Libro No. 313. Pobres gentes. Dostoievski, Fiodor Mijaílovich.
Libro No. 313. Pobres gentes. Dostoievski, Fiodor Mijaílovich. Colección
Emancipación Obrera. Abril 7 de 2012.
Título
original: Versión Original: © Pobres gentes. Fiodor
Mijaílovich Dostoievski.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Fiodor Mijaílovich Dostoievski
Pobres gentes
Fiodor Mijaílovich
Dostoyevskii
Pobres gentes
Apenas algunos
meses después de graduarse en la Escuela de Ingenieros, y empezar a trabajar en
una oficina del Estado como ingeniero dibujante, Fiodor Mijaílovich, de 26 años
de edad, pidió el retiro, la razón: el trabajo le quitaba mucho tiempo, un
tiempo valiosísimo que él podría dedicar de lleno a la que fue la única y
verdadera pasión durante toda su vida: la literatura.
Un par de obras de teatro que nunca
salieron a la luz y una mala traducción de Eugénie
Grandet al ruso, eran todo lo que hasta ese momento había hecho, pero su
resolución estaba tomada; según él, escribiría libros fáciles de leer y de
vender que ofrecería a tanto por hoja para pagarse las cuentas, y mientras
tanto, tomándose su tiempo, se dedicaría a crear las verdaderas obras de arte,
la verdadera literatura que algún día lo consagraría como el mejor escritor
ruso de todos los tiempos. Probablemente en esos momentos el joven Dostoyevskii
no se imaginaba siquiera que por el resto de su vida no habría de hacer otra
cosa más que escribir para comer.
Trabajó arduamente en su primer novela y
cuando, apenas acabada, se la mostró a su colega Grigórievich, éste último se
emocionó tanto que de inmediato se la llevó a su editor, Nekrásov. Nekrásov
quedó tan o hasta más emocionado que Grigórievich al acabar la lectura que no
tardó en llevársela al crítico Bielinski, juez indiscutible en esos momentos en
cuanto a escritura se refiere, y su fallo fue: ¡Tráigame inmediatamente a ese
Dostoyevskii!
De la noche a la mañana, literalmente,
Fiodor Mijaílovich pasó de la miseria y el anonimato a la más esplendorosa
fama, su novela Pobres gentes fue
considerada como una verdadera obra de arte, y su autor fue aclamado como la
más grande promesa de las letras rusas.
Fiodor Mijaílovich Dostoyevskii debuta
como escritor, goza de su momento de
gloria y la fama se le sube a la cabeza… dejémoslo disfrutar el momento;
pronto, mucho más pronto de lo que él se imagina, todo se desvanecerá como al
final de un hermoso y placentero sueño. Mientras tanto disfrutemos de estas sus
Pobres gentes, en donde conoceremos
la vida y peripecias del buen Makar Dievuschkin y su querida y desamparada
Várinka; la magistral descripción día a día de su vida miserable nos hablará de
lo injusto y lamentable que puede llegar a ser el mundo, éste nuestro mundo, el
mundo en el que vivimos y del cual todos y cada uno de nosotros somos parte; Pobres gentes fue escrita en 1846, pero
sus protagonistas siguen viviendo hoy día en las calles de todas y cada una de
nuestras ciudades modernas.
Makar
Aleksiéyevich Dievuschkin es un pobre burócrata del Estado, un amanuense, un
apocado hombre cuya vida toda se reduce a cumplir cabalmente con sus deberes en
la oficina y a escribir afectuosas cartas a su vecina, la pobre huérfana
Varvara Aleksiéyevna.
En un mundo que
le es del todo hostil, y en medio de la mayor miseria, el pobre empleado héroe
de esta historia encontrará la fuerza necesaria para poder subsistir, y aun
poder ayudar a los demás, en la sencillez y bondad de su propio corazón
sufriente. Y así, cuando él mismo esté casi muriéndose de hambre, dará sus
últimas monedas a quien le suplica por su ayuda.
En esta su
primera novela, Fiodor Mijaílovich nos habla del mundo triste y miserable de
los desamparados de la gran Petersburgo, de esas pobres gentes que viven en
tugurios y cuchitriles, muertas de hambre y de frío, y que de la vida no
esperan nada más que poder acabar el día y esperar que el Todopoderoso no tarde
mucho en acogerlos en su Santo Reino.
Como a lo largo
de toda su obra, Dostoyevskii responderá que la única respuesta y solución ante
el absurdo del mundo es el amor, el amor incondicional cristiano, y nada más.
Pobres gentes
Fiodor Mijaílovich Dostoyevskii
(Moscú,
1821-San Petersburgo, 1881)
Idioma
original: ruso
Evangelio
Título original
de la obra: Бедные люди
(Biednie liudi)
Traducción y
prólogo por Rafael Cansinos Asséns
Primera
edición: San Petersburgo, 1846; en el Almanaque
Petersburgués
Prólogo
La primera obra que escribió Dostoyevskii[1]
fue Pobres gentes,
quien tenía a la sazón veinticinco años. La lectura del manuscrito produjo gran
entusiasmo en el editor Nekrásov y en el crítico Bielinski, árbitro acatado
entonces en todos los medios literarios. Según Bielinski, en esta su primera
obra Dostoyevskii había creado la “novela social”. El agudo crítico explica el
proceso íntimo por el cual el escritor habíase elevado de su vuelo hasta esa
altura mediante su intuición creadora. Dostoyevskii había procedido como
artista y no como pensador ni desarrollador de tesis: profunda apreciación a la
que hacen justicia los críticos y biógrafos posteriores del novelista. En la
edición alemana de sus Obras completas,
el compilador Moeller van den Bruck encabeza la versión de Pobres gentes con un proemio en el que hace resaltar
también cómo Dostoyevskii plantea en estas páginas un problema social y lo
resuelve intuitivamente en nombre del amor, con la efusiva videncia del arte y
no al modo de los filósofos racionalistas, que se elevan a ese amor o
filantropía mediante largos y fríos razonamientos. Tampoco a la manera de Marx
y sus partidarios, que sólo se atienen a la consideración del hecho económico
en la historia y la psicología. Dostoyevskii, espíritu cristiano, asiduo
meditador del Evangelio, desborda aquí su amor innato a las criaturas todas,
haciendo del amor su imperativo social. Actitud romántica, desde luego, que
dista un abismo de la filosofía del superhombre que Nietzsche proclamará más
tarde, y en la que el amor quedará aplastado bajo la voluntad de vivir y
dominar. Con sus Pobres gentes inicia
Dostoyevskii una literatura evangélica, en la que serán personajes predilectos
y descollantes los pobres de espíritu, los mansos, las cortesanas abnegadas y
los pecadores arrepentidos. Exaltación de la renuncia de sí mismo, del
sacrificio en pro de los demás, de la expiación que nos vale la “smirenie” o
paz del alma. A análogas conclusiones llegará Tolstoi después de haber indagado
largamente el sentido de nuestra vida. Pero lo admirable es que esas
conclusiones hayan sido los principios de Dostoyevskii y que éste haya
empezado, desde luego, su obra por un acto de amor. (Más adelante, en nombre de
este mismo amor, el novelista llegará a sentir el odio y a expresarlo; pero en
esta primera etapa de su carrera se nos muestra como un lírico, para quien el
hecho de amor no se complica con problemas sociales ni políticos. Juventud.)
Cuanto a la
genealogía literaria de la obra, los críticos rusos la hacen descender
directamente de Gógol. Ya Nekrásov, al llevarle el manuscrito de Pobres
gentes a Bielinski, le anunciaba:
–¡Le traigo a usted
un nuevo Gógol!
Dostoyevskii se
habría inspirado para su libro en La capa, de Gógol, novela cuyo patetismo le hizo
gran impresión, y a la que alude en cierta página de la suya. Makar
Aleksiéyevich, el viejo funcionario paternalmente –¿quién sabe?– enamorado de
Várinka, la huérfana, es un trasunto de Akaki Akákievich, protagonista de La
capa, que más o menos prestará también
sus rasgos a todos esos empleadillos modestos, ridículos y conmovedores, que
desfilan por las primeras novelas de Dostoyevskii, y que tienen entre sí un
indudable parentesco psicológico. Hasta parecer el mismo individuo en distintas
etapas de evolución de un complejo de inferioridad que llega a la manía
persecutoria. La locura de Goliadkin, el protagonista de El doble, por ejemplo, está ya en germen en la
psicología, al parecer tan plácida, de Makar Aleksiéyevich. También éste se
cree vejado, perseguido, humillado. También está obsedido por la idea del sino.
«Es el sino –dice–, y contra el sino no hay quien pueda.» Al abrírsele las
puertas del manicomio, Goliadkin dirá por centésima vez: «¡Ya me lo tenía yo
sabido!» (Nótese la raigambre romántica, cristiana y aun evangélica del sino,
que en teología es la predestinación.) Pobres gentes está saturada, en razón de su amor a los humildes, de un humorismo
patético y enternecedor, que se da en todas las obras de Dostoyevskii y que
desde este momento señalamos. El amor, imperativo social, resalta en esas
páginas, en que por boca de Makar Aleksiéyevich nos habla Dostoyevskii, con
penetrante emoción, de los mendigos, de las familias miserables, de todo ese
dolor que se resume en la frase “pobres gentes”. Makar Aleksiéyevich, humilde
funcionario, protege a Várinka, la huérfana, y reparte su escaso peculio entre
los necesitados que le rodean, llevado sencillamente de su corazón efusivo y
bueno. La Arcadia evangélica.
*
Para la historia íntima de la obra añadiremos que
Dostoyevskii empezó a escribir esta novela epistolar en 1844, cuando era
teniente de Ingenieros y tenía veintitrés años, habiéndola terminado en mayo de
1845. En 1846 la publicó Nekrásov en su Almanaque
Petersburgués.
Rafael
Cansinos Asséns
Dostoyevskii en
1847 (tenía veintiséis años). Dibujo a lápiz de K. A. Tramovskii que figura
actualmente en el Museo Dostoyevskii (San Petersburgo).
«¡No,
señor; no quiero nada con esos urdidores de cuentos! En vez de escribir algo
útil, agradable, conso-lador, se complacen en rebuscar las más pequeñas
menudencias de este mundo, para esparcirlas por ahí. Yo, sencillamente, les
prohibiría coger la pluma. Porque vea usted: resulta que lee uno...; luego, sin
querer, se pone a pensar en que ha leído..., y al final es..., que se le llena
a uno la cabeza de disparates. Así que lo dicho: yo, sencillamente, les
prohibiría escribir, de un modo terminante y categórico, ¡prohibido en
absoluto!»
(Príncipe V. F. Odoyevskii)
Mi inestimable
Varvara Aleksiéyevna:
¡Ayer me sentí
yo feliz, extraordinariamente feliz, como no es posible serlo más! ¡Con que por
lo menos una vez en la vida usted, tan terca, me ha hecho caso! ¡Al
despertarme, ya oscurecido, a eso de las ocho (ya sabe usted, amiga mía, que,
terminando mi trabajo en la oficina, de vuelta a casa, me gusta echar una
siestecita de una o dos horas), encendí la luz, y ya había colocado bien mis
papeles y sólo me faltaba aguzar mi pluma, cuando, de pronto, se me ocurre
alzar la vista, y he aquí que…, lo que le digo, que me empieza a dar saltos el
corazón! ¡Ya habrá usted adivinado lo que ocurría! Pues que un piquito del
visillo de su ventana estaba levantado y prendido en una maceta de balsamina,
exactamente como yo otras veces hube de indicarle. Así que me pareció como si
contemplara su adorado rostro asomado un instante a la ventana y que también
usted me miraba desde su gabinetito, que usted también pensaba en mí. Y ¡cuánta
pena me dio, palomita mía, el no poder distinguir bien su encantador semblante!
¡Hubo un tiempo en que también yo tenía buena vista, hija mía! ¡Los años no
proporcionan ningún contento, amor mío! ¡Ahora suele ocurrirme que me baila
todo delante de los ojos! En cuanto escribo un ratito, ya amanezco al día
siguiente con los ojos ribeteados y lacrimosos, hasta el punto de darme
vergüenza que me vea nadie. Pero en espíritu veía yo muy bien, hija mía, su
amable y afectuosa sonrisa, y en mi corazón experimentaba sensación idéntica
que en aquel tiempo, cuando la besé aquella vez, Várinka. ¿Lo recuerda usted
aún, mi ángel? ¿Sabe usted, palomita mía, que me parece verla en este instante
amenazándome con el dedo? ¿Será verdad, mala? La primera vez que vuelva a
escribirme, me lo ha de decir sin remisión y con detalles.
Bueno, vamos a
ver: ¿qué piensa usted de nuestra idea, me refiero al visillo de su ventana,
Várinka? Magnífica, ¿no es verdad? Cuando yo me siente para escribir, o me
acueste, o me levante, siempre podré saber así si usted me lleva todavía en el
pensamiento y se acuerda de mí, y también si está usted buena y alegre. Si deja
caer el visillo, querrá decir: «Buenas noches, Makar Aleksiéyevich, ¡ya es hora
de irse a la cama!» Si lo vuelve a levantar, será para decir: «¡Buenos días,
Makar Aleksiéyevich! ¿Cómo pasó la noche, Makar Aleksiéyevich? ¡Yo, gracias a
Dios, estoy muy bien y muy contenta!»
Ya ve usted,
amiguita, qué delicada resulta la idea. ¡De este modo no necesitamos
escribirnos! ¿Verdad que está muy bien pensado? ¡Pues he sido yo el inventor de
esta idea tan sutil! ¿Y ahora, Varvara Aleksiéyevna, dirá usted todavía que no
tengo imaginación?
Tengo que
decirle aún, nena, que la noche última la he pasado en un sueño, muy bien,
contra lo que me esperaba, por lo que también yo estoy ahora muy contento,
sobre todo teniendo en cuenta que, por lo general, en una habitación nueva, por
la falta de costumbre, no se suele coger el sueño; por lo visto, no siempre
pasan las cosas como habrían de pasar. Al levantarme hoy me sentía
enteramente…, tan, vamos, tan ligero de cuerpo y de espíritu…, tan alegre y
despreocupado. ¡Es que hoy también ha hecho una mañana…! Abrí la ventana, y
entró por ella el sol a raudales, rompieron a cantar los pájaros, impregnóse el
aire de aromas de primavera, y toda la Naturaleza revivió…; bueno, también todo
lo demás estaba como es debido, exactamente como debe estar cuando es primavera.
¡Con decirle a usted que yo me puse a soñar también un poquitín, claro que
pensando sólo en usted, Várinka! La comparaba mentalmente con un angelito del
Cielo, creado tan perfecto para alegría de los hombres y ornamento de la
naturaleza. Y pensaba también que nosotros Várinka, nosotros, los hombres, que
pasamos la vida entre angustias y sobresaltos, podíamos envidiar, por su
despreocupada e inocente alegría, a los pajarillos del cielo…, y algo más
también, todo por este estilo, me parece. ¡Quiero decir, que sólo hacía esas
comparaciones remotas! Tengo aquí, Várinka, un librito en el que se habla de
esas cosas, y todo se describe muy al pormenor. Digo esto para que se vea que,
aunque siempre discrepan las opiniones, ¿no es verdad, querida Várinka?, ahora
que es primavera, se le ocurren a uno exactamente ideas iguales de placenteras
y espirituales y fantásticas e idénticos ensueños de ternura. Todo el mundo se
muestra a nuestros ojos con un viso rosa. Por eso precisamente he escrito yo
todo lo que antecede. Aunque en su mayor parte lo he sacado todo del librito
que le digo. En él expresa el autor el mismo deseo que yo, sólo que en verso:
¡Oh, quién fuera un ave, un ave
de rapiña!
Etcétera. Luego
vienen también otros pensamientos distintos, pero… ¡le hago gracia de ellos!
Pero dígame, Varvara Aleksiéyevna: ¿adónde iba usted esta mañana? Aún no había
salido para la oficina, cuando ya atravesaba usted, tan pizpireta, el portal, y
como un pajarillo de primavera había dejado su nidito. ¡Y cómo se me alegró el
corazón al verla! ¡Ah Várinka, Várinka! ¡No se aflija usted! Las lágrimas no
quitan las penas, créame a mí, que harto lo sé, y por experiencia propia. Ahora
lleva usted una vida muy alegre y distraída, y también está mejor de salud.
Bueno…, pero a todo esto, ¿qué hace su Fiodora? ¡Ah y qué buena es la pobre!
¡Usted debería escribírmelo todo con todos sus detalles, Várinka, cómo se lleva
usted con ella y si está usted contenta del todo! ¡Fiodora es a veces algo
gruñona, pero usted no se lo debe tomar en cuenta, Várinka! ¡Dios sea con ella!
A pesar de todo, es un alma de Dios.
Ya le escribí a
usted hablándole de nuestra Teresa: es también una criatura buena y fiel.
¡Cuánto me han dado que hacer nuestras cartitas! ¿Cómo hacerlas llegar a su
destino? Hasta que quiso Dios que viniera Teresa, como enviada propiamente por
Él. Es una chica buenaza, modesta y de buen genio. Pero nuestra patrona, ni que
decir tiene, muestra carecer de toda piedad al esquilmarla como lo hace. La
pobre chica no puede con tanto trabajo.
¡Pero en qué
estoy pensando, Varvara Aleksiéyevna! ¡Todavía no le he dicho que vivo ahora en
compañía! Antes vivía yo en soledad completa, bien lo sabe usted, con una paz y
silencio que cuando volaba una mosca se la sentía. ¡Mientras que ahora…, todo
es barullo, algazara y estruendo en torno mío! Pero usted no puede formarse la
más remota idea de lo que es esto. Imagínese usted un corredor interminable,
muy oscuro y muy sucio. A la derecha está la acitara, sin ventanas ni puertas;
pero a mano izquierda, extendiéndose, como en un hotel, muchas puertas, una al
lado de la otra. Y detrás de cada puerta hay su correspondiente habitación,
número tantos, y en cada una de esas habitaciones viven juntas dos o tres
personas, que entre todas pagan el alquiler. Cuanto a orden, no se le ocurra
pedirlo; ¡esto es el arca de Noé! A pesar de todo los inquilinos son buena
gente, en mi concepto, y educados y hasta cultos, sí señor. Tenemos aquí, entre
otros, cierto empleado… que es un hombre muy leído: le habla a usted de Homero
y de otros muchos escritores, y le habla en una palabra, de todo…; nada ¡que es
un hombre de talento! Tenemos también dos ex oficiales que se pasan la vida
jugando a las cartas. Y, además, un marino, que da lecciones de inglés. Aguarde
un poco, que voy a contarle algo de risa: ¡en mi próxima carta le describiré en
estilo satírico a toda esta gente, pintándole a usted con todos sus detalles el
modo como viven!
Nuestra patrona
es una vieja muy pequeñita y muy sucia, que anda todo el día por la casa en
chancletas y envuelta en una bata de dormir, y está constantemente insultando a
la pobre Teresa. Yo vivo en la cocina, o, mejor dicho…, ya se lo figurará
usted: contiguo a la cocina hay un cuarto (debo decirle a usted que la tal
cocina está muy limpia y es muy clara y apañadita), un cuartito muy chico, un
rinconcito muy discreto… o, mejor dicho, que lo será, la cocina es grande y
tiene tres ventanas, y paralelo al tabique me han colocado un biombo, de modo
que resulta así un cuartito, un número supernumerario,
como suele decirse. Todo muy espacioso y cómodo, y tengo hasta una ventana, y
lo principal, que…, como le digo, todo está muy bien y muy confortable. Este es
mi rinconcito. Pero no vaya usted a imaginarse, hija mía, que yo lo diga con
segunda intención, porque, al fin y al cabo, ¡esto no es más que una cocina! Es
decir, hablando con exactitud, yo vivo en la misma cocina, sólo que con un
biombo por medio, pero esto no significa nada. ¡Yo me encuentro aquí muy
contento y a gusto, en completa modestia y placidez!
He colocado en
este rinconcito mi cama, una mesa, una cómoda, dos sillas, sí, señor, un par
nada menos, y he colgado de la pared una imagen piadosa. Cierto que hay
habitaciones mejores y hasta mucho mejores, pero lo importante en este mundo es
la comodidad; sólo por esto vivo yo aquí, porque me encuentro así más cómodo…,
no vaya usted a pensar que lo hago por otra razón. Su ventanita de usted cae
enfrente de mi cuarto, por encima del vestíbulo, y el vestíbulo es también muy
pequeñito, de modo que se la ve a usted ir y venir con toda claridad…, con lo
que siempre estoy, pobre de mí, más acompañado, y también me resulta más barata
esta combinación. En esta casa, el cuarto más pequeño cuesta, incluyendo la
comida, treinta y cinco rublos al mes. ¡Y eso no lo podría soportar mi bolsa!
Pero mi rinconcito me viene a salir sólo por siete rublos, y por la comida a
costarme todo, en números redondos, treinta rublos, para pagar los cuales tenía
que renunciar a muchas cosas: no podía, por ejemplo, tomar té siempre, y ahora,
en cambio, me sobra dinero para azúcar. Así como se lo digo a usted: no puede
usted figurarse la vergüenza que uno pasa cuando no puede tomar té, Várinka. En
esta casa sólo viven personas que cuentan con ingresos seguros, y eso encocora
un poco. Y para que lo sepa, sólo porque el otro toma té, sólo por el qué
dirán, tiene uno que tomarlo, Várinka; porque aquí eso forma parte del buen
tono. Si así no fuera, a mí me daría exactamente igual, que no soy hombre que
conceda mucha importancia a los placeres.
Hay que contar,
además, con que se necesita llevar algún dinero en el bolsillo, pues siempre
hace falta alguna cosa; pongamos, por ejemplo, un par de botas, un corte de
tela para un traje y teniendo esto en cuenta, ¿qué le queda a uno libre? Así
que a mí se me va todo el sueldo. Aunque no me quejo de que así sea, sino que,
por el contrario, estoy la mar de contento. A mí me basta con lo que tengo.
¡Muchos años hace ya que me basta! Bien es verdad que de cuando en cuando
tenemos alguna que otra gratificación…
Bueno, ángel
mío, quede usted con Dios por hoy. Me he comprado un par de plumas, dos
tiestos, uno de balsamina y otro de geranio… baratitos. ¿Le gusta a usted por
ventura el reseda? Pues bastará que me lo diga por carta para que en seguida
esté aquí el reseda. Pero escríbame sin omitir detalle, ¿no? Por lo demás, no
creo, hija mía, que deba servirle de disgusto… nada de lo que haga ni el que me
haya agenciado un cuartito tan cuco. Sólo lo he hecho por la comodidad,
únicamente me he dejado guiar en esto por la consideración de encontrarlo tan
confortable… Pero debo confesarle también, hija mía, que he ahorrado algún
dinero y puesto aparte alguna cantidad: ¡Oh, sí; poseo ya mis ahorrillos! No
piense usted que soy pacato y tímido que una mosca pudiera derribarme con sus
alas. No, hija mía, no soy tan poca cosa y tengo precisamente el carácter que
debe tener el hombre que tiene la conciencia tranquila y esa entereza que
comunica el sentimiento del propio decoro. Pero adiós, ángel mío. Ya he llenado
dos cartillas enteras y es la justa hora de ir a la oficina. Beso sus deditos,
Várinka, y quedo suyo devotísimo servidor y fidelísimo amigo.
Makar
Dievuschkin.
P. S. – Perdone,
vuelvo a rogarle que me escriba extensamente, ángel mío. Le envío adjunto un
cucurucho de dulces, Várinka; que los saboree con felicidad y, por Dios, no se
preocupe de mí y no me mire con malos ojos. Y esta vez de veras, adiós, hija
mía.
*
8 de abril.
Mi estimado
Makar Aleksiéyevich:
¿Sabe usted que
va a haber que retirarle a usted la amistad? Le juro, mi buen Makar
Aleksiéyevich, que a mí me cuesta la mar de trabajo el aceptar sus obsequios.
Sé lo que le cuestan y la brecha que abren en su bolsa, a cuántas privaciones
le obligan y cómo tiene usted que escatimarse lo necesario. ¿Cuántas veces no
le habré dicho que a mí no me hace falta nada, absolutamente nada, y que no
está en mi mano el corresponder debidamente a las atenciones con que usted me
abruma? La balsamina, todavía pase, pero ¿a qué viene también el geranio? ¿Es
que basta que yo suelte una palabra impre-meditada, como, por ejemplo, que me
gustan los geranios, para que usted vaya en seguida a comprarme un tiesto?
¿Encuentra usted algo caro? ¡Qué maravillosas son las flores! ¡Qué brillo tan
rojo tienen y cuántas son! Pero dígame usted, hombre: ¿dónde ha podido usted
encontrar un ejemplar tan hermoso? He colocado la maceta en el alféizar de la
ventana, en el sitio más visible. En el banquito que hay al pie de la ventana
pondré también otras flores, ¡pero deje usted que me haga rica! Fiodora no
acaba de hacerse lenguas de nuestro cuartito, que es ahora un verdadero
paraíso, de limpio y claro y acogedor. Pero ¿a qué venía también eso de los
dulces?
Además,
inmediatamente deduje de la lectura de su carta que había algo de por medio, no
del todo bien; la primavera, los aromas, el canturrear de los pajaritos…, nada,
que pensé: ¿a que va a endilgarme una poesía? Porque a decir verdad, sólo
versos faltaban en su carta, Makar Aleksiéyevich. Los sentimientos que en ella
expresa son muy tiernos, y las ideas teñidas de rosa…, ¡todo como es debido! En
lo del visillo no tuve yo parte. Ese piquito que dice debió quedarse prendido
de una rama al trasladar yo las macetas. ¡Y eso es todo!
¡Ah Makar
Aleksiéyevich!, ¿a qué me habla usted y me hace la cuenta de sus ingresos y sus
gastos para tranquilizarme y hacerme creer que todo lo que usted gasta lo gasta
por gusto? Lo que es a mí no me puede usted engañar. Yo sé muy bien que usted
se priva por mí de lo más necesario. ¿Quiere decirme con toda claridad por qué
se le ha ocurrido a usted alquilar ese cuarto? Ahí lo molestan y distraen a
usted; el cuarto es, como si lo viera, demasiado chico, incómodo y feo. Usted
gusta del silencio y de la soledad, pero…, ahí en esa casa, ¿qué vida va a
llevar usted? Y con arreglo a su sueldo podía usted procurarse una habitación
mucho mejor. Dice Fiodora que usted antes vivía incomparablemente mejor que hoy
día. ¿Ha pasado usted realmente toda su vida así siempre solo, siempre con
privaciones, sin disfrutar de nada, sin escuchar una palabra amiga; siempre en
su chiribitil alquilado, entre gente extraña? ¡Ah amigo mío, si viera usted
cómo le compadezco! Pero por lo menos, cuide usted de su salud, Makar Aleksiéyevich.
Dice usted que no anda muy bien de lo ojos…, ¡pues no escriba usted con luz
artificial! ¿Por qué y qué es lo que usted escribe? Sin necesidad de eso, ya
sus superiores deben conocer el celo que usted se toma por el servicio.
Se lo vuelvo a
suplicar a usted, no gaste tanto dinero en mí. Ya sé que usted me quiere, pero
usted no es rico… Hoy estaba yo de tan buen humor como usted al despertarme.
¡Si viera qué contenta estaba! Fiodora se había puesto a trabajar y me había
preparado también a mí faena. Y esto me ponía la mar de alegre. Sólo salé de
casa para comprar seda y en seguidita me puse a trabajar. ¡Y toda la mañana y
toda la tarde he estado tan contenta! Pero ahora…, otra vez vuelven las ideas
imprecisas y tristes a atormentarme el corazón.
¡Dios mío, qué
será de mí, cuál será mi destino! ¡Lo peor es que ni sabe una nada, nada
absolutamente de lo que le tiene reservado la suerte, que no dispone del
porvenir y ni remotamente puede adivinar lo que ha de ser de una! Esta
consideración me produce tanto dolor y tanta pena, que sólo con pensarlo quiere
saltárseme el corazón. Toda mi vida he de quejarme con lágrimas en los ojos de
las criaturas que labraron mi desgracia. ¡Qué seres tan horribles!
Se hace ya
oscuro. Es hora de aplicarme de nuevo a la tarea. De buena gana le escribiría a
usted más; el trabajo tiene que estar acabado para fecha fija. Así que tengo
que aligerar. Claro que siempre gusta recibir cartas: de lo contrario, ¡se
aburre una tanto! Pero ¿por qué no viene usted a visitarnos personalmente?
¿Quiere decirme por qué, Makar Aleksiéyevich? ¡Vivimos tan cerca, y usted debe
de tener tanto tiempo libre! Así que…, nada, ¡que tiene que hacernos una
visita! He visto hoy a su Teresa. Parece muy delicada de salud. Me dio tanta
lástima de ella, que le di veinte copeicas.[2]
Sí, es verdad,
casi se me había olvidado; escríbame usted, lo más detalladamente posible…, qué
genero de vida hace, qué pasa en torno suyo… ¡todo! Qué clase de individuos son
los que ahí viven y si se lleva usted bien con ellos. Yo quisiera saberlo todo.
Así que no se le olvide a usted escribirme todo, con toda clase de detalles.
Hoy no dejaré engancharme involunta-riamente al pico del visillo. Váyase a
acostar más temprano. Anoche vi luz en su cuarto alrededor de la media noche. Y
ahora, quede usted con Dios.
Hoy ha vuelto
todo de nuevo: pena, sobresalto y tedio. ¡Ha sido un diíta! Pero, en fin,
¡quede usted con Dios! Suya,
Varvara
Dobroselov.
*
8 de abril.
Mi estimadísima
Varvara Aleksiéyevna:
Sí, hija mía;
sí, amor mío, debe de haber sido un día como a menudo nos depara la suerte. ¡Se
ha divertido usted a costa mía, pobre viejo, Varvara Aleksiéyevna! ¡Aunque
después de todo, soy yo quien tiene la culpa, yo y nadie más que yo! ¿Quién me
manda a mí, a mi edad, con el pelo que me queda en la cabeza, meterme en
aventuras?... Y, sin embargo, es menester que se lo confiese, hija mía; el
hombre es a veces una cosa rara, pero que muy rara. ¡Oh Dios santo! ¿Qué es lo
que a veces no se propasa uno a decir? Pero ¿y las consecuencias, las
consecuencias últimas? Si, pese a lo que luego ocurrir pueda, por lo pronto
suelta uno tales desatinos, ¡que Dios nos libre y nos guarde! Sí, hija mía, yo
no me enfado en modo alguno; pero me resulta, sin embargo, muy desagradable
reflexionar ahora en todas esas cosas que con tanta despreocupación y tan poco
juicio le escribí a usted… Y hasta la oficina he ido hoy lleno de arrogancia y
presunción; fulgían tales luces en mis ojos, llevaba tal fiesta en el alma, y
todo esto sin el menor motivo… ¡Me sentía tan feliz! Ansioso de desplegar
actividad, me puse al trabajo entre mis papeles…; ¿y en qué paró al fin todo
ello? Pues en que, al tender luego la vista en torno mío, todo volví a
encontrarlo como antes…, gris e insípido. Por todas partes las mismas manchas
de tinta, las mismas mesas y los mismos papeles, e incluso yo mismo me había
quedado como era antes, exactamente igual… ¿Qué motivo había habido, pues, para
cabalgar en el Pegaso? ¿Y de dónde procedía todo aquello? Sencillamente de que
el sol había sonreído por entre las nubes, y el cielo teñíase de un color más
claro. ¿Acaso se debía todo sólo a eso? Y ¿qué tienen que ver los aromas
primaverales cuando mira uno a un patio en el que se puede encontrar toda la
basura del mundo? Verdaderamente, todas esas cosas me las he debido yo de
imaginar de puro estúpido. Pero sucede a veces que el hombre se pierde en sus
propios sentimientos y otea la lejanía y profiere disparates. Lo que sólo es
efecto de una estúpida calentura, en la que tiene su parte el corazón. No volví
luego a casa como los demás mortales, sino que me escurrí en ella; la cabeza me
dolía. Me suele suceder así. Y es que debo de haber cogido frío a la espalda.
¡Me había estado alegran-do exactamente igual que un burro viejo con la llegada
de la primavera, y me eché a la calle con una capita muy fina! ¡También esto!
Pero tocante a mis sentimientos, se equivoca usted, amor mío. Ha tomado usted
en un sentido totalmente distinto mis palabras. Se trata únicamente de una inclinación
paternal, Várinka, pues yo vengo a ocupar, en la triste orfandad en que se
encuentra, el puesto de un padre, se lo digo con toda mi alma y con un corazón
puro. Pero sea como fuere, después de todo, soy algo pariente suyo, aunque muy
remoto, acaso como dice el refrán: la última palabra del credo, pero al fin y
al cabo, un pariente suyo, y ahora hasta puedo añadir que su mejor pariente y
único protector. Porque aquí, donde parecía lo más natural que encontrase usted
ayuda y protección, tan sólo encuentra traición y desvío. Pero tocante a los
versos, debo decirle a usted, hija mía, que no me está a mí bien, a mis años,
ponerme a rimar coplas. ¡Las poesías son disparates! Hoy castigan a los chicos
en las escuelas cuando los cogen haciendo versos. ¡Con que vea usted, amor mío,
lo que es la poesía!
¿A qué viene
todo eso que me dice usted en su carta de comodidad, descanso y no sé cuántas
cosas más, Varvara Aleksiéyevna? Yo no soy exigente, hija mía, no he vivido
jamás mejor que hoy vivo; ¿por qué habría ahora de echarme a perder? No me
falta que llevarme a la boca, estoy bien de ropa y calzado…, ¿qué más se puede
desear? No nos está bien meternos Dios sabe en qué aventuras. ¡Yo no soy de
noble linaje! Mi padre no era ningún aristócrata, y mantenía a toda su familia
con sueldo tan modesto como el mío. Yo no estoy mal acostumbrado. Por lo demás,
si he de decirle a usted la verdad plena, es cierto que estaba mucho mejor en
mi anterior alojamiento. Disfrutaba allí de más libertad e independencia, es
verdad, hija mía. Desde luego que también mi actual vivienda resulta buena y
hasta en cierto sentido tiene sus ventajas: se pasa aquí la vida más alegre, si
se quiere, y hay más cambio y distracción. No niego que así es; sólo que a mí,
a pesar de todo, me da pena haber dejado mi habitación antigua. Así somos nosotros,
los viejos; es decir, los que ya empezamos a ser viejos. Miramos las cosas
viejas a que ya estamos acostumbrados casi como si fueran de la familia. Aquel
cuarto era, ya lo sabe usted, pequeño pero mono. Yo tenía una habitación para
mí solito… Las paredes eran…, pero, ¡ay, a qué hablar de eso! Las paredes eran
como todas las paredes del mundo pero no se trata de las paredes, sino de los
recuerdos que en mí despiertan y me ponen triste… Verdaderamente, tales
recuerdos me afligen; pero, no obstante, me resultan como si me alegrasen, como
si pensase ya con placer en todas las cosas de antaño. Incluso lo desagradable,
aquello de que a veces me quejaba, hasta eso mismo aparece ahora en mis
recuerdos como purificado de todo lo malo, y ya sólo lo veo con el espíritu,
como algo familiar y bueno. Tanto mi patrona, la buena viejecita, como yo
llevábamos allí una vida muy tranquila, Várinka. Sí, hasta en la pobre vieja
pienso yo ahora con tristeza. Era una buena mujer y no me cobrara caro por el
cuartito. Estaba siempre haciendo colchas con retales viejos, que cortaba en
tiras estrechas, y empleaba en su labor unas agujas enormes. Esta era su única
ocupación. La luz la utilizábamos los dos en común, por lo que trabajábamos
ambos por la noche en la misma mesa. Vivía con ella una sobrinita, Mascha, y
todavía recuerdo lo pequeñita que era… Ahora tendrá sus trece años, toda una
mujercita ya. Y era tan desgarbada, tan indolente, que nos hacía reír. De
suerte que formábamos un trío, y en las largas veladas de invierno nos
sentábamos los tres en torno a la mesa redonda, nos tomábamos nuestro té, y
luego volvíamos a reanudar nuestro trabajo. A menudo, la vieja se ponía a
contarnos historias, con el fin de que no se aburriera Mascha, y también para
ilustrarla un poco. Y ¡qué cuentos nos contaba la vieja! No sólo podía oírlos
un niño, sino también, sí señor, hasta un hombre adulto y razonable. Y ¡cómo
nos los contaba! Yo mismo muchas veces, al darle una chupada a mi pipa, me
quedaba escuchándola con la mayor atención y me olvidaba por completo de mi
trabajo. Pero la chica, nuestra pequeña, se ponía muy pensativa, apoyaba su
rosada mejilla en la mano, abría la boquita y se estaba oyendo a la vieja con
tamaños ojos; y cuando el cuento era de miedo, entonces se iba acercando cada
vez más a la vieja, muy despacito, hasta pegársele a las faldas, toda
medrosita. Pero para nosotros era un contento mirar a la muchacha, de suerte
que, con unas cosas y con otras, nos estábamos las horas muertas sentados a la
mesa y no nos dábamos cuenta de cómo se iba el tiempo, y nos olvidábamos por
completo de que afuera estaba nevando.
Sí, era aquélla
una buena vida, Várinka, y dizque la hemos hecho en común por espacio de casi
veinte años… Pero ¡a qué hablar de eso! A usted quizá no le agraden estas
historias, y a mí me pesan aún estos recuerdos…, especialmente en esta hora del
crepúsculo. Teresa está armando ahí ruido con los cacharros..., y a mí me duele
la cabeza y también un poquito la espalda, y se me ocurren unos pensamientos
tan raros, que parecen dolerme también; ¡estoy la mar de triste, Várinka!
¿Qué me dice
usted de visitas, hija mía? ¿Cómo puedo yo ir a su casa? ¿Qué diría la gente si
tal hiciera, palomita mía? Tendría yo que cruzar el portal y no dejarían de
verme y de curiosear… ¡y menudo revuelo se armaría y menudas historias
forjarían las comadres, alterando completamente las cosas!... No, ángel mío;
mejor será que la vea yo mañana, a la hora de la misa de la tarde; esto será
más discreto y para ambos más inofensivo. No me guarde usted enojo por haberle
escrito una carta semejante. Al repasarla ahora veo bien las incoherencias de
su texto. Soy un viejo y sin ilustración, Várinka; de joven no acabé de
aprender ninguna cosa, y a la edad que tengo sería una locura empeñarse en
volver a empezar los estudios. Debo confesarle, desde luego, hija mía, que yo
no soy ningún pendolista, y sin necesidad de indicaciones ajenas ni de
observaciones zumbonas, sé muy bien que, cuando me da por sentirme bromista, no
hago más que soltar despropósitos… La vi a usted hoy a la ventana, la vi cuando
dejaba caer el visillo. Y adiós, finalmente, Varvara Aleksiéyevna.
Su amigo, que
desea serlo sin el menor interés,
Makar
Dievuschkin.
P. S. – No volveré,
amor mío, a escribir sátiras de nadie. Soy ya lo bastante viejo para permitirme
bromas con el solo fin de pasar el tiempo. Si así lo hiciese, daría motivo para
que los demás se riesen de mí, pues podrían aplicarme el refrán que dice: «¡Quien
a otro cava una zanja… en ella cae!»
*
9 de abril.
Makar
Aleksiéyevich:
¿No se
avergüenza usted, amigo y protector mío, de dar cabida en su cerebro a tales
ideas? ¿De verdad se considera ofendido? ¡Ah, suelo ser tan irreflexiva en mis
apreciaciones! Pero conste que esta vez ni siquiera pensé que usted pudiese
tomar como una burla el tonillo de chanza inofensiva con que me expresaba.
Tenga usted la seguridad de que jamás me propasaría a hacer chistes con su edad
ni con su carácter. Todo eso se lo escribía yo, ¿cómo decirlo?..., pues
únicamente llevada de mi buen humor, de mi aturdimiento o, mejor dicho, debido
al tedio que me rodeaba, un tedio horrible… ¿Qué es lo que no hacemos a veces
por sacudirnos el aburrimiento? Además, que yo creía que usted mismo en su
carta se expresaba con cierto buen humor… Pero ahora me contrista mucho pensar
que usted esté enojado conmigo. No, mi leal amigo y protector; se engaña usted
si me tilda de insensible e ingrata. Yo sé cuánto usted ha hecho por mí, cómo
me ha defendido del tedio y la persecución de hombres execrables, y sé
estimarlo en su verdadero valor. Eternamente pediré a Dios por usted, y si
hasta Él llegan mis preces y se digna a escucharlas ha de ser usted enteramente
dichoso.
Me siento hoy
malísima. Escalofríos y fiebres alternados no me dejan en paz un instante.
Fiodora está muy asustada. Por lo demás, carece de todo fundamento lo que usted
escribe a propósito de su visita y de sus temores… ¿Qué importa la gente?
¡Usted es nuestro amigo y basta!
Quede usted con
Dios, Makar Aleksiéyevich. No tengo más que escribirle ni tampoco podría; me
siento verdaderamente muy mal. Una vez más le ruego no se enoje conmigo y tenga
la seguridad de mi respeto y afecto inalterables.
Su devota y
agradecida,
Varvara
Dobroselov.
*
12 de abril.
Mi estimada
Varvara Aleksiéyevna:
¡Ay, amor mío!,
¿qué le ocurre ahora? ¡Me asusta usted, hijita! En todas mis cartas le
recomiendo siempre bien que no salga a la calle cuando haga mal tiempo, que use
en todo de mucha precaución… ¡pero usted, ángel mío, no hace caso de mis
advertencias! ¡Ay palomita mía, es usted verdaderamente aún una niña pequeña!
Tan delicada como una pajita, harto lo sé. Basta con que sople un poco de
viento para que en seguida se me ponga enferma. Razón por la cual debe usted
cuidar más de su personita, procurar no exponerse a los peligros, aunque sólo
sea por no dar a quienes la queremos motivos de inquietud, dolor y sobresalto.
En su penúltima
carta expresaba usted, hija mía, el deseo de conocer más al pormenor mi género
de vida y todo cuanto me rodea y concierne. Con mucho gusto voy a satisfacer
ese deseo suyo. Empezaré, pues…, por el principio, hija mía, que así habrá más
orden en el relato.
Así, pues, en
primer lugar, las escaleras de nuestra casa son bastante medianas; la escalera
principal está todavía en buen estado, incluso en muy buen estado, si usted
quiere: limpia, clara, ancha, toda de hierro fundido y con el pasamanos de una
madera que reluce como caoba. En cambio, la escalera interior es de tal índole
la pobre, que preferiría no hablar de ella: húmeda, sucia, con los peldaños
desgastados y las paredes tan pringosas, que al apoyarse uno en ella se le
quedan pegadas las manos. En cada tramo de la tal escalera hay cofres, sillas y
armarios viejos, todos derrengados y en tenguerengue, ropa puesta a secar, los
cristales de las ventanas rotos; tropieza uno, si se descuida, con los cubos de
la basura, llenos de toda la inmundicia imaginable, con cortezas y
desperdicios, cáscaras de huevos y restos de comida…; en una palabra: que eso
no está bien.
La situación de
mi cuarto ya se la he descrito; resulta –no se puede decir otra cosa– realmente
cómoda, es verdad, pero también se respira en él un aire algo húmedo; es decir,
no quiero yo dar a entender que huela mal en las habitaciones, pero sí que… vamos,
que echan un cierto tufillo a podrido, si me puedo expresar así, un tufillo
penetrante y empalagoso a moho o algo por el estilo… La primera impresión no es
por lo menos agradable; pero esto no quiere decir nada; pues a los dos minutos
de estar en la casa ya no se nota el referido olorcillo y al cabo empieza uno
ya a oler también y le huelen las ropas y las manos y todo huele a lo mismo…,
de suerte que acaba uno por acostumbrarse, y en paz. Pero entre nosotros no se
logran las oropéndolas. El marido ya lleva compradas cinco, pero está visto que
no pueden vivir en este ambiente, sin que pueda hacerse nada para evitarlo. La
cocina es grande, espaciosa y clara. Por las mañanas se pone algo neblinosa,
cuando asan carne o pescado en ella, y entonces huele a humo y a grasa, pues
siempre se vierte algo, por lo que también el suelo está por las mañanas algo
húmedo; pero en cambio por la tarde se está en nuestra cocina como en el
paraíso. En la cocina suelen tender ropa a secar en unas cuerdas, y como mi
cuartito no está lejos de allí, pues está pegando casi con la cocina, suele
molestarme a veces no poco ese olorcillo de la colada. Pero esto no tiene
ninguna importancia; en cuanto lleve viviendo aquí un poco más de tiempo ya me
acostumbraré.
En cuanto
amanece ya empieza entre nosotros la vida, Várinka; ya está todo el mundo
levantándose y armando ruido y dando golpes, hasta que poco a poco se van
levantando todos; los unos para irse a la oficina o a otro sitio, otros por
gusto, y entonces dan comienzo las libaciones de té. Los samovares[3]
son casi todos propiedad de la patrona, pero todos ellos no pasan de unos
cuantos, por lo que tenemos que conformarnos y aguardar que nos toque la vez;
al que se sale de la fila antes que le toque con su vaso, se le amonesta y muy
enérgicamente. Así me ocurrió a mí una vez, el primer día que amanecí en la
casa… ¡pero de eso había mucho que hablar! En aquella ocasión me hice yo amigo
de todos. Con el primero que trabé amistad fue con el marino, el cual es un
hombre de corazón abierto y me ha contado toda su historia, dicién-dome que
tiene padres y una hermana, casada en Tula con un asesor, y cómo ha vivido
mucho tiempo en Cronstadt. También se me ofreció muy atentamente para lo que
pudiera necesitar de él, y por lo pronto, me invitó a acompañarle en el té de
la tarde. Yo fui a buscarle a esa hora…, y lo encontré en la misma habitación,
que entre nosotros hace veces de timba. Él me obsequió con té, y luego me instó
para que tomase también parte en sus juegos. ¿Sería que únicamente querían
reírse de mí o que se proponían otra cosa? Lo cierto es que estuvieron jugando
toda la noche y que al entrar yo ya estaban liados con las cartas. Por todas
partes se veían trozos de yeso, naipes, y había en el cuarto una humareda que,
con toda verdad, le escocían a uno los ojos. Claro que yo no quería jugar, y al
manifestarlo así, salieron diciendo que ya se veía que yo era un filósofo. Con
esto, ya nadie volvió a fijarse en mí ni a cambiar conmigo una sola palabra en
todo el tiempo. Pero, no obstante, si he de decir la verdad, yo me encontraba
allí muy a gusto. Ahora ya no aporto nunca por allí, pues entre esa gente no
hay más que azar, puro azar. Pero por las noches suelo reunirme con el
empleado, que, dicho sea de pasada, es también algo literato. Y en su
habitación es todo muy distinto, pues reinan en ella la modestia, la inocencia
y el decoro: una vida de austeridad la de nuestro hombre.
Pero, Várinka,
quisiera confiarle a usted, entre paréntesis, una cosa, y es que nuestra
patrona es una tía muy mala, una verdadera bruja. Usted conoce a Teresa…, de
modo que puede juzgar…; ¿qué es lo que le pasa a la pobre chica? Está flaca
como una tísica, como una gallina pelada. Y además, sólo tiene la patrona dos
criados; la susodicha Teresa y Faldoni. Si he de decir la verdad, no sé a punto
fijo cómo se llama este último, y pudiera ser que tuviera otro nombre; pero sea
como fuere, el caso es que acude cuando lo llaman así, y ésa es la razón de que
Faldoni lo llame todo el mundo. Es pelirrojo y parece un finés o un grobiano de
ojos bizcos con unas narizotas enormes; se pasa la vida insultando a Teresa, y
poco le falta para sentarle la mano. Debo declarar, desde luego, que la vida
aquí no es tal que se la pueda calificar precisamente de buena… Por ejemplo,
eso de que todo el mundo se recoja y se acueste a la misma hora…, ni por asomo
reza con esta casa. Siempre hay en ella alguien despierto y jugando, sea la
hora que fuere, y a veces suceden también cosas que sólo imaginarlas se
avergüenza uno. Yo estoy aclimatado y poco me asusto, pero me maravilla el que
incluso matrimonios como Dios manda puedan vivir en esta sucursal de Sodoma.
