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Guillermo Molina Miranda febrero 02, 2025

 


© Libro No. 388. Introducción a la Historia de la Filosofía. Hegel, Georg. Colección Emancipación Obrera. Marzo 2 de 2013.

 

Título original: © Georg Hegel. Introducción a la Historia de la Filosofía.

 

Versión Original: Georg Hegel. Introducción a la Historia de la Filosofía.

 

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Georg Hegel

Introducción A La Historia De La Filosofía

 

 

 

 

 

 

 

 

Georg Hegel

Introducción a la Historia de la Filosofía

 

 

 

índice

INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Introducción 25

A. Noción de la historia de la filosofía 37

I. Determinaciones preliminares          39

1. El pensamiento como concepto c idea        39

a)        El pensamiento     39

b)        El concepto 40

c)        La idea        41

2. La idea como desarrollo         43

a)        El ser en sí 44

b)        La existencia (Dasein)    45

c)        El ser por sí          47

3. La evolución como concreción         51

II. Aplicación de estas determinaciones a la historia de la filo

sofía    57

III. Conclusiones para el proceder de la historia de la filosofía  73

B. La relación de la historia de la filosofía con los otros productos

del espíritu    83

 

II.        La relación inmediata de la filosofía con las restantes pro

ducciones del espíritu       90

1. Relación de la filosofía con las ciencias en general                92 100 102 104 107 112 122

130 130 137 142 146

 

C. División general de la historia de la filosofía      149

I.         El comienzo de la historia de la filosofía      149

II.        El progreso en la historia de la filosofía      159

D. Fuentes y bibliografía de la historia de la filosofía       175

 

SUPLEMENTO      185

I. Concepto y definición de la historia de la filosofía         189

II Concepto de filosofía    201

a)        Consecuencia sobre la perspectiva, así como sobre el proce

dimiento de la filosofía en general       224

b)        Procedimiento de las antiguas filosofías      226

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducció n a la historia de la filosofía

 

Hegel fue el primero en descubrir la relación que existe entre el pensamiento filosó fico y la sociedad concreta, histórica, de donde surge. La filosofía es, en último término, representación del espíritu de su tiempo (de sus grandezas y de sus miserias), y la historia de la filosofía, en cuanto desenvolvimiento en el tiempo del pensamiento humano, es la filosofía misma («el estudio de la historia de la filosofía es el estudio de la filosofía misma»).

Antes de Hegel, pues, ningún filó sofo — con la única excepción de importancia de Aristóteles en su li¬bro primero de la Metafísica— se había preocupado por integrar las tesis de sus predecesores. Y ello por dos razones, que el propio Hegel se encarga de exponer en esta Introducción a la historia de la filosofía, concretamente en el Suplemento, donde expone el concepto y la definición de la historia de la filosofía. Hasta Hegel, el contenido de esta historia era conside¬rado como una «narración de diversas opiniones», es decir, algo ocioso, de interés puramente erudito por su inutilidad. O bien no era tenido en cuenta, porque los sistemas filosóficos eran considerados desde un punto de vista exclusivo: había que decidirse por uno de ellos como único legitimador de la verdad, y en consecuencia los restantes eran falsos.

A estas dos cuestiones Hegel responde aduciendo que una filosofía no es, en ningún momento, mero opinar, sino «ciencia objetiva de la verdad, ciencia de su necesidad, conocer conceptual», y que las distintas filosofías de entrada tienen en común el ser filosofía. Y en cuanto a la segunda y fundamental cuestión, res-ponde con su propio concepto de verdad. Esta «no puede ser un pensamiento o proposición simplemente abstracto; antes bien, es algo en sí concreto». Ahora bien, lo concreto en Hegel es siempre «la unidad de determinaciones diferentes»; es decir, la verdad es dia-léctica, por cuanto radica en la coincidencia del objeto consigo mismo, con su concepto, pero dado que esta coincidencia, como se expresa en la Ciencia de la Ló-gica, jamás es alcanzada por un juicio finito, la verdad ha de ser entendida dialécticamente, como proceso.

En dicho proceso se realiza la «unidad de determi-naciones diferentes», lo cual supone — y a diferencia, por cierto, de las categorías aristotélicas— que en la dialéctica hegeliana lo uno y lo múltiple no son antité-ticos. La unidad, para Hegel, se realiza en la multipli-cidad empírica de la experiencia; lo uno es negado por la pluralidad, pero ambos conceptos no están aislados, sino que en virtud de la mediació n dialé ctica que los relaciona pese a su carácter contradictorio surge una síntesis como unidad de los opuestos.

Tal concepció n de la verdad — es decir, como pro-ceso— entraña, por tanto, un sentido temporal, la consideración de que el tiempo es un momento de la verdad. En el Suplemento antes mencionado de esta Introducción a la historia de la filosofía, Hegel sostiene que lo verdadero posee el impulso a desarrollarse. «De esta manera — dice— , la idea, concreta en

 

sí y desarrollándose, es un sistema orgánico, una tota-lidad, que contiene en sí una gran abundancia de fases y de momentos.» La filosofía es el conocer esta evolu¬ción y «como pensar conceptual es, incluso este desa¬rrollo pensante», de tal modo que, cuanto mayor es la evolució n, mayor es la riqueza que encierra la fi¬losofía. Ahora bien, si «la filosofía es sistema en el de¬sarrollo, lo mismo sucede con la historia de la filoso¬fía». De lo que se deduce que la filosofía ha de reconstruir históricamente las formas esenciales me-diante las cuales se ha realizado el espíritu absoluto.

Para Hegel, la dialéctica está constituida por una tríada fundamental, por tres momentos: en el primero, el absoluto se presenta como una idea preexistente a la aparición de la materia y del espíritu; en el segundo se presenta como naturaleza y en el tercer momento como espíritu. De ahí que el sistema hegeliano se di-vida en tres partes: lógica, filosofía de la naturaleza y fi¬losofía del espíritu. Esta última trata del desarrollo del absoluto en su última fase, una vez ha adquirido la con¬ciencia de su propia naturaleza racional y tomado con¬ciencia de su propia libertad. Esta revelación del abso¬luto en su forma más elevada, esto es como espíritu, se realiza, a su vez, mediante una triple gradación: como espíritu subjetivo, objetivo y absoluto.

El primero supone la elevación de la autoconciencia a las formas má s altas de la voluntad y del pensa-miento. El segundo es el espíritu objetivado en la his-toria y sus instituciones, el que en su desarrollo da lu-gar al derecho, a la moralidad y a la Sittlichkeit («eticidad»). La síntesis de ambos, como plenitud de autoconciencia, es el espíritu absoluto, que se estructura, a su vez, en una nueva tríada formada por el arte, la religión y la filosofía.

Se entenderá ahora que Hegel otorgue a la filosofía —y a la historia de la filosofía, en virtud de la identi-dad que él mismo establece— aquella reconstrucción histórica del espíritu absoluto antes referida; que le asigne la misión — por encima del arte y de la reli-gión— de ser vínculo unitario de la realidad (vínculo que el hombre ha perdido en su desarrollo histórico al enajenarse); que la filosofía tenga el deber de recons-truir la realidad subjetiva y objetiva a fin de revelar la estructura racional del universo (de ahí el lema de la filosofía hegeliana que reza «todo lo racional es real, y todo lo real es racional»); y que le asigne, en fin, a la filosofía el lugar más alto en su propio sistema de pen¬samiento, en el ámbito de la filosofía del espíritu.

De este modo, la filosofía es para Hegel la auto-consciencia más alta del espíritu, al que expresa en forma diversa en su desarrollo; es decir, comprende el significado de su propia historia, descubriendo que las diversas concepciones filosó ficas — lej os de ser meras opiniones o de ser simplemente falsas— no se rigen por una sucesió n casual, sino que su evolució n, a fin de cuentas, está determinada por el desarrollo de la Idea absoluta. «Todas las filosofías particulares — dice Hegel— son simplemente necesarias y, por consi-guiente, momentos imperecederos del todo, de la Idea; por ello se conservan no sólo en el recuerdo, sino también de una manera afirmativa.»

La filosofía hegeliana, por tanto, tiene la pretensión de contener los principios de las anteriores, a la vez que ha de considerarse una consecuencia de los

 

mismos. Aspira, en su totalización, a ser unidad tam-bién de «determinaciones diferentes», a subsumirlas en una nueva síntesis. Postula, en consecuencia, ser una filosofía absoluta, la materialización del pensa-miento absoluto.

La Introducción a la historia de la filosofía que aquí se publica no fue escrita por Hegel — que sólo publicó cuatro obras completas— . Su edición fue el resultado de una reconstrucción postuma de las lecciones dadas por el filósofo a lo largo de su carrera académica, desde que en 1805 impartiera por primera vez un curso de Historia de la Filosofía en la Universidad de Jena. De hecho, la Introducción viene a ser como un largo, y extraordinario, preámbulo de las Lecciones sobre la historia de la filosofía.

Finalmente, y aunque no aparezca en este texto, puede tener interés para el lector conocer a qué filó-sofos, o a qué períodos históricos, Hegel concede mayor importancia. Pues bien: el primer lugar lo ocupa la filosofía griega (el nacimiento de la filosofía se sitúa en Grecia, donde por primera vez en la historia se dieron las condiciones para la existencia de una plena libertad política, inseparable, para Hegel, de todo desarrollo del pensamiento), y dentro de ella, la preferencia es otorgada a Platón y a Aristóteles; el se-gundo lugar lo ocupa la filosofía moderna, de Bacon al propio Hegel, pasando por Kant. La filosofía me-dieval apenas está tratada (la filosofía de los presocrá-ticos, por jemplo, le parecía a Hegel más importante) y no está mejor considerada que la filosofía oriental, india y china, a la que se dedica poco espacio.

El autor en el

tiempo

Antecedentes

Hegel es un heredero de la Ilustración y en la génesis de su pensamiento se encuentra aquella exigencia deri¬vada del Siglo de las Luces que reclamaba, ante todo, la comprensión racional de la realidad. El raciona¬lismo kantiano es, pues, el punto de partida del filó¬sofo suabo (Hegel, se ha dicho, sería, hasta cierto punto, un Kant reencontrado consigo mismo al haber superado el dualismo entre el conocimiento y la cosa en sí); como lo es la influencia de pensadores ilus¬trados como Lessing, Herder y Rousseau, en los cuales se halla presente la idea de comunidad como totalidad orgánica, en la que tanto sus miembros como las funciones sociales y políticas que de ella se derivan se hallan interrelacionadas profundamente.

Sin embargo, más que de influencias concretas, en Hegel cabría hablar de su extraordinaria capacidad de asimilación de la cultura filosófica producida en Occi¬dente y de la absorción que hizo de aquella Alemania del siglo XVIII, que de la mano de Winckelmann, Goethe y Schiller, entre otros, redescubrió la civiliza¬ción griega y la incorporó al legado cultural germá¬nico. Y es, precisamente, esta atmó sfera del clasicismo alemán la que se halla en la base del pensamiento he¬geliano; tomando la concreción — como señala Walter Kaufmann— de la Ifigenia de Goethe como encarna-

 

 

ción de la Sitllichkeit (término que podría ser tradu-cido por el neologismo «eticidad», en el sentido de conjunto de leyes y costumbres objetivas que definen el actuar de un pueblo); o bien, aprehendiendo aque¬lla restauración de la totalidad de lo subjetivo y de lo objetivo que Schiller preconizara en sus Cartas sobre la educación estética del hombre, siguiendo el ejemplo de la antigua Grecia.

Su época

Sobre la base de estas múltiples influencias, en las que se resalta siempre la idea de totalidad — la de la síntesis entre razón y realidad, la de la mediación entre la vida (moral) subjetiva y la objetividad de la Sitllichkeit derivada de una sociedad articulada en un Estado— , Hegel construyó su sistema filosófico en un período histórico caracterizado por sus grandes mutaciones (Revolución Francesa; hundimiento definitivo del Sacro Imperio Romano Germánico tras las campañas napoleónicas en Europa; proceso de unificación de Alemania en torno al cada vez más poderoso Estado prusiano y creciente anacronismo de los pequeños principados alemanes; restauración, en fin, en la Europa del Congreso de Viena, de los poderes todavía no vencidos del Antiguo Régimen).

Quizá ello explique la tardía revelación de su pensa¬miento, como si el mismo filó sofo suabo hubiera en¬carnado a la lechuza de Minerva — símbolo de la filo¬sofía— , que «sólo extiende las alas con la caída de la tarde», cuando la visión no queda turbada por la in¬mediatez de los acontecimientos; pues hasta los treinta y seis años, en que publicó la Fenomenología del espí¬ritu, Hegel era un oscuro profesor universitario, discí-

 

pulo de Schelling — cinco añ os má s j oven que él— . Aunque también quepa explicar esta tardanza dialécti¬camente, ya que — como se afirma en la Fenomenolo¬gía— «el espíritu es tanto más grande cuanto mayor es la oposición de la que retorna a sí mismo».

Esta grandeza, lenta en su objetivación, le fue reco-nocida a Hegel en los últimos años de su vida, al con-vertirse en el filó sofo oficial del Estado prusiano. Este Hegel restaurador y hasta canó nico — como se le ha llamado— de los últimos tiempos ha sido, no obs¬tante, el más atacado, ya en su época, ya en la poste¬ridad, olvidándose que el sistema hegeliano estaba perfilado en sus líneas maestras — a excepción de la Filosofía del derecho— con anterioridad a la época berlinesa.

Influencia posterior

Con Hegel culmina la tradición de la metafísica occidental. Y con ella, la forma de entender la filosofía como totalidad, con pretensión de absoluto. Al decir de Franç ois Châtelet, Hegel fue el ú ltimo (aunque también el primero) en realizar el sueño del saber absoluto. Ninguna filosofía posterior ha logrado —ni, por otra parte, pretendido— tanto. Toda filosofía no positivista que se ha desarrollado en Occidente a partir de 1831 es deudora, en cierto modo, del sistema filosó fico de Hegel, de lo que se ha dado en llamar, en suma, el hegelianismo.

Más allá de los ortodoxos que se adhirieron al pen-samiento hegeliano, e. incluso, del neohegelianismo que ha informado, en pleno siglo XX. la obra de filó - sofos como Benedetto Croce, la filosofía de Hegel se encuentra presente en la fenomenología; en el existen-

 

 

cialismo de Heiddegger y Sartre; y, por supuesto, en el marxismo. Precisamente Marx tiene como punto de partida en su obra a los llamados «hegelianos de iz-quierda» — y él mismo, en un momento determinado, fue uno de ellos— , adoptando las posiciones de filó sofos como Bauer y Feuerbach, que aplicaron el contenido de la filosofía hegeliana a la crítica de la religión. Y, poste¬riormente, como es sabido, Marx incorporó la dialé ctica hegeliana como motor de su pensamiento, aunque invir¬tiéndola, es decir, utilizándola como método de análisis de la realidad social.

Si es cierto que el hegelianismo, en su pretensión de filosofía cerrada y totalizadora, suscitó la reacción de filó sofos como Kierkegaard — que fue discípulo de Hegel en Berlín— y Nietzsche, no es menos cierto que el pensamiento de estos filó sofos se recrea como nega¬tividad del mismo hegelianismo. Como afirma el pro¬fesor Châtelet: «Hegel no es simplemente la ocasión para Kierkegaard de lamentarse, para Marx de reali¬zar, para Nietzsche de rechazar: determina un hori¬zonte, una lengua, un có digo, dentro de los cuales no¬sotros nos hallamos todavía».

Este último aspecto es el que confiere plena actuali-dad al pensamiento hegeliano, tanto por el hecho de ser el origen de las principales corrientes filosóficas de nuestro tiempo, como por la realidad de su influencia en la mente y en el lenguaje de nuestra época. Y tam¬bié n, como se ha señ alado, por constituir el ú ltimo gran intento de la metafísica por construir una explica¬ción integral del universo.

 

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INTRODUCCIÓN

Estas conferencias están dedicadas a la Historia de la Filo-sofía.

 

La historia de la filosofía puede ser estudiada como una introduc¬ción a la filosofía, porque presenta al origen de la filosofía. Pero es el objeto de la historia de la filosofía enseñar cómo la filosofía ha aparecido en el tiempo.

 

Lo que aquí en la introducción se podía decir sobre la finalidad, los métodos, sobre el concepto, definición, modo de tratar de la histo¬ria de la filosofía, pertenece propiamente a la misma historia de la filosofía; ella misma es la más completa representación de su finali¬dad. Sin embargo, para aclarar la concepción de la misma e indicar más de cerca el punto de partida, desde el cual la historia de la filo¬sofía ha de ser considerada, debe ser anticipado aquí algo sobre la finalidad, sentido, método, etc. Al preguntar por la finalidad, que¬remos conocer lo general por medio de lo cual lo múltiple puede ser ligado como algo distinto del contenido.

 

Sin introducción no podremos comenzar, porque la historia de la fi-losofía está ligada a otras esferas del saber, es semejante a otras ciencias, porque debe determinarse el modo del pensar, lo cual per-tenece a la historia de la filosofía. Además, la idea, o espíritu en general, exige que el todo, lo general, sea abarcado de una ojeada, que la finalidad del todo sea concebida, antes de pasar a lo especial y singular. Nosotros queremos ver las partes singulares en su rela¬ción esencial con el todo; en esta referencia poseen ellas su valor superior y su significación. En la historia se tiene ahora, sin duda, la idea de que es menos necesario verificar lo particular en su refe¬rencia con el todo; y se podía creer que la historia de la filosofía, en cuanto historia, no es una ciencia. Porque la historia se nos aparece como una serie casual de fenómenos particulares, como un relato de acontecimientos de los cuales cada uno. aislado, existe por sí, y cuya conexión única es el antes, el después y la simultaneidad o el tiempo. Pero también en la historia política exigimos una conexión necesaria, donde los fenómenos individuales adquieran una posición

 

y una relación esenciales con respecto a un fin, a una objetividad y, con ello, una significación con respecto a lo general, respecto al todo; pues la significación es principalmente conexión con lo gene¬ral (universal), referencia a un todo, a una idea. Luego es también en esta consideración como queremos aludir a lo general de la his-toria de la filosofía.

Según lo dicho, tenemos que atenernos a dos puntos de vista. El primero es la significación, concepto y fin, la definición de la histo¬ria de la filosofía, de donde resultarán las conclusiones para el mé¬todo de desarrollo. Aquí se ha de destacar especialmente la referen¬cia de la historia de la filosofía a la misma ciencia de la filosofía. La historia de la filosofía no tiene por objeto sucesos o acontecimientos externos, sino que ella es la evolución del contenido de la filosofía, cómo el contenido aparece en el campo de la historia. En conside¬ración a esto, se mostrará que la historia de la filosofía está en ar¬monía con la ciencia de la filosofía, que incluso coinciden. El se¬gundo punto de vista concierne a la cuestión del comienzo de la historia de la filosofía. Por una parte, está en estrecha conexión con la historia política, con el arte y con la religión, y esta actitud da a estas partes la mayor diversidad de temas. Por otra parte, la filoso¬fía es distinta de éstas con sus regiones afines, y hay que reafirmar estas diferencias. De aquí se inferirá lo que hay que separar y con lo que hay que comenzar. El contenido general de la filosofía ha existido antes en la forma de religión, en la forma de mito, que en la forma de filosofía. Luego hay que demostrar también esta dife¬rencia. Desde aquí pasaremos a la división y hablaremos, aunque sólo sea brevemente, de las fuentes.

Lo que tenemos que considerar aquí es la historia. La forma de la historia tiene que hacer pasar los acontecimientos, los hechos, por un orden ante la representación. Luego ¿cuáles son los hechos en la historia de la filosofía? Son los actos del libre pensamiento; es el mundo intelectual, cómo se ha originado y cómo se ha producido. Luego es la historia del pensamiento la que tenemos que estudiar. Es un viejo pre-juicio que la facultad de pensar distingue al hombre del ani-mal. Nosotros queremos dejar esto bien afirmado. Lo que el hombre tiene de más que el animal lo posee por el pensa-miento. Todo lo que es humano, lo es solamente porque el pensamiento está activo en ello; puede tener la apariencia que quiera: en tanto que se es humano, se es solamente por el pensamiento. El hombre se distingue del animal sola¬mente por esto. Pero el pensamiento, en tanto que es así lo esencial, lo sustancial, lo activo en el hombre, tiene que

 

ocuparse de una infinita multiplicidad y diversidad de ob¬jetos. Pero tanto más excelente será cuanto más él se ocupe sólo de lo más excelente que él posea, del pensamiento mismo, cuando se quiera sólo a sí mismo, tenga que ver so¬lamente consigo mismo. Pues su ocupación consigo mismo es esto: distinguirse, buscarse; y esto ocurre solamente en tanto que él se produce. El pensamiento es activo solamente mientras que se produce; él se produce a través de esta su actividad misma. El pensamiento no es inmediato; existe so¬lamente mientras que él se produce de sí mismo. Lo que él así produce es la filosofía. La serie de estas producciones, este trabajo milenario del pensar para producirse, estos viajes de descubrimiento a los cuales se lanza el pensa¬miento para descubrirse a sí mismo, esto es lo que tenemos que investigar. Esta es la indicación general de nuestro ob¬jeto; pero es tan general, que es necesario determinar más de cerca nuestra intención y su realización.

En nuestro propósito tenemos que distinguir dos cosas. El pensa¬miento, cuya exposición es la historia de la filosofía, es esencial¬mente uno; sus desarrollos son sólo formas distintas de uno y el mismo pensamiento. El pensamiento es la sustancia universal del es¬píritu; de él mismo se desenvuelve todo lo demás. En todo lo hu¬mano es el pensar, el pensamiento, lo activo. También el animal vive, comparte con el hombre necesidades, sensaciones, etc. Pero el hombre debe distinguirse del animal, tiene que ser esta sensibilidad humana, no animal; es decir, tiene que darse el pensamiento en ella. El animal tiene sentimientos sensibles, deseos, etc.. pero no tiene religión, ni ciencia, ni arte, ni fantasía; en todo esto existe el pensamiento activamente.

Es, pues, una tarea especial explicar que la intuición, la memoria, el sentimiento, la voluntad, etc., humanos, tienen sus raíces en el pensar. Nosotros tenemos voluntad, intuición, etc., y los oponemos al pensar. Pero el pensar determina, además del pensar, también a la voluntad, etc., y nosotros llegamos por una intuición más directa al conocimiento de que el pensar no es algo especial, una fuerza de¬terminada, sino que es lo esencial, lo general, de lo que es produ¬cido todo lo demás. La historia de ¡a filosofía es también la historia del pensamiento (Gedanken). Estado, religión, arte, etc.. son tam¬bién productos, actos del pensamiento; pero, sin embargo, no son filosofía. Luego nosotros tenemos que establecer una distinción en la forma del pensamiento. La historia de la filosofía es ahora la his¬toria de lo universal, de lo sustancial del pensamiento. En ella coin¬ciden el sentido o la significación y la representación o lo exterior del pensamiento en una unidad. Aquí no existe ni un pensamiento

 

exterior ni un pensamiento interior, sino que el pensamiento es en cierto modo mismamente lo más interior. En las otras ciencias, forma y contenido son totalmente distintos. Pero en la filosofía es el pensamiento mismo su objeto; se ocupa consigo mismo y se deter¬mina desde sí mismo. Se realiza porque se determina por sí; su de¬terminación es producirse y existir en el interior. Es un proceso en sí mismo, tiene vida y actividad, posee en sí numerosas relaciones y se pone a sí mismo en sus diferencias. Es solamente el pensamiento moviéndose a sí mismo.

 

Consideremos estas determinaciones más de cerca, representemos sus formas como evolución. La estructura de la evolución es que algo, antes oculto, se despliega, ulteriormente. Así, por ejemplo, en la semilla está contenido todo el árbol con su diferenciación en ramas, hojas, flores, etc. Lo simple, que contiene en sí esta multi-plicidad, la dynamis en germen aún no se ha desarrollado, aún no ha salido de la forma de la posibilidad a la forma de existencia. Otro ejemplo es el Yo; éste es una simplicidad enteramente abs¬tracta; y, sin embargo, está contenida en él una cantidad innumera¬ble de sentimientos, de actos del entendimiento, de la voluntad y de pensamientos.

 

El pensamiento es en sí libre y puro, pero ordinariamente se pre¬senta en cualquier forma: es pensamiento determinado particular. Como tal, posee dos determinaciones: primero, siempre aparece en producciones determinadas del espíritu humano, por ejemplo, el arte. Solamente la filosofía es el pensar libre, puro, ilimitado. En otras producciones del espíritu humano es necesario que el pensa¬miento esté ligado a un objeto y contenido determinados, de ma¬nera que aparezca como pensamiento delimitado, definido. Se¬gundo, el objeto no es, en general, dado. En la intuición tenemos siempre un objetivo determinado, un objeto particular ante noso¬tros. La tierra, el sol, etc., los encontramos ante nosotros, sabemos de ellos, creemos en ellos como en la autoridad de los sentidos. En tanto que el objeto es dado, el pensamiento, la conciencia, el Yo no son libres, existe algo distinto que el objeto; éste no es Yo; tam¬poco yo soy en mí, es decir, yo no soy libre. Entonces la filosofía nos enseña a pensar, enseña cómo tenemos que comportarnos con todo eso; maneja objetos de una índole peculiar: tiene por objeto la esencia de las cosas, no los fenómenos, la cosa en sí, como existe en la representación. La filosofía no considera esta representación, sino la esencia del objeto, y esta esencia es el pensamiento mismo. La filosofía tiene por objeto también al pensamiento mismo. El espíritu es libre mientras que el pensar se ocupa consigo mismo, pues es en sí.

 

Podemos hacer aquí una observación posterior. La esencia, como precisamente hemos dicho, no es otra cosa que el pensamiento. A

 

la esencia oponemos el fenómeno (la apariencia), el cambio, etc. Por tanto, la esencia es lo general, lo eterno, lo que siempre es así. A Dios se le representa en diferentes formas, pero la esencia de Dios es lo universal, lo siempre permanente, lo que penetra a través de todas las representaciones. La esencia de la Naturaleza son las leyes de la misma (pero las leyes mecánicas tomadas como esencia de la Naturaleza son particulares, se oponen a lo universal). Lo uni¬versal es el producto del pensar. En los deseos y otros actos seme¬jantes es lo general lo que existe en lo interior, mezclado con lo particular, con lo sensible. Por el contrario, en el pensar tenemos que ver solamente con lo universal. Devenir objeto del pensar, sig¬nifica ser extraído de lo universal; entonces tenemos el producto del pensar, los pensamientos. Todo el mundo admite que es preciso re¬flexionar si se quiere conocer a Dios. El producto es, pues, un pen¬samiento. Decimos pensamiento y nos representamos algo subje¬tivo; cuando reflexionamos tenemos pensamientos sobre cosas; los

pensamientos no son las cosas mismas, sino formulados sobre las

cosas. Pero éstas no son verdaderos pensamientos; son meramente subjetivas y, por consiguiente, casuales. Lo verdadero es la esencia de la cosa, lo universal. Pero, al ser el pensamiento lo universal, es así objetivo; no puede tan pronto ser así como tan pronto ser de otra manera, es invariable. Entonces la filosofía tiene por objeto lo universal; mientras pensamos, somos lo universal. Por consiguiente, sólo la filosofía es libre, en tanto que nosotros somos en nosotros mismos, no estamos dependiendo de otra cosa. La falta de libertad consiste solamente en que nosotros somos en otra cosa, en nosotros mismos. Los seres pensantes son en sí, por tanto, libres. En tanto que la filosofía tiene por objeto lo universal, es libre de la mutabili¬dad de los sujetos. Se puede tener un pensamiento sobre la esencia, se puede conocer esta o aquella verdad; pero tales pensamientos, tal saber, no es aún filosofía...

Ya en lo universal, como acabamos de decir, existe el mo¬tivo para hacer una reflexión más amplia, y pertenece al mé¬todo de consideración reflejar lo que se ha pensado, no darse por satisfecho cómo inmediatamente ha sido pensado. Hemos dicho que nuestro objeto es la serie de producciones del espíritu libre, la historia del mundo intelectual. Esto es simple; pero parece tener una contradicción en lo interior. El pensamiento que es esencialmente pensamiento es, en sí y por sí, eterno. Aquello que es verdadero está contenido solamente en el pensamiento; es verdadero no sólo hoy y mañana, sino que es eterno, más allá de todo tiempo, y en tanto que es en el tiempo, es siempre verdadero, para todo tiempo. Por eso surge ahora la contradicción, esto es, que el pensamiento debe tener una historia. En la historia se repre-

 

senta aquello que es mudable, lo que ha ocurrido, lo que ha sido, lo que ha pasado, lo que ha caído en la noche de los tiempos, los que ya no existe. Pero el pensamiento no es susceptible de ningún cambio; no ha existido ni ha pasado, sino que es. La cuestión es, entonces, qué es lo que existe fuera de la historia, que estando separado del cambio tiene, sin embargo, historia.

 

La simple representación que se hace de la historia de la filosofía es el conocimiento de que ha habido varias filosofías, cada una de las cuales afirmaba y se jactaba de poseer el conocimiento de lo verda¬dero, de haber encontrado la verdad. Se dice que las diversas filoso¬fías se contradicen unas con otras; ya sea que ninguna sea verda¬dera, o, aunque una sea verdadera, sin embargo, no se la puede distinguir de las otras. Y ahora es considerado esto como una prueba experimental de lo vacilante, de lo incierto de la filosofía en general. La creencia en la aptitud cognoscitiva del espítitu humano debe ser una temeridad . Otra objeción es que se dice: la razón pen¬sante cae en contradicciones; la falta de todos los sistemas consiste en que la razón pensante se esfuerza por concebir lo infinito; em¬pero, sólo puede emplear categorías finitas, y así lo infinito se hace finito; puede concebir, en general, solamente lo finito. Por lo que concierne a una prueba semejante, es una abstracción vacía querer evitar que se llegue a contradicciones. Por medio del pensar es pro¬ducida la contradicción. Pero es importante hacer notar que tales contradicciones no existen solamente en la filosofía, sino que se en¬cuentran por todas partes, andan errantes por todas las representa-ciones de los hombres; sólo que los hombres no son conscientes de ellas. Se hacen conscientes, por de pronto, en la contradicción que produce el pensar, pero que también sólo el pensar sabe resolverla. Una prueba de la experiencia es que las diferentes filosofías han caído en contradicción unas con otras. Esta imagen de las distintas filosofías contradictorias es la más superficial representación de la historia de la filosofía; y así esta diversidad es utilizada de una ma¬nera absurda para deshonrar la filosofía. Si uno se detiene en la re¬presentación de las diversas filosofías, entonces se acepta que ten¬dría que haber una solamente para la verdad, y se sigue de eso: que las verdades de la filosofía pueden ser sólo opiniones. Opinión quiere decir pensamiento casual. Se la puede derivar del mío; es un concepto que es solamente mío, luego de ninguna manera es general.

 

La representación más directa, más ordinaria, de la historia de la fi-losofía, es que ella informa de los diferentes pensamientos y con-cepciones que los hombres han formulado en las más distintas épocas sobre Dios y sobre el mundo. Admitamos esta representa¬ción; no se puede negar, naturalmente, que la historia de la filosofía

 

contiene pensamientos sobre Dios y el mundo y nos hace frente de diversas formas. Pero la más amplia significación de esta idea es también, por eso, que no solamente opiniones lo que la historia de la filosofía nos enseña a conocer. Lo que, por lo pronto, se pone frente a la opinión, es la verdad. Ante ésta palidece la opinión. Pero también es la verdad ante la que aquéllos vuelven la cabeza, sobre todo los que solamente buscan opiniones en la historia de la filosofía y afirman que en ella únicamente han de encontrarse tales opiniones.

Aquí hay dos antagonistas que combaten la filosofía. Antiguamente, era la religiosidad la que declaraba a la razón o al pensar incapaz de conocer la verdad. A menudo ha declarado que, para alcanzar la verdad, es necesario renunciar a la razón, que la razón debe humi¬llarse ante la autoridad de la fe; la razón abandonada a sí misma, el pensar por sí mismo, conduce al extravío, al abismo de la duda. De la relación de la filosofía con la religión y su historia se tratará más tarde. El otro aspecto es que la razón se ha vuelto contra la fe, con¬tra las representaciones religiosas, contra las doctrinas reveladas, que intenta hacer racional al cristianismo y se ha colocado tan por encima, que solamente la propia evidencia, la propia convicción de¬bían ser los medios por los que el hombre se viera obligado a reco¬nocer algo como verdadero. De una manera tan prodigiosa es tras¬tocada la afirmación del derecho de la razón, para tener esto por resultado, que la razón no puede conocer nada verdadero. Esta ra¬zón comenzó entonces por eso a dirigir, en nombre y en virtud de la razón pensante, la lucha contra la religión; pero entonces se vol¬vió contra sí misma y se convirtió en enemiga de la razón al afirmar que sólo el presagio, el sentimiento, la convicción propia era la re¬gla subjetiva que debía valer para el hombre. Pero tal subjetividad no presenta nada nuevo sino las opiniones. Después, esta mencio¬nada razón ha convertido la opinión en aquello que debe ser lo úl¬timo para el hombre, y, por su parte, la afirmación de la religiosidad, que la razón no puede llegar a lo verdadero, se confirma; sólo que ella afirmaba al mismo tiempo, además, que la verdad es algo inal¬canzable.

Al momento tropezamos con estas opiniones. La formación general de esta época lo ha convertido en axioma: no se puede conocer lo verdadero. Este axioma es considerado como un gran signo de la época. Por eso, sucede también en teología que no se busca lo ver¬dadero en la doctrina, en la Iglesia, en la comunidad, y que no se pone por base ya más un símbolo, una confesión interior de fe, sino que cada uno se arregla según su propia convicción una doctrina, una Iglesia, una fe, y que, por otra parte, las ciencias teológicas son estudiadas sólo históricamente; se limita en ellas a investigaciones históricas, como si no se tuviera que hacer en ellas más que conocer

 

las diferentes opiniones, porque allí no se trata de la verdad; que son solamente consideraciones subjetivas. También el perfecciona¬miento de la doctrina cristiana es examinado sólo como una con¬fluencia de opiniones, de manera que no es el fin lo verdadero. La filosofía exige, naturalmente, la propia convicción como lo último, absolutamente esencial de parte de la subjetividad; pero hace la dis¬tinción, si la convicción se basa en fundamentos solamente subje¬tivos, en presentimientos, en sentimientos, en intuiciones, etc., y, en general, en la particularidad del sujeto, o, si resulta del examen de la naturaleza de la cosa, del concepto del objeto. La convicción particular del sujeto es sólo una opinión.

Este contraste entre opinión y verdad, que es muy sorprendente y están en nuestro tiempo en pleno florecimiento, y es muy pronun¬ciado, lo encontramos también en la historia de la filosofía, por ejem plo, en tiempo de Sócrates y Platón, en una época de decaden¬cia de la vida griega, en la que Platón pone de relieve la diferencia entre dóxa y epistéme. Es la misma contradicción que encontramos en la época de decadencia de la vida pública y política romana, bajo Augusto, y en lo sucesivo vemos, por ejemp lo, en el epicureismo, esa contradicción en forma de indiferencia hacia la filosofía, cómo entonces Pilato, cuando Cristo dijo: «Yo he venido al mundo para manifestar la verdad», contestó: «¿Qué es la verdad?» Esto está ele¬gantemente dicho y quiere decir tanto como: la verdad es algo ya fenecido, con lo cual hemos terminado, y ya estamos mucho más allá; no merece la pena ya conocer la verdad ni querer hablar de la

  verdad        .

Si nosotros, ahora, en relación con la historia de la filosofía, par¬timos de este punto de vista; si no es para conocer la verdad por lo que la razón pensante ha producido solamente opiniones, la signifi¬cación de la historia de la filosofía es muy simple, ella es el conoci¬miento, el puro saber de las opiniones, es decir, las particularidades de los otros: pues mientras que la opinión es lo que es mío, lo que sólo me pertenece a mí, y cada uno tiene la suya, es así la particula¬ridad de cada uno de los sujetos. Pero las particularidades de los otros son para mí algo extraño, una materia externa para mí, una materia simplemente histórica, muerta. Además, la historia de la fi¬losofía seria fastidiosa y ociosa y no tendría ningún interés, excepto, acaso, el de la erudición. Pues lo que yo poseo es una pura masa, un mero contenido; porque yo no estoy en ello ni me pertenece. Ocuparse de lo ajeno, satisfacerse con las cosas vanas, es justa¬mente vanidad subjetiva.

Si la historia de la filosofía es considerada como una compilación casual de pensamientos y de opiniones, es algo inútil o, al menos, sólo tiene un interés erudito. Ser erudito quiere decir: tener conocí-

 

mientos de cosas extrañas; y conocer restos es tenido ordinaria¬mente por lo más sabio. Puede no tener interés para el propio espí¬titu ni para la verdad ocuparse de las opiniones de los otros. No hay ningún interés, además, en que las filosofías sean tenidas por sim¬ples opiniones.

Pero la historia de la filosofía debe tener aún otros intereses, con¬ducir a otra cosa. Principalmente debe seguirse de ella que es un es¬fuerzo inútil por captar la verdad pensando. Cicerón decía esto en su desordenada historia de los pensamientos filosóficos sobre Dios*. Lo pone en boca de un epicúreo, pero él no sabía nada mejor sobre ello. Con eso demuestra que él mismo no había tenido ninguna otra opinión. El epicúreo dice que no se ha llegado a ningún concepto determinado de lo divino; que la tendencia de la filosofía hacia la verdad es también en vano; el resultado de la historia de la filosofía muestra que los diversos pensamientos, las múltiples filosofías que se han originado, se han opuesto, se han enfrentado y refutado unas a otras. Este hecho, que no se puede negar, es, pues, ordinaria¬mente tomado como fundamento para la demostración de la nulidad de la filosofía y de su historia. La justificación parece contener ya la invitación a aplicar también a la filosofía las palabras de Cristo: «Deja a los muertos que entierren a sus muertos y sigúeme»**, de manera que el todo de la historia de la filosofía sea no sólo un reino de cadáveres y difuntos de cuerpo presente, sino también de mata¬dores y enterradores espirituales. En vez de: «¡Sigúeme!», debía antes bien decir: «¡Sigúete a ti mismo, mantente a ti mismo en tu propia convicción, permanece en tu opinión, porque ninguno ha ido más allá que tú!» Y esto tiene precisamente el sentido contrario a la invitación de Cristo, no ocuparse de los muertos, sino volver a sí, buscar en sí para encontrar el reino de Dios***. Cristo dice: «El

* De natura Deorum I, c, X-XVI. Cap. I: «De qua (quaestione de natura deorum) tam variae sunt doctissimorum hominum, tamque discrepantes senten¬tiae ut magno argumento de esse debeat, causam, id est, principium philoso¬phiae esse inscientiam: prudenterque Academicos a rebus incertis ostensionem co

hibuisse.» (Son tan varias y tan discrepantes entre sí las opiniones de los doctos sobre este punto, que por sí solas prueban con fortísimo argumento que la causa, esto es, el principio de la filosofía es la ciencia, o sea, la idea de la cosa en sí, y que anduvieron muy prudentes los académicos en abstenerse dar asenso a las cosas inciertas y opinables. Trad. de M. Menéndez y Pelayo, Biblioteca Clásica, pág. 1.) Cap. XVI: Exposui fere non philosophorum judi¬cia, sed delirantium somnia. (He expuesto hasta ahora, no juicios de filósofos, sino sueños de delirantes. 1 Trad. de M. Menéndez y Pelayo. Biblioteca Clá¬sica, pág. 18.)

** Lucas, IX, 60. 59: Mateo, VIII. 22. *** Lucas, XVII. 22.

 

que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo»*, es decir, su parti-cularidad, su opinión.

 

Verdad es que también entonces se origina de nuevo una nueva fi-losofía, que afirma que las otras todavía no han encontrado lo ver-dadero. Esta tiene la pretensión, no sólo de ser, por fin, la verda¬dera, sino también de completar las deficiencias de las filosofías precedentes. Pero también son de aplicar a esta filosofía las pala¬bras que San Pedro habló a Ananías: «Mira los pies de aquellos que te llevarán, están ya ante la puerta»** . Mira la filosofía por la cual la tuya será refutada y reemplazada; no permanecerá mucho tiempo; tan poco como ella ha tardado para las otras.

 

Si nosotros queremos comprender una determinación más directa de esta visión de las diferentes filosofías, tenemos que preguntar y ana-lizar qué es esta diversidad de filosofías, este contraste; ya que la verdad, la razón, es una, el conocimiento de la verdad, la razón pensante, es decir, precisamente la filosofía, también es sólo una y que, sin embargo, hay múltiples filosofías. Nosotros queremos expli-carnos esta multiplicidad, este contraste, hacérnoslo comprensible. Así, conseguiremos una introducción a la relación de las muchas fi-losofías con la única filosofía, de donde se aclarará también la dife-rencia entre la historia de la filosofía y la filosofía misma. Luego, veremos que esta multiplicidad de filosofías no sólo perjudica a la filosofía —a la posibilidad de la filosofía—, sino que es y ha sido absolutamente necesaria para la existencia de la ciencia y la filoso¬fía. Por cierto, en esta consideración hay que hacer notar antes que, sin duda, partamos de ello, que la filosofía tiene como finalidad comprender o conocer la verdad pensando. Tamp oco queremos ocuparnos de las opiniones; no nos ocupamos en la filosofía ni en su historia con lo pasado, con lo muerto, sino que nosotros tenemos que ver con las ideas filosóficas, en las cuales está presente nuestro espíritu.

 

Debemos sup oner conocido cuál es el objeto de la filosofía. Este es, aunque un objeto especialmente brillante, el más universal o, más bien, lo universal mismo, lo absolutamente universal, lo eterno, lo existente en sí y por sí. Se pueden enumerar los objetos de la filoso¬fía también como particulares; son Dios, el mundo, el espíritu, el alma, el hombre. Pero propiamente el objeto de la filosofía es sólo Dios, o su finalidad es Dios, conocer a Dios. Tiene este objeto en

* Lucas. IX, 23.

** Los Hechos de los Apóstoles. V, 9. Son palabras que el apóstol Pedro

dijo a la mujer de Ananías. Textualmente significan: «Mira los pies de los que han enterrado a tu marido, están ante la puerta y te esperan.»

 

común con la religión, pero con la diferencia de que la filosofía lo considera reflexionado, conceptualmente, la religión de una manera representativa. Lo que la historia de la filosofía nos presenta son los hechos de la razón pensante. La historia política o la historia del mundo considera los hechos de la razón volitiva, los actos de los grandes individuos, de los grandes Estados; nos enseña cómo esta razón se manifiesta en el nacer, propagarse y en la decadencia de los Estados. La historia del arte considera las ideas en la forma de la fantasía, la cual lleva las ideas a la intuición; la historia la filoso¬fía considera las ideas en la forma del pensar. Pone ante sí la con¬ciencia pensante, nos coloca ante los héroes del pensar, del pensa¬miento puro, como han de ser considerados en sus actos. El hecho es tanto más excelente cuanto menos la particularidad del sujeto ha impreso en él su sello. En la filosofía es donde lo particular, es de¬cir, la actividad particular del filósofo, se esfuma y solamente perma¬nece el campo del puro pensar. Si se compara este campo con otros, se debe tener a éste por el más noble, el más excelente; porque el pensar es la actividad que distingue al hombre. El hombre es pen¬sante en todo; pero, por ejemplo, en la sensación, en la intuición, en el querer, en la fantasía, no es puramente pensante. Solamente en la filosofía se puede adoptar la postura del pensar puro; sola¬mente en ésta, porque en ella se piensa libre de todas las determi¬naciones naturales, libre de toda particularidad. Esta es la base que nosotros queremos considerar en su movimiento. De esto se con¬cluye que los actos de la razón pensante no son ninguna aventura. Tampoco la historia universal es solamente romántica, no es una co¬lección de hechos y acontecimientos casuales; no predomina en ella la casualidad. Los acontecimientos en la historia universal no son los viajes de los caballeros errantes, las hazañas de los héroes que inútilmente se golpean, se afanan y se sacrifican por un vano ob¬jeto; y su actividad no se esfuma sin dejar huella, sino que en sus acontecimientos existe una conexión necesaria. Lo mismo ocurre en la historia de la filosofía. No se trata en ella de ocurrencias, opi-niones, etc., que cada uno haya descubierto según la particularidad de su espíritu o se haya imaginado a su libre albedrío; sino que al tener que considerar aquí la actividad pura y la necesidad del espí¬ritu, tiene que existir también en el movimiento total del espíritu pensante una conexión necesaria y esencial. Con esta creencia en el espíritu del mundo tenemos que acercarnos a la historia y, especial¬mente, a la historia de la filosofía.

La segunda reflexión concierne al comportamiento de la fi-losofía hacia las otras formas y producciones del espíritu. Hemos dicho ya que el hombre piensa y que esto, precisa-mente, es su esencia, pero que el pensamiento, además de que es el objeto de la filosofía, todavía tiene que ver con una gran cantidad de otros objetos, los cuales también son

 

productos, hechos del pensamiento. Religión, arte, constitu-ción del Estado y otras producciones semejantes, son igual-mente obras del espíritu esencialmente pensante y, sin em-bargo, tienen que permanecer alejados de nuestro tema. Se pregunta también: ¿cómo distinguir éstos de los productos que son nuestro objeto? Y, al mismo tiempo: ¿Qué relación histórica existe entre la filosofía de una época y la religión, el arte, la política, etc., de la misma época?

Discutiremos estos dos puntos de vista en la introducción, para orientarnos sobre cómo debe ser tratada la historia de la filosofía en estas lecciones. En estos dos puntos de vista se da también el rumbo para la disposición, visión general de conjunto del curso histórico de la totalidad. No quiero ocuparme con reflexiones externas (superficiales) sobre la historia de la filosofía, su utilidad y demás maneras de en-salzarla. La utilidad resultará de sí misma.

 

Pero al final quiero referirme brevemente a las fuentes, ya que esto es tan usual. La introducción debe tener como ob-jeto solamente facilitar una representación directa de aque¬llo que ha de ser nuestro tema. La representación que aquí debe ser desarrollada es el concepto mismo. Aquí no se puede demostrar este concepto (pues él es en sí y por sí); su demostración corresponde a la ciencia de la filosofía, a la ló-gica. Muy bien puede hacer aprobar y comprender esto mientras se parte de otras representaciones conocidas de la conciencia ordinariamente formada; pero aunque esto no es filosófico, contribuye a la claridad.

 

Luego lo primero es el concepto, el fin de la historia de la filosofía; en segundo lugar, la relación de la filosofía con los demás productos del espíritu humano, arte, religión, consti-tución del Estado, etc., y, especialmente, la relación con la historia.

 

A. NOCIÓN DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

LO que vamos a considerar aquí es una sucesión de formas del pensamiento. Es éste el modo primero y más superficial de aparición de la historia de la filosofía. A ello se añade, al mismo tiempo, la necesidad de conocer la finalidad, lo general, por lo que es unificado lo múltiple, lo diverso, que se ponen de manifiesto en esta serie, a la que esta multitud se refiere como a su unidad, de manera que sea moldeada en una totalidad, en un todo; y lo que esta unidad es, conviene entonces, por de pronto, a la finalidad, al concepto. Luego tenemos perfecta razón para querer co¬nocer con certeza una finalidad, un concepto, antes de en¬tregarnos a lo particular. Primeramente queremos tener la visión total de un bosque para después conocer detenida¬mente los árboles singulares. Quien considera los árboles primero y solamente está pendiente de ellos, no se da cuenta de todo el bosque, se extravía y se desconcierta en él. Así ocurre también en las filosofías, de las que hay una cantidad infinita de ellas, las cuales se combaten y se opo¬nen unas a otras. Se erraría, por tanto, si se quisiera cono¬cer primeramente las filosofías particulares. Por culpa de los árboles, no se vería el bosque; por culpa de las filosofías, no se llegaría a la filosofía. En ninguna parte sucede esto con tanta facilidad y frecuencia como en la historia de la filoso¬fía. La multiplicidad de las filosofías, frecuentemente da lu¬gar a que no se distinga y se menosprecie la filosofía. Sobre ello descansa también aquella prueba superficial que, con aire de conocedor, afirma que no se obtiene nada de la his¬toria de la filosofía; que una refuta a la otra; que ya la mul¬titud de filosofías es una prueba de la nulidad de la empresa de la filosofía. Y se habla así incluso mientras se tiene in¬terés por la verdad o se piensa haber tenido: se debe buscar

 

lo uno, la unidad, es decir, la verdad, porque la verdad es una; y a la diversidad de las filosofías, de las cuales cada una afirma ser la verdadera, hay que oponer aquel princi¬pio, que lo verdadero es la unidad.

 

La cuestión principal que nosotros tenemos que considerar en esta introducción se refiere a las preguntas siguientes: ¿Qué es esa contradicción de la unidad de la verdad y de la multiplicidad de las filosofías? ¿Cuál es el resultado de este largo trabajo del espíritu humano, y cómo se ha de concebir éste? ¿En qué sentido queremos tratar la historia de la filo-sofía?

 

La historia de la filosofía es la historia del pensamiento li¬bre, concreto, o la historia de la razón. El pensamiento li¬bre, concreto, se ocupa solamente consigo mismo. No hay nada racional que no sea resultado del pensar, no del pensar abstracto, pues éste es el pensar inteligente (del pensa¬miento), sino del pensar concreto; éste es la razón. También aquella pregunta se ha de expresar más directamente: ¿En qué sentido debe ser considerada la historia de la razón pen¬sante, es decir, en qué acepción? Y aquí podemos contestar que no puede ser interpretada en ninguna otra acepción que en el sentido del pensamiento mismo; o podemos decir que la interrogación misma es incorrecta. En todas las cosas po¬demos preguntar por el sentido o por la significación (acep¬ción); así, en una obra de arte podemos preguntar por la significación de la forma; en el lenguaje, por la significación de la palabra; en la religión, por la significación de la repre¬sentación o del culto; en otros actos, por el valor moral, etc. Esta significación, o este sentido, no es otra cosa que lo esencial o lo universal, lo sustancial de un objeto, y este sus¬tancial del objeto es el pensamiento concreto del objeto. Nosotros tenemos aquí siempre dos cosas, un exterior y un interior, una aparición (fenómeno) exterior que es percepti¬ble sensiblemente (intuitiva) y una significación que es justa¬mente el pensaminto. Pero ahora, al ser nuestro objeto mis¬mamente pensamiento, no existen aquí dos cosas, sino que el pensamiento es lo importante por sí mismo. El objeto es aquí lo universal; y no podemos preguntar aquí por la signi¬ficación separable o separada del objeto. Tampoco la histo¬ria de la filosofía tiene ninguna otra significación, ninguna

 

otra determinación más que el pensamiento mismo. El pen-samiento es aquí mismamente lo más interior, lo más alto, y por eso no se puede comprobar ningún pensamiento más elevado. En una obra de arte podemos reflexionar, hacer consideraciones si la forma corresponde a la significación; luego, nos podemos situar por encima. La historia del pen-samiento libre no puede tener ningún otro sentido, ninguna otra significación que hablar del pensamiento mismo. La de-terminación que se introduce aquí, en lugar del sentido y la significación, es el pensamiento.

 

A esta determinación se han de añadir ahora los próximos puntos de vista (perspectivas), de los cuales depende junto con el pensamiento.

 

Aquí es necesario ocuparse en una serie de determinaciones del pensamiento, adelantar algunos conceptos enteramente generales, abstractos, a los cuales nos referiremos posterior-mente, y mediante cuya aplicación podremos traer el con-cepto de historia de la filosofía más cerca ante la representa-ción. Pero estos conceptos son aquí solamente suposiciones; éstas no deben ser tratadas o demostradas, lógica, filosófica o especulativamente. Aquí basta con unas indicaciones his-tóricas, preliminares de estos conceptos.

I. DETERMINACIONES PRELIMINARES

 

Estas determinaciones son: Pensamiento, Concepto, Idea o Razón y la evolución de los mismos.

Son éstas las determinaciones de la evolución y de lo concreto. El producto del pensar, el pensamiento en general es el objeto de la fi-losofía. El pensamiento se nos aparece, por de pronto, como for¬mal, el concepto como pensamiento determinado (como pensamiento definido); la idea es el pensamiento en su totalidad, el pensamiento determinado en sí y por sí. La idea es, en general, lo verdadero, y lo verdadero solamente. La naturaleza de la idea es ahora desenvol¬verse (evolucionar).

(1. EL PENSAMIENTO COMO CONCEPTO E IDEA) a) El pensamiento

 

Por lo tanto, lo primero es el pensamiento.

 

La filosofía es activamente pensante; esto lo hemos considerado ya. El pensar es lo más interno de todo, el egomonicón. El pensar filo¬sófico es el pensar de lo universal. El producto del pensar es el pen¬samiento. Este puede ser subjetivo u objetivo. En la consideración objetiva llamamos al pensamiento lo universal: el noús de Anaxá¬goras es lo universal. Pero nosotros sabemos que lo universal se di-ferencia por eso de lo abstracto y de lo particular. Pues lo universal es solamente la forma, y a ella se opone lo particular, el contenido. Si nos detenemos en el pensamiento como universal, no nos deten¬dremos mucho, o tendremos conciencia de que lo abstracto no es suficiente, no basta. De aquí la expresión: son sólo pensamientos. La filosofía tiene que ocuparse con lo universal, el cual tiene su contenido en sí mismo. Pero lo primero es lo universal como tal; éste es abstracto; es el pensamiento, pero como puro pensamiento y pura abstracción: "Ser" o "esencia", "lo uno", etc., son tales pen¬samientos totalmente abstractos.

b) El concepto

El pensamiento no es nada vacío, abstracto, sino que es de-terminante y precisamente determinante de sí mismo; o el pensamiento es esencialmente concreto. A este pensamiento concreto lo llamamos concepto. El pensamiento tiene que ser un concepto; por abstracto que pueda parecer, tiene que ser concreto en sí, o tan pronto como el pensamiento es filo¬sófico, es concreto en sí. Por una parte, esto es exacto, si se dice que la filosofía se ocupa de abstracciones; precisamente hasta aquí ha tenido que ver con pensamientos, es decir, con lo llamado concreto, abstraído de lo sensible. Pero, por otra parte, es enteramente falso; las abstracciones pertene¬cen a la reflexión del entendimiento, no a la filosofía; y pre¬cisamente aquellos que hacen ese reproche a la filosofía son los que están más absortos en las determinaciones de la re¬flexión, aunque ellos crean estar en el contenido más con¬creto. Reflexionando sobre las cosas, tienen, por una parte, solamente lo sensible y, por otra, el pensamiento subjetivo, es decir, abstracciones.

 

En segundo lugar está el concepto. Es otra cosa que el pensamiento puro (en la vida ordinaria el concepto es tomado generalmente sólo como un pensamiento determinado). El concepto es un saber verda¬dero, no el pensamiento como puro universal; además, el concepto es el pensamiento, el pensamiento en su vitalidad y actividad, o en tanto que se da su contenido a sí mismo. O el concepto es lo uni¬versal que se particulariza a sí mismo (por ejemplo, el animal, como

 

mamífero, añade esto a la determinación exterior de animal). Con¬cepto es el pensamiento, el cual devenido activo, puede determi¬narse, crear, producir; tampoco es mera forma para un contenido, sino que se forma a sí mismo, se da a sí mismo un contenido y se determina la forma (la determinación del mismo ha ocurrido en la historia de la filosofía misma). Esto, que el pensamiento no es ya abstracto, sino determinado al determinarse a sí mismo, lo resu¬mimos con la palabra «concreto». El pensamiento se ha dado un contenido, ha devenido concreto, es decir, se ha unificado al desa¬rrollarse; donde se han concebido y unido inseparablemente varias determinaciones en una unidad, estas distintas determinaciones no han de ser separadas. Las dos determinaciones abstractas que él re¬duce a unidad, son lo universal y lo particular. Todo lo que es real¬mente viviente y verdadero es, así, un compuesto, tiene varias de¬terminaciones en sí. La actividad viviente del espíritu es así concreta. Luego la abstracción del pensamiento es lo universal; el concepto es lo determinante de sí, lo que se particulariza a sí mismo.

 

c) La idea

El pensamiento concreto, directamente expresado, es el con-cepto, y, aún más determinado, es la idea. La idea es el concepto en tanto que él se realiza. Para realizarse debe de-terminarse a sí mismo, y esta determinación no es otra cosa que él mismo. Así es su contenido él mismo. Este es su infi¬nito relacionarse consigo mismo, para que él se determine sólo desde sí mismo.

La idea o la razón también es concepto; pero así como el pensa¬miento se determina como concepto, así la razón se determina como pensamiento subjetivo. Cuando nosotros hablamos de un con¬cepto, se determina, aunque sea abstracto. La idea es el concepto lleno, el cual se llena consigo mismo. La razón, o la idea, es libre, rica, plena de contenido en sí mismo; ella es el concepto que se pone a sí mismo pleno de contenido, que se da su realidad. Yo puedo muy bien decir «concepto (o noción) de algo», pero no puedo decir «idea de algo»; porque ésta tiene su contenido en sí misma. La idea es la realidad en su verdad. La razón es el concepto dándose realidad a sí mismo, es decir, se compone de concepto y realidad. El alma es el concepto que se da actualidad en el cuerpo, en la realidad. Si se separan concepto y realidad, el hombre ha muerto. Esta unión no tiene solamente que ser concebida como uni-dad en general, sino que la razón es esencialmente vitalidad, activi-' dad; su actividad esencial consiste en que el concepto se produce, se convierte en contenido, pero de manera que lo producido está siempre de acuerdo con él. La realidad está siempre en dependencia de

 

la idea, no existe por sí. Parece ser otro concepto, otro contenido, pero no es así. Lo que en realidad es de otro modo que en el con¬cepto, esta diferencia consiste sólo en la forma de la exterioridad. La realidad se hace idéntica al concepto.

La idea es justamente aquello que nosotros llamamos ver¬dad, una gran palabra. Para el hombre corriente permane¬cerá siempre grande y henchirá de satisfacción su corazón. Verdad es que en la época contemporánea se ha llegado al resultado de que nosotros no podemos conocer la verdad. Pero el objetivo de la filosofía es el pensamiento concreto, y éste es, en su determinación posterior, precisamente idea o verdad. Por lo que respecta ahora a la afirmación de que la verdad no puede ser conocida, se presenta por sí en la histo¬ria de la filosofía misma y también allí será considerada más de cerca. Aquí sólo hay que mencionar que, en parte, son los autores de historia de la filosofía los que admiten este prejuicio. Tennemann, por ejemplo, un kantiano, piensa que es un disparate querer conocer la verdad; esto nos muestra la historia de la filosofía. Es inconcebible cómo un hombre puede atarearse, ni aun, por cierto, preocuparse de algo sin tener una finalidad en ello. La historia de la filoso¬fía es, entonces, solamente un relato de toda clase de opi¬niones, de las cuales cada una afirma, falsamente, ser la ver¬dad. Otro prejuicio es que nosotros, sin duda, podemos saber de la verdad, pero solamente si hemos reflexionado sobre ello (que la verdad no es conocida en el percibir inme¬diato, en el intuir, ni en la intuición exterior sensible, ni en la llamada intuición intelectual, pues toda intuición es como intuición sensible). A este prejuicio apelo yo. Por cierto, aún es algo distinto conocer la verdad (saber de la verdad), y ser capaz de conocerla; pero solamente por medio de la reflexión tengo noticia de lo que hay en el objeto. Luego, en primer lugar, nosotros no podemos conocer la verdad, y, en segundo lugar, sabemos de la verdad solamente por la re¬flexión. Cuando aludimos directamente a estas determina¬ciones, avanzamos en nuestra representación.

 

Las primeras determinaciones que hemos obtenido son, en-tonces, éstas: que el pensamiento es concreto, que lo con¬creto es verdad, y que ésta es producida solamente por el pensar. La determinación siguiente es, pues, que el espíritu se desarrolla (desenvuelve) a sí mismo de sí.

 

(2. LA IDEA COMO DESARROLLO)

En primer lugar, sucedía también que el pensamiento, el pensamiento libre, es esencialmente concreto en sí; con ello se relaciona que el pensamiento es viviente, que se mueve en sí mismo. La naturaleza infinita del espíritu es el proceso de él en sí, no para reposar, esencialmente para producirse y existir por su producción. Podemos concebir más exacta¬mente este movimiento como desarrollo (como evolución); lo concreto, en cuanto actividad, está esencialmente desarro¬llándose. Existe una diferencia en el interior; y cuando no¬sotros comprendemos directamente la determinación de las diferencias que aparecen —y en todo proceso surge necesa-riamente otra cosa—, entonces se produce el movimiento como evolución. Estas diferencias se destacan, aunque nos mantengamos sólo en la conocida representación de evolu-ción. Es importante, además, que reflexionemos en la repre-sentación de evolución.

 

 

Ante lo primero, se pregunta qué es evolución. Se toma la evolu¬ción como una representación conocida, y se cree por eso haberse evitado una discusión sobre ello. Pero precisamente investigar aque¬llo que se supone como conocido, lo que cada uno piensa que sabe ya bastante, eso es lo propio de la filosofía. Lo que se maneja y usa sin reparo alguno, con lo que se opera en la vida cotidiana, ella lo comprueba, pasa a través de ello, precisamente lo aclara como tal; pues justamente esto conocido es lo desconocido, si no se integra fi¬losóficamente. Tenemos que poner de manifiesto también los puntos particulares que aparecen en la evolución para hacer familiar la consecuencia. Pero no puede tratarse de una visión absoluta del concepto, puesto que pertenece a una realización ulterior. Puede parecer que tales determinaciones no dicen mucho. Pero su nulidad debería enseñar solamente a conocer el estudio total de la filosofía.

La idea como evolución debe convertirse en lo que ella es. Esto pa¬rece una contradicción para el entendimiento, pero precisamente la esencia de la filosofía consiste en resolver las contradicciones del entendimiento.

Ahora, en lo referente a la evolución como tal, debemos distinguir dos cosas —dos estados, por decirlo así—: la aptitud, el poder (la potencia), el ser en sí (potentia, dynamis) y el ser por sí, la realidad (actus, enérgeia).

 

a) El ser en sí

Lo que ahora se nos presenta en la evolución es que debe existir algo que es desarrollado, luego algo envuelto, el ger¬men, la aptitud, la potencia, es lo que Aristóteles llama dy¬namis, esto es, la posibilidad (pero la posibilidad real, no, por cierto, una posibilidad superficial), o, como es llamada, lo en sí, aquello que es en sí y sólo por de pronto así.

De lo que es en sí, se tiene ordinariamente la alta opinión de que es lo verdadero. Aprender a conocer a Dios y al mundo, quiere decir: conocerlos en sí. Pero lo que es en sí, no es aún lo verdadero, sino lo abstracto; es el germen de lo verdadero, la aptitud, el ser en sí de lo verdadero. Es algo simple, sin duda, lo que contiene las cualidades de lo múlti¬ple en sí, pero en la forma de la simplicidad, un contenido, el cual está envuelto aún.

