso evolutivo que transcurre fundamentalmente sin
contradicciones y como un proceso infinito de aproximación a la verdad
absoluta. Asimismo, en sus ideas sobre la relación existente entre la teoría y
la práctica se separan en todos sus planteamientos de la concepción
materialista dialéctica de Marx para regresar a un enfrentamiento, total y
exclusivamente abstracto, entre una teoría pura, que descubre las verdades, y
una práctica pura, que aplica a la realidad las verdades descubiertas. "La
verdadera unidad de teoría y práctica se realiza a través de la transformación
práctica de la realidad, a través del movimiento revolucionario, que se apoya
en las leyes evolutivas descubiertas por la teoría". A este dualismo,
completamente paralelo a las ideas del más vulgar idealismo burgués, degenera
la magnífica unidad materialista dialéctica de la "práctica revolucionaria
de Marx" [v. Tesis sobre Feuerbach] en uno de los intérpretes filosóficos
de Lenin que no se aparta un ápice de la doctrina del maestro.
Otra consecuencia inevitable de este desplazamiento
valorativo de la dialéctica al materialismo consiste en la consiguiente
esterilidad de esta filosofía materialista para el desarrollo real de las
ciencias empíricas de la naturaleza y de la sociedad. Así como la
contraposición -tantas veces de moda en el marxismo occidental- del
"método" materialista dialéctico y de los resultados obtenidos en
cuanto al contenido por su aplicación a la filosofía y a las ciencias, es
contraria al espíritu de la dialéctica y aun del materialismo dialéctico (dado
que, para la concepción dialéctica, método y contenido son inseparables y, de
acuerdo con una conocida frase de Marx, "la forma no tiene valor, si no es
la forma de un contenido"), así también dicha exageración tiene como base
una opinión totalmente cierta; que la importancia que ha tenido el materialismo
dialéctico desde mediados del siglo XIX para el perfeccionamiento de las
ciencias empíricas de la naturaleza y de la sociedad ha residido sobre todo en su
"método".
Cuando, con la paralización del movimiento
revolucionario práctico desde los años 50 [del siglo XIX], apareció la
inevitable evolución diversificada de filosofía y ciencias positivas, de teoría
y práctica, era evidente que, para un largo período, la forma más importante de
la continuidad y el perfeccionamiento de la nueva concepción revolucionaria y
materialista dialéctica de Marx y Engels consistió en su aplicación como método
materialista dialéctico a todo el campo de las ciencias empíricas de la naturaleza
y de la sociedad. De este período proceden también todos los juicios en los
que, especialmente por parte del viejo Engels, se proclamó formalmente la
independencia de las distintas ciencias de "toda filosofía", y de
este modo se asignó a la filosofía, como único campo de acción que aún le
quedaba, la "doctrina del pensamiento" y de sus leyes - la lógica y
la dialéctica formales-, expulsándola así "de la naturaleza y de la
historia"; en realidad se redujo la llamada "filosofía" a una
ciencia particular empírica, al lado y no por encima de las restantes ciencias
particulares [v. Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana].
Aunque el punto de vista adoptado después por Lenin parezca externamente
emparentado con este punto de vista de Engels, la realidad es que se diferencia
de él como la noche del día, por la única circunstancia de que Engels considera
que la misión fundamental de la dialéctica materialista es "salvar de la
filosofía idealista alemana la dialéctica consciente en la concepción materialista
de la naturaleza y de la historia" [v. AntiDühring], mientras que Lenin,
por el contrario, ve esta misión fundamental en el mantenimiento y la defensa
de la posición materialista, que en el fondo nadie había atacado seriamente.
Así, Friedrich Engels llegó a su conclusión, acorde con la evolución progresiva
de las ciencias, de que el materialismo moderno, aplicado a la naturaleza y a
la historia, "es en ambos casos esencialmente dialéctico y no necesita ya
una filosofía situada por encima de las otras ciencias", en tanto que
Lenin no deja de poner peros a las "desviaciones filosóficas"
descubiertas por él no sólo en sus amigos y adversarios políticos y en los
ideólogos filosóficos, sino también en los investigadores científicos más
productivos, y así reclama para su "filosofía materialista" una
especie de magistratura suprema contra todos los resultados, pasados, presentes
y futuros, de la investigación de las ciencias particulares. La continuación,
llevada a cabo hasta las más absurdas consecuencias por los epígonos de Lenin,
de esta tutela "filosófica" materialista sobre todas las ciencias,
tanto las naturales como las sociales, así como sobre la totalidad de la
restante evolución cultural de la consciencia en la literatura, el teatro, las
artes plásticas, etc., condujo ulteriormente a la formación de la dictadura
ideológica que osciló de tan curiosa manera entre el progreso revolucionario y
la reacción más negra, una dictadura que, en nombre del
"marxismo-leninismo", se ejerce dentro de la Unión Soviética sobre
toda la vida cultural, no sólo sobre los cofrades del partido en el poder, sino
sobre toda la clase obrera, y que en época reciente ha intentado extenderse más
allá de las fronteras de la Rusia soviética, sobre todos los partidos comunistas
de Occidente y todo el mundo. Pero precisamente al producirse este intento se
pusieron de manifiesto las fronteras que inevitablemente se oponen a esta
aplicación artificiosa de semejante dictadura ideológica en la arena
internacional, donde no puede ser respaldada directamente por ningún sistema de
coacción estatal. Si el V Congreso de la Internacional Comunista, en 1924,
había emprendido la "lucha consecuente contra la filosofía idealista y
todas las filosofías no materiales dialécticas" en el Esbozo de programa
de la Internacional Comunista, cuatro años después, la Versión definitiva del
programa, aprobada por el VI Congreso, habla ya, de un modo mucho más
impreciso, de una lucha contra "todas las variantes de la concepción
filosófica burguesa", y no define ya el "materialismo dialéctico de
Marx y Engels" como una filosofía materialista, sino únicamente como un
"método revolucionario (!) de conocer la realidad para su transformación
revolucionaria"
2 - El
Estado Actual Del Problema "Marxismo y Filosofía".
Al mismo tiempo una anticrítica (1929)
(...) El texto
Marxismo y filosofía concebía (...) la necesidad de valorar nuevamente el
aspecto filosófico del marxismo, frente al abandono y al menosprecio del
contenido filosófico revolucionario de la doctrina de Marx y Engels, aparecidos
en el período anterior entre las diversas direcciones del marxismo, en forma
distinta pero con idéntico resultado; de ahí que Marxismo y filosofía entrara
en contradicción con todas las direcciones del marxismo alemán e internacional
que aparecieron en el período precedente como "revisionistas"
filosóficos partidarios de Kant, de Mach o de cualquier otro filósofo, y
también con la línea evolutiva maestra que, en la dirección centrista
predominante de la ortodoxia marxista socialdemócrata, había conducido cada vez
más a una concepción científica afilosófica, positivista, del marxismo, y a la
que pagaron tributo en aquel momento los ortodoxos revolucionarios como Franz
Mehring con su manifiesto desprecio por todas las "elucubraciones
filosóficas". Sin embargo, esta formulación de la misión revolucionaria a
cumplir en el terreno de la filosofía dentro del período actual entró en una
contradicción aún mayor, si cabe, como muy pronto habría de demostrarse, con
una tercera tendencia que se había formado principalmente en las dos fracciones
del marxismo ruso durante el período inmediatamente anterior, y que ha sido
defendida especialmente por los teóricos del nuevo
"marxismo-leninismo" bolchevique durante la fase evolutiva actual.