Tenemos aquí en una de las habitaciones pero no formando serie con los demás
números, sino al otro lado, en un cuartucho que hace rincón; es decir, algo más
allá, una pobre familia que da lástima. ¡Qué gente tan callada! Nunca se los
oye. Y viven todos juntos en el mismo cuarto, sin más separación que un pequeño
biombo. El padre, según parece, es un empleado cesante…, que hará unos siete
años perdió el destino no se sabe por qué. Se apellida Gorschkov. Es una
hombrecillo bajito y canoso, que va vestido con ropas viejas ya deterioradas,
hasta el punto que da grima mirarlo… ¡Va mucho peor vestido que yo! Es un
sujeto pusilánime, enfermizo…; suelo encontrármelo en el pasillo. Le están
siempre temblando las rodillas y también le tiembla la cabeza por efecto de
alguna enfermedad o quién sabe por qué otra razón. Es la mar de tímido y le
teme a todo el mundo, y se aparta a un lado, todo medroso, y se escurre a lo
largo de la pared en cuanto se tropieza con alguien. Yo también soy algo
tímido, pero no tengo comparación con él. Su familia se compone de la mujer y
tres hijos. El mayor es el vivo retrato, en todo, del padre, y tiene también el
aspecto enfermizo. La mujer no debe de haber sido fea, pues todavía está de
buen ver…, ¡pero va tan mal vestida, con ropas de desecho…, tan viejas! Según he
oído decir le deben el mes a la patrona; ésta, por lo menos, no los trata muy
bien. También se susurra que Gorschkov ha debido de cometer algún acto feo para
que lo despidieran de la oficina… Lo que se ignora es si hay de por medio algún
proceso o cosa por el estilo, quizá una denuncia o un expediente. De lo que no
puede dudarse es de que están en la miseria, ¡pero en la miseria más horrible!
Jamás se oye ruido alguno en su cuarto, como si allí no viviese nadie. Ni
siquiera se les oye a los chicos. Nunca se da el caso de que alboroten o
jueguen…, y no hay peor señal que ésa. Una tarde hube yo de pasar por delante
de la puerta –reinaba en aquel instante en la casa inusitado silencio– y pude
percibir un sollozar apagado, seguido de un quedo murmullo, y luego más
sollozos, exactamente como si allí dentro estuviera llorando alguien, pero tan
quedo, con tal tristeza y desesperanza, que a mí se me quiso saltar el corazón…
y estuve hasta la madrugada sin poder apartar de mi pensamiento a esas pobres
criaturas, y tardé mucho en conciliar el sueño.
Pero quede
usted con Dios, Várinka, amiguita mía. Ya se lo he descrito a usted todo, según
mi leal saber y entender. Hoy me he pasado todo el día pensando únicamente en
usted. El corazón se me encogía por su culpa. Porque, mire usted, ya sé que no
tiene usted abrigo. Y yo conozco muy bien esta primavera petersburguesa, estos
ventarrones primaverales y las lluvias, que a veces se complican hasta con
nevadas… Esto es la muerte, Várinka. ¡Se dan unos cambios de temperatura, que
Dios nos valga! No tome a mal, amiguita mía, esto que le digo; yo entiendo de
esos primores. ¡Si supiera escribir un poquito bien! Yo me abandono al correr
de la pluma y pongo lo que se me ocurre, con el fin de procurarle alguna
distracción, con el único objeto de alegrarla un poquitín. Si yo fuera hombre
de letras, sería muy distinto; pero ahora ya…, ¿qué diablos sé yo? Mis padres
no se gastaron mucho en educarme.
Su eterno y
fiel amigo,
Makar
Dievuschkin.
*
25 de abril.
Mi muy estimado
Makar Aleksiéyevich:
Hoy me he
encontrado a mi prima Sascha. ¡Qué encuentro más desagradable! ¡También esa
pobre se va a pique! También me he enterado casualmente, y por modo indirecto,
de que Anna Fiodórovna anda por todas partes preguntando por mí y que,
naturalmente, quiere averiguarlo todo. No se cansará jamás de perseguirme.
Según parece, ha dicho que todo me lo perdona.
¡Que ha dado al olvido todo lo pasado y que quiere hacerme una visita!
Refiriéndose a usted, dice por ahí que no es usted pariente mío ni por lo más
remoto, que mi parienta más cercana y única es ella, y que usted no tiene
ningún derecho a inmiscuirse en nuestros asuntos. Que es una vergüenza para mí
dejarme mantener por usted y vivir a su costa… Dice que ya no me acuerdo del
pan de caridad que ella nos dio a mi madre y a mí para evitar que nos
muriésemos de hambre; que nos mantuvo y cuidó de nosotras, y que por espacio de
dos años y medio casi, sólo le proporcionamos sinsabores, y que además de todo
eso nos pagó también una deuda antigua. Nada, que ni a la pobre mamá dejan en
paz en su sepulcro. ¡Si la pobre mamá supiese el daño que me ha hecho! ¡Pero a
Dios no se le oculta nada!...
Ha dicho
también Anna Fiodórovna que sólo por pura estupidez no he sabido asegurarme la
felicidad que ella me propuso al alcance de la mano, y que no es culpa suya que
yo no supiera o no quisiera… pescar un buen marido. ¡Pero quién tuvo la culpa,
santo Dios! Dice que el señor Bukoc está en todo su derecho, que verdaderamente
no todas las mujeres pueden casarse…, y ¡qué sé yo cuántas sandeces más!
¡Es demasiado
cruel tener que escuchar todas esas patrañas, Makar Aleksiéyevich!
No acierto a
explicarme lo que me pasa hoy. Todo se me vuelve temblar, llorar y lanzar
suspiros. Llevo ya dos horas escribiendo esta carta. Yo estaba ya en la
creencia de que esa mujer habría, por lo menos, reconocido sus culpas, la
injusticia que cometió conmigo…, ¡y ahora resulta que habla así de mí!
Le ruego, amigo
mío, no se apure por mi estado; por Dios, no se disguste usted, mi único buen
amigo. Fiodora exagera siempre; yo no estoy enferma. Todo se reduce a que ayer
me enfrié un poco en el cementerio de Volkov, cuando fui a oír la misa de
réquiem por la pobre mamá. ¿Por qué no vino usted conmigo?... Yo se lo había
rogado. ¡Ah pobre madre mía, si tú levantaras la cabeza, si tú supieras lo que
han hecho conmigo!
V. D.
*
20 de mayo.
Mi querida
Várinka:
Le envío un par
de racimos de uvas, corazoncito mío, pues son muy buenas para los
convalecientes y también las recomiendan los médicos contra la sed…; de modo
que puede usted comérselas, Várinka, cuando sienta sed. También deseaba usted,
hija mía, un ramito de rosas, y tengo mucho gusto en enviárselo. Y de apetito
¿cómo andamos nenita?... Porque esto es lo principal. Gracias a Dios que ya
todo lo malo pasó y que pronto también nuestra desdicha tocará a su término.
¡Dé usted gracias por ello al creador! Por lo que se refiere a los libros, no
me es posible de momento enviarle ninguno. Pero he oído decir que uno de los
huéspedes de la casa tiene uno muy bueno, escrito en un estilo muy elevado;
aseguran que se trata, en efecto, de un libro excelente, y aunque yo no lo he
leído, me lo han ponderado mucho. He suplicado que me lo presten y creo que me
lo dejarán. Sólo que… ¿lo leerá usted de veras? Es usted tan caprichosa en esa
materia, que resulta difícil atinar con su gusto; se lo digo porque la conozco
muy bien, hija mía. A usted sólo le agradan los versos que hablan de amor y de
nostalgia…; así que le buscaré también poesías y todo, todo cuanto desee.
Precisamente tengo en mi poder todo un cuaderno lleno de versos copiados.
Yo me encuentro
ahora muy bien. Esté usted tranquila sobre el particular, hija mía. Eso que
Fiodora le ha contado esta vez no es enteramente cierto, y debe usted decirle
que no está bien que mienta tanto. ¡Sí, dígaselo usted con toda seriedad!
¡Charlatana! No es exacto que haya yo vendido la casaca del uniforme nuevo, ni
siquiera me ha pasado por la imaginación; ¿por qué iba a venderla tampoco? No
hace mucho oí decir que me iban a asignar una gratificación de cuarenta rublos,
y siendo esto así, ¿por qué había de desprenderme de la casaca? No, hija mía;
no pase usted pena por eso.
Esa Fiodora es
maliciosa y desconfiada, y no está bien que lo sea. Tenga usted un poco de
paciencia, hijita, y ya verá cómo nos va a sonreía la vida. Pero para eso es
preciso, ante todo, que disfrute usted de salud completa, y debe usted poner de
su parte todo lo posible a tal fin, por el amor de Dios; el que ande tan
delicada es lo que más me aflige y desazona a mis años. ¿Quién le ha ido a
usted con el cuento de que yo estoy más delgado? ¡Esa es otra calumnia! Yo
estoy perfectamente bien de salud y contento, y he engordado tanto, que casi me
da vergüenza. Estoy satisfecho y alegre y no me falta nada… ¡Si usted estuviera
ya restablecida del todo! Quede usted con Dios, ángel mío; con un beso en cada
uno de sus deditos, soy siempre su fiel e invariable amigo,
Makar
Dievuschkin
P. S. – ¡Ay
corazoncito mío!, ¿qué es lo que me decía usted en su carta? ¡Otra vez! ¿Qué es
lo que se le ha puesto en su cabecita? ¿Cómo quiere usted, hija mía, que yo
frecuente su casa…, quiere usted decírmelo? ¿A favor de la oscuridad de la
noche? Pero eso será cuando vuelvan las noches, pues ahora, en esta época del
año, no las hay. Pero yo no me aparté de su lado un instante mientras estuvo
enferma, en tanto la fiebre la tenía postrada, sin conocimiento.
Verdaderamente, ni yo mismo sé cómo tenía tiempo para todo, sin faltar a mis
obligaciones. Mas después suspendí mis visitas porque la gente curiosa empezó a
fisgonear y a inquirir. Y, a pesar de todo, ¡qué chismorreos no armaron! Pero
yo tengo una confianza absoluta en Teresa, que no es parlanchina. Sin embargo,
hijita, usted misma puede comprender qué pasaría si llegásemos a andar en
lenguas. ¿Qué no pensarían y dirían de nosotros? Así que tenga un poco de
paciencia, nenita, y aguarde a estar completamente restablecida, y entonces no
nos faltará donde vernos fuera de su casa.
*
1 de junio.
¡Mi buen Makar
Aleksiéyevich!
Quisiera poder
hacer algo para expresarle a usted mi gratitud por sus desvelos y por el
sacrificio que por mí se impone; así que he decidido sacar de mi cómoda ese
viejo cuadernito que adjunto le envío. Empecé a apuntar en él miss impresiones
cuando aún me sonreía la vida. Me ha manifestado usted tantas veces deseos de
conocer mi pasado y tanto me ha rogado que le hablase de mi mamá, de
Pokrovskii, de mi estancia en la casa de Anna Fiodórovna, y le refiriese mis
recientes desdichas, y con tanta vehemencia expresaba usted el deseo de leer
este cuadernito, a cuyas páginas he confiado parte de mi vida, que creo
proporcionarle a usted una alegría enviándoselo. A mí, en cambio, me ha dado
mucha pena repasar ahora sus páginas. Me parece que, a partir del momento en
que escribí en él la última línea, me he vuelto otro tanto vieja de lo que era
entonces; es decir, dos veces vieja. Todas esas notas las he ido escribiendo en
épocas distintas. ¡Que siga usted bien, Makar Aleksiéyevich! A mí ahora me
suelen acometer con frecuencia arrechuchos de tedio horribles, y por las noches
me atormentan los insomnios. ¡Qué convalecencia tan aburrida!
V. D.
I
Tenía yo
catorce años cuando murió mi padre. Fue mi infancia la época más feliz de mi
vida. No la pasé aquí, sino allá, lejos, en la provincia, en el campo. Mi padre
era el administrador de una gran finca, propiedad del príncipe P***. Y allí
vivíamos nosotros, tranquilos, solos y felices… Yo era lo que se dice una
salvaje, pues no hacía otra cosa en todo el día que corretear de acá para allá
por el campo y el bosque, o donde se me antojaba, porque nadie se cuidaba de
mí. Mi padre estaba siempre ocupado y mi madre tenía harto que hacer con las
faenas de la casa. No me mandaban a la escuela…, de lo que me alegraba no poco.
Así que desde por la mañana temprano ya estaba yo enredando al borde del gran
estanque o en el bosque o en la pradera con los guadañadores…, según me daba.
¡Qué me importaba a mí que picase el sol, que yo misma no supiese dónde me
encontraba ni cómo habría de arreglármelas para volver, ni que las zarzas me
pinchasen y me desgarrasen los vestidos! ¡Qué me importaba a mí que en casa
estuviesen con cuidado!
Creía yo que
siempre había de ser igualmente feliz, aunque nos pasásemos la vida entera en
el campo. Desgraciadamente, tenía yo ya que despedirme de aquella libre vida
rústica y desprenderme de todos aquellos parajes familiares. Tendría yo apenas
doce años cuando nos trasladamos a San Petersburgo. ¡Ah, y cuánta pena me costó
arrancarme de ahí! Y ¡cómo lloraba yo al tener que abandonar todo cuanto amara!
¡Aún recuerdo cómo me abrazaba convulsivamente a mi padre y con lágrimas en los
ojos le rogaba que por lo menos me dejase estar todavía un poquito en la finca,
y cómo lloraba mi madre! Decía mi madre que era necesario partir, que así lo
reclamaban las circunstancias. Era que el príncipe P*** había muerto y sus
herederos habían prescindido de los servicios de mi padre. Así que nos
trasladamos a San Petersburgo, donde residían algunos individuos que le debían
dinero a papá…, el cual quería solventar por sí mismo sus asuntos. Todo esto lo
supe por mi madre. Ya allí, alquilamos en el Lado Petersburgués[4]
un piso, donde vivimos hasta la muerte de mi padre.
¡Qué duro se me
hizo acostumbrarme a la nueva vida! Llegamos a San Petersburgo en el otoño.
Habíamos abandonado la finca en un día de sol, claro, diáfano y tibio. En los
campos estaban terminando las últimas faenas. Ya el trigo estaba hacinado en
las eras en altos almiares, en torno a los que revoloteaban inquietas bandadas
enteras de trinadores pajarillos. ¡Qué alegre y claro relucía todo!
Pero al llegar
a la ciudad nos encontramos, en vez de eso, con lluvia, frío otoñal, mal tiempo
y barro, amén de muchos seres desconocidos que tenían todos ellos una traza
hostil, malhumorada y maligna. ¡Nosotros nos instalamos lo mejor que pudimos!
¡Cuánto ajetreo nos costó el tener, por fin, una casa arreglada! Mi padre
estaba casi todo el día en la calle y mi madre andaba siempre atareada…, de
suerte que entrambos se olvidaban por completo de mí. ¡Qué triste despertar el
del primer día que amanecimos en la nueva casa! ¡Delante de nuestras ventanas
teníamos una cerca amarilla! ¡En la calle no se veía sino fango! Sólo pasaban
algunos transeúntes, todos muy arrebujados en sus ropas y bufandas y todos con
aspecto de estarse helando.
En torno a
nosotros, en la casa, sólo había pena y tedio insoportables. No teníamos en la
ciudad pariente ni conocido alguno. A Anna Fiodórovna había dejado mi padre de
tratarla. (Le debía una cantidad.) Venían, sin embargo, a vernos personas que
tenían que tratar con mi padre de negocios. Por lo general, entre él y sus
visitantes, se armaban discusiones y se oían desde fuera gritos y alboroto. Y
cuando aquéllos se iban, mi padre se quedaba siempre triste y de mal talante.
Horas enteras se estaba dando vueltas arriba y abajo por la habitación,
fruncido el ceño y sin hablar palabra. Tampoco mamá se atrevía entonces a
despegar los labios, y guardaba silencio. Y yo me acurrucaba en un rincón con
un libro en la mano, y no me atrevía a moverme.
A los tres
meses de nuestra llegada a San Petersburgo, me pusieron en una pensión. ¡Qué
tristeza a lo primero, entre tantas caras desconocidas! ¡Era todo tan seco, tan
despegado, tan hostil y tan poco atrayente! Las profesoras regañaban, las
compañeras hacían burla y yo estaba tan encogida… ¡Qué rigor tan pedantesco
aquél! Todo había de hacerse a horas determinadas y con toda puntualidad. Las
comidas en la mesa redonda, las lecciones tan aburridas…; al principio andaba
yo siempre desalada. Ni dormir siquiera podía. ¡Cuántas noches largas y
tediosas y frías me las pasé en claro, llorando hasta el amanecer! Por las
tardes, cuando las otras niñas estaban estudiando o repasando sus lecciones, yo
me estaba muy quietecita, con el libro delante, y no me atrevía a moverme; pero
mi pensamiento volaba hacia mi casa, me acordaba de mis padres y de mi buena y
vieja nodriza y de sus cuentos… ¡Oh y qué nostalgia se apoderaba de mí
entonces! Me acordaba con toda claridad del objeto más nimio de la casa, y aún
hoy mismo lo recuerdo todo con un placer especial, doloroso… Y así me estaba
piensa que te piensa… ¡Qué bien, qué gusto encontrarme ahora en casa! Ahora
estaría yo sentadita en el comedero, junto a la mesa, sobre la que borbotea el
samovar y alrededor de la cual están sentados también mis padres; qué calorcito
se siente y qué a gusto y con qué comodidad se está allí. «¡Cómo me gustaría
–pensaba yo– abrazar ahora a mi mamaíta, fuerte, muy fuerte, ¡eh!, con mucho
cariño!» Y seguía pensando luego, hasta que la nostalgia me hacía llorar
quedito y me sorbía las lágrimas…; pero la lección no me entraba en la cabeza.
Pero no se puede tampoco dejar la lección para el día siguiente; toda la noche
te la pasas pensando en el profesor, en la madame
y en las compañeras de clase; toda la noche te la pasas soñando que estás
aprendiéndote la lección, que al otro día, naturalmente, no sabes. Y no tienes
más remedio que arrodillarte en un rincón y quedarte sin comida. Yo estaba,
pues, siempre tristona y mustia. Las otras chicas se reían de mí, me hacían
burla, me distraían cuando estaba estudiando, me tiraban pellizcos cuando en
filas de dos en fondo nos dirigíamos al refectorio, o se quejaban de mí a la
profesora. ¡Pero qué felicidad cuando en la tarde de sol venía a buscarme mi
buena nodriza! ¡Cómo me abrazaba a ella… sin resolverme a soltar, de puro
contenta, a mi buena viejecita! Luego se ponía ella a vestirme, siempre muy calientita, como ella decía, en
tanto me envolvía en pañuelos la cabeza. Pero ya en el camino, nunca podía
seguirme el paso –iba yo tan ligera– y yo no podía tampoco andar tan despacio
como ella. En todo el trayecto no paraba yo de parlotear y de contarle cosas.
Toda loca de alborozo, entraba luego en casa y me echaba en brazos de mis
padres, cual si hiciese nueve años que no nos veíamos. Luego empezaban los
cuentos y preguntas, y yo soltaba el trapo a reír y me ponía a corretear por
toda la casa y a festejar y darle todo la bienvenida. Papá procedía después a
hacerme preguntas más serias: acerca de los profesores, de las matemáticas, el
francés y la gramática de L’Homond…, y todos estábamos la mar de contentos y
cordiales y parlanchines. Hoy mismo gozo recordando simplemente aquellas horas.
Yo hice los
mayores esfuerzos para aprenderme bien las lecciones, con el fin de darle una
alegría a mi pobre padre. Veía yo con toda claridad que él se desvivía por mí,
no obstante las preocupaciones, cada vez más graves, que lo atormentaban. De
día en día se volvía más triste, malhumorado y colérico; su carácter había
cambiado de un modo desfavorable. Nada le salía bien, todo se le frustraba, y
las deudas iban aumentando de un modo espantoso.
Mi madre no se
atrevía a llorar, ni siquiera a dejar escapar una palabra de queja, pues con
eso irritaba más aún a mi padre. Volvióse la pobre enfermiza y endeblucha y
empezó a toser de una manera inquietante. Cuando yo volvía de la pensión, sólo
encontraba en casa caras tristes; mi madre se sorbía en secreto sus lágrimas, y
mi padre se encolerizaba. Venían luego las quejas y los reproches; mi presencia
no le causaba a mi padre ninguna alegría, consuelo alguno, y, sin embargo, él
no perdonaba sacrificio por mí; pero yo sigo sin entender ni una palabra de
francés. En resumen: que yo tenía la culpa de todo; de todos sus fracasos, de
toda su desdicha; las únicas responsables éramos mamá y yo. Pero ¡cómo era
posible atormentar más todavía a la pobre mamá! Al verla, parecía que se me iba
a saltar el corazón. ¡Tenía las mejillas chupadas, los ojos hundidos en las
cuencas…, todo el aspecto de una tísica!
A mí se
dirigían los más graves reproches. Por lo general, empezaba mi padre quejándose
de alguna nimiedad, y luego se desbocaba hasta decir cosas que sólo Dios sabe…
Yo muchas veces me quedaba sin entender una palabra de lo que decía. ¡Qué no
soltaba aquella boca!... Que si la lengua francesa, que si yo era una imbécil y
la profesora de la pensión otra idiota, que no se cuidaba en modo alguno de
nuestra educación; luego… que no podía encontrar ningún empleo, que la
gramática de L’Homond no valía nada, que la de Sapolski era mucho mejor, que se
estaba gastando en mí mucho dinero sin objeto ni utilidad, que yo era una chica
aturdida y sin pizca de corazón; en una palabra: que yo, pobre de mí, me tomaba
la mar de trabajo para aprenderme palabras y términos franceses, y, sin
embargo, tenía la culpa de todo y había de cargar con todos los regaños. Pero
mi padre no procedía así porque no nos quisiera, pues, al contrario, nos tenía
un cariño desmedido. Solo que tenía ese carácter…
O, mejor dicho,
eran los disgustos, los desengaños y los fracasos lo que le habían agriado su
carácter, que al principio no podía ser mejor; se había vuelto ahora
desconfiado, solía con frecuencia llenarse de amargura, hasta rayar en la
desesperación; empezó a descuidar su salud, hasta que un día cogió un
enfriamiento y… murió, después de haber guardado cama unos días, de un modo tan
repentino e inesperado, que tardamos muchos días en hacernos a la realidad.
¡Aquel golpe nos dejó aturdidas! Mamá parecía como alelada, y yo, al principio,
temí por su juicio. Pero apenas hubo muerto mi padre, cuando se presentaron los
acreedores a bandadas en nuestra casa. Nosotras les entregamos cuanto teníamos.
Tuvimos que vender también nuestra casita del Lado Petersburgués, que a poco de
nuestra llegada, al medio año, había adquirido papá. No sé qué se haría de lo
demás; pero es el caso que hubimos de encontrarnos sin cobijo, sin dinero,
desvalidas y faltas de todo recurso… Mamá estaba enferma –tenía una fiebre
lenta que la iba consumiendo–; no sabíamos procurarnos recursos; así que
estábamos resignadas a perecer. Yo acababa de cumplir catorce años.
Entonces fue
cuando por primera vez hubo de visitarnos Anna Fiodórovna. Se hizo pasar ante
nosotras por una propietaria y nos aseguró ser nuestra parienta cercana. Pero
mamá decía que sí era cierto que estaba emparentada con nosotros, pero que el
tal parentesco era muy lejano. En vida de papá jamás aportó por nuestra casa.
Ahora se nos presentaba con lágrimas en los ojos y nos ponderaba la parte que
tomaba en nuestro duelo. Mostraba compadecernos mucho por nuestra desgracia,
pero dejaba entender que do todos nuestros sinsabores tenía papá la culpa por
haber querido encumbrarse demasiado y contado en demasía con sus propias
fuerzas. Manifestó, además, a fuer de única
parienta, el deseo de tratarnos con más intimidad y nos propuso olvidáramos
lo pasado. Al replicarle a esto mamá que ella no le había tenido nunca rencor,
echóse a llorar con emoción ruidosa, llevóse a mamá a la iglesia y encargó una
misa de réquiem para el querido muerto,
que así llamó de pronto a nuestro padre. Luego hizo pomposamente las paces con
mamá.
Después, tras
muchos preámbulos y observaciones, y luego que nos hubo hecho ver con toda
claridad lo desesperado de nuestra situación y ponderarnos nuestra falta
absoluta de recursos, de protección y amparo, nos instó a compartir con ella su
techo, según decía. Mamá dióle las gracias por su ofrecimiento; pero durante
mucho tiempo no acabó de decidirse a aceptarlo, hasta que, visto que no nos
quedaba otro remedio, tuvo que resolverse a escribir a Anna Fiodórovna
participándole que aceptaba su ofrecimiento agradecida.
¡Qué claramente
recuerdo todavía aquella mañana en que nos trasladamos del Lado Petersburgués a
la otra parte de la población, al Vassilii Ostrov! Hacía una clara, seca y fría
mañana de otoño. Mamá lloraba. Y yo estaba muy triste; parecíame cual si una vaga
congoja me oprimiese el pecho… Eran unos tiempos difíciles…
II
Al principio,
cuando aún no nos habíamos instalado del todo, experimen-tábamos mamá y yo
cierta tristeza en casa de Anna Fiodórovna, esa tristeza que se suele sentir
cuando nos encontramos frente a algo no muy seguro. Anna Fiodórovna vivía en
casa propia en la Sexta Línea.[5]
Toda la casa sólo tenía, por junto, cinco cuartos habitables. Anna Fiodórovna
ocupaba tres de ellos en unión de mi prima Sascha, a la cual, como a una pobre
huérfana, había recogido y criado. En la cuarta habitación nos instalamos
nosotras, y en la quinta, que estaba contigua a la nuestra, se alojaba un pobre
estudiante, Pokrovskii, el único que pagaba alquiler por la vivienda.
Anna Fiodórovna
vivía muy bien, mucho mejor de lo que habría parecido posible; pero las fuentes
de sus ingresos eran tan enigmáticas como sus ocupaciones. Y, sin embargo,
siempre tenía algo que hacer, siempre iba de acá para allá y salía y entraba en
la casa muchas veces al día. Pero no era posible formarse la menor idea de
adónde iba ni de lo que hacía fuera de casa. Tenía relaciones con muchas y muy
diversas personas. A toda hora venía gente a visitarla y siempre para hablarle
de negocios y sólo un par de minutos. Mamá solía retirarse conmigo a nuestro
cuarto en cuanto sonaba la campanilla. Esto enojaba mucho a Anna Fiodórovna y
continuamente estaba reprochándole a mamá lo orgullosas que éramos; no diría
nada si tuviéramos algún motivo, si verdaderamente tuviéramos por qué ser
orgullosas; pero en la situación en que nos encontrábamos…, y por espacio de
horas seguidas continuaba en ese tono. Hasta entonces no había oído yo esos
reproches; pero al oírlos ahora me expliqué, o, mejor dicho, adiviné la causa
de que mi madre resistiera al principio a aceptar la hospitalidad de Anna
Fiodórovna.
Es una mala
mujer la tal Anna Fiodórovna. Se complacía en atormentarnos sin tregua. Pero
hoy mismo constituye para mí un enigma el porqué nos invitaría a irnos a vivir
con ella. A lo primero todavía nos trataba muy bien, con mucho cariño, pero no
tardó en descubrir su verdadero carácter en cuanto pudo comprobar que nos
hallábamos verdaderamente desamparadas y enteramente a merced suya. Más
adelante volvió a tratarme con el mimo anterior, quizá con demasiado mimo;
llegaba incluso a dirigirme necias lisonjas, pero antes tuve que aguantarla
tanto como mamá. A cada paso nos estaba dirigiendo reproches y no nos hablaba
de otra cosa que de los beneficios que nos hacía. Y nos presentaba a todas sus
visitas como sus parientes pobres, como a una viuda y huérfana desvalidas que
sólo por compasión y caridad cristiana había recogido bajo su techo y sentado a
su mesa. A las horas de las comidas no quitaba ojo de cada bocado que osábamos
tomar; pero tampoco, cuando no comíamos o comíamos demasiado poco, le dábamos
gusto, pues entonces salía diciendo que si no nos parecía bastante buena su
comida, que si le encontrábamos alguna falta, y que ella nos daba lo que tenía
y de lo mismo que comía ella…, que quizá nosotras solas pudié-ramos agenciarnos
algo mejor, que eso ella no lo podía saber, etcétera, etc. De papá estaba
continuamente diciendo horrores; no podía vivir sin criticarlo. Afirmaba que
siempre se las había dado de más noble que nadie y que ahora podía verse la
verdad, pues había dejado una viuda y una huérfana, que, de no haber encontrado
un alma caritativa entre sus parientes –es decir, ella–, habrían estado
expuestas a morirse de inanición en el arroyo. ¡Y no paraba ahí la cosa! ¡Daba
más asco que pena el escucharla! Mamá se pasaba la vida en un llanto continuo.
Su estado de salud empeoraba de día en día, mustiábase a ojos vistas, pero
nosotras, sin embargo, trabajábamos de la mañana a la noche. Cosíamos para
fuera, lo cual no era del agrado de Anna Fiodórovna. Decía que su casa no era
ningún obrador. Pero nosotras teníamos que hacernos ropa y no nos quedaba otro
recurso que ganar algún dinero, aunque sólo fuera en último caso para no
carecer de todo. Así que trabajábamos con ahínco y ahorrábamos siempre con la
esperanza de poder alquilar un día un cuartito para nosotras solas. Sólo que de
tanto trabajar hubo de agravarse mi madre; cada día estaba más débil. La
enfermedad minaba su existencia y la iba empujando sin descanso hacia la tumba.
¡Yo lo veía, lo sentía y no podía hacer nada para evitarlo!
Transcurrían
los días, iguales los unos a los otros. Nosotras hacíamos una vida tan
recoleta, que no parecía que estuviésemos en una población tan grande. Con el
tiempo se fue apaciguando Anna Fiodórovna al ver su ilimitada superioridad
sobre nosotras y que no tenía nada que temer. Por lo demás, nunca nosotras le
hubiéramos llevado en nada la contraria. Nuestro cuarto estaba separado de los
tres que ella ocupaba por un corredor, contiguo al de Pokrovskii, como ya
indiqué. El estudiante le enseñaba a Sascha francés y alemán, historia y
geografía…; es decir, todas las ciencias,
como solía decir Anna Fiodórovna, y a cambio de ello le perdonaba el pago de la
vivienda y la pensión.
Era Sascha una
chica muy lista; pero ordinaria y vehemente hasta lo repulsivo. Frisaba por
entonces los trece años. Últimamente hubo de decirle Anna Fiodórovna a mamá que
acaso fuera bueno que yo también diera clase con ella, toda vez que en el
colegio no había llegado a terminar el curso. A mamá, naturalmente, le alegró
mucho la proposición; de suerte que Pokrovskii nos estuvo dando lección a las
dos por espacio de un año entero.
Era el tal
Pokrovskii un pobre chico. Su poca salud no le permitía asistir de un modo
regular a la Universidad; así que no era propiamente lo que se llama, y por la
fuerza de la costumbre aún le seguimos llamando a él, un estudiante. Vivía tan recogido y calladito en su cuarto, que
nosotras, desde el nuestro, contiguo, no lo sentíamos. Tenía también una traza
especial, se movía y encorvaba de un modo tan torpe, y hablaba de un modo tan
raro, que al principio no podía yo verlo sin soltar el trapo a reír. Sascha le
estaba siempre jugando alguna mala pasada, y especialmente durante la lección.
Pero él no le iba en zaga en punto a violencias, se encolerizaba a cada paso y
la menor futesa le sacaba de quicio; se ponía a regañarnos, lanzaba gritos, y a
veces se levantaba y se iba furioso, dando por terminada antes de tiempo la
lección y se encerraba en su cuarto. Pero allí en su cuarto se pasaba días
enteros sentado, sin moverse, leyendo. Tenía muchos libros y todos en ediciones
primorosas y raras. Daba también lecciones en otras dos casas y se las pagaban;
pero, a pesar de eso, jamás tenía dinero en el bolsillo, pues inmediatamente
iba a comprar más libros.
Con el tiempo
le fui ya conociendo más a fondo. Era el hombre más honrado y más bueno del
mundo, el mejor de los hombres que yo hasta entonces conociera. Mamá le
apreciaba también mucho. Con el trato llegó a ser un amigo fiel mío y el que
más cerca estaba de mi corazón…, claro que después de mamá.
Al principio me
asociaba yo –no obstante ser yo una mujercita– a todas las jugarretas que
Sascha tramaba contra él, y, a veces, nos estábamos deliberando horas enteras
acerca del modo de embromarlo y poner a prueba su paciencia. Resultaba
enormemente grotesco cuando se enfadaba y nosotras queríamos divertirnos a su
costa. (Todavía hoy me avergüenzo yo cuando le recuerdo.) En una ocasión lo
excitamos tanto, que al pobre se le saltaron las lágrimas, y yo le oí murmurar
entre dientes estas palabras: «¡No hay nadie más cruel que un niño!» Aquello me
dejó confusa; por primera vez se despertaba en mí algo como vergüenza, pesar y
compasión. Me puse encarnada hasta las orejas, y casi con lágrimas en los ojos
supliquéle que no tomase a mal nuestras groseras bromas; pero él cerró el libro
y se fue a su cuarto sin terminar la lección.
Todo aquel día
me estuvo atormentando el remordimiento. La idea de que nosotras, unas chicas,
le hubiéramos hecho encolerizarse a él hasta derramar lágrimas, se me hacía
insoportable. ¡De modo que sólo nos habían tentado sus lágrimas! ¡Que nos
habíamos complacido en excitar su irritabilidad, seguramente morbosa! ¡Y
habíamos conseguido, por fin, acabar con su paciencia! ¡Habíamos obligado al
pobre chico a sentir todavía más lo desdichado de su triste condición!
En toda la
noche no pude dormir… ¡Cómo me torturaban los remordimientos! Dicen que las
novedades alegran el ánimo. ¡Pues es todo lo contrario! No sé cómo, pero es lo
cierto que a mi pesar uníase algo de orgullo. No me avenía a la idea de que él
me juzgara una niña. Yo tenía ya entonces quince años.
A partir de
aquel día yo sólo pensé en discurrir el modo de hacer que Pokrovskii cambiase
de opinión acerca de mí. Pero mi timidez venía a impedirme el poner en práctica
alguno de los mil proyectos que se me ocurrían; no acababa de decidirme a nada
y todo se quedaba en planes y ensueños (y ¡qué no soñaría yo, Cielo santo!).
Pero de allí en adelante ya no volví a secundar las groseras bromas de Sascha,
la cual fue también poco a poco deponiendo su ordinariez. Todo esto tuvo por
consecuencia que Pokrovskii no volviera a enojarse con nosotras. Pero no era
eso bastante compensación para mi orgullo.
Quiero decir
aquí unas cuantas palabras nada más acerca del hombre más raro y más digno de
compasión que he conocido en mi vida. Y quiero hacerlo en este sitio, porque a
partir del día referido, yo, que jamás hasta entonces me había preocupado por
él en absoluto, empecé a darle cabida, y grande, en mis pensamientos.
De cuando en
cuando se presentaba en nuestra casa un hombrecillo pequeño, mal vestido y
sucio, con el pelo canoso, desmañado y torpe en sus movimientos, y que, sobre
todo, tenía unas trazas muy particulares. A la pri-mera mirada podía creerse
que se avergonzaba un poco de sí mismo y como que pedía perdón por haber venido
a este mundo. Por lo menos se encogía siempre, o trataba de hacerse más pequeño
todavía, de reducirse a la nada, y aquellos sus movimientos y gestos inseguros
y vergonzantes infundían a quien le observaba la sospecha de si no estaría en
su juicio. Siempre que venía a visitarnos se quedaba muy plantado detrás de la
mampara de cristales y no se atrevía a entrar de una vez. Cuando por pura
casualidad salía alguna de nosotras –Sascha o yo– al pasillo y lo veíamos allí
parado detrás de la puerta, empezaba él a hacernos visajes para llamarnos la
atención; si nosotras, mediante señas también, le dábamos a entender que podía
pasar y que no había visita en casa, o le llamábamos en voz alta, cobraba ánimos
y se atrevía a entrar, abría muy despacito la mampara y penetraba en la casa
sonriendo, después de lo cual se frotaba las manos y se dirigía de puntillas al
cuarto de Pokrovskii. Aquel viejecito era su padre.
Más adelante
tuve ocasión de saber la historia del pobre anciano. Había sido empleado no sé
dónde, allá en tiempos, pero por falta de capacidad no logró pasar de un puesto
subalterno. Al quedarse viudo de su primera mujer –la madre de Pokrovskii–, se
volvió a casar con una medio campesina. Desde aquel punto y hora ya no hubo paz
y tranquilidad en su casa; la nueva consorte se puso los pantalones y los
trataba a todos a la banqueta. Su entenado –el estudiante Pokrovskii, que a la
sazón tenía diez años– tuvo que padecer mucho a cuenta del odio que le tenía su
madrastra; pero, por fortuna, se arreglaron de otro modo las cosas. El
propietario Bukov, que había conocido en otro tiempo a su padre, cuando estaba
empleado, y constituídose a poco menos en su protector, tomó a su cargo al
chico y le puso en un colegio. Interesábase por el muchacho por la única razón
de haber conocido a la difunta madre cuando ésta, doncella entonces de Anna
Fiodórovna, gozaba de sus beneficios,
y por su mediación contrajo matrimonio con el empleado Pokrovskii. En aquel
entonces, el señor Bukov, como buen amigo de Anna Fiodórovna, tuvo el rasgo de
regalarle a la novia una dote de cinco mil rublos. Por cierto que es hasta hoy
un enigma adónde iría a parar todo ese dinero. Todo esto me lo contó la propia
Anna Fiodórovna. El estudiante Pokrovskii no me habó jamás de su familia y no
le hacía gracia le preguntasen ni por sus padres. Dicen que su madre había sido
muy guapa, motivo por el cual me choca que se casara con un partido tan desventajoso
como el que representaba aquel hombre insignificante. Por lo demás, al cuarto
año de casada pasó la pobre a mejor vida.
De la escuela
pasó el estudiante Pokrovskii a un gimnasio, y de allí a la Universidad. El
señor Bukov, que solía hacer frecuentes viajes a San Petersburgo, no lo
abandonó allí, sino que siguió protegiéndolo. Desgracia-damente, no pudo
Pokrovskii, por lo delicado de su salud, proseguir sus estudios, y entonces fue
cuando el señor Bukov se lo presentó formalmente a Anna Fiodórovna y le buscó
colocación en su casa para que, a cambio de la habitación y la comida, le
enseñase a Sascha todas las ciencias.
Pero
Pokrovskii, padre, para consolar su dolor por la mala vida que le daba su
segunda mujer, se entregó al peor de los vicios, la bebida, hasta el punto de
estar casi siempre borracho. Su mujer le zurraba de lo lindo, lo dejaba dormir
en la cocina, y de tal modo extremó sus rigores con el tiempo, que el infeliz
lo aguantaba todo sin chistar y acabó acostumbrándose a los golpes. No era
todavía muy viejo, pero por efecto de la mala vida, parecía, como antes dije,
no estar del todo en sus cabales.
El único resto
de sentimientos nobles que aquel hombre atesoraba era el cariño sin límites que
le tenía a su hijo. Me habían dicho que el muchacho se parecía tanto a su
madre, como una gota de agua a otra. ¿Sería quizá el recuerdo de la primera
mujer, que para él había sido tan buena, lo que en el corazón de aquel viejo
degenerado infundía ese cariño inmenso a su hijo? El viejo no hablaba de otra
cosa más que de aquel hijo. Todas las semanas iba dos veces a verlo. No se
atrevía a visitarlo con más frecuencia, porque el hijo mismo no podía aguantar
aquellas visitas paternales. Tal desprecio hacia su padre era, sin duda alguna,
el mayor defecto del estudiante. Aunque también es cierto que a veces resultaba
el viejo sumamente antipático. En primer lugar, era terriblemente curioso y,
además, no dejaba trabajar al hijo con su verborrea huera y con sus continuas y
absurdas preguntas, y, por último, no siempre se presentaba sereno del todo.
Con el tiempo logró el hijo, sin embargo, curarle de sus malas costumbres, de
su curiosidad y verborrea, y, finalmente, acabó el padre obedeciéndole como a
un dios, no atreviéndose ya ni a abrir la boca sin su permiso.
El pobre viejo
no tenía palabras bastantes para ponderar y poner por las nubes a su Pétinka.[6]
Cuando iba a verlo, parecía siempre decaído, agobiado, preocupado y hasta
afligido…, probablemente por ignorar cómo el hijo lo acogería. Por lo general,
tardaba mucho rato en decidirse a entrar, y cuando desde la puerta me divisaba
a mí, se daba prisa en acercárseme y se estaba media hora por lo menos
preguntándome cómo iba Pétinka, qué estaba haciendo, si estaba bien de salud y
en qué estado de humor se hallaba y si no trabajaba a la sazón en algo
importante. ¿Estará escribiendo o estudiando alguna obra filosófica? Y luego
que yo lo tranquilizaba suficientemente y lo animaba, resolvíase, finalmente, a
abrir muy despacito y con mucho tiento la puerta del cuarto de su Pétinka,
asomando por ella la cabeza; cuando veía que el hijo estaba de buen temple o
respondía a su saludo con un gesto, entonces penetraba ya resueltamente en la
habitación, se quitaba la capa y el sombrero –este último lo tenía siempre
abollado y lleno de agujeros, cuando no con un ala partida– y los colgaba de un
clavo. Todo esto lo hacía con el mayor cuidado y sin armar ruido. Luego se
sentaba también con mucho cuidadito en una silla y ya no apartaba los ojos de
su hijo, siguiendo todos sus movi-mientos y todas sus miradas, a fin de
adivinar cuál fuese su estado de espíritu. Si comprendía que su hijo estaba
aquel día de mal humor, se levantaba en seguida del asiento y decía que había
ido «sólo por verte un momentito, Pétinka. He tenido que hacer un gran trayecto
y, ya ves, dio la casualidad que tenía que pasar por aquí, y dije: Voy un momentito,
sólo por verlo, por descansar un poco. Ahora ya me voy, Pétinka».
Y sin añadir
nada más cogía con mucho cuidadito su vieja y tenue capa y su abollado
sombrero, cerraba tras de sí con mucho tiento la puerta y se iba, esforzándose
aún por sonreír y contener en el pecho la pena, a fin de que no la notase su
hijo.
Pero cuando
Pétinka lo acogía afectuosamente, entonces el pobre viejo no cabía en sí de
gozo. Su rostro, sus gestos, sus manos…, dejaban traslucir su contento. Y si el
hijo se dignaba ponerse de conversación con él, levantábase el viejo un
poquitín de la silla y contestaba en un tono humilde y quedo, casi respetuoso,
esforzándose siempre por elegir las expresiones más distinguidas, que, como es
natural, en aquel caso resultaban cómicas. Añádase a esto que no sabía hablar
de un modo categórico; a cada dos palabras empezaba a embrollarse, se confundía
y no sabía ya qué hacer con las manos ni qué hacer de sí mismo…, terminando por
farfullar las contestaciones, repitiéndolas por lo bajo, como para
rectificarlas. Pero cuando por casualidad lograba contestar a derechas, poníase
la mar de hueco, se alisaba la chaqueta, se arreglaba la corbata, se quitaba el
polvo de las solapas, y su semblante asumía la expresión de una cierta cordura.
Pero a veces sentíase tan animado, que casi se volvía atrevido; se levantaba de
la silla, dirigíase a la tabla de los libros, cogía uno y se ponía a leer, sin
fijarse en el libro que fuese. Y todo esto lo hacía con una cara como para
expresar el mayor aplomo y sangre fría, cual si de siempre estuviera autorizado
a revolver los libros del hijo, según su antojo, y su afectuosidad fuese cosa
corriente. Pero en cierta ocasión pude yo ver muy bien cómo el viejo hubo de
asustarse, al rogarle el hijo que no le anduviese en los libros; se le fue
completamente la cabeza, se apresuró a reparar su yerro, quiso colocar el libro
que cogiera entre otros, pero se le escurrió y cayó al suelo de plano; tornó a
levantarlo rápidamente, volvió a querer encajarlo acá y allá, y a colocarlo en
falso y a dejarlo caer de nuevo, de canto esta vez; sonrió con sonrisa forzada,
púsose muy colorado y acabó por no atinar con el modo de subsanar su entuerto.
Poco a poco fue
consiguiendo el hijo, con sus admoniciones y afectuosas reprimendas, apartar al
padre de sus malas costumbres, y cuando el viejo se le presentaba tres veces
seguidas sereno, le daba a la cuarta veinticinco o cincuenta copeicas, si no
más. A veces le compraba calzado, una chaqueta o alguna corbata, y cuando el
viejo se presentaba después con ellas puestas, venía orondo como un gallo. A
veces también venía a vernos a nosotras y nos traía a Sascha y a mí tortas de
especias o manzanas, y nos hablaba con mucha naturalidad de su Pétinka. Nos
rogaba que estuviésemos atentas y serias durante las lecciones, y respetásemos
a nuestro profesor, pues Pétinka era un buen hijo, el mejor de los hijos, y,
además, un hijo muy ilustrado. Al
decir esto nos guiñaba cómicamente el ojo izquierdo y se daba tal importancia,
que nosotras, por lo general, no podíamos contenernos y soltábamos el trapo a
reír. A mamá le era muy simpático el viejecillo. A Anna Fiodórovna le tenía él
odio, aunque delante de ella se mostraba “más humilde que la hierba y más
tranquilo que el agua”.
No tardé yo en
dejar de asistir a las lecciones. Pokrovskii me seguía considerando una
chiquilla, como una chiquilla mal educada, lo mismo que Sascha. Eso me ofendía
mucho, pues era la verdad que yo había hecho todo lo posible por rectificar mi
conducta anterior. Pero inútilmente; él no sabía apreciar. Y eso era lo que más
me hería el amor propio y me irritaba. Apenas si le dirigía la palabra fuera de
las horas de clase…; era que no le podía hablar. Me ponía muy encarnada y luego
me iba a llorar a escondidas a un rincón…, enojada conmigo misma.
No sé adónde me
hubiera conducido este estado de cosas de no haber venido un incidente casual a
acercarnos el uno al otro. Ocurrió lo siguiente:
Una tarde,
estando mamá sentada junto a Anna Fiodórovna, me deslicé yo a hurtadillas en el
cuarto de Pokrovskii. Sabía que él no estaba en casa, pero no podría, sin
embargo, explicar claramente cómo pudo ocurrírseme el introducirme de aquel
modo en el cuarto de un hombre. Era la primera vez que lo hacía, aunque ya
lleváramos más de un año viviendo pared por medio. El corazón me palpitaba tan
fuerte, cual si se me fuera a saltar. Poseída de rara curiosidad, púseme a dar
vueltas por la habitación; no podía ser más sencilla, amueblada incluso con
pobreza, y no digamos nada del desorden que en ella reinaba. En la mesa y sobre
las sillas había papeles y hojas escritas. ¡Por todas partes libros y papeles!
