Libro No. 314. Rojo y Negro. Crónica del Siglo XIX. Standhal.
Libro No. 314. Rojo y
Negro. Crónica del Siglo XIX. Standhal. Colección Emancipación Obrera.
Abril 14 de 2012.
Título
original: Versión Original: © Rojo y Negro.
Crónica del Siglo XIX. Standhal.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Rojo y negro
Crónica del siglo XIX
Stendhal
Advertencia del editor
Esta
obra estaba lista para ser publicada, cuando los grandes acontecimientos de
julio orientaron los ánimos en una dirección muy poco favorable a los juegos
de la imaginación. Tenemos razones para creer que las siguientes páginas
fueron escritas en 1827.
Rojo y Negro Stendhal
Primera parte
La vérité, l'ápre vérité.[1]
DANTON
Capítulo
1
Una
pequeña ciudad
Put thousands together
Less bad,
But the cage less gay.[2]
HOBBES
La pequeña ciudad de Verriéres puede
pasar por una de las más bonitas del Franco Condado. Sus casas blancas, con sus
puntiagudos tejados de tejas rojas, se extienden por la ladera de una colina
cubierta con vigorosos castaños cuyas verdes frondas señalan las más leves
sinuosidades del terreno. El Doubs corre a algunos centenares de pies por
debajo de sus fortificaciones, construidas antaño por los españoles y
actualmente en ruinas.
Verriéres está protegida al norte
por una alta montaña perteneciente a las estribaciones del Jura. Las truncadas
cimas del Verra se cubren de nieve desde los primeros fríos de octubre. Un torrente
que se precipita desde lo alto de la montaña atraviesa Verriéres antes de
verter su caudal en el Doubs y pone en marcha un gran número de aserraderos
mecánicos, sencilla industria que procura un cierto bienestar a la mayor parte
de sus habitantes, más campesinos que burgueses. Sin embargo, no son los aserraderos
lo que ha enriquecido la pequeña ciudad, sino la fábrica de telas estampadas
llamadas de Mulhouse, a la que se debe la prosperidad general que, desde la
caída de Napoleón, ha permitido reconstruir las fachadas de casi todas las
casas de Verriéres.
Apenas se entra en la ciudad, queda
uno aturdido por el estrépito de una máquina ruidosa y de terrible aspecto.
Veinte pesados martillos que caen retumbando con un ruido que hace temblar el
suelo son elevados por una rueda que el agua del torrente pone en movimiento.
Cada uno de estos martillos fabrica diariamente no sé cuántos millares de
clavos. Lindas y frescas muchachas presentan, al golpe de esos enormes
martillos, pequeños trozos de hierro que rápidamente se convierten en clavos.
Este trabajo, tan rudo en apariencia, es uno de los que más sorprenden al viajero
que penetra por primera vez en las montañas que separan Francia de Suiza. Si
al entrar en Verriéres, el viajero pregunta a quién pertenece aquella soberbia
fábrica de clavos que ensordece a las gentes que remontan la calle mayor, le
contestarán con acento cansino: «Es del señor alcalde».
A poco que el viajero se detenga en
la amplia calle mayor de Verriéres, que asciende desde la orilla del Doubs
hasta la cumbre de la colina, puede apostar ciento contra uno a que verá aparecer
un hombre corpulento, de aspecto atareado e importante.
Al
verle, todo el mundo se descubre rápidamente. Tiene el pelo grisáceo y viste un
traje gris. Es caballero de diversas órdenes, posee una frente despejada,
nariz aguileña y, en conjunto, sus facciones no carecen de cierta regularidad.
Incluso puede decirse, a primera vista, que une a su dignidad de alcalde de
pueblo aquel atractivo especial que todavía puede darse a los cuarenta y ocho o
cincuenta años. Pero el viajero parisiense no tarda en sorprender en este
personaje un cierto aire de suficiencia y de satisfacción de sí mismo,
mezclados a un no sé qué que delata una inteligencia limitada y muy poca
imaginación. En una palabra, es fácil darse cuenta de que todo el talento de
aquel hombre se reduce a hacerse pagar con la mayor puntualidad lo que le deben,
y a retrasar lo más posible el pago de sus propias deudas.
Tal es el señor de Renal, alcalde de
Verrieres. Después de haber cruzado la calle con paso grave, entra en la
alcaldía y desaparece a los ojos del viajero. Pero, cien pasos más arriba, si
éste continúa su paseo, advierte una casa de apariencia bastante notable y, a
través de una verja de hierro que rodea la casa, unos magníficos jardines. Al
fondo, la línea del horizonte, formada por las colinas de Borgoña, ofrece un
panorama que parece hecho expresamente para el deleite de los ojos. Su
contemplación hace olvidar al viajero la viciada atmósfera de la ciudad saturada
de pequeños intereses materiales que ya empezaba a asfixiarle.
Se le informa de que aquella casa
pertenece al señor de Rénal. Los beneficios obtenidos en su gran fábrica de
clavos han permitido al alcalde de Verriéres construir aquel hermoso edificio
de piedra labrada, recién terminado. Se dice que su familia es de origen
español, muy antigua y, a lo que se pretende, afincada en el país desde mucho
antes de su conquista por Luis XIV.
Desde 1815 le avergüenza ser
industrial: en 1815 fue nombrado alcalde de Verriéres. Los muros escalonados
que sostienen las diversas partes de aquel magnífico jardín que, de terraza en
terraza, desciende hasta las orillas del Doubs, son también fruto de la pericia
del señor de Rénal en el negocio del hierro.
No esperéis nunca encontrar en
Francia aquellos pintorescos jardines que rodean las ciudades fabriles de
Alemania, como Leipzig, Francfort, Nuremberg. En el Franco Condado, cuantos más
muros se levantan, cuanto más se eriza una propiedad de hileras de piedra
colocadas una sobre otra, tanto mayores derechos adquiere su dueño al respeto
de sus vecinos. Los jardines del señor de Rénal, llenos de muros por todas
partes, son además motivo de admiración por el hecho de haber pagado a peso de
oro algunas de las parcelas del terreno que ocupan. Por ejemplo, aquel
aserradero, cuya especial situación a orillas del Doubs os ha llamado la
atención al llegar a Verriéres, y en el que habéis leído el nombre de SOREL,
escrito en caracteres gigantescos en una placa que corona el edificio, ocupaba,
hace seis años, el terreno sobre el que hoy se levanta el muro de la cuarta
terraza de los jardines del señor de Rénal.
A pesar de su orgullo, el señor
alcalde tuvo que realizar infinitas gestiones cerca del viejo Sorel, campesino
duro y terco, y finalmente hubo de pagarle una bonita suma de luises de oro
Para lograr que trasladase su fábrica a otra parte. En cuanto al arroyo público
que ponía en movimiento el aserradero, el señor de Rénal, valiéndose de su
influencia en París, consiguió desviar su curso. Esta gracia le fue concedida
después de las elecciones de 182...
Le dio a Sorel cuatro fanegas de
tierra por cada una de las que antes tenía, unos quinientos pasos más abajo, a
orillas del Doubs. Y aun cuando la nueva situación fuese mucho más ventajosa
para su comercio de tablas de abeto, el tío Sorel, como le llaman desde que es
rico, tuvo la habilidad de lograr de la impaciencia y de la manía de
propietario que animaba a su vecino, una indemnización de 6.000 francos.
Bien es verdad que aquel trato fue
criticado por las gentes sensatas del lugar. En cierta ocasión -era un domingo
por la mañana, hará unos cuatro años-, el señor de Rénal, al volver de la
iglesia luciendo su traje de alcalde, vio de lejos al viejo Sorel, rodeado de
sus tres hijos, que sonreía al mirarle. Aquella sonrisa le amargó el día por
completo al señor alcalde; piensa desde entonces que hubiera podido arreglar
el trato en condiciones mucho mejores.
En Verriéres, para gozar de la
consideración pública, lo esencial consiste en edificar grandes muros sin
adoptar ninguno de los planos importados de Italia por los maestros de obras
que en primavera atraviesan las gargantas del Jura para llegar a París. Tal
innovación valdría al imprudente constructor una eterna reputación de mala
cabeza, y quedaría desprestigiado para siempre en el concepto de las personas
sensatas y moderadas que administran la consideración en el Franco Condado.
Lo cierto es que estas personas
sensatas ejercen allí el más enojoso despotismo, y a esta odiosa palabra se
debe que la permanencia en las pequeñas ciudades resulte insoportable para
quien haya vivido en esa gran república que se llama París. La tiranía de la
opinión -¡y qué opinión!- es tan estúpida en las pequeñas ciudades francesas
como en los Estados Unidos de América.
Capítulo
2
Un
alcalde
L'importance! Monsieur, n'est-ce
rien?
Le respect des sots, l'ébahissement
des enfants,
l'envie des riches, le mépris du
sage.[3]
BARNAVE
Afortunadamente para la reputación
del señor de Rénal como administrador, el paseo público que bordea la falda de
la colina, a un centenar de pies por encima del curso del Doubs, necesitaba un
inmenso muro de contención. Este paseo debe a su admirable situación uno de
los panoramas más pintorescos de Francia. Pero todos los años, al llegar la
primavera, el agua de las lluvias agrietaba el pavimento y abría surcos que lo
hacían impracticable. Tal inconveniente, reconocido por todos, colocó al señor
de Rénal ante la feliz necesidad de inmortalizar su administración
construyendo un muro de veinte pies de altura y treinta o cuarenta toesas de
longitud.
El parapeto de aquel muro que obligó
al señor de Rénal a hacer tres viajes a París, debido a que el penúltimo
ministro del Interior se había declarado enemigo mortal del paseo de
Verriéres, se eleva actualmente cuatro pies sobre el suelo. Y, como para
desafiar a todos los ministros presentes y pasados, lo están adornando con
magníficas losas de piedra labrada.
¡Cuántas
veces, mientras pensaba en los bailes de París abandonados la víspera, con el
pecho apoyado en aquellos grandes bloques de piedra de un bello color gris
azulado, ha vagado mi mirada por el valle del Doubs! Más allá, en la orilla
izquierda, serpentean cinco o seis valles al fondo de los cuales se distinguen
varios pequeños arroyos. Después de saltar de cascada en cascada, se precipitan
en el Doubs. El sol es muy cálido en aquellas montañas; cuando cae a plomo, el
viajero puede soñar en esta terraza guarecido bajo la sombra de sus magníficos
plátanos. Su rápido crecimiento y la bella tonalidad verde azulada de sus
hojas se debe a la tierra que el señor alcalde ha hecho colocar detrás del
inmenso muro de contención, pues, a pesar de la oposición del Consejo
Municipal, ha ensanchado su paseo en más de seis pies (aunque él sea ultra y yo
liberal, no puedo menos de alabarle por ello), gracias a lo cual, según su
opinión y la del señor Valenod, el afortunado director del asilo de Verriéres,
este mirador puede competir con el de Saint-Germain-en-Laye.
Por mi parte, sólo encuentro una
objeción que hacer al PASEO DE LA FIDELIDAD, nombre oficial que puede leerse en
quince o veinte sitios, grabado en otras tantas lápidas de mármol, que le han
valido una cruz más al señor de Rénal; lo que yo me atrevería a reprochar al
Paseo de la Fidelidad es la forma bárbara con que la autoridad manda podar y
cortar hasta lo vivo sus vigorosos plátanos. Éstos, en vez de parecerse, con
sus copas bajas, redondas y achatadas, a las más vulgares hortalizas, estarían
mucho mejor si se les permitiese adoptar las esbeltas formas que son corrientes
en Inglaterra. Pero la voluntad del señor alcalde es despótica y, dos veces al
año, todos los árboles pertenecientes al Ayuntamiento son mutilados sin
piedad. Los liberales del país pretenden, aunque exageran, que la mano del
jardinero municipal se ha vuelto mucho más severa desde que el vicario Maslon
ha adquirido la costumbre de quedarse con el producto de la poda.
Este joven eclesiástico fue enviado
a Besancon, hace algunos años, para vigilar al padre Chélan y a algunos otros
párrocos de los alrededores. Un viejo cirujano-mayor del ejército de Italia,
retirado en Verriéres, y que en sus buenos tiempos había sido a la vez, según
el señor alcalde, jacobino y bonapartista, se atrevió un día a quejarse ante él
de la mutilación periódica de aquellos hermosos árboles.
-Me gusta la sombra -respondió el
señor de Rénal con el convincente matiz de altivez requerido para hablar con
un médico miembro de la Legión de Honor-, me gusta la sombra, hago podar mis
árboles para que den sombra, y no concibo que un árbol sirva para otra cosa,
sobre todo cuando no es útil como el nogal, es decir, cuando no es rentable.
He aquí las palabras sacramentales
que en Verriéres lo deciden todo: ser rentable. Por sí solas representan el
pensamiento habitual de más de las tres cuartas partes de los habitantes de la
población.
Ser rentable es la razón que lo
decide todo en esta pequeña ciudad que os parecía tan bonita. El forastero que
llega, seducido por la belleza de los frescos y profundos valles que la rodean,
se figura en un principio que sus habitantes son sensibles a lo bello; no hacen
más que hablar de la belleza de su país: no puede negarse que hacen un gran
caso de ella; pero es tan sólo porque atrae a los forasteros cuyo dinero
enriquece a los fondistas, cosa que, gracias al mecanismo del impuesto, es
rentable a la ciudad.
Un hermoso día de otoño, el señor de
Rénal se paseaba por el Paseo de la Fidelidad, del brazo de su esposa. Mientras
escuchaba a su marido, que hablaba en tono grave, la señora de Rénal vigilaba
con inquietud los movimientos de tres niños. El mayor, que podía tener once
años, se acercaba una y otra vez al parapeto con el manifiesto propósito de
subirse a él. Entonces una voz dulce pronunciaba el nombre de Adolphe, y el
niño renunciaba a su atrevido proyecto. La señora de Rénal parecía una mujer de
unos treinta años, pero todavía bastante bonita.
-Podría ser que este buen señor de
París tuviera que arrepentirse de haber venido -decía el señor de Rénal con
aire ofendido y más pálido que de costumbre-. Todavía me quedan algunos amigos
en Palacio...
Pero, aunque quiero hablaros de la
vida de provincias a lo largo de doscientas páginas, no tendré la crueldad de
obligaros a sopor la interminable prolijidad y los prudentes circunloquios
de
un diálogo provinciano.
Aquel buen señor de París, tan
odioso para el alcalde de Verriéres, no era otro que el señor Appert, quien,
dos días antes, había encontrado el medio de introducirse, no sólo en la cárcel
y en el asilo de Verriéres, sino también en el hospital administrado
gratuitamente por el alcalde y los principales propietarios del lugar.
-Pero -decía tímidamente la señora
de Rénal-, ¿qué daño puede hacerle ese señor de París, si usted administra los
bienes de los pobres con la más escrupulosa probidad?
-Sólo viene a repartir censuras y
luego publicará artículos en los periódicos liberales.
-Que usted no lee jamás, amigo mío.
-Pero tales artículos jacobinos se
comentan, y todo esto nos distrae y nos impide hacer el bien.[4] Por mi
parte, nunca se lo perdonaré al párroco.
Capítulo
3
El
dinero de los pobres
Un curé vertueux et sans intrigue est
une
Providence pour le village.[5]
FLEURY
Es preciso advertir que el párroco
de Verriéres, anciano de ochenta años, que debía al aire sano de aquellas
montañas una salud y un carácter de hierro, tenía derecho a visitar a cualquier
hora la cárcel, el hospital e incluso el asilo. El señor Appert, que traía recomendaciones
de París para el cura, eligió las seis de la mañana como la hora más prudente
para llegar a una pequeña ciudad llena de curiosos. Inmeditamente se encaminó
hacia la rectoría.
Después de leer la carta que le
dirigía el marqués de La Mole, par de rancia y el más rico propietario de la
provincia, el padre Chélan se quedó pensativo.
«Soy viejo y querido aquí -se dijo a
media voz-, ¡no se atreverán!» Y volviéndose rápidamente hacia el señor de
París con una mirada en la que, a pesar de la edad, brillaba aquel fuego
sagrado que anuncia el placer de realizar una buena acción un poco peligrosa,
le dijo:
-Venga usted conmigo, caballero, y,
en presencia del carcelero y, sobre todo, de los celadores del asilo, le ruego
que se abstenga de emitir opinión alguna sobre todo lo que vea.
El señor Appert comprendió que se
hallaba ante un hombre de corazón: siguió al venerable sacerdote, visitó la
cárcel, el hospicio, el asilo, formuló muchas preguntas y, a pesar de lo
extraño de algunas respuestas, no se permitió ni una palabra de censura.
La visita duró varias horas. El
párroco invitó a comer al señor Appert, que pretextó tener que escribir algunas
cartas: no quería comprometer más a su generoso acompañante. Hacia las tres,
ambos fueron a completar la inspección del asilo y luego volvieron de nuevo a
la cárcel. Allí, en la puerta, se encontraron con un carcelero, especie de
gigante de seis pies de altura y de piernas arqueadas; su rostro innoble se
había vuelto todavía más repugnante bajo los efectos del terror.
-¡Oh, señor! -le dijo al cura en
cuanto le vio-, ¿este caballero que viene con usted es acaso el señor Appert?
-¡Qué importa quién sea! -dijo el
párroco.
-Es que desde ayer he recibido
órdenes muy concretas del señor prefecto, remitidas por medio de un gendarme
que ha tenido que cabalgar toda la noche a galope tendido, de no permitir que
el señor Appert entre en la cárcel.
-Declaro, señor Noiroud -dijo el
sacerdote-, que este viajero que me acompaña es, en efecto, el señor Appert.
¿No me reconoce usted el derecho que tengo de entrar en la cárcel a cualquier
hora del día o de la noche, acompañado de quien crea conveniente?
-Sí, señor cura -respondió el
carcelero en voz baja, y agachando la cabeza como un perro que obedece a
regañadientes por temor a ser apaleado-. Sin embargo, señor cura, tengo mujer
e hijos, y si alguien me denuncia seré destituido y sólo cuento con mi sueldo
para vivir.
-También yo sentiría perder mi
puesto -repuso el sacerdote con voz cada vez más conmovida.
-¡No hay poca diferencia! -replicó
con viveza el carcelero-; todo el mundo sabe que usted, señor cura, tiene unas
hermosas tierras, ochocientas libras de renta...
Tales eran los hechos que,
comentados y exagerados de veinte maneras distintas, agitaban desde hacía dos
días las más negras pasiones de la pequeña ciudad de Verriéres. En aquel momento
eran el tema de la pequeña discusión que el señor de Rénal sostenía con su
mujer. Por la mañana, acompañado del señor Valenod, director del asilo, había
ido a casa del párroco para manifestarle su más vivo descontento. El padre
Chélan no tenía ningún protector; se dio cuenta de todo el alcance de sus
palabras.
-¡Muy bien, señores! Seré el tercer
párroco de ochenta años a quien los fieles verán destituir en esta localidad.
Hace cincuenta y seis años que estoy aquí; he bautizado a casi todos los
habitantes de la ciudad, que, cuando yo llegué, no era más que una aldea.
Todos los días uno en matrimonio a jóvenes cuyos abuelos casé en otro tiempo.
Verriéres constituye mi familia, pero el miedo a abandonarla no me hará
transigir con mi conciencia ni admitir otra guía en mis actos que no sea ésta.
Cuando vi al señor forastero me dije: «Este hombre, llegado de París, es muy
posible que sea un liberal, pues cada día abundan más; pero, ¿qué daño puede
hacer a nuestros pobres y a nuestros reclusos?».
Los reproches del señor de Rénal, y
sobre todo los del señor Valenod, director del asilo, eran cada vez más vivos:
-¡Pues bien, señores! Hagan ustedes
que se me destituya -exclamó el viejo párroco con voz temblorosa-. No por eso
dejaré de vivir en la región. Todo el mundo sabe que hace cuarenta y ocho años
heredé un campo que me produce ochocientas libras. Con esa renta viviré. Yo no
obtengo ganancias ilícitas con mi puesto, y quizá sea ésta la razón de que no
me asuste la idea de perderlo.
El señor de Rénal vivía en perfecta
armonía con su mujer; pero no sabiendo qué contestar a la pregunta que ella le
repetía tímidamente: «¿Qué daño puede hacer a los presos ese señor de París?»,
estaba a punto de enfadarse seriamente cuando ella lanzó un grito. El segundo
de sus hijos acababa de subirse al parapeto que bordeaba el paseo y corría por
él a pesar de hallarse a más de veinte pies de altura sobre la viña que había
al otro lado. El temor de asustar a su hijo y de que pudiera caerse hizo enmudecer
a la señora de Rénal, quien no pudo decirle ni una sola palabra. Por fin el
niño, que se reía de su proeza, al ver la palidez de su madre, saltó al paseo y
corrió hacia ella. Le dieron una
buena
reprimenda.
Este pequeño incidente cambió el
curso de la conversación.
-Estoy absolutamente decidido a
traerme a casa a Sorel, el hijo del aserrador -dijo el señor de Renal-;
vigilará a los niños, que ya empiezan a ser demasiado traviesos para nosotros.
Es un joven clérigo, o poco le falta; buen latinista, hará progresar a los
niños, pues tiene un carácter enérgico, según dice el señor cura. Le daré
trescientos francos y la manutención. Tenía mis dudas acerca de su moralidad,
porque era el niño mimado de aquel viejo cirujano miembro de la Legión de
Honor, que, bajo el pretexto de que era primo suyo, fue a hospedarse a casa de
los Sorel. Aquel hombre podía muy bien ser un agente secreto de los liberales;
decía que el aire de nuestras montañas le sentaba muy bien para el asma que
padecía; pero esto todavía está por demostrar. Había hecho todas las campañas
de Buonaparté en Italia y se dice incluso que en aquel entonces dio su voto en
contra del Imperio. Ese liberal le enseñó el latín al hijo de Sorel y luego le
dejó todos los libros que trajo consigo. Por esto nunca se me hubiera ocurrido
encomendar la educación de mis hijos al hijo del carpintero; pero el párroco me
dijo, precisamente la víspera del día en que tuvimos la discusión que nos ha
enemistado para siempre, que ese Sorel estudia teología desde hace tres años, con
el propósito de entrar en el seminario; por lo tanto no es liberal, y es
latinista.
»Este arreglo nos conviene por más
de un concepto -continuó el señor de Renal, mirando a su mujer con aire
diplomático-; el Valenod está muy orgulloso de los dos caballos normandos que
acaba de comprar para su coche, pero sus hijos no tienen preceptor.
-Podría muy bien quitarnos éste.
-¿Entonces apruebas mi proyecto?
-dijo el señor de Rénal, agradeciendo a su mujer con una sonrisa la excelente
idea que había tenido-. Siendo así, es cosa hecha.
-¡Por Dios!, amigo mío, ¡qué pronto
te decides!
-Es que soy un hombre de carácter, y
el párroco ha tenido ocasión de comprobarlo. Para qué nos vamos a engañar, estamos
rodeados de liberales. Todos estos comerciantes de tejidos me tienen envidia,
estoy seguro, algunos se están haciendo ricos, y quiero que vean pasar a los
hijos del señor de Renal cuando vayan de paseo, acompañados de su preceptor.
Esto les enseñará a respetar. Mi abuelo solía contarnos que en su juventud
había tenido un preceptor. La cosa podrá costarme cien escudos, pero hay que
considerarlo como un gasto necesario para sostener nuestro rango.
Aquella resolución tan repentina
dejó muy pensativa a la señora de Renal. Era ésta una mujer alta, bien
formada, que había sido la belleza de la comarca, como suele decirse en
aquellas montañas. Tenía cierto aire sencillo y juvenil en el porte; a los ojos
de un parisiense, aquella gracia natural, llena de vivacidad e inocencia, podía
incluso ser un incentivo para la más dulce voluptuosidad. Si la señora de
Rénal se hubiera percatado de este tipo de éxito, se habría avergonzado de
poder despertar tal sentimiento. Su corazón era incapaz de albergar coquetería
o afectación. El señor Valenod, el rico director del asilo, pasaba por haberle
hecho la corte sin el menor éxito, cosa que dio un brillo extraordinario a su
virtud, pues el tal Valenod, joven alto y corpulento, de rostro colorado y
grandes patillas negras, era uno de aquellos seres groseros, desvergonzados y
alborotadores que en provincias se suelen llamar hombres guapos.
La señora de Renal, muy tímida y de
un carácter, en apariencia, muy cambiante, no podía soportar el movimiento
constante y las voces estentóreas del señor Valenod. Su alejamiento de lo que
en Verriéres se llaman diversiones le valió la reputación de ser muy orgullosa
a causa de su noble cuna. Nada más lejos de su ánimo; pero no por ello vio con
poca satisfacción que las gentes frecuentaran con menor asiduidad su casa. No
negaremos que pasaba por tonta entre las señoras de la ciudad, porque, sin ninguna
habilidad con su marido, desaprovechaba cuantas ocasiones se le ofrecían de
hacer que trajese hermosos sombreros de París o de Besancon. Con tal de que la
dejaran pasearse sola por su hermoso jardín, no se quejaba de nada.
Era un alma sencilla, que nunca se
había permitido a sí misma juzgar a su marido y confesarse que la aburría.
Suponía, sin decírselo a sí misma, que entre marido y mujer no podían existir
relaciones más dulces. Amaba al señor de Renal sobre todo cuando éste le
hablaba de sus proyectos sobre sus hijos, al primero de los cuales destinaba a
las armas, el segundo a la magistratura, y el tercero a la Iglesia. En
resumen, encontraba al señor de Renal mucho menos fastidioso que a los demás
hombres que conocía.
Este juicio conyugal era razonable.
El alcalde de Verriéres debía una reputación de talento y buen tono a media
docena de anécdotas que había heredado de un tío suyo. El viejo capitán Renal
sirvió, antes de la Revolución, en el regimiento de Infantería del duque de
Orleans, y cuando iba a París era recibido en los salones del príncipe. Allí
había visto a Mme. de Montesson, a la famosa Mme. de Genlis, a M. Ducrest,
creador del Palais Royal. Estos personajes figuraban con reiterada frecuencia
en las anécdotas del señor de Renal. Pero, poco a poco, el recuerdo de cosas
tan delicadas de contar se le había hecho cada vez más difícil, y, desde hacía
algún tiempo, sólo en las grandes solemnidades repetía sus anécdotas relativas
a la casa de Orleans. Como además era muy cortés, excepto cuando se hablaba de
dinero, pasaba, con razón, por ser el personaje más aristocrático de Verriéres.
Capítulo
4
Un
padre y un hijo
E sará mia colpa se cosí é?[6]
MAQUIAVELO
«¡Realmente, mi mujer tiene mucho
talento! -se decía al día siguiente, a las seis de la mañana, el alcalde de
Verriéres, mientras dirigía sus pasos al aserradero del tío Sorel-. Aunque no
se lo haya dicho, para conservar la superioridad debida, el caso es que no se
me había ocurrido que si no tomo a mi servicio a este curita Sorel, que según
dicen sabe el latín como los propios ángeles, el director del asilo, esa alma
inquieta, pudiera muy bien tener la misma idea que yo y quitármelo. ¡Y con qué
tono de suficiencia hablaría del preceptor de sus hijos!... Este preceptor,
cuando esté en mi casa, ¿llevará sotana?»
El señor de Rénal caminaba absorto
por esta duda cuando vio a lo lejos a un campesino de seis pies de estatura,
que, ya al romper el día, parecía muy ocupado en medir unos grandes maderos
colocados a lo largo del Doubs, en el camino de sirga. El campesino no mostró
una satisfacción excesiva ante la aparición del señor alcalde, pues los trozos
de madera obstruían el camino y estaban allí contraviniendo las ordenanzas.
El tío Sorel, pues de él se trataba,
quedó muy sorprendido y aún más satisfecho ante la singular proposición que le
hizo el señor de Rénal respecto a su hijo Julien. A pesar de todo, no por ello
dejó de escucharle con aquel aire de malhumorada tristeza y aparente desinterés
de que sabe revestirse la astucia de los habitantes de aquellas montañas.
Esclavos del tiempo de la dominación española, conservan todavía ese rasgo de
la fisonomía del fellah de Egipto.
La respuesta de Sorel no fue en un
primer momento más que una larga retahíla de fórmulas de respeto que se sabía
de memoria. Mientras repetía estas palabras vanas, con una sonrisa forzada que
hacía resaltar más el aire de falsedad y de bellaquería propio de su cara, el
espíritu activo del campesino trataba de adivinar la razón que podía impulsar a
un personaje tan importante a llevarse a su casa al inútil de su hijo. Estaba
muy descontento de Julien, y precisamente por éste venían a ofrecerle el
inesperado salario de trescientos francos al año, incluida la manutención y
hasta la ropa. Esta última pretensión que el tío Sorel tuvo el acierto de
aventurar súbitamente, le fue concedida en el acto por el señor de Renal.
Tal petición chocó mucho al alcalde.
«Puesto que Sorel no se muestra encantado y satisfecho de mi proposición, como
naturalmente debiera estarlo, es evidente -se dijo- que le han hecho ofertas
por otro lado, y no pueden venir de nadie más que de Valenod.» En vano
insistió el señor de Rénal para dejar ultimado el trato: la astucia del viejo
campesino se negó a ello obstinadamente; quería -según dijo- consultar a su
hijo, como si en provincias un padre rico consultase a un hijo que no tiene
nada, a no ser por pura fórmula.
Un aserradero hidráulico se compone
de un cobertizo al borde de un arroyo. El tejado se sostiene sobre un armazón
que descansa sobre cuatro grandes pilares de madera. A ocho o diez pies de
altura, en medio del cobertizo, se ve una sierra que sube y baja, mientras que
un sencillo mecanismo empuja un tronco hacia ella. Una rueda, movida por el
agua del arroyo, pone en marcha este doble mecanismo, el de la sierra que sube
y baja y el que empuja suavemente el tronco hacia la sierra, que lo corta en
tablones.
Al llegar a su fábrica, el tío Sorel
llamó a su hijo Julien con voz estentórea; nadie respondió. Sólo vio a sus
hijos mayores, especie de gigantes que, armados de pesadas hachas, desbastaban
los troncos de abeto para llevarlos a la sierra. Ocupados en seguir exactamente
la línea negra trazada sobre la madera, a cada hachazo desgajaban enormes
virutas. No oyeron la voz de su padre. Éste se dirigió al cobertizo y en vano
buscó a Julien en el sitio que le correspondía, junto a la sierra. Lo vio,
cinco o seis pies más arriba, a caballo en una de las vigas de la techumbre.
En vez de vigilar atentamente la
marcha de todo el mecanismo, estaba leyendo. No existía nada que el viejo Sorel
aborreciera más; acaso hubiera perdonado a Julien su complexión esbelta, poco a
propósito para trabajos rudos y tan distinta de la de sus hermanos; pero
aquella manía de la lectura le era odiosa, él no sabía leer.
Inútilmente llamó a Julien dos o
tres veces. La atención que el joven prestaba a su libro, mucho más que el
ruido de la sierra, le impedía oír la voz tonante de su padre. Por fin, a
pesar de su edad, éste saltó ágilmente sobre el tronco que estaba serrando la
máquina, y de allí a la viga transversal que sostenía el tejado. Un golpe
violento hizo volar al arroyo el libro que Julien tenía en la mano; un segundo
golpe en la cabeza, tan violento como el primero, dado con la palma de la mano,
le hizo perder el equilibrio. Iba a caer diez o quince pies más abajo, entre
las palancas de la máquina en pleno funcionamiento, que le hubieran hecho
pedazos, cuando su padre le sostuvo con la mano izquierda.
-¡Holgazán! ¿Hasta cuándo piensas
leer tus malditos libros mientras estás de guardia en la sierra? Léelos, si te
place, por la noche, cuando vas a perder el tiempo a casa del cura.
Julien, aunque aturdido por la
fuerza del golpe, y sangrando, se acercó a su puesto oficial, junto a la
sierra. Tenía los ojos llenos de lágrimas, no tanto por el dolor físico como
por la pérdida de aquel libro que adoraba.
-Baja, animal, que tengo que
hablarte.
El ruido de la máquina impidió una
vez más a Julien oír esta orden. Su padre, que ya estaba abajo y que no quería
molestarse en subir otra vez, fue a buscar una larga vara que usaba para
apalear los nogales y le dio un golpe con ella en el hombro.
Apenas estuvo Julien en el suelo, el
viejo Sorel, empujándole con rudeza, le hizo pasar delante y le llevó a
empellones hasta la casa. «¡Dios sabe lo que va a hacer conmigo!», pensaba el
pobre muchacho. Al pasar, miró tristemente hacia el arroyo, donde había caído
su libro; era su predilecto: el Memorial de Santa Elena.
Iba sofocado, con las mejillas
encendidas y los ojos bajos. Era un muchacho de dieciocho a diecinueve años,
débil en apariencia, de rasgos irregulares pero delicados, y nariz aguileña.
Sus grandes ojos negros, que cuando estaban tranquilos denotaban reflexión y
fogosidad, tenían ahora una expresión de odio feroz. Sus cabellos castaño
oscuro, que le nacían muy abajo, dejaban al descubierto una frente muy estrecha
y, en los momentos de cólera, le daban un cierto aire de maldad. Entre las
innumerables variedades de la fisonomía humana, quizá no haya otra que tenga
una singularidad más impresionante. Su figura esbelta y bien porporcionada
denotaba más agilidad que vigor. Desde sus primeros años, su extremada palidez
y su aire profundamente ensimismado hicieron creer a su padre que no viviría
mucho, y que, si salía adelante, no iba a ser más que una carga para los suyos.
Víctima, en su casa, del desprecio de todos, odiaba a su padre y a sus
hermanos; en los juegos domingueros de la plaza pública, siempre era vencido.
Hacía escasamente un año que su
hermoso rostro había empezado a conquistarle ciertas simpatías entre las
muchachas. Despreciado de todos como un ser débil, Julien adoró al viejo cirujano
que un día tuvo el valor de recriminar al alcalde por su manera de podar los
plátanos.
Este cirujano pagaba algunas veces a
Sorel el jornal de su hijo y le enseñaba latín e historia, es decir, la
historia que él sabía, la campaña de 1796 en Italia. Al morir le legó su cruz
de la Legión de Honor, los atrasos de su media paga y treinta o cuarenta
volúmenes, el más precioso de los cuales acababa de sumergirse en el arroyo
público que un día desviara de su curso la influencia del señor alcalde.
Apenas entró en la casa, Julien
sintió caer sobre su hombro la pesada mano de su padre; temblaba, esperaba
recibir unos cuantos golpes.
-Dime la verdad -le gritó al oído la
voz dura del viejo campesino, mientras con la mano le obligaba a volverse
hacia él con la misma facilidad con que un niño hace dar la vuelta entre sus dedos
a un soldado de plomo. Los grandes ojos negros, llenos de lágrimas, de Julien
se encontraron frente a los ojillos grises y aviesos del viejo carpintero, que
parecía querer leer hasta el fondo de su alma.
Capítulo
5
Una
negociación
Cunctando restituit rem.[7]
ENNIO
-Contéstame, si puedes, perro
inútil; ¿de qué conoces tú a la señora de Rénal? ¿Cuándo le has hablado?
-No le he hablado jamás -respondió
Julien-, ni he visto a esta señora más que en la iglesia.
-Pero la habrás mirado, ¡maldito
sinvergüenza!
-¡Jamás! Bien sabe usted que en la
iglesia sólo miro a Dios -agregó Julien con cierto aire hipócrita, muy propio,
según él, para evitar nuevos golpes.
-Sin embargo, me ocultas algo
-replicó el campesino, receloso, y se calló un momento-; pero de ti no sacaré
nada en claro, maldito hipócrita. Después de todo, voy a librarme de ti, y con
esto saldrá ganando el aserradero. Has conquistado al señor cura o a cualquier
otro, que te ha procurado un buen puesto. Prepara tus cosas y te llevaré a
casa del señor Rénal para que seas el preceptor de sus hijos.
-¿Y qué ganaré por ello?
-Manutención, vestido y un salario
de trescientos francos.
-No quiero ser criado.
-Animal, ¿quién te habla de ser
criado? ¿Crees tú que yo consentiría que mi hijo fuera criado?
-Pero, ¿con quién comeré?
Esta pregunta desconcertó al viejo
Sorel, quien comprendió que si seguía hablando cometería alguna imprudencia; se
enfureció contra Julien, le llenó de improperios reprochándole su glotonería y
le dejó para consultar con sus demás hijos.
Julien les vio poco después,
apoyados en sus correspondientes hachas y celebrando consejo. Después de
haberles contemplado largo rato, viendo Julien que no podía averiguar nada,
fue a colocarse al otro lado del aserradero para que no le sorprendieran.
Quería reflexionar detenidamente sobre aquella noticia inesperada que cambiaba
su suerte, pero se sintió incapaz de ser prudente; su imaginación estaba
ocupada por entero en figurarse lo que vería en la hermosa casa del señor de
Renal.
«Hay que renunciar a todo esto -se
dijo- antes que rebajarse a comer con los criados. Mi padre querrá obligarme a
aceptar; pero antes la muerte. Tengo quince francos y cuarenta céntimos de
economías, me escapo esta noche; en dos días, yendo por atajos donde no corro
el peligro de encontrar ningún gendarme, estaré en Besancon; allí me alisto
como soldado y, si es preciso, me voy a Suiza. Pero entonces ya no habrá para
mí ambiciones ni éxitos, ni esa hermosa carrera eclesiástica que lleva a todas
partes.»
Este horror a comer con los criados
no era natural en Julien; hubiera hecho, por alcanzar la fortuna, cosas mucho
más humillantes. Tal repugnancia procedía de las Confesiones de Rousseau.
Éste era el único libro a través del cual su imaginación era capaz de concebir
el mundo. Junto con la colección de boletines de La Grande Armée y el Memorial
de Santa Elena, constituían su Corán. Se habría dejado matar por estas tres
obras. Nunca creyó en otras. Según una frase del viejo cirujano mayor,
consideraba todos los demás libros del mundo como una sarta de mentiras escritas
por unos cuantos pícaros para su exclusivo provecho.
Dotado de un alma de fuego, Julien
poseía una de esas memorias prodigiosas que tantas veces son patrimonio de los
necios. Para conquistar al viejo padre Chélan, del cual sabía que dependía su
porvenir, se aprendió de memoria el Nuevo Testamento en latín; también se
sabía el libro del Papa, de M. de Maistre, y creía tan poco en el uno como en
el otro.
Como por mutuo acuerdo, Sorel y su
hijo rehuyeron hablarse durante todo el día. Al caer la tarde, Julien fue a
recibir su lección de teología a casa del cura, pero no creyó prudente hablarle
de la extraña proposición que le habían hecho a su padre.
«Puede
ser una trampa -se dijo- y hay que hacer como que no me acuerdo de ello.»
Al día siguiente, muy temprano, el
señor de Rénal mandó llamar al viejo Sorel, quien, después de haberse hecho
esperar una o dos horas, se presentó al fin haciendo mil reverencias y mascullando
otras tantas excusas. A fuerza de oponer toda suerte de objeciones, Sorel
comprendió que su hijo comería con los dueños de la casa, y, los días en que
hubiera invitados, en un cuarto aparte con los niños. Cada vez más dispuesto a
suscitar nuevos inconvenientes a medida que descubría un mayor interés en el
señor alcalde y, por otra parte, lleno de desconfianza y de extrañeza, Sorel
pidió que le enseñaran la habitación que había de ocupar su hijo. Era una
habitación espaciosa, perfectamente amueblada, pero en la que estaban colocando
ya las camas de los tres niños.
Esta circunstancia fue un rayo de
luz para el viejo campesino; inmediatamente, y seguro ya de sí mismo, quiso
ver el traje que darían a su hijo. El señor de Rénal abrió un cajón de su escritorio
y sacó cien francos.
-Con este dinero, su hijo se
presentará en casa del señor Durand, de la tienda de paños, y se hará cortar un
traje negro completo.
-Y aun cuando yo le saque de su casa
-dijo el campesino, que había olvidado pronto sus modales respetuosos-, ¿podrá
quedarse con ese traje negro?
-Naturalmente.
-Bien -dijo Sorel con reposado
acento-, entonces no nos queda más que ponernos de acuerdo respecto a una
cosa, el dinero que le va usted a dar.
-¡Cómo! -exclamó el señor de Rénal,
indignado-, ¡pero si
ayer
ya quedamos de acuerdo! Le daré trescientos francos; creo que es bastante, y
quizá demasiado.
-Ésta era su oferta, no lo niego
-dijo el viejo Sorel, todavía con mayor sosiego; y en un rasgo de astucia que
no sorprenderá a quienes conozcan a los campesinos del Franco Condado, añadió,
~ando fijamente al señor de Rénal-: Pero hay quien da más.
A estas palabras el rostro del
alcalde se demudó. Logró rehacerse, sin embargo, y, después de una sabia
conversación de más de dos horas, en la que no se pronunció ni una sola palabra
al azar, la astucia del campesino salió vencedora sobre la astucia del hombre
rico que no la necesita para vivir. Se puntualizaron todos los numerosos
detalles que habían de regular la nueva existencia de Julien, y no sólo se
fijaron sus honorarios en cuatrocientos francos, sino que se estipuló que
habrían de pagársele por adelantado el primero de cada mes.
-Está bien -dijo el señor de Renal-;
le abonaré treinta y cinco francos.
-Para redondear la cuenta -repuso el
campesino con untuoso acento-, un caballero rico y generoso como el señor
alcalde ya llegará hasta los treinta y seis francos.
-Sea -dijo el señor de Renal-, pero
acabemos de una vez.
Había llegado a un punto en que la
cólera daba a sus palabras un acento de firmeza. El campesino se dio cuenta de
que no debía ir más lejos. Entonces el señor de Renal se creció a su vez.
Negóse en redondo a entregar al viejo Sorel la primera mensualidad de treinta
y seis francos, que éste tenía mucho empeño en cobrar en nombre de su hijo.
Luego pensó que no tendría más remedio que contar a su mujer el papel que había
hecho en aquella negociación.
-Devuélvame usted los cien francos
que le he dado -dijo con mal humor-. El señor Durand tiene una deuda conmigo.
Iré a su casa, con su hijo, para comprar el corte de paño negro.
Ante estas muestras de energía,
Sorel volvió a adoptar prudentemente sus fórmulas respetuosas; duraron cerca
de un cuarto de hora. Por último, viendo que decididamente no podía sacar más
partido, se retiró. Su última reverencia acabó con estas palabras:
-Voy a enviar mi hijo al castillo.
De este modo llamaban las gentes del
lugar a la casa del alcalde cuando querían halagarle.
De vuelta a su fábrica, en vano
buscó Sorel a su hijo. Desconfiando de lo que pudiera ocurrir, Julien había
salido en plena noche. Quería poner a salvo su cruz de la Legión de Honor y sus
libros. Lo había llevado todo a casa de un amigo suyo, un joven tratante en
maderas, llamado Fouqué, que habitaba en la alta montaña que domina Verriéres.
A su regreso, le dijo su padre:
-¡Sabe Dios, maldito holgazán, si
algún día tendrás la honradez de pagarme lo que he gastado en alimentarte
durante tantos años! Coge tus trapos y vete a casa del señor alcalde.
Julien, asombrado de no recibir
ningún golpe, se apresuró a marcharse. Pero apenas perdió de vista a su padre,
acortó el paso. Juzgó que sería útil a su hipocresía hacer un alto en la
iglesia.
¿Os sorprende esa frase? Antes de
llegar a esta horrible palabra, el alma del joven campesino había tenido que
andar mucho camino.
Siendo muy niño, la presencia de los
dragones del sexto regimiento, con sus largas capas blancas y sus cascos
adornados de crines negras, que volvían de Italia y cuyos caballos veía atar Julien
a las rejas de la ventana de su casa, le había despertado un loco entusiasmo
por la carrera militar. Más tarde, escuchaba con deleite los relatos que el
cirujano mayor hacía de las batallas del puente de Lodi, de Arcole o de
Rívoli. Observaba las miradas ardientes que el viejo dirigía a su cruz.
Pero cuando Julien tenía catorce
años, se empezó a construir en Verriéres una iglesia que bien puede calificarse
de magnífica para una ciudad tan pequeña.
Había en ella, sobre todo, cuatro
columnas de mármol que llamaban la atención de Julien. Estas columnas se
hicieron célebres en la comarca por haber suscitado un odio mortal entre el
juez de paz y el joven vicario llegado de Besanyon y que pasaba por ser espía
de la congregación. El juez de paz estuvo a punto de perder su puesto, por lo
menos ésta era la opinión más generalizada. ¿Acaso no había tenido la osadía
de discutir con un cura que iba a Besancon dos veces al mes y que, según se
decía, era recibido por el señor obispo?
En tales circunstancias, el juez de
paz, padre de una numerosa familia, dictó varias sentencias que parecieron
injustas, todas ellas contra individuos que leían El Constitucional. El buen
partido triunfó. Bien es cierto que sólo se trataba de pequeñas multas de
cuatro o cinco francos, pero una de ellas tuvo que pagarla un fabricante de
clavos, padrino de Julien. En medio de su cólera, el buen hombre exclamaba:
«¡Cómo cambian los tiempos! ¡Y pensar que durante más de veinte años este juez
de paz ha tenido fama de ser un hombre honrado!». El cirujano mayor, amigo de
Julien, había muerto.
Repentinamente, Julien dejó de
hablar de Napoleón; anunció su propósito de ser sacerdote, y se le podía ver a
todas horas en el aserradero de su padre, ocupado en aprenderse de memoria una
Biblia en latín que el cura le había prestado. Este buen anciano, maravillado
de sus progresos, pasaba veladas enteras enseñándole teología. Ante él Julien
alardeaba de sentimientos piadosos. ¿Quién hubiera podido adivinar que aquel
semblante de niña, tan pálido y tan dulce, ocultaba la resolución irrevocable
de sufrir mil veces la muerte antes que resignarse a no hacer fortuna?
Para Julien, hacer fortuna era, en
primer lugar, salir de Verriéres; aborrecía su patria. Todo lo que veía en
torno suyo helaba su imaginación.
Desde muy niño, había tenido
momentos de exaltación. Entonces soñaba con delicia que algún día sería
presentado a las grandes damas de París; sabría llamar su atención por algún
acto notable. ¿Y por qué no habría de ser amado por alguna de ellas, como lo
fue Napoleón, pobre aún, por Josefina de Beauharnais? Desde hacía muchos años
Julien no dejaba pasar ni un solo día sin repetirse a sí mismo que Napoleón,
teniente oscuro y sin fortuna, se había hecho dueño del mundo con su espada.
Este pensamiento le consolaba de sus desgracias, que le parecían muy grandes, y
aumentaba su alegría cuando la sentía.
De pronto, la construcción de la
iglesia y las sentencias del juez de paz le abrieron los ojos; se le ocurrió
una idea que durante algunas semanas le tuvo como loco y se adueñó finalmente
de él con toda la fuerza de que es capaz un alma apasionada que cree haber
descubierto algo por vez primera.
«Cuando Bonaparte empezó a figurar,
Francia temía una invasión; el mérito militar era necesario y estaba de moda.
Hoy, en cambio, hay curas de cuarenta años que ganan cien mil francos al año,
es decir, tres veces más que los famosos generales de Napoleón. Necesitan
gente que les secunde. No hay más que ver a este juez de paz, un hombre ya
viejo que hasta ahora había sido tan recto y que acepta su propia deshonra por
miedo a incurrir en las iras de un joven vicario de treinta años. Hay que ser
sacerdote.»
En cierta ocasión, cuando Julien,
sumido de lleno en aquella piedad tan reciente, llevaba dos años estudiando
teología, le traicionó, sin embargo, una explosión repentina del fuego que
devoraba su alma. En casa del padre Chélan, durante una comida de sacerdotes
en la que el buen párroco le había presentado como un prodigio de erudición, se
le ocurrió hacer un elogio entusiasta de Napoleón. Se vendó el brazo derecho
contra el pecho, pretendiendo habérselo dislocado al mover un tronco de abeto,
y lo llevó durante dos meses en esta posición incómoda. Después de este castigo
corporal, se perdonó a sí mismo. Éste era el joven de diecinueve años a quien
por su débil aspecto apenas se le hubieran atribuido diecisiete, que, con un
paquete bajo el brazo, entraba en la magnífica iglesia de Verriéres.
La encontró sombría y solitaria. Con
motivo de una fiesta todas las ventanas del edificio habían sido recubiertas de
colgaduras de paño carmesí. Al reflejarse en ellas los rayos del sol, producían
un efecto de luz deslumbrador y una impresión imponente y profundamente
religiosa. Julien se estremeció. Solo en la iglesia, fue a colocarse en el
banco que le pareció mejor. Tenía grabadas las armas del señor de Rénal.
En el reclinatorio vio Julien un
trozo de papel impreso, puesto allí como a propósito para ser leído. Puso los
ojos en él y leyó:
Detalles de la ejecución y últimos
momentos de Louis Jenrel, ejecutado en Besanpon el...
El papel estaba roto. En el reverso
se podían leer las primeras palabras de una línea: El primer paso.
«¿Quién habrá dejado aquí este
papel? -pensó Julien-. Pobre desgraciado -murmuró con un suspiro-, su nombre
termina como el mío...» Y arrugó el papel.
Al salir, Julien creyó ver sangre
cerca de la pila del agua bendita, había muchas gotas de agua en el suelo: el
reflejo de los cortinajes rojos que cubrían las ventanas hacía que pareciesen
sangre.
Julien acabó por avergonzarse de su
secreto terror.
«¡Seré cobarde! -pensó-, ¡a las
armas!»
Esta frase, tantas veces repetida en
los relatos de batallas del viejo cirujano militar, era heroica para Julien. Se
levantó y marchó con paso rápido y firme a casa del señor de Rénal.
A pesar de su decidida resolución,
cuando la vio a veinte pasos de él, sintió que le invadía una invencible
timidez. La verja de hierro estaba abierta, le pareció magnífica, había que
entrar.
Julien no era la única persona que
se sentía turbada por su llegada a aquella casa. La extremada timidez de la
señora de Rénal estaba desconcertada ante la idea de que un extraño, por razón
de sus funciones, iba a estar constantemente entre ella y sus hijos. Tenía la
costumbre de que los niños durmieran en su cuarto. Aquella misma mañana, al ver
trasladar sus camitas a la habitación del preceptor, había derramado abundantes
lágrimas. En vano rogó a su marido que dejase con ella al más pequeño,
Stanislas-Xavier.
La delicadeza femenina era
exageradísima en la señora de Rénal. Se imaginaba un ser desagradable, grosero
y mal peinado, encargado de reñir a sus hijos por el solo hecho de saber latín,
un lenguaje bárbaro, por culpa del cual azotarían a sus hijos.
Capítulo
6
El
aburrimiento
Non so piú cosa son, Cosa facio.[8]
MOZART
Con la gracia y vivacidad en ella
naturales cuando se hallaba lejos de las miradas de los hombres, la señora de
Rénal salía por la puerta del salón que daba al jardín, cuando vio junto a la
puerta principal a un joven campesino, casi un niño todavía y extremadamente
pálido, que acababa de llorar. Llevaba una camisa muy blanca y, bajo el brazo,
una chaqueta muy limpia de ratina morada.
La tez de aquel joven campesino era
tan blanca, sus ojos tan dulces, que la imaginación un tanto novelesca de la
señora de Rénal pensó por un momento que pudiera ser una muchacha disfrazada
que acudía a pedir algún favor al señor alcalde. Aquella pobre criatura,
detenida ante la puerta principal, y que, por las trazas, no se atrevía ni a
tocar la campanilla, le dio lástima. La señora de Rénal se acercó, olvidando
por un momento la amargura que sentía por la llegada del preceptor. Julien,
vuelto hacia la puerta, no la vio avanzar. Se estremeció al oír una voz dulce
que le preguntaba al oído:
-¿Qué busca usted aquí, hijo mío?
Julien se volvió con presteza e,
impresionado por la mirada llena de gracia de la señora de Rénal, perdió parte
de su timidez. Muy pronto, asombrado de su belleza, olvidó incluso. lo que iba
a hacer allí. La señora de Rénal repitió su pregunta.
-Vengo para ser preceptor, señora
elijo Julien, avergonzado de sus lágrimas, que procuraba ocultar.
La
señora de Renal quedó desconcertada; estaban los dos muy cerca y se miraban.
Julien nunca había visto una persona tan bien vestida y, sobre todo, una mujer
con una tez tan deslumbradora que le hablara con tanta dulzura. La señora de
Renal contemplaba las gruesas lágrimas que se secaban en las mejillas, tan
pálidas antes y ahora tan rosadas, del joven campesino. De pronto se echó a
reír con la loca alegría de una chiquilla; se burlaba de sí misma y no podía
dar crédito a toda su dicha. ¡Cómo! ¿Aquél era el preceptor que ella se había
imaginado como un cura sucio y mal vestido que vendría a reñir y a pegar a
sus hijos?
-¿Pero cómo, señor -le dijo al
cabo-, sabe usted latín?
La palabra señor sorprendió tanto a
Julien, que reflexionó un instante.
-Sí, señora -dijo tímidamente.
La señora de Renal estaba tan
contenta, que se atrevió a decir a Julien:
-¿No reñirá usted demasiado a esos
pobres niños?
-¿Reñirles yo? -replicó Julien,
asombrado-. ¿Y por qué?
-¿Verdad, señor -añadió ella después
de un momento de silencio, con voz cada vez más emocionada-, que será usted
bueno con ellos?, ¿me lo promete usted?
Oírse llamar señor otra vez, tan
formalmente y por una dama tan bien vestida, era algo que superaba las
previsiones de Julien: en todos sus sueños y fantasías juveniles había creído
siempre que una dama elegante jamás se dignaría dirigirle la palabra hasta que
llevara un hermoso uniforme. La señora de Renal, por su parte, estaba
completamente confundida por la finura del cutis, los grandes ojos negros de
Julien y sus hermosos cabellos, más rizados que de ordinario, pues, para
refrescarse, había chapuzado la cabeza en el pilón de la fuente pública. Con
gran satisfacción por su parte, se encontraba con que aquel fatal preceptor,
cuya dureza y hosquedad tanto había temido por sus hijos, tenía el aire tímido
de una muchacha. Para el alma tan apacible de la señora de Renal, el contraste
entre sus temores y la realidad fue un gran acontecimiento. Por fin volvió en
sí de su asombro. Se dio cuenta con extrañeza de que se encontraba en la puerta
de su casa con aquel joven casi en camisa y muy cerca de él.
-Entremos, señor -le dijo un tanto
azorada.
En toda su vida una sensación
puramente agradable la había emocionado tan profundamente; jamás una aparición
tan graciosa había disipado temores más inquietantes. Así, sus hijos, tan
mimados por ella, no caerían en manos de un cura sucio y gruñón. Apenas
entraron en el vestíbulo, se volvió hacia Julien, que la seguía tímidamente. Su
aire de asombro al contemplar una casa tan hermosa era un encanto más para la
señora de Rénal. No podía dar crédito a sus ojos; le parecía sobre todo que el
preceptor tenía que ir vestido de negro.
-¿Pero es cierto, señor -le dijo,
deteniéndose nuevamente, aterrada por la idea de que pudiese haber un error en
un hecho que la hacía tan feliz-, que sabe usted latín?
Estas palabras hirieron el orgullo
de Julien y disiparon el encantamiento en que vivía desde hacía un cuarto de
hora.
-Sí, señora -respondió, tratando de
adoptar un aire frío-, sé el latín tan bien como el señor cura, e incluso a
veces tiene la bondad de decir que lo sé mejor que él.
La señora de Rénal encontró que
Julien, que se había detenido a dos pasos de ella, parecía tener muy mal
genio. Acercándose a él, le dijo a media voz:
-Los primeros días no pegará usted a
mis hijos aun cuando no sepan la lección, ¿verdad?
El tono dulce y casi suplicante de
aquella dama tan hermosa hizo olvidar repentinamente a Julien lo que debía a su
reputación de latinista. La cara de la señora de Rénal estaba junto a la suya,
notó el perfume del traje de verano de una mujer, cosa completamente insólita
para un pobre campesino. Julien se ruborizó intensamente y dijo con un suspiro
y una voz desfallecida:
-No tema usted nada, señora, la
obedeceré en todo.
Sólo al llegar a este punto, al
disiparse por completo la inquietud que sintiera por sus hijos, se dio cuenta
la señora de Rénal de la extremada belleza de Julien. Sus rasgos, casi
femeninos, y su aire de turbación no parecieron ridículos a una mujer que era
La señora de Rénal quedó desconcertada; estaban los dos muy cerca y se miraban.
Julien nunca había visto una persona tan bien vestida y, sobre todo, una mujer
con una tez tan deslumbradora que le hablara con tanta dulzura. La señora de
Rénal contemplaba las gruesas lágrimas que se secaban en las mejillas, tan pálidas
antes y ahora tan rosadas, del joven campesino. De pronto se echó a reír con
la loca alegría de una chiquilla; se burlaba de sí misma y no podía dar
crédito a toda su dicha. ¡Cómo! ¿Aquél era el preceptor que ella se había
imagina do como un cura sucio y mal vestido que vendría a reñir y a pegar a
sus hijos?
-¿Pero
cómo, señor -le dijo al cabo-, sabe usted latín?
La
palabra señor sorprendió tanto a Julien, que reflexionó un instante.
-Sí,
señora -dijo tímidamente.
La
señora de Rénal estaba tan contenta, que se atrevió a decir a Julien:
-¿No
reñirá usted demasiado a esos pobres niños?
-¿Reñirles
yo? -replicó Julien, asombrado-. ¿Y por qué?
-¿Verdad,
señor -añadió ella después de un momento de silencio, con voz cada vez más
emocionada-, que será usted bueno con ellos?, ¿me lo promete usted?
Oírse
llamar señor otra vez, tan formalmente y por una dama
tan
bien vestida, era algo que superaba las previsiones de Julien: en todos sus
sueños y fantasías juveniles había creído siempre que una dama elegante jamás
se dignaría dirigirle la palabra hasta que llevara un hermoso uniforme.
La
señora de Rénal, por su parte, estaba completamente confundida por la finura
del cutis, los grandes ojos negros de Julien y sus hermosos cabellos, más
rizados que de ordinario, pues, para refrescarse, había chapuzado la cabeza en
el pilón de la fuente pública. Con gran satisfacción por su parte, se
encontraba con que aquel fatal preceptor, cuya dureza y hosquedad tanto había
temido por sus hijos, tenía el aire tímido de una muchacha. Para el alma tan
apacible de la señora de Rénal, el contraste entre sus temores y la realidad
fue un gran acontecimiento. Por fin volvió en sí de su asombro. Se dio cuenta
con extrañeza de que se encontraba en la puerta de su casa con aquel joven casi
en camisa y muy cerca de él.
-Entremos,
señor -le dijo un tanto azorada.
En
toda su vida una sensación puramente agradable la había emocionado tan
profundamente; jamás una aparición tan graciosa había disipado temores más
inquietantes. Así, sus hijos, tan mimados por ella, no caerían en manos de un
cura sucio y gruñón. Apenas entraron en el vestíbulo, se volvió hacia Julien,
que la seguía tímidamente. Su aire de asombro al contemplar una casa tan
hermosa era un encanto más para la señora de Rénal. No podía dar crédito a sus
ojos; le parecía sobre todo que el preceptor tenía que ir vestido de negro.
-¿Pero
es cierto, señor -le dijo, deteniéndose nuevamente, aterrada por la idea de que
pudiese haber un error en un hecho que la hacía tan feliz-, que sabe usted
latín?
Estas
palabras hirieron el orgullo de Julien y disiparon el encantamiento en que
vivía desde hacía un cuarto de hora.
-Sí,
señora -respondió, tratando de adoptar un aire frío-, sé el latín tan bien como
el señor cura, e incluso a veces tiene la bondad de decir que lo sé mejor que
él.
La
señora de Rénal encontró que Julien, que se había detenido a dos pasos de
ella, parecía tener muy mal genio. Acercándose a él, le dijo a media voz:
-Los
primeros días no pegará usted a mis hijos aun cuando no sepan la lección,
¿verdad?
El
tono dulce y casi suplicante de aquella dama tan hermosa hizo olvidar
repentinamente a Julien lo que debía a su reputación de latinista. La cara de
la señora de Rénal estaba junto a la suya, notó el perfume del traje de verano
de una mujer, cosa completamente insólita para un pobre campesino. Julien se ruborizó
intensamente y dijo con un suspiro y una voz desfallecida:
-No
tema usted nada, señora, la obedeceré en todo.
Sólo
al llegar a este punto, al disiparse por completo la inquietud que sintiera
por sus hijos, se dio cuenta la señora de Rénal de la extremada belleza de
Julien. Sus rasgos, casi femeninos, y su aire de turbación no parecieron
ridículos a una mujer que era
a su
vez sumamente tímida. El aspecto varonil que, por lo común, se considera
requisito indispensable de la hermosura de un hombre, le hubiera dado miedo.
-¿Qué edad tiene usted? -preguntó a
Julien.
-Voy a cumplir diecinueve años.
-Mi hijo mayor tiene once -repuso la
señora de Rénal, completamente tranquilizada-, será casi un camarada para
usted, usted le hará entrar en razón. Una vez su padre quiso pegarle y, aunque
sólo le dio un golpe muy ligero, el niño estuvo enfermo durante toda una
semana.
«¡Qué diferencia conmigo! -pensó
Julien-. Ayer mismo me pegó mi padre. ¡Qué felices son estas gentes ricas!»
La señora de Rénal, que empezaba ya
a percibir los más leves matices del alma del preceptor, tomó aquel movimiento
de tristeza por timidez y quiso animarle.
-¿Cuál es su nombre? -le preguntó
con un acento y una gracia tales que Julien no pudo menos que percibir todo su
encanto, aun sin darse cuenta de ello.
-Me llamo Julien Sorel, señora.
Estoy asustado al entrar por vez primera en una casa extraña, necesito su
protección y que me perdone todas mis torpezas en los primeros días. Nunca fui
al colegio; era demasiado pobre para ello; en toda mi vida sólo he hablado con
mi primo el cirujano mayor, miembro de la Legión de Honor, y con el padre
Chélan. Él le dará buenos informes de mí. Mis hermanos siempre me han pegado,
no les crea usted si le hablan mal de mí. Tendrá usted que perdonarme las
faltas que cometa, señora, le aseguro que no lo haré nunca con mala intención.
Julien iba serenándose a medida que
pronunciaba este largo discurso y contemplaba a la señora de Renal. Tal es el
efecto que produce la gracia perfecta cuando es natural y la persona a quien
adorna no se da cuenta siquiera de que la tiene. Julien, que sabía apreciar muy
bien la belleza femenina, hubiera jurado en aquel momento que no tenía más de
veinte años. De pronto se le ocurrió la atrevida idea de besarle la mano. En
el acto, su propia osadía le dio miedo; al cabo de un momento se dijo: «Sería
una cobardía no hacer una cosa que puede serme útil y atenuar quizás el
desprecio que, sin duda, siente esta dama por un pobre obrero que acaba de
salir del aserradero». Es posible que Julien se sintiera un tanto
envalentonado por aquel calificativo de «lindo mozo» que desde hacía seis meses
oía repetir todos los domingos a algunas muchachas. Mientras sostenía esta
lucha interior, la señora de Rénal le daba algunas instrucciones sobre el modo
como debía comenzar su trato con los niños. La violencia que Julien se hacía a
sí mismo le puso de nuevo muy pálido y dijo con aire forzado:
-Jamás pegaré a sus hijos, señora;
lo juro ante Dios.
Y al decir estas palabras, en un
arranque de audacia, tomó entre las suyas la mano de la señora de Rénal y se la
llevó a los labios. Ésta se sorprendió por aquel gesto de atrevimiento y al
pensar en ello se sintió molesta. Como hacía mucho calor, llevaba el brazo
desnudo bajo el chal, y el movimiento de Julien, al acercar la mano a sus
labios, se lo descubrió por completo. A los pocos instantes, se reprochó
vivamente a sí misma no haberse mostrado indignada en el acto.
El señor de Rénal, que había oído el
rumor de la conversación, salió de su gabinete. Con el mismo aire majestuoso y
paternal que solfa adoptar cuando celebraba los matrimonios en la alcaldía, le
dijo a Julien:
-Necesito hablarle antes de que le
vean los niños.
Hizo entrar a Julien en un gabinete
y retuvo a su mujer, que quería dejarlos solos. Después de cerrar la puerta, el
señor de Renal se sentó con gravedad.
-El señor cura me ha dicho que usted
es una buena persona. Aquí todo el mundo le tratará con respeto, y si quedo
contento de sus servicios le ayudaré en el porvenir a crearse una pequeña
posición. Desearía que no frecuentase usted más a sus parientes Y amigos, su
tono no es conveniente para mis hijos. Aquí tiene usted los treinta y seis
francos del primer mes; pero le exijo que me dé su palabra de que de este
dinero no le dará ni un céntimo a su padre.
-El señor de Rénal estaba resentido
contra el viejo, que en este asunto había demostrado ser más listo que él.
-Y ahora, señor, porque siguiendo
mis órdenes todo el mundo le llamará señor en esta casa, y ya notará usted las
ventajas de convivir con gente distinguida, ahora, señor, no creo conveniente
que los niños le vean con este traje. ¿Le han visto los criados? -preguntó el
señor Rénal a su mujer.
-No, amigo mío -respondió ella
profundamente pensativa.
-Tanto mejor. Póngase usted esto -le
dijo al asombrado joven alargándole una de sus levitas-. Y ahora vamos a casa
del señor Durand, el vendedor de
paños.
Una hora después, cuando el señor de
Rénal volvió con el nuevo preceptor vestido de negro de pies a cabeza,
encontró a su mujer sentada en el mismo sitio. Ésta se sintió más tranquila
con la presencia de Julien; al contemplarle se olvidaba del miedo que le había
inspirado. Julien, por su parte, ni siquiera pensaba en ella; a pesar de toda
su desconfianza en el destino y en los hombres, su alma era en aquel momento la
de un niño; le parecía haber vivido muchos años desde que, tres horas antes,
entrara tembloroso en la iglesia. Se dio cuenta del aire glacial de la señora
de Rénal y comprendió que estaba enojada con él por haberse atrevido a besarle
la mano. Pero el sentimiento de orgullo que le producía el contacto de un traje
tan diferente del que tenía costumbre de usar, le puso tan fuera de sí, y al
mismo tiempo deseaba tanto ocultar su alegría, que todos sus movimientos tenían
algo de brusco y alocado. La señora de Rénal le contemplaba con ojos atónitos.
-Gravedad, señor -le dijo el señor
de Renal-, si quiere usted que le respeten mis hijos y mi servidumbre.
-Señor -respondió Julien-, me siento
un poco extraño con mi nuevo traje; yo, pobre campesino, sólo había llevado
chaqueta.
Si
usted me lo permite, me retiraré a mi cuarto.
-¿Qué te parece esta nueva
adquisición? -le dijo el señor de Rénal a su mujer.
Por un impulso casi instintivo, y
del que ni ella misma se dio cuenta, la señora de Rénal ocultó la verdad a su
marido.
-No estoy tan encantada como usted
con este pequeño aldeano; sus atenciones harán de él un impertinente al que
tendrá que despedir antes de un mes.
-¡Pues bien!, le despediremos. En
total me habrá costado un centenar dé francos, y Verriéres se acostumbrará a
que los hijos del señor de Rénal tengan un preceptor. Esto no lo conseguiría
jamás si dejase llevar a Julien sus ropas de obrero. Si le despido, me quedaré,
claro está, con el traje negro completo que le he comprado en la tienda de
paños. Sólo se quedará con el que lleva puesto, que es uno que he comprado
hecho en casa del sastre.
La hora que pasó Julien en su cuarto
le pareció un instante a la señora de Rénal. Los niños, a quienes ya se había
anunciado la llegada del nuevo preceptor, abrumaban a su madre a preguntas.
Por fin, apareció Julien. Era otro hombre. Sería injusto decir que estaba
grave; era la gravedad en persona. Fue presentado a los niños y les habló en un
tono que asombró al mismo señor de Rénal.
-He venido, señores -les dijo al
acabar su alocución- para en señaros el latín. Ya sabéis lo que es recitar una
lección. Aquí está la Santa Biblia -añadió, mostrándoles un volumen
encuadernado en negro-. Es la historia de Nuestro Señor Jesucristo, concretamente
aquella parte que se llama el Nuevo Testamento. Yo os preguntaré la lección
con frecuencia, preguntádmela vosotros a mí.
Adolphe, el mayor de los niños,
había tomado el libro.
-Abridlo por donde queráis -continuó
Julien- y decidme la primera frase de un versículo. Recitaré de memoria el
libro sagrado, regla de nuestra conducta, hasta que me hagáis callar.
Adolphe
abrió el libro, leyó una frase, y Julien recitó la página entera con la misma
facilidad que si hubiera hablado francés. El señor Rénal miraba a su mujer con
aire de triunfo. Los niños, al ver el asombro de sus padres, abrían
desmesuradamente los ojos. Un criado se asomó a la puerta del salón. Julien
continuaba hablando en latín. El criado se quedó en un primer momento inmóvil
y después desapareció. Al poco rato, la doncella de la señora y la cocinera
hicieron su aparición en la puerta; Adolphe había ya abierto el libro por ocho
sitios distintos, y Julien seguía recitando con la misma facilidad.
-¡Dios mío! ¡Qué curita tan guapo!
-dijo en voz alta la cocinera, que era una buena muchacha muy devota.
El señor de Renal se sentía un poco
picado en su amor propio; en vez de examinar al preceptor, buscaba en su
memoria alguna frase latina; por fin pudo citar un verso de Horacio. Julien no
sabía más latín que la Biblia. Respondió frunciendo el ceño:
-El sagrado ministerio que he
elegido me prohíbe leer un poeta tan profano.
El señor de Renal citó gran número
de pretendidos versos de Horacio. Explicó a sus hijos quién era Horacio, pero
los niños, admirados, no le hacían gran caso. Miraban a Julien.
Como los criados continuaban en la
puerta, Julien creyó conveniente prolongar la prueba.
-Ahora sólo falta que el señor
Stanislas-Xavier -el más pequeño de todos- me indique también un pasaje del
libro sagrado.
El pequeño Stanislas, lleno de
orgullo, deletreó como pudo la primera frase de un versículo y Julien recitó la
página entera. Para que nada faltase al triunfo del señor de Rénal, mientras Julien
recitaba, entraron el seño Valenod, el dueño de los hermosos caballos
normandos, y el señor Charcot de Maugiron, subprefecto del distrito. Esta
escena le valió a Julien el tratamiento de señor; ni los mismos criados se
atrevieron a negárselo.
Por la noche, todo Verriéres acudió
a casa del señor de Rénal para ver de cerca aquella maravilla. Julien respondía
a todos con un aire sombrío, que le mantenía a cierta distancia. Su fama se
extendió tan rápidamente por la ciudad, que a los pocos días el señor de Renal,
temeroso de que se lo quitaran, le propuso firmar un contrato por dos años.
-No, señor -respondió fríamente
Julien-, si quisiera usted despedirme, me vería obligado a marcharme. Un
contrato que me obligue a mí sin obligarle a usted a nada no es equitativo y me
niego a firmarlo.
Julien se las arregló de tal manera
que, un mes después de su llegada a la casa, el mismo señor de Rénal le
respetaba. Como el cura estaba reñido con los señores de Rénal y Valenod, nadie
pudo traicionarle contando la antigua pasión de Julien por Napoleón, del que
ahora hablaba siempre con horror.
Capítulo
7
Afinidades
electivas
Ils ne savent toucher le coeur qu'en
le froissant.[9]
UN MODERNO
Los niños le adoraban, él no los
quería; su imaginación estaba
muy
lejos de ellos. Lo que aquellos chiquillos pudiesen hacer no
le
impacientaba nunca. Frío, justo, impasible y, sin embargo,
querido
de todos porque su llegada había desterrado el aburrimiento de aquella casa,
fue un buen preceptor. Por su parte sólo experimentaba odio y horror por la
alta sociedad en la que era admitido, a decir verdad en el último lugar de la
mesa, lo que podría explicar quizás el horror y el odio que sentía. Asistió a
algunos banquetes de gala en los que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no
demostrar su odio contra todo lo que le rodeaba. Como otras muchas veces, un
día en que se celebraba la festividad de San Luis, el señor Valenod llevaba la
voz cantante en casa del señor de Rénal. Julien estuvo a punto de traicionarse;
logró escapar a tiempo al jardín, bajo el pretexto de vigilar a los niños.
«¡Cuántos elogios a la honradez! -se decía-, cualquiera diría que es la única
virtud, y, sin embargo, ¡qué consideración, qué rastrero respeto por un hombre
que, evidentemente, ha duplicado y aun triplicado su fortuna desde que
administra el dinero de los pobres! ¡Apostaría que roba incluso de los fondos
destinados a los niños expósitos, cuya miseria es todavía más sagrada que la
de los demás! ¡Ah, monstruos, monstruos! ¿Y yo qué soy sino una especie de
expósito odiado de mi padre, de mis hermanos y de toda mi familia?»
Algunos días antes de San Luis,
Julien, que paseaba solo leyendo su breviario por un bosquecillo llamado de
Belvedere, que domina el Paseo de la Fidelidad, trató en vano de evitar un
encuentro con sus dos hermanos, a los que vio desde lejos acercarse por un
sendero solitario. La envidia de aquellos obreros groseros se despertó de tal
modo al ver el hermoso traje negro, el aspecto extremadamente pulcro de su
hermano, el sincero desprecio que éste sentía por ellos, que le golpearon hasta
dejarle ensangrentado y sin sentido. La señora de Rénal, que iba de paseo con el
subprefecto y con el señor Valenod, llegó casualmente al bosquecillo, vio a
Julien tendido en el suelo y le creyó muerto. Su emoción fue tan visible que
provocó los celos del señor Valenod.
Su alarma era prematura. Julien
encontraba muy bella a la señora de Rénal, pero la odiaba a causa de su
belleza; era el primer escollo en que estuvo a punto de zozobrar su fortuna.
Le hablaba lo menos posible, para hacerle olvidar el arrebato que el primer día
le impulsó a besarle la mano.
Elisa, la doncella de la señora de
Rénal, se había enamorado del joven preceptor; hablaba a menudo de él a su
señora. El amor de la señorita Elisa le valió a Julien el odio de uno de los
lacayos. Un día oyó que aquel hombre le decía a Elisa: «Desde que ha entrado en
la casa este preceptor mugriento, no quieres hablar conmigo». Julien no merecía
aquella injuria; pero, por un instinto de buen mozo, redobló el cuidado de su
persona. Con ello redobló también el odio del señor Valenod. Dijo públicamente
que tanta coquetería no era propia de un joven cura. Jumen iba vestido casi de
sotana.
La señora de Rénal observó que
hablaba con la señorita Elisa más a menudo de lo que solía; se enteró de que
aquellas conversaciones eran motivadas por la extremada penuria del menguado
guardarropa de Julien. Tenía tan poca ropa blanca, que se veía obligado a
mandarla a lavar muy a menudo fuera de casa y para estos pequeños cuidados se
valía de Elisa. Aquella extremada pobreza, que no sospechaba, conmovió a la
señora de Rénal; sintió el deseo de hacerle regalos, pero no se atrevió; esta
resistencia interior fue el primer sentimiento penoso que Julien le produjo.
Hasta aquel momento, el nombre de Julien iba unido para ella a un sentimiento
de alegría pura y exclusivamente intelectual. Atormentada por la idea de la
pobreza de Julien, la señora de Rénal habló a su marido de hacerle un regalo de
ropa blanca.
-¡Qué tontería! -respondió éste-.
¡Hacer regalos a un hombre que nos sirve bien y de quien no tenemos el menor
motivo de queja! Eso sería bueno en el caso de que faltase a sus deberes, para
estimular su celo.
La señora de Rénal se sintió
humillada por aquella manera de ver las cosas; no se hubiera fijado en ella
antes de la llegada de Julien. No podía ver la extremada pulcritud del sencillo
atavío del joven clérigo sin preguntarse: «¿Cómo se las arreglará este pobre
muchacho?».
Poco a poco fue sintiendo compasión
por todo lo que le faltaba a Julien, en lugar de sentirse molesta por ello.
La señora de Rénal era una de esas
mujeres provincianas a quienes se puede tomar por tontas los primeros quince
días que se las trata. No tenía la menor experiencia de la vida y no se tomaba
la molestia de hablar. Dotada de un alma delicada y desdeñosa, este instinto
de felicidad natural en todos los seres hacía que la mayor parte de las veces
no prestara atención alguna a los actos de aquellos groseros personajes entre
los cuales la había situado el azar.
Hubiera llamado la atención por la
naturalidad y vivacidad de su espíritu si hubiera recibido la más elemental
educación. Pero, en su calidad de heredera, se había educado en un convento de
monjas, apasionadas adoradoras del Sagrado Corazón de Jesús y animadas de un
odio violento contra los franceses enemigos de los jesuitas. La señora de Rénal
tuvo el suficiente buen sentido Para olvidar enseguida, como un absurdo, todo
lo que había aprendido en el convento; pero como no pudo sustituirlo por ninguna
otra cosa, acabó por no saber absolutamente nada. Las adulaciones precoces de
que fue objeto por su condición de heredera de una giran fortuna, y una
decidida tendencia a la más fervorosa devoción, la habían llevado a vivir
completamente volcada hacia su mundo interior. Bajo la apariencia de una
absoluta sumisión y de una abnegación de ánimo que todos los maridos de
Verriéres citaban como ejemplo a sus esposas y que constituía el orgullo del
señor de Rénal, su conducta habitual era, en efecto, el resultado de la más
extremada altivez. Cualquier princesa, célebre por su orgullo, presta mucha más
atención a lo que sus gentileshombres hacen en torno suyo, que la que aquella
mujer, tan dulce y tan modesta en apariencia, prestaba a lo que decía o hacía
su marido. Hasta la llegada de Julien puede decirse que sólo se había
preocupado de sus hijos. Sus enfermedades, sus dolores, sus pequeñas alegrías,
absorbían por entero la sensibilidad de aquella mujer que en toda su vida sólo
había adorado a Dios cuando estaba en el Sagrado Corazón de Besancon.
Sin que se dignara confesarlo a
nadie, el simple acceso de fiebre de uno de sus hijos la sumía casi en el
mismo estado de desesperación que si el niño hubiera muerto. En los primeros
años de matrimonio, siempre que cediendo a la necesidad de desahogar su
inquietud le hizo a su marido confidencias de ese género, fueron acogidas con
una carcajada grosera, un encogimiento de hombros y alguna máxima vulgar sobre
la locura de las mujeres. Esta clase de burlas, sobre todo cuando se referían
a las enfermedades de sus hijos, eran una puñalada en el corazón de la señora
de Rénal. Esto fue lo que encontró en lugar de la almibarada y untuosa
adulación del convento jesuítico donde pasó su adolescencia. Se educó a fuerza
de sufrir. Demasiado orgullosa para hablar a nadie de sus penas, ni siquiera a
su amiga la señora Derville, llegó a creer que todos los hombres eran como su
marido, el señor Valenod y el subprefecto Charcot de Maugiron.
La
grosería y la insensibilidad más brutal por todo lo que no fuesen cuestiones
de intereses, honores o condecoraciones, el odio ciego contra toda razón que
los contrariara, le parecieron cosas tan naturales al sexo masculino como
llevar botas y sombrero de fieltro.
Después de largos años, la señora de
Rénal no se había acostumbrado todavía a aquellas gentes ricas en medio de las
cuales le había tocado vivir.
Esto explica el éxito del joven
campesino Julien. En la simpatía que le inspiraba su alma noble y orgullosa
encontró un goce dulce e ignorado que poseía para ella todo el encanto de la
novedad. La señora de Rénal le perdonó enseguida su extremada ignorancia, que
era un atractivo más, y la rudeza de sus modales, que llegó a corregir.
Encontró que valía la pena escucharle, aun cuando hablase de las cosas más
corrientes, incluso cuando se trataba de un pobre perro aplastado al cruzar la
calle por la carreta de un labrador que pasaba al trote de sus caballos. Ante
aquel doloroso espectáculo, su marido se reía a carcajadas, mientras que
Julien fruncía sus hermosas cejas negras tan finamente arqueadas. Poco a poco,
acabó por creer que la generosidad, la humanidad, la nobleza de alma, eran
patrimonio exclusivo de ese joven clérigo. Sintió por él toda la simpatía y la
admiración que tales cualidades despiertan en las almas bien nacidas.
En París, la posición de Julien
respecto de la señora de Rénal se hubiera simplificado muy pronto; pero en
París el amor es una creación de las novelas. El joven preceptor y su tímida
amante hubiesen hallado en unas cuantas novelas y en las mismas canciones de
Gimnasio la clave de la situación en que se hallaban. Las novelas les habrían
designado su papel, señalado el modelo que habían de imitar, modelo que, tarde
o temprano, aunque no sintiese el menor deseo, quizás a regañadientes, la misma
vanidad de Julien le hubiera obligado a seguir.
En una pequeña ciudad del Aveyron o
de los Pirineos, el menor incidente hubiera resultado decisivo por el ardor
del clima. Bajo nuestro cielo, mucho más sombrío, un joven pobre que sólo es
ambicioso porque la delicadeza de su corazón le hace sentir la necesidad de
alguno de los goces que proporciona el dinero, ve a diario a una mujer de
treinta años, sinceramente virtuosa, consagrada a sus hijos, a la que en modo
alguno se le ocurre buscar modelos de conducta en las novelas. En provincias
todo se hace lentamente, todo va mucho más despacio, hay más naturalidad.
Muchas veces, pensando en la pobreza
del joven preceptor, la señora de Rénal llegaba a conmoverse profundamente. Un
día, Julien la sorprendió llorando a lágrima viva.
-Señora, ¿le ha ocurrido alguna
desgracia?
-No, amigo mío -le respondió-; llame
usted a los niños y vamos a dar un paseo.
Y al decir esto, tomó su brazo y se
apoyó en él de un modo que extrañó a Julien. Era la primera vez que le llamaba
«amigo mío».
Al terminar el paseo, Julien observó
que ella se ruborizaba mucho. Acortó el paso.
-Le habrán contado a usted -dijo sin
mirarle- que soy la única heredera de una tía muy rica que vive en Besancon.
Me abruma a fuerza de regalos... Mis hijos han hecho progresos... tan
sorprendentes... que yo quisiera que aceptase usted un pequeño obsequio como
muestra de mi agradecimiento. Se trata solamente de unos cuantos luises para
que se haga usted ropa blanca. Pero... -añadió, ruborizándose más todavía, y
se interrumpió de pronto.
-¿Qué, señora? -dijo Julien.
-Sería inútil -prosiguió, bajando la
cabeza- hablar de ello a mi marido.
-Soy humilde, señora, pero no vil
-repuso Julien, deteniéndose con los ojos brillantes de cólera e irguiéndose
cuanto pudo-, esto es lo que usted no ha pensado. Sería menos que un lacayo si
me pusiera en el caso de ocultar al señor de Rénal el más insignificante
detalle relativo a mi dinero.
La señora de Rénal estaba aterrada.
-El señor alcalde -prosiguió Julien-
me ha entregado cinco veces treinta y seis francos desde que vivo en esta casa,
y mi libro de cuentas está a la disposición del señor de Rénal y de á quien
quiera verlo, incluso del señor Valenod, que me odia.
Ante esta salida, la señora de Rénal
se puso pálida y temblorosa, y el paseo se terminó sin que ninguno de los dos
pudiese encontrar un pretexto para reanudar el diálogo. El amor hacia la señora
de Rénal se hizo cada vez más imposible en el corazón del orgulloso Julien;
ella, por su parte, le respetó, le admiró; la había regañado. Con el pretexto
de reparar la involuntaria humillación que le causara, ella se permitió
hacerle objeto de las id más tiernas atenciones. Durante ocho días, la novedad
de esta manera de tratarle hizo la felicidad de la señora de Rénal. El efecto
que produjo fue apaciguar en parte la cólera de Julien, que estaba muy lejos de
pensar que aquello pudiera ser una inclinación personal.
«¡Así son las gentes ricas! -se
decía-. Le humillan a uno y después creen que pueden arreglarlo todo con unas
cuantas monerías.»
El corazón de la señora de Rénal
rebosaba de tal modo de inquietud y era todavía tan inocente que, a pesar de
haberse propuesto lo contrario, no pudo menos de contar a su marido el
ofrecimiento que le había hecho a Julien y la forma en que éste lo había
rechazado.
-¿Cómo -repuso el señor de Rénal,
muy picado- ha podido tolerar una negativa por parte de un criado?
Y como la señora de Rénal protestase
al oír este nombre:
-Hablo, señora, como el difunto
príncipe de Condé al presentar sus chambelanes a su nueva esposa: «Toda esa
gente -le dijo-, son nuestros criados». Le he leído este pasaje de las Memorias
de Besenval, fundamental para guardar las jerarquías. Todo aquel que no sea
gentilhombre, viva en nuestra casa y reciba un salario, es su criado. Voy a
decir dos palabras a este señor Julien y a regalarle cien francos.
-¡Amigo mío! -exclamó, temblando, la
señora de Rénal-. ¡Por lo menos no lo haga delante de los criados!
-Sí, podrían tener envidia y con
razón -dijo su marido, alejándose y pensando en la cuantía de la suma.
La señora de Rénal cayó en una
silla, medio desvanecida de dolor. «¡Va a humillar a Julien por mi culpa!» Su
marido le dio horror y se cubrió el rostro con las manos. Se prometió a sí misma
que jamás volvería a hacer confidencias.
Cuando volvió a ver a Julien estaba
temblando, sentía una opresión tal en el pecho, que no pudo pronunciar ni una
sola palabra. En su azoramiento, le cogió las manos y se las estrechó.
-Y bien, amigo mío -le dijo al fin-,
¿está usted satisfecho de mi marido?
-¡Cómo no voy a estarlo! -respondió
Julien con una amarga sonrisa-. Me ha regalado cien francos.
La señora de Renal le miró
vacilante.
-Déme usted el brazo -acabó por
decir con un tono de decisión que Julien no le había oído nunca.
Se atrevió a ir a casa del librero
de Verriéres, a pesar de su terrible reputación de liberal. Allí eligió libros
por valor de diez luises para regalar a sus hijos. Pero aquellos libros eran
precisamente los que sabía que deseaba Julien. Exigió que allí mismo, en la
librería, cada uno de los niños pusiese su nombre en los libros que le habían
tocado en suerte. Mientras la señora de Renal se sentía feliz por aquella
especie de reparación que había tenido la audacia de ofrecer a Julien, éste
estaba asombrado ante la cantidad de libros que veía en la librería. Jamás se había
atrevido a entrar en un lugar tan profano; su corazón palpitaba. En vez de
tratar de adivinar lo que pasaba en el corazón de la señora de Renal, estaba
reflexionando profundamente sobre qué procedimiento podría encontrar un joven
estudiante de teología como él para procurarse algunos de aquellos libros.
Finalmente se le ocurrió la idea de que con habilidad no sería difícil
convencer al señor de Renal de que sería muy útil que sus hijos aprendieran la
historia de los más famosos aristócratas de la provincia. Al cabo de un mes de
reiteradas instancias, Julien consiguió su propósito con tal éxito que, poco
tiempo después, hablando con el señor de Renal, se atrevió a aventurar una
proposición mucho más dolorosa para el señor alcalde; se trataba de contribuir
a la fortuna de un liberal tomando un abono en la librería. El señor de Renal
no tenía inconveniente en reconocer que sería muy útil que su hijo mayor
conociese de visu alguna de las obras que oiría citar en la conversación cuando
estuviese en la Escuela Militar; pero Julien veía que el señor alcalde se
obstinaba en no ir más lejos. Sospechaba una razón oculta, pero no podía
adivinarla.
-He pensado, señor -le dijo un día-,
que sería del todo improcedente que un noble apellido como el de Renal
figurase en el sucio registro del librero.
La frente del señor de Renal se
iluminó.
-También sería de mala nota
-continuó Julien con tono humilde-, para un pobre estudiante de teología, si
se llegase a descubrir un día que su nombre figuraba en el registro de un
librero que alquila libros. Los liberales podrían acusarme de haber pedido las
obras más infames; quién sabe si no serían capaces de anotar junto a mi nombre
los títulos de estos libros perversos.
Pero Julien se estaba desviando del
buen camino. Observó que la fisonomía del alcalde recobraba su expresión de
malestar y contrariedad. Julien se calló. «Ya es mío», se dijo.
Pocos días después, en presencia del
señor de Rénal, el mayor de sus hijos le preguntó algo a Julien sobre un libro
que había visto anunciado en La Quotidienne.
-Para evitar un motivo de triunfo al
partido jacobino y al mismo tiempo poder contestar a las preguntas del señor
Adolphe, podríamos hacer una suscripción en la librería, a nombre de cualquiera
de los criados de la casa.
-No es mala idea -repuso el señor de
Rénal, evidentemente muy satisfecho.
-Habría que especificar, sin embargo
-añadió Julien con aquel aire grave y casi contrito, tan propio de ciertas
personas cuando están a punto de lograr algo que han deseado largo tiempo-,
habrá que especificar que el criado no podrá pedir novelas. Una vez en la
casa, estos libros peligrosos podrían pervertir a las doncellas de la señora y
hasta al propio criado.
-Se olvida usted de los libelos
políticos -añadió el señor de Rénal con aire altivo.
Quería ocultar la admiración que le
había producido el sabio mezzo_termine adoptado por el preceptor de sus hijos.
De este modo, la vida de Julien se
componía de una serie de Pequeñas negociaciones; su éxito le preocupaba mucho
más que el sentimiento de manifiesta predilección que con sólo proponérselo
hubiera podido leer en el corazón de la señora de Rénal.
La Posición moral en que se había
encontrado toda su vida se repetía una vez más en casa del señor alcalde de
Verriéres. Allí, como en el aserradero de su padre, despreciaba profundamente a
las personas que vivían en torno suyo y era odiado por ellas.
Diariamente
tenía ocasión de comprobar en los relatos del subprefecto, del señor Valenod y
de otros amigos de la casa, referentes a cosas que acababan de suceder ante
sus propios ojos, que las ideas de aquellas gentes no tenían relación alguna
con la realidad. Si una acción le parecía admirable, precisamente aquélla
provocaba las censuras de las personas que le rodeaban. Su réplica interior era
siempre la misma: «¡Qué monstruos o qué imbéciles!». Lo gracioso era que, pese
a todo su orgullo, a menudo no entendía absolutamente nada de lo que estaban
hablando.
En toda su vida sólo había hablado
sinceramente con el viejo cirujano mayor; las pocas ideas que tenía se referían
a las campañas de Bonaparte en Italia o a la cirugía. Su ardor juvenil se
complacía con el relato pormenorizado de las operaciones más dolorosas. Se
decía: «Yo no hubiera pestañeado».
La primera vez que la señora de
Rénal intentó entablar con él una conversación ajena a la educación de los
niños, se puso a contarle operaciones quirúrgicas. Ella palideció y le rogó que
no continuase.
Fuera de esto, Julien no sabía
absolutamente nada. Aunque se pasaba la vida junto a la señora de Rénal, en
cuanto estaban solos se alzaba entre ellos un silencio singular. En el salón,
por humilde que fuese su actitud, ella encontraba en su mirada un aire de
superioridad intelectual sobre todo lo que le rodeaba. Si se quedaba un
momento a solas con ella, su azoramiento era visible. Y esto la preocupaba,
pues su instinto de mujer le hacía comprender que en aquel azoramiento no
había la menor ternura.
Julien tenía la idea, sacada sin
duda de alguna descripción de las costumbres de la buena sociedad, hecha por el
viejo cirujano mayor, de que no se debía estar callado en un sitio donde hubiese
una mujer, y se sentía humillado por este silencio como si fuese exclusivamente
culpa suya. Esta sensación era cien veces más penosa cuando estaban solos. Su
imaginación, llena de las nociones más exageradas, más españolas, sobre lo que
ha de decir un hombre cuando está a solas con una mujer, no le ofrecía en su
turbación más que ideas inadmisibles. Su alma estaba en las nubes y, sin
embargo, no podía salir del silencio más humillante. Así que su aire severo se
acentuaba aún más a causa de los crueles sufrimientos que experimentaba en sus
largos paseos con la señora de Rénal y los niños. Se despreciaba horriblemente.
Si, por desgracia, se esforzaba en hablar, decía las cosas más ridículas. Para
colmo de los males, veía y aun exageraba su absurda actitud; en cambio, lo que
no veía era la expresión de sus ojos; eran tan bellos y reflejaban un alma tan
ardiente, que, como los buenos actores, daban encanto a aquello que no lo tenía.
La señora de Rénal observó que cuando estaba solo con ella no decía nada a
derechas sino cuando, distraído por algún suceso imprevisto, no pensaba en
redondear un cumplido. Como los amigos de la casa no la mimaban ofreciéndole
ideas nuevas y brillantes, gozaba con delicia de los rasgos de ingenio de
Julien.
Desde la caída de Napoleón, toda
apariencia de galantería ha sido severamente proscrita de las costumbres
provincianas. Se tiene miedo a ser destituido. Los bribones se apoyan en la congregación;
y la hipocresía ha hecho grandes progresos incluso entre las clases liberales.
El aburrimiento aumenta. No queda más diversión que la lectura y la
agricultura.
La señora de Rénal, rica heredera de
una tía devota, casada a los dieciséis años con un hombre distinguido, no había
visto ni experimentado jamás en su vida nada que se pareciese remotamente al
amor. Sólo su confesor, el buen padre Chélan, le había hablado del amor a
propósito de la persecución del señor Valenod, y la pintura que le hiciera fue
tan desagradable, que le hizo suponer que esta palabra sólo podía significar el
libertinaje más abyecto. Consideraba una excepción, e incluso algo fuera de lo
normal, el amor que había encontrado en las contadas novelas que tuvo ocasión
de leer. Gracias a esta ignorancia, la señora de Rénal, que era completamente
dichosa pendiente a todas horas de Julien, estaba muy lejos de recriminarse por
ello.
Capítulo 8
Pequeños acontecimientos
Then there were sighs, the deeper for
suppression,
And stolen glances, sweeter for the
theft,
And burning blushes, though for no
transgression.[10]
BYRON
La dulzura angelical que la señora
de Rénal debía a su carácter y a su dicha presente sólo se alteraba un tanto al
pensar en su doncella Elisa. Esta muchacha, que había heredado de un pariente,
se fue a confesar con el padre Chélan y le participó su proyecto de casarse con
Julien. El cura tuvo una verdadera alegría al saber la suerte de su amigo;
pero se sorprendió muchísimo cuando Julien le dijo resueltamente que el
ofrecimiento de la señorita Elisa no podía convenirle.
-Cuidado, hijo mío, con lo que pasa
en su corazón -le dijo el cura frunciendo el ceño-, le felicito por su
vocación, si a ella se debe que desprecie una fortuna más que suficiente. Hace
más de cincuenta y seis años que soy párroco de Verriéres y, sin embargo,
según parece, voy a ser destituido. Esto me aflige, a pesar de que tengo
ochocientas libras de renta. Le hago esta advertencia para que no se haga
demasiadas ilusiones sobre lo que le espera en el estado eclesiástico. Si
piensa adular a los poderosos, su condenación eterna es segura. Podrá hacer
fortuna, pero tendrá que perjudicar a los pobres, halagar al subprefecto, al
alcalde, al hombre influyente, y servir sus pasiones: para un seglar, esta
conducta, que en el mundo se llama saber vivir, puede no ser incompatible con
la salvación; pero en nuestro estado hay que elegir, se trata de hacer fortuna
en este mundo o en el otro, no hay término medio. Reflexione, amigo mío, y
vuelva dentro de tres días a darme una respuesta definitiva. Me duele vislumbrar
en el fondo de su carácter un fuego sombrío que no corresponde en modo alguno
a la moderación y a la total renunciación de los bienes terrenales que son
propias de un sacerdote; tengo grandes esperanzas en su talento, pero,
permítame que se lo diga -añadió el buen cura con lágrimas en los ojos-, temo
por su salvación en el estado sacerdotal.
Julien estaba avergonzado de su
emoción; por vez primera en toda su vida, se sentía amado; lloraba con delicia
y fue a ocultar sus lágrimas en los grandes bosques que dominan Verriéres.
«¿Por qué me encuentro en este
estado? -se preguntó al fin-. Siento que daría cien veces mi vida por este buen
padre Chélan, y, sin embargo, acaba de demostrarme que no soy más que un necio.
Es la persona a quien tengo mayor interés en engañar, y adivina lo que pasa en
mí. Este fuego interior de que me habla es mi deseo de hacer fortuna. Me cree
indigno de ser sacerdote, y esto precisamente cuando yo creía que el sacrificio
de cincuenta luises de renta le iba a dar el más alto concepto de mi piedad y
mi vocación.
»En lo sucesivo -continuó Julien- me
fiaré únicamente de aquellos rasgos de mi carácter que ya haya puesto a prueba.
¡Quién había de decirme que sentiría un placer llorando y que querría al que
acaba de demostrarme que no soy más que un estúpido!»
Tres días después, Julien encontró
el pretexto que hubiera debido alegar desde el primer momento; el tal pretexto
era una calumnia, pero ¿qué importa? Confesó al cura, con muchas vacilaciones,
que una razón que no podía explicarle, pues perjudicaría a un tercero, le
había impulsado a rechazar el proyectado enlace desde el primer momento. Con
ello ponía en tela de juicio la conducta de Elisa. El padre Chélan observó en
todas sus maneras un fuego mundano muy distinto del que debe animar a un joven
sacerdote.
-Amigo mío -le dijo nuevamente-, más
vale que sea un buen burgués provinciano, instruido y respetable, que un
sacerdote sin vocación.
Julien respondió muy bien, en cuanto
a la forma, a estas nuevas amonestaciones: supo encontrar las palabras que
hubiera empleado un joven seminarista fervoroso; pero el tono en que las
pronunció, el mal velado fuego que brillaba en sus ojos, alarmaron al padre
Chélan.
No hay que ser excesivamente
pesimista con respecto a Julien; inventaba con corrección las palabras de una
cautelosa y prudente hipocresía. Esto no está mal a su edad. En cuanto al tono
y a las formas, vivía entre campesinos y no había tenido buenos modelos que
imitar. Más tarde, apenas tuvo ocasión de tratar con auténticos señores, sus
maneras fueron tan irreprochables como sus palabras.
La señora de Rénal se quedó
extrañada de que la nueva fortuna de su doncella no hiciese más feliz a
aquella muchacha; la veía ir constantemente a casa del cura y volver con
lágrimas en los ojos. Por fin, Elisa le habló de su matrimonio.
La señora de Rénal creyó que iba a
caer enferma; sentía una especie de fiebre que le impedía conciliar el sueño;
no vivía si no tenía ante su vista a su doncella o a Julien. Sólo podía pensar
en ellos y en la felicidad que tendrían en su hogar. La pobreza de aquella
casita, donde tendrían que vivir con cincuenta luises de renta, se le aparecía
bajo los más maravillosos colores. Julien podría muy bien hacerse abogado en
Bray, la subprefectura que está a dos leguas de Verriéres; en este caso le
vería alguna vez.
La señora de Rénal creyó
sinceramente que iba a volverse loca; se lo dijo a su marido y por fin cayó
enferma. Aquella misma noche, mientras su doncella la atendía, observó que la
muchacha estaba llorando. En aquel momento aborrecía a Elisa y Poco antes la
había tratado con dureza; le pidió perdón. Las lágrimas de Elisa se hicieron
todavía más copiosas; le dijo a su señora que, si se lo permitía, le contaría
toda su desgracia.
-Hable -respondió la señora de
Rénal.
-Señora, no quiere casarse conmigo;
sin duda algún malvado le ha hablado mal de mí y lo ha creído.
-Pero, ¿quién no quiere casarse con
usted? -preguntó la señora de Rénal, casi sin respirar.
-¡Quién ha de ser, señora, sino el
señor Julien! -replicó la doncella sollozando-. El señor cura no ha podido
vencer su resistencia, pues el señor cura cree que no debería rechazar a una
muchacha honrada sólo porque haya sido doncella de servir. Después de todo, el
padre de Julien no es más que un carpintero, y él mismo ¿cómo se ganaba la
vida antes de entrar en casa de la señora?
La señora de Rénal ya no la
escuchaba; era tan grande la felicidad que la embargaba, que casi le había
hecho perder el uso de la razón. Se hizo repetir varias veces que Julien se
había negado rotundamente a casarse con ella en términos que no le permitían
adoptar una nueva resolución más razonable.
-Quiero intentar un último esfuerzo
-le dijo a su doncella-, hablaré con el señor Julien.
Al día siguiente, después del
almuerzo, la señora de Rénal se entregó a la deliciosa voluptuosidad de abogar
por la causa de su rival durante más de una hora, y ver rechazada constantemente
la mano y la fortuna de Elisa.
Poco a poco Julien abandonó sus
respuestas circunspectas y empezó a replicar con gracia a las prudentes
reflexiones de la señora de Renal. Ésta no pudo resistir el torrente de
felicidad que inundaba su alma después de tantos días de desesperación. Se sintió
enferma de verdad. Cuando se recobró, cómodamente instalada en su cuarto, quiso
quedarse sola. Estaba profundamente asombrada.
«¿Estaré enamorada de Julien?», se
preguntó al fin.
Este descubrimiento, que en otras
circunstancias la hubiera llenado de remordimientos y sumido en una profunda
agitación, le pareció sólo un espectáculo extraño pero casi indiferente. Su
alma, agotada por las emociones que acababa de soportar, no tenía ya
sensibilidad alguna para reaccionar ante la pasión.
La
señora de Renal intentó trabajar, pero cayó en un profundo sueño. Al
despertar, no se asustó tanto como debiera. Era demasiado feliz para tomar
nada a mal. Inocente e ingenua, aquella buena provinciana nunca se había
preocupado de ahondar en su alma para ver el efecto que producía en su
sensibilidad cualquier nuevo matiz de sentimiento o de dolor. Entregada en
cuerpo y alma, antes de la llegada de Julien, a este cúmulo de tareas que
pesan, lejos de París, sobre una buena madre de familia, la señora de Renal
pensaba de las pasiones lo que nosotros pensamos de la lotería: engaño
manifiesto y felicidad soñada por locos.
Sonó la campana de la comida. La
señora de Rénal se ruborizó mucho al oír la voz de Julien, que llegaba con los
niños. Un poco más cauta desde que amaba, explicó su rubor quejándose de un
gran dolor de cabeza.
-Así son todas las mujeres -dijo el
señor de Rénal con una grosera carcajada-. ¡Máquinas que siempre tienen algo
descompuesto!
Aunque habituada a semejantes rasgos
de ingenio, la señora de Rénal se sintió molesta por ese tono de voz. Para
distraerse miró el semblante de Julien; en aquel momento le habría encontrado
hermoso aunque hubiese sido el hombre más feo del mundo.
Siempre atento a imitar las
costumbres de la gente de la corte, en los primeros días de la primavera el
señor de Rénal se instaló en Vergy, pueblo célebre por la trágica aventura de
Gabriela. A un centenar de pasos de las pintorescas ruinas de la antigua
iglesia gótica, poseía el señor de Rénal un viejo castillo con sus cuatro
torreones y un jardín dibujado como el de las Tullerías, con grandes macizos de
boj y avenidas de castaños, podados dos veces al año. Un campo colindante,
plantado de manzanos, servía de paseo. Al final del huerto se veían ocho o
diez magníficos nogales cuyo inmenso follaje se elevaba quizás hasta ochenta
pies de altura.
-Cada uno de estos malditos nogales
-solía decir el señor de Renal cuando su mujer los admiraba- me cuesta la
cosecha de media fanega de tierra; a su sombra no crece el trigo.
A la señora de Rénal el campo le
pareció enteramente nuevo; su admiración se convirtió en verdadero entusiasmo.
El sentimiento que la embargaba le daba ingenio y decisión. Al día siguiente
de llegar a Vergy, el señor de Rénal tuvo que regresar a Verriéres por asuntos
de la alcaldía, y la señora de Rénal contrató unos cuantos obreros por su
cuenta. Julien le había sugerido la idea de hacer un sendero enarenado que
discurriese por el huerto y a la sombra de los corpulentos nogales, y que
permitiría a los niños pasearse desde las primeras horas de la mañana sin
mojarse los zapatos con el rocío. Menos de veinticuatro horas después de ser
concebida, la idea había ya sido puesta en práctica. Llena de alegría, la
señora de Rénal se pasó el día entero dirigiendo las obras con Julien.
Cuando el alcalde de Verriéres
regresó de la ciudad, se mostró muy sorprendido al ver que habían hecho el
paseo. Su llegada sorprendió también a la señora de Rénal; había olvidado su
existencia. Durante más de dos meses no dejó de censurar con acritud el
atrevimiento de haber hecho una reforma tan importante sin consultarle; pero
como la señora de Rénal pagó de su bolsillo todos los gastos, esto le consolaba
un poco.
Ella pasaba los días corriendo con
sus hijos por la huerta y cazando mariposas. Habían hecho grandes capuchones de
gasa transparente, con los cuales cogían a los pobres lepidópteros. Tal era el
extraño nombre que Julien enseñó a la señora de Rénal. Ésta había encargado a
Besancon la hermosa obra de M. Godart, y Julien le explicaba las curiosas
costumbres de aquellos pobres animalitos.
Los clavaban sin compasión, con
largos alfileres, en un gran cuadro de cartón preparado asimismo por Julien.
Por fin hubo un motivo de
conversación entre él y la señora de Rénal; ya no volvió a soportar el
espantoso suplicio que le causaban aquellos momentos de silencio.
Se pasaban todo el día hablando con
el más vivo interés, aunque siempre de cosas muy inocentes. Aquella vida
activa, ocupada y alegre, era del gusto de todos menos de la señorita Elisa,
que estaba abrumada de trabajo. «Nunca -decía-, ni siquiera en
Verriéres,
cuando los bailes de Carnaval, había visto que la señora se preocupase tanto
de arreglarse; cambia de traje dos o tres veces al día.»
Como no tenemos intención de adular
a nadie, no negaremos que la señora de Rénal, que tenía un cutis soberbio,
procuraba ponerse vestidos que dejaran muy al descubierto el pecho y los
brazos. Estaba muy bien formada y esta manera de vestirse le
sentaba
de maravilla.
-Nunca ha estado usted tan joven,
señora -le decían sus amigos de Verriéres que solían ir a comer a Vergy. (Es
un modo de hablar de la comarca.).
Lo realmente sorprendente y que
resultará un poco difícil de creer entre nosotros, es que la señora de Rénal se
tomaba tanto trabajo en arreglarse sin una intención premeditada. Para ella era
un placer, y, sin considerarlo de otro modo, todo el tiempo en que no estaba
cazando mariposas con sus hijos y Julien, lo pasaba con Elisa haciéndose
vestidos. El único viaje que hizo a Verriéres fue para comprarse algunos nuevos
modelos de verano que acababan de llegar de Mulhouse.
Volvió a Vergy con una joven
parienta suya. Desde que se casó había intimado mucho con la señora Derville,
que fue compañera suya en el Sagrado Corazón.
La señora Derville se reía mucho de
lo que llamaba las ideas locas de su prima: «A mí sola, jamás se me
ocurrirían», solía decir. La señora de Rénal, cuando estaba delante de su
marido, se sentía avergonzada de aquellas ocurrencias imprevistas que en París
hubieran llamado agudezas, y que entonces le parecían una tontería; pero la
presencia de la señora Derville le daba valor. Al principio, le comunicaba sus
pensamientos con timidez; Pero cuando estaban solas largo rato, el ingenio de
la señora de Rénal se animaba y una mañana entera de soledad se les pasaba en
un instante y dejaba a las dos amigas contentas y alegres. En este viaje, la
formal señora Derville encontró a su prima mucho menos alegre, pero mucho más
feliz.
Julien, por su parte, desde su
llegada al campo vivía auténticamente como un niño y era tan feliz como sus
discípulos al correr tras las mariposas. Después de tanto fingimiento y de
tanto maquiavelismo, solo, lejos de las miradas de los hombres y comprendiendo
por instinto que no debía temer nada de la señora de Rénal, se entregaba al
placer de vivir, tan intenso a su edad y en medio de las montañas más hermosas
del mundo.
En cuanto llegó la señora Derville,
Julien la consideró como una amiga; se apresuró a enseñarle el panorama que se
divisaba desde el final de la nueva avenida, bajo los nogales, y que realmente
valía tanto o más que los que pueden admirarse en Suiza o en los lagos de
Italia. Remontando la rápida pendiente que empieza a pocos pasos de allí, se
encuentran muy pronto unos grandes precipicios, bordeados por bosques de
encinas que se extienden hasta casi la orilla del río. Julien, libre y dichoso,
e incluso algo más, dueño absoluto de la casa, solía llevar a las dos amigas a
las altas cumbres de aquellas rocas cortadas a pico, gozando de su admiración
ante aquel panorama sublime.
-Para mí esto es como la música de
Mozart -decía la señora Derville.
Los celos de sus hermanos, la
presencia de un padre malhumorado y despótico, habían impedido a Julien
apreciar la belleza de los campos que rodeaban Verriéres. En Vergy no tenía
recuerdos tristes; por vez primera en su vida se veía libre de enemigos.
Mientras el señor de Rénal estaba en la ciudad, lo que ocurría a menudo, se
atrevía a leer; muy pronto, en vez de hacerlo por la noche y ocultando la luz
debajo de un tiesto volcado, pudo entregarse al sueño; durante el día, en los
intervalos que le dejaban libres las lecciones de los niños, se iba a esas
rocas con el libro, única regla de su conducta y objeto de sus entusiasmos. En
él hallaba a la vez dicha, éxtasis y consuelo en los momentos de i
desfallecimiento.
Ciertas cosas que Napoleón dice de
las mujeres, varias discusiones sobre el mérito de las novelas en boga durante
su reinado, le sugirieron entonces, por vez primera, algunas ideas que a
cualquier otro muchacho de su edad se le hubieran ocurrido desde mucho tiempo
atrás.
Llegaron los grandes calores. Se
estableció la costumbre de pasar las veladas bajo un tilo inmenso que crecía a
pocos pasos de la casa. En aquel sitio reinaba la más profunda oscuridad. Un
día, Julien hablaba animadamente, gozando con fruición el placer de hablar
bien ante dos mujeres jóvenes; gesticulando, rozó con su mano la de la señora
de Rénal, que se apoyaba en el respaldo de una de esas sillas de madera
pintada que suelen colocarse en los jardines.
Esa mano se retiró con viveza; pero
Julien creyó un deber conseguir que no se retirase aquella mano cuando él la
tocara. La idea de que tenía un deber que cumplir y de que se iba a poner en
ridículo, o cuando menos demostrar un sentimiento de inferioridad si no lo
lograba, desterró en el acto, de su corazón, toda sensación de placer.
Capítulo
9
Una
velada en el campo
La Didon de M. Guérin, esquisse
charmante.[11]
STROMBECK
Cuando al día siguiente vio a la
señora de Renal, su mirada tenía una expresión extraña; la observaba como si
fuera un enemigo con quien habría de batirse. Aquellas miradas, tan distintas
de las de la víspera, hicieron perder la cabeza a la señora de Rénal: había
sido buena con él y parecía enfadado. A duras penas podía apartar su mirada de
la del preceptor.
La presencia de la señora Derville
permitió a Julien hablar menos y ocuparse más de lo que tenía en la cabeza. Su
única ocupación durante todo el día fue leer su libro favorito, para templar su
alma y fortalecerla.
Abrevió mucho las lecciones de los
niños y, cuando la presencia de la señora de Rénal volvió a recordarle sus
ambiciones de gloria, decidió que era absolutamente necesario que aquella noche
ella le permitiese retener su mano entre las suyas.
La puesta del sol, que acercaba el
momento decisivo, hizo latir de forma singular el corazón de Julien. Llegó la
noche. Observó, con una alegría que le quitó un gran peso de encima, que ésta
sería muy oscura. El cielo, cargado de espesas nubes arrastradas por un viento
muy cálido, parecía anunciar una tormenta. Las
dos amigas pasearon hasta muy tarde. Julien encontraba raro todo lo que hacían
aquella noche. Ellas gozaban con este tiempo, que para ciertas almas delicadas
parece que aumenta el
placer
de amar.
Por fin se sentaron, la señora de
Renal al lado de Julien y la L señora Derville junto a su amiga. Preocupado por
lo que iba a intentar, Julien no encontraba nada que decir. La conversación
languidecía.
«¿Estaré tan acobardado y tembloroso
el día que me bata por vez primera?», se preguntó Julien, pues desconfiaba
demasiado de sí mismo y de los demás para no darse cuenta del estado de su
alma.
En su angustia mortal, hubiera
preferido correr los más graves peligros. ¡Cuántas veces deseó que cualquier
ocupación imprevista obligase a la señora de Renal a abandonar el jardín y
entrar en la casa! La violencia que Julien se hacía a sí mismo era demasiado
fuerte para que no le alterase profundamente la voz; muy pronto, empezó también
a temblarle la voz a la señora de Renal, pero Julien no se dio cuenta de ello.
La tremenda lucha interior que sostenía entre la timidez y el deber era demasiado
ardua para que pudiera fijarse en nada fuera de sí mismo. Dieron las diez menos
cuarto en el reloj del castillo sin que Julien se hubiese atrevido a hacer
nada. Indignado de su cobardía, se dijo: «Cuando den las diez en punto,
cumpliré lo que me he prometido hacer durante todo el día o subiré a mi cuarto
y me pegaré un tiro».
Tras un último instante de espera y
ansiedad, durante el cual la extremada emoción que sentía le puso fuera de sí,
dieron las diez en el reloj que estaba sobre sus cabezas. Cada campanada de
esta hora fatal repercutía en su pecho y le producía como un dolor físico.
Por fin, cuando aún retumbaba el eco
de la última campanada, extendió la mano y cogió la de la señora de Renal,
quien la retiró al punto. Julien, sin saber muy bien lo que hacía, la cogió de
nuevo. Aunque estaba muy emocionado, no pudo menos de sorprenderse de la
frialdad glacial de la mano que sujetaba; la estrechaba con fuerza convulsiva;
notó el último esfuerzo que hacía para soltarse; pero por fin aquella mano
permaneció en la suya.
Sintió su alma inundada de
felicidad, no porque amase a la señora de Renal, sino porque se veía libre de
un espantoso suplicio.
Para
que la señora Derville no se percatase de nada, se creyó obligado a hablar; su
voz fue entonces sonora y firme. La de la señora de Renal, por el contrario,
estaba tan alterada por la emoción, que su amiga la creyó enferma y le propuso
entrar en casa. Julien advirtió el peligro: «Si la señora de Renal se va al
salón, volveré a encontrarme en la misma espantosa situación en que he pasado
todo el día. He tenido muy poco tiempo su mano en la mía para que pueda suponer
que he ganado algún terreno».
En el momento en que la señora
Derville renovaba su propuesta de retirarse al salón, Julien apretó
fuertemente la mano que se le había abandonado.
La señora de Rénal, que ya se había
levantado, volvió a sentarse diciendo con voz lánguida:
-Efectivamente, me encuentro un poco
mal, pero el aire libre me sentará bien.
Estas palabras confirmaron la
felicidad de Julien, que, en aquel momento, no podía ser mayor: habló, se
olvidó de fingir y pareció el hombre más encantador del mundo con las dos amigas
que le escuchaban. Y, sin embargo, en aquella repentina elocuencia se
adivinaba todavía cierta falta de valor. Le daba un miedo horrible que la
señora Derville, molesta por el viento que empezaba a levantarse y que
presagiaba la tormenta, quisiese volver sola al salón. Entonces se quedaría a
solas con la señora de Rénal. Casi por casualidad, había encontrado el valor
ciego que necesitaba para actuar; pero comprendía que sería superior a sus
fuerzas decir ni una sola palabra a la señora de Rénal. Por débiles que fueran
sus reproches, serían suficientes para vencerle, quedando, de paso, anulada la
ventaja que acababa de lograr.
Felizmente para él, aquella noche
sus discursos emocionantes y enfáticos agradaron a la señora Derville, que la
mayor parte de las veces le encontraba torpe como un niño y poco divertido.
La señora de Rénal, con su mano en la de Julien, no pensaba en nada; vivía. Las
horas que pasaron bajo aquel gran tilo, que la tradición de la comarca supone
plantado por Carlos el Temerario, fueron para ella un rato de felicidad.
Escuchaba con delicia el gemir del viento entre las frondosas ramas del tilo y
el ruido de las primeras gotas que empezaban a caer sobre las hojas más bajas.
Julien no se fijó en un detalle que seguramente le hubiera tranquilizado; la
señora de Rénal, que se había visto obligada a retirar su mano, pues tuvo que
levantarse a ayudar a su prima a recoger una maceta de flores que el viento
había derribado a sus pies, apenas se sentó de nuevo, volvió a alargarle la
mano sin el menor reparo, como si fuese ya una cosa convenida entre los dos.
Era más de medianoche y hubo que
abandonar el jardín: se separaron. La señora de Rénal, enajenada por la dicha
de amar, era tan inexperta que apenas se hizo el menor reproche. La felicidad
le quitó el sueño. En cambio, Julien, rendido por la lucha que durante todo el
día habían librado en su interior la timidez y el orgullo, se durmió con sueño
de plomo.
Al día siguiente le despertaron a
las cinco, y lo que, de haberlo sabido, hubiera resultado muy cruel para la
señora de Rénal, apenas se acordó de ella. Había cumplido con su deber y con un
deber heroico. Lleno de gozo ante esta idea, se encerró con llave en su
habitación y se entregó con renovado placer a la lectura de las hazañas de su
héroe.
Cuando sonó la campanilla del
almuerzo, ensimismado en la lectura de los boletines de La Grande Armée, había
olvidado por completo los progresos realizados la víspera. Al bajar al salón se
decía interiormente con la mayor desenvoltura: «Tendré que decirle a esta
mujer que la amo».
En vez de las miradas llenas de
voluptuosidad que esperaba encontrar, lo primero que vio fue el semblante
severo del señor de Rénal, que había llegado dos horas antes de Verriéres, y
que no ocultaba su descontento ante el hecho de que Julien no se hubiese
ocupado de los niños en toda la mañana. Nada más desagradable que aquel hombre
importante de mal humor y creyéndose con derecho a demostrarlo.
Cada palabra agria de su marido
traspasaba el corazón de la señora de Rénal. En cuanto a Julien, estaba todavía
tan extasiado y tan absorto por la grandeza de los hechos que durante varias
horas de lectura habían desfilado ante sus ojos, que a duras penas pudo rebajar
su atención hasta escuchar las duras frases que le dirigía el señor de Rénal.
Por fin, respondió con brusquedad:
-Estaba enfermo.
El tono de aquella respuesta hubiese
molestado incluso a un hombre mucho menos susceptible que el alcalde de
Verriéres; su primera idea fue despedir a Julien inmediatamente. Se contuvo,
siguiendo su máxima de no precipitarse en nada.
«Este estúpido jovenzuelo -pensó
después- se ha hecho una cierta reputación en mi casa; Valenod puede llevárselo
o bien se casará con Elisa, y, en cualquiera de los dos casos, en su fuero
interno podrá burlarse de mí.»
A pesar de sus prudentes
reflexiones, no por eso dejó el señor de Rénal de demostrar su descontento con
una serie de frases groseras que acabaron por irritar a Julien. La señora de
Rénal estaba a punto de echarse a llorar. En cuanto acabaron el almuerzo, rogó
a Julien que le diera el brazo para pasear; se apoyó en él afectuosamente. A
todo lo que ella decía, él sólo respondía a media voz:
«¡Así son los ricos!».
El señor de Rénal iba muy cerca de
ellos; su presencia aumentaba la cólera de Julien. Éste se dio cuenta de
repente de que la señora de Rénal se apoyaba en su brazo de una manera muy
acentuada; aquel gesto le produjo horror y, rechazándola bruscamente, soltó su
brazo.
Afortunadamente el señor de Rénal no
vio esta nueva impertinencia, que sólo fue observada por la señora Derville.
Su amiga lloraba sin consuelo. En aquel momento el señor de Rénal estaba
ocupadísimo persiguiendo a pedradas a una joven campesina que había tomado un
falso sendero que pasaba por un extremo de la huerta.
-Señor Julien, por favor, modérese
un poco y piense que todos tenemos momentos de mal humor -dijo rápidamente la
señora Derville.
Julien la miró fríamente, con unos
ojos en los que podía leerse el más absoluto desprecio.
Aquella mirada asombró a la señora
Derville, y su asombro hubiera sido todavía mayor si hubiese podido comprender
su verdadero sentido; en ella hubiera leído la vaga esperanza de la venganza
más atroz. Tales momentos de humillación son sin duda los que hacen a los
Robespierre.
-Su Julien es bastante violento, me
da miedo -dijo la señora Derville al oído de su amiga.
-Tiene razón para estar furioso -le
respondió ésta-. Después de los sorprendentes progresos que han hecho los niños
gracias a él, ¿qué importa que se pase una mañana sin ocuparse de ellos? Hay
que reconocer que los hombres son muy duros.
Por primera vez en su vida, la
señora de Rénal sintió una especie de deseos de vengarse de su marido. El odio
sin límites que abrigaba Julien contra los ricos estaba a punto de estallar.
Por fortuna, el señor de Rénal llamó al jardinero y se dedicó con él a cerrar
con ramas de espinos el paso del falso sendero que atravesaba el huerto. Julien
no respondió una sola palabra a las atenciones de que fue objeto durante el
resto del paseo. Apenas el señor de Rénal se hubo alejado, las dos amigas,
pretextando estar cansadas, se colgaron cada una de un brazo del preceptor.
La altiva palidez, la actitud
sombría y resuelta de Julien, contrastaban singularmente con la de aquellas
dos mujeres cuya extremada turbación había cubierto sus mejillas de sofoco y de
rubor. Él sentía un profundo desprecio por ellas y por sus tiernos
sentimientos.
«¡Pensar que no tengo siquiera
quinientos francos de renta para terminar mis estudios! -se decía-. ¡Con qué
gusto le enviaría a paseo!»
Absorto en estas severas
reflexiones, lo poco que se dignaba comprender de las palabras amables de las
dos amigas le sonaba como algo vacío de sentido, tonto, mezquino, en una
palabra, femenino.
A fuerza de hablar por hablar, de
intentar por todos los medios que no languideciese la conversación, la señora
de Rénal dijo que su marido había vuelto de Verriéres porque había hecho la
compra a uno de sus arrendatarios de una partida de paja
de
maíz. (En aquella región, los jergones de las camas se llenan con hojas de
maíz.)
-Esta tarde mi marido no volverá a
reunirse con nosotros -añadió la señora de Rénal-; con su ayuda de cámara y el
jardinero va a ocuparse de renovar la paja de los jergones de la casa. Esta
mañana ha puesto hojas de maíz en todas las camas del primer piso, y ahora les
toca a las del segundo.
Julien cambió de color; miró a la
señora de Rénal de un modo singular y, adelantando el paso, se separó con ella
de su amiga. La señora Derville les dejó alejarse.
-Sálveme usted la vida -le dijo
Julien a la señora de Rénal-, sólo usted puede hacerlo; sabe usted muy bien que
el criado me odia a muerte. Señora, me veo obligado a confesarle que tengo un
retrato escondido en el jergón de mi cama.
Al oír sus palabras, la señora de
Rénal palideció a su vez.
-En este momento, sólo usted puede
entrar en mi cuarto; registre usted sin llamar la atención, y en el ángulo del
jergón más próximo a la ventana encontrará una cajita de cartón negro y lisa.
-¡Y contiene un retrato! -dijo la
señora de Rénal, que a duras penas podía tenerse en pie.
Julien advirtió su aire de
abatimiento y quiso aprovecharse de él.
-He de pedirle un segundo favor,
señora, le suplico que no mire ese retrato, es mi secreto.
-¡Un secreto! -repitió la señora de
Rénal con voz apagada.
Aunque educada entre gentes
orgullosas de su fortuna y sólo sensibles al interés del dinero, el amor había
prestado generosidad a su alma. Cruelmente herida, pidió a Julien con la mayor
abnegación los datos necesarios para poder cumplir adecuadamente su encargo.
-Bien -le dijo alejándose-, una caja
pequeña de cartón negro, redonda y lisa.
-Sí, señora -respondió Julien con
ese aire duro que el peligro da a los hombres.
Ella subió al segundo piso del
castillo, pálida como si caminara al encuentro de la muerte. Para colmo de los
males, sintió que
iba
a desmayarse; pero la necesidad de hacerle un favor a Julien le daba fuerzas.
-Es preciso que me apodere de esa
caja -dijo apresurando el paso.
Oyó que su marido estaba hablando
con el criado en el mismo cuarto de Julien. Afortunadamente pasaron a la
habitación de los niños. La señora de Renal levantó el colchón y metió la mano
entre la paja, con tal violencia que se arañó los dedos. Pero aunque era muy
sensible a estos pequeños dolores, ni se dio cuenta de aquél, pues casi al
mismo tiempo tropezó con la caja. La cogió y desapareció.
Apenas se vio libre del temor de ser
descubierta por su marido, cuando el horror que le producía aquella caja
estuvo a punto de hacer que se desmayase.
«¡Julien está pues enamorado y yo
tengo en mis manos el retrato de la mujer a quien ama!»
Sentada en una silla de la
antecámara de aquella habitación, la señora de Renal era presa de todos los
horrores de los celos. Su extremada inexperiencia incluso le fue útil en aquel
momento, el asombro amortiguaba el dolor. Apareció Julien, tomó la caja sin
dar las gracias, sin decir nada, y corrió a su cuarto, donde encendió fuego e
inmediatamente la quemó. Estaba pálido, anonadado, exagerándose la gravedad
del peligro que había corrido.
«¡El retrato de Napoleón -se decía
moviendo la cabeza- escondido en la habitación de un hombre que demuestra
tanto odio contra el usurpador! ¡Encontrado por el señor de Renal, tan
reaccionario y tan irritado! ¡Y para colmo de imprudencia, con el reverso del
retrato lleno de frases escritas por mí y que no dejan lugar a la menor duda
sobre mi exaltado entusiasmo! ¡Y cada uno de estos raptos de admiración lleva
la fecha del día en que ha sido escrito! ¡Hay alguna de anteayer!...
»¡Toda mi reputación por los suelos
y aniquilada en un momento! -pensaba Julien, mirando cómo se convertía en
cenizas la caja-, ¡y mi reputación es lo único que poseo, sólo vivo por ella...
y para eso, qué vida, Santo Dios!»
Una hora después, la fatiga y la
compasión que sentía por sí mismo le disponían a la ternura. Se encontró con la
señora de Renal y le cogió la mano, besándola con más sinceridad que nunca.
Ella se ruborizó de dicha, pero, casi al mismo tiempo, rechazó a Julien con el
furor de los celos. El orgullo de Julien, herido poco antes, le convirtió en
un majadero en aquel momento. Sólo vio en la señora de Renal una mujer rica,
soltó su mano con desdén y se alejó. Se fue al jardín a pasear pensativo y muy
pronto una amarga sonrisa apareció en sus labios.
«¡Aquí estoy paseándome
tranquilamente, como si fuese dueño de mi tiempo! Tengo abandonados a los
niños y me expongo a las humillantes reprensiones del señor de Rénal, que
estarán plenamente justificadas.» Y se fue corriendo al cuarto de los niños.
Las caricias del más pequeño, a
quien quería mucho, mitigaron un poco su acerbo dolor.
«Éste no me desprecia todavía»,
pensó Julien. Pero enseguida se reprochó a sí mismo el sentir menos dolor como
una nueva muestra de debilidad. «Estos niños me acarician como acariciarían a
un perrillo de caza que les hubiesen comprado ayer.»
Capítulo
10
Un
gran corazón y una pequeña fortuna
But passion most dissembles, yet
betrays,
Even by its darkness; as the blackest
sky
Foretells the heaviest tempest.[12]
BYRON
El señor de Renal, que recorría
todas las habitaciones del castillo, volvió al cuarto de los niños con los
criados que devolvían los jergones. La repentina entrada de aquel hombre fue
para Julien la gota de agua que hace desbordar el vaso.
Más pálido y sombrío que de
costumbre, se adelantó hacia él. El señor de Renal se detuvo y miró a sus
criados.
-Señor -le dijo Julien-, ¿cree usted
que con otro preceptor sus hijos hubieran hecho los mismos progresos que han
hecho conmigo? Si me asegura usted que no -continuó Julien, sin dar tiempo de
hablar al señor de Renal-, ¿cómo se atreve a reprenderme diciendo que no me
ocupo suficientemente de ellos?
Apenas repuesto del susto, el señor
de Renal dedujo del tono extraño con que hablaba el joven campesino que tenía
en el bolsillo alguna propuesta ventajosa y que estaba dispuesto a marcharse.
La ira de Julien iba en aumento a medida que hablaba.
-Puedo vivir sin usted, señor
-añadió.
-Lamento de veras verle a usted tan
alterado -contestó balbuceando el señor de Renal.
Los criados estaban a diez pasos
arreglando las camas.
-No es eso lo que yo quiero -replicó
Julien fuera de sí-; piense usted en la infamia de las palabras que me ha
dirigido y, por si fuera poco, delante de unas mujeres.
El señor de Renal comprendía
perfectamente lo que Julien exigía de él, y en su alma se libraba un penoso
combate. Julien, completamente loco de ira, exclamó:
-Sé muy bien dónde tengo que ir,
señor, cuando me marche de su casa.
Al oír estas palabras, el señor de
Renal vio a Julien instalado en casa del señor Valenod.
-Está bien, señor mío -le dijo al
fin, lanzando un suspiro y con la misma actitud con la que hubiese llamado a un
cirujano para la operación más dolorosa-, accedo a su petición. Desde pasado
mañana, que es primero de mes, le daré a usted cincuenta francos mensuales.
Julien tuvo ganas de echarse a reír
y se quedó estupefacto. Toda su ira se había desvanecido.
«Aún no despreciaba lo bastante a
este bruto -se dijo-. Ésta es, sin duda, la mayor disculpa que es capaz de dar
un alma tan baja.»
Los niños, que presenciaban la
escena con la boca abierta, fueron corriendo al jardín a decirle a su madre que
el señor Julien estaba muy enfadado, pero que iba a cobrar cincuenta francos
mensuales.
Julien les siguió por costumbre, sin
mirar siquiera al señor de Renal, que se quedó profundamente irritado.
«Otros ciento sesenta y ocho francos
que me cuesta el señor Valenod -se dijo el alcalde-. Es absolutamente necesario
que le haga una seria advertencia sobre sus especulaciones con los suministros
del asilo.»
Un momento después, Julien volvió a
encontrarse frente al señor de Renal.
-Tengo que consultar un caso de
conciencia con el padre Chélan -le dijo-, y me permito prevenirle que estaré
fuera unas horas.
-¡Querido Julien! -respondió el
señor de Rénal, sonriendo
forzadamente-.
Todo el día si usted quiere, e incluso mañana,
amigo
mío. Llévese usted el caballo del jardinero para ir a Verriéres.
«Ahora le va a llevar la respuesta a
Valenod -se dijo el señor de Rénal-; no me ha prometido nada, pero más vale
dejar que se le airee un poco la cabeza a este joven.»
Julien se marchó enseguida y se
internó en los grandes bosques que conducen de Vergy a Verriéres. No quería
llegar demasiado pronto a casa del padre Chélan. En aquel momento, lejos de
sentir el menor deseo de representar una nueva escena de hipocresía,
necesitaba ver claro en su alma y analizar el cúmulo de sentimientos que le
agitaban.
«¡He ganado una batalla! -se dijo
apenas se vio en el bosque y lejos de las miradas de hombre alguno-. ¡Sí, he
ganado una batalla!»
Esta sola frase le representó la
situación con los colores más halagüeños y le devolvió la tranquilidad de
ánimo.
«Ahora resulta que voy a ganar un
sueldo de cincuenta francos mensuales. Mucho miedo debe de tener el señor de
Rénal. Pero, ¿de qué?»
La idea de que existía algo que
podía dar miedo al hombre poderoso y afortunado contra el cual estaba ardiendo
en cólera una hora antes le serenó por completo. Por un momento, incluso le
llegó a impresionar la maravillosa belleza de los bosques que atravesaba. Aquí
y allá, aparecían enormes peñascos de roca viva que la acción del tiempo había
arrancado de las laderas de la montaña y arrojado en medio del bosque. Las
grandes hayas se elevaban casi tan altas como aquellas rocas cuya sombra producía
un delicioso frescor a pocos pasos de los lugares donde el calor de los rayos
del sol era casi imposible de soportar.
Julien se detenía un momento para
tomar aliento, a la sombra de aquellas enormes rocas, y poco después reanudaba
su ascensión. Muy pronto, a través de un angosto sendero casi borrado, sólo
frecuentado por los pastores con sus rebaños de cabras, se encontró de pie
sobre una roca gigantesca, seguro de estar lelos de todos los hombres. La
situación material en que se encontraba le hizo sonreír, pues correspondía
exactamente a la posición moral que tan ardientemente deseaba alcanzar. El
aire puro de aquellas altas montañas dio serenidad a su alma. El alcalde de
Verriéres seguía siendo a sus ojos la encarnación de todos los ricos e
insolentes de la Tierra; pero Julien comprendía que el odio que había
experimentado, a pesar de la violencia de su impulso, no encerraba ninguna
animosidad personal. Si hubiese dejado de ver al señor de Rénal, a los ocho
días se habría olvidado de él, de su castillo, de sus perros, de sus hijos y de
toda su familia.
«Le he obligado, no sé cómo, a hacer
el mayor sacrificio. ¡Pero si son más de cincuenta escudos al año! Un momento
antes había escapado a un gran peligro. Esto representa dos victorias en un y
día; la segunda no tiene mérito, habría que adivinar la causa que la ha
motivado. Mañana comenzaré las indagaciones.»
Julien, de pie sobre la enorme roca,
contemplaba el cielo, abrasado por el sol de agosto. Las cigarras cantaban en
los campos que se extendían al pie de la roca; cuando callaban, todo era
silencio en torno suyo. A sus pies divisaba una extensión de veinte leguas a la
redonda. De vez en cuando, percibía algún gavilán que, abandonando las altas
cumbres, describía en silencio círculos inmensos sobre su cabeza. Julien seguía
maquinalmente con los ojos el vuelo del ave de rapiña. Sus movimientos tranquilos
y majestuosos le imponían; envidiaba aquella fuerza, envidiaba aquel
aislamiento.
Así fue el destino de Napoleón.
¿Sería algún día el suyo?
Capítulo 11
Una velada
Yet Julia's very coldness still was
kind.
And tremulously gentle her small hand
Withdrew itself from his, but left
behind
A little pressure, thrilling, and so
bland
And slight, so very slight that lo
the
mind 'ltwas but a doubt.[13]
BYRON
Sin embargo, había que ir a
Verriéres. Al salir del presbiterio, una feliz casualidad le hizo tropezarse
con el señor Valenod, a quien se apresuró a contar su aumento de sueldo.
