Libro No. 312. El Naufragio del Titán o Futilidad. Morgan, Robertson.
Libro No. 312. El Naufragio del Titán o Futilidad. Morgan, Robertson. Colección Emancipación Obrera. Marzo 31 de 2012.
Título
original: Versión Original: © . El Naufragio del Titán o Futilidad. Morgan,
Robertson. Traducción de Andrés
Rodrigo Escobar Arias
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de Imágen: Libros Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
NOTA DEL TRADUCTOR
El nombre de Morgan
Robertson no nos dice mucho, actualmente. Si investigamos sobre él, nos daremos
cuenta de que escribió varios relatos y novelas sobre el mar, entre ellos:
§ Los piratas
§ Más allá del espectro
§ En el valle de las sombras
§ El Naufragio del Titán, o Futilidad.
Es precisamente en esta última
novela (Publicada en 1898) en la que llamo la atención del lector. En ella, en una noche de abril, el buque surca a toda máquina las aguas próximas a
Terranova. Va a batir un récord despreciando toda prudencia. El riesgo ha sido
aceptado. Se trata de un navío revolucionario construido con la tecnología
naval más avanzada: sus planchas impermeables son consideradas insumergibles.
En plena noche, el vigía avista un iceberg que se les viene encima. Demasiado
tarde: el navío choca contra el iceberg a toda máquina. Es la catástrofe.
Mueren casi todos sus pasajeros debido a que el buque no lleva suficientes
botes salvavidas. ¿Nombre del buque? Titán.
Lo escalofriante de todo el
asunto es que fue escrita catorce años antes del viaje del Titanic, y coincide
en un 98% de las circunstancias con el acontecimiento real: Por ejemplo; los nombres de los barcos, las causas lejanas, psicológicas y
culturales del drama: el orgullo técnico empaña la razón: se lanza a la niebla
para batir un récord incumpliendo las normas, los lugares: el Atlántico norte,
a la altura de Terranova, la época del año: una noche de abril, la causa
inmediata: la colisión con iceberg, la causa de pérdidas humanas: la falta de
botes para salvamento. Las coincidencias nos acercan a una sobrecogedora
interpretación de esta historia, tal como lo muestra la siguiente gráfica
|
|
TITÁN |
TITANIC |
|
Pasajeros
y equipaje |
3,000 |
2,207 |
|
Botes
de salvamento |
24 |
20 |
|
Tonelaje
|
75,000 |
66,000 |
|
Longitud
|
240 m. |
268 m. |
|
Velocidad
de impacto |
25 nudos |
23 nudos |
|
Numero
de hélices |
3 |
3 |
|
Fecha
o mes del hundimiento |
Abril |
Abril |
|
Causa
del hundimiento |
Fe ciega en la
tecnología |
Fe ciega en la
tecnología |
|
Rotura
del casco |
A estribor |
A estribor |
|
Compartimientos
estancos |
19 |
15 |
Robertson declaró
durante toda su vida que su inspiración venía de un "colaborador astral”, para utilizar sus propias palabras, es decir, de un espíritu que le
guiaba e inspiraba sus trabajos literarios. Esta es la única respuesta que daba
para explicar estas coincidencias extraordinarias entre la ficción y la
realidad. A pesar de la reedición de su obra, no recoge los frutos de su
sorprendente premonición después del naufragio del Titanic, ya que los lectores prefieren conocer los detalles
sensacionales de la investigación en vez de la ficción, aunque esté marcada por
un extraño sello.
ACERCA DEL AUTOR
Morgan Robertson
nació en 1861 en Oswego(Nueva York). A los 16 años, tras sus estudios e
bachiller, se enroló en la marina mercante de 1877 a 1886. Posteriormente
encontró trabajo en una joyería, pero sus problemas oculares le obligaron a
abandonar este empleo fatigante para los ojos y se consagro a la escritura,
especializándose en la novela y los relatos marítimos. Aunque era autodidacta
poseía una cultura sólida y una poderosa capacidad de expresión, según
testimonian sus escritos. Era visiblemente un marginado, un hombre indignado
contra la sociedad de su época, que pasó toda su vida dificultades materiales
y, en este sentido, parece que Rowland, el personaje central de Futilidad, sea en parte autobiográfico.
Con la publicación de sus obras completas consiguió posteriormente cierto
reconocimiento, a la vez que se quedaba ciego. Le encontraron muerto en la
habitación de un mísero hotel de Atlantic city, el 24 de marzo de 1915, sentado
en un sillón de cara al mar.
Fuentes:
Revista ENIGMAS, dirigida por el Dr. Jiménez del Oso, año IV/No. 11, páginas:
56-62, Artículo de Bertrand Méheust.
SOBRE EL
TRADUCTOR
Andrés Rodrigo Escobar Arias nació en Bogotá,
Colombia, el 22 de enero de 1975. Estudió Arte dramático en la Academia de
Actuación Charles Chaplin, de donde se egresó el 23 de diciembre del 2.000.
Actualmente está cursando último año de Licenciatura en Literatura en la
Universidad del Valle. Perteneciente al Grupo de Estudios Literarios de la
Fundación Colombo Brasileña. Ha traducido algunos cuentos del portugués, y uno
de sus proyectos es traducir los cuentos de Rubem Fonseca de ese idioma. Su
primera traducción del inglés es esta novela, y próximamente saldrá el relato
Más allá del espectro, también de Morgan Robertson.
CAPÍTULO I
|
E |
ra el barco más grande
que hubiera surcado los mares, y también el trabajo más arduo para quienes lo
habían construido. En su fabricación se vieron involucrados cada disciplina,
profesión y oficio conocidos por la civilización. En su puente había oficiales
que, aparte de ser la crema y nata de la Armada Real, habían pasado rígidos
exámenes en lo concerniente a los vientos, mareas, corrientes y geografía
marina; no eran marinos, sino también científicos. El mismo rigor profesional
fue aplicado para escoger al personal del cuarto de máquinas, y el departamento
de cocina era prácticamente como el de un hotel de primera categoría.
Dos bandas, dos orquestas
y una compañía teatral entretenían a los pasajeros durante el día; el bienestar
corporal era atendido por un cuerpo de doctores, mientras que el bienestar
espiritual lo era por un grupo de capellanes. Un bien entrenado cuerpo de
bomberos calmaba los temores de los pasajeros más nerviosos, y añadía otra
diversión al practicar diariamente con su maquinaria.
Desde su elevado puente
corrían, de forma discreta, líneas telegráficas hasta la proa, la popa, la sala
de máquinas, el nido del cuervo[1] en la
proa y a todas las partes del barco en donde se trabajaba, cada línea
terminando en un dial con un indicador móvil que contenía cada orden y
respuesta requerida en el manejo del enorme buque, tanto en puerto como en alta
mar, lo cual eliminaba el tortuoso esfuerzo por parte de marinos y oficiales de
gritarse órdenes y respuestas.
Desde el puente de mando,
el cuarto de máquinas y una docena de lugares en su cubierta, las noventa y dos
puertas de diecinueve compartimientos estancos podían cerrarse en menos de un
minuto moviendo una palanca. Estas puertas también podían cerrarse automáticamente
ante la presencia del agua. Aunque tuviera nueve compartimientos inundados, el
buque aún podía flotar, y como no se supiera previamente de algún accidente de
estas carácterísticas, el Titán era
considerado insumergible.
Construido enteramente en
acero, y concebido únicamente para el tráfico de pasajeros, no transportaba
ninguna carga de combustible que amenazara con destruirlo con un posible
incendio; y la inmunidad a la demanda de espacio para carga dio a los diseñadores
la posibilidad de descartar el fondo plano para un cuarto de calderas, típico
de una embarcación de carga, a favor de uno oblicuo, más propio de un yate, y
esto mejoró las prestaciones del buque en el mar. Tenía casi doscientos
cuarenta y cuatro metros de longitud, un desplazamiento de setenta mil
toneladas, setenta y cinco mil caballos de fuerza, y en el viaje de pruebas
había alcanzado una velocidad de veinticinco nudos, enfrentando feroces
vientos, mareas y corrientes. En pocas palabras, era una ciudad flotante,
conteniendo dentro de sus muros de acero todo lo necesario para atenuar los
peligros e incomodidades propios del cruce del Atlántico y todo lo necesario
para disfrutar de la vida.
Insumergible e
indestructible, transportaba unos pocos botes, tal como lo exigía la ley. Estos
veinticuatro botes estaban asegurados bajo los pescantes en la cubierta
superior, y de ser necesarios, habrían dado cabida a quinientos pasajeros. No
en vano llevaba también engorrosas balsas salvavidas; pero (también por otro
requerimiento de ley) en cada una de las tres mil literas en los camarotes de
os pasajeros, la tripulación, los oficiales y también en las oficinas había un
chaleco salvavidas de corcho, mientras que, distribuidos a lo largo de las
barabdas, había alrededor de veinte flotadores circulares.
En vista de su absoluta
superioridad sobre cualquier otro buque, la compañía de vapores anunció, para
ser aplicado al Titán, un reglamento
en el que creían formalmente algunos capitanes, a pesar de no ser abiertamente
seguido: Debería viajar a toda velocidad a través de la niebla, las tormentas,
el sol, las mareas y (en la Ruta Norte) el verano y el invierno, por los
siguientes buenos y sustanciales motivos:
Si otro barco lo embestía, la fuerza del impacto se distribuiría sobre un
área más larga, si el Titán tenía
plena vía, y el impacto mortal sería absorbido por el otro buque.
Si el Titán era el agresor, con
toda seguridad destruiría al otro, aún a media marcha, y quizás dañaría su
propia proa; mientras que a toda velocidad cortaría al otro barco en dos sin
más daño para sí que rasguños en la pintura que se podían reparar con
facilidad. En cualquier caso, como el menor de dos males, era mejor que el
casco más pequeño fuera el perjudicado.
A toda velocidad, el Titán era
más facil de llevar fuera del peligro.
En caso de una colisión mortal contra un témpano de hielo (La única cosa
flotante que el Titán no podía
vencer), su proa se deformaría en menos de unos pocos pies que a media
velocidad, y se inundaría un máximo de tres compartimientos, lo cual no
importaba, teniendo seis de reserva.
De modo que se confiaba
en que cuando los motores dieran su máximo esfuerzo, el vapor Titán desembarcaría pasajeros a casi
cinco mil kilómetros con la prontitud de un tren expreso. Había batido los
récords de velocidad en su viaje inaugural, pero hasta el tercer viaje de
retorno no había logrado disminuir el tiempo de viaje entre Sandy Hook y Daunt’s
Rock al límite de cinco días; y extraoficialmente se rumoreaba entre los dos
mil pasajeros que habían embarcado en Nueva york que ahora se haría un esfuerzo
para romper esa marca.
CAPÍTULO II
|
O |
cho remolcadores
arrastraban al mastodonte hasta la mitad de la corriente, apuntando su proa río
abajo; entonces el piloto en el puente dio algunas órdenes; el primer oficial
lanzó una corta llamada por el silbato y accionó una palanca; los remolcadores tensaron
los cables y halaron; en las entrañas del buque se encendieron tres pequeños
motores, abriendo los reguladores de tres largos ejes; las tres hélices
comenzaron a girar, y el mammut, con una vibrante trepidación corriendo por su
enorme silueta, comenzó a moverse con lentitud hacia el mar.
Al este de Sandy Hook, el
piloto se dejó ir, y entonces fue cuando el viaje realmente dio inicio. A
cincuenta pies debajo de su cubierta, en un infierno de ruido, calor, luces y
sombras, los carboneros trasladaban el combustible troceado desde los depósitos
hasta el hogar, donde los fogoneros semidesnudos, con caras semejantes a las de
unos demonios torturados, lo revolvían y echaban a las fauces de los hornos. En
el cuarto de máquinas, los engrasadores iban y venían dentro de un maremágnum
de acero, con cubos de aceite y deshechos, siendo observados por un personal
vigilante y atento al deber, que se esforzaba por escuchar cualquier fallo por
encima de la mezcla de ruido, como por ejemplo el repiqueteo fuera de tono del
acero, lo cual sería indicativo de alguna llave o tuerca que se había zafado.
En la cubierta, los marineros colocaban las velas en los dos mástiles para
añadir su propulsión en el momento de romper la marca, mientras los pasajeros
se dispersaban según sus gustos: algunos se sentaban en sillas reclinables,
bien abrigados, pues aunque era abril, el aire estaba helado; otros paseaban
por la cubierta para mover sus piernas. Otros escuchaban a la orquesta en el
salón de baile, o escribían o leían en la biblioteca, mientras que unos pocos
iban a sus camarotes, mareados por el balanceo del buque sobre las aguas.
Las cubiertas se
despejaron, los relojes dieron el mediodía y entonces comenzó la interminable
labor de limpieza, en la que los marineros emplearon mucho de su tiempo. Encabezados por un alto
contramaestre, un grupo de marineros llegó a la cubierta con cubetas y
cepillos, distribuyéndose a lo largo de la baranda.
— Atención, señores: no
olviden la baranda— dijo el contramaestre—. Señoras, por favor, retrocedan un
poco. Rowland, aléjate de la baranda o darás en el mar. Llévate un
ventilador... no, vas a derramar pintura. Coloca tu balde lejos y ve a pedirle
al almacenista un poco de papel de lija. Trabajarás en la cubierta hasta que te
releven.
El marinero se quitó la
camisa, dejando ver su contextura delgada, con una edad cercana a los treinta
años, de barba negra, semblante vigoroso y bronceado, aunque de ojos llorosos y
de movimientos poco firmes. Bajó de la baranda y tropezó más adelante con su
cubeta. Al alcanzar el grupo de damas a quienes había hablado el contramaestre,
su mirada se fijó en una joven cuyo cabello tenía el color del sol, y con el
azul del mar en sus ojos, quien los alzó al ver al marinero que se aproximaba.
Él se sobresaltó, pasó a un lado para esquivarla y, alzando la mano en un
tímido saludo, se alejó. Fuera de la vista del contramaestre, se recostó contra
la puerta que daba acceso a la cubierta y jadeó un poco, mientras se sujetaba
el pecho con una mano.
— ¿Qué es esto?— musitó
cansadamente— Quizá los nervios, el whisky o la agonizante agitación de un amor
hambriento. Cinco años, y ahora la mirada de ella puede helar la sangre en mis
venas, y traer de regreso toda esa ansia e inevitabilidad que puede llevar a un
hombre a la locura... ¡o a esto!
Miró su mano temblorosa,
llena de cicatrices y manchada de alquitrán, atravesó la puerta y regresó con
el papel de lija.
La joven también había
resultado afectada por el encuentro. Una expresión de sorpresa mezclada con
terror había aparecido en su hermoso y algo débil rostro; y sin reconocer el
tímido saludo que el hombre le había hecho, tomó en sus brazos a una pequeña niña
que estaba detrás de ella en la cubierta, y pasando por la puerta del salón, se
apresuró a llegar a la biblioteca, dejándose caer en una silla que estaba al
lado de un militar, quien la miró por sobre un libro, para decir:
— Myra, ¿acaso viste a la
serpiente marina? ¿O al alemán volador? ¿Qué ocurre?
— Oh, no, George—
respondió ella con un tono agitado—. John Rowland está aquí. El teniente John
Rowland. Acabo de verlo, ha cambiado tanto. Trató de hablarme.
— ¿Quién? ¿Acaso ese tipo
encendió de nuevo tu fuego interior? Sabes que jamás lo conocí, y no me has
dicho mucho sobre él. ¿Qué hace ahora? ¿Es ayudante de camarote?
— No. Parece que es un
marinero común; está trabajando y está vestido con ropa vieja y completamente
sucia. También parece estar disipado. Como si hubiera caído bajo, y todo esto
desde...
— ¿Desde que lo
indispusiste? Pues bien, no es tu culpa, querida. Si un hombre lleva la culpa
dentro de sí, tarde o temprano ésta se volverá contra él. ¿Cómo está su sentido
de la injuria? ¿Tiene algún motivo de queja o rencor? Te preocupas inútilmente.
¿Qué
dijo?
— No lo sé, no dijo nada.
Siempre le he temido. Nos encontramos tres veces desde entonces, y parecía como
si en sus ojos se posara una espantosa mirada. Era tan violento, tan duro de
cabeza, tan terriblemente furioso en ese entonces. Me acusó de manipularlo, y
de jugar con él; y dijo algo sobre una invariable ley del azar, y un gobernante
balance de los eventos, algo que no entendí, salvo una parte donde dijo que
todo lo que causábamos lo recibíamos en igual cantidad. Y luego se fue,
aparentemente furioso. Siempre he imaginado que él se vengaría, y que podría
llevarse a Myra, nuestra hija.
La joven estrechó contra
su pecho a la sonriente niña y continuó.
— Me gustaba al
principio, hasta que descubrí que era ateo. Porque, George, él constantemente
negaba la existencia de Dios ante mí, una cristiana convencida.