De pronto hubo de ocurrírseme una extraña idea: la de que mi amistad y hasta mi
amor no podían significar nada para él. Era él tan culto y yo tan ignorante…
¡Con decir que no sabía nada, ni leía nada, ni tenía un solo libro!... ¡Con qué
envidia contemplaba yo aquella tabla tan larga, atestada de libros hasta el punto
de que parecía ir a desplomarse bajo tanto peso! ¡Sentí rabia, y pena, y
nostalgia, y cólera!... Me entraron unas ganas enormes de leerme todos aquellos
libros, sus libros, de leérmelos todos desde el primero hasta el último, y todo
lo aprisa posible. No sé; quizá pensase yo que, luego que me hubiera leído todo
aquello y supiese tanto como él, podría granjearme su amistad mucho mejor que
ahora, que nada sabía. Lo cierto es que me encaminé muy resuelta a la tabla
referida y, sin vacilar, ni siquiera reflexionar en lo que hacía, cogí el
primer libro que se me vino a las manos…, por cierto un libraco muy viejo y
lleno de polvo…, y temblando de puro asustada y nerviosa, me lo llevé a mi
cuarto para leerlo a la noche, luego que mamá se durmiese, a la luz de la
lamparilla.
Pero cuál no
fue mi decepción cuando encontrándome ya felizmente en mi cuarto abrí aquel
libro hurtado y pude ver que se trataba de un mamotreto viejísimo, amarillento
y roído por la polilla, y… escrito en latín. No me paré mucho rato a pensarlo y
volví a penetrar resueltamente en su habitación. Pero cuando me disponía
precisamente a poner de nuevo el libraco en su sitio, he aquí que oigo abrirse
y cerrarse la mampara del corredor y después un rumor de pisadas; ¡alguien
había entrado! Quise despachar pronto, pero el mamotreto aquél había estado tan
encajado entre los demás que, al sacarlo yo de allí, disminuida la presión,
habían vuelto a apelmazarse los otros, de suerte que ya no dejaban espacio para
su antiguo compañero de penas y fatigas. A mí me faltaban fuerzas para
embutirlo entre ellos. El rumor de pisadas sonaba cada vez más cerca; yo ponía
todo mi empeño en colocar allí el libro, cuando la mohosa alcayata que sostenía
uno de los extremos de la tabla, y parecía haber esperado sólo ese momento para
hacerlo..., se quebró. La tabla vínose abajo con un crujido, dando con un
extremo en el suelo y dejando caer estruendosamente los volúmenes. En este
crítico momento se abrió la puerta y Pokrovskii entró en el cuarto.
Debo advertir
previamente que él no podía tolerar que nadie le anduviese en sus cosas. ¡Ay de
aquel que se atreviese a tocarle sus libros! ¡Podéis imaginaros, pues, cuál no
sería su indignación al ver rodando por el suelo todos sus libros, grandes y
pequeños, encuadernados y en rústica, que, confundidos unos con otros, fueron a
parar debajo de la mesa y de las sillas y a chocar contra la pared, donde
quedaron muchos de ellos formando un montón! Yo quise echar a correr, pero ya
era demasiado tarde. «¡Se acabó –me dije–; se acabó para siempre! ¡Estoy
perdida! ¡Soy torpe como una chica de diez años, soy una idiota! ¡Soy pueril y
estúpida!»
Pokrovskii se
encolerizó de un modo indecible.
–¡Sólo esto
faltaba! –exclamó iracundo–. ¿No le da a usted vergüenza, señorita? ¿No tendrá
usted nunca juicio y no olvidará las puerilidades del colegio?
A todo esto, se
había puesto a recoger los libros. Yo también me incliné para ayudarle, pero él
me lo prohibió en tono huraño:
–¡No hace
falta, no hace falta, déjelo! ¡Mejor haría usted no metiéndose donde no la
llaman!
Mi silenciosa
intención de ayudarle, que delataba acaso la conciencia de mi culpa, pareció,
no obstante, amansarlo un poco, pues siguió hablándome en un tono más suave,
admonitorio, en el mismo tono en que poco antes me hablara como profesor.
–¿Cuándo
renunciará usted finalmente a sus aturdimientos; cuándo, por fin, se volverá
juiciosa? ¡Debe usted darse cuenta de que ya no es ninguna niña, no, señor...;
ya ha cumplido usted quince!
Y he aquí que,
de pronto, como para cerciorarse de que yo no era la ninguna chiquilla, me miró
de frente y se puso encarnado hasta las orejas. No comprendí yo por qué se
ponía colorado; estaba ante él y lo contemplaba atónita, con los ojos de par en
par. Él no sabía lo que hacía; dio, confuso, dos pasos hacia mí, confundiéndose
más aún, y murmuró algo en voz baja, como disculpándose..., quizá por no haber
notado hasta entonces que yo era ya una mujercita. Finalmente, lo comprendí. No
sé entonces lo que por mí pasó; fijé en seguida la vista en el suelo
avergonzada; me puse todavía más encarnada que Pokrovskii, me cubrí la cara con
las manos y salí corriendo de la habitación.
No sabía lo que
me pasaba; adónde ir a ocultar mi vergüenza. ¡Pensar que él me había
sorprendido en su cuarto! Durante tres días no tuve valor para mirarlo a la
cara. Me ruborizaba hasta el punto de saltárseme las lágrimas. Cruzaban por mi
cabeza los pensamientos más horribles y grotescos. Uno de los más enrevesados
era que yo debía ir a buscarlo, explicárselo, confesárselo y contárselo todo
con absoluta franqueza para asegurarle después que no había procedido cual
chicuela aturdida, sino animada del mejor propósito. Casi estaba decidida a
hacerlo así, pero por suerte me faltó luego el valor y no me atreví a realizar
mi plan. ¡La que se hubiera armado de otro modo! Hoy mismo me avergüenzo
solamente de pensarlo.
Días después
cayó mamá enferma..., de pronto y muy gravemente. A la tercera noche aumentó la
fiebre y empezó a delirar con gran violencia. Yo llevaba ya una noche sin
dormir y estaba sentada junto a su cama para darle de beber y administrarle, a
las horas indicadas, los medicamentos que el doctor prescribiera. A la noche
siguiente me faltaron las fuerzas y me sentí de todo punto agotada. De cuando
en cuando se me cerraban los ojos, veía danzar ante mí unos puntitos verdes, me
daba vueltas la cabeza y a cada instante parecía ir a perder el conocimiento,
pero entonces me volvía a despertar un leve quejido de la enferma; me
incorporaba y me volvía a despabilar por otro ratito, para volver a adormilarme
de nuevo, rendida de cansancio. Me asaltaban entonces pesadillas. No puedo
recordar ahora exactamente cuáles eran, pero sí recuerdo que eran unas
pesadillas espantosas, que durante mi lucha con la fatiga, cada vez mayor, me
atormentaban con turbias visiones. Me despertaba llena de sobresalto. La
habitación estaba a oscuras; se había apagado la lamparilla. No tardaba en
reanimarse la luna, y claro resplandor iluminaba el aposento, hasta que de
nuevo volvía a quedar reducida aquélla a una llamita azulosa que proyectaba en
las paredes sombras temblequeantes, para momentos después dejarlo todo sumido
en casi completas tinieblas. Una de las veces me entró un susto muy grande y un
raro temor se apoderó de mí; mis sensaciones y mi fantasía se hallaban aún bajo
la impresión de la horrible pesadilla que había tenido y el miedo me oprimía el
corazón. Me levanté tambaleándome de la silla y lancé un leve grito, movida por
el torturante impulso de un miedo indefinido. En el mismo instante se abrió la
puerta y Pokrovskii entró en la habitación.
Sólo recuerdo
ahora que me desperté en sus brazos en mi desvanecimiento. Él me acomodó
tutelarmente en una silla, dióme de beber y me hizo, con aire preocupado, unas
preguntas que yo no comprendí. No recuerdo qué le contestaría.
–¡Está usted
enferma, señorita; muy enferma! –decía en tanto me estrechaba la mano–. Tiene
usted fiebre, está usted jugando con su salud al cuidarse tan poco. Serénese
usted, acuéstese y duerma. Yo la despertaré de aquí a dos horas, no tenga usted
cuidado... Acuéstese y duerma tranquila –ordenóme sin darme tiempo a objetar
nada.
El agotamiento
había dado cuenta de mis energías. Los ojos se me cerraban de puro débil. Así
que me acosté, formando el firmísimo propósito de no dormir sino media horita,
pero luego estuve durmiendo hasta ser de día. Pokrovskii me despertó justamente
a la hora de darle a mamá la medicina.
Al día
siguiente, cuando después de un ligero descanso me disponía yo a velar a mi
madre, resuelta aquella vez a no dormirme, y a eso de las once llamaron a la
puerta, abrí..., y era Pokrovskii.
–Se va a
aburrir usted mucho velando usted sola, pensé –me dijo–; así que le traigo este
libro para que se distraiga un poco.
Tomé el
libro..., he olvidado ya qué libro fuese...; pero en toda la noche llegué a
dormirme, y eso que apenas si le eché un vistazo. Era una rara excitación
íntima la que no me dejaba punto de reposo; no podía dormir, ni podía tampoco
estarme mucho rato quieta en la silla..., y a cada paso me estaba levantando
para dar unas vueltas por la habitación. Un extraño alborozo interior conmovía
todo mi ser. ¡Estaba tan contenta con la fineza de Pokrovskii! Ufana me sentía
de aquella atención suya, se aquellos desvelos que por mí se tomaba. En toda la
noche no hice más que pensar en eso y soñar despierta. Él no volvió a
presentarse y yo sabía muy bien que aquella noche no volvería, pero me
esforzaba por imaginarme nuestra próxima entrevista.
A la noche
siguiente, cuando ya todos estaban acostados, abrió Pokrovskii la puerta de su
habitación y se puso a hablar conmigo, sin moverse del quicio de su puerta. No
recuerdo ya nada de cuanto entonces me dijera él a mí y yo a él; sólo recuerdo
que yo estaba muy turbada y confusa, y enojada por esa razón conmigo misma, y
que aguardaba impaciente el término de nuestro palique, no obstante tener
puestos en él todos los sentidos y no haber pensado en otra cosa todo aquel
día, llegando incluso a urdir preguntas y respuestas en mi imaginación...
Con aquel
coloquio dio principio nuestra amistad. Todo el tiempo que mamá estuvo enferma
pasábamos todas las noches alguna hora juntos. Poco a poco fui venciendo yo mi
timidez, aunque después de cada palique tenía más motivos para estar más
descontenta de mí misma. Esto aparte, llenábame de íntima alegría y secreto
orgullo ver que él abandonaba por mí sus horribles libracos. Una vez hubo de
recaer la conversación sobre el episodio de la caída de la tabla, y hablamos de
ello, naturalmente, en broma. Fue aquél un raro instante; creo que me expresé
con absoluta franqueza e ingenuidad. Arrebatóme una inspiración extraña y se lo
confesé todo...: le confesé que yo quería estudiar para saber y cuánto me
molestaba que me tuviesen por una chiquilla... Como digo, me encontraba yo en
aquel momento en una disposición de ánimo especial; se me había puesto tierno
el corazón y a mis ojos asomaban lágrimas...; yo no le ocultaba cosa alguna,
sino que se lo contaba todo, todo; le hablaba del cariño que me inspiraba, de
mi ansia de amarle, de estar muy cerca de su corazón, de consolarlo, de
animarlo...
Él me miraba de
un modo singular, parecía turbado y sorprendido al mismo tiempo y no decía
palabra. Aquello me lastimó de pronto y me puse triste. Pensé que él no me
entendía y acaso se estaba riendo a mi costa para sus adentros. Y de pronto se
me saltaron las lágrimas y rompí a llorar como una criatura; me era imposible
contenerme, estaba como dominada por el vértigo. Entonces él me cogió las
manos, me las besó, me las estrechó contra su pecho y se puso a hablarme con
mucho mimo y a consolarme. Le debían haber llegado a lo hondo mis palabras,
pues daba muestras de gran emoción. No recuerdo ya lo que me dijera, sino que
yo lloraba y reía al mismo tiempo y me ponía colorada y volvía a llorar de puro
contenta y no podía articular palabra. Pero no se me pasó por alto que
Pokrovskii conservaba todavía cierta turbación y rigidez. Era indudable que le
había maravillado no poco mi estallido sentimental, aquel arrebato de cariño
tan repentino y ardiente. Puede que a lo primero sólo hubiese yo despertado su
interés; pero luego acabó por perder toda reserva, y a mi atención,
correspondía con sentimientos no menos sinceros y veraces, y se me mostraba tan
atento y cariñoso como un verdadero amigo, cual si fuese mi hermano. ¡Cómo me
caldeaba el corazón y qué bien me hacía su afecto!... Yo no le ocultaba nada ni
me valía de disimulo con él; me mostraba a sus ojos tal y como era, y cada día
que pasaba se iba acercando más a mí e iba aumentando nuestro amor...
Verdaderamente,
no podría decir de qué hablábamos en aquellas horas torturantes, y al mismo
tiempo tan gustosas, de nuestros nocturnos paliques a la trémula luz de la
lamparilla, que ardía delante del icono, y casi pegados al lecho de mi pobre
madre enferma... Hablábamos de todo lo que se nos ocurría, de todo aquello que
llenaba nuestros corazones..., y éramos casi felices... ¡Ah, fue aquél un
tiempo triste y al mismo tiempo alegre, las dos cosas juntas! Hoy mismo lo
recuerdo yo con tristeza y alegría. Los recuerdos son siempre torturantes, ya
sean alegres o melancólicos. Por lo menos, así me ocurre a mí con los míos...;
pero siempre ese tormento va acompañado de cierta dosis de placer. Y cuando nos
asalta la melancolía y se nos pone pesado el corazón, cuando nos sentimos
lacerados y tristes, entonces los recuerdos nos sirven de lenitivo y nos
vivifican, al modo de ese fresco rocío que, después de un día caluroso,
refrigera en la tarde húmeda a las pobres flores agostadas por el ardor del sol
y les comunica nueva vida.
Mamá estaba ya
mucho mejor...; pero a pesar de ello continué yo velándola por las noches, a la
cabecera de su cama. Pokrovskii me facilitó libros; al principio leía yo con el
único objeto de no dormirme; pero luego empezaron a interesarme, y acabé devorándolos
con verdadera ansia. Parecíame como si se me abriera un nuevo mundo de cosas
hasta allí desconocidas e insospechadas. Nuevos pensamientos, nuevas
impresiones desbordábanse en mi alma, y cuanta más excitación, cuanto más
trabajo y lucha me costaban aquellas nuevas impresiones para acogerlas en mi
alma, tanto más caras se me hacían y tanto más alborozadamente conmovían todo
mi ser. De un golpe penetraban en mi corazón y ahuyentaban de él todo sosiego.
Era un caso extraño el que empezaba a agitar mi corazón. Pero, a pesar de todo,
aquella dominación ejercida sobre mi espíritu no podía aniquilarme. Era yo
demasiado idealista y soñadora, y aquello me salvaba.
Luego que mi
madre hubo vencido del todo su enfermedad, cesaron nuestras entrevistas
nocturnas y nuestros largos paliques. Sólo de cuando en cuando encontrábamos ya
ocasión de cambiar un par de palabras insigni-ficantes e indiferentes; pero yo
me consolaba pensando que a cada una de aquellas palabras insulsas les prestaba
yo un significado especial, dándole a entender a él algo secreto. Sentía mi
vida plena de contenido: era feliz, plácida y tranquilamente feliz. Y así
transcurrieron unas cuantas semanas.
Luego, un día
entró de pronto en nuestro cuarto, como casualmente, el viejo Pokrovskii. Se
puso a hablar por los codos de todo lo imaginable, dando muestras de estar muy
contento, y hasta se propasó a darnos bromas y hacer chistes –chistes a su
modo, claro–, hasta que, por último, salió con la enorme novedad que venía a
ser la clave de su buen humor, diciéndonos que de allí a una semana era el
cumpleaños de Pétinka y que todos los años, sin falta, iba en tal día a visitar
a su hijo. Con ese motivo se pondría su traje nuevo, y su mujer –añadió– le
había prometido comprarle unas botas nuevas. En resu-men: que el viejo estaba
la mar de contento y no se cansaba de hablar.
¡Conque su
cumpleaños! Esa idea me tuvo sin sosiego día y noche. Al punto resolví hacerle
algún regalo a Pétinka ese día para testimoniarle así mi cariño. Pero ¿qué
regalarle? Por último, se me ocurrió una buena idea; le regalaría libros. Sabía
yo que él estaba lampando por la última edición de las Obras completas de Puschkin, y decidí comprárselas. Era yo dueña de
unos treinta rublos, que había ganado con mi labor de costura. Tenía destinada
esa cantidad para un traje nuevo que me pensaba hacer. Pero al punto envié a
nuestra cocinera, la vieja Matriona, a la librería más cercana para que se
enterase del precio de la nueva edición de las obras de Puschkin. ¡Oh desdicha!
Los once tomos, encuadernados, costaban sesenta rublos. ¿De dónde sacar ese
dinero? Por más vueltas que le daba en mi imaginación al problema, no le
encontraba solución. No quería pedirle dinero a mamá. Seguro que se habría
apresurado a dármelo: pero me habría preguntado para qué lo necesitaba, y todos
se habrían enterado de que quería hacerle un regalo a Pétinka. Y, además, no se
habría estimado entonces aquello ningún regalo, sino una compensación por los
desvelos que todo el año se tomaba por mí. Mientras que yo quería regalarle los
libros yo sola, sin que nadie se enterase. Por los desvelos que por mi
educación se tomaba le guardaría eterna gratitud, sin ofrecerle por ellos otro
regalo que mi cariño. Por último, logré encontrar una solución.
Sabía yo que en
las tiendas de antigüedades, en el Gostinyi Dvor,[7] podían
adquirirse los libros más recientes a mitad de precio si se daba uno maña para
regatear. Con frecuencia se encontraban allí libros muy poco usados, y a veces
completamente nuevos. Opté por ese partido, y me propuse dirigirme a Gostinyi
Dvor la primera vez que saliera a la calle. Esta ocasión se me presentó al
siguiente día; necesitaba mamá no sé qué cosa que había de ir a comprar a la
tienda, y en el mismo caso se encontraba también Anna Fiodórovna; pero ésta,
por fortuna para mí, no se sentía con ganas de salir. De suerte que me
encargaron a mí de ir a hacer las compras en compañía de Matriona.
No tardé en
encontrar la codiciada edición, y en una encuadernación muy primorosa y bien
conservada. Pregunté su precio. Al principio me pidió el librero más de lo que
costaba en una librería de nuevo; pero poco a poco le fui haciendo que me
rebajara –por cierto con bastante trabajo–, hasta que, después de alejarme yo
varias veces de su tienda y hacer como que me iba a dirigir a otra, fijó su
último precio en treinta y cinco rublos. ¡Qué gusto me daba a mí regatear! La
pobre Matriona no podía comprender lo que por mí pasaba ni por qué aquel empeño
mío de comprar de una vez tantos libros. Pero ¿quién podría descubrir mi rabia?
Yo sólo disponía de treinta rublos, y el comerciante no me quería dar los
libros más baratos del precio referido. Pero yo le rogué y porfié, y tanto hice
por convencerlo, que al fin se ablandó y rebajó un poquitín más del precio,
sólo dos rublos y medio, pero jurando y perjurando que ya no rebajaría y que
sólo hacía eso por mí, en atención a tratarse de una señorita tan simpática: pero
que a ningún otro cliente le habría hecho rebaja semejante. ¡Me faltaban
todavía dos rublos y medio! Yo estaba a punto de echarme a llorar de puro
disgustada. Pero en aquel instante acudió en mi salvación algo imprevisto.
No lejos de mí
hube de divisar, de pronto, al viejo Pokrovskii, que andaba por una librería
próxima. Rodeábanle cuatro o cinco libreros, y parecían tenerle ya acoquinado
con sus vehementes ponderaciones. Todos ellos le ofrecieron libros, los más
diversos que se pudiera imaginar. ¡Dios santo, si lo hubiera ido a comprar
todos...! El pobre viejo estaba totalmente perplejo e indeciso, sin saber por
cuál decidirse de los muchos libros que le ofrecían por todas partes con
grandes elogios de sus respectivos méritos. Yo me acerqué a él y le pregunté
qué era lo que buscaba. El viejo se alegró mucho al verme, pues me quería
mucho, aunque quizá no tanto como a su Pétinka.
–Mire usted,
sí, Varvara Aleksiéyevna: estoy comprando unos libritos –contestóme– para
Pétinka, ¿sabe? Se acerca ya su cumpleaños, y lo que a él le gusta más en este
mundo son los libros; así que me dije: «Voy a comprarle unos libritos...»
Expresábase
siempre el viejo de un modo muy raro; pero aquella vez estaba completamente
tarumba. Cualquier libro que comprase allí le habría de costar uno y hasta dos
o tres rublos. A los volúmenes grandes no se atrevía él a acercarse;
limitándose a mirarlos de soslayo con una sonrisita golosa y hojearlos un
poquito, muy despacio, con mucha vacilación y respeto... Los miraba y remiraba
por todas partes, les daba vueltas en sus manos, y luego volvía a colocarlos en
su sitio.
–No, no; esto
es muy caro –decía luego a media voz–; veamos estos otros... –y empezaban a
rebuscar entre los rimeros de folletos y opúsculos, entre los libros de
canciones y los almanaques viejos, que, naturalmente, eran baratos.
–Pero ¿qué es
lo que va usted a comprar? –le dije yo–. Estos folletos no valen nada.
–¡Ah, no –me
objetó él–; pero fíjese usted qué libros tan bonitos hay aquí!
Profirió estas
últimas palabras con tanta vehemencia y melancolía en la voz, que yo temí no
fuera a echarme a llorar... por el dolor de que los buenos libros fuesen tan
caros..., y por sus pálidas mejillas resbalase hasta su roja nariz alguna
lagrimilla...
Me apresuré a
preguntarle cuánto dinero llevaba.
–Aquí está todo
–y así diciendo, sacó el pobre todo su capital, que llevaba envuelto en un
trozo de periódico todo sucio–; mire usted: medio rublito, una moneda de veinte
copeicas, alguna calderilla, unas veinte copeicas...
Yo me lo llevé
en seguida al puesto de mi librero.
–Mire usted:
aquí hay once tomos que cuestan todos juntos treinta y dos rublos y cincuenta
copeicas. Yo tengo treinta rublos; déme usted los dos y medio que posee, ¡y
compramos todos esos once tomos y se los regalamos entre los dos!
El viejo
parecía ir a volverse loco de alegría; se sacó con sus trémulas manos de los
bolsillos todo su dinero, y dispúsose a cargar después con nuestra improvisada
biblioteca. El pobre viejo se fue guardando volúmenes en todos su bolsillos, se
encaminó luego a su casa, dándome antes su palabra formal de llevárselos el día
siguiente a la nuestra sin que nadie lo viese.
En efecto: al
otro día presentóse en casa con objeto de visitar a su hijo. Estuvo sentado en
su cuarto, como de costumbre, una hora corta; pasó luego a vernos a nosotras, y
me puso a mí una cara indeciblemente cómica y misteriosa. Sonriendo y
frotándose las manos, orgulloso en su interior de poseer un secreto,
comunicóme, con el mayor sigilo, que ya estaban los libros en casa, sin que
nadie los hubiese visto, y que los tenía ocultos en la cocina, donde podrían
estar escondidos, bajo la protección de Matriona, hasta el día del cumpleaños
de Pétinka.
Luego, como es
natural, recayó la conversación sobre la solemne fiesta que se aproximaba. El viejo se puso a hablar de ella con
mucho entusiasmo, explicando cómo se debía efectuar, según él, la entrega del
regalo, y cuanto más profundizaba en este tema y más ambiguamente lo hacía,
tanto más claramente advertía yo que el pobre tenía algo que decirme que no
quería o no sabía expresar, que acaso tal vez no se atrevía tampoco a
manifestarme. Yo callaba y aguardaba. Su misteriosa alegría y su grotesca
satisfacción, que a lo primero se traslucían en sus gestos, en tosa su mímica
facial, en sus sonrisitas y en ciertos guiños que hacía con el ojo izquierdo,
se iban poco a poco disipando. Saltaba a la vista que era presa de interior
desasosiego y que estaba preocupado y triste. Hasta que, por último, no pudo ya
contenerse y empezó a decir con voz titubeante:
–Mire usted,
Varvara Aleksiéyevna... ¿Sabe usted, Varvara Aleksiéyevna...? –el pobre viejo
estaba todo alterado–. Sí, verá usted: cuando sea el día de su cumpleaños, coge
usted diez libros y se los regala, ¿sabe? Luego cogeré yo el último tomo y se
lo regalo yo solo, es decir, expresamente de mi parte. Ya ve usted: usted tiene
que regalarle algo, y yo también tengo que hacerle algún regalo: pues de ese
modo los dos habremos cumplido con él...
Aquí se estancó
el viejo, y no sabía cómo continuar. Yo alcé la vista de mi labor; él estaba
muy sentadito, y aguardaba, sin duda, temblando lo que yo fuera a decir...
–Pero ¿por qué
no quiere usted que se los regalemos los dos juntos, Zajar Petróvich?
–preguntéle.
–Sí, Varvara
Aleksiéyevna: lo haremos así, como usted dice... Sólo que yo decía...
En una palabra:
que el viejo no atinaba a expresarse, por lo cual calló y no prosiguió por el
momento.
–Vea usted
–añadió tras breve pausa–: es que yo quería decirle que yo tengo mis
defectillos, es decir, que a veces no me comporto del todo bien..., o sea,
bueno, le confieso a usted que a veces incurro en tonterías, Varvara
Aleksiéyevna..., A veces resulta que hace demasiado frío en la calle, o que
tiene uno contrariedades que quiere olvidar, o que le ha sucedido algo
desagradable y no quiere pensar en ello... Bueno; pues va uno y empuja la
puerta de la taberna y entra y se bebe un vasito de más... A Pétruschka esto no
le hace pizca de gracia. Se enfada conmigo, mi riñe y se pone a explicarme lo
que es la moral. Bueno. Pues por todo esto quiero yo hacerle un regalito para
demostrarle que empiezo ya a poner en práctica sus lecciones y a corregirme. O
sea, dicho de otro modo, que he ahorrado unos cuartejos, los suficientes para
comprarle un libro, y que he ahorrado, no ahí cualquier cosa, puesto que yo de
por mí no tengo ningún dinero, como no sea el que Pétinka me da de cuando en
cuando. Esto le consta a él. De modo que no podrá menos de ver con gusto en lo
que gasto yo las perras que él me da; ¡y que todo esto lo hago por él y por
nadie más que él!
¡Qué pena me
dio oír al viejecito! No me paré a reflexionar.
–¡Mire usted,
Zajar Petróvich –le dije–: regáleselos usted todos!
–¡Cómo todos!
¿Los once tomos?
–Sí, los once.
–¿Yo solo los
once?
–Usted solo.
–Pero... ¿cómo
si fueran sólo míos? ¿Sin decirle nada de usted?
Creía haberme
expresado con suficiente claridad; pero el viejo tardó largo rato en
comprenderme.
–¡Ah, ya!
–exclamó finalmente, reflexionando–. Eso sería magnífico; pero ¿y usted,
Varvara Aleksiéyevna?
–¿Yo? Pues no
le regalo nada, sencillamente.
–¡Cómo!
–exclamó el viejo casi asustado–. ¿Que no le va a regalar nada a Pétinka? ¿Que
no le quiere usted regalar nada?
Segura estor de
que en aquel instante estaba el viejecito dispuesto a rechazar mi ofrecimiento,
con la sola intención de que yo pudiera regalarle algo a su hijo. ¡Qué buen
corazón tenía aquel viejecito!
Yo me apresuré
a asegurarle que, naturalmente, yo también quería regalarle algo, sólo que me
dolía menoscabarle a él su satisfacción.
–Porque si a su
hijo de usted le gusta el regalo y se alegra, y usted también está contento
–añadí–, yo compartiré su alegría.
De esta suerte
logré tranquilizar al viejo. Este permaneció aún dos horas con nosotras; pero
ni un solo momento pudo estarse quieto en su silla; se levantaba, iba de un
lado para el otro, se ponía a hablar más alto que nunca, loqueaba con Sascha,
me besaba a hurtadillas la mano y me hacía visajes por detrás de la silla de
Anna Fiodórovna, y así estuvo todo el tiempo, hasta que, finalmente, se fue. Es
una palabra: que el pobre viejo no cabía en su pellejo de puro contento y que
nunca en toda su vida se había sentido tan alegre.
La mañana del
solemne día presentóse en casa a las once en punto, acabadito de oír misa,
vistiendo una chaqueta muy decente, aunque recosida; unas botas nuevas, según
anunciara, y un abrigo también nuevo. En cada mano traía un paquete de
libros... Matriona le había prestado dos servilletas para que lo envolviese.
Nosotras estábamos sentadas en aquel momento junto a Anna Fiodórovna tomando el
café (era domingo). Creo recordar que el viejo empezó hablándonos de Puschkin,
que era un gran poeta; de donde tomó pie para, no sin dificultad, y con su
inseguridad y confusión habituales, y haciendo más pausas que nunca, pero no
obstante con inusitada fluencia, pasar a otro tema, a saber: que debíamos todos
ser buenos, que cuando no lo somos es señal de que cometemos necedades. Las malas inclinaciones han corrompido y
degradado siempre a los mortales. Sí; hasta llegó a ponernos algunos ejemplos
pavorosos de incontinencia para sacar la conclusión de que él, desde hacía ya
algún tiempo, estaba muy corregido de su vicio, condu-ciéndose ahora de un modo
casi ejemplar. Ya antes había reconocido la razón que tenía su hijo al
amonestarle; pero ahora verdaderamente era cuando había empezado a abstenerse
de todo lo malo y a vivir de acuerdo con lo que su razón consideraba bueno. En
demostración de lo cual iba a regalarle a su hijo aquellos libros que llevaba y
para comprar los cuales durante mucho tiempo había estado ahorrando el dinero
preciso.
A mí me costaba
trabajo contener las lágrimas y la risa en tanto hablaba el pobre viejo. ¡Qué
bien había aprendido a mentir en cuanto lo juzgó necesario! Inmediatamente
procedimos a trasladar solemnemente los libros al cuarto de Pokrovskii, donde
los colocamos en la tabla destinada al efecto. Pokrovskii adivinaría en seguida
la verdad.
Invitamos al
viejo a que nos acompañase a la mesa. Aquel día lo era de alborozo para todos
en la casa. De sobremesa nos pusimos a jugar a las prendas, y después a las
cartas. Sascha hacía de las suyas y se mostraba más atolondrada que nunca; pero
yo no la secundaba en sus puerilidades. Pokrovskii estaba muy atento conmigo y
buscaba a cada instante la ocasión de hablarme; pero yo no me dejaba coger.
¡Fue aquel el día más feliz de aquellos cuatro años de mi vida!
A partir de él
me asaltan recuerdos tristes y graves, y empieza la historia de mis días
nublados. Quizá por esto me parece como si mi pluma empezara a resbalar más
reacia, cual si empezase a sentirse cansada y no quisiese llevar más adelante
el relato. Por eso he contado con tanta minuciosidad y con tanto amor todos los
pormenores de cuanto hubo de acaecerme en aquellos días felices de mi vida.
¡Qué breves fueron aquellos días! En seguida vinieron las penas, penas hondas,
a ahuyentarlos, y sólo Dios sabe cuándo mis tristezas podrán ya tener fin.
Mi desdicha
empezó con la enfermedad y muerte de Pokrovskii.
Habrían
transcurrido dos meses desde el día de su cumpleaños, cuando cayó enfermo. En
aquellos dos meses habíase desvivido el pobre por buscarse una colocación que
pudiese asegurarle la existencia, pues hasta entonces no tenía ninguna. Como
todos los tuberculosos, se hacía la ilusión de que iba a vivir mucho, ilusión
que no lo abandonó hasta el último instante. Una vez le salió una colocación de
profesor no sé dónde; pero él sentía aversión invencible por la enseñanza. Su
enfermedad, ya declarada, era un obstáculo para que ingresase en el Ejército.
Sin contar con que hubiera tenido que aguardar mucho tiempo hasta cobrar un
sueldo. En una palabra: que Pokrovskii sólo encontraba en todas partes el
fracaso. Esto, naturalmente, ejerció sobre él una mala influencia. Se consumía.
Arruinaba su salud, aunque él no lo advertía. En esto llegó el otoño. Todos los
días envolvíase él en su ligera capita para ir a buscar una colocación..., lo
que para él constituía un tormento. Y siempre volvía a casa cansado, famélico,
mojado de la lluvia y los pies húmedos, hasta que, finalmente, hizo tales
progresos su enfermedad, que tuvo que quedarse en la cama... para no levantarse
más... Murió en las postrimerías del otoño, a fines de octubre.
Yo le asistí en
su enfermedad. Durante todo el tiempo que ésta duró rara vez abandoné su
estancia. Con frecuencia me pasaba la noche en vela. Por lo general, él se
amodorraba por efecto de la fiebre y deliraba; luego se ponía a hablar, Dios
sabe de qué, y a veces también de la colocación que tenía proyectada, de sus
libros, de mí, des su padre..., y así me enteré yo de muchas cosas de su vida
que ignoraba y que nunca había sospechado.
En los primeros
tiempos de su enfermedad, y de asistirle yo, todos en la casa me miraban de un
modo especial, y Anna Fiodórovna movía la cabeza. Pero yo solía mirarlos a
todos de frente, y entonces cesaban de criticar el interés que yo por el
enfermo me tomaba... Mamá, por lo menos, dejó de censurarme.
De cuando en
cuando Pokrovskii me reconocía; pero estos intervalos de lucidez eran
relativamente raros. Casi todo el tiempo se lo pasaba perdido el conocimiento.
Con frecuencia estaba hablando mucho, mucho, a veces casi toda la noche, pero
con palabras vagas, borrosas, a no se sabía quién, y su voz ronca sonaba en el
cuarto, tan reducido con el mismo eco apagado que en una tumba. Entonces sentía
yo miedo. Sobre todo, las últimas noches parecía estar con el estertor; sufría
horriblemente, y sus quejidos de dolor desgarraban el alma. Todos en casa
estaban conmovidos. Anna Fiodórovna no hacía más que rezar y pedirle a Dios que
aliviara su agonía. Llamaron al médico. Y éste dijo que el enfermo no pasaría
de la mañana siguiente.
El viejo
Pokrovskii se pasaba las noches en el corredor, pegado a la puerta del cuarto
de su hijo. Le habíamos acomodado allí una cama, poniendo algunas esterillas
como base en el suelo. A cada instante se asomaba al cuarto..., y daba miedo
verle. El dolor le llegaba tan a lo hondo, que parecía enteramente enajenado,
insensible y estúpido. Le temblaba la cabeza... Temblábale todo el cuerpo y
murmuraba mecánicamente palabras misteriosas, hablando consigo mismo. Parecíame
que el dolor le había quitado el conocimiento.
Al amanecer
quedóse, por fin, dormido el viejo en el corredor. A eso de las ocho empezó la
agonía del hijo. Yo desperté a su padre. Pokrovskii estaba a la sazón en todo
su juicio, y se despidió de todos nosotros. ¡Qué cosa más rara! Yo no podía
llorar; pero creía sentir físicamente cómo el corazón se me deshacía en
pedazos.
Pero los más
terribles fueron para mí los últimos instantes del enfermo. Él estuvo largo
rato rezando, implorando algo que no le entendía, pues ya se le trababa la
lengua. El corazón se me encogió. Una hora entera estuvo lleno del mayor
desasosiego, y a cada instante pedía no sé qué cosa, intentando hacer un ademán
con su mano ya rígida, para volver luego a pedir, con su voz ronca y apagada,
no sé qué..., pues sus palabras eran ya sólo sonidos incoherentes que yo no
acertaba a descifrar. Yo le llevaba todo cuanto había en el cuarto a la cama;
le daba de beber; pero él no hacía más que mover tristemente la cabeza y
mirarme. Hasta que, por fin, adiviné lo que quería; me pedía que levantara los
visillos de la ventana y la abriera. Quería ver por última vez la luz del día,
la divina lumbre del sol.
Yo levanté los
visillos y abrí las maderas; pero estaba amaneciendo un día turbio y triste,
cual la pobre vida, que se extinguía, del agonizante. No hacía pizca de sol.
Las nubes envolvían el cielo con una espesa niebla, y aquél se mostraba
lluvioso, melancólico y sombrío. Una fina llovizna batía quedamente los
cristales de la ventana, estrellándose contra ellos en claros y fríos
goterones. El día respiraba lobreguez y turbiedad. Su pálida luz sólo penetraba
tenuemente en el cuarto, donde apenas si empalidecía la trémula lamparilla que
ardía ante el icono. El moribundo me contempló tristemente, muy tristemente, y
movió, como en un estremecimiento cansado, la cabeza. Un minuto después era
cadáver.
De su sepelio
se encargó Anna Fiodórovna, la cual mandó comprar un féretro muy sencillo y
alquilar un coche fúnebre. Pero para resarcirse de los gastos incautóse Anna
Fiodórovna de todos los libros y objetos de su propiedad. El viejo se resistía
a transferirle la herencia de su hijo, luchó con ella, gritó, alborotó, se
llevó los libros, guardándoselos en todos los bolsillos, hasta en el sombrero,
en todas partes donde podía, y así, con ellos encima, estuvo andando por allí,
sin separarse de ellos, ni siquiera para trasladarse con nosotros a la iglesia.
Todos aquellos días asemejó un alienado. Con rara actividad, siempre andaba
ocupado en arreglar algo del féretro; ya enderezaba las hojas verdes, ya
encendía los cirios, para apagarlos en seguida y volver nuevamente a
encenderlos. Advertíase claramente que no podía fijar el pensamiento mucho rato
en una cosa.
A la misa de
réquiem en la iglesia no asistieron ni mi madre ni Anna Fiodórovna. Mamá estaba
aún enferma. Pero Anna Fiodórovna, que ya estaba vestida para salir, hubo de
enredarse otra vez en litigio con el viejo Pokrovskii; enojóse, y decidió
quedarse en casa. Sólo estábamos en la iglesia el viejo y yo. Durante la misa
me acometió de repente una congoja inexpresable..., cual vago presentimiento de
lo que me reservaba el Destino. Apenas y podía tenerme en pie.
Cerraron
finalmente el ataúd, colocáronlo en el coche y se lo llevaron hacia el
cementerio. Yo sólo le acompañé hasta el extremo de la calle. Desde allí
continuó el coche al trote. El viejo siguió el vehículo, llorando alto, y su
llanto era temblón y entrecortado, pues se ahogaba al correr. Una vez se le
cayó al pobre el sombrero; pero no se detuvo para recogerlo, sino que siguió
adelante. Llevaba la cabeza mojada de la lluvia. Levantóse un viento fino y
frío y le azotó el rostro. Pero el viejo pareció no advertirlo, y continuó
corriendo y llorando tan pronto a uno como a otro lado del coche. Los largos
faldones de su raído sobretodo le revolaban, como alas, bajo el embate del
viento. Por todos los bolsillos le asomaban libros, y al brazo llevaba un
grande y pesado volumen, que convulsivamente estrechaba contra su pecho. Los
transeúntes se descubrían y santiguaban. Algunos se quedaban parados y
contemplaban al viejo con ojos de asombro. A cada paso se le caía algún libro,
que iba a caer en el fango de la calle. Entonces le llamaban, le hacían
detenerse y darse cuenta de su pérdida. Él recogía el libro del suelo, y seguía
andando tras el coche fúnebre. Poco antes de volver la esquina acercóse una
mendiga anciana y se puso a seguir también con él el coche. Finalmente dio
aquél la vuelta a la esquina y desapareció.
Yo me volví a
casa. Temblando de dolor, me arrojé en los brazos de mi madre. La estreché
fuerte contra mi pecho, la besé y de pronto rompí a llorar. Y yo me apegaba
angustiosamente a la única criatura que todavía me quedaba, como mi último
consuelo, cual si la hubiese querido retener para siempre, a fin de que la
muerte no pudiera arrebatármela.
Pero la muerte
se cernía ya sobre mi pobre madre...
*
11 de junio.
¡Cuánto le
agradezco a usted, Makar Aleksiéyevich, nuestro paseo de ayer por las islas!
¡Qué hermoso estaba aquello, qué maravillosamente verde y cómo trascendía el
aire a perfumes!... ¡Hacía tanto tiempo que no veía yo céspedes ni árboles...,
todo el tiempo que estuve mala, y pensaba que iba a morirme, pero lo que se
dice morirme!... ¡Conque figúrese usted lo que yo tenía que sentir y sentí
ayer.
No se enfade
usted porque me mostrase triste. Me siento muy bien y muy alegre; pero
precisamente en mis mejores instantes está escrito que tenga yo algún motivo de
tristeza: así me ocurre siempre. Ni tampoco tiene nada de particular que yo
llorase; yo misma no sé por qué tengo siempre que llorar. Soy, lo comprendo, de
una excitabilidad morbosa; todas las impresiones que experimento me resultan
morbosamente..., morbosamente violentas. El cielo claro y sin nubes, la puesta
del sol, el silencio vespertino..., todo eso..., y nada a punto fijo...; en
suma; que yo me encontraba ayer en una disposición de espíritu como para que
todo hiciera en mí una impresión triste y torturante, hasta el punto de
desbordárseme en seguida el corazón y apetecer mi alma las lágrimas. Pero ¿por
qué le escribo a usted todo esto? ¡Si tanto trabajo le cuesta al corazón
explicarse estas cosas, qué penoso no le será expresarlas! Pero puede que usted
me comprenda.
¡Dolor de
alegría! Pero ¡qué bueno es usted, Makar Aleksiéyevich! Ayer me miraba usted a
los ojos cual si quisiera leer en ellos lo que yo sentía, y era usted feliz con
verme tan contenta. Ya se tratase de un macizo, de una alameda o un
arroyuelo..., allí estaba usted siempre ante mí, tan ufano, mirándome siempre a
los ojos, cual si todo aquello que usted me mostraba fuese propiedad suya.
¡Todo lo cual demuestra que usted tiene un buen corazón, Makar Aleksiéyevich!
Por eso le quiero yo tanto.
Pero tengo que
despedirme aquí. Hoy estoy de nuevo malucha; ayer me mojé los pies y he cogido
un enfriamiento. Fiodora no está aún buena del todo..., no sé lo que tiene. De
modo que estamos malitas las dos. No se olvide usted y venga a vernos con más
frecuencia. Su
V. D.
*
12 de junio.
¡Palomita mía,
Varvara Aleksiéyevna! Yo imaginaba, hija mía, que iba usted a describirme en
términos poéticos nuestra excursión de ayer, y resulta que sólo me envía una
carta de una carilla.
Pero no quiero
censurarla, pues si me escribe tan poco, con ello le basta para hacerme la
descripción de todo extraordinariamente bien. La Naturaleza, las distintas
sensaciones que a la vista del paisaje experimentó..., todo eso, con una sola
palabra, ha sabido usted describírmelo breve, pero admirablemente. Yo, en
cambio, no tengo ni pizca de talento para describir cosa alguna; aunque
garrapatease diez hojas de papel, no llegaría a decir nada ni a hacer una
verdadera descripción de lo que fuese.
Me dice usted
que yo soy bueno, benigno de condición, lleno de benevolencia para todo el
mundo, incapaz de hacerle al prójimo el menor daño y que sé apreciar bien las
bondades del divino Creador, que hallan su expresión en la Naturaleza, y me
honra usted, además, con otras diversas lisonjas... Todo eso que usted dice es
verdad, hija mía, la verdad pura, pues realmente soy como me pinta, y no se me
oculta a mí; y me alegro mucho cuando veo que alguien me describe del modo que
usted lo hace; sin querer me pongo alegre y contento...; pero luego, no
obstante, se me ocurren pensamientos graves de toda índole. Pero escúcheme
usted, nena, que quiero contarle algo de todo eso.
Empezaré
remontándome a la época en que yo sólo contaba diecisiete primaveras, que fue
cuando ingresé en la burocracia oficial; pronto se cumplirán treinta años de mi
actuación como funcionario. En todo ese tiempo ha de saber que he gastado
muchos trajes de uniforme, me he vuelto un hombre más sesudo y cauto, he visto
y tratado gente, he vivido..., sí, ¿por qué no decirlo?... he vivido yo también
y adquirido experiencia..., y hasta una vez quisieron proponerme para una
condecoración: pensaron concederme una cruz en premio a mis servicios. Esto
último quizá se resista a creerlo; pero es la pura verdad; no le miento, hija
mía. Pero ¿a qué viene todo esto? Pues verá usted. Es el caso que en este mundo
hay de todo: personas buenas y personas malas.
Pero tenga
usted en cuenta lo que voy a decirle, hija mía: yo soy un hombre inculto, hasta
estúpido, si usted quiere; pero, en cambio, tengo un corazón enteramente igual
al de los demás hombres. Así que ¿sabe usted, Várinka, lo que me han hecho
sufrir los malos prójimos en la oficina? Vergüenza me da decirlo. Usted
preguntará que por qué era eso. Pues precisamente porque yo soy una criatura
que se calla, un hombre modesto, porque yo soy un buen chico. Yo no les
resultaba de su gusto, y así, siempre me echaban a mí la culpa de todo. Al
principio, cuando hacía alguien algo que no estaba bien, es seguida salían
diciendo:
–Ah, sí! ¡Usted
habrá sido, Makar Aleksiéyevich!...
Con el tiempo
esa frasecita se convirtió en esta otra:
–Ah,
naturalmente que habrá sido Makar Aleksiéyevich! ¿Quién otro habría de ser?
Hasta que,
finalmente, ya no decían más que:
–¡Desde luego
que ha sido Makar Aleksiéyevich! ¿Para que molestarse en preguntar?
Ya ve usted,
hija mía, en lo que paró la historia. De todo cuanto malo pasaba tenía la culpa
Makar Aleksiéyevich. Habían llegado al extremo de convertir el nombre de “Makar
Aleksiéyevich” no sólo en sinónimo de todo lo malo para todo el ministerio,
sino que, no contentos todavía con haber hecho de mi nombre una palabra
maldita, una censura digna de anatema, cuando no una frase de desprecio..., aún
tenían siempre algo que decir de mis botas, de mi traje, de mi pelo y de mis
orejas; en una palabra: de todo lo mío; todo lo mío les parecía mal, lo
encontraban de distinto modo a como debía ser. ¡Y esta canción todos los días,
durante una infinidad de años! Yo he acabado por acostumbrarme a eso, porque
soy un hombre de paz, porque soy un hombrecillo. Pero, al fin y al cabo, tiene
uno que preguntarse: «¿Qué he hecho yo para merecer ese trato? ¿A quién le hice
nunca mal? ¿Le he quitado a alguno su puesto en el escalafón? ¿O le he ido al
jefe con chismorreos a cuenta de algún compañero, con la mira de granjearme alguna
recompensa con el soplo? ¿O he urdido alguna conjura contra alguien?» ¡Pecaría
usted, hija mía, si imaginase algo ni remotamente parecido a nada de eso! ¿Soy
yo, acaso, hombre capaz de cometer actos semejantes? Míreme usted con atención,
hija mía, y dígame luego usted misma si me cree capaz de urdir enredos ni
conjuras. Pero, entonces, ¿por qué ha caído sobre mí esa plaga? ¡Señor,
perdó-nalos! Usted, Várinka, me tiene por un hombre de bien; pero ¡es que usted
misma es incomparablemente mejor que todas las demás criaturas, Várinka!
¿Cuál es la
gran virtud cívica? Respecto a esta pregunta, expresábase hará dos días no más
Yevstafii Ivánovich, en conversación particular, en los siguientes términos.
Decía: «La mayor virtud cívica es... la de procurarse dine-ro.» Hablaba,
naturalmente, en broma (me consta que lo decía por chanza); pero la moraleja de
la frase (lo que propiamente quería él decir) era que no debe uno serle gravoso
a nadie. Pero ¡yo a nadie se lo he sido! Yo me he ganado siempre mi pedazo de
pan. Se trata sólo de un pedazo de pan, de pan a veces duro y seco, pero que es
mi pan, adquirido honrada y legalmente con mi trabajo.