Un ejemplo de ello lo da el germen. El germen es simple, casi un punto; incluso por medio del microscopio se descu¬bre poca cosa en él. Pero esto simple está embarazado con todas las cualidades del árbol. En el germen está contenido todo el árbol, su tronco, ramas, hojas, colores, olor, sabor, etc. Y, sin embargo, esto simple, el germen, no es el árbol mismo; esta diversidad aún no existía. Es esencial saber esto: que hay algo que contiene una diversidad en sí, pero la cual aún no existía por sí. Un ejemplo aún más importante es el Yo. Cuando yo digo: Yo, esto es enteramente simple, lo universal abstracto, lo común a todos; cada uno es un Yo. Y, no obstante, éste es el reino múltiple de las repre¬sentaciones, de los impulsos, de los deseos, de las inclina¬ciones, de los pensamientos, etc. En este simple punto, en el Yo, está contenido el todo. Es la fuerza, el concepto de todo aquello que el hombre desarrolla de sí. Según Aristó¬teles, se puede decir que en lo simple que es en sí. en la dy¬namis, potencia, en la aptitud, está contenido todo lo que ha de desarrollarse. En la evolución no puede descubrirse nin¬guna otra cosa que lo que existe ya en sí.

El germen es el concepto de la planta; si lo partimos, encontramos en él solamente un punto de partida. De él se origina la planta. El es activo, y la actividad consiste en que él produce la planta. La planta es precisamente sólo esta vida que es la planta. Lo que per-

 

manece sin vida, sin movimiento, es la madera. El convertirse en madera es la muerte. Pero la planta, en cuanto planta real, es el continuo producirse, el producirse a sí misma. Ha realizado un curso de vida si es capaz de producir de nuevo un germen. El ger¬men está dotado de toda la formación de la planta; la fuerza y lo producido es una y la misma cosa. No se descubre ninguna otra cosa que lo que ya existía. Esta unidad del punto de partida, de lo que se mueve, y de lo producido es lo esencial que ha de afirmarse aquí.

 

b) La existencia (Dasein)

Lo segundo es que lo en sí, lo simple, lo envuelto, se desa-rrolla, se desenvuelve. Desenvolverse quiere decir: ponerse, entrar a la existencia, existir como algo distinto. Por de pronto, se ha diferenciado en sí y existe sólo en esta simpli¬cidad o neutralidad, como el agua que es clara y transpa¬rente y, sin embargo, contiene tantos elementos físicos y químicos, tantas posibilidades orgánicas en sí. Lo segundo es también que la existencia está en relación con otras cosas, que existe como algo diferente. Es una y la misma cosa o más bien uno y el mismo contenido, ya exista en sí, en¬vuelta, ya exista desenvuelta o como algo desarrollado. Es solamente una diferencia de la forma; pero de esta diferen¬cia depende todo.

 

El otro lado digno de notar, además, es que, mientras que el ger¬men se desarrolla hacia el germen, entre el punto de partida y el punto final se encuentra el medio; éste es la existencia, este ser otro, la evolución, el desarrollo como tal, el cual se concentra en¬tonces de nuevo en el simple germen. Todo lo que es producido, la planta entera, se encuentra ya envuelto en la fuerza del germen. La forma de la porción singular del todo, todas estas determinaciones diferentes, las cuales yacen en la formación del germen, dan sola¬mente el desarrollo, la existencia. Esto se ha de afirmar. Del mismo modo existe oculto en el alma del hombre, en el espíritu humano, todo un mundo de representaciones. Estas representaciones están como envueltas en el yo enteramente simple. Así, solamente, carac¬terizo yo al germen; pero todas estas representaciones se desarro¬llan hacia fuera y vuelven de nuevo al Yo. Esto es el movimiento de la idea, de lo racional. Nuestro esfuerzo para reunir de nuevo esta cantidad de representaciones en esta unidad, en esta idealidad, esto es nuestra actividad espiritual; así como la racional en general se ha de comprender según su determinación fundamental como esto; para duplicar el concepto, para volverlo a su simplicidad y conservarlo en ella. Lo que nosotros llamamos Existencia (Dasein,

 

Existenz), que es así un muestrario del concepto, del germen, del Yo. En la Naturaleza hay algo puesto de manifiesto; toda determi¬nación parece existir como separada una de otra, como particular. A la existencia en la conciencia, en el espíritu, llamamos saber, con¬cepto pensante. El espíritu es también esto: traer a la existencia, es decir, a la conciencia. Como conciencia en general tengo yo un ob¬jeto; puesto que yo existo y aquél está frente a mí. Pero en tanto que el Yo es el objeto del pensar, es el espíritu precisamente esto: producirse, salir fuera de sí, saber lo que él es.

En eso consiste la gran diferencia, que el hombre sabe lo que él es; luego, en primer lugar, él es real. Sin esto la ra¬zón, la libertad, no son nada. El hombre es esencialmente razón; el hombre, el niño, el culto y el inculto, es razón; o, más bien, la posibilidad para eso, para ser razón, existe en cada uno, es dada a cada uno. Y, pese a ello, la razón no ayuda nada al niño, al inculto. Es sólo una posibilidad, aun¬que no una posibilidad vacía, sino una posibilidad real y que se mueve en sí. Solamente el adulto, el formado, sabe por la educación lo que él es. La diferencia es solamente que la ra¬zón existe allí solamente como aptitud, en sí, pero aquí existe explícitamente, ha pasado de la forma de posibilidad a la existencia.

 

Así, por ejemplo, decimos que el hombre es racional, y distin¬guimos muy bien entre el hombre que ha nacido solamente y aquel cuya razón educada está ante nosotros. El niño es también un hom¬bre, pero aún no existe la razón en él; no sabe ni hace nada racio¬nal. El niño tiene la aptitud de la razón, pero ella aún no existe para él. Así es esencial hacer, por eso, que aquello que el hombre es en sí, llegue a ser por él; y solamente en cuanto este ser por sí tiene por su parte realidad, es en cualquier forma lo que quiere.

 

Esto puede ser expresado también así: lo que es en sí, tiene que convertirse en objeto para el hombre, llegar a la conciencia; así llega a ser para él y para sí mismo. De este modo, el hombre se du¬plica. Una vez él es razón, es pensar, pero en sí; otra él piensa, él convierte este ser, su en sí, en objeto del pensar. Así es el pensar mismo objeto, luego objeto de sí mismo, entonces el hombre es por sí. La racionalidad produce lo racional, el pensar produce los pensa¬mientos. Lo que el ser en sí es, se manifiesta en el ser por sí. Si ahora reflexionamos sobre ello, es el hombre que era en sí racional y convierte esto en objeto, sin haber ido más allá, como era al prin¬cipio. Lo que el hombre trae ante sí, es él, en sí. Lo en sí se con¬serva, permanece lo mismo; no da por resultado ningún contenido nuevo. Esto parece ser una duplicación inútil; sin embargo, es la di-

 

ferencia, que yace en estas determinaciones, enteramente monstruosa. Todo conocer, aprender, visión, ciencia, incluso toda actividad, no tiene ningún otro interés que aquello que es en sí, en lo interior, ma¬nifestarse desde sí, producirse, transformarse objetivamente. Como ex¬plicación, puede remitirse también a las cosas naturales.

En esta diferencia se descubre toda diferencia en la historia del mundo. Los hombres son todos racionales; lo formal de esta racionalidad es que el hombre sea libre; ésta es su natu-raleza, esto pertenece a la esencia del hombre. Y, no obs¬tante, ha existido en muchos pueblos la esclavitud y en al¬gunos aún existe; y los pueblos están contentos. Los orientales, por ejemplos, son hombres, y, como tales, libres en sí; pero a pesar de eso no son libres, porque no tienen conciencia de la libertad, sino que les ha agradado todo des¬potismo de la religión y de las relaciones políticas. La dife¬rencia total entre los pueblos orientales y los pueblos donde no domina el régimen de esclavitud es que éstos saben que son libres, que son libres por sí.

Los orientales son también en sí, pero no existen como li¬bres. Esto constituye el enorme cambio de estado ocurrido en la historia universal, si el hombre es solamente en sí li¬bre, o si él sabe que es su noción, su determinación, su na¬turaleza existir como individuo libre.

El europeo sabe de sí, es objeto de sí mismo; la determinación que él conoce, es la libertad; se conoce a sí mismo como libre. El hom¬bre tiene a la libertad como su sustancia. Si los hombres hablan mal del conocer, es que no saben lo que hacen. Conocerse, convertirse a sí mismo en objeto (del conocer propio), esto lo hacen relativa¬mente pocos. Pero el hombre es libre solamente si él sabe que lo es. Se puede también, en general, hablar mal del saber, como se quiera; empero, solamente este saber libera al hombre. El cono¬cerse es en el espíritu la existencia.

Por lo tanto, esto es lo segundo, ésta es sola la diferencia de la existencia (Existenz), la diferencia de lo separable. El Yo es libre en sí, pero también por sí mismo es libre; y yo soy libre solamente en tanto que existo como libre.

c) El ser por sí

 

La tercera determinación es que lo que existe en sí, y lo que existe por sí, son solamente una y la misma cosa. Esto

 

quiere decir precisamente evolución. Lo en sí que ya no fuera en sí, sería así otra cosa; por consiguiente, habría allí una variación, un cambio. En el cambio hay algo que llega a ser otra cosa. En la evolución podemos también, sin duda, hablar del cambio, pero este cambio debe ser tal que lo otro, lo que resulta, sin embargo, es aún idéntico con lo pri¬mero, de manera que lo simple, el ser en sí, no sea negado. Es algo concreto, algo distinto; pero, sin embargo, conte¬nido en la unidad, en el sí primitivo. El germen se desarro¬lla así, no cambia; si el germen fuese cambiado, desgastado, triturado, no podría evolucionar. Esta unidad de lo Exis¬tente, lo que existe, y de lo que es en sí, es lo esencial de la evolución. Es un concepto especulativo, esta unidad de lo diferente, del germen y de lo desarrollado; ambas cosas son dos y, sin embargo, una. Es un concepto de la razón; por eso sólo todas las otras determinaciones son inteligibles. Pero el entendimiento abstracto no puede concebir esto; el entendimiento se queda en las diferencias, sólo puede com-prender abstracciones, no lo concreto, ni el concepto.

 

En la evolución está contenida al mismo tiempo la media-ción; lo uno es solamente en tanto que se refiere a lo otro. Aquello que es en sí tiene el impulso para desarrollarse, para existir, para pasar a la forma de existencia; y la exis¬tencia existe por medio de la aptitud. Existe algo inmediato no real. Se ha hablado mucho en la época moderna del sa¬ber inmediato, del intuir, etc.; pero esto es sólo una mala abstracción unilateral. La filosofía tiene que ocuparse con lo real, con la comprensión conceptual. Lo inmediato es sola-mente lo irreal. En todo lo que se llama saber inmediato, etc., se da la mediación y es fácilmente demostrable. En cuanto es verdadero, contiene la mediación en sí, así como la mediación, sino es solamente abstracta, contiene en sí la inmediación (Unmittelbarkeit).

 

El movimiento que constituye la realidad es el pasar de lo subjetivo a lo objetivo. Este paso es, en parte, simple, inmediato, pero tam¬bién en parte no simple, sino un paso a través de muchas etapas. Así el desarrollo de la planta de germen a germen. Las más bajas especies de plantas, por ejemplo, son hebras y nudos, y el paso es de semilla a semilla, de nudo a nudo o de bulbo a bulbo, luego in¬mediato. Pero el curso del germen de la planta a un nuevo germen es mediato. Durante el curso se encuentran las raíces, el tronco las

 

hojas, las flores, etc. Luego éste es un ciclo desarrollado, mediato. Así hay también en el espíritu algo inmediato como intuición, per¬cepción, creencia, algo otro, pero mediato por el pensar. Hay que notar ahora que en este ciclo de la evolución existe una sucesión or¬denada. Raíces, tronco, ramas, hojas y flores, todos estos estados son distintos unos de otros. Ninguna de estas existencias es la ver¬dadera existencia de la planta (sino que ellas son solamente reco¬rridas), porque estas existencias son situaciones pasajeras, siempre repitiéndose de las cuales una contradice a las otras. Cada existen¬cia de la planta es refutada por las otras. Es preciso poner de re¬lieve aquí esta refutación, este comportamiento negativo de cada uno de estos momentos para con los otros; pero, al mismo tiempo, tenemos también que asirnos a la única vitalidad de la planta. Esta unidad, esta simplicidad, permanece a través de todas las situa¬ciones. Todas estas determinaciones, todos estos momentos, son sencillamente necesarios y tienen por finalidad el fruto, el producto de todos estos momentos, y el nuevo germen.

Si resumimos esto, tendremos una única vida, la cual, por lo pronto, está envuelta; pero después entra a la existencia y, separa¬damente, a la multiplicidad de las determinaciones, las cuales, como los distintos grados, son necesarias; y, juntas de nuevo, constituyen un sistema. Esta representación es una imagen de la historia de la filosofía.

El primer momento era lo en sí de la realización, lo en sí del germen, etc.; el segundo es la existencia, aquello que re¬sulta; así, es el tercero la identidad de ambos, más precisa¬mente, ahora, el fruto de la evolución, el resultado de todo este movimiento; y a esto llamo yo abstractamente el ser por sí. Es el ser por sí del hombre, del espíritu mismo; pues la planta no tiene ser por sí, sino en tanto que hablamos un lenguaje que se refiere a la conciencia. Solamente el espíritu llega a ser verdadero por sí, idéntico consigo mismo.

El germen es lo simple, lo carente de forma; poco se puede ver en él. Pero posee el impulso a desarrollarse; no puede detenerse, ser solamente en sí. El impulso es la contradicción para ser en sí y, sin embargo, no debe ser. La contradicción impulsa al existente en sí a separarse; el germen se pone como existencia diferenciada desde sí mismo. Pero aquello que resulta, lo múltiple, lo diverso, no es otra cosa que lo que ya existía en aquella simplicidad. En el germen está ya contenido todo, verdad es que envuelto, ideal, indeterminado, indiferenciado. En el germen está ya determinado que las flores de¬ben contener forma, color, olor, etc. El germen se desarrolla a sí mismo, se pone a sí mismo. Ahora la perfección de este surgir va

 

tan lejos como el en sí. Se pone un fin, tiene una limitación, una fi¬nalidad, pero un fin determinado de antemano, no casual: el fruto. Y en el fruto está lo esencial para convertirse de nuevo en germen. El germen tiene también por finalidad producirse a sí mismo, retor¬nar de nuevo a sí mismo. Lo envuelto, el existente en sí, también está perfectamente determinado en sí, se separa y, después, vuelve de nuevo a reunirse a la primera unidad. En la existencia natural, por cierto, sucede que aquello que ha comenzado, esto subjetivo y después existente, y lo que produce el fin, la conclusión, el fruto, como semilla, son dos individuos. El germen es un individuo dis¬tinto del fruto, del nuevo germen. En la existencia natural se da también la duplicación en dos individuos; o ella tiene que romper el resultado aparente en dos individuos, pues por el contenido ellos son el mismo. También en lo animal sucede así: los hijos son indivi¬duos diferentes que los padres, aunque de la misma naturaleza. Por el contrario, en el espíritu ocurre otra cosa; precisamente porque el espíritu es libre, coinciden en él el comienzo y el fin. El germen se convierte en lo diferente, y de nuevo se recoge en la unidad; pero esta unidad no le favorece de nuevo. Sin duda, también en el espí¬ritu existe duplicación, pero lo que aquí es en sí, llega a ser por sí (él). El fin retrocede a su principio; llega a ser por el comienzo y no por ninguna otra cosa; y así el espíritu llega a ser por sí mismo. El fruto, en cuanto semilla, no es para el primer germen, sino para no-sotros el mismo contenido; el fruto no es por el germen, ni él es por sí. Solamente en el espíritu sucede que, entretanto que existe por otro, existe allí por sí. El espíritu convierte su en sí en objeto por sí y se hace así el objeto mismo, se junta con su objeto en uno. De este modo es el espíritu en sí mismo en su otro. Lo que el espíritu produce, su objeto, es él mismo; él es un desembocar en su otro. El desarrollo del espíritu es un desprendimiento, un desplegarse, y por eso, al mismo tiempo, un desahogo.

Esto es el concepto de desarrollo, un concepto enteramente universal. Esto es la vitadlidad, el movimiento en general. La vida de Dios en sí misma, la universalidad en la Natura¬leza y en el espíritu, es la evolución de todo lo viviente, de lo más bajo como de lo más alto. Es un diferenciarse, un traer a la existencia, un ser por otro y un permanecer idéntico consigo mismo. Es la eterna procreación del mundo, en forma diferente del Hijo, el eterno regresar del espíritu a sí mismo —un movimiento absoluto que, al mismo tiempo, es absoluto reposo—, el eterno mediar consigo. Este es el ser consigo de la idea, la potencia para regresar a sí, para fusio¬narse con el otro y tener a sí mismo en el otro. Esta poten¬cia, esta fuerza para ser en lo negativo de sí mismo consigo, es también la libertad del hombre.

 

Este ser consigo, este desaho go del espíritu, puede ser declarado como su finalidad más elevada. Lo que sucede en el cielo y en la tierra sucede solamente para arribar a esta finalidad. Es la eterna vida de Dios encontrarse a sí misma, devenir por sí, fusionarse con¬sigo misma. En esta promoción se da una enajenación, una des¬unión; pero es la naturaleza del espíritu, de la idea, enajenarse (alie¬narse), para volver a encontrarse de nuevo. Precisamente este movimiento es lo que se llama libertad pues ya de una manera ex¬trínsecamente especulativa decimos: es libre quien no depende de un otro, el que no sufre ninguna autoridad, lo que no se halla impli¬cado en otro. El espíritu, en tanto que vuelve a sí mismo, logra ser como espíritu más libre. Este es su designio absoluto, su designio más elevado. El espíritu hace verdadero su dominio, su verdadera convicción propia. Por eso se excluye que el espíritu alcance su fina¬lidad en ningún otro elemento, llegue a esta libertad, más que en el pensar. En el intuir tengo yo siempre otra cosa por objeto, el cual sigue siendo otro; existen objetos que me determinan. Del mismo modo en el sentimiento: me encuentro determinado, no soy libre en él; puesto que soy determinado, no me he puesto; y aunque tengo conciencia de este sentimiento, sin embargo, sé solamente que siento algo, que estoy determinado. Tampoco en el querer soy por mí mismo: tengo ante mí determinados intereses; éstos son, sin duda, mis objetivos, pero, no obstante, estos objetivos contienen siempre algo opuesto a mí, algo que es para mí un otro, por el cual yo estoy determinado de una manera natural. En todos estos casos no soy perfecto en mí. Solamente el pensar es la esfera donde toda alienación es eliminada y donde el espíritu es absolutamente libre, es en sí mismo. Alcanzar este fin es el interés de la idea, del pen¬sar, de la filosofía.

 

(3. LA EVOLUCIÓN COMO CONCRECIÓN) Aquí nos concierne ahora directamente lo formal.

 

Si la evolución absoluta, la vida de Dios y del espíritu es so-lamente un proceso, solamente un movimiento, entonces es solamente un movimiento abstracto. Sin embargo, este mo-vimiento universal, en cuanto concreto, es una serie de formas del espíritu. Esta serie no debe ser representada como una línea recta, sino como un círculo, como un re¬greso a sí. Este círculo tiene en la periferia una gran canti¬dad de círculos; una evolución es siempre un movimiento a través de muchas evoluciones; el todo de esta serie es un re¬sultado que retrocede hacia sí, de evoluciones; y cada evolución especial es un grado del todo. Hay un progreso en la evolución, pero este progreso no se dirige hacia el infinito

 

(abstracto), sino que retrocede hacia sí mismo. El espíritu debe conocerse a sí mismo, exteriorizarse, tenerse a sí mismo por objeto, para que sepa lo que es, y para que él se produzca enteramente, se convierta en objeto; que se descu¬bra enteramente, que descienda a lo más profundo de sí mismo y lo descubra. Cuanto más alto evoluciona el espí¬ritu, tanto más profundo es; entonces el espíritu es real¬mente profundo no sólo en sí; el espíritu en sí ni es pro¬fundo ni elevado. Justamente el desarrollo es un profundizar del espíritu en sí, que manifiesta su profundidad a la con¬ciencia. El fin del espíritu, si se nos permite hablar así, es que se comprenda a sí mismo, que no se oculte a sí mismo. Y el único camino para ello es su desarrollo; y la serie de desarrollos son los grados de su evolución.

En tanto que ahora algo es resultado de una etapa, de un desarrollo, es de nuevo el punto de partida para una nueva evolución posterior. Lo último de un momento del desarro¬llo es siempre al mismo tiempo lo primero del momento si¬guiente. Por eso Goethe dice con razón en alguna parte: "Lo elaborado se convierte siempre de nuevo en materia prima."* La materia elaborada tiene forma, pero es de nuevo materia para una nueva forma.

El espíritu va hacia sí y se convierte a sí mismo en objeto; y la orientación de su pensar le da, además, la forma y la de-terminación del pensamiento. A esta noción, en la cual se ha comprendido y la que el espíritu es, a esta su formación, a este su ser, separados de nuevo de él, los convierte nueva¬mente en objetos, a ellos aplica de nuevo su actividad. Así el hacer continúa formando lo anteriormente formado, le da más determinaciones, lo hace más determinado en sí, más perfeccionado y más profundo.

Las etapas (momentos) son diferentes, toda etapa siguiente es más concreta que la precedente. La etapa más inferior es

* Seguramente alude al Exvoto 39 de Schiller, El imitador: "Bien del bien lo puede hacer toda persona inteligente.

Pero el Genio extrae el bien del mal.

Solamente en lo formado debes tú, imitador, ejercitarte.

Lo formado mismo es solamente materia para el Espíritu creador."

 

la más abstracta; los niños son así los más abstractos según su espíritu; son ricos en intuiciones sensibles, pero muy po¬bres en pensamientos. Principios sensibles tendremos mu¬chos en el comienzo de nuestras lecciones; son los más po¬bres en pensamientos. Nuestros primeros pensamientos son determinaciones más abstractas que nuestros pensamientos posteriores. En primer lugar, nos encontramos con la deter-minación de cosa; no hay una cosa, es solamente un pensa-miento; y así se presentan solamente al comienzo tales de-terminaciones abstractas de nuestro pensamiento. Lo abstracto es simple y fácil. Las siguientes etapas son más concretas. Suponen las determinaciones de las etapas prece-dentes y las continúan desarrollando. Toda etapa posterior de la evolución es también más rica, está acrecentada por estas determinaciones; por lo tanto, es más concreta. Tam¬poco existe pensamiento alguno que no progrese en su desa¬rrollo.

Se puede preguntar ahora en la evolución (desarrollo), qué se desa¬rrolla, cuál es el contenido absoluto que se desarrolla; pues la evo¬lución se presenta como actividad solamente formal y, por lo tanto, necesita de un substrato. Pero la actividad no tiene ninguna otra de¬terminación que el acto; tampoco aquello que se desarrolla puede ser otra cosa que lo que es la actividad. Así, pues, es al mismo tiempo la condición universal del contenido determinado. Distin¬guimos en la evolución diferentes momentos, lo en sí propiamente y lo por sí; y el hecho es ahora esto, contener en sí estos momentos diferentes. El hecho, como totalidad de los momentos, es también esencialmente aquello que, en general, llamamos concreto; y po¬demos añadir: no sólo el hecho mismo es concreto, sino también lo en sí, el sujeto de la actividad, lo que inicia, da comienzo, impulsa la evolución. Pues la idea en sí es precisamente también concreta. Lo que nosotros declaramos ser solamente el rumbo de la evolución es también el contenido de la misma. Lo concreto es también una unidad, o sea lo en sí, y otra cosa, o sea, la actividad de exteriori¬zarse de este concreto. Así son los dos momentos en uno, y esto es lo tercero. Esto tiene el sentido de que lo uno existe consigo mismo en lo otro, por tanto, lo otro no tiene fuera de sí, sino que en él ha regresado a sí.

La idea es esencialmente concreta, porque lo verdadero no es abs¬tracto; lo abstracto es lo no verdadero. Indudablemente la filosofía se mueve en la región del pensar puro, pero su contenido debe ser comprendido (concebido) como concreto. Quizá sea difícil compren¬der cómo las diversas o diferentes determinaciones opuestas pueden

 

existir en lo uno, pero esto sólo es difícil para el entendimiento. Es verdad que el entendimiento opone resistencia a lo concreto, quiere aplastarlo. En primer lugar, el entendimiento pone de relieve lo abstracto, lo vacío, y lo afirma contra lo verdadero. La sana razón humana exige lo concreto. La idea como pensar puro es, sin duda, abstracta, pero en sí misma es absolutamente concreta; y la filosofía es lo más opuesto a lo abstracto; la filosofía es precisamente lucha contra lo abstracto, la guerra constante con la reflexión del entendi¬miento.

 

Estas son las determinaciones que debíamos anticipar, alegar histó-ricamente.

 

Reunamos estas determinaciones del desarrollo y de lo concreto, así tendremos lo concreto en movimiento (del autotransformarse de su ser en sí en su ser por sí) y tendremos también la evolución como concreción. Puesto que lo en sí es ya en sí mismo concreto y el de-sarrollo en general es el poner de aquello que es en sí, de tal ma¬nera no añade nada extraño, nada nuevo; solamente que ahora apa¬rece como diferente lo que existía ya como no desarrollado, oculto. La evolución no solamente hace aparecer lo interior originario, ex¬terioriza lo concreto contenido ya en lo en sí, y este concreto llega a ser por sí a través de ella, se impulsa a sí mismo a este ser por sí. Lo concreto es en sí diferente, pero por de pronto sólo en sí, por la aptitud, la potencia, la posibilidad; lo diferente está puesto todavía en unidad, aún no como diferente. Es en sí distinto y, sin embargo, simple; es en sí mismo contradictorio. A través de esta contradic¬ción es impulsado desde la aptitud, desde este interior, a la duali¬dad, a la diversidad; luego, se cancela la unidad y con ella hace jus¬ticia a las diferencias. También la unidad de las diferencias aún no puestas como diferentes es impulsada a la disolución de ella misma. Lo distinto (diferente) viene así a ser actualmente, a la existencia. Pero del mismo modo se hace justicia a la unidad, pues lo diferente que es puesto como tal, es anulado nuevamente. Tiene que regresar a la unidad; porque la verdad de lo diferente consiste en que lo di¬ferente sea uno. Y solamente por este movimiento es la unidad ver¬daderamente concreta.

 

Esta es la vitalidad en general, tanto la natural como la del espíritu. La idea no es nada muerto, ni un ser abstracto. Por eso es injusto e irracional representar a Dios, que no puede ser nada abstracto, en expresiones abstractas como être suprème, la más alta esencia de quien nada más puede ser dicho. Un dios semejante es un producto del entendimiento, carece de vida, es muerto. Hay que distinguir y considerar, en primer término, el pasar de lo uno a la dualidad, y, en segundo, el regreso a lo uno. Nosotros debemos dirigir nuestra observación a que la diferencia, en tanto que es, es una diferencia desaparecida, ideal, cancelada (absorbida), pero solamente a causa

 

de que la unidad plena, concreta, no la unidad vacía del entendi¬miento, llegue a ser por sí.

Estas son las determinaciones del desarrollo de lo concreto. Pero para comprender más fácilmente estas determinaciones, para aproximarlas más aún a la representación, queremos aducir todavía algunos ejemplos de lo concreto, por de pronto, de cosas sensibles.

Las cosas de la Naturaleza se nos muestran al mismo tiempo como concretas. Las flores, por ejemplo, tienen muchas cualidades —co¬lor, olor, sabor, forma, etc. —, pero todas estas cualidades están en una misma cosa; ninguna de estas cualidades debe faltar; no están separadas unas de otras, el olor aquí, el color allí, sino que color, olor, sabor, etc., están configurados en una unidad, aunque aparez¬can como distintos. Tampoco se puede reconstruir mecánicamente esa unidad. Del mismo modo es una hoja concreta en sí; cada parte de la hoja tiene todas las propiedades que tiene la hoja entera. De la misma manera contiene el oro en cada uno de sus puntos todas sus cualidades indivisibles e inseparables; donde es amarillo tiene también su peso específico; no es amarillo en una parte y en otra posee el peso específico. Esta concreción la hacemos constar inme¬diatamente en lo sensible; principalmente concierne a lo espiritual, al pensamiento, comprender las diferencias como opuestas. Noso¬tros no encontramos contradictorio ni puede perturbarnos que el olor de las flores sea otra cosa que el color de las mismas, que el olor y el color se oponga uno a otro, y que, sin embargo, estén sim¬plemente reunidos en un conjunto. Nosotros no oponemos una cosa a otra. El entendimiento, el pensar del entendimiento, llega antes a determinar hasta qué punto se oponen las cosas diferentes unas de otras y de qué manera pueden ser comprendidas como incompati-bles unas con otras. Por ejemplo, hablamos de materia o de espacio, y sabemos: que la materia es compuesta, el espacio es continuo, inin¬terrumpido. Se pude llenar el espacio de diferentes maneras, pero no se puede interrumpir. Por otro lado, nosotros podemos poner puntos absolutamente sobre todo el espacio, construirlo de puntos. Lo mismo vale de la materia. Ella es fundamentalmente compuesta, pero tam¬bién fundamentalmente divisible hasta el átomo; y, a pesar de eso, es, sobre todo, sencillamente continua, es un continuo en sí (cada átomo continúa siendo divisible). No obstante, hablamos de átomos. De esta manera, tenemos la doble determinación de divisibilidad y de continuidad de la materia. El entendimiento, por lo contrario, dice: la materia es continua o corpuscular, atomística; enfrenta constante¬mente ambas determinaciones una con otra. Los átomos, dice el en-tendimiento, excluyen la continuidad. Pero, en efecto, la materia no es sencillamente una de estas dos determinaciones; la razón anula estas dos determinaciones como opuestas y dice: todo lo continuo es corpuscular, y todo lo corpuscular es continuo.

 

Otro ejemplo de una esfera más elevada: decimos del hombre que posee libertad; la determinación opuesta es la necesidad. «Si el espí-ritu es libre, entonces no está sometido a la necesidad»; y entonces lo opp ositum: "Su querer, pensar, etc., está determinado por la ne-cesidad, luego no es libre"; "lo uno, se dice ahora, excluye lo otro". En tales significaciones tomamos las determinciones como excluyéndose, no como formando algo concreto. Pero lo verdadero es la unidad de los opuestos; y tenemos que decir que el espíritu es libre en su necesidad, sólo en ella tiene su libertad, puesto que su necesidad consiste en su libertad. Así son opuestas las diferencias en unidad. Sin duda, nosotros nos acercamos muy difícilmente a esta unidad, el entendimiento no quiere acercarse a esa unidad; pero se debe tender a ella y conseguirla. Siempre es más fácil decir que la necesidad excluye la libertad et vice versa, que captar lo con¬creto. Ciertamente hay formas que son solamente necesarias, que están sometidas a la necesidad, pertenecen exclusivamente a la ne¬cesidad, son las cosas naturales; pero éstas, precisamente por eso, no son verdaderas existencias, con lo que no quiere decirse que no haya tales existencias, sino solamente que no poseen su verdad en sí mismas. La Naturaleza es, por eso mismo, abstracta, no logra la verdadera existencia. El espíritu no debe ser exclusivista. Cuando es concebido como mera libertad, sin necesidad, entonces es arbitra¬rio, es libertad abstracta, o formal, vacía.

 

Estas son las determinaciones y relaciones que yo quería anticipar. Por ellas son determinadas las categorías que constituyen el con¬cepto de la historia de la filosofía.

 

Si conservamos estas determinaciones de la naturaleza de lo con¬creto y de la evolución, entonces la diversidad de las filosofías re¬cibe, adquiere, al mismo tiempo, otro sentido. Porque la diversidad no aparece entonces ya como es aceptada de ordinario, como algo constante, recíprocamente indiferente, independiente, múltiple, etc., sino que lo diverso debe ser comprendido conceptualmente en movimiento, un movimiento que reblandece todas las diferencias más firmes y menosprecia los elementos transitorios.

Así es destruida de una vez y puesta en su lugar la discusión acerca de la diversidad de las filosofías, como si la diversi¬dad fuese algo firme, constante, permanente, separado; la discusión en que la vanagloria frente a la filosofía creía po-seer un arma casi invencible contra ella, y en su orgullo so¬bre tales miserables determinaciones —un orgullo verdade-ramente necio— es, al mismo tiempo, completamente ignorante acerca de lo muy poco que posee y tenía que sa¬ber; por ejemplo, aquí, la diversidad, la multiplicidad. Esta

 

es una categoría, la cual, sin embargo, cada uno comprende y no ve ningún mal en ella, es conocida y pensada a fin de poder manejarla y usarla como algo completamente cono-cido (comprendido); se comprende de sí mismo que cada uno sabe lo que es. Pero los que tienen a la multiplicidad por una determinación absolutamente constante, no conocen su naturaleza ni la dialéctica de la misma.

Estas son las determinaciones que yo quería anticipar. No las he demostrado, sino enumerado y buscado histórica¬mente para hacerlas comprensibles conforme a nuestra re-presentación.

Ahora tenemos que hacer la aplicación de estas determina-ciones y ver los resultados concretos; por eso las he presen-tado aquí. De esta manera pasamos a los detalles, a lo más determinado de la historia de la filosofía.

II. APLICACIÓN DE ESTAS

DETERMINACIONES A LA HISTORIA

DE LA FILOSOFÍA

 

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a) Según estas determinaciones, la filosofía es pensamiento que se acerca a la conciencia, que se ocupa consigo mismo, que se convierte a sí mismo en objeto, que se piensa a sí mismo y, sin duda, en sus diferentes determinaciones. La ciencia de la filosofía es, de esta manera, un desarrollo del pensamiento libre, o, mejor, es la totalidad de este desarro¬llo, un círculo que vuelve sobre sí, permanece enteramente en sí, es todo él mismo el que quiere volver sólo a sí mismo. Cuando nosotros nos ocupamos con lo sensible, entonces no somos libres en nosotros mismos, sino que somos en lo otro. Otra cosa sucede al ocuparnos con el pensamiento; el pensa-miento existe solamente en sí mismo. Así la filosofía es el desarrollo (evolución) del pensamiento, que no es impedido en su actividad. De esta manera la filosofía es un sistema. En la época moderna, la palabra sistema ha llegado a ser una palabra de reproche, mientras se tiene la representación de que se atiene a un principio exclusivista. Pero la significa¬ción propia del sistema es totalidad, y es solamente verda-

 

dero en tanto que la totalidad que comienza desde lo simple y a través del desarrollo se hace siempre más concreto.

b) Ahora, la historia de la filosofía es enteramente ella misma y no otra cosa. En la filosofía como tal, en la filoso¬fía actual, en la última, está contenido todo aquello que ha producido el trabajo durante miles de años; la filosofía ac¬tual es el resultado de todo lo precedente, de todo el pa¬sado. Y el mismo desarrollo del espíritu, considerado histó¬ricamente, es la historia de la filosofía. Ella es la historia de todos los desarrollos que el espíritu ha hecho desde sí mismo, una representación de estos momentos, de estas etapas, como se han sucedido en el tiempo. La filosofía es la representación del desarrollo del pensamiento, como es en sí, sin cuestiones accesorias; la historia de la filosofía es este desarrollo en el tiempo. Por consiguiente, la historia de la filosofía es idéntica a sistema de filosofía. Ciertamente, la identidad de ambas es aún una afirmación de la que no se puede dar aquí la demostración propia, especulativa. Esta demostración concierne a la naturaleza de la razón, del pen¬sar, y ésta se ha de considerar en la ciencia de la filosofía. La demostración empírica es suministrada por la historia de la filosofía. Ella tiene que mostrar que su curso es la siste¬matización del pensamiento mismo. En la sistematización del pensamiento (la historia de la filosofía) se representará lo mismo que en la filosofía, sólo que con lo accesorio del tiempo, de los pormenores históricos del país, de los dife¬rentes individuos, etc. Cuándo la filosofía se destaca en el tiempo, es una cuestión posterior que examinaremos en la segunda parte de la introducción.

 

El espíritu en sí y por sí es completa y absolutamente con-creto; mientras actúa, no solamente posee la forma de ha¬cerse consciente de sí en el pensamiento puro, sino que se produce en la totalidad de aquello que pertenece a su for¬mación (configuración); y ésta es una forma de la historia universal. Si el espíritu progresa, tiene que progresar en su totalidad; y puesto que su progreso cae en el tiempo, así también la totalidad de su desarrollo cae en el tiempo. El pensamiento, el principio de una época es el espíritu que lo penetra todo. Este tiene que progresar en la conciencia de sí mismo, y este progresar es el desarrollo de la masa entera,

 

de la totalidad concreta, y ésta cae en la exterioridad y, por eso, en el tiempo.

Puesto que la historia de la filosofía tiene que ocuparse con el pensamiento puro, entonces ella misma es una ciencia, es decir, no un agregado de conocimientos, de una manera or-denada, sino un desarrollo del pensamiento, el cual es nece-sario en sí y por sí. Pero la filosofía debe tomar en conside-ración a la necesidad con que tiene lugar la producción del pensamiento en el tiempo. Porque es un curso histórico te-nemos que conducirnos también de una manera histórica, es decir, admitir estas configuraciones (formaciones), tal como se han sucedido en el tiempo y aparecen en esta especie de seguirse unas a otras, ciertamente como si fueran casuales; pero es necesario tener presente la necesidad de este se¬guirse.

Este es el sentido, la significación de la historia de la filoso¬fía. La filosofía emerge de la historia de la filosofía, y al contrario. Filosofía e historia de la filosofía son una misma cosa, una la imagen (trasunto) de la otra. El estudio de la historia de la filosofía es el estudio de la filosofía misma, particularmente de la lógica (lo lógico). De lo concreto tra¬taremos más adelante. Para poder comprenderlo así es pre¬ciso saber de antemano lo que es la filosofía y su historia, pero no considerar a priori la historia de la filosofía según los principios de una filosofía; de una manera puramente histórica el pensamiento muestra cómo progresa por sí mismo.

c) ¿Cómo ahora aparece más de cerca el desarrollo de la fi-losofía en el tiempo? Nosotros hemos dicho: en el pensa-miento no se puede preguntar por una significación, porque él mismo es la significación; nada hay oculto, pero ha sido en sentido contrario como se ha usado siempre esta locu¬ción; pues el pensamiento es lo último, lo más profundo, lo más oculto; él es enteramente él mismo. Pero el pensa¬miento tiene también una forma de aparición y, en tanto que ésta se ditingue de él mismo, se puede hablar de una significación del pensamiento mismo. Una forma de apari¬ción del pensamiento es propiamente la representación que

 

se tiene del pensamiento, la otra es la forma histórica de aparición.

La primera forma de aparición del pensamiento es que el pensar, el pensamiento, aparece como algo particular. Además de que pensamos, de que hay pensamientos, hay percepciones sensibles, impulsos, tendencias, voliciones, etc. Aún tenemos otras potencias o actividades del alma que po-seen el mismo derecho que el pensar. Ahí está, entonces, el pensamiento como particular al lado de otro particular. Pero en la filosofía se debe formar del pensar, del pensamiento, una representación completamente distinta. El pensar es la actividad de lo universal. En tanto que actividad, es ésta algo particular, porque al lado de ella aún hay otras activi¬dades. Pero su verdadera naturaleza es que todo lo demás se conoce a través de la actividad del pensar. De esta ma¬nera se diferencia el hombre del animal por el pensar. Los sentimientos, los impulsos, etc., pertenecen tanto al hombre como al animal. Solamente sentimientos especiales, como, por ejemplo, los religiosos, los morales, el sentimiento de justicia, pertenecen exclusivamente al hombre. Los senti-mientos en sí, como tales, no son nada valioso, verdadero; lo que en ellos es verdadero, la determinación, por ejemplo, que hace que un sentimiento sea religioso, procede del pen¬sar solamente. El animal no tiene ninguna religión, pero sí sentimientos; y el hombre tiene religión sólo porque piensa. El pensar es lo universal, sobre todo; el pensar concreto po¬see la particularización en sí mismo; lo particular no está al lado de lo abstracto. Una forma de aparición del pensa¬miento, que está relacionada con esto, es la de que el pensa¬miento es subjetivo. El pensamiento pertenece solamente al hombre, pero no solamente al hombre como individuo parti¬cular, como sujeto; tenemos que tomarlo esencialmente en un sentido objetivo. El pensamiento es principalmente lo universal; ya en la Naturaleza, en sus leyes y especies, vemos que existen pensamientos; por consiguiente, no exis¬ten sólo en la forma de la conciencia, sino que en sí y por sí son del mismo modo objetivos. La razón del mundo no es una razón subjetiva. El pensamiento es lo sustancial, lo ver¬dadero con respecto a lo particular, a lo que es momentá¬neo, a lo perecedero, a lo pasajero. El conocimiento de la naturaleza del espíritu aleja el modo subjetivo de su apari-

 

ción; y la significación del mismo es, pues, que no es simple-mente algo particular, algo subjetivo, que pertenezca sola-mente a nuestra conciencia, sino que es lo universal, lo objetivo en y por sí.

 

La segunda forma de aparición del pensamiento es la forma histórica ya mencionada, que las determinaciones del pensa-miento han sido puestas de relieve en una época, en una re-gión, y por un individuo determinado, de modo que su des-cubrirse aparezca como una sucesión casual. Cómo esta forma de aparición se verifica, ya ha sido dicho antes. Acep-tamos los pensamientos históricamente como han aparecido en los individuos particulares, etc.; es una evolución en el tiempo, pero conforme a la necesidad interna del concepto.

 

Esta es la única opinión digna de la historia de la filosofía, o es el verdadero interés de la historia de la filosofía que ella muestra que todo es accesible racionalmente en el mundo también por esta parte. Esto tiene ya, desde el principio, una gran presunción por sí; la historia de la filosofía es el desarrollo de la razón pensante; por tanto, en el devenir de la historia de la filosofía todo habrá sucedido racionalmente. El templo de la razón consciente de sí es más alto que el te¬pío de Salomón y que cualquier otro construido por el hom¬bre. Ha sido construido racionalmente, no como construían los judíos y los masones en el templo salomónico. Se puede sostener la creencia de que todo ha sucedido racionalmente. El templo de la razón consciente de sí es más alto que el templo de Salomón y que cualquier otro construido por el hombre. Ha sido construido racionalmente, no como cons-truían los judíos y los masones en el templo salomónico. Se puede sostener la creencia de que todo ha sucedido racional-mente. Es la creencia en la Providencia, sólo que de otra manera. LO mejor en el mundo es aquello que ha producido el pensamiento. Por tanto, es incorrecto cuando se cree que la razón está sólo en la Naturaleza, pero no en lo espiritual, en la historia, etc. Si se piensa, por una parte, que la Provi¬dencia ha regido el mundo y, sin embargo, por otra, que los acontecimientos del mundo en la región del espíritu —éstos son las filosofías— son tenidos por casuales, entonces con-tradice esta representación a la primera; o, más bien, no se habla en serio de la creencia en la Providencia, o sería sola-

 

mente una charla vacía. Pero por lo que ha sucedido, ha sucedido por el pensamiento de la Providencia.

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Lo primero que podemos hacer notar como resultado de

lo precedente es que no tenemos que ocuparnos en la histo ria de la filosofía con opiniones. Sin duda en la vida ordina ria tenemos opiniones, es decir, pensamientos sobre cosas externas; uno piensa así, otro de otra manera. Pero en la cuestión del espíritu del mundo la cosa es mucho más seria; allí está la universalidad. Allí se trata de las determinaciones generales del espíritu, allí no se trata de las opiniones del uno o del otro. El espíritu universal se desarrolla en sí mismo según su propia necesidad; su opinión es solamente la verdad.

a) En segundo lugar, está la contestación a la pregunta: ¿qué significa la diversidad de las filosofías?, de la que se oye decir que es una prueba contra la filosofía, es decir, contra la verdad. En primer lugar, se debe decir que hay una filosofía solamente. Lo que tiene ya un sentido formal, porque toda filosofía es al menos filosofía (en tanto que so lamente es en general filosofía; frecuentemente es sólo char latanería, ocurrencias arbitrarias, etc., lo que suele llamarse filosofía). Así como las diferentes especies de fruta son, sin embargo, fruta, de la misma manera se debe considerar también la relación de las diferentes filosofías a la Filoso fía*. Hablar de muchas filosofías tiene directamente el sen tido de que ellas son las etapas necesarias del desarrollo de la razón que llega a la conciencia de sí misma, de lo uno, como nosotros lo hemos comprendido hace un momento. Por lo que concierne también a su sucesión, es una sucesión necesaria. Por tanto, no se puede mostrar una filosofía antes que aparezca. Sin duda, en los siglos XV y XVI habían re nacido las antiguas filosofías, y esto ha sido necesario en el progreso de la cultura cristiana. Sin embargo, si las filosofías antiguas renacen una vez más, entonces son, en cierto

* Véase Schiller, Exvoto 53: "¿Cuál permanece entre todas las filosofías? Yo no sé. Pero la filosofía, yo lo espero, debe existir eternamente."

 

modo, solamente momias de los pensamientos anteriores. El espíritu del mundo se ha movido más allá, y éste no es el vestido, la forma en la que él encuentra todavía expresado lo que realmente es.

La razón es solamente una: no existe ninguna segunda razón sobre-humana. Ella es lo divino en el hombre. La filosofía es la razón, que se comprende al modo del pensamiento, que se acerca a la con¬ciencia de manera que se convierte en objeto o se conoce en la forma del pensamiento. Este producirse (producción), que ella sabe de sí, del mismo modo es solamente uno, sólo uno y el mismo pen¬samiento. Por consiguiente, también hay absolutamente sólo una fi¬losofía. Indudablemente muchas cosas también se pueden denomi-nar con el nombre de filosofía, incluso aquello que no lo es. Nada especial tenemos ante nosotros, pues la filosofía es el espíritu pen¬sante en la historia universal. Este espíritu es libre, toda particulari¬dad está alejada de él. El espíritu pensante, la razón pensante, nada tienen que ver con los mercachifles de la ciencia y de la sabiduría del mundo, sino que el espíritu pensante se ocupa consigo mismo.

 

Los millares que trataron las particularidades han sido olvidados; sólo un ciento de nombres nos han sido conservados como tales. La Mnemosine de la historia del mundo no dispensa su gloria a los in¬dignos; así como reconoce los hechos de los héroes en la historia externa, así también en la historia de la filosofía sólo reconoce los hechos de los héroes de la razón pensante. Estos son nuestro ob¬jeto. No son opiniones, sino casualidades accidentales; es la razón pensante, el espíritu pensante del mundo el que se revela en ella. La serie de estos hechos es, sin duda, una serie; pero es solamente una obra la que ha sido producida. La historia de la filosofía consi¬dera solamente una filosofía, solamente un desarrollo, el cual es clasificado en diferentes grados (momentos). Por consiguiente, desde siempre ha habido sólo una filosofía, el saber de sí del espí¬ritu. También esta única filosofía es el pensamiento que se conoce como universal; aunque todavía no es concreto en sí, aún es formal. Lo distinto, lo múltiple que ha producido de sí, está sometido a lo universal. Por consiguiente, a cualquiera que sea la filosofía a que se llegue, se tiene, sin embargo, filosofía. Por eso la disciplina no es lícita: sin duda, se quiere estudiar la filosofía, sólo que no se sabe cuál elegir. Así como las cerezas, las ciruelas, etc., son fruta, así también toda filosofía es, por lo menos, filosofía.

 

Filosofía es el pensamiento que se comprende conceptualmente a sí mismo; el pensamiento es concreto y, por tanto, la razón que se comprende a sí misma. Este comprenderse es un comprenderse en lo que se desarrolla. La primera forma de la razón de la existencia del pensamiento es, como el germen, enteramente simple. Pero esta

 

simple existencia es el impulso para continuar determinándose. La primera comprensión conceptual que el espíritu tiene de sí es uni¬versal, abstracta; pero la razón es concreta en sí. Este concreto en sí debe ser llevado a la conciencia —lo que no puede menos de suceder para que se hagan destacar los elementos particulares suce-sivamente—, que cada determinación por sí surja después de las otras, como ha ocurrido en la planta. Pero precisamente es notable que esta sucesión v esta separación de los conceptos se reúnen al mismo tiempo en el conocimiento de los sistemas particulares. Los conceptos concretos de la razón se perfeccionan sin que los sistemas de pensamientos anteriores perezcan en los posteriores. En la historia ocurre como en la evolución de los individuos particulares. Nosotros aprendemos poco a poco. La capacidad de escribir que fue para no¬sotros, cuando la aprendimos de muchachos, una cuestión esencial, se conserva con el hombre; pero lo elemental de los primeros grados se une con los más tardíos en la totalidad de la formación. De la misma manera se conserva lo precedente en la historia de la filosofía; nada se pierde. Aprenderemos más exactamente los por¬menores de este progreso en la historia de la filosofía misma. Pero es necesario admitir que este progreso ha sucedido racionalmente, que una providencia lo ha presidido. Si esto ha de ser admitido ya en la historia, mucho más en el curso de la filosofía, puesto que ésta es lo más santo, lo más interno al espíritu.

 

También por eso desaparece la representación de que aquí casual¬mente cada uno tiene su opinión propia; aquí no se trata de las opi¬niones de los particulares; una representación que, indudablemente, ha de considerarse en el saber casual.

 

El progreso de la filosofía es un progreso necesario. Cada filosofía debía de haber aparecido en su tiempo, como apareció; toda filoso¬fía ha aparecido así en el tiempo conveniente, ninguna podía haber saltado sobre su propio tiempo, sino que todas las filosofías han comprendido conceptualmente el espíritu de su época. Representa¬ciones religiosas y determinaciones del pensamiento, el contenido del derecho, el contenido de la filosofía, etc., todo esto es uno y el mismo espíritu. Las filosofías han hecho consciente todo lo que existía en su época sobre religión, sobre el Estado, etc. Por eso es una representación falsa que una filosofía anterior se repita. Pero este punto de vista debe ser ahora determinado más profunda¬mente.

 

La primera consecuencia de lo dicho es que, en general, el todo de la historia de la filosofía es un progreso en sí necesario, conse¬cuente; es un progreso racional en sí, libre en sí, determinado por sí mismo, por la idea. La contingencia de que podía ser así o de otra manera, es rechazada y expulsada de una vez para siempre al co¬mienzo del estudio de la historia de la filosofía. Como el desarrollo

 

de los conceptos en la filosofía es un desarrollo necesario, lo mismo ocurre en su historia. Se puede determinar más de cerca este pro¬greso por la contradicción del contenido y la forma. Lo que se des¬vía es la dialéctica interna de las formas. En realidad, lo formado es algo determinado. Así debe ser condicionado; que sea, que exista, a ello pertenece la determinabilidad. Pero de esta manera es algo fi¬nito, y lo finito no es lo verdadero, no es lo que debe ser. Contra¬dice a su contenido, a la idea; debe perecer. Para que exista es ne¬cesario, por otra parte, que tenga la idea en sí. Pero en tanto que es determinado, su forma es una forma finita, su existencia una existencia unilateral, limitada. La idea como lo interior debe des¬truir esta forma, romper la existencia unilateral para darse la forma absoluta, idéntica al contenido. En esta dialéctica del infinito en sí, de la idea, la cual existe en una forma unilateral, y en la que esta existencia debe ser absorbida (asumida) yace lo que se desvía. Esta es la única determinación que nos ha de dirigir en la historia de la filosofía. El progreso en cuanto totalidad es necesario. Este resulta de la naturaleza de la idea. La historia de la filosofía tiene que con¬servar solamente este a priori, lo que yace en la naturaleza de la idea; ella es sólo un ejemplo de éste.

La segunda determinación más inmediata es que toda filosofía parti-cular, tomada por sí, ha sido y aún es necesaria, de manera que ninguna ha perecido totalmente, sino que todas se han conservado. Las filosofías son sencillamente necesarias y, por consiguiente, mo¬mentos imperecederos del todo, de la idea; por eso se han conser¬vado no sólo en el recuerdo, sino también de una manera afirma¬tiva. Además, tenemos que distinguir entre el principio particular de una filosofía como tal y la ejecución de este principio, o la apli¬cación al mundo (universo). Los principios, como tales, permane¬cen; son necesarios, son eternos en la idea. Por tanto, la última filo¬sofía contiene los principios de todas las filosofías precedentes, es la consecuencia de todas las anteriores.

Las diversas filosofías no solamente se han contradicho, sino también refutado. Ahora se puede preguntar, qué sentido tiene esta refutación recíproca. La contestación resulta de lo dicho hasta aquí. Refutable es solamente esto: que cualquier forma o modo concreto de la idea sea tenido ahora y en todo tiempo como lo más elevado. En su tiempo, esa forma de la idea ha sido lo más elevado; pero en tanto que hemos pensado la actividad del espíritu como desarrollándose, esa forma deja de ser la más elevada, ya no es reconocida como tal, y, en cierta manera, es degradada a ser sólo un mo¬mento para el grado siguiente. El contenido no ha sido refu¬tado. La refutación es solamente el descenso de una determi-

 

nación a determinación subordinada. De esta manera, ningún principio filosófico se ha perdido, sino que todos los principios filosóficos se han conservado con los principios formulados posteriormente. Solamente ha cambiado la situa¬ción que ellos habían tenido.

Esta refutación ocurre en cada desarrollo, así en el brotar el árbol de su germen. Por ejemplo, las flores son la refutación de las hojas. Ellas (las flores) parecen ser la más elevada, la verdadera existencia del árbol. Pero las flores son anuladas por el fruto. El fruto, que es lo último, contiene todo lo que le ha precedido, todas las fuerzas antes de desarrollar. El fruto no puede convertirse en una nueva realidad sin atrave¬sar todos los grados anteriores. Ahora estos grados se des¬truyen en la existencia natural, así como la Naturaleza en general es la idea en la forma del ser otro. También en el espíritu existe esta sucesión, esta refutación, pero de modo que los grados anteriores permanecen en unidad. La última, la filosofía más reciente, debe, por consiguiente, contener en sí los principios de todas las filosofías anteriores, y, por tanto, debe ser la más elevada.

 

Refutar es más fácil que justificar, es decir, conocer algo afirmativo y asumirlo (absorberlo).

 

La historia de la filosofía muestra, por una parte, los lí¬mites, lo negativo de los principios, pero, por otra parte, también lo afirmativo de los mismos. Nada es más fácil que mostrar lo negativo en ellos. Cesa la justificación de la con¬ciencia que se sitúa a más altura que el juzgador cuando se reconoce lo negativo en ellos. Esto adula a la vanidad. Si se refuta algo, entonces se está más allá. Y si se está más allá de alguna cosa, entonces no se ha penetrado en ella. Pero al hecho de encontrar lo afirmativo corresponde haberse introducido en el objeto, haberlo justificado; y esto es mucho más difícil que refutarlo. Luego en tanto que las filosofías se muestran como refutadas, deberán mostrarse también como conservadas.

Además, hay que notar con esto que ninguna filosofía ha sido refu¬tada; y, sin embargo, todas se refutan. Pero lo que ha sido refutado no es el principio, sino solamente algo en el principio que es lo úl¬timo, lo absoluto y, como tal, tiene absoluta validez. Es un hacer

 

descender un principio a un momento determinado del todo. Luego el principio como tal no es eliminado, sino sólo su forma para ser lo absoluto, lo último. Este es el sentido de la refutación de las filoso¬fías. La filosofía atomística posee la determinación de que el átomo es lo absoluto; es lo indivisible, lo uno; en su determinación poste¬rior es lo individual y, aún más determinado, lo subjetivo. Yo soy también un uno, un individuo; pero como sujeto, soy espíritu. Pero el átomo es el ser por sí enteramente abstracto, lo simplemente uno; y la atomística ha llegado con esto a lo absoluto, en tanto que intenta concebirlo en la determinación abstracta de lo uno, a fin de determinarlo como lo uno múltiple, lo uno infinitamente múltiple. Ahora ya no somos atomistas, el principio del atomismo ha sido re¬futado. Sin duda, el espítitu es también un uno, pero no ya lo uno en esta abstracción. Lo uno simple es una determinación demasiado pobre y una definición muy deficiente del espíritu para poder ago¬tarlo. Luego lo uno no expresa lo absoluto. Pero también este prin¬cipio es conservado (ha preservado hasta el Yo de Fichte) no sólo como una determinación total de lo absoluto. Por consiguiente, nin¬guna filosofía ha sido refutada ni tampoco ningún principio de nin¬guna filosofía, sino que todos los principios se han mantenido; no puede carecer de ninguno. En la verdadera filosofía deben estar conservados todos los principios.

Se presentan dos aspectos con relación al comportamiento del prin¬cipio de una filosofía, un aspecto negativo y otro positivo. El lado negativo es la comprensión de la unilateralidad de un principio; el positivo o afirmativo es la comprensión de que es un momento ne¬cesario de la idea. Solamente mientras tenemos a ambos en cuenta hacemos justicia a una filosofía. Ambos aspectos deben ser conser-vados en todo juicio. En todos los casos se deben reconocer las de¬ficiencias, pero también en todos los casos se debe reconocer lo ver¬dadero. Reconocer los defectos es fácil; pero encontrar lo bueno, esto exige un estudio más profundo, una madurez mayor. No es menester, especialmente en nuestro tiempo, explicar una filosofía antigua por sus defectos; pero es difícil comprender cómo la preci¬sión del espíritu las produce. Esta es también la segunda consecuen¬cia que debe se observada en la historia de la filosofía.

 

Por lo que concierne a que las filosofías hayan sido refutadas, hayan pasado, debemos decir que, sin embargo, se ha conservado la ver¬dad de manera que ellas sean solamente una y en todas exista la misma verdad. Por consiguiente, la refutación no tiene ningún otro sentido que éste, que sin duda la filosofía de una época es el punto de vista más elevado del espíritu desarrollándose siempre en su pro¬pia condición, pero que ninguna puede decir que ha alcanzado el más elevado punto de vista sobre el cual no hay ningún otro. La unilateralidad de la filosofía semejante ha consistido entonces sola¬mente en que se ha tenido por el último punto de vista, por el úl-

 

timo fin de la filosofía. El progreso más allá —y esto quiere decir refutación— es solamente que entonces una filosofía semejante se¬ría rebajada de este punto de vista a ser un grado, una parte del todo. Por consiguiente, el progreso del espíritu que se abisma con¬siste en que, por de pronto, lo universal se transforma en lo particu¬lar. Así comienza en la lógica del ser. Por cierto, en el progreso permanece éste conservado, pero se continúa construyendo sobre ello. El ser, en primer lugar lo enteramente universal, recibe una determinación particular. En el ser se fundamenta el pensamiento. En cambio, el concep to es un grado más elevado: el pensamiento permanece conservado como lo universal, y solamente es e xplicado por un aspecto. Lo mismo ocurre con los principios de la filosofía; el contenido universal permanece siempre. Han recibido solamente una disposición diferente.

Con respecto a la refutación de una filosofía por otra hay que dar aún una determinación más directa, la cual se des-cubre en la historia de la filosofía misma y nos muestra en qué relación están unas filosofías con otras y hasta qué punto han modificado su situación los principios de las mismas. La refutación, como hemos visto, comprende en sí una negación. Esta consiste en que no es exacto lo que se ha creído de un sistema de filosofía. Esta negación tiene ahora una doble forma. Una forma es que el sistema si¬guiente muestra la insostenibilidad del precedente, mientras que una filosofía es opuesta a la precedente y, de esta ma¬nera, se afirma el principio de la siguiente. Todo principio del entendimiento es unilateral en sí; y esta unilateralidad es mostrada porque el otro principio es opuesto a él. Pero este otro principio es de la misma manera unilateral. Además, la totalidad tampoco existe como la unidad que los reúne; ella existe sólo como integridad en el curso del desarrollo. Por cierto, así se opone el epicureismo al estoicismo; así también se halla en oposición la sustancia de Spinoza como unidad absoluta al uno de la mónada de Leibniz, a la individualidad concreta. El espíritu que se desarrolla integra así la unilate-ralidad de un principio al hacer que el otro se manifieste. El segundo y más elevado modo de negación es la unificación de las diversas filosofías en un todo, de manera que ninguna subsista por sí, sino que todas aparezcan como partes de una sola; se unifiquen sus principios en tanto que son reducidos a elementos de una idea o que solamente existan como mo-mentos, determinaciones, aspectos de una idea. Y esto es lo concreto, lo que unifica a las otras determinaciones en sí, y

 

que constituye la verdadera unidad de estas determina¬ciones. Esta concreción ha de distinguirse de lo ecléctico, es decir, diferente de la mera composición de diversos princi¬pios, opiniones, en cierto modo diversos remiendos para un mismo vestido. Lo concreto es la identidad absoluta, per¬fecta, de estas diferencias, no una composición exterior de las mismas, como el alma humana es lo concreto del alma en general, en tanto que el alma vegetativa está contenida en el alma animal, y éstas, a su vez, en la humana. Seme¬jantes nudos esenciales, donde tales particularidades, tales filosofías se hacen una, aprenderemos a conocerlos en el curso de la historia de la filosofía. Un nudo esencial seme¬jante es, por ejemplo, la filosofía platónica. Tomemos los diálogos de Platón; en ellos encontramos que existen al¬gunas características (huellas), eleáticas, pitagóricas y aun algunas heraclídeas: y, a pesar de eso, la filosofía de Platón ha unificado estas filosofías anteriores y, por lo mismo, ha transfigurado las deficiencias de las mismas. A pesar de esto, no es una filosofía ecléctica, sino una verdadera pene¬tración absoluta y una unificación de estas filosofías. Otro cruce esencial es la filosofía alejandrina, la cual es conocida como neoplatónica, neopitagórica, neoaristotélica; ella ha unido precisamente estos antagonismos.

Hemos dicho que la razón es solamente una, y que esta única racio-nalidad es un sistema y que, por eso, el desarrollo de las determina-ciones del pensar es, del mismo modo, un desarrollo racional. Los principios universales aparecen según la necesidad del concepto que les sirve de base. La posición de lo precedente es fijada por lo si-guiente. El principio fundamental de una filosofía es reducido en otra posterior a un simple momento. Por eso ninguna filosofía ha sido refutada, sino solamente es refutada la preeminencia que ella se erigía. Tal como primeramente las hojas son el más alto modo de existencia de la planta, después son los capullos, los cálices que se convierten más tarde en la envoltura del fruto, así siempre lo pri¬mero es rebajado de grado por lo siguiente. Esta refutación tiene que ocurrir a fin de que el fruto se manifieste, que reúna el todo en sí.

