© Libro No. 383. Tuya. Guiter, Cecilia. Colección
Emancipación Obrera. Febrero 16 de 2013.
Título original: ©
Tuya. Cecilia Guiter.
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Original:
Tuya. Cecilia Guiter
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Portada e Ilustración E.O. de Imagen: http://www.blogdelibros.com/tuya-de-cecilia-guiter/
© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda

Tuya de Cecilia Guiter
AXEL
– 21/01/2013
PUBLICADO
EN: NOVEDADES DE LIBROS 2013
Título:
Tuya
Autor:
Cecilia Guiter
Año
de publicación: 2013
Idioma
original: Español
Num
Páginas: 320
Tuya de Cecilia Guiter se presenta como un texto interesante
que nos invita a reflexionar sobre quiénes somos hoy y cómo nos comportamos en
esta época. Esta novela trata de la historia de Dakota Udaz, una mujer joven
que, a sus treinta años, parece no disfrutar del sexo o, al menos, no logra
encontrar lo que todos parecen ya haber hallado. Esto, claro, la averguenza y
veremos el itinerario de esta mujer para poder alcanzar eso que es tan arcano
que se vuelve casi imposible. Por otro lado, su vida profesional sí ha recibido
la atención merecida y, a lo largo de los años, ha ido escalando en su empresa,
hasta colocarse casi a la par de la directora de la empresa.
Tanto
cuidado en su vida profesional ha traído como resultado una desastrosa
experiencia en lo sentimental y personal, cuestión que se ve reflejada en sus
cada vez más húmedos sueños. Así, ya harta de esta situación que la desespera,
Dakota decide (junto con la ayuda de sus infalibles amigas) explorar de nuevo
el sexo, redescubrirlo una vez más. Y es que Tuya es un camino de redescubrimiento, es
una puesta en práctica de todos los conocimientos dados que, al parecer, pueden no ser tan
verídicos. Así, Dakota decide entrar en un portal de internet que la ayude con
su búsqueda y conoce a un hombre maduro, seguro y serio, Eliseo.
Cecilia Guiter nos invita a recorrer esta
nueva relación, el redescubrimiento de Dakota en la vida sexual y, junto con
todo esto, también nos invita a reflexionar. Veremos, en esta prosa tan
fácilmente dirigida, cómo somos en los temas románticos, hoy avanzados en el siglo
XXI, qué pensamos del sexo y qué mentiras encubren al conocimiento popular. Una
novela sin duda excelente y de las más esperadas en este género.
Cecilia Guiter es una periodista y guionista
nacida en España.
http://www.blogdelibros.com/tuya-de-cecilia-guiter/
Annotation
«¿Por qué todo el mundo parece conocer
los secretos del sexo, excepto yo?»
A sus treinta y siete años, a Dakota
Udaz le avergüenza reconocer que no disfruta con el sexo. Centrada en su vida
profesional, desde hace once años ha ido ascendiendo en la empresa para la que
trabaja hasta conseguir el despacho contiguo al de la directora. Sin embargo,
su vida personal se cae a pedazos. Y es tal vez por eso por lo que todo tipo de
fantasías eróticas, cada vez más húmedas, se cuelan en sus sueños.
Apoyada por sus incondicionales amigas
Álex y Vicky, Dakota decide redescubrir el sexo en la vida real. A través de un
portal de internet conoce a Eliseo, un hombre culto, atento y espectacular. Sin
embargo, los placenteros y cada vez menos convencionales caminos por los que
Eliseo la lleva hacen que Dakota cierre los ojos ante los puntos más oscuros
que siembran la biografía de su compañero de cama.
Cecilia Guiter nos plantea una ficción
de alto contenido erótico en la que no faltan reflexiones sobre nuestra vida
actual. Tuya explora con acierto el mundo de las fantasías femeninas, nos
sorprende con escenarios sexuales poco convencionales como un local de
intercambio de parejas o un hotel de citas y esboza un mundo intrigante,
conmovedor y excitante.
CECILIA GUITER
Tuya
Planeta
Sinopsis
«¿Por qué todo el
mundo parece conocer los secretos del sexo, excepto yo?»A sus treinta y siete
años, a Dakota Udaz le avergüenza reconocer que no disfruta con el sexo.
Centrada en su vida profesional, desde hace once años ha ido ascendiendo en la
empresa para la que trabaja hasta conseguir el despacho contiguo al de la
directora. Sin embargo, su vida personal se cae a pedazos. Y es tal vez por eso
por lo que todo tipo de fantasías eróticas, cada vez más húmedas, se cuelan en
sus sueños.Apoyada por sus incondicionales amigas Álex y Vicky, Dakota decide
redescubrir el sexo en la vida real. A través de un portal de internet conoce a
Eliseo, un hombre culto, atento y espectacular. Sin embargo, los placenteros y
cada vez menos convencionales caminos por los que Eliseo la lleva hacen que
Dakota cierre los ojos ante los puntos más oscuros que siembran la biografía de
su compañero de cama.Cecilia Guiter nos plantea una ficción de alto contenido
erótico en la que no faltan reflexiones sobre nuestra vida actual. Tuya explora
con acierto el mundo de las fantasías femeninas, nos sorprende con escenarios
sexuales poco convencionales como un local de intercambio de parejas o un hotel
de citas y esboza un mundo intrigante, conmovedor y excitante.
©2013, Guiter, Cecilia
©2013, Planeta
ISBN: 9788499982311
Generado con: QualityEbook v0.62
«Todos esos momentos se perderán en el tiempo
como lágrimas en la lluvia.»
Blade
Runner
«Nada
debo agradecerte, mano a mano hemos quedado; no me importa lo que has hecho, lo
que hacés ni lo que harás.»
Mano
a mano, tango de Caledonio Flores
popularizado por Carlos Gardel
Esta noche, Dakota
ha tenido otro sueño húmedo. Medio dormida, sin abrir los ojos aún, trata de
capturar las imágenes evanescentes. Entonces lo evoca: un hombre entra en su
cuarto y avanza hacia ella. Está desnudo de cintura para arriba y muestra un
torso grande, con bastante vello, brazos musculosos y un tatuaje tribal en el
izquierdo. Su cara tiene los rasgos difuminados. Se desprende de los
pantalones. De pronto está junto a su lecho. La ley de la gravedad y el tiempo
son diferentes, con una cualidad sensual. La mira. Ve la huella de su cuerpo
bajo la sábana de un blanco nacarado. Alza la mano y retira la sábana despacio,
haciéndole notar la tela por su piel. Se sube encima de ella a horcajadas.
Ambos están desnudos y ella desea recibirlo. Sujetándola por las muñecas, la
penetra con una mirada neutra. Dakota ve una fisonomía sin rasgos, y aun así se
estremece. Continúa haciéndola suya mientras le sujeta las manos sobre la
cabeza. Ella se retuerce vibrando de placer. No hay olores ni ruido, y todo
sucede a cámara lenta. Él suda, y el sudor cae en gotas pesadas y morosas sobre
el pecho de Dakota. Y de repente adquiere el rostro de Gabriel. Su cuerpo se
evapora, dejándola anhelante y haciendo que se despierte con un sobresalto.
Casi se cae de la cama.
El cuerpo desnudo de Dakota, empapado
bajo la delicada sábana blanca, es como una radiografía. Su libido, una gatita,
acaba de despertar.
Ahora, ya espabilada en su cama,
comprueba a tientas que la sábana está seca. Dakota se altera antes de poder
enfocar el mundo con claridad. ¿Qué significado tendrán estos sueños? ¿Cuánto
tiempo lleva subyugada por el sexo onírico? No podría precisarlo.
Piensa en la reciente escena mientras
abre la ducha. ¿Por qué le ha dado por soñar que su exmarido, o alguien que es
un fontanero (aunque no es el fontanero), u otros hombres imaginarios se le
acercan para asediarla sexualmente? En sus treinta y siete años a Dakota nunca
le había atraído el sexo. ¿Quién le envía estos sueños? Su recién nacida libido
se cubre a la luz del día con timidez, pero se ha convertido en la Gata Salvaje
por las noches. Sin duda es ella.
La otra, esa voz interior a la que
Dakota llama Madre como tributo a la película de Kubrick 2001: Una odisea del espacio y que la censura hasta por comprarse
un donuts de chocolate, está intentando ahogar su libido, la gata que ha sacado
las uñas y se revuelve panza arriba.
El baño tiene ventana. A Dakota le
gusta mirar por ella y sentir el agua por su piel. Amanece sobre los edificios
del horizonte, que se tiñen de naranja. El runrún de los coches, que ella
apenas percibe bajo la fuerza de la costumbre, acompaña el piar de dos
pajaritos de ciudad posados en su terraza.
Se viste con la ropa que dejó preparada
anoche, cómoda y fresca: un pantalón de lino y una camisa ligera. Ya hace
calor, si bien aún no ha comenzado la primavera. Sale de casa sin desayunar.
Llega tarde al despacho. Esos minutos de más en los que se ha quedado evocando
sus sueños.
Al volante de su Audi TT descapotable,
que se conserva en forma a pesar del tiempo (fue un regalo de su exmarido trece
años atrás), Dakota escucha las noticias. Llega al edificio de la empresa y
entra en el garaje. El rascacielos es de esos que dan carácter al skyline madrileño. La empresa, Patriots,
se trasladó poco después de que ella entrara a trabajar. Al principio le
asignaron una mesa en la sala general y era ayudante en el departamento de
compras. Hoy tiene despacho con vistas.
Hay
que ver lo que dan de sí once años.
Aparca en su plaza, junto al coche de
la Dire y sale a la calle rumbo al banco. Está a un tiro de piedra.
—Buenos días, Dakota. —Lo bueno de
tener un nombre rarito es que a todo el mundo se le queda grabado. La cajera
gordita sonríe. Es una chica bien arreglada excepto por el pelo; tiene la manía
de subirse las gafas a cada rato.
—¿Está Manu? —Manu es el director de la
sucursal. Conoce a Dakota desde hace diez años, los que lleva su empresa
instalada en el gigante contiguo.
—Eso creo... —La mujer estira el cuello
tratando de ver si está en su despacho—. Sí que está, pasa.
—Gracias.
El director la recibe con un apretón de
manos. La alianza se le ha quedado pequeña hace tiempo y amenaza con
estrangular el dedo carnoso.
—Buenos días, Dakota. —Señala la silla
y ella se sienta.
—Es solo un minuto.
—Los que quieras.
—Verás, tengo una cantidad a plazo que
me vence ya y me gustaría invertir en algo más rentable. —El hombre teclea con
eficacia.
—Sí, te vence en unos días. —Consulta
la pantalla—. ¿Qué tenías en mente?
—¿Qué me aconsejas?
—Tenemos un asesor especializado; se lo
comentamos y lo pensamos. Es de plena confianza. ¿Te arreglo una cita para el
miércoles, por ejemplo?
—Si él pudiera, mañana me vendría de
cine. —Dakota consulta su agenda en el móvil—. No puedo ningún otro día. O lo
dejamos para la semana que viene.
—En cuanto lo sepa te confirmo. —Mira
su reloj—. ¿A esta hora está bien?
—Genial. —Se levantan.
—De acuerdo. —Él la acompaña a la
salida.
* * *
Se dirige a su edificio. Los cuatro
ascensores del ala este andan atosigados. En el reducido espacio del elevador
se concentran los aromas de gel de ducha, perfumes, olor corporal. Alguien
mastica un chicle en la nuca de Dakota. Aguanta la respiración y se baja en la
planta dieciocho, sede de Patriots, dando los buenos días. Le responde un coro
de murmullos.
Patriots es una mayorista de artículos
militares que solía comercializar artículos de desecho de ejércitos de todo el
mundo. Eran objetos de segunda mano, y el mercado muy limitado hasta que a ella
se le ocurrió vender ropa con aire militar y la empresa dio un giro al alza.
Supuso su despegue profesional.
Saluda a la chica de recepción, una
rubia bien maquillada y eficiente, sentadita a todas horas detrás de su
mostrador, ella o sus clones. Las recepcionistas de Patriots son chicas
idénticas, todas rubias, bien maquilladas y eficientes. Se diferencian por el
letrerito de su pecho y son conocidas como las Maris.
—Buenos días, Mari Jose.
—Señorita Dakota.
La rubia le tiende un papel con sus
recados de última hora del día anterior y los primeros de la mañana.
De repente surge su ayudante manejando
tres móviles igual que un director de un circo de tres pistas. A Dakota le dan
ganas de tararearle la musiquita del «más difícil todavía» a Yolanda. Nunca la
oye venir porque hay moqueta, pero las huellas de sus tacones deben de causar
estragos. Si sus tacones dejaran rastro luminoso, el suelo entero estaría
iluminado. Yolanda se une a Dakota siguiéndola dos pasos por detrás, en ruta
hacia su despacho. Da la impresión de llevar toda la vida en movimiento y
parece levantar aire y hojas a su paso.
—Buenos días, Dakota.
Yolanda siempre le lleva la delantera.
Habla un poco demasiado deprisa, lo que a estas horas tiene la ventaja de que
la introduce de un cachiporrazo en los quehaceres del día. Es igual que meterse
de golpe en una piscina helada. Superada la impresión, todo va rodado.
—Dakota, videoconferencia con los
chinos en catorce minutos...
Antes de que pueda responder al saludo,
Yolanda le suelta un bombardeo de información, preguntas, peticiones y firmas,
pasillo adelante. Cruzan la sala general llena de mesas, donde ella se sentaba
no hace mucho. En su antiguo puesto hay una chica de ventas. Los ordenadores
zumban, un fluorescente parpadea; la gente va y viene, escanean documentos,
sacan papeles de sus impresoras, los llevan al fax; alguien le da los buenos
días y ella contesta aquí y allá. Algunos están al teléfono, o cambian
impresiones. Se oye la música remota de una radio.
—Buenos días. Dile a Pati... —Pasan
junto a la fotocopiadora, que está atascada. La becaria investiga la bandeja
con aire desolado. Dakota se detiene un segundo al verla—. Ah, hola, Pati.
—Hola.
—¿Te importaría traerme un café y dos
galletas de avena?
—Claro.
—Sin azúcar —interviene Yolanda—. Dile
al de mantenimiento que venga a arreglar la fotocopiadora. Debe de estar en la
cocina.
Se apresura a alcanzar a Dakota, que
está llegando a su despacho, la penúltima puerta de cristal del fondo. La
última es la de su jefa, la Dire.
La directora general es una mujer
sesentona, enemiga de la efusividad. Una de esas mujeres con carisma y mal
humor al mismo tiempo. Uno no sabe si admirarla con odio u odiarla con
admiración.
Llama tres veces sin recibir respuesta.
Abre, echa un vistazo al despacho desierto y cierra. Yolanda se reúne con ella
en sus dominios. Dakota levanta una mano pidiendo una tregua. Es como parar un
alud con la mano.
—Está con los de ventas —dice Yolanda
señalando el despacho de la Dire—. Acaban de empezar la reunión.
—Avísame cuando salga, ¿vale? Que no se
me vaya. Oye, ¿han enviado el inventario?
—Terminaron esta mañana, lo trae
Vázquez.
Dakota deja el bolso en su silla
giratoria, echa una ojeada a los edificios de Madrid que relucen bajo el sol
perezoso y enciende el ordenador. Le encanta su despacho. Justo debajo hay un
parque con árboles, fuentes y un estanque que parecen de juguete. A veces, con
el buen tiempo, le dan ganas de bajar a pasear por él, pero nunca lo ha hecho.
—Dakota, Mister Woo en la línea dos...
—Luego —rechaza Dakota con un gesto—.
Necesito cinco minutos.
Mientras revisa su correo, Yolanda
contesta en inglés.
—¿Mister Woo? Aún no está aquí. En diez
minutos le paso por videoconferencia... Sí, lo sabe... De acuerdo. Hasta luego.
Cuelga y se queda delante, de pie.
Dakota continúa revisando mails con
rapidez.
—¿Habéis imprimido el plan?
—En cuanto desatasquen la máquina,
termino la segunda copia y te las encuaderno.
—Lo necesito antes de que salga la Dire.
—No te preocupes. Dame dos firmas...,
aquí, y aquí... Gracias. El dosier con la colección de otoño. —Le tiende un
sobre de correos acolchado y ella empieza a abrirlo. En el teléfono inalámbrico
que está sobre su mesa parpadea un nombre con un zumbido. Dakota pone los ojos
en blanco.
—Mieerda.
Agustín. Había quedado a comer, pero hoy me viene fatal. Toréalo, por favor —le
suplica.
—¿Te la paso a mañana?
—Vale.
Yolanda coge el teléfono inalámbrico de
Dakota y responde con una sonrisa.
—Agustín, ¿qué tal estás? Dakota está
reunida, pero... ¿Me disculpas un segundo? —Pone el teléfono en espera y
reclama su atención—. Dakota, viene el informático a las dieciséis cero cero y
quiere verte expresamente. Necesita quince minutos para explicarte el nuevo
sistema.
—Si no hay más remedio... —Dakota pasa
las páginas del catálogo a toda velocidad marcando ítems con un rotulador gordo
verde fosforito.
—Y otra cosa...
—Ese café —suplica Dakota sin levantar
la vista—. No soy persona.
—Podrías echarles un vistazo a los
candidatos, ¿sí o no? —termina la pregunta y recupera la llamada—. ¿Agustín? Un
segundito, enseguida estoy contigo.
La becaria entra con el café y Yolanda
lo coge y la despide con una orden:
—La fotocopiadora.
—Ya está el técnico —responde la chica.
—Vale, pues encuaderna la primera
copia. Y hazme un favor, baja tú a por las galletas. Así te da el aire.
—Vale.
Su iPhone ya está marcando tono; en la
BlackBerry, el cliente está en espera. Yolanda pone la taza delante de Dakota
teniendo exquisito cuidado de no derramar una gota.
—¿Qué le digo a Vázquez?
—¿Los candidatos? No. —Bebe un sorbo de
café y pone los ojos en blanco—. Entrevístalos tú con él si quiere. Dame un par
de minutos, que preparo la reunión con Mister Woo.
—Enseguida te traen un zumo —susurra
Yolanda—. No quedan galletas de avena. He mandado a la chica.
Yolanda se retira y recupera la llamada
de su BlackBerry con el iPhone en la otra. Su voz cortés y profunda se pierde
en la sala general; la puerta se cierra con suavidad. Es imposible dar portazos
con este sistema.
Dakota mira su iPhone, que vibra. Le
entra una llamada. Es su amiga Vicky.
—¿Vicky? ¿Ya estás en Madrid?
—Hola, cielo. Llegué anoche. Estoy
agotada.
Sentada sobre la silla giratoria, da un
par de vueltas con los pies en alto y se detiene para mirar el horizonte
iluminado por el sol. Atiende a su amiga. Desde aquí se ve toda la ciudad, y
Dakota ha empezado a disfrutar de este despacho no hace mucho. Un estatus
adquirido por méritos propios que incluye un sueldo decente. Pero la diferencia
fundamental está en la participación en beneficios.
—¿Qué tal Nueva York?
—Oh..., genial.
La madre de Dakota estaría encantada
con ese estatus si fuera capaz de reconocerle un solo mérito a su hija. Ha
venido a visitarla una vez. Un recuerdo fugaz del día en el que la visitó, para
celebrar su nuevo despacho: Chelito llegó sin dejarse impresionar por el
edificio, la moqueta o las vistas. Fumó, aunque está prohibido, criticó el
desorden y tamaño de su despacho. Le trajo una foto enmarcada de ella con su
padre veinte años atrás y se quedó unos minutos, desdeñando todo con esa cara
que solo las madres se permiten porque cuentan con la ventaja de que no se la
van a partir.
—¿Algún wandala?
Wandalas
son, en argot de sus amigas, «guapos chicos negros». El término fue acuñado por
Vicky la primera vez que fue a la Gran Manzana. Años atrás habían empezado a
proliferar decenas de vendedores callejeros altos y fibrosos, con piel de
chocolate, que vendían baratijas en los semáforos por «One dollar» (pronunciado
wan dala). Le parecieron chicos
hermosos con historias amargas y volvió con la fantasía de enamorarse de un
hombre negro.
—No. Pero ya lo encontraré.
Es la broma clásica de sus amigas, que
esperan que tropiece con el Hombre Ideal en alguno de sus destinos. Ser azafata
le da ocasión de visitar países y conocer gente.
—Lástima —dice Dakota sonriendo.
—Lo que sí he encontrado es la crema de
Chelito.
—No te lo va a agradecer. Estoy por
quedármela.
—He traído dos. Oye, he hablado con
Álex. —Dakota la oye bostezar—. Hemos quedado el jueves a la hora de siempre;
vendrás, ¿no? No has contestado en Fabulosas.
—No he tenido un minuto. Iré, sí. ¿Hay
mejor plan que ese?
—Ni se te ocurra faltar.
Yolanda asoma la cabeza por la puerta
de su despacho y Dakota la hace pasar con un gesto. Su ayudante cierra con el
culo, cargada con un montón de trastos tecnológicos, un iPad y una maraña de
cables que acoge amorosamente entre sus brazos. Con un suspiro, Dakota se
despide de Vicky.
—El jueves en La Ofi—dice muy seria.
—Vale. —Vicky capta el mensaje—. Allí
nos vemos, cielo.
Cuelga. Un rayo de sol cae en oblicuo
sobre su mesa; los puntitos de polvo suspendidos en el aire bailan dentro. Mira
a Yolanda, que conecta el iPad. El casco oscuro y liso de su pelo, muy años
veinte, se mueve alrededor de su cabeza igual que una lamparilla de flecos.
Yolanda podría pasar por ser un nubarrón tormentoso, a pesar de no llegar a los
treinta: viste en tonos oscuros, tiene el pelo negro, le cuesta reír... Y se
pega tanto a ella que un día desplazará a su sombra. La eficiencia en persona.
—Un segundo...
Segundo que Dakota aprovecha para mirar
por la ventana. Parece que se le acumula tanto la tarea que no le da tiempo ni
a contestar a los wasaps personales.
¿Su trabajo ha sido siempre tan estresante? ¿O ha ido absorbiéndola tan
sutilmente que no se había percatado? ¿Está inmersa en eso que la gente llama
trabajar demasiado? A Dakota le parece natural. No tiene otra vida.
Yolanda termina de instalar sus
cachivaches. Asoma colorada desde debajo de la mesa y se sacude el polvo del
pelo y de la nariz.
—Ya está.
Dakota señala su taza vacía y hace
pucheritos. Está hambrienta. Se sienta en su sillón y espera a que Yolanda
termine de teclear.
—Enseguida te traen las galletas.
—Es que hoy no he desayunado.
Tecleando con los dedos la pantalla
táctil, Yolanda calibra el brillo, ajusta el volumen, escribe una dirección y
vuelve el iPad hacia Dakota.
—Listo.
—¿Es nuevo? —Toca la pantallita y
Yolanda le da un cachete en la mano.
—Ya está preparado. A ver si vas a
darle a cancelar. Espera a que entre la conferencia.
—¿Me pides un descafeinado?
Yolanda presiona el intercom que lleva en la cabeza y
comprueba al mismo tiempo unos datos en la pantalla del iPad. Dakota termina de
revisar la colección de otoño con un rotulador gordo para marcar algunos
modelos que quiere pedirle a Mister Woo.
—No se oye, Yolanda. —Dakota arruga el
entrecejo y mira el iPad. No es que ella deteste la tecnología, pero Yolanda le
lleva mucha ventaja.
—Entrará en dos minutos. Paciencia.
—¿Has reservado mañana?
—Sí.
Dakota suspira. Yolanda parece ocupada
en sus cosas, pero suelta una pregunta.
—¿Te encuentras bien?
—¿Por qué?
En ese momento la becaria trae dos
moles encuadernadas y un zumo. Dakota se toma medio vaso del tirón,
atragantándose.
—Ya bajo a por las galletas. Me ha
parecido que esto era más urgente —se excusa Pati. Le tiende los dos tochos.
—Gracias.
—Tu videoconferencia —le dice Yolanda a
punto de salir.
—Dame una hora y me interrumpes, que se
enrolla mucho.
Yolanda levanta un pulgar y sale. Tras
ella se cierra la silenciosa puerta de cristal esmerilado. Dakota cambia el
chip y se dispone a hablar en inglés con el responsable de fábrica chino.
Habían empezado vendiendo camisas,
chalecos, chaquetones, pantalones, camisetas. Hoy, unos años después, Patriots
vende aún artículos provenientes de ejércitos en plan fetiche, coleccionismo o
decoración para tiendas especializadas (radios banana procedentes de la segunda
guerra mundial, cascos de soldado o teléfonos de campaña), pero el grueso del
negocio está en la fabricación y venta al por mayor de textil y artículos
prácticos, que compran y fabrican en Estados Unidos, Europa del Este y China.
El rostro de Mister Woo Li, responsable
de la fábrica de Pekín, aparece en la pantalla, confuso.
—Buenos días, Mister Woo.
—¿Miss Dakota? ¿Se oye?
Son muy educados. Lo que peor lleva de
los chinos es lo repetitivos que son al hablar. Se acerca el micro.
—¿Miss Dakota?
—Sí, Mister Woo, le oigo.
—Prácticamente se está comiendo el micrófono.
El nombre que le dan los chinos le
divierte. Cada vez que lo oye se visualiza en una pasarela. Ella desfila en
bañador y tacones plateados; luce una banda ancha desde el hombro a la cadera
en la que pone Miss Dakota, con una diadema de brillantes y un ramo de flores
descomunal, recibiendo aplausos.
—¿Se oye? ¿Se oye?
Lo siguiente peor de los chinos es
entenderlos. Al principio ya podían haberle hablado en chino, que habría
comprendido lo mismo. Al cabo de los años, Dakota habla un inglés achinado y
ellos, un inglés hispanizado con el que se van entendiendo. Lo que no quita
para que haya malentendidos; una vez encargó chalecos (vest) y ellos entendieron que quería lo mejor (best) y se ofendieron. El asunto de los chalecos todavía colea.
Circulan chistes al respecto, estertores de una leyenda de oficina más.
Los chinos son gente solícita, pero
susceptible. Menos mal que Yolanda encontró una intérprete. Eso, y un viaje
relámpago de Dakota a Pekín, salvó las relaciones.
—Miss Dakota. ¿Se oye?
—Sí, Mister Woo..., perfectamente.
—Ah, bien.
El hombre habla en inglés confundiendo
las eles y las erres, y sin preposiciones. La conferencia les lleva menos de
una hora.
Dakota se concentra en varios asuntos
hasta que Yolanda entra con sus galletas de avena y un descafeinado.
—A buenas horas mangas verdes.
Yolanda señala con la cabeza al
despacho contiguo.
—La Dire.
—¿Está en su despacho? No la he visto.
Las paredes frontales de los despachos
son de cristal translúcido, igual que las puertas. Dejan adivinar las siluetas
y pasar la luz. Dakota vislumbra la silueta de la Dire.
—Viene hacia aquí.
—OK.
En cuanto ve pasar la corpulenta
sombra, coge los dos tochos y se levanta. Golpea con los nudillos en el
despacho contiguo antes de que la puerta se haya cerrado y entra sin esperar
respuesta. La Dire está a punto de sentarse a su mesa, calándose las gafas de
cerca. La mira por encima de ellas.
—¡Buenos díííías! —canturrea Dakota sonriendo.
—Menos guasa. Vengo de la reunión con
los de ventas. Si te hubieras pasado por la sala...
—Tenía videoconferencia con los chinos.
—¿En serio? —se sorprende la Dire—.
¿Videoconferencia?
—En serio, sí. Yolanda y sus
cachivaches. Te traigo un plan de negocio y me gustaría que le echases un
vistazo —y le tiende un dosier.
—Muy bien.
—Calentito. Y ahí va el catálogo de
otoño. Te he marcado lo más interesante, que ya está hablado con Mister Woo.
Podemos intentar...
La Dire es una jefa de hierro con
guante de terciopelo. No admite una negativa, un fracaso ni un «lo intentaré».
También es una persona ecuánime. Levanta una mano. Dakota detiene su discurso
en seco.
—Aquí solo hay conseguidores, no intentadores.
—Sus pupilas color acero se incrustan en el cerebro de Dakota, desnudándola.
—Podemos conseguir —recula Dakota con
humildad.
—Lo intentaré es de débiles. Si quieres
hacer un plan, tendrás que triunfar.
—Bueno —dice con cautela—. Hay muchas
posibilidades de que triunfe.
—Dámelas todas.
—De acuerdo.
Dakota presenta su idea y la discuten
un rato. Por eso ha escalado tanto en tan pocos años. Ha creado varias líneas
de negocio nuevas, todas exitosas, lo que se ha traducido en un repunte de la
empresa. La mayoría de los competidores se han hundido o fueron absorbidos al
comienzo de la crisis. Después de tantos años luchando en un negocio de hombres
(en el que, paradójicamente, hay un 70% de mujeres), Dakota goza de una
perspectiva privilegiada. Es la mano derecha de la directora general y socia
minoritaria con participación en beneficios.
—Le echaré un vistazo y hablamos la
semana que viene. Mañana me marcho a Londres.
Dakota se dirige hacia la puerta.
—Buen viaje, Dire.
—Muy graciosa. No te vienes conmigo
porque te necesito aquí, que si no...
Dakota se retira a su despacho y
termina las tareas urgentes. A las dos menos dos minutos mira el reloj y se
estira; coge el bolso y cruza la sala, alcanza el pasillo, está a punto de
tocar recepción. Por el recodo surge Yolanda.
—Bajo a comer.
—Hemos entrevistado a los chicos.
Vázquez está en la cocina. He pensado que...
—Voy.
Dakota se detiene en el umbral del
cuartucho que han dado en llamar cocina y saluda al jefe de almacén, que ocupa
todo el espacio.
—¿Qué hay, Vázquez?
—Jefa.
El hombretón desentona en una
habitación de proporciones humanas. El vasito de plástico se ve minúsculo entre
sus manazas. La cocina parece de juguete.
—¿Has visto a los chicos? —El hombre
asiente con una mueca—. ¿Alguno que te sirva?
—Pse. —Es su forma de decir que sí con
entusiasmo. Un no sería encogerse de
hombros.
—Genial. —Dakota levanta un brazo a
modo de saludo al tiempo que se vuelve—. Me alegro de verte.
—Abur. —El hombre la señala con la
barbilla y arruga el vasito vacío, que se comprime con un crujido.
Camino del ascensor, Yolanda revolotea
pegada a ella. Dakota se pregunta por qué viste siempre de oscuro. No es mayor.
Firma un documento mientras camina hacia la salida.
Se pregunta si Yolanda se sienta alguna
vez, siquiera a comer. Es otra de las leyendas que corren por las mesas y
pasillos, que se resume en una frase hecha: «Yolanda solo anda». Una chica de
personal argentina le encontró un mote que se hizo popular a sus espaldas:
Solanda. A veces a Dakota se le escapa.
—Bajo a El Patio.
—No apagues el móvil, que te conozco
—le advierte.
—Serán solo veinte minutos, Solanda.
Impávida, Yolanda mira su reloj de
pulsera y recita levantando un dedo por cada ítem:
—Cinco hasta el restaurante, cinco de
vuelta, veinte para comer..., media hora mínimo. No puedes estar desconectada
media hora, jefa.
—Por Dios, pareces Chelito.
—Ah, sí... Te acaba de llamar tu madre.
Dice que no le coges el teléfono, que la llames.
—Buf. Luego, que si no, me da la comida
—responde Dakota mientras comprueba sus llamadas perdidas. Tiene cinco.
Chelito se parece demasiado a su Madre
interior. Las dos son versiones duras de HAL 9000, el ordenador de 2001 que cobra vida y asesina a los
humanos de a bordo. Si tienen alguna emoción, es negativa. Las otras, las
naturales, o están muertas o muy bien escondidas. Tampoco están programadas
para la maternidad.
—No-lo-apagues. —Y la señala con su
afilada uña roja.
—Adióóós.
Dakota levanta la mano y mueve los
dedos. Las puertas del ascensor se cierran ante su advertencia.
* * *
En la calle, el tráfico es un bálsamo.
Dakota murmura sobre las ayudantes obsesivas mientras camina a paso vivo.
Reflexiona sobre la extraordinaria cualidad de Yolanda respecto al tiempo.
Siempre sabe qué hora, minuto y segundo exactos son, cuánto tiempo se necesita
para leer un informe, comer o cruzar la ciudad en hora punta.
Al entrar en su restaurante
acostumbrado, El Patio, media docena de hombres se vuelven hacia ella,
girasoles en una parcelita. El camarero se le planta al lado y le señala el
patio trasero con aire protector, ahuecando el cuerpo para que ella avance, en plan
torero.
—Señorita Dakota
—Hola, Pepe.
—Su mesa está lista.
Por alguna razón, ese gesto de los
parroquianos —volverse a mirar a una mujer que entra sola en un local— hoy la
estremece. De repente, notar de nuevo ojos que la acarician, debido a los
sueños húmedos, la hace sentirse sensual. Los ojos regresan a sus cañas de
mediodía y Dakota se cae del guindo: lo que lleva toda la vida anhelando es
descubrir el enigma del sexo. ¿Por qué el sexo no le parece nada del otro mundo
y en cambio la gente parece apreciarlo tanto? Siente cómo Madre y su libido (en
la que piensa como en la Gata Salvaje) están enfrentadas sobre el tatami, dos
luchadores de sumo que se observan frente a frente. Es agotador, más que cien
Yolandas y doscientas Dires fustigándola.
—Hace calor, ¿eh?
—Parece verano.
—Aquí tiene el menú. ¿Coca Zero?
—Gracias.
Le gusta este local del centro de
Madrid por su pequeño jardín lleno de encanto y porque está a un tiro de piedra
de la empresa. Pepe la precede hasta su mesa reservada en el jardincillo,
abarrotado de ejecutivos y obreros que comen a la sombra del emparrado. La
Castellana siempre parece estar en obras a juzgar por la clientela. Pepe se
presenta con la bebida y coge el boli de su oreja y una libretita minúscula.
—¿Qué va a ser?
—Salmorejo y los chipirones.
—Como las balas.
Mientras espera el primer plato, Dakota
observa una mariposa amarilla que se posa sobre una margarita. Sin duda ha
perdido la facilidad que tienen los adolescentes para ligar. Es raro encontrar
una mariposa en medio de la ciudad. Bien visto, ella nunca tuvo esa capacidad
para ligar, y tampoco posee una libido de cuerpo entero, por así decirlo.
Parece que ha estado demasiado ocupada tratando de ser una mujer completa:
buena estudiante, exitosa, divertida, sana. Prueba
superada. Estudió empresariales, se casó joven, se divorció joven, ascendió
en la escala social. Todavía es joven.
—El salmorejo. Que aproveche.
—Gracias.
La mariposa revolotea hasta ella. Antes
de conocer a Gabriel, Dakota había disfrutado de un repertorio de admiradores
que parecían salidos del limbo para introducirse en su mundo. Parecía que el
Destino en Persona los transportase hasta su puerta y los dejase allí. Un
conocido le llevaba a otro; este, al siguiente y así sucesivamente. Y la
adoraban. Al fin y al cabo, es atractiva, inteligente y divertida. En esa época
solo tenía que escoger con cuál le apetecía salir cada noche. Aquellos hombres
le interesaban por lo que representaban, no por sí mismos, ni por «pescar un
buen partido», que diría Chelito, ni por que fueran a resolver su vida. A
Dakota no le parecía que un marido fuese imprescindible. En realidad, ni
siquiera sabía por qué en su día aceptó casarse con Gabriel. Una cosa llevó a
la otra y de pronto su madre estaba eligiendo el segundo plato del banquete de
bodas y soñando con ascender en la escala social. Gabriel era un buen partido,
tenía un nivel adquisitivo muy superior al de su familia, y vivía en un barrio
«bueno de toda la vida», en palabras de Chelito. El camarero se presenta en
cuanto deja la cuchara junto al cuenco.
—¿Puedo retirar?
—Delicioso.
—Gracias, señorita.
Todo aquello había sucedido en su
primera juventud, cuando la piel es tersa y el tiempo no existe, no hacía
tanto. En aquella época, su madre —de la que heredó una belleza rubia oscura,
expresivos ojos dorados, piel y labios sensuales— se impacientaba al ver que
Dakota no escogía a ninguno de sus adoradores ni mostraba interés en
emparejarse. Justo lo contrario que ella, nacida para el matrimonio según su
propia expresión (lo cual estaba muy lejos de la realidad; lo razonable habría
sido decir «nacida para ser mantenida»). En su juventud, Dakota se había
afanado más en prepararse imitando a su padre —del que heredó la vista en los
negocios y la falta de vista para las parejas— que en buscar un marido. Si se
casó fue por la insistencia combinada de Chelito y Gabriel.
El camarero le pone un platito de
aceitunas y ella agradece el detalle con una inclinación de cabeza.
—Ya sale el segundo.
Este mediodía es templado, así que en
la terraza se está bien. La mariposa se agarra al borde de su vaso. Es amarilla
y negra, con un punto rojo en la base de cada ala, terminadas en forma de gota.
Es curioso que tanta belleza termine con
una lágrima, piensa.
Ha tenido algunos amantes, pocos. Ellos
se aburren enseguida y viceversa. Tiene la sensualidad tan reprimida que no la
ve, igual que uno no es consciente de sus defectos al mirarse año tras año en
el mismo espejo. De todas maneras, se siente una persona completa, libre y
feliz, aunque no tiene vida sexual.
Aquellos adoradores de juventud que
besaban sus pies (alguno literalmente) invitándola a salir infestaban el salón
de flores. Su padre los recibía a la defensiva, demasiado educado para echarlos
a patadas. Chelito se quejaba de tener que comprar jarrones y cambiar el agua,
cortar tallos y recoger pétalos marchitos. La incitó a escoger a uno de ellos
para librarse de las flores, que le daban alergia, decía. Tal vez por eso acabó
eligiendo.
La fragilidad de la mariposa al
pestañear en el borde de su vaso es una imagen que estremece. El camarero trae
su comida y se lleva la magia.
—Los chipirones plancha. ¿Quiere limón?
—Sí.
—Eso está hecho.
Su madre nunca ha tenido alergias. En
un determinado punto de su vida en el que ella todavía no se había decantado
por ningún admirador, su padre se fue, eufemismo de su madre para retratar la
muerte. A Dakota siempre le ha parecido que en aquella muerte hubo un mucho de
huida. Por eso le guarda un punto de rencor junto con los sentimientos de
«clásico amor filial». Al fin y al cabo,
era un ser humano, piensa. No demasiado fuerte, no muy valiente, lo
bastante torpe para elegir a Chelito como compañera y permanecer junto a ella
un puñado de años...
—Limón para la señorita.
—Gracias, Pepe.
—A mandar.
El camarero se presenta con aceite y
vinagre.
—¿Se tomará la ensalada?
—Ah, gracias.
Así pues, después de un montón de
novios, Dakota se había casado con uno de sus admiradores. Aliña su ensalada y
recuerda que cuando se divorció de Gabriel vivió otro breve período de
idolatría y bombones. Primero en un piso de alquiler; y por fin en su propia
casa, donde pudo cosechar el hastío de cortar tallos, retirar flores y pétalos
marchitos y cambiar el agua de los jarrones por sí misma, hasta que comprendió
que no deseaba contacto íntimo con ninguno de sus admiradores y le pareció
lógico dejar de frecuentarlos. Entonces empezó a cultivar plantas de verdad y
goza de una terraza maravillosa en su ático, al que ella denomina El Torreón
por su situación y su forma.
Retira el plato vacío unos centímetros.
Pepe la mira y levanta la barbilla interrogándola.
—¿Café?
—No. La cuenta.
El camarero se retira; la mariposa ha
desaparecido no solo de la mesa, sino también del jardín, y Dakota toma una
decisión. Tiene que buscarse un amante. No es posible que el mundo cacaree
tanto, alabe el sexo en las películas, novelas, obras de arte, canciones,
anuncios publicitarios, corrillos y cotilleos y que ella esté al margen. La
esencia se le escapa y está decidida a descubrirla. Habituada a diseñar
estrategias, de inmediato empieza a pergeñar su Plan de Ligues.
Estuvo dos años casada. Seguramente
ella no se habría divorciado si el matrimonio hubiera ido bien. Pero para eso
es necesaria la unión de dos voluntades, ¿no es cierto? Dos personas que se
prometen amor eterno, fidelidad y otras cosas imposibles de cumplir. No tuvo
más remedio que divorciarse, lo que constituyó la mejor parte del matrimonio.
El primer problema —se plantea Dakota
este mediodía de primavera, rodeada de tatuajes y corbatas que la miran con
lujuria educada— es por dónde empezar. Así pues, anota su esquema en una
servilleta de papel. Escribe y subraya: Plan de Ligues. A continuación
garabatea todo lo que se le ocurre. En otra servilleta lo pone en orden. En
total hay cuatro puntos, cada uno con varias opciones. Muerde el boli,
pensativa, y revisa la lista. Comienza con el restaurante.
Todos estos hombres que la rodean en el
jardín de El Patio —pues hoy todos son del género masculino— se le antojan
probables candidatos. Solo que no es el momento ni el lugar. Y no tiene tiempo.
Pepe le trae la cuenta. Sobresaltada,
cubre con disimulo la servilleta.
—La nota.
—Gracias, Pepe.
Por cierto, ¿qué tal Pepe? No está de
mal ver. Le mira el culo mientras atiende a otra mesa. Lo incluye en la lista.
Lo malo es que Dakota adora El Patio.
Si se liara con el camarero, ¿qué pasaría si no funcionase? ¿Tendría que
cambiar de restaurante? Y Pepe es ese amigo solterón. Además tendría que
renunciar a las croquetas de su cocina y al recreo de su jardín. Así que apunta
junto a su nombre: «Descartado».
Considera el siguiente ítem de su
lista: «Empresa». Nunca se ha planteado siquiera salir con hombres de su ámbito
profesional. No hay más que ver a la pareja de Ventas que se casó unos años
atrás. Acabó afectando a su rendimiento. No fue justo, pero así funcionan las
empresas.
¿Cómo hacía ella para ligar con aquella
facilidad? Se esfuerza en recordar. Los hombres se sucedían sin más. Se los
presentaban, eran amigos o conocidos de alguien. Dakota bufa. Saca su tarjeta
de crédito, la deja sobre el platillo y Pepe la recoge de inmediato.
Muerde la punta del boli. Tendrá que
ser alguien que pueda salir de su vida sin causar inconvenientes. Las aventuras
amorosas siempre terminan, y siempre mal. Dakota no es tan ingenua como para
creer en el amor perdurable. Basta con fijarse en sus amigas. O en sus padres.
Estudia los distintos puntos con un
suspiro: «Conocidos». Da un repaso mental a sus conocidos. El que no está
casado es gay, o lleva diez años sin verlo.
Y ¿qué pasaría si abordase a un
desconocido? ¿Tal vez en internet? Añade este punto a la lista, bastante
satisfecha con su ocurrencia. Muchas mujeres acuden a las páginas de contactos;
su amiga Álex, sin ir más lejos. Aunque Dakota nunca lo ha probado, no parece
mala idea. Es práctica y directa. Te ahorras los preliminares, los nervios y
las humillaciones. Necesitará apoyo moral.
Consultaré
con Álex, decide. Añade otro punto: «Desconocidos».
Y
que Vicky me eche las cartas.
Le traen la factura, firma, deja
propina. Observa por última vez su plan; subraya los cuatro puntos y dobla la
servilleta con delicadeza. Ha quedado bastante definido.
PLAN DE LIGUES
Restaurante: Un habitual? (Cómo se hace
esto? Me das tu número? A qué hora vuelves al trabajo?) Y si la cosa va mal?
Descartado. El camarero? Descartado.
Oficina: Un cliente, proveedor?
Descartado. Informáticos? (sosos). Descartado. Contabilidad? (peor).
Descartado. Administración? (empiezo a deprimirme). Descartado. Mantenimiento?
Descartado. Personal? Son chicas. Descartado. Almacén? Descartado. Ventas?
Descartado. Otros? (no se me ocurre nadie). Revisar.
Conocidos: Amigos? (preguntar a Vicky y
a Sandra). Revisar. Frutero? Fontanero? Otros? Revisar. Gabriel? Descartado.
Antiguos ligues? Descartado.
Desconocidos: Internet. Interesante.
Muchas posibilidades. Ligues de bares. Hacer plan. Otros? Pensar.
Introduce la servilleta en un
compartimento secreto de su bolso. Se ha pasado diez minutos de la hora. Se
levanta de mala gana, da las buenas tardes a Pepe, a los tatuajes y corbatas y,
dejando atrás su hipotética y educada lujuria, regresa al trabajo. Al encender
el móvil empiezan a pitar mensajes y llamadas perdidas de Yolanda.
* * *
A media tarde, Dakota hace un alto y
telefonea a Álex, una de sus mejores amigas. Se conocieron en el viaje de fin
de carrera, quince años atrás. Álex es cuatro años mayor: en esa época ya había
estudiado Diseño y estaba casada, si bien su desastroso matrimonio terminó con
bastante rapidez.
A su regreso empezaron a salir los
viernes a bailar. Álex aportó a su mejor amiga, Vicky, que ya era azafata. Más
tarde vino la época negra de Álex, su divorcio y lo demás, y se alejaron
durante algunos años. Si no perdieron el contacto fue gracias a Vicky. Con la
llegada de internet a los móviles establecieron en los últimos años un vínculo
más estrecho, creando un grupo de chat llamado Fabulosas. Cualquier novedad es transmitida en directo a las otras
dos, aunque estén en China, en Nueva York o en la bañera. Siempre que pueden
quedan los jueves en el mismo bar.
—Ah, señorita Udaz —contesta Alexandra
fingiendo hablar con un cliente.
—Álex, ¿podemos vernos mañana?
—Espere, que consulto mi agenda. Oh,
mañana es miércoles..., imposible, lo siento.
—Mieerda.
Años atrás, Álex había oído a dos de
sus chicas criticarla por hablar tanto con sus amigas por teléfono; también
habían escuchado una conversación privada con dos amantes involucrados y mucho
alcohol de por medio. Habían hecho comentarios hirientes que tuvo la fortuna de
compartir con ellas mientras se subía las bragas en el baño, por casualidad.
—¿Es urgente?
—Les dices a tus chicos que son unos
cotillas.
A partir de entonces Álex nunca llama
desde el estudio, a no ser que esté sola, y le habla de usted. A las chicas
tuvo que despedirlas. Eran buenas diseñadoras, pero no encontró suficientes
motivos para conciliar ese hecho con la falta de respeto. Ahora solo tiene
colaboradores masculinos, jóvenes y atractivos. No solo es una forma de
autoafirmación, sino una fórmula eficaz para atraer clientes femeninas. Sus
muchachos han cogido fama de «excelentes diseñadores guapos». Colaboran con un
puñado de tiendas y restaurantes haciendo cartelería, folletos, tarjetas, webs
e imagen corporativa.
—Le doy toda la razón, señorita Udaz.
¿Entonces...?
—Es igual, puedo esperar.
—De acuerdo, el jueves en La Ofi.
—Fabuloso.
—Dakota remeda la palabra favorita de Álex. Y ambas cuelgan.
La Ofi es el bar del barrio donde viven
las tres, su cuartel general, nombre que nació el día en el que Álex oyó decir
a aquellas empleadas suyas que, ya que casi vivía en un bar, podía montar uno y
dejar de jugar a ser diseñadora. A Alexandra, mujer hecha a sí misma, le
molesta que la consideren superficial. Naturalmente, tiene una parte frívola,
que la lleva al quirófano de su clínica estética. Ella se define por su salón
de belleza y es adicta a los retoques estéticos que conforman su imagen. Al fin
y al cabo, ¿para qué está el dinero? Y ¿por qué ser guapa cuando se puede ser fabulosa?
—Dakota, el informático te espera. Está
en la cocina comiéndose tus galletas de avena.
—Como se las acabe, le corto el pito.
—Firma aquí. Otra cosa...
Dakota pasa la tarde supervisando los
pedidos y atendiendo asuntos urgentes. Yolanda revolotea por el despacho hasta
que la echa con cajas destempladas.
—¡No puedo concentrarme si me
interrumpes cada diez minutos!
Yolanda se marcha. No altera el gesto
al contestar una llamada más. Saca su voz profesional.
—Buenas tardes... No, no puede ponerse.
Está reunida. ¿Quiere dejarle un recado?
Dakota escucha alejarse su voz educada
y grave, suspira y trata de concentrarse de nuevo en su proyecto.
El final de la tarde la encuentra
exhausta.
—Mari Cruz, ¿has visto a Yolanda?
—pregunta a la rubia de recepción, a punto de marcharse.
Mari Cruz señala con la barbilla.
Yolanda ya viene por el pasillo taconeando, con sus móviles en ristre. Si
fueran pistolas sería la más rápida del Oeste. Dakota le sonríe a su vaquera.
—Oye, perdona si me he puesto borde.
—Nada de eso. Te ha llamado Vázquez.
—Mañana lo vemos.
Yolanda no es una mujer rencorosa ni se
ofende con facilidad. Dakota es lo bastante educada para mandarla a la mierda
con simpatía y Yolanda lo bastante lista para discriminar su estrés y no
tomarse su grosería como un asunto personal.
—¿Es que te vas a quedar a dormir?
Lárgate.
—Dejo esto en contabilidad, confirmo el
pedido y...
—Mañana vente más tarde, ¿quieres? Me
apañaré dos horas sin ti.
—Gracias, jefa. Pero no.
—¿No me apañaré? —se ríe.
—¡Ni hablar!
Las puertas del ascensor empiezan a
cerrarse.
—Que descanses, Solanda —sonríe Dakota.
Levanta la mano y mueve los dedos pícaramente.
* * *
Camino de su casa, a Dakota se le cae
la tarde encima como un alud. Quizá se deba al cansancio. (También le ha puesto
nombre a su autoestima, solo para sus oídos: Ama.) ¿Dónde está hoy Ama? Lo
normal sería tenerla al lado, del mismo tamaño que su imagen real. Parece que
hoy hubiera encogido un par de tallas.
Y ¿a qué vienen los sueños eróticos?
Madre censura estos pensamientos desde el fondo de su cerebro. Dakota hace un
esfuerzo de voluntad y la manda al rincón. La pobre Ama, cuyo corazón, en
apariencia, se viste de colores, bajo el plumaje profesional viste harapos.
Aparca el coche en el garaje de casa.
Está inquieta, diría que triste. No le apetece subir todavía. Se acerca andando
hasta el centro comercial, a unos diez minutos. Aún hay alguna tienda abierta.
Sus pasos vagan por delante de los
escaparates. Los encuentra insulsos. Pasa por delante de una tiendecita de
mascotas, en la que nunca se había fijado. Detrás del grueso cristal hay varios
compartimentos llenos de paja y bichos que dormitan. Se detiene a observar las
jaulas: un par de cachorros dálmatas; una especie de ratas gordas, marrones y
blancas, sin rabo (¿cobayas?) apiñadas en un rincón; un par de ardillas (¿quién
compraría ardillas? Los parques están llenos) y un adorable gatito casi azul.
El gatito es el único que parece vivo. Es un peluche gris azulado, con ojos
amarillos, casi más grandes que su propia cara. Apoya una patita almohadillada
en el cristal y abre la boca mostrando una hilera de dientecillos blancos y
desordenados como los de un vampiro. Dakota no puede oír el maullido, pero se
enamora del cachorro y entra en la tienda.
De vuelta al Torreón con la cesta de
transporte y una enorme bolsa de artículos para gatos, deposita todo en el
suelo y tranquiliza al animalito con palabras mimosas. Instala el arenero en el
aseo de la entrada. En la cocina pone el comedero y un cuenco de agua. Un
arañador y su camita en el salón. Duda un par de veces hasta dar con el lugar
perfecto, que surge al apartar una maceta. Entonces coge la cesta con su
tembloroso contenido.
—A ver esta monada... Te voy a poner
guapa.
El bicho maúlla débilmente. Lo saca y
se acurruca en sus brazos. Arranca a ronronear y a Dakota se le calienta el
corazón. Es una hembra.
—Te llamaré Gatita. ¿Te gusta?
—Miu miú.
—¿Miu-miú? Vale. Es más original.
La pone sobre la encimera y le coloca
el collar de terciopelo azul. El bicho permanece sumiso. La coge en brazos de
nuevo. Está estática, un pelele apachurrado.
—Estás fabulosa,Miu-miú. No tengas miedo.
La mete en su arenero a ver qué hace.
La gata lo estrena con un maullido de alivio. Tapa sus diminutos excrementos
con las patitas delanteras y se sacude al salir.
—Qué fina.
—Miu-míu.
Coge a Miu-miú. Es un verdadero peluche
azul de ojos dorados.
—¿Por qué tiemblas? Tranquila.
El corazón le late deprisa y se arrima
a ella. Hay un recado en la puerta de la nevera, firmado por Ivonne (que
escribe su nombre con todas las combinaciones imaginables, que incluyen H, I,
Y, B, V, N y E; no solo Ivonne o Yvon, sino otras más pintorescas: Hibonne o
Ybone). La brasileña le transmite su intención de venir el sábado a planchar e
informa de que en el microondas hay un plato con cosas comestibles. Sus
palabras son:
Sábado 11 h = plancha.
Micro = cena.
Ybonne
Ivonne, que lleva cerca de nueve años
en España, todavía habla una mezcla muy personal que incluye a veces palabras
en español. Viene cuando quiere, limpia, riega las plantas si Dakota no lo ha
hecho, pone lavadoras, plancha, hace la compra y deja comida preparada y
notitas con sus firmas pintorescas. Lo único que le pide Dakota a la brasileña
es:
Que mantenga casa, comida y ropa a
punto y
Discreción (lo que incluye no llevar
hombres al Torreón jamás, y menos si su jefa está de viaje).
Las pocas veces que se cruzan, Ivonne
se pasea descalza por allí meneando las caderas y practicando sus bailes
sensuales mientras pasa la aspiradora, lo que a Dakota no le molesta. Lo que sí
le molesta es el volumen de la música (¡muy alta!). Sobre todo adora las
rumbas. Para ella, que lleva años de experiencia descifrando acentos chinos, el
brasileño es pan comido.
A Dakota le da igual si Ivonne no
limpia los cristales hasta que se lo dice, ni pasa la fregona debajo del sofá.
La carioca deja su ropa impecable y cocina bien, y eso la redime. Le da igual
si compra detergente de marca, pero la fruta tiene que ser buena. Ivonne domina
estos detalles. Entró en su casa no mucho después de llegar de Brasil. Parecía
menor de edad, aunque declaró tener dieciocho.
Con un físico de escándalo, joven y
diminuta, Ivonne, más que vestir, exhibe cuerpo. Los fines de semana baila en
una barra americana. A Dakota todo esto le da igual. Ivonne es honrada,
discreta, cocina y mantiene su casa en orden, y es alegre. Ignorar casi todo de
su vida, excepto que tiene una familia en Río de Janeiro, no altera el
contrato.
—Miú, miú —dice Miu-miú.
—Ya te sabes tu nombre —contesta
Dakota, y le acaricia la nariz—. ¿No sabes decir otra cosa?
En los últimos meses, Dakota, además de
tener sueños eróticos, padece de insomnio. La ansiedad que le producen estos
sueños empieza a ser notoria. Teme que le suceda como a esas personas a las que
les da por comer compulsivamente o que se entregan a los brazos salvadores de
los ansiolíticos y el alcohol. De momento no se siente proclive ni a lo uno ni
a lo otro. Por si acaso, compra tarrinas de helado de frambuesa bajo en
calorías.
Coge a la gatita y se enrosca con ella
en el sofá, dispuesta a ver una sitcom
yankee con el helado para pasar la ansiedad previa a acostarse. Por desgracia,
la ansiedad crece en cuanto la tarrina se acaba. Teme la hora de acostarse.
Deposita a Miu-miú, que se ha dormido —cachorro, al fin—, en su cuna. Se
acuesta y vuelve a soñar.
El sueño de esa noche vuelve a ser
erótico. Un hombre de cuerpo impresionante y rostro indefinido se acerca a la
encimera, donde ella prepara una ensalada. Aquí descubre que está desnudo. La
paraliza con su inquietante mirada y ella se queda quieta. Es muy atractivo.
Ella está envuelta en una sábana blanca y fina. Él es el fontanero (no se
parece en absoluto al verdadero fontanero). Suelta las herramientas y caen a
cámara lenta sin hacer ningún ruido. Le sujeta la cabeza y la obliga a
arrodillarse. Él la incita a hacerle una mamada, lo cual le resulta muy
excitante. Por encima de sus cabezas empieza a llover (¿en la cocina?) y la
lluvia moja la sábana con la que ella se cubre. Entonces la libera, la tumba de
espaldas sobre la mesa de la cocina (no tiene nada que ver con la auténtica
mesita de su cocina, es más bien la
mesa de El cartero siempre llama dos
veces) y la acaricia a través de la tela. Se marcan las líneas de su
cuerpo, sus pezones, su vientre, su ombligo. Él retira la sábana, le separa las
piernas y entra en ella. Ahoga un grito al ver que su cara es la de Gabriel.
Se despierta angustiada, enciende la
luz de la mesilla y se queda una hora dándole vueltas a su fantasía. Antes de
que el sueño la venza decide terminar con las pesadillas y buscarse un amante.
Diga lo que diga Madre.
* * *
Es martes. Dakota aparca el TT en el
garaje del trabajo y se acerca andando al banco. La cajera gordita se sube las
gafas a modo de saludo y señala el despacho del director.
—Hola, Dakota. Pasa, que aviso a Manu.
—Gracias, Angelines.
Llama por inercia: la puerta está
abierta. Manu tiene una visita, un hombre que está sentado de espaldas a la
puerta. Cuando Manu se levanta, el hombre se gira. Lleva traje y rondará los
cuarenta. Se levanta y la mira.
—Buenos días, Dakota. —Manu le tiende
la mano, con la alianza hundida entre las lorzas de su anular. La señala a ella
primero y a continuación al hombre, presentándolos—. La señorita Udaz, Nicolás
Sánchez.
—Encantado. —Al tocarse salta una
chispa.
—¡Ay!
—¡Oh!
Se ríen. La mirada de él es de un
castaño con motitas más claras. Sus dientes son muy blancos. Es de esos hombres
que concentran su interés en su interlocutor. Le cae simpático a primera vista.
Parece muy profesional, aunque no deja de sonreír.
—Llámame Dakota.
—Nick. ¿Así que eres audaz?
—Qué original. Esa broma me la gastaban
en el colegio.
—Es un nombre muy bonito.
—Ejem. Gracias.
La reunión no es muy larga. Nick y Manu
le explican el procedimiento.
—Abriremos una cuenta nueva para hacer
tus operaciones. Estará asociada a la tuya habitual; así podrás hacer traspasos
automáticamente. Voy a abrírtela ahora mismo.
—¿Por cuánto me aconsejas empezar,
Manu?
—¿Nick?
—Lo mínimo para que sea rentable son
veinticuatro mil. A partir de ahí, lo que quieras. No te aconsejo mucho más. En
Bolsa no existe riesgo cero.
—De acuerdo, veinticuatro.
—Bien. Tienes que autorizar la firma de
Nick. Nosotros no vamos a retirar esos fondos; es decir, que no pasarán por
ninguna otra cuenta: irán de la tuya a Bolsa.
—Aquí ingresaremos directamente tus
beneficios —interviene el asesor financiero—. Yo tampoco voy a tocar tu dinero.
Solo me autorizas a invertir esa cantidad.
—Vale.
—La cantidad inicial será siempre la
misma; los beneficios pagarán gastos y el remanente ingresará en esta nueva
cuenta. Como te digo, en Bolsa siempre existe riesgo.
—Ya.
—Puedo tranquilizarte diciendo que soy
muy cauto —la calma Nick—. E invierto mi capital en lo mismo que mis clientes.
—No está mal.
Manu le presenta un montón de
documentos.
—Si quieres leer los contratos, te los
puedo dejar y comenzaríamos...
—Verás. Me fío de ti. Prefiero dejarlo
ya zanjado. Me vence el plazo y lo tendría a la vista, así que...
—De acuerdo. Firma aquí, aquí...
Queda en encontrarse con el asesor para
que le explique su metodología y le haga un seguimiento personalizado de sus
inversiones.
—Bueno, pues me marcho. Entonces,
¿vengo el martes?
—Si prefieres, puedo ir los martes a tu
despacho.
—Sí, a mí ya no me necesitáis
—apostilla el director.
—Ah..., genial. Trabajo aquí al lado.
—Lo sé.
—Bueno... —Mira el reloj—. Tengo que
irme.
Intercambian tarjetas de visita. Él
guarda la de Dakota y ella sujeta la de él por los bordes, acariciándola.
—¿A esta hora? Te llamo si no puedo ir
por lo que sea.
—Te lo agradecería.
Ambos la acompañan a la puerta y Dakota
sale deprisa; su móvil ha empezado a vibrar.
La mañana es ajetreada en Patriots.
Yolanda entra en su despacho con un vestido en una percha cubierto por un
plástico de lavandería. Dakota levanta la vista y parpadea despacio.
—Trece treinta, jefa.
—¿Y...? —Dakota está en blanco.
Parpadea otra vez.
—¿Comida a las catorce con Agustín?
—Mieerda.
—Aprieta los párpados pinzándose el puente de la nariz.
—Lo sé. Lo hemos aplazado dos veces. Si
sales ya, llegarás puntual. El vestido está limpio. —Le tiende el vestido en su
percha.
—Buf. Gracias.
Coge la percha y su bolso de mala gana
y sale perseguida por Yolanda y sus móviles.
—Llamó la Dire hace una hora, que ha
llegado a Londres. Que la llames.
—Acabo de hablar con ella. ¿Dónde es la
comida?
—En el restaurante de la tarta de
manzana; así dolerá menos.
—Ay, eres un sol.
—Tienes hasta las quince treinta. Y a
las dieciséis veinte...
—Ahora no, Yolanda. No me entero.
Entra en el servicio de señoras. Se
pone el vestido de tirantes y una chaqueta ligera tipo blazer, su «uniforme de primavera para las comidas con clientes».
Yolanda la ha seguido al baño con su auricular en la oreja, un móvil en la mano
y una carpeta bajo el brazo. Parece un pulpo. Le pide una firma.
—Me voy.
Le devuelve el bolígrafo a Yolanda y se
pinta los labios. Salen del baño y ya en el ascensor, le advierte:
—No apagues el móvil. —Dakota levanta
la mano y mueve los dedos.
En el aparcamiento espera el fiel TT.
Le encanta el Audi, y eso que se lo regaló Gabriel de recién casados. Ella
nunca ha dado importancia a esas cosas: de dónde salen los objetos. Los objetos
no tienen historia, simplemente son. Hubo un tiempo en el que pensó en venderlo
porque le costaba mantenerse con su sueldo. Sin embargo, le ofrecían tan poco
por el costoso automóvil que aguantó con él. En aquella época apenas lo usaba.
Se hace una coleta, pone la banda
sonora de Pulp Fiction en el
reproductor de cedés y se deja mecer por la música y el viento conduciendo
hacia las afueras de la ciudad.
Cuando regresa por la tarde le esperan
varias sorpresas.
Desde el divorcio, cuando todo terminó
y se hizo el reparto de vajilla, muebles y culpas, y salvo aquella vez que se
encontraron de pasada en un cine, no ha vuelto a ver a Gabriel.
Y esta tarde el destino le depara el
encuentro. Allí está ella, una mujer con sueños húmedos casi a los cuarenta,
que planea buscarse un amante, volviendo de su almuerzo de negocios, con su
melena ondeando sobre sus hombros desnudos en un día de primavera —se ha
quitado la chaqueta— al volante de su vistoso descapotable, escuchando la banda
sonora de Blade Runner, que encuentra
consoladoramente melancólica. Y por otra parte allí va su exmarido, Gabriel,
andando por la acera con prisa, sudoroso en su traje ligero y sin su eterno
maletín de ruedas que tanto la exasperaba, más alto y más delgado de como lo
recuerda, menos atractivo y más canoso.
¿Por qué pasea por su barrio, a pesar
de vivir en la otra punta de la ciudad? ¿Por qué no lleva el maletín? ¿Habrá
ido a almorzar con algún amigo? ¿O amante? Quizá debería cambiar de coche, pues
su Audi plateado es tan llamativo que él lo distingue al primer golpe de vista.
Imagina a Gabriel pensando en su pérdida al verla a ella tan inalcanzable, tras
haberla amado tanto doce o trece años atrás, según afirmaba —arreglándoselas
para amar al mismo tiempo a otras que no significaban nada comparadas con el amor
que le profesaba a ella, había insistido incluso después del divorcio—, que
habría ido a su barrio solo por cruzarse con ella, quizá verla de lejos y
suspirar.
Dakota lo enfoca achinando los ojos. Su
visión resulta decepcionante. Y sin embargo, su corazón late a distinto ritmo.
El encuentro es impactante, aunque solo sea porque sus sueños contienen
imágenes de este hombre que se presenta en carne y hueso, y que en un tiempo
significó tanto en su vida. Al fin y al cabo, compartían lecho, y parte de su
anatomía entraba en la suya.
¿Por qué se lo encuentra precisamente
hoy? El universo conspira para transmitirle su mensaje. ¿Pero cuál es? Bastaría
con escuchar a la espiritual Vicky. El aire se ha espesado.
Sin duda, él la ha visto, y detiene el
paso.
Imagina a Gab, como lo llamaba ella en
la intimidad, deseando decirle lo que sea, y piensa que sería una pena que
siguiera enamorado de ella. Finge no verlo manteniendo la vista al frente, y
conduce las cinco o seis largas manzanas que la separan de su edificio. Por
fortuna, tiene que torcer en la primera calle a la derecha y en la segunda otra
vez, así que a Gabriel no le puede dar tiempo de llegar antes de ella esté a
salvo en su garaje. El corazón le late más fuerte. ¿A salvo de qué? Son solo sueños, Dakota, la regaña
Madre. Enciende el móvil. Se llena de mensajes de Yolanda al borde de la
histeria y le entra una llamada suya.
—Ya subo. —Y cuelga sin escuchar.