Pero, después
de todo, ¡qué hemos de hacerle! No se me oculta que no hago nada de
extraordinariamente grande cuando me siento a mi mesa en la oficina y me pongo
a copiar minutas. Y, sin embargo, estoy ufano de ello: trabajo, hago algo útil,
y lo hago mediante la albor de mis manos. Y, además, ¿es que hay algo de malo
en el hecho de que yo no haga más que copiar? ¿Se trata, por ventura, de algún
pecado? ¡Bah! ¡No es más que un amanuense! Pero vamos a ver: ¿qué tiene eso de
deshonroso? Mi letra es perfectamente clara, legible, hasta el punto que me
parece de imprenta, y da gusto ver toda una carilla escrita por mí y... Su
excelencia, el ministro, está muy contento conmigo. Siempre soy yo quien quiere
que le copie los documentos que se le han de llevar a la firma. Sí, todo esto
está muy bien; pero ¡no tengo estilo! ¡De sobra sé yo que no lo tengo, que
carezco del ponderado estilo! No domino los giros del discurso. También eso lo
sé, y ésa es la razón de que haya prospe-rado tan poco en el servicio... A
usted misma, hija mía, le escribo yo ahora a la buena de Dios, tal y como me
sale, sin arte ni primores, como el corazón me lo dicta... Todo esto lo sé muy
bien yo; pero, después de todo, si todo el mundo escribiese de un modo
original, ¿quién diantre... copiaría?
Ese es el
problema. Ya lo ve usted. Y ¿qué me contesta usted a esto, palomita mía? Así
que yo sé muy bien que soy necesario, mejor dicho, imprescindible, y que sería
insensato enojarse por murmuraciones ociosas. Yo me comparo con un ratoncillo,
si usted cree que tengo con él alguna semejanza. Pero este ratoncillo es
necesario, sin este ratoncillo no se puede salir adelante, este ratoncillo es
un elemento con el cual se ha de contar, y a este ratoncillo, por último, le
han prometido incluso una gratificación... ¡Ya ve usted qué idiota soy!
Pero ya he
hablado de sobra acerca de eso. No quería decirle a usted nada; pero ahora
ya... se presentó ocasión de ello, y, además, sus palabras me punzaron. ¡Gusta
mucho siempre ver que le hacen a uno algo de justicia!
¡Adiós, hijita,
consuelito mío! Ya iré, seguramente que iré a visitarla, lucerito, para ver
cómo les va a ustedes y qué hacen. No se aburra demasiado hasta entonces. Yo le
llevaré un libro. ¡Que se conserve buena, Várinka!
¡De todo
corazón le desea toda clase de dichas su
Makar Dievuschkin!
*
20 de junio.
¡Mi muy
estimado Makar Aleksiéyevich! Le escribo a la carrera, pues dispongo de muy
poco tiempo..., tengo que terminar un trabajo para una fecha fija.
Voy a decirle,
sin ambages, de qué se trata: se ha presentado una buena ocasión de compra.
Dice Fiodora que un conocido suyo tiene un uniforme casi nuevo, pantalones,
casaca y gorra, de que quería deshacerse, y, según ella dice, a muy bajo
precio. ¡Si usted quisiera comprárselo...! Usted tiene ahora dinero y no pasa
apuros..., usted mismo me ha dicho que tiene ahora dinero de más. Así que se
usted razonable y adquiera esas prendas.
Le están
haciendo mucha falta. ¡No tiene usted más que mirarse al espejo y verá qué
viejo está ese traje que lleva puesto! ¡Da, verdaderamente, grima! Está todo
lleno de manchas. Y a mí me consta que no tiene ningún traje nuevo, por más que
usted asegure que lo tiene. Dios sabe lo que habrá hecho con él. Así que hágame
caso y cómprese esas prendas, ¡se lo ruego! ¡Hágalo por mí, si es que algo me
quiere!
Usted me ha
regalado ropa blanca. Y debo decirle, Makar Aleksiéyevich, que se está
excediendo. Va usted a arruinarse, no se lo digo en broma, pues lo que lleva
gastado en mí representa... ¡un capital! ¿Cómo puede usted derrochar de ese
modo? ¡Yo no necesito nada; todos esos obsequios están de más! Me consta,
créame, me consta que usted me quiere, por lo cual resulta superfluo el que
usted trate de demostrarme, regalo tras regalo, la verdad de ese cariño. ¡Si
usted supiese el trabajo que me cuesta aceptar sus obsequios! Sé lo que a usted
le cuestan. ¡Así que terminantemente le digo que no me envíe usted más
regalitos! ¿Lo oye usted? ¡Se lo suplico, se lo imploro!
Me pide usted
que le envía la continuación de mis apuntes, y dice que debo terminarlos. ¡Dios
mío, si yo misma no sé cómo pude escribir tanto como escribí en ese
cuadernillo! No; me falta valor ahora para hablar de mi pasado. No quiero
volver a fijar en él mi pensamiento. Les tengo miedo a esos recuerdos. ¡Y
hablar de mi pobre madre, cuya única hija vino a ser víctima, muerta ella, de
tantos infortunios! ¡Me sería de todo punto imposible! ¡El corazón me sangra
cuando, aunque sea desde lejos, evoco esos recuerdos! ¡Está aún demasiado
fresca la herida! ¡No tengo tampoco sosiego alguno para pensar, y, no obstante
haber transcurrido ya un año entero de esas cosas, aún no he logrado recobrar
la serenidad! Pero, además, ¡usted lo sabe todo!
Le he
comunicado a usted ya también los presentes designios de Anna Fiodórovna. ¡Me
echa en cara mi ingratitud y me calumnia diciendo que yo me entendía con el
señor Bukov! Me intima que me vuelva con ella. Dice que estoy viviendo de
limosnas y que he emprendido un mal rumbo. Si me vuelvo a su lado, dice que
ella se encarga de reanudar la historia con el señor Bukov y ponerlo en el
trance de darme la reparación que me debe. Ha llegado incluso a decir que el
señor Bukov me abonará una indemnización. ¡Que Dios los perdone! Yo estoy aquí
muy bien bajo su protección de usted y al lado de mi Fiodora, que con el apego
que me tiene me recuerda mi antigua y feliz infancia. Pero usted no es sino un
pariente remoto mío, lo cual no es obstáculo para que mire por mí y me sirva de
escudo con su nombre y su buena fama. A esa gente no la conozco, la daré al
olvido..., ¡si es que puedo! ¿Qué más quieren de mí? Dice Fiodora que todo eso
es hablar por hablar y que acabarán por dejarme en paz y en gracia de Dios.
¡Ojalá sea así!
V. D.
*
21 de junio.
¡Palomita mía,
amor mío! Siento impulsos de escribirle; pero no sé... ¡por dónde empezar!
¡No es notable
cómo los dos vivimos ahora! Lo digo únicamente porque, ya lo sabrá usted, jamás
he pasado unos días tan felices. ¡Exactamente parece que me ha gratificado Dios
con un hogar y una familia! ¡Mi hijita es usted, nena mía! ¡Qué decía usted de cuatro
camisas que yo le había enviado! Sí, señor, que le hacían falta...; me lo dijo
Fiodora. Y para mí, hijita, constituye un placer el mirar por usted; ésa es,
créalo, mi mayor delicia; así que... no me la niegue usted y acceda a hacerme
feliz. Jamás hasta ahora experimenté yo nada semejante, corazoncito mío. Estoy
viviendo ahora otra vida muy diferente de la anterior.
En primer
lugar, una vida entre dos, si me es lícito decirlo así, ya que la tengo a usted
tan cerca, lo que es para mí una gran alegría y un consuelo grande. Y en
segundo lugar, mi vecino de cuarto. Ratasayev –ese empleado en cuya habitación
se celebran veladas literarias– nada menos, me ha invitado también hoy al té.
He de advertirle que hoy se celebra en su cuarto una de esas reuniones y en
ellas se leerá algo de literatura. ¡Ya ve usted, hijita, la vida que me doy!,
¿eh?
Pero quede con
Dios, nena. Ya le he escrito bastante, sin objeto alguno concreto, sólo para
hacerla partícipe de mi bienestar. Usted me mandó decir con Teresa que
necesitaba seda de color para sus bordados; pues está tranquila, hija mía, que
yo se la compraré, que la tendrá mañana mismo, si tanta prisa le corren. Ya sé
dónde se puede encontrar de la mejor.
Su sincero
amigo,
Makar Dievuschkin.
*
25 de junio.
Querida Varvara
Aleksiéyevna: Estas líneas sólo tienen por objeto comunicarle que ha ocurrido
en nuestra casa algo sumamente triste, algo que por fuerza ha de excitar la
compasión de todo el mundo. Esta mañana, a las cinco, pasó a mejor vida el hijo
pequeño de los Gorschkov. No sé a punto fijo de qué..., si de viruelas o, ¡vaya
usted a saber!, quizá de escarlatina. Yo he visitado hoy a sus padres. ¡Ah,
hijita, si viera en qué pobreza viven!... Y ¡qué desorden en su cuarto! Aunque,
después de todo, no hay que maravillarse de ello: toda la familia está recogida
en una sola habitación, que sólo por decoro han dividido un poco mediante un
biombo.
Ahora todavía
tienen allí con ellos el féretro del pequeño... Un ataúd muy sencillo, de lo
más barato, pero muy primoroso; lo han comprado ya listo. El muertecito contaba
nueve años, y, según dicen, hacía concebir las más lisonjeras esperazas. ¡Me da
pena, mucha pena, ver su cuerpecito inanimado, Várinka! La madre no llora, pero
está la pobre muy triste, Puede que represente para ellos un alivio el verse
libres de una boca; pero todavía les quedan dos que alimentar: un niño de pecho
y una nenita de unos seis años, que no es posible que tenga más.
¡Qué sentirá el
padre que ve sufrir a un hijo suyo y querido, y se encuentra en la
imposibilidad absoluta de valerle! El padre de este niñito que acaba de morir
está envuelto en un traje viejo, sucio y deshilachado, y se sienta en una silla
medio desvencijada. Las lágrimas corren por sus mejillas, quizá no por efecto
del dolor, sino sólo de la costumbre...; pero, sea como fuere, los ojos le
lloran. ¡Es un individuo tan raro!
Siempre se pone
como la grana cuando se le habla y nunca tiene respuesta pronto. La nena está
apoyada en el féretro, muy quietecita y seria y muy ensimismada. No me gustan,
Várinka, las niñas tan serias; me causan inquietud. En el suelo hay tirada una
muñeca vieja..., pero la niña no la coge para jugar, Con el dedito en la boca,
así está ella..., así estaba y no se movía. La patrona la obsequió con un
bombón; ella lo tomó, pero no se lo comió. ¡Qué triste es todo esto!, ¿verdad,
Várinka?
Suyo
Makar Dievuschkin.
*
25 de junio.
Mi inapreciable
Makar Aleksiéyevich:
Le devuelvo a
usted su libro. ¡Qué cosa tan pesada! Se cae de las manos. ¿Dónde encontró
usted esa joya? Bromas aparte... ¿le gustan a usted, de verdad, libros así?
Usted me prometió hace un par de días buscarme algo para leer. Yo también puedo
compartir los libros con usted, si usted quiere. Pero, adiós, hasta la vista.
No dispongo de tiempo para prolongar esta carta.
V. D.
*
26 de junio.
Querida
Várinka: Le confieso sinceramente, hijita mía, que yo no había leído ese libro.
A decir verdad, lo hojeé por encima, lo bastante para comprender que se trataba
de algo disparatado, escrito únicamente para hacer reír y entretener a la
gente. Pero me dije: «Será un libro chistoso, y puede que le agrade a Várinka.»
Y sin pensar más, lo cogí y se lo envié.
Pero ahora me
ha prometido Ratasayev darme a leer algo verdaderamente literario. De modo que
dispóngase usted a recibir buenos libros, hijita. Ratasayev..., ¡ése sí que
entiende de libros! Él también escribe, y ¡cómo escribe! Pues escribe muy bien
y tiene un estilo, créame, sencillamente grandioso. En cada palabra se encierra
algo..., hasta en las más vulgares y corrientes, en cada frase, hasta en el
modo como yo, por ejemplo, les digo algo a Faldoni o a Teresa..., pues hasta en
eso sabe él expresarse con estilo. Yo asisto ahora con toda regularidad a sus
veladas literarias. Nosotros fumamos y él nos lee cosas, y se está leyendo
hasta cinco horas de un tirón, pero nosotros le escuchamos sin pestañear todo
ese tiempo. ¡Es que eso son perlas sencillamente, no literatura! ¡Sencillamente
flores, flores fragrantes..., tantas flores en cada página, que se podía formar
con ellas un ramillete! ¡Y es en el trato tan efusivo y cordial! ¿Qué soy yo
comparado con él? Nada. Él es un hombre respetable, un hombre famoso...,
mientras que yo, ¿qué soy? Nada. No valgo para nada, no soy a su lado nada. Y,
sin embargo, él me honra con su benevolencia. Ya le he copiado dos o tres
cosillas. ¡Pero no vaya usted a creerse, Várinka, que esto influya en él en
manera alguna, quiero decir, que se muestra tan cariñoso conmigo porque yo le
copie sus trabajos! ¡No preste usted oídos, hija mía, a esos chismorreos; no
les dé fe ninguna, no les conceda el menor crédito! No; si yo le copio esas
cosas es por pura voluntad, porque quiero hacerle algo grato, sencillamente. Y
si él me muestra, como así es, benevolencia, lo hace también por libre impulso,
por proporcionarme alegría. ¡No soy tan lerdo yo que no lo entienda; basta con
saber qué ternura se oculta en todo eso! Es él un hombre bueno, muy bueno, y,
además, un escritor de todo punto incomparable.
Entraña la
literatura una cosa bella, Várinka, algo muy hermoso, según he podido comprobar
ayer en casa de Ratasayev. ¡Y al mismo tiempo una cosa profunda! Fortifica y
corrobora e ilustra a los hombres... y hace, además, otras cosas, todo lo cual
resalta en sus libros. ¡Están verdaderamente muy bien escritos! La
literatura... viene a ser una pintura, en cierto sentido, claro está: un cuadro
y un espejo; un espejo de las pasiones y de todas las cosas íntimas: es
instrucción y edificación a un tiempo mismo, es crítica y es un gran documento
humano. Todo esto se lo he oído decir a los contertulios de Ratasayev y yo lo
he deducido también de sus conversaciones. Sinceramente le confieso, hija mía,
que cuando estoy entre ellos, sentadito y escuchando... y fumando mi pipa, lo
mismo que ellos..., y ellos se ponen a hablar y a medir sus armas y a disputar
acerca de las cosas más diversas, suelo decir, como en el juego de las cartas,
sencillamente... ¡paso! Pues cuando se ha perdido la mano ya no queda otro
recurso, y ambos, querida Várinka, tenemos que decir eso de ¡paso! Yo estoy
sentado entre ellos, tan callado como un pasmarote, y me avergüenzo de mí
mismo. Y por más que uno durante toda la velada esté pensando en el modo de
intercalar una palabrita en la conversación general, no siempre puede lograrlo.
¡No encuentra uno, por más que lo hace, esa palabrita! Por más vueltas que le
dé uno..., nada, ¡que no se le ocurren sino naderías! Parece que está uno
embrujado, Várinka, y acaba por inspirarse lástima a sí mismo, que es lo que
es, pudiéndosele aplicar el refrán que dice: «Tonto nació y tonto morirá.»
¿Que qué hago
yo ahora en mis ratos de ocio?... Pues dormir, dormir como un borrico. Pero en
lugar de ese dormir inútil podía emplear mis horas libres en algo agradable o
provechoso, como, por ejemplo, sentarme a la mesa y ponerme a escribir esto o
lo otro, lo primero que se me ocurriera..., ¿no? Para utilidad y edificación, y
aun por gusto de uno mismo. Y escuche, hijita, ¡lo que ellos ganan con lo que
escriben, así Dios los perdone! Por ejemplo, sin ir más lejos, este mismo
Ratasayev, ¡hay que ver lo que trabaja! ¿Qué es para él garrapatear un pliego
entero? ¡Muchos días ha llegado ha escribirse cinco, y cobra según dice,
trescientos rublos por pliego! Cuando escribe alguna historieta breve o algo
humorístico, alguna anecdotita u otra cosa para el público..., quinientos, más
o menos; pero por menos de ese precio, ¡nunca! Ahórcate si quieres... ¿No
quieres? Bueno..., ¡pues otro dará mil! ¿Qué le parece, Varvara Aleksiéyevna?
Pero no para
ahí la cosa. Tiene él, por ejemplo, un cuadernillo de poesías, todo de cositas
pequeñas: un par de rengloncitos nada más...; bueno, pues siete mil rublos,
hijita, siete mil rublos nada menos le van a pagar por el cuadernito, ¿qué
piensa usted? Eso representa un capital, grande como una finca; eso significa
el tanto por ciento de una casa de cinco pisos. Cinco mil rublos dice él que le
ha ofrecido ya, sólo que él no cede. Yo he tratado de persuadirle con buenas
razones, diciéndole: «Hombre, tome usted los cinco mil, tómelos usted y luego
ya puede volverles las espaldas y escupirles, si quiere, a esos tíos; porque,
hombre, cinco mil rublos ya son dinero.» Pero nada, él dice que no cede, que ya
ellos tendrán que conformarse y abonarle los siete mil rublos, los muy pícaros.
¡Mire si es listo!, ¿eh?
Mire, hija mía:
ya que estamos hablando de esto, voy a copiarle a usted un pasaje de las Pasiones italianas. Tal es el título de
una de sus obras. Lea usted y luego juzgue, Várinka:
... Vladimiro
se aproximó; ardían en su interior las pasiones y su sangre le hervía...
–¡Condesa
–exclamó–, condesa! ¿Sabe usted qué espantosa es esta pasión, qué ilimitado
este delirio? ¡No, no me engañan mis sentidos! Yo amo, amo con todo entusiasmo,
de un modo loco, delirante! ¡La sangre toda de tu esposo no bastará a apagar la
hervorosa pasión de mi alma! ¡Estos pequeños obstáculos son incapaces de
contener en su torrente de llamas el fuego destructor, infernal, que arde en mi
pecho desolado! ¡Oh Sinaida, Sinaida!...
–¡Vladimiro!...
–murmuró la condesa, desvaída; y dejó caer la cabeza en su hombro.
–¡Sinaida!
–exclamó Smelski fuera de sí, y de su pecho escapóse un sollozo.
En el altar del
amor brotó clara la llama y rodeó las almas de los amantes.
–¡Vladimiro!
–murmuró la condesa. Alzábase su pecho, teñíanse de púrpura sus mejillas,
brillaban sus ojos.
¡Habíase
cerrado el nuevo y espantoso pacto!
Al cabo de
media hora entró el viejo conde en el tocador de su esposa.
–Pero, corazón
mío, ¿cómo es que no se ha preparado todavía el samovar para nuestro querido
huésped? –preguntó, acariciándole las mejillas, a su esposa.
Dígame, hija
mía: ¿qué le parece esto? ¿No es verdad que es un poquito libre?... No es
posible negarlo; pero, al mismo tiempo, ¡qué brío tiene y qué bien escrito
está! Pero, no; tengo que copiarle todavía otro pasaje del cuento titulado Jermak y Zuleika.
Imagínese
usted, hijita, que el cosaco Jermak, el osado conquistador de la Siberia, se
halla enamorado de Zuleika, la hija del caudillo siberiano Kuchum, al que ha
cogido prisionero. La acción se desarrolla en la época en que reinaba Iván el
Terrible..., como usted verá. Bueno; ahora voy a copiarle un diálogo entre
Jermak y Zuleika.
–¿Me amas,
Zuleika? ¡Oh, repítemelo, repítemelo!...
–¡Te amo,
Jermak! –dijo Zuleika.
–¡Cielo y
Tierra, gracias! ¡Soy feliz! ¡Me habéis dado todo aquello por lo cual luchó
desde la infancia mi violento espíritu! ¡Y tú, estrella que guías mis pasos, me
trajiste hasta aquí por encima del pétreo cinturón del Ural! ¡Al mundo todo le
mostraré mi Zuleika, y los hombres, esos monstruos salvajes, no osarán
acusarme! ¡Oh, si ellos pudieran comprender las secretas torturas de su tierna
alma; si, cual yo, supiesen contemplar, en una lágrima de mi Zuleika, un mundo
entero de poesía! ¡Oh, déjame que enjugue con mis besos esa lágrima, esa gota
de celestial rocío!... ¡Oh celestial criatura!
–Jermak –dijo
Zuleika–, el mundo es malo, los hombres son injustos. ¡Nos perseguirán y nos
juzgarán, amor mío! ¿Qué irá a ser de una pobre muchacha como yo, criada en los
nevados campos de Siberia en la choza de su padre, allá en ese mundo tuyo,
frío, glacial, despiadado y egoísta? ¡Los hombres no habrán de entenderme,
amado mío!
–¡Pues tendrán
que entendérselas con el sable del cosaco! –exclamó Jermak, volviendo de uno a
otro lado sus airados ojos...
Ahora, Várinka
mía, ¡imagínese usted a ese mismo Jermak al saber que le ha asesinado a su
Zuleika. El viejo Kuchum, a favor de la oscuridad de la noche, se ha deslizado
durante la ausencia de Jermak en su tienda, y dado muerte a su hija Zuleika con
el fin de vengarse de Jermak, que le ha arrebatado cetro y corona.
–¡Qué gusto
afilar la espada! –exclamó Jermak poseído de salvaje anhelo de venganza, y
aplicó el acero a la piedra de los chamanes. ¡He de ver sangre, sangre! ¡Debo
vengarla, vengarla, vengarla!
Pero, a pesar
de todo, no puede Jermak sobrevivir a su Zuleika, de suerte que se arroja al
Irtysch y se ahoga, con lo que el relato termina.
Vaya ahora otro
trocito; una muestra; es una cosa humorística, con la que el autor sólo se ha
propuesto hacer reír:
–¿De modo que
no conoces a Iván Prokófievich Cheltopus? ¿No? Pero hombre, ¡si es el mismo que
a Prokofii Ivánovich mordió en una pantorrilla! Iván Prokófievich es un hombre
de mal genio, pero al mismo tiempo un hombre de raras virtudes. Prokofii
Ivánovich, por el contrario, se perece por los rábanos con miel. Pero cuando
todavía se trataba con Pelagia Antónovna. ¿No conoce usted a Pelagia Antónovna?
¡Cómo! ¡Pero si es la misma que siempre le cose a usted el abrigo con los
forros para afuera a fin de resguardar el paño!...
¿No es esto
humor, Várinka; sencillamente humor? Nosotros nos retorcíamos en los asientos
por la fuerza de la risa en tanto él nos leía esta página. ¡Vaya un tío,
Várinka! Por lo demás, hijita, es enteramente raro y grotesco en su modo de
conducirse, pero en el fondo, un inocente, sin pizca de libre pensamiento ni de
ninguno de esos errores liberales. Debo participarle también que Ratasayev
posee unos modales excelentes y acaso sea ésa una de las razones de que resulte
un escritorazo tan distinguido y tan por encima de los demás.
Pero ¿qué
pasaría?... Porque, a decir verdad, a veces se me mete esa idea en la cabeza...
¿Qué pasaría si yo también me lanzara a escribir? Supongamos, por ejemplo, que
de pronto se me ocurriera a mí publicar un librito en cuya cubierta dijese:
«Poesías de Makar Dievuschkin.» ¿Qué tal, eh? ¿Qué diría usted, ángel mío? ¿Qué
le parecería a usted, cómo lo encontraría? Yo, por mi parte, puedo decirle,
hijita, que desde el punto y hora que apareciese mi libro ya no me atrevería a
presentarme en la Nevskii. ¡No podría aguantar eso de que todo el mundo pudiera
decir: Miren, ahí va el poeta Dievuschkin, y que yo fuese ése!
¿Qué haría yo
entonces sencillamente con mis botas? Porque ha de saber usted, hija mía, que
yo las tengo casi siempre manchadas, y también las suelas, si he de ser
sincero, suelen distar mucho de encontrarse en el debido estado. Y ¿qué haría
yo si todo el mundo supiese que el poeta Dievuschkin llevaba las botas sucias?
Si llegaba a enterarse de ello alguna condesa o duquesa, ¿qué diría? Puede, sin
embargo, que no lo notase, pues las condesas y duquesas no se fijan en las
botas, y menos todavía en las botas de un empleadillo (al fin y a la postre las
botas siempre son botas...). Pero no faltaría quien les fuese con el cuento,
empezando quizá por mis propios amigos. ¡Ratasayev, por ejemplo, sería el
primero en hacerlo! Ratasayev es punto fuerte, según dice, en casa de la
condesa B***, donde se presenta hasta sin invitación previa cuando pasa por
ahí. Un alma de Dios es la tal condesa, según él dice, y, además, una dama de
alta conducta literaria. ¡Qué cuco es el tal Ratasayev!
Pero, en
fin..., ¡basta ya! Le escribo todo esto, nenita, para distraerla, a título de
broma. ¡Que siga usted bien, palomita mía! Mucho le he garrapateado hoy, pero
únicamente, si he de ser franco, porque estoy hoy muy contento. Hoy cenamos
todos en la habitación de Ratasayev, y éste (no faltan nunca tunantes, hijita)
suele sacar a relucir cierto licorcillo especial que... no, no encuentro
palabras para describirlo. ¡Pero cuidado, no vaya usted a pensar algo malo de
mí, Várinka! ¡No se trata de eso! Ya le enviaré los libritos. Corre aquí de
mano en mano una novela de Paul de Kock, sólo que este Paul de Kock no debe
usted tomarlo en las suyas menuditas... ¡No, no; Dios me guarde! ¡Ese Paul de
Kock no es para usted, Várinka! Dicen que a todos los críticos decentes de
Petersburgo les inspira una honrada desconfianza.
Le envío una
oncita de dulces..., que los he comprado especialmente para usted. Y mire
usted, nenita, piense en mí cada vez que coja un dulce. ¡No ande mordiscando
los bombones para engullírselos luego de una vez! Al contrario, téngalos en la
boca hasta que se deslíen, pues de otro modo podría echársele a perder la
dentadura. Pero ¿le gustan también las pastillas de chocolate? ¡Pues dígamelo!
¡Ea!, quede ya
con Dios. Consérvese bien. Yo soy siempre su fidelísimo amigo.
Makar Dievuschkin.
*
27 de junio.
Querido Makar
Aleksiéyevich: Dice Fiodora que ella conoce personas que en mi situación
podrían ayudarme mucho y que si yo quisiera podrían encontrarme una colocación
muy buena como ama de llaves en alguna casa. ¿Qué le parece a usted, amigo mío?
¿Debo dar ese paso? No querría serle a usted gravosa por más tiempo..., y la
tal colocación parece muy buena. Pero de otra parte me angustia un poco la idea
de tener que entrar al servicio de una gente extraña. Dicen que se trata de una
familia de propietarios rurales. Suponiendo que quieran pedirme informes acerca
de mi pasado, ¿qué deberé decirles?, ¡sobre todo con lo huraña y lo amiga de la
soledad que yo soy! Donde estoy más a gusto es donde ya me encuentro. Se siente
una más contenta y confiada en el rinconcito a que ya se ha acostumbrado..., y
aunque en él se pasen quizá apuros, siempre es mejor que todo. Además, tendría
que viajar para trasladarme a las posesiones de la referida familia y Dios sabe
para qué me querrían utilizar: ¡puede que me pusieran a cuidar de los niños! Y
¿qué clase de gente serán cuando hasta la fecha, y van dos años, han cambiado
ya tres veces de ama de llaves? Aconséjeme usted, querido Makar Aleksiéyevich,
por lo que más quiera: ¿debo aceptar la proposición o quedarme en casa?
¿Por qué no
viene usted ya a vernos? ¡Se deja ver tan pocas veces! Fuera de los domingos en
la iglesia, el resto de la semana apenas no vemos. ¿Tan huraño es usted?
¡Entonces es lo mismo que yo! Pero nosotros, al fin y al cabo, somos parientes.
¿O es que ya me ha perdido usted el afecto, Makar Aleksiéyevich? Yo suelo
sentir una gran tristeza cuando estoy sola. A veces, sobre todo en el
crepúsculo vespertino, me quedo enteramente solita; Fiodora ha salido a comprar
algo y aquí me tiene usted piensa que te piensa..., recordando todo eso que en
otro tiempo fue, así lo alegre como lo triste, pues todo pasa por delante de mí
como una niebla. Surgen otra vez ante mis ojos las caras conocidas (creo verlas
ya despierta casi como se las ve en los sueños), siendo lo más frecuente que
vea a mamá... ¡Y los sueños que tengo! Siento que mi salud está quebrantada.
¡Estoy tan débil! ¡Al levantarme esta mañana de la cama me sentí muy mal y ,
además, no se me quita esta dichosa tos! Presiento, lo sé, que no he de vivir
mucho. ¿Quién me enterrará? ¿Quién irá detrás de mi ataúd? ¿Quién me
llorará?... ¿Y si vengo a morir en un lugar extraño, en una casa ajena y entre
seres desconocidos?... ¡Dios mío, qué triste es la vida, Makar Aleksiéyevich!
Amigo mío, ¿por
qué me envía usted siempre dulces? No comprendo verdaderamente de dónde saca
usted el dinero. ¡Ay amigo mío, ahorre usted ese dinero, por lo que más quiera:
ahorre! Fiodora ha encontrado comprador para el tapiz que yo he confeccionado.
Me dará por él quince rublos. Estará así muy bien pagado; yo pensaba que me
ofrecerían menos. A Fiodora le corresponderán tres rublos, y yo me compraré
tela para hacerme un traje sencillito, un trozo de tela cualquiera, baratita y
que abrigue. Pero a usted le haré una americana muy maja; buscaré para ella un
buen paño y se la haré yo misma.
Fiodora me ha
procurado un libro... Los cuentos de
Bielkin, que adjunto le envío para que usted también lo lea. Sólo que le
ruego se dé un poco de prisa y no lo retenga mucho tiempo, pues no es mío. Es
una obra de Puschkin. Hace dos años lo leía yo en compañía de mamá..., así que
ha suscitado en mí ahora tristes recuerdos al leerlo por segunda vez.
Si tuviera
usted a mano algún libro, envíemelo..., pero a condición que no se lo ha de
pedir a Ratasayev. Él seguramente le dará alguna obra suya, si es que tiene
alguna publicada. ¿Cómo es posible que el gusten a usted sus novelones. Makar
Aleksiéyevich? ¡Si son un puro disparate!
¡Pero quede
usted con Dios! ¡Hay que ver cuánto he garrapateado esta vez! ¡Cuando me entra
la murria siempre me alegra el poder hablar con alguien! Esta es la mejor
medicina; en seguida me siento más aliviada, sobre todo cuando puedo dar salida
a todo lo que tengo en el corazón.
¡Adiós, adiós,
amigo mío! Suya,
V. D.
*
28 de junio.
Mi querida
Varvara Aleksiéyevna: ¡Basta ya de tristezas! ¿No se avergüenza usted? ¡Délas
usted por terminadas, hijita! ¿Cómo puede entregarse a esos pensamientos? ¡Pero
si usted está ya buena, corazoncito mío, enteramente buena! Está usted
sencillamente que da bendición verla, créame que es la pura verdad; sólo un
poquito pálida; pero, a pesar de eso, resplandece su lozanía. ¿Y qué sueños y
pesadillas y qué espectros son esos? ¡Huy!, ¿no le da a usted vergüenza,
hijita? ¡Déjese de esas cosas, nena! No se preocupe usted más de esos sueños
tan tontos..., así se los ahuyenta. ¡Es muy sencillo! ¿Cómo es, si no, que yo
duermo tan bien? ¿Por qué a mí ni me falta nada? Míreme usted bien, hija mía.
Yo estoy contento y alegre, duermo como un lirón, estoy la mar de sano...; en
una palabra: que soy de la piel del diablo; ¡y muy ufano de ello! Así que
déjese usted de esas simplezas, avergüéncese y enmiéndese. Pero yo conozco esa
cabecita suya; por la menor cosa ya está empezando otra vez a entristecerse y
preocuparse y usted se atormenta con pensamientos de toda índole. ¡Pero aunque
sólo fuese por mí, debería usted poner término a esos desvaríos, Várinka!
¿Servir a gente
extraña?... Eso nunca. ¡No, y mil veces no! ¿Qué le ha ocurrido a usted para
tener esos pensamientos? ¡Y por si fuera poco, marcharse de aquí a otra parte!
No, hijita; usted no me conoce a mí bien; yo no he de consentir eso jamás en la
vida; me opondré a ese proyecto con todas mis fuerzas. Y aunque tuviese que
vender mi casaca vieja... y quedarme sólo con la camisa, usted no pasaría,
Várinka mía, necesidad. ¡No, Várinka, no; yo la conozco bien! ¡Esas son
locuras, nada más que locuras! Lo único cierto es esto: que de todo quien tiene
la culpa es esa Fiodora y nadie más que ella...; esa vieja chocha es la que
mete a usted tales pensamientos en la cabeza. Pero usted, hija mía, no debe
prestar oídos a lo que ella le diga. ¿No lo sabe usted ya todo, nena? ¿No sabe
usted que esa mujer es una imbécil, una charlatana incorregible, que a su
difunto le agrió la vida con sus dislates? Recapacite usted: ¿no la enojó a
usted nunca, no la ofendió de algún modo?
¡No, no, hija
mía; de todo eso que me escribe usted no podrá realizarse nada! Y ¿qué sería de
mí, dónde me deja usted? No, Várinka; corazoncito mío, es preciso que se le
quite a usted eso de la cabeza. ¿Qué le falta a usted con nosotros? A nosotros
nos proporciona una alegría infinita el tenerla a nuestro lado, y para usted
también somos nosotros una satisfacción; así que no se vaya y vivamos todos
juntos, en paz y gracia de Dios. Cosa usted o lea..., o no cosa..., haga usted
según le plazca, con tal que no nos abandone. Porque si así lo hiciera, usted
misma puede decirlo: ¿qué sería de nosotros? Le daremos de cuando en cuando
nuestro paseíto. ¡Sólo que, hija mía, ha de ahuyentar definitivamente esos
pensamientos y procurar ser razonable y no preocuparse y afligirse sin motivo
por cosas tan nimias! Yo pasaré a verlas a ustedes, y muy pronto; pero entre
tanto permítame que se lo confiese con toda franqueza y claridad: ¡eso no ha
estado bien de usted, corazoncito mío; no, señor!
Yo no soy,
naturalmente, ningún hombre culto, y soy el primero que carezco de ilustración,
que apenas si tengo las primeras letras; pero no se trata de eso ahora, ni eso
era lo que quería decir... ¡Pero por Ratasayev soy capaz de todo, y haga usted
lo que quiera! Es mi amigo y tengo que salir a su defensa. Escribe bien, muy
bien, muy requetebién. No puedo estar de acuerdo con usted por ningún concepto.
Posee un estilo lleno de colorido y distinción, poniendo hasta pensamientos en
lo que escribe; en una palabra: ¡que escribe muy bien! Quizá lo haya leído
usted con prevención, Várinka; quizá estuviera usted de mal temple al leerlo;
quizá Fiodora la enojó con alguna de las suyas, si no fue que por una u otra
causa estaba usted de mal temple ese día.
No; usted ha de
leerlo otra vez con interés y atención, cuando esté contenta y de buen genio;
por ejemplo, cuando tenga usted en la boca un dulcecito..., entonces es cuando
debe volver a leerlo. No diré (¿quién podría afirmar eso?) que no haya ningún
escritor que supere a Ratasayev; pero, aun suponiendo que los haya mejores que
él, no por eso hay que declararlo a él malo; todos son buenos; él escribe bien,
y también los otros escriben bien, a mi juicio. Además, no olvidemos que él
escribe únicamente para sí mismo...; es decir, que sólo coge la pluma en sus
ratos libres..., y ya se advierte bien que así es, y si hemos de decir la
verdad, para ventaja suya.
Pero adiós,
hija mía; hoy no le escribo más; tengo que copiar una cosilla y debo
apresurarme. No deje usted, hijita, de hacer algo por tranquilizarme. Dios la
proteja, corazoncito mío, tan seguramente como yo soy su fiel amigo.
Makar Dievuschkin.
P. S. – Gracias por el libro, hija mía, también nosotros leemos a Puschkin. Pero
esta tarde voy sin falta a verla.
*
Mi querido
Makar Aleksiéyevich:[8]
No, amigo mío; no es posible que continúe yo aquí más tiempo. Lo he pensado
bien y visto claro que haría muy mal dejando escapar una colocación tan
ventajosa. Allí, por lo menos, puedo ganarme con toda seguridad el pan de cada
día. Me afanaré, procuraré hacerme simpática a esos extraños y, si fuere
preciso, trataré incluso de cambiar de carácter. Cierto que es difícil y amargo
eso de vivir entre extraños, plegarse en todo a lo que ellos quieran, desmentir
su genio y depender de ellos en todo; pero de fijo no habrá de faltarme la
ayuda de Dios. ¡No puede una pasarse toda la vida lejos de la gente! Y yo, en
otro tiempo, he pasado por análogo trance. Por ejemplo, cuando estaba en el
pensionado.
Todo el domingo
me lo pasaba yo jugando y saltando alegremente como una salvaje auténtica, y
cuando mamá a veces me regañaba..., que solía hacerlo, no por ello dejaba yo de
estar contenta y de sentirme el corazón iluminado y caliente. Pero cuando
llegaba la tarde, volvía a sentirme infinitamente desdichada; a las nueve...
había que estar de vuelta en la pensión. Allí todo era extraño, frío, severo;
las profesoras estaban siempre de mal humor los domingos, y a mí me entraba tal
tristeza, tal abatimiento, que no podía contener las lágrimas. Me escurría
despacito hasta un rincón y allí me ponía a llorar, de puro sola y abandonada.
Naturalmente, decían luego que yo era una holgazana y que no quería estudiar.
Pero no era ésa la causa de mis llantos.
Pero luego...
¿qué pasó? Pues que acabé por acostumbrarme, y cuando por fin hube de dejar la
pensión, me costó un llanto el separarme de mis compañeras.
No; no está
bien que yo siga aquí, siéndole gravosa a usted y a Fiodora. Sólo pensarlo es
para mí un tormento. Se lo digo a ustedes francamente, porque estoy
acostumbrada ano ocultarles ningún secreto mío. ¿Es que no veo cómo Fiodora se
levanta apenas amanece y se pone a lavar y ya no para de trajinar en todo el
día hasta muy entrada la noche?... Pero las personas de edad necesitan
descanso. ¿Y no veo yo tampoco cómo usted se sacrifica en todo por mí, cómo se
priva de los más necesario para gastar en mí todo cuanto gana? Yo sé muy bien,
amigo mío, que hace usted más de lo que puede. Usted me escribe que antes se
quedaría sin nada que consentir que yo pasase necesidad. Lo creo, amigo mío; lo
sé, sé que tiene usted un buen corazón..., pero piense usted un poco, hombre.
Ahora quizá tenga usted dinero de sobra, puede que haya recibido una
gratificación inesperada. Pero ¿y luego? Usted ya sabe que yo siempre estoy
enferma. No puedo trabajar como usted, aunque de buena gana querría, y, además,
no siempre se encuentra trabajo. ¿Qué voy a hacer? ¿Sufrir y atormentarme,
mientras dejo que usted y Fiodora cuiden de mí, y yo me voy sin hacer nada?
¿Cómo podría yo compensarles a ustedes el último de sus desvelos, cómo podría
yo ayudarlos de algún modo? ¿Por qué he de serle a usted tan indispensable,
amigo mío? ¿Qué le he hecho yo de bueno? Yo sólo he hecho una cosa: quererle de
todo corazón; pero esto es todo lo que puedo hacer. ¡De nuevo me persigue mi
cruel destino! Sé amar..., pero hacer bien, corresponder a sus beneficios con
mis actos no me es posible. Así que no me retenga usted, piense usted
detenidamente en mi proyecto y dígame luego con toda sinceridad lo que opina.
Esperándolo así
quedo suya,
V. D.
*
1 de julio.
¡Desatino,
Várinka; todo eso no es más que un desatino, un puro desatino! En cuanto se
abandona usted a sí misma, ¡qué cosas se le meten en su cabecita! ¡Tan pronto
se imagina esto como aquello! Pero ¿qué le falta a usted entre nosotros, quiere
usted decírmelo de una vez? Nosotros la queremos a usted, y usted nos quiere a
nosotros, y todos estamos tan contentos y tan a gusto... ¿Qué más quiere usted?
¿Por qué ha de empeñarse en irse a vivir entre gente extraña... ¿No? Pues
pregúntemelo usted a mí, que yo..., yo conozco muy bien a los extraños, y puedo
decirle a usted cómo son. Yo los conozco, hijita; los conozco de sobra. He
comido su pan. Todo ser ajeno es malo, que el corazoncito que uno tiene no
puede contenerse; hasta tal punto el prójimo sabe martirizarlo a uno con
reproches y reconvenciones y miradas de enojo. Entre nosotros, por lo menos,
disfruta usted de tibieza y bondad, y vive usted recogidita como en un nidito.
¿Cómo es posible que ahora, de buenas a primeras, nos deje usted y se vaya?
¿Qué será entonces de mí mismo sin usted? ¿Que no me es usted tan
indispensable? ¿Que no me es útil? ¿Cómo que no me sirve para nada? No, hija
mía; recapacite usted bien, y lego juzgue si me es o no útil. ¡Sepa usted,
Várinka, que me es útil, utilísima! ¡Ejerce usted, ya lo sabe, un influjo tan
bienhechor sobre mí...! Por ejemplo, vea usted; acordarme de usted y ponerme de
buen humor es todo uno... Le escribo a usted una carta en la que declaro todos
mis sentires, y recibo luego una contestación prolija de usted. De cuando en
cuando le compro un trajecito o un sobrerillo, y usted también algunas veces
tiene un encarguito para mí, sí, hija, y yo le procuro lo que ha menester...
No; ¿cómo podría usted no serme útil?... Y ¿qué voy a hacer yo sin usted, a mis
años; para qué voy a servir yo entonces?
Quizá no haya
usted pensado en esto, Várinka; pero píenselo usted y pregúntese a sí misma
para qué voy a servir yo sin usted. Me he acostumbrado a usted, Várinka. Y ¿qué
sería de todo esto, en qué pararía este cariño?... Pues en que me arrojaría de
cabeza en el Neva y se acabó la historia. No; verdaderamente, Várinka, ¿qué me
quedaría a mí que hacer en este mundo sin usted?
¡Ah corazoncito
mío, Várinka! Paréceme que estoy viendo ya el coche fúnebre que habrá de
conducirme al cementerio de Volkov y que alguna vieja transeúnte sigue mi
ataúd, y que me echan al foso, y me cubren con tierra, y luego se van todos, y
me dejan solo. ¡Eso sería un pecado en usted, hija mía; un verdadero pecado!
¡Se lo digo seriamente: un verdadero pecado!
Le devuelvo su
librito, hija mía, y si desea saber mi opinión sobre él, sólo le diré que en
toda mi vida he leído libro tan excelente. De suerte que me pregunto cómo he
podido vivir hasta aquí hecho un verdadero zopenco. ¡Dios me perdone! ¿En qué
he empleado yo, pues, mi vida? ¿De qué planeta me he caído? Resulta, hija mía,
que no sé nada de nada; que soy lo que se llama un zote. Se lo confieso
francamente, Várinka: no tengo cultura. He leído hasta ahora poco, poquísimo,
por no decir nada. La imagen del hombre...,
que es un buen libro, sí lo he leído, y también un par de ellos más: Del niño que tocaba varias piezas de música
con campanas y La grulla del Ibico.
Ahí tiene usted todas mis lecturas. Pero ahora, en su librito, he leído El inspector, y sólo puedo decirle,
hijita, que se da el caso de que uno esté en el mundo y no sepa que tiene al
alcance de la mano un libro en el que se describe toda una vida con todos sus
detalles, como contada con los dedos, y muchas otras cosas más de las que antes
no supo una jota. Eso experimenta uno al leer un libro semejante; pero luego,
poco a poco, a medida que avanza en la lectura, se va uno dando cuenta de
muchas cosas más, y poco a poco acaba por comprenderlas y verlas con toda
claridad. Pero vea usted, además, por qué yo le he tomado cariño a su librito;
mucha obras hay que, por muy notables que sean, se pone uno a leerlas, lee que
te lee..., hasta que se vuelve tarumba y no saca la menor sustancia. Están
escritas tan bien y con tanta enjundia, que no se las puede entender. Yo, por
ejemplo..., yo soy torpe, romo por naturaleza, a nativitate; así que no puedo leer ninguna obra demasiado
profunda. Pero ésta que le digo la leer uno y le parece como si la hubiera uno
escrito, ni más ni menos que si le hubiese brotado a uno de dentro... del
corazón. Sí, y puede que así sea; como si se cogiera el corazón sencillamente y
se le volviera del revés, delante de todo el mundo, con lo de dentro para
fuera, y luego se pusiese uno a describirlo con todos sus pormenores...; ¡así
mismito, hija mía! Y, además, ¡es una cosa tan sencilla, Dios...! ¡Y tanto como
lo es! Yo mismo no tendría ninguna dificultad en escribir así, de veras. ¿Por
qué? Porque yo siento exactamente las mismas cosas que ese librito dice.
También me he encontrado a veces en la mismísima situación que, por ejemplo,
ese Samson Vyrin, ¡el pobre! Y ¡cuántos Samsones Vyrines no hay entre nosotros
iguales de pobres y de buenos! Y ¡con qué verdad está todo descrito en estas
páginas! A mí casi se me saltaban las lágrimas, hija mía, al leerlas. ¡Cómo se
emborrachaba el muy cuitado, hasta perder el sentido, cuando la desgracia cayó
sobre él, y cómo se pasaba el día entero durmiendo bajo su zalea, y cómo hacía
por ahuyentar las penas con un ponche, y cómo sin embargo, rompía el trapo a
llorar, de modo que tenía que enjugarse con su sucio forro de piel las lágrimas
que le corrían por las mejillas cuando se acordaba de su pobre cordera
extraviada, de su hijita Duniascha. ¡Sí; eso es pintar al natural! Vuelva usted
a leerlo, y lo verá como es así; tan verdadero es como la vida misma. ¡Eso
vive! Yo mismo lo he sentido... Todo eso vive, y por todas partes nos rodea.
Ahí tenemos, si no, a Teresa..., y, sin ir tan lejos ahí tenemos también a
nuestro pobre empleado..., que es exactamente un Samson Vyrin; sino con otro
nombre, que por casualidad es el de Gorschkov. Esto es algo que cualquiera de
nosotros puede experimentar: usted misma, hijita, o yo. E incluso también el
conde que habita en la Nevskii o en la Nevakai puede encontrarse algún día en
el mismo trance, sólo que él exteriormente se conduciría de otro modo..., pues
por de fuera todo es distinto en él; pero también, no obstante, pueden pasarle
las mismas cosas que a nosotros.
Ahí puede usted
ver, hija mía, eso que se llama la vida. Pero ¡usted quiere hasta abandonarnos
y dejarnos en la estacada! No puede usted ni remotamente formarse idea,
Várinka, del daño que con eso me haría. Ese sería un daño irreparable para
usted y para mí. ¡Ah lucerito mío, ahuyente usted, por Dios, tales pensamientos
de su cabecita y no me torture inútilmente! Y, sobre todo..., dígalo usted
misma, pobre pajarito que aún no echó alas... ¿Cómo podría usted entonces
procurarse el sustento, no malearse y defenderse de las asechanzas? No; deje
usted estar así como están las cosas, Várinka, y encomiéndese. No preste oídos
a los necios consejos de la gente, y vuela usted a leer ese librito; crea que
le aprovechará.