Las filosofías son las formas de lo uno. Nosotros las consideramos como diferentes unas de otras, pero lo verdadero en ellas es lo ar-chómenon, lo uno en todas. En una consideración próxima veremos cómo en sus principios se realiza un progreso, de manera que lo si-guiente sea solamente una determinación posterior de lo prece¬dente; sólo en esto consiste la diversidad. Pero también los princi-

 

pios entran en contradicción, y, por cierto, entonces, si la reflexión pensante se desarrolla más se hace más comprensible (racional); así ha ocurrido con el principio estoico y el epicúreo. El estoicismo convierte al pensar como tal en principio; precisamente lo opuesto designa el epicureismo como lo verdadero: el sentimiento, el placer; el primer principio se refiere a lo universal; el segundo a lo espe¬cial, a lo particular; el primero se refiere al hombre como pensante, el segundo se refiere al hombre como ser sensible. Solamente los dos juntos constituyen la integridad del concepto; así, pues, el hom¬bre se compone de las dos cosas, de lo universal y de lo particular, del pensar y del sentir. Solamente ambos constituyen lo verdadero; pero aparecen sucesivamente en contradicción. Porque lo negativo surge en el escepticismo contra estos dos principios; pone de relieve la unilateralidad de cada uno de ellos, pero se equivoca cuando cree haberlos negado; porque ambos son necesarios. Por consiguiente, la naturaleza de la historia de la filosofía es que los principios unilate¬rales sean convertidos en momentos, en elementos concretos y que, en cieno modo, sean conservados en un enlace fundamental. El principio de las filosofías posteriores es un principio más elevado o —lo que es lo mismo— más profundo. El eclecticismo no se puede admitir, porque a menudo está dirigido por la vanidad. De esta ma¬nera, la filosofía platónica no es ecléctica, sino una unión (fusión) de las filosofías anteriores en un todo viviente, una reunión en una unidad viva del pensar. Tampoco las filosofías neoplatónica o la ale¬jandrina son eclécticas; la contradicción de la filosofía platónica y de la aristotélica que se descubre en ella, es solamente una unilate¬ralidad de la determinación que es tomada por absoluta.

Por tanto, es esencial que, en primer lugar, los principios de los sis¬temas filosóficos sean conocidos, y, en segundo lugar, que cada principio tiene que se reconocido como necesario. Porque es nece¬sario, resalta en una época como lo más elevado. Después se prosi¬gue adelante, de manera que lo anterior es solamente un ingre¬diente en la nueva determinación, en la determinación posterior; pero el principio anterior es asumido y no rechazado. Por consi-guiente, todos los principios son conservados. Por ejemplo, lo uno, la unidad, sirve de base absolutamente a todo; lo que se desarrolla en la razón se adelanta solamente a su unidad. Nosotros no po¬demos pasar sin la determinación intelectual de lo uno, aunque aquella filosofía que ha hecho de lo uno el principio más elevado, como la de Demócrito, nos parezca vacía.

Para conocer verdaderamente todo sistema, conviene que se haya justificado en sí. No se puede comprender una filosofía si simple¬mente se la refuta; es preciso reconocer también lo verdadero en ella. Nada es más fácil que criticar, es decir, comprender los limites, lo negativo de cualquier cosa; y la juventud se inclina especialmente

 

a la critica. Pero si se reconoce solamente lo negativo, no se reco¬noce el contenido, porque éste es algo afirmativo. Y entonces se está más allá de ello, es decir, no se está en ello. Conocer la verdad de los sistemas filosóficos es lo más difícil, y solamente si se ha jus¬tificado la filosofía en sí misma, se puede hablar de sus límites, de su limitación.

 

c) Una tercera consecuencia de lo dicho hasta aquí es que nosotros nada tenemos que ver con lo pasado, sino con el pensamiento, con nuestro propio espíritu. Por consiguiente, no hay ninguna historia propiamente, o hay una historia la cual al mismo tiempo no es una historia; porque los pensa¬mientos, los principios, las ideas que tenemos ante nosotros, son algo actual; son determinaciones de nuestro propio espí¬ritu. Lo histórico, es decir, lo pasado, como tal, ya no es, está muerto. La tendencia histórica abstracta a ocuparse con cosas muertas se ha propagado muchísimo en la época mo¬derna. Tiene que estar muerto el corazón, cuando se quiere encontrar satisfacción en ocuparse con lo muerto y con los cadáveres. El espíritu de la verdad y de la vida vive sola¬mente en lo que es. El espíritu de la vida dice: "¡Dejad que los muertos entierren a los muertos y seguidme!" Pensa¬mientos, verdades, conocimientos, si yo los conozco simple¬mente como históricos, entonces son algo fuera de mi espí¬ritu, es decir, están muertos para mí; mi pensar y mi espíritu no están allí, ni mis pensamientos ni mi interés pueden estar presentes en las cosas muertas. La posesión de conoci¬mientos simplemente históricos es como la posesión legal de cosas que no me sirven para nada. Si se admite solamente en el conocimiento de aquello que éste o aquél han pen¬sado, lo que se ha transmitido, pues se transmite también a sí mismo, entonces se renuncia a aquello por lo que el hom¬bre es hombre, al pensar. Entonces se ocupa solamente del pensar y del espíritu de otros, se investiga sólo lo que ha sido verdad para otros. Pero es necesario pensarse así mismo. Se puede uno ocupar de la teología históricamente, tal vez mientras se aprende lo que los concilios de la Iglesia, los herejes y los no herejes (los ortodoxos) habían conocido de la naturaleza de Dios; así, sin duda, puede tener uno, además, pensamientos muy edificantes; pero no se tiene el verdadero espíritu. Para poseer el espíritu, no se necesita ninguna sabiduría teológica. Cuando la tendencia historicista es dominante en una época, entonces se puede suponer que

 

el espíritu ha caído en la desesperación, que ha muerto, que ha renunciado a satisfacerse a sí mismo; de lo contrario no se ocuparía de tales objetos, que son cosas muertas para él. En la historia del pensamiento hay que ocuparse del pensa¬miento; tenemos que considerar cómo el espíritu profundiza en sí para llegar a la conciencia de sí mismo, cómo el hom¬bre adquiere conciencia de su propio espíritu. Para saber todo esto, debe el hombre estar con su espíritu en todo eso. Pero yo hablo aquí solamente contra la tendencia puramente historicista. De ningún modo se debe desprestigiar el estudio de la historia en general. Por cierto, que nosotros mismos queremos ocuparnos de la historia de la filosofía. Pero si una época trata todo históricamente, entonces se ocupa sola¬mente de un mundo que ya no existe, divaga por las casas de los difuntos, porque el espíritu renuncia a su propia vida, que consiste en el pensarse a sí mismo.

Todo se ha conservado. Por eso tenemos que ocuparnos en la histo¬ria de la filosofía de lo pasado, pero del mismo modo tenemos que ocuparnos también de lo presente, es decir, de algo que tiene, nece-sariamente, interés para el espíritu pensante. Nosotros tenemos que ocuparnos, como ocurre en la historia política, con los grandes ca-racteres, del derecho y de la verdad; esto es humano, esto nos atrae y mueve nuestro ánimo. No solamente tenemos algo histórico, abs¬tracto ante nosotros. No se puede tener ningún interés en lo muerto, en lo pasado; esto tiene interés solamente para la erudi¬ción, para la vanidad.

Con el procedimiento puramente histórico está relacionada también la cuestión de que un profesor de historia de la filo-sofía debe ser imparcial. Esta exigencia de imparcialidad, en la mayoría de los casos, no tiene más sentido que el de que el profesor de historia de la filosofía debe comportarse como un muerto en la exposición de las filosofías, que debe tratar a éstas como algo alejado de su espíritu, como algo exterior, que debe tratarlas de una manera propiamente irreflexiva. Tennemann, por ejemplo, se conoce a sí mismo esta preten-sión de imparcialidad. Pero, considerándole con más deteni-miento, se ve que se halla enteramente encuadrado en la fi-losofía kantiana, cuyo axioma es que no se puede llegar a conocer lo verdadero. Pero entonces la historia de la filoso¬fía es una triste ocupación si se sabe de antemano que se tiene que tratar solamente con ensayos fracasados. Tenne¬mann elogia a los más diversos filósofos por su genio, su

 

obra, etc., pero también les censura que no hubiesen estado en el punto de vista kantiano, o, en general, que hubiesen filosofado. Por consiguiente, no se debe tomar partido por el espíritu pensante. Pero si se quiere estudiar dignamente la historia de la filosofía, entonces la imparcialidad consiste en no tomar partido por las opiniones, pensamientos, conceptos de los individuos. Sin embargo, se debe tomar partido por la filosofía y no limitarse ni conformarse simplemente con el conocimiento del pensar de los otros. Solamente es conocida la verdad si se está presente con el espíritu, el simple conoci-miento no muestra que se está realmente presente.

 

Como en la historia, así también en la historia de la filosofía se debe ser perfectamente imparcial: esto es considerado por muchos como la exigencia principal, porque, de lo contrario, se parte de su sistema y se juzga a los otros según el propio. Esta parece ser una exigencia justa. Pero la imparcialidad tiene aquí su propia condi-ción, una condición semejante a la de la historia. En una biografía histórica, en una descripción, por ejemplo, de Roma, de César, in¬dudablemente se debe tomar partido; aquí se tiene ante sí un objeto determinado, se debe juzgar lo que es justo y esencialmente ade¬cuado a su fin, y omitir lo que no es adecuado a este fin. Aun a esto hay que añadir también el juicio sobre lo justo y sobre lo in¬justo; se debe tomar partido por la justicia y por el bien. De lo con¬trario, se narra todo sin orden y sin conexión. Sin juicio, pierde in¬terés la historia. De esta manera también se debe ser parcial en la historia de la filosofía, se debe suponer algo, tener un fin; y éste es el pensamiento puro, libre. Lo que esté en relación con el pensa¬miento tiene que ser alegado. Pero la historia de la filosofía no debe tener propiamente ningún fin semejante; ella debe ser tratada imparcialmente. Se quiere imparcialidad en la historia de la filoso¬fía, pero entonces no se quiere otra cosa que sea irreflexiva, carente de contenido, una simple seriación, una narración detallada, sin po¬ner las distintas partes en relación (conexión). Pero nosotros que¬remos comprender los principios de la historia de la filosofía en su ordenación e intentar la conexión necesaria de los mismos.

Yo tengo que añadir aquí todavía algunas observaciones so-bre la forma de proceder de la historia de la filosofía.

 

 

III. CONCL USIONES PARA EL PROCEDER

DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA

Ya de antemano se ve que el espacio de un semestre es de-masiado breve para exponer la historia de la filosofía en su

 

totalidad, trabajo este que el espíritu ha desarrollado du¬rante siglos. Por consiguiente, debe ser limitado el campo. De lo que nosotros hemos dicho hasta aquí sobre la especie de historia de la que queremos hablar, con respecto a la ex¬tensión, se sigue:

 

a)        Que nos ocupamos de los principios de la filosofía y de su desarrollo. Especialmente ocurrirá así respecto de las filo sofías antiguas y sin duda no menos por la falta de tiempo ni mucho menos porque sean ellas solas las que nos pueden in teresar. Aquéllas son las más abstractas, las más simples y, por eso, también las más indeterminadas, o aquellas en las que la determinabilidad aún no está puesta aunque ellas contengan todas las determinaciones. Estos principios abs tractos bastan hasta un cierto grado, llegan hasta un cierto punto, que aún posee interés. Pero porque su desarrollo to davía no es perfecto entran en la cualidad de lo particular; es decir, que se extienden en la aplicación solamente hasta una esfera determinada. A esa clase pertenece, por ejemplo, el principio del mecanicismo; si nosotros quisiéramos consi derar cómo Cartesius (Descartes) ha tratado la naturaleza orgánica conforme a este principio, no quedaríamos satisfe chos. Nuestro concepto más profundo exige, en cambio, un principio más concreto. Las explicaciones de la naturaleza animal y vegetal derivadas de este principio no nos basta rían. Un principio abstracto tiene en la realidad una esfera adecuada a él. De esta manera, el principio del mecanismo está en vi gor en la naturaleza inorgánica, en la existencia abstracta (lo viviente es lo concreto, lo inorgánico lo abs tracto). Pero el mecanismo ya no es apropiado a una esfera más elevada. Las antiguas filosofías abstractas habían conce bido el universo por un principio abstracto, por ejemplo, el atomístico. Un principio semejante es absolutamente insufi ciente para una filosofía más elevada, para comprender la vida, el espíritu. Por eso, la consideración de su devenir re ferido a la vida, al espíritu, carece de interés para nosotros. Por tanto, a este respecto es el interés filosófico mismo el que nos determina a que nosotros consideremos aquí sola mente los principios de las filosofías.

 

b)        Luego hemos de atenernos en la filosofía antigua única mente a lo filosófico, no a lo histórico, a lo biográfico, a la

 

crítica, etc.; por consiguiente, no a lo que ha sido escrito so¬bre estas cuestiones o a lo que es solamente algo secunda¬rio. Se ha aludido mucho, por ejemplo, a que Tales debe haber sido el primero en predecir los eclipses de sol, que Descartes y Leibniz habían sido hábiles analíticos y otras cosas semejantes. Nosotros separaremos todo esto. Del mismo modo no puede preocuparnos mucho aquí la historia de la difusión de los sistemas. Nuestro objeto es solamente el contenido de los sistemas filosóficos, no la historia exte¬rior de los mismos. Por ejemplo, conocemos una multitud de doctrinas del estoicismo que han actuado intensamente en su tiempo y han transformado (perfeccionado) a los indi¬viduos. Prescindamos de este detalle y pasemos por alto a tales hombres. En tanto que ellos han sido glorificados como maestros solamente, la historia no dice nada de su fi¬losofía.

Por lo que, en tercer lugar, concierne al modo de tratar las diversas filosofías, tenemos que limitarnos a los principios. Todo principio que está contenido en un sistema de pensamiento ha llegado a su manifestación, a su existencia, y ha tenido por algún tiempo el pre-dominio. Que después haya sido realizada en esta forma la totalidad de la concepción del mundo, a esto se lo llama un sistema filosó¬fico. Si ahora se puede querer conocer la realización total, se tiene que conocerla. Pero lo más interesante es el principio. Si ahora el principio es aún abstracto, entonces no es suficiente para compren¬der las formas que pertenecen a nuestra concepción del mundo; y la realización sigue siendo pobre. Ya hemos hecho mención del princi¬pio de la filosofía atomística. Se echa de ver inmediatamente, si no¬sotros continuamos utilizando el mecanismo y queremos considerar la vida orgánica, que este principio ya no puede abarcar la repre¬sentación de la planta, este impulso, este mediarse, este realizarse, mucho menos aún la vida animal. Si nos volvemos al espíritu, vemos entonces que lo uno puede expresar lo profundo del espíritu. La filosofía cartesiana, por ejemplo, es de las que, sin duda, pueden explicar suficientemente lo mecánico; pero si queremos aplicar sus determinaciones al mundo orgánico, entonces se hace insuficiente y poco interesante por eso. Luego podemos omitir semejantes aplica¬ciones a la concepción del mundo posterior. Las filosofías de princi¬pios subordinados —o perspectivas se puede decir también— no fueron consecuentes; han facilitado visiones profundas de la reali¬dad, pero se encuentran fuera de la aplicación de sus principios. El Timeo de Platón puede ser considerado como filosofía natural; esta filosofía desciende también a lo empírico, pero se manifiesta en esta realización, especialmente de la fisiología, como muy pobre. Su

 

principio no era suficiente para comprender la Naturaleza como es¬píritu (para abarcar la totalidad de la Naturaleza). Pero no carece de algunas visiones muy profundas. Tales visiones no se deben al principio, sino que aparecen allí por sí, de una manera totalmente inconsecuente, como pensamientos afortunados (hallazgos afortu¬nados).

 

Una consecuencia posterior es que no tenemos que ocuparnos con el pasado, sino con lo actual, con el presente. Solamente lo exterior ha pasado, los hombres, sus destinos; etc.; pero por lo que con¬cierne a los hechos que los han producido, éstos permanecen. Por tanto, no nos importan los conocimientos históricos, sino lo actual en que nosotros mismos estamos presentes. Tenemos que ocuparnos con el concepto que es nuestro concepto. El conocimiento simple¬mente histórico es muy poco provechoso; sigue siendo para mí siempre algo extraño, algo exterior.

Además podemos aún argumentar con respecto a la comparación del estudio de la historia de la filosofía con el estudio de la filosofía misma: lo que la historia de la filosofía expone es la filosofía misma; lo que nosotros conocíamos ya. El contenido en sí y por sí y su desarrollo en el tiempo es un sistema; una y la misma progresión graduada, encontramos una y la misma totalidad de grados. Sola¬mente que el espíritu en la historia de la filosofía ha necesitado una enormidad de tiempo para conseguir la noción de sí mismo. Noso¬tros lo encontramos desarrollado en milenios. Hemos recibido el te¬soro del conocimiento racional de los antiguos, y podemos apro¬piarnos toda esta riqueza dispensada en el tiempo. Para eso nos da oportunidad la historia de la filosofía. Se trata ahora de la relación directa de la historia de la filosofía con la filosofía misma. Para en¬contrar en la primera un sistema se debe tener ya un conocimiento del sistema de la filosofía. Por consiguiente, es asunto del maestro que tiene ya ese conocimiento mostrar en la historia de la filosofía una sistematización o un desarrollo lógico.

 

Se puede pensar ahora que la filosofía misma debía de poseer en el desarrollo de sus momentos otra ordenación que aquella en que se han producido en el tiempo. Pero en lo universal, en el todo, la or¬denación es la misma.

 

Una segunda determinación más próxima, que hay que hacer notar aquí, se encadena inmediatamente con las determinaciones del desa-rrollo y de lo concreto. Porque nosotros decimos: los concreto es lo existente en sí y por sí, la unidad del ser en sí y del ser por sí. Junto a este concepto universal existen las siguientes diferencias con res¬pecto al progreso, a la progresión gradual del desarrollo: el co¬mienzo lo constituye lo en sí, lo inmediato, el universal abstracto. Aquello que constituye el comienzo aún no ha progresado, aún no

 

ha alcanzado ningún cambio. El segundo momento es lo por sí, el tercero lo en sí y lo por sí. Por tanto, lo más concreto es también lo más tardío. De esta manera, surge la diferencia de que lo primero es lo más abstracto, lo más mezquino, lo más pobre en determina¬ciones, mientras que lo que más ha progresado es lo más rico. Esta diferencia nos muestra la conformidad de unos grados frente a otros. Sin duda que esto puede parecer contradictorio a la represen¬tación, porque lo primero —se podía pensar— es lo concreto. El niño está en la totalidad originaria de su naturaleza y hace causa co¬mún con el todo del universo. El hombre ya no es esta totalidad; él se limita, se apropia un aspecto determinado del todo, se dedica a un quehacer; lleva así una vida abstracta. Lo mismo ocurre también en la progresión gradual de la inteligencia, del conocimiento: el sen¬timiento y la intuición son lo primero, lo enteramente concreto, el pensar es posterior, y lo más tardío es la actividad de la abstracción. Pero, en efecto, aquí sucede lo contrario. Principalmente tenemos que considerar en qué terreno nos encontramos. Nosotros estamos en la historia de la filosofía teniendo como base el pensamiento. Si comparamos el sentimiento con el pensamiento, se manifiesta en¬tonces que, en un aspecto, el sentimiento —como, sin duda, la con¬ciencia sensible en general— es lo más concreto; propiamente es lo más concreto en general; pero, al mismo tiempo, es lo más pobre en pensamiento. De esta manera tenemos que distinguir lo concreto na¬tural de lo concreto del pensamiento. Lo natural es lo diverso frente a la simplicidad del pensamiento. Comparado con la multiplicidad natural de la intuición sensible, el hombre es pobre; pero en rela¬ción con el pensar, el niño es lo más pobre, el hombre lo más con¬creto; es más rico en pensamiento. Tenemos que ocuparnos aquí con lo concreto del pensamiento; y el pensar científico es lo más concreto frente a la intuición sensible*.

Lo inicial del espíritu es lo más pobre; lo posterior, lo más rico. Aplicado esto a las diversas formas de la filosofía resulta de ello, en primer lugar, que las primeras filosofías son las más pobres en con-tenido; la idea está determinada en ellas en el menor grado; se mantienen enteramente en generalidades, que son irrealizables. Se debe conocer esto para no pedir determinaciones a la filosofía anti¬gua, la que solamente está en situación de dar una conciencia más tardía y más concreta. Se pregunta, por ejemplo, si la filosofía de Tales era o no teísta; de este modo se toma por base, además, nuestra representación de Dios. Una representación semejante, tan profunda, no se puede encontrar aún en los antiguos; y por eso se tiene razón, por una parte, al considerar a la filosofía de Tales como ateísmo. Pero, por otra parte, se comete también con ello una

* Flat, De Theismo Thaleti Milesio abjudicando, Tub. 1785, 4.

 

gran injusticia; porque el pensamiento, en cuanto pensamiento del comienzo, no podía tener aún el desarrollo, la profundidad que no¬sotros hemos alcanzado. La profundidad parece como lo intensivo que se ha opuesto a lo extensivo; pero en el espíritu la más grande intensión es, al mismo tiempo, la más grande expansión, la mayor riqueza. La verdadera intensidad del espíritu es alcanzar la fuerza de la contradicción, la separación, la división; y su propagación es el poder trascender el contraste, de superar la división. Así también en la época moderna se planteaba la cuestión de si Tales había afir¬mado la existencia de un Dios personal o una esencia impersonal, si mplemente general. Aquí importa la determinación de la subjetivi¬dad, la determinación del concepto de personalidad. Pero la subjeti¬vidad, como nosotros la concebimos, es una determinación dema¬siado rica e intensiva para que pudiera encontrarse en Tales; sobre todo, no ha de buscarse en la filosofía antigua.

Una segunda consecuencia, que surge de lo dicho, concierne de nuevo a la manera de tratar las antiguas filosofías. En ellas se debe consultar solamente las obras justamente históricas, se les debe atri¬buir solamente aquello que se ha declarado inmediatamente como histórico de ellas. En muchas, ciertamente en la mayor parte de las historias de la filosofía, se descubren inexactitudes sobre esto, por¬que ordinariamente se encuentra a un filósofo acompañado de una multitud de teoremas metafísicos de los cuales él no ha sabido una palabra. Sin duda es natural para nosotros transformar un filoso¬fema, que encontramos según nuestro grado de reflexión. Pero lo más importante en la historia de la filosofía es, precisamente, esto que nosotros sabemos, si un teorema semejante ya se ha desarrollo o no; porque en este desarrollo consiste justamente el progreso de la filosofía. Para concebir este progreso en su necesidad debemos considerar cada grado (momento) por sí, es decir, mantenernos so¬lamente en el punto de vista del filósofo que estudiamos. Sin duda, en cada teorema, en cada idea, están contenidas otras determina¬ciones ulteriores y resultan exactamente de eso; pero es otra cosa enteramente diferente si son exteriorizadas o no. Toda la diversidad en las formas de la historia de la filosofía es solamente la diversidad del ser en sí y del exteriorizarse del pensamiento. Solamente de¬pende del exteriorizarse de lo contenido interiormente. Por tanto, no se puede atener exactamente a lo histórico, a las propias pala¬bras del filósofo mismo, sino que se añaden determinaciones poste¬riores del pensamiento que aún no pertenecen a la conciencia del mismo. Así, dice Aristóteles que Tales había afirmado que el princi¬pio (arché) de todas las cosas es el agua. Pero, por otra parte, se ha sostenido como histórico que Anaximandro ha sido el primero que ha usado la palabra arché con la significación del principio. Posible¬mente la palabra arché era ya corriente en la época de Tales, quizá con el sentido de comienzo en el tiemp o, pero no como pensa¬miento del fundamento, de lo universal. Por consiguiente, todavía

 

no podemos atribuir a Tales la determinación intelectual de causa y principio; para esto es necesaria una evolución posterior del pensa-miento. La diferencia de cultura consiste solamente en la diferencia de las determinaciones del pensamiento que han sido colocadas (puestas) en la conciencia de la época. Para ir todavía más allá en los ejemplos, también se podía decir con Brucker (Historia de la fi¬losofla jónica) que Tales había aceptado (admitido) tácticamente el axioma: Ex nihilo nihil fit; porque él ha considerado el agua como elemento eterno, como algo que es. De esta manera se podría con¬tar a Tales entre aquellos filósofos que niegan la creación de la nada. Pero esta conclusión no puede ser atribuida a Tales mismo; históricamente considerado, Tales de ningún modo podía haber te¬nido conciencia de un axioma semejante.

 

También el profesor Ritter, cuya Historia de la filoso fía jónica está diligentemente escrita, y que es moderado en toda e lla para no in-troducir nada extraño, sin embargo, quizá ha atribuido a Tales más de lo que históricamente era posible. Ritter dice: "Por eso debemos examinar la consideración de la Naturaleza que encontramos en Tales, absolutamente como una consideración dinámica"...*. Esto es algo enteramente diferente de lo que Aristóteles dice. De todo esto nada aparece en los antiguos sobre Tales. Esta consecuencia es de suponer, pero históricamente no puede justificársela. No de¬bemos hacer de una filosofía antigua por las mismas conclusiones algo totalmente diferente de lo que originariamente era.

 

Una tercera conclusión es que no debemos creer encontrar contes¬tadas en los antiguos las preguntas que preocupan a nuestra con¬ciencia y son de nuestro interés. Semejantes preguntas suponen una mayor cultura y una determinación más profunda del pensamiento que las que poseían los antiguos, cuyo concepto no había alcanzado la intensidad de nuestro pensar. Toda filosofía es filosofía de su tiempo, es un eslabón en la cadena entera de la evolución espiri¬tual; por tanto, la filosofía solamente puede satisfacer los intereses que son adecuados a su época.

 

Como ya hemos hecho notar de antemano, indudablemente todas las filosofías continúan viviendo según sus principios; los grados en que ellas han tenido vida son también grados en nuestra filosofía. Pero nuestra filosofía ha excedido estos grados; y de esta manera las primeras filosofías no pueden ser resucitadas de nuevo; nunca más ya puede volver a darse una filosofía platónica o aristotélica. Los conceptos y formas que ellas han tenido, ya no son adecuados a

* Historia de la filosofía jónica ("Geschichte der Ionischen Philosophie", s. 12-13).

 

nuestra conciencia. Intentos de resurrección han ocurrido, sin duda, por ejemplo en siglo XV y XVI, cuando han sido fundadas escuelas platónicas, artistotélicas, epicúreas y estoicas. Pero estas escuelas jamás podían llegar a ser las mismas que las de la antigüedad . Una causa principal para estas resurrecciones fue que se creía que toda filosofía había terminado con el cristianismo. Por consiguiente, cuando se quería ejercer la filosofía se decía que solamente se podía elegir una de aquellas antiguas filosofías. Pero esta retrogradación es solamente el curso de los grados anteriores, tal como cada indivi¬duo ha tenido que recorrerlos en su formación. Por eso se puede explicar, al mismo tiempo, que aquellos mismos que estudian sola¬mente las filosofías antiguas se sienten poco satisfechos. Se ha de encontrar satisfacción en ellas solamente hasta un cierto grado. Se puede comprender las filosofías de Platón y de Aristóteles; pero ellas no contestan a nuestras preguntas; porque responden a otras necesidades. Por ejemplo, en Platón nosotros no encontramos con¬testadas ni la cuestión de la naturaleza de la libertad, ni la del ori¬gen del mal; y precisamente estas cuestiones nos preocupan a noso¬tros. Lo mismo ocurre con la cuestión de la capacidad (alcance) del conocimiento, la de la contradicción, de objetividad y subjetividad, etc. La exigencia infinita de la subjetividad, de la independencia del espíritu en sí, aún era extraña a los atenienses. El hombre aún no se había vuelto tanto hacia sí como en nuestra época. Indudable¬mente el hombre era sujeto, pero no se había puesto como tal; se conocía solamente en unidad esencialmente moral con el mundo, en sus deberes frente al Estado. El ateniense, el romano, sabían que su esencia consistía en ser ciudadanos libres. Que el hombre en sí y por sí, por su sustancia, es libre; de esto no han sido conscientes ni Platón ni Aristóteles... Por tanto, ellos no podían dar satisfacción a nuestros interrogantes.

 

Tercera consecuencia: Las primeras filosofías eran por necesidad enteramente simples, abstractas y generales. Solamente más tarde encontramos una madura conciencia de sí mismo, un saber de sí del espíritu, un pensar en sí mismo, diversas determinaciones conden¬sadas en una. Pero al comienzo no se está aún en la diferencia, sino en lo más imple, en lo más abstracto. Esto es elaborado posterior¬mente, convertido en objeto del espíritu; éste añade a lo anterior una nueva forma. A lo concreto pertenece lo uno, lo otro y aun lo diverso; por consiguiente, solamente poco a poco se forma lo com¬puesto, lo concreto, en tanto que son añadidos a los anteriores prin¬cipios y a las anteriores determinaciones nuevas determinaciones. Se ha de tener esto en cuenta al juzgar una filosofía anterior para sa¬ber lo que se ha de buscar en ella, para, por ejemplo, no querer en¬contrar en la filosofía platónica todo lo que solamente se busca en nuestro tiempo. Nosotros no podemos hallar comp leta satisfacción en una filosofía antigua por excelente que sea. Tampoco se puede admitir una filosofía del pasado y establecerla como actualmente va-

 

liosa. Pertenecemos a un espíritu más rico, el cual ha resumido con-cretamente en sí la riqueza de todas las filosofías anteriores. Este principio más profundo vive en nosotros sin que seamos conscientes de él. El espíritu se propone cuestiones que aún no eran cuestiones para cualquiera de las filosofías antiguas; por ejemplo, la contradic¬ción de bien y mal, de libertad y necesidad . Estas cuestiones no han sido tratadas ni resueltas por los filósofos antiguos. Por tanto, sería algo absurdo querer hacer de nuevo vigentes las filosofías antiguas. Llegar a ser un conocedor de Platón y de los neoplatónicos en el re¬nacimiento de las ciencias, indudablemente era necesario; pero no se puede permanecer en estas filosofías. En la última filosofía están reunidos los principios de las precedentes. La más reciente filosofía es, necesariamente, un sistema desarrollado, que contiene a las an¬teriores como miembros de su esquema total. A esta moderna filo¬sofía se la llama frecuentemente panteísmo, eleatismo, etc. Esta es una concepción muy superficial. Estos primeros puntos de vista son posteriormente más determinados y, de este modo, son canceladas sus unilateralidades.

 

En lo dicho hasta aquí se resume el concepto, la significación de la historia de la filosofía. Tenemos que considerar las filosofías indivi-duales (particulares) como los grados de desarrollo de una idea. Cada filosofía se presenta como una determinación necesaria de la idea. En la sucesión de las filosofías no tiene lugar ninguna arbitra¬riedad; el orden en que surgen está determinado por la necesidad. Como ésta es condicionada, se mostrará directamente en la realiza¬ción de la historia de la filosofía misma. Cada momento resume la totalidad de la idea en una forma parcial (unilateral), se cancela a causa de esta unilateralidad, y, refutándose así como algo último, se une con su determinación opuesta, que le faltaba, y se hace más profundo y más rico. Esto es la dialéctica de estas determinaciones. Pero este movimiento no concluye en la nada, sino que las determi¬naciones canceladas (absorbidas, anuladas) son también de natura¬leza afirmativa. Es en este sentido como nosotros debemos tratar la historia de la filosofía.

 

De esta manera, la historia de la filosofía también es ciencia. La fi-losofía, en su desarrollo no histórico, es lo mismo que el desarrollo de la historia de la filosofía. En una filosofía se debe comenzar desde los conceptos más sencillos y progresar a los más concretos. Lo mismo ocurre en la historia de la filosofía. En las dos tenemos un progreso necesario, y en ambas el progreso es el mismo. Por eso el interés de la historia de la filosofía es el pensamiento que se de¬termina a sí mismo en un progreso estrictamente científico.

 

La historia de la filosofía es una contraposición de la filosofía, sola-mente que su desarrollo se cumple en el tiempo, en la esfera de la aparición (del fenómeno), en la exterioridad. Este desarrollo está,

 

sin duda, fundamentado en la idea lógica y en el desarrollo de la misma; sin embargo, nosotros de ningún modo podemos apartar nuestro objeto de su rigor lógico. Pero, al menos, debemos seña¬larlo.

 

Y ahora pasamos a la afirmación de una segunda diferencia, esto es, a la diferencia de la historia de la filosofía para variar con las es¬feras afines a ella. Aquí es necesario poner de manifiesto lo que se ha de entender en general por filosofía.

 

El segundo punto de la introducción es la relación de la filosofía con las restantes formas del espíritu, y de la relación de la misma historia con las otras historias.

 

Lo segundo es que nosotros tratamos brevemente de la conexión de la historia de la filosofía con las otras manifestaciones del espíritu, con los otros productos del espíritu, para indicar lo que de ellos se puede poner en relación con la filosofía y lo que se ha de separar de nuevo.

 

B. LA RELACIÓN DE LA HISTORIA DE LA

FILOSOFÍA CON LOS OTROS PRODUCTOS

DEL ESPÍRITU

 

Tales productos del espíritu que están relacionados con la filosofía son ahora las religiones de los pueblos, su arte, su cultura en gene¬ral, o sus ciencias, su constitución, derecho, historia política y las demás relaciones externas.

Lo primero que tenemos que hacer notar aquí es que nosotros con-sideramos la historia de la filosofía como en relación con la historia total de la cultura.

 

NOSOTROS sabemos que la historia de la filosofía no es por sí, sino que está en relación con la historia en general, con la historia extema, tanto como con la religión, etc.; y es natural que recordemos los momentos capitales de la historia política, el carácter de la época y el estado entero del pueblo en que han nacido las filosofías. Pero, además, esta conexión es una conexión interior, esencial, necesaria, no solamente exterior, como tampoco una simple simultaneidad (la simultaneidad de ningún modo es una relación).

Por tanto, hay aquí dos aspectos que nosotros debemos con-siderar; en primer término, el aspecto propiamente histórico de esta relación; secundariamente, la conexión de los he¬chos, es decir, la relación de la filosofía misma con la reli¬gión y con las otras ciencias que son afines con ella. Estos dos aspectos han de considerarse detalladamente para distin¬guir directamente el concepto, la definición de filosofía.

 

I. LA RELACIÓN HISTÓRICA DE LA FILOSOFÍA

 

Por lo que concierne a la relación histórica de la filosofía, lo primero que se debe hacer notar es la conexión universal de

 

la filosofía de una época con los demás productos espiri¬tuales de la misma época.

a) Se dice ordinariamente que las relaciones políticas, la religión, la mitología, etc., han de considerarse en la historia de la filosofía porque han tenido una gran influencia sobre la filosofía de la época y ésta (la filosofía) a su vez ha in¬fluido sobre la historia y las demás formas culturales de la misma época. Pero si se contenta con categoría como «gran influencia», efecto de unas cosas sobre otras o de las mismas, entonces se necesitaba solamente demostrar la co¬nexión exterior, es decir, se ha partido del punto de vista de que ambas existen por sí, independientes frente a frente. Aquí debemos considerar esta relación desde un aspecto en-teramente diferente; la categoría esencial es la unidad, la co-nexión de todas estas formas distintas. Se debe sostener aquí que es solamente un espíritu, un principio el que se expresa tanto en el estado político como en la religión, arte, morali¬dad, en la vida social, en el comercio y en la industria, de manera que estas formas diferentes son solamente ramas de un tronco central. Este es el principal punto de vista. El es¬píritu es solamente uno, es el único espíritu sustancial de un período, de un pueblo, de una época, pero que se configura de múltiples maneras; y estas formas distintas son los mo¬mentos que han sido mencionados. Por consiguiente, no se debe creer que la política, las constituciones, las religiones, etc., sean las raíces o las causas de la filosofía o, al contra¬rio, que ésta sea la causa de aquéllas. Todos estos mo¬mentos tienen un carácter, que es el que sirve de base y el que penetra todos los aspectos. Por múltiples que sean estos aspectos, sin embargo, no hay nada contradictorio en ellos. Ninguno de los aspectos contiene algo heterogéneo a la base, por más que ellos parezcan contradecirse también. Son solamente ramificaciones de una misma raíz, y de ella forma parte la filosofía.

Se supone aquí que todo esto está en una conexión necesaria, de manera que solamente esta filosofía, esta religión hayan podido rea¬lizarse precisamente al lado de esta constitución, junto con este es¬tado de la ciencia. Solamente hay un espíritu —la evolución del es¬píritu es un progreso—, un principio, una idea, un carácter, el cual se expresa en las más distintas formas. Es lo que nosotros llamamos espíritu de una época. Por consiguiente, éste no es nada superficial,

 

nada exteriormente determinado; el espíritu de una época no debe ser conocido por algunas pequeñas formalidades (exterioridades), sino a través de las grandes formas. La filosofía es una de esas formas; por tanto, ella existe simultáneamente con una determinada religión, una determinada constitución, arte, moralidad, ciencia, et¬cétera.

b) Luego la filosofía es un aspecto de la configuración total del espíritu, la conciencia del espíritu, la vida más elevada del mismo; porque su anhelo es éste, saber lo que es el espí¬ritu. Esta es la más alta dignidad del hombre, que sepa lo que él es, que el hombre sepa esto de la manera más pura, es decir, que el hombre logre el pensamiento de lo que él es. De aquí resulta ahora directamente la posición de la filo¬sofía entre las demás formas (producciones) del espíritu.

1.        La filosofía es idéntica al espíritu de la época en que ésta aparece; la filosofía no está por encima de su tiempo, ella es solamente la conciencia de lo sustancial de su tiempo, o el saber pensante de lo que existe en el tiempo. De la misma manera, ningún individuo puede estar por encima de su tiempo; el individuo es hijo de su época; lo esencial de la época es su propia esencia; el individuo se manifiesta sola mente en una forma determinada. Nadie puede salir de lo sustancial de su época, como nadie puede salir de su propia piel. Por consiguiente, en una consideración esencial la filo sofía no puede saltar su propio tiempo.

 

2.        Pero también la filosofía está sobre su tiempo, esto es, por la forma, ya que la filosofía es el pensar de aquello que es lo esencial del tiempo. En tanto que sabe esto, es decir, en tanto que convierte en objeto, se contrapone, es el con tenido de la misma; pero como saber está también más allá. Pero esto es solamente formal, y la filosofía no tiene, en efecto, ningún otro contenido.

La filosofía es el espíritu mismo en el más elevado florecimiento de sí mismo; ella es el saber conceptual de sí misma. Por consiguiente, en el aspecto formal ella está por encima, porque es el espíritu que se conoce como contenido.

3.        Este saber mismo es verdaderamente la realidad del es píritu; yo soy solamente en tanto que me conozco. Es el sa berse del espíritu, que aún no existía antes. De esta manera,

 

la diferencia formal es también una diferencia real, activa. Este saber es, pues, el que produce una nueva forma en la evolución del espíritu. Los desarrollos son aquí sólo modos del saber. A través del saber de sí se pone el espíritu como distinto de lo que él es, el espíritu se pone por sí, se desa¬rrolla en sí; aquí se da una nueva diferencia entre lo que él es en sí y lo que es su realidad; y así surge una nueva forma. Por consiguiente, la filosofía es en sí ya una determi¬nación posterior o un carácter del espíritu, ella es el lugar interior del nacimiento del espíritu, que más tarde se pre¬senta como realidad. De aquí procede lo concreto en la his¬toria de la filosofía misma. Veremos que aquello que ha sido la filosofía griega, ha pasado a la realidad en el mundo cristiano.

Por tanto, ésta es la segunda determinación: que la filosofía es, en primer lugar, solamente el pensar de lo sustancial de su tiempo; no está sobre su tiempo, produce pensando sola¬mente el contenido de la misma.

c) El tercer momento, que ha de hacerse notar juntamente con el aspecto histórico, se refiere a la época en que la filo¬sofía se produce en relación con las restantes formas (pro¬ducciones) del espíritu.

Dentro de la forma de un espíritu, la filosofía surge en un momento determinado, no simultáneamente con las demás formas.

 

El espíritu de una época es la vida sustancial de la misma, es este espíritu inmediatamente viviente, real. Así vemos el espíritu griego en la época en que la vida griega está en su florecimiento, en toda su frescura, fuerza y juventud, en que aún no había hecho irrupción la decadencia; al espíritu ro-mano lo encontramos en la época de la república; etc. Por tanto, el espíritu de la época es la manera por la cual un es-píritu determinado existe como vitalidad (vida) real. Pero la filosofía es el pensar de este espíritu; y el pensamiento es, por más apriorístico que parezca, esencialmente resultado del espíritu; pues el pensamiento es vida, actividad, desta¬carse (distinguirse); es lo resultante, lo que se sigue, lo que produce. Esta actividad contiene como momento esencial una negación. Si algo debe ser producido, otra cosa tiene que ser el punto de partida; y precisamente esto otro es ne-

 

gado. El pensar es, de esta manera, la negación del modo natural de vida. Por ejemplo, el niño existe como hombre, pero todavía de un modo natural, inmediato; la educación es entonces la negación de este modo natural, la disciplina que el espíritu se viste, para surgir de su inmediación (¿in-mediabilidad?). Al principio sucede lo mismo con el espíritu pensante, empezando como movimiento en su forma natu¬ral; luego se hace reflexivo, va más allá de su forma natural, es decir, la niega; y, finalmente, comprendiéndose, se rea¬liza. Sobreviene el pensar. El resultado de esto es que el mundo existente el espíritu, es negado en su moralidad real, en la fuerza de la vida, que el pensamiento afecta y debilita el modo sustancial de existencia del espíritu, la moralidad simple, la religión sencilla, etc.; y con ello sobreviene el pe-ríodo de decadencia. El progreso posterior es entonces que el pensamiento se reconcentre en sí, se concrete, y se pro¬duzca así un mundo ideal en contraste con aquel mundo real. Por tanto, para que la filosofía surja en un pueblo, tiene que haber ocurrido una ruptura en el mundo real. En¬tonces la filosofía es la reconciliación de la decadencia que el pensamiento ha empezado; esta reconciliación ocurre en el mundo ideal, en el mundo del espíritu, en que el hombre se refugia, cuando el mundo terreno ya no le satisface. La filosofía comienza con la decadencia de un mundo real. Si la filosofía se presenta y —pintando gris sobre gris— despliega sus abstracciones, entonces ya pasó el fresco color de la ju¬ventud, de la vida. Luego es una reconciliación lo que ella produce, pero solamente en el mundo del pensamiento, no en el terrestre. Así también los griegos se retiraron del Es¬tado (abandonaron las obligaciones del Estado) cuando em¬pezaron pensar; y empezaron a pensar cuando fuera, en el mundo, todo era turbulento y desdichado; por ejemplo, en la época de la guerra del Peloponeso. Entonces, los filósofos se retiraron a su mundo ideal; los filósofos han sido, como el pueblo los llamó, unos holgazanes. Y, de esta manera, en casi todos los pueblos la filosofía surge solamente entonces, cuando la vida pública ya no satisface y deja de tener interés para el pueblo, cuando el ciudadano ya no puede tomar parte alguna en la administración del Estado.

 

Es ésta una determinación esencial comprobada en la histo¬ria de la filosofía misma. Con la decadencia de los Estados

 

Georg Hegel

(las Ciudades-Estados) jónicos ha surgido la filosofía jónica. Ya no satisface al espíritu el mundo exterior. De la misma manera, entre los romanos se ha empezado a filosofar sola-mente con la caída de la república, cuando los demagogos se apoderaron de la administración del Estado y todo se ence-rraba en la disolución y en la aspiración a algo nuevo. Y so-lamente con la decadencia del imperio romano, que parecía tan grande, tan rico, tan magnífico, pero que interiormente ya estaba muerto, han experimentado las antiguas filosofías griegas a través de los neoplatónicos o de los alejandrinos, la más elevada y la más alta perfección. Igualmente encon-tramos en la decadencia de la Edad Media el renacimiento de las viejas filosofías.

 

Este es el enlace histórico más directo de la filosofía con las otras existencias del espíritu.

De esta manera, está la forma histórica de la filosofía en una rela¬ción directa con la historia política; pues para que un pueblo filo¬sofe conviene que haya alcanzado ya un cierto grado de cultura in¬telectual. Tiene que haberse preocupado de las necesidades de la vida, tiene que haber desaparecido el temor a los apetitos; tiene que haberse extinguido el simple interés finito del sujeto, y la con¬ciencia tiene que haberse desarrollado mucho , para poner interés en objetos universales. La filosofía es un hacer libre (de ahí la necesi¬dad de la filosofía). Se la puede considerar como un lujo; pues lujo es la satisfacción de algo que no corresponde a la necesidad inme¬diata; sin duda, a este respecto, es supérflua. Pero se trata de lo que se llama necesario. De parte del espíritu pensante se debe con¬siderar a la filosofía como lo más necesario.

Por tanto, para que la filosofía pueda surgir en un pueblo, éste tiene que haber abandonado ya la tendencia unilateral provocada por las necesidades y los intereses por lo particular; los apetitos tie¬nen que haber sido hechos indiferentes o aclarados. Respecto de esto, se puede decir que la filosofía entra en escena justamente cuando un pueblo está fuera de su vida concreta, cuando se ha roto el fuerte vínculo entre la existencia exterior y lo interior de su vida, y el espíritu ya no se contenta con su actualidad inmediata, con la forma existente hasta ahora de su religión, etc., y ha llegado a ser indiferente hacia ellas. Por consiguiente, la filosofía surge cuando la vida moral de un pueblo se ha disuelto y el espíritu ha huido al mundo del pensamiento para buscar un reino de lo interior.

 

El primer modo de existencia de un pueblo es la moral simple , la religión sencilla, la vida en la particularidad (de aquí el egoísmo).

 

La elevación del espíritu se da más tarde que la realidad en el modo de su individualidad inmediata. Un pueblo tiene que empezar a salir de su vida concreta, a abandonar la satisfacción en su realidad cuando quiera entrar en la filosofía. En el filosofar pongo mi vida, me pongo a mí mismo frente a mí; filosofar supone que ya no estoy satisfecho con mi vida. La filosofía indica de esta manera cuando se realiza la desunión de la vida, la separación en realidad inmediata y en pensamiento, la reflexión sobre ello. Es la época de la decaden¬cia que comienza, la ruina de los pueblos; cuando el espíritu ha huido al reino del pensamiento, la filosofía se perfecciona.

Así Sócrates y Platón se presentan cuando ya no se lleva a cabo ninguna participación en los asuntos públicos. La realidad, la vida política, ya no satisface, y buscan esta satisfacción en el pensa¬miento; por consiguiente, buscaban en sí algo más excelente que aquello que respecto a la constitución era lo más elevado. Del mismo modo, se extendió la filosofía en Roma sólo con la decaden¬cia de la propia vida romana, con la decadencia de la república, en la época del despotismo de los cesares romanos, en la ép oca de la desdicha del Estado, donde se había debilitado la vida política, mo¬ral y religiosa. Esto nos sale al paso de nuevo en los siglos XV y XVI, cuando la vida germánica de la Edad Media alcanzó otra forma, cuando el espíritu de los pueblos ya no encontró satisfacción en aquello en que antes la había encontrado. Anteriormente la exis¬tencia política todavía estaba en unidad con la religión, y la Iglesia, aunque el Estado la combatía, aún era dominante. Pero ahora ocu¬rrió la ruptura entre el Estado, la vida ciudadana (burguesa), moral y política, y la Iglesia; y en este tiempo se comenzó a filosofar, aun¬que, por de pronto, solamente en la forma de estudio de las anti¬guas filosofías y solamente, más tarde, en la forma de pensar inde¬pendiente.

Siempre debe manifestarse primeramente una separación con lo ex-terior. Cuando tiene lugar una inadecuación interior entre lo que el espíritu quiere y aquello con lo que debe contentarse, entonces surge la filosofía.

Por tanto, la filosofía en general aparece sólo en una cierta época de la formación del todo. Pero entonces no solamente sucede que se filosofa en general, sino también que es una determinada filoso¬fía la que se despliega, y esta determinación de la conciencia de sí pensante es la misma que también constituye la base de toda otra existencia, de todos los aspectos históricos. El derecho de los pue¬blos, su eticidad, su vida social, etc., están en la más íntima relación con esta determinación. Por consiguiente, es esencial afirmar aquí esto: que el espíritu que ha alcanzado una etapa determinada ima¬gina este principio en toda la riqueza de su mundo, elabora en la

 

universalidad de su existencia de manera que todas las otras deter-minaciones dependan de esta determinación fundamental. La filosofía de nuestra época o la filosofía en general, la cual está necesariamente dentro del cristianismo, no podía tener lugar dentro de la Roma pagana porque todos los aspectos, ramas, condiciones, relaciones del todo son expresión solamente de una y la misma determinación, la cual declara a la filosofía como el pensamiento puro. Por eso no se puede decir que la historia política sea la causa de la filosofía, pues una rama no es causa de todo el árbol, sino que ambas tienen una raíz común, el espíritu de la época, es decir, el grado determinado de formación del espíritu en una ép oca, que tiene la causa más próxima (su fundamento) en los grados procedentes, pero, generalmente, en una forma de la idea. Mostrar esta unidad, representar esta planta (excrecencia) para concebirla como resul¬tado de una raíz, éste es un objeto de la historia filosófica universal, que no tiene que preocuparnos aquí. Nosotros tenemos que ver so¬lamente con una rama, con el pensamiento puro de este aspecto, de esta condición, etc.; es decir, con la conciencia filosófica de cada época. Pero, por lo menos, tendría que ser indicado esto, la rela¬ción del fundamento de la filosofía con el fundamento de las demás partes de la historia.

 

Por consiguiente, ésta era la primera observación sobre la relación de la historia de la filosofía con las otras formas del espíritu de un pueblo en una época.

 

Ahora se ha de considerar en qué relación está la filosofía con las diferentes formas (producciones del espíritu), sobre todo con la reli-gión, pues ésta tiene una relación más próxima a la filosofía que las otras formas.

II. LA RELACIÓN INMEDIATA DE LA FILOSOFÍA

CON LAS RESTANTES PRODUCCIONES DEL

ESPÍRITU

 

Esta segunda relación se refiere a la conexión inmediata y determinada de la filosofía con las demás formas del espí¬ritu. Nos encontramos con las ciencias, el arte, la mitología, la religión, la política, etc., cuya conexión universal con la filosofía ya ha sido aludida. Ahora queremos considerar lo que diferencia a la filosofía de estas formas, en tanto que delimitamos el concepto de filosofía; ponemos de relieve para nosotros los momentos a los cuales conviene y los apli¬camos a nuestro objeto, a la historia de la filosofía, para po¬der separar, excluir, precisamente aquello que no tiene sitio en ella. Es fácil decir que en la historia de la filosofía sólo

 

se ha de considerar la filosofía misma en su propio progreso y dejar de lado todo lo demás, religión, arte, etc. En gene¬ral, esto es enteramente cierto. Pero nosotros preguntamos: ¿Qué es filosofía? Se han incluido en ella muchas cosas que nosotros tenemos que excluir. Si nos atenemos solamente al nombre, entonces tendremos que dar entrada a muchas cosas que nada tienen que ver con el concepto de filosofía. En cuanto a la religión, se puede decir, en general, que la dejamos de lado. Pero en la historia, la filosofía y la religión frecuentemente marchan unidas y también frecuentemente entran en conflicto una con otra, tanto en la época griega como en la cristiana; y su contraste constituye un momento muy determinado en la historia de la filosofía. Que la filoso-fía deje de lado a la religión es, por tanto, propiamente sólo una apariencia. Ellas no han quedado intactas en la historia de la filosofía; por lo tanto, nosotros tampoco las dejamos.

Lo primero que nosotros queremos considerar aquí son las ciencias, o la cultura científica en general; lo segundo es la religión y, especialmente, la relación directa entre la filo¬sofía y la religión. La consideración de esa relación tiene que hacerse clara, directa y honradamente; y no se debe dar la apariencia de que se quisiera dejar la religión intacta. Esta apariencia no es otra cosa, que se quiere ocultar, que la filosofía se ha dirigido contra la religión. La religión, es decir, los teólogos, hacen, sin duda, como si ignoraran la fi¬losofía, pero solamente para no avergonzarse de sus razona¬mientos arbitrarios.

La otra cuestión que nosotros tenemos que considerar aquí es que separamos de la filosofía los aspectos particulares con los cuales es afín la historia de la filosofía, es decir, que nosotros fijamos la filo-sofía en sus diferencias de aquellas ramas que son directamente afines con ella, y con las cuales, por tanto, puede ser confundida. Es principalmente esta afinidad por la que fácilmente se puede caer en confusión en la manera de proceder de la historia de la filosofía; porque esta afinidad es muy próxima. Por consiguiente, se debe atender en alto grado a aquello que la filosofía es. Se puede querer aceptar la posesión de la cultura y más directamente la formación científica en general, porque ésta tiene de común con la filosofía la forma, es decir, el pensar, la forma de la universalidad. Pero princi-palmente es la religión la que está en afinidad inmediata con la filo-sofía, y, del mismo modo, con la mitología. Se dice que en las mito-logías de los pueblos están contenidos diversos filosofemas; por eso

 

han de examinarse en la historia de la filosofía. Además, dentro de la misma religión existen pensamientos, y, sin embargo, como tales tenemos que dejarlos de lado; finalmente, se manifiesta ya en la re¬ligión cristiana lo especulativo como tal. Si se quiere aceptar en la historia de la filosofía todas estas formas, entonces su materia se ha¬ría infinita. Ahora en la división no podemos atenernos a lo mera¬mente histórico, al nombre de filosofía, porque entonces todas estas materias, mitología, filosofía popular, etc., pertenecerían a la histo¬ria de la filosofía. Aun hoy en Inglaterra llaman a los instrumentos físicos instrumentos filosóficos y a los físicos les llaman filósofos. Por tanto, el nombre se muestra como insuficiente.

 

Hay tres formas según las cuales podemos efectuar esta separación. La primera es la que se refiere principalmente a la cultura cientí¬fica; éstos son los comienzos del pensar racional sobre las cosas na¬turales y espirituales; pero estos comienzos aún no son filosofía. La segunda forma es la religión; precisamente esta región es aquí, por eso, de interés más inmediato, porque la filosofía se relaciona esen¬cialmente, aunque frecuentemente de una manera hostil, en parte con la mitología y en parte con la religión. La tercera forma es el fi¬losofar razonador; aquí viene al caso la mayor parte de lo que se llamó antes metafísica racional. Con la consideración de estos as¬pectos se pondrá de relieve un pensar, cuyas determinaciones le pertenecen, que se refiere a la filosofía.

(1. RELACIÓN DE LA FILOSOFÍA CON LAS

CIENCIAS EN GENERAL)

Por consiguiente, en primer lugar está la ciencia en general. Inmediatamente están las ciencias que se basan en la obser-vación, en la experiencia y en el razonamiento; y, sin duda, debemos considerar éstas en atención a que ellas también han sido llamadas filosofizantes. Tienen de común con la fi¬losofía principalmente el lado del pensar. Su elemento es la experiencia, pero ellas son también conceptuales en tanto que procuran buscar lo universal en ella. Por tanto, es lo formal lo que la ciencia tiene en común con la filosofía. La religión, por el contrario, tiene en común con la filosofía otro aspecto, el sustancial, es decir, Dios, el espíritu, lo ab¬soluto; el conocimiento de la esencia del mundo, de la ver¬dad, de idea absoluta, es su terreno común.

Por lo que concierne a la materia que pertenece a la ciencia han sido establecidos por una parte los principios con res¬pecto al obrar, a los preceptos, a los deberes; por otra

 

parte, se han reconocido las leyes, fuerzas, géneros de la na-turaleza, las causas de las cosas. Por consiguiente, la mate¬ria* es lo que en la Naturaleza externa son las fuerzas, las causas, y del mismo modo que existe en el mundo moral, ético, espiritual, lo sustancial, lo que se mueve, lo que per¬manece. Este contenido tiene de común con la filosofía el pensar; y todo lo que ha sido pensado a este respecto se ha llamado también filosofía. Así, por de pronto, nos encon¬tramos en la historia de la filosofía con los siete sabios de Grecia; también ellos fueron llamados filósofos, principal¬mente porque han formulado algunas sentencias y principios morales sobre las obligaciones morales y las relaciones esen¬ciales. Además, en la época moderna vemos que el hombre ha empezado por arrojar una mirada sobre las cosas natu¬rales. Esto ha ocurrido especialmente después de la caída de la filosofía escolástica. Se ha renunciado al razonar aprio¬rista de la metafísica o de la religión para las cosas naturales y se ha ido a la Naturaleza misma, se ha observado y se ha intentado conocer sus leyes y fuerzas; y después se ha acer¬cado del mismo modo a las relaciones morales, al derecho civil, etc.; y también a esto se le ha llamado filosofía. Se ha¬bla, por ejemplo, de la filosofía de Newton, aunque se ha ocupado preferentemente de las cosas naturales. Por lo tanto, en general es ésta la forma que han recibido los prin¬cipios universales de la experiencia sobre la Naturaleza, el Estado, el derecho, la religión, etc., y han sido expresados como principios formales enteramente universales.

 

La filosofía, se dice, considera las causas universales, los úl-timos fundamentos de las cosas. Por tanto, por todas partes donde son formulados en las ciencias causas universales, principios esenciales y axiomas, precisamente ellas tienen esto en común con la filosofía: que son universales y más di-rectamente que los mismos principios fundamentales se han sacado de la experiencia y de la sensibilidad interior. Por más que esto último parezca oponerse al principio de la filo¬sofía, sin embargo, está contenido en toda filosofía que yo lo he recibido a través de mis sentidos, a través de mi sensi¬bilidad interna, es decir, a través de la experiencia, y que

* No se refiere a la materia física. (N. del T.)

 

solamente por eso es válido para mí como verdadero. Esta forma del saber, del asumir, no solamente ha actuado en contradicción con la religión, sino también en relación nega¬tiva con las demás filosofías; y también fue llamada filosofía porque se había opuesto a todo lo positivo. La filosofía de Newton está formada sólo por lo que nosotros llamamos ahora ciencia natural, ciencia que se apoya en la experien¬cia, en la percepción, y contiene conocimientos de leyes, fuerzas y propiedades universales de la Naturaleza.

 

Ha sido una gran época cuando surgió este principio de la experiencia, cuando el hombre empezó a ver, a sentir, a gustar, a estimar la Naturaleza, a considerar el testimonio de los sentidos como algo importante y seguro, a tener por verdadero solamente lo conocido a través de los sentidos. Esta certeza segura e inmediata de los sentidos fue el funda¬mento de esta llamada filosofía; precisamente de este testi¬monio de los sentidos han surgido las ciencias naturales. Y este testimonio de los sentidos se ha enfrentado al modo precedente de considerar la Naturaleza; anteriormente se partía de axiomas metafísicos. Al partir ahora de la repre¬sentación sensible, se entró en conflicto con la religión y con el Estado. Pero no es solamente el testimonio de los sen¬tidos lo que se ha opuesto a la metafísica del entendimiento, sino que aun otro testimonio ha sido altamente considerado, es decir, que lo verdadero puede valer solamente en tanto que se encuentra en el ánimo, en el entendimiento del hom¬bre; y a través de este entendimiento, de este pensar propio y de este sentir propio, se ha entrado aún más en contradic¬ción con lo positivo de la religión y con la constitución civil de la época. Ahora el hombre aprendió también a observar, a pensar y a forjar representaciones contra las verdades es¬tablecidas, contra los dogmas de la Iglesia, y, del mismo modo contra el derecho estatal existente; o por lo menos ha buscado nuevos principios para rectificar según estos princi¬pios el viejo derecho estatal. Precisamente a este respecto, según el cual la religión es positiva, valen los axiomas de la desobediencia de los subditos contra la autoridad de los príncipes; ellos poseen el poder por la autoridad divina, por¬que la autoridad tenía que ser puesta por Dios. El punto de partida para ello fueron las leyes judías, según las cuales los reyes son los ungidos del Señor (las leyes mosaicas estaban

 

en vigor también especialmente en el matrimonio). Contra todo este positivismo legal, contra todo lo que había sido impuesto por la autoridad, se ha rebelado la inteligencia, el propio pensar libre. Aquí se encuentra también Hugo Gro¬cio, el cual ha formulado el derecho internacional que vale en todos los pueblos como derecho por el consensus gen

tium.

 

Además, el fin del Estado es puesto más bien en el fin propio del Estado, en lo inmanente al hombre, que en un mandamiento divino.

 

Aquello que es considerado como derecho, es deducido de lo que puede ser fundamento para la aprobación de los hombres; por el contrario, antes se había regido todo por lo positivo. A esta sumisión a un fundamento diferente que el de autoridad se le ha llamado racionalizante (Philosophie¬ren) y por eso es considerada la filosofía como sabiduría del mundo. En tanto que este racionalizar el mundo, que tiene por contenido la naturaleza externa y el derecho de la natu¬raleza humana y otros contenidos semejantes han sido pro¬ducidos por la actividad del entendimiento humano univer¬sal, por la razón universal, así se tiene derecho a hablar de esta sabiduría del mundo. Verdad es que la filosofía no sólo se limita a un objeto interior, sino que se extiende también a todo el mundo externo, se ocupa también con las cosas te¬rrestres, finitas. Pero, por otra parte, no se limita a lo mun¬dano; la filosofía tiene el mismo objetivo que la religión, y lo mundano que tiene por objeto permanece como determi¬nación en la idea divina. En la época moderna, Schlegel ha evocado de nuevo el nombre de sabiduría del mundo para la filosofía, pero sólo como un sobrenombre; él quería decir, además, que la filosofía debía ser suprimida cuando se trata de cosas más elevadas, por ejemplo, de la religión; y ha te¬nido después muchos partidarios.

En Inglaterra se entiende por filosofía la ciencia natural. Este es, por ejemplo, el caso de una revista que escribe so¬bre agricultura (abonos), economía, tecnología, química, etc. (como el Hermbstädts Journal), y que da a conocer des-cubrimientos sobre esas cuestiones, les llama descubri¬mientos filosóficos y que los instrumentos ópticos, baróme-

 

tros, termómetros, etc., son llamados instrumentos filosóficos*. Las teorías, especialmente sobre moral, que más bien son deducidas de los sentimientos del corazón hu¬mano y de la experiencia que del concepto, de las determi¬naciones del derecho, en Inglaterra pertenecen también a la filosofía. Especialmente merecen ser citados aquí los filó¬sofos moralistas escoceses; éstos razonan a la manera cicero¬niana, parten de impulsos, inclinaciones, de la conciencia in¬mediata; por consiguiente, de aquello que Cicerón llama insitum natura. Del mismo modo, las nuevas teorías inglesas sobre economía política, por ejemplo, las de Adam Smith** y de los que le siguieron, son consideradas como filosofía; y, de esta manera, al menos, es honrado en Inglaterra el nom¬bre de la filosofía, al llamar allí filosófico a todo lo que puede ser derivado de principios generales o de experiencia, y reducido a principios determinados. Hace algún tiempo se efectuó un banquete en honor de Canning***; en su discurso de agradecimiento manifestó que él deseaba felicidad a Inglaterra, porque allí eran aplicados los principios filosóficos a la administración del Estado. Allí, al menos, la filosofía no es ningún sobrenombre.