Vigila su retrovisor esperando a que se
levante la barrera del garaje. Saluda al guarda de seguridad y piensa en la
asombrosa capacidad de algunos hombres de enamorarse de diferentes mujeres a la
vez. Gab, cuando aún seguían casados y decía abrigar tanto amor por ella, ya
tenía otras mujeres, camareras pelirrojas, en su vida íntima. Le juraba amor
eterno por la mañana y a mediodía se lo prometía a una camarera, siempre
voluptuosa y pelirroja.
Dakota llega a la misma conclusión que
sacó en su día: Gab no podía pasar sin ellas, igual que algunos no pueden dejar
de fumar. No le guarda rencor. En su día, sufrió un severo golpe del que tal
vez no se haya repuesto, bien pensado. La pena es que no esté bien visto el
asunto de las amantes. Gabriel había tenido a Dakota, una hermosa mujer que le
proporcionaba compañía adornando sus cenas de negocios, cuidando su hogar y
dándole calor, a su disposición. Al mismo tiempo tenía a otras mujeres que lo
esperaban a la salida del despacho, y quién sabe si en el bar que frecuentaba
los jueves mientras ella iba al cine con sus amigas, pues durante su matrimonio
no había interrumpido esta costumbre, ni ninguna otra, excepto la de salir con
otros hombres.
Quizá en aquella época Gabriel hubiera
comprado braguitas de colores ácidos a sus amantes, y colmado sus dedos de
anillos baratos. ¿Las habría llevado al servicio del bar donde trabajaban?
Quizá les hubiera pedido que se quitaran las braguitas de colores con cierta
urgencia. Les habría lamido sus coñitos jóvenes, metiéndoles el dedo, tanteando
sus tiernas paredes vaginales; las habría hecho correrse en su boca,
arrodillado en un suelo asqueroso. Serían mujeres sin nombre, o con el mismo
nombre todas, infelices cuando la aventura llegaba a su fin y eran sustituidas
por otra camarera idéntica, voluptuosa y pelirroja. Eran mujeres, además de
camareras. Las prefería rusas o irlandesas. A Dakota le sorprende la intensidad
de sus pensamientos eróticos y la vivacidad de sus sueños, dada la esterilidad
de su auténtica vida sexual.
Al descubrir las infidelidades de
Gabriel, su autoestima quedó muy mermada. Después de haber llorado unos meses a
todas horas, de espiarle igual que cualquier otra mujer herida y de sufrir una
infección de riñón, comprendió que no amaba a Gabriel y que, por más ofendida
que se sintiera y por más que hubiese afectado a su autoestima que él tuviera
amantes, debía agradecerle que le allanase el divorcio. Por último, magnificó
el asunto. Pensó que su libertad peligraba porque empezaron a intervenir
terceras personas, es decir, Chelito. Opinaba que no debían separarse.
Hoy, tras verlo caminando por su
barrio, a punto de levantar un brazo para saludarla, mirándola con esa mirada
suya de oveja, como si Dakota hubiera sido el único amor de su vida, piensa en
la paciencia que tuvo antes de poner fin al asunto de las camareras. Podría
haberse divorciado al descubrir el primero, incluso el segundo desliz, una
decisión que ni siquiera Chelito habría censurado. A Dakota le parece que fue
una pérdida de tiempo haber estado dos años casada. Por no hablar del atentado
contra su autoestima que supuso la infidelidad. Del que quizá nunca se ha
repuesto, vuelve a pensar.
—Hola, Mari Cruz —saluda al llegar a su
planta echando un vistazo al cartelito.
—Señorita Dakota. —La chica de
recepción le tiende un papel con sus llamadas.
Camino del despacho esquiva a Yolanda
con movimientos rápidos. La persigue con su guerra de guerrillas ofreciéndole
un café, que acepta con un cabeceo de gratitud. Suelta el bolso y se sumerge de
lleno en sus quehaceres.
A última hora, Dakota recoge sus
bártulos y se marcha. Está en el ascensor cuando Yolanda la obliga a firmar un
documento y ella le lanza una última pregunta.
—¿Cuándo regresa la Dire?
—Pasado mañana.
—Resérvanos dos horas para comentar el
catálogo de otoño. Me marcho.
* * *
Regresa antes de lo habitual al
Torreón. Quiere comprobar si el fontanero ha arreglado la pila atascada.
Miu-miú, escondida en los zapatos de Ivonne —amapolas de charol aparcadas en la
entrada—, la recibe con el entusiasmo propio de un cachorro, si bien preferiría
que no lo hiciera. Sus mordisquitos en los tobillos no responden a la idea de
amor platónico que tiene Dakota. También la recibe el bofetón de una rumba a
todo trapo.
—Quita, Miu-miú.
La coge en brazos. Ivonne se pasea
descalza con la fregona. Lleva una falda tan corta que parece un cinturón. Sin
sus zapatos, Ivonne casi desaparece. Muy pequeñita, la brasileña es
proporcionada y sensual. Al verla, Dakota no puede dejar de pensar en Barbies
mulatas.
—Por Dios, Ivonne, esa música.
—¿Qué?
Dakota se tapa los oídos.
—Ay,
desculpe, eu quito-la. —Ivonne se apresura a quitar la rumba cañera—. É muito lindo, el minino, qué era que eu
tinha para te contar? —Y tuerce la cabecita, con su larguísimo y
ensortijado cabello negro sujeto en una coleta alta.
—¿Qué pasa?
—No,
pasar, non passa nada. —La muchacha se encoge de hombros y sigue dándole a
la fregona.
Al entrar en la cocina, Dakota se da de
bruces con la segunda sorpresa y con uno de los hombres que invaden sus sueños
en los últimos meses: el fontanero.
El cuerpo del hombre, enterrado bajo el
fregadero, la hace tropezar. Camina distraída con los últimos acontecimientos.
Por fortuna recupera el equilibrio, sorprendida de haber estado a punto de
caer. La barriga gomosa del hombre se estremece, y durante unos segundos, antes
de ver su cara, imagina que se trata de alguien interesante. Sin embargo, el
conocido rostro del fontanero, congestionado y sin duda nada atractivo, asoma
detrás de aquella barriga y se interesa por su estado de salud con una frase hecha,
a lo que Dakota responde con otra pregunta:
—¿Ya está arreglado?
—Casi. Un latiguillo obstruido; claro,
que si echan desperdicios por el fregadero...
—No echamos nada por el fregadero.
Dakota recuerda haber tirado unos
restos de espaguetis y otras naderías; le da vergüenza que el hombre piense que
es una irresponsable. Detesta que la regañen. Siente que regresa a la niñez. Se
vuelve hacia Ivonne, que ha entrado a guardar la tabla de planchar. En la cesta
hay una pila enorme de ropa planchada. La mira. Le llega apenas por encima de
la cintura, ahora que va descalza y Dakota con tacones. Naturalmente, se
apresura a darle la razón.
—No,
no. Nos tiramos a la basura, nao pila —corrobora Ivonne, y haciendo un
vaivén con las caderas que marea al fontanero, sale con la cesta de la ropa.
El hombre se rasca la cabeza y mira a
Dakota encogiéndose de hombros. Desde su perspectiva debe de haber visto el
color del tanga de la brasileña, si bien lleva con dignidad la erección. Se
toca los lacrimales con el pulgar y el índice sucios, tal vez añorando unas
caderas, y se encoge otra vez de hombros.
—Bueno, yo se lo aviso, para que no
digan luego que no las avisé.
* * *
La noche del jueves, Dakota llega la
primera a su cuartel general, la terraza de La Ofi, y eso que ha llegado media
hora tarde.
Al rato, deslumbrante a sus cuarenta y
uno, aparece Álex. Va al gimnasio dos veces a la semana además de jugar al
tenis, luce cinco operaciones de estética y es asidua de un conocido salón de
belleza. Dakota no conoce a otra mujer más segura de su físico. Álex se planta
a su lado con una mano en la delgada cadera. Tiene un cutis brillante que ella
se empeña en resaltar con cremas de toques dorados.
—¿Y Vicky?
—Un vuelo de última hora. Acaba de
poner un wasap en Fabulosas.
—No lo he visto. ¿Qué bebes? —Álex coge
su copa, da un trago y hace un mohín—. Está caliente.
Su pelo, de diferentes tonos de rubio,
desde trigueño a vainilla, resalta su piel tostada. Tiene club, masajista y
podóloga. A Dakota le provoca envidia. Álex tuerce la cabeza graciosamente:
—¿Otro?
—Qué menos. —Dakota se lleva el dedo a
la muñeca, señalando un reloj de pulsera inexistente. Álex levanta las palmas
en son de paz y sus pulseras de abalorios tintinean. Pone morritos y ensaya su
excusa:
—¿Mucho tráfico? —Es su coartada
habitual. Álex vive a dos manzanas. Lo han analizado cientos de veces, y la
conclusión es que se trata de una tara genética imposible de modificar, como el
color del pelo, la forma de la nariz o la falta de tetas. Deja su bolso y lo
palmea—. Cuídamelo. He pasado un minuto por casa, es que he tenido un día...
Han discutido mil veces que en el mundo
moderno una mujer se puede teñir el pelo, operarse la nariz y ponerse o
quitarse tetas sin que ello invalide lo anterior. Aún no se ha inventado una
inyección contra la falta de puntualidad.
—Otro vino, esclava —exige Dakota
risueña—. Siempre vas perfecta. ¿Cómo lo haces?
—¿Qué te crees, que este cuerpo fabuloso no me cuesta lo mío? —Se señala
de forma significativa sacando cadera y se pone en marcha hacia la barra—. No
te vayas.
—No pensaba moverme.
—Ay, estos tacones son mucho hasta para
mí.
La ve abrirse paso con sus andares
felinos; quién sabe si es una pose o su actitud natural. Le recuerda a Miu-miú.
Unas cuantas cabezas giran siguiendo sus curvas y Dakota siente un alfilerazo
de admiración. Ella nunca podría moverse así. Se sentiría ridícula y, por más
que se esmere en arreglarse, su atuendo es soso al lado del de Álex. Su amiga
parece un cóctel servido en copa triangular, de esos con sombrillitas, lima y
sal en los bordes. Ella es un vaso de agua sin burbujas ni limón. Al momento
regresa Álex con dos copas heladas.
—Chica, ¿qué les pasa a los tíos? Ya he
ligado. —Le enseña una servilleta con un número de teléfono y un nombre
garabateados.
—¿Con quién, con el camarero? —No sería
la primera vez que ligara con uno.
Álex y Dakota se vuelven hacia la
barra, donde un hombre bastante guapo y joven que bebe con sus amigos levanta
su botellín de cerveza a la altura del rostro y brinda con ellas.
—¿Qué te parece? —susurra Álex. Levanta
su copa devolviéndole un guiño.
—En serio, ¿cómo lo haces? Estoy a
punto de deprimirme. Llevo media hora sentada y nadie me ha mirado.
—Si no hago nada. Soy...
—Fabulosa.
Se giran a mirar al chico y Dakota
arruga la nariz. Bebe sujetando el botellín por el cuello.
—Demasiado joven.
—Nunca lo son. —Álex besa y guarda la
servilleta en su bolso mirando al chaval.
—Pues mira, de eso quería hablarte.
Necesito un ligue.
—Ya era hora, bonita. ¿Qué ha pasado?
Da un sorbito de vino, se aparta y la
estudia con aire crítico.
—Pasar, nada. —Dakota se pone
colorada—. Tengo sueños eróticos.
—Mírate.
Dakota se mira el escote y su regazo;
es lo que alcanza a ver, y ya lo conoce de sobra. Estudia a Álex desconcertada.
—Necesitas un cambio de look. ¿Qué es esto? —pregunta mientras
levanta una solapa de su blusa con dos dedos, fingiendo que podría pringar.
—¿Una blusa? —dice Dakota, y se alisa
las solapas, ofendida.
—Las blusas son del siglo XIX.
Necesitas un top. Mañana nos vamos de compras. Y ya me contarás despacito lo de
tus sueños. Que lo he oído. Estoy todavía procesándolo.
—¿Un top? —La idea le parece
divertida—. A lo mejor. ¿Sabes que me he comprado una gata?
—Por Dios, Dakota. Qué pereza.
—¡Es una monada!
—Prefiero oír lo de tus sueños.
Desde luego, Álex tiene aspecto sexi,
un look que a ella no se le da bien. Dakota es más bien elegante y práctica
vistiendo. Le viene de su Educación Maternal de Corte Clásico. En el fondo es
más parecida a su madre de lo que admite. ¿Por qué, si no, le van las blusas y
lleva el mismo peinado desde hace diez años? Ella es más de perlas, tacón alto
y moño. Quizá un cambio radical de imagen sea lo adecuado para encontrar un
ligue.
—Bueno, cuenta.
—No es nada concreto..., sueños
eróticos, ya sabes..., entra un tío y se mete en mi cama. Lo típico.
—Ya. Te explicas como los ángeles.
¿Sabes lo que necesitas? —está diciendo Álex. Consulta con rapidez la agenda de
su móvil—. Un hombre.
—Por eso te lo cuento.
—¿Chema?... Déjame que piense...
¿Quique? ¿Fran?
—Preferiría a alguien nuevo, no te
ofendas. La segunda mano..., buf.
Álex se detiene y deja de teclear,
pensativa.
—Mmm. Tienes razón.
Le asombra la intensidad con que piensa
su amiga; puede oír el ruido que hacen los engranajes de su cerebro..., hasta
que se da cuenta de que son sus uñas, que tamborilean sobre el cristal de la
mesa. La invade una sensación gratificante.
Pues
claro: para eso están las amigas.
—¿Bares o internet?
Constatar que no solo no sabes ligar,
sino que tampoco has gozado del sexo ni tienes sex appeal, todo al mismo tiempo, es frustrante. Dakota está
sobrepasada. Ha decidido dejarse asesorar por Álex; que decida ella.
—¿Tú qué opinas?
—Bueno. —Álex está encantada—. Podemos
probar la táctica clásica y si no funciona nos centramos en la tecnología. Yo
te aconsejaría no perder el tiempo. Iría directamente a un portal de ligues.
—Ajá —se interesa Dakota parapetada
tras su copa de vino. Está a partes iguales fascinada y muerta de miedo.
Álex y Chelito comparten la filosofía
de la entrega a los quirófanos y salones de belleza. Solo que su madre no había
podido permitírselo de joven, de modo que su padre le abrió una cuenta para
«sus cosas».Sus regalos de cumpleaños, Navidad, santo y día de los Enamorados
eran aportaciones para «sus cosas». Y así ha continuado haciéndolo Dakota.
Desde que puede permitírselo ha hecho grandes aportaciones. A lo largo de los
años, su madre ha conseguido meterse en el cuerpo cantidades respetables de
Botox, ácido hialurónico y silicona. Además es una pionera de la depilación
láser y lleva el pelo platino desde la primera cana. Dakota también le regala
tratamientos faciales, estancias en spas y cremas carísimas que ella le
agradece con reproches.
—Te abriremos un perfil —está diciendo
Álex—. Yo utilizo cinco...
—¿Cinco?
—Mujer, hay que diversificarse. —Al ver
su cara se ablanda—. Con que abras uno nos vale, de momento.
Dakota traga saliva. En varias
ocasiones, Álex le ha recriminado: «No sabes sacarte partido». Dakota odia esa
frase porque su madre se la repite desde los quince años. Lo importante es lo
que una lleva en el interior. ¿O no?
—Primero, las compras. Vamos a hacerte
un restyling total. Mañana después
del curro en el C. C.
C. C. son las iniciales con que Álex se
refiere al centro comercial cercano, que ella frecuenta como si fuese su
segundo hogar.
—Humm... ¿Un cambio de look?
—Llámalo X, bonita. Vas a quedar de lo
más chic.
Dakota reconoce que nunca le ha
interesado sacarse partido. Con ir elegante le basta. Siendo realista, tendrá
que modificar su aspecto si quiere encontrar un ligue. Su imagen es seria, poco
atractiva para el otro género, el masculino. Si una quiere atraer a los
hombres, no debe llevar tacones gordos ni blusas del siglo pasado. Madre le
concede graciosamente la razón a Álex. Dakota levanta su copa.
—Por mi nuevo look. Vámonos a dormir. Mañana nos espera un día duro.
Le hace ilusión pensar que bajo su
fachada seria podría surgir un aspecto casi igual de esmaltado. Entran a pagar
y el joven de la barra les dice adiós al pasar.
—Esas chicas...
—Hasta otra, guapo. A lo mejor te
llamo. —Álex tamborilea con tres uñas plateadas sobre su pecho y él se queda
cortado.
Sus amigos se ríen a carcajadas. Son de
ese tipo de hombres a los que todo parece causarles hilaridad. Dakota supone
que o están en paro viviendo de sus padres, en vista de su edad, o que acabarán
echándolos por llegar tarde a currar el viernes. Es imposible emborracharse un
jueves y llegar puntual al día siguiente. A ella misma le cuesta levantarse los
viernes, y eso que solo toma dos copas de vino. Álex mueve las caderas camino
de la puerta. Detrás, Dakota murmura al pasar, sin mirar al chico:
—¿A qué curso vas?
En la esquina cercana se despiden con
la promesa de ir de tiendas al día siguiente por la tarde.
Al entrar en casa, Miu-miú la recibe
restregando el lomo por sus piernas y maullando como si le fuera la vida en
ello. Le da un mordisquito en el tobillo y Dakota abre la cocina para
permitirle acceso a su comedero. El bicho ronronea y mete la cabeza en el plato
devorando sus croquetas.
—¡Será glotona!
Empieza a sentir afecto hacia la
minina.
En su dormitorio, Dakota se quita los
zapatos, que observa con mirada fresca. Son cómodos, de tacón bastante grueso,
y sospecha que no son interesantes desde el punto de vista masculino.
Se desmaquilla y se desviste. Regresa a
la cocina y se sirve un vaso de agua. Mira a su mascota devorar la comida.
—Qué feliz con tan poco.
Qué agradable ser gato. Los gatos no se
preocupan por los tacones ni las cejas depiladas. Son elegantes, blanditos.
Quizá comprarse un gato ha sido un gesto simbólico, después de todo. Tal vez
despierte su sensualidad. Tal vez represente su libido.
No le apetece irse a la cama tampoco
hoy. Se echa en el sofá y cae dormida con la televisión y Miu-miú subida sobre
su cabeza. Le chupa el pelo ronroneando.
Sueña que un hombre con la cara borrosa
entra por la ventana de la terraza. La levanta en brazos del sofá, ligera, y la
lleva hasta su dormitorio, donde le quita el vestido (que se ha vuelto rojo) y
la deposita desnuda sobre la cama. La besa reptando por su cuerpo. Se sitúa
sobre ella, le sujeta las caderas y la embiste salvajemente. Su cama está
empapada y las sábanas nacaradas se pegan a su piel húmeda.
Se despierta sudando. Miu-miú está
dormida encima de su cabeza. La deja en su camita y sale a la terraza para
asegurarse de que solo era un sueño.
* * *
El viernes llama por teléfono a su
madre haciendo de tripas corazón.
—Hola, mamá.
—Dakota, ya era hora. Siempre esperas
hasta el último minuto. Estaba a punto de llamarte.
—Entonces, ¿voy a comer?
—No tienes por qué ponerte así.
Suspiro. La única táctica posible es
ignorar lo que dice. Dakota ha quedado con Álex a las cinco. Tiene tiempo de
sobra para comer con mamá.
—¿A las dos?
—Procura ser puntual, Dakota.
Siempre le parece que su hija llega
tarde, pese a que no tiene jamás la comida preparada. Ni siquiera la mesa
puesta. Sigue viviendo en el viejo piso familiar de tres habitaciones, una casa
de barrio.
Le abre la puerta arreglada como para
ir a misa, con sus tacones, sus perlas y su moño, con un vaso de Martini
mediado y un cigarrillo. La entrada conserva la vitrina con la colección de
perritos de porcelana de Chelito, pesadilla de su infancia («Los perritos no se
tocan», «Limpia los perritos», «Cuidado con los perritos», «¡Has roto un
perrito!»).
—¿Qué tal, mamá? —pregunta dándole los
rituales besos en las mejillas—. Te traigo fruta y pescado.
—¿Sabes algo de Gaby?
—Llevas once años preguntando lo mismo.
Entra en la vieja cocina para guardar
la merluza en la nevera. Inspecciona su contenido: una botella de Fanta de dos
litros, leche, mayonesa, kétchup y un cartón de huevos. La cierra con un
suspiro.
—No seas impertinente, hija.
—Estoy divorciada, mamá.
Chelito es la única que llama Gaby a su
exmarido. De casados lo detestaba, aunque intercambiaban cigarrillos. En cuanto
se separaron, su madre se puso de parte del Hombre. Sospecha que aunque conoce
la historia de las infidelidades, la culpa a ella de la ruptura.
—Siempre a la defensiva. —Chelito da
una calada profunda.
La ceniza de su cigarro está a punto de
caer. Dakota le pasa un cenicero lleno de colillas y mira alrededor buscando el
frutero. La cocina es tan oscura, incluso a mediodía, que no lo encuentra. Su
madre se lo acerca y ella enciende la luz y dispone la fruta, dos piezas de
cada.
—He traído tomates y lechuga. ¿Te
apetece una ensalada?
—Esas peras están duras.
—Cómete antes las manzanas. Si te la
traigo toda madura, se te estropea.
—Y no me gustan los kiwis.
—Son kiwis amarillos, te van a gustar.
—Tengo Fanta de naranja si te apetece.
—Detesto la Fanta.
—Ah, ¿sí? —La sorpresa es genuina. Su
madre levanta las dos rayitas que tiene por cejas. Se las depila y se las pinta
por encima—. Bueno, pues a tu padre le gustaba la Fanta. Si no hubiera sido tan
calzonazos de morirse antes que yo...
Es toda una vida de sorpresas ante los
gustos de su hija. Lo más seguro es que los ignore, piensa Dakota, aficionada a
la Coca Zero desde que destronó a la Coca Light. Dakota se pone el delantal.
Saca los tomates y cogollos que ha traído, los lava y coge un cuchillo. Su
madre enciende otro cigarrillo con la colilla del anterior.
—¿No ibas a dejar de fumar?
—¿Quién, yo? No recuerdo haber dicho
tal cosa.
—Mamá, si necesitas lo que sea, dímelo
y te lo traigo.
—¿Como qué?
—¿Carne? ¿Verdura?
—Bah. Me apaño. Compro cada día lo que
necesito.
—Bueno. ¿Qué tal estás? —Dakota, que
está cortando los tomates, procura no llevarse un dedo. La presencia física de
su madre la altera y suele golpearse, cortarse, quemarse o atragantarse. Quizá
por no golpear, cortar, quemar o ahogar a Chelito.
—Más sola que la una. ¿Cómo voy a
estar?
La mujer abre y cierra armarios
golpeando de manera innecesaria las desvencijadas puertas. Desesperada, Dakota
intenta sacar temas neutros y no rebanarse un dedo al mismo tiempo. Tiene que
haber un tema del que puedan hablar.
—Y ¿Marcial?
—¿Qué le pasa a Marcial?
Marcial es su único tío. Vive con su
mujer, Rosamari, en la casa familiar de Chelito, en Santander. No tienen hijos.
Él es un hipocondríaco profesional y ella, enfermera retirada. Lo de retirada
es un decir porque le toca cuidar a su marido.
—No sé..., ¿está bien?
—¿Aparte de que le van a operar?
—arremete Chelito.
—Ah, lo de la fístula.
—Es bastante serio lo de la fístula,
como tú dices.
—Sí, ya.
Dakota aliña la ensalada y lleva los
platos y cubiertos al comedor haciendo crujir las tablas del parqué. La madera
del piso se arquea hacia el centro y suena igual que un barco desvencijado.
Su madre fuma su cigarrillo en la
cocina, mirando hacia la ropa tendida en el patio interior. Dakota va del
comedor a la cocina llevando servilletas, vasos, el pan, dando mil paseos en
lugar de coger una bandeja, con la esperanza de que pasen los minutos.
—Y ¿Anita? —Anita es la mejor amiga de
su madre. Acaba de enviudar—. ¿Cómo lo lleva?
—¿El qué?
—Pues... lo de su marido.
—Le ha dado por ir al bingo los
miércoles y los viernes, a la vieja loca. —Y exhala el humo con desprecio—. Es
una lupótada.
—Ludópata.
—Y ¿qué he dicho?
—Bueno, se tendrá que distraer, pobre
mujer.
—¿Qué pobre ni pobre?
—Se le ha muerto el marido.
—Y a mí, y no me di a la vida disipada.
Tengo que arrastrarla para ir a misa.
—Y ¿por qué vas al bingo con ella?
—No digas tonterías. La acompaño para
que no se gaste toda la pensión.
—Pobre mujer.
—Es una vieja loca, te digo.
—Sí, yo también la aprecio.
A Dakota le parece que las paredes de
su vieja casa familiar son cada vez más estrechas. Quizá se deba a que siguen
con ese papel pintado que se cae a jirones. Se sientan a la mesa. Las
servilletas de tela están usadas; son las mismas del mes anterior.
Su madre se ha preparado otro
combinado. Se sienta con ceremonia, su moño platino e impecable, formando una
caracola que desciende desde la coronilla hacia la nuca. Va a la peluquería una
vez a la semana. Dakota ataca la ensalada y busca temas.
—Esto... y ¿Rosamari?
—¿Qué le pasa a Rosamari? Aparte de que
es una mujer sin fuste ni fundamento.
—Una santa inocente —opina Dakota.
—Siempre defendiéndola. No sé qué le
ves.
—Os consigue recetas de la seguridad
social sin hacer cola.
—No le cuesta nada.
—Cuida del tío.
—Estaría bueno. Es su mujer.
Además de soportar al hipocondríaco,
Rosamari lleva a Chelito con bastante humor. Su madre fuma en casa de Rosamari
y Marcial, y aunque ella es asmática se lo consiente. Ha llegado el momento de
cambiar de tema.
—¿Te sirvo?
—Sírvete tú. Yo me pondré si sobra.
—Hay para un ejército, no te hagas la
mártir. ¿Ponemos la tele?
—¿Para qué? ¿Para escuchar desgracias?
Dakota elude al máximo hablar de sí
misma. Percibe cómo el veneno de Chelito se desparrama por su organismo,
dañándola. No discutir con ella supone un ejercicio de contención severa. Cada
tema es un campo de minas que no da mucho de sí.
Solo
se trata de seguirle la corriente un rato. Respiiira.
—¿Has engordado?
Su madre la observa comer. Dakota
detesta que la mire y empieza a alterarse.
—Puede ser —responde antes de meterse
una hoja de lechuga en la boca mientras su madre despega los labios al mismo
tiempo en vacío, como si estuviera dando de comer a un bebé.
—En fin. ¿Qué es de tu vida? Nunca me
cuentas nada.
Dakota se abstiene de comentar que su
vida en los últimos meses parece haber perdido el rumbo, si es que alguna vez
lo tuvo; que está planteándose echarse un amante desde que tiene sueños
eróticos con un fontanero y con su exmarido, entre otros hombres, algunos con
tatuajes. El sexo en casa siempre ha sido tabú. Quizá radique ahí su falta de
apetencia. En la ausencia de educación sexual.
Temas,
temas.
—¿Te conté que Álex va a colaborar con
una empresa importante en Valencia?
—No.
—Tendrá que ampliar el estudio. Ha
cogido otro local más grande.
—Ah, ¿sí?
—La inauguración será el mes que viene.
Va a contratar a gente nueva y todo.
—Es una lástima que Alexandra dejase a
su marido.
—Si no hubiera sido porque le pegaba...
—¿No llevas un vestido muy corto?
—¿Qué piensas, mamá, que le resultó
fácil?
—No sé por qué te pones así.
A Dakota le empieza a vibrar un
párpado. Respira hondo y se lo frota.
—Te encuentro callada.
—No creo, mamá.
—Eso lo has heredado de él.
—Sí, todo lo malo viene de mi padre.
—Tu padre no hablaba. ¿No podías haber
heredado algo bueno de él?
—Estoy cansada. Llevo una semana dura.
—¿Qué tal el trabajo?
—Qué quieres que te diga. Estresante.
Su madre no tiene café en casa. No
puede tomarlo por la tensión, así que no lo compra. Por fin viene la parte
buena de la comida: la despedida. Chelito desaparece en su cuarto y Dakota
despeja la mesa y friega los cacharros. En la cocina no cabe un lavavajillas y
Chelito no se quiere mudar.
Dakota espera unos minutos en la
entrada revisando los mensajes del móvil. Los perritos la miran llenos de
polvo. Un par de ellos, rotos y recompuestos, le recuerdan sendas broncas de su
madre.
—Ah, Dakota, ¿aún no te has ido?
Mamá aparece tambaleándose por el
pasillo oscuro con un cigarro en los labios. Parece una Marlene Dietrich con
los pechos desarrollados.
—Como no me has dicho adiós...
—Estaba en el baño. Tengo que ir a
recoger a Anita.
—¿Te acerco?
—No puedo entrar en ese cochecito tuyo
de juguete; prefiero ir en autobús a partirme el espinazo, y me tengo que echar
la siesta antes.
—¿Has renovado el bono?
—No seas cargante.
Los días del almuerzo madre-hija,
Dakota se toma la tarde libre. No le queda capacidad para hacer mucho más, y
hoy le ha levantado dolor de cabeza. De todas formas, ha quedado con Álex para
ir de compras. Chelito llama al ascensor y le da dos besos. Aparta el humo como
si nadara a crol.
—A ver si dejas de fumar.
—Querida.
* * *
Despampanante en vaqueros, taconazos y
top con escote profundo, Álex llega cosechando miradas masculinas. Dakota ya ha
visto un par de vestidos en el centro comercial y se los muestra, ilusionada.
Su amiga los desestima a la primera con un gesto.
—Tú no elijas hoy. Confía en mí. —Y
aparta las prendas con desprecio.
—Bueno —murmura Dakota reacia.
—Esta tienda es un horror —le dice Álex
tirando de su brazo—. Queda fuera de los límites.
—¿Cómo?
—No la vuelvas a pisar.
—Pero...
—Sin peros.
Entran en un establecimiento lujoso y
Álex se dirige a los colgadores con aire experto. Maneja las perchas como si
quemaran, haciéndolas sonar con chasquidos, ofreciéndole una prenda tras otra y
tirándoselas sobre los brazos. A los pocos minutos ya está sobrecargada. En los
probadores, Dakota hace pinza con los índices y los pulgares y levanta el
primer vestido, con un estampado de azul sobre azul.
—¿Estás loca?
—Pruébatelo.
Dakota menea la cabeza.
—Es demasiado escotado.
—Un vestido nunca es demasiado
escotado. Vamos.
—Me va a quedar fatal.
—¡Dakota!
El probador es muy pequeño, así que
Álex sale a revolver el resto de la tienda. Dakota aparece vestida con el
primer modelito y la llama. Álex acude taconeando. Abre la boca teatralmente y
enmarca su rostro con el pulgar y el índice.
—Estás... fabulosa.
—¿En serio?
—¡Mírate!
La coge por los hombros y la empuja
hacia el espejo. Dakota se mira volviendo la cabeza para comprobar su trasero.
—Te faltan unos buenos tacones.
Pruébate este. Vamos, tienes tarea. Voy a por los zapatos. ¿Treinta y nueve?
—Sí.
Álex escanea los estantes y escoge
varios modelos; se los muestra a una dependienta que trae de inmediato el
número de Dakota.
—¿Qué tal vas, niña?
Dakota se asoma tímidamente con un
vestido escotadísimo, corto, con la espalda al aire.
—Aquí falta tela, ¿no?
—Ay, bonita, qué poco honor haces a tu
apellido.
—Me falta la A —se enfurruña Dakota.
Siempre el mismo chiste—. Yo no soy audaz.
—Te sienta genial —interviene la
dependienta.
—¿Lo ves? Estás fabulosa.
—Sí, claro, ¿qué va a decir ella? —la
acusa Dakota.
La chica se escabulle y Álex mira a
Dakota con las manos en las caderas, enfadada.
—Esta no es la actitud. Mírame.
—Por Dios. No soy capaz de llevar esto
—murmura Dakota a su imagen.
—Mírame. Y repite conmigo: «Soy fabulosa».
—Sí, hombre.
—Vale. Rebajaré el tono: «Soy
estupenda».
—Soy... —bufa.
—... estupenda —termina Álex.
—Sí.
—Bien. Y... —Le tiende un par de
sandalias altísimas.
—Me pruebo los tacones.
—Buena chica. —Le da dos golpecitos en
el hombro y la empuja hacia el probador.
—Fabulosa
—ríe Dakota.
—Exacto. —Álex levanta los dos pulgares
y Dakota la imita.
Varias tiendas, algunas compras y
muchos vestidos cortísimos después, entran en otra zapatería. Álex hace
recuento en voz alta, utilizando los dedos.
—Bien. Tenemos el azulón, el camel, el amarillo, el estampado con
apliques, el de tonos rosa palo, el marengo y el negro de la espalda al aire.
—Señala varias sandalias del montón que se acaba de probar Dakota—. Estas color
arena son ideales y te van con casi todo; y yo me llevaría también estas
blancas. Y las negras con adornos, definitivamente. Son fabulosas. Estoy por
cogérmelas yo también y así vamos de gemelas.
—Las blancas no. Me hacen daño.
—Para presumir hay que sufrir, bonita.
—Las blancas no.
Álex ya está mirando un par de
sandalias plateadas. Es inmune a sus desaires.
—Vale. Y ¿estas con tiras? Necesitas
unas más claras.
Dakota se prueba las sandalias. Todas
tienen tacones demasiado altos. Se prueba unas de piel de leopardo, con cintas
de seda que sujetan el tobillo. Le favorecen y son bastante cómodas.
—No está mal.
Se dirigen a pagar. La dependienta está
abrumada bajo el peso de los artículos que Álex le va poniendo encima a su
mostrador viviente.
—La verdad, yo no habría mirado dos
veces ninguno de estos zapatos. Ni los vestidos. Son demasiado...
—¿Bonitos? ¿Sexis?
—Iba a decir...
—No necesito saber lo que ibas a decir,
querida. Paga.
—Estoy agotada. Cuánta vanidad.
—Por cierto, te voy a pedir hora en
Vanity.
Vanity es el salón de belleza al que
Álex acude todas las semanas, como un ritual. Álex saca su minúsculo móvil
rosa.
—¿Me echo a temblar?
—Desagradecida. Si supieras lo que
cuesta coger hora...
Y Dakota se echa a temblar en tanto su
amiga espera el tono en su móvil. En la pantalla aparece la foto de la conocida
fachada blanca y negra de Vanity.
—Menos mal que me conocen... ¡Hellooo, Anne! ¿Cómo estás, querida?
—Como para no conocerte —murmura
Dakota. Su amiga sale de la tienda para hablar. Su timbre de voz ha subido
varios tonos y ríe demasiado alto—. Si vas más por allí que por tu casa. —Y
Dakota le tiende la tarjeta de crédito a la dependienta. Dakota sale cargada de
bolsas y Álex le hace un gesto triunfal, colgando el móvil.
—¡Dios mío! —grita Álex cuando van por
el C. C. camino de la salida. A Dakota se le hiela la sangre en las venas.
—¿Qué?
Álex está mirando fijamente al frente
con las pupilas dilatadas y tapándose la boca, inmóvil.
—¿Te has torcido un tobillo? ¿Qué te
pasa?
Dakota sigue la dirección de su mirada.
No hay nadie. Álex parece encontrarse bien.
—¿Qué? —Le sacude un brazo. Álex
reacciona y señala con un dedo un escaparate. Hay un maniquí de esos que
simulan hasta los pezones con un vestido rojo que parece un tatuaje.
—¡Qué preciosidad!
—Ah. El vestido.
—No, bonita. EL vestido. Vamos.
—Estoy cansaada —se queja ella, aterrada ante la posibilidad de tener que
probarse una prenda tan ajustada. Pero Álex la arrastra hacia la tienda como un
remolcador—. No tienes ninguno rojo. Rojo
es el color.
—¿La
mujer de rojo? Ni hablar. En todo caso, negro.
—Ya tienes tres vestidos negros.
Dakota, toda mujer debe tener un
vestido rojo como fondo de armario —le explica Álex armándose de paciencia.
—Toda mujer guarra —exagera Dakota con malicia. A Álex le gusta vestir de
escarlata.
Álex se cruza de brazos y la señala con
todos los dedos en un puño, excepto el índice, e hincándolo en su dirección. Si
se pone más cerca la pincha.
—Póntelo.
—¿Me estás haciendo un corte de mangas?
—la desafía Dakota. Álex dispara el índice de nuevo hacia su nariz.
—Habrá al menos una noche en la que
desearás tener este vestido en tu guardarropa. Haz un acto de fe, bonita. Y no
te enfurruñes, que te salen arrugas.
Dakota sale del probador estirándose el
vestido.
—Demasiado ajustado. Se me ve hasta el
píloro.
—Lo vas a dar de sí. Quita. —Se lo
alisa por detrás—. ¿Quién es la asesora de imagen?
Dakota baja la testuz y dice para su
escote:
—Plasta.
—Hay mucho viento... —Álex hace
pantalla con la mano detrás de la oreja, torciendo la cabeza—. ¿Quién es la
experta?
—Esto no me lo pongo ni borracha
—responde Dakota mientras su amiga le termina de amoldar un hombro. La observa
desde todos los ángulos. Parece un fotógrafo de moda—. Es muy escotado
—protesta Dakota señalando al espejo.
—Lección número uno: no existe vestido demasiado ajustado. Número dos: un
escote nunca es demasiado —dice
Álex—. Con la ropa interior adecuada... Te sienta de cine. Si fueras pelirroja,
te confundirían con Rita Hayworth. Aunque eso podemos arreglarlo. —Y la empuja
hacia el probador. Dakota se baja la cremallera y dice la última palabra.
—No pienso teñirme de pelirroja.
Pero Álex la ha oído. Asoma la nariz
por la cortina y le espeta:
—Da gracias de que no te obligo a
comprarte unos guantes por encima de los codos. Y ahora vamos a la tienda de
lencería.
—¿Quééé?
—Necesitas algo rojo.
—No necesito
nada rojo.
—Es la última por hoy. Lo prometo.
Felices por el éxito de la misión, con
su amistad indemne de milagro y pese a sus diferencias de criterio, finalizan
las compras con un corpiño de seda carmesí sin costuras ni tirantes, hasta la
cintura, y un culotte a juego efecto push up. Las diferencias quedan en el
olvido y las dos se dirigen a tomar un refrigerio.
Tan cargada de bolsas que se acuerda
con nostalgia de las máquinas elevadoras del almacén que maneja Vázquez, Dakota
sube por la tarde al Torreón, suelta los paquetes y coge a Miu-miú, que acude
de puntillas sobre sus patitas a olfatear desconfiada las bolsas, paquetes y
cajas.
—¿Qué pasa, Miu-miú?
—Míu, míu —contesta el animalito.
Ivonne ha dejado en el microondas unos
tomates asados rellenos, coronados con media anchoa cada uno. Tras poner comida
a la gata, Dakota se lleva una bandeja al salón. No pasa un minuto cuando
aparece el minino relamiéndose y reclama sus anchoas.
—¿Quién es mi bebé?
En cuanto se oye se queda callada,
sorprendida por su ataque de ternura. Le ha salido de forma espontánea. Ella
nunca ha deseado un bebé. ¿Qué ha sucedido? La Gata Salvaje escarba con un pie
la tierra, avergonzada del lapsus.
—Ven, vamos a ver una peli antigua.
—Revisa su colección y se decide—. Brazil.
Esto le gustaría a Ivonne.
Coge el DVD y lo mete en el reproductor
Blu-Ray.
Hora y media larga después bosteza y va
a la cocina. No tiene ningún deseo de dormir. En las últimas semanas retrasa la
hora de acostarse con cualquier excusa. Se prepara una infusión de laurel para
conciliar el sueño y se lleva a Miu-miú a la habitación. Lleva varios días
intentando enseñarle a dormir en el salón, pero maullaba toda la noche, así que
ha llevado su camita al dormitorio. El minino espera a que Dakota apague la luz
y trepa a la cama, enroscándose a sus pies.
Otro sueño húmedo más. En el íntimo
espacio de su propio despacho, un hombre sin rostro hace que se la mame delante
del ventanal que llega hasta el suelo, frente a toda la ciudad. El hombre
eyacula en su boca. Deja caer unas gotas sobre la moqueta. La luz aterciopela
su piel y el hombre se inclina y le alza la cara por la barbilla, restañando el
jugo de sus labios con el pulgar. Antes de averiguar su identidad, Dakota se
despierta aturdida y bañada en sudor.
El felino maúlla apenas. Parece un
peluche. El amanecer está cercano. Su ventana da al este, y al mirar al
horizonte descubre los colores que asoman antes de que salga el sol. Se levanta
inquieta.
Qué
sueño más cochino, piensa mientras se ducha. Su libido está despierta, la
Gata Salvaje al acecho.
* * *
En la oficina, Yolanda está muy
pegajosa esta mañana. A Dakota, que ha empezado a pensar en su cambio de imagen
y en buscarse un amante, los desvelos de Yolanda no hacen sino agobiarla.
—Parece que los chinos quieren echarse
atrás en la producción de los chalecos multibolsillos modelo K-99. Acaba de
llegar una remesa al almacén.
Por más que intenta concentrarse, a
Dakota los chalecos multibolsillos K-99 han empezado a importarle un carajo.
Más bien piensa en su cita en Vanity para el próximo sábado. Sin embargo, trata
de focalizar los asuntos según le van llegando, y de resolver los problemas uno
a uno.
—La Dire ha preguntado dos veces por
ti. Ya está en su despacho.
—Tráeme un descafeinado con galletas,
anda..., sé buena.
Pasa por su despacho, suelta el bolso,
coge la agenda y continúa ruta hasta el despacho de la Dire. Llama tres veces y
entra.
—¿Se puede?
—Dakota —saluda la Dire.
—¿Has visto mi plan de negocio?
—Siéntate.
Antes de que la puerta se cierre, Pati
le tiende una bandeja con dos tazas de café y un platito con galletas de avena.
Dakota lo deja en la mesita baja de las visitas y la Dire se acerca a desayunar
con ella. Se sientan en el sofá blanco.
—Dakota, antes de que pasemos al plan,
quería comentarte un tema personal.
—Tú dirás. —Le pasa un café con dos de
azúcar.
—Gracias.
Dakota traga saliva. Se miran de hito
en hito. Al estudiarla de cerca, da la impresión de que debe de rondar los
setenta. Esta mujer es bastante parecida a su madre en muchos aspectos. No es
que se parezcan físicamente, en absoluto. Es más sutil. Tiene que ver con la
figura materna. Solo que con ella se puede hablar y con mamá no. Es otra cosa.
Ambas son tenaces, duras y no muestran ningún lado humano.
—En realidad son dos cuestiones. Por
una parte, sabes que hace tiempo que quiero retirarme. —La Dire se detiene y da
un sorbo a su café.
—No tenía ni idea.
—¿En serio? Creía que te lo había
dicho.
—No sueles hablar de temas personales.
—No, claro.
La Dire es una mujer que no acostumbra
a mostrar sus sentimientos. Quizá la haya visto llorar una vez en once años, en
un entierro o una fiesta. ¿O lloraba de risa?
—Estoy pensando en irme a Mallorca.
—Dakota aprovecha para morder una galleta—. Tengo allí a mi hijo y mis nietos.
Por otra parte, la Dire siempre la está
presionando. Le cuesta alabar los resultados, aunque los aprecie. Si a lo largo
de los años ha ido ascendiéndola y otorgándole privilegios, es solo porque se
los ha merecido. Es muy ecuánime. No tiene esa enervante capacidad de sacar la
conversación de contexto que posee Chelito. Ni su poder de hacerle daño. No el
tipo de daño que puede causar su madre. A no ser que la echara sin preaviso,
claro. Se pone en modo alerta.
—Dakota. —La Dire deja la taza y se
limpia con una servilleta. Ella aguarda, tensa, con el pulso rápido. Las
pupilas de la Dire son intensas—. No tienes cargas familiares, estás entregada
por completo a la empresa...
—Ejem —carraspea ella. El corazón se le
acelera. Parece una secuencia de una película. Está a punto de nombrarla
sucesora y ella no sabrá qué decir.
—Sin embargo...
La desilusión se le marca en el rostro.
Un nudo en la garganta y Dakota da un sorbito a su café. ¿Es que no va a
nombrarla su sucesora? En el fondo descubre que le da igual.
—Sabes que es la junta la que decide.
Te aprecio profesionalmente. Quizá nunca te lo haya dicho. Pero es así.
Dakota asiente, sumergida en un río
revuelto de emociones contradictorias.
—En fin. Yo te he propuesto. Ya se
verá. Patriots ha crecido mucho en estos años, en parte gracias a tu labor. Así
es como lo veo yo y se lo he hecho ver a la junta.
—Gracias, Dire.
—Yo no me haría ilusiones por si acaso.
Y además, todavía no me he ido. Esto va para unos meses. Creo que tienes
posibilidades. Y estoy segura de que te sobra capacidad, aunque no sé si estás
verde. —Se calla unos segundos y ambas respetan el silencio. La mira y el
momento se esfuma—. Veamos ese plan tuyo. Le he echado un vistazo. Hay un par
de cosas que...
Es
curioso, piensa Dakota. Ahora que le insinúan la posibilidad de dirigir
Patriots, que mueve un volumen importante de capital, no le hace la misma
ilusión que le hubiera hecho..., no sabe, hace un par de meses. Sigue
gustándole su trabajo y está preparada —no solo ha trabajado, también ha
seguido su formación, obtenido títulos y un MBA—, tiene experiencia y
capacidad. Ahora tiene a Miu-miú, piensa con incongruencia. En el fondo se
trata de un asunto más íntimo, relacionado con sus deseos y sus sueños húmedos.
Y tiene una meta. Desea despertar al sexo.
* * *
El martes, nada más pisar la moqueta de
la dieciocho, la recepcionista rubia, eficiente y bien maquillada le pasa un
papelito y le susurra señalando con la cabeza la sala de visitas:
—Están esperándola.
Sorprendida, Dakota mira hacia la sala.
—Gracias, Mari Jose.
En medio de la hilera de asientos
dispuestos en ele hay alguien sentado. Son asientos muy bajos y el hombre tiene
las piernas largas, así que las rodillas le sobresalen. Maneja un iPad. Está
concentrado. Dakota carraspea y el hombre levanta la vista y sonríe.
—¿Nick?
Cierra el iPad y se levanta con
bastante agilidad teniendo en cuenta lo incómodo del asiento. Le dedica una
sonrisa perfecta.
—Disculpa que no te llamase para
recordarte la cita. Se me hizo tarde ayer.
—No importa. Vamos a mi despacho.
En cuanto cruzan la puerta surge
Yolanda: birlibirloque.
—Dakota, ha llegado un contenedor de
multibolsillos K-99 en color arena.
—¿Conoces al señor Sánchez?
—Ah, sí.
—Mi ayudante, Yolanda.
—Encantado.
—Vendrá los martes a esta hora. ¿Han
revisado el contenedor?
—Dice Vázquez que faltan veinte en el
envío.
—Que hagan un albarán de abono.
—Ya está, solo que van a dejar de
producirlos.
Dakota asiente y abre la puerta de su
despacho sujetándola para que entre Nick. Le señala el sillón de las visitas y
la mesita baja.
—Siéntate, por favor.
Yolanda sigue su discurso:
—Ya no los fabrican. He preparado la
devolución porque traen un defecto en la cremallera. Este es el abono.
Dakota coge el papel y el boli que le
tiende.
—¿Dónde?
—Aquí. Y aquí.
Mientras tanto, Nick mira por el
ventanal y Dakota se da cuenta de que Yolanda lo repasa de reojo. Ella lo mira
también, distraída. Es elegante, muy alto, pelo brillante y ojos castaños.
—Por cierto, la Direte quiere ver. —Le
pone sobre la mesa una brazada de documentos y mira su reloj.
—¿Ha dicho cuándo?
Yolanda mira al techo sin mover la
cabeza un milímetro.
—Ya debe de estar en su sitio.
—Mieerda.
—Dakota mira el reloj y a continuación a Nick—. ¿Te importa esperarme unos
minutos? Si la Dire quiere verte, quiere verte. No conviene hacerla esperar.
—No te preocupes, traigo el trabajo
incorporado. Aprovecharé el tiempo.
—Bien. ¿Quieres un café? ¿Un cruasán?
Se giran a mirar al hombre y su
elegante traje. Él se toca la corbata.
—Mmmm... Un café con leche está bien.
Sin azúcar.
Yolanda asiente y mira a su jefa.
—A ver si quedan cruasanes o se los ha
comido Art. Un descafeinado, un zumo y dos...
—... galletas de avena —termina
Yolanda. Nick sonríe. Yolanda abre una rendija en la puerta de cristal y lanza
una voz—. ¡Pati!
Dakota vuelve a señalar el sillón de
las visitas para que Nick se siente. Retira unas revistas y sale tocándose el
pelo y alisándose la falda.
—Enseguida vengo. Ponte cómodo.
—No te preocupes —insiste señalando su
iPad.
Dakota regresa veinte minutos más
tarde. El asesor se ha tomado su cruasán y está mirando a través del cristal,
distraído. El iPad parpadea. Se da la vuelta al oírla entrar. Dakota se
desploma en el sofá blanco y él se sienta a su lado. Tiene dos plazas, así que
sus piernas casi se rozan.
—Disculpa el plantón. —Él le tiende su
zumo y ella lo acepta—. Estoy seca. Gracias.
—¿Siempre es así?
—A veces es peor.
—Bueno, respira, desayuna y luego te
comento. Hace cinco minutos entró tu ayudante para ver si estaba vivo y le pedí
otro descafeinado. —Le señala la taza tapada con el platillo—. Se te había
enfriado.
—Eres un oasis.
Nick le da buena espina. No solo se
entienden hablando, sino que le da la impresión de que es un buen profesional.
Le cuenta su método, un plan simple y efectivo. Maneja grandes cantidades. Hace
seguimiento habitual de los valores más estables del mercado, sobre todo en
farmacia y comunicaciones. Si están al alza, compra acciones a primera hora por
la mañana y espera a que suban a lo largo del mismo día. En cuanto suben,
vende. Si bajan, espera uno o dos días hasta sobrepasar el punteo inicial.
—Cuando las cantidades invertidas son
grandes, el beneficio es interesante, aunque las acciones no suban mucho.
—Entiendo.
—Quitando gastos de compraventa y
comisión, suelo conseguir entre ciento cincuenta y quinientos euros limpios con
cada operación. Hablamos de una inversión como la tuya.
—¿Al mes?
—Al día. Algunas operaciones me llevan
tres, cuatro días máximo.
—Guau.
—Sí. Por supuesto, insisto en que
existe riesgo. No tengo una bola de cristal. Solo investigo tendencias.
—Entiendo.
—Necesito un montón de autógrafos...
Le tiende un bolígrafo y Dakota empieza
a firmar a toda velocidad. Él va retirando cada hoja firmada y presentando la
siguiente. Sus piernas están tan cerca que siente su calor a través del
pantalón.
—Tu copia. Esta es la orden de
traspaso. Pon la cantidad y firma.
Dakota obedece.
—Bien. La cantidad mínima tiene su
razón de ser; cada vez que realizamos una operación, te cobran una comis...
—Llaman tres veces a la puerta de cristal. Yolanda asoma la cabeza.
—Jefa. —Se señala su reloj de pulsera.
Es enorme, de hombre.
—Ah, gracias, Yolanda. —Dakota termina
de firmar y él recoge los papeles y le entrega sus copias. Ambos se levantan—.
Seguimos el próximo día, Nick. Lo siento. Tengo una reunión.
—Oh, tenía que irme de todas formas
—dice guardando su portafolios; cierra el iPad y ya está listo, de pie y
caminando hacia la salida—. No te preocupes.
—Te acompaño.
—No hace falta, en serio.
Dakota mira su reloj y desiste.
—De acuerdo. Yolanda, ¿podrías...?
—Ya me encargo. —Le muestra su palma a
Nick señalando la salida.
—Bueno, pues... —Él le tiende la mano a
Dakota y salta una chispa. Ambos las retiran y se echan a reír.
—Es la moqueta.
—Es nuestro sino. Hasta el martes.
Dakota se queda sola, inmóvil unos
segundos, sintiendo que ha cambiado el aire en su despacho. No sabría decir
qué. No hay una sola cosa fuera de sitio. Se sienta en su silla giratoria, echa
la cabeza hacia atrás y pone las manos sobre la nuca.
* * *
Tras una semana intensa, el sábado
Dakota se presenta en el famoso salón de belleza Vanity.Es la primera vez que
atraviesa la fachada blanca y negra. La recepcionista, vestida de negro y con
un pañuelito blanco al cuello que simula una flor, parece anoréxica y tiene
aspecto de ser menor de edad, y también de estar enfadada con el mundo. Lleva
unos cascos inalámbricos con micrófono en curva sobre los labios inflados como
neumáticos. Parece Madonna en los conciertos de los ochenta, y se diría que
está a punto de comérselo. Supone que no hay peligro de que la chica se trague
nada.
—Buenos días.
—Un momento, por favor —le contesta con
voz de robot—. Muy bien, señora Viader, a las diez el día 20. Confirmado. Sí,
señora. No, señora. Se lo diré. Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
El suelo es de baldosas en damero
blanco y negro. La joven está detrás de un mostrador demasiado alto. A su vera
hay un tronco de Brasil que llega hasta el techo, y encastradas en la pared, un
montón de taquillas de metacrilato. Dakota se queda mirando el tronco, pasmada
por su altura.
—¿En qué puedo ayudarla, señora?
—repite el robot con idéntico tono.
—Oh. ¿Es a mí? —pregunta Dakota.
La chica hace una mueca con los labios
sin mover un solo músculo de la cara. Parece que está sacando morritos, pero es
que los tiene así.
—Soy Dakota Udaz. Vengo de parte de...
En cuanto menciona su nombre, la
anoréxica teclea en su ordenador y se pone a hablar por el micro de nuevo,
dejándola con la palabra en la boca. Así que se calla.
—La señora Udaz está aquí.
Por detrás de la pared frontal que hay
tras el mostrador aparece una mujer madura con un elegante vestido negro y un
pañuelo blanco anudado al cuello con estilo. La saluda como si la conociera de
toda la vida, con dos besos. Al contrario que la joven, esta mujer es pura
amabilidad.
—Dakota, querida, soy Anne. Bienvenida.
¿Me das tu bolso?
—Ejem, vale.
Mete su bolso en uno de los casilleros
de metacrilato y le tiende la llave con un llavero del mismo material con forma
de nube. Juraría que es un culo.
—Aquí estará seguro. No se permite el
uso de móviles durante los tratamientos. Por aquí, por favor.
Detrás del exagerado mostrador donde la
anoréxica se queda muy enfadada (¿por tener que atender el teléfono?) aparece
un mundo de espejos, albornoces de aspecto mullido de un favorecedor color rosa
y turbantes a juego, vestidos negros con flores blancas al cuello, cabezas
plateadas, sillones ergonómicos, secadores estilo casco espacial y misteriosas
puertas. Anne la precede por un ancho pasillo con luz clara. En las paredes
cuelgan fotos gigantes de un tarrito de esmalte de uñas volcado, un lápiz
delineador al que acaban de sacar punta y las virutas consiguientes, una barra
de labios que se derrite, un ojo y sus pestañas pegoteadas de rímel en primer
plano, etcétera. Se cruzan a medio pasillo con una pelirroja de uniforme negro
y blanco que transporta en brazos un paquete con un albornoz rosa y toallas,
envuelto en plástico transparente. Anne se la presenta.
—Marlene. Ya está aquí Dakota.
—Bienvenida, Dakota —sonríe la aludida.
Se las arregla para darle la mano y le
aprieta la punta de los dedos. Abre una puerta y la invitan a pasar a una
salita.
—Gracias.
La pelirroja Marlene coloca el paquete
sobre la mesa y le da dos golpecitos.
—Te dejo esto aquí.
—¿Te apetece un café? ¿Té? ¿Chocolate?
—pregunta Anne.
—¿Descafeinado? —contesta Dakota.
—¿Solo, con leche, cortado? —Parece un
concurso de preguntas.
—Con leche. Sin azúcar.
Anne vuelve el rostro amable hacia la
pelirroja Marlene y ella asiente y se retira. Una vez que Marlene ha salido,
Anne señala una de las sillas de la salita. Mientras Dakota se sienta, ella
consulta una pantalla encastrada en la mesa. El paquete con las toallas y el
albornoz es tentador. Encima hay dos zapatillas blanditas a juego. Dakota se
siente como si hubieran venido los Reyes Magos.
—Veamos. —Anne desliza el teclado desde
un panel situado bajo el tablero y se pone a teclear en la pantalla táctil—.
Tatatata..., aquí te tengo. Hoy es la primera sesión.
—¿Primera?
—Álex te ha cogido un bono de cinco.
—¿Cinco?
Anne le dirige una sonrisa de cortesía.
—Necesitamos una serie de datos para
abrirte la ficha. No tardaremos mucho. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Hoy haremos masaje, peeling de ácido glicólico, manicura,
«pedi», rayos y estilismo. Me voy a retirar para que puedas prepararte. Nos
quitamos toda la ropa, joyas, ¿piercings?
—Dakota niega—. Bien. Y lo dejamos en esta cestita; nos ponemos el albornoz y
las zapatillas y cuando estés lista aprietas este botón y vendrán a buscarte.
En cuanto salgas, esta puerta se cerrará y no entrará nadie más hasta que tú
vuelvas, ¿de acuerdo? —Dakota asiente. Llaman a la puerta con dos toquecitos
discretos—. Adelante.
Entra Marlene y deja una bandejita con
el café.
—Oh. Qué buena pinta, gracias. —Es una
taza de porcelana con dos pastas de aspecto lujoso. Dakota las mira con
lascivia. Anne sigue su mirada y le aclara:
—Son bajas en calorías, no te
preocupes. Si necesitas cualquier cosa, tienes hambre, sed o deseas ir al aseo,
si te apetece una revista o música, no tienes más que decirlo. —Sin dejar de
sonreír le entrega un pequeño busca rosa con un solo botón—. Estarás con
nosotros toda la mañana y Marlene será tu persona de apoyo. ¿De acuerdo?
—Vale.
—¿Alguna pregunta?
—No se me ocurre nada. Me parece todo
genial.
—Bienvenida, Dakota —sonríe Anne. Es su
primera sonrisa sincera.
—Gracias —le responde Dakota
estrechando su mano. Tiene el mismo estilo fofo que Marlene. Le aprieta las
puntas de los dedos un segundo.
Marlene y Anne se retiran con sonrisas
prefabricadas. Dakota se toma su tiempo. Disfruta de su café con pastas bajas
en calorías, disfrazadas de apetitosas. Luego tendrá que desnudarse y apretar
el botón que la conducirá a la vorágine de belleza.
Cómo
viven los ricos.
Pasa la mañana recibiendo tratamientos
y masajes, con Marlene recogiéndola en una sala y depositándola en otra. La
pobre pedicura (¿Laurie?, ¿un diminutivo o un nombre extranjero?) intenta
hacerle cosas en los pies. Dakota los retira con firmeza.
—Son órdenes de Álex —protesta Laurie—.
Está incluido en el paquete.
—Lo siento, es una fobia personal. No
soporto que me toquen los pies.
—Muy bien —dice mientras se retira
ofendida.
Por fin la hacen pasar al salón
general, donde varias mujeres esperan a que les suba el tinte o les laven el
cabello, y hace su teatral aparición, con gran acogida de público, el Estilista
Jefe en Carne y Hueso. Se dirige nada menos que a su silla. Dakota está a punto
de echarse a temblar. Las mujeres se preguntan en voz alta quién será esa mujer
que merece la atención del Maestro. El estilista jefe parece de mal humor,
quizá debido al estreñimiento. Introduce sus dedos en el pelo de Dakota (que se
cortó hace unos días en su peluquería) y le separa varios mechones, puede que
buscando piojos. La obliga a negar a su peluquera:
—Hace mucho que no pisas un salón,
¿verdad, querida?
—Mucho. —Mirada de pena.
—No te preocupes, vamos a dejarte
divina.
Le da unos toquecitos de conmiseración
en el hombro. El Estilista Jefe en Carne y Hueso, a quien las chicas llaman
André (André por aquí, André por allá) aunque por el acento ella juraría que es
de Murcia, luce un blusón negro y pantalones pitillo, el mismo pañuelo blanco
al cuello (¡con forma de flor!), y es un clon de Anne (excepto por una coleta
baja y la complicada barbita). Después de estudiar un menú de colores, ordena a
una subalterna, Lulú, que le ponga unas mechas a Dakota, indicándole los colores
exactos que desea, dos tonalidades de rubio: trigueño y vainilla.
—En un rato estoy contigo, querida.
Y se marcha entre los suspiros de las
damas. Lulú le entrega un montón de revistas y le aplica el tinte. Luego la
coloca bajo un secador de aspecto espacial. Pasados unos veinte minutos, Lulú
regresa y le retira el papel de plata. El sillón de lavado tiene masaje y
Dakota se queda dormida unos segundos. Lulú la deja frente a un espejo, le pone
un babi rosa impermeable por encima del albornoz y se va. Al minuto, André
regresa provisto de un arsenal de tijeras y un ramillete de murmullos de
éxtasis.
—Vamos a arreglar este desastre,
querida.
Le realiza un corte radical sin pedir
permiso, bajo la mirada de enajenamiento general. A continuación él mismo le
seca el cabello con secador y empuña una ultramoderna plancha de pelo color
violeta y remata un espectacular peinado. Termina cogiendo una pizca de cera y
se frota las puntas de los dedos de forma muy curiosa, como si estuviera
haciendo fuego. Con los dedos húmedos le atusa una punta aquí, un flequillo
allá, apenas rozándole uno o dos mechones. Por último, con una floritura, le
tiende un espejito y gira su sillón. Dakota se mira por detrás.
—Voilà
—dice el estilista con acento murciano.
El resultado es impactante. Dakota no
puede hablar. André espera, con las cejas alzadas, el veredicto. No está segura
de que le cuadre del todo su nuevo look.
No parece ella. El peinado es precioso, aunque se encuentra demasiado rubia. Le
ha puesto mechas más claras por delante. Menea la cabeza dando movimiento al
pelo. André sigue aguardando. Frunce la boca. Ella, en cambio, está
boquiabierta. Trata de imaginar lo que tardará en peinárselo ella sola y le
empieza a subir el pánico.
—¿Bien, querida?
—Eh... Gracias. Es..., muy bien.
André parece ofendido. Se marcha a
zancadas, con la nariz en alto y las tijeras en el bolsillo de su blusón.
Aparece Marlene sonriendo.
—Te sienta fenomenal.
—Gracias. —La acompaña a su cabina.
—Te puedes vestir. Estamos terminando:
maquillaje, sala dos.
—Ah..., vale.
Marlene sonríe.
—No te preocupes, yo vengo a por ti.
Avísame cuando termines.
Señala su busca rosa.
—Gracias.
Menos mal. Le ha cogido apego al
aparatito. Le va a costar desprenderse de él.
Están todavía maquillándola en la sala
dos cuando se adivina la llegada de Álex; en parte por su risa, que resuena en
los espejos multiplicada, y en parte por la revolución que se monta. La
maquilladora se lo confirma.
—Ah, ya está aquí Álex. Es muy popular.
Repartiendo besos e ignorando la
escandalosa minuta, Álex tiende su tarjeta de oro a la joven anoréxica de la
entrada y saluda a las chicas metiendo monedas en sus bolsillos, llamándolas
por sus nombres y dándoles besos. Su encuentro con el Estilista Jefe en Carne y
Hueso y Anne es observado por las chicas con trastorno contenido.
Cuando Dakota aparece, se une al grupo.
Álex comprende por qué el estilista jefe se ha ofendido ante su reacción.
—Una obra de arte, André. Fabuloso. ¿Es
esta la misma chica que envié yo? Te has superado. Enhorabuena.
Consigue arrancarle media sonrisa al
estilista. Antes de que las dejen marchar, Dakota se siente obligada a adquirir
varios productos capilares, cremas antiedad y exfoliantes que le recomienda
André. Por fin entrega su aparatito rosa casi con lágrimas. Anne las acompaña a
la salida y les da dos besos.
—El viernes próximo a mediodía tienes
la segunda cita.
—Huy, espero poder cancelar una
reunión...
—Te llamaremos para recordártelo,
querida. Estás espléndida. Espero que te hayas sentido como en tu casa.
—Muchas gracias, Anne. Ha sido genial.
—Ciao,
querida. Mil gracias.
—A vosotras.
A salvo en la calle, Dakota aspira una
bocanada de aire y lo deja en sus pulmones.
—¡Aire contaminado! Al fin. Creí que no
volvería a ver la luz del sol.
—Sí, es un secuestro en toda regla,
¿verdad?
—Fabuloso,
querida. —Y se parten de risa—. ¿En serio tengo que volver?
Álex suelta una carcajada.
—No te preocupes. Me quedaré los bonos
que no quieras.
—Gracias.
—Menos las cejas.
Encuentran una terraza abierta y se
sientan a disfrutar de un almuerzo ligero, Dakota sintiéndose bella y
exfoliada, con su peinado complejo y un montón de cajitas plateadas con
productos de belleza carísimos y ridículas muestras gratuitas. Piden ensalada,
tostas y vino blanco. Parece que los hombres la miran, la admiran, la desean.
—Estás fabulosa.
—Yo me encuentro un poco rarita. —Y al
ver el gesto de Álex, rectifica—: Es decir, guapísima. Ha sido toda una
experiencia. No sé cómo agradecértelo, en serio. Eres la mejor asesora de
imagen que he tenido.
—Y la única. Necesito más peloteo.
—Petarda.
Después de comer, y siguiendo su plan,
suben al Torreón a probarse los modelitos adquiridos para su Operación Ligue.
—¿Te acuerdas de la obra esa en la que
un tipo transforma a una paleta en una mujer culta? —le pregunta Álex mirándola
con los párpados entrecerrados.
—My
Fair Lady. Vaya, gracias por lo de «paleta». ¿Me subes la cremallera?