La acogida extraordinariamente belicosa que dispensó
la prensa rusa y la de todos los partidos comunistas de todos los países a los
estudios dialécticos marxistas de Georg Lukács, aparecidos en 1923, y también,
a poco de conocerse, a la primera edición de mi escrito, aparecida por la misma
época, se explica en gran parte por el hecho de que precisamente entonces
(cuando, al morir Lenin, prosiguió con mayor encono la lucha, iniciada ya en
vida del dirigente, de los diadocos por su legado, y a la vez el comunismo
internacional de Occidente había recibido una dura derrota en la praxis
política con los sucesos de octubre y noviembre de 1923 en Alemania) se inició,
por parte de la dirección del partido comunista ruso, con la consigna de una
"propaganda del leninismo", la lucha por la
"bolchevización" de todos los partidos comunistas no rusos
incorporados a la Internacional Comunista. A esta ideología
"bolchevista" correspondería también, como pieza central y
fundamental, una ideología estrictamente filosófica, que se autorizaba ella
misma a una restauración de la filosofía marxista, auténtica y no falseada, y
que se disponía a emprender, sobre esta base, la lucha contra las restantes
tendencias filosóficas que apareciesen en el seno del moderno movimiento
obrero.
Esta filosofía marxista leninista, que avanzaba
precisamente hacia Occidente, se encontró con una tendencia filosófica opuesta
dentro de la propia Internacional Comunista en los escritos de Lukács, en los
míos y en los de otros comunistas "europeos occidentales"; de ahí que
entraran por primera vez en una discusión directamente filosófica las dos
tendencias revolucionarias que hasta entonces sólo se habían enfrentado en
problemas políticos y tácticos, tendencias nacidas en el seno de la Internacional
socialdemócrata antes de la guerra y unidas sólo de un modo superficial desde
el primer momento en la Internacional Comunista. Esta discusión filosófica
(...) fue relegada de nuevo a un segundo término por las luchas políticas
fraccionales que volvieron a desencadenarse desde el año 1925 dentro del
partido ruso y, desde entonces, en todos los partidos comunistas con creciente
encono. Luego tuvo una importancia transitoria no escasa en el marco de la
evolución general como primer intento de romper la "mutua impenetrabilidad"
que, en palabras de un crítico ruso extraordinariamente bien informado sobre la
situación teórica en ambos campos, había existido hasta entonces entre la
ideología general del comunismo ruso y el occidental.
Si queremos reducir a una fórmula breve la querella
filosófica del año 1924, sin abrir brecha en la forma ideológica que adoptó
dicha querella en la conciencia de los implicados en ella, podemos decir que se
trató de la confrontación entre la interpretación leninista del marxismo de
Marx-Engels, formalmente canonizada entonces en Rusia [hecha por A. Deborin
sobre la base del Lenin de Materialismo y empiriocriticismo], y las
concepciones de Georg Lukács y de otros muchos teóricos de los partidos
comunistas húngaro y alemán, considerados, con más o menos razón,
"partidarios" suyos; unas concepciones que al parecer se
"desviaban" de este canon leninista en dirección hacia un idealismo,
hacia la crítica filosófica del conocimiento de Kant y hacia la dialéctica
idealista de Hegel. En relación con el escrito Marxismo y filosofía, este
reproche de "desviación idealista" se fundamentó por un lado
atribuyendo al autor unas opiniones que no se formularon en absoluto en su
trabajo y que en parte se rechazaron de un modo expreso, en especial la
supuesta negación de la "dialéctica en la naturaleza". [En realidad,
Marxismo y filosofía se mantenía distante tanto de la unilateralidad con que
Lukács independizaba las concepciones respectivas de Marx y de Engels, como del
dogmatismo ortodoxo que establecía una coincidencia total y absoluta entre las
doctrinas de ambos padres de la Iglesia]. Pero, por otra parte, los ataques se
dirigían también contra las ideas defendidas realmente en Marxismo y filosofía,
y especialmente contra la renuncia dialéctica, expresada más de una vez, al
"realismo ingenuo" de que se sirve "el llamado sentido común,
ese lamentable metafísico", y con él la "ciencia positiva"
habitual de la sociedad burguesa, y tras ella también, por desgracia, el
marxismo vulgar actual, abandonado de todo pensamiento filosófico, para trazar
"una profunda línea divisoria entre la consciencia y su objeto", y
así admite la consciencia "como algo dado, contrapuesto desde el principio
al ser, a la naturaleza" (como Engels reprochó críticamente a Dühring aún
en el año 1878).
Con esta crítica de la concepción primitiva,
predialéctica y aun pretrascendental de la relación entre consciencia y ser,
una crítica lógica -según me pareció entonces- para todo dialéctico
materialista y marxista revolucionario, y por esta misma razón más presupuesta
que detalladamente fundamentada, yo había tocado precisamente, sin ser
consciente de ello, el punto fundamental de aquella concepción
"filosófica" peculiar que entonces debía ser propagada y difundida
desde Moscú a todo el mundo comunista de Occidente, considerada como fundamento
de la nueva doctrina ortodoxa del llamado "marxismo-leninismo". Y con
una ingenuidad que, desde el pervertido punto de vista "occidental",
sólo puede ser caracterizada como un "estado de inocencia"
filosófico, los autorizados exponentes del nuevo "marxismo-leninismo"
ruso respondieron a este pretendido ataque "idealista" con su ABC
"materialista", aprendido de memoria.
La auténtica confrontación teórica con esta filosofía
materialista de Lenin, a la que se aferran formalmente hasta hoy los epígonos
de Lenin en la Rusia soviética, a pesar de algunas inconsecuencias grotescas y
de algunas contradicciones manifiestas, aparece en este punto como una tarea
secundaria, por la simple razón de que el mismo Lenin no puso en primer lugar
una fundamentación teórica de esta filosofía suya en ningún momento de su vida,
sino que la defendió como la única filosofía "útil" al proletariado
revolucionario, frente a la filosofía de los seguidores de Kant, Mach y otros
idealistas, "perjudicial" para el proletariado. De una forma clara e
inequívoca se pone de manifiesto este hecho en la correspondencia sobre estas
cuestiones "filosóficas" que Lenin mantuvo con Máximo Gorki después
de la primera revolución rusa de 1905. Una y otra vez Lenin intenta aclarar a
Gorki, su amigo personal pero su adversario político-filosófico, que "un
hombre de partido, cuando está convencido del carácter totalmente erróneo y de
la nocividad de una determinada doctrina, tiene el deber de enfrentarse a
ella", y que lo más importante que puede hacer, caso de producirse esta
"lucha absolutamente inevitable", consiste en procurar que, en el
transcurso de la lucha, "no se resienta el imprescindible trabajo práctico
de partido" [carta a Gorki del 24 de marzo de 1908]. Y de esta suerte
resulta que la importancia real de la obra filosófica capital de Lenin no
reside en modo alguno en los argumentos filosóficos con que Lenin "rebatió"
y combatió teóricamente las distintas tendencias idealistas de la moderna
filosofía burguesa, que habían influenciado en la dirección revisionista (como
kantismo) y en la dirección centrista (como "empiriocriticismo"
seguidor de Mach) del movimiento socialista de entonces. Reside, más bien, en
la extrema consecuencia con que combatió prácticamente e intentó destruir estas
tendencias filosóficas contemporáneas como ideologías falsas desde una
perspectiva de partido.