Por lo que concierne al primer aspecto, es decir, a la materia que pertenece a la ciencia general, nos encontramos además en no me¬nor confusión, pues en nuestro tiempo, al menos en Alemania, rara vez se considera a las ciencias empíricas especiales como filosofía. Sin embargo, aún existen pruebas de ello; por ejemplo, en las Uni¬versidades todavía hay algunas facultades filosóficas que abarcan muchas ciencias que no tienen nada que ver con la filosofía y sola¬mente existen para la preparación de profesiones al servicio del Es¬tado.

Pero más directamente encontramos esta mezcla en la época inicial de la cultura, donde lo propiamente filosófico y otras formas de re-presentación y de pensar aún no estaban tan separadas. Esto sucede cuando sobreviene la época en que la reflexión se dirige a objetos universales, en que se ponen las cosas naturales, tanto como las es-pirituales, en determinadas relaciones mentales; entonces se dice

* Véase Enciclopedia de las ciencias filosóficas, 1827, 1830, aclaración pri mera al párrafo 7.

** lnquiry inlo the nature and causes of the wealth of nations, London, 1776. *** Véase Enciclopedia de las ciencias filosóficas, aclaración 2 al párrafo 7.

 

que el pueblo comienza a filosofar. También se puede oír decir que la filosofía es el pensar, que conoce las causas de las cosas. Causa¬efecto es una relación mental, porque ambos son tomados como in-dependientes uno frente a otro. Por tanto, la indagación de las causas es llamada filosofía. O en lo espiritual, si fueran expresados principios generales sobre las relaciones morales; así se ha llamado a los que formulan esos principios, sóphoi o philósofoi, sabios o fi¬lósofos. De esta manera, nos encontramos en los comienzos de la cultura griega al mismo tiempo los siete sabios y los filósofos de la escuela jónica, de los cuales nos son transmitidas una multitud de representaciones, descubrimientos como principios o axiomas filosó¬ficos. Tales, por ejem plo, debe ser considerado como el primero que explicó el origen de los eclipses de sol y de luna por la interpo¬sición de la luna entre el sol y la tierra y la tierra entre el sol y la luna. Sin duda, este descubrimiento es importante, pero no es nin¬gún filosofema. Pitágoras ha encontrado el principio que produce la armonía de los sonidos; y también a esto se llamó filosofía. Así se ha forjado una multitud de representaciones diferentes sobre los as¬tros; por ejemplo, que el firmamento, la bóveda del cielo, es de metal, en el cual se encuentran muchos agujeros a través de los cuales se podía ver el Empíreo, el fuego eterno. Semejantes propo¬siciones y repr esentaciones se encuentran ordinariamente en la his¬toria de la filosofía. Por otra parte, son productos de la reflexión, del entendimiento; sobrepasan (van más allá) del conocimiento sen¬sible, y tampoco son solamente imaginados por la fantasía, como los mitos. La tierra y el cielo son, de esta manera, despoblados de dioses; el entendimiento se coloca en lugar del creador, en lugar del juego de la fantasías, en lugar del desbordamiento del sentimiento, formula leyes universales y las opone así a la unidad inmediata de la Naturaleza y del espíritu, a la determinación natural simplemente externa del espíritu. Pero tales representaciones no bastan para comprender en sí la esencia de las cosas. De la misma manera en¬contramos en tales épocas afirmaciones universales sobre los hom¬bres, sus relaciones, obligaciones morales, etc., como sobre el acae¬cer universal en la Naturaleza.

A este respecto se puede hacer notar aquí especialmente una época, es decir, la época del renacimiento de las ciencias. Ahí se destaca un momento que pertenece al concepto de la filosofía, pero que no lo produce. Es el aspecto de la reflexión sobre la Naturaleza, el de¬recho, la moralidad, el Estado, etc., que empieza a aparecer aquí nuevamente. Cuando consideramos las obras filosóficas de esta época, por ejemplo, las de Hobbes, Descartes, encontramos en ellas muchos contenidos que, según nuestra consideración, no pertenecen a la filosofía. El sistema de Descartes comienza, por cierto, con pensamientos generales, con la metafísica; pero después continúa con una masa de conocimientos empíricos, filosofía natural que es propiamente lo que nosotros llamamos ahora física. Aquí viene al

 

caso también la ética de Spinoza, de la que pudiera pensarse que sólo se ocupaba de cuestiones éticas; pero contiene ideas generales, conocimientos sobre Dios, la Naturaleza, etc. Lo que debe ser puesto de relieve en estos tiempos del renacimiento de las ciencias es, principalmente, que se destaca una diferencia general en la especie de conocimiento de los objetos. Por una parte, existen objetos que pertenecían a la religión cristiana y que habían sido fijados por la autoridad de la Iglesia. Entre ellos, comprendemos los que se refieren al derecho político y al derecho civil. Igualmente éstos habían sido afirmados, en general, por la religión, mientras se había considerado como axioma fundamental que los reyes tenían el origen de su derecho en Dios. El punto de partida para esto fue el derecho mosaico, la unción de los reyes. La teología y la jurisprudencia eran, de esta manera, ciencias positivas. Finalmente, la tercera clase de objetos, es decir, aquellos que pertenecían a la Naturaleza, en parte se habían liberado de la Iglesia, en parte no estaban aún muy lejos de ella para ser ciencia positiva. La medicina, por ejemplo, en parte era empirismo craso, una colección de pormenores, en parte un brebaje compuesto de astrología, alquimia, teosofía, taumaturgia, etc. Entre algunos se afirmaba que la salud de los enfermos depen¬día de los influjos de los planetas; que también se podía alcanzar la salud por intermedio de las cosas sagradas, es cosa que se com¬prende por sí. Contra este modo de saber, de conocer, surge ahora la observación de la Naturaleza en general, una consideración que acoge a los objetos en su ser inmediato y después pasa a conocer lo universal en ellos. Lo mismo ocurrió después por lo que al Estado y al derecho se refiere, según otras fuentes (principios) de derivación. Qué es el derecho, esto fue abstraído de aquello que en los más dis¬tintos pueblos se había considerado y se consideraba como derecho. Del mismo modo, con respecto al poder de los príncipes, se buscó un fundamento distinto de la autoridad de Dios, por ejemplo, el fin del Estado, el bienestar del pueblo. Fue fijada la libertad del hom¬bre, la razón humana como principio, y fue dada como base, como fin de la convivencia humana. Surgió otra sabiduría, otra fuente de verdad enteramente diferente, una sabiduría que se había opuesto totalmente a la verdad dada, a la verdad revelada.

 

De este modo, este nuevo saber era un saber de cosas finitas; el mundo era el contenido de este saber; y, al mismo tiempo, este sa¬ber se había sacado de la razón humana; ahora se parte de una au¬toconsideración, no ya de representaciones religiosas dadas. Los hombres miraron a sus propias manos*, fueron activos por sí

* Véase el ofrecimiento de Jacobis Waldemar a Goethe, en donde es inter¬pretado el llamamiento del último «no permanecer por más tiempo con la boca abierta, sino mirar a las propias manos, las cuales ha llenado Dios tam¬bién con el arte y toda clase de fuerzas».

 

mismos; y aunque por una parte habían respetado la autoridad, sin embargo, por otra parte también habían respetado, del mismo modo, la consideración de sí mismo, la autorreflexión. Este saber fue llamado ahora sabiduría que tiene al mundo por objeto, por contenido, y viene del mundo. Esta era la significación del renaci¬miento de las ciencias para la filosofía.

Todas estas partes, aunque también lleven el nombre de fi-losofía, debemos excluirlas del tratamiento de nuestro ob¬jeto, aunque en todas ellas subsista un mismo principio que íes es común con la filosofía, es decir, la consideración, el sentimiento, la reflexión de sí mismo, la autopresencia. Es éste el gran principio contra toda autoridad en cuyo campo existe. En la percepción soy yo mismo el que percibe; del mismo modo ocurre en el sentimiento, en la comprensión y en el pensar. Todo lo que debe tener valor para el hombre tiene que estar en su propio pensar. «En su propio pensar» es realmente un pleonasmo; cada hombre tiene que pensar por sí mismo, nadie puede pensar por otro, como tampoco puede comer o beber por otro. Este momento, y después la forma que es producida por el pensar, las leyes universales, los principios, las determinaciones fundamentales, por consi¬guiente el sí mismo y la forma de la universalidad, son lo que la filosofía tiene de común con aquellas ciencias, con las opiniones filosóficas, con las representaciones, etc., y lo que les ha dado el nombre de filosofía.

 

Tenemos que aducir esto directamente , para poder aclarar cuáles de esas cuestiones pertenecen a la filosofía. Sin duda que en lo dicho no encontramos el concepto total de filosofía; pero, sin embargo, encontramos un principio fundamental de la misma en ello: el saber como algo que vuelve hacia sí, el saber que descansa en el conocer del espíritu, que no se atiene exclusivamente a lo dado. Esta au¬toactividad del espíritu es el momento enteramente determinante que este saber posee de común con la filosofía. Empero, nosotros no podemos dejar que esta determinación formal se mezcle con el concepto de espíritu. Esta determinación se ocupa de los objetos fi¬nitos y aun se limita a éstos; es el conocer finito en general. Pues también ahora las ciencias especiales son distintas de la filosofía; por eso la Iglesia les ha reprochado que alejaban de Dios, porque solamente tenían por objeto las cosas terrenas, las finitas. Pero ellas poseen el momento de la autorreflexión que pertenece a la filosofía y que permanece siempre como algo esencial en ellas. Su imperfec¬ción consiste sólo en que su forma de pensar es abstracta y, por consiguiente, los objetos mismos que ellas tratan son también algo

 

abstracto (finito). Esta imperfección, en cuanto concebida del lado del contenido, nos lleva a la religión, y con eso a la determinación posterior del segundo aspecto de la diferencia de la filosofía de las otras ciencias afines a ella.

(2. LA RELACIÓN DE LA FILOSOFÍA CON LA

RELIGIÓN)

 

Lo mismo que la primera región era afín a la filosofía por el lado formal del pensar independiente, así lo es esta segunda región, la religión, por su contenido. En tanto que la religión es lo contrario precisamente de la cultura en general; no tiene de común con la cultura ni la forma del pensar ni el contenido; porque su contenido no es terreno, sino que la religión tiene lo infinito ante sí.

 

La segunda esfera de las formas (producciones) del espíritu, que tienen más inmediata afinidad con la filosofía, es la re¬gión de la representación religiosa en general; a ella perte¬nece, principalmente, la religión como tal, porque la mitolo¬gía y los misterios pertenecen también en parte a la poesía. Como la primera esfera posee de común con la filosofía lo formal, el Yo y la forma de la universalidad, así es aquí lo opuesto lo común, es decir, lo sustancial, el contenido.

 

En las religiones han depositados los pueblos, cómo han pensado la esencia del mundo, lo absoluto, lo existente en sí y por sí, lo que ellos tenían por la causa, la esencia, lo sus¬tancial de la Naturaleza y del espíritu, y, además, su opinión acerca de cómo se relaciona el espíritu humano o la natura¬leza humana con estos objetos, con la divinidad y con la verdad.

 

Por consiguiente, hemos de hacer notar en la religión dos determinaciones: primero, cómo Dios es consciente para el hombre; esto es la conciencia representadora, la forma obje-tiva o la determinación a través de la cual el hombre se re-presenta la esencia de la Divinidad, en contraste consigo mismo; se la representa como algo distinto de él mismo, como algo extraño, como el más allá. En segundo lugar, la adoración y el culto; esto es la cancelación de este contraste a través de la cual el hombre se eleva a Dios y llega a la conciencia de la unidad con esa esencia. Este es el sentido del culto en todas las religiones. En los griegos se eleva el

 

culto solamente al goce de esta unidad, porque era la esen¬cia en sí, pero nada más allá.

Por consiguiente, lo absoluto es aquí objeto. En cuanto objeto, es un más allá, amistoso u hostil. El espíritu es impulsado a superar esta contradicción, y la asume en la religión por la oración y por el culto. En la oración y en el culto el hombre obtiene la certeza de anular esta contradicción, la confianza absoluta de la unión con lo divino, la unidad de sí con su esencia —según la representación cris¬tiana—, la gracia de Dios, la reconciliación con El; Dios es cle¬mente para él, se une con él, lo prohija, lo protege.

Por consiguiente, la religión y la filosofía tienen como ob¬jetos comunes lo que es en sí y por sí verdadero a Dios, en tanto que es en sí y por sí, y al hombre en su relación con El. En las religiones han producido los hombres lo que su conciencia tiene por más elevado; las religiones son la obra más elevada de la razón; y es absurdo creer que son inven¬ciones de los sacerdotes para engañar al pueblo, como si el hombre se pudiera dejar engañar sobre cuestiones relativas a lo último y a lo más elevado.

La filosofía tiene ahora el mismo objeto, la razón universal exis¬tente en sí y por sí, la sustancia absoluta; en ella el espíritu se apro¬piará igualmente este objeto. Pero así como la religión lleva a cabo esta reconciliación en la oración y en el culto, es decir, por el ca¬mino del sentimiento, así también lo conseguirá la filosofía por me¬dio de pensamientos, por medio del conocimiento intelectual. La devoción es el sentimiento de la unidad de lo divino y de lo hu¬mano, pero del sentimiento-intelectual (denkendes); en la expresión «devoción» está ya contenido el pensamiento; ella es un empuje ha¬cia el pensamiento, una tendencia a pensar en ello, una mayor aproximación pensante. Pero la forma de la filosofía es pensar puro, es saber, conocer; y es aquí donde comienza la diferencia con la re¬ligión. Por consiguiente, se ha convenido que las dos esferas se reú¬nan en contenido y finalidad; se distinguen solamente por la forma. Pero la afinidad es aún más directa. La filosofía se comporta a la manera de la conciencia pensante con su objeto, con lo absoluto; la religión no se comporta de esta manera. Pero la diferencia de estas dos esferas no puede ser concebida tan abstractamente que no fuera pensada también en la religión. La religión tiene también pensa¬mientos universales como contenido, y sin duda no sólo implicite, interiormente, tienen que ser puestos de relieve como en los mitos, en las representaciones de la fantasía, o también en sus historias ob¬jetivas, sino también explicite, en la forma del pensamiento. Las re¬ligiones persa e hindú, por ejemplo, poseen determinados pensa¬mientos, se han expresado en ellas, en parte, pensamientos muy

 

profundos, sublimes y especulativos, pensamientos que de ninguna manera era necesario que fueran puestos de manifiesto. Por tanto, nos encontramos aquí con pensamientos como tales. Sin duda nos encontramos, además, dentro de la religión con filosofías explícitas, como, por ejemplo, la filosofía de los Padres de la Iglesia y de los escolásticos; la filosofía escolástica era esencialmente teología. Por consiguiente, encontramos aquí una unión o mezcla de religión y fi¬losofía, que muy bien nos puede hacer caer en la confusión.

 

La filosofía tiene el mismo objeto que la religión; pero, sin embargo, han llegado a numerosas diferencias una con otra.

La filosofía se ocupa con lo verdadero, expresado más precisa¬mente: con Dios; ella es un perenne servicio a Dios. Tiene con la religión un único contenido; por tanto, solamente las formas de ambas son distintas, y por cierto de manera que parecen haberse, a veces, opuesto una a otra completamente. El primer aspecto es que la filosofía y la religión solamente se han diferenciado una de otra; solamente más tarde surgió el comportamiento hostil de una contra la otra.

 

Por consiguiente, en primer lugar la cuestión ahora es: ¿cómo se distingue en general la filosofía de la teología y de la religión? Y en segundo lugar: ¿hasta qué punto tenemos que prestar atención en la historia de la filosofía a lo reli¬gioso?

En consideración a esta cuestión, hay que distinguir ahora dos as¬pectos, de los que se hablará inmediatamente. El primero es el lado mítico e histórico de la religión en su afinidad con la filosofía; el segundo es la filosofía explícita, y también los pensamientos es¬peculativos singulares existentes en la religión.

 

a) [LAS DISTINTAS FORMAS DE LA FILOSOFÍA Y

DE LA RELIGIÓN]

 

Por de pronto, nos encontramos en la religión con la forma del mito, de la representación sensible (figurativa). En ella es lo verda¬dero como el espíritu se lo imagina. El contenido ha alcanzado la representación sensible, pero ese contenido ha surgido del espíritu. Por consiguiente, los mitos no son invenciones arbitrarias de los sa¬cerdotes para engañar al pueblo, sino productos del pensar que tiene por órgano a la fantasía, de manera que no es el pensar puro. En tanto que ahora la religión tiene el mismo objeto que la filoso¬fía, podía parecer que nosotros debíamos tratar aquí también la pri¬mera forma de aparición de la religión, la mitología; y, en efecto, se deben considerar los mitos en tanto que tengan fílosofemas por con¬tenido. Además, hay que notar que los mitos son producto de la

 

fantasía fabuladora. Pero, en si y por sí, se ha de admitir que en los mitos hay contenidas verdades universales. Creuzer ha sido atacado porque había atribuido a los mitos la verdad como contenido; pero no puede haber duda alguna de ello. En los mitos es expresado lo sustancial por medio de imágenes, de representaciones sensibles, lo espiritual se revela a través del órgano de la fantasía. Mientras que ahora se buscan pensamientos en los mitos, es el propio contempla¬dor el que les presta estos pensamientos, al tratar de extraer el con¬tenido. Pero la filosofía no tiene solamente que buscar verdades, no es su cometido extraer el contenido de esta forma y convertirlo en pensamientos, sino que ella considera solamente los pensamientos, donde el contenido se encuentra como tal. Por consiguiente, no es¬tudiamos los filosofemas que se encuentran contenidos en los mitos.

La mayoría de los mitos tiene inmediatamente la apariencia de he¬chos particulares. Es, pues, el objeto de los mitólogos investigar si existe en ellos un contenido universal o no. En algunos casos, como las teogonias y cosmogonías de la mitología, aluden evidentemente a verdades universales. Así, por ejemplo, se ha creído poder atri¬buir a los doce trabajos de Hércules otro sentido al compararlo con el sol y a los doce trabajos con los doce signos del Zodíaco. Del mismo modo es narrado el mito del pecado original de Adán y Eva, como si en él estuviese contenido solamente un acontecimiento his¬tórico, natural; pero esa caída representa también una relación espi¬ritual, es decir, la transición del hombre del estado paradisíaco a la conciencia, al saber del Bien y del Mal. Así, puede ser esta narra¬ción la historia eterna y la naturaleza viviente del espíritu mismo. Esta contradicción, el saber del Bien, que supone el saber del Mal, es la vida espiritual. De la misma manera nos podían ocupar las cosmogonías como el surgir separado de las formas del todo no se¬parado (inseparado). Pero si se ha indicado ya aquí que se trata de algo universal, entonces aún no poseen la forma del pensamiento. Nosotros admitimos en la historia de la filosofía solamente las ideas, que se manifiestan en la forma determinada del pensamiento. Tam¬bién es cierto que en varias historias de la filosofía se ha acogido lo religioso de las mitologías.

 

Pero entonces hay también teorías en las religiones, las cuales (teo¬rías) tienen ya el carácter de pensamientos, o en las que los pensa¬mientos se han mezclado con lo representativo, como las teorías acerca de Dios, de la creación del mundo, de la moral, etc. Se llama a estas teorías antropomórficas; es decir, no han de ser to¬madas en serio directamente, inmediatamente como ellas son, sino que han de ser aceptadas como imágenes, como símbolos. Si las re¬ligiones griegas eran demasiado antropomórficas, se podía decir de la judía y de la cristiana que eran demasiado poco; pero en ésta hay propiamente un antropomorfismo aún mucho más fuerte; por ejem¬plo, cuando en la Biblia se habla de la cólera de Dios. La cólera es

 

un sentimiento humano; pero se la atribuye a Dios. Este antropolo¬gismo no es, por otra parte, un mérito en la religión, al ser trans¬portado de esa manera lo espiritual a la representación natural di¬rectamente. Pero es más difícil establecer los límites entre lo que solamente pertenece a la representación sensible y lo que corres¬ponde a lo divino. Porque en tales antropomorfismos no sólo se trata de semejantes representaciones, las cuales se dan a conocer al mismo tiempo como pertenecientes a las relaciones sensibles, sino que también se trata de los pensamientos; y distinguir entre éstos los finitos, separar a quellos que pertenecen solamente al espíritu humano, esto es lo difícil (otras categorías o formas de pensar de¬ben servir de base en la consideración de Dios). Finalmente, la reli¬gión contiene proposiciones las cuales tratan de algo enteramente universal; por ejemplo, la proposición Dios es Todopoderoso (Om¬nipotente), ya que Dios es concebido como el fundamento, como la causa. Estos son pensamientos que pertenecen inmediatamente a la historia de la filosofía; porque, como se ha dicho, el objeto y el contenido de la religión y de la filosofía es uno y el mismo; y la di¬ferencia yace solamenente en el modo de consideración.

[a REVELACIÓN Y RAZÓN]

En primer lugar por lo que se refiere a lo mítico relacionado con lo histórico, es este aspecto interesante por la afinidad, la igualdad de contenido con la filosofía, pero más aún por la diferencia en la con-sideración de la forma en que este contenido existe en la mitología y en la filosofía. Esta contradicción que hace aparecer este conte¬nido en las dos esferas, no cae solamente en nosotros, los investiga - dores, sino que la contradicción es una contradicción histórica; ha ocurrido que la filosofía ha llegado a una contradicción con la reli¬gión, y, al contrario, que la religión ha perseguido y, a menudo, condenado a la filosofía. Por eso se ha exigido a la filosofía que jus¬tifique su comienzo mismo. Ya en Grecia, la filosofía entró en con¬flicto con la religión popular; muchos filósofos fueron desterrados e incluso algunos muertos porque enseñaban otra cosa distinta que la religión popular. Pero la Iglesia cristiana aún ha profundizado más este contraste.

Según esto, la religión parece exigir que el hombre debe renunciar a la filosofía, al pensar, a la razón, porque tal quehacer es sólo sabi¬duría mundana, solamente quehacer humano, sólo conocimiento de la razón humana en oposición a la divina. La razón humana, se dice, produce solamente imperfectas obras humanas, frente a ellas están las obras de Dios, a esto se ha llegado en nuestra época y en los tiempos pasados. Según esta diferencia, es menospreciado el quehacer humano frente al divino; y esta degradación contiene la determinación inmediata que por la intuición es desterrado el cono¬cimiento de la sabiduría divina a la Naturaleza. Por este cambio.

 

parece haberse expresado que las obras de la Naturaleza son di¬vinas, pero que lo que el hombre en general y, principalmente, lo que la razón humana produce, se ha de considerar solamente como humano; por consiguiente, que las obras humanas frente a las de la Naturaleza se han de considerar como algo no divino. Pero esta re¬presentación no es verdadera. Podemos atribuir a las obras de la ra¬zón humana por lo menos igual dignidad, elevación y el mismo ca¬rácter de divinidad que a las cosas de la Naturaleza; con esta equivocación, aún atribuimos al quehacer humano racional más de lo que es lícito. Porque, si ya las cosas de la Naturaleza, la vida de los animales y otras semejantes, deben ser algo divino, tanto más aún tiene que ser considerado como divino el hacer humano. El hacer humano es todavía, en un sentido infinitamente más elevado, un hacer divino, una obra del espíritu, que lo es la Naturaleza. Al mismo tiempo, se ha de reconocer la superioridad del pensamiento, del pensar humano ante las cosas de la Naturaleza. Por lo tanto, esta contradicción, si se la toma en el sentido de una superioridad de lo natural, tiene que ser rechazada; es una falsa diferencia; por¬que la diferencia entre el hombre y el animal es evidente. Por consi¬guiente, cuando se pregunta dónde se ha de buscar lo divino, la contestación solamente puede ser que lo divino se ha de encontrar principalmente en el obrar humano.

 

Otra cosa sería que en la reli gión y, principalmente, en la religión cristiana, existiera un contenido que es más elevado que la razón pensante, y el cual, por eso, podía ser concebido por la razón sola-mente como un contenido dado. Nosotros hemos dicho acerca de la relación de la razón pensante, es decir, de la filosofía, con la reli¬gión, que fuera exigido de la filosofía justificar su objeto (fin), y esto tanto más cuanto que la filosofía se ha comportado hostilmente frente a la religión. Se ha puesto un límite al espíritu humano; se ha dicho que el espíritu humano no podía conocer a Dios; la razón no puede prescindir de ello para conocer a Dios en la Naturaleza. Pero el espíritu es algo más elevado (sublime) que la Naturaleza. Cristo dijo: «¿Acaso no sois vosotros mucho más que los gorriones?» Por consiguiente, el hombre puede conocerse mejor desde Dios que desde la Naturaleza. En lo que el hombre produce de sí mismo se manifiesta mejor la divinidad que en la Naturaleza. Este era un as¬pecto. Resulta, además, que la razón es una revelación de Dios y, por cierto, una revelación más elevada que la Naturaleza. El otro aspecto es éste: que la religión es la revelación de Dios, por medio de la cual es entregada la verdad al hombre, a la razón humana, que la razón no es capaz de producir de sí misma esta verdad y por eso tiene que resignarse humildemente a buscarla*. De este aspecto tenemos que hablar ahora para concebir la relación de la filosofía y

* Véase 2, Corintios, 10.

 

de la religión libremente, y no dejar lo principal en la oscuridad, como si fuese algo delicado, como si se pudiese hablar en voz alta de ello.

Hasta aquí la situación de la religión es ésta: la verdad que nos llega a través de la religión es algo dado exteriormente, algo encon¬trado. Ya en las religiones paganas es más o menos éste el caso; no se sabe de dónde esas verdades han venido. Pero más se destaca to¬davía esta determinación en la religión cristiana; su contenido es un contenido dado (revelado) que es conservado como estando sobre o más allá de la razón; o es positivo. En general, se ha indicado que la verdad en la religión es manifestada por algún profeta, por un enviado divino. Quién sea éste es, en lo que respecta al contenido de la religión, enteramente indiferente. Por cierto que todos los pueblos han guardado hacia sus maestros una veneración agrade¬cida, así hacia Moisés, Zoroastro o Mahoma. Pero este aspecto per¬tenece a la exterioridad, es algo histórico. Los individuos que fue¬ron esos maestros no pertenecen propiamente al contenido de la doctrina, al contenido absoluto, a la eterna verdad existente en sí y por sí. La persona no es contenido de la doctrina. La fe en un indi¬viduo semejante no es la fe en la religión misma. Saber quién fue el maestro es una cosa abstracta, no es ninguna enseñanza. Pero en la religión cristiana esto es diferente; la persona de Cristo es propia¬mente una determinación en la naturaleza de Dios. Por consi¬guiente, según esto, Cristo no es histórico. Tomado simplemente como persona histórica, como maestro, por ejemplo, como en los casos de Pitágoras, de Sócrates o de Solón, sería igualmente indife¬rente, sin interés en lo que respecta al contenido. Pero en la reli¬gión cristiana pertenece esta persona, Cristo mismo, en la determi¬nación de ser Hijo de Dios, a la naturaleza de Dios mismo. La persona que realiza la revelación, en tanto que no concierne a la naturaleza de Dios, no es ningún contenido universal divino; y de lo que se trata es del qué, del contenido mismo (de la revelación).

Si ahora se dice que lo revelado es algo a lo que la razón humana no hubiera podido llegar por si misma, hay que hacer notar sobre esto que la verdad, el saber de la Naturaleza de Dios, sin duda llega al hombre solamente de una manera externa (por intermedio de algo externo); que la conciencia de la verdad es, en general, el pri¬mer modo de la conciencia como un objeto sensible, como algo ex¬teriormente presente, como algo sensiblemente representado, como Moisés veía a Dios en la zarza ardiente, y como los griegos habían representado a sus dioses en estatuas de mármol u otras formas de representación, como las que hay en los poetas. En general, se ha empezado de una manera externa semejante; y hasta aquí el conte¬nido aparece, por lo pronto, como dado, como acercándose al espí¬ritu desde el exterior, al cual nosotros vemos, oímos, etc. Pero lo posterior es que no permanece ni debe permanecer de esta manera

 

externa ni en la religión, ni en la filosofía. Semejantes producciones de la fantasía o contenidos históricos no deben permanecer en esta relación externa, sino devenir algo espiritual para el espíritu, dejar de existir de una manera simplemente exterior, es decir, de una forma no espiritual. (El espíritu y la razón son la misma cosa. Sin duda nosotros nos representamos a la razón como abstracta; pero la razón activa, cognoscente, es el espíritu. ) Qu eremos conocer a Dios en espíritu y en verdad (Juan, IV, 24). Por lo tanto, el contenido de la religión es Dios como espíritu. Si nosotros preguntamos ahora: ¿Qué es Dios? Entonces tenemos que contestar: Dios es el Esp íritu universal, absoluto, esencial. En lo que respecta a la relación del es¬píritu humano con este espíritu, conviene que se posea el concepto de lo que es el espíritu.

 

Por consiguiente, en primer lugar está la cuestión de cómo se distinguen la filosofía y la religión. Sobre esto expondré las determinaciones generales y -en tanto que sea posible¬las explicaré.

[b. EL ESPÍRITU DIVINO Y EL

ESPÍRITU HUMANO]

 

Ambos tienen de común que son en sí y por sí espíritu gene¬ral, absoluto. Este es espíritu, pero abarca al mismo tiempo a la Naturaleza en sí; él es él mismo y el concebir en sí de la misma. El no es idéntico a ella según el sentido superficial de lo químicamente neutral, sino idéntico a ella (la Natura¬leza) en sí mismo o uno consigo mismo en ella. El está en tal identidad con la Naturaleza, que ella, su negativo, lo real (Reelle), es puesta solamente como ideal. Esto es el idea¬lismo del espíritu. La universalidad del espíritu a que se re¬fiere la religión y la filosofía, es la universalidad absoluta, no la exterior, universalidad que lo penetra todo, que está presente en todo. Nosotros tenemos que representarnos al espíritu como libre; libertad del espíritu quiere decir que el espíritu es por sí, que se percibe a sí mismo. Su naturaleza es trascender sobre lo otro y en ello encontrarse a sí mismo, reunirse consigo mismo en lo otro, poseerse y complacerse en lo otro.

 

De aquí resulta ahora la relación del Espíritu con el espíritu humano. Si se representa todavía la individualidad tan ás-pera, tan aisladamente, entonces se debe abstraer, sin em-bargo, de este atomismo. El espíritu, representado en su

 

verdad, es solamente lo que se percibe a sí mismo. La dife-rencia de lo particular y de lo universal se ha de expresar entonces de manera que el espíritu subjetivo, singular, es el espíritu universal divino en tanto que éste es percibido, en tanto que éste se manifiesta en cada sujeto, en cada hom¬bre. El espíritu que percibe al espíritu absoluto es así el es¬píritu objetivo.

El hombre debe seguir una religión. ¿Cuál es el fundamento de su creencia? ¡El testimonio del espíritu del contenido de la religión! También esto se ha expresado explícitamente en la religión cris¬tiana; Cristo mismo echó en cara a los fariseos la fe en los mila¬gros*; el creyente es solamente el que da testimonio del espíritu. Determinemos con más atención lo que es el testimonio del espí¬ritu; entonces tendremos que decir: solamente el espíritu percibe al espíritu. Los milagros, etc., son solamente un vislumbre del espí¬ritu; el milagro es lo otro de la Naturaleza , es una interrupción del curso de la Naturaleza. Pero solamente el espíritu es la detención absoluta de lo natural; solamente él es el verdadero milagro frente al curso de la Naturaleza, lo verdaderamente afirmativo frente a ella. Por tanto, el espíritu se percibe solamente a sí mismo. Dios es ahora el espíritu universal; por eso, en lugar de Dios podemos de¬cir: el espíritu universal divino. La universalidad del espíritu no debe ser concebida como simple comunidad, sino como lo pene¬trante en sentido de la unidad, en la determinación de sí mismo y en la determinación de lo otro. Esta es la verdadera universalidad. El espíritu universal es: a) universal; b) es objeto para sí mismo; y de esta manera el espíritu se determina, deviene un espíritu particu¬lar. Por consiguiente, la verdadera universalidad se compone -ex¬presado vulgarmente- de dos, de lo universal mismo y de lo particu¬lar; la universalidad verdadera no existe solamente en lo uno, en lo que se contrapone a lo otro, sino que está en los dos momentos; pero de manera que lo uno trascienda sobre lo otro, lo penetre, se alcance a sí mismo en lo otro. Lo otro es su otro, y este su otro y él mismo existen en lo uno. En el percibir de sí existe una dualidad; el espíritu se percibe a sí mismo, es decir, él es el que percibe y lo percibido; pero el espíritu es esto solamente como una unidad de aquello que percibe y de aquello que es percibido. El espíritu divino percibido es el espíritu objetivo, pero el perceptor es el espíritu sub-jetivo. Mas el espíritu divino no consiste solamente en la pasividad del ser percibido; en su movimiento esta pasividad puede ser sola¬mente un momento, ser solamente momentánea. Sino que el espí¬ritu divino es la cancelación de esta diferencia del espíritu subjetivo activo y del espíritu objetivo pasivo. El espíritu divino es la única

 

 

* Mateo, XII, 38, 39; XVI, 1-4; Marcos, VIII, 11-12, Juan, IV, 48.

 

unidad sustancial; es mismamente esta actividad del autopercibirse. El espíritu subjetivo que percibe al espíritu divino, es mismamente este espíritu divino. Esta es la verdadera determinación fundamen¬tal del proceder del espíritu para consigo mismo.

Si nosotros partimos de esta determinación, entonces sola-mente tendremos formas distintas de este percibir. Lo que queremos decir con la fe religiosa, es el espíritu divino, per-cibido de una manera universal, sustancial. Además, para la fe el espíritu divino no es lo que enseña la doctrina de la Iglesia. El espíritu divino no es en sí, sino que él está pre¬sente en el espíritu del hombre, en el espíritu de aquellos que pertenecen a su comunión; y entonces el espíritu indivi¬dual percibe al espíritu divino, esto es, percibe la esencia de su espíritu, su esencia, lo sustancial de sí; y esta esencia es precisamente lo universal, lo permanente en sí y por sí. Esta es la fe de la Iglesia evangélica, no una fe histórica, no la fe en cosas históricas; sino que esta fe luterana es la fe del es¬píritu mismo, la conciencia, el percibir de lo sustancial del espíritu. Según una moderna teoría de la fe se dice: yo creo, yo sé inmediatamente que yo tengo un cuerpo; por consi¬guiente, se llama fe a algo determinado, a cualquier conte¬nido que se ha producido de una manera inmediata en noso¬tros, que se encuentra en nuestra conciencia. Este es el sentido externo de la fe. Pero el sentido interior, religioso, de la fe, es precisamente este saber del espíritu absoluto; y este saber tal como, por de pronto, existe en el espíritu hu¬mano, tal como existe inmediatamente y, por consiguiente, en la certeza inmediata. Este saber es solamente un testimo¬nio de su espíritu; y ésta es la raíz profunda de la identidad del espíritu en general. El espíritu se produce, se manifiesta a sí mismo, se muestra a sí mismo, y da testimonio de sí mismo, de su unidad consigo; y posee también la conciencia de sí mismo, la conciencia de su unidad con su objeto al ser él mismo su objeto. Si después surge la conciencia de este objeto y se desarrolla, se configura, entonces este contenido puede aparecer como lo dado por la sensación (senti¬miento), como sensiblemente representado, como proce¬dente del exterior; así aparece en la mitología la forma his¬tórica del origen. Esta es la forma externa. Pero a la fe pertenece el testimonio del espíritu. El contenido puede, sin duda, haber llegado, haberse percibido, haberse dado del exterior; pero el espíritu tiene que dar testimonio de él.

 

Este percibir de sí mismo es lo que se llama fe. Pero no es una fe simple, meramente histórica, como la de la antigua Iglesia; sino que nosotros, los luteranos, creemos mejor. En la fe nos conducimos con el espíritu divino como con nosotros mismos. En esta fe existe solamente una diferencia de forma, pero que se asume a sí misma; o, antes bien, la fe es el eterno asumir (cancelar) de la misma (de la diferencia misma); en cuanto al contenido, no existe allí ninguna di¬ferencia, ninguna división. Este comp ortamiento del espíritu para consigo mismo no es, por eso, la unidad original, abstracta, la sus¬tancia de Spinoza, lo sustancial objetivo, sino que es la sustancia cognoscente, individual, la autoconciencia, la cual se conoce en el espíritu divino y allí se hace infinita. Esta es la determinación que hemos de poner por fundamento al comportamiento del espíritu consigo mismo en la religión. La pretendida humildad, es decir, la limitación, la incapacidad para conocer a Dios, tenemos que dejarla de lado. Por el contrario, conocer a Dios es el único fin de la reli-gión. Si nosotros tenemos obligación de tener religión, tenemos que tenerla en espíritu, es decir, conocer. El hombre natural, ignorante, no tiene religión, porque él no «percibe nada del espíritu de Dios»*.

La religión es el testimonio del espíritu; éste es el testimonio del contenido de la religión. Por consiguiente, este testimonio del con¬tenido de la reli gión es mismamente la religión. Este es un testimo¬nio que da fe. Este atestiguar es, al mismo tiempo, un mostrar, y un manifestar del espíritu, pues el espíritu existe solamente en tanto que se produce, da testimonio de sí y se muestra, se manifiesta. En su testimonio se produce a sí mismo. Esta es la idea fundamental. El resto es entonces que este testimonio del espíritu es su íntima au¬toconciencia, su movimiento en sí, la vida en la interioridad de la devoción, una única, oculta conciencia en sí, una conciencia en la que no se ha alcanzado la propia conciencia y, además, no se ha lle¬gado a la objetividad, porque aún no está puesta la determinación, la división (separación) de subjeto y objeto. Por consiguiente, lo que queda es que este espíritu recogido en sí se decide, se distingue de sí, se convierte en objeto, en cosa. Expresado en la representa¬ción: Dios es Espíritu o amor (esto es, uno); es decir, Dios se ena¬jena (se aliena) a sí mismo, se comunica, se entrega a lo otro. Y aquí sobrevienen de repente todas las apariencias del ser dado, del haber percibido, etc.**, que se presentan también en la mitología. Aquí tiene su puesto todo lo histórico y lo que se llama positivo en religión.

Hablando directamente de la religión cristiana, nosotros sa-bemos que Cristo ha venido al mundo hace cerca de 2.000

* Corintios, II, 14.

* Véase Juan, IV, 24; I Juan, IV, 7,16; Romanos, V, 5.

 

años; pero él dijo: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» *; «Donde dos o tres os juntareis, allí estaré yo con vosotros»**, aunque no como esta per¬sona, ni estará presente de una manera sensible; y: Si yo no estuviera con «vosotros, el espíritu os conducirá a la ver¬dad»* * *, es decir, debe anularse primeramente la relación de exterioridad; no es la verdadera. Por este medio obtiene su explicación lo que antes hemos dicho.

Por una parte, existe allí una conciencia representativa: allí este contenido es objetivo: allí el contenido está fuera de nosotros, separado de nosotros. Lo otro es la devoción, el culto, el sentimiento de unidad con este objeto. Existe en eso una vacilación; pronto la exterioridad es más fuerte, pronto aparece la devoción. Una vez ha venido el Cristo in¬manente a Palestina, hace unos 2.000 años; pero solamente como persona histórica ha estado en este país, en este me¬dio ambiente; pero de nuevo, en la oración, en el culto, es preponderante el sentimiento de su actualidad. Por consi-guiente, aquí en la religión, se encuentra aún una contradic-ción.

Hay que notar en esto dos estadios: el primer estadio es la oración, el culto; por e jemplo, recibir la sagrada Eucaristía, la Comunión. En ésta está el Cristo inmediatamente presente. Este es el percibir del espíritu divino, el espíritu viviente, el cual tiene su conciencia de sí y su realidad en la comunidad. El segundo estadio es la concien¬cia desarrollada en que este contenido se hace objetivo. Desde este punto de vista sucede que el Cristo actual que hace 2.000 años vivió en un rincón relegado de Palestina, fue conocido en el espacio y en el tiempo, puede ser traído ante la conciencia como persona histó¬rica, pero alejado y de una manera distinta. Análogamente ocurre en la religión griega cuando este Dios, desde el punto de vista de la oración y del sentimiento, es transformado en prosaica estatua, en mármol y madera. Tiene que alcanzar esta exterioridad         . Así la Hos-tia no es para nosotros más que algo santo; según la doctrina lute¬rana, es algo divino solamente en la creencia y en la posesión, no en su existencia actual exterior. Del mismo modo una imagen no es para nosotros otra cosa que piedra, lienzo, etc. Estos son los dos

* Mateo. XXVIII, 20 ** Mateo, XVIII, 20 *** Juan, XVI, 13.

 

puntos de vista; y el segundo punto de vista es precisamente aquel donde la conciencia comienza * con una forma exterior, la recibe en la memoria, la representa y la conoce. Pero si permanece en la re-presentación, entonces este punto de vista es un punto de vista no espiritual. Cuando el contenido de la religión es sabido sólo como un contenido histórico, el espíritu se ha acercado a esta lejanía his¬tórica, muerta; entonces se ha confundido, ha logrado la mentira contra sí mismo. Esta mentira es la que en las Sagradas Escrituras es llamada el pecado contra el Espíritu. De este punto hacemos mención aquí.

 

A quien miente contra el Espíritu Santo su pecado no puede serle perdonado. Pero mentir contra el espíritu es justa¬mente esto: que el espíritu no es universal, no es Santo; es decir, que Cristo es solamente algo separado, algo abstracto, que es solamente otra persona distinta que esta persona, que ha existido solamente en Judea, o que también existe, aún ahora, pero en el más allá, en el Cielo, Dios sabe dónde, no de una manera real, actual en su comunidad. Quien habla sólo de la razón finita, sólo de la razón hu¬mana, sólo de los límites de la razón, éste miente contra el espíritu; porque el espíritu en cuanto infinito, universal, per¬cibiéndose a sí mismo, no se percibe en un solamente, en los límites; en lo finito como tal no tiene ninguna relación con esto, se percibe sólo en sí, en su infinitud.

 

[g REPRESENTACIÓN Y PENSAMIENTO]

 

La forma de la filosofía se distingue de la forma de la reli¬gión, y esta diferencia es necesario comprenderla ahora con más detalle. La relación fundamental entre la religión y la filosofía es la naturaleza del espíritu mismo.

a) En el espíritu debe partirse de que existe en tanto que se manifiesta; el espíritu es esta identidad sustancial única; pero, al mismo tiempo, al manifestarse se ha diferenciado en sí; y con esto acaba la conciencia subjetiva, finita, del mismo (por consiguiente, el espíritu es aquello que tiene un límite en lo otro, donde lo otro comienza; y esto ocurre so¬lamente donde hay una determinación, una diferencia). Pero el espíritu permanece libre en sí mismo, en su manifestarse

Mateo, XII, 31, 32.

 

de manera que no es turbado por la diferencia. La diferen¬cia es transparente para él, es algo claro para él, nada os¬curo. O no existe para él nada determinado, ninguna deter¬minación, es decir, ninguna diferencia existe para él (porque toda determinación es diferencia). Si ahora se ha hablado de algún límite del espíritu, de la razón humana, entonces es esto en cierta manera exacto; el hombre es limitado, depen¬diente, finito, menos por el lado por el que él es espíritu. Lo finito concierne a otros aspectos de su existencia. Como espíritu, en tanto que tiene una relación no espiritual, se re¬laciona con cosas exteriores; pero si él como espíritu es ver¬daderamente espíritu, entonces es limitado. Los límites de la razón son solamente límites de la razón de este sujeto; pero relacionándose racionalmente, carece el hombre de límites, es infinito (ciertamente que la infinitud no se ha de tomar aquí en sentido abstracto, como concepto del entendi¬miento). En tanto que el espíritu es infinito, permanece el espíritu en todas sus relaciones, manifestaciones, formas. La diferencia (distinción) entre el espíritu universal, sustancial, y el espíritu subjetivo, existe para él mismo. El espíritu, en cuanto objeto y su contenido, tiene que ser inmanente al mismo tiempo al espíritu subjetivo; y él es esto solamente de una manera espiritual, no de una forma natural, inme¬diata. Esta es la determinación fundamental del cristia¬nismo, que el hombre es iluminado por la Gracia, por el Es¬píritu Santo (esto es, por el espíritu esencial). Pues le es inmanente, es, por consiguiente, su propio espíritu. Este es¬píritu viviente del hombre es igualmente el fósforo, la exci¬table, la inflamable materia que se puede encender desde el exterior y desde el interior. Desde el exterior sucede esto, por ejemplo, en tanto que es enseñado al hombre el conte¬nido de la religión, en tanto que el sentimiento, la represen¬tación, son así estimulados, o en tanto que el hombre acepta el contenido de la autoridad. Relacionándose espiritual¬mente, por el contrario, se ha inflamado en sí; al buscar el contenido en sí mismo, lo manifiesta también él desde sí. Pues el contenido es su identidad más intrínseca.

La religión tiene la esencia absoluta por objeto, de la misma ma¬nera la filosofía quiere conocer esta esencia. Por consiguiente, noso¬tros debemos, por de pronto, explicarnos la forma del conocer de la esencia.

 

Decimos que la filosofía conoce la esencia; entonces es el punto principal que la esencia no permanezca algo externo a aquello de lo cual es esencia. Yo digo: la esencia de mi espíritu, entonces está precisamente la esencia en mi espíritu, no fuera de él. Si pregunto por el contenido esencial de un libro, prescindo de la encuadema¬ción, del papel, de la tinta de impresión, de las letras, etc.; pres¬cindo también de muchas proposiciones, de muchas páginas, y des¬taco solamente el contenido simple; o restituyo el variado contenido a su simplicidad sustancial. De este contenido esencial no podemos decir que esté fuera del libro; precisamente no está en ninguna otra parte que en el libro mismo. Del mismo modo no está la ley fuera del individuo natural, sino que constituye el ser verdadero, esencial, de este individuo. Por consiguiente, la esencia del espíritu no es ex¬terior a él, sino que es su sustancia más interna y su ser real, actual. Es, por así decirlo, la materia inflamable que, encendida, puede ser transformada en luz. Y solamente en tanto que este fósforo de la esencia está en él, es posible que se encienda. Si no tuviera el espí¬ritu el fósforo de la esencia en sí, no existiría ninguna religión, nin¬gún sentimiento, ningún presagio y, además, no existiría ningún sa¬ber de Dios; ni tampoco el espíritu divino sería lo que él es, lo universal en sí y para sí. Por consiguiente, convertir la incompren¬sión, la esencia, en un objeto muerto, externo, en algo abstracto, es algo que debe ser superado. La esencia es la forma, que es en sí misma un contenido esencial, o el contenido como algo determi¬nado en sí; la carencia de contenido es lo indeterminado. Así como en un libro existen aún muchas otras cosas además del contenido esencial, así también en el espíritu individual existe aún una gran masa de otras formas de existencia, de otras formas de conciencia, las cuales pertenecen solamente a la forma de aparición (a la apa¬riencia), no a lo esencial. La religión es ahora la condición del indi¬viduo, para conocer esta esencia, para comprender la identidad con esta esencia. Pero la identidad del individuo y de su esencia no es abstracta; es, más bien, un tránsito desde el individuo como un exis¬tente natural a una conciencia que es pura, espiritual. Por consi¬guiente, es preciso que se distinga en el individuo entre lo existente y aquello que es su esencia. La esencia como existencia tiene un contorno de cosas accesorias inesenciales; y lo esencial está sumer¬gido en esta materia aparente*.

 

Se llega aquí a estas determinaciones, pero no son demostradas aquí; su demostración se da solamente desde el punto de vista espe¬culativo. Aquí se trata solamente de una representación de ellas.

* La esencia es espíritu, no algo abstracto: «Dios no es un Dios de muertos, sino un Dios de vivos» (Mateo, XXII, 32), y, sin duda, de espíritus vivientes.

 

b) La continuación es la manera como el espíritu se obje¬tiva, como él se comporta en su ser para sí. La forma, como él exista realmente, puede ser distinta; así puede configu¬rarse de diferentes maneras; y de estas distintas maneras de configuración se originan después las diferentes formas del espíritu y, además, la diferencia entre filosofía y religión.

En la religión tiene el espíritu una forma propia que puede ser sensible; por ejemplo, en la forma de arte, en tanto que éste representa a la divinidad, y en la poesía, en la que igualmente la representación sensible constituye la esencia de la representación. En general, podemos decir que este modo de configuración del espíritu es la representación. Sin duda el pensar pertenece también ya en parte a la represen¬tación religiosa, pero ésta contiene al pensar mezclado con un contenido ordinario, exterior. También el derecho y la costumbre, por ejemplo, son, sin duda, como suele decirse, suprasensibles; pero mi representación de ellos procede de la costumbre, de las determinaciones legales existentes o del sentimiento. La diferencia de la filosofía consiste ahora en que el mismo contenido es concebido en ella en la forma del pensar. En la religión existen dos momentos: 1) una forma objetiva o una determinación de la conciencia, en la que el espíritu esencial, lo absoluto, existe como fuera del espíritu subjetivo, es decir, existe como objeto, se acerca a la repre-sentación como representación histórica o como forma del arte, alejada en el espacio y en el tiempo; 2) la determina¬ción o el estadio de la devoción, de la intimidad; en ellas se ha eliminado este alejamiento, se ha asumido (aufgehoben) la separación; ahí el espíritu es uno con el objeto, el indivi¬duo está poseído por el espíritu. En la filosofía y en la reli¬gión existe el mismo objeto, el mismo contenido, el mismo fin. Pero lo que en la religión son dos estadios, dos formas de objetividad, arte, fe y devoción, éstos existen en la filo

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Sin amigos estaba el gran Maestro del mundo, sintió esa falta, por eso creó El los espíritus, espejo feliz de su beatitud.

La más sublime esencia ya no encontró ningún igual, de la copa de todo el reino de los espíritus espumea para sí la infinitud.

Véase la poesía de Schiller La Amistad.

 

sofía juntos en uno; porque el pensamiento es: a) objetivo, según la primera determinación; el pensamiento tiene la forma de un objeto; pero, b) ha perdido también la forma de su objetividad; en el pensar, contenido y forma son puestos en uno. En tanto que lo que yo pienso, es decir, el contenido del pensar, está en la forma del pensamiento, ya no se me opone.

 

Por consiguiente, aquí, en la religión y en la filosofía, hay un contenido sustancial, y solamente es distinta la manera de la representación. Pero estas dos representaciones no son solamente distintas, sino que en su distinción pueden aparecer ya como opuestas, ya como contradictorias una con otra, al ser representado el contenido como esencialmente ligado a la forma. Pero, incluso dentro de la religión, se admite que esta manera distinta en religión no se ha de tomar en . sentido verdadero (propio). El saberse, el convertirse en objeto del espíritu Divino, significa aquí: engendrar a su Hijo. En el Hijo se sabe el Padre, porque son de la misma naturaleza. Pero esta relación es tomada de la naturaleza viviente, no de lo espiritual; se trata de la representación. Sin duda se dice que no se ha de tomar esta relación en sentido propio; pero se le deja de lado. De la misma manera cuando la mitología habla de las luchas de los dioses, se admite fácilmente que éstas se refieren en parte a las fuerzas espirituales, en parte también a las fuerzas de la Naturaleza, que, como opuestas unas a otras, serían representadas, de esta manera, alegóricamente.

Lo que nos interesa a nosotros ahora más directamente, es que prescindimos de la forma distinta en que el saber de la esencia existe en la religión y en la filosofía. La filosofía aparece, por lo pronto, como destructora frente a la relación, como así lo afirma la religión equivocadamente. En la religión se manifiesta la esencia, el espíritu, en primer lugar como externo; pero, como nosotros ya hemos hecho mención, el culto, la oración, anula la exterioridad de esta relación. Esto hace también la filosofía. Pero en la conciencia religiosa la forma del saber del objeto es la representación, es de¬cir, una representación que contenga más o menos lo sensible; por ejemplo, las relaciones de los objetos naturales. Que Dios ha en¬gendrado a su Hijo, nosotros no nos expresamos así en filosofía; pero el pensamiento, que contiene semejante relación, lo sustancial de tal relación, es, sin embargo, admitido en la filosofía. En tanto que la filosofía tenga por objeto al contenido, a lo absoluto en la

 

forma del pensamiento, tiene para sí la ventaja de que aquello que en la religión es algo separado, constituye un momento distinto, es en la filosofía una unidad . En la religión Dios, por ejemplo, es re¬presentado como persona; aparece en la conciencia como algo ex¬terno; y solamente en la oración sobreviene la determinación de la unidad. Estos son los dos estadios antes separados. Estos dos esta¬dios se han unido en el pensamiento, se han convertido de esta ma¬nera en una unidad. El pensamiento se piensa a sí mismo; él piensa y es pensado. El contenido es lo absoluto, lo divino como pensa¬miento; en tanto que el pensamiento es pensado, es mi pensa¬miento.

c) Por supuesto que estas formas distintas en su primer comportamiento determinado se hacen cargo de sus diferen-cias, se oponen unas a otras hostilmente; ciertamente que esto es necesario. Porque el primer comportamiento del pensamiento es abstracto, es decir, el pensamiento no es perfecto en su forma; y lo mismo sucede en la religión, pues la primera conciencia religiosa inmediata, aunque es con¬ciencia del espíritu, de lo existente en sí y para sí, sin em¬bargo se ha mezclado con formas sensibles, con representa¬ciones sensibles secundarias, es decir, es igualmente abstracta. Pues el pensar se concibe más tarde más concreta¬mente, prende más profundamente en sí y acerca el con¬cepto de espíritu como tal a la conciencia. Concibiéndose así, ya no está comprendido en la determinación abstracta. El concepto del espíritu concreto comprende o contiene esto: que él se comprende esencialmente a sí mismo, tiene la determinación en sí (una determinación que es lo que pertenece al entendimiento, a la esencia del fenómeno). El pensamiento abstracto niega toda determinabilidad en sí, y así no conserva de Dios nada más que la más elevada esen¬cia abstracta. Por el contrario, el concepto concreto no tiene nada que ver con semejante caput mortuum, sino con el es¬píritu concreto, es decir, con el espíritu activo, viviente, con el espíritu que se determina en sí. Por tanto, lo posterior es que el espíritu concreto reconozca lo concreto en la religión, la determinabilidad en lo universal, no lo sensible, sino lo esencial. Por ejemplo, el Dios judaico, el Dios Padre, es algo abstracto. El espíritu posterior reconoce lo esencial de eso. Pero lo concreto no es simplemente Dios en general, sino que lo concreto se determina a sí mismo, pone lo otro de sí mismo, pero en cuanto espíritu no se puede abandonar como algo otro, sino que intrínsecamente existe por sí

 

mismo. Solamente esto es todo el espíritu divino. Pero lo concreto en la religión solamente es conocido y reconocido por el mismo concepto concreto; y en eso yace la posibilidad de la reconciliación de la religión y de la filosofía, cuando el entendimiento abstracto combate contra la primera.

Estas dos formas, la de la representación y la del pensamiento, apa-recen en primer lugar como opuestas, como antagónicas; y es natu¬ral que, por de pronto, solamente se hagan conscientes de su dife¬rencia y, por tanto, aparezcan una frente a otra hostilmente. Es solamente después que el pensar se concibe concretamente, profun¬diza en sí y se aproxima como concreto a la conciencia. Lo concreto es lo universal, lo que es determinado en sí y se aproxima como concreto a la conciencia. Lo concreto es lo universal, lo que es de¬terminado en sí; por consiguiente, contiene su otro en sí. Él espíritu es primeramente abstracto, está confundido en su abstracción; y en esta confusión él se conoce (sabe) solamente como distinto y en oposición a lo otro. Al hacerse el espíritu concreto (devenir con¬creto), concibe lo que le es negativo, lo anula en sí, lo conoce como lo suyo, por eso es afirmativo. Así, en la juventud nosotros somos esencialmente negativos frente al mundo; solamente en la edad ma¬dura llegamos a la indulgencia de reconocer en lo tenido por nega¬tivo, en lo negado, en lo rechazado, lo positivo o lo afirmativo; y esto es más difícil que devenir (hacerse) simplemente consciente de la oposición.

El curso histórico de esta oposición es, aproximadamente, el siguiente: el pensar se hace, por de pronto, dentro y des¬pués, al lado de las representaciones de la religión, de ma¬nera que la contradicción aún no se había hecho consciente. Pero el pensar posterior, al fortalecerse y afirmarse en sí mismo, se declara contra la forma de la religión, no recono¬cerá en ella al concepto verdadero, y se busca solamente. En el mundo griego esta lucha contra la forma religiosa de representación tuvo lugar ya en una época muy temprana. Vemos ya que Jenófanes ataca de la manera más violenta las representaciones de la religión popular gr iega; y más tarde vemos hacerse más rigurosa esta contradicción (oposi¬ción), al aparecer los filósofos que niegan expresamente los dioses y, además, lo divino en la religión popular. Sócrates fue acusado de haber introducido nuevos dioses. Verdadera¬mente su daimónion y, en general, el principio de su sis¬tema, era opuesto a la forma de representación religiosa y moral de los griegos; pero, sin embargo, ha seguido la cos¬tumbre general de la religión popular, y nosotros sabemos

 

que al morir mandó sacrificar un gallo a Esculapio. Sola¬mente mucho más tarde reconocieron los neoplatónicos en la religión popular un contenido universal, ya expresamente combatido, ya dejado de lado por los filósofos. Nosotros vemos no sólo que ellos han traducido las representaciones mitológicas a la significación del pensamiento, sino también que las han usado como un lenguaje figurado de su sistema.

El curso de esta oposición, tal como se produce en la historia, es, por consiguiente, que el pensar se destaca en primer lugar dentro de la religión, permanece en este contenido sustancial; por tanto, no es libre por sí. En segundo lugar, sucede que se fortalece, que se comprende como basándose en sí, como apoyándose en sí mismo y - no reconociéndose en la otra forma, en la religiosa- se vuelve hos¬tilmente contra ella. En tercer lugar, sucede que el pensar se co¬noce también en ésta, que llega, además, a concebir este otro como un momento de sí mismo. Así vemos, al comienzo de la cultura griega, a la filosofía: primero encajada dentro del círculo de la reli¬gión popular; después irrumpir fuera de ese círculo y adoptar una actitud hostil hacia la religión popular, hasta que comprende lo inte¬rior de ésta y se conoce en ésta. Por contraste, aparecen muchos ateos. Sócrates fue acusado de venerar otros dioses que los de la re¬ligión popular. Platón declamó contra la mitología de los poetas, y quería que fueran desterrados de la educación, en su República, las narraciones teogónicas de Homero y de Hesíodo. Sólo mucho más tarde, en los neoplatónicos, fue aceptada de nuevo la religión popu¬lar y se reconoció lo universal, la verdadera significación intelectual en ella.

Muy semejante es el curso de esta contradicción en la reli¬gión cristiana. Primeramente, el pensar no es independiente, no es libre, permanece en conexión con la forma de la reli¬gión. Así sucede en los Padres de la Iglesia. De ahí desarro¬lla el pensar los elementos de la doctrina cristiana. (Por con¬siguiente, sólo llegó a ser ésta un sistema por el trabajo racionalizante [filosofizante] de los Padres de la Iglesia. Este perfeccionamiento de la fe [doctrina] eclesiástica se puso de relieve especialmente en la época de Lutero. Entonces, y después con más frecuencia en la época moderna, se quiso reducir la religión cristiana a su primera forma. Sin duda, esto tiene buen sentido al recordar lo verdadero, lo original de la doctrina cristiana, y esto era especialmente necesario en la época de la Reforma; pero trae también consigo el equívoco pensamiento de que los elementos no deben ha¬berse desarrollado.) Consecuentemente el pensamiento ha

 

perfeccionado la doctrina cristiana y la ha desarrollado en un sistema; después que se ha afirmado la doctrina, se ha convertido para el pensar en un supuesto absoluto. Por ello, lo primero es el desarrollo de la doctrina, lo segundo es la afirmación de la misma. Sólo después de esto ha surgido la contradicción entre el creer y el pensar, entre la certeza in-mediata de la doctrina y la pretendida razón. El pensar se ha puesto en sí; la joven águila de la razón pronto ha alzado el vuelo por sí misma hacia el sol de la verdad, y ha comba¬tido contra la religión. Pero después hace justicia al conte¬nido religioso en tanto que el pensar se convierte en con¬cepto concreto del espíritu, y aparece polemizando con el entendimiento abstracto.

Del mismo modo vemos en la religión cristiana, en sus comienzos, al pensar moverse dentro de la religión, ponerla por fundamento, tomarle por supuesto absoluto. Más tarde -después de que las alas han fortalecido al pensamiento-, elevarse por sí mismo como una joven águila hacia el sol, pero -como animal de presa- ataca hostil¬mente a la religión, surge la oposición de fe y razón. Por último, sucede que el concepto especulativo no puede hacer justicia a la fe y acaba con la paz de la religión. Además, el concepto debe ha¬berse comprendido a sí mismo, haber comprendido su naturaleza concreta, haberse abierto paso a través de la espiritualidad con¬creta.

Por consiguiente, de este modo la religión tiene un conte¬nido común con la filosofía, y solamente por la forma se di-ferencia la religión de la filosofía; y se trata para la filosofía solamente de que la forma del concepto sea perfeccionada hasta el extremo de poder concebir el contenido de la reli¬gión. Este contenido es preferentemente lo que se ha lla¬mado los misterios de la religión; esto es, lo especulativo en la religión. Por lo pronto, se debe comprender por ello algo misterioso, enigmático, lo que debe permanecer secreto, lo que no debe ser manifestado. Indudablemente, los misterios son por su naturaleza, es decir, justamente como contenido especulativo, algo inexplicable para el entedimiento; pero no para la razón. Son precisamente lo racional en sentido espe-culativo; es decir, en el sentido del concepto concreto. La fi-losofía se ha opuesto al racionalismo, especialmente en la teología moderna. Esta tiene siempre la razón en la boca; pero es solamente al árido entendimiento abstracto al que se refiere. De la razón no hay nada que conocer más que el

 

momento del autopensar (del pensar sobre sí); pero éste es el pensar enteramente abstracto. Este racionalismo es opuesto a la filosofía por el contenido y por la forma. Por el contenido: ha vaciado al cielo -ha convertido lo divino en un caput mortuum- y ha rebajado todo lo demás a simples finitudes (simples cosas finitas) en el espacio y en el tiempo. Y también por la forma, esa especie de racionalismo, se opone a la filosofía; porque la forma del racionalismo es el razonar, el razonar no libre, dependiente, y se declara con¬tra la filosofía especialmente, para poder continuar así razo¬nando eternamente. Esto no es ningún filosofar, ninguna comprensión conceptual. El supernaturalismo en la religión se opone al racionalismo; y este supernaturalismo, por el contenido, está de acuerdo con la filosofía; es idéntico, pero por la forma es distinto, porque el supernaturalismo se ha desespiritualizado enteramente, se ha fosilizado y ha acep-tado simplemente la autoridad positiva para la certeza de la fe y para la justificación. Los escolásticos, por el contrario, no eran tales supernaturalistas; ellos habían comprendido in-telectualmente los dogmas de la Iglesia.