También he
hablado con Ratasayev de El inspector;
Ratasayev dice que todo eso está ya viejo, y que ahora sólo se publican libros
con ilustraciones y descripciones...; no sé a punto fijo, pues no lo entendí
bien. Pero él puso fin a sus apreciaciones diciendo que Puschkin no está mal, y
que cantó la sagrada Rusia, y no sé qué otras cosas más. Sí; eso está bien,
Várinka; pero que muy bien; vuelva usted a leer el libro atentamente; siga
usted mi consejo, y haga feliz a este pobre viejo con su obediencia. ¡Dios se
lo recompensará, hijita; de fijo se lo recompensará Dios!
Su fiel amigo,
Makar Dievuschkin.
*
Mi querido
Makar Aleksiéyevich: Fiodora me ha traído hoy los quince rublos del tapiz. ¡Qué
contenta se puso la pobre al darle yo tres rublos! Le escribo a usted a toda
prisa. Acabo de cortarle su chaleco... La tela es preciosa... Amarilla con unas
florecitas.
Le envío a
usted un libro; contiene varias historias, de las que sólo he leído algunas. No
tiene usted más remedio que leer la titulada La capa.[9]
Me prometió
usted llevarme una noche al teatro. Pero ¿no será muy caro? Si acaso, a
gallinero. Yo hace mucho tiempo que no voy al teatro; tanto, que no me acuerdo
ya de la última vez. Pero tengo un temor, y es éste: ¿No nos resultará
demasiado cara la broma? Fiodora mueve la cabeza, y dice que usted empieza a
gastar más de lo que puede. Eso lo veo también. ¡Cuánto no lleva usted gastado
sólo en mí! Ande usted con tiento, amiguito; no le ocurra algún contratiempo.
Fiodora me ha dicho que usted, si no me equivoco, anda un poco a la greña con
la patrona por haberle dejado a deber no sé qué cantidad. Me tiene usted muy
preocupada.
Bueno; quede
usted con Dios. Tengo que hacer un trabajillo; estoy poniéndole a mi sombrero
una cinta.
P. S. – Mire usted: cuando vayamos al teatro quiero ponerme mi sombrerito nuevo
y la mantilla nueva. ¿Estaré así de su gusto?
*
7 de julio.
Mi querida
Varvara Aleksiéyevna: vuelvo a coger el hilo de nuestra conversación de ayer
donde lo dejamos... Sí, hija mía: también uno ha hecho en sus tiempos sus
correspondientes locuras.
¡Y estuve
antaño enamorado hasta el tuétano de una cómica; enamorado hasta morir; sí,
señor, así como suena! Y esto no es nada; lo maravilloso es que yo no la había
visto en mi vida en la calle, y sólo una vez en el teatro...; y, sin embargo,
me enamoré de ella.
En aquel tiempo
vivíamos nosotros, cinco chicos jóvenes y alegres, pared por medio. Yo me
incorporé a su tertulia espontáneamente, y eso que al principio había estado
con ellos muy reservado. Pero luego, para no ser menos que los otros, me uní a
la pandilla. Y ¡qué cosas hubieron de contarme de esa actriz! Todas las noches,
todas las noches que había función, allá se iba toda la tropa, y diz que para
las cosas necesarias nunca teníamos un céntimo... A gallinero, y todos sus
aplausos y ovaciones eran exclusivamente para aquella actriz... Nada; que no se
cansaban de aplaudirla, y se portaban como poseídos. Y luego, como es natural,
no me dejaban dormir en toda la noche, pues se la pasaban hablando de ella, y
todos la llamaban su Glascha[10]
y, todos estaban enamorados de ella, y sólo llevaban un canario en el corazón:
¡ella! Tanto, que por fin consiguieron contagiarme a mí de su entusiasmo. ¡Era
yo aún tan joven!
No sé cómo fue,
que me encontré sentado, como ellos, en el gallinero. Sólo acertaba a
distinguir un pico del telón; pero oírlo, lo oía todo. Tenía ella una vocecita
linda..., clara, dulce, como de ruiseñor. Nosotros aplaudíamos hasta ponérsenos
moradas y encarnadas las manos, y no nos cansábamos de gritar...; en una
palabra: que nos tenían que coger, o poco menos, por el pescuezo, y echarnos de
allí para que nos fuéramos.
Yo volví a
casa... ¡como envuelto en una niebla! En el bolsillo sólo me quedaba un rublo,
y de allí a primeros de mes faltaban aún sus buenos diez días. Y ¿qué cree
usted, hijita, que hice? Pues al día siguiente, al dirigirme a la oficina,
entré en una perfumería y me gasté todo mi capital en perfumes y jabones de
olor..., sin saber yo mismo para qué quería todo aquello. Y, además, aquella
tarde no comí, sino que me fui a rondar por su casa, al pie de sus balcones.
Vivía la actriz en la Nevskii, en un cuarto piso. Después me volví a casa,
descansé un rato, tomé un refrigerio, y luego me torné a la Nevskii para
ponerme otra vez a rondar sus balcones.
Así me pasé
medio mes; a cada momento tomaba yo un droschki,
siempre lijaschi,[11] y me
hacía conducir de acá para allá al pie de sus balcones; en una palabra: que me
gasté en esas cosas todo el sueldo y tuve que entram-parme, hasta que, por
último, se me pasó él solo el enamoramiento y se me hizo aburrido aquel
cortejo.
¡Conque ya ve
usted lo que una cómica estuvo a punto de hacer de un hombre morigerado! Pero
¡hay que tener en cuenta que entonces era yo un joven, Várinka; un jovencito,
la mar de joven!...
M. D.
*
8 de julio.
Me apresuro a
devolverle, mi querida Varvara Aleksiéyevna, el librito que tuvo la atención de
enviarme el 6 de este mes. Al mismo tiempo, quiero tener una explicación con
usted, hijita. No está bien, verdaderamente no lo está, eso de que me haya
colocado en situación tan apurada.
Permítame
usted, nena, que le diga que a todos los hombres les parece que deben a Dios su
condición social. El uno ha nacido para lucir los entorchados de general; el
otro, para ser literato...; aquel otro, para mandar; estotro, para, sin
rechistar, obedecer. Así es la realidad, y eso responde a las facultades
humanas; éste tiene aptitud para tal cosa; para tal otra, aquel otro; pero las
aptitudes es Dios quien las da.
Yo llevo ya
treinta años de servicio en la oficina. Cumplo mi deber con escrupulosidad;
procuro siempre ser modesto, y jamás he incurrido en falta alguna. Como
ciudadano y como persona humana, me tengo fundadamente por un hombre, con sus
correspondientes defectos y sus correspondientes virtudes. Mis superiores me
estiman, y hasta su excelencia está contento de mí... Aunque hasta ahora no me
haya dado muestra alguna de su satisfacción, yo sé de buena tinta que así es,
que está satisfecho de mí. Tengo un carácter de letra agradable, ni muy grande
ni muy pequeño; sobresalgo en la escritura cursiva; pero, en general, lo hago
bien. De todos los empleados del ministerio, puede que sólo uno, Iván
Prokófievich, tenga tan buena letra como yo, es decir, que se aproxima a la
mía. Yo he echado canas en el servicio. No creo haber incurrido jamás en falta
alguna grave. Claro que leve ¿quién no ha cometido alguna? Todos pecamos,
hijita; incluso usted misma. Pero yo no tengo sobre mi conciencia ningún gran
delito, ni siquiera un acto consciente de insubordinación..., como el haber
perturbado la tranquilidad pública o algo por el estilo... No, no tengo que
reprocharme nada de eso; nunca han tenido que reñirme por nada semejante. Hasta
me han concedido una crucecita...; pero ¿a qué hablar de ello? Todo esto
debería saberlo ya, y también él debería saberlo, pues al ponerse a descubrir
hubiera debido empezar por enterarse de todo. ¡No; nunca la habría creído capaz
de tal cosa, hijita! No; no me lo habría esperado de usted, Várinka.[12]
¡Cómo! Pero ¿es
que no me pueden dejar vivir en paz, en mi rincón..., del modo y en la forma
que sea..., en paz y sosiego, sin enturbiar las aguas, sin molestar a nadie,
temeroso de Dios y retraído, para que tampoco los demás me molesten no metan la
nariz en mi tabuco y me lo husmeen todo? ¡Para ver cómo van tus cosas: si
tienes, por ejemplo, un buen chaleco y no te falta nada en punto a ropa
interior, y tienes también botas, y cómo están las suelas, y qué comes, y qué
bebes, y qué copias! ¿Qué tiene de particular, hija mía, que yo, cuando el piso
está malo, ande de puntillas para no estropearme las botas? ¿Por qué se han de
llenar carillas a expensas del prójimo para decir que a veces pasa sus apuros
de dinero y no prueba el té? ¡Cómo si todos los mortales sin excepción alguna,
hubiesen de tomar té! ¿Acaso le miro yo a la gente la boca para ver lo que
come? ¿A quién le he inferido yo tal ofensa? No, hija mía; ¿por qué hacerle
daño a quien no hizo ninguno?
Mire: voy a
ponerle un ejemplo, Varvara Aleksiéyevna: aquí tiene usted un hombre que sabe
lo que se dice; servir, servir, cumplir con su deber a conciencia y
celosamente..., sí, y hasta te estiman los superiores (digan los otros lo que
quieran; pero lo cierto es que te estiman), y de pronto se te planta alguien
delante de tus narices, y sin motivo alguno y sin venir a cuento, se pone a
garrapatear un libelo a tu costa, ¡sí, señor, un pasquín como el de ese
librito!
Cierto que el
que inventa algo nuevo se pone muy ufano y hasta, por efecto de la misma
alegría, pierde un poquito el sueño... Sí; no, no hay más que ver: se compra
usted, por ejemplo, unas botas nuevas... ¡Con qué gusto se las pone! Esto es
verdad; esto lo he sentido yo mismo, pues, agrada muchísimo verse calzado en
unas botas finas; eso está muy bien descrito en el libro. Pero, no obstante,
sinceramente le confieso que me choca que Fiodor Fiodórovich haya podido leer
el libro y no darse por ofendido.
Cierto que el
que inventa algo nuevo joven y gusta de pisarles los pies alguna vez a sus
subordinados. ¿Por qué no habría de sentir ese gusto? ¿Por qué no habría de
leerles la cartilla, puesto que de nosotros no hay quien saque partido de otro
modo? Bueno: digamos que sólo lo hace por fórmula...; pero también eso es
necesario. Se deben tener las riendas tirantes, se debe mostrar energía, pues
de otra suerte..., aquí, entre nosotros, Várinka, sin energía sin severidad, no
se consigue nada de nosotros; cada cual quiere únicamente conservar su empleo y
poder decir: «Yo estoy empleado acá o allá»; pero, en cuanto a trabajar, todos
buscan, cuando pueden, el modo de escurrir el bulto. Pero como hay muchas
categorías y cada una de ellas requiere que se le administre la reprimenda
merecida en el tono que corresponde, resulta, naturalmente, que hay también
diferentes tonos cuando alguna vez el jefe les regaña a todos..., ¡lo cual está
bien!
En esto se basa
el mundo, hijita: en que siempre hay uno que les manda a los demás, y les tira
de las riendas... A no ser por esa medida de precaución, no podría el mundo
subsistir en momento siquiera, pues ¿qué sería del orden? Me maravilla
realmente que Fiodor Fiodórovich haya podido dejar pasar inadvertida semejante
ofensa.
Pero ¿para qué
escribir nada? ¿A qué conduce eso? ¿Es que algún lector va a poder comprarse
así una capa siquiera? ¿O un par de botas nuevas?... No, Várinka; el lector lo
que hace es leer el libro y quedarse esperando la continuación.
La gente se
esconde, se oculta, se acoquina, tiene miedo, incluso, de asomar la nariz, por
temor a la burla, porque se sabe que todo cuanto en el mundo existe puede
prestarse al libelo. Anda, saca a relucir en letras de molde toda tu vida, así
la oficial como la doméstica; que todo se publique y se lea y provoque
cuchufletas y risas. ¡Ya no es posible dejarse ver por las calles! Pero ¡aquí
está todo exactamente descrito, que sólo por el modo de andar lo pueden conocer
a uno! Si siquiera a lo último hubiera el autor variado algo la cosa, quiero
decir que la hubiera suavizado, como por ejemplo, diciendo, después de cada uno
de esos pasos en que le pone a su héroe fue siempre un ciudadano honrado y
virtuoso y no se hizo acreedor a tratamiento tal de parte de sus colegas; que
era obediente con los superiores y cumplía concienzudamente sus deberes (aquí
hubiera podido intercalar el autor un ejemplito); que jamás deseó a nadie nada
malo, y que creía en Dios y que al morir (si es que irremisiblemente tenía que
morir) le lloraron todos.
Pero lo mejor
hubiera sido no haberlo hecho morir al pobrecillo, sino haber arreglado las
cosas de suerte que hubiera parecido su capa y que Fiodor Fiodórovich..., pero
¡qué digo!..., que aquel alto jefe hubiese estado más al tanto de sus virtudes
y lo hubiese empleado en su oficina, destinándolo a un alto puesto y
aumentándole el sueldo, de modo que hubiese quedado castigado el malo y la
virtud triunfante... ¡Así sus compañeros de oficina habrían sentido envidia de
él!
Sí; yo, por
ejemplo, así lo hubiera hecho, pues así como está escrita..., ¿qué tiene de
particular ni de bella la novela? ¡Se reduce, sencillamente, a un ejemplo de la
humilde vida cotidiana! Y ¿cómo ha podido usted decidirse a enviarme a mí
semejante libro? ¡Es un libro maligno, un libro perjudicial, como usted lo oye,
Várinka! ¡Es, sencillamente, infiel a la verdad, pues es totalmente imposible
que en parte alguna pueda encontrarse un empleado como ése! ¡No; tengo que
quejarme, Várinka; tengo que quejarme sencilla y expresamente!
Su seguro
servidor,
Makar Dievuschkin.
*
27 de julio.
Mi querido
Makar Aleksiéyevich: Su carta y los últimos acontecimientos me han llenado de
susto, tanto más cuanto que a lo primero no acertaba a explicarme de qué se
trataba..., hasta que Fiodora me lo contó todo. Pero ¿por qué ha de
desesperarse usted hasta ese extremo y sobresaltarse por semejante causa? Sus
explicaciones no me han satisfecho. Makar Aleksiéyevich, en absoluto. ¿Ve usted
ahora cómo tenía yo razón al insistir en aceptar aquella colocación tan
ventajosa? Me aconseja especialmente mi última aventura.
Dice usted que
el cariño que me tiene ha sido quien le ha hecho ocultarme muchas cosas. Yo
sabía muy bien hasta qué punto le debía gratitud, aunque usted me aseguraba que
sólo gastaba en mí lo superfluo; que, de otra suerte, lo hubiera guardado en la
gaveta. Pero ahora que ya sé que usted no tiene ningún dinero guardado; que
usted, al enterarse casualmente de mi triste situación, sólo por piedad y
lástima decidió gastar en mí el sueldo, que, además, pedía por adelantado, y
que durante mi enfermedad llegó usted incluso a vender sus ropas de vestir...
Ahora me encuentro en un trance sumamente difícil, hasta el punto de no saber
cómo interpretar lo ocurrido ni qué pensar de todo ello.
¡Ah Makar
Aleksiéyevich! Usted habría debido contentarse con prestarme la más urgente
ayuda por compasión y por afecto de pariente, sin propasarse, además, a esos
gastos innecesarios, que representan un verdadero derroche. Usted me ha
engañado, Makar Aleksiéyevich; ha abusado usted de mi confianza, y ahora que me
veo obligada a oír que usted ha gastado hasta el último céntimo en comprarme a
mí trajes, dulces y libros y en llevarme a excursiones y al teatro..., ahora
pago yo caro todo eso con los reproches que a mí misma me hago y con el amargo
pesar que siento por mi imperdonable ligereza, pues lo aceptaba todo de usted
sin preguntarle de dónde procedía. De este modo todo toma ahora otro semblante,
y aquello con que usted quiso darme una alegría se convierte en una carga
abrumadora, y el pesar desluce el recuerdo de lo que un día fue grato.
En los últimos
tiempos no dejé de notar, naturalmente, que estaba usted abatido; pero aunque
yo misma, asaltada de presentimientos, barrunté algo malo, no podía ni
remotamente figurarme lo que ahora sucede. ¡Cómo! Pero ¿hasta ese punto ha
podido usted perder el juicio, Makar Aleksiéyevich? ¿Qué dirán ahora de usted
las personas que lo conocen? ¿Es posible que usted, a quien yo, como todo el
mundo, estimaba tanto por su bondad, sencillez y su dignidad, haya venido a
contraer un vicio tan repugnante y que nunca, según parece, le sedujo?
¡No sé lo que
pasó por mí al contarme Fiodora que lo habían encontrado a usted ebrio en la
calle y que la Policía había tenido que conducirlo a su casa! Me quedé de una
pieza..., y eso que ya me había yo figurado algo extraordinario, puesto que
llevaba usted cuatro días sin aparecer. Pero ¿no ha pensado usted, Makar
Aleksiéyevich, en lo que habrán de decir sus superiores cuando conozcan la
verdadera razón de su falta a la oficina? Dicen que todo el mundo se ríe a
costa de usted, y nadie ignora ya nuestras relaciones, y que sus vecinos de
usted me hacen a mí también objeto de sus burlas. ¡No se preocupe usted, Makar
Aleksiéyevich; esté tranquilo, por lo que más quiera!
Me trae también
muy inquieta ese otro lance suyo con aquel oficial... No he podido enterarme
bien, sino sólo por un rumor cogido al vuelo. Le ruego me explique en qué paró
la cosa.
Me escribe
usted que teme comunicarme la verdad, pues quizá se expone con ello a
enajenarse mi cariño y que durante mi enfermedad, desesperado, lo vendió usted
todo para poder sufragar los gastos y evitar que me llevasen a un hospital, y
que se entrampó usted hasta los ojos, por lo que su patrona le da ahora
escándalos todos los días... Pero, al ocultarme a mí todo eso, hacía usted lo
peor que pudiera hacer. Usted quería evitarme el saber que era yo la causa de
sus apuros; pero ahora, con decírmelo, me causa usted doble pena. Todo esto
casi acaba conmigo, querido Makar Aleksiéyevich. ¡La desdicha es una enfermedad
contagiosa, amigo mío! A los pobres y a los desgraciados debían tenerlos lejos
los unos de los otros para que no se agravasen mutuamente sus miserias. Yo le
he proporcionado a usted un contratiempo cual nunca lo experimentó tan grave en
toda su vida. Esto me atormenta lo indecible y me quita todo brío.
Escríbame todo
con sinceridad, todo lo que le sucede y cómo ha podido usted abandonarse hasta
ese extremo. Tranquilícese usted si le es posible. No hablo por egoísmo, sino
por el afecto y el cariño que le tengo, y que nada en el mundo podrá ahuyentar
de mi corazón.
Le quiere de
todas veras,
Varvara Dobroselov.
*
28 de julio.
Mi apreciable
Varvara Aleksiéyevna: Sí; ahora que ya todo pasó y quedó conjurado, y de nuevo
poco a poco vuelve el agua a su cauce, puedo ser sincero con usted, hija mía.
Bueno; ¿conque le inquieta a usted lo que la gente piense y diga de mí? Pues me
apresuro a manifestarle que en la oficina me muestran más aprecio que antes. Y
después de contarle a usted mis calamidades y contratiempos, puedo comunicarle
ahora que de todo eso no se ha enterado aún ninguno de mis jefes; así que todos
ellos me siguen teniendo en la misma favorable opinión. Sólo una cosa temo: los
chismorreos. Aquí, en casa, gritaba la patrona; pero como yo ya le he pagado,
gracias a sus diez rublos de usted, parte de mi deuda, se limita ahora a gruñir
por lo bajo. Y por lo que a los demás se refiere, no va peor la cosa: con no
pedirles dinero, en todo lo demás son buena gente. Pero, para remate de mis
explicaciones, diré a usted aún, hijita, que para mí su estimación vale más que
todo el mundo, y que con no haberla perdido me consuelo en los apuros
presentes. Gracias a Dios ya pasaron el primer golpe y los primeros sinsabores,
y que usted es tan buena que se hace cargo de todo y no me tiene por un mal
amigo y un hombre egoísta al haberme empeñado en retenerla aquí con nosotros y
engañarla, pues yo la quería y no tenía valor para separarme de usted, ángel
mío. Me he aplicado de nuevo con todo fervor a mi tarea, y me afano para
reparar mi yerro cumpliendo fielmente mis deberes burocráticos. Yevstafii
Ivánovich nos dijo ayer palabra al pasar yo a su lado.
No quiero
ocultarle a usted, hijita, que mis deudas y el mal estado de mi traje me
contrarían grandemente; pero esto ya se arreglará, y, entre tanto, yo le
suplico a usted no se preocupe de cosas menudas.
Me envía usted
otro medio rublo, Várinka, este medio rublo me ha traspasado el corazón. ¡De
modo que así anda ahora la cosa y así se han vuelto las tornas! No soy yo, el
viejo imbécil, quien le ayuda a usted, angelito, sino usted, mi pobre
huerfanita, quien me ayuda a mí. Hay que dar gracias a Fiodora, que procuró el
dinero. Yo no tenía la menor idea de poder hacer nada en ninguna parte, hija
mía; pero usted, en cuanto sepa de alguna posibilidad, dígamelo, y yo le
escribiré más detalladamente. ¡Los chismorreos, sólo los chismorreos me
inquietan!
Quede usted con
Dios, hija mía. Beso sus manecitas y le suplico rendidamente que haga por
ponerse del todo buena. Le escribo con tanta brevedad, porque debo darme prisa
para ir a la oficina, pues quiero, con el celo y la aplicación, compensar mis
faltas y tranquilizar poco a poco mi conciencia. Un relato más detallado de mis
incidentes, así como de aquel lance con los oficiales, son cosas que dejo para
esta noche. Ahora no tengo tiempo.
Su amigo que la
respeta y quiere,
Makar Dievuschkin.
*
28 de julio.
Mi querida
Várinka: ¡Ah Várinka, Várinka! Ahora la culpa es suya, y habrá
de pesar sobre su conciencia. Con su carta ha acabado usted con las últimas
fuerzas de superioridad que me quedaban y me ha aturdido por completo; hasta
este momento, en que he podido pensar en ello con toda calma y arrojar una
mirada hasta lo más profundo de mi corazón, no he podido ver y darme perfecta
cuenta de que yo tenía razón. Razón sobrada. No hablo ahora de mis tres días
terribles (sea buena, hijita, ¡no hablemos más de eso), sino que me limito a
insistir en que yo le tengo a usted cariño y en modo alguno era absurdo que yo
la quisiese a usted; ¡no, señor; en modo alguno lo era! Pero usted, hijita, no
sabe aún de la misa la media. ¡Si usted supiese cómo fue eso, cómo llegué yo a
tomarle cariño, se expresaría usted de otro modo! Usted dice ahora eso, y yo
estoy convencido de que en su corazón piensa otra cosa.
Mire, hijita:
si le he de decir la verdad, yo mismo no sé exactamente qué fue lo que me
ocurrió con aquel oficialete. Debo confesarle, ángel mío, que hasta ese momento
me encontraba yo en la situación más espantosa. Imagínese usted, hija mía, que
yo llevaba ya todo un mes pendiente, como quien dice, de un cabello. Mis apuros
eran tan grandes, que yo no sabía ya que iba a ser de mí. A usted se lo
ocultaba yo, y aquí, en casa, también conseguía disimularlo; pero la patrona se
encargaba de decírselo a todo el mundo. Yo no me habría apurado por eso mucho,
y la habría dejado gritar cuanto quisiese a esa tía escandalosa; pero, en
primer lugar, era eso una vergüenza, y, en segundo, tenga usted en cuenta que,
no sé por dónde, se había enterado ella de nuestra amistad y se ponía a decir
tales cosas en la casa respecto a nosotros, que yo me mareaba y tenía que
taparme los oídos. Pero los demás huéspedes no se los tapaban, sino que, muy al
contrario, los abrían de par en par. Tampoco sé yo ahora, hijita, dónde esconderme
de ellos...
Pues bien; mire
usted, angelito mío: yo no estaba hecho a semejante turbión de desdichas de
toda índole. Y he aquí que de pronto hube de enterarme por Fiodora de que un
tipo insignificante se había presentado en vuestra casa y díchole a usted no sé
qué cosas ofensivas. Que usted debía de haberse dolido mucho de la ofensa eso
podía yo, hija mía, juzgarlo por mí mismo, pues también a mí me había lastimado
en los más vivo. Bueno...; pues nada, hijita: que perdí el juicio, perdí la
cabeza y me perdí yo también. Me entró, Várinka, una cólera tan fuerte como en
toda mi vida experimentara. Inmediatamente quise correr en busca de aquel tío,
de aquel seductor, para el que nada había sagrado en este mundo. Aunque, a
decir verdad, ni yo mismo sé lo que quería. Pero sí; lo que yo quería era que
nadie la ofendiese a usted, ángel mío. ¡Bueno!... ¡Qué tristeza! Lluvia y fango
fuera, y dolor y pesar dentro, ¡en el alma!... Ya pensaba yo en volverme...
Pero en aquel instante sucedió lo fatal. Me di de manos a boca con Yemelia, con
Yemelia Ilich..., el cual es un compañero de oficina, es decir, lo era, porque
ahora ya no lo es, pues lo han dejado cesante por no sé qué causa... Ignoro en
qué se ocupará ahora... Ya habrá sabido meter la cabeza en algún sitio...
Bueno. Yemelia se pegó a mí, y seguimos juntos luego... Sí; hay que decirlo
todo, Várinka, aunque no habrá de causarle ninguna alegría enterarse de los
malos pasos y yerros de su amigo... y escuchar el relato de todas mis
aventuras. Al tercer día, a eso del oscurecer..., Yemelia, Dios le perdone,
había estado azuzándome... Me fui, por último, a ver al tenientito. Yo me había
enterado de sus señas por nuestro criado. Ya hacía tiempo..., ahora viene a
pelo decirlo..., que yo tenía entre ceja y ceja a ese pollo; le había observado
muy bien cuando estaba de huésped en casa. Ahora comprendo, sin embargo, que no
me conduje correctamente, pues no estaba nada despejado cuando le hice anunciar
mi visita. Y luego, luego, hijita, ya no sé, francamente, lo que sucedió. Sólo
recuerdo que estaban con él muchísimos oficiales, aunque es posible, vaya usted
a saber, que yo lo viera todo doble. Tampoco sé apunto fijo lo que yo hiciera
allí; sólo creo recordar que me puse a hablar por los codos y poseído de una
indignación honrada. Luego, finalmente, me echaron entre todos y rodé escaleras
abajo, aunque no es verdad, en último término, que me echasen literalmente,
sino que yo me eché a mí mismo. Cómo pude volver a casa, eso sólo Dios los
sabe. ¡Ahí tiene usted todo, Várinka! Yo, naturalmente, me he comprometido
mucho, y con ello ha padecido no poco mi reputación; pero nadie sabe del todo
lo ocurrido, ninguna persona extraña, nadie, quitándola a usted; de modo que,
en fin de cuentas, es como si no hubiese pasado nada. ¿Será quizá así, Várinka
de mi alma? ¿Qué le parece a usted? Lo único que me consta de fijo es que el
año pasado Aksentii Osípovich le puso las manos encima a Piotr Petróvich; pero
no lo hizo públicamente, sino a solas. Le rogó que pasara al cuarto de guardia;
pero yo lo presencié todo por casualidad; bueno; pues cuando allí lo tuvo, la
emprendió con él como creyó oportuno, pero guardándole todos los respetos,
pues, como le digo, nadie se enteró del lance... sino yo. Sólo que yo,
claro..., no soy nadie, es decir, que si me pregun-taran me limitaría a decir
que nada había oído, por lo que es absolutamente igual que si de nada me
hubiese enterado. Bueno; pues luego de eso, Piotr Petróvich y Aksentii
Osípovich han continuado tratándose como si tal cosa. Piotr Petróvich es, como
usted sabe, muy orgulloso, y ha tenido buen cuidado de no decirle a nadie nada,
y ahora ambos, cuando se encuentran, se saludan y hasta se san las manos, cual
si nada hubiera sucedido entre ellos.
No le digo que
no, Várinka; no me atrevo a contradecirla; comprendo yo mismo que he caído muy
bajo, y hasta, lo que es más horrible, que he perdido mucho de mi dignidad.
Pero probablemente todo esto estaría escrito desde el día que nací; ése sería
mi sino..., y al sino, como usted sabe, no hay quien pueda darle esquinazo.
Conque ya tiene
usted aquí, Várinka, la relación circunstanciada de cuanto hubo de ocurrirme en
mis apuros y desventuras. Como usted ve, son de una índole tal, que más vale no
hablar de ello. Estoy enfermo, Várinka, y han huido de mí todos los buenos sentimientos.
Pongo fin a estas líneas reiterándole a usted, Varvara Aleksiéyevna, la
seguridad de mi afecto, aprecio y estimación, y quedo su servidor más fiel,
Makar Dievuschkin.
*
29 de julio.
Mi querido
Makar Aleksiéyevich: He leído su carta y batido palmas. ¡Dios mío, Dios mío!
Mire usted, amiguito: o me oculta usted algo, o sólo me ha escrito una parte de
sus calamidades, o..., verdaderamente, Makar Aleksiéyevich, será que yo no
acabo de entender bien su carta... Venga usted hoy a verme, ¡por lo que más
quiera! Y oiga usted: venga, sencillamente, a comer con nosotras. Yo no sé qué
vida hace usted ahí ni cómo está ahora con la patrona. Usted no me dice nada de
eso en sus cartas, y no parece sino que lo hace con toda intención, como si no
quisiera decírmelo.
Conque hasta la
vista, amiguito; venga usted hoy sin falta. Pero sería lo mejor que viniese a
comer con nosotras, Fiodora guisa muy bien. Hasta luego, pues. Suya,
Varvara Dobroselov.
*
1 de agosto.
Mi querida
Varvara Aleksiéyevna: Usted se alegra, hijita, de que Dios Nuestro Señor le
ofrezca hoy una oportunidad de pagar bien con bien y demostrar su gratitud.
Creo en esto, Várinka, y creo en la bondad de su corazón, y no he de dirigirle
a usted ningún reproche; pero usted tampoco me los habrá de dirigir como en
otro tiempo, tildándome de dilapidador. Yo incurrí en ese pecado una vez...
¡Qué hemos de hacerle!... Si es que usted se empeña en sostener que eso sea
pecado. Aunque, créalo usted, Várinka, ¡duele oírle decir a usted precisamente
esas cosas!
Pero no me tome
usted a mal el que yo le hable así. ¡Tengo todo dolorido el corazón, hijita!
Los pobres somos tercos... Lo ha dispuesto así la naturaleza. Yo lo había
observado y sentido así ya antes de ahora. El pobre es susceptible; ve el mundo
de otro modo, mira a cada transeúnte de soslayo, con recelo, y coge al vuelo la
menor palabra... ¿Si estarán hablando de él? ¿Si será que están comentando en
voz baja su desastrado aspecto? ¿Si no se estarán preguntando qué es lo que
hace ahora? ¿Quién sabe si inquirirán también cómo se las bandea, cómo sale del
paso? Todos sabemos, Várinka, que un hombre pobre es peor que un pingajo y que,
dígase lo que se quiera, no puede merecerle a nadie la menor estimación. Porque
por más que escriban esos literatuelos, un pobre siempre será un pobre con
todas sus consecuencias. Y ¿Por qué ha de ser siempre un pobre? Pues porque en
un hombre pobre, todo, por decirlo así, debe estar con el lado izquierdo hacia
afuera, no puede tener nada guardado en lo más íntimo, ningún orgullo, por
ejemplo, ni otro sentimiento análogo, pues no se lo tolera. No hace mucho
decíame Yemelia que una vez hicieron para él una colecta no sé donde, y que por
cada céntimo que le dieron tuvo que sufrir poco menos que una investigación.
Aquellos tíos pensaban que no debían darle, así como así, sus limosnas... ¡Nada
de eso! Pagaban para que les enseñasen a un pobre. Hoy, hijita, resultan muy
particulares los beneficios... ¡Quizá lo hayan sido siempre, quién sabe! O será
que no lo entiende la gente, o que lo entiende ya de sobra... Una de las dos
cosas.
¿Ignoraba usted
esto, por ventura? ¡Pues no lo olvide ahora! Créame usted, Várinka, que si
sobre otras muchas cosas no sé absolutamente nada..., lo que es sobre ésta sé
más que muchos. Pero ¿de dónde puede un individuo saber estas cosas? Y, sobre
todo, ¿por qué, piensa así? Sí, ¿de dónde lo sabe?... Pues... por experiencia.
Exactamente igual que ese señorito que camina a su lado y dentro de un instante
entrará en un restaurante, ya pensando para sus adentros: «¿Qué tendrá para
comer este mediodía ese empleaducho? Yo voy a pedir ahora mismo sauté aux papillotes, mientras que él es
posible que tenga que contentarse con una papilla sin manteca.» Pero ¿qué le
importa a él que yo sólo tenga para comer una papilla sin manteca? Sí, hay
hombres así, Várinka; existen verdaderamente esos hombres que sólo piensan esas
cosas. Y se mueven entre nosotros esos tipos inútiles, esos fisgones y
chismosos, y por todas partes se cuelan, mirando a ver si pisa uno con toda la
planta o sólo con la punta del pie, tomando nota de si este empleado o aquel
otro de tal o cual oficina llevan botas por las que se les asoma el dedo gordo,
o tienen rozadas las mangas del uniforme por los codos, todo lo cual lo
escriben luego sin omitir detalle, y sin más preámbulo lo dan a la imprenta, y
allá te va... Pero ¿qué les importa a ellos que yo tenga gastadas las mangas de
mi uniforme por los codos? Sí; si usted me perdona lo fuerte de la expresión,
le diré, Várinka, que un pobre en ese estado siente una vergüenza idéntica al
pudor virginal de usted. Usted –perdone este burdo ejemplo– no se desnudaría
delante de todo el mundo, ¿verdad? Pues vea: exactamente igual, con el mismo
desagrado, ve el pobre que meta nadie la nariz en su perrera para fisgar cómo
viven él y lo suyos. ¿Qué razón existe, Várinka, para ofenderme a mí justamente
con mis enemigos, que han faltado al honor y a la buena reputación de un hombre
honrado?
Bueno; pues
esta mañana estaba o sentadito en mi oficina, completamente callado y absorto,
cuando me hube de imaginar mi propia figura cual la de un gorrión sin plumas,
de suerte que llegué a sentir deseos de morirme de puro avergonzado. ¡Me daba
vergüenza, Várinka! Es que sin querer pierde uno el valor cuando sabe que por
los sietes de las mangas se le ven los codos y que los botones de la chaqueta
está pendientes de un hilito. ¡Y yo lo tendía todo como maleficiado y en
completo abandono! Y sin querer pierde uno el valor. Sí, ¿qué de raro tiene? El
mismo Stepán Kárlovich, al hablarme de algo relacionado con el servicio,
empezó, sí, hablándome de eso, y luego, de pronto, sin darse cuenta, exclamó:
«¡Ay Makar Aleksiéyevich!»; pero no llegó a decir lo otro, lo que pensaba en
sus adentros; sólo que yo lo adiviné todo y me puse colorado, hasta el punto de
que la calva misma se me debió de teñir de rosa. Eso, en el fondo, no significa
nada, pero siempre causa cierta inquietud y le da un rumbo melancólico a nuestro
pensamiento. ¿Ha sentido usted alguna vez algo semejante? Sí, verdaderamente,
hablándole con franqueza, tengo vehementes sospechas acerca de cierto
individuo. ¡Con esos bandidos no hay quien pueda! ¡Lo despojan a uno sin más ni
más! ¡Son capaces de vender de balde su vida, Várinka! ¡Para ellos no existe
nada sagrado!
¡Yo sé ya de
quién fue es hazaña; fue obra de Ratasayev! Este debe de tener amistad con
alguno de nuestro oficina, y habrá ido allá y le habrá dicho algo al
interesado, probablemente poniendo en el relato algo de su cosecha. Si no es
que lo ha contado en su oficina y de allí se ha corrido el cuento por otras
dependencias de la casa, hasta llegar a nuestro negociado. En casa están todos
perfectamente enterados y hasta señalan con el dedo a su ventana de usted. Me
consta que lo hacen. Y ayer a mediodía, al dirigirme a su casa de usted para
comer con ustedes, se escondieron detrás de las ventanas, asomando la cabeza
con mucho cuidado para que no los viéramos, y la patrona decía que el diablo
había hecho un pacto con un niño de pecho, y luego se explayaba de un modo aún
más indecente a cuenta de usted.
Pero todo esto
no es nada comparado con el escandaloso designio de Ratasayev de sacarnos a
ambos en una de sus noveluchas y describirnos en una donosa sátira. Así lo ha
dicho él mismo y así me lo han advertido algunos buenos amigos de la oficina.
Yo no puedo pensar ya en otra cosa, hijita, y no sé qué partido tomar. Sí...,
aunque haya uno olvidado ya sus pecados, hemos enojado mucho a Dios ambos,
¡ángel mío!
Quería usted,
hijita, enviarme un libro para que no me aburriese. Déjelo usted por ahora,
nena; ¿para qué lo necesito? Y ¿de qué libro se trata? ¡No será todo de cosas
de la realidad! Pero también las sátiras y las novelas son disparates, escritas
con propósito de decir desatinos, y para que las personas ociosas tengan algo
que leer. Crea, hijita, lo que le digo: haga usted caso de mis muchos años de
experiencia. Y si empezamos por Shakespeare –¡vea usted, la literatura cuenta
con un Shakespeare!–, ¡ese mismo Shakespeare es un puro disparate y nada más
que un disparate, un puro librejo de burla y escarnio, escrito por esos
garrapateadores para divertir al público!
Suyo,
Makar Dievuschkin.
*
2 de agosto.
Mi querido
Makar Aleksiéyevich: Por favor, ¡no se inquiete usted! Dios nos dará su ayuda y
ya verá cómo todo se arregla. Fiodora ha encontrado para las dos mucho trabajo,
y en seguida, muy contentas, nos hemos puesto a hacerlo. Quizá con esto
tengamos para poner de nuevo todas las cosas en orden. Me ha dicho Fiodora que
ella cree que Ana Fiodórovna está muy enterada de todos mis contratiempos
últimos; pero a mí me es de todo punto indiferente. Yo estoy hoy resueltamente
alegre.
Conque quería
usted tomar dinero a rédito... ¡Dios le libre de hacer tal cosa! Con eso no
haría usted más que agravar sus males, pues tendría que pagar luego mayor
cantidad, y ya sabe usted lo difícil que es eso. Haga usted ahora una vida más
económica, venga con más frecuencia a vernos y no se preocupe usted por lo que
diga su patrona. Cuanto a sus otros enemigos y todas las demás personas que
piensan mal de usted, convencida estoy de que usted se tortura con aprensiones
totalmente infundadas. Makar Aleksiéyevich.
También podía
usted estimar un poquito más su estilo; no es está la primera vez que le digo
que escribe usted de un modo incomparable. Bueno, hasta la vista. Conste que le
espero sin falta. Suya.
V. D.
*
3 de agosto.
Angelito mío,
Varvara Aleksiéyevna: Me apresuro a comunicarle, alma mía, que vuelvo a tener
nuevas perspectivas y nuevas esperanzas. Pero antes permíteme usted, alma mía,
que le diga una cosa: ¿opina usted que yo no debo tomar dinero a rédito? ¡Pero
si no es posible salir adelante de otro modo, palomita mía! A mí me va la cosa
mal; pero ¿y ustedes, a las cuales puede ocurrirles algo de improviso? ¡Anda
usted siempre tan delicadita! Por eso digo que es imprescindiblemente necesario
el tomar algún dinero a rédito. Y ahora, escúcheme usted.
Debo hacerle
presente, ante todo, que yo tengo mi asiento en la oficina al lado de Yemelia
Ivánovich. Este Yemelia no es aquel otro individuo del mismo nombre del que ya
la hablé a usted. Es, lo mismo que yo, un funcionario del Estado. Ambos somos
los más antiguos del negociado, los veteranos, como nos suelen llamar. El tal
Yemelia es un hombre bonísimo, sin pizca de egoísmo, pero apenas si habla dos
palabras seguidas, y para que usted vea lo que son las cosas, tiene todo el
aspecto de un verdadero oso. Trabaja a conciencia en la oficina, escribe con
buena letra inglesa y, si he de decir la verdad, no lo hace peor que yo. Es,
demás, un hombre verdaderamente honrado. Nosotros no hemos tenido nunca lo que
se dice intimidad, limitándonos al cambio de saludos: «¡Buenos días!», y
«¡Quede usted con Dios!»; pero suele ocurrir a veces que yo, por ejemplo,
necesito un cortaplumas, y entones voy y le digo: «Querido Yemelia Ivánovich,
¿podría usted dejarme su cortaplumas un momentito?» Verdadera conversación no
la hemos sostenido nunca; pero, no obstante, hemos cambiado esas palabrillas
que es costumbre se crucen entre empleados que trabajan en la misma mesa.
Bueno, pues verá usted. Hoy, el tal Yemelia hubo de decirme de pronto: «Makar
Aleksiéyevich, ¿por qué está usted tan pensativo?»
Yo pude
advertir que él me hablaba con la mejor intención y... fui y me confié a él.
Abríle el pecho y se lo conté todo, de pe a pa; es decir, todo no se lo
conté..., y, naturalmente, si Dios me tiene de su mano, no se lo contaré nunca
a nadie, porque me faltaría el valor. Várinka; pero sí le referí algunas cosas;
en otras palabras: que le confesé que me encontraba en un apuro de dinero, etc., etc.
–Pero,
padrecito –me dijo Yemelia Ivánovich–, usted podría encontrar quien le diese
dinero a rédito, por ejemplo Piotr Petróvich, que presta con su tanto por
ciento. También yo le he tomado dinero a préstamo. Y puedo asegurarle a usted
que no me lleva un interés muy elevado, ¡no, señor!
Ahora bien:
Várinka, al oírle, empezó a darme saltos el corazón de puro alegre... ¡Cómo me
palpitaba! Pensaba, y pensaba, y ponía toda mi confianza en Dios, que, ¡quién
sabe, quizá le inspire a Piotr la idea de prestarme dinero! Y en seguida me
puse a echar la cuenta, a ver la forma como podría yo pagarle a la patrona y
ayudarle algo a usted, y darme yo una vueltecita también para adquirir de nuevo
aspecto humano..., pues estoy hecho ya una verdadera vergüenza, y me la da a mí
de sentarme en mi sitio, eso sin contar con que los jóvenes se están siempre
riendo de uno... ¡Dios los perdone! Pero es que también Su Excelencia pasa
algunas veces junto a nuestra mesa, y si alguna vez... ¡Dios nos libre y nos
guarde!... al pasar, le diera por echarme una miradita y fijarse en que voy
vestido de una manera impropia..., porque ha de saber usted que Su Excelencia
considera el primor y el orden como lo más importante en el mundo.
Probablemente no diría nada, pero yo, Várinka, yo creo que me moriría de
vergüenza en el acto... Como se lo digo a usted. Así que hice acopio de valor,
disimulé todo lo que pude mi susto y me fui a ver a Piotr Petróvich, lleno, por
una parte, de esperanza, y por otra, de inquietud...
Bueno; pues
todo esto, Várinka, paró en... nada. Estaba el sujeto muy ocupado, hablando,
por cierto, con Fedosei Ivánovich. Yo me acerqué a él y le di un golpecito con
mucha discreción en el brazo, como dándole a entender que tenía necesidad de
hablarle. Él se volvió a mirarme, y... entonces fui yo y, poco más o menos, le
dije lo siguiente: «Tal y cual, etc. Piotr Petróvich, si puede ser, aunque sólo
sea unos treinta rublos...» Él, a lo primero, pareció no haberme comprendido;
pero yo volví a explicárselo todo. Y entonces él fue y se echó a reír, pero sin
decirme palabra. Yo empecé de nuevo con mi retahíla, y entonces él me preguntó:
«¿Tiene usted alguna garantía?»; luego volvió a abismarse en sus papeles y
continuó escribiendo, sin siquiera dirigirme una mirada. Todo lo cual hubo de
cohibirme un poco. «No –le dije–, garantía no tengo, Piotr Petróvich.» Y le
expliqué: «Pero yo le devolveré el dinero, en cuanto cobre mi sueldo de este
mes, y eso será lo primero que haga y mi primera obligación.» En aquel momento
lo llamó no sé quién y salió de la oficina, donde yo me quedé aguardándolo. No
tardó en estar de vuelta. Se sentó, aguzó su pluma... y, a todo esto, sin
reparar en mí. Pero yo volví a la carga, diciéndole: «Conque, Piotr Petróvich,
¿no habría modo de arreglar el asunto?»
Él no decía
nada, y parecía como si no me hubiese oído, en tanto yo permanecía de pie, está
que está... «Bueno –pensaba yo–, lo intentaré otra vez, la última», y volví a
tocarle en una manga. Pero él no despegó los labios, Várinka; quitóle un
pelillo a la pluma y siguió escribiendo. Entonces yo me retiré de allí.
Mire usted,
hijita: puede que estos sujetos sean muy honorables; pero como soberbios, sí
que lo son, y no poco... ¡A ellos no hay forma de llegar, Várinka! Y para que
usted lo sepa es por lo que le he contado este episodio.
Yemelia
Ivánovich se echó al punto a reír y movía la cabeza; pero el pobre, como es muy
bueno, no quería quitarme las esperanzas. Yemelia Ivánovich es realmente un
hombre bueno. Me ha prometido recomendarme a cierto individuo que vive en la
parte de Viborg[13]
y que también presta dinero. Dice Yemelia Ivánovich que ese individuo me dará
el dinero sin falta. ¿Qué le parece a usted? ¡Sin dinero no hay forma de salir
adelante! Mi patrona me ha amenazado ya con echarme de la casa y con no dejarme
sentar a la mesa. Y tengo las botas en un estado deplorable, hijita, ¡y me
faltan la mar de botones y quién sabe cuántas cosas más! ¡Y si le diera por
fijarse en mí alguno de los jefes!... ¡Una verdadera desdicha, Várinka; una
verdadera desdicha!
Makar Dievuschkin.
*
4 de agosto.
Querido Makar
Aleksiéyevich: ¡Por el amor de Dios, Makar Aleksiéyevich, procúrese usted tan
pronto como pueda el dinero! Yo, naturalmente, en las actuales circunstancias,
no reclamaría su ayuda a ningún precio, ¡pero si supiera usted en qué situación
me encuentro...! ¡No puedo continuar en este piso, necesito mudarme! ¡He
sufrido los más desagradables contratiempos y no puede usted figurarse qué
excitada y desesperada estoy!
Imagínese
usted, amigo mío; esta mañana presentóse en casa inopinadamente un señor
extranjero, un hombre ya de edad, casi un anciano, con una condecoración al
pecho. Yo estaba muy asombrada y no comprendía qué era lo que deseaba. Fiodora
había salido a comprar no sé qué. El visitante empezó a hacerme preguntas: que
qué vida hacía yo; que en qué me ocupaba, y luego..., sin aguardar
contestación..., salió diciendo que era el tío de aquel oficial de marras y que
le había disgustado mucho la incorrecta conducta de su sobrinillo; sobre todo,
que hubiera puesto mi buena reputación en entredicho... Que su sobrino era un
tarambana, que en nada reparaba; pero que él, como tío suyo, se creía obligado
a compensar sus faltas y a tomarme bajo su protección. Me aconsejaba, además,
que no les hiciese caso a lo jovencitos; que él, en cambio, sentía por mí la
compasión de un padre y un amor paternal y estaba dispuesto a ayudarme en todos
sentidos.