Así, el promotor de esta supuesta restauración de la
verdadera filosofía materialista de Marx y Engels ha visto con perfecta
claridad, para detenernos sólo en un punto muy importante, que Marx y Engels,
después de acabar de una vez por todas con el idealismo de Hegel y los
hegelianos durante los años 40, en la época siguiente de su trabajo teórico se
"limitaron, en el terreno de la teoría del conocimiento, a corregir los
errores de Feuerbach, a burlarse de las trivialidades del materialista Dühring,
a criticar los defectos de Büchner y a subrayar lo que les faltaba a estos
escritores, los más populares y divulgados en los círculos obreros: la
dialéctica". Las verdades básicas del materialismo, que los vendedores
ambulantes lanzaban al mundo en docenas de ediciones, no eran para Marx, Engels
y J. Dietzgen motivo ninguno de preocupación; toda su atención se dirigió a que
esas verdades no se vulgarizaran, no se simplificaran demasiado, no condujeran
a una paralización del pensamiento ("materialismo abajo, idealismo
arriba"); a que no se olvidara el precioso fruto de los sistemas
idealistas, la dialéctica de Hegel, esta perla auténtica que esos gallos
llamados Büchner, Dühring y compañía (junto a Leclair, Mach, Avenarius, etc.)
no consiguieron separar del montón de estiércol del idealismo absoluto. En una
palabra, partiendo de las condiciones históricas dadas entonces por su trabajo
filosófico, lo que hicieron fue "distanciarse de la vulgarización de las
verdades básicas del materialismo más que defender esas mismas verdades",
lo mismo que, en su lucha política, "se distanciaron de la vulgarización
de las exigencias básicas de la democracia política más que defender esas
mismas exigencias". En cambio, Lenin considera que, bajo las condiciones
históricas actuales, completamente transformadas en este punto según su
opinión, la misión que tienen que cumplir él y los restantes marxistas y
materialistas revolucionarios es, ante todo y por encima de todo, no ya
defender las exigencias fundamentales de la democracia política en el terreno
de la política, sino "las verdades básicas del materialismo filosófico en
el terreno de la filosofía" contra sus modernos agresores del campo
burgués y sus cómplices en el propio campo de la clase obrera, y divulgar a la
vez dichas verdades entre los millones de campesinos y masas atrasadas de
Rusia, de Asia y de todo el mundo, enlazando así conscientemente con el
materialismo burgués revolucionario de los siglos XVII y XVIII [las citas son
de Materialismo y empiriocriticismo].
Como se ve, para Lenin en toda esta problemática no
interesa en el fondo la cuestión teórica de la verdad o la falsedad de la
filosofía materialista por él defendida, sino la cuestión práctica de su
utilidad para la lucha revolucionaria de la clase trabajadora, o bien -en los
países que no han llegado aún al pleno desarrollo capitalista- de la clase
trabajadora y de las otras clases populares oprimidas. Por tanto, el punto de
vista "filosófico" de Lenin aparece simplemente como una forma peculiar,
extrañamente camuflada, de aquel punto de vista que ya fue estudiado en la
primera edición de Marxismo y filosofía en otra de sus manifestaciones y cuyo
defecto principal queda definido muy agudamente por el juicio del joven Marx
contra aquel "partido político práctico que se imagina que puede suprimir
la filosofía (prácticamente) sin convertirla en realidad (teóricamente)".
Al tomar posición respecto a las cuestiones tratadas por la filosofía y hacerlo
sólo pensando en los motivos y efectos que se dan fuera de la filosofía y no
pensando a la vez en su cometido teórico filosófico, comete la misma falta que
cometió, según palabras de Marx, el "partido político práctico de
Alemania" al creer que podía llevar a cabo la "negación de toda
filosofía" (en Lenin: ¡de toda filosofía idealista!), exigida por él con
razón, y que podría hacerlo "volviendo la espalda a la filosofía y
murmurando unas frases enojadas y banales sobre ella con la cabeza
vuelta".
Esta actitud, tomada por Lenin ante la filosofía y
ante la ideología en general, plantea una primera pregunta de la que hay que
hacer depender en principio el juicio de la "filosofía materialista"
peculiar defendida por Lenin, consistente en saber si, en la situación
histórica actual, subsiste todavía la transformación de toda la situación
histórica cultural preconizada por Lenin, una transformación que haría
necesario destacar hoy en el materialismo dialéctico no ya la dialéctica frente
al materialismo de la ciencia burguesa -de signo vulgar, predialéctico y
también, en la actualidad, en parte conscientemente no dialéctico y
antidialéctico- sino más bien el materialismo frente al avance de las
tendencias idealistas de la filosofía burguesa. En mi opinión, expuesta ya en
otro lugar, no es éste en realidad el caso. Pero a pesar de ciertos fenómenos
contradictorios en la superficie del movimiento filosófico y científico burgués
de hoy, y a pesar de ciertas corrientes contrapuestas que realmente existen, la
dirección que hay que atacar como fundamental y predominante en la filosofía y
en las ciencias naturales y del espíritu burguesas -hoy como hace 60 ó 70 años-
es la dirección que no parte de una concepción idealista, sino más bien de una
concepción materialista teñida de ciencia físico-natural. La opinión contraria
de Lenin, que con su teoría político-económica del "imperialismo" se
sitúa en un estrecho contexto ideológico, tiene en gran medida -como esa misma
teoría- sus raíces materiales en la especial situación económica y social de
Rusia y en las especiales tareas práctico-políticas y teórico-políticas
planteadas a la Revolución Rusa de un modo aparente, y también de un modo
efectivo, durante un período de tiempo muy delimitado. Esta teoría general
"leninista" no es, sin embargo, la expresión teórica suficiente de
las necesidades prácticas en la actual fase evolutiva de la lucha de clases del
proletariado internacional, y la filosofía materialista de Lenin, que sirve de
fundamento ideológico a aquella teoría leninista, tampoco es -por la misma
razón- la filosofía revolucionaria del proletariado que corresponde a este
grado de desarrollo actual.