De vuelta a Vergy, Julien no bajó al
jardín hasta que se hizo completamente de noche. Se sentía cansado por el
cúmulo de violentas emociones que le habían agitado durante todo el día. «¿Qué
les diré?», se preguntaba con inquietud, pensando en las señoras. Era incapaz
de darse cuenta de que su estado de espíritu estaba precisamente a la altura
de las circunstancias que suelen ocupar todo el interés de las mujeres. Muchas
veces Julien resultaba ininteligible para la señora Derville e incluso para su
amiga y, a su vez, él sólo se enteraba a medias de lo que ellas le decían. Tal
era el efecto de la fuerza y, por decirlo así, de la grandeza de los arranques
de pasión que agitaban el alma de aquel joven ambicioso. Para aquel ser
excepcional, todos los días eran tempestuosos.
Aquella noche, al llegar al jardín,
Julien iba dispuesto a ocupares de lo que pensaran las lindas primas. Ellas le
esperaban con impaciencia. Se sentó, como de costumbre, junto a la señora de
Rénal. La oscuridad era cada vez más densa. Quiso apoderarse de una mano muy
blanca que desde hacía largo rato veía cerca de él, apoyada en el respaldo de
una silla. Tras un momento de vacilación, la mano se retiró con un movimiento
que denotaba mal humor. Julien se disponía a darse por enterado y a proseguir
alegremente la conversación, cuando oyó que el señor de Rénal se acercaba.
Aún resonaban en los oídos de Julien
las groseras palabras de aquella mañana.
«¿No sería -se dijo- una manera de
burlarse de este hombre tan colmado por todos los dones de la fortuna, el
apoderarse de la mano de su mujer en su misma presencia? Sí; lo haré, ya que
tanto desprecio me ha demostrado.»
A partir de aquel momento, la
tranquilidad, tan poco habitual en el carácter de Julien, desapareció por
completo; deseó con ansiedad y sin poder pensar en otra cosa, que la señora de
Rénal tuviese a bien darle la mano.
El señor de Rénal hablaba de
política con indignación; dos o tres industriales de Verriéres, que
decididamente se estaban haciendo más ricos que él, querían oponérsele en las
próximas elecciones. La señora Derville le escuchaba. Julien, irritado por
aquellos discursos, acercó su silla a la de la señora de Rénal. La oscuridad
ocultaba todos los movimientos. Se atrevió a poner la mano junto al lindo brazo
que el vestido dejaba al descubierto. Turbado por la emoción, perdió el dominio
de sus actos, acercó la mejilla a aquel lindo brazo y se atrevió a posar en él
sus labios.
La señora de Rénal se estremeció. Su
marido estaba a cuatro pasos; se apresuró a darle la mano a Julien, al mismo
tiempo que lo apartaba un poco. Mientras el señor de Rénal continuaba sus
improperios contra los jacobinos y los advenedizos que se enriquecían, Julien
cubría de besos apasionados la mano que le había abandonado la señora de Rénal.
Por lo menos, a ésta le parecían tales. Y, sin embargo, la pobre mujer había
tenido la prueba, aquel día fatídico, de que el hombre a quien adoraba sin
confesárselo, amaba a otra. Durante la ausencia de Julien, se había sentido tan
desdichada, que aquel sentimiento la había hecho reflexionar.
«¿Estaré enamorada? -se decía-.
¿Será amor lo que siento? Yo, una mujer casada, ¿me habré enamorado? Pero yo
nunca sentí por mi marido esta especie de sombría locura que hace que no pueda
apartar a Julien de mi pensamiento. Y, en el fondo, no es más que un niño lleno
de respeto por mí. Esto será una locura pasajera. ¿Qué le importan a mi marido
los sentimientos que pueda inspirarme este muchacho? Seguramente se aburriría
con las conversaciones que yo sostengo con Julien sobre cosas puramente
ideales. Él no piensa más que en sus negocios.
No
le quito nada para dárselo a Julien.»
Ni el menor asomo de hipocresía
empañaba la pureza de aquel alma ingenua, extraviada por una pasión que hasta
entonces no había experimentado jamás. Se engañaba, pero sin saberlo, y, sin
embargo, un instinto de virtud comenzaba a inquietarla. Tal era la lucha
interior que se libraba dentro de ella cuando Julien apareció en el jardín. Le
oyó hablar y, casi al mismo tiempo, vio que se sentaba a su lado. Su alma se
sintió como transportada por aquella deliciosa sensación de felicidad que
desde hacía quince días la asombraba más que la seducía. Todo era imprevisto
para ella. Sin embargo, al cabo de un rato, pensó: «¿Acaso basta la presencia
de Julien para borrar todas sus faltas?». Entonces se asustó y retiró la mano.
Los besos llenos de pasión, como
nunca le habían dado, la hicieron olvidar de golpe que quizás amaba a otra
mujer. De pronto, ya no fue culpable a sus ojos. La desaparición de aquel
dolor lacerante, hijo de la sospecha, la presencia de una felicidad que jamás
había soñado, provocaron en ella verdaderos transportes de ternura y de loca
alegría. Aquella velada fue encantadora Para todo el mundo menos para el
alcalde de Verriéres, que no Podía olvidar a sus industriales enriquecidos.
Julien ya no se acordaba de sus oscuras ambiciones ni de sus proyectos, tan
difíciles de realizar. Por primer vez en su vida se sentía arrastrado Por el
Poder de la belleza. Sumido en su ensueño vago y dulce, tan ajeno a su
carácter, estrechando suavemente aquella mano que le complacía por su perfecta
belleza, apenas escuchaba el movimiento de las hojas del tilo agitadas por la
brisa ligera de la noche, y el ladrido lejano de los perros del molino de
Doubs.
Pero aquella emoción era de placer,
no de pasión. Al volver a su cuarto sólo pensó en el goce que le esperaba: el
de volver a leer su libro favorito. A los veinte años, el concepto del mundo y
del efecto que se quiere producir en él es superior a todo.
Sin embargo, muy pronto cerró el
libro. A fuerza de pensar en las victorias de Napoleón, llegó a ver algo nuevo
en la suya.
«Sí, he ganado una batalla -se
dijo-, pero hay que aprovecharla; hay que aplastar la soberbia de este
orgulloso aristócrata mientras se bate en retirada. Esto es puro Napoleón. ¡Me
reprocha que no me ocupo suficientemente de sus hijos! Voy a pedirle un
permiso
de tres días para ir a ver a mi amigo Fouqué. Si me lo niega, le diré otra vez
que elija, pero es seguro que me lo dará.»
La señora de Renal no pudo cerrar
los ojos. Le parecía que hasta aquel momento no había vivido. No podía apartar
de su mente la felicidad de sentir en su mano los besos apasionados de Julien.
Súbitamente recordó la horrible
palabra adulterio. Todo lo que tiene de bajo y repugnante el amor de los
sentidos cuando cae en la más abyecta disipación acudió de golpe a su mente.
Aquellas ideas parecían querer manchar la imagen tierna y divina que ella se
hacía de Julien y de la dicha de amarle. El porvenir aparecía pintado con
sombríos colores. Se consideraba despreciable.
Aquel momento fue espantoso; su alma
llegaba a regiones desconocidas. La víspera había gozado de una felicidad jamás
soñada; ahora se encontraba de pronto hundida en la desdicha más atroz. No
tenía la menor idea de que pudieran existir tales sufrimientos, estaba
completamente trastornada. Por un momento pensó en confesar a su marido que
tenía miedo de amar a Julien. Por lo menos hablaría de él. Afortunadamente
recordó una advertencia que le diera su tía la víspera del casamiento. Se
trataba del peligro de hacer confidencias al marido, que después de todo es un
dueño. En el paroxismo de su dolor, se retorcía las manos Se sentía arrastrada al azar por imágenes
contradictorias y dolorosas. Tan pronto temía no ser amada, como la torturaba
la espantosa idea del crimen, como si al día siguiente la hubieran de poner en
la picota, en la plaza pública de Verriéres, con un cartel que explicase al
populacho su adulterio.
La señora de Renal no tenía la menor
experiencia de la vida; aun estando completamente serena y en posesión de todas
sus facultades, no hubiera visto diferencia alguna entre ser culpable a los
ojos de Dios y sentirse abrumada en público por las muestras más violentas del
desprecio general.
Cuando la horrible idea del
adulterio y de toda la ignominia que, en su opinión, este crimen trae consigo
le dejaba algún reposo, pensaba en la dicha de vivir con Julien inocentemente,
y como antes, entonces la atormentaba la angustiosa idea de que Julien pudiese
amar a otra mujer. Recordaba todavía su palidez cuando temió que iba a perder
su retrato o que podía comprometerle si lo encontraban. Fue la primera vez que
vio el temor retratado en aquella fisonomía tan noble y tan serena. Nunca había
mostrado una emoción semejante por ella o por sus hijos. Ello acrecentó su
dolor de tal manera y le hizo sentir tan intensamente su desdicha, que llegó
más allá de lo que es capaz de soportar un ser humano. Sin darse cuenta, la
señora de Rénal profirió gritos que despertaron a su doncella. De repente, vio
aparecer junto a su lecho la claridad de una luz, y reconoció a Elisa.
-¿Es a usted a quien ama? -exclamó
en su locura.
Por fortuna, la doncella,
sorprendida por el estado de tremenda agitación en que se encontraba su
señora, no prestó la menor atención a tan extraña pregunta. La señora de Rénal
advirtió su imprudencia.
-Tengo fiebre -le dijo-, y creo que
estoy delirando un poco; quédese aquí, a mi lado.
Completamente despierta por la
necesidad de contenerse, se sintió menos desgraciada; la razón recobró el
imperio que su estado de duermevela le había quitado. Para librarse de la
mirada fija de su doncella, le ordenó que leyera el periódico, y al ruido
monótono
de la voz de la muchacha, que leía un largo artículo de La Quotidienne, la
señora de Renal tomó la virtuosa resolución de tratar a Julien con la más
absoluta frialdad cuando volviera a verle.
Capítulo
12
Un
viaje
Oil trouve á Paris des gens élégants,
il peut y avoir en province des gens
á caractére.
SYEYÈS.[14]
Al día siguiente, a las cinco, antes
de que la señora de Rénal estuviese visible, Julien consiguió (le su marido un
permiso (le tres días. Contra lo que esperaba, Julien sintió deseos (le volver
a verla; se acordaba de aquella mano tan bonita. Bajó al jardín; la señora (le
Rénal se hizo esperar mucho. Pero si Julien la hubiese amado, la habría visto
detrás de las persianas medio cerradas del primer piso, con la frente apoyada
en los cristales. Le miraba. Por fin, a pesar de sus buenos propósitos, la
señora de Rénal se decidió a presentarse en el jardín. Su palidez habitual
había dejado paso a los más vivos colores.
Era evidente que aquella mujer tan
ingenua estaba agitada; un sentimiento de contención e incluso (le cólera
alteraba aquella expresión (le serenidad profunda, como por encima (le los
intereses vulgares de la vida, que daba tanto encanto a su rostro celestial.
Julien
se acercó presuroso a ella: admiraba aquellos brazos tan hermosos que un chal,
echado al descuido sobre los hombros, dejaba en parte al descubierto. El aire
fresco (le la mañana parecía incluso acrecentar el brillo de una tez que la
agitación de la noche hacía más sensible a todas las impresiones. Aquella belleza
modesta y conmovedora, y, sin embargo, llena de una vida interior que no suele
encontrarse en las clases inferiores, le pareció a Julien que despertaba en su
alma un sentimiento que no había experimentado jamás. Entregado por entero a la
admiración de los encantos que iban descubriendo sus ávidas miradas, no
pensaba siquiera en la amistosa acogida que esperaba encontrar. Por esto quedó
profundamente sorprendido ante la frialdad glacial que ella se esforzaba en
demostrarle y a través de la cual incluso creyó advertir el deliberado
propósito de recordarle el lugar que le correspondía.
La gozosa sonrisa se heló en sus
labios; se acordó del lugar que ocupaba en la escala social, sobre todo a los
ojos de una noble y rica heredera. Un momento después, en su rostro sólo había
orgullo y odio contra sí mismo. Sentía un profundo despecho por haber retrasado
su partida más de una hora para recibir tan humillante acogida.
«Sólo los tontos echan las culpas a
los demás -se dijo-: una piedra cae por su propio peso. ¿Seré siempre un niño?
¿Cuándo adquiriré la buena costumbre de no dar a esta gente más que aquella
parte de mi alma que corresponde al dinero que me pagan? Si quiero lograr su
estimación y la mía, tengo que demostrarles que mi pobreza puede comerciar con
su riqueza, pero que mi corazón está a cien leguas de su insolencia y en una
esfera demasiado alta para que puedan alcanzarlo sus mezquinas muestras de
favor o de desprecio.»
Mientras se agolpaban estos
pensamientos en la mente del joven preceptor, su cambiante fisonomía adoptaba
una expresión de ferocidad y de dolorido orgullo.
La señora de Rénal se sintió
turbada. Abandonó el aire de virtuosa frialdad que había querido dar a su
acogida, para demostrar el más vivo interés, y un interés tanto mayor cuanto
que a él se mezclaba la sorpresa producida por el repentino cambio que acababa
de advertir. Los lugares comunes que suelen decirse por la mañana sobre la
salud y la hermosura del día pronto se agotaron entre los dos al mismo tiempo.
Julien, cuyo juicio no estaba ofuscado por la pasión, halló muy pronto la
oportunidad de demostrar a la señora de Rénal que no se suponía en relaciones
amistosas con ella; no le dijo nada del corto viaje que iba a emprender; la
saludó y se fue.
Mientras le veía alejarse, aterrada
por la expresión de orgullo
sombrío
que había leído en su mirada, tan amable la víspera, llegó corriendo su hijo
mayor y, dándole un beso, le dijo:
-Tenemos vacaciones. El señor Julien
se va de viaje.
Al oír estas palabras, la señora de
Rénal sintió un frío de muerte; era desgraciada por su virtud, y aún más
desgraciada por su flaqueza.
Aquel nuevo acontecimiento absorbió
toda su imaginación, haciéndole olvidar las prudentes resoluciones que había
adoptado durante la terrible noche pasada. Ya no se trataba de resistir a
aquel amante tan amable, sino de perderle para siempre.
Tuvo que asistir al almuerzo. Para
colmo de los males, el señor de Rénal y la señora Derville sólo hablaron de la
marcha de Julien. El alcalde de Verriéres había creído notar algo insólito en
el tono lleno de firmeza con que éste le había pedido permiso.
-Indudablemente, este pequeño
campesino tiene alguna proposición en el bolsillo. Pero sea de quien fuere,
aunque se trate del propio Valenod, no debe estar muy animado ante la suma de
seiscientos francos anuales que ha de costarle. Ayer en Verriéres le habrán
pedido un plazo de tres días para pensarlo, y esta mañana el señorito se va al
monte para no verse obligado a darme una respuesta. ¡A lo que hemos llegado!
¡Tener que soportar a un miserable obrero que se las da de insolente!
«Puesto que mi marido, que ignora lo
muy hondamente que ha ofendido a Julien, piensa que nos va a abandonar, ¿qué
debo pensar yo? -se dijo la señora de Rénal-. ¡Ah, todo está decidido!»
Con objeto de poder, cuando menos,
llorar a sus anchas y no contestar a las preguntas de la señora Derville, se
quejó de una jaqueca horrible y se metió en la cama.
-Así son las mujeres -repitió el
señor de Rénal-, máquinas complicadas que siempre tienen algo descompuesto.
Y se alejó con aire burlón.
Mientras la señora de Rénal era
presa de los más crueles sutl'imientos que trae consigo la tremenda pasión de
que el azar la había hecho víctima, Julien proseguía alegremente su camino a
"aves de los más bellos paisajes que es posible encontrar en el
escenario
de aquellas montañas. Tenía que cruzar la gran cadena que se extiende al norte
de Vergy. El sendero que seguía y que asciende lentamente por entre grandes
bosques de hayas, forma innumerables zigzags en la ladera de la alta montaña,
que dibuja al norte el valle del Doubs. Muy pronto la mirada del viajero,
rebasando las suaves colinas que bordean el curso del Doubs por la parte del
mediodía, divisó las fértiles llanuras de Borgoña y del Beaujolais. Por
insensible que fuera el alma del ambicioso joven ante aquel género de belleza,
no podía por menos de detenerse de vez en cuando para admirar un espectáculo
tan vasto e imponente.
Por fin llegó a la cumbre de la alta
montaña que tenía que trasponer para llegar, por un atajo, al valle solitario
donde habitaba su amigo Fouqué, el joven tratante en maderas.
Julien
no tenía la menor prisa por verle, ni a él ni a ningún otro ser humano. Oculto
como un ave de rapiña entre las desnudas rocas que coronan aquella alta
montaña, podía divisar desde muy lejos a cualquier persona que se acercara. En
un corte casi vertical de uno de aquellos riscos descubrió una pequeña gruta.
A ella dirigió sus pasos, y al cabo de muy poco tiempo se hallaba instalado en
aquel refugio. «Aquí -se dijo con los ojos brillantes de alegría los hombres no
podrían hacerme ningún daño.» Se le ocurrió la idea de entregarse al placer de
escribir sus pensamientos, cosa tan peligrosa para él en cualquier parte. Una
piedra cuadrada le sirvió de pupitre. Su pluma volaba; no veía nada de lo que
había a su alrededor. Al fin se dio cuenta de que el sol empezaba a ponerse
tras los lejanos montes de Beaujolais.
«¿Por qué no he de pasar la noche
aquí? -se dijo-. Tengo pan y soy libre.» Al sonido de esta frase altisonante,
su alma se llenó de exaltación; su hipocresía le impedía sentirse libre hasta
en casa del propio Fouqué. Con la cabeza apoyada entre las manos, mirando la
llanura embriagado por sus ensueños y por la dicha de sentirse libre, Julien
permaneció dentro de la cueva en un estado de felicidad que no había
experimentado jamás. Sin darse cuenta vio cómo se extinguían lentamente las
luces del crepúsculo. En aquella oscuridad sin límites, dejaba volar libremente
su fantasía, imaginando lo que algún día esperaba encontrar en París. Primero
era una mujer mucho más hermosa y de un talento muy superior a todas las que
había conocido en provincias. Amaba con pasión, era amado. Si se separaba de
ella un solo instante, era para cubrirse de gloria y hacerse más digno de aquel
amor.
Aun suponiéndole la misma
imaginación que a Julien, cualquier otro joven educado en medio de las tristes
realidades de la sociedad de París hubiera despertado muy pronto de tan novelescos
ensueños al percibir su amarga ironía; habría olvidado su afán de realizar
grandes hechos al pensar en la conocida máxima que dice: «Si dejas sola a tu
amante, corres el riesgo de ser engañado dos o tres veces al día». Aquel joven
campesino sólo veía entre él y las acciones más heroicas la falta de una oportunidad
para realizarlas.
Pero una noche cerrada había
sucedido al día y aún le quedaban dos leguas de camino para llegar a la aldea
en que vivía Fouqué. Antes de salir de la gruta, Julien encendió fuego y quemó
cuidadosamente todo lo que había escrito.
Su amigo se quedó muy sorprendido al
oírle llamar a la una de la madrugada. Fouqué estaba haciendo sus cuentas. Era
un hombre joven, alto, de no muy buena presencia, con grandes rasgos duros, una
nariz enorme y una gran bondad oculta tras aquel aspecto poco atrayente.
-¿Has reñido con tu señor de Renal,
que llegas tan de improviso?
Julien le contó, pero como debía,
los sucesos de la víspera.
-Quédate conmigo -le dijo Fouqué-.
Ya veo que conoces al señor de Renal, al señor Valenod, al subprefecto Maugiron
y al padre Chélan; has comprendido perfectamente las sutilezas de carácter de
estas gentes; estás en condiciones de tomar parte en las subastas. Sabes
aritmética mejor que yo; puedes llevarme las cuentas. Yo gano mucho con mi
negocio. La imposibilidad de hacerlo todo por mí mismo y el temor de que si
tomo un socio Me resulte un sinvergüenza, me impiden todos los días realizar
buenas
operaciones. Hace escasamente un mes que he dado a ganar seis mil francos a
Michaud, el de Saint-Amand, a quien no veía desde hacía seis años y a quien
encontré por casualidad en la venta de Pontarlier. ¿Por qué no habías de ser tú
el que ganara esos seis mil francos, o cuando menos tres mil? Porque si aquel
día hubieras estado conmigo, yo habría pujado en la subasta de aquella partida
de madera y me la hubieran adjudicado. Asóciate conmigo.
Este ofrecimiento puso de mal humor
a Julien, venía a distraerle de su locura. Durante toda la cena, que los dos
amigos se prepararon como los héroes de Homero, pues Fouqué vivía solo, éste le
enseñó sus cuentas a Julien y le demostró las ventajas de su negocio de
maderas. Fouqué tenía el más alto concepto del talento y del carácter de
Julien.
Cuando éste por fin estuvo a solas
en su pequeño cuarto de tablas de abeto, se dijo: «Es evidente que aquí puedo
ganar unos miles de francos y emprender luego con mayores ventajas la carrera
militar o la eclesiástica, según la moda que impere en Francia en ese momento.
El pequeño peculio que haya podido ahorrar solventará todas las pequeñas
dificultades que puedan presentarse. Solo en estas montañas, tendré ocasión de
disipar un tanto la vergonzosa ignorancia en que me encuentro respecto a la
mayor parte de las cosas que ocupan a esos hombres de mundo. Pero Fouqué ha
renunciado a casarse; me repite que la soledad le hace desgraciado, luego es
evidente que si acepta un socio que no tiene dinero que invertir en su negocio
es con la esperanza de procurarse un compañero que no le abandone jamás».
-¿Sería capaz de engañar a mi amigo?
-exclamó Julien con mal humor. Aquel ser cuya habitual norma de conducta era la
hipocresía y la absoluta carencia de buenos sentimientos, no pudo soportar en
esta ocasión la idea de la menor falta de delicadeza respecto a un hombre que
le quería.
Súbitamente, Julien se llenó de
contento. Había encontrado un pretexto para no aceptar: «Perdería cobardemente
siete u ocho años, llegaría a los veintiocho; pero a esa edad Bonaparte ya
había realizado sus mayores proezas. Después de haber ganado oscuramente algún
dinero con el corretaje de madera y de haber merecido el favor de unos cuantos
granujas subalternos, ¿quién me asegura que conservaré todavía el fuego sagrado
necesario para hacerme un hombre?».
Al día siguiente, por la mañana,
Julien respondió con gran sangre fría al buen Fouqué -quien creía que la nueva
sociedad era ya cosa hecha- que su vocación por el sagrado ministerio del altar
no le permitía aceptar. Fouqué no podía salir de su asombro.
-¿Pero te das cuenta -le repetía- de
que te asocio a mí o, si lo prefieres, que te doy cuatro mil francos al año?
¿Quieres volver a casa de ese señor de Rénal, que no te considera digno ni
siquiera de limpiarle el polvo de los zapatos? ¿Quién te impide entrar en el
seminario, una vez que tengas doscientos luises en el bolsillo? Te diré más:
yo me encargo de procurarte la mejor parroquia. Porque -añadió Fouqué bajando
la voz- yo sirvo la leña al padre..., al padre..., al padre... Les proveo de
encina de roble de primera calidad, que me pagan como si fuera pino blanco,
pero nunca he colocado mejor el dinero.
No pudo apartar a Julien de su
vocación. Fouqué acabó por creerle un poco loco. El tercer día, muy de mañana,
Julien se despidió de su amigo para pasar el día entre los riscos de la alta
montaña. Volvió a la pequeña cueva que había descubierto, pero en ella no
encontró ya la paz, los ofrecimientos de su amigo se la habían arrebatado. Al
igual que Hércules, se encontraba, no entre el vicio y la virtud, sino entre
la mediocridad seguida de un bienestar seguro y los sueños heroicos de su
juventud. «No tengo pues verdadera firmeza de carácter -se decía, y era ésta
la duda que le causaba más dolor-. No soy de la madera de la que están tallados
los grandes hombres, puesto que temo que ocho años empleados en ganarme el pan
puedan quitarme la sublime energía que impulsa a realizar las grandes hazañas.»
Capítulo
13
Las
medias caladas
Un roman: c'est un miroir qu'on
proméne
le long d'un chemin.[15]
SAINT - RÉAL
Cuando Julien divisó las pintorescas
ruinas de la antigua iglesia de Vergy, se dio cuenta de que desde la
antevíspera no había pensado ni una sola vez en la señora de Rénal.
«El otro día, antes de marcharme,
esta mujer me recordó la infinita distancia que nos separa; me trató como al
hijo de un obrero. Sin duda quiso poner de manifiesto su arrepentimiento por
haber dejado su mano entre las mías la noche anterior... ¡Bonita mano, por
cierto! ¡Y qué encanto, qué nobleza, encierra la mirada de esa mujer!»
La posibilidad de hacer fortuna, si
se decidía a ello, al lado de Fouqué prestaba cierta fluidez a los
razonamientos de Julien; ya no se veían constantemente malogrados por la
irritación y el vivo sentimiento de su pobreza y de su baja condición a los ojos
del mundo. Lo mismo que si se hallase situado sobre una cima elevada, podía
juzgar y dominaba, por decirlo así, la extremada pobreza y el bienestar que él
seguía llamando riqueza. Se hallaba lejos de considerar su posición desde el
punto de vista filosófico, pero tuvo el suficiente buen sentido como para
sentirse diferente después de su excursión a la montaña.
Le impresionó la extrema turbación
con que la señora de Rénal escuchó el breve relato del viaje que ella misma
había solicitado.
Fouqué
había tenido proyectos de matrimonio, y amores desgraciados; las
conversaciones de ambos amigos habían versado sobre una serie de confidencias
referentes a este tema. Después de haber creído encontrar la felicidad, algo
precipitadamente, Fouqué se había dado cuenta de que no era él el único amado.
Todos aquellos relatos habían asombrado a Julien: había aprendido muchas cosas
nuevas. Su. vida solitaria, poblada de imaginación y desconfianza, le había
mantenido alejado de todo cuanto pudiera abrirle los ojos.
Durante su ausencia, la vida de la
señora de Renal no había sido más que una serie de suplicios diversos, pero
todos igualmente intolerables; estaba realmente enferma.
-Espero -le dijo la señora Derville
cuando vio llegar a Julienque, teniendo en cuenta tu indisposición, no se te
ocurrirá salir al jardín esta noche; el aire húmedo te sentaría mal.
La señora Derville veía con sorpresa
que su amiga, a quien el señor de Renal reprochaba siempre su excesiva
sencillez en el vestir, acababa de ponerse unas medias caladas y unos preciosos
zapatos recién llegados de París. Durante los últimos tres días, la única
distracción de la señora de Renal había consistido en cortar un vestido de
verano de una bonita tela que estaba muy de moda, y en hacer que Elisa se lo
confeccionase con gran rapidez. A duras penas, el vestido quedó terminado momentos
después de la llegada de Julien. La señora de Renal se lo puso inmediatamente.
Su amiga no tuvo ya la menor duda. «¡Se
ha enamorado, la infeliz!», se dijo la señora Derville. Y entonces comprendió
todas las extrañas manifestaciones de su enfermedad.
La vio hablar con Julien. La palidez
sucedía al más vivo rubor. La ansiedad se reflejaba en sus ojos, fijos en los
del joven preceptor. La señora de Renal esperaba que de un momento a otro él se
explicaría y aclararía si se iba o no de la casa. Pero a Julien no se le
ocurrió abordar este tema, porque ni siquiera pensaba en ello. Tras intensa
lucha interior, la señora de Renal se atrevió por fin a decirle, con voz
temblorosa que reflejaba toda su pasión:
-¿Piensa usted abandonar a sus
discípulos para aceptar otra colocación?
Julien quedó impresionado ante el
tono de voz y la mirada de la señora de Rénal. «Esta mujer me ama -se dijo-,
pero después de ese momento de pasajera flaqueza que su orgullo le reprocha, y
una vez alejado el temor de que me marche, recobrará su altivez.» Aquel
vislumbrar las posiciones respectivas fue para Julien cosa de un instante;
enseguida respondió, como si vacilara:
-Sentiría mucho abandonar a unos
niños tan amables y tan bien nacidos, pero quizá me vea obligado a ello. Uno
tiene también deberes para consigo mismo.
Al pronunciar las palabras tan bien
nacidos (se trataba de una de esas frases aristocráticas que Julien había
aprendido recientemente) las impregnó de un profundo sentimiento de antipatía.
«A los ojos de esta mujer -se decía-
yo no soy bien nacido.»
La señora de Rénal, al escucharle,
admiraba su talento, su belleza; tenía el corazón destrozado por la perspectiva
de la posible marcha que él le dejaba entrever. Todos sus amigos de Verriéres
que, durante la ausencia de Julien, habían ido a comer a Vergy, habían
prodigado, a cuál más, sus alabanzas respecto al hombre asombroso que su marido
había tenido la suerte de descubrir. Y no es que comprendieran los progresos
de los niños. El mero hecho de saber de memoria la Biblia, y además en latín,
había despertado en los habitantes de Verriéres una admiración que podía durar
hasta un siglo.
Como Julien no hablaba con nadie,
ignoraba todo esto. Si la señora de Rénal hubiera tenido un átomo de sangre
fría, le habría felicitado por la reputación adquirida, y Julien, una vez satisfecho
su orgullo, habría sido afectuoso y amable para con ella, tanto más cuanto que
el vestido nuevo le parecía encantador. La señora de Rénal, satisfecha también
de su lindo vestido y de lo que Julien le decía de él, quiso dar una vuelta por
el jardín; poco después, declaró que no se veía con ánimo de andar. Se había
apoyado en el brazo del viajero, y su contacto, en vez de darle fuerzas, se las
había quitado por completo.
Era de noche; apenas se hubieron
sentado, Julien, usando de su antiguo privilegio, se atrevió a acercar los
labios al brazo de su linda vecina y a cogerle la mano. Pensaba en la osadía de
que Fouqué había dado prueba en el trato con sus amantes, y no en la señora de
Renal; las palabras bien nacidos oprimían todavía su corazón. Notó una presión
en la mano, pero este hecho no le produjo ningún placer. Lejos de sentirse
orgulloso, o, por lo menos, agradecido por el sentimiento que la señora de
Rénal traicionaba aquella noche con pruebas tan evidentes, la elegancia, la
belleza y la lozanía le encontraban casi insensible. La pureza de alma y la
ausencia de todo sentimiento de odio prolongan, sin duda, la duración de la
juventud. La fisonomía es lo primero que envejece en la mayor parte de las
mujeres bonitas.
Julien se mantuvo huraño durante
toda la velada; hasta entonces sólo se había enfurecido contra lo aleatorio
del destino y contra la sociedad; desde que Fouqué le ofreció un medio innoble
para procurarse el bienestar, sentía indignación contra sí mismo. Absorto en
sus pensamientos, aunque de vez en cuando dirigiera alguna palabra a aquellas
damas, Julien, sin darse cuenta, acabó por soltar la mano de la señora de
Rénal. Esta acción trastornó el alma de aquella pobre mujer; vio en ella la revelación
de su destino.
De haber estado segura del cariño de
Julien, posiblemente su virtud habría encontrado la fuerza suficiente para
resistirle. Temblorosa ante el temor de perderle para siempre, su pasión la
extravió hasta el punto de llevarla a apoderarse de nuevo de la mano de Julien,
quien distraídamente la había dejado apoyada en el respaldo de una silla. Este
movimiento despertó a aquel joven ambicioso: hubiera deseado tener por
testigos a todos aquellos nobles tan altivos que, en la mesa, cuando él se
hallaba sentado en un extremo, junto a los niños, le miraban esbozando una
sonrisa de condescendiente protección. «Esta mujer ya no puede despreciarme -se
dijo-; en este caso, tengo que ser sensible a su belleza: ¡estoy obligado a ser
su amante!» Semejante idea no se le hubiera ocurrido antes de las inocentes
confidencias de su amigo.
La súbita resolución que acababa de
adoptar le proporcionó una distracción agradable. Se decía: «Es preciso que una
de estas dos mujeres sea mía». Se dio cuenta de que hubiera preferido
cortejar
a la señora Derville, no porque fuese más agradable,
sino
porque sólo le había conocido como preceptor respetado por su saber y no como
obrero de la serrería, con su chaqueta de ratina bajo el brazo, tal como se
había presentado ante la señora de Renal.
Y precisamente así, como un joven
obrero, sonrojado hasta el blanco de los ojos, parado ante la puerta de su casa
sin atreverse a llamar, es como más le gustaba imaginárselo a la señora de
Rénal.
Esta mujer, que los burgueses de la
comarca consideraban altiva, pensaba rara vez en la posición social y en su
espíritu tenía más valor una certidumbre, por pequeña que fuese, que la
promesa de carácter avalada por la estirpe de un hombre. Un carretero que
hubiese demostrado su coraje era para ella más valiente que un temible capitán
de húsares con su bigote y su pipa. Creía que el alma de Julien era más noble
que la de todos sus primos, todos ellos caballeros de raza e, incluso, con
título de nobleza.
Continuando el análisis de su
situación, Julien vio que no había que pensar en la conquista de la señora
Derville, quien probablemente se daba cuenta de la predilección que la señora
de Rénal mostraba por él. Obligado a volver a ésta, Julien se decía: «¿Qué
conozco del carácter de esta mujer? Sólo esto: antes de mi viaje le cogía la
mano y ella la retiraba; ahora, retiro la mía y ella la coge y la estrecha.
¡Bonita ocasión para devolverle todo el desprecio que me ha demostrado! ¡Sabe
Dios cuántos amantes habrá tenido! Quizá se decide a mi favor únicamente por lo
fácil que será vernos».
¡Tales son, por desgracia, los
inconvenientes de un exceso de civilización! A los veinte años, el alma de un
joven medianamente instruido está a mil leguas de distancia de aquel abandono
sin el cual el amor se convierte en el más fastidioso de los deberes.
<<Me interesa tanto más
conquistar a esta mujer -continuó diciendo la mezquina vanidad de Julien-
cuanto que, si algún día hago fortuna y alguien me reprocha mi modesto empleo
de preceptor, podré dar a entender que el amor me indujo a aceptar este
cargo.» Julien separó de nuevo su mano de la de la señora de Renal, después
volvió a cogerla, apretándosela. Al entrar en el salón, hacia medianoche, ella
le dijo a media voz:
-¿Se marchará usted? ¿Nos dejará?
Julien contestó suspirando:
-Es preciso que me vaya, pues la amo
a usted con pasión y esto es un pecado... ¡Y qué pecado para un joven
sacerdote!
La noche que pasaron aquellos dos
seres fue bien distinta. La señora de Renal estaba exaltada por los transportes
de la más elevada voluptuosidad moral. Una joven coqueta, que empieza a amar
muy temprano, se habitúa a la turbación del amor; cuando llega a la edad de la
pasión verdadera, ésta ya no tiene para ella el encanto de la novedad. Como la
señora de Renal nunca había leído novelas, todos los matices de su dicha eran
nuevos para ella. Ninguna amarga realidad, ni siquiera el espectro del porvenir,
venía a ensombrecerla. Creía que dentro de diez años sería tan feliz como en
aquel momento. Incluso la idea de la virtud y de la felicidad jurada al señor
de Renal, que días atrás la había inquietado, compareció en vano y fue
rechazada como un huésped inoportuno.
«Jamás concederé a Julien el menor
favor -se dijo la señora de Renal-. Viviremos siempre como vivimos desde hace
un mes. Será un amigo.»
Capítulo
14
Las
tijeras inglesas
Une jeune filie de seize
ans avait un teint de rose,
et elle mettait du rouge.[16]
POLIDORI
El ofrecimiento de Fouqué había
arrebatado a Julien toda su dicha; no podía decidirse a nada.
«Con
esta falta de carácter -se dijo- hubiera sido un mal soldado de Napoleón.
Menos mal -añadió- que mi pequeña intriga con la dueña de la casa me distraerá
un poco.»
Afortunadamente para él, incluso en
este pequeño incidente secundario, el fondo de su alma no respondía en modo
alguno a su desenvuelto lenguaje. Tenía miedo de la señora de Renal a causa de
su vestido tan bonito. Aquel vestido era a sus ojos como la vanguardia de
París. Su orgullo no quiso dejar nada al azar y a la inspiración del momento.
Con arreglo a las confidencias de Fouqué y lo poco que había leído sobre el
amor en la Biblia, se trazó un minucioso plan de campaña. Y como, aunque no
quería confesárselo, estaba profundamente turbado, puso su plan por escrito.
Al día siguiente, por la mañana, la
señora de Rénal se quedó un momento a solas con él en el salón.
-¿No tiene usted más nombre que el
de Julien? -le dijo.
Nuestro
héroe no supo qué responder a aquella pregunta tan halagadora. Era una
circunstancia que su plan no había previsto. Sin esta tontería de trazarse un
plan, el agudo ingenio de Julien le hubiese servido en aquella ocasión, la
sorpresa no hubiese hecho más que acrecentar la vivacidad de sus ideas.
Estuvo torpe y se exageró a sí mismo
su torpeza. La señora de Renal se la perdonó enseguida. Vio en ella el efecto
de una encantadora ingenuidad. Y precisamente lo que siempre había echado de
menos en aquel hombre, al que todos reconocían tanto talento, era un cierto
aire de ingenuidad.
-Este pequeño preceptor tuyo no me
inspira la menor confianza -le decía a veces la señora Derville-. Encuentro
que tiene siempre el aspecto de estar maquinando algo y de obrar sólo por
cálculo. Es un zorro.
Julien se sintió profundamente
humillado por su torpeza al no haber sabido qué contestar a la señora de Renal.
«Un hombre como yo debe enmendar
este fracaso», se dijo, y aprovechando el momento en que pasaban de una habitación
a otra, creyóse obligado a darle un beso a la señora de Renal.
Nada más inoportuno, menos agradable
y más imprudente para los dos. Estuvieron a punto de que les vieran. La señora
de Renal le creyó loco. Se quedó aterrada y, sobre todo, desagradablemente
sorprendida. Aquella necedad le recordó al señor Valenod.
«¿Qué me ocurriría -se dijo- si
estuviera a solas con él?» Y al eclipsarse el amor, reapareció toda su virtud.
Se las arregló de manera que uno de
sus hijos estuviese siempre a su lado.
Aquel día resultó fastidioso para
Julien, que lo pasó por entero tratando torpemente de poner en práctica su
plan de seducción. No miró ni una sola vez a la señora de Renal sin que su mirada
no tuviera una intención deliberada; no era tan necio, sin embargo, para no
darse cuenta de que no conseguía ser amable, y mucho menos seductor.
La señora de Rénal no salía de su
asombro al verle tan torpe y al propio tiempo tan atrevido. «¡Es la timidez del
amor en un hombre de talento! -se dijo por fin con inefable alegría-. ¿Será
posible que no haya sido nunca amado por mi rival?»
Después del almuerzo, la señora de
Rénal volvió al salón para recibir la visita del señor Charcot de Maugiron, el
subprefecto de Bray. Trabajaba en un bastidor de tapicería muy alto. La señora
Derville estaba a su lado. En esta situación y a plena luz, nuestro héroe creyó
conveniente adelantar un pie y pisar el de la señora de Rénal, cuyas medias
caladas y bonitos zapatos de París atraían evidentemente las miradas del
galante subprefecto.
La señora de Rénal sintió un miedo
horrible; dejó caer las tijeras, el ovillo de lana, las agujas, y el
movimiento de Julien pudo pasar por un gesto de torpeza al querer evitar la
caída de las tijeras cuando vio que resbalaban. Afortunadamente, éstas, que
eran de acero inglés, se rompieron, y la señora de Rénal se extendió en
infinitas lamentaciones por el hecho de que Julien no hubiese estado más cerca
de ella.
-Usted se ha dado cuenta antes que
yo de que se caían y hubiera podido evitarlo. En cambio, su solicitud no ha
servido más que para darme un gran pisotón.
Todo esto engañó al subprefecto,
pero no a la señora Derville. «¡Este niño bonito se está portando como un
perfecto estúpido!», pensó; el savoir-vivre de una ciudad provinciana no
perdona esta clase de faltas. La señora de Rénal encontró la oportunidad de
decirle a Julien:
-Sea usted prudente, se lo ordeno.
Julien se había puesto de mal humor
al darse cuenta de su torpeza.
Durante largo rato se estuvo
preguntando a sí mismo si tenía que enfadarse por la frase se lo ordeno. Fue lo
bastante estúpido como para pensar: «Podría decirme se lo ordeno, si se tratase
de algo referente a la educación de los niños; pero responder a mi amor supone
la igualdad. No se puede amar sin igualdad...», y todo su talento no le sirvió
más que para hacerse una serie de consideraciones llenas de lugares comunes
sobre la igualdad. Se repetía con rabia un verso de Corneille que la señora
Derville le
había
enseñado unos días antes:
L'amour
Fait
les égalités el ne les cherche pas.[17]
Julien se obstinaba en representar
el papel de Don Juan; él, que en su vida había tenido una amante, se portó
durante todo el día como un perfecto estúpido. Sólo tuvo una idea feliz: harto
de sí mismo y de la señora de Rénal, vio con horror que se acercaba el momento
en que, al caer la noche, tendría que sentarse a su lado en la oscuridad del
jardín. Le dijo al señor de Rénal que se iba a Verriéres, a ver al párroco; se
marchó después de comer y no volvió hasta la noche.
En Verriéres, Julien encontró al
padre Chélan ocupado en levantar la casa; por fin había sido destituido y le
reemplazaba el vicario Maslon. Julien ayudó al buen sacerdote y se le ocurrió
escribir a Fouqué diciéndole que la irresistible vocación que sentía por el
sagrado ministerio le había impedido, en principio, aceptar sus generosos
ofrecimientos, pero que acababa de presenciar un caso de injusticia tan
flagrante que quizá sería más beneficioso para su salvación no ingresar en las
sagradas órdenes.
Julien quedó muy satisfecho de la
habilidad con que había sabido sacar partido de la destitución del párroco de
Verriéres, y dejar una puerta abierta para dedicarse a los negocios si en su
espíritu la triste prudencia acababa por vencer al heroísmo.
Capítulo
15
El
canto del gallo
Amour en latín faict amor;
Or done provient d'amour la mort,
Et, par avant, soulcy qui mord,
Deuil, plours, piéges, forfaitz,
remords...[18]
BLASON D'AMOUR
Si Julien hubiese sido tan listo
como tan infundadamente se creía, al día siguiente se hubiera vanagloriado del
efecto producido por su viaje a Verriéres. Su ausencia había hecho olvidar sus
torpezas. Durante todo el día estuvo aún bastante huraño; por la noche se le
ocurrió una idea absurda y se la comunicó a la señora de Rénal con extraña
osadía.
Apenas estuvieron sentados en el
jardín, sin esperar a que hubiera la oscuridad suficiente, Julien acercó sus
labios a la oreja de la señora de Rénal y, con riesgo de comprometerla
terriblemente, le dijo:
-Señora, esta noche, a las dos, iré
a su cuarto, tengo que hablarle.
Julien temía que su petición fuese
aceptada; su papel de seductor le pesaba tan horriblemente que de buena gana
se hubiese retirado a su cuarto durante varios días para no ver más a aquellas
damas. Comprendía que con su estudiada conducta de la víspera había echado a
perder todas las hermosas perspectivas del día anterior, y no sabía realmente a
qué santo encomendarse.
La señora de Rénal respondió con
verdadera indignación, en modo alguno exagerada, a la impertinente proposición
que Julien se había atrevido a hacerle. A él le pareció advertir un tono de
desprecio en su breve respuesta. Sin duda alguna, en aquella respuesta, dicha
en voz muy baja, apareció la frase: quita allá. Con la excusa de decir algo a
los niños, Julien se fue a su cuarto y al volver se sentó al lado de la señora
Derville y muy lejos de la señora de Renal. De este modo eliminó toda
posibilidad de cogerle la mano. La conversación fue seria y Julien salió muy
airoso de ella, salvo algunos momentos de silencio empleados en devanarse los
sesos: «¿Qué intriga podría yo inventar -se decíapara obligar a la señora de
Rénal a devolverme las inequívocas muestras de cariño que hace tres días me
habían hecho creer que era mía?».
Julien estaba completamente
desconcertado ante el giro casi desesperado a que había llevado sus asuntos. Y,
sin embargo, nada le hubiese azorado más que el éxito.
Al separarse a medianoche, su
pesimismo le hizo creer que había merecido el desprecio de la señora Derville y
que no gozaba de mejor suerte con la señora de Renal.
De muy mal humor y sumamente
humillado, Julien no pudo dormir. Nada más lejos de él que la idea de renunciar
a todas sus simulaciones, a todos sus proyectos, y de vivir al día junto a la
señora de Rénal, contento como un niño de la felicidad que podía depararle cada
nuevo día.
Se devanaba los sesos imaginando las
más ingeniosas intrigas; al cabo de un momento le parecían absurdas; en una
palabra, era muy desgraciado cuando dieron las dos en el reloj del castillo.
Aquel ruido le despertó, como el
canto del gallo despertó a san Pedro. Vio que había llegado el momento de
realizar lo más difícil. No había vuelto a pensar en su impertinente
proposición, desde el momento en que la había hecho; ¡la verdad es que no podía
haber sido peor recibida!
«Le dije que iría a su alcoba a las
dos -se dijo levantándose-; puedo ser inexperto y grosero, como corresponde al
hijo de un campesino, según me ha dado a entender en más de una ocasión la
señora Derville, pero por lo menos no seré débil.»
Julien tenía motivos para
enorgullecerse de su valor, nunca se había impuesto una obligación más penosa.
Al abrir la puerta temblaba de tal modo que se le doblaron las rodillas, y tuvo
que apoyarse en la pared.
Iba descalzo. Se acercó a escuchar a
la puerta del señor de Renal y pudo oír claramente sus ronquidos. Quedó
desolado. Ya no cabía pretexto alguno para dejar de ir a la alcoba de ella.
Pero, ¡Dios mío! ¿Qué iba a hacer allí? No llevaba ningún propósito
determinado y, aunque lo hubiese llevado, estaba tan turbado que sería
completamente incapaz de ponerlo en práctica.
Por fin, sufriendo mil veces más que
si cáminase hacia el cadalso, entró en el corto pasillo que llevaba a la
habitación de la señora de Rénal. Abrió la puerta con mano temblorosa y haciendo
un ruido espantoso.
Había luz; una lamparilla ardía bajo
la chimenea; no esperaba este nuevo contratiempo. Al verlo entrar, la señora
de Rénal se tiró de la cama al momento.
-¡Desgraciado! -exclamó.
Hubo un momento de desconcierto.
Julien olvidó sus vanos propósitos y asumió su verdadero papel; no agradarle a
una mujer tan encantadora le pareció la mayor de las desgracias. Sólo
respondió a sus reproches echándose a sus pies y abrazándose a sus rodillas. Y
como ella le hablaba con extremada dureza, rompió a llorar.
Unas horas después, cuando Julien
salió del cuarto de la señora de Rénal, podía decirse, al estilo de las
novelas, que no le quedaba nada que desear. En efecto, debía al amor que había
inspirado y a la impresión inesperada que le habían producido los más
seductores encantos, una victoria que nunca le hubiesen proporcionado sus
torpes ardides.
Pero aun en los momentos más dulces,
víctima de un extraño orgullo y pretendió representar el papel de un hombre
acostumbrado a conquistar a las mujeres: hizo increíbles derroches de atención
por malograr lo que en él había de agradable. En vez de preocuparse de los
arrebatos de ternura que despertaba y de los remordimientos que demostraban su
intensidad, la idea del deber no se apartó ni un solo instante de su
pensamiento. Temía incurrir en un horroroso remordimiento y quedar para
siempre en ridículo, si se apartaba de la norma de conducta ideal que se había
trazado previamente. En una palabra, lo que hacía de Julien un hombre superior
fue precisamente lo que le impidió gozar plenamente de la dicha que se le
ofrecía. Era como una muchacha de dieciséis años, cuyas mejillas tienen los más
hermosos colores, y que comete la locura de darse colorete para ir al baile.
Aterrada por la aparición de Julien,
la señora de Rénal fue presa muy pronto de la más cruel inquietud. Las lágrimas
y la desesperación de Julien la turbaban profundamente.
Incluso cuando ya no tenía nada que
negarle, le rechazaba lejos de sí, realmente indignada, y luego volvía a
echarse en sus brazos. Su conducta no obedecía a ningún propósito determinado.
Se creía condenada sin remisión, e intentaba apartar de su mente la imagen del
infierno, colmando de las más vivas caricias a Julien. En una palabra, nada le
habría faltado a la felicidad de nuestro héroe, ni siquiera una sensibilidad
ardiente en la mujer que acababa de entregársele, si hubiese sabido gozar de
ella. La marcha de Julien no interrumpió los apasionados arrebatos que la
agitaban a pesar suyo, ni su íntimo combate con los remordimientos que
destrozaban su alma.
«¡Dios mío! Ser feliz, ser amado,
¿no es más que esto?»
Tal fue el primer pensamiento de
Julien al entrar en su cuarto. Se hallaba sumido en aquel estado de estupor y
de inquieta turbación en que cae el alma cuando acaba de lograr lo que tanto
tiempo ha deseado. Tiene el hábito de desear, no tiene ya nada que desear y,
sin embargo, todavía no tiene recuerdos. Al igual que el soldado al volver del
desfile, Julien repasó cuidadosamente todos los detalles de su conducta. «¿He
estado a la altura de lo que me debo a mí mismo? ¿Habré representado bien mi
papel?»
¿Y qué papel? El de un hombre
acostumbrado a deslumbrar a las mujeres.
Capítulo
16
Al día siguiente
He turn'd his lip to hers, and with
his hand
Call'd back the tangles of her
wandering hair.[19]
BYRON
Afortunadamente para la gloria de
Julien, la señora de Rénal estaba demasiado sorprendida y demasiado agitada
para darse
cuenta
de la necedad de aquel hombre que en un momento había pasado a serlo todo para
ella.
Al apuntar el día le rogaba que se
fuese de su cuarto diciendo:
-¡Dios mío! 'Si mi marido ha oído
ruido, estoy perdida.
Julien, que tenía tiempo para hacer
frases, se acordó de ésta:
-¿Sentiría usted morir?
-¡En este momento, muchísimo! Pero
no sentiría haberle conocido.
Julien consideró cuestión de amor
propio retirarse deliberadamente cuando ya era de día y hacerlo con
imprudencia.
La continua atención con que
calculaba todos sus actos, con la descabellada idea de parecer un hombre de
mucha experiencia, sólo tuvo una ventaja; cuando volvió a ver a la señora de
Rénal a la hora del almuerzo, su conducta fue un modelo de prudencia.
Ella, en cambio, no podía mirarle
sin enrojecer hasta el blanco de los ojos, y no podía pasar un minuto sin
mirarle; se daba cuenta de su turbación y hacía los mayores esfuerzos por ocultarla.
Julien levantó sólo una vez los ojos hacia ella. Al principio la señora de
Rénal admiró su prudencia. Muy pronto, al ver que aquella única mirada no se
repetía, sintió la más viva inquietud. «¿Será
que ya no me ama? -se dijo-. ¡Soy muy vieja para él!, ¡tengo diez años más que
él!»
Al pasar del comedor al jardín,
estrechó la mano a Julien. En medio de la sorpresa que le causó una prueba de
amor tan notoria, él la miró con pasión. Pues durante el almuerzo la había encontrado
muy bonita y, a pesar de tener los ojos bajos, se había pasado todo el rato
recordando todos sus encantos. Aquella mirada consoló a la señora de Rénal; no
desvaneció totalmente su inquietud; pero esta inquietud le impedía casi por
completo sentir remordimientos por su marido.
Durante el almuerzo, el marido no se
dio cuenta de nada. No le ocurrió lo mismo a la señora Derville, quien supuso a
la señora de Rénal a punto de caer. Durante todo el día, con la cruda
franqueza de una sincera e incisiva amistad, procuró con toda clase de
alusiones y frases veladas pintarle, con los más horrendos colores, el peligro
que corría.
La señora de Rénal ardía en deseos
de estar a solas con Julien; quería preguntarle si aún la quería. A pesar de la
dulzura inalterable de su carácter, varias veces estuvo a punto de dar a
entender a su amiga que pecaba de inoportuna.
Por la noche, en el jardín, la
señora Derville arregló las cosas de tal modo que al sentarse se puso entre
Julien y la señora de Rénal. Ésta, que estaba esperando con delicia el placer
de estrechar la mano a Julien y de llevarla a sus labios, no pudo ni siquiera
decirle una sola palabra.
Este contratiempo aumentó su
agitación. La atormentaba un remordimiento. Había reñido tanto a Julien por su
imprudencia al ir a su cuarto la noche anterior, que tenía miedo de que aquella
noche no volviera. Abandonó temprano el jardín y se retiró a su cuarto. Pero,
incapaz de reprimir su impaciencia, fue a escuchar junto a la puerta de
Julien. A pesar de la incertidumbre y de la pasión que la devoraban, no se
atrevió a entrar. Aquella acción le hubiera parecido la mayor de las bajezas,
pues sirve de tema a un dicho de provincias.
Aún no se habían acostado todos los
criados. La prudencia la obligó al fin a volver a su alcoba. Dos horas de
espera fueron para ella dos siglos de tormento.
Pero Julien era demasiado fiel a lo
que él consideraba el deber como para no ejecutar punto por punto el plan
preconcebido.
Al dar la una, salió sigilosamente
de su cuarto, se aseguró de que el dueño de la casa estaba profundamente
dormido y entró en la habitación de la señora de Rénal. Esta vez fue más feliz
al lado de su amiga, pues no estuvo pensando todo el rato en el papel que
quería representar. Tuvo ojos para ver y oídos para escuchar. Lo que la señora
de Rénal le dijo de su edad contribuyó a darle cierta seguridad en sí mismo.
-¡Ay, tengo diez años más que usted!
¿Cómo puede usted amarme? -le repetía, sin la menor coquetería, y porque esta
idea la obsesionaba.
Julien no concebía aquella
preocupación, pero se dio cuenta de que la sentía realmente y olvidó casi todo
su miedo al ridículo.
También -desapareció de su mente la
estúpida idea de ser considerado como un amante subalterno a causa de su oscuro
nacimiento. A medida que las apasionadas muestras de cariño de Julien
tranquilizaban a su tímida amante, ésta volvió a ser feliz y con ello a ser
capaz de juzgar a su amante. Afortunadamente, aquel día apenas adoptó aquel
aire fingido que había hecho de la cita de la víspera una victoria, pero no un
placer. Si ella se hubiese dado cuenta de su empeño en representar un papel, su
felicidad habría desaparecido para siempre ante un descubrimiento tan
lamentable. Lo hubiera considerado como una triste consecuencia de la
diferencia de edad.
Aunque la señora de Rénal no hubiera
pensado nunca en las teorías del amor, la diferencia de edad es, después de la
de fortuna, uno de los grandes lugares comunes de los chistes provincianos,
siempre que se debaten cuestiones de amor.
A los pocos días, Julien, arrastrado
por el ardor de su edad, estaba perdidamente enamorado.
«Hay que reconocer -se decía a sí
mismo- que es buena como
ángel
y que no puede ser más bonita.»
Había olvidado casi por completo la
idea de que tenía que representar un papel. En un momento de abandono, le
confesó todas sus inquietudes. Esta confidencia aumentó hasta el paroxismo la
pasión que había inspirado. «No he tenido ninguna rival afortunada», se decía
la señora de Rénal con delicia. Se atrevió a interrogarle acerca del retrato
por el que había demostrado tanto interés; Julien le juró que se trataba del
retrato de un hombre.
Cuando la señora de Rénal conservaba
la suficiente sangre fría para reflexionar, no salía de su asombro al pensar
que podía existir una felicidad tan grande, sin que ella lo hubiese siquiera
sospechado.
«¡Ah -se decía-, si hubiese conocido
a Julien hace diez años, cuando todavía podía pasar por bonita!»
Julien estaba muy lejos de pensar
semejante cosa. Su amor no era todavía más que ambición: era la alegría de
poseer, él, un pobre infeliz despreciado por todos, una mujer tan noble y tan
bella. Sus actos de adoración, sus arrebatos al contemplar los encantos de su
amiga, acabaron por tranquilizarla un poco respecto a la diferencia de edad.
De haber tenido una pequeña parte de la experiencia que toda mujer de treinta
años hace tiempo que posee en otros sitios más civilizados, hubiera temblado
por la duración de un amor que sólo parecía vivir de la sorpresa y de la
satisfacción del amor propio.
En estos momentos en que se olvidaba
de su ambición, Julien admiraba con arrobo hasta los sombreros y los vestidos
de la señora de Rénal. No se saciaba jamás del placer de aspirar su perfume.
Abría su armario ropero y se pasaba horas enteras admirando la belleza de todo
lo que contenía. Su amiga, apoyada en él, le miraba; él contemplaba aquellas
alhajas, aquellas ropas que, en víspera del matrimonio, componen la canastilla
de una novia.
«¡Hubiera podido casarme con un
hombre como éste! -pensaba a veces la señora de Rénal-. ¡Qué alma de fuego!
¡Qué deliciosa podría ser la vida con él!»
En cuanto a Julien, nunca se había
encontrado tan cerca de esos terribles instrumentos de la ar-tillería femenina.
«Es imposible -se decía- que en París se encuentre nada más bello.» En estos
momentos no encontraba ninguna objeción que oponer a su felicidad. A menudo la
sincera admiración y los arrebatos de su amante le hacían olvidar la vana
teoría que le hiciera tan mesurado y casi ridículo en los primeros días de sus
relaciones. Hubo momentos en que, a pesar de sus hábitos de hipocresía, sentía
una extrema dulzura en confesar a aquella gran dama, que le admiraba, su
ignorancia respecto a multitud de pequeños detalles. El rango de su amante
parecía elevarle por encima de sí mismo. La señora de Rénal, por su parte,
sentía la más dulce voluptuosidad moral en instruir de aquel modo, en un
cúmulo de pequeñas cosas, a aquel joven tan lleno de talento de quien todo el
mundo decía que había de llegar muy lejos. Ni siquiera el subprefecto ni el
señor Valenod podían dejar de admirarle, razón por la cual le parecían menos
estúpidos. En cuanto a la señora Derville, estaba muy lejos de participar de
los mismos sentimientos. Desesperada ante lo que creía adivinar y viendo que
los consejos prudentes le resultaban odiosos a una mujer que había perdido
literalmente la cabeza, se marchó de Vergy sin dar explicación alguna, que por
otra parte nadie le pidió. La señora de Rénal derramó algunas lágrimas, y muy
pronto se sintió doblemente feliz. Gracias a aquella partida, se encontraba
casi todo el día a solas con su amante.
Julien se entregaba tanto más a la
dulce compañía de su amiga, por cuanto siempre que estaba demasiado rato a
solas consigo mismo volvía a inquietarle la fatal proposición de Fouqué. En
los Primeros días de aquella nueva vida, hubo momentos en que él, que nunca
había amado y a quien nadie había amado jamás, 'encontraba un placer tan
delicioso en ser sincero, que varias veces estuvo a punto de confesar a la
señora de Rénal la ambición que hasta entonces había constituido la misma razón
de ser de su existencia. Hubiera querido poder consultarla respecto a la extraña
tentación que representaba para él la propuesta de Fouqué, pero un suceso
insignificante le impidió franquearse con ella.
Capítulo 17
El teniente de alcalde
O, how this spring of love resembleth
The uncertain glory of an April day;
Which now shows all the beauty of the
sun,
And by and by a cloud takes all away![20]
SHAKESPEARE
Una tarde, a la puesta del sol,
sentado junto a su amiga, lejos de los importunos, en el fondo de la huerta,
soñaba profundamente. «¿Durarán siempre estos instantes tan dulces?», pensaba.
En su alma no cabía más preocupación que la dificultad de crearse un porvenir,
y-deploraba la gran desgracia que trunca la infancia y malogra los primeros
años de la juventud pobre.
-¡Ah! -exclamó-. ¡Napoleón era sin
duda el hombre enviado por Dios para los jóvenes franceses! ¿Quién le
reemplazará? ¿Qué harán sin él los desgraciados, aunque sean más ricos que yo,
que tienen los escudos necesarios para procurarse una buena educación, pero
que no poseen dinero suficiente para comprar un sustituto a los veinte años y
hacer una brillante carrera? Hágase lo que se haga -añadió, suspirando
profundamente-, este recuerdo fatal siempre nos impedirá ser felices.
De repente vio que la señora de
Renal fruncía el ceño y adoptaba un aire frío y desdeñoso; aquella manera de
pensar le parecía propia de un criado. Educada en la idea de que era muy rica,
le parecía cosa convenida que Julien también lo era. Le amaba mil veces más que
a su vida, y lo hubiese amado incluso de ser ingrato y desleal, y no se
preocupaba en absoluto del dinero.
Julien estaba muy lejos de adivinar
aquellas ideas. Aquel fruncimiento de cejas le volvió a la realidad. Tuvo
bastante presencia de ánimo para corregir su frase y dar a entender a la noble
dama que estaba sentada tan cerca de él, sobre el banco de césped, que las
palabras que acababa de decir las había oído durante su viaje, en casa de su
amigo el tratante de maderas. Era el razonamiento de los impíos.
-Bueno, pues no vuelva usted a
mezclarse con esa clase de gente -dijo la señora de Rénal, todavía con aquel
aire glacial que había sucedido repentinamente a la expresión de una profunda
ternura.
Aquel fruncimiento de cejas, o más
bien el remordimiento por su imprudencia, fue el primer golpe que recibiera la
ilusión que embargaba a Julien. Se dijo: «Es buena y dulce, le gusto extraordinariamente,
pero he sido educado en el campo enemigo. Forzosamente han de temer, por encima
de todo, a esta clase de hombres de corazón que, después de haber recibido una
buena educación, no tienen bastante dinero para emprender una carrera. ¡Qué
sería de estos nobles si nos fuese posible luchar con las mismas armas! ¡Yo,
por ejemplo, alcalde de Verriéres, bien intencionado, y honrado como lo es en
el fondo el señor de Rénal! ¡Qué tardaría en desenmascarar al vicario y al
señor Valenod con todas sus bribonadas! ¡Cómo triunfaría la justicia en
Verriéres! Y desde luego no sería su talento el que iba a impedírmelo. Siempre
andan a tientas».
Aquel día la felicidad de Julien
estuvo a punto de ser duradera. Lo que le faltó a nuestro héroe fue la osadía
de ser sincero. Debió tener el valor de dar la batalla; pero allí mismo, sobre
el propio terreno; la señora de Rénal se había asombrado de la frase de
Julien, porque en su esfera social la gente repetía constantemente que la
vuelta de Robespierre sería posible gracias a todos aquellos jóvenes de las
clases inferiores demasiado bien educados. El aire de frialdad de la señora de
Rénal duró bastante tiempo y a Julien le pareció marcado.
El temor de haberle dicho
directamente una cosa desagradable, sucedió en ella a su repugnancia por
aquella frase intempestiva. Este temor se reflejó vivamente en sus rasgos, tan
ingenuos y tan puros cuando era feliz y estaba lejos de los sucesos
importunos.
Julien no se atrevió a continuar
soñando despierto. Más tranquilo y menos enamorado, consideró imprudente ir a
ver a la señora de Rénal a su cuarto. Valía más que ella fuese al suyo, pues,
si un criado la sorprendía corriendo por la casa, podía justificar su presencia
con veinte pretextos distintos.
Pero aquel arreglo también tenía sus
inconvenientes. Fouqué había enviado a Julien algunos libros que él, estudiante
de teología, no hubiera podido pedir a un librero. No se atrevía a abrirlos
más que por la noche. A menudo hubiera preferido no verse interrumpido por una
visita cuya espera, la víspera misma de la pequeña escena de la huerta, le
hubiese impedido dedicarse a la lectura.
A la señora de Rénal debía el
comprender los libros de un modo completamente nuevo. Se había atrevido a
preguntarle una multitud de pequeñas cosas, cuya ignorancia es un obstáculo
para la inteligencia de un joven nacido fuera de la buena sociedad, por mucho
talento natural que se le atribuya.
Esta educación del amor, recibida de
una mujer a su vez ignorante en extremo, fue una suerte. Julien llegó
directamente a ver la sociedad tal y como es actualmente. Su imaginación no se
vio ofuscada por el relato de lo que fue en otras épocas, hace dos mil años, o
sesenta solamente, en tiempos de Voltaire y de Luis XV. Con gran alegría por su
parte, de sus ojos cayó un velo, y por fin comprendió las cosas que pasaban en
Verriéres.
En el primer plano aparecieron las
complicadas intrigas urdidas, desde dos años atrás, en torno al prefecto de
Besancon. Se apoyaban en cartas llegadas de París y escritas por las personalidades
más ilustres. Se trataba de que el señor de Moirod, el hombre más devoto del
país, fuera el primer teniente de alcalde de Verriéres y no el segundo.
Le hacía la competencia un
fabricante muy rico, al cual había que relegar a toda costa al puesto de
segundo teniente de al calde.
Julien comprendió por fin las medias
palabras que había recogido al azar, cuando la alta sociedad del país iba a
comer a casa del señor de Rénal. Esta sociedad privilegiada estaba profundamente
preocupada porque la elección de primer teniente de alcalde recayera sobre
aquel personaje, mientras que el resto de la población, sobre todo los
liberales, ni siquiera sospechaban que fuera posible. Lo importante del asunto
era que, como todo el mundo sabe, el lado oriental de la calle mayor de Verrié
res tiene que ensancharse más de nueve pies, pues esta calle se ha convertido
en camino real.
Ahora bien, si el señor de Moirod,
que tenía tres casas a las que alcanzaba el ensanche, conseguía el puesto de
primer teniente de alcalde, y después el de alcalde, en el caso de que el señor
de Rénal fuese elegido diputado, cerraría los ojos, y las casas que se
adentran en la vía pública podrían ser objeto de pequeñas reparaciones,
prácticamente imperceptibles, por medio de las cuales durarían cien años. A
pesar de la ferviente piedad y de la reconocida honradez del señor de Moirod,
estaban seguros de que «se dejaría convencer», pues tenía muchos hijos. Entre
las casas enclavadas en la parte que debía ensancharse, nueve pertenecían a lo
mejor de Verriéres.
A los ojos de Julien, esta intriga
era mucho más importante que la historia de la batalla de Fontenoy, cuyo nombre
acababa de ver por vez primera en uno de los libros que le había enviado
Fouqué. Había ciertas cosas que chocaban a Julien desde que, hacía cinco años,
comenzó a ir por las noches a casa del cura. Pero como la discreción y' la
humildad de espíritu son las dos cualidades principales de un estudiante de
teología, siempre le había sido imposible dirigir pregunta alguna.
Un día, la señora de Rénal daba una
orden al ayuda de cámara de su marido, el enemigo de Julien.
-Pero, señora -respondió éste con un
aire singular-, hoy es último viernes de mes.
-Puede usted marcharse -le dijo la
señora de Rénal. Julien
preguntó:
-Claro, va a ese almacén de heno,
iglesia en otros tiempos, y que recientemente se ha vuelto a abrir al culto;
pero, ¿qué hacen allí? Éste es uno de los misterios que no he podido aclarar
nunca.
-Es una institución muy saludable,
pero muy especial -respondió la señora de Rénal-; no se admiten mujeres. Lo
único que sé es que todo el mundo se tutea. Por ejemplo, este criado encontrará
allí al señor Valenod, y a este hombre tan orgulloso y tan estúpido no le
molestará que Saint-Jean le tutee y le responderá en el mismo tono. Si tiene
usted mucho interés en saber lo que allí ocurre, le pediré detalles al señor de
Maugiron o al señor Valenod. Pagamos veinte francos por criado para que no nos
corten la cabeza si llega el caso.
El tiempo volaba. El recuerdo de los
encantos de su amante distraía a Julien de su negra ambición. La necesidad de
no hablarle de cosas tristes y razonables, puesto que pertenecían a partidos
contrarios, aumentaba, sin que llegara a darse cuenta, la felicidad que le
debía y el ascendiente que ella adquiría sobre él.
Cuando la presencia de los niños,
demasiado inteligentes, les reducía a no hablar más que el frío lenguaje de la
razón, Julien, con una docilidad perfecta y mirándola con ojos brillantes de
amor, escuchaba sus explicaciones sobre las cosas corrientes del mundo. A
menudo, mientras le contaba algún hábil engaño respecto a un camino o una
contrata que sorprendía su espíritu, la atención de la señora de Rénal se
dejaba arrastrar de pronto hasta el delirio. Julien se veía obligado a reñirla,
ella se permitía con él la misma actitud de íntima familiaridad que con sus
hijos. Y es que había días en que se hacía la ilusión de quererle como a un
hijo. ¿No estaba siempre contestando a preguntas inocentes, sobre mil cosas
sencillas, que un niño bien nacido no ignora a los quince años? Pero al cabo de
un instante le admiraba como maestro. Su talento llegaba a asustarla; cada día
creía reconocer más claramente al gran hombre del futuro en aquel joven clérigo.
Le veía papa, le veía primer ministro, como Richelieu.
-¿Viviré bastante para gozar de tu
triunfo? -le decía a Julien-. Hay un puesto vacante para un gran hombre; la
monarquía, la religión, lo necesitan.
Capítulo
18
Un
rey en Verriéres
N'étes-vous bons qu'á jeter lá comme
un cadavre de peuple,
sans áme, et dont les veines n'ont
plus de sang?[21]
Discurso del obispo en la capilla de
San Clemente
El 3 de septiembre, a las diez de la
noche, un gendarme despertó a todo Verriéres remontando al galope la calle
mayor; llevaba la noticia de que Su Majestad el rey de... llegaría el domingo
siguiente, y era martes. El prefecto autorizaba, es decir, solicitaba la
formación de una guardia de honor; había que desplegar la mayor pompa posible.
Se envió un correo a Vergy. El señor de Renal llegó por la noche y encontró la
ciudad entera en conmoción. Cada cual tenía sus pretensiones; los menos
ocupados alquilaban balcones para presenciar la llegada del rey.
¿Quién mandaría la guardia de honor?
El señor de Renal vio enseguida lo conveniente que sería, para las casas enclavadas
en el ensanche, que el mando recayese en el señor de Moirod. Aquello podría ser
un mérito para el cargo de teniente de alcalde. No había nada que decir de la
piedad del señor de Moirod, estaba por encima de toda comparación; pero en su
vida había montado a caballo. Era un hombre de treinta y seis años, tímido por
demás, que tenía tanto miedo a una caída como al ridículo.
El alcalde le mandó llamar en cuanto
dieron las cinco de la mañana.
-Como puede usted ver, caballero, le
pido su parecer como si
ya
ocupara usted el puesto al que todas las gentes honradas le consideran
acreedor. En esta desdichada ciudad, las fábricas prosperan, el partido liberal
se hace millonario, aspira al poder y se valdrá de todos los medios para luchar
contra nosotros. Pensemos en el interés del rey, de la monarquía y, ante todo,
de nuestra santa religión. ¿A quién cree usted, señor, que se puede confiar el
mando de la guardia de honor?
A pesar del miedo horrible que le
daban los caballos, el señor de Moirod acabó por aceptar este honor como un
martirio.
-Sabré estar a la altura de las
circunstancias -le dijo al alcalde.
Quedaba el tiempo justo para
arreglar los uniformes que, seis años antes, habían servido para recibir a un
príncipe de sangre.
A las siete llegó de Vergy la señora
de Rénal, con Julien y los niños. Encontró un salón lleno de damas liberales
que predicaban la unión de los partidos y que iban a rogarle que su marido
concediese a los suyos un puesto en la guardia de honor. Una de ellas pretendía
que si su marido no era elegido, del disgusto iba a declararse en quiebra. La
señora de Rénal despidió aquellas visitas lo antes que pudo, parecía estar muy
ocupada.
Julien se quedó sorprendido, y sobre
todo molesto, de que hiciese un misterio de lo que la preocupaba. «Lo preveía
-pensaba con amargura-, su amor se eclipsa ante la dicha de recibir a un rey en
su casa. Todo este alboroto la deslumbra. Volverá a quererme cuando deje de
estar ofuscada por los prejuicios de casta.»
Cosa rara, la quiso más todavía.
Los tapiceros empezaban a invadir la
casa, acechó en vano, durante mucho rato, la ocasión de decirle una palabra
siquiera. Por fin la encontró cuando salla de su propio cuarto llevándose uno
de sus trajes. Estaban solos. Quiso hablarle. Ella huyó sin querer escucharle.
«Soy un imbécil al querer a una mujer como ésta; la ambición la vuelve tan loca
como a su marido.»
Lo estaba mucho más, pues uno de sus
mayores deseos, que nunca se había atrevido a confesar a Julien por miedo de
ofenderle, era que éste dejara su triste traje negro, aunque sólo fuera por un
día. Con una habilidad verdaderamente admirable en
mujer
tan espontánea consiguió, primero del señor de Moirod y después del subprefecto
Maugiron, que nombrasen guardia de honor a Julien, con preferencia a cinco o
seis jóvenes, hijos de ricos fabricantes, de los cuales, dos por lo menos,
eran modelo de piedad. El señor Valenod, que pensaba prestar su coche a las
mujeres más bonitas de la ciudad y lucir sus hermosos caballos normandos,
consintió en ceder uno de éstos a Julien, el ser a quien aborrecía más en el
mundo. Pero todos los guardias de honor tenían, o se habían procurado, uno de
aquellos trajes azul celeste con charreteras de plata que habían lucido siete
años antes. La señora de Rénal quería un uniforme nuevo, y sólo quedaban
cuatro días para encargarlo en Besanron y que llegaran de allí el traje, las
armas, el sombrero, etcétera, todo lo que compone un guardia de honor. Lo
gracioso era que consideraba imprudente mandar hacer el traje de Julien en
Verriéres. Quería darle una sorpresa a él y a toda la ciudad.
Terminado el trabajo de nombrar a
los guardias de honor y de preparar el espíritu público, el alcalde hubo de
ocuparse de una gran ceremonia religiosa; el rey de... no quería pasar por
Verriéres sin visitar la famosa reliquia de san Clemente, que se conserva en
Bray-le-Haut, a una legua escasa de la ciudad. Deseaban que hubiese numeroso
clero, y éste fue el asunto más difícil de arreglar; el padre Maslon, el nuevo
párroco, quería evitar a toda costa la presencia del padre Chélan. En vano le
dijo el señor de Rénal que no sería prudente. El marqués de La Mole, cuyos
antepasados fueron gobernadores de la provincia durante mucho tiempo, había
sido designado para acompañar al rey de... Conocía desde hacía treinta años al
padre Chélan. Al llegar a Verriéres era seguro que preguntaría por él y, si le
encontraba caído en desgracia, era hombre capaz de ir a buscarle a la modesta
casa en que vivía, acompañado de todo el séquito de que Pudiera disponer en
aquel momento. ¡Qué bofetada!
-Estoy deshonrado aquí y en Besancon
-respondió el padre Maslon- si figura entre el clero. ¡Un jansenista, cielo
santo!
-Diga usted lo que quiera, querido
señor cura -replicó el señor de Rénal-, yo no expondré a la administración de
Verriéres a recibir un ultraje del señor de La Mole. No le conoce usted, en la
corte piensa bien; pero aquí, en provincias, es un gracioso de mal gusto,
satírico y burlón, que se complace en poner a las gentes en apuros. Es capaz,
sólo por divertirse, de ponernos en ridículo ante los liberales.
Hasta la noche del sábado al
domingo, después de tres días de negociaciones, no se doblegó el orgullo del
padre Maslon ante el miedo del alcalde que se convertía en valor. Hubo que
escribir una carta muy melosa al padre Chélan para rogarle que asistiera a la
ceremonia de la reliquia de Bray-le-Haut, siempre que su edad y sus achaques
se lo permitieran. El padre Chélan pidió y obtuvo una tarjeta de invitación
para Julien, que había de acompañarle en calidad de subdiácono.
Desde la mañana del domingo,
millares de campesinos, que llegaban de las montañas colindantes, inundaron las
calles de Verriéres. Lucía un sol espléndido. Hacia las tres, toda aquella
multitud se agitó emocionada al divisar una gran hoguera en lo alto de una peña
situada a dos leguas de Verriéres. Aquella señal anunciaba que el rey había
entrado en la demarcación del departamento. Inmediatamente, el voltear de
todas las campanas y las repetidas descargas de un viejo cañón español,
propiedad de la villa, fueron muestras de alegría por aquel gran acontecimiento.
La mitad de la población se subió a los tejados. Todas las mujeres estaban en
los balcones. La guardia de honor se puso en movimiento. Todo el mundo admiraba
los brillantes uniformes. Todos reconocían a un pariente, a un amigo. Se
burlaban del miedo del señor de Moirod, cuya mano estaba siempre dispuesta a
agarrarse prudentemente al arzón de la silla. Pero una observación hizo olvidar
todo los demás: el primer jinete de la novena fila era un mozo muy guapo, muy
delgado, a quien al principio nadie reconoció. Pero muy pronto todo el mundo
fue presa del mismo sentimiento de asombro, exteriorizado por unos con un grito
de indignación y por otros con el más profundo silencio. Todos reconocieron en
aquel joven, que montaba uno de los caballos normandos del señor Valenod, al
joven Sorel, el hijo del carpintero. La repulsa contra el alcalde fue unánime,
sobre todo entre los liberales. ¡De modo que porque aquel obrero disfrazado de
cura era preceptor de sus mocosos, había tenido la audacia de nombrarle
guardia de honor, en perjuicio de los señores fulano y mengano, que eran
fabricantes ricos!
-Estos señores -decía la mujer de un
banquero- deberían darle un chasco a ese pequeño insolente, nacido en el fango.
-Es muy zorro y lleva sable
-respondía el vecino-; sería perfectamente capaz de darles un corte en la
cara, como un bellaco.
Los comentarios de los miembros de
la nobleza eran más peligrosos. Las señoras se preguntaban si aquella
inconveniencia tan notoria procedía únicamente del alcalde. En general, todos
condenaban severamente la indiferencia de que había dado muestras respecto al
humilde nacimiento de Julien.
Mientras era objeto de tantos
comentarios, Julien se sentía el más feliz de los hombres. Atrevido por
naturaleza, se sostenía a caballo mejor que la mayoría de los jóvenes de
aquella ciudad montañosa. En los ojos de las mujeres leía claramente que se ocupaban
de él.
Sus charreteras eran más brillantes,
porque eran nuevas. Su caballo se encabritaba a cada momento, no cabía en sí de
gozo.
Su dicha no tuvo límites cuando, al
pasar cerca de la antigua muralla, el estampido del cañón asustó al caballo,
que se salió de la fila. Por una gran casualidad no se cayó; desde aquel momento
se creyó un héroe. Era ayudante de campo de Napoleón y cargaba contra una
batería.
Había otra persona aún más feliz que
él. Primero le vio pasar desde uno de los balcones del Ayuntamiento; después
montó en su coche y, dando a toda prisa un gran rodeo, llegó a tiempo de
estremecerse cuando el caballo se salió de la fila. Por último, haciendo que
su coche marchara al galope por otra puerta de la ciudad, llegó a colocarse en
el camino por donde debía pasar el rey, y pudo seguir a los guardias de honor a
veinte pasos de distancia, envuelta en una noble polvareda. Diez mil campesinos
gritaron «¡Viva el rey!» cuando el alcalde tuvo el honor de arengar a Su
Majestad. Una hora más tarde, cuando después de escuchar todos los discursos,
el rey se disponía a entrar en la ciudad, el cañoncito comenzó a disparar sin
descanso. Pero ocurrió un accidente, no a los artilleros, que habían demostrado
su competencia en Leipzig y en Montmirail, sino al futuro teniente de alcalde,
el señor de Moirod. Su caballo lo depositó blandamente en el único cenagal que
había en la carretera principal y la cosa fue muy comentada, pues hubo que
sacarle de allí para que pudiera pasar el coche del rey.
Su Majestad se apeó ante la hermosa
iglesia nueva, adornada aquel día con todas sus colgaduras carmesíes.
Inmediatamente después de comer, el rey tenía que volver a montar en coche para
ir a venerar la célebre reliquia de san Clemente. Apenas el rey estuvo en la
iglesia, Julien galopó a casa del señor de Rénal. Allí se quitó suspirando su
hermoso uniforme azul celeste, su sable, sus charreteras, para endosarse de
nuevo su raído traje negro. Volvió a montar a caballo, y en pocos minutos
estuvo en Bray-le-Haut, situado en la cumbre de una colina. «El entusiasmo
multiplica estos campesinos -pensó Julien-. En Verriéres no se puede dar un
paso, y alrededor de esta antigua abadía hay más de diez mil.» Medio arruinada
por el vandalismo revolucionario, había sido reedificada espléndidamente por
la Restauración, y ya se empezaba a hablar de milagros. Julien se reunió con
el padre Chélan, que le riñó mucho y le dio una sotana nueva y una
sobrepelliz. Se vistió rápidamente y siguió al padre Chélan, que iba a reunirse
con el joven obispo de Agde. Era éste un sobrino del señor de La Mole, nombrado
recientemente, a quien le habían encargado enseñar la reliquia al rey. Pero no
pudieron encontrar a este obispo.
El clero se impacientaba. Esperaba a
su jefe en el sombrío claustro gótico de la antigua abadía. Se habían reunido
veinticuatro párrocos para figurar el antiguo Capítulo de Bray-leHaut, que
antes de 1789 constaba de veinticuatro canónigos. Después de pasar más de tres
cuartos de hora lamentándose de la juventud del obispo, los párrocos juzgaron
conveniente que el decano fuese a buscar a monseñor para advertirle que el rey
estaba al llegar y que debían dirigirse al coro. El padre Chélan era el
decano, por su avanzada edad; a pesar del mal humor que había demostrado a
Julien, le hizo seña de que le siguiera. Julien llevaba muy bien la
sobrepelliz. Valiéndose de no sé qué medio propio del tocado eclesiástico,
había logrado alisar sus hermosos cabellos rizados; pero por un olvido, que
redobló la cólera del padre Chélan, bajo los anchos pliegues de la sotana
asomaban las espuelas del guardia de honor.
En el departamento que ocupaba el
obispo, unos corpulentos lacayos, con libreas muy bordadas, apenas se dignaron
responder al viejo sacerdote que monseñor no estaba visible. Se burlaron de
él cuando trató de explicarles que, en su calidad de decano del noble Capítulo
de Bray-le-Haut, tenía el privilegio de ser admitido a todas horas en la cámara
del obispo oficiante.
El espíritu altanero de Julien se
sintió molesto por la insolencia de los lacayos. Se puso a recorrer las celdas
de la antigua abadía, empujando cuantas puertas encontraba a su paso. Una de
ellas, muy pequeña, cedió a sus esfuerzos y se encontró en una celda entre los
ayudas de cámara de monseñor, que iban vestidos de negro y con una cadena al
cuello. Al ver su aire apresurado, aquellos señores le creyeron enviado por el
obispo y le dejaron pasar. Adelantó algunos pasos más y se encontró en una
inmensa sala gótica, muy sombría, con artesonado de roble oscuro; todas las
ventanas ojivales del salón, excepto una, estaban tapiadas con ladrillos. Lo
burdo de aquella obra de albañilería aparecía en toda su desnudez y contrastaba
tristemente con la antigua magnificencia de las maderas. Los dos amplios lados
de aquella sala, célebre entre los anticuarios borgoñones y que el duque Carlos
el Temerario había hecho construir hacia 1470 en expiación de algún pecado,
estaban adornados con grandes sitiales de madera ricamente tallada y
policromada cuyos bajorrelieves representaban todos los misterios del
Apocalipsis.
Aquella melancólica magnificencia,
desvirtuada por la desnudez de los ladrillos y del yeso, todavía fresco,
impresionó a Julien. Se detuvo silencioso. Al otro extremo del salón, cerca de
la única ventana que daba paso a la luz, vio un espejo movible de caoba. Un
joven con traje morado y sobrepelliz de encaje, pero descubierta la cabeza,
estaba de pie delante del espejo. Aquel mueble resultaba insólito en aquel
lugar y, seguramente, lo habían traído de la ciudad. Julien creyó notar que
aquel joven estaba contrariado; con la mano derecha, administraba gravemente
la bendición ante el espejo.
«¿Qué significa esto? -pensó-. ¿Será
una ceremonia preparatoria lo que hace este joven sacerdote? Quizás es el
secretario del obispo..., tal vez tan insolente como los lacayos..., pero no
importa; probemos.»
Se adelantó lentamente a través de
la sala, con la vista fija en la única ventana, y mirando a aquel joven que
continuaba echando bendiciones, que ejecutaba con lentitud, pero en número
infinito y sin darse punto de reposo.
A medida que avanzaba percibía más
claramente su aire irritado. La riqueza de la sobrepelliz guarnecida de encaje
detuvo involuntariamente a Julien a pocos pasos del magnífico espejo.
«Debo hablar», pensó; pero la
hermosura de la sala le había emocionado y se sentía molesto de antemano por
las frases duras que iban a dirigirle.
El joven le vio reflejado en la luna
del espejo, se volvió y, abandonando de pronto su aire de enfado, le dijo con
un tono sumamente amable:
-Y bien, caballero, ¿está arreglada
por fin?
Julien se quedó estupefacto. Al
volverse hacia él, Julien vio la cruz pectoral en el pecho de aquel joven: ¡era
el obispo de Agde! «¡Tan joven! -pensó Julien-. ¡A lo sumo tiene seis u ocho
años más que yo!»
Y se avergonzó de sus espuelas.
-Monseñor -respondió tímidamente-,
me envía el decano del Capítulo, el padre Chélan.
-¡Ah! Me está muy recomendado -dijo
el obispo con un tono cortés que aumentó el encanto de Julien-. Pero le ruego a
usted que me perdone, caballero, le había tomado por la persona que tiene que
traerme la mitra. La han embalado mal en París; el tisú de plata se ha
estropeado horriblemente en la parte de arriba. Hará un efecto desastroso
-añadió el joven obispo con tristeza-. ¡Y aún me están haciendo esperar!
-Monseñor, si Su Ilustrísima me lo
permite, iré a buscar la mitra.
Los hermosos ojos de Julien
produjeron su efecto.
-Vaya usted, caballero -respondió el
obispo con una cortesía encantadora-; la necesito inmediatamente. Estoy
desolado por hacer esperar a los señores del Capítulo.
Cuando Julien llegó a la mitad de la
sala, se volvió hacia el obispo y advirtió que seguía echando bendiciones
frente al espejo. «¿Qué estará haciendo? -se preguntó Julien-. Se trata, sin
duda, de una preparación eclesiástica necesaria para la ceremonia que va a
celebrarse.» Al llegar a la antecámara donde estaban los ayudas de cámara, vio
la mitra en sus manos. Cediendo a pesar suyo a la mirada imperiosa de Julien,
aquellos señores le entregaron la mitra de Su Ilustrísima.
Se sintió orgulloso de llevarla: al
atravesar la sala marchaba lentamente, sosteniéndola con respeto. Encontró al
obispo sentado ante el espejo; pero de vez en cuando, su mano derecha, aunque
fatigada, seguía dando la bendición. Julien le ayudó a ponerse la mitra. El
obispo sacudió la cabeza.
-¡Se sostendrá! -dijo a Julien con
aire satisfecho-. ¿Quiere usted apartarse un poco?
Entonces el obispo se alejó
rápidamente hasta el centro de la sala, y empezó a caminar con paso lento hacia
el espejo, después de adoptar nuevamente su aire enojado, mientras volvía a
echar bendiciones con la mayor gravedad.
Julien estaba paralizado por la
sorpresa; creía comprender, pero no se atrevía a dar crédito a sus ojos. El
obispo se detuvo y, mirándole con una expresión de la que rápidamente había
desaparecido todo rastro de gravedad, preguntó:
-¿Qué dice usted de mi mitra,
caballero? ¿Está bien?
-Muy bien, monseñor.
-¿No estará demasiado echada hacia
atrás? Esto resultaría un Poco ridículo; pero tampoco conviene llevarla caída
sobre los ojos, como si fuera un chacó de oficial.
-Me parece que está muy bien.
-El rey de... está habituado a un
clero venerable y segura-
mente
muy grave. No quisiera que, por mi juventud, me encontrase demasiado frívolo.
Y el obispo volvió a emprender su
paseo echando bendiciones.
«Está claro -se dijo Julien,
atreviéndose a comprender por fin-, ensaya la manera de dar la bendición.» Un momento después, dijo el obispo:
-Estoy dispuesto. Caballero, ya
puede usted avisar al señor decano y a los señores del Capítulo.
A poco, el padre Chélan, seguido de
los dos curas más viejos, hizo su aparición por una gran puerta magníficamente
tallada, que Julien no había visto. Pero esta vez se quedó en su puesto, el
último de todos, y sólo pudo ver al obispo por encima de los hombros de los
eclesiásticos, que se agolpaban ante aquella puerta.
El obispo atravesó la sala
lentamente; cuando llegó al umbral, los curas se formaron en procesión.
Después de un breve momento de desorden, la procesión se puso en marcha, entonando
un salmo. El obispo iba el último, entre el padre Chélan y otro cura muy viejo.
Julien se deslizó hasta muy cerca de monseñor, en calidad de agregado del
padre Chélan. Recorrieron las largas galerías de la abadía de Bray-le-Haut; a
pesar del sol espléndido, estaban sombrías y húmedas. Por fin llegaron al
pórtico del claustro. Julien estaba suspenso de admiración ante tan hermosa ceremonia.
En su corazón trababan seria lucha la ambición, reavivada por la juventud del
prelado, y su sensibilidad y cortesía exquisitas. Aquella cortesía era una cosa
muy distinta de la del señor de Rénal, aun en sus mejores días. «Cuanto más se
acerca uno a los primeros puestos de la sociedad -pensaba Julien-, mejores
modales se encuentran.»
Se entraba a la iglesia por una
puerta lateral; de repente, un ruido espantoso hizo retumbar sus antiguas
bóvedas; Julien creyó que iban a derrumbarse. Era otra vez el cañoncito;
arrastrado por ocho caballos al galope acababa de llegar; puesto en posición
de tiro por los artilleros de Leipzig, disparaba cinco cañonazos por minuto,
ni más ni menos que si tuviera frente a él a los prusianos.
Pero aquel ruido admirable no
produjo el menor efecto en Julien; ya no pensaba en la gloria militar ni en
Napoleón. «¡Tan joven y ser obispo de Agde! -meditaba-. Pero ¿dónde está Agde?
¿Y cuánto le producirá esto? Quizá doscientos o trescientos mil francos.»
Los lacayos de monseñor aparecieron
trayendo un magnífico palio; el padre Chélan cogió una de las varas; pero en
realidad quien la llevaba era Julien. El obispo se colocó debajo. Realmente
había conseguido parecer viejo; la admiración de nuestro héroe no tuvo
límites. «¡Qué no se conseguirá con habilidad!», recapacitó.
El rey entró. Julien tuvo la suerte
de verle muy de cerca. El obispo se dirigió a él con unción, y sin olvidar
cierto matiz de turbación muy halagador para Su Majestad. No repetiremos la
descripción de las ceremonias de Bray-le-Haut; llenaron las columnas de todos
los periódicos locales durante una quincena. Julien supo, por el discurso del
obispo, que el rey descendía de Carlos el Temerario.
Más tarde entró en las funciones de
Julien hacer las cuentas de lo que había costado aquella ceremonia. El señor de
La Mole, que había proporcionado un obispado a su sobrino, quiso tener la
gentileza de pagar todos los gastos. Sólo la ceremonia de Bray-le-Haut le costó
tres mil ochocientos francos.
Después del discurso del obispo y la
contestación del rey, Su Majestad se colocó bajo el palio; luego se arrodilló
muy devotamente en un almohadón, cerca del altar. El coro estaba rodeado de
sitiales, colocados dos escalones más altos que el pavimento. En el último de
estos escalones, a los pies del padre Chélan, estaba sentado Julien, como
estaría un caudatario junto a su cardenal en la Capilla Sixtina de Roma. Se
entonó un Te Deum, hubo nubes de incienso, infinitas descargas de mosquetería y
artillería; los campesinos estaban ebrios de felicidad y de devoción. Una
jornada así deshace la obra de cien números de los periódicos jacobinos.
Julien estaba a seis pasos del rey,
que realmente oraba con fervor. Se fijó por vez primera en un hombrecillo, de
mirada es-
piritual,
que vestía un traje casi sin bordados. Pero sobre aquel traje tan sencillo,
llevaba un cordón azul celeste. Estaba más cerca del rey que muchos de aquellos
señores con vestiduras tan recamadas de oro que, según la expresión de Julien,
no se veía el paño. Poco después supo que era el señor de La Mole. Le pareció
que tenía un aire altanero e incluso insolente.
«Este marqués no será tan cortés
como nuestro lindo obispo -pensó-. ¡Ah!, el estado eclesiástico da dulzura y
sabiduría, es indudable. Pero el rey ha venido para venerar la reliquia, y yo
no la veo por ninguna parte. ¿Dónde estará san Clemente?»
Un clérigo subalterno, que estaba
junto a él, le dijo que la venerable reliquia estaba en la parte alta del
edificio, en una capilla ardiente.
«¿Qué es una capilla ardiente?», se
preguntó Julien.
Pero no quiso pedir explicaciones
sobre ello. Su atención se hizo más intensa.
En caso de la visita de un príncipe
soberano, la etiqueta dispone que los canónigos no acompañen al obispo. Pero
al ponerse en marcha hacia la capilla ardiente, el obispo de Agde llamó al
padre Chélan; Julien se atrevió a seguirle.
Después de subir una larga escalera,
llegaron a una puerta pequeñísima, pero cuyo dintel gótico tenía dorados
magníficos. Aquella obra parecía hecha la víspera.
Ante la puerta estaban de rodillas
veinticuatro muchachas de las familias más distinguidas de Verriéres. Antes de
abrir la puerta, el obispo se arrodilló entre aquellas muchachas, todas
bonitas. Mientras rezaba en voz alta, ellas no se cansaban de admirar sus
encajes, su simpatía, su semblante tan joven y tan dulce. Aquel espectáculo le
hizo perder a nuestro héroe la poca razón que le quedaba. En aquel momento, se
hubiera batido de buena fe por la Inquisición. De pronto abrióse la puerta. La
capilla se inundó de luz. En el altar se veían más de mil cirios, dispuestos
en ocho hileras separadas por ramos de flores. Por la puerta del santuario
salía un suave olor del más puro incienso. La capilla, recién dorada, era muy
pequeña, pero muy alta. Julien notó que algunos de los cirios que había sobre
el altar tenían más de quince pies de altura. Las jóvenes no pudieron reprimir
un grito de admiración. En el pequeño atrio de la capilla sólo se había
admitido a las veinticuatro jóvenes, los dos curas y Julien.
A poco llegó el rey, seguido
solamente del señor de La Mole y de su chambelán mayor. Hasta los propios
guardias se quedaron fuera, de rodillas, presentando armas.
Su Majestad, más que arrodillarse,
se precipitó sobre el reclinatorio. Fue entonces cuando Julien, pegado contra
la puerta dorada, por debajo del brazo desnudo de una de las muchachas, vio la
hermosa imagen de san Clemente. Estaba oculta bajo el altar en traje de soldado
romano. Tenía una gran herida en el cuello, de donde parecía brotar sangre. Era
una verdadera obra maestra, con sus ojos expirantes, semicerrados, llenos de
gracia. Un ligero bozo adornaba aquella boca encantadora que, entreabierta,
parecía como si aún orase. Al verla, la muchacha que estaba junto a Julien
empezó a llorar a lágrima viva; una de sus lágrimas cayó en la mano de éste.
Después de orar un momento en el más
profundo silencio, que sólo turbaba el tañido lejano de las campanas de todos
los pueblos en diez leguas a la redonda, el obispo de Agde pidió al rey permiso
para hablar. Terminó su breve y emocionante alocución con palabras sencillas,
y por lo mismo de efecto más seguro.
-No olvidéis nunca, jóvenes
cristianas, que habéis visto a uno de los reyes más grandes de la tierra de
rodillas ante los servidores de este Dios todopoderoso y terrible. Estos
servidores débiles, perseguidos, asesinados en la tierra, como lo podéis ver
por la herida aún sangrante de san Clemente, triunfan en el cielo. ¿Verdad,
jóvenes cristianas, que recordaréis siempre este día? Odiaréis al impío. Seréis
fieles eternamente a este Dios tan grande, tan terrible, pero tan bueno.
A estas palabras, el obispo se
levantó con autoridad.
-¿Me lo prometéis? elijo, alargando
el brazo con aire inspirado.
-Lo prometemos -dijeron las jóvenes
rompiendo a llorar.
-Recibo vuestra promesa en nombre
del Dios terrible -añadió el obispo con voz estentórea.
Y la ceremonia se dio por terminada.
El mismo rey lloraba. Hasta mucho
rato después no tuvo Julien la suficiente sangre fría para preguntar dónde
estaban los huesos del Santo que enviaron de Roma a Felipe el Bueno, duque de
Borgoña. Le dijeron que estaban ocultos en la preciosa figura de cera.
Su Majestad se dignó permitir a las
jóvenes que le habían acompañado en la capilla que llevasen una cinta roja, y
en ella bordadas, estas palabras: ODIO AL IMPÍO: ADORACIÓN PERPETUA.
El señor de La Mole mandó repartir
diez mil botellas de vino entre los campesinos. Aquella noche, los liberales de
Verriéres encontraron un pretexto para iluminar sus casas cien veces mejor que
los realistas. Antes de partir, el rey fue a visitar al señor de Moirod.
Capítulo
19
Pensar
hace sufrir
Le grotesque des événements de tous
les jours
vous cache le vrai malheur des
passions.
BARBAVE[22]
Al volver a colocar los muebles
habituales en el cuarto que había ocupado el señor de La Mole, Julien encontró
una hoja de papel muy grueso, doblada en cuatro. Leyó al pie de la primera
carilla: «A S. E. el señor marqués de La Mole, par de rancia, caballero de las
órdenes del rey, etc., etc.».
Era
una solicitud escrita con una letra muy gorda, de cocinera.
«Señor marqués:
»Toda mi vida he tenido principios
religiosos. Estaba en Lyon expuesto a las bombas cuando el sitio, de execrable
memoria, del 93. Nunca he faltado al precepto pascual, ni siquiera en el 93,
de execrable memoria. Mi cocinera -yo tenía criados antes de la Revolución-, mi
cocinera me pone vigilia todos los viernes. En Verriéres gozo de la
consideración general, me atrevo a decir que merecida. Tengo un puesto en la
procesión, bajo el palio, junto al señor alcalde y al señor cura. En las
grandes solemnidades llevo un cirio que pago de mi bolsillo. De todo lo cual
hay certificados en París en el Ministerio de Hacienda. Pido al señor marqués
la administración de lotería de Verriéres, que pronto quedará vacante de un
modo u otro, pues el que desempeña el puesto está muy enfermo y además vota
mal en las elecciones, etc.
DE
CHOLIN.»
Al
margen de esta solicitud había una apostilla que llevaba la firma De Moirod, y
que comenzaba así: «Aller tuve el honor de hablarle del excelente sujeto que
solicita esta cargo, etc.».
«Incluso este imbécil de Cholin me
indica el camino que hay que seguir», se dijo Julien.
A los ocho días de pasar el rey
de... por Verriéres, de todas las innumerables mentiras, las estúpidas
conjeturas y las ridículas discusiones, etc., etc., de que habían sido objeto
sucesivamente el rey, el obispo de Agde, el marqués de La Mole, las diez mil botellas
de vino, el pobre Moirod -que con la esperanza de conseguir una cruz no salió
de casa hasta un mes después de su caída de caballo-, lo único que aún se
comentaba era la intolerable indecencia de haber colado en la guardia de honor
a Julien Sorel, el hijo de un carpintero. Había que oír con este motivo a todos
los ricos fabricantes de telas estampadas que de la mañana a la noche
enronquecían en los cafés predicando la igualdad. La autora de semejante
abominación era aquella mujer altiva, la señora de Rénal. ¿El motivo? No había
más que ver los hermosos ojos y el cutis fresco del joven clérigo Sorel.
Poco después de volver a Vergy,
Stanislas-Xavier, el más pequeño de los niños, cogió unas calenturas; de
pronto la señora de Rénal fue presa de los más atroces remordimientos. Por vez
primera se reprochó su amor de un modo continuo; pareció darse cuenta, como
por milagro, de la falta enorme que cometía. Aunque era profundamente
religiosa, hasta aquel momento no se había dado cuenta de la magnitud de su
culpa ante los ojos de Dios.
Tiempo atrás, en el convento del
Sagrado Corazón había adorado a Dios con pasión; de igual modo lo temió en
aquella ocasión. La lucha interior que destrozaba su alma era tanto más terrible
cuanto que el miedo que se había apoderado de ella era absolutamente
irracional. Julien se dio cuenta de que cualquier razonamiento la irritaba en
vez de calmarla; ella veía en él el lenguaje del infierno. Sin embargo, como
Julien quería mucho al pequeño Stanislas, era mejor acogido si le hablaba de su
enfermedad: no tardó en agravarse. Entonces, el remordimiento
constante
quitó a la señora de Rénal hasta la facultad de dormir. No salía de un silencio
huraño; si hubiera abierto la boca, habría sido para confesar su crimen a Dios
y a los hombres.
-Le suplico -le decía Julien cuando
se encontraban solosque no hable con nadie; que yo sea el único confidente de
sus penas. Si aún me quiere, no hable; sus palabras no pueden quitarle la
fiebre a nuestro Stanislas.
Pero sus consuelos no producían
efecto alguno; ignoraba que a la señora de Rénal se le había metido en la
cabeza que para aplacar la cólera del celoso Dios tenía que odiar a Julien o
ver morir a su hijo. Y era tan desgraciada porque comprendía que nunca podría
odiar a su amante.
-Huya -le dijo un día a Julien-. En
nombre de Dios, márchese de esta casa: su presencia es lo que mata a mi hijo.
«Dios me castiga -añadió en voz
baja-, es justo; adoro su justicia; ¡mi crimen es horrible y vivía sin
remordimientos! Era la primera muestra del abandono de Dios: debo ser castigada
doblemente.»
Julien quedó profundamente
conmovido. En aquel arrebato no había el menor rastro de exageración ni
hipocresía. «Cree que mata a su hijo queriéndome, y, sin embargo, la pobre me
quiere más que a su hijo. No cabe duda de que los remordimientos la están
matando; esto es grandeza de sentimientos. Pero ¿cómo habré podido inspirar un
amor tan grande, yo, tan pobre, tan ignorante, tan mal educado, a veces tan
grosero en mis modales?»
Una noche el niño se agravó
extraordinariamente. A las dos de la mañana fue a verle el señor de Rénal. La
criatura, devorada por la fiebre, estaba muy encarnada y no reconoció a su padre.
De repente, la señora de Rénal se echó a los pies de su marido: Julien vio que
iba a confesárselo todo y a perderse para siempre.
Afortunadamente, aquel movimiento
extraño molestó al señor de Rénal.
-¡Adiós, adiós! -dijo marchándose.
-No, escúchame -exclamó su mujer, de
rodillas ante él e intentando retenerle-. Quiero que sepas toda la verdad. Yo
soy la que mata a mi hijo. Le he dado la vida y se la quito. El cielo me
castiga; a los ojos de Dios soy culpable de asesinato. Tengo que perderme y
humillarme: quizás este sacrificio aplacará la cólera de Dios.
Si el señor de Renal hubiera sido un
hombre de imaginación, se habría dado cuenta de todo.
-Novelerías -exclamó, apartando a su
mujer, que se agarraba a sus rodillas-. ¡Todo esto son novelerías! Julien,
llame usted al médico en cuanto amanezca.
Y se volvió a acostar. La señora de
Renal cayó de rodillas, medio desvanecida, rechazando con un movimiento
convulsivo a Julien, que quería prestarle auxilio.
Julien quedó asombrado.
«¡O sea que es esto el adulterio!
-se dijo-. ¿Será posible que estos curas tan trapisondistas... tengan razón?
¿Tendrán el privilegio de conocer la verdadera teoría del pecado, ellos que
cometen tantos? ¡Qué cosa más rara!...»
Hacía veinte minutos que el señor de
Renal se había retirado y aún Julien veía a la mujer que amaba con la cabeza
recostada en la camita del niño, inmóvil y casi sin conocimiento. «He aquí una
mujer de genio superior, llevada al colmo de la desgracia por haberme conocido
-se dijo-. Las horas pasan rápidamente. ¿Qué puedo hacer por ella? Hay que
tomar una decisión. Ya no se trata de mí. ¿Qué me importan los hombres y sus
vulgares hipocresías? ¿Qué puedo hacer por ella?... ¿Dejarla? Pero la dejo
entregada al dolor más espantoso. El autómata del marido la daña más que la
beneficia. Le dirá alguna palabra dura a fuerza de ser grosero; puede volverse
loca, tirarse por la ventana.
»Si la dejo, si dejo de vigilarla,
se lo confesará todo. Y, quién sabe, quizás arme un escándalo, a pesar de la
herencia que piensa recibir de ella. A lo mejor, Dios mío, se le ocurre decírselo
todo a ese c... del padre Maslon, que toma como pretexto la enfermedad de un
niño de seis años para no moverse de esta' casa, y no sin objeto. En su dolor y
su temor de Dios, ella olvida todo lo que sabe del hombre, sólo ve al
sacerdote.»
-Vete -le dijo de pronto la señora
de Rénal, abriendo los ojos.
-Daría mil veces la vida por saber
lo que pudiera serte útil -respondió Julien-: nunca te he querido tanto, ángel
mío, mejor dicho, sólo ahora empiezo a adorarte como mereces. ¡Qué sería de mí,
lejos de ti, sabiendo que eres desgraciada por mi culpa! Pero no quiero hablar
ahora de mis sufrimientos. Me marcharé, sí, amor mío. Pero si me marcho, si
dejo de velar por ti, de estar a todas horas entre tu marido y tú, se lo
confesarás todo y te perderás. Piensa que te echará de su casa de un modo
ignominioso; en todo Verriéres, en todo Besancon se hablará de este escándalo.
Todo el mundo te echará a ti la culpa; nunca podrás rehabilitarte de tal
vergüenza...
-Es lo que deseo -exclamó ella
poniéndose en pie-. Sufriré, tanto mejor.
-¡Pero con este escándalo abominable
también le harás desgraciado a él!
-Pero me humillaré yo, me arrastraré
por el fango; y con ello quizá salve a mi hijo. Esta humillación, a los ojos de
todos, puede ser una penitencia pública. Y según creo alcanzar en mi debilidad,
¿no es éste el mayor sacrificio que puedo ofrecerle a Dios?... Tal vez se digne
aceptar mi humillación y me deje a mi hijo. Indícame otro sacrificio más
penoso y lo haré sin vacilar.
-Déjame castigarme a mí. Yo también
soy culpable. ¿Quieres que me retire a la Trapa? La austeridad de aquella vida
puede aplacar la cólera de tu Dios... ¡Ay! ¡Dios mío! ¿Por qué no podré yo
tener la enfermedad de Stanislas?
-¡Ah, tú le quieres! -dijo la señora
de Rénal levantándose y echándose en sus brazos.
Pero en el mismo momento le rechazó
con horror.
-¡Te creo! ¡Te creo! -exclamó
después de arrodillarse de nuevo-. ¡Oh, mi único amigo! ¡Oh!, ¿por qué no eres
el padre de Stavnislas? Entonces no sería un pecado abominable quererte más que
a tu hijo.
-¿Me permites que me quede, y que de
ahora en adelante te quiera como un hermano? Ésta es la única expiación
razonable que Puede apaciguar la cólera del Altísimo.
-¿Y Yo? -exclamó ella levantándose y
tomando entre sus ma-
nos
la cabeza de Julien, que mantuvo a distancia, mirándola fijamente-, y yo, ¿te
querré como a un hermano? ¿Seré capaz de quererte como a un hermano?
Julien lloraba.
-Te obedeceré -dijo, cayendo a sus
pies-; te obedeceré en todo lo que me ordenes; no puedo hacer más. Mi espíritu
está cegado; no acierto a tomar ningún partido. Si te dejo, se lo confiesas
todo a tu marido, te pierdes con él. Después de quedar en ridículo de esta
forma, nunca sería diputado. Si me quedo, me crees causa de la muerte de tu
hijo y mueres de pena. ¿Quieres probar el efecto de mi marcha? Si quieres,
asumo el castigo que merece nuestro pecado y me marcho durante ocho días. Iré a
pasarlos en el retiro que a ti te parezca. En la abadía de Bray-leHaut, por
ejemplo; pero has de jurarme que durante mi ausencia no le dirás nada a tu
marido. Piensa que si hablas no podré volver más.
Ella prometió y él se marchó, pero
le hizo volver a los dos días.
-Me es imposible mantener mi
juramento sin ti. Se lo confesaré todo a mi marido si tú no estás
constantemente a mi lado para ordenarme con tus miradas que me calle. Cada hora
de esta abominable existencia me parece un día entero.
Por fin, el cielo se apiadó de
aquella desgraciada madre. Poco a poco, Stanislas estuvo fuera de peligro. Pero
se había roto el hielo, su razón se había dado cuenta de la gravedad de su pecado;
le fue imposible recobrar la serenidad de antes. Continuaron atormentándola los
remordimientos y fueron para ella lo que no podían menos de ser en un alma tan
sincera. Su vida era a la vez el cielo y el infierno; el infierno, cuando no
veía a Julien, y el cielo, cuando estaba a sus pies.
-No me hago ilusiones -le decía aun
en los momentos en que se entregaba por entero a su amor-: Estoy condenada,
irremisiblemente condenada. Tú eres joven, has cedido a mi seducción, el cielo
puede perdonarte; pero yo estoy condenada. Y lo conozco en una señal infalible.
Tengo miedo, ¿y quién no lo tendría ante la perspectiva del infierno? Pero en
el fondo no me arrepiento. Si se presentara la ocasión, volvería a cometer la
misma falta. Con que el cielo no me castigue en este mundo y en mis hijos,
tendré mucho más de lo que merezco. Pero por lo menos tú, Julien mío -decía
en otros momentos-, ¿eres feliz? ¿Crees que te quiero bastante?
La desconfianza y el dolorido
orgullo de Julien, que necesitaban un amor capaz de los mayores sacrificios,
sucumbieron por completo ante un sacrificio tan grande y tan manifiesto, renovado
a cada instante. Adoraba a la señora de Renal. «Me quiere a pesar de ser noble,
y yo hijo de un obrero... No soy para ella un criado que desempeña las
funciones de amante.» Desechado este temor, Julien se entregó a todas las
locuras del amor, a todas sus mortales incertidumbres.
-¡Por lo menos -le decía ella, al
ver las dudas que su amor le inspiraba-, quiero hacerte muy feliz durante los
pocos días que hemos de pasar juntos! Apresurémonos; mañana quizá ya no sea
tuya. Si el cielo me castiga en uno de mis hijos, será inútil que quiera vivir
sólo para amarte, que me empeñe en no ver que lo que les mata es mi crimen. No
podré sobrevivir a un golpe semejante. Aun cuando quiera, no podría; me
volvería loca. ¡Ah, si yo pudiera hacer recaer sobre mí tu pecado, como tú me
ofrecías tan generosamente tomar para ti la fiebre de Stanislas!
Esta gran crisis moral cambió la
naturaleza de los sentimientos que unían a Julien con su amante. Su amor ya no
fue solamente admiración por su belleza, orgullo de poseerla.
A partir de entonces, su felicidad
fue de una naturaleza muy superior, la llama que les devoraba se hizo más
intensa. Tenían momentos de verdadera locura. Su felicidad hubiera parecido
mucho mayor a los ojos del mundo. Pero no volvieron a gozar de la serenidad
deliciosa, la felicidad sin nubes, la dicha fácil de la primera época de sus
amores, cuando el solo temor de la señora de Renal era que Julien no la
quisiera bastante. Su dicha tenía a veces la fisonomía del crimen.
En los ratos más felices y más
tranquilos en apariencia, la señora de Renal solía exclamar de pronto,
apretando la mano de Julien con movimiento convulsivo:
-¡Dios mío, veo el infierno! ¡Qué
suplicios más horribles! ¡Y qué merecidos los tengo!
Y se apretaba contra él como la
hiedra se pega al muro.
Julien
trataba en vano de calmar aquel alma agitada. Ella le cogía la mano y se la
cubría de besos. Luego volvía a caer en una especie de ensoñación sombría:
-El infierno -decía-, el infierno
sería un premio para mí; aún pasaré algunos días con él en la tierra, pero el
infierno de este mundo, la muerte de mis hijos... Sin embargo, puede que a este
precio me fuese perdonada mi culpa... ¡Dios santo! No me concedas el perdón a
este precio. Estos pobres niños no te han ofendido; ¡yo, yo soy la única
culpable! Amo a un hombre que no es mi marido.
Julien veía otras veces que la
señora de Rénal tenía ratos tranquilos en apariencia. Trataba de dominarse, no
quería envenenar la vida del que amaba.
En medio de aquellas alternativas de
amor, de remordimiento y de placer, los días pasaban para ellos con la rapidez
de un relámpago. Julien perdió el hábito de reflexionar.
La señorita Elisa se fue a Verriéres
para asistir a un pequeño pleito que tenía. Encontró al señor Valenod muy
molesto contra Julien. Ella, que odiaba al preceptor, le hablaba muy a menudo
de él.
-¡Me perdería usted si le dijese la
verdad! -le dijo un día al señor Valenod-. Los señores siempre están de acuerdo
entre ellos cuando se trata de cosas importantes... no perdonan nunca ciertas
indiscreciones a los pobres criados...
Después de estas frases, corrientes
en un caso así, que la impaciente curiosidad del señor Valenod procuró
abreviar cuanto pudo, éste se enteró de cosas extremadamente mortificantes
para su amor propio.
Aquella mujer, la más distinguida de
todo el país, a la cual había hecho la corte asiduamente durante seis años, y,
por desgracia, a sabiendas y a la vista de todo el mundo; aquella mujer tan
orgullosa, cuyos desdenes le habían hecho sofocarse más de una vez, acababa de
tomar por amante a un obrerillo disfrazado de preceptor. Y para que no faltase
nada al despecho del señor
director
del asilo, la señora de Rénal adoraba a su amante.
-Y el caso es -añadía la doncella
con un suspiro- que el señor Julien no se ha molestado lo más mínimo en hacer
tal conquista, ni en su trato con la señora ha abandonado un momento su frialdad
habitual.
Elisa había tenido la confirmación
de sus sospechas en el campo, pero suponía que la intriga databa de mucho más
atrás.
-Sin duda, por esto se negó a
casarse conmigo -añadió con despecho-. ¡Y yo, estúpida de mí, que iba a
consultar a la señora de Rénal y le rogaba que hablase al preceptor!
Aquella misma noche, el señor de
Rénal recibió de la ciudad, junto con el periódico, una larga carta anónima en
la que se le informaba con todo detalle de lo que estaba ocurriendo en su
.casa. Julien advirtió que palidecía al leer aquella carta, escrita en papel
azulado, y le dirigía miradas aviesas. Durante toda la noche, el alcalde no
logró desechar la preocupación que le embargaba; fue en vano que Julien le
adulara pidiéndole datos sobre la genealogía de las mejores familias de
Borgoña.
Capítulo 20
Los anónimos
Do not give dalliance
Too much the rein; the strongest
oaths are straw
To the fire i' the blood.[23]
SHAKESPEARE
Al salir del salón, a medianoche,
Julien tuvo el tiempo justo de decirle a su amiga:
-No nos veamos esta noche, su marido
sospecha; juraría que la carta que estaba leyendo tan inquieto era un anónimo.
Afortunadamente, Julien se encerraba
con llave en su cuarto. La señora de Renal tuvo la idea absurda de que aquella
advertencia era sólo un pretexto para no verla. Perdió por completo la cabeza,
y a la hora de costumbre fue a la puerta de su cuarto. Julien, que oyó el
ruido en el pasillo, apagó la luz inmediatamente. Notó que alguien hacía
esfuerzos por abrir la puerta. ¿Sería la señora de Renal, sería el marido
celoso?
Al día siguiente, por la mañana, muy
temprano, la cocinera, que protegía a Julien, le llevó un libro, en cuya
cubierta leyó estas palabras, escritas en italiano: Guardate alla pagina 130.
Julien se estremeció ante aquella
imprudencia, buscó la página ciento treinta y encontró en ella, prendida con
un alfiler, la siguiente carta, escrita a toda prisa, empapada de lágrimas y
sin el menor rastro de ortografía. Generalmente la señora de Renal la empleaba
muy bien, de modo que este detalle le emocionó y le hizo olvidar un poco su
tremenda imprudencia.
-¿No has querido verme esta noche?
Hay momentos en que me parece que nunca he llegado a leer en el fondo de tu
alma. Tus miradas me asustan. Tengo miedo de ti. ¡Dios mío! ¿Será que nunca me
has amado? En este caso, que mi marido descubra nuestros amores y que me
encierre para siempre en una prisión perpetua, allá en el campo, lejos de mis
hijos. Puede que ésta sea la voluntad de Dios. Me moriré pronto. Pero tú serás
un monstruo.
»¿Es que no me quieres? ¿Estás
cansado de mis locuras, de mis remordimientos, hombre sin piedad? ¿Quieres
perderme? Te brindo
un
medio bien fácil. Enseña esta carta por todo Verriéres, o, mejor, enséñasela solamente al señor
Valenod. Dile que te amo; pero no, no profieras semejante blasfemia; dile que
te adoro, que yo no había empezado a vivir hasta el día en que te conocí; que
ni en los momentos de mayor locura de mi juventud jamás llegué a soñar en la
felicidad que te debo; que te he sacrificado mi vida, que te sacrifico mi alma.
Tú sabes que te sacrifico mucho más.
»Pero ¿qué sabe de sacrificios un
hombre como ése? Dile, díselo para irritarle, que desafío a todos los malvados,
y que para mí en el mundo no hay más que una desgracia, la de ver variar de
sentimientos al único hombre que me ata a la vida. ¡Qué dicha para mí perderla,
ofrecerla en sacrificio, y no temer más por mis hijos!
»No te quepa la menor duda, querido
amigo, si se ha recibido un anónimo sólo puede ser de ese ser odioso que
durante seis años me ha perseguido con su voz grosera, con el relato de sus
proezas de jinete, con sus alardes de fatuidad y la eterna enumeración de
todos sus atractivos.
»¿Existe un anónimo? De esto
quisiera discutir contigo, bribón; pero no, has hecho bien. Estrechándote entre
mis brazos, quizá por última vez, no hubiera podido razonar serenamente como lo
hago sola. De ahora en adelante, nuestra dicha no será tan fácil. ¿Será una
contrariedad para usted? Seguramente, los días en que Fouqué no le haya enviado
un libro divertido. El sacrificio está hecho; exista o no el anónimo, mañana
le diré a mi marido que yo también he recibido uno y que es menester ponerte un
puente de
plata,
buscar un pretexto decoroso y mandarte inmediatamente con tu familia.
»¡Ay, amigo mío, estaremos separados
quince días, quizás un mes! Quiero hacerte justicia, sufrirás tanto como yo.
Pero es el único medio de contrarrestar el efecto de ese anónimo, que no es el
primero que mi marido recibe, y también a cuenta mía. ¡Pero antes, cómo me reía
de ellos!
»Mi plan consiste en hacer creer a
mi marido que el autor del anónimo es el señor Valenod; cosa que por mi parte
no dudo en absoluto. Si te marchas, no dejes de ir a establecerte en
Verriéres. Yo me arreglaré de modo que a mi marido se le ocurra que vayamos
allí a pasar quince días para demostrar a los necios que no existe la menor
frialdad entre nosotros. Una vez en Verriéres, haz amistad con todo el mundo,
incluso con los liberales. Yo sé que a todas esas señoras les gustará
conocerte.
»Y no vayas a enfurruñarte contra el
señor Valenod, ni a cortarle las orejas, como decías una vez; por el contrario,
sé muy amable con él. Lo esencial es que en Verriéres crean que vas a entrar en
casa de Valenod o de otro personaje cualquiera para educar a los niños.
»Esto es lo que mi marido no podrá
tolerar jamás. Y aun cuando llegara a conformarse, por lo menos te quedarás en
Verriéres y te veré alguna vez. Mis hijos, que tanto te quieren, irán a verte.
¡Dios santo! Creo que quiero más a mis hijos porque te quieren. ¡Qué
remordimiento! ¿Cómo acabará todo esto?... Me confundo... En fin, tú ya
comprendes cuál debe ser tu conducta; sé amable, cortés, nada despreciativo con
estos personajes groseros; te lo pido de rodillas; van a ser los árbitros de
nuestra suerte. No te quepa la menor duda de que mi marido se conformará en lo
que a ti respecta con lo que prescriba la opinión pública.
»Tú mismo vas a proporcionarme el
anónimo; ármate de paciencia y de unas tijeras. Corta de un libro las palabras
que yo te diga, pégalas luego con un poco de cola en esta hoja de papel azulado
que te mando; procede del señor Valenod. Como es seguro que harán un registro
en tu cuarto, quema las páginas del libro mutilado. Si no encuentras las
palabras completas, ten la paciencia de formarlas letra por letra. Para
ahorrarte trabajo, he hecho la carta muy corta. Si no me amas como yo a ti,
¡qué larga debe parecerte la mía!»
Carta anónima
-Señora:
»Todos
sus manejos han sido descubiertos; pero las personas a quienes interesa
evitarlos están advertidas. Por un resto de simpatía hacia usted, le aconsejo
que se aparte totalmente del pequeño campesino. Si es usted lo bastante
sensata para hacerlo, su marido creerá que el aviso que recibió es mentira, y
nadie le sacará de su error. Piense usted que soy dueño de su secreto; tiemble,
desgraciada; ha llegado el momento de que yo la vea andar más derecha que un
palo.»
«Cuando hayas pegado las palabras
que componen esta carta (¿reconoces en ella la manera de hablar del director?),
sal de tu habitación, que yo marcharé a tu encuentro.
»Iré al pueblo y volveré con el
semblante descompuesto; por dentro lo estaré realmente. ¡Dios santo! A lo que
me atrevo, y todo porque tú has creído adivinar la existencia de un anónimo. En
fin, con un aspecto desolado le enseñaré esta carta a mi marido, diciéndole
que me la entregó un desconocido. Tú vete a pasear con los niños por el camino
de los grandes bosques, y no vuelvas hasta la hora de comer.
»Desde lo alto de las rocas puedes
divisar la torre del palomar. Si nuestros asuntos van bien, pondré en ella un
pañuelo blanco; en caso contrario, no verás nada.
»Ingrato,
¿tu corazón no será capaz de hallar un medio de decirme que me quieres antes
de salir de paseo? Ocurra lo que ocurra, puedes estar seguro de una cosa: no
podré sobrevivir un día a nuestra separación definitiva. ¡Soy una mala madre!
Acabo de escribir dos palabras vanas, querido Julien. No las siento; en este
momento no puedo pensar más que en ti, y las he escrito sólo para que tú no me
condenes. Ahora que me veo a punto de perderte, ¿a qué viene disimular? ¡Sí!
¡Que mi alma te parezca atroz, pero que no mienta delante del hombre que adoro!
Demasiado he engañado ya en mi vida. Te perdono si no me quieres ya. No tengo
tiempo de releer mi carta. Me parece muy poco pagar con la vida los días
felices que acabo de pasar en tus brazos. Ya sabes tú que me han de costar
mucho más.»
Capítulo 21
Diálogo con un amo
Alas, our frailty is the cause, not
we;
For such as we are made of, such we
be.[24]
SHAKESPEARE
Con un placer infantil, Julien
estuvo reuniendo palabras durante una hora. Al salir de su cuarto encontró a
sus discípulos con su madre, que cogió la carta con una sencillez y un valor
tan sereno que le asustaron.
-¿Está bien seca la cola? -le dijo.
«¿Es ésta la mujer a quien
enloquecía el remordimiento? -pensó él-. ¿Cuáles son sus proyectos en este
momento?» Era demasiado orgulloso para preguntárselo; pero quizá nunca le había
gustado más.
-Si la cosa sale mal -añadió ella
con la misma sangre fríame lo quitarán todo. Entierra esto en algún rincón del
monte; quizá sea mi único recurso algún día.
Le entregó un estuche de piel roja
lleno de oro y unos cuantos brillantes.
-Ahora, vete -le dijo.
Besó a los niños y, al pequeño, dos
veces. Julien seguía inmóvil. Ella se alejó con paso rápido y sin mirarle.
Desde
el momento en que abrió el anónimo, la existencia del señor de Rénal se había
convertido en un suplicio. No se había sentido tan agitado desde que estuvo a
punto de tener un duelo en 1816, y, para hacerle justicia, la perspectiva de
recibir un balazo no le había hecho tan desgraciado. Examinaba la carta por
todas partes. «Parece letra de mujer», se decía. Pero en este caso, ¿quién la
había escrito? Pasaba revista a todas las mujeres que conocía en Verriéres, sin
poder precisar sus sospechas. «¿Será un hombre el que ha dictado esta carta?
Pero entonces, ¿quién puede ser ese hombre?» Y la misma incertidumbre; era
envidiado y, sin duda, odiado por la mayor parte de los que conocía. «Tengo
que consultar a mi mujer», se dijo, por la fuerza de la costumbre, levantándose
de la butaca en que estaba hundido.
Pero apenas se levantó, se dijo,
dándose una palmada en la frente:
«¡Santo Dios! Precisamente de ella
es de quien debo desconfiar más. En este momento es mi enemigo.»
Y sus ojos se llenaron de lágrimas
de rabia.
Como justa compensación de la
sequedad de corazón que constituye todo el sentido práctico provinciano, los
dos hombres a quienes en aquel momento temía más el señor de Rénal eran sus dos
más íntimos amigos.
«Aparte de éstos, quizá tenga diez
amigos más -y los repasaba en su mente, calculando el grado de consuelo que
cada uno de ellos podría proporcionarle-. ¡A todos, a todos, les divertirá extraordinariamente
mi desdichada aventura!», se dijo con rabia. Por fortuna, se creía, y no sin
razón, muy envidiado. Además de su soberbia casa de la ciudad, honrada para
siempre con el reciente alojamiento del rey de..., su castillo de Vergy estaba
muy bien arreglado. La fachada estaba pintada de blanco, y las ventanas,
guarnecidas con hermosas persianas verdes. Por un momento, la idea de tal
magnificencia le proporcionó algún consuelo. Lo cierto es que aquel castillo
se divisaba desde tres o cuatro leguas de distancia, con gran detrimento de
todas las casas de campo o sedicentes castillos de los alrededores, que conservaban
el humilde color gris que les había dado la pátina del tiempo.
El señor de Rénal podía contar con
las lágrimas y la compasión de uno de sus amigos, el mayordomo de la
parroquia; pero era un imbécil que lloraba por todo. Y, sin embargo, aquel hombre
era su único recurso.
«¡Qué desgracia es comparable a la
mía! -exclamó con ira-. ¡Qué aislamiento!»
«¡Es posible -decíase aquel hombre
digno de lástima-, es posible que no tenga un amigo a quien pedir consejo en
mi desgracia, porque mi razón se extravía, me doy cuenta! ¡Ah, Falcoz! ¡Ah,
Ducros!», exclamó con amargura. Eran los nombres de dos amigos de la niñez, que
se apartaron de él en 1814 por su altanería. No eran nobles, y quiso dejar de
tratarlos en el plano de igualdad en que habían vivido desde la infancia.
Uno de ellos, Falcoz, hombre de
talento y de corazón, comerciante de papel en Verriéres, había comprado una
imprenta en la capital del departamento y publicaba un periódico. La congregación
resolvió arruinarle; su periódico fue prohibido y le retiraron la licencia de
impresor. En tan tristes circunstancias acudió al señor de Rénal, y le escribió
una carta por vez primera después de diez años. El alcalde de Verriéres creyó
su deber contestarle en antiguo romano: «Si el ministro del rey me hiciese el
honor de consultarme, le diría: Arruinad a todos los impresores de provincias,
y que la imprenta sea un monopolio como el tabaco». Ahora el señor de Rénal
recordaba con horror aquella carta dirigida a un íntimo amigo, y que cuando
fue escrita causó la admiración de todo Verriéres. «¿Quién había de decirme
que con mi posición, mi fortuna, mis condecoraciones, llegaría un día en que me
arrepentiría de ella?» Presa de esos arrebatos de cólera, unas veces contra sí
mismo y otras contra todo lo que le rodeaba, pasó una noche horrible; pero,
afortunadamente, no se le ocurrió espiar a su mujer.
«Estoy acostumbrado a Louise -se
decía-, ella conoce todos mis asuntos; aunque pudiera volver a casarme mañana,
no encontraría con quien sustituirla.» Entonces se complacía en la idea de que
su mujer era inocente; esta manera de ver no le obligaba a demostrar firmeza de
carácter, y le convenía mucho mas. ¡Cuántas mujeres no han sido calumniadas!
«¡Pero, cómo! -exclamó de repente,
mientras paseaba con paso convulsivo-; ¿acaso puedo tolerar que se burle de mí
con su amante, como si yo fuese un don nadie, un pobre diablo? ¿Voy
a
convertirme en la comidilla de todo Verriéres por mi tolerancia? ¡Lo que se ha
llegado a decir del pobre Charmier! -un marido notoriamente engañado de
aquella región-. ¿Acaso no es cierto que cuando alguien le nombra todo el mundo
sonríe? Es un buen abogado y, sin embargo, ¿quién alude jamás a su talento
oratorio? ¡Ah, Charmier!, dicen, Charmier el de Bernard. Y le llaman así por el
nombre del que causa su afrenta.»
«Gracias a Dios -se decía el señor
de Renal en otros momentos-, no tengo hijas, y el castigo que yo imponga a la
madre no ocasionará el menor perjuicio al porvenir de mis hijos; puedo
sorprender a ese pequeño campesino con mi mujer y matarlos a los dos. En este
caso, lo trágico de la aventura borrará el ridículo -esta idea le gustó; la
estudió con todo detalle-. El Código Penal está de mi parte, y en todo caso
nuestra congregación y mis amigos del jurado me salvarán.» Examinó su cuchillo
de caza, que estaba muy afilado, pero la idea de la sangre le dio miedo.
«Puedo moler a palos a ese preceptor
sinvergüenza y echarle de mi casa; pero ¡qué escándalo en Verriéres y en todo
el departamento! Después de la condena del periódico de Falcoz, cuando su
redactor jefe salió de la cárcel, yo contribuí a que perdiera su cargo de
seiscientos francos. Dicen que ese escritorzuelo se atreve a presentarse otra
vez en Besancon; con un poco de habilidad, puede difamarme de modo que me sea
imposible demandarle ante los tribunales. Demandarle ante los tribunales...
Este insolente insinuará de mil maneras que ha dicho la verdad. Un noble como
yo, que sabe mantener su rango, tiene asegurado el odio de todos los plebeyos.
Vería mi nombre en esos horribles diarios de París; ¡Dios mío!, ¡qué horror!
Ver el antiguo nombre de Rénal encenagado y cubierto de ridículo... Si alguna
vez viajo, tendré que cambiar de nombre; ¡qué digo!, renunciar a este nombre que
constituye toda mi fuerza y todo mi orgullo. ¡Qué miseria tan grande!
»Si no mato a mi mujer y la echo de
mi casa ignominiosamente, su tía de Besancon la amparará y le dará toda su
fortuna. Mi mujer se irá a vivir a París con Julien; se sabrá en Verriéres, y
encima me tomarán por tonto.» Al ver que la lámpara daba una
luz
muy pálida, se dio cuenta, el desgraciado, de que amanecía. Salió al jardín en
busca de un poco de aire fresco. En aquel instante estaba casi resuelto a no
dar el menor escándalo, sobre todo para evitar que sus buenos amigos de
Verriéres se divirtiesen a costa suya.
El paseo por el jardín le calmó un
tanto. «No -exclamó-, no quiero prescindir de mi mujer, me es demasiado útil.»
Pensó, con horror, en lo que sería su casa sin su mujer; no tenía otro pariente
que la marquesa de R..., vieja, estúpida y mala.
Se le ocurrió una idea sumamente
sensata, pero su ejecución requería una firmeza de carácter muy superior a la
que el pobre hombre poseía. «Si me quedo con mi mujer -se dijo-, me conozco,
cualquier día que me haga perder la paciencia por cualquier cosa, le echaré en
cara su falta. Ella es orgullosa, reñiremos y todo esto ocurrirá antes de que
haya heredado de su tía. ¡Cómo se burlarían entonces de mí! Mi mujer quiere a
sus hijos, y a fin de cuentas todo irá a parar a ellos. Pero yo sería la
comidilla de todo Verriéres. Todos dirían: "¡Ni siquiera ha sabido
vengarse de su mujer!". ¿No sería mejor quedarse con la sospecha y no
tratar de aclarar nada? Pero entonces me ato las manos y no podré reprocharle
nada en lo sucesivo.»
Un instante después, el señor de
Renal, acuciado por la vanidad herida, recordaba laboriosamente todas las
razones que había oído alegar en el billar del Casino o el Círculo Noble de Verriéres,
cuando algún chismoso interrumpía la partida para divertirse a costa de algún
marido engañado. ¡Qué crueles le parecían en aquel momento aquellas bromas!
«¡Dios mío! ¡Por qué no se habrá
muerto mi mujer! Entonces no estaría expuesto al ridículo. ¿Por qué no me quedo
viudo? Me iría a París a pasar seis meses entre la mejor sociedad.» Pasado este
momento de alegría que le había proporcionado la idea de la viudez, volvió a
pensar en los medios de cerciorarse de la verdad. A medianoche, cuando todo el
mundo estuviera acostado, extendería una ligera capa de salvado delante de la
puerta de Julien. Al día siguiente, por la mañana, vería si habían quedado
marcadas las huellas de sus pasos.
«Pero esto no sirve para nada
-exclamó de pronto con ira-, esa buena pieza de Elisa lo advertiría, e
inmediatamente se sabría en toda la casa que estoy celoso.»
En otra historieta de las que
contaban en el Casino, un marido había adquirido la certeza de su desgracia
sellando con un cabello pegado con cera las puertas del cuarto de su mujer y
del galán.
Después de tantas horas de
incertidumbre, este medio de aclarar su suerte le pareció, decididamente, el
mejor, y ya iba pensando en la manera de ponerlo en práctica, cuando, en uno de
los recodos de la avenida, se encontró con aquella mujer que hubiera querido
ver muerta.
Volvía del pueblo. Había ido a oír
misa a la iglesia de Vergy. Una tradición, muy poco verosímil a los ojos de un
filósofo escéptico, pero que para ella era artículo de fe, pretende que la pequeña
iglesia que hoy se utiliza era la capilla del castillo del señor de Vergy.