La filosofía, como pensar conceptual de este contenido, tiene, frente al mero representar de la religión, la ventaja de que comprende ambas esferas; pues ella comprende a la re-ligión y le hace justicia; ella comprende también al raciona-lismo y al supernaturalismo; y se comprende también a sí misma. Pero lo contrario no puede suceder; la religión como tal, en tanto que se mantiene en el punto de vista de la re-presentación, se conoce solamente a través de la representa-ción, y no por la filosofía, es decir, por medio de conceptos, a través de las determinaciones universales del pensar. Fre-cuentemente no se hace injusticia a alguna filosofía si se le reprocha su oposición a la religión; pero frecuentemente también se ha sido injusto con ella, principalmente después, cuando se le ha reprochado esto desde el punto de vista reli-gioso; justamente porque la religión no comprende a la filo-sofía.

 

Así, pues, la filosofía no se opone a la religión; comprende conceptualmente a ésta. Pero para la idea absoluta, para el espíritu absoluto, debe existir la forma de la religión; por¬que la religión es la forma de la conciencia de lo verdadero,

 

en cuanto que lo es para todos los hombres. La formación de la misma es: 1) la percepción sensible; 2) la intromisión de la forma de lo universal en la percepción sensible, es de¬cir la reflexión, el pensar, pero el pensar abstracto que aún retiene en sí mucha exterioridad. Después el hombre pasa a la formación (educación) concreta de los pensamientos, re-flexiona sobre lo verdadero, deviene consciente de ello en su verdadera forma. Pero esto especulativo que se adelanta en la instrucción (formación) no es la forma del pensar ex-ternamente universal, común a todos los hombres. Por tal razón, la conciencia de lo verdadero en sí debe tener la forma de la religión.

 

La filosofía de la época moderna está ya unificada en sí con la reli¬gión, porque esta filosofía ha surgido dentro del mundo cristiano. El espíritu es uno; si ahora se hace consciente en la forma de la re¬presentación o en la forma del pensar, él no puede tener dos conte¬nidos. Y cuando el espíritu solamente se comprende conceptual¬mente en la filosofía, entonces comprende también la forma de la religión, que hasta entonces le era extraña respecto de su forma propia. Pero la forma particular de la religión es necesaria; porque la religión es la forma de la verdad para todos los hombres. La reli¬gión capta la esencia del espíritu en la forma de la conciencia repre¬sentadora que se detiene en la mera apariencia. Esta forma con¬tiene todo lo mítico y lo histórico, todo lo que adicionamos a lo positivo de una religión; es la forma la que pertenece a la inteligibi¬lidad. Un momento de la religión era el testimonio del espíritu, el otro como este algo sustancial se convierte en objeto de la concien¬cia. La esencia contenida en el testimonio del espíritu llega a ser objeto para la conciencia, solamente si aparece en forma inteligible. Para la conciencia representadora es comprensible (inteli gible) sola-mente la forma de la representación -la existencia sensible actual y el pensar inteligible-; han sido necesarias tales relaciones con las cuales se está ya, por otra parte, familiarizado a través de la vida, de la experiencia.

 

Esta es la justificación general de esta forma. [d. AUTORIDAD Y LIBERTAD]

 

Lo que es producido por la forma del pensamiento libre y no por la autoridad, pertenece a la filosofía. En este principio -forma del pensamiento, reproducción del pensamiento- persiste la filosofía a diferencia o en oposición con la religión. Por consiguiente, lo que diferencia a la filosofía de la religión es que aquélla da simplemente

 

su adhesión a lo que el pensamiento ha hecho surgir en la concien¬cia de sí mismo. Cuando la conciencia ha progresado a fin de cono¬cer su esencia (Selbst) más interna como inteligente, sucede que la razón dará esencialmente su adhesión a todo lo que ella debe reco¬nocer como verdadero, que ella no renunciará a eso frente a cual¬quier autoridad, sea la que fuere. Frecuentemente, en esto no se hace justicia a la razón. Pero hoy en día ya no se puede denigrar más a la filosofía por esto: porque la religión, al menos nuestra igle¬sia protestante, reivindica a la razón para sí al decir que la religión tiene que resultar de la propia convicción; en consecuencia, no se basa en la mera autoridad. Pero recientemente se afirmó, a la vez, que la religión existe solamente en la forma del sentimiento reli-gioso, que existe solamente como sentimiento auténtica y verdade¬ramente. Pero si es negada toda penetración a los conceptos de con¬tenido religioso, entonces se ha negado también toda la teología; porque la teología, como ciencia, debe ser saber de Dios y de la re¬lación del hombre con Dios, que es determinada por la naturaleza de Dios. Si no, sería un mero conocimiento histórico. Sin duda se ha llamado a aquel sentimiento también la fuente de la ciencia, la fuente de la razón; pero no es saber. Para que el sentimiento sea verdadero, tiene que encontrarse la razón en él*; ciertamente, tiene este sentimiento que haber resultado mismamente de la convicción y del conocimiento.

El derecho del pensamiento libre contra la autoridad en general se acerca aquí, por eso, más directamente a la reflexión, porque la re¬ligión, que tiene de común con la filosofía el contenido, se distingue de ésta por la forma, en tanto que la religión, basándose en la auto¬ridad como tal, es, por consiguiente, positiva. Pero, por otra parte, la religión exige incluso que el hombre adore a Dios en espíritu, es decir, que el hombre mismo esté, además, en aquello que él tiene por verdadero. Este principio es ahora reconocido por todos; y hasta aquí este principio de la propia convicción, de la intuición in¬terior, etc., es lo común entre la filosofía y la restante formación cultural de nuestra época, incluso la religión. Pero hay que conside¬rar qué clase de autoridad nos interesa especialmente. Al lado de cualquier supuesto existe la autoridad. Pero donde el pensar hu¬mano es desterrado de la religión, o donde la autoridad de la reli-gión se ha mantenido de una manera mundana, allí no hay ningún interés para la razón pensante.

La religión en general, que, además, se apoya en fundamentos posi¬tivos, y, sobre todo, la religión cristiana posee esencialmente esta propiedad: que el espíritu del hombre tiene que existir, además, para tener algo por verdadero. O, de otra manera, la verdad de la

 

 

* Véase Schiller. Exvoto. XXXIV.

 

religión exige esencialmente el testimonio del espíritu. Este es ex-presamente el caso en la religión cristiana. Cristo reprendió a los fa-riseos, que exigían la confirmación de la certeza de su doctrina por medio de signos y de milagros*. El dijo expresamente que no es lo externo, la materia, quien fundamenta la verdad, sino el espíritu; la admisión de la doctrina todavía no es lo verdadero, sino que el tes-timonio del espíritu es el fundamento esencial. El testimonio del es¬píritu contiene entonces también la determinación general de la li¬bertad del espíritu, de aquello que él tiene por verdadero. Por consiguiente, este testimonio del espíritu es lo fundamental.

 

La fe, la convicción, son mediadas en cada hombre por la enseñanza, por la instrucción, por la formación alcanzada, después por la admi¬sión de lo que constituye las representaciones de una época, los axiomas, las convicciones de un tiempo. En esta enseñanza hay un lado esencial: que ella se dirige al corazón de los hombres, a sus sen¬timientos, pero también, además, a su conciencia, a su espíritu, a su entendimiento y a su razón, que la enseñanza se ha convencido de todo esto por sí misma. La fe en la verdad, en la convicción de la verdad, debe ser la propia convicción, el conocimiento propio. Por consiguiente, así no parece existir ninguna autoridad. Pero también consiste en esto muy esencialmente la autoridad; pues también aquello que procede de nuestra propia revelación interior es una manera de autoridad. Se encuentra en la conciencia, es un hecho de la con¬ciencia. Nosotros sabemos (algo) acerca del ser de Dios; también este saber existe de una manera tan inmediata en nosotros, que se convierte en autoridad, en una autoridad interior de la conciencia. En tanto que nosotros, encontramos algo en nosotros, estamos con¬vencidos, al mismo tiempo, de que es también justo, verdadero y bueno. Pero la experiencia superficial nos muestra que tenemos en nosotros una cantidad muy grande de tales representaciones inme¬diatas pero de las que tenemos que admitir después que pueden ser erróneas. Si nosotros admitimos de una manera tan inmediata como autoridad estas representaciones internas, estos sentimientos, en¬tonces puede suceder que el contenido justamente opuesto surja para nosotros de una forma directa. Si nosotros admitimos este principio, entonces se ha justificado también, además, el contenido opuesto. Según nuestro sentimiento, nosotros podemos muy fácilmente conde¬nar algo bueno como malo, falso o injusto. Por otra parte, creen los malos que aquello que ellos hacen ha nacido con ellos, ha sido una revelación interior. De esta manera, tiene también todo crimen este principio. Por tanto, siempre al lado del conocimiento, de la convic¬ción de lo que es tenido por verdadero, persiste todavía la forma de autoridad . «Del corazón surgen amargos pensamientos», dice la Sa

* San Juan, IV, 48.

 

grada Escritura*. Por eso no puede ser aceptado (admitido) esto como verdadero.

Del mismo modo puede existir en la forma más reflexiva de la inte-lección, en los pensamientos de los individuos que son considerados como viniendo tan inmediatamente de lo interior, sino que son pro-ducciones del autopensar, también en esta forma de la intelección puede, por consiguiente, existir aún la autoridad a través del supuesto de algún punto firme o, al menos, aludir a la forma de auto¬ridad, en tanto que nosotros aceptamos estas últimas opiniones como verdaderas. Este es, ordinariamente, el caso al que nosotros denomi-namos representación, convicción, o cultura de una época en su tota-lidad. Se toma por base esta representación; y según ésta, y desde ésta, se determina todo en nosotros. Poseemos en una época una re-presentación determinada, por ejemplo, de Dios, del Estado, etc. En todas estas intuiciones puede suceder que una aceptación (suposi¬ción) infundada sea la base de todas las siguientes. Sin duda, los hombres dicen que ellos habían pensado, y al autopensar puede ha¬ber tenido efecto, pero este autopensar tiene unos límites determi¬nados. Pues fuera de que el espíritu de una época ha sido uno y el mismo, y que el individuo no puede salir de él, se encuentra que este pensar descansa en supuestos que nosotros reconocemos frecuente¬mente como falsos. Que ahora la filosofía esté libre de toda autori¬dad, que haga prevalecer su principio del pensamiento libre, para ello conviene que la filosofía haya logrado alcanzar el concepto del pensamiento libre, que arranque de pensamientos libres, que éste sea el principio. El propio pensar, la propia convicción, por consiguiente, no hace aún que se esté libre de autoridad.

Este pensamiento libre en su evolución es considerado en la historia de la filosofía. Aquí entra en contradicción con la autoridad de la re¬ligión, de la religión popular, de la Iglesia, etc.; y la historia de la filosofía representa, de esta manera, por un lado, la lucha del pensa¬miento libre con esta autoridad. Pero que filosofía y autoridad estén en lucha, no puede ser esto lo último, el más elevado punto de vista; sino que la filosofía debe finalmente hacer posible la reconciliación de estas contradicciones, tiene que producir esta reconciliación, esto tiene que ser su objetivo absoluto; pero de manera que ella, la razón pensante, encuentre satisfacción además. Toda reconciliación debe partir de ella.

Pero ahora existe una falsa paz; se puede representar la paz entre la filosofía y la religión de manera que ambas recorran su camino aparte, que se muevan en esferas separadas. De esta manera se ha exigido que la filosofía recorra su camino por sí, sin entrar en discu

* Mateo, XV, 19.

 

sión con la religión, y se sostiene que es algo hecho sin intención, in-cierto cuando la filosofía perjudica a la religión. Esta opinión ha sido frecuentemente formulada, pero es para nosotros una falsa afirma¬ción; porque la necesidad de la filosofía y de la religión es una y la misma: desentrañar lo que es verdadero. La filosofía es aquí un pen¬sar; el espíritu pensante es lo más puro, lo más simple, lo más inte¬rior. Solamente puede haber una intimidad, la satisfacción de esta in¬timidad por sí misma también puede ser, en consecuencia, solamente una. La filosofía ni de paso puede admitir aún la satisfacción reli¬giosa. Cada uno puede satisfacerse hasta cierto grado en sí mismo. Pero una satisfacción que le fuera opuesta, no puede la razón admi¬tirla.

Una segunda exigencia, un medio para la paz, fue después éste: que la razón se someta a la fe, ya sea a la autoridad exterior, ya sea a la autoridad interior. Ha habido un período en la filosofía en que se ha simulado esta sumisión, pero de manera que era ostensible que esto era una falsa ilusión: esto sucedió en los siglos XVI y XVII. Fueron formulados aforismos filosóficos (filosofemas) contra la religión cris-tiana, principalmente desde fundamentos racionales, pero se añadía que la razón se sometía a la fe (véase Bayle, El diccionario filosófico, por ejemplo, el artículo sobre los maniqueos). Vanini fue desterrado a causa de tales aforismos filosóficos, aunque aseguraba que no cons¬tituían su verdadera convicción. Cuando la Iglesia católica lo con¬denó a la hoguera, ella misma ha mostrado que es imposible para el pensamiento, si es pensamiento vivo, renunciar a la libertad. Por consiguiente, esta sumisión es algo imposible.

Además de esto se ha querido establecer una tercera posición al dar a la filosofía el puesto de una teología natural. Se dice: la razón indu-dablemente conoce esto y aquello; pero la religión revelada posee, además de las teorías de la razón, aún otras doctrinas, es decir, aque¬llas que están sobre el conocimiento racional de manera que no nece¬sitan entrar en contradicción con este conocimiento racional. En ver¬dad, esta relación coincide enteramente con la precedente, porque la razón no puede sufrir ninguna otra cosa a su lado, y aún mucho menos por encima de sí misma.

Una forma posterior de reconciliación es ésta: que la religión renun¬cie a lo positivo por sí misma. Esto positivo concierne, por una parte, solamente a la forma, a lo histórico, a lo mítico, etc. Renuncia a todo esto al transportarlo a la forma del pensamiento. Pero esta forma es solamente razonamiento, pensar abstracto, entendimiento abstracto. La religión puede permanecer (perseverar) mejor, por otra parte, en su terquedad contra el pensar filosófico. Solamente cuando ella dice: «Las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella»*, entonces

* Mateo, XVI, 18.

 

son las puertas de la razón aún más fuertes. Pero, por otro lado, la religión positiva puede renunciar a su contenido; y esto ha sucedido, especialmente en la época moderna, frecuentemente con respecto al punto de vista positivo y en grandes proporciones.

En el último punto de vista existe la religión en mí como aptitud, como sentimiento; y se afirma que la religión debe basarse solamente en los sentimientos, e, indudablemente, no sólo porque el pensar, el conocer, perjudiquen a la fe; sino que aquella afirmación debe ser mismamente resultado del conocer, de la intelección. La religión rei¬vindica el sentimiento simplemente porque no hay nada que saber, nada que conocer. Contra esta forma del sentimiento se pone el pen¬sar, el comprender concep tual. Si solamente se quiere percibir vaga¬mente, sentir, entonces la razón no puede estar satisfecha. Pero el sentimiento que se sabe, el pensamiento, no puede rechazar al senti¬miento; el pensar no está en contradicción con el sentimiento. (Las próximas consideraciones del contraste del conocer y del no conocer, del no saber se presentan en la historia de la filosofía misma).

Este es el último punto de vista que ha alcanzado en el día de hoy en Alemania una gran importancia aparente. El entendimiento ilustrado (se refiere al pensamiento de la época de la Ilustración), el entendi¬miento abstracto pide solamente lo abstracto. Este entendimiento sabe acerca de Dios solamente que El existe y que tiene una repre¬sentación indeterminada de Dios. Esto es, sin contenido. Cuando la teología se fundamenta sólo en el entendimiento abstracto, entonces ella tiene tan poco contenido como es posible, ha hecho del dogma un simple camino, ha sido reducido al mínimum. Pero la religión, que debe dar satisfacción al espíritu, tiene que ser esencialmente con¬creta en sí, tiene que ser algo sustancial. Tiene que tener por conte¬nido lo que se ha revelado por Dios en la religión cristiana; es decir, la religión tiene que ser dogmática. La dogmática cristiana es el con¬junto de doctrinas que representan lo característico de la religión cristiana, que manifiestan la revelación de Dios, el saber acerca de lo que Dios es. Al contrario, se ha portado el llamado sano entendi¬miento humano, ha mostrado las contradicciones en esta dogmática con ayuda del entendimiento abstracto y ha reducido el contenido de las mismas a un mínimo, igualmente ha vaciado el contenido. Esta teología vacía se ha denominado teología racional. Pero ella ha sido solamente exégesis, es decir, reflexiones sobre un cierto objeto, razo¬namiento, no el concepto de la cosa, puesto que se ha pasado, libre¬mente, de las representaciones presentes a determinaciones poste¬riores. A esta pretendida teología ilustrada se opone el concepto racional, en tanto que el concepto representa el contenido concreto desde sí y lo justifica en sí, lo sabe, como pensado, depurado, dife¬renciado de las formas sensibles y de los modos de representación. Por consiguiente, la razón concreta pensante es opuesta al entendí-

 

miento abstracto. Pero mientras el pensamiento se ha comprendido tan profundamente que es privativo de él desarrollarse desde sí mismo, comprenderse concretamente, así es también posible que sea alcanzado el fin absoluto, la reconciliación de la religión y de la filo¬sofía, de la verdad en la forma de la representación religiosa con la verdad en la forma en que es desarrollada por la razón.

 

Esta es la relación de ambas (filosofía y religión) que se ha desarro¬llado a través de los contrastes en la historia de la filosofía. Ambas formas tienen que fundamentar una y la misma verdad .

 

Por lo que respecta a la conexión de la filosofía con el arte, éste se sitúa, por su elevación y por su verdadera determinación, al lado de la religión. El arte tiene que expresar externamente lo que se halla internamente contenido en la religión.

 

Ahora se trata también aún de la conexión de la filosofía con el Es¬tado. También el Estado está en la más íntima relación con la reli¬gión. En la historia de la filosofía tenemos que mencionar, entre otras determinadas circunstancias, la historia política; sin embargo, esto corresponde más bien a la relación externa. Pero religión y Es - tado se relacionan también esencialmente, necesariamente. La cons¬titución del Estado se fundamenta en un principio determinado de la conciencia de sí del espíritu, en la manera como el espíritu se conoce en relación con la libertad. En el Estado hay que distinguir la liber¬tad del libre albedrío. La esencia del Estado es que es la voluntad racional en sí y por sí, lo universal en sí y por sí, que esto universal, sustancial de la voluntad, es real. Las leyes son la expresión de lo que respecto a la voluntad es racional. Depende de la conciencia que un pueblo tiene de su libertad; y esto está en relación nuevamente con la representación que la nación, el pueblo, tenga de Dios (la verdad universal es que existe un Dios; la representación de la libertad pa¬rece tener en sí esta representación).

 

Ahora, al estar la constitución del Estado en relación con la religión, entonces también está la filosofía en relación con el Estado a través de la religión. La filosofía griega no podía haber surgido en Oriente. Los orientales son los pueblos en los que indudablemente surgió la libertad; pero el principio de la libertad aún no era en Oriente al mismo tiempo el principio del derecho. Tampoco hubiera podido ori¬ginarse la filosofía moderna en Grecia o en Roma. La filosofía ger¬mánica (en realidad se refiere a la filosofía surgida después de las in¬vasiones bárbaras) ha surgido en el cristianismo; tiene por base el principio cristiano en común con la religión. Por consiguiente, esta relación es importante.

 

Pero luego la filosofía tiene aún también una determinada relación con el Estado y con la relación externa, histórica, entre el Estado y la

 

religión. La religión es el pensar de lo divino. La esfera de la religión está separada de la esfera del Estado. El último puede ser conside¬rado en contraposición con la religión, como la esfera de lo mundano y así en cierto modo como algo no divino, no sano. Pero lo racional, el derecho, el derecho racional, se refiere a la verdad y, por consi¬guiente, debe referirse a la verdad religiosa, ciertamente tiene que estar exactamente de acuerdo con lo que la verdad es en filosofía y en religión. Religión y Estado, el imperio espiritual y el imperio tem¬poral, tienen que estar en armonía uno con otro.

Esta mediación puede realizarse de muchas maneras, por ejemplo, en la forma de teocracia, como nosotros la encontramos especial¬mente en los pueblos del Oriente. Allí la libertad, como libertad sub¬jetiva, como libertad moral, se ha perdido enteramente al mismo tiempo con el derecho, con la voluntad. Otra relación fundamental es, además, que la religión y su esfera se han puesto por sí, que la religión ha despreciado la libertad mundana y se ha portado de una manera negativa frente a la esfera de la libertad, como en la iglesia catolicorromana lo religioso, en cuanto condición espiritual, está en¬teramente separado de lo laico, y como también los patricios ro¬manos habían estado en posesión de los sacrorum con exclusión de los plebeyos. En la teocracia, el reino temporal es considerado como algo infiel, como algo no santo, como algo no coincidente con lo reli¬gioso, de manera que lo que nosotros denominamos derecho, morali¬dad, costumbre, carece entonces de valor. Sólo la ley temporal, el or¬den temporal pueden ser, al mismo tiempo, también enteramente algo divino. Pero cuando aquel aspecto religioso se sostiene por sí y mira a la verdad como algo que no puede ser inmanente a la esfera de la libertad humana, entonces es ésta una posición negativa frente a la libertad humana misma. La filosofía es un pensar inmanente, ac¬tual, presente; contiene la actualidad de la libertad. Pero lo que es pensado, conocido, pertenece a la libertad humana. Al existir así en la filosofía el principio de la libertad, está al lado de lo mundano. La filosofía tiene lo terrenal por contenido; por eso se la denomina sabi-duría del mundo, filosofía (Federico Schlegel y los que le repiten han utilizado de nuevo este nombre como un mote). Indudablemente, la filosofía exige que lo divino esté presente en lo mundano (profano); que lo moral, lo jurídico, tiene o debe tener su actualidad en la reali¬dad de la libertad. La filosofía no puede hacer desaparecer lo divino en el sentimiento, en la nebulosidad inferior del recogimiento. Tanto tiempo los mandamientos, la voluntad de Dios existieron en el senti¬miento humano, que ellos están contenidos también en la voluntad humana, en la voluntad racional del hombre. La filosofía conoce lo divino, pero ella conoce también cómo se ha aplicado, realizado esto divino en el aspecto mundano. En efecto, de esta manera la filosofía es también sabiduría del mundo (filosofía), y en eso aparece al lado del Estado contra las pretensiones del dominio religioso del mundo.

 

Pero, del mismo modo, se opone a la arbitrariedad y a la casualidad del dominio temporal.

 

Esta es la posición de la filosofía en la historia, según este aspecto. Ella transporta lo divino a la esfera del pensar y del querer humano; es decir, trae lo sustancial de la constitución del Estado a la concien¬cia, de una manera especial recientemente, puesto que el Estado debe estar fundamentado en el pensamiento.

 

Ahora hemos desplegado la diferencia de la filosofía y de la religión. Pero, respecto de lo que nosotros queremos tratar en la historia de la filosofía, queda algo que notar además, lo que está en relación con lo dicho antes y que parcialmente se sigue de ello.

 

Nosotros partimos de que la religión es afín a la filosofía con respecto al objeto, y que solamente se distingue de ella por la forma. Por tanto, surge ahora la cuestión: ¿cómo tenemos que comportarnos en la historia de la filosofía con tal afinidad?

b) [LOS CONTENIDOS RELIGIOSOS QUE HAN DE

SEPARARSE DE LA FILOSOFÍA]

La primera observación pertenece a lo mitológico en general.

Lo primero que nos encontramos aquí, es la mitología; una consideración más profunda de ella parece que tiene que ser realizada en la historia de la filosofía.

[a. LO MITOLÓGICO EN GENERAL]

Se dice que la mitología contiene filosofemas; y puesto que en las representaciones religiosas en general existen filoso¬femas, se dice que la filosofía se tiene que ocupar también de ellos.

1. Conocida es, a este respecto, la obra de mi amigo Creu¬zer, que trató de una manera principalmente filosófica las re-presentaciones, narraciones y costumbres de los pueblos anti-guos, y demostró lo racional en ellas* . Este modo de

* Friedrich Creuzer, Simbolismo y mitología de los pueblos antiguos, especial-mente entre los griegos. Segunda edición, completamente mejorada; Heidel-berg, 1819-1821, 4 tomos.

 

proceder es ahora atacado por otros como un comporta-miento irracional, ahistórico. Por el contrario, se objeta que sea ahistórico que tales filosofemas se encuentren allí. A lo mitológico pertenecen también los misterios de los antiguos en los que se exponen, quizá, aún más filosofemas que en la mitología. Aquella objeción se ha eliminado ya por lo dicho antes. Que en la mitología y en los misterios de los antiguos estén contenidos realmente tales pensamientos es bastante se¬guro; pues las religiones, y con ellas lo mitológico de las mismas, son productos del hombre en los que la humanidad ha ido depositando sus cualidades más elevadas y más pro-fundas, la conciencia de aquello que es lo verdadero. De ahí se sigue que, indudablemente, la razón, las opiniones gene-rales, las determinaciones, por consiguiente, también los filo-sofemas, están contenidos en las formas de la mitología. Cuando ahora se culpa a un Creuzer de haber introducido estos pensamientos allí donde no estaban, que él alegoriza, entonces hay que notar que, indudablemente, es una forma de consideración de Creuzer y también de los neoplatónicos buscar filosofemas en lo mitológico; sin embargo, con eso tampoco puede haberse dicho que ellos solamente hayan in-troducido allí esas ideas; ellas existen realmente allí. Por tanto, esta forma de consideración es racional y hay que ha-cerla absoluta. Las religiones y las mitologías de los pueblos son productos de la razón que se hace consciente. Aunque parezcan todavía tan insuficientes, tan pueriles, sin embargo contienen un momento de la razón; el instinto de la racionali-dad las fundamenta. El modo de proceder de Creuzer y de los neoplatónicos se ha de reconocer como verdadero en sí, como esencial.

Pero al ser lo mitológico la representación sensible, casual, del concepto, entonces queda lo que es pensado de ello, lo que es arrancado de ello, ligado siempre con su forma exte¬rior. Pero lo sensible no es el verdadero elemento en que el pensamiento o el concepto pueden ser representados. Por eso esta representación contiene siempre una inconveniencia para el concepto. La forma sensible tiene que ser descrita según los diversos aspectos, por ejemplo, por el lado histórico, por el natural y por el lado artístico. Esa forma posee demasiados aspectos accesorios por los que no corresponde precisamente al concepto, sino que más bien está en contradicción con él que con lo interior. Y, sin embargo, los neoplatónicos, bajo

 

esta forma sensible de la mitología, han reconocido su filoso-fía y la han usado como forma para expresar sus conceptos. Naturalmente, hay que suponer que, al lado de la explicación de aquellas formas, aunque ellas estén ligadas a un concepto interior, se encuentran muchos errores, especialmente cuando se va a lo particular, a la multitud de usos, de actos, de instrumentos, vestidos, sacrificios en el servicio de Dios, etc. Puede haber algo análogo al pensamiento allí, una refe¬rencia a él; pero esto muestra precisamente que se han ale¬jado una de otra la forma y la significación de la misma, y que pueden interponerse, mezclarse muchas casualidades y arbitrariedades. Sin embargo, lo racional está allí; y esto tiene que examinarse. Pero hay que excluir esto de nuestra consideración de la historia de la filosofía, pues no se trata en filosofía de filosofemas, es decir, de modos generales de re-presentación de lo verdadero, de pensamientos que están en-cerrados sólo en cualquier representación, que yacen ocultos, no desarrollados todavía, sino de pensamientos que han sur-gido hacia fuera, y solamente en tanto que ellos han surgido al exterior; por ello, tanto que semejante contenido, que po¬see la religión, ha aparecido en la forma del pensamiento, se ha destacado, ha llegado a la conciencia. Y ésta es una dife¬rencia enorme. También en el niño existe la razón; pero es simple aptitud. Pero en la historia de la filosofía nos interesa solamente la razón en tanto que se ha exteriorizado en la forma de pensamiento. En consecuencia, los filosofemas que están contenidos en la religión sólo implicite no nos interesan.

La mitología es el producto de la fantasía. Luego por un lado lo arbi-trario tiene aquí su asiento; pero lo que no nos importa, lo que cons-tituye el hecho fundamental de la mitología, es la obra de la razón fantaseadora; por consiguiente, de la razón que transforma la esencia en objeto, pero que aún no posee ningún otro órgano que el modo de representación sensible. Por ejemplo, en la mitología griega son representados los dioses con figura humana. Al representar al espí¬ritu se hace claro en una existencia sensible. En la religión cristiana sucede esto con mucha frecuencia; el cristianismo es todavía más an¬tropomórfico. Por tanto, la mitología se mueve en la esfera de la fan¬tasía; pero su núcleo interior es racional. Se la puede estudiar con re¬ferencia al arte; pero el espíritu pensante tiene que buscar el contenido sustancial, lo universal en ella. De ahí se sigue que la mito¬logía, como la Naturaleza, tiene que ser considerada igualmente de una manera filosófica. Esta forma de estudiar la mitología es la de los neoplatónicos, y en la época contemporánea la de Creuzer. Son mu-

 

chos los que exigen que en mitología debe uno limitarse a la forma, y ocuparse de ella solamente con referencia al arte y a lo histórico, y aquellos que condenan aquel modo de investigación, porque, como ellos dicen, es ahistórico que existan en la mitología estos o aquellos pensamientos filosóficos (filosofemas); siendo éstos solamente intro-ducidos allí por los investigadores; que, además, los antiguos no ha¬bían pensado esto. De una parte, esto es enteramente justo; porque los antiguos (los primitivos) no tenían ante sí semejante contenido en el pensamiento consciente, en la forma de filosofemas; esto es lo que quiere afirmar también Niemand. Pero que tal contenido no estaba implicite allí es lo que es absurdo; es una objeción del entendimiento exterior, abstracto. Pues la mitología es una obra de la razón que to-davía no puede producir los pensamientos en otra forma que en la sensible. Precisamente sólo a causa de esta forma tiene que ser ex¬cluida la mitolo gía de la historia de la filosofía. Porque en ella no han de interesarnos los pensamientos que existen o están contenidos sólo implicite; sino que los pensamientos nos interesan aquí en tanto que han llegado a la existencia en la forma de pensamiento. El arte no puede representar (expresar) el espíritu detenido en su desarrollo normal; contiene siempre muchos aspectos accesorios, externos; y esto hace difícil la explicación. La idea tiene solamente al pensa¬miento como forma absolutamente digna, como su forma verdadera. Por tanto, nosotros nos limitaremos a los pensamientos que existen exteriormente en la forma de pensamientos.

 

2. En muchas mitologías se encuentran también, indudablemente, determinaciones, las cuales, excepto que son imágenes, poseen tam¬bién significación conceptual, o imágenes que están muy cerca del pensamiento. En la religión de los persas es señalado el tiempo ilimi-tado como el fundamento de todas las cosas. Ormuz y Ahrimán son, pues, las primeras determinaciones, las primeras formas determi¬nadas, los poderes universales. Ormuz es el señor del mundo de la luz, el principio del bien; Ahrimán es el señor de las tinieblas, el principio del mal.

En muchas mitologías son dadas, ciertamente, imágenes y su significación al mismo tiempo, o las imágenes llevan la signifi-cación próxima a sí mismas. Los antiguos persas honraban al sol o al fuego en general como la más elevada esencia. La causa primera en la religión persa es el Zervane Akerene, el tiempo (la eternidad) ilimitado. Esta simple e infinita esencia tiene dos principios, Ormuz (Oromasdes) y Ahrimán (Arei-manios), los señores del Bien y del Mal*. Plutarco** dice:

* Diógenes Laercio. I, párrafo 8.

* De Iside et Ospirde (t. II, p. 369, ed. Xyland).

 

«No hay una esencia que sostenga y gobierne al todo, sino que el bien está mezclado con el mal; en general, la Natura¬leza no produce nada puro y simple, no hay un dispensador que, como un hotelero, de dos toneles mezcle y nos distri¬buya una bebida. Sino que, a través de dos principios opuestos hostiles, de los cuales el uno se dirige a la derecha y el otro se dirige al lado, opuesto, es movido de un modo desi¬gual, si no todo el mundo, al menos esta tierra. Zoroastro ha representado preferentemente esto de manera que un princi¬pio (Ormuz) sea la Luz, pero el otro (Ahrimán) sea la oscuri¬dad; el medio entre ambos (mésos dè amfoin) es Mithra, por eso los persas le llaman mediador (mesites).» Después Mithra es también la sustancia, la esencia universal, el sol elevado a la totalidad. No es el mediador entre Ormuz y Ahrimán como si él debiera restablecer la paz de modo que ambos si¬guieran existiendo, sino que está al lado de Ormuz, lucha a su lado contra el Mal. Mithra no participa del Bien y del Mal, no es una funesta cosa intermedia.

 

Ahrimán es llamado a veces el primogénito hijo de la luz, pero solamente Ormuz ha permanecido en la luz. Con la creación del mundo visible, puso Ormuz sobre la tierra la firme bóveda del cielo con su inconcebible riqueza de luz, la cual está rodeada por arriba y por todas partes de la primera luz originaria. En el medio de la tierra está el elevado monte Albordi, que se extiende hasta la luz primitiva (originaria). El imperio de la luz de Ormuz se encuentra inalterable sobre la firme bóveda del cielo y sobre el camino Albordi; también sobre la tierra hasta su tercera edad. Ahora Ahrimán, cuyo reino de las tinieblas estaba antes reducido a la parte inferior de la tierra, se ha introducido en el mundo corporal de Or¬muz y comparte su dominio con éste. Ahora el espacio entre el cielo y la tierra está repartido mitad en la luz y mitad en la sombra. Como antes Ormuz solamente poseía el reino de los espíritus de luz, así Ahrimán solamente poseía el reino de los espíritus de la oscuridad; pero ahora, en cuanto ha pene¬trado, Ahrimán opone a la creación terrestre de la luz una creación terrestre de la oscuridad. Desde ahora los dos mundos corpóreos están uno frente a otro, uno puro y bueno y otro impuro y malo. Esta contradicción penetra toda la Na¬turaleza. Sobre el Albordi ha creado Ormuz a Mithra como mediador para toda la tierra. El fin de la creación del mundo

 

corpóreo no es otro que reconducir a través de ella a los seres que habían abandonado a su creador, hacerlos nuevamente buenos y, de este modo, el mal desaparecerá para la eterni-dad. El mundo corpóreo es la escena y el campo de lucha en-tre el Bien y el Mal; pero la lucha de la luz y de las tinieblas no es una oposición absolutamente insoluble en sí, sino una oposición temporal; Ormuz, el principio de la luz, vencerá.

Hago notar sobre esto que en la consideración filosófica sola-mente este dualismo es muy singular. Para él se hace necesa-rio el concepto; éste es en él inmediatamente lo contrario de él mismo, es en lo otro la unidad de él consigo mismo. En tanto que de los dos, verdaderamente, sólo el principio de la luz es el ser, puesto que el principio de la oscuridad es lo ne¬gativo, entonces coincide el principio de la luz con Mithra, que hace un momento fue mencionado como la más elevada esencia. Si consideramos en estas representaciones los mo¬mentos que tienen una relación más próxima con la filosofía, entonces nos interesará solamente lo universal de estas repre-sentaciones: un ser simple cuya contradicción aparece como contradicción del ser y de la cancelación (anulación) del mismo. La contradicción ha perdido la apariencia de casuali-dad. Pero el principio espiritual no es separado del principio físico, al ser determinados el Bien y el Mal al mismo tiempo como luz y oscuridad. Por consiguiente, vemos aquí un arran-car del pensamiento de la realidad y, al mismo tiempo, un no arrancar, como se realiza en la religión de modo que lo suprasensible se haya representado nuevamente en una forma sensible, no conceptual, dispersa; sino que la dispersión total de lo sensible se ha concentrado en la simple contradicción, el movimiento se ha representado igualmente de una manera sencilla.

Estas determinaciones son las que están ya más próximas al pensa-miento; no son simples imágenes. Sólo que tampoco con tales deter-minaciones tiene nada que ver la filosofía; porque tampoco en tales mitos es el pensamiento lo primero, sino que lo dominante en ellos es la forma de lo figurativo. En las religiones de todos los pueblos existe una fluctuación entre lo figurativo y el pensamiento como tal; pero una mezcla semejante se halla aún fuera de la filosofía.

Igualmente, en la cosmogonía del fenicio Sanchoniatón: «Los principios de las cosas eran un caos, en el que los elementos estaban mezclados sin desarrollarse, y un espíritu del aire.

 

Este tuvo cópula con el caos y engendró con él una materia viscosa, Mot (hilyn), que encerraba en sí las fuerzas vivientes y las semillas de los animales. A través de la mezcla de Mot con la materia del caos y la fermentación originada de ella se separaron los elementos. Las partículas de fuego se elevaron y formaron las estrellas. Por el influjo del fuego en el aire fueron producidas las nubes. La tierra se hizo fértil. De la mezcla, corrompida por Mot, de agua y tierra, se originaron los animales defectuosos y sin sentidos. Estos produjeron otros animales de nuevo, más perfectos y dotados de sentido. El estallido del trueno en la tormenta fue el que hizo desper¬tar a la vida a los primeros animales que dormían en sus en-volturas seminales.»

Entre los caldeos, Beroso* dice que: «El dios originario es Belo, la diosa Omoroka (el mar), pero al lado de éstos hay aún otros dioses. Belo dividió a Omoroka por la mitad, para formar de las dos partes el cielo y la tierra. Después se cortó él mismo la cabeza, y de las gotas de su sangre divina produjo el género humano. Después de la creación del hombre, Belo ahuyentó las tinieblas, separó el cielo y la tierra y formó el mundo en su figura natural. Ya que algunas regiones de la tierra no le parecían bastante pobladas aún, Belo obligó a otro Dios a matarse, y de la sangre de éste fueron engen-drados más hombres y otras especies de animales. Los hom-bres vivían al principio salvajemente y sin cultura alguna, hasta que un monstruo» (que Beroso llama Oannes) «los reu-nió en un Estado, les enseñó las artes y las ciencias, y les ins-truyó en todas las cuestiones humanas. El monstruo salía del mar con este fin, al nacer el sol, y a la puesta del sol se ocul-taba de nuevo bajo las olas».

3. También se puede creer que en los misterios se encierran muchos filosofemas; indudablemente existen representa-ciones simbólicas en ellos que aluden a representaciones más tardías, más elevadas. Pero están muy mezcladas con lo sensi¬ble. Verosímilmente son restos de lo más antiguo de la reli

* Berosi Chaldaica. Fragmentos por Josefo, Sincelo y Eusebio; Colección de Scalígero en el suplemento a: de emendatione temporum, por completo en Fa

bricius Bibl. gr. T. XIV; p. 175-211 (p. 15-190). Beroso vivía en la época de Alejandro; debe haber sido un sacerdote de Belo y haber sacado sus datos de los archivos del templo de Babilonia.

 

gión natural que han huido hacia la oscuridad. En primer lu-gar, está lo que en los misterios se ha conservado, muy por debajo de lo que ha logrado la cultura de los pueblos. En la religión cristiana los misterios contienen esencialmente lo es-peculativo. Los neoplatónicos han denominado místico al concepto especulativo. Myeín, myeísthai (iniciarse, ser iniciado), esto quiere decir ocuparse con la filosofía especula-tiva. Por eso no hay nada desconocido en los misterios. Su nombre no significa secreto, sino iniciación. Así eran iniciados en los misterios eleusinos todos los atenienses (y esto se ha de hacer notar con relación a la filología, donde también tiene valor aquella representación); solamente Só¬crates constituye una excepción. La divulgación ante los ex¬traños era lo único que estaba prohibido; hacer otra cosa sería un crimen*. Lo mismo ocurre en la religión cristiana; sólo que aquí los dogmas se llaman misterios. Son lo que se sabe acerca de la naturaleza de Dios y lo que es divulgado como doctrina. Por consiguiente, no es nada desconocido, nada se¬creto, sino algo revelado, conocido, lo que todos saben en la comunidad; y por este saber se diferencian de los seguidores de otras religiones. Por tanto, tampoco misterio quiere decir aquí secreto (oculto) (porque cada cristiano está en el se¬creto), sino que es un nombre distinto para lo especulativo. Para los sentidos, para el hombre sensible, sus apetitos y su entendimiento ordinario son indudablemente algo secreto, porque el entendimiento encuentra, sobre todo en lo especu¬lativo, solamente contradicciones; el entendimiento se man¬tiene en las diferencias, no puede comprender lo concreto. Pero, al mismo tiempo, el misterio, la idea, es también la re¬solución de las contradicciones. Por consiguiente, los miste¬rios nos interesan aquí solamente en tanto que el pensa¬miento se ha manifestado en ellos como pensamiento, en la forma del pensamiento.

[b. EL FILOSOFAR MÍTICO]

 

También se puede pretender que los mitos son una especie y un modo del filosofar; y esto ha ocurrido frecuentemente. Se ha hablado a propósito también míticamente, para, como se

 

 

* Véase Schiller, Exvoto, XL.

 

dice, despertar ideas elevadas. Por ejemplo, Platón utiliza mucho los mitos; también Jacobi pertenece a este grupo cuando filosofa en la forma de la religión cristiana y expresa, de este modo, las cosas más especulativas. Pero esta forma no es la justa, la conveniente, para la filosofía. El pensa¬miento que se tiene a sí mismo por objeto, el objeto, tiene que existir también en su forma (de pensamiento); tiene que haberse elevado sobre su forma natural; tiene que aparecer también en la forma de pensamiento. Se piensa frecuente¬mente que los mitos de Platón son mucho más excelentes que la forma abstracta de su expresión; y, sin duda, es una her¬mosa exposición en Platón. Considerados más detenida¬mente, los mitos de Platón han nacido en parte de la imposi¬bilidad de ofrecer a los hombres una exposición pura de su pensamiento; en parte, Platón habla así solamente en los preámbulos; pero cuando llega a las cuestiones fundamen¬tales se expresa de otra manera. Aristóteles dice*: «Aquellos que filosofan de una manera mítica no merecen que uno se ocupe seriamente de ellos». Esto es verdadero. Sin embargo, debió tener, con seguridad, sus buenas razones cuando utilizó los mitos. Pero, en general, no es lo mítico la forma en que el pensamiento se deja exponer, sino solamente de una manera secundaria.

Precisamente como los masones tienen sus símbolos, los cuales pasan por profunda sabiduría —profunda, como se llama pro-fundo a un pozo porque no puede verse su fondo—, así fácil-mente parece a los hombres profundo lo que está oculto; pero detrás sólo se encuentra el vacío insondable. Cuando se lo ha ocultado, entonces es posible que no haya nada detrás; así, en-tre los masones (frecuentemente también entre los que no lo son) sucede que lo muy oculto no esconde nada detrás, no te-niendo ninguna sabiduría especial, ni ninguna ciencia. El pensa

miento es más bien esto: manifestarse; ésta es su naturaleza, esto es él mismo: aclararse. Manifestarse no es, en cierto modo, el es¬tado que pueda darse o no darse, de manera que el pensamiento siga siendo todavía pensamiento aun cuando no se manifestara, sino que el manifestarse es mismamente su ser, su esencia.

* Aristóteles, Metaph., III, 4: p cd/

 

Ha habido también filósofos que se han servido de representaciones míticas para aproximar los filosofemas a la fantasía. Sin duda la signi-ficación en general de los mitos es el pensamiento, pero en los verda-deros mitos antiguos ya no existía el pensamiento en su forma pura; por consiguiente, no se debe imaginar que ya se ha poseído el pensa¬miento como tal y que se ha querido solamente ocultarlo. Por tanto, no era apro ximada mente el mismo comportamiento que nosotros po¬demos encontrar frecuentemente en la forma reflexiva de nuestra poesía. La poesía primitiva no parte de la separación de la prosa del pensamiento, del pensamiento abstracto, y de la poesía, es decir, de su expresión. Pero cuando los filósofos utilizan los mitos, sucede, en la mayoría de los casos, que ellos han tenido, en primer lugar, el pen¬samiento, y después han buscado la imagen, en cierto modo, el ves¬tido para exponerlo. Así se sirve Platón de los mitos; y es preferido y estimado principalmente a causa de eso; y se piensa que ha demos¬trado, de esta manera, un genio más elevado; que se ha hecho más célebre que, de ordinario, sucede a los filósofos. En cambio, se ha de hacer notar que Platón, en sus más importantes diálogos, por ejem¬plo, en el Parménides, no utiliza ningún mito, sino que ofrece senci¬llas determinaciones del pensamiento sin lo imaginativo. Desde afuera parece muy bien servirse de tales mitos; se desciende de la al¬tura especulativa para hacerse más fácilmente comprensible. Sólo que en Platón no debe adjudicarse un valor demasiado grande a los mitos. Una vez que el pensamiento se hubo fortalecido bastante para darse la existencia en su propio elemento, entonces el mito es un adorno superfluo, que la ciencia no exige. Los más grandes equí¬vocos se han originado por haberse atenido principalmente a los mitos y haberse servido de ellos solamente en la interpretación de las filosofías. Así, durante mucho tiempo ha sido mal comprendido Aris¬tóteles, porque se habían tomado por base las comparaciones que él entremezcla a veces, y se las había comprendido mal. Una compara¬ción no puede nunca conformarse enteramente al pensamiento; ella contiene siempre algo distinto que el pensamiento. Se atiene uno más fácil a algo que no pertenezca al pensamiento; pero esto conduce a falsas representaciones con respecto a lo esencial. Es, por lo demás, una torpeza manifestar el pensamiento, no en la forma de pensa¬miento, sino servirse, en su lugar, de un medio auxiliar, precisamente de forma sensible. La utilización de lo mítico equivale, en la mayor parte de los casos, a la incapacidad de no saber aplicar aún la forma del pensamiento. Además, no se debe creer que la forma mítica debe ocultar al pensamiento, al contenido; su finalidad es, antes bien, ex¬presar el pensamiento, representarlo, revelarlo, pero esta expresión no es la adecuada. Sin duda, puede ser exacto que se ha servido de símbolos para el encubrimiento del pensamiento; por ejemplo, entre los masones, y que se ha pensado que ahí se encuentra precisamente la más profunda sabiduría. Pero quien conoce el pensamiento lo ma¬nifiesta, lo revela; porque manifestarse es la esencia del pensamiento. Por lo demás, o no se tiene el pensamiento, o se quiere dar la apa-

 

rienda de poseerlo. Se oculta lo que está oculto en el símbolo, detrás del símbolo no hay nada. De esta manera, todo el secreto de los ma-sones consiste en que se piensa que hay algo detrás del símbolo. En general, lo mítico no es así un medio adecuado para la manifestación del pensamiento. Aristóteles dice: «Aquellos que hacen mitos (fá-bulas), no son dignos de que se hable de ellos». Lo que es propia¬mente pensamiento tiene que ser expresado en la forma de pensa¬miento.

Otros formulan símbolos por medio de líneas, número y fi-guras geométricas. Verbigracia: una serpiente que se muerde la cola, o un círculo, es tenido por el símbolo de la eternidad. Esta es una imagen sensible, pero el espíritu no necesita de semejantes símbolos; el espíritu posee el lengu aje. Cuando el espíritu puede expresarse en el elemento del pensamiento, entonces lo simbólico es un modo injusto, falso, de represen-tación. En Pitágoras volveremos de nuevo sobre esto. Tam-bién en los chinos se encuentra que expresan el pensamiento por medio de líneas y números.

 

Con esto se relaciona todavía una forma afín de representación. Se ha intentado representar pensamientos universales por medio de nú¬meros y de figuras geométricas. Son formas figurativas, pero no tan concretamente figurativas como los mitos. Hay pueblos que se han atenido principalmente a estas formas de representación; pero con tales formas no se va lejos. Verdaderamente, las determinaciones más abstractas, los pensamientos más generales, se pueden expresar en ellos; pero si se pretende ir a lo concreto, entonces estos ele¬mentos se manifiestan como insuficientes. Pueden valer como tales la monás, la dyás y la triás de Pitá goras; cada una de estas formas es clara por sí, la monas es la unidad, la dyás es la dualidad, la diferen¬cia, y la trias la unidad de la unidad y de la dualidad . Pero el tercero, si se representa como 1+2=3, ya es una mala unión de los dos pri¬meros; pues su unión es una simple adición, una composición del uno numérico y ésta es la peor forma de unidad que se puede admitir. El tres se ha comprendido de manera más profunda en la religión, como Trinidad, y en la filosofía como concepto. En lo universal la forma numérica de representación es muy pobre e insuficiente para la mani¬festación de la verdadera unidad concreta. Sin duda el espíritu es una tríada, pero no admite ser sumado o numerado. Numerar es un mal procedimiento.

 

Se habla mucho también de la filosofía de los chinos, de Fo-hi , que se basaba en ciertas líneas que deben haberse sacado del lomo de las tortugas. Los chinos dicen que estas líneas son el fundamento de los rasgos característicos de su escritura y, del mismo modo, que son el

 

fundamento de su filosofar. Pero se ve en seguida que no han ido muy lejos con este filosofar. Allí solamente son expresadas las deter-minaciones y las contradicciones más abstractas. Las dos figuras fun-damentales son una línea horizontal y otra de la misma longitud, par¬tida en dos mitades; la primera se llama Yang, la segunda Yin. Por tanto, son las mismas determinaciones fundamentales que encon¬tramos en Pitágoras, unidad y dualidad. Estas figuras son altamente veneradas por los chinos como los principios de todas las cosas; son, sin duda, las primeras —y, por tanto, también las más superficiales— determinaciones del pensamiento. Ahora son unidades unas con otras primeramente en 4, después en 8 y, finalmente, en 64 figuras. Las primeras cuatro figuras se llaman el gran Yang, el pequeño Yang, el pequeño Yin y el gran Yin. En ellas se ha expresado la ma¬teria, e, indudablemente, la materia perfecta y la imperfecta; cada una de estas materias se ha dividido de nuevo en dos materias, de manera que el gran Yang significa la fuerza y la juventud, el pequeño Yang la debilidad de la materia perfecta, e, igualmente, el gran Yin la materia imperfecta como fuerte, y el pequeño Yin la misma como débil. Las otro figuras de rayas reunidas se llaman Kua. Por lo que concierne a su significación, es la siguiente; el primer Kua, que con¬tiene en sí al gran Yang y a un tercer Yang, es Kien, el cielo; el se¬gundo Tui, el agua pura; el tercero Li, el fuego puro; el cuarto Tshin, el trueno; el quinto Siun, el viento; el sexto Kan, el agua; el séptimo Ken, el monte; el octavo Kuen, la tierra. Por tanto, se puede decir aquí que de la unidad y de la dualidad han surgido todas las cosas. A la primera raya se le llama también Tao, el origen de todas las cosas o la nada. Pero ya aquí en el cuarto Kua se ve cómo entra en lo em¬pírico, o, antes bien, cómo sale de lo empírico.

 

 

Por otra parte, en los viejos libros de los chinos se encuentra un capí-tulo acerca de su sabiduría, y allí se dice que toda la Naturaleza ha sido hecha de cinco elementos, a saber: de fuego, de madera, de me¬tal, de agua y de tierra. En esto vemos cómo todo está resuelto y confundido. En realidad, no es éste el modo de expresar el pensa¬miento.

Además, respecto de la filosofía de los chinos, encontramos que era una moral muy pobre. El autor de la misma es Confucio, que fue, durante algún tiempo, ministro de un emperador; después cayó en desgracia y vivió apartado con sus discípulos. En sus libros se en-cuentran muchos razonamientos naturales (mucho conocimiento de los hombres), principalmente moral popular. Pero todo eso puede encontrarse en todas partes y mejor. En detalle, sus discursos no ca-recen, de espíritu, pero no contienen nada señalado. No se ha de bus¬car en ellos la filosofía especulativa, porque, en realidad, Confucio era más bien un estadista práctico.

 

Hemos partido aquí de que hay pueblos que toman los números y las figuras geométricas como expresión de los seres (esencias). El pensar no ha ido lejos, aunque se le pueda expresar en tales formas; está to-davía en el grado más bajo. El pensamiento, por ejemplo, de lo infi¬nito, de la eternidad, no necesita ningún símbolo para ser expresado y comprendido. El círculo es una expresión muy pobre de ese pensa-miento, y cualquier otra línea que vuelva sobre sí misma es igual¬mente apropiada. El pensamiento (la idea) de eternidad puede ser expresado en el lenguaje.

Por consiguiente, lo mítico como tal y las formas míticas del filosofar son excluidos de nuestra exposición.

[g. EL PENSAMIENTO EN LA POESÍA Y EN LA RELIGIÓN]

 

En tercer lugar, hay que notar que la religión, como tal, así como también la poesía, contienen pensamientos. La religión no se representa solamente en la forma del arte, como sucede principalmente con la religión griega, sino que ella contiene también pensamientos, ideas universales (representaciones universales). Del mismo modo se ha prescindido en la poesía (es decir, el arte que tiene al lenguaje como elemento) de enunciar pensamientos; y nosotros encontramos también en los poetas profundos pensamientos universales. Tales pensa-mientos —por ejemplo, sobre el destino en Homero y en los trágicos griegos, sobre la vida y la muerte, sobre el ser y el perecer, sobre el nacimiento y la muerte— son, por consi-guiente, sin duda importantes pensamientos abstractos, de los cuales se encuentran también frecuentemente representa-ciones figurativas, por ejemplo, en la poesía hindú. Pero tam-poco tenemos que considerar estas formas en la historia de la filosofía. Se podría hablar de una filosofía de Esquilo, de Eu-rípides, de Schiller, de Goethe, etc. Pero tales pensamientos son, en parte, sólo incidentales y por eso no se han de admitir en nuestra exposición; son formas universales de representa-ción de lo verdadero, la determinación del hombre, lo moral, etc. En parte, tampoco aquellos pensamientos han alcanzado su forma verdadera; y la forma que es requerida es la forma del pensamiento; y lo que es expresado en ellos tiene que ser lo último, tiene que constituir el fundamento absoluto. No sucede esto en aquellos pensamientos; no existe allí la dife¬rencia y la relación de uno a otro. Entre los indios fluye,

 

además, confusamente mezclado, todo lo que se refiere al pensamiento.

En segundo lugar, lo que nosotros tenemos que considerar aquí, bre-vemente, son los pensamientos que se presentan en la religión, in¬cluso como pensamientos desnudos de expresión simbólica. En la re¬ligión india, especialmente, se encuentran formalmente expresados pensamientos totalmente universales. Acerca de esto, se ha dicho que en tales pueblos existía también verdadera filosofía. Sin duda en¬contramos en los libros indios interesantes pensamientos universales; pero estos pensamientos se limitan a lo más abstracto, al ser, al nacer y al morir, a la representación del curso circular en ellos. Así es ge¬neralmente conocida la imagen del ave Fénix; es una imagen de lo viviente. Que en la vida está ya contenida la muerte, que la vida se transforma en la muerte y la muerte en la vida, que el ser mismo con¬tiene ya lo negativo, y lo negativo contiene ya lo positivo, lo afirma¬tivo, y se convierten en ellos, y que la vida en general consiste sola¬mente en este proceso, en esta dialéctica, en este círculo de la representación por el que divaga el pensamiento indio. Existen así pensamientos generales, pero muy abstractos. Sin embargo, tales de¬terminaciones se presentan sólo ocasionalmente; y no se ha de acep¬tar esto para la filosofía. Porque la filosofía está solamente allí donde el pensamiento como tal se ha hecho absoluto, se ha convertido en lo fundamental, en la raíz de todo lo demás. Pero esto no sucede en se¬mejantes representaciones. La filosofía tiene por destino no sola¬mente pensamientos sobre algo, es decir, sobre un objeto que ha to¬mado, que ha supuesto como substrato, sino que tiene por destino al pensamiento libre, al pensamiento universal, de manera que el conte¬nido sea mismamente ya pensamiento, y así el pensamiento sea, por antonomasia, lo primero, a través de lo cual se determina todo. La filosofía es el pensamiento que se piensa a sí mismo, es lo universal determinándose a sí mismo. Pensamientos universales sobre lo esen¬cial los encontramos ya en todos los pueblos; entre los griegos, por ejemplo, el pensamiento de la necesidad absoluta. Esta es una rela¬ción absoluta, sencillamente universal, una determinación del pensa¬miento. Pero este pensamiento tiene todavía al lado de él algunos sujetos; los supone; por tanto, expresa solamente una relación. La necesidad, según el espíritu de los griegos, no es considerada como el mismo ser verdadero, universal. Por tanto, tales pensamientos gene¬rales podían tener muy bien una gran autoridad; pero tenían que po¬seer aún la significación de ser el ser absoluto mismo; por lo demás, no pertenecen a la filosofía. Y abandonaremos esto, porque como los pensamientos de los persas y de los chinos, son también los de los indios, es decir, los de todo el Oriente.

De esta manera, tampoco haremos caso de los pensamientos que tienen su origen en la religión cristiana y en la Iglesia.

 

Los Padres de la Iglesia fueron, sin duda, grandes filósofos y la formación de la Iglesia les debe mucho; pero su filosofar se mueve dentro de un concepto doctrinal ya fijado, dado, que es tomado por base. Igualmente en los escolásticos no vemos al pensamiento libre, que parte de sí, que se construye a través de sí, sino que en la escolástica vemos referencias a supuestos de todas clases.

 

Pero también ahora encontramos nosotros dentro de la religión cris¬tiana, en los Padres de la Iglesia y en los escolásticos, pensamientos filosóficos. Son pensamientos profundos y especulativos, no sola¬mente pensamientos sobre relaciones particulares, sino también so¬bre la naturaleza de Dios mismo. En una historia del dogma es de esencial interés conocer tales pensamientos; pero la historia de la fi¬losofía no tiene por qué ocuparse de ellos. Sin embargo, tiene que tenerse mucho más en cuenta a la filosofía escolástica que a la de los Padres de la Iglesia. Los pensamientos filosóficos de estos últimos pertenecen, en parte, a otras filosofías, las cuales existen por sí y, en tanto que relacionados con otras filosofías, han de ser considerados en su forma primitiva; por ejemplo, los pensamientos platónicos en la escala de Platón; por otra parte, estos pensamientos especulativos son extraídos del contenido especulativo de la religión misma, que se toma a sí mismo por base, al contenido especulativo que pertenece a la doctrina, a la fe de la Iglesia. Este contenido es por sí verdadero, pero no se fundamenta en sí, no se fundamenta en el pensamiento como tal; y se demostrará más tarde que el contenido de la religión no puede ser comprendido por el entendimiento y que, cuando el en¬tendimiento, titulándose razón, se acerca a la religión, a su contenido especulativo, considerándose como su señor y maestro, se hace superficial y trivial. El contenido de la religión cristiana no puede ser comprendido de una forma especulativa solamente. Por tanto, si los Padres de la Iglesia han pensado dentro de la doctrina cristiana, den¬tro de la fe cristiana, entonces sus pensamientos son ya en sí especu¬lativos. Pero este contenido no descansa en sí, no se ha justificado a través del pensar como tal, sino que la última justificación de este contenido es la doctrina de la Iglesia, presupuesta y ya establecida por sí. En los escolásticos el pensar se apoyaba más en sí, pero toda¬vía no en contradicción con la doctrina de la Iglesia, sino que se con¬formaba con ella. El pensamiento debía de justificar más o menos por sí mismo lo que la Iglesia ya había verificado a su manera.

Esto es lo que yo he querido anticipar acerca de la forma de tratar la historia de la filosofía. Dos puntos han sido los que he puesto especialmente de relieve en las últimas referencias a la filosofía. El uno concierne a lo formal, al autopensar en general en las ciencias de la Naturaleza, en la filosofía; pero

 

la determinación del contenido, de la materia, no se ha desa-rrollado a través del pensamiento, sino que ha sido extraído de otro, de la Naturaleza, del sentimiento; también frecuen-temente ha sido aceptado el sano entendimiento humano como criterio (como sucedió en la filosofía escocesa). El otro aspecto era lo esencial que la religión tiene principalmente en común con la filosofía. Pero a esto esencial le falta la forma del pensamiento. De esta manera queda para la filosofía sola-mente lo esencial en la forma del pensamiento.

 

Esta verificación, por una parte, tiene la finalidad de separar aquello que indudablemente está relacionado con la filosofía, pero que no pertenece ni a la filosofía ni a su historia; por otra parte, tiene el pro¬pósito de hacer notar en esta semejanza con los momentos que perte¬necen al concepto de la filosofía; además, esto nos resulta de que aquellos momentos yacen inconscientes, no desarrollados y sepa¬rados unos de otros en aquella semejanza (afinidad). Primeramente queremos reflexionar sobre estos momentos.

Una de estas esferas relacionadas era la de las ciencias especiales, las cuales, por su fundamento, podían ser consideradas dentro de la filo-sofía, porque en ellas se verifica un verse, un pensarse, porque noso-tros, en cuanto observadores, somos además juzgadores, reflexivos, y lo comprendemos a través de nosotros mismos y porque este estar presente, esta comprensión, esta convicción de los principios, vale para nosotros como algo último. En la segunda esfera, en la religión, el contenido constituía la semejanza, porque ella tiene de común con la filosofía los objetos universales que llenan el interés del espíritu, en primer lugar. Dios. En el primer caso, la semejanza está, por con-siguiente, en la forma; en el segundo, está en el contenido. Hemos excluido estas dos esferas, porque cada una —teniendo en común con la filosofía ya solamente la forma o ya solamente el contenido— es por sí unilateral. El autopensar de la primera esfera no pertenece a la filosofía, porque su contenido no es de naturaleza universal; por consiguiente, porque este pensar es solamente formal y existe sólo en forma subjetiva. La otra esfera, cuya afinidad con la filosofía está en lo objetivo, no puede por eso ser considerada dentro de la filosofía, porque el momento de la reflexión (Selbstdenkens) no es esencial en ella. El contenido de la religión, la verdad, es intuido, es represen¬tado y es creído. El estar convencido de ello no se basa en el pensar libre, que solamente procede de sí. Por tanto, en esta segunda esfera falta el primer momento.