A esta situación histórica y práctica corresponde
también el carácter teórico de la filosofía materialista de Lenin. En estricta
contradicción con la concepción materialista dialéctica -que sigue siendo aún
inevitablemente "filosófica" por su esencia teórica, pero que en su
objetivo y en su tendencia actual se dirige ya a la supresión total de la
filosofía-, una concepción que fundaron Marx y Engels en su primer período
evolutivo revolucionario, y en cuya renovación a un nivel más elevado reside
también hoy la única misión revolucionaria que se puede cumplir en el terreno
filosófico, resulta que el filósofo Lenin, como marxista de veras, quiere
seguir siendo a la vez hegeliano, lo mismo que su maestro filosófico Plejanov y
que la otra discípula filosófica de éste, L. Axelrod-Orthodox. Realmente se
plantea la transición de la dialéctica idealista hegeliana hacia el
materialismo dialéctico de Marx y Engels como la sustitución de esta concepción
idealista, inherente al método dialéctico en Hegel, por otra concepción
filosófica del mundo que ya no sea "idealista" sino "
materialista", y no parece adivinar en absoluto que con tal
"inversión materialista" de la filosofía idealista hegeliana sólo
podría, en el mejor de los casos, introducirse un cambio terminológico, un
cambio que consistiría en no llamar ya "espíritu" a lo absoluto, sino
"materia". Pero en realidad este materialismo leniniano supone
incluso algo mucho más grave. No sólo es anulada la última inversión
materialista de la dialéctica idealista hegeliana que introdujeron Marx y
Engels, sino que se hace retroceder toda la discusión entre materialismo e
idealismo a un nivel de desarrrollo histórico anterior, que ya había sido
superado por la filosofía idealista alemana de Kant a Hegel. Ya desde la
disolución de la metafísica de Leibniz y Wolff, iniciada con la filosofía
trascendental de Kant y consumada con la dialéctica de Hegel, quedó
definitivamente desterrado lo "absoluto" del ser, tanto del
"espíritu" como de la "materia", y trasladado al movimiento
dialéctico de la "idea". La inversión materialista de esta dialéctica
idealista de Hegel por parte de Marx y Engels consistió únicamente en liberar
esta dialéctica hegeliana de su última envoltura mística, en descubrir bajo el
"automovimiento" dialéctico de la "idea" el movimiento
histórico real escondido en él, y en proclamar este movimiento histórico
revolucionario como el único "absoluto" que nos queda. En cambio,
Lenin vuelve a las contradicciones absolutas de "pensamiento" y
"ser", de "espíritu" y "materia", ya superadas
dialécticamente por Hegel, unas contradicciones sobre las que, en los siglos
XVII y XVIII, se mantuvo la polémica filosófica, y en parte todavía religiosa,
entre las direcciones de la Ilustración [v. Fenomenología del Espíritu].
Naturalmente, este materialismo que parte de la idea
metafísica de un ser absoluto dado deja de ser ya completamente una concepción
universalmente dialéctica, o siquiera materialista-dialéctica, a pesar de sus
protestas formales. Lenin y los suyos, al desplazar unilateralmente la
dialéctica al objeto, a la naturaleza y a la historia, y al definir el
conocimiento como simple reflejo y reproducción pasiva de este ser objetivo en
la consciencia subjetiva, destruyen de hecho toda relación dialéctica entre el
ser y la consciencia y, como consecuencia necesaria de tal proceder, destruyen
asimismo la relación dialéctica entre la teoría y la práctica. No les basta con
pagar un tributo involuntario al "kantismo", tan combatido por ellos,
en el sentido de revisar retrospectivamente la cuestión de la relación entre
todo el ser histórico y las formas de conciencia históricamente existentes
-cuestión planteada ya por la dialéctica de Hegel y sólo en un sentido mucho
más amplio por la dialéctica materialista de Marx y Engels-; no les basta,
pues, con llevar esta revisión a la cuestión mucho más estrecha,
"gnoseológica" o de crítica del conocimiento de la relación entre el
objeto y el sujeto del conocimiento, sino que a la vez conciben este
conocimiento como un proceso evolutivo que transcurre fundamentalmente sin
contradicciones y como un proceso infinito de aproximación a la verdad
absoluta. Asimismo, en sus ideas sobre la relación existente entre la teoría y
la práctica se separan en todos sus planteamientos de la concepción
materialista dialéctica de Marx para regresar a un enfrentamiento, total y
exclusivamente abstracto, entre una teoría pura, que descubre las verdades, y
una práctica pura, que aplica a la realidad las verdades descubiertas. "La
verdadera unidad de teoría y práctica se realiza a través de la transformación
práctica de la realidad, a través del movimiento revolucionario, que se apoya
en las leyes evolutivas descubiertas por la teoría". A este dualismo,
completamente paralelo a las ideas del más vulgar idealismo burgués, degenera
la magnífica unidad materialista dialéctica de la "práctica revolucionaria
de Marx" [v. Tesis sobre Feuerbach] en uno de los intérpretes filosóficos
de Lenin que no se aparta un ápice de la doctrina del maestro.
Otra consecuencia inevitable de este desplazamiento
valorativo de la dialéctica al materialismo consiste en la consiguiente
esterilidad de esta filosofía materialista para el desarrollo real de las
ciencias empíricas de la naturaleza y de la sociedad. Así como la
contraposición -tantas veces de moda en el marxismo occidental- del
"método" materialista dialéctico y de los resultados obtenidos en
cuanto al contenido por su aplicación a la filosofía y a las ciencias, es
contraria al espíritu de la dialéctica y aun del materialismo dialéctico (dado
que, para la concepción dialéctica, método y contenido son inseparables y, de
acuerdo con una conocida frase de Marx, "la forma no tiene valor, si no es
la forma de un contenido"), así también dicha exageración tiene como base
una opinión totalmente cierta; que la importancia que ha tenido el materialismo
dialéctico desde mediados del siglo XIX para el perfeccionamiento de las
ciencias empíricas de la naturaleza y de la sociedad ha residido sobre todo en su
"método".
Cuando, con la paralización del movimiento
revolucionario práctico desde los años 50 [del siglo XIX], apareció la
inevitable evolución diversificada de filosofía y ciencias positivas, de teoría
y práctica, era evidente que, para un largo período, la forma más importante de
la continuidad y el perfeccionamiento de la nueva concepción revolucionaria y
materialista dialéctica de Marx y Engels consistió en su aplicación como método
materialista dialéctico a todo el campo de las ciencias empíricas de la naturaleza
y de la sociedad. De este período proceden también todos los juicios en los
que, especialmente por parte del viejo Engels, se proclamó formalmente la
independencia de las distintas ciencias de "toda filosofía", y de
este modo se asignó a la filosofía, como único campo de acción que aún le
quedaba, la "doctrina del pensamiento" y de sus leyes - la lógica y
la dialéctica formales-, expulsándola así "de la naturaleza y de la
historia"; en realidad se redujo la llamada "filosofía" a una
ciencia particular empírica, al lado y no por encima de las restantes ciencias
particulares [v. Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana].
Aunque el punto de vista adoptado después por Lenin parezca externamente
emparentado con este punto de vista de Engels, la realidad es que se diferencia
de él como la noche del día, por la única circunstancia de que Engels considera
que la misión fundamental de la dialéctica materialista es "salvar de la
filosofía idealista alemana la dialéctica consciente en la concepción materialista
de la naturaleza y de la historia" [v. AntiDühring], mientras que Lenin,
por el contrario, ve esta misión fundamental en el mantenimiento y la defensa
de la posición materialista, que en el fondo nadie había atacado seriamente.