Esta idea obsesionó a la señora de Rénal todo el tiempo que pasó rezando en la
iglesia. Se figuraba a cada mo- mento que su marido mataba a Julien, simulando
un accidente de caza, y que luego, por la noche, la obligaba a comer el corazón
de su amante.
«Mi suerte -se dijo- depende de lo
que va a pasar mientras me escuche. Pasado este cuarto de hora fatal, quizá no
vuelva a tener ocasión de hablarle. No se trata de una persona sensata,
gobernada por la razón. De ser así, con mis cortas luces podría prever lo que
hará o dirá. A él le toca decidir acerca de nuestro destino común; está en su
poder hacerlo. Pero este destino depende de mi habilidad, del arte con que
sepa encauzar las ideas de este hombre caprichoso, a quien ciega la cólera y no
ve la mitad de las cosas. ¡Dios mío! Necesito talento y sangre fría, ¿de dónde
los sacaré?»
Recobró la calma como por encanto al
entrar en el jardín y . ver de lejos a su marido. Sus cabellos y su traje en
desorden demostraban que no había dormido.
Ella le alargó una carta abierta,
pero doblada. Él, sin abrirla, miraba a su mujer con ojos de loco.
-Ahí tiene una abominación -le dijo-
que un hombre de mala facha, que pretende conocerle y deberle mucho
agradecimiento, me ha entregado cuando yo pasaba por detrás del jardín del notario.
Exijo una cosa de usted; que inmediatamente, sin dilación, mande a su casa a
ese señor Julien.
La señora de Rénal se apresuró a
pronunciar esta frase, quizás un poco antes de tiempo, para librarse de la
horrible perspectiva de tener que decirla.
Se sintió inundada de alegría al ver
la que acababa de proporcionar a su marido. En la expresión de sus ojos, que
la miraban fijamente, comprendió que Julien había sido buen adivino. En vez de
afligirse por aquella desgracia tan auténtica, pensó:
«¡Qué talento! ¡Qué tacto perfecto!
¡Y esto en un joven sin experiencia alguna! ¿Adónde no llegará? ¡Ay! Entonces
sus éxitos le harán olvidarme».
Este pequeño acto de admiración por
el hombre que adoraba le hizo perder toda su turbación y la tranquilizó por
completo.
Se felicitó a sí misma por su
resolución. «No he sido indigna de Julien», se dijo con dulce e íntima
voluptuosidad.
Sin decir una palabra, por miedo de
comprometerse, el señor de Rénal examinaba el segundo anónimo, compuesto, como
recordará el lector, con palabras impresas pegadas sobre un papel de color
azulado. «No escatiman medio alguno de burlarse de mí -pensaba el señor de
Rénal, abrumado por el cansancio-. ¡Otros nuevos insultos que examinar, y todos
por culpa de mi mujer!» Estuvo a punto de injuriarla del modo más grosero; la
perspectiva de la herencia de Besancon le contuvo a duras penas. Devorado por
la necesidad de desahogar su rabia con algo, hizo pedazos el papel de este
segundo anónimo y se puso a pasear a grandes zancadas; necesitaba alejarse de
su mujer. Momentos después, volvió a su lado, ya más tranquilo.
-Hay que tomar una resolución -le
dijo ella en el acto-, y despedir a Julien; después de todo, no es más que el
hijo de un obrero. Usted le indemniza con unos cuantos ducados y, como es
inteligente y culto, pronto encontrará dónde colocarse, por ejemplo, en casa
del señor Valenod o del subprefecto Maugiron, que tiene hijos. De este modo no
se le ocasiona el menor perjuicio...
-Habla usted como lo que es: como
una estúpida -exclamó el señor de Rénal con voz terrible-. ¿Quién puede esperar
sentido común en una mujer? Nunca prestan atención a nada razonable; ¿cómo van
a saber nada? Su indolencia, su pereza, no les dan actividad más que para
cazar mariposas; son ustedes unos seres débiles, y nosotros, unos desgraciados
por tenerlas en nuestras familias...
La señora de Rénal le dejó hablar, y
el marido habló largo rato; descargaba su furia.
-Hablo -respondió ella por fin- como
una mujer ultrajada en su honor, es decir, en lo que tiene de más precioso.
La señora de Rénal hizo alarde de
una inalterable sangre fría durante aquella penosa conversación, de la cual
dependía la posibilidad de seguir viviendo bajo el mismo techo que Julien.
Buscaba las ideas que le parecían más a propósito para encauzar la cólera
ciega de su marido. Había permanecido insensible a todas las reflexiones
injuriosas que le había dirigido, no las escuchaba, sólo pensaba en Julien.
¿Estará contento de mí?
-Este pequeño campesino a quien
hemos colmado de atenciones y hasta de regalos quizá sea inocente -dijo ella,
por fin-, pero no por ello deja de ser causa del primer insulto que recibo...
Cuando he leído este papel abominable me he jurado a mí misma que él o yo
saldríamos de nuestra casa.
-¿Quiere usted dar un escándalo para
deshonrarme y deshonrarse usted también? Ya hay demasiada gente complacida en
Verriéres por causa suya.
-Es cierto, en general todos
envidian el estado de prosperidad que su buena administración le ha
proporcionado a usted, a su familia y a la ciudad entera... ¡Bueno! Pues
entonces voy a decirle a Julien que le pida permiso para pasar un mes con ese
comerciante en maderas que vive en la montaña, digno amigo de ese obrerito.
-Se guardará mucho de hacerlo
-repuso el señor de Rénal con bastante calma-. Lo primero que le exijo es que
no le hable.
Se irritaría y me indispondría con
él, y demasiado bien sabe usted hasta qué punto ese caballerete es agudo y
suspicaz.
-Este joven no tiene el menor tacto
-replicó la señora de Rénal-; puede que sea un sabio, eso usted lo sabrá, pero
en el fondo no es más que un rústico aldeano. Confieso que tengo muy mal
concepto de él desde que se negó a casarse con Elisa, que era una fortuna
segura, y puso como pretexto que, a veces, ésta visitaba, en secreto, al señor
Valenod.
-¡Ah! -dijo el señor de Rénal,
enarcando desmesuradamente las cejas-. ¿De modo que Julien le ha dicho eso?
-Decirlo claramente no lo ha dicho;
siempre me ha hablado de la vocación que siente por el sagrado ministerio; pero
créame, la principal vocación de esa gentuza es tener pan. Y me ha dado a
entender bien claramente que no ignoraba esas visitas secretas.
-¡Y yo que las ignoraba! -exclamó el
señor de Rénal, recobrando toda su indignación y recalcando sus palabras-. En
mi casa ocurren cosas que yo ignoro... ¿De modo que entre Elisa y Valenod ha
habido algo?
-¡Bah! Eso es historia antigua,
amigo mío -dijo, riendo, la señora de Rénal-, y puede que no haya ocurrido
nada malo. Es de aquella época en que su buen amigo Valenod no hubiera visto
con malos ojos que se creyese en Verriéres que entre él y yo había un pequeño
romance puramente platónico.
-Ya se me ocurrió esta idea una vez
-exclamó el señor de Rénal, golpeándose furiosamente la cabeza y haciendo un
nuevo descubrimiento tras otro-; ¿y por qué no me dijo nada?
-¿Para qué indisponer a dos amigos
por un pequeño ataque de vanidad de nuestro querido director? ¿Qué señora de la
buena sociedad no habrá recibido de él algunas cartas extraordinariamente
espirituales e incluso un poquito galantes?
-¿Acaso le ha escrito?
-Escribe mucho.
-Enséñeme esas cartas ahora mismo;
se lo ordeno -y el señor de Renal se creció por lo menos seis pies.
-Me guardaré muy bien de hacerlo
-repuso ella con una dulzura que rayaba en el abandono-, se las enseñaré un
día que esté más sereno.
-¡Ahora mismo, pardiez! -exclamó el
señor de Rénal ebrio de y, sin embargo, mucho más feliz de lo que había sido
durante las últimas horas.
-¿Me promete -le dijo su esposa con
la mayor gravedad- no tener nunca una riña con el director del asilo a
propósito de esas cartas?
-Tenga riña o no, puedo quitarle sus
expósitos; pero -continuó con furor- quiero esas cartas ahora mismo. ¿Dónde
están?
-En un cajón de mi escritorio; pero,
desde luego, no le daré la
llave.
-Haré saltar la cerradura -exclamó
él corriendo hacia el cuarto de su mujer.
Saltó, efectivamente, con una barra
de hierro la cerradura de un precioso escritorio de caoba traído de París, que
frotaba muchas veces con el faldón de su levita cuando creía ver en él alguna
mancha.
La señora de Renal subió corriendo
los ciento veinte escalones del palomar; ató un pañuelo blanco a uno de los
barrotes de hierro de la pequeña ventana. Era la más feliz de las mujeres. Con
lágrimas en los ojos, miraba los frondosos bosques de las montañas lejanas.
«Seguramente -pensaba-, bajo alguna de esas hayas corpulentas, Julien estará
esperando esta feliz señal.» Estuvo escuchando largo rato y acabó maldiciendo
el monótono zumbido de las cigarras y el canto de los pájaros. Sin aquel ruido
inoportuno, hubiera podido percibir un grito de alegría procedente de aquellas
grandes rocas. Su ávida mirada avizoraba aquella inmensa ladera, cubierta de
umbrío verdor, lisa como un prado, que formaban las copas de los árboles.
«¿Cómo no se le ocurre -se dijo enternecida- inventar alguna señal para indicarme
que su dicha es igual a la mía?» No bajó del palomar hasta que tuvo miedo de
que su marido fuera a buscarla.
Le encontró furioso. Releía las
frases anodinas del señor Valenod, que pocas veces habían sido leídas con tal
emoción.
Aprovechando un momento en que las
exclamaciones de su marido le dejaban la posibilidad de hacerse oír, la señora
de Rénal le dijo:
-Insisto en mi idea de antes,
conviene que Julien emprenda un viaje. Por mucho talento que tenga para el
latín, no es más que un campesino que muchas veces resulta grosero y falto de
tacto. A diario, para pasar por cortés, me dirige cumplidos exagerados y de
mal gusto, que seguramente aprende de memoria de las novelas...
-Si no las lee nunca -exclamó el
señor de Rénal-; me he asegurado de ello. ¿Cree que estoy ciego, y que yo, que
soy el amo, no sé lo que ocurre en mi propia casa?
-¡Bueno! Pues si no lee en ninguna
parte esos cumplidos ridículos será que se los inventa, lo cual es mucho peor
para él. Seguramente habrá hablado de mí en Verriéres en ese tono... y, sin ir
tan lejos -añadió como quien acaba de hacer un gran descubrimiento-, habrá
hablado en esta forma delante de Elisa, que es casi como si lo hubiera hecho
delante del señor Valenod.
-¡Ah! -exclamó el señor de Rénal,
haciendo retemblar la mesa y la habitación entera con uno de los más
formidables puñetazos que se hayan dado jamás-, la carta anónima impresa y las
cartas de Valenod están escritas en el mismo papel.
«¡Por fin ...!», pensó la señora de
Rénal, mostrándose aterrada ante tal descubrimiento, y, sin valor para
articular una palabra más, fue a sentarse en el diván al fondo del salón.
La batalla estaba ya ganada; le
costó mucho trabajo impedir que el señor de Rénal fuese a pedirle explicaciones
al supuesto autor anónimo.
-¿No comprende que hacerle una
escena al señor Valenod, sin tener pruebas suficientes para ello, sería una
torpeza insigne? ¿Quién tiene la culpa de que le envidien tanto? Su talento,
su Prudente gestión administrativa, el buen gusto de las obras públicas que ha
emprendido, la dote que yo traje al casarme con usted y, sobre todo, la
cuantiosa herencia que esperamos de mi Pobre tía, cuya importancia suponen
infinitamente mayor de lo que en realidad ha de ser, le han convertido en el
personaje más Portante de Verriéres.
-Se olvida de la estirpe -dijo el
señor de Renal, con una leve sonrisa.
-Usted es uno de los caballeros más
distinguidos de la pro- d vincia -se apresuró a decir la señora de Renal-. Si
el rey tuviese libertad de acción y pudiese hacer justicia a su noble cuna, indudablemente
figuraría en la Cámara de los Pares, etc. ¿Y con esta posición privilegiada
quiere dar motivo para que la envidia se cebe en usted? Hablar de su anónimo al
señor Valenod es proclamar en todo Verriéres, ¿qué digo?, en Besancon, en toda
la provincia, que ese pequeño burgués, admitido quizás imprudentemente en la
intimidad de un Rénal, ha sido capaz de ofenderle. Si esas cartas que acaba de
descubrir probaran que yo había correspondido al amor del señor Valenod,
debería matarme, lo habría merecido cien veces, pero nunca demostrarle su
enojo. Piense que todos sus convecinos están esperando un pretexto para
vengarse de su superioridad; recuerde que en 1816 intervino en varias
detenciones. Aquel hombre refugiado en su tejado...
-¡Estoy pensando que no me tiene la
menor consideración ni siente el menor aprecio por mí -exclamó el señor de
Rénal, con toda la amargura que le producía aquel recuerdo-, y que no he sido
par...!
-Y yo pienso, amigo mío -repuso,
sonriendo, la señora de Rénal-, que seré más rica que usted, que hace doce años
que soy su compañera y que con todos estos títulos tengo derecho a tener voz
en el capítulo y, sobre todo, en el asunto de hoy. Si prefiere al tal Julien
-añadió con despecho mal disimulado-, estoy dispuesta a irme a pasar un
invierno en casa de mi tía.
Esta frase fue un acierto. Su tono
traslucía una firmeza que trataba de ser cortés; convenció al señor de Renal.
Éste, sin embargo, según la costumbre provinciana, continuó hablando todavía
durante largo rato, repitiendo todos los argumentos, y su mujer le dejó hablar,
aún había cólera en su tono. Por fin, dos horas de inútil palabrería agotaron
las fuerzas de un hombre que había pasado la noche dominado por el furor. Fijó
la línea de conducta que iba a seguir con el señor Valenod, con Julien y hasta
con Elisa.
Por una o dos veces, durante aquella
escena decisiva, la señora de Renal estuvo a punto de sentir alguna simpatía
por la desgracia real de aquel hombre que durante doce años había sido su
amigo. Pero las verdaderas pasiones son egoístas. Además, estaba esperando de
un momento a otro que le hablase del anónimo que había recibido la víspera;
pero no le dijo una palabra de él. Para su seguridad, a la señora de Rénal le
hacía falta saber qué propósitos había sido capaz de inspirar el anónimo a
aquel hombre del que dependía su suerte. Pues, en provincias, los maridos son
los dueños de la opinión. Un marido que se queja, se cubre de ridículo, cosa
cada día menos peligrosa en Francia; pero su mujer, si él no le da dinero, pasa
a la condición de obrera de quince céntimos diarios; y aun así las personas
decentes sienten grandes escrúpulos en emplearla.
Una odalisca del serrallo tiene que
amar al sultán a toda costa; él es todopoderoso, ella no puede tener la menor
esperanza de zafarse de su autoridad con una serie de pequeñas estratagemas.
La venganza de su dueño y señor es terrible, sangrienta, pero militar,
generosa, una puñalada, y acaba todo. En el siglo XIX un hombre mata a su mujer
por medio del desprecio público, cerrándole todos los salones.
La señora de Rénal tuvo de pronto
plena conciencia de la gravedad del peligro que corría al volver a su cuarto;
se quedó atónita al ver el desorden que allí reinaba. Había hecho saltar la cerradura
de todos sus lindos cofrecillos; algunas tablas del parquet aparecían
levantadas. «¡No hubiera tenido compasión de mí! -pensó-. ¡Estropear así un
entarimado de madera barnizada, que le gusta tanto; un hombre que se pone rojo
de ira cuando alguno de los niños entra en nuestro cuarto con los zapatos
mojados! ¡Y lo ha estropeado por completo!» El espectáculo de aquella
violencia acalló rápidamente los últimos reproches que se hacía a sí misma por
su rápida victoria.
Poco antes de sonar la campana del
almuerzo, Julien volvió con los niños. A los postres, cuando se retiraron los
criados, la señora de Rénal le dijo muy secamente:
-Como me había usted dicho que
deseaba pasar quince días
en
Verriéres, el señor de Rénal no tiene inconveniente en darle un permiso. Puede
usted marcharse cuando quiera. Mas, para que los niños no pierdan el tiempo, le
enviarán sus temas todos los días para que usted los corrija.
-Pero tenga en cuenta -agregó el
señor de Rénal con acritudque no le concedo más que una semana.
Julien creyó notar en su fisonomía
la inquietud de un hombre profundamente atormentado.
-Todavía no ha tomado una resolución
-le dijo su amiga, en un momento en que pudieron hablar a solas en el salón.
La señora de Rénal le contó
rápidamente todo lo que había hecho por la mañana.
-Los detalles, para esta noche
-añadió, sonriendo. «¡perversidad de mujer! -pensó Julien-. ¡Qué placer, qué
instinto las empuja a engañarnos!»
-La encuentro cegada a la vez que
iluminada por su amor -le dijo él con alguna frialdad-; su conducta de hoy es
admirable; pero, ¿le parece prudente que tratemos de vernos esta noche? Esta
casa está llena de enemigos; piense en el odio apasionado que Elisa siente por
mí.
-Este odio se asemeja mucho a la
indiferencia apasionada que usted parece sentir por mí.
-Aun cuando me fuera indiferente,
debería salvarla del peligro que corre por mi culpa. Si por casualidad el señor
de Rénal habla con Elisa, con una sola palabra puede descubrirlo todo. E
incluso es capaz de esconderse cerca de mi cuarto, bien armado...
-¡Cómo! Ni siquiera valor -dijo la
señora de Rénal con toda la altivez de una mujer noble.
-Nunca me rebajaré a hablar de mi
valor -dijo fríamente Julien-, es una bajeza. Que el mundo juzgue los hechos.
Pero -añadió, cogiéndole la mano- no puede comprender cuánto la quiero Y cuál
es mi alegría al poder despedirme de usted antes de esta cruel ausencia.
Capítulo
22
Modos
de obrar en 1830
La parole a été donnée á l'homme
pour cacher sa pensée.[25]
R. P. MALAGRIDA
Apenas llegado a Verriéres, Julien
se reprochó lo injusto que había sido con la señora de Rénal. «¡Si por
debilidad hubiese fracasado su entrevista con el señor de Rénal, la habría
despreciado como a una chiquilla! Sale airosa de ella, como el mejor diplomático,
y simpatizo con el vencido, que es mi enemigo. En mi modo de proceder hay una
gran pequeñez burguesa; ¡mi vanidad se siente molesta porque el señor de Rénal
es un hombre! Ilustre y vasta corporación a la que tengo el honor de pertenecer;
no soy más que un majadero.»
El padre Chélan había rehusado los
alojamientos que los liberales más considerados del país le habían ofrecido a
raíz de su destitución de la parroquia. Las dos habitaciones que había alquilado
estaban llenas de libros. Julien quiso demostrar en Verriéres lo que valía un
cura, y se fue a casa de su padre y cogió unas cuantas tablas de abeto, que
llevó a cuestas por la calle mayor. Pidió prestadas las herramientas a un
antiguo compañero suyo y pronto tuvo armada una especie de biblioteca, en la
que colocó los libros del padre Chélan.
-Te creía corrompido por la vanidad
del mundo -le decía el anciano sacerdote, llorando de alegría-; esto hace que
te perdone la chiquillada del brillante uniforme de guardia de honor que
tantos enemigos te ha acarreado.
El señor de Rénal había ordenado a
Julien que se alojara en su casa. Nadie sospechó lo que había pasado. Al tercer
día de su llegada, Julien vio subir a su cuarto a un personaje tan ilustre como
el subprefecto señor de Maugiron. Después de dos horas largas de insípida
palabrería y grandes jeremiadas sobre la maldad de los hombres, la poca
honradez de los encargados de la administración de los fondos públicos, los
peligros de esta pobre Francia, etc., Julien vio apuntar el verdadero objeto de
la visita. Estaban ya en el rellano de la escalera, y el pobre preceptor medio
en desgracia acompañaba con el debido respeto al futuro prefecto de algún
afortunado departamento, cuando éste se dignó ocuparse de la fortuna de Julien
y alabar su moderación en asuntos de interés, etc., etc. Finalmente, el señor
de Maugiron, estrechándole entre sus brazos con un aire de lo más paternal, le
propuso que dejase al señor de Rénal para entrar en casa de un funcionario que
tenía hijos que educar y que, como el rey Luis Felipe, daría gracias al cielo,
no tanto por habérselos concedido, como por haberlos hecho nacer en la misma
ciudad que el señor Julien. Su preceptor disfrutaría de ochocientos francos de
sueldo, pagaderos no por meses, cosa que no es noble, dijo el señor de
Maugiron, sino por trimestres y siempre por adelantado.
Entonces le llegó el turno a Julien,
que desde hacía una hora y media estaba esperando, lleno de hastío, la ocasión
de tomar la palabra. Su respuesta fue irreprochable y, sobre todo, larga como
un mandamiento judicial; daba a entender todo, pero no decía nada claramente.
En ella había respeto hacia el señor de Rénal, veneración por el público de
Verriéres y agradecimiento al ilustre subprefecto. El tal subprefecto,
asombrado de encontrarse con alguien más jesuita que él, trató inútilmente de
obtener alguna respuesta más concreta. Julien, encantado, aprovechó la ocasión
de ejercitarse, y volvió a empezar desde el principio para contestar lo mismo
con distintos términos. Jamás un ministro elocuente, que desea consumir el
mayor tiempo posible al final de una sesión en la que la Cámara parece querer
despertarse, dijo menos con más palabras. Apenas se fue el señor de Maugiron,
Julien soltó la carcajada como un loco. Para aprovechar su verbosidad jesuítica
escribió una carta de nueve carillas al señor de Rénal, dándole cuenta de todo
lo que le habían dicho y pidiéndole consejo humildemente. «¡Este pícaro se ha
guardado muy bien de decirme el nombre de la persona que me hace este
ofrecimiento! Seguramente es el señor Valenod, que considera mi destierro en
Verriéres como una consecuencia de su anónimo.»
Después de enviar esta carta, Julien
salió para pedir consejo al padre Chélan, contento como el cazador que a las
seis de la mañana de un hermoso día de otoño desemboca en una explanada
abundante en caza. Pero antes de llegar a casa del buen sacerdote, el cielo,
que no le quería privar de ningún goce, le puso en presencia del señor Valenod,
al cual no ocultó que tenía el corazón destrozado; un pobre muchacho como él
se debía por entero a la vocación que el cielo había despertado en su corazón,
pero en este bajo mundo la vocación no lo es todo. Para trabajar dignamente en
la viña del Señor y no ser del todo indigno de tantos y tan sabios
colaboradores necesitaba instrucción, necesitaba pasar dos años en el
Seminario de Besancon, cosa muy dispendiosa; le era, pues, indispensable -y
podía decirse que era en cierto modo una obligación- hacer economías, cosa que
le sería mucho más fácil conseguir ganando ochocientos francos, pagados por
trimestres, que no con seiscientos, que se le iban de entre las manos de un
mes a otro. Pero, por otra parte, el cielo, al colocarle al lado de los jóvenes
de Rénal y, sobre todo, al inspirarle un cariño especial hacia ellos, parecía
indicarle que no era del caso abandonar su educación para emprender otra...
Julien alcanzó un grado tal de
perfección en este género de elocuencia, que ha reemplazado a la rapidez de
acción del Imperio, que acabó por aburrirse de sus propias palabras.
Al volver a casa, encontró a un
criado del señor Valenod, vestido de gran librea, que le buscaba por toda la
ciudad con una invitación para comer aquel mismo día.
Julien no había_ estado nunca en
casa de aquel hombre; pocos
días
antes, su única obsesión era hallar el medio de darle una paliza sin exponerse
a caer en manos de la policía correccional. Aun cuando la hora marcada para la
comida era la una, Julien creyó más respetuoso presentarse a las doce y media
en el despacho del señor director del asilo. Le encontró dándose importancia
entre una multitud de carpetas. Sus grandes patillas negras, su gigantesca
cabellera, su gorro griego colocado al desgaire en lo alto de la coronilla, su
inmensa pipa, sus zapatillas bordadas, las gruesas cadenas de oro que cruzaban
su pecho en todos los sentidos, y todo aquel aparato de financiero provinciano,
que se cree hombre favorecido por la fortuna, no lograron impresionar a Julien;
al contrario, pensaba más aún en los palos que le debía.
Solicitó el honor de ser presentado
a la señora Valenod; pero ésta se estaba arreglando en aquel momento y no podía
recibirle. En compensación, tuvo el privilegio de presenciar cómo se ataviaba
el señor director del asilo. Luego pasaron a las habitaciones de la señora
Valenod, quien le presentó a sus hijos con lágrimas en los ojos. Esta señora,
una de las más importantes de Verriéres, tenía una cara ancha y hombruna, que
había embadurnado de colorete con ocasión de tan fausto acontecimiento.
Durante la entrevista hizo gala de una patética emoción maternal.
Julien pensaba en la señora de
Rénal. Su desconfianza impedía que le asaltasen otra clase de recuerdos que
los que por contraste acudían a su mente, pero en este caso le emocionaban profundamente.
Este estado de espíritu se exacerbó ante el aspecto de la casa del director del
asilo. Se la hicieron visitar. Todo era nuevo y magnífico, y le informaron del
precio de cada mueble. Pero Julien le encontraba algo innoble que olía a dinero
robado. Todo el mundo, incluso los criados, daba la impresión de andar con
mucho aplomo para precaverse de un posible desprecio.
Acompañados de sus mujeres,
llegaron: el recaudador de contribuciones, el de los impuestos indirectos, el
jefe de la gendarmería y otros dos o tres funcionarios públicos. Les siguieron
algunos liberales ricos. Anunciaron la comida. Julien, ya muy mal dispuesto,
empezó a pensar que del otro lado de la pared del comedor estarían los pobres
detenidos, de cuyas raciones de carne habían sisado tal vez para adquirir todo
aquel lujo de mal gusto con el que querían deslumbrarle.
«Es posible que tengan hambre en
este momento», se dijo a sí mismo; y sintió un nudo en la garganta que le
impidió tragar bocado y casi le quitó el uso de la palabra. Lo peor fue
cuando, un cuarto de hora después, se oyeron a lo lejos los acordes de una
canción popular y, hay que reconocerlo, algo canalla, que cantaba uno de los
reclusos. El señor Valenod dirigió una mirada a uno de sus criados con librea
de gala, que desapareció, y al poco rato dejó de oírse la canción. En aquel
momento, un criado ofrecía a Julien vino del Rin en una copa de cristal verde,
y la señora Valenod se esforzaba en hacerle notar que aquel vino costaba a
nueve francos la botella en la bodega. Julien, con su vaso verde en la mano,
dijo al señor Valenod:
-Ya no se oye cantar esa canción
canalla.
-¡Claro que no! -respondió el
director, triunfante-. He mandado imponer silencio a los mendigos.
Aquella frase fue demasiado fuerte
para Julien; había adquirido los modales, pero no el corazón de su estado. A
pesar de toda su hipocresía, puesta en práctica con tanta frecuencia, sintió
que una gruesa lágrima le resbalaba por la mejilla.
Trató de ocultarla con su copa de
cristal verde, pero le fue absolutamente imposible hacer honor al vino del
Rin. «;Impedirle cantar! -se decía-. ¡Dios mío, y tú lo permites!»
Por fortuna, nadie se dio cuenta de
su emoción de mal tono. El recaudador de contribuciones había entonado una
canción realista. Y durante el alboroto del estribillo, cantado a coro, la
conciencia de Julien le decía: «¡Ésa será la cochina fortuna que alcances, y
sólo podrás disfrutarla en estas condiciones y en semejante compañía! Quizá
logres un puesto de veinte mil francos, pero mientras te atraques de manjares,
tendrás que prohibirle que cante a un pobre prisionero; darás grandes
banquetes con el dinero que hayas robado de su miserable pitanza, y mientras
tú comes, él será aún más desgraciado... ¡Oh, Napoleón! ¡Qué hermoso era en tu
tiempo alcanzar la fortuna arrostrando
los
peligros de una batalla; pero aumentando cobardemente el dolor del
desgraciado...!».
Confieso que la debilidad de que
Julien da muestras durante este monólogo me hace tener muy pobre opinión de él.
Sería digno compañero de estos conspiradores de guante amarillo que pretenden
cambiar la manera de ser de un gran país y no quieren tener que reprocharse ni
el más pequeño arañazo.
Julien se dio cuenta bruscamente de
que tenía que representar su papel. No le habían invitado a comer en tan buena
compañía para que estuviese soñando y sin decir una palabra.
Un fabricante de telas estampadas
retirado, miembro correspondiente de la academia de Besancon y de la de Uzés,
le dirigió la palabra, desde el otro extremo de la mesa, para preguntarle si
era cierto lo que se contaba de sus sorprendentes progresos en el estudio del
Nuevo Testamento.
De repente se hizo el más profundo
silencio; un Nuevo Testamento en latín apareció como por encanto en las manos
del docto miembro de las dos academias. Ante la respuesta de Julien, se leyó
al azar media frase en latín. Él recitó: su memoria no le hizo traición, y
aquel prodigio fue admirado con el ruidoso entusiasmo propio del final de una
comida. Julien miraba las caras encendidas de las damas; algunas no estaban
mal. Se fijó en la mujer del filarmónico recaudador.
-Me da vergüenza, en realidad, estar
tanto tiempo hablando en latín delante de estas señoras -dijo, mirándola-. Si
el señor Rubigneau -éste era el miembro de las dos academias- tiene la bondad
de leer cualquier frase latina, en vez de contestarle siguiendo el texto en
latín, trataré de traducirlo sobre la marcha.
Esta segunda prueba fue la
culminación de su triunfo.
Estaban presentes varios liberales
ricos, pero padres venturosos de hijos susceptibles de conseguir becas y, por
esta circunstancia, convertidos súbitamente desde la última misión. A pesar de
este rasgo de fina política, el señor de Renal nunca quiso recibirlos en su
casa. Estas buenas gentes, que sólo conocían de oídas a Julien y por haberle
visto a caballo el día de la entrada del rey de..., eran sus más entusiastas
admiradores. «¿Cuándo se cansarán esos necios de escuchar el estilo bíblico,
del que no entienden una palabra?», pensaba. Por el contrario, aquel estilo
les divertía por lo raro y les hacía reír. Pero Julien se cansó.
A las seis en punto se levantó con
gravedad, alegando un capítulo de la nueva teología de Ligorio que tenía que
aprender de
memoria
para recitárselo al día siguiente al padre Chélan. «Pues mi oficio -añadió con
gracia- es hacer recitar lecciones y recitarlas yo.»
Se rieron mucho, le admiraron; tal
es el espíritu de Verriéres. Julien estaba de pie y todo el mundo se levantó, a
pesar de las conveniencias; tal es el imperio del talento. La señora Valenod le
retuvo un cuarto de hora más; quería a toda costa que oyese recitar a los
niños su lección de catecismo. Se equivocaron de la manera más cómica, de lo
que sólo él se dio cuenta. Pero tuvo buen cuidado de callarse. «¡Qué ignorancia
de los principios más elementales de la religión!», pensaba. Saludó al fin,
creyendo poder escapar; pero tuvo que soportar una fábula de La Fontaine.
-Este autor es muy inmoral -le dijo
Julien a la señora Valenod-; cierta fábula sobre maese Jean Chouart pone en
ridículo las cosas más respetables. Ha sido objeto de las más severas censuras
por los mejores comentadores.
Julien recibió, antes de marcharse,
cuatro o cinco invitaciones para cenar. «Este joven honra el departamento»,
afirmaron a grandes voces y todos a un tiempo los invitados, que estaban muy
alegres. Llegaron a hablar incluso de asignarle una pensión con cargo a los
fondos comunales para facilitarle los medios de continuar sus estudios en
París.
Mientras esta imprudente idea
resonaba en el comedor, Julien ganó con presteza la puerta cochera. «¡Ah!
¡Canalla! ¡Canalla!», exclamó dos o tres veces en voz baja, disfrutando del
placer de respirar el aire fresco.
En aquel momento se sentía muy
aristócrata, él, que durante tanto tiempo se había sentido molesto por la
sonrisa desdeñosa y la superioridad altiva que descubría en el fondo de todas
las muestras de cortesía de que era objeto en casa del señor de Rénal. No pudo
evitar advertir que había una extraordinaria diferencia entre unos y otros.
«¡Olvidemos por un momento -se decía al alejarse- que se trata de dinero
robado a los pobres detenidos, a quienes, por si. esto fuera poco, les
prohíben cantar! ¿Pero cuándo se le ha ocurrido al señor de Rénal decir a sus
invitados el precio de cada botella de vino que les sirve? Y este señor
Valenod no hace más que repetir hasta la saciedad la enumeración de todas sus
propiedades, y delante de su mujer no puede hablar de su casa o de sus fincas,
sin decir siempre tu casa, tu finca.»
Aquella dama, tan sensible en
apariencia al placer de la propiedad, acababa de montar un espectáculo
vergonzoso, durante la comida, a un criado que había roto una copa y
descabalado una de sus docenas; y el criado le había contestado con la mayor
insolencia.
«¡Qué gente! -se decía Julien-;
aunque me dieran la mitad de todo lo que roban, no quisiera vivir con ellos. Un
buen día me traicionaría, no podría contener la expresión del desprecio que me
inspiran.»
Sin embargo, para seguir las
instrucciones de la señora de Renal, tuvo que asistir a varias cenas del mismo
género; Julien se puso de moda; le perdonaron su uniforme de guardia de honor,
o más bien esta imprudencia era la verdadera causa de su éxito. A los pocos
días nadie se ocupaba de otra cosa en Verriéres que de saber quién vencería en
la lucha por conseguir al joven sabio, si el señor de Renal o el director del
asilo. Estos señores formaban, con el señor Maslon, un triunvirato que desde
hacía muchos años tiranizaba la ciudad. El alcalde era envidiado; los
liberales tenían motivos de queja contra él; pero, después de todo, era noble
y estaba hecho para mandar, mientras que el padre del señor Valenod no le había
dejado a su hijo ni seiscientas libras de renta. Había pasado de inspirar
compasión por el traje verde manzana que todos le conocieran en su juventud, a
despertar la envidia por sus caballos normandos, sus cadenas de oro, sus trajes
traídos de París, toda su prosperidad actual.
En medio del torbellino de aquel
mundo nuevo para Julien, creyó descubrir a un hombre honrado; era geómetra, se
llamaba Gros y pasaba por jacobino. Como Julien se había dedicado a no decir
nunca más que cosas que a él mismo le parecían falsas, se vio obligado a
mantener una actitud recelosa con el señor Gros. Recibía de Vergy grandes
paquetes de ejercicios. Le aconsejaban que viese a menudo a su padre, y tuvo
que conformarse con aquella triste necesidad. En una palabra, estaba rehaciendo
su reputación, de la mejor manera posible, cuando una mañana se despertó,
sorprendido, al sentir unas manos que le tapaban los ojos.
Era la señora de Rénal, que había
hecho un viaje a la ciudad y que, dejando a sus hijos entretenidos con su
conejo favorito, que se habían llevado en el viaje, había subido las escaleras
de cuatro en cuatro para llegar al cuarto de Julien un minuto antes que ellos.
Fue un momento delicioso, pero corto: la señora de Renal había desaparecido
cuando los niños llegaron a su cuarto con el conejo, que querían enseñar a su
amigo. Julien les hizo a todos una inmejorable acogida, incluso al conejo. Le
parecía que recobraba a su familia; sintió que quería a aquellos niños, que era
un placer para él charlar con ellos. Estaba sorprendido de la dulzura de su
voz, de la sencillez y la nobleza de sus pequeños modales; necesitaba limpiar
su imaginación de todas las maneras vulgares, de todos los pensamientos
desagradables cuyo ambiente respiraba en Verriéres. Siempre el mismo temor a no
conseguir su objeto, siempre el lujo y la miseria en lucha despiadada. Las
gentes con quienes comía le hacían confidencias a propósito del asado, que
eran humillantes para ellos y nauseabundas para quienes las escuchaban.
-Vosotros los nobles tenéis razón
para ser orgullosos -le decía a la señora de Rénal. Y le contaba todas las
cenas que había tenido que soportar.
-¡Está, pues, de moda! -Y se reía de
buena gana, pensando en el colorete que la señora Valenod se creía en la
obligación de ponerse cuando esperaba a Julien-. Me parece que se hace ilusiones
respecto a su corazón -añadía.
El almuerzo fue delicioso. La
presencia de los niños, aunque molesta en apariencia, en el fondo contribuyó a
la felicidad de todos. Esos pobres niños no sabían cómo demostrar su alegría
por volver a ver a Julien. Los criados no habían dejado de contarles que le
ofrecían doscientos francos más por educar a los pequeños Valenod.
En medio del almuerzo,
Stanislas-Xavier, todavía pálido después de su grave enfermedad, preguntó de
repente a su madre cuánto valían su cubierto y el cubilete de plata en que
bebía.
-¿Por qué preguntas eso?
-Quiero venderlos para darle su
importe al señor Julien y que no haga el primo si se queda con nosotros.
Julien le besó con lágrimas en los
ojos. Su madre lloraba francamente, mientras Julien, que había sentado sobre
sus rodillas al pequeño Stanislas, le explicaba que no debía emplear aquella
expresión hacer el primo en aquel sentido, pues era una manera de hablar propia
de un lacayo. Viendo el placer que causaba a la señora de Renal, trató de
explicar a los niños con ejemplos divertidos y pintorescos lo que era hacer el
primo.
-Ya comprendo -dijo Stanislas-, es
el cuervo que hace la tontería de dejar caer el queso para que lo coja el
zorro, que era un adulador.
La señora de Rénal, loca de alegría,
cubría de besos a sus hijos, cosa que no podía hacer sin apoyarse en Julien.
De repente se abrió la puerta; era
el señor de Renal. Su fisonomía severa y disgustada ofrecía un extraño
contraste con la dulce alegría que había interrumpido su aparición. La señora
de Renal se puso pálida; se sentía absolutamente incapaz de negar nada. Julien
tomó la palabra y, en voz muy alta, se puso a contar al señor alcalde la
ocurrencia del cubilete de plata que Stanislas quería vender. Estaba seguro de
que aquella historia sería mal acogida. El primer impulso del señor de Rénal
fue fruncir el entrecejo, cosa que hacía por costumbre al oír la palabra
plata. »La mención de ese metal -solía decir- implica siempre un atentado
contra mi bolsillo.»
Pero en este caso había más que el
interés del dinero; había un aumento de sus sospechas. El aire de contento que
animaba a su familia durante su ausencia no era el más a propósito para
arreglar las cosas en el espíritu de un hombre dominado por una vanidad tan
quisquillosa. Al oír que su mujer elogiaba el modo lleno de gracia y de talento
con que Julien daba ideas nuevas a sus discípulos, dijo:
-¡Sí, sí, ya lo sé, me hace
antipático a mis hijos; para él es bien fácil ser cien veces más amable que yo,
que en el fondo soy el amo! Todo tiende en este siglo a hacer odiosa la
autoridad legítima. ¡Pobre Francia!
La señora de Renal no se paró a
analizar los matices de la acogida que le dispensaba su marido. Acababa de
entrever la posibilidad de pasar doce horas con Julien. Tenía que hacer una
infinidad de compras y declaró que estaba absolutamente decidida a cenar en la
taberna; pese a todas las objeciones y reparos de su marido, se mantuvo firme
en su decisión. Los niños estaban encantados con sólo oír la palabra taberna,
que la gazmoñería moderna pronuncia con tanto gusto.
El señor de Renal dejó a su mujer en
la primera tienda de novedades en que entró, para irse a hacer unas cuantas
visitas. Volvió más taciturno que por la mañana; estaba convencido de que toda
la ciudad se ocupaba de él y de Julien. De hecho, nadie le había dejado
entrever el aspecto ofensivo de las habladurías de la gente. Las que le
repitieron al señor de Renal sólo se ocupaban de si Julien se quedaría en casa
del alcalde con seiscientos francos o aceptaría los ochocientos ofrecidos por
el señor director del asilo.
Éste, que se encontró con el señor
de Rénal en una visita, se hizo el indiferente. Tal conducta no dejaba de ser
hábil; en provincias hay poco aturdimiento: las sensaciones son tan raras que
suelen cultivarse muy cuidadosamente.
El señor Valenod era lo que se llama
a cien leguas de París un fanfarrón, clase de personas de natural desvergonzado
y grosero. Su existencia triunfante, desde 1815, había reforzado sus bellas
disposiciones. Reinaba, por decirlo así, en Verriéres, a las órdenes del señor
de Renal; pero como era mucho más activo, no se avergonzaba de nada y se metía
en todas partes, yendo y viniendo sin cesar, y escribiendo, hablando,
olvidando las humillaciones, sin dar muestras de la menor pretensión personal,
había logrado igualar el crédito de que gozaba el alcalde ante el poder
eclesiástico. El señor Valenod vino a decir a los tenderos del país: «Dadme los
dos más tontos»; a la gente de leyes: «Indicadme los dos más ignorantes»; a
los médicos: «Designad a los dos más charlatanes». Cuando tuvo reunidos a los
más sinvergüenzas de cada profesión, les dijo: «Reinemos juntos».
Las maneras de aquella gentuza no
podían menos que ofender al señor de Rénal. La grosería del señor Valenod no
se ofendía por nada, ni siquiera por los desmentidos que el padre Maslon no se
recataba de dirigirle en público.
Pero, en medio de aquella
prosperidad, el señor Valenod sentía la necesidad de defenderse, con pequeñas
insolencias de detalle, contra las grandes verdades que comprendía que todo el
mundo tenía derecho a decirle. Después del miedo que le había hecho pasar la
visita del señor Appert, su actividad se había redoblado; había hecho tres
viajes a Besancon; expedía varias cartas en todos los correos; remitía otras
por medio de desconocidos que pasaban por su casa a la caída de la tarde.
Quizás había sido un error la destitución del viejo padre Chélan; pues aquel paso
vengativo le atrajo las antipatías de algunas devotas de buena familia que le
consideraban un auténtico malvado. Además, aquel favor le había puesto bajo la
más absoluta dependencia del vicario general de Frilair, que le encomendaba
las más extrañas gestiones. Tal era su política, cuando cedió al placer de
escribir un anónimo. Para colmo de dificultades, su mujer le comunicó que
quería a Julien en su casa; había puesto su vanidad en ello.
En esta situación, el señor Valenod
preveía una escena decisiva con su antiguo aliado el señor de Rénal. Poco le
importaban las palabras gruesas que le dirigiría; pero podía escribir a Besancon
e incluso a París. Un sobrino de cualquier ministro podía caer en Verriéres y
hacerse cargo del asilo de mendigos. El señor Valenod pensó en acercarse a los
liberales: por esta razón había invitado a varios a la comida en que Julien
recitó. Hubiera contado con un poderoso apoyo contra el alcalde. Pero podían
llegar unas elecciones, y era evidente que el asilo y un voto en contra eran
incompatibles. La explicación de toda esta política, que la señora de Rénal
había adivinado con acierto, fue el tema de la conversación que sostuvo con
Julien, mientras, cogida de su brazo, iba de tienda en tienda, hasta que poco a
poco llegaron distraídamente al Paseo de la Fidelidad, donde pasaron algunas
horas casi tan tranquilos como en Vergy.
Mientras tanto, el señor Valenod
trataba de rehuir una escena decisiva con su antiguo jefe, adoptando con él un
aire audaz. Aquel día el sistema dio resultado, pero aumentó el mal humor del
alcalde.
Nunca la vanidad, en lucha con lo
más agrio y mezquino que puede tener el sórdido interés por el dinero, ha
puesto a un hombre en un estado tan lamentable como el del señor de Rénal
cuando entró en la taberna. Y, por el contrario, nunca estuvieron sus hijos más
gozosos y alegres. Este contraste acabó de molestarle.
-Estoy de más en mi familia, según
veo -dijo al entrar, con un tono que quería ser imponente.
Por toda respuesta, su mujer le
cogió aparte y le expresó la necesidad de alejar a Julien. Las horas de dicha
transcurridas le habían hecho recobrar la serenidad y la firmeza necesarias
para seguir el plan de conducta que estaba meditando desde hacía quince días.
Lo que acababa de perturbar completamente al pobre alcalde de Verriéres era
que sabía que públicamente se hacían chistes sobre su afición al «efectivo».
El señor Valenod era generoso como un ladrón, y él se había conducido de una
manera más prudente que brillante en las cinco o seis últimas colectas para
la cofradía de San José, la congregación de la Virgen, la del Santísimo
Sacramento, etc., etc.
Entre los hidalgüelos de Verriéres y
sus contornos, hábilmente clasificados en el registro de los hermanos
colectores según el importe de sus donativos, se había visto más de una vez
figurar en la última línea el nombre del señor de Rénal. En vano decía que no
ganaba nada. El clero no admite bromas en este asunto.
Capítulo
23
Desazones
de un funcionario
Il piacere di alzar la testa tutto
l'anno
é ben pagato da certi quarti d'ora
che bisogna passar.[26]
CASTI
Pero dejemos a este hombre mezquino
con sus pequeños temores; ¿para qué se ha llevado a su casa un hombre de
corazón, cuando lo que necesitaba era un alma de lacayo? ¿Acaso no sabe elegir
a su gente? La marcha ordinaria del siglo XIX es que cuando do un ser poderoso
y noble encuentra un hombre de corazón, lo
mata,
lo destierra, lo encarcela o lo humilla de tal forma, que el
otro
comete la tontería de morirse de dolor. Por casualidad, en este caso no es
todavía el hombre de corazón el que sufre. La gran desgracia de los pueblos de
Francia y de los gobiernos por elección, como el de Nueva York, es el no poder
olvidar que en el mundo hay seres como el señor de Rénal. En una ciudad de
veinte mil habitantes, estos hombres forman la opinión pública,
y la
opinión pública es terrible en un país que tiene una constitución. Un hombre
dotado de un alma noble, generosa, que hubiera sido nuestro amigo, pero que
vive a cien leguas, nos juzga
'
por la opinión pública de nuestra ciudad, que está formada por los imbéciles
que la casualidad ha hecho nacer ricos, nobles y moderados. ¡Desgraciado del
que se distingue de los demás!
En cuanto acabaron el almuerzo
volvieron a Vergy; pero al día siguiente Julien vio reaparecer a toda la
familia en Verriéres.
No
había transcurrido una hora cuando, con gran extrañeza Por su parte, descubrió
que la señora de Rénal le ocultaba algo.
Interrumpía
la conversación con su marido cuando él aparecía, y parecía como si deseara que
se alejase. Julien no esperó a que le hiciese dos veces aquella advertencia. Se
mostró frío y reservado; la señora de Rénal lo advirtió y no buscó explicación
alguna: «¿Pensará darme un sucesor?
-pensó Julien-. ¡Anteayer aún estaba tan íntima conmigo! Pero dicen que así se
portan estas grandes damas. Son como los reyes, nunca más obsequiosos que con
el ministro que al volver a su casa ha de encontrar su destitución.»
Julien notó que en esas
conversaciones que cesaban bruscamente en cuanto se acercaba, se trataba a
menudo de una gran casa perteneciente al municipio de Verriéres, vieja, pero
amplia y cómoda y situada frente a la iglesia, en el sitio de más tráfico de la
ciudad. «¿Qué puede haber de común entre esa casa y un nuevo amante?», se
decía Julien. En su dolor, se repetía los hermosos versos de Francisco 1, que
le parecían nuevos porque aún no hacía un mes que se los había enseñado la
señora de Rénal. Y entonces, ¡cómo los desmentía con sus juramentos y sus
caricias!
Souvent
femme varíe,
Bien
fol qui s'y fíe.[27]
El señor de Rénal partió en la posta
para Besancon. Este viaje se decidió en dos horas; el alcalde parecía muy
atormentado. A la vuelta le dijo a su mujer, echando sobre la mesa un grueso
envoltorio de papel gris:
-Ahí está ese maldito asunto.
Una hora después, Julien vio al
cartelero que se llevaba aquel grueso envoltorio; se apresuró a seguirle. «Voy
a saber el secreto en la primera esquina.»
Esperaba impaciente detrás del
cartelero, que con su brocha embadurnaba el dorso del anuncio. Apenas estuvo
colocado, la curiosidad de Julien pudo ver que lo que se anunciaba con todo
detalle era el alquiler, en pública subasta, de aquella casa, grande y vieja,
cuyo nombre aparecía con tanta frecuencia en las conversaciones del señor de
Rénal y su mujer. Se anunciaba la adjudicación para el día siguiente a las dos,
en la sala del Ayuntamieñto, al apagarse la tercera llama. Julien se quedó muy
decepcionado; le pareció que el plazo era muy corto: ¿cómo podrían ser
avisados todos los licitantes? Además, aquel anuncio, fechado quince días
antes, que releyó de arriba abajo en tres sitios diferentes, no le aclaraba
nada.
Fue a visitar la casa que se
alquilaba. El portero, que no le vio acercarse, decía misteriosamente a un
vecino:
-¡Bah! ¡Bah! Trabajo perdido. El
señor Maslon le ha prometido que la tendría por trescientos francos; y como el
alcalde se resistía, el vicario mayor de Frilair le mandó al obispado.
La llegada de Julien pareció
molestar muchos a los dos amigos, que no pronunciaron una palabra más.
Julien no faltó a la subasta. Había
mucha gente en una sala mal iluminada; pero se observaban unos a otros de un
modo muy singular. Todas las miradas estaban fijas en una mesa, donde Julien
vio, en una bandeja de estaño, tres cabos de vela encendidos. El ujier
gritaba: «¡Trescientos francos, señores!».
-¡Trescientos francos! Esto es
demasiado -dijo un hombre en voz baja a su vecino. Julien estaba entre los
dos-. Vale más de ochocientos; voy a pujar.
-Es escupir al cielo. ¿Qué vas a
ganar en ponerte a mal con el señor Maslon, el señor Valenod, el obispo, su
terrible vicario mayor de Frilair y toda la pandilla?
-¡Trescientos treinta francos!
-gritó el otro.
-¡Mala bestia! -replicó su vecino-.
Y justamente ahí tienes a un espía del alcalde -añadió señalando a Julien.
Julien se volvió rápidamente para
castigar aquella frase; pero los dos hijos del Franco Condado ya no le
prestaban la menor atención. Su sangre fría le devolvió la suya. En aquel
momento se apagaba el último cabo de vela, y la voz arrastrada del ujier adjudicó
la casa en trescientos treinta francos, y por nueve años,
al
señor de Saint-Giraud, jefe de negociado en la prefectura de...
En cuanto el alcalde salió de la
sala, comenzaron los comentarios.
-La imprudencia de Grogeot ha hecho
ganar treinta francos al Ayuntamiento -decía uno.
-Pero el señor de Saint-Giraud
-respondía otro- se vengará de Grogeot. Ya lo verá.
-¡Qué infamia! -decía un hombre
gordo que estaba a la izquierda de Julien-. Una casa por la que yo hubiera
dado ochocientos francos para mi fábrica, y habría hecho un buen negocio.
-¡Bah! -le respondía un fabricante
joven y liberal-. ¿Acaso el señor de Saint-Giraud no es de la congregación? ¿No
tienen becas sus cuatro hijos? ¡Pobrecillo! Necesita que el Ayuntamiento de
Verriéres le proporcione un beneficio suplementario de quinientos francos; eso
es todo.
-¡Y pensar que el alcalde no ha
podido impedirlo! -observaba un tercero-. Pues hay que convenir en que es
reaccionario, eso allá él; pero no roba.
-¿No roba? -repuso otro-. Todo entra
en un fondo común, y a fin de año se lo reparten. Pero cuidado, que ahí está el
joven Sorel. Vámonos.
Julien volvió a casa de muy mal
humor; allí encontró a la señora de Rénal muy triste.
-¿Viene usted de la subasta? -le
dijo.
-Sí, señora, y he tenido el honor de
pasar por espía del señor alcalde.
-Si me hubiese hecho caso, habría
salido de viaje.
En aquel momento apareció el señor
de Renal; estaba muy sombrío. El señor de Renal ordenó a Julien que les
acompañase a Vergy con los niños. El viaje fue triste. La señora de Renal consolaba
a su marido.
-Debería estar acostumbrado a estas
cosas, amigo mío.
Por la noche estaban todos reunidos
en silencio, junto al hogar; el chasquido de la leña que ardía era la única
distracción. Era uno de aquellos momentos de tristeza que se producen en las
familias más unidas. Uno de los niños exclamó alegremente:
-¡Llaman! ¡Llaman!
-¡Pardiez! Si es el señor de
Saint-Giraud y viene a provocarme con el pretexto de darme las gracias
-exclamó el alcalde-, le
diré
lo que hace al caso; esto ya es demasiado. Es a Valenod a quien le debe el
negocio, y yo soy quien resulta comprometido. ¿Qué voy a decir si esos malditos
periódicos jacobinos intervienen en este asunto y me convierten en un
hazmerreír?
Un hombre muy apuesto, con grandes
patillas negras, entró en aquel momento conducido por un criado.
-Señor alcalde, yo soy el signor
Geronimo. Esta carta para usted me la entregó el caballero de Beauvaisis,
agregado a la Embajada de Nápoles, en el momento de mi partida, hace sólo nueve
días -añadió el signor Geronimo con aire alegre, mirando a la señora de Renal-.
El signor de Beauvaisis, primo suyo y amigo mío, señora, dice que usted sabe
italiano.
El buen humor del napolitano cambió
en alegría la tristeza de aquella velada. La señora de Rénal se empeñó en darle
de cenar. Puso toda su casa en movimiento; deseaba a toda costa distraer a
Julien del calificativo de espía que había tenido que oír dos veces en el mismo
día. El signor Geronimo era un cantante célebre, hombre de buena sociedad y,
sin embargo, muy alegre, cualidades que en Francia casi nunca son compatibles.
Después de cenar cantó un pequeño duettino con la señora de Renal. Contó
cuentos deliciosos. A la una de la madrugada, los niños protestaron cuando
Julien les propuso irse a la cama.
-Déjenos oír otra vez esta historia
-dijo el mayor.
-Es la mía, signorino -repuso el
signor Geronimo-. Hace ocho años yo era, como vosotros, un alumno del
conservatorio de Nápoles, quiero decir que tenía poco más o menos vuestra edad;
pero no tenía el honor de ser hijo del ilustre alcalde de la bonita ciudad de
Verriéres.
Aquella frase hizo suspirar al señor
de Renal, que miró a su mujer.
-El signor Zingarelli -continuó el
joven cantante, exagerando su acento, que aumentaba la risa de los niños-, el
signor Zingarelli era un maestro excesivamente severo. Nadie le quiere en el
conservatorio, pero él pretende que todo el mundo obre como si le quisieran. Yo
salía lo más a menudo que podía; iba al teatrillo de San Carlino, donde oía una
música de dioses: pero, ¡cielos!, ¿qué hacer para reunir los cuarenta céntimos
que cuesta la entrada? Enorme suma -dijo mirando a los niños, que todavía rieron
de mejor gana-. El signor Giovannone, director de San Carlos, me oyó cantar.
Yo tenía dieciséis años. "Este chico es un tesoro -dijo-. ¿Quieres que te
contrate?", vino a preguntarme. "¿Cuánto me va usted a dar?"
"Cuarenta ducados al mes." Señores, ¡son ciento veinte francos! ¡Vi
el cielo abierto! "¿Pero cómo lograré -dije a Giovannone- que me deje
salir el severo Zingarelli?" "Lascia fare a me."
-¡Déjame hacer! -exclamó el mayor de
los niños.
-Exactamente, señorito. El signor
Giovannone me dijo: "Caro, primero vamos a hacer un contrato". Firmo:
me da tres ducados. Nunca había visto tanto dinero junto. Luego me indica lo
que debo hacer.
»Al día siguiente pido una audiencia
al terrible signor Zingarelli. Su viejo ayuda de cámara me hace pasar.
"¿Qué es lo que quieres, mal bicho?", dijo Zingarelli. "Maestro
-le dije yo-, me arrepiento de mis faltas; no volveré a salir del colegio
saltando la verja. Voy a redoblar mi aplicación." "Si no temiese
echar a perder la más hermosa voz de bajo que he oído jamás, te encerraría a
pan y agua quince días, sinvergüenza." "Maestro -repuse-, voy a ser
el modelo de toda la escuela, credete a me. Pero quiero pedirle un favor; si
alguien viene a buscarme para cantar fuera, no consienta usted de ninguna
manera. Por favor, diga usted que no puede." "¿Y quién diablos
quieres tú que venga a buscar una alhaja semejante? ¿Crees que consentiría
nunca que salieses del conservatorio? ¿Es que pretendes burlarte de mí? ¡Anda,
lárgate, largo de aquí! -dijo tratando de darme un puntapié en el c...- y ten
cuidado con el pan seco y el encierro."
»Una hora más tarde el signor
Giovannone se presentó en el despacho del director: "Vengo a pedirle que
haga mi fortuna -le dice-; déjeme a Geronimo. Que cante en mi teatro y este
invierno caso a mi hija." "¿Qué quieres hacer con ese mal sujeto? -le
dijo Zingarelli-. No quiero; no te lo llevarás, y, además, aun cuando yo
consintiera, él no querrá salir del conservatorio; acaba de jurármelo."
"Si sólo se trata de su voluntad -dijo gravemente Giovannone, sacando del
bolsillo mi contrato, carta canta: aquí está su firma." Entonces
Zingarelli, furioso, se cuelga de la campanilla: "¡Que echen del
conservatorio a Geronimo inmediatemente!", gritó, ardiendo de cólera.
»Me echaron, pues. Yo salí riendo a
carcajadas. Aquella misma noche canté la canción del Moltiplico. Polichinela
quiere casarse y cuenta con los dedos las cosas que necesitará en su casa, y se
equivoca a cada momento.
-Por favor, caballero, ¿quiere usted
cantarnos esa canción? -dijo la señora de Renal.
Geronimo cantó y todo el mundo
lloraba de risa. El signor Geronimo no se fue a acostar hasta las dos de la
madrugada, dejando a toda la familia encantada de sus buenos modales, de su
complacencia y de su alegría.
Al día siguiente el señor y la
señora de Renal le dieron las cartas que necesitaba para presentarse en la
corte de Francia.
«No hay más que mentira y falsedad
por todas partes -se dijo Julien-. Este signor Geronimo se va a Londres con
sesenta mil francos de sueldo. Sin la habilidad del director de San Carlino, su
voz divina quizá no habría sido conocida y admirada hasta diez años más
tarde... A fe que preferiría ser un Geronimo a un Renal. No ocupará un puesto
tan honroso en la sociedad, pero no tiene el disgusto de hacer adjudicaciones
como la de hoy, y además su vida es divertida.»
Una cosa asombraba a Julien:
aquellas semanas de soledad pasadas en Verriéres, en casa del señor de Renal,
habían sido Para él una época dichosa. Sólo le había aquejado el hastío y la
tristeza en las comidas que le dieron; en aquella casa solitaria, Podía leer,
escribir y pensar sin que nadie le molestara. No veía desvanecerse a cada
momento sus brillantes sueños ante la cruel necesidad de estudiar los impulsos
de un alma baja, y esto a fin de engañarla con acciones o frases hipócritas.
¿Estará la felicidad tan cerca de
mí?... Para una vida semejante se necesita muy poco; puedo casarme con la
señorita Elisa o asociarme con Fouqué... Pero el viajero que acaba de llegar a
lo alto de una montaña empinada se sienta en la cumbre y expe-
rimenta
un placer perfecto al descansar. ¿Sería feliz si le obligasen a estar siempre
descansando?»
El espíritu de la señora de Renal
había llegado a concebir los más funestos pensamientos. A pesar de su
resolución, confesó a Julien toda la historia de la subasta. «¡Llegará a
hacerme olvidar todos mis juramentos!», pensaba.
Hubiera sacrificado su vida sin
vacilar por salvar la de su marido, si le hubiese visto en peligro. Era una de
aquellas almas nobles y románticas para las cuales entrever la posibilidad de
una acción generosa y no realizarla es causa de un remordimiento casi tan
grande como el que produce el crimen cometido. Sin embargo, había días
funestos en que no lograba apartar de su pensamiento la idea de la felicidad
inmensa que representaría para ella quedarse viuda de repente y poder casarse
con Julien.
Éste amaba a sus hijos mucho más que
su propio padre, y, a pesar de la severidad de su justicia, ellos le adoraban.
Se daba perfecta cuenta de que casándose con Julien tendría que abandonar
Vergy, cuyos umbríos parajes le eran tan queridos. Se veía a sí misma viviendo
en París, donde continuaba dando a sus hijos aquella educación que despertaba
la admiración de todo el mundo. Sus hijos, ella, Julien, todos eran
completamente felices.
¡Extraño efecto del matrimonio tal
como lo ha concebido el siglo XIX! El hastío de la vida matrimonial acaba
indefectiblemente con el amor, si es que éste ha precedido al matrimonio. Y,
sin embargo, como diría un filósofo, produce en las gentes lo bastante ricas
para no tener que trabajar el más profundo aborrecimiento de todos los goces
tranquilos. Sólo las mujeres que adolecen de una absoluta sequedad de alma
logran sustraerse a su influjo, que predispone al amor.
La reflexión del filósofo me hace
disculpar a la señora de Renal; pero en Verriéres nadie la disculpaba, y la
ciudad entera, sin que ella se diera cuenta, sólo se ocupaba del escándalo de
sus amores. Gracias a aquella ocupación apasionante, aquel otoño fue mucho
menos aburrido que de costumbre.
El otoño y una parte del invierno
pasaron muy deprisa. Hubo que dejar los bosques de Vergy. La buena sociedad de
Verriéres empezó a indignarse al ver que sus anatemas hacían tan poco efecto en
el señor de Renal. En menos de ocho días, varias personas respetables, de las
que prescinden de su habitual circunspección por el placer de desempeñar esta
clase de embajadas, le hicieron concebir las más crueles sospechas, pero
sirviéndose de los términos más comedidos.
El señor Valenod, que iba sobre
seguro, había colocado a Elisa con una familia noble y muy bien considerada,
donde había cinco mujeres. Elisa, temiendo, según decía, no encontrar colocación
durante el invierno, sólo había pedido a aquella familia las dos terceras
partes de lo que ganaba en casa del señor alcalde. Y, espontáneamente, la
muchacha tuvo, además, la excelente idea de ir a confesarse con el viejo padre
Chélan, y al mismo tiempo con el nuevo párroco, para contarles a los dos, con
todo detalle, los amores de Julien.
Al día siguiente de su llegada, a
las seis de la mañana, el padre Chélan mandó llamar a Julien:
-No le pregunto nada -le dijo-, le
ruego, y, si es necesario, le mando que no me cuente nada; le exijo que en el
plazo de tres días se marche al seminario de Besancon o a casa de su amigo
Fouqué, que sigue dispuesto a proporcionarle un porvenir magnífico. Lo he
previsto todo, lo he arreglado todo; pero no tiene más remedio que marcharse y
no volver a Verriéres en un año.
Julien no contestó; estaba pensando
en si debía sentirse ofendido por el interés que el padre Chélan, que al fin y
al cabo no era su padre, se tomaba por él.
-Mañana, a esta misma hora, tendré
el honor de volver a verle -le dijo por fin al sacerdote.
El padre Chélan, que esperaba
convencer fácilmente a un muchacho tan joven, habló mucho. Julien, encerrado en
la actitud y la fisonomía más humilde, no abrió la boca.
Por fin se marchó y corrió a
prevenir a la señor de Renal, a la que encontró desesperada. Su marido acababa
de hablarle con cierta franqueza. La debilidad natural de su carácter, apoyada
en la perspectiva de la herencia de Besancon, le había decidido
a
suponerla perfectamente inocente. Acababa de comunicarle la extraña situación
en que se encontraba la opinión pública de Verrieres. La gente estaba
equivocada, engañada por los envidiosos; pero ¿qué hacer?
Por un momento la señora de Rénal se
hizo la ilusión de que Julien podría aceptar el ofrecimiento del señor Valenod
y quedarse en Verriéres. Pero ya no era la mujer sencilla y tímida del año
anterior; su fatal pasión, sus remordimientos, le habían dado mayor lucidez. Al
oír a su marido, no tardó en darse cuenta, con harto dolor por su parte, de que
era indispensable una separación, aunque sólo fuera momentánea. «Lejos de mí,
Julien volverá a caer en sus proyectos ambiciosos, tan naturales en el que
nada tiene. ¡Y yo, Dios mío! ¡Soy tan rica, y de nada me sirve para ser feliz!
Julien me olvidará. Siendo, como es, agradable, será amado, amará. ¡Desgraciada
de mí!... ¿De qué puedo quejarme? El cielo es justo: no he tenido valor para
poner fin al pecado y me ha quitado el juicio. En mi mano estaba sobornar a
Elisa con dinero, nada me hubiera sido más fácil. No me he tomado siquiera la
molestia de pensar un momento en lo que hacía; mis locas fantasías de amor me
absorbían por completo. Me muero.»
Julien se sorprendió de una cosa: al
comunicar a la señora de Renal la terrible noticia de su marcha, no se le
ocurrió ninguna objeción egoísta. Ella hacía evidentes esfuerzos para no
llorar.
-Necesitamos firmeza, amigo mío.
Se cortó un mechón de cabello.
-No sé lo que haré -le dijo-, pero
si muero, prométeme que no olvidarás nunca a mis hijos. Estés cerca o lejos de
ellos, procura que sean hombres honrados. Si hay una nueva revolución, a todos
los nobles les cortarán la cabeza, su padre emigrará, quizás, a causa de aquel
campesino muerto en un tejado. Vela por la familia... Dame la mano. ¡Adiós,
amigo mío! Éstos son los últimos momentos. Hecho el gran sacrificio, espero
que delante de la gente tendré valor para pensar en mi reputación.
Julien esperaba verla desesperada.
La sencillez de esta despedida le conmovió.
-No, no me despido así de usted. Me
marcharé; lo quieren así; usted también lo quiere. Pero tres días después de mi
marcha volveré una noche a verla.
La vida cambió para la señora de
Renal. ¡Julien tenía que amarla de verdad, puesto que espontáneamente había
tenido la idea de volver a verla! Su terrible dolor se trocó en uno de los más
vivos accesos de alegría que había experimentado en toda su vida. Todo le
pareció fácil. La certidumbre de volver a ver a su amigo quitaba a aquellos
últimos momentos todo lo que tenían de desgarrador. Desde aquel instante, la
conducta y la filosofía de la señora de Renal fueron nobles, fumes y
perfectamente correctas.
El señor de Renal volvió a casa
temprano; estaba fuera de sí. Por fin le habló a su mujer del anónimo que había
recibido dos meses antes.
-Quiero llevarlo al Casino, para
demostrar a todos que es de ese infame de Valenod, a quien he sacado de la nada
para convertirle en uno de los burgueses más ricos de Verriéres. Le avergonzaré
públicamente y después me batiré con él. Esto ya es demasiado.
«¡Podría quedarme viuda, Dios mío!
-pensó la señora de Renal. Pero casi al mismo tiempo se dijo-: Si no impido
este duelo, como seguramente está en mi mano, tendré la culpa de la muerte de
mi marido.»
Nunca había explotado su vanidad con
tanta destreza. En menos de dos horas le hizo ver, y siempre por medio de
argumentos alegados por él, que era preciso demostrar más cordialidad que
nunca al señor Valenod e incluso colocar de nuevo a Elisa en la casa. La señora
de Rénal tuvo que armarse de valor para decidirse a volver a ver a aquella
muchacha, causa de todas sus desdichas. Pero era idea de Julien.
Finalmente, después de haberle
indicado tres o cuatro veces el camino, el señor de Renal, por sí solo, llegó a
concebir la idea, muy penosa desde el punto de vista económico, de que lo más
desagradable para él sería que Julien, en medio de la efervescencia y de las
habladurías de todo Verriéres, se quedase como preceptor de los hijos del señor
Valenod. El interés de Julien era evidentemente aceptar las proposiciones del
director del asilo de los pobres. Pero, por el contrario, al prestigio del
señor de Renal le interesaba que Julien dejase Verriéres para entrar en el
seminario de Besancon o de Dijon. Pero ¿cómo lograr que adoptara esta
decisión? Y luego, ¿cómo sufragaría sus gastos?
El señor de Renal, ante la
inminencia del sacrificio económico, estaba más desesperado que su mujer. En
cuanto a ella, después de aquella conversación, se encontraba en la misma
situación de un hombre de corazón que, cansado de la vida, ha tomado una dosis
de estramonio; ya sólo se mueve como un autómata, sin tener interés por nada.
Un estado igual llevó a Luis XIV a decir, ya moribundo: «Cuando yo era rey».
¡Frase admirable!
Al día siguiente, muy de mañana, el
señor de Rénal recibió un anónimo. Estaba redactado en el estilo más
insultante. En cada línea podían leerse las palabras más groseras aplicadas a
su situación. Debía de ser obra de algún subalterno dominado por la envidia.
Aquella carta le recordó su propósito de batirse con el señor Valenod. Muy
pronto su valor llegó hasta el extremo de pensar en la ejecución inmediata de
su idea. Salió solo y se fue a casa del armero a comprar un par de pistolas,
que hizo cargar.
«En realidad -se decía-, aunque
volviera a instaurarse la severa administración de Napoleón, no tendría que
reprocharme ni cinco céntimos mal adquiridos. A lo sumo he hecho la vista
gorda; pero, como demuestran las cartas que guardo en mi despacho, estaba
plenamente autorizado para ello.»
La señora de Renal quedó aterrada
ante la cólera fría de su marido; le recordaba la fatal idea de enviudar, que
tanto trabajo le costaba desechar. Se encerró con él. Durante varias horas trató
en vano de disuadirle de su propósito; el último anónimo le había decidido por
completo. Por fin consiguió trocar el valor de dar una bofetada al señor
Valenod, por el de ofrecer seiscientos francos a Julien por un año de pensión
en un seminario. El señor de Renal, maldiciendo mil veces el día en que había
tenido la fatal idea de llevar a su casa un preceptor, olvidó el anónimo.
Se consoló un poco con una idea que
se le había ocurrido, y que tuvo buen cuidado de no decir a su mujer: con un
poco de habilidad, y valiéndose del espíritu novelesco del muchacho, esperaba
obligarle a rechazar los ofrecimientos del señor Valenod por una suma mucho más
baja.
Mucho más trabajo le costó a la
señora de Renal convencer a Julien de que, sacrificando a las conveniencias de
su marido un empleo de ochocientos francos, que públicamente le ofrecía el
director
del asilo, podía, sin avergonzarse, aceptar una compensación.
-Pero -decía Julien- si no he tenido
ni por un momento la idea de aceptar tales ofrecimientos. Me habéis
acostumbrado demasiado a la vida elegante, la grosería de esas gentes me mataría.
La cruel necesidad, con su mano de
hierro, doblegó la voluntad de Julien. Su orgullo le ofrecía la ilusión de
aceptar, sólo como un préstamo, la suma ofrecida por el alcalde de Verriéres,
firmándole un recibo en el que se comprometía a reembolsarla en el plazo de
cinco años con intereses.
La señora de Rénal aún guardaba
algunos miles de francos, ocultos en la pequeña gruta de la montaña.
Se los ofreció, temblorosa,
comprendiendo con toda claridad que los rechazaría indignado.
-¿Quiere hacer abominable el
recuerdo de nuestros amores? -le dijo Julien.
Al fin Julien se fue de Verriéres.
El señor de Rénal se alegró mucho; en el momento fatal de aceptar el dinero de
aquel hombre, el sacrificio fue demasiado fuerte para Julien. Se negó en
redondo. El señor de Rénal le echó los brazos al cuello con lágrimas en los
ojos. Como quiera que Julien le había pedido un certificado tificado de buena
conducta, no encontraba en su entusiasmo términos bastante expresivos para
alabarla como se merecía. Nuestro héroe tenía cinco luises de economías y
contaba con pedir otro tanto a Fouqué.
Estaba emocionadísimo. Pero a una
legua de Verriéres, donde dejaba un amor tan grande, ya no pensaba más que en
la dicha de ver una capital, una gran ciudad guerrera como Besancon.
Durante esta corta ausencia de tres
días, la señora de Rénal fue víctima de una de las más crueles decepciones del
amor. Le resultaba tolerable la vida; entre ella y la mayor desventura mediaba
todavía aquella postrera entrevista que había de celebrar con Julien. Contaba
las horas, los minutos que faltaban. Por fin, durante la noche del tercer día
oyó a lo lejos la señal convenida. Después de arrostrar mil peligros, Julien
apareció ante ella.
A partir de aquel momento, sólo tuvo
un pensamiento: «Es la última vez que le veo». Lejos de corresponder al
apasionamiento de su amigo, fue como un cadáver casi sin vida. Si se esforzaba
en decirle que le amaba, casi le demostraba lo contrario con su turbación.
Nada podía distraerla de la cruel idea de la eterna separación. El desconfiado
Julien creyó por un instante que ya estaba olvidado. Sus reproches sólo fueron
acogidos por gruesas lágrimas, que corrían en silencio, y apretones de manos
casi convulsivos.
-¡Pero, Dios santo! ¿Cómo quiere que
le crea -respondía Julien a las frías protestas de su amiga-, si demostraría un
cariño mucho más sincero a la señora Derville, a un conocido cualquiera?
La señora de Rénal, petrificada, no
sabía qué responder.
-Es imposible ser más desgraciada...
Espero morir... Siento que mi corazón se hiela.
Tales fueron las respuestas más
largas que pudo obtener.
Cuando la proximidad del día hizo
necesaria la separación, las lágrimas de la señora de Renal cesaron por
completo. Le vio atar a la ventana una cuerda de nudos, sin decir una palabra,
sin devolverle sus besos. En vano le decía Julien:
-Hemos llegado a la situación que
usted tanto deseaba. En adelante vivirá sin remordimientos. No verá a sus hijos
en la tumba a la menor indisposición.
-Siento mucho que no pueda dar un
beso a Stanislas -dijo ella con frialdad.
Julien acabó por sentirse
profundamente impresionado con los abrazos sin calor de aquel cadáver viviente;
no pudo pensar en otra cosa en muchas leguas. Su alma estaba desolada y antes
de trasponer la montaña, mientras pudo divisar el campanario de la iglesia de
Verriéres, se volvió muchas veces.
Capítulo
24
Una
capital
Que de bruit, que de gens affairés!
Que d'idées pour l'avenir dans une
tete de vingt ans!
Quelle distraction pour l'amour![28]
BARNAVE
En lo alto de una montaña lejana
divisó, por fin, la negrura de unas murallas; era la ciudadela de Besancon.
«¡Qué diferencia para mí -se dijo suspirando-, si llegara a esta noble ciudad
guerrera para ser subteniente de uno de los regimientos encargados de su
defensa!»
Besancon no es solamente una de las
ciudades más hermosas de Francia; abunda en gentes de corazón y de talento.
Pero Julien no era más que un pobre campesino, y carecía en absoluto de medios
para acercarse a los hombres distinguidos.
En casa de Fouqué se había vestido
con un traje de paisano, y así ataviado atravesó el puente levadizo. Recordando
la historia del sitio de 1674, quiso ver las murallas y la ciudadela antes de
encerrarse en el seminario. Dos o tres veces estuvo a punto de ser detenido por
los centinelas; se metía en sitios que los ingenieros militares prohíben al
público, con objeto de poder vender doce o quince francos de heno al año.
La altura de las murallas, la
profundidad de los fosos, el terrible aspecto de los cañones, le habían
ocupado durante varias horas, cuando se encontró delante del gran café del
bulevar. Se quedó inmóvil de admiración; por más que leía la palabra café,
escrita en gruesos caracteres encima de las dos inmensas puertas, no podía dar
crédito a sus ojos. Hizo un esfuerzo por dominar su timidez; atrevióse a
entrar, y se encontró en una sala de treinta o cuarenta pasos de largo y cuyo
techo se elevaba más de veinte pies. Aquel día todo era como un encantamiento
para él.
Había empeñadas dos partidas de
billar. Los mozos cantaban los puntos; los jugadores corrían en torno de los
billares, abarrotados de espectadores. Los torrentes de humo de tabaco que exhalaban
las bocas de todos les envolvían en una nube azulada. La elevada estatura de
aquellos hombres, sus hombros macizos, su andar pesado, sus enormes patillas,
los largos levitones que les cubrían, todo llamaba la atención de Julien. Estos
nobles hijos de la antigua Bisontium sólo hablaban a gritos, dándoselas de
terribles guerreros. Julien admiraba inmóvil; consideraba la inmensidad, la
magnificencia de una gran capital como Besancon. No se sentía con el valor
necesario para pedir una taza de café a uno de aquellos señores de mirada
altiva que cantaban los puntos del billar.
Pero la señorita del mostrador se
había fijado en el rostro encantador de aquel joven burgués de pueblo que,
parado a tres pasos de la estufa, con un pequeño paquete debajo del brazo,
contemplaba atentamente el hermoso busto del rey, vaciado en yeso blanco.
Aquella señorita, natural del Franco Condado, muy bien formada y vestida como
es debido para dar crédito a un café, había dicho ya dos veces, con una
vocecita que sólo procuraba ser oída por Julien:
-¡Señor, señor!
Julien se encontró con dos grandes
ojos azules, muy tiernos, y vio que era a él a quien hablaban.
Se acercó rápidamente al mostrador y
a la muchacha, como hubiera avanzado al encuentro del enemigo. En su movimiento
brusco se le cayó el paquete.
¿Qué compasión no inspirará nuestro
provinciano a los jóvenes estudiantes de París, que a los quince años ya saben
entrar en un café con un porte tan distinguido? Pero esos muchachos, tan
desenvueltos a los quince años, a los dieciocho caen en lo vulgar. La timidez
apasionada que se encuentra en provincias, a veces puede ser superada, y
entonces enseña a querer. Al acercarse a aquella muchacha tan guapa, que se
dignaba dirigirle la palabra, pensó Julien que se tornaba animoso a fuerza de
timidez vencida: «Es preciso que le diga la verdad».
-Señora, vengo por vez primera en mi
vida a Besancon; quisiera que me dieran, pagando, un panecillo y una taza de
café.
La señorita se sonrió un poco y
luego se ruborizó; temía que aquel muchacho tan lindo fuese objeto de la
atención irónica y de las burlas de los jugadores de billar. Quizá se asustara
y no volviera más.
-Póngase aquí, a mi lado -le dijo,
señalando una mesa de mármol, casi oculta por el enorme mostrador de caoba que
avanzaba hacia el centro de la sala.
La señorita se inclinó fuera del
mostrador, lo que le dio ocasión de lucir su soberbio talle. Julien se fijó en
él; todas sus ideas variaron de curso. La hermosa señorita acababa de colocar
delante de él una taza, azúcar y un panecillo. Vacilaba en llamar a un
camarero para que trajera el café, comprendiendo que la llegada del camarero
pondría fin a su coloquio a solas con Julien.
Julien, pensativo, comparaba aquella
belleza, rubia y alegre, con ciertos recuerdos que le agitaban a menudo. La
idea de la pasión que había inspirado le quitó casi toda su timidez. La hermosa
señorita no podía perder el tiempo; leyó en las miradas de Julien.
-El humo de las pipas le hace a
usted toser. Venga mañana a desayunar antes de las ocho de la mañana; a esa
hora estoy casi sola.
-¿Cómo se llama usted? -dijo Julien
con la sonrisa acariciadora de la timidez dichosa.
-Amanda Binet.
-¿Me permite que le envíe, dentro de
una hora, un paquete como éste?
La bella Amanda reflexionó un poco.
-Estoy vigilada: lo que me pide
puede comprometerme; sin embargo, voy a escribir mis señas en una tarjeta que
puede usted colocar en el paquete. Envíemelo sin vacilar.
-Yo me llamo Julien Sorel -dijo el
joven-, y no tengo parientes ni amigos en Besancon.
-¡Ah! Ya comprendo -dijo ella
alegremente-, viene usted a la escuela de Derecho.
-¡Desgraciadamente, no! -respondió
Julien-. Me mandan al seminario.
El más completo desencanto se pintó
en los rasgos de Amanda; llamó a un camarero: ahora sí tenía valor para
hacerlo. El camarero sirvió café a Julien, sin mirarle.
Amanda cobraba en el mostrador.
Julien estaba orgulloso de haberse atrevido a hablar: en uno de los billares
empezó una disputa. Los gritos y los mentís de los jugadores, que resonaban en
aquel salón inmenso, producían una algarabía que asombraba a Julien. Amanda
estaba pensativa y bajaba los ojos.
-Si quiere usted, señorita -le dijo,
de pronto, con aplomo-, diré que soy primo suyo.
Aquel leve aire de autoridad fue del
agrado de Amanda. «No es un joven de poco más o menos», pensó. Y le dijo, muy
deprisa, sin mirarle, pues su vista estaba atenta a ver si se acercaba alguien
al mostrador:
-Yo soy de Genlis, cerca de Dijon;
diga usted que es también de Genlis y primo de mi madre.
-No dejaré de hacerlo.
-Todos los jueves, a las cinco, en
verano, los señores seminaristas pasan por aquí, delante del café.
-Si piensa usted en mí, cuando yo
pase, tenga un ramo de violetas en la mano.
Amanda le miró con aire de asombro;
aquella mirada cambió el valor de Julien en temeridad. Sin embargo, se puso muy
encarnado al decirle:
-Siento que la quiero a usted
apasionadamente.
-Hable usted más bajo -le dijo ella,
con aire asustado.
Julien trataba de recordar las
frases de un tomo suelto de la Nueva Eloísa que había encontrado en Vergy. Su
memoria le fue fiel; hacía diez minutos que recitaba la Nueva Eloísa a la
señorita Amanda, que estaba encantada, sintiéndose él muy satisfecho con su
valentía, cuando de repente la bella cajera adoptó un aire glacial. Uno de sus
adoradores apareció en la puerta del café.
Se acercó al mostrador, silbando y
contoneándose; miró a Julien. Al punto, la imaginación de éste, siempre
proclive a los extremos, no hizo más que pensar en la posibilidad de un duelo.
Palideció intensamente, apartó su taza, adoptó un aire resuelto, y miró
atentamente a su rival. Mientras éste inclinaba la cabeza, sirviéndose con
familiaridad un vaso de aguardiante en el mostrador, Amanda ordenó a Julien
con una mirada que bajara los ojos. Él obedeció, y durante dos minutos estuvo
inmóvil en su sitio, pálido y resuelto, atento únicamente a lo que iba a
suceder; en aquel momento estaba verdaderamente bien. Su rival se había quedado
asombrado al ver los ojos de Julien; después de apurar de un trago su vaso de
aguardiente, le dijo unas palabras a Amanda, metió las manos en los bolsillos
laterales de su levitón y se acercó a una mesa de billar, silbando y mirando a
Julien. Éste se levantó lleno de cólera; pero no sabía cómo arreglárselas para
ser insolente. Dejó su paquetito, y contoneándose todo lo que pudo se acercó al
billar.
En vano le aconsejaba la prudencia:
«Con un duelo nada más llegar a Besancon, puedes despedirte de la carrera eclesiástica.
¡Qué importa. Nadie podrá decirme que no castigo a un insolente!».
Amanda se dio cuenta de su valor,
que formaba un hermoso contraste con la ingenuidad de sus maneras; en un
momento le prefirió al corpulento joven del levitón. Se levantó y, simulando
observar a alguien que pasaba por la calle, se interpuso rápidamente entre él
y el billar.
-Cuidado con mirar con malos ojos a
ese caballero, es mi cuñado.
-¿Qué me importa? Me ha mirado.
-¿Quiere
usted hacer mi desgracia? Qué duda cabe que le ha mirado, incluso es posible
que le hable. Le he dicho que era usted un pariente de mi madre, y que acaba
de llegar de Genlis. Él es del Franco Condado, y no ha pasado nunca de Dôle, en
el camino de Borgoña; de modo que puede usted decirle lo que quiera, no tema
nada.
Julien vacilaba aún; ella añadió con
viveza (su imaginación de señorita de mostrador le procuraba mentiras en
abundancia):
-Desde luego que le ha mirado, pero
en el momento en que me preguntaba quién era usted. Es grosero con todo el
mundo, no ha tenido intención de insultarle.
La mirada de Julien siguió al
presunto cuñado. Le vio comprar un número en la partida que se jugaba en la
mesa de billar más distante. Julien oyó su gruesa voz, que gritaba en tono amenazador:
«¡Ahora juego yo!». Julien pasó vivamente por detrás de la señorita Amanda, y
dio un paso hacia el billar. Amanda le cogió por un brazo:
-Págueme usted antes -le dijo.
«Es justo -pensó Julien-; tiene
miedo de que me vaya sin pagar.»
Amanda estaba tan agitada como él, y
muy colorada; le dio el cambio lo más rápidamente que pudo, repitiéndole en voz
baja:
-Salga usted ahora mismo del café, o
si no, no le querré más, a pesar de que le quiero de veras.
Julien salió, efectivamente, pero
despacio. «¿Acaso no debería -se preguntaba- mirar silbando a mi vez a ese
individuo tan grosero?» Esta incertidumbre le retuvo una hora en el bulevar
delante del café, esperando que saliera su hombre. No apareció, y Julien se
alejó.
Hacía sólo unas horas que estaba en
Besancon y ya había conquistado un remordimiento. El viejo cirujano mayor, a
pesar de sus ataques de gota, le había dado, tiempo atrás, algunas clases de
esgrima; ésa era toda la ciencia que Julien podía poner al servicio de su
cólera. Pero este inconveniente no le habría importado si hubiera sabido
demostrar su indignación de alguna otra manera que dando una bofetada; si había
que llegar a las manos, su rival, hombre de enorme corpulencia, no sólo le
daría una paliza, sino que le dejaría allí tendido.
«Para un pobre diablo como yo -se
dijo Julien-, sin protectores y sin dinero, no debe haber gran diferencia
entre un seminario y una cárcel; necesito dejar mi ropa de paisano en alguna
posada, donde volveré a ponerme mi traje negro. Si algún día logro salir del
seminario durante algunas horas, podré perfectamente volver a ver a la señorita
Amanda vistiéndome de paisano.» El razonamiento era perfecto, pero Julien no se
atrevía a entrar en ninguna de las posadas que hallaba a su paso.
Finalmente, al volver a pasar por
delante del Hotel de Embajadores, sus ojos inquietos encontraron los de una
mujer gorda, bastante joven aún, colorada y de aspecto alegre y feliz. Se acercó
a ella y le contó su historia.
-Con mucho gusto, mi lindo y joven
cura -le dijo la dueña del Hotel de Embajadores-, yo le guardaré su traje de
seglar y hasta haré que lo sacudan a menudo. En este tiempo no es conveniente
dejar los trajes de paño guardados sin airearlos.
Cogió una llave, y ella misma le
condujo a una habitación, recomendándole que hiciese una nota especificando lo
que dejaba.
-¡Dios mío! ¡Qué buen aspecto tiene
usted así, señor cura Sobel! -le dijo la mujer gorda cuando bajó a la cocina-,
haré que le sirvan una buena comida, y -añadió en voz baja- sólo le cobraré
veinte sueldos, en vez de cincuenta, que es lo que todo el mundo paga, pues
tiene usted que administrar lo mejor posible sus ahorrillos.
-Tengo diez luises -replicó Julien
con cierto orgullo.
-¡Por Dios! -respondió la buena
hostelera, alarmada-, no hable tan alto: hay muchos pillos en Besancon. Se lo
robarán todo en menos de nada. Sobre todo no entre nunca en los cafés; están
plagados de mala gente.
-¿De veras?-dijo Julien, a quien
daba que pensar aquella frase.
-Venga usted a mi casa solamente, yo
le haré café. Recuerde que siempre encontrará una amiga y una buena comida de
veinte sueldos; esto es hablar, me parece a mí. Vaya, siéntese a la mesa, le
voy a servir yo misma.
-Me sería imposible comer -le dijo
Julien-, estoy demasiado emocionado; voy a entrar en el seminario en cuanto
salga de su casa.
La buena mujer no le dejó salir
hasta que le llenó los bolsillos de provisiones. Por fin Julien se encaminó al
lugar terrible; la hostelera, desde la puerta, le indicaba el camino.
Capítulo
25
El
seminario
Trois cent trente-six diners á 83
centimes,
trois cent trente-six soupers á 28
centimes;
du chocolat á qui de droit;
combien y a-t-il á gagner sur la
soumission?[29]
EL VALENOD DE BESANCON
Desde lejos vio la cruz de hierro
dorado sobre la puerta; se acercó lentamente; sintió que le flaqueaban las
piernas. «¡Éste es el infierno en la tierra, del que no podré salir!» Por fin
se decidió a llamar. El sonido de la campana retumbó como en un lugar solitario.
Al cabo de diez minutos vino a abrirle un hombre pálido, vestido de negro.
Julien le miró e inmediatamente bajó los ojos. Aquel portero tenía una
fisonomía singular. Las pupilas verdes y saltonas de sus ojos eran redondas
como las de un gato; el borde inmóvil de sus párpados anunciaba la
imposibilidad de toda simpatía; sus labios delgados se abrían en semicírculo,
dejando al descubierto unos dientes prominentes. Sin embargo, en aquella
fisonomía no se reflejaba el crimen, sino más bien aquella absoluta
insensibilidad que a los ojos de la juventud resulta mucho más sobrecogedora.
El único sentimiento que la rápida mirada de Julien pudo adivinar en aquel
largo semblante de devoto fue el más profundo desprecio por todo aquello de que
quisieran hablarle y que no fuera el interés del cielo.
Julien levantó los ojos con
esfuerzo, y con una voz temblorosa por la emoción que le hacía latir
apresuradamente el corazón, explicó que deseaba hablar con el padre Pirard,
director del seminario. Sin decir una palabra, el hombre de negro le hizo seña
de que le siguiera. Subieron dos pisos por una ancha escalera con barandilla
de madera, cuyos escalones, desgastados, se inclinaban del lado opuesto a la
pared y parecían a punto de caerse. Una puertecilla coronada por una cruz de
cementerio, de madera clara pintada de negro, se abrió con dificultad y el
portero le hizo entrar en una habitación sombría y baja, cuyas paredes
enjalbegadas de cal estaban adornadas con dos cuadros ennegrecidos por el
tiempo. Allí se quedó solo Julien; estaba aterrado; su corazón latía con
violencia; habría sido feliz si se hubiera atrevido a llorar. Un silencio de
muerte reinaba en toda la casa.
Al cabo de un cuarto de hora, que le
pareció un día entero, el portero de semblante siniestro reapareció en el
umbral de la puerta, al otro extremo del aposento, y, sin dignarse hablar, le
hizo seña de avanzar. Entró en una estancia aún más grande que la primera y muy
mal iluminada. Las paredes estaban también blanqueadas; pero no había muebles.
Solamente en un rincón, cerca de la puerta, vio Julien, al pasar, una cama de
madera blanca, dos sillas de paja y un pequeño sillón de tablas de abeto, sin
almohadón alguno. En el extremo opuesto de la habitación, junto a una ventana
pequeña, de cristales amarillentos, adornada con sucios cacharros de flores,
descubrió a un hombre sentado ante una mesa y vestido con una sotana muy
raída; parecía estar enfadado y cogía uno a uno gran cantidad de cuadraditos de
papel, que ordenaba en la mesa después de escribir algunas palabras. No
advertía la presencia de Julien. Éste permanecía inmóvil en medio de la
habitación, en el mismo sitio en que le dejó el portero, que se había marchado
cerrando la puerta.
Así pasaron diez minutos; el hombre
mal vestido seguía escribiendo. La emoción y el terror de Julien eran tales,
que tuvo la sensación de que iba a caerse. Un filósofo hubiera dicho, quizás
equivocándose: «Es la violenta impresión de lo feo sobre un alma hecha para
amar lo bello».
El hombre que escribía levantó la
cabeza. Julien no se dio cuenta hasta un momento más tarde, y aun después de
haberlo visto, continuó inmóvil, como herido de muerte por la terrible mirada
de que era objeto. Los ojos azorados de Julien apenas distinguían una cara
larga y totalmente cubierta de manchas rojas, excepto la frente, de una
palidez mortal. Entre aquellas mejillas rojas y aquella frente blanca
brillaban dos ojillos negros, hechos para atemorizar al más valiente. Los
vastos contornos de aquella frente estaban marcados por cabellos espesos, lisos
y negros como el azabache.
-¿Quiere usted acercarse, sí o no?
-dijo por fin aquel hombre con impaciencia.
Julien se acercó con paso vacilante
y a punto de caer. Pálido como nunca lo estuvo en su vida, se detuvo a tres
pasos de la mesa de madera blanca cubierta de cuadrados de papel.
-Más cerca -dijo el hombre.
Julien avanzó más, alargando la mano
como buscando en qué apoyarse.
-¿Su nombre?
-Julien Sorel.
-Ha tardado usted mucho -le dijo,
clavando nuevamente en él su mirada terrible.
Julien no pudo resistir aquella
mirada; extendiendo la mano, como para sostenerse, cayó al suelo cuan largo
era.
El hombre llamó. Julien sólo había
perdido la facultad de ver lo que ocurría en torno suyo y la fuerza para
moverse; oyó pasos que se acercaban.
Le levantaron, le colocaron en el
silloncito de madera blanca. Oyó al hombre terrible que decía al portero:
-Le ha dado un ataque epiléptico, al
parecer; no nos faltaba más que eso.
Cuando Julien pudo abrir los ojos,
el hombre de la cara roja seguía escribiendo; el portero había desaparecido.
«Hay que tener valor -se dijo nuestro héroe-, y sobre todo ocultar lo que
siento -sentía unas violentas náuseas-; si me ocurre un accidente, sabe Dios
lo que pensarán de mí.»
Por fin el hombre dejó de escribir
y, mirando a Julien de soslayo, le dijo:
-¿Se siente usted con fuerzas para
contestar a mis preguntas?
-Sí, señor -dijo Julien con voz
débil.
-¡Vaya! Me alegro.
El hombre vestido de negro se había
levantado a medias y buscaba con impaciencia una carta en el cajón de su mesa,
que rechinó al abrirlo. La encontró, se sentó lentamente y, mirando de nuevo a
Julien con aire de arrancarle la poca vida que le quedaba, le dijo:
-Me ha sido usted recomendado por el
padre Chélan, el mejor párroco de la diócesis, hombre virtuoso si los hay y
amigo mío desde hace treinta años.
-¡Ah! ¿Tengo el honor de estar
hablando con el padre Pirard? -dijo Julien con voz apagada.
-Así parece -replicó el director del
seminario, mirándole de mal humor.
Sus pequeños ojos brillaron con más
intensidad, y al mismo tiempo la comisura de sus labios se fruncía con un
movimiento involuntario. Era la fisonomía del tigre saboreando de antemano el
placer de devorar su presa.
-La carta de Chélan es breve -dijo
como si hablara consigo mismo-. Intelligenti pauca;[30]
en los tiempos que corren siempre se escribe demasiado.
Leyó en voz alta:
Le presento a Julien Sorel, de esta
parroquia, a quien bauticé pronto hará veinte años; hijo de un carpintero rico,
pero que no le da nada. Julien será un obrero excelente en la viña del Señor.
No le faltan inteligencia ni memoria; es reflexivo. ¿Será duradera su vocación?
¿Es sincera?
-¡Sincera! -repitió el padre Pirard
con asombro y mirando a Julien; pero en aquel momento la mirada del cura
parecía ya menos inhumana-. ¡Sincera! -repitió bajando la voz y continuando su
lectura:
Le pido a usted una beca para Julien
Sorel; la merecerá después de someterse a los exámenes necesarios. Le he
enseñado un poco de teología, de esta antigua y buena teología de los Bossuet,
los Arnault, los Fleury. Si el muchacho no le conviene, envíemelo de nuevo; el
director del asilo de mendigos, a quien usted conoce muy bien, le ofrece
ochocientos francos para que sea preceptor de sus hijos. Mi espíritu está
tranquilo, gracias a Dios. Me voy acostumbrando al golpe terrible. Vale et me
ama.
El padre Pirard leyó más despacio al
llegar a la firma y pronunció con un suspiro la palabra Chélan.
-Está tranquilo -dijo-; en efecto,
su virtud merecía esta recompensa. ¡Dios quiera concedérmela a mí si llega el
caso!
Miró
al cielo e hizo la señal de la cruz. A la vista de aquel signo sagrado, Julien
sintió que menguaba un poco el profundo horror que le había helado la sangre
desde que entró en aquella casa.
-Tengo aquí trescientos veintiún
aspirantes al sagrado ministerio -dijo por fin el padre Pirard con un tono de
voz severo, pero no malvado-: de ellos, solamente siete u ocho me están recomendados
por hombres como el padre Chélan; así que será usted el noveno entre los
trescientos veintiuno. Pero mi protección no supone favor ni debilidad, sino
mayor exigencia y severidad contra los vicios. Levántese y cierre esa puerta
con llave.
Julien hizo un esfuerzo para andar y
consiguió no caerse. Observó que una ventanita, junto a la puerta de entrada,
daba al campo. Miró los árboles; su imagen le produjo el mismo bienestar que
si hubiera tropezado con antiguos amigos.
-Loquerisne linguam latinam?[31] -le
preguntó el padre Pirard cuando volvía.
-Ita, pater optime[32] -respondió
Julien recobrándose poco a poco. Y ciertamente nunca hombre alguno le había
parecido menos excelente que el padre Pirard desde hacía media hora.
La conversación continuó en latín.
La expresión de los ojos del cura se dulcificaba; Julien recobraba un poco de
sangre fría.
«¡Qué débil soy! -pensaba al
sentirse cohibido por aquellas apariencias de virtud-, este hombre será un
bribón, ni más ni menos que el padre Maslon.» Y Julien se felicitó de haber
escondido casi todo su dinero en sus zapatos.
El padre Pirard examinó a Julien de
teología, y se sorprendió de lo vasto de sus conocimientos. Su asombro fue en
aumento al preguntarle en particular sobre las Sagradas Escrituras. Pero cuando
llegó a interrogarle sobre la doctrina de los Santos Padres, se dio cuenta de
que Julien poco menos que ignoraba los nombres de san Jerónimo, san Agustín,
san Buenaventura, san Basilio, etc., etc.
«Aquí tenemos la prueba -pensó el
padre Pirard- de la nefasta tendencia al protestantismo que siempre le he
reprochado a Chélan. Un conocimiento profundo, demasiado profundo, de las
Sagradas Escrituras.»
(Julien acababa de hablarle, sin que
él le preguntara sobre este punto, de la verdadera época en que fueron escritos
el Génesis, el Pentateuco, etc.)
«¿A qué conducen estos interminables
razonamientos sobre las Sagradas Escrituras, como no sea al examen personal, es
decir, al más odioso protestantismo? Y junto a esta ciencia imprudente, nada
sobre los Santos Padres que pueda compensar esa tendencia.»
Pero el asombro del director del
seminario no tuvo límites cuando, al preguntar a Julien sobre la autoridad del
papa, y esperando que se atendría a las máximas de la antigua Iglesia galicana,
el joven le recitó todo el libro del señor de Maistre.
«Qué hombre más singular este Chélan
-pensó el padre Pirard-. ¿Le habrá enseñado este libro para enseñarle a
burlarse de él?»
En vano interrogó a Julien para
tratar de inquirir si creía seriamente en la doctrina del señor de Maistre. El
joven sólo respondía con su memoria. A partir de aquel momento Julien estuvo
realmente acertado; se sentía dueño de sí. Después de un examen muy largo creyó
notar que la severidad con que le trataba el padre Pirard era puramente
afectada. En efecto, sin los
principios
de severidad austera que desde hacía quince años se había impuesto para con sus
discípulos de teología, el director del seminario hubiera abrazado a Julien en
nombre de la lógica, tanta claridad, tanta precisión, tanta exactitud había en
sus respuestas.
«Es un espíritu sano y atrevido -se
decía-, pero corpus debile. (El cuerpo es débil.)»
-¿Suele usted caerse así con
frecuencia? -dijo a Julien en francés, señalando al suelo.
-Es la primera vez que me ocurre en
toda mi vida, la cara del portero me dejó helado -añadió Julien, ruborizándose
como un niño.
El padre Pirard casi le sonrió.
-Ése es el efecto de las vanas
pompas del mundo; por lo que veo, está usted acostumbrado a caras risueñas,
verdaderos teatros de la mentira. La verdad es austera, señor mío. ¿Pero no es
también austera nuestra misión en este mundo? Habrá que velar para que su
conciencia esté en guardia contra esta flaqueza: demasiada sensibilidad para
las vanas apariencias del mundo.
-Si no viniera recomendado -dijo el
padre Pirard, volviendo a emplear el latín con marcada complacencia-, si no
viniera recomendado por un hombre como el padre Chélan, le hablaría el vano
lenguaje de este mundo, al cual me parece que está usted habituado con exceso.
La beca completa que solicita, le diría, es una de las cosas más difíciles de
conseguir del mundo. Pero sería conceder bien poco crédito al padre Chélan si
después de cincuenta y seis años de apostolado no pudiera disponer de una beca
en el seminario.
Después de estas frases, el padre
Pirard recomendó a Julien que no se afiliase a ninguna sociedad o congregación
secreta sin su consentimiento.
-Le doy a usted mi palabra de
honor-dijo Julien en un arranque de emoción propio de un hombre honrado.
El director del seminario sonrió por
vez primera.
-En un sitio como éste, esta frase
es inadecuada -le dijo-, recuerda demasiado el vano honor del mundo, que
conduce a las gentes a tantos pecados y a menudo al mismo crimen. Me debe usted
santa obediencia en virtud del párrafo diecisiete de la bula Unam ecclesiam, de
san Pío Y. Yo soy su superior eclesiástico. En esta casa, muy querido hijo mío,
oír es obedecer. ¿Cuánto dinero tiene?
«Ya estamos en el punto -se dijo
Julien-; por esto era su muy querido hijo.»
-Treinta y cinco francos, reverendo
padre.
-Apunte minuciosamente el empleo de
esta cantidad; tendrá que darme cuenta de ella.
Aquella penosa sesión había durado
tres horas. Julien llamó al portero.
-Alojará usted a Julien Sorel en la
celda número 103 -le dijo el padre Pirard a aquel hombre.
Por deferencia extraordinaria, le
concedía a Julien alojamiento separado.
-Lleve usted allí su maleta -añadió.
Julien bajó los ojos y reconoció su
maleta, delante de él precisamente; la estaba mirando hacía tres horas y no la
había reconocido.
Al llegar al número 103, una pequeña
celda de ocho pies cuadrados en el último piso de la casa, Julien vio que daba
sobre las murallas, y por encima de ellas se divisaba la hermosa llanura que el
Doubs separa de la ciudad.
«¡Qué hermosa vista!», exclamó
Julien; hablándose así no sabía lo que expresaban aquellas palabras. Las
sensaciones tan violentas que había experimentado en el poco tiempo que llevaba
en Besancon habían agotado sus fuerzas por completo. Se sentó junto a la
ventana en la única silla de madera que había en la celda, y a poco quedóse
profundamente dormido. No oyó la campana de la cena ni la de la oración; le
habían olvidado.
Cuando a la mañana siguiente le
despertaron los primeros rayos del sol, se encontró tumbado en el suelo.
Capítulo
26
El
mundo, o lo que le falta al rico
Estoy solo en el mundo; nadie se digna pensar en mí.
Todos aquellos a quienes veo hacer fortuna poseen
una desvergüenza y una dureza de corazón que me
son ajenas. Me odian a
causa de mi bondad instintiva.
¡Ay! Pronto voy a morir, bien sea de hambre, o por la
desgracia de ver que los hombres son tan duros.
YOUNG
Se apresuró a cepillar su traje, y
bajó. Llegaba tarde. Un pasante le riñó severamente; en vez de intentar
justificarse, Julien cruzó los brazos sobre el pecho:
-Peccavi, pater optime[33] -dijo con
aire contrito.
Aquel principio tuvo gran éxito. Los
más listos de los seminaristas comprendieron que tenían que habérselas con un
individuo que no era novato en el oficio. Llegó la hora del recreo; Julien se
vio objeto de la curiosidad general. Pero sólo reserva y silencio encontraron
en él. Siguiendo la norma de conducta que se había trazado, consideró como
otros tantos enemigos a sus trescientos veintiún compañeros; a sus ojos, el más
peligroso de todos era el padre Pirard.
Pocos días después, Julien tuvo que
elegir confesor; le presentaron una lista.
«¡Válgame Dios! ¿Por quién me toman?
-se dijo-. ¿Se figuran que no sé lo que me hago?» Y escogió al padre Pirard.
Aunque él lo ignoraba, aquel paso
era decisivo. Un seminarista novicio, muy joven, natural de Verriéres, que
desde el primer día se había declarado amigo suyo, le dijo que quizás hubiera
sido más prudente escoger al pade Castanéde, subdirector del seminario.
-El padre Castanéde es enemigo del
padre Pirard, al que se considera sospechoso de jansenismo -añadió el joven
seminarista acercándose a su oído.
Todos los primeros pasos de nuestro
héroe, que presumía de prudente, fueron, como la elección de confesor, puras
torpezas. Engañado por toda su presunción de hombre imaginativo, tomaba sus
intuiciones por hechos y se creía un hipócrita consumado. Su insensatez
llegaba hasta el punto de reprocharse sus triunfos en este arte propio de los
débiles.
«¡Por desgracia, es mi única arma!
En otra época -se decíahubiera ganado el pan mediante acciones palpables ante
el enemigo.»
Julien, satisfecho de su conducta,
miraba en torno suyo; por todas partes encontraba la apariencia de la más pura
virtud.
Ocho o diez seminaristas vivían en
olor de santidad y tenían apariciones, como santa Teresa y san Francisco cuando
recibió los estigmas en el monte Vernia, en los Apeninos. Pero aquello era un
gran secreto, sus amigos lo ocultaban. Aquellos pobres muchachos de las
apariciones estaban casi siempre en la enfermería. Un centenar de ellos, en
cambio, unían a una fe robusta una aplicación infatigable. Trabajaban hasta el
punto de ponerse enfermos, pero sin aprender gran cosa. Dos o tres se
distinguían por un verdadero talento, entre otros uno llamado Chazel; pero
Julien se sentía alejado de ellos, y ellos de él.
El resto de los trescientos veintiún
seminaristas estaba compuesto únicamente de seres groseros, que no estaban muy
seguros de comprender las palabras latinas que repetían a todas horas del
día. Casi todos eran hijos de campesinos, que preferían ganarse el pan
mascullando unos cuantos latinajos que cavando la tierra. Después de hacer esta
observación en los primeros días, Julien se auguró grandes éxitos. «En todo
servicio -se decía- hace falta gente inteligente, pues a fin de cuentas hay
una obra que realizar. En tiempo de Napoleón yo hubiera sido sargento; entre
estos futuros curas seré vicario mayor.»
«Todos estos pobres diablos
-añadía-, artesanos desde su infancia, sólo han comido, hasta venir aquí,
requesón y pan negro. En sus chozas, no comían carne más que cinco o seis veces
al año. Al igual que los soldados romanos para quienes la guerra era una época
de descanso, estos rústicos campesinos están encantados con las delicias del
seminario.»
Julien no leía en sus ojos tristes
más que la necesidad física satisfecha después de la comida, y el placer físico
esperado antes de comer. Tales eran las gentes en medio de las cuales había
que distinguirse; pero lo que Julien no sabía, lo que tenían buen cuidado de no
decirle, es que ser el primero en los diferentes cursos de dogma, historia
eclesiástica, etc., etc., que se siguen en el seminario, sólo era a sus ojos un
pecado de ostentación. Desde Voltaire, desde el gobierno de las dos cámaras,
que en el fondo sólo es desconfianza y libre examen y da al espíritu de los
pueblos la mala costumbre de desconfiar, la Iglesia de Francia parece haber
comprendido que los libros son sus verdaderos enemigos. A sus ojos, la sumisión
de corazón lo es todo. Brillar en los estudios, aunque sean sagrados, les resulta
sospechoso, y con razón. ¿Quién impedirá al hombre superior que se pase al
otro lado, como Sieyés o Grégoire?[34]
La Iglesia temerosa se aferra al papa como único medio de salvación. El papa
es el único que puede tratar de detener el libre examen y, por medio de la
piadosa pompa de las ceremonias de su corte, impresionar el espíritu hastiado y
enfermo de las gentes del mundo.
Julien, que adivinaba a medias estas
diversas verdades, que sin embargo todo cuanto se dice en un seminario tiende a
desmentir, cayó en la más profunda melancolía. Trabajaba mucho y conseguía
aprender rápidamente cosas muy útiles para un sacerdote, muy falsas a sus ojos
y en las que no ponía interés alguno. Creía que no tenía otra cosa que hacer.
«¿Pero es que todo el mundo se ha
olvidado de mí?», pensaba. Ignoraba que el padre Pirard había recibido y echado
al fuego varias cartas selladas en Dijon, donde, a pesar del estilo más comedido,
se advertía la pasión más viva. Aquel amor parecía combatido por graves
remordimientos. «Tanto mejor -pensaba el padre Pirard-, por lo menos no es una
mujer impía la que ha amado este hombre.»
Un día el padre Pirard abrió una
carta, que parecía medio borrada por las lágrimas; era un adiós eterno. «Por
fin -le decía a Julien- el cielo me ha concedido la gracia de odiar, no al
autor de mi falta, que será siempre para mí lo más querido en este mundo, sino
la misma falta. El sacrificio está hecho, amigo mío. Y no sin lágrimas, como
puede ver. La salvación de los seres a quienes me debo y a los que usted tanto
ha querido lo exige. Un Dios justo, pero terrible, no podrá ya vengar en ellos
los crímenes de su madre. Adiós, Julien, sea justo con los hombres.»
El final de esta carta era casi
totalmente ilegible. Le indicaba unas señas de Dijon, aunque esperando que
Julien no contestaría nunca, o por lo menos que lo haría en términos tales que
una mujer arrepentida y virtuosa pudiera oír sin ruborizarse.
La melancolía de Julien, junto con
la mediocre alimentación que suministraba al seminario el contratista de las
comidas a 83 céntimos, empezaba a influir en su salud, cuando un día se presentó
Fouqué de improviso en su cuarto.
-Por fin he logrado entrar. He
venido cinco veces seguidas a Besancon, sin reproches, para verte. Siempre la
misma cara de palo. He apostado una persona a la puerta del seminario; ¿por qué
diablos no sales nunca?
-Es una prueba a la que me he
sometido.
-Te encuentro muy cambiado. Pero por
fin te vuelvo a ver. Dos relucientes monedas de cinco francos acaban de
demostrarme que he sido un majadero al no haberlas ofrecido desde el primer
viaje.
La conversación entre los dos amigos
fue interminable. Julien cambió de color cuando Fouqué le dijo:
-A propósito, ¿sabes que la madre de
tus discípulos se ha entregado a la más fervorosa devoción?
Y hablaba con aquel aire indiferente
que produce una impresión tan sobrecogedora en el alma apasionada, que agita
en ésta, sin sospecharlo, los más caros afectos.
-Sí, amigo mío, a la devoción más
exaltada. Dicen que hace peregrinaciones. Mas, para vergüenza eterna del padre
Maslon, que durante tanto tiempo ha espiado al pobre padre Chélan, la señora de
Rénal no ha querido nada con él. Va a confesarse a Dijon o a Besancon.
-¿Viene a Besancon? -dijo Julien,
poniéndose colorado hasta las orejas.
-Con bastante frecuencia -contestó
Fouqué con aire interrogativo.
-¿Llevas ahí algún Constitucional?
-¿Cómo dices? -replicó Fouqué.
-Te pregunto si llevas algún
ejemplar del Constitucional -repuso Julien en tono más tranquilo-. Aquí se
venden a un franco cincuenta el número.
-¡Cómo! ¡Hasta en el seminario
aparecen los liberales! -exclamó Fouqué-. ¡Pobre Francia! -añadió, adoptando
la voz hipócrita y el tono dulzón del padre Maslon.
Aquella visita hubiera causado una
profunda impresión a nuestro héroe si al día siguiente una palabra que le
dirigió aquel joven seminarista de Verriéres, que tan niño le parecía, no le hubiese
llevado a un importante descubrimiento. Desde que estaba en el seminario, la
conducta de Julien había sido una serie de pasos en falso. Se burló de sí mismo
con amargura.
A decir verdad, los actos
importantes de su vida estaban sabiamente dirigidos; pero cuidaba poco los
detalles. Así es que ya pasaba entre sus compañeros por un librepensador. Le
habían traicionado una multitud de pequeños indicios.
Según ellos, era convicto de un
vicio imperdonable: pensaba, juzgaba por sí mismo, en vez de seguir ciegamente
la autoridad y el ejemplo. El padre Pirard no le había servido para nada; no le
había dirigido la palabra ni una sola vez fuera del tribunal de la
penitencia
y aun allí escuchaba más bien que hablaba. Las cosas hubieran sido de muy
distinto modo de haber escogido al padre Castanéde.
A partir del momento en que Julien
se dio cuenta de su locura ya no se aburrió más. Quiso conocer toda la
extensión del mal, y a este efecto se decidió a salir del silencio altivo y
obstinado con que había rechazado a sus compañeros. Entonces se vengaron de
él. Sus avances fueron acogidos con un desprecio rayano en la burla. Reconoció
que, desde su entrada en el seminario, no había transcurrido una hora, sobre
todo en los recreos, que no tuviese para él consecuencias en pro o en contra,
que no aumentase el número de sus enemigos o le ganase la voluntad de algún
seminarista sinceramente virtuoso o un poco menos grosero que los demás. El
mal que tenía que reparar era inmenso, la empresa muy difícil. Desde entonces
la atención de Julien estuvo siempre en guardia; trataba de formarse un
carácter completamente nuevo.
El movimiento de sus ojos, por
ejemplo, le dio mucho que hacer. No sin razón los llevan bajos en tales
lugares. «¡Qué presunción la mía cuando en Verriéres creía vivir!; allí sólo
me preparaba para la vida; ahora estoy en el mundo, tal y como lo encontraré
hasta que acabe de representar mi papel, rodeado de verdaderos enemigos. ¡Qué
difícil es -agregaba- esta constante hipocresía renovada a cada momento! Es
peor que los trabajos de Hércules. El Hércules de los tiempos modernos es Sixto
V, que estuvo durante quince años consecutivos engañando, por su modestia, a cuarenta
cardenales que le habían conocido vivo y altanero en su juventud.
»¡De modo que aquí el saber no
importa nada! -se decía con despecho-; los adelantos en el dogma, en historia
sagrada, etc., sólo cuentan en apariencia. Todo lo que nos dicen en este sentido
no es más que un lazo para hacer caer en la trampa a unos cuantos locos como
yo. ¡Desgraciadamente mi único mérito consistía en mis rápidos progresos, en
la facilidad con que asimilaba todas esas monsergas! ¿Resultará acaso que en
el fondo les conceden su verdadero valor? ¿Las tendrán en el mismo concepto
que yo? ¡Y tenía la estupidez de sentirme orgulloso de ello! Los primeros
puestos que he conseguido siempre sólo han servido para restarme puntos para
los verdaderos puestos que se obtienen al salir del seminario y que son los
que dan dinero. Chazel, que sabe más que yo, mete siempre en sus composiciones
alguna patochada, que le hace quedar en el número cincuenta; si alguna vez
obtiene el primero es por distracción. ¡Qué útil me hubiera sido una palabra,
una sola palabra del padre Pirard!»
A partir del momento en que Julien
se dio cuenta de su error, los largos ejercicios de devoción ascética, como el
rosario cinco veces por semana, los cánticos al Sagrado Corazón, etc., etc.,
que le parecían tan mortalmente aburridos, se convirtieron en los momentos más
interesantes de su actuación.
Reflexionando severamente sobre sí
mismo, y sobre todo tratando de no sobrevalorar sus propias posibilidades,
Julien no pretendió de pronto realizar a cada paso acciones significativas, es
decir, que prueban un grado de perfección cristiana, como los seminaristas que
servían de modelo a los demás. En el seminario hay un modo de comer un huevo
pasado por agua que indica los progresos alcanzados en la vida devota.
El lector, que se ha sonreído quizá,
se dignará recordar todas las faltas que llegó a cometer, tomando un huevo, el
padre Delille, cuando fue invitado a almorzar por una gran dama de la corte
de Luis XVI.
Julien procuró en un principio
alcanzar el estado de non culpa, que es aquel en que se encuentra un joven
seminarista cuya actitud, modo de mover los brazos, los ojos, etc., no tienen,
en verdad, nada de mundano, pero tampoco denotan un ser absorto en la idea de
la otra vida y de la pura nada de ésta.
Constantemente encontraba Julien
escritos con carbón en las paredes de los corredores letreros como ése: «¿Qué
son sesenta años de prueba comparados con una eternidad de delicias o una
eternidad de aceite hirviendo en el infierno?». No volvió a despreciarlos;
comprendió que debía tenerlos siempre presentes. «¿Qué voy a hacer durante
toda mi vida? -se decía-; vender a los fieles un lugar en el cielo. ¿Cómo les
haré ver que este lu-
gar
existe? Por la diferencia entre mi aspecto exterior y el de un laico.»
Después de varios meses de estudio
incesante aún tenía Julien el aire de pensar. Su modo de mover los ojos y la
boca no denotaban la fe implícita y presta a creerlo todo y a soportarlo todo,
incluso el martirio. Julien se ponía furioso al darse cuenta de que en esto le
daba ciento y raya cualquier campesino de los más groseros. Había buenas
razones para que no tuviesen el menor aire de pensador.
¡Cuántos esfuerzos llegó a desplegar
para alcanzar aquella frente beata y estrecha, aquella expresión de fe ciega y
ferviente, dispuesta a creerlo todo y a sufrirlo todo, que tan frecuentemente
se encuentra en los conventos de Italia, y de la que tan perfectos modelos
tenemos nosotros los laicos en los cuadros religiosos del Guercino![35]
Los días de las grandes solemnidades
servían a los seminaristas salchicha con choucroute. Los vecinos de mesa de
Julien observaron que era insensible a aquel placer; éste fue uno de sus
primeros crímenes. Sus compañeros vieron en ello un odioso rasgo de la más
estúpida hipocresía; no hubo cosa que le procurara más enemigos. «¡Miren el
burgués, el desdeñoso -decían-, que presume de despreciar la mejor pitanza,
salchichas con choucroute! ¡Vaya con el orgulloso, el mamarracho, el condenado!»
Hubiera debido hacer la penitencia de dejar una parte de la comida y hacer este
sacrificio mostrando la choucroute a un amigo y diciendo:
-¿Qué otra cosa puede ofrecer el
hombre a un ser todopoderoso excepto el dolor voluntario?
Julien carecía de la experiencia
necesaria para ver con facilidad este tipo de cosas.
-¡Ay! La ignorancia de estos jóvenes
campesinos, compañeros míos, es una ventaja inmensa para ellos -exclamaba
Julien en momentos de desaliento-. Cuando llegan al seminario, el profesor no
tiene que arrancarles la enorme cantidad de ideas mundanas que yo traigo, y
que leen en mi cara, haga lo que haga.
Julien estudiaba con atención rayana
en la envidia a los más groseros campesinos que llegaban al seminario. En el
momento en que les despojaban de su chaqueta de ratina, para hacerles endosar
el hábito negro, su educación se constreñía a un respeto inmenso, sin límites,
por el dinero líquido y neto, como dicen en el Franco Condado.
Es la manera sacramental y heroica
de expresar la sublime idea del dinero contante y sonante.
Para estos seminaristas, como para
los héroes de las novelas de Voltaire, la felicidad consiste ante todo en comer
bien. Julien descubría en casi todos ellos un respeto innato por todo aquel que
llevaba un traje de paño fino. Este sentimiento les hacía apreciar en todo su
valor, y aun por debajo de su valor, la justicia distributiva, tal y como la
administran nuestros tribunales. «¿Qué vais a salir ganando con llevarle la
contraria a un pez gordo?», solían decir entre sí.
Ésta es la expresión con que las
gentes de los valles del Jura suelen designar a una persona rica. ¡Puede
imaginarse, pues, su respeto por el más rico de todos: el gobierno!
No sonreír respetuosamente al solo
nombre del señor prefecto pasa por una imprudencia entre los campesinos del
Franco Condado; y la imprudencia de un pobre es rápidamente castigada con la
falta de pan.
Después de haberse sentido en los
primeros tiempos como asfixiado por un profundo sentimiento de desprecio,
Julien acabó por sentir compasión: los padres de la mayor parte de sus
compañeros habían vuelto muchas veces a sus cabañas en las crudas noches de
invierno, sin encontrar en ellas pan, ni castañas, ni patatas. «¿Qué tiene,
pues, de extraño -se decía Julien- si para ellos el hombre feliz es, ante todo,
el que ha comido bien, y después el que va bien vestido? Mis compañeros tienen
una vocación firme, es decir, ven en el estado eclesiástico la continuación
indefinida de esta felicidad: comer bien y tener un buen abrigo en invierno.»
Cierto día le aconteció a Julien oír
a un joven seminarista, dotado de imaginación, que le decía a su compañero:
-¿Por qué no he de llegar yo a papa
como Sixto V, que era porquero?
-Sólo hacen papas a los italianos
-le contestó su amigo-; pero seguramente nos caerá en suerte alguna plaza de
vicario general, canónigo y quizás obispo. Su Ilustrísima el obispo de Chalons
es hijo de un tonelero: el mismo oficio que tiene mi padre.
Un día, durante la lección de dogma,
el padre Pirard mandó llamar a Julien. El pobre muchacho tuvo una satisfacción
inmensa al salir de la atmósfera física y moral en que estaba sumido.
Julien encontró en el señor director
la acogida que tanto le asustara el día que entró en el seminario.
-Explíqueme lo que hay escrito en
este naipe -le dijo, mirándole como si le quisiera anonadar.
Julien leyó:
«Amanda Binet, en el café de la
Jirafa, antes de las ocho. Diga que es de Genlis y primo de mi madre.»
Julien se dio cuenta de la gravedad
del peligro que corría; los espías del padre Castanéde le habían robado
aquellas señas.
-El día que entré aquí -respondió
mirando a la frente del padre Pirard, pues no podía soportar el terrible
fulgor de sus ojos-, estaba aterrado: el padre Chélan me había dicho que éste
era un sitio fértil en toda clase de delaciones y maldades, en el que se
fomentaba el espionaje y las denuncias entre compañeros. Es la voluntad del
cielo, para que los jóvenes sacerdotes conozcan la vida como es e inspirarles
asco hacia el mundo y sus pompas.
-¡A mí venirme con frases! -dijo el
padre Pirard, furioso-. ¡Pequeño bribón!
-En Verriéres -repuso fríamente
Julien-, mis hermanos me pegaban cuando tenían algún motivo de envidia...
-¡Al grano, al grano! -exclamó el
padre Pirard, casi fuera de sí.
Sin sentirse intimidado lo más
mínimo, Julien reanudó su narración:
-El día de mi llegada a Besancon,
hacia mediodía, tenía hambre, entré en un café. Mi corazón estaba henchido de
repugnancia hacia un lugar tan profano; pero pensé que allí me costaría el
almuerzo menos que en la posada. Una señora, que parecía la dueña del
establecimiento, tuvo compasión de mi aire inexperto. «Besancon está lleno de
mala gente -me dijo-; tengo miedo de que le ocurra algo, señor. Si se viese en
un apuro, acuda a mi casa antes de las ocho. Si los porteros del seminario se
niegan a traerme el recado, diga que es primo mío y natural de Genlis...»
-Toda
esta cháchara va a ser comprobada -exclamó el padre Pirard, que, incapaz de
estarse quieto, paseaba de un lado a otro de la habitación-. ¡Vuelva a su
celda!
El padre siguió a Julien y le
encerró con llave. Éste se puso inmediatamente a registrar su maleta, en el
fondo de la cual estaba cuidadosamente escondida la carta fatal. No faltaba
nada en la maleta, pero había varias cosas fuera de su sitio; sin embargo, él
no se separaba de la llave ni un momento. «Afortunadamente -se dijo Julien-,
mientras vivía cegado, no acepté jamás el permiso para salir que el padre
Castanéde me ofrecía tan a menudo, con una bondad que ahora comprendo. Quizás
hubiese tenido la debilidad de cambiar de traje y de ir a ver a la hermosa
Amanda, y me habría perdido. Cuando han visto que no podían sacar de este
informe el partido que ellos esperaban, para no desperdiciarlo lo han
convertido en denuncia.»
Dos horas más tarde el director le
mandó llamar.
-No ha mentido usted -le dijo con
mirada menos severa-; pero guardar tales señas es una imprudencia cuya gravedad
no puede usted imaginar siquiera. ¡Desgraciado! Quizás esto le perjudique
todavía dentro de diez años.
Capítulo
27
Primera
experiencia de la vida
Le temps présent, grand Dieu!,
c'est l'arche du Seigneur.
Malheur á qui y touche.[36]
DIDEROT
El lector nos perdonará que citemos
muy pocos hechos claros y precisos de esta época de la vida de Julien. No es
que carezcamos de datos, al contrario; pero quizá lo que él vio en el seminario
es demasiado negro para el colorido suave que hemos tratado de conservar en
estas páginas. Los contemporáneos que padecen ciertas cosas no pueden
recordarlas sin sentir un horror ante el cual cualquier otro placer se
desvanece, incluso el de leer un cuento.
Julien tuvo poco éxito en sus
ensayos de hipocresía de gestos; tuvo momentos de verdadero asco y hasta de
desaliento profundo. No lograba triunfar ni aun en una carrera ruin. El menor
auxilio exterior hubiera sido bastante para alentar su constancia; la
dificultad que había que vencer no era muy grande; pero estaba solo, como una
barca abandonada en medio del océano. «Y aun cuando lograra triunfar -se
decía-, ¡tener que pasar toda mi vida en tan mala compañía! ¡Glotones que no
piensan más que en la tortilla con tocino que han de devorar en la comida, o curas
como Castanéde, para los cuales no hay crimen demasiado negro! ¡Llegarán al
poder; pero a qué precio, Dios santo!
»La voluntad del hombre es poderosa,
lo leo en todas partes; ¿pero es suficiente para vencer tal repugnancia? La
tarea de los grandes hombres ha sido fácil; por terrible que fuera el peligro,
les parecía hermoso; y ¿quién, si no yo, será capaz de comprender la fealdad
de lo que me rodea?»
Aquél fue el momento más difícil de
su vida. ¡Le era tan fácil alistarse en uno de los brillantes regimientos de
guarnición en Besancon! Podía hacerse profesor de latín; ¡necesitaba tan poco
para vivir! Pero entonces, adiós carrera, adiós al porvenir que había soñado;
esto era la muerte para él. He aquí al detalle una de sus tristes jornadas.
«¡Siempre tuve la presunción de
creerme diferente de los demás jóvenes de mi clase! Pues bien, ya he visto
bastante para darme cuenta de que deferencia engendra odio», se decía una
mañana. Acababa de revelarle esta gran verdad uno de sus fracasos más
dolorosos. Durante ocho días se había esforzado en ser grato a un alumno que
vivía en olor de santidad. Se paseaba con él por el patio, escuchaba con
resignación sus tonterías capaces de hacer bostezar de sueño. Súbitamente se
desencadenó una tormenta, rugió el trueno y el santo alumno exclamó, rechazándole
de una manera grosera:
-Oiga, en este mundo, que cada cual
se valga por sí mismo; no quiero que me parta un rayo: Dios puede fulminarle
como a un impío, como a un Voltaire.
Con los dientes apretados de rabia,
y dirigiendo sus ojos hacia el cielo, surcado por el rayo, exclamó Julien:
«¡Merecería hundirme si me durmiera durante la tormenta! Tratemos de conquistar
a algún otro patán».
Sonó la campana, anunciando la clase
de historia sagrada del padre Castanéde.
El padre Castanéde explicaba aquel
día a aquellos jóvenes campesinos -tan asustados del trabajo penoso y de la
pobreza de sus padres- que aquel ser terrible a sus ojos, el gobierno, sólo
tenía poder real y legítimo en virtud de la delegación del vicario de Dios en
la tierra.
-Haceos dignos de las bondades del
papa por la santidad de vuestra vida, por vuestra obediencia; sed como un
bastón entre sus manos -añadía- y conseguiréis un puesto soberbio, en el cual
mandaréis como dueños y señores, sin fiscalización alguna;
una
plaza inamovible de cuyos emolumentos el gobierno pagará una tercera parte, y
los otros dos tercios, los fieles que formaréis con vuestras predicaciones.
Al salir del aula, el padre
Castanéde se detuvo en el patio, y comenzó a decir a sus discípulos, que ese
día prestaban más atención y formaban círculo en torno suyo:
-De un cura es de quien mejor se
puede decir: «Tanto vale el hombre, tanto vale el puesto». Yo mismo he conocido
parroquias de montaña que producían más beneficios que muchas parroquias de
ciudad. Cobraban lo mismo en dinero, y aparte los capones cebados, los huevos,
la manteca fresca y otras mil menudencias. Además, allí el cura era el primero
sin discusión, y no había buena comida a la que no fuera invitado, festejado,
etc.
Apenas subió a su cuarto el padre
Castanéde, los alumnos se dividieron en grupos. Julien no formaba parte de
ninguno; le dejaban aparte como a una oveja sarnosa. En todos los grupos veía
a uno de los alumnos echar una moneda al aire, y si acertaba cara o cruz sus
compañeros decidían que pronto tendría una de esas parroquias de pingües
beneficios.
Luego les llegó el turno a las
anécdotas. Un cura joven, que apenas llevaba un año ordenado, por regalar un
conejo suyo a la criada de un viejo párroco había conseguido ser nombrado vicario,
y pocos meses después, al morir el párroco, le había sustituido en la cura de
almas. Otro había llegado a hacerse nombrar sustituto de la parroquia de un
pueblo muy rico, asistiendo a todas las comidas del viejo párroco paralítico y
trinchándole sus pollos con habilidad.
Los seminaristas, como las gentes de
todas las carreras, suelen exagerar la importancia de estos medios mezquinos,
que tienen para ellos algo de extraordinario e impresionan la imaginación.
«Es preciso -se decía Julien-
hacerse a estas conversaciones.» Cuando no hablaban de salchichas y de buenas
parroquias, se ocupaban de la parte mundana de las doctrinas eclesiásticas; de
las diferencias entre los obispos y los prefectos, los alcaldes y 108 curas.
Julien veía aparecer gradualmente la idea de un segundo Dios, pero un Dios
mucho más de temer y mucho más poderoso que el otro; este segundo Dios era el
papa. Se decían unos a otros, pero bajando la voz y cuando estaban seguros de
no ser oídos por el padre Pirard, que si el papa no se tomaba la molestia de
nombrar a todos los prefectos y a todos los alcaldes de Francia era porque
había delegado esta función en el rey de Francia, nombrándole hijo mayor de la
Iglesia.
Por esta época, Julien creyó que
podría sacar partido en su favor del libro sobre el papa del señor de Maistre.
A decir verdad, causó el asombro de sus compañeros; pero también en perjuicio
suyo. Los desagradó exponiendo mejor que ellos sus mismas opiniones. El padre
Chélan había sido imprudente con Julien, ni más ni menos que lo era consigo
mismo. Después de infundirle el hábito de razonar justamente y no pagarse de
palabras inútiles, se había olvidado de advertirle que, en un ser poco
considerado, este hábito es un crimen; pues todo razonamiento justo ofende.
Los brillantes razonamientos de
Julien constituyeron, por tanto, un nuevo crimen. A fuerza de pensar en él, sus
compañeros llegaron a expresar en una sola frase todo el horror que les
inspiraba: le apodaron Martín Lutero; «sobre todo -decían- a causa de esta
lógica infernal de que tanto se enorgullece».
Varios de los jóvenes seminaristas
tenían colores más frescos y podían pasar por más guapos que Julien, pero éste
tenía las manos blancas y no podía ocultar ciertos hábitos de refinada
pulcritud. Esta ventaja no era tal en aquel fatídico lugar al que le había
arrojado la suerte. Los sucios campesinos entre quienes vivía declararon que
tenía costumbres muy relajadas. Tememos fatigar al lector con el relato de los
mil infortunios de nuestro héroe. Por ejemplo, los más vigorosos de sus
compañeros quisieron tomar la costumbre de pegarle; Julien se vio obligado a
armarse de un compás de hierro y a anunciar, pero por señas, que haría uso de
él. Las señas no pueden figurar en el informe de un espía con tanta claridad
como las palabras.
Capítulo
28
Una
procesión
Todos los corazones estaban conmovidos.
La presencia de Dios parecía llenar aquellas
calles góticas estrechas, adornadas con
colgaduras por doquier y cuidadosamente
enarenadas por los fieles.
YOUNG
Por más que Julien procurase ser
cada vez más insignificante y más estúpido, no lograba agradar, era demasiado
distinto. «Sin embargo -se decía-, todos estos profesores son gente muy fina y
elegidos entre mil; ¿cómo no les agrada mi humildad?» Uno solo le parecía que
abusaba de su complacencia en creerlo todo y en aparentar que se dejaba engañar
por todo. Era el padre ChasBernard, maestro de ceremonias de la catedral,
donde esperaba desde hacía quince años una canonjía; mientras tanto, explicaba
oratoria sagrada en el seminario. En la época de su ceguera, ésta era una de
las clases en que Julien iba casi siempre el primero. El padre Chas se fundó
en esto para demostrarle su amistad, y al salir de clase solía cogerle del
brazo para dar una vuelta por el jardín.
«¿Adónde querrá ir a parar?», se
decía Julien. Veía con asombro que, durante horas enteras, el padre Chas le
hablaba de los ornamentos que poseía la catedral. Tenía diecisiete casullas galoneadas,
además de los ornamentos fúnebres. Se tenían puestas grandes esperanzas en la
anciana presidenta de Rubempré; esta señora, de noventa años de edad,
conservaba, desde hacía setenta por lo menos, sus trajes de boda, de soberbias
sedas de Lyon recamadas en oro.
-Figúrese usted, amigo mío -decía el
padre Chas, parándose en seco y abriendo mucho los ojos-, estas telas tienen
tanto oro que se sostienen de pie. Es creencia general en Besancon que gracias
al testamento de la presidenta, el tesoro de la catedral aumentará por lo menos
en diez casullas, sin contar cuatro o cinco capas para las grandes
solemnidades. Y yo voy más lejos -agregaba el padre Chas bajando la voz-, tengo
mis razones para pensar que la presidenta nos dejará ocho magníficos candelabros
de plata sobredorada, que se supone fueron comprados en Italia por el duque de
Borgoña, Carlos el Temerario, del que fue ministro favorito uno de sus
antepasados.
«¿Pero adónde querrá ir a parar este
hombre con tanta ropa vieja? -pensaba Julien-. Esta hábil preparación hace un
siglo que dura, y no deja entrever nada. ¡Mucho debe desconfiar de mí! Es más
sagaz que los otros, que dejan adivinar sus secretos propósitos a los quince
días de hablarles. ¡Se comprende, la ambición de éste sufre desde hace quince
años!»