De aquí vemos que lo que constituye, en general, el concepto de filo-sofía, es que ella exige un momento tanto como el otro, la unidad de estos dos momentos, la compenetración de estos dos lados. En la his-toria descubrimos, a veces, la creencia en el contenido de la religión;

 

el cual, tan pronto recibe la forma mítica, figurativa, como la histó¬rica; después el movimiento, la actividad de la razón para conocer la naturaleza y el espíritu, es decir, el pensar, pero un pensar que está sumergido en la materia finita. Lo que disuelve así en la conciencia ordinaria a los dos lados (aspectos), reúne a la filosofía en uno y reúne así al domingo y al día de trabajo de la vida; al domingo, en que el hombre dedica su ánimo a lo eterno, que se pone en relación con la Divinidad, que en ella hace desaparecerse a sí mismo, su indi¬vidualidad y su actividad, renuncia humildemente a sí mismo, y al día de trabajo, en que el hombre está firme sobre sus pies, señor que se hace respetar en la casa y en sus intereses, procede según sus fines. Reunir estas dos tendencias, la que se dirige a lo eterno y la que se dirige a lo terrestre, a través de la forma del pensamiento libre que crea de sí mismo el contenido, éste es el fin de la filosofía.

c) [SEPARACIÓN DE LA FILOSOFÍA POPULAR DE LA FILOSOFÍA]

Pero aún hay que mencionar un tercer momento, el que parece re¬unir en sí los otros dos y con el que la filosofía está en la más íntima conexión, es decir, la filosofía popular. En primer lugar, ella se ocupa de objetos universales; se ocup a de Dios y del mundo, y se es¬fuerza por encontrar en lo particular leyes universales; por tanto, ésta posee también un momento el de la universalidad     . Pero, en se-gundo lugar, posee también el otro momento, el pensar que es activo para conocer los objetos; lo que así es considerado como verdadero, es producido a través del entendimiento. Por consiguiente, la filosofía popular une los dos momentos arriba mencionados. Sin embargo, también esta forma de filosofar tenemos que dejarla de lado. En su totalidad los escritos de Cicerón pueden ser incluidos aquí. Es una forma de filosofar que tiene su puesto; lo bello, lo excelente, pueden conducir al verdadero camino. Es la filosofía de un hombre culto (formado) que ha recibido muchas experiencias de la vida y de su alma, y ha reflexionado sobre ellas, que ha mirado hacia atrás qué ha sucedido en el mundo, que conoce lo que vale, lo que es tenido por verdadero, y lo que produce verdadera satisfacción; un hombre que con espíritu formado se extiende sobre todos los asuntos más impor¬tantes de los hombres y sobre todas las cuestiones del espíritu. Según otro aspecto, también podemos considerar aquí a los místicos y a los iluminados que expresan sus intuiciones, su amor puro y sus recogi¬mientos. Ellos han hecho experiencias en las más altas regiones del alma. Nos pueden dar cuenta de lo que han penetrado en su recogi¬miento; y su exposición puede ser del más profundo e interesante contenido, como los escritos de Pascal, que en sus Pensamientos (Pensées) ha dejado visiones muy profundas. Pero tales obras, en tanto que parecen reunir aquellos momentos, son, sin embargo, in¬completas. Consideremos nosotros, principalmente, a lo que se ha

 

recurrido, por ejemplo , en los escritos de Cicerón; así sucede que lo que es impreso al hombre por la Naturaleza descansa en sus impulsos y en sus inclinaciones, etc. Igualmente hablan los modernos del ins¬tinto, del instinto moral, del sentimiento del derecho, de obligación, deber, etc. La religión debe basarse así en sentimientos, es decir, en lo subjetivo, no en lo positivo; el conocimiento inmediato del hombre acerca de Dios debe ser lo último, el último fundamento. En Cicerón, el derecho público debe basarse en el convenio tácito, en la conformidad de los pueblos (consensus gentium). Sin duda, esta invo¬cación a una vigencia general es omitida en la mayoría de los casos todavía en el moderno filosofar de esta clase, puesto que cada sujeto debe basarse solamente en sí mismo. Así es confinado solamente a la sensibilidad, al sentimiento inmediato de cada individuo. Lo demás que aparece aún al lado de esto, son los principios, los razona¬mientos, los cuales, sin embargo, recurren por última vez de nuevo a algo inmediato. Aquí en la filosofía popular se exige también, por consiguiente, la reflexión, la convicción y un contenido que es produ¬cido por la actividad del pensar mismo. Pero como hemos dicho, te¬nemos que excluirla igualmente de la filosofía. Porque la fuente de donde es producido el contenido es de la misma especie que en la primera esfera análoga. En la primera era la Naturaleza, la experien¬cia; en la segunda esfera es el espíritu, pero el contenido aparece como dado; la fuente que se presenta a la conciencia era la autoridad natural interna; ésta es el corazón, nuestros impulsos, nuestros senti¬mientos, nuestras aptitudes, es decir, nuestro ser natural, nuestra in-timidad misma (Selbst) en la forma de inmediación, nuestro interior ser impulsados hacia Dios. Por tanto, aquí está el contenido. Dios, el derecho, el deber, etc., en una forma que es aún una forma natural. Indudablemente yo tengo todo esto en el sentimiento, pero sólo im-plicite, así como en la mitología está encerrado todo el contenido; en los dos casos no está el contenido en su verdadera forma. Si se basa solamente en el sentimiento, entonces tan pronto es una cosa como otra; por consiguiente, es el libre albedrío de la subjetividad lo deci¬sivo. De esta manera, el contenido no puede ser considerado dentro de la filosofía; le falta la forma del pensar. Las leyes del Estado, los dogmas de la religión constituyen este contenido tal como es determi¬nado de una manera verdadera, que logra alcanzar de esta forma de¬terminada la conciencia por esta determinación. Por consiguiente, el principio excluye aquella manera de pensar.

 

C. DIVISIÓN GENERAL DE LA HISTORIA

DE LA FILOSOFÍA

HEMOS dicho que la filosofía es el pensar, lo universal, que tiene por contenido igualmente lo universal; por tanto, el contenido del pensar filosófico no es solamente subjetivo, sino que es, al mismo tiempo, todo el ser. En primer lugar, podemos pensar que lo universal es indeterminado; pero precisamente este contenido universal tiene que ser determinado o, más bien, él se determina a través de sí mismo, y se mostrará en la historia de la filosofía cómo surgen las determinaciones, poco a poco, de lo universal abstracto, cómo este universal se determina siempre más extensa y profundamente en sí mismo. Por de pronto, este determinar será un poner imparcial como en los atomistas, la esencia del mundo, lo absoluto, lo primero ha sido puesto en la determinación de lo uno. Pero lo siguiente es que lo universal no sea comprendido como estando determinado, sino como lo que se determina a sí mismo (no sólo como determinado, como uno). Y este concepto concreto, esta determinación concreta de lo universal, es la más verdadera, la más elevada determinación de lo universal, o, al menos, su comienzo. Por tanto, lo universal es contenido y forma de la filosofía. Provisionalmente, podemos contentarnos con este concepto.

 

Lo que, por otra parte, interesa aquí es la cuestión: ¿Dónde co¬mienza la filosofía y su historia? Queremos ahora determinar esto, después que hemos separado las regiones afines y hemos fijado el concepto de filosofía.

 

 

I. EL COMIENZO DE LA HISTORIA

DE LA FILOSOFÍA

 

En este momento, la cuestión es: ¿Dónde tiene que comen¬zar la historia de la filosofía? La contestación a esta pregunta está ya contenida en lo que precede. La historia de la filoso¬fía comienza allí donde el pensamiento logra alcanzar la exis-tencia en su libertad, donde logra arrancarse de su estar

 

sumergido en la Naturaleza, de su unidad con ella, y se cons-tituye para sí, donde el pensar entra en sí mismo y es por sí.

 

Según lo dicho, la respuesta general es que la filosofía comienza allí donde el pensamiento es concebido por sí como lo universal, como el existente que lo abarca todo, o donde lo existente es concebido de un modo universal, donde el pensar del pensar es el que hace surgir lo universal pensante como el verdadero ser, o donde el mundo es re-presentado en la forma de la universalidad.

El verdadero comienzo de la filosofía se ha de poner allí donde lo absoluto se ha concebido, no ya como representa-ción, sino que el libre pensamiento —no solamente piensa lo absoluto— ha concebido la idea del mismo: es decir, el ser (que también puede ser el pensamiento mismo), que reco¬noce como la esencia de las cosas, como la totalidad absoluta y la esencia inmanente del todo; con esto, si también exis¬tiera, además, como un ser exterior, pero que se hubiera con¬cebido como pensamiento. Así es la simple esencia inmaterial que los judíos habían pensado como Dios —toda religión es pensar— no verdaderamente un objeto de la filosofía, sino, por ejemplo, los principios: la esencia o principio de todas las cosas es el agua, o el fuego, o el pensamiento.

 

La cuestión es dónde hemos de empezar con la historia de la filoso¬fía. Ella comienza allí donde el pensamiento surge puramente, donde el pensamiento es universal, y donde esto puro, esto universal, es lo esencial, lo verdadero, lo absoluto, la esencia de todo. La ciencia en donde nosotros tenemos por objeto al pensamiento puro, universal, es la lógica. De ordinario, sin duda, se acostumbra a estudiar en la lógica solamente al pensar subjetivo, al pensamiento en la forma de pensar consciente; el valor del pensamiento, se cree que yace del lado del sujeto. Pero en filosofía se tiene también por objeto al pen¬samiento, mas no solamente como algo subjetivo, como una activi¬dad interior a nosotros, sino al pensamiento en cuanto que es obje¬tivo, universal; por consiguiente, pensamiento y universal son una misma cosa. Si nosotros queremos saber cómo producimos algo, cómo es en verdad, entonces reflexionamos sobre ello, producimos pensamientos sobre ello, conocemos su esencia, lo conocemos como algo universal. La producción del pensamiento es justamente el co¬nocimiento de la esencia; es la consideración universal pensante, la que tiene como fin a la esencia. En filosofía, los pensamientos mismos son tenidos ahora como la esencia. La verdad en forma de mito, la representación sensible de la esencia son, por consiguiente, excluidas. Del mismo modo la religión posee la verdad, no en la forma del pensamiento puro, sino esencialmente en la forma de re-

 

presentación. Por tanto, la filosofía comienza solamente allí donde la esencia de las cosas llega a la conciencia en la forma de pensamiento puro.

Este surgir del espíritu se relaciona, por el lado histórico, con el florecimiento de la libertad política; y la libertad política, la libertad en el Estado, tiene su comienzo allí donde el indi¬viduo se siente como individuo, donde el sujeto se sabe como tal en la universalidad, o donde la conciencia de la personali¬dad, la conciencia, se manifiesta teniendo en sí un valor infi¬nito; en tanto que me pongo para mí y valgo sencillamente para mí. Allí está contenido también el pensar libre del ob¬jeto, del objeto absoluto, universal, esencial. Pensar quiere decir: hacer pasar algo a la forma de la universalidad. Pen¬sarse significa, por consiguiente, darse la determinación de lo universal, saberse como algo universal, saber que yo soy algo universal, infinito, o pensarse como una esencia libre que se refiere a sí misma. En esto está, precisamente, contenido el momento de la libertad práctica, política. El pensar filosófico está ahora mismo relacionado con esto: que aparece igual¬mente como pensamiento del objeto universal. El pensa¬miento se determina como algo universal; esto quiere decir: a) que el pensamiento transforma lo universal en su objeto o lo ob¬jetivo en algo universal. La particularidad de las cosas natu¬rales, tal como existen en la conciencia sensible, la determina el pensamiento como un universal, como un pensamiento, como un pensamiento objetivo. Esto es lo objetivo, pero como pensa¬miento; b) a esto se añade la segunda determinación, que yo conozco lo universal, que el pensamiento conoce que algo sucede. Esta relación cognoscente, consciente, directa a lo uni¬versal, sobreviene solamente en tanto que este objetivo sigue siendo para mí al mismo tiempo lo objetivo, en tanto que yo me creo para mí, me conservo (percibo). Yo lo pienso, y en tanto que lo pienso es lo mío; y aun cuando es mi pensar, sin embargo, vale para mí como lo absolutamente universal. En tanto que está presente como objetivo, yo me he pensado en ello; yo estoy contenido mismamente en este infinito y tengo al mismo tiempo conciencia de ello. Yo permanezco así en el punto de vista de la objetividad a la vez que en el punto de vista del saber, conservo este punto de vista. Esta es la co-nexión universal de la libertad política con el surgir de la li-bertad del pensamiento.

 

Esta determinación universal es la determinabilidad abstracta del co-mienzo de la filosofía; pero esta determinabilidad es, a la vez, una forma histórica, concreta, de un pueblo, cuyo principio tiene esta de-terminabilidad, cuyo principio constituye, por tanto, la conciencia de la libertad. Semejante pueblo fundamenta su existencia en este prin¬cipio; la constitución, la legislación, el estado total de un pueblo tiene su fundamento sólo en el concepto que el espíritu se hace de sí, en las categorías bajo las cuales se conoce (él sabe de sí). Por consi¬guiente, cuando nosotros decimos que la conciencia de la libertad pertenece al surgir de la filosofía, la filosofía exige un pueblo cuya existencia tenga por base este principio; y para eso nosotros exi¬gíamos que el pensar exista por sí; por tanto, la separación del espí¬ritu de lo natural, de su estar sumergido en la materia, en la intui¬ción, en la naturalidad del querer arbitrario, etc. La forma, ahora que precede a este grado (escalón), es, según lo dicho, el grado de unidad del espíritu con la Naturaleza. Esta unidad no es, como pri¬mera, como inicial, verdadera. Así se equivocan todos aquellos que aceptan (admiten) la unidad del espíritu con la Naturaleza como la forma más excelente de conciencia. Esta fase es, antes bien, la más baja, la más falsa; no es producida por el espíritu mismo. Es, en ge¬neral, la esencia oriental. Por el contrario, la primera forma de la conciencia de sí libre, espiritual y, con ella, el comienzo de la filoso¬fía, ha de buscarse en el pueblo griego.

 

Queremos ofrecer ahora algunas aclaraciones sobre la primera forma en general.

En la historia, la filosofía se presenta allí donde existen cons-tituciones libres. Allí nos llama la atención, primeramente, el Oriente. Pero en el mundo oriental no se puede hablar de verdadera filosofía; pues, para indicar brevemente su carác¬ter, el espíritu, sin duda, se despierta en Oriente, pero esta relación es de manera que el sujeto, la individualidad, no es persona, sino que son determinados como sumergiéndose en lo objetivo. La relación esencial es allí la dominante. Allí la sustancia se ha representado en parte como suprasensible, como pensamiento, en parte también más materialmente. La relación del individuo, de lo particular (singular) es, pues, que solamente existe lo negativo frente a lo sustancial. Lo más elevado a que puede llegar tal individuo es la eterna feli¬cidad, que es sólo un abismarse en esta sustancia, un perecer de la conciencia; por tanto, la negación del sujeto, y también de la diferencia entre sustancia y sujeto. De esta manera, la más elevada relación es la pérdida de la conciencia. En tanto que ahora los individuos no han alcanzado esta felicidad (bien-

 

aventuranza), sino que existen aún de una manera terrestre, entonces están fuera de esta unidad de lo sustancial y de lo individual; existen en la relación, en la determinación de lo que carece de espíritu, existen sin sustancia y —por lo que se refiere a la libertad política— sin derechos. Aquí la voluntad no es una voluntad sustancial, sino una voluntad determinada por lo arbitrario y por lo contingente de la Naturaleza (por ejemplo, por las castas); una esencia de la inconsciencia inte-rior.

 

Esta es la relación fundamental en el carácter oriental. Lo afirmativo es solamente la sustancia; lo individual es lo que carece de sustancia, lo accidental. Libertad y derecho polí¬tico, moralidad libre, conciencia pura, pensar puro, no exis¬ten allí. Que éstos surjan, corresponde a que también el sujeto se ha opuesto como conciencia de la sustancia y así existe allí como reconocido. Así en el carácter oriental no es tenido por valioso el conocerse por sí mismo. Allí el sujeto no existe para sí, y no tiene ningún valor para sí en su con¬ciencia de sí. Indudablemente, el sujeto oriental puede ser grande, noble, sublime; pero la determinación fundamental es que el individuo carece de derechos, y que aquello a que él ha llegado es a una determinación, ya de la Naturaleza, ya del libre arbitrio. La generosidad, la sublimidad, la grandiosa disposición de ánimo en los orientales es la arbitrariedad de su carácter; por tanto, contingencia. Faltan el derecho y la moralidad, que consisten en determinaciones objetivas, posi-tivas, las cuales han de ser respetadas por todos, que valen para todos y en las que, por consiguiente, también todos se reconocen. Cuando el oriental obra, tiene el mérito de la in-dependencia perfecta; nada es allí firme y determinado. Cuanto más libre e indeterminada es su sustancia, tanto más arbitrario e independiente es el individuo. Esta sustancia li¬bre tiene tan poco como su libertad el carácter de objetividad que vale para todos en lo universal. Lo que es para nosotros derecho, moralidad, estado, existe allí de una manera sustan-cial, natural, patriarcal; es decir, existe sin libertad subjetiva. Tampoco la moralidad que nosotros llamamos conciencia existe allí. Aquella manera patriarcal es un orden natural, pe-trificado, que hace coexistir la más elevada nobleza con la mayor maldad; la más exagerada arbitrariedad tiene allí su más elevado sitial.

 

Habíamos dicho que lo primero es la unidad del espíritu con la Natu-raleza. ¿Qué quiere decir eso? El espíritu es conciencia de sí y, en tanto que es esto, conciencia de objetos, de fines, etc., por consi¬guiente, representando, queriendo, apeteciendo. En tanto que la conciencia de sí está en esta etapa, es el círculo de su representar tanto como el contenido de su querer, de su apetecer, un círculo fi¬nito; por tanto, es lo finito en general. El estar sumergido del espíritu en la Naturaleza encierra inmediatamente la finitud de la inteligencia y de la voluntad en sí. Esta es la determinación del oriental; y se debe saber esto para no tener esta unidad por la condición más per¬fecta. Es la condición de la más elevada finalidad. Pues ¿qué debía de tener, por fin, una conciencia semejante? Los fines aún no son aquí un universal por sí. Si yo quiero el derecho, la moralidad, el bien, entonces yo quiero algo universal; porque el derecho, la mora¬lidad, son universales, fines, los cuales no son ya individualidades na¬turales. Este carácter de lo universal tiene que tomar por base a la voluntad. Si un pueblo posee leyes justas es que lo universal ha sido elevado a objeto. Esto supone un fortalecimiento del pensar. Tal pueblo quiere y piensa lo universal. Si la voluntad quiere lo univer¬sal, entonces comienza a ser libre; porque el querer universal encie¬rra la referencia del pensar (es decir, de lo universal) a lo universal. Así es el pensar el espíritu en sí mismo; por consiguiente, libre. Quien quiere la ley, quiere poseer la libertad. Un pueblo que se quiere como libre, subordina sus apetitos, sus fines particulares, sus intereses, a la voluntad general, es decir, a la ley. Por el contrario, si el objeto de la voluntad no es universal, se sigue que aún no existe el punto de vista de la libertad. Si lo querido es solamente algo particu¬lar, entonces la voluntad es una voluntad finita; y esta finitud de la voluntad comienza solamente allí donde el pensar llega a ser libre por sí, donde nace lo universal. El carácter oriental, el estar sumer¬gido el espíritu en la Naturaleza, considerado desde el lado de la vo¬luntad, se ha sometido, por tanto, a la finitud.

La voluntad que se quiere como finita, aún no se ha concebido como universal. Si solamente existe la condición de señor y la condición de siervo, existe la esfera del despotismo. Si esto es expresado como sentimiento, entonces es el temor la categoría dirigente. En tanto que el espíritu está sumergido en lo natural, todavía no es libre por sí, sino que aún es la misma cosa con lo particular, aún está sujeto a lo finito; entonces el espíritu puede ser apresado a este particular, a lo finito, y tiene conciencia de que puede ser comprendido allí, que lo finito es destruible, que puede ser puesto negativamente. Este sen¬timiento de lo negativo, que algo no puede durar al hombre —y con ello el hombre mismo—, es el temor en general. En cambio, la liber¬tad es no ser en lo finito, sino en el ser por sí, en un infinito ser en sí; esto no puede ser atacado. Por consiguiente, el temor y el despo¬tismo son lo dominante entre los orientales. O está el hombre bajo el temor, es decir, tiene miedo, o domina por medio del temor; por

 

tanto, es siervo o señor. Ambos están en una misma etapa. La dife-rencia es sólo la diferencia formal de la menor o mayor fuerza, de la energía de la voluntad. La voluntad del señor se basa en su interés particular; puede querer sacrificar todo lo finito a su fin particular. En cuanto que su propósito es finito, su voluntad es accidental. La voluntad del señor es, por tanto, libre arbitrio, porque, sorprendido en los propósitos finitos, obra solamente por el temor. El temor es, por consiguiente, la categoría dominante en el Oriente.

 

En Oriente, la religión tiene, necesariamente, el mismo carácter. Allí el momento principal es el temor al señor. Pero la religión ha resul¬tado no solamente de este temor, sino que tampoco ha salido fuera de él, no lo abandona. «El temor del Señor es el comienzo de la sabi¬duría»*, dice la Sagrada Escritura. Esto es verdadero; y el hombre tiene que haber conocido, haber sentido, haber experimentado el te¬mor. Tiene que haber conocido sus propósitos finitos en la determi¬nación de lo finito, de lo negativo. Pero tiene que pasar a través del temor también, tiene que dominarlo. Si ha renunciado a los propó¬sitos finitos como algo último, entonces ya no está ligado a algo nega¬tivo, es libre del temor; pues no hay en él nada en que fuera ataca¬ble. Pero si el temor es no solamente el comienzo, sino que el fin es, por consiguiente, la categoría dominante, entonces es afirmada la forma del despotismo, de la servidumbre. Por tanto, la religión posee también este carácter. En tanto que la religión ofrece satisfacción, ésta estará, por fin, en esta fase misma, es decir, en una fase tal que existe parcialmente en lo natural. Por una parte, son los poderes y las fuerzas naturales los que son personificados y honrados en los pue¬blos orientales; por otra, en tanto que la conciencia se eleva sobre ellas a lo infinito, la determinación principal es el temor a este poder, de manera que el individuo se siente frente a este poder sólo como algo accidental. Esta dependencia, esta perseverancia, este estar sumergido en lo finito puede adoptar dos aspectos y tiene que ir de un extremo al otro. Lo finito, esto es, lo que existe para la concien¬cia, puede tener la forma de lo finito como algo finito; pero, por otra parte, la forma de lo infinito, que, no obstante, es solamente algo abstracto (infinito abstracto), y por eso iguala a lo finito, es misma¬mente algo finito. Como en la práctica pasa de la pasividad de la vo¬luntad (esclavitud) al extremo opuesto, a la más elevada energía de la voluntad, al más elevado poder del despotismo, que es solamente libre arbitrio, del mismo modo encontramos en la religión el sumer¬girse en la más profunda y brutal sensualidad aun como culto divino, y por otro lado, la huida a la abstracción más elevada y más vacía, la pura negatividad, la nada, para renunciar a esta sublimidad, a todo lo concreto. Se encuentra con frecuencia entre los orientales, preferen¬temente entre los indios que llevan esta abstracción al extremo de

* Psalmo, CXI, 10.

 

que pasan, por ejemplo, diez años en expiación, sin otro contenido espiritual, conservando solamente el placer vacío para mortificarse, para amortiguar todo dolor en sí, o que permanecen durante años contemplando la punta de su nariz, perseverando sin conciencia en esta abstracción íntima, en esta perfecta vaciedad, en esta quietud mortal. Por tanto, existen solamente en la vacía intuición interior, en la representación pura, enteramente abstracta, en el puro saber de la abstracción; pero esta abstracción, en cuanto negativa solamente, es aún completamente finita. Por tanto, también este aspecto, que es considerado como elevado, pertenece al principio de la finitud. No está aquí la base de la libertad, del pensamiento libre, sino la base de la voluntad despótica, casual y arbitraria, y de la voluntad más pro¬funda en comparación con ésta, el conocimiento de la finitud de los fines, los cuales, en cuanto finitos, están sometidos a otros finitos. El déspota ejecuta todos sus caprichos, incluso el bien, pero no como ley, sino como su libre arbitrio. Solamente en Occidente surge la li¬bertad; allí el pensar vuelve a sí mismo, se convierte en el pensar de lo universal, y lo universal, por consiguiente, en particular.

En consecuencia, aquí no puede existir ningún conocer filosó-fico; porque a él pertenece la conciencia, el saber de la sus-tancia, es decir, lo universal, en tanto que yo lo pienso, lo de-senvuelvo en mí, lo determino de manera que yo tenga mis determinaciones en la sustancia y esté contenido en ella sub-jetiva o afirmativamente. Estas determinaciones no son sola-mente determinaciones subjetivas, por tanto, opiniones, sino, del mismo modo que mis pensamientos, son pensamientos de lo objetivo, pensamientos sustanciales.

 

De esta manera, se ha de excluir el pensamiento oriental de la historia de la filosofía; sin embargo, en conjunto quiero dar alguna noticia de él, especialmente del pensamiento hindú y del chino. He omitido esto antes; pero desde hace al¬gún tiempo se ha puesto en condiciones de juzgar sobre ello. Se ha celebrado siempre la sabiduría india, se la ha ensalzado demasiado sin saber propiamente por qué. Solamente ahora se conoce esta circunstancia; y esto está de acuerdo natural-mente con el carácter universal. Pero no se puede oponer a aquella jactancia simplemente el concepto universal, sino que, hasta donde sea posible, debe comportarse de una ma¬nera histórica.

 

La verdadera filosofía comienza solamente en Occidente. Ahí el espíritu se hunde en sí, se sumerge en sí, se pone a sí

 

mismo allí como libre, es libre para sí; y allí solamente puede existir la filosofía; y por eso también solamente en Occidente tenemos constituciones libres. La felicidad y la infinitud occi-dentales del individuo son determinadas de manera que el in-dividuo persevera en lo sustancial, que no se denigra, no apa-rece como esclavo y dependiendo de la sustancia, dedicado a la negación.

 

En Grecia surge la libertad de la conciencia en sí. En Occidente des-ciende el espíritu a sí. En el resplandor del Oriente desaparece el in-dividuo; es solamente como una luz en la sustancia. Desde allí se ha difundido al Occidente en el relámpago del pensamiento que se hunde en sí mismo y, de esta manera, ha producido su mundo de sí mismo, de su interior.

 

Hemos visto que, en un principio universal semejante, se conexionan de la manera más íntima la configuración histórica y la filosofía. Las determinaciones, los momentos que constituyen aquí el vínculo de la filosofía y de la esencia actual (real), se han, por lo tanto, penetrado brevemente en su conexión.

 

Hemos dicho que en Grecia comenzaba el mundo de la libertad. La libertad tiene como su determinación fundamental que el espíritu se piense a sí mismo, que el individuo tenga en su particularidad (singu-laridad) la intuición de sí mismo como universal, que cada uno se co-nozca en su singularidad como universal, que su ser sea como lo uni-versal es en lo universal. Su ser es su universalidad y su universalidad su ser. La universalidad es esta referencia a sí mismo, no existir en un otro, en lo extraño, no poseer su esencia en un otro, sino existir en sí mismo; el individuo, como universal, es en sí, en lo universal. Este ser en sí es la infinitud del yo, la personalidad. En el espíritu que se concibe a sí mismo esta determinación de la libertad consti¬tuye su ser; de esta manera el espíritu es él mismo, y no puede ser otra cosa. Esto constituye el ser de un pueblo que se conoce como libre. Según este saber de sí forma su mundo, sus normas jurídicas y morales, y todas las demás normas de vida. De esta manera se co¬noce como esencialmente universal.

 

Esto significa que el saber de sí como un saber libre es el ser de un pueblo, lo cual se nos representa en un sencillo ejemplo. Nosotros sabemos que el individuo es libre; personalmente libre; de esta ma¬nera conocemos nuestro ser solamente de modo que la libertad per¬sonal es la condición fundamental, y no existe nada por lo cual la misma pueda ser infringida y no reconocida; este saber constituye nuestro ser, nuestra existencia. Supongamos en Europa a un señor que obre según su libre arbitrio y que se le ocurra convertir en es¬clavos a la mitad de sus subditos; nosotros tenemos conciencia de que

 

no logrará eso, aunque él emplee la más grande autoridad . Cada uno sabe que él no puede ser un esclavo; conoce esto como algo esencial a sí mismo. Somos nosotros tan viejos, tan poltrones, que vivimos, somos guardias; pero sabemos que esto es algo pasajero; esto no es nuestro verdadero ser esencial, sabemos bien que no es ser esclavos. Conocemos la libertad como la base de nuestro ser. Esta determina¬ción no es pasajera. Todas las demás determinaciones de nuestro ser, edad, vocación, etc., son fugaces y variables, sólo la libertad perma¬nece. Que yo no pueda ser un esclavo constituye mi ser más íntimo, mi existencia , mi categoría; la esclavitud se opone a mi conciencia. En este sentido, tal saber del espíritu acerca de sí constituye su ser, de manera que él produce y logra de este saber la totalidad de sus condiciones.

Más directamente consiste ahora esta conexión en que la universali-dad de la conciencia constituye la libertad. Cuando yo me conozco como universal, me conozco como libre. Cuando yo dependo de al¬gún impulso (tendencia) o de alguna inclinación, entonces yo soy por algo distinto de mí mismo, y, en tanto que existo en el impulso, en la inclinación, existo como algo particular, no como un universal. Supuesto que yo existo como algo particular, entonces pongo (co¬loco) mi ser en una particularidad y me encuentro ligado por esta particularidad    . Yo soy diferente a mí mismo, porque soy: a) Yo, es decir, enteramente universal; pero b) existiendo en una particulari¬dad, determinado por un contenido particular; y este contenido es un otro que yo. Si existo como algo particular, entonces no existo para mí como universal; y esto es lo que llamamos libre albedrío. El libre albedrío es la libertad formal; el libre albedrío convierte los im¬pulsos, los fines particulares, etc., en su contenido u objeto. Pero la voluntad, en cuanto voluntad libre, consiste en que su contenido sea algo universal; en este universal tengo yo mi esencia, mi ser esencial; porque yo soy la identidad (la conformidad) conmigo mismo. Y así sucede que también los otros son iguales para mí; porque los otros ya son universales de la misma manera que yo. Yo existo en tanto que libre, en cuanto que pongo la libertad de los otros y soy reconocido por los otros como libre . La libertad solamente es real y efectiva en¬tre varios, como libertad existente. Con ello se establece la relación de lo libre a lo libre, la ley de la moralidad y del derecho. La voluntad libre quiere solamente las determinaciones que existen en la vo¬luntad universal. Por consiguiente, con estas determinaciones de la voluntad universal se establece la libertad civil, el derecho racional, la verdadera y justa constitución del Estado.

Esta es la relación de la libertad y del pensar universales. Este pensar es, justamente, la libertad de la conciencia de sí; y este concepto de libertad lo encontramos por primera vez en el pueblo griego, y por eso comienza allí la filosofía.

 

Por lo demás, existe en Grecia la libertad real con una limitación porque, como nosotros sabemos, aún existía en Grecia la esclavitud; la vida civil no podía subsistir en los Estados griegos libres sin la es-clavitud. Por tanto, la libertad estaba limitada, condicionada; y esto nos ofrece la diferencia con respecto a la libertad germánica. Po¬demos determinar la diferencia entre la libertad en Oriente y en el mundo germánico, de la siguiente manera: en Oriente solamente es uno libre, el déspota; en Grecia son algunos libres, los ciudadanos; pero en el mundo germánico todos son libres, es decir, el hombre en cuanto hombre es libre. Esta es una libertad más elevada que la de los griegos. Más tarde consideraremos más de cerca esta diferencia. Ahora añadimos solamente que, si en Oriente solamente uno debe ser libre, precisamente este uno no puede ser libre, porque ello exige que para que uno sea libre todos los otros sean también libres. Allí solamente se encuentran los apetitos desenfrenados y el libre albe¬drío; y éste es, finalmente, esclavo; existe solamente la libertad for¬mal, la igualdad abstracta de la conciencia de sí (Yo = Yo). Entre¬tanto, en Grecia existe la proposición particular, que algunos son libres, los espartanos, los atenienses son libres, pero no lo son los mesemos y los ilotas. Por consiguiente, el principio de la libertad en el mundo griego contiene una limitación. Es una modificación espe¬cial del pensar griego, de la intuición griega, la que consideraremos aquí solamente en relación con nuestro objetivo, la historia de la filo¬sofía. Qué significación concreta tiene aquella proposición abstracta se conformará con esto. En tanto que nosotros examinamos ahora esta diferencia, no quiere decir otra cosa sino que nosotros pasamos a la división de la historia de la filosofía.

 

La primera cuestión era la del concepto de filosofía; la segunda, la del concepto de historia de la filosofía. Lo que nosotros queremos proponernos ahora es la división de nuestra ciencia. Además, noso¬tros mismos tenemos que ponernos científicamente a la obra; porque solamente la historia de la filosofía desarrolla (despliega) la filosofía misma. Particularmente, se debe mostrar hasta qué punto la evolu¬ción de la historia de la filosofía se ha de comprender según la necesi¬dad, desde su concepto.

II. EL PROGRESO EN LA HISTORIA

DE LA FILOSOFÍA

 

Ha sido indicado antes que la diferencia entre pensamiento y con¬cepto consiste solamente en un desarrollo posterior del primero hacia el segundo; este proceso constituye el desarrollo (el perfecciona¬miento) en la historia de la filosofía.

 

Lo primero es el pensamiento totalmente universal, abstracto; y

 

como tal, no pertenece aún propiamente a la historia de la filosofía. Es el pensamiento tal como se manifiesta en el Oriente y se relaciona con la religión oriental y con la conciencia oriental en general. Aquí existe el pensamiento de una manera enteramente abstracta, sustan¬cial, sin progreso, sin evolución, y justamente ahora como antes, como hace miles de años. Por lo mismo, no es eso tanto nuestra pri¬mera parte, sino más bien algo anticipado, algo brevemente tangen¬cial.

Lo segundo es el pensamiento determinándose, el concepto; vemos que éste surge en el mundo griego. Aquí comienza, como ya se ha señalado, la libertad, la libertad personal, la libertad subjetiva, de manera que el pensamiento, al determinarse por sí mismo, puede querer y conocer las determinaciones como suyas. Aquí existe tam¬bién una conexión definida en el progreso de sus categorías. Noso¬tros vemos el simple desarrollo del pensamiento, la filosofía ingenua que aún no ha llegado a la conciencia de la diferencia del pensar y del ser. Vemos al pensamiento determinarse, diferenciarse, alcanzar sus diferencias y resumir de nuevo estas determinaciones diferentes. Esta es la metafísica ingenua de la unidad del concepto consigo mismo. La diferencia más inmediata es la que existe entre el pensa¬miento y el ser, entre lo subjetivo y lo objetivo, y, después, lo más profundo, la conciencia de esta contradicción. En la metafísica inge¬nua no se da esta diferencia. Existe la fe de que, mientras se piensa así, se poseen también las cosas reales.

Lo tercero es la fijación de estas diferencias y el conocimiento de ellas. Es la filosofía del moderno mundo europeo, la filosofía cris¬tiana y la germánica. La relación de la subjetividad y de la objetivi¬dad, y, por consiguiente, la naturaleza del conocer, constituye aquí lo esencial, lo capital, la base. El pensar determinado, y que éste com¬prende la naturaleza de la cosa, éste es el punto de vista de la idea. Con esto se originan otras contradicciones posteriores: libertad, ne¬cesidad, bien, mal, etc. Estas ideas se opusieron unas a otras y se in¬tenta concebir su unificación.

Esto es lo universal (lo general) sobre el progreso en la historia de la filosofía.

Por consiguiente, en Occidente estamos en el verdadero suelo de la filosofía; y allí tenemos que someter a considera¬ción dos grandes formas, distinguir dos grandes períodos, a saber: 1) la filosofía griega, y 2) la filosofía germánica. La úl¬tima es la filosofía dentro del cristianismo o la filosofía en tanto que perteneciente a los pueblos germánicos; por eso puede llamarse germánica.

 

Las otras naciones europeas, Italia, España, Francia, Inglate-rra, etc., han recibido una nueva forma a través de los pue-blos germánicos. La filosofía griega es distinta de la germá-nica, del mismo modo que el arte griego es distinto del germano. Pero lo griego se extiende al mundo germano; el punto de enlace lo forman los romanos. Hemos de hablar de la filosofía griega en el suelo del mundo romano; el hele-nismo ha sido recibido en el mundo romano. Pero los ro-manos no han producido una filosofía propia, como tampoco han producido una poesía propia; y, asimismo, su religión es derivada de la griega.

 

En general, nosotros tenemos que distinguir dos períodos en la histo¬ria de la filosofía, o dos filosofías diferentes: 1) la filosofía griega, y 2) la filosofía germánica, así como distinguimos en la historia del arte entre el arte antiguo y el moderno. Los pueblos europeos, en tanto que pertenecientes al mundo del pensamiento (de la ciencia), pueden llamarse germánicos; porque en su totalidad han sido transformados por los germanos. Los romanos, que están entre dos series de pue¬blos (el griego y el germano), no han tenido una filosofía propia, como tampoco han tenido arte, ni poesía propios, etc. También su religión está llena de conceptos griegos; sin duda posee algo peculiar, pero esta peculiaridad no es ni aproximándose a la filosofía ni al arte, sino al contrario: lo que le es peculiar a ella no es filosófico, ni artís¬tico.

Por tanto, tenemos propiamente sólo dos filosofías: la griega y la ger-mana. Pero entre ambas cae, por una parte, la filosofía romana, que esencialmente es filosofía griega, y, por otra, la disposición y la evo-lución de la filosofía dentro del cristianismo, o, como se ha dicho a menudo, la filosofía al servicio de la Iglesia. En esta época, en la Edad Media, ha sido la teología esencialmente filosofía; ha conce¬bido los dogmas, la razón los ha defendido. Sí, la teología medieval ha tenido incluso conciencia de que ella era filosofía, que la religión es un saber filosófico. La nueva filosofía germánica, la propiamente moderna, comienza con Descartes. Tan vieja es la filosofía en Eu¬ropa.

 

A grandes rasgos, ésta es la división.

 

Por lo que se refiere a la determinación inmediata de estos dos grandes contrastes, el mundo griego ha desarrollado el pensamiento hasta la idea; el mundo cristiano o germánico ha concebido el pensamiento del espíritu. Idea y espíritu es lo distintivo.

 

El punto de partida de la historia de la filosofía puede ser determi¬nado de manera que Dios sea concebido como el universal inme¬diato, aún no desarrollado, tal como encontramos determinado lo ab¬soluto en Tales; y el fin último de la misma y, además, el fin de la ciencia de nuestro tiempo, es concebir lo absoluto como espíritu. Lle¬gar ahí ha sido el trabajo del espíritu del mundo desde hace mil qui¬nientos años. Tan perezoso ha sido el espíritu del mundo en su tra¬bajo, para pasar de una categoría a otra sup erior, progresando hacia la conciencia de sí mismo. Mientras que al tener nosotros ahora esto ante nosotros, se hace fácil progresar de una determinación (por me¬dio de la exhibición de sus imperfecciones) a otras. Pero en el curso de la historia esto ha sido difícil. El espíritu del mundo ha necesitado siglos para el paso de una categoría a otra.

Los pormenores de este progreso son ahora los siguientes. El primer paso es, necesariamente, el más abstracto; es lo más simple, lo más pobre, a lo cual se opone lo concreto. Aquél no es aún lo diverso, lo múltiplemente determinado en sí; y así, son las filosofías más antiguas las más pobres de todas. Por tanto, lo primero es también lo totalmente simple. Lo si¬guiente es que se hallan sobre este simple fundamento (prin¬cipio) determinaciones, formas inmediatas. Por ejemplo, cuando se dice que lo universal, lo absoluto, es el agua, o el infinito, o el ser, entonces lo universal ha recibido las deter¬minaciones de agua, de infinito, de ser; pero estas determina¬ciones son, de igual modo, todavía completamente univer¬sales, aconceptuales, indeterminadas. Así, cuando se dice: lo universal es el átomo, lo uno, entonces éstas son también de-terminaciones de la indeterminabilidad. El escalafón inme-diato de la evolución es que lo universal sea concebido (pen-sado) como determinándose a sí mismo, como pensándose a sí mismo, el pensamiento como (actividad general) umversal-mente activo. Esto ya es concreto, pero, no obstante, aún es siempre algo abstracto. Es el noús de Anaxágoras y, mejor aún, el de Sócrates; allí comienza una totalidad subjetiva, puesto que el pensar se piensa a sí mismo; la determinación del noús es ser actividad pensante. Lo tercero es que esta to-talidad abstracta tiene que realizarse, y ciertamente en deter-minaciones diferentes (el pensamiento activo es determi¬nante, diferenciador), y que estas determinaciones diferenciadas se elevan, incluso, a totalidades. Las determi¬naciones en esta etapa son lo universal y lo particular, el pen¬sar como tal y la realidad externa, los símbolos de la exterio-

 

ridad, las sensaciones, etc. La filosofía estoica y la epicúrea se oponen una a otra. El momento más elevado es, pues, la unión de estas contradicciones. Esta unificación puede consistir en su negación, como en el escepticismo; pero la unificación afirmativa es su absorción en una totalidad más elevada, en la idea. El concepto es el universal, que se determina por sí mismo, pero se mantiene en la unidad por esta determinación de las individualidades, de manera que éstas le sean transparentes. Así, cuando yo digo: Yo, en lo dicho están contenidas muchas determinaciones; pero siendo mis deter¬minaciones, no se hacen independientes, sino que yo perma¬nezco en ellas igual a mí mismo. Lo siguiente es la realización del concepto, esto es, que las determinaciones mismas se con¬viertan en totalidad (esto es la bondad infinita del concepto), que las comunica totalmente y transforma en totalidades sus aspectos que están separados unos de otros, estando ahora indiferentemente unas al lado de otras o combatiendo unas a otras. Este tercer momento es la unificación, la idea, de ma¬nera que las diferencias sean concretas y, sin embargo, al mismo tiempo estén contenidas en la unidad del concepto (sean conservadas). Hasta allí ha avanzado la filosofía griega. Ella concluye con el mundo intelectual de ideas de la filosofía alejandrina.

Después que hemos indicado los extremos generales del progreso, queremos representar los momentos determinados de los mismos. El contenido es lo universal, en general, en la significación del ser (de manera que aquello que es, sea lo universal), en la determinación concreta: Dios. El primer universal es el universal inmediato, es de¬cir, el ser. Por consiguiente, el contenido, el objeto (Gegen¬stand) es el pensamiento objetivo, el pensamiento que es. El pensa¬miento es un dios celoso, que se expresa a sí mismo solamente como lo esencial, y no puede soportar nada a su lado. Este contenido, en cuanto inicial, es indeterminado; y el progreso es solamente el desa¬rrollo de las determinaciones existentes en sí. El pensamiento obje¬tivo, el universal, es la base, la sustancia que fundamenta, y perma¬nece estancado, sin cambiar, sino que solamente vuelve a sí, profundiza en sí y se manifiesta; pues arrepentirse es: llevar su inte¬rior a la conciencia, manifestarse; y manifestarse a sí mismo es el ser del espíritu. Por consiguiente, en primer lugar, está esta base en la determinación del comienzo, es decir, su determinación en la inme¬diabilidad, la indeterminabilidad. Después se desarrolla, se deter¬mina. El primer período de la filosofía tiene ahora este carácter, que el desarrollarse (desenvolverse) es el simple surgir de las determina¬ciones individuales (de las cualidades abstractas), de aquel funda-

 

mentó singular, que contiene ya todo en sí. La etapa inmediatamente siguiente en este período es, entonces, que sean establecidas ideal¬mente las determinaciones así sur gidas, que sean resumidas en la uni¬dad concreta. Esta es la etapa en la cual el todo, lo absoluto, es con¬cebido (pensado) como determinándose a sí mismo (y esto es solamente el concepto concreto), no ya como universal en esta o en aquella determinación, sino como totalidad del determinarse a sí mismo, la individualidad concreta. Veremos este determinarse a sí mismo en la forma del noús de Anaxágoras. La tercera etapa es, en¬tonces, que este concepto concreto se fundamenta en sus diferentes determinaciones, es decir, que el concepto pone estas determina¬ciones como totalidades. Aquella totalidad (¿el concepto?) encierra en sí determinaciones; éstas le pertenecen en cuanto son ideales; es la unidad de las mismas; cada determinación existe solamente en la unidad. Por consiguiente, estas determinaciones son puestas cada una como totalidad . Las determinaciones totalmente universales, que se encuentran aquí, son lo universal y lo particular. Si nosotros de¬cimos que el concepto es la unidad del universal y de lo particular, entonces resulta lo siguiente: que el universal y lo particular cada uno es puesto por sí en sí mismo como algo concreto de modo que cada uno sea en él mismo la unidad de la universalidad y de la particulari¬dad, así como lo particular en la forma de la universalidad. La unidad es establecida así en las dos formas. El universal totalmente concreto es ahora el espíritu; lo singular totalmente concreto, la naturaleza (es decir, la idea en la forma de la individualidad). Estos momentos son cada uno la unidad de él y de su otro; se han completado por sí solamente a través de la unidad con su otro; además, esos momentos son abstractos. Por consiguiente, aquí ha sucedido que el universal (el noús) que se determina a sí mismo, ha evolucionado de la segunda etapa a diferencias independientes, a sistemas de totalidad, los cuales se ponen al lado o enfrente, como, por ejemplo, la filosofía estoica y la epicúrea, a un aspecto del estoicismo, donde el pensar puro se desarrolla por sí mismo en totalidad; con respecto al otro aspecto, se sistematiza el otro principio, el sentimiento, la sensibilidad natural en totalidad, es decir, el epicureismo. Toda determinación es aquí mismo totalidad . La perfección de lo abstracto a lo concreto y, después, de lo concreto mismo en sus determinaciones a la totalidad concreta, constituye el progreso en este período. Por el modo de candorosidad de esta esfera aparecen estos dos principios independientes por sí, como dos filosofías individuales, que están en contradicción una con otra. Si nosotros las comparamos, entonces vemos que son idénticas en sí. Pero en tanto que la idea total se anula en sus diferencias, de modo que cada una de las mismas se encuadra en un sistema propio de filosofía, tenemos que tomarlas como opuestas; y la totalidad de la idea está en ellas, así como es consciente en una determinación unilateral. La cuarta etapa es, entonces, que estas diferencias concretas son también anuladas y resumidas.

 

Esta unidad concreta es la idea misma. Ella es la sistematización de lo particular, de modo que todas las determinaciones sean concretas, pero no lleguen a ser independientes, ni permanezcan fuera de la unidad, sino que persistan unidas en un todo. Pero esta opinión ocu¬rre, en primer lugar, solamente de una forma general, en el elemento de la primera universalidad natural. Esa unión es lo ideal universal, comprendido de una manera ideal.

Pero a este mundo, a esta idea de totalidad, le falta aún una determinación. Yo había dicho especialmente que existe la idea, que el concepto se determina, se particulariza, que per-fecciona sus dos grandes aspectos y los establece como idén-ticos. En esta identidad son establecidas (puestas) también como negativas las totalidades independientes de aquellos as-pectos; y, a través de esta negación, esta identidad se con-vierte en subjetividad, en el ser por sí absoluto, es decir, en realidad. De esta manera la idea es elevada a espíritu. El es-píritu es la subjetividad que se conoce a sí misma. El espíritu es objeto para sí; lo que es para él objeto (a saber, él mismo), lo convierte él en totalidad. De este modo es él mismo totalidad y se sabe a sí mismo totalidad por sí. Este principio del absoluto ser por sí o de la libertad es el principio del mundo cristiano, donde precisamente la única determina¬ción es ésta: que el hombre, en cuanto tal, posee un valor in¬finito. La religión cristiana expresa esto más directamente de forma que cada uno debe llegar a ser feliz; con esto se ha atribuido al individuo como tal un valor infinito. Por consi¬guiente, el principio de la segunda época es la idea consciente de sí.

Si nos queremos representar gráficamente este progreso, po-demos decir: el pensar es el espacio en general. En primer lu-gar, aparecen las determinaciones más abstractas del espacio, puntos, líneas; luego su unión en un triángulo. Indudable-mente éste es ya concreto, pero todavía en el elemento abs-tracto del plano; a él corresponde lo que nosotros hemos lla-mado noús. Después se sigue que las tres líneas que constituyen el triángulo se transforman en una figura completa; es decir, la realización de la abstracción, de los aspectos abs¬tractos del todo. El tercer momento es que estos tres planos, estos tres triángulos laterales, se reúnan en un cuerpo, en una totalidad. Hasta tal punto llega la filosofía griega.

 

Podemos aclararnos este progreso por la representación del espacio. En primer lugar, tenemos la representación vacía, abstracta del espa¬cio , el espacio como tal. Después ponemos en él líneas, ángulos , fi¬guras individuales. Lo inmediato es su unión en una figura geomé¬trica, por ejemplo, en un triángulo; ésta es la primera totalidad, lo determinado, lo acabado, lo perfectamente delimitado, lo primero concreto, la primera universalidad determinándose a sí misma. Lo si¬guiente es que nosotros convirtamos cada línea del triángulo de nuevo en un plano; éstas son las determinaciones abstractas de aquel todo, de las que cada una misma es totalidad como el triángulo. Por último, sucede que estos planos se junten en un cuerpo; solamente esto es la totalidad concreta. La primera totalidad, el simple trián¬gulo, era aún formal; solamente esta última es una determinabilidad espacial perfecta. Aquella primera totalidad formal, la superficie ce¬rrada y plana, ha convertido sus lados en una figura cerrada, se ha dado así un contenido, y solamente así la unidad de contenido y forma ha llegado a ser totalidad perfecta. Si consideramos este ence¬rrar más directamente, tendremos ahora una duplicación del trián¬gulo; y ésta es la totalidad concreta frente a aquella primera totalidad abstracta. El fundamento se ha duplicado, se ha profundizado por todos los lados. Por consiguiente, primero las determinaciones son totalidades y sólo, por lo general, reunidas en el elemento de lo uni¬versal. Esta es la conclusión de la filosofía griega en los neoplató¬nicos. La ocupación del espíritu del mundo, y con ella la filosofía, pasa ahora a otro pueblo.

Con este cuerpo se origina una diferencia entre el centro y la realización (plenitud) del espacio. Este contraste de lo com-pletamente simple, ideal (que es el centro), se destaca ahora frente a lo real, a lo sustancial; y la reunión de ambos es en-tonces la totalidad de la idea consciente de sí, pero no ya la reunión ingenua, sino de modo que el centro sea la personali-dad, el saber por sí frente a la corporeidad objetiva, real. En esta totalidad de la idea consciente de sí es, por una parte, lo sustancial esencialmente distinto de la subjetividad; pero ésta, por otra parte, llega a ser, en cuanto que se pone por sí, también sustancial. Indudablemente, al principio la subjetivi-dad es sólo formal, pero ella es la posibilidad real de lo sus-tancial. La subjetividad en sí y por sí consiste, precisamente, en que el sujeto posee la determinación de llenar, realizar su universidad, de ponerse a sí mismo idéntico con la sus¬tancia.

El sistema neoplatónico es un reino acabado del pensamiento, un mundo de la idealidad, el cual es sólo en sí, solamente ideal; por

 

tanto, es irreal. Es el mundo divino, ideal, un mundo del pensa-miento; pero es irreal porque existe sólo en la forma, en el elemento de la universalidad, en la determinabilidad de lo universal. La indivi-dualidad como tal es, igualmente, un momento esencial del con¬cepto; pero este momento falta a este mundo; en general, carece de esta determinación como subjetividad, como ser por sí. Esto quiere decir: los dos triángulos en el prisma no son solamente dos, sino que tienen que convertirse en unidad, en una unidad que se penetra a sí misma; y esto llega a ser solamente en la subjetividad        . Esta es la uni-dad negativa, la negatividad absoluta. Por consiguiente, falta aquí este momento de la negatividad; o falta, como hemos visto, que este ideal exista por sí mismo, que no sea objeto solamente para nosotros, sino que exista también por sí mismo. Este prin cipio ha aparecido primeramente en el mundo cristiano, e, indudablemente, en la forma que Dios se hace consciente en cuanto espíritu, en cuanto que él des-doblándose por sí mismo y asumiendo (anulando) esta duplicación, de modo que precisamente en esta diferencia exista por sí, es decir, que él sea infinito; pues lo diferente es finito; solamente el anular de lo diferente es lo finito. Este es el concepto del espíritu mismo. El gran quehacer del mundo es ahora conocer a Dios como espíritu y en el espíritu; y este quehacer le ha correspondido al mundo germánico.

 

Por consiguiente, el principio de la época moderna de la filo-sofía es, por una parte, que el momento de la idealidad, de la subjetividad, exista por sí como tal o como individualidad. Con ello nace lo que nosotros llamamos libertad subjetiva. Pero ésta es al mismo tiempo universal, porque el sujeto como tal, el hombre como tal hombre, es libre, y él posee la determinación infinita para llegar a ser sustancial; ésta es la otra determinación de la religión cristiana: que el hombre po-see la aptitud (capacidad) de ser espíritu. Esta libertad subje-tiva y universal es algo enteramente diferente de la libertad parcial que nosotros vemos en Grecia. Entre los griegos ha sido la subjetividad libre aún verdaderamente casual. En el mundo oriental solamente uno es libre, es decir, la sustancia; el ciudadano espartano o ático es libre; pero entre ellos había también esclavos. Por tanto, en el mundo griego solamente algunos eran libres. Algo diferente es lo que nosotros de¬cimos ahora: el hombre, en cuanto hombre, es libre. Ahí la determinación de la libertad es enteramente universal. El sujeto como tal es pensado como libre; y esta determinación vale para todos.

En la religión cristiana este principio ha sido representado más en la forma del sentimiento y de la representación que

 

asumido en la forma pura del pensamiento; sucede que el hombre en cuanto hombre, cada individuo, es un objeto de la gracia y de la misericordia divina; cada uno es de este modo un sujeto para sí, tiene un valor infinito, absoluto por sí. Más directamente, este principio consiste en que la religión cris¬tiana contiene el dogm a, la intuición de la unidad de la natu¬raleza divina y de la humana. Esto ha sido revelado a los hombres por Cristo, Hombre y Dios, la idea subjetiva y la idea objetiva son aquí una misma cosa. Este es el principio germánico, ésta es la unión de la objetividad y de la subjetivi¬dad. Bajo otra forma se encuentra esto ya en la narración del pecado original. Lo esencial en este relato es que el árbol, del cual Adán consiguió comer, es el árbol del conocimiento del bien y del mal; lo demás es solamente imagen. Según esto, la serpiente no ha engañado al hombre, pues Dios dice: «Mira, Adán se ha hecho como uno de nosotros, él sabe lo que es el bien y el mal.» En esto consiste el valor infinito, divino, de la subjetividad. La unidad del principio subjetivo y de la sustan¬cialidad, pero la unidad del saber y de la verdad no es una unidad inmediata, sino un proceso; esa unidad es el proceso del espíritu por la que lo uno de la subjetividad se desemba¬raza de su forma de obrar inmediata, natural, y se produce como idéntico a lo que, en general, ha sido llamado lo sustan¬cial (la subjetividad como tal es sólo formal). Por consiguiente, el designio del hombre ha sido expresado aquí como la felicidad y la perfección más elevadas, primeramente conforme al princi¬pio, in abstracto; por tanto, la subjetividad es, en cuanto que tiene valor infinito en sí, determinada por la posibilidad.

 

De esta manera vemos que lo especulativo y la representa¬ción religiosa no están tan separados y, sobre todo, no están tan alejados uno de otra, como ordinariamente se cree. He citado también tales representaciones porque no creemos que ellas, como las representaciones primeras del mundo cris¬tiano, no tengan para nosotros ya ningún interés, aunque no¬sotros estemos dentro de esa tradición. De esto resulta que, aunque nosotros estamos más allá de eso, sin embargo no nos avergonzamos de nuestros antepasados, para quienes estas representaciones religiosas han sido las determinaciones más elevadas.

 

La primera aparición de este principio es la revelación inmediata en

 

la religión cristiana; este principio es, antes que existencia actual real, concebido por el pensamiento; existe como fe e intuición mucho antes que se haya aproximado al conocimiento del mismo. El pensa¬miento supone la inmediación y se refleja desde ella en sí mismo. Lo primero que se encuentra en esta determinación del espíritu (y que tiene relación con lo precedente) es que ahora hay dos totalidades, una duplicación de la sustancia; pero esta duplicación tiene un carác¬ter diferente, a saber, el carácter de que las dos totalidades ya no se destruyen, sino que sencillamente se exigen, se piensan, se ponen en su relación de una con otra. Cuando antes el estoicismo y el ep icu¬reismo existían independientes, uno al lado de otro y, más tarde, el escepticismo fue la extinción de estas diferencias, de las que era la negación, y, por último, también la unidad afirmativa de ambas, pero tenía lugar solamente como universalidad existente en sí, así existe ahora esta relación de manera que estos dos momentos deben ser co¬nocidos como totalidades diferentes y, no obstante, deben ser puestos en su contraste como uno. Aquí tenemos la verdadera idea especulativa, el verdadero concepto en sus verdaderas determina¬ciones, de las que cada una se ha dilatado indudablemente hasta la totalidad; pero que no existen una al lado de otra, todavía se opo¬nen, sino que, sencillamente, se han referido una a otra y constituyen una totalidad . Esta contradicción, concebida de la manera más gene¬ral, es la contradicción del pensar y del ser, del sujeto y del objeto, de Naturaleza y espíritu (en tanto que éste es finito; por consi¬guiente, opuesto a la Naturaleza). La exigencia es que ambos tér-minos de la relación son concebidos como una unidad, o que su uni¬dad es concebida en contradicción. Este es el fundamento de la nueva filosofía surgida en el cristianismo.

A partir de esta determinación, se aclara ahora más directamente lo que quería decir la candorosidad de espíritu en el primitivo filosofar de los griegos. Es un filosofar tal que aún no toma en consideración esta contradicción del pensar y del ser, para el cual todavía no existe la contradicción del conocer subjetivo y del objetivo. En la filosofía griega se ha filosofado, se ha pensado, se ha razonado por medio del pensamiento, pero de modo que en este pensar y razonar consiste el supuesto inconsciente, que lo pensado también existe y es tal como es pensado; que, por consiguiente, el pensar y el ser no están sepa¬rados. Es necesario tener esto a la vista; porque se encuentran tam¬bién en la filosofía griega cuestiones que parecen ser idénticas a las de la filosofía actual. Tendremos que considerar entre los griegos, por ejemplo, la filosofía sofística y la escéptica. Estas han establecido la teoría de que no puede conocerse lo verdadero; podía parecer como si esta teoría fuera completamente paralela a las modernas filo¬sofías de la subjetividad, que afirman que todas las determinaciones del pensar son solamente subjetivas, por lo que nada en absoluto se podría decidir sobre la verdad objetiva; y sobre ésta nada en absoluto

 

podría ser decidido, porque el pensar en general no logra alcanzar el ser. Pero aunque exista aquí, por una parte, una semejanza, existe, sin embargo, una diferencia esencial entre el escepticismo y la sofís¬tica griegas y las filosofías modernas de la subjetividad  . Pues en las filosofías antiguas que decían: «Nosotros sabemos solamente de apa-riencias», con eso se ha excluido todo; no hay en el fondo aún un más allá al cual se aspiraría; un ser, una cosa en sí de la cual no sería consciente no sólo de una manera conceptual, cognoscente. No hay entre los antiguos nada fuera o al lado del punto de vista de la apa-riencia, nada hay más allá de esto. En la práctica, los escépticos con-fesaban que uno tenía que gu iarse por l as apariencias, adoptar lo aparente como regla y medida, y podía obrar después en todo justa, moral y sensatamente (por ejemplo, incluso en medicina); pero lo que es así, puesto por fundamento, es solamente algo aparente. Por consiguiente, con esto no se ha establecido al mismo tiempo un saber de lo existente, de lo verdadero. La diferencia entre las antiguas y las nuevas filosofías es, por tanto, en este aspecto, muy grande. La dife-rencia es esencialmente ésta: que las modernas filosofías de la subje-tividad o del idealismo subjetivo afirmaban poseer, además del saber como subjetivo, todavía un saber distinto, un saber que no es produ¬cido por el pensar, un saber inmediato, una fe, una intuición, una re¬velación, un anhelo por un más allá o algo semejante. Detrás de lo subjetivo, de lo aparente, existe aún algo verdadero, de lo cual se llega a ser consciente por una vía diferente de la intelectual. En los antiguos filósofos griegos no había ningún más allá semejante, sino descanso y satisfacción perfectos en la apariencia. Y ésta es la signifi¬cación justa de la candorosidad de su pensamiento, que no existía para ellos esta contradicción del pensar y del ser. Es necesario, en esta consideración, mantener el punto de vista exacto; si no, por la semejanza de los resultados se cae en el error de ver en aquellas anti¬guas filosofías la determinabilidad de la moderna subjetividad; puesto que al lado de la candorosidad del antiguo filosofar lo apa¬rente mismo era toda la esfera, de manera que aún no había surgido la duda intelectual frente a lo objetivo.

Por consiguiente, tenemos propiamente dos ideas, la idea subjetiva como saber, y, después, la idea sustancial concreta; y el desarrollo, la perfección de este principio que logra al-canzar la conciencia del pensamiento, constituyen el interés de la filosofía moderna. En ella existen, pues, determina¬ciones de una especie concreta como en los antiguos; en ella existen las diferencias de pensar y ser, de individualidad y sub¬jetividad, de libertad y necesidad, etc. La subjetividad existe en ella por sí, pero se hace idéntica a lo sustancial, a lo concreto, de manera que lo sustancial logre alcanzar el pensamiento. El saber de lo que es libre por sí, éste es el principio de la mo-

 

derna filosofía. Este saber, en cuanto certeza inmediata y en cuanto saber que solamente debe desarrollarse, tiene ahí un in¬terés especial, en tanto que la contradicción de certeza y fe, o, también, de la fe y del saber mismo que se desarrolla en sí, es organizado de este modo. Por tanto, el saber que primeramente debe desarrollarse en cualquier sujeto y también la fe, que es un saber, que solamente debe desarrollarse, se oponen a la cer¬teza, a lo verdadero en general. En consecuencia, subjetividad y objetividad se oponen. Pero en ambas está supuesta la unidad del pensar, de la subjetividad y de la verdad, de la objetividad; sólo que en la primera forma se dice: el hombre existente (es decir, el hombre natural, tal como corrientemente existe y vive) conoce por el saber inmediato, por la fe, lo verdadero; como él lo cree así, es lo verdadero; mientras que en la se¬gunda forma sin duda existe también la unidad del saber y de la verdad; pero, al mismo tiempo que se eleva el hombre, el sujeto sobre la conciencia sensible, sobre la forma inmediata del saber y, además, solamente a través del pensar se hace lo que él es, y logra alcanzar la verdad.