Yo me puse
encarnada, mas no sabía qué pensar de aquello, pues, naturalmente, no estaba
entonces para pensar en nada. Él me cogió la mano y me la estrechó sin
soltármela; por más que yo hacía para zafarme, me dio unas palmaditas en las
mejillas, diciendo que era muy bonita y que le gustaba mucho, encantándole,
sobre todo, los hoyuelos que se me formaban en los carrillos. Siguió hablando
por los codos..., y, finalmente, hizo intención de darme un beso... «¡Como soy
ya un viejo!» decía. ¡Qué baboso estaba!... En aquel instante llegó de la calle
Fiodora. El caballerete se quedó un poco cortado, insistió en que estimaba,
sobre todo, mi modestia y mi buena educación, y añadió que celebraría mucho que
yo le perdiera el miedo. Luego llamó aparte a Fiodora y quiso ponerle dinero en
la mano, con no sé qué pretexto. Fiodora, naturalmente, se lo rechazó.
Visto lo cual,
despidióse él; volvió a repetir que lo sentía mucho, y prometió hacerme de allí
a poco otra visita y traerme unos pendientes (creo que a lo último estaba un
poco cohibido). Me aconsejó, además, que me mudase a otra casa, recomendándome
una que es muy mona y no me costaría nada. Repetía que yo le había inspirado un
afecto especial, por ser una muchacha honrada y discreta. Luego volvió a
encarecerme que tuviese mucho cuidado con los jóvenes libertinos, y,
finalmente, explicóme que conocía a Anna Fiodórovna y que ésta le había
encargado me dijera que no tardaría en hacerme una vivita. ¡Entonces lo
comprendí todo! No puedo dar razón de lo que me sucediera... Era la primera vez
que sentía eso y también la vez primera que en tal situación me encontraba:
¡estaba fuera de mí! Yo le eché en cara su proceder..., y Fiodora se puso a mi
lado y lo echó materialmente del cuarto. Todo esto es, naturalmente, obra de
Anna Fiodórovna... Pero ¿por dónde habrá podido enterarse de estas cosas
nuestras?
Pero yo me
dirijo a usted, Makar Aleksiéyevich, y le ruego me proteja. ¡Ayúdeme usted; por
el amor de Dios, no me deje en este apuro! Por favor, procúrenos usted dinero,
aunque sea poco, pues no tenemos absolutamente con qué costear los gastos de
una mudanza y por ningún concepto podemos seguir viviendo aquí. Fiodora piensa
sobre esto lo mismo que yo. Necesitamos, por lo menos, veinticinco rublos. Yo
le devolveré a usted esa cantidad, ¡que ganaré con mi trabajo! Fiodora me
traerá de aquí a unos días labor; así que no se vaya a asustar de que el
interés sea muy elevado; no se fije usted en ello y acepte todas las
condiciones. ¡Todo, todo se lo devolveré yo a usted; pero no me abandone usted
ahora, por el amor de Dios! Me cuesta un gran esfuerzo irle a usted con esta
súplica en las circunstancias actuales; pero usted es mi único amparo, ¡mi
única esperanza!
Siga usted
bien, Makar Aleksiéyevich, piense en mí y que Dios le atienda.
V. D.
*
4 de agosto.
Varvara
Aleksiéyevna, palomita mía: Mire usted, son esos golpes inesperados
precisamente los que me desconciertan. ¡Esas plagas espantosas son exactamente
las que dan en tierra conmigo! Esos pisaverdes insulsos y esos vejetes
despreciables acabarán por llevarnos al lecho del dolor, no sólo a usted, ángel
mío, con tantos sofocos como le proporcionan, sino también a mí, a quien le
darán la puntilla los muy tunos. ¡Lo harán como se lo digo, hijita! ¡Pero
primero me dejaría yo matar que no ayudarla a usted! Porque si yo no pudiera
ayudarla, Várinka, eso sería para mí la muerte, mi verdadera muerte. Pero en
cuanto la haya podido yo acorrer, huya usted de mí en seguida, Várinka, como un
pajarillo, pues sólo así se verá libre de esa partida de avechuchos y aves de
rapiña que ahora rondan su nido. Aunque esto, hija mía, es lo que más me
atormenta. Pero yo también sufro por su culpa, Várinka. ¿Cómo puede usted ser
tan cruel? ¡Cómo puede serlo! A usted atormentan, a usted la ofenden, a usted,
pajarito mío, corazoncito mío, la hacen sufrir continuamente y, por
consecuencia..., todavía se crea usted preocupaciones que también me traen
desazonado a mí y me promete devolverme y sacarlo de su trabajo, lo cual quiere
decir, en realidad, que usted, con lo delicada que está, va a ponerse a
trabajar a destajo, a fin de poderme dar el dinero en el plazo convenido. ¿Ha
pensado usted bien, Várinka, en lo que promete? ¿Por qué ha de coser y trabajar
y torturarse su pobre cabecita con preocupaciones y estropearse la salud? ¡Ah
Várinka, Várinka!
Mire usted,
palomita mía: yo no valgo nada, absolutamente nada; me consta que para nada
valgo, pero y ame las arreglaré de forma que algo valga. Yo venceré todas las
dificultades, yo me buscaré trabajo particular, haré copias para nuestros
literatos, iré a verlos, sí; iré a verlos y les pediré trabajo, pues necesitan
buenos copistas, ¡me consta que los andan buscando! Pero usted es preciso
evitar que de tanto trabajar se ponga enferma; ¡por nada del mundo lo
consentiré!
Yo buscaré, sin
duda alguna, buscaré dinero y lo hallaré; que me muera antes de no hacerlo así.
Me escribe usted, palomita mía, que no me asuste por lo elevado del interés;
segura puede estar de que no me asustaré por ello; ¡resueltamente no me
asustaré ya por nada! Tomaré prestados cuarenta rublos, hijita. ¿No será poco,
Várinka? ¿Qué le parece a usted? ¿Me prestarán a mí cuarenta rublos sin más
garantía que mi palabra? Lo que yo deseo saber, hija mía, es si usted me cree
capaz de inspirarle confianza a cualquiera sólo a la primera mirada. Por la
expresión del semblante quiero decir, y, sobre todo..., ¿podrán formar de mí
con sólo verme una opinión favorable? Piénselo usted bien, angelito mío,
piénselo bien. ¿Puedo hacer yo una buena impresión en quien me ve por vez
primera? ¿Soy yo un hombre así? ¿Qué le parece? Mire usted: siento, a pesar de
todo, una angustia..., ¡una angustia enfermiza, verdaderamente enfermiza!
De los cuarenta
rublos le daré a usted veinticinco, Várinka: dos a la patrona, y el resto me lo
reservaré yo para mis gastos.
Verdaderamente,
a la patrona debería yo darle más dinero; sí, debería dárselo sin remisión,
pero piense usted bien hijita; haga la cuenta de las cosas que necesito más
imprescindiblemente, y verá cómo no es posible que de ningún modo pueda darle
más dinero... Así que no hay que preocuparse más ni hablar más del asunto, sino
dar por resuelta la cuestión. Por cinco rublos me compro un par de botas.
Porque le confieso, en verdad, que no sé si mañana me atreveré a presentarme en
la oficina con las que llevo puestas. También me vendría muy a pelo una
corbata, pues la que ahora tengo lleva ya casi un año de uso; pero como usted
de un delantal viejo no sólo me hizo una pechera, sino también una corbata, no
hay que pensar por ahora en comprar una nueva. De modo que tenemos ya botas y
corbata. Ahora nos faltan los botones, hijita. Usted convendrá conmigo en que
de los botones no puedo prescindir y a mi casaca de uniforme se le han caído ya
más de la mitad. Yo tiemblo cuando pienso que pudiera suceder que Su Excelencia
se fijase en semejante muestra de abandono y dijese con mucha razón...
cualquier cosa. No tendría que decirme más de una, pues de fijo que me quedaba
muerto en el acto, pero muero de repente, pues de vergüenza, sólo de pensarlo,
creo exhalar el ánima. Sí, hija mía, no podría sobrevivir a ese bochorno... De
modo que, después de satisfechas esas atenciones, me quedan sus buenos tres
rublos para vivir y para comprarme una librita de tabaco, pues el tabaco para
mí es la vida, y hoy hace ya nueve días que mi pipa no echa humo. Con franqueza
le confieso que yo habría comprado el tabaco, aun sin decírselo a usted antes,
sólo que me avergüenzo de ello ante mi conciencia. Usted es una desdichada que
se priva de todo y yo voy a procurarme deleites. Así que se lo prevengo a usted
para evitarme remordimientos de conciencia. Le confieso sinceramente, Várinka,
que me encuentro actualmente en una situación sumamente desesperada; es decir,
como nunca la había experimentado en mi vida. La patrona me desprecia; de
estimación o respeto, ni pizca. Por todas partes faltas, por todas partes
deudas; pero en la oficina, donde los compañeros nunca me bailaron el agua de
nieve...., bueno, de la oficina más vale no hablar. Yo lo disimulo todo,
procuro el primero ocultarlo todo y hasta ocultarme yo mismo; cuando entro en
la oficina hago todo lo posible por pasar inadvertido y me escurro por entre
los compañeros. Yo sólo tengo valor para contárselo a usted todo francamente...
Pero ¿y si no me dieran el dinero?
No; es mejor,
Várinka, no pensar en ello y no atormentarse con semejantes figuraciones, que
ya por adelantado le quitan a uno el valor. Yo sólo le escribo a usted estas
cosas para prevenirla y ponerla en guardia, a fin de que no piense en ello ni
se atormente con otras ideas tristes. ¡No lo haga usted así! Pero, Dios mío,
¡qué sería de usted! Seguramente no podría mudarse de cuarto y tendría que
seguir siendo mi vecina..., pero no, no podría resistir ese golpe;
sencillamente, en ese caso, me metería debajo de la tierra, ¡desaparecería,
sucumbiría!
Aquí tiene
usted otra epístola larga, y en vez de garrapatear tanto hubiera mejor
afeitándome, pues afeitado parece uno más primoroso y respetable, lo cual
significa mucho y siempre ayuda no poco a allanarle a uno el camino para
encontrar lo que busca. ¡Conque sea lo que Dios quiera! Yo pediré el dinero y
luego... me abriré camino.
Makar Dievuschkin.
*
5 de agosto.
Querido Makar
Aleksiéyevich: ¡Si usted por lo menos no desesperase! Tenemos ya sin eso tantas
preocupaciones... Le envió a usted treinta copeicas, que es todo lo que puedo.
Cómprese usted con ellas lo que le haga más falta para poder tirar por lo menos
hasta mañana. Nosotras eso es casi lo único que tenemos... ¡Qué va a ser mañana
de nosotras!... No lo sé. ¡Qué tristeza, Makar Aleksiéyevich! Pero no debe
usted quebrarse la cabeza con preocupaciones. Que no le han dado a usted nada,
bueno, ¡qué le vamos a hacer! Dice Fiodora que, después de todo, no estamos tan
mal, que todavía podíamos seguir aquí un poco..., y que aun cuando nos
trasladásemos a otro cuarto no habríamos ganado gran cosa, pues quien se lo
propusiera siempre daría con nosotras. Desde luego que, a pesar de todo, no es
nada agradable continuar aquí. Si no tuviera tanta pena, le escribiría a usted
de otras cosas más.
Pero ¡qué
carácter más raro el suyo, Makar Aleksiéyevich! Todo lo toma usted muy a pecho,
por lo cual ha de ser usted el más desdichado de los hombres. Leo con toda
atención sus cartas y veo por ellas que usted se preocupa y atormenta por mí
hasta un punto como usted mismo nunca se preocupó ni apuró por su persona.
Naturalmente, todo el mundo diría que eso es que usted tiene muy buen corazón.
Pero yo digo que lo tiene demasiado bueno. Si me atreviera, le daría a usted un
consejo afectuoso, Makar Aleksiéyevich. Yo le estoy a usted agradecida, muy
agradecida por todo cuanto por mí ha hecho; créame que le guardo agradecimiento
profundo. Pero juzgue usted mismo cómo me sentará ver que usted, después de
todos esos sinsabores y contratiempos, cuya causa involuntaria he sido yo...;
que usted todavía sólo para mí vive y en cierto modo sólo por mí vive, pues mis
alegrías son las suyas; mis penas, sus penas, y mis sentimientos tienen más
fuerza para usted que los suyos. Pero si usted toma tan a pecho los ajenos dolores
y tanta compasión es capaz de sentir, ¡cuánta razón no hay para que sea usted
el más desdichado de los mortales! Cuando hoy, de paso para la oficina, entró
usted a saludarnos, a mí me dio verdadero susto verlo. Estaba usted tan pálido,
tan decaído y postrado, tan preocupado y desesperado, que, palabra, apenas si
parecía usted temía confesarme su fiasco, dándome con ello un disgusto y una
inquietud. Pero al ver usted que yo tomaba la cosa a risa, respiró a sus
anchas. ¡Makar Aleksiéyevich! No se preocupe usted de ese modo, no se desespere
así, sea usted razonable. ¡Se lo ruego, se lo imploro! Ya verá usted cómo todo
se arregla, cómo las cosas toman otro rumbo mejor. Usted se ensombrece
innecesariamente la vida con tanto preocuparse y afligirse eternamente por los
ajenos dolores.
Adiós, amigo
mío. ¡Le suplico una vez más no se apure por mí!
V. D.
*
5 de agosto.
Palomita mía,
Várinka: ¡Bueno, angelín, bueno! Usted ha llegado a la conclusión de que no es
ninguna desdicha que no me hayan querido dar el dinero. Bueno; pues yo también
estoy tranquilo y contento. Hasta alegre estoy al ver que usted no abandona a
este pobre viejo y se queda en el cuarto. Eso es, y si le he de decir todo, lo
confesaré que se me llenó el corazón de alegría al leer las cosas tan lindas
que de mí decía en su carta y los elogios que tenía para mis sentimientos. No
lo digo por orgullo, sino porque veo que usted me quiere de veras cuando de ese
modo se desvive por tranquilizarme el corazón. Bueno, ¿hasta cuándo se va a
estar hablando de mi corazón? Mi corazón debe quedarse para mí; pero a eso dirá
usted, Várinka, que no debo ser humilde. Sí, angelín mío; tiene usted razón que
está de más, que realmente no hace falta alguna... la timidez, digo. Pero,
entre paréntesis, hijita, ¿quiere usted decirme qué botas voy a ponerme mañana
para ir a la oficina?... Ese es el quid, para que usted vea... Esa idea tiene
poder para dar en tierra con un hombre, para aniquilarlo sencillamente. La raíz
de todo está en que yo no me cuido de mí, ni de mí me duelo. A mí,
personalmente, me da igual, y con la mayor tranquilidad del mundo iría por esas
calles sin capa y sin botas; a mí me resultaría indiferente, de nada me
cuidaría, pues soy un hombre sencillo y modesto. Pero ¿qué diría la gente?...
¿Qué dirían mis enemigos y todas esas malas lenguas si me ven sin capa? Se
lleva capa sólo por la gente, y sólo por ella se llevan también botas. Las
botas son, en este caso, corazoncito mío, hija mía, únicamente necesarias para
la conservación del honor y la buena reputación de uno. Quien lleva las botas
rotas pierde el uno y la otra... Créame usted lo que le digo, hijita; haga
usted caso de este viejo, abandónese usted a mis largos años de experiencia,
preste usted oídos a un viejo que conoce a los hombres y no a ningún petimetre.
Pero todavía no
le he contado a usted al detalle, hijita, cómo está hoy todo. Yo, en esta sola
mañana, he tenido que aguantar tanto, pasar por tantas torturas de espíritu,
como quizá otros hombres en todo un año. Escúcheme, que le voy a referir lo que
pasó.
Yo salí de casa
muy tempranito con objeto de saludarla a usted y luego irme a la oficina y
poder llegar a tiempo. ¡Qué lluvia hacía hoy y cuánto barro! Bueno. Me envolví
en mi capita, angelín mío, y pian piano seguía mi camino en tanto pensaba para
mis adentros: «¡Dios mío! ¡Perdóname todas las infracciones de tus mandamientos
y haz que se cumplan mis deseos!» Al pasar por la iglesia de ***, me santigüé e
hice acto de contrición de todos mis pecados, pero al mismo tiempo pensé que no
estaba bien que yo conversase así con Dios Nuestro Señor. De suerte que volví a
abismarme en mis pensamientos y seguí adelante, sin mirar a ningún lado, sin
fijarme en el camino que llevaba, siempre adelante. Las calles estaban
desiertas, y los transeúntes que de cuando en cuando me encontraba parecían
preocupados y pensativos... Lo que nada tenía verdaderamente de extraño, porque
¿quién sale a paseo a esa hora y con un tiempo así? En esto, tropecéme con una
pandilla de sucios obreros, los cuales me dieron un recio codazo al pasar, los
insolentes. Entonces volvió a acometerme la timidez, y, para serle franco, no
quería acordarme del dinero... Vayamos a la aventura, eso es: a la buena de
Dios.
Precisamente al
pasar por el puente Vosnesenskii se me desprendió la suela de una de las botas,
de suerte que, a partir de aquel momento, no acabo de comprender con qué he ido
pisando. Y precisamente en ese sitio hube de encontrarme con nuestro ordenanza
Yermoleyev, el cual se paró y me siguió con la vista, como pidiéndome una
propina. «Anda por Dios, hermanito –pensé yo–; una propinilla. ¿Qué es una
propina?»
Yo estaba
horriblemente cansado: así que me detuve con objeto de descansar un poco, y
luego seguí camino adelante. Ahora lo miraba yo todo deliberadamente, con la
idea de encontrar alguna cosa en la que detener el pensamiento para distraer la
imaginación y recrearme; pero no le encontré; y por si era poco el no poder
detener en nada el pensamiento, me había puesto de barro hasta un punto que me
daba vergüenza. Por último, divisé a lo lejos una casa amarilla, de madera, con
un frontispicio: una especie de villa. «Ahí es –me dije–: ésa es la casa que
Yemelia Ivánovich me describió... La casa de Márkov.» (Así se llama ese
individuo que presta dinero a rédito.) Bueno; en aquel instante acudieron a mi
imaginación todos los pensamientos juntos; yo sabía que aquélla era la casa de
Márkov; pero, sin embargo, preguntéle al vigilante de la Comisaría de quién era
realmente esa casa; es decir, quién vivía en ella. Pero el vigilante, un
grobiano, me respondió de mala gana, ni más ni menos que si estuviera
disgustado conmigo, y refunfuñó entre dientes: «¡Esa casa es propiedad de un
tal Márkov!» Esos guardias son todos hombres tan faltos de sentimientos...;
pero a mí, después de todo, ¿qué más me daba? Sin embargo, me hizo aquello una
impresión mala y desagradable. En una palabra: que la decoración cambió para mí
por completo. En todo se encuentra algo que corresponde exactamente a la
situación en que uno se halla o que uno siente en cierto modo relacionada con
ella; siempre sucede así... Yo pasé por delante de la casa tres veces; pero
cuanto más la rondaba, tanto peor. «No –pensaba–; no me va a dar nada ese
hombre; decididamente, no me va a dar nada. ¡De fijo que nada me da! Yo soy
para él un extraño, un individuo totalmente desconocido; el asunto es muy
engorroso, y mi aspecto no es nada recomendable.» «Bueno... –me decía–; que sea
lo que Dios quiera; por lo menos, no tendré después que lamentarme de no haber
intentado el remedio. ¡El intentarlo no me va a costar la cabeza!» Y en esos
dimes y diretes conmigo mismo, abrí muy suavemente la puerta de la casa. Pero
entonces me ocurrió otra desdicha: no bien había penetrado en el portal, cuando
se abalanzó a mí un estúpido perrillo, que se puso a ladrar como un
desesperado, con tal furia, que le atronaba a uno las orejas. Y mire usted:
incidentes de tan poca trascendencia como aquél son siempre, hija mía, los que
lo desconciertan a uno y vuelven a llenarlo de timidez, aniquilando en un
instante toda aquella resolución que habíamos podido formarnos. Yo entré en la
casa más muerto que vivo... Pero allí hube de tropezar con otra calamidad
nueva, y fue que no veía bien por dónde iba, y cuando estaba parado un momento
junto al umbral..., vine a tropezar inesperadamente con una mujer, puesta en
cuclillas, que estaba llenando cántaros de leche, tomándola de una cuba de
ordeñar, y fue tal el envite que le di, que se vertió toda la leche. La sandia
de la mujer empezó a gritar y a gruñir y a apostrofarme, diciendo: «Pero ¿es
que no ve usted bien por dónde va, hombre? ¿Por qué no abre bien los ojos? ¿Qué
es lo que se le ha perdido a usted aquí?», y otras muchas cosas por el estilo,
sin parar. Le escribo a usted todo esto, hija mía, se lo escribo a usted,
porque a mí, en casos como el de marras, siempre me ocurre algún tropiezo por
el estilo; se diría que me lo tiene así deparado la suerte. Siempre he de
chocar con alfo secundario que se me atraviesa en el camino.
A los gritos de
la mujer llegó una vieja bruja, una finlandesa. Inmediatamente me volví hacia
ella y le pregunté si vivía allí el señor Márkov:
–No –me
contestó con malos modos; pero se quedó allí plantada, y luego, a su vez, me
preguntó displiciente–: ¿Para qué lo quiere usted ver?
Yo entonces se
lo expliqué todo: que tal y que cual, que Yemelia Ivánovich...; en fin, que se
lo conté todo... «Sintetizando; vengo para asuntos de negocios.» Al oír esto,
llamó la vieja a una hija suya..., la cual acudió al punto: una muchachona
descalza.
–Llama a tu
padre. Está con los arrendadores... Acérquese, haga el favor.
Yo me acerqué.
El cuarto era..., bueno, como son, por lo general, tales cuartos: en las
paredes, cuadros, en su mayoría retratos de generales; un sofá, una mesa
redonda, tiestos de reseda y balsamina. Yo no hago más que pensar: «¿No debería
retirarme todavía, que es tiempo?» Y en verdad lo digo, hijita, que estuve ya a
punto de tomar las de Villadiego. Yo pensaba: «Será mejor que venga mañana,
mañana, que hará mejor tiempo. ¡Aguardaré hasta mañana! Hoy le he vertido a esa
mujer la leche, y esos generales me miran con muy malos ojos...» Y ya me
encaminaba, se lo confieso, a la puerta, cuando hubo de presentarse él... Un
tipo enteramente vulgar, un tío pequeñito, canoso, con unos ojillos, ¿sabe
usted?, un poco atravesados, embutido en una bata pringosa, ceñida por un
cordón en torno a la cintura.
Se informó de
mi deseo y en qué podía servirme; y yo le hice presente, pues, que tal y cual,
y que Yemelia Ivánovich...
–Total, unos
cuantos rublos que me hacen falta –le dije. Pero no terminé de hablar, pues en
sus ojos comprendí que había errado el golpe.
–No –me dijo
él–; lo siento mucho, pero no dispongo de dinero. ¿Cuenta usted con alguna
garantía?
Yo empecé a
explicarle que, verdaderamente, no disponía de ninguna, pero que Yemelia
Ivánovich me había dicho... En una palabra: le expliqué todo lo que había de
explicar. Él me oía en silencio.
–Ya, sí –dijo–.
Yemelia Ivánovich no sirve aquí de nada. No tengo dinero.
«Claro –pensé
yo–: eso ya me lo sabía, ya lo veía venir, ya lo tenía tragado.» En verdad,
Várinka, que habría sido mejor que la tierra me hubiera tragado en ese
instante, pues tenía los pies helados y me corrían escalofríos por la espalda.
Yo le miraba a él y él me miraba a mí, como diciendo: «Bueno; vete ya, rico; no
sé qué guardas aquí»; de suerte que, en otras circunstancias, habría yo sentido
una vergüenza mortal.
–¿Y para qué
quería usted ese dinero? –¡me preguntó de veras esto, Várinka! Yo abrí la boca
sólo para no estar de pasmarote; pero él ni siquiera se dignó escucharme–. No
–dijo–, no tengo dinero; en otro caso, tendría mucho gusto en...
Yo me puse a
porfiarle, le hice presente que no era tanto el dinero que necesitaba, que
estaba decidido a pagárselo religiosamente en el plazo convenido, que podía
encargarme el interés que quisiese, y que yo, repetíle, estaba dispuesto a
pagárselo todo. En aquel instante pensaba yo en usted, hijita, en sus
contratiempos y sus apuros, y pensaba también en sus cincuenta copeicas.
–No –dijo él–.
¿Quién habla aquí de interés? Pero si tuviera usted una garantía... Yo, de
momento, no dispongo de dinero; Dios es testigo de que no lo tengo; en otro
caso, tendría mucho gusto en...
¡Sí hasta por
Dios me lo juraba el muy bandido!
Bueno; en
resumidas cuentas, hija mía, que no sé cómo salí de allí y me volví a encontrar
en el puente de Vosnesenskii.
Estaba
horriblemente cansado y muerto también de frío, arrecido del todo, y serían ya
las diez cuando llegué a la oficina. Yo quería limpiarme algo la ropa, quitarme
el barro de encima; pero el ordenanza se empeñó en negarme el cepillo, diciendo
que lo iba a echar a perder y que los cepillos eran propiedad del Estado. ¡Para
que vea usted, hija mía, qué trato le merezco ahora a esa gente! ¡Peor que si
fuera una esterilla vieja en la que todo el mundo puede limpiarse los pies!
¿Qué es lo que así me deprime, Várinka?... No es el dinero que me falta, sino
esos sinsabores y el tenerme que rozar con los hombres; todos esos chismorreos,
y esas risitas y esas burletas... ¡Y diz que a cada instante puede Su
Excelencia dirigirse a mí casualmente o fijarse en mi exterior! ¡Ay hijita,
pasó ya mi edad de oro! Hoy he vuelto a releer todas sus cartas... ¡Qué pena,
hijita! ¡Adiós, palomita mía, que Dios la guarde!
M. Dievuschkin.
P. S. – Quería, hijita, contarle a usted medio en broma mis desdichas; pero veo
que no se me ha logrado, quiero decir, la broma. Yo aspiraba a distraerla. Ya
iré a visitarla, ya iré.
*
11 de agosto.
¡Varvara
Aleksiéyevna! ¡Palomita mía! ¡Estoy perdido, perdidos estamos los dos;
irremisiblemente perdidos! Mi buena reputación, mi honor... ¡Todo perdido! ¡Yo
soy la causa de la perdición, hijita! Me hace todo el mundo blanco de sus
desprecios y sus burlas, y la patrona me insulta ya a gritos y delante de la
gente. Hoy se puso otra vez a gritar y a alborotar y a llenarme de injurias,
¡cual si fuera yo un don nadie! Y por la tarde un individuo de la tertulia de
Ratasayev se puso a leer en voz alta una de mis cartas dirigidas a usted: una
carta que yo no había acabado de escribir y me guardé en el bolsillo, de donde
se me debió de caer luego. Y ¡cómo les ha echo reír esa carta, hijita! ¡Cómo
nos han puesto y las cosas que decían de nosotros los muy traidores! Yo no pude
contenerme, y me fui hacia ellos, y acusé a Ratasayev de desleal, y le dije que
era un falso. Pero Ratasayev me contestó que el falso era yo y que no me
dedicaba a otra cosa que a hacer conquistas. Según él, yo les había dado chasco
a todos, porque, en el fondo, era un Don Juan. ¡Y ahora, hija mía, todo el
mundo aquí me llama el Don Juan, y no hay quien me nombre de otro modo! Mire,
angelín mío; mire usted... Se han enterado de lo concerniente a nosotros; están
al tanto de todo, y también de todo lo suyo están enterados. ¡Pobrecita mía!
¡De todo lo que a usted se refiere!... Y hasta Faldoni se ha puesto de su
parte. Yo quise mandarlo hoy a la tienda para que me trajese un trozo de
salchicha, y fue y me dijo con toda frescura que no podía ir, que tenía mucho
que hacer.
–Eso, sin
embargo, es obligación tuya –le dije.
–Bueno,
bueno... ¡Obligación mía! –murmuró–. Usted no le paga a mi ama; así que yo no
tengo obligación ninguna.
Yo, hija mía,
no puedo soportar tales ofensas de parte de un sujeto ignaro e insolente como
ése; así que le dije:
–¡Animal!
Pero él me
contestó muy tranquilo:
–Vaya una cosa.
¡Eso me lo dice aquí todo el mundo!
Yo pensé a lo
primero si estaría bebido, y así se lo di a entender, preguntándole:
–Pero ¿es que
estás borracho?
A lo que él me
replicó:
–¿Acaso me ha
dado usted para que me emborrache? ¡Cuando ni siquiera tiene usted para echarse
un vaso! –y luego refunfuñó todavía–. ¡Vaya un señor!
Ya ve usted,
hijita, hasta dónde hemos llegado. ¡Siente uno vergüenza de vivir, Várinka!
Estoy perdido, sencillamente perdido! ¡Irremisiblemente perdido!
M. D.
*
13 de agosto.
Querido Makar
Aleksiéyevich: A nosotros nos persigue la desdicha, y no sé ya qué hemos de
hacer. ¿Qué va a ser de nosotras? Con mi trabajo no puedo ya contar. Hoy me he
quemado con la plancha la mano izquierda; la solté inadvertidamente, y me
lastimé y me quemé, ambas cosas a un tiempo. De modo que no puedo trabajar, y
Fiodora lleva también tres días enferma. ¡Oh, cuántos apuros y sobresaltos!
Le envío a
usted treinta copeicas; esto es casi todo cuanto tenemos. Bien sabe Dios cuánto
querría poder ayudarle en sus apuros. ¡Me dan ganas de llorar!
¡Quede con
Dios, amigo mío! Me proporcionaría usted una gran tranquilidad si viniese hoy a
vernos.
V. D.
*
14 de agosto.
Makar
Aleksiéyevich: ¿Qué le sucede a usted? ¿Es que ha perdido ya el temor de Dios?
Y a mí me hace usted perder el juicio. ¿No le da a usted vergüenza? Usted va
derecho a su ruina. ¡Piense usted en su reputación! Es usted un hombre honrado,
respetable, laborioso... ¿Qué dirá la gente cuando se vaya enterando? Y usted
mismo, Makar Aleksiéyevich, usted mismo se morirá de vergüenza. ¿O es que no
hace usted ya aprecio de sus canas? ¡Pues tema usted siquiera a Dios!
Dice Fiodora
que ya no le ayudará más a usted, y tampoco yo, en esas condiciones, le enviaré
más dinero. ¿Qué ha hecho usted de mí, Makar Aleksiéyevich? ¡Usted se figura
que me es indiferente el que usted se conduzca tan mal!
¡No sabe usted
todavía lo que por usted he soportado yo! No puedo ya asomarme a la escalera,
pues todos me miran y me señalan con el dedo, y dicen unas cosas... Sí; para
que usted lo sepa: dicen que yo estoy
liada con un borracho. ¿Cree usted que a mí puede sentarme bien oír esas
cosas? Y cuando viene usted a vernos, todo el mundo dice despectivamente: «Ya
está otra vez ahí el empleado.» Pero yo... Yo me abochorno mentalmente por su
culpa. Le juro que me mudo del cuarto. Y aunque tenga que ponerme a servir...,
¡lo que es aquí no sigo!
Le escribí a
usted diciéndole que lo esperaba; pero usted no vino. ¿Tan indiferente le son a
usted, Makar Aleksiéyevich, mis llantos y mis súplicas? Pero dígame usted una
cosa: ¿de dónde saca el dinero para eso? ¡Por amor de Dios, téngase usted en
más! De otro modo, puede ya darse por perdido, ¡seguramente perdido! Y ¡qué
bochorno, qué asco! Ayer no le dejó a usted entrar la patrona y se pasó la
noche en la escalera... Estoy enterada de todo. ¡Si usted supiese qué dolor es
el mío cuando me cuentan esas cosas de usted...!
Venga usted a
vernos; aquí siempre lo pasará mejor; podremos leer juntos y hablar de los
tiempos pasados. También Fiodora nos contará cosas de su vida, Makar
Aleksiéyevich; haga usted por no perderse, que me pierde también a mí, ¡créalo!
Yo sólo vivo para usted: sólo por usted continúo en esta casa. Y usted se porta
de ese modo. Sea usted una persona decente, tenga carácter y genio aun en la
desgracia. Usted sabe de sobra que ser pobre no es una vergüenza. Y ¿por qué
entonces desesperar? Todo esto es pasajero. ¡Dios nos ayudará, y se arreglará
todo con sólo que usted ponga algo de su parte!
Le envío a
usted veinte copeicas; cómprese usted con ellas tabaco o lo que quiera; pero,
por Dios, no las gaste usted en nada malo. Vuelva usted en sí. ¡Venga a vernos
sin falta! Quizá volverá usted a sentir vergüenza, como la última vez... Pero
no haga usted caso, que eso es falsa vergüenza. ¡Si usted se arrepintiese
sinceramente...! Tenga confianza en Dios. Ya verá cómo todo se arregla.
V. D.
*
19 de agosto.
Varvara
Aleksiéyevna, palomita mía: Avergonzado estoy, lucerito mío, avergonzado estoy.
Aunque, después de todo, ¿qué hay en ello, hijita, de particular? ¿Por qué no
hemos de poder alegramos un poco el corazón? Mire usted: yo ya no me acuerdo
para nada de las suelas de mis botas. Una suela no es nada, y nunca pasará de
ser un simple suela, vulgar y sucia. ¡Ni tampoco son nada las botas! Los sabios
griegos andaban descalzos. ¿Por qué nosotros nos hemos de preocupar por una
cosa tan poco importante? ¿Por qué me han de ofender y menospreciar a mí por
eso? ¡Ay, hijita, por fin se le ocurrió algo que escribirme!... Pero esa
Fiodora dígale usted que es una loca y una sin juicio, con la cabeza a pájaros,
y, por añadidura, estúpida, ¡increíblemente estúpida! Por lo que se refiere a
mis canas, se equivoca usted rica, pues todavía no soy ningún viejo como usted
se figura.
Yemelia le
envía a usted mis saludos. Me escribe usted que al leer mi carta le entraron
ganas de llorar, y yo le digo a usted que también yo me he llevado un gran
disgusto y he llorado. Para termina le deseo a usted salud completa, y soy
siempre, angelín mío, con mis mejores saludos, su amigo,
Makar
Dievuschkin.
*
21 de agosto.
Distinguida
señorita y querida amiga Varvara Aleksiéyevna: Siento que soy culpable; siento
que tiene usted que perdonarme muchas cosas; pero, a mi juicio nada se
adelanta, hijita, con que yo sienta todo eso. Todo eso lo sentía yo ya ante mi
conciencia, sólo que hasta ahora no me he dado cuenta cabal de mi culpa.
Hija, hijita
mía, yo no soy duro de corazón ni malo. Pero para poder desgarrarle a usted su
corazoncito, palomita mía, sería preciso ser un tigre sediento de sangre.
Mientras que yo tengo el tierno corazón de un corderillo y, como usted debe
saber, no siento inclinación alguna a hacer de fiera voraz. Por lo que, en
rigor, no soy yo, angelín mío, verdaderamente culpable ante mi conciencia,
como tampoco son culpables mi corazón ni mis pensamientos. Siendo esto así, yo
mismo no sé a punto fijo quién es aquí el verdadero culpable. ¡Es ésta una cosa
muy embrollada, hijita!
Me envió usted
treinta copeicas primero, y después veinte; mi corazón vertía lágrimas, en
tanto tenía yo en mis manos ese dinerillo suyo, de una huérfana. Se había
usted quemado las manecitas y lastimádoselas, y no tardaría en sentir las
punzadas del hambre. Y, no obstante, me escribía usted diciendo que me comprase
ya, con ese dinero, tabaco. Pero dígame usted: ¿qué había de hacer yo?
Sencillamente, como un bandido, y sin remor-dimientos de conciencia, ¿ponerme a
despojarla a usted, pobre huerfanita?
A mí me faltó
el valor para ello, hijita; es decir, al principio sólo sentí,
involuntariamente, que no valgo para nada y que, a lo sumo, soy un poquito
mejor que la suela de mi zapato. Bueno; a mí me pareció indecoroso tenerme por
algo de importancia, por modesto que fuese, y comencé a descubrir en mí algo de
indigno y hasta cierto punto de vulgar y vil. Bueno; pues habiendo ya perdido
de ese modo la legítima propia estimación, y entregádome a la negación de mis
buenas cualidades y a desmentir mi dignidad de hombre, podía ya darlo todo por
perdido y podía sobrevenir la ruina, ¡lo irremediable! Pero yo no tengo la
culpa de eso. Salí de casa con la sola intención de tomar un poco el aire. Pero
resultó que éramos tal para cual; y es que también el tiempo estaba lluvioso y
frío. Y, de pronto, vea usted, voy y me tropiezo con Yemelia. Este se había
gastado ya, Várinka, todo lo que
tenía, y llevaba dos días de no probar la gracia de Dios; de modo que estaba
dispuesto a empeñar cosas que no pueden venderse, porque nadie las toma.
Bueno, Várinka;
que le acompañé, más por
compasión a la Humanidad que por propio gusto. Y así caímos en aquella culpa,
hijita. ¡Nosotros llorábamos los dos, Várinka! ¡Hablábamos de usted! Él es muy
bueno, todo corazón, y muy sensible. Todo esto lo comprendía yo, hijita, y por
eso precisamente ocurrió aquello; por comprenderlo yo todo.
¡Ya sé, muchas
gracias, hijita, que estoy en culpa con usted! Al conocerlo, empecé yo a
conocerme mejor a mí también, y a tomarle a usted cariño. Pero hasta ahora,
angelín mío, yo viví siempre solo, y llevé una vida oscura, y no viví en este
mundo como los demás hombres. Esos individuos malos que siempre estaban
diciendo que yo tenía un aspecto ruin y se avergonzaban de llevarme a su lado,
hicieron en mí tanta impresión, que yo mismo concluí por encontrarme ruin y
avergonzarme de mí mismo. Decían que yo era romo de entendimiento, y yo pensaba
serlo verdaderamente. Pero, desde que usted surgió en mi vida, me la llenó
usted de claridad, de suerte que tanto en mi corazón como en mi alma se hizo la luz. Pude, por fin,
empezar a gustar algo así como la paz del alma y a comprender que no era
inferior a los demás. Que soy como soy, que no brillo por nada, que carezco de
garbo y no tengo formas sociales: todo eso es la pura verdad. Pero con todo y
con eso, ¡soy un hombre, todo un hombre, en cuanto a razón y pensamiento! Ahora
bien: al darme cuenta de que me perseguía el sino, al permitirme yo, humillado
por la suerte, rebajar mi propia dignidad de hombre; al ceder bajo el peso de
mis desdicha, estaba demostrando que había perdido el valor, ¡y ésa era la verdadera
desgracia!
Pero, puesto
que ya lo sabe usted todo, hijita, con lágrimas en los ojos le ruego que no me
pregunte nunca nada relativo a ese incidente ni me hable de ello siquiera, pues
no necesito eso para tener el corazón desgarrado y para que la vida me resulte
dura y amarga.
Le presento mis
respetos, hijita, quedo su fiel amigo.
Makar
Dievuschkin.
*
3 de septiembre.
Dejé sin
terminar, Makar Aleksiéyevich, mi carta anterior, porque me costaba trabajo
escribir. A veces tengo ratos en que me alegra estar sola para poder
abandonarme a mis anchas, a mis penas, y saborear yo sola mi tortura; tales
estados de espíritu son cada vez para mí más frecuentes. Perdura en mis recuerdos
algo misterioso, que a mí, sin resistencia por mi parte, me cautiva, y
verdaderamente, hasta el punto que me estoy las horas muertas insensible para
cuanto me rodea, y olvidada por completo del presente, de todo lo presente.
Sí: no hay en mi vida actual impresión alguna, de la clase que fuere, que no me recuerde algo semejante
de mi vida anterior, sobre todo de mi infancia, de mi dorada infancia. Pero,
después de tales ratos, me
entra siempre una melancolía indecible. Me siento totalmente sin fuerzas, agotada por mis desva-ríos, y
cada vez peor de salud.
Pero esta
mañanita de otoño, tan fresca, clara y brillante, como ya van siendo raras, me
ha infundido hoy nueva vida y comunicado a mi alma una alegría total. ¡Oh, cómo
me gustaba a mí el otoño en el campo! Claro que en aquel tiempo era yo una
chiquilla: pero lo sentía y percibía todo con gran intensidad. Verdaderamente,
me gustaban más las tardes de otoño que las mañanas. Me acuerdo todavía. A dos
pasos no más de nuestra casa, al pie de la montaña, estaba el lago. Ese lago...
A mí me parece ahora que lo estoy viendo... ¡Tan claro y puro como cristal!
Estaba la tarde muy serena, todo se reflejaba en el lago. Ni una hoja se movía
en los árboles de la orilla; el lago, terso e inmóvil, asemejaba un espejo.
¡Limpio y frío! En la hierba destellaba el rocío. En una choza, lejos, humeaba
ya una fogata pastoril, y los pastores aguijaban el rebaño... Yo me escapaba
secretamente de casa y me iba a la orilla del lago, y me ponía a mirar, y a
mirar, y me olvidaba de todo, hasta de mí misma. Un montón de ramas ardía junto
a los pescadores, junto a la orilla, y el fuego se prolongaba en una larga raya
en el agua, en mi dirección. Azul pálido y frío se mostraba el cielo, y al
Oeste, en el horizonte, extendíanse rojas bandas ígneas, que poco a poco se
iban tornando más pálidas, hasta perder, finalmente, todo color. Salía la luna.
El aire es tan diáfano, tan sereno y plácido... Pronto levanta un pájaro su
vuelo o susurran los juncos quedamente, estremecidos por un soplo del aire...
Todo, hasta el más leve rumor, se percibe claramente. Por sobre el agua azul
elévase, lenta, una blanca neblina, leve y transparente. A lo lejos está
oscureciendo; es decir, parece como si todo lo envolviese la niebla; pero, de
cerca, ¡qué bien se ve todo!... La barca, la orilla, la isla... Un tonel viejo
que quedó olvidado en el bote, apenas si hace algún gorgoteo perceptible en el
agua; una rama de sauce con las hojas secas, está caída no lejos de allí, entre
los juncos. Una gaviota rezagada revolotea, roza las aguas y vuelve a remontar
el vuelo, hasta desaparecer en la niebla... Y yo me estaba así mirando y
escuchando todo aquello, ¡tan maravilloso! ¡Y, sin embargo, era yo por aquel
tiempo una chiquilla!
A mí me
encantaba el otoño, sobre todo el final del otoño, cuando ya se segó el trigo,
terminaron las faenas del campo y los labradores se recogen en sus chozas y se
preparan ya para el invierno. Entonces se vuelven más oscuros los días,
cúbrese de nubes el cielo, tórnanse amarillos los bosques, cae la hoja de los
árboles, y éstos se quedan pelados y negros..., especialmente al caer la tarde
cuando se levanta todavía una bruma más húmeda, y luego se dejan ver como
oscuros e informes gigantes, como pavorosos espectros. Y cuando nos hemos rezagado
en el paseo y nos hemos quedado detrás de los demás..., ¡qué prisa nos damos
por alcanzarlos y qué miedo nos entra tan grande! Temblamos como la hoja del
álamo. ¡Quién sabe si... detrás de aquel tronco de árbol... no se esconderá
algún monstruo que, al pasar nosotros, se nos abalanzará! Y a todo esto, el
viento corre por el bosque, y ruge, y silba, y a veces creemos oír voces que
aúllan y se quejan, y las hojas revolotean por los aires y se arremolinan en el
viento, y de pronto pasa, zumbando con estridente chillido, un bando entero
de aves de rapiña. El miedo aumenta a pasos agigantados, y nos parece que... le
oímos decir a alguien, que escuchamos una voz extraña que murmura: «¡Corre, corre,
criatura; no te rezagues, que de un momento a otro va a llenarse esto de espanto;
hijo mío, corre!...» y el susto se apodera de nuestro corazón, y corremos y
corremos hasta llegar a casa desolados. Pero en casa encontramos la vida y la
alegría; a los niños nos han encomendado una tarea: la de mondar guisantes o
sacar de sus cápsulas los granos de adormidera. En el horno chispea el fuego;
madre mira riendo nuestra alegre labor, y la vieja solterona, Uliana, nos
cuenta historias medrosas de brujos y bandoleros. Y nosotros, los chicos, nos
acercamos más unos a otros; pero la risa no se nos cae de los labios. Y de
pronto todo queda en silencio... «Pero, oye: ¿pues no parece que llaman a la
puerta?..» ¡Ca, no! Es el ruido que hace la rueca de la tía Frolovna. ¡Y hay
que ver cómo se ríen todos! Pero luego viene la noche, y el miedo no nos deja
dormir, y pavorosas visiones y pesadillas ahuyentan el cansancio. Y nos despabilamos
y no nos atrevemos a movernos y nos estamos despiertos y temblando hasta que
apunta la aurora, con la cabeza metida bajo la sábana. Pero cuando ya el sol
entra en el cuarto nos levantamos despejados y alegres, y miramos curiosamente
por la ventana, y en la rastrojería reluce una argéntea banda otoñal, y todos
los árboles y arbustos están llenos de escarcha. El hielo ha formado como un
tenue disco cristalino sobre el lago, y los pajarillos gorjean contentos. Y el
sol, por doquiera el sol, rompe cual cristal el fino hielo con sus calientes rayos.
¡Qué claridad, cuánta luz..., qué delicia!
En el horno
vuelve a chispear el fuego; nos sentamos a la mesa, en la que ya murmura el
samovar, y al través de la ventana mira hacia adentro nuestro negro perro Polkan,
y nos mueve la cola adulador. Un campesino pasa por delante de la casa con
dirección al bosque, en busca de leña. ¡Qué contentos y de buen humor están
todos!... En los hórreos hay apiladas montañas de trigo, y al sol rebrilla, con
destellos de un amarillo oro, la cubierta de paja de los almiares de heno...
¡Es un verdadero deleite contemplar todo eso! Y todos están tan tranquilos,
tan felices; todos sienten la bendición de Dios, que los hizo partícipes de la
cosecha; todos saben que en el invierno no pasarán apuros, y podrán darles a
sus hijos pan para que coman de él hasta hartarse. Por eso se escuchan por la
tarde las canciones de las mozas, que alegres danzan en rueda, y por eso se les
ve a todos, el domingo, darle gracias a Dios en la iglesia con sus oraciones...
¡Ah, y qué maravillosa, qué maravillosa fue mi infancia!...
Aquí me tiene
usted llorando como una chiquilla. Y de ese llanto tienen la culpa mis
recuerdos. Lo he visto todo con tanta claridad y tanta vida delante de mí,
revivía de tal modo el pasado, que ahora el presente se me aparece doblemente
turbio y oscuro... ¿Cómo acabará esto?, ¿qué será de nosotros? Mire usted:
tengo el raro presentimiento o, mejor dicho, la convicción, de que he de morir
este otoño. Me siento enferma, muy enferma. Pienso a menudo en mi muerte; pero,
verdaderamente, no quisiera morir así... No quisiera descansar en esta
tierra... Quizá vuelva a caer enferma, como ya lo estuve esta primavera, pues
enteramente de aquella enfermedad todavía no me he repuesto.
Fiodora salió
hoy; así que estoy yo sola. Hace algún tiempo que le temo a quedarme sola; me
parece siempre que hay alguien conmigo en la casa, que me habla alguien, y,
especialmente, cuando me abandono a estas ensoñaciones en que se sumen los
recuerdos, haciéndome olvidar la realidad; de pronto me despierto y miro en
torno mío. Entonces siento la misma impresión que si hubiera algo siniestro
escondido en la casa. Mire usted: por eso le escribo a usted con tanta
extensión; porque cuando estoy escribiendo me olvido de todo... Quede usted con
Dios, amigo mío. Ha hecho usted muy bien en darle dos rublos a la patrona; con
eso, una temporada lo dejará tranquilo... Pero procure usted, sea como sea,
ponerse mejor de ropa. Bueno; adiós, que estoy cansada... No me explico cómo
puedo estar tan débil. El menor esfuerzo me rinde. Si Fiodora me trae labor...,
¿cómo podré trabajar? Esto es lo que me quita los ánimos.