Una tarde, durante la clase de
armas, el padre Pirard llamó a Julien a su despacho y le dijo:
-Mañana es la festividad del Corpus
Domini (el día de Corpus). El señor padre Chas-Bernard le necesita a usted
para que le ayude a adornar la catedral; vaya, pues, y cumpla sus órdenes.
El padre Pirard le volvió a llamar
y, con aire de conmiseración, agregó:
-Es cuenta suya si se le ocurre
aprovechar la ocasión para perderse por la ciudad.
-Incedo per ignes (Tengo enemigos
ocultos) -respondió Julien.
Al día siguiente, a las primeras
horas de la mañana, Julien se dirigió a la catedral con los ojos bajos. El
aspecto de las calles y la actividad que comenzaba a notarse en la ciudad le
hicieron mucho bien. Por todas partes ponían colgaduras en las fachadas de las
casas para el paso de la procesión. Todo el tiempo que llevaba en el seminario
le pareció un instante. Su pensamiento estaba en Vergy y en aquella linda
Amanda Binet, a quien podía volver a ver, pues su café estaba bastante cerca. A
lo lejos, a la puerta de su querida catedral, divisó al padre Chas-Bernard; era
éste un hombre gordo, de cara alegre y aire abierta. Aquel día estaba
triunfante:
-Le esperaba, hijo mío -exclamó en
cuanto vio a Julien-, sea bienvenido. El trabajo de hoy será largo y duro;
vamos a tomar fuerzas con un primer desayuno; el segundo será a las diez, durante
la misa mayor.
-Reverendo padre, desearía no
quedarme solo ni un momento -le dijo Julien con gravedad-; le ruego que tenga
usted presente -añadió señalando el reloj de la catedral- que llego a las
cinco menos un minuto.
-¡Ah! ¡Le dan miedo esos pequeños
malvados del seminario! Es usted demasiado bueno al pensar en ellos -dijo el
padre Chas-. ¿Acaso un camino es menos hermoso porque hay espinas en los setos
que lo orillan? Los viajeros siguen adelante, y dejan que las espinas punzantes
se sequen solas. Pero, en fin, ¡manos a la obra, amigo mío, manos a la obra!
El padre Chas tenía razón al decir
que la tarea sería dura. Habíase celebrado la víspera una gran ceremonia
fúnebre en la catedral; no se había podido preparar nada, y había que revestir
en una sola mañana, con grandes colgaduras de damasco rojo que llegaban a
treinta pies de altura, todas las columnas góticas que forman las tres naves.
El señor obispo había hecho acudir en el correo a cuatro tapiceros de París,
pero aquellos señores no podían atender a todo y, lejos de animar a sus torpes
compañeros de Besan~, redoblaban su torpeza burlándose de ellos.
Julien vio que tendría que subir él
mismo a la escalera; su agilidad le fue muy útil. Se encargó de dirigir a los
tapiceros de la ciudad. El padre Chas, encantado, le miraba saltar de una escalera
a otra. Cuando estuvieron revestidas todas las columnas con colgaduras de
damasco, hubo que colocar cinco enormes penachos de plumas sobre el gran
baldaquino que cubría el altar mayor. Ocho grandes columnas de mármol de
Italia sostenían un espléndido remate de madera dorada. Mas para llegar al
centro del baldaquino, encima del tabernáculo, había que pasar Por una vieja
cornisa de madera, carcomida quizás, y a cuarenta Pies de altura.
La sola vista de aquel difícil
camino había desvanecido la alegría, tan bulliciosa hasta entonces, de los
tapiceros parisienses; miraban desde abajo, discutían mucho y no subían. Julien
cogió los penachos de plumas y subió la escalera corriendo. Los colocó
perfectamente sobre la cúpula en forma de corona que había en el centro del
baldaquino. Al bajar de la escalera, el padre Chas-Bernard le estrechó en sus
brazos.
-Optime -exclamó el buen sacerdote-.
Se lo contaré a monseñor.
El desayuno de las diez fue muy
alegre. El padre Chas nunca había visto su iglesia tan hermosa.
-Querido discípulo -le decía a
Julien-, mi madre era alquiladora de sillas en esta venerable basílica, así
que me he criado en este gran edificio. El Terror de Robespierre nos arruinó;
pero a los ocho años, que tenía yo entonces, ya ayudaba a misas privadas y me
mantenían el día de la misa. Nadie sabía doblar una casulla mejor que yo sin
segar los galones. Desde que Napoleón restableció el culto, tengo la suerte de
dirigirlo todo en esta venerable iglesia metropolitana. Cinco veces al año la
puedo ver luciendo estos magníficos adornos. Pero nunca ha estado tan resplandeciente,
nunca han estado las colgaduras de damasco tan bien sujetas como hoy, y tan
bien adosadas a las columnas.
«Por fin va a confesarme su secreto
-pensó Julien-; empieza a hablarme de sí mismo; se está expansionando.» Pero
aquel hombre, evidentemente exaltado, no dijo nada imprudente. «Y, sin embargo
-se decía Julien-, ha trabajado mucho, está contento y no ha escatimado el buen
vino. ¡Qué hombre! ¡Qué ejemplo para mí! Éste se lleva la palma.» (Una
expresión chabacana que había aprendido del viejo cirujano.)
Al oír el Sanctus de la misa mayor,
Julien quiso ponerse una sobrepelliz para seguir al obispo en la magnífica
procesión.
-¿Y los ladrones, amigo mío, y los
ladrones? -exclamó el padre Chas-. No piensa en ellos. La procesión va a
salir, la iglesia quedará desierta; velaremos usted y yo. Podremos darnos por
contentos si no nos faltan más que un par de varas del magnífico galón que
rodea la base de las columnas. Es también un donativo de la señora de
Rubempré; procede del famoso conde, su bisabuelo; es oro puro, mi querido amigo
-añadió el cura, hablándole al oído con un aire evidentemente exaltado-, ¡no
tiene nada de falso! Encárguese usted de vigilar el ala norte; no se mueva de allí.
Me reservo el ala del mediodía y la nave central. Tenga cuidado con los
confesonarios; en ellos se colocan los espías de los ladrones para acechar el
momento en que estemos de espaldas.
Apenas terminó de hablar, dieron las
once menos cuarto, y enseguida se oyó la campana mayor. La echaban al vuelo; su
tañido, tan sonoro y tan solemne, emocionó a Julien. Su imaginación no estaba
en la tierra.
El olor del incienso y de los
pétalos de rosa, esparcidos ante el Santísimo Sacramento por los niños vestidos
de san Juan, acabó de exaltarle.
El grave tañido de aquella campana
sólo hubiera debido despertar en Julien la idea del trabajo de veinte hombres
pagados a cincuenta céntimos y ayudados, quizá, por quince o veinte fieles.
Debiera haber pensado en el deterioro de las cuerdas, en el de la armadura de
madera, en el peligro de la misma campana, que se cae cada dos siglos, y haber
discurrido los medios de disminuir el jornal de los campaneros, o de pagarles
con alguna indulgencia u otra gracia sacada de los tesoros de la Iglesia y que
no aligerara su bolsa.
En vez de estas sabias reflexiones,
el alma de Julien, exaltada por aquellos sonidos tan viriles y graves, vagaba
por los espacios imaginarios. Nunca llegaría a ser un buen sacerdote ni un buen
administrador. Las almas que se emocionan de este modo son capaces, a lo sumo,
de producir un artista. Aquí es fácil percibir claramente toda la presunción de
Julien. Cincuenta, quizá, de los seminaristas compañeros suyos, llamados a la
realidad de la vida por la hostilidad pública y el miedo al jacobinismo, del que
les han hecho creer que acecha agazapado a cada paso, al oír la campana mayor
de la catedral sólo hubieran pensado en el jornal de los que la tocaban.
Hubieran examinado, con el genio de Baréme, si el grado de emoción del público
valía el dinero que se pagaba a los campaneros. Si Julien hubiese querido
ocuparse de los intereses materiales de la catedral, su imaginación, lanzándose
más allá de su objetivo, habría pensado en economizar cuarenta francos en su
construcción y hubiera dejado perder la oportunidad de evitar un gasto de
veinticinco céntimos.
En tanto que, con el día más hermoso
del mundo, la procesión recorría lentamente las calles de Besancon,
deteniéndose ante los resplandecientes altares elevados a porfía por todas las
autoridades, la iglesia quedó en un profundo silencio. Reinaba en ella una
semioscuridad y una agradable frescura; aún estaba embalsamada por el olor del
incienso y de las flores.
El silencio, la soledad, la frescura
de las grandes naves hacían más dulce la ensoñación de Julien. No temía ser
importunado por el padre Chas, ocupado en la parte opuesta del edificio. Su
alma casi había abandonado su envoltura mortal, que se paseaba lentamente por
el ala norte, confiada a su vigilancia. Estaba tanto más tranquilo, cuanto que
se había asegurado de que en los confesonarios sólo quedaban algunas mujeres
devotas; sus ojos miraban sin ver.
Sin embargo, vino a sacarle de su
abstracción el aspecto de dos mujeres muy bien vestidas y que estaban de
rodillas, una en un confesonario, y la otra, muy cerca de la primera, en un
reclinatorio. Las miró sin ver; no obstante, ya por un vago sentimiento del
deber, ya por la admiración que despertó en él el aspecto noble y sencillo de
aquellas señoras, advirtió que en el confesionario no había ningún sacerdote.
«Es extraño -pensó- que estas señoras tan elegantes no se hayan arrodillado
ante un altar, si son devotas, o no se encuentren en este momento en la primera
fila de un balcón, si pertenecen a la buena sociedad. ¡Qué bien cae ese
vestido! ¡Con qué gracia!» Y acortó el paso para tratar de verlas.
La que estaba de rodillas en el
confesonario volvió un poco la cabeza al oír el ruido de los pasos de Julien en
aquel profundo silencio. De repente dio un pequeño grito y se desmayó.
Al perder el conocimiento, aquella
señora, que estaba de rodillas, cayó hacia atrás; su amiga, que estaba junto a
ella, se apresuró a socorrerla. Al mismo tiempo Julien vio los hombros de la
dama que se había desplomado de espaldas. Un collar de gruesas perlas finas
dispuestas en cordón, que conocía muy bien, atrajo su mirada. ¡Lo que sintió al
reconocer la cabellera de la señora de Rénal! Era ella. La dama que trataba de
sostenerle la cabeza para que no cayera por completo era la señora Derville.
Julien, fuera de sí, se precipitó hacia ellas. Acaso la señora de Rénal
hubiese arrastrado a su amiga, en su caída, si Julien no las hubiera sostenido.
Vio la cabeza de la señora de Rénal, pálida, completamente sin sentido, que
caía con desmayo sobre sus hombros. Ayudó a la señora Derville a reclinar
aquella cabeza encantadora sobre una silla de paja; estaba de rodillas.
La señora Derville se volvió y le
reconoció:
-¡Márchese usted, caballero,
márchese usted! -le dijo indignada-. Sobre todo que no le vuelva a ver. Su
presencia tiene que causarle horror, ¡era tan feliz antes de conocerle! El
proceder de usted es espantoso. Huya; aléjese, si le queda un resto de vergüenza.
Estas frases fueron pronunciadas con
tal acento de autoridad, y Julien se sentía tan débil en aquel momento, que se
alejó. «Siempre me ha odiado», decíase pensando en la señora Derville.
En aquel mismo instante, el canto
gangoso de los curas que encabezaban la procesión, ya de regreso, resonó en la
iglesia. El padre Chas-Bernard llamó varias veces a Julien, que al principio no
le oyó: por fin fue a cogerle del brazo detrás de una columna, donde Julien se
había refugiado medio muerto. Quería presentarle al obispo.
-Se encuentra mal, hijo mío -le dijo
el cura al verle tan pálido y casi sin fuerzas para andar-; ha trabajado usted
demasiado.
El cura le dio el brazo.
-Venga usted, siéntese en el
banquillo del que ofrece el agua bendita, póngase detrás de mí; yo le ocultaré.
-En aquel momento estaban junto a la puerta principal-. Tranquilicese usted;
tenemos aún más de veinte minutos antes de que aparezca monseñor. Trate usted
de rehacerse; cuando pase, yo le sostendré, pues soy fuerte y vigoroso, a pesar
de mi edad.
Pero cuando pasó el obispo, Julien
temblaba de tal modo que el padre Chas renunció a la idea de presentarle.
-No se aflija usted demasiado, ya
encontraré otra ocasión.
Por la tarde mandó a la capilla del
seminario diez libras de cirios, economizados, según él, por los cuidados de
Julien y la rapidez con que los habían hecho apagar. Nada más falso. El pobre
muchacho sí que estaba completamente apagado; después de ver a la señora de
Rénal había sido absolutamente incapaz de pensar en nada.
Capítulo
29
El
primer ascenso
Il a
connu son siécle,
il a
connu son département et il est riche.[37]
Le
Précurseur
Julien todavía no había vuelto en sí
de la profunda ensoñación en que le había sumido el incidente de la catedral,
cuando una mañana le llamó el-severo padre Pirard.
-El padre Chas-Bernard me escribe
interesándose por usted. En términos generales, estoy bastante satisfecho de
su conducta. Es usted imprudente en extremo, y hasta atolondrado, aunque no lo
parezca; sin embargo, hasta ahora el corazón es bueno e incluso generoso; el
talento, superior. En resumen, veo en usted una chispa que no hay que
desatender. Después de quince años de trabajo, estoy a punto de abandonar esta
casa: mi crimen consiste en haber dejado a los seminaristas a su libre
albedrío y no haber protegido ni perseguido la sociedad secreta de que usted
me habló en el tribunal de la penitencia. Antes de marcharme quiero hacer algo
en su favor; ya lo habría hecho hace dos meses, pues usted se lo merece, sin la
denuncia basada en las señas de Amanda Binet que le hallaron. Le nombro
repetidor del Antiguo y Nuevo Testamento.
Julien, en un arrebato de
agradecimiento, tuvo la idea de caer de rodillas dando gracias a Dios; pero
cedió a un sentimiento más sincero. Se acercó al padre Pirard, y tomándole una
mano se la llevó a los labios.
-¿Qué es esto? -exclamó el director
con aire enojado; pero los ojos de Julien decían aún más que su acción.
El padre Pirard le miró con el
asombro del hombre que desde hace muchos años ha perdido la costumbre de
encontrar emociones delicadas. Esta atención traicionó al director; su voz se
alteró.
-¡Pues bien, sí, hijo mío, te tengo
afecto! Bien sabe Dios que es a pesar mío. Debiera ser justo y no sentir amor
ni odio por nadie. Tu carrera será penosa. Veo en ti algo que ofende a lo vulgar.
La envidia y la calumnia te perseguirán. Dondequiera te lleve la Providencia,
tus compañeros jamás dejarán de odiarte; y si fingen tenerte cariño será para
traicionarte con más facilidad. Contra esto no hay más que un remedio: confía
sólo en Dios, que para castigar tu presunción te ha dado esta necesidad de ser odiado;
que tu conducta sea pura, es el único recurso que veo para ti. Si te aferras a
la verdad con todas tus fuerzas, tarde o temprano tus enemigos serán
confundidos.
Hacía tanto tiempo que Julien no oía
una voz amiga, que hay que perdonarle su debilidad: rompió a llorar. El padre
Pirard le abrió los brazos; aquel instante fue muy dulce para los dos.
Julien estaba loco de alegría. Aquél
era el primera ascenso que lograba; las ventajas eran inmensas. Para poder
concebirlas es preciso haber estado condenado a pasar nueve meses enteros sin
un momento de soledad y en contacto inmediato con compañeros cuando menos
importunos y en su mayor parte insoportables. Solamente sus gritos serían
suficientes para alterar un organismo delicado. Aquellos campesinos, bien
alimentados y bien vestidos, no sabían disfrutar de su bulliciosa alegría, ni
les parecía completa, si no gritaban con toda la fuerza de sus pulmones.
A partir de entonces, Julien comía
solo, o casi solo, una hora más tarde que los demás seminaristas. Tenía una
llave del jardín y podía pasearse por él a las horas en que estaba desierto.
Con gran asombro por su parte,
Julien se dio cuenta de que le odiaban menos; él esperaba, por el contrario,
que iba a exacerbarse el odio contra él. Aquel secreto deseo de que no le
dirigieran la palabra, que era tan evidente y que le había valido tantos
enemigos, ya no fue una muestra de altanería ridícula. A los ojos de los seres
groseros que le rodeaban, aquello no fue más que un justo sentimiento de su
dignidad. El odio disminuyó sensiblemente, sobre todo entre los más jóvenes de
sus compañeros, que pasaron a ser sus discípulos, y a los que trataba con
extremada cortesía. Poco a poco llegó a tener partidarios; fue de mal tono
llamarle Martín Lutero.
Pero ¿para qué hablar de sus amigos
y de sus enemigos? Todo esto es repulsivo, y tanto más repulsivo cuanto más
verdadera es la intención. Y ésos son, sin embargo, los únicos profesores de
moral que tiene el pueblo, y sin ellos, ¿qué sería de él? ¿Podrá algún día el
periódico sustituir al cura?
Después de que Julien se hizo cargo
de su nueva dignidad, el director del seminario se hizo el propósito de no
hablarle jamás sin testigos. En esta conducta había tanta prudencia por parte
del maestro como respecto al discípulo; pero había, sobre todo, el propósito de
someterle a una prueba. El principio invariable del severo jansenista Pirard
era: «¿Tiene un hombre algún mérito a nuestros ojos? Pues ponedle obstáculos a
todo lo que desee, a todo lo que haga. Si el mérito es verdadero, vencerá los
obstáculos o los esquivará».
Era la temporada de caza. Fouqué
tuvo la ocurrencia de enviar al seminario un ciervo y un jabalí, de parte de
los padres de Julien. Los animales muertos fueron depositados en un corredor,
entre la cocina y el refectorio. Allí los vieron todos los seminaristas al ir
a comer. Aquello fue objeto de gran curiosidad. El jabalí, a pesar de estar
muerto, daba miedo a los más jóvenes; tocaban sus colmillos. No se habló de
otra cosa durante ocho días.
Aquel regalo, que clasificaba a la
familia de Julien en aquel sector de la sociedad que hay que respetar, fue un
golpe mortal Para la envidia. Julien adquirió una superioridad consagrada por
la fortuna. Chazel y los seminaristas más distinguidos le hicieron
insinuaciones de amistad y casi estuvieron a punto de quejarse Porque no les
había puesto en antecedentes de la po-
sición
de su familia, exponiéndoles así a faltar al respeto al dinero.
Fueron llamados a filas los reclutas
de nuevo reemplazo, del que Julien fue excluido en su calidad de seminarista.
Esta circunstancia le emocionó profundamente. «Ahora sí que ha pasado para
siempre el momento en que veinte años atrás habría empezado para mí una vida
heroica.»
Se paseaba solo por el jardín del
seminario, oyó hablar entre sí
a
los albañiles que trabajaban en la tapia que rodeaba el edificio. -Ahora nos tocará marchar, han llamado una
nueva quinta.
-En tiempos del otro, enhorabuena.
Un albañil ascendía a oficial y llegaba a general; no sería la primera vez que
se ha visto.
-¡Pero ahora hay que ver! Sólo van
los pobres. El que tiene de
qué
se queda en casa.
-El que ha nacido miserable,
miserable se queda, y no hay más.
-¿Y es verdad lo que dicen de que el
otro ha muerto? -preguntó un tercer albañil.
-Los que lo dicen son los peces
gordos, ¿sabes?, porque el otro les daba miedo.
-¡Qué diferencia! ¡Cómo marchaban
las cosas en su tiempo! ¡Y pensar que le hicieron traición sus mariscales! ¡Hay
que ser traidor para eso!
Esta conversación consoló un tanto a
Julien. Al alejarse repetía con un suspiro:
-¡El único rey cuya memoria conserva
el pueblo!
Llegó la época de los exámenes.
Julien contestó de un modo brillante; vio que hasta el mismo Chazel procuraba
demostrar todo su saber.
El primer día, a los examinadores,
nombrados por el famoso vicario general de Frilair, les contrarió mucho verse
obligados a poner siempre en sus listas el primero, o, a lo sumo, el segundo, a
aquel Julien Sorel, que les habían presentado como el protegido del padre
Pirard. Hubo apuestas en el seminario a que en el examen general Julien
obtendría el número uno, lo cual implicaba el honor de comer en casa del señor
obispo. Pero al final de una sesión, en la que se trató de los Padres de la
Iglesia, un examinador hábil, después de preguntarle a Julien sobre san Jerónimo
y su pasión por Cicerón, empezó a hablar de Horacio, de Virgilio y de otros
autores profanos. Instado por sus compañeros, Julien se había aprendido de
memoria muchos trozos de estos autores. Arrastrado por su éxito, olvidó el
sitio en que estaba, y, ante las reiteradas instancias del examinador, recitó y
parafraseó con fuego varias odas de Horacio. Después de haberle dejado
enfrascarse durante veinte minutos, de pronto el examinador modificó por
completo su actitud y le reprochó con acritud el tiempo que había perdido en
aquellos estudios profanos y las ideas inútiles y nocivas que se había metido
en la cabeza.
-Soy un necio, reverendo padre,
tiene usted razón -dijo Julien con aire modesto, al darse cuenta de la hábil
estratagema de que le habían hecho víctima.
Aquella astucia del examinador se
consideró una jugada sucia, incluso en el seminario, lo cual no impidió que el
señor cura de Frilair, el hombre hábil que tan sabiamente había organizado la
red de la congregación de Besancon y cuyos despachos a París hacían temblar a
jueces, prefectos y hasta a los oficiales generales de la guarnición, pusiera,
con su mano todopoderosa, el número 198 junto al nombre de Julien. Con ello
tenía la satisfacción de mortificar a su enemigo el jansenista Pirard.
Desde hacía diez años, todo su afán
era quitarle la dirección del seminario. Aquel sacerdote, fiel al plan de
conducta que le había trazado a Julien, era sincero, piadoso, poco amigo de
intrigas y cumplidor de su deber. Pero la cólera del cielo le había dado un
temperamento bilioso, muy a propósito para sentir profundamente las injurias y
el odio. Aquella alma ardiente no era capaz de olvidar ni un solo ultraje que
se le hubiese inferido. Cien veces hubiera presentado la dimisión de su cargo,
pero se creía útil en el Puesto en que le había situado la Providencia.
«Estorbo los progresos del jesuitismo y de la idolatría», se decía a sí mismo.
Cuando llegó la época de los
exámenes, hacía quizá dos meses que no dirigía la palabra a Julien, y, sin
embargo, estuvo enfermo durante ocho días al recibir el oficio en que le
anunciaban el resultado del concurso y ver el número 198 junto al nombre
del
alumno que consideraba como la gloria de la casa. El único consuelo para aquel
carácter severo fue concentrar en Julien toda su vigilancia. Con gran
satisfacción por su parte, no pudo descubrir en él ni cólera, ni desaliento, ni
proyectos de venganza.
Algunas semanas más tarde, Julien
tuvo un sobresalto al recibir una carta sellada en París. «Por fin -pensó-, la
señora de Rénal se acuerda de sus promesas.» Un señor que firmaba Paul Sorel,
y que se decía pariente suyo, le enviaba una letra de cambio de quinientos
francos. Añadía que si Julien continuaba estudiando con aprovechamiento los
buenos autores latinos, recibiría igual cantidad todos los años.
«¡Es ella! ¡Es su bondad! -se dijo
Julien enternecido-. Quiere consolarme; pero ¿por qué no me dice una sola
palabra de cariño?»
Se engañaba respecto a aquella
carta, ya que la señora de Rénal, dirigida por su amiga la señora Derville,
estaba entregada en cuerpo y alma a los más profundos remordimientos. A pesar
suyo, pensaba muy a menudo en aquel ser singular cuyo encuentro había
trastornado su existencia; pero se habría guardado mucho de escribirle.
Si hablásemos el lenguaje del
seminario, reconoceríamos como un milagro el envío de aquellos quinientos
francos y diríamos que el cielo se servía del mismo padre de Frilair para
hacer este regalo a Julien.
Doce años antes, el padre de Frilair
había llegado a Besancon con un equipaje de lo más exiguo, el cual, según las
crónicas, contenía toda su fortuna. Ahora era uno de los propietarios más ricos
del departamento. En el curso de su progresivo enriquecimiento, compró la
mitad de un terreno cuya otra mitad correspondió, por herencia, al marqués de
La Mole. De ahí se originó un gran pleito entre estos personajes.
A pesar de su brillante existencia
en París y de los puestos que desempeñaba en la corte, el señor marqués de La
Mole comprendió que era peligroso luchar en Besancon contra un vicario general
que pasaba por hacer y deshacer prefectos. En vez de solicitar una
gratificación de cincuenta mil francos, disfrazada bajo cualquier concepto que
permitiese incluirla en el presupuesto, y abandonar al padre de Frilair aquel
mezquino pleito de cincuenta mil francos, el marqués se picó. Creía tener
razón: ¡y razón sobrada!
Ahora bien, si se nos permite
decirlo, ¿cuál será el juez que no tenga un hijo, o, por lo menos, un primo que
pretenda hacer carrera?
Para dar luz a los más ciegos, ocho
días después de la primera sentencia que consiguió, el señor padre de Frilair
tomó el coche del obispo y fue en persona a llevar la cruz de la Legión de
Honor a su abogado. El marqués de La Mole, un poco aturdido por la actitud de
la parte contraria, y viendo que sus abogados flaqueaban, pidió consejo al
padre Chélan, el cual le puso en relación con el padre Pirard.
Estas relaciones duraban desde hacía
ya varios años en la época de nuestra historia. El padre Pirard tomó parte en
este asunto con toda la pasión de su carácter. Como tenía ocasión de ver
constantemente a los abogados del marqués, estudió su causa y, hallándola
justa, se convirtió abiertamente en agente del marqués de La Mole en contra del
todopoderoso vicario general. Semejante insolencia puso a éste fuera de sí, ¡y
más aún por venir de parte de un miserable jansenista!
-¡Vean ustedes lo que es esta
nobleza de la corte que pretende ser tan poderosa! -les decía a sus íntimos el
padre de Frilair-; el marqués de La Mole no ha enviado ni una miserable cruz a
su agente en Besancon, y va a permitir, sencillamente, que le destituyan. Y,
sin embargo, según me han escrito, este noble par no deja pasar ni una sola
semana sin ir a lucir su cordón azul en el salón del ministro de Justicia, sea
quien fuere.
A pesar de toda la actividad del
padre Pirard, y aunque el marqués de La Mole seguía estando en inmejorables
relaciones con el ministro de Justicia, y sobre todo con la burocracia del
ministerio, todo lo que había podido conseguir, después de seis años de
preocupaciones, era no perder definitivamente el pleito.
En correspondencia constante con el
padre Pirard sobre un asunto que los dos seguían con pasión, el marqués acabó
por apreciar la manera de pensar y sentir del cura. Poco a poco, a pesar de la
inmensa distancia que separaba su respectiva posición social, su
correspondencia adquirió un tono amistoso. El padre Pirard le decía al marqués
que querían obligarle a dimitir a fuerza de vejaciones. Arrastrado por la
indignación que le produjo la estratagema, infame según él, urdida contra
Julien, le contó su historia al marqués.
Este gran señor, aunque muy rico, no
era avaro. No había podido conseguir jamás que el padre Pirard aceptase nada
de él, ni siquiera el reembolso de los gastos de correo que el pleito le había
ocasionado. Tuvo la ocurrencia de enviar quinientos francos a su discípulo
predilecto.
El marqués de La Mole se tomó el
trabajo de escribir él mismo la carta de envío. Esto le hizo pensar en el
cura.
Un día éste recibió una nota
invitándole a pasar sin demora por cierta posada de Besancon para un asunto
urgente. Allí encontró al administrador del marqués de La Mole.
-El señor marqués -le dijo- me ha
encargado que le traiga su coche. Espera que después de haber leído esta carta
le interesará salir para París, a lo sumo, dentro de cuatro o cinco días. El
plazo que usted me indique, lo emplearé en recorrer las tierras del señor
marqués en el Franco Condado. Y el día que usted decida estaré de vuelta para
que salgamos hacia París.
La
carta era breve:
«Deshágase usted, mi querido amigo,
de todos esos enredos provincianos y venga a París a respirar aire tranquilo.
Le envío mi coche, que tiene orden de esperar cuatro días su decisión. Yo mismo
le esperaré en París hasta el martes. Sólo me falta su aquiescencia para
aceptar, en su nombre, una de las mejores parroquias de las cercanías de
París. El más rico de sus futuros feligreses, que no le ha visto a usted
nunca, pero que le estima más de lo que puede usted imaginarse, es el marqués
de La Mole.»
Sin sospecharlo, el severo padre
Pirard amaba aquel seminario, poblado de enemigos, al que había consagrado
todos sus desvelos durante quince años. La carta del marqués de La Mole fue
para él como la aparición del cirujano encargado de llevar a cabo una operación
cruel y necesaria. Su destitución era cosa segura. Citó al administrador para
dentro de tres días.
Durante cuarenta y ocho horas tuvo
la fiebre de la incertidumbre. Por fin, escribió al marqués de La Mole y
redactó una obra maestra de estilo eclesiástico, aunque un poco larga, dirigida
al señor obispo. Habría sido difícil encontrar frases más irreprochables y que
respirasen un respeto más sincero. Y, sin embargo, aquella carta, destinada a
hacer pasar un mal rato al padre de Frilair en presencia de su superior,
detallaba todos los motivos graves de queja y descendía a las intrigas más
nimias y abyectas que, después de haber sufrido con resignación durante seis
años, obligaban al padre Pirard a dejar la diócesis.
Le robaban la leña de su leñera,
envenenaban a su perro, etc.
Terminada la carta, mandó despertar
a Julien, que a las ocho de la noche ya estaba durmiendo, como los demás
seminaristas.
-¿Sabe usted dónde está el obispado?
-le dijo en el latín más puro-; lleve esta carta a monseñor. No debo ocultarle
que le envío a la boca del lobo. Sea usted todo ojos y oídos. Nada de mentiras
en sus respuestas; pero tenga en cuenta que el que le pregunta probablemente
tendría una verdadera satisfacción en poder perjudicarle. Me alegro mucho, hijo
mío, de proporcionarle esta experiencia antes de abandonarle, pues no debo
ocultarle que la carta que va usted a llevar contiene mi dimisión.
Julien quedó inmóvil; quería al
padre Pirard. Y era en vano que la prudencia le dijera: «Cuando este hombre no
esté aquí, el partido del Sagrado Corazón me degradará y probablemente me hará
expulsar».
No podía pensar en sí mismo. Lo que
le preocupaba era una frase que quería decir de un modo cortés y para la que no
lograba encontrar la fórmula apropiada.
-Bueno, amigo mío, ¿no se marcha
usted?
-Es que se dice, reverendo padre
-insinuó tímidamente Julien-, que durante su larga administración no ha
ahorrado usted nada. Yo tengo seiscientos francos.
Las lágrimas le impidieron
continuar.
-Eso también se tendrá en cuenta
-dijo fríamente el ex director del seminario-. Vaya al obispado, que se hace
tarde.
La casualidad quiso que aquella
noche estuviera de servicio en el salón del obispado el padre de Frilair;
monseñor estaba cenando en la prefectura. Así, pues, Julien entregó su carta
al propio padre de F rilair, aun cuando él no sabía quién era.
Julien vio con asombro que aquel
cura abría sin el menor escrúpulo la carta dirigida al obispo. El hermoso
semblante del vicario general expresó muy pronto una gran sorpresa, mezclada
con un vivo placer, y se hizo doblemente grave. Mientras leía, Julien,
sorprendido por su buena presencia, tuvo tiempo de examinarle. Aquel rostro
hubiera aparentado mayor gravedad sin la extremada finura que era perceptible
en todos los rasgos, y hubiese llegado a delatar su falsedad, si el poseedor
de aquel hermoso semblante hubiera dejado un instante de ocuparse de él. La
nariz, muy pronunciada, estaba formada de un solo trazo perfectamente recto,
dando a su perfil, por otra parte muy distinguido, un irremediable parecido
con el de un zorro. Por lo demás, aquel cura, que tan interesado parecía en la
dimisión del padre Pirard, iba vestido con una elegancia que agradó mucho a
Julien y que nunca había visto en ningún otro sacerdote.
Julien no supo hasta más tarde cuál
era el talento especial del padre de Frilair. Sabía divertir a su obispo,
anciano amable, hecho para la vida de París, y que consideraba Besancon como
un destierro. Aquel obispo tenía muy mala vista, y le gustaba el pescado con
pasión. El padre de Frilair quitaba las espinas al pescado que le servían a Su
Ilustrísima.
Julien miraba en silencio al cura,
que leía y releía la dimisión, cuando de repente se abrió la puerta con
estrépito. Un lacayo, ricamente vestido, entró con rapidez. A Julien sólo le
dio tiempo de volverse hacia la puerta; vio aparecer a un viejecito que llevaba
una cruz pectoral. Se prosternó: el obispo le dirigió una bondadosa sonrisa y
pasó. El hermoso cura le siguió, y Julien se quedó solo en el salón, del que
pudo admirar a sus anchas la piadosa magnificencia.
El obispo de Besancon, hombre de un
espíritu puesto a prueba pero no apagado por las largas miserias de la
emigración, tenía más de setenta y cinco años y no se preocupaba lo más mínimo
de lo que pudiera ocurrir diez años más tarde.
-¿Quién es ese seminarista de mirada
inteligente que me ha parecido ver al pasar? -preguntó el obispo-. Según mi
reglamento, ¿no deberían estar ya acostados a esta hora?
-Le aseguro a monseñor que éste es
muy despierto y que trae una gran noticia: la dimisión del único jansenista que
quedaba en su diócesis. Este terrible padre Pirard ha comprendido, por fin, lo
que quieren decir las indirectas.
-¿Pues bien? -dijo riendo el
obispo-. Le desafío a que le sustituya por un hombre que valga lo que él. Y
para que se convenza usted del mérito de este hombre, voy a invitarle a comer
mañana.
El vicario general quiso deslizar
alguna frase sobre la elección de sucesor. El prelado, poco dispuesto a hablar
de cosas graves, le dijo:
-Antes de que entre el otro,
tratemos de averiguar cómo se va éste. Haga pasar a ese seminarista; la verdad
suele estar en la boca de los niños.
Llamaron a Julien. «Voy a
encontrarme entre dos inquisidores», pensó. Nunca se había sentido tan
valiente.
En el momento de entrar, dos
corpulentos ayudas de cámara, mejor vestidos que el propio señor Valenod,
desvestían a monseñor. Este prelado, antes de ocuparse del padre Pirard, creyó
oportuno interrogar a Julien sobre sus estudios. Habló un poco del dogma, y se
quedó asombrado. Muy pronto pasó a las humanidades, a Virgilio, Horacio y
Cicerón. «Estos nombres -pensó Julien- me han valido el número 198. No tengo
nada que perder, intentaré lucirme.» Lo consiguió; el prelado, excelente
humanista, quedó encantado.
En la cena de la prefectura, una
muchacha, justamente célebre, había recitado el poema de la Magdalena. Estaba
en vena de hablar de literatura, y olvidó muy pronto al padre Pirard y cualquier
otra cuestión, para discutir con el seminarista si Horacio era rico o pobre. El
prelado citó varias odas, pero en algún momento le fallaba la memoria, e
inmediatamente Julien recitaba la oda entera con aire modesto; lo que chocó al
obispo fue que Julien no alteraba el tono de conversación; citaba veinte o
treinta versos en latín como si hablase de lo que ocurría en el seminario.
Hablaron largamente de Virgilio, de Cicerón. Finalmente, el prelado no pudo
sino felicitar al joven seminarista.
-Es imposible haber hecho mejores
estudios.
-Monseñor -dijo Julien-, su
seminario puede presentarle ciento noventa y siete alumnos menos indignos de su
superior aprobación.
-¿Cómo es eso? -preguntó el prelado,
asombrado de aquella cifra.
-Puedo confirmar con una prueba
oficial lo que tengo el honor de decir a monseñor. En el examen anual del
seminario, contestando precisamente a las materias que me han valido la
aprobación de monseñor, he obtenido el número 198.
-¡Ah! ¡Éste es el protegido del
padre Pirard! -exclamó el obispo, riendo y mirando al padre de Frilair-;
debíamos habérnoslo figurado; pero es en buena lid. ¿Verdad, amigo mío, que le
han hecho a usted levantarse de la cama para venir aquí? -añadió dirigiéndose
a Julien.
-Sí, monseñor. No he salido solo del
seminario más que una vez en mi vida, para ir a ayudar al padre Chas-Bernard en
el adorno de la catedral, el día de Corpus.
-Optime -dijo el obispo-. Así, pues,
¿fue usted el que dio una prueba tan grande de valor al colocar los penachos de
pluma en el baldaquino? Todos los años me hacen temblar; siempre temo que
puedan costar la vida a un hombre. Amigo mío, usted irá lejos; pero no quiero
cortar su carrera, que será brillante, haciéndole morir de hambre.
Y cumpliendo las órdenes del obispo,
trajeron bizcochos y vino de Málaga, a los cuales hizo honor Julien, y más aún
el padre de Frilair, que sabía muy bien que a su obispo le gustaba ver comer
con apetito y alegría.
El prelado, cada vez más contento
del final de la velada, habló un poco de historia eclesiástica. Vio que Julien
no entendía de aquello. El prelado pasó al estado moral del Imperio romano bajo
la dominación de los emperadores del siglo de Constantino. El fin del paganismo
fue acompañado del mismo estado de inquietud y de duda que en el siglo XIX
aflige a los espíritus tristes y hastiados. Monseñor observó que Julien
ignoraba casi hasta el nombre de Tácito.
-Cuánto me alegro -dijo el obispo-.
Me saca usted de un apuro. Hace diez minutos que estoy pensando en el medio de
recompensarle por la agradable velada que me ha proporcionado, y ciertamente
de un modo bien imprevisto. No esperaba encontrar un doctor en un alumno de mi
seminario. Aun cuando el presente no sea muy canónico, le voy a regalar un
Tácito.
El prelado se hizo traer ocho
volúmenes magníficamente encuadernados y quiso escribir de su puño y letra,
bajo el título del primero, una frase latina elogiosa para Julien Sorel. El
obispo presumía de buena latinidad. Acabó diciéndole, con un tono de seriedad,
que contrastaba violentamente con el de toda la conversación:
-Joven, si es usted juicioso, un día
tendrá el mejor curato de mi diócesis, y no a cien leguas de mi palacio
episcopal; pero hay que tener juicio.
Cargado con sus volúmenes, salió
Julien del obispado, lleno de asombro, al dar las doce.
Monseñor no le había dicho una
palabra del padre Pirard. A Julien le extrañaba sobre todo la extremada
cortesía del obispo. No tenía idea de semejante urbanidad en las formas, unida
a un aire de dignidad tan natural. Julien notó aún más el contraste al volver
a ver al sombrío padre Pirard, que le esperaba impaciente.
-Quid tibi dixerunt? (¿Qué le han
dicho?) -le gritó con voz fuerte en cuanto le vio de lejos.
Julien se enredaba un poco al
traducir al latín el discurso del obispo:
-Hábleme usted en francés y repítame
las mismas palabras de monseñor, sin añadir ni quitar nada -dijo el ex director
del seminario, con su tono duro y sus maneras tan poco elegantes.
-¡Qué regalo más raro de parte de un
obispo a un joven seminarista! -decía al hojear el magnífico Tácito, cuyos
cantos dorados parecían horrorizarle.
Daban las dos cuando permitió a su
discípulo favorito que volviera a su celda, después de haberse hecho explicar
minuciosamente los más insignificantes detalles de la entrevista.
-Déjeme el primer tomo de su Tácito,
donde está la dedicatoria del señor obispo -le dijo-. Estos renglones latinos
serán su pararrayos en esta casa cuando yo me vaya.
Erit
tibi, fili mi, successor meus tanquam leo quoerens quem devoret.[38]
Al día siguiente, por la mañana,
Julien encontró algo extraño en el modo de hablarle de sus compañeros. Ello le
hizo mostrarse más reservado. «Éste es -pensaba- el efecto de la dimisión del
padre Pirard. Todos saben ya la noticia, y yo paso por su discípulo
predilecto. En estos modales debe de haber algo insultante.» Sin embargo, no conseguía verlo. Por el
contrario, había carencia de odio en todas las miradas con que se encontraba
la suya al pasar por los dormitorios: «¿Qué querrá decir esto? Indudablemente
debe ser una trampa; estaré en guardia.» Por fin, el joven seminarista de
Verriéres le dijo, riendo:
-Cornelii Taciti opera omnia. (Obras
completas de Tácito.)
Al pronunciar esta frase, que oyeron
muchos, todos los seminaristas a porfía felicitaron a Julien, no solamente por
el magnífico regalo que recibiera de monseñor, sino por la conversación de dos
horas con que había sido honrado. Sabían hasta los más pequeños detalles. A
partir de aquel momento no hubo más envidia; le hicieron la corte de la manera
más baja: el padre Castanéde, que todavía la víspera le trataba con la mayor
insolencia, le cogió del brazo y le invitó a almorzar.
Por una fatalidad del carácter de
Julien, la insolencia de todos aquellos seres groseros le había hecho mucho
daño; su bajeza le produjo asco, y ninguna satisfacción.
Hacia el mediodía, el padre Pirard
se despidió de sus discípulos, no sin antes dirigirles una severa alocución.
-¿Queréis los honores del mundo -les
dijo-, todas las ventajas sociales, el placer de mandar, el de burlar las leyes
y ser insolentes con todos en la mayor impunidad, o bien queréis vuestra salvación
eterna? Aun los más torpes de vosotros sólo necesitáis abrir los ojos para ver
la diferencia entre los dos caminos.
Apenas salió, los devotos del
Sagrado Corazón de Jesús se fueron a la capilla a entonar un Te Deum. Nadie
tomó en serio en el seminario la alocución del ex director. «Está muy molesto
por su destitución», decían todos. Ni un solo seminarista tuvo la inocencia de
creer en la dimisión voluntaria de un cargo que ponía en relación tan directa
con proveedores al por mayor.
El padre Pirard fue a alojarse en la
mejor posada de Besancon; y, pretextando unos asuntos que no tenía en realidad,
quiso pasar allí dos días.
El obispo le invitó a comer y, para
burlarse un poco de su vicario de Frilair, trataba de hacerle lucir su
ingenio. Estaban en los postres cuando llegó de París la extraña noticia de que
el padre Pirard había sido nombrado rector de la magnífica parroquia de N...,
a cuatro leguas de la capital. El buen prelado le felicitó cordialmente. Vio
en todo aquel asunto una «buena jugada» que le puso de buen humor y le hizo
formar el más alto concepto de los méritos del cura. Le dio un magnífico
certificado en latín, e impuso silencio al padre de Frilair, que se permitía
hacer objeciones.
Por la noche, monseñor expuso su
admiración en casa de la marquesa de Rubempré. Aquello fue una gran noticia
para la alta sociedad de Besancon, que se perdía en conjeturas sobre tan
extraordinario favor. Ya veían obispo al padre Pirard. Los más sagaces creyeron
ministro al marqués de La Mole, y aquel día se permitieron sonreír ante los
aires imperativos que adoptaba el señor cura de Frilair.
Al día siguiente, por la mañana, las
gentes seguían por la calle al padre Pirard, y los comerciantes salían a la
puerta de las tiendas cuando fue a ver a los abogados del marqués. Por primera
vez le recibieron con cortesía. El severo jansenista, indignado con todo lo que
veía, trabajó largamente con los abogados que escogiera para el marqués de La
Mole y salió hacia París. Tuvo la debilidad de decir a dos o tres amigos de
colegio que le acompañaron hasta el coche, cuyos escudos les produjeron gran
admiración, que, después de administrar durante quince años el seminario, se
marchaba de Besancon con quinientos veinte francos de economías. Aquellos
amigos le abrazaron llorando, y se dijeron entre sí:
-El buen padre podía haberse
ahorrado esta mentira; es demasiado ridícula.
El vulgo, cegado por el amor al
dinero, no era capaz de comprender que, precisamente en su sinceridad, había
encontrado el padre Pirard la fuerza necesaria para luchar solo, durante seis
años, contra María Alacoque, el Sagrado Corazón de Jesús, los jesuitas y el
obispo.
Capítulo
30
Un
ambicioso
Ya no queda nada más que una nobleza,
el título de «duque». Marqués es
ridículo,
ante la palabra duque todo el mundo
vuelve la cabeza.
Edinburgh Review
El cura quedó sorprendido del aire
noble y del tono casi alegre del marqués de La Mole. Este futuro ministro
recibió al padre Pirard sin ninguna de esas menudas ceremonias de gran señor,
tan corteses, pero tan impertinentes para quien las comprende. Hubiera sido
tiempo perdido, y el marqués tenía demasiados asuntos importantes que resolver
para desperdiciar el suyo.
Hacía seis meses que intrigaba para
lograr que el rey y la nación aceptasen cierto ministerio que, por
agradecimiento, le haría duque.
El marqués le pedía inútilmente
hacía muchos años a su abogado de Besancon un informe claro y preciso de sus
pleitos en el Franco Condado. ¿Cómo podría explicárselos el célebre abogado,
si él mismo no los entendía?
Una cuartilla de papel que le
entregó el cura lo explicaba todo.
-Mi querido padre -le dijo el
marqués, después de zanjar en cinco minutos las fórmulas de cortesía y las
preguntas sobre cosas personales-, mi querido padre, en medio de mi supuesta
prosperidad, me falta tiempo para ocuparme seriamente de dos Pequeñas cosas,
que, sin embargo, son bastante importantes: mi fama y mis negocios. Me ocupo en
conjunto de mi patrimonio, lograré incrementarlo; me preocupo de mis placeres,
y éstos son 101 que han de ocupar el primer lugar, por lo menos a mi juicio
-anadió,
al observar el asombro que se pintaba en los ojos del Padre Pirard.
Aun cuando era un hombre de buen
sentido, el cura estaba perplejo al ver que un anciano hablaba con tanta
franqueza de sus placeres.
-No cabe duda de que en París hay
gente que trabaja -continuó el gran señor-, pero mientras viven en el quinto
Piso; en cuanto yo me acerco a un hombre, alquila un apartamento en el segundo
piso y su mujer fija día de recibo; por lo tanto, se acabó el trabajo, y ya
sólo se esfuerza en parecer hombre de mundo. Ésta es su única preocupación en
cuanto tienen algo que comer.
»Para defender mis pleitos o, mejor
dicho, para cada uno de ellos en particular, tengo varios abogados que se matan
trabajando; anteayer uno de ellos murió tísico. Mas para mis asuntos en
general, ¿querrá usted creer que desde hace tres años he renunciado a
encontrar un hombre que mientras está escribiendo algo para mí se digne pensar
un poco seriamente en lo que hace? Pues bueno, todo esto no es más que un
preámbulo.
»Le estimo, y me atrevería a añadir,
aunque le veo por vez primera, que le tengo verdadero afecto. ¿Le agradaría a
usted ser mi secretario, con ocho mil francos de sueldo, o bien con el doble?
Saldría ganando yo, se lo juro, y, pierda usted cuidado, yo me encargo de
reservarle su hermosa parroquia para el día en que no nos conviniera seguir
juntos.
El cura rechazó el ofrecimiento;
pero al final de la conversación, el verdadero apuro en que veía al marqués le
sugirió una idea.
-Allá, en mi seminario -dijo
Pirard-, he dejado a un pobre muchacho que si no me equivoco va a ser
perseguido tenazmente. Si no fuera más que un simple religioso, ya estaría in
pace.
»Hasta ahora este muchacho sólo sabe
latín y la Sagrada Escritura; pero no es imposible que algún día despliegue un
gran talento en la predicación o en la dirección de almas. Ignoro lo que hará;
pero tiene el fuego sagrado, puede llegar muy lejos. Yo esperaba cedérselo a
nuestro obispo, si alguna vez tuviésemos alguno que se pareciese a usted,
siquiera remotamente, en la manera de ver los hombres y las cosas.
-¿De dónde procede ese joven?
-preguntó el marqués.
-Dicen que es hijo de un carpintero
de nuestras montañas, pero yo más bien le creería hijo natural de algún hombre
rico. Le he visto recibir una carta anónima o seudónima, con una letra de
cambio de quinientos francos.
-¡Ah! Es Julien Sorel -dijo el
marqués.
-¿Cómo sabe usted su nombre?
-replicó el cura, extrañado y ruborizándose al hacer la pregunta.
-Eso es lo que no le diré a usted
-respondió el marqués.
-¡Pues bien! -repuso el cura-,
podría usted probar y nombrarle su secretario; es un hombre inteligente y
enérgico; en una palabra, vale la pena hacer la prueba.
-¿Y por qué no? -dijo el marqués-.
¿Pero no será hombre capaz de dejarse untar la mano por el prefecto de policía
u otra persona cualquiera para ejercer de espía en mi casa? Es la única
objeción que se me ocurre.
Tranquilizado por los informes
favorables del padre Pirard, el marqués dijo, sacando un billete de mil
francos:
-Envíe usted ese viático a Sorel y
hágale venir.
-Bien se ve que vive usted en París
-dijo el padre Pirard-; no conoce usted, porque ostenta una condición social
elevada, la tiranía que pesa sobre nosotros, pobres provincianos, y en particular
sobre los sacerdotes no amigos de los jesuitas. No querrán dejar salir a Julien
Sorel; darán toda clase de excusas, me contestarán que está enfermo, se habrán
perdido las cartas, etc.
-Me procuraré dentro de unos días
una carta del ministro al obispo -dijo el marqués.
-Me olvidaba de una precaución
-apuntó el padre-: este muchacho, aun cuando es de origen muy humilde, tiene
el corazón noble. No se conseguirá nada de él ofendiendo su orgullo; le
convertiría usted en un estúpido.
-Eso me gusta -dijo el marqués-; le
haré compañero de mi hijo, ¿será bastante?
Poco tiempo después, Julien recibió
una carta de letra desconocida, sellada en Chalons, que contenía un giro
contra un comerciante de Besancon y el aviso de salir inmediatamente para
País. La carta estaba firmada con un nombre supuesto, pero al abrirla, Julien
se estremeció: un manchón de tinta aparecía sobre la decimotercera palabra;
era la señal convenida con el padre Pirard.
Pasada una hora escasa, llamaron a
Julien al obispado, donde le recibieron con una bondad casi paternal. Siempre
citando a Horacio, monseñor le felicitó muy hábilmente por los altos destinos
que le esperaban en París, dando a entender con sus cumplidos que esperaba le
fuesen agradecidos con alguna explicación. Julien no le pudo decir nada, por
la sencilla razón de que no sabía nada y monseñor adquirió mucha consideración
por él. Uno de los secretarios de
la curia del obispado escribió al alcalde, quien se apresuró a llevar en
persona un pasaporte firmado, pero con el nombre del viajero en blanco.
Aquella noche, antes de las doce,
Julien estaba en casa de Fouqué, cuyo sentido común le hizo mostrar más
sorpresa que entusiasmo ante el porvenir que, al parecer, esperaba a su amigo.
-Todo esto acabará -le dijo aquel
elector liberal- en un destino del gobierno que te obligará a dar algún paso
que te criticarán los periódicos. Sabré de ti para vergüenza tuya. Acuérdate
de que, incluso financieramente hablando, vale más ganar cien luises en un buen
negocio de madera, del que uno es dueño, que recibir cuatro mil francos de un
gobierno, aun cuando sea el del rey Salomón.
Julien no vio en todo aquello más
que el espíritu mezquino de un burgués campesino. Él iba a encontrarse por fin
en el teatro de los grandes acontecimientos. Prefería menos incertidumbres y
oportunidades más amplias. En aquel corazón ya no cabía el más mínimo temor de
morir de hambre. La felicidad de ir a París, que se figuraba llena de gentes de
talento muy intrigantes, muy hipócritas, pero tan bien educadas como el obispo
de Besancon y el de Agde, lo eclipsaba todo a sus ojos. Se presentó humildemente
a su amigo como privado de su libre albedrío por la carta del padre Pirard.
Al día siguiente, a media mañana,
llegó a Verriéres, sintiéndose el más feliz de los hombres. Esperaba volver a
ver a la señora de Rénal. En cuanto llegó, lo primero que hizo fue ir a casa
de su primer protector, el buen padre Chélan. Encontró una severa acogida.
-¿Cree que me está obligado en algo?
-le dijo el padre Chélan sin contestar a su saludo-. Va a almorzar conmigo, y
mientras tanto irán a alquilar otro caballo para usted y se marchará de Verriéres
sin ver a nadie.
-Oír es obedecer -respondió Julien
con aire de seminarista; y ya no se habló más que de teología y de bella
latinidad.
Montó a caballo, recorrió una legua
y, viendo un bosque y asegurándose de que nadie le veía, se internó en él. Al
ponerse el sol despidió el caballo. Más tarde entró en casa de un labriego,
que consintió en venderle una escalera y le acompañó llevándosela hasta el
bosquecillo que domina el Paseo de la Fidelidad, de Verriéres.
-Soy un pobre desertor fugitivo.
-O un contrabandista -dijo el
labriego al despedirse de él-, pero ¡qué me importa!, me ha pagado bien la
escalera y yo también he hecho de las mías alguna vez.
La noche era muy oscura. Hacia la
una de la madrugada, Julien, con su escalera a cuestas, entraba en Verriéres.
Bajó lo más deprisa que pudo al lecho del torrente que atraviesa los magníficos
jardines del señor de Renal, a una profundidad de diez pies y contenido entre
los muros. Julien subió fácilmente con la escalera. «¿Cómo me recibirán los
perros guardianes? -pensaba-. Ahí está el problema.» Los perros ladraron y
avanzaron corriendo hacia él, pero él silbó suavemente, y entonces le
acariciaron.
Subiendo luego de terraza en
terraza, aun cuando todas las verjas estaban cerradas, le fue fácil llegar
hasta el pie de la ventana del dormitorio de la señora de Renal, que por la
parte del jardín está a una altura de ocho o diez pies del suelo.
En las persianas había una pequeña
abertura, en forma de corazón, que Julien conocía perfectamente. Con gran
disgusto por su parte, aquella abertura no estaba iluminada por la luz interior
de una lamparilla.
«iVálgame Dios! -se dijo-; esta
noche no está ocupado ese cuarto por la señora de Rénal. ¿Dónde se habrá
acostado? La familia reside en Verriéres, puesto que están los perros; pero
quizá me encuentre en este cuarto con el propio señor de Rénal o con algún
extraño, y entonces, ¡qué escándalo!»
Lo más prudente era retirarse, pero
tal decisión horrorizó a Julien. «Si es un extraño, me escaparé a todo correr,
abandonando la escalera; pero si es ella, ¿qué recibimiento me espera? Está
sumida en el arrepentimiento y en la más fervorosa devoción; de esto no me cabe
duda; pero al propio tiempo, aún se acuerda un poco de mí, puesto que acaba de
escribirme.» Este razonamiento le decidió.
Con el corazón palpitante, pero sin
embargo resuelto a perecer o a verla, empezó a tirar piedrecitas contra la
persiana; nadie contestó. Apoyó la escalera junto a la ventana y dio unos
golpecitos en la persiana, primero muy suaves, después más fuertes. «Por mucha
oscuridad que haya, pueden pegarme un tiro», pensó Julien. Esta idea redujo su
loca empresa a una cuestión de valor.
«Esta noche no duerme nadie en este
cuarto -pensó-, o bien, el que se ha acostado en él, sea quien fuere, está ya
despierto. Así, no hay que preocuparse de él; sólo hay que procurar no ser oído
por los que duermen en las habitaciones contiguas.»
Bajó,
colocó la escalera contra una de las persianas, volvió a subir, y pasando la
mano por la abertura en forma de corazón tuvo la suerte de encontrar enseguida
el alambre sujeto al gancho que cerraba la persiana. Tiró del alambre y, con
alegría infinita, vio que la persiana cedía a su esfuerzo. «Hay que abrir poco
a poco y procurar que sea reconocida mi voz.» Abrió la persiana lo suficiente
para meter la cabeza, y repitió varias veces en voz baja: «Es un amigo».
Se aseguró, prestando atención, de
que nada turbaba el silencio profundo del cuarto. Pero, decididamente, no
había en la chimenea lamparilla alguna, ni siquiera medio apagada; aquello era
muy mala señal.
«He de andar con cuidado para que no
me peguen un tiro.» Recapacitó un momento; luego se atrevió a golpear con los
nudillos en el cristal: nadie contestó; golpeó más fuerte. «Aunque rompa el
cristal, hay que acabar con esto.» Volvió a golpear con insistencia y creyó
entrever en aquella oscuridad profunda como una sombra blanca que atravesaba la
habitación. En fin, ya no cabía duda, una sombra parecía avanzar con extrema
lentitud. De pronto vio una mejilla que se apoyaba en el cristal al que había
pegado los ojos.
Se estremeció y se apartó un poco.
Pero la noche era tan oscura que ni aun a aquella distancia pudo distinguir si
era la señora de Rénal. Temía el primer grito de alarma; oía a los perros
removerse y gruñir ligeramente al pie de la escalera.
-Soy yo -repetía bastante alto-; un
amigo.
No le contestaban. El blanco
fantasma había desaparecido.
-¡Ábrame, por Dios, tengo que
hablarle! ¡Soy muy desgraciado!
Y golpeaba exponiéndose a romper el
cristal.
Un ruidito seco se dejó oír; la
falleba de la ventana cedía; empujó el batiente, y saltó ágilmente dentro del
cuarto.
El fantasma blanco se alejaba; él la
cogió por los brazos; era una mujer. Todas sus ideas de valor se disiparon. «Si
es ella, ¿qué me va a decir?» Cuál no sería su impresión cuando reconoció, por
un pequeño grito, que era la señora de Rénal.
La estrechó entre sus brazos; ella
estaba temblando, y apenas tenía fuerzas para rechazarle.
-¿Qué hace usted, desgraciado?
Su voz convulsa apenas podía
articular estas palabras. Julien vio en ellas la más sincera indignación.
-Vengo a verla, después de una cruel
separación de catorce meses.
-¡Salga usted, váyase
inmediatamente! ¡Ah! ¿Por qué me habrá prohibido el padre Chélan que le
escribiera? Hubiera podido impedir este horror. -Le rechazó con una fuerza
verdaderamente extraordinaria-. Me arrepiento de mi crimen; el cielo se ha
dignado iluminarme -repetía con voz entrecortada-. ¡Váyase! ¡Huya de aquí!
-Después de catorce meses de
desesperación, no me marcharé en modo alguno sin haberle hablado. Quiero saber
todo lo que ha hecho. La he querido lo suficiente como para merecer esta
confianza... Quiero saberlo todo.
A pesar suyo, aquel tono de
austeridad tenía un ascendiente sobre el corazón de la señora de Rénal.
Julien, que la tenía sujeta con
pasión y resistía sus esfuerzos por desasirse de él, dejó de estrecharla entre
sus brazos. Este movimiento serenó un tanto a la señora de Renal.
-Voy a retirar la escalera, para que
no nos comprometa si algún criado, a quien haya despertado el ruido, sale a
ver lo que ocurre.
-¡No, no, al contrario, váyase
usted! -dijo ella con verdadera cólera-. ¿Qué me importa lo que crean los
hombres? Dios es quien ve esta espantosa escena y quien me castigará. Está
usted abusando cobardemente de los sentimientos que me inspiró en otro tiempo,
pero que hoy ya no me inspira. ¿Lo oye usted bien, señor Julien?
Julien retiraba la escalera muy
despacio para no hacer ruido.
-¿Tu marido está en la ciudad? -le
dijo, no por desafiarla, sino llevado de la antigua costumbre.
-No me hable usted así, por favor, o
llamo a mi marido. Ya soy bastante culpable por no haberle arrojado de aquí,
sin preocuparme de lo que pudiese ocurrir. Me da usted pena -le dijo, tratando
de herir su irritable orgullo, que tan bien conocía.
El hecho de haberse negado a aceptar
el tuteo, aquella manera brusca de romper un lazo tan dulce y que para él
todavía existía entre ellos, llevaron al delirio el arrebato amoroso de
Julien.
-¿Pero es posible que ya no me ames?
-le dijo en uno de esos gritos del corazón que tan difícil es escuchar con
sangre fría.
Ella no respondió; él lloraba
amargamente.
En realidad, no podía hablar.
-¡De modo que la única persona que
me ha querido en toda mi vida me ha olvidado por completo!
¿Para
qué vivir ya? Todo su valor le había abandonado desde el momento en que ya no
tuvo que temer el peligro de encontrarse con un hombre; todo había
desaparecido de su corazón, menos el amor.
Lloró mucho tiempo en silencio; ella
oía el ruido de sus sollozos. Le cogió la mano, ella quiso retirarla, pero
después de algunos movimientos casi convulsivos se la abandonó. La oscuridad
era profunda; estaban sentados uno junto a otro sobre la cama de la señora de
Renal.
«¡Qué diferencia hace catorce meses!
-pensó Julien; y sus lágrimas aumentaron-. Así, pues, la ausencia destruye
fatalmente todos los sentimientos del hombre.»
-Por favor, dígame lo que le ha
ocurrido -le dijo por fin Julien, con la voz entrecortada por las lágrimas.
-Según parece -respondió la señora
de Renal con voz dura, en cuyo acento había algo seco y mortificante para
Julien-, mis extravíos eran conocidos en la ciudad antes de su marcha. ¡Había
obrado usted con tanta imprudencia! Poco tiempo después, estando yo
desesperada, vino a verme el respetable padre Chélan. Durante mucho rato trató
en vano de lograr que se lo confesara todo. Un día tuvo la ocurrencia de
llevarme a la iglesia de Dijon, donde yo hice la primera comunión. Allí se
atrevió a hablar primero...
Las lágrimas interrumpieron a la
señora de Renal.
-¡Qué vergüenza pasé en aquel
momento! Se lo confesé todo. Aquel hombre fue tan bueno, se dignó no abrumarme
con el peso de su indignación: se afligió conmigo. En aquella época, yo le
escribía a usted todos los días cartas que no me atrevía a enviarle; las
guardaba cuidadosamente, y cuando me sentía demasiado desgraciada me encerraba
en mi cuarto y leía y releía mis cartas.
»Al fin el padre Chélan consiguió
que se las entregara... Yo le había enviado a usted algunas, las que estaban
escritas con más Prudencia; pero usted no me contestaba.
-Jamás, te lo juro, he recibido una
carta tuya en el seminario.
-¡Dios mío! ¿Quién las habrá
interceptado?
-Ya puedes figurarte mi dolor, hasta
el día en que te vi en la catedral, ignoraba si vivías o no.
-Dios me concedió la gracia de
comprender el grave pecado que cometía contra Él, contra mis hijos, contra mi
marido -repuso la señora de Renal-. No me ha querido nunca como yo creía
entonces que usted me quería...
Julien se precipitó en sus brazos,
realmente sin saber por qué y completamente fuera de sí. Pero la señora de
Renal le rechazó y continuó con bastante firmeza:
-Mi respetable amigo el padre Chélan
me hizo comprender que al casarme con el señor de Renal le había hecho entrega
de todos mis afectos, incluso los que no conocía y que no había sentido nunca
antes de unas fatales relaciones... Después del gran sacrificio de aquellas
cartas, que me eran tan queridas, mi vida ha transcurrido, si no felizmente,
por lo menos bastante tranquila. No venga usted, pues, a turbarla; sea un
amigo para mí... el mejor de mis amigos.
Julien
cubrió sus manos de besos; ella se dio cuenta de que estaba llorando todavía.
-No llore usted; me causa tanta
pena... Ahora, cuénteme usted lo que ha hecho. -Julien no podía hablar-.
Quiero saber qué vida hacía usted en el seminario -repitió ella-. Después se
marchará usted.
Sin pensar en lo que contaba, Julien
habló de las intrigas, de. las envidias sin cuento con que había topado al
principio; luego, de su vida más tranquila desde que fue nombrado repetidor.
-Entonces fue -añadió- cuando,
después de un largo silencio, destinado sin duda a hacerme comprender lo que
hoy por desgracia veo muy claro, que ya no me quería y que le era indiferente...
La señora de Renal le apretó la
mano.
-Entonces fue cuando usted me envió
una letra de cambio de quinientos francos.
-Nunca -dijo la señora de Renal.
-Era una carta sellada en París y
firmada por un tal Paul Sorel, sin duda para no inspirar sospechas.
Se suscitó una pequeña discusión
sobre el posible origen de aquella carta. La posición moral cambió. Sin darse
cuenta, la señora de Renal y Julien habían abandonado el tono solemne; hablaban
nuevamente en términos de la más tierna amistad. No se veían, tan profunda era
la oscuridad, pero el tono de la voz lo decía todo. Julien enlazó con el brazo
la cintura de su amiga; aquel movimiento era muy peligroso. Ella intentó
desasirse del brazo de Julien, quien con suma habilidad distrajo su atención en
aquel momento con un detalle interesante de su relato. El brazo, como olvidado,
continuó en la posición que ocupaba.
Después de muchas conjeturas sobre
el origen de la letra de quinientos francos, Julien reanudó su relato; se
sentía algo más seguro de sí mismo hablando de su vida pasada que, al lado de
lo que sucedía en aquel momento, le interesaba muy poco. Toda su atención
estaba concentrada en lo que iba a ocurrir antes de terminar su visita.
-Tiene usted que marcharse -le
repetía ella de vez en cuando, con seco acento.
«¡Qué vergüenza para mí si me echa!
Será un remordimiento que envenenará para siempre toda mi vida -se decía-, no
me escribirá nunca. ¡Dios sabe cuándo volveré por aquí!» A partir de aquel
momento todo lo que tenía de celestial la situación dejó de emocionarle en lo
más mínimo. Sentado junto a una mujer a quien adoraba, casi estrechándola en
sus brazos, en aquel cuarto donde tan feliz había sido, en medio de la más
profunda oscuridad, perfectamente consciente de que ella estaba llorando desde
hacía un rato, y percibiendo en los movimientos de su pecho que sollozaba, tuvo
la desgracia de convertirse de pronto en un frío político, casi tan calculador
y tan frío como cuando en el patio del seminario era objeto de alguna broma
pesada por parte de un compañero más fuerte que él. Julien alargaba su relato y
hablaba de la triste vida que había llevado desde que se marchó de Verriéres.
«De modo -se decía la señora de Renal- que después de un año de ausencia, casi
totalmente desprovisto de la más pequeña muestra de recuerdo y mientras yo le
olvidaba, él sólo pensaba en los días felices que había pasado en Vergy.» Sus
sollozos aumentaban. Julien se dio cuenta del éxito de su relato. Comprendió
que había que echar mano del último recurso: de pronto citó la carta que
acababa de recibir de París.
-Me he despedido del señor obispo.
-¡Cómo! ¡No vuelve usted a Besancon!
¿Nos deja para siempre?
-Sí -respondió Julien en tono
resuelto-; sí, abandono un país
en
el cual incluso ha llegado a olvidarme el ser a quien más he querido en mi
vida, y lo abandono para no volver más. Me voy a París...
-¡Se va a París! -exclamó casi en
voz alta la señora de Renal.
Su voz, casi ahogada por las
lágrimas, traicionaba su profunda turbación. Julien necesitaba aquel estímulo;
iba a intentar un paso que podía decidirlo todo en contra suya, y antes de
aquella exclamación, como no veía nada, ignoraba en absoluto el efecto que
estaba produciendo. No dudó más; el miedo al remordimiento le había hecho
recobrar el dominio sobre sí mismo. Añadió fríamente, levantándose:
-Sí, señora; la dejo para siempre,
deseándole que sea muy feliz. Adiós.
Dio algunos pasos hacia la ventana;
la abría ya. La señora de Renal se lanzó hacia él. Sintió su cabeza sobre su
hombro y que lo estrechaba entre sus brazos, pegando su mejilla a la suya.
De este modo, después de tres horas
de diálogo, consiguió Julien lo que había deseado tan ardientemente durante
las dos primeras. De haber llegado un poco antes, el retorno de los tiernos
sentimientos de la señora de Renal y el eclipse de sus remordimientos le
hubieran proporcionado una dicha celestial; obtenidos así, con artificio, no
fueron más que un triunfo. Julien quiso absolutamente, a pesar de la
resistencia de su amiga, encender la lamparilla.
-¿Quieres acaso -le decía- que no me
quede siquiera el recuerdo de haberte visto? ¿Perderé la ocasión de contemplar
el amor que sin duda se refleja en estos ojos encantadores? ¿Será invisible
para mí la blancura de esta linda mano? ¡Piensa que me voy quizá por mucho
tiempo!
Ante esta sola idea, que la hacía
derramar amargas lágrimas, la señora de Renal se sentía incapaz de negarle
nada. El alba empezaba ya a dibujar vivamente los contornos de los pinos en la
montaña situada al este de Verriéres. En vez de irse, Julien, ebrio de
voluptuosidad, propuso a la señora de Renal pasar todo el día escondido en su
cuarto y no marcharse hasta la noche siguiente.
-¿Y por qué no? -respondió ella-.
Esta fatal recaída me hace perder toda estimación de mí misma, y será mi
eterna desgracia... -Y le estrechaba contra su corazón-. Mi marido ya no es el
mismo, sospecha algo; cree que le he manejado a mi gusto en todo este asunto y
se muestra muy resentido conmigo. Si oye el menor ruido, estoy perdida, me
echará como a una perdida, que es lo que soy.
-Ésa es una frase del padre Chélan
-dijo Julien-; no me hubieras hablado así antes de mi cruel marcha para el
seminario; ¡entonces sí que me querías!
Julien recibió la recompensa que
merecía por la sangre fría que había puesto en esta frase: vio cómo su amiga
olvidaba en el acto el peligro que corría con la presencia de su marido, para
no pensar más que en el peligro, mucho más grande, de que Julien dudase de su
amor. El día clareaba rápidamente e iluminaba por completo la habitación.
Julien volvió a sentir todas las voluptuosidades del orgullo satisfecho, al ver
en sus brazos, y casi a sus pies, a aquella mujer encantadora, la única a quien
había amado y que pocas horas antes estaba entregada por entero al temor de un
Dios terrible y al cumplimiento de sus deberes. Las más firmes resoluciones,
fortalecidas por un año de constancia, no habían podido resistir ante su
valor.
Pronto se empezó a oír ruido en la
casa; una cosa que antes no se le había ocurrido vino a inquietar a la señora
de Renal.
-Esa infame de Elisa entrará en mi
cuarto de un momento a otro; ¿qué hacemos con esta enorme escalera? -dijo a su
amigo-; ¿dónde podríamos esconderla? Voy a llevarla al granero -exclamó de
pronto, con aire de jovialidad.
-¡Ésta es tu fisonomía de antes!
-dijo Julien, encantado-. Pero hay que pasar por el cuarto del criado.
-Dejaré la escalera en el pasillo,
llamaré al criado y le daré un encargo.
-Piensa en tener preparada alguna
respuesta para el caso en
que
el criado, al pasar por el pasillo, vea la escalera.
-Sí, ángel mío -le dijo la señora,
dándole un beso-. Tú escóndete enseguida debajo de la cama, por si entra Elisa
mientras
estoy
fuera.
A Julien le extrañó aquella
repentina alegría. «Así, la proximidad material de un peligro -pensaba-, lejos
de turbarla, le devuelve toda su alegría, porque se olvida de sus
remordimientos. ¡Mujer verdaderamente superior! ¡Es una gloria reinar en su corazón!»
Julien estaba radiante.
La señora de Renal cogió la
escalera; evidentemente, pesaba demasiado para ella. Julien fue en su ayuda.
Admiraba aquel talle elegante y que tan lejos estaba de denotar fuerza, cuando
de pronto, ella, sin ayuda alguna, cogió la escalera y la levantó como si fuese
una silla. La trasladó rápidamente al pasillo del tercer piso, donde la puso en
el suelo, junto al muro. Llamó al criado y, para darle tiempo de vestirse,
subió al palomar. Cinco minutos después, cuando volvió al pasillo, no encontró
la escalera. ¿Qué había sido de ella? Si Julien no se hubiese encontrado en la
casa, aquel peligro no la hubiera impresionado. ¡Pero en aquel momento, si su
marido encontraba la escalera, podía provocar algún lamentable incidente! La
señora de Renal buscó por todas partes. Por fin, descubrió la escalera en la
buhardilla, debajo del tejado, donde el criado la había llevado, e incluso
ocultado. Era una circunstancia extraña, que en otro tiempo la hubiese
alarmado.
«¿Qué me importa -pensó- lo que
pueda ocurrir dentro de veinticuatro horas, cuando Julien se haya marchado?
¿Acaso entonces sentiré algo más que horror y remordimiento?»
Tenía como una idea vaga de que
debía renunciar a la vida, pero ¿qué le importaba? Después de una separación
que había creído eterna, él había vuelto, le había sido devuelto, y lo que
había hecho para llegar hasta ella ¡demostraba tanto amor!...
Al contarle a Julien el misterio de
la escalera, le decía:
-¿Qué le diré a mi marido si el
criado le cuenta que ha encontrado la escalera? -Quedose un momento
pensativa-. Necesitarán veinticuatro horas para dar con el campesino que te la
ha vendido -dijo, echándose en los brazos de Julien y estrechándose contra él
en un movimiento convulsivo-. ¡Ah! ¡Morir! ¡Morir así! -exclamó, cubriéndole de
besos-. Pero no puedo dejarte morir de hambre -añadió, riendo-. Ven;
primeramente voy a esconderte en la habitación de la señora Derville, que
siempre está cerrada con llave.
Salió para vigilar al extremo del
pasillo, y Julien pasó corriendo.
-No abras a nadie si llaman -le
dijo, cerrando con llave-; en todo caso será una broma de los niños que están
jugando por ahí.
-Hazles salir al jardín al pie de la
ventana -le dijo Julien-; me gustará mucho verles y oírles hablar.
-Sí, sí -gritó la señora de Renal
alejándose.
Al poco rato volvió con naranjas,
bizcochos y una botella de vino de Málaga; le había sido imposible robar pan.
-¿Qué hace tu marido? -le preguntó
Julien.
-Está redactando un proyecto de
contrato con unos campesinos.
Pero habían dado las ocho, y en la
casa se oía mucho ruido. Si no hubieran visto a la señora de Renal, la habrían
buscado por todas partes; se vio obligada a dejarle. Pronto volvió, contra toda
prudencia, llevándole una taza de café; tenía miedo de que se muriera de
hambre. Después del almuerzo, consiguió atraer a los niños al pie de la ventana
del cuarto de la señora Derville. Los encontró muy crecidos, pero le pareció
que tenían un aire vulgar, o que habían cambiado sus ideas a este respecto. La
señora de Renal les habló de Julien. El mayor respondió expresando cariño por
su antiguo preceptor y echándole de menos; pero observó que los pequeños casi
le habían olvidado.
El señor de Renal no salió aquella
mañana. Subía y bajaba sin cesar dentro de la casa, ocupado en sus tratos con
los labradores, a quienes vendía su cosecha de patatas. Hasta la hora de la
comida, la señora de Renal no pudo dedicar un momento siquiera a su
prisionero. Una vez servida la comida, tuvo la idea de escamotear para él un
plato de sopa caliente. Al acercarse sin hacer ruido a la puerta del cuarto en
que estaba encerrado Julien, llevando el plato con mucho cuidado, se encontró
de cara con el criado que había escondido la escalera por la mañana. En aquel
momento se deslizaba también silencioso por el pasillo, como escuchando.
Probablemente Julien había cometido alguna imprudencia al andar por el cuarto.
El criado se alejó un poco confuso. La señora de Renal entró resueltamente en
la habitación donde estaba Julien; aquel encuentro le hizo estremecerse.
-¡Tú tienes miedo! -le dijo ella-.
Yo arrostraría todos los peligros del mundo sin pestañear. Sólo temo una cosa;
el momento en que me quede sola cuando tú te vayas.
Y se alejó corriendo.
«¡El único peligro que teme esta
alma sublime es el remordimiento!», se dijo Julien, exaltado.
Por fin llegó la noche. El señor de
Renal se fue al Casino. Su mujer se había quejado de una jaqueca espantosa; se
retiró a su cuarto, apresuróse a despedir a Elisa y se levantó enseguida para
sacar de su encierro a Julien.
Se encontró con que estaba realmente
muerto de hambre. La señora de Renal se fue a la despensa a buscar pan. Julien
oyó un grito muy agudo. La señora de Renal volvió y le contó que al entrar en
la despensa sin luz y al acercarse a una alacena en la que guardaba el pan y
alargar la mano, había topado con un brazo de mujer. Era Elisa, y había sido
ella la que dio el grito oído por Julien.
-¿Qué hacía allí?
-Estaría robando alguna golosina o
quizá nos espiaba -dijo la señora de Renal con la más absoluta indiferencia-.
Pero, afortunadamente, he encontrado una empanada y un pan grande.
-¿Qué llevas ahí entonces? -dijo
Julien señalando los bolsillos de su delantal.
La señora de Renal había olvidado
que desde la comida los llevaba llenos de pan.
Julien la estrechó entre sus brazos
con la más ardiente pasión; nunca le había parecido tan hermosa. «Ni siquiera
en París -se decía confuso- podría encontrar tanta grandeza de alma.» Tenía
toda la torpeza de una mujer poco habituada a esta clase de intrigas y al
propio tiempo el verdadero valor de un ser que sólo teme los peligros de otro
orden, en el fondo mucho más terribles.
Mientras Julien cenaba con buen
apetito y su amiga bromeaba con él sobre la frugalidad de aquella comida, pues
le producía verdadero horror hablar en serio, de pronto sacudieron con
violencia la puerta del cuarto. Era el señor de Renal.
-¿Por qué te has encerrado? -le
gritaba.
Julien tuvo el tiempo justo para
esconderse debajo del sofá.
-¿Qué es esto? ¡Está usted aún
completamente vestida! -dijo el señor de Renal al entrar-. ¡Está cenando y ha
cerrado la puerta con llave!
Otro día cualquiera, esta
observación, hecha con toda la sequedad conyugal, hubiera turbado a la señora
de Renal. Pero en aquel momento se daba cuenta de que su marido no tenía más
que inclinarse un poco para descubrir a Julien, pues el señor de Renal se había
dejado caer en la silla que Julien ocupaba un momento antes frente al sofá.
La jaqueca sirvió de excusa a todo.
Mientras su marido le contaba minuciosamente los incidentes de la partida de
billar que había ganado en el Casino, «¡Una jugada de diecinueve francos!»,
añadía, ella vio sobre una silla, a tres pasos de donde estaban, el sombrero de
Julien. Su sangre fría fue en aumento, empezó a desnudarse, y en un instante,
pasando rápidamente por detrás de su marido, echó su vestido sobre la silla
donde estaba el sombrero.
Por fin el señor de Renal se marchó.
Ella rogó a Julien que volviese a contarle su vida en el seminario.
-Ayer no te escuchaba; mientras
estabas hablando, yo sólo pensaba en el medio de conseguir que te fueras.
Ella era la imprudencia en persona.
Hablaban muy alto. Sobre las dos de la madrugada fueron interrumpidos por un
golpe violento en la puerta. Era, una vez más, el señor de Renal.
-¡Abra inmediatamente! ¡Hay ladrones
en la casa! -decía-. Esta mañana Saint-Jean ha encontrado una escalera.
-Ahora sí que todo acabó -exclamó la
señora de Renal echándose en brazos de Julien-. Nos va a matar a los dos, no
cree en los ladrones; voy a morir en tus brazos, mucho más feliz al morir de lo
que he sido en la vida.
No contestaba siquiera a su marido,
que se enfurecía cada vez más; besaba y abrazaba con pasión a Julien.
-La madre de Stanislas tiene que
salvarse -le dijo él con una mirada imperiosa-. Voy a saltar al patio por la
ventana del gabinete y me escaparé por el jardín; los perros me han
reconocido. Haz un lío con mi ropa y tíralo al jardín en cuanto puedas. Mientras
tanto, deja que echen la puerta abajo. Y, sobre todo, no confieses nada, te lo
prohíbo; más vale que sospeche a que lo sepa con certeza.
-¡Vas a matarte al saltar! -fue su
única respuesta y su única inquietud.
Le acompañó hasta la ventana del
gabinete; luego se tomó el tiempo necesario para esconder su ropa. Por fin
abrió la puerta a su marido, que estaba ardiendo en cólera. Registró el cuarto,
el gabinete, y sin decir palabra desapareció. La ropa de Julien le fue lanzada
por la ventana, él la recogió y corrió rápidamente hasta la parte baja del
jardín, junto a la orilla del Doubs.
Mientras corría oyó silbar una bala,
y enseguida el estampido de un disparo.
«No es el señor de Renal -pensó-,
tira muy mal para esto.» Los perros corrían a su lado, en silencio. Un segundo
tiro le rompió la pata a uno de ellos, al parecer, pues comenzó a aullar
lastimeramente. Julien saltó el muro de una terraza, dio unos cuantos pasos a
cubierto y emprendió nuevamente la fuga en otra dirección. Oyó voces que le
llamaban, y vio distintamente al criado enemigo suyo, que disparaba un tiro; un
granjero empezó también a tirotearle desde el otro lado del jardín, pero ya
Julien había alcanzado la orilla del Doubs, donde se vistió.
Una hora más tarde, estaba a una
legua de Verriéres, camino de Ginebra. «Si sospechan -pensó Julien-, me
buscarán por el camino de París.»
Segunda parte
Elle n'est pas jolie, elle n'a point de rouge.[39]
SAINT-BEUVE
Capítulo
1
Los
placeres del campo
O rus quando ego te aspiciam![40]
VIRGILIO
-¿El señor viene, sin duda, a
esperar el correo de París? -le dijo el dueño de una posada donde se detuvo
para almorzar.
-El de hoy o el de mañana, me es
igual -dijo Julien.
El correo llegó mientras se las daba
de indiferente. Había dos sitios vacantes.
-¡Hola! ¿Eres tú, mi pobre Falcoz?
-dijo el viajero que venía de tierras de Ginebra al que montaba en el coche al
mismo tiempo que Julien.
-Te creía instalado en las cercanías
de Lyon -dijo Falcoz-, en uno de los deliciosos valles del Ródano.
-Espléndidamente instalado. Voy
huyendo.
-¡Cómo es eso! ¿Huyendo tú,
Saint-Giraud? ¡Con esa cara de buena persona! ¿Has cometido algún crimen? -dijo
Falcoz, riendo.
-Realmente daría lo mismo. Huyo de
la vida insoportable que se lleva en provincias. Me encanta la frescura de los
bosques y la tranquilidad campestre, como tú sabes bien; muchas veces me has
tachado de novelesco. No había querido en mi vida oír hablar de política, y la
política me echa de mi casa.
-Pero, ¿a qué partido perteneces?
-A ninguno, y esto es lo que me
pierde. Toda mi política se reduce a lo siguiente: me gusta la música, la
pintura; un buen libro es un acontecimiento para mí; voy a cumplir cuarenta y
cuatro años. ¿Qué me queda por vivir? Quince, veinte, treinta años a lo sumo.
¡Pues bien!, estoy seguro de que dentro de treinta años los ministros serán un
poco más hábiles, pero tan poco honrados como los de hoy. La historia de
Inglaterra me sirve de espejo para nuestro porvenir. Siempre habrá un rey que
quiera aumentar sus prerrogativas; siempre la ambición de ser diputado; la
gloria y los centenares de miles de francos ganados por Mirabeau seguirán
quitando el sueño a las gentes ricas de provincias: llamarán a esto ser
liberal y amar al pueblo. Siempre será acicate de los ultras el llegar a ser
par o gentilhombre de la Cámara. En la nave del Estado, todo el mundo querrá
participar en la maniobra, porque paga bien. ¿No quedará nunca un sitio, aunque
sea modesto, para el simple pasajero?
-Al grano, al grano, que debe ser
una historia muy divertida con tu carácter tranquilo. ¿Son las últimas
elecciones las que te echan de tu provincia?
-Mi mal viene de más lejos. Hace
cuatro años tenía yo cuarenta, y quinientos mil francos; hoy tengo cuatro años
más y probablemente cincuenta mil francos menos, que perderé con la venta de mi
castillo de Montfleury, a orillas del Ródano, que tiene una situación
soberbia.
»En París estaba cansado de esta
comedia perpetua a la que obliga lo que vosotros llamáis la civilización del
siglo diecinueve. Tenía sed de honradez y sencillez. Compro una propiedad en
las montañas, cerca del Ródano; no había visto nunca nada más hermoso.
»El vicario del pueblo y los
hidalgos del contorno me hacen la corte durante seis meses; les doy de comer.
He dejado París, les digo, para no volver a hablar ni oír hablar de política en
toda mi vida. Como ustedes ven, no estoy suscrito a ningún periódico. Cuantas
menos cartas me trae el cartero, más contento estoy.
»Aquello no era lo que el vicario
había pensado. Al poco tiempo soy objeto de mil demandas indiscretas, y de
toda clase de intrigas, etc. Quería dar doscientos o trescientos francos
anuales a los pobres, me los piden para asociaciones piadosas: la de San José,
la de la Virgen, etc.; me niego en redondo: entonces me Cubren de insultos.
Tengo la debilidad de molestarme. Ya no puedo salir por la mañana a disfrutar
de la belleza de nuestras montañas ñas sin tropezarme con alguna molestia que
me saque de mis cavilaciones para recordarme con desagrado la maldad de los hombres.
En las procesiones de rogativas, por ejemplo, cuyos cantos me agradan (son
probablemente una melodía griega), no bendicen mis campos porque, según dice el
vicario, pertenecen a un impío. Se muere la vaca de una vieja beata aldeana,
dice ésta que la culpa la tiene un estanque vecino que es propiedad del impío
filósofo llegado de París, y a los ocho días me encuentro a todos mis peces
panza arriba, envenenados con cal. Me veo envuelto en toda clase de enredos. El
juez de paz, hombre honrado, pero que tiene miedo de ser destituido, me quita
siempre la razón. La paz de los campos es un infierno para mí. En cuanto me han
visto abandonado por el vicario, jefe de la congregación del pueblo, y sin el
apoyo del capitán retirado, jefe de los liberales, todos se me han venido
encima, desde el albañil, a quien estaba dando de comer hacía un año, hasta el
carretero que quería abusar de mí impunemente al arreglar mis carretas.
»Para tener alguna influencia en que
apoyarme y poder ganar, por tanto, alguno de mis pleitos, me hago liberal;
pero, como tú has dicho, llegan estas endiabladas elecciones, me piden mi
voto...
-¿Para un desconocido?
-Al contrario, para un individuo a
quien conozco de sobra. Me niego a darlo, ¡imprudencia temeraria! Desde aquel
momento, heme aquí con los liberales también en contra, mi situación se hace
intolerable. Estoy seguro de que si al vicario se le ocurre decir que yo había
asesinado a mi criada, hubiera habido veinte testigos de los dos partidos que
habrían jurado haberme visto cometer el crimen.
-Quieres vivir en el campo sin
servir a las pasiones de tus convecinos, hasta sin escuchar sus murmuraciones.
¡Qué falta!...
-Por fin está reparada. Montfleury
está en venta, perderé cincuenta mil francos si es preciso, pero estoy
contentísimo, me veré libre de este infierno de hipocresía. Voy a buscar la
soledad y la paz del campo en el único lugar donde existen en Francia, en un
cuarto piso de los Campos Elíseos. Y aún tengo que pensar
si
no me conviene empezar mi carrera política en el barrio del Roule repartiendo
el pan bendito en la parroquia.
-Todo esto no te hubiera ocurrido en
tiempos de Bonaparte -dijo Falcoz, con los ojos brillantes de cólera y de
pesar.
-Bueno, pero ¿por qué no ha sabido
mantenerse en su sitio tu Bonaparte? Él tiene la culpa de todo lo que hoy tengo
que soportar.
En este punto Julien redobló su
atención. Por las primeras palabras había comprendido que el bonapartista
Falcoz era el antiguo amigo de la infancia del señor de Renal, repudiado por él
en 1816; y el filósofo Saint-Giraud debía ser hermano del jefe de negociado de
la Prefectura de..., que sabía hacerse adjudicar en buenas condiciones las
casas propiedad del municipio.
-Tu Bonaparte es el que tiene la
culpa de todo esto -continuó Saint-Giraud-: un hombre honrado, inofensivo si
los hay, con cuarenta años y quinientos mil francos, no puede establecerse en
provincias para vivir en paz; sus curas y sus nobles le echan de su casa.
-¡No hables mal de él! -exclamó
Falcoz-. Nunca Francia había rayado tan alto en la consideración de los
pueblos como durante los trece años que él reinó. Entonces había grandeza en
todo lo que se hacía.
-Tu emperador, que el diablo se
lleve -repuso el hombre de cuarenta y cuatro años-, sólo fue grande en los
campos de batalla y cuando restableció la hacienda en 1802. ¿Qué pretendió con
su conducta posterior? Con sus chambelanes, su pompa y sus recepciones en las
Tunerías, nos dio una nueva edición de todas las ridiculeces monárquicas. Si la
hubiera corregido, quizás habría podido durar un siglo o dos. Los nobles y los
curas han querido volver a la antigua; pero no tienen la mano de hierro necesaria
para difundirla entre el público.
-¡Tu lenguaje es propio de un
antiguo impresor!
-¿Quién me echa de mis tierras?
-continuó iracundo el impresor-. Los curas, que Napoleón volvió a llamar
mediante su concordato, en vez de tratarles como el Estado trata a los médicos,
a los abogados, a los astrónomos, en vez de considerarles como simples
ciudadanos sin preocuparse de la industria con que tratan de ganarse la vida.
¿Habría hoy nobles insolentes si tu Bonaparte no se hubiese dedicado a hacer
barones y condes? No, ya había pasado la moda. Después de los curas, los pequeños
hidalgos campesinos son los que más me han irritado y me han empujado a hacerme
liberal.
La conversación se hacía
interminable, versaba sobre un tema que ocupará todavía a Francia por espacio
de medio siglo. Como Saint-Giraud repetía una vez más que era imposible vivir
en provincias, Julien, tímidamente, adujo el ejemplo del señor de Renal.
-¡Pardiez, joven, está usted bueno!
-exclamó Falcoz-; ése se ha hecho martillo para no ser yunque, y un martillo de
los más terribles. Pero veo que va a desbancarle el Valenod ese. ¿Conoce usted
a ese sinvergüenza? Éste es el verdadero. ¿Qué dirá su señor de Renal cuando
cualquier día de éstos se encuentre que le han destituido y que Valenod ocupa
su puesto?
-Se quedará a solas con sus crímenes
-dijo Saint-Giraud-. Entonces, joven, ¿conoce usted Verriéres? ¡Pues bien!
Bonaparte, que Dios confunda, y sus mascaradas monárquicas, han hecho posible
el reinado de los Renal y de los Chélan, que han traído después el reinado de
los Valenod y de los Maslon.
Aquella conversación de la más
oscura política asombraba a Julien y le distraía de sus ensueños voluptuosos.
Cuando París, a lo lejos, apareció
por vez primera a sus ojos, le hizo poca impresión. Los castillos en el aire
que se había forjado sobre la suerte que le esperaba tenían que luchar con el
recuerdo, vivo aún, de las veinticuatro horas que acababa de pasar en
Verriéres. Se juraba a sí mismo que no abandonaría nunca a los hijos de su
amiga, y que lo dejaría todo para protegerles, si las impertinencias de los
curas acababan por traer la república y las persecuciones contra los nobles.
¿Qué habría ocurrido la noche de su
llegada a Verriéres si, en el momento en que apoyaba la escalera en la ventana
del dormitorio de la señora de Rénal, hubiera encontrado aquel cuarto ocupado
por un extraño o por el señor de Renal?
Pero también, ¡qué delicia las dos
primeras horas, cuando su amiga quería sinceramente que se marchase y él
abogaba por su causa sentado cerca de ella en la oscuridad! Un alma como la de
Julien está embargada por tales recuerdos una vida entera. El resto de su
entrevista se confundía ya con los primeros tiempos de sus amores, catorce
meses antes.
Julien se vio sacado de su profundo
ensimismamiento porque el coche se paró. Acababan de entrar en el patio de
Correos, calle J. J. Rousseau.
-Quiero ir a la Malmaison -dijo a un
cabriolé que se acercó.
-¿A esta hora, señor? ¿Y para qué?
-¿A usted qué le importa? Andando.
Toda pasión sincera no piensa más
que en sí misma. A mi entender, a esto se debe que sean tan ridículas las
pasiones en París, donde el vecino pretende siempre que los demás se ocupen
mucho de él. Me guardaré mucho de referir los arrebatos de Julien en la
Malmaison. Lloró. ¿A pesar de las horribles tapias blancas recién construidas
aquel mismo año y que dividen el parque? Sí, señor; para Julien, como para la
posteridad, no había diferencia alguna entre Areola, Santa Elena y la
Malmaison.
Por la noche, Julien estuvo dudando
mucho rato antes de entrar en un teatro; tenía ideas extrañas sobre aquel
lugar de perdición.
Una profunda desconfianza le impidió
admirar la vida de París, sólo le impresionaban los monumentos dejados por su
héroe.
«¡Ya estoy en el centro de la
intriga y la hipocresía! Aquí reinan los protectores del padre de Frilair.»
Por la noche del tercer día, la
curiosidad venció a su resolución de verlo todo antes de presentarse al padre
Pirard. Éste le explicó en un tono frío el género de vida que le esperaba en
casa del marqués de La Mole.
-Si al cabo de unos cuantos meses no
resulta usted útil, volverá al seminario, pero por la puerta grande. Va usted
a alojarse en casa del marqués, uno de los más grandes señores de Francia.
Vestirá usted de negro, pero como un seglar que está de luto, y no como un
eclesiástico. Exijo que tres veces por semana continúe sus estudios de teología
en un seminario donde yo le presentaré. Todos los días, a las doce, se
instalará usted en la biblioteca del marqués, que piensa utilizarle para
escribir cartas para sus pleitos y otros negocios. El marqués anota, en dos
palabras, al margen de cada carta que recibe, qué clase de respuesta hay que
dar. Yo he pretendido que al cabo de tres meses estaría usted en condiciones de
redactar esas respuestas, de modo que, de doce que presentará a la firma del
marqués, él pueda firmar ocho o nueve. Por la noche, a las ocho, ordenará usted
su despacho, y a las diez estará libre.
»Pudiera ocurrir -continuó el padre
Pirard- que alguna señora anciana o algún hombre con tono melifluo le haga a
usted entrever inmensas ventajas, o burdamente le ofrezca dinero por ver las
cartas que recibe el marqués...
-¡Oh, señor! -exclamó Julien,
enrojeciendo.
-Es curioso -dijo el cura con una
amarga sonrisa- que siendo como es usted pobre y después de un año de seminario
aún sienta esas indignaciones virtuosas. ¡Tiene usted que haber estado bien
ciego!
«¿Será la fuerza de la sangre?», se
dijo el sacerdote a media voz, como hablando consigo mismo.
-Lo más raro de todo -añadió mirando
a Julien- es que el marqués le conoce a usted... No sé cómo. Le asigna, para
empezar, cien luises de sueldo. Es un hombre que obra siempre por capricho,
éste es su defecto; discutirá con usted por puras puerilidades. Si está
contento, quizá llegue a aumentarle el sueldo hasta ocho mil francos.
»Comprenderá usted, sin embargo
-continuó el cura con tono agrio-, que no va a darle todo este dinero por su
linda cara. Se trata de hacerse útil. En su lugar, yo hablaría poco, y sobre
todo no hablaría nunca de lo que ignoro.
»¡Ah! -siguió-, he pedido informes
para usted; olvidaba la familia del marqués de La Mole. Tiene dos hijos, una
hija y un hijo de diecinueve años, verdadero árbitro de la elegancia, una especie
de insensato que nunca sabe a mediodía lo que va a hacer a las dos. Tiene
talento, es valiente; ha hecho la guerra de España. El marqués espera, no sé
por qué, que se hará usted amigo del joven conde Norbert. Yo le he dicho que
era usted un gran latinista, y quizás espera que enseñe a su hijo algunas
frases hechas de Cicerón y de Virgilio.
»En su lugar, yo no me dejaría nunca
embromar por ese apuesto joven; y antes de ceder a sus proposiciones, perfectamente
corteses, pero algo desvirtuadas por la ironía, me las haría repetir varias
veces.
»No le ocultaré que el joven conde
de La Mole le despreciará seguramente en un principio, porque usted no es más
que un plebeyo. Un antepasado suyo pertenecía a la corte, y tuvo el honor de
que le cortaran la cabeza en la plaza de la Gréve, el 26 de abril de 1574, por
una intriga política. Usted es hijo de un carpintero de Verriéres, y, por
añadidura, está a sueldo de su padre. Pese usted bien estas diferencias y
estudie en Moreri la historia de esta familia; todos los aduladores que comen
en su mesa hacen de vez en cuando lo que llaman alusiones delicadas a ella.
»Mucho cuidado con la forma en que
responda usted a las bromas del señor conde Norbert de La Mole, jefe de un
escuadrón de húsares y futuro par de Francia, y luego no venga a quejárseme
de nada.
-Me parece -dijo Julien,
enrojeciendo mucho- que ni siquiera debería contestar a un hombre que me
desprecia.
-Usted no puede tener idea exacta de
este desprecio. Sólo se mostrará en cumplidos exagerados. Si fuese usted un
necio, podría dejarse engañar por ellos; si quisiese hacer fortuna, debería
dejarse engañar.
-El día que no me convenga todo
esto, ¿pasaré por un ingrato si me vuelvo a mi modesta celda número 103?
-Sin duda alguna -respondió el
cura-, todos los aduladores de la casa le calumniarán. Pero entonces apareceré
yo. Adsum qui feci. Diré que tal resolución es cosa mía.
Julien estaba dolido por el tono
amargo y casi agresivo que advertía en el padre Pirard; aquel tono echaba a
perder por completo el sentido de sus últimas palabras.
El hecho es que el cura tenía
escrúpulos de conciencia por querer a Julien, y sentía una especie de terror
religioso al mezclarse tan directamente en la suerte de otro.
-También conocerá usted -añadió con
la misma desgana y como cumpliendo un penoso deber- a la señora marquesa de La
Mole. Es una mujer alta, rubia, devota, altiva, perfectamente educada y aún
más insignificante. Es hija del viejo duque de Chaulnes, tan conocido por sus
prejuicios nobiliarios. Esta gran dama es una especie de compendio, llevado
hasta el máximo, de lo que en el fondo constituye el carácter de las mujeres de
su rango. No se esfuerza en modo alguno en ocultar que el único título que estima
es haber tenido algún antepasado en las Cruzadas. El dinero viene mucho
después: ¿le sorprende esto? Ya no estamos en provincias, amigo mío.
»Verá usted en su salón a muchos
grandes señores que hablan de nuestros príncipes con un tono de sorprendente
ligereza. La señora de La Mole baja la voz en señal de respeto siempre que
nombra a un príncipe, y sobre todo a una princesa. No le aconsejaría a usted
que dijera delante de ella que Felipe II o Enrique VIII fueron unos monstruos.
Han sido REYES, y esto les concede derechos imprescriptibles respecto a todos
y, especialmente, repecto a los seres de humilde cuna como usted y como yo.
Sin embargo -añadió el padre Pirard-, somos sacerdotes, pues por tal le tomará
a usted, y a título de tales nos considera como lacayos necesarios para su
salvación.
-Señor -dijo Julien-, me parece que
no estaré mucho tiempo en París.
-Enhorabuena; pero tenga en cuenta
que no hay fortuna posible para un hombre de nuestro hábito, sin la protección
de los grandes señores. Con ese algo indefinible, por lo menos para mí, que hay
en su carácter, si no hace fortuna, será perseguido; no hay término medio para
usted. Desengáñese. Los hombres se dan cuenta de que no siente usted el menor
placer cuando le dirigen la palabra; en un país social como éste, está usted
perdido si no consigue que le respeten.
»¿Qué habría sido de usted en
Besancon, sin este capricho del marqués de La Mole? Algún día se dará usted
cuenta de lo excepcional que ha sido su comportamiento con usted, y, si no es
usted un monstruo, le tendrá agradecimiento eterno a él y a su familia.
¡Cuántos pobres curas, más instruidos que usted, se han pasado años y años en
París sin más que los tres reales de su misa y los dos de sus clases en la
Sorbona!... Recuerde lo que le contaba el invierno pasado acerca de los
primeros años de aquel mal sujeto que fue el cardenal Dubois. Por orgulloso que
sea, ¿se figura usted acaso que tiene más talento que él?
»Yo, por ejemplo, hombre tranquilo y
mediocre, pensaba morir en mi seminario; he tenido la ingenuidad de tomarle
cariño. ¡Pues bien!, iba a ser destituido cuando he presentado mi dimisión.
¿Sabe usted a cuánto ascendía mi fortuna? Tenía quinientos veinte francos de
capital, ni más ni menos; ni un solo amigo, apenas dos o tres conocidos. El
marqués de La Mole, a quien no había visto en mi vida, me ha sacado del
atolladero; sólo ha necesitado decir una palabra, y me han dado una parroquia
en la que todos los feligreses son gentes acomodadas por encima de los vicios
groseros, y cuya renta me avergüenza por lo desproporcionada respecto a mi
trabajo. Si le he hecho un sermón tan largo, ha sido para sentarle un poco la
cabeza.
»Una palabra más: tengo la desgracia
de ser irascible; es posible que usted y yo dejemos de hablarnos.
»Si las altiveces de la marquesa o
las bromas de mal gusto del hijo le hacen francamente insoportable esta casa,
le aconsejo que acabe sus estudios en algún seminario a treinta leguas de
París; si puede ser, al norte mejor que al mediodía. En el norte hay más
civilización y menos injusticia, y -añadió, bajando la voz- tengo que
confesarlo, la vecindad de los periódicos de París atemoriza a los tiranuelos.
»Si continuamos en buenas relaciones
y la casa del marqués no le conviene, le ofrezco el puesto de vicario y
partiremos por la mitad lo que rinda la parroquia. Le debo esto, y mucho más
aún -añadió interrumpiendo las palabras de agradecimiento de Julien- por el
singular ofrecimiento que me hizo en Besancon. Si en vez de quinientos veinte
francos, no hubiese tenido nada, me habría usted salvado.
El padre había perdido su tono de
voz cruel. Con gran vergüenza por su parte, Julien sentía las lágrimas en los
ojos; ardía en deseos de echarse en brazos de su amigo. No pudo menos de
decirle con el aire más varonil que logró afectar:
-Mi padre me odió desde la cuna;
ésta ha sido una de mis mayores desgracias; pero ya no me quejaré de la
suerte, que me ha hecho encontrar un padre en usted, señor.
-Está bien, está bien -dijo el
padre, apurado; y encontrando que venía muy al caso una frase de director de
seminario, añadió-: No hay que decir nunca la suerte, hijo mío, diga siempre
la Providencia.
El coche se detuvo; el cochero
levantó el aldabón de bronce de una puerta inmensa: era el PALACIO DE LA MOLE;
y para que a los transeúntes no les cupiese la menor duda, estas palabras se
leían en una lápida de mármol negro colocada encima de la puerta.
Aquella afectación desagradó a
Julien.
«¡Tienen un miedo atroz a los
jacobinos! Ven un Robespierre con su carreta detrás de cada esquina, hasta el
punto que hacen morir de risa, y por otra parte ponen un letrero en sus casas,
para que la canalla pueda identificarlas enseguida en caso de una revuelta y
las saquee.» Comunicó su pensamiento al padre Pirard.
-¡Pobre muchacho! Preveo que pronto
será usted mi vicario. ¡Qué diabólica idea se le ha ocurrido a usted!
-Me parece de sentido común -dijo
Julien.
La gravedad del portero y, sobre
todo, la pulcritud del patio despertaron su admiración. Hacía un sol hermoso.
-¡Qué magnífica arquitectura! -le
dijo a su amigo.
Se trataba de uno de aquellos
palacios, de fachada tan vulgar, existentes en el faubourg Saint-Germain,
construidos en tiempos de la muerte de Voltaire. Nunca estuvieron tan alejadas
la
moda
y la belleza.
Capítulo
2
Entrada
en el gran mundo
¡Ridículo y conmovedor recuerdo, el
del
primer salón en el cual, a los
dieciocho años,
hice mi entrada solo y sin ayuda de
nadie! La mirada de una
mujer bastaba para intimidarme.
Cuanto mayor era mi
deseo de agradar, más torpe
resultaba. Todo lo interpretaba
mal; tan pronto me confiaba
sin motivo, como veía en cualquiera
un enemigo,
porque me había mirado con gravedad.
Pero en medio
de los horribles tormentos de mi
timidez,
¡qué bello era entonces un hermoso
día!
KANT
Julien se paraba, embobado, en medio
del patio.
-Vamos, sea usted razonable -le dijo
el padre Pirard-; ¡se le ocurren ideas tremendas, y luego no es usted más que
un niño! ¿Dónde está el nil mirari de Horacio? (No entusiasmarse con nada.)
Piense que esta turba de lacayos, al verle instalado aquí, tratará de burlarse
de usted; verán en usted a un igual, al que injustamente han situado por
encima de ellos. Aparentando bondad, buenos consejos, deseos de guiarle,
tratarán de hacerle cometer alguna burda equivocación.
-Les desafío a ello -dijo Julien,
mordiéndose los labios y recobrando toda su desconfianza.
Los salones que atravesaron estos
señores en el primer piso, antes de llegar al gabinete del marqués, habrían
parecido a mis lectores tan tristes como magníficos. Si os los dieran tal y
como están, os negaríais a vivir en ellos; parecían la patria del bostezo y de
los pensamientos tristes. En cambio, aumentaron el embeleso de Julíen. «¡Cómo
puede ser desgraciado -pensaba- quien habite una mansión tan espléndida!»
Por fin, estos señores llegaron a la
más fea de todas las habitaciones de aquel soberbio edificio: apenas si había
luz; allí encontraron a un hombrecillo delgado, de mirada despierta y con una
peluca rubia. El padre se volvió hacia Julien y le presentó. Era el marqués. A
Julien le costó mucho trabajo reconocerle, tan cortés lo encontró. No era ya el
gran señor, de porte altanero, de la abadía de Bray-le-Haut. A Julien le
pareció que su peluca tenía demasiado pelo. Al darse cuenta de esto, no se
sintió intimidado en lo más mínimo. Al principio, le pareció que el descendiente
de Enrique III tenía un aspecto bastante mezquino. Estaba muy delgado y se
movía mucho. Pero muy pronto advirtió que el marqués tenía una cortesía mucho
más agradable para su interlocutor que la del propio obispo de Besancon. La
audiencia apenas duró tres minutos. Al salir, el sacerdote le dijo a Julien:
-Ha mirado usted al marqués como si
estuviese contemplando un cuadro. No soy un gran experto en lo que estas
gentes llaman cortesía, pronto sabrá usted mucho más que yo; pero, en fin, la
osadía de su mirada me ha parecido poco correcta.
Habían vuelto a subir al coche; el
cochero se detuvo cerca del bulevar; el cura introdujo a Julien en una serie de
grandes salones. Julien observó que no estaban amueblados. Estaba mirando un
magnífico reloj dorado, que, a su entender, representaba un tema muy indecente,
cuando se acercó a él, sonriendo, un señor muy elegante. Julien inició un
saludo.
El señor sonrió y le puso la mano en
el hombro. Julien se estremeció y dio un salto atrás. Estaba rojo de cólera.
El padre Pirard, a pesar de su gravedad, se rió hasta que se le saltaron las
lágrimas. El señor en cuestión era un sastre.
-Le dejo a usted en libertad -le
dijo al salir- durante dos días; sólo entonces podrá ser presentado a la señora
de La Mole. Otro quizá le vigilaría a usted como a una cándida doncella en
estos primeros momentos de su estancia en esta nueva Babilonia; si ha de
perderse, piérdase cuanto antes, y me veré libre de la debilidad de
preocuparme por usted. Pasado mañana, por la mañana, el sastre le enviará dos
trajes; dará usted cinco francos al
aprendiz
que se los pruebe. Por lo demás, procure que estos parisienses no oigan el
sonido de su voz. Si dice una palabra, encontrarán el medio de burlarse de
usted. Es su especialidad. Pasado mañana a mediodía vaya a mi casa... Ahora
vaya y piérdase... ¡Ah!, se me olvidaba, encargue unos zapatos, camisas y un
sombrero en los sitios indicados aquí.
Julien miraba la letra en que
estaban escritas aquellas señas.
-Es letra del marqués -dijo el
padre-; es un hombre activo que todo lo prevé y que prefiere hacer a mandar. Le
toma a usted a su servicio para que le ahorre esta clase de molestias. ¿Tendrá
usted bastante talento para ejecutar bien todas las cosas que este hombre
despierto y sagaz le indicará con medias palabras? Esto es lo que nos dirá el
porvernir; ¡cuidado con lo que hace!
Julien entró sin decir una palabra
en casa de los comerciantes que indicaban las, señas; observó que era recibido
con respeto, y el zapatero, al escribir su nombre en su libro, puso señor
Julien de Sorel.
En el cementerio del Pére-Lachaise,
un señor muy obsequioso, y aún más liberal en sus palabras, se ofreció para
indicar a Julien la tumba del mariscal Ney, a la que una sabia política ha
privado del honor de un epitafio. Pero al separarse de aquel liberal, que con
lágrimas en los ojos casi le estrechaba entre sus brazos, Julien se había
quedado sin reloj. Adiestrado con esta experiencia, dos días después, a las
doce del día, se presentó al padre Pirard, que le miró muy detenidamente.
-Puede que se convierta usted en un
fatuo -le dijo el cura con severidad.
Julien tenía el aspecto de un hombre
muy joven, vestido de luto riguroso; en realidad estaba muy bien, pero el buen
cura era aún demasiado provinciano para darse cuenta de que Julien conservaba
todavía aquel movimiento de hombros que en los pueblos es considerado como un
signo de elegancia e importancia al propio tiempo. Al ver a Julien, el marqués
juzgó sus gracias de un modo tan distinto al del buen cura, que le dijo:
-¿Pondría usted algún reparo a que
el señor Sorel tomara lecciones de baile?
El padre quedó como petrificado.
-No -respondió al fin-, Julien no es
sacerdote.
El marqués, subiendo de dos en dos
los peldaños de una escalerilla excusada, fue en persona a instalar a nuestro
héroe en una linda buhardilla que daba sobre el inmenso jardín del palacio. Le
preguntó cuántas camisas se había encargado en casa del camisero.
-Dos -respondió Julien, intimidado
al ver a un señor tan poderoso descender a tan pequeños detalles.
-Muy bien -repuso el marqués con
aire serio y con cierto tono imperativo y breve, que dio que pensar a Julien-;
¡muy bien! Encárguese otras veintidós. Aquí tiene usted el primer trimestre de
su sueldo.
Al bajar de la buhardilla, el
marqués llamó a un hombre de edad.
-Arsenio -le dijo-, encárguese de
servir al señor Sorel.
Pocos momentos después, Julien se
encontró solo en una magnífica biblioteca; aquel momento fue delicioso. Para
que no le sorprendieran en medio de su emoción, fue a ocultarse en un rincón
oscuro, desde donde contemplaba en éxtasis el lomo brillante de los libros:
«¡Podré leer todo esto! -se decía-. ¿Cómo podría no encontrarme a gusto aquí?
El señor de Rénal se hubiera creído deshonrado para siempre con la centésima
parte de lo que el marqués de La Mole acaba de hacer por mí. Pero veamos las
copias que hay que hacer».
Terminado este trabajo, Julien se
atrevió a acercarse a los libros; estuvo a punto de volverse loco de alegría
al encontrarse con una edición de Voltaire. Corrió a abrir la puerta de la
biblioteca para no ser sorprendido. Luego se dio el gusto de hojear uno por
uno los ochenta volúmenes. Estaban magníficamente encuadernados, eran la obra
maestra del mejor artesano de Londres. No hacía falta tanto para que llegase a
su colmo la admiración de Julien.
Una hora después entró el marqués,
miró las copias y notó con asombro que Julien escribía ello con i griega, eyo.
«¿Será un cuento todo lo que me ha dicho el padre de su ciencia?»
El marqués, muy desencantado, le
dijo con dulzura:
-¿No está usted seguro de su
ortografía?
-Es cierto -dijo Julien, sin pensar
ni remotamente en el daño que se hacía; estaba emocionado por las bondades del
marqués, que le recordaban, por contraste, el tono áspero del señor de Rénal.
«Toda la experiencia de este buen
padre del banco Condado es tiempo perdido; pero ¡tenía tanta necesidad de un
hombre fiel!», pensó el marqués.
-Ello se escribe con elle -le dijo
el marqués-. Cuando termine usted las copias, busque en el diccionario las
palabras de cuya ortografía no esté muy seguro.
A las seis-le mandó llamar; miró con
pena evidente las botas de Julien.
-Tengo que reprocharme una falta; no
le he dicho que tiene que vestirse todos los días a las cinco y media.
Julien le miraba sin comprender.
-Quiero decir ponerse calzón corto y
medias. Arsenio se encargará de recordárselo; hoy yo le excusaré.
Diciendo estas palabras, el marqués
de La Mole hizo pasar a Julien a un gran salón resplandeciente de adornos
dorados. En ocasiones semejantes, el señor de Rénal no dejaba nunca de apretar
el paso para entrar el primero. La vanidad de su antiguo amo hizo que Julien
caminase demasiado cerca del marqués y le pisase, haciéndole mucho daño a causa
de la gota que padecía. «¡Ah!, encima es un palurdo», díjose éste. Le presentó
a una señora alta y de aspecto imponente. Era la marquesa. A Julien le pareció
que tenía un aire impertinente, un poco como la señora de Maugiron, la mujer
del subprefecto de la circunscripción de Verriéres, cuando asistía a la comida
del día de San Carlos. Un poco azorado por la magnificencia del salón, Julien
no oyó lo que decía el marqués de La Mole. La marquesa apenas si se dignó
mirarle. Estaban presentes varios hoces, entre los cuales Julien reconoció, con
un placer indecible, al joven obispo de Agde, el que se dignara hablarle
algunos meses antes en la ceremonia de Bray-le-Haut. Este joven prelado se
asustó, sin duda, de las tiernas miradas que fijaba sobre él la timidez de
Julien, y ni por asomo reconoció a aquel provinciano.
Julíen creyó advertir que los
hombres reunidos en aquel salón tenían cierto aire triste y afectado; en París
se habla bajo y no se exageran las cosas pequeñas.
Un joven guapo, con bigote, muy
pálido y muy espigado, entró hacia las seis y media; tenía una cabeza muy
pequeña.
-Siempre se ha de hacer esperar -le
dijo la marquesa, a la que besó la mano.
Julien comprendió que aquél era el
conde Norbert. Le pareció encantador desde el primer momento.
«¿Es posible -se decía- que sea éste
el hombre cuyas bromas ofensivas han de echarme de esta casa?»
A fuerza de examinar al conde
Norbert, Julien observó que llevaba botas altas y espuelas. «Y yo he de llevar
zapatos, sin duda como signo de inferioridad.» Se sentaron a la mesa. Julien
oyó a la marquesa que decía alguna palabra severa, levantando un poco la voz.
Casi al mismo tiempo, vio a una joven extremadamente rubia y muy bien formada,
que fue a sentarse frente a él. No le gustó; sin embargo, después de observarla
atentamente, pensó que nunca había visto unos ojos tan hermosos, aun cuando
reflejaban un alma muy fría. Luego Julien encontró que miraban con la expresión
del aburrimiento que examina, pero que recuerda la obligación de inspirar
respeto. «Los ojos de la señora de Renal también eran muy hermosos -se decía-,
todo el mundo se los alababa», pero no tenían nada de común con éstos. Julien
no poseía bastante conocimiento del mundo para distinguir que lo que hacía
brillar de vez en cuando los ojos de la señorita Mathilde -así la oyó llamar-
era el fuego de una maliciosa agudeza. Cuando los ojos de la señora de Renal se
animaban, era por el fuego de la pasión o por efecto de una indignación generosa
al escuchar el relato de alguna mala acción. Hacia el fin de la comida, Julien
dio con una palabra que expresaba la clase de belleza de los ojos de la
señorita de La Mole: «Son centelleantes», se dijo. Por lo demás, como se
parecía cruelmente a su madre, la marquesa, que cada vez le gustaba menos,
dejó de mirarla. En cambio, el conde Norbert le parecía admirable desde todos
los puntos de vista. Julien estaba tan seducido, que no se le ocurrió sentir
envidia ni odiarle porque era más noble y más rico que él.
A Julien le pareció que el marqués
se aburría.
Cuando servían el segundo plato, el
marqués se dirigió a su hijo:
-Norbert, solicito tus atenciones
para con el señor Sorel, a quien acabo de dar un puesto en mi estado mayor y
del cual pretendo hacer un hombre, si eyo es posible. Es mi secretario -le
dijo el marqués a su vecino-, y escribe ello con i griega.
Todo el mundo miró a Julien, que
hizo una inclinación de cabeza, quizá demasiado acentuada a Norbert; pero, en
general, todo el mundo quedó satisfecho de su mirada.
El marqués debía de haber hablado
sobre el género de educación que había recibido Julien, pues uno de los
invitados le interpeló a propósito de Horacio: «Precisamente hablando de Horacio
tuve un éxito con el obispo de Besancon -se dijo Julien-. Por lo visto no
conocen más autor que ése». A partir de aquel momento, se sintió seguro de sí
mismo. Este cambio de actitud le fue tanto más fácil cuanto que acababa de
decidir que la señorita de La Mole no sería nunca a sus ojos una mujer. Desde
su permanencia en el seminario, tenía un concepto muy bajo de los hombres, y
difícilmente se dejaba intimidar por ellos. De hallarse el comedor amueblado
con menos magnificencia, se hubiera sentido en posesión de toda su sangre fría.
Lo que aún le intimidaba eran los enormes espejos, de ocho pies de alto cada
uno, en los que veía a veces a su interlocutor hablando de Horacio. Sus frases
no eran demasiado largas para un provinciano. Tenía unos hermosos ojos, cuya
timidez, asustada o triunfante cuando la respuesta era feliz, duplicaba el
brillo. Le encontraron agradable. Aquella especie de examen daba un poco de
interés a una comida grave. El marqués animó con una seña al interlocutor de
Julien para que le acorralara. «¿Será posible que sepa algo de veras?»,
pensaba.
Julien respondió inventando sus
ideas y perdió una gran parte de su timidez para demostrar no ingenio, cosa
imposible para quien no sabe el idioma que se habla en París, sino algunas
ideas nuevas, aun cuando presentadas sin gracia y sin oportunidad, y se dieron
cuenta de que dominaba perfectamente el latín.
El que discutía con Julien era un
académico de las Inscripciones,[41] que por
casualidad sabía latín; encontró en Julien a un excelente humanista, perdió el
temor de avergonzarle delante de todos y trató realmente de acorralarle. En el
calor de la discusión, Julíen llegó a olvidar el magnífico mobiliario del
comedor y acabó exponiendo sobre los poetas latinos unas cuantas ideas que su
interlocutor no había leído en ninguna parte. Como hombre honrado que era,
rindió honores al joven secretario. Felizmente, se entabló una discusión sobre
si Horacio fue pobre o rico: un hombre amable, voluptuoso y despreocupado, que
hacía versos por entretenimiento, como Chapelle, el amigo de Moliére y de La
Fontaine, o un pobre diablo, un simple poeta laureado, que seguía a la corte y
hacía odas para celebrar el cumpleaños del rey, como Southey, el acusador de
lord Byron. Se habló del estado de la sociedad en las épocas de Augusto y de
Jorge IV; en las dos épocas la aristocracia era todopoderosa; pero en Roma,
Mecenas le había arrebatado el poder, sin ser más que un simple caballero, y
en Inglaterra había reducido a Jorge 1V casi al estado de un dux de Venecia.
Esta discusión pareció sacar al marqués del estado de sopor en que le había
sumido el aburrimiento al principio de la comida.
Julien
no entendía nada de los nombres modernos, como Southey, lord Byron, Jorge IV,
que oía pronunciar por vez primera. Pero todo el mundo se dio cuenta de que,
en cuanto se trataba de hechos ocurridos en Roma, y cuyo conocimiento podía deducirse
de las obras de Horacio, de Tácito, de Marcial, etc., demostraba una
superioridad incontestable. Julíen se apropió tranquilamente unas cuantas ideas
que le había oído al obispo de Besancon en la famosa discusión que sostuvo con
aquel prelado; ciertamente no fueron las menos celebradas.
Cuando se cansaron de hablar de los
poetas, la marquesa, que se imponía como obligación admirar todo aquello que divertía
a su marido, se dignó mirar a Julien.
-Los modales torpes de este joven
clérigo ocultan quizás a un hombre instruido -le dijo a la marquesa el
académico que se sentaba a su lado.
Julien oyó algo de lo que decía.
Las frases hechas eran bastante a
propósito para el talento de la dueña de la casa; aceptó aquella que se refería
a Julien, y se sintió muy satisfecha de haber invitado al académico a cenar.
«Divierte al marqués de La Mole», pensaba.
Capítulo
3
Los
primeros pasos
Ese valle inmenso, lleno de luces
esplendorosas y
de miles de hombres, deslumbra mi
vista.
Ninguno me conoce.
Todos son superiores a mí. Pierdo la
cabeza.
REINA[42] (Poemi
dell'av)
Al día siguiente, muy temprano,
estaba Julien en la biblioteca escribiendo cartas cuando se abrió una pequeña
puerta de escape, muy bien disimulada por las estanterías llenas de libros, y
entró la señorita Mathilde. Mientras Julien admiraba aquel mecanismo, la
señorita Mathilde parecía muy contrariada de encontrarle allí. A Julien le
pareció que con los rulos tenía un aire duro, altivo y casi masculino. La
señorita de La Mole poseía el secreto de robar libros en la biblioteca de su
padre, sin que nadie lo notara. La presencia de Julien hacía inútil su incursión
matutina, lo que la contrarió tanto más cuanto que iba a buscar el segundo tomo
de La princesa de Babilonia, de Voltaire, ¡digno complemento de una educación
eminentemente monárquica y religiosa, obra maestra de las monjas del Sagrado
Corazón! Aquella pobre muchacha, a los diecinueve años, necesitaba ya de lo
picante del ingenio para interesarse por una novela.
El conde Norbert apareció por la
biblioteca a eso de las tres; iba a estudiar un periódico para poder hablar de
política por la noche, y le agradó encontrar a Julien, a quien había olvidado
por completo. Estuvo correctísimo con él: le invitó a montar a caballo.
-Mi padre nos da permiso hasta la
hora de cenar.
Julien comprendió aquel nos y lo
encontró encantador.
-¡Dios mío, señor conde! -dijo
Julien-, si se tratara de derribar un árbol de ochenta pies de alto,
desbastarlo y cortarlo en tablas, me atrevo a decir que lo haría bien; pero
montar a caballo... no lo he hecho más de seis veces en mi vida.
-Bueno, pues hoy será la séptima
-dijo Norbert.
En el fondo, Julien recordaba la
entrada del rey de... en Verriéres, y creía que montaba maravillosamente a
caballo. Pero al volver del bosque de Bolonia y querer esquivar bruscamente un
coche en medio de la calle de Bac, se cayó, llenándose de barro. Afortunadamente
tenía dos trajes. Durante la cena, el marqués, para dirigirle la palabra, le
preguntó qué tal había sido el paseo. Norbert se apresuró a contestar en
términos generales.
-El señor conde me abruma con sus
bondades -repuso Julien-, y yo se lo agradezco en lo que vale. Se ha dignado
proporcionarme un caballo manso y dócil; pero no podía atarme a él, y, a falta
de esta precaución, me he caído en medio de esa calle tan larga, cerca del
puente.
La señorita Mathilde intentó en vano
reprimir una carcajada; luego, en su indiscreción, pidió detalles de la caída.
Julien salió del paso con mucha sencillez; tuvo gracia sin darse cuenta de
ello.
-Le auguro un buen porvenir a este
joven cura -le dijo el marqués al académico-; ¡un sencillo provinciano, en
semejante situación, es algo que no se ha visto nunca ni creo que vuelva a
verse jamás! ¡E incluso se atreve a contar su desgracia delante de las señoras!
Julien logró entretener de tal modo
a sus oyentes mientras hablaba de su infortunio, que al final de la comida,
cuando la conversación general tomó otro rumbo, la señorita Mathilde preguntaba
a su hermano detalles del desgraciado accidente. Como sus preguntas continuaban
y la mirada de Julien se cruzó varias veces con la de ella, se atrevió a
contestar directamente, aunque no le hubiese dirigido la pregunta a él, y los
tres acabaron riendo como si fuesen tres jóvenes aldeanos que charlaran en el
fondo de un bosque.
Al día siguiente, Julien asistió a
dos clases de teología y volvió luego a transcribir una veintena de cartas.
Encontró instalado cerca de él, en la biblioteca, a-un joven atildadamente
vestido, pero de aspecto ruin y expresión en la que aparecía retratada la
envidia.
Entró el marqués.
-¿Qué hace usted aquí, señor
Tanbeau? -le dijo a aquel individuo en tono severo.
-Creía... -repuso el joven,
sonriendo rastreramente.
-No, señor, usted no creía nada. Ha
probado usted suerte, pero le ha salido mal.
El joven Tanbeau se levantó furioso
y desapareció. Era un sobrino del académico amigo de la marquesa de La Mole, y
quería dedicarse a las letras. El académico había conseguido que el marqués le
tomara como secretario. Tanbeau, que trabajaba en un cuarto apartado, al saber
el favor de que gozaba Julien, quiso compartirlo, y por la mañana fue a
instalar su escribanía en la biblioteca.
A las cuatro, después de dudarlo un
poco, Julien se atrevió a presentarse en los aposentos del conde Norbert. Éste
se disponía a montar a caballo, y se azoró un tanto, pues era extremadamente
cortés.
-Creo -le dijo a Julien- que pronto
empezará usted a ir al picadero; y dentro de pocas semanas estaré encantado de
montar a caballo con usted.
-Quería tener el honor de dar las
gracias al señor conde por sus bondades para conmigo, y puede creerme que sé
perfectamente cuánto le debo. Si su caballo no está herido a consecuencia de
mi torpeza de ayer, y está libre, desearía montarlo hoy.
-Bueno, mi querido Sorel, pero por
su cuenta y riesgo. Suponga usted que le he hecho todas las objeciones que
aconseja la Prudencia; el hecho es que son las cuatro y no tenemos tiemPo que
perder.
Una vez a caballo, Julien preguntó
al joven conde:
-¿Qué hay que hacer para no caerse?
-Muchas cosas -respondió Norbert
riendo a carcajadas-: por ejemplo, echar el cuerpo hacia atrás.
Julien
emprendió un trote largo. Estaban en la plaza de Luis XVI.
-¡Joven
temerario -le dijo Norbert-, hay demasiados coches y en su mayor parte guiados
por imprudentes! Si cae usted, sus tíl- buris pasarán por encima de su cuerpo;
no van a arriesgarse a estropear la boca de su caballo, parándolo en seco.
Veinte
veces vio Norbert a Julien a punto de caer; pero el paseo terminó al fin sin
ningún accidente. Al volver, el joven conde dijo a su hermana:
-Te
presento un jinete temerario.
En
la comida, hablando con su padre de un extremo a otro de la mesa, hizo justicia
al atrevimiento de Julien; era lo único digno de elogio en su modo de montar a
caballo. El joven conde había oído por la mañana cómo los mozos que limpiaban
los caballos en el patio aprovechaban la caída de Julien para burlarse de él
despiadadamente.
A
pesar de tantas bondades, pronto Julien se sintió completamente aislado en
medio de aquella familia. Todas sus costumbres le parecían extrañas, y no
lograba adaptarse a ellas. Sus torpezas eran la diversión de los criados.
El
padre Pirard se había marchado a su parroquia. «Si Julien no es más que una
débil caña, que se hunda; si es un hombre de corazón, que salga adelante por su
propio esfuerzo», pensaba.
Capítulo
4
El palacio de La Mole
Que fait-il ici? s'y plairait-il?
penserait-il y plaire?[43]
RONSARD
Si
todo le parecía extraño a Julien en el noble salón del palacio de La Mole,
aquel joven pálido y vestido de negro les parecía a su vez muy singular a los
que se dignaban fijarse en él. La señora de La Mole le propuso a su marido que
le mandara fuera con algún encargo, cuando tuvieran a ciertos personajes
invitados a comer.
-Quiero
llevar la experiencia hasta el fin -respondió el marqués-. El padre Pirard
pretende que estamos en un error al herir el amor propio de la gente que
admitimos a nuestro lado. Uno sólo se apoya en lo que resiste, etc. Éste sólo
desentona por ser una cara desconocida, por lo demás es sordomudo.
«Para
poder identificarlos más fácilmente -se dijo Julien-, voy a anotar los nombres
y unos cuantos rasgos sobre el carácter de las personas que voy conociendo en
este salón.»
En
primer término puso a cinco o seis amigos de la casa que le hacían la corte por
si acaso, suponiéndole protegido por un capricho del marqués. Eran pobres
peleles, más o menos insignificantes; pero, preciso es decirlo en honor de
esta clase de hombres, tal y como suelen encontrarse hoy en día en los salones
de la aristocracia, no eran igualmente serviles con todo el mundo- Alguno de
ellos se hubiera dejado maltratar por el marqués y, en cambio, revuelto contra
una palabra dura que le hubiese dirigido la señora de La Mole.
Había
demasiado orgullo y demasiado hastío en el fondo del carácter de los dueños de
la casa; estaban demasiado habituados a ultrajar por distraerse, para que
pudiesen esperar tener amigos verdaderos. Pero, excepción hecha de los días de
lluvia y de las crisis agudas de aburrimiento feroz, que eran raras, siempre se
comportaban con la más exquisita cortesía.
Si los cinco o seis aduladores que
le demostraban a Julien una amistad tan paternal hubiesen desertado del palacio
de La Mole, la marquesa se habría visto expuesta a grandes momentos de soledad;
y para las mujeres de su rango la soledad es horrible: es el símbolo de la
desgracia.
El marqués era irreprochable con su
mujer; procuraba que su salón estuviera suficientemente frecuentado; no por
pares, pues, no encontraba a sus nuevos colegas lo bastante nobles para que
fuesen a su casa como amigos, ni lo bastante divertidos para admitirlos como
inferiores.
Julien no penetró en estos secretos
hasta mucho más tarde. La política dirigente, que constituye el principal tema
de conversación en las casas burguesas, sólo se abordaba en las de la clase
del marqués en momentos de desesperación.
Tal es aún, incluso en este siglo
tan aburrido, el dominio que ejerce la necesidad de divertirse, que hasta los
días en que había una cena, apenas el marqués abandonaba el salón, todo el mundo
desaparecía. Con tal de no hacer burlas sobre Dios, los curas, el rey, la gente
del gobierno, los artistas protegidos por la corte, o cualquiera de las cosas
establecidas; con tal de no hablar bien de Béranger, ni de los periódicos de la
oposición, ni de Voltaire, ni de Rousseau, ni de nada que supusiera una cierta
libertad de palabra; sobre todo, con tal de no hablar jamás de política, se podía
libremente discutir de todo.
No hay cien mil escudos de renta ni
cordón azul que puedan luchar contra tal carta constitucional de salón. La
menor idea viva era considerada una grosería. A pesar del buen tono, de la
cortesía más exquisita, del deseo de ser agradables, en todos los semblantes se
reflejaba el hastío. Los jóvenes que iban a cumplir con una obligación social,
como temían hablar de algo que permitiese sospechar que tenían alguna idea
propia o que delatara alguna lectura prohibida, se callaban después de alguna
frase elegante sobre Rossini y el tiempo que hacía.
Julien observó que los que solían
mantener viva la conversación generalmente eran dos vizcondes y cinco barones
que el marqués de La Mole había conocido en la emigración. Aquellos señores
disfrutaban de seis a ocho mil libras de renta; cuatro de ellos estaban a favor
de La Quotidienne y tres de la Gazette de France. Uno de ellos llevaba todos
los días alguna anécdota que contar de Palacio, donde no se escatimaba la
palabra admirable. Julien observó que tenía cinco cruces, y los demás, por lo
general, sólo tenían tres.
Como compensación, en la antesala se
veían diez lacayos de librea; y durante toda la velada se servían helados o té
cada cuarto de hora; y a eso de las doce, una especie de cena, con vino de
Champagne.
Ésta era la causa que hacía quedarse
a Julien algunas noches hasta el final. Por lo demás, apenas comprendía que
nadie pudiera escuchar en serio la conversación corriente de aquel salón tan
magníficamente adornado con molduras doradas. A veces miraba a los
interlocutores para asegurarse de que ellos mismos no se burlaban de lo que
decían. «Mi M. de Maistre, que me sé de memoria, ha dicho cosas cien veces más
interesantes -pensaba-, y así y todo es bien aburrido.»
Julien no era el único en darse
cuenta de aquella asfixia moral. Unos se consolaban tomando muchos helados;
otros, dándose el gusto de decir el resto de la velada: «Vengo del palacio de
La Mole, donde me han dicho que Rusia, etc.».
Julíen
supo por uno de los aduladores que, aún no hacía seis meses, la señora de La
Mole había recompensado una asiduidad de más de veinte años haciendo prefecto
al pobre barón de Le Bourguignon, que desde la Restauración era subprefecto.
Aquel gran acontecimiento había
aumentado el celo de todos aquellos señores, que, si antes se molestaban por
muy poca cosa, ahora ya no se molestaban por nada. Muy raras veces se demostraba
una manifiesta falta de consideración, pero dos o tres veces Julien había
sorprendido en la mesa algunos breves diálogos entre el marqués y su mujer,
crueles para los que estaban sentados a su lado. Aquellos nobles personajes no
disimulaban su sincero desprecio por todo lo que no procedía de gente que
hubiera montado en la carroza del rey. Julien observó que la palabra cruzada
era la única que lograba dar a sus semblantes una expresión profundamente
seria, mezclada de respeto. El respeto corriente tenía siempre un cierto matiz
de complacencia.
En medio de toda aquella
magnificencia y de aquel aburrimiento, Julien sólo se interesaba por el
marqués de La Mole; un día le oyó protestar, con gran placer, que él no había
intervenido para nada en el ascenso del pobre Le Bourguignon. Era una atención
para con la marquesa, Julien sabía la verdad por el padre Pirard.
Una mañana que éste trabajaba con
Julien en la biblioteca del marqués, en el eterno pleito de Frilair, dijo
Julien de repente:
-Señor, el comer todos los días con
la marquesa, ¿es uno de mis deberes, o es una consideración que tienen conmigo?
-¡Es un gran honor! -repuso el cura,
escandalizado-. El señor N..., el académico, que desde hace quince años está
haciendo una corte asidua, no ha podido conseguirlo para su sobrino, el señor
Tanbeau.