Así, Friedrich Engels llegó a su conclusión, acorde con la evolución progresiva
de las ciencias, de que el materialismo moderno, aplicado a la naturaleza y a
la historia, "es en ambos casos esencialmente dialéctico y no necesita ya
una filosofía situada por encima de las otras ciencias", en tanto que
Lenin no deja de poner peros a las "desviaciones filosóficas"
descubiertas por él no sólo en sus amigos y adversarios políticos y en los
ideólogos filosóficos, sino también en los investigadores científicos más
productivos, y así reclama para su "filosofía materialista" una
especie de magistratura suprema contra todos los resultados, pasados, presentes
y futuros, de la investigación de las ciencias particulares. La continuación,
llevada a cabo hasta las más absurdas consecuencias por los epígonos de Lenin,
de esta tutela "filosófica" materialista sobre todas las ciencias,
tanto las naturales como las sociales, así como sobre la totalidad de la
restante evolución cultural de la consciencia en la literatura, el teatro, las
artes plásticas, etc., condujo ulteriormente a la formación de la dictadura
ideológica que osciló de tan curiosa manera entre el progreso revolucionario y
la reacción más negra, una dictadura que, en nombre del
"marxismo-leninismo", se ejerce dentro de la Unión Soviética sobre
toda la vida cultural, no sólo sobre los cofrades del partido en el poder, sino
sobre toda la clase obrera, y que en época reciente ha intentado extenderse más
allá de las fronteras de la Rusia soviética, sobre todos los partidos comunistas
de Occidente y todo el mundo. Pero precisamente al producirse este intento se
pusieron de manifiesto las fronteras que inevitablemente se oponen a esta
aplicación artificiosa de semejante dictadura ideológica en la arena
internacional, donde no puede ser respaldada directamente por ningún sistema de
coacción estatal. Si el V Congreso de la Internacional Comunista, en 1924,
había emprendido la "lucha consecuente contra la filosofía idealista y
todas las filosofías no materiales dialécticas" en el Esbozo de programa
de la Internacional Comunista, cuatro años después, la Versión definitiva del
programa, aprobada por el VI Congreso, habla ya, de un modo mucho más
impreciso, de una lucha contra "todas las variantes de la concepción
filosófica burguesa", y no define ya el "materialismo dialéctico de
Marx y Engels" como una filosofía materialista, sino únicamente como un
"método revolucionario (!) de conocer la realidad para su transformación
revolucionaria"
3 - El Punto De Vista De La Concepción Materialista De La
Historia (1922)
Para los eruditos burgueses de hoy, el marxismo no
sólo significa un grave trastorno teórico y práctico de primer orden, sino
también un trastorno teórico de segundo orden, un trastorno
"teórico-científico". No se puede clasificar en ninguno de los
ficheros del sistema de las ciencias burguesas, y aun cuando se quisiera abrir
un nuevo fichero para él y sus compañeros más íntimos, un fichero llamado
sociología, el marxismo no se quedaría tranquilo en él, sino que lo abandonaría
constantemente para meterse en otros. "Economía",
"filosofía", "historia", "derecho" y
"ciencia política", ninguno de estos cajones pudo darle cabida, pero
tampoco ninguno estaría a cubierto de él, si se quisiera meterlo en otros. (...)
La simple explicación de esta dificultad, insuperable desde el punto de vista
de la teoría científica burguesa, es que el marxismo no puede definirse como
"ciencia", ni siquiera en el sentido burgués más lato de la palabra
"ciencia", en el que dicho término incluye aun la filosofía
metafísica más especulativa. Hasta ahora, el socialismo y el comunismo
marxistas, en contraposición a los sistemas "crítico-utópicos" de un
Saint-Simon, un Fourier, un Owen, etc., suelen recibir el nombre de socialismo
"científico", haciendo un gran favor durante varias décadas a las
almas filisteas de tantos socialdemócratas alemanes. Este bello sueño se viene
cruelmente abajo al constatarse que, precisamente en el sentido respetable y
burgués de la palabra "ciencia", el marxismo no ha sido jamás una
"ciencia" ni puede serlo mientras se mantenga fiel a sí mismo. No es
"economía", ni "filosofía" ni "historia", ni
cualquier otra "ciencia del espíritu" o combinación de tales
ciencias, todo ello entendido en el sentido burgués de "cientificismo".
La obra económica fundamental de Marx, como lo expresa claramente su subtítulo
y lo demuestra en cada página su contenido, contiene más bien, desde el
principio hasta el fin, una "crítica" de la economía política.
(...) Cometen un grave error las ideas de la
investigación burguesa y semisocialista al partir de que el marxismo pretende
sustituir la filosofía anterior (burguesa) por una nueva "filosofía",
la historiografía anterior (burguesa) por una nueva "historiografía",
la doctrina jurídica y política anterior (burguesa) por una nueva
"doctrina jurídica y política", o incluso aquella forma inmadura que
la doctrina científica burguesa actual denomina "ciencia sociológica"
por una nueva "sociología". La teoría marxista no pretende tal cosa,
como tampoco el movimiento social y político del marxismo, del cual ella es
expresión teórica, pretende sustituir el sistema político burgués anterior y
todos sus miembros por nuevos "Estados" y por un nuevo "sistema
de Estados". Karl Marx se propone, por el contrario, la crítica de la
filosofía burguesa, la crítica de la historiografía burguesa, la crítica de
todas las "ciencias del espíritu" burguesas; en una palabra, la
crítica de toda la ideología burguesa. Y emprende esta crítica de la
"ideología" burguesa del mismo modo que emprendió la crítica de la
"economía" burguesa: desde el punto de vista de la clase proletaria.
(...)
La "crítica de la economía política" y la
"crítica de la ideología" de la clase burguesa constituyen, pues,
dentro del sistema del marxismo, un todo homogéneo, cuyas partes no pueden
separarse unas de otras ni considerarse por separado. Sin embargo, la
importancia que dentro de la totalidad del sistema marxista corresponde a ambas
partes es totalmente distinta. Esta diferencia se manifiesta, sin olvidar otros
aspectos también en la distinta minuciosidad con que Marx ha tratado las dos
partes de su sistema en las obras que han llegado a nosotros. Karl Marx, que en
su primera época juvenil partió también de un punto de vista filosófico, al
que, de acuerdo con su terminología posterior, hubiera correspondido la
denominación de exclusivamente "ideológico", sólo pudo desprenderse
de este punto de vista ideológico a través de un trabajo intelectual duro y
continuado. Entre el primer período de juventud y el período propiamente maduro
de su labor creadora se sitúa un largo trabajo de "autoesclarecimiento".
En él se separó tan a fondo de toda ideología que, incluso para la
"crítica de la ideología" en su período posterior, sólo le quedaron
unas observaciones marginales y ocasionales, en tanto que su interés primordial
se dirigió cada vez más a la "crítica de la economía política". Así,
pues, realizó la obra de su vida empezando por una "crítica de la
ideología" y en esa crítica halló su nuevo punto de vista materialista,
que después aplicó de un modo extraordinariamente fructífero a todos los
campos, pero que sólo llevó realmente hasta las últimas consecuencias en uno de
esos campos, que le pareció más importante: el campo de la economía política.
Esos distintos estadios de la evolución de Marx se
manifiestan de un modo muy preciso en sus obras. Inició el más importante
período de su actividad creadora con la Crítica de la filosofía del derecho de
Hegel, estimulada por la crítica de la religión de Feuerbach, y unos años
después, en colaboración con su amigo Engels, llenó "dos voluminosos tomos
en octavo" con una crítica de toda la filosofía posthegeliana en Alemania.
Pero esta segunda obra ya no la hizo imprimir, y luego, al iniciarse el
verdadero período de madurez de su vida, no concedió ya un gran valor a una
continuación más minuciosa de la "crítica de la ideología". En lugar
de ello, se dedicó desde entonces y con toda su energía a la investigación
crítica del sector económico, en el que veía el punto cardinal de todos los
cambios histórico-sociales. Y en este terreno llevó también su misión crítica
hasta el final. No sólo criticó negativamente la economía política tradicional
de la clase burguesa, sino que además lo hizo positivamente, al oponer -para
servirnos de una de sus expresiones preferidas- la "economía política de
la clase obrera" a la "economía política de la propiedad". En la
economía política de la clase burguesa, también teóricamente, la propiedad
privada domina toda la riqueza social, el trabajo muerto acumulado en el pasado
domina el trabajo vivo actual. En la economía política del proletariado -y, por
consiguiente, también en su "expresión teórica", el sistema económico
del marxismo- es, por el contrario, la sociedad la que domina todo su producto,
es decir, el trabajo vivo domina el trabajo muerto acumulado o
"capital". (...) Sólo mirando retrospectivamente la evolución
histórica que ha seguido la consciencia revolucionaria de la época actual
podemos decir que "la crítica de la religión ha sido la condición previa
de toda crítica". Si miramos hacia delante, será válido, por el contrario,
el principio de que la lucha contra la religión es sólo de un modo muy mediato
la lucha contra el mundo del que la religión es el "aroma espiritual".