Álex tuerce la cabeza mordiéndose el
labio inferior. Le indica con un gesto que camine. Dakota intenta andar con
garbo. Los tacones son demasiado altos.
—Fabulosa.
—Le tiende otro vestido y otros zapatos de tacón.
—¿Fabulosa
es un término aceptado por la Real Academia?
—Toma.
—Seguro que me rompo un tobillo —dice
ella obedeciendo.
—Estarás fantástica. Por cierto, tienes
hora el viernes con mi personal depilator
de Vanity... —Dakota pone los ojos en blanco. Camina tres pasos, cautelosamente
encaramada a los tacones—. Me recuerdan a Ivonne...
—¿Las cejas o los tacones?
—Los dos. Una lástima que el mundo no
vea más a menudo esas piernas.
—Las tengo muy gordas.
—Ya las quisiera para mí.
—¿Qué dices? Tienes unas piernas de
escándalo.
De repente, Álex se incorpora y le hace
un gesto con la cabeza.
—Ven.
Se ponen juntas frente al espejo. La
imagen le devuelve unas piernas tan esbeltas como las de Álex. ¿Cómo es
posible? Si esa misma mañana eran
gordas. Quizá sea Ama, que la engaña, después de todo, esa pequeña zorra. Quizá
sean los tacones.
Dakota se prueba vestidos. Álex se
decide por el azulón y los zapatos correspondientes. Les llega el turno a los
complementos; se pone y quita pendientes, pulseras, colgantes, pañuelos y
bolsos. Álex la ayuda con movimientos expertos.
—Tengo complejo de árbol de Navidad.
—No seas quejica. —La dirige hasta el
espejo y este refleja a una mujer despampanante que está al lado de Álex—. Pon
una pose de mujer fatal.
—Grrrr.
—Exacto.
—O ligo ahora o nunca. ¿Cómo lo haces?
—Querida, de algo me sirvió jugar a las
muñecas en mi infancia.
—Y ¿qué hacía yo en esa época?
—¿Jugar con cochecitos?
A Dakota le impresiona el cambio
operado en sí misma. Un vestido adecuado, un peinado nuevo, unos tacones..., y
surge una mujer imponente ante el espejo. Una mujer como... ¿Álex? Ama le
susurra que está sexi por primera vez, que recuerde. También se mezclan acordes
de otra cosa: notas desagradables, sordas, que la hacen sentirse un florero.
¿Será por el escote? ¿O por la forma en la que se le marca el culo? Su imagen
es seductora desde los tacones hasta el último cabello. La sensación,
atrozmente placentera. La minina está mirándolas desde la cama, con aire
bobalicón. Juguetona, se retuerce entre las sábanas.
—Madre mía —le dice Dakota al espejo
alisándose la tela en los muslos y volviéndose de nuevo para intentar verse el
trasero.
—Verás cuando te vea Vicky.
—Llegaba ayer de París.
—Vamos a llamarla.
Álex ya está tecleando en el móvil. A
juzgar por el monólogo que se marca citándola en La Ofi, debe de haber saltado
el contestador. Coge su bolso, le lanza un beso con la punta de los dedos y
sale derrapando sobre sus tacones.
—Me voy a restaurar. Nos vemos esta
noche.
Se cruza con Ivonne, que luce ojeras.
Ivonne mira a Dakota incrédula mientras se apea con cuidado de sus charoles
bermellón y alza a Miu-miú para hacerle unos mimos.
Dakota está a punto de preguntarle algo
al darse cuenta de las ojeras, pero renuncia. En realidad no la conoce. No es
asunto suyo la vida privada de Ivonne. Espera que no esté trabajando demasiado.
—O
que e isto? ¿Qué nos pasó? —Ivonne la admira, con su boquita roja dibujando
una O mayúscula. Dakota se pregunta cómo es posible que la chica camine con tal
garbo subida a esos tacones sin partirse un tobillo. E increíblemente rápido,
además.
—A ti no sé, Ivonne. A mí, Álex.
—Dakota coge una botella de vino y se dirige a la cocina abriendo y cerrando
cajones—. Es genial, ¿no te parece? —Y gira la cabeza a ambos lados meneando el
pelo para que Ivonne contemple su peinado.
—Mais...
Sensacional. Muito bela, Dakota.
—Obrigada.
¿Dónde está el sacacorchos?
Ivonne se dedica a cambiar las cosas de
sitio. Dakota ignora si lo hace con un propósito (está convencida de que cada
objeto tiene su sitio) o tan solo es desordenada. Abre un cajón sin titubear y
le tiende el sacacorchos. Empieza a cacharrear por allí, metiendo platos en el
lavavajillas.
Antes de que llegara Ivonne, con su
gracejo y sus tacones rojos, Dakota tenía a otra empleada para mantener el
Torreón y su ropa limpios. Había tratado de establecer una relación cordial
ofreciéndole Coca-Colas y conversación. Por desgracia, los límites se
difuminaron. La chica se extralimitó. Fue durante su viaje a China.
Dakota regresó un día antes de lo
previsto. La música se oía desde la calle. Se habían bebido su ron, la casa
estaba tomada por veinteañeros y alguien se había probado su ropa interior, que
estaba desperdigada por la terraza. Además se encontró a un borracho en su
cama, agarrado a su almohada. Despedir a la chica no fue fácil, aunque supuso
un alivio perderla de vista. No le guardaba rencor, pero perdió los arrestos
necesarios para pedirle que le planchara una blusa.
Así que con la brasileña se había
asegurado desde el principio de establecer un trato profesional y distante. A
pesar de sus diferentes gustos a la hora de escoger la ropa y los zapatos, le
ha cogido aprecio. La encuentra muy tierna y salvaje.
—Ivonne...
—Sim?
—Quería decirte..., bueno..., si
necesitas vacaciones o lo que sea...
—Sim,
claro. No. Muito obrigada.
—Vale.
La chica pone el lavavajillas en marcha
y se sube a sus tacones dispuesta a irse. Ella se tumba en el sofá a ver su
serie favorita con unos frutos secos y Miu-miú acude a enroscarse en su regazo,
ronroneando.
* * *
El martes, la rubia de recepción tiene
un peinado nuevo. Se ha cortado la coleta.
—¡Vaya cambio! ¡Qué guapa, Mari Cruz!
—Gracias, Dakota. Lo mismo digo —sonríe
ella.
—Creía que no os dejaban cambiar de
peinado.
—¿A quiénes?
—Eh..., déjalo, era una tontería.
—Tienes visita.
Le tiende un papel con sus recados y
susurra un nombre: Nicolás Sánchez. Dakota se asoma a la sala de visitas con su
pelo Vanity. Los silloncitos siguen siendo demasiado bajos para Nick. Ve su
cuerpo en escorzo, ocupado con sus cosas frente al iPad que sostiene en las
rodillas, más altas que el asiento.
—Buenos días.
Él se vuelve. Sus iris moteados
recorren las sandalias de Dakota, sus piernas tostadas en Vanity, su vestido (y
a ella le da un escalofrío) y se detienen en los ambarinos ojos de ella. Cuando
Nick levanta la cabeza, el cuerpo le sigue. Ríe con la mirada.
—Vaya. Estás impresionante.
Se pone colorada hasta las uñas. No se
esperaba un piropo de su asesor financiero. Le tiende la mano, pero él la
ignora: apretándole con suavidad los brazos, la besa en las mejillas. Huele muy
bien.
—Es por la electricidad estática —se
disculpa él—. No me gustan los calambrazos.
—Mmmmm —asiente Dakota mientras gira
sobre sus tacones.
La recepcionista los mira deteniéndose
en él y admirándolo. Dakota se da cuenta de que coquetea con Nick. Es muy alto,
atlético, con el flequillo travieso y las cejas marcadas. Le hace una mueca a
Mari Cruz a espaldas de Nick.
—Hasta luego —se ríe esta con una
risita tonta.
Pasillo adelante, Yolanda surge de las
sombras y se les pega a la chepa.
—Reunión general a las once cero cero.
—¿Junta?
—Sí.
—¿Nos pides café?
—Por supuesto. ¡Pati!
Yolanda se detiene a hablar con su
becaria mientras Dakota, seguida por Nick, cruza la sala general y entra en su
despacho. Él se dirige a su sillón acostumbrado. Instala el iPad y empieza a
sacar unos papeles de su maletín.
—Tengo buenas noticias, Dakota.
—¿En serio?
—No. Te tomo el pelo. ¡Claro que en
serio!
Dakota vuelve a ponerse colorada. ¿Está
flirteando con ella? Hasta ahora la relación era de lo más correcta. No sabe
qué pensar. Entra Yolanda con la bandeja del desayuno, la deja con cuidado en
la mesita baja y se retira. Dakota la acompaña a la puerta y, dejando una
rendija, susurra:
—Oye, ¿se sabe algo de la Dire?
—Intuyo.
—¿Puedes concretar?
—Top
secret.
—¿Pero?
—Algo hay.
—Averigua lo que puedas, sobre todo si
hay algún candidato.
—Voy a preguntar por ahí. Te vengo a
buscar para la junta.
—Dame media hora con Nick.
—¿Nick? —Levanta una ceja.
Dakota se pone colorada y se da la
vuelta.
—No seas tonta.
Ese es uno de esos momentos en los que
le gustaría poder dar un portazo. Pero la puerta se cierra sola con suavidad.
Nick está mirando por el ventanal. Dakota se sienta a su lado y mira el iPad,
curiosa.
—Y ¿cuáles son?
—¿Perdón?
—Las buenas noticias.
Le pilla mirándole el escote y se
ruboriza. Él se queda azorado y le tiende un café sin azúcar. Al ir a coger la
taza, sus dedos entran en contacto. Les da un calambrazo y ambos la sueltan. No
solo mancha la moqueta; también su pantalón y sus zapatos. Son elegantes, se
sorprende Dakota. Ni horteras ni paletos. Sencillos.
—¡Oh!
—¿Te has quemado?
—Lo justo.
Dakota le tiende una caja de Kleenex.
—Lo siento. Ven, te acompaño a los
lavabos. Por aquí.
—Ha sido culpa mía.
—No, no.
—Vale, ha sido culpa tuya.
—¿Qué?
—¿Mitad y mitad?
—Ni hablar.
—¿Entonces?
—Tendré que invitarte al tinte.
—Invito yo —dice él—. Que sea a cenar.
Dakota se queda cortada. Sigue andando
rápido, sin mirarle. Su reacción tarda en llegar.
—¿A cenar?
—El viernes me va bien. Puedo ir a
recogerte a tu casa, si me das tu dirección.
—El aseo de hombres. Te la apunto.
—Gracias.
Nick entra en los servicios. Mientras
se cierra la puerta sobre su espalda, Dakota alza la voz:
—¿Sabrás volver a mi despacho o te
envío a Yolanda?
—Pondré un GPS —responde él sin
volverse.
—De acuerdo, listillo. Te espero allí.
A los cinco minutos regresa Nick.
Dakota, liada con sus quehaceres, no lo oye.
—¿Empezamos?
—¡Qué susto!
—¿Tan feo soy?
Dakota señala una taza humeante.
—Te he pedido otro café.
—No lo toques. Ya lo cojo yo.
Se sientan de nuevo y Nick se sumerge
en una serie de explicaciones sobre inversiones y Bolsa. A ella le fascina. Es
un mundo que desconoce. Él ha preparado unos gráficos en el iPad. Según se los
va mostrando, ella hace algunas preguntas y él contesta con seguridad y
sencillez. Media hora más tarde, Yolanda llama tres veces.
—Perdón... Dakota.
—Ah, tengo que preparar la reunión,
vale. Lo dejamos aquí.
—Perfecto, ya está bien por hoy.
Nick se marcha escoltado por Yolanda.
Dakota vuelve a sentir algo chocante al quedarse sola. Ese cambio sutil en su
despacho. De pronto lo percibe con claridad: es el aroma de él.
* * *
—¿Es guapo?
—No está mal. Castaño, atlético, metro
ochenta y pico, soltero, creo.
Es jueves y Dakota y Álex toman una
copa en La Ofi.
—Pinta bien.
—Es mi asesor financieeero.
—Has quedado a cenar mañana y no lleva
alianza. Eso es lo que cuenta.
—Es muy soso —protesta Dakota—. Traje,
corbata, hombre de números..., ese tipo.
—No descartes nada, bonita.
Dakota se ha presentado con uno de los
vestidos comprados bajo supervisión de Álex. Uno color camel, de una tela parecida a la piel. Se siente Jane, la mujer de
Tarzán. El tono favorece y resalta sus colores naturales. Sobre sus tacones,
con el corte de pelo radical y a pesar de parecerse a Barbie Malibú, reconoce
que su nueva imagen le aporta seguridad. Ama hace estallar un castillo de
fuegos artificiales.
Al cabo de unos minutos llega Vicky. La
mira, sus ojos verdes muy abiertos, y se lleva una mano al pecho.
—¡Pero bueno, amor! ¿Qué te ha pasado?
—Y a Álex—: Eres un genio. —Y chocan palmas imitando a jugadores de baloncesto
norteamericanos. Algunos interesados se giran hacia ellas. Es un gesto que a
ellas les queda sexi.
—Lo sé, querida, lo sé. —Álex se sopla
las uñas plateadas, feliz ante el efecto de su creación. Imita a una
presentadora de concurso que exhibe el premio gordo con una floritura—. La
nueva fabulosa Dakota. ¿No está
divina?
—Es una diosa.
—Soy
un genio.
—Modestia aparte —sonríe Dakota—. La
materia prima cuenta, ¿no?
—Es el milagro Vanity.
—Déjame decirte una sola palabra: guau.
—Vicky es tan «de una sola palabra»,
piensa Dakota feliz—. Has triunfado, Dakota. —Vicky le pasa revista—. Estás genial.
—Sí, tu restyling va viento en popa —confirma Álex.
—Gracias, chicas.
—Si quisieras ponerte un poquitín de
Botox aquí y aquí... —Álex empieza a tocarle la frente y ella levanta una mano
para protegerse—. Quedarías ideal.
—Ni hablar. Nada de poquitines.
—Vale —suspira—. Dejémoslo de momento.
—No me voy a convertir en mi madre. No
te ofendas.
Álex se encoge de hombros.
—Has sido muy valiente, cielo.
—Gracias, Vicky, eres una monada.
—Tenemos novedades: Dakota ha conocido
a un hombre —dice Álex con entonación dramática.
—Cuenta. —Vicky se acerca, los ojos
verdes chispeantes.
—Que no. No he conocido a nadie.
¡Solo-es-mi-asesor-financiero! —recalca exasperada.
—Sí, y ha quedado mañana a cenar con
él.
—¡Guau!
—Parece que el cambio de imagen
funciona.
Esa noche, en lugar de ir al cine,
deciden ir a ligar. Álex tiene invitaciones para una fiesta en un bar de moda y
las tres bailan con los minúsculos bolsos en el centro de la pista, en plan
años setenta. Se les acercan un par de conocidos.
—Ese es un ligón —descarta Álex
señalando a un atractivo moreno.
—Oye, y ¿ese? No está mal.
—¿Nacho? Está muy casado.
—Y ¿el pelirrojo?
—Le llamamos el Peligroso.
—Ooh.
—Ahí veo a uno bastante potable. Ese
calvito guapetón.
—Ese es mío.
—¡Álex!
—¿Qué? Tengo mi harén. —Saluda con los
dedos al chico y él le devuelve un guiño.
Al final se despiden sin ningún
contacto nuevo. Álex se siente protectora con respecto a la nueva Dakota.
—Si vas a ligar, hazlo con alguien que
no sea un capullo declarado.
—Chicas, estoy un poco trompa —confiesa
Vicky—. Me he tomado un daiquiri.
—Vámonos. Mañana madrugo.
—Y yo.
En el taxi comentan las jugadas de la
noche.
—¿Has visto cómo te miraba Peter?
—Me ha parecido un baboso.
—Es que lo es.
—Ah, vale.
—Lo importante es llamar la atención,
bonita.
—Pare en aquel portal, junto a la
farmacia, por favor —pide Vicky al taxista. El hombre las mira por el
retrovisor con cara de cansancio—. Chicas, menos mal que mañana no vuelo.
Tendré resaca —se queja. No suele beber y se achispa con una caña.
—Un paracetamol y dos vasos de agua. Es
infalible.
—Nada de drogas. Son malas para el
organismo. Me tomaré un cubo de agua y mañana una infusión purificante.
—Buenas noches, petarda.
El taxista detiene el coche y Vicky
coge el bolso de Álex por error.
—Eh. Ese es el mío, ladrona.
Se intercambian un par de bolsazos y se
parten de risa. El viejo conductor mira al techo esperando.
—Mañana os llamo.
—¡Oye!, el sábado en el Torreón a las
once cero cero. Ay, estoy contagiándome de Solanda.
—¿Haremos un brunch?
—Brunch
—confirma Dakota.
—Haré la ensalada de piñones y
cherries.
—Y yo llevo el vino.
—Voy a comprar esos pastelitos de
frutas tan ricos.
—Fabuloso.
—¿Arranco, señoritas? Me voy a retirar
ya. Me duele la cabeza.
* * *
Este viernes va a comer con mamá.
Quiere mostrarle su nueva imagen. Primero se pasa por Vanity; tiene hora con la
personal depilator de Álex. Le
arranca de cuajo la mayor parte de las cejas. Habría preferido que le hubiese
clavado alfileres bajo las uñas de los pies. Sale llorosa y con la piel
enrojecida. El resultado es sorprendente.
—Hola, mamá.
Dakota aparece con su nuevo peinado y
su autoestima por las nubes en el umbral de la puerta. La mujer deja la mirada
fija en sus cejas. Parece abducida. Dakota las levanta varias veces solo por
ver cómo los ojos de su madre siguen el vaivén.
—Te has cortado el pelo —le espeta al
fin retirando la vista. El tono es glacial, lo que significa: «¿Cómo te atreves
a cortártelo sin mi permiso?». Dakota está radiante con su piel exfoliada, y su
madre, atónita.
—¿A que es fabuloso? —Y le planta los dos besos de rigor. Aparta la cara y se
toca el moño—. He ido al salón de Álex.
—Seguro que hay sinónimos de fabuloso. No es obligatorio usar siempre
la misma palabra —le suelta su madre—. Y ¿qué demonios les ha pasado a tus
cejas? Están muy... finas.
A Dakota le da un escalofrío. Lo
increíble es que le ha escupido un piropo a la cara. Llegó la hora de sacar la
artillería pesada y rematarla. Quizá se ablande y diga cualquier cosa amable.
Dakota abre su bolso, saca dos cajitas envueltas en papel de regalo y las deja
sobre la encimera.
—Vicky te ha traído tu crema.
—Ah.
—Y yo unas muestras de Vanity. —Deja un
montón de sobrecitos al lado.
Su madre mete la nariz en la nevera,
ignorándola.
—Es muy jipi..., buena chica,
alocada...
—Ya le daré las gracias de tu parte.
Chelito dispone sobre la encimera
tomates, lechuga, maíz, nueces, jamón. Tiene un cigarrillo entre los dedos.
Dispara las siguientes palabras haciéndolas sonar como una acusación.
—Haremos ensalada.
—¿Quieres que la prepare yo? —pregunta
Dakota con toda la dulzura de que es capaz.
—Y te has cambiado el tono. Estás
muy... rubia.
Otro piropo. «Cejas finas» y «rubia»
podrían haber sido «cejas horribles» y «rara». Son las palabras más amables que
le ha dirigido su madre en los últimos treinta años. Se le pone una sonrisa
como un tajo de sandía. Además, que ignore las cremas también es positivo.
Significa que no las ha criticado.
—No me acostumbro a tu... peinado.
—Sigue fascinada por sus cejas.
—Me voy a hacer un combinado. Te
repites, mamá. ¿Tienes que fumar en la cocina?
—No seas impertinente, Dakota.
—¿Me lo preparas?
—Si tú no bebes.
—A nadie le amarga un dulce.
A regañadientes, Chelito le alcanza la
botella de Martini.
—Es seco.
—Era un decir.
—Tendrás que traerme otra, porque la
vas a dejar temblando.
De repente, Dakota siente toda la
fuerza de sus cejas, su peeling y su
escote. Las está posicionando en actitudes nunca exploradas: la hija se rebela
contra el look clásico y mamá asiste
al corte del cordón umbilical. Está fuera de su alcance. Sus cejas depiladas
son el símbolo de que ya no le puede hacer daño. Está perdiendo su poder,
siente que su varita mágica se estropea.
—¿No tienes limón?
—¿Qué soy, una frutería? —responde
mientras se le cae la ceniza.
Dakota le sonríe. La emoción que
saborea con el Martini que Chelito censura en silencio es de triunfo. Nunca
había tomado Martinis en casa. Aliña la ensalada y pone la mesa. Su madre la
sigue por todas partes, fumando y sirviendo de poca ayuda.
—He quedado con Anita para el bingo.
—Al menos podrías divertirte. Mira que
si te toca.
—Ya te dije que es una estúpida y una ludótata...
—Ludópata, mamá.
—... acompañarla es un acto de caridad.
El bingo me aburre que me mata. Y encima tengo que llevarla a casa borracha la
mitad de los días. Francamente, estoy deseando marchar a Santander a ver a tu
tío.
—¿Ya le han operado?
—La semana próxima. Tienes memoria de
pez.
El cambio de look no solo allana su plan de buscarse un amante; ha renovado la
relación con Chelito. Acabar con su antigua imagen supone en cierto modo tirar
por la ventana algunos valores caducados. Además le dará tema a su madre para
criticarla, lo que siempre es refrescante.
—¿Sigues con esa bárbara a tu servicio?
—¿Ivonne? Claro que sí. Es muy
eficiente.
—Me refería a Yolanda.
—No está a mi servicio. Es mi ayudante.
Para celebrar la nueva relación que
aquí comienza, Dakota saca el helado de chocolate y vainilla bajo en calorías
que Chelito se reserva para sus momentos depre y que esconde al fondo del
congelador, detrás de los guisantes.
Su madre la ve abrir la tarrina y
rechina los dientes.
—El otro día me colgó el teléfono con
la excusa de que llamaban por la otra línea.
—¿Quién? ¿Yolanda?
—Ivonne.
—Si no tengo dos líneas en casa.
—Es una lunática.
—Es una buena chica.
—Y no le entiendo ni papa. Además, yo
diría que es prostituta.
—Se gana la vida limpiando casas. Y
plancha divinamente. Me marcho, mamá.
—A ver si me llamas.
—Claro que sí. ¿Te gustan mis cejas?
—Las sube y las baja varias veces.
—Payasa.
Dakota la observa caminar insegura
sobre sus tacones mientras la adelanta para apretar el viejo botón del
ascensor, y ve a una mujer mayor. ¿Será la edad o los Martinis? Sigue enfadada
por el asunto del Martini, el helado, las cejas.
—Procura no conducir como loca, para
variar.
—Sí, mamá.
La compasión intenta sobrevivir a la
rabia, antigua triunfadora en estos encuentros. La madre se da la vuelta antes
de que entre en el ascensor. Le lanza una última palabra al entrar en casa, sin
volverse. Y, a pesar de que sea en son de paz, suena a guerra.
—Querida.
—Adiós, mamá. —Y el ascensor se cierra
sobre sus palabras.
A la altura del segundo piso, Chelito
casi le da pena. En el primero se ha empezado a alejar de su mundo. En el bajo,
Dakota respira hondo, atraviesa el patio y el portal con sus plantas de
portería y su olor a cocido, y al pisar la calle se pregunta por qué no es
capaz de hacer un comentario bonito, en plan: «Ese peinado te favorece, hija».
* * *
Por la tarde, a Dakota le entra un
ataque de pánico.
—Álex, tengo una emergencia.
—Señorita Udaz. Me pilla en el estudio.
—¿No puedes dejarlo todo y venir a
ayudar a una amiga en apuros?
—Lo siento. ¿Es muy urgente?
—En realidad, no. Es igual. Solo es una
cena de negocios..., creo.
—¿Con el asesor financiero? ¿Un
viernes? Por favor.
—Ya.
—¿Quizá el rojo?
—¿El vestido rojo? ¿Estás loca?
—Es lo que te aconsejo.
—Bueno, ya me apañaré.
—Buena suerte. Nos vemos en el brunch.
—Ah, sí..., hasta mañana. Dile a tus
chicos que son unos petardos.
—Lo haré.
No sabe qué ponerse. ¿Es una cita-cita,
o solo en plan amigos? ¿Se tendría que arreglar sexi? ¿Discreta? ¿Al viejo
estilo Dakota? Vicky está fuera de cobertura.
—Mieerda.
El
rojo ni hablar. Se le marca todo.
Se decide por un vestido color
vainilla. El vainilla es un color inocente, le parece, como el helado. No des la impresión de buscar guerra,
susurra Madre. ¿Por qué no?, contesta
Ama creciéndose, y las dos se pelean como verduleras: El rojo. Vainilla. Rojo. ¿A qué tantos nervios? Al final las manda
callar y opta por el marrón. Es discreto y le sienta bien a pesar de que lo
encuentra bastante corto. Todos los vestidos nuevos son cortos. Y no le queda
vestuario antiguo, ya que Álex donó su ropa a una ONG. Elige complementos ámbar
y un bolso desenfadado. Las sandalias de piel con apliques son muy elegantes y
la estilizan. Se mira satisfecha y se pinta los labios. Le tira un beso a su
imagen del espejo.
—Ya está —le dice a Miu-miú, que se
divierte con un ratón de tela.
Desde el suelo la mira con sus ojos
leonados e inexpresivos. Abre el hocico regalándole un maullido sordo. Le
acerca un dedo y el animalito se frota la nariz y se lo lame con su lengua
rasposa.
—No voy a ligarme a mi asesor
financiero, tonta. Solo es una cena. A ti te quiero más. Me has robado el
corazón.
—Miú, miú.
Llaman al telefonillo a las nueve en
punto.
—Ya bajo.
—De acuerdo.
Se asoma a la terraza con cautela para
cotillear su coche. No hay ningún coche en doble fila. Se mira en el espejo del
ascensor poniendo una pose sexi y se encuentra fabulosa.
Hay un chico en la acera de enfrente
con un casco en el brazo, apoyado en una moto enorme, con un postura bastante
chulita. Vendrá a buscar a alguna vecina adolescente. Las hay a docenas en la
urbanización. Al cruzar la zona ajardinada para llegar al portal descubre que
el motero es Nick. Viste vaqueros y una cazadora de cuero negra.
—Ay, madre. Es él —susurra.
Abre la puerta. Él se incorpora al
verla. Es muy nueva, una moto último modelo. Dakota no da crédito. ¿Es este el
mismo individuo relamido de los martes? Lleva un mechón del flequillo castaño
caído sobre la cara. Está mucho más atractivo. Dakota pone ojos como canicas.
Él le da dos besos, divertido, sujetándole los brazos. Se sopla el flequillo,
que cae de nuevo sobre su rostro.
—¿Crees que vas vestida para subirte a
mi Suzy?
—¿Suzy?
—Bueno..., no te asustes, no es mi
novia. No tiene nombre. Es solo una abreviatura. —Ella lo mira asombrada—. Es
una Suzuki.
—Puedo subir a ponerme unos vaqueros.
—Sería una lástima. Estás preciosa.
—Ya, pero no sé.
Él está abriendo el portaequipajes y
saca un casco blanco y una cazadora negra para ella.
—¿Cómo me voy a subir aquí?
—Anímate. Solo se vive una vez.
Tiene los ojos brillantes. Dakota no se
lo piensa. Se va a despeinar y le va a enseñar el tanga al montar y desmontar
en su pepino. Pero qué diablos.
—¿Me guardas el bolso?
—Claro.
Se pone la cazadora y el casco. Procura
no pensar en su peinado. Cuando él la ve pelearse con el sistema de cierre, se
acerca y le sujeta las muñecas. Azorada, contiene la respiración. Le aparta las
manos con dulzura.
—Ya te lo abrocho yo.
Está tan cerca que nota su calor y
huele su aroma, ese perfume varonil que ya conoce. Desvía los ojos para no
cruzarse con los suyos. Él encaja el broche con un movimiento preciso. Al
hacerlo le roza la piel bajo la barbilla y se pone colorada.
Espero
que no se haya dado cuenta.
—Ya estás.
Le da un coscorrón en el casco. Se
monta a horcajadas y baja unas patitas para que ponga los pies. Dakota no
entiende de motos. Lo ve hacer varios preparativos, sin moverse. No ha subido
nunca a una moto grande. Ve cómo se le arrugan las esquinas de los ojos al
sonreír. Le tiende una mano.
—Pon el pie aquí y sube como si fuera
un caballo.
—He montado tanto a caballo que estará
chupado.
—¿En serio?
—No.
Él ríe. Coge su mano y obedece. No
parece tan difícil.
—Espera.
Le manipula en el casco.
—¿Me oyes?
Como por arte de magia, le oye alto y
claro. El casco lleva auriculares incorporados. Aparece una lucecita móvil en
el de Nick.
—¡Es una pasada!
Él se ríe, complacido con su reacción
infantil.
—Puedes agarrarte aquí y aquí. —Le
muestra las agarraderas y se pone unos guantes de cuero—. También en el asa de
atrás. O al conductor, claro. ¿Sabes ir de paquete?
—¿De paquete?
—Vale. El paquete es el viajero de
atrás. Es importante porque puede desequilibrar el peso y mandar al piloto con
todo el equipo al suelo.
—Mejor me bajo —se ríe Dakota.
—No, mujer. Lo único que tienes que
hacer es olvidarte de que vas en una moto. Si te agarras a mi cintura y te
dejas llevar, todo irá bien.
—Bonito truco para ligar.
—Imagina que estás bailando. Tú déjate
llevar. ¿De acuerdo?
—Vámonos ya. Me va a aplaudir todo el
barrio.
—Vale. Agárrate. ¿Lista?
Arranca con una leve presión. Acelera
un par de veces y la moto ruge.
—¿Y los taconazos contra una palanca?
¿Las intentonas fallidas?
—Es una moto moderna —ríe él divertido,
y da un pequeño acelerón. Ella se agarra asustada.
—¡Eh!
—Te lo vas a pasar bien. Te prometo no
correr. Sujétate a mí.
—Bueno. Es la primera vez que me subo a
una moto tan gorda.
—Gorda no es una buena definición.
—Humm.
—Deportiva.
—Tengo hambre. Me debes una cena.
—Agárrate.
Nick se ríe. Acelera hasta el semáforo
cercano. Al notar su inseguridad le toca una mano y se la pone en su cintura
para que se agarre a él. Ella aún tiene cierta reticencia y se sujeta con el
brazo flojo. En cuanto el semáforo se pone verde, la moto coge velocidad y
Dakota olvida la reticencia. Se agarra al piloto y se pega a él. No quiere
salir volando. Él acelera.
—Eso es.
La noche es templada y la cazadora la
protege del aire. Sin embargo, las piernas se le quedan frías. No van muy
lejos. Nick aparca en un bulevar céntrico de Madrid, en una zona llena de
motos. La detiene y sin bajarse le da dos toquecitos en la mano. Dakota sigue
asida a su cintura, agarrotada.
—Puedes bajar. Apóyate en mí.
—Vale.
—¿Estás bien?
—Sí.
Se apoya en su hombro al levantarse.
Dobla la rodilla por encima de la moto. Se le debe de ver hasta el ombligo.
Menos mal que no hay nadie cerca.
—Para ser primeriza no está mal.
—Gracias. —Se quita el casco y ahueca
su melena—. Debo de parecer una bruja.
—Tranquila, sigues estando guapísima.
Se pone colorada de nuevo. ¿Está coqueteando contigo?, se pregunta
Ama, turbada. No creo, está siendo amable,
susurra Madre.
Lo ve guardar los cascos y le entrega
su bolso. Pone una barra de seguridad y manipula la moto. Buen culo, susurra su libido, la Gata Salvaje. Madre, horrorizada,
le manda callar. Estás salida.
—Es aquí mismo. Es un sitio al que
vengo mucho.
—Genial.
—Así que tienes hambre...
—Llevo dos días sin comer.
—Tramposa.
Es una cervecería. Teme ir demasiado
arreglada. Se tranquiliza al ver a otras chicas más puestas que ella. Nick
apoya la mano en su hombro guiándola. El local está lleno de moteros de nivel y
él saluda a un par de conocidos que la miran con educado interés. La conduce
hasta una mesa. El local está decorado con madera por todas partes y es
bastante luminoso. Esta versión de Nick, motero, que bebe cerveza y tiene una
vida privada, le intriga. Parece tan diferente del hombre trajeado que si le
confesara que se trata de su hermano gemelo, se lo creería.
—Voy a pedir a la barra. ¿Te gusta la
cerveza?
—Claro.
—¿Con o sin?
—¿Perdona?
—Con o sin alcohol.
—Ah. Normal.
Él levanta una ceja
—Con.
—Yo te elijo una. Ve mirando la carta.
Le tiende una carta y desaparece. El
local es bullicioso, de comida alemana. La carta tiene ensaladas, salchichas,
codillo. Comida poco sofisticada. Nick regresa con dos jarras heladas, enormes.
—¿Eso qué es, para meter los pies
dentro?
—No es obligatorio terminársela.
—Oye, que tienes que conducir.
—La mía es sin. —Levanta la jarra y la
choca con la suya. Se miran y beben.
—¿En serio? —pregunta.
—Pues sí.
—Vaya.
—¿Qué? —dice él tras echar otro trago y
acabar con media jarra. Tiene un bigote blanco de espuma. Dakota lo mira
hipnotizada y él se limpia con los nudillos de forma muy espontánea—. Tengo que
conducir. Y estás bajo mi responsabilidad.
—Eres el primer tío que conozco que
cuando conduce no bebe.
—Bueno. Hay gente para todo, ¿no? Yo no
bebo, Dakota. —Respira hondo y le suelta—: Mi hermano se mató en un accidente
de coche. Se lo llevó por delante un borracho. ¿Te acuerdas de los kamikazes?
¿Esos niñatos que se emborrachaban y conducían en dirección contraria?
—Sí.
Se quedan callados. Beben.
—¿Hace mucho?
—Mucho, sí. Yo era joven y todavía
bebía.
—Lo siento.
—De todo se aprende. Mejor no
recordarlo.
Dakota se ha quedado atónita. ¿Por qué
le cuenta una cosa tan personal? Él cambia la expresión y señala orgulloso el
bar, atestado de gente, en su mayoría hombres que ríen y beben cerveza.
—¿Qué tal está la ensalada de patata?
—Deliciosa. Y te recomiendo... —Abre la
carta y señala un plato—. Estas salchichas. Están hechas con carne de vacuno.
Verás qué buenas.
Llega una camarera y piden. Él se
recuesta sobre el respaldo. Parece relajado.
—¿Qué te parece mi cuartel general?
—¿Vives por aquí?
—Más o menos. Mi madre vive a la
vuelta.
—¿Tu padre...?
—Mi padre desapareció cuando yo tenía
cuatro años. No me acuerdo de él.
—Vaya.
—Lo siento. Tú has preguntado.
Dakota se muerde el labio y se dice a
sí misma que no debe hacer más preguntas íntimas. A pesar de todo, se encuentra
muy cómoda con él. Beben y él cambia de tema.
—Te contaba que este era mi barrio.
Este local es tan antiguo como yo, o más. Creo que ya estaba aquí cuando nos
vinimos a vivir a la zona. Conozco de vista a la mayoría. Casi vivo aquí. Y la
comida está buena. No en plan sofisticado, ni es un sitio romántico, pero
quería enseñártelo.
¿Romántico?
Esa palabra no parece muy adecuada en boca de un asesor financiero, censura
Madre. Ama le manda callar. Quiere mantenerse alta, en su extraordinaria cima.
Se siente genial. Dakota se calla también, masticando la incomodidad, y cambia
de tema otra vez.
—¿Cómo van mis inversiones?
Lo ve hacer un gesto de sorpresa.
Parece molesto.
—Hoy prefiero no hablar de negocios.
—Vale. Solo una cosa: ¿estoy ganando
dinero?
—A espuertas.
—Eres bueno.
—Soy muy bueno.
Un
momento, grita Madre desesperada. ¿De
qué estamos hablando? Ambos se quedan en silencio, bebiendo. Por suerte, la
camarera trae la comida.
—Aquí tienes, Nick.
—Gracias, Nina.
—Que aproveche.
¿Le ha guiñado un ojo? ¿Y a ti qué te importa?, grita Madre.
Dakota prueba la ensalada alemana. Él parece ansioso de agradarle, así que
asiente con la cabeza y muge un poco.
—Mmm... ¿Está buena? —le pregunta ella
mirando su enorme salchicha.
—Mucho. ¿Quieres probarla?
—No, gracias. Me fío de ti.
—Haces bien. —Levanta su jarra y
brindan. Las motitas doradas de sus ojos castaños echan chispas.
* * *
El sábado, Vicky se presenta en el
Torreón a las once en punto, inmisericorde.
—Cuenta... ¿Qué tal la cena? ¿Hubo
beso?
—¡Que no! ¡Es-mi-asesor-financiero!
—Venga ya. —A Vicky se le ilumina el
rostro.
—Vale, tiene una moto y una chupa de
cuero.
—¿Una moto?
—Enorme.
—Guau. Y ¿cuero?
—Y ¿qué? Sigue siendo un tío soso. Y no
hay que liarse con gente del trabajo.
—Oh, cielo.
—Dejemos el tema. No me va.
—Vale, no quería molestarte.
Vicky deposita la ensalada y una
bandeja de canapés vegetales en la encimera. ¿Por qué?
—No te preocupes. Voy a regar mis
plantitas. —Es cierto que le ha molestado el comentario de Vicky.
Dakota riega las plantas de su terraza
e intenta recuperar el buen humor. Llama terapia
verde a dedicarse a sus plantas. Aparece Ivonne en la cocina caminando
sobre sus tacones rojos con soltura y saluda a Vicky.
—Bom
día, Vicky.
Le da tres besos, al estilo brasileño.
—Como
e que está voce?
—Genial, ¿y tú? —sonríe.
—Muito
bem, obrigada. —Se asoma a la terraza y saluda a Dakota—. Plancho un poco, OK?
—Tú misma.
Ivonne tiene un sexto sentido para
saber cuándo Dakota no estará en casa, aunque esta vez le había prevenido que
vendría a planchar el sábado. Lo habitual es que se vaya antes de que ella
aparezca, dejando su rastro de ropa planchada y de perfume de lilas. Dakota es
consciente de que Ivonne no es un nombre corriente para una chica de la
limpieza. La mulata tampoco es una chica convencional.
—Oh, Ivonne, ¿te importaría bajar a por
medio kilo de pastelitos de frutas? —le pide Dakota, todavía en pijama—. Está a
punto de venir Álex y tengo que vestirme.
—Oh,
sim. No problema. Esta noite puedo recolher si voce vai salir. OK?
—Vale. Saldremos a partir de las...
—Mira a Vicky pidiendo ayuda.
—¿Ocho? —especula su amiga haciendo
hueco a la ensalada en la nevera.
—Muito
bem. Eu vengo as nueve. Así no molesto amigas. Y plancho.
—¿Hoy no vas a bailar, Ivonne?
—pregunta Vicky.
—Sim,
entro a la uma de la madrugada. —Levanta un dedo para apoyar su discurso. Y
apuntándolas con él como si fuera una pistola, dispara su siguiente frase—: I’ll be back.
Lo mejor de la brasileña es su
capacidad para amoldarse a todo con buen tono.
—Obrigada,
Ivonne —le dice Dakota tendiéndole el dinero.
—No
problemo. —La película favorita de Ivonne es Terminator.
Vicky pone un cedé de música relajante.
Dakota entra y la mira con sorna.
—¿Qué pasa, me encuentras nerviosa?
—No te lo tomes a mal, cielo.
—En absoluto.
—He pensado que te vendría bien. Si no
te gusta...
—El caso es que no te falta razón
—suspira Dakota.
—¿Qué te parece?
—Relajante —le concede.
En unos minutos sube Ivonne con los
pastelitos e informa del cambio de planes.
—Vengo
lunes a planchar. Voy hacer recados. Necesitas ninguna cosa?
—No, gracias. Ve tranquila.
—Muito
bem.
Ivonne achucha un rato a la gatita, que
la sigue por todas partes, trepa a sus tacones escarlatas y desaparece con su
cadencioso meneo de faldita y su perfume de lilas, que va flotando detrás, casi
sólido. Dakota sospecha que le pone comida extra a Miu-miú. La brasileña
desaparece cerrando la puerta, con toda su exuberancia. Vicky y ella se miran y
se ríen.
—Es un personaje —dice Dakota.
—Es adorable.
—Se lleva genial con Miu-miú.
—Sí, si algún día te cansas de ella, ya
tienes a quién regalársela.
—¡No me voy a cansar de ella!
Vicky se dedica a presentar la comida
de forma artística en los platos y fuentes mientras Dakota termina de regar las
plantas.
—¿Pongo una cafetera?
—Genial.
Veinte minutos más tarde llega Álex con
dos botellas de vino blanco y la revolución.
—¡Buenos días, chicas! —canturrea, y se
queda pasmada—. ¿Qué es eso? —pregunta mientras señala al techo mirando a
Dakota.
—Música relajante —se ofende Vicky.
—No me digas más. Vamos a quitar este
muermo y ponemos marcha.
—Tú misma —ofrece Dakota—. Se acabó la
paz. Y besa a Vicky, que está haciendo pucheros.
El plan es pasar el día organizando el
perfil de Dakota en una página de ligues, y salir a bailar por la noche. Se
instalan en los butacones de la terraza, que está fresca, recién regada.
—¿Bueno? —pregunta Álex.
—Bueno ¿qué?
—Dice que no hubo nada de nada. Y eso
que es motero.
—¿No quedamos en que está buenísimo?
—Y encima motero —machaca Vicky.
—Mujer, no dije eso.
—Vamos a ver. Tus palabras fueron,
corrígeme si me equivoco: metro noventa, atlético, castaño...
—Asesor fiscal, hombre trajeado...
—Motero, interesado... Vicky, dile
algo.
Vicky levanta las manos.
—Déjala.
—Peor para ti.
—Es del trabajo.
—No exactamente.
—Vamos a dejarlo, chicas.
El día es caluroso. Dakota baja el
toldo y trae el portátil y Vicky, la bandeja con el café y los pastelitos.
—¿Tenéis hambre o esperamos?
—A ver esos pasteles. La ensalada puede
esperar.
—Bueno. ¿Qué hacemos, Álex?
—Déjame pilotar.
Álex se sitúa al frente del teclado
buscando una de las redes sociales. Dakota les pasa las tazas. Vicky rebusca en
su enorme bolso hasta encontrar la baraja de tarot en sus profundidades.
—Deja eso, Álex. Voy a echarle las
cartas.
—Un minuto y estoy con vosotras.
Por fin aparta el ordenador. Se sientan
todas en el mismo sofá de mimbre, apiñándose en torno a Vicky, que ofrece la
baraja a Dakota. Álex coge un pastelito de frambuesa con las puntas de los
dedos y muge de gusto mordiendo una esquina y relamiéndose.
—Mmmm..., están deliciosos. Qué vicio.
Sabéis adónde va esto, ¿no?
—Un minuto en el paladar y toda la vida
en las caderas, sí. Es una de tus frases favoritas.
—Yo no digo nada. —Le da otro
mordisquito y pone los ojos en blanco—. ¿Sabéis cuánto hace que no pruebo un
dulce? Qué buenos.
Vicky ordena a Dakota barajar y coge un
pastel de mora. Se lo mete entero en la boca y se chupa los dedos con cuidado.
Se limpia con una servilleta y Dakota le pasa la baraja.
—Te voy a hacer la tirada del Corazón;
nos dirá cosas sobre tu vida sentimental pasada y futura. ¿Lista?
—Ajá.
Dakota se apropia de un diminuto pastel
de manzana. Vicky se muestra concentrada, con su hermoso rostro de ojos verdes
enmarcado por los rizos oscuros. Se sienta con los pies desnudos sobre el
butacón, en la posición de loto, y maneja la baraja con reverencia. Debe de estar incomodísima, piensa
Dakota, pero se la ve muy profesional. Sabe hacer diferentes lecturas del
tarot, al menos cinco, y también tira runas y lee los posos del té.
—No cruces las piernas, Dakota. Que no
se mezclen las emociones.
—Vale. —Se sienta con las piernas en
paralelo.
—Elige ocho cartas —le pide—. ¿Qué
queremos analizar? ¿Amor?
—Más bien sexo —interviene Álex.
—Hum..., no sé —contesta Dakota
sorprendida—. No lo había pensado.
—Quizá deberías plantearte primero si
eres capaz de disociarlos.
—Es una buena cuestión.
En cuanto se casó con Gabriel, supo que
no estaba enamorada. Fue en la misma época en la que se revelaron sus
infidelidades, nueve meses y un día después de la boda. Ya está segura de que
nunca lo quiso.
—No estoy segura —vacila Dakota.
—Venga, Vicky, no seas aguafiestas
—dice Álex terminando su pastelito.
—Esto es importante —la censura Vicky
mirándola con severidad, y Álex se encoge de hombros. Se dirige a Dakota
moderando su tono—. Piénsalo un minuto, cielo.
¿Qué busca en realidad? ¿Sexo? ¿Será
capaz de acostarse con un hombre sin implicarse emocionalmente? Vicky tiene
razón. Tal vez no sea solo sexo, como sugiere Álex, lo que necesita. Tal vez
esté buscando amor, al fin y al cabo. Ella no es Álex. El que a su amiga le
parezca natural tener sexo con cualquier hombre que le apetezca sin enamorarse
de él no significa que Dakota sea capaz de hollar la misma senda.
—Elegiré amor —decide.
—¡Venga ya! —protesta Álex incrédula.
—Dakota manda. No intentes manipular
sus decisiones. Vamos a empezar —dice Vicky. Saca la primera carta y la coloca
boca arriba con cuidado. Álex se cruza de brazos y permanece callada, con los
labios apretados—. Esta carta es el significador; representa tus niveles
emocionales presentes. No hay amor ni sexo en tu vida..., ¿lo ves? Habla de
hielo. Tienes que intentar descongelar tu corazón.
—Qué triste, ¿no?
—También representa tus deseos e
intereses. No los profesionales, sino otros más carnales...
—¿Follar? —susurra Álex con ironía
mientras coge otro minúsculo pastel de arándanos y lo mira con adoración y
culpa. Vicky la ignora, acostumbrada a sus interrupciones.
—Esta carta profundiza sobre lo
anterior; me habla de tu carácter y tu comportamiento amoroso. Tu vida
sentimental está desierta, pero recuerda: esto no es una ciencia exacta. Y esto
es solo el presente.
—¿Ciencia? —Álex levanta una ceja y
Vicky otra—. Vale, vale. —Y muerde el pastelito estirando los labios para
evitar que se le corra el carmín.
Vicky saca otra carta demorándose al
darle la vuelta, y la coloca en sentido contrario al de las agujas del reloj,
empezando a esbozar la forma de un corazón con cada una de ellas.
—Esta es la carta del reflejo. La
estrella invertida. Uno de los arcanos mayores.
—¿Qué quiere decir?
—A ver. —Vicky cierra los ojos un
instante, buscando dentro de sí las respuestas. Al abrirlos toca la carta con
dos dedos y la mira. El verde parece haberse hecho más profundo. A Dakota se le
calienta el corazón de simpatía por su amiga, concentrada en sus palabras—. Me
dice cómo te vendes a los demás y las percepciones que tienen de ti los otros.
Hasta ahora querías pasar desapercibida, por eso te vestías de forma más bien
neutra. Parece que ya quieres abrirte, no en vano has elegido cambiar de imagen
y mejorarla, y mostrar otra faceta a los demás.
—Y cómo —dice Álex en voz baja. Da un
mordisquito a su pastel y se chupa un dedo.
—La estrella invertida me habla de
testarudez, de carencias, de impotencia psíquica, de abandono.
—¿Tiene relación con mi madre?
—Lo has mencionado tú, cielo. —Se queda
callada. Dakota no contesta. Ella le toca un brazo y continúa—. Si lo has
mencionado, probablemente ahí esté la raíz de tus carencias. Eso lo tienes que
sentir en tu corazón.
—Ajá. —Dakota reflexiona sobre lo que
acaba de oír. Tuerce la cabeza, pensando.
Es cierto que tiene carencias.
Afectivas y sexuales.
¿Soy
una mujer fría? ¿Que no sabe demostrar su amor?
Mira a Vicky, tan entrañable con sus
amigas, con sus parejas. Se da cuenta de cómo se mueve Vicky, siempre abrazando
a la gente, llamándola cielo y con
una profesión de servicio y entrega a los demás, al fin y al cabo. Tal vez mamá
tenga que ver en su Educación Maternal de Corte Clásico, pero está en su poder
evolucionar. Lo apunta en su cabeza. Se concentra en Vicky, que ha aprovechado
para coger un pastel.
—¿Seguimos?
Asiente. Vicky se limpia los dedos y
saca otra carta.
—El ermitaño invertido. Otro arcano. Es
muy raro que salgan seguidos, son muy potentes. Esta carta me habla de aquello
que hay de negativo en ti, lo que es necesario pulir. Si no me entiendes, voy
más despacio.
—No, sigue.
—Representa un aspecto negativo, o más
bien ausente en tu vida. Quizá un enemigo oculto. También puede ser un vicio,
una cosa oscura, fea, una traición.
—¿Traición? ¿De quién?
—La carta ha salido boca abajo, ¿ves?
Quiere decir que te falta alguna cosa importante. Y me dice lo que debes hacer
para lograr el triunfo..., debes abrir tu corazón.
—Eso podría decírselo yo sin cartas.
—¡Shhhhh! —Dakota le manda callar con
un gesto.
—... tienes que escuchar a tu corazón,
Dakota. No te servirá de nada una noche de sexo, te lo garantizo. No sacarás
más que amargura. Busca más allá. No te conformes con migajas. Si puedes
encontrar a tu alma gemela, ¿por qué conformarte con una relación tibia? No te
conviene entregarte a cualquier pasión sin escogerla bien.
—¿No? —Dakota está desilusionada. Al
final va a ser muy complicado buscarse un amante.
—Verás, esta nueva carta nos habla de
la armonía universal. Describe tu carácter. Actúas con gran seriedad en todas
las cuestiones, también en la sentimental, y eso te define. Por tanto, si a
nivel emocional no actúas como en el resto de tus niveles, fracasarás, porque
irás en contra de tu esencia.
—Tiene sentido.
—Esta carta también me dice cómo
debería ser el hombre que vibracionalmente
llegue a tu vida...
—¿Vibracionalmente?
—se burla Álex. Vicky finge no oír sus bisbiseos.
—... algunas de las características que
deberías buscar en tu pareja son la seriedad, el compromiso...
—Si encuentras un hombre así, me lo
pido. —Dakota le da una palmada en el brazo.
—Petarda. Sigue, Vicky.
—La carta número seis indica futuro. Es
otro arcano. Están saliendo muchos, lo que me indica una energía muy fuerte.
Este es el juicio. Habla de un cambio radical en tu vida. Quizá un nuevo amor,
a corto plazo.
—¿En serio?
—Aquí está todo. Las cartas que te
salen, en su conjunto, me indican que conocerás a un hombre con algunos
aspectos positivos, pero también veo algunos negativos. Es más, veo dos
personas importantes.
—Entiendo.
—¡Nosotras! Somos dos personas
importantes.
—Dos recién llegados. Habla del poder
creativo, de la importancia de la familia y de tu buen juicio a la hora de
discernir entre determinados hechos.
—¿Como cuáles?
—Aquí aparece una resurrección o un
nuevo nacimiento, puede ser en sentido figurado. Está confuso porque tendrás
que definirlo tú; te dará emociones nuevas. Si hablamos de amor, quizá
descubras una nueva dimensión del sexo...
—Está claro. No va a descubrir América.
—Y ¿lo negativo?
—Bueno, recuerda: esto no es una
ciencia exacta. Puede haber algún aspecto que no esté muy claro en el hombre, u
hombres, al que conocerás. No se si vendrá de él o de alguna fuente cercana...
Mira, el dos de bastos invertido. Esta relación tendrá algunos problemas,
muchas ilusiones..., pero...
—¿Qué? —Dakota se ha metido de lleno en
la lectura de las cartas, si bien no se lo termina de creer a pies juntillas.
Adorar a Vicky no significa que se trague lo del tarot, aunque la lectura le
parece apasionante. ¡A Vicky se le da tan bien crear suspense!
—Habrá alguna dificultad,
consecuencias, definitivamente, miedos. No lo veo claro. Esta carta nos lleva a
tu futuro más lejano y conjugado con las otras cartas nos habla de futuras
relaciones... Vamos a dejarlo aquí.
—No entiendo.
—Bueno..., esta primera relación podría
o no ser duradera: sin duda habrá más. Salen al menos dos figuras. Una te
aportará claroscuros. La otra es muy intensa.
—Uf. No entiendo nada.
—No te preocupes. Déjalo reposar. Vamos
con la última carta. El ocho de oros... Significa prudencia.
—¿En el amor?
—También en los negocios, y en la
amistad. Habrá cambios en un tiempo cercano. De momento no puedo decir más:
dependerá de tus acciones.
—Pareces un político, hija.
—Voy al baño. —Cuando se pone nerviosa,
a Dakota le entran ganas de hacer pis. Entra en la casa y Vicky confiesa en voz
baja a Álex:
—Está a punto de conocer a un hombre,
me lo dicen las cartas con toda claridad; va a ser una relación breve y muy
desgraciada. No se lo digas, no quiero influirle. Él le va a ocultar un secreto
terrible y le va a destrozar el corazón. También he visto un renacer, un hecho
muy especial. No sé el qué.
—¿Por qué no se lo dices?
—Aunque se lo diga, le pasará lo que
tenga que suceder. Prefiero no decírselo, así la energía fluye mejor. Vamos a
tener que apoyarla mucho. Siento ser tan pesimista.
—Bueno, tú no tienes la culpa, Vicky
—la tranquiliza Álex metiéndose el último trozo de pastelito en la boca.
—Lo sé. Y hay un aspecto de la relación
con su madre..., veo un cambio.
—Espero que a mejor.
—Podría ser —suspira—. Ojalá no supiera
leer las cartas, aunque nunca mienten. Ya sé que no crees en esto. Si supieras
las cosas que he visto y se han cumplido... Para ponerte los pelos de punta.
—Coge un pastelito de nata con una oblea de chocolate encima—. ¿Te las leo?
—Mejor otro día, que quiero ponerme con
el perfil de Dakota.
Vicky recoge las cartas y ella abre el
portátil. Regresa Dakota y se apelotonan en torno a la pantalla. Comienzan a
rellenar los datos con Álex al teclado:
—¿Qué nick quieres ponerte?
—¿Nick?
—se sobresalta ella acordándose del asesor financiero.
—Un apodo. Tu nombre falso, de cara a
la galería.
—Nadie pone el nombre verdadero, cielo.
Hasta yo lo sé.
—Ah, vale. —Dakota piensa unos
segundos—. ¿Rushmore?
—Genial. No hay ningún Rushmore. Ahora rellenamos tu perfil...,
toma, hazlo tú.
Le pasa el portátil y Dakota introduce
sus características físicas, estudios, profesión.
—Veamos tus gustos sobre hombres. Trae,
esto lo relleno yo, come algún pastelito, que Vicky está muy glotona y yo no
quiero más.
—Se ve que necesito azúcar.
Cambian posiciones y Álex se coloca
frente al portátil, un director de orquesta listo para atacar, moviendo los
dedos en el aire.
—Veamos, ¿cómo prefieres a los hombres?
¿Altura? ¿Religión? ¿Carácter? ¿Color de ojos? ¿Edad? ¿Estudios? ¿Ingresos?
—Pero bueno, ¿esto qué es? ¿Un
supermercado?
—Tú pones tus preferencias y el portal
te sugiere gente afín para que los conozcas si te apetece. Ten en cuenta que,
para empezar, la mayoría se quita años y kilos.
—Sí, y se añaden pelo y altura —aporta
Vicky.
—Primero se trata de chatear y si te
cae bien alguno, pasaríamos a la fase dos.
—¿Darnos el teléfono?
—Ni hablar, cielo.
—No, bonita. La fase doses intercambiar
direcciones de Facebook, mail o el
Messenger. Cuidado con tu teléfono.
A Dakota le provoca curiosidad el
asunto del ligue por encargo. Es una forma práctica de conocer hombres, sin el
prejuicio de ese primer contacto visual que suele determinar las relaciones.
Por otra parte, faltan la piel y la voz, el olor. Interviene más la parte
racional y menos la química. Debería haber más probabilidades de dar con una
pareja compatible, siempre que no sea un embustero.
—Si pasa la fase dos, investigas su
perfil de Facebook para ver qué tipo de amigos y familia tiene.
—Vale.
—Si ves que es simpático chateando, que
te apetece conocerlo, entonces sí. Teléfono. —Álex continúa rellenando datos a
toda velocidad—. ¿Moreno? ¿Rubio? ¿Calvo?
—Indiferente. ¿Y qué más?
—A mí me chiflan los pelirrojos
—interviene Vicky—. Son tan tiernos. ¿Os acordáis de aquel novio pelirrojo?
—Síííííí —chillan las dos, riéndose y
alzando los brazos por encima de la cabeza.
—¿Qué? —se sorprende Vicky.
—Solo nos lo has contado ocho millones
de veces: Jon.
—Era mono.
—No te olvides de que cabe la
posibilidad de que falseen el perfil.
No
te van a enseñar la parte mala. Tendrás que descubrirla tú solita, le
susurra Madre. Todos queremos caer bien.
Tendemos a mostrar una cara agradable a los desconocidos, intentando ocultar
nuestros defectos. Existe un riesgo. En el fondo, pasa igual en los negocios.
—Y ¿qué tendrá que ver el color del
pelo con la ternura? —regaña Álex a Vicky. Ella parpadea.
—En serio, fijaos si veis a uno. Y las
pecas...
—Ay, no, las pecas... No puedo con la
piel clara en un hombre. —Álex arruga la nariz—. Los prefiero morenos y
peludos. El hombre y el oso...
—Supongo que los prefiero con poco
pelo.
—Son pieles suaves —insiste Vicky—. Jon
era suave.
—Morenos.
—Lo único que pido es altura. Con esos
tacones que me has obligado a comprar parezco un masái.
—Vale. Pondré a partir de metro
ochenta. Supongamos que ya lo conoces. Si habláis por teléfono, si tiene una
voz agradable y si la conversación fluye..., podéis concertar una cita.
—Cuántos síes.
—Pasemos a tus cualidades: valórate de
cero a cinco. ¿Lista?
—Cinco en todo —interviene Vicky.
—No, que se me ve el plumero.
—Y si es cierto, ¿qué?
—Vamos por partes, no os pongáis
nerviosas. ¿Sociable? Un cero es nada, un cinco mucho.
—¿Cuatro?
—Cuatro.
De la misma manera en la que una tiende
a ensalzar sus habilidades si se le pregunta (soy cariñosa, leal, divertida),
los hombres también hincharán sus cualidades con tal de atraer al sexo
contrario. Con encontrar a un hombre que no sea rarito le vale. Sin embargo,
las palabras de Vicky siguen resonando en su cabeza. «Si puedes encontrar a tu
alma gemela, ¿por qué conformarte con una relación tibia?» Tendrá que estar
atenta. Una inquietud agradable le recorre la espina dorsal.
—¿Aficiones?
—¿Mías?
—No. Mías.
—A ver... ¿Tenis?
Álex la mira y hace una mueca.
—Eso ya lo he puesto. Dame más.
—No sé. ¿Leer? ¿Ir al cine? ¿Trabajar?
—Ni se te ocurra. Parecerías una adicta
al trabajo.
—Es que lo soy.
—Yo lo sé, tú lo sabes y Vicky lo sabe.
Pero no hace falta que un hipotético ligue lo sepa desde el minuto cero. Eso
tira para atrás.
—¿En serio?
—Tampoco finjas ser un ama de casa que
tiene la costumbre de ir al súper en zapatillas con los rulos y la bata de
guatiné. No es sexi.
—Yo pondría la verdad y punto.
—Es más sensato.
—Sí, las mentiras te las pillan tarde o
temprano.
—Chicas, lo tengo...: «salir a cenar,
escuchar música clásica y bailar con mis amigas». ¿Qué tal?
—No es muy original.
—Como la vida misma.
—No fumadores, ¿verdad?
—Por supuesto.
—Oye, ¿tu madre sigue fumando?
—interviene Vicky.
—Sí.
Vicky arruga el entrecejo y calla. Álex
continúa:
—¿Quieres tener hijos?
Se hace un silencio. Sus amigas la
miran con curiosidad y Dakota se pone colorada. Nunca se lo había planteado. El
trabajo ocupa toda su vida. Vicky y Álex se miran y respetan su pausa. Cuando
pasa el ángel, Dakota se aclara la garganta y pregunta con un hilo de voz:
—¿Se puede poner no sabe / no contesta?
—Hecho. —Y las dos fingen que no ha
pasado nada.
—Vamos a mirar perfiles. —Vicky quiere
romper el momento emotivo.
—Espera, falta una foto. ¿Tienes alguna
que no sea del año de la polca? Tienes que tener de Estambul, te las mandé.
—Déjame un segundo...
Dakota se pone frente al teclado y
busca en sus ficheros. Encuentra algunas de unos meses atrás y se las enseña.
Son instantáneas de la fiesta de Navidad de la empresa y del verano anterior.
También hay una carpeta del viaje con Álex a Estambul.
—¿Cuál os gusta?
—Esta... y esta.
—Aquí estás muy simpática.
—No se trata de ser simpática, Vicky,
sino sexi. Esta del bikini.
—No voy a ponerme en bikini en unas
páginas públicas. Y ¿si me ve un cliente?
—Vale, la recortamos..., así. Que se te
vean los hombros, que los tienes bien bonitos. Y estás muy morena.
—¿Te acuerdas de ese día en el Bósforo
cuando...?
—Dakota, no desbarres. Céntrate.
—Perdón.
—Por Dios —se queja Vicky—. Esto es
eterno. Vamos a mirar perfiles ya. Es lo divertido.
—Ya termino, petarda.
Al rato han clasificado un montón de
perfiles y descartado otro grupo. Algunos hombres han entrado ya a mirar su
perfil y Álex cede los mandos a su legítima dueña.
—No veo la foto.
—Tardará un par de días en subir —le
explica Álex—. Hay tíos que te agregan a favoritos y te mandan mensajes o
flechazos solo por abrir la cuenta. Es una técnica. Ellos mandan a todas, por
si acaso. No te emociones.
—Oye, esto es mejor que ir a la
frutería. Es genial.
—Más bien a la pescadería.
—Póngame cuarto y mitad de besugo.
—A mí, un delfín.
—Que no sea tiburón ni merluzo —se
ríen.
—Tendrás que discriminar, si no, te
volverás loca.
—Busque, compare... Me gusta este. Se
llama EGF-69. —Dakota se detiene sobre la foto de un hombre con cara de
sorpresa pillado en un gesto poco favorecedor.
—¿En serio? —Vicky arruga la nariz—.
¿Con ese nick? Parece el nombre de un
avión.
—Oye, sobre gustos... A ti te van o muy
claros o muy oscuros —la acusa.
—Es cierto —reconoce—. Perdona.
—No está mal —contemporiza Álex dándole
un codazo a Vicky. Ya sabe por dónde van los tiros. Cualquier hombre le va a
parecer un mentiroso: lo dicen sus cartas. Si no la detiene, Vicky es capaz de
sabotearle los ligues a Dakota solo para protegerla—. A ver la ficha...
—Soltero... Metro ochenta y cinco,
moreno, ojos azul verdoso, constitución normal, sin hijos ni mascotas,
licenciado...
—¿En qué?
—No especifica.
—¿Qué más?
—No fumador..., le gusta salir a cenar,
la ópera...
—¿El hombre perfecto? A ver las fotos.
Pincha aquí.
—Tiene tres.
Las fotos muestran a un hombre
agradable a punto de entrar en un coche oscuro con cara de sorpresa; el mismo
hombre de perfil en un puerto, sin apercibirse de que lo están retratando, con
atuendo deportivo. De espaldas, con esmoquin, a punto de entrar en el Teatro
Real por la noche, volviendo la cabeza a cámara, con el gesto de desconcierto.
Todas son fotos en movimiento, borrosas.
—Se ve que lo han pillado desprevenido.
—Sí, no es el típico tío que se hace el
autorretrato estirando el brazo.
—Y no le gusta posar. Si no, ¿por qué
tienen que robarle fotos?
—Eso dice mucho: no es presumido.
—Nunca se sabe —advierte Vicky.
—¿Te gusta o no?
—A mí sí.
—Pues ya está. Mándale un mensaje.
De inmediato se abre un chat.
—¿Qué pasa? —se alarma Dakota.
—Pues que está en línea, ha visto tu
perfil y quiere chatear contigo. Se te ha adelantado.
—¿Qué hago?
—Pon el cursor sobre la caja del
chat..., así..., y escribe.
Dakota escribe «Hola!» y da a Intro. El hombre le contesta.
«Hola, Rushmore! No pones foto?»
«Acabo de abrir mi perfil, las acabo de
enviar.»
«OK. Las subirán mañana. Qué estás
haciendo?»
Vicky se entusiasma y Álex la anima.
«Bienvenida. Me dices tu nombre?»
Dakota se pone muy nerviosa. Tiene la
sensación de que va a irrumpir un hombre en el Torreón de un momento a otro. Se
aparta del teclado como si fuera una serpiente venenosa.
—¿Qué hago, chicas? ¿Se lo digo?
—Mujer..., claro. Eso no compromete.
Al otro lado hay un individuo más o
menos atractivo que quiere saber su nombre. Respira hondo y mira a sus amigas.
Vicky asiente y Álex señala el teclado con insistencia.
—De acuerdo.
«Soy Dakota», escribe.
«Del Sur? —le contesta de inmediato el
hombre—. Por eso tu nick?»
Álex se ríe.
«Exacto», responde.
—Es culto. Qué novedad.