-Para mí, padre, es la parte más
penosa de mi empleo. Me aburría menos en el seminario. Algunas veces veo
bostezar incluso a la misma señorita de La Mole, que debe de estar acostumbrada,
sin embargo, a la amabilidad de los amigos de la casa. Tengo miedo de quedarme
dormido. Por favor, consiga que me den permiso para ir a comer por cuarenta
sueldos en una humilde posada.
El padre, auténtico advenedizo, era
muy sensible a la honra de comer con un gran señor. Mientras se esforzaba en
hacer comprender a Julien este sentimiento, un ligero ruido les hizo volver la
cabeza. Julien vio a la señorita de La Mole que le estaba escuchando. Se
sonrojó. Había venido en busca de un libro y lo había oído todo; sintió cierta
consideración por Julien. «Éste no ha nacido de rodillas -pensó- como este
viejo cura. ¡Dios mío, qué feo es!»
Durante la comida, Julien no se
atrevía a mirar a la señorita de La Mole, pero ella tuvo la bondad de dirigirle
la palabra. Aquel día esperaban mucha gente, ella le instó a que se quedara.
Las muchachas de París no gustan mucho de la gente de cierta edad, sobre todo
cuando viste con desaliño. Julien no necesitó mucha sagacidad para darse
cuenta de que los colegas del señor Le Bourguignon, que se habían quedado en el
salón, tenían el honor de ser el objeto de las continuas bromas de la señorita
de La Mole. Aquel día, hubiese o no afectación por su parte, fue cruel con los
fastidiosos.
La señorita de ha Mole era el centro
de un pequeño grupo que se reunía casi todas las noches detrás de la inmensa
poltrona de la marquesa. De él formaban parte el marqués de Croisenois, el
conde de Caylus, el, vizconde de Luz y otros dos o tres oficiales jóvenes
amigos de Norbert, o de su hermana. Todos aquellos señores se sentaban en un
gran sofá azul. Al extremo del sofá, precisamente al lado opuesto del que
ocupaba la brillante Mathilde, hallábase silencioso Julien, sentado en una
silla de anea bastante baja. Aquel modesto lugar era envidiado por todos los
aduladores; Norbert mantenía en él decorosamente al joven secretario de su
padre, dirigiéndole la palabra o nombrándole un par de veces durante la
velada. Aquel día, la señorita de La Mole le preguntó cuál podría ser la altura
de la montaña en que está situada la ciudadela de Besancon. Julien fue absolutamente
incapaz de decir si aquella montaña era o no más alta que Montmartre. A menudo
se reía de buena gana de lo que se hablaba en aquel grupo; pero se sentía
incapaz de inventar nada semejante. Le parecía como una lengua extranjera, que
entendiera y admirara, pero que no supiera hablar.
Los amigos de Mathilde manifestaban
aquella noche una continua hostilidad contra todos los que iban llegando al
gran salón. Al principio los amigos de la casa gozaron de prioridad, por ser
los más conocidos. Puede suponerse que Julíen estaría atento; todo le
interesaba, lo mismo el fondo de las cosas que el modo de burlarse de ellas.
-¡Ah! Ahí está el señor Descoulis
-dijo Mathilde-, ya no lleva peluca; ¿será que pretende llegar a la prefectura
por su talento? ¿Para ello exhibe esa calva, que según él está llena de grandes
pensamientos?
-Es un hombre que conoce a todo el
mundo -dijo el marqués de Croisenois-; también frecuenta la casa de mi tío el
cardenal. Es capaz de cultivar una mentira en cada uno de sus amigos durante
años enteros, y tiene doscientos o trescientos amigos. Su talento consiste en
saber cultivar la amistad. Ahí donde le ven ustedes, a las siete de la mañana,
en invierno, ya está lleno de barro, llamando a la puerta de alguno de sus
amigos.
»Riñe con la gente de cuando en
cuando, y escribe siete u ocho cartas con motivo del enfado. Luego se
reconcilia, y escribe otras siete u ocho cartas llenas de arrebatos de
amistad. Pero en donde brilla a gran altura es en la expansión franca y sincera
del hombre honrado que no oculta el menor secreto en su corazón. Recurre a
este procedimiento cuando tiene que pedir un favor. Uno de los vicarios
generales de mi tío es admirable contando la vida y milagros del señor
Descoulis desde la Restauración. Os lo traeré un día.
-¡Bah! No creería una sola palabra
de todo lo que diga; ésos son celos del oficio entre gente de poca monta -dijo
el conde de Caylus.
-El nombre del señor Descoulis
tendrá un puesto en la historia -repuso el marqués-. Ha hecho la Restauración
con el padre de Pradt, y con Talleyrand y Pozzo di Borgo.
-Es un hombre que ha manejado
millones -dijo Norbert-, y no concibo cómo viene aquí a soportar los epigramas
de mi padre, que suelen ser feroces. «¿Cuántas veces ha hecho usted traición
a sus amigos?», le decía, días pasados, de un extremo a otro de la mesa.
-Pero, ¿es cierto que ha hecho
traición? erijo la señorita de La Mole-. ¿Y quién no habrá traicionado a
alguien?
-¡Cómo! -dijo el conde de Caylus a
Norbert-, ¿en su casa el señor Sainclair, ese famoso liberal? ¿Y qué diablos
viene a hacer aquí? Es preciso que yo le aborde, que le hable, que le haga hablar;
dicen que tiene mucho ingenio.
-Pero, ¿cómo va a recibirle tu
madre? -dijo el marqués de Croisenois-. Tiene unas ideas tan extravagantes, tan
generosas, tan independientes...
-Miren ustedes -dijo la señorita de
La Mole-, miren al hombre independiente cómo saluda a monsieur Descoulis,
inclinándose hasta el suelo, y cómo le estrecha la mano. Creí que iba a
besársela.
-Descoulis debe de estar con el
poder en mejores relaciones de lo que nosotros nos figuramos -repuso
Croisenois.
-Sainclair viene aquí para ser de la
Academia -dijo Norbert-, miren cómo saluda al barón L..., Croisenois.
-Sería menos rastrero ponerse de
rodillas -repuso el vizconde de Luz.
-Mi querido Sorel -dijo Norbert-,
usted, que tiene talento, pero que acaba de llegar de sus montañas, procure no
saludar nunca como ese gran poeta ni al mismo Dios Padre.
-Aquí tenemos al hombre de ingenio
por excelencia, al barón Báton -dijo la señorita de La Mole, remedando un poco
la voz del lacayo que acababa de anunciarle.
-Yo creo que hasta los criados se
burlan de él. ¡Qué nombre, barón Báton![44]
-dijo el conde de Caylus.
-«¿Qué importa el nombre?», nos
decía el otro día -repuso Mathilde-. Figúrense ustedes al duque de Bouillon[45] anunciado
por vez primera: yo creo que a la gente lo que le falta es acostumbrarse un
poco...
Julien se apartó del grupo del sofá.
Poco sensible todavía a las encantadoras sutilezas de la burla ligera, para
reírse de una broma necesitaba que tuviera fundamento. En general, en la
charla de aquellos jóvenes sólo percibía el tono despectivo, y ello le
molestaba. Su pudor provinciano o inglés llegaba hasta creer que encerraba un
poco de envidia, en lo cual, desde luego, se equivocaba.
«El conde Norbert -se decía-, que
necesita hacer tres borradores para escribir una carta de veinte líneas a su
coronel, se consideraría muy dichoso si hubiese escrito en su vida una página
como las del señor Sainclair.»
Logrando pasar inadvertido a causa
de su poca importancia, Julien se acercó sucesivamente a varios grupos; seguía
de lejos al barón Báton y quería oírle. Aquel hombre de tanto ingenio tenía un
aire inquieto, y Julíen sólo le vio rehacerse un poco después de haber lanzado
tres o cuatro frases punzantes. A Julien le pareció que aquella clase de
talento necesitaba espacio.
El
barón era incapaz de decir una frase sola; necesitaba, por lo menos, cuatro
frases de seis líneas cada una para ser brillante.
-Este hombre diserta, no habla -dijo
alguien detrás de Julien.
Éste se volvió y enrojeció de placer
al oír nombrar al conde Chalvet. Es el hombre más fino del siglo. Julien había
encontrado su nombre en el Memorial de Santa Elena y en los trozos de historia
dictados por Napoleón. El conde Chalvet era parco en palabras; sus rasgos de
ingenio eran como un relámpago, certeros, vivos, a veces profundos. Si hablaba
de cualquier tema, al punto la discusión avanzaba un paso. Siempre aducía
hechos, daba gusto oírle. Por lo demás, en política era un cínico desvergonzado.
-Yo soy independiente -decía a un
señor que ostentaba tres placas, y del que, al parecer, se estaba burlando-.
¿Por qué quieren que tenga hoy la misma opinión que hace seis semanas? En este
caso, mi opinión sería mi tirano.
Cuatro jóvenes graves que le
rodeaban torcieron el gesto; a aquellos señores no les gustaban las bromas. El
conde vio que había ido demasiado lejos. Felizmente descubrió al honrado señor
Balland, tartufo de la honradez. El conde se puso a hablar con él: la gente se
acercó, pues comprendieron que el pobre Balland iba a ser sacrificado. A fuerza
de moral y de moralidad, aunque horriblemente feo, y después de haber iniciado
su carrera en el gran mundo, de una forma muy difícil de contar, Balland se
casó con una mujer muy rica, que murió; luego con una segunda mujer, también
riquísima, a quien nunca se veía en sociedad. Balland disfruta con gran
humildad de sesenta mil libras
de
renta y, a su vez, tiene aduladores. El conde Chalvet le habló de todo esto, de
una manera despiadada. Pronto se vieron rodeados por un círculo de treinta
personas. Todos sonreían, incluso los jóvenes graves, esperanza del siglo.
«¿Por qué viene a casa del marqués
de La Mole, si evidentemente es el hazmerreír de todos?», pensó Julien. Se
acercó al padre Pirard para preguntárselo.
El señor Balland se marchó con
disimulo.
-¡Bueno! -dijo Norbert-, ya se ha
marchado uno de los espías de mi padre; ya sólo queda el cojo Napier.
«¿Será ésa la clave del enigma?
-pensó Julien-. Pero, en este caso, ¿por qué recibe el marqués al señor
Balland?»
El severo padre Pirard torcía el
gesto en un rincón del salón al oír cómo los lacayos anunciaban a los que iban
llegando.
-Esto es pues una caverna -decía
como Basile-; sólo veo llegar a gentes taradas.[46]
Y es que el severo cura no conocía
nada de lo que rodea a la alta sociedad. Pero por sus amigos los jansenistas
tenía una noción bastante exacta de aquellos hombres que sólo logran entrar en
los salones gracias a su extremada destreza al servicio de todos los partidos,
o a su fortuna escandalosa. Aquella noche, durante un rato, contestó con toda
su alma a las preguntas insistentes de Julien, luego se calló de repente,
desolado de tener siempre que hablar mal de todo el inundo y considerándolo
como un pecado. Bilioso, jansenista y creyente en el deber de la caridad
cristiana, su vida en sociedad era una lucha.
-¡Qué cara tiene ese padre Pirard!
-comentaba la señorita Mathilde cuando Julien volvía hacia el sofá.
Julien se sentó irritado y, sin
embargo, ella tenía razón. El padre Pirard era indudablemente el hombre más
honrado del salón, pero su cara, llena de manchas rojas, contraída por los remordimientos
de su conciencia, le hacía resultar repugnante en aquel momento. «Fíese usted
de las fisonomías -pensó Julien-; cuando el padre Pirard, en su delicadeza, se
reprocha algún pecadillo es cuando tiene un aspecto más odioso; en cambio, en
la cara de Napier, espía reconocido por todos, se lee una expresión de
felicidad pura y tranquila.» El padre Pirard había hecho, sin embargo, muchas
concesiones a su partido: había tomado un criado y se vestía muy bien.
Julien notó algo raro en el salón;
todas las miradas se dirigieron a la puerta y repentinamente se hizo casi el
silencio. El lacayo anunciaba al famoso barón de Tolly, sobre el cual las
recientes elecciones habían atraído todas las miradas. Julien se adelantó y le
vio muy bien. El barón presidía un colegio electoral: tuvo la feliz idea de
escamotear los cuadraditos de papel en que figuraban los votos a favor de uno
de los partidos. Mas para que hubiese compensación, los reemplazaba por otros
trocitos de papel en los que figuraba el nombre de un candidato que le era
grato. Esta maniobra decisiva fue descubierta por unos cuantos electores, que
se apresuraron a felicitar al barón de Tolly. El buen hombre estaba aún pálido
a consecuencia de esta hazaña. Gentes mal intencionadas habían pronunciado la
palabra galeras. El marqués de La Mole le recibió con frialdad. El pobre barón
se apresuró a desaparecer.
-Si nos abandona tan pronto es
porque va a casa del señor Comte1 -dijo el conde Chalvet, provocando la
hilaridad general.
En medio de algunos grandes señores
taciturnos, y de unos cuantos intrigantes, tarados en su mayoría, pero todos
gente de talento, que aquella noche se iban sucediendo en el salón del marqués
de La Mole (se decía que le iban a dar un ministerio), hacía sus primeras armas
el joven Tanbeau. Si bien no tenía aún la finura de las observaciones, se
desquitaba, como veremos, por la energía de sus palabras.
-¿Por qué no condenar a este hombre
a diez años de presidio? -decía en el momento en que Julien se acercaba a su
grupo-. A los reptiles hay que encerrarles en el fondo de un calabozo y dejarles
que se mueran a la sombra, para que su veneno no se haga más fuerte y más
peligroso. ¿De qué sirve imponerle mil escudos de multa? ¿Que es pobre? Bueno,
tanto mejor; pero su partido pagará por él. Merecía quinientos francos de multa
y diez años de calabozo.
«¡Dios santo! ¿Quién será el
monstruo de quien están hablando?», pensó Julien, que admiraba el tono
vehemente y los ademanes bruscos de su colega. La cara pequeña, delgada y
consumida del sobrino favorito del académico era odiosa en aquel momento.
Julien no tardó en descubrir que hablaban del poeta más grande de la época.
-¡Ah, monstruo! -exclamó Julien a
media voz, al tiempo que se le humedecían los ojos con lágrimas generosas-.
¡Ah, miserable! Ya me pagarás este comentario.
-«¡Éstos son, sin embargo -pensaba-,
los hijos pródigos del partido del que el marqués es uno de los jefes! Y este
hombre ilustre, a quien calumnia, ¿cuántas cruces y sinecuras no habría
acumulado si se hubiera vendido, no digo ya al ministerio ramplón del señor de
Nerval, sino a cualquiera de esos ministros pasablemente honrados que hemos
visto sucederse?»
El padre Pirard le hizo desde lejos
una seña a Julien; el marqués de La Mole le acababa de decir algo. Pero cuando
Julien, que en aquel momento escuchaba con los ojos bajos las lamentaciones de
un obispo, se vio libre al fin y pudo acercarse a su amigo, lo encontró
acaparado por ese abominable pequeño Tanbeau. Aquel pequeño monstruo odiaba a
Pirard por considerarle el causante del favor de Julien y le hacía la corte.
«¿Cuándo nos librará la muerte de
toda esta vieja podredumbre?» En estos términos de energía bíblica estaba
hablando aquel ruin literato del respetable lord Holland. Su único mérito
consistía en saber muy bien la biografía de todos los personajes de su época,
y acababa de pasar una rápida revista a todos los que podían aspirar a ejercer
alguna influencia en el reinado del nuevo rey de Inglaterra.
El padre Pirard pasó a un salón
contiguo; Julien le siguió.
-El marqués no es amigo de los
escritorzuelos, se lo advierto; es su única antipatía. Sepa usted latín, griego
si es posible, la historia de los egipcios y de los persas, etc., y le honrará
y le protegerá como a un sabio. Pero no se le ocurra escribir una página en
francés, sobre todo tratando de materias graves y que estén por encima de su
posición en el mundo, porque le llamaría escritorzuelo y le tomaría tirria.
¿Cómo, viviendo en el palacio de un gran señor, no sabe usted la frase del
duque de Castries sobre d'Alembert y Rousseau? «¡Quieren entender de todo y no
tienen mil escudos de renta!»
«¡Aquí, como en el seminario, todo
se sabe! -pensó Julien. Había escrito ocho o diez páginas, bastante enfáticas:
eran una especie de elogio histórico del viejo cirujano mayor, que, según él,
le había hecho hombre-. ¡Y este pequeño cuaderno -se dijo Julienha estado
siempre guardado bajo llave!» Subió a su cuarto, quemó el manuscrito y volvió
al salón. Los brillantes sinvergüenzas se habían marchado, sólo quedaban los
señores condecorados.
En torno a la mesa, que los criados
acababan de traer ya servida, había siete u ocho damas muy nobles, muy
devotas, muy afectadas, de treinta a treinta y cinco años. La brillante
mariscala de Fervaques entró excusándose por lo tarde que llegaba; era más de
medianoche. Fue a colocarse junto a la marquesa. Julien se emocionó
profundamente; tenía los mismos ojos y la misma mirada que la señora de Rénal.
La señorita de La Mole, en un grupo
aún nutrido de amigos, se dedicaba a burlarse del desgraciado conde de Thaler.
Era hijo único del famoso judío, célebre por las riquezas que había adquirido
prestando dinero a los reyes para hacer la guerra a los pueblos. El judío
acababa de morirse, dejando a su hijo cien mil escudos de renta al mes y un
nombre, por desgracia, demasiado conocido. Esta posición singular hubiera
exigido una gran sencillez de carácter o mucha fuerza de voluntad.
Por desgracia, el conde no era más
que un buen muchacho adornado con todo género de pretensiones que le inspiraban
sus aduladores.
El señor de Caylus pretendía que le
habían metido en la cabeza pedir en matrimonio a la señorita de La Mole (a la
que cortejaba el marqués de Croisenois, que sería duque y tendría cien mil
libras de renta).
-¡Ah! No le acuséis de tener
voluntad -decía Norbert compasivamente.
Tal vez el principal defecto del
pobre conde de Thaler era la falta de voluntad. Por esta cualidad de su
carácter hubiera merecido ser rey. Aconsejándose siempre con todo el mundo, no
tenía el valor de seguir hasta el fin ningún parecer.
-Su fisonomía -decía la señorita de
La Mole- habría bastado por sí sola para producirle una alegría eterna.
Era una mezcla singular de inquietud
y descorazonamiento; pero de vez en cuando se advertían en él algunos ramalazos
de importancia y de aquel aire tajante que ha de tener el hombre más rico de
Francia, sobre todo cuando posee una buena figura y no cuenta aún treinta y
seis años.
-Es tímidamente insolente -decía el
marqués de Croisenois.
El conde de Caylus, Norbert y otros
tres o cuatro jóvenes con bigote le tomaron el pelo cuanto quisieron, sin que
él se diera cuenta de ello, y finalmente le despidieron al dar la una:
-¿Son sus famosos caballos árabes
los que le están esperando a usted a la puerta con el tiempo que hace? -dijo
Norbert.
-No, es un tiro nuevo, mucho menos
caro -respondió el conde de Thaler-. El caballo de la izquierda no cuesta cinco
mil francos, y el de la derecha no vale más de cien luises; pero espero que me
crean ustedes si les digo que sólo lo hago enganchar de noche, y eso porque
tiene un trote exactamente igual al del otro.
La observación de Norbert hizo
pensar al conde que era propio de un hombre como él tener la pasión de los
caballos y que convenía que los suyos no se mojasen. Marchóse, y aquellos señores
salieron un momento después, burlándose de él.
Al oír cómo se reían por la
escalera, Julien se dijo: «¡He tenido ocasión de ver el extremo opuesto de mi
situación! No tengo veinte luises de renta al año, y he estado codeándome con
un hombre que tiene veinte luises de renta por hora, y se burlan de él... Haber
visto esto es una cura contra la envidia».
Capítulo
5
La
sensibilidad y una gran dama devota
Une idée un peu vive y a l'air d'une
grossiéreté, tant on y est accoutumé aux mots sans relief. Malheur á qui invente en parlant![47]
FAUBLAS
Después
de varios meses de prueba, he aquí la situación de Julien el día que el
administrador de la casa le entregó el tercer trimestre de su sueldo. El
marqués de La Mole le había encargado llevar la administración de sus tierras
en Bretaña y en Normandía. Julien realizaba frecuentes viajes a ambas
regiones. Estaba encargado, con plenos poderes, de la correspondencia relativa
al famoso pleito con el padre de Frilair, acerca del cual le había puesto en
antecedentes el padre Pirard.
Sobre
las breves notas que el marqués garrapateaba al margen de las cartas que
recibía, Julien redactaba las respuestas, que casi siempre firmaba el marqués.
En
la escuela de teología, sus maestros se quejaban de su falta de asiduidad, pero
no por eso dejaban de considerarle como uno de los alumnos más distinguidos.
Estos diferentes trabajos, emprendidos con todo el ardor de la ambición
reprimida, pronto le arrebataron a Julien los vivos colores que había traído
de la provincia. Su palidez era un mérito a los ojos de sus compañeros, los
jóvenes seminaristas; Julien los encontraba menos perversos, y mucho menos
rastreros ante un escudo que los de Besancon; ellos le creían enfermo del
pecho. El marqués le había dado un caballo.
Temeroso
de ser visto en sus paseos a caballo, Julien les dijo que este ejercicio le
había sido prescrito por los médicos. El padre Pirard le había llevado a
varias reuniones de jansenistas. Julien se quedó muy sorprendido; la idea de la
religión estaba indisolublemente unida en su espíritu a la hipocresía y al afán
de ganar dinero. Admiró a aquellos hombres piadosos y severos que no pensaban
en el presupuesto. Varios jansenistas se habían hecho amigos suyos y le daban
consejos. Un mundo nuevo se abría ante él. En las reuniones de los jansenistas
conoció a un tal conde de Altamira, hombre de cerca de seis pies de estatura,
liberal, condenado a muerte en su país, y devoto. Este extraño contraste, la
devoción y el amor a la libertad, le chocó.
Las
relaciones de Julien con el joven conde se habían enfriado. Norbert había
notado que contestaba con demasiada viveza a las bromas de algunos de sus
amigos. Habiendo cometido dos o tres inconveniencias, Julien se había propuesto
no dirigir nunca la palabra a la señorita Mathilde. Todo el mundo seguía siendo
para él de una finura exquisita en el palacio de La Mole; pero él se sentía
rebajado. Su buen sentido provinciano le explicaba este efecto por el refrán
popular, todo lo nuevo place.
Quizás
era un poco más clarividente que los primeros días, o bien había pasado el
primer entusiasmo producido por la urbanidad parisiense.
En
cuanto dejaba de trabajar era presa de un mortal aburrimiento, éste es el
efecto deprimente de la cortesía admirable, pero tan medida, tan perfectamente
grabada según la posición de cada cual, que distingue a la alta sociedad. Un
corazón algo sensible se da cuenta de su falsedad.
Es
indudable que se puede reprochar a la provincia un tono vulgar o poco cortés.
Pero al contestar siempre se pone algo de pasión. Julien nunca sintió herido
su amor propio en el palacio de La Mole; pero muchas veces, al término de la
jornada, al coger su vela en la antecámara tenía ganas de llorar. En
provincias, un mozo de café se interesa por usted si al entrar en su establecimiento
le ocurre algún accidente. Pero si este accidente tiene algo que puede
mortificar el amor propio de usted, al compadecerle, repetirá diez veces la
palabra molesta. En París tienen la atención de ocultarse para reír, pero usted
se sentirá siempre como un extraño.
Pasaremos
en silencio una multitud de pequeñas aventuras que hubiesen puesto en ridículo
a Julien si no hubiera estado, en cierto modo, por encima del ridículo. Una
sensibilidad exacerbada le hacía cometer mil torpezas. Todos sus placeres eran
meras precauciones: tiraba con la pistola todos los días, siendo uno de los
mejores discípulos del maestro de armas más famoso. En cuanto disponía de algún
rato, en vez de dedicarse a leer como antes, se iba al picadero y pedía los
caballos más resabiados. En los paseos con el picador casi siempre era
derribado al suelo.
El
marqués le encontraba útil a causa de su trabajo tenaz, de su silencio, de su
inteligencia, y poco a poco le fue confiando los trámites de todos los asuntos
difíciles de desenmarañar. En los momentos que le dejaba libre su extremada
ambición, el marqués se dedicaba a los negocios con sagacidad; como estaba en
condiciones de saber noticias, jugaba a la bolsa con fortuna. Compraba casas,
bosques; pero se enfadaba fácilmente.
Daba centenares de luises y pleiteaba por
centenares de francos. Los hombres acaudalados que tienen altas miras buscan en
los negocios más la diversión que el resultado. El marqués necesitaba un jefe
de estado mayor que pusiera en orden de una manera clara e inteligible todos
sus asuntos de dinero.
La
marquesa de La Mole, aunque de carácter tan mesurado, a veces se burlaba de
Julien. Lo imprevisto que la sensibilidad trae consigo produce verdadero horror
a las grandes damas, por ser la antítesis de las conveniencias. Dos o tres
veces el marqués le defendió diciendo: «Si es ridículo en tu salón, en cambio
triunfa en su escritorio». Julien, por su parte, creyó haber adivinado el
secreto de la marquesa. Ésta se dignaba interesarse por todo en el momento en
que anunciaban al barón de La Joumate. Era un ser frío, con una cara impasible.
Era bajo, delgado, feo, muy bien vestido, pasaba la vida en palacio y, en
general, no decía nada de nada. Ésta era su manera de pensar. La marquesa de La
Mole hubiera sido apasionadamente dichosa, por primera vez en su vida, si
hubiera podido convertirle en el marido de su hija.
Capítulo
6
El
modo de expresarse
Su alta misión es juzgar con calma los pequeños incidentes de
la vida cotidiana de los pueblos. Su sabiduría ha de prevenir las grandes iras
por pequeñas causas o por sucesos que la voz de la fama deforma al hacerlos
correr de boca en boca.
GRATIUS
Para ser un recién llegado, que por
altivez jamás preguntaba, Julien no incurrió en demasiadas torpezas. Un día,
obligado por un gran chaparrón a guarecerse en un café de la calle de SaintHonoré,
un hombre corpulento, con levitón de castorina, extrañado de su mirada
sombría, le miró a su vez, exactamente igual que un día le mirara en Besancon
el amante de la señorita Amanda.
Julien se había reprochado
demasiadas veces haber dejado pasar aquel primer insulto como para soportar
aquella mirada. Pidió explicaciones. El hombre del levitón le dirigió entonces
las injurias más soeces; toda la gente del café les rodeó; los transeúntes se
detenían en la puerta. Por una precaución de provinciano, Julien llevaba
siempre consigo unas pequeñas pistolas; en aquel momento su mano las empuñaba
dentro del bolsillo con un movimiento convulsivo. Sin embargo, tuvo serenidad y
se limitó a repetir a su hombre de minuto en minuto:
¿Sus señas, caballero? Le desprecio.
La insistencia con que repetía
aquellas cinco palabras acabó Por llamar la atención de la gente.
-¡Caramba!, ese que habla solo no
tendrá más remedio que darle sus señas.
El hombre del levitón, al oír
repetidamente aquella decisión, arrojó a la cara de Julien cinco o seis
tarjetas. Felizmente, no le alcanzó ninguna en la cara, se había propuesto no
hacer uso de las pistolas más que en caso de que el otro le tocara. El hombre
se marchó, no sin volverse de vez en cuando para amenazarle con el puño y
dirigirle injurias.
Julien se sintió bañado en sudor.
«¡De modo que el hombre más despreciable es capaz de descomponerme hasta ese
punto! -se decía con rabia-. ¿Cómo extirpar esta sensibilidad tan humillante?»
Le hubiera gustado poder batirse en duelo al instante. Pero se encontraba con
una dificultad. ¿Dónde encontrar un testigo en aquel enorme París? No tenía
ningún amigo. Había hecho varios conocidos; pero todos, regularmente, al cabo
de seis semanas dé relación se alejaban de él. «Soy insociable -pensaba-, y
ahora me veo cruelmente castigado.» Por fin se le ocurrió la idea de buscar a
un antiguo teniente del 96.°, llamado Liéven, un pobre diablo, con quien
tiraba al florete muchas veces. Julien se franqueó con él.
-No tengo inconveniente en servirle
de testigo -dijo Liéven-; pero con una condición: si no hiere usted a su
contrario, se batirá usted conmigo inmediatamente.
-Convenido -dijo Julien,
estrechándole la mano con entusiasmo.
Y se fueron a buscar al señor C. de
Beauvoisis, a las señas indicadas en su tarjeta, al final del faubourg
Saint-Germain.
Eran las siete de la mañana. Al
hacerse anunciar en su casa, Julien pensó que podía muy bien ser aquel joven
pariente de la señora de Rénal, destinado en otro tiempo en la embajada de Roma
o de Nápoles, y que le había dado una carta de recomendación al cantante
Geronimo.
Julien entregó a un ayuda de cámara
corpulento una de las tarjetas que le habían arrojado la víspera y una suya.
Les hicieron esperar, a él y a su
testigo, más de tres cuartos de hora; por fin les pasaron a una habitación de
la más exquisita elegancia. Allí se encontraron con un joven alto, de levita
color salmón y blanco, ataviado como una muñeca; sus facciones tenían la
perfección y la insignificancia de la belleza griega. Su cabeza, notablemente
estrecha, remataba en una pirámide de cabellos de un color rubio muy hermoso.
Estaban rizados con el mayor cuidado, sin que hubiera un cabello alborotado.
«Se conoce que este maldito nos ha hecho esperar tanto rato para rizarse el
pelo», pensó el teniente del 96°. La bata de colorines, el pantalón de mañana,
todo, hasta las zapatillas bordadas, era correcto y maravillosamente cuidado.
Su fisonomía, noble y vacua, reflejaba ideas convenientes y raras: el ideal
del hombre amable, el horror a lo imprevisto y a la burla, mucha gravedad.
Julien, a quien su teniente del 96°
había explicado que hacerle esperar tanto tiempo, después de haberle tirado
groseramente las tarjetas a la cara, era una ofensa más, entró bruscamente en
la habitación del señor de Beauvoisis. Tenía intención de ser insolente, pero
hubiese querido al propio tiempo ser de buen tono.
Le sorprendieron tanto los
exquisitos modales del señor de Beauvoisis, su aspecto a un tiempo sereno,
importante y satisfecho de sí mismo, la elegancia admirable de todo lo que le
rodeaba, que en un abrir y cerrar de ojos olvidó sus propósitos de ser
insolente. No era el hombre de la víspera. Su asombro fue tal al encontrarse
con una persona tan distinguida en lugar del individuo grosero que había
encontrado en el café, que no pudo articular una sola palabra. Le presentó una
de las tarjetas que le había echado a la cara.
-Ése es mi nombre -dijo el hombre de
mundo, al cual el traje negro de Julien, tan de mañana, le inspiraba muy poca
consideración-; pero, palabra de honor, no comprendo el motivo...
La manera de pronunciar estas
últimas palabras hizo a Julien recuperar parte de su mal humor.
-Vengo a batirme con usted,
caballero -y explicó el asunto de un tirón.
El señor Charles de Beauvoisis,
después de maduras reflexiones, estaba bastante satisfecho del corte del traje
negro de Julien. «Es de Staub, se ve claramente -se decía mientras le oía hablar-;
el chaleco es de buen gusto, las botas están bien; pero, por otra parte, este
traje negro, tan temprano.... Será para ofrecer
menos
blanco a las balas», pensó el caballero de Beauvoisis.
Después que se hubo dado aquella
explicación, volvió a su exquisita cortesía y trató casi de igual a igual a
Julien. El coloquio fue bastante largo, el asunto era delicado; pero,
ruralmente, Julien no pudo negarse a la evidencia. Aquel joven tan bien educado
que tenía ante su vista no se parecía en lo más mínimo al personaje grosero que
le había insultado la víspera.
Julien sentía una repugnancia
invencible a marcharse y hacía durar la explicación. Observaba la suficiencia
del caballero de Beauvoisis, así se había llamado él mismo, extrañado de que
Julien le llamara sencillamente señor.
Admiraba su gravedad, mezclada con
cierta fatuidad modesta, pero que no le abandonaba un solo instante. Estaba
asombrado de su extraña manera de mover la lengua al pronunciar las
palabras... Pero, en fin, en todo aquello no había el menor motivo para
buscarle disputa.
El joven diplomático se ofrecía a
batirse con mucha gracia, pero el ex teniente del 96.°, que llevaba una hora
sentado, con las piernas separadas, las manos sobre las rodillas y los codos
hacia fuera, declaró que su amigo el señor Sorel no era capaz de buscar pelea a
la alemana con un hombre porque a éste le hubieran robado sus tarjetas de
visita.
Julien salía de muy mal humor. El
coche del caballero de Beauvoisis estaba esperando a la puerta, al pie de la
escalinata; casualmente, Julien levantó los ojos, y en el cochero reconoció a
su hombre de la víspera.
Verle, tirarle de su gran casaca,
echarle abajo del pescante y darle una tanda de fustazos fue obra de un
instante. Dos lacayos quisieron defender a su compañero y le dieron un par de
puñetazos a Julien: pero en el mismo instante montó una de sus pistolas y
disparó sobre ellos, haciéndoles emprender la huida. Todo esto ocurrió en un
minuto.
El caballero de Beauvoisis bajaba la
escalera con la más cómica gravedad, repitiendo con su pronunciación de gran
señor:
-¿Qué es esto? ¿Qué es esto?
Sentía, evidentemente, una gran
curiosidad, pero la importancia diplomática no le permitía demostrar mayor
interés. Cuando se enteró de lo que ocurría, la altivez aún luchó en su
semblante con la sangre fría, un tanto burlona, que no debe desaparecer nunca
de la cara de un diplomático.
El teniente del 96.° comprendió que
el caballero de Beauvoisis tenía ganas de batirse; quiso, diplomáticamente
también, conservar para su amigo las ventajas de la iniciativa.
-¡Lo que es ahora sí que hay motivo
para un duelo! -exclamó.
-Más que sobrado -repuso el
diplomático-. Ese bribón queda despedido -dijo a los lacayos-; que monte otro
en el pescante.
Abrieron la portezuela del coche: el
caballero se empeñó en hacer los honores a Julien y a su testigo. Fueron a
buscar a un amigo del señor de Beauvoisis, que indicó un lugar tranquilo.
Durante el camino, la conversación estuvo muy bien. En todo aquello, lo único
raro era el diplomático en bata.
«Estos caballeros, aunque muy nobles
-pensó Julien-, no son fastidiosos como los que van a comer a casa del marqués
de La Mole; comprendo -añadió un instante después- por qué se permiten faltar
a las conveniencias.» Hablaban de las bailarinas más celebradas por el público
en un baile dado la víspera. Aquellos señores hacían alusiones a anécdotas
picantes que Julien y su amigo, el teniente, ignoraban en absoluto. Julien no
cometió la tontería de pretender conocerlas; confesó llanamente su ignorancia.
Esta franqueza agradó al amigo del caballero; le contó las anécdotas con todos
sus detalles y muy bien.
Una cosa chocó sobremanera a Julien.
Estaban levantando un altar en medio de una calle para la procesión del Corpus,
y el coche tuvo que detenerse un instante. Aquellos señores se permitieron
varias bromas; el cura, según ellos, era hijo de un arzobispo. Jamás en casa
del marqués dé La Mole, que aspiraba a ser duque, se hubiera nadie atrevido a
decir una frase semejante.
El duelo acabó en un momento: Julien
recibió un balazo en el brazo; se lo vendaron con pañuelos empapados en
aguardiente, y el caballero de Beauvoisis suplicó a Julien, con mucha cortesía,
que le permitiese llevarle a su casa en el mismo coche que le había traído.
Cuando Julien indicó el palacio de La Mole, hubo un cambio de miradas entre el
joven diplomático y su amigo. El coche de alquiler de Julien estaba allí, pero
él encontró la con versación de aquellos señores mucho más divertida que la
del buen teniente del 96.°.
«¡Dios mío! ¿Y esto es un duelo?
-pensaba Julien-. ¡Qué suerte haber encontrado a ese cochero! ¡Cuán grande no
sería mi desgracia si hubiera tenido que soportar también este nuevo insulto
en un café!»
La conversación jocosa apenas se
interrumpió. Entonces comprendió Julien que la afectación diplomática sirve
para algo.
«De modo -se decía- que el
aburrimiento no es algo inherente a la conversación entre gente aristocrática.
Éstos se burlan de la procesión del Corpus; se atreven a contar, y con detalles
pintorescos, anécdotas muy escabrosas. Sólo les falta razonar justamente
sobre la cosa pública, y aun esta falta está más que compensada por la gracia
del tono y la exquisita propiedad de sus expresiones.» Julien sentía una viva
inclinación hacia ellos. «¡Qué feliz sería si pudiese verlos con frecuencia!»
Apenas se separaron, el caballero de
Beauvoisis se apresuró a pedir informes: éstos no fueron muy brillantes.
Tenía una gran curiosidad por
conocer a su hombre; ¿podría dignamente hacerle una visita? Las pocas noticias
que obtuvo no resultaban nada alentadoras.
-¡Todo esto es espantoso! -dijo a su
testigo-. Me es imposible confesar que me he batido con un simple secretario
del marqués de La Mole, y además porque mi cochero me ha robado mis tarjetas
de visita. Todo esto me expone a quedar irremisiblemente en ridículo.
Aquella misma noche, el caballero de
Beauvoisis y su amigo divulgaron por todas partes que el tal Sorel, un joven
irreprochable, por otra parte, era hijo natural de un amigo íntimo del marqués
de La Mole. La noticia corrió sin dificultad. Una vez divulgada y admitida, el
joven diplomático y su amigo no tuvieron inconveniente alguno en visitar varias
veces a Julien en el transcurso de los quince días que pasó en su cuarto.
Julien les confesó que sólo había ido a la ópera una vez en su vida.
-¡Pero eso es espantoso, si no se va
a otra parte! Es preciso que su primera salida sea para ver El Conde Ory.
En la ópera, el caballero de
Beauvoisis le presentó al famoso cantante Geronimo, que alcanzaba a la sazón un
éxito inmenso. Julien casi hacía la corte al caballero; aquella mezcla de
respeto hacia sí mismo, de misteriosa importancia y de fatuidad de muchacho le
encantaba. Por ejemplo, el caballero tartamudeaba un poco porque tenía el honor
de ver con frecuencia a un gran señor que tenía este defecto. Nunca había
visto Julien, reunidos en una misma persona, lo ridículo que divierte y la
perfección de modales que un pobre provinciano debe tratar de imitar.
En la ópera se le veía con el
caballero de Beauvoisis; esta relación hizo pronunciar su nombre.
-¿Conque -le dijo un día el marqués
de La Mole- es usted hijo natural de un rico caballero del Franco Condado,
íntimo amigo mío?
El marqués cortó la palabra a
Julien, que quería protestar contra la sospecha de haber contribuido en lo más
mínimo a propagar aquel rumor.
-El caballero de Beauvoisis no ha
querido batirse con el hijo de un carpintero.
-Ya lo sé, ya lo sé -dijo el marqués
de La Mole-; y ahora me toca a mí confirmar ese rumor, que me conviene. Pero
tengo que pedirle a usted un favor, que no le costará más que una media hora
escasa: todos los días de ópera, a las once y media, vaya usted a presenciar,
en el vestíbulo, la salida de la gente del gran mundo. Conserva usted algunos
modales provincianos que es preciso perder; además, no está mal conocer,
siquiera sea sólo de vista, a los grandes personajes, cerca de los cuales yo
puedo. cualquier día confiarle algún encargo. Vaya a la taquilla para que le
conozcan; tiene reservadas las entradas.
Capítulo
7
Un ataque de gota
Tuve un ascenso, no por mis propios méritos,
sino porque mi amo padecía de gota.
BERTOLOTTI
El lector quizás esté sorprendido
por este tono libre y casi amistoso; hemos olvidado decirle que el marqués
llevaba seis semanas confinado en sus habitaciones a consecuencia de un ataque
de gota.
La señorita de La Mole y su madre
estaban en Hieres con la madre de la marquesa. El conde Norbert veía a su padre
sólo un momento; estaban en muy buenas relaciones, pero no tenían nada que
decirse. El marqués de La Mole, reducido al trato con Julien, se sorprendió al
descubrir que tenía ideas propias. Se hacía leer los periódicos. Muy pronto el
joven secretario fue capaz de elegir por sí mismo los pasajes más interesantes.
Había un periódico nuevo que el marqués aborrecía; había jurado no leerlo
nunca, pero hablaba de él todos los días. Julien se reía y admiraba la pobreza
del duelo entre el poder y una idea. Esta mezquindad del marqués le devolvía
toda la sangre fría que estaba a punto de perder durante esas veladas
tete-á-téte con aquel gran señor. El marqués, irritado contra el tiempo
presente, se hizo leer a Tito Livio: la traducción, improvisada sobre el texto
latino, le divertía.
Un día el marqués le dijo con aquel
tono de exagerada cortesía que a menudo irritaba a Julien:
-Me va usted a permitir, querido
Sorel, que le regale un traje azul: cuando crea usted conveniente ponérselo y
venga a verme, le consideraré como el hermano menor del conde de Chaulnes, es
decir, el hijo de mi amigo el viejo duque.
Julien no llegaba a comprender muy
bien de qué se trataba; aquella misma noche ensayó una visita con el traje
azul. El marqués le trató como a un igual. Julien tenía un corazón capaz de
apreciar la verdadera cortesía, pero no tenía idea de los matices. Antes de
aquel capricho del marqués, hubiera jurado que era imposible ser recibido con
más consideración. «¡Qué admirable talento!», se dijo Julien; cuando se levantó
para marcharse, el marqués le pidió disculpas por no poder acompañarle a causa
de su gota.
Esta idea singular preocupó a
Julien: «¿Se estará burlando de mí?», pensó. Fue a pedir consejo al padre
Pirard, quien, menos educado que el marqués, le respondió silbando y hablando
de otra cosa. Al día siguiente, por la mañana, Julien se presentó al marqués,
vestido de negro, con su cartera y sus cartas para firmar. Fue recibido a la
manera antigua. Por la noche, con el traje azul, el tono fue absolutamente
distinto y tan extremadamente cortés como la víspera.
-Puesto que no le aburren demasiado
las visitas que tiene la bondad de hacer a un pobre viejo enfermo -le dijo el
marqués-, tendría usted que hablarle de todos los pequeños incidentes de su
vida, pero con franqueza y sin más preocupación que la de contar las cosas
claras y de una manera divertida. Porque hay que divertirse -continuó el
marqués-; es lo único real que hay en la vida. Un hombre no puede salvarme la
vida todos los días en la guerra, o hacerme un regalo de un millón; pero si yo
tuviese a Rivarol aquí, junto a mi diván, todos los días me quitaría una hora
de sufrimiento y de fastidio. Le traté mucho en Hamburgo, durante la
emigración.
Y el marqués le contó a Julien las
anécdotas de Rivarol con los hamburgueses, que tenían que reunirse cuatro a la
vez para comprender una palabra ingeniosa.
El marqués de La Mole, reducido al
trato de aquel joven clérigo, quiso despabilarle. Picó a Julien en su orgullo.
Puesto que le pedían la verdad, Julien decidió decirlo todo, pero callando dos
cosas: su admiración fanática por un nombre que ponía de mal humor al marqués,
y su absoluta incredulidad, muy poco adecuada a un futuro sacerdote. Su
incidente con el caballero de Beauvoisis llegó muy a propósito. El marqués se
rió, hasta que se le saltaron las lágrimas, de la escena del café de la calle
de Saint-Honoré, con el cochero abrumándole de injurias soeces. Aquélla fue una
época de completa franqueza en las relaciones entre el protector y el
protegido.
El marqués de La Mole se interesó
por aquel carácter singular. Al principio alentaba las ridiculeces de Julien
para divertirse con ellas; pero al poco tiempo encontró más interesante corregir
suavemente los falsos puntos de vista de aquel joven. «Los demás provincianos
que vienen a París -pensaba el marqués- lo admiran todo; éste lo odia todo.
Los otros tienen demasiada afectación; éste no tiene bastante, y los necios le
toman por un necio.»
El ataque de gota se prolongó debido
a los grandes fríos del invierno y duró varios meses.
«Cualquiera le toma afecto a un
bonito perro -se decía el marqués-, ¿por qué me avergüenzo tanto de haberme
encariñado con este joven clérigo? Es original. Le trato como a un hijo. ¿Y
qué inconveniente hay en ello? Si me dura este capricho, me costará un diamante
de quinientos luises en mi testamento.»
Una vez que el marqués se dio cuenta
de la firmeza de carácter de su protegido, cada día le encargaba un nuevo
asunto.
Julien advirtió con espanto que a
veces aquel gran señor le daba decisiones contradictorias sobre un mismo
asunto.
Esto podría comprometerle
gravemente. Julien no volvió a trabajar con él sin presentarle un registro, en
el cual anotaba sus decisiones, que el marqués refrendaba con su firma. Julien
había tomado un empleado, que era el encargado de transcribir las decisiones
relativas a cada asunto en un registro particular. En este registro se
conservaba también la copia de todas las cartas.
Aquella idea le pareció al marqués,
en un principio, el colmo de la ridiculez y del aburrimiento. Pero en menos de
dos meses se dio cuenta de las ventajas. Julien le propuso tomar un empleado,
que hubiera servido a un banquero, para que llevara por partida doble la cuenta
de todos los ingresos y de todos los gastos de las tierras cuya administración
Julien tenía a su cargo.
Estas medidas pusieron tan en claro
sus propios asuntos a los ojos del marqués, que éste se pudo dar el gusto de
emprender dos o tres especulaciones nuevas sin el concurso de su testaferro,
que le robaba.
-Tome tres mil francos para usted
-le dijo un día a su joven ministro.
-Señor, pueden calumniar mi
conducta.
-Entonces, ¿qué quiere usted?
-repuso el marqués de mal humor.
-Que tenga usted la bondad de
extender una orden de pago y estamparla de su puño y letra en el registro; esta
orden de pago me concederá una suma de tres mil francos. Por otra parte, toda
esta contabilidad es idea del padre Pirard.
El marqués, con la misma cara de
aburrimiento que el marqués de Moncade escuchando las cuentas del señor
Poisson, su administrador, extendió la orden de pago.
Por la noche, cuando Julien se
presentaba con el traje azul, nunca se hablaba de negocios. Las bondades del
marqués eran tan halagüeñas para el amor propio, siempre en guardia, de nuestro
héroe, que muy pronto, casi a pesar suyo, llegó a sentir cierto afecto por
aquel amable anciano. Y no es que Julien fuera sensible a la manera que se
entiende en París; pero no era un monstruo, y nadie, después de la muerte del
viejo cirujano mayor, le había hablado con tanta bondad. Observó con extrañeza
que el marqués, para no herir su amor propio, le trataba con una cortesía y una
consideración que nunca había encontrado en el viejo médico. Comprendió, por
fin, que éste se sentía más orgulloso de su cruz de guerra que el marqués de su
cordón azul. El padre del marqués era un gran señor.
Un día, al final de una audiencia
matutina, en traje negro y para tratar de negocios, Julien divirtió de tal modo
al marqués, que éste le retuvo dos horas y quiso a toda costa regalarle algunos
billetes de banco que su testaferro le acababa de traer de la Bolsa.
-Espero, señor marqués, que no me
apartaré del profundo respeto que le debo si le ruego que me permita decir dos
palabras.
-Hable, amigo mío.
-Que el señor marqués se dignará
permitir que rechace este donativo. No se lo concede al hombre del traje negro,
y sólo serviría para desvirtuar las maneras que tiene la bondad de tolerar al
individuo del traje azul.
Saludó con mucho respeto y salió sin
mirar.
Aquel rasgo divirtió al marqués, y
se lo contó por la noche al padre Pirard.
-Tengo que confesarle una cosa,
querido padre. Conozco el nacimiento de Julien y le autorizo a usted a que no
me guarde el secreto sobre esta confidencia.
«Su proceder de esta mañana es noble
-pensó el marqués-, y yo le ennoblezco.»
Poco tiempo después, el marqués pudo
por fin salir.
-Irá usted a pasar dos meses en
Londres -le dijo a Julien-. Los correos extraordinarios y otros le llevarán a
usted las cartas que yo reciba con mis notas marginales. Usted redactará las
respuestas y me las devolverá incluyendo en cada carta su contestación. He
calculado que el retraso sólo puede ser de cinco días.
Corriendo la posta, camino de
Calais, Julien pensaba con extrañeza en la futilidad de los pretendidos
asuntos que tenía que resolver en aquel viaje.
Nada diremos del sentimiento de odio
y casi de horror con que pisó el suelo inglés. Ya conocemos su loca pasión por
Bonaparte. En cada oficial veía un sir Hudson Lowe; en cada gran señor, un
lord Bathurst ordenando las infamias de Santa Elena y recibiendo como
recompensa diez años de ministerio.
En Londres conoció, por fin, la alta
fatuidad. Trabó amistad con algunos jóvenes aristócratas rusos que le
iniciaron.
-Es usted un predestinado, querido
Sorel -le decían-, tiene usted por naturaleza esa expresión fría y a mil leguas
de la sensación presente que tanto nos empeñamos en aparentar.
-No ha entendido usted su siglo -le
decía el príncipe Korasoff-: haga siempre lo contrario de lo que se espera de
usted. Palabra de honor, ésta es la única religión de la época; no sea usted
loco ni afectado, pues entonces esperarán de usted locuras y afectaciones, y no
se cumplirá el precepto.
Julien se cubrió de gloria un día en
el salón del duque de Fitz-Folke, que le había invitado a comer junto con el
príncipe Korasoff. Estuvieron esperándole una hora. El comportamiento de Julien
ante las veinte personas que le esperaban se cita aún en Londres entre los
jóvenes secretarios de embajada. Su actitud fue imponderable.
A pesar de las bromas de los dandis
amigos suyos, quiso ver al célebre Philip Vane, el único filósofo que ha habido
en °Inglaterra después de Locke. Le encontró finalizando su séptimo año de
cárcel. «La aristocracia no bromea en este país -pensó Julien-; Vane está,
además, deshonrado, vilipendiado, etc.»
Julien le encontró animado; la rabia
de la aristocracia le distraía. «Éste es el único hombre alegre que he visto
en Inglaterra», se dijo Julien al salir de la cárcel.
La idea más útil a los tiranos es la
de Dios, le dijo Vane...
Suprimimos el resto del sistema por
cínico.
A su regreso le preguntó el marqués
de La Mole:
-¿Qué idea divertida me trae usted
de Inglaterra? Él se calló.
-¿Qué idea trae usted, divertida o
no? -repitió el marqués vivamente.
-Primo -dijo Julien-, el inglés más
sensato está loco una hora al día; es visitado por el demonio del suicidio, que
es el dios del país.
»2.° El talento y el genio pierden
un veinticinco por ciento de su valor al desembarcar en Inglaterra.
»3.° No hay nada en el mundo tan
bello, tan admirable, tan conmovedor como los paisajes ingleses.
-Ahora me toca a mí -dijo el
marqués-: Primo, ¿por qué se le ocurrió a usted decir, en el baile de la
Embajada de Rusia, que hay en Francia trescientos mil jóvenes de veinticinco
años que desean ardientemente la guerra? ¿Cree usted que esto puede ser una
cosa halagadora para los reyes?
-No se sabe qué hacer cuando se
habla con nuestros grandes diplomáticos -dijo Julien-. Tienen la manía de
entablar discusiones serias. Si uno se limita a los lugares comunes de los
periódicos, pasa por tonto. Si se permite aventurar una idea que tenga algo de
verdad y de novedad, se asombran, no saben qué contestar, y al día siguiente,
a las siete, le mandan decir a uno, por el primer secretario de Embajada, que
ha estado inconveniente.
-No !está mal -dijo el marqués,
riendo-. Por lo demás, apuesto, hombre profundo, a que no ha adivinado usted
lo que ha ido a hacer a Inglaterra.
-Usted perdone -repuso Julien-; he
ido para comer una vez por semana con el embajador del rey, que es el hombre
más cortés que he conocido.
-Ha ido usted a buscar esta cruz
-dijo el marqués-. No quiero que se quite usted el traje negro, y me he
acostumbrado al tono más divertido con que trato al hombre del traje azul.
Hasta nueva orden, fíjese bien en lo que voy a decirle: cuando vea que lleva
esta cruz, será usted el hijo menor de mi amigo el duque de Chaulnes, que, sin
sospecharlo siquiera, lleva seis meses empleado en la diplomacia. Tenga usted
muy en cuenta -añadió el marqués con extremada seriedad, y cortando por lo
sano las demostraciones de gratitud- que no quiero sacarle de su estado. Esto
es siempre una equivocación y una desgracia para el protector y el protegido.
Cuando usted se canse de mis pleitos, o a mí no me convenga tenerle, pediré
para usted una buen parroquia, como la de nuestro amigo el padre Pirard, y nada
más -añadió el marqués muy secamente.
Aquella cruz fue un alivio para el
orgullo de Julien; hablaba mucho más. No se creía ofendido con tanta
frecuencia, ni se consideraba blanco de todas aquellas frases susceptibles de
una interpretación poco cortés y que tan fácilmente se escapan a cualquiera en
el curso de una conversación.
Esta cruz también le valió una
extraña visita: la del señor barón de Valenod, que venía a París a dar las
gracias por su baronía al ministro y a entenderse con él. Iba a ser nombrado
alcalde de Verriéres, en sustitución del señor de Rénal.
Julien se rió mucho para sus
adentros cuando el señor de Valenod le dio a entender que habían descubierto
hacía poco que el señor de Renal era jacobino. El hecho es que, en una reelección
que se preparaba, el nuevo barón era el candidato del ministerio, y en el
colegio electoral del departamento, en realidad muy ultramontano, los liberales
prestaban su apoyo al señor de Renal.
En vano trató Julien de saber algo
de la señora de Renal; el barón, recordando sin duda su antigua rivalidad, fue
impenetrable. Acabó pidiéndole a Julien el voto de su padre para las próximas
elecciones. Julien le prometió escribir.
-Debería usted, caballero,
presentarme al marqués de La Mole.
«En efecto, debería -pensó Julien-;
¡pero presentar a un sinvergüenza semejante!...»
-En realidad -respondió-, soy muy
poca cosa en el palacio de La Mole para atreverme a presentar a nadie.
Julien se lo decía todo al marqués.
Aquella misma noche le contó la pretensión de Valenod y sus hazañas y sus
gestas desde 1814.
-No solamente -repuso el marqués de
La Mole con un aire muy serio- me presentará usted mañana al nuevo barón, sino
que le invito a comer pasado mañana. Será uno de nuestros nuevos prefectos.
-En este caso -replicó Julien
fríamente-, pido para mi padre el puesto de director del asilo de mendigos.
-Enhorabuena -dijo el marqués,
recobrando su aire alegre-; concedido; me esperaba alguna lección de moral. Va
usted progresando.
El señor de Valenod le dijo a Julien
que el administrador de loterías de Verriéres acababa de morir; Julien encontró
divertido dar aquel destino al señor de Cholin, aquel viejo imbécil cuya
petición había recogido un día en el cuarto del marqués de La Mole. El marqués
rió de buena gana de aquella petición que Julien le recitó mientras firmaba la
carta en que pedía el destino al ministro de Hacienda.
Apenas nombrado Cholin, supo Julien
que la diputación del departamento había solicitado aquel puesto para el señor
Gros, el célebre geómetra: aquel hombre generoso sólo tenía mil cuatrocientos
francos de renta, y anualmente prestaba seiscientos al administrador que
acababa de morir para ayudarle a educar a su familia.
Julien se asombró de lo que había
hecho. «Esta familia del difunto, ¿de qué vive actualmente?» «Esto no es nada
-se dijo-; tendré que cometer otras muchas injusticias si quiero llegar, e
incluso aprender a disfrazarlas con hermosas palabras sentimentales: ¡pobre
señor Gros! Él es quien merecía la cruz, y yo soy el que la tiene, y tengo que
obrar con arreglo al sentir del gobierno que me la da.»
Capítulo
8
¿Cuál
es la condecoración que distingue?
Mi agua no me refresca dijo el genio
sediento
Sin embargo, es el pozo más fresco de
todo el Diar-Békir.
PELLICO
Un día regresaba Julien de la
encantadora finca de Villequier, a orillas del Sena, que el marqués de La Mole
consideraba con interés, pues era la única de todas las suyas que había
pertenecido al célebre Boniface de La Mole. En el palacio se encontró a la
marquesa y a su hija, que acababan de llegar de Hyéres.
Julien se había convertido en un
dandi y conocía el arte de vivir en París. Ante la señorita de La Mole se
comportó con la más perfecta frialdad. Parecía como si no guardara el menor
recuerdo del tiempo en que ella le pedía, tan alegremente, detalles de su modo
de caerse del caballo con gracia.
La señorita de La Mole le encontró
más alto y más pálido. Su figura y su porte no tenían ya nada de provinciano;
pero no ocurría lo mismo con su conversación, en la que aún se notaba todavía
demasiada seriedad, demasiado positivismo. A pesar de estas cualidades
razonables, gracias a su orgullo, su conversación no denotaba el menor rastro
de servilismo; solamente se advertía que consideraba como importantes
demasiadas cosas. Pero se veía que era hombre capaz de sostener sus opiniones.
-Carece de ligereza, pero no de
talento -le dijo la señorita de La Mole a su padre, bromeando con él acerca de
la cruz concedida a Julien-. Mi hermano se la ha pedido durante dieciocho
meses, y ¡es un La Mole!
-Sí, pero Julien tiene lo
imprevisto; cosa que no le ha ocurrido nunca al La Mole de que me habla.
Anunciaron al señor duque de Retz.
Mathilde se sintió invadida de un
deseo irresistible de bostezar. Reconocía los antiguos dorados y los asiduos
concurrentes al salón paterno. Se representaba la vida que iba a llevar en París
como la imagen del más perfecto aburrimiento. Y con todo, en Hyéres echaba de
menos París.
«¡Y, sin embargo, tengo diecinueve
años! -pensaba-. Es la edad de la felicidad, según dicen todos esos tontos con
galones dorados.» Estaba mirando ocho o diez nuevos volúmenes de poesías que
se habían ido acumulando en la consola del salón durante su viaje a Provenza.
Tenía la desgracia de poseer más talento que los señores de Croisenois, de
Luz, de Caylus y los demás amigos. Se imaginaba ya todo lo que iban a decirle
sobre el hermoso cielo de Provenza, la poesía, el mediodía, etc., etc.
Aquellos ojos tan hermosos en los
que se reflejaba el aburrimiento más profundo y, lo que es peor, la más
absoluta desesperanza de encontrar el placer, se fijaron en Julien. Por lo
menos él no se parecía a los demás.
-Señor Sorel -le dijo con aquel tono
de voz breve y vivo, tan poco femenino, que suelen emplear las jóvenes de la
clase alta-, señor Sorel, ¿irá usted esta noche al baile del señor de Retz?
-Señorita, no he tenido el honor de
ser presentado al señor duque.
(Se hubiera dicho que este nombre y
este título le desollaban la boca al orgulloso provinciano.)
-Ha encargado a mi hermano que le
lleve con él; y si va usted, podría darme algunos detalles sobre la finca de
Villequier; pues parece que hemos de ir allá en la primavera. Me gustaría saber
si el castillo está habitable y si los alrededores son tan bellos como dicen.
¡Hay tantas reputaciones mal adquiridas!
Julien no contestaba.
-Vaya usted al baile con mi hermano
-añadió ella, muy secamente.
Julien saludó con respeto. «De modo
que hasta en el baile he de rendir cuentas a todos los miembros de la familia;
¿no me pagan como hombre de negocios? -Su mal humor le hizo añadir-:
¡Dios
sabe si lo que le diga a la hija no contrariará los proyectos del padre, del
hermano, de la madre! Es una verdadera corte de príncipe soberano. Para vivir
en ella haría falta ser una perfecta nulidad y, sin embargo, no dar a nadie
derecho a quejarse.
»¡Cómo me desagrada esta alta
muchacha! -pensó, mirando alejarse a la señorita de La Mole, a quien llamaba su
madre para presentarle a unas amigas suyas-. Desluce todas las modas; lleva el
vestido como colgado de los hombros... Está aún más pálida que antes de su
viaje... ¡Qué cabellos tan descoloridos a fuerza de ser rubios; se diría que
la luz los atraviesa!... ¡Cuánta altanería en la manera de saludar y en su
mirada! ¡Qué gestos de reina!»
La señorita de La Mole acababa de
llamar a su hermano en el momento en que éste salía del salón.
El conde Norbert se acercó a Julien:
-Mi querido Sorel -le dijo-, ¿dónde
quiere usted que le recoja esta noche para ir al baile del señor de Retz? Me ha
encargado expresamente que le lleve.
-Sé muy bien a quién debo tantas
bondades -respondió Julien, saludando con una profunda reverencia.
Como su mal humor no encontraba nada
que reprochar al tono de perfecta cortesía e incluso de interés con que le
había hablado Norbert, se puso a reflexionar sobre la respuesta que él había
dado a sus amables palabras. Encontraba en ella un cierto rastro de bajeza.
Por la noche, al llegar al baile,
quedó deslumbrado por la magnificencia del palacio de Retz. El patio de entrada
estaba cubierto de un inmenso toldo de cutí carmesí con estrellas doradas:
nada más elegante. Debajo de este toldo, el patio se había transformado en un
bosque de naranjos y adelfas en flor. Como habían enterrado cuidadosamente los
tiestos, las adelfas y los naranjos parecían emerger del suelo. El camino que
atravesaban los carruajes estaba enarenado.
Aquel conjunto causó un efecto
extraordinario en nuestro Provinciano. No tenía idea de semejante
magnificencia; en un momento su imaginación enfebrecida estuvo a cien leguas
del mal humor. En el coche, camino del baile, Norbert se sentía feliz, y él,
por el contrario, lo veía todo negro; apenas entraron en el patio, se trocaron
los papeles.
Norbert sólo era sensible a ciertos
detalles que habían sido descuidados en medio de tanta magnificencia. Evaluaba
el coste de todo y, a medida que llegaba a un total elevado, Julien advirtió
que se mostraba casi envidioso y se ponía de mal humor.
Por su parte, Julien llegó seducido,
maravillado y casi tímido; por la fuerza de la emoción, al primero de los
salones en que se bailaba. A la puerta del segundo la gente se agolpaba y la
aglomeración era tan grande, que le fue imposible avanzar. El, decorado de
este segundo salón representaba la Alhambra de Granada.
-Hay que reconocer que es la reina
del baile -decía un joven con bigote, cuyo hombro se incrustaba en el pecho de
Julien.
-La señorita Fourmont, que durante
todo el invierno ha sido la más bonita -le contestaba su vecino-, se da cuenta
de que va pasando a segundo plano; fíjate qué cara pone.
-Verdaderamente, despliega todo su
arte para agradar. Mira, mira qué sonrisa tan graciosa cuando se queda sola en
la contradanza. Palabra de honor, es algo extraordinario.
-La señorita de La Mole da la
impresión de ser dueña del placer que le produce su triunfo, del que se da
perfectamente cuenta. Diríase que teme agradar a quien le habla.
-¡Muy bien! Ése es el arte de
seducir.
Julien hacía vanos esfuerzos por ver
a aquella mujer tan seductora: siete u ocho individuos, más altos que él, le
impedían verla.
-Hay mucha coquetería en este recato
tan noble -repuso el joven de los bigotes.
-Y esos grandes ojos azules, que se
cierran tan lentamente en el momento en que están a punto de traicionarse
-repuso el vecino-. Nada más hábil, a fe mía.
-Mira qué aire vulgar tiene la
hermosa Fourmont a su lado -dijo un tercero.
-Ese aire de recato quiere decir:
¡Qué amable sería con usted si fuese el hombre digno de mí!
-¿Y quién puede ser digno de la
sublime Mathilde? -dijo el primero-; algún príncipe soberano, hermoso,
espiritual, apuesto, un héroe de la guerra y con veinte años a lo sumo.
-El hijo natural del emperador de
Rusia..., al cual concederían una soberanía en favor de este matrimonio..., o
sencillamente el conde de Thaler, con su aire de aldeano disfrazado...
La puerta quedó libre, Julien pudo
pasar.
«Puesto que a los ojos de todos
estos muñecos es considerada como algo tan extraordinario, vale la pena que yo
la estudie -pensó-. Así comprenderé en qué consiste la perfección para esa
gente.»
Cuando la buscaba con los ojos,
Mathilde le miró. «Mi deber me llama», se dijo Julien; pero sólo había mal
humor en su expresión. La curiosidad le hizo avanzar con un placer que no tardó
en acrecentar la vista del vestido de Mathilde, muy escotado, a la verdad, de
un modo muy poco halagüeño para su amor propio. «Su belleza tiene juventud»,
pensó. Cinco o seis jóvenes, entre los cuales reconoció Julien a los que había
oído en la puerta, se interponían entre él y ella.
-Usted, señor, que ha estado aquí
todo el invierno, ¿verdad que este baile es el más bonito de la temporada?
-dijo ella.
Él no contestó.
-Este rigodón, de Coulon, me parece
admirable, y estas señoras lo bailan a la perfección.
Los jóvenes se volvieron para ver
quién era el feliz mortal de quien se pretendía con tanto empeño una respuesta.
Ésta no fue muy alentadora.
-Yo no puedo ser buen juez,
señorita; me paso la vida escribiendo: éste es el primer baile de semejante
magnificencia al que he asistido.
Los jóvenes de los bigotes se
escandalizaron.
-Usted es un sabio, señor Sorel
-repuso ella, con un interés más marcado-; ve usted todos estos bailes, todas
estas fiestas, como un filósofo, como Jean-Jacques Rousseau. Estas locuras le
asombran sin seducirle.
Una sola frase había bastado para
apagar la imaginación de Julien y desvanecer todas sus ilusiones. Su boca
adquirió una expresión de desdén, quizás un tanto exagerado.
-Jean-Jacques Rousseau -respondió-
no es más que un necio, en mi opinión, cuando se pone a juzgar el gran mundo;
no lo comprendía, y actuaba en él con un corazón de lacayo advenedizo.
-Escribió El contrato social -dijo
Mathilde con un tono de veneración.
-Abogando por la república y
predicando el derrumbamiento de las dignidades monárquicas, este advenedizo se
siente ebrio de placer si un duque cambia la dirección de su paseo, después de
comer, para acompañar a uno de sus amigos.
-¡Ah, sí! El duque de Luxemburgo, en
Montmorency, acompaña a un tal Coidet, de París... -repuso la señorita de La
Mole con el placer y el abandono del primer goce de la pedantería.
Estaba tan embriagada con su saber
como el académico que descubrió al rey Feretrius. La mirada de Julien continuó
penetrante y severa. Mathilde había tenido un momento de entusiasmo; la
frialdad de su interlocutor la desconcertó profundamente. Su sorpresa fue tanto
mayor cuanto que era ella la que acostumbraba producir este efecto en los
demás.
En aquel momento, el marqués de
Croisenois avanzaba con apresuramiento hacia la señorita de La Mole. Estuvo un
instante a tres pasos de ella, sin poder acercarse a causa del gentío. La
miraba sonriendo ante aquel obstáculo. Cerca de él estaba la joven marquesa de
Rouvray: era una prima de Mathilde. Daba el brazo a su marido, que lo era desde
hacía sólo quince días. El marqués de Rouvray, muy joven también, tenía aquel
aire de necio enamoramiento propio de un hombre que, habiendo hecho un
matrimonio de conveniencia, arreglado exclusivamente por los notarios, se
encuentra con una mujer perfectamente hermosa. El marqués de Rouvray sería
duque a la muerte de un tío de edad muy avanzada.
Mientras el marqués de Croisenois,
que no podía atravesar la multitud, miraba sonriente a Mathilde, ella posaba
sus grandes ojos azules en él y sus vecinos. «¡No puede haber nada más soso que
ese grupo! -decíase a sí misma-. Ahí está Croisenois, que pretende casarse
conmigo; es amable, cortés, tiene modales exquisitos como el marqués de
Rouvray. Si no fueran tan aburridos estos caballeros, serían muy amables. Él
también me acompañará al baile con este mismo aire obtuso y satisfecho. Al
cabo de un año de matrimonio, mi coche, mis caballos, mis trajes, mi castillo a
veinte leguas de París, serán los mejores que pudiera desear, capaces de hacer
morir de envidia a una advenediza, a una condesa de Roiville, por ejemplo;
pero, ¿y después?...»
Mathilde se aburría esperando. El
marqués de Croisenois logró acercarse y le hablaba, pero ella soñaba sin
escucharle. El sonido de sus palabras se confundía para ella con el bordoneo
del baile. Seguía maquinalmente con la vista a Julien, que se había alejado
con aire respetuoso, pero altivo y descontento. Divisó en un rincón, lejos de
la multitud que circulaba, al conde de Altamira, condenado a muerte en su país,
a quien ya conoce el lector. En tiempos de Luis XIV, una de sus antepasadas
estuvo casada con un príncipe de Conti; este recuerdo le protegía algo contra
la policía de la congregación.
«Estoy viendo que sólo la sentencia
de muerte distingue a un hombre -pensó Mathilde-; es la única cosa que no se
compra.
»¡Acabo de hacer una frase
ingeniosa! ¡Qué lástima que no se me haya ocurrido en un momento en que pudiera
lucirme!» Mathilde tenía demasiado buen gusto para colocar en la conversación
una frase pensada previamente; pero tenía también demasiada vanidad para no
estar encantada de sí misma. La expresión de hastío que se pintaba en sus
rasgos se trocó en un aire de contento. El marqués de Croisenois, que seguía
hablándole, creyó entrever el triunfo, y redobló su facundia.
«¿Qué podría objetar a mi frase un
mal intencionado? -se dijo Mathilde-. Yo respondería al crítico: un título de
barón o de vizconde, se compra; una cruz, se da; mi hermano acaba de conseguirla,
y ¿qué ha hecho? Un grado, es algo que se consigue. Con diez años de
guarnición, o un pariente ministro de la guerra, se puede ser jefe de
escuadrón, como Norbert. ¡Una gran fortuna!... Esto es una de las cosas más
difíciles y, por consiguiente, de las más meritorias. ¡Y qué cosa más graciosa!
Es precisamente lo
contrario
de lo que dicen los libros... ¡Bueno!, pues por la fortuna se casan con la hija
del señor Rothschild.
»Realmente, mi frase es profunda. La
sentencia de muerte es todavía la única cosa que a nadie se le ha ocurrido
solicitar.»
-¿Conoce usted al conde de Altamira?
-preguntó al marqués de Croisenois.
Parecía ella volver de tan lejos, y
aquella pregunta tenía tan poca relación con todo lo que el pobre marqués le
estaba diciendo desde hacía cinco minutos, que, a pesar de su amabilidad,
quedó desconcertado. Y, sin embargo, era un hombre de talento y muy reputado
como tal.
«¡Qué rarezas tiene Mathilde!
-pensó-. Esto es un inconveniente, pero en cambio le proporcionará a su marido
una posición social realmente envidiable. No sé cómo se las arregla este
marqués de La Mole; está relacionado con lo mejor de todos los partidos; es un
hombre que no puede hundirse. Y, además, esta rareza de Mathilde puede pasar
por una genialidad. Con un alto nacimiento y una gran fortuna, el genio no es
ridículo, sino que supone una gran distinción. Y, por otra parte, ella tiene,
cuando quiere, esa mezcla de ingenio, de carácter y de oportunidad que da
origen a la amabilidad más perfecta...» Como es difícil hacer dos cosas bien al
mismo tiempo, el marqués contestó a Mathilde en un tono vacuo y como recitando
una lección:
-¿Quién no conoce a ese pobre
Altamira?
Y le contó la historia de su
conspiración ridícula, absurda.
-¡Muy absurda! -respondió Mathilde,
como hablando consigo misma-, pero ha hecho algo. Quiero ver a un hombre;
tráigamelo -le dijo al marqués, que no salía de su asombro.
El conde de Altamira era uno de los
admiradores más fervientes del aire altanero y casi impertinente de la
señorita de La Mole; según él, era una de las personas más hermosas de París.
-¡Qué hermosa estaría en un trono!
-le dijo al marqués de Croisenois, dejándose llevar por él sin dificultad.
No faltan gentes en el mundo que
quieren sentar como principio que no hay nada de tan mal gusto como una
conspiración; esto huele a jacobino. ¿Y qué cosa más fea que un jacobino sin
éxito?
La mirada de Mathilde se burlaba con
el marqués de Croisenois del liberalismo de Altamira, pero le escuchaba con
placer.
«Un conspirador en un baile es un
contraste divertido», pensaba. Le parecía que aquél, con sus negros mostachos,
tenía el aspecto de un león en reposo, pero no tardó en darse cuenta de que su
espíritu sólo era capaz de adoptar un punto de vista; el de la utilidad, la
admiración por la utilidad.
Excepto lo que pudiera dar a su país
un gobierno de (los Cántaras, el joven conde no encontraba cosa alguna que
mereciera su atención. Se apartó con gusto de Mathilde, la persona más seductora
del baile, porque vio entrar a un general peruano.
Desesperando de Europa, el pobre
Altamira se veía reducido a pensar que cuando los Estados de la América
meridional fueran fuertes y poderosos podrían devolver a Europa la libertad
que Mirabeau les envió.[48]
Un torbellino de jóvenes con bigote
se acercó a Mathilde. Ésta se había dado perfecta cuenta de que Altamira no se
había dejado seducir, y estaba picada por su marcha; desde lejos veía cómo
brillaban sus ojos negros al hablar con el general peruano. La señorita de La
Mole miraba a los jóvenes franceses con aquella seriedad profunda que ninguna
de sus rivales podía imitar. «¿Cuál de ellos -pensaba- sería capaz de hacerse
condenar a muerte, aun suponiendo que todas las circunstancias le fuesen
favorables?»
Aquella extraña mirada halagaba a
los pocos inteligentes, pero inquietaba a los demás. Temían que se tradujera en
alguna frase aguda y de difícil respuesta.
«Un nacimiento ilustre da cien
cualidades cuya ausencia me ofendería, lo veo por el ejemplo de Julien -pensaba
Mathilde-; pero anula aquellas cualidades del alma capaces de hacerse condenar
a muerte.»
En aquel momento alguien decía cerca
de ella: «Este conde de Altamira es el hijo segundo del príncipe de San
Nazaro-Pimentel, un Pimentel que intentó salvar a Conradino, decapitado en
1268. Es una de las familias más nobles de Nápoles».
«¡Bonita prueba de mi máxima: un
ilustre nacimiento quita la fuerza de carácter necesaria para hacerse condenar
a muerte! Decididamente, esta noche no hago más que disparatar. Puesto que no
soy más que una mujer como las otras, hay que bailar.» Cedió a los deseos del
marqués de Croisenois, que hacía una hora estaba pidiéndole un galop. Para
consolarse de su fracaso en filosofía, Mathilde quiso ser extremadamente
seductora: el marqués de Croisenois quedó encantado.
Pero ni el baile ni el deseo de
agradar a uno de los hombres más apuestos de la corte pudieron distraer a
Mathilde. Era imposible tener más éxito. Era la reina del baile; lo veía, pero
con frialdad.
«¡Qué vida tan anodina pasaría con
un hombre como Croisenois! -se decía cuando una hora después éste la acompañaba
a su sitio-. ¿Pero qué he de hacer para divertirme -añadió tristemente-, si
después de seis meses de ausencia no lo hago en un baile que sería la envidia
de todas las mujeres de París? Y además me veo en él rodeada de los homenajes
de una sociedad que no puede imaginarse más escogida. Aquí no hay más burgueses
que algunos pares y un Julien o dos a lo sumo. Y, sin embargo -agregaba con
una tristeza creciente-, ¡la suerte me ha concedido infinitos favores:
ilustración, fortuna, juventud...! ¡Desgraciadamente, todo menos la felicidad!
»Las más discutibles de todas mis
dotes son aquellas de las que me han hablado toda la noche. En mi talento sí
creo, pues evidentemente les causo mucho miedo a todos. Si se aventuran a
abordar un tema serio, al cabo de cinco minutos de conversación vienen a
parar, jadeantes y como haciendo un gran descubrimiento, a una cosa que les
estoy repitiendo hace una hora. Soy guapa, tengo esta cualidad, por la que
Madame de Staël lo
hubiera
sacrificado todo, y, sin embargo, es innegable que me muero de aburrimiento. ¿Y
hay alguna razón para que me aburra menos si llego a cambiar mi nombre por el
del marqués de Croisenois?
»Pero, ¡Dios mío! -añadió casi con
ganas de llorar-, ¿no es acaso un hombre perfecto? Es la obra maestra de la
educación de este siglo; no es posible mirarle sin que se le ocurra decir algo
amable y hasta espiritual; es valiente... pero este Sorel es extraño. -Y su
mirada perdía su expresión aburrida y cobraba un aire de enfado-. Le he
advertido que tenía que hablarle, y no se digna presentarse ante mí.»
Capítulo
9
El
baile
El lujo de los atavíos, el brillo de
las luces, los perfumes;
¡tantos brazos bonitos, tantos
hermosos
hombros! ¡Ramos de flores!
¡Arias de Rossini que arrebatan,
pinturas de Cicéri!
¡Estoy fuera de mí!
«Viajes», de UZERI
-Está de mal humor -le dijo la
marquesa de La Mole-, y le advierto que es de mal tono en un baile.
-Sólo tengo dolor de cabeza
-respondió Mathilde con aire desdeñoso-, hace demasiado calor aquí.
En aquel momento, como para dar la
razón a la señorita de La Mole, el viejo barón de Tolly se sintió indispuesto y
cayó al suelo sin sentido; tuvieron que sacarle de allí. Se habló de una
apoplejía, fue un incidente desagradable.
Mathilde
no se preocupó de él en absoluto. Deliberadamente no hacía jamás el menor caso
de los viejos ni de las personas que solían decir cosas tristes.
Se puso a bailar para no escuchar
las conversaciones sobre la apoplejía, que además no lo fue, pues el barón
reapareció al cabo de dos días.
«Pero el señor Sorel no viene», se
dijo de nuevo, después de bailar. Le buscaba casi con los ojos, cuando le vio
en el salón contiguo. Cosa extraña, parecía que había perdido aquel aspecto de
frialdad impasible, tan peculiar en él. No tenía ya aquel aire inglés.
«Está hablando con el conde de
Altamira, mi condenado a muerte -se dijo Mathilde-. Sus ojos despiden un fuego
sombrío; parece un príncipe disfrazado; su mirada es doblemente orgullosa.»
Julien se acercaba al sitio donde
ella estaba, siempre ha-
blando
con Altamira; ella le miraba fijamente, estudiando sus rasgos, tratando de
descubrir en ellos las altas cualidades que pueden proporcionarle a un hombre
el honor de ser condenado a muerte.
Al pasar cerca de ella le decía al
conde de Altamira:
-Sí, ¡Danton era un hombre!
«¡Cielos! ¿Sería él un Danton? -se
dijo Mathilde-; pero si no puede tener unas facciones más nobles, y Danton era
horriblemente feo, y carnicero, según creo.» Julien estaba aún bastante cerca
de ella, no dudó en llamarle; tenía la conciencia y el orgullo de hacer una
pregunta extraordinaria para una muchacha.
-Danton era carnicero, ¿verdad? -le
dijo.
-Sí, para ciertas personas
-respondió Julien con una expresión de desprecio mal disimulada, y con los
ojos brillantes aún por su conversación con Altamira-, pero, desgraciadamente
para las gentes bien nacidas, era abogado en Merry-sur-Seine; es decir,
señorita -añadió con malignidad-, que empezó como muchos pares de los que vemos
aquí. Verdad es que Danton tenía un inconveniente enorme a los ojos de la
belleza, era muy feo.
Estas últimas palabras las dijo
rápidamente, con un aire extraño y, desde luego, muy poco correcto.
Julien esperó un instante, con el
cuerpo ligeramente inclinado y un aire de orgullosa humildad. Parecía decir:
«Me pagan para contestar a sus preguntas y vivo de mi sueldo». No se dignaba
levantar sus ojos hacia Mathilde. Ella, con sus hermosos ojos desmesuradamente
abiertos y fijos en él, parecía su esclava. Por fin, como continuara el
silencio, él la miró del modo que un criado mira a su amo para recibir órdenes.
Aunque sus ojos se encontraron con los de Mathilde, que continuaban fijos en él
con una mirada extraña, se alejó con marcado apresuramiento.
«¡Él, que realmente es tan guapo -se
dijo al fin Mathilde, saliendo de su ensimismamiento-, hacer tal elogio de la
fealdad! ¡Nunca se observa a sí mismo! No es como Caylus o Croisenois. Este
Sorel me recuerda el aire que tiene mi padre cuando imita tan bien a Napoleón
en el baile. -Había olvidado por completo a Danton-. Decididamente, esta noche
me aburro.» Cogió del brazo a su hermano y, a pesar suyo, le obligó a dar una
vuelta por el baile. De pronto se le ocurrió la idea de seguir la conversación
del condenado a muerte con Julien.
La aglomeración era enorme. Sin
embargo, Mathilde logró llegar hasta ellos en el momento en que Altamira, a
dos pasos de ella, se acercaba a una bandeja para tomar un helado. Hablaba con
Julien casi vuelto de espaldas. De pronto se fijó en un brazo de uniforme
bordado, que tomaba otro helado, junto a él. El bordado pareció atraer su
atención, y se volvió del todo para ver al personaje a quien pertenecía aquel
brazo. Al punto, aquellos ojos, tan nobles y tan ingenuos, cobraron una ligera
expresión de desdén.
-¿Ve usted a ese hombre? -le dijo en
voz baja a Julien-. Es el príncipe de Araceli, embajador de... Esta mañana ha
pedido mi extradición a su ministro de Asuntos Exteriores de Francia, señor de
Nerval. Por cierto, allí está, mírele usted, jugando al whist. El señor de
Nerval se siente muy inclinado a entregarme, pues en 1816 les dimos a ustedes
dos o tres conspiradores. Si me devuelven a mi rey, me colgarán en el plazo de
veinticuatro horas. Y seguramente será alguno de estos señoritos de los
bigotes el que
me
eche mano.
-¡Infames! -exclamó Julien, casi en
voz alta.
Mathilde no perdía una sílaba de su
conversación. Todo su aburrimiento había desaparecido.
-No tan infames -repuso el conde de
Altamira-. Le he hablado de mí para poner un ejemplo vivo. Mire usted al
príncipe de Araceli; cada cinco minutos contempla su Toisón de Oro; no cabe en
sí de gozo al ver ese juguete en su pecho. El pobre hombre, en el fondo, no es
más que un anacronismo. Hace cien años, el Toisón era un honor insigne, pero
entonces no lo habría podido alcanzar jamás. Hoy, entre las gentes bien
nacidas, hay que ser un Araceli para enorgullecerse de tenerlo. Hubiera hecho
ahorcar a una ciudad entera para lograrlo.
-¿Lo ha obtenido a este precio?
-preguntó Julien con ansiedad..
-No, precisamente -respondió con
frialdad Altamira-; acaso haya hecho arrojar al río a una treintena de ricos
propietarios de
su
país que pasaban por liberales.
-¡Qué monstruo! -dijo Julien.
La señorita de La Mole, con la
cabeza inclinada y presa del más vivo interés, estaba tan cerca de él, que casi
le rozaba el hombro con sus hermosos cabellos.
-¡Es usted muy joven aún! -respondió
Altamira-. Le decía a usted que tengo una hermana casada en Provenza; es aún
bonita, joven, dulce, una excelente madre de familia, fiel a sus deberes,
piadosa y no beata.
«¿Adónde querrá ir a parar?»,
pensaba la señorita de La Mole.
-Es feliz -continuó el conde de
Altamira-, y lo era en 1815. Entonces yo estaba oculto en su casa, en una finca
cerca de Antibes; pues bien, cuando supo la ejecución del mariscal Ney se puso
a bailar.
-¿Es posible? -dijo Julien,
aterrado.
-Es el espíritu de partido -repuso
Altamira-. En el siglo XIX ya no hay verdaderas pasiones; por eso la gente se
aburre tanto en Francia. Se cometen las mayores crueldades, pero sin crueldad.
-¡Tanto peor! -respondió Julien-.
Cuando se cometen crímenes, por lo menos hay que cometerlos con placer; es lo
único bueno que tienen y el único motivo que puede darles una cierta
justificación.
La señorita de La Mole, olvidando
por completo lo que se debía a sí misma, se había colocado casi entre Altamira
y Julien. Su hermano, que le daba el brazo, acostumbrado a obedecerla, paseaba
su vista por la sala y, para adoptar alguna pose conveniente, fingía estar
detenido por la multitud.
-Tiene usted razón -decía Altamira-;
todo se hace sin el menor placer, y sin acordarse de él, hasta los crímenes.
En este baile quizá podría señalarle a usted diez individuos que se condenarían
por asesinos. Ellos lo han olvidado, y la gente también.[49]
»Hay algunos que se emocionan
profundamente, hasta derramar lágrimas, si su perro se rompe una pata. En el
cementerio del Pére-Lachaisé, cuando se echan flores en su tumba, como dicen
ustedes con tanta gracia en París, se nos dice que reunía todas las cualidades
de los caballeros de pro y se habla de las grandes hazañas de su bisabuelo, que
vivía en tiempos de Enrique IV. Si, a pesar de los buenos oficios del príncipe
Araceli, no me ahorcan, y puedo algún día disfrutar de mi fortuna en París,
tendré mucho gusto en invitarle a comer con ocho o diez asesinos, colmados de
honores y sin remordimientos.
»En esa comida, usted y yo seríamos
los únicos de sangre limpia, pero yo sería despreciado y casi odiado, como un
monstruo jacobino y sanguinario, y usted despreciado sencillamente como hombre
del pueblo, intruso en la buena sociedad.
-Nada más cierto -dijo la señorita
de La Mole.
Altamira la miró extrañado; Julien
no se dignó mirarla.
-Observe usted que la revolución que
yo dirigía fracasó -continuó Altainira- únicamente porque no quise cortar tres
cabezas y distribuir entre nuestros partidarios siete u ocho millones que había
en una caja cuya llave guardaba yo. Mi rey, que hoy arde en deseos de verme
colgado y que antes de la revolución me tuteaba, me hubiera dado el gran
cordón de su orden si hubiese cortado esas tres cabezas y distribuido el dinero
de dicha caja, pues entonces por lo menos habría alcanzado un cierto éxito, y
mi país hubiera logrado una Constitución como... Así va el mundo; es una
partida de ajedrez.
-Entonces -repuso Julien, echando
chispas por los ojos- no conocía usted el juego; ahora...
-¿Cortaría las cabezas, quiere usted
decir, y no sería un girondino, como me daba usted a entender el otro día?...
Le contestaré cuando haya usted matado a un hombre en duelo, cosa mucho menos
fea, sin embargo, que hacerle morir a manos del verdugo.
-¡A fe mía! -dijo Julien-, el fin
justifica los medios. Si en lugar de ser un átomo tuviese algún poder, no
vacilaría en hacer ahorcar a tres hombres para salvar la vida de cuatro.
Sus ojos expresaban el ardor de la
conciencia y el desprecio de los vanos juicios de los hombres; al encontrarse
con los de la señorita de La Mole, que estaba a su lado, aquel desprecio,
lejos de trocarse en una expresión amable y cortés, pareció duplicarse.
Ella se sintió profundamente
ofendida, pero no estaba en su poder olvidar a Julien; se alejó despechada,
arrastrando a su hermano.
«Necesito tomar ponche y bailar
mucho -se dijo-, quiero elegir lo mejor que haya para hacer efecto a toda
costa. Bueno, aquí está ese famoso impertinente, el conde de Fervaques.» Aceptó
su invitación, bailaron. «Se trata de ver -pensó- cuál de los dos es más
impertinente; pero para burlarme plenamente de él, es preciso que le haga
hablar.»
Muy pronto, las demás parejas que
tomaban parte en la contradanza bailaban sólo para cubrir las apariencias.
Nadie quería perderse las agudas réplicas de Mathilde. El señor de Fervaques se
desconcertó y, como no encontraba más que palabras elegantes en vez de ideas,
ponía mala cara; Mathilde, que estaba de mal humor, fue cruel con él, y logró
hacerse un enemigo. Bailó hasta el amanecer, y por fin se retiró terriblemente
cansada. Pero al volver a casa en el coche, las pocas fuerzas que le quedaban
sólo le servían para sentirse triste y desgraciada. Julien la había despreciado
y ella no podía despreciarle.
Julien estaba radiante de felicidad.
Arrebatado, sin darse cuenta, por la música, las flores, las mujeres bonitas,
la elegancia general y, más que nada, por su imaginación, que soñaba con
distinciones para él y la libertad para todos.
-¡Qué hermoso baile! -le dijo al
conde-. No falta nada en él.
-Falta el pensamiento -respondió
Altamira.
Y su fisonomía traicionaba un
desprecio, tanto más punzante cuanto que la educación impone el deber de
ocultarlo.
-Está usted, señor conde. ¿No es
acaso el pensamiento, y además el pensamiento que conspira?
-Me encuentro aquí a causa de mi
apellido. Pero en vuestros salones se odia el pensamiento. El ingenio no puede
llegar a mayor altura que una canción de vaudeville, entonces es recompensado.
Pero al hombre que piensa, si tiene energía y novedad en sus réplicas, le
llaman ustedes cínico. ¿No es este nombre el que dieron los jueces a Courier?
Le encarcelaron ustedes lo mismo que a Béranger. A todo el que se distingue un
poco por su talento entre ustedes, la congregación lo entrega a la policía correccional,
y la buena sociedad aplaude.
»Y es que esta sociedad envejecida
pone las conveniencias por encima de todo... Nunca llegarán a superar ustedes
el valor militar; tendrán ustedes muchos Murat, pero ningún Washington. Yo no
veo en Francia más que vanidad. Un hombre que improvisa hablando, emite con
facilidad un juicio imprudente, y el dueño de la casa se cree deshonrado.
En este punto, el coche del conde,
que conducía a Julien, se detuvo delante del palacio de La Mole. Julien estaba
enamorado de su conspirador. Altamira le había dirigido este cumplido, nacido
evidentemente de la más profunda convicción: «Usted no tiene la ligereza
francesa y comprende el principio de utilidad». Daba la casualidad que la
antevíspera Julien había visto Marino Faliero, tragedia del señor Casimir
Delavigne.
«¿No tiene Israel Bertuccio mucho
más carácter que todos los nobles venecianos? -se decía nuestro plebeyo
rebelde-; y, sin embargo, son gentes cuya nobleza se remonta al año setecientos,
un siglo antes de Carlomagno, mientras que la de los que figuraban en el baile
esta noche, en casa del duque de Retz, a duras penas llega a remontarse al
siglo XIII. No obstante, entre todos aquellos nobles de Venecia, tan grandes
por su cuna, pero tan apagados y tan débiles de carácter, sólo sobresale Israel
Bertuccio.
»Una conspiración anula todos los
títulos concedidos por los caprichos sociales. En ella, un hombre asume
automáticamente el puesto que le asigna su modo de enfrentarse con la muerte.
Hasta el talento pierde su imperio...
»¿Qué sería Danton hoy, en este
siglo de los Valenod y los Rénal? Seguramente, ni sustituto del procurador del
rey...
»¿Qué digo? Se habría vendido a la
congregación; sería ministro, pues a fin de cuentas el gran Danton robó.
Mirabeau también se vendió. Napoleón robó millones en Italia, sin los cuales
la pobreza le hubiera impedido hacer nada, como a Pichegru. La Fayette es el
único que no ha robado nunca. ¿Hay que robar? ¿Hay que venderse?», pensó
Julien. Estas preguntas le dejaron
perplejo.
Pasó el resto de la noche leyendo la historia de la Revolución.
Al día siguiente, mientras escribía
cartas en la biblioteca, seguía sin pensar en otra cosa que en su conversación
con el conde de de Altamira.
«En realidad -se decía, después de
estar mucho tiempo ensimismado-, si estos liberales españoles hubieran
comprometido al pueblo con sus crímenes, no les habrían barrido tan fácilmente.
Fueron unos niños orgullosos y charlatanes... ¡igual que yo! -exclamó de
repente Julien, como el que se despierta sobresaltado.
»¿Qué difícil empresa he realizado
que me dé derecho a juzgar a esos pobres diablos, que a fin de cuentas por lo
menos una vez en la vida se han atrevido y se han decidido a actuar? Soy como
un hombre que al levantarse de la mesa dice: "Mañana no comeré"; lo
cual no me impedirá estar fuerte y alegre como hoy. ¿Quién sabe lo que se
experimenta cuando se está a mitad de camino de una gran acción? Pues estas
acciones no se llevan a cabo como quien dispara un tiro...» Tan elevados
pensamientos se vieron turbados por la llegada imprevista de la señorita de La
Mole a la biblioteca. Él estaba tan excitado por la admiración que le
inspiraban las grandes cualidades de Danton, de Mirabeau, de Carnot, que
supieron no dejarse vencer, que su mirada se posó en la señorita de La Mole,
pero sin pensar en ella, sin saludarla, casi sin verla. Cuando por fin sus
grandes ojos, abiertos de par en par, advirtieron su presencia, se apagó el
fuego de su mirada. La señorita de La Mole lo notó con amargura.
En vano Mathilde le pidió un tomo de
la Historia de Francia, de Vélly, que estaba en los estantes más elevados, lo
cual obligó a Julien a ir a buscar la más alta de las dos escaleras; Julien
había acercado la escalera, había buscado el volumen, y se lo había dado sin
poder todavía prestarle la menor atención. Al retirar la escalera, distraído,
dio un codazo en uno de los cristales de la biblioteca; el estrépito de los
pedazos al caer al suelo le despertó por fin. Apresurose a dar excusas a la
señorita de La Mole; quiso ser cortés; fue lo único que consiguió. Mathilde
comprendió claramente que sólo había logrado estorbarle y que se hallaba mucho
más a gusto dedicado a los pensamientos que le absorbían a su llegada, que
hablando con ella. Después de mirarle mucho, se marchó lentamente. Julien la
miró mientras se alejaba. Se dio cuenta, con placer, del contraste entre la
sencillez del traje que llevaba en aquel momento y la elegancia magnífica del
de la víspera. La diferencia entre la expresión de uno y otro día era
igualmente acusada. Aquella muchacha, tan altiva en el baile del duque de Retz,
tenía en aquel momento una mirada casi suplicante. «Realmente -se dijo
Julien-, este traje negro hace resaltar más la belleza de su talle. Tiene un
porte de reina, pero ¿por qué lleva luto?
»Si pregunto a alguien el motivo de
ese luto, resultará que cometo una nueva torpeza. -Evidentemente, Julien se
había recobrado por completo de su profundo entusiasmo-. Tengo que releer
todas las cartas que he escrito esta mañana. ¡Dios sabe las faltas y las
equivocaciones que tendrán!» Estaba leyendo con forzada atención la primera
carta, cuando oyó muy cerca de él el roce de un vestido de seda; se volvió
rápidamente: la señorita de La Mole estaba a dos pasos de su mesa, y se reía.
Aquella segunda interrupción molestó a Julien.
Mathilde, por su parte, acababa de
convencerse de que no significaba nada para aquel hombre; su risa no tenía más
objeto que ocultar su turbación, y lo consiguió.
-Evidentemente, señor Sorel, está
usted pensando en algo muy interesante. ¿Alguna anécdota curiosa de la
conspiración que nos ha enviado a París al señor conde de Altamira? Dígame de
qué se trata, ardo en deseos de saberlo; le juro que seré discreta.
Al pronunciar esta frase, ella misma
se sintió extrañada. ¿Cómo? ¡Estaba suplicando a un subalterno! Su azoramiento
aumentó; añadió en tono ligero:
-¿Qué es lo que ha podido
convertirle a usted, de ordinario tan frío, en un ser inspirado, una especie de
profeta de Miguel Ángel?
Esta pregunta, viva e indiscreta,
que hirió profundamente a Julien, le devolvió toda su locura.
-¿Danton hizo bien en robar? -dijo
bruscamente y en un tono cada vez más huraño-. ¿Los revolucionarios del
Piamonte y de España debían comprometer al pueblo mediante el crimen? ¿Debían
dar a gentes sin mérito alguno todos los puestos del ejército y todas las
cruces? ¿No hubieran temido la vuelta del rey las personas que ostentaran estas
cruces? ¿Debieron entregar al pillaje el tesoro de Turín? En una palabra,
señorita -añadió, acercándose a ella con aire terrible-, el hombre que quiere
hacer desaparecer la ignorancia y el crimen de la tierra, ¿debe pasar como
una tromba y hacer daño como por azar?
Mathilde sintió miedo, no pudo
sostener su mirada y retrocedió dos pasos. Le miró un momento; luego,
avergonzada de su miedo, salió con paso ligero de la biblioteca.
Capítulo
10
La
reina Margarita
Amour! dans quelle folie ne
parviens-tu pas á nous faire trouver du plaisir?[50]
(Lettres d'une Religieuse portugaise)
Julien repasó sus cartas. Cuando se
oyó la campana de la comida, se dijo: «¡Qué ridículo debo de haber resultado a
los ojos de esta muñeca parisiense!, ¡qué locura haberle dicho francamente lo
que pensaba! Aunque quizá no haya sido una locura tan grande. En esta ocasión,
la verdad era digna de mí.
»¿Y por qué viene a preguntarme
cosas íntimas? Esta pregunta ha sido una indiscreción por su parte. Ha faltado
a las conveniencias. Mis ideas sobre Danton no forman parte del servicio por
el cual me paga su padre».
Al llegar al comedor, Julien se
distrajo de su mal humor al ver el luto riguroso de la señorita de La Mole,
cosa que le chocó, tanto más cuanto que ninguna otra persona de la familia iba
vestida de negro.
Después de comer se le había pasado
por completo el acceso de entusiasmo que le había obsesionado durante todo el
día. Por fortuna, el académico que sabía latín era uno de los comensales.
«Éste es el hombre que menos se
burlará de mí -se dijo Julien- si, como presumo, mi pregunta sobre el luto de
la señorita de La Mole es una torpeza.»
Mathilde le miraba con expresión
extraña.
«Ésta es la coquetería de las
mujeres de aquí, tal como la señora de Renal me la había descrito -se dijo
Julien-. No he sido amable con ella esta mañana; no he cedido al capricho que
ella tenía de hablar. He aumentado de valor a sus ojos. No creo que el diablo
haya perdido nada. Luego sabrá vengarse con su altivez desdeñosa. Tal como han
ido las cosas, puedo esperar lo peor. ¡Qué diferencia con lo que he perdido!
¡Qué naturalidad encantadora! ¡Qué ingenuidad! Sabía sus pensamientos antes que
ella, los veía nacer, en su corazón no tenía más antagonista que el miedo de
perder a sus hijos, sentimiento lógico y natural que la hacía más digna de ser
amada hasta por mí mismo, que era la víctima. He sido un necio. Las ilusiones
que París me había hecho concebir me impidieron apreciar a aquella mujer
sublime.
»¡Qué diferencia, Dios mío! ¿Qué es
lo que encuentro aquí? Vanidad seca y orgullosa, todos los matices del amor
propio y nada más.»
Se levantaron de la mesa. «No
dejemos que acaparen a mi académico», se dijo Julien. Se acercó a él conforme
salían al jardín, adoptó un aire dulce y sumiso, y compartió su furor contra
el éxito de Hernani.
-¡Si estuviéramos aún en el tiempo
de las cartas selladas...![51]
-dijo.
-Entonces no se hubiera atrevido
-exclamó el académico con un gesto a lo Talma.
A propósito de una flor, Julien citó
algunas frases de las Geórgicas, de Virgilio, y declaró que no conocía nada
igual a los versos del padre Delille. En una palabra, aduló al académico por
todos los procedimientos a su alcance. Después de lo cual, le dijo,
aparentando la mayor indiferencia:
-Supongo que la señorita de La Mole
ha heredado de algún tío suyo, y por eso lleva luto.
-¡Cómo! ¿Es usted de la casa -dijo
el académico, parándose en seco- y no conoce usted su locura? Verdaderamente es
extraño que su madre le permita tales cosas; pero aquí, entre nosotros, no es
por la firmeza de carácter por lo que más se distingue esta familia. La
señorita Mathilde tiene más firmeza que nadie, y es la que los maneja. ¡Hoy es
30 de abril!
Y el
académico se calló, mirando a Julien con aire sutil. Julien sonrió lo más
espiritualmente que pudo.
«¿Qué relación puede haber entre
manejar a toda la familia, llevar un vestido negro y el 30 de abril? -se
decía-. Preciso es que yo sea aún más torpe de lo que pensaba.»
-Le confesaré a usted... -le dijo al
académico, y su mirada seguía siendo interrogadora.
-Vamos a dar una vuelta por el
jardín -dijo el académico, entreviendo gozoso la ocasión de hacer un relato
elegante y prolijo-. ¿Pero es posible que no sepa usted lo que ocurrió el 30 de
abril de 1574?
-¿Dónde? -repuso Julien, extrañado.
-En la plaza de la Gréve.
Era tal su asombro, que estas
palabras no le descubrieron nada. La curiosidad, la esperanza de un interés
trágico, tan acorde con su carácter, daban a sus ojos aquel brillo que con
tanto gusto ve un narrador en su oyente. Encantado el académico de encontrar un
oído virgen, contó con todos sus pormenores a Julien cómo el 30 de abril de
1574, el más apuesto mancebo de su siglo, Boniface de La Mole, y su amigo, el
hidalgo piamontés Annibal de Coconasso, fueron decapitados en la plaza de la
Gréve. La Mole era el amante adorado de la reina Margarita de Navarra.
-Y observe usted -añadió el
académico- que la señorita de La Mole se llama Mathilde-Marguerite. La Mole era
asimismo favorito del duque de Alencon y amigo íntimo del rey de Navarra, el
futuro Enrique IV, marido de su amante. El martes de Carnaval de aquel año de
1574, se hallaba la corte en Saint-Germain con el pobre rey Carlos IX, que se
trasladó allí moribundo. La Mole quiso libertar a los príncipes sus amigos, a
quienes la reina Catalina de Médicis retenía prisioneros en la corte. Hizo
avanzar doscientos caballos bajo las murallas de Saint-Germain, el duque de
Alencon tuvo miedo, y La Mole fue entregado al verdugo.
»Pero lo que conmueve a la señorita
de La Mole, según me confesó ella misma hace siete u ocho años, cuando tenía
doce,
¡pues
es una cabeza, una cabeza!... -Y el académico levantaba los ojos al cielo-. Lo
que la impresionó en esta catástrofe política es que la reina Margarita, que
estaba oculta en una casa de la plaza de la Gréve, tuvo el valor de pedir al
verdugo la cabeza de su amante. Y a la noche siguiente, a las doce, cogió
aquella cabeza, y en su coche fue a enterrarla con sus propias manos en una
capilla situada al pie de la colina de Montmartre.
-¿Es posible? -exclamó Julien,
emocionado.
-La señorita Mathilde desprecia a su
hermano porque, como usted ve, no se preocupa lo más mínimo de toda esta
antigua historia y no se viste de luto el día 30 de abril. Desde esta
ejecución, y para recordar la amistad íntima que uniera a La Mole y a Coconasso,
el cual, como buen italiano, se llamaba Annibal, todos los individuos de esta
familia llevan este nombre. Y -agregó el académico, bajando la voz- el tal
Coconasso, según el mismo Carlos IX, fue uno de los más crueles asesinos del 24
de agosto de 1572...[52]
Pero, ¿cómo es posible, querido Sorel, que usted, comensal de esta
casa, ignorase estas cosas?
-Por esto, sin duda, durante la
comida, la señorita de La Mole ha llamado Annibal a su hermano por lo menos dos
veces. Yo creía haber oído mal.
-Era un reproche. Es extraño que la
marquesa tolere semejantes locuras... ¡El que se case con esta muchacha no
sabe lo que le espera!
Estas palabras fueron seguidas de
cinco o seis frases satíricas. La alegría y la intimidad que brillaban en los
ojos del académico desagradaron a Julien. «No somos más que dos criados que
hablan mal de sus amos -pensó-. Pero nada debe extrañarme tratándose de este
académico.»
Un
día Julien le había sorprendido a los pies de la marquesa de La Mole; le pedía
un estanco para un sobrino suyo de provincias. Aquella misma noche, una joven
doncella de la señorita de La Mole que le hacía la corte a Julien, como antaño
se la hiciera Elisa, le sugirió la idea de que su ama no se vestía de luto para
atraer las miradas. Era una extravagancia fruto de su carácter. Estaba
realmente enamorada de aquel La Mole, amante favorito de la reina más
espiritual de su siglo, y que murió por haber querido devolver la libertad a
sus amigos. ¡Y qué amigos! El primer príncipe de sangre y Enrique IV.
Habituado a la perfecta naturalidad
que presidía todos los actos de la señora de Rénal, Julien no veía más que
afectación en todas las mujeres de París; y, por poco inclinado que estuviera a
la tristeza, no encontraba nada que decirles. La señorita de La Mole fue una
excepción.
Empezaba a no tomar ya por sequedad
de corazón aquel género de belleza que consiste en la nobleza del porte.
Sostuvo largas conversaciones con la señorita de La Mole, quien, en los
hermosos días de primavera, se paseaba con él por el jardín, delante de las
ventanas abiertas del salón. Un día le dijo que estaba leyendo la historia de
D'Aubigné y de Brantóme. «¡Extraña lectura! -pensó Julien-. ¡Y la marquesa no
le deja leer las novelas de Walter Scott!»
Un día le contó, con los ojos
brillantes por el placer que produce la admiración sincera, el rasgo de una
mujer del reinado de Enrique III, que acababa de leer en las Memorias de
L'Étoile: al descubrir la infidelidad de su marido, le mató a puñaladas.
El amor propio de Julien se sentía
halagado. Una persona rodeada de tantas consideraciones, y que, según el
académico, manejaba toda la casa, se dignaba hablarle en un tono que podía
tomarse por amistoso.
«Me había equivocado -pensó Julien
poco después-; no es familiaridad, no soy más que un confidente de tragedia,
es la necesidad de hablar. Paso por sabio en esta familia. Me voy a leer a
Brantóme, D'Aubigné, L'Étoile. Así podré discutir alguna de las anécdotas de
que me habla la señorita de La Mole. Quiero salir de este papel de confidente
pasivo.»
Poco a poco sus conversaciones con
aquella muchacha, de una apariencia tan altiva y de un trato tan agradable al
mismo tiempo, se hicieron más interesantes. Él se olvidaba de su triste papel
de plebeyo rebelde. La encontraba instruida e incluso razonable. Sus opiniones
en el jardín eran muy distintas de las que ostentaba en el salón. Algunas veces
mostraba con él un entusiasmo y una franqueza que ofrecían el mayor contraste
con su manera de ser habitual, tan altiva y tan fría.
-Las guerras de la Liga son los
tiempos heroicos de Francia -le decía ella, con los ojos centelleantes de
inteligencia y de entusiasmo-. Entonces cada uno se batía para conseguir
aquello que deseaba, para que triunfase su partido, y no por ganar simplemente
una cruz, como en tiempos de su emperador. Convenga usted en que entonces había
menos egoísmo y mezquindad. Me gusta aquella época.
-Y Boniface de La Mole fue su héroe
-repuso él.
-Por lo menos fue amado de un modo
que acaso debe ser muy dulce. ¿Qué mujer de hoy no sentiría horror al tocar la
cabeza de su amante decapitado?
La marquesa de La Mole llamó a su
hija. La hipocresía, para ser útil, debe ocultarse; y Julien, como vemos, había
confesado a medias a la señorita de La Mole su admiración por Napoleón.
«Ésa es la inmensa ventaja que
tienen sobre nosotros -se dijo Julien cuando se quedó solo en el jardín-. La
historia de sus antepasados los eleva por encima de los sentimientos vulgares,
y no tienen que estar pensando siempre en su subsistencia. ¡Qué miseria!
-añadió con amargura-, no soy digno de razonar sobre estos grandes problemas.
No alcanzo a comprenderlos seguramente. Mi vida no es más que una serie de
hipocresías, porque no tengo mil francos de renta para comer.»
-¿En qué está usted pensando? -le
dijo Mathilde, que volvía corriendo.
Esta pregunta denotaba intimidad, y
volvía corriendo y sin aliento para estar a su lado. Julien estaba cansado de
despreciarse. Por orgullo expresó francamente su pensamiento. Se sonrojó mucho
al hablar de su pobreza a una persona tan rica. Trató de expresar claramente,
con un tono orgulloso, que no pedía nada. Nunca le había parecido tan guapo a
Mathilde; le encontró una expresión de sensibilidad y de franqueza que le
faltaban muy a menudo.
Poco menos de un mes después de
esto, Julien se paseaba pensativo por el jardín del palacio de La Mole, pero su
semblante no tenía ya la dureza y la arrogancia filosófica que solía imprimir
en él el sentimiento continuo de su inferioridad. Acababa de acompañar hasta la
puerta del salón a la señorita de La Mole, que pretendía haberse hecho daño en
un pie corriendo con su hermano.
«¡Se ha apoyado en mi brazo de un
modo muy especial! -se decía Julien-. ¿Soy un fatuo, o será verdad que le
gusto? ¡Me escucha con un aire tan dulce, incluso cuando le confieso los sentimientos
de mi orgullo! ¡Ella, tan orgullosa con todo el mundo! ¡Cómo se asombrarían en
el salón si le viesen esa cara! Ciertamente, no tiene con nadie esa expresión
tan dulce y bondadosa.»
Julien trataba de no exagerar esta
singular amistad. La comparaba a una paz armada. Todos los días, al volverse a
ver, antes de adoptar el tono casi íntimo de la víspera, se preguntaba poco más
o menos: «¿Seremos hoy amigos, o enemigos?». Las primeras frases que
intercambiaban eran intrascendentes. Ambos sólo prestaban atención a la forma.
Julien comprendía que dejarse ofender impunemente una sola vez por aquella
muchacha tan altiva sería perderlo todo. «Si he de reñir con ella, más vale que
me anticipe defendiendo los justos derechos de mi orgullo, que no teniendo que
rechazar las muestras de desprecio que seguirían al menor abandono de lo que
debo a mi dignidad personal.»
Varias veces, en días de mal humor,
Mathilde trató de emplear con él el tono de gran dama; adoptaba la más
exquisita finura en tales tentativas, pero Julien las rechazaba rudamente.
Un día la interrumpió bruscamente,
diciendo:
-¿La señorita de La Mole tiene algo
que ordenar al secretario de su padre? Él tiene la obligación de escuchar sus
órdenes y ejecutarlas con respeto, pero, esto aparte, no tiene por qué dirigirle
ni una sola palabra. No le pagan para comunicarle sus pensamientos.
Aquella manera de ser y las
singulares dudas que asaltaban a Julien hicieron desaparecer el aburrimiento
que, durante los primeros meses, había encontrado en aquel salón tan magnífico,
pero donde se tenía miedo de todo y donde no era correcto bromear de nada.
«¡Sería gracioso que me amase! Me
quiera o no -continuaba Julien-, tengo por confidente íntimo a una muchacha de
talento, delante de la cual veo temblar a toda la casa, y más que a nadie al
marqués de Croisenois. Este muchacho tan bien educado, tan amable, tan
valiente, y que reúne todas las ventajas de nacimiento y de fortuna,
cualquiera de las cuales bastaría para satisfacer todos mis deseos. Está
locamente enamorado de ella, es decir, todo lo enamorado que puede estar un
parisiense, ha de casarse con ella. ¡Cuántas cartas me ha hecho escribir el marqués
de La Mole a los dos notarios para arreglar el contrato! Y yo, que me veo tan
inferior con la pluma en la mano, a las dos horas, aquí en el jardín, triunfo
sobre ese joven tan amable, pues, en resumen, las preferencias son visibles,
directas. Quizás ella odia en él al futuro marido. nene bastante altanería para
ello. ¡Y las bondades que tiene conmigo las obtengo a título de confidente
inferior!
»Pero no, o yo estoy loco o me hace
la corte; cuanto más frío y respetuoso me muestro con ella, más me busca. Esto
podría ser un plan preconcebido, pura afectación; pero veo que sus ojos se
animan cuando aparezco de improviso. ¿Saben fingir hasta ese punto las mujeres
de París? ¡Qué me importa! Las apariencias me favorecen; aprovechemos las
apariencias. ¡Dios mío, qué hermosa es! ¡Cómo me gustan sus grandes ojos
azules, vistos de cerca y mirándome como me miran con frecuencia! ¡Qué diferencia
de esta primavera a la del año pasado, cuando era tan desgraciado y me sostenía
a fuerza de carácter, en medio de aquellos trescientos hipócritas, malvados y
sucios! Yo era casi tan malo como ellos.»
En los días de desconfianza, Julien
pensaba: «Esta muchacha se burla de mí. Está de acuerdo con su hermano para
engañarme. ¡Pero parece despreciar tan profundamente la falta de energía de
este hermano! "Es valiente, y nada más -me dice hablando de él-. Y
únicamente ante la espada de los españoles. En París todo le da miedo, ve por
doquier el peligro de caer en ridículo.
No
tiene ni una sola idea que se atreva a salirse de la moda. Siempre soy yo quien
tiene que salir en su defensa." ¡Una muchacha de diecinueve años! A esta
edad, ¿se puede ser fiel todas las horas del día a una hipocresía preconcebida?
»Por otra parte, siempre que la
señorita de La Mole fija en mí sus grandes ojos azules con cierta expresión
extraña, el conde Norbert se aleja. Esto es sospechoso: ¿no debería indignarle
que su hermana distinga a un criado de su casa? Porque yo he oído al duque de
Chaulnes hablar de mí en este sentido. -Ante este recuerdo, la cólera sustituía
a cualquier otro sentimiento-. ¿Será afición al viejo lenguaje en ese duque
maniático?
»¡Bueno -continuaba Julien con ojos
de tigre-, es bonita! ¡Será mía, luego me marcharé, y desgraciado del que me
estorbe en mi huida!»
Esta idea llegó a ser la única
ocupación de Julien; no podía pensar en otra cosa. Se le pasaban los días como
horas.
A cada instante, siempre que
intentaba resolver algún asunto grave, su mente se olvidaba de todo y un cuarto
de hora después volvía en sí, con el corazón palpitante, turbia la cabeza,
absorto en esta sola idea: «¿Me quiere?».
Capítulo
11
El
dominio de una muchacha
J'adinire sa beauté, mais je crains
son esprit.[53]
MÉRIMÉE
Si el tiempo que Julien empleaba en
exagerar la belleza de Mathilde, thilde, o en apasionarse contra la natural
altivez de su familia,
que
ella olvidaba por él, lo hubiese dedicado a observar lo que ocurría en el
salón, no habría comprendido en qué consistía el dominio que ejercía sobre
todos los que la rodeaban. Cuando alguien molestaba a la señorita de La Mole,
ella sabía castigarle con una burla tan bien calculada, elegida tan a
propósito, tan correcta en la forma, lanzada tan oportunamente, que la herida
se hacía más profunda cuanto más se pensaba sobre ella. Poco a poco resultaba
atroz para el amor propio ofendido. Como ella no concedía la menor importancia
a muchas cosas que eran deseadas ardientemente por el resto de la familia,
siempre parecía conservar a sus ojos una inalterable sangre fría.
Los salones de la aristocracia se
mencionan con agrado cuando se sale de ellos, pero esto es todo. La
insignificancia más completa y, sobre todo, los lugares comunes que se
anteponen incluso a la hipocresía terminan por impacientar debido a su
nauseabunda dulzura. En sí, la mera cortesía sólo es algo los primeros días.
Julien lo comprobaba; después del primer deslumbramiento, el primer asombro.
«La cortesía -se decía- no es más que la falta de cólera producida por los
malos modales.» Mathilde se aburría a menudo, quizá se habría aburrido en todas
partes. En aquellos momentos, lanzar un epigrama mordaz era para ella una
distracción y un verdadero placer.
Quizá para tener víctimas un poco
más divertidas que sus padres, el académico y los cinco o seis personajes de
segunda fila que les hacían la corte, había hecho concebir esperanzas al
marqués de Croisenois, al conde de Caylus y a otros dos o tres jóvenes muy
distinguidos. Sólo eran para ella nuevos motivos de sátira.
Hemos de confesar con pena, pues
queremos a Mathilde, que había recibido cartas de varios de ellos, a los
cuales, a veces, había contestado. Nos apresuraremos a añadir que este
personaje es una excepción en las costumbres de este siglo. En general, no es
la falta de prudencia lo que se puede reprochar a las alumnas del noble
convento del Sagrado Corazón.
Un día el marqués de Croisenois
devolvió a Mathilde una carta bastante comprometedora, que ella le había
escrito la víspera. Creía, mediante este acto de extremada prudencia, hacer
grandes progresos en sus pretensiones. Pero precisamente lo que le gustaba a
Mathilde en su correspondencia era ser imprudente. Su placer consistía en jugar
con su suerte. No le dirigió la palabra en seis semanas.
Se divertía con las cartas de
aquellos jóvenes, aunque, según ella, todas se parecían. Siempre pintaban la
pasión más profunda, la más melancólica.
-Todos ellos son el mismo hombre
perfecto, dispuesto a marcharse a Palestina -le decía a una prima suya-. ¿Has
visto algo más insípido? ¡Y éstas serán las cartas que voy a recibir durante
toda mi vida! Las cartas de este género deben de cambiar únicamente cada
veinte años, según la clase de ocupación que esté de moda. Debían de ser menos
incoloras en tiempos del Imperio. Entonces todos estos jóvenes del gran mundo
habían presenciado o llevado a cabo acciones que tenían auténtica grandeza. Mi
tío, el duque de N..., estuvo en Wagram.
-¿Qué talento se necesita para dar
un sablazo? Y cuando lo han hecho, ¡lo comentan tan a menudo! -dijo la señorita
de Sainte-Hérédité, la prima de Mathilde.
-¡Pues bien! ¡Esos relatos me
gustan! Estar en una verdadera batalla, una batalla de Napoleón, donde morían
diez mil soldados, es una prueba de valor. Exponerse al peligro eleva el alma y
la salva del hastío en que parecen sumidos mis pobres adoradores, y que,
además, es contagioso. ¿A cuál de ellos se le ha ocurrido hacer algo
extraordinario? Pretenden conseguir mi mano, ¡bonito negocio! Soy rica, y mi
padre ayudará a su yerno. ¡Por lo menos si encontrara uno que fuese un poco
divertido!
La manera de ver las cosas, viva,
clara y pintoresca de Mathilde, como puede verse, corrompía su lenguaje. Muchas
veces, una frase suya parecía incorrecta a sus amigos, tan bien educados. De
no haber estado tan de moda, quizás hubieran llegado a confesarse que su modo
de hablar era excesivamente subido de tono para la delicadeza femenina...
Ella, por su parte, era muy injusta
con los apuestos caballeros que frecuentan el Bosque de Bolonia. Veía el
porvenir no con terror, esto habría sido un sentimiento vivo, sino con asco,
muy raro a su edad.
¿Qué podía desear? Fortuna,
nacimiento ilustre, talento, belleza —según decían y ella creía-, todo lo
había acumulado la suerte sobre ella.
Éstos eran los pensamientos de la
heredera más envidiada del faubourg Saint-Germain cuando comenzó a sentir
agrado al pasear con Julien. Su orgullo le sorprendió y admiró la habilidad de
aquel joven plebeyo. «Llegará a obispo, como el padre Maury», se dijo.
Muy pronto, la resistencia sincera y
no fingida con que nuestro héroe acogía muchas de sus ideas la interesó, la
hizo pensar; contaba a su amiga los menores detalles de sus conversaciones, Y
le parecía que nunca llegaba a expresarlas con fidelidad.
De pronto, una idea iluminó su
frente: «Tengo la suerte de mar -se dijo un día con un increíble arrebato de
alegría-. ¡Estoy enamorada, enamorada, está claro! Una muchacha de mi edad,
espiritual, joven y hermosa, ¿dónde podría hallar sensaciones si no es en el
amor? Por mucho que haga, no sentiré nunca amor por Croisenois, Caylus y tutti
quanti. Son perfectos, quizá demasiado perfectos; en fin, me aburren».
Repasó en su imaginación todas las
descripciones de la pasión que había leído en Manon Lescaut, La nueva Eloísa,
las Cartas de una monja portuguesa, etc., etc. Por supuesto, sólo se trataba de
grandes pasiones; los amoríos intrascendentes eran indignos de una muchacha de
su edad y de su alcurnia. Sólo daba el nombre de amor a aquel sentimiento
heroico que florecía en Francia en tiempos de Enrique III y de Bassompierre.
Aquel amor no cejaba cobardemente ante los obstáculos, sino que era estímulo
para realizar empresas heroicas. «¡Qué desgracia la mía, que no haya una
verdadera corte, como la de Catalina de Médicis o de Luis XIII! Me siento capaz
de la mayor grandeza y osadía. ¿Qué no haría yo con un rey valiente y
caballeresco, como Luis XIII, suspirando a mis pies? Le llevaría a la Vendée,
como suele decir el barón de Tolly, y desde allí él reconquistaría su reino;
entonces ya no habría constitución... y Julien me secundaría. ¿Qué es lo que
le falta? Un nombre y fortuna. Se haría un nombre y conquistaría una fortuna.
»A Croisenois no le falta nada, y
toda su vida no será más que un duque, medio ultra, medio liberal; un ser
indeciso que habla cuando es preciso actuar, siempre distante de los extremos,
y, por consiguiente, siempre en segundo término.
»¿Qué empresa grande no es un
extremo en el momento de emprenderla? Sólo después de realizarla parece posible
a los seres vulgares. Sí, es el amor, con todos sus milagros, el que va a
reinar en mi corazón; lo siento en el fuego que me anima. El cielo me debía
este favor. No en vano ha acumulado todas las cualidades en una sola persona.
Mi dicha será indigna de mí. En lo sucesivo, cada uno de los días de mi vida no
será fríamente igual al de la víspera. Ya supone grandeza y audacia atreverse a
amar a un hombre situado tan lejos de mí por su posición social. Veamos:
¿continuará mereciéndome? Al primer asomo de flaqueza que observe en él, le
abandono. Una muchacha de mi alcurnia y con el carácter caballeresco que me
atribuyen (era una frase de su padre) no debe portarse como una tonta.
»¿Y no haría este papel si amase al
marqués de Croisenois? Sería una nueva edición de la felicidad de mis primas,
que desprecio con toda mi alma. Sé de antemano todo lo que diría el pobre
marqués y todo lo que tendría que contestarle. ¿Qué es un amor que hace
bostezar? Daría lo mismo ser devota. La firma del contrato de mi boda sería
como la de la más joven de mis primas, en ella nuestros padres se mostrarían
enternecidos, si no estaban de mal humor por alguna nueva cláusula introducida
la víspera por el notario de la parte contraria.»
Capítulo
12
¿Será
un Danton?
Le besoin d'anxiété, tel était le
caractére de la belle Marguerite de Valois, ma tante, qui bientót épousa le roi
de Navarre, que nous voyons de présent régner en France sous le nom de Henry
IVéme. Le besoin de jouer formait tout le secret du caractére de cette
princesse aimable; de lá ses brouilles et ses raccommodements avec ses fréres
dés l'áge de seize ans. Or, que peut jouer une jeune fille? Ce qu'elle a de
plus précieux: sa réputation, la considération de toute sa vie.[54]
(Memorias del duque de Angulema,
hijo natural de Carlos IX.)
«Entre Julien y yo, no hay notario
para la ceremonia burguesa, ni firma de contrato; todo es heroico, todo es hijo
del azar. Dejando aparte la nobleza que le falta, es como el amor de Marguerite
de Valois por el joven La Mole, el hombre más distinguido de su tiempo. ¿Es
culpa mía que los jóvenes de la corte sean tan partidarios de las
conveniencias y palidezcan a la sola idea de la menor aventura un poco
extraordinaria? Un pequeño viaje a Grecia o a África es para ellos el colmo de
la audacia, y para eso tienen que ir en grupo. En cuanto se encuentran solos,
tienen miedo, no de la lanza del beduino, sino del ridículo, y este miedo les
vuelve locos.
»Mi pequeño Julien, por el
contrario, únicamente gusta de obrar solo. ¡A este ser privilegiado no se le ha
ocurrido jamás buscar apoyo y auxilio en los demás! Los desprecia, y por esto
mismo no le desprecio yo a él.
»Si Julien fuera noble, aun siendo
pobre, mi amor no sería más que una tontería vulgar, sencillamente una unión
insulsa; ya no le querría; no habría en ello nada de lo que caracteriza las
grandes pasiones: lo inmenso de la dificultad que vencer y la negra
incertidumbre del acontecimiento.»
La señorita de La Mole estaba tan
preocupada en estos razonamientos, que al día siguiente, sin darse cuenta, se
puso a alabar a Julien delante del marqués de Croisenois y de su hermano. Su
elocuencia fue tan lejos, que les chocó.
-Tened cuidado con ese joven que
tiene tanta energía -exclamó su hermano-; si vuelve la revolución, nos hará
guillotinar a todos.
Ella no respondió, y se apresuró a
burlarse de su hermano y del marqués de Croisenois sobre el miedo que les
causaba la energía. En el fondo no es más que temor de encontrarse con lo
imprevisto, de quedarse corto ante lo inesperado...
-Siempre, siempre, señores, el miedo
al ridículo, monstruo que, por desgracia, murió en 1816.
-No existe ya el ridículo -decía el
marqués de La Mole- en un país donde hay dos partidos.
Su hija había comprendido esta idea.
-De modo, señores -decía a los
enemigos de Julien-, que toda la vida estarán ustedes muertos de miedo, y al
final les dirán: «No era un lobo, era sólo su sombra».
Mathilde no tardó en dejarles. La
frase de su hermano le daba horror; la inquietó mucho; pero al día siguiente le
parecía el mejor elogio.
«En este siglo, en el que toda
energía está muerta, la suya les da miedo. Le repetiré la frase de mi hermano;
quiero ver qué respuesta se le ocurre. Pero elegiré uno de esos momentos en que
le brillan los ojos. Entonces no puede mentirme.
»¡Sería un Danton! -añadió, después
de un ensueño confuso y prolongado-. ¡Pues bien! Entonces habría vuelto a
empezar la revolución. ¿Y qué papel harían entonces Croisenois y mi hermano?
Está escrito de antemano: la resignación sublime. Serían borregos heroicos, que
se dejarían degollar sin decir una palabra. Su único miedo al morir sería
parecer de mal gusto. Mi pequeño Julien le saltaría la tapa de los sesos al
jacobino que viniera a detenerle, por pocas esperanzas de salvarse que
tuviese. Él no tiene miedo de dar muestras de mal gusto.»
Esta última frase la dejó pensativa;
le despertaba recuerdos penosos y le arrebató toda su audacia. Aquella frase le
recordaba las bromas de los señores de Caylus, de Croisenois, de Luz y de su
hermano. Aquellos señores le reprochaban únicamente a Julien su aire clerical:
humilde e hipócrita.
«Pero -se dijo de pronto, con los
ojos brillantes de alegría-, la acritud y la frecuencia de sus burlas
demuestran, a pesar suyo, que es el hombre más notable que hemos tenido este
invierno. ¿Qué importan sus defectos, sus ridiculeces? Tiene grandeza, y por
eso les molesta, precisamente a ellos, que suelen ser tan bondadosos y tan
indulgentes. Qué duda cabe de que es pobre y de que ha estudiado para ser cura;
ellos son jefes de escuadrón y no han necesitado estudiar; es más cómodo.
»A pesar de todos los inconvenientes
de su eterno traje negro y de ésa cara de cura, que el pobre muchacho no tiene
más remedio que aparentar, so pena de morir de hambre, su mérito les da miedo,
esto es evidente. Y, por otra parte, en cuanto estamos un momento a solas, ya
no pone esa cara de cura. Y cuando esos señores dicen alguna frase que les
parece original y aguda, ¿su Primera mirada no es para Julien? Lo he notado
muchas veces. Y, sin embargo, saben muy bien que él no les dirige nunca la palabra
a menos que le pregunten. Sólo a mí me dirige la palabra, me supone mayor
grandeza de alma. A sus objeciones sólo responde lo justo para ser cortés.
Enseguida vuelve a adoptar su actitud respetuosa. Conmigo discute horas
enteras y no está seguro de sus opiniones sólo con que yo le oponga la menor
objeción. En fin, durante todo este invierno no hemos tenido verdaderas
batallas; sólo se ha tratado de llamar la atención con palabras.
Pues
bien, mi padre, hombre superior y que llevará muy lejos la fortuna de nuestra
casa, respeta a Julien. Todos los demás le odian; nadie le desprecia, excepto
las beatas amigas de mi madre.»
El conde de Caylus tenía, o fingía
tener, una gran pasión por los caballos; se pasaba la vida en su cuadra, y
muchas veces almorzaba en ella. Esta gran pasión, unida a la costumbre de no
reírse jamás, le había dado mucho prestigio entre sus amigos: era el águila de
aquel reducido círculo.
Al día siguiente, en cuanto se
reunió con ellos, detrás de la poltrona de la marquesa de La Mole, en ausencia
de Julien, el conde de Caylus, apoyado por Croisenois y por Norbert, atacó vivamente
el buen concepto que Mathilde tenía de Julien, y ello sin venir a cuento y casi
en el mismo instante en que vio a la señorita de La Mole. Ella advirtió en el
acto su estratagema, y quedó encantada.
«Ya están todos confabulados -se
dijo- contra un hombre de genio que no tiene diez luises de renta y que sólo
puede contestarles cuando le preguntan. Le tienen miedo con su traje negro.
¿Qué sería si llevara charreteras?»
Nunca había estado tan brillante.
Desde los primeros ataques, abrumó con sus divertidos sarcasmos a Caylus y sus
aliados. Cuando se apagó el fuego de las bromas de aquellos brillantes
oficiales, le dijo al conde de Caylus:
-Que mañana cualquier hidalgo de las
montañas del banco Condado reconozca que Julien es su hijo natural y le dé su
nombre y algunos miles de francos, y a las seis semanas lleva bigote como
ustedes, caballeros; a los seis meses es oficial de húsares como ustedes. Y
entonces ya no sería ridícula la grandeza de su carácter. Le veo a usted
reducido, futuro señor duque, al viejo y equivocado argumento de la
superioridad de la nobleza de la corte sobre la nobleza provinciana. Pero ¿qué
me dirá usted si llevo las cosas hasta el último extremo, si con toda malicia
le doy por padre a Julien un duque español, prisionero de guerra en Besancon,
en tiempos de Napoleón, y que por escrúpulos de conciencia le reconoce en su
lecho de muerte?
Todas aquellas suposiciones de
nacimiento ilegítimo parecieron de muy mal gusto a los señores de Caylus y de
Croisenois. Esto fue lo único que sacaron en conclusión de los razonamientos
de Mathilde.
Por muy dominado que estuviera
Norbert, las palabras de su hermana eran tan claras, que, adoptando un aire
grave que le sentaba muy mal, preciso es confesarlo, a su fisonomía sonriente
y bondadosa, se atrevió a decir algunas palabras.
-¿Está enfermo, amigo mío? -le
respondió Mathilde con fingida seriedad-. Es preciso que se encuentre muy mal
para responder a las bromas con discusiones morales. ¡Usted, haciendo moral!
¿Es que piensa solicitar una plaza de prefecto?
Mathilde se olvidó muy pronto del
aire molesto del conde de Caylus, del mal humor de Norbert y de la
desesperación silenciosa del marqués de Croisenois. Tenía que tomar una
decisión sobre una idea fatal que se había adueñado de su espíritu.
«Julien es bastante sincero conmigo
-se dijo-; a su edad, en una posición inferior, desgraciado como se siente a
causa de su desmesurada ambición, se necesita una amiga; quizá yo soy esa
amiga; pero en él no veo el menor rastro de amor. Con la audacia de su
carácter me habría hablado de su amor.»
Esta incertidumbre, este debate
consigo misma, que desde aquel momento ocupó todos los instantes de Mathilde, y
para el cual, cada vez que Julien le hablaba, encontraba nuevos argumentos,
hizo desaparecer por completo los ratos de aburrimiento que tan a menudo
padecía.
Hija de un hombre de talento que
podía ser ministro y devolver sus bosques al clero, la señorita de La Mole
había sido objeto, en el colegio del Sagrado Corazón, de las mayores adulaciones.
Esta desgracia no puede contrarrestarse jamás. Habían llegado a convencerla de
que con sus ventajas de nacimiento, de fortuna, etc., tenía que ser más
dichosa que las demás. Ésta es la causa del hastío de los príncipes y de todas
sus locuras.
Mathilde no había podido escapar a
la funesta influencia de aquella idea. Por mucho talento que se tenga, a los
diez años no
se
está en guardia contra las adulaciones de todo un convento, y, en apariencia,
tan bien fundadas.
A partir del momento en que decidió
que amaba a Julien, no se aburrió más. Todos los días se felicitaba de la
decisión que había tomado de procurarse una gran pasión. «Este entretenimiento
tiene muchos peligros -pensaba-. ¡Tanto mejor! ¡Mil veces mejor!
»Sin una gran pasión, me he
consumido de aburrimiento durante el período más hermoso de mi vida, de los
dieciséis a los veinte años. Ya he perdido mis mejores años, obligada por toda
diversión a oír disparatar a las amigas de mi madre, que en Coblenza, en 1792,
no eran precisamente, según dicen, tan severas como sus palabras quieren dar a
entender hoy.»
Era cuando esas angustiosas
incertidumbres atormentaban a Mathilde, cuando Julien no comprendía las largas
miradas que fijaba sobre él. Notaba una creciente frialdad en los modales del
conde Norbert, y un nuevo acceso de altanería en los señores de Caylus, de Luz
y de Croisenois. Pero ya estaba acostumbrado. Tal desgracia solía ocurrirle
algunas veces después de una velada en la que había brillado más de lo' que
correspondía a un hombre de su posición. Sin la acogida especial que le
dispensaba Mathilde, y la curiosidad que todo aquello le inspiraba, habría
evitado seguir al jardín a aquellos brillantes jóvenes con bigote cuando
después de comer salían acompañando a la señorita de La Mole.
«Sí, no puedo negarlo -se decía
Julien-, la señorita de La Mole me mira de un modo extraño. Pero hasta cuando
sus hermosos ojos azules, fijos en mí, se abren con más abandono, siempre leo
en ellos un fondo de examen, de sangre fría, de maldad. ¿Es posible que esto
sea amor? ¡Qué diferencia con las miradas de la señora de Rénal!»
Un día, después de comer, Julien,
que había acompañado al marqués de La Mole a su gabinete, volvió rápidamente al
jardín. Al acercarse, sin precaución, al grupo formado por Mathilde y sus
amigos, sorprendió algunas palabras dichas en voz muy alta. Estaba ella
atormentando a su hermano. Julien oyó su nombre
pronunciado
dos veces muy distintamente. Apareció; de pronto se hizo un silencio profundo y
fueron vanos cuantos esfuerzos se hicieron por romperlo. La señorita de La Mole
y su hermano estaban demasiado animados para poder encontrar otro tema de
conversación. Los señores de Caylus, de Luz y de Croisenois, y otro amigo suyo,
le parecieron a Julien de una frialdad glacial. Se alejó.