Por tanto, si queremos acercarnos al hecho histórico real, tendremos que
transformar la "crítica del cielo" en una "crítica de la
tierra". Y un primer paso para ello es transformar la "crítica de la
religión" en la "crítica del derecho", la "crítica de la
teología" en la "crítica de la política". Con todo ello,
abarcamos siempre tan sólo la "otra cara" del ser humano, y no
todavía su realidad auténtica, la "cuestión verdaderamente terrenal en
todas sus proporciones naturales". Esto ocurre sólo cuando vamos a
encontrar al adversario en el terreno en el que realmente se halla, con todas
sus verdaderas acciones y también con todas sus ilusiones, es decir, en el
terreno de la dirección económica de la producción material. De ahí que toda
crítica de la religión, de la filosofía, de la historia, de la política y del
derecho deba encontrar su fundamentación última en la "más radical"
(la que más afecta a las raíces) de todas las críticas, es decir, en la crítica
de la economía política.
Esta posición, fundamental para todo lo demás, de la
economía política dentro de todo el sistema crítica del marxismo (¡los
burgueses dirían que es la "ciencia fundamental" marxista!), tiene
como consecuencia que, para la fundamentación teórica del marxismo, no se
necesita en absoluto una crítica del derecho, la historia y las restantes
"ideologías" burguesas que desemboque en el nacimiento de una nueva
ciencia marxista del derecho, de la política y de la sociedad. Los epígonos de
Marx, que se cuentan ellos mismos entre los "marxistas ortodoxos", se
equivocan totalmente cuando -como Karner-Renner en Austria o Kärrner Cunow en
Alemania- sienten la ineludible necesidad de "complementar" la
economía política del marxismo con una acabada doctrina marxista del derecho y
del Estado o, simplemente, con una elaborada doctrina social o sociología
marxista. El sistema marxista no necesita este complemento, del mismo modo que
tampoco existe una filología o una matemática específicamente marxista. También
el contenido de los sistemas matemáticos (y es curioso que se discuta menos que
en otros campos de la ciencia humana más terrenales) está condicionado
histórica, social, económica y prácticamente. No cabe duda de que en la próxima
transformación del mundo socio-histórico, antes, durante y especialmente
después de dicha transformación, las matemáticas sufrirán una transformación
"más o menos rápida". Así, pues, también para las matemáticas tiene
validez la concepción materialista de la historia y de la sociedad. Pero sería
ridículo que sólo por ello un marxista pretendiera, a partir de su profunda
visión de las realidades económico-socio-históricas que determinan también
"en última instancia" la evolución anterior y futura de la ciencia
matemática, contraponer una nueva matemática "marxista" a los
sistemas matemáticos elaborados por los investigadores en miles de años de
esfuerzos. Esto es precisamente lo que Karner-Renner y Kärrner Cunow han
intentado hacer, con unos recursos a todas luces precarios, en determinados
campos de la ciencia (¡el de la "ciencia jurídica", que también tiene
milenios de existencia, y el más joven dominio científico burgués de la
"sociología"!). Y lo mismo intentan innumerables pseudomarxistas,
figurándose que con la monótona repetición de su profesión de fe marxista
pueden añadir algo nuevo a los resultados objetivos de la investigación
histórica, o de la filosofía, o de cualquier otra ciencia natural o del
espíritu. En cambio, Marx y Engels, a pesar de disponer de conocimientos
realmente enciclopédicos sobre la ciencia de su tiempo en más de un dominio
científico, jamás cayeron en tan estúpidas y disparatadas ilusiones. Esto lo
dejaron para los Dühring y sus consortes que, como hoy y siempre, abundaban
también en su tiempo. (...)
De esta visión de la coherencia interna del sistema
ideológico de Marx resulta implícitamente el error de la queja, expresada
tantas veces, sobre el hecho de que Marx, a diferencia de lo que hizo con su
"economía política", no expusiera de un modo exhaustivo y en una obra
aparte su concepción filosófica general, es decir, el punto de vista y el
método de su nueva concepción materialista de la historia y de la sociedad. En
realidad, Marx nos ha expuesto con la mayor minuciosidad y de un modo vivo este
pensamiento materialista fundamental con todas sus consecuencias en sus obras
y, especialmente, también en su obra más importante, El capital, y así nos ha
descubierto la esencia de su concepción fundamental mucho más claramente que si
lo hubiese hecho con una descripción teórica. Sobre todo, es evidente que la
importancia de El capital no reside exclusivamente en el campo de lo
"económico". En esta obra, Marx no sólo criticó desde sus raíces la
economía política de la clase burguesa, sino también las restantes ideologías
burguesas nacidas de esta ideología económica fundamental. Y al explicar la
dependencia de toda la filosofía y la ciencia burguesas respecto a esta
ideología económica fundamental, atacó a la vez críticamente y del modo más
profundo todo el principio ideológico de la filosofía y de la ciencia
burguesas. Y así como, al enfrentarse con la "economía política" de
la clase burguesa no se contentó con una crítica meramente negativa sino que,
sin abandonar el terreno de la crítica, opuso a esta economía un sistema
completo de economía nueva, la economía política de la clase obrera, así
también al principio "ideológico", combatido por él críticamente, de
la filosofía y de la ciencia burguesa, opone -al contradecirlo de un modo
crítico- un nuevo punto de vista y un nuevo método, el de la concepción
materialista de la historia y de la sociedad del proletariado. En este sentido,
el sistema teórico de Marx contiene, pues, en aparente contradicción con lo que
hemos dicho al principio sobre ello, tanto una "ciencia", la nueva
ciencia de la economía marxista, como una "filosofía", la nueva
concepción filosófico-materialista de la conexión entre todos los fenómenos
histórico-sociales. Pero esta contradicción es sólo aparente; en realidad,
dentro de la doctrina marxista, en un aspecto u otro, es decir, tanto en su
"economía" como en su "filosofía", no se trata en absoluto
de una "ciencia" o filosofía en el sentido tradicional burgués de la
palabra. De todos modos, tanto las "doctrinas económicas del
marxismo" como su premisa fundamental general, la "concepción
materialista de la historia", contienen aún, en una parte de su esencia,
algo que es equiparable a la ciencia y la filosofía burguesas. En tanto que
refutación y superación crítica de la ciencia y la filosofía burguesas, siguen
siendo, en un aspecto, inevitablemente una ciencia y una filosofía. Pero en el
otro aspecto sobrepasan ya al mismo tiempo el horizonte filosófico y científico
burgués. Y asimismo, la forma estatal que la clase proletaria vencedora, a
través de la lucha práctica social y política, erigirá en lugar de la forma
estatal burguesa derrotada, seguirá teniendo, en un aspecto, el carácter de
"Estado" (en el sentido actual de la palabra), y sólo en el otro
aspecto, en su calidad de momento de transición hacia la sociedad comunista sin
clases, y consiguientemente sin Estado, ya no será del todo un
"Estado", sino algo superior.