 

 

La filosofía moderna, en cuanto totalidad, tiene estos dos aspectos en contradicción, pero también en relación. De este modo tenemos la contradicción de la razón y de la fe (la fe en sentido eclesiástico, no en la forma que la concebimos nosotros), la contradicción de la pro¬pia intelección, del saber de la verdad, frente a la doctrina, es decir, frente a la verdad objetiva como tal, que debe ser admitida sin la propia evidencia, ciertamente renunciando a la razón, o tenemos no¬sotros la contradicción del saber cognoscente frente al saber inme¬diato, frente a la revelación que se encuentra en el interior, frente al sentimiento, a la fe (en el moderno sentido, es decir, un repudiar de la razón y de todo lo objetivo frente a la certeza interna, al presenti¬miento) y otras formas semejantes. La finalidad del mundo moderno es pensar lo absoluto como espíritu, como el universal que se deter¬mina a sí mismo, como la bondad infinita de la idea, para comuni¬carse completamente todos sus momentos, para imaginarlos entera¬mente, de manera que ellos aparezcan cada uno como un todo indiferente frente a los otros, pero que aparezcan del mismo modo como la justicia infinita, de forma que estas totalidades sean solamente una unidad, e, indudablemente, no sólo como lo uno en sí o para noso¬tros (esto sería solamente nuestra reflexión), sino también como lo uno por sí. Esta unidad tiene que llegar a ser su unidad por sí; porque ella es precisamente lo que es su ser por sí (su naturaleza). Comprender este concepto de la idea, esta duplicación y la unidad de lo duplicado, es el tema, la finalidad de la filosofía germánica.

 

Por consiguiente, en total tenemos dos filosofías: 1) la filoso¬fía griega, y 2) la germánica (la filosofía influida por el cristia-nismo). En esta última tenemos que distinguir dos épocas, la época en que se ha producido como filosofía, y la de prepara-ción. Podemos empezar a estudiar la filosofía germánica sólo donde ella se destaca en su forma característica. Entre ambas épocas existe todavía un período medio de fermentación.

 

El punto de vista actual es el resultado de todo el curso y de todo el trabajo de 2.300 años; es lo que el espíritu del mundo ha alcanzado en la conciencia pensante. No debemos admi-rarnos de su lentitud. El espíritu universal pensante tiene tiempo, nada le da prisa; dispone de una multitud de pue¬blos, de naciones, cuyo desarrollo (o evolución) es justa¬mente un medio para producir su conciencia. Tampoco de¬bemos impacientarnos de que los conocimientos particulares no sean realizados ya ahora, sino más tarde; no este o aquel que ya está allí; en la historia universal los progresos van len¬tamente. La intelección de la necesidad de este largo tiempo es así un medio contra nuestra propia impaciencia.

 

De esta manera, tenemos que considerar tres períodos en la historia de la filosofía: en primer lugar, la filosofía griega desde Tales, desde el origen, aproximadamente 600 años antes de Cristo (Tales nació en 640 ó 629 a. de C.; su muerte cae en la 58 ó 59 Olimpíada, es decir, hacia el 550 a. de C.), hasta los filósofos neoplatónicos, de los cuales Plotino vivió en el siglo III (d. de C.). Pero se puede decir que este pe¬ríodo se extiende hasta el siglo V de nuestra Era, en que por una parte se extingue toda filosofía pagana, lo que se rela¬ciona con la emigración de los pueblos y con la decadencia del imperio romano (la muerte de Proclo, el último de los grandes neoplatónicos es colocada en el año 485 y la toma de Roma por Odoacro en el 476 d. de C.); pero, por otra parte, la filosofía neoplatónica se continúa inmediatamente en la de los Padres de la Iglesia; varias filosofías dentro del cristia¬nismo tienen por base sólo a la filosofía neoplatónica. Por tanto, es aproximadamente un espacio de tiempo de 1.000 años. El segundo período es la Edad Media, el período de fermentación y de preparación de la filosofía moderna. A este período pertenecen los escolásticos; se han de mencionar también las filosofías árabe y judía, pero la filosofía funda-

 

mental es la de la Iglesia cristiana. Este período duró aproxi-madamente 1.000 años también. El tercer período, el de la verdadera presentación de la filosofía moderna, comienza so-lamente en la época de la guerra de los Treinta Años, con F. Bacon (m. 1626), Jacobo Böhme (m. 1624) o Descartes (m. 1650). Con él el pensamiento ha comenzado a penetrar en sí mismo. Cogito, ergo sum, son las primeras palabras de un sis-tema; y justamente estas palabras expresan lo que diferencia a la filosofía moderna de todas las filosofías precedentes.

 

D. FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

HORA se hacen necesarias algunas observaciones sobre Alas fuentes de la historia de la filosofía: en este caso las fuentes son de otra especie que en la historia política, porque en la historia política están presentes los hechos mismos; en la historia política, por el contrario, son los historiadores los que han transformado ya los hechos en representaciones, los han puesto en relación y presentado históricamente. El hom¬bre de historia tiene este doble sentido: por una parte, carac¬teriza los hechos, los acontecimientos mismos, pero, por otra, los caracteriza en tanto que se han constituido a través de la representación para la representación. Pero no son los histo-riadores aquí nuestras fuentes, sino que nosotros poseemos incluso las obras de los filósofos; éstas son los hechos del es-píritu mismo; éstas son las fuentes más importantes. Induda-blemente, hay períodos de los que no se ha conservado nin-guna obra, ningún hecho; en este caso tenemos que dirigirnos a los historiadores; por ejemplo, para la más antigua filosofía griega tenemos que acudir a Aristóteles y a Sexto Empírico; puede prescindirse de todo lo demás. Al comienzo de la me-tafísica, Aristóteles ha tratado expresamente de la primitiva filosofía griega; y también en sus otras obras cita frecuente-mente fragmentos de aquélla. Y él es el hombre que podía juzgar muy bien sobre ella. Aunque el erudito censura a Aristóteles su caprichosa sagacidad, especialmente porque no ha comprendido rectamente a Platón, sin embargo se puede decir que él ha convivido con éste largo tiempo y realmente era muy sagaz. Sexto Empírico es también muy importante. Todavía quedan períodos en los que es deseable que otros lean las obras de los filósofos y nos den un resumen de ellas. Primeramente, son necesarios los principios sencillos; des¬pués, el desarrollo de los mismos y, en tercer lugar, su aplica-

 

ción a lo concreto y a lo particular. Pero, con respecto a las filosofías abstractas de los antiguos, no es necesario conocer todas sus opiniones; porque sus principios progresan sola-mente hasta un cierto grado de desarrollo y no bastan para comprender verdaderamente lo concreto. De esta forma la fi-losofía estoica no tiene ningún interés en la aplicación de su lógica, de su dialéctica, a la Naturaleza; ahí hemos de confor-marnos con resúmenes. Cuando nosotros hemos remitido a las fuentes, parece ser su estudio un trabajo enorme; pero ninguna otra cosa nos ofrece las opiniones de los filósofos más distinta y claramente. Entretanto, frecuentemente se puede uno contentar con los principios y con el desarrollo hasta un cierto grado. Entre los escolásticos, por ejemplo, hay obras de 18, 24 y 26 tomos en folio; en este caso hay que atenerse al trabajo de otros, a los resúmenes hechos de esas obras; esta empresa es digna de estima. Otras obras son raras, difíciles de obtener; también en este caso los resú¬menes se hacen necesarios.

Todavía es necesario hacer algunas observaciones sobre las fuentes de la historia de la filosofía. En la historia política tenemos fuentes de primera y también de segunda mano. Las primeras tienen por fun-damento los hechos y los discursos de los mismos individuos ac-tuantes. Los historiadores reflexivos, no originales, han tenido a la vista de aquellas primeras fuentes y las han utilizado. En la historia de la filosofía no son estos historiadores las fuentes, sino que los he¬chos mismos están presentes para nosotros; y estos hechos son las obras de los mismos filósofos. Se podía decir ahora qu e estas obras constituyen una enorme riqueza para instruirnos. Indudablemente, por una parte, sucede que hemos de atenernos a los historiadores; sin embargo, con respecto a muchas filosofías es indispensablemente ne¬cesario estudiar a las obras mismas. En lo referente a la filosofía griega sentimos esta necesidad de la mayor parte de los casos. Ya hemos hecho algunas advertencias sobre esto. Por otra parte, en las antiguas filosofías pronto vemos si su principio es todavía demasiado limitado para comprender nuestras representaciones más ricas; pues depende de nosotros investigar hasta dónde un principio semejante ha de esforzarse por abarcar la totalidad de la materia. Hay también una gran cantidad de obras filosóficas que sólo son importantes lite¬raria o históricamente. Con respecto a éstas podemos conformarnos con resúmenes. En general, podemos observar aún que, cuando po¬seemos la idea de la filosofía y la tenemos a la vista en el estudio de su historia, entonces puede hacérsenos fácil e interesante el estudio de las obras filosóficas y no seguirá siendo un conocimiento muerto e inactual. La idea de la filosofía nos mostraría lo que a ella corres-

 

ponde en los diversos sistemas y cómo hemos de jerarquizar ese con-tenido.

 

Lo que concierne a la literatura sobre la historia de la filoso¬fía se puede encontrar enumerado con bastante amplitud en el resumen de Wendt de la Historia de la Filosofía de Tenne-mann. Pero las obras más dignas de mención sobre esta cues-tión son las siguientes:

 

El más antiguo que ha escrito una historia de la filosofía ha sido Diógenes Laercio. Volveremos a hablar de él.

Una de las primeras historias de la filosofía de la época mo-derna es The history of philosophy de Th. Stanley (Londres, 1701, 4 vols.), traducida al latín por God. Olearius (Leipzig, 1711, 4 vols.). Esta obra, que ya no es usada, es notable sólo desde el punto de vista bibliográfico; contiene solamente la historia de las antiguas escuelas filosóficas en cuanto sectas, como si no hubiera habido ninguna moderna. Se da aquí la representación peculiar, que indudablemente era la opinión corriente de aquella época, que solamente ha habido verda-dera filosofía entre los antiguos, que en general la época de la filosofía se ha terminado, se ha interrumpido con el cristia-nismo. Se ha establecido la diferencia entre la verdad, como la concibe la razón natural, y la verdad revelada en la revela¬ción cristiana. Por consiguiente, la representación es que el cristianismo ha hecho superflua la filosofía, y la ha reducido a una cosa propia de los paganos; ciertamente que la verdad solamente se puede encontrar aún en la forma de religión. Sin embargo, es necesario advertir que antes del renaci¬miento de las ciencias no existía ninguna filosofía peculiar, y que las filosofías que, sin duda, existan en la época de Stan¬ley, en parte eran sólo repeticiones de las antiguas filosofías platónica, aristotélica, estoica y epicúrea; en parte, en tanto que ellos pasaban por independientes, eran aún demasiado jóvenes, porque los viejos señores habían tenido semejante respeto por ellas para hacerlas valer como algo propio.

 

La segunda es la Historia crítica philosophiae, de J. J. Bruc-ker (Leipzig, 1742-1767). Son cuatro partes, en seis tomos en cuarto; la cuarta parte tiene dos tomos; el sexto tomo es un suplemento.

 

Se encuentran recogidas en ella una gran cantidad de noticias acerca de las representaciones que este o aquel sabio de épocas pasadas había tenido sobre las filosofías. Es una ex-tensa compilación, bastante buena para obra de consulta. Por lo demás, la exposición es en alto grado ahistórica, no ex-traída simplemente del estudio de las fuentes; en general, las propias reflexiones y conclusiones obtenidas a la manera de la metafísica wolfiana se mezclan son las de los autores. Y estas conclusiones son mencionadas como históricas. Cuando de un sistema filosófico era conocido sólo las proposición fun-damental, por ejemplo, cuando Tales dice: El agua es el prin-cipio de todas las cosas, entonces Brucker, de esta simple proposición deduce otras veinte o treinta en las que no hay una palabra de verdad. Esto es absolutamente ahistórico. En ninguna parte el comportamiento histórico se hace más nece-sario que en la historia de la filosofía; pues en filosofía se trata de lo que un filósofo ha expresado, y hay que atenerse a esto. Las premisas y conclusiones de su principio pertenecen al desarrollo posterior de la filosofía.

 

Entre los franceses, particularmente, goza aún de gran prestigio. Pero la crítica es tan débil consigo como lo es respecto de los afo¬rismos filosóficos. Brucker tampoco se ha atenido verdaderamente a las fuentes, sino que se ha atenido a lo que otros han escrito sobre los antiguos.

 

Esta obra es un gran lastre, pero el resultado es pequeño. Hay un resumen de ella: Institutiones historiae philosophiae, usui accademi¬cae juventutis adornatae (Leipzig, 1747, in 8; existen otras ediciones posteriores).

 

Otra obra sobre la historia de la filosofía es El espíritu de la filosofía especulativa (Geist der spekulativen Philosophie, Marburg, 1791-1797, 7 tomos in 8), de Dietrich Tiedemann. La historia política es inútilmente tratada en ella por extenso, árida e insípidamente. El lenguaje y el estilo son rígidos y afectados. El conjunto es un triste ejemplo de un hombre que, como profesor erudito, se ha ocupado en el estudio de la filosofía especulativa con sacrificio de toda su vida y, sin em-bargo, no tiene noción de lo que es el espíritu especulativo, de lo que es el concepto. Ha hecho resúmenes de obras filo-sóficas que siguen siendo razonables. Pero cuando él llega a lo dialéctico, a lo especualtivo, suele enfadarse, pierde la pa-

 

ciencia, se interrumpe y lo califica de místico, de simples suti-lidades. Por consiguiente, allí donde lo interesante no le con-cierne directamente, se detiene en la mayor parte de los casos. Algo ha hecho de valioso al dar resúmenes de algunos libros raros de la Edad Media, por ejemplo, escritos cabalís¬ticos, que pertenecen al pasado. Por lo demás, el libro tiene poco valor. Tampoco sus Argumenta dialogorum Platonis me-recen atención especial.

 

Mucho mejor es el Manual de la historia de la filosofía y una Literatura crítica de la misma (Lehrbuch der Geschichte der Philosophie und einer kritischen Literatur derselben, Göttin-gen, 1796-1804, 8 partes en 9 volúmenes, in 8), de Jh. Got-tlieb Buhle. La antigua filosofía se ha tratado sólo muy bre-vemente, sin relación con la moderna, la cual está tratada muy por extenso. Cuanto más penetró Buhle, tanto más deta¬llista se hizo. Las primeras partes tienen, por eso, poco valor. En muchas cuestiones tiene gran utilidad, especialmente por¬que da muchos resúmenes de obras raras de los siglos XVI y XVII; así hizo resúmenes de obras inglesas y escocesas, y de las de Giordano Bruno que se encuentran en la biblioteca de Göttingen.

 

La obra más extensa y detallada de esta clase es la Historia de la filosofía (Geschichte der Philosophie, Leipzig, 1798-1819. 11 partes, 12 vols. in 8), de Tennemann. La parte octava, que contiene la filosofía escolástica, tiene dos volúmenes. Esta obra es célebre y todavía se usa muy frecuentemente. Las fi¬losofías particulares están tratadas en ella muy detallada¬mente, y las de la época moderna están mejor estudiadas que las de la antigüedad, como es habitual en tales obras. Pero también es mucho más fácil exponer las filosofías de la época moderna. Basta hacer los resúmenes de las obras filosóficas, y cuando éstas están redactadas en latín es fácil traducirlas; además, el contenido de las modernas filosofías está más próximo a nuestra representación. Las antiguas poseen otro punto de vista y son, por consiguiente, más difíciles de com¬prender. Por otra parte, no es mucho lo que se sabe de ellas; y es menester de muchas combinaciones para transformar los pensamientos de los antiguos y sus sistemas a una forma mo¬derna, para expresarlos en un estilo moderno, y, sin em¬bargo, interpretarlos (reproducirlos) de una manera pura. En

 

este caso no se puede traducir literalmente; esto no sería oportuno. Las representaciones de los antiguos tienen que ser transformadas en otras expresiones, sin que surja de ellas otra cosa diferente. Pero fácilmente se tiene la propensión a convertir lo antiguo en algo que nos sea más familiar; y esto le ha sucedido frecuentemente a Tennemann. Por este lado tiene él los más grandes defectos. Además de que sus resú-menes son pobres, no comprende justamente algunos pa-sajes. El texto y la traducción se contradicen frecuentemente; y uno se haría una representación completamente falsa de Platón y Aristóteles si se atuviera solamente a Tennemann. En Aristóteles, por ejemplo, la incomprensión es tan grande que por la aceptación de lo contrario de lo que Tennemann hace pasar por aristotélico se obtiene una visión más justa de la idea de Aristóteles mismo. En esto es Tennemann sincero al poner los pasajes de Aristóteles entre el texto. Por consi-guiente, por este lado es casi completamente inútil.

Sin duda, dice en el prólogo, que un historiador de la filosofía no debe de tener ningún sistema; pero, sin embargo, él tiene uno del cual no se separa nunca. En primer lugar que alaba, celebra y ensalza cada filósofo hasta la exageración; pero el resultado, el fin del pane¬gírico, es que el filósofo ensalzado se hace siempre más pequeño, porque todo filósofo tiene para él un defecto, el de no haber sido un kantiano, el de no haber investigado críticamente las fuentes del co¬nocimiento, el de no haber llegado aún al resultado de que el conoci¬miento es imposible. Por tanto, toda esta historia es completamente insípida, incluso en la parte histórica.

De compendios breves hay una multitud. Entre ellos, tres son dignos de mención:

1)        El Compendio de historia de la filosofía (Grundriss einer Geschichte der Philosphie, Landshut, 1807), de Friedrich Ast, que es uno de los mejores. Está escrito con buen sen tido. El autor conoce la filosofía de Schelling, aunque algo confusamente, y distingue de una manera algo formal el idea lismo del realismo.

 

2)        El Compendio de historia de la filosofía (Grundriss der Geschichte der Philosophie, Leipzig, 5.a edic., 1829), de A. Wendt, que es un resumen de la de Tennemann.

En la consideración histórica es bueno. Pero uno se maravilla de que

 

allí todo sea considerado como filosofía, sin distinguir si es de impor-tancia o no. Tampoco se puede negar aquí la manía de los filósofos formados en Leipzig por la integridad     . El no ha de superar la superfi-cialidad del espíritu. Todo es comprendido según cualquier determi-nación mental; él piensa, además, haber producido algo nuevo, pro-fundo, aunque de ningún modo se pueda hablar de tales determinaciones superficiales en filosofía.

 

3) El compendio más recomendado es el Manual de historia de la filosofía (Handbuch der Geschichte der Philosophie, Sulzbach, 1822-23, 3 tomos in 8), de Th. A. Rixner. El autor es un hombre de espíritu. Es la obra más nueva y me jor, tanto por lo que se refiere a la riqueza literaria como también por lo que se refiere a los pensamientos, aunque no llene todas las exigencias de una historia de la filosofía. Hay bas¬tante que censurar en él; así, por ejemplo, que tiene muchas amplificaciones sobre otras ciencias mezcladas en el texto y, de esta manera, la obra aparece muy heterogénea. Pero los pasajes fundamentales en la lengua original que da en los apéndices a cada tomo, la exactitud en las citas, así como otras cosas, hacen esta obra muy recomendable.

 

Con esto concluimos la introducción. Por lo que se refiere a la historia política en adelante, se supondrá conocida. Algo diferente es el principio del espíritu de los pueblos y todo lo que en él hace referencia a lo político; esto se sitúa más cerca de nuestra consideración. También daré noticias biográficas, si vienen al caso, pero sólo de una manera accidental; porque no se trata de una historia de los filósofos, sino de una histo¬ria de la filosofía. También dejaré de lado muchos nombres que son aceptados por el método erudito, pero que han te¬nido muy poca importancia por lo que se refiere a la filosofía. El interés principal es la filosofía en general y, con ella, el pensamiento determinado, la fase determinada del desarrollo de la razón en cada época.

 

Cuando en una historia de la filosofía se dan solamente resú-menes parece, por lo pronto, que esto es lo más conveniente. Pero tratar la historia de la filosofía a la manera de una cró-nica es indigno de la filosofía; esto ni siquiera podría suceder en la historia política. Incluso en la historia política se intro-duce una finalidad, es decir, el fin de la evolución de la histo-ria de los pueblos. En la historia de Roma, de Tito Livio, te-

 

nemos a Roma desde el primer punto de vista. Vemos a Roma ascender, defenderse, ejercer su dominio, etc. Por consiguiente, la finalidad universal es Roma, el ensancha¬miento de su dominio, la formación de su constitución civil, etc. Así, en la historia de la filosofía el fin es la razón desa¬rrollándose a sí misma; esta finalidad no sólo es introducida, sino que es la cosa misma, la cual sirve de base aquí como universal; por consiguiente, aparece como finalidad, por lo que se comparan desde sí misma las formas individuales. Nuestra finalidad es representar la evolución del espíritu, el desarrollo del pensamiento.

En cuanto al método, hay que señalar aún: a ) que la historia externa es aludida sólo brevemente, a excepción de lo político, en tanto que caracteriza el espíritu de una época; b) que nos limitamos también, con respecto a las noticias bibliográficas y biográficas, a lo más indis-pensable; c) por lo que se refiere a las mismas filosofías, menciona-remos solamente aquellas cuyos principios constituyan alguna modifi-cación. Por consiguiente, dejaremos pasar aquello que concierne solamente a la aplicación y difusión de los distintos sistemas. Hemos observado ya que los principios que no son en sí concretos no bastan para la aplicación a la existencia más concreta. En cuanto al espíritu, al fundamento de toda filosofía, se ha hablado igualmente de ellos antes.

 

Queda aún una cuestión que decir ahora, la de si un historiador de la filosofía debe tener un sistema, si él no debe ser más bien imparcial, no juzgar, no seleccionar, no añadir nada de lo suyo, ni recaer sobre ello con su juicio. Esta exigencia de imparcialidad parece, indudable¬mente, muy plausible como una recomendación a la equidad . Preci¬samente la historia (de la filosofía, se dice) debe, incluso, producir esta imparcialidad . Pero lo peculiar es que solamente quien no com-prende nada de la cosa, quien posee solamente conocimientos histó-ricos, se comporta imparcialmente. (El conocimiento histórico de las

doctrinas no es ninguna comprensión de las mismas.)

 

Pero hay que distinguir entre historia política e historia de la filoso¬fía. Aquélla puede ser objetiva como la poesía homérica, o como el tipo de historia escrita por Herodoto o Tucídides. En cuanto hom¬bres libres, dejan obrar las acciones y acontecimientos por sí mismos, sin añadir nada de suyo; ponen de manifiesto los hechos sin arras¬trarlos ante su tribunal y juzgarlos. Sin embargo, en la historia de la filosofía tiene lugar una relación diferente. Pues aunque la historia de la filosofía tiene que narrar los hechos, sin embargo, la primera cues¬tión es saber qué es un hecho en filosofía; es decir, si algo es filosó¬fico o no, y qué lugar corresponde a cada hecho. En esta cuestión se

 

hace manifiesta la diferencia; en la historia externa todo es hecho —ciertamente hay hechos importantes y no importantes—. pero la acción es puesta inmediatamente en la representación, es el hecho real. En filosofía sucede lo contrario: qué es un hecho y qué lugar se le asigna, ésta es la cuestión. Y de esta manera la historia de la filo¬sofía no puede ser concebida sin una opinión anterior, no puede ser escrita sin poseer un sistema.

 

Nosotros ponemos la atención aquí principalmente en la historia de la filosofía, no en las biografías de los filósofos. Por tanto, no son mencionadas aquí las circunstancias vitales particulares de cada uno de los filósofos individuales. Igualmente tenemos que dejar de lado, por falta de tiempo, la bibliografía y limitarnos a unos pocos datos. Además, podemos atenernos en la exposición de la historia de la filo-sofía solamente a los principales filósofos. Cada sistema ha tenido un cierto número de maestros y de seguidores; por consiguiente, se po¬día encontrar una multitud de nombres de hombres que, en parte, han tenido un gran mérito como maestros de filosofía. Pero la forma de difusión de una filosofía tiene que permanecer alejada de nuestra consideración. En cuanto a los sistemas filosóficos, tenemos que limi-tarnos con preferencia a los principios (fundamentos) solamente. Estos indudablemente son referidos a los temas concretos; pero en tanto que el principio mismo es abstracto, unilateral y cuando perci¬bimos esta unilateralidad, entonces podemos decir, al mismo tiempo, que es insuficiente en su aplicación a lo concreto y, en consecuencia, carece de interés para nosotros. En la historia tenemos que ate¬nernos, en general, a los hechos; es decir, aquí, a pensamientos de¬terminados. Simple y exactamente nosotros observamos éstos tal cual se han expresado en cada fase misma. Veintitrés siglos se han necesi¬tado para lograr alcanzar la conciencia en sí, cómo ha sucedido para concebir el concepto «ser».

 

SUPLEMENTO

Señores:

 

Estas lecciones tienen como objeto la historia de la filosofía.

Lo que esta historia nos presenta es la serie de nobles espí-ritus, la galería de los héroes de la razón pensante, los cuales han penetrado por el vigor de esta razón la esencia de las cosas, la esencia de la Naturaleza y del espíritu, y la esencia de Dios, y nos han legado por el esfuerzo de su trabajo el más elevado tesoro, el tesoro del conocimiento racional. Lo que nosotros somos históricamente, la posesión que nos toca del mundo actual, no ha nacido de una manera inmediata ni ha crecido solamente del suelo de la actualidad, sino que esta riqueza es la herencia y el resultado del trabajo, e, indudable-mente, del trabajo de todas las generaciones pasadas de la humanidad. Así como las artes de la vida material, la masa de medios y habilidades, las organizaciones y hábitos de la coexistencia social y de la vida política son un resultado de la reflexión, de la invención, de la desgracia, de la necesidad y de la agudeza de la historia que ha precedido a nuestra actua-lidad, así es lo que nosotros, en la ciencia, y, más directa-mente, en la filosofía, hemos de agradecer a la tradición que, a través de todo lo que es perecedero, y lo que, por consi-guiente, ha fenecido, se enrosca como una cadena bendita a lo que los tiempos pasados han logrado, nos han conservado y transmitido. Pero esta tradición no es solamente como una ama de casa, que sólo conserva fielmente lo recibido como una estatua de piedra, y lo conserva invariable y lo transmite a los descendientes, como el curso de la Naturaleza, en el cambio y actividad infinitos, hace detenerse sus configura-ciones y formas siempre en las leyes originarias y no hace nin-gún progreso, sino que la tradición de lo que en la esfera del

 

espíritu ha producido el mundo espiritual se hincha como una corriente poderosa y se engrandece cuanto más se separa de su origen. Porque el contenido de la tradición es de natura¬leza espiritual, y el espíritu universal jamás permanece tran¬quilo. En una nación individual puede muy bien suceder que su cultura, su arte, su ciencia, su potencia espiritual, en gene¬ral se fosilicen, como parece haber sucedido, por ejemplo, a los chinos, los cuales hace más de dos mil años que habían llegado a la situación en que se encuentran hoy. Pero el espí¬ritu del mundo no se hunde en esta quietud indolente, y esto se funda en su simple naturaleza. Su vida es acción; y la ac¬ción tiene una materia existente a la que se ha dirigido, la que elabora y transforma. Lo que cada generación ha alcan¬zado en la ciencia, en la producción espiritual, esto hereda la generación siguiente; de cuya alma se forma la sustancia espi-ritual, como algo habitual (lo que se ha convertido en cos-tumbre) se constituye de sus axiomas (principios), de sus preocupaciones y de su riqueza; pero, al mismo tiempo, es una herencia recibida, una materia presente para ella. Así, porque ella misma es vitalidad y actividad espirituales elabora sólo lo recibido, y precisamente por eso la materia elaborada se ha hecho más rica. Así sucede igualmente en nuestra situa¬ción para concebir primeramente la ciencia existente y para apropiárnosla; después, para transformarla. Lo que nosotros producimos supone necesariamente algo existente; lo que nuestra filosofía es, existe esencialmente sólo en esta relación y ha resultado de ella necesariamente. La historia es la que nos expone, no el devenir de cosas extrañas, sino la que re¬presenta nuestro devenir, el devenir de nuestra ciencia.

 

La explicación directa de la proposición establecida con esto debe constituir la introducción a la historia de la filosofía, una explicación que debe aludir al concepto de historia de la filo-sofía, y debe contener su significación e interés. En la exposi-ción de otra historia, en la de la política, por ejemplo, se puede prescindir mejor de explicar, antes de la verdadera di¬sertación acerca de la historia, lo que es su concepto; lo que en una disertación semejante sucede, corresponde aproxima¬damente a lo que en la representación habitual, generalmente existente, de la historia, se tiene ya, y que puede darse por supuesto. Pero historia y filosofía aparecen ya por sí, con¬forme a la representación ordinaria de la historia, como de-

 

terminaciones muy heterogéneas. La filosofía es la ciencia del pensamiento necesario, de sus conexiones y sistemas esen-ciales; es el conocimiento de lo que es verdadero y, por eso, eterno e imperecedero; por el contrario, la historia, según la representación más corriente de ella, tiene que ocuparse de lo sucedido; por tanto, de lo casual, de lo transitorio y pa¬sado. El encadenamiento de estas dos cosas tan heterogé¬neas, unido con otras representaciones muy superficiales que cada uno tiene para sí, especialmente de la filosofía, lleva consigo, además, a representaciones tan torcidas y falsas que es necesario justificarlas igualmente desde el principio, a fin de que no nos dificulten la comprensión de lo que debe ser tratado, o lo hagan imposible.

Anticiparé una introducción: a) sobre el concepto y definición de la historia de la filosofía; de esta explicación saldrán, al mismo tiempo, las conclusiones para la forma de exposición; b) en segundo lugar, delimitaré el concepto de filosofía, para saber lo que tenemos que quitar y distinguir entre la materia infinitamente variada y los diversos aspectos de la cultura es-piritual de los pueblos. Además de la religión, los pensa¬mientos sobre ella, sobre el Estado, sobre los deberes y sobre las leyes de todos estos pensamientos se puede opinar, a fin de considerarlos en la historia de la filosofía. ¿Que no se puede llamar a todo esto filosofía o filosofar? Nosotros te¬nemos que delimitar justamente nuestro campo y excluir de él todo lo que no pertenezca a la filosofía. Con la determina¬ción de lo que es filosofía obtendremos solamente el punto de partida de su historia; c) además de todo esto, resultará la di¬visión de los períodos de esta historia, una división que debe poner de manifiesto al todo como un progreso racional, como un todo orgánicamente progresivo. La filosofía es conoci¬miento racional, la historia de su desarrollo tiene que ser igualmente racional, la historia de la filosofía tiene que ser precisamente filosófica; d) y, por último, hablaré de las fuentes de la historia de la filosofía.

 

I. CONCEPTO Y DEFINICIÓN DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Se nos ofrecen aquí, igualmente, las habituales representa-ciones superficiales de esta historia que se han de mencionar y justificar. La historia incluye inmediatamente en la primera apariencia que ha de narrar los acontecimientos accidentales de los tiempos, de los pueblos y de los individuos; acciden-tales en parte por su sucesión temporal, pero, en parte, por su contenido. De la accidentalidad con respecto a la sucesión temporal se ha de hablar después. La accidentalidad del con-tenido se acerca al concepto del que queremos ocuparnos en primer lugar. Pero el contenido de la filosofía no son las ac-ciones ni los acontecimientos externos de las pasiones y de la fortuna, sino que los pensamientos son su contenido. Pero los pensamientos casuales (accidentales) no son otra cosa que las opiniones, y se llama opiniones filosóficas a las opiniones so¬bre el contenido directamente determinado y sobre los ob-jetos peculiares de la filosofía, sobre Dios, sobre la Natura¬leza y el espíritu.

 

Por consiguiente, nos encontramos inmediatamente con la opinión muy corriente acerca de la historia de la filosofía de que tiene que relatar detalladamente la totalidad de las opi-niones filosóficas tal como han surgido y se han presentado en el tiempo. Cuando se habla moderadamente se llama a este conjunto opiniones, las cuales creen poder expresarla con juicios sólidos, y hasta llaman a esta historia una galería de disparates, o al menos de los errores de los hombres en-frascados en el pensar y en los conceptos puros. Se puede oír tal opinión, no sólo de aquellos que confiesan su ignorancia en cuestiones filosóficas —la confiesan porque en esta igno-rancia, según la representación vulgar, no debe ser muy mo-lesto formular algún juicio sobre lo que sea la filosofía; por el

 

contrario, cada uno tiene por seguro poder juzgar, sin em¬bargo, sobre su valor y esencia, sin comprender nada de ella—, sino incluso de aquellos que han escrito o escriben so¬bre historia de la filosofía. Esta historia, en cuanto que es una narración de diversas opiniones, llega a ser de esta ma¬nera una cosa de simple curiosidad ociosa, o, si se quiere, de interés para los eruditos solamente; porque la erudición con¬siste, principalmente, en saber una cantidad de cosas inútiles, es decir, de cosas tales que, a pesar de no tener ningún conte¬nido ni interés en sí mismas, sin embargo tienen conoci¬miento de ellas. Con todo eso se cree, al mismo tiempo, que tiene alguna utilidad conocer las diversas opiniones y pensa¬mientos de los otros; la facultad de pensar se mueve, conduce a diversos pensamientos buenos, es decir, tal vez sea causa de tener nuevamente una opinión, y la ciencia consiste en que se continúen extrayendo opiniones de opiniones.

Pero, por otro lado, una consecuencia distinta se relaciona con aquella representación que se percibe aquí. Es decir, a la vista de tal multiplicidad de opiniones, de tal diversidad de sistemas filosóficos, se cae en la perplejidad de por cuál debe uno decidirse; se ve que, acerca de las grandes cuestiones, a las que se siente el hombre arrastrado, y cuyo conocimiento quiere conservar la filosofía, se han equivocado hasta los más grandes espíritus, porque han sido refutados por otros. Cuando ha sucedido esto a tan grandes espíritus ¿cómo debo ego homuncio* querer decidir esto? Esta conclusión, que es sacada de la diversidad de los sistemas filosóficos, es, como se cree, un perjuicio en el objeto; pero, al mismo tiempo, es también un beneficio subjetivo; porque esta diversidad es la excusa corriente por la cual se quiere aparentar que se intere¬san por la filosofía, pues con esta pretendida buena voluntad, y por la convenida necesidad del esfuerzo hacia esta ciencia, sin embargo, de hecho, la descuidan completamente. Pero esta diversidad de los sistemas filosóficos está muy alejada para tomarla como una simple excusa; pasa más bien por un fundamento serio, verdadero, en parte contra la seriedad con que el filosofar lleva a cabo su menester, como una justifica-ción para no ocuparse de ella, y como una instancia irrefuta¬ble de la inutilidad del intento de querer alcanzar el conoci

 

* Véase Terencio, Eun, 3, 5, 40.

 

miento filosófico de la verdad. Pero aunque se conceda que la filosofía debe ser una ciencia real, y que una filosofía será realmente la verdadera, entonces surge la pregunta: pero ¿cuál? ¿Por qué rasgos se la reconocerá? Cada una asegura que es la verdadera; cada una ofrece otros rasgos y criterios por los que se debe reconocer la verdad; un pensar sobrio y prudente tiene que tener conciencia de esto para decidirse.

 

Sobre estas ideas muy corrientes, que, sin duda, les son a us-tedes, señores, también familiares —porque, en efecto, son las reflexiones más inmediatas que pueden cruzar por la ca¬beza en los primeros pensamientos sencillos de una historia de la filosofía—, quiero manifestar brevemente lo necesario, y la aclaración sobre la diversidad de filosofías nos conducirá después mejor al objeto mismo.

 

En cuanto a lo primero, que la historia de la filosofía pre¬senta una galería de opiniones —bien que sea sobre Dios, so¬bre la esencia de las cosas naturales y espirituales—, en¬tonces, si sólo hiciera esto, sería una ciencia muy superflua y fastidiosa, pero sería aún muy útil lo que se obtendría de se¬mejante movimiento del pensamiento y de tal erudición. ¿Qué puede ser menos inútil que conocer una serie de sim¬ples opiniones? ¿Qué menos fastidioso? A las obras litera¬rias, que son las historias de la filosofía en el sentido de que presentan y manejan las ideas filosóficas a la manera de opi¬niones, se necesita examinarlas sólo levemente para encon¬trar cuán árido, aburrido y sin interés es todo. Una opinión es una representación subjetiva, un pensamiento cualquiera, una visión, que yo puedo tener de una forma y otro de otra. Una opinión es mía; no es un pensamiento universal en sí, existente en sí y por sí. Pero la filosofía no encierra en sí nin¬guna opinión; no hay opiniones filosóficas. Cuando una per¬sona expresa su opinión sobre temas filosóficos, aun tratán¬dose de un historiador mismo de filosofía, se le nota que carece de un principio o formación cultural. La filosofía es ciencia objetiva de la verdad, ciencia, de su necesidad, cono¬cer conceptual, no un simple opinar de una urdimbre de opi¬niones.

 

Pero, por otra parte, indudablemente es un hecho, bastante fundamentado, que hay y ha habido diversas filosofías. Pero

 

la verdad es única; el instinto de la razón posee esta fe y este sentimiento insuperables. Por consiguiente, sólo una filosofía puede ser la verdadera. Y como son diversas, se concluye que ¡as demás tienen que ser solamente erróneas. Pero cada una asegura, apoya con razones, demuestra por sí ser aquella única. Este es un razonamiento corriente y un conocimiento justamente aparente del pensar sobrio. Ahora, en cuanto a la sobriedad del pensar, en cuanto a la sobriedad de esta ré¬plica, nosotros sabemos de la sobriedad de la experiencia co¬tidiana, que, aunque nosotros seamos sobrios, al mismo tiempo nos sentimos más o igualmente hambrientos. Pero aquel pensar sobrio posee ingenio y capacidad suficientes para no pasar de la sobriedad al hambre, a la necesidad, sino para estar y permanecer satisfecho. En esto se echa de ver que un pensar como el mencionado es un pensar muerto por¬que sólo lo que está muerto es sobrio y permanece al mismo tiempo «satisfecho». Pero la vitalidad física, así como la vita¬lidad del espíritu, no se conforma en la sobriedad, sino que es impulso, pasa sobre el hambre y la sed hacia la verdad, hacia el conocimiento de ella, llega a la satisfacción de este im¬pulso, y no se puede despachar con buenas palabras ni saciar con tales reflexiones.

Pero lo que hay que decir inmediatamente sobre estas re-flexiones sería ya, en primer lugar, que, por distintas que sean las filosofías, tienen, sin embargo, esto de común: que son filosofía. Por tanto, quien ha estudiado o se ha adherido a alguna filosofía, cualquiera que esa filosofía sea, posee una filosofía. Aquella excusa o aquel razonamiento que se agarra a la simple diversidad y, por temor o por repugnancia, a la particularidad en la que un universal es real, no quiere apre-hender o reconocer esta universalidad; en otra parte* he comparado esto con la enfermedad (pedantesca) de aquel a quien el médico aconseja comer fruta y a quien se ofrecen ce-rezas, ciruelas o uvas, pero que, agarrándose a una pedante¬ría del entendimiento, no quiere comerlas porque ninguna de estas especies es fruta, sino cerezas, ciruelas o uvas.

Pero importa esencialmente tener aún una visión más pro-funda de lo que se sabe de esta diversidad de los sistemas filo

* Enciclopedia, 1817, párrafo 8; 1827, párrafo 13.

 

sóficos; el conocimiento filosófico de lo que es la verdad y la filosofía puede, incluso, conocer esta diversidad como tal, aun en un sentido completamente diferente de la contradicción abstracta de verdad y error. La aclaración nos mostrará, además, la importancia de toda la historia de la filosofía.

 

Mas, para el fin de esta aclaración, es necesario hablar de la idea de la naturaleza de la verdad y extraer un número de proposiciones acerca de ella, pero que no pueden ser demos-tradas aquí. Solamente se pueden hacer claras y comprensi-bles. La convicción de ello y la defensa apropiada no se puede lograr aquí, sino que el propósito es sólo hacerlas his-tóricamente familiares; la ocupación de la filosofía es cono-cerlas como verdaderas y fundamentadas.

 

Por consiguiente, entre los conceptos anticipados aquí breve-mente, está la primera proposición que fue ya mencionada hace un momento, a saber, que la verdad es solamente una. Esto, que, en general, pertenece formalmente a nuestra cien¬cia pensante, es, en el sentido más profundo, el punto de par¬tida y la meta de la filosofía: conocer esta única verdad, pero, al mismo tiempo, es como la fuente, de la que fluye todo lo demás, todas las leyes de la Naturaleza, todos los fenómenos de la vida y de la conciencia de que son solamente reflejos, o reducir todas estas leyes y fenómenos a un rumbo aparente-mente contrario a aquella fuente única, pero para compren-derlos por sí, es decir, para conocer su derivación de ellos.

 

a) Solamente esta proposición: que la verdad es sólo una, es todavía abstracta y formal, y lo esencial es más bien conocer que la verdad una no es un pensamiento o una proposición solamente simple, abstracto; antes bien, es algo en sí con¬creto. Es un perjuicio corriente el de que la ciencia filosófica tiene que ocuparse solamente con abstracciones, con univer-salidades vacías; la intuición, nuestra conciencia de sí, empí-rica, nuestro sentimiento de sí, el sentimiento de la vida, son, por el contrario, lo concreto en sí, lo determinado en sí, lo rico. En efecto, la filosofía está situada en la esfera del pensa-miento; se ocupa de universalidades; su contenido es abs-tracto, pero sólo según su forma, según el elemento del pen-samiento; pero la idea en sí misma es esencialmente concreta, la unidad de determinaciones diferentes. Es en esto en lo que

 

se distingue el conocimiento de la razón del simple conoci-miento del entendimiento, y es el menester del filosofar de-mostrar frente al entendimiento que lo verdadero, la idea, no consiste en universalidades vacías, sino en un universal que es, en sí mismo, lo particular, lo determinado. Lo que acabo de decir pertenece ahora, esencialmente, a aquello de lo que he dicho primeramente que tiene que ser admitido, por de pronto, sólo históricamente por aquellos que aún no se han familiarizado con ella a través del estudio de la filosofía. Que la verdad es solamente una, que la verdad conocida filosófi-camente en el elemento del pensamiento existe en la forma de la universalidad, de esto resulta ya el instinto del pensar; esto es familiar a nuestro representar habitual. Pero que lo universal mismo contiene en sí su determinación, que la idea es en ella misma la unidad absoluta de lo diferente, aquí co¬mienza un principio propiamente filosófico; acerca de esto re¬trocede la conciencia que aún no conoce de una manera filo¬sófica, y dice que no comprende esto. Que no se comprende esto, quiere decir, por lo pronto, que aún no se encuentra esto entre sus representaciones y convicciones habituales. En cuanto a la convicción ha sido observado ya que no es lugar aquí de alcanzar ésta, de deducir aquella determinación, de formar la conciencia para este conocimiento. Pero es fácil in¬terpretar la representación para comprenderla. Rojo es, por ejemplo, una representación sensible abstracta, y cuando la conciencia corriente habla de rojo, no cree que se ocupe con lo abstracto; pero una rosa que es roja es un rojo concreto, es una unidad de hojas, de forma, de colores, de olor, algo vivo, impulsivo, en lo que se puede distinguir y aislar muy bien lo abstracto, que también puede destruirse, romperse (desga¬rrarse), y que, sin embargo, hay un sujeto, una idea en la multiplicidad que lo contiene. De esta manera la idea pura abstracta es en sí misma no algo abstracto, una simplicidad vacía, como lo rojo, sino una flor, algo concreto en sí. O (con) un ejemplo tomado de una determinación mental la proposición: A es A, la proposición de la identidad, una sim¬plicidad pura, abstracta, algo puramente abstracto como tal, A es A no posee en absoluto ninguna determinación, ninguna diferencia, ninguna particularización (especificación); toda determinación, todo contenido, tiene que venirle del exte¬rior; es la forma vacía. Si, al contrario, yo continúo hasta la determinación intelectual del fundamento (principio o razón

 

de ser), entonces ésta es ya una determinación concreta en sí. £1 principio, los fundamentos, lo esencial de las cosas, es, a saber, igualmente lo idéntico consigo, lo existente en sí, pero determinado, al mismo tiempo, como principio, de manera que el principio es algo que sale de sí, se relaciona con algo fundamentado por él. Por consiguiente, en un simple con¬cepto existe no sólo lo que el principio es, sino también lo otro, lo que es fundamentado por él, en la causa está también el efecto. Algo que fuera tomado como fundamento sin algo fundamentado no es ningún fundamento; así también algo que debiera ser determinado como causa, es sólo una cosa en general, no una causa. Lo mismo sucede con el efecto. Por tanto, lo concreto es algo que contiene en sí no sólo su deter-minación una inmediata, sino también sus otras determina-ciones.

b)        Después que yo he explicado en general de esta forma la naturaleza de lo concreto, ahora añado a su significación que lo verdadero, determinado así en sí mismo, posee el impulso a desarrollarse. Lo viviente, lo espiritual, se mueve, se con mueve en sí y se desarrolla. De esta manera, la idea, concreta en sí y desarrollándose, es un sistema orgánico, una totali dad, que contiene en sí una gran abundancia de fases y de mo mentos.

c)        La filosofía es ahora, por sí, el conocer de esta evolución y, como pensar conceptual, es, incluso, este desarrollo pen sante. Cuanto más progresa este desarrollo (evolución), tanto más perfecta es la filosofía.

Además, este desarrollo no sale hacia fuera como a la exte-rioridad, sino que al desprenderse del desarrollo es igual¬mente un ir hacia dentro, hacia el interior; es decir, la idea universal continúa siendo el fundamento y permanece como universal e invariable.

 

Además, que el surgir de la idea filosófica en su desarrollo no es una alteración, un devenir hacia algo otro, sino que es un internarse en sí, un profundizar en sí, el progreso hace a la idea, antes universal e indeterminada, más determinada en sí. El desarrollo posterior de la idea o su mayor determinabili¬dad es uno y lo mismo. Aquí lo más extenso es también lo

 

más intenso. La extensión como desarrollo no es una disper-sión y un disolverse, sino más bien una conciliación (unión) que es justamente tanto más fuerte e intensa cuanto la expan-sión, lo conciliado, es más rico y posterior.

 

Estas son las proposiciones abstractas sobre la naturaleza de la idea y su desarrollo. Así, la filosofía cultivada se halla con-dicionada en sí misma. Una única idea está en el todo y en todos sus miembros como en un individuo vivo un solo pulso, una vida palpita a través de todos sus miembros. Todas las partes que se descubren en ella y la sistematización de las mismas surgen de la idea una; todas estas particularizaciones (especificaciones) son soló el espejo y las imágenes de esta única vitalidad; tienen su realidad solamente en esta unidad, y sus diferencias, sus diversas determinaciones, todas juntas, son, incluso, sólo la expresión y la forma contenida en la idea. De esta manera es la idea el punto medio que es, al mismo tiempo, la periferia, la fuente de luz que no sale fuera de sí en todas sus expansiones, sino que continúa presente e inma-nente en sí: ella es el sistema de la necesidad y su propia ne-cesidad, que es, al mismo tiempo, su libertad.

 

La filosofía es sistema en el desarrollo; lo mismo sucede con la historia de la filosofía, y éste es el punto principal, el con¬cepto fundamental que expondrá este modo de tratar la histo¬ria.

 

Para aclarar esto se ha de hacer notar, por de pronto, la dife-rencia con respecto al modo de aparición que tiene lugar aquí. El surgir de las diversas etapas en el progreso del pen¬samiento puede ocurrir con la conciencia de la necesidad se¬gún la cual se deriva cada una de las precedentes etapas, y según la cual sólo puede destacarse esta determinación y esta forma, o puede ocurrir sin esta conciencia conforme a la ma¬nera de un surgir natural, casualmente aparente, de modo que el concepto obre interiormente según su consecuencia; pero esta consecuencia no ha expresado cómo en la natura¬leza surge, en la etapa del desarrollo (del tronco) de la rama, de las hojas, flores, frutos, cada uno por sí, pero la idea in¬terna es lo dirigente y determinante de esta sucesión o, como en el niño, aparecen sucesivamente las facultades corporales y, principalmente, las actividades espirituales, sencilla e ingenuamente, de forma que los padres, que hacen por primera vez una experiencia semejante, ven como un milagro ante sí, en que el todo proviene de lo interior que existía allí por sí y ahora se muestra, y la sucesión total de estos fenómenos po-see sólo la forma de la sucesión en el tiempo.

 

Es el tema y el menester de la filosofía misma exponer el único modo de este surgir, la derivación de las formas, la ne-cesidad pensada, conocida, de las determinaciones; y mien-tras que la idea pura, de la que se trata aquí, no es aún la forma muy particularizada de la misma como naturaleza y como espíritu, entonces es aquella representación (exposi¬ción) principalmente el tema y menester de la filosofía lógica.

 

Pero el otro modo es que las distintas etapas y momentos del desarrollo en el tiempo se destacan en la manera del suceder y en este lugar especial, en este o en aquel pueblo, en estas circunstancias políticas y bajo las complicaciones de las mismas; en resumen: bajo esta forma empírica; éste es el drama que nos muestra la historia de la filosofía.

 

Esta opinión, que es la única digna de esta ciencia, es en sí la verdadera a través del concepto de cosa; y que ella se mues¬tra y se hace valer igualmente conforme a la realidad, esto es lo que resultó del estudio de esta historia misma.

 

De acuerdo con esta idea, afirmo ahora que la sucesión de los sistemas de filosofía en la historia de la misma es como la sucesión en la derivación lógica de las determinaciones con-ceptuales de la idea. Afirmo que, cuando se trata de los con-ceptos fundamentales de los sistemas aparecidos en la historia de la filosofía, de los que se despoja en cuanto a su forma ex-terior, a su aplicación a lo particular, etc., entonces se con-servan las diversas etapas en la determinación de la idea misma en su concepto lógico. Por el contrarío, tomando por sí el progreso lógico, se tiene en él, de acuerdo con sus mo-mentos principales, el progreso de los fenómenos históricos; pero, indudablemente, hay que reconocer estos conceptos puros en el contenido de la forma histórica. Además, se dis-tingue, indudablemente también, por un lado, la sucesión como sucesión temporal de la historia, de la sucesión en el orden de los conceptos. Mostrar más de cerca en qué consiste este aspecto nos desviaría demasiado de nuestro fin. Yo haré notar sólo, aún, que de lo dicho se explica que el estudio de la historia de la filosofía es el estudio de la filosofía misma, como de hecho no puede ocurrir de otra manera. Quien estudia la historia de la física, de la matemática, etc., se familiariza también ya con la matemática, con la física, etc. Pero para es-tudiar en la forma y en la aparición empíricas en las que la filosofía se presenta históricamente, su progreso, como desa-rrollo de la idea, es necesario traer consigo ya indudable¬mente el conocimiento de la idea, casi como se tienen que traer consigo para el enjuiciamiento de las acciones humanas los conceptos de lo que es justo y conveniente. Además, como nosotros lo vemos en muchas historias de la filosofía, sin duda se ofrece al observador carente de ideas solamente un tropel desordenado de opiniones. Procurarles esta idea, aclarar, por consiguiente, los fenómenos, éste es el menester del que se propone interpretar la historia de la filosofía. Por¬que el observador tiene que traer consigo ya el concepto de la cosa para poder verlo en su aparición e interpretar el objeto justamente; de este modo no tenemos que maravillarnos de que haya muchas historias insípidas de la filosofía, de que se encuentre en ellas la serie de los sistemas filosóficos como una serie de simples opiniones, de errores, de juegos del pen-samiento, juegos del pensamiento que, sin duda, han sido madurados con gran despliegue de sagacidad, con gran es-fuerzo de espíritu y que se dice todo sobre lo formal de las mismas por cumplimiento. Junto con la falta de espíritu filo-sófico que los historiadores traen consigo, ¿cómo podían ellos concebir y exponer lo que es pensamiento racional?

De lo que ha sido indicado ya sobre la naturaleza formal de la idea, que sólo una historia de la filosofía, concebida como un sistema tal del desarrollo de la idea que merezca el nom¬bre de ciencia, se deduce que: una colección de conocimientos no constituyen ninguna ciencia. Sólo, en tanto que a través de la razón, la sucesión fundamentada en los fenómenos que tie¬nen por contenido y revelan lo que la razón es, se manifiesta esta historia misma como algo racional, manifiesta que es un acontecimiento racional. ¿Cómo no iba a ser racional todo lo que ha sucedido por los esfuerzos de la razón? Tiene que existir ya una fe racional en que la casualidad no domina las cosas humanas; y es cosa de la historia de la filosofía, precisa-

 

mente, conocer que, de tal manera su aparición es historia, que solamente es determinada a través de la idea.

 

Consideremos ahora los conceptos generales adelantados en la aplicación inmediata a la historia de la filosofía, en una aplicación que nos pondrá de manifiesto los más importantes (significativos) puntos de vista de esta historia.

 

La interrogación más inmediata que puede hacerse sobre ella concierne a la diferencia de la aparición de la idea misma, que ahora mismo ha sido hecha; se refiere a la interrogación, cómo sucede, que la filosofía aparece como un desarrollo en el tiempo y tiene una historia. La contestación a esta pregunta se encaja en la metafísica del tiempo; y sería una desviación del fin que es aquí nuestro objeto, si fueran indicados algunos más que los momentos de que solamente dependen en la con-testación de las preguntas planteadas.

 

Arriba ha sido mencionado ya sobre la esencia del espíritu que su ser es su acción. La Naturaleza es como ella es; y sus cambios son, por el contrario, solamente repeticiones, su mo-vimiento solamente un curso circular. Inmediatamente su ac-ción es conocerla. Yo soy; pero, inmediatamente, existo en tanto que organismo viviente solamente; como espíritu, existo sólo en tanto que me conozco; Gnothi seautón, conó¬cete a ti mismo, la inscripción sobre el templo del dios sa¬piente de Delfos, es el mandamiento absoluto, que expresa la naturaleza del espíritu. Pero la conciencia contiene esencial-mente esto, que yo soy por mí, que soy objeto para mí. Con este juicio absoluto, con la distinción de mi yo de mí mismo, el espíritu se convierte en existencia actual, se pone como ex-terior, a sí mismo; el espíritu se pone en la exterioridad, que es precisamente el modo universal diferenciador de la exis-tencia de la Naturaleza. Pero uno de los modos de la exterio-ridad es el tiempo, cuya forma tiene que mantener su investi-gación inmediata tanto en la filosofía de la Naturaleza como en la del espíritu finito.

 

Esta existencia actual (Dasein) y con ella el ser-en-el-tiempo es un momento no sólo de la conciencia individual en gene¬ral, que, como tal, es esencialmente finita, sino también el desarrollo de la idea filosófica en el elemento del pensar.

 

Porque la idea, pensada en su quietud, es completamente atemporal; ella es pensar en su quietud: persevera en la forma de la inmediabilidad, es sinónima con la intuición in¬terna de la misma. Pero la idea, en cuanto concreta, en cuanto unidad de lo diferente, no es esencialmente intuición, como ya se ha dicho antes, sino que, en cuanto diferenciación en sí y, además, en cuanto desarrollo, penetra en ella misma a la existencia y a la exterioridad en el elemento del pensar; y, de esta manera, aparece en el pensar la filosofía pura como una existencia progresiva en el tiempo. Pero este elemento del pensar mismo es abstracto, es la actividad de una concien¬cia individual. Pero el espíritu no existe sólo en cuanto con¬ciencia individual, finita, sino también en cuanto espíritu con¬creto, universal en sí. Pero esta universalidad concreta toca todos los lados y modos desarrollados, en los cuales el espí¬ritu es y se hace objeto conforme de la idea. Su concebirse pensante es, al mismo tiempo, la progresión realizada de la realidad total desarrollada, una progresión que no recorre rá¬pidamente el pensar de un individuo y se presenta en una conciencia individual, sino que es el espíritu universal que se presenta en la riqueza de sus formas en la historia universal. Por eso, en este desarrollo sucede que una forma, una etapa de la idea, se hace consciente en un pueblo, de manera que este pueblo y esta época solamente exprese esta forma, dentro de su estado; una etapa más elevada se abre en recompensa siglos después en otro pueblo.

 

II. CONCEPTO DE FILOSOFÍA

 

La historia de la filosofía tiene que exponer esta ciencia en la forma de la época y de las individualidades en las cuales han salido las imágenes (modelos) de la misma. Pero tal exposición tiene que excluir de sí la historia externa de la época, y solamente recordar el carácter general del pueblo y de la época en su estado general. Pero, en efecto, la historia de la filosofía misma expone este carácter, y, sin duda, la más alta expresión del mismo. Ella está en la más íntima conexión con él, y la forma determinada de la filosofía que corresponde a una época, es solamente un aspecto, un momento del estado general. Es a causa de este contacto íntimo que hay que con¬siderar más de cerca, en parte, qué relación tiene ella con sus circunstancias históricas; pero en parte, principalmente, lo que le es propio, a lo que, por consiguiente, se ha de dirigir la atención abandonando lo que le es aún bastante afín.

a) La estructura determinada de una filosofía es, por tanto, no sólo simultánea con una determinada configuración del pue¬blo en que se presenta, con su constitución y forma de go-bierno, con la moralidad, vida social, aptitudes, costumbres y con las comodidades del mismo, sino con sus ensayos y logros en el arte y en la ciencia, con su religión, en general, con sus relaciones bélicas y externas, con la decadencia de los Es¬tados en los que este principio determinado se ha hecho vi¬gente, y con el origen y crecimiento de algo más nuevo en que un principio más elevado encuentra su generación y desa¬rrollo. El espíritu ha elaborado y difundido cada vez el princi¬pio de la etapa determinada de su conciencia de sí a todo el reino de su polimorfismo (universalidad). Es un espíritu rico el espíritu de un pueblo, una organización, una catedral, que tiene diversas bóvedas, galerías, filas de columnas, pórticos y departamentos; todo esto ha resultado de un todo, de un «designio». De todos estos múltiples aspectos es la filosofía una forma. Y ¿cuál? La filosofía es la flor más elevada, ella es el concepto de la estructura total de aquellos múltiples aspectos, la conciencia y la esencia espiritual de todo el Estado, es el espíritu de la época en cuanto espíritu existente que se piensa. El todo multiconfigurado se refleja en ella como en el foco simple, como en el concepto del todo que se conoce a sí mismo.

Para que se filosofe es preciso: a) un cierto grado de forma¬ción espiritual; después que se ha atendido a las necesidades de la vida material, se ha empezado a filosofar, como dice Aristóteles*. La filosofía es un quehacer libre, no un queha¬cer egoísta; un quehacer libre, porque el temor a los apetitos ha desaparecido; un robustecimiento, una fortificación del es-píritu en sí; una especie de lujo, justamente como un lujo se califican aquellos goces y ocupaciones que no pertenecen a la necesidad material como tal. El espíritu de un pueblo ha arrancado tanto de la apatía indiferente de la primera vida natural, como igualmente del punto de vista del interés pasio-nal, que se ha esforzado en elaborar esta dirección a lo indivi-dual. Se puede decir que cuando un pueblo, en general, ha dado nacimiento de su vida concreta a una división, una dife-rencia de condiciones, se acerca a su decadencia. Si la indife-rencia o la insatisfacción penetra en su existencia viviente, frente a ella tiene que huir a los espacios del pensamiento**. Sócrates y Platón ya no encontraban ninguna satisfacción en la vida del Estado ateniense. Platón buscó algo mejor que ha-cer al lado de Dionisio. Por Roma se difundió la filosofía, lo mismo que la religión cristiana, bajo los emperadores, en una época de infelicidad para el mundo y de decadencia de la vida política. La nueva ciencia y la filosofía surgieron en la vida europea en los siglos XV y XVI, en la época de decadencia de la vida medieval, en la que la religión cristiana y la vida política ciudadana habían permanecido identificadas.

 

b) Pero ha llegado la época no sólo de que se filosofe, sino de que exista una determinada filosofía en un pueblo, la cual debe desplegarse; y esta determinabilidad del punto de vista del pensamiento es la misma determinabilidad que penetra todos los otros aspectos.

 

 

* Aristóteles, Metaph. , 1, 2.

** Véase Schiller en la poesía El Ideal y la Vida.

 

La relación de la historia política con la filosofía no quiere de¬cir que aquélla sea la causa de la filosofía. Hay una determi¬nada esencia que penetra todos los aspectos y que se expresa en el político y en los demás como en distintos elementos; hay una condición general que conexiona en sí a todas sus partes, y, por múltiples y casuales que puedan parecer sus di¬ferentes aspectos, no pueden contener en sí nada contradicto¬rio frente a esa condición general. Pero demostrar cómo el espíritu de una época caracteriza toda su realidad y su destino en la historia conforme a su principio, sería esto la tarea de una filosofía de la historia.

Pero ahora nos importan solamente las estructuras que el principio del espíritu acuña en un elemento espiritual afín con la filosofía.

Seguidamente, en parte, según sus elementos, en parte, según sus objetos peculiares, está la historia de la filosofía relacionada con la historia de la demás ciencias y con la historia de la cultura; principalmente, con la historia del arte y de la reli¬gión, las cuales contienen, en parte, la representación y el pensar en común; pero, en parte también, contienen los ob¬jetos universales y las representaciones, los pensamientos so¬bre estos objetos universales.

Por lo que se refiere a las ciencias especiales, sin duda el co-nocimiento y el pensar es su elemento, como es el elemento de la filosofía. Pero sus objetos propios son, en primer lugar, los objetos finitos y los fenómenos. Una colección de tales conocimientos sobre este contenido ha sido excluida de sí por la filosofía; ni este contenido, ni tal forma importan a la filo-sofía. Pero cuando aquellos conocimientos son ciencias siste-máticas y contienen axiomas y leyes universales de los cuales parten, entonces se refieren a un círculo limitado de objetos. Los últimos fundamentos son como los objetos mismos, supuestos; sea que la experiencia externa o la sensibilidad del corazón, el sentido natural o cultivado del derecho y del de¬ber constituyan la fuente de donde son sacadas. En su mé¬todo suponen la lógica, las determinaciones y los axiomas del pensar en general.