Capítulo
13
Un
complot
Frases inconexas, encuentros
fortuitos,
se transforman en pruebas evidentes
para un hombre de imaginación que
tenga
algún fuego en el corazón.
SCHILLER
Al día siguiente volvió a sorprender
a Norbert y a su hermana hablando de él. A su llegada quedaron, como la
víspera, en un silencio de muerte. Sus sospechas no tuvieron límites. «¿Estos
dos jóvenes tan amables se habrán propuesto burlarse de mí? Preciso es confesar
que esto es mucho más probable, mucho más natural que una pretendida pasión de
la señorita de La Mole por un pobre diablo de secretario. En primer lugar,
¿tienen pasiones estas gentes? Su fuerte es engañar. Están celosos de mi pobre
superioridad de palabra. Los celos son también una de sus flaquezas. Todo se
explica en este sistema. La señorita de La Mole quiere convencerme de que me
distingue con su predilección sólo para ofrecerme en espectáculo a su
pretendiente.»
Esta cruel sospecha cambió toda la
situación moral de Julien. Esta idea chocó en su corazón con un principio de
amor que no le costó mucho trabajo destruir. Aquel amor estaba fundado solamente
en la extraña belleza de Mathilde o, mejor dicho, en sus modales de reina y su
admirable atavío. En esto Julien era todavía un advenedizo. Una mujer bonita
del gran mundo es, según dicen, lo que más admira un campesino de talento
cuando llega a frecuentar la alta sociedad. No era, pues, el carácter de
Mathilde lo que hacía soñar a Julien los días anteriores. Tenía bastante buen
sentido para comprender que no conocía ese carácter. Todo lo que advertía en él
podía no ser más que simple apariencia.
Por ejemplo, por nada del mundo
Mathilde habría faltado a misa un domingo; casi todos los días acompañaba a su
madre. Si en el salón de La Mole algún imprudente se olvidaba del lugar en que
estaba y se permitía la más remota alusión a una broma contra los intereses,
reales o supuestos, del trono o del altar, Mathilde adquiría enseguida una
seriedad glacial. Su mirada, que era tan viva, recobraba la altivez impasible
de un antiguo retrato de familia.
Pero Julien había comprobado que
siempre tenía en su cuarto uno o dos volúmenes de las obras más filosóficas de
Voltaire. Él mismo solía llevarse subrepticiamente algún tomo que otro de la
hermosa edición tan lujosamente encuadernada. Separando un poco unos tomos de
otros, ocultaba la ausencia del que se llevaba; pero pronto advirtió que otra
persona leía a Voltaire. Recurrió a un ardid de seminario: colocó unos
trocitos de crin en los volúmenes que supuso podían interesar a Mathilde. Vio
que desaparecían durante semanas enteras.
El marqués de La Mole, molesto con
su librero, que le enviaba todas las falsas memorias que aparecían, encargó a
Julien que comprara todas las novedades un poco atrevidas. Mas para que el
veneno no se extendiese por la casa, el secretario tenía orden de depositar
estos libros en una pequeña librería colocada en el mismo cuarto del marqués.
Pronto tuvo la certeza de que, por poco hostiles que fuesen aquellos nuevos
libros a los intereses del trono y del altar, no tardarían en desaparecer.
Ciertamente, no era Norbert quien leía.
Extrayendo exageradas conclusiones
de esta experiencia, Julien atribuía a la señorita de La Mole la duplicidad de
Maquiavelo. Aquella pretendida maldad era un encanto a sus ojos, quizás el
único encanto moral que ella tuviera. El hastío de la hipocresía y de las
reflexiones virtuosas la hacían caer en tales extremos.
Más que arrastrado por el amor, se
sentía excitado por la imaginación. Cuando se representaba en sus ensueños la
elegante figura de la señorita de La Mole, su exquisito gusto para vestirse,
la blancura de sus manos, la belleza de sus brazos, la disinvoltura de todos
sus movimientos, se sentía profundamente enamorado de ella. Entonces, para
completar el encanto, la suponía una Catalina de Médicis. Le atribuía un
carácter tan profundo y tan perverso, que nada le parecía suficiente para ella.
Era el ideal de los Maslon, los Frilair, los Castanéde, admirados por él en su
juventud. En una palabra, para él era el ideal de París.
¿Y se quiere algo más gracioso que
atribuir profundidad o perversidad al carácter parisiense?
«Es muy posible que este trío se
burle de mí», pensaba Julien. Había que conocer muy poco su carácter para no
adivinar la expresión adusta y fría que se reflejó en su mirada al cruzarse
con la de Mathilde. Una ironía amarga rechazó las muestras de amistad que la
señorita de La Mole, extrañada, se atrevió a insinuar dos o tres veces.
Espoleado por aquella repentina
frialdad, el corazón de la muchacha, por naturaleza frío, hastiado, sensible al
talento, se volvió todo lo apasionado que podía ser. Pero había también mucho
orgullo en el carácter de Mathilde, y la aparición de un sentimiento que hacía
depender de otro toda su dicha fue acompañado de una sombría tristeza.
Julien había aprendido lo suficiente
desde su llegada a París para darse cuenta de que aquello no era la seca
tristeza del tedio. En vez de estar ansiosa, como otras veces, de reuniones,
teatros, diversiones de todo género, las rehuía.
La música interpretada por cantantes
franceses aburría mortalmente a Mathilde, y, sin embargo, Julien, que
consideraba un deber asistir a la salida de la ópera, observó que se hacía
llevar con la mayor frecuencia posible. Creyó advertir que había llegado a
perder algo del perfecto dominio que presidía todas sus acciones. Algunas
veces contestaba a sus amigos con bromas insultantes por su mordaz energía. Le
pareció que mostraba especial encono contra el marqués de Croisenois. «Preciso
es que este joven ame furiosamente el dinero para no dejar plantada a esta mujer,
por rica que sea», pensaba Julien. Él, por su parte, indignado ante los
insultos infligidos a la dignidad masculina, aumentaba su frialdad para con
ella. En más de una ocasión llegó a contestarle rozando la descortesía.
Por muy resuelto que estuviera a no
dejarse engañar por las muestras de interés de Mathilde, hubo días en que éstas
eran tan evidentes, y Julien, que empezaba a abrir los ojos, la encontraba tan
guapa, que a veces estaba francamente perplejo.
«La sutileza y la constancia de
estos jóvenes del gran mundo acabarían por triunfar sobre mi poca experiencia
-se dijo-; hay que marcharse y poner un término a esto.» El marqués acababa de
confiarle la administración de una serie de tierras y casas que poseía en el
bajo Languedoc. Se imponía un viaje: el marqués de La Mole consintió a
disgusto. Excepción hecha de las cuestiones de alta ambición, Julien se había
convertido en su otro yo.
«A fin de cuentas, no me han
atrapado -se decía Julien mientras preparaba su marcha-. Ya sean verdaderas
las burlas de que la señorita de La Mole hace objeto a esos señores, o bien
estén destinadas a inspirarme confianza, el caso es que me he divertido.
»Si no existe una conspiración
contra el hijo del carpintero, la señorita de La Mole es incomprensible, pero,
por lo menos, lo es tanto para el marqués de Croisenois como para mí. Ayer, por
ejemplo, estaba realmente de mal humor, y tuve el placer de ver claudicar por
mi favor a un joven tan noble y tan rico como yo pobre y plebeyo. Éste es el
más hermoso de mis triunfos; él me alegrará en mi silla de posta cuando
recorra las llanuras del Languedoc.»
Había mantenido en secreto su viaje,
pero Mathilde sabía mejor que él que se marchaba de París al día siguiente, y
por mucho tiempo. La joven recurrió a un espantoso dolor de cabeza que el aire
enrarecido del salón no hacía más que aumentar. Se paseó largo rato por el
jardín, persiguiendo de tal modo con sus burlas mordaces a Norbert, al marqués
de Croisenois, a Caylus, de Luz y otros jóvenes que habían comido en el palacio
de La Mole, que les obligó a marcharse. Miraba a Julien de un modo extraño.
«Esta mirada es quizás una comedia
-pensó Julien-; ¡pero esta respiración agitada, esta turbación! ¡Bah! -se
dijo-. ¿Quién soy yo para juzgar estas cosas? Se trata de lo más sublime, de lo
más fino entre las mujeres de París. Esta respiración agitada,
que
ha estado a punto de conmoverme, la habrá aprendido de Léontine Fay, que le
gusta tanto.»
Se habían quedado solos; la
conversación languidecía evidentemente. «No, Julien no siente nada por mí», se
decía Mathilde, creyéndose verdaderamente desgraciada.
En el momento de despedirse, ella le
apretó el brazo con fuerza:
-Esta noche recibirá una carta mía
-le dijo con una voz tan alterada, que casi era imposible reconocer su acento.
Aquel hecho conmovió en el acto a
Julien.
-Mi padre -continuó- aprecia en lo
que valen los servicios que usted le presta. Es preciso que no se vaya usted
mañana; busque un pretexto.
Y se alejó corriendo.
Su figura era encantadora. Era
imposible tener un pie más bonito, corría con una gracia que entusiasmó a
Julien; pero ¿alguien sería capaz de adivinar cuál fue su segundo pensamiento
en cuanto hubo desaparecido del todo? Se sintió ofendido por el tono imperativo
con que había pronunciado las palabras es preciso. Luis XV, en el momento de
morir, también se sintió profundamente molesto por la misma frase, es preciso,
empleada con torpeza por su médico, y, sin embargo, Luis XV no era un
advenedizo.
Una hora después un lacayo entregó
una carta a Julien: era, sencillamente, una declaración amorosa.
«No hay excesiva afectación en el
estilo», se dijo Julien, tratando, con sus observaciones literarias, de
ocultar la alegría que contraía sus mejillas y le obligaba a reírse a pesar
suyo.
«¡Por fin, yo! -exclamó de pronto,
pues la pasión era demasiado fuerte para poder contenerla-, ¡yo, un pobre
campesino, recibo una declaración de amor de una gran dama!
«Por mi parte -añadió, conteniendo
su alegría todo lo posible- no he estado mal. He sabido conservar la dignidad
de mi carácter. Nunca le dije que la amaba.» Después se puso a estudiar los
rasgos caligráficos; la señorita de La Mole tenía una bonita letra inglesa.
Necesitaba una ocupación física para distraerse de una alegría que llegaba al
delirio.
«Su marcha me obliga a hablar...
Sería superior a mis fuerzas no verle más...»
Una idea vino a llamar la atención
de Julien, como un descubrimiento, interrumpiendo el examen que hacía de la
carta de Mathilde y aumentando su alegría. «Me prefiere al marqués de Croisenois
-exclamó-, a mí, que sólo digo cosas serias. ¡Y él, que es tan guapo! Tiene
bigote, un uniforme vistoso, y siempre encuentra una frase espiritual y fina
que colocar en el momento oportuno.»
Julien pasó unos momentos
deliciosos: vagaba a la ventura por el jardín, loco de felicidad.
Más tarde subió a su despacho y se
hizo anunciar al marqués de La Mole, que felizmente no había salido. Le
demostró con facilidad, enseñándole algunos papeles sellados llegados de Normandía,
que el interés de los pleitos normandos le obligaba a diferir su marcha al
Languedoc.
-Me alegro de que no se marche usted
-le dijo el marqués cuando hubieron terminado de hablar de negocios-. Me gusta
verle.
Julien salió; aquella frase le
molestaba.
«¡Y yo voy a seducir a su hija! A
hacer imposible, tal vez, su matrimonio con el marqués de Croisenois, que
espera con tanta ilusión: pues si no es duque, por lo menos su hija será
duquesa.» Julien tuvo la idea de marcharse al Languedoc, a pesar de la carta de
Mathilde, a pesar de las explicaciones que había dado al marqués. Aquel
destello de virtud desapareció enseguida.
«¡Qué bueno soy! -se dijo-; ¡yo, un
plebeyo, tengo compasión de una familia de esta alcurnia! ¡Yo, a quien el duque
de Chaulnes llama criado! ¿Cómo acrecienta el marqués su inmensa fortuna?
Vendiendo acciones cuando se entera en palacio de que al día siguiente va a
haber un golpe de Estado. Y yo, relegado al postrer escalón de la sociedad por
una providencia madrastra, yo, a quien ha dado un corazón noble y ni siquiera
mil francos de renta, es decir, ni un pedazo de pan, exactamente hablando, ni
un pedazo de pan, ¿voy a rechazar un placer que se me ofrece? ¡Un manantial
límpido, que viene a apagar mi sed en el desierto ardiente de la mediocridad
que atravieso con tanto trabajo! No seré tan estúpido; allá se las arregle
cada cual en este desierto de egoísmo que se llama la vida.»
Y recordó algunas miradas, llenas de
desdén, que le habían dirigido la marquesa de La Mole, y, sobre todo, algunas
damas amigas suyas.
El placer de triunfar sobre el
marqués de Croisenois acabó por completo con aquella reminiscencia de virtud.
«¡Cómo me gustaría que se enfadase!
Con qué seguridad le daría ahora una estocada. -Y hacía el ademán de tirarse a
fondo-. Antes era un pedante que alardeaba con bajeza de un poco de valor.
Después de esta carta, soy su igual.
»Sí -se decía con infinita
voluptuosidad y hablando lentamente-, se han puesto en la balanza los méritos
del marqués y los míos, y el pobre carpintero del Jura ha resultado vencedor.
»¡Bueno! -exclamó-. Ya encontré la
respuesta que hay que dar, No vaya usted a figurarse, señorita de La Mole, que
me olvido de mi baja condición. Yo le haré comprender y sentir claramente que
ha traicionado usted a un descendiente del famoso Guy de Croisenois, que
acompañó a san Luis a la Cruzada, por el hijo de un carpintero.»
Julien no podía contener su alegría.
Se vio obligado a bajar al jardín. Su cuarto, en donde se había encerrado con
llave, le parecía demasiado estrecho para respirar.
«¡Yo, pobre campesino del Jura -se
repetía sin cesar-, yo, condenado a llevar eternamente este triste traje
negro! ¡Ay! ¡Veinte años antes hubiese llevado uniforme como ellos! En aquel
entonces, a un hombre como yo, o lo mataban o llegaba a general a los treinta y
seis años. -Aquella carta, que estrujaba entre sus manos, le daba la actitud y
la apariencia de un héroe-. Bien es verdad que ahora, con este traje negro, a
los cuarenta años se tienen cien mil francos de sueldo y el cordón azul, como
el señor obispo de Beauvais.
»¡Bueno! -se dijo, riendo como
Mefistófeles-, yo tengo más talento que ellos; sé elegir el uniforme de mi
época. -Y sintió acrecentarse su ambición y su apego al hábito eclesiástico-.
¡Cuántos cardenales de más bajo nacimiento que yo han llegado a gobernar! Mi
compatriota Granvelle, sin ir más lejos.»
Poco a poco la agitación de Julien
se fue calmando; prevalecía la prudencia. Como su maestro Tartufo, cuyo papel
se sabía de memoria, se dijo a sí mismo:
Je
puis croire ces mots, un artífice honnéte...
Je
ne me fierai point á des propos si doux,
Qu'un peu de ses faveurs, aprés quoi je soupire, Ne vienne
m'assurer tout ce qu'ils m'ont pu dire.[55]
Tartufo,
acto IV, escena V.
«Tartufo también se perdió por una
mujer, y valía tanto como cualquier otro... Pueden leer mi respuesta... contra
esto hay un remedio -añadió, articulando lentamente y con un acento de ferocidad
contenida-, la empezaré con las frases más apasionadas de la carta de la
admirable Mathilde.
»Sí, pero entonces cuatro lacayos
del marqués de Croisenois pueden precipitarse sobre mí y arrebatarme el
original.
»Pero no, porque voy bien armado y
saben que tengo la costumbre de disparar contra los criados.
»Pero imaginemos que uno de ellos
tiene valor y se precipita sobre mí. Le han ofrecido cien napoleones. Le mato
o le hiero, enhorabuena; eso es lo que quieren. Me meten en la cárcel muy
legalmente; me juzgan y, con toda justicia y equidad por parte de los jueces,
me mandan a hacer compañía en Poissy a Fontan y Magallon. Allí tengo que dormir
mezclado con cuatrocientos miserables... ¿Y he de tener compasión por esa
gente? -exclamó levantándose impetuosamente-. ¿La tienen ellos con los hombres
del tercer estado cuando caen en sus manos?» Esta frase fue el último suspiro
de su agradecimiento al marqués de La Mole, que a pesar suyo le había
atormentado hasta entonces.
«Poco a poco, caballeros, comprendo
ese rasgo de maquiavelismo; el padre Maslon o el padre Castanéde del seminario
no hubieran hecho nada mejor. Ustedes me arrebatarán la carta provocadora y
seré una segunda versión del tomo del coronel Caron, en Colmar.
»Un momento, señores, voy a hacer un
paquete bien lacrado con la carta fatal y se la enviaré en depósito al señor
padre Pirard. Éste es un honrado jansenista, y está, como tal, al abrigo de las
seducciones del presupuesto. Sí, pero abre las cartas...; entonces ésta se la
enviaré a Fouqué.»
Forzoso es reconocer que la mirada
de Julien era atroz, su fisonomía, repugnante; reflejaba el crimen sin
paliativos. Era el hombre desdichado en pugna con la sociedad entera.
«¡A las armas!», exclamó Julien. Y
franqueó de un salto la escalinata que daba acceso al palacio. Entró en la
garita de un memorialista que había en la esquina de la calle; le dio miedo.
-Copie usted esto -le dijo, dándole
la carta de la señorita de La Mole.
Mientras el memorialista trabajaba,
él le escribió también a Fouqué, rogándole que guardara aquel precioso
depósito.
«Pero -se dijo, interrumpiendo su
tarea- el cabinet noir[56] de correos abrirá mi carta y les
devolverá a ustedes lo que buscan...; no, señores.»
Fue a comprar una Biblia enorme en
una librería protestante; ocultó muy hábilmente la carta de Mathilde en una de
las tapas, la hizo embalar y envió el paquete por la diligencia, dirigiéndolo a
uno de los obreros de Fouqué, cuyo nombre era perfectamente desconocido en
París.
Hecho esto, entró ligero y gozoso en
el palacio de La Mole.
«Ahora ¡a lo nuestro!», exclamó,
encerrándose con llave en su cuarto y despojándose de su traje.
«¡Cómo, señorita! -escribía después
a Mathilde-. ¿Ha sido la señorita de La Mole quien, por conducto de Arsenio,
lacayo de su padre, ha hecho llegar una carta, por todo extremo seductora, a
manos de un pobre carpintero del Jura, sin duda para burlarse de su
simplicidad...?»
Y a continuación transcribía las
frases más claras de la carta que acababa de recibir.
La suya hubiese honrado la prudencia
diplomática del caballero de Beauvoisis. Aún no eran más que las diez; Julien,
ebrio de felicidad y de una sensación de poder completamente nueva para un
pobre diablo, entró en la ópera italiana. Oyó cantar a su amigo Geronimo. Nunca
la música le había exaltado hasta tal extremo. Era un dios.
Capítulo
14
Reflexiones
de una joven
Que de perplexités!
Que de nuits passées sans sommeil!
Grand Dieu! vais-je me rendre
méprisable?
Il me méprisera lui-méme. Mais il part, il
s'éloigne.[57]
ALFRED DE MUSSET
Antes de escribirle, Mathilde había
librado una lucha interior. Cualquiera que fuese el origen de su interés por
Julien, muy pronto reprimió el orgullo que, desde que se conocía a sí misma,
había reinado en su corazón. Aquella alma altiva y fría se sentía arrebatada
por vez primera por un sentimiento apasionado. Pero si bien había logrado
dominar su orgullo, aún se mantenía fiel a sus hábitos. Dos meses de lucha y de
sensaciones nuevas renovaron, por decirlo así, todo su ser moral.
Mathilde creía entrever la dicha. Y
esta visión, todopoderosa en las almas valerosas dotadas de un talento
superior, tuvo que luchar largamente con la dignidad y con los demás sentimientos
vulgares del deber. Un día se presentó en el cuarto de su madre, a las siete de
la mañana, rogándole que le permitiera refugiarse en Villequier. La marquesa ni
siquiera se dignó contestarle, y le aconsejó que volviera a la cama. Aquél fue
el último esfuerzo de la sensatez vulgar y de la deferencia a las ideas
recibidas.
El temor de obrar mal y de ofender
las ideas que consideraban sagradas los Caylus, los de Luz, los Croisenois,
influía muy Poco en su espíritu; a su entender, seres como ellos no estaban
hechos para comprenderla; sólo les hubiera consultado si se tratara de comprar
un coche o una propiedad. Su verdadero terror consistía en que Julien pudiese
estar descontento de ella.
«¿Quizás él también no tiene más que
las apariencias de un hombre superior?»
Aborrecía la falta de carácter, ésta
era su única objeción contra los jóvenes que la rodeaban. Cuanto más se
burlaban con gracia de todo lo que se aparta de los dictados de la moda, o los
sigue mal creyendo acatarlos correctamente, más perdían a sus ojos.
«Eran valientes y nada más. Y aun
eso, ¿de qué modo? -se decía-: en duelo. Pero el duelo no es más que una
ceremonia. Todo está previsto de antemano, hasta lo que hay que decir al caer.
Tendido sobre la hierba, y con una mano en el corazón, es preciso perdonar
generosamente al adversario, y dedicar una frase a una mujer hermosa, a menudo
imaginaria, o que va al baile el mismo día de la muerte de su amante, temerosa
de despertar sospechas.
»Desafían el peligro al frente de un
escuadrón resplandeciente de acero, pero ¿y el peligro aislado, extraordinario
e imprevisto, realmente comprometido?
»¡Ay! -se decía Mathilde-. ¡En la
corte de Enrique III sí se encontraban hombres tan grandes por su carácter
como por su estirpe! Si Julien hubiese servido en Jarnac o en Moncontour, ya
no tendría ninguna duda. En aquellos tiempos del vigor y de la fuerza, los
franceses no eran muñecos. El día de la batalla era casi el de menos
vacilaciones.
»Su vida no estaba aprisionada, como
una momia egipcia, bajo una envoltura siempre igual y común a todos. Sí
-añadía-, entonces se necesitaba más valor para retirarse solo a las once de la
noche, saliendo del palacio de Soissons, habitado por Catalina de Médicis, que
hoy para marchar a Argelia. La vida de un hombre era una serie de azares. Ahora
la civilización y el prefecto de policía han desterrado el azar, lo imprevisto
ya no existe. Si aparece en las ideas, todas las sátiras son pocas para él; si
aparece en los acontecimientos, nuestro miedo va a la par con nuestra cobardía.
Cualquier locura que el miedo nos haga cometer siempre tiene excusa. ¡Siglo
degenerado y aburrido! ¿Qué hubiera dicho Boniface de La Mole si, levantando de
la tumba su cabeza cortada, hubiese visto en 1793 diecisiete descendientes
suyos dejarse prender como borregos para ser guillotinados dos días después? La
muerte era segura, pero hubiera sido de mal tono defenderse y matar un jacobino
o dos, por lo menos. ¡Ah! En los tiempos heroicos de rancia, en el siglo de
Boniface de La Mole, Julien habría sido jefe de escuadrón, y mi hermano un joven
clérigo de costumbres decorosas, con la sensatez en los ojos y la razón en los
labios.»
Algunos meses antes, Mathilde
desesperaba de encontrar un ser algo diferente del patrón común. Había
experimentado algún placer permitiéndose escribir a algunos jóvenes de la buena
sociedad. Este atrevimiento tan inconveniente, tan imprudente en una muchacha,
podía deshonrarla a los ojos del marqués de Croisenois, del duque de Chaulnes,
su padre, y de todo el palacio de Chaulnes, que, al ver romperse el proyectado
matrimonio, habría querido averiguar la causa. En aquella época, los días en
que había escrito una de estas cartas Mathilde no podía dormir. Y, sin embargo,
dichas cartas no eran más que respuestas.
Ahora se atrevía a decir que amaba.
Había sido la primera (¡qué terrible palabra!) en escribirle a un hombre
situado en uno de los escalones más bajos de la sociedad.
Esta circunstancia le aseguraba,
caso de descubrirse, un eterno deshonor. ¿Cuál de las mujeres que venían a
visitar a su madre se habría atrevido a ponerse de su parte? ¿Qué frase podrían
encontrar para amortiguar el golpe del horrible desprecio de los salones?
Hablar era tremendo, pero ¡escribir!
Hay cosas que no se escriben, exclamó Napoleón al recibir la noticia de la
capitulación de Bailén. Y precisamente era Julien quien le había dicho esta frase,
como si quisiera darle una lección por anticipado.
Pero todo esto no era nada, la
angustia de Mathilde tenía otras causas. Olvidando el efecto horrible que haría
en sociedad la mancha imborrable y digna del mayor desprecio, puesto que
ultrajaba
a su casta, Mathilde se había atrevido a escribirle a un ser de muy distinta
naturaleza que los Croisenois, los de Luz, los Caylus.
La profundidad y lo desconocido del
carácter de Julien hubieran asustado a cualquiera que anudase con él unas
relaciones corrientes. ¡Y ella iba a convertirle en su amante, quizás en su
dueño!
«¿Cuáles no serán sus pretensiones
si algún día llega a tener un poder absoluto sobre mí? ¡Pues bien!, diré como
Medea: En medió de tantos peligros, me queda algo: Yo.
»Julien no siente el menor respetó
por la nobleza de la sangre» -pensaba-. ¡A lo mejor tampoco sentía amor por
ella!
En aquellos postreros momentos de
duda acudió a su mente la idea de su orgullo femenino. «Todo tiene que ser
excepcional en el destinó de una muchacha como yo», exclamó Mathilde, impaciente.
En aquel instante, el orgullo que le habían inspirado desde la cuna luchaba
contra su virtud. Fue entonces cuando la marcha de Julien vino a precipitarlo
todo.
(Felizmente tales caracteres son muy
raros.)
Por la noche, ya muy tarde, Julien
tuvo la malicia de hacer bajar un baúl muy pesado al cuarto del portero; para
llevarlo llamó al lacayo que cortejaba a la doncella de la señorita de La
Mole. «Quizás esta maniobra no dé resultado alguno -se dijo-, pero si resulta,
creerá que me he marchado.» Y se durmió, muy satisfecho de aquella burla.
Mathilde no pegó ojo.
Al día siguiente, muy temprano,
Julien salió del palacio sin ser visto, pero volvió antes de las ocho.
Apenas se instaló en la biblioteca,
la señorita de La Mole apareció en la puerta. Él le entregó su contestación.
Creyó que era su deber hablarle; por lo menos la ocasión no podía ser más propicia,
pero la señorita de La Mole no quiso escucharle, y desapareció. Julien quedó
encantado, no sabía qué decirle.
«Si todo esto no es un juego
convenido con el conde Norbert, es evidente que han sido mis miradas, llenas de
frialdad, las que han encendido ese extrañó amor que esta muchacha de tan
rancia nobleza pretende sentir por mí. Sería el colmo de la necedad por mi
parte que llegara a gustarme esta gran muñeca rubia.» Este razonamiento le dejó
más frío y más calculador que nunca.
«En la batalla que se prepara
-añadió-, el orgullo de casta será como una posición fortificada en lo alto de
una montaña situada entre los dos. Aquí es dónde habrá que maniobrar para tomarla.
He hecho muy mal al quedarme en París; esta demora de mi viaje me envilece y me
hace correr un gran peligró, si todo esto no es más que un juego. ¿Qué
arriesgaba al marcharme? Me burlaba de ellos, si pretendían burlarse de mí. Si
su interés es real, centuplicaba este interés.»
La carta de la señorita de La Mole
había sido una satisfacción tan grande para la vanidad de Julien, que, aun
riéndose de lo que le ocurría, había olvidado pensar seriamente en la conveniencia
de su marcha.
Una de las fatalidades de su
carácter era el ser extremadamente sensible a sus propias equivocaciones. Muy
contrariado por ésta, casi no se acordaba de la victoria increíble que había
precedido a este pequeño fracasó, cuando, a eso de las nueve, la señorita de La
Mole apareció en el umbral de la puerta de la biblioteca, le echó una carta y
se marchó corriendo.
«Parece que esto va a ser una novela
epistolar -dijo él, recogiendo aquella nueva carta-. El enemigo hace un
movimiento falso, yo voy a hacer alarde de frialdad y de virtud.»
Se le pedía una respuesta decisiva
con una altivez que aumentó su alegría interior. Él se dio el gustó de
burlarse, a lo largó de dos páginas, de los que pretendiesen burlarse de él, y,
como una broma más, anunció al final de su carta que se marcharía al día
siguiente por la mañana.
Terminada esta carta, pensó: «Para
entregársela, puedo avisarla desde el jardín». Salió fuera y miró a la ventana
del cuarto de la señorita de La Mole.
Estaba situada en el primer pisó, al
lado de las habitaciones de su madre, pero había un entresuelo muy alto de
techó.
Aquel primer pisó estaba tan alto,
que, mientras se paseaba por la gran avenida de tilos con su carta en la manó,
Julien
no
podía ser visto desde la ventana de la señorita de La Mole. La bóveda que
formaban las copas de los tilos, muy bien podadas, interceptaba todas las
miradas. «¡Pero cómo! -se dijo Julien, malhumorado-, ¡esto es una verdadera
imprudencia! Si pretenden burlarse de mí, dejándome ver con una carta en la
mano no hago más que secundar los propósitos de mis enemigos.»
La
habitación de Norbert estaba precisamente encima de la de su hermana, y si
Julien salía de la bóveda que formaban las ramas de los tilos, el conde y sus
amigos podrían seguir todos sus movimientos.
La
señorita de La Mole apareció detrás de los cristales; él le enseñó su carta con
disimulo; ella bajó la cabeza. Enseguida, Julien volvió corriendo a su cuarto,
y en la escalera principal encontró casualmente a la hermosa Mathilde, que
cogió su carta con la más perfecta desenvoltura y con los ojos sonrientes.
«¡Cuánta
pasión había en los ojos de la pobre señora de Renal -se dijo Julien- cuando,
aun después de seis meses de relaciones íntimas, se atrevía a recibir una
carta mía! Creo que jamás me miró con ojos sonrientes.»
Después
ya no formuló tan claramente sus restantes objeciones. ¿Se avergonzaba de la
futilidad de sus razones? «Pero al propio tiempo -siguió pensando-, ¡qué
diferencia en la elegancia de su vestido de mañana, en la elegancia de su
porte! Al ver a la señorita de La Mole a treinta pasos de distancia, un hombre
de buen gusto adivinaría en el acto su rango en la alta sociedad. Esto sí que
puede llamarse un mérito explícito.»
Aunque
aparentaba tomarlo a broma, Julien no se atrevía a confesarse el fondo de su
pensamiento; la señora de Rénal no tenía ningún marqués de Croisenois que
sacrificarle. No había tenido otro rival que el innoble subprefecto señor
Charcot, que se hacía llamar de Maugiron, porque ya no hay Maugirons.
A
las cinco, Julien recibió una tercera carta; se la echaron desde la puerta de
la biblioteca. La señorita de La Mole volvió a emprender la fuga. «¡Qué manía
de escribir -se dijo, riendo-, cuando se puede hablar tan cómodamente! Está
claro que el enemigo quiere tener varias cartas mías.» Y no se dio la menor
prisa en abrirla. «Como siempre, unas cuantas frases elegantes», pensaba. Pero
al leer palideció, no contenía más que ocho líneas:
«Necesito
hablar con usted; es preciso que le hable; esta noche, al dar la una, esté
usted en el jardín. Coja la escalera grande del jardinero, que está cerca del
pozo, apóyela en mi ventana y suba a mi cuarto. Hay luna; no importa.»
Capítulo
15
¿Será
una trampa?
¡Ay, qué cruel es el intervalo entre
la concepción
de un gran proyecto y su ejecución!
¡Cuántos terrores vanos! ¡Cuánta
irresolución!
Se trata de la vida; más aún: del
honor.
SCHILLER
«Esto se pone serio -pensó Julien-
...y demasiado claro -añadió, después de haber reflexionado-. Esta hermosa
señorita puede hablarme en la biblioteca, a Dios gracias, con entera libertad,
pues el marqués, temeroso de que le presente alguna cuenta, no aparece nunca
por aquí. Además, el marqués de La Mole y el conde Norbert, las únicas personas
que suelen entrar aquí, están fuera casi todo el día; en cualquier momento es
muy fácil advertir su entrada en palacio, ¡y la sublime Mathilde, para cuya
mano no sería bastante noble un príncipe reinante, quiere que yo cometa una
imprudencia abominable!
»Está bien claro, quieren perderme,
o por lo menos burlarse de mí. Primero han querido perderme con mis cartas;
pero como han sido prudentes, ¡necesitan un hecho tan claro como la luz del
día! Estos caballeritos me creen demasiado tonto o demasiado fatuo. ¡Vamos,
que subir por una escalera de mano a un Primer piso de veinticinco pies de
altura en una noche de luna llena! Daría tiempo a que me viesen incluso desde
las casas vecinas. ¡Qué lindo estaría encaramado en la escalera!» Julien subió
a su cuarto y, silbando, se puso a hacer su equipaje. Estaba decidido a
marcharse y no contestar siquiera.
Pero aquella prudente resolución no
le daba la menor tranquilidad de espíritu. Después de cerrar la maleta, se
dijo de Pronto: «¿Y si por casualidad Mathilde obrase de buena fe? Entonces
haré ante ella el papel de un perfecto cobarde. Yo no soy
noble,
necesito grandes cualidades, dinero contante y sonante, no basadas en
halagadoras conjeturas, sino probadas con acciones elocuentes...».
Estuvo dando vueltas en su
habitación durante un cuarto de hora.
«¿Para qué negarlo? -se dijo al
fin-. A sus ojos no sería más
que
un cobarde. Perdería no sólo la mujer más deslumbradora de la alta sociedad,
como decían todos en el baile del duque de Retz, sino también el divino placer
de ver sacrificar por mí al marqués de Croisenois, hijo de un duque y que
llegará también
a
duque. Un joven encantador que tiene todas las cualidades que a mí me faltan:
talento oportuno, nacimiento, fortuna...
»Este
remordimiento me perseguiría toda mi vida. No por ella, ¡hay tantas queridas!
... Mais il n'est qu'un honneur![58]
dijo
el anciano don Diego, y aquí resulta claro y evidente que retrocedo ante el
primer peligro con que me encuentro; pues el duelo con el señor de Beauvoisis
no fue más que una broma. Esto es otra cosa. Cualquier criado puede matarme
como si tirara al blanco, pero no es éste el mayor peligro, puedo quedar deshonrado.
»Esto se pone serio, hijo mío
-añadió con alegría y acento gascón-. Va en ello la honra. Nunca un pobre
diablo como yo, a quien la suerte colocó tan bajo, encontrará una ocasión semejante:
tal vez haré otras conquistas, pero inferiores...»
Reflexionó durante mucho rato,
paseándose a pasos precipitados y deteniéndose súbitamente de vez en cuando.
En su cuarto había un magnífico busto en mármol del cardenal Richelieu, que, a
pesar suyo, atraía sus miradas. Aquel busto iluminado por su lámpara parecía
que le miraba de un modo severo, como reprochándole la falta de audacia que
debe ser tan natural en el carácter francés. «En tu época, gran hombre, ¿habría
yo dudado?
»En el peor de los casos -se dijo al
fin Julien-, suponiendo que todo esto sea una trampa, es bien triste y
comprometedor para una muchacha. Saben que no soy hombre que se calle. Por lo
tanto, tendrán que matarme. Y eso era bueno en 1574, en tiempos de Boniface de
La Mole, pero actualmente no se atrevería nadie. Estas gentes no son las
mismas. ¡La señorita de La Mole es objeto de tantas envidias! Mañana mismo su
vergüenza sería comentada en cuatrocientos salones, y ¡con qué fruición!
»Los criados comentan entre sí las
notorias preferencias de que soy objeto, lo sé, les he oído...
»Por otra parte, sus cartas... A lo
mejor se figuran que las llevo encima. Si me sorprendieran en su cuarto, me
las quitarían. Tendría que habérmelas con dos, tres o cuatro hombres, ¡qué sé
yo! Pero ¿de dónde sacarían estos hombres? ¿Dónde encontrar servidores
discretos en París? La justicia les da miedo... ¡Pardiez! Quizá los mismos
Caylus, Croisenois, de Luz. Ese instante y el papel ridículo que yo haría en
medio de ellos es lo que les habrá tentado. ¡Cuidado con la suerte de Abelardo,
señor secretario!
»¡Pardiez, señores, no se escaparán
sin ningún recuerdo mío! Pegaré en la cara, como los soldados de César en
Farsalia... Y las cartas puedo ponerlas en lugar seguro.»
Julien copió las dos últimas,
escondió las copias en un tomo del lujoso Voltaire que había en la biblioteca,
y llevó los originales al correo.
Cuando estuvo de vuelta, se dijo
lleno de sorpresa y terror: «¡Qué locura voy a cometer! -Había pasado un cuarto
de hora sin pensar seriamente en la empresa que iba a llevar a cabo aquella
misma noche-. Pero si no acepto, ¡después me despreciaré a mí mismo! Durante
toda mi vida esta acción será un motivo de duda, y para mí semejante duda es el
mayor de los tormentos. ¿No tuve ocasión de comprobarlo por lo del amante de
Amanda? Creo que me perdonaría más fácilmente un crimen bien claro; una vez
confesado, dejaría de pensar en él.
»¡Cómo! ¡Un destino excepcional me
convierte en el rival de un hombre que ostenta uno de los nombres más ilustres
de Francia, y yo mismo, alegremente, voy a confesarme inferior a él! En
el
fondo, no ir es una cobardía. Esta palabra lo resuelve todo -exclamó Julien,
levantándose-, ¡además, ella es muy bonita!
»Si esto no es una traición, ¡qué
locura comete por mí!... Si es un engaño, ¡pardiez, señores!, en mi mano está
convertirlo en algo serio, y no dejaré de hacerlo.
»Pero, ¿y si me sujetan los brazos
en el momento de entrar en su cuarto? A lo mejor me han preparado un ingenioso
mecanismo.
»Esto es como un duelo -se dijo,
riendo-, hay parada para todo, dice mi maestro de armas, pero cuando Dios
misericordioso quiere que se acabe, hace que uno de los dos se olvide de parar.
Además, con esto puedo darles una cumplida respuesta». Sacó sus pistolas del
bolsillo, y, aunque el fulminante estaba intacto, las volvió a cargar.
Todavía quedaban muchas horas de
espera; para hacer algo, Julien escribió a Fouqué.
«Querido
amigo:
No
abras la carta adjunta que te incluyo más que en caso de accidente, si tienes
noticia de que me ha ocurrido algo raro. En ese caso, borra los nombres propios
del manuscrito que te envío y manda sacar ocho copias, que remitirás a los
periódicos de Marsella, Burdeos, Lyon, Bruselas, etc. Diez días después manda
imprimir este manuscrito; envía el primer ejemplar al señor marqués de La
Mole; y quince días después, de noche, arroja por las calles de Verriéres los
demás ejemplares.»
Arreglada en forma de cuento esta
especie de memoria justificativa, que Fouqué sólo había de abrir en caso de
accidente, Julien procuró hacerla lo menos comprometedora posible para la
señorita de La Mole; pero, con todo, describía muy exactamente su posición.
Julien acababa de cerrar su paquete
cuando sonó la campana de la cena, haciendo palpitar su corazón. Preocupado por
el relato que había compuesto en su imaginación, le embargaban los más
trágicos presentimientos. Se había visto a sí mismo secuestrado por los
criados, agarrotado y encerrado en el sótano con una mordaza en la boca. Allí,
un criado le vigilaba día y noche sin perderle de vista, y si el honor de la
noble familia exigía que la aventura terminase trágicamente, era fácil ponerle
fin mediante uno de esos venenos que no dejan rastro; entonces corría la voz
de que había muerto de enfermedad y trasladaban el cadáver a su cuarto.
Emocionado por su propia fábula,
como un autor dramático, Julien tenía verdadero miedo cuando entró en el
comedor. Miraba a todos esos criados con librea. Estudiaba su fisonomía.
«¿Cuáles habrán elegido para la expedición de esta noche? -se preguntaba-. En
esta familia los recuerdos de la corte de Enrique [II están tan presentes en
su memoria, que, si se creen ultrajados, tendrán mucha más decisión que otros
personajes de su mismo rango.» Miró a la señorita de La Mole para ver si leía
en sus ojos los proyectos de su familia; estaba pálida y tenía un aire
completamente medieval. Nunca le había hallado tal aire de grandeza, estaba
realmente hermosa e imponente. Casi se sintió enamorado de ella. «Pallida
inorte,futura», se dijo. (Su palidez revela sus grandes propósitos.)
En vano después de cenar fingió
pasear durante mucho rato por el jardín, la señorita de La Mole no apareció. En
aquel momento, hablar con ella le hubiera quitado un gran peso de encima.
¿Por
qué no confesarlo? Tenía miedo. Como estaba resuelto a actuar, se abandonaba
sin vergüenza a este sentimiento. Se decía: «Con tal de que en el momento
preciso tenga el valor necesario, ¿qué importa lo que pueda sentir ahora?». Y
se fue a comprobar el peso de la escalera de mano y a inspeccionar el sitio en
que estaba.
«Éste es un instrumento -díjose,
riendo- que estoy destinado a utilizar aquí, como en Verriéres. ¡Qué
diferencia! Entonces -añadió con un suspiro- no me veía obligado a desconfiar
(le la persona por quien me arriesgaba. ¡Y qué distinto también el peligro que
corría!
»Si me hubiesen matado en los
jardines del señor de Rénal, no habría habido deshonra para mí. Fácilmente
hubiera podido ocultar las razones de mi muerte. Aquí, en cambio, ¡qué
abominables relatos se harían en los salones de Chaulnes, de Caylus, de Retz, etc.,
en una palabra, en todas partes! Pasaría como un monstruo a la posteridad.
»Durante dos o tres años -agregó,
riéndose y burlándose de sí mismo. No obstante, aquella idea le anonadaba-. Y a
mí, ¿cómo podrán justificarme? Suponiendo que Fouqué haga imprimir mi libelo
póstumo, no será más que una nueva infamia. ¡Cómo! Soy recibido en una casa,
colmado de bondades y, en pago de ellas y de la hospitalidad que me han
prestado, ¡imprimo un libelo contando lo que pasa! ¡Ataco el honor de las
mujeres de la familia! ¡No, antes mil veces me dejaré engañar!»
Aquella velada fue espantosa.
Capítulo
16
La
una de la madrugada
El jardín era muy grande,
trazado pocos años antes con un gusto
exquisito.
Pero los árboles tenían más de un
siglo,
y le daban un cierto aire campestre.
MASSINGER
Iba a escribir una contraorden a
Fouqué, cuando dieron las once. Haciendo mucho ruido, dio varias vueltas a la
cerradura de la puerta de su cuarto, como si se encerrase en él. Después salió
a paso de lobo a inspeccionar toda la casa, sobre todo el cuarto piso, que
ocupaban los criados. No advirtió nada excepcional. Una de las doncellas de la
marquesa de La Mole tenía una pequeña reunión en su cuarto; los criados bebían
ponche alegremente. «Los que así ríen -pensó Julien- no tomarán parte en la
expedición nocturna, estarían más serios.»
Finalmente fue a esconderse en un
rincón oscuro del jardín. «Si su plan es ocultarse de los criados de la casa,
harán saltar las tapias del jardín a las personas encargadas de sorprenderme.
»Si el marqués de Croisenois obra
con algo de sangre fría en este asunto, debe considerar menos comprometedor
para la muchacha con quien ha de casarse que me sorprendan antes de entrar en
su cuarto.»
Hizo un reconocimiento militar y muy
minucioso. «Se trata de mi honor -pensó-; si cometo alguna torpeza, me parecerá
una excusa inadmisible decir que no se me había ocurrido.»
El tiempo era de una serenidad
desesperante. A eso de las once salió la luna, a las doce iluminaba de lleno la
fachada del Palacio que daba al jardín.
«Está loca», se decía Julien. Al dar
la una aún había luz en las ventanas del conde Norbert. En toda su vida había
tenido Julien tanto miedo, no veía más que los peligros de la empresa, y no
sentía el menor entusiasmo.
Fue a buscar la enorme escalera de
mano, esperó cinco minutos, para dar tiempo a una contraorden, y a la una y
cinco apoyó la escalera contra la ventana de Mathilde. Subió despacio, con la
pistola en la mano, asombrado de que no le atacasen. Al acercarse a la ventana,
ésta se abrió sin ruido.
-Ya está usted aquí -le dijo
Mathilde, muy emocionada-. Estoy observando sus movimientos desde hace una
hora.
Julien estaba muy azorado, no sabía
cómo conducirse, pues no sentía ni rastro de amor. En su azoramiento creyó que
debía ser atrevido, y trató de abrazar a Mathilde.
-¡Atrás! -le dijo ella,
rechazándole.
Muy satisfecho de verse rechazado,
se apresuró a echar una ojeada en torno suyo: la luna era tan brillante, que
las sombras que proyectaba dentro del cuarto de la señorita de La Mole eran
negras. «Aquí puede haber muy bien varios hombres escondidos sin que yo los
vea», pensó.
-¿Qué lleva usted en el bolsillo?
-le preguntó Mathilde, encantada de encontrar un motivo de conversación.
Sufría
de modo extraño; todos los sentimientos de timidez y recato, tan naturales en
una muchacha de buena cuna, habían recobrado su imperio y eran un suplicio para
ella.
-Tengo toda clase de armas y de
pistolas -respondió Julien, no menos contento de poder decir algo.
-Hay que retirar la escalera -dijo
Mathilde.
-Es enorme, y puedo romper los
cristales del salón de abajo 0 del entresuelo.
-No hay que romper los cristales
-respondió Mathilde, tratando en vano de adoptar el tono de la conversación
corriente-; me parece que podrá usted bajar la escalera atando una cuerda al
primer peldaño. Yo siempre tengo cuerdas de todas clases.
«¿Y esto es una mujer enamorada?
-pensó Julien-. ¡Se atreve a decir que me ama! Tanta sangre fría, tantas
precauciones, me demuestran bien a las claras que no triunfo sobre el marqués
de Croisenois, como yo creía estúpidamente, sino que no hago más
que
sucederle. Pero ¡qué me importa! ¿La amo acaso? Siempre triunfaré sobre el
marqués en el sentido de que le molestará mucho tener un sucesor, y aún más que
su sucesor sea yo. ¡Con qué altanería me miraba ayer por la tarde en el Café
Tortoni, afectando no reconocerme! ¡Y con qué aire ofendido me saludó luego,
cuando no pudo evitarlo!»
Julien había atado la cuerda al
último peldaño de la escalera y la dejaba caer despacio, inclinando mucho el
cuerpo fuera del balcón para que no rompiera los cristales. «¡Bonito momento
para matarme -pensó-, si hay alguien escondido en el cuarto de Mathilde!» Pero
el silencio más profundo continuaba reinando por doquier.
Por fin la escalera llegó al suelo.
Julien logró dejarla tendida sobre un arriate de flores exóticas que se
extendía a lo largo de la pared.
-¡Qué dirá mi madre -dijo Mathilde-
cuando vea destrozadas sus hermosas plantas!... Hay que tirar la cuerda -añadió
con la mayor sangre fría-. Si la vieran colgada del balcón, sería una
circunstancia muy difícil de explicar.
-Y yo, ¿cómo irme? -dijo Julien en
tono de broma, afectando el modo de hablar criollo. (Una de las doncellas de la
casa era de Santo Domingo.)
-Usted irse por la puerta -dijo
Mathilde, encantada de esta idea.
«¡Qué digno de mi amor es este
hombre!», pensó.
Julien acababa de dejar caer la
cuerda al jardín. Mathilde le apretó el brazo. Él creyó que se trataba de un
enemigo, y se volvió rápidamente, sacando un puñal.
A ella le había parecido que abrían
una ventana. Se quedaron inmóviles y sin respirar. La luna les daba de lleno.
No se volvió a oír el menor ruido y toda su inquietud se desvaneció.
Entonces volvió el malestar, que era
muy acusado por ambas Partes. Julien se aseguró de que la puerta estaba cerrada
con cerrojo; pensó incluso en mirar debajo de la cama, pero no se atrevió;
allí podían muy bien haberse escondido uno o dos criados. Finalmente, temió los
futuros reproches de su prudencia, y miró.
Mathilde era presa de todas las
angustias que puede inspirar la timidez más extremada. Su situación la
horrorizaba.
-¿Qué ha hecho usted con mis cartas?
-le dijo por fin.
«¡Buena ocasión para desconcertar a
esos señores, si están a la escucha, y evitar la batalla!», pensó Julien.
-La primera, escondida en una gran
Biblia protestante, salió ayer en la diligencia, y pronto estará muy lejos de
aquí.
Hablaba con mucha claridad al entrar
en estos detalles para ser oído por las personas que podían estar escondidas en
dos grandes armarios de caoba que no se había atrevido a registrar.
-Las otras dos las he mandado por
correo, y siguen el mismo camino que la primera.
-¡Dios mío! ¿Y para qué tantas
precauciones? -dijo Mathilde, extrañada.
«¿Por qué he de mentir?», pensó
Julien, y le confesó todas sus sospechas.
-¡Así, pues, éste era el motivo de
la frialdad de tus cartas! -exclamó Mathilde con un tono en que se traslucía
más el extravío que la ternura.
Julien no advirtió este matiz. Aquel
tuteo le hizo perder la cabeza, o por lo menos sus sospechas se desvanecieron;
se vio a sí mismo dignificado; se atrevió a estrechar en sus brazos a aquella
muchacha tan hermosa y que tanto respeto le inspiraba. Fue rechazado sólo a
medias.
Recurrió a su memoria, como en otro
tiempo, en Besancon, con Amanda Binet, y recitó algunas de las más bellas
frases de La nueva Eloísa.
-Eres todo un hombre -le respondió,
sin hacer mucho caso de sus palabras-; he querido poner a prueba tu valor, lo
confieso. Tus primeras sospechas y tu resolución me demuestran que eres aún
más intrépido de lo que yo creía.
Mathilde hacía esfuerzos para
tutearle, evidentemente estaba más atenta a esta manera inusitada de hablar
que al fondo de las cosas que decía. Aquel tuteo, desprovisto del menor acento
de ternura, al cabo de un momento no le produjo a Julien ningún placer; le
extrañaba no sentirse dichoso; para lograrlo recurrió a su razón. Se veía
estimado por aquella muchacha tan orgullosa y que nunca prodigaba sus elogios
sin reservas. Con este razonamiento consiguió experimentar una satisfacción
de amor propio.
Pero no era, a decir verdad, aquella
voluptuosidad del alma que había encontrado muchas veces junto a la señora de
Renal. ¡Qué diferencia, Santo Dios! En aquel primer momento, sus sentimientos
no tenían nada de tiernos. Aquello era la dicha de la ambición, y Julien era,
sobre todo, ambicioso. Habló de nuevo de las gentes de quienes sospechaba y de
las precauciones que había imaginado. Mientras hablaba, estaba pensando en el
modo de aprovecharse de su victoria.
Mathilde, muy azorada aún y con el
aire aterrado por el paso que había dado, se alegró mucho de encontrar un tema
de conversación. Hablaron del modo de volver a verse. Julien gozó con delicia
del ingenio y el valor de que dio muestras nuevamente durante esta discusión.
Tenían que habérselas con gente muy perspicaz, el pequeño Tanbeau sería
seguramente un espía, pero Mathilde y él tampoco carecían de habilidad.
-¿Qué cosa más fácil que reunirse en
la biblioteca para ponerse de acuerdo?
-Yo puedo andar por todas partes en
la casa sin despertar sospechas -añadió Julien-, casi hasta entrar en el
cuarto de la marquesa de La Mole.
Era imprescindible pasar por éste
para llegar al de su hija. Si Mathilde prefería que entrara siempre por el
balcón, se expondría a aquel pequeño peligro con el corazón ebrio de alegría.
Al escucharle, Mathilde se sintió
molesta por aquel aire de triunfo. «¿Acaso es mi dueño?», se dijo.
Se sentía presa ya de
remordimientos. Su razón se horrorizaba ante la locura enorme que acababa de
cometer. De estar en su mano, habría hecho que la tierra la tragara a sí misma
y a Julien. En los momentos en que su fuerza de voluntad acallaba sus
remordimientos,
un sentimiento de timidez y de pudor herido la hacían muy desgraciada. No había
previsto, ni con mucho, el estado angustioso en que se hallaba.
«Sin embargo, es preciso que le
hable -acabó por decirse eso es lo que corresponde, todo el mundo habla a su
amante.» y entonces, por cumplir un deber, y con una ternura que estaba mucho
más en las palabras empleadas que en el tono de su voz, le contó las diversas
resoluciones que había adoptado respecto a él en aquellos últimos días.
Había resuelto que si se atrevía a
llegar a su cuarto valiéndose de la escalera de mano del jardinero, como le
había indicado, sería suya sin reservas. Pero jamás se han dicho cosas tan tiernas
en un tono más frío y más cortés. Hasta aquel momento era una cita helada,
capaz de hacer odiar el amor. ¡Qué lección de moral para una joven imprudente!
¿Vale la pena perder su porvenir por un momento semejante?
Después de largas vacilaciones, que
a un observador superficial hubieran podido parecerle efecto de un odio
declarado -hasta tal punto los sentimientos que una mujer se debe a sí misma
se resistían a ceder a una voluntad tan firme-, Mathilde acabó por ser para él
una amante amable.
A decir verdad, todos sus
transportes eran un poco deliberados. El amor apasionado era más bien una
copia que se trataba de imitar que una realidad.
La señorita de La Mole creía cumplir
un deber consigo misma y con su amante. «El pobre muchacho -se decía- ha demostrado
un valor extraordinario, merece ser feliz, o a mí me falta carácter.» Pero
hubiera cambiado por una eternidad de desdichas la cruel necesidad en que se
hallaba.
A pesar de la tremenda violencia que
se hacía, fue perfectamente dueña de sus palabras.
Ni una queja, ni un reproche
vinieron a echar a perder aquella noche, que a Julien le pareció más bien
extraña que dichosa. ¡Qué diferencia, Santo Dios, con su última estancia de
veinticua tro horas en Verriéres! «Los buenos modales de París han halla, do el
secreto para estropearlo todo. hasta el amor se decía a si mismo con extremada
injusticia. de los
Estaba entregado a estas
reflexiunes, dentro de uno grandes armarios de caoba, donde le habían metido en
cuanto se oyeron los primeros ruidos en
la estancia contigua, que era la de la marquesa de La Mole. Mathilde acompañó a
su madre a misa, las criadas se marcharon luego de la habitación, y Julien
escapó antes de que volvieran a reanudar sus faenas.
Montó a caballo y buscó los lugares
más solitarios de uno de los bosques cercanos a París. Se sentía más asombrado
que dichoso. La alegría que de vez en cuando embargaba su espíritu era como la
de un subteniente, al que, después de una brillante acción, el general en jefe
hubiese ascendido a coronel en el campo de batalla; se sentía elevado a una
inmensa altura. Todo lo que la víspera estaba por encima de él ahora estaba a
su nivel o por debajo. A medida que se alejaba, la dicha de Julien fue en
aumento.
Si no había el menor rastro de
ternura en su alma, era porque, por extraño que parezca, Mathilde, en toda su
conducta con él, había cumplido su deber. En todos los acontecimientos de
aquella noche no había nada imprevisto para ella, sólo la tristeza y la
vergüenza que había experimentado, en vez de la divina felicidad de que hablan
las novelas.
«¿Me habré engañado y no estaré
enamorada de él?», se dijo.
Capítulo 17
Una vieja espada
I now mean tu be serious; it is time,
Since laughter now-a-days is deem'd
too serious
A jest at vice by virtue's called a
crime.[59]
BYRON
Mathilde no asistió a la comida. Por
la noche estuvo un momento en el salón, pero no miró a Julien. Esta conducta
le pareció a él extraña. «Pero no conozco las costumbres de la gente de cuna
más que por los actos de la vida cotidiana que he observado cientos de veces
-pensó-; ya me dirá la razón de todo esto.» Sin embargo, movido por una extrema
curiosidad, estudiaba la expresión del semblante de Mathilde; no pudo menos de
observar que era seca y dura. Evidentemente, no era la misma mujer que la noche
anterior sentía o fingía sentir unos transportes de dicha excesivos para ser
verdaderos.
Al día siguiente y al otro, la misma
frialdad por su parte; no le miraba, no se daba cuenta siquiera de su
existencia. Julien, devorado por la más viva inquietud, estaba a mil leguas
del sentimiento de triunfo que había experimentado el primer día. «¿Se trata,
acaso, de un retorno a la virtud?» Pero ésta era una expreSión demasiado
burguesa para la orgullosa Mathilde.
«En las circunstancias corrientes de
la vida no cree en la religión -pensaba Julien-, aunque la considera muy útil
para los intereses de su casta.
»Pero,
¿no puede reprocharse vivamente la falta irreparable que ha cometido, aunque
sólo sea por simple delicadeza femenina?» Julien creía ser su primer amante.
«Sin embargo -se decía otras veces-,
preciso es confesar que en su manera de ser no hay el menor rastro de
sencillez, ternura o ingenuidad; nunca la he visto más parecida a una reina que
acaba de descender de su trono. ¿Será que me desprecia? Sería digno de ella
arrepentirse de lo que ha hecho por mí, solamente a causa de mi humilde cuna.»
Mientras Julien, lleno de los
prejuicios adquiridos en los libros y en los recuerdos de Verriéres, perseguía
la quimera de una amante tierna que ya no piensa en sí misma desde el momento
en que ha hecho feliz a su amante, la vanidad de Mathilde estaba furiosa contra
él.
Como
hacía más de dos meses que no se aburría, ya no le asustaba el aburrimiento;
por eso, sin sospecharlo siquiera, Julien había perdido su mayor ventaja.
«¡Me he dado pues un dueño! -se
decía la señorita de La Mole, paseándose alterada por su habitación-. Tiene un
gran sentido del honor, es cierto; pero si pongo a prueba su vanidad, puede
vengarse de mí haciendo pública la índole de nuestras relaciones.» Tal es la
desgracia de nuestro siglo, que ni los más singulares extravíos remedian el
aburrimiento. Mathilde no había tenido ningún amante, y en esta circunstancia
de la vida, que da ilusiones de ternura aun a las almas más duras, era presa de
las reflexiones más amargas.
«Tiene un poder inmenso sobre mí,
puesto que puede dominarme por el terror, e infligirme un castigo horrible si
le saco de sus casillas.» Esta sola idea era suficiente para que la señorita de
La Mole sintiese deseos de ofenderle, pues el valor era la primera cualidad de
su carácter. No había nada capaz de producirle mayor agitación y de disipar el
fondo de aburrimiento siempre latente dentro de ella, que la idea de que se
jugaba su existencia a cara o cruz.
Al tercer día, como la señorita de
La Mole se obstinaba en no mirarle, después de comer Julien la siguió al salón
de billar, evidentemente contrariando sus deseos.
-Vamos a ver, caballero -le dijo
ella con mal contenida indignación-, ¿es que cree usted haber adquirido tan
grandes derechos sobre mí que pretende hablarme en contra de mi voluntad,
expresada de una manera bien patente?... ¿Sabe usted que nadie en el mundo se
había atrevido a tanto?
Nada más gracioso que el diálogo
entre aquellos dos amantes; sin darse cuenta, sentían el odio más profundo el
uno por el otro. Como ninguno de los dos tenía el carácter muy sufrido, y
además estaban habituados al trato de la buena sociedad, no tardaron mucho en
declararse mutuamente que todo había terminado entre ellos para siempre.
-Le juro que guardaré el secreto
eternamente -dijo Julien-, y añadiría incluso que no volveré a dirigirle la
palabra, si no temiera dañar su reputación con un cambio tan marcado.
Saludó con perfecto respeto y se
marchó.
Cumplía sin mucho esfuerzo lo que él
consideraba un deber; estaba muy lejos de creerse enamorado de veras de la
señorita de La Mole. Indudablemente, no la amaba tres días antes, cuando le
había escondido en el armario de caoba. Pero todo cambió rápidamente en su
alma desde el momento en que creyó que había roto con ella para siempre.
Su memoria cruel se complacía en
recordar los menores detalles de aquella noche que en la realidad le había
dejado tan frío.
La misma noche que siguió a la
ruptura definitiva, Julien estuvo a punto de volverse loco al verse obligado a
confesarse que amaba a la señorita de La Mole.
A este descubrimiento siguió una
serie de luchas crueles: todos sus sentimientos estaban trastornados.
Ocho días después, en lugar de
mostrarse orgulloso con el marqués de Croisenois, casi le habría abrazado
deshecho en lágrimas.
La costumbre de la desgracia le dio
un rasgo de buen sentido, se decidió a partir para el Languedoc, hizo su
equipaje y se fue a la casa de postas.
Se sintió desfallecer cuando, al
llegar a la oficina de las sillas de posta, le dijeron que por una extraña
casualidad había una plaza para el día siguiente en la diligencia de Toulouse.
La tomó y volvió al palacio de La Mole a anunciarle su marcha al marqués.
El marqués de La Mole había salido.
Más muerto que vivo, Julien fue a esperarle a la biblioteca. ¡Cuál no sería su
emoción al encontrar allí a la señorita de La Mole!
Al verle aparecer, ella adoptó un
aire de malignidad que no dejaba lugar a dudas.
Arrastrado por su desgracia,
extraviado por la sorpresa, Julien tuvo la debilidad de decirle, con el tono
más tierno que salió del fondo de su alma:
-Entonces, ¿ya no me ama usted?
-Me horroriza la idea de haberme
entregado a un cualquiera -dijo Mathilde, llorando de rabia contra sí misma.
-¡A un cualquiera! -exclamó Julien,
y se lanzó sobre una antigua espada de la Edad Media, que se conservaba como
una curiosidad en la biblioteca.
Su dolor, que creía extremado en el
momento de dirigirle la palabra a la señorita de La Mole, se había centuplicado
al ver las lágrimas de vergüenza que brotaban de sus ojos. Se hubiera considerado
el más feliz de los hombres de poder matarla.
En el momento en que, con algún
esfuerzo, logró sacar la espada de su antigua vaina, Mathilde, feliz con una
sensación tan nueva, avanzó orgullosa hacia él; habían cesado todas sus
lágrimas.
El recuerdo del marqués de La Mole,
su bienhechor, acudió de pronto a la mente de Julien. «¡Voy a matar a su hija!
-se dijo¡Qué horror! -e hizo un gesto para tirar la espada-. Seguramente
-pensó- va a echarse a reír ante esta actitud de melodrama.» Esta idea le
devolvió toda su sangre fría. Miró la hoja de la vieja espada con curiosidad,
como si tratase de descubrir alguna mancha de óxido, luego la envainó de nuevo,
y con la mayor tranquilidad la volvió a colgar del clavo de bronce dorado que
la sostenía.
Todo este movimiento, muy lento al
final, duró acaso un minuto; la señorita de La Mole le miró asombrada. «¡He
estado, pues, a punto de morir a manos de mi amante!», se decía.
Esta idea la transportaba a los
bellos tiempos del siglo de Carlos IX y de Enrique III.
Permanecía inmóvil ante Julien, que
acababa de poner la espada en su sitio, y le miraba con ojos en los que no
quedaba el menor rastro de odio. Preciso es reconocer que en aquel momento
estaba realmente seductora; desde luego, jamás mujer alguna estuvo más lejos de
parecer una muñeca parisiense. (Ésta era la gran objeción de Julien contra las
mujeres de aquella ciudad.)
«Voy a recaer de nuevo en alguna
debilidad por él -pensó Mathilde-; y esta vez, después de una recaída, en el
preciso momento en que le he hablado tan duramente, sí que se creería mi dueño
y señor.» Y echó a correr.
«¡Dios mío, qué hermosa es! -se dijo
Julien al ver cómo echaba a correr-. Ésa es la mujer que aún no hace ocho días
se arrojaba con tanto ardor entre mis brazos... ¡y esos instantes no volverán
jamás! Y tengo yo la culpa. ¡Y ante un acto tan extraordinario, tan importante
para mí, estuve casi insensible!... Preciso es confesar que nací con un
carácter bien insignificante y bien desdichado.»
Entró el marqués; Julien se apresuró
a anunciarle su .marcha.
-¿Adónde? -dijo el marqués de La
Mole.
-Al Languedoc.
-Lo siento, pero de ningún modo, le
esperan a usted más altos destinos, y si se va a alguna parte será al norte...
Es más, en términos militares, le arresto en palacio. Le agradecería que no
estuviera nunca fuera más de dos o tres horas, puedo necesitarle de un momento
a otro.
Julien saludó y se retiró sin decir
una palabra, dejando .muy extrañado al marqués. Se sentía incapaz de decir
nada, y se encerró en su cuarto. Allí pudo lamentarse en plena libertad de su
desdichada suerte.
-¡De modo -pensaba- que ni alejarme
puedo! ¡Dios sabe cuántos días el marqués me retendrá en París! ¡Dios mío!
¿Qué va a
ser
de mí? ¡Y no tengo ni un amigo a quien consultar! El padre Pirard no me dejará
ni acabar la primera frase; el conde de Altamira me propondrá, para distraerme,
que me comprometa en
alguna
conspiración.
»Y, sin embargo, estoy loco, me doy
cuenta, ¡estoy loco!
»¿Quién podrá guiarme, qué va a ser de mí?»
Capítulo
18
Momentos
crueles
¡Y me lo confiesa! ¡Y enumera hasta
los menores detalles!
¡Sus hermosos ojos, fijos en los
míos, expresan el amor que siente por otro!
SCHILLER
La señorita de La Mole, encantada,
sólo pensaba en la dicha de haber estado a punto de morir. Incluso llegaba a
decirse: «Es digno de ser mi dueño, puesto que ha estado a punto de matarme.
¿Cuántos distinguidos jóvenes de la buena sociedad habría que reunir para
lograr semejante arranque de pasión?
»Preciso es confesar que estaba muy
guapo en el momento en que se subió a la silla para volver a colocar la espada,
precisamente en la pintoresca posición en que el decorador la había puesto.
¡Después de todo, quererle no ha sido una locura tan grande por mi parte!».
En aquel momento, si hubiese
encontrado algún medio digno de reconciliarse con él, lo hubiera aprovechado
con gusto. Julien, encerrado con doble llave en su cuarto, era presa de la más
violenta desesperación. En su loco extravío, pensaba arrojarse a sus pies. Si
en vez de estar oculto en un lugar apartado hubiese vagado por la casa y el
jardín, al acecho de la primera ocasión que se presentase, quizá su horrible
desgracia se habría trocado en un momento en la más completa felicidad.
Pero la habilidad que echamos de
menos en él hubiera excluido, en cambio el sublime impulso de coger la espada,
que en aquel momento le hacía tan atractivo a los ojos de la señorita de La
Mole. Este capricho, favorable a Julien, duró todo el día. Mathilde se hacía
una imagen encantadora de dos breves instantes durante los cuales le había
amado, y los echaba de menos.
«En realidad -se decía-, mi pasión
por ese pobre muchacho no ha durado a sus ojos más que desde la una de la
noche, en que le vi llegar por la escalera, con todas sus pistolas en el bolsillo,
hasta las nueve de la mañana. Un cuarto de hora después, oyendo misa en
Sainte-Valére, ya empecé a pensar que se iba a creer mi dueño y que a lo mejor
pretendía hacerme obedecer por medio del terror.»
Después de comer, la señorita de La
Mole, lejos de huir de Julien, le habló y le invitó en cierto modo a que la
siguiese al jardín. Él obedeció. Le faltaba esta prueba. Mathilde cedía, casi
sin darse cuenta, al amor que volvía a sentir por él. Encontraba un gran placer
en pasearse a su lado; miraba con curiosidad aquellas manos que por la mañana
habían cogido la espada con intención de matarla.
Sin embargo, después de todo lo que
había pasado, no podía volver a reanudarse la antigua conversación.
Poco a poco, Mathilde comenzó a
hacerle confidencias íntimas sobre el estado de su corazón. Encontraba una
rara voluptuosidad en aquella conversación; llegó a referirle detalladamente
los accesos de pasajero entusiasmo que había sentido por el marqués de
Croisenois, por el conde de Caylus...
-¡Cómo! ¡También por el conde de
Caylus! -exclamó Julien; y en esta frase dejó traslucir claramente los amargos
celos de un amante desdeñado.
Mathilde así lo juzgó, y no se
sintió ofendida por ello.
Continuó torturando a Julien,
detallándole sus sentimientos de antaño del modo más pintoresco y con el acento
de la más íntima veracidad. Se daba cuenta de que ella pintaba lo que tenía
ante sus ojos. Sentía el dolor de observar que, hablando, Mathilde hacía
descubrimientos en su propio corazón.
El tormento de los celos no podía
ser más cruel.
Sospechar que un rival es amado, ya
es bastante cruel, pero oír confesar con todos sus detalles el amor que inspira
a la mujer que se adora, es, quizás, el colmo del dolor.
¡Qué castigo recibió en aquel
momento la orgullosa presunción de Julien, que le había llevado a creerse
superior a los Caylus y a los Croisenois! ¡Con qué amargura íntima y sentida
se exageraba sus más insignificantes cualidades! ¡Con qué ardiente buena fe se
despreciaba a sí mismo!
Mathilde le parecía divina; no hay
palabra capaz de expresar el exceso de su admiración. Paseándose a su lado,
observaba a hurtadillas sus manos, sus brazos, su porte de reina. Estaba a
punto de caer a sus pies, abrumado de amor y de dolor, clamando piedad.
«¡Y esta criatura tan hermosa, tan
superior a todo, que me ha amado una vez, sin duda va a amar dentro de poco al
conde de Caylus!»
Julien no podía dudar de la
sinceridad de la señorita de La Mole; el acento de la verdad era demasiado
evidente en todo lo que decía. Para que no faltara absolutamente nada a su
desdicha, hubo momentos en que Mathilde, a fuerza de ocuparse de los
sentimientos que en un tiempo experimentó por el conde de Caylus, llegó a
hablar de él como si lo amase en ese momento. Y en su acento, sin duda alguna,
se reflejaba el amor, Julien lo veía claramente.
Si hubiera sentido su pecho inundado
de plomo derretido, habría sufrido menos. En el paroxismo de su dolor, ¿cómo
podía adivinar el pobre muchacho que precisamente por estar hablando con él la
señorita de La Mole sentía tanto placer en recordar las veleidades amorosas que
había sentido en otro tiempo por los señores de Caylus o de Croisenois?
Nada podría expresar los
sufrimientos de Julien. Escuchaba las minuciosas confidencias del amor que
había sentido por otro, en aquella misma avenida de tilos donde, pocos días
antes, esperaba que diera la una para subir a su cuarto. Ningún ser humano
puede soportar la desgracia llevada a un tan alto grado.
Este género de intimidad cruel duró
ocho días largos. Mathilde, unas veces parecía buscar las ocasiones de hablarle
y otras no las rehuía; y el tema de la conversación, sobre el que volvían los
dos con una especie de voluptuosidad cruel, era el relato de los sentimientos
que ella había experimentado por otros: ella le comba las cartas que había
escrito, recordando hasta las pala bras y repitiéndole frases enteras. Los
últimos días parecía contemplar a Julien con una especie de alegría maligna.
Sus sufrimientos eran un vivo placer para ella; veía en ellos la debilidad de
su tirano, podía pues permitirse quererle.
Como puede verse, Julien no tenía la
menor experiencia de la vida, ni siquiera había leído novelas; si hubiera sido
un poco menos torpe y hubiese tenido la suficiente sangre fría para decirle a
aquella joven a quien tanto adoraba y que tan extrañas confidencias le hacía:
«Confiese usted que, aunque yo no valga tanto como esos señores, sin embargo es
a mí a quien usted ama». Es posible que ella se hubiese sentido feliz al verse
comprendida; por lo menos, el éxito hubiera dependido exclusivamente de la
gracia con que Julien expresara esta idea y del momento que eligiera para
ello. En todo caso, habría salido ventajosamente de una situación que corría el
riesgo de resultar monótona a los ojos de Mathilde.
-¡Usted ya no me ama, y yo la adoro!
-le dijo Julien un día, tras un largo paseo, loco de amor y de sufrimiento.
Era quizá la mayor torpeza que podía
cometer.
Aquella frase disipó, en un abrir y
cerrar de ojos, todo el placer que la señorita de La Mole encontraba en
hablarle del estado de su corazón. Cuando él salió con aquella tontería, ella
empezaba a extrañarse de que, después de todo lo que había ocurrido, no se
ofendiera con sus relatos, e incluso había llegado a imaginarse que quizá ya
no la amaba. «Seguramente el orgullo ha extinguido su amor -se decía-. No es
hombre que se vea impunemente preferido a individuos como Caylus, de Luz,
Croisenois, que confiesa que son tan superiores a él. No, no le volveré a ver a
mis pies.»
Los días anteriores, en la
ingenuidad de su desdicha, Julien solía hacer un apasionado elogio de las
brillantes cualidades de aquellos señores, llegando incluso a exagerarlas.
Aquel matiz no se le había escapado a la señorita de La Mole, le había producido
extrañeza, pero no había llegado a adivinar la causa. El alma frenética de
Julien, al alabar a un rival que suponía amado, simpatizaba con su felicidad.
Su frase, tan franca, pero tan
estúpida, vino a cambiarlo todo en un momento; Mathilde, segura de ser amada,
le despreció totalmente.
En el momento de decir aquella frase
desdichada paseaban juntos; le dejó, y su última mirada expresaba el más
terrible desprecio. Una vez en el salón, no volvió a mirarle en toda la noche.
Al día siguiente, este desprecio se había apoderado por entero de su corazón;
ya no quedaba en él nada de aquel impulso que durante ocho días le había hecho
sentir tanto placer en tratar a Julien como al amigo más íntimo; le molestaba
verle. La sensación de Mathilde llegó hasta el asco; no existen palabras para
expresar el exagerado desprecio que sentía al encontrarle ante sus ojos.
Julien no había comprendido nada de
lo que había pasado en el corazón de Mathilde, pero su vanidad clarividente
advirtió el desprecio. Tuvo el tacto de no presentarse ante ella sino muy raras
veces, y nunca la miró.
Pero no se privó, en cierto modo, de
su presencia sin un dolor mortal. Creyó sentir que su desgracia aumentaba aún.
«El coraje del corazón de un hombre no puede ir más lejos», se decía. Se pasaba
el día detrás de una pequeña ventana de la buhardilla del palacio, cuya
persiana estaba cerrada cuidadosamente, y desde allí, por lo menos, podía ver a
la señorita de La Mole cuando salía al jardín.
¿Qué experimentaba cuando, después
de comer, la veía pasearse con los señores de Caylus, de Luz o cualquiera de
los otros por quienes ella le había confesado haber sentido en otro tiempo
cierta inclinación amorosa?
Julien no tenía idea de un
sufrimiento tan intenso; estaba a Punto de gritar; aquella alma tan bien
templada se hallaba por fin completamente trastornada.
Le era odioso pensar en otra cosa
que no fuera la señorita de La Mole; era incapaz de escribir ni la carta más
sencilla.
-Está usted loco -le dijo una mañana
el marqués.
Julien,
temblando por el miedo de ser descubierto, habló de enfermedad, y logró ser
creído. Felizmente para él, durante la
comida,
el marqués bromeó con él a propósito de su próximo viaje: Mathilde comprendió
que podía ser muy largo. Hacía varios días que Julien huía de ella, y aquellos
jóvenes tan brillantes que poseían todo lo que le faltaba a aquel ser tan
pálido y tan sombrío, amado un día por ella, no eran capaces de sacarla de su
ensimismamiento.
«Una muchacha corriente -se decía-
hubiera buscado su preferido entre estos jóvenes que atraen todas las miradas
en un salón; pero una de las características del genio es no amoldar sus ideas
a la horma trazada por la vulgaridad.
»Compañera de un hombre como Julien,
a quien sólo falta la fortuna que yo tengo, llamaré la atención continuamente,
no pasaré jamás inadvertida. Lejos de estar siempre temiendo una revolución,
como mis primas, que por miedo al pueblo no se atreven a reñir a un postillón
que conduce mal, tendría la seguridad de representar un papel, y un papel
importante, pues el hombre que he elegido tiene carácter y una ambición sin
límites. ¿Qué le falta? ¿Amigos, dinero? Yo se los doy.» Pero su pensamiento trataba
a Julien como a un ser inferior, a quien se otorga la fortuna como y cuando se
desea, y de quien podía hacerse amar cuando quisiera.
Capítulo 19
La ópera bufa
O how this spring of love resembleth
The uncertain glory of an April day;
Which now shows all the beauty of the
sun
And by, and by a cloud takes all
away![60]
SHAKESPEARE
Preocupada por el porvenir y por el
singular papel que le esperaba, Mathilde llegó incluso a echar de menos las
discusiones áridas y metafísicas que solía tener con Julien. Cansada de tan
altos pensamientos, echaba de menos también los momentos de dicha que había
encontrado a su lado; el recuerdo de aquellos momentos no estaba exento de
algún remordimiento, que a veces llegaba a abrumarla.
«Si se tiene una debilidad -se
decía-, lo menos que puede hacer una muchacha como yo al olvidar sus deberes,
es hacerlo por un hombre de verdadero mérito; nadie se atreverá a decir que han
sido sus lindos bigotes, ni su destreza en montar a caballo los que me han
seducido, sino sus profundas discusiones sobre el porvenir de Francia, sus
ideas acerca de la semejanza que puede haber entre los acontecimientos que van
a descargar sobre nosotros y la revolución de 1688 en Inglaterra. He sido seducida
-respondía a sus remordimientos-, soy una débil mujer, pero por lo menos no me
he dejado extraviar como una muñeca por las cualidades externas.
»Si hay una revolución, ¿por qué
Julien Sorel no representaría en ella el papel de Roland y yo el de Madame
Roland? Prefiero este papel al de Madame de Staël: la inmoralidad de la
conducta será un obstáculo en nuestra época. Ciertamente, no me podrán reprochar
una segunda debilidad: me moriría de vergüenza.»
Las cavilaciones de Mathilde no eran
siempre tan serias, preciso es confesarlo, como los pensamientos que acabamos
de transcribir.
Miraba a Julien de soslayo, y
encontraba una gracia encantadora en el menor de sus actos.
«No cabe duda -se decía- de que he
logrado destruir en él hasta la menor conciencia de sus derechos.
»El tono triste y profundamente
apasionado con que el pobre muchacho me dijo aquella ingenua frase de amor hace
ocho días lo prueba plenamente; forzoso es reconocer que fue una extravagancia
por mi parte molestarme por unas palabras en las que se traslucía un respeto y
una pasión tan grandes. ¿No soy su mujer? Aquella frase era muy natural, y
preciso es confesar que muy amable. Julien me amaba todavía a pesar de las
interminables conversaciones, en las cuales, con refinada crueldad, he de
confesarlo, sólo le hablaba de las veleidades amorosas que el aburrimiento de
la vida que llevo me había inspirado por esos jóvenes de la buena sociedad, de
quienes tan celoso está. ¡Si supiera lo poco peligrosos que son para él y lo
insulsos y exactamente iguales unos a otros que me parecen a su lado!»
Mientras se hacía estas reflexiones,
Mathilde, para adoptar una actitud conveniente ante su madre, que la estaba
observando, trazaba maquinalmente rayas con un lápiz en una hoja de su álbum.
Uno de los perfiles que trazó la dejó asombrada y encantada: se parecía a
Julien de un modo sorprendente. «¡Es la voz del cielo! Éste es uno de los
milagros del amor -exclamó entusiasmada-: sin darme cuenta, estoy haciendo su
retrato.»
Se fue corriendo a su cuarto, se
encerró en él, cogió unos colores y con el mayor empeño trató seriamente de
hacer el retrato de Julien, pero no pudo conseguirlo; el perfil que había
trazado al azar era el que más se parecía; Mathilde quedó entusiasmada, pues
vio en ello la prueba evidente de una gran pasión.
No dejó su álbum hasta muy tarde,
cuando la marquesa la mandó llamar para ir a la ópera italiana. A partir de
entonces su única idea fue buscar con la vista a Julien para que su madre lo
obligase a acompañarlas.
Él no apareció, y aquellas damas no
tuvieron en su palco más que seres vulgares. Durante todo el primer acto de la
ópera, Mathilde soñó con el hombre que amaba, arrebatada por la más viva
pasión. Pero en el segundo acto, una romanza de amor, cantada, preciso es
confesarlo, con una melodía digna de Cimarosa, penetró en su corazón. La
heroína de la ópera decía: «Tengo que castigarme por el exceso de amor que
siento por él; le amo demasiado».
En el momento en que oyó aquella
canción sublime, todo lo que había en el mundo desapareció para Mathilde. Le
hablaban y no respondía; la reñía su madre, y apenas si podía decidirse a
mirarla. Su éxtasis llegó a un estado de exaltación y de pasión comparables a
las más violentas sensaciones que Julien había experimentado por ella en los
últimos días. La romanza, llena de una gracia divina, en que figuraba la frase
que ella encontraba tan en armonía con su situación, la ocupaba por entero
cuando no pensaba directamente en Julien. Gracias a su amor por la música,
aquella noche sintió por Julien lo que la señora de Rénal sentía siempre que
pensaba en él. El amor cerebral tiene más carácter, sin duda, que el verdadero
amor, pero sólo tiene momentos de entusiasmo; se conoce demasiado, se juzga sin
cesar; lejos de extraviar la razón, se funda únicamente en razonamientos.
Al volver a casa, a pesar de las
observaciones de la marquesa de La Mole, Mathilde pretextó tener fiebre, y pasó
una parte de la noche repitiendo aquella romana al piano y cantando la letra de
la célebre canción que tanto la había encantado:
Devo punirmi, devo punirmi, Se troppo
ama¡, etc.[61]
El resultado de aquella noche de
locura fue que creyó que había logrado vencer a su amor. Esta página
perjudicará en más de un concepto al desgraciado autor. Las almas frías le
acusarán de indecencia. Él no pretende ofender a las jóvenes que brillan en los
salones de París suponiendo que una sola de ellas sea capaz de los arranques de
locura que degradan el carácter de Mathilde. Este personaje es totalmente
imaginario, y hasta puede decirse que imaginado completamente al margen de las
costumbres sociales que han de asegurar entre todos los siglos un puesto tan
distinguido a la civilización del siglo XIX.
No es precisamente la prudencia lo
que les falta a las muchachas que han constituido el principal ornamento de
nuestros salones en los bailes de este invierno.
Tampoco creo que se las pueda acusar
de despreciar con exceso una fortuna brillante, caballos, hermosas propiedades
y todo lo que puede asegurar una posición agradable en el mundo. Lejos de no
ver más que hastío en todas estas comodidades, suelen ser, en general, objeto
de los más fervientes deseos, y, si hay pasión en los corazones, son ellas
quienes la inspiran.
Tampoco es el amor el que se encarga
de hacer la fortuna de los jóvenes dotados de algún talento como Julien; suelen
arrimarse con invencible tenacidad a una camarilla, y si ésta hace fortuna,
todas las cosas buenas de la sociedad llueven sobre ellos. Desgraciado el
hombre de estudios que no pertenece a ninguna camarilla, pues le reprocharán
hasta los éxitos más insignificantes e inciertos, y la alta virtud triunfará a
costa suya. Caballero, una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un
camino. Tan pronto refleja a nuestros ojos el azul del cielo como el fango de
los cenagales del camino. ¡Y el hombre que lleva el espejo en su mochila será
acusado por vosotros de inmoral! ¡Su espejo refleja el fango y acusáis al
espejo! Acusad más bien al camino en que está el cenagal, o mejor aún al inspector
de caminos, que permite que el agua se encharque y lo forme.
Y ahora, después de haber reconocido
que el carácter de Mathilde es imposible en nuestro siglo, no menos prudente
que virtuoso, no tengo tanto miedo de irritar, continuando el relato de las
locuras de esta amable muchacha.
Durante todo el día siguiente,
estuvo acechando las ocasiones de asegurarse el triunfo sobre su loca pasión.
Su objetivo primordial era desagradar en todo a Julien, pero ninguno de sus
movimientos le pasó inadvertido.
Julien era demasiado desgraciado, y
sobre todo estaba demasiado agitado para adivinar una maniobra tan complicada
de la pasión, y aún menos podía darse cuenta de lo que tenía de favorable para
él: se limitó a ser su víctima; nunca se había sentido tan desgraciado. Su
razón tenía tan poco dominio sobre sus actos, que si algún filósofo pesimista
le hubiera dicho: «Procure aprovechar rápidamente las disposiciones que puedan
serle favorables; en esta clase de amor cerebral que se suele ver en París la
misma manera de ser no puede durar más de dos días», no lo habría comprendido.
Pero, por muy exaltado que estuviese, Julien tenía honor. Su deber primordial
era la discreción; así lo comprendió. Pedir consejo, contar su suplicio al
primer llegado hubiera sido una suerte comparable a la del desdichado que
atravesando un desierto abrasador recibiera un sorbo de agua helada del cielo.
Se dio cuenta del peligro, temió responder con un torrente de lágrimas al
indiscreto que le hiciera preguntas; se encerró en su cuarto.
Vio a Mathilde, que se paseaba largo
rato por el jardín; cuando al fin se hubo marchado, bajó él; se acercó a un
rosal del que ella había cogido una flor.
La noche era oscura, pudo entregarse
a su dolor sin ser visto. Para él era evidente que la señorita de La Mole amaba
a alguno de aquellos jóvenes oficiales con los que acababa de hablar tan
alegremente. Le había amado a él, pero se había dado cuenta de sus escasos
méritos.
«¡Efectivamente, tengo muy pocos!
-se decía Julien, plenamente convencido-; en conjunto, soy un ser muy bajo y
vulgar, muy fastidioso para los demás y muy insoportable para mí mismo.»
Sentíase mortalmente asqueado de todas sus buenas cualidades, de todas las
cosas que hasta entonces había amado con entusiasmo; y en aquel estado de
imaginación trastornada pretendía juzgar la vida con su imaginación. Este
error es propio de un hombre superior.
Varias veces acudió a su mente la
idea del suicidio; esta imagen estaba llena de encantos, era como un descanso
delicioso, era el vaso de agua helada que se ofrece al desdichado que en el
desierto se muere de calor y de sed.
«¡Mi muerte aumentará el desprecio
que ella siente por mí! -exclamó-. ¡Qué recuerdo dejaré!»
Sumido en este último abismo de la
desgracia, un ser humano no tiene más recurso que el valor. Julien no tuvo
bastante talento para decirse: «Hay que atreverse»; pero, por la noche, al
mirar la ventana del cuarto de Mathilde, a través de las persianas vio que
apagaba la luz: se representó aquella habitación encantadora que
desgraciadamente sólo había visto una vez en la vida. Su imaginación no
alcanzaba a más.
Dio la una; oír el tañido de la
campana y decirse: «Voy a subir con la escalera de mano» fue cuestión de un
instante.
Aquello fue un destello de
genialidad, las buenas razones acudieron en tropel. «¿Puedo ser más
desgraciado?», se dijo. Corrió en busca de la escalera de mano, el jardinero
la había sujetado con una cadena. Con la ayuda del gatillo de una de sus pistolas,
que rompió, Julien, animado en aquel momento por una fuerza sobrehumana, torció
uno de los eslabones de la cadena que sujetaba la escalera; se apoderó de ella
en pocos minutos y la llevó al pie de la ventana de Mathilde.
«Se va a enfadar, me abrumará con su
desprecio, pero ¿qué importa? Le doy un beso, un último beso, subo a mi cuarto
y me mato...; ¡mis labios habrán tocado sus mejillas antes de morir!»
Sube la escalera volando, golpea la
persiana; un momento después Mathilde le oye, quiere abrir la ventana, la
escalera lo impide: Julien se agarra al gancho de hierro destinado a mantener
la persiana abierta y, con grave riesgo de caerse, da una violenta sacudida a
la escalera y la aparta un poco. Mathilde puede abrir la persiana.
Más muerto que vivo, salta al
cuarto.
-¡Eres tú! -dice ella arrojándose en
sus brazos.
¿Quién podría describir la extremada
felicidad de Julien? La de Mathilde fue casi tan grande como la suya.
Le hablaba contra sí misma, se
acusaba ante él.
-Castígame por mi atroz orgullo -le
decía, estrechándole entre sus brazos, como si fuera a ahogarle-; eres mi
dueño, yo soy tu esclava, tengo que pedirte perdón de rodillas por haber querido
rebelarme.
Y dejaba de estrecharle entre sus
brazos para caer a sus pies.
-Sí, eres mi dueño -le decía otra
vez, ebria de amor y de dicha-; manda en mí para siempre; castiga severamente
a tu esclava cuando quiera rebelarse.
En otro momento, se arranca de sus
brazos, enciende la vela, y Julien tiene que hacer un gran esfuerzo para
impedir que se corte la mitad de sus cabellos.
-Quiero acordarme -le dijo ella- de
que soy tu sierva. Si alguna vez vuelve a ofuscarme mi execrable orgullo,
enséñame estos cabellos y dime: «Ya no se trata de amor, ya no se trata de la
emoción que su alma pueda sentir en este momento, juró obedecerme, obedezca
por su honor».
Pero será más prudente suprimir la
descripción de tales muestras de extravío y felicidad.
La virtud de Julien fue igual a su
dicha.
-Es preciso que salga por la ventana
-le dijo a Mathilde cuando las primeras luces del alba empezaron a apuntar por
la parte de oriente, detrás de las chimeneas lejanas que se erguían más allá
de los jardines-. El sacrificio que me impongo es digno de usted, me privo de
unas cuantas horas de la más maravillosa felicidad que pueda experimentar un
ser humano; es un sacrificio que hago a su reputación: si conoce mi corazón,
comprenderá la violencia que me hago. ¿Será siempre para mí lo que es en este
momento? Pero el honor se impone, y esto basta. Ha de saber que, después de
nuestra primera entrevista, no todas las sospechas han recaído sobre los
ladrones. El marqués de La Mole ha hecho montar una guardia en el jardín. El
marqués de Croisenois está rodeado de espías, se sabe lo que hace todas las
noches...
-Pobre muchacho -exclamó Mathilde, y
se echó a reír a carcajadas.
Su madre y una doncella de servicio
se despertaron; de pronto, empezaron a llamarla desde el otro lado de la
puerta. Julien la miró, ella palideció mientras reñía a la doncella, y no se
dignó siquiera dirigir la palabra a su madre.
-¡Pero si se les ocurre abrir la
ventana, verán la escalera de mano! -le dijo Julien.
La estrechó una vez más entre sus
brazos, se lanzó a la escalera y, deslizándose más bien que bajando, en un
momento estuvo en el suelo.
Tres segundos más tarde, la escalera
de mano estaba bajo la avenida de los tilos y el honor de Mathilde a salvo.
Julien, al recobrar su sangre fría, se encontró ensangrentado y casi desnudo;
se había herido al dejarse caer sin precaución.
El exceso de felicidad había
devuelto toda la energía a su carácter: en aquel momento, atacar él solo a
veinte hombres que se hubieran presentado no hubiera sido más que un placer añadido.
Felizmente, su valor militar no fue puesto a prueba: dejó la escalera en su
sitio; colocó nuevamente la cadena que la sujetaba, y no se olvidó de borrar
las huellas que la escalera había dejado en el macizo de flores exóticas, al
pie de la ventana de Mathilde.
Mientras en la oscuridad Julien
pasaba su mano por la tierra blanda para asegurarse de que las huellas habían
desaparecido por completo, sintió que algo caía entre sus manos, era toda una
parte de la cabellera de Mathilde, que ésta se había cortado y que le arrojaba.
Se había asomado a la ventana.
-Eso que te envía tu sierva -le dijo
en voz bastante alta- es una prenda de obediencia eterna. Renuncio al ejercicio
de mi razón, sé mi dueño.
Julien, vencido, estuvo a punto de
volver a buscar la escalera y subir nuevamente a su cuarto. Pero la razón se
impuso.
Entrar en el palacio desde el jardín
no era cosa fácil. Consiguió forzar la puerta de un sótano; una vez dentro de
la casa, se vio obligado a forzar, lo más silenciosamente que pudo, la puerta
de su cuarto. En su azoramiento se había olvidado, en la pequeña habitación
que tan rápidamente acababa de abandonar, la llave que llevaba en el bolsillo
de su traje. «¡Con tal -pensóque a ella se le ocurra esconder todos esos
despojos mortales!»
Por fin, la fatiga pudo más que la
felicidad, y al salir el sol cayó en un profundo sueño.
La campana del almuerzo logró
despertarle a duras penas, se presentó en el comedor. Al poco apareció
Mathilde. El orgullo de Julien tuvo un momento muy dichoso al ver el amor que
brillaba en los ojos de aquella muchacha tan hermosa y rodeada de tantas
atenciones; pero no pasó mucho rato sin que su prudencia tuviese motivos para
sentirse alarmada.
Pretextando que había tenido muy
poco tiempo para peinarse, Mathilde había arreglado sus cabellos de tal modo
que Julien pudiera darse cuenta al primer golpe de vista de toda la extensión
del sacrificio que había hecho por él al cortarlos la noche precedente. Si algo
hubiera podido afear una cara tan bonita, seguramente Mathilde lo habría
conseguido; todo un lado de sus hermosos cabellos rubio ceniza había sido
cortado a media pulgada de la cabeza.
Durante el almuerzo, toda la
conducta de Mathilde respondió a esta primera imprudencia. Diríase que se había
impuesto a sí misma la obligación de revelar a todo el mundo su loca pasión por
Julien. Afortunadamente, aquel día el marqués de La Mole y la marquesa estaban
muy ocupados con una nueva promoción de cordones azules que se preparaba, y en
la que no figuraba el duque de Chaulnes. Hacia el fin de la comida ocurrió que
Mathilde, que estaba hablando con Julien, le llamó mi dueño. Él enrojeció
hasta el blanco de los ojos.
Ya fuese deliberadamente o por azar,
el caso es que aquel día la marquesa de La Mole no dejó ni un momento sola a
Mathilde.
Por
la noche, al pasar del comedor al salón, encontró un momento para decir a
Julien:
-Todos mis proyectos han sido
anulados. ¿Va a creer que es un pretexto mío? Mamá ha decidido que una de sus
doncellas duerma en mis habitaciones toda la noche.
Aquel día pasó como un relámpago,
Julien estaba radiante de felicidad. Al día siguiente, a las siete de la
mañana, ya estaba instalado en la biblioteca; esperaba que la señorita de La
Mole se dignase aparecer, le había escrito una carta interminable.
No la vio hasta muchas horas
después, en el almuerzo. Esta vez iba peinada con sumo cuidado; un arte
maravilloso se había encargado de disimular la falta de los cabellos cortados.
Miró dos o tres veces a Julien, pero con ojos tranquilos y corteses, ya no
pensaba en llamarle mi dueño.
La sorpresa de Julien le había
quitado la respiración... Mathilde se reprochaba casi todo lo que había hecho
por él.
Después de maduras reflexiones,
había llegado a la conclusión de que era un ser, si no absolutamente vulgar,
por lo menos que no se salía tanto de lo corriente como para que mereciera
todas las extrañas locuras que se había atrevido a cometer por él. En resumen,
no pensaba apenas en el amor; aquel día estaba cansada de amar.
En cuanto a Julien, los impulsos de
su corazón fueron los de un muchacho de dieciséis años. La perplejidad más
espantosa, el asombro, la desesperación, le ocuparon alternativamente durante
aquel almuerzo, que le pareció interminable.
En cuanto pudo levantarse de la mesa
sin ser descortés, se precipitó, más bien que corrió, a la cuadra, ensilló su
caballo con sus propias manos y salió al galope; temía deshonrarse con alguna
debilidad. «Tengo que matar mi corazón a fuerza de cansanció físico -se decía
galopando por los bosques de Meudon-. ¿Qué he hecho, qué he dicho para merecer
tal desgracia?
»Hoy no debo hacer nada, ni decir
nada -pensó al volver al palacio-, sino estar muerto en lo físico como lo estoy
en lo moral. Julien no vive, es su cadáver el que alienta todavía.»
Capítulo
20
El
jarrón japonés
Su corazón no comprende, en un
principio,
toda la magnitud de su desgracia:
está más
turbado que conmovido. Pero, a medida
que
vuelve a la razón, se da cuenta de su
profunda desventura. Cuantos placeres
hay
en la vida ya no existen para él,
sólo percibe
los aguijones de la desesperación
que desgarra
su pecho. Pero ¿a qué hablar de
dolores físicos?
¿Qué dolor corporal es comparable a
éste?
JEAN-PAUL
Sonó la campana que anunciaba la
cena. Julien sólo tuvo el tiempo preciso para vestirse; encontró en el salón a
Mathilde, que pedía con gran insistencia al marqués de Croisenois y a su
hermano que no se comprometieran a pasar la velada en Suresnes, en casa de la
mariscala de Fervaques.
Difícilmente hubiera podido estar
más seductora y más amable con ellos. Después de cenar se presentaron los
señores de Luz, de Caylus y varios amigos suyos. Se hubiera dicho que la
señorita de La Mole había recobrado, con el culto de la amistad fraternal, el
de las más escrupulosas conveniencias. Aun cuando aquella noche hacía un tiempo
espléndido, ella insistió en no salir al jardín; quiso que no se alejaran de la
poltrona en que estaba sentada la marquesa de La Mole. El canapé azul fue el
centro del grupo, como en invierno.
Mathilde sentía antipatía por el
jardín, o por lo menos le parecía perfectamente aburrido: estaba unido al
recuerdo de Julien.
La desgracia disminuye la
perspicacia. Nuestro héroe cometió la torpeza de detenerse cerca de aquella
pequeña silla de anea que había sido testigo de sus brillantes triunfos de otro
tiempo. Ese día nadie le dirigió la palabra; su presencia parecía pasar
inadvertida, o algo peor aún. Los amigos de la señorita de La Mole, que estaban
sentados cerca de él, al extremo del canapé, afectaban en cierto modo volverle
la espalda, por lo menos esto le pareció.
«Esto es una caída en desgracia»,
pensó. Y quiso estudiar un instante a las personas que pretendían abrumarle con
su desdén.
El tío del marqués de Luz
desempeñaba un alto cargo cerca del rey, de aquí que ese apuesto oficial
iniciara la conversación con cada nuevo interlocutor que se presentaba,
refiriéndole esa interesante particularidad: su tío se había puesto en camino
hacia Saint-Cloud a las siete, y pensaba dormir allí. Este detalle era traído
siempre a cuento con la apariencia de la mayor naturalidad, pero no fallaba
nunca.
Observando al marqués de Croisenois
con la mirada severa de la desgracia, Julien advirtió la extremada influencia
que este joven atribuía a las causas ocultas. Hasta tal punto, que se entristecía
y se ponía de mal humor si veía atribuir a una causa sencilla y natural un
suceso de cierta importancia. «Eso tiene algo de locura -se dijo Julien-. Este
carácter tiene una semejanza sorprendente con el del emperador Alejandro, tal
y como me lo ha descrito el príncipe Korasoff.» Durante el primer año de su
estancia en París, el pobre Julien, recién salido del seminario, deslumbrado
por las cualidades, tan nuevas para él, de todos aquellos amables jóvenes, sólo
había sido capaz de admirarlos. Su verdadero carácter empezaba a perfilarse
ante sus ojos.
«Estoy haciendo aquí un papel
indigno», se dijo de pronto. Debía abandonar su silla de anea de un modo que no
resultara demasiado torpe. Quiso inventar, pidió algo nuevo a su imaginación,
preocupada por otras cosas. Era preciso recurrir a la memoría, y la suya,
preciso es confesarlo, era poco fértil en recursos de este género; el pobre
muchacho tenía aún muy poca práctica, de modo que se comportó con la más
absoluta torpeza, advertida por todos, cuando se levantó para marcharse del salón.
La desgracia era demasiado evidente en toda su conducta.
Estaba
representando desde hacía tres cuartos de hora el papel de un inferior
importuno ante el cual nadie se toma la molestia de disimular lo que piensa de
él.
Las observaciones críticas que
acababa de hacer sobre sus rivales le impidieron, sin embargo, tomar su
desgracia muy por lo trágico; para alimentar su orgullo le quedaba el recuerdo
de lo que había ocurrido la antevíspera, y pensaba, al salir solo al jardín:
«Por muchas que sean sus ventajas sobre mí, Mathilde no ha sido para ninguno de
ellos lo que dos veces se ha dignado ser para mí».
Su sensatez no fue más lejos. No
comprendía en modo alguno el carácter de aquella mujer excepcional que el
destino acababa de convertir en dueña absoluta de toda su felicidad.
Al día siguiente se dedicó a montar
a caballo, hasta quedar los dos rendidos de fatiga. Por la noche ya no intentó
acercarse al canapé azul, al que Mathilde seguía siendo fiel. Observó que el
conde Norbert ni siquiera se dignaba mirarle si le encontraba por la casa.
«Esta actitud debe de costarle un gran esfuerzo -pensó-, a él, tan educado por
naturaleza.»
Para Julien el sueño habría
representado la felicidad. A despecho de la fatiga física, recuerdos
excesivamente seductores comenzaban a invadir su imaginación. No tuvo el
talento de comprender que sus grandes cabalgadas por los bosques de los
alrededores de París sólo obraban en su espíritu y en modo alguno en el
espíritu ni en el corazón de Mathilde, con lo cual dejaba su suerte en manos
del azar.
Pensaba que sólo una cosa
proporcionaría un alivio infinito a su dolor: hablar a Mathilde. Y, sin
embargo, ¿qué se atrevería a decirle?
En esto estaba pensando,
profundamente ensimismado, una mañana a las siete cuando, de pronto, la vio
entrar en la biblioteca.
-Sé, caballero, que desea usted
hablarme.
-¡Dios Santo! ¿Quién se lo ha dicho
a usted?
-¿Qué importa? Lo sé. Si carece
usted de honor, puede perderme, o por lo menos intentarlo; pero este peligro,
que no creo
real,
no me impedirá ser sincera. Ya no le amo a usted; mi loca imaginación me ha
engañado...
Ante aquel golpe terrible, Julien,
loco de amor y de dolor, trató de justificarse. Nada más absurdo. ¿Acaso puede
alguien justificare por no gustar? Pero la razón no ejercía el menor dominio
sobre sus actos. Un instinto ciego le empujaba a retrasar la decisión de su
suerte. Le parecía que mientras hablaba no había terminado todo todavía.
Mathilde no prestaba atención a sus palabras,, su sonido le irritaba, no
concebía que él tuviese la audacia de interrumpirla.
Líos remordimientos de la virtud y
los del orgullo la hacían aquella mañana doblemente desgraciada. En cierto modo
se sentía anonadada por la vergonzosa idea de haber concedido ciertos derechos
sobre ella a un joven clérigo, hijo de un campesinos «Es casi lo mismo -se
decía en los momentos en que se exageraba a sí misma su desgracia- que si
tuviera que reprocharme una debilidad con uno de los lacayos».
En los caracteres intrépidos y
altivos no hay más que un paso entre la cólera contra sí mismo y la ira contra
los demás; los arrelbatos de furor son, en tal caso, un vivo placer.
En un instante la señorita de La
Mole llegó al extremo de abrumar a Julien con las más exageradas muestras de
desprecio. Poseía mucho talento, y dominaba el arte de torturar el amor propio
de los demás y de infligirles crueles heridas.
Por vez primera en su vida, Julien
se hallaba sometido a la acción - de una inteligencia superior, animada por el
odio más violentoo contra él. Lejos de pensar ni remotamente en defenderse en
aquel momento, su imaginación cambiante le llevó a despreciarse a sí mismo. Al
sentirse abrumado por tan crueles muestras de desprecio, calculadas con tanto
ingenio para destruir el buen concepto que él podía tener de sí mismo, le
parecía que Mathilde tensa razón y que aún hubiera podido decir más.
Ella, por su parte, experimentaba en
su orgullo un delicioso placer al castigar así a los dos por la adoración que
pocos días antes había sentido por él.
No necesitaba inventar ni pensar
previamente las frases crueles que le dirigía con tanta complacencia. No hacía
más que repetir en voz alta lo que desde hacía ocho días le estaba diciendo en
su corazón el abogado del partido contrario al amor.
Cada palabra centuplicaba el
horrible sufrimiento de Julien. Quiso huir, la señorita de La Mole le retuvo
autoritariamente, cogiéndole del brazo.
-Dígnese tener en cuenta -le dijo
él- que está hablando muy alto y que la oirán desde la habitación de al lado.
-¡Qué importa! -repuso con altivez
la señorita de La Mole-, ¿quién se atreverá a decir que me oye? Quiero curar
para siempre su amor propio de las ideas que ha podido forjarse acerca de mí.
Cuando Julien logró salir de la
biblioteca, estaba tan asombrado que sentía menos su desgracia. «¡Ya no me
quiere! -se repetía en voz alta, como para darse cuenta exacta de su situación-.
Parece ser que me ha querido ocho o diez días, y yo la querré toda la vida.
»¿Es posible? ¡Y pensar que no
representaba nada, absolutamente nada para mi corazón hace tan pocos días!...»
Los goces del orgullo satisfecho
inundaban el corazón de Mathilde; ¡había conseguido romper para siempre! Haber
logrado una victoria tan rotunda sobre una tan poderosa inclinación la hacía
sentirse completamente feliz. «Así comprenderá ese caballerete, de una vez
para siempre, que no tiene ni tendrá nunca el menor ascendiente sobre mí.» Era
tan feliz, que realmente en aquel momento no sentía amor alguno.
Después de una escena tan atroz, tan
humillante, para cualquier otro ser menos apasionado que Julien, el amor
hubiera resultado imposible. Sin olvidar ni un solo instante lo que se debía a
sí misma, la señorita de La Mole le había dicho esas cosas desagradables, tan
bien calculadas, que pueden parecer verdad aun recordándolas luego fríamente.
En un primer momento, la conclusión
a que llegó Julien después de una escena tan extraña fue que Mathilde tenía un
orgullo desmesurado. Él creía firmemente que todo había terminado para siempre
entre los dos, y, sin embargo, al día siguiente, du-
rante
el almuerzo, estuvo torpe y tímido ante ella. Aquél era un defecto que nadie
había podido reprocharle hasta entonces. Tanto en las pequeñas como en las
grandes cosas, sabía siempre exactamente lo que quería y debía hacer, y no
dudaba un momento en ejecutarlo.
Aquel día, después del almuerzo, la
señora de La Mole le pidió un folleto sedicioso, y sin embargo bastante raro,
que su capellán le había traído por la mañana con el mayor secreto. Julien, al
cogerlo de encima de una consola, derribó un jarrón antiguo de porcelana azul,
extremadamente feo.
La marquesa de La Mole se levantó
dando un grito de angustia, y fue a contemplar de cerca las ruinas de su amado
jarrón.
-Era del Japón antiguo -dijo-, lo
heredé de mi tía abuela, la abadesa de Chelles; era un obsequio de los
holandeses al regente duque de Orleans, quien lo regaló a su hija...
Mathilde había seguido el movimiento
de su madre, encantada de ver roto aquel jarrón azul que le parecía
horriblemente feo. Julien permanecía silencioso y no muy turbado; vio a la señorita
de La Mole muy cerca de él.
-Este jarrón -le dijo- ha quedado
destruido para siempre, lo mismo ocurre con un sentimiento que un día fue el
dueño absoluto de mi corazón; le ruego que acepte todas mis excusas por todas
las locuras que me ha hecho cometer. -Y salió.
-Cualquiera diría -exclamó la
marquesa de La Mole viéndole marchar- que este señor Sorel está orgulloso y
contento de lo que acaba de hacer.
Aquella frase fue derecha al corazón
de Mathilde. «Es cierto -se dijo-, mi madre ha dado en el blanco, ése es el
sentimiento que le anima. -Sólo entonces dejó de sentir la alegría que le había
proporcionado la escena del día anterior-. Bien, todo ha terminado -se dijo
con una calma aparente-; espero que me sirva de ejemplo, ¡este error es
vergonzoso y humillante! Pero me enseñará a ser más sensata por todo el resto
de mi vida.»
«Ojalá fuera verdad lo que he dicho
-pensaba Julien-. ¿Por qué me atormenta todavía el amor que sentía por esa
loca?»
Este amor, lejos de extinguirse,
como él esperaba, hizo rápidos progresos. «No cabe duda de que está loca -se
decía-, pero ¿es por eso menos adorable? ¿Es posible ser más bonita? ¿No se
halla reunido en la señorita de La Mole todo aquello que la civilización más
elegante puede presentar como más apetecible?» Los recuerdos de la felicidad
pretérita se apoderaban de Julien y destruían rápidamente toda la obra de la
razón.
La razón lucha en vano contra esta
clase de recuerdos; sus severos esfuerzos no hacen más que aumentar su
encanto.
Veinticuatro horas después de la
rotura del antiguo jarrón japonés, Julien era decididamente uno de los hombres
más desgraciados.
Capítulo
21
La
nota secreta
Car tout ce que je raconte,
je l'ai vu; el si j'ai pu me tromper
en le voyant,
bien certainement je
ne vous trompe point en vous le
disant.[62]
(Carta al autor)
El marqués le mandó llamar; el señor
de La Mole parecía rejuvenecido, sus ojos brillaban.
-Hablemos un poco de su memoria -le
dijo a Julien-, ¡me han dicho que es prodigiosa! ¿Sería usted capaz de
aprenderse de memoria cuatro páginas enteras y después repetirlas en Londres?
¡Pero sin cambiar ni una sola palabra...!
El marqués hojeaba, malhumorado, el
número de La Quotidienne de aquel día, y trataba inútilmente de disimular un
aire muy serio y que Julien no le había visto nunca, ni siquiera cuando
hablaba de su pleito contra el padre de Frilair.
Julien tenía ya la suficiente
experiencia para saber que debía fingir que le engañaba el tono frívolo con que
se dirigía a él.
-Es posible que este número de La
Quotidienne no sea muy divertido; pero, si el señor marqués me lo permite,
mañana por la mañana tendré el honor de recitárselo entero.
-¡Cómo! ¿Hasta los anuncios?
-Exactamente y sin que falte una
sola palabra.
-¿Me da usted su palabra? -repuso el
marqués con repentina seriedad.
-Sí, señor, sólo el temor de faltar
a ella podría entorpecer mi memoria.
-Es que ayer olvidé hacerle esta
pregunta: no le exijo a usted juramento de que no repetirá lo que oiga; le
conozco demasiado para hacerle esta ofensa. He respondido por usted; voy a
llevarle a un salón donde se reunirán doce personas; usted tomará nota de lo
que diga cada una de ellas.
»No se preocupe usted, no será una
conversación confusa; cada uno hablará por turno, lo que no quiere decir por
orden -añadió el marqués, recobrando el tono frívolo natural en él-. Mientras
nosotros hablamos, usted escribirá una veintena de páginas; luego volverá
usted aquí conmigo y entre los dos reduciremos estas veinte páginas a cuatro.
Estas cuatro páginas son las que me recitará usted mañana por la mañana en vez
del número de La Quotidienne. Inmediatamente después saldrá usted de viaje;
habrá de dar la impresión de un joven que realiza un viaje de placer. Su
principal objetivo será el de pasar completamente inadvertido. Luego llegará
usted junto a un gran personaje. Allí necesitará más habilidad. Se trata de
engañar a todos cuantos le rodean; pues entre sus secretarios, entre sus
criados, hay gentes vendidas a nuestros enemigos y que acechan el paso de
nuestros agentes para interceptarlos. Llevará usted una carta de recomendación
insignificante.
»En el momento que su excelencia le
mire, sacará usted mi reloj, que le presto para el viaje. Helo aquí. Tómelo
usted y déjeme el suyo, así ya tenemos algo hecho.
»El propio duque se dignará escribir
personalmente al dictado las cuatro páginas que usted habrá aprendido de
memoria.
»Hecho esto, pero no antes, fíjese
bien, podrá usted, si su excelencia le pregunta, contarle la sesión a la que
asistirá dentro de poco.
»Una cosa que le impedirá aburrirse
durante el viaje es que entre París y la residencia del ministro existe un buen
número de personas que no desearían nada mejor que pegarle un tiro al señor
clérigo Sorel. En este caso, su misión habría terminado, y ello nos causaría un
gran retraso, pues, mi querido amigo, ¿cómo vamos a enterarnos de su muerte? Su
celo no puede llegar hasta el extremo de participárnosla.
»Vaya inmediatamente a comprar un
equipo completo -añadió el marqués con gravedad-. Vístase a la moda de hace un
par de años. Esta noche debe usted tener un aspecto desaliñado. En cambio,
durante el viaje, irá usted como de costumbre. ¿Le sorprende esto? ¿Su
desconfianza adivina? Sí, amigo mío, uno de los venerables personajes cuya
opinión va usted a oír es muy capaz de enviar informes de usted, gracias a los
cuales, en el mejor de los casos, cualquier noche pueden hacerle ingerir una
buena dosis de opio, en alguna posada donde haya usted pedido la cena.
-Será mejor -dijo Julien- hacer
treinta leguas más y no seguir el camino directo. Se trata de Roma, supongo...
El marqués adoptó un aire altanero y
descontento, que Julien no había visto en él dede Bray-le-Haut.
-Esto lo sabrá usted, caballero,
cuando yo juzgue oportuno decírselo. No me gustan las preguntas.
-No se trataba de una pregunta
-repuso Julien con efusión-; le juro, señor marqués, que estaba pensando en voz
alta y buscaba en mi mente el camino más seguro.
-Sí, y parece que su imaginación iba
muy lejos. No olvide usted nunca que un enviado, y más de su edad, jamás debe
dar la impresión de querer forzar la confianza.
Julien se sintió muy mortificado, se
había equivocado. Su amor propio buscaba una excusa y no la encontraba.
-Comprenda -añadió el marqués de La
Mole- que siempre que uno comete una tontería pretende justificarla diciendo
que obraba de buena fe.
Una hora más tarde, Julien se
hallaba en la antecámara del marqués con un perfecto aire de subalterno, un
traje anticuado, una corbata de dudosa blancura y algo de pedantería en toda su
apariencia.
Al verle, el marqués se echó a reír,
y sólo entonces quedó Julien completamente justificado.
«Si este hombre me traiciona
-decíase el señor de La Mole-, ¿de quién podré fiarme? Y, sin embargo, cuando
se actúa hay que fiarse de alguien. Mi hijo y sus elegantes amigos de la misma
calaña tienen valor y lealtad por cien mil; si fuese preciso
batirse,
morirían en las gradas del trono; lo saben todo... excepto lo que necesitamos
en este momento. Al diablo si veo entre ellos uno solo capaz de aprenderse de
memoria cuatro páginas y hacer cien leguas sin ser descubierto. Norbert sabría
hacerse matar como sus antepasados; pero ése es también el mérito de un
recluta...»
El marqués quedó profundamente
ensimismado, y con un suspiro murmuró: «Y en cuanto a hacerse matar, quizás
este Sorel lo sabría hacer tan bien como él...»
-Subamos al coche -dijo el marqués,
como para alejar una idea inoportuna.
-Señor -dijo Julien-, mientras me
arreglaban este traje me he aprendido de memoria la primera página de La
Quotidienne de hoy.
El marqués cogió el periódico.
Julien recitó sin equivocarse en una sola palabra. «Bueno -pensó el marqués,
que aquella noche se sentía muy diplomático-; mientras tanto, este joven no se
fija en las calles que atravesamos.»
Llegaron a un salón de apariencia
bastante triste, revestido de madera en parte y en parte tapizado de terciopelo
verde. En medio del salón, un lacayo adusto y ceñudo acababa de instalar una
mesa de comedor, de gran tamaño, que más tarde convirtió en mesa de trabajo,
cubriéndola con un inmenso tapete de terciopelo verde, lleno de manchas de
tinta, despojo de algún ministerio.
El dueño de la casa era un hombre
gigantesco cuyo nombre nadie llegó a pronunciar; a Julien le pareció ver en él
la fisonomía y la elocuencia del individuo que digiere.
A una seña del marqués, Julien se
colocó en el último extremo de la mesa. Para fingir aplomo, se puso a cortar
plumas. Con el rabillo del ojo contó hasta siete interlocutores, pero Julien
sólo los veía de espaldas. Le pareció que dos de ellos dirigían la palabra al
marqués de La Mole en un tono de igualdad; los otros parecían más o menos
respetuosos.
Un nuevo personaje entró sin ser
anunciado.
«Es raro -pensó Julien-, en este
salón no se anuncia a nadie.
¿Tomarán
esta precaución en honor mío?» Todo el mundo se levantó para recibir al recién
llegado. Lucía la misma condecoración, extremadamente distinguida, que otras
tres de las personas que estaban ya en el salón. Hablaban bastante bajo. Para
juzgar al recién llegado, Julien tuvo que contentarse con lo que pudieran
decirle su aire y su figura. Era bajo y corpulento, de tez muy colorada y
mirada brillante y sin otra expresión que una maldad de jabalí.
A Julien le llamó vivamente la
atención la aparición, casi inmediata, de un individuo del todo diferente. Era
un hombre alto, muy delgado, y que llevaba tres o cuatro chalecos. Su mirada
era afectuosa, su ademán, cortés.
«Tiene la misma fisonomía que el
viejo obispo de Besancon», pensó Julien. Evidentemente, aquel hombre pertenecía
a la Iglesia, no representaba más de cincuenta a cincuenta y cinco años y no
podía tener un aire más paternal.
Apareció el joven obispo de Agde, y
pareció sorprenderse mucho cuando, al pasar revista a los presentes, sus ojos
se fijaron en Julien. No le había dirigido la palabra desde la ceremonia de
Bray-le-Haut. Su sorprendida mirada azoró e irritó a Julien. «¿Será posible
-decíase éste- que para mí conocer a un hombre resulte siempre una desgracia?
¡Todos estos grandes señores, a quienes no he visto jamás, no me intimidan lo
más mínimo, y la mirada de este joven obispo me hiela la sangre! Hay que
convenir en que soy un ser muy extraño y muy desgraciado.»
Un hombrecillo completamente vestido
de negro entró con estrépito y empezó a hablar desde la puerta; tenía la tez
amarilla y un cierto aire de loco. Después de la llegada de este hablador
infatigable se formaron varios grupos, evidentemente para evitar el fastidio
de escucharle.
Al alejarse de la chimenea, se
acercaban al extremo de la mesa donde se encontraba Julien. Su situación era
cada vez más embarazosa pues, por muchos esfuerzos que hiciera, le era imposible
no oír, y, por poca que fuese su experiencia, comprendía toda la importancia de
aquellas cosas, de las cuales se hablaba
sin
el menor reparo; ¡y cómo debía interesar a aquellos altos personajes que tenía
ante su vista que permaneciesen secretas!
Julien había cortado ya una veintena
de plumas con toda la calma posible; aquel recurso se iba a agotar. Buscaba
inútilmente una orden en los ojos del marqués de La Mole; el marqués le había
olvidado.
«Lo que estoy haciendo es ridículo
-se decía Julien mientras cortaba sus plumas-; pero estas gentes de fisonomía
tan mediocre, y encargadas por los demás, o por ellos mismos, de tan grandes
intereses, deben de ser muy suspicaces. Mi desdichada mirada tiene algo
interrogativo y poco respetuoso que, sin duda alguna, les molestará. Si
decididamente mantengo los ojos bajos, parecerá que estoy recogiendo
ávidamente sus palabras.»
Su apuro era extremado, oía las
cosas más increíbles.
Capítulo
22
La
discusión
La république! - pour un,
aujour-d'hui, qui sacrifierait tout au bien public, il en est des milliers el
des millions qui ne connaissent que leurs jouissanees, leur vanité. On est
considéré, á Paris, á cause de sa voiture el non á cause de sa vertu.[63]
NAPOLEÓN
El
lacayo entró precipitadamente diciendo:
-El señor duque de...
-Cállese, es usted un perfecto
majadero -dijo el duque al entrar.
Pronunció tan bien esas palabras y
con tanta majestad, que Julien pensó, a pesar suyo, que toda la ciencia de
aquel gran personaje consistía en saber enfadarse con un lacayo. Julien levantó
los ojos y volvió a bajarlos en el acto. Había adivinado tan bien la categoría
del recién llegado, que temió que su mirada resultase indiscreta.
Aquel duque era un hombre de
cincuenta años, vestido como un dandi y que se movía como por medio de
resortes. Tenía la cabeza estrecha, una gran nariz y un rostro afilado y
prominente; hubiera resultado difícil tener un aire más noble y más anodino.
Su llegada determinó la apertura de la sesión.
Julien se vio interrumpido de
repente en sus observaciones fisonómicas por la voz del marqués de La Mole.
-Les presento al señor clérigo Sorel
-decía el marqués-; tiene una memoria prodigiosa; hace sólo una hora que le he
hablado de la misión con que podría ser honrado, y, para dar una prueba de sus
facultades, se ha aprendido de memoria la primera página de La Quotidienne.
-¡Ah!
Las noticias del extranjero de ese pobre N... -dijo el dueño de la casa.
Tomó el periódico con presteza y,
mirando a Julien con aire cómico, a fuerza de querer ser importante, le dijo:
-Hable
usted, caballero.
El silencio era profundo, todos los
ojos estaban fijos en Julien; éste recitó tan bien, que al cabo de veinte
líneas dijo el duque:
-Basta.
El hombrecillo de mirada de jabalí
se sentó. Era el presidente, pues apenas estuvo instalado en su sitio, mostró
a Julien una mesa de juego, indicándole con una seña que la llevara junto a él.
Julien se instaló allí con todo lo necesario para escribir. Contó doce
personas sentadas alrededor del tapete verde.
-Señor Sorel -dijo el duque-, pase
usted a la habitación de al lado, ya se le llamará.
El dueño de la casa se mostró muy
inquieto.
-Los postigos no están cerrados
-dijo a media voz su vecino-. Es inútil mirar por la ventana -gritó
estúpidamente, dirigiéndose a Julien.
«Por lo menos estoy metido en una
conspiración -pensó éste-. Afortunadamente, no es de las que llevan a la plaza
de la Gréve. Y aun cuando hubiera algún peligro, al marqués le debo esto y
mucho más. ¡Me consideraría feliz si estuviera en mi mano reparar todas las
penas que mis locuras pueden causarle algún día!»
Mientras pensaba en sus locuras y en
su desgracia, contemplaba aquel lugar de modo que no pudiera olvidarlo jamás.
Sólo entonces recordó que no había oído al marqués decirle al lacayo el nombre
de la calle y que el marqués había tomado un coche de alquiler, cosa que no
hacía nunca.
Julien pudo entregarse a sus
reflexiones durante largo tiempo. Estaba en un salón tapizado de terciopelo
rojo con anchas franjas doradas. Sobre la consola había un gran crucifijo de
marfil, y encima de la chimenea el libro Sobre el Papa del señor
de
Maistre, magníficamente encuadernado y con cantos dorados. Julien lo abrió,
para no dar la impresión de que escuchaba. En el salón vecino hablaban cada vez
más alto. Por fin se abrió la puerta y le llamaron.
-Tengan en cuenta, señores -decía el
presidente-, que a partir de este momento hablamos ante el duque de... El
señor -dijo, señalando a Julien- es un joven clérigo, adicto a nuestra causa,
que repetirá fácilmente, con la ayuda de su prodigiosa memoria, hasta nuestras
palabras más insignificantes.
»El señor tiene la palabra -dijo,
señalando al personaje de aire paternal que llevaba tres o cuatro chalecos.
A Julien le pareció que habría sido
más natural llamar por su nombre al señor de los chalecos. Cogió un papel y
escribió mucho.
(Aquí el autor hubiera querido poner
una página de puntos suspensivos. «Ésta tendría muy poca gracia -dijo el
editor-, y, para un escrito tan frívolo, la falta de gracia es la muerte.»
-La política -prosigue el autor- es
una piedra atada al cuello de la literatura, y que en menos de seis meses la
hunde. La política, en medio de los asuntos de la imaginación, es como un pistoletazo
en medio de un concierto. Es un ruido desgarrador, sin ser enérgico. No
armoniza con el sonido de ningún instrumento.
Esta
politica va a ofender mortalmente a la mitad de los lectores y aburrirá a la
otra mitad, que la ha encontrado mucho más interesante y enérgica en el
periódico de la mañana...
-Si sus personajes no hablan de
politica -replica el editor-, no son los franceses de 1830, y su libro no será
un espejo, como usted pretende...)
El acta levantada por Julien tenía
veintiséis páginas; aquí daremos un extracto muy descolorido, pues, como
siempre, ha sido preciso suprimir las partes ridículas, que por su exageración
parecerían odiosas o poco verosímiles. (Ver la Gaceta de los Tribunales.)
El hombre de los chalecos y de
aspecto paternal (acaso fuera un obispo) sonreía a menudo, y entonces sus ojos,
recubiertos por la flacidez de los párpados, adquirían un brillo singular y una
expresión menos indecisa que de costumbre. Aquel personaje, a quien hacían
hablar el primero antes del duque («pero
¿qué
duque?», se preguntaba Julien), al parecer para exponer las opiniones y ejercer
las funciones de abogado general, a Julien le dio la impresión de que incurría
en la vaguedad y en la falta de conclusiones categóricas que se reprocha
generalmente a estos magistrados. En el curso de la discusión, el propio duque
llegó a reprochárselo.
Después de varias frases de moral y
de indulgente filosofía, el hombre de los chalecos dijo:
-La noble Inglaterra, guiada por un
gran hombre, el inmortal Pitt, ha gastado cuarenta mil millones de francos en
contrarrestar la revolución. Si esta asamblea me permite abordar con cierta
franqueza una idea desoladora, diré que Inglaterra no llegó a comprender
bastante que con un hombre como Bonaparte, sobre todo cuando sólo era posible
oponerle un conjunto de buenas intenciones, lo único decisivo eran los medios
personales...
-¡Ah! ¡Una vez más el elogio del
asesinato! -dijo el dueño de la casa con aire inquieto.
-Ahórrenos usted sus homilías
sentimentales -exclamó malhumorado el presidente; su mirada de jabalí brilló
como un relámpago feroz-. Continúe -le dijo al hombre de los chalecos.
Las mejillas y la frente del
presidente cobraron un color purpúreo.
-La noble Inglaterra -prosiguió el
orador- está hoy aplastada; pues cada inglés, antes de comprar el pan, se ve
obligado a pagar el interés de los cuarenta mil millones de francos que se gastaron
contra los jacobinos. Ya no tiene un Pitt...
-Tiene al duque de Wellington -dijo
un personaje militar, dándose aires de gran importancia.
-Por favor, silencio, señores
-exclamó el presidente-. Si seguimos discutiendo, resultará inútil haber hecho
entrar al señor Sorel.
-Ya sabemos que el señor tiene
muchas ideas dijo el duque con aire molesto, mirando al militar, antiguo
general de Napoleón.
Julien notó que aquella frase aludía
a algo personal y tenía un sentido muy ofensivo. Todo el mundo sonrió; el
general tránsfuga parecía presa de la cólera.
-Señores, Pitt ya no existe
-continuó el orador, con el aire
descorazonado
del hombre que desespera de hacer entrar en razón a los que le escuchan-. Y
aun cuando hubiera un nuevo Pitt en Inglaterra, no se engaña a una nación dos
veces con los mismos procedimientos...
-Por esto un general vencedor, un
Bonaparte, es ya imposible en Francia -exclamó el militar que le había
interrumpido antes.
Esta vez, ni el presidente ni el
duque se atrevieron a enfadarse, aun cuando Julien creyó leer en sus ojos que
no les faltaban ganas de ello. Bajaron los ojos, y el duque se contentó con
suspirar de modo que todos le oyeran.
Pero el que hablaba se había puesto
de mal humor.
-Hay quien está deseando que acabe
cuanto antes -dijo con ardor, y, dejando completamente a un lado aquella
cortesía sonriente y aquel lenguaje mesurado que Julien creía la expresión de
su carácter, añadió-: hay quien está deseando que acabe cuanto antes; no se me
agradecen los esfuerzos que hago para no ofender los oídos de nadie, por muy
largas que tenga las orejas. Pues bien, señores, seré breve.
»Voy a decirles con toda rudeza que
Inglaterra ya no tiene un céntimo para poner al servicio de la buena causa. Ni
siquiera el propio Pitt, con todo su genio, lograría engañar a los pequeños
propietarios ingleses, pues saben que sólo la breve campaña de Waterloo les
costó mil millones de francos. Puesto que se quiere que hable claro -añadió el
orador, animándose más y más-, os diré: Ayúdense ustedes mismos, pues
Inglaterra no pondrá ni una sola guinea a su disposición, y cuando Inglaterra
no paga, Austria, Rusia, Prusia, que sólo tienen valor, pero no dinero, no pueden
hacer contra Francia más que una o dos campañas.
»Podemos esperar que los jóvenes
soldados movilizados por el jacobinismo sean derrotados en la primera campaña,
y aun quizás en la segunda; pero en la tercera, aun cuando ante vuestros
partidistas ojos voy a pasar por un revolucionario, en la tercera tendréis los
soldados de 1794, que no eran ya los campesinos encuadrados de 1792.
Al llegar aquí, la interrupción
partió de tres o cuatro puntos a la vez.
-Caballero -le dijo el presidente a
Julien-, pase usted al otro salón a poner en limpio el comienzo del acta que ha
escrito hasta ahora.
Julien salió, muy a pesar suyo. El
orador acababa de abordar una serie de posibilidades que constituían el objeto
habitual de sus meditaciones.
«Tienen miedo de que me burle de
ellos», pensó.
Cuando le llamaron de nuevo, el
marqués de La Mole estaba diciendo, con una seriedad que para Julien, que le
conocía bien, resultaba bastante cómica:
-... Sí, señores, de este
desgraciado pueblo es del que con más razón puede decirse:
Sera-t-il dieu, table ou cuvette?[64]
»Il sera dieu!, exclama el fabulista.
A ustedes, caballeros, es a quienes parece corresponder esta frase tan noble y
tan profunda. Actúen por su cuenta, y la noble Francia resurgirá, tal como la
hicieron sus antepasados y nosotros la vimos todavía antes de la muerte de Luis
XVI.
»Inglaterra, o por lo menos sus
nobles lores, detesta tanto como nosotros el innoble jacobinismo: sin el oro
inglés, Austria, Rusia, Prusia, no pueden librar más de dos o tres batallas.
¿Será esto suficiente para provocar una afortunada ocupación militar como la
que el señor de Richelieu desaprovechó tan estúpidamente en 1817? No lo creo.[65]
Aquí hubo interrupción, pero ahogada
por los siseos de todo el mundo. Partía, una vez más, del antiguo general del
Imperio, que deseaba el cordón azul y quería figurar entre los redactores de la
nota secreta.
-Yo no lo creo -repuso el marqués de
La Mole después del tumulto.
Insistió en el «yo» con una
insolencia que entusiasmó a Julien. «Esto se llama jugar correctamente
-decíase, mientras hacía volar la pluma casi tan deprisa como las palabras del
marqués-. Con una frase bien dicha, el marqués ha reducido a la nada las
veinte campañas de ese tránsfuga.»
-Y no es sólo al extranjero
-continuó el marqués con un tono de lo más mesurado- al que podemos deber una
nueva ocupación militar. Toda esa juventud que escribe artículos incendiarios
en Le Globe les dará tres o cuatro mil capitanes jóvenes, entre los cuales
puede encontrarse un Kléber, un Hoche, un Jourdan, un Pichegru, pero menos
bienintencionados.
-No supimos rodearle de gloria -dijo
el presidente-, era preciso hacerle inmortal.
-En Francia tiene que haber dos
partidos -continuó el marqués de La Mole-, pero dos partidos no sólo de
nombre, sino dos partidos bien claros, bien definidos. Sepamos a quién hay que
aplastar. De un lado, los periodistas, los electores, la opinión, en una
palabra; la juventud y todo lo que ella admira. Mientras ésta se embriaga con
el ruido de sus vanas palabras, nosotros tenemos la indiscutible ventaja de
consumir el presupuesto.
Aquí hubo una nueva interrupción.
-Usted, caballero -dijo el marqués
de La Mole al que le interrumpía, con una altivez y una soltura admirables-,
usted no consume, si la palabra le molesta; usted devora cuarenta mil francos
del presupuesto del Estado y otros ochenta mil que recibe usted de la lista
civil.
»Pues bien, caballero, puesto que
usted me obliga a ello, me atreveré a tomarle como ejemplo. Como sus nobles
antepasados, que siguieron a san Luis en la Cruzada, usted debería, con estos
ciento veinte mil francos, presentamos, por lo menos, un regimiento, una
compañía, ¡qué digo!, media compañía, aun cuando sólo constara de cincuenta
hombres dispuestos a combatir y adictos a la buena causa en cuerpo y alma.
Pero sólo tiene usted lacayos que, en caso de revolución, le darían miedo a
usted mismo.
»Señores, el trono, el altar, la
nobleza, pueden sucumbir ma-
ñana
mismo, mientras ustedes no hayan creado en cada departamento una fuerza de
quinientos hombres leales; pero leales no, sólo con toda la bravura francesa,
sino también con toda la constancia española.
»La mitad de esta fuerza deberá
componerse de nuestros hijos, nuestros sobrinos, o sea, de verdaderos
caballeros. Cada uno de ellos tendrá a su lado no un pequeño burgués charlatán,
dispuesto a ostentar la escarapela tricolor si se presenta de nuevo un 1815,
sino un buen campesino, sencillo y franco, como Cathelineau; nuestro caballero
le habrá adoctrinado, a ser posible será su hermano de leche. Que cada uno de
nosotros sacrifique la quinta parte de sus rentas para formar este pequeño
ejército de quinientos hombres leales por departamento. Entonces podrán ustedes
contar con una ocupación extranjera. Ningún soldado extranjero penetrará
siquiera hasta Dijon, si no está seguro de encontrar quinientos soldados
amigos en cada departamento.
»Los monarcas extranjeros no les
harán el menor caso hasta que puedan anunciarles que tenemos veinte mil
caballeros dispuestos a tomar las armas para abrirles las puertas de Francia.
Este servicio es penoso, me dirán ustedes; caballeros, nuestra cabeza tiene ese
precio. Entre la libertad de prensa y nuestra existencia como aristócratas hay
una guerra a muerte. Conviértanse en fabricantes, en labradores, o empuñen su
fusil. Sean tímidos si quieren, pero no sean estúpidos; abran los ojos.
»Formez vos bataillons, les diré,
parodiando el himno de los jacobinos; entonces siempre habrá algún noble
Gustavo Adolfo que, conmovido ante el peligro inminente del principio monárquico,
se lanzará a trescientas leguas de su país y hará por ustedes lo que Gustavo
hizo por los príncipes protestantes. ¿Quieren continuar hablando sin obrar?