Su nombre, que a Dakota ya no le
molesta, supuso todo un reto en su niñez y le exigió aguzar su personalidad en
el colegio. La idea nació cuando Chelito —en los sesenta— se quedó prendada de
la película de Hitchcock Con la muerte en
los talones, que transcurre en el estado de Dakota del Sur, en el monte
Rushmore. Decidió el nombre al quedarse accidentalmente
embarazada una década después. Lo de accidentalmente
mamá se lo recuerda varias veces al año, por si se le olvida. Nunca fue
partidaria de tener hijos, pero está en contra del aborto y de la píldora. Al
quedarse en estado, no se planteó otra cosa que tener su bebé. Las camas
separadas de sus padres no eran simbólicas.
Vicky le da un codazo y Dakota le sigue
el rollo al hombre.
«Mi madre vio Con la muerte en los talones.»
«Así que eres un producto
cinematográfico.»
«
»
«Yo tengo también un nombre rarito...,
el tuyo es muy original.»
«Gracias??»
«De nada.»
Vicky suelta un bufido.
—Este tío no pilla un sarcasmo.
—Es por el chat —la anima Álex—. No la
interrumpas.
Dakota respira hondo y mira la
pantalla. Escribe:
«Y tu nombre rarito...?»
«No salgas corriendo, vale?»
«No te preocupes, tengo una pata de
palo.»
«No me pega.»
«Nombre?»
«Eliseo.»
Vicky y Álex sueltan unas risotadas y
gesticulan mucho.
—Vaya nombre. Perdona, cielo —dice
Vicky tapándose la boca.
—Esto se está caldeando. No puede ser
verdad —dice Álex entre carcajadas.
Siguen atentas a la pantalla. Él
escribe:
«Has salido corriendo?»
Dakota teclea.
«No. La pata de palo no me deja. ¿Cuál
es tu excusa?»
«Perdón?»
«Para tener un nombre rarito.»
«Ah, ¿una madre con mal gusto? Y
tradición familiar, supongo. Mi abuelo, mi padre..., por el norte parece que es
corriente.»
«Mi más sentido pésame.»
«Qué hace una mujer lista en estos
lares?»
Álex se da una palmada en el muslo.
—Cómo cambia de tema el tío.
—No veo, aparta —protesta Vicky. Dakota
teclea muy deprisa.
—Qué tía, eres un bólido —comenta Álex.
—Él escribe rápido también.
—Me estáis desconcentrando, chicas.
Ambas se pegan a Dakota, pendientes de
la pantalla. Escribe su respuesta en forma de pregunta retórica:
«Buscar ligue?»
«Touché.»
Sus amigas revientan de risa.
—Parece bastante pedante —susurra
Vicky.
—Shhh —ordena Álex. Dakota sigue
escribiendo.
«Y un hombre listo?»
«Buscar un alma gemela?»
«Bingo.»
«Escucha, me tengo que ir..., ¿hablamos
mañana?»
«No sé si podré conectarme», titubea
ella a pesar de que sus amigas protestan y chillan.
«Tal vez el lunes.»
«Vale. Saludos.»
«Igualmente.»
Vicky y Álex se ponen a bailar por la
terraza un baile ridículo, levantando los brazos y meneando las caderas de
forma exagerada. Se dan golpes laterales con las caderas y ríen.
—¡Chicas, chicas! —A Dakota le duele la
mandíbula de tanto reír—. Se va a enterar todo el vecindario.
—¡Tu primer chat, chati!
—Lo has hecho genial. ¡Estoy tan
orgullosa!
—Es un tipo listo, ¿no?
—Y parece culto.
—Sí, no escribe burro con uve.
Vicky abre el vino y sirve tres copas.
Se miran.
—Por tu primer chat.
—Por mi primer chat.
Hacen chinchín y beben.
Investigan más el perfil de EGF-69 y
deciden guardarlo en favoritos. Se dedican a cotillear otros perfiles al azar.
—Mira este... ¿Marlango59?
—¿Enseñando pecho? Si estuviera bien,
todavía... Pero está descarnado.
—Y lo tiene hundido. ¡Qué asco!
—¡Este dice que tiene cuarenta y ocho
años!
—¿Qué? Si aparenta por lo menos...
¡cuarenta y ocho y medio!
—Sí..., o cincuenta y ocho...
—¡Ja,ja,ja! Se ha quitado diez años al
menos.
—Pues anda que este..., con el mono de
moto abierto hasta el ombligo.
—Lobo solitario 233.
—Sí que hay lobos solitarios.
—Puaj. Qué peludo. Se podía haber
depilado para hacerse la foto.
—¿Qué se supone que es el 25? ¿Su fecha
de nacimiento?
—Dice que es cocinero. Mira qué manos.
Parecen morcillas.
—Este es guapo. ¿No?
—Sí, en el país de los tuertos.
—¿Soytodotuyo? Por Dios.
—¿Follatronix? Pero ¿de qué van?
Pasan un buen rato seleccionando los
más normales, ni demasiado guapos ni demasiado feos, sin grandes defectos
aparentes y con nicks que no encubren
a los obsesos. Álex ha creado un fondo de favoritos; así Dakota los encontrará
rápido.
—«Tengo diez hijos»... ¡Diez! Pero ¿de
qué va este?
—Chicas, chicas: «Busco mujer caliente
para sexo fácil».
—A la lista negra —dice Álex.
—¿Hay lista negra?
—La lista negra está para bloquear
pesados e impedir que te contacten. Si te molesta uno, si te cae mal, o si lo
conoces y no quieres que te vea...
—Genial.
Al fin se cansan y despejan la mesita
para comer. En otro baile absurdo con caderazos derraman el vino. Dakota
rellena las copas y hacen chinchín otra vez.
—Por la amistad —brinda Vicky.
—Por el amor verdadero —brinda Dakota.
—Por el sexo, tonta —termina Álex.
* * *
—Señorita Udaz, su visita de los martes
—dice muy bajito Mari Jose para que Nick no la oiga.
Dakota le hace una mueca. Le está
tomando el pelo. A todas las Maris les encanta Nick. Se traen un cachondeo
entre ellas, sorteándoselo a ver a quién le toca.
—Buenos días, Nick.
El aludido levanta la cara y se pone en
pie. Es tan alto que se tiene que inclinar cuando le da dos besos a Dakota. Le
sujeta los brazos y se los aprieta con suavidad. Huele su gel y otro aroma, el
de una colonia sutil. Dakota se siente incómoda, con Mari Jose mirándolos con
descaro. Él le sonríe al pasar.
—Hasta luego.
—Hasta luego —contesta ella
abanicándolo con las pestañas. Dakota pone los ojos en blanco y tira pasillo
adelante.
Yolanda aparece de súbito con un montón
de papeles y cajas entre los brazos.
—Ha llegado una relación de los gadgets nuevos. Aquí te dejo muestras.
—Ah, gracias.
Parte del éxito de Dakota se debe a que
investiga cualquier producto susceptible de entrar en el inventario.
Comercializan más de dos mil objetos de campin y pesca, chapitas militares,
material de imitación para que los adultos jueguen a la guerra, insignias,
calcomanías y pines, bolas del mundo fluorescentes, bengalas de emergencia,
redes de camuflaje, navajitas multiuso, relojes con GPS y brújula que nadie
sabe utilizar, gafas y cazadoras de piloto, etcétera. Todo para los chalados
por los artículos de campo con aire militar. Es increíble la cantidad de
chalados que hay y la cantidad de artilugios que buscan.
—¿Café?
—Por favor.
Nick ya se ha sentado en su sitio
habitual. La luz del sol entra en oblicuo, anaranjada a estas horas de la
mañana. Sus ojos tienen motitas amarillas y una sonrisa bailando dentro. Dakota
está incómoda.
—¿Qué tal el fin de semana? —le
pregunta él.
—Ejem. Bien. ¿Empezamos?
—Claro. —Se queda cortado—. ¿Te
encuentras bien?
—Sí. Es que hoy tengo mucho trabajo.
—Ah, ya. Bueno...
Abre el iPad y comienza a explicarle
las operaciones. Dakota sospecha que esta reunión semanal no es necesaria. ¿La
tiene con todos sus clientes? ¿O es una reunión específica con ella? La cena
del viernes terminó con una copa inocente. Nick la dejó en casa sobre las doce,
hora cenicienta, y se despidió con dos besos. No le invitó a subir.
Yolanda trae el café. Se lo toman
mientras él continúa con su rollo. Dakota no se concentra en la disertación de
Nick. Además, se ha sentado demasiado cerca de ella y le toca con frecuencia el
brazo. Ella se pone las manos debajo de los muslos y Nick deja de tocarla.
Cuando mira su reloj por segunda vez, él se da por aludido.
—Bueno, me parece que tienes mucho que
hacer hoy. Me voy a ir.
—Sí. La verdad es que sí. Llamaré a
Yolanda para que te acompañe.
—No hace falta. Tengo GPS. En fin...
Se levanta. Ella se sitúa detrás de la
mesa y le tiende la mano. Él se queda mirándola. Cuando levanta la vista,
Dakota intenta aparentar dignidad.
—Hasta el martes.
—Muy bien. —Acepta su mano y esta vez
no hay calambrazo.
La puerta se cierra detrás de Nick, con
suavidad. Dakota suspira y se sienta de golpe.
Se dedica a estudiar los productos
nuevos durante un buen rato. Su mente vuela distraída hacia el internauta
desconocido, Eliseo. Lleva solo unos días chateando con él y ya han pasado del
Facebook y el mail a intercambiar
teléfonos. Hace un esfuerzo de concentración para descifrar las funciones de
una brújula multifunción.
Suena su móvil. Cuando ve el nombre
parpadear en la pantalla, su corazón da un brinco. Se impulsa en su silla como
una niña, dando varias vueltas con los pies despegados del suelo.
—Hola, Dakota. Soy Eliseo. —Le gusta su
voz, profunda, masculina, lenta y en absoluto nasal. A Dakota le horrorizan las
voces nasales. Suena tranquilo, como si estuviera sentado. Hay ruido de fondo,
¿un bar tal vez?
—Ejem. Sí. Hola. —A Dakota le da la
carraspera. Frena la silla para mirar la ciudad, imaginando que él está en
cualquiera de los edificios que se ven desde allí.
—¿Te pillo bien?
—Sí.
—Tengo una entrevista en unos minutos,
así que colgaré pronto, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Solo quería oírte. Me apetecía saber
cómo suena tu voz.
—Y ¿cómo suena?
—A música celestial.
Silencio. A los tres segundos, lo rompe
él.
—¿Te has quedado cortada?
—Un poco.
—Bueno, yo estoy muy nervioso, si te
sirve de consuelo.
—¿En serio?
—Sí, claro.
—No se te nota.
—Ejem.
—Sí.
—Bueno —dicen ambos a la vez. Y se
echan a reír.
Roto el hielo, charlan como viejos
conocidos. Igual que en el chat.
Lo
primero que hace al levantarse por la mañana es consultar su mail; al ver sus mensajes, el estómago
se le llena de mariposas.
De: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 05:01
Para: DakotaUdaz@gmail.com
Asunto: mariposas
Querida Dakota:
Gracias por una charla inolvidalbe
anoche. Hace años que no me sentía así..., con mariposas en el estógamo. Me
gustas.
E
¿Mariposas?
¿Es que sabe leer la mente? Recuerda que es un tópico y se tranquiliza. Le
ha escrito a las cinco a. m. Eso puede significar que no ha podido dormir
pensando en ella o que madruga mucho. Hay dos palabras mal escritas: inolvidalbe y estógamo. Debía de estar medio dormido o muy nervioso. Reflexiona
un minuto y contesta.
De: DakotaUdaz@gmail.com
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 07:23
Para: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Asunto: Re: mariposas
Querido Eliseo:
Estoy deseando que entres en mi vida.
Me gustas.
Tuya,
DKT
Inmediatamente entra un mail de vuelta y la campanita le produce
un cosquilleo en el estómago.
De: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 07:24
Para: DakotaUdaz@gmail.com
Asunto: Re: Re: mariposas
¿Mía? Ya me gustaría.
E
De: DakotaUdaz@gmail.com
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 07:25
Para: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Asunto: Re: Re: Re: mariposas
¿En serio? A mí también.
Tuya,
DKT
De: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 07:26
Para: DakotaUdaz@gmail.com
Asunto: Re: Re: Re: Re: mariposas
Tengo que ducharme. Luego te llamo.
E
De: DakotaUdaz@gmail.com
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 07:30
Para: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: mariposas
Confieso que anoche soñé contigo...
Tuya,
DKT
Tras la confesión, Dakota cierra el
ordenador. Eliseo creerá que está desesperada por acostarse con él. Que es
cierto. Imagina el dedo de Álex negando en su nariz y a Vicky tapándose la
boca. ¿No es acaso una mujer adulta, emancipada? ¿No se fue de casa para dejar
de dar cuentas a mamá? ¿No se divorció para no tener que dar cuentas a nadie?
No se lo contará.
Entonces interviene Ama: Álex es buena amiga, pero a veces muy
mandona. Y ¿Vicky? Sí, es adorable, pero todo le parece bien o lo achaca a los
astros.
No es que Dakota tenga nada en contra
del tarot; son unas cartas primorosas. Solo que dejar sus asuntos al azar es un
pelín excesivo. Vicky se preocupa demasiado. Piensa en sí misma como en un
polluelo que salta del nido, y eso la hace feliz.
Pasa el día fantaseando con Eliseo.
Hasta la noche no la llama. Sobre las once, al oírlo, de nuevo su voz le parece
grave y hermosa, tal como le gustan las voces de hombre; sin rastro de
nasalidad.
—Hola.
—Hola.
—No he podido llamarte en todo el día,
pero vas conmigo, ¿sabes? No hago más que pensar en ti. Me apetece muchísimo
conocerte.
—Y a mí.
—No he tenido mucha suerte con las
mujeres..., me cuesta enamorarme. Y tengo una corazonada contigo.
—Ejem.
Hay un breve silencio. Es la primera
vez que hace alusión a su vida amorosa. Dakota se alegra de que suene árida. Él
cambia el tono íntimo por uno más ligero.
—¿Te he contado en qué trabajo?
—Solo que eres abogado.
—Sí. Trabajo por cuenta propia. No
aguanto muy bien a los jefes. Estoy especializado en empresa.
—Ajá.
—Si te aburro, me lo dices.
—No, no. —Dakota ya está aburrida. Pero
le gusta oír su voz y está deseando saber cosas de su vida. No suena como una
ocupación emocionante.
Al
menos es una persona seria, la reprende Madre. Él ha seguido hablando.
—... así que estoy todo el día de aquí
para allá. A veces tengo que ir a Barcelona, o al norte.
—Tú eres de San Sebastián, ¿no? —Dakota
prefiere centrarse en temas personales. Bastante tiene con su propio trabajo.
—Sí, bueno, de un pueblecito cerca de
Donosti. Tengo algunos conocidos por allí, y colaboro con algunas empresas.
—¿No te gustaría volver?
—Aquello es muy pequeño. Prefiero
Madrid.
Charlan durante mucho rato contándose
viejas historias y detalles de su vida. Ella le relata su divorcio y le habla
de Gabriel por encima. Le habla de Vicky y de Álex, de cómo montaron el
tinglado para entrar en el portal, tarot incluido. Él no habla de su pasado
amoroso, ni de sus amigos. En cambio, menciona a su madre.
—Está bien, la mujer. Un poco
estropeada. Cuando murió mi padre se vino abajo y decidimos que estaba mejor en
la residencia.
—¿Decidimos?
—Tengo un hermano en Las Palmas. Otro
día te cuento la historia. No nos vemos mucho.
—¿Le gusta vivir allí? A tu madre.
—¿En la residencia? Sí, está contenta.
Tiene amigas y salen a pasear a la playa cuando hace bueno.
—¿No vas a verla?
—Cuando puedo. Tengo unos clientes en
Donosti y si surge, aprovecho para ir a verla. Se pone contenta la mujer.
—Y ¿tu hermano?
—Mi hermano..., no tenemos trato.
—Ah.
Dakota se contiene, con su Educación
Maternal de Corte Clásico susurrando que no es educado interrogar a nadie sobre
temas íntimos. Se muere de curiosidad. Espera que le cuente su historia, pero
él no lo hace.
—Suelo llevarle unas yemas o marron glacé. Es muy golosa.
—Mi madre es todo lo contrario.
—¿En serio?
No le apetece hablar de Chelito. Le
cuenta que se acaba de comprar una gata, por cambiar de tema.
—Si vieras qué monada... Parece un
peluche. La tengo aquí mismo.
—Qué hará un gato tantas horas solo,
¿verdad? Se deben de aburrir.
—No se me había ocurrido.
—Se pasará el día andando de aquí para
allá.
—Duerme mucho. Por cierto, ¿te he
hablado de Solanda?
Le habla del mote de su ayudante, y de
su trabajo en la empresa, muy por encima. Vista a través de la mirada de él, su
vida parece renovada. Le sorprende la fragilidad de sus estados de ánimo en los
últimos tiempos, y cómo puede trastocarnos la existencia un encuentro fortuito.
Bendice el invento de los portales sociales de internet.
—¿Llevas mucho en Madrid? —le pregunta
Dakota cuando se hace otro silencio.
—Qué va. Estudié la carrera en
Barcelona y me quedé allí a trabajar. Hace un par de años me surgió una
oportunidad en Madrid y me vine. Vuelvo a menudo por allí.
Dakota se contiene de preguntar si
tiene amigos, o una antigua novia. ¿Qué le une a Barcelona? ¿Solo el trabajo?
—Así que tienes el típico piso de
soltero —bromea ella. Le gustaría ver su piso por un agujerito.
—Soy un desastre —ríe él—. Mi casa es
austera.
—A mí mi casa me encanta. La disfruto
mucho.
—Es que no paro mucho por aquí —se
excusa él—. No es un hogar. Vengo a dormir y poco más. Ni siquiera desayuno en
casa. Mi nevera está siempre vacía.
—Te falta una chica —se ríe Dakota.
—Exacto.
La enternece tanto que tenga la nevera
vacía que siente deseos de ir corriendo a llenársela, limpiar y poner cortinas
en las ventanas. Le confiesa que recibe ayuda en el Torreón, y por qué lo llama
así. También describe a Ivonne y él se ríe con sus anécdotas. En la siguiente
pausa, él baja a Tierra.
—Dakota, me encanta hablar contigo,
pero... son casi las doce.
—Sí, yo también madrugo.
—Vale. ¿Hablamos mañana?
—Sí.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
A los cinco minutos, ya en la cama, el
móvil de Dakota vibra con un mensaje. Lo mira con el corazón en la garganta. Es
Eliseo.
Pienso en ti. No me has contado tu
sueño. Sueña cosas bonitas.
Con cariño,
E
Ella contesta:
Yo también. Era para adultos. Soñaré
con vos.
Tuya,
DKT
De inmediato suena el teléfono.
Encuentra su voz incitante, un par de tonos más grave que hace unos minutos.
—¿En serio?
Ay,
madre. Nunca le has contado eso a nadie. ¡Qué vergüenza!,se lamenta su
Educación Maternal. ¿Qué va a pensar de
ti?
—¿Me lo vas a contar?
—Es que era un poco verde.
Se hace un silencio. Dakota apaga la
luz y espera. Carraspea.
—¿Estás ahí?
—¿Te da corte contármelo?
Una voz aterciopelada. Tan masculina.
Ella respira hondo.
—Esto..., venías a casa a verme y me
hacías el amor. Era..., parecía muy real.
—¿Te gustaba?
—Mucho.
Silencio. Se oye una especie de
estertor. No sabe si está tosiendo o qué. Al cabo de unos segundos, su voz
suena insinuante.
—¿Quieres tocarte pensando en mí? Me
encantaría.
—Pues...
—¿Lo harás por mí? —le pregunta con
dulzura.
¿Quiere hacerlo? Descubre que sí. Le
encantaría contarle cuánto le desea, cómo piensa en él y lo que le apetece
conocerlo. Y que lleva no uno, sino varios días soñando con él. ¿Cómo es
posible que lo sienta tan cercano, si ni siquiera se han visto aún? Le parece
que está un poco descontrolada. Siente el hormiguear de hormonas en su cuerpo.
—¿Estás en la cama? —pregunta ella.
—Espera un segundo. —Se oye un ruido
seco y unos leves frufrús—. Ya. Y ¿tú?
—Con la luz apagada.
—¿Lo has hecho alguna vez por teléfono?
—No.
—¿Puedes ponerlo en manos libres?
—Ya está.
—Cierra los ojos. —La orden le provoca
cosquillas.
—Los tengo cerrados.
—¿Estás desnuda?
—Con el camisón.
—¿Cómo es?
—Mmmm. Blanco.
—Descríbemelo.
—Bastante fino. Con encaje en el pecho.
De tirantes.
—¿Transparente?
—Sí.
—¿Llevas algo debajo?
—No.
—Quítatelo.
—Vale. —Empieza a excitarse.
—¿Estás desnuda?
—Ajá.
—Acaríciate para mí. Quiero oírte.
—Mmmm.
—¿Quieres saber qué estoy haciendo yo?
Un hombre con una voz de terciopelo le
pregunta si quiere saber lo que está haciendo en su cama, a punto de
masturbarse. Feliz, Dakota responde a medias:
—Mmm..., sí.
—Estoy desnudo en mi cama... Me la
estoy acariciando desde la base hasta el capullo... Estoy empalmado pensando en
ti. Cómo me gustaría tenerte. Te deseo, Dakota. Quiero tenerte.
—Oh...
—Di mi nombre, Dakota. Quiero oírlo.
—Eliseo...
—¿Te estás acariciando?
—Sí...
—¿Por dónde?
—Por... fuera.
—Fierecilla impaciente.
—Séééé. —Dakota arrastra la i
convirtiéndola en e, terminando en un gemido, rota de deseo.
—Mete los dedos hasta el fondo.
—Mmmm.
—Eso es. Tócate con la otra por fuera.
¿Estás húmeda?
—Sééé...
—Chúpate los dedos y mójalo bien.
—Mmm...
—Tócate despacio. Tómate tu tiempo.
—...
—Oh, cómo me pones, Dakota. ¿Oyes cómo
me pones? Qué ganas tengo de tomarte. Sigue tocándote.
—Sí.
—¿Sigues?
—Sí.
—¿Estás cachonda?
—Voy... a...
—Eso es, Dakota. Dámelo..., voy a
hacerlo contigo. Vamos, dámelo..., quiero oírlo. Mira cómo me voy...,
siéntelo... No puedo más... Aah... Me voy a correr para ti, Dakota.
—¡Oh, Eliseo!
Dakota se acaricia, muy excitada,
notando la urgencia que llega en círculos que se amplían. Los círculos son olas
que crecen y la fogosidad de la voz fragmentada de él la conduce al orgasmo muy
rápido. Se deja transportar por sus sentidos. Nunca había experimentado una
sensación erótica tan intensa. Él respira fuerte. Un hombre se está corriendo
al otro lado del teléfono mientras ella se masturba. La idea la hace temblar.
El orgasmo es fantástico. Hay unos segundos de silencio.
—Oh, Eliseo..., ha sido increíble...
—Tengo que colgar, preciosa. Es muy
tarde.
—De acuerdo.
—Hasta mañana.
—Te quiero —dice ella, pero él ya ha
colgado.
Dakota susurra al teléfono su nombre y
cuelga. Miu-miú se sube de repente a sus pies, ronroneando.
Es
increíble, piensa. Hasta hace unas semanas no lo conocía; ni siquiera lo
conoce todavía, y ha tenido su primer orgasmo con él. No exactamente. Dakota
está confusa. Se levanta a beber agua. Eliseo le provoca reacciones nuevas; la
saca de su rol. Se siente poseída de alguna manera por él. Después de tantas
conversaciones, confidencias, historias y anécdotas compartidas, se siente
unida a este —todavía— desconocido. ¿Por qué lo siente tan cerca? ¿Qué
pensarían sus amigas? «Alguna magia del universo», diría Vicky. «Fóllatelo»,
diría Álex. ¿Qué diría Chelito? «Estás loca.»
Le da un escalofrío. ¿Con qué cara se
enfrentará a Eliseo en su primera cita? Han tenido intimidad sin conocerse. Se
pone colorada en la oscuridad.
Miu-miú la sigue a la cocina enredando
entre sus piernas. Al levantarla se da cuenta de lo que está creciendo. Bebe y
regresa a acostarse. La deja enroscada ronroneando a los pies de la cama (sin
dosel). Fantasea hasta que el sueño la envuelve rasgando la piel del tiempo.
Sueña que Eliseo aparece en su cuarto.
Trae unas cuerdas. Con lentitud, ata un extremo a su muñeca y el otro al dosel
de la cama. De repente ella está atada de pies y manos. Desliza su lengua por
un pie, tomándose su tiempo, subiendo por la rodilla. Se detiene. Sube por el
muslo, rozando una zona peligrosa, esquivándola, alcanza el ombligo y termina
besándole un pecho, el otro. Ella, impotente, liberando un placer puro, espera
retorcida de deseo. Él la besa en los labios y vuelve a bajar. Se centra en la
piel de la ingle y no llega nunca..., hasta que por fin alcanza el sitio que
busca, y cuando bebe de ella estalla su orgasmo. Se despierta luchando por
respirar, con la sábana mojada, pegada a su contorno, completamente
trastornada.
* * *
¿Qué se pone una mujer en la primera
cita romántica? Toda la ropa del armario de Dakota se encuentra fuera de él. En
la cama, bajo la cama, en la silla, sobre el espejo, en el suelo, en el baño,
incluso en el salón.
El sábado se tira un par de horas con
su «terapia verde» y luego lee la prensa en la terraza con un café. Imagina la
cita de esa noche. Sus amigas vendrán por la tarde para ayudarla a prepararse.
Recuerda el sueño de anoche. Ha vuelto
a soñar con Eliseo.
Era una imagen muy vívida: el hombre de
las fotografías del portal de internet, que se sabe de memoria, aparece en su
casa. Llaman a la puerta, ella abre, es él vestido con esmoquin. Entra.
Descorcha una botella de champán que aparece de repente, y ahora están en la
cama unidos como dos pegotes de plastilina. En el sueño, Eliseo le dice que la
desea y ella está desnuda entre sus brazos. Él tiene un cuerpo fibroso, de
caderas estrechas y piel oscura.
Se ha citado con Eliseo a las ocho, una
hora que le ha parecido inocente, en un bar. Si no le gusta en directo tanto
como por teléfono, la historia habrá terminado antes de empezar. ¿Qué pasará si
no le gusta? ¿O si ella no le gusta a él? Es muy seductor, parece serio,
trabajador, buen hijo. Y tiene una voz de terciopelo.
Esa tarde, horas previas al encuentro,
en el Torreón,Vicky le hace compañía mientras esperan a la especialista, Álex.
Dakota está desolada; nada le queda bien. Lleva su mejor ropa interior: el
corsé de seda roja y el culotte a
juego comprado con Álex. Se rasca los dos brazos, nerviosa.
—Renuncio.
—Enseguida viene Álex —la consuela
Vicky—. Madre mía, qué caos.
Sentada sobre la cama con aire
enfurruñado, Dalota revuelve el lomo de Miu-miú a contrapelo, haciéndola
rabiar. A cambio, ella le mordisquea la mano. Toda su ropa yace diseminada por
el dormitorio. Vicky rescata un vestido negro del desastre, sin convicción. Lo
presenta pegándolo a su propio cuerpo.
—Y ¿este?
—Ya me lo he probado. Déjalo, Vicky,
vamos a esperar. Estoy agotada.
—Siento no ser de más ayuda.
—No es culpa tuya.
—Voy a preparar la plancha por si
acaso, ¿quieres?
—Lo que sea.
De pronto el felino levanta las orejas
y pone el cuerpo en tensión. Suena el timbre.
—¡Álex! Por fin. —Dakota suelta a
Miu-miú y corre a abrir en ropa interior. Se parapeta tras la puerta mientras
entra su amiga en plan torbellino arrastrando una maletita.
—Perdona, bonita, ¡había un tráfico...!
—Se detiene a darle dos besos y la contempla con arrobo—. Oye, qué monada, este
es el conjunto que compramos, ¿no?
Dakota, perpleja, se mira el corsé rojo
y la hace pasar sin miramientos.
—Estoy histérica. He tenido que hacer
pis cinco veces.
Álex tira de su maletita con ruedas y
toma el mando de inmediato. Saluda a Vicky, que pelea con la tabla de planchar
a brazo partido en el salón.
—Hola, Vicky. Deja la plancha al mínimo
y vente. Necesitamos refuerzos.
Ambas siguen a Álex al dormitorio. Ella
hace hueco en la cama empujando las prendas que se amontonan encima. Se pone en
jarras. Dakota y Vicky parecen cachorros perdidos. La ven rebuscar entre los
montones de ropa, entregando vestidos y pantalones a Vicky, moviéndose con
rapidez y eficacia.
—Toma, cuelga esto. Hay que hacer
sitio. Y esto. —Les va tirando ropa—. A las perchas.
Dakota y Vicky cuelgan la ropa y la
devuelven al armario. Hace solo unos minutos estaban a punto de tirar la
toalla. Dakota, que se ha probado su vestuario completo, está de mal humor y no
deja de rascarse los brazos.
—Te vas a hacer marcas y no va a quedar
nada sexi, cielo.
—¿Se ha probado ya esto? —pregunta Álex
a Vicky.
—Hasta la última prenda —suspira
Dakota. Su frente está arrugada de angustia, pues está manteniendo una pelea
íntima con Madre y Ama.
¿Qué
te pasa? Tu cambio de look iba
genial. Ahora que tienes la primera cita con un hombre, no encuentras nada que
te favorezca, lloriquea Ama. Se la imagina tirada por los suelos. Es
difícil ignorar cómo se rasga las vestiduras, hocicando entre el barro; así que
Dakota se mete las manos bajo los muslos y observa a su autoestima hundirse
hasta las trancas, incapaz de echarle un cable.
Álex se acerca a ella y le insufla vida
a Ama. Coloca una mano sobre el hombro de Dakota.
—Esto que llevas está muy bien, Dakota.
La ropa interior es la base; en realidad es lo más importante, porque te hace
sentir femenina. Y te queda fabuloso.
¿Vale?
—Vale.
Ama levanta la cabeza, sorprendida. Se
acaban de dirigir a ella y le tienden una mano. Se levanta despacio,
limpiándose de barro.
—Vamos a dejarteespectacular. Al tajo.
Lo primero, esas sonrisas. Voy a por un vaso de agua.
—Voy yo —se ofrece Vicky.
Su optimismo es contagioso. Al final
del túnel de ropa atisban una luz.
—¿Alguna sensación especial hacia
alguna prenda concreta? —pregunta Álex.
Dakota está encaramada sobre un gurruño
de ropa, conteniendo sus ganas de arrancarse la piel, en tanto su amiga
inspecciona un vestido tras otro.
—No. Todo me sienta fatal.
—No seas dramática —la regaña Álex—.
Compramos un montón de cosas que te favorecían. Y aunque las hayáis escondido,
las encontraré.
Álex descarta prendas y las deja sobre
la cómoda.
—Esto no, no..., no.
—¡Por Dios, Álex, no tengo nada que
ponerme!
—Caaalma.
Respira hondo. No puedes entrar en barrena.
Dakota respira hondo. Regresa Vicky con
un vaso de agua y Álex la obliga a dar un sorbito. Vicky empieza a guardar los
vestidos, faldas, tops y pantalones que le va tirando Álex a la cabeza.
—Compramos un vestido rojo..., me
acuerdo perfectamente.
—¿Esto?
Hurgando en uno de los montones, Vicky
ha rescatado el vestido hecho un guiñapo. Lo estudia con interés.
—Exacto. Esa monada.
—Aún tiene la etiqueta.
—¡Miau! —niega Dakota, y se sigue
rascando los brazos.
—¿Le hago una tila? —sugiere Vicky
mirando a la experta.
—Sí, le vendrá bien —contesta Álex.
Vicky deja caer el vestido en sus manos al salir—. Ni siquiera necesita
plancha. Es elástico. Póntelo, Dakota.
—Vamos, Dakota —la anima Álex.
—Ya me lo he probado —contesta
enfurruñada; nunca se ha tomado en serio ese vestido.
—¡No es verdad! —grita Vicky desde el
pasillo. Álex mira a Dakota y levanta una ceja.
—Me lo probé el otro día —se defiende.
—¿Te lo pruebas? ¿Por favor? —La cara
de Álex es tan cómica que derrite su hielo—. ¿Dónde están los zapatos a juego?
—Ahí. —Dakota no mueve un músculo.
—¿Queda vino?
—En la nevera —responde de mala gana.
Álex señala el vestido y levanta la voz para que la oiga Vicky.
—¡Tráete el vino!
Cuando entra Vicky con dos copas de
vino y una tila, Dakota, enfundada en rojo, está subida a los tacones con las
piernas abiertas, en una postura muy guerrera. Señala su imagen, acusadora.
—¿Lo veis?
—¿Que vea qué? Estás espectacular.
—Sí, ya.
—Dakota..., mírate —le dice Vicky, sus
ojos, círculos de pasión verde.
Recelosa, Dakota se mira y tuerce la
cabeza. Es ella disfrazada con un vestido cereza demasiado ajustado. Nada más.
Álex deja su copa en la mesilla y se acerca. Le habla con toda la paciencia de
que es capaz.
—Vamos a hacer un experimento. Es un
truco que uso hace años para distanciarme..., así veo si un color me favorece,
por ejemplo. O si un pantalón me hace culona.
Colocándose detrás de ella, Álex le
tira de los hombros hacia atrás, forzándola a sacar pecho, y la posiciona
frente al espejo. Vicky las observa sentada sobre la cama con las piernas
cruzadas estilo indio.
—Cierra los ojos. —Le toca la frente
para animarla y ella obedece—. Así..., las manos en las caderas. Baja este
hombro. Sube la cabeza. Bien..., imagina que vas a ver a otra chica que no eres
tú. No la conoces. ¿Lista?
—Mmmm —gruñe ella.
—... y abrimos...
Álex se aparta. Dakota abre los ojos y
ve a una mujer en una postura muy sexi que la mira desde dentro de un vestido
ceñido. Le marca una silueta fantástica. Disfruta de la imagen: las piernas, el
escote y la cintura que le gustaría tener a ella.
—¿Cómo lo has hecho? —se asombra, los
dorados iris resplandeciendo. Álex se acerca y le da unos golpecitos con el
índice en la frente.
—Todo está aquí. Veamos...
Se centra en sus abalorios y empieza a
extenderlos sobre la cama. Vicky inspecciona el contenido de la maletita como
si fuera la cueva de Alí Babá.
—He traído algunas cosillas..., no es
que no me fíe de las tuyas...
—Es que no te fías.
—Exacto.
Álex y Vicky bucean en la maleta
extrayendo estuches y cajas con pendientes, colgantes y pulseras. Dakota se
estudia en el espejo por detrás y de perfil, fascinada. Está muy sexi. No
resulta ordinaria.
—¿Qué tal esto? —sugiere Vicky
levantando una gargantilla con un medallón.
—Perfecto —opina Álex—. Pruébatelo.
¿Por
qué cuando estás sola te ves fea?, se queja Ama. Sin Álex nunca se habría
comprado este vestido y jamás se lo habría puesto. El día en el que lo compró,
su amistad estuvo a punto de resentirse. Si acabó comprándolo, fue para que
Álex se callara; pensaba ir a devolverlo. Se alegra de haberse dejado
convencer. Es cierto: le queda perfecto.
—Menos mal que no encontramos guantes
largos.
—Te advierto que sé dónde los venden.
—Ya me callo.
Se prueba la gargantilla con el
medallón, los pendientes y un par de pulseras que le tiende Vicky.
—Esa pulsera no. Prueba esta.
—Perfecto.
—Los pendientes son muy acertados.
—Y la gargantilla.
—A la ducha —ordena Vicky contenta—.
Voy a hacer magia.
Una vez duchada, protegiendo su
peinado, Vicky la conduce a la terraza. Señala una butaca y Álex le echa una
toalla sobre los hombros con ceremonia. Vicky abre su estuche de maquillaje con
aire profesional. Si fuera un pintor a punto de ejecutar su obra maestra en
vivo, no sería más convincente. Tiene los mejores productos; es adicta a las
tiendas Duty Free de los aeropuertos. Le aplica una base hidratante con
maestría.
—Estás genial con ese vestido.
—No se te ocurra comer nada flatulento
esta noche.
—No seas ordinaria.
—Y de acostarte con él en la primera
cita, ni hablar. —Vicky está tapando sus imperfecciones con un lápiz corrector.
Le deja la cara hecha un cromo, a rayajos blancos.
—¿Sabes hacerte la dura? ¿En plan «...
me han roto el corazón»?
—Sí, eso genera simpatía.
—No sé. —Vicky le aplica la base de
maquillaje de su color exacto con una esponjita, dando pequeños toques que
difuminan los rayajos.
—Bueno, la caída de pestañas sigue
estando de moda. Y no te olvides de lavarte los dientes después de cenar.
—Yo tengo cepillos mini de bolso...,
ten —le ofrece Vicky mientras le da un cepillito con su estuche.
—Hace un efecto fatal tener comida
entre los dientes, ¿verdad?
—Sí, a mí me pone de los nervios.
—Vicky le aplica sombras y delineadores, difumina, subraya, destaca, observa.
—Te vas al baño a retocarte el carmín y
nos wasapeas.
—Eso, tennos informadas.
—¿Estás depilada?
—Estoy histérica.
Con el rímel a punto, Vicky le levanta
la barbilla y le ordena:
—Ahora voy a aplicarte rímel. Vamos con
cuidado porque es lo más delicado. Cierra los párpados a media asta. Así. Baja
la cara, que voy con las pestañas de abajo. Eso es. Quieta, quieta. Bien. Vamos
con el otro..., bien.
Las dos la miran. Dakota está deseando
verse.
—Buen trabajo —valora Álex—. Repasemos.
—Caída de pestañas. Corazón roto.
Compasión —recita Dakota.
—Compasión no... Simpatía.
—No me voy a acordar. —Álex le señala
las piernas—. Sí, estoy depilada. Retocar carmín. Os wasapeo.
—Que sepamos que no te ha
descuartizado.
—Gracias por los ánimos, Álex.
—Tranquila, esto es como montar en
bicicleta. —Vicky saca el colorete y la brocha.
—Yo no sé montar en bicicleta.
—Silencio. Sus amigas la observan y se miran entre sí. Vicky abre mucho la boca
y se queda con la brocha del colorete a medio camino de su mejilla. Las dos
saltan al unísono, atacadas por el mismo enjambre de abejas furiosas.
—¿Quéé?
—Y Dakota, arrepentida del comentario, no sabe dónde meterse. Adopta una
expresión digna. Ya ha soltado el secreto mejor guardado de su infancia. No se
lo había contado a nadie; le da vergüenza.
—No es agradable ser la única niña que
no ha aprendido a montar en bici por expresa prohibición materna —se defiende.
—Pero...
No había pensado en soltar este
secreto. Para su sorpresa, se siente ligera. Si pretende que sus amigas la
ayuden a conseguir un amante —y ella quiere y necesita a ese amante—, debe
empezar a sacar sus miedos, como decían las cartas.
—Eso es imposible...
—Espera, espera...
—¿Nos estás diciendo...?
—¿... no tenías bicicleta de pequeña?
—Todo el mundo sabe montar en
bicicleta.
—No puede ser.
—¿Cómo sobreviviste?
—Ya conocéis a mamá Chelito. Es tan
controladora...
—Perdonad, chicas, jo-der con mamá
Chelito. —Álex sacude una mano intentando librarse de un pringue invisible.
—Le daba miedo que me matara, porque
era muy torpe, así que...
—Porque ella decía que eras torpe. No creo que lo fueras.
—Gracias.
—Y yo pensaba que la mía era una bruja.
Perdona, cielo.
—Sip.
Hay unos segundos de silencio. Álex
recupera el tono de voz luminoso y Vicky continúa con el maquillaje.
—Bueno, en el fondo, esto es igual
que... que... ¿Qué sabes hacer?
—¿Hacer?
—Sí, mujer, alguna habilidad especial,
en plan... ¿Beber un litro de ginebra sin respirar? ¿Nadar cien metros en diez
segundos?
Dakota piensa, mordiéndose el labio.
¿Qué habilidades tiene ella? Ninguna, aparte de llevar una empresa y jugar mal
al tenis.
—¿Conducir? —pregunta con una nota de
esperanza. Álex aprueba el símil. Corta el aire con el canto de la mano en
dirección a ella, ejecutando un golpe de kárate.
—Exacto. Una vez que has aprendido a
conducir, puedes estar... —inclina la cabeza y hace rotar la mano esperando una
cifra. Dakota pone la misma nota de esperanza y responde.
—¿Seis años? —Mieerda, piensa Dakota. Levanta un hombro esperando la bronca.
—¡Pero, cielo! —Vicky se lleva una mano
a la boca.
—... puedes estar seis años sin
conducir... —continúa Álex—. Que luego te sientas al volante y te acuerdas.
Vicky está atónita.
—¿No sabes montar en bicicleta?
—Desconsolada, le aprieta un hombro, y mientras le delinea los labios pregunta
moviendo la boca sin articular sonido—: En serio, ¿seis años?
Dakota hace una mueca. Han sido más,
pero ha querido quitarle hierro. Traga saliva y Álex suspira y la señala de
arriba abajo con la palma rígida, mostrándola a un público imaginario.
—Qué desperdicio de cuerpo.
—Tendremos que revisar el asunto de la
«no cama» en la primera cita, ¿no? —sugiere Vicky terminándole de pintar los
labios.
—Esta noche triunfas. Vamos, acaba de
arreglarte y te acerco al bar.
—Deseadme suerte, chicas.
—No la necesitas.
* * *
Eliseo no ha sido puntual: ha llegado
primero, aunque Dakota acude temprano. Él ya está en la barra del bar, apoyado
sobre una banqueta alta, con el polo verde que dijo que llevaría y una chaqueta
que le sienta divinamente, tomando un refresco. Toma nota de que no está
bebiendo alcohol. Lleva pantalón y zapatos de vestir. Es alto. Aunque según su
perfil mide metro ochenta y cinco, las fotos no lo reflejan. Es mucho más
atractivo en directo. Se incorpora cuando ella aparece.
El vestido cereza ha sido un acierto,
después de todo. Abre la puerta y avanza hacia él despacio, según instrucciones
detalladas de Álex, subida en sus tacones y cruzando una pierna delante de la
otra. Lee admiración en su rostro. Le pone un diez a Álex y otro a Vicky. El
peinado, los tacones, la gargantilla, el escote, todo está en su sitio, como
atestiguan las miradas de varios hombres. Antes de alcanzar la barra ya está
desnuda. Hay que ver lo básicos que somos,
piensa Dakota. Un poco de tela (y tan poca), unas pinturas de guerra, unos
zapatos altos..., y la ventaja está de su parte.
Da la impresión de que a él se le ha
desencajado la mandíbula. Evita mirarle el escote y habla con naturalidad. Se
miran con timidez, chequeando al contrario, conocidos desconocidos.
—¿Dakota?
—Hola.
Se dan dos besos y él le toca la
espalda al hacerlo. Dakota le mira los zapatos con disimulo. Es una vieja
manía. No consigue aceptar el calzado masculino. Tampoco le gustan el helado de
menta, la música electrónica ni los perros demasiado grandes. Los encuentra
horrendos. Los zapatos cerrados suelen ser horteras; los abiertos, mucho
peores; con las botas siempre busca el caballo; las playeras le recuerdan a un
partido de baloncesto, y los zapatos de sport
no son adecuados para ninguna ocasión. Por último, las zapatillas de andar por
casa son espantosas per se. Total, no
se salva ninguno. Estos parecen carísimos, y aunque refinados, no le gustan.
Son los típicos zapatos «de caballero». Se acuerda de los zapatos de Nick; unas
botas de motero la mar de chulas. Comprende que no pegarían con este atuendo.
—¿Prefieres sentarte?
—No, no importa.
—¿Qué tomas?
—Una Coca Zero.
Lleva un reloj con correa de acero, con
una esfera complicada, llena de esferitas que indican quién sabe qué. Al menos
no es una horterada de oro cuajada de rubíes.
—Así que no eres de pega —le dice él
muy serio.
—¿Perdón?
—En las fotos parecías atractiva, pero
no te hacen justicia. Estás espectacular con este vestido. Ganas en directo.
—Ejem..., gracias.
Se quedan un rato charlando envarados,
recordando sus conversaciones, sin tocar el tema del sexo telefónico. Después,
él sugiere ir a cenar. Le pregunta si tiene alguna preferencia.
—Bueno..., no suelo comer carne roja ni
casquería. Por lo demás...
—¿Te gusta la comida vietnamita?
—Si la distinguiera de la coreana...
—Touché.
—Y en su blanca sonrisa descubre una paleta rota muy seductora—. Pareces una
mujer de gustos exóticos.
—Si eso significa que soy sofisticada,
puede. Si quieres decir que soy quisquillosa, también me gusta la tortilla de
patatas.
—De acuerdo, pues. ¿Vamos a lo fácil?
—Bueno —acepta ella.
—Otro día podemos ser atrevidos.
Tenemos tiempo. —Al decir esto, su mirada es intensa, y a ella la recorre un
escalofrío por la columna. Sus iris son de un azul verdoso, a veces gris,
inconstantes. Centellean, y a Dakota le parece que está hablando de otra cosa.
La mira y su voz suena definitivamente a otra cosa—: ¿Te apetece un italiano?
—Me encanta la comida italiana —logra
responder con un hilillo de voz.
—Perfecto.
Dakota le pesca una fugaz mirada a su
escote y respira hondo. Menos mal,
suspira Ama. Él hace una llamada desde su móvil para reservar mesa en un
restaurante concreto.
—¿Nos vamos?
Espero
no tener que andar mucho, piensa Dakota. Diez minutos sobre los tacones me matarían.
La guía con gentileza, con la mano
rozando su espalda, hacia la salida. Ella se eriza. A escasos metros de la
puerta está su coche. Es un sedán oscuro. El típico coche de señor. El de la
foto de su perfil. Nada de deportivos estupendos que impresionan a las
jovencitas, en los que es difícil entrar e imposible salir, como su Audi TT. No
tendrá que enseñar el culotte antes
de tiempo.
Mandos en el volante y el salpicadero
iluminado, un coche moderno, con manos libres y GPS incorporado. En cuanto
enciende el motor se escucha una ópera y Dakota se siente un pelín apabullada.
Quizá sea por el volumen.
—Es Madama
Butterfly —la informa, pronunciándolo así, madama, y sin bajarlo un ápice. Dakota recuerda el comentario de
Vicky: «Parece bastante pedante»—. Una versión de Von Karajan con Maria Callas.
La grabaron en la Scala en el año 55, si no recuerdo mal.
Dakota está desconcertada. ¿Está
hablando en serio o tendría que reírse? Decide contener la risa y luego se
alegra. Está hablando en serio.
—El sonido tiene esa calidad de las
grabaciones antiguas; no es muy bueno, aunque tiene más encanto, ¿verdad?
Ella asiente con cautela. ¿Un fanático
de la ópera? ¡Ay, Dios!, murmura
Madre. Como siempre, Dakota la ignora.
Ella no es aficionada a la ópera. Cree
conservar un cedé de Madama Butterfly
en una versión más moderna, que le regaló su exmarido. Lo habrá escuchado una
vez, o ninguna. Anota mentalmente revisar sus cedés para regalárselo si viene a
cuento. Se está perdiendo su monólogo en torno a la ópera.
—... él es Nicolai Gedda, y este coro
es fantástico; pero es la Callas quien me pone los pelos de punta, escucha, va
a entrar..., esta parte es impresionante. —Sube el volumen un punto manejándolo
desde el volante, y ambos se sumergen en el arte de la diva. Es una ópera
trágica. A Dakota no le había gustado en su día; le pareció triste, porque lo
es, con el suicidio final de Cio-Cio-San por amor a Pinkerton, pese a haber
tenido un hijo de él.
Llegan a un restaurante con aspecto
lujoso. Se apean en la misma puerta y el aparcacoches se hace cargo de las
llaves. Los tacones empiezan a afectar a la comodidad de Dakota. Los recibe el maître y los conduce a una mesa
acogedora, con mantel burdeos y una velita.
Sentados frente a la carta, el vestido
le recuerda a Dakota la necesidad de contención. Está resuelta a seguir
encajando dentro de su envoltorio carmesí el resto de la noche. Decide no pedir
hidratos de carbono. Un pez globo no es sexi.
—¿Compartimos un antipasto? —sugiere él.
—Genial.
Es
un poco pedante llamar antipasto a la
ensalada, opina Madre muy bajito. Estamos
en un italiano, contesta Ama con dignidad. Le ha vuelto a mirar el escote
con disimulo.
La cena le ha abierto el apetito y
comparten el tiramisú. Es un acto muy íntimo, y ella intenta actuar como la
mujer que es, la que cabe en su vestido rojo. Imagina que lleva los famosos
guantes negros por encima de los codos, mientras introduce cucharaditas
ridículas en sus labios, lamiéndose las comisuras con la punta de la lengua y
mirándolo desde detrás de sus pestañas. No termina de verse en el papel de la
Hayworth. Deja la servilleta y se levanta.
—Enseguida vuelvo.
Él hace un gesto de cortesía, iniciando
el movimiento de levantarse. Dakota procura andar derecha para no torcerse un
tobillo, sintiendo la admiración de él centrada en su trasero, que imagina como
una manzana apetitosa. Además de retocarse los labios quiere ver si tiene
chocolate en el bigote y mandar un wasap
a Fabulosas. Les informa: «Todo OK» y
apaga el móvil. En el baño, el espejo sigue como un perrito fiel a esa rubia
trigueña y vainilla del vestido rojo, acariciándola. Está irreconocible y le
parece que seductora. Se lava los dientes con el minicepillo de Vicky. Se
retoca los labios. Comprueba que el rímel no se le ha corrido, se alisa el
vestido y sale.
Al regresar, él le pregunta si está
lista para ir a tomar una copa. Dakota está lista para eso y la Gata Salvaje,
para mucho más. Se abstiene de decirlo pensando en la bronca de Vicky. Él se
levanta y la besa en los labios, delante de los camareros y el resto de los
comensales, que los ignoran. Un escalofrío le recorre las terminaciones
nerviosas como un pequeño latigazo de placer.
—¿Nos vamos?
—Claro. Te voy a llevar a un sitio de
moda que me ha recomendado una amiga.
—Estupendo. No conozco muchos sitios de
moda. —Dakota no está segura de que lo diga en serio. ¿Se está riendo de ella?
De reojo ve que no sonríe. A lo mejor es cierto. Es uno de esos tíos que no
sale por la noche. Al fin y al cabo, le gusta la ópera. Dakota se siente
trascendente.
Vamos
a un local de moda que he propuesto yo. ¡Ja! Ama se crece.
Áticus es el moderno bar de copas que
le recomendó Álex, situado en la azotea de un hotel. Hay un ambiente íntimo
creado a base de velas, música chill out
y camas gigantes, en plan ibicenco. Todo invita a tumbarse, y así lo hacen. Las
camareras tienen veinte años y son delgadas como fideos. Subidas a sus tacones,
con palos desarrollados por piernas, las chicas parecen cigüeñas que van y
vienen. Los colores también son veraniegos, blancos y un azul mediterráneo
precioso, madera y superficies bastas pintadas a la esponja. Todas las
camareras lucen tops blancos minúsculos, llevan el ombligo al aire y lo que se
habría podido confundir con falditas con mucha imaginación.
—¿Te apetece un mojito? Es la
especialidad —se pavonea Dakota.
—De acuerdo —dice él.
Su camarera les lleva dos mojitos y
sigue rumbo con la bandeja llena.
—Es increíble que soporten ese peso,
¿verdad?
—Tienen los brazos más gordos que las
piernas —confirma ella.
Brindan mirándose. La bebida está
deliciosa y se le sube nada más cruzar la garganta. Eliseo está tan cerca,
huele tan bien, a colonia de hombre sutil, le apetece tanto tocarlo... Y la
mira con esa mirada. Así que después del primer mojito se tocan. Primero un
roce casual. Sus copas se vacían y las cigüeñas las reponen sin que al parecer
nadie tenga que darles instrucciones. Él le ahueca un almohadón, solícito,
acercándose más de lo necesario, y le dan ganas de abrazarlo.
—¿Estás cómoda?
—Mucho. —Sus ojos se acarician.
La conversación les sobra. Las falditas
blancas revolotean alrededor, sustituyendo bebidas. Cuando les traen el tercer
mojito, él le acaricia una mejilla con el dorso de la mano.
—Eres fantástica. Y muy divertida.
Pasa un dedo, el anular (sin anillo ni
huella delatora, nada de trozos más blancos), por su brazo, levantando ampollas
de deseo. Baja hasta su muñeca y esta reacciona por su cuenta, girándose. Él
dibuja ochos en su mano y el contacto le quema, como en las novelas. Sus palmas
se tocan. La inunda el goce, la penetra hasta el cerebro y explota como un
castillo de fuegos artificiales. La charla va por un lado y los ojos se quedan
atrapados unos dentro de otros. Sus pieles se buscan, hablando su propio lenguaje.
En su camastro, Dakota está a punto de perder la cabeza y abalanzarse sobre su
acompañante después de la tercera copa. En cambio, se apodera del mojito de
Eliseo y se lo termina mientras él no pierde detalle.
—No te muevas —ríe él. Y le susurra a
su coronilla, tras depositar un beso en ella—: Enseguida vuelvo.
Paga y cuando regresa le tiende una
mano para ayudarla a bajar de la cama gigante. Se marchan haciendo eses, sin
hablar.
En el coche, la ópera continúa. Ella le
indica su dirección y él conduce en silencio acariciando su mano en zona de
nadie. Descubre que su coche es automático. No pillan un solo semáforo cerrado.
Encuentran un sitio lejos de la farola en su calle, y él abre la portezuela y
espera a que salga. Dakota se siente pesada. Fuera, Eliseo la acorrala contra
el coche y le sujeta la cara entre sus palmas. Están ardiendo. Y Dakota
también. La mira de cerca, rozando nariz con nariz, y ella le devuelve la
mirada, líquida de mojito, y entreabre los labios.
—Dakota...
La besa. Primero, un beso superficial.
Otro en la comisura. Otro en el centro. Y en la otra comisura. Besitos
pequeños, cortos. Una lengua tímida, pidiéndole paso. Resulta que sí: el placer
sexual es una recidiva. En cuanto te besan se te enciende el deseo. Y eso que
con Gabriel la cosa no iba en plan hoguera. Con torpeza se encuentran en
territorio de nadie, explorando un mundo peligroso. Poco a poco van creciendo
las caricias, rodeándose de brazos, aislados de la calle y de cualquier cosa
excepto del otro. Es guapísimo. Tiene unos labios deliciosos. Huele
masculinamente bien.
—Eliseo...
Un abrazo apretado y ella hunde el
rostro contra su pecho.
—¿Me invitas a un café? —pregunta él.
Ella sopesa. No parece un maníaco.
Asiente y él la sigue a través del portal, los jardines interiores, el
ascensor. En el Torreón, Miu-miúno se asoma, pues no está habituada a los
extraños.
—Bienvenido al Torreón.
—Qué casa más elegante. Te pega.
—Gracias. ¿Quieres una copa?
—Ya me he pasado bastante.
—¿Café?
—No, gracias.
Pone música bajito y sin saber cómo ya
están en su dormitorio. Dakota enciende una vela y se refugia en el baño.
—No tardaré.
—Tranquila.
El baño da vueltas. Se moja la nuca,
consciente del momento. Se mira por última vez para comprobar que está
perfecta, y apaga la luz. Él espera de pie en medio del dormitorio, con las
manos delante, las piernas separadas. Se acerca y le habla bajito.
—Voy a entrar un minuto, ¿vale?
La besa un instante.
—Claro.
Le acaricia la cara y entra en el baño.
Ella enciende tres velitas más y las dispone por el cuarto. ¿Qué postura
debería adoptar? ¿Qué expresión? ¿Debe quitarse el vestido? Decide optar por
permitir que se lo quite él. El corsé de seda le sienta bien, pero está rígida
y asustada. Se tumba de lado en la cama, apoyando la cabeza en un codo, el otro
sobre su cadera. La Gata Salvaje le dicta posturas sexis. Cruza las piernas a
la altura de los tobillos. Él sale desnudo, conservando el eslip y la erección
visible, y a Dakota se le acelera el pulso. La mira, acercándose despacio como
en uno de sus sueños. Madre mía.Su
mirada la hace sentirse deseada y bella.
—Qué bien te sienta ese vestido. Eres
preciosa. —Recorre su cuerpo con los ojos y llega a sus pies, con las uñas
pintadas del mismo tono que el vestido—. ¿Por qué te has quitado los tacones?
Dakota se queda sin aliento. Él se
agacha y le calza las sandalias altas.
—¿Te importa? Me encantan.
Tumbada en la cama, inmóvil, ella se
deja hacer. Él se acerca y la envuelve con los brazos. Dakota va devolviendo
los besos, buscando su piel. La besa en los párpados, la besa en la nariz,
encuentra sus labios y baja su cremallera, la besa en la oreja y baja un
tirante, la besa en el cuello y le baja el otro, la acaricia y le quita el
vestido, ayudándola con destreza. Se aparta a mirarla, susurrando nombres
cariñosos. Las velas hacen danzar sus sombras. Dakota está en ropa interior, un
corpiño ajustado rojo, con aros, sin tirantes, efecto invisible, y un culotte a juego.
—Qué bonito.
Acaricia una copa y el pezón se le pone
tieso debajo. Acaricia la otra y busca el cierre. Se lo quita, admira y roza
con la nariz uno, besa el otro pecho con reverencia, y Dakota se trastorna. Él
gime bajito y ella también.
La tumba del todo y empieza a besarla
por todas partes. Le besa el flanco y baja hacia el ombligo buscando su
contacto con los brazos.
—Nena —susurra con voz ronca y
arrastrada, y ella se marea.
Baja por los muslos, sus manos
siguiendo el rastro de sus besos, hasta sus pies. Le besa el empeine y los
zapatos. Por suerte, deja sus sandalias en paz y sube despacio por su cuerpo,
oliéndolo y dejando pequeños besos, trepando hasta su boca, y ella se derrite
de gusto. Huele a alcohol. Dakota se sobresalta. ¿Olerá ella igual?
—He bebido demasiado —farfulla él—.
¿Qué me has dado? Me has embrujado, Dakota. Me gustas tanto...
—Yo también... he bebido... Tú
también... me gustas... —Se le entrecortan las palabras.
—Me parece que voy a fallarte. —¿Ha
entendido bien? ¿Fallarte? ¿O ha dicho follarte?
Y se queda dormido boca abajo, con un
brazo cruzado sobre su pecho.
La frustración de Dakota es
directamente proporcional al deseo. Además no tiene costumbre de dormir
acompañada. Se quita las sandalias y se levanta para desmaquillarse. Trae una
botella de agua y se quita la ropa interior. Se acuesta a su lado. Al menos no
ronca, y la cama es grande.
La mañana es otra cosa. Al despertar,
un redondel de mar muy cerca, mirándola. Su color de tormenta marítima nubla
sus sentidos. Verdes, azules, grises. Casi se marea por la impresión. Vuelve a
cerrarlos, intimidada. Falta el calor de la noche, la oscuridad y el alcohol.
Él le acaricia la cabeza.
—Puedes abrirlos. No voy a desaparecer.
—¿Puedes cerrarlos un minuto? Tengo que
ir al baño.
—Si te empeñas...
Dakota se gira para mirarlo. Tiene un
ojo guiñado y otro abierto. Le tira la almohada y sale corriendo al baño.
Cuando sale, Eliseo tiene la cara
tapada con la almohada. Se mete corriendo entre las sábanas y él la besa.
—Me toca.
Entra él al baño. Dakota corre los
estores para que la habitación quede en semipenumbra. Eliseo se acerca con la
mirada brillante. Con el eslip. Tiene un cuerpo parecido al de sus sueños,
caderas estrechas, hombros anchos, piernas fuertes, piel morena, con un poco de
pelo donde tiene que haber pelo. Dakota no puede evitar pensar que es el hombre
de sus sueños. La Gata Salvaje da un brinco.
—Te deseo, Dakota.
Se mete en la cama con ella. Con cada
frase, un beso. Huele a pasta dental.
—Voy a hacerte lo que no pude terminar
anoche. —Un beso—. Te pido disculpas. —Otro beso—. Tienes una piel deliciosa.
—Otro más.
Dakota se queda sin aliento.
—No... importa..., yo tampoco... podía.
—Unos hombros... —Más besos—. Un
cuello...
—Ah —gime ella.
—Espera un segundo...
Eliseo busca sus pantalones y saca un
sobrecito plateado. Se quita el eslip, extrae un preservativo y se lo coloca de
espaldas. Cuando se da la vuelta, le brillan los ojos en azul oscuro. Inmóvil,
Dakota aguarda con la respiración acelerada.
—Hace mucho...
—No voy a hacerte daño, Dakota. Te
deseo.
Se sube sobre ella. La mira acercando
su boca a la de Dakota sin besarla, a pulso sobre su cuerpo. Busca la entrada.
Está húmeda desde que empezó a tomar mojitos la noche anterior. La Gata Salvaje
despeluchada, más salvaje que nunca. Dakota alza la pelvis agarrándose a su
cuello. Él la encuentra y permanece unos segundos en su puerta. Mirándola, la
toma despacio, abriendo sus labios con la lengua, explorando. Ella gime al
sentirse poseída, y el deseo la transporta. Le darían ganas de desmayarse si no
fuera porque no quiere perder un segundo de goce.
—¿Estás bien?
Ella asiente. Le hinca los pies en el
culo, pegando sus caderas a él, que se queda inmóvil dentro. Sentirse habitada
por él es una sensación nueva: la del deseo. Despacio, Eliseo se retuerce
enterrado en ella, disfrutando del instante. Retrocede y vuelve a entrar
provocándole un gemido. Empieza a salir y entrar y ella exige con la pelvis,
rodeándole con los muslos, clavándole los talones en el culo, abierta para él.
La embiste con fuerza, acelerando el ritmo, aumentándolo, y ambos tiemblan,
unidos y abrazados. Luego se detiene por completo.
—Dakota..., te deseo...
Ella encuentra el camino hacia la unión
y se acaricia, buscando el punto de entrada, sintiéndolo. Él se excita cuando
nota sus dedos.
—Tócame, Dakota. Siente cómo entro.
Al escuchar su voz, ella alcanza otro
nivel. Él recomienza los movimientos despacio primero, más deprisa después, y
regresan las embestidas. Sus cuerpos se tensan y Dakota se pone rígida,
aproximándose a la cima. Gime y jadea. Él busca sus manos y las enlazan.
—Eso es, búscalo..., dámelo, mi vida.
Al notar cómo rueda por la pendiente,
él enloquece. A Dakota le tiembla todo. Llega al punto de no retorno. Grita,
perdido el control, la respiración intermitente, la voz grave saliendo desde la
garganta.
—Oh, Eliseo...
—Así, Dakota... Córrete para mí —la
anima con voz rota, jadeando en su oído.
Y llega al clímax bajo su peso. Una
explosión que la transporta al borde del desmayo. Nada le concierne excepto sus
cuerpos; podría pedirle cualquier cosa y ella lo haría. Se siente parte de él.
Aprieta sus manos y él las de ella.
—Soy tuya, amor —le susurra, y él la
abraza con fuerza, alcanzando el orgasmo.
Con un gemido, se aparta para mirarla
pronunciando su nombre.
—Me voy a correr, Dakota.
Le parece muy erótico. Ella comienza a
elevarse, con un orgasmo muy largo, que se convierte en otro mientras cierra
los ojos entregada al goce extenuante, maravilloso.
Unas sacudidas eléctricas, máxima
tensión, y la caída abrupta en éxtasis, el silencio, y quedan inmóviles y
jadeantes, pecho sobre pecho, recuperando el ritmo de la respiración, sintiendo
el latido del otro. Empapados, él aplastándola, todavía dentro de ella con los
ojos cerrados. Reposan un par de minutos acariciándose con un dedo, con un leve
movimiento de nariz, un pie.
Abren los ojos. Él se levanta a pulso
unos centímetros y deposita un beso en su nariz. Se retira despacio,
arrancándole un último gemido.
—¿Estás bien? —pregunta mientras se
quita el condón y le hace un nudo.
Dakota está sin palabras. Su primer
orgasmo con contrario. La Gata Salvaje ronronea que ha sido milagroso. Hay
cánticos de pájaros divinos y coros celestiales en su cabeza. O endorfinas,
tanto da. Hay un paraje soleado lleno de felicidad. Se siente transportada a su
mundo feliz. Tan sobrepasada por sus terminaciones nerviosas y sus músculos y
su piel que teme hablar. Podría ponerse a brincar entre cervatillos, cantar
ópera, gritar por la ventana y hacer cabriolas desnuda, encaramada al edificio
más alto de la ciudad, así que ¿cómo explicarlo?
—Sí —contesta con cautela.
—Ha sido el peor —le suelta él metiendo
los dedos entre su cabello y acariciándole la cabeza.
—¿Qué?
—El primer polvo es el peor; a partir
de ahora serán cada vez mejores.
—Yo creo que ha sido increíble
—responde confundida, viendo cómo huye el último cervatillo de su mundo feliz.
—Yo también lo creo, Dakota. Cuando
conozcamos nuestros cuerpos sabremos darnos más placer. No quería ofenderte,
sino todo lo contrario. —Y sigue acariciándole la cabeza—. Eres increíble.
Nunca había sentido esto por nadie.
—Ah. Vale —suspira ella, feliz. El
universo está en orden.
* * *
El lunes llega a la dieciocho flotando
a dos centímetros de la moqueta y se encuentra con un ramo de rosas rojas y un
montón de miraditas cómplices.
La mañana se ha desenvuelto así:
08:00 a. m. Llega el mensajero con las
rosas. Mari Trini las recibe y se las entrega a Yolanda. Yolanda pide un jarrón
a Pati y las flores terminan sobre la mesa de Dakota.
08:30 a. m. Llega Dakota y ve la
sonrisita de Mari Trini primero, la mirada de Yolanda luego y las rosas en su
mesa por último.