(...) La rigurosa separación entre teoría y práctica
que caracteriza esta época burguesa y que desconocieron incluso las filosofías
antigua y medieval, vuelve a ser superada del todo por primera vez en la época
moderna, después que ya Hegel había preparado su superación con el desarrollo
de su método dialéctico. Más arriba hemos citado ya unas palabras del famoso
pasaje del Manifiesto Comunista sobre el sentido de los principios teóricos en
el sistema del comunismo marxista: "Los principios teóricos del comunismo
-se dice, en abierta antítesis con la ideología burguesa, según la cual los
principios e ideales teóricos, como entidades iguales válidas por sí mismas, se
oponen de manera independiente a la realidad común, terrenal, material, y así
el mundo puede ser mejorado a partir de la idea- no se basan en modo alguno en
ideas, en principios descubiertos o inventados por tal o cual reformador del
mundo. Son únicamente expresiones generales de relaciones reales de una lucha
de clases existente, de un movimiento histórico que se desarrolla ante nuestros
ojos". Estas frases del Manifiesto hallan su fundamentación más inmediata
y exacta en las once Tesis sobre Feuerbach (...). Estas tesis del joven Marx
contienen mucho más que un "genial embrión de la nueva concepción del
mundo", que es lo que deben contener en palabras de Engels. En ellas se
expresa toda la concepción filosófica general del marxismo con una coherencia
de una audacia inaudita y con una claridad luminosa. Bajo estos once martillazos,
dados con toda consciencia, se destrozan pieza por pieza los pilares que
sostenían la filosofía burguesa anterior. Marx no se detiene en absoluto en
aquel acostumbrado dualismo entre pensar y ser, entre voluntad y acción, tan
característico de la filosofía vulgar de la época burguesa hasta nuestros días.
Lo que hace es empezar inmediatamente con la crítica de los grandes grupos de
sistemas filosóficos, a través de los cuales ya dentro del mismo mundo burgués
se había operado una aparente superación del dualismo. Empieza, por
consiguiente, con la crítica de los sistemas del "materialismo"
anterior, que culmina en Feuerbach, por una parte, y por otra parte critica los
sistemas del idealismo de Kant-Fichte-Hegel. Ambos son desenmascarados como
algo engañoso y sustituidos por el nuevo materialismo, que acaba de golpe con
todos los misterios de la teoría, por el hecho de situar al hombre como ente
pensante-conceptivo y a la vez actuante-activo en el mundo, y de concebir la
objetividad de todo este mundo como "producto" de la "actividad"
del "hombre socializado". Este giro filosófico decisivo encuentra su
expresión más gráfica y concisa en las dos breves frases de la tesis octava:
"La vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que desvían
la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica
humana y en la comprensión de esa práctica".
Si queremos comprender lo radicalmente nuevo de esta
concepción de Marx, debemos ser conscientes de la doble contradicción en que se
halla, por una parte frente al idealismo anterior y por otra parte frente al
materialismo que la precedió. En contraposición al idealismo, que, incluso en
la filosofía hegeliana de la identidad, sigue teniendo en sí un momento
"trascendente" claramente perceptible, el materialismo de Marx se
sitúa en el campo de una "terrenalidad" plenamente efectiva: no sólo
los "ideales" práctico-éticos, sino también todas las
"verdades" teóricas tienen para Marx esta naturaleza estrictamente
terrenal. ¡Que los dioses eternos velen por la conservación de las verdades
eternas! Todas las verdades con las que nosotros, hombres de este mundo,
tenemos que ver y tendremos que ver siempre, son de naturaleza terrenal y
contingente, y por ello están sometidas sin ventaja alguna a la
"contingencia" y a las llamadas "insuficiencias" restantes
de todos los fenómenos terrenales. Por otra parte, sin embargo, nada hay en el
mundo del hombre (¡como casi siempre se lo había imaginado el viejo
materialismo!) que sea un simple ser muerto, un juego de fuerzas que se mueven
inconscientemente y de materias en movimiento. Ni siquiera las
"verdades". Todas las "verdades" humanas son, como el
hombre mismo -que las tiene en la cabeza al pensarlas- un producto, un producto
humano, a diferencia de los llamados "productos naturales" puros
(¡que, considerados como "naturaleza", no son realmente productos!).
Dicho con más exactitud, esto significa que son un producto social creado con
las condiciones naturales y sociales de producción de una época determinada de
la historia de la naturaleza y del hombre, a través de la cooperación humana en
la división del trabajo y junto con otros productos de la actividad humana.
Aquí tenemos la clave para la comprensión de toda la
concepción materialista de la historia de Karl Marx. Todos los fenómenos de
este mundo real, en el que vivimos como hombres pensantes y actuantes, se
dividen en principio en dos grupos principales: por un lado pertenecemos, junto
con todo lo que existe, a un mundo que podemos imaginarnos como
"naturaleza", es decir, como un mundo "no humano",
completamente independiente de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad y de
nuestra acción. Por otro lado, como hombres pensantes, volitivos, actuantes,
nos hallamos a la vez en un mundo sobre el que influimos prácticamente y cuyas
influencias prácticas experimentamos; un mundo que, por esta razón, debemos
considerar como producto nuestro, y considerarnos como producto suyo. Esos dos
mundos, el mundo natural y el mundo práctico-histórico-social, no son sin
embargo dos mundos separados, sino que son el mismo y el único: esta unidad se
fundamenta en el hecho de que ambos se hallan inmersos en el proceso vital
activo-pasivo de los hombres, quienes, en su cooperación a través de la
división del trabajo y en su pensamiento, reproducen y perfeccionan sin cesar
toda su realidad. Pero el nexo de ambos mundos así considerados no puede estar
más que en la economía o, mejor dicho, en la "producción material".
Porque este proceso de producción material, entre los momentos más diversos, de
cuya interacción se compone la vida histórico-social del hombre y se
reconstruye y desarrolla sin cesar, constituye el momento que se "extiende
por encima" de todos los momentos restantes y los incluye así en una
unidad real.
(...) Si queremos distinguir una concepción
materialista de la historia en sentido "amplio" y en sentido
"estricto", me parece fuera de duda que hay que definir el sentido
estricto del materialismo específicamente marxiano frente a lo que representa
sólo un "materialismo" en sentido amplio; según Marx, hay que
diferenciar el materialismo marxista como concepción de la vida
"histórico-social" de aquel otro materialismo que Marx y Engels
denominaron "naturalista". Y la consideración de las influencias
geográficas, como las biológicas y las "naturales" sobre el
desarrollo histórico de la sociedad humana, quedan entonces fuera del campo de
la "concepción materialista de la historia en sentido estricto".