Dentro de cincuenta años no habrá en Europa más que presidentes de república,
y ni un solo rey. Y con estas tres letras R, E, Y se van los sacerdotes y los
caballeros. No habrá más que candidatos haciendo la corte a sucias mayorías.
»Ustedes pueden decir que Francia no
cuenta en este momento con un general de verdadero prestigio, conocido y querido
por todos, que el ejército está organizado para defender los intereses del
trono y del altar, que se le han quitado todos sus veteranos, mientras que en
cada uno de los regimientos austríacos y prusianos figuran cincuenta
suboficiales experimentados.
»Doscientos mil jóvenes
pertenecientes a la pequeña burguesía están enamorados de la guerra...
-Basta de verdades desagradables
-dijo con tono de suficiencia un grave personaje, probablemente de muy elevada
jerarquía eclesiástica, pues el marqués de La Mole sonrió con agrado en vez de
enojarse, detalle que resultó muy significativo para Julien.
-Basta de verdades desagradables;
resumamos, señores: sería absurdo que el hombre a quien hay que amputarle una
pierna gangrenada le dijera a su cirujano: esta pierna está muy sana. Perdonen
la expresión, señores; el noble duque de... es nuestro cirujano.
«Por fin se ha pronunciado la
palabra clave -pensó Julien-, esta noche saldré galopando hacia...»
Capítulo
23
El
clero, los bosques, la libertad
La primera ley de todos los seres es
conservarse, vivir.
¡Sembráis cicuta y queréis que maduren
las espigas!
MAQUIAVELO
El grave personaje proseguía; se le
notaba muy enterado; exponía con una elocuencia suave y moderada, que agradó
infinitamente a Julien, estas grandes verdades:
1.° Inglaterra no tiene ni una
guinea para poner a nuestra disposición; la economía y Hume están de moda allí.
Ni los propios Santos nos darán dinero, y míster Brougham se burlará de
nosotros.
2.° Imposible conseguir más de dos
campañas de los reyes de Europa, sin el oro inglés; y dos campañas no bastarán
frente a la pequeña burguesía.
3.° Necesidad de formar un partido
armado en Francia, sin el cual el principio monárquico de Europa no aventurará
ni siquiera esas dos campañas.
-El cuarto punto que me atrevo a
exponerles como evidente es éste: Imposibilidad deformar un partido armado en
Francia sin contar con el clero. Señores, lo digo sin ambages, porque lo voy a
demostrar. Hay que ponerlo todo en manos del clero.
»1.° Porque ocupándose de su negocio
noche y día, y guiado por hombres de gran capacidad, apartados de las tormentas
del mundo, a trescientas leguas de nuestras fronteras...
-¡Ah! ¡Roma, Roma! -exclamó el dueño
de la casa...
-Sí, caballero, Roma -continuó el
cardenal con orgullo-. Sean cuales fueren las bromas más o menos ingeniosas que
estuvieron de moda cuando usted era joven, diré muy alto, en 1830, que
el
clero, dirigido por Roma, es el único que habla con el pueblo bajo.
»Cincuenta mil sacerdotes repiten
las mismas palabras el día indicado por los jefes, y el pueblo, que es a fin de
cuentas el que proporciona los soldados, se sentirá más conmovido por la voz de
sus sacerdotes que por la de todos los versitos del mundo...
(Esta alusión tan personal suscitó
considerables murmullos.)
-El clero tiene un talento superior
al de ustedes -continuó el cardenal, levantando la voz-; todos los pasos que
ustedes han dado hacia este punto capital de tener en Francia un partido armado
los hemos realizado nosotros. Aquí hablan los hechos... ¿Quién ha enviado
ochenta mil fusiles a Vendée?..., etc., etc.
»Mientras el clero no tenga sus
bosques, no tiene nada. A la primera guerra, el ministro de Hacienda escribe a
sus agentes que sólo hay dinero para los curas. En el fondo, Francia no es
creyente, y ama la guerra. Sea quien fuere el que se la proporcione, será
doblemente popular, pues hacer la guerra supone hacer pasar hambre a los
jesuitas, para hablar como el vulgo; hacer la guerra es librar a esos monstruos
de orgullo, los franceses, de la amenaza de una intervención extranjera...
El cardenal era escuchado con
atención.
-Sería preciso -añadió- que el señor
de Nerval dejara el ministerio, su nombre irrita inútilmente.
Al oír estas palabras, todo el mundo
se levantó y comenzó a hablar al mismo tiempo. «Me van a echar otra vez», pensó
Julien, pero incluso el presidente, siempre tan cauto, habíase olvidado de la
presencia y la existencia de Julien.
Todas
las miradas buscaban un hombre al que Julien reconoció. Se trataba del señor
de Nerval, el primer ministro, a quien había visto en el baile del duque de
Retz.
El desorden fue indescriptible, como
dicen los periódicos hablando de la Cámara. Al cabo de un cuarto de hora largo
logró restablecerse el silencio.
Entonces se levantó el señor de
Nerval y, adoptando un tono de apóstol, dijo con una voz extraña:
-No afirmaré en modo alguno que no
tengo apego al ministerio.
»Está probado, señores, que mi
nombre duplica las fuerzas de los jacobinos, poniendo contra nosotros a muchos
de los moderados. Así, pues, me retiraría gustoso; mas los caminos del Señor
sólo son visibles para un corto número; pero -añadió mirando fijamente al
cardenal- tengo una misión que cumplir; el cielo me ha dicho: dejarás tu cabeza
en el cadalso o restablecerás la monarquía en Francia, y reducirás las Cámaras
a lo que fue el Parlamento en tiempo de Luis XV, y esto, señores, lo haré.
Se calló, volvió a sentarse y hubo
un largo silencio.
«He aquí un buen actor», pensó
Julien. Se equivocaba, como por lo regular le ocurría siempre, al atribuir
demasiado talento a las personas. Animado por los debates de una reunión tan
agitada, y sobre todo por la sinceridad de la discusión, el señor de Nerval en
aquel momento creía en su misión. Poseyendo un gran valor, aquel hombre carecía
de sentido común.
En medio del silencio que siguió a
la bonita frase lo haré, se oyeron las campanadas de la medianoche. A Julien le
pareció que el sonido del reloj tenía algo imponente y fúnebre. Estaba
emocionado.
La discusión se reanudó poco después
con una energía creciente, y sobre todo con una increíble ingenuidad. «Estas
gentes me harán envenenar -pensaba Julien en algunos momentos-. ¿Cómo dicen
semejantes cosas delante de un plebeyo?»
Cuando dieron las dos seguían
hablando todavía. El dueño de la casa dormía desde hacía ya un buen rato; el
marqués de La Mole tuvo que llamar para que renovaran las velas. El señor de
Nerval, el ministro, se había marchado a las dos menos cuarto, no sin antes
haber mirado varias veces atentamente la cara de Julien, reflejada en un espejo
que el ministro tenía a su lado. Su marcha parecía haber aliviado la tensión
general.
Mientras estaban cambiando las
velas, el hombre de los chalecos dijo en voz baja a su vecino:
-¡Sabe Dios lo que este hombre va a
decirle al rey! Puede muy bien ponernos en ridículo y echar por tierra nuestro
porvenir.
»Hay que reconocer que demuestra un
raro aplomo y hasta cierta desvergüenza al presentarse aquí. Bien es verdad que
asis-
tía
a nuestras reuniones antes de entrar en el ministerio; pero la j cartera lo
cambia todo, anula todos los intereses de un hombre, y él hubiera debido
comprenderlo.
Apenas se marchó el ministro, el
general de Bonaparte cerró los ojos. En ese momento habló de su salud, de sus
heridas, consultó su reloj y se fue.
-Apostaría -dijo el hombre de los
chalecos- a que el general corre detrás del ministro; tratará de excusar su
presencia aquí y pretenderá que nos maneja a su antojo.
Cuando los criados, medio dormidos,
hubieron renovado las velas, dijo el presidente:
-En fin, señores, deliberemos y no
pretendamos convencernos los unos a los otros. Ocupémonos del contenido de la
nota que dentro de cuarenta y ocho horas estará ante la vista de nuestros
amigos de fuera. Se ha hablado de los ministros. Ahora que ya no está presente
el señor de Nerval, podemos decirlo: ¿qué nos importan los ministros? Haremos
que quieran.
El cardenal mostró su aprobación con
una sutil sonrisa.
-Nada más fácil, me parece, que
resumir nuestra posición -dijo el joven obispo de Agde, con el fuego
concentrado y apremiante del más exaltado fanatismo. Hasta entonces había permanecido
silencioso; su mirada, que Julien había observado, al principio, dulce y
tranquila, habíase inflamado después de la primera hora de discusión. En ese
instante su alma se desbordaba como la lava del Vesubio.
-De 1806 a 1814 Inglaterra no
cometió más que un error -dijo-, y fue el de no haber obrado directa y
personalmente contra Napoleón. En cuanto este hombre creó duques y chambelanes,
en cuanto restableció el trono, la misión que Dios le confiara estaba
terminada; ya no servía para otra cosa que para ser inmolado. Las Santas
Escrituras nos enseñan en más de un pasaje la manera de acabar con los tiranos.
(Aquí hubo varias citas en latín.)
»Hoy, señores, no es un hombre al
que hay que inmolar, es París. Francia entera copia a París. ¿Para qué armar
esos quinientos hombres por departamento? Empresa arriesgada ésta y que no
acabará nunca. ¿Para qué mezclar a Francia en una cosa que es exclusiva de
París? Sólo París ha causado el daño con sus periódicos y sus salones; que
perezca, pues, la nueva Babilonia.
»Entre el altar y París hay que
tomar una determinación. Esta catástrofe cuenta incluso entre los intereses
mundanos del trono. ¿Por qué París no se atrevió a respirar bajo Bonaparte?
Preguntádselo al cañón de Saint-Roch...
Julien
y el marqués de La Mole no salieron hasta las tres de la madrugada.
El marqués estaba avergonzado y
cansado. Por vez primera, al dirigirse a Julien, se notaba en su acento un tono
de ruego. Le pidió su palabra de que no revelaría jamás el exceso de celo, éstas
fueron sus palabras, del que la casualidad le había hecho testigo.
-No hable usted de ello a nuestro
amigo del extranjero sino en el caso de que insista seriamente en conocer a
nuestros jóvenes locos. ¿Qué les importa a ellos que se eche abajo el Estado?
Serán cardenales y se refugiarán en Roma. Nosotros seremos asesinados por los
campesinos en nuestros castillos.
La nota secreta que redactó el
marqués, de acuerdo con el acta de veintiséis páginas escrita por Julien, no
estuvo terminada hasta las cinco menos cuarto.
-Estoy muerto de cansancio -dijo el
marqués-, como puede verse en esta nota que hacia el final queda bastante
confusa; es lo que me ha dejado menos satisfecho de cuantas cosas he hecho en
mi vida. Tome, amigo mío -añadió-, vaya a descansar unas horas y, por temor a
que le rapten a usted, yo mismo voy a encerrarle con llave en su cuarto.
Al día siguiente el marqués condujo
a Julien a un castillo aislado, bastante alejado de París. Allí se encontraron
con unos huéspedes raros, que Julien supuso que serían sacerdotes. Le
entregaron un pasaporte con un nombre supuesto, pero que indicaba al fin el
verdadero destino del viaje, que él siempre había fingido ignorar. Montó solo
en una calesa.
El marqués no tenía inquietud alguna
respecto a su memoria, pues Julien le había recitado varias veces la nota
secreta; pero temía mucho que fuera detenido.
-Sobre todo trate usted de aparecer
como un fatuo que viaja para matar el tiempo -le dijo el marqués amistosamente,
en el momento en que salía del salón-. Es muy posible que hubiera más de un
traidor en nuestra asamblea de anoche.
El viaje fue rápido y muy triste.
Julien, apenas hubo perdido de vista al marqués, olvidó la nota secreta y la
misión, para no pensar más que en el desprecio de Mathilde.
En un pueblo, algunas leguas más
allá de Metz, el maestro de postas fue a decirle que no había caballos. Eran
las diez de la noche; Julien, muy contrariado, pidió la cena. Paseando por delante
de la puerta, insensiblemente y sin aparentar interés alguno, pasó al patio de
las cuadras. No vio caballo alguno.
«Y, sin embargo, el comportamiento
de este hombre era extraño -se decía Julien-; su mirada grosera me examinaba.»
Como puede verse, comenzaba a no
creer al pie de la letra todo cuanto le decían. Pensaba escapar después de la
cena y, con el propósito de saber algo del país, abandonó su cuarto para ir a
calentarse junto al hogar de la cocina. ¡Cuál no fue su alegría al encontrarse
allí al signor Geronimo, el célebre cantante!
Instalado en un sillón que había
hecho colocar junto al fuego, el napolitano se lamentaba en voz alta y hablaba
más él solo que los veinte campesinos alemanes que le rodeaban boquiabiertos.
-Estas gentes me arruinan -gritó a
Julien-, he prometido cantar mañana en Maguncia. Siete príncipes soberanos se
han reunido allí para oírme. Vamos, salgamos a tomar el aire -añadió con un
tono significativo.
Cuando hubo recorrido cien pasos del
camino, ya fuera del
alcance
de oídos indiscretos, le dijo a Julien:
-¿Sabe usted lo que ocurre? Este
maestro de postas es un bri
bón.
Mientras paseaba, le he dado un franco a un pillete que me
lo
ha contado todo. Hay más de doce caballos en una cuadra, al
otro
extremo del pueblo. Quieren retrasar algún correo.
-¿De veras? -dijo Julien con aire
cándido.
No era suficiente haber descubierto
el engaño, era preciso marcharse: y esto es lo que Geronimo y su amigo no
pudieron conseguir.
-Esperemos que sea de día -dijo por
fin el cantante-, desconfían de nosotros. Quizá vayan contra usted o contra
mí. Mañana por la mañana pedirnos un buen almuerzo; mientras nos lo preparan,
nos vamos de paseo, nos escapamos y alquilamos caballos y ganamos la posta
próxima.
-¿Y el equipaje de usted? -dijo
Julien, pensando que quizás el propio Geronimo fuera el encargado de detenerle.
No hubo más remedio que cenar y
acostarse. Julien estaba aún en el primer sueño, cuando despertó sobresaltado
al oír la voz de dos personas que hablaban dentro de su habitación sin disimulo
alguno.
Reconoció al maestro de postas,
armado de una linterna. La luz estaba enfocada hacia el cofre de la calesa, que
Julien había hecho subir a su cuarto. Al lado del maestro de postas había un
hombre que revolvía tranquilamente el cofre abierto. Julien no distinguía más
que las mangas de su traje, que eran negras y muy apretadas.
«Es una sotana», se dijo, y acarició
las pistolas que colocara debajo de la almohada.
-No tema usted que despierte, señor
cura -decía el maestro de postas-. El vino que les han servido era del que
preparó usted mismo.
-No encuentro ni rastro de papeles
-respondió el cura-. Mucha ropa blanca, esencias, pomadas, futilidades; es un
joven del siglo, tan sólo preocupado de sus placeres. El emisario será más bien
el otro, ese que afecta hablar con acento italiano.
Aquellas gentes se acercaron a
Julien para registrar en los bolsillos de su traje de viaje. Estuvo tentado de
matarles como ladrones. Nada de menos peligrosas consecuencias. No le faltaron
las ganas... «Sería un majadero -se dijo-, y comprometería mi misión.»
Una vez registrado su traje, dijo el
cura:
-No es un diplomático.
Se
alejó, e hizo bien.
«¡Desgraciado
de él si llega a tocarme en mi cama! -decíase Julien-. Podría muy bien darme
una puñalada, y eso no lo voy a permitir.»
El
cura volvió la cabeza, Julien entreabrió los ojos; ¡cuál no fue su asombro al
reconocer al padre Castanéde! En efecto, aunque aquellos dos personajes
hablaban bastante bajo, desde el principio creyó reconocer una de las voces. A
Julien le asaltó un fuerte deseo de librar al mundo de uno de sus más cobardes
bribones...
«¿Y
mi misión?», se dijo.
El
cura y su acólito salieron. Un cuarto de hora más tarde, Julien fingió
despertarse. Llamó y puso en conmoción a toda la casa.
-¡Estoy
envenenado! -exclamó-, ¡sufro horriblemente!
Buscaba
un pretexto para ir en auxilio de Geronimo. Le encontró medio asfixiado por el
láudano contenido en el vino.
Julien,
temiendo alguna broma de este género, había cenado chocolate que traía de
París. No consiguió despertar del todo a Geronimo para decidirle a marchar.
-Aunque
me dieran todo el reino de Nápoles -decía el cantante-, no renunciaría en este
momento a la voluptuosidad de dormir.
-¡Pero
los siete príncipes soberanos!...
-Que
esperen.
Julien
partió solo, y sin otro incidente llegó junto al gran personaje. Perdió una
mañana entera en solicitar inútilmente una audiencia. Afortunadamente, a eso de
las cuatro el duque quiso tomar el aire. Julien le vio salir a pie, y no vaciló
en acercarse a él y pedirle limosna. Cuando llegó a dos pasos del gran personaje,
sacó el reloj del marqués de La Mole y lo enseñó con afectación.
-Sígame
usted de lejos -le dijeron sin mirarle.
A un
cuarto de legua de allí, el duque entró de repente en un pequeño Café-Haus. En
una habitación de aquella posada, de la más ~a categoría, fue donde Julien tuvo
el honor de recitar al duque sus cuatro páginas. Cuando hubo terminado, le
dijeron:
-Vuelva
a empezar y vaya más despacio.
El
príncipe tomó notas.
-Vaya
usted a pie hasta la posta siguiente. Abandone aquí su equipaje y su coche.
Vaya como pueda a Estrasburgo, y el veintidós de este mes -era el diez- esté
usted a mediodía en este mismo Café-Haus. No salga usted hasta dentro de media
hora. ¡Silencio!
Aquéllas
fueron las únicas palabras que Julien oyó. Bastaron para llenarle de la más
grande admiración. «Así es -pensabacomo se tratan los negocios; ¿qué diría
este gran hombre de Estado si oyese a los apasionados charlatanes de hace tres
días?»
Julien
empleó dos horas en llegar a Estrasburgo. Le parecía que no tenía nada que
hacer allí. Dio un gran rodeo.
«Si
ese diablo del padre Castanéde me ha reconocido, no es hombre a quien se pueda
despistar fácilmente. ¡Y qué placer sería para él burlarse de mí y hacer
fracasar mi misión!»
Afortunadamente,
el padre Castanéde, jefe de la policía de la congregación en toda la frontera
del Norte, no le había reconocido. Y a los jesuitas de Estrasburgo, aunque muy
diligentes, no se les ocurrió observar a Julien, que con su cruz y su levitón
azul tenía el aspecto de un joven militar muy preocupado de su persona.
Capítulo
24
Estrasburgo
¡Fascinación! Tienes toda la energía
del amor, toda su capacidad para soportar la desgracia.
Sólo sus encantadores placeres, sus
dulces goces quedan más allá de tu esfera. Yo no podía decir viéndola dormida:
es toda mía, con su belleza de ángel y sus dulces flaquezas. Hela aquí, entregada
a mi poder, tal como el Cielo la creó en su misericordia, para hechizar el
corazón del hombre.
«Oda» de SCHILLER
Obligado a pasar ocho días en
Estrasburgo, Julien trataba de distraerse por medio de ideas de gloria militar
y de abnegación hacia la patria. ¿Estaba enamorado? No lo sabía, sólo notaba
que en su alma torturada Mathilde era dueña absoluta de su felicidad y de su
imaginación. Necesitaba de toda la energía de su carácter para mantenerse por
encima de la desesperación. Pensar en algo que no se relacionara con la
señorita de La Mole era superior a sus fuerzas. Antes, la ambición, los
pequeños éxitos de la vanidad le distraían de los sentimientos que la señora de
Rénal le inspirara. Mathilde lo había absorbido todo; la veía en todas partes
en el porvenir.
Y este porvenir lo veía Julien
absolutamente falto de éxito. Este ser, a quien vimos en Verriéres tan lleno de
presunción, tan orgulloso, había caído en un exceso de modestia ridículo.
Tres días antes habría matado al
padre Castanéde con gran satisfacción, y si en Estrasburgo un niño se hubiera
puesto a reñir con él, le hubiera dado la razón al niño. Pensando de nuevo en
los adversarios, en los enemigos que encontrara en su vida, decidía siempre que
él, Julien, había sido el equivocado.
Y es que ahora tenía por implacable
enemigo aquella imagi-
nación
poderosa, en otro tiempo empleada sin cesar en Pintarle tan brillantes éxitos
en el porvenir.
La soledad absoluta de la vida del
viajero aumentaba el poder de aquella negra imaginación. ¡Qué tesoro hubiera
sido un amigo! «Pero -decíase Julien-, ¿existirá algún corazón que lata por
mí? Y aunque tuviera un amigo, ¿no me obliga el honor a un silencio eterno?»
Se paseaba tristemente a caballo por
los alrededores de Kehl; una aldea a orillas del Rin, inmortalizada por Desaix
y Gouvion Saint-Cyr. Un campesino alemán le enseñaba los arroyos, los caminos,
los islotes del Rin, a todos los cuales dieron nombre las hazañas de aquellos
grandes generales. Julien, guiando su caballo con la mano izquierda, sostenía
en la derecha el magnífico mapa que ilustra las Memorias del mariscal
Saint-Cyr. Una exclamación de alegría le hizo levantar la cabeza.
Era el príncipe Korasoff, aquel
amigo de Londres que le había iniciado, algunos meses antes, en las reglas de
la alta fatuidad. Fiel a este gran arte, Korasoff, llegado la víspera a Estrasburgo,
y desde hacía una hora a Kehl, y sin haber leído en su vida una línea sobre el
sitio de 1796, se puso a dar grandes explicaciones a Julien. El campesino
alemán le miraba asombrado pues sabía bastante francés para entender las
enormes equivocaciones en que caía el príncipe. Julien estaba a mil leguas de
los pensamientos del campesino, miraba con asombro a aquel guapo mozo, admiraba
la gracia con que montaba a caballo.
«¡Qué afortunado carácter! -se
decía-. ¡Qué bien le cae el pantalón! ¡Con qué elegancia lleva cortado el pelo!
¡Ay de mí! Si yo hubiese sido así, es posible que después de amarme tres días
no me hubiera aborrecido.»
Cuando hubo terminado su relato del
sitio de Kehl, dijo el príncipe:
-Tiene usted el aspecto de un
trapense, exagera usted la teoría de la gravedad que le enseñé en Londres. El
aire triste no es de buen tono; es mejor parecer aburrido. Si está usted
triste, es porque le falta algo, porque algo le ha salido mal.
»Es mostrarse inferior. Si, por el
contrario, parece usted aburrido, es que lo que ha tratado inútilmente de
agradarle es inferior a usted. Comprenda, pues, querido, lo grave de la
equivocación.
Julien arrojó un escudo al
campesino, que les escuchaba con la boca abierta.
-¡Bien! -dijo el príncipe-. Ese
gesto tiene gracia, un noble desdén. ¡Muy bien!
Y puso su caballo al galope.
Julien le siguió, lleno de una
admiración estúpida.
«¡Si yo hubiese sido así, ella no
hubiera preferido a Croisenois!» Cuanto más le chocaban las ridiculeces del
príncipe, tanto más se despreciaba por no admirarlas y se consideraba
desgraciado por no tenerlas. El desprecio de sí mismo no podía ir más lejos.
El príncipe, al verle decididamente
triste, le dijo cuando entraban en Estrasburgo:
-Veamos, amigo mío, ¿ha perdido
usted todo su dinero, o está enamorado de alguna pequeña actriz?
Los rusos copian las costumbres
francesas; pero siempre a cincuenta años de distancia. Ahora se hallan en la
época de Luis XV.
Aquellas bromas sobre el amor
llenaron de lágrimas los ojos de Julien. «¿Por qué no consultar a este hombre
tan amable?», se dijo de pronto.
-Pues bien, sí, querido -le dijo al
príncipe-. Me encuentra usted en Estrasburgo muy enamorado, e incluso
desdeñado. Una mujer encantadora, que vive en una ciudad vecina, me ha plantado
después de tres días de pasión, y este cambio me mata.
Y le describió al príncipe,
cambiando los nombres, el comportamiento y el carácter de Mathilde.
-No continúe usted -dijo Korasoff-;
para que tenga usted confianza en su médico, voy a terminar yo mismo la
confidencia. El marido de esa mujer goza de una enorme fortuna, o mejor aún,
ella pertenece a la más rancia nobleza del país. Es preciso que sienta orgullo
por algo.
Julien asintió con la cabeza, no
tenía ya valor para hablar.
-Muy bien -dijo el príncipe-. He
aquí tres drogas, bastante amargas, que va usted a tomar sin pérdida de tiempo.
»Primera, ver todos los días a la
señora... ¿cómo la llama usted?
-Señora de Dubois.
-¡Qué nombre! -lijo el príncipe,
echándose a reír-; pero, perdón, para usted es sublime. Se trata de ver a
diario a la señora de Dubois; pero no vaya usted a presentarse a sus ojos como
molesto y frío; recuerde el gran principio de su siglo: mostrarse lo contrario
de lo que esperan de uno. Muéstrese precisamente tal como era usted ocho días
antes de verse honrado con sus favores.
-¡Qué tranquilo estaba yo entonces!
-exclamó Julien con desesperación-, creía tenerle compasión...
-La mariposa se quema en la llama
-continuó el príncipe-, comparación tan vieja como el mundo.
»Primero, la verá usted todos los
días.
»Segundo, cortejará usted a una
mujer de su sociedad, pero sin aparentar excesiva pasión, entiéndalo bien. No
le negaré que su papel es difícil; representa usted una comedia, y si deja que
lo adivinen está usted perdido.
-¡Ella tiene tanto talento, y yo tan
poco! Estoy perdido -dijo Julien
tristemente.
-No, lo que sucede es que está usted
más enamorado de lo que yo me figuraba. La señora de Dubois se halla
profundamente preocupada de sí misma, como todas las mujeres a quienes el
cielo ha concedido demasiada nobleza, o demasiado dinero. Se mira a sí misma,
en vez de mirarle a usted, y, naturalmente, no le conoce. Durante los dos o
tres arrebatos de amor con que le ha favorecido, con un gran esfuerzo de
imaginación, veía en usted al héroe soñado y no lo que es usted en realidad.
»Pero ¡qué demonio!, ahí están los
elementos, querido Sorel. ¿Es usted, acaso, un colegial?
»¡Caramba! Entremos en este almacén;
he aquí un cuello negro encantador; parece confeccionado por John Anderson, de
Burlington-Street; hágame el favor de tomarlo y tirar lejos esa innoble cuerda
negra que lleva usted al cuello.
»Bueno -continuó el príncipe al
salir de la tienda del primer pasamanero de Estrasburgo-, ¿qué relaciones tiene
la señora de Dubois? ¡Dios mío, qué nombre! No se enfade usted, mi querido
Sorel, pero es más fuerte que yo... ¿A quién hará usted la corte?
-A una mojigata por excelencia, hija
de un comerciante de medias inmensamente rico. Tiene los ojos más bonitos del
mundo y me gustan mucho; sin duda ocupa la más elevada jerarquía en la
comarca; pero en medio de todas sus grandezas se ruboriza hasta el punto de
desconcertarse si alguien habla de comercio o de tiendas. Y, por desgracia, su
padre es uno de los comerciantes más conocidos en Estrasburgo.
-Así que si se habla de industria
-dijo el príncipe riendo-, tiene usted la seguridad de que la bella piensa en
ella y no en usted. Esta ridiculez es divina y muy útil, pues evitará que
sienta usted el menor movimiento de locura junto a sus bellos ojos. El éxito es
seguro.
Julien pensaba en la mariscala de
Fervaques, que iba mucho al palacio de La Mole. Era una hermosa extranjera, que
se había casado con el mariscal un año antes de la muerte de éste. Toda su vida
parecía encaminada a hacer olvidar que era hija de un industrial, y, para ser
algo en París, se había erigido en campeona de la virtud.
Julien admiraba sinceramente al
príncipe; ¡qué no hubiera dado por tener sus mismas ridiculeces! La
conversación entre los dos amigos fue interminable; Korasoff estaba radiante:
nunca un francés le había escuchado durante tanto tiempo. «¡De modo -se decía
el príncipe, encantado- que he llegado al punto de hacerme oír dando lecciones
a mis maestros!»
-¿De acuerdo, no? -repetía a Julien
por décima vez-. Ni el menor asomo de pasión cuando hable usted a la joven
beldad, hija del comerciante de medias de Estrasburgo, en presencia de la
señora de Dubois. En cambio, una ardiente pasión al escribirle. Leer una carta
de amor bien escrita es el placer supremo Para una mojigata; es un momento de
descanso. No representa una comedia, se atreve a escuchar su corazón; de modo
que, dos cartas diarias.
-¡Nunca! ¡Nunca! -dijo Julien,
descorazonado-. Antes me dejaría machacar en un mortero que componer tres
frases segui-
das;
soy un cadáver, mi querido amigo, no espere nada de mí. Déjeme usted morir al
borde del camino.
-¿Y quién habla de componer frases?
Tengo en mi maletín seis tomos de cartas de amor manuscritas. Las hay para
todos los caracteres de mujer, incluso para la virtud más austera. ¿No cortejó
Kalisky a Richemond-la-Terrasse, ya sabe usted, a tres leguas de Londres, a la
más linda cuáquera de toda Inglaterra?
Julien se sentía menos desgraciado
cuando a las dos de la madrugada se separó de su amigo.
Al día siguiente el príncipe mandó
llamar a un copista, y dos días después Julien tenía en su poder cincuenta y
tres cartas amorosas, rigurosamente numeradas, con destino a la virtud más
triste y más sublime.
-No hay cincuenta y cuatro porque
Kalisky fue despedido; pero, ¿qué le importa a usted ser maltratado por la hija
del comerciante de medias, si sólo quiere obrar sobre el corazón de la señora
de Dubois?
Todos los días montaban a caballo:
el príncipe estaba loco por Julien; no sabiendo cómo demostrarle su repentina
amistad, acabó por ofrecerle la mano de una de sus primas, rica heredera de
Moscú.
-Y una vez casado -añadió-, mi
influencia y la cruz que luce usted le hacen coronel en dos años.
-Pero esta cruz no ha sido concedida
por Napoleón, ni mucho menos.
-¡Qué importa! -dijo el príncipe-.
¿No la inventó él? Es todavía, y con mucho, la primera de Europa.
Julien estuvo a punto de aceptar;
pero su deber le llamaba junto al gran personaje; al separarse de Korasoff le
prometió escribirle. Recibió la contestación a la nota secreta que llevara, y
corrió hacia París; pero apenas hubo pasado a solas dos días seguidos, el
abandonar Francia y a Mathilde le pareció un suplicio peor que la muerte.
«No me casaré con los millones que
me ofrece Korasoff-díjose-, pero seguiré sus consejos.
»Después de todo, su oficio consiste
en el arte de seducir; hace
más
de quince años que no piensa en otra cosa, puesto que tiene treinta. No se
puede decir que carezca de ingenio; es fino y cauteloso; el entusiasmo, la
poesía, son incompatibles con este carácter: es un procurador, razón de más
para que no se equivoque.
»No hay más remedio, voy a cortejar
a la señora de Fervaques.
»Probablemente me aburriré un poco,
pero miraré aquellos aojos tan bellos y que tanto se parecen a los que me han
amado más en el mundo.
»Es extranjera; por lo tanto, un
nuevo carácter a observar.
»Estoy loco, me ahogo, debo seguir
los consejos de un amigo y- no fiarme de mi mismo.»
Capítulo
25
El
ministerio de la virtud
Pero si he de gozar este placer con
tanta prudencia
y circunspección, para mí ya no será
un placer.[66]
LOPE DE VEGA
Apenas
de vuelta en París, y al salir del gabinete del marqués de La Mole, que pareció
muy desconcertado con lo que se le comunicaba, nuestro héroe corrió a casa del
conde de Altamira. Al honor de estar condenado a muerte, este apuesto
extranjero unía una gran seriedad y la suerte de ser devoto; estos dos méritos,
y sobre todo la alta alcurnia del conde, encantaban a la señora de Fervaques,
quien le veía muy a menudo.
Julien le confesó seriamente que
estaba muy enamorado de ella.
-Es de la más pura y firme virtud
-respondió Altamira-, aunque un poco jesuítica y enfática. Hay días en que
entiendo cada una de las palabras que dice, y, sin embargo, no logro entender
la frase entera. Algunas veces me hace pensar que no domino el francés tan bien
como dicen. Esta amistad hará que se conozca su nombre de usted; le dará
categoría en el mundo. Pero vamos a ver a Bustos -dijo el conde de Altamira,
que era un espíritu metódico-; él ha cortejado a la mariscala.
Don Diego Bustos se hizo explicar
prolijamente el asunto, sin decir nada, como un abogado en su gabinete. Tenía
cara de fraile, grande, con bigotes negros, y una seriedad sin par; por lo demás,
era un buen carbonario.[67]
-Ya comprendo -le dijo por fin a
Julien-. ¿Ha tenido amantes la mariscala de Fervaques? ¿No los ha tenido?
¿Puede usted abrigar alguna esperanza de éxito? He aquí la cuestión. Por mi
parte, debo decirle que he fracasado. Ahora que ya no me siento mortificado,
me hago esta reflexión: muchas veces se encuentra de mal humor y, como verá
usted por lo que le voy a contar, es bastante vengativa.
»Yo no le atribuyo ese temperamento
bilioso, que es propio del genio, y que da a todos los actos como un barniz de
pasión. Por el contrario, debe a la manera de ser flemática y tranquila de los
holandeses su rara belleza y sus lozanos colores.
Julien se impacientaba con la
lentitud y la flema inquebrantable del español; de vez en cuando, a pesar
suyo, se le escapaban algunos monosílabos.
-¿Quiere usted escucharme? -le dijo
con seriedad don Diego Bustos.
-Dispense la furia francesa -dijo
Julien-; soy todo oídos.
-La mariscala de Fervaques cultiva
mucho el odio; persigue implacablemente a personas que no ha visto nunca,
abogados, pobres diablos literatos que han compuesto canciones, como Collé, ¿lo
conoce usted?
J'ai la marotte D'aimer Marote, etc.[68]
Y Julien tuvo que soportar la cita
entera. Al español le gustaba mucho cantar en francés.
Aquella divina canción nunca fue
escuchada con más impaciencia. Cuando la hubo terminado, dijo don Diego
Bustos:
-La
mariscala hizo destituir al autor de la canción:
Un jour, l'amour au cabaret.[69]
Julien tembló ante la idea de que
quisiera también cantarla. Se contentó con analizarla. Realmente, era impía y
poco decente.
-Cuando la mariscala se indignó con
esta canción -dijo don Diego-, le hice observar que una mujer de su posición no
debía leer todas las estupideces que se publican. Por muchos progresos que
hagan la piedad y la seriedad, siempre habrá en Francia una literatura de
cabaret. Cuando la señora de Fervaques hubo hecho perder al autor, pobre diablo
a medio sueldo, un empleo de mil ochocientos francos, yo le dije: «Tenga usted
cuidado, usted ha atacado a ese poetastro con sus armas; él puede contestar con
sus rimas, compondrá una canción sobre la virtud. Los salones dorados estarán
de parte de usted; la gente aficionada a reír repetirá sus epigramas». ¿Sabe
usted, caballero, lo que me respondió la mariscala? «Por los intereses del
Señor, todo París me vería marchar hacia el martirio; sería un espectáculo
nuevo en Francia. El pueblo aprendería a respetar la calidad. Sería el día más
hermoso de mi vida.» Nunca sus ojos fueron más bellos.
-Los tiene soberbios -exclamó
Julien.
-Veo que está usted enamorado...
Aceptando que -continuó gravemente don Diego Bustos- ella no posee la
constitución biliosa que conduce a la venganza, si a pesar de todo, le gusta
hacer daño, es porque es desgraciada. Yo sospecho en ella desgracia interior.
¿No será una mojigata cansada de su oficio?
El español le miró silencioso
durante largo rato.
-Ésta es toda la cuestión -añadió
gravemente-, y es de aquí de donde puede usted sacar alguna esperanza. He
reflexionado mucho durante los dos años en que me dediqué a ser su más humilde
servidor. Todo su porvenir, caballero enamorado, depende de este gran
problema: ¿Es una mojigata cansada de su papel, y mala porque se siente
desgraciada?
-O bien -dijo Altamira, saliendo al
fin de su profundo silencio-, ¿será lo que te he dicho veinte veces?
Únicamente vanidad francesa; es el recuerdo de su padre, el famoso comerciante
de paños, lo que hace la desgracia de este carácter sombrío y seco por
naturaleza. Sólo habría una salvación para ella, vivir en Toledo y verse
atormentada por un confesor que diariamente le mostrara el infierno abierto de
par en par.
Cuando se marchaba Julien, díjole
don Diego, cada vez más serio:
-Altamira me dice que es usted de
los nuestros. Un día nos ayudará a reconquistar nuestra libertad, por eso
quiero ayudarle a usted en este pequeño juego. Bueno será que conozca usted el
estilo de la mariscala; he aquí cuatro cartas de su puño y letra.
-Voy a copiarlas -exclamó Julien- y
se las devolveré a usted.
-¿Y nadie sabrá nunca por usted una
palabra de lo que aquí hemos hablado?
-¡Jamás! Palabra de honor -exclamó
Julien.
-¡Que Dios le ayude! -añadió el
español, y acompañó silencioso hasta la escalera a Altamira y a Julien.
Esta escena alegró un tanto a
nuestro héroe; estuvo a punto de sonreír. «¡He aquí a ese beato de Altamira
-decíase- ayudándome en una empresa de adulterio!»
Durante toda la seria conversación
con don Diego Bustos, Julien había estado atento a las horas que sonaban en el
reloj del palacio de Aligre.
¡Se acercaba la hora de cenar y, por
lo tanto, iba a ver de nuevo a Mathilde! Volvió al palacio y se vistió con
mucho esmero.
«Primera tontería -díjose mientras
bajaba la escalera-; es preciso seguir al pie de la letra las instrucciones del
príncipe.»
Subió otra vez a su cuarto y se puso
un traje de viaje de lo más sencillo.
«Ahora -pensó- hay que controlar las
miradas.»
No
eran más que las cinco y media y se cenaba a las seis. Se le ocurrió bajar al
salón, que encontró desierto. A la vista del canapé azul, se arrodilló
precipitadamente y besó el lugar en que Mathilde apoyaba su brazo, las lágrimas
acudieron a sus ojos, sus mejillas no tardaron en arder. «Hay que acabar con
esta estúpida sensibilidad -se dijo, colérico-, si no quiero que me traicione.»
Cogió un periódico, para tener en qué entretenerse, y pasó tres o cuatro veces
del salón al jardín.
Sólo temblando y completamente
oculto por una gran encina, se atrevió a levantar los ojos hasta la ventana de
la señorita de La Mole. Estaba herméticamente cerrada; Julien estuvo a punto de
caerse, y permaneció largo tiempo apoyado contra la encina; luego, con paso
vacilante, fue a contemplar de nuevo la escalera del jardinero. El eslabón que
un día forzara en circunstancias, ¡ay!, tan distintas, estaba aún sin
componer. Arrastrado por un movimiento de locura, Julien lo apretó contra sus
labios.
Después de haber errado durante
largo rato del salón al jardín, Julien se sintió horriblemente fatigado; esto
fue un primer éxito, que le complació enormemente. «¡Mis miradas estarán
apagadas y no me traicionarán!» Poco a poco los comensales fueron llegando al
salón; la puerta no se abrió ni una sola vez sin que el corazón de Julien
sintiera una turbación moral.
Se sentaron a la mesa. Por fin
apareció la señorita de La Mole, siempre fiel a su costumbre de hacerse
esperar. Se puso muy colorada al ver a Julien; no le habían comunicado su llegada.
Siguiendo la recomendación del príncipe Korasoff, Julien miró sus manos;
temblaban. Emocionado a su vez hasta más no poder por este descubrimiento, se
sintió satisfecho de no aparentar más que fatiga.
El marqués de La Mole hizo su
elogio. La marquesa le dirigió la palabra momentos después, y le felicitó por
su aspecto fatigado. Julien se decía a cada instante: «No debo mirar demasiado
a la señorita de La Mole; pero mis miradas tampoco deben huirla. Tengo que
aparecer exactamente lo mismo que ocho días antes de mi desgracia...». Tuvo
motivos para sentirse satisfecho del éxito, y se quedó en el salón. Atento por
primera vez hacia la dueña de la casa, se esforzó vivamente en hacer hablar a
los hombres de su tertulia y mantener animada la conversación.
Su cortesía fue recompensada; a eso
de las ocho anunciaron a la mariscala de Fervaques. Julien desapareció y volvió
poco después vestido con el mayor esmero. La marquesa de La Mole le agradeció
infinitamente aquella muestra de respeto, y quiso demostrarle su satisfacción,
hablando de su viaje a la señora de Fervaques. Julien se instaló cerca de la
mariscala, de modo que Mathilde no pudiese ver sus ojos. Una vez colocado,
siguiendo todas las reglas del arte, hizo objeto a la señora de Fervaques de la
más entusiasta admiración. La primera de las cincuenta y tres cartas que le
regalara el príncipe Korasoff empezaba con un párrafo sobre este sentimiento.
La mariscala anunció que iba a la
ópera bufa. Julien corrió hacia allí; se encontró con el caballero de
Beauvoisis, que le condujo a un palco de los gentileshombres de cámara, precisamente
al lado del palco de la señora de Fervaques. Julien la miró constantemente. «Es
preciso -se dijo al volver al palacioque lleve un diario del sitio; de lo
contrario, olvidaré mis ataques.» Se esforzó en escribir dos o tres páginas
sobre aquel asunto enojoso, y así consiguió, cosa admirable, no pensar apenas
en la señorita de La Mole.
Mathilde le había casi olvidado
durante su viaje. «Después de todo, no es más que un ser vulgar -pensaba-, y su
nombre me recordará siempre la mayor falta de mi vida. Hay que volver de buena
fe a las ideas vulgares de formalidad y de honor; una mujer puede perderlo todo
al olvidarlas.» Se mostró por fin dispuesta a consentir en que se celebrase su
compromiso con el marqués de Croisenois, preparado desde hacía tanto tiempo. Él
estaba loco de alegría, y se habría asombrado mucho si alguien le dijera que en
aquel modo de sentir de Mathilde, que tanto le enorgullecía, había, en el
fondo, resignación.
Todas las ideas de Mathilde
cambiaron al ver a Julien. «En realidad -se dijo-, éste es mi marido; si vuelvo
de buena fe a las ideas de sensatez, evidentemente debo casarme con él.»
Ella esperaba verse asediada,
demostraciones de pena por parte de Julien; preparaba sus respuestas, pues, sin
duda, al terminar la comida, él trataría de decirle algunas palabras. Lejos de
ello, él permaneció firmemente en el salón, y ni siquiera dirigió su mirada al
jardín, ¡Dios sabe con cuánto esfuerzo! «Más vale tener cuanto antes esa
explicación», pensó la señorita de La Mole; salió al jardín ella sola, Julien
no apareció por allí. Mathilde fue a pasearse junto a las puertaventanas del
salón; desde allí le vio muy entretenido, describiendo a la señora de Fervaques
los viejos castillos en ruinas que coronan los altozanos a orillas del Rin y le
dan tanto carácter. Empezaba a emplear, y no sin éxito, la frase sentimental y
pintoresca que en algunos salones se llama esprit.
Si el príncipe Korasoff hubiese
estado en París, se habría sentido orgulloso: aquella velada era exactamente
la que él había predicho.
Habría aprobado la conducta de
Julien en días sucesivos.
Una intriga entre los miembros del
gobierno oculto dejaba vacantes algunos cordones azules; la mariscala de
Fervaques exigía que su tío abuelo fuese caballero de la Orden. El marqués de
La Mole tenía la misma pretensión respecto a su suegro; reunieron sus
esfuerzos, y la mariscala fue casi todos los días al palacio de La Mole. Por
ella supo Julien que el marqués iba a ser ministro: ofrecía a la Camarilla[70] un plan muy ingenioso para anular la
Carta en tres años, sin conmoción.
Julien podía esperar un obispado si
el marqués de La Mole llegaba al ministerio; pero a sus ojos todos estos
grandes intereses aparecían como cubiertos con un velo. Su imaginación no los
alcanzaba más que vagamente y, por decirlo así, en la lejanía. La gran
desgracia que le convertía en un maniático cifraba todos los intereses de la
vida en su manera de comportarse con la señorita de La Mole. Calculaba que
después de cinco o seis años de táctica conseguiría, de nuevo, su amor.
Aquella cabeza tan fría había
llegado, como se ve, a un completo estado de locura. De todas las cualidades
que antes le distinguieran, no le quedaba más que un poco de firmeza. Materialmente
fiel al plan de conducta trazado por el príncipe Korasoff, todas las noches se
colocaba lo más cerca posible del sillón de la señora de Fervaques, pero no
conseguía encontrar nada que decirle.
El esfuerzo que se imponía para
aparecer curado ante los ojos de Mathilde absorbía todas las fuerzas de su
alma, y permanecía al lado de la mariscala como un ser casi inanimado; hasta
sus ojos habían perdido todo su fuego, lo mismo que cuando se padece un extremo
sufrimiento físico.
Como el modo de ver las cosas de la
marquesa de La Mole era siempre una copia de las opiniones de aquel marido que
podía hacerla duquesa, desde hacía algunos días ensalzaba hasta las nubes el
mérito de Julien.
Capítulo 26
El amor moral
There also was of course in Adeline
That calco patrician polish in the
address,
Which ne'er can pass the equinoctial
liase
Of any thing which Nature would
express:
Just as a Mandarin linds nothing fme,
At least his manner suffers not to
guess
That any thing he views can greatly
please.[71]
BYRON
«Hay algo de locura en la manera de
ver de toda esta familia -pensaba la mariscala-; se hallan encaprichados con su
joven clérigo, que no sabe hacer otra cosa que escuchar, con unos ojos bastante
bellos, hay que reconocerlo.»
Julien, por su parte, encontraba en
los modales de la mariscala un ejemplo casi perfecto de aquella calma
patricia, que respira una rigurosa cortesía y, todavía más, la imposibilidad de
experimentar ninguna emoción intensa. Lo imprevisto en los movimientos, la
falta de dominio sobre sí, hubiesen escandalizado a la señora de Fervaques casi
tanto como la ausencia de señorío en el trato con los inferiores. El menor
signo de sensibilidad hubiese resultado a sus ojos como una especie de
embriaguez moral de la que hay que ruborizarse, y que perjudica mucho el
respeto que una persona de jerarquía elevada se debe a sí misma. Su mayor
felicidad era hablar de la última cacería del rey; su libro favorito, las
Memorias del duque de Saint-Simon, sobre todo por la parte genealógica.
Julien sabía el sitio que, según la
disposición de las luces, convenía más a la belleza de la señora de Fervaques.
Se colocaba allí de antemano, pero tenía gran cuidado en poner su silla de modo
estratégico para no ver a Mathilde. Ésta, extrañada por aquella insistencia en
huir de ella, un día abandonó el canapé azul y se fue a instalar junto a una
mesita al lado del sillón de la mariscala. Julien la veía bastante cerca, por
debajo del sombrero de la señora de Fervaques. Aquellos ojos, que eran dueños
de su suerte, observados de tan cerca le asustaron primero, pero luego le
arrancaron violentamente de su apatía habitual; aquel día habló, y muy bien.
Dirigía la palabra a la mariscala,
pero su única intención era obrar sobre el alma de Mathilde. Se animó de tal
modo que la señora de Fervaques llegó a no entender nada de lo que decía.
Aquél era un primer mérito. Si
Julien hubiera tenido la idea de completarlo con algunas frases de misticismo
alemán, de alta religiosidad y de jesuitismo, la mariscala le hubiera
clasificado automáticamente entre los hombres superiores llamados a regenerar
el siglo.
«Puesto que tiene el suficiente mal
gusto -decíase la señorita de La Mole- para estar hablando tanto tiempo y con
tanto fuego a la señora de Fervaques, no le escucharé más.» Durante el foral de
aquella velada cumplió su palabra, aunque con gran esfuerzo.
A medianoche, cuando cogió el
quinqué de su madre para acompañarla a su habitación, la marquesa de La Mole se
detuvo en la escalera para hacer un elogio completo de Julien. Mathilde acabó
de ponerse de mal humor: no podía conciliar el sueño. Una idea la tranquilizó:
«Lo que yo desprecio puede muy bien pasar por un hombre de gran mérito ante los
ojos de la mariscala».
En cuanto a Julien, había obrado,
era menos desgraciado; sus ojos se fijaron por casualidad en la cartera de piel
de Rusia donde el príncipe Korasoff había encerrado las cincuenta y tres cartas
de amor que le había regalado. Julien leyó en una nota al final de la primera
carta: Se envía la número 1 ocho días después del primer encuentro.
«¡Voy retrasado! -exclamó Julien-,
pues hace mucho tiempo que estoy viendo a la señora de Fervaques.» Se puso
enseguida a copiar aquella carta de amor; era una homilía llena de frases sobre
la virtud y terriblemente aburrida; Julien tuvo la suerte de dormirse al llegar
a la segunda página.
Algunas horas después, el sol le
sorprendió apoyado sobre la mesa. Uno de los momentos más penosos de su vida
era aquel en que cada mañana, al despertar, se daba cuenta de su desgracia.
Aquel día acabó la copia de su carta casi riendo. «¿Es posible -se decía- que
haya habido un joven capaz de escribir así?» Contó varias frases de nueve
líneas. Al pie del original vio una nota con lápiz:
Estas cartas las lleva uno mismo: a
caballo, corbata negra, levitón azul. Se entrega la carta al portero con aire
contrito; profunda melancolía en la mirada. Si aparece alguna doncella, secarse
los ojos furtivamente. Dirigir la palabra a la doncella.
Todo esto fue muy fielmente
ejecutado.
«Lo que yo estoy haciendo es muy
expuesto -pensó Julien al salir del palacio de Fervaque-, pero tanto peor para
Korasoff. ¡Atreverse a escribir a una virtud tan célebre! Voy a ser tratado con
el mayor desprecio, y nada me divertirá más. Ésta es, en el fondo, la única
comedia a la que puedo ser sensible. Sí, cubrir de ridículo a este ser odioso
que llamo yo me divertirá. Si me dejara llevar por mis impulsos, cometería
algún crimen para distraerme.»
Desde hacía un mes, el momento más
agradable de la vida de Julien era aquel en que conducía su caballo a la
cuadra. Korasoff le había prohibido expresamente mirar, bajo ningún pretexto,
a la amante que le había abandonado. Pero el paso del caballo que ella conocía
tan bien, la manera como Julien golpeaba con la fusta la puerta de la
caballeriza para que saliera un mozo, atraían algunas veces a Mathilde detrás
de las cortinillas de su ventana. La cortina era tan fina, que Julien veía a
través de ella. Mirando de determinada manera por debajo del ala de su
sombrero, distinguía la figura de Mathilde, sin ver sus ojos. «Por lo tanto -se
decía-, ella tampoco puede ver los míos, y esto no es mirarla.»
Por la noche, la señora de Fervaques
se comportó con él exactamente lo mismo que si no hubiera recibido la
disertación filosófica, mística y religiosa que por la mañana entregara él a su
portero con tanta melancolía. La víspera, la casualidad había revelado a Julien
el medio de ser elocuente; se las arregló para ver los ojos de Mathilde. Ella,
por su parte, unos instantes después de la llegada de la mariscala, abandonó
el sofá azul: esto era desertar de su tertulia habitual. El marqués de
Croisenois parecía consternado con aquel nuevo capricho, su manifiesto dolor
libró a Julien del aspecto más atroz de su desgracia.
Aquel imprevisto en su vida le hizo
hablar como un ángel; y como el amor propio se desliza incluso en los corazones
que sirven de templo a la virtud más augusta, la mariscala se dijo al subir
en su coche: «La marquesa de La Mole tiene razón, este joven cura posee
distinción. Es posible que, en los primeros días, mi presencia le intimidase.
Desde luego, todo el ambiente de esta casa es bastante frívolo; no veo más que
virtudes sostenidas por la vejez, y que necesitaban mucho el hielo de la edad.
Este muchacho habrá sabido ver la diferencia; escribe bien, pero mucho me temo
que la petición que me hace en su carta de que le ilumine con mis consejos, no
sea, en el fondo, más que un sentimiento que se ignora a sí mismo.
»Y, sin embargo, ¡cuántas
conversiones han comenzado así! Lo que me parece de buen augurio en ésta es la
diferencia entre su estilo y el de los jóvenes cuyas cartas he tenido ocasión
de ver. Es imposible no reconocer unción, seriedad profunda y mucha convicción
en la prosa de este joven clérigo; quizá posea la dulce virtud de Massillon».
Capítulo
27
Los
mejores puestos de la Iglesia
Des services! des talents! du mérite!
bah! soyez d'une coterie.[72])
FÉNÉLON
La idea del obispado se presentaba
por primera vez, mezclada con la de Julien, en la cabeza de una mujer que tarde
o temprano había de distribuir los mejores puestos de la Iglesia de Francia.
Esta ventaja no habría impresionado ni lo más mínimo a Julien; en aquel
instante su pensamiento no se distraía para nada de su desgracia: todo la
redoblaba; por ejemplo, la vista de su habitación se le había hecho
insoportable. Por la noche, cuando se retiraba con su vela, cada mueble, cada
pequeño adorno parecíale que se disponía a hablar para anunciarle agriamente algún
nuevo detalle de su desdicha.
«Hoy tengo un trabajo obligado
-díjose aquel día al entrar, con una vivacidad inusitada en él desde hacía
tiempo-: esperemos que la segunda carta sea tan aburrida como la primera.»
Lo era más aún. Lo que copiaba le
parecía tan absurdo, que acabó transcribiendo línea por línea, sin preocuparse
del sentido.
«Esto es aún más afectado -decíase-
que los documentos oficiales del tratado de Munster, que mi profesor de
diplomacia me hacía copiar en Londres.»
Sólo entonces se acordó de las
cartas de la señora de Fervaques, cuyos originales se había olvidado de
devolver al grave español don Diego Bustos. Las buscó; eran realmente casi tan
ininteligibles como las del joven señor ruso. La vaguedad era absoluta. Aquello
quería decirlo todo y no decir nada. «Son como el arpa eólica del estilo -pensó
Julien-. En medio de los más sublimes pensamientos sobre la nada, sobre la
muerte, sobre el infinito, etc., no veo que sea real más que un abominable
miedo al ridículo.»
El monólogo que acabamos de resumir
se repitió durante quince días seguidos. Dormirse mientras transcribía una especie
de comentario del Apocalipsis, a la mañana siguiente ir a llevar una carta con
aire melancólico, devolver el caballo a la cuadra con la esperanza de divisar
el traje de Mathilde, trabajar, por la noche presentarse en la ópera cuando la
señora de Fervaques no iba al palacio de La Mole, tales eran los monótonos
acontecimientos de la vida de Julien. Tenía algo más de interés cuando la
señora de Fervaques iba a ver a la marquesa: entonces podía entrever los ojos
de Mathilde por debajo del ala del sombrero de la mariscala, y se mostraba
elocuente. Sus frases pintorescas y sentimentales comenzaban a tomar un giro
más sorprendente y más elegante a la vez.
Comprendía perfectamente que lo que
decía era absurdo a los ojos de Mathilde, pero quería impresionarla con la
elegancia de la dicción. «Cuanto más falso sea lo que diga, más debo de
gustarle», pensaba Julien, y entonces, con una osadía endiablada, exageraba
ciertos aspectos de la naturaleza. Pronto advirtió que, para no parecer vulgar
ante los ojos de la mariscala, había que prescindir, sobre todo, de las ideas
sencillas y razonables. Y continuaba así, o abreviaba sus amplificaciones,
según veía el éxito o la indiferencia en los ojos de las dos grandes damas a
quienes tenía que agradar.
En conjunto, su vida era menos
insoportable que cuando se pasaba los días en plena ociosidad.
«Pero -decíase una noche-, heme aquí
transcribiendo el número quince de estas abominables disertaciones; las
catorce primeras han sido fielmente entregadas al portero de la mariscala. Voy
a tener el honor de llenar todo el casillero de su escritorio. ¡Y, sin embargo,
ella me trata exactamente lo mismo que si yo no escribiese! "¿En qué
acabará todo esto? ¿Mi constancia la aburrirá tanto como a mí? Hay que
convenir en que ese ruso amigo de Korasoff, y enamorado de la bella cuáquera de
Richmond, fue en su tiempo un hombre terrible; no se puede ser más pelmazo.»
Como todos los seres mediocres a
quienes la casualidad coloca en presencia de las maniobras de un gran general,
Julien no comprendía nada en absoluto del ataque que el joven ruso dirigiera
contra el corazón de la severa inglesa. Las cuarenta primeras cartas no tenían
más objeto que hacerse perdonar el atrevimiento de escribir. Era preciso que
aquella dulce persona, que acaso se aburría infmitamene, adquiriese la
costumbre de recibir cartas, quizás un poco menos insípidas que su vida
diaria.
Una mañana entregaron una carta a
Julien; él reconoció las armas de la señora de Fervaques, y la abrió con una
presteza que algunos días antes le habría parecido imposible: no era más que
una invitación a cenar.
Consultó apresuradamente las
instrucciones del príncipe Korasoff. Desgraciadamente, el joven ruso había
querido ser ligero como Dorat, allí donde hubiera hecho falta ser sencillo e
inteligible; Julien no pudo adivinar la posición moral que debía ocupar en la
cena de la mariscala.
El salón era de gran suntuosidad,
dorado como la galería de Diana en las Tullerías, con pinturas al óleo en las
paredes. En estas pinturas aparecían algunas manchas claras. Julien supo más
tarde que la dueña de la casa había mandado corregir los cuadros, cuyo tema le
parecía poco decente. «¡Siglo moral!», pensó.
En aquel salón reconoció a tres de
los personajes que asistieran a la redacción de la nota secreta. Uno de ellos,
monseñor, el obispo de..., tío de la mariscala, tenía a su cargo la dispensa de
los beneficios eclesiásticos y, según se decía, no sabía negarle nada a su
sobrina. «¡Qué gran paso he dado! -díjose Julien, sonriendo con melancolía-,
¡y qué poco me emociona! Heme aquí cenando con el famoso obispo de...»
La comida fue mediana, y la
conversación irritante. «Es el índice de un mal libro -pensaba Julien-. Todos
los grandes temas que han sido objeto del pensamiento de los hombres se tratan
aquí presuntuosamente. Después de escuchar durante tres minutos, uno se
pregunta qué es lo que puede más, si la afectación del orador o su abominable
ignorancia.»
El lector ha olvidado sin duda a
aquel pequeño literato llamado Tanbeau, sobrino del académico y futuro
profesor, quien, con sus bajas calumnias, parecía el encargado de envenenar el
salón de La Mole.
Debido a este hombrecillo se le
ocurrió a Julien la idea de que, aun cuando la señora de Fervaques no
contestase a sus cartas, podría muy bien ser que viera con indulgencia el
sentimiento que las dictaba. El alma negra del señor Tanbeau se desgarraba al
pensar en los éxitos de Julien; pero como, por otra parte, un hombre de mérito,
al igual que un majadero, no puede estar en dos sitios a la vez, «si Sorel se
convierte en el amante de la sublime mariscala -decíase el futuro profesor-,
ella le colocará en la Iglesia en algún puesto elevado, y yo me veré libre de
él en el palacio de La Mole».
El padre Pirard dirigió también a
Julien largos sermones sobre sus triunfos en el palacio de Fervaques. Había
celos de secta entre el austero jansenista y el salón jesuítico, regenerador y
monárquico de la virtuosa mariscala.
Capítulo
28
Manon
Lescaut
Una vez convencido de la estupidez e
imbecilidad del prior,
soda salir del paso llamando a lo
negro blanco y a lo blanco negro.[73]
LICHTENBERG
Las instrucciones rusas prescribían
imperiosamente no contradecir nunca de viva voz a la persona a quien uno
escribía. Era preciso no apartarse, bajo ningún pretexto, del fingimiento de la
más extática admiración; las cartas partían siempre de este supuesto.
Una noche, en la ópera, en el palco
de la señora de Fervaques, Julien ponía por las nubes el ballet de Manon
Lescaut. Su única razón para hablar así era que lo consideraba insignificante.
La mariscala dijo que el ballet era
muy inferior a la novela del abate Prévost.
«¡Cómo! -pensó Julien, asombrado y
divertido-, ¡una persona tan virtuosa alaba una novela!» La señora de Fervaques
hacía alarde, dos o tres veces por semana, del más absoluto desprecio hacia los
escritores que, por medio de esas obras insulsas, tratan de corromper a una
juventud que por desgracia es ya de por sí excesivamente propicia a los errores
de los sentidos.
-En este género inmoral y peligroso,
Manon Lescaut -continuó la mariscala- ocupa, según dicen, uno de los primeros
lugares. Las debilidades y las angustias merecidas de un corazón de lo más
criminal están, según dicen, pintadas con una verdad
realmente
profunda; lo cual no impide que vuestro Bonaparte diga en Santa Elena que es
una novela escrita para lacayos.
Esta frase devolvió toda su
actividad al espíritu de Julien. «Han querido perderme a los ojos de la
mariscala; le han contado mi entusiasmo por Napoleón. Este hecho le ha
molestado lo bastante como para haber cedido a la tentación de dármelo a entender.»
Aquel descubrimiento le divirtió durante toda la velada, y le hizo resultar
divertido. Al despedirse en el vestíbulo de la ópera, le dijo la mariscala:
-Recuerde usted, caballero, que no
hay que querer a Bonaparte cuando se me quiere a mí; a lo sumo, puede
aceptársele como una necesidad impuesta por la Providencia. Por lo demás, este
hombre no tenía bastante flexibilidad de espíritu como para comprender las
obras maestras del arte.
«¡Cuando se me quiere! -se repetía
Julien-. Esto no quiere decir nada o quiere decirlo todo. Sutilezas del
lenguaje que nosotros, pobres provincianos, ignoramos.» Y pensó mucho en la
señora de Rénal mientras copiaba una carta interminable destinada a la mariscala.
-¿Cómo es -le dijo ella al día
siguiente con un aire de indiferencia que a él le pareció mal fingido- que me
habla usted de Londres y de Richmond en una carta que al parecer escribió usted
anoche, al salir de la ópera?
Julien se quedó muy confundido,
había copiado línea por línea, sin pensar en lo que escribía, y por lo visto
habíase olvidado de poner las palabras París y Saint-Cloud, en vez de las de
Londres y Richmond, que figuraban en el original. Comenzó dos o tres frases,
pero no logró acabarlas; tenía unas ganas irresistibles de soltar una
carcajada. Finalmente, buscando algo que decir, se le ocurrió esta idea:
-Exaltado por la discusión de los
más sublimes, de los más grandes intereses del alma humana, la mía, al
escribirle, ha podido tener una distracción.
«He causado impresión -se dijo-, por
lo tanto, puedo ahorrarme el aburrimiento del resto de la velada.» Salió
corriendo del palacio de Fervaques. Por la noche, revisando el original de la
carta que copió la víspera, llegó pronto al pasaje fatal en que el joven ruso
hablaba de Londres y de Richmond. Julien quedó muy sorprendido al encontrar
aquella carta casi tierna.
Era el contraste entre la aparente
frivolidad de su conversación y la profundidad sublime y casi apocalíptica de
sus cartas lo que le había valido cierta consideración. La longitud de las frases
era lo que más le gustaba a la mariscala; ¡ése no era el estilo chispeante,
puesto de moda por Voltaire, aquel hombre tan inmoral! Por más que nuestro
héroe hiciese esfuerzos increíbles por desterrar todo asomo de buen sentido de
su conversación, ésta seguía teniendo cierto tinte antimonárquico e impío que
no escapaba a la señora de Fervaques. Rodeada de personas eminentemente
morales, pero a quienes a menudo no se les ocurría ni siquiera una idea por
velada, aquella dama se impresionaba profundamente con todo lo que se parecía a
una novedad; pero, al mismo tiempo, creía que, por respeto a sí misma, debía
mostrarse ofendida por ello. Llamaba a aquel defecto conservar el sello de la
frivolidad del siglo...
Pero tales salones sólo son
soportables cuando se pretende algo. Todo el aburrimiento de aquella vida sin
interés que llevaba Julien es sin duda compartido por el lector. Éstos son los
páramos de nuestro viaje.
Durante todo el tiempo de la vida de
Julien usurpado por el episodio Fervaques, la señorita de La Mole tenía
necesidad de hacer un gran esfuerzo para no pensar en él. Su alma era presa de
violentos combates: a veces se jactaba de despreciar a aquel hombre tan triste;
pero, a pesar suyo, su conversación la cautivaba. Lo que más le sorprendía era
su absoluta falsedad; no le decía ni una sola palabra a la mariscala que no
fuera una mentira o, por lo menos, un disimulo endiablado de su modo de pensar,
que Mathilde conocía tan perfectamente en casi todos los aspectos. Aquel
maquiavelismo la impresionaba. «¡Qué profundidad! -se decía-; ¡qué diferencia
entre él y los necios afectados, o los bribones vulgares, como el señor
Tanbeau, que emplean el mismo lenguaje!»
Julien, sin embargo, tenía días
horribles. Se presentaba a dia rio en el salón de la mariscala para cumplir el
más penoso de los deberes. Sus esfuerzos para representar una comedia acababan
de restar toda fuerza a su alma. Muchas veces, por la noche, al atravesar el
patio inmenso del palacio de Fervaques, sólo a fuerza de carácter y de
razonamiento conseguía mantenerse un poco por encima de la desesperación.
«En el seminario vencí la
desesperación -decíase-; y, sin embargo, ¡qué horrible perspectiva tenía
entonces! Podía triunfar o destruir mi carrera; tanto en uno como en otro caso,
me veía obligado a pasar mi vida en íntima relación con lo más despreciable y
más repugnante que hay en el mundo. En la primavera siguiente, sólo once meses
después, era quizás el más feliz de los muchachos de mi edad.»
Pero casi siempre estos bellos
razonamientos se estrellaban contra la horrible realidad. Todos los días veía a
Mathilde durante el almuerzo y la cena. Por las numerosas cartas que le
dictaba el marqués de La Mole sabía que estaba en vísperas de casarse con el
marqués de Croisenois. Este joven amable iba ya dos veces al día al palacio de
La Mole: la mirada celosa de un amante abandonado no perdía ni uno de sus
pasos.
Cuando había creído advertir que la
señorita de La Mole trataba bien a su pretendiente, al volver a su cuarto
Julien no podía menos de mirar sus pistolas amorosamente.
«¡Ah! ¡Cuánto más sensato sería
-decíase- quitar las iniciales de mi ropa blanca y marcharme a algún bosque
solitario, a veinte leguas de París, a acabar con esta vida maldita!
Desconocido en la comarca, mi muerte permanecería oculta durante quince días, y
¿quién pensaría en mí al cabo de quince días?»
Este razonamiento era muy sensato.
Pero al día siguiente, el brazo de Mathilde, entrevisto entre la manga de su
vestido y el guante, bastaba para sumir a nuestro joven filósofo en recuerdos
crueles que, sin embargo, le aferraban a la vida. «¡Bien -se decía entonces-,
seguiré hasta el fin esta política rusa! ¿Cómo terminará todo esto?
»Respecto a la mariscala, desde
luego, después de haber copiado las cincuenta y tres cartas, no volveré a
escribirle.
»En cuanto a Mathilde, estas seis
semanas de tan penosa comedia, o no harán cambiar en nada su cólera, o me
proporcionarán un momento de reconciliación. ¡Dios santo! ¡Me moriría de
felicidad!» Y no podía seguir pensando en ello.
Cuando, después de soñar largo rato,
conseguía reemprender sus razonamientos, se decía: «Lograría pues un día de
felicidad, y luego empezarían de nuevo sus rigores, fundados, desgraciadamente,
en mi escaso poder para agradarle, y ya no me quedaría el menor recurso,
estaría arruinado, perdido para siempre...
»¿Qué garantía puede darme ella con
su carácter? Desgraciadamente mis pocos méritos lo explican todo. Careceré de
elegancia en mis modales, mi modo de hablar será pesado y monótono. ¡Dios
mío! ¿Por qué yo seré yo?».
Capítulo
29
El
aburrimiento
Se sacrifier á ses passions, passe;
mais á des passions qu'on n'a pas!
O triste xlxe siécle![74]
GIRODET
Después
de haber leído, sin placer alguno al principio, las largas cartas de Julien, la
señora de Fervaques empezaba a interesarse por ellas; pero una cosa la tenía
desolada: «¡Qué lástima que el señor Sorel no sea decididamente cura! Si así
fuera se le podría admitir en una cierta intimidad; pero con esa cruz y ese
traje casi de seglar una se expone a preguntas crueles, y ¿qué responder?». No
terminaba su pensamiento: «Alguna amiga maliciosa puede suponer, e incluso
divulgar, que se trata de algún primo modesto, pariente de mi padre, algún
comerciante condecorado por la guardia nacional».
Antes de conocer a Julien, el mayor
placer de la señora de Fervaques consistía en escribir la palabra maríscala
junto a su nombre. Luego, una vanidad de advenediza, malsana e infinitamente
susceptible, combatió un principio de interés.
«¡Me sería tan fácil -se decía la
mariscala- hacer de él un gran vicario en alguna diócesis de los alrededores de
París! ¡Pero señor Sorel a secas, y además secretario del marqués de La Mole!
Es desolador.»
Por primera vez aquella alma, que lo
temía todo, hallábase movida por un interés ajeno a sus pretensiones de
categoría y superioridad social. Su viejo portero notó que cuando llevaba una
carta de aquel guapo mozo, que tenía un aire tan triste, estaba seguro de ver
desaparecer el aire distraído y descontento que la mariscala cuidaba siempre de
adoptar en cuanto aparecía alguno de sus criados.
El aburrimiento de un modo de vivir
supeditado a producir efecto en el público, sin que hubiera en el fondo del
corazón una satisfacción real por esta clase de éxito, había llegado a ser tan
intolerable desde que pensaba en Julien, que para que las doncellas no fuesen
maltratadas a lo largo de todo un día bastaba haber pasado una hora durante la
velada anterior con aquel hombre singular. Su crédito naciente resistió algunos
anónimos muy bien preparados. En vano el pequeño Tanbeau facilitó a los señores
de Luz, de Croisenois y de Caylus dos o tres calumnias muy hábiles, que éstos
se encargaron de divulgar sin preocuparse mucho de la verdad de las
acusaciones. La mariscala, cuyo espíritu no era muy a propósito para resistir
estos medios vulgares, contaba sus dudas a Mathilde y siempre recibía consuelo.
Un día, después de haber preguntado
tres veces si había cartas, la señora de Fervaques se decidió repentinamente a
contestar a Julien. Aquello fue una victoria del aburrimiento. A la segunda
carta, la mariscala casi se detuvo ante la inconveniencia de escribir de su
puño y letra una dirección tan vulgar: Al señor Sorel, en casa del marqués de
La Mole.
-Es preciso -le dijo por la noche a
Julien en tono muy tajante- que me traiga usted sobres en los que figuren sus
señas.
«Heme aquí convertido en amante
ayuda de cámara», pensó Julien, y se inclinó divirtiéndose en parodiar la
actitud de Arsenio, el viejo ayuda de cámara del marqués.
Aquella misma noche llevó los
sobres, y al día siguiente, muy de mañana, recibió una tercera carta: leyó
cinco o seis líneas del principio y dos o tres del final. Era de cuatro
páginas, de letra muy apretada.
Poco a poco adquirieron la dulce
costumbre de escribirse casi todos los días. Julien contestaba con copias
fieles de las cartas rusas, y, ventajas del estilo afectado, la señora de
Fervaques no se mostraba nada sorprendida de la poca relación existente entre
las contestaciones y sus cartas.
Cuál no hubiera sido la irritación
de su orgullo, si el pequeño Tanbeau, que se había constituido en espía
voluntario de los pasos de Julien, hubiera podido decirle que todas sus
cartas, sin abrir, eran echadas distraídamente dentro del cajón de Julien.
Una mañana, el portero le llevó a la
biblioteca una carta de la mariscala; Mathilde se encontró con ese hombre, vio
la carta y la dirección con la letra de Julien. Entró en la biblioteca mientras
el portero salía; la carta estaba aún en el borde de la mesa; Julien, muy
ocupado en escribir, no la había metido en el cajón.
-Esto es insoportable -exclamó
Mathilde, apoderándose de la carta-; me tiene usted completamente olvidada, a
mí, que soy su esposa. Su conducta es repulsiva, caballero.
Después de estas palabras, su
orgullo, asombrado ante la tremenda inconveniencia de aquel acto, la sofocó;
se echó a llorar, y pronto le pareció a Julien que perdía la respiración.
Sorprendido, confuso, Julien no
acababa de comprender todo lo que aquella escena tenía de admirable y feliz
para él. Ayudó a Mathilde a sentarse; ella casi se abandonaba en sus brazos.
La
primera reacción de Julien, al percatarse de este movimiento, fue una inmensa
alegría. La segunda fue pensar en Korasoff: «Puedo echarlo todo a perder con
una palabra». Sus brazos quedaron rígidos, tan penoso era el esfuerzo impuesto
por la política. «No debo ni siquiera permitirme estrechar contra mi corazón
este cuerpo grácil y encantador, o me maltratará y despreciará. ¡Qué carácter
más difícil!»
Y, maldiciendo el carácter de
Mathilde, la amaba cien veces más; le parecía tener entre sus brazos a una
reina.
La impasible frialdad de Julien
acrecentó el dolor con que el orgullo herido desgarraba el alma de la señorita
de La Mole. Estaba muy lejos de tener la sangre fría necesaria para tratar de
adivinar en sus ojos lo que sentía por ella en aquel momento. No pudo decidirse
a mirarle; temía encontrarse con la expresión del desprecio.
Sentada en el diván de la
biblioteca, inmóvil, con la cabeza
vuelta
hacia el lado opuesto al de Julien, era presa de los dolores más vivos que el
orgullo y el amor pueden hacer sentir a un alma humana. ¡Qué mal paso acababa
de dar!
«¡Desgraciada de mí! ¡Me estaba
reservado ver rechazar los más indecorosos avances!, ¿y rechazados por quién?
-añadía su orgullo dolorido-, ¡rechazados por un criado de mi padre!»
-Esto es lo que no sufriré -dijo en
voz alta.
Y, levantándose furiosa, abrió el
cajón de la mesa de Julien, colocada a dos pasos delante de ella. Quedó como
helada de horror al descubrir ocho o diez cartas sin abrir, en todo parecidas
a la que el portero acababa de subir. En todos los sobres reconocía la letra de
Julien, más o menos falsificada.
-De modo -exclamó fuera de sí- que
no solamente está usted en buenas relaciones con ella, sino que además la
desprecia usted. ¡Usted, un don nadie, despreciar a la señora mariscala de
Fervaques!
»¡Ah! Perdón, amigo mío -añadió,
abrazándose a sus rodillas-, despréciame si quieres, pero ámame, no puedo
seguir viviendo privada de tu amor!»
Y cayó desmayada.
«¡He aquí, pues, esta orgullosa a
mis pies!», se dijo Julien.
Capítulo
30
Un
palco en la ópera cómica
As the blackest sky
Foretells the heaviest tempest. [75]
BYRON
En medio de todos aquellos
arranques, Julien se sentía más asombrado que feliz. Las injurias de Mathilde
le demostraban cuán sabia era la política rusa. «Hablar poco, obrar poco, éste
es mi único medio de salvación.»
Levantó a Mathilde y, sin pronunciar
palabra, la volvió a colocar sobre el diván. Poco a poco las lágrimas la
vencieron.
Para hacer algo, cogió en sus manos
las cartas de la señora de Fervaques; las abría lentamente. Tuvo un movimiento
nervioso muy acentuado, cuando reconoció la letra de la mariscala. Volvía, sin
leerlas, las hojas de aquellas cartas; la mayoría eran de seis páginas.
-Contésteme por lo menos -dijo por
fin Mathilde, con el más suplicante tono de voz, pero sin atreverse a mirar a
Julien-. Sabe usted muy bien que tengo orgullo; ésta es la desgracia de mi posición
y hasta de mi carácter, lo confieso; ¿es que la señora de Fervaques me ha
arrebatado su corazón?... ¿Ha hecho ella por usted todos los sacrificios a que
este amor fatal me ha arrastrado a mí?
Un hosco silencio fue toda la
respuesta de Julien. «¿Con qué derecho -pensaba- me pide una indiscreción,
indigna de un hombre de honor?»
Mathilde trató de leer las cartas;
sus ojos, llenos de lágrimas, le quitaban toda posibilidad de hacerlo.
Desde
hacía un mes era desgraciada, pero esa alma altiva estaba muy lejos de
confesarse sus sentimientos. Sólo la casualidad había provocado aquella
explosión. Por un momento los celos y el amor habían vencido al orgullo.
Mathilde se hallaba en el diván muy cerca de él. Julien veía sus cabellos y su
cuello de alabastro; en un momento olvidó toda su táctica; la enlazó con su
brazo por la cintura y casi la estrechó contra su pecho.
Ella volvió lentamente la cabeza
hacia él: quedó asombrado por el intenso dolor que reflejaban sus ojos,
transformando totalmente su fisonomía habitual.
Julien sintió que sus fuerzas le
abandonaban, tan mortalmente penoso era el acto de valor que se imponía.
«Estos ojos no expresarán dentro de
poco sino el más frío desdén -se dijo Julien- si me dejo arrastrar por la
dicha de amarla.» Sin embargo, con voz muy tenue y con palabras que apenas si
tenía fuerzas para acabar, ella le aseguraba en aquel momento la sinceridad de
todos sus remordimientos por las acciones que su excesivo orgullo había podido
aconsejarle.
-Yo también tengo orgullo -le dijo
Julien con voz apenas inteligible, y sus rasgos reflejaban un gran abatimiento
físico.
Mathilde se volvió vivamente hacia
él. Oír su voz era una felicidad a cuya esperanza había casi renunciado. En
aquel momento no recordaba su altivez más que para maldecirla; hubiera deseado
hacer cosas insólitas, increíbles, para probarle hasta qué punto le adoraba y
se detestaba a sí misma.
-Es, probablemente, a causa de ese
orgullo -continuó Julien-, por lo que usted me ha favorecido un instante; es
ciertamente a causa de esta firmeza valerosa, que debe poseer un hombre, por
lo que me estima usted aun en este momento. Yo puedo estar enamorado de la
mariscala...
Mathilde se estremeció; sus ojos
tomaron una expresión extraña. Iba a oír su sentencia. Ese movimiento no pasó
inadvertido para Julien; sintió debilitarse su valor.
«¡Ah! -se decía al escuchar el
sonido de las vanas palabras que su boca pronunciaba, como si fuera un ruido
extraño-; ¡si yo pudiera cubrir de besos esas mejillas tan pálidas sin que tú
lo notaras!»
-Puedo estar enamorado de la
mariscala -continuó, y su voz era cada vez más débil-; pero, ciertamente, no
tengo ninguna prueba decisiva de su interés por mí...
Mathilde le miró; él sostuvo aquella
mirada, esperando que al menos su fisonomía no le hubiese traicionado. Sentía
llenos de amor hasta los más íntimos repliegues de su corazón. Nunca la había
adorado hasta tal punto; estaba casi tan loco como Mathilde. Si ella hubiese
tenido bastante sangre fría y valor para maniobrar, él habría caído a sus pies
abjurando de toda vana comedia. Tuvo bastantes fuerzas como para continuar
hablando. «¡Ah, Korasoff! -exclamó interiormente-, ¿por qué no estará aquí?
¡Qué bien me vendría una palabra para dirigir mi conducta!» Entretanto, su voz
decía:
-A falta de otro sentimiento, la
gratitud sería ya suficiente para inspirarme afecto hacia la mariscala; ella ha
sido indulgente conmigo, me consoló cuando se me despreciaba... Puedo no tener
una fe ilimitada en ciertas apariencias extremadamente halagüeñas, sin duda,
pero quizá también poco duraderas.
-¡Ay, Dios mío! -exclamó Mathilde.
-¡Pues bien!, ¿qué garantía me daría
usted? -continuó Julien, con un acento vivo y firme y que parecía abandonar por
un momento las formas prudentes de la diplomacia-. ¿Qué garantía, qué dios me
responderá de que la posición que parece usted dispuesta a devolverme en este
momento durará más de dos días?
-El exceso de mi amor y de mi
desgracia si ya no me ama usted -le dijo ella tomándole las manos y
volviéndose hacia él.
El movimiento brusco que acababa de
hacer echó un poco hacia atrás su chal; Julien veía sus hermosos hombros. Sus
cabellos, algo alborotados, despertaron en él un recuerdo delicioso...
Iba a ceder. «Una palabra imprudente
-se dijo-, y doy pie a que comience nuevamente la serie interminable de días
pasados en la desesperación. La señora de Rénal hallaba razones para hacer lo
que su corazón le dictaba: esta joven del gran mundo no deja que su corazón se
conmueva hasta que se ha probado con buenas razones que debe estar conmovido.»
Vio esta verdad en un abrir y cerrar
de ojos, y en otro abrir y cerrar de ojos recobró algo de valor.
Retiró sus manos, que Mathilde
estrechaba entre las suyas, y con marcado respeto se apartó un poco de ella. El
valor de un hombre no puede ir más lejos. Luego se dedicó a reunir todas las
cartas de la señora de Fervaques, que estaban esparcidas por el diván, y con la
apariencia de una extremada cortesía, muy cruel en aquel momento, añadió:
-La señorita de La Mole se dignará
permitirme que reflexione sobre todo esto.
Se alejó rápidamente y salió de la
biblioteca; ella le oyó cerrar todas las puertas, una después de otra.
«El monstruo no está nada
conmovido... -se dijo Mathilde.
»Pero ¡qué ha de ser un monstruo! Es
sensato, prudente, bueno; yo soy la que ha cometido más errores de los que se
pueden imaginar.»
Esta manera de pensar perduró.
Mathilde se sintió casi feliz aquel día, pues se dedicó por entero a pensar en
el amor; hubiérase dicho que aquella alma nunca se había sentido agitada por el
orgullo, y ¡qué orgullo!
Se estremeció de horror cuando, por
la noche, en el salón, un lacayo anunció a la señora de Fervaques; la voz de
aquel hombre le pareció siniestra. No pudo soportar la presencia de la
mariscala, y se alejó rápidamente. Julien, poco orgulloso de su penosa
victoria, había temido sus propias miradas y no cenó en el palacio de La Mole.
Su amor y su dicha aumentaban
rápidamente a medida que se alejaba del momento de la batalla; incluso empezaba
a censurarse. «¡Cómo he podido resistirme a ella! -se decía-; ¡si ahora deja
de amarme! Un momento puede hacer variar a esa alma viva, y hay que convenir en
que la he tratado de un modo horrible.»
Por la noche comprendió que era
absolutamente preciso dejarse ver en la ópera cómica, en el palco de la señora
de Fervaques, que le había invitado expresamente. Mathilde se enteraría, con
toda seguridad, de su presencia o de su desatenta ausencia. A pesar de la
evidencia de este razonamiento, no tuvo fuerzas, al principio de la noche, para
alternar con la gente. Al hablar iba a perder la mitad de su dicha.
Dieron las diez: era absolutamente
necesario dejarse ver.
Afortunadamente, encontró el palco
de la mariscala lleno de señoras, y se vio relegado a un sitio cerca de la
puerta, completamente oculto por los sombreros. Aquella posición le salvó de
ponerse en ridículo; los acentos divinos de desesperación de Carolina en el
matrimonio segreto le arrancaron lágrimas; contrastaban de tal modo con la
firmeza viril de su fisonomía habitual, que aquella alma de gran dama, saturada
desde hacía tiempo de todo lo que el orgullo de advenedizo tiene de más
corrosivo, se sintió conmovida. Lo poco que quedaba en ella de un corazón de mujer
la indujo a hablar. Quiso gozar del sonido de su voz en aquel momento.
-¿Ha visto usted a las señoras de La
Mole? -le dijo-. Están en el tercer piso.
Inmediatamente Julien se asomó a la
sala, apoyándose, con bastante descortesía, en la barandilla del palco: vio a
Mathilde; sus ojos tenían brillo de lágrimas.
«Y, sin embargo, hoy no es su día de
ópera; ¡qué solicitud!»
Mathilde había hecho decidir a su
madre ir a la ópera cómica, a pesar de lo poco distinguido de la situación del
palco que una amiga complaciente se había apresurado a ofrecerles. Quería ver
si Julien pasaba aquella velada con la mariscala.
Capítulo
31
Asustarla
Voilá done le beau miracle de votre
civilisation!
De 1'amour vous avez fait une affaire
ordinaire.[76]
BARNAVE
Julien corrió al palco de la
marquesa de La Mole. Sus ojos se cruzaron en primer lugar con los ojos, llenos
de lágrimas, de Mathilde; lloraba sin contenerse, en el palco no había más que
personas de poca consideración, la amiga que les había prestado el palco y
algunos amigos suyos. Mathilde colocó su mano sobre la de Julien; parecía como
si hubiera olvidado todo temor respecto a su madre. Casi ahogada por las
lágrimas, no le dijo más que esta palabra:
-¡Garantías!
«Por lo menos, que no le hable
-decíase Julien, muy conmovido y tapándose como podía los ojos con la mano, so
pretexto de la araña que deslumbra a los ocupantes de los palcos del tercer
piso-. Si hablo, ya no podrá dudar de lo excesivo de mi emoción, el tono de mi
voz me traicionará y todo puede perderse aún.»
Su lucha era mucho más penosa que
por la mañana, su alma había tenido tiempo de conmoverse. Temía ver a Mathilde
mortificada en su amor propio. Ebrio de amor y de voluptuosidad, se decidió
por el silencio.
A mi modo de ver, éste es uno de los
rasgos más bellos de su carácter, un ser capaz de tal esfuerzo sobre sí mismo
puede ir lejos, si fata sinant.
La
señorita de La Mole insistió para que Julien aceptase regresar en el coche de
ellas. Afortunadamente, llovía mucho. Pero la marquesa le hizo colocar frente a
ella; le habló sin cesar, e impidió que pudiera decir ni una palabra a su hija.
Podría haberse pensado que la marquesa velaba por la dicha de Julien, el cual,
no temiendo ya echarlo todo a perder por el exceso de su emoción, se entregaba
a la conversación apasionadamente.
¿Me atreveré a decir que, al entrar
en su cuarto, Julien se arrodilló y cubrió de besos las cartas amorosas
regaladas por el príncipe Korasoff?
-¡Oh, gran hombre! ¡Cuánto te debo!
-exclamó en su locura.
Poco a poco recobró algo de su
sangre fría. Se comparó a un general que acaba de ganar una gran batalla a
medias. «El avance es seguro, inmenso -se dijo-; pero ¿qué sucederá mañana? Un
instante puede echarlo todo a perder.»
Abrió, con un movimiento apasionado,
las Memorias de Santa Elena, y durante dos horas largas se esforzó en leerlas;
sólo leían los ojos, pero no importaba, siguió esforzándose. Durante aquella
singular lectura, su cabeza y su corazón, elevados al nivel de lo que pueda
haber de más alto, trabajaban, sin que él se enterara. «Este corazón es muy
distinto del de la señora de Rénal», se decía, pero no iba más lejos.
«ASUSTARLA -exclamó de repente,
tirando el libro lejos de sí-. El enemigo sólo me obedecerá mientras me tema,
en cuyo caso no se atreverá a despreciarme.»
Se paseaba por la reducida
habitación, ebrio de alegría. En realidad, aquella dicha era más de orgullo que
de amor.
«¡Asustarla! -se repetía con
orgullo, y tenía razón de sentirse orgulloso-. Aun en los momentos de mayor
felicidad, la señora de Rénal dudaba siempre de que mi amor fuese igual al
suyo. Aquí, es un demonio a quien subyugo; por lo tanto, es preciso subyugar.»
Sabía perfectamente que al día
siguiente, a partir de las ocho de la mañana, Mathilde estaría en la
biblioteca; él no apareció en ella hasta las nueve, ardiendo de amor, pero su
cabeza dominaba su corazón. Quizá no pasó un solo minuto sin que se repitiera:
«Debo tenerla siempre preocupada con
esta gran duda, ¿me ama? Su brillante posición, los halagos de todos los que la
rodean la han llevado a sentirse excesivamente segura de sí misma».
La encontró pálida, tranquila,
sentada en el diván, pero, al parecer, incapaz de hacer el menor movimiento.
Mathilde le tendió la mano:
-Amigo mío, te he ofendido, es
cierto; puedes estar enojado conmigo.
Julien no esperaba aquel tono tan
sencillo. Estuvo a punto de traicionarse.
-Quiere usted garantías, amigo mío
-añadió después de un silencio que esperaba ver interrumpido-. Es justo.
Rápteme usted, vámonos a Londres... Quedaré perdida para siempre, deshonrada...
Tuvo el valor de retirar su mano de
la de Julien para taparse los ojos. En aquel alma habían renacido todos los
sentimientos de recato y virtud femenina.
-¡Pues bien!, deshónreme -dijo por
fin con un suspiro-. Esto es una garantía.
«Ayer fui feliz porque tuve el valor
de ser severo conmigo mismo», pensó Julien. Después de un corto silencio, tuvo
el suficiente autodominio para decir con tono glacial:
-Una vez camino de Londres, una vez
deshonrada, para hablar en sus mismos términos, ¿quién me responde de que me
amará usted, de que mi presencia en la silla de posta no le parecerá inoportuna?
No soy ningún monstruo; destruir su reputación será para mí una desgracia más.
El obstáculo no es la posición de usted en el mundo, sino, por desgracia, su
carácter. ¿Puede usted asegurarse a sí misma que me amará durante ocho días
seguidos?
«¡Que me ame ocho días, solamente
ocho días -decíase Julien en voz baja-, y me moriré de felicidad! ¿Qué me
importa el porvenir? ¿Qué me importa la vida? Y esta dicha inefable puede comenzar
en este instante si yo quiero, sólo dependo de mí.»
Mathilde le vio pensativo.
-Entonces, ¿soy completamente
indigna de usted? -le dijo cogiéndole una mano.
Julien la abrazó, pero
inmediatamente la mano de hierro del deber oprimió su corazón. «Si ve cuánto la
adoro, la pierdo.» y antes de separarse de sus brazos, había recobrado toda la
digne, dad que debe tener un hombre.
Aquel día y los siguientes supo
esconder el exceso de su felicidad; hubo momentos en que incluso se negaba a
sí mismo el placer de estrecharla en sus brazos.
En otros, el delirio de la felicidad
arrollaba todos los consejos de la prudencia.
Tenía costumbre de colocarse cerca
de una bóveda de madreselva, dispuesta para ocultar la escalera, en el jardín,
para mirar de lejos la persiana de Mathilde y llorar su inconstancia_ Había muy
cerca una gran encina, y el tronco de aquel árbol le ocultaba de las miradas
indiscretas.
Paseando con Mathilde por aquel
mismo sitio que le recordaba tan vivamente su extrema desdicha, el contraste
entre la desesperación pasada y la felicidad presente fue demasiado fuerte
para su temperamento; sus ojos se llenaron de lágrimas y, llevando a sus
labios la mano de su amiga, exclamó:
-Aquí vivía pensando en usted; desde
aquí miraba aquella persiana y esperaba durante horas el momento afortunado de
que esta mano la abriera...
Su debilidad fue completa. Le pintó,
con esos colores verdaderos que no pueden inventarse, el exceso de su
desesperación de entonces. Algunas breves interjecciones atestiguaban su felicidad
de ese momento, que había hecho cesar aquella perla atroz...
«¿Qué estoy haciendo, santo Dios?
-se dijo Julien volviendo en sí de repente-. Me pierdo.»
En el exceso de su alarma creyó ya
ver menos amor en los ojos de la señorita de La Mole. Era una ilusión; pero la
cara de Julien cambió rápidamente y se cubrió de una palidez mortal. Sus ojos
se apagaron un instante, y la expresión de altivez, no exenta de maldad,
sucedió pronto a la del amor más verdadero y más rendido.
-¿Qué tiene, querido? -le dijo
Mathilde con ternura e inquietud.
-Miento -exclamó Julien,
malhumorado-, y estoy mintiéndole a usted. Me lo reprocho, pues Dios sabe que
la estimo lo suficiente como para no mentir. Usted me ama, me lo demuestra, y
no necesito hacer frases para agradarle.
-¡Dios mío! ¿Son sólo frases todo
esto tan encantador que me está diciendo desde hace diez minutos?
-Y lamento mucho haberlas dicho,
querida amiga mía. Las compuse hace tiempo para una mujer que me amaba y me aburría...
Es el defecto de mi carácter, lo confieso; perdóneme.
Lágrimas amargas inundaban las
mejillas de Mathilde.
-En cuanto, por cualquier matiz que
me impresiona, tengo un momento de ensueño forzado -continuó Julien-, mi execrable
memoria, que maldigo en este momento, me sugiere un recurso, y abuso de él.
-¿Entonces es que, sin darme cuenta,
he cometido alguna acción que le ha desagradado? -dijo Mathilde con una
sencillez encantadora.
-Un día, lo recuerdo, pasando cerca
de estas madreselvas, cogió una flor; el señor de Luz se la quitó, y usted se
la dejó. Yo me encontraba a dos pasos.
-¿El señor de Luz? Es imposible
-repuso Mathilde con la altanería tan habitual en ella-: no tengo tales
costumbres.
-Estoy seguro -replicó Julien con
viveza.
-¡Pues bien!, es cierto, amigo mío
-dijo Mathilde bajando los ojos con tristeza.
Estaba segura de que hacía muchos
meses que no había permitido una acción semejante al señor de Luz.
Julien la miró con una ternura
infinita:
«No -se dijo-, no me ama menos.»
Por la noche, Mathilde le reprochó,
riendo, su inclinación hacia la señora de Fervaques:
-¡Un burgués amar a una advenediza!
Los corazones de esta clase son quizá los únicos que mi Julien no puede
enloquecer. Ella lo había convertido en un verdadero dandi -decía, jugando con
sus cabellos.
Durante la época en que se juzgaba
despreciado por Mathil
de,
Julien se había convertido en uno de los hombres mejor vestidos de París. Pero
tenía una ventaja sobre los hombres de esta clase: una vez que se había
acicalado, no volvía a pensar en ello.
Una cosa molestaba a Mathilde:
Julien continuaba copiando las cartas rusas y enviándoselas a la mariscala.
Capítulo
32
El
tigre
Hélas! pourquoi ces choses et non pas
d'autres?[77]
BEAUMARCHAIS
Un viajero inglés cuenta la
intimidad en que vivía con un tigre; le había domesticado y le acariciaba, pero
siempre tenía en su mesa una pistola cargada.
Julien no se abandonaba al exceso de
su dicha sino en los momentos en que Mathilde no podía leerla en la expresión
de sus ojos. Cumplía fielmente con el deber de decirle de vez en cuando una
frase dura.
Cuando la dulzura de Mathilde, que
él observaba con asombro, y el exceso de su cariño estaban a punto de hacerle
perder el dominio de sí mismo, tenía el valor de separarse de ella bruscamente.
Por primera vez Mathilde amó.
La vida, que siempre se había
arrastrado para ella a paso de tortuga, ahora volaba.
Como era preciso, sin embargo, que
el orgullo se abriera paso de algún modo, quería exponerse temerariamente a
todos los peligros que su amor podía hacerle correr. Era Julien quien tenía
prudencia; y solamente cuando se trataba de algún peligro, ella no cedía a su
voluntad; pero sumisa y casi humilde para con él, mostrábase cada vez más
altanera con todo lo que en la casa la rodeaba, familia y criados.
Durante la velada, en el salón,
rodeada de sesenta personas, llamaba a Julien para hablarle aparte y largo
tiempo.
Un día en que el pequeño Tanbeau se
instaló junto a ellos,
Mathilde
le rogó que fuese a la biblioteca a buscar el tomo de Smollett donde se
encuentra la revolución de 1688; y como él dudase, añadió, con una expresión de
insultante altanería, que fue un bálsamo para el alma de Julien:
-No tenga usted prisa en volver.
-¿Ha notado la mirada de ese pequeño
monstruo? -le dijo él.
-Si su tío no llevara diez o doce
años frecuentando este salón, haría que lo echaran inmediatamente.
Su conducta para con Croisenois, de
Luz, etc., muy cortés en la forma, no era menos provocativa en el fondo.
Mathilde se reprochaba vivamente todas las confidencias que hiciera en otro
tiempo a Julien, tanto más cuanto que no se atrevía a confesarle que había
exagerado las muestras de interés, absolutamente inocentes, de que aquellos
señores habían sido objeto.
A pesar de sus buenos propósitos, su
orgullo de mujer le impedía todos los días decirle a Julien: «Era porque
hablaba con usted, por lo que encontraba placer en describir mi debilidad de no
retirar la mano cuando el señor de Croisenois la rozaba un poco al colocar la
suya sobre una mesa de mármol».
Ahora, apenas uno de aquellos
señores le hablaba unos instantes, se le ocurría hacer una pregunta a Julien,
y aquello era un pretexto para retenerle a su lado.
Se encontró encinta, y se lo
comunicó con alegría a Julien.
-¿Dudará ahora de mí? ¿No es esto
una garantía? Soy su esposa para siempre.
Aquella noticia llenó a Julien de un
asombro profundo. Estaba a punto de olvidar su línea de conducta. «¿Cómo
mostrarme voluntariamente frío y ofensivo con esta pobre muchacha que se
pierde por mí?» Si ella tenía el aspecto un poco enfermizo, aun en aquellos
días en que la sensatez hacía oír su voz terrible, no se encontraba con valor
para dirigirle una de aquellas frases crueles, tan indispensables, según su
experiencia, para la duración de su amor -Quiero
escribir a mi padre -le dijo un día Mathilde-. Para mí, es más que un padre, es
un amigo: como tal encontraría indigno de usted y de mí que le engañásemos,
aunque no fuese más que un minuto.
-¡Dios santo! ¿Qué va a hacer? -dijo
Julien, horrorizado.
-Mi deber -respondió ella con los
ojos brillantes de alegría.
Mathilde se sentía más magnánima que
su amante.
-¡Pero me echará ignominiosamente!
-Está en su derecho, hay que
respetarlo. Yo le daré el brazo, y saldremos por la puerta cochera, en pleno
día.
Julien, asombrado, le rogó que lo
retrasase una semana.
-No puedo -respondió ella-, el honor
habla, he visto mi deber, hay que cumplir con él, y sin demora.
-¡Pues yo le ordeno que lo retrase!
-dijo por fin Julien-. Su honor está a cubierto, yo soy su esposo. La situación
de ambos cambiará con este paso decisivo. Yo también estoy en mi derecho. Hoy
es martes; el martes próximo es el día del duque de Retz. Por la noche, cuando
vuelva el marqués de La Mole, el portero le entregará la carta fatal... Él
sólo piensa en hacerla duquesa, estoy seguro, ¡piense en su dolor!
-¿Quiere decir: piense en su
venganza?
-Puedo sentir compasión hacia mi
bienhechor, estar desesperado por causarle daño; pero no temo ni temeré nunca
a nadie.
Mathilde se sometió. Desde que había
anunciado su nuevo estado a Julien, era la primera vez que se dirigía a ella
con autoridad; nunca la había amado tanto. La parte sensible de su alma se
aferraba con alegría al pretexto del estado en que se hallaba Mathilde, para
dejar de dirigirle frases crueles. La confesión al marqués de La Mole le agitó
profundamente. ¿Irían a separarle de Mathilde? Y por mucho que fuese su dolor
al verle partir, ¿seguiría recordándole al cabo de un mes?
Casi igual era el horror que sentía
por los justos reproches que podría dirigirle el marqués.
Por la noche confesó a Mathilde este
segundo motivo de pesar, y luego, extraviado por su amor, le confesó también
el primero.
Ella cambió de color.
-Realmente -le dijo-, ¿sería para
usted una desgracia pasar seis meses alejado de mí?
-Inmensa, la única en el mundo que
veo con terror.
Mathilde se sintió muy feliz. Julien
había desempeñado su papel con tal aplicación que había logrado hacerle pensar
que,
de
los dos, era ella la más enamorada.
El martes fatal llegó.
A media noche, al volver a casa, el
marqués encontró una carta con la advertencia precisa de que la abriese él
mismo y
solo,
sin testigos.
«Padre
mío:
»Todos
los lazos sociales están rotos entre nosotros, ya no quedan más que los de la
naturaleza. Después de mi marido, es y será siempre el ser más querido para mí.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pienso en el dolor que le causo, mas para que
mi vergüenza no sea pública, para dejarle tiempo de deliberar y de obrar, no
puedo diferir por más tiempo la confesión que le debo. Si su cariño, que sé que
es grande para mí, quiere concederme una pequeña pensión, iré a instalarme
donde usted quiera, a Suiza, por ejemplo, con mi marido. Su nombre es tan
oscuro, que nadie reconocerá a su hija en la señora de Sorel, nuera de un
carpintero de Verriéres. Éste es el nombre que me ha causado tanto trabajo
escribir. Temo su cólera respecto a Julien, tan justa en apariencia. No seré
duquesa, padre mío; pero ya lo sabía al amarle; pues fui yo quien le amó
primero, yo quien le ha seducido. He heredado de usted y de nuestros
antepasados un alma demasiado elevada para fijar mi atención en lo que es o me
parece vulgar. Ha sido inútil que con intención de agradarle haya pensado en
el señor de Croisenois. ¿Por qué ha colocado ante mis ojos el verdadero mérito?
Usted mismo me lo dijo cuando volví de Hyéres: este joven Sorel es la única
persona que me divierte; el pobre muchacho está tan afligido como yo, si es
posible, al pensar en el dolor que esta carta le causa. No puedo evitar que se
indigne como padre; pero quiérame siempre como amigo.
»Julien
me respetaba. Si alguna vez me hablaba, era únicamente a causa de su gran
agradecimiento hacia usted, pues la altivez natural de su carácter le induce a
no contestar más que oficialmente a aquello que está tan por encima de él.
Posee un sentimiento vivo e innato de la diferencia de clases sociales. Yo fui
-lo confieso con rubor a mi mejor amigo, y semejante confesión no volverá a
salir de mis labios-, yo fui quien, un día, en el jardín, le apretó el brazo.
»Dentro
de veinticuatro horas, ¿por qué ha de estar irritado con él? Mi falta es
irreparable. Si lo exige, yo seré la intérprete de su profundo respeto y de su
desesperación por desagradarle. No le verá nunca más, pero yo iré a reunirme
con él donde quiera. Está en su derecho y es mi deber, es el padre de mi hijo.
Si su bondad nos concede seis mil francos para vivir, los recibiré con
agradecimiento: si no, Julien piensa establecerse en Besangon, donde se
dedicará al oficio de maestro de latín y de literatura. Por bajo que sea el
escalón desde donde empiece, tengo la certeza de que se elevará. Con él no
temo la oscuridad. Si hay revolución, estoy segura de que desempeñará un gran
papel. ¿Podría decir otro tanto de alguno de los que han solicitado mi mano?
¡Éstos tienen hermosas propiedades! Pero yo no puedo encontrar en esta única
circunstancia un motivo de admiración. Mi Julien llegaría a conseguir una
posición, incluso con el régimen actual, si tuviera un millón y la protección
de mi padre...»
Mathilde, que sabía que su padre era
un hombre impulsivo, había escrito ocho carillas.
«¿Qué hacer? -decíase Julien,
paseándose a media noche por el jardín mientras el marqués de La Mole leía esta
carta-; ¿dónde están, primero, mi deber, y segundo, mi interés? Lo que yo le
debo es inmenso: sin él hubiese sido un bribón subalterno, pero no lo suficiente
como para no ser odiado y perseguido por los demás. Ha hecho de mí un hombre
de mundo. Mis picardías necesarias serán: primero, menos frecuentes; segundo,
menos innobles. Esto es más que si me hubiera dado un millón. Le debo esta cruz
y el prestigio de servicios diplomáticos, que me elevan por encima de lo vulgar.
Si tuviese la pluma para ordenar mi conducta, ¿qué escribiría?...»
Julien fue interrumpido bruscamente
por el viejo ayuda de cámara del marqués de La Mole.
-El marqués desea verle a usted
inmediatamente, vestido o sin vestir.
El criado añadió en voz baja,
andando junto a Julien:
-Está fuera de sí, tenga usted
cuidado.
Capítulo
33
El
infierno de la debilidad
En taillant ce diamant, un lapidaire
malhabile lui a oté quelques unes de ses plus vives étincelles. Au moyen áge,
que dis-je? encore sous Richelieu le Francais avait la force de vouloir.[78]
MIRABEAU
Julien encontró al marqués furioso:
quizá por primera vez en su vida, el proceder de este señor fue de mal tono;
abrumó a Julien con todos los insultos que se le ocurrieron. Nuestro héroe se
sintió extrañado, impaciente, pero su agradecimiento no flaqueó. «¡Cuántos
hermosos proyectos, acariciados durante largo tiempo en el fondo de su
pensamiento, ve derrumbarse, el pobre hombre, en un instante! Pero debo
contestarle, mi silencio aumentaría su cólera.» La contestación se inspiró en
el papel de Tartufo.
-No soy ningún ángel... Le he
servido a usted bien, y usted me ha pagado con generosidad... Yo estaba
agradecido, pero tengo veintidós años... En esta casa nadie me comprendía,
excepto usted y esa persona amable...
-¡Monstruo! -exclamó el marqués-.
¡Amable, amable! El día en que la encontró usted amable debió huir.
-Ya lo intenté; entonces le solicité
marcharme al Languedoc.
Cansado de pasearse con furia, el
marqués, abrumado por el dolor, se dejó caer en un sillón; Julien le oyó
decirse a media voz: «No se trata de un mal hombre».
-No, no lo soy para usted -exclamó
Julien, cayendo de rodillas.
Pero
se avergonzó mucho de aquel impulso y se levantó enseguida.
El marqués estaba realmente
aturdido. Al darse cuenta de aquel movimiento volvió a llenarle de insultos
atroces, dignos de un cochero. Acaso la novedad de aquellas palabrotas fuera
una distracción.
-¡De modo que mi hija se llamará
señora Sorel! ¡Mi hija no será duquesa!
Cada vez que estas dos ideas se
presentaban con toda claridad, el marqués de La Mole se sentía atormentado y
no podía controlar los movimientos de su alma. Julien temió que le pegase.
En los intervalos lúcidos, cuando el
marqués se iba acostumbrando a su desgracia, le dirigía a Julien reproches
bastante razonables:
-Debió usted huir... -le decía-. Su
deber era huir... Es usted el más vil de los hombres...
Julien se acercó a la mesa y
escribió:
«Hace
tiempo que la vida me resulta insoportable, voy a ponerle término. Ruego al
señor marqués reciba, con la expresión de mi agradecimiento sin límites, mis
excusas por las molestias que mi muerte pueda causar en su palacio.»
-Que el señor marqués se digne leer
este papel... Máteme usted -dijo Julien- o hágame matar por su ayuda de
cámara. Es la una de la madrugada, voy a pasearme por el jardín hacia la tapia
del fondo.
-¡Váyase al diablo! -le gritó el
marqués cuando se iba.
«Comprendo -pensó Julien-; no le
molestaría que yo le ahorrase esta ingrata tarea a su criado... Que me mate,
enhorabuena, es una satisfacción que le ofrezco... Pero, ¡qué diablos!, amo la
vida... Me debo a mi hijo.»
Esta idea, que por vez primera
acudía con tanta nitidez a su imaginación, le preocupó por entero después de
los primeros minutos de su paseo, dedicados al sentimiento del peligro.
Aquel interés tan nuevo para él le
convirtió en un hombre prudente. «Necesito consejo para saber cómo conducirme
con este hombre tan fogoso... No razona, es capaz de todo. Fouqué está demasiado
lejos, además no comprendería los sentimientos de un corazón como el del
marqués.
»El conde de Altamira... ¿Podré
contar con un eterno silencio? Es preciso que mi petición de consejo no se
convierta en un acto que complique mi situación. Sólo me queda el sombrío padre
Pirard... Su alma se halla oprimida por el jansenismo... Un pillo de jesuita
conocería el mundo y me serviría más... El padre Pirard es muy capaz de pegarme
ante el solo enunciado del crimen.»
El genio de Tartufo acudió en
auxilio de Julien: «Pues bien, iré a confesarme con él». Tal fue la última
resolución que tomó en el jardín, después de pasearse durante dos largas horas.
Ya no pensaba que podría ser sorprendido por un tiro; el sueño se iba
apoderando de él.
Al día siguiente, muy temprano,
Julien se encontraba a varias leguas de París, llamando a la puerta del severo
jansenista. Con gran asombro suyo, se dio cuenta de que su confidencia no le
sorprendió demasiado.
-Quizá tenga yo algo que reprocharme
-se decía el sacerdote, más preocupado que irritado-. Había creído adivinar
este amor... Mi amistad hacia usted, desgraciado, me impidió advertir al
padre...
-¿Qué va a hacer? -le dijo vivamente
Julien.
(En aquel momento amaba al padre y
le hubiera sido muy penosa una escena.)
-Yo veo tres probabilidades
-continuó Julien-: primera, el marqués de La Mole puede hacerme matar -y contó
lo de la carta de suicidio que había entregado al marqués-; segunda, puede
convertirme en blanco del conde Norbert, que me provocaría en duelo.
-¿Aceptaría usted? -dijo el cura,
furioso, levantándose.
-No me deja usted acabar. Desde
luego, yo no dispararía nunca contra el hijo de mi bienhechor.
»Tercera, puedo alejarme. Si me
dice: Márchese a Edimburgo, a Nueva York, yo le obedeceré. Entonces pueden
ocultar la situación de la señorita de La Mole; pero yo no permitiré que supriman
a mi hijo.
-Esto será, no lo dude usted, la
primera idea de ese hombre corrompido...
En París, Mathilde estaba
desesperada. A eso de las siete había visto a su padre. Éste le había enseñado
la carta de Julien, y ella temía que le hubiera parecido lo más noble poner fin
a su vida: «¿Y sin mi permiso?», se decía, con un dolor que era cólera.
-Si él está muerto, yo moriré -le
dijo a su padre-. Y usted será la causa de su muerte... Quizá se alegre de
ella... Pero juro por sus manes que, en primer lugar, le llevaré luto y seré
públicamente la señora viuda de Sorel; repartiré tarjetas comunicando la
noticia; puede estar seguro... Nunca me hallará pusilánime ni cobarde.
Su amor llegaba a la locura. El
marqués de La Mole quedó, a su vez, impresionado.
Comenzó a ver los acontecimientos
con más serenidad. Mathilde no se presentó a la hora del almuerzo. El marqués
se vio libre de un gran peso, y sobre todo se sintió halagado cuando se dio
cuenta de que ella no le había dicho nada a su madre.
Julien llegó hacia mediodía. Se oyó
resonar el trote del caballo en el patio. Julien se apeaba del caballo.
Mathilde le mandó llamar y se echó en sus brazos casi delante de su doncella.
Julien no le agradeció mucho aquel arrebato, volvía muy diplomático y muy
calculador después de su larga conferencia con el padre Pirard. Su imaginación
se hallaba obstruida por el cálculo de las probabilidades. Mathilde, con
lágrimas en los ojos, le dijo que había visto su carta declarándose suicida.
-Mi padre puede cambiar de opinión;
hágame el favor de marcharse ahora mismo a Villequier. Monte de nuevo a caballo
y salga del palacio antes de que se levanten de la mesa.
Al ver que Julien no abandonaba su
actitud de extrañeza y frialdad, ella se echó a llorar.
-Déjeme dirigir nuestros asuntos
-exclamó ella apasionadamente, estrechándole entre sus brazos-. Sabe muy bien
que no me separo de usted voluntariamente. Escríbame dirigiendo las cartas a mi
doncella, y que el sobre venga con una letra desconocida. Yo le escribiré
gruesos volúmenes. ¡Adiós! Huya.
Esta última palabra hirió a Julien;
sin embargo, obedeció. «Es fatal -pensaba- que hasta en sus mejores momentos
estas gentes encuentren la manera de lastimarme.»
Mathilde se resistió con firmeza a
todos los proyectos prudentes de su padre. No quiso nunca establecer
negociaciones con otras bases que las siguientes: sería la señora de Sorel y
viviría pobremente con su marido en Suiza, o en casa de su padre en París.
Rechazó decididamente la proposición de un alumbramiento clandestino.
-Entonces es cuando empezaría para
mí la posibilidad de la calumnia y del deshonor. Dos meses después de la boda
me iré de viaje con mi marido, y será fácil suponer que mi hijo ha nacido en
una fecha conveniente.
Acogida al principio con muestras de
cólera, esta firmeza acabó por hacer vacilar al marqués.
En un momento de enternecimiento,
dijo a su hija:
-¡Toma! Aquí tienes un resguardo de
diez mil libras de renta, envíalo a tu Julien, y que se las arregle de modo que
no pueda reclamárselo.
Para obedecer a Mathilde, cuya
afición al mando conocía, Julien había hecho cuarenta leguas inútiles; estaba
en Villequier, arreglando las cuentas de los granjeros; aquella donación del
marqués fue la causa de su retorno. Fue a pedir albergue al padre Pirard, que
durante su ausencia se había convertido en el aliado más útil para Mathilde.
Siempre que el marqués le preguntaba, le demostraba que toda solución que no
fuera el matrimonio público sería un crimen a los ojos de Dios.
-Y, afortunadamente -añadía el
clérigo-, en este caso están de acuerdo la religión y las reglas mundanas.
¿Podría tenerse seguridad, dado el carácter impetuoso de la señorita de La
Mole, de un secreto que ella no se impusiera a sí misma? De no admitirse la
solución franca de un matrimonio público, la sociedad se ocupará mucho más
tiempo de esta unión extraña. Hay que decirlo todo de una vez, sin apariencia
ni realidad del menor misterio.
-Es verdad -dijo, pensativo, el
marqués-. Siguiendo tal sistema, hablar de este matrimonio después de tres
días resulta una repetición propia de un hombre que no tiene ideas. Habría que
aprovechar alguna importante medida antijacobina del gobierno para deslizarse
de incógnito inmediatamente después.
Dos o tres amigos del marqués de La
Mole pensaban como el padre Pirard. El gran obstáculo, según ellos, era el
carácter decidido de Mathilde. Pero, a pesar de todos aquellos bellos razonamientos,
el alma del marqués no podía acostumbrarse a renunciar a la esperanza del
taburete para su hija.
Su memoria y su imaginación daban
mil vueltas a las bellaquerías y falsedades de todo género que todavía eran
posibles en su juventud. Ceder ante la necesidad, tener miedo a la ley, le parecían
cosas absurdas y deshonrosas en un hombre de su jerarquía. Bien caros pagaba
los sueños maravillosos que se permitía desde hacía diez años sobre el porvenir
de aquella hija querida.
«¿Quién lo hubiera podido prever?
-se decía-. ¡Una muchacha de carácter tan altivo, con un talento tan elevado,
más orgullosa que yo del nombre que lleva! ¡Cuya mano me pedían los hombres
más ilustres de Francia!
»Hay que renunciar a toda prudencia.
¡Este siglo está hecho para tergiversarlo todo! Caminamos hacia el caos.»
Capítulo
34
Un
hombre de talento
Le préfet cheminant sur son cheval se
disait: Pourquoi ne serais-je pas ministre, président du conseil, duc? Voici
comment je ferais la guerre... Par ce moyen je jetterais les novateurs dans les
fers...[79]
Le Globe
No
hay argumento que valga para destruir el dominio de diez años de sueños
agradables. El marqués no encontraba razonable enfadarse; pero no podía
resolverse a perdonar. «Si el tal Julien pudiese morir en un accidente...»,
decíase algunas veces. De este modo, aquella imaginación entristecida hallaba
algún alivio persiguiendo las más absurdas quimeras. Éstas paralizaban la influencia
de los razonamientos sensatos del padre Pirard. Así transcurrió un mes, sin que
la negociación adelantara un solo paso.
En aquel asunto de familia, lo mismo
que en los políticos, el marqués tenía ideas brillantes con las que se
entusiasmaba durante tres días. Un plan de conducta no le gustaba, porque se
apoyaba en buenas razones, y los razonamientos no le convencían sino cuando
apoyaban su plan favorito. Durante tres días trabajaba con todo el ardor y el
entusiasmo de un poeta para llevar las cosas a una determinada posición; al
día siguiente no pensaba más en ello.
Al principio, Julien se desconcertó
debido a la lentitud del marqués; pero después de unas cuantas semanas comenzó
a vislumbrar que en aquel asunto el marqués de La Mole no tenía ningún plan
determinado.
La marquesa de La Mole y los demás
habitantes de la casa creían que Julien viajaba por provincias para asuntos de
la administración de las tierras; se hallaba escondido en casa del padre
Pirard, y veía a Mathilde casi todos los días; ella, todas las mañanas, pasaba
una hora con su padre, pero a veces transcurrían semanas enteras sin que
hablasen del asunto que llenaba todo su pensamiento.
-No quiero saber dónde está ese
hombre -le dijo un día el marqués-; envíele esta carta.
Mathilde leyó:
«Las
tierras del Languedoc producen 20.600 francos. Doy 10.600 a mi hija y 10.000 al
señor Julien Sorel. Les doy las tierras mismas, por supuesto. Que el notario
dicte dos actas de donación por separado y me las traiga mañana; después de lo
cual, no habrá más relaciones entre nosotros. ¡Ah, caballero! ¿Debía yo esperarme
todo esto?»
EL MARQUÉS DE LA MOLE.»
-Muchas gracias -dijo Mathilde
alegremente-. Nos iremos a instalar al castillo de Aiguillon, entre Agen y
Marmande. Dicen que es una comarca tan bella como Italia.
Aquella donación sorprendió
muchísimo a Julien. Ya no era el hombre severo y frío que hemos conocido. La
suerte de su hijo absorbía de antemano todos sus pensamientos. Aquella fortuna,
imprevista y bastante considerable para un hombre tan pobre, le convirtió en
un ambicioso. Se encontraba, suyas o de su mujer, con 36.000 libras de renta.
En cuanto a Mathilde, todos sus sentimientos quedaban absorbidos por la
adoración que dedicaba a su marido, pues así le llamaba siempre, en su
orgullo. Su grande, su única ambición era hacer que admitieran su matrimonio.
Se pasaba la vida exagerándose la gran prudencia que había demostrado al unir
su suerte a la de un hombre superior. El mérito personal estaba de moda en su
cabeza.
La ausencia casi continua, la
multiplicidad de los negocios, el poco tiempo que tenían para hablar de amor,
contribuyeron a completar el buen efecto de la sabia política inventada en otro
tiempo por Julien.
Mathilde acabó por impacientarse al
ver tan poco al hombre a quien había llegado a amar realmente.
En un momento de mal humor escribió
a su padre, comenzando la carta como Otelo:
«Que
he preferido a Julien a las satisfacciones que la sociedad ofrecía a la hija
del marqués de La Mole, lo prueba de sobra mi elección. Estos placeres de
consideración y de pequeña vanidad no representan nada para mí. Pronto hará
seis semanas que vivo separada de mi marido. Es suficiente para demostrarle mi
respeto. Antes del jueves próximo abandonaré la casa paterna. Su generosidad
nos ha enriquecido. Nadie conoce mi secreto, excepto el respetable padre
Pirard. Me iré a su casa; él nos casará, y una hora después de la ceremonia
estaremos camino del Languedoc, y no regresaremos a París a no ser por una
orden suya. Pero lo que me traspasa el corazón es que todo esto va a
convertirse en una anécdota picante contra mí y contra usted. Y los epigramas
de un público imbécil, ¿no podrán obligar a nuestro excelente Norbert a
desafiar a Julien? En tal caso, le conozco, yo no tendría el menor dominio sobre
él. En su alma surgiría el plebeyo rebelde. Se lo pido de rodillas, ¡padre
mío!, asista a mi boda en la iglesia del padre Pirard, el jueves próximo. La
parte picante de la anécdota se suavizará, y quedarán aseguradas la vida de su
hijo único y la de mi marido, etc., etc.»
Esta carta sumergió el alma del
marqués en una extraña turbación. Por fin había llegado el momento de tomar un
partido. Todas las costumbres insignificantes, todos los amigos vulgares habían
perdido su influencia.
En aquella circunstancia
extraordinaria, los grandes rasgos de su carácter, impresos por los
acontecimientos de la juventud, recobraron su imperio. Las desgracias de la
emigración habían hecho de él un hombre de recursos. Después de disfrutar durante
dos años de una fortuna inmensa y de todas las distinciones de la corte, el año
1790 le sumió en las terribles miserias de la emigración. Aquella dura escuela
había cambiado su alma de veintidós años. En el fondo, más bien se hallaba
instalado en medio de sus riquezas que no dominado por ellas. Pero esta misma
imaginación que librara a su alma de la gangrena del oro le había arrojado en
las garras de una loca pasión por ver a su hija dotada de un título brillante.
Durante las seis semanas que
acababan de transcurrir, quizás empujado por un capricho, el marqués había
querido enriquecer a Julien; la pobreza le parecía innoble, deshonrosa para
él, el marqués de La Mole, imposible para el esposo de su hija; tiraba el
dinero. Al día siguiente, tomando su imaginación un nuevo rumbo, le parecía que
Julien iba a entender el lenguaje mudo de aquella generosidad en dinero, a
cambiar de nombre, a expatriarse en América y a escribir a Mathilde que había
muerto para ella... El marqués de La Mole daba ya por escrita esta carta y
seguía su efecto sobre el carácter de su hija...
El día en que la carta real de la
hija le sacó de aquellos cándidos sueños, después de pasar largo tiempo
pensando en matar a Julien o en hacerle desaparecer, soñaba en crearle una
brillante fortuna. Le obligaba a tomar el nombre de una de sus propiedades, y
¿por qué no habría de cederle también el título de Par anejo a ella? El duque
de Chaulnes, su suegro, le había hablado varias veces, después de que su hijo
único fue muerto en España, del deseo de transmitir su título a Norbert...
«No se le puede negar a Julien una
aptitud singular para los negocios, osadía, quizás hasta brillantez -se decía
el marqués de La Mole-, pero en el fondo de ese carácter encuentro algo que
asusta. Es la impresión que produce a todo el mundo. Luego es que aquí hay algo
real. -Cuanto más difícil era dar con ese punto real, tanto más asustaba al
alma imaginativa del viejo marqués-. Mi hija me lo decía muy hábilmente el
otro día (en una carta suprimida): "Julien no se ha afiliado a ningún
salón, a ninguna camarilla". No se ha procurado ningún apoyo contra mí,
ni el menor recurso si yo le abandono... Pero ¿no será esto ignorancia del
estado actual de la sociedad?... Dos o tres veces le he dicho: "No hay
más candidatura real y provechosa que la de los salones...".
»No, no tiene el talento hábil y
cauteloso del intrigante, que no pierde un minuto ni una oportunidad... No es
un carácter a lo Luis XI. Por otra parte, tiene unas máximas de lo menos generoso...
Estoy confundido. ¿Recordará estas máximas para que sirvan de dique a las
pasiones?
»Sólo una cosa es evidente: el
desprecio le descorazona, por aquí le tengo cogido.
»No tiene la religión de la
alcurnia, es cierto, no nos respeta por instinto... Esto es una equivocación;
pero, en fin, el alma de un seminarista no debería impacientarse más que por la
falta de placeres y de dinero. Él, por el contrario, no puede soportar el
desprecio por nada del mundo.»
Apremiado por la carta de su hija,
el marqués de La Mole comprendió que tenía que decidirse: «En fin, he aquí la
cuestión principal: ¿ha llegado la audacia de Julien hasta atreverse a seducir
a mi hija porque sabe que es lo que más quiero en el mundo y que tengo cien
mil escudos de renta?
»Mathilde hace grandes protestas en
sentido contrario... No, joven, éste es un punto sobre el que no quiero hacerme
ilusiones.
»¿Ha habido amor verdadero,
imprevisto, o sencillamente el vulgar deseo de elevarse a una bonita posición?
Mathilde es clarividente, ha comprendido desde el primer momento que esta
sospecha puede perderle en mi opinión, y de aquí su confesión de que ella ha
sido la primera en amarle...
»Una muchacha de carácter tan
altivo, ¿habrá podido llegar hasta el punto de hacer insinuaciones
materiales?... Apretarle el brazo, una noche, en el jardín, ¡qué horror!, como
si no hubiera dispuesto de cien medios menos indecorosos para darle a entender
que le distinguía.
»Quien se excusa se acusa; desconfío
de Mathilde...». Aquel día los razonamientos del marqués eran más concluyentes
que de ordinario. Sin embargo, la costumbre se impuso, resolvió ganar tiempo
escribiendo a su hija. Porque se escribían de un lado a otro del palacio; el
marqués de La Mole no se atrevía a discutir con Mathilde enfrentándose con
ella. Temía que todo terminase con una concesión repentina.
Carta
«Guárdese
de cometer nuevas locuras; ahí le envío un nombramiento de teniente de húsares
para el caballero Julien Sorel de La Vernaye. Ya ve lo que hago por él. No me
contraríe, no me pregunte. Que salga dentro de veinticuatro horas para incorporarse
en Estrasburgo, donde se encuentra su regimiento. Adjunto una letra contra mi
banquero; que se me obedezca.»
El amor y la alegría de Mathilde no
tuvieron límites; quiso aprovechar la victoria, y contestó enseguida:
«El
señor de La Vernaye estaría a sus pies, loco de agradecimiento, si supiera
todo lo que se digna hacer por él. Pero, en medio de esta generosidad, mi
padre se ha olvidado de mí, el honor de su hija está en peligro. Una
indiscreción puede echar sobre ella una mancha eterna, que no podrían reparar
veinte mil escudos de renta. No enviaré el nombramiento al señor de La
Vernaye, si no me da su palabra de que, dentro del mes próximo, mi matrimonio
se celebrará públicamente, en Villequier. Poco después de esa época, de la que
le suplico no pase, su hija no podrá presentarse en público más que con el
nombre de señora de La Vernaye. Cuánto le agradezco, querido papá, que me haya
librado del nombre de Sorel, etc., etc.»
La
respuesta fue imprevista:
«Obedezca,
o me retracto de todo. Tiemble, joven imprudente. Aún no sé quién es su
Julien, y usted misma lo sabe menos que yo. Que salga para Estrasburgo y tenga
cuidado de portarse bien. Dentro de quince días daré a conocer mi decisión.»
Aquella contestación tan firme
sorprendió a Mathilde. No conozco a Julien; esta frase la sumergió en una
meditación que no tardó en dejar paso a las más halagüeñas suposiciones; pero
que ella creía realidad. «El espíritu de mi Julien no se ha revestido con el
pequeño uniforme mezquino de los salones, y mi padre no cree en su
superioridad, precisamente a causa de lo que la demuestra...
»Pero si no obedezco a esta veleidad
de su carácter, veo la posibilidad de una escena pública; un escándalo
rebajaría mi posición en el mundo, y podría hacerme menos estimable a los ojos
de Julien. Después del escándalo..., pobreza durante diez años; y la locura de
elegir un marido por sus méritos no puede salvarse del ridículo si no es por
medio de la más brillante opulencia. Si vivo lejos de mi padre, a su edad puede
olvidarme... Norbert se casará con una muchacha agradable, hábil; el viejo Luis
XIV fue seducido por la duquesa de Borgoña...»
Se decidió a obedecer, pero se
guardó de comunicar la carta de su padre a Julien; aquel carácter impetuoso
hubiera podido llevarle a cometer alguna locura.
Por la noche, cuando le dijo a
Julien que era teniente de húsares, su alegría no tuvo límites. Uno puede
imaginársela teniendo en cuenta la ambición de toda su vida y la pasión que
ahora tenía por su hijo. El cambio de nombre le llenaba de asombro.
«Después de todo -pensaba- mi novela
ha terminado, y mío es todo el mérito. He sabido hacerme amar por ese monstruo
de orgullo -añadía, mirando a Mathilde-; su padre no puede vivir sin ella, ni
ella sin mí.»
Capítulo
35
Una
tormenta
Mon Dieu, donnez-moi la médiocrité![80]
MIRABEAC
Su alma estaba absorta; sólo
respondía a medias a la viva ternura que ella le demostraba. Permanecía
silencioso y sombrío. Nunca había aparecido tan grande, tan adorable a los ojos
de Mathilde. Ésta temía que alguna sutileza de su orgullo viniera a echar por
tierra toda la situación.
Casi todas las mañanas ella veía
llegar al palacio al padre Pirard. ¿No habría podido Julien averiguar por medio
de éste algo respecto a las intenciones de su padre? ¿No podría ser que el
propio marqués, en un momento de capricho, le hubiera escrito? Después de una
dicha tan grande, ¿cómo explicarse la actitud severa de Julien? Ella no se
atrevió a interrogarle.
¡No se atrevió, ella, Mathilde!
Desde aquel momento hubo en sus sentimientos hacia Julien algo vago,
imprevisto, casi un sentimiento de terror. Aquella alma seca sintió toda la
pasión que pueda experimentar un ser educado en medio del exceso de civilización
que París admira.
Al día siguiente, muy de mañana,
Julien estaba en el presbiterio del padre Pirard. En el patio esperaban unos
caballos con una silla desmantelada alquilada en la posta vecina.
-Tal equipo es ahora impropio
-díjole el severo cura, de mal humor-. He aquí veinte mil francos que le regala
el marqués de La Mole; quiere que los gaste usted dentro del año, pero procurando
ponerse en ridículo lo menos posible. (En una suma tan
crecida,
puesta en manos de un joven, el sacerdote sólo veía ocasión de pecar.)
-El marqués añade: «El señor Julien
de La Vernaye habrá recibido este dinero de su padre, a quien es inútil
nombrar de otro modo. El señor de La Vernaye quizá juzgue oportuno hacer un
regalo al señor Sorel, carpintero de Verriéres, que le cuidó durante su
infancia...». Yo podría encargarme de esta parte de la comisión -añadió el
cura-; he logrado al fin que el marqués de La Mole transija con el padre de
Frilair, tan jesuita. Su crédito es positivamente mucho mayor que el nuestro.
El reconocimiento implícito de su alcurnia de usted por este hombre que
gobierna Besancon será una de las condiciones tácitas del arreglo.
Julien no pudo dominar su alegría al
verse reconocido, y abrazó al cura.
-¡Quite usted! -dijo el padre
Pirard, rechazándole-. ¿Qué significa esta vanidad mundana?... En cuanto a
Sorel y a sus hijos, yo les ofreceré, en mi nombre, una pensión anual de
quinientos francos, que se les pagará a cada uno de ellos mientras se porten
bien.
Julien volvía a mostrarse frío y
altanero. Dio las gracias, pero en términos muy vagos y no obligándose a nada.
«¿Será posible -se decía- que yo fuese hijo natural de algún gran señor desterrado
en nuestras montañas por el terrible Napoleón?» Esta suposición le parecía
cada vez menos absurda...
«Mi odio por mi padre sería una
prueba... ¡Entonces ya no sería un monstruo!»
Pocos días después de este monólogo,
el regimiento número 15 de húsares, uno de los más lucidos del ejército, estaba
formado en la plaza de armas de Estrasburgo. El caballero de La Vernaye
montaba el caballo más hermoso de Alsacia, que le había costado seis mil
francos. Poseía el grado de teniente sin haber sido subteniente más que en las
listas de un regimiento del que ni siquiera había oído hablar.
Su aire impasible, sus ojos severos
y casi aviesos, su palidez, su inalterable sangre fría, le crearon una
reputación desde el primer día. Poco después, su cortesía perfecta y mesurada,
su
destreza
en el manejo de la pistola y otras armas, que dio a conocer sin demasiada
afectación, dispersaron toda idea de burlarse de él en voz alta. Después de
cinco o seis días de duda, la opinión general del regimiento se declaró a su
favor. «Este muchacho -decían los viejos oficiales chocarreros- lo tiene todo,
menos juventud.»
Desde Estrasburgo, Julien escribió
al padre Chélan, el antiguo párroco de Verriéres, que ya se encontraba en los
límites extremos de la vejez:
«Seguramente se habrá usted enterado
con alegría de los acontecimientos que han empujado a mi familia a enriquecerme.
Le envío quinientos francos para que los distribuya, sin ruido alguno y sin
hacer mención de mi nombre, entre los desgraciados pobres de ahora, como yo lo
fui en otro tiempo, y a los que sin duda socorrerá usted como antes me socorrió
a mí.»
Julien estaba ebrio de ambición, y
no de vanidad; sin embargo, prestaba gran atención a su apariencia externa.
Sus caballos, sus uniformes, las libreas de sus criados, todo era de una corrección
que hubiera hecho honor a la minuciosidad de un gran señor inglés. Apenas
llevaba dos días de teniente, por concesión, y ya calculaba que para mandar en
jefe a los treinta años, a lo sumo, como todos los grandes generales, era
preciso ser más que teniente a los veintitrés. Sólo pensaba en la gloria y en
su hijo.
En medio de los transportes de la
ambición más desenfrenada, viose sorprendido por un lacayo del palacio de La
Mole portador de un correo.
«Todo está perdido -le escribía
Mathilde-; venga lo antes posible; sible; sacrifíquelo todo, deserte si es
preciso. Apenas llegue, espéreme en un coche de alquiler cerca de la
puertecilla del jardín, en el número... de la calle... Iré a hablarle; quizá
pueda introducirle en el jardín. Todo está perdido, y me temo que sin remedio;
cuente conmigo, que le seré fiel y adicta en la adversidad. dad. Le quiero.»
En pocos minutos Julien consiguió un
permiso del coronel y salió de Estrasburgo a galope tendido; pero la terrible
inquietud que le devoraba no le permitió continuar este modo de viajar más allá
de Metz. Se metió en una silla de posta, y con una rapidez casi increíble
llegó al sitio indicado, cerca de la puertecilla del jardín del palacio de La
Mole. Esta puerta se abrió, y en el acto Mathilde, olvidándose de todo respeto
humano, se precipitó en sus brazos. Afortunadamente, no eran más que las cinco
de la mañana y la calle estaba aún desierta.
-Todo está perdido; mi padre,
temiendo mis lágrimas, se marchó la noche del jueves. ¿Adónde? Nadie lo sabe.
Aquí tiene su carta; lea.
Y se metió en el coche con Julien.
«Podría perdonarlo todo menos el
proyecto de seducirla porque es rica. Ésta es, desgraciada hija, la terrible
realidad. Le doy mi palabra de honor de que no consentiré jamás un matrimonio
con ese hombre. Le asigno diez mil libras de renta si quiere vivir lejos, fuera
de las fronteras de Francia o, mejor aún, en América. Lea la carta que he
recibido en contestación a los informes que había pedido. El desvergonzado me
había propuesto él mismo que escribiese a la señora de Renal. No volveré a leer
ni una línea suya que se refiera a ese hombre. Me horroriza usted y me
horroriza París. La conjuro a guardar el mayor secreto sobre lo que ha de
ocurrir. Renuncie francamente a un hombre vil, y volverá a encontrar un
padre.»