09:02 a. m. Entra en el baño Mari Trini
y coincide con Vanessa:
—¿Has visto las flores de Dakota?
—Como para no verlas.
—¿Tú crees que se ha echado novio?
—¿Tenía tarjeta?
—No, solo orden de entrega. ¿Será ese
chico alto de los martes?
—Que no nos oiga Solanda, que se lo
casca.
Alguien tira de la cadena. Dakota sale.
Las chicas se quedan mudas, mirándose en el espejo. Dakota se lava las manos
con parsimonia. Se las seca con un papel. Encesta una bola en la papelera.
Sale.
Mari Trini y Vanessa solo se atreven a
mover los ojos frente al espejo, conteniendo la respiración con la boca
abierta. A los pocos segundos regresa Dakota y habla con el espejo.
—Ya podéis cerrar la boca.
Sale.
10:15 a. m. En su despacho, Yolanda y
Dakota.
—Yolanda, llévate esto a la sala de
juntas.
—¿Las rosas?
—Me están agobiando.
—Vale.
11:30 a. m. En la sala de reuniones, el
director financiero y la jefa de personal.
—Y ¿estas flores?
—Son de Dakota. Se las ha enviado un
admirador.
—¿A Dakota? ¿Nuestra Dakota?
—No hay más que una.
—No me lo creo.
—Me lo ha dicho Mari Trini.
Entra Dakota con tres copias del
catálogo de otoño y le da una a cada uno.
—Rosas rojas. Tallo largo. Dos docenas.
Me las han enviado mí. ¿Os parece que empecemos la reunión o queréis saber más?
Finanzas y personal cierran la boca.
13:45. En la cocina, los de informática
y mantenimiento.
—Tío, ¿sabes de quién son estos donuts?
—Ni idea. Y ¿las rosas?
—De Dakota.
—¿En serio?
—¿Qué? Está bastante buena.
—Ya, pero no es de esas.
—¿Seguro?
—Dakota no es de esas, tío.
Entra Dakota.
—¿No soy de cuáles?
—Hombre, Dakota. Tú por aquí.
—Jefa, ¿sabes de quién son los donuts?
—No, Art. Y como vuelva a verte
comiéndote mis galletas, te capo. Que lo sepas.
Cuando va por el pasillo oye las
carcajadas.
—Capullos.
14:00. En su despacho, Dakota llama a
Álex por teléfono.
—¿Álex?
—Ah, señorita Udaz.
—Ay, no me digas que estás liada.
—Lo siento. Estoy a punto de entrar en
el restaurante con unos clientes. —Se dirige en alto, a ellos: «Id pasando, voy
enseguida». Y a Dakota otra vez—: Dime. Tengo un minuto.
—Me ha enviado rosas al trabajo.
—Mieerda.
—Sip.
—¿Lo saben los de mantenimiento?
¿Ventas? ¿Personal?
—Hasta el último de ellos. Sí.
—Buf. Mira para otro lado. No se me
ocurre otra cosa mejor.
—Es espantoso.
—Lo sé. Dile a tu capullo que no se
mandan flores al curro.
—Pobrecito. ¿Verdad que es una monada?
—Ay, Dios. Estás enamorada.
—Hemos quedado a cenar.
—Por cierto, tengo a mis clientes
rugiendo de hambre. ¿Nos vemos el jueves?
—Lo intentaré.
—«Lo intentaré no me vale» —parafrasea
Álex a la Dire de Dakota—. Hasta el jueves.
—Adiós, petarda.
* * *
El martes, cuando Dakota aparece por la
dieciocho, la recepcionista rubia le susurra:
—Buenos días, Dakota. Tu visita lleva
veinte minutos esperando.
—¿Mi qué? ¡Oh! Gracias, Mari Cruz.
Se apresura hacia la sala de espera.
Nick está tecleando en su iPad. Se levanta, cortés.
—Perdona. Llego tardísimo.
—Tranquila. ¿Una mala noche?
Dakota se pone colorada.
—Eh..., vamos a mi despecho.
—¿Despecho?
—¿Cómo?
—Has dicho despecho.
—No. He dicho despacho.
—Vale.
Está enfadada. ¿A cuento de qué se ríe
de ella?
Se
empieza a tomar demasiadas confianzas, se queja Madre.
—¿Café? —pregunta Yolanda apareciendo
de la nada.
—Por favor.
—Buenos días —saluda a Nick.
—Buenos días —contesta él, muy educado.
—Dakota, Mister Woo en tu despacho.
—¿En mi despacho?
—Mujer, al teléfono. Por la dos.
—Dakota deja pasar a Nick a su despacho y se inclina hacia Yolanda para que él
no escuche su siguiente frase—. Ahora no. Capéalo.
—Vale. Os mando el café.
Nick se dirige hacia su sitio
acostumbrado con soltura. Al ver a Dakota tan seria apoyada contra la puerta de
cristal, que se ha cerrado en silencio a su espalda, empieza a levantarse con
una interrogación pintada en el rostro.
—Nick, tenemos que hablar.
—A eso he venido.
—Es decir..., es personal.
—Ah. Puedes sentarte. No voy a
morderte.
Ella no se acerca. Sigue seria.
—De eso quería hablar. Nos estamos
saliendo de madre.
—¿Perdón?
—Es decir, que me caes muy bien, y
estoy muy contenta con tus servicios...
—¿Pero?
Dakota está asustada. ¡Para el carro! ¡Alto! ¡Marcha atrás!,
grita Madre. Dakota respira hondo y continúa su discurso.
—Quiero que se quede así. No me
gustaría darte la impresión... No creo que debamos... ¿intimar?
—Ya.
—Esto es una relación profesional. Yo
siempre..., nunca...
—No pretendía que te sintieras
incómoda. Si en algún momento...
—No. Escucha, fue un error salir el
otro día. O sea, no es que lo pasara mal, qué va, lo pasé genial, bueno, genial
tampoco. No sé lo que digo.
Se detiene, coge aire y se pinza el
puente de la nariz. Él carraspea.
—Me voy a callar —termina Dakota,
abatida.
—Entiendo —dice él.
—Es decir...
—No, en serio. No hace falta.
—Vale.
—Vale.
Llaman a la puerta y entra Yolanda con
la bandeja de los cafés y un móvil en la oreja, hablando con alguien.
—Sí, un momentito. —Pone el móvil en
espera—. Dos cafés con leche sin azúcar. Y dos galletas de avena —susurra.
—Gracias.
Yolanda los mira de reojo. En lugar de
las bromas y risas habituales, ambos están en silencio, Dakota cerca de la
puerta y él en la ventana. Sale sin una palabra, la puerta se cierra despacio
detrás de Yolanda y ellos retoman su conversación.
—¿Podemos empezar? —pregunta él dolido.
Dakota se arrepiente de haberle cortado el rollo.
¿Era
necesario?, le reprocha Madre. Tú y
yo sabemos que sí. ¿Sí? ¿Por qué?
¿Qué le está pasando? No quiere darle
esperanzas a Nick. Es un buen tío. Tenían buen rollo, es gracioso y simpático.
Y
tu asesor financiero, insiste Madre.
—¿Dakota? —pregunta Nick.
—Perdona.
—¿Quieres que lo dejemos?
—¿Después de hacerte venir y tenerte
esperando?
—No pasa nada. Tengo mucho que hacer.
En realidad, tengo prisa. Y no creo que haya nada que no pueda enviarte por mail.
Se levanta. Dakota se siente fatal.
—¿No vas a tomarte el café?
—Ya me he tomado dos. —La mira con
tranquilidad. Le da el sol en los ojos y se llenan de reflejos dorados. Dakota
se da cuenta de que le ha herido. Y de que es muy guapo.
—Ah.
—Bueno. —Le tiende la mano y ella se
queda mirándolo. Están lejos, no solo físicamente. ¿Por qué se siente tan
triste de pronto?—. ¿Tienes miedo? —le pregunta él acercándose, y Dakota se
sobresalta y da un paso atrás.
—¿Qué?
—De los calambres.
—Ah..., sí. —No es cierto. Tiene miedo
de que se vaya y de haberle herido, y de perder la relación amistosa que
tenían. Preferiría no haber dicho nada. Le gustaría que le diera dos besos,
sujetándole los brazos a su estilo. No le apetece darle la mano como a un
desconocido. Ni que se vaya.
—Vale —dice él. Y para su espanto, se
acerca y le da un beso en la mejilla. Es el beso más tierno que le han dado
jamás. Y él huele estupendamente. Nick dice una última palabra, muy bajito—:
Adiós.
Ese adiós le da mala espina. Sale, y su
aroma queda en suspensión. El iPhone vibra. Le acaba de entrar un wasap de Eliseo.
«El sábado a las nueve te recojo en
casa. Te quiero.»
Ella le contesta.
«Y yo a ti. Gracias por las rosas.
Tuya, DKT.»
Es la primera vez que Eliseo dice las
palabras que importan. Me gustas no es lo mismo que «te quiero». El mundo ha
virado ciento ochenta grados. Dakota se pone a dar saltitos por el despacho,
feliz, buscando su móvil por todas partes hasta que se da cuenta de que lo
tiene en la mano, y envía un wasap a Fabulosas: «Espero jueves impaciente.
Novedades».
Al segundo, le contestan las dos Fabulosas. La respuesta de Álex: «Qué
nervioss!!». La de Vicky: «¿Estás bien, cielo?». Su respuesta: «Mejor que
nunca».
Desde la mesa de las visitas, las dos
tazas de café esperan, humeando aún.
* * *
El jueves, ni Álex ni Vicky llegan
tarde a la terraza de La Ofi.
—¿Lo habéis hecho?
—¿Hubo beso o no?
—¿Te gustó?
—¿Fue bien?
—¿Cómo es?
Vicky está excitada y Álex, impaciente.
Frente a una botella de vino blanco helado y unas olivas, la acosan sin que
pueda decir ni mu. Es ella quien llega la última.
—Sí.
—¿Sí?
—Que sí.
—Dakota, por Dios. Cuenta.
El repertorio gestual de sus amigas la
incita a narrar: están vueltas hacia ella, mostrando los dientes, los brazos
abiertos y las melenas al aire, y les relampaguea la mirada. Son dos manojitos
de nervios.
—Sí ¿qué?
—¿Habéis quedado otra vez?
—¿Lo hicisteis?
—¿Dónde fue?
—Me ha dicho que me quiere.
—¿En serio?
—Sí. —Dakota les enseña el wasap.
—¿Me estás diciendo que la primera vez
te lo ha dicho en un mensaje? —pregunta Álex incrédula, mirándolo. A Dakota no
se le había ocurrido—. ¿Y tan pronto? Que os habéis visto una vez.
—Lo importante es la intención, cielo.
Dakota se queda parada. Vicky cambia de
tema con entusiasmo.
—Bueno, y ¿qué pasó? Cuéntanos.
—Hubo de todo.
—¿En su casa o en el Torreón?
—En el Torreón.
—¿Cómo se lo tomó Miu-miú? —pregunta
Vicky.
—No digas chorradas —dice Álex—. ¿Cómo
se lo va a tomar? Es un gato.
—¿Qué? También tiene sentimientos.
—¿Os queréis callar? —se ríe Dakota.
Álex coge su copa y la levanta.
Brindan.
—Venga.
—Los detalles guarros. Desde el
principio.
—Nos vimos a la primera. Fue como una
peli a cámara lenta.
—Me va a dar un ataque.
—Me gustó. Le gusté.
—Por supuesto que le gustaste.
—Estabas espectacular.
—Y eres fabulosa.
—Charlamos. Fuimos a cenar.
—No seas tan rácana.
—Sí, danos más.
Dakota relata el encuentro, los ojos de
él queriendo comérsela al tiempo que se ceñía a su papel de caballero. Ella
pestañeando y todo lo demás. Le aplauden su actuación.
—Me llevó a un italiano superromántico.
—¿No te inflarías de pasta?
—Qué va. Compartimos la ensalada y un
tiramisú.
—¿No me digas? Qué romántico.
—Te lavaste los dientes —adivina Álex.
—Ya vimos el wasap.
—Qué más.
—Fuimos a tomar una copa al sitio ese
que me dijiste...
—Ah, sí, ¿Áticus? Es muy íntimo.
—Sí, muy romántico. —Se dirige a
Vicky—. Hay una especie de..., ¿sabes esas camas gigantes? Muy ibicenco. En
plan chill out,solo que en la azotea
de un hotel.
—Qué maravilla —se emociona Vicky.
—Quedé genial. Él no lo conocía.
—Continúa.
—Nos pusimos como motos, claro.
—¿Probasteis el mojito?
—Por supuesto. Los mojitos.
—¿Te llevó a casa?
—Sí...
—¿Y...?
—Sin darme cuenta estábamos besándonos
apoyados en el coche...
—¡Madre mía!
—... y le invitaste a subir.
Dakota se pone colorada.
—Dakota... No te reconozco, cielo.
Bebes, invitas a un hombre a tu casa...
—Ya lo sé, pero parecía tan natural.
El dedo de Dakota dibuja un corazón con
unas gotas que han caído sobre la mesa.
—Bueno..., ¿cómo estuvo?
—Pues... fue...
—¿Fue...?
—¿Pero...?
—Sin peros. Estuvo bien.
—¿Así que hubo feeling?
—Del todo.
De repente se da cuenta de cuánto le
cuesta hablar de él. Lo siente demasiado íntimo.
—Me estás poniendo de los nervios.
—Es que hacía mucho que...
—¿Qué?
—Ay, Vicky... Que hacía mucho... que
no...
—... montabas en bicicleta.
—Eso ya lo sabemos..., ¿y...?
—Qué queréis. No voy a dar detalles.
—No tienes que hacerlo, cielo.
—Solo contesta una pregunta, ¿vale?
—Depende.
—¿De cero a diez...?
—¿Ocho? No sé. No tengo con qué
comparar.
—No está mal, pero esto mejora con la
práctica, te lo aseguro.
A Dakota le da un escalofrío.
—Es lo mismo que me dijo él.
—Y ¿qué pasó con las flores?
—Se ha enterado toda la empresa. Ando
de boca en boca.
—Lo tienes en el bote. —Vicky está
emocionada.
Vicky
siempre está convencida de que todo va a salir bien.
—Recuerda ir con tiento.
—Lo de las flores fue una cagada.
—Si te dice que quedéis ya, imposible.
—Me gusta mucho —se defiende Dakota.
—¿Qué te parece? —Vicky mira a Álex,
que tuerce la boca mostrando un colmillo.
—No hagas eso —la recrimina Dakota—. Te
pones feísima.
—¿A que sí? —ríe ella—. Tendrías que
hacerle sufrir.
—Estoy de acuerdo —corrobora Vicky
apoyando el índice sobre la mesa—. Que sufra.
—Hasta que no pasen, digamos..., cinco
días no vuelvas a verlo. —Álex borra con un gesto cualquier posibilidad.
—Pero...
—Acuérdate de que el domingo tenemos
tenis —le advierte Álex.
—Nunca te dejaría tirada.
—Nunca digas nunca.
—Pues he quedado el sábado con él, a
cenar.
—Dakota.
—Vaya por Dios.
—Os lo estaba intentando decir.
—En la primera cita... y en la
segunda... —suelta Vicky soñadora—. Qué fiera.
Las tres hacen chinchín con sus copas.
—Qué se le va a hacer. Te ha dado
fuerte.
—Por el futuro —brinda Vicky.
—Por el amor verdadero —dice Álex.
—Por el sexo, tonta —se ríe Dakota.
* * *
Dakota llama a su madre desde el
despacho.
—Nunca me llamas —se queja Chelito.
—Lo estoy haciendo.
—¿Vienes o no? —pregunta su madre tras
exhalar una bocanada de humo.
—¿Estás fumando?
—¿Tengo que decirte que seas puntual?
A Dakota le entra el pánico. ¿Notará
Chelito que tiene un amante? ¿Lo leerá en su cara? ¿En la forma de andar, de
sentarse? Una mitad de Dakota está invadida por el terror; la otra mitad,
anegada en adrenalina. En el fondo desearía que, de alguna manera que no
implicase palabras, lo supiera. Por ósmosis, por ejemplo. No quiere contárselo.
¿Cómo se lo dirá? ¿«Tengo un amante»?Sería más exacto decir que se ha
enamorado. Las cartas de Vicky decían la verdad, al fin y al cabo.
Sospecha que haber perdido tres kilos,
abrigar mariposas en el estómago y flotar por encima de los tacones está
relacionado con el hecho de que pensar en un nombre masculino le erice el vello
de la nuca. Así debían de sentirse los perros de Pavlov.
Llega a casa de su madre a las dos
menos cinco, acarreando varias bolsas de la compra. Su madre la sigue a la
cocina. Dakota enciende la luz, saca una botella y la planta en la encimera.
—Martini.
—Esa no es mi marca favorita.
La frente de Chelito no es capaz de
reflejar preocupación, ni ninguna otra emoción, porque cuando comienza a
mostrarlos corre a inyectarse Botox. Coge la botella y frunce los labios. Tiene
un cigarrillo. Dakota guarda la compra.
—¿Cuándo vas a dejar de fumar?
—No digas tonterías.
La madre se roza el moño con la punta
de los dedos. No hay un mechón fuera de sitio, su caracola parece el tocado de
una geisha, solo que en rubio
platino. Dakota mira su Martini con impertinencia.
—Ya estabas tardando.
—Si son las dos en punto.
Chelito se repasa el collar de perlas
falsas con los dedos. Se apoya en la encimera con su cigarrillo echando volutas
azules. Es alta y elegante, tiesa como un palo e igual de flaca, excepto los
pechos. La operación de pechos es otro tema tabú. Se la pagó Dakota, aunque ya
frisaba los cincuenta. Oficialmente, fue un quiste sebáceo. A Dakota la
enterneció que su madre se pusiera pecho a su edad, tanto como que le diese
pudor admitirlo.
—¿Qué sabes de Gaby?
—¿Dime? —Dakota coge una tarrina de
helado que ha traído y se queda mirándolo.
—Por Dios, niña. ¿Qué te pasa? Estás
ida. —Le arrebata la tarrina y la guarda en el congelador. La ceniza cae al
suelo—. Se va a derretir.
Dakota se concentra en la nevera.
Coloca el fiambre en el cajón vacío, la verdura, la carne.
—Podemos hacer esos filetes y unas
alcachofas salteadas.
—Estoy saliendo con alguien, mamá.
—Creo que tengo jamón en tacos.
Ya sea su Madre interior, o Ama, a una
de las dos se le ha escapado. A Dakota nada «se le escapa». No suele padecer de
incontinencia verbal. Ha sido Madre, y se ha pasado. No la ha visto venir.
Desearía que Chelito la viese triunfar en un campo que no fuera el profesional.
Chelito, con el pitillo entre los labios, coge un filete con dos dedos y la
mira de hito en hito. Echa el filete en la sartén. Apaga el cigarro y se toca
un párpado. Le ha entrado humo en el ojo.
—¿Te vas a casar? No me digas que a
estas alturas tengo que pensar en el segundo plato del banquete, porque me da
un telele.
—Ay, mamá.
—Claro, para ti es muy fácil disparar a
la boca del jarro...
—A bocajarro —la corrige tras
alcanzarle el bote de alcachofas.
—... y largarte corriendo a meter la
cabeza bajo tierra en plan avestruz. —Abre el paquete de jamón en tacos y se lo
pone cerca a su hija—. Y Chelito a apechugar.
—No-me-voy-a-casar. Solo estoy saliendo
con alguien. —Echa unos ajos en la sartén.
—Bonita palabra, «saliendo».
—¿Puedes encender este fuego? ¿Cuándo
te comprarás una vitrocerámica decente? —La cocina es de gas butano.
—Quita. ¿Alguien? Con un hombre,
espero.
—Mamá.
Toca criticar a las amigas. Dakota
conoce a su madre como si la hubiera parido. En cambio, ella, que la parió, no
la conoce en absoluto. Chelito se acaricia un pendiente de perla, tan gordo que
el lóbulo de sus orejas se bambolea, y da la vuelta al filete con naturalidad.
—La hija de Anita es rarita.
—No es rarita, es gay.
—En mis tiempos se decía rarita. Y no
pasaban estas cosas.
—A mí me parece que todavía estás viva,
así que, en teoría, siguen siendo tus tiempos. Y sí pasaba, solo que nadie lo
aireaba.
—Alabado sea Dios.
Haberle mencionado a Eliseo ha sido
prematuro.
D-A-K-O-T-A,
¡Dakota!, deletrea y grita Ama a pleno pulmón, vestida de animadora,
mientras zarandea unos pompones rojo y plata con entusiasmo. Ahora sí que Madre
está en un rincón.
—Pensé que a lo mejor te alegrarías.
—Así que es un hombre. —Enciende la
campana. Hace un ruido infernal. Dakota supone que lo hace aposta—. Alabado sea
Dios.
Dakota se ve obligada a subir el tono
de voz.
—La espumadera —le chilla.
—No querrás que te deje mis joyas en
vida... —grita su madre por encima del ruido de la campana extractora.
—¿A qué viene eso? —Dakota le alcanza
un tenedor largo para dar la vuelta a los filetes. Están hombro con hombro
delante del fogón, sin tocarse, cada una a lo suyo, gritando para hacerse oír.
—Te echas novio sin avisar... Si te
casas, querrás lucir los rubíes de la abuela. Esto ya está de sobra —dice
retirando un filete de la plancha y poniendo el otro.
Dakota suspira. Hace años que Chelito y
ella no tienen nada de lo que hablar, y tal vez introducir el tema «hombres»
sirva para dar impulso a su relación. Hablar de los rubíes, eso sí que no. Si
hereda las joyas, las donará a cualquier organización. Aunque no se imagina a
las huerfanitas luciendo los rubíes de la abuela; mejor los vende y les dona
cualquier cosa más útil. Por ejemplo, dinero. Coge un frasco de cristal y se lo
muestra a su madre.
—Te aviso que he traído ensalada de
pimientos.
—Detesto los pimientos —contesta
Chelito con cara de asco.
—Ya lo sé. Son para mí.
—No me gusta cómo huelen. Procura no
echarme el aliento. Y lava bien el plato.
La relación madre-hija hace años que
está empantanada. En qué pantano y a cuánta profundidad, Dakota lo ignora.
Están de barro hasta las cejas. Y no es un barro purificante.
—La semana que viene marcho a Santander
—dice de pronto Chelito sacando el segundo filete y apagando la campana.
—¿Te vas sola?
—No, con la vecina. Pues claro que voy
sola. Voy a ver a tu tío. Saca las alcachofas y tráete la jarra.
Se sientan a comer. Mastican los
filetes en silencio. Están duros y saben a desencuentro y a reproche. Dakota
busca temas.
—Estos filetes están demasiado hechos
—dice Chelito.
—Menos mal que no los he hecho yo.
—Me has distraído.
—Y ¿Rosamari?
Aunque le lleva solo un año, Chelito
considera a Marcial su hermano pequeño y lo protege como a tal. Chasquea la
lengua. La mira de lado y a Dakota por un momento le recuerda a una gallina.
Calibra si merece la pena responder, o si es una pregunta capciosa.
Dakota da vueltas al filete dentro de
la boca. Se le está haciendo bola.
—¿Te conté que le habían operado de la
fístula?
—¿Al tío? No me acordaba. —Se quita el
bocado con disimulo y lo deja en el plato.
—No me hago responsable de tu memoria.
Bastante tuve con parirte.
«Bastante tuve con parirte» significa
que la maternidad no deseada fue responsabilidad de Dakota, a quien se le
ocurrió venir desde el limbo e instalarse en su útero. Que Chelito tuviese
relaciones íntimas con su marido sin tomar cautelas de ninguna clase no tiene
nada que ver. Dakota recoge los platos y los friega. Su madre la sigue a la
cocina y enciende otro cigarrillo, observando a su hija.
—Rosamari no sabe ni freír un huevo; si
no les organizo, no se apañan.
—No debe de ser tan inútil. Es
enfermera.
—Fue.
Dakota se seca las manos y guarda las
alcachofas sobrantes en la nevera. Huele a pescado.
—¿Congelo la merluza? Se te va a pasar.
—La fístula era bastante profunda, así
que cada vez que el pobre iba al baño...
—No creas que me apasionan los
detalles.
—No te hagas la graciosa, que no te
pega. Se me hace tarde, supongo que tomarás precauciones en la cama, Dakota.
Ahí están. Los famosos dardos
envenenados de mamá. Seis o siete palabras puestas en determinado orden,
aparentemente sin importancia, que deja caer hacia el final de sus
conversaciones. Los dardos envenenados se clavan en su ánimo y dejan la punta
dentro, esparciendo su veneno hasta muchas horas más tarde. El eco del veneno
dura hasta la siguiente comida, por lo general.
—Mamá.
—No tengo por qué volver a tener esta
charla de los pajaritos y las flores contigo. Tienes cerca de cuarenta.
Y
tú cerca de setenta, se contiene Dakota. Se ha tomado bastante bien el tema
de su novio. A su manera lo ha aprobado. La primavera está eufórica y con ella,
Dakota.
* * *
Eliseo recoge a Dakota en el Torreón a
la hora acordada. Trae un bouquet y
le sugiere que se lo prenda en el escote. Su Educación Maternal de Corte
Clásico asiente, aunque Dakota piensa: Ni
de coña. Lo saca de su cajita transparente y considera su tamaño. Una
orquídea de verano, de aspecto frágil, discreta y elegante. Menos mal que es
pequeña.
—Qué bonita.
Se la coloca en el pelo con un par de
horquillas, junto a la oreja. Se mira en el espejo de la entrada con
coquetería. Él se pone detrás y la coge por la cintura.
—¿Qué tal?
—Espléndida.
La besa en el cuello y ella se sonroja.
Hacen una pareja perfecta. Él está guapísimo.
La
cosa va bien, cuchichea Ama cuando bajan, y se acomoda en el coche de él
dispuesta a disfrutar.
Se
ríe poco y no sabes nada de él, protesta Madre.
Es
irresistible, viste bien y es inteligente, responde Ama.
Demasiado
serio.
Caballeroso.
¿Qué
sabes de su familia?, ataca Madre.
Te
quiere, se defiende Ama.
¿Y
si se dedica a conquistar a mujeres por su dinero?
Siempre
te invita.
No
sabes si lo que te cuenta es cierto, intenta razonar Madre.
No
tienes por qué desconfiar.
Puede
ser una sarta de patrañas.
Es
un caballero.
Puede
ser un asesino en serie... Puede...
¡Basta!
Me voy a divertir, zanja Dakota.
Él le abre la puerta del coche. Pone el
contacto y suena Madama Butterfly.
—No es Maria Callas, ¿verdad? —comenta
Dakota.
Eliseo sonríe mostrando su paleta rota.
Le da un aspecto travieso y juvenil. Y sus dientes son muy blancos.
—Son Mirella Freni y Teresa Berganza,
creo que en el 87, con la orquesta Philharmonia. Me encanta Carreras, ¿a ti no?
Y qué biografía apasionante, ¿has leído su biografía?
—No.
—Yo tampoco —confiesa él—. No me gusta
leer, prefiero la música. —Sube el volumen y ambos callan disfrutando de las
voces. Al cabo de unos minutos, él habla—: Mi aria favorita y una de las más
famosas, «Ieri son salita... Io seguo il mio cammino...» Ella se ha convertido
a su religión por amor..., escucha.
La cena es bastante rara. Lo normal
sería comerse lo que uno ha pedido, pero ella no está dispuesta a dejar de
bucear en su mirada. Él mastica su cena, paga por un desfile de comida que
Dakota ha sido incapaz de probar, sugiere ir a tomar una copa.
Qué
necesitadas estamos, se queja su libido, la Gata Salvaje estirándose
perezosa tras el letargo. La copa se le hace eterna.
—¿Te apetece venir a casa? —propone él.
Le parece que está nervioso.
—Me encantaría.
Va a conocer su guarida. Se muere de
curiosidad. Recuerda que él le ha contado que es un desastre y que la casa no
es hogareña. Que ni siquiera come en ella. Muy en el fondo, Madre se echa a
temblar. ¿Habrá cucarachas? ¿Calzoncillos colgados de los picaportes?
Vive en el centro. Aparcan en su
garaje. La ayuda a salir del coche y enlaza su cintura guiándola hasta el
ascensor. Suben a pie, un solo piso.
Su apartamento es el prototipo del piso
de soltero. Nada más abrir la puerta se niega a escuchar a Ama, que se dedica a
hacer un ruidito como de un avión que entra en barrena. Y Madre está asustada
en su rincón.
—Adelante. Disculpa el desorden. No
esperaba visita.
—No te preocupes.
Un recibidor pelado con una mesita coja
atestada de correo sin abrir. Una bombilla que no es de bajo consumo cuelga del
techo. Las paredes piden pintura. Un pasillo, dos puertas. Avanzan. Eliseo
señala la primera puerta.
—La cocina. No la frecuento mucho.
No entran. A primera vista parece un
lugar desierto.
—Este es el baño.
Es minúsculo. Al fondo está el cuarto
de estar. El único cuarto de estar, salón y comedor, tres en uno. Pasando por
este, una última puerta corredera, cerrada: la promesa del dormitorio.
—Los muebles son de la casa, excepto la
tele y el ordenador. Pasa. Enseguida estoy contigo.
Él entra en el baño. Dakota permanece
de pie en medio del salón, agarrada a su bolso. Un sofá de dos plazas cubierto
por una colcha de flores arrugada, naranjas en su día. El anacronismo de una
tele extraplana gigante, un pequeño equipo reproductor de cedés y un ordenador
ultramoderno sobre un sencillo despacho de Ikea. Sobre la mesa se amontonan
papeles y, en una esquina, un vaso vacío. Ni un libro. Una estantería con
puertas de cristal ocupa toda la pared. No necesita comprobar de qué son los
cedés. Se asoma a la ventana. Un patio interior con ropa tendida. Ni una foto,
un adorno, nada personal. Suena la cisterna. Eliseo entra en la estancia y la
mira.
—Bueno.
Ella sonríe como un pasmarote. Él se
dirige hacia las puertas correderas.
—Tachán.
Descubre el dormitorio, baja la
persiana, enciende una vela, se quita los zapatos y da dos palmaditas en el
colchón. La Gata Salvaje parece cohibida.
—¿Puedo pasar al baño?
—Oh, por supuesto. Qué torpe soy.
Dakota entra en el baño. Los azulejos
de la pared están empezando a desprenderse. En las juntas crece moho negro. El
váter no tiene tapa y la cadena cuelga del techo. Siente las primeras notas de
la ópera.
Se
pone pesadito con la música, murmura Madre. Al menos está creando ambiente, dice laGata Salvaje levantando las
orejitas.
Dakota se mira en la mitad sana del
espejo y se infunde ánimos. Estás
fabulosa, la anima Ama.
Regresa al dormitorio seguida de lejos
por una asustada Gata Salvaje.
La
casa es un desastre, susurra Madre. Qué
tierno, ¿verdad?,contesta Dakota.
Además, la casa es temporal. Y ahora vamos a portarnos como señoritas.
Eliseo está tarareando el aria, tumbado
sobre la cama con los brazos en la nuca. Dakota traga saliva. Le abre el embozo
de la cama, que ocupa el ancho del dormitorio excepto por la mesilla. El
cabecero es pulcro, con barrotes de latón. Ella se sienta al borde y empieza a
quitarse un zapato.
—Déjatelos puestos —susurra a su
espalda.
Él se ha puesto detrás, de rodillas
sobre la cama. La abraza y le retira el flequillo de la cara. Lleva un
calzoncillo Calvin Klein que le marca el paquete. Le besa el cuello, le
acaricia un hombro. Sus manos avanzan hasta la cremallera y se la baja, besándola
en la apertura y descubriendo su piel.
—Ponte de pie.
Deja caer el vestido. Se va a arrugar.
Le parece que no es apropiado ponerse quisquillosa en este momento.
No
pienses en eso. Relájate, cuchichea la Gata Salvaje, a quien le cuesta
comportarse tras llevar tantos años de hibernación. Y pensar que te habíamos dado por muerta, critica Madre. Ya ves, la desafían la Gata Salvaje y
Ama al unísono. Vivita y coleando.
Eliseo la toma de los hombros y la
atrae hacia sí. Desde debajo del eslip sube un reguero de pelo que muere en el
ombligo, bastante sexi. Él admira su conjunto de seda roja.
—Este conjunto me suena.
—Me lo puse la primera vez...
—Yo te compraré cositas. Me encanta ir
de tiendas.
La Gata Salvaje empieza a sacar las
uñas, y su pelaje resplandece. Por su parte, Ama se ha puesto el bikini de
lentejuelas rojo y plata de una equilibrista de circo.
Dakota gira la cabeza y él la
contempla.
—Eres tan bonita...
La atrae y ella se deja hacer. Le
sorprende la limpieza de las sábanas. Y huelen bien.
—También te compraré zapatos. —La besa
y ella se marea de la emoción—. Me encantan los tacones.
Se pregunta por qué a los hombres les
gusta tanto comprar lencería. Intenta quitarse los zapatos. Él se lo impide
sujetándole los brazos por encima de la cabeza.
—No.
Se
van a poner las sábanas perdidas.
—Qué piel tan perfecta... y me encantan
tus tacones.
Busca entre los barrotes del cabecero y
saca dos cordones blandos. Ella debe de poner cara de susto, porque la
tranquiliza.
—Confía en mí.
La mira. Ella recuerda su sueño y
asiente. Le confiaría su vida ahora mismo. La ata sin hacerle daño. Ama y la
Gata Salvaje están dando botes como locas por toda su cabeza.
—Ah, cómo te deseo, Dakota. Eres un
premio de mujer.
La besa. Le acaricia un hombro en
redondo dejando besos en cada trozo de piel, insinuando piropos. Ella deja
escapar un gemido y se estremece. Sus labios inspeccionan su cuello y ella
siente mil escalofríos. Baja a la clavícula, la repasa con los labios,
introduce la lengua en el punto de unión de ambas clavículas, continúa hacia la
axila, la recorre con los labios, la muerde flojito y sigue bajando,
pellizcando su piel apenas con los labios. El deseo inunda a Dakota. Él ha
llegado a sus pechos. Los amasa, los mira.
—Qué bonitos..., parecen montes
coronados por rosas, y qué color tan lindo...
Observa cómo se endurecen. Los besa,
tira de ellos con los labios arrancándole un gemido.
Baja. Muy despacio la va recorriendo;
llega hasta su ombligo, besa sus muslos, lame sus rodillas, acaricia sus pies
musitando palabras dulces. Dakota siente su sensualidad y se entrega a ella.
—Eres mía.
Él lame su empeine, acaricia los
zapatos deteniéndose en ellos y susurrando cuánto le gustan. A ella se le
escapa un gemido. No le importaría que los chupara, que los tocase, lo que
fuera. Y eso que detesta que le toquen los pies. Con la yema de los dedos
recorre de nuevo sus piernas hacia arriba, hasta las rodillas, seguido por
besos minúsculos; saca la punta de la lengua de vez en cuando, provocándole
escalofríos. Al llegar al pubis lo esquiva. Ella lo eleva, ansiosa.
—Hay tiempo..., tranquila.
Coloca la palma caliente sobre su
pubis, bajándolo despacio, y ella le ofrece otro gemido. Se vuelve y abre la
mesilla. Saca un pañuelo. Le venda los ojos.
—Confía en mí, nena.
Madre
mía, piensa Dakota. En el disco, Butterfly y Pinkerton tienen su primera
noche de amor. Eliseo la deja unos segundos en suspenso. Eso le inquieta. No
puede ver nada.
Un beso en la cadera, un escalofrío. Se
retira. Nota cómo se endurecen sus pezones y su entrepierna se humedece. Su
lengua en el pezón derecho. Un escalofrío. En el izquierdo. Los tiene muy
sensibles. Sus pechos se bambolean, inconsistentes. Al contacto fresco de su
lengua se yerguen, señalando cada uno a un punto cardinal.
—Son preciosos... Y ahora, abre la
boca.
Dakota obedece. Siente la tersura de su
glande rozándole los labios. Intenta atraparlo, pero se escabulle. Juega con
ella. Por fin se detiene y se la introduce despacio. Dakota abre la boca, sus
labios acompasados a las manos de él, que le dirige la cabeza para controlar
sus movimientos de forma muy erótica, sujetándole la nuca. Ella chupa y se
excita, moviendo la cabeza, pero él la frena.
—Despacio, no quiero correrme aún.
Sale de su boca y le pasea el capullo
por los labios, la nariz, los ojos vendados, la frente. Ella jadea, deseando
que la tome. Eliseo repta besándola y acariciándola, pellizcando sus pezones,
rozando su contorno, musitando palabras de admiración, hasta colocarse sobre su
vientre, con la verga hinchada, el armazón de su cuerpo extendido sobre el más
pequeño de ella, tembloroso.
—¿Quieres más?
—Sí..., sí...
Ella nota su erección a la altura
deseada. No hace propósito de poseerla aún. Se entretiene en sus flancos,
silueteando su figura, midiéndola. Dakota exhala. Se tensan los músculos de sus
brazos y sus paredes internas vibran y se contraen bajo el peso del deseo. Él
le retira el pañuelo.
—Mírame, Dakota. Tienes unos ojos
increíbles, enséñamelos.
Gabriel nunca la poseyó así, ni
siquiera al principio. La primera vez que lo hicieron, de novios, a ella le
dolió. Él sangró también. La delicada piel de su glande se había estirado
demasiado y el frenillo se rasgó. Estaba más preocupado por su aparato que por
el himen de Dakota. Él resultó ser virgen también. Estuvo tres días escocida.
Eliseo la mira. Sus iris son
infrecuentes, azules con rayitas verdes entremezcladas. Chispean.
—Así..., quiero ver tu mirada.
Estos prolegómenos la han excitado.
Esto no lo había vivido nunca con Gabriel ni con nadie más. Está impaciente por
recibirlo. Anhelante, sobrepasada por las sensaciones, lo ve hacerse a un lado,
llevarse dos dedos a la boca y chuparlos recreándose sin perder el contacto
ocular.
¡Miau!,
suelta la Gata Salvaje, y Dakota está de acuerdo.
Sus ojos, azul oscuro por efecto de la
luz, son hipnóticos, casi negros, con las pupilas tan abiertas... Eliseo baja
la mano hasta su sexo; espera un segundo antes de tocarla.
—¿Me permite, señora?
Ella asiente, muda. Casi se atraganta
cuando le introduce la primera falange unos centímetros, haciéndole dar un
respingo. No los hunde, sino que los pasea alrededor de la entrada. Entierra
las puntas de los dedos y su interior se contrae y se dilata, buscándolo. Gime,
jadea y se queja. Parece una niña llorando.
—Estás empapada... Cómo me gusta.
Quieta...
Eliseo introduce un poco más los dedos
en ella y su cuerpo se tensa con un calambre. A continuación los retira y se
los ofrece. Dakota entreabre los labios y se los mete en la boca. Obediente,
los chupa. La percepción de su propio y delicado sabor le resulta muy erótica.
—Suéltame, necesito tocarme —farfulla
retorciéndose.
—Sus deseos son órdenes. Pero no te
lances. Despacio.
—Vale.
Deshace las ataduras y Dakota le
acaricia el pecho, ancho y con un poco de vello. Él retira a un lado su culotte, mirándola, y ella cierra los
ojos, baja las manos hasta sus muslos, le acaricia el culo y lo encuentra
delicioso, compacto.
—Ábrelos, Dakota.
No sabe si se refiere a los ojos o los
muslos, así que abre ambos. Con un tirón, Eliseo rompe su delicada prenda y le
hace dar un respingo. El pulso se le acelera. Baja la mirada. Se le escapa una
exclamación al verlo empalmado.
—Estás empapada.
Ella roza su falo brillante y lo siente
rebotar, lleno de sensibilidad, contra su piel. Es distinto al de Gabriel, más
largo y con otra calidad al tacto. Lo encuentra muy erótico, con el capullo
violeta asomando en su lecho rosa. Entiende por qué lo llaman capullo.
—¿Te gusta?
—Mucho. Parece una flor.
—Es para ti.
Dakota rodea su tronco viril, sintiendo
su dureza. La recorren sensaciones que no tienen nada que ver con las que
sentía con Gabriel. Las identifica: son nada menos que deseo en estado puro.
Mueve la mano sintiéndolo. Se hincha bajo su presión.
—Ven aquí...
Escapa de su caricia. Él se retira. Se
quita los calzoncillos y coge un objeto del cajón de la mesilla. De espaldas
hace algunos movimientos, el sonido plastificado del papel al rasgarse. La
espera es dolorosa. Desea que entre en ella para calmar su deseo.
Ama y la Gata Salvaje se jalean la una
a la otra. ¡Uh, uh, uh, uh!,
canturrean.
Eliseo se coloca en la entrada y atrapa
su cara con las palmas, apoyado sobre su pecho, deliciosamente aplastado bajo
su cuerpo. Está excitadísima, dispuesta para recibirlo.
—Siénteme, Dakota. Te voy a follar.
Ella gime. Está más que lista.
—Tócate si te apetece.
Él echa la pelvis hacia atrás, se
coloca en la entrada, se toma un par de segundos y entra mirándola, con la boca
abierta sobre la suya, sin besarla, exhalando breves golpes de aire. Llega
hasta el final y sale de nuevo muy despacio. Se demora en el camino, llevándola
a su Mundo Feliz; Dakota, con la boca abierta, no puede articular sonido.
De repente sale y espera unos segundos,
aguantando. Apenas roza su botón, el deseo empieza a ser intolerable. Dakota
arquea la cintura y eleva las caderas, sintiendo su sexo desgajado del resto
del cuerpo. Está ardiendo, su voluntad perdida; solo desea esto. Sujeta su
miembro para guiarlo, arrancándole un jadeo. Lo sitúa en el punto de acceso.
Está a punto de entrar, apenas tocándola, sin moverse un ápice.
—Más..., por favor. —Él le sujeta la
cara, los labios abiertos de deseo.
—Pídemelo. Di mi nombre.
—Por favor..., Eliseo..., más... Por
favor...
Se inclina y recorre con la lengua su
axila, sube a su hombro y le muerde el cuello, la oreja; a Dakota le dan
escalofríos. Luego vuelve a colocarse en posición y aguarda un par de segundos
mirándola. Ella jadea, desesperada.
—Vamos..., Eliseo..., dámela.
Abre la boca y parpadea despacio, loca
de deseo, y él entra lentamente, mirándola, uniendo sus bocas al mismo tiempo;
con la lengua recorre sus dientes y sus encías, explora hasta el último rincón
al tiempo que la inunda. Ella palpa la entrada, siente el tronco resbalar por
su sexo, dentro y fuera.
—Suplica —susurra él entre besos.
—Dame más... Eliseo...
—Pídeme que te folle, Dakota. —Ella
duda un instante perdida entre la timidez y el deseo.
Con Gabriel no hablaba, a él no le
gustaba hablar; hacía un par de preguntas, siempre las mismas. Llegaba con el
pijama al salón, donde ella estaba a punto de ver una película, le preguntaba
«si le apetecía subir» y si no tenía la regla, se ponía el camisón transparente
y unas braguitas de color ácido regalo de él y, a oscuras, besándose hasta que
se le entumecían los labios (más tarde aprendió a ofrecerle el cuello), se
resignaba a ser poseída. Ella ya estaba en la película que iba a empezar, de la
que se perdería los primeros diez minutos. Gabriel era bastante considerado; le
preguntaba si gozaba, o le pedía que se diera la vuelta a cuatro patas y con
cinco empujones contados se corría. La ceremonia duraba entre seis y ocho
minutos, y ella no llegó nunca al orgasmo. Lo alcanzaba a veces, cuando él se
iba a duchar y ella se retiraba al salón a ver la película y a masturbarse bajo
la manta.
Por primera vez pronuncia esta palabra.
—Fóllame.
Él le mete la lengua en la oreja y
aparea sus movimientos, como si la penetrara por duplicado. Poco a poco, entre
las sacudidas de su pelvis y la lengua, va llegando al éxtasis en hormigueos
cada vez más urgentes. Grita, y alcanza su primer orgasmo de la noche con este
hombre al que desea intensamente.
—Quiero oírte. Grita.
—Oh —gime ella.
—Eso es. Dámelo.
—Sí, sí...
—Dakota.
—Eliseo...
—Eres mía. Dilo.
—Soy...
—Dilo.
—... tuya. —Y el grito de placer.
Él se queda inmóvil, latiendo dentro de
ella. Lentamente, se restablece su respiración. Él todavía no se ha corrido.
En cuanto se serena, ella lo coge por
las caderas y comienza a moverse con él en su cavidad, aprovechando su
erección. Casi de inmediato se sitúa al borde de otro orgasmo. El sexo de
Eliseo se hincha de nuevo al máximo. Ella cierra los ojos, crispada. Eliseo le
coge la cara con ambas manos mientras la posee. Le habla sobre su boca abierta.
—Abre los ojos, Dakota. Y di mi nombre.
—Eliseo...
—Eso es, vamos, Dakota. Pídemelo.
—Dámelo..., te deseo. —Y aquí se
detiene.
No puede decir su nombre o romperá el
encanto. A Gabriel no llegó a decirle nunca estas palabras. Él está a punto de
llegar a la cima. Sus músculos se tensan, en especial los muslos, como fibra de
acero. Su rostro se contrae y por un instante parece sufrir un dolor
insoportable.
—Lo haces muy bien..., me toca
—susurra.
Está al borde del precipicio. Dakota se
excita más.
—Estoy a punto de correrme dentro de
ti, Dakota... Dámelo, dame otro. Córrete conmigo.
—Yo..., yo...
Y alcanza el éxtasis. Gime, grita su
nombre. Se toca mientras él entra y sale deprisa, jadeando, subiendo. El
orgasmo de Dakota es más largo que el anterior. Él aumenta el ritmo hasta que
ella casi ha terminado. Su hermoso rostro descompuesto, con los dientes
apretados y los ojos cerrados con fuerza, provoca en ella una nueva oleada.
—Así, preciosa... Me estoy corriendo
dentro de ti.
Al terminar permanece unos instantes
sobre su pecho para recuperar el aliento. Sale despacio, deposita un beso en su
nariz y se da la vuelta. Sentado sobre la cama se quita el condón. Le hace un
nudo y lo deja caer al suelo y se echa a su lado.
Ella está exhausta. ¿Cuántas veces se
ha corrido? Ha perdido la cuenta. Ama y la Gata Salvaje bailan la danza de los
siete velos, y ya se los han quitado todos.
—Me estoy enamorando de ti, Dakota.
—Oh —suspira ella. Y él la besa.
Se deja caer y al momento se duerme.
Tiene una respiración fuerte. Ella se levanta con cuidado de no molestarlo y va
al baño. Regresa, se quita los tacones, deja el vestido sobre una silla y se
acurruca en su pecho.
El
domingo por la mañana, Álex y Dakota juegan un partido de tenis en el club.
Ambas tienen el mismo nivel, aunque esta vez Dakota está desconocida.
—Juego, set y partido. —Álex se acerca
a darle la mano como buena perdedora—. Has estado fabulosa. ¿Qué cenaste ayer?
—Gracias —contesta Dakota—. Luego te
cuento.
—¿En serio? Qué tía.
Se marchan a las duchas. Después van a
La Ofi. Las pistas de tenis no están lejos de su barrio.
—¿Sobre Eloíso?
—Eliseo.
—No me lo aprendo. Entonces, ¿qué?,
¿sois novios? ¿Estás contenta? ¿Mucho sexo?
—Te quedas corta.
—Pues luz verde. ¿Qué puedo decir?
—Pareces mi madre. ¿Así que me das
permiso?
—Solo te digo una cosa: precaución.
Tienes el corazón desarmado.
—Ya lo sé. Pero tú no lo conoces.
Dakota mira el reloj.
—Espera. Vicky estará a punto de
embarcar. Voy a llamarla.
Su amiga contesta al primer tono.
—¿Dakota?
—Hola, Vicky.
—Estoy cerrando el vuelo —susurra ella.
—Solo quería decirte que ayer lo pasé
genial. Me llevó a su piso.
—Dale un beso de mi parte —interviene
Álex. Dakota le hace gestos para que se calle.
—Vaya, esto va rápido. Dakota...,
oye...
—Dime.
—No te creas todo lo que oigas.
—No seas agorera.
—Te pido que estés alerta. Guárdate de
las mentiras, ¿me oyes?
—Gracias, pitonisa.
—Y te quiero a las doce en casa,
señorita.
—Sí, hada madrina. Buen viaje. Álex te
manda un beso.
—Cuídate mucho. Besos a las dos.
Álex la mira divertida.
—Esto va en serio, ¿verdad? Te gusta
mucho.
—Ay, Álex. Estoy coladísima.
Su amiga levanta la caña y brinda con
ella.
—Por el amor.
—Por el sexo.
* * *
El martes, en la dieciocho, hay poca
actividad a primera hora. No ha venido Nick. La recepcionista le tiende un
papelito: Nicolás Sánchez ha cancelado la cita. Los remordimientos le escuecen.
Menudo
profesional. Ni siquiera ha cancelado en persona, le espeta Madre dándose
la vuelta en plan dramático.
Dakota se dirige a buen paso a su
despacho perseguida por Yolanda y se mete de lleno en la turbina de
ocupaciones.
A media mañana le entra un wasap de Eliseo. «Gracias por tu
maravillosa compañía. Eliseo.» «Gracias a ti por las mariposas. DKT», contesta
ella.
La brujería del amor presiona unos
centímetros por encima de su estómago. Dakota recuerda las palabras de Chelito
en su niñez, incrustadas en las circunvoluciones de su cerebro. Palabras como
golondrinas que regresan a recordarle su Educación Maternal de Corte Clásico:
«Cuídate de los hombres; todos buscan lo mismo y si lo consiguen, si te he
visto, no me acuerdo». Palabras caducas que huelen a rancio y dejan su poso de
malestar. Pronunciadas con la voz de mamá, se pasean con zapatillas y ropa de
estar por casa dentro de su cabeza. Palabras absurdas, de otra época.
Dakota no quiere cuidarse de Eliseo. Se
queda sin sinónimos para definir cuánto le apetece estar con él.
Cuando a mediodía regresa de comer en
El Patio, Yolanda la sigue hasta su despacho con «esa cara».
—¿Tienes un minuto?
—Pasa.
Cierra la puerta y se sienta en una
esquina de su mesa. Dakota se endereza. Ella no se sienta nunca, ni siquiera en
las esquinas de las mesas.
—Hay problemas con el chico de Vázquez.
—¿Ya? Pues que lo eche y buscamos a
otro.
—Pati se me va.
—Los contratos de las becarias son de
cuatro meses. Ya vendrá otra.
—Es muy buena.
—Pues le ofrecemos un contrato en
prácticas. Qué más.
—Los chinos nos apremian con los
plazos.
—Vaale...,
les adelantaremos una parte y el resto a la firma.
—Te da todo igual, ¿verdad?
—Vamos a ver, Yolanda. ¿Qué es lo que
pasa?
Yolanda suspira y uno de sus móviles
vibra. Le da a una tecla —probablemente Rechazar llamada— y la mira con una
arruga entre las cejas.
—Eres tú.
—Define «tú», por favor.
—No sé qué te pasa, no estás en lo que
estás. El otro día te enviaron rosas —la acusa.
—Ah. Las rosas.
El ramo de rosas, aunque le encanta el
detalle, ha causado algunos problemas.
—No volverá a pasar, Yolanda.
—Eso espero.
—A sus órdenes, mi sargento.
—Perdona, Dakota, la gente habla.
—La verdad, me importa una mierda.
¿Desde cuándo tiene que dar
explicaciones? Menos mal que la Dire está fuera. Con suerte no le llegarán los
rumores.
De repente cae en la cuenta: hasta hace
unas semanas, su vida privada había pertenecido al plácido mundo de las comidas
con su madre y las citas con sus amigas. Es decir, era paupérrima. Ahora que
tiene una auténtica vida privada, es decir, un amante que le envía flores, con
copas y cenas de por medio, se interesan hasta los de mantenimiento. No siempre
para bien.
Yolanda se muerde el carrillo por
dentro.
—Tienes razón, solo que...
—El inventario —pide Dakota.
Yolanda pone cara de dolor de muelas.
Saca una hoja de fax de la carpeta y la deja sobre su mesa en lugar de dársela,
evitando deliberadamente el contacto ocular o de otro tipo.
—El inventario. Y tienes una reunión a
las diecisiete p. m. con...
—La cancelas. Tengo que irme.
—No quería ofenderte.
—No es eso. Estás pagando el pato de
todo el mundo, Yolanda.
—Nunca te había visto así.
—¿Así?
No le gusta el tono de Yolanda.
—Estás saliendo con ese Nick.
—Te has pasado de lista.
—No, si me parece genial.
—Yolanda, vamos a cambiar de tema.
¿Vale?
—Pensé que éramos amigas.
—Pensé que trabajábamos juntas.
Se miran desafiantes. ¿Qué está pasando?, se alarma Dakota.
Los ojos de Yolanda muestran una película brillante. Yolanda tampoco tiene vida
privada, hasta donde ella sabe. Es la perfecta segundona, abnegada y eficaz. Si
es tan perfecta es porque:
carece de vida privada,
es adicta al trabajo.
Sin mover un músculo, Dakota baja la
voz. Casi se escucha el frenazo y la marcha atrás.
—No voy a ir aireando mi vida privada,
Yolanda, no tengo costumbre. Sí, estoy saliendo con alguien, eso es evidente.
Le diré que no me envíe flores al despacho. No volveremos a mencionar el tema.
Y aunque no es de tu incumbencia, no es Nick.
Yolanda parece a punto de decir
cualquier cosa. Carraspea. Su cara es hiératica. Vuelve a hablar la ayudante
eficiente y nerviosa, adicta a la tecnología móvil y a la ropa oscura. Se cubre
la cara con el flequillo. Escribe en su pantalla táctil con pulgares
frenéticos. Debe de tener bastante músculo en esos dedos.
—Reunión cancelada.
—Gracias.
Levanta la nariz y sale martilleando
con sus móviles y sus tacones al mismo ritmo. A solas, Dakota intenta descifrar
un fax de varias páginas. Yolanda regresa de inmediato. Asoma un segundo la
cabeza.
—Por cierto, ha llamado tu madre.
—¿Ya? —Mira el calendario, sorprendida.
El
viernes regresa tarde del trabajo. Habitualmente no trabaja las tardes de los
viernes. Pero últimamente se le acumulan las tareas. Se da una ducha tibia. El
agua resbala por su cuerpo mientras disfruta viendo cómo el sol baña con sus
últimos rayos la ciudad. ¿Le gusta a Eliseo su cuerpo? ¿Lo bastante? Tiene
treinta y siete años. Ella se encuentra juvenil. Gabriel la deseaba, o eso
decía: «Te deseo». Pero han pasado once años. Por otra parte, no ha vuelto a
soñar con Gab desde que empezó a salir con Eliseo. Se seca y se mira en el
espejo de cuerpo entero. No está mal, le parece. Bastante firme, delgada sin
pasarse, con las tetas en su sitio y demás. Miu-miú la persigue por donde va,
con su rabito sorteando objetos. Entiende lo que dicen sobre los andares
felinos. Sorprendida, se da cuenta de cuánto está creciendo.
—Vamos a elegir el envoltorio, Miu-miú.
Escoge el conjunto de ropa interior
violeta, regalo de él, y un vestido de seda lila con un escote cuadrado
favorecedor. Se maquilla con esmero. Cuando Eliseo llama al telefonillo, está
lista. Deja a la gatita desconsolada, con su bol de agua fresca y el comedero
lleno.
En el ascensor ensaya la postura de
Álex y se encuentra muy sexi. Cuando entra en el coche, él la besa en la
comisura de los labios.
—Estás guapísima.
—Gracias. ¿Adónde vamos?
—A cenar.
—Genial, me muero de hambre. —Se muerde
el labio para no preguntar: y ¿después? Alguna sorpresa tendrá.
La cena es en un restaurante japonés de
moda. Él despliega todo su encanto, pidiendo sushi y sashimi y
comiéndose todo lo que a ella no le gusta.
—Esta noche me voy de viaje —le suelta
a bocajarro.
—Ah. ¿Adónde?
Ama empieza a entrar en barrena. ¿Para
eso se ha arreglado tanto esta noche? ¿La lencería, el maquillaje y el vestido?
Para volver a casa como Cenicienta. Se acuerda de Vicky. Da un trago de vino
para tragar un bocado de arroz que se le ha atravesado.
—A Barcelona. Asunto de negocios. Es
confidencial.
—¿Hasta cuándo? —¿Por qué tanto
misterio? ¿Tendrá clientes famosos? Al menos podría contarle eso. Él le ofrece
un taco de arroz atrapado entre sus palillos.
—Una semana o así. Prueba este sashimi. Es de cangrejo. Oye...
—Muy rico. —Dakota saborea el bocado.
—Quería pedirte un favor... Te conté
que mi madre está en una residencia, ¿no?
—Sí.
—Me gustaría traérmela aquí, no sé,
para verla más a menudo.
El camarero se acerca con intención de
servirles vino. Eliseo le rechaza con un gesto y sirve él mismo. A Dakota el
corazón le da un vuelco. ¿Quiere que conozca a su madre? ¿No va muy deprisa?
—Y había pensado...
—Dime.
—Que a lo mejor no te importa...
—Puedes pedirme lo que sea.
—¿En serio?
—Claro. Te quiero.
—Y yo a ti, Dakota —le dice cogiéndole
la mano. Sus iris son más verdes que azules a la luz del restaurante—. Solo
quería verte un momento, porque me voy dentro de un rato.
—Oh.
—Te quería pedir, en fin, a ver si
puedes mirar alguna residencia en Madrid. A lo mejor te enteras preguntando por
ahí de alguna que esté bien. El dinero no es problema.
—Por supuesto, Eliseo —responde ella—.
Me encantaría conocerla.
—Como la veo tan poco...
Siguen comiendo en silencio. Dakota
está conmocionada. Y aunque con Eliseo hay muchos silencios, ella no se siente
incómoda. Lo hacen más interesante.
—¿Cuándo piensas traerla?
Él, concentrado en sujetar el sushi entre sus palillos, levanta la
cara sorprendido.
—¿Cuándo? No sé. Tengo que hablarlo con
ella. ¿En verano? Antes de Navidad, supongo. Con calma.
—¿No se lo has dicho?
—Aún no. No sé si querrá venirse.
—Bueno. No me cuesta nada enterarme.
—Gracias, Dakota. Si le llevo
información, igual se anima.
—Seguro.
—Eres muy buena. ¿Te ha gustado?
¿Quieres postre? —Mira su reloj de pulsera—. Se me hace tarde.
En
Patriots ya se rumorea sobre la marcha de la Dire a finales de año. La gente
está revolucionada. La campaña de otoño está resuelta y la de Navidad empieza a
estar sobre el tapete.
Después de bajar a El Patio a comer,
mientras regresa a la oficina, Dakota hace un alto para enviar un wasap a Fabulosas. «Hoy no podré ir. Sorry.
Pasadlo bien. Besitos.» Al segundo le entran las dos respuestas. «¿Quééé? ¿Otra
vez?» «¿Todo bien, cielo?» Ella responde: «Mejor que nunca. Siento el plantón».
El móvil de Dakota vibra. Mieerda.
—Hola, Álex.
—Dakota, no puedes fallarnos.
—Es que necesito dormir.
—Además, estrenan una de Woody Allen.
—Es que...
—Es la segunda semana que nos plantas.
Nos tienes mosqueadas. Nos da miedo que Eloíso...
—Eliseo.
—... te haya secuestrado y estés
fingiendo. ¿Qué tienes, el síndrome de Estocolmo?
—Venga ya, Álex. Además, está de viaje.
—Siete p. m. Es mi última palabra. Lo
tomas o lo tomas.
—Me lo pienso.
—Promételo. ¿Qué hay mejor que ver a
tus amigas y contarles tu aventura de amor verdadero?
—Muy graciosa.
—Te echamos de menos —dice Álex
cambiando de estrategia.
—Se me ocurren un par de cosas
mejores...
—Dakota —amenaza muy seria—. Si cada
vez que me echara un amante os diera plantón, no me veríais el pelo. No puede
ser. Tienes que hacernos hueco. Te queremos.
—Mira que eres pelma. —Dakota está
sonriendo y Álex lo sabe por su tono de voz.
—Vicky ya está avisada. Siete p. m.
Prometo no llegar muy tarde. Te dejo, que estoy en el estudio transgrediendo
normas.
—Adiós, petarda.
Esa noche, Dakota les da plantón. No
tiene energía para salir de casa.
* * *
El viernes, Dakota se presenta a las
dos de la tarde en casa de su madre. Llega puntual, como siempre. Y como
siempre, Chelito la espera con un Martini lánguido y volutas azules sobre el
moño.
—Mamá. —Se inclina y ella pone la cara
para sus dos besos. Dakota les saca la lengua a los perritos de porcelana sin
que su madre la vea.
—¿Qué te has hecho, demonio? —pregunta
Chelito alzando una finísima ceja mientras cierra la puerta. Dakota va camino
de la cocina—. ¿Te estás inyectando Botox?
¿Tanto se le nota el barnizado de
Vanity? Esta mañana ha vuelto a faltar dos horas al trabajo para ir al salón.
—Nada de Botox. Es un peeling químico. —Sonríe ante el
desconcierto de su madre y señala la copa—. ¿Cuántos llevas?
—No seas impertinente, Dakota.
—¿El tío está bien?
—Ha llovido sin parar. Está
estupendamente.
—Y ¿Rosamari?
—¿Qué le pasa a Rosamari? Qué fijación
con Rosamari.
—Solo pregunto por ella. ¿Cómo está?
—Yo qué sé. —Aspira una bocanada con
fuerza.
—¿Es que no la has visto?
—No digas tonterías, Dakota. ¿Dónde iba
a estar esa muerta de hambre? Claro que estaba. Está perenne.
—¿Por qué le tienes tanta manía, mamá?
—¿Quién, yo? Te aseguro que no tengo
nada contra esa...
—... bruja.
—No seas ordinaria. No te pega. Iba a
decir «mujer».
Dakota decide dar marcha atrás. Lo
mejor es centrarse en la comida y aguantar el chaparrón. Ya han pasado diez
minutos de la hora y media reglamentaria. Queda una hora y veinte. Ochenta
minutos.
—¿Quieres que bajemos a la marisquería,
mamá? Me apetece un centollo.
A su madre se le ilumina la mirada. Le
chifla el marisco.
—No es época. Solo los meses con erre.
—Pero apaga el cigarrillo y ya se está moviendo hacia la salida.
—Podemos pedir ostras.
—Si invitas. —Ya va por el recibidor, a
la altura de los perritos de porcelana.
—¿Cuándo has invitado tú?
—¿Es necesario ser groseros?
Chelito se cuelga su anticuado bolso
duro en el antebrazo. Se retoca los labios con carmín granate. Se pone en
escorzo para verse mejor y roza su moño con las yemas de los dedos.
—Pediré la ensalada mediterránea.
Espero que...
—... no le pongan cebolla.
—¿Qué mosca te ha picado, Dakota?
De repente, Chelito le resulta muy
graciosa, con sus perlas falsas, sus tetas falsas, sus labios falsos y su
frente más lisa que una llanura castellana. En la marisquería de toda la vida,
un bar de gambas venido a más, el francés amanerado que lleva treinta años en
el barrio acude con pasitos raudos. En lo único en lo que ha cambiado el sitio
es en que ya no hay cáscaras de gamba en el suelo y en que los camareros llevan
uniforme. En tiempos de su padre venían todos los domingos a tomar el
aperitivo.
—Doña Consuelo, señoguita Dakota.
—Robert —le saluda Dakota devolviéndole
el apretón de manos. No sabe por qué le impone tanto respeto este hombre. Quizá
por la seriedad con la que se toma su negocio. Lo conoce desde pequeña y le
tiene aprecio. Con su bigotito blanco pasado de moda, su casquete engominado y
sus maneras agradables, siempre con su chaleco negro y su pajarita—. Yo tomaré
una copa de vino blanco y un centollo.
—Me temo que no son excelentes en esta
época del año.
—Tomaré un centollo regular, entonces.
—Ah, bien. —Si está desconcertado, no
lo demuestra—. ¿Doña Consuelo?
—La ensalada de siempre.
—Sin cebolla. ¿Un ribeiro?
—Y una docena de ostras, Robert —añade
Dakota. Se pregunta por qué un francés vende ribeiro y gambas en un barrio
humilde de Madrid. Y susurra, cómplice—: Le encantan.
Su madre mira al infinito, buscando
moscas invisibles. Robert se lleva su acento francés y Chelito se inspecciona
las uñas de cerca. Las lleva del mismo tono que los labios: del color de la
sangre seca.
—¿Has cambiado de crema hidratante?
—No, pero practico sexo a espuertas,
hago tríos, cuartetos y orgías —sonríe Dakota. Chelito mantiene la cara de
palo—. Tú también estás estupenda, mamá.
Su madre tuerce los labios hacia abajo
y chasquea la lengua para decirle que no le gustan sus bromas.
—¿Qué sabes de Gaby?
—¿Hay alguien? ¿Recuerdas que hace once
años que me divorcié, mamá? Gabriel me ponía los cuernos con camareras
pelirrojas.
—No hace falta ponerse desagradable.
—Acaricia su moño sin llegar a tocarlo—. Supongo que es tontería preguntar...
Imagino que te va bien... con...
—Estoy muy contenta, mamá. Te agradezco
el interés.
—Siempre fuiste muy alocada, Dakota.
—Su madre bebe sin mirarla, estudiando algún punto situado a unos centímetros
por encima de su cabeza. Su tono es reflexivo—. Pero últimamente pareces más
serena. Te veo muy asentada.
A Dakota estas palabras le hacen un
agujero en el estómago. Si Chelito supiera de dónde salen la sensatez y la
serenidad, se arrancaría el moño de cuajo.
—De momento no me va mal. Sigo con mi
pareja, que, como te comenté, es un hombre. Es abogado.
Frena. Le ha dado demasiada
información. Su madre simula un interés desmedido por una de sus sortijas.