V. D.
*
5 de septiembre.
Palomita mía,
Várinka: Hoy, angelín mío, he recibido yo muchas impresiones. Todo el día me ha
dolido la cabeza. Y para ver si se me pasaba la jaqueca, decidí echarme a la
calle; por lo menos, tomaría un poco el aire a lo largo de la Fontanka. Hacía
una tarde nublada y húmeda. ¡Y ahora oscurece ya a las seis! No llovía; pero el
cielo estaba cubierto de nubes, lo que suele ser todavía más desagradable que
una lluvia franca. Corrían las nubes por el cielo en largas y anchas fajas.
Había mucha gente en el muelle. Eran rostros claros, espantosos, los que yo
veía; caras como para ponerlo a uno triste: tíos borrachos, mujeres
finlandesas, y de narices romas, con botas de hombre y los cabellos
despeinados; artesanos y cocheros, paseantes de todas edades, algún aprendiz de
cerrajero con su blusa manchada, entre ellos un chico delgadito y paliducho, de
cara morena y brillante de tizne y una cerradura en la mano, o algún soldado
cumplido, de colosal estatura, que ofrecía a los paseantes cortaplumas y
anillos falsos a bajo precio... Ese era el público. ¡Debía de ser precisamente
la hora en que sólo se encuentran allí esos tipos!
Es la Fontanka
un canal ancho y profundo por el que pueden navegar incluso barcos. Hay allí
lanchas de transporte en tal número, que no se explica uno cómo hay sitio para
tantas... Pues, al fin y al cabo, no pasa la Fontanka de ser un canal y no un
río. En el puente había mujeres sentadas, unas mujerucas viejas y sucias, con
alfajores mojados y manzanas podridas. ¡Ahí es nada, salir a pasear por la
Fontanka! El granito húmedo; las casas, altas y oscuras; por abajo, los pies
hundidos en la niebla; por arriba, niebla también sobre la cabeza... ¡Qué
triste, qué turbia, qué oscura la tarde de hoy!
Al desembocar
yo en la calle próxima, la Gorojovaya, ya era totalmente de noche. Empezaban a
encender las luces de gas. Hacía mucho tiempo que no iba yo por la
Gorojovaya..., y ojalá no lo hubiera hecho hoy. ¡Qué calle tan ancha y
populosa! ¡Cuánto comercio, cuánto escaparate!... Todo muy alumbrado y
brillante... Telas y trajes de sedas y flores entre cristales... Y ¡qué sombreros
con cintas y lazos! Parécele a uno que todo aquello está allí para adorno de la
calle; pero no, que hay hombres que compran esas cosas para regalárselas a sus
mujeres. ¡Sí; hermosa calle! Tienen allí sus panaderías muchos alemanes...
Debe de ser gente opulenta. Y ¡cuántos coches están continuamente pasando por
allí!... ¡Cómo podrá resistirlo el pavimento! Y ¡qué lindos los tales coches,
con las ventanillas como espejos, y por dentro todo de terciopelo y seda, y con
los cocheros y lacayos tan orgullosos, con trencillas y galones en los
uniformes y espadín al costado! Yo miraba al pasar a todos aquellos coches, y
siempre veía en ellos señoras sentadas, muy lujosas y huecas. ¡Quién sabe si
serían princesas y condesas! Era precisamente la hora en que se trasladan en
sus coches a los bailes, comidas y saraos. Debe de ser algo muy especial eso de
ver de cerca alguna vez en la vida a una señorona. Sí; debe ser una cosa muy agradable. Yo jamás vi a ninguna
de cerca; lo más así, yendo ella en coche y de paso. ¡Cuánto tuve que acordarme
hoy de usted, Várinka! ¡Ay palomita mía, angelín mío! ¿Es usted quizá más
mala que ellas? No; usted es buena, linda, instruida. ¿Por qué le ha de haber
tocado a usted esa suerte? ¿Por qué están arregladas las cosas de este mundo en
forma que un hombre de bien haya de vivir pobre y miserable, en tanto a otros
la felicidad se les entre ella sola por las puertas? Ya sé, ya sé, hijita, que
no está bien pensar así; eso se llama librepensamiento. Pero, hablando
honradamente y con franqueza, cuando reflexionamos sobre la justicia de las
cosas..., ¿por qué, sí, por qué unos están destinados a ser felices ya desde el
vientre mismo de su madre para toda la vida, mientras que otros pasan de la
Inclusa al mundo de Dios? Y, sin embargo, así es la vida, y es lo más frecuente
que la suerte le toque a un poco Ivanuschka.
«Tú, loco Ivanuschka, mete la
mano cuanto quieras en el bolso de tu padre; come, bebe, refocílate. ¡Pero tú,
y tú, y tú, relameos los labios, pues no habéis merecido otra cosa que ser lo
que sois!»
Es pecaminoso, hijita, es
pecaminoso, ya lo sé, pensar de este modo; pero, cuando se reflexiona, se le
introducen a uno, sin querer, los pecados en el pensamiento. Sí; ¿por qué no
habíamos de ir también nosotros, angelín mío, en un cochecito? Encopetados
generales y funcionarios del Estado se disputarían una mirada benévola de sus
ojos de usted..., no de los míos. No iría usted entonces vestida con un traje
viejo de algodón, sino que vestiría de seda y luciría piedras preciosas en su
cuerpo. No estaría usted tampoco tan delgadita y enfermucha como ahora, sino
que parecería una pepona de fresca y sonrosada y sanota. Pero yo sería también
dichoso con sólo poder mirar desde la calle sus ventanas iluminadas y
distinguir alguna vez su sombra. Sólo de imaginármela a usted así de feliz y
contenta, a usted, mi pajarita encantadora, me pongo yo también feliz y
contento. Pero ahora... ¡No basta que la mala gente la haya hecho desgraciada,
sino que es menester todavía que un grosero venga a insultarla! Pero, sencillamente,
por ser su traje de un corte elegante y por poderla él mirar a usted con unos
impertinentes de cerco de oro, sólo por esto le es permitido al muy
desvergonzado todo cuanto quiera, y sólo por eso viene usted obligada a
escuchar con paciencia sus insolentes palabras. ¿Dónde está, pues, la justicia?
Y ¿por qué ha de ser esto? Pues porque es usted una huérfana, Várinka; porque
no tiene quien la defienda; porque no cuenta usted con ningún amigo de poder,
capaz de salir en su defensa y asegurarle a usted amparo y protección.
Pero ¿qué clase de hombre es ése,
qué hombres son ésos que no tienen reparo alguno en ofender a una huérfana?...
No son ni siquiera hombres; son hampones, sencillamente rufianes, gentecilla
despreciable que sólo pesa algo junta, como un concepto, como un vago no se
sabe qué, que es lo que es realmente, no valiendo nada cuando se la descompone
en sus individuos... De eso no me cabe la menor duda. Mire usted: ¡eso es lo
que es esa gente! Y a mi juicio, hijita, el mendigo que vi esta tarde en la
Gorojovaya es más digno de estimación de los hombres que esa canalla. El tal
mendigo se arrastraba por allí penosamente en busca de unas cuantas copeicas
con que proveer a su manutención; pero, en el fondo, es señor de sí mismo y se
busca él solo la pitanza. Ni pide, sin más ni más, limosna, sino que toca el
organillo para distraer a la gente, y se está toca que toca, como una máquina a
la que le han dado cuerda... Es decir, que es útil a los demás con lo que
puede. Es un pobre, es un mendigo, cierto; y pobre sigue; pero es por esto
mismo un hombre honrado; está cascado y decrépito, y transido de frío; pero,
no obstante, trabaja y aun cuando su trabajo no sea igual al de los otros, con
todo eso, trabaja. Y de esta clase hay muchos hombres honrados, hija mía,
muchos que, en relación con la índole de trabajo que hacen, ganan muy poco;
pero que, sin embargo, no necesitan por ello inclinarse ante nadie, ni saludar
humildemente al prójimo, ni pedirle a nadie tampoco un pedazo de pan por
caridad. Y como ese mendigo soy yo también; es decir, yo soy, por naturaleza,
algo totalmente distinto. Pero, en sentido figurado, yo soy exactamente igual
que él, pues también yo hago lo que mis fuerzas me permiten. No será mucho;
pero, de todos modos, es más que nada.
Me he extendido a hablarle de
aquel mendigo, hijita, porque, merced a su encuentro, sentí agravada mi
pobreza. Me había quedado parado mirándole. Cruzáronme por la cabeza unos
pensamientos tan peregrinos..., que me estaba allí tan embobado y lo miraba
para ahuyentar aquellas ideas. Y también se habían parado allí algunos
cocheros, y luego se detuvo también una mocita, y después otra, más jovencita,
horriblemente sucia. El mendigo se había colocado al pie de una ventana. Y,
entre la gente, hube de fijarme en un muchacho como de unos diez años, que
habría sido un chico guapo de no tener aquel aspecto enfermizo, de no estar tan
flaco y con aquella apariencia de famélico. Llevaba puesta algo así como una
camisilla y unos pantaloncillos muy finos. Así, y descalzo por añadidura,
estaba oyendo, con la boca abierta, la música... ¡Los niños son siempre niños!
Al parecer, tenía concentrada toda su atención, con pueril asombro, en los
muñecos que bailaban sobre el organillo del mendigo; pero tenía las manecitas y
los piececitos amoratados de frío, y
tiritaba con el cuerpo todo, y mascaba un jirón de la manga que retenía entre
los dientes... En la otra mano tenía un papel... Pasó por allí un señor y le
echó una monedilla al mendigo, que fue a caer precisamente sobre la tabla donde
bailaban los muñecos. Apenas oyó el chico el retintín de la moneda, salió al
punto de su ensimismamiento, miró con timidez en torno suyo, y se figuró que
era yo quien había arrojado la moneda... Y, temblandito todo él, llegóse a mí
corriendo, y mostrándome el papel, con vocecilla que temblaba, díjome: «¡Una
limosnita, señor!»
Yo tomé el papelito, lo desdoblé
y lo leí... Bueno; decía lo de siempre: «Almas caritativas, etc... Tres niños
muertos de hambre, la madre a punto de morir. ¡Tened piedad de nosotros! Cuando
me encuentre delante del trono de Dios, no olvidaré jamás en mis oraciones a
aquellos que ayudaron a mis pobres hijos.»
No hay que ponderar el caso, que
es claro y corriente. ¡Pero... sí! ¿Qué iba yo a darle? Pues no le di nada. Y,
sin embargo, ¡me inspiraba tanta compasión...! ¡De modo que aquel pobre chico
estaba completamente amoratado de frío y con aspecto de sufrir hambre, y, sin
embargo, nadie le daba nada! ¡Vive Dios, nadie lo socorría...! ¡Lo que esto es
lo sé yo! Lo malo es que aquella madre no pudiese mantener a sus hijos y
hubiese de echarlos a la calle a pedir, medio en cueros y con aquel frío. Seguramente
su madre sería una imbécil que no sabe cumplir con su deber; quizá nadie se
preocupa de ella, y así se está sentadita en su casa sin hacer nada... Pero
¡puede que también sea verdad que esté enferma! Sí; pero, de todos modos, ya
podía dirigirse a una institución de Beneficencia o presentarse a la Policía,
como se procede en tales casos. Quizá se trate, sencillamente, de una embaucadora
que echa a la calle a un niño hambriento y enfermo para darle el timo al
público, hasta que el pobre chico coja una enfermedad y reviente. Y ¿qué es lo
que el chico aprende en esta vida de mendigueo? Su corazón se le volverá duro y
cruel. Desde por la mañana hasta la noche no hace más que ir de acá para allá
pidiendo. Muchos son los transeúntes que pasan junto a él; pero nadie repara
en su personilla. La gente tiene el corazón duro y el hablar cruel.
–¡Largo, vete de aquí, golfo!
–esto es todo lo que llega a escuchar, y el corazón se le encoge al pequeño, y
en vano tirita el pobre, asustado, arrecido de frío. Tiene manos y pies
entumecidos. Mucho tiempo aún, y, miren..., ya tose... Le rondará la enfermedad
como un gusano sucio y horrible, en el pecho, y antes que pueda advertirlo se
abalanzará a él la muerte, y el pobre chico irá a caer herido mortalmente en
algún lóbrego, sucio y hediondo tabuco, sin cuido ni asistencia..., ¡y se habrá
terminado su vida! Sí; así suele ser con frecuencia... una vida humana. ¡Ay
Várinka, y qué doloroso resulta oír un «Por el amor de Dios», y no poder dar
nada y tenerle que decir al hambriento: «¡Que Dios le ampare!»
Cierto que de más de un «Por el
amor de Dios» no tiene uno por qué conmoverse. (¡Hay muchas clases de «Por el
amor de Dios», hijita!) Los unos son un pedigüeño rutinario, en un tono arrastrado,
salmodiante, indiferente. Pasar junto a esos mendigos sin darles nada, piensa
uno que no es tan malo; ése es el mendigo de profesión, que saldrá adelante
siempre, pues sabe ya cómo se medra. Pero hay otros «Por el amor de Dios» que
formulan voces inexpertas, atormentadas, exaltadas, y que le producen a uno un
siniestro escalofrío por la espalda y por las piernas... Y así me ocurrió a mí
hoy con el chico del papelito, que, por cierto, según dijo uno que estaba
allí..., no se dirigía a todo el mundo... «¡Una limosnita, caballero, por el
amor de Dios!»; así dijo, con una voz tan vacilante y hueca, que yo, sin
querer, me estremecí... por efecto de una impresión de espanto. Y, sin embargo,
no le di limosna, pues no tenía un ochavo. Y eso que hay gente rica que no
quiere que los pobres se quejen de su mala suerte..., diciendo que son una
vergüenza pública y unos molestos, nada más que molestos. ¿Será
que el quejido de los hambrientos no deja dormir a esos hartos?
Quiero confesarle, amor mío, que
si le he escrito todo esto ha sido en parte para desahogar mi corazón y en
parte también, a decir verdad, en grandísima parte, para darle a usted una
muestra de mi buen estilo. Pues seguramente habrá notado usted ya, hijita, que
en los últimos tiempos ha ido mejorando mi estilo de un modo considerable. Pero
en vez de desahogar así mi corazón, lo que me ha pasado es que me ha entrado
tal pena en tanto escribía, que empiezo realmente a sentir, desde el fondo,
desde el mismísimo fondo de mi corazón, piedad de mis propios pensamientos,
aunque harto sé, hijita, que con esta piedad nada se consigue... ¡Pero por lo
menos se hace uno a sí mismo justicia, en cierto modo!...
Sí, efectivamente, amor mío; se
humilla uno a sí mismo completamente sin razón; se considera uno como si ni siquiera
valiese una copeica, se estima en menos que a una simple viruta. Pero eso quizá
se deba, metafóricamente hablando, a que nos asustamos y achicamos
exactamente lo mismo que aquel niño que hoy me pidió limosna.
Seguiré hablándole en metáfora,
hijita, poniéndole una parábola, vamos al decir. Escúcheme, pues:
Suele sucederme, cariño mío, que
cuando yo me levanto por las mañanas temprano para ir a la oficina, me olvido
en el trayecto, contemplando el aspecto de la ciudad, viendo cómo ésta se
despierta y poco a poco se va levantando, y empieza a echar humo, a bullir, a
murmurar y barbotar; me olvido, repito, de mí mismo, y ante ese espectáculo me
siento todo pequeñito e insignificante, cual si alguien me hubiera dado en las
curiosas narices un papirotazo... ¡Y voy y me escurro muy encogidito y sin armar
ruido y sin atreverme ya ni siquiera a pensar nada! Pero considere usted una
vez siquiera lo que sucede en el interior de esas grandes y renegridas casas,
intente usted imaginárselo, y luego juzgue usted misma si está bien que nos
tengamos a nosotros mismos en tan poco y nos dejemos acoquinar tan
indignamente... No olvide usted, Várinka, que yo hablo en sentido figurado,
solamente en parábola.
Pero veamos ahora qué es lo que
sucede en el interior de esas casas.
Allí, en el mohoso rincón de un
húmedo sótano, que sólo la necesidad pudo convertir en vivienda humana, acaba
de despertarse un obrero. Todo el tiempo que estuvo dormido no hizo más que
soñar con un par de botas, que ayer, por descuido, cortó de un modo
defectuoso... ¡Como si un hombre sólo debiese soñar en tales pequeñeces!...
Bueno..., es que ese obrero es un zapatero; en él se explica ese sueño. Tiene
el tal zapatero hijos pequeñitos y una mujer famélica. Por lo demás, no crea
usted, hijita, que sólo a los zapateros les ocurren esas cosas. Esto, de por sí, no sería nada y no valdría la
pena detenerse en ello; pero vea usted, hija mía, lo que tiene, si embargo, de notable. En la misma casa,
sólo que en otro piso más alto y en un dormitorio lujosísimo, ha estado esa
misma noche cierto caballero soñando todo el tiempo con otro par de botas, el
mismo par de botas, sólo que de otra clase naturalmente, de otra hechura más
elegante, pero en fin, un par de botas. Pues... según el sentido de mi parábola
todos somos algo zapateros. Pero tampoco esto tendría nada de particular en sí mismo, siendo lo malo que no haya
junto a ese ricacho ningún hombre, ni uno solo, que pudiera susurrarle al oído:
«Déjate de eso, no pienses en ello; piensa sólo en ti mismo, en ti, que no eres
un pobre zapatero y tienes a tus hijos con perfecta salud y una mujer que no se
queja de hambre; mira en torno tuyo a ver si no encuentras algo distinto, algo
más noble y elevado por qué preocuparte que no un par de botas.»
Vea usted, Várinka: eso era lo
que yo quería explicarle mediante una parábola. Puede que esto sea
librepensamiento, pero a veces se le ocurre a uno esta idea y entonces se le
escapa del corazón una palabra fuerte. Y por esto digo también yo que hacemos mal
en apocarnos de ese modo tan sin motivo, toda vez que sólo se asusta uno de
rumores y runrunes. De lo cual deduzco yo, hija mía, que usted no debe pensar
que sea ninguna insinuación maligna la que aquí expongo, ni que la he copiado
de ningún libro. ¡No, hijita; no es nada de eso; tranquilícese usted; yo no sé
pintar con negros colores las cosas, ni tampoco cojo grillos, ni, finalmente,
lo he copiado esto de libro alguno..., para que usted lo sepa!
Yo volví muy triste a casa, me
senté a la mesa, puse a calentar un poco de agua, y me disponía a echar en ella
una tacita de té, cuando de pronto, ¿qué es lo que veo? Pues que Gorschkov,
nuestro pobre compañero de hospedaje, entra en mi cuarto. Ya me había asaltado
por la mañana la sospecha de que el tal Gorschkov andaba a lo largo del
pasillo, atisbando las puertas de los otros cuartos, y hasta una vez parecióme
que tenía intenciones de dirigirse a mí. Dicho sea de pasada; hija mía, su
situación es peor, mucho peor que la mía. ¡No es posible establecer comparación
entre ambas! Él tiene mujer e hijos que mantener... Así que si yo fuera
Gorschkov... Bueno... ¡No sé qué es lo que haría en su caso!... Pues como iba
diciendo, entra el bueno de Gorschkov en mi cuarto, me saluda... Como de
costumbre, le cuelga una lágrima del ojo... Y hace así como un ruido con la
boca, pero sin articular palabra alguna. Yo le brindo una silla, por cierto
rota, pues es la única que tengo. También le ofrecí té. Él se disculpó, se disculpó
muy largamente, pero al cabo aceptó la taza de té. Luego empeñóse en que se lo
había de tomar sin azúcar... Volvió a excusarse una vez y otra, al decirle que
se lo había de tomar con azúcar... Insistió en sus pretextos y disculpas, me
dio las gracias, tornó a disculparse... Echó por último el terroncito de
azúcar en su taza y me aseguró que el té resultaba empalagoso de puro dulce.
¡Ya ve usted, Várinka, adónde puede la miseria conducir a un hombre!
«–Bueno, ¿y qué hay de nuevo, padrecito?
–preguntéle.
–Pues tal y cual etc. Es preciso
que sea usted nuestro protector, Makar Aleksiéyevich; ayúdeme usted, sea usted
el amparo de una familia que se halla en la miseria. ¡Mis hijos y mi mujer...!
¡No tenemos absolutamente nada que llevarnos a la boca!... Pero yo, como padre
que soy... ¡Póngase usted en mi lugar, comprenda lo que sufro!...»
Yo me disponía a contradecirle,
pero él me interrumpió:
«–Yo les tengo miedo aquí a
todos, Makar Aleksiéyevich; es decir, no es precisamente que les tenga miedo,
pero ya lo comprende usted, me da vergüenza... ¡Son todos tan orgullosos y
estirados! Tampoco a usted lo molestaría, padrecito –añadió– si no fuera... Yo
sé que usted ha tenido contratiempos, y también sé que no puede usted darme
gran cosa, pero quizá pueda usted, por lo menos..., prestarme alguna
cantidad... Sólo esto me atrevo a suplicarle, porque conozco su buen corazón y
sé que usted también sabe lo que es necesidad, que es usted también un
pobre..., y por eso es capaz de sentir compasión...»
Y, por último, me rogó que le
perdonase su atrevimiento y desvergüenza. Yo le respondí que con el alma y la
vida estaba dispuesto a ayudarle, pero que no tenía nada que darle o poco menos
que nada.
«–Padrecito Makar Aleksiéyevich
–díjome–, no crea que voy a pedirle mucho –y se puso encarnado hasta la
frente–, pero es que mi mujer..., mis hijos tienen hambre... ¿No tendría usted
diez copeicas solamente, Makar Aleksiéyevich?...»
¡Qué iba a decirle, Várinka! El
corazón me sangraba al escuchar aquella petición de las diez copeicas. ¡En
comparación con él resultaba yo opulento! En realidad, sólo poseía yo veinte
copeicas, con las que contaba para el otro día, a fin de ir tirando hasta el
día de cobrar. Así que le contesté que realmente no podía... Y le expliqué la
situación.
«–Diez copeicas, diez copeicas
nada más, padrecito, que nos morimos de hambre, Makar Aleksiéyevich...»
Entonces fui yo y saqué el dinero
del cajón y le entregué mis últimas veinte copeicas, hijita... Siempre era
aquélla una buena obra. Sí, la miseria... ¡Quién la conoce! Luego se entabló
entre nosotros una breve conversación y yo le pregunté de pasada cómo era que
había venido a verse en tanto apuro, y cómo, además, vivía en un cuarto cuya
renta mensual era de cinco rublos de plata, nada menos.
Entonces fue el hombre y me
explicó su situación. Había tomado el cuarto por seis meses y pagado tres por
adelantado. Pero luego se pusieron sus cosas tan malas, que no pudo pagar ya
los otros tres meses ni tampoco reunir el dinero necesario para mudarse de
habitación. Entre tanto, aguardaba inútilmente el desenlace de su expediente.
¡Pero un expediente es cosa tan complicada, Várinka! Sepa usted que nuestro
hombre aparece complicado en las irregularidades de cierto comerciante que en
los suministros a la Corona cometió no sé qué abusos. Estos abusos se
descubrieron, y el comerciante dio con sus huesos en la cárcel, pero entonces
buscó modo de complicar a Gorschkov en el asunto. Verdaderamente, sólo se puede acusar a Gorschkov, en
todo caso, de cierta negligencia, de no haber inspeccionado los intereses de la
Corona. Pero sea como fuere, el asunto lleva ya dos años tramitándose y todavía
no se ha hecho plena luz en él, por lo que no acaban tampoco de reconocer la
inocencia de Gorschkov. «Pero del deshonor que me atribuyen –dice el propio
Gorschkov– y del engaño y encubrimiento no soy culpable, en absoluto.» Lo
cual no ha sido óbice en modo alguno para que lo dejaran cesante por esa razón,
no obstante no podérsele demostrar, como ya dije, concretamente su
culpabilidad. Tampoco ha podido recuperar una cantidad, no despreciable, de
dinero que le pertenece y que el comerciante le reclama ahora, siendo esto
tanto más de sentir cuanto que al mismo tiempo se le dilata también la hora de
reconocer su inocencia.
Yo creo lo que él me dice,
Várinka; pero el Tribunal piensa de otro modo. Es ése, como digo, un asunto tan
enrevesado, que no se podrá desembrollar en cien años. En cuanto se ha
aclarado un poquito, va el comerciante y vuelve a arrojar en él nueva
oscuridad, con lo que otra vez cambia el cariz de todo. Yo compadezco de todo
corazón la desdicha de Gorschkov, cariño mío; yo me identifico en esto con él.
Un hombre sin colocación no la encuentra nunca, pues ya se corrió la voz de su
ineptitud. Lo que el pobre Gorschkov tenía ahorrado ya se lo ha comido. El
asunto se puede dilatar aún quién sabe cuánto.... Pero ellos tienen que
vivir... Y de pronto, en circunstancias tan poco propicias, se le ocurre venir
al mundo a un nene... Lo cual, naturalmente, causó gastos. Luego el niñito se
puso enfermo y se murió... Nuevos gastos. También la mujer está enferma, y él
mismo padece no sé qué mal contagioso. En una palabra: que su suerte es muy
triste, muy triste. Por lo demás, dice él, la cosa tiene que resolverse dentro
de unos días, y seguramente a favor suyo, de esto no hay que dudar. Sí; me da
compasión, pero mucha compasión, hijita mía. Yo lo he tratado en términos de la
mayor afectuosidad. El pobre se ha vuelto la mar de tímido, anhela una palabra
de aliento, algo bueno y afectuoso. Yo, como digo, le he tratado en términos de
la mayor afectuosidad.
Bueno: quede usted con Dios, hija
mía; Cristo sea con usted y
consérvese buena. ¡Palomita mía! Cuando pienso en usted me parece cual si
vertiese bálsamo sobre mi alma dolorida, y cuando por usted me preocupo, esos
desvelos mismos me resultan un placer.
Su sincero amigo,
Makar
Dievuschkin.
*
9 de septiembre.
Mi querida
hijita Varvara Alesksiéyevna: Le escribo a usted completamente fuera de mí,
como estoy. Este incidente me ha excitado, tanto me ha excitado como para
perder el sentido. En la cabeza todo me da vueltas aún. Siento realmente que
todo gira en torno mío. ¡Ay nena mía, cómo podré contárselo todo! ¡Si ni
siquiera pudiéramos haberlo soñado! ¡Aunque... yo creo haberlo presentido
todo, sí; haberlo presentido todo! Me lo daba el corazón tal y como ha
ocurrido... ¡Y verdaderamente hace poco tuve un sueño en el que vi algo
semejante!
¡Ahora oiga
usted lo que me ha sucedido!... Se lo contaré todo, sin cuidar esta vez del
estilo; con toda sencillez, según me inspire Dios.
Bueno; pues
esta mañana me dirigí, como de costumbre, a la oficina. Voy allí, me siento y
me pongo a escribir. Ya sabe usted, hijita, que también escribí ayer.
Precisamente ayer fue cuando se acercó a mi mesa Timofei Ivánovich y me dijo:
«Aquí tiene usted un importante documento que ha de copiar a la carrera. Así
que póngase a ello enseguida... ¡Buena letra y mucho cuidado! Su Excelencia
quisiera tenerlo hoy mismo a la firma...» Empezaré por advertirle, hijita,
que ayer no estaba yo como es preciso estar... Es decir, yo no dejaba traslucir
nada, pero me abrumaban el dolor y la pena. Sentía frío en el corazón y
tinieblas en el cerebro. Pero mis pensamientos iban todos hacia usted, palomita
mía. Bueno; pues voy y me pongo a copiar..., a copiar con buena letra y con
mucho cuidado, cuando... No sé verdaderamente cómo explicárselo a usted
exactamente, si fue que él..., ¡alabado sea Dios!, en persona me condujo la
mano o cualquiera otra fuerza misteriosa, o si sencillamente no tenía más
remedio que ocurrir aquello..., lo cierto es que al copiar me salté todo un
renglón. De lo que Dios sabe el desatino que se originó en el texto,
probablemente un absurdo. Pero el documento quedó listó ayer a última hora, y
esta mañana fuéle presentado a Su Excelencia a la firma.
Bueno; pues hoy
por la mañana... voy, como de costumbre, y ocupo mi sitio junto a Yemelia
lvánovich. Debo hacerle observar, hija mía, que desde hace algún tiempo siento
más vergüenza y tiendo más que antes a esconderme. Sí; en estos últimos tiempos
ya he perdido el valor para mirar a la gente a la cara. Apenas oigo moverse
una silla, cuando ya me tiene usted más muerto que vivo. Pues en ese estado de
ánimo me encontraba hoy: yo me hacía un ovillo, y me estaba muy quietecito en
mi sitio, como un erizo, de suerte que Yefim Akímovich (el tío más burlón que
hay bajo la capa del cielo), de repente fue y me dijo en voz alta, de modo que
todos lo oyeran:
«–Hombre, Makar
Aleksiéyevich, ¿por qué estás sentado de ese modo, que pareces una U?»
Y al decir esto
hizo un mohín tal, que todos los presentes se caían de risa, naturalmente, a mi
costa, no a la suya. Bueno; ¡pues así me dijo el tío! Yo me apreté las orejas y
me tapé los ojos y no hice el menor movimiento. Eso es lo que hago siempre cuando
los otros empiezan con sus bromas; y así es como le dejan a uno más pronto en
paz. Pero de pronto oigo unas voces excitadas, unos pasos presurosos, carreras
y voces. Oigo..., ¿pero no será que se engañan mis oídos?... Oigo que me
llaman, que me llaman por mi nombre, que llaman a Dievuschkin. ¡El corazón me
palpita y siento que por el cuerpo todo se me mete un miedo como nunca lo he
pasado en mi vida! Continúo sentado en mi silla, cual si hubiera brotado de
ella..., ¡sin moverme, yo no era yo!
Pero los gritos siguen cada vez más cerca, encima mismo. «¡Dievuschkin! Pero
¿dónde anda Dievuschkin? ¡Dievuschkin!» Yo abro los ojos; delante de mí está
Yevstafii Ivánovich..., y yo le oigo decir todavía: «Makar Aleksiéyevich, que
le llama Su Excelencia, pronto. ¡Nos ha proporcionado con su copia un
trastorno terrible!» Esto fue todo lo que me dijo, pero era bastante. ¿No es
verdad, hijita, que era suficiente? Yo me quedé tieso, muerto; sencillamente,
no sentí nada más, y fui hacia el despacho del ministro... ¡Es decir, iban mis
pies, porque lo que es yo estaba más muerto que vivo! Me condujeron por una
habitación, luego por otra y otra más..., hasta el despacho de Su Excelencia...
Y entonces fue cuando me di cuenta de dónde estaba. No puedo decirle a usted
nada en absoluto sobre lo que yo pensase en aquel momento. Sólo veía que allí
estaba Su Excelencia en pie, y, a su alrededor, todos los demás. Creo que ni
siquiera le hice una reverencia; se me olvidó hacérsela. Tan emocionado
estaba, que me temblaban los labios y las piernas. ¡Pero no me faltaba motivo
para ello, hijita! En primer lugar, porque sentía mucha vergüenza, y luego,
que al volver casualmente la vista a la derecha y verme en un espejo, tuve
motivo sobrado para haberme desplomado en tierra. Añádase a eso que yo he
procurado siempre conducirme de un modo cual si no existiera, por lo que no era
ni remotamente de suponer que Su Excelencia tuviese noticia alguna de mí. Puede
que alguna vez Su Excelencia hubiese oído de pasada que allí, en la sala
cuarta, tiene su mesa un empleado que se llama Dievuschkin, pero de ahí no
habría pasado la referencia.
Bueno; pues de
pronto exclamó Su Excelencia muy enojado:
«–Pero ¿se
puede saber qué desatino ha puesto usted aquí, hombre? ¿En dónde tenía usted
los ojos? ¡Un documento tan importante, que hay que enviarlo urgentemente! ¡Y
va usted y pone en él semejante despropósito! ¿En qué estaba usted pensando,
hombre?»
Y al mismo
tiempo volvíase Su Excelencia a Yevstafii Ivánovich. Yo sólo cogía palabras
sueltas que parecían venir del más allá: ¡Descuido! ¡Negligencia!... ¡Sólo
sirve para dar desazones!...
Yo abrí la
boca, pero no dije nada. Quería disculparme, pedir perdón, pero no podía. Echar
a correr... En eso no había que pensar; pero... bueno, de pronto ocurrió
algo..., algo, hijita, que aun ahora mismo me avergüenzo de referir..., y fue
que mi botón..., ¡el diablo se lo lleve!..., mi botón, que se sostenía
pendiente de un hilo, fue y saltó de pronto (probablemente le tocaría yo ni sé
cómo) y dio en el suelo y, rodando, rodando, fue a caer en los mismos pies de
Su Excelencia, rodando, rodando, en medio del silencio sepulcral que allí imperaba.
¡Aquella fue toda mi justificación, toda mi disculpa, todo cuanto tenía que
decir a Su Excelencia! Las consecuencias fueron inmediatas. En seguida, Su
Excelencia fue y se fijó atentamente en mi aspecto y en mi traje. Yo pensé que
me miraba en el espejo... Con esto está dicho todo... Y de repente, me agaché
para coger el botón y de nuevo colocar en su sitio al desertor inoportuno. ¡Yo
había perdido de todo punto el juicio! Me agaché y tendí la mano para coger el
botón, pero éste seguía rodando como una peonza, siempre en redondo, y yo, por
más que hacía, no podía alcanzarlo... ¡De suerte que, hasta en punto a
habilidad, me estaba luciendo! Y de pronto sentí que me abandonaban mis últimas
energías y que todo estaba perdido. ¡Toda dignidad había desaparecido: el
hombre estaba aniquilado en mí! Al mismo tiempo empezaron a zumbarme los dos
oídos y me parecía como si por detrás de la pared escuchara los insultos de
Teresa y Faldoni, según los estoy oyendo siempre insultarme en la cocina.
Finalmente, logré atrapar el botón, me incorporé... Pero en vez de reparar
entonces en cierto modo mi necedad y mantenerme con el cuerpo rígido y las
manos en la costura del pantalón..., en vez de eso, voy y me pongo a querer
sujetar el botón en el sitio de donde se había desprendido y de donde ahora
sólo colgaban dos hilachos, ¡como si pudiera adherirse allí!, y todavía me
reía yo del lance, sí, señor; ¡tenía la frescura de reírme!
Su Excelencia
se volvió primero a un lado, pero luego tornó a reparar en mí... y yo le oí
decir a Yevstafii Ivánovich:
«–Hombre...,
mire usted... ¡Fíjese qué facha!... ¿Cómo es que va así? ¿Qué le sucede?»
¡Ay cariñito
mío!, ¿qué más se podía pedir? Su Excelencia me había caracterizado de un modo
insuperable. Yo oí a Yevstafii Ivánovich contestarle:
«–No hay motivo
para culparlo de nada, Excelencia; hasta ahora siempre observó una conducta
modelo... Tiene buena letra... Cobra su sueldo...
«–Bueno...,
pues entonces vea usted la forma de ayudarle –repuso el ministro–. Déle usted
algún anticipo...
–Es el caso que
ya se le ha dado ese anticipo con exceso; tiene ya cobrado el sueldo de no sé
cuántos meses. Por lo visto se halla ahora en unas condiciones especiales...
Pero, por lo demás, su conducta, como digo, es ejemplar, irreprochable...»
Yo me sentía,
angelín mío, como si estuviera en el centro de un círculo de llamas
infernales, ¡que me quemaban y achicharraban vivo! Yo... Nada, sencillamente
había exhalado el último suspiro, sí; me había muerto y muerto estaba.
«–Bueno –dijo
de pronto Su Excelencia en voz alta–, esto hay que volver a copiarlo.
Dievuschkin, venga acá; va usted a copiarme esto otra vez, sin una falta; y
ustedes, señores...»
Al decir esto
volvióse Su Excelencia a los demás y empezó a encargarles distintas cosas,
después de lo cual se fueron ellos retirando. Pero apenas había salido el
último, cuando de pronto sacó Su Excelencia su cartera y de ella extrajo un
billete de cien rublos.
«–Mire, esto es
todo lo que puedo... Tómelo usted... Acéptelo...»
Y así diciendo,
me ponía el billete en la mano.
Yo, angelín
mío, me estremecí con el alma toda conmovida; no sé decir más de aquello.
Intenté cogerle la mano para besársela, pero él se puso encarnado, palomita
mía, y..., no me aparto en esto ni un pelo de la verdad, hijita..., y me cogió
esta mano indigna y me la estrechó; nada, que me la cogió sencillamente y me
la estrechó exactamente cual si hubiera sido la mano de un su igual, de algún
personaje empingorotado como él.
«–Bueno,
retírese ya –dijo–. En lo que pueda servirle... Cópieme esto otra vez, pero
procure no cometer ninguna falta. Y esta otra copia se puede ya romper...»
Bueno; pues
ahora, hijita, escúcheme usted lo que he pensado: rogarles a usted y a Fiodora,
como se lo ordenaría a mis hijos, si los tuviera, que al dirigirse en sus
oraciones a Dios no le pidan por su padre carnal, sino por Su Excelencia; pero
que por éste le recen todos los días, hasta el último de su existencia. Y aún
tengo algo que decirles, y se lo voy a decir solemnemente... Así que esté
atenta, hija mía, pues le juro que yo..., por grande que fuera mi necesidad y
por mucho que me hiciese sufrir nuestra falta de dinero, cuando pensaba en su
necesidad, y en los apuros de usted y, por ende, en mi humildad de condición
y mi inutilidad..., no obstante todo eso, le juro que estos cien rublos no
tienen para mí tanto valor como ese rasgo de Su Excelencia al darme a mí, al
borracho, ruin entre los ruines, su mano y dignarse estrechar esta indigna mano
mía. ¡Con este rasgo me ha restituido Su Excelencia en mi verdadero ser! ¡Con
eso me ha resucitado de entre los muertos, me ha endulzado para siempre la vida,
y estoy firmemente convencido de que por pecador que yo pueda resultar a los
ojos del Altísimo..., han de llegar hasta el trono de Dios y han de ser oídas
mis preces por la dicha y la prosperidad de Su Excelencia!...
¡Cariñito mío,
hija mía! Estoy ahora en una gran excitación, cual nunca la experimenté. El
corazón me palpita y da saltos, y me siento tan rendido cual si fueran a
abandonarme todas mis fuerzas.
Le incluyo 45
rublos; 20 le he dado a la patrona y los otros 35 me los reservo; 20 para
emplearlos en comprarme algunas piezas de ropa, y los otros 15 para seguir
tirando. Bueno; todas esas impresiones de esta mañana me han dejado tan
rendido, que me encuentro muy débil. Tendré que acostarme. Estoy ahora, por
lo demás, completamente tranquilo, absolutamente tranquilo. No tengo más que
cierto peso en el corazón, y allá, no sé dónde, en lo hondo, siento como si el
alma me temblase y aleteara. Ya iré a verla a usted. Estoy aún como trastornado
por todas esas impresiones... ¡Dios lo ve todo, hijita; todo!
Su digno amigo,
Makar
Dievuschkin.
*
10 de septiembre.
Mi queridísimo
Makar Aleksiéyevich: Me alegro infinitamente de su dicha, y sé estimar en
cuanto vale la ayuda de su superior. Así podrá usted, por fin, respirar y
descansar de sus preocupaciones. Pero he de hacerle ahora una súplica: ¡Por
Dios, no vuelva usted a gastar el dinero en cosas inútiles! ¡Haga usted una
vida tranquila y ordenada, lo más económica posible, y, se lo ruego, empiece
usted desde mañana a apartar todos los días algún dinerillo para que no vuelva
usted a encontrarse en tanto apuro! De nosotras, a decir verdad, no tiene
usted que preocuparse. Nosotras ya nos arreglaremos ¿Por qué nos ha mandado
usted tanto dinero, Makar Aleksiéyevich? ¡Si no nos hace falta!... Tenemos
bastante con el que ganamos. Cierto que dentro de poco necesitaremos alguna
cantidad para la mudanza; pero Fiodora espera que, de aquí para entonces, le
habrán pagado una deuda antigua. De todos modos, me reservo, por si acaso,
veinte rublos, y le devuelvo a usted lo demás. ¡No considere usted el dinero
como cosa superflua, Makar Aleksiéyevich!
¡Adiós, amigo
mío! Viva usted tranquilo y consérvese sano y alegre. Por mi gusto, prolongaría
más esta carta; pero me siento muy cansada. Ayer estuve en cama todo el día.
Está muy bien eso que dice de visitarnos. No tarde en hacerlo, Makar
Aleksiéyevich. Mire que le espero.
Suya,
V. D.
*
11 de septiembre.
Mi querida
Varvara Aleksiéyevna: le suplico, cariñito mío, no vaya a olvidarme ahora que
soy completamente feliz y todo lo hallo a medida de mi deseo. ¡Palomita mía, no
haga caso de Fiodora! Yo le prometo a usted hacer todo cuanto quiera. Yo me
conduciré bien en adelante, pues aunque sólo fuere por atención a Su
Excelencia, me he portar de una manera digna y decorosa. Volveremos a
escribirnos cartas alegres y a comunicarnos mutuamente nuestros pensamientos y
también nuestras alegrías y preocupaciones..., si es que hemos de tener estas
últimas..., y de nuevo volveremos a vivir una vida feliz y en buena armonía...
Nos dedicaremos a la literatura... ¡Angelín mío! Todo en mi vida tiende ahora
hacia lo mejor. Mi patrona vuelve a admitirme al diálogo. Teresa se ha puesto
mucho más inteligente, y hasta Faldoni es ya más servicial. Me he reconciliado
con Ratasayev. La alegría que experimentaba me llevó a él de nuevo. Es un chico
realmente bueno, hijita, y todo lo malo que de él han dicho es un puro error y
un disparate: ahora he podido comprobar muy bien que todo era una odiosa
calumnia. No es verdad que pensase nunca en hacer una sátira a costa nuestra.
Él mismo me lo ha asegurado. Me ha leído su nueva obra. Y respecto a eso de que
me hubiese puesto el apodo de Tenorio, bueno..., pues eso no es nada
malo, ni tampoco ninguna denominación ofensiva. Él ha explicado su
significación. Eso de Don Juan es una palabra extranjera, y viene a
significar, poco más o menos: un chico listo, o, para expresarnos en un
lenguaje más pulido, más literato, por decirlo así: un bravo caballero. Eso
es, para que usted vea lo que significa, y no nada... ¡distinto! De modo que
no pasaba de ser una broma suya inofensiva, ¡angelín mío! ¡Y yo, ignorante de
mí, que lo había tomado por una ofensa! Bueno; pero ya le he dado hoy mis
excusas...
¡Qué tiempo tan
hermoso el que hace hoy, Várinka! Verdad que por la mañana hemos tenido su
poquito de hielo; pero eso no importa: así está más fresco el aire. Yo fui y me
compré un par de botas..., unas botas verdaderamente lindas, irreprochables,
las que me he comprado... Luego fui a darme un paseo por la Nevskii. Después me
leí el periódico. Eso es, ¡y me olvidaba de contarle a usted lo más importante!
Pero escúcheme usted, que voy a
contárselo:
Sabrá usted que esta mañana me
enredé en conversación con Yemelia Ivánovich y con Aksentii Mijaílovich;
hablamos de Su Excelencia. Sí, Várinka;
porque Su Excelencia no me ha hecho a mí sólo objeto de sus bondades. Se las ha
prodigado a otros también, y su bondad de corazón es a todo el mundo notoria.
Muchos, muchos son los individuos que ensalzan esa bondad suya y vierten
lágrimas de agradecimiento al recordar el bien que les hizo. Su Excelencia se
hizo cargo de una huérfana y le dio educación en su casa, y luego la casó con
un alto empleado que pertenece al número de los que trabajan bajo sus
inmediatas órdenes, y no contento con eso, le señaló también Su Excelencia una
buena dote. Además, Su Excelencia ha colocado en una cancillería al hijo de
una pobre viuda, y no paran aquí todas las cosas buenas que se pueden contar de
Su Excelencia. Yo consideré deber mío, hijita, meter baza en la conversación, y
saqué a relucir lo que por mí había hecho Su Excelencia, y lo conté todo, sin
omitir detalle. Me guardé mi timidez en el bolsillo. ¡Qué timidez ni qué
miramientos, tratándose de una cosa así! Yo lo conté todo en voz alta, de modo
que todos pudieran oírlo; sí, muy
alto, a fin de pregonar a los cuatro vientos las nobles acciones de Su
Excelencia. Hablé con celo y entusiasmo, y no se me subieron los colores a la
cara, sino que, muy al contrario, me sentía orgulloso de poder contar un
episodio semejante.
Y lo referí todo (de quien, por
fortuna, no dije palabra fue de usted, hijita; a usted la pasé por alto muy
discretamente), todo lo concerniente a la patrona, y a Faldoni, y a Ratasayev,
y Márkov, y lo de mis botas... Todo eso conté con todos sus detalles... Algunos
se burlaron de mí un ratillo, o, por mejor decir, todos me tomaron el pelo...
Pero, por lo menos, ¡todos reían! Por lo visto encontrarían en mí algo risible.
Quizá se rieran solamente de mis botas... ¡Sí; seguramente que sólo se reían
de mis botas! Pero, desde luego, no es posible que se riesen con mala
intención, pues son incapaces de hacerlo. Lo más probable es que riesen por ser
jovencillos..., o porque andan bien de fondos. Pero repito que no hay que
pensar que con ninguna mala y hostil intención... se rieran de mí ni de mis
palabras. Porque creo que Su Excelencia... No; de Su Excelencia en ningún caso
se habrían propasado a burlarse... ¿No digo bien, Várinka?
Todavía no he vuelto en mí del
todo, hijita. ¡Me han trastornado tanto todos estos acontecimientos! ¿Tiene usted
leña para la lumbre? ¡Procure usted; hijita, no enfriarse, cual con frecuencia
ocurre! Yo le pido a Dios, hija mía, que vele por usted y la proteja. ¿Tiene
usted, por ejemplo, medias de lana o esas otras prendas de abrigo que durante
el invierno se necesitan? Ande usted con cuidado, ¡angelín mío! Si le faltase a
usted algo de eso, no ofenda a este pobre viejo; acuda a mí en seguida. ¡Ya
pasaron para nosotros los tiempos malos, y la vida se nos muestra radiante y
hermosa!
¡Pero fueron muy tristes aquellos
tiempos, Várinka! Aunque, ¡a qué hablar de ellos, puesto que ya pasaron!...
Cuando se haya cumplido el año podremos
recordar esos tiempos sonriendo. ¿No es verdad, lo mismo que hoy recordamos
nuestra infancia? ¡Cuánto pasamos entonces! A veces no tenía uno ni una sola
copeica en el bolsillo. Pasaba frío y hambre; pero siempre estaba contento.
Por la mañana se iba uno a la
Nevskii, se tropezaba con una cara bonita..., y ya se le habían acabado las
penas para todo el día. ¡Hermosos tiempos, maravillosos tiempos, a pesar de
todo, hija mía! ¡Da gusto vivir en este mundo, Várinka! Sobre todo en
Petersburgo. Ayer hice acto de contrición delante de Dios, con lágrimas en los
ojos, para que me perdone todos lo pecados que en esta temporada lamentable
cometí, y que se condensan en pensar libre, aturdimiento y juego. Y de usted
también, hija mía, me acorde con emoción en mis oraciones. Usted, angelín mío,
ha sido mi único consuelo, y mi única energía; usted, la única criatura que me
ha dado buenos consuelos y ayudándome a salir con bien de todos los apuros.
¡Esto, hija mía, no lo olvidaré nunca! ¡Hoy he besado sus cartas, una por una,
palomita mía, angelín mío! ¡Pero, bueno...; adiós!
He oído decir que por estos
alrededores hay quien vende un uniforme. Bien; pues me adecentaré también por
fuera. ¡Adiós, angelín mío; consérvese buena; hasta más ver!
Su devotísimo,
Makar
Dievuschkin.
*
15 de septiembre.
Mi querido Makar Aleksiéyevich:
Estoy en un estado de agitación espantoso. Diga usted lo que me ocurre. Me da
el corazón algo fatal. Juzgue usted por sí mismo, mi mejor amigo: ¡el señor
Bukov está en Petersburgo!
Fiodora se lo ha encontrado. Él
pasó en coche junto a ella; la reconoció, mandó en seguida parar, se dirigió a
ella y le preguntó dónde vivía. Fiodora, naturalmente, no se lo dijo. Y
entonces él insinuó, sonriendo, la observa-ción... que él ya sabía quién vivía
con ella (Por lo visto se lo ha contado todo Anna Fiodórovna.) Fiodora, al oír
aquello, se puso furiosa y empezó a hacerle cargos en plena calle, diciéndole
que era un inmoral y que él solo tenía la culpa toda de mi desgracia. A lo que
él contestó que, cuando no se
tiene una copeica, fuerza es ser desdichado.
Dice Fiodora que ella le explicó
que yo me gano muy bien la vida con mi trabajo; que puedo casarme o, en último
caso, buscar una colocación; pero que mi felicidad la perdí para siempre; que
estoy muy enferma y no tardaré en morir.
A esto respondióle él que todavía
era yo muy joven, que aún tengo la cabeza a pájaros y que mis buenas cualidades
se habían enturbiado un poquito
(así mismito lo dijo).
Fiodora y yo creíamos que él
ignoraba dónde vivíamos, cuando, de pronto, ayer..., apenas había yo salido a
comprar algunas casillas en el Gostinyi Dvor, ¡paf!, va y se presenta en casa.
¡Por lo visto, no quería encontrarse aquí conmigo! Empezó a hacerle a Fiodora
un sinfín de preguntas relativas a nuestro género de vida, observándolo todo
con mucha atención, incluso mis labores. Y luego, de pronto, preguntó:
–¿Y quién es ese empleado amigo
vuestro?
En aquel crítico instante cruzaba
usted el portal, y Fiodora fue y se lo indicó; él se asomó en seguida a la
ventana, y luego se echó a reír. A la intimación de Fiodora de que se fuese,
pues yo ya sin eso estaba bastante delicada de salud a causa de mis penas, y
no me sería nada agradable encontrármelo en casa al volver, no dijo nada,
permaneció un instante silencioso, manifestando luego que había ido a casa por
ir, porque no tenía nada que
hacer, y, finalmente, se empeñó en darle a Fiodora veinticinco rublos, que
ella, naturalmente, no aceptó.
¿Qué querrá decir todo esto? ¿Por
qué y para qué habrá venido a nuestra casa? No acabo de explicarme cómo ha
podido enterarse de dónde vivimos. Me pierdo en conjeturas. Dice Fiodora que
Axinia, su cuñada, que nos visita de cuando en cuando, es muy amiga de
Nastasia, la lavandera, la cual tiene un primo colocado en la misma oficina en
que lo está uno de los más íntimos amigos del sobrino de Anna Fiodórovna. ¿No
habrán llegado hasta él por ese conducto los chismorreos? Nosotras no sabemos a
qué carta quedarnos. ¿Volverá a poner los pies en nuestra casa? ¡El solo
pensamiento me subleva! Al contarme ayer Fiodora lo ocurrido me entró tal
susto, que casi me desmayé... de angustia. ¿Qué querrá de mí ese hombre? ¡Yo,
que no quiero saber nada de toda esa gente! ¿Qué les importo yo a ellos? ¡Ay,
si usted supiera con qué temores vivo! A cada instante me parece que Bukov va a
presentarse ante mi vista. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué es lo que me aguarda?
¡Por el amor de Dios, venga usted en seguida, Makar Aleksiéyevich! ¡Se lo
suplico; venga usted!
*
18 de septiembre.
Mi querida Varvara Aleksiéyevna:
Hoy ha ocurrido en nuestra casa
algo infinitamente triste, inexplicable y de todo punto inesperado. Pero yo voy
a contárselo a usted todo por su orden:
Lo primero fue que a nuestro
pobre Gorschkov le declararon inocente en el proceso. Hace ya tiempo que se
había fallado aquél; pero hasta hoy no ha sido firme la sentencia. El asunto
concluyó, por tanto, de un modo muy favorable para él. Todas aquellas cosas
de que lo acusaban...: descuido, negligencia, etcétera, han resultado sin
fundamento. El Tribunal reconoció su honorabilidad absoluta y condenó al comerciante
a pagarle a Gorschkov aquella importante cantidad que le dije, de suerte que
de un golpe mejoró su situación extrema, ya que el dinero se lo sacarán,
seguramente, por la vía judicial, al comerciante. Pero lo más importante,
naturalmente, es que el pobre se veía ya libre de aquella mancha en su honra
que la denuncia le había echado. En una palabra: que se le habían logrado
todos sus deseos.
A eso de las tres de la tarde
vino a casa. Trabajo costaba conocerlo. Venía con la cara blanca como la pared.
Le temblaban los labios y, al mismo tiempo, se sonreía..., y así fue abrazando
a su mujer y a los chicos. Nosotros, todos, formando una piña, nos dirigimos a
él para felicitarle. Creo que nuestra actitud le conmovió mucho, pues se deshacía
dándonos las gracias y nos estrechó la mano a cada uno varias veces. Sí; hasta
parecía que había crecido, pues por lo menos se mantenía más estirado que de
costumbre, y tampoco le lagrimeaban ya los ojos, sino que materialmente le
resplandecían. ¡Qué emocionado estaba el pobre! No se estaba quieto ni dos
minutos en el mismo sitio; cogía una cosa para soltarla en seguida, y tan
pronto se apoyaba en el respaldo de la silla, sonreía y daba las gracias, como
se sentaba y volvía a levantarse y a sentarse de nuevo, y murmuraba no sé
qué. Una vez dijo: «Mi honra, sí, mi honra, una buena reputación... puedo
dejarles ya a mis hijos...» ¡Y
había que ver cómo lo decía! Tenía los ojos llenos de lágrimas, y también a
nosotros nos faltaba poco para llorar. Ratasayev quiso disimular, y por eso fue
y dijo:
«–¡Bah, la honra! ¿Qué importa la
honra, padrecito, cuando no hay qué comer? ¡Dinero, padrecito, dinero; eso es
lo principal! ¡Por el dinero, por eso es por lo que debe usted darle gracias a
Dios!»
Y le sacudió una palmadita en el
hombro.
A mí me pareció que aquello le
había ofendido en cierto modo a Gorschkov. No es que él pusiera semblante de haberse
resentido; pero miró de un modo muy particular a Ratasayev y, por toda
contestación, apartó de su hombro la mano del literato. Antes no hubiera
hecho eso, hijita. Por lo demás, no todos los caracteres son iguales. Yo, por
ejemplo, en medio de mi alegría, no me la había dado de orgulloso. A veces,
cariñito mío, a veces dice uno cosas de todo punto innecesarias, y las dice sin
motivo alguno, simplemente por un exceso de ternura o en una efusión de
cordialidad... Pero esto no se refiere a mí...
«–Sí –dijo Gorschkov después de
una pausa–; también el dinero está bien... ¡Gracias a Dios!... ¡Gracias a
Dios!...»
Y repitió varias veces para su
capote: «¡Gracias a Dios!... ¡Gracias a Dios!...» Su mujer le sirvió una comida
algo más abundante y mejor que de costumbre. Nuestra patrona misma la había
aderezado. Hay que reconocer que, en el fondo, nuestra patrona es buena. Hasta
la hora de comer no pudo Gorschkov estarse sentado un momento. Daba vueltas por
la habitación de acá para allá, hacercándose a todo nosotros como si lo
hubiéramos llamado. Se acercaba sencillamente, sonriendo a su manera; se
sentaba en un silla, decía cualquier cosa, o no decía nada..., y luego se iba.
En la habitación de nuestro marino, donde estaban jugando a la sazón, tomó los
naipes en la mano, y los otros lo admitieron al juego. Y allí se estuvo, juega
que te juega, pero de un modo que a todos los demás los trastornaba: gracias
que a las tres o cuatro rondas volvió a dejar los naipes.
«–No, yo sólo tengo esto –dicen
que dijo–; yo sólo tengo esto.»
Y se salió del cuarto.
Yo me encontré con él en el
pasillo. Me cogió las dos manos y me miró largo rato a los ojos, pero de un
modo muy especial. Luego me apretó las manos y se fue, sin dejar de sonreír,
con aquella sonrisita tan extraña, tan impasible y deprimente como la sonrisa
de un loco. Su mujer lloraba de alegría. El día de hoy ha sido para ellos una
verdadera fiesta. No tardó en terminarse la comida. Y entonces, después de
comer, díjole de pronto a su esposa:
«–Ahora quisiera descansar un poco...»
Y fue y se acostó en el lecho.
Al poco rato llamó a su hijita,
púsole las manos en la frente y empezó a acariciarla. Luego volvióse de nuevo
a su mujer:
«–¿Dónde está Pétinka? ¿Nuestro
Pétinka? –preguntó–. Nuestro Pétinka…»
La mujer se santiguó y díjole que
Pétinka se había muerto.
«–Sí, es verdad; ya lo sé.
¡Pétinka está en el cielo!»
La mujer notaba que no era el mismo
de antes; que los acontecimientos de aquel día habían hecho en él honda
impresión, y por esto aconsejóle que hiciera por dormirse y descansar.
«–Sí..., sí... Voy a ver si
duermo… sólo un poquito...»
Y al decir esto echóse de
costado, estuvo así un ratito e hizo ademán de querer decir algo. La mujer le
preguntó;
«–¿Qué es ello, hombre?»
Pero él ya no le contestó. «Se
habrá dormido», pensó la mujer, y se salió del cuarto para decir algo a la
patrona. Al cabo de una hora volvió a la habitación... Su marido no se había
despertado todavía, seguía durmiendo a pierna suelta, sin moverse. Ella se
dijo: «Bueno; que duerma bien para que cobre bríos para el trabajo.»
Dice que estuvo sentada a su
cabecera más de media hora, pero que no puede precisar en qué pensaba, aunque
estaba sumida en reflexiones; pero que sí puede decir que se había olvidado
por completo del marido. Pero de pronto volvió en sí, despabilada de su ensimismamiento
por cierta intranquilidad, y que entonces sorprendióla el silencio sepulcral
que había en la habitación.
Miró a la cama, y vio que su
marido seguía acostado como hacía hora y medía. Entonces acercóse a él y lo
tocó... Pero lo encontró ya frío, porque estaba muerto, hijita; se había muerto
Gorschkov de repente, como herido del rayo ¡Sólo Dios sabe cuál habrá sido la
causa de su muerte!
Este acontecimiento me ha hecho
tanta impresión, Várinka, que aún no me he dado cuenta cabal de él. No puedo
creer que un hombre pueda morirse así... ¡tan sencillamente! ¡Pobre desdichado
Gorschkov! ¿Por qué había de morirse hoy, que precisamente era para él un día
de alborozo? ¡Sí; el sino, el sino! Su mujer está casi deshecha en llanto, toda
trastornada todavía por efecto de la espantosa impresión. Pero la nena se ha
acurrucado en un rincón, asustada. En su habitación hay ahora un ir y venir
constante. Hay que practicar ahora una inspección facultativa... No sé si se
llama así... ¡Qué pena, hijita, qué pena! Es muy triste pensar que de un
momento al otro... ¡se muere uno sin más ni más, y se acabó!...
Suyo,
Makar
Dievuschkin.
*
19 de septiembre.
Mi querida Varvara Aleksiéyevna:
Me apresuro a comunicarle, hija mía, que Ratasayev me ha proporcionado trabajo,
trabajo de un escritor... Hoy vino uno a verle y le trajo un manuscrito
enorme... Gracias a Dios, mucho trabajo. Sólo que están las cuartillas escritas
de un modo tan ilegible, que no sé cómo voy a descifrar la letra, y, además,
quiere el trabajo en seguida. Por si fuera poco, se trata de cosas difíciles,
tanto, que cuesta mucho entenderlas. Cuanto al precio, nos hemos puesto de
acuerdo ya: cuarenta copeicas por pliego. Le escribo a usted todo esto, hija
mía, para hacerle saber más pronto que ahora ya cuento con un extraordinario
sobre mi sueldo. Y ahora quede con Dios, angelito mío. Voy a poner en seguida
manos a la obra.
Su fiel,
Makar
Dievuschkin.
*
23 de septiembre.
Mi fiel amigo Makar
Aleksiéyevich: Llevo tres días sin escribirle, amigo mío, y, sin embargo, no me
han faltado preocupaciones e inquietudes en este tiempo.
Hace tres días estuvo aquí Bukov.
Me encontraba sola, pues Fiodora había salido.
Le abrí la puerta, y me asusté al
verle, de tal modo, que no podía moverme del sitio. Me sentía palidecer. Él entró en casa, riendo, según costumbre;
cogió, sin más cumplimientos, una silla y
se sentó, yo tardé un rato en recobrar la serenidad. Por último, volví a
sentarme junto a la ventana a trabajar. Cuanto a él, dejó bien pronto de
reírse. Por lo visto hubo de sorprenderle mi aspecto. Me he desmejorado mucho
en los últimos tiempos: tengo hundidos los ojos y las mejillas, y estaba, además,
pálida como una muerta... Sí; debe de darles mucha pena verme a los que me
vieron hace un año...
Él me estuvo observando largo
rato con mucha atención, y, por último, se le alegró el semblante. Hizo no sé
qué observación..., a lo que yo ni siquiera recuerdo lo que contesté... Y
volvió a sus risas. Una hora entera se estuvo ahí sentado junto a mí, mareándome
a preguntas y charlando con toda desenvoltura. Finalmente, antes de irse, me
cogió la mano y me dijo (reproduciré textualmente sus palabras):
«–Varvara Aleksiéyevna, voy a
decirle en confianza una cosa: Anna Fiodórovna, su parienta de usted y mi
antigua amiga, es una mujer sumamente vulgar. (La calificó, además, con una
palabra indecentísima.) Ahora ha apartado a su prima del camino recto, y también
a usted quiso conducirla a la perdición. Sí; pero yo también me porté en esta
ocasión como un infame; pero, en fin, no perdamos el tiempo en hablar de cosas
inútiles, que ése es el pan nuestro de cada día, cosas que la vida trae
consigo...»
Y volvió a reír alto. Luego hizo
observar que no tenía nada de orador brillante; que lo único que tenía que
decir era lo que su decoro le impedía sencillamente callar, y eso ya lo había
dicho, y que, por tanto, se limitaría a explicar el resto en dos palabras. Y
así lo hizo: explicóme que seguía solicitando mi mano, que consideraba deber
suyo devolverme mi honra, que es rico, y, después de la boda, me llevaría
consigo a sus posesiones de la región estepa-ria. Allí pensaba él cazar
liebres; pero tenía propósito de no volver nunca a Petersburgo, pues le
repugnaba la vida en las grandes capitales. Además, que tiene aquí un sobrino,
un holgazán que nada bueno promete, según él dice, y se ha jurado a sí mismo
dar al traste con sus esperanzas de heredarlo. Por todo lo cual ha resuelto
contraer matrimonio, es decir, que quiere dejar herederos directos. Luego
extendióse en consideraciones sobre nuestro cuarto; dijo que no tenía nada de
particular que yo estuviera enferma viviendo en tal tugurio, y me profetizó una
muerte próxima si seguía viviendo aquí. «En Petersburgo todas las viviendas son
malas», dijo, y luego preguntóme si no sentía yo ningún deseo de alguna cosa.
Yo estaba tan sobrecogida por su
proposición, que, de pronto..., sin yo misma saber por qué..., rompí a llorar.
Él atribuyó aquellas lágrimas a mi agradecimiento, y salió diciendo que hacía
tiempo estaba convencido de que yo era una buena chica, sensitiva e ilustrada;
pero que no se había decidido hasta entonces a hacerme aquella proposición,
pues había querido antes informarse al pormenor de mí y de mi género de vida.
Añadió que usted era un hombre de bien y que él no quería quedarle debiendo
nada... ¿Se contentaría usted con quinientos rublos por todo cuanto por mí ha
hecho? Al contestarle yo que usted había hecho por mí cosas que no se pagan con
dinero, díjome que eso era absurdo; que esas cosas están bien en las novelas;
que yo soy joven todavía y miro la vida al través de los libros; pero que las
novelas sólo sirven para inculcarles a las muchachas ideas extravagantes, y, en
general, según él, los libros sólo conducían a corromper las costumbres, por lo
que él no podía sufrirlos. Me aconsejó aguardase a tener sus años para poder
juzgar a los hombres: «Sólo entonces –dijo– podrá usted decir que los conoce.»
Luego invitóme a meditar sobre su
proposición y pesar maduramente todas las razones, pues no le parecía bien que
yo diese, sin reflexionarlo bien, paso tan importante, y añadió todavía que el
aturdimiento y las resoluciones precipitadas suelen ocasionar la perdición de
las jóvenes inexpertas; y que, a pesar de todo, era su mayor deseo obtener de
mí una respuesta afirmativa, ya que en otro caso se vería en la precisión de
casarse con la hija de cierto comerciante de Moscú, porque, como ya dijo, había
hecho juramento formal de no dejarle sus bienes a aquel sobrino tan inútil.
Después de todo esto, se levantó y puso quinientos rublos en mi bastidor para
alfileres, según dijo, y, casi valiéndose de la fuerza, me obligó a no levantarme
del asiento. Para terminar, díjome todavía que allá en sus posesiones del campo
habría de ponerme como una torta de gorda y sanota, y que allí podría dormir
cuanto quisiese. Según parece, tiene aquí muchísimo que hacer; los negocios le
llevan casi el día entero, por lo que sólo había venido a verme unos minutos...
Y diciendo esto, se fue...
Yo he reflexionado mucho ya sobre
todo esto, y le he dado vueltas en todos sentidos, y, por último, amigo mío,
he tomado mi resolución: sí, me
casare con él; debo aceptar su proposición. Si alguien puede salvarme de mi
vergüenza, devolverme mi honra y tenerme en lo por venir a cubierto de la
pobreza y los apuros y la desdicha, es él únicamente. ¿Qué otra cosa puedo
esperar del porvenir ni pedirle al Destino? Dice Fiodora que no hay que gastar
bromas con la suerte; sólo que se pregunta, sollozando, si a esto puede
llamarse suerte. Yo tampoco encuentro otra solución para mí, amigo mío. ¿Qué
debo hacer?
Con la labor he perdido ya la
salud. Trabajar sin interrupción... es cosa superior a mis fuerzas. ¿Servir a
extraños? Me moriría de pena, y tampoco satisfaría a ningún amo. Soy enfermiza
por naturaleza, y por eso sólo sería un carga para los extraños. Claro que no
es ningún paraíso a donde voy a ir ahora; pero ¿qué debo hacer, amigo mío, qué
debo hacer? ¿Por qué decidirme?
No le he pedido a usted consejo,
por que quería meditarlo bien todo yo sola. Mi resolución, que ya le he
comunicado, se mantiene firme, y voy en seguida a escribirle a Bukov, que
estará impaciente aguardando mi respuesta, participándole que acepto. Él me
dijo que sus negocios apenas le dejaban tiempo libre, que tenía que partir, y por
estas minucias no podía
diferir su marcha. Sólo Dios, en su sagrado e inescrutable Poder sobre mi
destino, sabe si voy a ser feliz; pero mi resolución está ya tomada. Dicen que
Bukov es buena persona; si es así, me cobrará afecto, y puede que yo también se
lo tome a él. Y ¿qué más se puede esperar de nuestra boda?
Se lo comunico a usted todo,
Makar Aleksiéyevich, porque sé que podrá comprender mi dolor. No intente usted
disuadirme de mi propósito. Sus esfuerzos serían in fructuosos. Pese usted más
bien en su corazón todas las razones que me han conducido a dar este paso. A lo
primero pasé yo gran agitación; pero ya estoy más tranquila. Lo que me aguarde…
lo ignoro. Lo que haya de ser, será, según Dios disponga…
En este momento llega Bukov, y no
puedo terminar esta carta. Tenía aún muchas cosas que decirle. Ya está aquí
Bukov.
*
23 de septiembre.
Hija mía Varvara Aleksiéyevna: Me
apresuro a contestarle. Sí, hijita, me apresuro a explicarle que..., que no salgo
de mi asombro. Todo esto, supongo, será seguramente algo distinto... Ayer dimos
sepultura a Gorschkov. Sí; ésta es la verdad, Várinka, la pura verdad; Bukov se
ha portado muy honradamente; pero dígame sólo una cosa, hijita: ¿Le dio usted
ya el sí? Naturalmente que en todo esto se manifiesta la voluntad de Dios. Es
así, y así tiene que ser sin remisión, es decir, aquí..., también aquí tiene
que cumplirse irremisiblemente la voluntad de Dios. La providencia del Divino
Hacedor, aunque inescrutable, no tiene nunca más objeto que la felicidad de
los mortales, y la suerte procede exactamente, exactamente igual que Dios.
Fiodora toma también parte en sus
sentimientos. Claro; como que ahora va usted a ser feliz, hijita; a vivir en la
riqueza y la abundancia, palomita mía, lucerito mío; no me harto de nombrarla,
angelín mío... Pero dígame una cosa, sólo una, Várinka: ¿Por qué tan pronto?...
¡Ah, sí, los negocios!... El señor Bukov tiene negocios... Naturalmente… ¿Quién
no tiene negocios? También él puede tenerlos, Yo tuve ocasión de verlo al salir
de su casa de usted. Es un hombre imponente, incluso excesivamente imponente,
es decir, que impone con su presencia, que tiene un aspecto la mar de
imponente. Sólo que todo eso…, no, no es de lo que se trata. Yo, mire usted, yo
no soy ya el mismo. ¿Cómo vamos a poder escribirnos en el futuro? Y yo…, sí,
yo…, ¿cómo voy a poder seguir aquí tan solo? Yo, mire usted, angelín mío, yo lo
peso todo, como usted me decía, en mi corazón; es decir, peso las razones,
etcétera. Llevo ya copiados cerca de veinte pliegos, cuando surge de pronto
ese acontecimiento. ¡Hijita, hijita! Si usted se va a de aquí, tendrá que
comprarse antes una porción de cosas; varios pares de zapatos y varios trajes,
¿no es verdad? Bueno; pues yo me he acordado de que conozco un buen almacén en
la Gorojovaya... ¿Recuerda usted la descripción que le hice de esa calle?...
Pero, no. ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué se le ocurrirá a usted, qué pensará usted,
hija mía? No; usted no debe, es completamente imposible; usted no puede ponerse
en camino sin más ni más. Usted tiene que hacer compras importantes; tiene
usted que alquilar un coche. Además, ¡hace ahora tan mal tiempo! Ya lo ve
usted: no hace más que llover a cántaros, sin parar un momento, y, además...,
que va a hacer frío, angelín de mi alma, y va a enfriársele el corazoncito, se
le va a helar a usted. ¡Y dice usted que le teme a la gente extraña y quiere
usted viajar ahora con ese señor desconocido! ¡Cómo es posible que me deje aquí
solo a mí! ¡Sí! Dice la Fiodora que la aguarda a usted una gran suerte... Pero
esa Fiodora es una desalmada y quiere arrebatarme lo último que me queda. ¿Irá
usted hoy al templo, a la misa de la tarde? Yo también iré allá, hijita, con
tal de verla un poquito.
Es verdad, es verdad, hija mía,
que es usted una joven buena, culta, sensitiva, sólo que, mire usted…, mejor
sería que ese tío se casara con la hija del comerciante. ¿Qué le parece,
hijita? ¡Que se case con esa señorita de Moscú!... Yo iré a verla a usted,
Várinka, en cuanto oscurezca; de aquí a una hora me tienen ahí… Ahora ya
oscurece muy pronto, y en seguidita voy. ¡Dentro de una hora sin falta! Ahora
está Bukov ahí, ya lo sé; pero en cuanto se vaya… Así que usted espéreme, nena,
que sin falta voy…
Makar Dievuschkin.
*
27 de septiembre.
Querido Makar Aleksiéyevich: Dice
el señor Bukov que debo llevar allá, por lo menos, tres docenas de camisas de
holanda. Así que necesito buscar a toda prisa costureras de blanco que me hagan
dos docenas, pues tenemos el tiempo tasado. El señor Bukov se lamenta de no
haber tenido presente las molestias que los dichosos trapos ocasionan.
Nuestra boda se celebrará de aquí
a cinco días, y al otro partimos. El señor Bukov tiene mucha prisa y dice que
no se debe perder tanto tiempo en estas fruslerías. Yo estoy tan cansada de
todo este trajín, que apenas me puedo tener en pie. Tengo todavía que despachar
una montaña de trabajo y, sin embargo, sabe Dios si sería preferible que no
hiciesen falta tantas cosas. Y no es eso todo: no tenemos encajes bastantes y
hemos de comprar algunos más, pues dice el señor Bukov que no quiere que su
mujer vaya vestida como una cocinera y que es menester que deje en pañales
a todas las señoras de los propietarios vecinos; éstas son sus palabras.
De suerte que, querido Makar Aleksiéyevich,
es preciso que vaya usted a casa de madame Chiffon (ya sabe usted, en la
Gorojovaya) y le diga que me envíe lo antes posible algunas costureras, esto lo
primero; y, en segundo lugar, que también usted despache a toda prisa mi
encargo, para lo cual tomará usted un coche. Yo estoy malucha. En este nuestro
piso hace tanto frío y está todo en un desorden que mete miedo. La tía del
señor Bukov apenas si puede respirar de puro vieja y achacosa. Mucho me temo
que exhale el último suspiro antes de emprender nosotros el viaje de bodas.
Pero el señor Bukov dice que no es de temer tal cosa, que ya se repondrá.
En casa anda todo, lo que se
dice, manga por hombro. Como el señor Bukov no vive aquí, las criadas van de un
lado para otro y hacen lo que se les antoja. A veces sólo contamos con Fiodora
para nuestro servicio. El ayuda de cámara del señor Bukov, que es quien debe
meter aquí en cintura a la servidumbre, lleva tres días sin aparecer. El señor
Bukov viene en coche todas las mañanas y se indigna, y ayer le sentó la mano al
criado, por lo que ha tenido sus dimes y diretes con la Policía... No tengo de
momento aquí a nadie con quien enviarle a usted esta carta. Así que la echo al
correo. ¡Ah, como siempre, se me olvidaba lo más importante! Dígale a madame
Chiffon que cambie los encajes y busque otros nuevos que le vengan bien a la
muestra que elegí ayer y que luego venga a verme para enseñarme los que haya
escogido. Y dígale usted también que, con respecto a la guarnición, he mudado
de idea: la quiero también bordada. ¡Ah!, y encárguele usted también que las
iniciales de los pañuelos las hagan caladas y no sencillas... ¿Comprende?
¡Caladas! ¡No se le olvide a usted: caladas! ¡Ah, y todavía se me olvidaba a
mí otra cosa! Dígale usted que las hojitas que lleva la pelerina deben estar
muy bien cosidas, los pámpanos en cordoncillo, y que a la gorguera le ha de
poner encaje o un falbalá ancho. ¡Que se lo explique usted bien todo, Makar
Aleksiéyevich!
Suya,
V. D.
P. S. – Me da vergüenza
volverlo a molestar a usted con mis encargos. Anteayer lo tuve a usted
corriendo de acá para allá toda la tarde. ¡Pero qué le voy a hacer! En nuestra
casa no hay pizca de orden, y a mí me coge enferma. ¡Así que no se enfade usted
conmigo, Makar Aleksiéyevich! ¡Si viera qué pena me da! ¿Qué va a ser de mi
amigo, de mi bueno y querido amigo Makar Aleksiéyevich? Miedo me da de sólo
pensar en el futuro. Me acometen mil presentimientos malos y tengo la cabeza
como atontada.
PP. S. – Por Dios,
amigo mío, no olvide usted nada de cuanto le encargo diga a madame Chiffon.
Temo que todo lo hagan al revés. Así que
fíjese usted bien: ¡calados y no bordado sencillo!
V. D.
*
27 de septiembre.
Mi querida Varvara Aleksiéyevna:
He cumplido a conciencia sus encargos. Dice madame Chiffon que ya había pensado
en hacer las letras caladas; que así es más distinguido o... No sé si fue esto
exactamente lo que me dijo, pues no lo entendí bien, pero sí fue algo por el
estilo. Bueno; usted me hablaba algo de un falbalá; pues también ella me ha
hablado de él. Sólo que, por desgracia, se me ha olvidado ya lo que me dijo de
tal falbalá. Sólo recuerdo que me dijo muchas cosas de él. ¡Qué mujer tan
torpe! ¿Qué fue lo que me dijo? Pero, en fin, ya se lo dirá ella misma hoy. Yo
estoy, hijita, yo estoy completamente fuera de mí. Esta mañana no he ido a la
oficina. No se preocupe usted, hijita; no ha sido por nada grave. Con tal de
procurarle a usted paz y sosiego, estoy yo dispuesto a visitar todas las
tiendas de Petersburgo. Me escribe usted que le da miedo mirar al porvenir o
pensar en él.
Pues hoy, a las siete, ha de
salir usted de dudas. Madame Chiffon va a ir a verla a usted personalmente...
Así que tenga usted paciencia. Piense que quizá todo acabe en bien. Ese dichoso
falbalá es el que no se me quita de la cabeza, y los oídos me zumban... ¡Falbalá,
falbalá, falbalá!...
Dentro de un ratito iré a verla,
angelín mío; tengo que pasar, sin falta, un ratito a echar con usted un
párrafo; ya por dos veces me he aproximado a su puerta; pero Bukov, es decir,
el señor Bukov, tiene muy mal genio y no le haría mucha gracia... ¿Verdad?..
Suyo,
Makar Dievuschkin.
*
28 de septiembre.
Mi querido Makar Aleksiéyevich:
Por el amor de Dios, dése usted prisa a ir a la joyería. Dígale usted al dueño
que no me haga ya los pendientes con perlas y esmeraldas. Dice el señor Bukov
que son muy caros y van a abrir brecha en su bolso. Está muy enfadado. Dice que
sin eso ya le estoy saliendo por un ojo de la cara y que lo estamos desplumando.
Y ayer fue y dijo que si hubiera podido presumir estos gastos no habría
precipitado tanto las cosas. Dice que inmediatamente después de la boda tenemos
que emprender el viaje, y que no vaya a hacerme ilusiones: que a la boda no ha
de haber invitados ni se ha de bailar en ella, que las fiestas se han de
celebrar allá en el campo, pero que no imagine que vaya poder bailar en
seguida. ¡Así mismo me lo soltó! Y Dios sabe hasta qué punto pienso yo en esas
cosas. El señor Bukov es quien todo lo ha dispuesto. Yo no me atrevo a contradecirle
en nada: ¡es tan vivo de genio! ¿Qué va a ser de mí, Dios mío?
V. D.
*
28 de septiembre.
Palomita mía, mi querida Varvara
Aleksiéyevna: Yo, es decir, el joyero, dice que... está bien. Yo, por mi parte,
sólo quería decirle que estoy malo y que no puedo tenerme en pie. Precisamente
ahora que hay que hacer tantas cosas y tanto necesita usted de mi ayuda, tenía
yo que coger este enfriamiento. ¿No es esto un absurdo? Tengo también que
participarle que, para colmo de desdicha, a Su Excelencia le ha dado el naipe
por estar hoy de muy mal humor; se enfadó con Yemelia Ivánovich y le regañó
mucho, tanto, que a lo último parecía rendido, de forma que a mí me inspiraba
la mar de compasión. Ya ve usted cómo se lo cuento todo.
Quería escribirle más; pero temo
quitarle a usted tiempo, que puede dedicar a otras cosas. Yo, hijita, soy un
hombre lerdo, sin instrucción, un ignorante que escribe a la pata la llana, según
se le ocurre, de suerte que usted a veces notará algo... No sé qué quiero decir...
¡Ah sí; con tanto como ahora tenemos que hablar!
Suyo,
Makar
Aleksiéyevich.
*
28 de septiembre.
Varvara Aleksiéyevna, corazoncito
mío; hoy he visto a Fiodora y he estado hablando con ella, palomita mía. Me ha
dicho que mañana es su boda de usted y que pasado mañana se marcha. El señor
Bukov ha encargado ya los caballos.
Le hablaba a usted ayer de Su
Excelencia, hijita. Bueno; he repasado las cuentas de madame Chiffon y están
bien, sólo que resulta todo muy caro. Pero ¿por qué se enfada el señor Bukov
con usted? Bueno; que sea usted muy feliz, hija mía. Yo me alegro mucho de su
suerte. Sí; me alegraré siempre de su felicidad, hija mía. Yo iría mañana a la
iglesia; pero no puedo, hija mía; me pesa mucho mi cruz.
Pero ¿qué vamos a hacer de
nuestras cartas?... Insisto otra vez en ello... ¿Cómo vamos a seguir
escribiéndonos, quién se va a encargar de entregárnoslas, vida?
Sí; eso era lo que yo quería
decir; ¡se ha portado usted muy espléndidamente con Fiodora! Ha hecho usted
así una buena obra, digna de usted. El Señor nos bendice por cada buena acción
que realizamos. Nada queda sin recompensa, y la virtud está siempre segura de
recibir el galardón divino.
¡Hija, hija mía! Le escribiría a
usted todavía muchas cosas; pero temo me pasaría los minutos, las horas todas,
escribiéndole; por mi gusto, le estaría escribiendo siempre. Tengo aquí
todavía un librito de su propiedad: los Cuentos de Bielkin, que olvidé
devolverle. Pero mire usted, hijita: déjemelo usted, no me lo quite usted,
regálemelo, ¡palomita mía! No es que yo vaya a tener gusto en leer otra vez
esas historias, sino que, ya sabe usted, hijita, se echa encima el invierno;
las tardes serán largas; se pondrá uno triste..., y entonces me hará mucho
bien tener un libro que leer... Yo, hija mía, voy a mudarme de este cuarto al
de ustedes, donde Fiodora me alquilará una habitación. De esta honrada
viejecita no habrá en adelante quien me pueda separar. Además, ¡es tan
trabajadora!... Ayer estuve yo revistando la habitación que usted deja. Allí
estaba todavía su bastidorcito con la labor empezada; todo lo hemos dejado
intacto, según estaba. También estuve viendo sus bordados. Han quedado allí
algunos zurcidillos. En un trocito de una de mis cartas había usted empezado a
liar hilo. En su mesita encontré aún un pliego de papel de cartas en el que
usted había escrito: «Mi querido Makar Aleksiéyevich: Me apresuro...» Y nada
más. Por lo visto, no había hecho usted más que empezar la carta cuando alguien
vino a interrumpirla. En el rincón, detrás del biombo, está su camita...
¡Angelín mío!
Bueno, hijita; que lo pase usted
bien, muy bien. Por lo que más quiera, escríbame algo como respuesta a mi
carta, ¡y pronto!
Makar
Aleksiéyevich.
*
30 de septiembre.
Amigo, querido amigo Makar
Aleksiéyevich: ¡Ya está todo! ¡Se decidió mi suerte! No sé lo que me reservará
el porvenir; pero desde ahora me remito a la voluntad de Dios. Mañana partimos.
Por última vez me despido de
usted, mi único, mi fiel, querido y buen amigo. ¡Usted es mi único pariente,
el único que me ha ayudado en mis apuros!
¡No se inquiete por mí, viva
dichoso, recuérdeme alguna vez y que Dios lo bendiga! Yo pensaré mucho en
usted y no lo olvidaré en mis oraciones. ¡Ya pasaron aquellos tiempos! Pocos
son los recuerdos gratos que del pasado llevo a mi vida futura; pero, por eso
mismo, me es más y más preciado el recuerdo de usted y más estimable todavía
usted mismo para mi corazón. Usted es mi único amigo, usted quien únicamente me
ha tenido aquí afecto. Yo no soy ninguna ciega, he podido ver cuánto me quería
usted. Mi sonrisa bastaba para hacerlo a usted feliz, y una línea mía lo
reconciliaba a usted con todo. Ahora va a tener usted que acostumbrarse a
pasarse sin mí. ¿Cómo va usted a poder vivir ahí tan solo? ¿Quién estará a su
lado, mi bueno, inestimable y único amigo?
Le regalo a usted el libro, el
bastidor y la carta iniciada. Al leer esos renglones empezados, siga usted
leyendo, hágase cuenta que lee en mi pensamiento, que lee todo aquello que
hubiera leído o escuchado de mí con gusto, todo lo que yo hubiera podido..., ¡y
ahora ya no podré escribirle! No olvide usted a su pobre Várinka, que sincera y
cordialmente le ha querido. Sus cartas las tiene todas Fiodora en la cómoda, en
el gavetín.
Me escribe usted que está malo.
De buena gana iría a verlo; pero el señor Bukov no me deja salir hoy. Le
escribiré a usted, amigo mío; se lo prometo; pero sólo Dios sabe lo que puede
ocurrir. Así que despidámonos para siempre, amiguito mío, palomito mío, como usted me llama a mí, rico
mío. ¡Para siempre!... ¡Ay, qué abrazo le daría yo ahora! Siga usted bien,
amigo mío; que sea muy feliz; mucho, mucho, ¡mucho! Que se conserve con salud.
No olvidaré nunca rezar por usted. ¡Oh, si usted supiera qué pena tengo, qué
doloridamente agobiada tengo el alma!
El señor Bukov me está llamando.
La que siempre lo querrá.
V.
P. S. – Tengo el
alma tan llena, tan llena, tan llena de lágrimas... ¡Amenazan con ahogarme,
con destrozarme! ¡Siga usted bien, Makar Aleksiéyevich! ¡Adiós! ¡Qué tristeza!
No me olvide, no olvide nunca a
su pobre Várinka.
V.
*
Hija mía, Várinka; palomita mía,
corazoncito mío: Se la llevan a usted, se va. Sí, sería preferible que me arrancasen a mí el corazón del
pecho antes que quitármela a usted. ¿Cómo es posible que esto sea? ¿Cómo puede
usted consentirlo? Acabo de recibir ahora mismo su carta, que en muchos sitios
está salpicada de lágrimas. ¿Es que por su gusto no viajaría usted? ¿Acaso se
la llevan a usted por la fuerza? ¿Es que siente compasión de mí? Sí, pero... ¡entonces es que me tiene
cariño! ¡Cómo puede ser! ¡Entonces...! ¿Qué va a suceder hora? Su corazoncito
no va a poder resistir aquello; allí todo es feo, horrible, frío. La nostalgia
la va a enferma la pena va a acabarla. Allí se morirá usted, la enterrarán en
la tierra húmeda y no habrá nadie que la llore. El señor Bukov estará siempre
cazando liebres... ¡Ah hija mía! ¿Qué resolución tomó usted? ¿Cómo pudo usted
avenirse a nada semejante? ¿Qué ha hecho usted, qué ha hecho usted contra sí
misma? La llevarán a usted al sepulcro, hija mía; sencillamente, darán cuenta
de usted, ¡angelín mío! ¡Usted es una niñita, tierna y débil como una pluma!
Pero ¿dónde estaba yo, hombre? ¡Yo, torpe de mí, dormía con los ojos abiertos!
¡No veía yo que una cabecita de niña se había propuesto algo imposible, no
sabía yo que a la niñita solamente le faltaba juicio! Yo habría debido,
sencillamente... ¡Pero no! Yo me he portado como un verdadero idiota; no pensaba
ni veía nada, como si eso fuera lo justo, como si a mí no me interesase el asunto, y hasta me bebía los vientos en
busca de falbalás... No, Várinka; yo despertaré; hasta mañana puede que
continúe dormido; pero luego me despertaré sencillamente. ¡Y entonces iré, sin
más ni más, a arrojarme bajo las ruedas de su coche! ¡No la dejaré a usted
partir! ¿Cómo, qué es eso, adónde conduce? ¿Con qué derecho ocurre todo esto?
¡Yo partiré con usted! ¡Correré a la zaga de su coche, si no quiere usted
admitirme en su interior, y correré, correré hasta que no pueda más, hasta que
me falte el aliento y exhale el último suspiro!
Pero ¿sabe usted bien, hija mía,
lo que le aguarda allí a donde la llevan? ¡Pues si no lo sabe, pregúntemelo a
mí, que sí lo sé! Allí sólo la aguarda la estepa, angelín mío, la estepa
llana, pelada e infinita, ¡tan desnuda como mi mano! Allí sólo verá usted
campesinos brutales, sin sentimiento, y rústicos, zafios y borrachines. Ahora,
ya por este tiempo, no encontrará allí árbol con hoja, estará lloviendo y hará
frío... hará frío... ¡Ahí tiene adónde la llevan!
Desde luego, el señor Bukov
tendrá en qué entretenerse: va a cazar liebres. Pero ¿y usted? ¿Qué va usted a
hacer allí? ¿Es que le gusta eso de ser propietaria rural? Pero ¡hija mía!
Pero ¿es que eso la atrae, que está lampando por serlo?
¿Cómo es posible, Várinka? ¿A
quién voy a escribirle en lo sucesivo? ¡Eso es! Reflexione y pregúntese a sí
misma solamente una cosa: ¿a quién va ahora el pobre a escribirle cartas? ¿Y a
quién voy a poder llamar desde ahora hija mía; a quién podré, en adelante,
darle este tierno nombre; a quién podré dirigirle esa dulce invocación? ¿Dónde
volveré a encontrarla a usted, angelín mío? ¡Me moriré, Várinka; de fijo que me
moriré! ¡No; mi corazón no podrá sufrir tal desdicha!
Yo la he querido a usted como a
la luz del sol, como a una verdadera hija mía la he querido, y he querido todo
lo suyo, ¡palomita mía! Sólo por usted vivía yo. He trabajado y escrito, he pasado
y reflejado después mis impresiones en mis cartas, sólo porque usted, nena, era
mi vecina. ¡Usted, quizá no lo comprendiera; pero era así, era realmente como
se lo digo!
Pero hágame caso, hija mía;
reflexione usted y considere, palomita mía, si está bien que ahora me
abandone... ¡No, hija mía; esto no es posible y no lo será! ¡Eso no hay ni que
pensarlo! Está lloviendo y usted está tan delicada... ¡No tendrá más remedio
que coger un enfriamiento! ¡Se mojará el coche en que viaje, que un coche no es
una casa..., y usted también se calará, y apenas haya salido de la población
se le romperá al coche una rueda, o se hará trizas todo él! ¡Aquí, en
Petersburgo, hacen unos coches muy malos! Yo conozco a todos los constructores
de coches; los hacen de relumbrón, muy bonitos, sí, pero de solidez no
hablemos. Créame usted, se lo juro: esos cochecitos no valen absolutamente
nada.
Yo me echaré, hija mía, a los
pies del señor Bukov y se lo diré lodo, todo. ¡Y también usted, hijita, tratará
de convencerlo! Se lo contará usted todo, discretamente, y lo convencerá.
Dígale, sencillamente, que usted se queda aquí, que no puede acompañarle en su
viaje… ¡Ah! ¿Por qué no se habrá casado con la hija de aquel comerciante de Moscú?
¿Por qué no habrá optado por eso? Habría sido mejor para todos, y más propio
para él, ¡me consta! Entonces usted habría continuado aquí, a mi lado. Pero
¿qué relación tiene con usted ese señor Bukov? ¿Cómo es que tan de repente se
enamoró de usted y le tomó tanto cariño? ¿Quizá la trastornó a usted con esos
falbalás que le regaló..., o por qué, en suma? Pero ¿para qué sirven, después
de todo, esos falbalás? Un falbalá, al fin y al cabo, hija mía, no es más que
un pedazo de tela. Lo que aquí se ventila es la vida de un hombre, hija mía, y
esos falbalás son sencillamente trapos..., trapos sin importancia alguna, y
nada más. Aunque yo también puedo regalarle a usted falbalás de ésos; sólo
necesito esperar a la próxima paga y entonces ya verá hijita, cómo se los
compro, que ya sé dónde los venden y conozco la tienda: sólo que ha de tener
usted paciencia hasta que cobre mi sueldo, angelín mío, Várinka!
¡Dios mío, Dios mío! ¿De modo que
se va usted de veras con el señor Bukov, a la estepa, para siempre? ¡Ay hija
mía!... ¡No, usted tiene que volver a escribirme, aunque sólo sea por una vez,
contándomelo todo, y si es que ya emprendió la marcha, entonces me escribe
desde allí! ¡De otra suerte, hija mía, ésta sería la última carta, y eso no es
posible, no puede ser que ésta sea la última carta! ¿Cómo, cómo podría ser eso,
tan de pronto?... ¡La última, verdaderamente la última! Pero no; yo he de
escribirle a usted muchas cartas todavía, y usted a mí también… ¡Si ahora es
cuando empiezo a tener estilo!... ¡Ah hija mía!, pero ¿qué hablo de estilo? Yo
le escribo a usted al tuntún, sin saber lo que escribo porque no lo sé, no,
señor, y no repaso lo que escribo, ni lo enmiendo, ni nada. ¡Yo escribo
únicamente por escribir, por escribir cada vez más!... ¡Oh palomita, mi nena,
mi hijita, mi Várinka!...
[1] De acuerdo a la fonética rusa ésta
es la grafía que mejor se ajusta al apellido del novelista. La palabra rusa Достоевский no representa nada de
particularmente difícil, aparece trascrito de manera anárquica, siempre
distinta en las respectivas ediciones de sus obras: Dostoyewsky, Dostoyevsky,
Dostoevsky, Dostoyevski, Dostoiewski y hasta Dostoyuski. El doble escollo está
en la e inicial de la tercera sílaba,
que unos yotizan y otros no en la escritura, pero que debe yotizarse en la
pronunciación; y en la i final, que
para unos es latina y para otros griega, y que, realmente, no es ni lo uno ni
lo otro, pues escrita duplicada, cual debiera escribirse, representa el
diptongo ruso ii, que se pronuncia,
aproximadamente yi. Достоевский:
Dostoyevskii.
[2] Moneda rusa equivalente a la
centésima parte de un rublo.
[3] Especie
de tetera en la que se calienta el agua gracias a un infiernillo de carbón
dispuesto en un tubo interior.
[4] Nombre de un barrio de Petersburgo.
[5] Las calles principales de Vassilii
Ostrov se llaman Líneas.
[6] Diminutivo de Piotr.
[7] Nombre del mayor mercado de San
Petersburgo.
[8] En el original, algunas cartas
carecen de fecha y de firma.
[9] Tanto el libro anterior El inspector, como éste último, La capa, son obras de Nikolai V. Gógol,
que siempre fue, junto con Puschkin y Schiller, uno de los escritores más
admirados por Dostoyevskii.
[10] Abreviatura de Glafira.
[11] Los coches mejores y más caros que
hay en las grandes poblaciones rusas.
[12] Para comprender todos estos
reproches que Makar Aleksiéyevich dirige a su amiguita, es preciso tener en
cuenta que ésta le envió el libro de Gógol La
capa, recomendándole su lectura, y que el héroe de esa obra maestra –Akaki
Akakiévich– es también un empleadillo de poco sueldo y tan parecido en todo a
Makar, que éste llega a creerse que Gógol se ha inspirado en él para pintar el
tipo grotesco y conmovedor de su protagonista. Fiodor Fiodórovich es el nombre
de uno de los jefes del personaje central de La capa.
[13] Nombre de un barrio de Petersburgo.