-¿Dónde está la carta de la señora
de Renal? -dijo fríamente Julien.
-Aquí la tiene. No he querido
enseñársela sin prepararle de antemano.
Carta
«Lo
que debo a la causa sagrada de la religión y de la moral me obliga, caballero,
a dar este paso terrible, que me dispongo a llevar a cabo respecto a usted; una
regla, que no puede fallar, me ordena en este momento hacer daño a mi prójimo,
pero es a fin de evitar un escándalo mayor. El dolor que siento debe ser
superado por el sentimiento del deber. Es muy cierto, caballero, la conducta de
la persona sobre quien me pide usted la verdad ha podido parecer inexplicable y
hasta honrada. Quizás alguien ha podido juzgar conveniente ocultar o disfrazar
una parte de la realidad, tanto la prudencia como la religión así lo
aconsejaban. Pero esa conducta que usted quiere conocer ha sido realmente muy
condenable, mucho más de lo que yo puedo decir. Pobre y ambicioso, valiéndose
de la hipocresía más refinada y por medio de la seducción de una mujer débil y
desgraciada, este hombre ha tratado de crearse una posición y ser alguien. Una
parte de mi penoso deber es añadir que creo que el señor S... no tiene ningún
principio de religión. En conciencia, me veo obligada a pensar que uno de los
medios de que se vale para triunfar en una casa es seducir a la mujer que en
ella tenga más crédito. Protegido por una apariencia de desinterés y con frases
de novela, su grande, su único objetivo es llegar a manejar al dueño de la
casa y su fortuna. Tras él deja la desgracia, los remordimientos eternos, etc.,
etc., etc.»
Esta carta, extremadamente larga y
medio borrada por las lágrimas, era, sin duda alguna, de puño y letra de la
señora de Renal; incluso estaba escrita con más cuidado que de costumbre.
-No puedo censurar al marqués de La
Mole -dijo Julien después de leerla-; es justo y prudente. ¿Qué padre querría
entregar a su hija querida a semejante hombre? ¡Adiós!
Julien saltó del coche y corrió a su
silla de posta, que aguardaba al extremo de la calle. Mathilde, a quien
parecía haber olvidado, dio algunos pasos para seguirle; pero las miradas de
los comerciantes, que estaban a las puertas de sus tiendas y que la conocían,
la obligaron a meterse precipitadamente en el jardín.
Julien había partido hacia
Verriéres. En aquel viaje rápido no pudo escribir a Mathilde, como había
proyectado, pues su mano no trazaba en el papel más que rasgos ininteligibles.
Llegó a Verriéres un domingo por la
mañana. Entró en casa del armero del pueblo, que le llenó de felicitaciones por
su reciente fortuna. La noticia corría por la comarca.
Julien tuvo que hacer un gran
esfuerzo para hacerle comprender que quería un par de pistolas. El armero las
cargó, obedeciendo sus órdenes.
Dieron las tres campanadas; es una
señal muy conocida en los pueblos de Francia y que después de los distintos
toques de la mañana anuncia el comienzo inmediato de la misa.
Julien entró en la iglesia de
Verriéres. Todas las ventanas altas del edificio estaban veladas con cortinas
carmesí. Julien se encontró a algunos pasos de distancia del banco de la señora
de Renal. Le pareció que oraba con fervor. La vista de aquella mujer que tanto
le había amado hizo temblar de tal modo el brazo de Julien que le impidió de
momento ejecutar su propósito. «No puedo -se decía a sí mismo-; físicamente, no
puedo.»
En aquel momento, el monaguillo que
ayudaba a misa tocó para anunciar la elevación. La señora de Renal bajó la
cabeza, que quedó casi oculta entre los pliegues de su chal. Julien ya no la
reconocía tan bien; disparó un tiro sobre ella, y no hizo blanco; disparó un
segundo tiro, ella cayó.
Capítulo
36
Detalles
tristes
No esperéis que mi ánimo desfallezca.
Me he vengado.
He merecido la muerte y aquí estoy.
Rogad por mi alma.
SCHILLER
Julien quedó inmóvil, no veía ya
nada. Cuando se rehízo un poco, advirtió que todos los fieles huían de la
iglesia; el sacerdote había abandonado el altar. Julien comenzó a seguir, con
paso lento, a algunas mujeres que se iban gritando. Una mujer que trataba de
huir más deprisa que las demás le empujó violentamente, él cayó al suelo. Sus
pies se enredaron en una silla derribada por el tumulto; al levantarse sintió
que le apretaban el cuello; era un gendarme en uniforme de gala, que le
detenía. Maquinalmente, Julien quiso recurrir a sus pistolas; pero un segundo
gendarme le sujetó los brazos.
Fue conducido a la cárcel. Le
metieron en una habitación, le colocaron las esposas, le dejaron solo, la
puerta se cerró tras él con dos vueltas de llave; todo esto sucedió muy
rápidamente, y él permaneció insensible.
-A fe mía, todo ha terminado -dijo
en voz alta, volviendo en sí-. Dentro de quince días, la guillotina... o
matarse de aquí a entonces.
Su razonamiento no iba más lejos;
sentía como si le apretaran con violencia la cabeza. Miró para ver si alguien
le sujetaba. Después de unos minutos se durmió profundamente.
La señora de Rénal no estaba herida
de muerte. La primera bala atravesó su sombrero; en el momento en que se volvía
sonó el segundo disparo. La bala la había alcanzado en el hombro y, cosa rara,
después de chocar con el hueso, que sin embargo rompió, de rebote fue a dar
contra una columna gótica, de la que arrancó un gran pedazo.
Cuando después de una cura larga y
dolorosa, el cirujano, hombre grave, le dijo a la señora de Renal: «Respondo de
la vida de usted como de la mía», ella sintió una profunda aflicción.
Hacía mucho tiempo que deseaba
sinceramente la muerte; la carta que le había sido impuesta por su confesor y
que había escrito al marqués de La Mole había sido el golpe de gracia para
aquel ser debilitado por una desdicha demasiado constante. Esta desgracia era
la ausencia de Julien; ella la llamaba el remordimiento. El director, joven
eclesiástico, virtuoso y ferviente, recién llegado de Dijon, no se dejaba
engañar.
«Morir así, pero no por mi mano, no
es un pecado -pensaba la señora de Renal-. Dios me perdonará quizá por
alegrarme de mi muerte.»
No se atrevía a añadir: «Y morir por
mano de Julien es el colmo de la felicidad».
Apenas se vio libre de la presencia
del cirujano y de todos los amigos, que acudieron en tropel, mandó llamar a
Elisa, su doncella, y le dijo, ruborizándose:
-El carcelero es un hombre cruel.
Sin duda le maltratará, creyendo con ello serme agradable... No puedo soportar
esta idea. ¿No podría ir y, como cosa suya, darle al carcelero ese paquetito
que contiene algunos luises? Le dirá usted que la religión no permite que le
maltrate... Y, sobre todo, que no vaya a decir ni una palabra de este dinero.
A esta circunstancia de que hablamos
debióse la humanidad del carcelero de Verriéres para con Julien; era aquel
mismo señor Noiroud, prefecto ministerial, al que vimos tan asustado ante la
presencia del señor Appert.
El juez se presentó en la cárcel.
-He asesinado con premeditación -le
dijo Julien-; he comprado y mandado cargar las pistolas en casa de Fulano, el
armero. El artículo 1.342 del Código Penal es claro, merezco la muerte, y la
espero.
El espíritu mezquino del juez,
extrañado ante aquella franqueza, quiso multiplicar las preguntas para
arreglárselas de modo que el acusado se inculpase en sus contestaciones.
-¿Pero no ve usted -le dijo Julien,
sonriendo- que me confieso tan culpable cuanto usted puede desear? Váyase,
caballero; no dejará de conseguir la presa que usted persigue. Tendrá usted el
placer de condenarme. Ahórreme su presencia.
«Me queda un penoso deber que
cumplir -pensó Julien-, tengo que escribir a la señorita de La Mole.»
«Me he vengado -le decía-.
Desgraciadamente, mi nombre aparecerá en los periódicos, y no puedo escapar de
incógnito de este mundo. Le pido perdón por ello. Dentro de dos meses, moriré.
La venganza ha sido atroz, lo mismo que el dolor de verme separado de usted. A
partir de este momento me prohíbo volver a escribirle y pronunciar su nombre.
No hable nunca de mí, ni siquiera a mi hijo: el silencio es la única manera de
honrarme. Para la mayoría de los hombres, yo seré un asesino vulgar... En este
momento supremo, permítame la verdad: usted me olvidará. Esta gran catástrofe,
de la cual le aconsejo no hable nunca a ningún ser viviente, habrá mitigado por
varios años todo lo romántico y excesivamente aventurero de su carácter. Usted
había nacido para vivir con los héroes de la Edad Media; demuestre ahora su
firmeza de carácter. Que lo que ha de ocurrir suceda en secreto y sin
comprometerla. Tomará un nombre falso y no tendrá confidente alguno. Si le es
absolutamente necesario el socorro de un amigo, le recomiendo al padre Pirard.
»No hable de ello a nadie más, sobre
todo no lo haga con las gentes de su clase: los de Luz, los Caylus...
»Un año después de mi muerte, cásese
con el señor de Croisenois; se lo ruego y se lo ordeno como esposo. No me
escriba; no le contestaría. Mucho menos malo que Yago, según creo, diré como
él: From this time forth I never will speak word. (Desde este momento no
hablaré palabra.)
»No me verán hablar ni escribir,
suyas habrán sido mis últimas palabras, lo mismo que mis últimos pensamientos.
-J. S.»
Fue después de enviar esta carta
cuando Julien, algo rehecho, se sintió por primera vez muy desgraciado. Cada
una de las
esperanzas
de la ambición tuvo que ser arrancada de su corazón por esta horrible palabra:
«moriré, he de morir». La muerte, en sí, no era horrible a sus ojos. Toda su
vida no había sido más que una larga preparación para la desgracia, y no se
había olvidado de la que pasa por ser la mayor de todas.
«¡Cómo! -se decía-, si dentro de
sesenta días tuviera que batirme en duelo con un hombre verdaderamente diestro
con las armas, ¿tendría la debilidad de estar pensando en ello sin cesar, y con
el terror en el alma?»
Pasó más de una hora tratando de
sincerarse consigo mismo bajo este aspecto.
Cuando hubo visto en su alma y
apareció la verdad ante sus ojos, tan distintamente como una de las columnas de
su celda, pensó en el remordimiento.
«¿Y por qué habría de tenerlo? He
sido ofendido de un modo atroz; he matado, merezco la muerte, pero esto es
todo. Muero después de haber saldado mis cuentas con la humanidad. No dejo
ninguna obligación sin cumplir, no debo nada a nadie; mi muerte no tiene de
vergonzoso más que el instrumento; es verdad que esto basta y sobra para mi
vergüenza ante los ojos de los burgueses de Verriéres; pero ¿habrá nada más
insignificante, intelectualmente considerado? Y aún me queda un medio de hacerme
valer a sus ojos: es echar monedas de oro al populacho cuando me dirija al
cadalso. Mi recuerdo, unido a la idea del oro, será para ellos algo
resplandeciente.»
Después de este razonamiento, que al
cabo de un minuto le pareció evidente, Julien se dijo: «No tengo ya nada más
que hacer en el mundo». Y se durmió profundamente.
Hacia las nueve de la noche, el
carcelero le despertó, llevándole la cena.
-¿Qué se dice en Verriéres?
-Señor Julien, el juramento prestado
ante el crucifijo el día en que tomé posesión de mi destino me obliga al
silencio.
Se calló, pero no se marchaba.
Aquella hipocresía vulgar divirtió a Julien. «Es preciso -pensó- que le haga
esperar largo rato los cinco francos que desea para venderme su conciencia.»
Cuando el carcelero vio que la
comida estaba terminando, sin intento de seducción, dijo con aire falso y
meloso:
-La amistad que siento por usted,
señor Julien, me obliga a hablar, aunque digan que el hacerlo vaya en contra
del interés de la justicia, porque lo que le he de decir puede servirle para
preparar su defensa... El señor Julien, que es un buen muchacho, se alegrará
mucho cuando yo le diga que la señora de Renal está mejor.
-¡Cómo! ¿No ha muerto? -exclamó
Julien, levantándose fuera de sí.
-Pero, ¿no sabía usted nada? -dijo
el carcelero con aire estúpido, que a poco convirtiose en avaricia
satisfecha-. Justo será que el señor dé algo al cirujano, que, según la ley y
la justicia, no debía hablar. Pero, por complacer al señor, he ido a su casa, y
él me lo ha contado todo...
-¿Luego la herida no es mortal? -le
dijo Julien, impaciente-, ¿me respondes de ello con tu vida?
El carcelero, gigante de seis pies
de estatura, sintió miedo y se retiró hacia la puerta. Julien comprendió que
iba por mal camino para saber la verdad, se sentó de nuevo y arrojó un
napoleón al señor Noiroud.
A medida que el relato de aquel
hombre demostraba a Julien que la herida de la señora de Renal no era mortal,
éste sentía que las lágrimas lo invadían.
-¡Váyase! -dijo bruscamente.
El carcelero obedeció. Apenas había
cerrado la puerta, exclamó Julien:
-¡Dios mío! ¡No está muerta!
Y cayó de rodillas derramando
ardientes lágrimas.
En aquel momento supremo era un
creyente. ¿Qué importan las hipocresías de los curas? ¿Pueden quitarle algo a
la verdad y a la sublimidad de la idea de Dios?
Solamente entonces empezó Julien a
arrepentirse del crimen cometido. Por una coincidencia que le evitó la
desesperación, en aquel mismo instante acababa de disiparse el estado de irritación
física y casi de locura en que estuvo sumido desde que salió de París para
dirigirse a Verrieres.
Sus lágrimas tenían un origen
generoso, pues no le cabía duda alguna respecto a la suerte que le esperaba.
«¡De modo que vivirá! -se decía-.
Vivirá para perdonarme y para amarme...»
Al día siguiente, ya muy tarde, el
carcelero le dijo al despertarle:
-Debe usted de tener un corazón
admirable, señor Julien. He venido dos veces y no he querido despertarle. Aquí
tiene usted dos botellas de un vino excelente que le envía el padre Maslon,
nuestro párroco.
-¿Cómo? ¿Está aún aquí ese bribón?
-respondió Julien.
-Sí, señor -respondió el carcelero
bajando la voz-, pero no hable tan alto, eso podría perjudicarle.
Julien se rió de buena gana.
-Al extremo a que he llegado, amigo
mío, sólo podría perjudicarme el que usted dejase de ser afectuoso y humano...
Pero será usted bien pagado -continuó Julien, interrumpiéndose y volviendo a
tomar un aire altanero.
Este aire fue justificado al
instante dándole una moneda.
El señor Noiroud contó nuevamente,
con gran lujo de detalles, todo lo que sabía de la señora de Renal; pero no
dijo una palabra de la visita de Elisa.
Aquel hombre era tan bajo y sumiso
como el que más. Una idea cruzó por la mente de Julien: «Esta especie de
gigante deforme debe de ganar tres o cuatrocientos francos, pues esta cárcel
no es muy frecuentada; yo puedo asegurarle diez mil francos si quiere huir
conmigo a Suiza... La dificultad consistirá en convencerle de mi buena fe». La
idea del largo coloquio que debería entablar con un ser tan vil produjo asco a
Julien, y procuró pensar en otra cosa.
Por la noche ya no hubo tiempo. Una
silla de posta llegó a medianoche para llevárselo. Quedó muy contento de los
gendarmes que le acompañaron durante el viaje. Por la mañana, cuando llegó a
la cárcel de Besancon, tuvieron la amabilidad de alojarle en el piso superior
de un torreón gótico. Observó la arquitectura de comienzos del siglo XIV;
admiró su gracia y ligereza. Por una estrecha abertura entre dos muros, y más
allá de un patio profundo, se ofrecía un panorama soberbio.
Al día siguiente hubo un
interrogatorio, después del cual le dejaron tranquilo unos cuantos días. Su
alma estaba serena. Veía su caso de una gran simplicidad: «He intentado matar,
merezco la muerte».
Su pensamiento no se detuvo ya más
en este razonamiento. El juicio, el enojo de aparecer en público, la defensa,
consideraba todo esto como molestias ligeras, como ceremonias enojosas, en las
que ya pensaría cuando llegase el caso. Tampoco se detenía a pensar en el
momento de la muerte: «Ya pensaré en ello después del juicio». La vida no le
resultaba aburrida; consideraba todas las cosas desde un nuevo aspecto, ya no
tenía ambición alguna. Pensaba raras veces en la señorita de La Mole. Los
remordimientos le aquejaban a menudo y le presentaban con mucha frecuencia la
imagen de la señora de Renal, sobre todo en el silencio de la noche, sólo
interrumpido, en aquel torreón elevado, por el graznido del pigargo.
Daba gracias al cielo por no haberla
herido mortalmente. «¡Qué cosa más sorprendente! -se decía-. Yo creía que con
su carta al marqués de La Mole había destruido para siempre mi felicidad
venidera, y, menos de quince días después de la fecha de aquella carta, no
pienso en nada de lo que me absorbía entonces... Dos o tres mil libras de
renta para vivir tranquilo en una región de montaña como Vergy... Entonces era
feliz... ¡No era consciente de mi felicidad!»
En otros momentos se levantaba de la
silla, sobresaltado. «Si hubiese herido mortalmente a la señora de Rénal, me
habría matado... Necesito convencerme de esto para no horrorizarme a mí mismo.
»¡Matarme! Ésta es la gran cuestión
-se decía-. Estos jueces tan formalistas, tan encarnizados para con el pobre
acusado, que harían colgar al mejor ciudadano por prenderse una cruz...
Escaparía a su dominio, a sus insultos en mal francés, que el periódico del
departamento calificaría de elocuencia...
»Puedo vivir aún cinco o seis
semanas, poco más o menos... ¡Matarme! De ninguna manera -se dijo después de
algunos días-, Napoleón vivió...
»Además, la vida me resulta
agradable; aquí estoy tranquilo; no hay gentes fastidiosas -añadió, riendo, y
se puso a redactar una lista de los libros que pensaba encargar a París.
Capítulo
37
Un
torreón
La tumba de un amigo.
STERNE
Oyó un gran ruido en el corredor;
aquélla no era la hora en que solían subir a su celda; el pigargo levantó el
vuelo gritando, la puerta se abrió, y el venerable padre Chélan, temblando,
apoyado en el bastón, arrojose en sus brazos:
-¡Dios santo! ¿Es posible, hijo
mío?... ¡Monstruo!, debería decir.
Y el buen anciano no pudo añadir una
palabra más. Julien temió que se cayese. Se vio obligado a acompañarle hasta
una silla. La mano del tiempo se había ensañado con aquel hombre, antes tan
enérgico. A Julien le pareció ya sólo la sombra de sí mismo.
Cuando recobró el aliento, dijo:
-Anteayer mismo recibí su carta de
Estrasburgo, con los quinientos francos para los pobres de Verriéres; me la
llevaron a Liveru, a la montaña, donde vivo retirado en casa de mi sobrino
Jean. Ayer me enteré de la catástrofe... ¡Cielos! ¿Es posible?
Y el viejo ya no lloraba, parecía
privado de la facultad de pensar, y añadió maquinalmente:
-Necesitará los quinientos francos;
se los he traído.
-Necesito verle a usted, padre
-exclamó Julien, enternecido-. Tengo dinero de sobra.
Pero ya no pudo obtener ninguna
respuesta acorde. De vez en cuando, el padre Chélan vertía algunas lágrimas,
que se deslizaban silenciosamente por sus mejillas; luego miraba a Julien, y
quedaba como aturdido al ver que éste le cogía las manos y se las llevaba a los
labios. Aquellos rasgos, antes tan llenos de vida y que reflejaban tan
enérgicamente los más nobles sentimientos, no salían de su apatía. Una especie
de campesino vino poco después a buscar al anciano.
-No hay que cansarle ni hacerle
hablar demasiado -le dijo a Julien, quien comprendió que se trataba del
sobrino.
Aquella aparición dejó a Julien
sumido en una tristeza cruel que ahuyentaba las lágrimas. Todo le parecía
triste y sin consuelo; sentía que el corazón se le helaba en el pecho.
Aquellos
minutos fueron los más crueles que sufriera desde el crimen. Acababa de ver la
muerte en toda su fealdad. Todas las ilusiones de grandeza de alma y
generosidad se habían disipado como una nube ante la tempestad.
Tan angustiosa situación duró varias
horas. Después de un envenenamiento moral, se necesitan remedios físicos y
vino de Champagne. Julien se hubiera considerado un cobarde recurriendo a
ellos. Al final de un día horrible, que pasó por entero paseándose por su
estrecho torreón, exclamó: «¡Sí, estaré loco! La vista de este pobre viejo
hubiera podido sumirme en el estado de horrible tristeza en que estoy si yo
fuera a morir como otro cualquiera; pero la muerte rápida y en la flor de la
edad me pone precisamente en la imposibilidad de llegar a esa triste
decrepitud».
Por más razonamientos que se
hiciera, Julien quedó emocionado como cualquier ser pusilánime, y, por
consiguiente, entristecido con aquella visita.
Ya no había nada bravío ni grandioso
en él, nada de virtud romana; la muerte se le aparecía a una mayor altura y
como cosa menos fácil.
«Éste será mi termómetro -se dijo-.
Esta noche estoy diez grados por debajo del valor que me pone al nivel de la
guillotina. Esta mañana tenía este valor. Pero, por lo demás, ¿qué importa? Con
tal de que lo vuelva a tener en el momento necesario.» Esta idea del termómetro
le divirtió y por fin consiguió distraerle.
Al día siguiente, al despertar,
sintió la vergüenza del día anterior. «Mi felicidad, mi tranquilidad están en
juego.» Casi estuvo decidido a escribir al procurador general para pedirle que
no permitiesen que nadie le visitara. «¿Y Fouqué? -pensó-. Si se decide a
venir a Besancon, ¡cuál no sería su pena!»
Hacía quizá dos meses que no había
pensado en Fouqué. «Qué majadero era yo en Estrasburgo; mi pensamiento no iba
más allá del cuello de mi uniforme.» El recuerdo de Fouqué le absorbió durante
mucho tiempo y le dejó muy enternecido. Se paseaba con agitación.
«Decididamente, estoy a veinte grados bajo el nivel de la muerte... Si esta
debilidad va en aumento, más me valdría matarme. ¡Qué alegría para los padres
Maslon y para los Valenod si yo muriese como un fanfarrón!»
Fouqué llegó; aquel hombre sencillo
y bueno estaba loco de dolor. Su única idea, si tenía alguna, era vender toda
su hacienda para sobornar al carcelero y hacer que Julien se fugase. Le habló
largo rato de la evasión del señor de Lavalette.
-Me das pena -le dijo Julien-; el
señor de Lavalette era inocente, yo soy culpable. Sin querer, me haces pensar
en la diferencia... Pero, ¿de veras venderías toda tu hacienda? -dijo Julien,
volviendo a ser el hombre observador y desconfiado.
Fouqué, encantado de ver que por fin
su amigo respondía a su idea dominante, le detalló con minuciosidad, cien
francos más o menos, lo que podría sacar de cada una de sus propiedades.
«¡Qué sublime abnegación en un
propietario rural! -pensó Julien-. ¡Cuántas economías, cuántas pequeñas
tacañerías, que me causaban sonrojo cuando las presenciaba, sacrificaría por
mí! Ninguno de los jóvenes que he visto en el palacio de La Mole, y que leen
René, cometería seguramente ninguna de estas ridiculeces; pero, exceptuando
los muy jóvenes y que además son ricos por herencia y desconocen el valor del
dinero, ¿cuál de esos lindos parisienses sería capaz de semejante sacrificio?»
Todas las faltas de lenguaje, todos
los gestos vulgares de Fouqué desaparecieron; Julien se arrojó en sus brazos.
Nunca la provincia, al ser comparada con París, ha recibido un homenaje más
valioso. Fouqué, contento con el rapto de entusiasmo que veía en los ojos de su
amigo, lo interpretó como un consentimiento a la fuga.
La contemplación de lo sublime
devolvió a Julien toda la fuerza que le quitara la aparición del padre Chélan.
Era todavía muy joven; pero, a mi parecer, de buena cepa. En lugar de marchar
de lo sentimental a la astucia, como la mayoría de los hombres, la edad le
hubiera dado la bondad inclinada al enternecimiento y se habría curado de su
loca desconfianza... Pero, ¿a qué vienen estas vanas predicciones?
Los interrogatorios eran cada vez
más frecuentes, a pesar de los esfuerzos de Julien, cuyas respuestas tendían a
abreviar el asunto:
-He matado, o por lo menos he
querido matar, con premeditación -respondía diariamente.
Pero el juez era, ante todo,
formalista. Las declaraciones de Julien no abreviaban en modo alguno los
interrogatorios; el amor propio del juez se picó. Julien no se enteró de que
habían querido trasladarle a un calabozo horrible, y que sólo gracias a las
gestiones de Fouqué le dejaban permanecer en su linda habitación a ciento
ochenta escalones.
El padre de Frilair era uno de los
hombres importantes que se proveían de leña en casa de Fouqué. El buen
comerciante llegó hasta el todopoderoso vicario mayor. Con gran alegría por su
parte, se enteró de que el padre de Frilair, interesado por las buenas
cualidades de Julien y por los servicios que antaño prestara al seminario,
pensaba recomendarle a los jueces. Fouqué entrevió la esperanza de salvar a su
amigo, y al salir, prosternándose hasta el suelo, rogó al vicario que
distribuyera en misas, para implorar la absolución del acusado, la suma de
diez luises.
Fouqué se equivocaba por completo.
El padre de Frilair no era un Valenod. Se negó a aceptar, e incluso trató de
que el buen campesino comprendiese que lo mejor que podía hacer era guardar su
dinero. Viendo que era imposible ser claro, sin cometer una imprudencia, le
aconsejó que diera aquella cantidad como limosna para los pobres presos, que en
realidad carecían de todo.
«Este Julien es un ser extraño, su
acto es inexplicable -pensaba el padre de Frilair-, y nada debe serlo para
mí... Quizá sea posible convertirle en un mártir... En todo caso, yo sabré el
fin del asunto, y quizás encuentre ocasión de meter miedo a esa señora de
Rénal, que no nos estima demasiado, y a mí, en el fondo, me detesta... Quizá
pueda hallar en todo esto un medio de reconciliarme públicamente con el
marqués de La Mole, que tiene debilidad por este pequeño seminarista.»
La transacción del pleito se había
firmado unas semanas antes, y el padre Pirard se había marchado de Besancon,
no sin antes haber hablado del misterioso nacimiento de Julien, el mismo día
en que el desgraciado trataba de asesinar a la señora de Rénal en la iglesia de
Verriéres.
Julien sólo veía un acontecimiento
desagradable entre él y la muerte; era la visita de su padre. Consultó a Fouqué
sobre la idea de escribir al procurador general para que le dispensaran de toda
visita. Aquel horror de ver a su padre, y en tal momento, extrañó sobremanera
al corazón honrado y burgués del comerciante en maderas.
Creyó comprender por qué había tanta
gente que odiaba apasionadamente a su amigo. Por respeto a la desgracia,
ocultó su manera de sentir.
-En todo caso -le respondió
fríamente-, esta orden de secreto no se aplicaría a tu padre.
Capítulo
38
Un
hombre poderoso
¡Pero hay tanto misterio en sus
andanzas
y tanta elegancia en su talle! ¿Quién
será ella?
SCHILLER
Las
puertas del torreón abriéronse muy temprano al día siguiente. Julien despertó
sobresaltado.
«¡Ay, Dios mío, aquí está mi padre!
-pensó-. ¡Qué escena más desagradable!»
En el mismo momento, una mujer
vestida de campesina se arrojó en sus brazos; le costó mucho trabajo
reconocerla. Era la señorita de La Mole.
-Malo, hasta no recibir tu carta no
sabía dónde estabas. Lo que tú llamas tu crimen, y que no es sino una noble
venganza que me demuestra toda la grandeza del corazón que late en tu pecho,
no lo supe hasta llegar a Verriéres...
A pesar de sus prevenciones contra
la señorita de La Mole, que por lo demás no se confesaba claramente a sí mismo,
Julien la encontró muy bonita. ¿Cómo no ver en toda aquella manera de hablar y
de obrar un sentimiento noble, desinteresado, muy por encima de lo que hubiera
osado un alma pequeña y vulgar? De nuevo creyó amar a una reina y, después de
unos minutos, dijo, con una rara nobleza de elocución y de pensamiento:
-Su porvenir, Mathilde, se
presentaba muy claro a mis ojos. Después de mi muerte se casaría con el señor
de Croisenois, que se habría casado con una viuda. El alma noble, pero un poco
novelesca de esta viuda adorable, asombrada y convertida al culto de la
prudencia vulgar por un acontecimiento especial, trágico y grande para ella, se
hubiera dignado comprender el verdadero mérito del joven marqués. Se hubiera
resignado a ser
feliz,
con la felicidad de todo el mundo: la consideración, las riquezas, la elevada
jerarquía... Pero, Mathilde querida, si se sospecha su venida a Besancon, esto
será un golpe mortal para el marqués de La Mole, y he aquí lo que no me
perdonaré nunca. ¡Le he causado ya tanta pena! El académico va a decir que ha
albergado una serpiente en su seno.
-¡Confieso que no esperaba tan frío
razonamiento, y tanta preocupación por el porvenir! -dijo la señorita de La
Mole, medio enojada-. Mi doncella, casi tan prudente como usted, ha sacado un
pasaporte para ella, y he hecho mi viaje bajo el nombre de señora Michelet.
-¿Y la señora Michelet ha podido
llegar hasta aquí con tanta facilidad?
-¡Ah! ¡Sigues siendo el hombre
superior al que yo he distinguido! Primero he ofrecido cien francos a un
secretario del juez, que pretendía que mi entrada en este torreón era
imposible. Pero una vez recibido el dinero, el tal hombre honesto me ha hecho
esperar, ha puesto dificultades, he pensado que tenía intención de robarme...
-Mathilde se detuvo.
-¿Y qué más? -dijo Julien.
-No te enfades, mi querido Julien
-le dijo, besándole-, me he visto obligada a dar mi nombre a ese secretario,
que me tomaba por una modistilla de París enamorada del guapo Julien... Éstas
han sido sus palabras. Le he jurado que era tu mujer, y me dará un permiso para
verte a diario.
«La locura es completa -pensó
Julien-, no he podido impedirla. Después de todo, el marqués de La Mole es tan
gran señor, que la opinión encontrará siempre una excusa para el joven coronel
que se case con esta encantadora viuda. Mi cercana muerte lo tapará todo...» Y
se entregó con delicia al amor de Mathilde; aquello era locura, grandeza de
alma, todo lo que exista de más singular. Ella le propuso seriamente suicidarse
con él.
Después de estos primeros arrebatos,
y cuando Mathilde se hubo saciado de la dicha de ver a Julien, una viva
curiosidad se apoderó súbitamente de su alma. Examinaba a su amante, a quien
encontraba muy por encima de lo que se había imaginado. Le parecía un Boniface
de La Mole resucitado, pero más heroico.
Mathilde visitó a los principales
abogados de la región, a los que ofendió ofreciéndoles dinero con demasiada
crudeza; pero acabaron por aceptar.
Pronto llegó Mathilde a la
conclusión de que, en materia de cosas dudosas y de gran envergadura, todo
dependía, en Besancon, del padre de Frilair.
Bajo el nombre oscuro de la señora
Michelet, tropezó en un primer momento con invencibles dificultades para llegar
al poderoso congregacionista. Pero el rumor de la belleza de una joven
modista, loca de amor, y llegada de París a Besancon para consolar al joven
clérigo Sorel, se difundió rápidamente por la ciudad.
Mathilde recorría a pie, sola, las
calles de Besancon, esperando no ser reconocida. De todos modos no creía que
fuera inútil a su causa el producir una gran impresión en el pueblo. Su locura
pensaba en lograr que se sublevase para salvar a Julien cuando fuera conducido
al cadalso. La señorita de La Mole creía que iba ataviada sencillamente, tal
como conviene a una mujer afligida; su porte atraía todas las miradas.
Era el blanco de la atención general
en Besangon cuando, después de ocho días de solicitarla, obtuvo una audiencia
del padre de F rilair.
Por mucho que fuese su valor, las
ideas de congregante influyente y de maldad cauta y profunda aparecían de tal
modo ligadas en su espíritu, que tembló al llamar a la puerta del obispado.
Apenas podía andar cuando tuvo que subir la escalera que conducía a las
habitaciones del vicario mayor. La soledad del palacio episcopal le producía
frío. «Puede que me siente en un sillón, y este sillón me coja los brazos y me
haga desaparecer. ¿A quién podrá reclamarme mi doncella? El capitán de los
gendarmes se guardará muy bien de hacer nada... ¡Me encuentro aislada en esta
gran ciudad!»
Su primera ojeada por la habitación
la tranquilizó. En primer lugar, le había abierto la puerta un lacayo que
ostentaba una librea muy elegante. El salón donde la hicieron esperar reflejaba
ese lujo fino y delicado, tan diferente de la magnificencia grosera, y que, en
París, sólo se encuentra en las mejores casas. En cuanto vio al padre de
Frilair, que se acercaba a ella con aire paternal, desaparecieron todas sus
ideas de crímenes atroces. Ni siquiera encontró en aquel hermoso rostro el
sello de esa virtud enérgica y un tanto salvaje, tan antipática a la sociedad
de París. La sonrisa casi imperceptible, que animaba los rasgos del sacerdote
dueño de todo Besancon, denunciaba al hombre de buena sociedad, al prelado instruido,
al administrador hábil. Mathilde se creyó en París.
Pocos minutos necesitó el padre de
Frilair para lograr que Mathilde le confesara que era la hija de su poderoso
enemigo, el marqués de La Mole.
-En efecto, no soy la señora
Michelet -dijo ella, recobrando toda la altivez de su actitud-, y esta
confesión me cuesta poco trabajo, pues vengo a consultaros, señor, acerca de la
posibilidad de procurar la evasión del señor de La Vernaye. En primer lugar,
no es culpable sino de aturdimiento; la mujer sobre la cual ha disparado está
ya bien. En segundo lugar, para convencer a los subalternos, puedo disponer
inmediatamente de cincuenta mil francos y comprometerme a añadir el doble.
Finalmente, mi reconocimiento y el de mi familia no hallará nada imposible
para quien salve al señor de La Vernaye.
El padre de Frilair pareció
asombrado al oír este nombre. Mathilde le mostró varias cartas del ministro de
la Guerra, dirigidas al caballero Julien Sorel de La Vernaye.
-Ya veis, señor, que mi padre se
encargaba de su fortuna. Me casé con él en secreto; mi padre quería que fuera
un oficial de categoría antes de publicar este matrimonio, un poco singular
para una La Mole.
Mathilde observó que la expresión de
bondad y de dulce alegría se desvanecía rápidamente a medida que el padre de
Frilair iba haciendo descubrimientos importantes. Su rostro reflejó cierta
sagacidad mezclada de profunda hipocresía.
El
cura tenía sus dudas, releía con calma los documentos oficiales.
«¿Qué partido puedo sacar de estas
singulares confidencias? -se decía-. Heme aquí, de pronto, en íntima relación
con una amiga de la célebre mariscala de Fervaques, sobrina todopoderosa de
monseñor el obispo de..., por cuya mediación se llega a obispo en Francia. Lo
que yo veía tan alejado en el porvenir se presenta de improviso. Esto puede
conducirme a la realización de todos mis deseos.»
Al principio, Mathilde se asustó del
rápido cambio en la fisonomía de aquel hombre tan influyente, con el cual se
encontraba sola en un aposento apartado. Pero pronto díjose a sí misma: «¡Bah!
¿No hubiera sido peor no causar impresión alguna en el frío egoísmo de un
hombre harto de poder y de satisfacciones?».
Deslumbrado por aquel camino rápido
e imprevisto que se abría ante sus ojos para llegar al episcopado, asombrado
ante el talento de Mathilde, el padre de Frilair perdió momentáneamente el
dominio de sí mismo. La señorita de La Mole casi le vio a sus pies, con tal
ambición y vivacidad, que parecía que iba a darle un temblor nervioso.
«Todo se aclara -pensó ella-, nada
le será imposible aquí a la amiga de la señora de Fervaques.» A pesar de un
sentimiento de celos, todavía muy doloroso, tuvo valor para explicar que Julien
era amigo íntimo de la mariscala y que se encontraba casi todos los días en su
casa con el obispo de...
-Aunque se echara a suertes, cuatro
o cinco veces seguidas, una lista de treinta y seis jurados entre los notables
de este departamento -dijo el vicario general con la mirada aviesa de la
ambición y recalcando las palabras-, me consideraría muy poco afortunado si en
cada una de las listas no contara con ocho o diez amigos, y de los más
inteligentes del conjunto. Casi siempre podría tener mayoría, y más que
mayoría, para condenar; vea usted, señorita, con cuánta facilidad puedo hacer
absolver...
El clérigo se paró en seco, como
asustado de sus propias palabras; estaba confesando cosas que nunca se dicen a
los profanos.
Pero a su vez dejó estupefacta a
Mathilde cuando le dijo que lo que asombraba e interesaba sobre todo a la
sociedad de Besancon en la rara aventura de Julien, era que en otros tiempos
había inspirado una gran pasión a la señora de Rénal, y que la había compartido
durante una larga temporada. El padre de Frilair advirtió fácilmente la
turbación extrema que producía su relato.
«¡Tengo mi desquite! -pensó-. He
encontrado por fin el medio de manejar a esta personita tan decidida; temía no
llegar a conseguirlo.» El aire distinguido y poco fácil de dominar redoblaba a
sus ojos el encanto de la rara belleza, que veía casi suplicante ante él.
Recobró toda su sangre fría y no vaciló en revolver el puñal en su corazón.
-No me sorprendería nada, después de
todo -prosiguió, sin darle importancia-, que nos dijeran que habían sido los
celos el móvil que impulsara a Sorel a disparar dos tiros contra esa mujer,
tan amada antes. Ella no deja de ser muy atractiva, y de un tiempo a esta parte
veía con mucha frecuencia a cierto padre Marquinot, de Dijon, especie de
jansenista, sin moral, como todos ellos.
El padre de Frilair torturó
voluptuosamente y a su placer el corazón de aquella linda joven, cuya cuerda
sensible había descubierto.
-¿Por qué -decía fijando una mirada
ardiente sobre Mathilde- habría elegido Sorel la iglesia, si no era porque
precisamente en aquel momento su rival estaba celebrando la misa? Todo el
mundo atribuye mucho talento, y aún mayor prudencia, al hombre afortunado a
quien usted protege. ¿Había nada más sencillo que esconderse en los jardines
del señor de Rénal, que él conoce tan bien? Allí, con la casi seguridad de no
ser visto, ni cogido, ni sospechoso, podía haber dado muerte a la mujer de
quien estaba celoso.
Aquel razonamiento, tan sensato en
apariencia, acabó de poner a Mathilde fuera de sí. Aquella dama altiva, pero
saturada de esa prudencia áspera, que pasa en el gran mundo por la fiel expresión
del corazón humano, no estaba hecha para comprender rápidamente el placer de
burlarse de toda prudencia, que puede ser tan vivo para un alma ardiente. En
las altas esferas de la sociedad de París, donde Mathilde había vivido, la
pasión rara vez puede prescindir de la prudencia, y es desde el quinto piso desde
donde se tiran por la ventana.
Finalmente, el padre de Frilair
quedó convencido de su ventajosa posición. Dio a entender a Mathilde (sin duda
mentía) que podía disponer a su antojo del ministerio público, encargado de
sostener la acusación contra Julien.
Después de que la suerte designara
los treinta y seis jurados de la sesión, realizaría una gestión personal y
directa con treinta de ellos, por lo menos.
Si Mathilde no le hubiera parecido
tan bonita al padre de Frilair, éste no le hubiera hablado con tanta claridad
hasta la quinta o la sexta entrevista.
Capítulo
39
La
intriga
Castres, 1676. –
Un hombre acaba de asesinar a su
hermana
en una casa vecina a la mía; este
caballero
era ya culpable de un asesinato. Su
padre,
haciendo distribuir en secreto
quinientos
escudos a los consejeros, le ha
salvado
la vida.
LOCKE (Viaje a Francia)
Al
salir del obispado, Mathilde no vaciló en enviar un correo a la señora de
Fervaques; el temor de comprometerse no la detuvo ni un segundo. Conjuraba a su
rival a que consiguiese una carta para el padre de Frilair, escrita de puño y
letra de monseñor el obispo de... Llegaba hasta a suplicarle que acudiese ella
misma a Besancon. Éste fue un rasgo heroico por parte de un alma celosa y
altiva.
Siguiendo el consejo de Fouqué,
había tenido la prudencia de no hablarle de sus gestiones a Julien. Ya le
turbaba bastante su presencia sin esto. Más honrado al acercarse a la muerte de
lo que lo fuera durante su vida, sentía remordimientos, no sólo respecto al
marqués de La Mole, sino también respecto a Mathilde.
«¡Hay que ver! -se decía-, encuentro
a su lado momentos de distracción, e incluso, a veces, fastidio. Se pierde por
mí, ¡y es así como yo la recompenso! ¿Seré acaso un malvado?» Esta pregunta
hubiérale preocupado muy poco cuando era ambicioso; entonces, no lograr lo que
se proponía era la única vergüenza para él.
Su malestar moral, junto a Mathilde,
era tanto más acusado, por cuanto que él le inspiraba en aquel momento la
pasión más extraordinaria y más loca. Sólo hablaba de los sacrificios extravagantes
que quería hacer por salvarle.
Exaltada por un sentimiento del que
estaba orgullosa y que predominaba sobre toda su altivez, hubiera querido no
dejar pasar un solo instante de su vida sin emplearlo en algún intento
extraordinario. Los proyectos más raros, los más peligrosos para ella llenaban
sus largas conversaciones con Julien. Los guardianes, bien pagados, la dejaban
reinar en la prisión. Las ideas de Mathilde no se limitaban al sacrificio de su
reputación; tampoco le importaba que toda la sociedad conociera su estado.
Echarse de rodillas para pedir el indulto de Julien ante el coche del rey
cuando iba al galope, llamar la atención del príncipe, a riesgo de ser
aplastada mil veces, era una de las menores locuras con que soñaba aquella
imaginación exaltada y valerosa. Contaba con sus amigos de la corte para ser
admitida en las zonas reservadas del parque de Saint-Cloud.
Julien se creía poco digno de tanta
abnegación, a decir verdad estaba cansado de heroísmo. Hubiera sido sensible a
una ternura sencilla, ingenua y casi tímida, mientras que, por el contrario,
el alma orgullosa de Mathilde necesitaba siempre la idea de un público y de los
demás.
En medio de todas sus angustias, de
todos sus temores por la vida de aquel amante, al que no quería sobrevivir,
Julien advertía que ella sentía una necesidad secreta de asombrar al público
por el exceso de su amor y la sublimidad de sus empresas.
Julien
se ponía de mal humor al ver que no le conmovía todo aquel heroísmo. ¿Qué le
hubiera sucedido, de haber conocido todas las locuras con que Mathilde abrumaba
al espíritu abnegado, pero eminentemente razonable y limitado, del bueno de
Fouqué?
Éste no sabía muy bien qué censurar
en la abnegación de Mathilde; pues él también hubiese sacrificado toda su
fortuna y expuesto su vida a los mayores peligros para salvar la de Julien.
Estaba estupefacto ante la cantidad de oro que Mathilde tiraba. Los primeros
días, las cantidades así derrochadas llegaron a impresionarle, pues tenía por
el dinero toda la veneración de un provinciano.
Finalmente, descubrió que los
proyectos de la señorita de La Mole variaban a menudo y, con gran alivio por su
parte, halló una palabra para censurar aquel carácter que le resultaba tan
fatigoso: era voluble. De este epíteto al de mala cabeza, el mayor anatema en
provincias, no hay más que un paso.
«Es raro -decíase Julien un día,
cuando Mathilde acababa de salir de la cárcel- que una pasión tan viva y de la
cual soy objeto me deje tan insensible. ¡Y yo la adoraba hace dos meses! Ya había
yo leído que la proximidad de la muerte hace que todo pierda interés; pero es
horrible sentirse ingrato y no poder cambiar. ¿Seré acaso un egoísta?» Y con
este motivo se hacía los reproches más humillantes.
La ambición había muerto en su
interior, otra pasión había surgido de sus cenizas, él la llamaba el
remordimiento por haber asesinado a la señora de Renal.
En realidad, estaba perdidamente
enamorado de ella. Encontraba una dicha singular cuando, hallándose
completamente solo y sin temor a ser interrumpido, podía entregarse por entero
al recuerdo de los días felices pasados antaño en Verriéres o en Vergy. Los
menores incidentes de aquellos tiempos, que tan rápidamente volaron, tenían
para él una frescura y un encanto irresistibles. Nunca pensaba en sus éxitos de
París; le resultaban enojosos.
Esta disposición de espíritu, que
aumentaba con rapidez, fue adivinada en parte por los celos de Mathilde. Se
daba muy bien cuenta de que tenía que luchar contra el amor de la soledad. Alguna
vez pronunciaba con terror el nombre de la señora de Renal. Veía a Julien
estremecerse. A partir de entonces su pasión no tuvo ya límites ni medida.
«Si muere, muero después de él -se
decía con toda la buena fe posible-. ¿Qué dirían los salones de París si vieran
a una joven de mi alcurnia adorar hasta tal punto a un amante condenado a
muerte? Para hallar tales sentimientos hay que remontarse a la época de los
héroes; amores de este género eran los que hacían palpitar los corazones del
siglo de Carlos IX y Enrique III.»
En medio de los arrebatos más vivos,
cuando apretaba contra su corazón la cabeza de Julien, se decía con horror:
«¿Es posible que esta cabeza
encantadora esté destinada a caer? ¡Pues bien! -añadía, inflamada de un
heroísmo no exento
de
placer-, mis labios, que ahora besan apasionadamente estos lindos cabellos,
estarán yertos antes de que transcurran las veinticuatro horas siguientes.»
¡Los recuerdos de aquellos instantes
de heroísmo y de horrible voluptuosidad la envolvían tenazmente! La idea del
suicidio, tan obsesionante en sí misma, y hasta entonces tan alejada de aquella
alma altiva, penetró en ella y pronto reinó allí con imperio absoluto. «No, la
sangre de mis antepasados no se ha entibiado al llegar a mí», se decía
Mathilde con orgullo.
-Tengo que pedirle un favor -le dijo
un día Julien-: mande criar a su hijo en Verriéres, la señora de Renal vigilará
a la nodriza.
-Lo que me dice es muy duro...
Y Mathilde palideció.
-Es verdad, y por ello te pido mil
veces perdón -exclamó Julien, saliendo de su ensimismamiento y estrechándola en
sus brazos.
Después de secar sus lágrimas,
volvió a su idea, pero con más habilidad. Había dado a la conversación un tono
de filosofía melancólica. Hablaba del porvenir, que tan pronto iba a cerrarse
para él.
-Hay que convenir, querida, en que
las pasiones son un accidente en la vida, pero que este accidente no se halla
más que en las almas superiores... La muerte de mi hijo sería, en el fondo, una
dicha para el orgullo de su familia, y esto lo adivinarán los subalternos. La
negligencia será el destino de este hijo de la desgracia y de la vergüenza...
Espero que en una época que no quiero fijar, pero que, sin embargo, mi ánimo
entrevé, obedecerá mis últimas recomendaciones: se casará con el marqués de
Croisenois.
-¡Cómo! ¡Deshonrada!
-El deshonor no podrá caer en un
nombre como el suyo. Será una viuda, y la viuda de un loco, eso es todo. Diré
más: como mi crimen no obedeció al móvil del dinero, no tendrá nada de deshonroso.
Puede que, en esa época, algún legislador filósofo haya conseguido vencer los
prejuicios de sus contemporáneos y abolir la pena de muerte. Entonces alguna
voz amiga dirá, como un ejemplo: El primer marido de la señorita de La Mole era
un loco, pero no un malvado ni un criminal. Fue absurdo cortarle la cabeza...
Entonces mi recuerdo no será ya infame; por lo menos después de cierto
tiempo... Su posición en el mundo, su fortuna y, permítame decirlo, su talento,
harán que el marqués de Croisenois, siendo ya su marido, desempeñe un papel al
que por sí solo no sabría llegar nunca. No tiene más que su alcurnia y valor,
y estas cualidades, que por sí solas eran suficientes para ser todo un hombre
en 1729, un siglo más tarde son un anacronismo y sólo incuban pretensiones.
Hacen falta otras cosas para ponerse en cabeza de la juventud francesa.
»Usted aportará la ayuda de un
carácter firme y emprendedor al partido político en que lance a su esposo.
Podrá suceder a los Chevreuse y a los Longueville de la Fronda... Pero
entonces, querida amiga mía, el fuego celestial que le anima en este momento
se habrá entibiado un poco.
»Y permítame decirle -añadió,
después de otras muchas frases preparatorias más-, dentro de quince años
mirará como una locura disculpable, pero, a pesar de todo, como una locura, el
amor que ha sentido por mí...
Se calló de repente y quedó
pensativo. Se encontraba de nuevo frente a frente con aquella idea tan
ofensiva para Mathilde:
«Dentro de quince años, la señora de
Renal adorará a mi hijo, y usted le habrá olvidado.»
Capítulo
40
La
tranquilidad
Soy cuerdo ahora porque entonces
estaba loco.
¡Oh, filósofo, que sólo ves lo
instantáneo,
cuán poco alcanza tu mirada!
Mis ojos no están hechos
para seguir la labor subterránea de
las pasiones.
SEÑORA GOETHE
Aquella conversación fue
interrumpida por un interrogatorio, seguido de una conferencia con el abogado
defensor. Estos momentos eran los únicos completamente desagradables de una
vida llena de abandono y de tiernos ensueños.
-Hay asesinato, y asesinato con
premeditación -dijo Julien, tanto al juez como al abogado-. Lo siento mucho,
señores -añadió, sonriendo-; pero esto reduce el cometido de ustedes a muy
poca cosa.
«Después de todo -se decía Julien
cuando consiguió verse libre de aquellos dos seres-, es preciso que sea
valiente y, en apariencia, más valiente que estos dos hombres. Ellos miran
como el colmo de los males, como al rey de los espantos, este duelo de
resultado catastrófico, del que yo no pienso ocuparme seriamente hasta el día
preciso.
»Y es que yo he conocido una
desgracia mayor -continuó Julien, filosofando consigo mismo-. Yo sufría mucho
más durante mi primer viaje a Estrasburgo, cuando me creía abandonado de
Mathilde... ¡Y pensar que he deseado tan apasionadamente esta intimidad perfecta
que hoy me deja tan frío!... En realidad, soy más dichoso cuando me encuentro
solo que cuando esa joven tan hermosa comparte mi soledad...»
El abogado, hombre de reglas y
formalidades, le creía loco y pensaba, con el público, que eran los celos los
que habían puesto la pistola en su mano. Un día se atrevió a dar a comprender a
Julien que esta alegación, verdadera o falsa, sería un excelente medio de
defensa. Pero el acusado se convirtió instantáneamente en un ser apasionado e
incisivo.
-Por su vida, caballero -exclamó
Julien, fuera de sí-, guárdese de volver a proferir esta abominable mentira.
El prudente abogado tuvo miedo, un
instante, de ser asesinado.
Preparaba su defensa, porque el
momento decisivo se acercaba rápidamente. En Besancon y en todo el
departamento no se hablaba más que de esta causa célebre. Julien ignoraba este
detalle, pues había rogado que no le hablaran jamás de aquellas cosas.
Aquel día, Fouqué y Mathilde habían
querido hablarle de algunos rumores públicos, muy propios, según ellos, para
dar esperanzas, pero Julien les había detenido a las primeras palabras.
-Dejadme en mi vida ideal. Vuestros
chismes, vuestros detalles de la vida real, más o menos molestos para mí, me
sacarían del cielo. Cada uno muere como puede; yo no quiero pensar en la muerte
más que á mi manera. ¿Qué me importan los demás? Mis relaciones con los demás
van a romperse bruscamente. Por favor, no me habléis más de esas gentes: ya es
bastante tener que ver al juez y al abogado.
«En realidad -decíase a sí mismo-,
parece que mi destino sea morir soñando. Un ser oscuro, como yo, seguro de ser
olvidado antes de que transcurran quince días, sería estúpido, preciso es
confesarlo, si representara una comedia...
»Sin embargo, es raro que no haya
conocido el arte de gozar de la vida sino cuando veo su término tan cerca de
mí.»
Julien pasaba aquellos últimos días
paseándose por la estrecha terraza en lo alto del torreón, fumando magníficos
cigarros que Mathilde había enviado a buscar a Holanda por un correo, y sin
sospechar que su aparición era esperada, todos los días, por todos los
catalejos de la ciudad. Su pensamiento estaba en Vergy Nunca hablaba de la
señora de Rénal con Fouqué; pero este amigo le había dicho dos o tres veces
que ella se restablecía rápidamente, y esta frase resonaba en su corazón.
Mientras el alma de Julien estaba
casi siempre absorta en el terreno de las ideas, Mathilde, preocupada por las
cosas reales, como conviene a un corazón aristócrata, había sabido hacer llegar
a tal punto la intimidad de la correspondencia directa entre la señora de
Fervaques y el padre de Frilair, que ya se había pronunciado la importante
palabra: obispado.
El venerable prelado, encargado de
la hoja de los beneficios, añadió como apostilla a una carta de su sobrina: Ese
pobre Sorel no es más que un atolondrado, espero que nos lo devuelvan.
Al ver estas líneas, el padre de
Frilair se sintió como fuera de sí. No dudaba que salvaría a Julien.
-Sin esa ley jacobina que dispone la
formación de una lista interminable de jurados y que en realidad no tiene otro
objeto que quitar influencia a la gente bien nacida -le decía a Mathilde la víspera del sorteo de los treinta y seis
jurados de la sesión-, yo hubiera respondido del veredicto. Bien hice absolver
al cura N...
Con alegría, a la mañana siguiente,
el padre de Frilair encontró, entre los nombres salidos de la urna, los de
cinco congregantes de Besancon, y entre los de fuera de la ciudad, los de los
señores Valenod, Moirod y Cholin.
-Respondo, en primer lugar, de estos
ocho jurados -dijo a Mathilde-. Los cinco primeros son máquinas. Valenod es mi
agente, Moirod me lo debe todo, Cholin es un imbécil que de todo tiene miedo.
El periódico difundió por el
departamento los nombres de los jurados, y la señora de Rénal, ante el
inexpresable terror de su marido, quiso ir a Besancon. Todo lo que el señor de
Rénal pudo conseguir fue que ella no se levantaría de la cama para no tener que
soportar la contrariedad de verse llamada como testigo.
-No se hace cargo de mi situación
-decía el antiguo alcalde de Verriéres-, ahora soy liberal de la defección,
como ellos dicen; nadie duda de que el sinvergüenza de Valenod y el padre de
Frilair consigan fácilmente del
procurador general y de los jueces todo lo que pueda serme desagradable.
La señora de Renal cedió sin
esfuerzo a las órdenes de su marido. «Si me presentara en la Audiencia -se
decía- parecería que
iba
a pedir venganza.»
A pesar de todas las promesas de
prudencia que hiciera a su director espiritual y a su marido, en cuanto llegó a
Besan~ escribió de su puño y letra a cada uno de los treinta y seis jurados:
«Señor:
»No
me presentaré el día de la vista, porque mi presencia podría perjudicar la
causa del señor Sorel. No deseo más que una cosa en el mundo, y ésta con
pasión: que le salven. No lo dude usted, la espantosa idea de que por mi causa
un inocente ha sido condenado a muerte envenenaría el resto de mi vida y, sin
duda alguna, la acortaría. ¿Cómo podrían condenarle a él a muerte, viviendo
yo? No, no hay duda de que la sociedad no puede tener derecho a quitar la vida,
y sobre todo a un hombre como Julien Sorel. Todo el mundo, en Verriéres, le ha
conocido momentos de extravío. Ese pobre muchacho tiene poderosos enemigos;
pero incluso entre ellos (¡y cuántos tiene!), ¿cuál será el que ponga en duda
su admirable talento y su profunda ciencia? Aquel a quien vais a juzgar no es
un ser corriente, señor. Durante más de dieciocho meses todos le hemos conocido
piadoso, serio, aplicado; pero dos o tres veces al año se veía acometido por
unos ataques de melancolía, que llegaban hasta el extravío. Toda la ciudad de
Verriéres, todos nuestros vecinos de Vergy, donde pasamos el verano, mi familia
entera, el propio subprefecto, harán justicia a su piedad ejemplar: se sabe de
memoria toda la Santa Biblia. Y un impío, ¿se habría aplicado durante años
enteros en aprender el libro santo? Mis hijos tendrán el honor de entregarle a
usted esta carta: son niños. Dígnese preguntarles, señor; ellos le darán,
acerca de ese pobre muchacho, todos los detalles que fuesen aún necesarios para
convencerle de la barbarie que representaría el condenarle. Lejos de vengarme,
me causaría usted la muerte.
»¿Qué
es lo que sus enemigos podrán oponer a este hecho? La herida, consecuencia de
uno de esos momentos de locura que mis propios hijos observaban algunas veces
en su preceptor, es tan poco peligrosa, que apenas transcurridos dos meses
me ha permitido venir en posta de
Verriéres a Besancon. Si me entero, señor, que tiene usted la más leve
vacilación en sustraer a la barbarie de las leyes a un ser tan poco culpable,
me levantaré de la cama, donde sólo me retienen las órdenes de mi marido, e iré
a arrojarme a sus pies.
»Declare
usted, señor, que la premeditación no queda comprobada, y no tendrá que
reprocharse la sangre de un inocente, etc., etc.»
Capítulo
41
El
juicio
Le pays se souviendra longtemps de ce
procés célebre.
L'intérét pour l'accusé était porté
jusqu'á l'agitation:
c'est que son crime était étonnant et
pourtant pas atroce.
L'eût-il été, ce jeune homme était si
beau!
Sa haute fortune, sitôt finie, augmentait
l'attendrissement.
Le condamneront-ils?
demandaient les femmes aux hommes de
leur connaissance,
et on les voyait pálissantes attendre
la réponse.[81]
SAINTE-BEUVE
Por
fin amaneció aquel día tan temido por la señora de Renal y por Mathilde.
El aspecto extraño de la ciudad
aumentaba su terror, y hasta llegó a emocionar el alma firme de Fouqué. Toda la
provincia había acudido a Besancon para presenciar la vista de aquella causa
novelesca.
Hacía ya varios días que no se
encontraba sitio en las posadas. El presidente de la Audiencia estaba abrumado
con las peticiones de pases; todas las damas de la ciudad querían asistir al
juicio; por las calles se pregonaba el retrato de Julien, etc., etc.
Mathilde tenía reservada, para el
momento supremo, una carta escrita toda ella de puño y letra de monseñor el
obispo de... Este prelado, que dirigía la Iglesia de Francia, y nombraba los
obispos, se dignaba pedir la absolución de Julien. La víspera del juicio,
Mathilde llevó esta carta al omnipotente vicario mayor.
Al final de la entrevista, como ella
se marchase deshecha en lágrimas, le dijo el padre de Frilair, saliendo por fin
de su reserva diplomática y casi emocionado:
-Respondo de la declaración del
Jurado. Entre las doce personas encargadas de examinar si el crimen de su
protegido está probado y, sobre todo, si en él ha habido premeditación, cuento
con seis amigos adictos a mi causa, a quienes he dado a entender que de ellos
dependía el llevarme al obispado. El barón de Valenod, a quien yo he hecho
alcalde de Verriéres, dispone por entero de sus administrados, los señores
Moirod y Cholin. A decir verdad, la suerte nos ha deparado para este asunto dos
jurados muy difíciles; pero, aunque ultraliberales, son fieles a mis órdenes
en las grandes ocasiones, y les he hecho rogar que votasen con el señor de
Valenod. He sabido que un sexto jurado, industrial inmensamente rico y liberal
charlatán, aspira en secreto a un contrato de suministro para el ministerio de
la Guerra, y sin duda no querrá disgustarme. Le he mandado decir que el señor
de Valenod tiene mi última palabra.
-¿Y quién es ese señor de Valenod?
-dijo Mathilde, inquieta.
-Si le conociera usted, no podría
dudar del éxito. Es un hablador audaz, desvergonzado, grosero, muy a propósito
para conducir a los tontos. En 1814 estaba en la miseria, y voy a convertirle
en prefecto. Es capaz de pegar a los demás jurados si no quisieran votar a su
gusto.
Mathilde se tranquilizó un poco.
Por la tarde le esperaba otra
discusión. Para no prolongar una escena desagradable y cuyo resultado era
seguro a sus ojos, Julien estaba decidido a no tomar la palabra.
-Mi abogado hablará, y esto basta
-le dijo a Mathilde-. Demasiado tiempo permaneceré expuesto, como espectáculo,
ante todos mis enemigos. Estos provincianos han quedado mal impresionados
ante la rápida fortuna que le debo, y, créame, no hay ni uno solo que no desee
mi condena, aun cuando luego lloren como unos tontos cuando me lleven al
cadalso.
-Desean verle humillado, eso es
cierto -respondió Mathilde-, pero no creo que sean tan crueles. Mi presencia en
Besan~ y el espectáculo de mi dolor han interesado a todas las mujeres; su
apuesta figura hará lo restante. Si dice una palabra ante los jueces, todo el
auditorio estará de su parte, etc., etc.
Al día siguiente, a las nueve,
cuando Julien bajó de su prisión para trasladarse a la gran sala del Palacio de
Justicia, los gendarmes pudieron apartar a duras penas la inmensa multitud que
se apiñaba en el patio. Julien había dormido bien, estaba muy tranquilo y no
experimentaba otro sentimiento que una lástima filosófica por toda aquella
multitud de envidiosos, que, sin crueldad, iban a aplaudir su sentencia de
muerte. Se sorprendió mucho cuando, detenido más de un cuarto de hora entre la
muchedumbre, se vio obligado a reconocer que su presencia inspiraba al público
una tierna lástima. No oyó ni una frase desagradable. «Estos provincianos son
menos malos de lo que yo creía», se dijo.
Al entrar en la sala donde debía
celebrarse el juicio, quedó admirado ante la elegancia de la arquitectura. Era
de un gótico puro, con gran número de bellas columnitas labradas en la piedra
con el mayor cuidado. Creyó encontrarse en Inglaterra.
Pero, poco después, toda su atención
fue absorbida por unas doce o quince bonitas mujeres que, colocadas frente por
frente del banquillo del acusado, llenaban los tres balcones que se hallaban
encima de los jueces y de los jurados. Al volverse hacia el público, vio que la
tribuna circular que corona el anfiteatro estaba llena de mujeres: la mayoría
de ellas eran jóvenes, y le parecieron muy bonitas; sus ojos brillaban llenos
de interés. En el resto de la sala el gentío era enorme; en la puerta se
peleaban, y los centinelas no podían conseguir que se callasen.
Cuando todos los ojos que buscaban a
Julien advirtieron su presencia, al verle ocupar el sitio un poco alto
reservado al acusado, fue acogido con un murmullo de asombro y de cariñoso
interés.
Hubiérase dicho, en aquel instante,
que no tenía veinte años; iba vestido sencillamente, pero con una gracia
perfecta, sus cabellos y su frente eran encantadores. Mathilde había querido
encargarse personalmente de su atavío. La palidez de Julien era
extremada.
Apenas sentado en el banquillo, oyó decir por todos lados:
-¡Dios santo! ¡Qué joven es!...
¡Pero si es un niño!... Está mucho mejor que en el retrato.
-Mi acusado -le dijo el gendarme que
estaba sentado a su derecha-, ¿ve usted las seis damas que ocupan aquel
balcón? (El gendarme le señalaba una pequeña tribuna que avanzaba sobre el
anfiteatro donde se sientan los jurados.)
»Es la prefecta -continuó el
gendarme-, a su lado, la marquesa de M..., ésta tiene mucha simpatía por
usted; la he oído hablar con el juez de instrucción. La otra es la señora
Derville...
-¡La señora Derville! -exclamó
Julien, y un vivo rubor cubrió su frente. «Al salir de aquí -pensó- escribirá a
la señora de Rénal.» Ignoraba la llegada de ésta a Besancon.
Los testigos fueron oídos; esto
ocupó varias horas. Desde las primeras palabras de la acusación, sostenida por
el fiscal, dos de aquellas señoras colocadas en el pequeño balcón, frente a
Julien, se echaron a llorar.
«La señora Derville no se enternece
así», pensó Julien. Sin embargo, observó que estaba muy sofocada.
El fiscal, con estilo afectado y en
mal francés, se extendió sobre la barbarie del crimen cometido; Julien observó
que las vecinas de la señora Derville parecían desaprobar vivamente al fiscal.
Varios jurados, al parecer conocidos de aquellas señoras, les hablaban y
parecían tranquilizarlas. «Esto no deja de ser un buen augurio», pensó Julien.
Hasta entonces se había sentido
lleno de un profundo desprecio hacia todos los hombres que asistían al juicio.
La burda elocuencia del fiscal aumentó este sentimiento de repugnancia. Pero
poco a poco la sequedad de alma de Julien fue desapareciendo ante las muestras
de interés de que era objeto.
Quedó contento del aspecto firme de
su abogado.
-Nada de frases -le dijo en voz baja
cuando iba a tomar la palabra.
-Todo el énfasis robado a Bossuet,
de que han hecho gala contra usted, le ha servido -dijo el abogado.
En efecto, apenas llevaba cinco
minutos hablando, y ya casi todas las mujeres tenían el pañuelo en la mano. El
abogado, alentado, dirigió a los jurados conceptos extremadamente fuertes.
Julien se estremeció, se sentía a punto de llorar. «¡Dios mío! ¿Qué dirán mis
enemigos?»
Iba a ceder al enternecimiento que
se apoderaba de su espíritu, cuando, afortunadamente para él, sorprendió una
mirada insolente del barón de Valenod.
«Los ojos de ese imbécil echan
chispas -se dijo-; ¡qué triunfo para su alma ruin! Aun cuando mi crimen no
hubiera traído consigo más que esta circunstancia, tendría que maldecirlo.
¡Dios sabe lo que le dirá de mí, en las veladas de invierno, a la señora de
Rénal!»
Esta idea borró todas las demás.
Poco después, Julien volvió en sí viendo las muestras de asentimiento del
público. El abogado acababa de terminar su defensa. Julien recordó que era
conveniente estrecharle la mano. El tiempo había pasado con rapidez.
Trajeron un refrigerio para el
abogado y el acusado. Fue entonces cuando Julien se fijó en un detalle:
ninguna mujer había abandonado la sala para ir a comer.
-Estoy muerto de hambre -dijo el
abogado-. ¿Y usted?
-Yo también -respondió Julien.
-Mire, la prefecta también se ha
hecho traer su comida -le dijo el abogado, señalando el balconcillo-. Ánimo,
todo va bien.
La sesión se reanudó.
Cuando el presidente hacía el
resumen dieron las doce de la noche. El presidente tuvo que interrumpir su
discurso; en medio del silencio, de la ansiedad general, el sonido de la
campana del reloj llenaba la sala.
«Comienza el último de mis días»,
pensó Julien. De pronto se sintió inflamado por la idea del deber. Hasta
entonces había dominado su enternecimiento y conservado su resolución de no
hablar; pero cuando el presidente del tribunal le preguntó si tenía alguna
cosa que añadir, se levantó. Veía ante él los ojos de la señora Derville, que,
con las luces, le parecieron muy brillantes. «¿Estará
llorando, por casualidad?», pensó.
-Señores jurados: El horror del
desprecio, al que creía poder hacer frente en el momento de morir, me obliga a
tomar la palabra. Señores, no tengo el honor de pertenecer a su clase, en mí
ven un campesino que se ha rebelado contra la bajeza de su destino.
»No les pido gracia alguna -continuó
Julien con voz más firme-. No me hago ilusiones; la muerte me espera: será
justa. He podido atentar contra la vida de la mujer más digna de todos los
respetos, de todos los homenajes. La señora de Renal había sido para mí como
una madre. Mi crimen es atroz y fue premeditado. Por lo tanto, he merecido la
muerte, señores jurados. Pero aun cuando fuese menos culpable, estoy viendo
hombres que, sin detenerse ante lo que mi juventud puede merecer de piedad,
querrán castigar en mí y desalentar para siempre a esta clase de jóvenes que,
nacidos en una clase inferior, y en cierto modo oprimidos por la pobreza,
tienen la suerte de procurarse una buena educación y la audacia de mezclarse
con lo que el orgullo de las gentes ricas llama la sociedad.
»Éste es mi crimen, señores, y será
castigado con tanta mayor severidad por cuanto que no soy juzgado por mis
iguales. No veo en los bancos del Jurado ningún campesino enriquecido, sino
únicamente burgueses indignados...»
Durante veinte minutos Julien habló
en ese tono; dijo todo lo que le pesaba en el corazón; el fiscal, que aspiraba
a los favores de la aristocracia, saltaba en su asiento; pero, a pesar del tono
levemente abstracto que Julien había dado a su discurso, todas las mujeres se
deshacían en lágrimas. Hasta la propia señora Derville se llevaba el pañuelo a
los ojos. Antes de acabar, Julien insistió en la premeditación, en su
arrepentimiento, y en el respeto y la adoración filial y sin límites que, en
tiempos más felices, había sentido por la señora de Rénal... La señora
Derville dio un grito y se desmayó.
Daba la una cuando los jurados se
retiraron a deliberar. Ninguna mujer se había movido de su sitio; varios
hombres tenían los ojos llenos de lágrimas. Las conversaciones fueron muy vivas
al principio; pero, poco a poco, y como el fallo del jurado se dilatase,
el
cansancio general fue tranquilizando al público. El momento era solemne; las
luces brillaban menos. Julien, muy cansado, oía discutir a su lado si aquel
retraso era de buen o mal agüero. Vio con placer que todo el mundo estaba de su
parte, el Jurado no regresaba y, sin embargo, ninguna mujer abandonaba la
sala.
Acababan de dar las dos cuando se
oyó un gran movimiento. La puertecilla del salón de los jurados se abrió. El
barón de Valenod avanzó con paso grave y teatral, seguido de todos los demás
jurados. Tosió, luego dijo que, en su alma y en su conciencia, la declaración
unánime del Jurado era que Julien Sorel era culpable de asesinato, y de
asesinato con premeditación: esta declaración llevaba consigo la pena de
muerte. Ésta fue dictada un momento después. Julien miró su reloj y se acordó
del señor de Lavalette; eran las dos y cuarto. «Hoy es viernes -pensó-. Sí,
pero hoy es un día feliz para el Valenod que me condena... Estoy demasiado vigilado
para que Mathilde pueda salvarme, como lo hizo la señora de Lavalette. Así es
que dentro de tres días, a esta misma hora, ya sabré a qué atenerme respecto a
la gran incógnita.»
En aquel momento oyó un grito que le
devolvió a las cosas de este mundo. Las mujeres, a su alrededor, sollozaban;
vio que todas las cabezas se volvían hacia una pequeña tribuna situada en lo
alto de un pilar gótico. Más tarde supo que allí se hallaba escondida
Mathilde. Como el grito no se repitió, todo el mundo volvió a mirar a Julien,
a quien los gendarmes trataban de hacer salir por entre la multitud.
«Procuremos no dar motivo de risa a
ese bribón de Valenod -pensó Julien-. ¡Con qué aire contrito y embaucador ha
pronunciado la declaración que lleva consigo la pena de muerte! Mientras que
el pobre presidente de la Audiencia, a pesar de ser juez desde hace muchos
años, tenía lágrimas en los ojos al condenarme... ¡Qué alegría para el tal
Valenod, poderse vengar de nuestra antigua rivalidad respecto a la señora de
Renal!... ¡Y yo ya no la veré más! Esto es un hecho... Un último adiós es
imposible entre nosotros, lo comprendo... ¡Qué feliz hubiera sido pudiendo decirle
todo el horror que mi crimen me inspira!
»Sólo estas palabras: "Creo que
mi condena es justa".»
Capítulo
42
Al acompañar de nuevo a Julien a la
prisión, le llevaron a una celda destinada a los condenados a muerte. Él, que
de ordinario se fijaba hasta en los menores detalles, no se había dado cuenta
de que no le hacían subir a su torreón. Pensaba en lo que le diría a la señora
de Renal si, antes del último momento, tenía la dicha de verla. Daba por
supuesto que ella le interrumpiría, y quería poder pintarle todo su
arrepentimiento ya desde la primera frase. «Después de lo que he hecho, ¿cómo
convencerla de que ella es la única a quien amo? Pues el caso es que he querido
matarla por ambición o por amor hacia Mathilde.»
Al meterse en la cama notó que las
sábanas eran de tela basta. Entonces miró a su alrededor. «¡Ah! -se dijo-,
estoy en el calabozo de los condenados a muerte. Es justo...
»El conde de Altamira me contaba
que, la víspera de su muerte, Danton decía con gruesa voz: "Es raro, el
verbo guillotinar no puede conjugarse en todos sus tiempos; se puede decir: yo
seré guillotinado, tú serás guillotinado; pero no se dice: yo he sido guillotinado".
»¿Por qué no -repuso Julien-, si hay
otra vida?... A fe mía que si me encuentro con el Dios de los cristianos estoy
perdido: es un déspota y, como tal, lleno de ideas de venganza; su Biblia no
habla más que de castigos atroces. Nunca le he amado; ni siquiera he querido
creer nunca que se le amara sinceramente. No tiene piedad -y recordó algunos
pasajes de la Biblia-. Me castigará de un modo abominable...
»¡Pero si me encuentro con el Dios
de Fénelon! Quizá me diga: "Mucho te será perdonado porque has amado
mucho...".
»¿He amado mucho? Sí, he amado a la
señora de Rénal, pero mi conducta ha sido atroz. En esto, como en otras muchas
cosas, el mérito sencillo y modesto ha sido abandonado por lo que brilla...
»Pero también, ¡qué perspectiva!...
Coronel de húsares, si estuviésemos en guerra; secretario de Legación durante
la paz; luego embajador... pues pronto me habría enterado de los negocios... Y
aun cuando no hubiese sido más que un majadero, ¿acaso el yerno del marqués de
La Mole tiene que temer ninguna rivalidad? Me habrían perdonado todas mis
tonterías, o, mejor aún, apuntado como méritos. Hombre de valía y gozando de la
más elevada posición en Viena o en Londres...
»No es eso, caballero; guillotinado
dentro de tres días.»
Julien rió de buena gana ante esta
salida de su ingenio. «En verdad, el hombre tiene dos seres dentro de sí
-pensó-. ¿Quién demonios pensaba en esta reflexión maligna?
»Pues bien, sí, amigo mío,
guillotinado dentro de tres días -contestó al que le había interrumpido-. El
señor de Cholin alquilará una ventana a medias con el padre Maslon. ¿Y cuál de
estos dos dignos personajes robará al otro para pagar el precio del alquiler de
esa ventana?»
De pronto recordó este pasaje del
Venceslas, de Rotrou:
LADISLAO
... Mi alma está dispuesta.
EL REY, padre de
Ladislao
El cadalso lo está
también; lleve allí su cabeza.
«¡Hermosa respuesta!», pensó, y
durmióse. Alguien le despertó por la mañana, abrazándole fuertemente.
-¡Cómo! ¿Ya? -dijo Julien, abriendo
los ojos. Se creía en manos del verdugo.
Era Mathilde. «Afortunadamente no me
ha entendido.» Esta reflexión le devolvió toda su sangre fría. Encontró a
Mathilde tan cambiada como si hubiera pasado seis meses de enfermedad:
realmente no se la reconocía.
-Ese infame de Frilair me ha
traicionado -le decía ella, retorciéndose las manos; el furor no la dejaba
llorar.
-¿No estuve bien ayer cuando tomé la
palabra? -respondió Julien-. Improvisaba, ¡y por primera vez en mi vida! Claro
que es de temer que sea también la última.
En aquel momento Julien jugaba con
el carácter de Mathilde con toda la sangre fría de un pianista hábil que toca
un piano...
-Me falta, ciertamente -añadió-, la
ventaja de un nacimiento ilustre, pero el alma grande de Mathilde ha elevado a
su amante hasta ella. ¿Cree que Boniface de La Mole estuvo mejor ante sus
jueces?
Mathilde, aquel día, se mostraba
tierna, sin afectación, como una pobre muchacha que vive en un quinto piso;
pero no pudo obtener de él palabras más sencillas. Le devolvía, sin saberlo, el
tormento que ella le infligiera tantas veces.
«Nadie conoce las fuentes del Nilo
-decíase Julien-; al hombre no le ha sido dado ver al rey de los ríos como un
simple arroyo: de la misma manera, ningún ojo humano verá débil a Julien,
sobre todo porque no lo es. Pero tengo un corazón fácil de conmover; la
palabra más vulgar, si se dice con acento verdadero, puede hacer temblar mi voz
e incluso hacerme verter lágrimas. ¡Cuántas veces me han despreciado, por este
defecto, los corazones secos! Creían que pedía clemencia: esto es lo que no
debe soportarse.
»Dicen que el recuerdo de su mujer
emocionó a Danton al pie del cadalso; pero Danton había dado empuje a una
nación de mequetrefes e impedía que el enemigo llegase a París... Sólo yo sé lo
que habría podido hacer... Para los demás, a lo sumo, no soy más que un QUIZÁ.
Si estuviera aquí, en mi calabozo, la señora de Rénal, en vez de Mathilde,
¿hubiera podido responder de mí mismo? El exceso de mi desesperación y de mi
arrepentimiento habría pasado, a los ojos de los Valenod y de todos los
patricios del país, por el innoble miedo a la muerte; ¡están tan orgullosos,
esos corazones débiles, cuya posición pecuniaria coloca por encima de las
tentaciones! Y los Moirod y los Cholin, que acaban de condenarme a muerte,
dirán: "¡Ved lo que es nacer hijo de un carpintero!". ¡Se puede
llegar a ser sabio, hábil, pero el corazón!... El corazón no se aprende. Ni
siquiera con esta pobre Mathilde, que ahora llora, o, mejor dicho, que ya no
puede llorar -se dijo, mirando sus ojos enrojecidos... y la estrechó entre sus
brazos: la vista de un dolor verdadero le hizo olvidar su silogismo-. Quizás ha
llorado toda la noche -pensó-, pero ¡cuánto la avergonzará este recuerdo algún
día! Considerará que, en su primera juventud, sufrió un desvarío a causa de los
pensamientos bajos de un plebeyo... El Croisenois es lo bastante débil para
casarse con ella, y a fe mía que hará bien. Ella conseguirá que haga un buen
papel.
Du droit qu'un esprit ferme et vaste
en ses desseins a sur 1'esprit grossier des vulgaires humains.[82]
»¡Qué cosa más graciosa!: desde que
tengo que morir, todos los versos que nunca he sabido en mi vida acuden a mi
memoria. Debe de ser un signo de decadencia...»
Mathilde le repetía con voz apagada:
-Está ahí, en la habitación
inmediata.
Por fin, Julien atendió a sus
palabras. «Su voz es débil -pensó-, pero en su acento se halla todavía la
fuerza de su carácter imperioso. Baja la voz para no enfadarse.»
-¿Y quién está ahí? -dijo él con
tono suave.
-El
abogado, para que firme la apelación.
-No apelaré.
-¿Cómo? ¿No va a apelar? -dijo ella,
levantándose con los ojos chispeantes de cólera-. ¿Y por qué, si puede saberse?
-Porque en este momento me siento
con valor para morir sin hacer reír demasiado a mi costa. ¿Y quién me dice que
dentro de dos meses, después de una larga permanencia en este calabozo húmedo,
esté tan bien dispuesto? Preveo entrevistas con curas, con mi padre... Nada en
el mundo puede resultarme más desagradable. Muramos.
Aquella contrariedad imprevista
reavivó toda la altivez del carácter de Mathilde. No había logrado ver al
padre de Frilair antes de la hora en que abren los calabozos de la cárcel de
Besancon; su furia se descargó contra Julien. Ella le adoraba, y durante un
cuarto de hora largo él volvió a encontrar en las imprecaciones que dirigía
contra su carácter, en sus remordimientos por haberle amado, aquella alma
altiva que antaño le había abrumado con injurias tan punzantes, en la
biblioteca del palacio de La Mole.
-El cielo debía a la gloria de tu
raza el haberte hecho nacer hombre -dijo él.
«Pero en cuanto a mí -pensaba-,
sería muy cándido si consintiese en vivir aún dos meses en esta pocilga
asquerosa, expuesto a ser el blanco de todo lo infame y humillante[83] que pueda inventar la secta patricia
y teniendo como único consuelo las imprecaciones de esta loca... Pues bien,
pasado mañana me batiré en duelo con un hombre conocido por su sangre fría y su
destreza notable... Muy notable, dice el partido mefistofélico; nunca falla su
golpe.
»Bueno, sea enhorabuena. -Mathilde
continuaba siendo elocuente-. ¡Desde luego, no! -se dijo-, no apelaré.»
Tomada esta resolución, volvió a sus
divagaciones... «El correo dejará el periódico, a las seis, como de costumbre;
a las ocho, después de que lo haya leído el señor de Rénal, Elisa, de
puntillas, irá a dejarlo encima de su cama. Más tarde ella se despertará: de
pronto, al leer, se sobresaltará; su linda mano temblará; leerá hasta estas
palabras: A las diez y cinco minutos había dejado de existir.
»Llorará a lágrima viva, la conozco;
en vano he querido asesinarla, todo quedará olvidado. Y la persona a quien he
querido quitar la vida será la única que llore sinceramente mi muerte.
»¡Esto es una paradoja!», pensó, y
durante un cuarto de hora largo que aún duró la escena que le hacía Mathilde,
no pensó más que en la señora de Rénal. A pesar suyo, y aun respondiendo a
menudo a lo que Mathilde le decía, no lograba arrancar de su alma el recuerdo
de la alcoba de Verriéres. Veía el periódico de Besancon sobre la colcha de
seda color naranja. Veía aquella mano tan blanca arrugándolo con un movimiento
convulsivo; veía a la señora de Rénal llorando... Seguía el curso de cada lágrima
en aquel rostro encantador.
La señorita de La Mole, no pudiendo
conseguir nada de Julien, hizo entrar al abogado. Por fortuna, era éste un
antiguo capitán del ejército de Italia de 1796, donde había sido compañero de
Manuel.
Por pura fórmula empezó combatiendo
la resolución del condenado. Julien, queriendo tratarle con consideración, le
enumeró detalladamente todos sus argumentos.
-A fe mía, se puede pensar como
usted -acabó por decirle don Félix Vaneau; éste era el nombre del abogado-.
Pero aún le quedan a usted tres días enteros para apelar; mi deber es volver
todos los días. Si de aquí a dos meses se abriera un volcán bajo la prisión,
usted se salvaría. Además, puede usted morir de enfermedad -añadió, mirando a
Julien.
Julien le estrechó la mano.
-Le doy las gracias; es usted un
hombre honrado. Pensaré en esto.
Y cuando Mathilde se marchó, por
fin, con el abogado, él sintió mucha más simpatía por éste que por aquélla.
Capítulo
43
Una hora más tarde, estando
profundamente dormido, le despertaron unas lágrimas que sentía correr por su
mano. «¡Otra vez Mathilde! -pensó, despierto a medias-. Viene, fiel a su
teoría, a atacar mi resolución por medio de la ternura.» Molesto ante la
perspectiva de esta nueva escena del género patético, no abrió los ojos.
Acudieron a su memoria los versos de Belphégor, huyendo de su mujer.
Oyó un suspiro singular; abrió los
ojos, era la señora de Rénal.
-¡Ah! Vuelvo a verte antes de morir;
¿es acaso una ilusión? -exclamó él, arrojándose a sus pies-. Pero, perdón,
señora, sólo soy un asesino ante sus ojos -repuso al momento, volviendo en sí.
-Caballero... vengo a conjurarle a
que apele, sé que no quiere usted hacerlo...
Los sollozos la ahogaban; no podía
hablar.
-Dígnese usted perdonarme.
-Si quieres que te perdone -le dijo
ella, levantándose y echándose en sus brazos-, apela enseguida contra tu
sentencia de muerte.
Julien la cubría de besos.
-¿Vendrás a verme todos los días
durante estos dos meses?
-Te lo juro. Todos los días, a menos
que mi marido me lo prohiba.
-¡Firmaré! -exclamó Julien-. Pero,
¿es posible que tú me perdones?
La estrechaba en sus brazos; estaba
loco. Ella dio un ligero grito.
-No es nada -dijo-, me has hecho
daño.
-En el hombro -exclamó Julien,
deshaciéndose en lágrimas. Se separó un poco y cubrió su mano de besos
ardientes-. ¿Quién podría habérmelo dicho la última vez que te vi en tu cuarto,
en Verriéres?...
-¿Quién me hubiese dicho entonces
que yo escribiría aquella carta infame al marqués de La Mole?...
-Has de saber que te he amado
siempre, que no he amado a nadie más que a ti.
-¡Es posible! -exclamó la señora de
Rénal encantada a su vez.
Se
apoyó sobre Julien, que estaba a sus pies, y lloraron en silencio durante
largo rato.
En ninguna época de su vida había
encontrado Julien un momento semejante.
Mucho tiempo después, cuando
pudieron hablar, dijo la señora de Rénal:
-¿Y esa joven señora Michelet, o,
mejor dicho, esa señorita de La Mole? ¡Porque en realidad ya empiezo a creer
esa extraña novela!
-Sólo es verdad en apariencia
-respondió Julien-. Es mi mujer, pero no es mi dueña...
E interrumpiéndose cien veces el uno
al otro consiguieron a duras penas contarse lo que ignoraban. La carta escrita
al marqués de La Mole fue redactada por el joven sacerdote que dirigía la
conciencia de la señora de Rénal, y luego copiada por ella.
-¡Qué horror me ha hecho cometer la
religión! -le decía ella-; y aun suavicé bastante los pasajes más horribles de
aquella carta...
Los arrebatos de alegría y de dicha
de Julien demostraban bien a las claras su perdón. Nunca había estado tan loco
de amor.
-Y, sin embargo, me creo piadosa -le
decía la señora de Renal en el curso de la conversación-. Creo sinceramente en
Dios; creo igualmente, y de esto tengo pruebas, que el crimen que cometo es
horrible, y en el momento en que te veo, aun después de haberme tú disparado
dos tiros...
Y aquí, a pesar suyo, Julien la
cubrió de besos.
-Déjame -continuó ella-, quiero
razonar contigo por miedo a olvidarlo... En cuanto te veo, todos los deberes
desaparecen, no soy más que amor por ti, o mejor dicho, la palabra amor es demasiado
débil. Siento por ti lo que únicamente debería sentir por Dios: una mezcla de
respeto, de amor, de obediencia... En realidad, no sé lo que me inspiras. Me
hablarías de dar una puñalada al carcelero, y el crimen quedaría cometido
antes de que yo lo pensara. Explícame esto claramente antes de que me vaya,
quiero ver claro en mi corazón; pues dentro de dos meses nos separamos... A
propósito, ¿nos separaremos? -le dijo ella, sonriendo.
-Retiro mi palabra -exclamó Julien,
levantándose-; no apelo contra mi sentencia de muerte si por medio de veneno,
puñal, pistola, carbunco, o de cualquier otro modo, intentas poner fin u
obstáculo a tu vida.
La expresión de la señora de Renal
cambió de repente; la ternura más viva dejó paso a un ensimismamiento
profundo.
-¿Y si muriésemos enseguida? -dijo
por fin.
-¡Quién sabe lo que se encuentra en
la otra vida! -contestó Julien-. Acaso tormentos, quizá nada en absoluto. ¿No
podemos pasar dos meses juntos de un modo delicioso? Dos meses son muchos días.
Nunca habré sido tan feliz.
-¡Nunca habrás sido tan feliz!
-Nunca -repitió Julien,
entusiasmado-. Y te hablo como me hablo a mí mismo. Dios me libre de exagerar.
-Hablarme así es mandarme -dijo
ella, con una sonrisa tímida y melancólica.
-¡Bueno! ¿Entonces juras por el amor
que me tienes que no atentarás contra tu vida ni directa ni indirectamente?...
Piensa -añadió- que tienes que vivir para mi hijo, que Mathilde abandonará en
manos de lacayos en cuanto sea marquesa de Croisenois.
-Lo juro -repuso ella fríamente-,
pero quiero llevarme tu apelación escrita y firmada por ti. Iré personalmente a
ver al procurador general.
-Ten cuidado; te comprometes.
-Después del paso de venir a verte
en la cárcel, seré ya para siempre, en Besancon y en todo el Franco Condado,
una heroína de anécdotas -dijo ella profundamente afligida-. He franqueado los
límites del pudor austero... Soy una mujer deshonrada; bien es verdad que es
por ti...
Su acento era tan triste, que Julien
la abrazó con una dicha completamente nueva para él. No era la embriaguez del
amor, era un agradecimiento infinito. Acababa de darse cuenta, por vez primera,
de toda la extensión del sacrificio que ella había hecho.
Algún alma caritativa informó, sin
duda, al señor de Renal de las largas visitas que su mujer hacía a la prisión
de Julien; pues, a los tres días, le envió su coche con orden expresa de
regresar inmediatamente a Verriéres.
Con esta separación cruel el día
comenzó mal para Julien. Dos o tres horas después le anunciaron que cierto
sacerdote intrigante, pero que sin embargo no había podido colarse entre los
jesuitas de Besancon, estaba instalado, desde por la mañana, en la calle,
frente a la puerta de la cárcel. Llovía mucho, y el hombre pretendía de este
modo hacerse el mártir. Julien se hallaba mal dispuesto, aquella tontería le
molestó profundamente.
Por la mañana ya se había negado a
recibir a aquel cura, pero a éste se le había metido en la cabeza confesar a
Julien y hacerse un nombre entre las jóvenes damas de Besancon por las confidencias
que pretendería haber escuchado.
Declaraba en voz alta que pensaba
pasar el día y la noche a la puerta de la cárcel:
-Dios me envía para conmover el
corazón de este nuevo apóstata...
Y el pueblo llano, siempre ávido de
algún espectáculo, comenzaba a aglomerarse.
-Sí, hermanos míos -les decía-,
pasaré aquí el día, la noche, y todos los días y las noches que seguirán. El
Espíritu Santo me ha hablado, tengo una misión de lo alto; soy yo quien tiene
que salvar el alma del joven Sorel. Uníos a mis oraciones, etc., etc.
Julien tenía horror del escándalo y
de todo lo que pudiera atraer sobre él la atención. Pensó en aprovechar el
momento para escapar de incógnito de este mundo; pero tenía cierta esperanza
de volver a ver a la señora de Rénal, y estaba locamente enamorado.
La puerta de la cárcel estaba
situada en una de las calles más frecuentadas. La idea de aquel cura lleno de
barro, reuniendo a la multitud y promoviendo el escándalo, torturaba su alma.
«¡Y sin duda repite mi nombre a cada momento!» Aquello era más penoso que la
muerte.
Llamó dos o tres veces, con una hora
de intervalo, a un carcelero que le era adicto, para que fuera a enterarse de
si el cura seguía a la puerta de la cárcel.
-Señor, está de rodillas en el barro
-le decía cada vez el carcelero-; reza en voz alta, y dice unas letanías por el
alma de usted...
«¡Qué impertinente!», pensó Julien.
En aquel instante oyó, en efecto, un rumor sordo, era el pueblo, que contestaba
a las letanías. Para colmo de impaciencia, vio que incluso el carcelero movía
los labios repitiendo las palabras latinas.
-Empiezan a decir -añadió el
carcelero- que debe usted tener el corazón muy endurecido para rehusar la
ayuda de ese santo varón.
-¡Oh, patria mía! ¡Qué bárbara eres
todavía! -exclamó Julien ebrio de cólera. Y continuó su razonamiento en voz
alta, sin preocuparse de la presencia del carcelero.
«Ese hombre aspira a un artículo en
un periódico, y está seguro de conseguirlo.
»¡Malditos provincianos! En París no
me vería sometido a todas estas vejaciones. Allí son más duchos en
charlatanerías.»
-¡Haz entrar a ese cura! -le dijo
por fin al guardián, y el sudor le corría a chorros por la frente.
El carcelero hizo la señal de la
cruz y salió muy contento.
Aquel santo sacerdote resultó ser
horriblemente feo, estaba todavía más cubierto de barro. La lluvia fría que
caía aumentaba la humedad y la oscuridad del calabozo. El cura quiso abrazar a
Julien,
y empezó a enternecerse al hablarle. En él se hacía patente la más baja
hipocresía; Julien no se había sentido tan enfurecido en toda su vida.
Un cuarto de hora después de la
entrada del sacerdote, Julien se sintió completamente cobarde. Por vez primera,
la muerte le pareció horrible. Pensaba en el estado de putrefacción en que
estaría su cuerpo dos días después de la ejecución, etc., etc.
Estaba a punto de traicionarse por
algún signo de flaqueza, o de arrojarse sobre el cura y estrangularle con su
cadena, cuando tuvo la ocurrencia de rogar al santo varón que fuese a decir por
él una misa de cuarenta francos, aquel mismo día.
Como faltaba poco para mediodía, el
cura salió corriendo.
Libros Tauro
Capítulo
44
Cuando se hubo marchado, Julien
lloró mucho, y lloró por tener que morir. Poco a poco se dijo que si la señora
de Rénal hubiese estado en Besancon, a ella le habría confesado su debilidad...
En
el momento en que más lamentaba la ausencia de aquella mujer adorada, oyó los
pasos de Mathilde.
«La mayor desgracia en la cárcel
-pensó- es la de no poder cerrar la puerta.» Todo cuanto Mathilde le dijo no
hizo más que irritarle.
Ella le contó que, el día del
juicio, el señor de Valenod, teniendo ya en el bolsillo su nombramiento de
prefecto, se había atrevido a burlarse del padre de Frilair, y darse el gusto
de condenarle a muerte.
-«¡Cómo se le ha ocurrido a su amigo
de usted (acaba de decirme el padre de F rilair) despertar y atacar la pequeña
vanidad de esta aristocracia burguesa! ¿Por qué hablar de casta? Les ha indicado
el camino que les convenía seguir en su interés político: esos estúpidos no
pensaban en ello y estaban a punto de echarse a llorar. Este interés de casta
ha venido a velar ante sus ojos el horror de una condena a muerte. Hay que
confesar que el señor Sorel es un novato en esta clase de asuntos. Si no
conseguimos salvarle por medio de la apelación, su muerte será una especie de
suicidio...»
Mathilde no pudo decirle a Julien
una cosa que ni ella misma sospechaba aún: que el padre de Frilair, viendo
perdido a Julien, creía útil a su ambición aspirar a ser su sucesor.
Casi fuera de sí a fuerza de cólera
impotente y de contrariedad, Julien díjole a Mathilde:
-Vaya a oír una misa por mí y déjeme
en paz un momento. Mathilde, ya
muy celosa con las visitas de la señora de Renal,
y
que acababa de enterarse de su marcha, comprendió la causa
del
mal humor de Julien y rompió a llorar.
Su dolor era sincero, Julien lo veía
y ello le irritaba todavía más. Tenía una necesidad imperiosa de soledad, y
¿cómo procurársela?
Finalmente Mathilde, después de
intentar todos los razonamientos para enternecerle, le dejó solo, pero casi al
mismo tiempo apareció Fouqué.
-Necesito estar solo -dijo Julien a
aquel amigo fiel...
Y como le viera dudar:
-Estoy escribiendo una Memoria para
el recurso de casación... Por lo demás..., hazme un favor, no me hables nunca
de la muerte. Si aquel día necesito alguna ayuda especial, déjame que sea yo el
primero que hable de ello.
Cuando Julien logró la anhelada
soledad, se encontró más abrumado y cobarde que antes. Las pocas fuerzas que le
quedaban a su alma desfallecida las había agotado para ocultar su estado a la
señorita de La Mole y a Fouqué.
Al llegar la noche, una idea le
consoló:
«Si esta mañana, en el momento en
que la muerte me parecía tan horrible, me hubieran avisado para la ejecución,
la mirada del público hubiera sido un aguijón de gloria; quizá mi modo de andar
habría sido algo tieso, como el de un fatuo tímido que entra en un salón.
Algunas personas clarividentes, si es que las hay entre estos provincianos,
hubiesen podido adivinar mi flaqueza... pero nadie la hubiera visto.»
Y se sintió liberado de una parte de
su desgracia.
«Soy un cobarde en este momento -se
repetía cantando-; pero nadie lo sabrá.»
Un suceso casi más desagradable le
esperaba al día siguiente. Hacía mucho tiempo que su padre le anunciaba su
visita; aquel día, antes de que Julien despertase, el viejo carpintero de
blancos cabellos se presentó en su calabozo.
Julien se sintió débil; esperaba los
reproches más desagradables. Para aumentar su penosa sensación, aquella mañana
sentía remordimientos por no querer a su padre.
«El azar nos ha colocado uno junto a
otro en la tierra -se decía mientras el carcelero arreglaba un poco el
calabozo-, y nos hemos hecho todo el daño posible. Ahora viene, en el momento
de mi muerte, para darme el golpe de gracia.»
Los severos reproches del viejo
comenzaron en cuanto estuvieron sin testigos.
Julien no pudo contener sus
lágrimas. «¡Qué indigna flaqueza! -se dijo con rabia-. Irá por todas partes
exagerando mi falta de valor; ¡qué triunfo para los Valenod y para todos los
vulgares hipócritas que reinan en Verriéres! Son muy poderosos en Francia,
reúnen todas las ventajas sociales. Hasta ahora, yo podía decirme, al menos:
"Tienen dinero, es cierto, y acumulan todos los honores, pero yo poseo la
nobleza de corazón".
»Y he aquí a un testigo a quien todo
el mundo dará crédito, y que certificará en todo Verriéres, exagerándolo, que
he sido débil ante la muerte. ¡Y pasaré por haber sido un cobarde ante esta
prueba que todos comprenden!»
Julien se hallaba muy cerca de la
desesperación. No sabía cómo despedir a su padre. Y fingir de suerte que
lograra engañar a aquel viejo astuto era cosa superior a sus fuerzas, en aquel
momento.
Su espíritu recorría rápidamente
todas las posibilidades.
-¡Tengo algunos ahorros! -exclamó de
pronto.
Esta frase mágica cambió la
fisonomía del viejo y la posición de Julien.
-¿Cómo debo disponer de ellos?
-continuó Julien, más tranquilo: el efecto producido le quitó todo sentimiento
de inferioridad.
El viejo carpintero ardía en deseos
de no dejar escapar aquel dinero, del cual, al parecer, Julien quería legar una
parte a sus hermanos. Habló largo tiempo y con ardor. Julien pudo mostrarse
burlón.
-El Señor me ha inspirado mi
testamento. Dejaré mil francos a cada uno de mis hermanos, y el resto a usted.
-Muy bien -dijo el viejo-, ese resto
me corresponde; pero
puesto
que Dios ha hecho el milagro de conmover su corazón, si quiere morir como un
buen cristiano conviene que pague sus deudas. No ha pensado en los gastos de su
alimentación y de su educación, que yo adelanté...
«¡Ése es el amor de padre!»,
repetíase Julien, con el alma destrozada, cuando al fin se vio solo. Poco
después se presentó el carcelero.
-Señor, después de la visita de los
padres, siempre traigo a mis huéspedes una botella de buen champán. Es un poco
caro, seis francos la botella, pero alegra el corazón.
-Traiga tres vasos -dijo Julien, con
un apresuramiento infantil-, y que entren dos de los presos que oigo pasear
por el corredor.
El carcelero le trajo dos condenados
a galeras reincidentes, que se preparaban para volver a presidio. Eran unos
bandidos muy alegres y realmente notables por su astucia, valor y sangre fría.
-Si me da usted veinte francos -dijo
uno de ellos a Julien-, le contaré mi vida al detalle. Es algo pistonudo.
-Pero, ¿va usted a contarme
mentiras? -dijo Julien.
-No -respondió-; mi amigo, que está
presente y que tiene envidia de mis veinte francos, me denunciará si digo algo
falso.
Su historia era abominable. Ponía de
manifiesto un corazón valiente en el que no había más que una pasión, la del
dinero.
Cuando se marcharon, Julien no era
ya el mismo hombre. Toda su cólera contra sí mismo había desaparecido. El dolor
atroz, enconado por la pusilanimidad, que se apoderó de él después de la
partida de la señora de Rénal, habíase trocado en melancolía.
«A medida que hubiera sido menos
crédulo con las apariencias -se decía- habría visto que los salones de París
están llenos de gentes honradas, al estilo de mi padre, o de bribones hábiles,
tales como estos presidiarios. Tienen razón; los hombres de salón no
despiertan nunca por la mañana con este pensamiento punzante: ¿Cómo comeré hoy?
¡Y se jactan de su honradez! ¡Y, al formar parte de un jurado, condenan con
orgullo al hombre que ha robado un cubierto de plata porque se sentía
desfallecer de hambre!
»Pero si existe una corte, si se
trata de perder o de ganar una cartera, mis honradas gentes de salón caen en
los mismos crímenes que la necesidad de comer ha inspirado a estos dos presidiarios...
»No existe un derecho natural, esta
palabra es una bobada anticuada, digna del fiscal que me acorraló el otro día
y cuyo abuelo fue enriquecido por una confiscación de Luis XIV. No existe
derecho sino cuando hay una ley que prohíbe hacer una determinada cosa so pena
de castigo. Aparte de la ley, no hay nada tan natural como la fuerza del león o
la necesidad del individuo que tiene hambre, que tiene frío, en una palabra, la
necesidad... No, las gentes a quienes se honra no son más que bribones que han
tenido la suerte de no ser cogidos infraganti. El acusador que la sociedad pone
contra mí se halló enriquecido por una infamia... Yo he cometido un asesinato y
me condenan con justicia, pero, aparte este hecho, el Valenod que me ha
condenado es cien veces más perjudicial para la sociedad.
»Después de todo -prosiguió Julien
tristemente, pero sin cólera-, a pesar de su avaricia, mi padre vale mucho más
que todos estos hombres. Nunca me ha querido. Y yo vengo a colmar la medida
deshonrándole con una muerte infame. Ese temor de carecer de dinero, esa visión
exagerada de la maldad de los hombres que se llama avaricia, le hace encontrar
un poderoso motivo de consuelo y seguridad en una suma de tres o cuatrocientos
luises que yo pueda dejarle. Cualquier domingo, después de comer, enseñará su
oro a todos los envidiosos de Verriéres y les dirá con la mirada: "A este
precio, ¿cuál de vosotros no querría tener un hijo guillotinado?".»
Esta filosofía podía ser verdadera,
pero era como para desear la muerte. Así pasaron cinco días interminables. Era
dulce y cortés con Mathilde, a la que veía exasperada por los celos más vivos.
Una noche, Julien pensaba en serio en suicidarse. Su alma se sentía enervada
por la desgracia profunda en que le sumiera la partida de la señora de Rénal.
Nada le agradaba ya, ni en la vida real ni en la de la imaginación. La falta de
ejercicio comenzaba a alterar su salud y a darle el carácter exaltado y débil
de un estudiante alemán. Perdía esa altivez varonil, que rechaza con un insulto
enérgico ciertas ideas poco convenientes que asaltan las almas de los
desgraciados.
«Yo he amado la verdad... ¿Dónde
está?... Por todas partes hipocresía, o cuando menos charlatanería, hasta en
los más virtuosos, hasta en los más grandes... -Y sus labios adoptaron un gesto
de desprecio. No, el hombre no puede fiarse del hombre.
»La señora de..., haciendo una
colecta para sus pobres huérfanos, me decía que cierto príncipe había dado
diez luises; mentira. Pero ¿qué digo? ¡Napoleón en Santa Elena!...
Charlatanería pura, proclamación en favor del rey de Roma.
»¡Dios mío! Si un hombre como aquél,
y cuando la desgracia le debe recordar severamente su deber, se rebaja hasta la
charlatanería, ¿qué esperar del resto de la especie?
»¿Dónde está la verdad? En la
religión... Sí -añadió, con la sonrisa amarga del más profundo desprecio-, en
labios de los Maslon, de los Frilair, de los Castanéde... ¿Quizás en el verdadero
cristianismo, donde no se pagaría a los sacerdotes, como no se pagaba a los
apóstoles?... Pero san Pablo fue pagado con el placer de mandar, de hablar, de
hacer hablar de sí...
»¡Ah! ¡Si hubiera una verdadera
religión!... ¡Qué estúpido soy! Veo una catedral gótica, vidrieras venerables;
mi corazón débil se imagina al sacerdote de estas vidrieras... Mi alma lo comprendería,
mi alma lo necesita... No veo más que un fatuo con los cabellos sucios... todo
lo más, un caballero de Beauvoisis.
»Pero un sacerdote de verdad, un
Massillon, un Fénelon... Massillon consagró a Dubois. Las Memorias de
Saint-Simon me han malogrado a Fénelon; pero, en fin, un verdadero sacerdote...
Entonces, las almas tiernas tendrían un punto de reunión en el mundo... No
estaríamos aislados... Ese buen sacerdote nos hablaría de Dios. Pero ¿de qué
Dios? No del de la Biblia, pequeño déspota, cruel y lleno de sed de
venganza..., sino del Dios de Voltaire, justo, bueno, infinito...»
Fue asaltado por todos los recuerdos
de aquella Biblia que se sabía de memoria... «Pero, al reunirse más de tres
personas, ¿cómo creer en ese gran nombre de Dios, después del espantoso abuso
que nuestros curas hacen de él?
»¡Vivir aislado!... ¡Qué
tormento!...
»Me vuelvo loco e injusto -se dijo
Julien, golpeándose la frente-. Estoy aislado aquí, en este calabozo, pero no
he vivido aislado en el mundo; tenía la poderosa idea del deber. El deber que
yo me había impuesto, con razón o sin ella..., ha sido como el tronco de un
árbol robusto en el que me apoyaba durante la tormenta; vacilaba, estaba
agitado. Después de todo, no era más que un hombre... pero no era arrastrado.
»Es el aire húmedo de este calabozo
lo que me hace pensar en el aislamiento...
»¿Y por qué ser aún hipócrita
maldiciendo la hipocresía? Lo que me abruma no es la muerte, ni el calabozo, ni
el aire húmedo, es la ausencia de la señora de Rénal. Si por verla, en
Verriéres, me viera obligado a ocultarme semanas enteras en los sótanos de su
casa, ¿me quejaría?
»La influencia de mis contemporáneos
sale vencedora -dijo en voz alta y con una amarga risa-. Hablando conmigo
mismo, a dos pasos de la muerte, sigo siendo hipócrita... ¡Oh, siglo XIX!
»Un cazador dispara un tiro en el
bosque, su presa cae, él corre para alcanzarla. Su calzado tropieza con un
hormiguero de dos pies de alto, destruye la casa de las hormigas, las dispersa
a lo lejos, y lo mismo sus huevos... Las más filósofas de las hormigas no
podrán nunca comprender aquel cuerpo negro, inmenso, espantoso: la bota del
cazador, que de repente ha penetrado en su vivienda con una rapidez increíble,
precedida de un ruido atronador y acompañada de chispas de un fuego rojizo...
»Así la muerte, la vida, la
eternidad, cosas muy sencillas para quien tuviera los órganos lo bastante
extensos para concebirlas...
»Una mosca efímera nace a las nueve
de la mañana de un día de verano para morir a las cinco de la tarde; ¿cómo
podría comprender la palabra noche?
»Dadle cinco horas más de
existencia, y verá y comprenderá lo que es la noche.
»Así, yo moriré a los veintitrés
años. Dadme cinco años más de vida para vivir con la señora de Rénal...»
Se echó a reír como Mefistófeles.
«¡Qué locura es discutir estos grandes problemas!
»Primero: soy hipócrita, como si
aquí me estuviera escuchando alguien.
»Segundo: me olvido de vivir y de
amar cuando me quedan
tan
pocos días de vida... ¡Ay de mí! La señora de Rénal está ausente; puede que su
marido no la deje volver a Besancon para que no continúe deshonrándose.
»Esto es lo que me aísla, y no la
ausencia de un Dios justo, omnipotente, no malo, no ávido de venganza...
»¡Ah! ¡Si existiera!... Yo caería a
sus pies y le diría: "He merecido la muerte; pero Dios grande, Dios
bueno, Dios indulgente, ¡devuélveme a la que amo!".»
La noche estaba muy avanzada.
Después de una hora o dos de sueño tranquilo, llegó Fouqué.
Julien se sentía fuerte y decidido
como el hombre que ve claro en su alma.
Capítulo
45
-No quiero jugarle a ese pobre padre
Chas-Bernard la mala pasada de llamarle -dijo Julien a Fouqué-; el pobre no
podría comer luego en tres días. Pero procura encontrar un jansenista amigo
del padre Pirard, que sea inaccesible a la intriga.
Fouqué esperaba con impaciencia
aquella decisión. Julien cumplió decentemente todo lo que en provincias se debe
a la opinión. Gracias al padre de Frilair, y a pesar de la mala elección de
confesor, Julien era, en su calabozo, el protegido de la congregación; con un
poco más de habilidad habría podido escaparse. Pero el aire viciado del
calabozo producía su efecto: su razón se nublaba. Por eso fue aún más feliz
con el retorno de la señora de Rénal.
-Mi deber principal es cuidar de ti
-le dijo ella, abrazándole-; me he escapado de Verriéres...
Julien no tenía con ella ningún amor
propio; le contó todas sus flaquezas. La mujer fue buena y encantadora para él.
Por la tarde, apenas salió de la
cárcel, hizo ir a casa de su tía al sacerdote que se aferraba a Julien como a
una presa; como este individuo no deseaba otra cosa que hacerse un nombre entre
las mujeres jóvenes de la alta sociedad de Besancon, la señora de Rénal
consiguió fácilmente que se fuera a hacer una novena al monasterio de
Bray-le-Haut.
No hay palabras para expresar el
exceso y locura del amor de Julien.
A fuerza de oro, y usando y abusando
del crédito de su tía, beata célebre y rica, la señora de Rénal consiguió verle
dos veces al día.
Ante esta noticia, los celos de
Mathilde se exaltaron hasta el desvarío. El padre de Frilair le había confesado
que todo su crédito no llegaba hasta el punto de poder desafiar todas las
conveniencias para conseguir que le permitieran ver a su amigo más de una vez
al día. Mathilde hizo seguir a la señora de Rénal para saber al detalle todo lo
que hacía. El padre de Frilair agotaba todos los recursos de un espíritu
sumamente astuto para hacerle comprender que Julien era indigno de ella.
En medio de todos aquellos
tormentos, ella le amaba más aún, y casi a diario le hacía alguna escena
terrible.
Julien quería a toda costa portarse
honestamente, hasta el fin, con aquella pobre muchacha, que él había
comprometido de forma tan extraña; pero, a cada momento, el amor desenfrenado
que sentía por la señora de Rénal triunfaba de todo lo demás. Cuando, por
razonamientos capciosos, no lograba convencer a Mathilde de la inocencia de las
visitas de su rival, decíase: «Ahora ya, el fin del drama debe de estar muy
cerca, y esto es una disculpa para mí que no sé disimular mejor».
La señorita de La Mole se enteró de
la muerte del marqués de Croisenois. El señor de Thaler, aquel hombre tan rico,
habíase permitido hacer comentarios poco favorables, relativos a la desaparición
de Mathilde; el marqués de Croisenois le rogó que se retractara: el señor de
Thaler le enseñó anónimos dirigidos a él, llenos de detalles, tramados con
tanto arte, que el pobre marqués no pudo menos de comprender la verdad.
El señor de Thaler se permitió
burlas groseras. Ebrio de ira y desesperado, el marqués de Croisenois exigió
una reparación tan dura, que el millonario prefirió un duelo. La majadería
triunfó, y uno de los hombres de París más dignos de ser amados encontró la
muerte, cuando aún no había cumplido los veinticuatro años.
Aquella muerte causó una impresión
extraña y enfermiza en el alma debilitada de Julien.
-El pobre Croisenois -le decía a
Mathilde- ha sido realmente muy razonable y muy honrado con nosotros; debió
odiarme cuando usted comenzó a cometer imprudencias en el salón de su madre, y
desafiarme, pues el odio que sucede al desprecio suele ser siempre furioso...
La muerte de Croisenois cambió todas
las ideas de Julien respecto al porvenir de Mathilde; empleó varios días en
demostrarle la conveniencia de aceptar la mano del señor de Luz.
-Es un hombre tímido, no demasiado
jesuita -le decía-, y que sin duda ocupará algún puesto elevado. De una
ambición más oscura y más continuada que el pobre Croisenois, y sin ducado en
su familia, no tendrá inconveniente en casarse con la viuda de Julien Sorel.
-Y una viuda que desprecia las
grandes pasiones -replicó fríamente Mathilde-, pues ha vivido lo bastante para
ver, después de seis meses, que su amante prefería a otra mujer, y una mujer
que fue la causa de todas sus desdichas.
-Sois injusta; las visitas de la
señora Rénal darán motivo para hacer frases singulares al abogado de París,
encargado del recurso de mi causa; pintará al asesino honrado por los cuidados
de su víctima. Esto puede hacer efecto, y quizás algún día me vea protagonista
de algún melodrama, etc., etc.
Unos celos furiosos e imposibles de
vengar, la continuidad de una desgracia sin esperanza (pues aun suponiendo que
Julien se salvase, ¿cómo volver a conquistar su corazón?), la vergüenza y el
dolor de amar más que nunca a aquel amante infiel, habían sumido a la señorita
de La Mole en un silencio triste, del que no la podían sacar ni los cuidados
solícitos del padre de Frilair ni la ruda franqueza de Fouqué.
En cuanto a Julien, excepto en los
momentos usurpados por la presencia de Mathilde, vivía de amor y casi sin
pensar en el porvenir. Por un extraño efecto de esta pasión, cuando es extremada
y sin fingimiento alguno, la señora de Rénal casi compartía su inconsciencia y
su dulce alegría.
-En otro tiempo -le decía Julien-,
cuando podía haber sido tan feliz, durante nuestros paseos por los bosques de
Vergy, una ambición fogosa arrastraba mi alma hacia países imaginarios. En vez
de apretar contra mi corazón este brazo encantador, que estaba tan cerca de mis
labios, el porvenir me alejaba de ti; pensaba en los innumerables combates que
tendría que sostener para levantar una fortuna colosal... No, habría muerto sin
conocer la dicha, si usted no hubiera venido a verme en esta prisión.
Dos sucesos turbaron aquella vida
tranquila. El confesor de Julien, a pesar de ser jansenista, no pudo ponerse al
abrigo de una intriga de los jesuitas y, sin saberlo, se convirtió en su instrumento.
Fue un día a decirle que, a menos de
caer en el horrible pecado del suicidio, debía hacer todos los esfuerzos
posibles para conseguir su indulto. Y puesto que el clero tenía mucha influencia
en el Ministerio de Justicia en París, había un medio muy fácil: convertirse
con solemnidad...
-¡Con solemnidad! -repitió Julien-.
¡Ah! También le pillo a usted, padre, representando la comedia como un
misionero...
-La edad de usted -repuso gravemente
el jansenista-, la cara interesante con que le ha dotado la Providencia, el
propio motivo mismo de su crimen, que sigue siendo inexplicable, los intentos
heroicos que la señorita de La Mole prodiga en su favor, todo, en fin, hasta la
rara amistad que le demuestra su víctima, todo ha contribuido a convertirle en
el héroe de las damas jóvenes de Besancon. Por usted lo han olvidado todo,
hasta la política...
»Su conversión repercutiría en sus
corazones, dejando en ellos una impresión profunda. Puede usted ser de gran
utilidad a la religión, y yo sólo dudaría por la frívola razón de que los jesuitas
harían lo mismo en caso semejante. ¡Pero entonces resultaría que, aun en este
caso particular, que escapa a su rapacidad, causarían perjuicio! Que no sea
así... Las lágrimas que su conversión de usted haga verter anularán el efecto
corrosivo de diez ediciones de las obras impías de Voltaire.
-¿Y qué me quedará -respondió
fríamente Julien- si me desprecio a mí mismo? He sido ambicioso, no quiero
censurarme; entonces obraba con arreglo a las conveniencias del tiempo. Ahora
vivo al día. Pero sería muy desgraciado si me entregara a alguna cobardía...
El otro incidente, mucho más
sensible para Julien, fue debido a la señora de Renal. Por lo visto, alguna
amiga intrigante llegó a convencer a aquella alma ingenua y tan tímida de que
su deber era ir a Saint-Cloud y echarse a los pies del rey Carlos X pidiendo
clemencia.
Había hecho el sacrificio de
separarse de Julien, y, después de tal esfuerzo, el desagrado de exponerse al
público, que en otra época le hubiera parecido peor que la muerte, ya no representaba
nada para ella.
-Me presentaré al rey, confesaré en
voz alta que eres mi amante; la vida de un hombre, y de un hombre como Julien,
debe estar por encima de todas las consideraciones. Diré que has atentado
contra mi vida por celos. Hay muchos ejemplos de pobres gentes salvadas en
casos semejantes por la humanidad del Jurado o la del rey...
-Dejaré de verte, te cerraré la
puerta de mi calabozo -exclamó Julien-, y desde luego, al día siguiente me
mataré de desesperación, si no me juras que no has de dar un paso que nos
ponga a ambos en evidencia ante el público. Esta idea de ir a París no es tuya.
Dime el nombre de la intrigante que te la ha sugerido...
»Seamos felices durante el corto
número de días de esta breve vida. Ocultemos nuestra existencia, mi crimen es
demasiado evidente. La señorita de La Mole tiene la mayor influencia en París,
y no dudes de que hace todo lo humanamente posible. Aquí, en provincias, tengo
contra mí a todas las gentes ricas, y consideradas. Tu paso agriaría aún más a
estas gentes ricas, y sobre todo moderadas, para quienes la vida es una cosa
tan fácil... No demos motivos de risa a los Maslon, los Valenod y a otros mil
que son mejores.
El aire infecto del calabozo se le
hacía insoportable a Julien. Por fortuna, el día en que fueron a anunciarle que
había de morir, un sol espléndido alegraba la naturaleza, y Julien se sentía
animoso. Andar al aire libre fue para él una sensación tan deliciosa como el
pisar tierra para el navegante que lleva mucho tiempo en el mar. «Vamos, todo
va bien; no me falta firmeza.»
Nunca había sido más poética aquella
cabeza que en el momento en que iba a caer. Los ratos más dulces, pasados en
otro tiempo en los bosques de Vergy, acudían desordenadamente a su memoria, y
con una energía extremada.
Todo se cumplió sencillamente,
convenientemente y sin afectación alguna por su parte.
La antevíspera le había dicho a
Fouqué:
-No puedo responder de si me
emocionaré; este calabozo tan horrible, tan húmedo, me produce momentos de
fiebre en los que no me reconozco; pero miedo no, no me verán palidecer.
Había preparado con anticipación las
cosas de modo que, la mañana del último día, Fouqué se llevase a Mathilde y a
la señora de Renal.
-Llévatelas en el mismo coche -le
había dicho-. Arréglatelas para que los caballos de posta vayan siempre al
galope. Caerán una en brazos de la otra, o se demostrarán un odio mortal. En
cualquiera de los dos casos, esas pobres mujeres se distraerán algo de su
horrible dolor.
Julien había exigido a la señora de
Renal el juramento de que viviría para cuidar del hijo de Mathilde.
-¿Quién sabe? -le decía un día a
Fouqué-. Quizá tengamos alguna sensación después de la muerte. Me gustaría
descansar, puesto que descansar es la palabra, en aquella pequeña gruta de la
alta montaña que domina Verriéres. Varias veces te lo he dicho; retirado en
aquella gruta, por la noche, contemplando a lo lejos las comarcas más ricas de
Francia, la ambición, mi pasión de entonces, embargaba mi alma... En fin, le
tengo cariño a esa gruta, y no se puede negar que está situada de modo que
daría envidia al alma de un filósofo... ¡Pues bien! Estos congregantes de
Besancon hacen dinero de todo; si tienes habilidad, te venderán mis restos
mortales...
Fouqué tuvo éxito en esta triste
negociación. Pasaba la noche solo, en su cuarto, junto al cuerpo de su amigo,
cuando, con gran sorpresa suya, vio entrar a Mathilde. Pocas horas antes la
había dejado a diez leguas de Besancon. Tenía la mirada y los ojos extraviados.
-Quiero verle -le dijo.
Fouqué no tuvo el valor de hablar ni
de levantarse. Le señaló con el dedo una gran capa azul que se hallaba en el
suelo; allí estaba envuelto lo que quedaba de Julien.
Ella se arrodilló. El recuerdo de
Boniface de La Mole y de Margarita de Navarra le dio, sin duda, un valor
sobrehumano. Sus manos temblorosas apartaron el paño. Fouqué volvió los ojos.
Oyó que Mathilde andaba
precipitadamente por la habitación. Encendía varias velas. Cuando Fouqué tuvo
fuerzas para mirarla, vio que había colocado la cabeza de Julien en una mesita
de mármol frente a ella, y la besaba en la frente...
Mathilde siguió a su amante hasta la
tumba que él eligiera. Gran número de sacerdotes escoltaban el ataúd y, sin que
nadie lo supiera, sola en su coche enlutado, ella llevaba sobre sus rodillas
la cabeza del hombre a quien tanto había amado.
Llegados al punto más alto de una de
las elevadas montañas del Jura, en plena noche, dentro de aquella pequeña gruta
espléndidamente iluminada por gran número de cirios, veinte sacerdotes
cantaron el oficio de difuntos. Todos los habitantes de los pueblecillos de la
montaña que atravesó el cortejo lo habían seguido, atraídos por la singularidad
de aquella extraña ceremonia.
Mathilde apareció en medio de ellos,
vestida con largas tocas de luto, y al acabar la ceremonia hizo repartir varios
millares de monedas de cinco francos.
Una vez sola con Fouqué, quiso
enterrar con sus propias manos la cabeza de su amante. Fouqué casi enloqueció
de dolor.
Gracias a los cuidados de Mathilde,
aquella gruta salvaje fue adornada con mármoles esculpidos en Italia, sin
reparar en gastos.
La señora de Renal fue fiel a su
promesa. No trató en manera alguna de atentar contra su vida; pero, tres días
después que Julien, murió abrazando a sus hijos.
El inconveniente del dominio de la
opinión, que, por otra parte, trae consigo la libertad, es que se mete en lo
que no le importa; por ejemplo: en la vida privada. De ahí, la tristeza de
América y de Inglaterra. Para evitar toda intromisión en la vida privada, el
autor ha inventado una pequeña ciudad, Verriéres, y, cuando ha necesitado un
obispo, un Jurado y una Audiencia, los ha situado en Besancon, donde no estuvo
jamás.
[1]
«La verdad, la amarga verdad..»
[2]
«Reunidos por millares estarán mejor, pero la jaula será menos alegre.»
[3]
«¡Y la importancia no es nada, señor mío? El respeto de los necios, el asombro
de los niños, la envidia de los ricos, el desprecio del sabio.»
[4]
Histórico.
[5]
«Un párroco virtuoso y que no intrigue es una bendición para un pueblo.»
[6]
¿Y será culpa mía si es así?»
[7]
Restableció la situación contemporizando
[8]
No sé ya lo que soy ni qué hago.. Las bodas de Fígaro
[9]
«No saben llegar al corazón sin herirlo..»
[10]
«Hubo entonces suspiros, más profundos por ser reprimidos, / y miradas furtivas,
más dulces por ser robadas, / y rubores ardientes, aunque no debidos a
transgresión alguna.» Don Juan, 1, 74.
[11]
La Dido de M. Guérin, encantador bosquejo..
[12]
Pero cuanto más se disimula una pasión, más se traiciona, / por su misma
oscuridad; como el cielo más sombrío / anuncia la más furiosa tempestad.* Don
Juan, 1, 73.
[13]
Hasta la misma frialdad de Julia resultó amable. / Y su pequeña mano
trémulamente gentil / se apartó de la suya, no sin dejar detrás / un pequeño
apretón conmovedor, y tan blando / y leve, tan extremadamente leve que para la
mente / apenas fue más que una sospecha.. Don Juan, 1, 71.
[14]
«Hay en París personas elegantes: en provincias es posible encontrar personas
de carácter.»
[15]
«Una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino.»
[16]
Una muchacha de dieciséis años tenía una tez de rosa y se ponía colorete.»
Polidori era el médico de lord Byron, a quien Stendhal conoció en Milán, en octubre
de 1816.
[17]
«El
amor hace las igualdades y no las busca..
[18]
Amor en latín se llama amor. / Así, pues, del amor procede la muerte, / y antes
de ella, la inquietud que muerde, / duelo, llanto, asechanzas, crímenes, remordimiento…
[19]
Dirigió sus labios a los suyos, y con la mano / apartó la maraña de su ondulante
cabellera.. Don Juan, 1, 170.
[20]
Oh, cómo se parece este amor naciente / a la incierta gloria de un día de
abril, / cuando el sol muestra toda su belleza, / y de pronto una nube lo
oscurece todo!. Los dos hidalgos de Verona.
[21]
«¿No servís más que para ser arrojados allí como el cadáver de un pueblo, sin
alma y sin sangre en las venas?»
[22]
"Lo grotesco de los acontecimientos cotidianos os oculta la verdadera
desgracia de las pasiones.»
[23]
«No sueltes / demasiado las riendas, que los juramentos más sagrados son paja /
para el fuego que corre por la sangre.. La tempestad.
[24]
.¡AY, que la culpa no es nuestra, sino de nuestra fragilidad, pues así somos,
tal como hemos sido creados!» La duodécima noche.
[25]
. «La
palabra le fue dada al hombre para ocultar su pensamiento.» El P. Gabriel
Malagrida fue un jesuita portugués que, acusado por el marqués de Pombal de ser
el instigador del regicidio frustrado contra José I, fue entregado a la Inquisición
y condenado a morir en la hoguera en 1759. Véase Menéndez Pelayo, Heterodozos
españoles, tomo V, lib. VI, cap. II.
[26]
. «El
placer de llevar la cabeza alta todo el año está bien pagado con algunos
cuartos de hora que es preciso pasar.»
[27]
«Con frecuencia la mujer varía, / bien loco es quien de ella se fía»
[28]
.«¡Cuánto ruido, cuánta gente atareada! ¡Cuántas ideas para el porvenir en una
cabeza de veinte años! ¡Qué distracción para el amor!»
[29]
«Trescientas treinta y seis comidas a 83 céntimos; trescientas treinta y seis
cenas a 28 céntimos; chocolate para quienes tengan derecho a él. ¿Cuánto se
saca de ganancia por la contrata?»
[30] Pocas
palabras para quien sabe comprender.
[31]
¿Habla usted latín?
[32]
Sí, excelentísimo padre.
[33]
Sí, excelentísimo padre.
[34]
El Padre Henri Grégoire (1780-1831) fue miembro de la Convención y obispo
constitucional de Blois. Fue candidato en las elecciones de 1819, pero fue
destituido por el gobierno, que le reprochó haber votado la muerte de Luis
XVI.
[35] Véase
en el museo del Louvre: Francisco, duque de Aquitania, despojándose de la
coraza y tomando el hábito de fraile, n.° 1.130.
[36]
«La época actual, ¡gran Dios!, es el arca del Señor. Desgraciado quien la
toque»
[37]
Ha conocido su época, ha conocido su provincia, y es rico.. (El Precursor era
un periódico de Lyon muy leído en París.)
[38] Pues
para ti, hijo mío, mi sucesor será como un león furioso que trata de dei
orarte.
[39] «No es
bonita, no Ileva colorete.»
[40]
«¡Oh campo, cuándo te contemplaré!»
[41]
Academia de las Inscripciones y Bellas Artes, fundada en 1663, se ocupa de temas
de erudición histórica o arqueológica.
[42]
Francesco Reina (1772-1826), erudito milanés.
[43]
«¿Qué hace aquí? quí. ¿Se encontraría a gusto? ¿Pensaría agradar?»
[44]
Báton significa palo en francés
[45]
Bouillon significa caldo en francés
[46]
Cita la réplica de Bartolo -y no de Basile- en Las bodas de Fígaro de Beaumarchais..Este
otro tunante ¿vive aquí? Es una caverna.. (acto 1, escena tv).
[47]
«Una idea un poco viva parece allí una grosería, tan acostumbrados están a las
palabras sin relieve. ¡Desgraciado del que inventa al hablar!. Jean-Baptiste
Louvet de Couvray, Amours du chevalier de Faublas (.Amores del caballero de
Faublas.), famosa novela libertina, publicada en París, 1787-1789.
[48]
Esta página, escrita el 25 de julio de 1830. fue impresa el 4 de agosto. (N del
L) El 25 de julio de 1830 es la fecha histórica de la ordenanza o real decreto
de Carlos x por el que se disponía la disolución de la Cámara y la enmienda de
la Constitución para instaurar un gobierno rigurosamente absolutista. Consecuencia
inmediata de esta medida fue la revolución de julio de 1830. que trajo consigo
la caída de Carlos X y el advenimiento de Luis Felipe. duque de Orleans, en
agosto de aquel mismo año.
[49]
Es un descontento el que habla. (Nota de Moliére en Tartufo.)
[50]
«¡Amor, en qué locuras llegas a hacernos encontrar placer!»
[51]
Se refiere a las lettres de cachet, pliego cerrado con el sello real, que
contenía generalmente una orden fulminante de encarcelamiento o de destierro.
[52]
Se refiere a la famosa matanza de hugonotes de la noche de San Bartolomé.
[53]
«Admiro su belleza. pero temo su ingenio.»
[54] «La
necesidad de ansiedad era el rasgo característico de mi tía, la hermosa
Margarita de Valois, que pronto se casó con el rey de Navarra, a quien hoy
vemos remar en Francia con el nombre de Enrique IV. La pasión del juego
constituía el secreto del carácter de esa amable princesa; de ahí sus peleas y
sus reconciliaciones con sus hermanos desde la edad de dieciséis años. ¿Y qué
arriesga en el juego una joven? Lo más preciado que posee: su reputación, la
consideración de toda su vida..»
[55]
«Estas palabras pueden ser un honesto artificio... / Yo no me fiaría de tan dulces
palabras, / Sin que algunos de sus favores, por los que tanto suspiro, / Vengan
a confinarme cuanto pudieron decirme.»
[56]
El cabinet noir, oficina secreta creada en tiempo de Luis XIV, en la cual el gobierno
violaba el secreto de la correspondencia; puede considerarse el antecedente de
la moderna censura postal.
[57]
«Cuántas perplejidades! ¡Cuántas noches de insomnio! ¡Dios mío! ¿Voy a hacerme
despreciable? Hasta él me despreciará. Pero se marcha, se aleja.»
[58]
...¡Pero no hay más que un honor!
[59]
«Ahora me propongo ponerme serio: ya es tiempo. / porque. hoy por hoy. hasta
la misma risa se ha vuelto seria; / hasta una burla de la virtud al vicio es
considerada un crimen. Don Juan, c. XIII.»
[60] «¡Oh,
cómo se parece este amor naciente / a la incierta gloria de un día de abril; /
cuando el sol muestra toda su belleza, / y de pronto una nube lo oscurece
todo!. La misma cita aparece al frente del Capítulo 17 de la primera parte. Los
dos hidalgos de Verona, I, III.»
[61]
«Debo castigarme si amé demasiado.»
[62]
«Pues todo lo que cuento lo he visto; y si he podido engañarme al verlo, ciertamente
no le engaño al contárselo.»
[63]
«¡La república! Hoy en día, por uno que lo sacrificaría todo al bien público,
hay millares y millones que sólo se preocupan de su vanidad y de sus placeres.
En París, es el coche y no la virtud lo que proporciona la consideración
pública.. Memorial.»
[64]
«¿Será Dios, mesa o palangana?»
[65]
Se refiere a Armand-Emmanuel, duque de Richelieu (1766-1822), primer ministro
de Luis XVIII, quien después del Congreso de Viena logró poner fin a la
ocupación por las tropas aliadas del territorio francés.
[66]
En francés en el original, sin referencia alguna que permita identificar la procedencia
de esta cita de Lope.
[67]
Los carbonarios, sociedad liberal del norte de Italia, se habían extendido por
Francia.
[68]
Tengo la manía de amar a Marote...
[69]
Un día, el amor en el cabaret...
[70] En
castellano en el original.
[71]
"Había también en Adelina, por supuesto, / aquella cortesía serena y
patricia en las maneras, / que nunca rebasa la línea equinoccial / de lo que
quiere exPresar la naturaleza; / tal como un mandarín que no encuentra nada
suficientemente bello, / o que, por lo menos, no deja que por su actitud pueda
sospecharse
/ que algo que ve puede proporcionarle un gran
placer.. Don Juan, XIII, 84.
[72]
«¡Servicios! ¡Talento! ¡Mérito! ¡Bah! Formad parte de una camarilla.» Aventuras
de Telémaco.
[73]
Se trata del escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799), autor de
unos famosos Aforisnws (Aphorismen), publicados en Gotinga, 1800-1806.
[74]
«Sacrificarse a las propias pasiones, pase; ¡pero a las pasiones que no se tienen!
¡Oh triste siglo XIX!.
[75]
«Como el cielo más sombrío / anuncia la más furiosa tempestad.» La misma cita
aparece en el Capítulo 10 de la primera parte. Don Juan, 1, 75.
[76]
«¡Éste es el gran milagro de vuestra civilización! Habéis convertido el amor en
un negocio corriente.»
[77]
«¡Ay! ¿Por qué estas cosas y no otras?»
[78]
-Al tallar este diamante, un torpe artífice le ha quitado algunos de sus más vivos
destellos. En la Edad Media, ¿qué digo?, aun en tiempos de Richelieu los
franceses tenían fuerza de voluntad..
[79]
«Mientras cabalgaba, el prefecto se decía: ¿Por qué no he de ser ministro,
presidente del consejo, duque? He aquí cómo haría yo la guerra. De este modo
metería en la cárcel a todos los innovadores.. El Globo, diario de la época.»
[80]
«¡Dios mío, concededme la mediocridad!»
[81]
-El país recordará durante mucho tiempo este célebre proceso. El interés por el
acusado había llegado hasta la agitación: y es que su crimen era extraño y, sin
embargo, no era atroz. Aunque lo hubiese sido, ¡era tan guapo aquel joven! Su
afortunada carrera, tan repentinamente truncada, aumentaba el enternecimiento.
¿Le condenarán?, preguntaban las mujeres a los hombres a quienes conocían, y
se las veía palidecer mientras aguardaban la respuesta..
[82] Con el
derecho que un espíritu firme y de amplitud de miras tiene sobre el espíritu
grosero de los humanos vulgares. (Voltaire, Mahoma, acto ti, escena v.)
[83]
Habla un jacobino.