Traen las ostras sobre una camita de hielo picado. Cuando el camarero se va,
Dakota les echa limón y suelta como por casualidad.
—Y el sexo es fantástico. —Y después de
decirlo, se muerde el labio inferior.
—¿En serio?
Por un segundo, a Chelito le brillan
los ojos como perlas auténticas. Dakota queda desarmada y durante un par de
minutos ambas sonríen en silencio compartiendo las ostras y algo parecido a la
complicidad.
* * *
El sábado Dakota se levanta descansada
y enérgica gracias a la oportuna siesta. Hacía años que no dormía tanto. Quiere
estar bella. Se ducha, se maquilla, se vaporiza con su perfume de primavera y
selecciona su conjunto: su habitual corsé de seda rojo, un pantalón ajustado,
un top semitransparente rojo, tacones, pulseras, un bolsito coqueto.
Se sorprende a sí misma escogiendo, con
el mismo cuidado que pondría Álex, cada una de las piezas. Al finalizar
contempla su obra en el espejo. Cierra los ojos y echa los hombros hacia atrás
con el truco de Álex. Tira un beso a la imagen de esa mujer sexi. La vieja
Dakota, la de hace un puñado de semanas, se ha evaporado.
Puntual, Eliseo se presenta con una
bolsa de una tienda de marca en el asiento del copiloto. ¿Qué será? Le provoca
una dulce picazón, y la pasa al asiento trasero. La ópera va por el segundo
acto.
—Hola, amor. —Se besan—. ¿Qué tal?
—Estás radiante. Es Carla Maria Izzo.
«Un bel dì vedremo...»
—Oh. —No entiende ni jota. Asiente.
—Cio-Cio-San imagina el reencuentro;
Goro y Sharpless intentan convencerla de que se case con Yamadori, pero ella
espera a Pinkerton. Está segura de su regreso.
—Aunque no es lo que ella cree..., es
un embustero, ¿no? —Dakota se ha empollado la historia.
—Esta parte es de una sutileza
bellísima...
La cena es austera y los postres,
exquisitos. Él se limpia con la servilleta y le entrega un paquete primoroso.
Dakota recibe el regalo con la Gata Salvaje bailando desnuda sobre la mesa. Le
tiemblan las manos al rasgar el papel de seda. Es un conjunto de lencería en
raso violeta con flores bordadas en morado, con liguero, braguitas bordadas y
medias de rejilla. El sujetador es de muselina con encajes. No se atreve a
sacarlo del todo, lo que provoca el regocijo de Eliseo. Devuelve la ropa
interior a su papel de seda. Mira a los camareros, que van y vienen atareados.
—Después lo estrenamos.
—Es precioso.
Eliseo busca a un camarero con la
mirada. Dibuja un garabato en el aire y el maître
asiente. Firma la cuenta y retira la silla de Dakota. Salen a la noche ligera.
En cuanto pisan la calle, ella lo abraza y entierra la cara en su cuello. Él la
rodea con sus brazos y la atrae hacia sí.
—Eliseo, soy muy feliz.
—Y yo también, Dakota. No sabes cuánto
—murmura él en su cabello, besándolo.
—¿Vamos a casa? Quiero probármelo para
ti...
—Aún no. Tengo una sorpresa.
—¿Otra?
Dakota fantasea. ¿Qué podrá ser? ¿La
llevará al cine? ¿A la ópera? Dios no lo quiera.
Eliseo conduce en silencio, atento a la
música. Podríais charlar, susurra
Madre. Dakota respeta su música. Podría
poner una balada, por ejemplo, carga Madre.
Las
baladas son la música adecuada en las citas románticas, ¿no? Ella le
reprocha a Madre: Ya estás con tu
EducaciónMaternal de Corte Clásico.
Llegan a un callejón situado en un
barrio lujoso. Eliseo aparca en doble fila. Un hombre de uniforme le abre la
puerta.
—Gracias.
—Señora. —Se lleva un dedo a la gorra y
se dirige al lado del conductor. Eliseo le entrega las llaves y sale con la
bolsa plateada.
La acompaña hasta la puerta. No hay
cartel, ni luz que indique que se trata de un local público. Tan solo la
puerta, en discreto tono rosa pálido, con una flor grabada en bajorrelieve y
una mirilla. Eliseo llama a un timbre escondido entre las plantas. Se abre una
rendija.
—Buenas noches, Nelson.
—Ah, señor Free, buenas noches,
adelante.
—Buenas noches.
Nelson es un mulato cubano de dos
metros. Viste de blanco, con una gorra blanca que le cubre la cabeza rapada.
Saluda con una inclinación de cabeza. La desnuda con interés profesional. Su
sonrisa es demasiado ancha para ser verdadera.
—Señora...
Han accedido a una habitación pequeña
decorada por completo en color rosa chicle, con una barra de escay rosa y
cuatro banquetas altas vintage,
estilo años cincuenta. Hay espejos rosas y mármol rosa, y una pared ocupada por
una gran lámina de El jardín de las
delicias,del Bosco, virada a rosa. Hay un hilo musical de fondo, como en un
supermercado, y la iluminación tenue proviene de unos apliques burdeos. Se
respira un aire de misterio, o eso le parece a ella. Ni delante ni detrás de la
barra se ve un alma. Eliseo entrega su bolsa plateada a Nelson, y este se
retira por una puerta junto a la barra, cruzándose con un hombre bajito y
efervescente que aparece vestido con un chaleco verde gnomo que casi no le
cubre la barriga. Debajo lleva una camisa del mismo tono y pantalones de un
blanco demasiado pulcro. Tiende sus manos gordezuelas llenas de sortijas de
colores a Eliseo y atrapa la suya con avaricia, apropiándosela un buen rato.
—Señor Free... Mi cliente favorito,
cuánto bueno por aquí. —Su voz parece la de una niña con vegetaciones. Acuna la
mano de Eliseo entre las suyas—. ¿A quién tenemos aquí? ¿Esta dama encantadora?
—La repasa de arriba abajo como un pastel en un escaparate.
—Es mi novia. Dakota. —Ella se sonroja
y acepta los dos besos del gnomo, cuya voz lo asemeja a un canario gordito con
unas hebras de pelo pegadas al cráneo y teñidas de un antinatural naranja
pajizo. Le recuerda a un código de barras.
—Encantada. —Dakota asiente con
Educación Maternal de Corte Clásico.
—No me diga, no me diga. ¿Se nos ha
echado novia? ¡Qué lástima! ¿Dejará de visitarnos? Soy muy bromista, no se
altere, querida. Encantado, madame,
yo soy Ricci. ¡El primo de Nina! Ja,ja,ja... —La sujeta por los brazos y se
aparta para medirla desde su escasa altura. Asiente complacido—. Una belleza,
sin duda, una belleza, señor Free, una mujer elegante y hermosa, si me lo
permite. Y muy sexi, ese top transparente, muy sugestivo.
Eliseo se yergue y le pone un brazo en
la cintura. Dentro de Dakota, Ama está muy crecida, ignorando las protestas de
Madre.
Ricci se mueve como una mujer demasiado
femenina. Dakota se pregunta si Ricci vendrá de Ricardo o si será un nombre
artístico. El pelo canario le sienta mal y la vocecilla podría reventarles los
tímpanos. Si Ricci fuera un muñeco de feria, sería el primero al que Dakota
dispararía.
—Así que novia... Vaya, vaya, señor
Free... No le conocíamos novia.
Ricci se instala detrás de la barra y
empieza a sacar hielo y servirlo en dos vasos altos, sin dejar de parlotear con
su cacofonía de periquito. Habla hasta ahogarse. Parece que tomarse la molestia
de respirar fuese menos importante que hablar.
—¿Qué le apetece, querida? Invita la
casa, por supuesto, no todos los días viene el señor Free con novia, no vaya a
pensar; hacía mucho que no lo veíamos por aquí, ¿eh, señor Free? Bueno,
bueno... ¿Entonces...? —Muestra teatralmente el bar, abriendo los brazos de
forma demostrativa.
—Pues... ¿un vino blanco?
—Oh, por desgracia no tenemos, no somos
tan sofisticados. —Hace un mohín y enumera—: Ron, vodka, güisqui, ginebra...
¿Un gin-tonic? ¿Cubalibre? Somos de
gustos sencillos en esta casa, ya sabe, muy tradicionales. Ja,ja,ja, ya se dará
cuenta...
—Bueno, un gin-tonic. —Ricci se encarga de la bebida sin dejar de parlotear.
Cuando empieza a servir la ginebra, ella le detiene tapando el vaso—. Oh, es
una mujer comedida, excelente, excelente, aquí tiene, querida, un gin-tonic corto, hay que mantener las
formas, ¿no es cierto?, una mujer inteligente, sin duda. ¿Señor Free?
—Un té frío. Tengo que conducir.
—Qué gracioso es usted, señor Free, qué
gracioso, por eso es mi cliente favorito. —Le sirve un güisqui de veinte años—.
Cómo no, aquí tiene su té. Ja,ja,ja, es usted un crack, siempre se lo digo a Nelson, los acompañaré con un
combinado.
Ricci planta el güisqui delante de
Eliseo dejando a Dakota boquiabierta. ¡Y decía que casi no bebía! Ricci se
sirve un vaso de agua de Vichy con una rodajita de limón sin dejar de hablar.
—Mis combinados..., no puedo permitirme
beber. Tendría el hígado destrozado. En fin, ya lo tengo. —Señala a Eliseo con
el vaso—. Me encanta su sentido del humor, ¿a usted no, querida?, es
francamente fascinante, ¿no le parece? Un hombre muy completo, diría yo...
Lo fascinante es su histrionismo,
piensa ella. Por fortuna, Eliseo lo interrumpe. Parecía que el gnomo era
incapaz de dejar de hablar, pero solo es un mecanismo para mantener viva la
conversación. En cuanto alguien habla, él cesa su torrente verbal y atiende, e
incluso contesta lo que se le pregunta. Es capaz de cambiar de tema sin que se
le mueva una hebra de su código de barras.
—¿Cómo va la noche, Ricci?
—Oh, es temprano aún, señor Free, pero
ya hay gente, ya hay gente, no se crea, al público le gusta mi música. Ja,ja,ja. —Y se atusa el pelo
mirándose en un espejo—. Eso creo, aunque usted ya lo sabe bien, como cliente
preferente. Y encima nos trae a esta damisela fascinante que subirá nuestro
caché... ¡Bravo, bravo!
Ella se toma medio gin-tonic del tirón. Eliseo, en cambio, da un sorbito de güisqui
mojándose los labios y vuelve a interrumpir al gnomo tan tranquilo:
—¿Material que merezca la pena?
—En el Muro no, pero hay gente
interesante bailando, eso creo, eso creo. ¡Oh!, pasen, pasen, no los entretengo
más, estarán deseando estar a solas,
ya verá, señorita Dakota, este local le gustará, es muy especial, ¿eh, señor
Free? Seguro que le coge el tranquillo y se hace asidua. Ja,ja,ja...
—Por aquí, Dakota —dice Eliseo.
Ricci se parapeta tras la barra y se
sube a un escalón falso puesto para él, sonriéndoles.
—Adelante, adelante. Que se diviertan.
Se dirigen hacia la pared del fondo y
Eliseo empuja una puerta camuflada. Detrás de una cortina de terciopelo oscuro
que impide que entre la luz, hay una estancia negra, o que lo parece por
contraste; la música, sensual, está puesta a un volumen muy alto. Hay mesitas
bajas y butacones dispuestos en semicírculos. Ahora mismo Dakota está ciega,
con el rosa chicle, el verde gnomo, el amarillo anaranjado, el blanco total y
los colorines de unas sortijas empotrados en la retina.
—Ven.
Eliseo avanza despacio siguiendo unas
luces de emergencia azules, acostumbrándose a la oscuridad hasta llegar a una
mesita libre. Parece haber gente; Dakota no podría asegurarlo. Igual son
maniquíes. Se ve menos que en un cine. En la negrura beben. Dakota piensa que
en estos sitios siempre se bebe sin sed. Nota una punzada de desilusión.En este
momento podrían estar haciendo el amor en casa. Paciencia, la aconseja la Gata Salvaje con modestia. Llevo esperando mucho tiempo, un poco más es
bueno para mí.
—Allí hay una pista de baile, a la
izquierda. ¿La ves? —Ella mira y asiente. No ve nada—. ¿Vamos a bailar? —Él ya
se ha levantado. Dakota se acaba el gin-tonic
y se levanta temiendo tropezar con algún escalón puesto a mala leche.
—Vale.
Y
¿esta es la sorpresa? ¿Un pub hortera?
Ama, encorvada, se levanta y se estira sobre sus tacones, dispuesta a pasarlo
bien. El final de la noche es lo
interesante, le recuerda la Gata Salvaje.
Atraviesan otra cortina negra, esta
confeccionada con gruesas tiras de goma. A Dakota le recuerda las gomas que
tienen las cintas de equipaje en los aeropuertos. Detrás, la pista de baile.
—Pasa.
En la pista, casi vacía, hay una tenue
luz negra y una bola de espejitos setentona. Eliseo baila abrazándola. Dakota
aprieta su cuerpo contra el fuerte de él y nota un latido en la entrepierna.
Solo hay dos parejas bailando. Los estudian sin disimulo. Dakota les echa un
vistazo. Una pareja parece motera; van vestidos de negro. Son gruesos como dos
hombres. Apenas distingue sus brazos tatuados, sus muñequeras de pinchos y sus
gorras, melenas largas, oscuras y rizadas, podrían ser cantantes de heavy metal. La otra pareja es
corriente; él calvo, ella más alta, delgada.
Bailan unos minutos y los moteros se
arriman. El hombre se dirige a Eliseo con cortesía, estrellitas de caspa
resplandecen en sus hombros. Su pareja es una mujer, igual de maciza que él y
con unos brazos como jamones.
—¿Te importa si saco a bailar a tu
chica? —levanta la voz para que le oigan.
—No, lo siento. —Eliseo lo rechaza con
un gesto de cabeza.
—Vale, no pasa nada. Disculpad.
Está sorprendida. ¿Cómo es posible que
Eliseo haya sido incorrecto? El motero no parece tomárselo a mal. Se gira hacia
su pareja y le susurra al oído. Ambos salen de la pista, él aparta las tiras de
goma y cede el paso a la mujer forzuda.
Se quedan a solas con la otra pareja,
iluminados apenas por la luz negra. Ya se han acostumbrado. Bailan, Dakota
siente el aliento cálido en su cuello, entregada. Aspira su aroma y el del
local, una desagradable mezcla de olores: colonias baratas, ambientador,
alcohol agrio, sudor, tabaco, lejía. Al cabo de un rato, ella nota cómo le
rozan el culo. Supone que es la otra pareja, que baila cerca. De repente siente
un peso en su hombro. Sorprendida y alerta, levanta la cabeza del hombro de
Eliseo. El calvo tiene la mano posada sobre ella, un pájaro molesto. Habla con
Eliseo. Tiene un lunar enorme en la mejilla.
—Perdona, tío, ¿puedo bailar con ella?
—Por supuesto. Si no le molesta.
¿De
qué va esto?, se alarma Madre. Y coloca luces de emergencia en todas las
estancias. Estamos en alerta naranja,
chilla.
Eliseo coge a la muchacha y cambian de
pareja. El tipo trata de distinguir sus facciones mirándola con atención. Sus
dientes brillan con la luz negra y el lunar destaca igual que un cáncer.
—¿Vienes mucho por aquí? —La pisa—.
Perdona.
—Pues... es la primera vez. —Si van a
tener una entrevista bajo el chorro musical, se quedará afónica. El aliento del
tipo apesta.
—Qué casualidad. Para mí también. —La
atrae hacia él; Dakota, más alta que el tipo, siente su entrepierna dura contra
el estómago. Madre pasa a la alerta roja.
Él le chilla al oído:
—Tienes un cuerpo precioso.
El piropo le huele mal, como su
aliento. El lenguaje de él, verbal y no verbal, es evidente. Quiere ligar.
—Gracias —dice su Educación Maternal de
Corte Clásico. Intenta despegarse del tipo, pero él la tiene sujeta. Sin
soltarla, el calvo se dirige a Eliseo, a su espalda. Logra hacerse oír por
encima de la música.
—¿Os apetece ir a un sitio más
tranquilo?
Y para su espanto, él responde:
—Sí, claro. Tengo un reservado. ¿Vamos?
Los cuatro salen de la pista en fila
india siguiéndole. Eliseo toma a Dakota de la cintura. Pasan otras cortinas de
tela negra (¡Qué dispendio en cortinas!,
piensa Dakota) y suben una escalera estrecha. Hay escalones iluminados con
lamparitas de seguridad azules. La planta superior, enmoquetada en rosa chicle
de nuevo, está iluminada con apliques de pared burdeos y parece un hotel
familiar. Avanzan por un pasillo flanqueado por puertas rosas de pomos dorados.
Una de las habitaciones se abre de
repente y sale un hombre. Detrás se vislumbra una cama enorme con varios
cuerpos desnudos, pero al instante se cierra la puerta. El hombre va en
vaqueros, con el torso desnudo y lleva un pendiente brillante en la oreja. Se
detiene ante Eliseo llamándole Ernesto.
—Qué tal, Ernesto, cuánto tiempo.
Él no le saca de su error. Tampoco los
presenta. Señala el final del pasillo y la pareja del lunar y su chica sigue
avanzando por la moqueta. Dakota se queda parada mirando el pendiente del tipo.
Eliseo se dirige a él.
—Fran. ¿Dónde tienes a tu chica?
—Ahí dentro, pasando el rato. A ver si
quedamos un día y nos echamos unas risas. ¿Es tu chica?
—Sí. Cuando queráis.
—Voy un momento... —Se oyen jadeos
detrás de la puerta y Dakota se pone colorada. Simulan no haber oído nada, pero
el tipo señala hacia la puerta de enfrente, que ostenta dos recuadros con unos
símbolos: un dibujo escueto de dos círculos con botones y una polla—. Venga,
hasta otra, me alegro de verte.
Siguen la moqueta rosa pasillo
adelante. De perfil, Eliseo está serio, igual que si fuera a una reunión de
negocios. Saca una tarjeta del bolsillo, como una llave de hotel.
—¿Has visto cómo te miraba? Estás
espectacular.
Dakota traga saliva. Llegan hasta el
fondo, donde aguarda la pareja en silencio. Eliseo mete la tarjeta en la
ranura. La puerta se abre con un zumbido.
—Bueeno.
Es una habitación no muy grande,
ocupada casi por completo por una cama King
Size con dosel, cubierta por sábanas de raso negro y unos almohadones rosa
que le dan un aspecto entre hortera y lujoso. Hay luces indirectas y las
paredes están forradas en rosa. La Gata Salvaje está hecha un ovillo en un
rincón, asustada, debajo de una banqueta con toallas limpias.
Eliseo se desnuda con naturalidad y los
otros dos le imitan. Dakota, inmóvil, oye a Madre aconsejándole huir;
naturalmente, no le hace caso. ¿Cómo la miraría Eliseo si saliera corriendo?
Tiene que estar a su altura.
Madre está inquieta. La tranquiliza
poniéndole una venda en los ojos. Estás a
salvo. Eliseo te ama.
—¿Cómo os llamáis?
—Esto... Christian y... Cristina.
—Ajá —dice Eliseo—. Ella es Dana y yo,
Ernesto.
—Encantados —contesta el lunar por los
dos. La chica se esconde tras él. Es bastante más joven.
Eliseo, sentado en calzoncillos sobre
la cama, atrae a Dakota, que está de pie, y la abraza por la cintura. Pega la
cara a su vientre.
—¿Vas a hacerlo con Christian, nena?
—le susurra.
Dakota solo puede bajar la vista y
tragar saliva.
—Me gustaría ver cómo te queda lo que
te he regalado —insiste él cogiendo de un rincón la bolsa de cartulina
plateada, que parece haber desarrollado patas y llegado allí por su cuenta.
—Bueno.
—¡Esta es mi chica!
Eliseo quita las etiquetas de las
exquisitas prendas. El tipo del lunar desnuda a su chica y pone un par de
toallas sobre el lecho. La joven tiene un cuerpo bonito y lleva lencería negra
decorada con tul y bordados rosa, con liguero a juego, sin bragas.
—Tu mujer está buenísima —comenta el
falso Christian.
—¿Verdad que sí? —responde Eliseo
orgulloso, y le quita los pantalones y su bonito corpiño rojo, del que estaba
tan orgullosa, como si fuera un pelele, aunque la acaricia y la trata con
suavidad. Eso la tranquiliza. La ayuda a vestir el conjunto violeta, mucho más
sofisticado. La situación no puede parecerle más surrealista.
—¿De dónde sois?
Pausa. Él tiene un acento marcado.
—De Murcia.
—¿Venís mucho a Madrid?
Eliseo le calza las braguitas moradas,
ordenándole levantar una pierna y luego otra. Son de encaje, con un agujero a
la altura de su sexo que se abre con un lazo. Ella se deja hacer. La muchacha
está silenciosa, tumbada detrás de su novio, acariciándole el torso.
—No, no creas. A veces.
Le pone el liguero negro en la cintura
y le ordena ponerse las medias de rejilla moradas hasta medio muslo. Él se lo
abrocha.
—Los tacones.
Eliseo le da la mano y la exhibe ante
el calvo del lunar y su chica, y la hace girar tomándola por la punta de los
dedos. Obediente, Dakota da una vuelta sobre sí misma.
—Fantástica.
Cristina se ve tímida, silenciosa, una
figurita de porcelana con lencería negra sobre las sábanas de raso negro.
Aparenta unos treinta, máximo. Él pasa de los cuarenta.
—¿Qué os parece? —pregunta Eliseo—. ¿No
es divina?
—Sí que lo es. Me gustaría follármela,
si no te molesta —dice el tipo del lunar. Cuánta
educación, se pitorrea Madre.
—Adelante. ¿Puedo hacérmelo con...?
—Cristina. —El tipo del lunar le mira
incómodo. Duda—. Bueno, puedes metérsela un poco, pero no nos gusta llegar a
término, ¿me explico?
—Entiendo. Por supuesto.
Y
¿tu opinión no cuenta?, protesta Madre.
Dakota se echa sobre la lujosa cama y
descubre espejos en el techo. Sobre las sábanas de raso negro su piel destaca
con limpieza. Ama está despojándose de sus reparos. Se siente hermosa y
deseada, y empieza a llamar a la tímida Gata. No parece muy salvaje en este
momento. No le da tiempo a llegar. Christian se ha puesto un condón y la
asalta, sin más. Ella no está húmeda. Ni siquiera la besa.
—¡Ay!
—¿Te he hecho daño? Disculpa.
No se retira. Por el contrario, empieza
a dar empujones de toro, jadeando y gruñendo, con el torso pegado a ella,
aplastándole el pecho. La goma del condón no está lubricada. El lunar, visto de
cerca, tiene pelos, y amenaza con rozarle una mejilla. Dakota busca con la
mirada a Eliseo y a Cristina.
Qué
cama tan grande.
—Qué buena estás —babea él.
La muchacha, Cristina, se está dejando
montar por Eliseo. Si fuese un cadáver, se movería más. Eliseo tiene una
rigidez mediocre y decae de inmediato ante la nula predisposición de ella. Le
recuerda a un pescado sobre un frío mostrador. Así que Eliseo renuncia. Retira
el condón y se baja de la cama. La chica se acerca a Dakota reptando mientras
Christian la monta con empujones toscos. Suspira. De pronto, Cristina le habla
al oído. Dakota se sobresalta porque no la ha visto venir.
—Hola.
Dakota gira el rostro y descubre a
Cristina a unos centímetros. Tiene unos ojos grandes y oscuros de Bambi, llenos
de pestañas, y los abre y cierra, coqueta.
—Hola —contesta Dakota, con el tipo
sobre ella, gruñendo. Su aparato es el de un bebé. La chica le acaricia un
hombro con el dorso de la mano y la baja hacia su pecho. Le acaricia uno.
Dakota no sabe qué decir—. Me encantan. Son tan sedosos...
Cristina acerca la cara hasta apoyar
los labios en su pezón, apartando a Christian sin miramientos. Él se alza sobre
los antebrazos y separa el torso. Se le está bajando la erección. La chica besa
su pecho por debajo y Dakota siente un escalofrío. Su lengüecilla es
puntiaguda.
Desde la sombra, Eliseo hace
movimientos en su rincón. El lunar todavía empuja un par de veces y sale de
ella, dejándola escocida. Se aparta para que Cristina la acaricie. Le acerca su
boca un poco más. Dakota abre la suya, indecisa.
Detrás ve a Eliseo masturbarse. Sentado
por allí, tocándose sin quitarse el condón de su pene flácido, Christian las
mira.
—Eres preciosa —susurra Cristina.
—Tú también.
La boca de Cristina es delicada y sus
labios, sensuales. La ausencia de barba es muy agradable. El roce de su piel es
una sensación nueva y exquisita. Los hombres están a la expectativa.
—Qué suave —murmura.
Se besan. Es extraño no sentir los
pinchos de un hombre, sino una piel delicada como la suya. Cristina se echa
sobre su espalda y en un baile a cámara lenta Dakota se vuelve hacia ella. Se
miran. La joven le devuelve su mirada de Bambi y pestañea. Estira dos dedos
temblorosos, acaricia su piel. Sus pechos son tiernos, pequeños. No son
abundantes, sino que tienen forma de sombreritos chinos con la punta grande, de
color café con leche oscuro. Dakota apresa uno entre sus labios y nota cómo se
endurece.
—Son preciosos. —Imita a Eliseo cuando
habla con ella en la intimidad.
Va dejando besos redonditos en su piel
de terciopelo, baja por la quieta curva de su vientre hasta el ombligo. Duda un
segundo y decide entrar en su hendidura. Cristina le regala un gemido. Abre sus
labios con cuidado y siente el escalofrío de ella.
Está
en tu poder, le dice la Gata Salvaje dando un salto espectacular desde las
sombras. Está alerta.
La chica se derrite bajo sus caricias.
Sus gemidos animan a Dakota. Ama y la Gata Salvaje comienzan a aullar, lobas
bajo la luna llena. Se inclina sobre la muchacha y sopla con suavidad en su
entrada. Percibe el olor ligeramente ácido de su sexo. Dakota se aproxima,
sintiendo el calor de ella. Cristina gimotea. Dakota saca la lengua y roza su
centro, abriendo su regalo con los dedos. La pelvis responde a su caricia con
un calambre. Su dueña la coge del cabello y empuja su cabeza hacia su vórtice.
Cuando come la fruta que le ofrecen,
Dakota levanta la vista y ve a Eliseo, que mira.
Después de ensayar tímidamente, hunde
la boca en ella y le arranca un gemido y un espasmo. Christian observa
fascinado cómo se retuerce su chica y se acerca con la intención de metérsela a
Dakota por detrás. Ella saca un brazo sin inmutarse y lo rechaza. Por suerte,
el lunar se detiene y empieza a masturbarse. No está lo bastante erecto. Entre
tanto, Dakota se hace con Cristina. Le pide al oído:
—Date la vuelta.
Amasa su culo blandito y la muchacha
gime. Su respiración se entrecorta.
Dakota busca a Eliseo. Está sacando un
objeto de su chaqueta. Se acerca silencioso por detrás del calvo del lunar, que
se masturba.
—A cuatro patas —pide Dakota, y
Cristina obedece.
Con la lengua y con los dedos, Dakota
guía a la chica hacia el éxtasis. Eliseo tiene una cámara plana y hace fotos
con un clic silencioso. Ni la muchacha ni el lunar se han percatado. Tienen la
atención en lo suyo.
Se tensan los músculos de la muchacha,
a cuatro patas, la cabeza hacia atrás, jadea, gime, dice sí, sí, sí. Llega
rápidamente al clímax, temblando, entregada. Dakota le da la vuelta y la tumba
de espaldas. Continúa con la boca y siente una especie de poder masculino. En
cierto modo, es darse placer a sí misma. Resulta muy erótico. El lunar se la
casca con frenesí.
Eliseo guarda la cámara.
—Eso es, dámelo —le exige Dakota
recordando las lecciones de su amado.
Cristina se desploma al terminar,
aferrándose a ella, abrazándola. Esconde la nariz en su cuello, y Dakota siente
el rol de macho de nuevo. Es interesante. La deja descansar unos segundos y se
tumba a su lado. Le coge una mano, la chupa y la dirige a su propia
entrepierna. El lunar se quita la goma para inspeccionar su cosa. Todavía no
presenta una erección importante. Eliseo se sienta en la banqueta, en las
sombras.
Cristina se incorpora sobre un codo y
se deja conducir. Dakota la guía hasta su zona íntima. Cuando sus dedos la
alcanzan siente una descarga eléctrica. Entonces reacciona; Cristina le besa un
pezón enhiesto, apresándolo con los labios. Se anima a mover los dedos dentro
de ella. Baja la cara hasta su sexo y Dakota le coge la cabeza para enseñarle.
Con un poco más de iniciativa, Cristina empieza a besar y chupar, besitos
pequeños, sosegados. Dakota siente la lengua nerviosa y los labios delicados en
los suyos, y la Gata Salvaje ruge con lascivia.
Abre los ojos y contacta con los de
Eliseo, y él le guiña un ojo.
Christian se ha puesto un condón nuevo
y está ahí mismo, junto a ellas; empuja a Cristina y balbucea con la voz ronca:
—Aparta, quiero tirármela.
Cristina se aparta a regañadientes y la
Gata Salvaje ruge de impotencia y huye, sálvese quien pueda. El tipo del lunar
la monta sin preámbulos. Esta vez está lubricada y abierta. Ha estado a punto
de correrse con Cristina. El calvo la empala contra la pared mientras Cristina
se acerca y trata de acariciarla, pero él ocupa todo el espacio. Cinco
empujones y se corre. Se le baja la erección de forma instantánea. Se quita el
condón, mirándolo al trasluz. Dakota tiene la sensación de ser una muñeca
hinchable.
De repente, Cristina se pone en pie,
susurrando con ferocidad.
—¿Cómo te atreves? ¡Habíamos dicho que
no íbamos a llegar hasta el final! ¿Lo habíamos dicho o no? No tienes palabra,
Juan.
—¿Sí? Bueno, me parece que tú te has
corrido, ¿no?
—Eso es distinto. Habíamos dicho que no
te correrías dentro, y que ninguno se correría dentro de mí. Y mírate, jodiendo
a la primera zorra...
Dakota se sorprende del cambio de
registro. Es curioso cómo ha pasado de ser preciosa a una zorra por unos
cuantos centímetros de carne más o menos blanda. Eliseo interviene.
—¡Eh, eh! Tranquilos, ¿de acuerdo?
Es mucho más fuerte que el calvo. Este
levanta las palmas en son de paz. Eliseo señala su ropa tirada por el suelo. La
muchacha ya está cogiendo sus pertenencias.
—Mira, «Christian»: os vestís y os
vais. No queremos malos rollos, ¿entendido?
Ella se echa el vestido por encima en
un abrir y cerrar de ojos y coge sus zapatos. Intentando calzarse a la pata
coja, sale de la habitación sin volverse. El falso Christian recoge su ropa
desperdigada y sale detrás en calzoncillos, acusándola de mentirosa. Cuando
cierra, la pelea se pierde por el pasillo. Dakota y Eliseo se miran y se ríen.
Él se aproxima con una erección
mediana.
—Has estado muy bien.
—Menudo par.
—Te has quedado con ganas, ¿eh?
—Aquí la única que no se divierte soy
yo, por lo visto.
—Has estado fantástica. Voy a follarte
toda. Chúpamela un poco y seré tuyo.
Dakota abre la boca y lo recibe. Se
hincha rápidamente y él se pone un condón y la monta. Está muy abierta. Le
aprieta el culo con fuerza, clavándole las uñas. La Gata ha vuelto, más salvaje
que nunca.
—¡Más! ¡Más! ¡Vamos!
—Esta es mi chica. Aráñame.
—¡Más fuerte! —Le araña.
—Dámelo, nena. —Él le tiende una mano—.
¡Muérdeme! ¡Venga! —Enloquece de deseo, le araña y le muerde—. Quiero oírte.
Córrete para mí. —Le da unas palmadas en el culo jaleándola.
Dakota encuentra su botón y se corre
muy deprisa, con Eliseo hundiéndose hasta el fondo en ella, a pulso sobre sus
brazos.
—Te quiero, Dakota.
Ella siente cerca el éxtasis. El grito
se ahoga, su boca abierta en silencio, oleadas que recorren su espina dorsal, y
se deja llevar hasta alcanzar el clímax, muy intenso y largo, mientras él se
encrespa dentro de ella. Dakota goza de dos, tres orgasmos seguidos, él se
mueve con ritmo irregular, siguiendo su vaivén. Las gotas se deslizan por su
frente, por su torso. Ella las lame.
—Así, mi niña..., eso es.
Por fin ella inspira y sopla una gran
bocanada de aire y luego la nada. Después de experimentar los músculos de su
cuerpo a máxima tensión, se produce la caída y se queda laxa. Su corazón late
vertiginoso. Él se aparta y le acaricia una mejilla. Dakota hace otra
inspiración profunda y la expulsa con ruido. Su corazón va regresando a su
estado natural.
—Muy bien, Dakota. Te has portado como
una campeona. Y ahora, ¿quieres que te folle un negro?
—Miau.
Dakota
llega al Torreón exhausta. Al abrir la puerta, Miu-miú la recibe con un
maullido de reproche. ¿Dónde te has metido? Se agacha y la rasca detrás de las
orejas. Mimosa, ella las voltea, restregándose. Se sienta con las patitas
alineadas delante, sin un parpadeo de sus canicas doradas. ¿La está juzgando?
No, solo quiere comida.
—Glotona.
El animal maúlla con su estilo femenino
y echa a andar hacia la cocina. Dakota se detiene en el espejo de la entrada y
ve a una mujer de pupilas resplandecientes y piel luminosa. Así que es cierto.
Practicar sexo ilumina. Que a Dakota la ha cambiado es indudable. Ella se
siente diferente. No le sorprendería que Miu-miú pudiera oír a Ama y a la Gata
Salvaje abriendo puertas y ventanas en su interior, maullando a voz en cuello
como están.
Le ofrece una tarrina de comida húmeda
al animalito. La observa comer, ronronear y sacudir la cabeza; se prepara la
cafetera.
Bajo la ducha, la mujer que salió el
sábado con Eliseo no reconoce a esta que ha regresado el lunes temprano al
Torreón, una mujer sensual, la Gata Salvaje más salvaje que nunca, el sexo
recién descubierto, una mujer que realiza prácticas obscenas. Ha entrado en un
mundo inexplorado. Se ha dejado contaminar y ha salido transformada en otra
mujer. La bolsa de cartulina plateada yace sobre la cama, vomitando varios
paquetes con regalos de él.
Sale rumbo al trabajo recién duchada.
Llega tardísimo.
En la dieciocho, la Mari de turno está
atendiendo una llamada. Dakota le da los buenos días moviendo los labios y
espera interrogante a que le entregue sus mensajes. La chica niega con un dedo
mientras continúa al teléfono. No hay mensajes.
Cuando se da la vuelta, Yolanda está en
su chepa.
—Buenos...
—Dakota, por Dios. Tu reunión con la
Direera a las nueve.
—Mieerda.
—Mira su reloj. Las diez y media—. ¿Se
ha ido ya?
—Ya sabes que no espera a nadie.
—¿Por qué no me has llamado?
—Dakota.
Dakota coge su móvil. Aparecen unas
pequeñas zetas azules que indican que está en modo silencioso. Lo pone así cada
vez que queda con Eliseo. Hay dos docenas de llamadas y mensajes de su ayudante
del viernes, domingo noche y lunes a primera hora. La última, de hace dos
minutos. También varias llamadas perdidas y wasaps
de Fabulosas. Tenía partido de tenis
con las chicas el fin de semana y se le olvidó por completo.
* * *
El jueves, Dakota aparece en la terraza
de La Ofila primera. Cuando llega Vicky, le suelta sin darle tiempo a besarla:
—No puedo comer ni dormir. —En realidad
no sabe si eso es bueno o malo.
—No hay más que verte. —Vicky se lo
toma como algo positivo y sonríe.
—Hola, Vicky.
—Me alegro por ti. —La abraza.
Vicky viste de blanco y luce bronceado
y sonrisa. Dakota lleva una falda negra larga que la estiliza, tacones y un top
escotadísimo para contrarrestar el largo de la falda. Los pendientes de ámbar a
juego con sus ojos, a juego con el collar.
—Dime una cosa, ¿cómo es?
—Especial.
—¿Cuándo nos lo presentas?
—Todo se andará.
—Estoy deseando conocerle.
Les llevan una botella de vino blanco.
Álex llega taconeando y moviendo las caderas a lo Marilyn, increíblemente
puntual. Lleva una falda asimétrica, un top palabra de honor y pendientes
largos. Las besa y se atusa la melena rubia casi platino, con toques medio tono
arriba y abajo dándole volumen.
—¿Os gusta mi nuevo color?
—Fabuloso.
—Menudo plantón nos diste el domingo.
—Lo siento muchísimo. Se me olvidó.
—Es igual. Por cierto, Anne te envía
recuerdos.
—Volví a Vanity el viernes. —Dakota
agradece el cambio de tercio.
—Ah, ya veo. Las cejas. —Y Dakota
levanta una para que la admiren.
Cuatro o cinco parroquianos de
alrededor también admiran a las amigas, bien porque son muy atractivas, o bien
por lo escandalosas que son.
—¿No le habrás contado nada a esta?
—Álex tiende su copa impaciente—. He hecho el esfuerzo de mi vida por llegar a
tiempo.
—La mujer bala. Impresionante.
—Me voy a desmayar —confirma Vicky, y
mira el reloj—. Puntual, casi. Diez minutos.
—¿Cuántas copas lleváis?
—Dispara, Dakota. Llevas una
temporadita que ya te vale. No se te ve el pelo. Precioso, por cierto.
—Y qué morena.
—Y delgada.
Dakota les cuenta sus últimas
aventuras. Les habla de la cena, de la ópera, del desastroso piso de Eliseo, de
La Pantera Rosa, que Álex conoce. Vicky está pasmada mirándolas como en un
partido de pimpón.
—¿A que Ricci es increíble? —empieza
Álex.
—Fascinante.
—Y Nelson ¿no está como un queso?
Lástima que pierda aceite.
—¿Serán amantes?
—Sin duda, querida.
Se desternillan. Vicky le da un
puñetazo blando a cada una en un brazo.
—¿Un bar de intercambios? Y ¿eso qué
es?
—Es un local para ligar. Las chicas
podemos ir solas o en pareja; a los chicos no les está permitido el acceso si
no van con pareja femenina.
—¿Y?
Le describen el bar rosa, el aspecto de
Ricci y de Nelson; la sala oscura; el salón de baile. Vicky levanta las cejas.
Mira a una y otra. Dakota consulta su móvil y contesta un mensaje. Álex la
censura apretando los labios. Se dirige a Vicky:
—Te tomas una copa, bailas y escoges
pareja.
—Así, sin más.
Álex se encoge de hombros y da un
sorbito.
—Todos van a lo que van.
—¿Y..?
—Y subes a un reservado.
—¿Reservado en plan restaurante?
—No, en plan hotel.
—¿Con camas y todo?
—Sí, con camas. Dakota, suelta el
móvil, que me estás poniendo histérica.
—Perdonad. Enseguida estoy con... —dice
distraída mientras teclea con rapidez.
Vicky hace un gesto de impaciencia y
Álex continúa.
—... y allí haces lo que te apetezca,
como si quieres jugar al ajedrez.
—Al ajedrez —repite Vicky con sarcasmo.
—Se suele jugar con varias piezas; a
veces, una sola reina o un peón, a veces con el tablero lleno..., y también hay
fichas negras.
—¿Wandalas?
—Así que lo conoces... —dice Dakota
dejando el móvil. Álex levanta un hombro y se hace la interesante.
—Sí, es mi bar habitual.
—¿En serio?
—¡Claro que no! He ido dos veces.
—Ya, dos.
—Jo, soy la paleta del barrio —se
lamenta Vicky—. ¿Por qué me entero siempre la última de todo lo divertido?
—No seas dramática.
—Y ¿hay que hacérselo con chicas?
Dakota se pone colorada.
—¿En serio? —Vicky la mira incrédula.
—Cuenta.
—Nos entró una pareja... y subimos con
ellos.
Dakota resume el encuentro quitándole
sordidez. La historia de la pelea de los falsos Christian y Cristina saliendo
de allí a la pata coja. Vicky está impresionadísima.
—Podríamos ir las tres, ¿no, Dakota?
—propone Álex cuando termina.
—Mmmm. Espera que lo piense... No.
Sus amigas son el mundo terrestre, la
roca firme a la que agarrarse durante el temporal; Eliseo es el mar, turbador,
lleno de vaivenes, peligroso. Se supone que el agua y el aceite no se mezclan.
A Dakota no hay nada que le apetezca menos.
—A tu chico le encantaría —bromea
Álex—. Podrías decirle que nos acompañe.
—Basta.
Le da un escalofrío al imaginar a
Eliseo en la cama con Álex y con la dulce Vicky. Dakota sigue siendo más
racional que imaginativa. Su amistad es uno de los pilares de su vida.
—¿Estás loca? —ríe Vicky fingiéndose
escandalizada.
—Sería divertido. —Las otras la miran
muy serias—. ¿Qué? ¡Estoy bromeando! Qué poco sentido del humor.
* * *
El lunes por la mañana, Ama y la Gata
están montando una juerga dentro de su cabeza, y Dakota no puede dejar de
examinar este puñado de emociones nuevas. Abre los ojos despacio y ve el mar en
día de tormenta. Parpadea, vuelve a abrirlos.
—Hola.
—Hola.
Nada de mar. Es Eliseo, a escasos
centímetros, su mirada de un gris verdoso con azules, observándola. Ama se
pregunta si tendrá legañas o estará presentable. Llevan todo el fin de semana
haciendo el amor en el terrorífico piso de soltero. Al notar su mirada de
deseo, laGata Salvaje levanta la barbilla. Eliseo frota nariz con nariz. La luz
entra por las rendijas de la persiana caída. Un estor color calabaza la
convierte en cálida, y Dakota se siente hermosa. Le dan ganas de reír. Está
sonriendo en plan sandía.
—Estás preciosa dormida.
—Mmsí,
seguro. Y con unas legañas preciosas. —Se frota las comisuras de los ojos con
un nudillo.
—En absoluto. ¿Quieres desayunar?
—Sí. A ti.
Eliseo levanta una ceja y se sube a
horcajadas sobre ella. A cambio, Dakota separa las piernas dispuesta a
recibirlo.
—Así que eres una viciosilla.
—Mmsí.
—De acueerdo.
Te voy a dar lo tuyo. ¿Quieres desayuno? Yo te lo daré. —Se da la vuelta para
preparar el condón. Sus pupilas ya están dilatadas de deseo—. Te la voy a meter
hasta el fondo.
Y la penetra de golpe. La voluptuosidad
en oleadas. Dakota se lleva dos dedos a la boca y los baja a su sexo mirándole
con descaro. Al ver que se toca, él se excita más. Sale de ella, la coge con
rapidez por los flancos y le da la vuelta. Tira de sus caderas y le alza el
culo.
—A cuatro patas.
Le da un par de azotes secos. Ella
obedece, sorprendida y excitada por su brusquedad. Se agarra a los barrotes. Él
le masajea el culo.
—Tendremos que hacer algo con este
culito algún día.
Le da un mordisco y ella respinga. Le
da una palmada fuerte y entra de una estocada, haciéndole soltar un gemido.
—¿Te he hecho daño?
—No.
Baja el ritmo y empieza a mover la
pelvis en círculos grandes, sin entrar ni salir. Ella solloza. Lleva una mano
hasta su zona más erógena y la masajea. Casi al mismo tiempo, ambos se corren.
—Oh, nena. Me voy...
—Yo también..., yo también, mi amor.
—Oh, cariño.
Ambos sueltan un pequeño estertor. Ella
se dobla, cayendo hacia delante sobre el abdomen, y él la sigue, desplomándose
sobre su espalda, todavía dentro, cubriéndola por completo. Al cabo de unos
segundos, ella suspira.
—¿Te aplasto? —Sus labios enterrados en
su cabello.
—Un poco.
Rueda sobre sí mismo. Se quita el
condón y recoge el otro del suelo. La besa en la nariz, se dirige desnudo al
baño, silbando, y enciende el ordenador de camino. Ella admira su figura. Tiene
una estampa masculina y esbelta, un culo pequeño y prieto, espalda ancha y
cintura estrecha. Oye la ducha y a Eliseo silbar un trozo de ópera.
Dakota suspira feliz y se despereza
sintiéndose una estrella de mar. Ocupa toda la cama. Tiene un amante fabuloso. Y está enamorada hasta las
trancas. ¿Cómo puede haber estado tantos años sin sexo? ¿Cómo ha podido pasar
media vida sin esto? Comprende las canciones, las películas, el bombo y
platillo, los culebrones, los corrillos y las locuras por amor. Recuerda a Vicky
tapándose la boca y a Álex poniendo cara de resignación, y las comprende. Qué
horror. Es verdad. Qué desperdicio de
cuerpo, piensa, y se acaricia el costado y se descubre tersa y apetecible.
Treinta y siete, quién lo diría...
—Llego tarde. —Él se está vistiendo,
con traje y corbata—. Tengo una reunión con un cliente en el centro.
—¿Qué tipo de cliente?
—Es confidencial. No puedo hablar del
tema.
—Ah.
—¿Te acerco al despacho?
—No voy a ir —decide Dakota en un
impulso. Está agotada. Se irá a casa. Se levanta y busca sus bragas—. ¿Me
puedes dejar en el Torreón?
—Claro.
Una vez en casa, el pánico de no haber
ido a trabajar se apodera de ella. Llama a Yolanda, que contesta con una
pregunta y un reproche.
—¿Dónde te metes? Ni siquiera contestas
al móvil.
—No me encuentro bien, me acabo de
levantar. No voy a ir, Yolanda. —Es la primera vez que miente para no ir a
trabajar.
—¿Qué tienes? ¿Fiebre? ¿Dolor de
garganta?
—Eh..., no sé. Sí..., la garganta. Y la
tripa. —Se siente como una niña frente a su profesora.
—Tenías cita con la Dire. La habías
cambiado tú. ¿Te acuerdas?
Mieerda.
Segundo plantón.
—¿Se ha cabreado?
—Ya sabes cómo es, no dice nada. Pero
si no te ha llamado, imagino que sí.
—¿Puedes pasarla al lunes?
—Ya lo he hecho. Ya sabes que no puede
otro día. Le he dicho que estabas enferma, ¿qué iba a decir?
—Eres un crack. Voy a darme un chute de ibuprofeno y me vuelvo a la cama
—miente Dakota, y se siente fatal—. Te debo una.
* * *
Eliseo la lleva a La Pantera Rosa otra
vez. El aparcacoches recibe las llaves y Nelson les abre la puerta.
—Buenas noches, señor Free. Señorita...
—Buenas noches.
En la sala color Pantera Rosa los
saluda Ricci con grandes aspavientos, frotándose las manos como si tuviera
frío. Lleva una camisa rosa y un chaleco a juego, y pantalones blancos. Si se
estuviera quieto, se mimetizaría con el decorado. Menos por el pelo naranja
pajizo.
—Cuánto bueno por aquí, señorita
Dakota, señor Free, me alegro de que les fuera bien la otra noche. Los viernes
esto está más movido que los sábados, sobre todo en el Muro. Somos gente de
viernes, no me pregunten por qué. ¿Queremos una copa?
—¿Está Ngé, Ricci?
—Oh, ya lo creo, hemos seguido sus
instrucciones. Tiene el reservado listo, señor Free.
¿Instrucciones?
La Gata Salvaje levanta las orejas y tensa el lomo.
—Perfecto. Dile a Nelson que me lo
envíe en diez minutos. ¿Qué bebes, Dakota?
—¿Un gin-tonic?
—Un gin-tonic
corto, enseguida, enseguida, no me olvido de usted, querida, la hermosa dama de
gustos moderados. Ja,ja,ja. Y un té frío para el caballero.
Dakota y Eliseo pasan al salón oscuro
con sus bebidas y él la conduce hasta un rincón. Cuando se acostumbran a la
luz, le muestra una ventana de cristal oscuro. Detrás hay unos cuantos chicos
bebiendo. No charlan ni hacen grupos. Deambulan o se acercan a la ventana. No
se percatan de su presencia. Se miran, se peinan frente al cristal. Hay varios
pegados a la pared, como si estuvieran en un urinario. Uno se saca la chorra y
la mete por un agujero que hay en la pared, debajo de la ventana. Dakota está
asombrada. Fijándose bien, comprueba que sobresalen de la pared varios objetos
alargados, móviles, a la altura del sexo de cada uno de ellos. Miembros viriles
en posición de firmes.
—Los que vienen sin compañía femenina
no pueden acceder al salón ni a la pista de baile, a no ser que los invitemos
desde aquí. Tienen que esperar en esta sala —explica Eliseo.
—¿Esto es un espejo por el otro lado?
—Exacto.
—¿Como en las rondas de identificación
de una comisaría?
—Sí, un espejo polarizado. Ricci lo
llama el Muro de las Mingas.
—Qué propio —ironiza Dakota. Da un
trago largo a su gin-tonic y
retrocede cuando un hombre corpulento de la otra sala se acerca al cristal a
mirarse.
—No puede verte.
—Ya. Pero impresiona.
—¿Quieres tocar alguna?
—Me da no sé qué.
—Ven.
Eliseo le coge la mano y la dirige
hacia el primer bulto, obligándola a tocarlo. Ella agarra el trozo de carne. El
efecto es muy fuerte. Como si estuviera en un mercado eligiendo morcillas al
tacto.
¡Eso
no se toca!, grita Madre. Dakota se acerca a los límites infranqueables.
¡Está tocando los genitales de un tipo al que no conoce de nada, al otro lado
de la pared! El hombre da un respingo y sonríe. Dakota retira la mano. Eliseo
le da la suya.
—No importa. Ven.
Un hombre negro que sobresale de los
demás por su altura y su color introduce su aparato por uno de los agujeros del
Muro. Eliseo se acerca y se la toca. Él da un respingo y sonríe con sus dientes
enormes, muy blancos sobre su rostro oscuro.
—Espera aquí un segundo.
Eliseo sale a la barra. Cuando regresa
suben al reservado. Los pasillos están desiertos. Una vez dentro, él la desnuda
del todo excepto por los tacones, las medias y el liguero, y busca unas cuerdas
delgadas que están preparadas en las columnas de la cama.
—Túmbate. Te voy a atar, Dakota. ¿Te
importa?
—Bueno.
—Tranquila. Confía en mí.
Eliseo la ata de pies y manos y ella se
contempla en los espejos del techo. Parece una sala de tortura. Le abrocha el
último lazo y suenan unos nudillos discretos en la puerta.
—Adelante.
El chico negro, altísimo, musculoso y
delgado entra en la habitación como si no tuviera derecho a estar allí. Eliseo
lo recibe dándole una palmada en la espalda. Una espalda muy ancha.
—Hola, Ngé. ¿Te gustaría trasegarte a
un coñito blanco?
—Sí. —El muchacho parece intimidado y a
Dakota le conmueve. La Gata Salvaje se siente una prostituta de lujo. Es una
mezcla ambivalente entre humillación y deseo.
—Bien. Ahí la tienes. ¿Llevas condones?
—Sí. —El chico no la mira. Se desnuda.
Tiene un cuerpo atlético, brillante, delgado y fibroso a la manera de los
negros. Abre un condón y se lo pone, listo ante la inminencia de la actividad.
Se la acaricia acercándose despacio. Dakota casi se echa a temblar al ver el
tamaño de su herramienta. Se acuerda de Vicky mientras Ngé se sitúa sobre ella.
Ojalá fuera Vicky. En ese momento, Eliseo se pone los pantalones.
—Vuelvo enseguida.
Y se va. A Dakota no le gusta estar
sola, atada y a merced de un hombre desconocido y lleno de músculos. Es
demasiado grande y ella no está excitada. Se le pasan por la cabeza todo tipo
de fantasías. ¿Y si la golpea? ¿O la estrangula?
Está esperando, a pulso sobre sus
brazos de músculos como ébano bien lustrado. La mira y descubre que sus ojos
son cálidos. Dakota se relaja. Él susurra:
—¿Puedo?
—Sí.
El hombre se coloca en su entrada y la
penetra, el proceso detenido por la goma. Dakota se pone rígida. El condón
fricciona sus partes de manera desagradable, atascándose. Le recuerda a un
guante de fregar que intentara deslizarse sobre una superficie seca. Comienza a
moverse adelante y atrás. Ella se distrae contemplando el espejo del techo, una
espalda oscura, lustrosa y atlética que se mueve sobre unos bracitos y unas
piernas blancos que sobresalen en equis, las puntas atadas a los barrotes de la
cama. Una imagen inquietante.
Entonces Ngé se detiene.
—¿Molesta?
—Un poco.
Él se alza sobre su tronco, haciendo
espacio entre sus sexos sin sacarla, y escupe. Un escupitajo grande que a
Dakota le causa horror y excitación al mismo tiempo. Cuando Ngé retoma la
tarea, ella está lubricada y empieza a disfrutar. Se concentra en la imagen del
techo. Tiene una minga enorme. Se siente como un trozo de carne, puro sexo. No
puede moverse. Lo único que puede hacer es mirar a la pareja que goza en el
espejo del techo. De alguna manera, la situación la obliga a salirse de su ser
y la convierte en espectadora. Y eso, para su sorpresa, la pone cachonda.
—¿Te gusta?
—Sí.
El wandala
es joven, no tanto como le había parecido de lejos. A pulso sobre sus brazos
torneados, entra y sale a buen ritmo. Recuerda el portal de internet donde
conoció a Eliseo y bautiza al muchacho como Follatronix. Consigue que Dakota se
excite. Eso, el hecho de estar atada, de verse en el espejo del techo, de que
su verga sea tan gruesa y larga, de estar a solas con él, de no conocerlo, de
que sea negro (esto le avergüenza reconocerlo), de no poder tocarlo...
Al rato, Follatronix le pregunta de
nuevo al oído, sin mirarla:
—¿Te gusta?
—Sí —contesta. Preferiría que no le
hablara. Se desconcentra.
Entra Eliseo. Se quita los pantalones,
saca la cámara y hace algunas fotos sin que Ngé se percate, modifique su
postura ni su labor, y la vuelve a guardar.
—¿Te gusta? —le pregunta Follatronix de
nuevo al cabo de unos minutos. Qué
original. Eliseo se queda en las sombras mirando.
—Sí.
Ngé, a pulso sobre ella, destila
grandes cantidades de sudor espeso y acre que cae sobre su pecho, excitándola
más. En el techo se desarrolla una película pornográfica con Dakota de
espectadora y actriz principal. De pronto, Follatronix tensa los músculos y
aprieta la mandíbula. La mira. Los brazos le tiemblan ligeramente.
—¿Puedo? —susurra desencajado.
—Sí.
Entonces él termina sin un sonido,
inmóvil dentro de ella, con la mandíbula apretada. Dakota no ha conseguido
llegar. Calcula que habrá estado sobre ella al menos veinte minutos.
Follatronix se separa sin tocarla y se baja de la cama con su condón en la mano,
permitiéndole verse a sí misma en el espejo, sudorosa y excitada, desnuda y con
los tacones puestos. Lo observa hacer un nudo al condón. Eliseo lo observa
vestirse en un periquete. Ngé se guarda el condón en el bolsillo. Ella retira
la vista con repentino pudor; dos hombres delante de una mujer desnuda e
indefensa. Dakota siente la vulnerabilidad de su sexo abierto. Expuesta como
una víctima a punto de ser torturada o una ofrenda de sacrificio a los dioses.
Y debajo, un punto de frustración por el polvo inconcluso.
Eliseo le pide a Ngé su teléfono
cortésmente.
—Por si nos apetece quedar un día.
Lo apunta en su móvil y el wandala se va discreto y silencioso.
Eliseo se acerca a Dakota y la suelta. Besa sus manos y sus tobillos con cada
lazo que desata. La acaricia y le frota las muñecas.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Te ha gustado?
—Y ¿a ti?
—A mí me ha puesto muy cachondo. Y
ahora te vas a correr, muñeca. Abrázame.
—¿En
serio? ¿Has vuelto?
—¿Te lo has hecho con un wandala?
—¡Qué suerte! Cuenta.
En la terraza de La Ofi el jueves
siguiente, Dakota resume la aventura dándole un aire divertido. No reconoce
ante sus amigas sus sentimientos encontrados, la sombra de humillación latente.
Mientras Follatronix fornicaba gratis esa noche, ella miraba en los espejos del
techo la espalda musculosa moverse sobre la mujer despatarrada que era ella,
atada como una res, y le parecía estar fuera de su cuerpo viendo a una furcia
excitándose a su pesar.
Le ha dado tiempo en esos días a
reflexionar sobre lo poderoso que es el deseo, que arrastra a una mujer y su
Educación Maternal de Corte Clásico a situaciones como aquella. Y sin embargo
lo volverá a hacer si él se lo pide, solo porque a Eliseo le pone cachondo. Por
algún motivo a él le gusta verla con terceros, hacerla suya. Eso incluye
atarla, exhibirla. Le gusta jugar con chicas, comprarle lencería, disfrazarla.
Es un fetichista con los tacones. Y tiene fijación con una ópera. Ella lo desea
a todas horas. Duerme mal, no come, bebe mucho.
La pregunta de Álex da en el clavo:
—Y... ¿qué sentiste? Allí atada, con él
mirando mientras te lo hacías con Follatronix.
—Me lo tomé como lo que es: un juego.
—Se lee su incomodidad.
—No tienes que hacer nada que no
quieras —le dice Vicky acariciándole un brazo—. Lo sabes, ¿verdad?
La razón de Dakota es la más poderosa
del mundo: el amor. ¿O el deseo?, le
susurra Madre.
Dakota la silencia. Madre se cruza de
brazos. Ama, en cambio, disfruta. Y la Gata Salvaje también.
—Lo hago por él.
—Si mi chico me pidiera hacer cosas
así, quizá me replantearía la relación. No te ofendas.
—Tampoco voy todos los días. —Dakota se
pone nerviosa. Teme que la censuren o critiquen a Eliseo—. Fue un experimento.
—Definitivamente, hay que ir. —Con la
mirada soñadora vuelta al cielo, Vicky provoca la hilaridad de las tres. Dakota
le agradece que relaje el ambiente—. Estaría bien como experimento.
—Llamando a la Luna, aquí la Tierra
—ríe Álex.
—Oye, te advierto que yo también estoy
abierta a nuevas experiencias... —Vicky se acerca poniendo morritos y dando
besos al aire, y Álex hace escudo con los dedos en cruz, riéndose.
* * *
El lunes Dakota consigue llegar a las
ocho treinta a. m. a la planta dieciocho. Yolanda se apresura a saludarla.
—Menos mal. Toma. La reunión es a las
nueve cero, cero.
—¿Quién más viene?
—Ventas, personal y finanzas.
—¿Están ya los gráficos?
—El power
point está preparado en la sala. Te están imprimiendo cuatro copias.
—Que sean cinco.
—Vale.
—¿Me traes un café?
—Claro.
Dakota entra en su despacho y suelta el
bolso. Tras revisar su plan y tomarse el café que le lleva Yolanda, se dirige a
la sala de reuniones con un nudo en la garganta. Por su culpa han retrasado
esta reunión dos veces. Cuando entra a las nueve en punto, ya está el resto de
sus compañeros, excepto la Dire.
—¿Qué hay, Dakota? —la saluda Vanessa.
—Buenos días. —Se coloca en su sitio,
donde Yolanda ha instalado el portátil. El ordenador está encendido y la
presentación preparada.
—¿Te encuentras mejor?
—Eh..., sí, gracias.
—Nos dijo Solanda que tuviste una
descomposición. —Dakota simula por su presentación un interés que no siente.
Igual podría haber una marioneta en su lugar. ¿O una Yolanda? Le da un
escalofrío.
—Humm, sí.
Entra la Dire y mira al personal por
encima, excepto a Dakota. Todos la saludan.
—Buenos días. ¿Estamos todos?
—Los cafés —dice Yolanda dejando una
bandeja con café y pastas.
—Gracias. Cierra la puerta al salir.
Dakota, cuando quieras.
¿Hay retintín en ese «cuando quieras»?
Dakota comienza su exposición. No se atreve a mirarla.
La reunión dura tres horas. De vuelta
en su despacho, Yolanda, que sigue a su ritmo, se empeña en perseguirla
manejando sus móviles a diestro y siniestro.
En los últimos tiempos, a Dakota le
parece que su ayudante está acelerada. Ha seguido al pie del cañón, haciendo
labores que le corresponden a ella. A lo mejor es ella quien está bajando el
ritmo. Nunca habían estado exactamente unidas, aunque sí sincronizadas,
haciendo cada una lo que era necesario. Podían comentar los detalles, eran
amables la una con la otra y formaban un buen equipo. A veces Dakota era
brusca. Sin embargo, no había tensión.
Y Yolanda está susceptible. Dakota se
siente culpable, pero no tanto como para reunir los ánimos de hablarlo. Toma
nota mental de hacerlo en el futuro. Dedica el resto de la mañana a investigar
las residencias para ancianos, rascando tiempo a sus quehaceres. Pide a tres de
ellas que le envíen folletos con información.
Revisa sus mails. Hay tres antiguos de Nick con sus informes. Le envía todas
las semanas la evolución de sus inversiones. No hay rastro de lenguaje
personal. «Estimada señorita Udaz» y la firma estándar: «Un cordial saludo,
Nicolás Sánchez, asesor financiero».
No ha vuelto a hablar con él, ni
siquiera por teléfono. También ahí encuentra motivos de culpa. De nuevo no
tantos como para coger el teléfono. Anota mentalmente la conversación pendiente
para mantenerla en algún momento.
Comprueba la cantidad de dinero que ha
ingresado Nick en su cuenta a primeros de mes. Silba. Siente el impulso de
celebrarlo. Envía un wasap a Eliseo.
«Puedo invitarte a cenar el viernes? Tuya, DKT.» Él le contesta de inmediato:
«Viernes y sábado ya tenemos plan. Te recojo en casa 21 h. Besos».
A Dakota se le forma el familiar nudo
en el estómago. Nervios, emoción, felicidad, impaciencia, deseo. El cóctel
regado con adrenalina. Sin embargo, ¿por qué también se mezclan tensión,
ansiedad y angustia?
Yolanda entra con un montón de
documentos que reclaman su atención.
El
viernes Dakota da un trago de gin-tonic
asomada a la terraza del Torreón. Lleva un vestido de lino blanco con ribetes
azules, con escote de barco y media espalda al aire. Debajo, un tanga estilo
tirachinas y el sujetador cruzado, que no se ve por detrás. Ayer fue a la
peluquería y se ha puesto los pendientes largos de nácar y varias pulseras de
estilo africano.
Anoche no durmió. Hoy ha tenido que
excederse con el tapaojeras, que en realidad no las tapa porque tendría que
rellenarlas con materia sólida para que desapareciesen. Cemento, por ejemplo.
Parece más bien un mapache en versión blanca. Y aunque el vestido le sienta
bien a sus curvas menguadas, su rostro bajo el maquillaje está pálido. Recuerda
unas frases de Álex (dichas con un suspiro mirándose al espejo): «No se puede
tener todo. Si adelgazas, la cara se te arruga. Es nuestro sino: o la cara o el
culo».
Dakota entra a hacer pis por quinta
vez. Se ha maquillado bastante, y a pesar de las ojeras se encuentra aceptable.
Mira el reloj mientras se calza los tacones.
Son
solo quince minutos tarde, le quita importancia Ama; estás fabulosa. Pero Madre levanta un dedo de advertencia: Empiezan por llegar tarde y acaban por
perderte el respeto.
Es cierto, reconoce Dakota. Ha empezado
a escuchar a Madre y sus consejos de Educación Maternal de Corte Clásico. Y la
ha empezado a escuchar porque padece ansiedad, ha perdido el apetito y duerme
mal. Y ¿qué es esto que siente cuando él no llama en tres días o llega tarde a
una cita?
Acostarse con terceros ha dejado de ser
un experimento. Para Eliseo es una costumbre. Parece que no se excita tanto si
no le pone sal y pimienta al sexo. Ya no es entretenido recordar la noche del
cuarteto con el imbécil del lunar o el polvo con Follatronix. Todo lo que desea
Dakota es estar con Eliseo. No ha habido una sola tarde de sofá, un cine, un
paseo romántico, ir a bailar. Solo cenas, lencería y sexo.
¿Por
qué tú no eres suficiente para él?, susurra Madre.
Mieerda.
Da un trago al gin-tonic y acaricia a
Miu-miú. Ella frota su lomo contra sus tobillos. Suena el telefonillo y se le
cae el vaso, rompiéndose. La gata se da a la fuga, aterrorizada. Dakota mira el
reloj. Media hora tarde.
—Ya bajo, cariño —le dice al
telefonillo.
—Bien.
Decide dejar los cristales rotos para
Ivonne. Contiene los reproches de Madre y comprueba que el comedero de Miu-miú
está hasta los bordes y que tiene agua en su cuenco. La gata maúlla con su
vocecita, siguiéndola. «No te vayas», parece decir.
—Mañana vendrá Ivonne, tontita.
Le acaricia la nariz y se va.
La ópera inunda el habitáculo del
coche. Eliseo la besa cuando entra y señala el compact, tan tranquilo. En el
asiento de atrás hay una bandeja de una pastelería de lujo, y el olor
característico de canapés y hojaldres. Dakota siente una revolución unos centímetros
por encima del estómago, en el sitio de siempre. ¿Qué le espera esta vez? ¿Una
cena en su casa? Qué emoción. ¿Será una velada íntima?
¿Con
quién?, interviene Madre con perversidad.
—La Tebaldi y Bergonzi —le aclara él.
—Ajá. —Dakota mira por la ventanilla.
El cielo está despejado y la noche es cálida.
—Es la versión del Coro e Orchestra
dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Escucha qué maravilla...