 

Las formas de pensar, además de los axiomas y de los puntos de vista, que tienen validez en las ciencias y constituyen el apoyo último de su materia restante, no les son, sin embargo, peculiares, sino que, en general, les son comunes con la cul¬tura de una época y de un pueblo. La cultura consiste, en ge¬neral, en las representaciones y propósitos, en la amplitud de determinados poderes espirituales, que rigen la conciencia y la vida. Nuestra conciencia posee estas representaciones, las hace valer como determinaciones últimas, continúa en ellas como en sus enlaces fundamentales, pero la conciencia no las conoce; no las convierte en objetos ni en interés de su consi-deración. Para ofrecer un ejemplo abstracto, toda conciencia tiene y usa la determinación completamente abstracta del pensar: ser. «El sol está en el cielo» , «este racimo está ma-duro», y así hasta el infinito; o en una cultura más elevada progresa a las relaciones de causa y efecto, de fuerza y su ex-teriorización, etc.; todo su saber y representar está entrete¬jido y regido por tal metafísica, ella es la red en la que es concebida toda materia concreta, que la emplea en sus activi¬dades. Pero esta trama y sus nudos está hundida en nuestra conciencia ordinaria en la materia multiestructural; ésta con¬tiene nuestros intereses y objetos conscientes que tenemos ante nosotros. Aquellos hilos generales no han sido puestos de relieve y convertidos por sí en objetos de nuestra re¬flexión.

 

En cambio, con el arte y, principalmente, con la religión, tiene la filosofía en común el tener por contenido objetos completamente universales. Son los modos en que la idea más elevada existe para la conciencia no filosófica, para la con-ciencia sensible, intuitiva, representativa; y mientras, con¬forma al tiempo, en el curso de la cultura se anticipa el fenó¬meno al surgir de la filosofía, es necesario mencionar esencialmente esta relación; y tiene que enlazar la determina¬ción con el comienzo de la filosofía, justamente al tener que mostrar hasta qué punto se ha de excluir lo religioso de ella y no hacer de lo religioso el comienzo.

 

Indudablemente, los pueblos han depositado en las religiones la manera como representaban la esencia del mundo, la sus-tancia de la Naturaleza y del espíritu y cómo se representa¬ban las relaciones del hombre consigo mismo. La esencia absoluta es aquí objeto para su conciencia; y cuando nosotros, al mismo tiempo, consideramos más de cerca esta determina-ción de la objetividad, entonces es, por de pronto, como ob-jeto, lo primero para ella, un lejano más allá, más amistoso o más temible y hostil. En la devoción y en el culto anula el hombre esta contradicción y se eleva a la conciencia de la unidad con su esencia, al sentimiento o a la confianza abso-luta en la gracia de Dios. Existe ya en la representación, como, por ejemplo, en los griegos, esta esencia, algo ya en sí y por sí amistoso para la conciencia; de esta manera el culto es solamente ya el placer de esta unidad. Esta esencia es ahora, en general, la razón en sí y por sí existente, la sustancia universal concreta, el espíritu, cuya causa primitiva se hace objetiva en la conciencia; ésta es, por tanto, una representación del mismo, en la cual está, no sólo racionalidad en general, sino que en ella está la racionalidad universal infinita. (Se ha recordado antes que es necesario concebir a la religión de la misma manera que la filosofía, es decir, que es necesario conocer y reconocer la religión como racional. Porque ella es la obra de la razón manifestándose, la esencia más racional y elevada.) Son absurdas las representaciones que afirman que los sacerdotes han compuesto una religión en provecho pro¬pio y para engañar al pueblo. Es igualmente superficial, por el contrario, considerar la religión como cosa del libre arbi¬trio y de la ilusión. Frecuentemente han abusado de la reli¬gión, una posibilidad, que es una consecuencia de las rela¬ciones externas y de la existencia temporal de la religión; pero, en tanto que es religión, bien puede ser tomada aquí y allí en esta relación exterior; pero aquella posibilidad es, esencialmente, la que, antes bien, se afirma frente a los pro-pósitos finitos y sus complicaciones, y la que establece sobre ella aquella región sublime. Esta región del espíritu es, antes bien, el templo de la verdad misma, el santuario en que se ha deshecho el otro engaño del mundo de los sentidos, de las re-presentaciones y de los propósitos finitos, de este campo de lo arbitrario y de la opinión. Sin duda, por eso, se ha acos-tumbrado a hacer la distinción de la doctrina y de la ley di-vinas y de la pobre obra de Invención humanas en los sen-tidos, que bajo los últimos es resumido todo lo que se destaca en su aparición desde la conciencia humana, desde su inteli-gencia o desde su voluntad, y todo esto es opuesto al saber de Dios y de las cosas divinas. Esta contradicción y el rebajamiento de lo humano aún son allí extremados, con el fin de que sea más necesario admirar la sabiduría divina en la Natu-raleza, que el árbol en su magnificencia, la semilla, el canto de los pájaros y el gran vigor y las especies de los animales son alabados como las obras de Dios, que también por las cosas humanas se llega a la sabiduría, a la bondad y a la justi¬cia de Dios, pero no tanto por las organizaciones, leyes y ac¬ciones producidas por la voluntad del hombre y por el curso del mundo, como principalmente por el destino humano, es decir, por lo mismo que es exterior, al saber y a la voluntad libre y, al contrario que lo accidental, de manera que esto ex¬terior y accidental sea considerado como lo que Dios hace con ese fin; pero el aspecto esencial que tiene su raíz en la voluntad y en la conciencia sea considerado como lo hecho por el hombre. La armonía de las relaciones, de las circuns¬tancias y resultados externos a los propósitos del hombre es, por cierto, algo más elevado; pero es solamente por eso por lo que los propósitos humanos no son propósitos de la Natu¬raleza, como la vida de un gorrión que encuentra su ali¬mento, etc., en los cuales es contemplada una armonía seme¬jante. Pero se encuentra en ella como lo más sublime, que Dios sea señor de la Naturaleza. ¿Qué sucede, pues, con la voluntad libre? ¿No es Dios Señor de lo espiritual, o, al ser El mismo espiritual, Señor en lo espiritual, y siendo Señor de o en lo espiritual, no sería superior que en cuanto Señor de o en la Naturaleza? Pero aquella admiración de Dios en las cosas naturales como tales, en los árboles, en los animales, en contradicción con lo humano, está muy alejada de la religión de los antiguos egipcios, que habían tenido su conciencia de lo divino en el ibis, en gatos y perros; está también muy lejos de la pobreza de los indios antiguos y actuales, que aún ado¬ran a las vacas y a los monos como divinos y proveen con¬cienzudamente a la conservación y a la alimentación de este ganado y dejan a los hombres morirse de hambre, que come¬terían sacrilegio si matasen ese ganado o solamente si se apo¬derasen de su alimento para los que estaban a punto de mo¬rirse de hambre. De otro modo habla Cristo sobre esto (Mateo, 6, 26-30): «Mirad los pájaros del cielo (entre los cuales están el ibis y el cuclillo); ¿no sois vosotros tenidos en más que ellos? Así Dios provee de vestidos a la hierba del campo, que hoy está así, pero mañana puede ser arrojada al horno. ¿No debería El hacer esto mucho mejor por voso-

 

tros?» La superioridad del hombre, de la imagen de Dios ante los animales y las plantas, es concedida de buena gana en sí y por sí; pero al preguntarse dónde se ha de buscar y ver lo divino, en aquellas expresiones no se ha aludido a lo supe¬rior, sino a lo inferior. Justamente con respecto al saber de Dios sucede de manera muy distinta, porque Cristo no pone el conocimiento y la fe en El en la admiración de las criaturas naturales, ni en el asombro de la pretendida potencia sobre ellas, de las señales y de los milagros, sino en el testimonio del espíritu.

Lo racional, en cuanto que es el contenido esencial de la reli-gión, podía parecer que venía de afuera, que lo elevaba y que lo presentaba como una serie histórica de reflexiones filosó-ficas. Sólo la forma en que aquel contenido existe en la reli-gión, es distinta de aquella en que el mismo contenido existe en la filosofía, y, por esta causa, una historia de la filosofía es necesariamente distinta de una historia de la religión. Porque ambas están tan próximas, existe en la historia de la filosofía la antigua tradición de empezar por una filosofía persa, india, etc., una costumbre que aún es conservada, en parte, en todas las historias de la filosofía. También existe una tradi¬ción semejante perpetuada y difundida por todas partes de que, por ejemplo, Pitágoras ha ido a buscar su filosofía a la India y a Egipto; es una antigua gloria, la gloria de la sabiduría de estos pueblos, la que la filosofía admite también para sí. De todos modos, las representaciones y el culto divino de los orientales, que en la época del Imperio Romano han pe¬netrado en el Occidente, llevan el nombre de la filosofía oriental. Cuando en el mundo cristiano la religión cristiana y la filosofía fueron estudiadas más detalladamente como sepa¬radas, por el contrario, se considera principalmente en esa antigüedad oriental a la filosofía y a la religión como no sepa¬radas (inseparables) en el sentido de que el contenido ha existido en la forma en que él es filosofía. Junto a la facilidad de estas representaciones, y para poner unos límites determi¬nados a las representaciones religiosas para el proceder de una historia de la filosofía, será conveniente hacer algunas consideraciones directas sobre la forma que distingue las re¬presentaciones religiosas de las reflexiones filosóficas frag¬mentarias (filosofemas).

 

Pero esta forma, por cuyo medio el contenido en sí y por sí universal pertenece solamente a la filosofía, es la forma de pensar, la forma del universal mismo. Pero en la religión existe este contenido por medio del arte para la intuición in¬mediata, externa; además, para la representación, para la sensación. La significación existe para el espíritu ingenioso; ella es el testimonio del espíritu que comprende tal conte¬nido. Para aclarar esto es necesario recordar la diferencia entre lo que nosotros somos y tenemos, y cómo nosotros cono¬cemos eso mismo, es decir, de qué manera lo sabemos, esto es, lo tenemos como objeto. Esta diferencia es lo infinita¬mente importante, de lo cual se trata solamente en la forma¬ción cultural de los pueblos y de los individuos, y lo que arriba se ha considerado como la diferencia de la evolución. Nosotros somos hombres y poseemos razón; lo que es hu¬mano, lo que es racional en general, resuena en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra subjetividad, en suma. Esta reso¬nancia, este movimiento determinado, es donde poseemos, en general, un contenido como nuestro; la multiplicidad de determinaciones que él contiene está concentrada y envuelta en esta interioridad, una sorda actividad del espíritu en sí, en la sustancialidad universal. El contenido es inmediatamente idéntico a la simple certeza abstracta de nosotros mismos, a la conciencia de sí. Pero el espíritu, por cuanto es espíritu, es esencialmente conciencia. La complejidad contenida en su simple individualidad tiene que objetivarse; tiene que elevarse al saber. Y por eso, en la naturaleza de esta objetividad, en la naturaleza de la conciencia, es en lo que consiste toda la dife-rencia. Esta naturaleza se extiende desde la simple expresión de la sordera de la sensación hasta lo más objetivo, hasta la forma en sí y por sí objetiva, hasta el pensar. La objetividad más simple y formal es la expresión y el nombre de aquella sensibilidad y de la disposición de las mismas, en cuanto quiere decir: piedad, oración, etc. «Déjanos orar, déjanos ser piadosos», etc., es el simple recuerdo a aquel sentimiento. Pero, por ejemplo, continúa diciendo: «Déjanos pensar en Dios»; expresa el contenido absoluto omnicomprensivo de aquel sentimiento sustancial al objeto, que es distinto de la sensación como movimiento subjetivo, autoconsciente, o que es el contenido, distinto de este movimiento así como de la forma. Pero este objeto, comprendiendo en sí ciertamente todo el contenido sustancial, no está aún desarrollado ni completamente determinado. Pero cuyo contenido desarrollan, conciben, expresan, traen a la conciencia de las relaciones re-sultantes de eso; ese contenido es el origen, la producción, la revelación de la religión. La forma en la que este contenido desarrollado recibe primeramente la objetividad es la de la intuición inmediata, de la representación sensible, o de una representación determinada más directamente, tomada de los fenómenos o relaciones naturales, físicos o espirituales. El arte facilita esta conciencia, al dar firmeza y permanencia a la apariencia fugitiva con la cual la objetividad pasa a la sensa-ción; la informe piedra santa o lo que sea a lo que primera-mente se enlaza la necesidad de la objetividad, recibe del arte forma, rasgos, determinabilidad y contenido determinado, el cual puede hacer consciente; existe ahora como objeto para la conciencia. De esta manera el arte se ha hecho el maestro (educador) de los pueblos, como, por ejemplo, sucede en Homero y Hesíodo, que han formulado la teogonia de los griegos (Herodoto, II, 53), en tanto que ellos han afirmado —en todas partes— las complicadas representaciones y tradi-ciones halladas, correspondientes al espíritu de su pueblo y las han elevado a formas y representaciones determinadas. No es éste el arte que manifiesta el contenido de una religión ya acabada y perfecta por medio de pensamientos, represen-taciones y palabras, actualmente también en piedra, sobre el lienzo o por medio del discurso, como lo hace el arte de la época moderna cuando trata los objetos religiosos o de la re-ligión históricamente, teniendo por base las representaciones y los pensamientos existentes y expresando a su manera sola-mente el contenido que ha sido, por otra parte, expresado ya a su manera completamente. La conciencia de esta religión es el producto de la fantasía reflexiva, o del pensar, el cual con¬cibe solamente a través del órgano de la fantasía y tiene su expresión en su forma. Si ahora, igualmente el pensar infi¬nito, el espíritu absoluto, se ha revelado y se revela en la ver¬dadera religión, entonces es la copa en la cual se hace cono¬cido el corazón, la conciencia representativa y el entendimiento de lo finito. La religión en general no se dirige solamente a aquel aspecto de la cultura —«el Evangelio es predicado a los pobres»—, sino que ella tiene que dirigirse expresamente al corazón y al ánimo, entrar en la esfera de la subjetividad, y, además, en la región del modo finito de re¬presentación. En la conciencia que percibe y que se refleja sobre las percepciones, posee el hombre, para las relaciones especulativas de lo absoluto, según su naturaleza, en sustitu-ción solamente relaciones finitas, que pueden servirle única-mente, sea en sentido completamente propio o también en sen¬tido simbólico, para comprender y expresar esa naturaleza y relaciones de lo infinito.

 

En la religión, en cuanto la más directa e inmediata revela¬ción de Dios puede, no solamente la forma del modo de re-presentación y del pensar reflexivo finito, ser la misma bajo la cual él (el pensar) se da existencia en la conciencia, sino que también esta forma debe ser bajo la cual él aparece; por¬que sólo ésta es también por sí la que es inteligible para la conciencia religiosa. Es necesario, para aclarar mejor esto, que se diga algo sobre lo que quiere decir comprender. A este concepto corresponde, por una parte, como antes se ha ob-servado, el fundamento sustancial del contenido, el cual, en-contrándose en él como la esencia absoluta del espíritu, hiere su interés, resuena en él mismo, y por eso recibe testimonio de él. Esta es la primera condición absoluta del comprender; lo que no existe en sí, en él, no puede entrar en él, no puede existir para él; tal contenido mismo es infinito y eterno. Pues lo sustancial es justamente, en cuanto infinito, lo mismo que lo que no tiene ningún límite en él mismo, al cual se refiera; porque, de lo contrario, sería limitado y no sería verdadera-mente lo sustancial, y, por tanto, el espíritu no es solamente en sí lo mismo que lo que es finito y exterior, no es ya lo que existe en sí, sino lo que existe por otro, lo que se ha puesto en relación. Pero, en tanto que, por otra parte, lo verdadero y lo eterno se hacen conscientes, es decir, que penetran en la con-ciencia finita, debe existir para el espíritu, así, este espíritu es para el que existe primeramente el contenido finito, y el modo de su conciencia consiste en las representaciones y formas de las cosas y relaciones finitas. Estas formas son lo habitual y familiar a la conciencia; es el modo universal de la finitud, cuyo modo se ha apropiado y ha convertido en el me¬dio universal de su representar, el cual tiene que haber de¬vuelto todo lo que en él mismo se encuentra, para poseerse y conocerse a sí mismo en ello. Si una verdad se encuentra en él mismo bajo otra forma, entonces esto quiere decir tanto: esta forma le es algo extraño, es decir, que el contenido no existe para la conciencia misma. Esta segunda condición de la inteligibilidad es, principalmente, a la que se refiere el fenó¬meno del comprender o del no comprender, pues lo primero, la conformidad de lo sustancial consigo mismo, se hace cons-ciente de sí porque no se ha comprendido como lo sustancial, como la actividad pura, infinita, en la conciencia. Pero el se-gundo aspecto se refiere a la existencia actual del contenido, es decir, al ser del mismo como existente en la conciencia; y si algo es comprendido o no, si la conciencia se apropia por sí un contenido, si se encuentra y se sabe a sí misma en lo que el objeto es para ella misma, depende de ello si se halla a ella misma en la forma de su metafísica habitual. Pues su metafí-sica la constituyen las relaciones que le son familiares (a la conciencia); esas relaciones son la red que entrelaza todas sus instituciones y representaciones particulares, y sólo en tanto que pueden ser concebidas en ella (en esa red), es capaz de conocer. Esas intuiciones y representaciones son el órgano espiritual a través del cual la mente recibe un contenido, son también el sentido por el cual algo recibe y tiene sentido para el espíritu. Para que algo sea inteligible a la conciencia o, como también se dice ahora, concebible, tiene que serle de¬vuelta (restituida) su metafísica, el órgano de su espíritu; así es conforme a su sentido. El entendimiento expresa, como los sentidos, la bilateralidad observada; el conocimiento (Verstand) de un hombre o de una cosa o, incluso, su sen¬tido, es su valor y contenido objetivos; pero el conocimiento (Verstand) que yo poseo o concibo de algo, o el sentido que tiene para mí (que yo poseo un conocimiento de algo, o que tiene sentido para mí), concierne a la forma en que existe para mí, la metafísica con que se ha vestido, y si ésta es o no la de mi representar. De esta manera, algo se ha hecho inteli¬gible, quizá a través de un ejemplo del contorno habitual de la disposición vital, a través de un caso concreto, que incluye en sí la misma relación como lo que la hace demasiado com-prensible, de manera que el caso tomado en ayuda es un sím-bolo o una parábola del mismo. De ordinario, completa¬mente inteligible quiere decir en general aquello con lo que se está ya familiarizado; y a menudo se oye decir de un ser¬món ingenioso que es muy inteligible, cuando su exposición se compone de sentencias bíblicas y de otros pasajes del cate-cismo igualmente conocidos. Esta inteligibilidad que descansa en el árido estar familiarizado con la cosa no se basa ahora verdaderamente en ninguna metafísica; pero un determinado modo del sentido supone ya la inteligibilidad que es sacada del caso concreto de la conciencia común sensible. Pero noso¬tros consideramos una metafísica más formada, por ejemplo, en la historia pragmática, que se ha esforzado en poner los resultados en una conexión de causas y efectos, de funda-mentos y consecuencias; las causas, los fundamentos, las con-diciones, las circunstancias, constituyen aquí aquello por lo cual se hace inteligible el acontecimiento histórico. Pero tam-bién se nos exige ya que comprendamos a través de la histo¬ria de una cosa la cosa misma, que sea esto ya la compren¬sión, si nosotros sabemos cómo ha existido la cosa antes de ahora, y que la comprendemos tanto más fundamentalmente cuanto más allá prosigamos en nuestro conocimiento de las condiciones en que la cosa se encontraba en un pasado próximo, en un pasado lejano y un pasado remoto; cómo fre-cuentemente nos exigen los juristas respetar esto como una comprensión de la cosa si saben precisar cómo se había com-portado en el pasado. En la perspectiva religiosa, durante un largo espacio de tiempo, ha existido una metafísica casi igual-mente simple para hacer consciente fácilmente todo lo inteli-gible. Al ser explicadas como falsas algunas abstracciones ge-nerales de unidad, de amor a la humanidad, de leyes naturales y de las mismas ideas religiosas, así existe una ma¬nera para hacer inteligible cómo, sin embargo, estas abstrac¬ciones han llegado a los hombres, cómo un hombre puede in¬currir en una representación falsa; existe también la naturaleza (el cómo) del mentir; además, están también muy a mano el ansia de dominio, el deseo de posesión y otros me¬dii termini; y en tanto que la religión sea considerada como la obra de las pasiones y del engaño de los sacerdotes, entonces la cuestión se hace inteligible y concebible de tal manera.

 

Este término medio que es la condición de inteligibilidad del contenido absoluto o, lo que es igual, el que constituye la existencia actual del mismo contenido, encadena a éste a la conciencia subjetiva. Este medio, o esta forma bajo la cual existe el contenido absoluto de la religión, es por lo que la filosofía se distingue de la religión. La razón eterna, al mani-festarse, al expresarse y revelarse, se revela al espíritu y a la representación, y solamente a través de eso a la mente y a la representación, a la conciencia sensitiva y natural que refleja al contenido. La reflexión abstracta posterior inicia esta configuración y modo de la existencia (Dasein), para conside-rarlos como una cubierta bajo la cual está escondida la ver¬dad, e intenta quitar ese ropaje al contenido interior (intrínseco) y hacer surgir la verdad desnuda, pura, tal como ella es en sí y por sí. Porque la reflexión conceptual encuen¬tra las relaciones finitas de la intuición y a la representación sensibles inadecuadas al contenido universal infinito, y se ha imaginado una idea con determinaciones más elevadas que estas formas. Es, por de pronto, lo antropomórfico lo que en-cuentra contradictorio con su idea. El contraste y la lucha de la filosofía con las así llamadas representaciones populares de la mitología es un fenómeno ya antiguo. Por ejemplo, Jenó-fanes decía que si los leones y los bueyes tuviesen manos para ejecutar obras de arte como los hombres, representarían a sus dioses y les darían un cuerpo semejante al que ellos po¬seen. Jenófanes se encoleriza, lo mismo que después Platón (y antes lo habían hecho ya, en general, Moisés y los profetas desde una religión más fundamental), con Homero y He¬síodo, porque habían atribuido a los dioses todo lo que es vergonzoso e infamante entre los hombres: xle/ptew

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en tales imágenes y representaciones su conciencia absoluta, no sólo tienen en ello meramente lo negativo de tal conte¬nido, sino que también tiene que estar esencialmente conte¬nido algo positivo del mismo contenido, de manera que sea considerado lo finito, y además, lo extravagante y lo carente de medida del mismo, más bien como una envoltura bajo la cual se oculta un verdadero contenido. A este respecto, sería indiferente imaginarse que esta envoltura había sido utilizada premeditadamente por los sacerdotes y por los maestros de la religión, así como también, con qué intención ha sido utili¬zada una envoltura semejante. Por otra parte, esta investiga¬ción sería realizada solamente en el camino histórico; pero aunque se consiguiese mostrar históricamente algunos casos en los que el modo de representación hubiese sido un disfraz inferido de la intención, entonces, en general —y esto es evi¬dente más bien históricamente— es la naturaleza de la cosa, como se ha mostrado poco antes, ésta: que la verdad, mani¬festándose, ha podido ponerse de relieve solamente en el me¬dio de la representación, de la imagen, etc., en tanto que, en parte, aún no se ha hecho salir ni se ha dispuesto el elemento siguiente, el elemento del pensamiento en un suelo en el que había podido ser colocado aquel contenido; sin embargo, es la determinación de la religión, como tal, que su contenido tenga a este elemento por base de su manifestación. También es verdad que los filósofos se han servido de las formas mí¬ticas para hacer representables los razonamientos filosóficos, y traerlos más cerca de lo sensible, de la fantasía; frecuente-mente se oye alabar y apreciar a Platón principalmente por eso, como si con eso hubiese demostrado un genio más ele-vado y, además, hubiese hecho algo más grande que lo que por otra parte pueden hacer los filósofos y que él mismo ha llevado a cabo en otras de sus obras, como, por ejemplo, en su árido y abstracto Parménides. No es de maravillar que Pla¬tón sea admirado también preferentemente a causa de sus mitos, porque, en efecto, una forma semejante facilita la comprensión de los pensamientos generales (universales) y los aproxima en semejante forma bella. Pero los mitos plató¬nicos como tales no son los que le han hecho filósofo; cuando el pensamiento en otro tiempo se fortalecía tanto para poder darse una existencia actual en su elemento propio, entonces es aquella forma un adorno superfluo que, por una parte, se puede aceptar con agrado; pero, por otra parte, a través del cual la ciencia no es exigida en tanto que ella no ataña nada a la utilidad exterior que de este modo una y otra podían exci¬tar a la filosofía. Además no se puede oponer un perjuicio a aquella supuesta utilidad exterior. De esta manera, ese per¬juicio puede hacerse tan célebre por aquel modo mítico de fi¬losofar, que pueda dar lugar a la opinión de si los mitos son filosofía, y que ella proporciona la posibilidad de ocultar la impotencia y la inhabilidad para expresar el contenido que debe ser representado, en la forma del pensamiento en la única forma de la filosofía y darle además su verdadera deter¬minabilidad.

 

Pero Platón no tiene que disfrazar por medio de la forma mí-tica los filosofemas (los razonamientos filosóficos) que él tuvo en la mente, y que había expresado antes también en forma más filosófica, sino que más bien intentó hacerlos más claros e imaginables. Se ofrece una representación torpe cuando se habla de mitos, de símbolos, especialmente si se trata sólo de disfraces bajo los cuales está oculta la verdad. Antes bien, son los mitos y los símbolos, las representaciones y las rela¬ciones en general, en los que es expresada la verdad, es decir, a través de lo cual la verdad debe ser expresada, esto es: debe ser descubierta. Sin duda se podía mostrar en ciertos casos que los símbolos y otros elementos semejantes son utili-zados para constituir enigmas y para hacer del contenido un secreto bastante más difícil de penetrar. Se podía sospechar en la masonería un propósito semejante en sus símbolos y mitos; pero no se le hará ninguna injusticia cuando se está convencido de que no hay allí ningún saber especial; por con-siguiente, tampoco tiene nada que ocultar. Pero que no se encuentra en posesión ni posee en custodia ninguna sabidu-ría, ciencia o conocimientos especiales, ni se encuentra en po-sesión de ninguna verdad que no sea posesión de todos; de esto se convencerá cualquiera fácilmente, si se consideran los escritos que proceden directamente de la masonería, así como aquellos que sacan a la luz sus amigos o propietarios, de cualquier rama de la ciencia o del conocimiento que sean; en ella no se encuentra nada más que la elevación de la cul-tura habitual general y de los conocimientos vulgares. Si se quiere imaginar como posible custodiar una sabiduría del mismo modo que un hecho, y recibirla de la comunicación con los mismos hechos de los cuales se constituye la cuestión de sus exteriorizaciones en la vida común y en el impulso científico, entonces no es preciso conocer lo que es la natura-leza de un razonamiento filosófico, de una verdad universal, de un modo de pensar y de conocimiento universales —y sólo de esto se trata, no de conocimientos históricos, en general de conocimientos de lo individual—; de éstos de los cuales in-numerables se pueden convertir en enigmas y tanto más cuanto menos o más pasajero sea el interés por saberlos. Creer en aquella posibilidad y en un medio para mantener se-parado el conocimiento universal según su contenido, el cual, al poseerlo el sujeto, posee en sí, más bien en general, interés del sujeto, de las exteriorizaciones de la vida restante y de su existencia espiritual concreta, sería igualmente tan ridículo, como si se creyese en un medio para poder separar la luz de la sombra, o poseer un fuego que no calentase. Del mismo modo vemos que, frecuentemente, se atribuye a los misterios de los antiguos un fervor semejante de sabiduría y de conoci¬mientos especiales; es sabido que todos los ciudadanos ate¬nienses eran iniciados en los misterios de Eleusis; por el con¬trario, Sócrates no había podido iniciarse en ellos y, sin embargo, nosotros vemos, por ejemplo, cuán insigne fue con¬siderado entre sus conciudadanos, y cómo aquellos que acos-tumbraban a tratar con él, a pesar de su iniciación en la sabi-duría de los misterios, aprendían algo nuevo de él y sólo lo que heredaron de él lo consideraron como el conocimiento más estimable, como lo mejor de su vida.

 

Pero cuando se trata de la mitología y de la religión en gene-ral, entonces es la forma que en ellas tiene la verdad no sólo una cubierta, sino que en ellas debe manifestarse más bien el contenido; así como también es una expresión torpe la que ha sido tan usual en la época moderna, como si el mundo no ofreciese al hombre más que un enigma y ésta fuera la última relación del hombre con el mundo. Mucho mejor se ha reve-lado Dios en la Naturaleza, y El es la significación de la misma, la palabra clave del enigma, y así como la Naturaleza, es aún mucho mejor el universo espiritual, la revelación de Dios; porque su concepto más característico es el de ser Espí¬ritu, y la representación de la mitología y de la religión en ge¬neral es, esencialmente, no sólo un disfraz, sino una manifes¬tación del mismo. Pero, en efecto, es, al mismo tiempo, la condición de la intuición sensible, así como de la representación y de las relaciones sensibles y finitas, la naturaleza de lo simbólico en general, para ser una existencia que no corres-ponde, al mismo tiempo, a la idea infinita; y así ella se oculta al mismo tiempo que se descubre. La esencia es aquello a través de lo cual la existencia es fenómeno (manifestación), o, expresado más exactamente: lo que aparece en el fenó¬meno es la esencia, pero simultáneamente es también sólo fe-nómeno; el fenómeno contiene al mismo tiempo en una uni-dad la determinación de no ser la esencia. En la diferencia que existe entre el mito y su significación, y en la que la re-presentación mítica, en la exposición de la idea para la repre-sentación natural, es considerada como un disfraz de esta idea, yace la confesión de que la significación es el propio va-lor intrínseco, y este valor existe sólo en su verdadero modo en tanto que se desnuda de la forma sensible y de las rela¬ciones finitas, y es ascendido al modo del pensamiento. En el pensamiento no existe ya ninguna diferencia de representa-ciones o de imágenes y de su significación; el pensamiento es lo que se da significación a sí mismo y existe allí tal como es en sí. Por tanto, ahora, si la mitología y las representaciones religiosas en general, en tanto que son sólo representaciones, descubren esencialmente la verdad y el contenido de la idea, entonces aún hay encerrado en esta manifestación algo que es inapropiado a este valor intrínseco; pero el pensamiento es lo peculiar a sí mismo.

 

La mitología, así como lo que es considerado como metafó-rico es el modo de representación no mítico, necesita, por eso, de una aclaración; y aclarar lo metafórico no quiere de¬cir otra cosa que traducir, en primer lugar, las formas sensi¬bles y sus relaciones finitas en general a relaciones espiri¬tuales, a relaciones conceptuales. Las relaciones de la Naturaleza inorgánica y de la viviente, las de la afectividad y del querer natural, así como los objetos inmediatos de la Na¬turaleza, de la sensibilidad y de los anhelos del espíritu, libres de la forma de la inmediación, y pensados a través de la abs¬tracción, ofrecen ahora unas relaciones y un contenido que, en cuanto pensados, son de naturaleza universal. (Pero si estos pensamientos manifiestan mejor ahora la significación, entonces no parecen haber ganado nada a través de aquella variación de la forma con respecto al contenido; porque estas relaciones finitas y su consiguiente contenido no han sido alteradas en lo infinito análogo; no solamente existe analogía entre el contenido de lo mítico, y, por tanto, de lo metafórico y los pensamientos, sino que estos últimos son aquel conte¬nido completo en su más simple determinabilidad misma. En tanto que allí esta ligadura o bases sustanciales eran infinitas, así lo es el contenido, también en la explicación; porque ésta no es otra cosa en cuanto que hace surgir lo sustancial como sustancial. Solamente el contenido pensado, en cuanto pen-sado, aparece, con eso, ya digno de ser una determinación de lo finito, si de otro modo lo divino no es aceptado solamente como lo infinito-negativo, al cual no debe alcanzar ningún modo del contenido determinado.) Así, por consiguiente, una sensación determinada, como la cólera, o una relación orgánica, como la generación, trasladados a la determinación espiritual y universal de la justicia frente al mal, a la Creación en general o al Ser-Causa, ya no son considerados como in-dignos de ser propiedad o relación de lo absoluto. Desde la figura de Osiris, de Isis, de Tifón, y a través de las innumera¬bles historias mitológicas, ha llegado a ser urgente para las distintas épocas la necesidad de tomarlas como expresiones de los objetos naturales, de las estrellas y sus revoluciones, del Nilo y sus cambios, etc., después de los resultados histó¬ricos, del destino y de las acciones de los pueblos, de las rela¬ciones y de los cambios éticos en la forma natural y política de la vida y, por consiguiente, aclararlas al ser puesto de ma¬nifiesto y extraído un sentido semejante de ellas. Este aclarar tiene por objeto hacerlas inteligibles; no se comprende cómo la muerte de Osiris, etc., puede ser algo divino. Aquí se ha alterado e invertido el concepto de inteligibilidad. Estas re¬presentaciones sensibles pretendidamente antropomórficas son las que, al lado de esta necesidad de aclaración, son te¬nidas por incomprensibles; existe otra representación distinta de Dios que se ha esforzado por encontrarla en aquellas fi¬guras, una representación más espiritual, más intelectual, más universal. Ocurre ahora que se comprende a Dios o sólo la me¬dida de esta representación, la cual se comprende y se encuentra comprensible en tanto que es dicha de Dios. Si, de lo que Dios debe ser, se dice que le han sido separados los miembros genitales masculinos y, después, en sustitución, le han sido injertados los de un chivo, entonces no comprendemos cómo pueden decirse tales cosas de Dios; tampoco se comprende que Dios pudiera haber mandado a Abraham a matar a su

 

hijo. Ya los antiguos habían empezado a no entender cuando se hablaba de los robos y adulterios, antes mencionados, cometidos por los dioses.

 

Ni se explica por un simple y llano error; además, eso no quiere decir incomprensibles. Si eso se aclara por lo com-prensible, o se mantiene la exigencia de la comprensión, en-tonces esto quiere decir que algo debe existir allí de que yo puedo apropiarme, que tiene un sentido verdadero, o, al menos, tiene un sentido formal coherente con lo otro.

Después que yo he indicado el fundamento (la razón o princi-pio) universal de lo que es, en general, la evolución en el tiempo existe para nosotros:

 

a) En primer lugar, la representación se aparta de la perfec¬ción de la filosofía así como de una intuición, de un pensa¬miento y de un conocer puros; así esta condición

 

1)        caería fuera del tiempo, no en la historia.

 

2)        Pero esto fuera contra la naturaleza del espíritu, contra la naturaleza del saber (conocer). La unidad original, incondi cionada con la Naturaleza, no es otra cosa que sorda intui ción, conciencia concentrada, que, por tanto, es abstracta, no es orgánica en sí. Sin duda la vida, Dios, deben ser concretos, lo son en mi sentimiento; pero no hay en ellos nada distinto. El sentimiento universal, la idea general de lo divino, segura mente se adapta a todo; pero de lo que se trata es de que el reino infinito de la concepción del mundo esté organizado y esté puesto en su lugar como algo necesario, que yo lo apli que no sólo a una y a la misma representación. La intuición piadosa la encontramos, por ejemplo, en la Biblia, en el An tiguo y en el Nuevo Testamento, y en aquél preferentemente, como la adoración universal de Dios en todos los fenómenos de la Naturaleza (así en el Libro de Job), en el rayo y en el trueno, en la luz del día y en la de la noche, en las montañas, en los cedros del Líbano y en los pájaros entre sus ramas, en las fieras salvajes, en los leones, en las ballenas, en el reptil, etc., también en una providencia universal de todos los acon tecimientos y estados humanos. Pero esta visión intuitiva que el alma piadosa tiene de Dios es completamente algo distinto

 

de la visión inteligente de la naturaleza del espíritu; justa¬mente no se trata ahí de la filosofía de la esencia pensada, co¬nocida de Dios; porque precisamente aquella pretendida in¬tuición inmediata, sentimiento, creencia, o como se le quiera llamar, es exactamente aquello en lo que se distingue el pen¬sar: el surgir (brotar) de esta inmediación, de la simple, senci¬lla intuición universal para ser sentimiento; el pensar es el re¬torno sobre sí mismo del espíritu y, además, lo que él es en cuanto contemplador, para convertirse en objeto, para con¬centrarse en sí y para separarse, por lo mismo, de sí. Esta se¬paración es, como se ha dicho, la primera condición y el mo¬mento de la conciencia de sí, de cuya reunión en sí como pensamiento libre puede surgir solamente el desarrollo del universo en el pensamiento, es decir, la filosofía. Justamente esto constituye el trabajo infinito del espíritu, para retraerse de su existencia inmediata, de la feliz vida natural a la noche y a la soledad de la conciencia de sí, para reconstruir reflexiva¬mente de su fuerza y poder la realidad y la intuición sepa¬radas de la conciencia de sí. De esta naturaleza de la cosa se evidencia que precisamente aquella vida natural inmediata es lo contrario de aquella que sería la filosofía, un reino de la inteligencia, una transparencia de la Naturaleza para el pen¬samiento. Tan sencillamente no se realiza la evidencia para el espíritu. La filosofía no es un sonambulismo; antes bien, es la conciencia despierta, y en su sucesivo despertar está precisa¬mente esta elevación de ella misma por sobre el estado de uni¬dad inmediata con la Naturaleza, una elevación y un trabajo, los cuales, en cuanto progresivo diferenciarse a sí misma de sí para producir, a través de la actividad del pensamiento, de nuevo solamente la unidad, caen en el curso de un tiempo, y, sin duda, de un largo tiempo. Esto ocurre frente a los mo¬mentos desde los cuales hay que juzgar aquel estado filosó¬fico de Naturaleza.

b) Ciertamente es un largo tiempo; y la duración temporal que puede llamar la atención, es la que necesita el espíritu para elaborar la filosofía por su propio esfuerzo. He dicho al comienzo que nuestra filosofía actual es el resultado del tra-bajo de todos los siglos pasados. Si tan larga duración sor-prende, es necesario saber ya que este largo tiempo ha sido empleado para adquirir este concepto (se trata del concepto de filosofía); esto no podía suceder tan fácilmente entonces

 

como en la actualidad. Sobre todo, es preciso saber que el es-tado del mundo, que el estado de un pueblo, depende del concepto que él tenga de sí mismo. En el reino del espíritu no suceden las cosas tan aprisa como crece un hongo durante la noche. Que el espíritu ha necesitado tan largo tiempo es lo que puede llamar la atención cuando no se conoce ni se apre¬cia, por una parte, la naturaleza y la importancia de la filoso¬fía, que esa duración tan larga constituye su interés, también el interés de su trabajo. La relación de la filosofía con las otras ciencias, artes, organizaciones políticas, etc., la exami¬naremos más detalladamente. Pero cuando uno se admira, sobre todo, de la larga duración temporal, o se habla de largo tiempo, entonces hay que recordar que la duración tiene algo de sorprendente para la reflexión más inmediata, lo mismo que la magnitud de los espacios de que se habla en astrono¬mía.

 

Por lo que a la lentitud del espíritu del mundo se refiere, hay que considerar que él no tiene que apresurarse; tiene tiempo bastante —para él mil años son como para ti un día—; el es-píritu del mundo tiene tiempo bastante, precisamente porque él está fuera del tiempo, porque él es eterno. Los infusorios, muchos, muchísimos, no han tenido tiempo suficiente para alcanzar su fin; ¡quién no muere antes que hayan sido reali-zados sus fines! No sólo carece de tiempo suficiente; no es tiempo solamente el que se ha de dedicar a la adquisición de un concepto; se necesita aún mucho más: que no sólo un hombre, sino muchas generaciones, todo el género humano, se haya dedicado al trabajo de hacerse consciente, que ha he¬cho un enorme dispendio de nacimientos y de muertes, esto tampoco le importa mucho; él (el espíritu del mundo) es bas-tante rico para tal dispendio; impulsa su obra a lo sublime; tiene naciones e individuos suficientes para usarlos. Hay un axioma trivial: la Naturaleza logra sus fines por el camino más corto —¡justo!—; pero el camino del espíritu es la me¬diación, es el rodeo. Tiempo, fatiga, dispendio, semejantes determinaciones de la vida finita no corresponden a esto.

 

Para darse cuenta de la lentitud, del dispendio y trabajo enormes del espíritu, para aducir un caso concreto, necesito referirme solamente al concepto de su libertad, a un concepto fundamental. Los griegos y los romanos —sobre todo los

 

asiáticos— no sabían nada de este concepto, es decir, que el hombre, en cuanto hombre, nace libre, que es libre. Platón, Aristóteles, Cicerón y los maestros del derecho romano no poseían este concepto, aunque solamente él sea la fuente del derecho; mucho menos aún lo poseían los pueblos. Sin duda sabían que un ateniense, un ciudadano romano, un ingenuus, es libre, sabían que había libres y no libres; precisamente por eso no sabían que el hombre, en cuanto hombre, es libre; el hombre en cuanto hombre, es decir, el hombre en general (universal), el hombre tal como lo concibe el pensamiento, tal como es concebido en el pensamiento. En la doctrina cris¬tiana empezó a surgir la teoría de que ante Dios todos los hombres son libres, que Cristo ha liberado a los hombres, los ha hecho iguales ante Dios, los ha liberado para la libertad cristiana. Estas determinaciones hacen a la libertad indepen¬diente del nacimiento, del lugar, de la cultura, etc., y es ex¬traordinario el avance que se ha logrado con esto; pero estas determinaciones aún no son distintas de aquello que consti¬tuye el concepto de hombre para ser un hombre libre. El sen¬timiento de esta determinación ha impulsado durante siglos, durante milenios: este impulso ha producido las más formida¬bles revoluciones, pero (el pensamiento) el concepto de que el hombre es libre por naturaleza; esto no quiere decir que es libre conforme a su vida natural, sino que es libre por natura¬leza, teniendo naturaleza aquí el significado de esencia o con¬cepto; este conocimiento, este saber de sí mismo, no es muy antiguo, lo tenemos como un prejuicio; este saber se com¬prende por sí mismo. El hombre no debe ser esclavo; a nin¬gún pueblo ni a ningún gobierno se le ocurre hacer una gue¬rra para coger esclavos; solamente con este conocimiento es la libertad derecho, no un privilegio positivo, obtenido por la fuerza de la autoridad, por la necesidad, etc., sino que es de¬recho en sí y por sí, el concepto idéntico a la vida.

 

Pero hay que hacer mención de otro aspecto de la lentitud del progreso del espíritu, a saber, la naturaleza concreta del espíritu, según la cual el pensamiento de sí se relaciona con todo el restante reino de su existencia y de sus relaciones; la formación de su concepto, su pensamiento de sí, es, al mismo tiempo, la configuración de todo su contorno, de su totalidad concreta en la historia. La idea que expresa el sistema filosó-fico de una época tiene con su restante estructura esta rela-

 

ción: esa idea es la sustancia de su universo, su esencia uni-versal, su flor, la vida cognoscente en el pensar puro de la simple conciencia de sí. Pero el espíritu no solamente es esto, sino que, corno se ha dicho antes, es una evolución multilate-ral de su existencia; y el grado de conciencia de sí que el espí-ritu ha alcanzado es el principio que él (el espíritu) da a cono-cer en la historia, en las relaciones de su existencia. El espíritu reviste este principio con toda la riqueza de su exis¬tencia; la forma en la que el principio existe es un pueblo en cuyas costumbres, organización política, vida doméstica, civil y pública, en cuyas artes, relaciones externas del Estado, etc., se supone aquel principio; toda la forma determinada de la historia concreta es caracterizada por todos los aspectos de su exterioridad. Es esta materia la que tiene que modelar el principio de un pueblo y esto no es asunto de un día, sino que son todas las necesidades, capacidad, relaciones, organiza¬ción política, leyes, artes, ciencias, a las que tiene que perfec¬cionar después; éste no es un progreso en el tiempo vacío, sino en el tiempo infinitamente lleno, pleno de contiendas; no es un simple progreso en conceptos abstractos del pensar puro, sino que el espíritu progresa solamente en el pensar en tanto que progresa con toda su vida concreta. A esto con¬viene un ascenso cultural de un pueblo a una etapa donde pueda surgir la filosofía en el pensamiento. Esta lentitud del espíritu del mundo es aumentada aún por el retroceso apa¬rente, por las épocas de barbarie.

 

c) Pero es tiempo de acercarnos a las próximas diferencias universales que existen en la naturaleza del desarrollo (de la evolución). Estas diferentes, a las que hemos de dedicar nuestra atención en esta introducción, conciernen solamente a lo formal, a lo que surge principalmente del concepto de de-sarrollo. El conocimiento de las determinaciones que existen aquí nos ilumina más directamente sobre lo que hay que es-perar en general de las filosofías particulares, y, además, nos da el concepto determinado de lo que se sabe de la diversidad de las filosofías.

 

En primer lugar, advierto que se ha aludido en la determina-ción del desarrollo cultural (evolución) que no sólo es esen-cialmente un surgir pasivo, tal como nos lo representamos en el salir, por ejemplo, del sol o de la luna, etc.; un simple mo-

 

verse en el medio sin resistencia del espacio y del tiempo, sino que es trabajo, actividad frente a algo existente, trans-formación del mismo. El espíritu vuelve a sí y se convierte en objeto; y la dirección de su pensar le da indirectamente segu-ridad de la forma y de la determinación del pensamiento. A este concepto, en el cual se ha concebido a sí mismo (el pen-samiento) y el cual es él mismo, a esta su formación, a este su ser, separado de nuevo de él, convertido en objeto, y de nuevo aplicada a ello su actividad, entonces este hacer conti¬núa formando lo antes formado, le da más determinaciones, lo hace más determinado, más perfecto y profundo en sí. A cada época le precede otra y es una elaboración de la misma y, precisamente por eso, es una cultura más elevada.

 

 

A) CONSECUENCIA SOBRE LA PERSPECTIVA, ASI COMO SOBRE EL PROCEDIMIENTO DE LA FILOSOFÍA EN GENERAL

 

De esta necesidad resulta que el comienzo es lo menos for-mado (cultivado), lo menos determinado y desarrollado en sí; antes bien, lo más pobre, lo más abstracto, y que la primera filosofía está constituida por el pensamiento completamente universal e indeterminado, la primera filosofía es la más sim-ple, la filosofía moderna la más concreta, la más profunda. Es preciso saber esto para no buscar detrás de las antiguas fi-losofías nada más que lo que en ellas está contenido, no bus-car en ellas la contestación a las cuestiones, la satisfacción de las necesidades espirituales, que de ninguna manera existían entonces, y que pertenecen solamente a una época mucho más cultivada. Igualmente nos impide esta evidencia atri-buirles alguna culpa, echar en ellas de menos algunas deter-minaciones, las cuales de ninguna manera existían aún para su cultura; también nos impide recargarlas con conclusiones y afirmaciones que en modo alguno habían sido efectuadas o pensadas de ellas (de las filosofías antiguas), aunque pudie¬sen inferirse ya justamente del principio del pensamiento de una filosofía semejante.

 

1) Así, encontraremos nosotros en la historia de la filosofía a las antiguas filosofías muy pobres y necesitadas de determinaciones —como en el caso de los niños—, pensamientos sencillos que

 

han de considerarse al mismo tiempo como ingenuos, en tanto que no tienen el sentido de afirmaciones en contraste con otras. De este modo se ha preguntado, por ejemplo, si la filosofía de Tales había sido propiamente el teísmo o el ateísmo, si él había afirmado la existencia de un Dios personal o solamente un Ser universal impersonal, es decir, un Dios en el mismo sentido que nosotros lo concebimos, porque, de otra manera, no se¬ría tenido por Dios. La determinación de la subjetividad de la idea más sublime, de la personalidad de Dios, es un concepto muchísimo más rico, más intenso y, por eso, mucho más tar¬dío. Sin duda, en la representación de la fantasía tienen los dioses griegos una personalidad como el Dios Único en la re¬ligión judia; pero es algo enteramente distinto lo que es re¬presentación de la fantasía, o lo que es concepción del pensa¬miento y del concepto puro. En sus comienzos, el filosofar ha tenido muchas dificultades, al atraer hacia, sí todas las cues¬tiones para aislar el pensar de toda creencia popular y para llevarlo a un campo completamente distinto, a un campo que el mundo de la representación deja de lado, de manera que ambos existan muy tranquilamente uno al lado del otro, o, más bien, que nadie ha logrado aún ninguna reflexión en su contradicción —tampoco en cuanto pensamiento para querer reconciliarlos, para mostrar esto en la creencia popular, sola¬mente que en una forma exterior distinta que en el concepto, y para querer aclarar y justificar así las creencias populares y así, también, poder expresar los conceptos del pensamiento puro de nuevo a la manera de la religión popular—, un as¬pecto y una tarea que constituyó, después, entre los neopla¬tónicos, un modo particular de filosofar. Como la esfera de las representaciones populares y la del pensamiento abstracto están pacíficamente una al lado de la otra, nosotros vemos aún en los filósofos griegos más tardíos, más cultos, que la práctica del culto, la imploración a los dioses, los sacrificios, etc., son sinceramente compatibles con sus impulsos especu¬lativos —no como una hipocresía, así como la última palabra de Sócrates fue recomendar a sus amigos que sacrificaran un gallo a Esculapio—, un deseo que no hubiese podido ser compatible con los muy concluyentes pensamientos de Só¬crates acerca de la esencia de Dios, principalmente de su principio de la moralidad. Cuando nosotros examinamos tal conclusión es algo muy distinto.

 

B) PROCEDIMIENTO DE LAS ANTIGUAS FILOSOFÍAS

 

Al presentarse esta diferencia entre lo que hay allí conse-cuentemente y lo que ha sido pensado realmente, conviene que nosotros podamos ver citados en una historia de la filoso¬fía una multitud de teoremas metafísicos de un filósofo —un texto como una declaración histórica de las afirmaciones que él ha hecho—, de los cuales el filósofo no sabía una palabra ni se encuentra tampoco la menor huella histórica. Así, en la voluminosa Historia de Brucker se menciona una serie de ra-zonamientos filosóficos, hasta en número de treinta, cua¬renta, etc., de Tales y de otros, que no se pueden atribuir, con certeza, a tales filósofos. Además, teoremas —y también citas de argumentadores— de tal especie podemos alegar mu¬chos. El procedimiento de Brucker es colocar un razona¬miento filosófico de un antiguo con todos los consecuentes y antecedentes, todos los antecedentes y consecuentes que po-dían seguirse de aquel (filosofema) razonamiento filosófico conforme a la representación de la metafísica wolfiana, y pre-sentar una simple y pura atribución falsa, tan ingenua como si fuera un hecho realmente histórico. Precisamente esto consti-tuye el progreso de la evolución, la diversidad de las épocas, de la cultura y de la filosofía; cuando tales reflexiones, tales determinaciones del pensamiento, tales relaciones del con¬cepto han entrado o no en la conciencia. Justamente en los pensamientos, que están dentro (en el interior), pero no fuera, existe solamente la diferencia. El pensamiento es aquí lo principal (lo esencial), no lo que como concepto rige su vida. Estos debían haber sacado fuera los pensamientos de los mismos. Es necesario atenerse exactamente a las palabras más peculiares con rigor histórico, no concluir ni hacer otra cosa de ellas. También Ritter dice en su Historia de la Filosofía Jónica, página 16: «Tales consideraba al mundo como un animal viviente que lo abarca todo, que se ha desarrollado de una semilla —por el contrario, la semilla de todas las cosas es húmeda—, como sucede a todos los animales. Por consi-guiente, la intuición fundamental de Tales es que el mundo es un todo viviente que se ha desarrollado de un germen y, se¬gún la especie de animal, continúa viviendo mediante una ali-mentación apropiada a su esencia originaria».

 

A este resultado del concepto de evolución, de que las más antiguas filosofías son las más abstractas, de que en ellas la idea está muy poco determinada, se une otra consecuencia in-mediata que, en tanto que el progreso de la evolución es una continuada determinación (un determinar posterior), y ésta es un ahondar y una comprensión de la idea en sí misma; por consiguiente, la filosofía más tardía, la más joven, la más re-ciente, es la más desarrollada, la más rica y profunda; en ella tiene que estar contenido y conservado todo lo que, por de pronto, aparece como pasado, ella tiene que ser, incluso, un espejo de la historia entera. Lo inicial es lo más abstracto, porque es el origen, el comienzo, aun no ha progresado; la última forma que surge de este movimiento como un determi-nar progresivo es las más concreta. Como puede observarse más de cerca, no es ésta ninguna presunción de la filosofía moderna; pues precisamente el espíritu de toda esta exposi¬ción es que la filosofía cultivada posteriormente en una época más tardía es el resultado esencial del trabajo precedente del espíritu pensante, que esa filosofía ha crecido solicitada, im-pulsada por estos puntos de vista anteriores, no aislada por sí del suelo. Otra cuestión que hay que recordar aquí todavía es que no es necesario abstenerse de decir lo que hay en la natu-raleza de la cosa, que la idea, tal como es expuesta y conce-bida en la filosofía más reciente, es la más desarrollada, la más rica, la más profunda. Recuerdo esto porque filosofía nueva, filosofía reciente, filosofía novísima, ha llegado a ser un sobrenombre muy corriente. Aquellos que creen haber di¬cho algo con tal denominación pueden tanto más fácilmente signar y bendecir las diversas filosofías, cuanto más las hayan negado, pues no sólo cada estrella fugaz, sino también cada cabo de vela tiene la apariencia de un sol, o tampoco cada charla cesa de pregonar una filosofía y alegar al menos como prueba de ello que hay tantas filosofías que cada día una sus-tituye a la de ayer. Con esto han encontrado, al mismo tiempo, la categoría a través de la cual pueden trasladar una significación a la filosofía dominadora y que, igualmente, han acabado con ella. Ellos la llaman una filosofía de moda: Ridi-cula llamas tú a esta moda, cuando siempre de nuevo se es-fuerza seriamente el espíritu humano por la cultura*.

* Uno de los Epigramas (Xeinen) de Schiller y Goethe con el título: Filosofía

de moda. Comienza: La más ridicula llamas tú a esta...

 

Yo he dicho que la filosofía de una época contiene, en cuanto resultado de la precedente, su cultura. La determinación fun-damental de la evolución es que una y la misma idea —existe solamente una verdad— sirve de base a todas las filosofías, y que toda filosofía posterior, del mismo modo, es y contiene las determinaciones de las precedentes. De esto se sigue para la historia de la filosofía la opinión de que en ella, si es inme-diatamente historia, nosotros no tenemos que ocuparnos con el pasado. El contenido de esta historia con las producciones científicas de la razón, y éstas no son algo pasado. Lo que ha sido elaborado en este campo es lo verdadero, y esto es eterno, no existe para una época ni tampoco para otra. Los cuerpos de los espíritus que son los héroes de esta historia, su vida temporal, ciertamente, ha pasado; pero sus obras no han seguido el mismo camino, porque el contenido de sus obras en lo racional de lo que ellos no se han engreído, imaginado, ni percatado, y su hazaña es solamente ésta: que han sacado a la luz del día lo racional en sí del pozo del espíritu, en donde primeramente está sólo como sustancia, como ser inte¬rior, y lo han elevado a la conciencia, al saber. Estos hechos no han sido por eso abandonados sólo en el templo del re¬cuerdo como imágenes del tiempo pasado, sino que estos he¬chos son todavía ahora tan actuales, tan vivientes como en la época de su descubrimiento. Son acciones y obras que no han sido destruidas ni anuladas por las subsiguientes; no poseen lienzo, ni mármol, ni papel, ni representaciones, ni recuerdo en el elemento en el que fueran conservadas, elementos que son ellos mismos perecederos o el suelo de lo perecedero, sino que poseen el pensar, la esencia invariable del espíritu adonde no penetran ni la polilla ni los ladrones (Mateo, VI, 19). Las adquisiciones del pensar, en cuanto supuestas en el pensar, constituyen el ser del espíritu mismo. Por lo mismo, estos conocimientos no son simple erudición, conocimiento de lo muerto, enterrado y descompuesto; la historia de la fi¬losofía se ocupa de lo que no envejece, de lo actualmente vivo.

 

Como actualmente en el sistema lógico del pensar cada forma del mismo tiene su lugar en el cual solamente tiene validez, y por el cual la evolución progresiva posterior es reducida a un momento subordinado, así también cada filosofía en la totali-dad de su curso es un grado (etapa) particular de la evolución

 

y tiene (en ella) su lugar determinado, en el que posee su va¬lor y significación verdaderos.

 

c) Su particularidad se ha de concebir esencialmente según esta determinación, en parte para reconocer cada filosofía se-gún el lugar que ocupa en la evolución y para hacerle justicia; precisamente por eso no puede exigirse ni esperarse más de ella que lo que ella da; no se ha de buscar en ella la satisfac-ción que solamente puede ser proporcionada por un conoci-miento muy desarrollado. Precisamente toda filosofía, por¬que es la representación de una etapa particular de la evolución, pertenece a su tiempo y está contenida por su limi¬tación. El individuo es hijo de su pueblo, de su mundo. El in¬dividuo puede enorgullecerse cuanto quiera; pero no puede salir de su mundo, porque él pertenece al espíritu universal único, que es su sustancia y su ser; ¿cómo podría salir el indi¬viduo de ese espíritu? El mismo espíritu universal es el que es concebido conceptualmente por la filosofía; ella es el pensar de sí mismo y, por consiguiente, su contenido más sustancial, más determinado.

 

Pero una filosofía primitiva no satisface plenamente al espí¬ritu en el cual vive actualmente un concepto profundamente determinado. Lo que el espíritu quiere encontrar en ella es este concepto que constituye ya su determinación interna y la raíz de su existencia, concebida como objeto para el pensar; el espíritu quiere reconocerse a sí mismo. Pero la idea toda¬vía no existe con esta determinación en las filosofías primi¬tivas. Por eso viven siempre, y actualmente, las filosofías pla¬tónica, aristotélica, etc.; pero en la forma y en el grado en que la filosofía era platónica y aristotélica ya no es la filosofía. Por eso mismo hoy ya no puede haber ningún platónico, aristotélico, estoico o epicúreo. Esas filosofías excitan nueva-mente a querer volver sobre ellas al espíritu culto que ha re-flexionado profundamente sobre sí; esto sería un imposible, algo tan desatinado como si el hombre quisiera darse el tra-bajo de volverse joven, el joven de volverse de nuevo mucha-cho o niño, aunque el hombre, el joven y el niño sean uno y el mismo individuo. La época del renacimiento de las cien¬cias, la nueva época de los siglos XV y XVI, ha empezado no sólo con el estudio, sino también con la renovación de las an¬tiguas filosofías. Marsilio Ficino era un platónico, incluso Cosme de Medicis fundó una Academia Platónica y Ficino es-taba al frente de ella. Pomponacio era un aristotélico puro; más tarde Gassendi fue epicúreo al filosofar sobre la física; Lipsio quería ser un estoico, etc. Sobre todo, se tenía la ten-dencia a los contrastes: filosofías antiguas y cristianismo; de éste y en éste aún no se había desarrollado ninguna filosofía peculiar; lo que se tenía y se podía tener por filosofía en el cristianismo era una de aquellas filosofías que serían interpre-tadas de nuevo en este sentido. Pero no podían permanecer las momias en medio de lo vivo; el espíritu ha tenido durante largo tiempo una vida más sustancial en sí, ha llevado durante largo tiempo en sí un concepto más profundo de sí mismo, y, por tanto, ha tenido una necesidad más elevada para su pen¬sar que la que podían satisfacer aquellas filosofías. Una reno-vación semejante se ha de considerar solamente como el trán-sito del estudiarse a fondo a sí mismo, a las formas condicionales precedentes, como un viaje de recuperación a través de las etapas necesarias de la cultura; como en una época lejana semejante imitar y repetir de principios extraños al espíritu se presentan en la historia como una aparición transitoria producida, además, en una lengua muerta, tales imitaciones y repeticiones son sólo traducciones nada origi-nales, y el espíritu se satisface sólo en el conocimiento de su propia originalidad. Cuando la época más reciente es, igual-mente, llamada de nuevo a retroceder al punto de vista de una filosofía antigua, así como cuando se recomienda la filo¬sofía platónica especialmente, con ese fin como recurso, para salir de todas las complicaciones de la época siguiente, en¬tonces tal retroceso no es aquella aparición natural del primer reestudiar a fondo, sino que es conse jo de moderación, tiene la misma fuente que la pretensión de hacer retroceder a la so¬ciedad culta al estado salvaje de los bosques de América del Norte, a sus costumbres y a las representaciones correspon¬dientes, y como la recomendación de la religión de Melquise¬dec, que Fichte ha expuesto una vez (yo creo que en El des¬tino del hombre), como la más pura y la más sencilla, y, además, como aquella a la que tenemos que volver. Por una parte, no se ha de desconocer en tal retroceso el deseo vehe¬mente de un comienzo y de un punto de partida firme; sólo que éste se ha de buscar en el pensar y en la misma idea, no en una forma de autoridad civil. Por otra parte, semejante re¬pulsa del espíritu culto, enriquecido, a tal simplicidad, es decir, a algo abstracto, a un estado o pensamiento abstractos, puede considerarse solamente como el refugio de la impoten-cia, al cual se somete el rico material de la evolución del pen¬sar que ve ante sí y que tiene pretensión a ser reducido a lo profundo, y siente que no puede ser suficiente, y busca su ayuda en la huida ante sí mismo y en la miseria.

 

De lo dicho se explica por qué así, cualquiera que sea indu¬cido por tal recomendación particular o, sobre todo, atraído por la celebridad de un Platón o de las filosofías antiguas en general, vaya a las mismas para tomar la filosofía de esta ma¬nera, de las fuentes, no se encuentra satisfecho por tal estudio y, no satisfecho, se va. Es necesario saber lo que se ha de buscar en los antiguos filósofos o en la filosofía de cualquiera otra época determinada, o, por lo menos, saber que se tiene ante sí en tal filosofía una etapa determinada de la evolución del pensar, y son traídas a la conciencia solamente las mismas formas y necesidades del espíritu, que están dentro de los lí¬mites de una tal etapa. En el espíritu de la época moderna dormitan ideas profundas, las cuales, para saberse despiertas, necesitan de una circunstancia y de una actualidad (presen¬cia) distintas de aquellos pensamientos abstractos, oscuros, grises, de la antigüedad. En Platón, por ejemplo, hallamos cuestiones sobre la naturaleza de la libertad, sobre el origen de la enfermedad y del mal, de la providencia, pero no tan pronto su decisión filosófica. Sin duda, sobre tales objetos se puede ir a sacar, en parte, piadosas opiniones populares de sus hermosas exposiciones; pero, en parte, para dejar com¬pletamente de lado filosóficamente la determinación de las mismas, o para considerar el mal, la libertad solamente como algo negativo.

 

Pero ni lo uno ni lo otro es satisfactorio para el espíritu, cuando los objetos de aquéllas existen una vez para él (el es¬píritu), cuando la contradicción de la conciencia de sí ha al¬canzado en él el vigor necesario para abismarse en tales inte¬reses.

 

La diferencia mencionada tiene también una consecuencia posterior en la forma de considerar y de proceder de las filo-sofías en su exposición histórica.

 

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