(...) Como Hegel, Herder y gran cantidad de filósofos, historiadores,
escritores y sociólogos de los siglos XVIII, XIX y XX, Marx considera de una
importancia decisiva la influencia de todos estos procesos físicos y, en
general, naturales sobre la evolución de la sociedad humana. Naturalmente, la
sociedad humana no es, para él, nada que esté situado fuera de la naturaleza o
por encima de ella. Antes al contrario, en las frases programáticas escritas
por él al final de su "Introducción general" a la Crítica de la
economía política de 1857, como puntos de un estudio a realizar, encontramos
por ejemplo un reconocimiento explícito del sentido amplio del concepto de
"naturaleza", en el que está incluido "todo lo objetivo, y por
tanto también la sociedad". (...) Las condiciones naturales, en su ser
correspondiente y su desarrollo "histórico-natural", tenían para Marx
y Engels una influencia mediata de suma importancia sobre la evolución
histórica de la sociedad humana, pero esta influencia, con toda su fuerza, no
deja de ser indirecta. Los factores naturales, como el clima, la raza, las
riquezas del subsuelo, etc., no inciden de un modo inmediato en el proceso de
desarrollo histórico-social, sino que condicionan sólo el grado de desarrollo,
existente en cada lugar y en cada momento, de las "fuerzas productivas
materiales", y a este grado de desarrollo de las fuerzas productivas
materiales "corresponden" nuevamente unas relaciones sociales
determinadas: "relaciones materiales de producción". Tan sólo estas
relaciones materiales de producción en la sociedad constituyen entonces, como
"estructura económica social", la "base real" que determina
toda la vida social, incluido el proceso vital "espiritual". Marx
mantiene siempre independiente de modo muy estricto estos diversos elementos.
(...) En el fondo, todos los errores (...) que se han
cometido hasta hoy respecto a la verdadera esencia de la concepción
materialista de la historia y de la sociedad de Marx proceden en mi opinión de
una sola causa: una aplicación siempre insuficiente del principio de la
"inmanencia". Todo el "materialismo" de Marx, reducido a su
más sucinta expresión, consiste precisamente en la aplicación siempre
consecuente de este principio a la vida histórico-social del hombre. Y sólo
porque lleva a su más clara expresión este carácter absolutamente terrenal del
pensamiento de Marx, merece también conservarse para la concepción marxista el
nombre de "materialismo", que por lo demás es demasiado ambiguo.
Expresa este sentido concreto y esencialísimo del marxismo lo mejor posible con
una sola palabra.
Todo materialismo, como ya hemos visto, arranca de la
crítica de la religión. Cuando en sus programas declaró ya que la religión era
un "asunto privado", en lugar de obligar a sus seguidores de un modo
explícito a una actividad "irreligiosa", la socialdemocracia alemana
se situó en un antagonismo irreconciliable respecto al principio fundamental
del marxismo. Para los dialécticos materialistas, la religión no puede ser un
"asunto privado", como no puede serlo cualquier otra ideología. Si
tenemos una paradoja, más bien podemos definir el verdadero estado de la
cuestión diciendo que la irreligiosidad, la crítica de la religión en general,
y no sólo la lucha, admitida ya por el punto de vista democrático-burgués,
contra las aspiraciones exclusivistas de una religión determinada, tiene para
un revolucionario materialista la misma importancia que para un creyente tiene
su religión. Se trata, en este caso, de un problema materialista de transición
semejante, como hemos dicho, en relación con el Estado, la ciencia y la
filosofía. La crítica, la lucha contra y la superación de la religión, en la
medida en que se consuma como un proceso intelectual en las mentes humanas
antes, durante y después del cambio revolucionario de las condiciones sociales
de producción, fundamental para todo lo demás, tiene todavía inevitablemente la
forma de religión en uno de sus aspectos, precisamente por su cualidad de
superación de la religión. En este sentido, la expresión, usada hoy casi
siempre como una frase hecha, que define el socialismo o el comunismo como
"la religión de este mundo terreno", sigue teniendo una gran
importancia real para el actual grado de desarrollo de la sociedad europea. La
"religión del más acá", como primer "grado de transición", aún
insuficiente, hacia la plena consciencia terrenal universal del hombre en la
sociedad comunista, corresponde efectivamente al Estado de la "dictadura
revolucionaria del proletariado" en el período de la transformación
revolucionaria de la sociedad capitalista en sociedad comunista.
Así, pues, la irreligiosidad fundamental, el ateísmo
activo, constituye la condición previa para una plena terrenalidad del
pensamiento y la acción en el sentido del materialismo marxista. Pero esta
plena terrenalidad no se produce únicamente con la superación de las ideas
religiosas de trascendencia. Sigue existiendo un "más allá" en el
"más acá" mientras se siga creyendo en la validez intemporal y por lo
tanto no contingente de cualquier "idea" teórica o práctica. E incluso
cuando el pensamiento humano haya superado esta fase puede suceder que no
alcance todavía la verdadera, y en definitiva la única real, terrenalidad que,
según Marx (segunda tesis sobre Feuerbach), no está situada más que en la
práctica de la acción humana. Un auténtico cumplimiento de la
"inmanencia" en el sistema de la concepción materialista de la
historia y de la sociedad creada por Marx sólo puede darse en la superación de
la "trascendencia" que subsiste en el materialismo meramente
"naturalista" o "intuitivo" como residuo no superado de la
época dualista burguesa. El paso decisivo con el que el nuevo materialismo
marxista consigue esta última perfección de su terrenalidad consiste en oponer
a la realidad definida como simple "naturaleza", en el sentido
estricto, científico-natural de la palabra, la realidad del "proceso
histórico-social-práctico del hombre". El materialismo esencialmente
naturalista y contemplativo, como lo demuestra (...) la evolución histórica de
las diversas direcciones de los partidos socialistas y semisocialistas de
Europa y América, no puede resolver de un modo materialista el problema de la
revolución social desde su punto de vista, porque la idea de una revolución
realizable en el mundo real a través de una acción humana real no tiene para él
ninguna "objetividad" material. Ese materialismo, para el que la
objetividad de la acción humana práctica sigue siendo en última instancia un
"más allá" inmaterial, sólo ve dos formas de comportamiento posibles
frente a realidades práctico-materiales como la revolución. O bien, como dice
Marx en la primera tesis sobre Feuerbach, confía al "idealismo el
desarrollo del aspecto activo" -éste es el camino que han seguido y siguen
los marxistas kantianos, los revisionistas y los reformistas-; o bien sigue el
camino que siguieron la mayoría de los socialdemócratas alemanes hasta la
guerra mundial, y que hoy, cuando la socialdemocracia se ha convertido en un
reformismo declarado, ha pasado a ser la actitud típica de los "marxistas
de centro", es decir: considera la desaparición de la sociedad capitalista
y el nacimiento de la sociedad socialista-comunista como una necesidad natural
económica que "se producirá por sí misma" tarde o temprano, con la
inexorabilidad de las leyes naturales. Semejante camino conduce luego, con toda
probabilidad, a hechos "extraeconómicos" que caen del cielo y que
permanecen básicamente indescifrables, como la guerra mundial de 1914 a 1918,
que no fue aprovechada tampoco para la liberación del proletariado. Por el
contrario, el camino de la sociedad capitalista a la comunista -como han
repetido Marx y Engels en todas sus obras, desde su primero hasta su último
período, contra toda teoría "dualista"- pasa por una revolución
consumada por la actividad humana práctica, una revolución que no se concibe
como un cambio "intemporal", sino más bien como un largo período de
luchas revolucionarias en el período de transición de la sociedad capitalista a
la comunista, dentro de la cual habrá que consumar la transformación
revolucionaria de la una en la otra a través de la dictadura revolucionaria del
proletariado (Marx, Crítica al Programa de Gotha, 1875). Porque, como ya lo
había expresado Marx treinta años antes, en el primer esbozo de su nueva
concepción materialista, con una concisión clásica, como principio general de
este materialismo suyo, en la tercera tesis sobre Feuerbach: La coincidencia
del cambio de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede
considerarse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.