Le podría hablar en griego o japonés;
entendería lo mismo. Asiente, pensando en sus cosas. La ópera se desarrolla
durante la hora que tardan en llegar al hotel, bastante apartado de la
civilización. Intenta no prejuzgar los sitios a los que la lleva Eliseo.
Seguro
que no es un local cualquiera.
La bolsa de cartulina plateada y la
bandeja envuelta en papel encerado rojo jugarán su papel. No puede evitar un
nudo de zozobra. Llegan a una caseta de recepción. Sin apearse, Eliseo tiende
el DNI y una tarjeta de crédito. La chica consulta su pantalla.
—Bienvenido, señor García.
—Gracia-Free.
—Perdón.
Desde detrás de su ventanilla, la bella
recepcionista estudia los documentos y teclea en un ordenador.
—Sí, aquí está la reserva... Señor
Gracia-Free —repite despacio, esforzándose en pronunciarlo bien. Le tiende un
bolígrafo y un tique—. Firme aquí. Su llave. —Le ofrece un mando de garaje con
una tarjeta, su DNI y su tarjeta de crédito—. Número seis, al fondo a la
derecha. Espere la luz verde antes de pasar.
—Seis, entendido. Buenas noches.
—Buenas noches, señor Gracia. —Dakota
contiene una sonrisa.
Entran en una calle peatonal con un
minisemáforo en verde. No se cruzan con nadie. Todas las puertas de garaje
están cerradas. El mando a distancia abre la número seis y aparcan en el
reducido espacio. Al fondo hay una moto con dos cascos encima. Eliseo detiene
el motor y coge la bolsa y la bandeja. Suben por una escalera estrecha.
—Por aquí.
Abre con la tarjeta electrónica y
acceden a una suite de hotel. Las
luces están apagadas. Detrás de los estores horizontales hay una terraza grande
llena de plantas y una piscina privada que arroja su luz turquesa sobre el
dormitorio.
Se oye el chorro de una cascada en la
piscina. Les llegan risas y voces femeninas. Dakota supone que provienen de
otra habitación. Suelta la bolsa de cartulina plateada sobre la cama, vestida
con una colcha dorada y blanca. Salen a la terraza, cuyo suelo es de madera.
Eliseo se quita los zapatos con naturalidad y deposita la bandeja sobre una
mesita dispuesta con mantel.
—Hola, chicas.
Dakota las mira atónita. Las voces de
las chicas no vienen de otra habitación; están en su piscina-jacuzzi, y parecen
bastante desnudas. Dan grititos de alegría. Le recuerdan a Álex, sobre todo en
los pechos.
—Estas son Lola y Miyako. Chicas..., mi
Dakota.
—¡Es fantástica, Eli!
—¡Ya era hora!
¿Eli?
Un momento. ¡Eliseo es suyo! Y ¿qué significa «ya era hora»? ¿Quieren decir «ya
era hora de que la conocieran» o más bien «ya era hora de que Eliseo se echase
novia»? Y ¿quiénes son ellas? ¿Sus amantes, sus amigas, o prostitutas? Aunque
su EducaciónMaternal de Corte Clásico
sonríe, Dakota no sabe dónde esconderse.
—¡Hola. —Ellas se acercan al bordillo,
cascabeleando. La muchacha oriental lleva un moño alto sujeto con dos palillos.
Lola luce un peinado suelto, con algunas trencitas enredadas en su melena
salvaje.
—¡Bienvenida!
—Teníamos muchas ganas de conocerte,
Dakota.
—Eli
nos ha hablado tanto de ti...
¿Tanto?
Salen del agua, de un azul turquesa,
luciendo sus tangas plateados y diminutos. Sus pechos son demasiado redondos y
apuntan al cielo. Miyako y Lola rodean a Dakota, le dan dos besos y la admiran
con interés. Lola y Miyako, mojadas como sirenas, se abalanzan sobre Eliseo
riendo. Sus pechos se bambolean. Lo abrazan, mojándole. Lola le desabrocha la
camisa mientras Miyako inspecciona la bandeja que él ha dejado en la mesa.
Entreabre el papel rojo como una niña, agachándose para curiosear dentro.
—¿Qué nos has traído? —Él le da un
pequeño cachete en la mano. Miyako hace un mohín. Le coge las muñecas y se las
besa impidiéndole abrir el paquete.
—Si os portáis bien, os daré de cenar.
—¿Hay bombones? —La muchacha frunce los
labios y le desabrocha el pantalón. Entre ambas se lo quitan jugando.
El hilo musical ofrece baladas
románticas. Eliseo entra al dormitorio mientras ellas se apoderan de Dakota y
la desnudan. Está aterrorizada, pero la naturalidad de las muchachas la
tranquiliza.
Cuando él regresa, las tres están en el
jacuzzi. Es una piscina pequeña con una cascada y luces azules que la iluminan
desde dentro. Lola y Miyako la rodean con sus risas y caricias.
—Qué suave.
—¿Has visto qué pelo?
Las burbujas les hacen cosquillas y hay
una media luna muy erótica. Las velas crean un ambiente irreal, sombras
danzando contra el fondo iluminado de la piscina.
—A ver tu brazo. —Las tres exponen sus
brazos comparando sus pieles, riendo.
—Parecemos un helado tricolor —sonríe
Lola.
—La de Dakota es la más fina —afirma
Miyako.
—Cada una en su estilo —responde ella.
—Tienes unos ojos increíbles, Dakota.
—Le dice Lola, acercándose más. Miyako se acerca mucho también y forman un
corrillo en torno a ella. Le pasan los brazos por los hombros, haciendo una
piña.
—Ejem, gracias.
—Sí, son del color de la piel de un
león. ¿Verdad?
—Dorados —interviene Miyako, e
inspecciona sus iris—. Podrías llamarte Leona.
No hay un ápice de rivalidad ni ningún
sentimiento oscuro. Están aquí para divertirse, parecen decir con cada gesto.
—Oye, si pudieras reencarnarte y
elegir, ¿qué animal te gustaría ser? —pregunta Lola de pronto—. Yo sería una
pantera.
—Yo un tigre —afirma la dulce Miyako
muy seria.
—No. Tú serías un colibrí.
—De eso nada. ¿Qué te parece? —Las dos
miran a Dakota.
—No te veo como un tigre —aventura
Dakota con tacto—, sino como algo más tierno... ¿Un conejito?
—¡Noo! —protesta Miyako—. Elijo tigre.
—Estoy con Dakota. El colibrí te va
más: menudo, sofisticado —afirma Lola.
—Cursi. —Miyako se cruza de brazos—.
Tigresa.
Lola se dirige a Dakota.
—¿Y tú? Espera..., déjame adivinar...,
tú serías un...
—Una leona —insiste Miyako—. Está
clarísimo.
—Demasiado fácil. Yo le pondría... un
bambi, o una gacela. Elegante, frágil, suave...
—Cazadora, sensual, independiente
—contesta con firmeza Miyako—. Leona.
—Me encantan los gatos —interviene
Dakota—. Si pudiera elegir, sería gata.
Miyako sonríe y la señala con su manita
de uñas perfectas.
—¿Lo ves? Leona.
Eliseo se mete en la piscina y se
acerca al trío. Juegan un rato, los tres alrededor de Dakota, besándola,
sosteniendo sus pechos bajo el agua, rozándole el trasero, su piel resbaladiza.
Miyako tira su tanga plateado a la orilla, un pececito inerte. Se acerca a Lola
y baja las manos enredando en su cuerpo. Sale el otro tanga, zas, nuevo
pececito al borde de la piscina.
El único hombre sale del agua y se pone
un albornoz.
—¿Tenéis hambre? ¿Queréis cenar
primero?
Y ese «primero» suena inquietante y
prometedor. Las chicas escogen cenar, y Eliseo entra a buscar tres albornoces.
Rodea a Dakota y a cada una de las otras dos. Ambas van completamente
depiladas. Van saliendo obedientes y se sientan en torno a la mesita con las
velas encendidas.
—¿Has traído cecina?
—¿Habéis puesto el champán en el
congelador?
—¡El champán! —Lola se levanta a
buscarlo y se le abre el albornoz, un cuerpo perfecto de piel oscura como una
castaña asomando—. Debe estar congelado.
Disponen las bandejas, que están
decoradas con mantelitos de blonda: jamón ibérico, cecina, volovanes rellenos,
foie y tostaditas. La charla es frívola y divertida, y Lola ha traído cuatro
copas de cristal. Miyako abre la botella y escancia. Los tres brindan con el
champán helado.
—Es champán rosa. ¿Te gusta?
—Sí.
—A mí me chifla.
—¿No era Marilyn la que adoraba el
champán rosa?
—Dicen que le cabía un pecho en la copa
de champán y que las hicieron a su medida.
—Me tomas el pelo.
—Tenía las proporciones perfectas...
para su época.
—Me gustan más vuestras proporciones
—sonríe Eliseo.
—Por nosotras. —Los cuatro levantan las
copas y brindan. Miyako mete un dedito en la suya, dando vueltas a las
burbujas.
—Los entendidos dicen que no es el
mejor, pero es tan bonito...
Cuando se acaba la bebida, Miyako se
levanta y con sus pasitos cortos entra y regresa con la otra botella. Sirve a
cada uno con un gesto gracioso de cabeza. Dakota admira a la muñequita
japonesa. Le recuerda a la ceremonia del té. Cuando terminan de cenar están
achispados.
—A mí es que con dos copas se me sube.
—Y a mí. ¿Estás bien, Dakota?
—Sí, bueno, se me ha subido un poco.
—Bueno, en pocos minutos os bajará. Si
queréis entramos para que descanséis —sugiere Eliseo. Imposible saber si tiene
doble intención. Es tan serio.
Además de una cesta con fresas hay una
cajita de trufas, que descubre Miyako. Eliseo la escamotea y se la lleva
dentro. Las chicas arrastran a Dakota cada una de una mano. Está relajada a
pesar de los reproches de Madre.
—¡Tramposo!
—¡Mis trufas!
—Os las tenéis que ganar.
—Malo.
—A lavarse los dientes, mis niñas
buenas.
Las tres obedecen. Hay cepillos nuevos
y a Dakota la escena también le parece surrealista. Son como chicas de
internado a punto de irse a dormir, salpicándose con espuma y mirándose en el
espejo, risueñas con sus albornoces esponjosos. Dakota se olvida de dónde
están. Participa del regocijo como si fuera lo más natural del mundo, como si
hubiera vuelto a la infancia. Lola coge una fresa.
—Adoro las fresas.
—¿Para qué nos lavamos los dientes, si
vamos a comer chocolate?
—No protestes, Miyako. Venid aquí,
chicas. Tengo regalos para todas.
Las chicas dan grititos de alegría y
palmotean.
—¿Qué nos has traído?
—¿Qué es?
La cama es muy amplia. Al tumbarse
junto a sus compañeras, Dakota ve el cuadro que dibujan en los espejos del
techo, riendo desmadejadas en un lío de brazos y piernas de diferentes tonos.
Juegan a poner posturas mirándose en el espejo. Ante su sorpresa ella está a la
altura de las demás. La imagen le recuerda Las
tres gracias de Rubens en una versión light y de colores. Y a Dakota le
sorprende ver que sus pechos son también bonitos.
Vaya,
toda la vida sin mirarme a un espejo de techo y últimamente no hago otra cosa.
Ama se envalentona y cita a la Gata
Salvaje para arrancarse con un pase natural. Las chicas se han colocado a ambos
lados de ella y le van ofreciendo una trufa y una fresa por turnos. Juegan a
quitárselas entre sí y las van probando todas.
—Esta es de naranja.
—Y esta de licor.
—¿A ver?
—Déjame probar..., café.
—No os las comáis todas, golosas —dice
Eliseo entrando.
—Solo las probamos..., no nos las
comemos.
—¿Las estáis dejando mordidas? —Pone
los brazos en jarras.
—¡Sí!
—Coco.
—Cochinas.
—Nata.
—Miyako, ven.
Eliseo abre la bolsa plateada. Saca
tres paquetes envueltos en papel de seda crujiente. Le entrega a Miyako uno y
ella lo abre feliz como una cumpleañera. Dentro hay prendas muy sofisticadas:
un corsé, un liguero, braguitas y medias en tonos dorado y blanco.
—¿Habéis visto? —Y Miyako muestra las
braguitas: tienen abertura delantera y van rematadas con puntillas y bordados.
Eliseo le da una palmadita en el trasero.
—Para Dakota. Vístela tú, doña
Perfecta. Lola, ven.
Entretanto, Lola coloca un par de velas
por la habitación, lo que matiza la luz fosforescente que entra de la piscina.
Miyako extiende los artículos sobre la cama. Con gestos dóciles indica a Dakota
lo que tiene que hacer y la engalana con mimo, abrochando cada corchete y cada
lazo como si estuviera envolviendo el regalo de una emperatriz.
Siente las manitas cálidas de la
muchacha rozar su piel como pétalos y obedece a sus órdenes mudas: levanta una
pierna, la otra, se tumba, alza las caderas.
—¿Te gusta? —Eliseo le muestra a Lola
su lencería.
—Es precioso, Eli.
—Vosotras sí que sois preciosas.
Viste a Lola con un conjunto en negro y
plata. Lleva adornos de tul y lazos en la espalda, sus pechos morenos elevados
y expuestos como polluelos en su nido, su pubis depilado al descubierto. Una
vez preparada, Eliseo le da un azote y ella intercambia sitio con Miyako. Lola
abre mucho sus ojos negros.
—Estás muy sexi, Dakota.
—Gracias. Tú también.
—Mira. —Le señala el espejo y ambas se
miran con coquetería. Hacen un cuadro muy sensual. Se dedican a poner posturas
exageradas.
El corsé de Miyako es una mezcla de
seda y raso en crema y rosa, con florecitas bordadas y encajes. Eliseo deshace
su moño retirando los palillos, y ella se sacude la larguísima melena negra.
Termina de ataviarla y la exhibe ante sus compañeras.
—¿Qué os parece? —dice Eliseo.
—Qué bonito, Miyako —la halaga Lola—.
Te queda perfecto.
—Estás fabulosa —aporta Dakota.
—Gracias. —Ella hace una reverencia
uniendo las dos manos a la manera oriental.
Dakota mira a Eliseo y este le hace un
guiño cómplice.
Esto
va por ti, le susurra la Gata Salvaje.
Eliseo da una palmadita a Miyako y ella
se acerca a la cama realizando movimientos sinuosos, arañando el aire con
garritas imaginarias. Como una tigresa.
La noche promete. Dakota se une a la
fiesta. Comprueba en el espejo del techo que está absolutamente sexi.
* * *
La sesión que comenzó el viernes
termina en la madrugada del domingo. Aún no ha amanecido del todo. En su
duermevela, Dakota siente que las chicas se levantan y se visten con bisbiseos
y frufrús de seda y tul. Eliseo duerme con un brazo en su cintura, pegado a
Dakota. Ella no abre los ojos. Prefiere que los dejen solos. Recuerda la moto
del garaje, con sus dos cascos encima.
Cuando despierta de nuevo, oye la
ducha. Eliseo no está a su lado. Dakota entra en el baño con resaca y se mete
en la cabina con él. La recibe, seductor con su diente roto. Le encanta verle
sonreír.
—Buenos días, dormilona. Ven, está
calentita.
—Oh, qué gusto. —La besa.
—¿Lo pasaste bien con las chicas? —Él
echa gel en una esponja, cortesía del hotel, y le frota la espalda.
—Mmm. Fueron encantadoras conmigo.
—Son muy simpáticas. Y estuviste
fantástica. Ahora tengo la última sorpresa del fin de semana. —Le frota el
culo, se lo enjabona, baja hacia las piernas, se agacha y le besa el trasero—.
Primero el desayuno. Necesitas coger fuerzas. Dame el pie. —Ella levanta el pie
como un caballo, hacia atrás, y le enjabona los dedos uno a uno. Le hace
cosquillas.
¿Otra
sorpresa? Y ¿qué tal un domingo en el Torreón con la prensa y un desayuno
monumental? ¿Qué tal un paseo por el Retiro? ¿O un partido de tenis?
Empieza a echar de menos las viejas
costumbres.
Dakota suspira y levanta el otro pie,
agarrándose a un asidero de la pared. Madre teme sus sorpresas. La esponja sube
por la pierna y el jabón resbala voluptuosamente. Cuando llega a su
entrepierna, el enjabonado se convierte en otra cosa. Sus manos buscan y
encuentran y ella se derrite bajo el agua ardiendo. Nota su erección. Tiene los
ojos casi verdes. Se interrumpe un momento y sale de la ducha.
—No te muevas.
El chorro caliente es fabuloso contra
el dolor de cabeza. Dakota suspira de placer bajo el agua.
Eliseo regresa quitándole el envoltorio
al condón. Entra con el pequeño impermeable enhiesto. La besa mojándose los dos
bajo el chorro generoso, la coge a pulso y la monta sobre él. Ella enrosca las
piernas en torno a su cintura y se agarra a su cuello. El polvo es rápido,
delicioso, húmedo y muy íntimo. Al menos están ellos dos solos.
—Te quiero —le dice él, y Dakota es
feliz.
—Te quiero.
Cuando terminan él sale primero. La
frota con una toalla seca y le tiende un albornoz.
—Voy a pedir el desayuno. ¿Dulce o
salado?
—Mmm. Dulce.
—Pediré de todo. ¿Té o café?
—Café.
—Sécate el pelo, no cojas frío.
—Sí, mamá.
Ella se cepilla los dientes y a
continuación empuña el secador de pared. La enternece que se preocupe de su
salud, que le pida el desayuno, que quiera que le busque residencia para su
madre. No le ha contado nada de su relación con ella. ¿Cómo será?
—A desayunar —canturrea él.
Sale en albornoz, con el cabello seco.
Han traído un carrito auxiliar con dos bandejas y lo han dejado fuera, en la
terraza. La temperatura es perfecta, fresca, pero da el sol. Dakota no puede
ser más feliz. Él le está sirviendo un café y levanta las tapas de las
bandejas. Lo besa y se sienta cogiendo su servilleta.
—Huevos, beicon, cruasanes, tomates al
horno, tostadas. —Le muestra.
—Qué hambre.
Empiezan a desayunar y los pájaros
ponen la banda sonora. El hotel está a las afueras, recuerda Dakota. Quizá haya
campo alrededor. Desde su pequeño vergel no se ve el exterior. Tiene muros
altos cubiertos de plantas, y la piscina-jacuzzicon su cascada. Eliseo
carraspea. Mira el móvil y anuncia:
—Va a venir un amigo mío.
—Oh. ¿Tienes una reunión?
—No. —Se lleva la taza a los labios.
Ella detiene la taza de café que está a
medio camino de los suyos y lo mira con sus ojos color ámbar, esperando.
—Me gustaría que te dejaras follar a
cambio de dinero.
A Madre le dan ganas de salir
corriendo, de tirar los platos o gritar. Dakota deja la taza con cuidado sobre
su platillo, intacta.
—¿Por qué?
—Quiero que te pague. Quiero presumir
de mujer. Saber que eres mía.
—Pero...
Eso
tiene un nombre, dice Madre.
Dakota se cierra el albornoz y se
abraza a sí misma. Él se arrodilla delante de ella y la coge de la barbilla.
Sus ojos, entre verde y azul, la desarman. Parece tan tierno...
—¿Lo harás por mí? —le pide—. Me
gustaría mucho. Como prueba de amor.
Dakota asiente con la cabeza
humildemente. Él deja la servilleta, se levanta y la besa en la coronilla.
—Buena chica. Te quiero.
Ella deja caer las manos sobre su
regazo y el albornoz se le abre un poco.
El
jueves, Álex y Vicky esperan ya a Dakota. Aparece por la terraza de La Ofi con
su vestido amarillo con vuelo; tiene un bonito escote cuadrado que resalta el
color de su piel, sus ojos y su cabello. El calor anuncia la llegada del
verano.
—Perdonad, chicas. ¿Lleváis mucho
tiempo?
—No te preocupes, me lo tengo merecido
mil años por tardona.
—Hola, Dakota.
—¡Cuéntanos!
—¿Tengo derecho a beber? —Dakota está
muy delgada y parece ansiosa.
—¿Dónde te metes? —se queja Álex—. Cada
vez te vemos menos. El domingo te estuvimos esperando en el club.
—Lo siento.
—Venga ya. Podías habernos avisado, al
menos.
—Se me olvidó.
—Dakota, en serio —dice Vicky
sirviéndole vino.
—¿Qué?
Vicky le coge una mano y Dakota la
retira con suavidad para atusarse el pelo desde la nuca.
—Nos tienes preocupadas. ¿Va todo bien
con Eliseo?
—Claro.
Álex la mira suspicaz.
—El sábado es la fiesta de inauguración
de mi nuevo estudio. ¿Vas a traerlo?
—¿Este sábado? Uf, pues... —Un vistazo
a Álex y mete la marcha atrás—. Claro, ¿cómo no voy a ir?
Llevan casi tres meses saliendo y sin
embargo no se siente preparada para presentárselo a sus amigas. Empieza a
sufrir un ataque de pánico.
—Si no vienes, te la guardo.
—Mujer.
—Con él —interviene Vicky.
—Calma, chicas. No me atosiguéis.
—Queremos conocerlo, cielo.
—Has cambiado —la acusa Álex de
repente.
—Y ¿eso es malo? —Dakota se refugia en
su vino.
—Si no cuentas con tus amigas, sí.
—Vicky, di algo. Defiéndeme de esta
bruja.
—Es que... —Vicky baja los ojos—. Te
veo desmejorada. ¿Duermes bien?
—Bueeno
—suspira Dakota al ver el rostro angelical y preocupado de Vicky—. Tenéis
razón. Estoy loca por él. Y eso me ciega. No tengo cabeza para nada más. No me
lo tengáis en cuenta.
—Mientras estés bien...
—Estoy genial.
—Nos tienes aquí. —Vicky le aprieta el
brazo.
—Gracias, chicas. Prometo ir a tu
fiesta.
—Y traerlo.
—Que sí. ¿Qué peli toca hoy?
* * *
Eliseo saca de su chaqueta un
envoltorio negro con lazo morado. Esta noche van a cenar a solas en su
restaurante favorito. Dakota ha descubierto por qué los camareros fingen no ver
nada: están acostumbrados a él. ¿A cuántas mujeres habrá traído a este local
tan regio?
Atisba un mohín de malicia por su parte
cuando Eliseo le entrega el paquete. Demasiado grande para una sortija. Dakota
retira el lazo y rasga el papel. Se queda mirando la cajita plana, lacada en
negro brillante, con un dibujo de dos geishas
estampado. La abre. Menos mal que no es un cedé. Se lo habría tirado a la cara,
ya se tratase de Eliseo o del rey de Suecia.
Dentro hay tres botecitos de cristal de
colores: morado, marfil y burdeos, una pluma y dos polveras pequeñas. Levanta
la mirada.
—Para masajes íntimos. Sabor a mora,
coco y cereza, comestibles, polvos de vainilla y una pluma.
—¿Esto es chocolate?
—Crema de chocolate para untar... Lo
dejaremos a tu imaginación, mi pequeña Cio-Cio-San.
Dakota siente que le sube el color.
¿Mi
pequeña Cio-Cio-San? ¿Ahora eres Madama Butterfly? Acuérdate de cómo termina,
le echa en cara Madre.
—Te has puesto colorada.
—Buf.
Él se ríe y le coge una mano.
—Eres adorable. Nunca me había pasado
esto.
—¿El qué?
—He salido con muchas mujeres, y
ninguna se había puesto colorada al recibir un regalo.
—¿Muchas?
—Tuerce la boca con picardía. No puede enfadarse con él. Eso sucedió en el
pasado. Ahora es suyo.
—Más o menos. Tú eres diferente. —Le
coge la mano con esa pizca de ternura que rara vez muestra.
Dakota se pone más colorada. Supone que
debe de estar granate.
—A ti te amo, Dakota.
Se lleva la mano al corazón y ella mira
su plato sin saber qué hacer. El suyo se acelera y sus dedos entrelazados
empiezan a sudar.
—Yo... —Respira hondo—. También te
quiero.
—¿En serio? Ya sé que es muy pronto,
pero lo siento aquí. —Mano al pecho. Se detiene y respira hondo—. Tengo
cuarenta y dos años y no le había dicho esto a ninguna mujer... Me estás
haciendo muy feliz, Dakota. Me vuelves loco. Solo pienso en ti. Te quiero.
Eliseo se levanta y le da un beso de
tornillo hasta que el camarero carraspea a su lado salvándola de dislocarse el
cuello.
—La cuenta, señor.
¡Ja!,
chilla Ama, y patea el culo a Madre, que se retira al fondo de su cueva. ¡Volveré!, amenaza. Ambas entablan una
discusión.
Me
quiere, opina Ama.
¿Te
ama? ¿O te posee?, se burla Madre. Y su carcajada rebota en las paredes de
su cerebro.
Eliseo deja su tarjeta sobre la cuenta
y el camarero la retira. Dakota sigue colorada. A Ama le da igual. Los
enamorados pestañean como adolescentes. Con una voz grave y rota, Dakota logra
articular su respuesta:
—Tú también..., yo también.
—Me gusta cómo nos entendemos en la
cama y aprendes muy deprisa. Me encanta que me sigas en mis juegos, eres una
alumna muy aplicada. Eres increíble, Dakota. ¿Te he dicho ya que estoy
enamorado de ti?
—Una vez.
—Estoy enamorado de ti, señorita Udaz.
Hasta las cachas.
La magia se ha roto con su tono
risueño, pero le halaga que lo verbalice. La Gata Salvaje y Ama se abrazan
llorando en su película ñoña.
Eliseo la lleva a su apartamento. Pese
a que Dakota lo detesta, su Educación Maternal de Corte Clásico le impide
pedirle que contrate una empresa de limpieza, aunque le dan ganas de coger la
fregona. Al menos, la cama siempre está lista y con sábanas limpias. El
misterio lo resolvió la lavandería que hay a la vuelta de la esquina. También
lleva su ropa allí.
—Me gusta la limpieza en el sexo —le
confió él un día en el que fueron juntos a buscar un paquete de ropa.
Ella se prepara sobre la cama,
impaciente por estrenar el regalo. Olfatea los aceites y toca la crema de
chocolate con la punta de un dedo. Se escuchan los primeros acordes de la ópera
y él aparece con un cuenco, una brocha y una cuchilla de afeitar.
¿Se
va a afeitar ahora?
Con toda tranquilidad, coloca los
aperos sobre la mesilla y se gira hacia ella.
—Dakota, ¿confías en mí?
—Sí.
—¿Me dejas que te afeite?
Ella traga saliva. Lo lleva natural, un
poquito recortado, y se siente velluda al lado de esos pubis afeitados. ¿No se
sentirá vulnerable sin vello? ¿Qué aspecto tendrá con el vientre pelón? La
adoración que ha desarrollado hacia Eliseo le impide pensar con claridad.
Quiere agradarle por encima de todo.
—No me harás daño, ¿verdad?
—Dakota, ¿tú crees que podría hacerte
daño? Tendré más cuidado que si me afeitara el mío.
Dakota se entrega. Él le dirige los
movimientos. Le alza la pelvis y pone la almohada envuelta en una toalla bajo
su cintura. Se queda con las piernas dobladas y abiertas. Eliseo coge una
bolita de crema de afeitar y la unta sobre su pubis con la brocha mojada. El
agua está caliente y sus dedos se mueven con seguridad. Si bien Dakota confía
en él, no puede evitar sentirse nerviosa. Y ¿si le corta? Pierde el resuello y
se excita involuntariamente.
—Shhh..., tranquila. Todavía tardaré un
rato. Y no te voy a cortar, te lo juro.
¿Cómo es posible que la domine hasta
este punto? Es una impresión muy real. No deja de tener su lado oscuro. ¿Cuándo
ha perdido la voluntad? En el aria que se escucha desde el salón, Dakota
reconoce a Sharpless pidiendo a Pinkerton que trate bien a la joven geisha, de corazón delicado. Cierra los
ojos y se pierde en la belleza de la ópera, cuya historia conoce al dedillo.
Eliseo le ha explicado cada pormenor.
—Vamos allá.
Él prepara la cuchilla y una toallita.
Sigue sus movimientos, una criatura nocturna deslumbrada frente a los faros de
un coche. Está muy guapo concentrado. Observa su nariz, sus labios, su
barbilla, sus cejas más bien gruesas. Es irresistible. Como un retrato
perfecto. Y tiene unos hombros musculosos, abdominales trabajados. Lo adora.
«Nessuno confessa...», canta Madama
Butterfly, que no quiere confesar su edad. Sus parientes corean las dudas sobre
el futuro de la pareja.
Con mano experta, él pasa la
maquinilla; ella se concentra en la música. Cada tanto aclara la cuchilla en el
bol, retira pelos y espuma. Al cabo de un rato le pide que se dé la vuelta.
—Ponte a cuatro patas.
Dakota obedece y se asoma por debajo.
Eliseo inspecciona detenidamente y pasa la cuchilla muy despacio, aquí y allá,
estirando la piel. Ella siente la paradoja del terror y el deseo, la expresión
máxima de entrega incondicional.
Observa el hermoso rostro de su amado;
refleja el agrado de lo bien hecho. Coge una toallita para darle toques
delicados en el pubis y termina con un beso en su trasero y una palmadita para
que se tumbe. Se levanta llevándose los útiles.
—No te muevas.
Ella intenta mirarse. Parece un bebé.
Se acaricia la piel virginal.
«Giudizio!», canta Sharpless tras la
boda de Cio-Cio-San y Pinkerton, aconsejando prudencia. Y a Dakota le parece
que se lo dicen a ella.
Prudencia,
canta en su interior Madre.
—Ya estoy aquí, nena.
Eliseo trae otra toallita seca y un
espejo de mano. Es azul eléctrico, con el mango incrustado de pedrería. El
espejito sería la máxima aspiración de cualquier niña de siete años. Lo mira
con sorpresa y él se ríe.
—¿Esto? Se lo dejó una chica. ¿Quieres
ver cómo ha quedado?
—Claro.
Le tiende el espejo de Blancanieves. Su
bajo vientre parece el de una impúber. Registra una mezcla de vulnerabilidad e
inocencia y un pinchazo de deseo y perversión. Tiene los sentidos a flor de
piel. Lo ha vuelto a hacer. Acaba de introducirla en un mundo de sensaciones
nuevo, por increíble que le pareciera hace media hora.
—Ven aquí.
Retira el espejo. La tumba y le pasa
los dedos por la frente incitándola a cerrar los ojos. Se unta las manos y le
oye frotárselas fuerte. Le acaricia el vientre y su piel está ardiendo. Sube el
olor de almendras dulces. Percibe el aceite sobre la epidermis. El alfilerazo
de deseo es más intenso que el anterior. Le entran ganas de llorar de gusto.
—Así, para que no se irrite.
Eliseo se acerca a su pubis y habla con
él.
—Eres precioso. Cómo me gusta, Dakota,
es tan delicado.
Los besos la hacen hipar. La recorre
con la lengua silueteando cada pliegue de su intimidad, y el deseo es
insoportable. El aria en el que Madama Butterfly confiesa que se ha convertido
a la religión de Pinkerton le recuerda a sí misma con una intensidad asombrosa.
¿Acaso no se está convirtiendo ella a la devoción del sexo por él? Si le
pidiera que cambiara de religión, también lo haría. Está entregada total y
absolutamente a él.
—Te voy a reventar ese conejito de
colegiala. Te voy a meter una cosa enorme dentro de este bonito agujero virgen.
—Sí..., fóllame.
—No digas palabrotas o tendré que
atarte. Ahora eres una niña.
—Vale.
—Eso está mejor.
—...
—Te lo voy a comer y te vas a correr en
mi boca.
—Sí, cariño.
—No soy tu cariño. Te acabo de
secuestrar y voy a violarte.
—...
—Eso es. Calladita.
Se agacha y le abre los muslos. Empieza
con besos suaves y ella enloquece. Cuando Dakota se corre en su boca, Eliseo
sube y la besa.
—Esta eres tú, Dakota. Me toca. Me voy
a correr en tu boca.
El
sábado, Dakota y Eliseo pasan la mañana en la cama.
—¿Te apetece una ducha? —le sugiere él.
—Vale.
—Bien. Ve. Hoy toca sorpresa.
¿Otra?,
tiemblaMadre.
Dakota se ducha tratando de no rozarse
con los azulejos de la pared. El moho es más visible de día. Se siente muy
energética.
Es
el sexo, dice la Gata Salvaje.
Regresa a la cama limpia y fresca, con
el albornoz de él. La cajita de los afeites afrodisíacos está sobre la
almohada. Dakota respira aliviada. Es una sorpresa inofensiva.
—Ven, amor.
Ella se tumba y él le abre el albornoz,
pero no la viste. Escoge el chocolate y la toma de un dedo, guiándolo para
coger un trazo de crema. Tiene una textura más líquida que la Nocilla. Le lleva
el dedo a la nariz.
—Huele.
—Huele bien.
Lleva el dedo hasta mancharle la boca y
le muerde los labios para retirar el sobrante. Lo lleva hasta el pubis, donde
ella toma el control y se unta un dedo de Nocilla en el monte y más abajo,
sintiendo infinidad de deliciosas conmociones sobre la piel afeitada y limpia.
Cuánto lo desea.
—Qué rica estás..., mi chocolatina. Te
lo voy a comer.
Él extiende la crema por su pubis.
Parece aumentar con el masaje. Recorre su monte de Venus con la lengua, hacia
las ingles, acercándose a sus zonas más erógenas, demorándose una eternidad.
Dakota ya está caliente. Por fin llega a donde ella desea que llegue. Le da
besitos, haciéndolo vibrar. Dakota ahoga un grito y se tapa la cabeza con la
almohada. Le parece imposible contener tanto deseo. Va a reventar.
—No te cortes, aquí no hay vecinos. En
todo caso, nunca los he oído.
Ella da rienda suelta a sus sentidos,
mordiendo la almohada. Se deja llevar por el placer, gimiendo cada vez más
alto. Cuando la traspasa, la sensación es tan intensa que le parece explotar.
El orgasmo es el más intenso que ha tenido, y los ha tenido fuertes. La Gata es
más salvaje que nunca. Enloquece por él.
—Oh, Eliseo...
—Estoy aquí, amor. Reposa. Ah, ahora
vendrá tu cliente.
—¿Qué?
Dakota se cae de las nubes. Se da un
porrazo tremendo.
—Yo voy a ducharme. —Pero no se
incorpora todavía. Ella lo sujeta.
—Pero...
—¿Volverás a hacerlo por mí? ¿Vas a
follar por dinero? Es solo un juego.
Dakota hunde el rostro en el cuello de
él y solloza.
—Tranquila, mi vida. No te va a hacer
daño.
Se queda callada. Él la coge de la
barbilla y la obliga a mirarlo.
—Quiero que seas mi puta. Eres mía.
Dilo.
—Soy tuya —solloza ella. Y él lame sus
lágrimas.
La besa y, apartándola, se mete en la
ducha. Cuando sale, la viste con su atuendo. Esta vez es más atrevido, le
parece que propio de una prostituta de lujo. Un conjunto de corsé con los
pechos al aire en granate y negro, medias de rejilla hasta medio muslo con
liguero incorporado y zapatos con plataforma, muy de putón. La viste con mimo,
como a una muñeca. Ella se deja hacer, inerte.
—Me encanta. Estás deliciosa. Te voy a
atar.
—¿Es necesario?
—No te preocupes. No te pasará nada.
Está todo controlado, amor.
—¿Eso también? —Él le pone un antifaz
de raso negro y le da un beso en la nariz.
—También.
Ella no se siente deliciosa. Se siente
una furcia. Y tiene miedo. ¿Quién le garantiza que no le pasará nada?
Suena el timbre y él va a abrir.
—Hasta luego. Después joderé contigo.
Oye los murmullos masculinos y la
puerta que se cierra, con Eliseo marchándose y dejándola sola con el cliente.
Atada, abierta de piernas y brazos,
cubierta por el antifaz, escucha unos pasos pesados por el pasillo. Lo oye
entrar en la habitación; su respiración al verla preparada, jadeante. Pasan por
la cabeza de Dakota fantasías de violación y muerte. Cuando el hombre roza por
primera vez su piel, ella gime.
Oficialmente, para Madre, Dakota ya es
una prostituta de lujo. El cliente huele a puro y coñac, y no la besa. Se sube
sobre ella, magrea sus pechos e, imagina que son instrucciones de Eliseo, se la
tira como si fuera lo que ella siente que ya es. La operación no dura más de
quince minutos. Una lágrima queda atrapada en su antifaz bordado mientras el
hombre empuja y farfulla los mismos insultos —zorra, puta, guarra—, su aliento
cálido en su oído. Se corre con un pequeño aullido que le parece grotesco.
Por fin se retira. Oye cómo se viste.
Le da dos cachetes en el muslo y le deja unos billetes prendidos en el tirante
del corpiño. No ha dicho una palabra ni antes ni después, insultos aparte.
Siente los pasos en el pasillo, la puerta y silencio. No puede hacer otra cosa
que esperar a que Eliseo venga a desatarla. El antifaz está empapado.
* * *
El sábado por la noche, el nuevo
estudio de Álex parece una sala de fiestas. Hay bandejas de canapés, copas de
cava y pastelitos. Un par de camareros se pasea ofreciendo bandejas. Es un
local mucho más espacioso que el anterior. Clientes, amigos y empleados
celebran la apertura del nuevo estudio. La música está alta, la gente ríe y
charla y todos han venido elegantes a la inauguración. Álex, vestida con un
traje largo, sin espalda, descubre a Dakota y a Eliseo en cuanto ponen un pie
en el piso, y se apresura hacia ellos con dos copas de champán.
—Dakota. —Le da dos besos y una copa—.
Llegas a tiempo de salvar al wandala
de Vicky. No hace más que perseguirle. Y ¿qué haces para estar tan flaca?
—Álex, estás guapísima.
Álex estudia a Eliseo ofreciéndole la
copa.
—Quiero que conozcas a Eliseo —le
presenta Dakota.
—Ya era hora —sonríe ella mirándola. Se
dan dos besos. Él ha venido muy elegante—. Nos la tienes secuestrada.
—Es ella la que me ha robado el
corazón. Encantado, Álex. Me han hablado muy bien de ti.
—Dios mío. ¡Un caballero! —Se abanica
con la mano.
Los tres se ríen y aparece Vicky,
envuelta en un espectacular vestido verde de gasa y tul. Parece un hada, a
pesar de que sonríe como una boba. Trae a un camarero negro cogido del brazo.
El wandala mira por encima de sus
hombros, aterrado. Les presenta la bandeja llena de copas. Álex coge una y
Vicky, otra.
—Chicas, este es... ¿Cómo te llamas?
—pregunta al camarero. Pero él ya se ha escurrido hacia atrás, perdiéndose
entre la multitud con la bandeja en alto. Vicky suspira y mira el vacío dejado
por su wandala.
—¿Habéis visto? Es fabuloso. No entiende ni jota, pero le he metido mi número en la
chaqueta.
—Lo tienes acojonado. Déjalo ir, mujer.
—Eliseo, te presento a Vicky
—interviene Dakota tocándole el hombro a ella para llamar su atención.
—¡Ah, hola! —reacciona.
—Otra belleza —contesta él.
—Encantada. —La pilla desprevenida y se
ruboriza.
Se dan dos besos y él se dirige a
Dakota.
—¿Es que no tienes amigas feas? —Las
tres ríen—. Por las mujeres bonitas —Levanta su copa. Y brindan con él,
halagadas.
A Dakota le duele la mandíbula de
fingir felicidad. Eliseo está guapísimo, con una camisa de lino y una chaqueta
ligera, sin corbata. Le recuerda a Sony, de Miami
Vice. Hay admiración en los gestos de sus amigas y ella se hincha de
orgullo y da otro sorbito de champán. Lejos quedan sus dudas y temores.
—Una fiesta fantástica —alaba Dakota a
Álex—. Por tu nueva etapa.
—Gracias. —Ella levanta su copa y
brindan.
—Me encanta tu local —dice Vicky en la inopia. Mira hacia Eliseo, que está
cogiendo un canapé un par de metros más allá.
—¿Verdad que es fabuloso? —sonríe Álex siguiéndole la broma.
—Y muy..., ¿cómo diría?..., elegante
—remata Vicky.
—Es un local guapísimo.
—¡Y es todo tuyo! —afirma Vicky, soñadora—. Si yo tuviera un local así, lo
vigilaría a todas horas.
—Sí, tendré que estar en guardia
—suspira Dakota. Mira a Eliseo, que traga su bocado, distraído, y se acerca.
—Y qué techo tan alto.
—Sí, es un buen local —dice él
educadamente, y levanta la vista al techo.
Al cabo de un rato, Eliseo y Dakota se
escabullen sin despedirse. Suben al Torreón. Ella enciende unas velitas. Él le
pide tres pañuelos grandes y la cajita de las geishas. Le quita el vestido sin ceremonia y la tumba boca abajo.
La ata al cabecero de la cama con dos pañuelos. Dakota se deja hacer, mareada
por el champán. Él se quita la ropa y le susurra al oído:
—¿Confías en mí?
—Sí.
Y con el tercer pañuelo le venda los
ojos.
Oye cómo desenrosca un tapón. Eliseo
está en cuclillas junto a la cama.
—Huele —le pide.
Huele a mora. Es un olor excitante.
—Te lo voy a poner en tu agujero ¿Eres
virgen?
—Sí. —Le tiembla la voz.
—No te preocupes, tendremos que
prepararlo. Esto tiene un pelín de anestésico.
—Vale.
—Si te molesta, me lo dices y me
detengo, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Bien. Solo te lo voy a untar. Lo
dejaremos un rato hasta que haga efecto. Cuando estés muy cachonda y me lo
pidas, lo haremos. No te voy a forzar.
—Vale.
Está temblando. Eliseo la unta con el
líquido. Es muy denso y le provoca una placentera sensación de calor. Es una
zona en la que nunca había pensado, aparte de su uso ordinario. Eliseo le pasa
la lengua muy despacio y Dakota se siente próxima al desmayo. No sabe si le
apetece o le aterroriza.
—Déjate llevar. Relájate. Lo estás
haciendo muy bien.
La penetra con la lengua y el placer es
asombroso, mezclado con inquietud. Baja hasta su sexo, masajea sus nalgas,
amasa toda la zona. Siente que la invade el deseo habitual. Le gustaría
deshacerse para él, quiere que la posea, por donde le parezca. Está entregada.
—Qué bien hueles, Dakota. Me encanta
este perfume.
—Mmm.
—Es el que te regalé, ¿no?
—Mmsí.
Está muy húmeda. Él se mete debajo de
ella, que está a cuatro patas, atada de manos y con los ojos vendados. Le
coloca el miembro erecto a la altura de sus labios. Los roza y ella abre la
boca. Se la introduce poco a poco.
—Eso es. Despacio. Ábrela todo lo que
puedas. Así.
En la postura del 69, ella a cuatro
patas y él debajo, Eliseo le abre las piernas con los codos y se centra en su
unión. El roce de su cara entre sus muslos es delicioso. Mientras le chupa, él
hace lo mismo sincronizando sus lenguas, de atrás hacia delante y de delante
atrás. Dakota gime, desesperada de deseo.
—Estás muy abierta. La próxima vez te
traeré un tío y te follaremos a la vez. ¿Quieres?
Dakota tiene la boca llena. Se las
arregla para asentir con la garganta.
—Ajá.
¡No!
¡No quieres!, grita Madre. ¡Solo le
deseas a él!
Eliseo hunde la boca en ella y se
trastorna. Intenta no venirse abajo. El cuerpo le pide que se desplome. No
puede evitar un ronroneo mientras se la chupa. Demasiadas sensaciones. Además,
que él no se calle la provoca más.
—Qué bien sabes. Estás empapada. Y qué
bien lo haces.
Ella solo puede gemir. Se esfuerza en
abrir la boca y juega con la lengua, cogiendo aire y chupando su juguete,
arrancándole gemidos a él, que de tanto en tanto se detiene para alentarla o
gemir.
—Eso es..., qué bien me la chupas. Oh,
Dakota.
Su voz la excita. Eliseo le introduce
la lengua, la nariz, un dedo por detrás. Dakota está deseando tumbarse, nota
las rodillas temblando, pero sigue chupando y metiéndosela hasta la garganta.
Con suavidad, él se retira de su boca y le susurra:
—¿Te cansas?
—Un poco.
Entonces se retira y le permite echarse
boca abajo. Dakota suspira, a la vez aliviada y decepcionada al mismo tiempo.
Estaba disfrutando mucho.
—Descansa un momento. No he terminado
contigo.
¿No?
Se coloca a su lado, le acaricia la
espalda, el trasero, las piernas, le lame las corvas, provocándole escalofríos.
Baja hasta sus pies, calzados aún con los tacones, y los arrulla como si fueran
bebés. Sube por su cuerpo besándola, dando pequeños tirones y mordisquitos a su
piel. Llega a su axila y la recorre con la lengua. Ella está erizada de placer.
Se acerca a su oído y le susurra:
—Relájate. ¿Estás bien?
—Sí.
—Vale. A cuatro patas. —Le pega un
azote inesperado en el culo y ella da un respingo.
La ayuda a levantarse cogiéndola por
las caderas. Se sitúa detrás. Dakota está muy excitada.
—Qué culo tan sexi.
Se lo amasa. Le acaricia los muslos. De
pronto se aparta y baja de la cama. Atada ciega, boca abajo, Dakota se pregunta
qué hará a continuación.
—Me encanta tu cuerpo, Dakota. Me gusta
verte así, indefensa.
Un escalofrío le recorre la columna. Al
cabo de un rato se sitúa detrás de ella y la levanta para entrar desde atrás.
Su sexo está preparado. Él embiste fuerte, agarrándose a sus caderas,
clavándole los dedos.
Menos
mal que tiene las uñas muy cortas.
Se la mete hasta el fondo, haciéndole
daño a veces. Su cuerpo pierde el control y se libera. Él sigue embistiendo con
fuerza. Cuando está a punto de correrse, se detiene y sale.
—Más..., más —suplica ella.
—¿Lo intentamos por detrás? —susurra
él.
—Sí. Sí. ¡Sí!
Eliseo la besa con lengua, demorándose
con lentitud insoportable. Le quita la venda y la amordaza con ella. Coge el
aceite y le echa una cantidad mayor. A Dakota le resulta muy erótico esta vez.
Él se pone a cuatro patas detrás y se acerca a su trasero.
—Relájate completamente.
—Vale.
—¿Quieres más?
—Sí.
—¿Quieres que te folle por detrás?
—Sí.
—¿Que te rompa el culo?
—S-sí.
—Dímelo.
—Quiero que me folles por detrás.
—Ya que me lo pides... Despacio.
Tranquila.
Ella se muerde el labio bajo la
mordaza. Está tan excitada que todo le da igual. Le mete solo la punta al
principio, presiona muy despacio. Ella lanza mugidos sordos. El deseo se
amplifica por toda la zona. Está tan caliente que consigue abrirse mientras
nota cómo entra milímetro a milímetro. La toca por delante excitándola con
palabras de aliento.
—Lo estás haciendo muy bien... Cómo me
gusta, mi amor..., qué culito tan rico.
Dakota se retuerce. De repente, él está
dentro y empuja con más fuerza. El deseo es incontenible. Ella grita bajo el
pañuelo, sintiendo torrentes de electricidad correr por su cuerpo, acudiendo a
la cita. Se descontrola, los músculos le tiemblan y arranca un huracán por sus
entrañas.
—Voy a correrme, Dakota, me voy...
Su voz es la gota que colma el vaso.
Mientras se derrama, ella siente un torbellino de impresiones que la llevan al
éxtasis en oleadas más intensas que nunca. El orgasmo es larguísimo y casi
pierde la conciencia oyendo sus jadeos, suspiros y susurros.
—Oh, nena. Dakota. Dios, qué bueno.
Todavía se retuerce con las manos
atadas. Se da cuenta de que está masticando el pañuelo. La tensión vacía
súbitamente su cuerpo. Ni sus brazos ni las rodillas soportan ya su peso.
Cuando él termina, ambos se dejan caer hacia delante, él aplastándola en un
estado de abandono absoluto.
—Soy tuya, mi amor —solloza ella, y le
caen lágrimas silenciosas que mojan las sábanas.
* * *
Cuando llega el lunes a la dieciocho,
Dakota se encierra en el baño a llorar antes de pasar por su despacho. Está
mareada y no se encuentra bien. Teme caer enferma. El dolor le oprime el pecho
y le cuesta respirar. Se abraza las rodillas doblada sobre sí misma, sentada en
el váter. Trata de recuperar la calma. ¿Por qué se comporta así Eliseo? Lo peor
es que lo nota muy lejos. Se siente herida, pero lo ama con locura. Cuando oye
a dos chicas entrar al baño, se recompone. Alguien llama a su puerta.
—Ocupado.
—Perdón.
Se levanta. Ha recuperado el control.
Se sienta unos minutos, hasta que las chicas se van. Abre la puerta, lo que
supone un esfuerzo enorme, y se mira en el espejo. Las ojeras son evidentes. Y
ha seguido perdiendo peso.
Se retoca con unos toques de maquillaje
y unas pinceladas de rímel. Es raro que Yolanda no la haya asaltado nada más
salir del ascensor. Quizá es porque son casi las diez y ella no suele llegar
tan tarde. Quizá ya no la esperaba.
Una ojeada a su reflejo, un suspiro y
se dirige a su despacho como si los pies le pesaran. Cuando empuja la puerta,
la imagen es impactante. Yolanda, sentada en su silla giratoria, de espaldas,
mira por la ventana, con los zapatos sobre un archivador y las manos
entrelazadas en la nuca. Usurpando su lugar. Sentada.
La impresión es tan fuerte que parpadea
unos segundos. Entonces, Yolanda se vuelve y la ve. Se miden. Muy despacio, se
levanta, se alisa la falda negra y se acerca a Dakota. Le tiende unos
documentos.
—La Dire. En su despacho. Ya.
Y sale. A Dakota le tiemblan las
piernas. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es lo que se ha perdido?
Madre berrea y enciende un montón de
lucecitas azules y rojas, sirenas de bomberos, policía, ejército y ambulancias
que gritan: Alerta roja, alerta roja,
¡aúúú, aúúú!
Envía un wasap a Eliseo. «¿Cómo estás? Te quiero. DKT.» No recibe respuesta.
Dakota hace un esfuerzo sobrehumano
para ordenar a sus piernas que se dirijan hacia el despacho contiguo. Parece
que su respiración está amplificada, igual que si estuviese buceando. Oye sus
latidos y su respiración. El aire se ha espesado y le cuesta respirar. Observa
sus nudillos contra el cristal, tres golpecitos. Se sale de su cuerpo para
verlo entrar en el sanctasanctórum de Patriots. Entra y recorta la distancia
hasta su jefa. La Dire alza la cara y la mira por encima de sus gafas de ver.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, claro.
—Te noto desmejorada. ¿Seguro que no
estás enferma?
—Querías verme, ¿no?
—Ejem, sí.
¿Ejem?
—Siéntate. —Señala la silla.
¿Está más seria de lo habitual o se lo
parece de puro cansancio? Dakota obedece, nerviosa. Se avecina una bronca.
—Dakota. —Pausa—. Como te comenté, se
avecinan algunos cambios. Confiaba en que tú serías un relevo apropiado,
pero...
¿Pero?
Las alarmas de Madre están a todo
volumen: ¡Aúúú, aúúú, alerta roja,
abandonen la nave! Empieza a dolerle la cabeza. Un leve mareo. La Dire ha
dicho varias cosas que no ha oído.
—Reconocerás que últimamente has
faltado mucho y estás descuidando tus labores.
—En once años... —logra articular.
La Dire levanta la mirada,
deteniéndola.
—No voy a acusarte. Solo expongo los
hechos. Si empiezas a defenderte, no terminaremos nunca. Conozco bien tus
cualidades. Me preocupa que justo cuando yo me quiero ir, tú no seas capaz de
asumir el mando. —Como Dakota abre la boca, ella continúa—: Suponía que eras el
relevo natural. Pero no soy yo sola quien te observa, Dakota. Es más, casi
diría que te he estado encubriendo. Esperaba que reaccionases sin tener que
decirte nada.
—Bueno, sí que ando un poco pachucha.
—Tendrías que haber pedido la baja. Has
perdido peso, tienes ojeras... Si trabajas demasiado, ¿por qué no pides ayuda?
—Está Yolanda.
—Sí, es una gran ayuda. Pero me parece
que te has pasado. Creo que lo mejor es que te cojas una baja temporal.
—¿Temporal? —pregunta Dakota, y el
pánico causa estragos en todas las células de su cerebro.
—Llevas demasiados años dejándote los
cuernos aquí como para echarlos por la borda de un plumazo. Pero si esto
continúa, ni yo podré salvarte de la quema. Corren rumores, Dakota. Llegas
tarde. No avisas. Cancelas reuniones.
—Yo... —La Dire levanta la mano y
Dakota cierra el pico. ¿Qué podría decir?
—Tus asuntos privados son tuyos, desde
luego. Pero no permitas que suban a tu despacho. Quiero que te vayas a casa.
—Mira su reloj.
—¿Ahora?
—Oficialmente, estás de baja. Te doy un
mes, mes y medio. Suspendemos empleo y sueldo, te recuperas, te vas de
vacaciones y hablamos.
—¿Un mes? —A Dakota se le descuelga la
mandíbula.
—Y medio. —Su respuesta es definitiva—.
Creo que es buen momento. La campaña ya ha salido y tenemos una tregua. Puedo
prescindir de ti. Necesitas un descanso.
—¿Sí?
—Yolanda se podría hacer cargo de todo
mientras te recuperas, supongo..., pero prefiero poner a Vanessa al frente.
Tengo planes para Yolanda.
Dakota se mira los muslos. Engancha una
mano con la otra como dos garfios para que no se le note el tembleque.
—Una cosa más. No te confundas, Dakota,
esto no es una institución benéfica. Soy consciente de que es un trabajo duro,
y tú encajabas muy bien... hasta ahora. Pero hay que ser muy fuerte para
mantenerse, y los problemas personales no tienen cabida. Si crees que estoy
siendo dura, te diré que hace cinco años me diagnosticaron un cáncer...
—Oh.
—... del que ya estoy recuperada, y en
la empresa no se enteró nadie. Ve a casa y piensa. Te estoy ofreciendo una
segunda oportunidad. No habrá una tercera.
—Vale.
—Descansa, ve a la playa o lo que sea.
Dakota se levanta, aturdida. Pasa por
el despacho para coger su bolso y sale con el cerebro anestesiado por el
discurso. Ojalá pudiera dar un portazo. Pero la puerta se cierra con suavidad
tras ella.
Por los pasillos, la ausencia de la
avalancha de Solanda es muy notoria. La Mari de turno canturrea su alegre
«Hasta luego, Dakota», y ella contesta de forma mecánica, entra en el ascensor
y traga saliva.
Solo son las once de la mañana. Envía
otro wasap a Eliseo, pero no recibe
respuesta: «Me gustaría hablar contigo. Es importante. DKT». Espera un par de
minutos en vano. La serpiente se enrosca en su garganta. ¿Por qué no la llama?
Al menos un wasap.
Sale a la calle en lugar de bajar al
garaje. De repente, todo el tiempo del mundo se le cae encima. ¿Qué va a hacer
durante todo el día? No le apetece volver a casa, tomada por la música de
Ivonne y su perfume de lilas.
Podría acercarse al parque que se ve
desde su despacho. La idea, medio definida aún, cuaja. Entra en la tienda de
donuts de la esquina y se compra un café descafeinado grande para llevar y un
bollo. Aún no ha desayunado.
Se toma el donuts por el camino. Cada
bocado se le atasca. Hay una fuente principal y un estanque. El colosal
edificio se alza cercano, amenazador con su cristal y su acero. Dakota rodea la
fuente y descubre una pista de patinaje con gradas alrededor. Unos chavales
montan en sus waves y sus skateboards, lo que en su niñez eran
patinetes. Están saltando y haciendo piruetas increíbles. En las gradas hay un
par de ancianos que hablan de política y una madre con su bebé, leyendo al sol.
Y un hombre trajeado que disfruta de un sándwich y observa a los chavales,
relajado, con la americana en el regazo.
Dakota traga un bocado de culpa y se
acerca.
—Hola, Nick.
—Oh. ¡Hola! ¿Qué tal, Dakota? Cuánto
tiempo.
—¿Molesto?
—En absoluto.
Él barre el asiento de su lado con la
palma y Dakota se sienta. Le duele que no se haya levantado a darle dos besos.
Nick mira a los chavales mientras mastica su sándwich. Uno de los chicos da un
salto espectacular. Dakota toma un sorbito de café hirviendo. El café le abrasa
la lengua.
—Son buenos, ¿eh?
El infrecuente sonido que hace Dakota
alerta a Nick. Cuando se da la vuelta, ella está llorando. Deja su sándwich de
queso y la abraza. Ella se derrama en lágrimas sobre él, hecha un trapo.
—Estoy aquí, tranquila. Tranquila. —Le
acaricia la cabeza. Dakota llora y se deja mecer. Huele de maravilla. A
seguridad.
Se calma. Él le propone un paseo y se
levantan. La mañana va a ser calurosa. Los pajaritos pían entre los árboles que
verdean en el camino. Ella relata su baja obligada. Le cuenta que ha estado
faltando al trabajo, y la reciente charla con la Dire. Nick parece muy
pendiente de sus palabras. Pasean por el parque despacio. Nunca había paseado
por allí. Llegan al estanque.
—Míralo por el lado bueno —le dice Nick
mientras se detienen a observar a unos patos en el estanque y desmiga los
restos de su sándwich—. Tómate unas vacaciones.
—No sé qué hacer con el tiempo, Nick.
Nunca he tenido tanto.
—Menudo problema. —Les tira el último
trozo de pan y los patos acuden a picotearlo.
—En serio.
—¿Nunca has querido ir a ningún sitio
exótico, montar en parapente, ir a ver la Muralla china? Yo qué sé. Viaja.
—Me gusta viajar. Pero no me apetece ir
sola.
—Viajar solo es una experiencia
fantástica.
—Ya.
Nick mira su reloj.
—Tengo que irme, lo siento. Oye, si
necesitas hablar, llorar o lo que sea...
—Tonto.
—En serio. Ven aquí.
La abraza durante un minuto. Un minuto
es mucho tiempo.
—¿Mejor?
—Sí —dice Dakota a punto de llorar.
Se separan. Él la mira. El sol hace
brillar las motitas doradas de sus ojos.
—Estás muy delgada. A ver si te cuidas.
—Sí, mamá —sonríe.
Él le da un beso en la mejilla y le
roza la cara con un dedo.
—Llámame si necesitas cualquier cosa,
¿te acordarás?
—Sí.
—Vale.
Lo ve alejarse deprisa. Se pone la
chaqueta mientras camina, pendiente del maletín, el móvil y su próxima cita.
Dakota suspira. No lleva una hora fuera
y ya echa de menos su despacho.
* * *
El jueves en la terraza de La Ofi las
tres amigas comentan los últimos acontecimientos. Ya nadie piensa en ir al
cine. Dakota ha pedido una Coca-Cola y no prueba el vino.
—Os fuisteis a la francesa —la acusa
Álex.
—¿Qué más quieres? Ya lo conocéis.
—¡Es guapísimo! —dice Vicky.
—No me extraña que no quisieras
compartirlo, bruja.
—Qué risas nos echamos, ¿verdad?
—recuerda Vicky.
—Qué risa ni risa. Sois unas zorras.
—Vaale.
Te lo merecías por tenerlo escondido tanto tiempo.
—Ya no vienes a ningún partido —se
queja Álex.
Dakota se pone a la defensiva.
—Estuvisteis toda la noche tirándole
dardos.
—Faltas la mitad de los jueves
—continúa Álex.
—Lo siento, no me apetece jugar al
tenis.
—Ya. Solo te apetece jugar a otra cosa.
—Mala.
Hay un pequeño silencio. Vicky lo
rompe.
—Oye, ¿crees que Eliseo se molestó?
—Si se molestó, no dijo nada.
—Es un sueño, Dakota. Tan elegante.
—Y... ¿cómo va el tema de la cama?
—cambia de tercio Álex.
—¡Álex! —Vicky le da un codazo.
—¿Qué? El sexo es importante.
—Pues... —A Dakota le brilla la mirada.
Hay emociones contradictorias en su rostro y en sus gestos. Traga saliva, se la
ve incómoda.
—¿En serio? —Vicky abre la boca a tope.
¿Todo eso?
—Desembucha.
Se arriman a ella. Dakota les habla de
los aceites afrodisíacos, de los tacones en la cama, de cómo la ata, de las
interminables sesiones de sexo con él. No menciona el asunto de su desvirgación
anal, por ejemplo, ni el afeitado, ni otras cosas demasiado íntimas. Tampoco
habla de sus emociones, de los temas oscuros, de su obsesión. Les cuenta la
segunda visita a La Pantera Rosa. La miran con la boca abierta.
—No es... ¿excesivo? Perdona si me meto
donde no me llaman.
—Reconozco que hay una parte que me
asusta de él. A veces es demasiado... intenso.
Vicky da un respingo.
—No te habrá hecho daño, cielo,
¿verdad?
—Qué va. Pero me domina, como si
hubiera perdido la voluntad. Es difícil de explicar.
—No me extraña que ya no juegues al
tenis. No tienes energía. Así estás tan delgada —comenta Álex.
—Demasiado —aporta Vicky.
—Me tiene hipnotizada. Si me llama, lo
dejo todo, como en el bolero. Todos los días me monta un numerito sexual.
—La hipersexualidad es una adicción,
Dakota.
—Esto no tiene gracia, chicas —asegura
Vicky.
—Es que tiene poco tiempo —lo defiende
Dakota—. Viaja mucho.
—¿No es abogado? ¿Cómo es que viaja
tanto?
—No sé. Dice que tiene clientes fuera.
—¿Tú le crees?
—Pues... no he visto ningún título, ni
tarjetas. Y... confieso que he investigado su nombre en internet y no lo
encuentro. Ni su número de colegiado. —Le pica la garganta. Se le forma un
nudo.
—Uf. Pinta mal, bonita.
—No lo sabemos seguro —reflexiona
Vicky.
—Nunca sé cuándo va a llamarme, así que
cuando me llama no puedo resistirme, no me entendáis mal, no es que no quiera
quedar con vosotras..., es como el canto de las sirenas, que enloquecía a los
marineros de Ulises —sonríe. Le cae una lágrima y se la limpia. Su voz suena
cada vez más grave.
—Es muy humano, Dakota —dice Álex—. Lo
entendemos.
—Por supuesto. —Vicky pone una mano
sobre la suya y Álex sobre la de ambas—. Pero ¿no te estarás pasando?
—Es que... me supera.
Las tres permanecen calladas un minuto.
Dakota se suena y continúa sus confesiones.
—Últimamente ha empezado a desaparecer.
No me llama ni contesta el teléfono.
—¿Tú lo ves normal?
—No lo puedo remediar: si me llamase
tendríais que atarme al mástil. Es horrible, ¿no? —La voz le tiembla y le cae
un lagrimón—. No sé nada de su vida. No tiene una sola foto familiar, nada
personal en casa. Bueno, aparte de que me pidió que buscara una residencia para
su madre.
—¿Vive aquí?
—Está en una residencia en San
Sebastián y quiere traerla. O eso dice. Ya no sé... La verdad es que no sé
mucho de él... y... y... —Se le quiebra la voz.
—Oh, cielo.
—Ya lo sé. Os juro que no lo puedo
evitar... —Se suena—. Y... no os lo he contado para no estropear tu
inauguración, pero estoy de baja forzosa un mes y medio. Sin sueldo.
—¿Qué?
—¿Desde cuándo?
—Desde el lunes.
—¿Te van a echar?
—No lo creo. Es un toque. Estaba
faltando mucho —reconoce.
—Te estás jugando el puesto, Dakota.
—Es muy grave.
—No puedo dormir, ni comer. Solo pienso
en él..., en estar con él..., ya me entendéis —murmura avergonzada.
—Nadie te juzga.
—Escucha, Dakota. Lo del bar de
intercambios, lo de atarte, el fetichismo, las cremas, los regalos, lo de
hacerte practicar sexo con otros... ¿No te parece que dedica mucho tiempo al
sexo? Y ¿a satisfacer sus fantasías sexuales? ¿No te da mala espina?
—Es un sátiro —dice Vicky—. Perdona.
—Es un adicto al sexo —diagnostica
Álex—. Son peligrosos. Convierten el sexo en el epicentro de su vida. Sé de lo
que hablo.
—¿Estás segura?
—Ya he pasado por esto —dice Álex.
Empuja unas migas con el dedo.
—Y ¿cómo es que no lo sabíamos? —Dakota
se enjuga las lágrimas.
—Dakota, acabamos de enterarnos de lo
tuyo y ¿cuánto tiempo llevas con él? —interviene Vicky con dulzura,
acariciándole un brazo.
—Es que no es fácil hablar de esto
—explica Álex—. Ni reconocerlo. Yo no quería salir. Me imagino que tú tampoco.
Ella baja la mirada. Lleva semanas
ocultándoles su anormal dependencia. Y ni siquiera ha confesado todo. Hay
partes demasiado íntimas y angustiosas. Esas partes aún no están listas para
salir. Quizá nunca lo estén.
—Lo siento —musita, e hipa.
—No tienes por qué sentirlo. Estás
enganchada a él. Es una droga. No quieres dejarlo.
—No puedo.
—Sí puedes. Solo que no quieres.
Escucha: esto te va a arrastrar y quién sabe hasta dónde te hará caer. No es
una relación sana, Dakota. Siento decírtelo. Tienes que cortarla. Puede
llevarte a extremos terribles.
Álex le tiende un paquete de Kleenex.
Dakota rompe a llorar recordando las sesiones con el «cliente». No sabe si son
distintos o el mismo hombre.
—Lo sé. Pero no puedo...
—Estamos aquí, Dakota.
—Siempre nos tendrás. —Álex dulcifica
el tono—. Vamos a ayudarte.
Vicky la abraza y ella hipa un rato. Se
tranquiliza, se suena y continúa.