— Tenía un maravilloso
temperamento— dijo el marido—. No te conocía muy bien, debo decirte.
— Nunca me pareció el
mismo desde entonces—dijo ella—. Sin embargo, sentí que no había algo claro.
Aún pensaba en lo glorioso que sería si pudiera convertirlo a Dios, y traté de
convencerlo del amor de Jesús; pero él sólo ridiculizó aquello que me era sagrado,
y dijo que, por mucho que valorara mi honesta opinión, él no sería un hipócrita
para ganarla, y que sería honesto consigo mismo y con los demás, y expresaría
su honesta incredulidad; ésa es la idea. ¡Como
si a pesar de ello, uno pudiera ser honesto sin la ayuda de Dios!
“Y entonces, un día,
percibí el olor del licor en su aliento — él siempre olía a tabaco— y lo
abandoné. Fue entonces cuando él... cuando se desmoronó.
— Sal y muéstrame a ese
reprobable— dijo el marido, levantándose.
Fueron a la puerta, y la
joven atisbó hacia fuera.
— Es el último hombre ahí
abajo, cerca del camarote— dijo, y volvió al interior, mientras el marido
salía.
— ¡Qué! ¿Es ese rufián
sarnoso que refriega el ventilador? ¡Así que ése es John Rowland, de la Armada
Real, es él! Bien, esto sí que es un desmoronamiento. ¿No estaba deshecho, una
conducta impropia de un oficial? Bramó estando ebrio, en la oficina del presidente
¿No fue así? Creo que leí algo al respecto.
— Sé que perdió su
posición y que fue terriblemente deshonrado— dijo la joven.
— Bien, Myra, el pobre
diablo es inofensivo ahora. Habremos llegado en unos pocos días y no necesitas
encontrarte con él en esta ancha cubierta. Si no ha perdido toda su
sensibilidad, estará tan turbado como tú. Mejor quédate adentro, pues la niebla
está aumentando.
CAPÍTULO III
|
A |
la medianoche se toparon con una brisa
lacerante que soplaba desde el noroeste, lo cual aumentó la velocidad del
buque, haciendo que, contrario a lo que se esperaba en cubierta, surgiera una
hostigante y helada corriente de viento. El mar estaba agitado en comparación
con su extensión, y asestaba al Titán
sucesivas ráfagas, que se unieron en trepidaciones suplementarias a las
continuas vibraciones de los motores, cada uno de los cuales lanzaba una espesa
nube hacia lo alto, alcanzando el nido del cuervo en el trinquete de proa, y
fustigando las ventanas de la cabina del piloto con una andanada de vapor capaz
de romper vidrio ordinario. Un banco de niebla, en el que el buque se había
introducido en la tarde, aún lo envolvía de forma húmeda e impenetrable; en
medio de esta niebla, con dos oficiales de cubierta y tres vigías aguzando
vista y oídos al máximo, el gran corredor cargaba a toda velocidad.
A las 12:15, dos hombres
surgieron de la oscuridad, en el extremo de los casi veinticinco metros de
longitud que tenía el puente, y le anunciaron al primer oficial los nombres de
quienes los habían relevado. De regreso en la cabina, el oficial repitió los
nombres al oficial intendente, quien los anotó en el cuaderno de bitácora.
Entonces, los hombres se esfumaron —rumbo a su café y su siesta—. Pocos minutos
después, otro hombre apareció en el puente y reportó el relevo del nido del
cuervo.
— ¿Dijiste Rowland?—
exclamó el oficial por sobre el sonido del viento— ¿El hombre que subió ebrio a
bordo?
— Sí, señor.
— ¿Aún está ebrio?
— Sí, señor.
— Bien, es todo. Oficial
intendente, Rowland está en el nido del cuervo— dijo el tercer oficial, y
luego, haciendo un embudo con sus manos, exclamó:— ¡Nido del cuervo!
— ¡Señor!
— Mantén tus ojos
abiertos. Vigila atentamente.
— Muy bien, señor.
Un exmilitar, a juzgar por su respuesta, musitó el oficial. Esto no está bien.
Reasumió su posición en
la delantera del puente, donde la baranda de madera ofrecía cierta protección
del severo viento, e inició la larga vigilia, que sólo terminaría con el
relevo, cuatro horas más tarde, por parte del segundo oficial. Salvo lo referente
al deber, las conversaciones se habían suprimido. El tercer oficial permaneció
al final del largo puente, dejando ocasionalmente su puesto sólo para mirar la
brújula —lo cual parecía ser su único deber como marino—.
Refugiados en una de las
casetas de la cubierta, el contramaestre y el vigía iban y venían, disfrutando
del único descanso de dos horas que ofrecía el reglamento de la Compañía de
Vapores, para que el trabajo del día finalizara con el descenso de otro vigía,
y a las dos en punto iniciaría la vigilancia de las cubiertas gemelas, la
primera labor del día siguiente.
Para cuando hubo sonado
la campana, con su repetición desde el nido del cuervo, seguida por un
demacrado grito de Todo en orden
hecho por los vigías, el último de los dos mil pasajeros se había retirado,
dejando los salones y la proa en posesión de los vigilantes; mientras tanto,
durmiendo en su camarote, situado sobre el cuarto de navegación, estaba el
capitán, quien jamás comandaba —a menos que el buque estuviera en peligro—,
dejando que el piloto se encargara de ello a la entrada y salida de los
puertos, y a los oficiales en alta mar.
Sonaron dos campanadas,
luego tres y entonces el contramaestre y sus hombres encendieron sus últimos
cigarrillos, cuando del nido del cuervo salió un aviso.
— ¡Hay algo enfrente,
señor! ¡No logro distinguirlo bien!
El primer oficial se precipitó al telégrafo
del cuarto de máquinas y agarró la palanca.
— ¡Describe lo que ves!—
gritó.
—Es difícil decirlo,
señor— repondió el vigía—. el barco está virado a estribor, en un ángulo
muerto.
—¡Vire todo a babor!—
ordenó el primer oficial al oficial intendente, que estaba al timón. Aún no se
podía ver nada desde el puente. El poderoso motor en la popa hizo que se
atascara el timón, pero antes se había logrado una desviación de tres grados
hacia la oscuridad que estaba delante; la niebla se disolvió contra las velas
cuadradas de un buque bastante cargado, cruzando por la proa del Titan en menos de la mitad de su
longitud.
— H1 y d...— musitó el
primer oficial— ¡Mantenga el curso! ¡Permanezca bajo la cubierta!
Accionó una palanca que
cerraba los compartimientos estancos, pultó un botón marcado con el letrero Cuarto del Capitán y se agachó,
esperando el choque.
Difícilmente hubo un
choque. Una ligera sacudida estremeció la proa del Titán. Deslizándose estrepitosamente bajo la cofa del trinquete,
una lluvia de pequeños palos, velas, cascotes y cable de alambre cayó sobre la
cubierta. Entonces, dos figuras aún más oscuras se materializaron de entre la
oscuridad reinante —las dos mitades del barco embestido por el Titán—, y de una de esas mitades, donde
aún había luz, por encima del confuso conglomerado de gritos y chillidos, la
voz de un marinero:
— ¡Ojalá Dios derrame
algo de luz sobre vosotros, hatajo de asesinos!
Las dos figuras se
desvanecieron en la negrura, a popa; los llamados de auxilio fueron acallados
por el aullido del viento, y el Titán viró
de nuevo a su curso. El primer oficial no había accionado la palanca del
telégrafo del cuarto del Ingeniero.
El contramaestre corrió al puente de mando
para recibir instrucciones.
— Ponga hombres en las
portezuelas y las puertas. Dígales que vengan al cuarto de derrota. Avise al
vigía para que notifique a los pasajeros de los procedimientos que han
aprendido, así como del accidente, tan pronto como sea posible.
La voz del oficial era
ronca y tensa al dar estas órdenes, y el sí,
sí señor del contramaestre fue proferido como un jadeo.
CAPÍTULO IV
|
E |
l vigía del nido del
cuervo, situado a unos dieciocho metros sobre la cubierta, había visto cada
detalle del horror, desde el momento en que las velas cuadradas del buque
embestido habían aparecido ante él de entre la niebla hasta el momento en que
fue removido el último vestigio del accidente por sus compañeros vigías. Cuando
sonaron las cuatro campanadas que anunciaban el relevo, él descendió con tan
poca fuerza en sus extremidades como lo permitía la seguridad con los aparejos.
En la baranda se encontró con el contramaestre.
— ¡Rowland, reporta tu
relevo y ve al cuarto de derrota!— dijo éste.
En el puente, cuando
Rowland dio el nombre de su relevante, el primer oficial agarró su mano y le
repitió la orden que le diera el contramaestre. En el cuarto de derrota se
encontró con el capitán, quien estaba pálido y con una intensa forma e sus
maneras, sentado en una mesa y rodeado por el turno completo de vigilancia,
salvo los oficiales que estaban de guardia y los almacenistas: los vigías de
cabina estaban ahí, así como los que estaban asignados a la parte baja, entre
los que se encontraban algunos fogoneros y carboneros, así como también unos
cuantos ociosos —portalámparas, pañoleros y cortadores— que dormían en la parte
delantera y se habían despertado con la terrible sacudida de la constante
oscuridad en la cual vivían.
Tres carpinteros
permanecían junto a la puerta, sosteniendo en sus manos sendas varas de
sondaje, las cuales habían mostrado al capitán... completamente secas. Cada
rostro, desde el capitán hasta el de más bajo rango, tenía una mirada de horror
y expectativa. El oficial intendente siguió a Rowland hasta el interior y dijo:
— El ingeniero no reportó
ninguna sacudida en el cuarto de máquinas, y no hay intranquilidad en el de
calderas.
— Y ustedes los vigías no
reportan alarma en las cabinas. ¿Qué hay del piloto? ¿Ha regresado?— preguntó
el capitán mientras entraba otro vigía.
— Todo está tranquilo
allí, señor— dijo el piloto. Entonces entró un oficial intendente con el mismo
reporte de los castillos de proa.
— Muy bien— dijo el
capitán levantándose—. Que vengan a mi oficina de uno en uno, primero los
vigías, luego los oficiales y después el resto. Los intendentes vigilarán la
puerta para que nadie salga mientras no haya hablado conmigo.
Pasó a otro cuarto,
seguido por un vigía, quien pronto salió y subió a la cubierta con una
expresión más grata en su semblante. Otro entró y salió al poco; luego otro y
otro, hasta que todos, a excepción de Rowland, hubieron estado en los precintos
sagrados para salir con la misma expresión de gratitud o satisfacción. Cuando
Rowland entró, el capitán, sentado en un escritorio, le ofreció una sille y le
preguntó su nombre.
— John Rowland—
respondió, mientras el capitán lo escribía. Éste dijo:
— Entiendo que usted se
encontraba en el nido del cuervo al momento de ocurrir esta desafortunada
colisión.
— Sí, señor. Y reporté el
otro barco tan pronto como lo vi.
— No está aquí para ser
censurado. Por supuesto, está enterado de que no se podía hacer nada, ni para
evitar esta terrible calamidad, ni para salvar vidas después.
— Nada a una velocidad de
veinticinco nudos en una niebla espesa, señor— dijo Rowland.
El capitán frunció el
ceño, mirando de refilón al marinero.
— No discutiremos sobre
la velocidad del buque, mi buen amigo — dijo—, ni sobre las reglas de la
compañía. Cuando le paguen en Liverpool, encontrará un paquete a nombre suyo,
de parte de la compañía, conteniendo cien libras en cheques. Será su pago por no
hablar de esta colisión, pues el reporte de la misma pondría en problemas a la
compañía y no ayudaría a nadie.
— ¡Por el contrario,
señor, no quiero recibirlo! ¡Quiero reportar este asesinato en masa a la menor
oportunidad!
El capitán se echó hacia
atrás y clavó la mirada en el demacrado rostro, la temblorosa figura del
marinero, con este desafiante y tan poco acorde discurso. En circunstancias
normales, lo habría enviado a la cubierta para que los oficiales lo
convencieran. Pero ésta no era una circunstancia normal. En los llorosos ojos
había una mirada de conmoción, horror y franca indignación; los matices de su
voz eran propios de un hombre educado; y las consecuencias que se cernían sobre
él y la compañía para la que había trabajado —consecuencias que ya dificultaban
los esfuerzos por evitarlas— y que este marinero podía precipitar eran tan
extremas que hacían que cualquier pregunta pareciese una insolencia, y que no
hubiera diferencias en cuanto a rangos. Debía encontrarse con este bárbaro y
someterlo en terreno común, de hombre a hombre.
— Señor Rowland, ¿Es
usted consciente de que estará solo? ¿Qué será desacreditado, perderá su puesto
y hará enemigos?
— Sé mucho más que eso—
respondió Rowland excitadamente—. Conozco el poder que usted ostenta como
capitán. Sé que puede ordenar que me encarcelen en este cuarto por cualquier
ofensa que pueda imaginar; sé igualmente que una anotación en la bitácora concerniente
a mí es suficiente evidencia para encarcelarme de por vida. Pero también sé
algo de admirable ley, y es que desde mi celda puedo enviarlos a usted y a su
primer oficial a la horca.
— Se equivoca en su
concepción de la evidencia. No puedo encarcelarlo por una anotación en la
bitácora. Tampoco usted podría injuriarme desde prisión. ¿Qué es usted, si me
permite la pregunta? ¿Un ex abogado?
— Graduado en Annapolis.
Su equivalente profesional y técnico.
— ¿Y le interesa
Washington?
— De ninguna manera.
— ¿Y cuál es su objetivo
al tomar esta posición, sabiendo que no le beneficia y que, ciertamente, le
perjudicará si habla?
— Saber que puedo hacer
una buena acción en mi inútil vida, que puedo ayudar a suscitar un sentimiento
de ira en los dos países, como lo hará esta destrucción en masa de vidas y de
propiedades por causa de la velocidad, lo cual salvará cientos de pesqueros y
otros barcos, permitiéndoles volver cada año a sus propietarios, y a las
tripulaciones regresar a sus familias.
Ambos hombres se habían
levantado, y el capitán recorría el cuarto, lo mismo que Rowland, éste último
con la mirada encendida y los puños firmes tras hacer esta afirmación.
— Es un resultado por el
que hay que esperar, señor Rowland— dijo el capitán—, pero debe darse más allá
de su poder o del mío. ¿Acaso el monto que le he mencionado no es suficiente?
¿Puede usted ocupar un lugar en mi puente?
— Puedo ocupar una
posición más alta; y su compañía no es lo suficientemente rica como para
comprar mi conciencia.
— Parece usted un hombre
sin ambición; pero debe tener anhelos.
— Alimento, ropa, techo...
y whisky— dijo Rowland con una
amarga y autocomplaciente carcajada.
El
capitán bajó una botella y dos vasos de una oscilante bandeja y dijo:
—
Aquí está uno de sus anhelos. Sírvase.
Los
ojos de Rowland brillaron cuando vació un vaso, y el capitán continuó.
—
Beberé con usted, rowland, aquí, por nuestro mejor entendimiento.
El
capitán se virtió el licor por la garganta y entonces Rowland, que había
esperado en silencio, dijo:
—
Prefiero beber solo, capitán— y vació su vaso de un solo trago.
El
capitán se abochornó ante esta afrenta, pero se contuvo.
—
Vaya a la cubierta, Rowland. Hablaré con usted antes que lleguemos a la costa.
Mientras tanto, apreciaría —no le ordeno, pero apreciaría— que no hable de esto con el personal de a bordo, dada
la naturaleza de esta situación.
Cuando las ocho
campanadas anunciaron el relevo, el capitán se reunió con el primer oficial.
— No
es más que los despojos de un hombre derrumbado— le dijo—, con una activa
consciencia temporal. Pero no es una persona que se venda o se deje intimidar.
Sabe demasiado. De cualquier forma, hallamos este punto débil: si habla en
contra de nosotros, su testimonio es débil. Cólmelo, que yo veré al cirujano y
estudiaré el uso de drogas.
Cuando
Rowland asistió al desayuno a las 7 de la mañana, halló un frasco de un
cuartillo en su chaqueta, en la que lo había sospechado, pero no lo sacó a la
vista de sus compañeros de vigilancia.
Bien, capitán, pensó. Eres tan pueril e insípido como un bribón
que ha escapado de la ley. Tendré en cuenta como evidencia tu coraje alemán
para drogarme.
Pero
no estaba drogado, como percibió más tarde. Era el buen whisky —lo mejor de lo
mejor— lo que calentaba su estómago mientras el capitán investigaba.
CAPÍTULO
V
|
E |
n la
mañana ocurrió un incidente que alejó los pensamientos de Rowland de los
sucesos de la noche anterior. Unas pocas horas de brillante luz matutina había
atraído a los pasajeros hasta la cubierta, de la misma forma que se atrae a las
abejas de una colmena, y las dos cubiertas superiores se parecían en color y
vida a las calles de una ciudad. Los vigías estaban ocupados con la ineludible
labor de limpieza, y Rowland, con un escobón y una cubeta, estaba limpiando la
pintura blanca del coronamiento, protegido de la vista de los pasajeros por la
cabineta posterior. Una chiquilla corrió gritando y riendo hacia la caseta, y
chocó con sus piernas mientras saltaba en un maremágnum de energía.
—
¡Me escapé!— dijo ella.— ¡Escapé de mami!
Secándose
las manos en sus pantalones, Rowland alzó a la chiquilla y le dijo con ternura:
—
Bien, pequeña, debes regresar donde tu madre. Estás en mala compañía.
Los
ojos inocentes le sonrieron, y entonces él la alzó sobre la baranda, en un
bromista gesto de amenaza, un tonto proceder del que sólo son culpables los
solteros.
—
¿Tendré que arrojarte a los peces, niña?— preguntó él, mientras sus facciones
se ablandaban en una inusitada sonrisa. La chiquilla dio un pequeño grito de
susto, y en ese instante, por la esquina, apareció una mujer joven. Saltó hacia
Rowland cual tigresa, le arrebató la niña, clavó en él sus dilatados ojos y
entonces desapareció, dejándolo descompuesto, nervioso y con la respiración
agitada.
— Es
su hija— gimió—. Esa fue la mirada de una madre. Ella está casada... casada.
Reasumió
su trabajo, con el color de su rostro tan cercano al de la pintura que estaba
limpiando como podría tornarse la curtida piel de un marinero.
Diez
minutos más tarde, en su oficina, el capitán escuchaba una queja de un excitado
matrimonio.
— ¿Y
usted afirma, coronel— dijo el capitán—, que Rowland es un antiguo enemigo?
— Lo
es, o lo fue una vez, un frustrado admirador de la señora Selfridge. Es todo lo
que sé de él, excepto que había insinuado su venganza. Mi esposa está segura de
lo que vio, y creo que el tipo debería ser encerrado.
—
Porque, capitán—dijo ella vehementemente mientras abrazaba a su hija.—, debería
haberlo visto. Estaba a punto de arrojar a Myra cuando la agarré. También
parecía tener una espantosa mirada de soslayo. Oh, era horrible. No dormiré
otra siesta en este buque, lo sé.
— Le
ruego que no se inquiete, madam— dijo gravemente el capitán—. Ya he sabido algo
de sus antecedentes; sé que es un desgraciado y desmoronado oficial naval; pero
debido a que ha hecho tres viajes con nosotros, creo en su buena voluntad de
trabajar en el mástil por su anhelo de licor, lo cual no podría él satisfacer
con dinero. De cualquier forma, como intuye usted, ha estado siguiéndola.
¿Estaba él en capacidad de conocer sus movimientos, o que usted fuera a viajar
en este buque?
—
¿Por qué no?— exclamó el marido— Debe saber algo de los amigos de la señora
Selfridge.
—
Sí, sí— dijo ella ansiosamente—. Lo oí mencionarlo varias veces.
—
Está claro entonces— dijo el capitán— Si está de acuerdo, madam, en testificar contra él en la Corte Inglesa,
inmediatamente lo encerraré por intento de asesinato.
—
Oh, hágalo, capitán— exclamó ella—. No puedo sentirme segura mientras él se
encuentre en libertad. Por supuesto que testificaré contra él.
— Lo
que sea que usted haga, capitán— dijo fieramente el marido—, puede estar seguro
que yo pondré una bala en su cabeza si se atreve a espiarme a mí o a mi esposa.
Entonces usted podrá encarcelarme.
—
Veré que sea atendido, coronel— replicó el capitán, mientras los llevaba fuera
de la oficina.
Pero
como un cargo por asesinato no es la mejor forma de desacreditar a alguien, y
como el capitán no creía que el hombre que lo había desafiado fuera a asesinar
a una niña; y como el cargo sería difícil de probar en cualquier caso,
acarreándole muchos problemas y molestias, no ordenó el arresto de John
Rowland, limitándose simplemente a ordenar que, por el momento, debería
mantenérsele trabajando diariamente en las cubiertas gemelas, fuera de la vista
de los pasajeros.
Rowland,
sorprendido por la súbita transferencia del desagradable fregado a la labor de
un soldado, pintando salvavidas en una de las cálidas cubiertas gemelas, fue lo
suficientemente astuto como para saber que estaba siendo estrechamente vigilado
por el contramaestre, pero no tan sagaz como para afectar algunos síntomas de
intoxicación o drogas, lo cual habría satisfecho a sus ansiosos superiores y le
habría significado más whisky. Como resultado de su mirada más brillante y su
voz más firme, debidos al curativo aire del mar, cuando salió a la primera
guardia sobre la cubierta, a las cuatro en punto, el capitán y el contramaestre
sostuvieron una entrevista en el cuarto de derrota, en la cual el primero dijo:
— No
se alarme, no es veneno. Él está ahora a
medio camino de los horrores, y esto sencillamente los traerá hasta él.
Funciona por dos o tres horas. Tan sólo póngalo en su jarro de beber mientras
el castillo proel de babor está vacío.
Hubo
una pelea en el referido castillo, pelea que Rowland presenció, a la hora de la
comida, lo cual no necesita describirse más allá del hecho que Rowland, que no
participó en la refriega, sostenía en su mano el jarro con té mezclado por él
mismo antes de tomar tres sorbos. Había conseguido un surtido fresco y
terminado su comida; entonces, sin tomar parte en la abierta discusión que sus
compañeros hacían sobre la pelea, se dejó caer en su catre y fumó hasta que los
ocho campanazos lo hicieron salir a cubierta, junto con los demás.
CAPÍTULO
VI
|
—R |
owland—
dijo el contramaestre, mientras la guardia se reunía en la cubierta—, encárgate
de vigilar el lado de estribor del puente.
—
Ese no es mi sitio— dijo rowland, sorprendido.
—
Órdenes del puente. Preséntate allá.
Rowland
gruñó, como suelen hacerlo los marineros agraviados, y obedeció. El hombre a
quien relevaba reportó su nombre y desapareció. El primer oficial se paseaba
por la cubierta de abajo, pregonando el ya usual Manténganse alertas, para después regresar a su puesto; entonces se
hicieron presentes el silencio y la soledad de la vigilancia nocturna en el
mar, intensificada por el incesante susurro de los motores, al que sólo le
hacía competencia el sonido distante de la música y las risas provenientes del
teatro, descendiendo por la parte delantera del buque. Debido al frío viento
del oeste que venía hacia el Titán,
hubo algo cercano a la calma en su cubierta. Y la densa niebla, iluminada desde
arriba por las estrellas, era tan fría que incluso el más parlanchín de los
pasajeros había huido en busca de luz y vida en el interior.
Cuando
sonaron las tres campanadas — media hora después de las nueve— y Rowland había
dado en su turno el requerido todo está
bien, el primer oficial dejó su puesto y se le aproximó.
—Rowland—
dijo al aproximarse—, dicen que has estado caminando por el alcázar.
— No
puedo imaginar cómo lo supo, señor— replicó Rowland—. No tengo el hábito de
hacer eso.
— Le
dijiste al capitán. Supongo que el currículum es tan completo en Annapolis como
en el Real Colegio Naval. ¿Qué piensas de las teorías de Maury sobre las
corrientes?
—
Parecen algo plausibles- dijo Rowland, dosificando conscientemente el señor—
Pero pienso que, muy particularmente, enstán mal fundamentadas.
—
Sí, sí, lo mismo pienso yo. ¿Seguiste alguna otra idea suya, como ésa de
localizar un témpano en la niebla por la aproximación en la tasa de descenso de
la temperatura?
— No
dio ningún resultado definitivo. Pero parece ser sólo cuestión de cálculo, y de
tiempo para calcular. El frío es calor negativo, y puede ser tratado como
energía radiada, que disminuye con el cuadrado de la distancia.
El
oficial permaneció mirando hacia delante, susurrando una tonada para sí durante
un momento. Luego, con un Sí, eso es,
regresó a su sitio. Debe tener un
estómago de hierro, musitó mientras husmeaba en la bitácora, o quizás el contramaestre puso la dosis en
el jarro del hombre equivocado.
Rowland
observó con una cínica sonrisa al oficial que se alejaba. Me pregunto, dijo para sí, por
qué vino aquí abajo a hablar de navegación con un vigía de trinquete. ¿Por qué
estoy acá arriba, fuera de mi turno? ¿Se relacionará con esa botella?
Reasumió el corto paseo de acá para allá en la parte
posterior del puente, y también la bastante sombría línea de pensamiento
interrumpida por el oficial.
¿Cuánto habrá durado su ambición
y amor por la profesión, tras conocer, ganar y perder a la única mujer en la
tierra para él? Musitó. ¿Cómo es que la obsesión por
conservar el afecto de una entre millones de mujeres que viven y aman puede
pesar más que cada bendición de la vida y transformar la naturaleza de un
hombre en un infierno, hasta consumirlo? ¿Con quién se casó ella? Quizás con un
extraño, mucho después de mi destierro; un extraño que vino hacia ella, con
pocas cualidades físicas o mentales que la complacieron; alguien que no
necesitaba amarla, y cuyas posibilidades hubieran sido mejores sin eso. Y
entonces él pisotea tranquila y fácilmente mi cielo. Y nos dicen que Dios
reparte bien todas las cosas, y que existe un cielo en donde todos nuestros deseos
insatisfechos son atendidos, instándonos a tener fe en ello. Lo cual significa,
si es que significa algo, que después de toda una vida de lealtad ignorada,
durante la cual no gané nada más que su miedo y desprecio, puedo ser premiado
por el amor y la compañía de su alma. ¿Acaso amo su alma? ¿Acaso tiene la bella
cara y el porte de una Venus? ¿Acaso tiene ojos azules y profundos, y una dulce
y musical voz? ¿Tiene porte, gracia y encanto? ¿Le apena enormemente el
sufrimiento? He aquí las cosas que yo amaba. No amo su alma, si es que tiene
una. No la quiero. La quiero a ella, la necesito.
Se
detuvo en su caminar y se apoyó contra la baranda del puente, fijando su mirada
en la niebla que había por delante. Ahora formulaba estos pensamientos en voz
alta, lo cual llamó la atención del primer oficial, quien escuchó por un
momento y regresó.
—
Está funcionando— musitó al tercer oficial.
Entonces
pulsó el botón que alertaba al capitán, hizo una corta llamada por el silbato
de vapor para llamar al contramaestre y reasumió la observación sobre el vigía
drogado, mientras el tercer oficial conducía el buque.
La
llamada para el contramaestre a través del silbato de vapor es un sonido tan
común en un buque que generalmente pasa desapercibida. Esta llamada afectó a
otra persona, aparte del contramaestre. Una figurita vestida de noche que se
levantó de una litera baja en el compartimiento de una cámara, con ojos muy
abiertos y vivos, e intentó subir a la cubierta sin que le descubriera el
vigía. Los desnudos y blancos pies no sintieron frío mientras pisaban los
tablones de la ahora desierta cubierta de paseo., y la figurita había alcanzado
la entrada a tercera clase cuando el capitán y el contramaestre llegaron al
puente.
Y hablan, continuó Rowland
mientras los tres vigías escuchaban, del
maravilloso amor y cuidado de un Dios misericordioso que controla todas las
cosas —que me ha dado mis defectos, y mi capacidad de amar—, y entonces puso a
Myra Gaunt en mi camino. ¿Hay misericordia para mí en esto? Como parte de un
gran principio evolutivo que antepone el bienestar general al individual, debe
ser consistente con la idea de un Dios, una causa primera. Sin embargo, ¿Debe
aquél que perece por no haberse adaptado a sobrevivir, debe éste alguna
gratitud a este Dios? ¡Pues no! ¡En el supuesto de su existencia, lo niego! Y
ante la completa falta de evidencia, me afirmo en la integridad de causa y
efecto, lo cual basta para explicar al Universo y a mí. Un Dios
misericordioso... un cálido, amoroso, justo y misericordioso Dios... Rowland
soltó una discordante carcajada que se detenía a ratos cuando él aplaudía con
sus manos. ¿Qué es lo que me molesta?
Siento como si hubiera tragado carbones ardientes, y estuvieran en mi cabeza y
mis ojos. No puedo ver.
El
dolor lo dejó por un momento, y la risa volvió.
¿Qué pasa con el ancla de
estribor? Se está moviendo. Está cambiando, es un... ¿Qué? ¿Qué es eso? Está de
cabeza, y el molinete, las anclas de reserva y los pescantes parecen estar
vivos, moviéndose.
La
visión que había tenido habría sido horrible para una mente saludable, pero
sólo hizo que este hombre incrementara su incontrolable regocijo. Abajo, las
dos barandas que conducían a la proa, convirgieron ante él en un sombrío
triángulo; y dentro del mismo estaban los artilugios de cubierta que él había
mencionado. Dos barriles se convirtieron en los curvos y oscuros ojos de un
indescriptible monstruo, en el cual las cadenas se habían multiplicado en una
multitud de piernas y tentáculos. Y esta cosa se arrastraba dentro del
triángulo, recorriendo su perímetro. Los pescantes del ancla se transformaron
en serpientes de varias cabezas que danzaban sobre sus colas, y las mismas
anclas se retorcieron y curvaron bajo la forma de inmensas y velludas orugas,
al tiempo que aparecían caras en los dos faros blancos, mirándole lascivamente
y haciéndole muecas a veces. Con sus manos en la baranda del puente y las
lágrimas corriendo por su rostro, reía ante la extraña visión, pero sin hablar;
y los tres vigías, que se habían aproximado sigilosamente, retrocedieron para
aguardar, mientras abajo en la cubierta, la figurita blanca, atraída por la
risa, se dirigió a la escalera que llevaba a la cubierta superior. La
fantasmagoria se disolvió en una pared plana de niebla gris, y Rowland se
encontró lo suficientemente lúcido como para musitar:
— Me
han drogado.
Pero
en un instante se vio en la oscuridad de un jardín, uno que él conocía. En la
distancia se veían las luces de una casa, y cerca de él estaba una chiquilla,
quien huía de él, aún cuando la llamaba.
Por
un supremo esfuerzo de voluntad, se devolvió al presente, al puente sobre el
cual estaba, y a su deber. ¿Por qué
tendrá que alcanzarme a través de los años? Gruñó. Ebrio entonces y ahora. Ella podría haberme salvado, pero escogió
perjudicarme. Se esforzó por pasearse de arriba hacia abajo, pero se
tambaleó y adhirió a la baranda; mientras tango, los tres vigías se aproximaron
de nuevo, y la figurita blanca alcanzó la cubierta superior.
Supervivencia del más apto, musitó Rowland al
dirigirse a la niebla; causa y efecto.
Explica al Universo y a mí. Elevó su mano y habló ruidosamente mientras
fijaba su vista en algo familiar que no había visto, en la niebla. ¿Cuál será el último efecto? ¿En qué parte
del designio final, bajo la ley de correlación de energías, se reunirá, pesará
y creerá mi gastado amor? ¿Qué lo equilibrará y dónde estaré? Myra, Myra,
llamó. ¿Sabes lo que has perdido? ¿Sabes,
en tu bondad, pureza y verdad lo que has hecho? ¿Lo sabes?
El
sitio en el cual estaba había desaparecido, y ahora parecía estar equilibrado
en una nada, en medio de un solitario, mudo y gris entorno. Y en la vasta e
ilimitada vacuidad no había sonido, vida o cambio; y en su corazón no había
miedo, ni asombro, ni emoción de ninguna clase, excepto una: La indescriptible
ansia de un amor fracasado. Aún parecía no ser John Rowland, sino algo o
alguien más; ahora se veía a sí mismo lejano, a millones de billones de millas;
así como las extremas márgenes del universo, y oyó su propia voz, llamando.
Débilmente, aún distintamente, invadido por la concentrada desesperación de su
vida, vino la llamada:
—
Myra, Myra...
Hubo
un llamado de respuesta, y buscando la segunda voz se encontró contemplando a
la mujer de su amor, en el extremo opuesto del lugar; y la mirada de ella
mantuvo la ternura, y su voz conservó la súplica que él había conocido, pero
sólo en sueños.
—
Vuelve— pidió ella—, vuelve a mí.
Pero
parecía que los dos no podían entenderse; de nuevo oyó el angustioso llamado Myra, Myra, ¿Dónde estás? Y de nuevo la
respuesta, Vuelve a mí. Entonces, a
la derecha y en la lejanía, apareció una lánguida llama que se fue haciendo
cada vez más larga. Se aproximaba, y él la veía desapasionadamente; y al buscar
de nuevo a las dos, vio que se habían ido, y que en su lugar había dos nubes
que se disolvieron en miríadas de brillantes puntos de luz y color, girando e
introduciéndose hasta llenar todo el espacio. Y a través de ellas, la larga luz
venía y se iba estirando cada vez más, directo hacia él.
Oyó
un intenso sonido, y al buscarlo vio un objeto sin forma en dirección opuesta
que se iba haciendo más oscuro que el vacío gris, a medida que la llama se
alargaba, y vio que se acercaba. Le pareció que esta luz y oscuridad eran el
bien y el mal en su vida y vio, al mirar cuál de los dos llegaría primero, que
no sentía sorpresa ni remordimiento al ver que la oscuridad estaba más cercana.
Se acercó más y más, hasta rozarlo por un lado.
—
¿Qué tenemos aquí, Rowland?— dijo una voz.
Inmediatamente,
los puntos oscilantes se oscurecieron; el gris que lo rodeaba se trtansformó en
niebla; la llama se transformó en la luna que trepaba sobre la niebla, y la
deforme oscuridad en el primer oficial. La figurita blanca, que había pasado
por entre los tres vigías, permanecía a sus pies, como si, a pesar de un
presentimiento de peligro, hubiera venido en su sueño, buscando seguridad y
cuidado en el antiguo amante de su madre —el débil y fuerte, el perseguido,
drogado y muchas cosas más, pero desvalido—, John Rowland.
Respondió,
con la prontitud con la cual un hombre que dormita responde a la pregunta que
le despierta, aunque todavía tartamudeaba por el ahora menguante efecto de la
droga:
— La
hija de Myra, señor; está dormida.
Alzó
a la chiquilla, quien gritó al despertar, y dobló su chaquetón alrededor del
frío cuerpecito.
—
¿Quién es Myra?— preguntó el oficial en un tono intimidatorio que dejaba ver
también enfado y decepción— Has estado dormido.
Antes
de que Rowland pudiera responder, un grito proveniente del nido del cuervo
hendió el aire.
—
¡Hielo!— aulló el vigía— ¡Hielo al frente! ¡Un
témpano! ¡Justo frente a la proa!
El
primer oficial corrió al centro del buque, y el capitán, que había permanecido
ahí, saltó al telégrafo del cuarto de máquinas, accionando la palanca. Pero
cinco segundos más tarde, la proa del Titán
comenzó a elevarse, y adelante, casi al alcance de la mano, podía verse un
campo de hielo a través de la niebla, que alcanzaba a internarse unos cien pies
en su ruta. La música en el teatro cesó, y en medio del babel de gritos y
llantos, y el aturdidor ruido del acero arrugándose y chocando sobre el hielo,
Rowland oyó la agonizante voz de una mujer que desde el pasillo del puente
gritaba:
—
Myra, Myra, ¿Dónde estás? Vuelve...
CAPITULO
VII
|
S |
etenta
y cinco mil toneladas de peso muerto avanzando a través de la niebla a la
velocidad de cincuenta pies por segundo se habían lanzado contra un témpano de
hielo. El impacto habría sido recibido por un muro perpendicular; la
resistencia elástica de las chapas y los armazones curvos se habría sobrepuesto
sin más daño a los pasajeros que una severa sacudida, y sin más daño al buque
que una ligera deformación en la proa, y la muerte de un miembro de la guardia
en la parte baja. El buque habría retrocedido y, con su proa ligeramente
hundida, habría terminado el viaje a una velocidad reducida para ser
reconstruido con el dinero del seguro y finalmente obtener un gran beneficio
con la consecuente imagen de su invulnerabilidad; pero había una pequeña grieta
en la parte baja, formada posiblemente cuando el Titan se separaba del témpano, y con su quilla cortando el hielo
como si se tratara del patín de acero de un trineo, y su gran mole, descansando
en el pantoque de estribor, ascendió más y más sobre la superficie del mar,
hasta que las hélices quedaron semiexpuestas y entonces, hallando un camino en
espiral en la parte baja del hielo, zozobró, perdiendo el equilibrio, y
volcándose sobre su lado de estribor.
Los
pernos que sujetaban las calderas y los tres motores de triple expansión no
estaban diseñados para soportar esa fuerza, se soltaron con un estallido y
entonces, a través de un laberinto de barandales, enrejados y mamparos de popa
a proa, vinieron estas masas gigantes de acero y hierro, perforando los lados
del buque, aún donde había retrocedido por el hielo resistente y sólido, y
llenando las salas de calderas y máquinas con quemante vapor, lo cual trajo una
muerte rápida y torturante a cada uno de los cientos de hombres que se hallaban
en la sala de máquinas.
En
medio del rugido del vapor que se escapaba, y el zumbido de las cerca de tres
mil voces humanas surgiendo en agónicos gritos y llamadas desde el interior de
los muros que las encerraban y el silbido del aire a través de cientos de
póstigos abiertos (a medida que el agua que entraba por los agujeros del
abollado y hendido lado de estribor lo expelía), el Titán se movió lentamente hacia atrás, lanzándose hacia el mar en
donde flotó débilmente de lado, como un agonizante monstruo, gruñendo con su
herida de muerte.
Una
montaña de hielo, sólida y piramidal, se alejó por el lado de estribor a medida
que el buque se inclinaba, lo cual hizo que, a medida que caía sobre estribor,
casi a lo largo de la cubierta de botes cada pareja de pescantes fuera
arrancada, se destrozaran los botes y varios aparejos fueran despedazados con
un restallido hasta que, a medida que el buque se vaciaba, tapaba la pila de
despojos esparcidos en el hielo al frente y alrededor, con los últimos y rotos
montantes del puente. Y bajo esta destrozada estructura, dañada por una
arrolladora caída a través de un arco de casi veintidós metros de radio, estaba
agachado Rowland, sangrando por una herida en su cabeza y aún aferrando contra
sí a la chiquilla, ahora demasiado asustada como para llorar.
Por
un esfuerzo de voluntad, despertó y miró a su alrededor. Ante su vista, aún
distorsionada y adaptada a distancias más cortas por el efecto de la droga que
había tomado, el buque no era más que una mancha en la niebla iluminada por la
luna; aún creía poder ver hombres gateando y trabajando en los pescantes
superiores, y el bote más próximo, el Nº 24, parecía estar balanceándose por
los aparejos. Entonces la niebla se disipó, aunque su posición aún era delatada
por el rugido del vapor desde los pulmones de hierro del buque. Esto cesó
pronto, dejando tras de sí el intensamente horrible silbido del aire; y cuando,
repentinamente, esto también cesó, el subsiguiente silencio roto por los
desanimados reportes —conforme los compartimientos se rompían—, Rowland supo
que el holocausto se había completado; que el invencible Titán, con casi toda su gente, incapaz de escalar paredes o coronar
cimas, estaba bajo la superficie.
Mecánicamente,
sus entumecidas facultades habían recibido y grabado las impresiones de los
últimos instantes; no podía comprender completamente todo ese horror. Su mente
aún estaba agudamente alerta ante el riesgo de la mujer cuya suplicante voz
había oído y reconocido; la mujer de sus sueños, madre de la niña que estaba
entre sus brazos. Apresuradamente examinó el naufragio. No había un solo bote
intacto. Arrastrándose hasta la superficie del agua, llamó, con todo el poder
de su debilitada voz a los posibles pero invisibles botes más allá de la niebla
— llamándolos para que vinieran y salvaran a la niña y buscaran a una mujer que
había estado en la cubierta, bajo el puente—. Gritó el nombre de esta mujer, la
única que él conocía, animándola a nadar, a patalear en el agua para flotar
sobre el naufragio y para responderle hasta que la encontrara. No hubo
respuesta, y cuando su voz se hubo tornado ronca e inútil, y sus pies se
hubieron entumecido bajo el frío del hielo que se fundía, regresó al naufragio,
hundido y destrozado por la más negra desolación que había llegado a su infeliz
vida. La chiquilla seguía llorando, y él trató de calmarla.
—Quiero
a mi mamá— gimoteó ella.
—Calma,
nena. Calma— respondió él fatigadamente— También yo la quiero.
Mucho más que el cielo, aunque
creo que hay muy buenas probabilidades, dijo para sus adentros.
—¿Tienes
frío, chiquilla? Iremos adentro y haré una casa para nosotros.
Se
quitó el abrigo y con él envolvió tiernamente a la niña, con una advertencia:
—No
te asustes ahora.
La
puso en el rincón del puente que descansaba en su lado frontal. Tan pronto como
lo hizo, la botella de whisky cayó del bolsillo. Parecía haber pasado una
eternidad desde que él la hubiera encontrado allí, y le tomó un enorme esfuerzo
de razonamiento antes de recordar todo su significado. Entonces la levantó para
lanzarla bajo el hielo inclinado, pero se detuvo.
—La
conservaré— musitó—. Puede ser seguro en pequeñas cantidades, y lo
necesitaremos en este hielo.
La
puso en un rincón. Entonces, removiendo la lona de uno de los botes
naufragados, la colgó sobre el lado abierto y el final del puente, se arrastró
entre ellos se puso su abrigo, diseñado
para un hombre más alto, y abotonándolo alrededor de él y de la niña, se acostó
sobre el duro maderamen. La chiquilla aún lloraba, pero pronto cesó su llanto y
se durmió bajo la influencia de la calidez de su cuerpo.
Acurrucado
en un rincón, se entregó al tormento de sus pensamientos. Dos imágenes se
apiñaban alternativamente en su cabeza; una era aquella en la que la mujer de
su sueño le rogaba que volviera, imagen a la cual se aferraba su memoria como
si de un oráculo se tratara; en la otra, la mujer yacía fría y muerta, a varias
brazas de profundidad en el mar. Ponderó sus oportunidades. Ella estaba cerca
del puente o camino del mismo; y el bote Nº 24, que, lo sabía con toda
seguridad, estaba siendo arriado mientras él miraba, se habría balanceado cerca
de ella mientras descendía. Ella pudo haberlo abordado, a menos que los
nadadores provenientes de las puertas y las escotillas lo hubieran hundido. Y
en su agonía mental imprecó a estos nadadores, prefiriendo verla a ella,
mentalmente, la única pasajera en el bote, con el guardia de cubierta que la
llevaría a la salvación.
La
potente droga que había tomado aún trabajaba, y esto, sumado al musical sonido
del mar arremetiendo contra la helada playa, el crujido apagado y el crepitar
debajo y alrededor de él — la voz del témpano de hielo— finalmente le venció,
haciéndole dormir para despertar bajo la luz del día, con sus miembros ateridos
y atontados por el frío... casi congelados.
Y en
toda la noche, mientras él dormía, un bote con el número 24 en su proa,
impulsado por robustos marineros y dirigido por oficiales engalanados, se
encaminaba a la ruta sur, la vía de la primavera. Y agachada en las láminas de
popa en ese bote, estaba una quejumbrosa y suplicante mujer, quien lloraba y
gritaba a intervalos, llamando a su marido y a su hija, y no se calmó ni
siquiera cuando uno de los oficiales le aseguró que su niña estaba a salvo, al
cuidado de John Rowland, un valiente y confiable marinero, quien ciertamente
estaba en otro bote con ella. Por supuesto, omitió el hecho de que Rowland
había llamado desde el témpano mientras ella estaba inconsciente, y que si la
niña aún estaba con vida, ésta se encontraba con él allá... abandonada.
CAPITULO
VIII
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algunos temores, Rowland bebió una pequeña cantidad de licor, y envolvió en el
abrigo a la niña, que aún dormía, para ir a caminar sobre el hielo. La niebla
se había ido, y un mar azul se extendía en el horizonte. Detrás de él había una
montaña de hielo. La escaló y tuvo una buena vista de un precipicio con una
altura de cientos de pies. Ante él, el hielo descendía a una playa más empinada
que la que tenía detrás, y a la derecha había varias colinas y picos más altos,
esparcidos en medio de numerosos cañones y cuevas, y brillantes cascadas que
ocultaban el horizonte en esa dirección. Por ningún lugar se veía una vela o el
humo de un buque para animarlo, y retrocedió sobre sus pasos. Pero cuando
estaba a media distancia del naufragio, vio una figura blanca que se aproximaba
desde los picos.
Sus ojos aún no se
encontraban en buenas condicioes, y después de un dudoso escrutinio, comenzó a
correr; porque vio que el misterioso objeto blanco estaba más cerca del
naufragio que él, disminuyendo rápidamente su distancia. A unas cien yardas, el
corazón le dio un vuelco, y la sangre se le heló en las venas, como el hielo
que estaba bajo sus pies, porque el objeto blanco era un viajero del helado
Norte, encorvado y hambriento —un oso polar, que había olido comida y la estaba
buscando—, aproximándose con un pesado trote, sus enormes y rojas mandíbulas
semiabiertas, mostrando unos amarillentos colmillos. Rowland no tenía ninguna
arma, a excepción de una resistente navaja de bolsillo, y sin embargo la
extrajo y abrió mientras corría. Ni por un instante dudó que se trataba de un
conflicto que casi prometía la muerte, debido a que la presencia de este oso
involucraba la seguridad de la niña, cuya vida se había tornado más importante
para Rowland que la suya propia. Para horror suyo, vio que la niña se arrastraba
fuera de la abertura en su cubierta blanca, justo cuando el oso doblaba la
esquina del puente.
—¡¡Regresa, pequeña!!
¡¡Regresa!!—, gritó mientras se parapetaba detrás de un talud. El oso alcanzó a
la niña primero, y sin nongún esfuerzo aparente, la lanzó con un golpe de sus
enormes zarpas, a una docena de pies de distancia, donde permaneció inerte. Se
dirigió a ella cuando Rowland lo interceptó.
El
oso se levantó sobre sus patas traseras, bajó lentamente y cargó, y Rowland
sintió que los huesos de su brazo izquierdo se rompían bajo el ímpetu de la
mordedura de las enormes mandíbulas. Pero al caer, enterró la navaja en el
peludo flanco, y el oso, con un gruñido de ira, escupió el miembro mutilado y
le asestó un golpe que lo mandó muy lejos sobre le hielo, mucho más de lo que
se encontraba la niña. Él se levantó, con las costillas rotas, y sintiendo
escasamente el dolor, esperó la segunda arremetida. En su contra estaba el
herido e inútil brazo, agarrado entre las amarillentas mandíbulas, y de nuevo
él presionó hacia atrás, pero esta vez usó metódicamente la navaja. El enorme
hocico presionaba contra su pecho; el cálido y fétido aliento estaba en sus
fosas nasales; y los rabiosos ojos brillaban sobre su hombro. Él atacó el ojo
izquierdo del animal, y lo hizo de verdad. La hoja de doce centímetros y medio
volvió a ser manipulada, perforando el cerebro, y el animal, con una convulsiva
agitación que lo llevó a medio camino de sus pies por el brazo herido, se
levantó con sus garras extendidas en sus veinte centímetros de longitud, para
desplomarse, y después de unas espasmódicas patadas, quedó inerte. Rowland
había hecho lo que ningún cazador Innuit habría tenido el valor de hacer:
Enfrentarse y matar al Tigre del Norte con un cuchillo.
Todo
había sucedido en un minuto, él se había lesionado por su vida; porque en la
quietud de un hospital, lo mejor del talento quirúrgico habría sido
intensamente aprovechado para reorganizar los fragmentos del hueso en el
fláccido brazo y poner en su lugar las costillas rotas. Pero se encontraba a la
deriva en una isla de hielo flotante, con una temperatura cercana al punto de
congelación, y aún sin la ayuda de lo salvaje de la naturaleza.
Dolorosamente
se dirigió hacia el pequeño bulto blanco y rojo, alzándolo con su brazo
intecto, a pesar de que el agacharse le causó un dolor agudísimo. La niña
sangraba por cuatro profundos y crueles arañazos que se extendían diagonalmente
desde el hombro derecho hasta la parte baja de la espalda; pero tras examinarla
suavemente halló que los frágiles huesos no se habían roto, y que su
inconsciencia se debía al áspero contacto de su mente con el hielo, lo cual
explicaba la hinchazón que se le había formado.
Por
pura necesidad, sus primeros esfuerzos fueron hechos en beneficio propio; así
que, después de envolver a la chiquilla en su abrigo, la acomodó en el refugio,
para después cortar la lona y con ella hacer un cabestrillo para su brazo
herido. Entonces, valiéndose del cuchillo, los dedos y los dientes, desolló en
parte el oso —obligándose con frecuencia a detenerse para que el dolor no lo
desmayara— y de la cálida, pero no muy gruesa capa de piel cortó una ancha
porción que, después de lavada en un estanque cercano, ató firmemente a la
espalda de la chiquilla, usando el destrozado pijama como un vendaje.
Cortó
el forro de franela de su abrigo, y con una de las mangas hizo vestiduras
inferiores para las pequeñas piernas, doblando lo que sobraba de longitud sobre
los tobillos inertes. Envolvió el lino de la parte del cuerpo alrededor de su
cintura, incluyento los brazos, y alrededor le envolvió con tiras de lienzo,
empalmando este envoltorio parecido a una momia con hilachas, tal como un
marino asegura una vestidura calurosa a las partes dobles de un cable, un
proceso que, una vez terminado, habría despertado la indignación de cualquier
madre que le viera. Pero él era solamente un hombre que sufría una angustia a
nivel mental y físico.
Para
cuando hubo terminado, la niña había recuperado la consciencia, y se quejaba de
su miseria con un débil gimoteo. Pero él se propuso no detenerse, para poderse
endurecer con el frío y el dolor. Había abundancia de agua fresca, gracias al
hielo fundido, esparcido en los estanques. El oso surtiría comida, pero para
cocinarla necesitaban fuego, lo mismo que para mantenerse calientes, prevenirse
de la peligrosa inflamación de sus miembros y hacer una hoguera que pudiera ser
vista por los buques que pasaran por ahí.
Temerariamente
bebió de la botella, necesitando el estimulante y razonando, quizá
correctamente, que ninguna droga ordinaria podría afectarlo en sus actuales
condiciones; entonces examinó el naufragio, compuesto en su mayor parte de
buena leña menuda. Parcialmente, encima y debajo de esta pila, había un bote
salvavidas, cubierto con terminaciones de acero, ahora dobladas en un ángulo
mayor de noventa grados, y descansando sobre sus bordes. Con la lona
envolviendo una mitad, y un pequeño fuego en la otra, prometía ser, gracias a
sus propiedades de conducción del calor, un mejor y más cálido refugio que el
puente. Un marinero sin cerillos es una anomalía. Cortó vituras de madera,
encendió el fuego, colgó la lona y trajo a la niña, que lastimeramente pedía un
trago de agua.
Encontró
un jarro —posiblemente dejado en un bote que hacía agua, antes de ser arriado
en los pescantes— y le dio de beber a la chiquilla, no sin antes añadir unas
cuantas gotas de whisky al vaso. Entonces pensó en el desayuno. Cortando un
filete de los cuartos traseros del oso, lo asó
ensartado en una varilla, encontrándolo dulce y satisfactorio; pero al
intentar alimentar a la niña, vio la necesidad de liberar sus brazos, lo cual
hizo, sacrificando las mangas para cubrirlos. El cambio y la comida interrumpieron
el llanto de la niña por un rato, y Rowland descansó con ella en el cálido
bote. Antes de terminar el día se había acabado el whisky, y él tenía fiebre y
era presa del delirio, mientras que la niña se hallaba un poco mejor.
CAPÍTULO
IX
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C |
on
intervalos de lucidez durante los cuales reavivó el fuego, cocinó la carne del
oso y se encargó de las heridas de la niña, Rowland fue presa del delirio
durante tres días. Su sufrimiento fue intenso. Su brazo, el centro del
palpitante dolor, se había hinchado el doble del tamaño natural, mientras que
su costado le impedía inspirar plenamente, a voluntad. No prestó atención a sus
propias heridas, y además tenía el vigor de una constitución que varios años de
disipación no pudieron empeorar, o quizás todo se debía a alguna propiedad
antifebril de la carne del oso, o la ausencia del excitante whisky que ganara
la batalla. Reavivó el fuego con su último cerillo y miró el oscuro horizonte
alrededor de él, sana, pero débilmente en mente y cuerpo.
Si
había aparecido una vela en el intermedio, él no la había visto; ni estaba a la
vista ahora. Demasiado débil como estaba para escalar el montículo, volvió al
bote, donde la niña, cansada de llorar en vano, se había dormido. Su torpe y
bastante heroica forma de envolverla para protegerla del frío había contribuido
indudablemente al cierre de sus heridas a fuerza de mantenerlas en su lugar,
aunque se debe haber sumado a sus actuales sufrimientos. Miró por un momento el
pequeño rostro, pálido y surcado por las lágrimas, con los flecos de sus bucles
enredados asomando por entre las envolturas de lona, y agachándose
dolorosamente, la besó con suavidad; pero el beso la despertó, haciendo que
llorara por su madre. Él no pudo calmarla, ni tampoco intentarlo; y con una
informe y muda imprecación contra el Destino virtiéndose desde su corazón, la
dejó y se sentó en el naufragio, a media distancia.
Probablemente estaremos bien, musitó lúgubremente, a menos que deje que se acabe el fuego. ¿Y
entonces qué? No podremos durar más que el témpano, ni mucho más que el oso.
Debemos estar fuera de las rutas— Estábamos a unas novecientas millas fuera
cuando chocamos, y la corriente está pegada al banco de niebla aquí —,
alrededor de oeste-sudoeste —Pero ésa no es la superficie del agua. Estos
profundos compañeros tienen sus propias corrientes. No hay niebla; debemos
estar hacia el sur del banco de niebla—
entre las rutas. Moverán sus botes en la otra dirección después de esto, creo — los malditos ladrones—, si no la han ahogado. Malditos ellos, con
sus compartimientos estancos y las correderas de sus vigías. Veinticuatro botes
para tres mil personas —apiñadas
entre barandas alquitranadas—,
treinta hombres para apurarlos y ni un hacha o un cuchillo en la cubierta de
botes. ¿Pudo ella alejarse? Si habían bajado ese bote, deben haberla traído
desde el pasillo; y su esposo sabía que yo tenía a su hija; su nombre debe ser
Myra también; fue su voz la que oí en ese sueño. Fue el hachís. ¿Para qué me
drogaron? El whisky, sin embargo, era excelente. Todo está consumado, a menos
que llegue a tierra firme, pero ¿lo lograré?
La
luna se elevó sobre la encastillada estructura a la izquierda, inundando la
playa helada con una pálida y grisácea luz, brillando en miles de puntos desde
las cascadas, las corrientes y los agitados lagos, atravesando la más negra
oscuridad de los barrancos y oquedades, y trayendo a su mente, a pesar de la
misteriosa belleza de la escena, una abrumadora sensación de soledad –de
pequeñez-, como si toda la desolación inorgánica que le rodeaba tuviera una
mayor importancia que él mismo, y todas las esperanzas, planes y temores de su
vida entera. La niña había llorado, para dormirse nuevamente, y él paseó de un
lado para otro en el hielo.
Ahí arriba, dijo pensativamente,
mirando al cielo en el que unas cuantas estrellas brillaban débilmente a través
de la luz de la luna; Ahí arriba, en
algún lugar, está el cielo de los cristianos. Ahí arriba está su buen Dios,
quien ha puesto a la hija de Myra aquí —su buen Dios, del que se deriva la
salvaje y sanguinaria raza que lo inventó—. Y bajo nosotros, en algún lugar
otra vez, está su infierno y un dios malo, a quien ellos mismos inventaron. Y
nos dan a escoger: Cielo o infierno. No es así, no lo es. El gran misterio no
está resuelto, el corazón humano no es ayudado así. Ningún buen ni
misericordioso Dios creó este mundo o sus condiciones. Sin importar lo que sea,
puede ser la naturaleza de los motivos del trabajo más allá de nuestra visión
mental, un hecho está indudablemente probado: Las cualidades de misericordia,
bondad y justicia no tienen lugar en la intriga gobernante. Y todavía proclaman
que el meollo de todas las religiones sobre la tierra es la creencia en esto.
¿Lo es? O es el cobardemente humano temor a lo desconocido lo que impulsa a la
salvaje madre a arrojar su bebé a un cocodrilo, o al hombre civilizado a dotar
iglesias, lo que ha mantenido en existencia desde el comienzo a una casta de
apaciguadores, boticarios, predicadores y clérigos, todos viviendo de los
miedos y esperanzas suscitados por ellos mismos.
Y la gente ora —millones de
ellos— y clama por alguna respuesta. ¿Les responden? ¿Acaso alguna súplica
enviada al cielo por la dolorida humanidad fue respondida o al menos escuchada?
¿Quién sabe? Oran para que llueva y haga sol, y ambas cosas ocurren a la vez.
Oran por la salud y el éxito, y ambos llegan naturalmente en el acontecer de
los eventos. Esto no es evidencia pero afirman saber, por crecimiento
espiritual, que son oídos, reconfortados y respondidos al instante. ¿No será un
experimento psicológico?¿No sentirían la misma tranquilidad si repitieran las
tablas de multiplicación o si guardaran la brújula?
Millones han creído en esto —que
las oraciones reciben una respuesta—, y estos millones han orado a diferentes
dioses. ¿Estaban bien o mal? ¿Una oración tentativa habría sido escuchada?
Admitiendo que las Biblias, los Coranes y los Vedas son engañosos e indignos de
confianza, ¿Puede no haber un Ser desconocido e insondable que conoce mi
corazón, que me está viendo ahora? Si es así, este ser me dio la razón, lo cual
le pone en tela de juicio, y sobre Él cae la responsabilidad. Y si este Ser
existe, ¿Habría visto algún defecto del que no tengo la culpa, y escuchado
alguna oración mía, basado en el mero hecho de que puedo estar errado? ¿Puede
un no creyente, con toda la fuerza de su razonamiento, meterse en problemas de
los que no pueda salir, y pedir ayuda a un Poder imaginario? ¿Será posible que
el tiempo le llegue a un hombre cuerdo... que me llegue a mí?
Miró
la línea oscura del horizonte vacío. Estaba a siete millas de distancia; Nueva
York estaba a novecientas millas; la Luna, al este sobre las doscientas mil
millas, y las estrellas a cualquier número de billones. Estaba solo, con una
niña que dormía, un oso muerto y lo Desconocido. Caminó suavemente hasta el
bote y miró a la chiquilla por un momento; entonces, levantando su cabeza,
musitó:
—
Por ti, Myra.
Arrodillándose,
el ateo levantó su mirada a los cielos, y con su débil voz y el fervor nacido
de su desamparo, oró al Dios a quien negaba. Suplicó por la vida de la
chiquilla que estaba a su cuidado —por la seguridad de la madre, tan requerida
por la chiquilla— y por coraje y fuerza para hacer su parte y juntarlas de
nuevo. Pero más allá de la aparente petición de ayuda para los otros, ninguna
palabra o pensamiento expresado en su oración lo incluía a él como
beneficiario. Habría sido demasiado para su orgullo. Al ponerse de pie, sobre
la helada esquina derecha de la playa apareció el foque de una embarcación, y
un momento después fue visible toda la barca iluminada por la luna, mecida por
el tenue viento del oeste, a no menos de media milla de distancia.
Rowland
saltó al fuego, olvidando su dolor y, arrojando madera, hizo una hoguera. En un
frenesí de excitación aulló:
—¡Ah
del barco! ¡Ah del barco! ¡Sáquennos de aquí!
Una
respuesta profundamente templada vino a él a través del agua.
—
¡Despierta, Myra!— gritó cuando llegó a donde estaba la niña—. Despierta. Nos vamos.
—
¿Vamos con mamá?— preguntó ella sin señales de lloriqueo.
—
Sí, iremos con ella ahora— Eso es,
agregó para sí. Si esa cláusula en la
oración es considerada.
Quince
minutos después, al ver aproximarse un bote salvavidas, musitó:
—
Ese barco estaba allí, a media milla en este viento, antes de que yo pensara en
orar. ¿Ha sido respondida esa oración? ¿Ella está a salvo?
CAPITULO
X
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E |
n el
primer piso de la Bolsa Real de Londres hay un departamento infestado de
escritorios alrededor de y entre los que se agita una apurada y gritona
multitud de corredores de bolsa, amanuenses y mensajeros. Flanqueando este
departamento hay puertas y pasillos que conducen a cuartos y oficinas
adyacentes, y esparcidas por doquier hay pizarras de información, en las que
diariamente son escritas por duplicado las tragedias marinas que ocurren en el
mundo. En una esquina hay una plataforma elevada, consagrada a la presencia de
un funcionario importante. En el lenguaje técnico de la “Ciudad”, el
departamento es conocido como el “Cuarto” y el funcionario es el “Llamador”,
cuyo trabajo consiste en anunciar, con una potente y cantarina voz, los nombres
de los miembros requeridos en la puerta, y los descarnados pormenores de las
noticias del boletín antes de que sean escritas en la pizarra.
Este
es el cuartel general del Lloyds, la inmensa asociación de aseguradores,
corredores de bolsa y marineros que, empezando en el Café de Edward Lloyd a
finales del siglo XVII, se ha convertido —reteniendo el apellido como nombre—
en una corporación tan bien equipada, espléndidamente organizada y poderosa que
reyes y ministros del Estado apelan a ella cuando hay noticias del exterior.
Ningún
capitán o marinero se hace a la mar bajo la bandera británica sin ser anotado,
e incluso las peleas en los castillos de proa y popa son registradas en el
Lloyds para la inspección de futuros empleadores. Ningún barco naufraga en
alguna playa desierta durante el turno de los aseguradores sin que la potente y
cantarina voz lo anuncie cada treinta minutos como máximo.
Uno
de los cuartos contiguos es conocido como el Cuarto de Derrota. Aquí se pueden
hallar en perfecto orden y secuencia, cada una en su rodillo, las cartas de
navegación más recientes de todas las naciones, con una biblioteca sobre temas
marítimos que describe hasta el más mínimo detalle las baías, los faros, rocas,
bajíos y corrientes de viento de cada línea costera mostrada en las cartas; los
rumbos de las tormentas más recientes; los cambios de las corrientes oceánicas
y los paraderos de derelictos, buques abandonados y témpanos de hielo. Con el
tiempo, un miembro del Lloyds adquiere un conocimiento teórico sobre el mar que
raras veces es excedido por quienes en él navegan.
Otro
departamento —el Cuarto del Capitán— es destinado al descanso y el ocio, y aún
hay otro, la antítesis de este último, y es la Oficina de Inteligencia, donde
quien lo requiera puede ser informado de las últimas noticias de éste o aquel
buque retardado.
El
día en que fue convocado el ejército de aseguradores y corredores de bolsa, el
anuncio del Llamador, diciendo que el
Titán había sido destruido, provocó
un ruidoso pánico, y los periódicos de Europa y Estados Unidos procedieron a
lanzar ediciones extra, dando los vagos detalles de la llegada a Nueva York de
un buque transportando pasajeros rescatados, y esta oficina se vio invadida por
mujeres lloriqueantes y hombres preocupados que pedían, y se quedaban para
pedir de nuevo, más noticias al respecto. Y cuando éstas llegaron —un largo
cablegrama—, exponiendo los nombres del capitán, el primer oficial, siete
marineros y una dama pasajera como aquellos que se habían salvado, un anciano y
endeble caballero levantó su voz por sobre el llanto de las mujeres y dijo:
— Mi
nuera está a salvo; pero ¿dónde están mi hijo y mi nieta?
Entonces
se fue apresuradamente, pero volvió al día siguiente, y al siguiente. Y cuando
en el décimo día de espera y vigilia supo que otro bote cargado con niños y
marineros había llegado a Gibraltar, meneó lentamente la cabeza, musitando George, George, y dejó el departamento.
Esa noche, tras telegrafiar al cónsul en Gibraltar para notificarle de su
arribo, cruzó el canal.
En
la primera ruidosa multitud de preguntas, cuando los aseguradores se habían
encaramado en sus escritorios y demás para nuevamente escuchar sobre el
naufragio del Titán, uno de ellos —el
más ruidoso, un hombre corpulento con nariz aguileña y ojos brillantes— se
abrió paso entre la multitud y se dirigió al Cuarto del Capitán, en donde,
después de un trago de brandy, se sentó pesadamente, con un gruñido salido de
lo más profundo de su alma.
—
Padrre Abrraham[2] —
musitó—, esto me arruinarrá.
Otros
entraron, algunos para beber, otros para condolerse, todos para hablar.
—
¿Un duro golpe, Meyer?— preguntó uno.
—
Diez mil— respondió Meyer sombríamente.
— Te
hace bien— dijo otro ásperamente—. Ten más cestos para tus huevos. Sabía que lo
sacarías a colación.
Aunque
los ojos de Meyer brillaron con ese comentario, no dijo nada, pero bebió hasta
la inconsciencia y fue llevado a su casa por uno de los amanuenses. De aquí en
adelante, descuidando su trabajo —salvo para, ocasionalmente, visitar la
pizarra de boletines—, pasó su tiempo en el Cuarto del Capitán, bebiendo en
demasía y maldiciendo su suerte. Al décimo día leyó, con ojos llorosos, puestos
en el boletín, debajo de las noticias de la llegada a Gibraltar del segundo
buque cargado de pasajeros, lo siguiente:
Boya salvavidas del Royal Age, de Londres, recogida en medio
del naufragio en 45º20’N, 54º31’W por el buque Artic, de Boston. Capitán
Brandt.
— ¡Oh, mi puen Dios!— gritó mientras
corría al Cuarto del Capitán.
—
Pobre diablo. Pobre maldito tonto judío— dijo un observador a otro—. Había
asegurado la mayor parte del Titán.
Tomará los diamantes de su esposa como saldo.
Tres
semanas más tarde, Meyer fue despertado de un letárgico estupor por una
multitud de gritones aseguradores, que irrumpieron en el Cuarto del Capitán, lo
agarraron por los hombros y lo urgieron para que saliera a ver un boletín.
—
Léelo, Meyer; léelo. ¿Qué piensas al respecto?
Con
algo de dificultad, leyó en voz alta, mientras ellos observaban su cara:
John Rowland, marinero
del Titán, con una niña pasajera de
nombre desconocido, a bordo del Peerless,
desembarca en Christiansand, Noruega. Ambos peligrosamente enfermos. Rowland
habla acerca del buque partido por la mitad la noche anterior a la pérdida del Titán.
—
¿Qué dices de eso, Meyer? Royal Age,
¿No lo es?— preguntó uno.
— Sí
—vociferó otro—, me lo figuraba. El único barco no reportado recientemente. Se
había demorado dos meses. Fue mencionado el mismo día, cincuenta millas al este
de ese témpano de hielo.
—
Seguro—dijeron otros—. No se dijo nada sobre la declaración del capitán. Se ve
raro.
—
Bien, y qué con eso— dijo Meyer dolorosa y estúpidamente—, hay una cláusula de
colisiones en la póliza del Titán; yo
simplemente pago el dinerro a
la compañía de vaporres, pese al desastrre del Royal Age.
— No
tiene sentido, Meyer ¿Qué te pasa? ¿De cuál tribu perdida saliste? Eres como
ninguno en tu raza, bebiendo hasta la inconsciencia, como un buen cristiano.
Tengo mil grandes puestos en el Titán,
y si voy a pagarlos, quiero saber por qué. Has tomado el mayor riesgo, y tienes
los sesos para lucharlo, debes hacerlo. Ve a casa, recupérate y atiende
esto. Vigilaremos a Rowland hasta que
regreses. Seremos bastante cautos.
Lo
pusieron en un coche y lo llevaron a un baño turco, y después a casa. A la
mañana siguiente, estaba en su escritorio, con la mirada y la mente claras, y
por unas cuantas semanas fue un ocupado y dedicado hombre de negocios.
CAPITULO
XI
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C |
ierta
mañana, casi dos meses después de anunciada la pérdida del Titán, Meyer se sentó en su escritorio en el Departamento,
escribiendo con dedicación, cuando el anciano caballero, que había deplorado la
muerte de su hijo en la oficina de Inteligencia, entró vacilando y tomó una
silla a su lado.
—
Buenos días, señorr Selfridge— dijo él con dificultad—. Supongo que ha venido
porr el pago del segurro. Los dieciséis días han expirrado.
—
Sí, sí señor Meyer— dijo el anciano caballero, fatigadamente—; por supuesto,
como un simple accionista, no puedo tomar parte activa; pero soy un miembro aquí, y algo ansioso, naturalmente. Todo lo que
yo tenía —incluso mi hijo y mi nieta— estaba en el Titán.
— Es
muy trriste, señorr Selfridge; reciba mis más prrofundas condolencias. Le crreo
que es el mayorr dueño de las acciones del Titán
—Alrededorr de cien mil, ¿No es así?
—
Algo así.
—
Soy el asegurradorr mayorritarrio; así que, señorr Selfridge, esta batalla
serrá enterramente entrre los dos.
—
¿Batalla? ¿Acaso algo anda mal?— preguntó ansiosamente el señor Selfridge.
— Es
prrobable, no lo sé. Los asegurradorres y compañías de afuerra han puesto sus
prroblemas en mis manos y no pagarrán hasta que yo tome la iniciativa. Debemos
escuchar a un tal John Rowland, quien fue rescatado del témpano con una
chiquilla, y llevado a Cristiansand. Ha estado muy enferrmo al dejar el buque
que lo halló, y está en camino al Thames esta mañana. Tengo un trransporrte al
puerrto, y voy a esperrarrlo en mi oficina al mediodía. Ahí es donde harremos
este pequeño negocio, no aquí.
—Una
chiquilla... salvada— inquirió el anciano—, querida mía, puede ser la pequeña
Myra. No estaba en Gibraltar con los otros. No me preocuparía... no me
preocuparía mucho por el dinero si ella estuviera a salvo. Pero mi hijo, mi
único hijo se ha ido; y señor Meyer, me arruinaré si este seguro no es pagado.
— Y
yo me arruinarré si lo es— dijo Meyer, levantándose— ¿Vendrrá usted a mi
oficina, señorr Selfridge? Esperro que el apoderrado legal y el Capitán Bryce
estén ahí ahorra.
El
señor Selfridge se levantó y lo acompañó a la calle. Una oficina mejor
amueblada en la calle Threadneedle, derivada de una más grande, y con el nombre
de Meyer en la ventana, recibió a los dos hombres, uno de los cuales, en pro de
los buenos negocios, estaba presto a empobrecerse. No hubieron de esperar ni un
minuto antes de que el capitán Bryce y el señor Austeen fueran anunciados y
entraran. Amables, de buen porte y correctas maneras, perfectos prototipos del
oficial naval Británico, saludaron educadamente al señor Selfridge, cuando el
señor Meyer los presentó como el capitán y el primer oficial del Titán y se sentaron. Instantes más
tarde, el señor Meyer trajo a un hombre de aspecto sagaz de quien dijo era el
apoderado legal de la Compañía de Vapores, pero no lo presentó; tal es el
Sistema Británico de Jerarquías.
—
Ahorra, capallerros— dijo el señor Meyer—, crreo que podemos prrocederr a
negociarr cierrto punto, quizás adicional. Señorr Thompson, ¿Tiene usted la
declarración del Capitán Bryce?
—La
tengo— respondió el señor Thompson, extrayendo un documento que el señor Meyer
ojeó y luego devolvió.
—Y
en esta declarración, capitán—dijo—, usted ha afirrmado que el viaje no fue más
memorrable hasta el momento del naufrragio... así es— agregó con una aceitosa
sonrisa tan pronto percibió que la cara del capitán empalidecía— ¿Que nada
ocurrió para hacer al Titán menos
marinero o manejable?
—Eso
es lo que afirmé— dijo el capitán con un ligero suspiro.
—Usted
es coprropietarrio, ¿No es así, capitán Bryce?
—Poseo
la quinta parte de las acciones de la Compañía.
—He
examinado la escrriturra de constitución y las listas de la Compañía—dijo
Meyer—; cada buque es, tan lejanamente a lo que concierrne a los avalúos y
dividendos, una compañía separrada. En la lista, usted aparrece poseyendo
ciento veinte de las acciones del Titán.
Ante la ley, esto le convierrte en coprropietarrio del Titán y responsable como tal.
—¿A
qué se refiere, señor, con la palabra responsable?—
preguntó rápidamente el capitán Bryce.
A
modo de respuesta, Meyer alzó sus negras cejas, asumió una actitud de escuchar,
miró su reloj y fue a la puerta que, al ser abierta, dejó entrar el sonido de
las ruedas de los carruajes.
—Aquí
adentrro— llamó a sus amanuenses, y entonces enfrentó al capitán.—¿A qué me
refierro, capitán Bryce?—tronó— A que en su declarración, usted ha ocultado
toda la referrencia de su choque con el Royal
Age y su posterriorr hundimiento, la vísperra del naufrragio de su prropio
buque.
—¿¡Quién
lo dijo!? ¿¡Cómo lo supo!?— estalló el capitán— ¡Usted sólo tiene ese boletín
sobre Rowland, un ebrio irresponsable!
—Ese
hombre abordó ebrio en Nueva York—terció el primer oficial—, y estuvo en estado
de delirium tremens hasta el instante
del naufragio. No nos topamos con el Royal
Age, y en ninguna forma somos responsables de su pérdida.
—Sí—agregó
el capitán Bryce—, y un hombre en esas condiciones es susceptible de ver
cualquier cosa. Estaba de vigilancia en el puente. El señor Austeen, el
contramaestre y yo estábamos cerca de él.
Antes
de que la aceitosa sonrisa de Meyer indicara al aturdido capitán que había
hablado demasiado, la puerta se abrió, dando paso a un Rowland pálido y débil,
con la manga izquierda vacía y apoyándose en el brazo de un gigante de barba
bronceada y vigoroso porte, quien transportaba a la pequeña Myra en el otro
hombro y dijo, con el airoso tono del oficial de alcázar:
—Bien,
lo he traído medio muerto, pero ¿Por qué no pudo usted darme tiempo de atracar?
Un piloto no puede hacerlo todo.
—Y
este es el capitán Barry, del Peerless—dijo
Meyer estrechando su mano—. Todo está pien, amigo mío; no perrderrá. Y éste es
el señorr Rowland, y ésta su chiquilla. Siéntese, amigo mío. Lo felicito porr
su escape.
—
Gracias— dijo débilmente Rowland—. Amputaron mi brazo en Christiansand, pero
aún así viviré. Ése es mi escape.
El
capitán Bryce y el primer oficial Austen, pálidos e inmóviles, miraron dura y
fijamente al hombre, en cuya extenuada cara, purificada por sufrir hasta la
casi espiritual dulzura de su edad, difícilmente reconocieron las facciones del
problemático marinero del Titán. Sus
ropas, aunque limpias, estaban harapientas y remendadas.
El
señor Selfridge se había levantado y además miraba, no a Rowland, sino a la
niña que, sentada en el regazo del enorme capitán Barry, miraba a su alrededor
con maravillados ojos. Su vestido era único. Estaba hecho de sacos —así como
sus zapatos y su gorro de lona— con hilo de vela y puntadas de fabricante de
velas, tres por pulgada, faldas cubiertas y ropa interior hecha con viejas
camisas de franela. Como mucho, habría tomado una hora de trabajo de un vigía,
brindada amorosamente por la tripulación del Peerless, dado que el débil Rowland no podía coser. El señor
Selfridge se aproximó y examinó de cerca las vestiduras para preguntar:
—
¿Cuál es su nombre?
— Su
primer nombre es Myra— respondió Rowland—. Ella lo recuerda; pero no he podido
aprender su segundo nombre, aunque conocí a su madre hace años, antes de que se
casara.
—Myra,
Myra—repitió el viejo caballero—, ¿Me recuerdas? ¿No me recuerdas?
Tembló
visiblemente mientras se inclinaba para besarla. La pequeña frente se frunció y
arrugó mientras la chiquilla hurgaba en su memoria; entonces se le aclaró y su
cara se iluminó con una sonrisa.
—
¡Abuelo!— dijo ella.
—
Oh, Dios mío, te lo agradezco—murmuró el señor Selfridge, tomándola en sus
brazos—. He perdido a mi hijo, pero he encontrado a esta niña, mi nieta.
—
Pero señor—preguntó ávidamente Rowland—, ¿Es su nieta, dice? ¿Dice que su hijo
está perdido? ¿Estaba a bordo del Titán?
Y la madre, ¿Se ha salvado o está...?— se detuvo, incapaz de continuar.
— La
madre está a salvo, en Nueva York; pero sigue sin saberse del padre, mi hijo—
agregó lúgubremente el anciano.
La
cabeza de Rowland se hundió, escondiendo la cara en su brazo, sobre la mesa a
la cual se había sentado. Había sido una cara tan vieja, agotada y fatigada
como aquella del encanecido hombre que tenía enfrente. En él, al levantarse con
engreimiento, brillo en los ojos y una sonrisa en la cara, estaba la gloria de
la juventud.
—
Confío, señor—dijo—, en que le enviará un telegrama. Estoy actualmente sin
dinero, y por otro lado, no conozco su apellido.
—
Selfridge, que obviamente es el mío. La señora del coronel, o la señora de
George Selfridge. Nuestra dirección en Nueva York es bastante conocida. Pero le
enviaré un telegrama de una vez; y créame, señor Rowland, que aunque entiendo
que nuestra deuda hacia usted no se puede medir en términos monetarios, usted
no tiene por qué seguir sin dinero. Obviamente, usted es un hombre capaz, y yo
tengo riqueza e influencia.
Rowland
se limitó a inclinarse a manera de saludo, pero el señor Meyer murmuró para sí riqueza e influencia. Prrobablemente no.
—Ahorra,
capallerros—dijo en un tono más alto—, a los negocios. Señorr Rowland, ¿Nos
hablarrá sobrre el desastrre del Royal
Age?
—
¿Era el Royal Age?— preguntó Rowland—
Serví en él, en un viaje. Sí, ciertamente.
El
señor Selfridge, más interesado en Myra que en la relación que estaba por
darse, subió a la niña a una silla situada en un rincón y la sentó, mientras la
acariciaba y le hablaba a la manera en que lo haría un abuelo de cualquier
parte del mundo, y Rowland, mirando fijamente los rostros de los hombres que
había venido a exponer, y cuya presencia de este modo ignorara tanto dijo,
mientras ellos apretaban bastante los dientes y se enterraban a menudo las uñas
de sus dedos en las palmas de sus manos, la terrible historia de cómo partieron
por la mitad al barco en la primera noche desde Nueva York, terminando con el
soborno y su negativa a aceptarlo.
—
Pien, capallerros, ¿Qué piensan ustedes al respecto?— preguntó Meyer mirando a
su alrededor.
—
¡Una mentira, de principio a fin!— tronó el capitán Bryce.
Rowland
se puso de pie, pero el hombretón que lo acompañaba lo hizo sentar, para
enfrentarse al capitán Bryce y calmandamente decirle:
— Vi
un oso polar al que este hombre mató en combate abierto. Vi subrazo después, y
mientras lo salvaban de la muerte, no escuché quejas ni lloriqueos. Él puede
pelear sus batallas cuando está bien, y cuando no, yo lo haré por él. ¡Si usted lo vuelve a insultar de nuevo en
mi presencia, le haré tragarse sus dientes!
CAPÍTULO
XII
|
H |
ubo
un momento de silencio mientras los dos capitanes se miraban mutuamente, roto
por el apoderado legal, quien dijo:
—
Sea cierta o falsa esta historia, lo cierto es que no tiene relevancia en la
validez de la póliza; si esto ocurrió, fue después de la aplicación de la misma
y antes del naufragio del Titán.
—¡Perro
el encubrrimiento! ¡El encubrrimiento!—gritó
excitadamente el señor Meyer.
—
Tampoco tiene relevancia, señor. Si él encubrió cualquier cosa, fue hecho
después del naufragio, y después de ser confirmada su responsabilidad. Ni
siquiera fue fraude. Usted debe pagar el seguro.
— No
lo pagarré. No lo harré. Lucharré
contrra usted en la corrte.
Meyer
pisoteó el suelo de su oficina en su excitación; entonces se detuvo con una
triunfal sonrisa y sacudió un dedo ante la cara del apoderado legal.
— Y
aún cuando el encubrrimiento no alterrarrá la póliza, el hecho de que tuvierran
de guarrdia a un hombrre ebrrio cuando el Titán embistió al témpano serrá
suficiente. Adelante y prroceda con la demanda. Él erra coprropietarrio. No
pagarré.
—
Usted no tiene testigos para esa admisión— dijo el apoderado.
El
señor Meyer miró el grupo que le rodeaba y dejó de sonreír.
—El
capitán Bryce estaba errado—dijo el señor Austen—. Este hombre estaba ebrio en
Nueva York, como otros de la tripulación. Pero estaba sobrio y competente
cuando estaba de guardia. Discutí algunas teorías de navegación durante su
turno en el puente aquella noche, y él habló con inteligencia.
—
Perro usted mismo dijo, no hace diez minutos, que este hombrre se hallaba en
estado de delirrium trremens hasta el
momento de la colisión— dijo el señor Meyer.
— Lo
que dije y lo que admitiré bajo juramento son dos cosas diferentes— dijo
desesperadamente el oficial—. Pude haber dicho cualquier cosa ante la
excitación del momento, cuando fuimos acusados de ese infame crimen. Ahora digo
que John Rowland, cualquiera que haya podido ser su condición la noche
precedente, era un sobrio y competente vigía en el momento del naufragio del Titán.
— Gracias— dijo secamente Rowland al
primer oficial. Luego, mirando al suplicante rostro del señor Meyer, continuó—.
No creo que sea necesario presentarme ante el mundo como un ebrio para castigar
a la compañía y a estos hombres. Tal como yo lo entiendo, el fraude es el acto
ilegal de un capitán o la tripulación en el mar, causando daños o pérdidas; y
sólo se aplica cuando los partícipes son puramente empleados. ¿Entendí
correctamente que el capitán Bryce era copropietario?
—
Sí— dijo Meyer—, él posee acciones. Y nosotrros asegurramos en contrra del
frraude; perro este hombrre, en calidad de coprropietarrio, no pudo recurrirr a
él.
— Y
se trató de un acto ilegal— continuó Rowland—, perpetrado por un capitán que es
copropietario, que podría causar un naufragio, lo cual será suficiente para
invalidar la póliza.
—Cierrtamente—dijo
con avidez el señor Meyer—; usted estaba ebrrio en la guarrdia, estaba
delirrando ebrrio, como él dijo. Lo jurrarrá, ¿No es así, amigo mío? Es de mala
fe con los asegurradorres. Anula el segurro. Lo admite, señorr Thompson, ¿No es
verrdad?
—Es
la ley— dijo fríamente el apoderado legal.
—¿Ea
también el señor Austen un copropietario?—preguntó Rowland.
—
Una cuota, ¿No es así, señorr Austen?— preguntó Meyer mientras se frotaba las
manos y sonreía.
El
señor Austen no dio signos de negativas y Rowland continuó.
— Entonces, para drogar a
un marinero hasta el estupor, y
teniéndolo en observación fuera de su turno mientras se halla en ese
estado, cuando el Titán embistió el
témpano, el capitán Bryce y el señor Austen, como copropietarios, han cometido
un acto que nulifica el seguro de ese buque.
— ¡Maldito canalla mentiroso!— rugió el
capitán Bryce mientras avanzaba hacia Rowland con amenazadora cara.
A
mitad de camino lo detuvo un enorme y musculoso puño que lo envió,
tambaleándose y haciendo eses a través del cuarto, hasta donde estaban el señor
Selfridge y la niña, cuyos flecos caían hasta el suelo —un desmelenado montón—,
mientras el enorme capitán Barry examinaba las marcas de dientes en sus
nudillos, y todos se pusieron en pie de un salto.
— Le
dije que cuidara sus palabras— dijo el capitán Barry—. Trate respetuosamente a mi amigo.
Perforó
con la mirada al primer oficial, aún cuando lo invitaba a duplicar la ofensa;
pero el señor Austen desistió para ayudar al aturdido capitán Bryce a sentarse
en una silla, donde cayó en la cuenta de sus tientes perdidos y la sangre
derramada en el piso de la oficina del señor Meyer, y gradualmente despertó
sobre la verificación del hecho de haber sido golpeado y noqueado... por un norteamericano.
La
pequeña Myra, indemne, pero muy asustada, comenzó a llorar y a llamar a Rowland
a su manera, para maravilla y escándalo del anciano caballero, quien procuró
calmarla.
—
Dammy— gimió mientras luchaba para ir a él—, quiero a Dammy, Dammy, ¡Daaamy!
— Oh, qué conmovedorra
chiquilla— dijo jocoso el señor Meyer— ¿Dónde aprrendiste esa palabra?
— Es mi apodo—dijo
Rowland, sonriendo a su pesar—. Ella ha acuñado la palabra— explicó al agitado
señor Selfridge, quien aún no había comprendido lo que ocurría—, y nofui capaz
de convencerla para que dejara de usarla, ni pude ser áspero con ella. Permítame
cargarla, señor.
Se sentó con la niña, quien se acurrucó contra
él con alegría, y muy pronto se tranquilizó.
—Ahorra, amigo mío— dijo
el señor Meyer—, debe decirrnos sobrre cuando lo drrogarron.
Entonces el capitán
Bryce, bajo el recuerdo del golpe recibido, comenzó a enfurecerse hasta la
locura; y el señor Austen, con su mano descansando ligeramente en el hombro del
capitán, listo para refrenarlo, escuchó la historia; el apoderado legal se sentó
para tomar notas y el señor Selfridge,
sin prestar atención a lo que ocurría, acercó su silla a Myra. Rowland relató
los sucesos ocurridos antes y durante el naufragio. Comenzando con el hallazgo
del whisky en su bolsillo, habló de cuando fue asignado a la vigilancia del
puente en lugar del legísitmo sitio al que comúnmente estaba asignado; del
súbito y extraño interés que el señor Austen presentara sobre sus conocimientos
en navegación; del dolor en su estómago, las horribles formas que había visto
en la cubierta inferior y las sensaciones de su sueño —omitiendo sólo la parte
en la que estaba con la mujer que amaba—; habló de la niña que caminaba dormida
y que lo despertó, del impacto del hielo en el instante del naufragio y de la
condición fija de sus ojos, que le impedía focalizarlos sólo a cierta
distancia, terminando su historia —para explicar su manga vacía— con un
detallado informe de su combate con el oso.
— Y lo he revisado todo—
dijo en conclusión—. Fui drogado, creo que con hachís (lo cual hace que un
hombre vea cosas extrañas), y colocado en la guardia del puente, donde pudiera
ser vigilado, y mis delirios escuchados y recordados con el único propósito de
desacreditar mi testimonio en consideración con el accidente de la noche
anterior. Pero sólo estaba drogado a medias, pues parte de mi té se derramó. En
ese té, estoy seguro, estaba el hachís.
— Lo sabe todo, ¿No es
así?— gruñó el capitán Bryce— No era hachís, sino una infusión de cáñamo hindú.
Usted no sabe...
La mano de Austen se
cerró sobre su boca, y él se calmó.
—Qué ingenuo— dijo Rowland con una sonrisa
tranquila—. El hachís se hace del cáñamo
hindú.
— ¡Oigan esto,
capallerros!— exclamó Meyer, poniéndose en pie de un salto y mirando a todos
los que le rodeaban. Cayó sobre el capitán Barry— Oiga esta confesión, capitán.
¿Lo oyó decirr cáñamo hindú? Tengo
ahorra un testigo, señorr Thompson. Continúe con la demanda. Óigalo, capitán
Barry. Es usted un hombrre desinterresado, es un testigo ¿Lo oye?
— Sí, lo oí, el bribón
asesino— dijo el capitán Barry.
El señor Meyer bailó por
lo alto y por lo bajo en medio de su alegría, mientras el apoderado legal,
guardando sus notas, comentaba al oído del capitán Bryce:
—Es usted el idiota más
pobre que conozco.
Y dejó la oficina.
Entonces, el señor Meyer
se aplacó, y encarándose a los dos oficiales del Titán dijo, lenta e improvisadamente, mientras agitaba su dedo
índice casi encima de sus dos caras:
— Inglaterra es un puen
país, amigos míos, un puen país parra dejarr atrrás de vez en cuando. Están
Canadá, Estados Unidos, Austrralia y Sud Afrrica, todos puenos países también
parra irr allá con nuevos nombrres. Mis amigos, ustedes estarrán en menos de
media horra en un boletín y en una lista del Lloyds, y nunca más zarrparrán de
nuevo bajo la banderra brritánica como oficiales. Y déjenme decirrles, mis
puenos amigos, que cuando estén en ese boletín, todo Scotland Yard los estarrá buscando. Perro mi puerrta
no está acerrojada.
Silenciosamente, los dos
hombres se levantaron, pálidos, avergonzados y abrumados, cruzaron la puerta,
pasaron a través de la oficina exterior y salieron a la calle.
CAPÍTULO XIII
|
E |
l señor Selfridge había
comenzado a interesarse en los procedimientos. Cuando los dos hombres salieron,
preguntó:
— ¿Ha llegado a algún
acuerdo, señor Meyer? ¿Se pagará el seguro?
—¡No!— rugió el asegurador al oído del confundido anciano, mientras
lo palmeaba vigorosamente en la espalda— No serrá pagado. Usted o yo, uno de
los dos deberrá estarr arruinado, señorr Selfridge, y se ha arreglado en su
contrra. No pagarré el segurro del Titán,
ni lo harrán los otrros asegurradorres. Porr el contrrarrio, como la cláusula
de colisión en la póliza ha sido nulificada, su compañía me debe reembolsarr el
segurro que debo pagarr a los prropietarrios del Royal Age, eso es, al menos, a nuestrro buen amigo aquí prresente,
el señorr Rowland, que estuvo de vigía esa noche y jurrarrá que sus luces
estaban apagadas.
— No del todo—dijo
Rowland—. Sus luces estaban encendidas... ¡Mire al anciano! ¡Agárrelo!
El señor Selfridge se
estaba tambaleando cerca de una silla. La aferró, se soltó, y antes de que
alguien pudiera alcanzarlo, cayó al suelo, donde yació con los labios grisáceos
y los ojos en blanco, boqueando convulsivamente.
— Infarto— dijo Rowland,
arrodillándose a su lado—. Llame a un médico.
—¡Un médico— repitió
Meyer a través de la puerta a sus amanuenses— ¡Y trraigan rápido un
trransporrte! ¡No quierro que muerra en la oficina!
El capitán Barry puso la
desvalida figura en una poltrona, y entonces lo vigilaron, mientras las
convulsiones remitían, la respiración se iba acortando y los labios pasaban de
grisáceos a azules. Antes de que un doctor o un transporte hubiera llegado, el
anciano había fallecido.
— Alguna clase de conmoción súbita— dijo el
doctor cuando hubo llegado—. También una emoción violenta. ¿Recibió alguna mala
noticia?
— Mala y buena— respondió
el asegurador—. Buena porr cuanto esta chiquilla erra su nieta; mala porque se
convirrtió en un hombrre arruinado; erra el mayorr accionista del Titán. Cien mil librras que poseía en
acciones, todo lo que esta pobrre y encantadorra crriaturra jamás tendrrá.
Meyer miró entristecido a
Myra mientras la acariciaba en la cabeza.
El capitán Barry llamó
por señas a Rowland, quien, ligeramente sonrojado, estaba junto a la poltrona
y, mirando al rostro de Meyer, en el cual se podía ver el enojo, el júbilo y
una impresión simulada.
— Espere— dijo al ver que
el médico dejaba la oficina— ¿Esto es, señor Meyer—agregó al asegurador—, que
el señor Selfridge, como dueño de la mayor parte de las acciones del Titán, habría resultado arruinado, si
viviera, por la pérdida del dinero del seguro?
— Sí, habrría sido un
hombrre pobrre. Había inverrtido cien mil librras hasta el último centavo. Y si
hubierra dejado algo más, serría impuesto parra hacerr una buena parrticipación
de lo que la compañía deberría pagarr por lo del Royal Age, al que también asegurré.
— ¿Había una cláusula de
colisión en la póliza del Titán?
— La había.
— ¿Y usted tomó el
riesgo, aún sabiendo que iba a hacer la Ruta Norte a toda velocidad, a través
de la niebla y la nieve?
— Sí, lo hice, así como
otrros lo hicierron.
— Entonces, señor Meyer,
ello me obliga a recordarle que el seguro del Titán deberá ser tan bien pagado como las responsabilidades
incluidas y especificadas por la cláusula de colisiones en la póliza. En pocas
palabras yo, el único que lo puede prevenir, me rehúso a testificar.
—¿Q... qué?
Meyer apretó el respaldo
de una silla e, inclinándose sobre ella, miró fijamente a Rowland.
— ¿No testificarrá?¿A qué
se refierre?
— Lo que dije. Y no me
siento obligado a decirle el por qué, señor Meyer.
— Mi puen amigo—dijo
Meyer, avanzando con las manos extendidas hacia Rowland, quien se apartó y,
tomando a Myra de la mano, caminó hacia la puerta. Meyer se le adelantó de un
salto, la acerrojó, quitó la llave y los encaró.— ¡Oh, mi puen Dios!— gritó, recayendo, en su excitación, en el más
remarcado acento de su pueblo— ¿Qué le hice? ¿Porr qué me perrjudica? ¿No he
pagado la cuenta del médico?¿Quierre un capallerro?¿Crree que no lo soy?¿Qué
acaso no he pagado porr el trransporrte? Lo trraigo a mi oficina y le llamo
señorr Rowland. ¿No he sido un capallerro?
— Abra la puerta— dijo
calmadamente Rowland.
— Sí, ábrala— repitió el
capitán Barry, con su confundida cara aclarándose ante la perspectiva de acción
por parte suya—. Ábrala o la derribaré.
— Perro usted, amigo mío,
usted oyó la confesión del capitán, del dopaje. Un puen testigo lo harrá. Dos
son mejorr. Perro usted jurrarrá, mi amigo. No me arruinarrá.
— Estoy del lado de
Rowland— dijo ceñudamente el capitán Barry—. De cualquier forma, no recuerdo lo
que fue dicho; tengo una maldita mala memoria. Aléjese de la puerta.
Las penosas lamentaciones
—gemidos, lloriqueos y el más genuino crujir de dientes—, entremezcladas con el
llanto más tenue de la asustada Myra, puntuados por breves órdenes en relación
con la puerta, llenaron esa oficina, para maravilla de los amanuenses como
mucho, y finalmente acabó cuando la puerta saltó de sus bisagras.
El capitán Barry, Rowland
y Myra, seguidos por una genuina maldición a manera de despedida por parte del
asegurador, dejaron la oficina y llegaron a la calle. El transporte que los
había traído aún estaba esperando.
— Siga descansando— dijo
el capitán Barry al cochero—. Tomaremos otro, Rowland.
Al doblar la primera
esquina encontraron un cabriolé al que entraron y a cuyo cochero dio el capitán
Barry la dirección.
—Buque Peerless. Muelle de India Oriental—
luego, dirigiéndose a Rowland cuando comenzaron a andar—. Creo que comprendo el
juego, Rowland. Usted no quiere separarse de esta niña.
— Eso es— respondió
débilmente Rowland, mientras se recostaba en el cojín, agotado por la
excitación de los últimos minutos—, y para bien o para mal de la posición en la
que me encuentro. Porque debemos ir más atrás que el asunto de los vigías. La
causa del naufragio fue la máxima velocidad en un banco de niebla. Toda la
ayuda que hubiera podido dársele a los vigías no habría ayudado a ver ese
témpano. Los aseguradores sabían lo de la velocidad, y aún así se arriesgaron.
Deje que paguen.
— Tiene razón, y lo apoyo
en eso. Pero debe salir del país. No conozco la ley al respecto, pero pueden
obligarlo a atestiguar. No podrá subir de nuevo al mástil, eso está claro. Pero
puede tener en mí un compañero de camarote durante todo el tiempo que yo
navegue un buque, si usted acepta; y puede hacer de mi camarote su hogar
durante todo el tiempo que guste, recuérdelo. Ahora, sé que desea cruzar el
atlántico con la niña, y si va a esperar a que yo zarpe, es posible que pasen
unos meses antes de ir a Nueva York, con el riesgo de perder a Myra a causa de
las triquiñuelas de la Ley Británica. Pero tan sólo déjemelo a mí. Hay
poderosos intereses apostando en este sentido.
Rowland estaba demasiado
agotado como para preguntarle al capitán Barry qué tenía en mente. Al llegar al
buque, fue ayudado por su amigo a sentarse en una poltrona, en el camarote
donde pasó el resto del día, incapaz de salir. Mientras tanto, el capitán Barry
había desembarcado de nuevo.
Volvió por la noche para
decir:
— Tengo su paga, Rowland,
y he firmado un recibo por tal concepto a ese asegurador. Él lo pagó de su
propio bolsillo. Usted podría haberle sacado cincuenta mil o más a esa
compañía, pero yo sabía que no tocaría el dinero de ellos, y además, sólo él
pensó en los salarios que le corresponden. Usted tiene derecho a la paga de un
mes. Aquí está, en dinero norteamericano, alrededor de diecisiete billetes— el
capitán le entregó a Rowland un fajo de billetes. Luego siguió, sacando un
sobre—. Ahora, hay algo más aquí. Considerando que perdió toda su ropa y
después su brazo, gracias al descuido de los oficiales de la compañía, el señor
Thompson le ofrece esto.
Rowland abrió el sobre.
Contenía dos tiquetes en primera clase en la ruta de Liverpool a Nueva York.
Visiblemente sonrojado dijo, con amargura:
— Parece que no podré
escapar, después de todo.
— Llévelos, viejo amigo,
llévelos; de hecho, los traje para usted, y están a nombre suyo y de la niña.
Además, hice que el señor Thompson conviniera en saldar su cuenta médica y la
gaste con ese lustroso hombre. No es un soborno. Lo respaldaría en la carrera,
pero usted no sacaría ningún provecho de mí. Debe llevar a la chiquilla, puesto
que es el único que puede hacerlo. El anciano era norteamericano, sin nadie en
este país, ni siquiera un abogado, que yo sepa. El barco zarpará en la mañana,
y el tren de la noche se va dentro de dos horas. Piense en esa madre, Rowland.
Porque, amigo mío, yo viajaría alrededor del mundo para entregarle a Myra, si
estuviera en sus zapatos. Yo tengo un hijo.
Los ojos del capitán
Barry parpadearon fuerte y rápidamente, mientras que los de Rowland brillaron.
— Sí, tomaré el pasaje—
dijo, con una sonrisa—. Acepto el soborno.
— Bien. Estará mejor
cuando llegue, y cuando esa madre se lo agradezca y tenga entonces tiempo para
pensar en sí mismo, recuérdelo: Quiero un oficial, y estará aquí un mes antes
de zarpar. Escríbame, cuídese del Lloyds si quiere el camarote, y le enviaré el
dinero con que conseguirlo de nuevo.
— Gracias, capitán— dijo
Rowland, apretando la mano del hombre, y entonces miró su manga vacía—, pero
mis días en el mar acabaron. Incluso un oficial necesita dos manos.
— Bien, pues adáptese.
Será oficial, aún si no tiene manos, pero mientras tenga cerebro. Me ha hecho
bien conocer a un hombre como usted; y dígame, amigo mío, no lo tomará a mal,
¿No es así? No es de mi incumbencia, pero también ha dejado de beber. No se ha
lastimado en dos meses. ¿Va a comenzar de nuevo?
— Nunca más— dijo Rowland
levantándose—. Ahora tengo un futuro, lo mismo que un pasado.
CAPÍTULO XIV
|
E |
ra casi el mediodía del
día siguiente cuando Rowland, sentado en una silla de buque junto a Myra, y
observando una estrecha franja de cielo desde el salón de cubierta de un buque
que hacía la ruta hacia el Oeste, recordó no haber hecho provisiones para notificar
po cable a la señora Selfridge de que su hija estaba a salvo; y a menos que
Meyer hubiera entregado la noticia a los periódicos, aún no se sabría.
Bien, musitó, la alegría no mata, y en su plenitud
presenciaré si no la tomo por sorpresa. Pero puede que la noticia llegue a los
periódicos antes de que yo la alcance. Esto es demasiado bueno como para que el
señor Meyer lo mantenga en secreto.
Pero la historia no se
publicó inmediatamente. Meyer llamó a conferencia a todos los aseguradores
involucrados con él en el seguro del Titán,
conferencia en la que se decidió permanecer en silencio respecto de la carta
que pensaban jugar, y emplear algo de tiempo y dinero en hallar otros testigos
entre la tripulación del Titán, y en
entrevistar al capitán Barry con el fin de refrescarle la memoria. Unos pocos
encuentros tempestuosos con este enorme obstructor los convencieron de la
futilidad de esfuerzo adicional en esa dirección, y después de encontrar, al
final de la semana, que cada miembro de la guardia de puerto del Titán, así como unos cuantos de la otra
guardia, habían sido persuadidos para firmar por los viajes al Cabo, o de lo
contrario desaparecerían, decidieron entregar a la prensa la historia narrada
por Rowland con la esperanza de que aquella publicidad sacara algo de evidencia
plausible a la luz.
Y esta historia,
perfeccionada hasta la repetición por Meyer a los reporteros, y embellecida aún
más por éstos cuando la escribieron —particularmente en la parte del oso
polar—, fue publicada en los principales diarios Ingleses y europeos, y
cableada a Nueva York, con el nombre del barco en el cual habíoa zarpado John
Rowland—pues sus movimientos habían sido rastreados en búsqueda de evidencias—,
a donde había llegado demasiado tarde para la publicación, la mañana en la que,
con Myra en su hombro, descendió por la pasarela en el muelle de North River.
Como consecuencia, fue abordado por entusiastas reporteros en el muelle,
quienes hablaron de su historia y le pidieron más detalles. Rowland se rehusó a
hablar, se deshizo de ellos y, ganando las calles adyacentes, rápidamente se
halló en la arremolinada Broadway, en donde entró a la oficina de la Compañía
de Vapores, en cuyo empleo había naufragado, y obtuvo la dirección de la señora
Selfridge, la única mujer sobreviviente, de la lista de los pasajeros del Titán. Entonces, tomó un coche arriba de
Broadway, para bajarse frente a una gran tienda por departamentos.
—
Myra, pronto veremos a mamá— susurró en la rosada oreja de la niña—, y debes ir
bien vestida. No estoy preocupado por mí, pero tú eres una chiquilla de la
Quinta avenida, una pequeña aristócrata. Esta ropa vieja ya no te va.
Pero
Myra había olvidado la palabra Mamá, y estaba más interesada en el excitante
ruido y la vida en la calle que en la ropa que tenía. En la tienda, Rowland
preguntó por la sección infantil, a la que fue conducido, y en donde lo
esperaba una joven.
—
Esta niña sobrevivió a un naufragio—dijo—. Tengo dieciséis dólares y cincuenta
centavos para gastarlos en ella. Báñela, péinela y use el dinero para un
vestido, zapatos, medias, ropa interior y un sombrero.
La
joven se inclinó hacia Myra y la besó por pura simpatía, pero dijo que no se
podría hacer mucho.
—
Haga lo mejor que pueda—dijo Rowland—. Es todo lo que tengo. Esperaré aquí.
Una
hora después, de nuevo sin dinero, emergió de la tienda, con Myra
intrépidamente ataviada con nuevos adornos, y fue detenido en la esquina por un
policía que lo había visto salir y que estaba, sin lugar a dudas, asombrado por
la yuxtaposición de atavíos.
—¿A
quién le quitaste esa niña?— preguntó.
—
Creo que es la hija de la señora del Coronel Selfridge— respondió Rowland
altaneramente. Demasiado altaneramente.
— Lo
crees, pero no lo sabes. Volvamos a la tienda, y veremos a quién se la
quitaste.
—
Muy bien, oficial. Puedo probar que ella está conmigo.
Regresaron
a la tienda, el oficial con su mano en el cuello de Rowland, siendo
interceptados en la puerta por un grupo de tres o cuatro personas que salían.
Una de estas personas, una joven vestida de negro, profirió unpenetrante grito
y avanzó hacia ellos.
—
¡Myra!—gritó— Dame a mi hija, ¡¡Dámela!!
Arrebató
a la niña del hombro de Rowland, la besó, acarició y derramó lágrimas sobre
ella; luego, ignorando a la multitud que se había formado en torno a ellos,
inevitablemente se desmayó en brazos de un indignado anciano.
—¡Canalla!—
exclamó éste mientras blandía su bastón sobre la cabeza de Rowland— ¡Te hemos
atrapado! Oficial, llévelo a la estación. Yo lo seguiré y levantaré cargos en
su contra, en nombre de mi hija.
—
Entonces, ¿Él robó a la niña?
— Por supuesto— respondió el anciano al
tiempo que, ayudado por los otros, puso a la inconsciente madre en un carruaje
al que entraron, con la pequeña Myra llamando a gritos a Rowland desde los
brazos de una mujer del grupo, y partieron.
—¡Andando!—
gritó el policía, golpeando a su prisionero en la cabeza con su porra, y
halándolo de los pies.
Entonces,
entre los aplausos de una aprobatoria multitud, el hombre que había luchado
contra un oso polar y lo había vencido, fue arrastrado como animal enfermo a
través de las calles por un policía de Nueva York. Tal es, en ocasiones, el
aturdidor efecto de un ambiente civilizado.
CAPÍTULO
XV
|
E |
n la
ciudad de Nueva York hay hogares impregnados de una atmósfera moral tan pura,
elevada y sensible a las vibraciones del dolor humano y a los errores, que sus
ocupantes son sacados de toda consideración, salvo el bienestar espiritual de
su pobre condición. En estos hogares no entran las noticias para las masas ni
los periódicos sensacionalistas.
En
la misma ciudad hay magistrados honorables —miembros de clubes y sociedades—
que emplean las altas horas de la noche y a menudo llegan a amanecer a tiempo de leer los diarios antes
de que las cortes inicien sesión.
También
en Nueva York hay editores de bilioso estómago, a prueba de discursos e
indiferentes ante el orgullo profesional y los sentimientos de los reporteros.
Cuando un reportero falla sin querer, después de sucesivas entrevistas a una
celebridad, a veces es enviado por el editor desalmado en busca de alguna
noticia de masas a las estaciones de policía, donde escasean las noticias
dignas de ser impresas.
En
la mañana que siguió al arresto de John Rowland, tres reporteros, enviados por
sus respectivos editores, presenciaron una audiencia presidida por uno de los
honorables magistrados arriba mencionados. En la antesala de esta corte,
harapiento, desfigurado por los golpes y desmelenado por pasar la noche en una
celda, estaba Rowland, con otros desafortunados más o menos culpables de
agresión contra la sociedad. Cuando lo llamaron, fue arrastrado a empellones a
través de una puerta, y a lo largo de una fila de policías —quienes demostraron
su utilidad dándole cada uno un empujón— en dirección al banquillo frente al
cual el rígido y cansado magistrado lo fulminó con la mirada. Sentados en un
rincón del salón estaban el anciano del día anterior, la joven madre con la
pequeña Myra en su regazo y un grupo de damas, todas de conducta excitada; y
todas, salvo la joven madre, dirigían sus venenosas miradas a Rowland. La
señora Selfridge, pálida y con los ojos hundidos, pero feliz, ni siquiera se
dignó mirarlo.
El
oficial que había arrestado a Rowland estaba bajo juramento y declaró haber
detenido al prisionero en Broadway mientras se llevaba a la niña, cuyo
atractivo vestido había llamado su atención. Los desdeñosos comentarios fueron
oídos en el rincón con observaciones apagadas:
—
Atractivo de veras, qué idea. Las más endebles marcas.
El
siguiente testigo, el señor Gaunt, fue llamado a declarar.
— Su
señoría—comenzó excitado—, este hombre alguna vez fue un caballero y un
invitado en mi casa. Pidió la mano de mi hija, y como su petición fue denegada,
intentó vengarse, sí señor. Y en el extenso Atlántico, donde había seguido a mi
hija disfrazado de marinero, intentó asesinar a esa niña, a mi nieta, pero fue descubierto.
— Un
momento—le interrumpió el magistrado—, limite su testimonio a la agresión
actual.
—Sí,
Señoría. Habiendo fallado en esto, robó, o atrajo a la chiquilla de su lecho, y
en menos de cinco minutos, el buque estaba hundido, y él debe haber escapado
con la niña.
—¿Fue
usted testigo?
—No
estuve allí, Señoría; pero lo tenemos en el testimonio del primer oficial.
—Entonces
él testificará. Puede retirarse. Oficial, ¿Fue esta agresión perpetrada en
Nueva York?
—Sí,
señoría. Yo mismo lo atrapé.
—¿A
quién le hurtó la niña?
—A
esa dama, allá.
—Madam,
¿Puede venir al estrado?
Con
la niña en sus brazos, la señora Selfridge prestó juramento y con una abatida y
vibrante voz repitió lo que había dicho su padre. Siendo una mujer, se le
autorizó a narrar la historia en sus propios términos. Al hablar del intento de
homicidio en la baranda, su excitación aumentó. Entonces habló de la promesa de
encerrarlo hecha por el capitán a cambio de su testimonio contra él; de la
consiguiente merma en la vigilancia y la pérdida de la niña antes del
naufragio; de su rescate por parte del primer oficial y su aserción de haber
visto a la niña en brazos de este hombre —el único en la tierra que podría
hacerle daño—; de las posteriores noticias de que un bote que llevaba marineros
y niños había sido recogido por un buque del Mediterráneo; de los detectives
enviados y su reporte de que un hombre había rehusado entregar a la niña al
cónsul en Gibraltar y había desaparecido con ella; de su alegría al saber que
Myra estaba a salvo y la desesperación por verla de nuevo hasta que la encontró
en Broadway, en brazos de este hombre, el día anterior. En este punto, su
ultrajada maternidad la dominó. Con las mejillas ruborizadas y los ojos
arrojando furia y desprecio, apuntó hacia Rowland y gritó:
—¡Y
ha torturado y mutilado a mi hija!¡Hay profundos cortes en su espalda, y el
doctor dice que debieron ser hechos la noche anterior con un instrumento
afilado! ¡Y debe haber tratado de torcer y retorcer la mente de mi hija, o
ponerla bajo aterradoras experiencias! Él había pensado en maldecirla
horriblemente, y anoche, a la hora de acostarla, le conté la historia de Elisa,
los osos y los niños, ¡Y ella estalló en
incontrolables gritos y llantos!
Aquí
terminó su testimonio en un acceso de histeria y llanto en el que con
frecuencia pedía a la niña que no pronunciara esa horrible palabra; porque Myra
había reconocido a Rowland, llamándole por su apodo.
—¿De
qué naufragio me habla?¿Dónde ocurrió?—preguntó el confundido magistrado a
nadie en particular.
—¡Del
Titán!— respondió media docena de
reporteros que estaban en el salón.
—El Titán—repitió el magistrado—. Entonces
esta agresión fue perpetrada en alta mar, bajo la bandera Británica. No puedo
imaginar por qué lo trajeron a mi corte. Prisionero, ¿Tiene usted algo que
decir?
—Nada,
Señoría— la respuesta vino como una especie de llanto seco.
El
magistrado examinó el ceniciento rostro del harapiento hombre y dijo al
amanuense de la corte:
—Cambie
este cargo por, eh... vagancia.
El
amanuense, instigado por los reporteros, fue a su recodo. Puso ante él un
periódico matutino, señaló un enorme titular y se retiró. Entonces la corte
entró en receso mientras se leían las noticias. Después de un momento, el
magistrado levantó la vista.
—¡Prisionero—dijo
agudamente—, sáquese la manga izquierda de su pecho!
Rowland
obedeció mecánicamente, y la manga quedó colgando a su lado. Entonces el
magistrado dobló el periódico y preguntó:
—¿No
es usted el hombre a quien rescataron de un témpano de hielo?
El
prisionero asintió con la cabeza.
—¡Absuelto!— la palabra salió como un
inusual rugido— Madam—agregó el magistrado con algo de brillo en la mirada—,
este hombre tan sólo ha salvado la vida de su hija. Si al llegar a casa, usted
lee sobre cómo la defendió de un oso polar, difícilmente querrá contarle
historias de osos alguna vez. Instrumento afilado, ¡Jáh!— lo cual era
igualmente inusual en la corte.
La
señora Selfridge, con una expresión nublada y más bien agraviada, dejó la corte
con su indignado padre y amigas, mientras Myra llamaba profanamente a Rowland,
quien había caído en manos de los reporteros. Lo habrían distraído después a la
usanza de su profesión, pero él no se distraería ni hablaría. Escapó y fue
engullido por el mundo exterior; y cuando los diarios nocturnos aparecieron ese
día, los eventos del viaje eran todo lo que podría ser añadido a la historia.
CAPÍTULO
XVI
|
A |
la mañana del día siguiente, un hombre a quien
le faltaba un brazo encontró un vuejo anzuelo y unos trozos de cuerda que anudó
juntos; entonces consiguió algo de carnada y atrapó un pez. Hambriento y sin
fuego para cocinar, lo negoció con un cocinero del puerto por una comida, y
antes del anochecer atrapó dos peces más, uno de los cuales cambió por comida,
mientras que vendió el otro. Durmió bajo los muelles sin pagar renta, pescó,
negoció y vendió por un mes, al cabo del cual compró un traje de segunda mano y
contrató los servicios de un barbero. Su nueva apariencia indujo a un jefe
estibador a contratarlo para el conteo de cargas, lo cual era más lucrativo que
pescar, y más tarde le reportó lo suficiente para comprar un sombrero, un par
de zapatos y un abrigo. Entonces alquiló un cuarto y durmió en una cama. Mucho
después, había encontrado un empleo en una compañía de correo, dirigiendo
sobres, y gracias a sus finas y rápidas habilidades logró afianzarse en su
trabajo; y en pocos meses pudo pedirle a sus patronos que le respaldaran para
un examen del Servicio Civil. El favor fue concedido, el examen fácilmente
pasado y él siguió dirigiendo sobres mientras duraba la espera. Mientras tanto,
compró nueva y mejor ropa, y no pareció tener problemas para impresionar con el
hecho de ser un caballero a aquellos a quienes había conocido. Dos años después
del examen fue nombrado para ocupar un lucrativo puesto en el Gobierno, y al
sentarse en el escritorio de su oficina, pudo oírsele decir:
—Ahora,
John Rowland, el futuro es tuyo. Simplemente has sufrido en el pasado por una
errada estimación de mujeres y whisky.
Pero
se equivocaba, porque seis meses más tarde recibió una carta en la que, a
grandes rasgos, decía:
No creas que soy
indiferente o ingrata. He observado a distancia tu maravillosa lucha por
recuperar tu antigua posición. Has ganado, y eso me alegra, y te felicito. Pero
Myra no me deja descansar. Pregunta por ti continuamente, y a veces llora. No
puedo soportarlo más. ¿Vendrás a ver a Myra?
Y el
hombre fue... para ver a Myra.
FIN
[1] En los
barcos de la primera mitad del S. XX, había dos mástiles principales, llamados
trinquetes. Ambos tenían una cofa o sitio de vigilancia para divisar tierra
firme, témpanos u otros obstáculos, así como también a otros barcos. A este
puesto se le conocía como el nido del cuervo (N. Del T.).
[2]
Respecto del señor Meyer, hay indicios que me permiten afirmar que es un judío
radicado en Alemania, y que por alguna razón se encuentra ahora trabajando en
el Loyds. En primer lugar, en el original, hay algunos vocablos alemanes (el
más usado de todos es Der) Por otro
lado, cuando Meyer se entera del desastre del Titán, uno de sus compañeros aseguradores dice Pobre diablo. Pobre maldito
tonto judío. De ahí que
le haya impreso cierta acencuación en las erres.(N. del T.)