—El fin de semana pasado... ¿o el otro?
Es igual..., de pronto se va varios días sin decirme nada. Desconecta el móvil,
no sé qué hace ni dónde está. Me vuelvo loca.
—Y ¿no le preguntas?
—Soy incapaz. Me da miedo. Cuando me
llama, me pongo tan contenta que le perdono.
—Cielo..., ¿te estás escuchando?
—Lo sé.
Claro que Dakota sabe que algo va mal.
Puede ver, oír y pensar. Ha estado ignorando lo que le decía Madre. Lo que le
contaba Madre tiene que ver con abandono, pérdida, mentira, perversión,
suciedad, humillación, prostitución, así que no la escuchaba. Era demasiado
doloroso afrontar los hechos y perder a Eliseo.
—Vas a acabar enfermando.
—Aquí nos tienes. Lo que sea.
Su frase se le agarra a las tripas. La
serpiente que lleva dentro se retuerce. ¿Podrían ayudarla sus amigas? No ve
cómo.
—Claro que sí —dice Álex con la voz
rota, y carraspea.
¿Hasta dónde es capaz de dominarla?
¿Qué sería capaz de pedirle que hiciera? Dakota está aterrada.
—Me domina.
—Igual que mi ex. Yo fui a una
terapeuta, ya sabes... Cuando me separé. Fue una época durilla, pero me ayudó
mucho. —Álex rebusca en su cartera—. Te voy a dar su número. Es una psicóloga
fantástica. Especializada en... mujeres.
—No te creas que no lo he pensado...
—No hay que decidir nada ya mismo. Toma
su tarjeta. Guárdala.
—Y podemos hacer una meditación para
abrir los chakras. De verdad que
funciona.
—Vale —asiente Dakota con docilidad.
Él le oculta cosas. La controla. La
prostituye. Y a ella le da igual con tal de tenerlo una noche más.
—¿Creéis que lleva una doble vida? A lo
mejor tiene otra mujer...
—No especulemos. Deberías enfrentarte a
él.
—Sí, tienes que hablar. No puedes
seguir así.
—No.
Y ha cogido hongos. Quizá tendría que
ir a un psicólogo, a fin de cuentas, e intentar el asunto de los chakras. Nunca se sabe. Mira la tarjeta.
—Dakota —dice Álex muy seria amasando
un trozo de miga de pan—, sé que las comparaciones son odiosas y que cada caso
es un mundo, etcétera. Pero yo aprendí una cosa: en el fondo, se reduce a lo
mismo. Ese tipo de hombres son peligrosos, controladores, manipuladores. Yo, en
su día, hasta pensé en el suicidio. Tienes que pensar en ti.
Vicky le masajea la espalda a Álex.
Dakota observa la bolita de pan bajo las delicadas uñas de su amiga.
—Estás metida en una adicción y no es
fácil salir. Suena a tópico, pero eres tú quien tiene que querer. Si te decides
a ver a la terapeuta, te acompañaré.
—¿En serio?
—Claro. Pero tendrás que llamarla tú.
Dakota baja la cabeza, asintiendo.
Acaricia la tarjeta unos segundos. Cuando levanta la cara, ha dejado de llorar.
—Lo pensaré. —Y mira a Vicky—. ¿Podrías
hacerme lo de los chakras?
—Oh, cielo.
* * *
Dakota sale a correr temprano. Ha
decidido ponerse en forma otra vez. Cuando regresa, la rumba se oye desde el
ascensor. Se le ha olvidado decirle a Ivonne que está de baja y milagrosamente
no se ha cruzado con ella.
En la entrada la reciben el aroma de
lilas, Miu-miú y las amapolas de charol. Ivonne está enfrascada en uno de sus
bailes sexis, bailando con la aspiradora, contorsionándose para limpiar la
librería al mismo tiempo.
—Ivonne. ¡IVONNE!
La brasileña está de espaldas a la
puerta. Tararea la letra, concentrada en limpiar mientras baila, estirándose
con mucho estilo. Dakota no oye su propia voz. Cruza el salón, llega hasta el
aparato y apaga la música. Ivonne se gira, sorprendida, abrazada al tubo de la
aspiradora. La apaga.
—Te vas a quedar sorda.
—Dakota?
Qué tú faces aquí a esta hora? Nao trabajas?
—He cogido vacaciones.
—Ah,
bom. ¿Necesitas ninguna cosa? Voy salir compra.
—En realidad, no. En realidad, no me he
cogido vacaciones. En realidad, no sé qué me pasa. —Olvidando la teoría, Dakota
se derrumba y se sienta en el sofá, y las lágrimas salen a chorro—. ¡Buaaa!
¡Estoy bien! ¡Estoy muy bien!
Ivonne se marcha corriendo a la cocina
y regresa con una servilleta de papel y un vaso de agua. Dakota deja el agua en
la mesa y se suena con la servilleta.
—Bebe —le ordena, y señala el vaso.
—Gracias. —Dakota se pregunta por qué
necesita beber agua, pero obedece. La diminuta Barbie se acuclilla delante de
ella y le pone las manos en las rodillas. Las tiene muy calientes.
—E
agora escucha... En mi país temos uma forma de apanhar as dolencias del
coraçao.
—Ah, ¿sí?
Y
¿cómo demonios sabe que le duele el corazón?
—Sim.
Cantamos y bailamos —dice muy seria, con las manitas sobre sus rodillas.
—Sí, claro. Es lo que más me apetece
—se ríe Dakota. Pero Ivonne no sonríe.
—Isto
e muito serio.
—Perdona. No quería ofenderte.
—Nao
me ofendes. Es terapia.
—¿Terapia?
—Tú
vais comprobar.
Levantándose con agilidad, Ivonne coge
su bolso y saca un cedé de grabación casera. Lo mete en el equipo y prepara la
pista. Aparta la aspiradora a un lado, empuja la mesa para hacer sitio, quita
el sillón. Dakota la mira atónita. La ve irse y regresar calzada con sus
tacones de charol rojo. Miu-miú la sigue. La chica se acerca y le ofrece una
manita delicada, con las uñas largas y limpias.
—Ven.
Tú vais bailar tango conmigo. Tú eres el hombre. Tú guías.
—¿Yo guío?
—Sí.
Tú bailas tango, sim? Tú dabamos clases con Vicky?
Un par de años atrás Dakota había
asistido a algunas clases de tango con Vicky, que se había encaprichado de un
argentino y la obligó a acompañarla. Las clases duraron lo que su lío con el
che.
Dakota mira los ojos de Ivonne,
comprensivos, llenos de preocupación y también de alegría y buen rollo. Es tan
surrealista que la acepta mientras piensa: ¡Qué
coño! A bailar.
La brasileña le tiende la mano derecha
y ella la coge con su izquierda. Dakota coloca la diestra en su espalda, pero
Ivonne se la pone más abajo, en su cintura.
—Tú
guías. Cintura. Yo hombro.
—Ah, vale.
Se colocan frente a frente agarradas
con los brazos estirados a un lado, mirándose. Le saca media cabeza a la
brasileña, a pesar de sus tacones. Dakota lleva su pantalón corto y sus
deportivas.
—¿Lista?
Dakota asiente. Ivonne se acerca a
darle al play y regresa a su posición
rápidamente. Suena un conocido tango en la voz rota de Andrés Calamaro.
«Rechiflado en mi tristeza, hoy te
evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria solo una buena mujer...», canta
Calamaro con su dulce acento.
Ivonne cuenta uno, dos, tres, cuatro, y
arrancan. Dakota coge el control. Paso, paso, paso, giro, vuelta. Adora los
tangos y hace mucho que no escuchaba uno.
«Tu presencia de bacana puso calor en
mi nido, fuiste buena, consecuente, y yo sé que me has querido como no quisiste
a nadie...»
—... como no podrás querer —canturrea
Ivonne, y siguiendo el ritmo se deja conducir por Dakota—. Muito bem, Dakota, um, dois, tres, cua...
Es una versión con arreglos de guitarra
española. Avanzan, se detienen, Dakota atrae con fuerza a la brasileña y la
suelta desenrollándola como un yoyó y atrayéndola después.
«... los morlacos del otario los tirás
a la marchanta como juega el gato maula con el mísero ratón», canta Calamaro.
Suenan las guitarras.
A medida que bailan, Dakota se va
desprendiendo de la tristeza. El tango es melancólico, aunque también hay
muchas otras emociones entreveradas, y presagia notas de esperanza. La letra,
la música, la voz rota lavan su interior y arrastran la porquería río abajo.
—Nada debo agradecerte... —tararea la
brasileña sobre la voz de Calamaro. Y Dakota siente que no debe agradecerle
nada a Eliseo.
—Mano a mano hemos quedado... —replica
Dakota acelerando para no perder el ritmo, dando pasos sincopados por todo el
salón. Ivonne flota en sus brazos.
—... no me importa lo que has hecho, lo
que hacés ni lo que harás... —cantan las dos.
Se detienen, se miran, hacen el giro de
cabeza, cambian de dirección y vuelven a avanzar. La brasileña baila
divinamente.
«Si precisás una ayuda, si te hace
falta un consejo, acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
p’ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión», termina Calamaro, y
Dakota impulsa a la minúscula carioca hacia delante, siguiéndola con su propio
cuerpo. Ivonne queda doblada hacia atrás, barriendo el suelo con su coleta,
Dakota sujetándola por la espalda con la derecha, inclinada sobre ella. Ivonne
levanta una pierna al aire, pon-pon.
Mantienen la postura unos segundos y,
ayudándola a volver a su posición natural, la suelta. La brasileña aplaude y
Dakota saluda. Luego aplaude ella e Ivonne hace una reverencia.
—¡Bravo!
—Brava
tú. Bravísima.
Ivonne extrae el cedé. Dakota se tira
en el sofá, sonriendo, agotada. La otra está tan fresca, mirándola con una
manita en la cadera, el cedé en la mano y una sonrisa ancha.
Miu-miú, sobre el aparador, ha seguido
sus evoluciones sin parpadear, con los ojos amarillos muy redondos. Parece un
adorno de aspecto sorprendido.
—¿E
tú ves? Estás riendo. —La señala.
—Ha sido genial.
—Um
regalo —dice tendiéndole el cedé.
—¿En serio? —Dakota lo acepta.
—Sim.
Para que no te olvides.
—Es tuyo.
—Yo
grabo otro.
—No me olvidaré. Mil gracias. —Lo
aprieta contra su pecho.
—Bom.
Tengo que irme. Tudo bem? Comprendes terapia?
—Sí. Todo bien.
Ivonne coloca los muebles en su sitio
en un santiamén, ayudada por Dakota. Es muy fuerte para ser diminuta. Se lleva
el vaso y la aspiradora, la eficacia en frasco pequeño. Al minuto reaparece
sobre sus tacones.
—Voy
a comprar. Si necesitas ninguna cosa... —Señala el móvil—. Sim?
—De acuerdo.
—No
más triste. Tú baila e cantas, OK? —La reprende con un dedo—. Terapia. Tú guías tu vida. Tú mandas.
—Yo guío. OK.
A punto de cerrar la puerta, Dakota le
da una voz.
—¡Ivonne!
—Sim?
—contesta ella por la última rendija.
—Obrigada!
—No
problemo.
* * *
El sábado por la mañana, Dakota se
despierta deprimida. La noche anterior, Eliseo le trajo al «cliente» de nuevo.
No dio explicaciones sobre su desaparición de una semana. Tampoco reaccionó
cuando Dakota le dijo que su jefa la había obligado a tomarse un respiro.
Cuando se gira, Dakota ve a Eliseo a su
lado, que duerme con un brazo doblado sobre la cara. Su mandíbula asoma por
debajo del antebrazo. Sus labios le parecen más sensuales que nunca. Levanta la
sábana con cuidado de no despertarlo. Su torso sube y baja con ritmo regular.
Lo acaricia rozándole el flanco y aterriza en su verga medio erguida, una
mariposa sobre un junco. Lo desea con una intensidad asombrosa.
La Gata Salvaje se despereza.
Dakota oprime aquello con cautela. Lo
presiona y percibe cómo empieza a hincharse. El deseo es irresistible, y Dakota
se sube sobre el cuerpo ausente de él. Con él dentro, todavía dormido, ella se
retuerce sinuosamente. A horcajadas sobre él, con el torso levantado, lo ve
dormir mientras sube y baja muy despacio. Su miembro parece tener vida propia.
Ella se excita mucho cuando siente que él se derrama. En ese preciso instante
abre los ojos, confuso. La mira sin comprender y de pronto reacciona. La empuja,
saliendo de ella, furioso.
—¿Qué haces?
—¿Que qué hago? Metérmela. Eso hago.
Él la aparta y se sienta. Se pasa la
mano por el pelo, rascándose la cabeza, y se detiene sobre sus ojos,
cubriéndolos.
—Creí que estaba soñando.
—¿Por qué te pones así?
—Mierda.
Está enfadado. Salta de la cama a la
ducha sin una palabra más. Mientras tanto, ella se viste sin ánimos para
ducharse con él, confusa y triste. Bajan a desayunar al bar de abajo. No tiene
apetito y él continúa taciturno. Los separa un muro invisible.
—Tengo una cita.
—Es sábado.
—Te acerco a casa.
—¿Qué he hecho?
—Es igual.
No hay ópera en el coche y no le
explica qué es lo que ha hecho mal.
No
sabe nada de él en todo el domingo. Cero mails,
cero wasaps. La ansiedad la mantiene
en un estado de tensión permanente. Con todo el tiempo libre cayendo sobre
ella, Dakota decide continuar con su plan de hacer ejercicio y seguir con la
«terapia verde».
Se pone ropa deportiva y sale a pasear.
Camina un par de horas y regresa agotada. Envía un wasap que se queda sin respuesta. «Cariño, llámame. Te quiero.
DKT.»
Dedica la mañana a las margaritas y los
ficus, haciendo altos para mirar el móvil mudo. Hay que trasplantar la fucsia a
un macetón, y eso le lleva un buen rato. Intenta llamar a Eliseo, pero está
apagado o fuera de cobertura. Se entretiene otro rato con sus orquídeas, que
van bastante bien.
A mediodía consigue comer dos croquetas
y una Coca-Cola. Envía otro wasap
pidiéndole una palabra y firmando «Tuya, DKT». No hay respuesta.
Se ducha y aprovecha el agua para
llorar mirando por la ventana. El llanto la alivia.
Por la tarde decide ver una película
vieja, Blade Runner, con Miu-miú
ronroneando en su regazo y un gin-tonic
con mucho hielo y limón. En el discurso final del protagonista, cuando el
replicante rubio salva la vida de Harrison Ford bajo la lluvia mientras él
mismo agoniza, Dakota dice en voz alta el monólogo, que se sabe de memoria:
—Yo he visto cosas que vosotros no
creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar
en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser —repite con veneración,
moviendo los labios a la vez que el actor—. Todos esos momentos se perderán en
el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir —solloza Dakota sobre el
lomo de la gata, que mueve el pellejo, molesta.
Termina su gin-tonic y la película. Mira su móvil otra vez.
—¿Qué pasa, Eliseo? ¿Dónde estás?
Suspira y se limpia las lágrimas. Va en
busca de una tarrina de helado de frambuesa bajo en calorías para tomárselo en
la terraza. Huele a verano y las golondrinas pían. Las luces de la ciudad van
encendiéndose como las estrellas a medida que baja el sol. Dakota contempla la
tarde caer.
Decide darse un baño templado con otro gin-tonic. Agua, lluvia, gin-tonics, llanto, riego, piensa. Todo es agua hoy.
Al cabo de media hora en remojo, la gata entra en el baño maullando.
—Lágrimas en la lluvia —le contesta
Dakota, llorosa—. Es hora de morir.
De repente se oye y reacciona.
—¡Qué coño!
La gata sale corriendo, asustada.
Dakota sale de la bañera con decisión y se pone el albornoz amarillo. Va a la
cocina, coge la escoba, pone un cedé en el equipo y se prepara. Cuando el tango
empieza a sonar a toda pastilla, Dakota guía su escoba.
* * *
El viernes, Eliseo contesta el
teléfono. A Dakota casi le da un pasmo al oír su voz. Sin embargo, él responde
como si acabaran de hablar hace un rato. Parece que tiene prisa.
—Hola.
—Hola. ¿Dónde has estado? —No puede
contener la pregunta y se siente fatal.
—He estado fuera.
—¿Toda la semana?
—Sí.
—¿Viste mis mensajes?
—No he tenido tiempo de contestarte.
—¿Qué pasa? ¿Podemos vernos? Tenemos
que hablar.
—Me marcho a Donosti.
—¿Qué? Tengo unos folletos de un par de
residencias para ti. Me puedo acercar...
—Estoy en el aeropuerto —la corta él.
—¿Tu madre está bien?
—Sí. Están cerrando el vuelo. Hablamos
el lunes. —Es un tono desconocido, árido. Parece otra persona.
Dakota, que todavía espera el trato
amable, no entiende lo que ha pasado. Se traga el orgullo.
—Vale. Adiós, cariño.
—Te llamo mañana si puedo —se suaviza
él.
Dakota espera en vano el sábado en
casa. No se atreve a ocupar la línea, incluso sabiendo que la llamada en espera
la avisaría si él marcase su número.
Se entretiene en quitar hojas muertas.
La fucsia ha prendido bien. Una orquídea tiene mal aspecto. La cambia de sitio.
Inspecciona su jardincillo de cactus enanos. Miu-miú se acerca a husmear.
—No metas la nariz, que te la pinchas.
Después de la «terapia verde» se tumba
en la terraza con un libro y pone música country.
Al cabo de medio libro descubre que no se ha enterado de nada. Lo cierra
rascándose los brazos y entra a prepararse el almuerzo. Aunque hay ensaladilla
y unos filetes empanados que dejó Ivonne, se decide por un gin-tonic con limón y mucho hielo. Finge que lo está disfrutando,
con la música alta y una siesta en la tumbona, a la sombra. En su interior, una
serpiente de angustia le atenaza el corazón, el estómago y la garganta. Ama no
ha vuelto a aparecer por allí.
Te
espera otro fin de semana sola.
Cuando se aburre de dormitar, entra a
la cocina. La nevera no contiene nada apetecible. Miu-miú la sigue por toda la
casa. La brasileña dejó una nota en la nevera el día anterior: «Tú OK? Plancha
terminada. Tú guías!
».
La gatita la mira con sus ojos
amarillos. Dakota no tiene ánimo para salir a andar. El cedé que le regaló
Ivonne está todavía en el reproductor, pero no se anima a darle al play. Miu-miúse acerca y se frota contra
sus piernas.
—Míu, míu.
—¿Ponemos una peli antigua?
Viendo Gilda con la gata en el regazo y una tarrina de helado de frambuesa
bajo en calorías, se dedica a llorar, incluso en el baile del guante. Cuando
Gilda se quita el guante, Dakota le dice al felino entre hipidos:
—¡Pobre... cita!
Decide merendar un ansiolítico y otro gin-tonic y mirar el móvil otra vez. Se
queda pensando qué hacer.
—Me voy a hacer la pedicura, Miu-miú.
Coge los bártulos y elige otra de Rita
Hayworth: Los amores de Carmen. A
media película tiene que dejarse los pies por temor a cortarse un dedo. De
todas formas, casi ha terminado.
—Él se transforma por amor... Buaaa...,
¿te das cuenta? Menudo imbécil. Carmen le engaña...
Se suena los mocos viendo los títulos
de crédito. La gata protesta porque se levanta a ponerse otro gin-tonic.
—Ya es el último... Ven, vamos a
meternos en la bañera.
Se dirige al baño esquivando los
asaltos de Miu-miú, que se enreda traviesa en sus pies haciéndola tropezar.
—No estoy de humor, Miu-miú.
Con agua hasta la barbilla y el vaso en
el borde de la bañera, Dakota repasa las últimas horas con Eliseo y no
encuentra ningún motivo por el que se pueda haber molestado. ¿Se habrá enfadado
porque consintió en acostarse con el «cliente»? A lo mejor la estaba poniendo a
prueba y ella tenía que haberse negado. ¿O fue porque ella había tomado la
iniciativa aquella mañana? No encuentra consuelo. ¿Tendrá miedo a dejarla
embarazada? Eso sí podría ser. Dakota descubre que no le importaría tener un
hijo con Eliseo. Es un tema que no han tocado, el de los hijos. Sospecha que no
es el tipo de hombre que desea tenerlos.
Cuando termina su gin-tonic, el agua está helada, la luz del día se ha ido y ella
llora en voz alta. Oírse la consuela.
Estoy
borracha.
Ya sin lágrimas, fantasea con cortarse
las venas. Eliseo aparecería desesperado, y se suicidaría con la misma
cuchilla, abrazado a ella en la bañera. Morirían como Romeo y Julieta. Lo desea
solo unos segundos, aunque muy intensamente. En seguida interviene Madre y
elimina su vena trágica: No, bonita. Él
se sacudiría el polvo del traje y a otra cosa. Levántate y mira la cara de sapo
que se te ha quedado.
Envuelve su pelo en una toalla y va a
buscar un pepino. Corta dos rodajas del centro y se tumba en el sofá con las
rodajas de pepino sobre sus párpados doloridos. Miu-miú le mordisquea un pie,
feroz. Todo lo feroz que puede ser un adorable peluche azul.
Entonces, Dakota toma una decisión: se
quita los pepinos de la cara, coge la escoba y le da al play para que suene el tango.
¡Tú
guías!,gritaAma. Y los acordes del tango empiezan a sonar.
* * *
Suena el teléfono. El rostro de Eliseo
aparece en la pantalla de su dispositivo. Dakota se despierta como si le
hubieran tirado un cubo de agua por encima.
—¿Qué pasa? ¿Eliseo? ¿Estás bien?
¿Dónde estás?
—Dakota, Dakota, Dakota ...
—¿Estás borracho?
—Quería oír tu voz.
—Son las cuatro de la mañana, Eliseo.
Me has dado un susto tremendo.
—No puedo dormir.
—Ya.
—Tengo que contarte una cosa
importante. —La voz gangosa la irrita.
¿Por qué a Dakota se le encoge el
corazón y le duele justo encima del estómago? Presiente que «una cosa
importante» es «un secreto desagradable». A Dakota no le gustan los secretos,
sobre todo después de haber estado casada con un puñado de ellos. Sobre todo,
después de que el hombre al que ama de manera irracional, que lleva
desaparecido un montón de horas sin contestar ningún mensaje, la llame a las
cuatro de la madrugada. Sobre todo, después del fin de semana que acaba de
pasar. Debería enfadarse. Colgarle el teléfono. Romper con él.
—Vale..., dime —suspira.
—¿Estás sentada?
Su actitud es increíble. ¿Sentada?
Estaba durmiendo. Con el insomnio que arrastra en las últimas semanas, Dakota
ha empezado a valorar sus horas de sueño, por muy Eliseo que sea quien la
despierte. El mal humor se interpone entre ella y su amado. Respira hondo y
trata de atemperar el tono, en plan Vicky.
—Dispara.
—No te va a gustar. —Eso ya no le
gusta. El corazón se le acelera—. Te preguntarás por qué no te lo dije al
conocernos... —Se le traba la lengua y se calla. Dakota espera unos segundos.
—Eliseo, suéltalo ya. —Y nota
sorprendida que está perdiendo la paciencia.
—Me dirás que me estoy alejando...
—Sí.
—He estado pensando mucho, Dakota. Y no
te convengo.
—Ya.
—En serio.
—¿Tienes a alguien más? ¿Otra...?
—No, no.
—Vaale.
—He tenido que irme a Barcelona. Tenía
que... hacerme unos... cosas.
—¿Unos
cosas?
—Sí. Un...
—Me estás poniendo nerviosa. Y ¿sabes
qué hora es?
—No sé si es buena idea... —Pausa.
—¿Qué es lo que no es buena idea?
Puede oír los hielos tintinear en su
vaso.
—Eliseo, ¿dónde estás?
—En casa. —Suena sorprendido—. ¿Por
qué?
—¿Estás bebiendo?
—Pues sí.
—No tiene gracia. ¿Me quieres decir por
qué me llamas a estas horas?
—Sí. No es buena idea —le dice de
repente—. Mira, mejor hablamos mañana.
Y cuelga. Eliseo ha colgado.
La adrenalina ha irrumpido en el
torrente sanguíneo de Dakota desde sus centros de producción, estén donde
estén. Y no le gusta en absoluto.
Marca su número. Ha apagado el móvil.
Bajo el pánico se abre paso, traído por un huracán, un cóctel de emociones: el
pánico, los celos, la desconfianza, la ira, la frustración, la contrariedad, la
rabia. Se siente muy insegura. ¿Qué está pasando?
Ama ha desaparecido. Parece haber sido
atropellada por un camión y yace en la cuneta, llena de heridas, inconsciente.
Madre, en cambio, es una gigantesca
figura que lanza maldiciones, el dibujo de un cómic, con brazos de los que
salen bolas de fuego que escupen todos los sentimientos negativos del universo.
La serpiente le atasca la garganta. Una compacta píldora de veneno se las
arregla para trepar hasta sus lacrimales y salir.
¿Habrá otra? Hasta ahora, Dakota tenía
claro que, juegos aparte, ella era su novia, la única que ha tenido en años, su
amor. Es lo que dijo Eliseo, ¿no? Lo dijo Ricci. Porque Eliseo la quiere.
¿Se habrá cansado de ella? ¿Enfadado?
¿Qué quería decirle? ¿Por qué no le habla de sus viajes? ¿Desde cuándo se
emborracha en casa?
Se le ocurren cosas espantosas: que su
madre está moribunda; o que no está en una residencia, sino en un manicomio
—eso explicaría los viajes secretos—; él es un asesino que quiere redimirse
gracias a su amor; lleva una doble vida, con una familia secreta, mujer e hijos
en otra ciudad...
¡Basta
de culebrones!, la regaña Madre. A
dormir.
Dakota se considera bastante racional.
En lugar de dejarse arrastrar por el ataque de pánico, una hoja en la tormenta,
decide poner en práctica un sencillo plan para sobrellevar la noche. Desconecta
el móvil y el fijo. Se prepara una tila doble y hace ejercicios de respiración
en la cocina. Se concentra en las baldosas de terracota, hasta que se enfría la
infusión. Miu-miú se restriega contra sus tobillos y ella le acaricia una
orejita. Regresa a su cuarto con la taza. En la oscuridad se la bebe a sorbos pequeños,
concentrada en respirar. Las ideas negativas aparecen y las rechaza una y otra
vez.
«En estos primeros minutos es crucial
tomar el control», diría Vicky. Tú guías,
le recuerda una voz sensual. «Cabeza loca», diría Chelito.
Decide apartar de su mente lo que diría
Chelito. Pero los pensamientos son poderosos. Los rechaza centrándose en la
respiración. Le está costando mucho.
¿Estará
casado?, inspirar..., espirar... Tu
guías. ¿Es un adicto al sexo?, inspirar..., espirar... Tu guías. ¿Me va a dejar por otra?, inspirar..., espirar.
Madre está irritada. Le susurra, a
punto de ser vencida por el sueño, sus sospechas y enfados.
¿Por
qué tienes que buscarle tú una residencia a su madre? ¡Que la busque él! ¿Es
que tú no estás bastante ocupada con tu trabajo? ¿Por qué no limpia su piso
cuando vas a verlo, al menos? ¿Por qué no te habla de su trabajo, sus viajes?
¿Por qué te fuerza a acostarte con el «cliente»? ¿Cuánto dinero cobra? ¿Es así
como paga tus regalos? ¿Lo hará con otras chicas? ¿Hasta dónde está dispuesto a
llegar? Y ¿tú? ¿Eres suya de verdad? ¿O eres tuya? No perteneces a nadie. Tú
debes guiar tu vida.
Dakota abre los ojos al oír el
despertador, que sigue con la alarma habitual. Se restriega la cara. El sol
entra en la habitación e Ivonne canturrea por ahí. La taza ha rodado por la
cama. Le duele hasta la última neurona del cerebro, supone que por la lucha
interna que se ha librado allí arriba durante la noche. Inspecciona su estado
de ánimo. Madre está en pie de guerra todavía, y Ama sigue en la cuneta.
Conecta el móvil. Nada.
Tratando de no romper el frágil
equilibrio interno que amenaza con desembocar en una migraña, Dakota se
traslada al baño. Tal vez si se lava la cabeza y enjabona los miedos, estos
resbalen.
Mira por la ventana de la ducha. La
ciudad ya está levantada y huele a verano. El llanto bajo el agua la
reconforta. Aseada, abre su portátil. Un solo mensaje. El corazón se le
acelera. Tiene que leerlo tres veces para entender el contenido.
De: Eliseo <egf-69@hotmail.com>
Hora local del remitente: Enviado a
la(s) 04:45
Para: DakotaUdaz@gmail.com
Asunto: lo siento
Querida Dakota:
Tengo el VIH.
No te asustes, está muy delibitado en mi ornagismo y he derasollado
la enfermedad, está controdala y no
es congatioso. La tengo hace diez añso y dice mi médico que puedo llegar a
viejo a no ser que me dé una infecccion
gorda. Por eso me cuido muycho y lo
visito todos los meses.
Hablamos,
E
Dakota lee el mensaje una vez más y
cierra la tapa despacio. ¿VIH? ¿Sida? El rostro de su amado se retuerce en su
imaginación convirtiéndose en el de un monstruo. ¿Que se cuida? Y ¿qué hay de mí? ¿A mí no me cuida?
Dakota comienza a visualizar imágenes
de una película muda en pase privado; el proyector gira haciendo ese ruidito
característico. En la pantalla, Dakota, en ropa interior sexi, hace el amor con
Eliseo, se sube encima de él medio dormido; él eyacula y se despierta, y la
aparta con brusquedad. El ruidito del proyector se detiene. Se había sentido
herida aquel día. Él no dijo nada. ¿Habrán bastado esos ratos para contagiarse?
La película siguiente es peor: imágenes
de Dakota a cuatro patas, consintiendo la penetración anal sin preservativo.
¡Dios
mío!
Han tenido relaciones sin condón. Él no
la advirtió. Ella no sabía. La siguiente película es del día en el que se
levantó con picores. Es una película sonora.
—Serán hongos —dijo él sin darle
importancia, y sacó una pomada vaginal de su mesilla.
Lo más natural del mundo, tener hongos.
Lo más natural, tener la pomada a mano. Dakota jamás había tenido hongos ni
nada parecido. Es cierto que no había utilizado mucho esa zona de su cuerpo,
pero nunca habría pensado que llegaría a ser de ese tipo de personas que pilla
hongos.
A su cerebro le pasa algo. Se está
convirtiendo en algodón de azúcar que pesa como plomo. Aparece la serpiente de
angustia y se retuerce por su estómago, aumenta de tamaño e intenta
estrangularla. Lo mejor para combatir a la serpiente es investigar. ¿Se habrá
contagiado? Abre la tapa del ordenador y entra en internet. Introduce las
siglas y los dedos le tiemblan.
Su
médica de cabecera la regaña. Dakota alimenta a la serpiente de angustia. Ha
crecido tanto que parece que se le van a salir los órganos de su sitio. A
Dakota hace mucho que no la regaña nadie excepto su madre. La doctora tiene voz
severa. Se pregunta quién ha sustituido a la doctora amable que solía tratarla
con exquisita atención. Es la misma persona, sin duda. Conserva la coletilla al
final de las frases y tiene idéntico rostro, si bien antes le parecía amable y
ahora la aterra.
—¿Quieres decir que has tenido
relaciones sin protección? —Y en el eco de la última palabra queda colgando una
frase...: «a tu edad».
—Sí, pero no sabía que él tenía...
La doctora la interrumpe sin
miramientos. Sus excusas no son de su incumbencia.
—Lo primero, hay que hacerte unos
análisis..., ¿estamos? —Empieza a rellenar volantes y a abrir cajones.
Desde que Eliseo le mandó el mail el día anterior, Dakota no ha
vuelto a hablar con él. Se pregunta si estará avergonzado, o si todo formaba
parte de un plan en el que ella ha sido engañada, contaminada, pervertida y
desechada, o si bien la ama y quiere protegerla de sí mismo. Podía haberlo
pensado primero.
El pánico le forma sabores extraños
bajo la lengua. Vicky se encuentra a mil trescientos kilómetros de distancia y
Álex está en Valencia, de donde volverá al día siguiente. No sabe a quién
acudir. Dakota se ha enfrentado sola a su médica como una niña responsable,
empujada por el pánico. Ni hablar de contar con Chelito.
—Él dice que no es contagioso.
—Él puede decir misa. ¿Sabes si ha
desarrollado la enfermedad?
—Sí —responde, intimidada por el tono
materno-agresivo de la doctora.
—Dakota, si estás contagiado, puedes o
no desarrollar la enfermedad, pero siempre es contagioso, ¿estamos? —Dakota
asiente—. Los enfermos de VIH lo son para siempre, y es su obligación proteger
a los demás. —Encuentra unos folletos en el último cajón que abre y se los
tiende—. Esto es muy grave. Supongo que no tengo que decirte lo que debes
hacer, si es que sigues viéndole.
—Sí.
—Quiero que te leas esto. —Dakota
asiente de nuevo y recibe la información—. Pasa al laboratorio y que la
enfermera te saque unas muestras. Respecto a los hongos, te voy a hacer una
receta de óvulos, y no vuelvas a automedicarte, ¿estamos? Esa cosa que te
ponías ha hecho más mal que bien. Los corticoides no están indicados. Y pide
hora con la gine para que te haga un
cultivo.
—Vale.
—Dentro de quince días tendremos los
resultados de los análisis. En seis meses tendrás que repetirlos; es lo que
llamamos el período ventana, en el que el virus puede aparecer todavía.
¿Entiendes lo que te digo?
—Sí.
—Está todo en estos folletos. Y yo
dejaría de ver a ese individuo. Pero ya eres mayorcita para que te diga lo que
debes hacer. ¡Siguiente!
Dakota se levanta a punto de llorar y
entra en el cuarto contiguo para que la enfermera le saque sangre.
* * *
Vicky acaba de volver de Londres. Está
en el herbolario, estudiando las propiedades de un desodorante mineral y
haciendo acopio de productos que suele consumir. Tiene la cesta llena de
productos biológicos, semillas de lino y pastillas de alcachofa. Suena su
móvil.
—¿Dakota?
—Vicky, necesito hablar. —Se le quiebra
la voz.
—No llores. ¿Estás en el Torreón? Llego
en cinco. —Y se dirige apresuradamente a pagar.
—Buaa —rompe a llorar Dakota.
—Te llevo un ansiolítico natural. No te
muevas.
Dakota sigue inmóvil, en la cocina, con
el móvil sobre la mesa y Miu-miú apretada contra el pecho. Vicky llama a la
puerta y Dakota suelta a la gata, que huye. Los pies de Dakota la dirigen y su
cuerpo inerte recibe el abrazo de su amiga.
—¿Está Ivonne?
—No. —Vicky se aparta y la observa sin
soltarle los brazos.
—¿Has desayunado?
—Me parece que no.
—Oh, cielo, no quería que te hiciera
daño. —Dakota asiente con un pucherito—. Ven, te voy a hacer una infusión de
valeriana con naranja.
En la cocina, Vicky la obliga a
sentarse por el sencillo método de señalarle una silla. Pone agua en el
hervidor y abre armarios y cajones para coger tazas y cucharas.
—¿Con miel?
—Vale.
La serpiente repta por su interior,
retuerce su estómago y se enrosca en su tráquea; Dakota está segura de que le
ha inoculado veneno en el organismo. Ha asesinado a Ama, que sigue en la
cuneta. Madre ocupa una gran parte de sus pensamientos, adiestradora de esta
serpiente que crece.
—Es él, ¿verdad?
—Me estoy volviendo loca.
—Dame un segundo.
Su amiga pone un sobrecito en cada taza
y sirve el agua hirviendo. Le acerca una.
—Gracias.
Dakota da un sorbito con intención de
quemar a la serpiente y eso parece funcionar. Abrasar a la serpiente le alivia,
aunque le arden la lengua, la garganta y el estómago. Contrae el rostro en un
gesto de dolor. Vicky le toca un brazo.
—¿Me lo quieres contar?
Mejor empezar por lo urgente. Mira a su
amiga.
—Tiene el VIH.
—¿El VIH?
Dakota asiente. Vicky traga saliva.
—¿Lo has hecho sin condón?
Las lágrimas son más rápidas que su
voluntad y empiezan a formar un sendero mejillas abajo. Vicky la abraza, en
cuclillas delante de ella.
—Oh, cielo. ¿Has ido al médico? —Dakota
afirma con la cabeza—. Tienes que hacerte los análisis. ¿Me oyes?
Dakota asiente. Se tapa la cara y
empieza a llorar en silencio.
—Me los hice ayer.
—Ojalá hubiera estado aquí. ¿Cuándo te
dan los resultados? Dakota, escúchame.
—Dos semanas.
—¿Vas a dejar de verle?
—No..., no puedo..., estoy enganchada a
él.
—Lo sé, lo sé... ¿Qué podemos hacer? Y
¿si te vas de viaje un tiempo? ¿Qué te parece? Me tocan vacaciones. Quería ir a
Venezuela unos días. Tengo unos amigos allí. Vente conmigo.
—No lo sé.
—Sería perfecto..., nos vamos diez días
hasta que estén los resultados..., así te olvidas de esto. Puedo sacarte un free.
En la compañía aérea, Vicky disfruta de
un cupo de billetes gratis para amigos y familiares. Billetes free. A Dakota la palabra le recuerda a
Eliseo. Se sobresalta. Retira las manos de su cara, hipa. Vicky le habla. Se
concentra en lo que dice.
—No tienes nada mejor que hacer. Y
tienes que alejarte de él. ¿Me oyes?
Asiente. Vicky le seca las lágrimas.
—Escucha. Dame un par de horas, que
organice los billetes y el hotel. Tú no te preocupes. Voy a ver si se apunta
Álex, ¿quieres? Vamos a comer con ella. Tenemos que decírselo en persona.
Dakota se anima un poco. ¿Por qué no?
No tiene nada que hacer, es cierto. Y Eliseo ha desaparecido. No parece tan
mala idea.
Vicky llama a Álex, que acaba de volver
de Valencia, y queda con ella para comer en el centro comercial. Tras obligarle
a tomar la infusión, Vicky logra que Dakota se ponga unos vaqueros y una
camisa.
Cuando se lo cuentan, Álex no dice una
palabra de reproche.
—No te preocupes. Esperaremos a los
resultados.
—¿Vendrías con nosotras? —pregunta
Vicky.
—Me gustaría acompañaros, pero no
puedo. Es plena temporada para mí.
El estudio necesita atención completa.
Hay un nuevo cliente muy importante que espera el primer encargo en septiembre;
tiene dos diseñadores nuevos y mil historias pendientes.
—Lo siento, Vicky.
—No pasa nada.
—Estás en buenas manos, Dakota.
—Por supuesto —asegura Vicky con
firmeza.
Están en el restaurante habitual,
frente a una ensalada. Ninguna la prueba. Las ojeras de Dakota son muy visibles
ahora que va sin maquillar. Les cuenta su visita al médico y ambas hacen
ruiditos solidarios. Se hace un silencio y Dakota las mira. Es la imagen de la
tristeza y el desconcierto.
—No me ha vuelto a llamar —confiesa—.
Un triste mail.
—Será capullo...
—Es un cobarde.
—Todavía le quiero...
—No —la para Álex—. Dakota. Estás
enganchada al sexo. Lo mejor es poner mar de por medio.
—No seas dogmática. ¿No ves que lo está
pasando fatal? —la defiende Vicky—. ¿Tú qué sabes lo que siente? No llores más,
cielo.
—Tienes razón —musita Álex—. Perdona.
La idea de Vicky es buena. Tenéis que iros.
—Ya tengo los billetes y la reserva de
hotel. Nos vamos pasado mañana.
—¿Adónde?
Dakota está anestesiada. No oye a sus
amigas. Gabriel se la pegaba con camareras pelirrojas, y recuerda que el
descubrimiento fue doloroso. Comparado con esto, si volviera a vivirlo, la
palabra sería molesto. Había herido
su ego, naturalmente, y le había afectado en su día, ella había creído que
«bastante». No recuerda haber perdido peso cuando ocurrió, ni el sueño. Había
llorado, claro. Pero no hubo pensamientos catastróficos, ni desesperación. Ni
fantasías de suicidio. No le había parecido que el mundo se desplomara. No
había sufrido por su futuro. El final con Gabriel había sido más bien
liberador. Entonces, el mundo se había llenado de futuro con la promesa del
tecnicolor.
Esto es diferente. Está tan lejos en el
tiempo, en el calibre, en la intensidad que parece una historia de otra
persona. El futuro no existe. Todo está en blanco y negro.
—Dakota. No llores, por favor.
—Toda la vida sin conducir y ahora voy
en bólido y me estrello —sonríe Dakota entre lágrimas.
Que tu pareja te mienta y te conduzca a
prácticas sexuales que nunca habías imaginado, que te haga perder el control
llevándote al extremo, y descubrir que es un embustero y un adicto no es fácil
de asimilar. Amar a alguien que no se preocupa por tu salud ni por tu vida, que
te permite que te enamores de él y te inocula heroína sexual, que te confunde y
te arrastra hasta que no sabes dónde está el norte duele, como poco.
—Os vais a un hotelazo y os hacéis unas
excursiones por ahí, nada de tumbarse al sol y darle al coco, ¿eh? —está
diciendo Álex—. ¿Por qué no vais a alguna ciudad interesante? De compras, al
teatro, a un musical...
—Puedo cambiar los billetes. ¿Qué te
apetece más? ¿Nueva York o Isla Margarita? ¿Playa o ciudad?
—Lo que me apetece es meterme en la
cama y no salir nunca más.
—Sin opciones. Que no tenga que elegir
entre fresa o vainilla. Organízale tú la ropa que se vaya a poner cada día. Y
por Dios, llévala a la peluquería.
—Vale. Yo me encargo, no importa.
La idea de hacerse un ovillo y meterse
en la cama con un arsenal de ansiolíticos no le parece mal. Al fin y al cabo,
muchas mujeres se comportan así después de un desengaño amoroso. Y ella ha
comenzado el tratamiento a base de gin-tonics.
¿Es esto un desengaño amoroso? ¿O es un
desengaño a secas? Eliseo ha mentido, ha permitido que sus partes íntimas
entren en contacto, la ha invadido con sus jugos contaminados del virus para el
que no hay cura. Y ¿si está infectada?
—Necesitas tratamiento intensivo. Ahora
eres tú la que no está para él. Que no te pueda localizar. Es más, no te vas a
llevar el móvil.
—Estoy de acuerdo. —Y Vicky coloca la
mano sobre la suya.
—Hay que curarte el mono.
—Lo demás, paso a paso, cielo.
Agradece tener amigas a las que
aferrarse. Después de haber experimentado en unas cuantas semanas más sexo que
en veinte años, de haber padecido los tormentos del deseo, del amor frustrado,
después de haber venteado la soledad, de haber saboreado la amargura de la
mentira y de estar aterrada ante el futuro, las amigas son lo único que le
queda para apoyarse y continuar.
* * *
El viaje a Venezuela es igual que la
salsa agridulce de la comida china. Vicky está fantástica, le presta oídos sin
agobiarla. Le organiza la ropa, sesiones de belleza, le pide hora en la
peluquería del hotel y con el masajista, la deja sola cuando lo necesita, la
anima si la ve decaída, se emborrachan con ron y zumos, prueban fruta
desconocida, abusan del aire acondicionado, se dejan embaucar por unas
muchachas que les hacen trencitas en la playa, adquieren collares y recuerdos
para Vicky, Álex, Chelito, Ivonne y las chicas de la dieciocho. Dakota no
quiere ningún recuerdo del viaje, ni siquiera ron.
Pasan diez días en Isla Margarita,
visitan Isla Blanquilla en catamarán, hacen una excursión a la selva
venezolana, practican windsurf,
bucean, salvan algunos ratos en la playa embadurnadas de crema, van de compras,
tienen largas charlas y cortos silencios, y rastrean noches mágicas en casa de
los amigos de Vicky, gente amable y sencilla, lo que hace más duro el regreso.
Vicky, que ha exprimido sus vacaciones,
en cuanto planta el pie en Madrid, tiene que rehacer la maleta y marcharse a
Londres. Álex insiste en que Dakota se instale con ella.
—No, gracias.
Lo que le pide el cuerpo es regresar al
Torreón, y lo encuentra en perfecto estado de revista gracias a Ivonne. Miu-miú
está enorme y la casa, limpia. La gata la recibe mosqueada por el abandono,
pero se ha hecho muy amiga de la brasileña.
La coge en brazos y siente su
corazoncito. De inmediato se le forma un nudo en la garganta. Necesita hablar
con él.
Dakota llama a Eliseo dos días
seguidos, a diferentes horas, sin respuesta. Le ha enviado varios wasaps y tres mails. Está claro que no va a dar la cara.
El siguiente paso es llamar a la
terapeuta de Álex. Coge la tarjeta, que lleva varias semanas en la mesita de la
entrada, y marca el número.
Y lo siguiente es ir al médico.
* * *
Dakota respira hondo. Tiene los ojos
hinchados. Inspira y marca por cuarta vez el número de Álex. En esta ocasión no
cuelga antes de que suene el primer tono.
—Ah, señorita Udaz.
—Álex, tengo una falta.
—¿Qué es lo que le falta? Disculpe, no
la oigo.
—¡Álex! Tengo un retraso.
Álex, que está en el estudio en medio
de una atareada jornada supervisando a sus chicos, le hace una seña a su
ayudante y sale a la calle de inmediato.
—No jodas.
—¿Podemos quedar?
—No puedo, pero vente en una hora y
comemos juntas. ¿En el C. C. a las dos?
—¿Puedes llamar a Vicky? Llegaba hoy.
La he llamado, pero aún no...
—Yo me encargo. Tranquila, cariño.
—Gracias.
Dakota siempre ha tenido reglas
regulares. Cada veintiocho tiene un par de días malos, el primero con dolor de
ovarios y riñones, el segundo con regla abundante, el tercero terminando. No se
las salta, igual que no se salta su café de la mañana. Y después de tantos
años, por primera vez tiene un retraso. ¿Cómo es posible sufrir un desliz casi
a los cuarenta? Retrocede y busca un polvo sin condón. Con todos los hombres ha
habido condón, excepto con Eliseo. Aquella mañana...
Se lava la cara. Sale hacia el C. C.
dispuesta a enfrentarse a sus amigas.
Dakota, Álex y Vicky han pedido un par
de raciones. Ninguna toca la comida.
—Interrumpirás, supongo.
—¿Abortar? No creo, Álex.
—No seas tan brusca. —Vicky le pasa un
brazo por encima de los hombros—. Dakota está confusa.
—No estoy confusa. No pienso hacerlo.
Da un trago a su Coca Zero y remueve la
pajita. Sus amigas callan.
—¿Qué tendría de malo que tuviera un
hijo? ¿Os parece mal? ¿Soy muy mayor?
—Dakota, ni siquiera sabes si..., si te
ha..., si estás...
—Esta conversación no empieza bien,
chicas, no os alteréis.
—¿Por qué te da miedo la palabra?
Infectada.
—Ay, Dios, no puedo ni imaginarlo,
¿cómo voy a decirlo?
—Un segundo...
—Vale, tranquila.
—¿Tranquila? ¿Me lo dices tú?
Dakota tiene la posibilidad de ser
madre. Los cambios de su cuerpo son sutiles, no tiene náuseas todavía, sino la
impresión de que su organismo, de alguna forma misteriosa, ya no le pertenece.
Está de casi cuatro semanas. Vicky se bebe medio vaso de agua. Álex amasa una
bolita de pan.
—¿Se lo vas a decir a...?
—¿... a él? Debe de haberse ido del
país. No coge el teléfono. Y no pienso ir a buscarlo a su palacio. Está claro
que se ha terminado.
—¿No vas a abortar? —ataca Álex.
—Tendré que esperar los resultados del
VIH y si son negativos, lo tendré.
—Por Dios, es una barbaridad.
—Y ¿qué pasa con el período ventana?
—interviene Vicky—. Consúltalo con tu médico, ¿no?
—Y ¿si...?
—Estoy harta de los ysís.
—Chicas, chicas, estamos muy nerviosas.
—Para ti es fácil decirlo. No eres tú
la que está embarazada —le espeta Dakota a Álex. Si le hubiera dado una
bofetada, habría habido menos tensión. Álex baja el rostro, dolida.
Hay un silencio. Vicky se manosea un
mechón de pelo. Cuando Álex alza la frente, se le cae una lágrima. Le tiembla
la barbilla. Álex se toca la mejilla con el dorso de un dedo, secándose.
Dakota no se atreve a mirarla y Vicky
se retuerce los dedos.
—Yo también aborté. No es fácil,
Dakota. De verdad que no.
Dakota suspira. Observa la miga de pan
abandonada. Álex actúa de forma tan frívola que tiende a pensar que lo es. Son
solo mecanismos de defensa. Hay una persona muy grande detrás de sus tetas.
Ella también tiene su historia.
—Estoy haciendo de abogada del diablo
—dice Álex. Suaviza el tono, y Dakota, que se ha serenado, respira hondo. Su
amiga le pone una mano sobre el brazo. La serpiente sube por su garganta y
amenaza con estrangularla—. Alguien tiene que hacerlo, y no será Vicky. Yo soy
la mala.
—Yo puedo ser mala como la que más —se
ofende la aludida.
—Seguro —contesta Álex con ironía.
—Bastante tengo con mi madre. —A Dakota
se le resbalan las lágrimas—. Tengo que contárselo. —Hipa y sonríe. Las manos
de Álex reposan sobre la mesa y Dakota coloca las suyas encima y se las
aprieta—. Verás la bronca que me llevo.
—Desde luego, tienes que hablar con
ella. —Vicky pone las suyas encima—. Pero a lo mejor te sorprende. Las madres
tienen eso..., lo aceptan todo.
—Ánimo, mosqueteras.
—Hay madres y madres, pero haré lo que
tenga que hacer. —Es Dakota quien le acaricia la mejilla a Álex, limpiando sus
lágrimas. Es raro ver llorar a Álex.
—Cualquier decisión será la buena y
estaremos a tu lado —dice Vicky—. No lloréis. —Y ella llora también.
El camarero no se atreve a retirar los
platos.
Dakota
tiene que ir a recoger los resultados del VIH. Vicky está en Buenos Aires y
Álex otra vez en Valencia. De pronto, Dakota recuerda una conversación en un
parque, frente a unos patos. Coge el iPhone y marca el número de Nick.
—Hey, vaquera.
—Hey, motero. Necesito un favor.
—Lo que sea.
Su entrega le parece enternecedora.
Otra vez le dan ganas de llorar. Últimamente tiene las emociones tan a flor de
piel que no se aguanta a sí misma. El otro día, sin ir más lejos, lloró delante
del frutero porque le regaló una manzana. Se contiene para no asustarlo.
—¿Podemos vernos? Es importante.
—Dime la hora y el lugar.
Queda con Nick en la puerta del médico.
Ella ha llegado de milagro. Da gracias a la existencia de ese servicio llamado taxi. Sus piernas se mueven porque
conservan el recuerdo de lo que significa caminar, poner un pie y luego otro.
Así, paso a paso, sale del taxi y se sienta a esperar en un banco en la calle,
temiendo desplomarse. Lo ve llegar en su moto, quitarse el casco, peinarse con
los dedos y mirar hacia su banco. Ve cómo se ilumina su rostro al verla y se le
hace un nudo en la garganta mientras consigue levantarse sobre sus piernas,
como dos columnas de gelatina.
—Hola, princesa. ¿Cómo estás? —Se
acerca y la abraza. Ella se acurruca en su pecho. No recordaba lo alto que es.
Huele a Nick. Le acaricia la cabeza y se separa, cogiéndola por los brazos y
apretándoselos con suavidad—. ¿Lista?
Ella asiente.
—Vamos allá.
Entran juntos. La doctora mira con
severidad a Nick. Dakota evita la tentación de corregir su error porque le
parece infantil. Y además no es de su incumbencia.
—Aquí tengo los resultados de tu
análisis. A ver..., a ver...
Nick coge la mano de Dakota y se la
aprieta.
—Sí. Sí. Vale..., vale...
La espera es insufrible. Le dan ganas
de arrancarle las hojas y leerlo directamente. Supone que está cotejando
diversos valores, pero ¿no podría resumir?
—Negativo.
—Y ¿eso significa...?
—Que no aparece el virus en sangre.
—O sea, que...
—No estás infectada. Por ahora. Pero no
quiere decir que no te haya podido pasar el virus. ¿Estamos? ¿Te leíste los
folletos?
—Sí.
—Entonces recordarás que existe un
período ventana de seis meses en el que continúa el riesgo de infección, y que
para que los análisis sean concluyentes, tendrás que repetirlos... ¿Estamos?
—Sí. —En realidad no se está enterando
de nada. ¡No está infectada!
—Y en cuanto a usted...
—No es mi pareja. Es un amigo —la corta
Dakota temiendo la bronca a la persona equivocada—. Solo ha venido a
acompañarme.
—Entiendo. ¿Has ido a la gine?
—Sí. Aquí están los cultivos. —Le
tiende un sobre grande y la doctora se cala las gafas.
—Bien. Estos óvulos son muy eficaces.
Ya estás curada.
—¿Puedo irme? —Dakota no puede evitar
sentirse juzgada. Parece que este examen lo ha superado. La doctora ya está
pensando en su siguiente paciente.
—Te veo aquí en seis meses. Cuídate.
¿Estamos?
Nick se levanta y Dakota prácticamente
corre hacia la puerta.
En el banco de la calle se echa en sus
brazos y rompe a llorar.
—Bueno, bueno... —la consuela él
acariciándole la cabeza con ternura—. Ya pasó.
—Buaaa —llora ella, incapaz de
controlarse—. Soy tan feliiiz.
—Vamos. Te invito a desayunar.
—¡Noo!
Te invito yoo —llora.
—Vale, pero deja de llorar, que nos
mira la gente —dice tendiéndole un Kleenex.
—Snif.
—Eso es. —Seca sus lágrimas y ella
levanta la cara.
* * *
La cita con mamá es hoy. Aunque Dakota
no olvida que hay una posibilidad, latente durante seis meses, de que esté
infectada, está convencida de lo contrario.
Chelito se ha sentado en la terraza del
restaurante que acaban de abrir en su barrio. Es una terraza de aspecto lujoso,
con toldos a rayas amarillas y blancas y setos cuidados alrededor de las
mesitas, puestas de largo. Sobre la mesa hay un pequeño centro de margaritas
amarillas y blancas.
—Hola, mamá. Qué bien se está aquí,
¿no?
—Estás horrible. Y hace demasiado
calor.
—Gracias. —Se inclina y le da dos
besos—. Tú también.
—No seas impertinente. Estás muy flaca.
—¿Quieres que pida mesa dentro?
—¿Ahora que ya me he sentado?
Naturalmente, Dakota tiene ojeras, y su
cambio de look se ha ido al garete.
Han aparecido las náuseas y carece de energía para arreglarse. A duras penas se
ha cepillado el pelo, y en cuanto al maquillaje, ha sido sustituido por gafas
de sol. Cuando se las quita causa sensación.
—Por Dios, póntelas. —Su madre aparta
la cara enojada y enciende un cigarro.
—Tengo que contarte una cosa
importante, mamá —dice, dejándolas a un lado.
—Me apetece gazpacho —dice Chelito
ojeando la carta—. ¿Crees que habrá gazpacho? ¿Sabes cuánto ganó Anita en el
bingo el otro día?
—Voy a tener un hijo.
—¿Sabes cuánto ganó? Veinte mil euros.
Y adivina a qué nos invitó. A nada.
—Mamá, procesa.
—No me gustan tus bromas, francamente.
—Chelito exhala el humo con fuerza.
Dakota se calla y el silencio las
asimila. Despacio, la mujer de moño severo y mirada platina baja la carta, alza
la cabeza y mira a su hija por encima de las gafas de vista cansada. Más
despacio aún, cierra el menú y levanta una mano tembleque para llamar al
camarero.
—Un Martini seco.
—Y una Coca-Cola Zero.
—¿Han elegido ya?
—Pediremos más tarde.
—Muy bien.
El camarero se retira. Chelito mira a
Dakota con la interrogación en la frente. Pero ella lo tiene ensayado. Se
ceñirá a su guion y, si es necesario, se marchará sin comer; no quiere
numeritos. De todos modos, no puede tragar nada, excepto almendras crudas, sin
vomitar. Carraspea varias veces y lo suelta del tirón, quitándose el
esparadrapo de una vez.
—La relación se ha terminado ya, y me
he quedado embarazada. No puedo decir que no sea fruto del amor, porque a él lo
quería. Si él me quiso a mí, no sabría decirlo. Reconozco que lo del embarazo
ha sido accidental. —Chelito abre la boca y ella la frena echando chispas con
la mirada—. Estoy preñada y pienso tener el churumbel. Es lo más importante que
me ha pasado nunca. ¿Está claro?
Su madre apaga el cigarro con dignidad.
Se quita las gafas con dignidad y las mete en su estuche plateado, también muy
dignamente. Dakota pone los ojos en blanco y se comprime las manos bajo las
piernas.
—Preñada
es una palabra digna para los animales —comienza su madre, y Dakota bufa.
Chelito levanta la vista y ella la baja. Le da igual lo que tenga que decir. Se
está clavando las uñas en los muslos. Su madre coge aire por la nariz y
continúa—: Tener un hijo es lo más maravilloso del mundo y lo único que me hace
levantarme todavía cada mañana. Es más, esta sí es una razón para dejar de
fumar.
Entonces Chelito hace un gesto. Arruga
el paquete de tabaco, que está lleno. Dakota mira a su madre y saca las manos.
A Chelito le brillan los ojos. Pocas veces la ha visto llorar, y recuerda las
palabras premonitorias de Vicky sobre «las madres». De repente percibe la edad
de la suya, a pesar de su aspecto restaurado y de su obstinación contra el paso
del tiempo. Dakota se siente parte inexplicable de un clan de mujeres, inundada
de paz y sabiduría.
Deben
de ser las hormonas.
—No hay nada más hermoso que tener un
hijo. —A Chelito se le quiebra la voz.
Dakota coincide. Está impaciente por
ingresar en el club de los baberos y las vomitonas. ¿Cómo pudo pensar que era
indigno?
Tú
también tienes el don de dar la vida, le dice Madre desde dentro.
Su madre auténtica le tiende una mano
arrugada, llena de manchas de vejez y tratamientos antiedad. El tacto de esta
mujer férrea, transformada en tejido de guata durante unos segundos, la
conmueve. No recuerda la última vez que se tocaron con cariño.
—No llores, mamá.
—¿Quién llora? —responde Chelito
colocándose la máscara de la dignidad.
Se dan la mano con fuerza y durante un
minuto lloran en silencio. Llega el camarero. Se sueltan. Dakota estudia el
dibujo del mantel y Chelito asiente con la cabeza. El hombre deposita la
Coca-Cola y su Martini con reverencia. Dakota busca un pañuelo en el bolso y al
alzar la vista ve a su madre dándose toquecitos en los lacrimales con un
Kleenex. Chelito levanta una mano temblorosa un palmo sobre la mesa; se aclara
la garganta y le habla tan bajo a su Martini que Dakota se inclina hacia
delante para leer sus labios.
—Deseo a ese nieto. Esto me anima a
seguir viviendo. No he conseguido que nos entendamos, pero seré mejor abuela
que madre.
—Intentaré ser mejor hija —balbucea
Dakota.
La madre la mira un segundo y
carraspea. Coge sus gafas de ver y las abre muy despacio. Se las cala. Observa
la carta y la mira por encima de aquellas.
—¿Qué te parece una vichyssoise?
—Estoy de seis semanas. Vomito todo lo
que como. Me basta con la Coca-Cola. —Y ambas se ponen sus gafas.
Sobre el centro de flores hay una
mariposa.
FIN
EPÍLOGO
Es temprano. Nick llama al telefonillo.
Arriba, en el Torreón, Dakota se arrastra pesadamente hacia la cocina para
descolgar y gruñe.
—Grrrr.
—Baja, gorda.
—No.
—Vamos.
—Hoy no me apetece, en serio.
—¿Subo a por ti?
—Que-ya-bajo. —Cuelga el telefonillo—.
Pesado.
Sonríe, se pone unas zapatillas
deportivas con velcro nuevas porque no alcanza a anudarse los cordones de las
de toda la vida, y se mete en el ascensor precedida por su barriga. Es muy
temprano. Empieza a hacer buen tiempo otra vez y Dakota necesita andar. Está de
treinta y cuatro semanas. Nick la recoge todos los días muy temprano y luego la
invita a desayunar, como premio. Por la tarde la recoge y hacen otra media
hora.
Durante estos meses, su amistad ha sido
un oasis (como insiste ella en definirlo) para Dakota. En el ascensor, mientras
comprueba el perfil de su barrigón, recuerda que allí estaba Nick en la segunda
prueba del VIH, sujetándole la mano cuando le dio el ataque de pánico y
permitiéndole que se la destrozara cuando se enteró de que era negativa. Y
cuando le comenzó la diabetes gestacional, allí estaba Nick con su plan de
alimentos, preparándole verduras al horno y dorada a la sal.
El ascensor llega a la planta baja.
Dakota echa un último vistazo al ballenato del espejo y le tira un beso.
Ahora
sí que estás sexi, le dice Ama.
Cruza el jardín y se reúne con Nick,
que hace estiramientos frente al portal.
* * *
Dakota volvió a la dieciocho después de
sus vacaciones forzosas, decidida a aprovechar su segunda oportunidad. Montó la
campaña de invierno con un ayudante nuevo al que formó para que continuara con
su labor durante su baja maternal y dejó preparada la campaña de primavera.
Está esperando el feliz acontecimiento. Está enorme, va a ser niña y se llamará
Raquel. Nada de nombres raros.
La Dire no se va, de momento. Ha
decidido que no hay relevo adecuado y permanecerá en su puesto otro año al
menos. Entre su nuevo ayudante y la jefa de personal, Vanessa, se apañarán
hasta su regreso. Las Maris organizaron una colecta en la oficina y le han
regalado la silla de paseo y sus complementos de coche.
El TT representaba el último vínculo
con Gabriel, le parece. Además no cabían los artefactos del bebé en el diminuto
coche. A no ser que las sillas de paseo aprendan a conducir. Así que se lo
regaló a Yolanda, que se sentó al recibir la noticia, se puso colorada, lloró y
desplegó todo tipo de emociones, algunas probablemente verdaderas. Ahora que la
han ascendido, tiene despacho y ha empezado a aparecer por la dieciocho vestida
de colores. A veces se sienta y se rumorea que se ha echado novio.
Dakota siempre había envidiado a las
señoras que llevan todoterrenos luciéndolos con aplomo. Y allí está Nick,
acompañándola al concesionario y recomendándole modelos. Aunque se pelearon
porque él sugirió un cochecito acorde con la ciudad, la negociación acabó bien.
El resultado fue el RAV4, un todoterreno pequeño que le encanta, es útil y no
necesita dos plazas para aparcar.
Nick (oficialmente san Nicolás) pasa a
recoger a Chelito todos los viernes y la lleva al Torreón de visita. Sabe
cocinar, así que cocina, templa las discusiones y en general se maneja muy
bien, coqueteando con Chelito, que le llama Nicolás. La devuelve a su casa
rejuvenecida.
Chelito chochea por anticipado. Ha
comprado casi todo el ajuar para la niña, aunque Dakota cambia los trajecitos
rosa para tener más colores. Como su madre ha dejado de fumar, encuentran otros
temas para discutir. Cuando hablan de dar el pecho discuten; discuten sobre la
alimentación y el descanso diario de Dakota, y pelean después de cada visita a
la matrona, sobre los análisis y las opiniones médicas. Y por la ropa del bebé.
Chelito siempre tiene razón. Quiere que la niña se llame Rebeca, como la película.
Y ¿qué tiene de malo Rebeca Raquel,
Dakota?
Su tía Rosamari le envió un cargamento
de productos para bebé. Y aunque ha pintado de rosa la habitación de invitados,
ya sabe dónde pondrá la cuna. Miu-miú le enseñó que no tiene corazón para oír
llorar a un bebé.
La influencia de Nick es tan grande que
Dakota no recuerda cómo respiraba antes. Ninguno de los dos ha dado ningún paso
más. La Gata Salvaje se ha convertido en una linda gatita que se dedica a
dormir y cuidar al bebé. Cuando nazca habrá tiempo para otras cosas. Cuando se
termine el asunto de los biberones y los cambios de pañales, las vacunas y todo
eso.
Eliseo ha desaparecido del todo. La
adicción al sexo se ha evaporado con él, sumida en otra vida. En unos meses,
Dakota está limpiando su mente gracias a la terapeuta de Álex y a los cambios
producidos en su organismo por el dulce invasor. Sus amigas también han sido un
pilar básico, claro. Incluso Chelito la apoya, a su manera. Y todas adoran a
Nick sin reservas, cuya reaparición y amistad ha modificado su existencia. Si
alguna vez recuerda los meses anteriores, se acaricia la tripa y mira hacia
delante.
Miu-miú ha tenido que salir del Torreón
por temor a la toxoplasmosis. Se la regaló a Ivonne. A la gata le gusta mover
la cola al son de la música como si bailara, así que Dakota le sugirió que la
presentase como candidata al récord Guinness. La brasileña le ha cambiado el
nombre. Ahora se llama Menina.
AGRADECIMIENTOS
Gracias a mi amiga y editora Raquel
Gisbert, que me ha dado la oportunidad de ver el nacimiento de mi primer libro.
A Clara Obligado, mi maestra, por enseñarme el camino de la escritura, y a mis
compañeros de taller, por los buenos ratos. A las amigas que se quedan con mi
hijo mientras escribo o voy a clase (sobre todo a mi otra Raquel y a Mónica). A
Clara Martín por estar siempre, a Gloria G.ª del Valle y Cristina López Barrio
por creer en mí, a mi grupo de pádel por las risas. Y a Arnie por estar a mi lado.
Table of Contents
CECILIA GUITER
Sinopsis
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS

