© Libro
No. 388.
Introducción a la Historia de la Filosofía. Hegel, Georg. Colección
Emancipación Obrera. Marzo 2 de 2013.
Título original:
© Georg Hegel. Introducción a la Historia de la
Filosofía.
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Original: Georg
Hegel. Introducción a la Historia de
la Filosofía.
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Molina Miranda
Georg Hegel
Introducción A La Historia
De La Filosofía
Georg Hegel
Introducción a la Historia de la Filosofía
índice
INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA
FILOSOFÍA
Introducción 25
A. Noción de la historia de la filosofía
37
I. Determinaciones preliminares 39
1. El pensamiento como concepto c idea 39
a) El
pensamiento 39
b) El
concepto 40
c) La
idea 41
2. La idea como desarrollo 43
a) El
ser en sí 44
b) La
existencia (Dasein) 45
c) El
ser por sí 47
3. La evolución como concreción 51
II. Aplicación de estas determinaciones
a la historia de la filo
sofía 57
III. Conclusiones para el proceder de la
historia de la filosofía 73
B. La relación de la historia de la
filosofía con los otros productos
del espíritu 83
II. La
relación inmediata de la filosofía con las restantes pro
ducciones del espíritu 90
1. Relación de la filosofía con las
ciencias en general 92 100
102 104 107 112 122
130 130 137 142 146
C. División general de la historia de la
filosofía 149
I. El
comienzo de la historia de la filosofía 149
II. El
progreso en la historia de la filosofía 159
D. Fuentes y bibliografía de la historia
de la filosofía 175
SUPLEMENTO 185
I. Concepto y definición de la historia
de la filosofía 189
II Concepto de filosofía 201
a) Consecuencia
sobre la perspectiva, así como sobre el proce
dimiento de la filosofía en general 224
b) Procedimiento
de las antiguas filosofías 226
Introducció
n a la historia de la filosofía
Hegel fue el primero
en descubrir la relación que existe entre el pensamiento filosó fico y la
sociedad concreta, histórica, de donde surge. La filosofía es, en último
término, representación del espíritu de su tiempo (de sus grandezas y de sus
miserias), y la historia de la filosofía, en cuanto desenvolvimiento en el
tiempo del pensamiento humano, es la filosofía misma («el estudio de la
historia de la filosofía es el estudio de la filosofía misma»).
Antes de Hegel, pues,
ningún filó sofo — con la única excepción de importancia de Aristóteles en su
li¬bro primero de la Metafísica— se había preocupado por integrar las tesis de
sus predecesores. Y ello por dos razones, que el propio Hegel se encarga de
exponer en esta Introducción a la historia de la filosofía, concretamente en el
Suplemento, donde expone el concepto y la definición de la historia de la
filosofía. Hasta Hegel, el contenido de esta historia era conside¬rado como una
«narración de diversas opiniones», es decir, algo ocioso, de interés puramente
erudito por su inutilidad. O bien no era tenido en cuenta, porque los sistemas
filosóficos eran considerados desde un punto de vista exclusivo: había que
decidirse por uno de ellos como único legitimador de la verdad, y en
consecuencia los restantes eran falsos.
A estas dos
cuestiones Hegel responde aduciendo que una filosofía no es, en ningún momento,
mero opinar, sino «ciencia objetiva de la verdad, ciencia de su necesidad,
conocer conceptual», y que las distintas filosofías de entrada tienen en común
el ser filosofía. Y en cuanto a la segunda y fundamental cuestión, res-ponde
con su propio concepto de verdad. Esta «no puede ser un pensamiento o
proposición simplemente abstracto; antes bien, es algo en sí concreto». Ahora
bien, lo concreto en Hegel es siempre «la unidad de determinaciones
diferentes»; es decir, la verdad es dia-léctica, por cuanto radica en la
coincidencia del objeto consigo mismo, con su concepto, pero dado que esta
coincidencia, como se expresa en la Ciencia de la Ló-gica, jamás es alcanzada por
un juicio finito, la verdad ha de ser entendida dialécticamente, como proceso.
En dicho proceso se
realiza la «unidad de determi-naciones diferentes», lo cual supone — y a
diferencia, por cierto, de las categorías aristotélicas— que en la dialéctica
hegeliana lo uno y lo múltiple no son antité-ticos. La unidad, para Hegel, se
realiza en la multipli-cidad empírica de la experiencia; lo uno es negado por
la pluralidad, pero ambos conceptos no están aislados, sino que en virtud de la
mediació n dialé ctica que los relaciona pese a su carácter contradictorio
surge una síntesis como unidad de los opuestos.
Tal concepció n de la
verdad — es decir, como pro-ceso— entraña, por tanto, un sentido temporal, la
consideración de que el tiempo es un momento de la verdad. En el Suplemento
antes mencionado de esta Introducción a la historia de la filosofía, Hegel sostiene
que lo verdadero posee el impulso a desarrollarse. «De esta manera — dice— , la
idea, concreta en
sí y desarrollándose,
es un sistema orgánico, una tota-lidad, que contiene en sí una gran abundancia
de fases y de momentos.» La filosofía es el conocer esta evolu¬ción y «como
pensar conceptual es, incluso este desa¬rrollo pensante», de tal modo que, cuanto
mayor es la evolució n, mayor es la riqueza que encierra la fi¬losofía. Ahora
bien, si «la filosofía es sistema en el de¬sarrollo, lo mismo sucede con la
historia de la filoso¬fía». De lo que se deduce que la filosofía ha de
reconstruir históricamente las formas esenciales me-diante las cuales se ha
realizado el espíritu absoluto.
Para Hegel, la
dialéctica está constituida por una tríada fundamental, por tres momentos: en
el primero, el absoluto se presenta como una idea preexistente a la aparición
de la materia y del espíritu; en el segundo se presenta como naturaleza y en el
tercer momento como espíritu. De ahí que el sistema hegeliano se di-vida en
tres partes: lógica, filosofía de la naturaleza y fi¬losofía del espíritu. Esta
última trata del desarrollo del absoluto en su última fase, una vez ha
adquirido la con¬ciencia de su propia naturaleza racional y tomado con¬ciencia
de su propia libertad. Esta revelación del abso¬luto en su forma más elevada,
esto es como espíritu, se realiza, a su vez, mediante una triple gradación:
como espíritu subjetivo, objetivo y absoluto.
El primero supone la
elevación de la autoconciencia a las formas má s altas de la voluntad y del
pensa-miento. El segundo es el espíritu objetivado en la his-toria y sus
instituciones, el que en su desarrollo da lu-gar al derecho, a la moralidad y a
la Sittlichkeit («eticidad»). La síntesis de ambos, como plenitud de
autoconciencia, es el espíritu absoluto, que se estructura, a su vez, en una
nueva tríada formada por el arte, la religión y la filosofía.
Se entenderá ahora
que Hegel otorgue a la filosofía —y a la historia de la filosofía, en virtud de
la identi-dad que él mismo establece— aquella reconstrucción histórica del
espíritu absoluto antes referida; que le asigne la misión — por encima del arte
y de la reli-gión— de ser vínculo unitario de la realidad (vínculo que el
hombre ha perdido en su desarrollo histórico al enajenarse); que la filosofía
tenga el deber de recons-truir la realidad subjetiva y objetiva a fin de
revelar la estructura racional del universo (de ahí el lema de la filosofía
hegeliana que reza «todo lo racional es real, y todo lo real es racional»); y
que le asigne, en fin, a la filosofía el lugar más alto en su propio sistema de
pen¬samiento, en el ámbito de la filosofía del espíritu.
De este modo, la
filosofía es para Hegel la auto-consciencia más alta del espíritu, al que
expresa en forma diversa en su desarrollo; es decir, comprende el significado
de su propia historia, descubriendo que las diversas concepciones filosó ficas
— lej os de ser meras opiniones o de ser simplemente falsas— no se rigen por
una sucesió n casual, sino que su evolució n, a fin de cuentas, está
determinada por el desarrollo de la Idea absoluta. «Todas las filosofías
particulares — dice Hegel— son simplemente necesarias y, por consi-guiente,
momentos imperecederos del todo, de la Idea; por ello se conservan no sólo en
el recuerdo, sino también de una manera afirmativa.»
La filosofía
hegeliana, por tanto, tiene la pretensión de contener los principios de las
anteriores, a la vez que ha de considerarse una consecuencia de los
mismos. Aspira, en su
totalización, a ser unidad tam-bién de «determinaciones diferentes», a
subsumirlas en una nueva síntesis. Postula, en consecuencia, ser una filosofía
absoluta, la materialización del pensa-miento absoluto.
La Introducción a la
historia de la filosofía que aquí se publica no fue escrita por Hegel — que
sólo publicó cuatro obras completas— . Su edición fue el resultado de una
reconstrucción postuma de las lecciones dadas por el filósofo a lo largo de su
carrera académica, desde que en 1805 impartiera por primera vez un curso de
Historia de la Filosofía en la Universidad de Jena. De hecho, la Introducción
viene a ser como un largo, y extraordinario, preámbulo de las Lecciones sobre
la historia de la filosofía.
Finalmente, y aunque
no aparezca en este texto, puede tener interés para el lector conocer a qué
filó-sofos, o a qué períodos históricos, Hegel concede mayor importancia. Pues
bien: el primer lugar lo ocupa la filosofía griega (el nacimiento de la filosofía
se sitúa en Grecia, donde por primera vez en la historia se dieron las
condiciones para la existencia de una plena libertad política, inseparable,
para Hegel, de todo desarrollo del pensamiento), y dentro de ella, la
preferencia es otorgada a Platón y a Aristóteles; el se-gundo lugar lo ocupa la
filosofía moderna, de Bacon al propio Hegel, pasando por Kant. La filosofía
me-dieval apenas está tratada (la filosofía de los presocrá-ticos, por jemplo,
le parecía a Hegel más importante) y no está mejor considerada que la filosofía
oriental, india y china, a la que se dedica poco espacio.
El autor en el
tiempo
Antecedentes
Hegel es un heredero
de la Ilustración y en la génesis de su pensamiento se encuentra aquella
exigencia deri¬vada del Siglo de las Luces que reclamaba, ante todo, la
comprensión racional de la realidad. El raciona¬lismo kantiano es, pues, el
punto de partida del filó¬sofo suabo (Hegel, se ha dicho, sería, hasta cierto
punto, un Kant reencontrado consigo mismo al haber superado el dualismo entre
el conocimiento y la cosa en sí); como lo es la influencia de pensadores
ilus¬trados como Lessing, Herder y Rousseau, en los cuales se halla presente la
idea de comunidad como totalidad orgánica, en la que tanto sus miembros como
las funciones sociales y políticas que de ella se derivan se hallan
interrelacionadas profundamente.
Sin embargo, más que
de influencias concretas, en Hegel cabría hablar de su extraordinaria capacidad
de asimilación de la cultura filosófica producida en Occi¬dente y de la
absorción que hizo de aquella Alemania del siglo XVIII, que de la mano de
Winckelmann, Goethe y Schiller, entre otros, redescubrió la civiliza¬ción
griega y la incorporó al legado cultural germá¬nico. Y es, precisamente, esta
atmó sfera del clasicismo alemán la que se halla en la base del pensamiento
he¬geliano; tomando la concreción — como señala Walter Kaufmann— de la Ifigenia
de Goethe como encarna-
ción de la
Sitllichkeit (término que podría ser tradu-cido por el neologismo «eticidad»,
en el sentido de conjunto de leyes y costumbres objetivas que definen el actuar
de un pueblo); o bien, aprehendiendo aque¬lla restauración de la totalidad de
lo subjetivo y de lo objetivo que Schiller preconizara en sus Cartas sobre la
educación estética del hombre, siguiendo el ejemplo de la antigua Grecia.
Su época
Sobre la base de
estas múltiples influencias, en las que se resalta siempre la idea de totalidad
— la de la síntesis entre razón y realidad, la de la mediación entre la vida
(moral) subjetiva y la objetividad de la Sitllichkeit derivada de una sociedad
articulada en un Estado— , Hegel construyó su sistema filosófico en un período
histórico caracterizado por sus grandes mutaciones (Revolución Francesa;
hundimiento definitivo del Sacro Imperio Romano Germánico tras las campañas
napoleónicas en Europa; proceso de unificación de Alemania en torno al cada vez
más poderoso Estado prusiano y creciente anacronismo de los pequeños
principados alemanes; restauración, en fin, en la Europa del Congreso de Viena,
de los poderes todavía no vencidos del Antiguo Régimen).
Quizá ello explique
la tardía revelación de su pensa¬miento, como si el mismo filó sofo suabo
hubiera en¬carnado a la lechuza de Minerva — símbolo de la filo¬sofía— , que
«sólo extiende las alas con la caída de la tarde», cuando la visión no queda
turbada por la in¬mediatez de los acontecimientos; pues hasta los treinta y
seis años, en que publicó la Fenomenología del espí¬ritu, Hegel era un oscuro
profesor universitario, discí-
pulo de Schelling —
cinco añ os má s j oven que él— . Aunque también quepa explicar esta tardanza
dialécti¬camente, ya que — como se afirma en la Fenomenolo¬gía— «el espíritu es
tanto más grande cuanto mayor es la oposición de la que retorna a sí mismo».
Esta grandeza, lenta
en su objetivación, le fue reco-nocida a Hegel en los últimos años de su vida,
al con-vertirse en el filó sofo oficial del Estado prusiano. Este Hegel
restaurador y hasta canó nico — como se le ha llamado— de los últimos tiempos
ha sido, no obs¬tante, el más atacado, ya en su época, ya en la poste¬ridad,
olvidándose que el sistema hegeliano estaba perfilado en sus líneas maestras —
a excepción de la Filosofía del derecho— con anterioridad a la época berlinesa.
Influencia posterior
Con Hegel culmina la
tradición de la metafísica occidental. Y con ella, la forma de entender la
filosofía como totalidad, con pretensión de absoluto. Al decir de Franç ois
Châtelet, Hegel fue el ú ltimo (aunque también el primero) en realizar el sueño
del saber absoluto. Ninguna filosofía posterior ha logrado —ni, por otra parte,
pretendido— tanto. Toda filosofía no positivista que se ha desarrollado en
Occidente a partir de 1831 es deudora, en cierto modo, del sistema filosó fico
de Hegel, de lo que se ha dado en llamar, en suma, el hegelianismo.
Más allá de los
ortodoxos que se adhirieron al pen-samiento hegeliano, e. incluso, del
neohegelianismo que ha informado, en pleno siglo XX. la obra de filó - sofos
como Benedetto Croce, la filosofía de Hegel se encuentra presente en la
fenomenología; en el existen-
cialismo de
Heiddegger y Sartre; y, por supuesto, en el marxismo. Precisamente Marx tiene
como punto de partida en su obra a los llamados «hegelianos de iz-quierda» — y
él mismo, en un momento determinado, fue uno de ellos— , adoptando las
posiciones de filó sofos como Bauer y Feuerbach, que aplicaron el contenido de
la filosofía hegeliana a la crítica de la religión. Y, poste¬riormente, como es
sabido, Marx incorporó la dialé ctica hegeliana como motor de su pensamiento,
aunque invir¬tiéndola, es decir, utilizándola como método de análisis de la
realidad social.
Si es cierto que el
hegelianismo, en su pretensión de filosofía cerrada y totalizadora, suscitó la
reacción de filó sofos como Kierkegaard — que fue discípulo de Hegel en Berlín—
y Nietzsche, no es menos cierto que el pensamiento de estos filó sofos se recrea
como nega¬tividad del mismo hegelianismo. Como afirma el pro¬fesor Châtelet:
«Hegel no es simplemente la ocasión para Kierkegaard de lamentarse, para Marx
de reali¬zar, para Nietzsche de rechazar: determina un hori¬zonte, una lengua,
un có digo, dentro de los cuales no¬sotros nos hallamos todavía».
Este último aspecto
es el que confiere plena actuali-dad al pensamiento hegeliano, tanto por el
hecho de ser el origen de las principales corrientes filosóficas de nuestro
tiempo, como por la realidad de su influencia en la mente y en el lenguaje de
nuestra época. Y tam¬bié n, como se ha señ alado, por constituir el ú ltimo
gran intento de la metafísica por construir una explica¬ción integral del
universo.
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INTRODUCCIÓN
Estas conferencias
están dedicadas a la Historia de la Filo-sofía.
La historia de la
filosofía puede ser estudiada como una introduc¬ción a la filosofía, porque
presenta al origen de la filosofía. Pero es el objeto de la historia de la
filosofía enseñar cómo la filosofía ha aparecido en el tiempo.
Lo que aquí en la
introducción se podía decir sobre la finalidad, los métodos, sobre el concepto,
definición, modo de tratar de la histo¬ria de la filosofía, pertenece
propiamente a la misma historia de la filosofía; ella misma es la más completa
representación de su finali¬dad. Sin embargo, para aclarar la concepción de la
misma e indicar más de cerca el punto de partida, desde el cual la historia de
la filo¬sofía ha de ser considerada, debe ser anticipado aquí algo sobre la
finalidad, sentido, método, etc. Al preguntar por la finalidad, que¬remos
conocer lo general por medio de lo cual lo múltiple puede ser ligado como algo
distinto del contenido.
Sin introducción no
podremos comenzar, porque la historia de la fi-losofía está ligada a otras
esferas del saber, es semejante a otras ciencias, porque debe determinarse el
modo del pensar, lo cual per-tenece a la historia de la filosofía. Además, la
idea, o espíritu en general, exige que el todo, lo general, sea abarcado de una
ojeada, que la finalidad del todo sea concebida, antes de pasar a lo especial y
singular. Nosotros queremos ver las partes singulares en su rela¬ción esencial
con el todo; en esta referencia poseen ellas su valor superior y su
significación. En la historia se tiene ahora, sin duda, la idea de que es menos
necesario verificar lo particular en su refe¬rencia con el todo; y se podía
creer que la historia de la filosofía, en cuanto historia, no es una ciencia.
Porque la historia se nos aparece como una serie casual de fenómenos
particulares, como un relato de acontecimientos de los cuales cada uno.
aislado, existe por sí, y cuya conexión única es el antes, el después y la
simultaneidad o el tiempo. Pero también en la historia política exigimos una
conexión necesaria, donde los fenómenos individuales adquieran una posición
y una relación
esenciales con respecto a un fin, a una objetividad y, con ello, una
significación con respecto a lo general, respecto al todo; pues la
significación es principalmente conexión con lo gene¬ral (universal),
referencia a un todo, a una idea. Luego es también en esta consideración como
queremos aludir a lo general de la his-toria de la filosofía.
Según lo dicho,
tenemos que atenernos a dos puntos de vista. El primero es la significación,
concepto y fin, la definición de la histo¬ria de la filosofía, de donde
resultarán las conclusiones para el mé¬todo de desarrollo. Aquí se ha de
destacar especialmente la referen¬cia de la historia de la filosofía a la misma
ciencia de la filosofía. La historia de la filosofía no tiene por objeto
sucesos o acontecimientos externos, sino que ella es la evolución del contenido
de la filosofía, cómo el contenido aparece en el campo de la historia. En
conside¬ración a esto, se mostrará que la historia de la filosofía está en
ar¬monía con la ciencia de la filosofía, que incluso coinciden. El se¬gundo
punto de vista concierne a la cuestión del comienzo de la historia de la
filosofía. Por una parte, está en estrecha conexión con la historia política,
con el arte y con la religión, y esta actitud da a estas partes la mayor
diversidad de temas. Por otra parte, la filoso¬fía es distinta de éstas con sus
regiones afines, y hay que reafirmar estas diferencias. De aquí se inferirá lo
que hay que separar y con lo que hay que comenzar. El contenido general de la
filosofía ha existido antes en la forma de religión, en la forma de mito, que
en la forma de filosofía. Luego hay que demostrar también esta dife¬rencia.
Desde aquí pasaremos a la división y hablaremos, aunque sólo sea brevemente, de
las fuentes.
Lo que tenemos que
considerar aquí es la historia. La forma de la historia tiene que hacer pasar
los acontecimientos, los hechos, por un orden ante la representación. Luego
¿cuáles son los hechos en la historia de la filosofía? Son los actos del libre
pensamiento; es el mundo intelectual, cómo se ha originado y cómo se ha
producido. Luego es la historia del pensamiento la que tenemos que estudiar. Es
un viejo pre-juicio que la facultad de pensar distingue al hombre del ani-mal.
Nosotros queremos dejar esto bien afirmado. Lo que el hombre tiene de más que
el animal lo posee por el pensa-miento. Todo lo que es humano, lo es solamente
porque el pensamiento está activo en ello; puede tener la apariencia que
quiera: en tanto que se es humano, se es solamente por el pensamiento. El
hombre se distingue del animal sola¬mente por esto. Pero el pensamiento, en
tanto que es así lo esencial, lo sustancial, lo activo en el hombre, tiene que
ocuparse de una
infinita multiplicidad y diversidad de ob¬jetos. Pero tanto más excelente será
cuanto más él se ocupe sólo de lo más excelente que él posea, del pensamiento
mismo, cuando se quiera sólo a sí mismo, tenga que ver so¬lamente consigo
mismo. Pues su ocupación consigo mismo es esto: distinguirse, buscarse; y esto
ocurre solamente en tanto que él se produce. El pensamiento es activo solamente
mientras que se produce; él se produce a través de esta su actividad misma. El
pensamiento no es inmediato; existe so¬lamente mientras que él se produce de sí
mismo. Lo que él así produce es la filosofía. La serie de estas producciones,
este trabajo milenario del pensar para producirse, estos viajes de
descubrimiento a los cuales se lanza el pensa¬miento para descubrirse a sí
mismo, esto es lo que tenemos que investigar. Esta es la indicación general de
nuestro ob¬jeto; pero es tan general, que es necesario determinar más de cerca
nuestra intención y su realización.
En nuestro propósito
tenemos que distinguir dos cosas. El pensa¬miento, cuya exposición es la
historia de la filosofía, es esencial¬mente uno; sus desarrollos son sólo
formas distintas de uno y el mismo pensamiento. El pensamiento es la sustancia
universal del es¬píritu; de él mismo se desenvuelve todo lo demás. En todo lo
hu¬mano es el pensar, el pensamiento, lo activo. También el animal vive,
comparte con el hombre necesidades, sensaciones, etc. Pero el hombre debe
distinguirse del animal, tiene que ser esta sensibilidad humana, no animal; es
decir, tiene que darse el pensamiento en ella. El animal tiene sentimientos
sensibles, deseos, etc.. pero no tiene religión, ni ciencia, ni arte, ni
fantasía; en todo esto existe el pensamiento activamente.
Es, pues, una tarea
especial explicar que la intuición, la memoria, el sentimiento, la voluntad,
etc., humanos, tienen sus raíces en el pensar. Nosotros tenemos voluntad,
intuición, etc., y los oponemos al pensar. Pero el pensar determina, además del
pensar, también a la voluntad, etc., y nosotros llegamos por una intuición más
directa al conocimiento de que el pensar no es algo especial, una fuerza
de¬terminada, sino que es lo esencial, lo general, de lo que es produ¬cido todo
lo demás. La historia de ¡a filosofía es también la historia del pensamiento
(Gedanken). Estado, religión, arte, etc.. son tam¬bién productos, actos del
pensamiento; pero, sin embargo, no son filosofía. Luego nosotros tenemos que
establecer una distinción en la forma del pensamiento. La historia de la
filosofía es ahora la his¬toria de lo universal, de lo sustancial del
pensamiento. En ella coin¬ciden el sentido o la significación y la
representación o lo exterior del pensamiento en una unidad. Aquí no existe ni
un pensamiento
exterior ni un
pensamiento interior, sino que el pensamiento es en cierto modo mismamente lo
más interior. En las otras ciencias, forma y contenido son totalmente
distintos. Pero en la filosofía es el pensamiento mismo su objeto; se ocupa
consigo mismo y se deter¬mina desde sí mismo. Se realiza porque se determina
por sí; su de¬terminación es producirse y existir en el interior. Es un proceso
en sí mismo, tiene vida y actividad, posee en sí numerosas relaciones y se pone
a sí mismo en sus diferencias. Es solamente el pensamiento moviéndose a sí
mismo.
Consideremos estas
determinaciones más de cerca, representemos sus formas como evolución. La
estructura de la evolución es que algo, antes oculto, se despliega,
ulteriormente. Así, por ejemplo, en la semilla está contenido todo el árbol con
su diferenciación en ramas, hojas, flores, etc. Lo simple, que contiene en sí
esta multi-plicidad, la dynamis en germen aún no se ha desarrollado, aún no ha
salido de la forma de la posibilidad a la forma de existencia. Otro ejemplo es
el Yo; éste es una simplicidad enteramente abs¬tracta; y, sin embargo, está
contenida en él una cantidad innumera¬ble de sentimientos, de actos del
entendimiento, de la voluntad y de pensamientos.
El pensamiento es en
sí libre y puro, pero ordinariamente se pre¬senta en cualquier forma: es
pensamiento determinado particular. Como tal, posee dos determinaciones:
primero, siempre aparece en producciones determinadas del espíritu humano, por
ejemplo, el arte. Solamente la filosofía es el pensar libre, puro, ilimitado.
En otras producciones del espíritu humano es necesario que el pensa¬miento esté
ligado a un objeto y contenido determinados, de ma¬nera que aparezca como
pensamiento delimitado, definido. Se¬gundo, el objeto no es, en general, dado.
En la intuición tenemos siempre un objetivo determinado, un objeto particular
ante noso¬tros. La tierra, el sol, etc., los encontramos ante nosotros, sabemos
de ellos, creemos en ellos como en la autoridad de los sentidos. En tanto que
el objeto es dado, el pensamiento, la conciencia, el Yo no son libres, existe
algo distinto que el objeto; éste no es Yo; tam¬poco yo soy en mí, es decir, yo
no soy libre. Entonces la filosofía nos enseña a pensar, enseña cómo tenemos
que comportarnos con todo eso; maneja objetos de una índole peculiar: tiene por
objeto la esencia de las cosas, no los fenómenos, la cosa en sí, como existe en
la representación. La filosofía no considera esta representación, sino la
esencia del objeto, y esta esencia es el pensamiento mismo. La filosofía tiene
por objeto también al pensamiento mismo. El espíritu es libre mientras que el
pensar se ocupa consigo mismo, pues es en sí.
Podemos hacer aquí
una observación posterior. La esencia, como precisamente hemos dicho, no es
otra cosa que el pensamiento. A
la esencia oponemos
el fenómeno (la apariencia), el cambio, etc. Por tanto, la esencia es lo
general, lo eterno, lo que siempre es así. A Dios se le representa en
diferentes formas, pero la esencia de Dios es lo universal, lo siempre
permanente, lo que penetra a través de todas las representaciones. La esencia
de la Naturaleza son las leyes de la misma (pero las leyes mecánicas tomadas
como esencia de la Naturaleza son particulares, se oponen a lo universal). Lo
uni¬versal es el producto del pensar. En los deseos y otros actos seme¬jantes
es lo general lo que existe en lo interior, mezclado con lo particular, con lo
sensible. Por el contrario, en el pensar tenemos que ver solamente con lo
universal. Devenir objeto del pensar, sig¬nifica ser extraído de lo universal;
entonces tenemos el producto del pensar, los pensamientos. Todo el mundo admite
que es preciso re¬flexionar si se quiere conocer a Dios. El producto es, pues,
un pen¬samiento. Decimos pensamiento y nos representamos algo subje¬tivo;
cuando reflexionamos tenemos pensamientos sobre cosas; los
pensamientos no son
las cosas mismas, sino formulados sobre las
cosas. Pero éstas no
son verdaderos pensamientos; son meramente subjetivas y, por consiguiente,
casuales. Lo verdadero es la esencia de la cosa, lo universal. Pero, al ser el
pensamiento lo universal, es así objetivo; no puede tan pronto ser así como tan
pronto ser de otra manera, es invariable. Entonces la filosofía tiene por
objeto lo universal; mientras pensamos, somos lo universal. Por consiguiente,
sólo la filosofía es libre, en tanto que nosotros somos en nosotros mismos, no
estamos dependiendo de otra cosa. La falta de libertad consiste solamente en
que nosotros somos en otra cosa, en nosotros mismos. Los seres pensantes son en
sí, por tanto, libres. En tanto que la filosofía tiene por objeto lo universal,
es libre de la mutabili¬dad de los sujetos. Se puede tener un pensamiento sobre
la esencia, se puede conocer esta o aquella verdad; pero tales pensamientos,
tal saber, no es aún filosofía...
Ya en lo universal,
como acabamos de decir, existe el mo¬tivo para hacer una reflexión más amplia,
y pertenece al mé¬todo de consideración reflejar lo que se ha pensado, no darse
por satisfecho cómo inmediatamente ha sido pensado. Hemos dicho que nuestro
objeto es la serie de producciones del espíritu libre, la historia del mundo
intelectual. Esto es simple; pero parece tener una contradicción en lo
interior. El pensamiento que es esencialmente pensamiento es, en sí y por sí,
eterno. Aquello que es verdadero está contenido solamente en el pensamiento; es
verdadero no sólo hoy y mañana, sino que es eterno, más allá de todo tiempo, y
en tanto que es en el tiempo, es siempre verdadero, para todo tiempo. Por eso
surge ahora la contradicción, esto es, que el pensamiento debe tener una
historia. En la historia se repre-
senta aquello que es
mudable, lo que ha ocurrido, lo que ha sido, lo que ha pasado, lo que ha caído
en la noche de los tiempos, los que ya no existe. Pero el pensamiento no es
susceptible de ningún cambio; no ha existido ni ha pasado, sino que es. La cuestión
es, entonces, qué es lo que existe fuera de la historia, que estando separado
del cambio tiene, sin embargo, historia.
La simple
representación que se hace de la historia de la filosofía es el conocimiento de
que ha habido varias filosofías, cada una de las cuales afirmaba y se jactaba
de poseer el conocimiento de lo verda¬dero, de haber encontrado la verdad. Se
dice que las diversas filoso¬fías se contradicen unas con otras; ya sea que
ninguna sea verda¬dera, o, aunque una sea verdadera, sin embargo, no se la
puede distinguir de las otras. Y ahora es considerado esto como una prueba
experimental de lo vacilante, de lo incierto de la filosofía en general. La
creencia en la aptitud cognoscitiva del espítitu humano debe ser una temeridad
. Otra objeción es que se dice: la razón pen¬sante cae en contradicciones; la
falta de todos los sistemas consiste en que la razón pensante se esfuerza por
concebir lo infinito; em¬pero, sólo puede emplear categorías finitas, y así lo
infinito se hace finito; puede concebir, en general, solamente lo finito. Por
lo que concierne a una prueba semejante, es una abstracción vacía querer evitar
que se llegue a contradicciones. Por medio del pensar es pro¬ducida la
contradicción. Pero es importante hacer notar que tales contradicciones no
existen solamente en la filosofía, sino que se en¬cuentran por todas partes,
andan errantes por todas las representa-ciones de los hombres; sólo que los
hombres no son conscientes de ellas. Se hacen conscientes, por de pronto, en la
contradicción que produce el pensar, pero que también sólo el pensar sabe
resolverla. Una prueba de la experiencia es que las diferentes filosofías han
caído en contradicción unas con otras. Esta imagen de las distintas filosofías
contradictorias es la más superficial representación de la historia de la
filosofía; y así esta diversidad es utilizada de una ma¬nera absurda para
deshonrar la filosofía. Si uno se detiene en la re¬presentación de las diversas
filosofías, entonces se acepta que ten¬dría que haber una solamente para la
verdad, y se sigue de eso: que las verdades de la filosofía pueden ser sólo
opiniones. Opinión quiere decir pensamiento casual. Se la puede derivar del
mío; es un concepto que es solamente mío, luego de ninguna manera es general.
La representación más
directa, más ordinaria, de la historia de la fi-losofía, es que ella informa de
los diferentes pensamientos y con-cepciones que los hombres han formulado en
las más distintas épocas sobre Dios y sobre el mundo. Admitamos esta representa¬ción;
no se puede negar, naturalmente, que la historia de la filosofía
contiene pensamientos
sobre Dios y el mundo y nos hace frente de diversas formas. Pero la más amplia
significación de esta idea es también, por eso, que no solamente opiniones lo
que la historia de la filosofía nos enseña a conocer. Lo que, por lo pronto, se
pone frente a la opinión, es la verdad. Ante ésta palidece la opinión. Pero
también es la verdad ante la que aquéllos vuelven la cabeza, sobre todo los que
solamente buscan opiniones en la historia de la filosofía y afirman que en ella
únicamente han de encontrarse tales opiniones.
Aquí hay dos
antagonistas que combaten la filosofía. Antiguamente, era la religiosidad la
que declaraba a la razón o al pensar incapaz de conocer la verdad. A menudo ha
declarado que, para alcanzar la verdad, es necesario renunciar a la razón, que
la razón debe humi¬llarse ante la autoridad de la fe; la razón abandonada a sí
misma, el pensar por sí mismo, conduce al extravío, al abismo de la duda. De la
relación de la filosofía con la religión y su historia se tratará más tarde. El
otro aspecto es que la razón se ha vuelto contra la fe, con¬tra las
representaciones religiosas, contra las doctrinas reveladas, que intenta hacer
racional al cristianismo y se ha colocado tan por encima, que solamente la
propia evidencia, la propia convicción de¬bían ser los medios por los que el
hombre se viera obligado a reco¬nocer algo como verdadero. De una manera tan
prodigiosa es tras¬tocada la afirmación del derecho de la razón, para tener
esto por resultado, que la razón no puede conocer nada verdadero. Esta ra¬zón
comenzó entonces por eso a dirigir, en nombre y en virtud de la razón pensante,
la lucha contra la religión; pero entonces se vol¬vió contra sí misma y se
convirtió en enemiga de la razón al afirmar que sólo el presagio, el
sentimiento, la convicción propia era la re¬gla subjetiva que debía valer para
el hombre. Pero tal subjetividad no presenta nada nuevo sino las opiniones.
Después, esta mencio¬nada razón ha convertido la opinión en aquello que debe
ser lo úl¬timo para el hombre, y, por su parte, la afirmación de la
religiosidad, que la razón no puede llegar a lo verdadero, se confirma; sólo
que ella afirmaba al mismo tiempo, además, que la verdad es algo inal¬canzable.
Al momento tropezamos
con estas opiniones. La formación general de esta época lo ha convertido en
axioma: no se puede conocer lo verdadero. Este axioma es considerado como un
gran signo de la época. Por eso, sucede también en teología que no se busca lo ver¬dadero
en la doctrina, en la Iglesia, en la comunidad, y que no se pone por base ya
más un símbolo, una confesión interior de fe, sino que cada uno se arregla
según su propia convicción una doctrina, una Iglesia, una fe, y que, por otra
parte, las ciencias teológicas son estudiadas sólo históricamente; se limita en
ellas a investigaciones históricas, como si no se tuviera que hacer en ellas
más que conocer
las diferentes
opiniones, porque allí no se trata de la verdad; que son solamente
consideraciones subjetivas. También el perfecciona¬miento de la doctrina
cristiana es examinado sólo como una con¬fluencia de opiniones, de manera que
no es el fin lo verdadero. La filosofía exige, naturalmente, la propia
convicción como lo último, absolutamente esencial de parte de la subjetividad;
pero hace la dis¬tinción, si la convicción se basa en fundamentos solamente
subje¬tivos, en presentimientos, en sentimientos, en intuiciones, etc., y, en
general, en la particularidad del sujeto, o, si resulta del examen de la
naturaleza de la cosa, del concepto del objeto. La convicción particular del
sujeto es sólo una opinión.
Este contraste entre
opinión y verdad, que es muy sorprendente y están en nuestro tiempo en pleno
florecimiento, y es muy pronun¬ciado, lo encontramos también en la historia de
la filosofía, por ejem plo, en tiempo de Sócrates y Platón, en una época de decaden¬cia
de la vida griega, en la que Platón pone de relieve la diferencia entre dóxa y
epistéme. Es la misma contradicción que encontramos en la época de decadencia
de la vida pública y política romana, bajo Augusto, y en lo sucesivo vemos, por
ejemp lo, en el epicureismo, esa contradicción en forma de indiferencia hacia
la filosofía, cómo entonces Pilato, cuando Cristo dijo: «Yo he venido al mundo
para manifestar la verdad», contestó: «¿Qué es la verdad?» Esto está
ele¬gantemente dicho y quiere decir tanto como: la verdad es algo ya fenecido,
con lo cual hemos terminado, y ya estamos mucho más allá; no merece la pena ya
conocer la verdad ni querer hablar de la
verdad .
Si nosotros, ahora,
en relación con la historia de la filosofía, par¬timos de este punto de vista;
si no es para conocer la verdad por lo que la razón pensante ha producido
solamente opiniones, la signifi¬cación de la historia de la filosofía es muy
simple, ella es el conoci¬miento, el puro saber de las opiniones, es decir, las
particularidades de los otros: pues mientras que la opinión es lo que es mío,
lo que sólo me pertenece a mí, y cada uno tiene la suya, es así la
particula¬ridad de cada uno de los sujetos. Pero las particularidades de los
otros son para mí algo extraño, una materia externa para mí, una materia
simplemente histórica, muerta. Además, la historia de la fi¬losofía seria
fastidiosa y ociosa y no tendría ningún interés, excepto, acaso, el de la
erudición. Pues lo que yo poseo es una pura masa, un mero contenido; porque yo
no estoy en ello ni me pertenece. Ocuparse de lo ajeno, satisfacerse con las
cosas vanas, es justa¬mente vanidad subjetiva.
Si la historia de la
filosofía es considerada como una compilación casual de pensamientos y de
opiniones, es algo inútil o, al menos, sólo tiene un interés erudito. Ser
erudito quiere decir: tener conocí-
mientos de cosas
extrañas; y conocer restos es tenido ordinaria¬mente por lo más sabio. Puede no
tener interés para el propio espí¬titu ni para la verdad ocuparse de las
opiniones de los otros. No hay ningún interés, además, en que las filosofías
sean tenidas por sim¬ples opiniones.
Pero la historia de
la filosofía debe tener aún otros intereses, con¬ducir a otra cosa.
Principalmente debe seguirse de ella que es un es¬fuerzo inútil por captar la
verdad pensando. Cicerón decía esto en su desordenada historia de los
pensamientos filosóficos sobre Dios*. Lo pone en boca de un epicúreo, pero él
no sabía nada mejor sobre ello. Con eso demuestra que él mismo no había tenido
ninguna otra opinión. El epicúreo dice que no se ha llegado a ningún concepto
determinado de lo divino; que la tendencia de la filosofía hacia la verdad es
también en vano; el resultado de la historia de la filosofía muestra que los
diversos pensamientos, las múltiples filosofías que se han originado, se han
opuesto, se han enfrentado y refutado unas a otras. Este hecho, que no se puede
negar, es, pues, ordinaria¬mente tomado como fundamento para la demostración de
la nulidad de la filosofía y de su historia. La justificación parece contener
ya la invitación a aplicar también a la filosofía las palabras de Cristo: «Deja
a los muertos que entierren a sus muertos y sigúeme»**, de manera que el todo
de la historia de la filosofía sea no sólo un reino de cadáveres y difuntos de
cuerpo presente, sino también de mata¬dores y enterradores espirituales. En vez
de: «¡Sigúeme!», debía antes bien decir: «¡Sigúete a ti mismo, mantente a ti
mismo en tu propia convicción, permanece en tu opinión, porque ninguno ha ido
más allá que tú!» Y esto tiene precisamente el sentido contrario a la
invitación de Cristo, no ocuparse de los muertos, sino volver a sí, buscar en
sí para encontrar el reino de Dios***. Cristo dice: «El
* De natura Deorum I,
c, X-XVI. Cap. I: «De qua (quaestione de natura deorum) tam variae sunt
doctissimorum hominum, tamque discrepantes senten¬tiae ut magno argumento de
esse debeat, causam, id est, principium philoso¬phiae esse inscientiam:
prudenterque Academicos a rebus incertis ostensionem co
hibuisse.» (Son tan
varias y tan discrepantes entre sí las opiniones de los doctos sobre este
punto, que por sí solas prueban con fortísimo argumento que la causa, esto es,
el principio de la filosofía es la ciencia, o sea, la idea de la cosa en sí, y
que anduvieron muy prudentes los académicos en abstenerse dar asenso a las
cosas inciertas y opinables. Trad. de M. Menéndez y Pelayo, Biblioteca Clásica,
pág. 1.) Cap. XVI: Exposui fere non philosophorum judi¬cia, sed delirantium
somnia. (He expuesto hasta ahora, no juicios de filósofos, sino sueños de
delirantes. 1 Trad. de M. Menéndez y Pelayo. Biblioteca Clá¬sica, pág. 18.)
** Lucas, IX, 60. 59:
Mateo, VIII. 22. *** Lucas, XVII. 22.
que quiera seguirme,
que se niegue a sí mismo»*, es decir, su parti-cularidad, su opinión.
Verdad es que también
entonces se origina de nuevo una nueva fi-losofía, que afirma que las otras
todavía no han encontrado lo ver-dadero. Esta tiene la pretensión, no sólo de
ser, por fin, la verda¬dera, sino también de completar las deficiencias de las
filosofías precedentes. Pero también son de aplicar a esta filosofía las
pala¬bras que San Pedro habló a Ananías: «Mira los pies de aquellos que te
llevarán, están ya ante la puerta»** . Mira la filosofía por la cual la tuya
será refutada y reemplazada; no permanecerá mucho tiempo; tan poco como ella ha
tardado para las otras.
Si nosotros queremos
comprender una determinación más directa de esta visión de las diferentes
filosofías, tenemos que preguntar y ana-lizar qué es esta diversidad de
filosofías, este contraste; ya que la verdad, la razón, es una, el conocimiento
de la verdad, la razón pensante, es decir, precisamente la filosofía, también
es sólo una y que, sin embargo, hay múltiples filosofías. Nosotros queremos
expli-carnos esta multiplicidad, este contraste, hacérnoslo comprensible. Así,
conseguiremos una introducción a la relación de las muchas fi-losofías con la
única filosofía, de donde se aclarará también la dife-rencia entre la historia
de la filosofía y la filosofía misma. Luego, veremos que esta multiplicidad de
filosofías no sólo perjudica a la filosofía —a la posibilidad de la filosofía—,
sino que es y ha sido absolutamente necesaria para la existencia de la ciencia
y la filoso¬fía. Por cierto, en esta consideración hay que hacer notar antes
que, sin duda, partamos de ello, que la filosofía tiene como finalidad comprender
o conocer la verdad pensando. Tamp oco queremos ocuparnos de las opiniones; no
nos ocupamos en la filosofía ni en su historia con lo pasado, con lo muerto,
sino que nosotros tenemos que ver con las ideas filosóficas, en las cuales está
presente nuestro espíritu.
Debemos sup oner
conocido cuál es el objeto de la filosofía. Este es, aunque un objeto
especialmente brillante, el más universal o, más bien, lo universal mismo, lo
absolutamente universal, lo eterno, lo existente en sí y por sí. Se pueden
enumerar los objetos de la filoso¬fía también como particulares; son Dios, el
mundo, el espíritu, el alma, el hombre. Pero propiamente el objeto de la
filosofía es sólo Dios, o su finalidad es Dios, conocer a Dios. Tiene este
objeto en
* Lucas. IX, 23.
** Los Hechos de los
Apóstoles. V, 9. Son palabras que el apóstol Pedro
dijo a la mujer de
Ananías. Textualmente significan: «Mira los pies de los que han enterrado a tu
marido, están ante la puerta y te esperan.»
común con la
religión, pero con la diferencia de que la filosofía lo considera reflexionado,
conceptualmente, la religión de una manera representativa. Lo que la historia
de la filosofía nos presenta son los hechos de la razón pensante. La historia
política o la historia del mundo considera los hechos de la razón volitiva, los
actos de los grandes individuos, de los grandes Estados; nos enseña cómo esta
razón se manifiesta en el nacer, propagarse y en la decadencia de los Estados.
La historia del arte considera las ideas en la forma de la fantasía, la cual
lleva las ideas a la intuición; la historia la filoso¬fía considera las ideas
en la forma del pensar. Pone ante sí la con¬ciencia pensante, nos coloca ante
los héroes del pensar, del pensa¬miento puro, como han de ser considerados en
sus actos. El hecho es tanto más excelente cuanto menos la particularidad del
sujeto ha impreso en él su sello. En la filosofía es donde lo particular, es
de¬cir, la actividad particular del filósofo, se esfuma y solamente perma¬nece
el campo del puro pensar. Si se compara este campo con otros, se debe tener a
éste por el más noble, el más excelente; porque el pensar es la actividad que
distingue al hombre. El hombre es pen¬sante en todo; pero, por ejemplo, en la
sensación, en la intuición, en el querer, en la fantasía, no es puramente
pensante. Solamente en la filosofía se puede adoptar la postura del pensar
puro; sola¬mente en ésta, porque en ella se piensa libre de todas las
determi¬naciones naturales, libre de toda particularidad. Esta es la base que
nosotros queremos considerar en su movimiento. De esto se con¬cluye que los
actos de la razón pensante no son ninguna aventura. Tampoco la historia
universal es solamente romántica, no es una co¬lección de hechos y
acontecimientos casuales; no predomina en ella la casualidad. Los
acontecimientos en la historia universal no son los viajes de los caballeros
errantes, las hazañas de los héroes que inútilmente se golpean, se afanan y se
sacrifican por un vano ob¬jeto; y su actividad no se esfuma sin dejar huella,
sino que en sus acontecimientos existe una conexión necesaria. Lo mismo ocurre
en la historia de la filosofía. No se trata en ella de ocurrencias, opi-niones,
etc., que cada uno haya descubierto según la particularidad de su espíritu o se
haya imaginado a su libre albedrío; sino que al tener que considerar aquí la
actividad pura y la necesidad del espí¬ritu, tiene que existir también en el
movimiento total del espíritu pensante una conexión necesaria y esencial. Con
esta creencia en el espíritu del mundo tenemos que acercarnos a la historia y,
especial¬mente, a la historia de la filosofía.
La segunda reflexión
concierne al comportamiento de la fi-losofía hacia las otras formas y
producciones del espíritu. Hemos dicho ya que el hombre piensa y que esto,
precisa-mente, es su esencia, pero que el pensamiento, además de que es el
objeto de la filosofía, todavía tiene que ver con una gran cantidad de otros
objetos, los cuales también son
productos, hechos del
pensamiento. Religión, arte, constitu-ción del Estado y otras producciones
semejantes, son igual-mente obras del espíritu esencialmente pensante y, sin
em-bargo, tienen que permanecer alejados de nuestro tema. Se pregunta también:
¿cómo distinguir éstos de los productos que son nuestro objeto? Y, al mismo
tiempo: ¿Qué relación histórica existe entre la filosofía de una época y la
religión, el arte, la política, etc., de la misma época?
Discutiremos estos
dos puntos de vista en la introducción, para orientarnos sobre cómo debe ser
tratada la historia de la filosofía en estas lecciones. En estos dos puntos de
vista se da también el rumbo para la disposición, visión general de conjunto del
curso histórico de la totalidad. No quiero ocuparme con reflexiones externas
(superficiales) sobre la historia de la filosofía, su utilidad y demás maneras
de en-salzarla. La utilidad resultará de sí misma.
Pero al final quiero
referirme brevemente a las fuentes, ya que esto es tan usual. La introducción
debe tener como ob-jeto solamente facilitar una representación directa de
aque¬llo que ha de ser nuestro tema. La representación que aquí debe ser
desarrollada es el concepto mismo. Aquí no se puede demostrar este concepto
(pues él es en sí y por sí); su demostración corresponde a la ciencia de la
filosofía, a la ló-gica. Muy bien puede hacer aprobar y comprender esto
mientras se parte de otras representaciones conocidas de la conciencia
ordinariamente formada; pero aunque esto no es filosófico, contribuye a la
claridad.
Luego lo primero es
el concepto, el fin de la historia de la filosofía; en segundo lugar, la
relación de la filosofía con los demás productos del espíritu humano, arte,
religión, consti-tución del Estado, etc., y, especialmente, la relación con la
historia.
A. NOCIÓN DE LA
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
LO que vamos a
considerar aquí es una sucesión de formas del pensamiento. Es éste el modo
primero y más superficial de aparición de la historia de la filosofía. A ello
se añade, al mismo tiempo, la necesidad de conocer la finalidad, lo general,
por lo que es unificado lo múltiple, lo diverso, que se ponen de manifiesto en
esta serie, a la que esta multitud se refiere como a su unidad, de manera que
sea moldeada en una totalidad, en un todo; y lo que esta unidad es, conviene
entonces, por de pronto, a la finalidad, al concepto. Luego tenemos perfecta
razón para querer co¬nocer con certeza una finalidad, un concepto, antes de
en¬tregarnos a lo particular. Primeramente queremos tener la visión total de un
bosque para después conocer detenida¬mente los árboles singulares. Quien
considera los árboles primero y solamente está pendiente de ellos, no se da
cuenta de todo el bosque, se extravía y se desconcierta en él. Así ocurre
también en las filosofías, de las que hay una cantidad infinita de ellas, las
cuales se combaten y se opo¬nen unas a otras. Se erraría, por tanto, si se
quisiera cono¬cer primeramente las filosofías particulares. Por culpa de los
árboles, no se vería el bosque; por culpa de las filosofías, no se llegaría a
la filosofía. En ninguna parte sucede esto con tanta facilidad y frecuencia
como en la historia de la filoso¬fía. La multiplicidad de las filosofías,
frecuentemente da lu¬gar a que no se distinga y se menosprecie la filosofía.
Sobre ello descansa también aquella prueba superficial que, con aire de
conocedor, afirma que no se obtiene nada de la his¬toria de la filosofía; que
una refuta a la otra; que ya la mul¬titud de filosofías es una prueba de la
nulidad de la empresa de la filosofía. Y se habla así incluso mientras se tiene
in¬terés por la verdad o se piensa haber tenido: se debe buscar
lo uno, la unidad, es
decir, la verdad, porque la verdad es una; y a la diversidad de las filosofías,
de las cuales cada una afirma ser la verdadera, hay que oponer aquel
princi¬pio, que lo verdadero es la unidad.
La cuestión principal
que nosotros tenemos que considerar en esta introducción se refiere a las
preguntas siguientes: ¿Qué es esa contradicción de la unidad de la verdad y de
la multiplicidad de las filosofías? ¿Cuál es el resultado de este largo trabajo
del espíritu humano, y cómo se ha de concebir éste? ¿En qué sentido queremos
tratar la historia de la filo-sofía?
La historia de la
filosofía es la historia del pensamiento li¬bre, concreto, o la historia de la
razón. El pensamiento li¬bre, concreto, se ocupa solamente consigo mismo. No
hay nada racional que no sea resultado del pensar, no del pensar abstracto,
pues éste es el pensar inteligente (del pensa¬miento), sino del pensar
concreto; éste es la razón. También aquella pregunta se ha de expresar más
directamente: ¿En qué sentido debe ser considerada la historia de la razón
pen¬sante, es decir, en qué acepción? Y aquí podemos contestar que no puede ser
interpretada en ninguna otra acepción que en el sentido del pensamiento mismo;
o podemos decir que la interrogación misma es incorrecta. En todas las cosas
po¬demos preguntar por el sentido o por la significación (acep¬ción); así, en
una obra de arte podemos preguntar por la significación de la forma; en el
lenguaje, por la significación de la palabra; en la religión, por la
significación de la repre¬sentación o del culto; en otros actos, por el valor
moral, etc. Esta significación, o este sentido, no es otra cosa que lo esencial
o lo universal, lo sustancial de un objeto, y este sus¬tancial del objeto es el
pensamiento concreto del objeto. Nosotros tenemos aquí siempre dos cosas, un
exterior y un interior, una aparición (fenómeno) exterior que es percepti¬ble
sensiblemente (intuitiva) y una significación que es justa¬mente el pensaminto.
Pero ahora, al ser nuestro objeto mis¬mamente pensamiento, no existen aquí dos
cosas, sino que el pensamiento es lo importante por sí mismo. El objeto es aquí
lo universal; y no podemos preguntar aquí por la signi¬ficación separable o
separada del objeto. Tampoco la histo¬ria de la filosofía tiene ninguna otra
significación, ninguna
otra determinación
más que el pensamiento mismo. El pen-samiento es aquí mismamente lo más
interior, lo más alto, y por eso no se puede comprobar ningún pensamiento más
elevado. En una obra de arte podemos reflexionar, hacer consideraciones si la
forma corresponde a la significación; luego, nos podemos situar por encima. La
historia del pen-samiento libre no puede tener ningún otro sentido, ninguna
otra significación que hablar del pensamiento mismo. La de-terminación que se
introduce aquí, en lugar del sentido y la significación, es el pensamiento.
A esta determinación
se han de añadir ahora los próximos puntos de vista (perspectivas), de los
cuales depende junto con el pensamiento.
Aquí es necesario
ocuparse en una serie de determinaciones del pensamiento, adelantar algunos
conceptos enteramente generales, abstractos, a los cuales nos referiremos
posterior-mente, y mediante cuya aplicación podremos traer el con-cepto de
historia de la filosofía más cerca ante la representa-ción. Pero estos
conceptos son aquí solamente suposiciones; éstas no deben ser tratadas o
demostradas, lógica, filosófica o especulativamente. Aquí basta con unas
indicaciones his-tóricas, preliminares de estos conceptos.
I. DETERMINACIONES
PRELIMINARES
Estas determinaciones
son: Pensamiento, Concepto, Idea o Razón y la evolución de los mismos.
Son éstas las
determinaciones de la evolución y de lo concreto. El producto del pensar, el
pensamiento en general es el objeto de la fi-losofía. El pensamiento se nos
aparece, por de pronto, como for¬mal, el concepto como pensamiento determinado
(como pensamiento definido); la idea es el pensamiento en su totalidad, el
pensamiento determinado en sí y por sí. La idea es, en general, lo verdadero, y
lo verdadero solamente. La naturaleza de la idea es ahora desenvol¬verse
(evolucionar).
(1. EL PENSAMIENTO
COMO CONCEPTO E IDEA) a) El pensamiento
Por lo tanto, lo
primero es el pensamiento.
La filosofía es
activamente pensante; esto lo hemos considerado ya. El pensar es lo más interno
de todo, el egomonicón. El pensar filo¬sófico es el pensar de lo universal. El
producto del pensar es el pen¬samiento. Este puede ser subjetivo u objetivo. En
la consideración objetiva llamamos al pensamiento lo universal: el noús de
Anaxá¬goras es lo universal. Pero nosotros sabemos que lo universal se
di-ferencia por eso de lo abstracto y de lo particular. Pues lo universal es
solamente la forma, y a ella se opone lo particular, el contenido. Si nos
detenemos en el pensamiento como universal, no nos deten¬dremos mucho, o
tendremos conciencia de que lo abstracto no es suficiente, no basta. De aquí la
expresión: son sólo pensamientos. La filosofía tiene que ocuparse con lo
universal, el cual tiene su contenido en sí mismo. Pero lo primero es lo
universal como tal; éste es abstracto; es el pensamiento, pero como puro
pensamiento y pura abstracción: "Ser" o "esencia", "lo
uno", etc., son tales pen¬samientos totalmente abstractos.
b) El concepto
El pensamiento no es
nada vacío, abstracto, sino que es de-terminante y precisamente determinante de
sí mismo; o el pensamiento es esencialmente concreto. A este pensamiento
concreto lo llamamos concepto. El pensamiento tiene que ser un concepto; por
abstracto que pueda parecer, tiene que ser concreto en sí, o tan pronto como el
pensamiento es filo¬sófico, es concreto en sí. Por una parte, esto es exacto,
si se dice que la filosofía se ocupa de abstracciones; precisamente hasta aquí
ha tenido que ver con pensamientos, es decir, con lo llamado concreto,
abstraído de lo sensible. Pero, por otra parte, es enteramente falso; las
abstracciones pertene¬cen a la reflexión del entendimiento, no a la filosofía;
y pre¬cisamente aquellos que hacen ese reproche a la filosofía son los que
están más absortos en las determinaciones de la re¬flexión, aunque ellos crean
estar en el contenido más con¬creto. Reflexionando sobre las cosas, tienen, por
una parte, solamente lo sensible y, por otra, el pensamiento subjetivo, es decir,
abstracciones.
En segundo lugar está
el concepto. Es otra cosa que el pensamiento puro (en la vida ordinaria el
concepto es tomado generalmente sólo como un pensamiento determinado). El
concepto es un saber verda¬dero, no el pensamiento como puro universal; además,
el concepto es el pensamiento, el pensamiento en su vitalidad y actividad, o en
tanto que se da su contenido a sí mismo. O el concepto es lo uni¬versal que se
particulariza a sí mismo (por ejemplo, el animal, como
mamífero, añade esto
a la determinación exterior de animal). Con¬cepto es el pensamiento, el cual
devenido activo, puede determi¬narse, crear, producir; tampoco es mera forma
para un contenido, sino que se forma a sí mismo, se da a sí mismo un contenido y
se determina la forma (la determinación del mismo ha ocurrido en la historia de
la filosofía misma). Esto, que el pensamiento no es ya abstracto, sino
determinado al determinarse a sí mismo, lo resu¬mimos con la palabra
«concreto». El pensamiento se ha dado un contenido, ha devenido concreto, es
decir, se ha unificado al desa¬rrollarse; donde se han concebido y unido
inseparablemente varias determinaciones en una unidad, estas distintas
determinaciones no han de ser separadas. Las dos determinaciones abstractas que
él re¬duce a unidad, son lo universal y lo particular. Todo lo que es
real¬mente viviente y verdadero es, así, un compuesto, tiene varias
de¬terminaciones en sí. La actividad viviente del espíritu es así concreta.
Luego la abstracción del pensamiento es lo universal; el concepto es lo
determinante de sí, lo que se particulariza a sí mismo.
c) La idea
El pensamiento
concreto, directamente expresado, es el con-cepto, y, aún más determinado, es
la idea. La idea es el concepto en tanto que él se realiza. Para realizarse
debe de-terminarse a sí mismo, y esta determinación no es otra cosa que él
mismo. Así es su contenido él mismo. Este es su infi¬nito relacionarse consigo
mismo, para que él se determine sólo desde sí mismo.
La idea o la razón
también es concepto; pero así como el pensa¬miento se determina como concepto,
así la razón se determina como pensamiento subjetivo. Cuando nosotros hablamos
de un con¬cepto, se determina, aunque sea abstracto. La idea es el concepto lleno,
el cual se llena consigo mismo. La razón, o la idea, es libre, rica, plena de
contenido en sí mismo; ella es el concepto que se pone a sí mismo pleno de
contenido, que se da su realidad. Yo puedo muy bien decir «concepto (o noción)
de algo», pero no puedo decir «idea de algo»; porque ésta tiene su contenido en
sí misma. La idea es la realidad en su verdad. La razón es el concepto dándose
realidad a sí mismo, es decir, se compone de concepto y realidad. El alma es el
concepto que se da actualidad en el cuerpo, en la realidad. Si se separan
concepto y realidad, el hombre ha muerto. Esta unión no tiene solamente que ser
concebida como uni-dad en general, sino que la razón es esencialmente
vitalidad, activi-' dad; su actividad esencial consiste en que el concepto se
produce, se convierte en contenido, pero de manera que lo producido está
siempre de acuerdo con él. La realidad está siempre en dependencia de
la idea, no existe
por sí. Parece ser otro concepto, otro contenido, pero no es así. Lo que en
realidad es de otro modo que en el con¬cepto, esta diferencia consiste sólo en
la forma de la exterioridad. La realidad se hace idéntica al concepto.
La idea es justamente
aquello que nosotros llamamos ver¬dad, una gran palabra. Para el hombre
corriente permane¬cerá siempre grande y henchirá de satisfacción su corazón.
Verdad es que en la época contemporánea se ha llegado al resultado de que
nosotros no podemos conocer la verdad. Pero el objetivo de la filosofía es el
pensamiento concreto, y éste es, en su determinación posterior, precisamente
idea o verdad. Por lo que respecta ahora a la afirmación de que la verdad no
puede ser conocida, se presenta por sí en la histo¬ria de la filosofía misma y
también allí será considerada más de cerca. Aquí sólo hay que mencionar que, en
parte, son los autores de historia de la filosofía los que admiten este
prejuicio. Tennemann, por ejemplo, un kantiano, piensa que es un disparate
querer conocer la verdad; esto nos muestra la historia de la filosofía. Es
inconcebible cómo un hombre puede atarearse, ni aun, por cierto, preocuparse de
algo sin tener una finalidad en ello. La historia de la filoso¬fía es,
entonces, solamente un relato de toda clase de opi¬niones, de las cuales cada
una afirma, falsamente, ser la ver¬dad. Otro prejuicio es que nosotros, sin
duda, podemos saber de la verdad, pero solamente si hemos reflexionado sobre
ello (que la verdad no es conocida en el percibir inme¬diato, en el intuir, ni
en la intuición exterior sensible, ni en la llamada intuición intelectual, pues
toda intuición es como intuición sensible). A este prejuicio apelo yo. Por
cierto, aún es algo distinto conocer la verdad (saber de la verdad), y ser
capaz de conocerla; pero solamente por medio de la reflexión tengo noticia de
lo que hay en el objeto. Luego, en primer lugar, nosotros no podemos conocer la
verdad, y, en segundo lugar, sabemos de la verdad solamente por la re¬flexión.
Cuando aludimos directamente a estas determina¬ciones, avanzamos en nuestra
representación.
Las primeras
determinaciones que hemos obtenido son, en-tonces, éstas: que el pensamiento es
concreto, que lo con¬creto es verdad, y que ésta es producida solamente por el
pensar. La determinación siguiente es, pues, que el espíritu se desarrolla
(desenvuelve) a sí mismo de sí.
(2. LA IDEA COMO
DESARROLLO)
En primer lugar,
sucedía también que el pensamiento, el pensamiento libre, es esencialmente
concreto en sí; con ello se relaciona que el pensamiento es viviente, que se
mueve en sí mismo. La naturaleza infinita del espíritu es el proceso de él en
sí, no para reposar, esencialmente para producirse y existir por su producción.
Podemos concebir más exacta¬mente este movimiento como desarrollo (como
evolución); lo concreto, en cuanto actividad, está esencialmente
desarro¬llándose. Existe una diferencia en el interior; y cuando no¬sotros
comprendemos directamente la determinación de las diferencias que aparecen —y
en todo proceso surge necesa-riamente otra cosa—, entonces se produce el
movimiento como evolución. Estas diferencias se destacan, aunque nos mantengamos
sólo en la conocida representación de evolu-ción. Es importante, además, que
reflexionemos en la repre-sentación de evolución.
Ante lo primero, se
pregunta qué es evolución. Se toma la evolu¬ción como una representación
conocida, y se cree por eso haberse evitado una discusión sobre ello. Pero
precisamente investigar aque¬llo que se supone como conocido, lo que cada uno
piensa que sabe ya bastante, eso es lo propio de la filosofía. Lo que se maneja
y usa sin reparo alguno, con lo que se opera en la vida cotidiana, ella lo
comprueba, pasa a través de ello, precisamente lo aclara como tal; pues
justamente esto conocido es lo desconocido, si no se integra fi¬losóficamente.
Tenemos que poner de manifiesto también los puntos particulares que aparecen en
la evolución para hacer familiar la consecuencia. Pero no puede tratarse de una
visión absoluta del concepto, puesto que pertenece a una realización ulterior.
Puede parecer que tales determinaciones no dicen mucho. Pero su nulidad debería
enseñar solamente a conocer el estudio total de la filosofía.
La idea como
evolución debe convertirse en lo que ella es. Esto pa¬rece una contradicción
para el entendimiento, pero precisamente la esencia de la filosofía consiste en
resolver las contradicciones del entendimiento.
Ahora, en lo
referente a la evolución como tal, debemos distinguir dos cosas —dos estados,
por decirlo así—: la aptitud, el poder (la potencia), el ser en sí (potentia,
dynamis) y el ser por sí, la realidad (actus, enérgeia).
a) El ser en sí
Lo que ahora se nos
presenta en la evolución es que debe existir algo que es desarrollado, luego
algo envuelto, el ger¬men, la aptitud, la potencia, es lo que Aristóteles llama
dy¬namis, esto es, la posibilidad (pero la posibilidad real, no, por cierto, una
posibilidad superficial), o, como es llamada, lo en sí, aquello que es en sí y
sólo por de pronto así.
De lo que es en sí,
se tiene ordinariamente la alta opinión de que es lo verdadero. Aprender a
conocer a Dios y al mundo, quiere decir: conocerlos en sí. Pero lo que es en
sí, no es aún lo verdadero, sino lo abstracto; es el germen de lo verdadero, la
aptitud, el ser en sí de lo verdadero. Es algo simple, sin duda, lo que
contiene las cualidades de lo múlti¬ple en sí, pero en la forma de la
simplicidad, un contenido, el cual está envuelto aún.
Un ejemplo de ello lo
da el germen. El germen es simple, casi un punto; incluso por medio del
microscopio se descu¬bre poca cosa en él. Pero esto simple está embarazado con
todas las cualidades del árbol. En el germen está contenido todo el árbol, su
tronco, ramas, hojas, colores, olor, sabor, etc. Y, sin embargo, esto simple,
el germen, no es el árbol mismo; esta diversidad aún no existía. Es esencial
saber esto: que hay algo que contiene una diversidad en sí, pero la cual aún no
existía por sí. Un ejemplo aún más importante es el Yo. Cuando yo digo: Yo,
esto es enteramente simple, lo universal abstracto, lo común a todos; cada uno
es un Yo. Y, no obstante, éste es el reino múltiple de las repre¬sentaciones,
de los impulsos, de los deseos, de las inclina¬ciones, de los pensamientos,
etc. En este simple punto, en el Yo, está contenido el todo. Es la fuerza, el
concepto de todo aquello que el hombre desarrolla de sí. Según Aristó¬teles, se
puede decir que en lo simple que es en sí. en la dy¬namis, potencia, en la
aptitud, está contenido todo lo que ha de desarrollarse. En la evolución no
puede descubrirse nin¬guna otra cosa que lo que existe ya en sí.
El germen es el
concepto de la planta; si lo partimos, encontramos en él solamente un punto de
partida. De él se origina la planta. El es activo, y la actividad consiste en
que él produce la planta. La planta es precisamente sólo esta vida que es la
planta. Lo que per-
manece sin vida, sin
movimiento, es la madera. El convertirse en madera es la muerte. Pero la
planta, en cuanto planta real, es el continuo producirse, el producirse a sí
misma. Ha realizado un curso de vida si es capaz de producir de nuevo un
germen. El ger¬men está dotado de toda la formación de la planta; la fuerza y
lo producido es una y la misma cosa. No se descubre ninguna otra cosa que lo
que ya existía. Esta unidad del punto de partida, de lo que se mueve, y de lo
producido es lo esencial que ha de afirmarse aquí.
b) La existencia
(Dasein)
Lo segundo es que lo
en sí, lo simple, lo envuelto, se desa-rrolla, se desenvuelve. Desenvolverse
quiere decir: ponerse, entrar a la existencia, existir como algo distinto. Por
de pronto, se ha diferenciado en sí y existe sólo en esta simpli¬cidad o neutralidad,
como el agua que es clara y transpa¬rente y, sin embargo, contiene tantos
elementos físicos y químicos, tantas posibilidades orgánicas en sí. Lo segundo
es también que la existencia está en relación con otras cosas, que existe como
algo diferente. Es una y la misma cosa o más bien uno y el mismo contenido, ya
exista en sí, en¬vuelta, ya exista desenvuelta o como algo desarrollado. Es
solamente una diferencia de la forma; pero de esta diferen¬cia depende todo.
El otro lado digno de
notar, además, es que, mientras que el ger¬men se desarrolla hacia el germen,
entre el punto de partida y el punto final se encuentra el medio; éste es la
existencia, este ser otro, la evolución, el desarrollo como tal, el cual se concentra
en¬tonces de nuevo en el simple germen. Todo lo que es producido, la planta
entera, se encuentra ya envuelto en la fuerza del germen. La forma de la
porción singular del todo, todas estas determinaciones diferentes, las cuales
yacen en la formación del germen, dan sola¬mente el desarrollo, la existencia.
Esto se ha de afirmar. Del mismo modo existe oculto en el alma del hombre, en
el espíritu humano, todo un mundo de representaciones. Estas representaciones
están como envueltas en el yo enteramente simple. Así, solamente, carac¬terizo
yo al germen; pero todas estas representaciones se desarro¬llan hacia fuera y
vuelven de nuevo al Yo. Esto es el movimiento de la idea, de lo racional.
Nuestro esfuerzo para reunir de nuevo esta cantidad de representaciones en esta
unidad, en esta idealidad, esto es nuestra actividad espiritual; así como la
racional en general se ha de comprender según su determinación fundamental como
esto; para duplicar el concepto, para volverlo a su simplicidad y conservarlo
en ella. Lo que nosotros llamamos Existencia (Dasein,
Existenz), que es así
un muestrario del concepto, del germen, del Yo. En la Naturaleza hay algo
puesto de manifiesto; toda determi¬nación parece existir como separada una de
otra, como particular. A la existencia en la conciencia, en el espíritu,
llamamos saber, con¬cepto pensante. El espíritu es también esto: traer a la
existencia, es decir, a la conciencia. Como conciencia en general tengo yo un
ob¬jeto; puesto que yo existo y aquél está frente a mí. Pero en tanto que el Yo
es el objeto del pensar, es el espíritu precisamente esto: producirse, salir
fuera de sí, saber lo que él es.
En eso consiste la
gran diferencia, que el hombre sabe lo que él es; luego, en primer lugar, él es
real. Sin esto la ra¬zón, la libertad, no son nada. El hombre es esencialmente
razón; el hombre, el niño, el culto y el inculto, es razón; o, más bien, la posibilidad
para eso, para ser razón, existe en cada uno, es dada a cada uno. Y, pese a
ello, la razón no ayuda nada al niño, al inculto. Es sólo una posibilidad,
aun¬que no una posibilidad vacía, sino una posibilidad real y que se mueve en
sí. Solamente el adulto, el formado, sabe por la educación lo que él es. La
diferencia es solamente que la ra¬zón existe allí solamente como aptitud, en
sí, pero aquí existe explícitamente, ha pasado de la forma de posibilidad a la
existencia.
Así, por ejemplo,
decimos que el hombre es racional, y distin¬guimos muy bien entre el hombre que
ha nacido solamente y aquel cuya razón educada está ante nosotros. El niño es
también un hom¬bre, pero aún no existe la razón en él; no sabe ni hace nada racio¬nal.
El niño tiene la aptitud de la razón, pero ella aún no existe para él. Así es
esencial hacer, por eso, que aquello que el hombre es en sí, llegue a ser por
él; y solamente en cuanto este ser por sí tiene por su parte realidad, es en
cualquier forma lo que quiere.
Esto puede ser
expresado también así: lo que es en sí, tiene que convertirse en objeto para el
hombre, llegar a la conciencia; así llega a ser para él y para sí mismo. De
este modo, el hombre se du¬plica. Una vez él es razón, es pensar, pero en sí;
otra él piensa, él convierte este ser, su en sí, en objeto del pensar. Así es
el pensar mismo objeto, luego objeto de sí mismo, entonces el hombre es por sí.
La racionalidad produce lo racional, el pensar produce los pensa¬mientos. Lo
que el ser en sí es, se manifiesta en el ser por sí. Si ahora reflexionamos
sobre ello, es el hombre que era en sí racional y convierte esto en objeto, sin
haber ido más allá, como era al prin¬cipio. Lo que el hombre trae ante sí, es
él, en sí. Lo en sí se con¬serva, permanece lo mismo; no da por resultado
ningún contenido nuevo. Esto parece ser una duplicación inútil; sin embargo, es
la di-
ferencia, que yace en
estas determinaciones, enteramente monstruosa. Todo conocer, aprender, visión,
ciencia, incluso toda actividad, no tiene ningún otro interés que aquello que
es en sí, en lo interior, ma¬nifestarse desde sí, producirse, transformarse
objetivamente. Como ex¬plicación, puede remitirse también a las cosas
naturales.
En esta diferencia se
descubre toda diferencia en la historia del mundo. Los hombres son todos
racionales; lo formal de esta racionalidad es que el hombre sea libre; ésta es
su natu-raleza, esto pertenece a la esencia del hombre. Y, no obs¬tante, ha
existido en muchos pueblos la esclavitud y en al¬gunos aún existe; y los
pueblos están contentos. Los orientales, por ejemplos, son hombres, y, como
tales, libres en sí; pero a pesar de eso no son libres, porque no tienen
conciencia de la libertad, sino que les ha agradado todo des¬potismo de la
religión y de las relaciones políticas. La dife¬rencia total entre los pueblos
orientales y los pueblos donde no domina el régimen de esclavitud es que éstos
saben que son libres, que son libres por sí.
Los orientales son
también en sí, pero no existen como li¬bres. Esto constituye el enorme cambio
de estado ocurrido en la historia universal, si el hombre es solamente en sí
li¬bre, o si él sabe que es su noción, su determinación, su na¬turaleza existir
como individuo libre.
El europeo sabe de
sí, es objeto de sí mismo; la determinación que él conoce, es la libertad; se
conoce a sí mismo como libre. El hom¬bre tiene a la libertad como su sustancia.
Si los hombres hablan mal del conocer, es que no saben lo que hacen. Conocerse,
convertirse a sí mismo en objeto (del conocer propio), esto lo hacen
relativa¬mente pocos. Pero el hombre es libre solamente si él sabe que lo es.
Se puede también, en general, hablar mal del saber, como se quiera; empero,
solamente este saber libera al hombre. El cono¬cerse es en el espíritu la
existencia.
Por lo tanto, esto es
lo segundo, ésta es sola la diferencia de la existencia (Existenz), la
diferencia de lo separable. El Yo es libre en sí, pero también por sí mismo es
libre; y yo soy libre solamente en tanto que existo como libre.
c) El ser por sí
La tercera
determinación es que lo que existe en sí, y lo que existe por sí, son solamente
una y la misma cosa. Esto
quiere decir
precisamente evolución. Lo en sí que ya no fuera en sí, sería así otra cosa;
por consiguiente, habría allí una variación, un cambio. En el cambio hay algo
que llega a ser otra cosa. En la evolución podemos también, sin duda, hablar
del cambio, pero este cambio debe ser tal que lo otro, lo que resulta, sin
embargo, es aún idéntico con lo pri¬mero, de manera que lo simple, el ser en
sí, no sea negado. Es algo concreto, algo distinto; pero, sin embargo,
conte¬nido en la unidad, en el sí primitivo. El germen se desarro¬lla así, no
cambia; si el germen fuese cambiado, desgastado, triturado, no podría
evolucionar. Esta unidad de lo Exis¬tente, lo que existe, y de lo que es en sí,
es lo esencial de la evolución. Es un concepto especulativo, esta unidad de lo
diferente, del germen y de lo desarrollado; ambas cosas son dos y, sin embargo,
una. Es un concepto de la razón; por eso sólo todas las otras determinaciones
son inteligibles. Pero el entendimiento abstracto no puede concebir esto; el
entendimiento se queda en las diferencias, sólo puede com-prender
abstracciones, no lo concreto, ni el concepto.
En la evolución está
contenida al mismo tiempo la media-ción; lo uno es solamente en tanto que se
refiere a lo otro. Aquello que es en sí tiene el impulso para desarrollarse,
para existir, para pasar a la forma de existencia; y la exis¬tencia existe por medio
de la aptitud. Existe algo inmediato no real. Se ha hablado mucho en la época
moderna del sa¬ber inmediato, del intuir, etc.; pero esto es sólo una mala
abstracción unilateral. La filosofía tiene que ocuparse con lo real, con la
comprensión conceptual. Lo inmediato es sola-mente lo irreal. En todo lo que se
llama saber inmediato, etc., se da la mediación y es fácilmente demostrable. En
cuanto es verdadero, contiene la mediación en sí, así como la mediación, sino
es solamente abstracta, contiene en sí la inmediación (Unmittelbarkeit).
El movimiento que
constituye la realidad es el pasar de lo subjetivo a lo objetivo. Este paso es,
en parte, simple, inmediato, pero tam¬bién en parte no simple, sino un paso a
través de muchas etapas. Así el desarrollo de la planta de germen a germen. Las
más bajas especies de plantas, por ejemplo, son hebras y nudos, y el paso es de
semilla a semilla, de nudo a nudo o de bulbo a bulbo, luego in¬mediato. Pero el
curso del germen de la planta a un nuevo germen es mediato. Durante el curso se
encuentran las raíces, el tronco las
hojas, las flores,
etc. Luego éste es un ciclo desarrollado, mediato. Así hay también en el
espíritu algo inmediato como intuición, per¬cepción, creencia, algo otro, pero
mediato por el pensar. Hay que notar ahora que en este ciclo de la evolución
existe una sucesión or¬denada. Raíces, tronco, ramas, hojas y flores, todos
estos estados son distintos unos de otros. Ninguna de estas existencias es la
ver¬dadera existencia de la planta (sino que ellas son solamente reco¬rridas),
porque estas existencias son situaciones pasajeras, siempre repitiéndose de las
cuales una contradice a las otras. Cada existen¬cia de la planta es refutada
por las otras. Es preciso poner de re¬lieve aquí esta refutación, este
comportamiento negativo de cada uno de estos momentos para con los otros; pero,
al mismo tiempo, tenemos también que asirnos a la única vitalidad de la planta.
Esta unidad, esta simplicidad, permanece a través de todas las situa¬ciones.
Todas estas determinaciones, todos estos momentos, son sencillamente necesarios
y tienen por finalidad el fruto, el producto de todos estos momentos, y el
nuevo germen.
Si resumimos esto,
tendremos una única vida, la cual, por lo pronto, está envuelta; pero después
entra a la existencia y, separa¬damente, a la multiplicidad de las
determinaciones, las cuales, como los distintos grados, son necesarias; y,
juntas de nuevo, constituyen un sistema. Esta representación es una imagen de
la historia de la filosofía.
El primer momento era
lo en sí de la realización, lo en sí del germen, etc.; el segundo es la
existencia, aquello que re¬sulta; así, es el tercero la identidad de ambos, más
precisa¬mente, ahora, el fruto de la evolución, el resultado de todo este
movimiento; y a esto llamo yo abstractamente el ser por sí. Es el ser por sí
del hombre, del espíritu mismo; pues la planta no tiene ser por sí, sino en
tanto que hablamos un lenguaje que se refiere a la conciencia. Solamente el
espíritu llega a ser verdadero por sí, idéntico consigo mismo.
El germen es lo
simple, lo carente de forma; poco se puede ver en él. Pero posee el impulso a
desarrollarse; no puede detenerse, ser solamente en sí. El impulso es la
contradicción para ser en sí y, sin embargo, no debe ser. La contradicción
impulsa al existente en sí a separarse; el germen se pone como existencia
diferenciada desde sí mismo. Pero aquello que resulta, lo múltiple, lo diverso,
no es otra cosa que lo que ya existía en aquella simplicidad. En el germen está
ya contenido todo, verdad es que envuelto, ideal, indeterminado,
indiferenciado. En el germen está ya determinado que las flores de¬ben contener
forma, color, olor, etc. El germen se desarrolla a sí mismo, se pone a sí
mismo. Ahora la perfección de este surgir va
tan lejos como el en
sí. Se pone un fin, tiene una limitación, una fi¬nalidad, pero un fin
determinado de antemano, no casual: el fruto. Y en el fruto está lo esencial
para convertirse de nuevo en germen. El germen tiene también por finalidad
producirse a sí mismo, retor¬nar de nuevo a sí mismo. Lo envuelto, el existente
en sí, también está perfectamente determinado en sí, se separa y, después,
vuelve de nuevo a reunirse a la primera unidad. En la existencia natural, por
cierto, sucede que aquello que ha comenzado, esto subjetivo y después
existente, y lo que produce el fin, la conclusión, el fruto, como semilla, son
dos individuos. El germen es un individuo dis¬tinto del fruto, del nuevo
germen. En la existencia natural se da también la duplicación en dos
individuos; o ella tiene que romper el resultado aparente en dos individuos,
pues por el contenido ellos son el mismo. También en lo animal sucede así: los
hijos son indivi¬duos diferentes que los padres, aunque de la misma naturaleza.
Por el contrario, en el espíritu ocurre otra cosa; precisamente porque el
espíritu es libre, coinciden en él el comienzo y el fin. El germen se convierte
en lo diferente, y de nuevo se recoge en la unidad; pero esta unidad no le
favorece de nuevo. Sin duda, también en el espí¬ritu existe duplicación, pero
lo que aquí es en sí, llega a ser por sí (él). El fin retrocede a su principio;
llega a ser por el comienzo y no por ninguna otra cosa; y así el espíritu llega
a ser por sí mismo. El fruto, en cuanto semilla, no es para el primer germen,
sino para no-sotros el mismo contenido; el fruto no es por el germen, ni él es
por sí. Solamente en el espíritu sucede que, entretanto que existe por otro,
existe allí por sí. El espíritu convierte su en sí en objeto por sí y se hace
así el objeto mismo, se junta con su objeto en uno. De este modo es el espíritu
en sí mismo en su otro. Lo que el espíritu produce, su objeto, es él mismo; él
es un desembocar en su otro. El desarrollo del espíritu es un desprendimiento,
un desplegarse, y por eso, al mismo tiempo, un desahogo.
Esto es el concepto
de desarrollo, un concepto enteramente universal. Esto es la vitadlidad, el
movimiento en general. La vida de Dios en sí misma, la universalidad en la
Natura¬leza y en el espíritu, es la evolución de todo lo viviente, de lo más
bajo como de lo más alto. Es un diferenciarse, un traer a la existencia, un ser
por otro y un permanecer idéntico consigo mismo. Es la eterna procreación del
mundo, en forma diferente del Hijo, el eterno regresar del espíritu a sí mismo
—un movimiento absoluto que, al mismo tiempo, es absoluto reposo—, el eterno
mediar consigo. Este es el ser consigo de la idea, la potencia para regresar a
sí, para fusio¬narse con el otro y tener a sí mismo en el otro. Esta poten¬cia,
esta fuerza para ser en lo negativo de sí mismo consigo, es también la libertad
del hombre.
Este ser consigo,
este desaho go del espíritu, puede ser declarado como su finalidad más elevada.
Lo que sucede en el cielo y en la tierra sucede solamente para arribar a esta
finalidad. Es la eterna vida de Dios encontrarse a sí misma, devenir por sí, fusionarse
con¬sigo misma. En esta promoción se da una enajenación, una des¬unión; pero es
la naturaleza del espíritu, de la idea, enajenarse (alie¬narse), para volver a
encontrarse de nuevo. Precisamente este movimiento es lo que se llama libertad
pues ya de una manera ex¬trínsecamente especulativa decimos: es libre quien no
depende de un otro, el que no sufre ninguna autoridad, lo que no se halla
impli¬cado en otro. El espíritu, en tanto que vuelve a sí mismo, logra ser como
espíritu más libre. Este es su designio absoluto, su designio más elevado. El
espíritu hace verdadero su dominio, su verdadera convicción propia. Por eso se
excluye que el espíritu alcance su fina¬lidad en ningún otro elemento, llegue a
esta libertad, más que en el pensar. En el intuir tengo yo siempre otra cosa
por objeto, el cual sigue siendo otro; existen objetos que me determinan. Del
mismo modo en el sentimiento: me encuentro determinado, no soy libre en él;
puesto que soy determinado, no me he puesto; y aunque tengo conciencia de este
sentimiento, sin embargo, sé solamente que siento algo, que estoy determinado.
Tampoco en el querer soy por mí mismo: tengo ante mí determinados intereses;
éstos son, sin duda, mis objetivos, pero, no obstante, estos objetivos
contienen siempre algo opuesto a mí, algo que es para mí un otro, por el cual
yo estoy determinado de una manera natural. En todos estos casos no soy
perfecto en mí. Solamente el pensar es la esfera donde toda alienación es
eliminada y donde el espíritu es absolutamente libre, es en sí mismo. Alcanzar
este fin es el interés de la idea, del pen¬sar, de la filosofía.
(3. LA EVOLUCIÓN COMO
CONCRECIÓN) Aquí nos concierne ahora directamente lo formal.
Si la evolución
absoluta, la vida de Dios y del espíritu es so-lamente un proceso, solamente un
movimiento, entonces es solamente un movimiento abstracto. Sin embargo, este
mo-vimiento universal, en cuanto concreto, es una serie de formas del espíritu.
Esta serie no debe ser representada como una línea recta, sino como un círculo,
como un re¬greso a sí. Este círculo tiene en la periferia una gran canti¬dad de
círculos; una evolución es siempre un movimiento a través de muchas
evoluciones; el todo de esta serie es un re¬sultado que retrocede hacia sí, de
evoluciones; y cada evolución especial es un grado del todo. Hay un progreso en
la evolución, pero este progreso no se dirige hacia el infinito
(abstracto), sino que
retrocede hacia sí mismo. El espíritu debe conocerse a sí mismo,
exteriorizarse, tenerse a sí mismo por objeto, para que sepa lo que es, y para
que él se produzca enteramente, se convierta en objeto; que se descu¬bra
enteramente, que descienda a lo más profundo de sí mismo y lo descubra. Cuanto
más alto evoluciona el espí¬ritu, tanto más profundo es; entonces el espíritu
es real¬mente profundo no sólo en sí; el espíritu en sí ni es pro¬fundo ni
elevado. Justamente el desarrollo es un profundizar del espíritu en sí, que
manifiesta su profundidad a la con¬ciencia. El fin del espíritu, si se nos
permite hablar así, es que se comprenda a sí mismo, que no se oculte a sí
mismo. Y el único camino para ello es su desarrollo; y la serie de desarrollos
son los grados de su evolución.
En tanto que ahora
algo es resultado de una etapa, de un desarrollo, es de nuevo el punto de
partida para una nueva evolución posterior. Lo último de un momento del
desarro¬llo es siempre al mismo tiempo lo primero del momento si¬guiente. Por
eso Goethe dice con razón en alguna parte: "Lo elaborado se convierte
siempre de nuevo en materia prima."* La materia elaborada tiene forma,
pero es de nuevo materia para una nueva forma.
El espíritu va hacia
sí y se convierte a sí mismo en objeto; y la orientación de su pensar le da,
además, la forma y la de-terminación del pensamiento. A esta noción, en la cual
se ha comprendido y la que el espíritu es, a esta su formación, a este su ser,
separados de nuevo de él, los convierte nueva¬mente en objetos, a ellos aplica
de nuevo su actividad. Así el hacer continúa formando lo anteriormente formado,
le da más determinaciones, lo hace más determinado en sí, más perfeccionado y
más profundo.
Las etapas (momentos)
son diferentes, toda etapa siguiente es más concreta que la precedente. La
etapa más inferior es
* Seguramente alude
al Exvoto 39 de Schiller, El imitador: "Bien del bien lo puede hacer toda
persona inteligente.
Pero el Genio extrae
el bien del mal.
Solamente en lo
formado debes tú, imitador, ejercitarte.
Lo formado mismo es
solamente materia para el Espíritu creador."
la más abstracta; los
niños son así los más abstractos según su espíritu; son ricos en intuiciones
sensibles, pero muy po¬bres en pensamientos. Principios sensibles tendremos
mu¬chos en el comienzo de nuestras lecciones; son los más po¬bres en pensamientos.
Nuestros primeros pensamientos son determinaciones más abstractas que nuestros
pensamientos posteriores. En primer lugar, nos encontramos con la
deter-minación de cosa; no hay una cosa, es solamente un pensa-miento; y así se
presentan solamente al comienzo tales de-terminaciones abstractas de nuestro
pensamiento. Lo abstracto es simple y fácil. Las siguientes etapas son más
concretas. Suponen las determinaciones de las etapas prece-dentes y las
continúan desarrollando. Toda etapa posterior de la evolución es también más
rica, está acrecentada por estas determinaciones; por lo tanto, es más
concreta. Tam¬poco existe pensamiento alguno que no progrese en su desa¬rrollo.
Se puede preguntar
ahora en la evolución (desarrollo), qué se desa¬rrolla, cuál es el contenido
absoluto que se desarrolla; pues la evo¬lución se presenta como actividad
solamente formal y, por lo tanto, necesita de un substrato. Pero la actividad
no tiene ninguna otra de¬terminación que el acto; tampoco aquello que se
desarrolla puede ser otra cosa que lo que es la actividad. Así, pues, es al
mismo tiempo la condición universal del contenido determinado. Distin¬guimos en
la evolución diferentes momentos, lo en sí propiamente y lo por sí; y el hecho
es ahora esto, contener en sí estos momentos diferentes. El hecho, como
totalidad de los momentos, es también esencialmente aquello que, en general,
llamamos concreto; y po¬demos añadir: no sólo el hecho mismo es concreto, sino
también lo en sí, el sujeto de la actividad, lo que inicia, da comienzo,
impulsa la evolución. Pues la idea en sí es precisamente también concreta. Lo
que nosotros declaramos ser solamente el rumbo de la evolución es también el
contenido de la misma. Lo concreto es también una unidad, o sea lo en sí, y
otra cosa, o sea, la actividad de exteriori¬zarse de este concreto. Así son los
dos momentos en uno, y esto es lo tercero. Esto tiene el sentido de que lo uno
existe consigo mismo en lo otro, por tanto, lo otro no tiene fuera de sí, sino
que en él ha regresado a sí.
La idea es
esencialmente concreta, porque lo verdadero no es abs¬tracto; lo abstracto es
lo no verdadero. Indudablemente la filosofía se mueve en la región del pensar
puro, pero su contenido debe ser comprendido (concebido) como concreto. Quizá
sea difícil compren¬der cómo las diversas o diferentes determinaciones opuestas
pueden
existir en lo uno,
pero esto sólo es difícil para el entendimiento. Es verdad que el entendimiento
opone resistencia a lo concreto, quiere aplastarlo. En primer lugar, el
entendimiento pone de relieve lo abstracto, lo vacío, y lo afirma contra lo
verdadero. La sana razón humana exige lo concreto. La idea como pensar puro es,
sin duda, abstracta, pero en sí misma es absolutamente concreta; y la filosofía
es lo más opuesto a lo abstracto; la filosofía es precisamente lucha contra lo
abstracto, la guerra constante con la reflexión del entendi¬miento.
Estas son las
determinaciones que debíamos anticipar, alegar histó-ricamente.
Reunamos estas
determinaciones del desarrollo y de lo concreto, así tendremos lo concreto en
movimiento (del autotransformarse de su ser en sí en su ser por sí) y tendremos
también la evolución como concreción. Puesto que lo en sí es ya en sí mismo
concreto y el de-sarrollo en general es el poner de aquello que es en sí, de
tal ma¬nera no añade nada extraño, nada nuevo; solamente que ahora apa¬rece
como diferente lo que existía ya como no desarrollado, oculto. La evolución no
solamente hace aparecer lo interior originario, ex¬terioriza lo concreto
contenido ya en lo en sí, y este concreto llega a ser por sí a través de ella,
se impulsa a sí mismo a este ser por sí. Lo concreto es en sí diferente, pero
por de pronto sólo en sí, por la aptitud, la potencia, la posibilidad; lo
diferente está puesto todavía en unidad, aún no como diferente. Es en sí
distinto y, sin embargo, simple; es en sí mismo contradictorio. A través de
esta contradic¬ción es impulsado desde la aptitud, desde este interior, a la
duali¬dad, a la diversidad; luego, se cancela la unidad y con ella hace
jus¬ticia a las diferencias. También la unidad de las diferencias aún no
puestas como diferentes es impulsada a la disolución de ella misma. Lo distinto
(diferente) viene así a ser actualmente, a la existencia. Pero del mismo modo
se hace justicia a la unidad, pues lo diferente que es puesto como tal, es
anulado nuevamente. Tiene que regresar a la unidad; porque la verdad de lo
diferente consiste en que lo di¬ferente sea uno. Y solamente por este movimiento
es la unidad ver¬daderamente concreta.
Esta es la vitalidad
en general, tanto la natural como la del espíritu. La idea no es nada muerto,
ni un ser abstracto. Por eso es injusto e irracional representar a Dios, que no
puede ser nada abstracto, en expresiones abstractas como être suprème, la más
alta esencia de quien nada más puede ser dicho. Un dios semejante es un
producto del entendimiento, carece de vida, es muerto. Hay que distinguir y
considerar, en primer término, el pasar de lo uno a la dualidad, y, en segundo,
el regreso a lo uno. Nosotros debemos dirigir nuestra observación a que la
diferencia, en tanto que es, es una diferencia desaparecida, ideal, cancelada
(absorbida), pero solamente a causa
de que la unidad
plena, concreta, no la unidad vacía del entendi¬miento, llegue a ser por sí.
Estas son las
determinaciones del desarrollo de lo concreto. Pero para comprender más
fácilmente estas determinaciones, para aproximarlas más aún a la
representación, queremos aducir todavía algunos ejemplos de lo concreto, por de
pronto, de cosas sensibles.
Las cosas de la
Naturaleza se nos muestran al mismo tiempo como concretas. Las flores, por
ejemplo, tienen muchas cualidades —co¬lor, olor, sabor, forma, etc. —, pero
todas estas cualidades están en una misma cosa; ninguna de estas cualidades
debe faltar; no están separadas unas de otras, el olor aquí, el color allí,
sino que color, olor, sabor, etc., están configurados en una unidad, aunque
aparez¬can como distintos. Tampoco se puede reconstruir mecánicamente esa
unidad. Del mismo modo es una hoja concreta en sí; cada parte de la hoja tiene
todas las propiedades que tiene la hoja entera. De la misma manera contiene el
oro en cada uno de sus puntos todas sus cualidades indivisibles e inseparables;
donde es amarillo tiene también su peso específico; no es amarillo en una parte
y en otra posee el peso específico. Esta concreción la hacemos constar
inme¬diatamente en lo sensible; principalmente concierne a lo espiritual, al
pensamiento, comprender las diferencias como opuestas. Noso¬tros no encontramos
contradictorio ni puede perturbarnos que el olor de las flores sea otra cosa
que el color de las mismas, que el olor y el color se oponga uno a otro, y que,
sin embargo, estén sim¬plemente reunidos en un conjunto. Nosotros no oponemos
una cosa a otra. El entendimiento, el pensar del entendimiento, llega antes a
determinar hasta qué punto se oponen las cosas diferentes unas de otras y de
qué manera pueden ser comprendidas como incompati-bles unas con otras. Por
ejemplo, hablamos de materia o de espacio, y sabemos: que la materia es
compuesta, el espacio es continuo, inin¬terrumpido. Se pude llenar el espacio
de diferentes maneras, pero no se puede interrumpir. Por otro lado, nosotros
podemos poner puntos absolutamente sobre todo el espacio, construirlo de
puntos. Lo mismo vale de la materia. Ella es fundamentalmente compuesta, pero
tam¬bién fundamentalmente divisible hasta el átomo; y, a pesar de eso, es,
sobre todo, sencillamente continua, es un continuo en sí (cada átomo continúa
siendo divisible). No obstante, hablamos de átomos. De esta manera, tenemos la
doble determinación de divisibilidad y de continuidad de la materia. El
entendimiento, por lo contrario, dice: la materia es continua o corpuscular,
atomística; enfrenta constante¬mente ambas determinaciones una con otra. Los
átomos, dice el en-tendimiento, excluyen la continuidad. Pero, en efecto, la
materia no es sencillamente una de estas dos determinaciones; la razón anula
estas dos determinaciones como opuestas y dice: todo lo continuo es
corpuscular, y todo lo corpuscular es continuo.
Otro ejemplo de una
esfera más elevada: decimos del hombre que posee libertad; la determinación
opuesta es la necesidad. «Si el espí-ritu es libre, entonces no está sometido a
la necesidad»; y entonces lo opp ositum: "Su querer, pensar, etc., está determinado
por la ne-cesidad, luego no es libre"; "lo uno, se dice ahora,
excluye lo otro". En tales significaciones tomamos las determinciones como
excluyéndose, no como formando algo concreto. Pero lo verdadero es la unidad de
los opuestos; y tenemos que decir que el espíritu es libre en su necesidad,
sólo en ella tiene su libertad, puesto que su necesidad consiste en su
libertad. Así son opuestas las diferencias en unidad. Sin duda, nosotros nos
acercamos muy difícilmente a esta unidad, el entendimiento no quiere acercarse
a esa unidad; pero se debe tender a ella y conseguirla. Siempre es más fácil
decir que la necesidad excluye la libertad et vice versa, que captar lo
con¬creto. Ciertamente hay formas que son solamente necesarias, que están
sometidas a la necesidad, pertenecen exclusivamente a la ne¬cesidad, son las
cosas naturales; pero éstas, precisamente por eso, no son verdaderas
existencias, con lo que no quiere decirse que no haya tales existencias, sino
solamente que no poseen su verdad en sí mismas. La Naturaleza es, por eso
mismo, abstracta, no logra la verdadera existencia. El espíritu no debe ser
exclusivista. Cuando es concebido como mera libertad, sin necesidad, entonces
es arbitra¬rio, es libertad abstracta, o formal, vacía.
Estas son las
determinaciones y relaciones que yo quería anticipar. Por ellas son
determinadas las categorías que constituyen el con¬cepto de la historia de la
filosofía.
Si conservamos estas
determinaciones de la naturaleza de lo con¬creto y de la evolución, entonces la
diversidad de las filosofías re¬cibe, adquiere, al mismo tiempo, otro sentido.
Porque la diversidad no aparece entonces ya como es aceptada de ordinario, como
algo constante, recíprocamente indiferente, independiente, múltiple, etc., sino
que lo diverso debe ser comprendido conceptualmente en movimiento, un
movimiento que reblandece todas las diferencias más firmes y menosprecia los
elementos transitorios.
Así es destruida de
una vez y puesta en su lugar la discusión acerca de la diversidad de las
filosofías, como si la diversi¬dad fuese algo firme, constante, permanente,
separado; la discusión en que la vanagloria frente a la filosofía creía po-seer
un arma casi invencible contra ella, y en su orgullo so¬bre tales miserables
determinaciones —un orgullo verdade-ramente necio— es, al mismo tiempo,
completamente ignorante acerca de lo muy poco que posee y tenía que sa¬ber; por
ejemplo, aquí, la diversidad, la multiplicidad. Esta
es una categoría, la
cual, sin embargo, cada uno comprende y no ve ningún mal en ella, es conocida y
pensada a fin de poder manejarla y usarla como algo completamente cono-cido
(comprendido); se comprende de sí mismo que cada uno sabe lo que es. Pero los
que tienen a la multiplicidad por una determinación absolutamente constante, no
conocen su naturaleza ni la dialéctica de la misma.
Estas son las
determinaciones que yo quería anticipar. No las he demostrado, sino enumerado y
buscado histórica¬mente para hacerlas comprensibles conforme a nuestra
re-presentación.
Ahora tenemos que
hacer la aplicación de estas determina-ciones y ver los resultados concretos;
por eso las he presen-tado aquí. De esta manera pasamos a los detalles, a lo
más determinado de la historia de la filosofía.
II. APLICACIÓN DE
ESTAS
DETERMINACIONES A LA
HISTORIA
DE LA FILOSOFÍA
1
a) Según estas
determinaciones, la filosofía es pensamiento que se acerca a la conciencia, que
se ocupa consigo mismo, que se convierte a sí mismo en objeto, que se piensa a
sí mismo y, sin duda, en sus diferentes determinaciones. La ciencia de la
filosofía es, de esta manera, un desarrollo del pensamiento libre, o, mejor, es
la totalidad de este desarro¬llo, un círculo que vuelve sobre sí, permanece
enteramente en sí, es todo él mismo el que quiere volver sólo a sí mismo.
Cuando nosotros nos ocupamos con lo sensible, entonces no somos libres en
nosotros mismos, sino que somos en lo otro. Otra cosa sucede al ocuparnos con
el pensamiento; el pensa-miento existe solamente en sí mismo. Así la filosofía
es el desarrollo (evolución) del pensamiento, que no es impedido en su
actividad. De esta manera la filosofía es un sistema. En la época moderna, la
palabra sistema ha llegado a ser una palabra de reproche, mientras se tiene la
representación de que se atiene a un principio exclusivista. Pero la
significa¬ción propia del sistema es totalidad, y es solamente verda-
dero en tanto que la
totalidad que comienza desde lo simple y a través del desarrollo se hace
siempre más concreto.
b) Ahora, la historia
de la filosofía es enteramente ella misma y no otra cosa. En la filosofía como
tal, en la filoso¬fía actual, en la última, está contenido todo aquello que ha
producido el trabajo durante miles de años; la filosofía ac¬tual es el resultado
de todo lo precedente, de todo el pa¬sado. Y el mismo desarrollo del espíritu,
considerado histó¬ricamente, es la historia de la filosofía. Ella es la
historia de todos los desarrollos que el espíritu ha hecho desde sí mismo, una
representación de estos momentos, de estas etapas, como se han sucedido en el
tiempo. La filosofía es la representación del desarrollo del pensamiento, como
es en sí, sin cuestiones accesorias; la historia de la filosofía es este
desarrollo en el tiempo. Por consiguiente, la historia de la filosofía es
idéntica a sistema de filosofía. Ciertamente, la identidad de ambas es aún una
afirmación de la que no se puede dar aquí la demostración propia, especulativa.
Esta demostración concierne a la naturaleza de la razón, del pen¬sar, y ésta se
ha de considerar en la ciencia de la filosofía. La demostración empírica es
suministrada por la historia de la filosofía. Ella tiene que mostrar que su
curso es la siste¬matización del pensamiento mismo. En la sistematización del
pensamiento (la historia de la filosofía) se representará lo mismo que en la
filosofía, sólo que con lo accesorio del tiempo, de los pormenores históricos
del país, de los dife¬rentes individuos, etc. Cuándo la filosofía se destaca en
el tiempo, es una cuestión posterior que examinaremos en la segunda parte de la
introducción.
El espíritu en sí y
por sí es completa y absolutamente con-creto; mientras actúa, no solamente
posee la forma de ha¬cerse consciente de sí en el pensamiento puro, sino que se
produce en la totalidad de aquello que pertenece a su for¬mación (configuración);
y ésta es una forma de la historia universal. Si el espíritu progresa, tiene
que progresar en su totalidad; y puesto que su progreso cae en el tiempo, así
también la totalidad de su desarrollo cae en el tiempo. El pensamiento, el
principio de una época es el espíritu que lo penetra todo. Este tiene que
progresar en la conciencia de sí mismo, y este progresar es el desarrollo de la
masa entera,
de la totalidad
concreta, y ésta cae en la exterioridad y, por eso, en el tiempo.
Puesto que la
historia de la filosofía tiene que ocuparse con el pensamiento puro, entonces
ella misma es una ciencia, es decir, no un agregado de conocimientos, de una
manera or-denada, sino un desarrollo del pensamiento, el cual es nece-sario en
sí y por sí. Pero la filosofía debe tomar en conside-ración a la necesidad con
que tiene lugar la producción del pensamiento en el tiempo. Porque es un curso
histórico te-nemos que conducirnos también de una manera histórica, es decir,
admitir estas configuraciones (formaciones), tal como se han sucedido en el
tiempo y aparecen en esta especie de seguirse unas a otras, ciertamente como si
fueran casuales; pero es necesario tener presente la necesidad de este
se¬guirse.
Este es el sentido,
la significación de la historia de la filoso¬fía. La filosofía emerge de la
historia de la filosofía, y al contrario. Filosofía e historia de la filosofía
son una misma cosa, una la imagen (trasunto) de la otra. El estudio de la historia
de la filosofía es el estudio de la filosofía misma, particularmente de la
lógica (lo lógico). De lo concreto tra¬taremos más adelante. Para poder
comprenderlo así es pre¬ciso saber de antemano lo que es la filosofía y su
historia, pero no considerar a priori la historia de la filosofía según los
principios de una filosofía; de una manera puramente histórica el pensamiento
muestra cómo progresa por sí mismo.
c) ¿Cómo ahora
aparece más de cerca el desarrollo de la fi-losofía en el tiempo? Nosotros
hemos dicho: en el pensa-miento no se puede preguntar por una significación,
porque él mismo es la significación; nada hay oculto, pero ha sido en sentido
contrario como se ha usado siempre esta locu¬ción; pues el pensamiento es lo
último, lo más profundo, lo más oculto; él es enteramente él mismo. Pero el
pensa¬miento tiene también una forma de aparición y, en tanto que ésta se
ditingue de él mismo, se puede hablar de una significación del pensamiento
mismo. Una forma de apari¬ción del pensamiento es propiamente la representación
que
se tiene del
pensamiento, la otra es la forma histórica de aparición.
La primera forma de
aparición del pensamiento es que el pensar, el pensamiento, aparece como algo
particular. Además de que pensamos, de que hay pensamientos, hay percepciones
sensibles, impulsos, tendencias, voliciones, etc. Aún tenemos otras potencias o
actividades del alma que po-seen el mismo derecho que el pensar. Ahí está,
entonces, el pensamiento como particular al lado de otro particular. Pero en la
filosofía se debe formar del pensar, del pensamiento, una representación
completamente distinta. El pensar es la actividad de lo universal. En tanto que
actividad, es ésta algo particular, porque al lado de ella aún hay otras
activi¬dades. Pero su verdadera naturaleza es que todo lo demás se conoce a
través de la actividad del pensar. De esta ma¬nera se diferencia el hombre del
animal por el pensar. Los sentimientos, los impulsos, etc., pertenecen tanto al
hombre como al animal. Solamente sentimientos especiales, como, por ejemplo,
los religiosos, los morales, el sentimiento de justicia, pertenecen exclusivamente
al hombre. Los senti-mientos en sí, como tales, no son nada valioso, verdadero;
lo que en ellos es verdadero, la determinación, por ejemplo, que hace que un
sentimiento sea religioso, procede del pen¬sar solamente. El animal no tiene
ninguna religión, pero sí sentimientos; y el hombre tiene religión sólo porque
piensa. El pensar es lo universal, sobre todo; el pensar concreto po¬see la
particularización en sí mismo; lo particular no está al lado de lo abstracto.
Una forma de aparición del pensa¬miento, que está relacionada con esto, es la
de que el pensa¬miento es subjetivo. El pensamiento pertenece solamente al
hombre, pero no solamente al hombre como individuo parti¬cular, como sujeto;
tenemos que tomarlo esencialmente en un sentido objetivo. El pensamiento es
principalmente lo universal; ya en la Naturaleza, en sus leyes y especies,
vemos que existen pensamientos; por consiguiente, no exis¬ten sólo en la forma
de la conciencia, sino que en sí y por sí son del mismo modo objetivos. La
razón del mundo no es una razón subjetiva. El pensamiento es lo sustancial, lo
ver¬dadero con respecto a lo particular, a lo que es momentá¬neo, a lo
perecedero, a lo pasajero. El conocimiento de la naturaleza del espíritu aleja
el modo subjetivo de su apari-
ción; y la
significación del mismo es, pues, que no es simple-mente algo particular, algo
subjetivo, que pertenezca sola-mente a nuestra conciencia, sino que es lo
universal, lo objetivo en y por sí.
La segunda forma de
aparición del pensamiento es la forma histórica ya mencionada, que las
determinaciones del pensa-miento han sido puestas de relieve en una época, en
una re-gión, y por un individuo determinado, de modo que su des-cubrirse
aparezca como una sucesión casual. Cómo esta forma de aparición se verifica, ya
ha sido dicho antes. Acep-tamos los pensamientos históricamente como han
aparecido en los individuos particulares, etc.; es una evolución en el tiempo,
pero conforme a la necesidad interna del concepto.
Esta es la única
opinión digna de la historia de la filosofía, o es el verdadero interés de la
historia de la filosofía que ella muestra que todo es accesible racionalmente
en el mundo también por esta parte. Esto tiene ya, desde el principio, una gran
presunción por sí; la historia de la filosofía es el desarrollo de la razón
pensante; por tanto, en el devenir de la historia de la filosofía todo habrá
sucedido racionalmente. El templo de la razón consciente de sí es más alto que
el te¬pío de Salomón y que cualquier otro construido por el hom¬bre. Ha sido
construido racionalmente, no como construían los judíos y los masones en el
templo salomónico. Se puede sostener la creencia de que todo ha sucedido
racionalmente. El templo de la razón consciente de sí es más alto que el templo
de Salomón y que cualquier otro construido por el hombre. Ha sido construido
racionalmente, no como cons-truían los judíos y los masones en el templo
salomónico. Se puede sostener la creencia de que todo ha sucedido racional-mente.
Es la creencia en la Providencia, sólo que de otra manera. LO mejor en el mundo
es aquello que ha producido el pensamiento. Por tanto, es incorrecto cuando se
cree que la razón está sólo en la Naturaleza, pero no en lo espiritual, en la
historia, etc. Si se piensa, por una parte, que la Provi¬dencia ha regido el
mundo y, sin embargo, por otra, que los acontecimientos del mundo en la región
del espíritu —éstos son las filosofías— son tenidos por casuales, entonces
con-tradice esta representación a la primera; o, más bien, no se habla en serio
de la creencia en la Providencia, o sería sola-
mente una charla
vacía. Pero por lo que ha sucedido, ha sucedido por el pensamiento de la
Providencia.
2
Lo primero que
podemos hacer notar como resultado de
lo precedente es que
no tenemos que ocuparnos en la histo ria de la filosofía con opiniones. Sin
duda en la vida ordina ria tenemos opiniones, es decir, pensamientos sobre
cosas externas; uno piensa así, otro de otra manera. Pero en la cuestión del
espíritu del mundo la cosa es mucho más seria; allí está la universalidad. Allí
se trata de las determinaciones generales del espíritu, allí no se trata de las
opiniones del uno o del otro. El espíritu universal se desarrolla en sí mismo
según su propia necesidad; su opinión es solamente la verdad.
a) En segundo lugar,
está la contestación a la pregunta: ¿qué significa la diversidad de las
filosofías?, de la que se oye decir que es una prueba contra la filosofía, es
decir, contra la verdad. En primer lugar, se debe decir que hay una filosofía
solamente. Lo que tiene ya un sentido formal, porque toda filosofía es al menos
filosofía (en tanto que so lamente es en general filosofía; frecuentemente es
sólo char latanería, ocurrencias arbitrarias, etc., lo que suele llamarse
filosofía). Así como las diferentes especies de fruta son, sin embargo, fruta,
de la misma manera se debe considerar también la relación de las diferentes
filosofías a la Filoso fía*. Hablar de muchas filosofías tiene directamente el
sen tido de que ellas son las etapas necesarias del desarrollo de la razón que
llega a la conciencia de sí misma, de lo uno, como nosotros lo hemos
comprendido hace un momento. Por lo que concierne también a su sucesión, es una
sucesión necesaria. Por tanto, no se puede mostrar una filosofía antes que aparezca.
Sin duda, en los siglos XV y XVI habían re nacido las antiguas filosofías, y
esto ha sido necesario en el progreso de la cultura cristiana. Sin embargo, si
las filosofías antiguas renacen una vez más, entonces son, en cierto
* Véase Schiller,
Exvoto 53: "¿Cuál permanece entre todas las filosofías? Yo no sé. Pero la
filosofía, yo lo espero, debe existir eternamente."
modo, solamente
momias de los pensamientos anteriores. El espíritu del mundo se ha movido más
allá, y éste no es el vestido, la forma en la que él encuentra todavía
expresado lo que realmente es.
La razón es solamente
una: no existe ninguna segunda razón sobre-humana. Ella es lo divino en el
hombre. La filosofía es la razón, que se comprende al modo del pensamiento, que
se acerca a la con¬ciencia de manera que se convierte en objeto o se conoce en
la forma del pensamiento. Este producirse (producción), que ella sabe de sí,
del mismo modo es solamente uno, sólo uno y el mismo pen¬samiento. Por
consiguiente, también hay absolutamente sólo una fi¬losofía. Indudablemente
muchas cosas también se pueden denomi-nar con el nombre de filosofía, incluso
aquello que no lo es. Nada especial tenemos ante nosotros, pues la filosofía es
el espíritu pen¬sante en la historia universal. Este espíritu es libre, toda
particulari¬dad está alejada de él. El espíritu pensante, la razón pensante,
nada tienen que ver con los mercachifles de la ciencia y de la sabiduría del
mundo, sino que el espíritu pensante se ocupa consigo mismo.
Los millares que
trataron las particularidades han sido olvidados; sólo un ciento de nombres nos
han sido conservados como tales. La Mnemosine de la historia del mundo no
dispensa su gloria a los in¬dignos; así como reconoce los hechos de los héroes
en la historia externa, así también en la historia de la filosofía sólo
reconoce los hechos de los héroes de la razón pensante. Estos son nuestro
ob¬jeto. No son opiniones, sino casualidades accidentales; es la razón
pensante, el espíritu pensante del mundo el que se revela en ella. La serie de
estos hechos es, sin duda, una serie; pero es solamente una obra la que ha sido
producida. La historia de la filosofía consi¬dera solamente una filosofía,
solamente un desarrollo, el cual es clasificado en diferentes grados
(momentos). Por consiguiente, desde siempre ha habido sólo una filosofía, el
saber de sí del espí¬ritu. También esta única filosofía es el pensamiento que
se conoce como universal; aunque todavía no es concreto en sí, aún es formal.
Lo distinto, lo múltiple que ha producido de sí, está sometido a lo universal.
Por consiguiente, a cualquiera que sea la filosofía a que se llegue, se tiene,
sin embargo, filosofía. Por eso la disciplina no es lícita: sin duda, se quiere
estudiar la filosofía, sólo que no se sabe cuál elegir. Así como las cerezas,
las ciruelas, etc., son fruta, así también toda filosofía es, por lo menos,
filosofía.
Filosofía es el
pensamiento que se comprende conceptualmente a sí mismo; el pensamiento es
concreto y, por tanto, la razón que se comprende a sí misma. Este comprenderse
es un comprenderse en lo que se desarrolla. La primera forma de la razón de la
existencia del pensamiento es, como el germen, enteramente simple. Pero esta
simple existencia es
el impulso para continuar determinándose. La primera comprensión conceptual que
el espíritu tiene de sí es uni¬versal, abstracta; pero la razón es concreta en
sí. Este concreto en sí debe ser llevado a la conciencia —lo que no puede menos
de suceder para que se hagan destacar los elementos particulares
suce-sivamente—, que cada determinación por sí surja después de las otras, como
ha ocurrido en la planta. Pero precisamente es notable que esta sucesión v esta
separación de los conceptos se reúnen al mismo tiempo en el conocimiento de los
sistemas particulares. Los conceptos concretos de la razón se perfeccionan sin
que los sistemas de pensamientos anteriores perezcan en los posteriores. En la
historia ocurre como en la evolución de los individuos particulares. Nosotros
aprendemos poco a poco. La capacidad de escribir que fue para no¬sotros, cuando
la aprendimos de muchachos, una cuestión esencial, se conserva con el hombre;
pero lo elemental de los primeros grados se une con los más tardíos en la
totalidad de la formación. De la misma manera se conserva lo precedente en la
historia de la filosofía; nada se pierde. Aprenderemos más exactamente los
por¬menores de este progreso en la historia de la filosofía misma. Pero es
necesario admitir que este progreso ha sucedido racionalmente, que una
providencia lo ha presidido. Si esto ha de ser admitido ya en la historia,
mucho más en el curso de la filosofía, puesto que ésta es lo más santo, lo más
interno al espíritu.
También por eso
desaparece la representación de que aquí casual¬mente cada uno tiene su opinión
propia; aquí no se trata de las opi¬niones de los particulares; una
representación que, indudablemente, ha de considerarse en el saber casual.
El progreso de la
filosofía es un progreso necesario. Cada filosofía debía de haber aparecido en
su tiempo, como apareció; toda filoso¬fía ha aparecido así en el tiempo
conveniente, ninguna podía haber saltado sobre su propio tiempo, sino que todas
las filosofías han comprendido conceptualmente el espíritu de su época.
Representa¬ciones religiosas y determinaciones del pensamiento, el contenido
del derecho, el contenido de la filosofía, etc., todo esto es uno y el mismo
espíritu. Las filosofías han hecho consciente todo lo que existía en su época
sobre religión, sobre el Estado, etc. Por eso es una representación falsa que
una filosofía anterior se repita. Pero este punto de vista debe ser ahora
determinado más profunda¬mente.
La primera
consecuencia de lo dicho es que, en general, el todo de la historia de la
filosofía es un progreso en sí necesario, conse¬cuente; es un progreso racional
en sí, libre en sí, determinado por sí mismo, por la idea. La contingencia de
que podía ser así o de otra manera, es rechazada y expulsada de una vez para
siempre al co¬mienzo del estudio de la historia de la filosofía. Como el
desarrollo
de los conceptos en
la filosofía es un desarrollo necesario, lo mismo ocurre en su historia. Se
puede determinar más de cerca este pro¬greso por la contradicción del contenido
y la forma. Lo que se des¬vía es la dialéctica interna de las formas. En realidad,
lo formado es algo determinado. Así debe ser condicionado; que sea, que exista,
a ello pertenece la determinabilidad. Pero de esta manera es algo fi¬nito, y lo
finito no es lo verdadero, no es lo que debe ser. Contra¬dice a su contenido, a
la idea; debe perecer. Para que exista es ne¬cesario, por otra parte, que tenga
la idea en sí. Pero en tanto que es determinado, su forma es una forma finita,
su existencia una existencia unilateral, limitada. La idea como lo interior
debe des¬truir esta forma, romper la existencia unilateral para darse la forma
absoluta, idéntica al contenido. En esta dialéctica del infinito en sí, de la
idea, la cual existe en una forma unilateral, y en la que esta existencia debe
ser absorbida (asumida) yace lo que se desvía. Esta es la única determinación
que nos ha de dirigir en la historia de la filosofía. El progreso en cuanto
totalidad es necesario. Este resulta de la naturaleza de la idea. La historia
de la filosofía tiene que con¬servar solamente este a priori, lo que yace en la
naturaleza de la idea; ella es sólo un ejemplo de éste.
La segunda
determinación más inmediata es que toda filosofía parti-cular, tomada por sí,
ha sido y aún es necesaria, de manera que ninguna ha perecido totalmente, sino
que todas se han conservado. Las filosofías son sencillamente necesarias y, por
consiguiente, mo¬mentos imperecederos del todo, de la idea; por eso se han
conser¬vado no sólo en el recuerdo, sino también de una manera afirma¬tiva.
Además, tenemos que distinguir entre el principio particular de una filosofía
como tal y la ejecución de este principio, o la apli¬cación al mundo
(universo). Los principios, como tales, permane¬cen; son necesarios, son
eternos en la idea. Por tanto, la última filo¬sofía contiene los principios de
todas las filosofías precedentes, es la consecuencia de todas las anteriores.
Las diversas
filosofías no solamente se han contradicho, sino también refutado. Ahora se
puede preguntar, qué sentido tiene esta refutación recíproca. La contestación
resulta de lo dicho hasta aquí. Refutable es solamente esto: que cualquier
forma o modo concreto de la idea sea tenido ahora y en todo tiempo como lo más
elevado. En su tiempo, esa forma de la idea ha sido lo más elevado; pero en
tanto que hemos pensado la actividad del espíritu como desarrollándose, esa
forma deja de ser la más elevada, ya no es reconocida como tal, y, en cierta
manera, es degradada a ser sólo un mo¬mento para el grado siguiente. El
contenido no ha sido refu¬tado. La refutación es solamente el descenso de una
determi-
nación a
determinación subordinada. De esta manera, ningún principio filosófico se ha
perdido, sino que todos los principios filosóficos se han conservado con los
principios formulados posteriormente. Solamente ha cambiado la situa¬ción que
ellos habían tenido.
Esta refutación
ocurre en cada desarrollo, así en el brotar el árbol de su germen. Por ejemplo,
las flores son la refutación de las hojas. Ellas (las flores) parecen ser la
más elevada, la verdadera existencia del árbol. Pero las flores son anuladas
por el fruto. El fruto, que es lo último, contiene todo lo que le ha precedido,
todas las fuerzas antes de desarrollar. El fruto no puede convertirse en una
nueva realidad sin atrave¬sar todos los grados anteriores. Ahora estos grados
se des¬truyen en la existencia natural, así como la Naturaleza en general es la
idea en la forma del ser otro. También en el espíritu existe esta sucesión,
esta refutación, pero de modo que los grados anteriores permanecen en unidad.
La última, la filosofía más reciente, debe, por consiguiente, contener en sí
los principios de todas las filosofías anteriores, y, por tanto, debe ser la
más elevada.
Refutar es más fácil
que justificar, es decir, conocer algo afirmativo y asumirlo (absorberlo).
La historia de la
filosofía muestra, por una parte, los lí¬mites, lo negativo de los principios,
pero, por otra parte, también lo afirmativo de los mismos. Nada es más fácil
que mostrar lo negativo en ellos. Cesa la justificación de la con¬ciencia que
se sitúa a más altura que el juzgador cuando se reconoce lo negativo en ellos.
Esto adula a la vanidad. Si se refuta algo, entonces se está más allá. Y si se
está más allá de alguna cosa, entonces no se ha penetrado en ella. Pero al
hecho de encontrar lo afirmativo corresponde haberse introducido en el objeto,
haberlo justificado; y esto es mucho más difícil que refutarlo. Luego en tanto
que las filosofías se muestran como refutadas, deberán mostrarse también como
conservadas.
Además, hay que notar
con esto que ninguna filosofía ha sido refu¬tada; y, sin embargo, todas se
refutan. Pero lo que ha sido refutado no es el principio, sino solamente algo
en el principio que es lo úl¬timo, lo absoluto y, como tal, tiene absoluta validez.
Es un hacer
descender un
principio a un momento determinado del todo. Luego el principio como tal no es
eliminado, sino sólo su forma para ser lo absoluto, lo último. Este es el
sentido de la refutación de las filoso¬fías. La filosofía atomística posee la
determinación de que el átomo es lo absoluto; es lo indivisible, lo uno; en su
determinación poste¬rior es lo individual y, aún más determinado, lo subjetivo.
Yo soy también un uno, un individuo; pero como sujeto, soy espíritu. Pero el
átomo es el ser por sí enteramente abstracto, lo simplemente uno; y la
atomística ha llegado con esto a lo absoluto, en tanto que intenta concebirlo
en la determinación abstracta de lo uno, a fin de determinarlo como lo uno
múltiple, lo uno infinitamente múltiple. Ahora ya no somos atomistas, el
principio del atomismo ha sido re¬futado. Sin duda, el espítitu es también un
uno, pero no ya lo uno en esta abstracción. Lo uno simple es una determinación
demasiado pobre y una definición muy deficiente del espíritu para poder
ago¬tarlo. Luego lo uno no expresa lo absoluto. Pero también este prin¬cipio es
conservado (ha preservado hasta el Yo de Fichte) no sólo como una determinación
total de lo absoluto. Por consiguiente, nin¬guna filosofía ha sido refutada ni
tampoco ningún principio de nin¬guna filosofía, sino que todos los principios
se han mantenido; no puede carecer de ninguno. En la verdadera filosofía deben
estar conservados todos los principios.
Se presentan dos
aspectos con relación al comportamiento del prin¬cipio de una filosofía, un
aspecto negativo y otro positivo. El lado negativo es la comprensión de la
unilateralidad de un principio; el positivo o afirmativo es la comprensión de
que es un momento ne¬cesario de la idea. Solamente mientras tenemos a ambos en
cuenta hacemos justicia a una filosofía. Ambos aspectos deben ser conser-vados
en todo juicio. En todos los casos se deben reconocer las de¬ficiencias, pero
también en todos los casos se debe reconocer lo ver¬dadero. Reconocer los
defectos es fácil; pero encontrar lo bueno, esto exige un estudio más profundo,
una madurez mayor. No es menester, especialmente en nuestro tiempo, explicar
una filosofía antigua por sus defectos; pero es difícil comprender cómo la
preci¬sión del espíritu las produce. Esta es también la segunda consecuen¬cia
que debe se observada en la historia de la filosofía.
Por lo que concierne
a que las filosofías hayan sido refutadas, hayan pasado, debemos decir que, sin
embargo, se ha conservado la ver¬dad de manera que ellas sean solamente una y
en todas exista la misma verdad. Por consiguiente, la refutación no tiene ningún
otro sentido que éste, que sin duda la filosofía de una época es el punto de
vista más elevado del espíritu desarrollándose siempre en su pro¬pia condición,
pero que ninguna puede decir que ha alcanzado el más elevado punto de vista
sobre el cual no hay ningún otro. La unilateralidad de la filosofía semejante
ha consistido entonces sola¬mente en que se ha tenido por el último punto de
vista, por el úl-
timo fin de la
filosofía. El progreso más allá —y esto quiere decir refutación— es solamente
que entonces una filosofía semejante se¬ría rebajada de este punto de vista a
ser un grado, una parte del todo. Por consiguiente, el progreso del espíritu
que se abisma con¬siste en que, por de pronto, lo universal se transforma en lo
particu¬lar. Así comienza en la lógica del ser. Por cierto, en el progreso
permanece éste conservado, pero se continúa construyendo sobre ello. El ser, en
primer lugar lo enteramente universal, recibe una determinación particular. En
el ser se fundamenta el pensamiento. En cambio, el concep to es un grado más
elevado: el pensamiento permanece conservado como lo universal, y solamente es
e xplicado por un aspecto. Lo mismo ocurre con los principios de la filosofía;
el contenido universal permanece siempre. Han recibido solamente una
disposición diferente.
Con respecto a la
refutación de una filosofía por otra hay que dar aún una determinación más
directa, la cual se des-cubre en la historia de la filosofía misma y nos
muestra en qué relación están unas filosofías con otras y hasta qué punto han
modificado su situación los principios de las mismas. La refutación, como hemos
visto, comprende en sí una negación. Esta consiste en que no es exacto lo que
se ha creído de un sistema de filosofía. Esta negación tiene ahora una doble
forma. Una forma es que el sistema si¬guiente muestra la insostenibilidad del
precedente, mientras que una filosofía es opuesta a la precedente y, de esta
ma¬nera, se afirma el principio de la siguiente. Todo principio del
entendimiento es unilateral en sí; y esta unilateralidad es mostrada porque el
otro principio es opuesto a él. Pero este otro principio es de la misma manera
unilateral. Además, la totalidad tampoco existe como la unidad que los reúne;
ella existe sólo como integridad en el curso del desarrollo. Por cierto, así se
opone el epicureismo al estoicismo; así también se halla en oposición la
sustancia de Spinoza como unidad absoluta al uno de la mónada de Leibniz, a la
individualidad concreta. El espíritu que se desarrolla integra así la
unilate-ralidad de un principio al hacer que el otro se manifieste. El segundo
y más elevado modo de negación es la unificación de las diversas filosofías en
un todo, de manera que ninguna subsista por sí, sino que todas aparezcan como
partes de una sola; se unifiquen sus principios en tanto que son reducidos a
elementos de una idea o que solamente existan como mo-mentos, determinaciones,
aspectos de una idea. Y esto es lo concreto, lo que unifica a las otras
determinaciones en sí, y
que constituye la
verdadera unidad de estas determina¬ciones. Esta concreción ha de distinguirse
de lo ecléctico, es decir, diferente de la mera composición de diversos
princi¬pios, opiniones, en cierto modo diversos remiendos para un mismo
vestido. Lo concreto es la identidad absoluta, per¬fecta, de estas diferencias,
no una composición exterior de las mismas, como el alma humana es lo concreto
del alma en general, en tanto que el alma vegetativa está contenida en el alma
animal, y éstas, a su vez, en la humana. Seme¬jantes nudos esenciales, donde
tales particularidades, tales filosofías se hacen una, aprenderemos a
conocerlos en el curso de la historia de la filosofía. Un nudo esencial
seme¬jante es, por ejemplo, la filosofía platónica. Tomemos los diálogos de
Platón; en ellos encontramos que existen al¬gunas características (huellas),
eleáticas, pitagóricas y aun algunas heraclídeas: y, a pesar de eso, la
filosofía de Platón ha unificado estas filosofías anteriores y, por lo mismo,
ha transfigurado las deficiencias de las mismas. A pesar de esto, no es una
filosofía ecléctica, sino una verdadera pene¬tración absoluta y una unificación
de estas filosofías. Otro cruce esencial es la filosofía alejandrina, la cual
es conocida como neoplatónica, neopitagórica, neoaristotélica; ella ha unido
precisamente estos antagonismos.
Hemos dicho que la
razón es solamente una, y que esta única racio-nalidad es un sistema y que, por
eso, el desarrollo de las determina-ciones del pensar es, del mismo modo, un
desarrollo racional. Los principios universales aparecen según la necesidad del
concepto que les sirve de base. La posición de lo precedente es fijada por lo
si-guiente. El principio fundamental de una filosofía es reducido en otra
posterior a un simple momento. Por eso ninguna filosofía ha sido refutada, sino
solamente es refutada la preeminencia que ella se erigía. Tal como primeramente
las hojas son el más alto modo de existencia de la planta, después son los
capullos, los cálices que se convierten más tarde en la envoltura del fruto,
así siempre lo pri¬mero es rebajado de grado por lo siguiente. Esta refutación
tiene que ocurrir a fin de que el fruto se manifieste, que reúna el todo en sí.
Las filosofías son
las formas de lo uno. Nosotros las consideramos como diferentes unas de otras,
pero lo verdadero en ellas es lo ar-chómenon, lo uno en todas. En una
consideración próxima veremos cómo en sus principios se realiza un progreso, de
manera que lo si-guiente sea solamente una determinación posterior de lo
prece¬dente; sólo en esto consiste la diversidad. Pero también los princi-
pios entran en
contradicción, y, por cierto, entonces, si la reflexión pensante se desarrolla
más se hace más comprensible (racional); así ha ocurrido con el principio
estoico y el epicúreo. El estoicismo convierte al pensar como tal en principio;
precisamente lo opuesto designa el epicureismo como lo verdadero: el
sentimiento, el placer; el primer principio se refiere a lo universal; el
segundo a lo espe¬cial, a lo particular; el primero se refiere al hombre como
pensante, el segundo se refiere al hombre como ser sensible. Solamente los dos
juntos constituyen la integridad del concepto; así, pues, el hom¬bre se compone
de las dos cosas, de lo universal y de lo particular, del pensar y del sentir.
Solamente ambos constituyen lo verdadero; pero aparecen sucesivamente en
contradicción. Porque lo negativo surge en el escepticismo contra estos dos
principios; pone de relieve la unilateralidad de cada uno de ellos, pero se
equivoca cuando cree haberlos negado; porque ambos son necesarios. Por
consiguiente, la naturaleza de la historia de la filosofía es que los
principios unilate¬rales sean convertidos en momentos, en elementos concretos y
que, en cieno modo, sean conservados en un enlace fundamental. El principio de
las filosofías posteriores es un principio más elevado o —lo que es lo mismo—
más profundo. El eclecticismo no se puede admitir, porque a menudo está
dirigido por la vanidad. De esta ma¬nera, la filosofía platónica no es
ecléctica, sino una unión (fusión) de las filosofías anteriores en un todo viviente,
una reunión en una unidad viva del pensar. Tampoco las filosofías neoplatónica
o la ale¬jandrina son eclécticas; la contradicción de la filosofía platónica y
de la aristotélica que se descubre en ella, es solamente una unilate¬ralidad de
la determinación que es tomada por absoluta.
Por tanto, es
esencial que, en primer lugar, los principios de los sis¬temas filosóficos sean
conocidos, y, en segundo lugar, que cada principio tiene que se reconocido como
necesario. Porque es nece¬sario, resalta en una época como lo más elevado.
Después se prosi¬gue adelante, de manera que lo anterior es solamente un
ingre¬diente en la nueva determinación, en la determinación posterior; pero el
principio anterior es asumido y no rechazado. Por consi-guiente, todos los
principios son conservados. Por ejemplo, lo uno, la unidad, sirve de base
absolutamente a todo; lo que se desarrolla en la razón se adelanta solamente a
su unidad. Nosotros no po¬demos pasar sin la determinación intelectual de lo
uno, aunque aquella filosofía que ha hecho de lo uno el principio más elevado,
como la de Demócrito, nos parezca vacía.
Para conocer
verdaderamente todo sistema, conviene que se haya justificado en sí. No se
puede comprender una filosofía si simple¬mente se la refuta; es preciso
reconocer también lo verdadero en ella. Nada es más fácil que criticar, es
decir, comprender los limites, lo negativo de cualquier cosa; y la juventud se
inclina especialmente
a la critica. Pero si
se reconoce solamente lo negativo, no se reco¬noce el contenido, porque éste es
algo afirmativo. Y entonces se está más allá de ello, es decir, no se está en
ello. Conocer la verdad de los sistemas filosóficos es lo más difícil, y solamente
si se ha jus¬tificado la filosofía en sí misma, se puede hablar de sus límites,
de su limitación.
c) Una tercera
consecuencia de lo dicho hasta aquí es que nosotros nada tenemos que ver con lo
pasado, sino con el pensamiento, con nuestro propio espíritu. Por consiguiente,
no hay ninguna historia propiamente, o hay una historia la cual al mismo tiempo
no es una historia; porque los pensa¬mientos, los principios, las ideas que
tenemos ante nosotros, son algo actual; son determinaciones de nuestro propio
espí¬ritu. Lo histórico, es decir, lo pasado, como tal, ya no es, está muerto.
La tendencia histórica abstracta a ocuparse con cosas muertas se ha propagado
muchísimo en la época mo¬derna. Tiene que estar muerto el corazón, cuando se
quiere encontrar satisfacción en ocuparse con lo muerto y con los cadáveres. El
espíritu de la verdad y de la vida vive sola¬mente en lo que es. El espíritu de
la vida dice: "¡Dejad que los muertos entierren a los muertos y
seguidme!" Pensa¬mientos, verdades, conocimientos, si yo los conozco
simple¬mente como históricos, entonces son algo fuera de mi espí¬ritu, es decir,
están muertos para mí; mi pensar y mi espíritu no están allí, ni mis
pensamientos ni mi interés pueden estar presentes en las cosas muertas. La
posesión de conoci¬mientos simplemente históricos es como la posesión legal de
cosas que no me sirven para nada. Si se admite solamente en el conocimiento de
aquello que éste o aquél han pen¬sado, lo que se ha transmitido, pues se
transmite también a sí mismo, entonces se renuncia a aquello por lo que el
hom¬bre es hombre, al pensar. Entonces se ocupa solamente del pensar y del
espíritu de otros, se investiga sólo lo que ha sido verdad para otros. Pero es
necesario pensarse así mismo. Se puede uno ocupar de la teología
históricamente, tal vez mientras se aprende lo que los concilios de la Iglesia,
los herejes y los no herejes (los ortodoxos) habían conocido de la naturaleza
de Dios; así, sin duda, puede tener uno, además, pensamientos muy edificantes;
pero no se tiene el verdadero espíritu. Para poseer el espíritu, no se necesita
ninguna sabiduría teológica. Cuando la tendencia historicista es dominante en
una época, entonces se puede suponer que
el espíritu ha caído
en la desesperación, que ha muerto, que ha renunciado a satisfacerse a sí
mismo; de lo contrario no se ocuparía de tales objetos, que son cosas muertas
para él. En la historia del pensamiento hay que ocuparse del pensa¬miento;
tenemos que considerar cómo el espíritu profundiza en sí para llegar a la
conciencia de sí mismo, cómo el hom¬bre adquiere conciencia de su propio
espíritu. Para saber todo esto, debe el hombre estar con su espíritu en todo
eso. Pero yo hablo aquí solamente contra la tendencia puramente historicista.
De ningún modo se debe desprestigiar el estudio de la historia en general. Por
cierto, que nosotros mismos queremos ocuparnos de la historia de la filosofía.
Pero si una época trata todo históricamente, entonces se ocupa sola¬mente de un
mundo que ya no existe, divaga por las casas de los difuntos, porque el
espíritu renuncia a su propia vida, que consiste en el pensarse a sí mismo.
Todo se ha
conservado. Por eso tenemos que ocuparnos en la histo¬ria de la filosofía de lo
pasado, pero del mismo modo tenemos que ocuparnos también de lo presente, es
decir, de algo que tiene, nece-sariamente, interés para el espíritu pensante.
Nosotros tenemos que ocuparnos, como ocurre en la historia política, con los
grandes ca-racteres, del derecho y de la verdad; esto es humano, esto nos atrae
y mueve nuestro ánimo. No solamente tenemos algo histórico, abs¬tracto ante
nosotros. No se puede tener ningún interés en lo muerto, en lo pasado; esto
tiene interés solamente para la erudi¬ción, para la vanidad.
Con el procedimiento
puramente histórico está relacionada también la cuestión de que un profesor de
historia de la filo-sofía debe ser imparcial. Esta exigencia de imparcialidad,
en la mayoría de los casos, no tiene más sentido que el de que el profesor de
historia de la filosofía debe comportarse como un muerto en la exposición de
las filosofías, que debe tratar a éstas como algo alejado de su espíritu, como
algo exterior, que debe tratarlas de una manera propiamente irreflexiva.
Tennemann, por ejemplo, se conoce a sí mismo esta preten-sión de imparcialidad.
Pero, considerándole con más deteni-miento, se ve que se halla enteramente
encuadrado en la fi-losofía kantiana, cuyo axioma es que no se puede llegar a
conocer lo verdadero. Pero entonces la historia de la filoso¬fía es una triste
ocupación si se sabe de antemano que se tiene que tratar solamente con ensayos
fracasados. Tenne¬mann elogia a los más diversos filósofos por su genio, su
obra, etc., pero
también les censura que no hubiesen estado en el punto de vista kantiano, o, en
general, que hubiesen filosofado. Por consiguiente, no se debe tomar partido
por el espíritu pensante. Pero si se quiere estudiar dignamente la historia de
la filosofía, entonces la imparcialidad consiste en no tomar partido por las
opiniones, pensamientos, conceptos de los individuos. Sin embargo, se debe
tomar partido por la filosofía y no limitarse ni conformarse simplemente con el
conocimiento del pensar de los otros. Solamente es conocida la verdad si se
está presente con el espíritu, el simple conoci-miento no muestra que se está
realmente presente.
Como en la historia,
así también en la historia de la filosofía se debe ser perfectamente imparcial:
esto es considerado por muchos como la exigencia principal, porque, de lo
contrario, se parte de su sistema y se juzga a los otros según el propio. Esta parece
ser una exigencia justa. Pero la imparcialidad tiene aquí su propia condi-ción,
una condición semejante a la de la historia. En una biografía histórica, en una
descripción, por ejemplo, de Roma, de César, in¬dudablemente se debe tomar
partido; aquí se tiene ante sí un objeto determinado, se debe juzgar lo que es
justo y esencialmente ade¬cuado a su fin, y omitir lo que no es adecuado a este
fin. Aun a esto hay que añadir también el juicio sobre lo justo y sobre lo
in¬justo; se debe tomar partido por la justicia y por el bien. De lo
con¬trario, se narra todo sin orden y sin conexión. Sin juicio, pierde in¬terés
la historia. De esta manera también se debe ser parcial en la historia de la
filosofía, se debe suponer algo, tener un fin; y éste es el pensamiento puro,
libre. Lo que esté en relación con el pensa¬miento tiene que ser alegado. Pero
la historia de la filosofía no debe tener propiamente ningún fin semejante;
ella debe ser tratada imparcialmente. Se quiere imparcialidad en la historia de
la filoso¬fía, pero entonces no se quiere otra cosa que sea irreflexiva,
carente de contenido, una simple seriación, una narración detallada, sin po¬ner
las distintas partes en relación (conexión). Pero nosotros que¬remos comprender
los principios de la historia de la filosofía en su ordenación e intentar la
conexión necesaria de los mismos.
Yo tengo que añadir
aquí todavía algunas observaciones so-bre la forma de proceder de la historia
de la filosofía.
III. CONCL USIONES
PARA EL PROCEDER
DE LA HISTORIA DE LA
FILOSOFIA
Ya de antemano se ve
que el espacio de un semestre es de-masiado breve para exponer la historia de
la filosofía en su
totalidad, trabajo
este que el espíritu ha desarrollado du¬rante siglos. Por consiguiente, debe
ser limitado el campo. De lo que nosotros hemos dicho hasta aquí sobre la
especie de historia de la que queremos hablar, con respecto a la ex¬tensión, se
sigue:
a) Que nos ocupamos de los principios de la
filosofía y de su desarrollo. Especialmente ocurrirá así respecto de las filo
sofías antiguas y sin duda no menos por la falta de tiempo ni mucho menos
porque sean ellas solas las que nos pueden in teresar. Aquéllas son las más
abstractas, las más simples y, por eso, también las más indeterminadas, o
aquellas en las que la determinabilidad aún no está puesta aunque ellas
contengan todas las determinaciones. Estos principios abs tractos bastan hasta
un cierto grado, llegan hasta un cierto punto, que aún posee interés. Pero
porque su desarrollo to davía no es perfecto entran en la cualidad de lo
particular; es decir, que se extienden en la aplicación solamente hasta una
esfera determinada. A esa clase pertenece, por ejemplo, el principio del
mecanicismo; si nosotros quisiéramos consi derar cómo Cartesius (Descartes) ha
tratado la naturaleza orgánica conforme a este principio, no quedaríamos
satisfe chos. Nuestro concepto más profundo exige, en cambio, un principio más
concreto. Las explicaciones de la naturaleza animal y vegetal derivadas de este
principio no nos basta rían. Un principio abstracto tiene en la realidad una
esfera adecuada a él. De esta manera, el principio del mecanismo está en vi gor
en la naturaleza inorgánica, en la existencia abstracta (lo viviente es lo
concreto, lo inorgánico lo abs tracto). Pero el mecanismo ya no es apropiado a
una esfera más elevada. Las antiguas filosofías abstractas habían conce bido el
universo por un principio abstracto, por ejemplo, el atomístico. Un principio
semejante es absolutamente insufi ciente para una filosofía más elevada, para
comprender la vida, el espíritu. Por eso, la consideración de su devenir re
ferido a la vida, al espíritu, carece de interés para nosotros. Por tanto, a
este respecto es el interés filosófico mismo el que nos determina a que
nosotros consideremos aquí sola mente los principios de las filosofías.
b) Luego hemos de atenernos en la filosofía
antigua única mente a lo filosófico, no a lo histórico, a lo biográfico, a la
crítica, etc.; por
consiguiente, no a lo que ha sido escrito so¬bre estas cuestiones o a lo que es
solamente algo secunda¬rio. Se ha aludido mucho, por ejemplo, a que Tales debe
haber sido el primero en predecir los eclipses de sol, que Descartes y Leibniz
habían sido hábiles analíticos y otras cosas semejantes. Nosotros separaremos
todo esto. Del mismo modo no puede preocuparnos mucho aquí la historia de la
difusión de los sistemas. Nuestro objeto es solamente el contenido de los
sistemas filosóficos, no la historia exte¬rior de los mismos. Por ejemplo,
conocemos una multitud de doctrinas del estoicismo que han actuado intensamente
en su tiempo y han transformado (perfeccionado) a los indi¬viduos. Prescindamos
de este detalle y pasemos por alto a tales hombres. En tanto que ellos han sido
glorificados como maestros solamente, la historia no dice nada de su
fi¬losofía.
Por lo que, en tercer
lugar, concierne al modo de tratar las diversas filosofías, tenemos que
limitarnos a los principios. Todo principio que está contenido en un sistema de
pensamiento ha llegado a su manifestación, a su existencia, y ha tenido por
algún tiempo el pre-dominio. Que después haya sido realizada en esta forma la
totalidad de la concepción del mundo, a esto se lo llama un sistema
filosó¬fico. Si ahora se puede querer conocer la realización total, se tiene
que conocerla. Pero lo más interesante es el principio. Si ahora el principio
es aún abstracto, entonces no es suficiente para compren¬der las formas que
pertenecen a nuestra concepción del mundo; y la realización sigue siendo pobre.
Ya hemos hecho mención del princi¬pio de la filosofía atomística. Se echa de
ver inmediatamente, si no¬sotros continuamos utilizando el mecanismo y queremos
considerar la vida orgánica, que este principio ya no puede abarcar la
repre¬sentación de la planta, este impulso, este mediarse, este realizarse,
mucho menos aún la vida animal. Si nos volvemos al espíritu, vemos entonces que
lo uno puede expresar lo profundo del espíritu. La filosofía cartesiana, por
ejemplo, es de las que, sin duda, pueden explicar suficientemente lo mecánico;
pero si queremos aplicar sus determinaciones al mundo orgánico, entonces se
hace insuficiente y poco interesante por eso. Luego podemos omitir semejantes
aplica¬ciones a la concepción del mundo posterior. Las filosofías de
princi¬pios subordinados —o perspectivas se puede decir también— no fueron
consecuentes; han facilitado visiones profundas de la reali¬dad, pero se
encuentran fuera de la aplicación de sus principios. El Timeo de Platón puede
ser considerado como filosofía natural; esta filosofía desciende también a lo
empírico, pero se manifiesta en esta realización, especialmente de la
fisiología, como muy pobre. Su
principio no era
suficiente para comprender la Naturaleza como es¬píritu (para abarcar la
totalidad de la Naturaleza). Pero no carece de algunas visiones muy profundas.
Tales visiones no se deben al principio, sino que aparecen allí por sí, de una
manera totalmente inconsecuente, como pensamientos afortunados (hallazgos
afortu¬nados).
Una consecuencia
posterior es que no tenemos que ocuparnos con el pasado, sino con lo actual,
con el presente. Solamente lo exterior ha pasado, los hombres, sus destinos;
etc.; pero por lo que con¬cierne a los hechos que los han producido, éstos
permanecen. Por tanto, no nos importan los conocimientos históricos, sino lo
actual en que nosotros mismos estamos presentes. Tenemos que ocuparnos con el
concepto que es nuestro concepto. El conocimiento simple¬mente histórico es muy
poco provechoso; sigue siendo para mí siempre algo extraño, algo exterior.
Además podemos aún
argumentar con respecto a la comparación del estudio de la historia de la
filosofía con el estudio de la filosofía misma: lo que la historia de la
filosofía expone es la filosofía misma; lo que nosotros conocíamos ya. El
contenido en sí y por sí y su desarrollo en el tiempo es un sistema; una y la
misma progresión graduada, encontramos una y la misma totalidad de grados.
Sola¬mente que el espíritu en la historia de la filosofía ha necesitado una
enormidad de tiempo para conseguir la noción de sí mismo. Noso¬tros lo
encontramos desarrollado en milenios. Hemos recibido el te¬soro del
conocimiento racional de los antiguos, y podemos apro¬piarnos toda esta riqueza
dispensada en el tiempo. Para eso nos da oportunidad la historia de la filosofía.
Se trata ahora de la relación directa de la historia de la filosofía con la
filosofía misma. Para en¬contrar en la primera un sistema se debe tener ya un
conocimiento del sistema de la filosofía. Por consiguiente, es asunto del
maestro que tiene ya ese conocimiento mostrar en la historia de la filosofía
una sistematización o un desarrollo lógico.
Se puede pensar ahora
que la filosofía misma debía de poseer en el desarrollo de sus momentos otra
ordenación que aquella en que se han producido en el tiempo. Pero en lo
universal, en el todo, la or¬denación es la misma.
Una segunda
determinación más próxima, que hay que hacer notar aquí, se encadena
inmediatamente con las determinaciones del desa-rrollo y de lo concreto. Porque
nosotros decimos: los concreto es lo existente en sí y por sí, la unidad del
ser en sí y del ser por sí. Junto a este concepto universal existen las
siguientes diferencias con res¬pecto al progreso, a la progresión gradual del
desarrollo: el co¬mienzo lo constituye lo en sí, lo inmediato, el universal
abstracto. Aquello que constituye el comienzo aún no ha progresado, aún no
ha alcanzado ningún
cambio. El segundo momento es lo por sí, el tercero lo en sí y lo por sí. Por
tanto, lo más concreto es también lo más tardío. De esta manera, surge la
diferencia de que lo primero es lo más abstracto, lo más mezquino, lo más pobre
en determina¬ciones, mientras que lo que más ha progresado es lo más rico. Esta
diferencia nos muestra la conformidad de unos grados frente a otros. Sin duda
que esto puede parecer contradictorio a la represen¬tación, porque lo primero
—se podía pensar— es lo concreto. El niño está en la totalidad originaria de su
naturaleza y hace causa co¬mún con el todo del universo. El hombre ya no es
esta totalidad; él se limita, se apropia un aspecto determinado del todo, se
dedica a un quehacer; lleva así una vida abstracta. Lo mismo ocurre también en
la progresión gradual de la inteligencia, del conocimiento: el sen¬timiento y
la intuición son lo primero, lo enteramente concreto, el pensar es posterior, y
lo más tardío es la actividad de la abstracción. Pero, en efecto, aquí sucede
lo contrario. Principalmente tenemos que considerar en qué terreno nos
encontramos. Nosotros estamos en la historia de la filosofía teniendo como base
el pensamiento. Si comparamos el sentimiento con el pensamiento, se manifiesta
en¬tonces que, en un aspecto, el sentimiento —como, sin duda, la con¬ciencia
sensible en general— es lo más concreto; propiamente es lo más concreto en
general; pero, al mismo tiempo, es lo más pobre en pensamiento. De esta manera
tenemos que distinguir lo concreto na¬tural de lo concreto del pensamiento. Lo
natural es lo diverso frente a la simplicidad del pensamiento. Comparado con la
multiplicidad natural de la intuición sensible, el hombre es pobre; pero en
rela¬ción con el pensar, el niño es lo más pobre, el hombre lo más con¬creto;
es más rico en pensamiento. Tenemos que ocuparnos aquí con lo concreto del
pensamiento; y el pensar científico es lo más concreto frente a la intuición
sensible*.
Lo inicial del
espíritu es lo más pobre; lo posterior, lo más rico. Aplicado esto a las
diversas formas de la filosofía resulta de ello, en primer lugar, que las
primeras filosofías son las más pobres en con-tenido; la idea está determinada
en ellas en el menor grado; se mantienen enteramente en generalidades, que son
irrealizables. Se debe conocer esto para no pedir determinaciones a la
filosofía anti¬gua, la que solamente está en situación de dar una conciencia
más tardía y más concreta. Se pregunta, por ejemplo, si la filosofía de Tales
era o no teísta; de este modo se toma por base, además, nuestra representación
de Dios. Una representación semejante, tan profunda, no se puede encontrar aún
en los antiguos; y por eso se tiene razón, por una parte, al considerar a la
filosofía de Tales como ateísmo. Pero, por otra parte, se comete también con
ello una
* Flat, De Theismo
Thaleti Milesio abjudicando, Tub. 1785, 4.
gran injusticia;
porque el pensamiento, en cuanto pensamiento del comienzo, no podía tener aún
el desarrollo, la profundidad que no¬sotros hemos alcanzado. La profundidad
parece como lo intensivo que se ha opuesto a lo extensivo; pero en el espíritu
la más grande intensión es, al mismo tiempo, la más grande expansión, la mayor
riqueza. La verdadera intensidad del espíritu es alcanzar la fuerza de la
contradicción, la separación, la división; y su propagación es el poder
trascender el contraste, de superar la división. Así también en la época
moderna se planteaba la cuestión de si Tales había afir¬mado la existencia de
un Dios personal o una esencia impersonal, si mplemente general. Aquí importa
la determinación de la subjetivi¬dad, la determinación del concepto de
personalidad. Pero la subjeti¬vidad, como nosotros la concebimos, es una
determinación dema¬siado rica e intensiva para que pudiera encontrarse en
Tales; sobre todo, no ha de buscarse en la filosofía antigua.
Una segunda
consecuencia, que surge de lo dicho, concierne de nuevo a la manera de tratar
las antiguas filosofías. En ellas se debe consultar solamente las obras
justamente históricas, se les debe atri¬buir solamente aquello que se ha
declarado inmediatamente como histórico de ellas. En muchas, ciertamente en la
mayor parte de las historias de la filosofía, se descubren inexactitudes sobre
esto, por¬que ordinariamente se encuentra a un filósofo acompañado de una
multitud de teoremas metafísicos de los cuales él no ha sabido una palabra. Sin
duda es natural para nosotros transformar un filoso¬fema, que encontramos según
nuestro grado de reflexión. Pero lo más importante en la historia de la
filosofía es, precisamente, esto que nosotros sabemos, si un teorema semejante
ya se ha desarrollo o no; porque en este desarrollo consiste justamente el
progreso de la filosofía. Para concebir este progreso en su necesidad debemos
considerar cada grado (momento) por sí, es decir, mantenernos so¬lamente en el
punto de vista del filósofo que estudiamos. Sin duda, en cada teorema, en cada
idea, están contenidas otras determina¬ciones ulteriores y resultan exactamente
de eso; pero es otra cosa enteramente diferente si son exteriorizadas o no.
Toda la diversidad en las formas de la historia de la filosofía es solamente la
diversidad del ser en sí y del exteriorizarse del pensamiento. Solamente
de¬pende del exteriorizarse de lo contenido interiormente. Por tanto, no se
puede atener exactamente a lo histórico, a las propias pala¬bras del filósofo
mismo, sino que se añaden determinaciones poste¬riores del pensamiento que aún
no pertenecen a la conciencia del mismo. Así, dice Aristóteles que Tales había
afirmado que el princi¬pio (arché) de todas las cosas es el agua. Pero, por
otra parte, se ha sostenido como histórico que Anaximandro ha sido el primero
que ha usado la palabra arché con la significación del principio. Posible¬mente
la palabra arché era ya corriente en la época de Tales, quizá con el sentido de
comienzo en el tiemp o, pero no como pensa¬miento del fundamento, de lo
universal. Por consiguiente, todavía
no podemos atribuir a
Tales la determinación intelectual de causa y principio; para esto es necesaria
una evolución posterior del pensa-miento. La diferencia de cultura consiste
solamente en la diferencia de las determinaciones del pensamiento que han sido
colocadas (puestas) en la conciencia de la época. Para ir todavía más allá en
los ejemplos, también se podía decir con Brucker (Historia de la fi¬losofla
jónica) que Tales había aceptado (admitido) tácticamente el axioma: Ex nihilo
nihil fit; porque él ha considerado el agua como elemento eterno, como algo que
es. De esta manera se podría con¬tar a Tales entre aquellos filósofos que
niegan la creación de la nada. Pero esta conclusión no puede ser atribuida a
Tales mismo; históricamente considerado, Tales de ningún modo podía haber
te¬nido conciencia de un axioma semejante.
También el profesor
Ritter, cuya Historia de la filoso fía jónica está diligentemente escrita, y
que es moderado en toda e lla para no in-troducir nada extraño, sin embargo,
quizá ha atribuido a Tales más de lo que históricamente era posible. Ritter
dice: "Por eso debemos examinar la consideración de la Naturaleza que
encontramos en Tales, absolutamente como una consideración dinámica"...*.
Esto es algo enteramente diferente de lo que Aristóteles dice. De todo esto
nada aparece en los antiguos sobre Tales. Esta consecuencia es de suponer, pero
históricamente no puede justificársela. No de¬bemos hacer de una filosofía
antigua por las mismas conclusiones algo totalmente diferente de lo que
originariamente era.
Una tercera
conclusión es que no debemos creer encontrar contes¬tadas en los antiguos las
preguntas que preocupan a nuestra con¬ciencia y son de nuestro interés.
Semejantes preguntas suponen una mayor cultura y una determinación más profunda
del pensamiento que las que poseían los antiguos, cuyo concepto no había
alcanzado la intensidad de nuestro pensar. Toda filosofía es filosofía de su
tiempo, es un eslabón en la cadena entera de la evolución espiri¬tual; por
tanto, la filosofía solamente puede satisfacer los intereses que son adecuados
a su época.
Como ya hemos hecho
notar de antemano, indudablemente todas las filosofías continúan viviendo según
sus principios; los grados en que ellas han tenido vida son también grados en
nuestra filosofía. Pero nuestra filosofía ha excedido estos grados; y de esta
manera las primeras filosofías no pueden ser resucitadas de nuevo; nunca más ya
puede volver a darse una filosofía platónica o aristotélica. Los conceptos y
formas que ellas han tenido, ya no son adecuados a
* Historia de la
filosofía jónica ("Geschichte der Ionischen Philosophie", s. 12-13).
nuestra conciencia.
Intentos de resurrección han ocurrido, sin duda, por ejemplo en siglo XV y XVI,
cuando han sido fundadas escuelas platónicas, artistotélicas, epicúreas y
estoicas. Pero estas escuelas jamás podían llegar a ser las mismas que las de
la antigüedad . Una causa principal para estas resurrecciones fue que se creía
que toda filosofía había terminado con el cristianismo. Por consiguiente,
cuando se quería ejercer la filosofía se decía que solamente se podía elegir
una de aquellas antiguas filosofías. Pero esta retrogradación es solamente el
curso de los grados anteriores, tal como cada indivi¬duo ha tenido que
recorrerlos en su formación. Por eso se puede explicar, al mismo tiempo, que
aquellos mismos que estudian sola¬mente las filosofías antiguas se sienten poco
satisfechos. Se ha de encontrar satisfacción en ellas solamente hasta un cierto
grado. Se puede comprender las filosofías de Platón y de Aristóteles; pero
ellas no contestan a nuestras preguntas; porque responden a otras necesidades.
Por ejemplo, en Platón nosotros no encontramos con¬testadas ni la cuestión de
la naturaleza de la libertad, ni la del ori¬gen del mal; y precisamente estas
cuestiones nos preocupan a noso¬tros. Lo mismo ocurre con la cuestión de la
capacidad (alcance) del conocimiento, la de la contradicción, de objetividad y
subjetividad, etc. La exigencia infinita de la subjetividad, de la
independencia del espíritu en sí, aún era extraña a los atenienses. El hombre
aún no se había vuelto tanto hacia sí como en nuestra época. Indudable¬mente el
hombre era sujeto, pero no se había puesto como tal; se conocía solamente en
unidad esencialmente moral con el mundo, en sus deberes frente al Estado. El
ateniense, el romano, sabían que su esencia consistía en ser ciudadanos libres.
Que el hombre en sí y por sí, por su sustancia, es libre; de esto no han sido
conscientes ni Platón ni Aristóteles... Por tanto, ellos no podían dar
satisfacción a nuestros interrogantes.
Tercera consecuencia:
Las primeras filosofías eran por necesidad enteramente simples, abstractas y
generales. Solamente más tarde encontramos una madura conciencia de sí mismo,
un saber de sí del espíritu, un pensar en sí mismo, diversas determinaciones conden¬sadas
en una. Pero al comienzo no se está aún en la diferencia, sino en lo más imple,
en lo más abstracto. Esto es elaborado posterior¬mente, convertido en objeto
del espíritu; éste añade a lo anterior una nueva forma. A lo concreto pertenece
lo uno, lo otro y aun lo diverso; por consiguiente, solamente poco a poco se
forma lo com¬puesto, lo concreto, en tanto que son añadidos a los anteriores
prin¬cipios y a las anteriores determinaciones nuevas determinaciones. Se ha de
tener esto en cuenta al juzgar una filosofía anterior para sa¬ber lo que se ha
de buscar en ella, para, por ejemplo, no querer en¬contrar en la filosofía
platónica todo lo que solamente se busca en nuestro tiempo. Nosotros no podemos
hallar comp leta satisfacción en una filosofía antigua por excelente que sea.
Tampoco se puede admitir una filosofía del pasado y establecerla como
actualmente va-
liosa. Pertenecemos a
un espíritu más rico, el cual ha resumido con-cretamente en sí la riqueza de
todas las filosofías anteriores. Este principio más profundo vive en nosotros
sin que seamos conscientes de él. El espíritu se propone cuestiones que aún no
eran cuestiones para cualquiera de las filosofías antiguas; por ejemplo, la
contradic¬ción de bien y mal, de libertad y necesidad . Estas cuestiones no han
sido tratadas ni resueltas por los filósofos antiguos. Por tanto, sería algo
absurdo querer hacer de nuevo vigentes las filosofías antiguas. Llegar a ser un
conocedor de Platón y de los neoplatónicos en el re¬nacimiento de las ciencias,
indudablemente era necesario; pero no se puede permanecer en estas filosofías.
En la última filosofía están reunidos los principios de las precedentes. La más
reciente filosofía es, necesariamente, un sistema desarrollado, que contiene a
las an¬teriores como miembros de su esquema total. A esta moderna filo¬sofía se
la llama frecuentemente panteísmo, eleatismo, etc. Esta es una concepción muy
superficial. Estos primeros puntos de vista son posteriormente más determinados
y, de este modo, son canceladas sus unilateralidades.
En lo dicho hasta
aquí se resume el concepto, la significación de la historia de la filosofía.
Tenemos que considerar las filosofías indivi-duales (particulares) como los
grados de desarrollo de una idea. Cada filosofía se presenta como una
determinación necesaria de la idea. En la sucesión de las filosofías no tiene
lugar ninguna arbitra¬riedad; el orden en que surgen está determinado por la
necesidad. Como ésta es condicionada, se mostrará directamente en la
realiza¬ción de la historia de la filosofía misma. Cada momento resume la
totalidad de la idea en una forma parcial (unilateral), se cancela a causa de
esta unilateralidad, y, refutándose así como algo último, se une con su
determinación opuesta, que le faltaba, y se hace más profundo y más rico. Esto
es la dialéctica de estas determinaciones. Pero este movimiento no concluye en
la nada, sino que las determi¬naciones canceladas (absorbidas, anuladas) son
también de natura¬leza afirmativa. Es en este sentido como nosotros debemos
tratar la historia de la filosofía.
De esta manera, la
historia de la filosofía también es ciencia. La fi-losofía, en su desarrollo no
histórico, es lo mismo que el desarrollo de la historia de la filosofía. En una
filosofía se debe comenzar desde los conceptos más sencillos y progresar a los
más concretos. Lo mismo ocurre en la historia de la filosofía. En las dos
tenemos un progreso necesario, y en ambas el progreso es el mismo. Por eso el
interés de la historia de la filosofía es el pensamiento que se de¬termina a sí
mismo en un progreso estrictamente científico.
La historia de la
filosofía es una contraposición de la filosofía, sola-mente que su desarrollo
se cumple en el tiempo, en la esfera de la aparición (del fenómeno), en la
exterioridad. Este desarrollo está,
sin duda,
fundamentado en la idea lógica y en el desarrollo de la misma; sin embargo,
nosotros de ningún modo podemos apartar nuestro objeto de su rigor lógico.
Pero, al menos, debemos seña¬larlo.
Y ahora pasamos a la
afirmación de una segunda diferencia, esto es, a la diferencia de la historia
de la filosofía para variar con las es¬feras afines a ella. Aquí es necesario
poner de manifiesto lo que se ha de entender en general por filosofía.
El segundo punto de
la introducción es la relación de la filosofía con las restantes formas del
espíritu, y de la relación de la misma historia con las otras historias.
Lo segundo es que
nosotros tratamos brevemente de la conexión de la historia de la filosofía con
las otras manifestaciones del espíritu, con los otros productos del espíritu,
para indicar lo que de ellos se puede poner en relación con la filosofía y lo que
se ha de separar de nuevo.
B. LA RELACIÓN DE LA
HISTORIA DE LA
FILOSOFÍA CON LOS
OTROS PRODUCTOS
DEL ESPÍRITU
Tales productos del
espíritu que están relacionados con la filosofía son ahora las religiones de
los pueblos, su arte, su cultura en gene¬ral, o sus ciencias, su constitución,
derecho, historia política y las demás relaciones externas.
Lo primero que
tenemos que hacer notar aquí es que nosotros con-sideramos la historia de la
filosofía como en relación con la historia total de la cultura.
NOSOTROS sabemos que
la historia de la filosofía no es por sí, sino que está en relación con la
historia en general, con la historia extema, tanto como con la religión, etc.;
y es natural que recordemos los momentos capitales de la historia política, el carácter
de la época y el estado entero del pueblo en que han nacido las filosofías.
Pero, además, esta conexión es una conexión interior, esencial, necesaria, no
solamente exterior, como tampoco una simple simultaneidad (la simultaneidad de
ningún modo es una relación).
Por tanto, hay aquí
dos aspectos que nosotros debemos con-siderar; en primer término, el aspecto
propiamente histórico de esta relación; secundariamente, la conexión de los
he¬chos, es decir, la relación de la filosofía misma con la reli¬gión y con las
otras ciencias que son afines con ella. Estos dos aspectos han de considerarse
detalladamente para distin¬guir directamente el concepto, la definición de
filosofía.
I. LA RELACIÓN
HISTÓRICA DE LA FILOSOFÍA
Por lo que concierne
a la relación histórica de la filosofía, lo primero que se debe hacer notar es
la conexión universal de
la filosofía de una
época con los demás productos espiri¬tuales de la misma época.
a) Se dice
ordinariamente que las relaciones políticas, la religión, la mitología, etc.,
han de considerarse en la historia de la filosofía porque han tenido una gran
influencia sobre la filosofía de la época y ésta (la filosofía) a su vez ha
in¬fluido sobre la historia y las demás formas culturales de la misma época.
Pero si se contenta con categoría como «gran influencia», efecto de unas cosas
sobre otras o de las mismas, entonces se necesitaba solamente demostrar la
co¬nexión exterior, es decir, se ha partido del punto de vista de que ambas
existen por sí, independientes frente a frente. Aquí debemos considerar esta
relación desde un aspecto en-teramente diferente; la categoría esencial es la
unidad, la co-nexión de todas estas formas distintas. Se debe sostener aquí que
es solamente un espíritu, un principio el que se expresa tanto en el estado
político como en la religión, arte, morali¬dad, en la vida social, en el
comercio y en la industria, de manera que estas formas diferentes son solamente
ramas de un tronco central. Este es el principal punto de vista. El es¬píritu
es solamente uno, es el único espíritu sustancial de un período, de un pueblo,
de una época, pero que se configura de múltiples maneras; y estas formas
distintas son los mo¬mentos que han sido mencionados. Por consiguiente, no se
debe creer que la política, las constituciones, las religiones, etc., sean las
raíces o las causas de la filosofía o, al contra¬rio, que ésta sea la causa de
aquéllas. Todos estos mo¬mentos tienen un carácter, que es el que sirve de base
y el que penetra todos los aspectos. Por múltiples que sean estos aspectos, sin
embargo, no hay nada contradictorio en ellos. Ninguno de los aspectos contiene
algo heterogéneo a la base, por más que ellos parezcan contradecirse también.
Son solamente ramificaciones de una misma raíz, y de ella forma parte la
filosofía.
Se supone aquí que
todo esto está en una conexión necesaria, de manera que solamente esta
filosofía, esta religión hayan podido rea¬lizarse precisamente al lado de esta
constitución, junto con este es¬tado de la ciencia. Solamente hay un espíritu
—la evolución del es¬píritu es un progreso—, un principio, una idea, un
carácter, el cual se expresa en las más distintas formas. Es lo que nosotros
llamamos espíritu de una época. Por consiguiente, éste no es nada superficial,
nada exteriormente
determinado; el espíritu de una época no debe ser conocido por algunas pequeñas
formalidades (exterioridades), sino a través de las grandes formas. La
filosofía es una de esas formas; por tanto, ella existe simultáneamente con una
determinada religión, una determinada constitución, arte, moralidad, ciencia,
et¬cétera.
b) Luego la filosofía
es un aspecto de la configuración total del espíritu, la conciencia del
espíritu, la vida más elevada del mismo; porque su anhelo es éste, saber lo que
es el espí¬ritu. Esta es la más alta dignidad del hombre, que sepa lo que él
es, que el hombre sepa esto de la manera más pura, es decir, que el hombre
logre el pensamiento de lo que él es. De aquí resulta ahora directamente la
posición de la filo¬sofía entre las demás formas (producciones) del espíritu.
1. La filosofía es idéntica al espíritu de
la época en que ésta aparece; la filosofía no está por encima de su tiempo,
ella es solamente la conciencia de lo sustancial de su tiempo, o el saber
pensante de lo que existe en el tiempo. De la misma manera, ningún individuo
puede estar por encima de su tiempo; el individuo es hijo de su época; lo
esencial de la época es su propia esencia; el individuo se manifiesta sola
mente en una forma determinada. Nadie puede salir de lo sustancial de su época,
como nadie puede salir de su propia piel. Por consiguiente, en una
consideración esencial la filo sofía no puede saltar su propio tiempo.
2. Pero también la filosofía está sobre su
tiempo, esto es, por la forma, ya que la filosofía es el pensar de aquello que
es lo esencial del tiempo. En tanto que sabe esto, es decir, en tanto que
convierte en objeto, se contrapone, es el con tenido de la misma; pero como
saber está también más allá. Pero esto es solamente formal, y la filosofía no
tiene, en efecto, ningún otro contenido.
La filosofía es el
espíritu mismo en el más elevado florecimiento de sí mismo; ella es el saber
conceptual de sí misma. Por consiguiente, en el aspecto formal ella está por
encima, porque es el espíritu que se conoce como contenido.
3. Este saber mismo es verdaderamente la
realidad del es píritu; yo soy solamente en tanto que me conozco. Es el sa
berse del espíritu, que aún no existía antes. De esta manera,
la diferencia formal
es también una diferencia real, activa. Este saber es, pues, el que produce una
nueva forma en la evolución del espíritu. Los desarrollos son aquí sólo modos
del saber. A través del saber de sí se pone el espíritu como distinto de lo que
él es, el espíritu se pone por sí, se desa¬rrolla en sí; aquí se da una nueva
diferencia entre lo que él es en sí y lo que es su realidad; y así surge una
nueva forma. Por consiguiente, la filosofía es en sí ya una determi¬nación
posterior o un carácter del espíritu, ella es el lugar interior del nacimiento
del espíritu, que más tarde se pre¬senta como realidad. De aquí procede lo
concreto en la his¬toria de la filosofía misma. Veremos que aquello que ha sido
la filosofía griega, ha pasado a la realidad en el mundo cristiano.
Por tanto, ésta es la
segunda determinación: que la filosofía es, en primer lugar, solamente el
pensar de lo sustancial de su tiempo; no está sobre su tiempo, produce pensando
sola¬mente el contenido de la misma.
c) El tercer momento,
que ha de hacerse notar juntamente con el aspecto histórico, se refiere a la
época en que la filo¬sofía se produce en relación con las restantes formas
(pro¬ducciones) del espíritu.
Dentro de la forma de
un espíritu, la filosofía surge en un momento determinado, no simultáneamente
con las demás formas.
El espíritu de una
época es la vida sustancial de la misma, es este espíritu inmediatamente
viviente, real. Así vemos el espíritu griego en la época en que la vida griega
está en su florecimiento, en toda su frescura, fuerza y juventud, en que aún no
había hecho irrupción la decadencia; al espíritu ro-mano lo encontramos en la
época de la república; etc. Por tanto, el espíritu de la época es la manera por
la cual un es-píritu determinado existe como vitalidad (vida) real. Pero la
filosofía es el pensar de este espíritu; y el pensamiento es, por más
apriorístico que parezca, esencialmente resultado del espíritu; pues el
pensamiento es vida, actividad, desta¬carse (distinguirse); es lo resultante,
lo que se sigue, lo que produce. Esta actividad contiene como momento esencial
una negación. Si algo debe ser producido, otra cosa tiene que ser el punto de
partida; y precisamente esto otro es ne-
gado. El pensar es,
de esta manera, la negación del modo natural de vida. Por ejemplo, el niño
existe como hombre, pero todavía de un modo natural, inmediato; la educación es
entonces la negación de este modo natural, la disciplina que el espíritu se viste,
para surgir de su inmediación (¿in-mediabilidad?). Al principio sucede lo mismo
con el espíritu pensante, empezando como movimiento en su forma natu¬ral; luego
se hace reflexivo, va más allá de su forma natural, es decir, la niega; y,
finalmente, comprendiéndose, se rea¬liza. Sobreviene el pensar. El resultado de
esto es que el mundo existente el espíritu, es negado en su moralidad real, en
la fuerza de la vida, que el pensamiento afecta y debilita el modo sustancial
de existencia del espíritu, la moralidad simple, la religión sencilla, etc.; y
con ello sobreviene el pe-ríodo de decadencia. El progreso posterior es
entonces que el pensamiento se reconcentre en sí, se concrete, y se pro¬duzca
así un mundo ideal en contraste con aquel mundo real. Por tanto, para que la
filosofía surja en un pueblo, tiene que haber ocurrido una ruptura en el mundo
real. En¬tonces la filosofía es la reconciliación de la decadencia que el
pensamiento ha empezado; esta reconciliación ocurre en el mundo ideal, en el
mundo del espíritu, en que el hombre se refugia, cuando el mundo terreno ya no
le satisface. La filosofía comienza con la decadencia de un mundo real. Si la
filosofía se presenta y —pintando gris sobre gris— despliega sus abstracciones,
entonces ya pasó el fresco color de la ju¬ventud, de la vida. Luego es una
reconciliación lo que ella produce, pero solamente en el mundo del pensamiento,
no en el terrestre. Así también los griegos se retiraron del Es¬tado
(abandonaron las obligaciones del Estado) cuando em¬pezaron pensar; y empezaron
a pensar cuando fuera, en el mundo, todo era turbulento y desdichado; por
ejemplo, en la época de la guerra del Peloponeso. Entonces, los filósofos se
retiraron a su mundo ideal; los filósofos han sido, como el pueblo los llamó,
unos holgazanes. Y, de esta manera, en casi todos los pueblos la filosofía
surge solamente entonces, cuando la vida pública ya no satisface y deja de
tener interés para el pueblo, cuando el ciudadano ya no puede tomar parte
alguna en la administración del Estado.
Es ésta una
determinación esencial comprobada en la histo¬ria de la filosofía misma. Con la
decadencia de los Estados
Georg Hegel
(las
Ciudades-Estados) jónicos ha surgido la filosofía jónica. Ya no satisface al
espíritu el mundo exterior. De la misma manera, entre los romanos se ha
empezado a filosofar sola-mente con la caída de la república, cuando los
demagogos se apoderaron de la administración del Estado y todo se ence-rraba en
la disolución y en la aspiración a algo nuevo. Y so-lamente con la decadencia
del imperio romano, que parecía tan grande, tan rico, tan magnífico, pero que
interiormente ya estaba muerto, han experimentado las antiguas filosofías
griegas a través de los neoplatónicos o de los alejandrinos, la más elevada y
la más alta perfección. Igualmente encon-tramos en la decadencia de la Edad
Media el renacimiento de las viejas filosofías.
Este es el enlace
histórico más directo de la filosofía con las otras existencias del espíritu.
De esta manera, está
la forma histórica de la filosofía en una rela¬ción directa con la historia
política; pues para que un pueblo filo¬sofe conviene que haya alcanzado ya un
cierto grado de cultura in¬telectual. Tiene que haberse preocupado de las necesidades
de la vida, tiene que haber desaparecido el temor a los apetitos; tiene que
haberse extinguido el simple interés finito del sujeto, y la con¬ciencia tiene
que haberse desarrollado mucho , para poner interés en objetos universales. La
filosofía es un hacer libre (de ahí la necesi¬dad de la filosofía). Se la puede
considerar como un lujo; pues lujo es la satisfacción de algo que no
corresponde a la necesidad inme¬diata; sin duda, a este respecto, es supérflua.
Pero se trata de lo que se llama necesario. De parte del espíritu pensante se
debe con¬siderar a la filosofía como lo más necesario.
Por tanto, para que
la filosofía pueda surgir en un pueblo, éste tiene que haber abandonado ya la
tendencia unilateral provocada por las necesidades y los intereses por lo
particular; los apetitos tie¬nen que haber sido hechos indiferentes o
aclarados. Respecto de esto, se puede decir que la filosofía entra en escena
justamente cuando un pueblo está fuera de su vida concreta, cuando se ha roto
el fuerte vínculo entre la existencia exterior y lo interior de su vida, y el
espíritu ya no se contenta con su actualidad inmediata, con la forma existente
hasta ahora de su religión, etc., y ha llegado a ser indiferente hacia ellas.
Por consiguiente, la filosofía surge cuando la vida moral de un pueblo se ha
disuelto y el espíritu ha huido al mundo del pensamiento para buscar un reino
de lo interior.
El primer modo de
existencia de un pueblo es la moral simple , la religión sencilla, la vida en
la particularidad (de aquí el egoísmo).
La elevación del
espíritu se da más tarde que la realidad en el modo de su individualidad
inmediata. Un pueblo tiene que empezar a salir de su vida concreta, a abandonar
la satisfacción en su realidad cuando quiera entrar en la filosofía. En el
filosofar pongo mi vida, me pongo a mí mismo frente a mí; filosofar supone que
ya no estoy satisfecho con mi vida. La filosofía indica de esta manera cuando
se realiza la desunión de la vida, la separación en realidad inmediata y en
pensamiento, la reflexión sobre ello. Es la época de la decaden¬cia que
comienza, la ruina de los pueblos; cuando el espíritu ha huido al reino del
pensamiento, la filosofía se perfecciona.
Así Sócrates y Platón
se presentan cuando ya no se lleva a cabo ninguna participación en los asuntos
públicos. La realidad, la vida política, ya no satisface, y buscan esta
satisfacción en el pensa¬miento; por consiguiente, buscaban en sí algo más
excelente que aquello que respecto a la constitución era lo más elevado. Del
mismo modo, se extendió la filosofía en Roma sólo con la decaden¬cia de la
propia vida romana, con la decadencia de la república, en la época del
despotismo de los cesares romanos, en la ép oca de la desdicha del Estado,
donde se había debilitado la vida política, mo¬ral y religiosa. Esto nos sale
al paso de nuevo en los siglos XV y XVI, cuando la vida germánica de la Edad
Media alcanzó otra forma, cuando el espíritu de los pueblos ya no encontró
satisfacción en aquello en que antes la había encontrado. Anteriormente la
exis¬tencia política todavía estaba en unidad con la religión, y la Iglesia,
aunque el Estado la combatía, aún era dominante. Pero ahora ocu¬rrió la ruptura
entre el Estado, la vida ciudadana (burguesa), moral y política, y la Iglesia;
y en este tiempo se comenzó a filosofar, aun¬que, por de pronto, solamente en
la forma de estudio de las anti¬guas filosofías y solamente, más tarde, en la
forma de pensar inde¬pendiente.
Siempre debe
manifestarse primeramente una separación con lo ex-terior. Cuando tiene lugar
una inadecuación interior entre lo que el espíritu quiere y aquello con lo que
debe contentarse, entonces surge la filosofía.
Por tanto, la
filosofía en general aparece sólo en una cierta época de la formación del todo.
Pero entonces no solamente sucede que se filosofa en general, sino también que
es una determinada filoso¬fía la que se despliega, y esta determinación de la
conciencia de sí pensante es la misma que también constituye la base de toda
otra existencia, de todos los aspectos históricos. El derecho de los pue¬blos,
su eticidad, su vida social, etc., están en la más íntima relación con esta
determinación. Por consiguiente, es esencial afirmar aquí esto: que el espíritu
que ha alcanzado una etapa determinada ima¬gina este principio en toda la
riqueza de su mundo, elabora en la
universalidad de su
existencia de manera que todas las otras deter-minaciones dependan de esta
determinación fundamental. La filosofía de nuestra época o la filosofía en
general, la cual está necesariamente dentro del cristianismo, no podía tener
lugar dentro de la Roma pagana porque todos los aspectos, ramas, condiciones,
relaciones del todo son expresión solamente de una y la misma determinación, la
cual declara a la filosofía como el pensamiento puro. Por eso no se puede decir
que la historia política sea la causa de la filosofía, pues una rama no es
causa de todo el árbol, sino que ambas tienen una raíz común, el espíritu de la
época, es decir, el grado determinado de formación del espíritu en una ép oca,
que tiene la causa más próxima (su fundamento) en los grados procedentes, pero,
generalmente, en una forma de la idea. Mostrar esta unidad, representar esta
planta (excrecencia) para concebirla como resul¬tado de una raíz, éste es un
objeto de la historia filosófica universal, que no tiene que preocuparnos aquí.
Nosotros tenemos que ver so¬lamente con una rama, con el pensamiento puro de
este aspecto, de esta condición, etc.; es decir, con la conciencia filosófica
de cada época. Pero, por lo menos, tendría que ser indicado esto, la rela¬ción
del fundamento de la filosofía con el fundamento de las demás partes de la
historia.
Por consiguiente,
ésta era la primera observación sobre la relación de la historia de la
filosofía con las otras formas del espíritu de un pueblo en una época.
Ahora se ha de
considerar en qué relación está la filosofía con las diferentes formas
(producciones del espíritu), sobre todo con la reli-gión, pues ésta tiene una
relación más próxima a la filosofía que las otras formas.
II. LA RELACIÓN
INMEDIATA DE LA FILOSOFÍA
CON LAS RESTANTES
PRODUCCIONES DEL
ESPÍRITU
Esta segunda relación
se refiere a la conexión inmediata y determinada de la filosofía con las demás
formas del espí¬ritu. Nos encontramos con las ciencias, el arte, la mitología,
la religión, la política, etc., cuya conexión universal con la filosofía ya ha
sido aludida. Ahora queremos considerar lo que diferencia a la filosofía de
estas formas, en tanto que delimitamos el concepto de filosofía; ponemos de
relieve para nosotros los momentos a los cuales conviene y los apli¬camos a
nuestro objeto, a la historia de la filosofía, para po¬der separar, excluir,
precisamente aquello que no tiene sitio en ella. Es fácil decir que en la
historia de la filosofía sólo
se ha de considerar
la filosofía misma en su propio progreso y dejar de lado todo lo demás,
religión, arte, etc. En gene¬ral, esto es enteramente cierto. Pero nosotros
preguntamos: ¿Qué es filosofía? Se han incluido en ella muchas cosas que
nosotros tenemos que excluir. Si nos atenemos solamente al nombre, entonces
tendremos que dar entrada a muchas cosas que nada tienen que ver con el
concepto de filosofía. En cuanto a la religión, se puede decir, en general, que
la dejamos de lado. Pero en la historia, la filosofía y la religión
frecuentemente marchan unidas y también frecuentemente entran en conflicto una
con otra, tanto en la época griega como en la cristiana; y su contraste
constituye un momento muy determinado en la historia de la filosofía. Que la filoso-fía
deje de lado a la religión es, por tanto, propiamente sólo una apariencia.
Ellas no han quedado intactas en la historia de la filosofía; por lo tanto,
nosotros tampoco las dejamos.
Lo primero que
nosotros queremos considerar aquí son las ciencias, o la cultura científica en
general; lo segundo es la religión y, especialmente, la relación directa entre
la filo¬sofía y la religión. La consideración de esa relación tiene que hacerse
clara, directa y honradamente; y no se debe dar la apariencia de que se
quisiera dejar la religión intacta. Esta apariencia no es otra cosa, que se
quiere ocultar, que la filosofía se ha dirigido contra la religión. La
religión, es decir, los teólogos, hacen, sin duda, como si ignoraran la
fi¬losofía, pero solamente para no avergonzarse de sus razona¬mientos
arbitrarios.
La otra cuestión que
nosotros tenemos que considerar aquí es que separamos de la filosofía los
aspectos particulares con los cuales es afín la historia de la filosofía, es
decir, que nosotros fijamos la filo-sofía en sus diferencias de aquellas ramas
que son directamente afines con ella, y con las cuales, por tanto, puede ser
confundida. Es principalmente esta afinidad por la que fácilmente se puede caer
en confusión en la manera de proceder de la historia de la filosofía; porque
esta afinidad es muy próxima. Por consiguiente, se debe atender en alto grado a
aquello que la filosofía es. Se puede querer aceptar la posesión de la cultura
y más directamente la formación científica en general, porque ésta tiene de
común con la filosofía la forma, es decir, el pensar, la forma de la
universalidad. Pero princi-palmente es la religión la que está en afinidad
inmediata con la filo-sofía, y, del mismo modo, con la mitología. Se dice que
en las mito-logías de los pueblos están contenidos diversos filosofemas; por eso
han de examinarse en
la historia de la filosofía. Además, dentro de la misma religión existen
pensamientos, y, sin embargo, como tales tenemos que dejarlos de lado;
finalmente, se manifiesta ya en la re¬ligión cristiana lo especulativo como
tal. Si se quiere aceptar en la historia de la filosofía todas estas formas,
entonces su materia se ha¬ría infinita. Ahora en la división no podemos
atenernos a lo mera¬mente histórico, al nombre de filosofía, porque entonces
todas estas materias, mitología, filosofía popular, etc., pertenecerían a la
histo¬ria de la filosofía. Aun hoy en Inglaterra llaman a los instrumentos
físicos instrumentos filosóficos y a los físicos les llaman filósofos. Por
tanto, el nombre se muestra como insuficiente.
Hay tres formas según
las cuales podemos efectuar esta separación. La primera es la que se refiere
principalmente a la cultura cientí¬fica; éstos son los comienzos del pensar
racional sobre las cosas na¬turales y espirituales; pero estos comienzos aún no
son filosofía. La segunda forma es la religión; precisamente esta región es
aquí, por eso, de interés más inmediato, porque la filosofía se relaciona
esen¬cialmente, aunque frecuentemente de una manera hostil, en parte con la
mitología y en parte con la religión. La tercera forma es el fi¬losofar
razonador; aquí viene al caso la mayor parte de lo que se llamó antes
metafísica racional. Con la consideración de estos as¬pectos se pondrá de
relieve un pensar, cuyas determinaciones le pertenecen, que se refiere a la
filosofía.
(1. RELACIÓN DE LA
FILOSOFÍA CON LAS
CIENCIAS EN GENERAL)
Por consiguiente, en
primer lugar está la ciencia en general. Inmediatamente están las ciencias que
se basan en la obser-vación, en la experiencia y en el razonamiento; y, sin
duda, debemos considerar éstas en atención a que ellas también han sido llamadas
filosofizantes. Tienen de común con la fi¬losofía principalmente el lado del
pensar. Su elemento es la experiencia, pero ellas son también conceptuales en
tanto que procuran buscar lo universal en ella. Por tanto, es lo formal lo que
la ciencia tiene en común con la filosofía. La religión, por el contrario,
tiene en común con la filosofía otro aspecto, el sustancial, es decir, Dios, el
espíritu, lo ab¬soluto; el conocimiento de la esencia del mundo, de la ver¬dad,
de idea absoluta, es su terreno común.
Por lo que concierne
a la materia que pertenece a la ciencia han sido establecidos por una parte los
principios con res¬pecto al obrar, a los preceptos, a los deberes; por otra
parte, se han
reconocido las leyes, fuerzas, géneros de la na-turaleza, las causas de las
cosas. Por consiguiente, la mate¬ria* es lo que en la Naturaleza externa son
las fuerzas, las causas, y del mismo modo que existe en el mundo moral, ético,
espiritual, lo sustancial, lo que se mueve, lo que per¬manece. Este contenido
tiene de común con la filosofía el pensar; y todo lo que ha sido pensado a este
respecto se ha llamado también filosofía. Así, por de pronto, nos encon¬tramos
en la historia de la filosofía con los siete sabios de Grecia; también ellos
fueron llamados filósofos, principal¬mente porque han formulado algunas
sentencias y principios morales sobre las obligaciones morales y las relaciones
esen¬ciales. Además, en la época moderna vemos que el hombre ha empezado por
arrojar una mirada sobre las cosas natu¬rales. Esto ha ocurrido especialmente
después de la caída de la filosofía escolástica. Se ha renunciado al razonar
aprio¬rista de la metafísica o de la religión para las cosas naturales y se ha
ido a la Naturaleza misma, se ha observado y se ha intentado conocer sus leyes
y fuerzas; y después se ha acer¬cado del mismo modo a las relaciones morales,
al derecho civil, etc.; y también a esto se le ha llamado filosofía. Se ha¬bla,
por ejemplo, de la filosofía de Newton, aunque se ha ocupado preferentemente de
las cosas naturales. Por lo tanto, en general es ésta la forma que han recibido
los prin¬cipios universales de la experiencia sobre la Naturaleza, el Estado,
el derecho, la religión, etc., y han sido expresados como principios formales
enteramente universales.
La filosofía, se
dice, considera las causas universales, los úl-timos fundamentos de las cosas.
Por tanto, por todas partes donde son formulados en las ciencias causas
universales, principios esenciales y axiomas, precisamente ellas tienen esto en
común con la filosofía: que son universales y más di-rectamente que los mismos
principios fundamentales se han sacado de la experiencia y de la sensibilidad
interior. Por más que esto último parezca oponerse al principio de la
filo¬sofía, sin embargo, está contenido en toda filosofía que yo lo he recibido
a través de mis sentidos, a través de mi sensi¬bilidad interna, es decir, a
través de la experiencia, y que
* No se refiere a la
materia física. (N. del T.)
solamente por eso es
válido para mí como verdadero. Esta forma del saber, del asumir, no solamente
ha actuado en contradicción con la religión, sino también en relación nega¬tiva
con las demás filosofías; y también fue llamada filosofía porque se había opuesto
a todo lo positivo. La filosofía de Newton está formada sólo por lo que
nosotros llamamos ahora ciencia natural, ciencia que se apoya en la
experien¬cia, en la percepción, y contiene conocimientos de leyes, fuerzas y
propiedades universales de la Naturaleza.
Ha sido una gran
época cuando surgió este principio de la experiencia, cuando el hombre empezó a
ver, a sentir, a gustar, a estimar la Naturaleza, a considerar el testimonio de
los sentidos como algo importante y seguro, a tener por verdadero solamente lo
conocido a través de los sentidos. Esta certeza segura e inmediata de los
sentidos fue el funda¬mento de esta llamada filosofía; precisamente de este
testi¬monio de los sentidos han surgido las ciencias naturales. Y este
testimonio de los sentidos se ha enfrentado al modo precedente de considerar la
Naturaleza; anteriormente se partía de axiomas metafísicos. Al partir ahora de
la repre¬sentación sensible, se entró en conflicto con la religión y con el
Estado. Pero no es solamente el testimonio de los sen¬tidos lo que se ha
opuesto a la metafísica del entendimiento, sino que aun otro testimonio ha sido
altamente considerado, es decir, que lo verdadero puede valer solamente en
tanto que se encuentra en el ánimo, en el entendimiento del hom¬bre; y a través
de este entendimiento, de este pensar propio y de este sentir propio, se ha
entrado aún más en contradic¬ción con lo positivo de la religión y con la
constitución civil de la época. Ahora el hombre aprendió también a observar, a
pensar y a forjar representaciones contra las verdades es¬tablecidas, contra
los dogmas de la Iglesia, y, del mismo modo contra el derecho estatal
existente; o por lo menos ha buscado nuevos principios para rectificar según
estos princi¬pios el viejo derecho estatal. Precisamente a este respecto, según
el cual la religión es positiva, valen los axiomas de la desobediencia de los
subditos contra la autoridad de los príncipes; ellos poseen el poder por la
autoridad divina, por¬que la autoridad tenía que ser puesta por Dios. El punto
de partida para ello fueron las leyes judías, según las cuales los reyes son
los ungidos del Señor (las leyes mosaicas estaban
en vigor también
especialmente en el matrimonio). Contra todo este positivismo legal, contra
todo lo que había sido impuesto por la autoridad, se ha rebelado la
inteligencia, el propio pensar libre. Aquí se encuentra también Hugo Gro¬cio,
el cual ha formulado el derecho internacional que vale en todos los pueblos
como derecho por el consensus gen
tium.
Además, el fin del
Estado es puesto más bien en el fin propio del Estado, en lo inmanente al
hombre, que en un mandamiento divino.
Aquello que es
considerado como derecho, es deducido de lo que puede ser fundamento para la
aprobación de los hombres; por el contrario, antes se había regido todo por lo
positivo. A esta sumisión a un fundamento diferente que el de autoridad se le
ha llamado racionalizante (Philosophie¬ren) y por eso es considerada la
filosofía como sabiduría del mundo. En tanto que este racionalizar el mundo,
que tiene por contenido la naturaleza externa y el derecho de la natu¬raleza
humana y otros contenidos semejantes han sido pro¬ducidos por la actividad del
entendimiento humano univer¬sal, por la razón universal, así se tiene derecho a
hablar de esta sabiduría del mundo. Verdad es que la filosofía no sólo se
limita a un objeto interior, sino que se extiende también a todo el mundo
externo, se ocupa también con las cosas te¬rrestres, finitas. Pero, por otra
parte, no se limita a lo mun¬dano; la filosofía tiene el mismo objetivo que la
religión, y lo mundano que tiene por objeto permanece como determi¬nación en la
idea divina. En la época moderna, Schlegel ha evocado de nuevo el nombre de
sabiduría del mundo para la filosofía, pero sólo como un sobrenombre; él quería
decir, además, que la filosofía debía ser suprimida cuando se trata de cosas
más elevadas, por ejemplo, de la religión; y ha te¬nido después muchos
partidarios.
En Inglaterra se
entiende por filosofía la ciencia natural. Este es, por ejemplo, el caso de una
revista que escribe so¬bre agricultura (abonos), economía, tecnología, química,
etc. (como el Hermbstädts Journal), y que da a conocer des-cubrimientos sobre
esas cuestiones, les llama descubri¬mientos filosóficos y que los instrumentos
ópticos, baróme-
tros, termómetros,
etc., son llamados instrumentos filosóficos*. Las teorías, especialmente sobre
moral, que más bien son deducidas de los sentimientos del corazón hu¬mano y de
la experiencia que del concepto, de las determi¬naciones del derecho, en Inglaterra
pertenecen también a la filosofía. Especialmente merecen ser citados aquí los
filó¬sofos moralistas escoceses; éstos razonan a la manera cicero¬niana, parten
de impulsos, inclinaciones, de la conciencia in¬mediata; por consiguiente, de
aquello que Cicerón llama insitum natura. Del mismo modo, las nuevas teorías
inglesas sobre economía política, por ejemplo, las de Adam Smith** y de los que
le siguieron, son consideradas como filosofía; y, de esta manera, al menos, es
honrado en Inglaterra el nom¬bre de la filosofía, al llamar allí filosófico a
todo lo que puede ser derivado de principios generales o de experiencia, y
reducido a principios determinados. Hace algún tiempo se efectuó un banquete en
honor de Canning***; en su discurso de agradecimiento manifestó que él deseaba
felicidad a Inglaterra, porque allí eran aplicados los principios filosóficos a
la administración del Estado. Allí, al menos, la filosofía no es ningún
sobrenombre.
Por lo que concierne
al primer aspecto, es decir, a la materia que pertenece a la ciencia general,
nos encontramos además en no me¬nor confusión, pues en nuestro tiempo, al menos
en Alemania, rara vez se considera a las ciencias empíricas especiales como
filosofía. Sin embargo, aún existen pruebas de ello; por ejemplo, en las
Uni¬versidades todavía hay algunas facultades filosóficas que abarcan muchas
ciencias que no tienen nada que ver con la filosofía y sola¬mente existen para
la preparación de profesiones al servicio del Es¬tado.
Pero más directamente
encontramos esta mezcla en la época inicial de la cultura, donde lo propiamente
filosófico y otras formas de re-presentación y de pensar aún no estaban tan
separadas. Esto sucede cuando sobreviene la época en que la reflexión se dirige
a objetos universales, en que se ponen las cosas naturales, tanto como las
es-pirituales, en determinadas relaciones mentales; entonces se dice
* Véase Enciclopedia
de las ciencias filosóficas, 1827, 1830, aclaración pri mera al párrafo 7.
** lnquiry inlo the nature and causes of the wealth of
nations, London, 1776. *** Véase Enciclopedia de las ciencias filosóficas, aclaración 2
al párrafo 7.
que el pueblo
comienza a filosofar. También se puede oír decir que la filosofía es el pensar,
que conoce las causas de las cosas. Causa¬efecto es una relación mental, porque
ambos son tomados como in-dependientes uno frente a otro. Por tanto, la
indagación de las causas es llamada filosofía. O en lo espiritual, si fueran
expresados principios generales sobre las relaciones morales; así se ha llamado
a los que formulan esos principios, sóphoi o philósofoi, sabios o fi¬lósofos.
De esta manera, nos encontramos en los comienzos de la cultura griega al mismo
tiempo los siete sabios y los filósofos de la escuela jónica, de los cuales nos
son transmitidas una multitud de representaciones, descubrimientos como
principios o axiomas filosó¬ficos. Tales, por ejem plo, debe ser considerado
como el primero que explicó el origen de los eclipses de sol y de luna por la
interpo¬sición de la luna entre el sol y la tierra y la tierra entre el sol y
la luna. Sin duda, este descubrimiento es importante, pero no es nin¬gún filosofema.
Pitágoras ha encontrado el principio que produce la armonía de los sonidos; y
también a esto se llamó filosofía. Así se ha forjado una multitud de
representaciones diferentes sobre los as¬tros; por ejemplo, que el firmamento,
la bóveda del cielo, es de metal, en el cual se encuentran muchos agujeros a
través de los cuales se podía ver el Empíreo, el fuego eterno. Semejantes
propo¬siciones y repr esentaciones se encuentran ordinariamente en la his¬toria
de la filosofía. Por otra parte, son productos de la reflexión, del
entendimiento; sobrepasan (van más allá) del conocimiento sen¬sible, y tampoco
son solamente imaginados por la fantasía, como los mitos. La tierra y el cielo
son, de esta manera, despoblados de dioses; el entendimiento se coloca en lugar
del creador, en lugar del juego de la fantasías, en lugar del desbordamiento
del sentimiento, formula leyes universales y las opone así a la unidad
inmediata de la Naturaleza y del espíritu, a la determinación natural
simplemente externa del espíritu. Pero tales representaciones no bastan para
comprender en sí la esencia de las cosas. De la misma manera en¬contramos en
tales épocas afirmaciones universales sobre los hom¬bres, sus relaciones,
obligaciones morales, etc., como sobre el acae¬cer universal en la Naturaleza.
A este respecto se
puede hacer notar aquí especialmente una época, es decir, la época del
renacimiento de las ciencias. Ahí se destaca un momento que pertenece al
concepto de la filosofía, pero que no lo produce. Es el aspecto de la reflexión
sobre la Naturaleza, el de¬recho, la moralidad, el Estado, etc., que empieza a
aparecer aquí nuevamente. Cuando consideramos las obras filosóficas de esta
época, por ejemplo, las de Hobbes, Descartes, encontramos en ellas muchos
contenidos que, según nuestra consideración, no pertenecen a la filosofía. El
sistema de Descartes comienza, por cierto, con pensamientos generales, con la
metafísica; pero después continúa con una masa de conocimientos empíricos,
filosofía natural que es propiamente lo que nosotros llamamos ahora física.
Aquí viene al
caso también la ética
de Spinoza, de la que pudiera pensarse que sólo se ocupaba de cuestiones
éticas; pero contiene ideas generales, conocimientos sobre Dios, la Naturaleza,
etc. Lo que debe ser puesto de relieve en estos tiempos del renacimiento de las
ciencias es, principalmente, que se destaca una diferencia general en la
especie de conocimiento de los objetos. Por una parte, existen objetos que
pertenecían a la religión cristiana y que habían sido fijados por la autoridad
de la Iglesia. Entre ellos, comprendemos los que se refieren al derecho
político y al derecho civil. Igualmente éstos habían sido afirmados, en
general, por la religión, mientras se había considerado como axioma fundamental
que los reyes tenían el origen de su derecho en Dios. El punto de partida para
esto fue el derecho mosaico, la unción de los reyes. La teología y la
jurisprudencia eran, de esta manera, ciencias positivas. Finalmente, la tercera
clase de objetos, es decir, aquellos que pertenecían a la Naturaleza, en parte
se habían liberado de la Iglesia, en parte no estaban aún muy lejos de ella
para ser ciencia positiva. La medicina, por ejemplo, en parte era empirismo
craso, una colección de pormenores, en parte un brebaje compuesto de
astrología, alquimia, teosofía, taumaturgia, etc. Entre algunos se afirmaba que
la salud de los enfermos depen¬día de los influjos de los planetas; que también
se podía alcanzar la salud por intermedio de las cosas sagradas, es cosa que se
com¬prende por sí. Contra este modo de saber, de conocer, surge ahora la
observación de la Naturaleza en general, una consideración que acoge a los
objetos en su ser inmediato y después pasa a conocer lo universal en ellos. Lo
mismo ocurrió después por lo que al Estado y al derecho se refiere, según otras
fuentes (principios) de derivación. Qué es el derecho, esto fue abstraído de
aquello que en los más dis¬tintos pueblos se había considerado y se consideraba
como derecho. Del mismo modo, con respecto al poder de los príncipes, se buscó
un fundamento distinto de la autoridad de Dios, por ejemplo, el fin del Estado,
el bienestar del pueblo. Fue fijada la libertad del hom¬bre, la razón humana
como principio, y fue dada como base, como fin de la convivencia humana. Surgió
otra sabiduría, otra fuente de verdad enteramente diferente, una sabiduría que
se había opuesto totalmente a la verdad dada, a la verdad revelada.
De este modo, este
nuevo saber era un saber de cosas finitas; el mundo era el contenido de este
saber; y, al mismo tiempo, este sa¬ber se había sacado de la razón humana;
ahora se parte de una au¬toconsideración, no ya de representaciones religiosas
dadas. Los hombres miraron a sus propias manos*, fueron activos por sí
* Véase el
ofrecimiento de Jacobis Waldemar a Goethe, en donde es inter¬pretado el
llamamiento del último «no permanecer por más tiempo con la boca abierta, sino
mirar a las propias manos, las cuales ha llenado Dios tam¬bién con el arte y
toda clase de fuerzas».
mismos; y aunque por
una parte habían respetado la autoridad, sin embargo, por otra parte también
habían respetado, del mismo modo, la consideración de sí mismo, la
autorreflexión. Este saber fue llamado ahora sabiduría que tiene al mundo por
objeto, por contenido, y viene del mundo. Esta era la significación del
renaci¬miento de las ciencias para la filosofía.
Todas estas partes,
aunque también lleven el nombre de fi-losofía, debemos excluirlas del
tratamiento de nuestro ob¬jeto, aunque en todas ellas subsista un mismo
principio que íes es común con la filosofía, es decir, la consideración, el
sentimiento, la reflexión de sí mismo, la autopresencia. Es éste el gran
principio contra toda autoridad en cuyo campo existe. En la percepción soy yo
mismo el que percibe; del mismo modo ocurre en el sentimiento, en la
comprensión y en el pensar. Todo lo que debe tener valor para el hombre tiene
que estar en su propio pensar. «En su propio pensar» es realmente un pleonasmo;
cada hombre tiene que pensar por sí mismo, nadie puede pensar por otro, como
tampoco puede comer o beber por otro. Este momento, y después la forma que es
producida por el pensar, las leyes universales, los principios, las
determinaciones fundamentales, por consi¬guiente el sí mismo y la forma de la
universalidad, son lo que la filosofía tiene de común con aquellas ciencias,
con las opiniones filosóficas, con las representaciones, etc., y lo que les ha
dado el nombre de filosofía.
Tenemos que aducir
esto directamente , para poder aclarar cuáles de esas cuestiones pertenecen a
la filosofía. Sin duda que en lo dicho no encontramos el concepto total de
filosofía; pero, sin embargo, encontramos un principio fundamental de la misma
en ello: el saber como algo que vuelve hacia sí, el saber que descansa en el
conocer del espíritu, que no se atiene exclusivamente a lo dado. Esta
au¬toactividad del espíritu es el momento enteramente determinante que este
saber posee de común con la filosofía. Empero, nosotros no podemos dejar que
esta determinación formal se mezcle con el concepto de espíritu. Esta
determinación se ocupa de los objetos fi¬nitos y aun se limita a éstos; es el
conocer finito en general. Pues también ahora las ciencias especiales son
distintas de la filosofía; por eso la Iglesia les ha reprochado que alejaban de
Dios, porque solamente tenían por objeto las cosas terrenas, las finitas. Pero
ellas poseen el momento de la autorreflexión que pertenece a la filosofía y que
permanece siempre como algo esencial en ellas. Su imperfec¬ción consiste sólo
en que su forma de pensar es abstracta y, por consiguiente, los objetos mismos
que ellas tratan son también algo
abstracto (finito).
Esta imperfección, en cuanto concebida del lado del contenido, nos lleva a la
religión, y con eso a la determinación posterior del segundo aspecto de la
diferencia de la filosofía de las otras ciencias afines a ella.
(2. LA RELACIÓN DE LA
FILOSOFÍA CON LA
RELIGIÓN)
Lo mismo que la
primera región era afín a la filosofía por el lado formal del pensar
independiente, así lo es esta segunda región, la religión, por su contenido. En
tanto que la religión es lo contrario precisamente de la cultura en general; no
tiene de común con la cultura ni la forma del pensar ni el contenido; porque su
contenido no es terreno, sino que la religión tiene lo infinito ante sí.
La segunda esfera de
las formas (producciones) del espíritu, que tienen más inmediata afinidad con
la filosofía, es la re¬gión de la representación religiosa en general; a ella
perte¬nece, principalmente, la religión como tal, porque la mitolo¬gía y los misterios
pertenecen también en parte a la poesía. Como la primera esfera posee de común
con la filosofía lo formal, el Yo y la forma de la universalidad, así es aquí
lo opuesto lo común, es decir, lo sustancial, el contenido.
En las religiones han
depositados los pueblos, cómo han pensado la esencia del mundo, lo absoluto, lo
existente en sí y por sí, lo que ellos tenían por la causa, la esencia, lo
sus¬tancial de la Naturaleza y del espíritu, y, además, su opinión acerca de cómo
se relaciona el espíritu humano o la natura¬leza humana con estos objetos, con
la divinidad y con la verdad.
Por consiguiente,
hemos de hacer notar en la religión dos determinaciones: primero, cómo Dios es
consciente para el hombre; esto es la conciencia representadora, la forma
obje-tiva o la determinación a través de la cual el hombre se re-presenta la
esencia de la Divinidad, en contraste consigo mismo; se la representa como algo
distinto de él mismo, como algo extraño, como el más allá. En segundo lugar, la
adoración y el culto; esto es la cancelación de este contraste a través de la
cual el hombre se eleva a Dios y llega a la conciencia de la unidad con esa
esencia. Este es el sentido del culto en todas las religiones. En los griegos
se eleva el
culto solamente al
goce de esta unidad, porque era la esen¬cia en sí, pero nada más allá.
Por consiguiente, lo
absoluto es aquí objeto. En cuanto objeto, es un más allá, amistoso u hostil.
El espíritu es impulsado a superar esta contradicción, y la asume en la
religión por la oración y por el culto. En la oración y en el culto el hombre
obtiene la certeza de anular esta contradicción, la confianza absoluta de la
unión con lo divino, la unidad de sí con su esencia —según la representación
cris¬tiana—, la gracia de Dios, la reconciliación con El; Dios es cle¬mente
para él, se une con él, lo prohija, lo protege.
Por consiguiente, la
religión y la filosofía tienen como ob¬jetos comunes lo que es en sí y por sí
verdadero a Dios, en tanto que es en sí y por sí, y al hombre en su relación
con El. En las religiones han producido los hombres lo que su conciencia tiene
por más elevado; las religiones son la obra más elevada de la razón; y es
absurdo creer que son inven¬ciones de los sacerdotes para engañar al pueblo,
como si el hombre se pudiera dejar engañar sobre cuestiones relativas a lo
último y a lo más elevado.
La filosofía tiene
ahora el mismo objeto, la razón universal exis¬tente en sí y por sí, la
sustancia absoluta; en ella el espíritu se apro¬piará igualmente este objeto.
Pero así como la religión lleva a cabo esta reconciliación en la oración y en
el culto, es decir, por el ca¬mino del sentimiento, así también lo conseguirá
la filosofía por me¬dio de pensamientos, por medio del conocimiento
intelectual. La devoción es el sentimiento de la unidad de lo divino y de lo
hu¬mano, pero del sentimiento-intelectual (denkendes); en la expresión
«devoción» está ya contenido el pensamiento; ella es un empuje ha¬cia el
pensamiento, una tendencia a pensar en ello, una mayor aproximación pensante.
Pero la forma de la filosofía es pensar puro, es saber, conocer; y es aquí
donde comienza la diferencia con la re¬ligión. Por consiguiente, se ha
convenido que las dos esferas se reú¬nan en contenido y finalidad; se
distinguen solamente por la forma. Pero la afinidad es aún más directa. La
filosofía se comporta a la manera de la conciencia pensante con su objeto, con
lo absoluto; la religión no se comporta de esta manera. Pero la diferencia de
estas dos esferas no puede ser concebida tan abstractamente que no fuera
pensada también en la religión. La religión tiene también pensa¬mientos
universales como contenido, y sin duda no sólo implicite, interiormente, tienen
que ser puestos de relieve como en los mitos, en las representaciones de la
fantasía, o también en sus historias ob¬jetivas, sino también explicite, en la
forma del pensamiento. Las re¬ligiones persa e hindú, por ejemplo, poseen
determinados pensa¬mientos, se han expresado en ellas, en parte, pensamientos
muy
profundos, sublimes y
especulativos, pensamientos que de ninguna manera era necesario que fueran
puestos de manifiesto. Por tanto, nos encontramos aquí con pensamientos como
tales. Sin duda nos encontramos, además, dentro de la religión con filosofías
explícitas, como, por ejemplo, la filosofía de los Padres de la Iglesia y de
los escolásticos; la filosofía escolástica era esencialmente teología. Por
consiguiente, encontramos aquí una unión o mezcla de religión y fi¬losofía, que
muy bien nos puede hacer caer en la confusión.
La filosofía tiene el
mismo objeto que la religión; pero, sin embargo, han llegado a numerosas
diferencias una con otra.
La filosofía se ocupa
con lo verdadero, expresado más precisa¬mente: con Dios; ella es un perenne
servicio a Dios. Tiene con la religión un único contenido; por tanto, solamente
las formas de ambas son distintas, y por cierto de manera que parecen haberse,
a veces, opuesto una a otra completamente. El primer aspecto es que la
filosofía y la religión solamente se han diferenciado una de otra; solamente
más tarde surgió el comportamiento hostil de una contra la otra.
Por consiguiente, en
primer lugar la cuestión ahora es: ¿cómo se distingue en general la filosofía
de la teología y de la religión? Y en segundo lugar: ¿hasta qué punto tenemos
que prestar atención en la historia de la filosofía a lo reli¬gioso?
En consideración a
esta cuestión, hay que distinguir ahora dos as¬pectos, de los que se hablará
inmediatamente. El primero es el lado mítico e histórico de la religión en su
afinidad con la filosofía; el segundo es la filosofía explícita, y también los
pensamientos es¬peculativos singulares existentes en la religión.
a) [LAS DISTINTAS
FORMAS DE LA FILOSOFÍA Y
DE LA RELIGIÓN]
Por de pronto, nos
encontramos en la religión con la forma del mito, de la representación sensible
(figurativa). En ella es lo verda¬dero como el espíritu se lo imagina. El
contenido ha alcanzado la representación sensible, pero ese contenido ha
surgido del espíritu. Por consiguiente, los mitos no son invenciones
arbitrarias de los sa¬cerdotes para engañar al pueblo, sino productos del
pensar que tiene por órgano a la fantasía, de manera que no es el pensar puro.
En tanto que ahora la religión tiene el mismo objeto que la filoso¬fía, podía
parecer que nosotros debíamos tratar aquí también la pri¬mera forma de
aparición de la religión, la mitología; y, en efecto, se deben considerar los
mitos en tanto que tengan fílosofemas por con¬tenido. Además, hay que notar que
los mitos son producto de la
fantasía fabuladora.
Pero, en si y por sí, se ha de admitir que en los mitos hay contenidas verdades
universales. Creuzer ha sido atacado porque había atribuido a los mitos la
verdad como contenido; pero no puede haber duda alguna de ello. En los mitos es
expresado lo sustancial por medio de imágenes, de representaciones sensibles,
lo espiritual se revela a través del órgano de la fantasía. Mientras que ahora
se buscan pensamientos en los mitos, es el propio contempla¬dor el que les
presta estos pensamientos, al tratar de extraer el con¬tenido. Pero la
filosofía no tiene solamente que buscar verdades, no es su cometido extraer el
contenido de esta forma y convertirlo en pensamientos, sino que ella considera
solamente los pensamientos, donde el contenido se encuentra como tal. Por
consiguiente, no es¬tudiamos los filosofemas que se encuentran contenidos en
los mitos.
La mayoría de los
mitos tiene inmediatamente la apariencia de he¬chos particulares. Es, pues, el
objeto de los mitólogos investigar si existe en ellos un contenido universal o
no. En algunos casos, como las teogonias y cosmogonías de la mitología, aluden
evidentemente a verdades universales. Así, por ejemplo, se ha creído poder
atri¬buir a los doce trabajos de Hércules otro sentido al compararlo con el sol
y a los doce trabajos con los doce signos del Zodíaco. Del mismo modo es
narrado el mito del pecado original de Adán y Eva, como si en él estuviese
contenido solamente un acontecimiento his¬tórico, natural; pero esa caída
representa también una relación espi¬ritual, es decir, la transición del hombre
del estado paradisíaco a la conciencia, al saber del Bien y del Mal. Así, puede
ser esta narra¬ción la historia eterna y la naturaleza viviente del espíritu
mismo. Esta contradicción, el saber del Bien, que supone el saber del Mal, es
la vida espiritual. De la misma manera nos podían ocupar las cosmogonías como
el surgir separado de las formas del todo no se¬parado (inseparado). Pero si se
ha indicado ya aquí que se trata de algo universal, entonces aún no poseen la
forma del pensamiento. Nosotros admitimos en la historia de la filosofía
solamente las ideas, que se manifiestan en la forma determinada del
pensamiento. Tam¬bién es cierto que en varias historias de la filosofía se ha
acogido lo religioso de las mitologías.
Pero entonces hay
también teorías en las religiones, las cuales (teo¬rías) tienen ya el carácter
de pensamientos, o en las que los pensa¬mientos se han mezclado con lo
representativo, como las teorías acerca de Dios, de la creación del mundo, de
la moral, etc. Se llama a estas teorías antropomórficas; es decir, no han de
ser to¬madas en serio directamente, inmediatamente como ellas son, sino que han
de ser aceptadas como imágenes, como símbolos. Si las re¬ligiones griegas eran
demasiado antropomórficas, se podía decir de la judía y de la cristiana que
eran demasiado poco; pero en ésta hay propiamente un antropomorfismo aún mucho
más fuerte; por ejem¬plo, cuando en la Biblia se habla de la cólera de Dios. La
cólera es
un sentimiento
humano; pero se la atribuye a Dios. Este antropolo¬gismo no es, por otra parte,
un mérito en la religión, al ser trans¬portado de esa manera lo espiritual a la
representación natural di¬rectamente. Pero es más difícil establecer los límites
entre lo que solamente pertenece a la representación sensible y lo que
corres¬ponde a lo divino. Porque en tales antropomorfismos no sólo se trata de
semejantes representaciones, las cuales se dan a conocer al mismo tiempo como
pertenecientes a las relaciones sensibles, sino que también se trata de los
pensamientos; y distinguir entre éstos los finitos, separar a quellos que
pertenecen solamente al espíritu humano, esto es lo difícil (otras categorías o
formas de pensar de¬ben servir de base en la consideración de Dios).
Finalmente, la reli¬gión contiene proposiciones las cuales tratan de algo
enteramente universal; por ejemplo, la proposición Dios es Todopoderoso
(Om¬nipotente), ya que Dios es concebido como el fundamento, como la causa.
Estos son pensamientos que pertenecen inmediatamente a la historia de la
filosofía; porque, como se ha dicho, el objeto y el contenido de la religión y
de la filosofía es uno y el mismo; y la di¬ferencia yace solamenente en el modo
de consideración.
[a REVELACIÓN Y
RAZÓN]
En primer lugar por
lo que se refiere a lo mítico relacionado con lo histórico, es este aspecto
interesante por la afinidad, la igualdad de contenido con la filosofía, pero
más aún por la diferencia en la con-sideración de la forma en que este
contenido existe en la mitología y en la filosofía. Esta contradicción que hace
aparecer este conte¬nido en las dos esferas, no cae solamente en nosotros, los
investiga - dores, sino que la contradicción es una contradicción histórica; ha
ocurrido que la filosofía ha llegado a una contradicción con la reli¬gión, y,
al contrario, que la religión ha perseguido y, a menudo, condenado a la
filosofía. Por eso se ha exigido a la filosofía que jus¬tifique su comienzo
mismo. Ya en Grecia, la filosofía entró en con¬flicto con la religión popular;
muchos filósofos fueron desterrados e incluso algunos muertos porque enseñaban
otra cosa distinta que la religión popular. Pero la Iglesia cristiana aún ha
profundizado más este contraste.
Según esto, la
religión parece exigir que el hombre debe renunciar a la filosofía, al pensar,
a la razón, porque tal quehacer es sólo sabi¬duría mundana, solamente quehacer
humano, sólo conocimiento de la razón humana en oposición a la divina. La razón
humana, se dice, produce solamente imperfectas obras humanas, frente a ellas
están las obras de Dios, a esto se ha llegado en nuestra época y en los tiempos
pasados. Según esta diferencia, es menospreciado el quehacer humano frente al
divino; y esta degradación contiene la determinación inmediata que por la
intuición es desterrado el cono¬cimiento de la sabiduría divina a la
Naturaleza. Por este cambio.
parece haberse
expresado que las obras de la Naturaleza son di¬vinas, pero que lo que el
hombre en general y, principalmente, lo que la razón humana produce, se ha de
considerar solamente como humano; por consiguiente, que las obras humanas
frente a las de la Naturaleza se han de considerar como algo no divino. Pero
esta re¬presentación no es verdadera. Podemos atribuir a las obras de la ra¬zón
humana por lo menos igual dignidad, elevación y el mismo ca¬rácter de divinidad
que a las cosas de la Naturaleza; con esta equivocación, aún atribuimos al
quehacer humano racional más de lo que es lícito. Porque, si ya las cosas de la
Naturaleza, la vida de los animales y otras semejantes, deben ser algo divino,
tanto más aún tiene que ser considerado como divino el hacer humano. El hacer
humano es todavía, en un sentido infinitamente más elevado, un hacer divino,
una obra del espíritu, que lo es la Naturaleza. Al mismo tiempo, se ha de
reconocer la superioridad del pensamiento, del pensar humano ante las cosas de la
Naturaleza. Por lo tanto, esta contradicción, si se la toma en el sentido de
una superioridad de lo natural, tiene que ser rechazada; es una falsa
diferencia; por¬que la diferencia entre el hombre y el animal es evidente. Por
consi¬guiente, cuando se pregunta dónde se ha de buscar lo divino, la
contestación solamente puede ser que lo divino se ha de encontrar
principalmente en el obrar humano.
Otra cosa sería que
en la reli gión y, principalmente, en la religión cristiana, existiera un
contenido que es más elevado que la razón pensante, y el cual, por eso, podía
ser concebido por la razón sola-mente como un contenido dado. Nosotros hemos
dicho acerca de la relación de la razón pensante, es decir, de la filosofía,
con la reli¬gión, que fuera exigido de la filosofía justificar su objeto (fin),
y esto tanto más cuanto que la filosofía se ha comportado hostilmente frente a
la religión. Se ha puesto un límite al espíritu humano; se ha dicho que el
espíritu humano no podía conocer a Dios; la razón no puede prescindir de ello
para conocer a Dios en la Naturaleza. Pero el espíritu es algo más elevado
(sublime) que la Naturaleza. Cristo dijo: «¿Acaso no sois vosotros mucho más
que los gorriones?» Por consiguiente, el hombre puede conocerse mejor desde
Dios que desde la Naturaleza. En lo que el hombre produce de sí mismo se
manifiesta mejor la divinidad que en la Naturaleza. Este era un as¬pecto.
Resulta, además, que la razón es una revelación de Dios y, por cierto, una
revelación más elevada que la Naturaleza. El otro aspecto es éste: que la
religión es la revelación de Dios, por medio de la cual es entregada la verdad
al hombre, a la razón humana, que la razón no es capaz de producir de sí misma
esta verdad y por eso tiene que resignarse humildemente a buscarla*. De este
aspecto tenemos que hablar ahora para concebir la relación de la filosofía y
* Véase 2, Corintios,
10.
de la religión
libremente, y no dejar lo principal en la oscuridad, como si fuese algo
delicado, como si se pudiese hablar en voz alta de ello.
Hasta aquí la
situación de la religión es ésta: la verdad que nos llega a través de la
religión es algo dado exteriormente, algo encon¬trado. Ya en las religiones
paganas es más o menos éste el caso; no se sabe de dónde esas verdades han
venido. Pero más se destaca to¬davía esta determinación en la religión
cristiana; su contenido es un contenido dado (revelado) que es conservado como
estando sobre o más allá de la razón; o es positivo. En general, se ha indicado
que la verdad en la religión es manifestada por algún profeta, por un enviado
divino. Quién sea éste es, en lo que respecta al contenido de la religión,
enteramente indiferente. Por cierto que todos los pueblos han guardado hacia
sus maestros una veneración agrade¬cida, así hacia Moisés, Zoroastro o Mahoma.
Pero este aspecto per¬tenece a la exterioridad, es algo histórico. Los
individuos que fue¬ron esos maestros no pertenecen propiamente al contenido de
la doctrina, al contenido absoluto, a la eterna verdad existente en sí y por
sí. La persona no es contenido de la doctrina. La fe en un indi¬viduo semejante
no es la fe en la religión misma. Saber quién fue el maestro es una cosa
abstracta, no es ninguna enseñanza. Pero en la religión cristiana esto es
diferente; la persona de Cristo es propia¬mente una determinación en la
naturaleza de Dios. Por consi¬guiente, según esto, Cristo no es histórico.
Tomado simplemente como persona histórica, como maestro, por ejemplo, como en
los casos de Pitágoras, de Sócrates o de Solón, sería igualmente indife¬rente,
sin interés en lo que respecta al contenido. Pero en la reli¬gión cristiana
pertenece esta persona, Cristo mismo, en la determi¬nación de ser Hijo de Dios,
a la naturaleza de Dios mismo. La persona que realiza la revelación, en tanto
que no concierne a la naturaleza de Dios, no es ningún contenido universal
divino; y de lo que se trata es del qué, del contenido mismo (de la
revelación).
Si ahora se dice que
lo revelado es algo a lo que la razón humana no hubiera podido llegar por si
misma, hay que hacer notar sobre esto que la verdad, el saber de la Naturaleza
de Dios, sin duda llega al hombre solamente de una manera externa (por intermedio
de algo externo); que la conciencia de la verdad es, en general, el pri¬mer
modo de la conciencia como un objeto sensible, como algo ex¬teriormente
presente, como algo sensiblemente representado, como Moisés veía a Dios en la
zarza ardiente, y como los griegos habían representado a sus dioses en estatuas
de mármol u otras formas de representación, como las que hay en los poetas. En
general, se ha empezado de una manera externa semejante; y hasta aquí el
conte¬nido aparece, por lo pronto, como dado, como acercándose al espí¬ritu
desde el exterior, al cual nosotros vemos, oímos, etc. Pero lo posterior es que
no permanece ni debe permanecer de esta manera
externa ni en la
religión, ni en la filosofía. Semejantes producciones de la fantasía o
contenidos históricos no deben permanecer en esta relación externa, sino
devenir algo espiritual para el espíritu, dejar de existir de una manera
simplemente exterior, es decir, de una forma no espiritual. (El espíritu y la
razón son la misma cosa. Sin duda nosotros nos representamos a la razón como
abstracta; pero la razón activa, cognoscente, es el espíritu. ) Qu eremos
conocer a Dios en espíritu y en verdad (Juan, IV, 24). Por lo tanto, el
contenido de la religión es Dios como espíritu. Si nosotros preguntamos ahora:
¿Qué es Dios? Entonces tenemos que contestar: Dios es el Esp íritu universal,
absoluto, esencial. En lo que respecta a la relación del es¬píritu humano con
este espíritu, conviene que se posea el concepto de lo que es el espíritu.
Por consiguiente, en
primer lugar está la cuestión de cómo se distinguen la filosofía y la religión.
Sobre esto expondré las determinaciones generales y -en tanto que sea
posible¬las explicaré.
[b. EL ESPÍRITU
DIVINO Y EL
ESPÍRITU HUMANO]
Ambos tienen de común
que son en sí y por sí espíritu gene¬ral, absoluto. Este es espíritu, pero
abarca al mismo tiempo a la Naturaleza en sí; él es él mismo y el concebir en
sí de la misma. El no es idéntico a ella según el sentido superficial de lo químicamente
neutral, sino idéntico a ella (la Natura¬leza) en sí mismo o uno consigo mismo
en ella. El está en tal identidad con la Naturaleza, que ella, su negativo, lo
real (Reelle), es puesta solamente como ideal. Esto es el idea¬lismo del
espíritu. La universalidad del espíritu a que se re¬fiere la religión y la
filosofía, es la universalidad absoluta, no la exterior, universalidad que lo
penetra todo, que está presente en todo. Nosotros tenemos que representarnos al
espíritu como libre; libertad del espíritu quiere decir que el espíritu es por
sí, que se percibe a sí mismo. Su naturaleza es trascender sobre lo otro y en
ello encontrarse a sí mismo, reunirse consigo mismo en lo otro, poseerse y
complacerse en lo otro.
De aquí resulta ahora
la relación del Espíritu con el espíritu humano. Si se representa todavía la
individualidad tan ás-pera, tan aisladamente, entonces se debe abstraer, sin
em-bargo, de este atomismo. El espíritu, representado en su
verdad, es solamente
lo que se percibe a sí mismo. La dife-rencia de lo particular y de lo universal
se ha de expresar entonces de manera que el espíritu subjetivo, singular, es el
espíritu universal divino en tanto que éste es percibido, en tanto que éste se
manifiesta en cada sujeto, en cada hom¬bre. El espíritu que percibe al espíritu
absoluto es así el es¬píritu objetivo.
El hombre debe seguir
una religión. ¿Cuál es el fundamento de su creencia? ¡El testimonio del
espíritu del contenido de la religión! También esto se ha expresado
explícitamente en la religión cris¬tiana; Cristo mismo echó en cara a los
fariseos la fe en los mila¬gros*; el creyente es solamente el que da testimonio
del espíritu. Determinemos con más atención lo que es el testimonio del
espí¬ritu; entonces tendremos que decir: solamente el espíritu percibe al
espíritu. Los milagros, etc., son solamente un vislumbre del espí¬ritu; el
milagro es lo otro de la Naturaleza , es una interrupción del curso de la
Naturaleza. Pero solamente el espíritu es la detención absoluta de lo natural;
solamente él es el verdadero milagro frente al curso de la Naturaleza, lo verdaderamente
afirmativo frente a ella. Por tanto, el espíritu se percibe solamente a sí
mismo. Dios es ahora el espíritu universal; por eso, en lugar de Dios podemos
de¬cir: el espíritu universal divino. La universalidad del espíritu no debe ser
concebida como simple comunidad, sino como lo pene¬trante en sentido de la
unidad, en la determinación de sí mismo y en la determinación de lo otro. Esta
es la verdadera universalidad. El espíritu universal es: a) universal; b) es
objeto para sí mismo; y de esta manera el espíritu se determina, deviene un
espíritu particu¬lar. Por consiguiente, la verdadera universalidad se compone
-ex¬presado vulgarmente- de dos, de lo universal mismo y de lo particu¬lar; la
universalidad verdadera no existe solamente en lo uno, en lo que se contrapone
a lo otro, sino que está en los dos momentos; pero de manera que lo uno
trascienda sobre lo otro, lo penetre, se alcance a sí mismo en lo otro. Lo otro
es su otro, y este su otro y él mismo existen en lo uno. En el percibir de sí
existe una dualidad; el espíritu se percibe a sí mismo, es decir, él es el que
percibe y lo percibido; pero el espíritu es esto solamente como una unidad de
aquello que percibe y de aquello que es percibido. El espíritu divino percibido
es el espíritu objetivo, pero el perceptor es el espíritu sub-jetivo. Mas el
espíritu divino no consiste solamente en la pasividad del ser percibido; en su
movimiento esta pasividad puede ser sola¬mente un momento, ser solamente
momentánea. Sino que el espí¬ritu divino es la cancelación de esta diferencia
del espíritu subjetivo activo y del espíritu objetivo pasivo. El espíritu
divino es la única
* Mateo, XII, 38, 39;
XVI, 1-4; Marcos, VIII, 11-12, Juan, IV, 48.
unidad sustancial; es
mismamente esta actividad del autopercibirse. El espíritu subjetivo que percibe
al espíritu divino, es mismamente este espíritu divino. Esta es la verdadera
determinación fundamen¬tal del proceder del espíritu para consigo mismo.
Si nosotros partimos
de esta determinación, entonces sola-mente tendremos formas distintas de este
percibir. Lo que queremos decir con la fe religiosa, es el espíritu divino,
per-cibido de una manera universal, sustancial. Además, para la fe el espíritu divino
no es lo que enseña la doctrina de la Iglesia. El espíritu divino no es en sí,
sino que él está pre¬sente en el espíritu del hombre, en el espíritu de
aquellos que pertenecen a su comunión; y entonces el espíritu indivi¬dual
percibe al espíritu divino, esto es, percibe la esencia de su espíritu, su
esencia, lo sustancial de sí; y esta esencia es precisamente lo universal, lo
permanente en sí y por sí. Esta es la fe de la Iglesia evangélica, no una fe
histórica, no la fe en cosas históricas; sino que esta fe luterana es la fe del
es¬píritu mismo, la conciencia, el percibir de lo sustancial del espíritu.
Según una moderna teoría de la fe se dice: yo creo, yo sé inmediatamente que yo
tengo un cuerpo; por consi¬guiente, se llama fe a algo determinado, a cualquier
conte¬nido que se ha producido de una manera inmediata en noso¬tros, que se
encuentra en nuestra conciencia. Este es el sentido externo de la fe. Pero el
sentido interior, religioso, de la fe, es precisamente este saber del espíritu
absoluto; y este saber tal como, por de pronto, existe en el espíritu hu¬mano,
tal como existe inmediatamente y, por consiguiente, en la certeza inmediata.
Este saber es solamente un testimo¬nio de su espíritu; y ésta es la raíz
profunda de la identidad del espíritu en general. El espíritu se produce, se
manifiesta a sí mismo, se muestra a sí mismo, y da testimonio de sí mismo, de
su unidad consigo; y posee también la conciencia de sí mismo, la conciencia de
su unidad con su objeto al ser él mismo su objeto. Si después surge la
conciencia de este objeto y se desarrolla, se configura, entonces este
contenido puede aparecer como lo dado por la sensación (senti¬miento), como
sensiblemente representado, como proce¬dente del exterior; así aparece en la
mitología la forma his¬tórica del origen. Esta es la forma externa. Pero a la
fe pertenece el testimonio del espíritu. El contenido puede, sin duda, haber
llegado, haberse percibido, haberse dado del exterior; pero el espíritu tiene
que dar testimonio de él.
Este percibir de sí
mismo es lo que se llama fe. Pero no es una fe simple, meramente histórica,
como la de la antigua Iglesia; sino que nosotros, los luteranos, creemos mejor.
En la fe nos conducimos con el espíritu divino como con nosotros mismos. En esta
fe existe solamente una diferencia de forma, pero que se asume a sí misma; o,
antes bien, la fe es el eterno asumir (cancelar) de la misma (de la diferencia
misma); en cuanto al contenido, no existe allí ninguna di¬ferencia, ninguna
división. Este comp ortamiento del espíritu para consigo mismo no es, por eso,
la unidad original, abstracta, la sus¬tancia de Spinoza, lo sustancial
objetivo, sino que es la sustancia cognoscente, individual, la autoconciencia,
la cual se conoce en el espíritu divino y allí se hace infinita. Esta es la
determinación que hemos de poner por fundamento al comportamiento del espíritu
consigo mismo en la religión. La pretendida humildad, es decir, la limitación,
la incapacidad para conocer a Dios, tenemos que dejarla de lado. Por el
contrario, conocer a Dios es el único fin de la reli-gión. Si nosotros tenemos
obligación de tener religión, tenemos que tenerla en espíritu, es decir,
conocer. El hombre natural, ignorante, no tiene religión, porque él no «percibe
nada del espíritu de Dios»*.
La religión es el
testimonio del espíritu; éste es el testimonio del contenido de la religión.
Por consiguiente, este testimonio del con¬tenido de la reli gión es mismamente
la religión. Este es un testimo¬nio que da fe. Este atestiguar es, al mismo
tiempo, un mostrar, y un manifestar del espíritu, pues el espíritu existe
solamente en tanto que se produce, da testimonio de sí y se muestra, se
manifiesta. En su testimonio se produce a sí mismo. Esta es la idea
fundamental. El resto es entonces que este testimonio del espíritu es su íntima
au¬toconciencia, su movimiento en sí, la vida en la interioridad de la
devoción, una única, oculta conciencia en sí, una conciencia en la que no se ha
alcanzado la propia conciencia y, además, no se ha lle¬gado a la objetividad,
porque aún no está puesta la determinación, la división (separación) de subjeto
y objeto. Por consiguiente, lo que queda es que este espíritu recogido en sí se
decide, se distingue de sí, se convierte en objeto, en cosa. Expresado en la
representa¬ción: Dios es Espíritu o amor (esto es, uno); es decir, Dios se
ena¬jena (se aliena) a sí mismo, se comunica, se entrega a lo otro. Y aquí
sobrevienen de repente todas las apariencias del ser dado, del haber percibido,
etc.**, que se presentan también en la mitología. Aquí tiene su puesto todo lo
histórico y lo que se llama positivo en religión.
Hablando directamente
de la religión cristiana, nosotros sa-bemos que Cristo ha venido al mundo hace
cerca de 2.000
* Corintios, II, 14.
* Véase Juan, IV, 24;
I Juan, IV, 7,16; Romanos, V, 5.
años; pero él dijo:
«Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» *; «Donde dos o
tres os juntareis, allí estaré yo con vosotros»**, aunque no como esta
per¬sona, ni estará presente de una manera sensible; y: Si yo no estuviera con
«vosotros, el espíritu os conducirá a la ver¬dad»* * *, es decir, debe anularse
primeramente la relación de exterioridad; no es la verdadera. Por este medio
obtiene su explicación lo que antes hemos dicho.
Por una parte, existe
allí una conciencia representativa: allí este contenido es objetivo: allí el
contenido está fuera de nosotros, separado de nosotros. Lo otro es la devoción,
el culto, el sentimiento de unidad con este objeto. Existe en eso una vacilación;
pronto la exterioridad es más fuerte, pronto aparece la devoción. Una vez ha
venido el Cristo in¬manente a Palestina, hace unos 2.000 años; pero solamente
como persona histórica ha estado en este país, en este me¬dio ambiente; pero de
nuevo, en la oración, en el culto, es preponderante el sentimiento de su
actualidad. Por consi-guiente, aquí en la religión, se encuentra aún una
contradic-ción.
Hay que notar en esto
dos estadios: el primer estadio es la oración, el culto; por e jemplo, recibir
la sagrada Eucaristía, la Comunión. En ésta está el Cristo inmediatamente
presente. Este es el percibir del espíritu divino, el espíritu viviente, el cual
tiene su conciencia de sí y su realidad en la comunidad. El segundo estadio es
la concien¬cia desarrollada en que este contenido se hace objetivo. Desde este
punto de vista sucede que el Cristo actual que hace 2.000 años vivió en un
rincón relegado de Palestina, fue conocido en el espacio y en el tiempo, puede
ser traído ante la conciencia como persona histó¬rica, pero alejado y de una
manera distinta. Análogamente ocurre en la religión griega cuando este Dios,
desde el punto de vista de la oración y del sentimiento, es transformado en
prosaica estatua, en mármol y madera. Tiene que alcanzar esta exterioridad . Así la Hos-tia no es para nosotros
más que algo santo; según la doctrina lute¬rana, es algo divino solamente en la
creencia y en la posesión, no en su existencia actual exterior. Del mismo modo
una imagen no es para nosotros otra cosa que piedra, lienzo, etc. Estos son los
dos
* Mateo. XXVIII, 20
** Mateo, XVIII, 20 *** Juan, XVI, 13.
puntos de vista; y el
segundo punto de vista es precisamente aquel donde la conciencia comienza * con
una forma exterior, la recibe en la memoria, la representa y la conoce. Pero si
permanece en la re-presentación, entonces este punto de vista es un punto de
vista no espiritual. Cuando el contenido de la religión es sabido sólo como un
contenido histórico, el espíritu se ha acercado a esta lejanía his¬tórica,
muerta; entonces se ha confundido, ha logrado la mentira contra sí mismo. Esta
mentira es la que en las Sagradas Escrituras es llamada el pecado contra el
Espíritu. De este punto hacemos mención aquí.
A quien miente contra
el Espíritu Santo su pecado no puede serle perdonado. Pero mentir contra el
espíritu es justa¬mente esto: que el espíritu no es universal, no es Santo; es
decir, que Cristo es solamente algo separado, algo abstracto, que es solamente
otra persona distinta que esta persona, que ha existido solamente en Judea, o
que también existe, aún ahora, pero en el más allá, en el Cielo, Dios sabe
dónde, no de una manera real, actual en su comunidad. Quien habla sólo de la
razón finita, sólo de la razón hu¬mana, sólo de los límites de la razón, éste
miente contra el espíritu; porque el espíritu en cuanto infinito, universal,
per¬cibiéndose a sí mismo, no se percibe en un solamente, en los límites; en lo
finito como tal no tiene ninguna relación con esto, se percibe sólo en sí, en
su infinitud.
[g REPRESENTACIÓN Y
PENSAMIENTO]
La forma de la
filosofía se distingue de la forma de la reli¬gión, y esta diferencia es
necesario comprenderla ahora con más detalle. La relación fundamental entre la
religión y la filosofía es la naturaleza del espíritu mismo.
a) En el espíritu
debe partirse de que existe en tanto que se manifiesta; el espíritu es esta
identidad sustancial única; pero, al mismo tiempo, al manifestarse se ha
diferenciado en sí; y con esto acaba la conciencia subjetiva, finita, del mismo
(por consiguiente, el espíritu es aquello que tiene un límite en lo otro, donde
lo otro comienza; y esto ocurre so¬lamente donde hay una determinación, una
diferencia). Pero el espíritu permanece libre en sí mismo, en su manifestarse
Mateo, XII, 31, 32.
de manera que no es
turbado por la diferencia. La diferen¬cia es transparente para él, es algo
claro para él, nada os¬curo. O no existe para él nada determinado, ninguna
deter¬minación, es decir, ninguna diferencia existe para él (porque toda
determinación es diferencia). Si ahora se ha hablado de algún límite del
espíritu, de la razón humana, entonces es esto en cierta manera exacto; el
hombre es limitado, depen¬diente, finito, menos por el lado por el que él es
espíritu. Lo finito concierne a otros aspectos de su existencia. Como espíritu,
en tanto que tiene una relación no espiritual, se re¬laciona con cosas
exteriores; pero si él como espíritu es ver¬daderamente espíritu, entonces es
limitado. Los límites de la razón son solamente límites de la razón de este
sujeto; pero relacionándose racionalmente, carece el hombre de límites, es
infinito (ciertamente que la infinitud no se ha de tomar aquí en sentido
abstracto, como concepto del entendi¬miento). En tanto que el espíritu es
infinito, permanece el espíritu en todas sus relaciones, manifestaciones,
formas. La diferencia (distinción) entre el espíritu universal, sustancial, y
el espíritu subjetivo, existe para él mismo. El espíritu, en cuanto objeto y su
contenido, tiene que ser inmanente al mismo tiempo al espíritu subjetivo; y él
es esto solamente de una manera espiritual, no de una forma natural,
inme¬diata. Esta es la determinación fundamental del cristia¬nismo, que el
hombre es iluminado por la Gracia, por el Es¬píritu Santo (esto es, por el
espíritu esencial). Pues le es inmanente, es, por consiguiente, su propio
espíritu. Este es¬píritu viviente del hombre es igualmente el fósforo, la
exci¬table, la inflamable materia que se puede encender desde el exterior y
desde el interior. Desde el exterior sucede esto, por ejemplo, en tanto que es
enseñado al hombre el conte¬nido de la religión, en tanto que el sentimiento,
la represen¬tación, son así estimulados, o en tanto que el hombre acepta el
contenido de la autoridad. Relacionándose espiritual¬mente, por el contrario,
se ha inflamado en sí; al buscar el contenido en sí mismo, lo manifiesta
también él desde sí. Pues el contenido es su identidad más intrínseca.
La religión tiene la
esencia absoluta por objeto, de la misma ma¬nera la filosofía quiere conocer
esta esencia. Por consiguiente, noso¬tros debemos, por de pronto, explicarnos
la forma del conocer de la esencia.
Decimos que la
filosofía conoce la esencia; entonces es el punto principal que la esencia no
permanezca algo externo a aquello de lo cual es esencia. Yo digo: la esencia de
mi espíritu, entonces está precisamente la esencia en mi espíritu, no fuera de
él. Si pregunto por el contenido esencial de un libro, prescindo de la
encuadema¬ción, del papel, de la tinta de impresión, de las letras, etc.;
pres¬cindo también de muchas proposiciones, de muchas páginas, y des¬taco
solamente el contenido simple; o restituyo el variado contenido a su
simplicidad sustancial. De este contenido esencial no podemos decir que esté
fuera del libro; precisamente no está en ninguna otra parte que en el libro
mismo. Del mismo modo no está la ley fuera del individuo natural, sino que
constituye el ser verdadero, esencial, de este individuo. Por consiguiente, la
esencia del espíritu no es ex¬terior a él, sino que es su sustancia más interna
y su ser real, actual. Es, por así decirlo, la materia inflamable que,
encendida, puede ser transformada en luz. Y solamente en tanto que este fósforo
de la esencia está en él, es posible que se encienda. Si no tuviera el
espí¬ritu el fósforo de la esencia en sí, no existiría ninguna religión,
nin¬gún sentimiento, ningún presagio y, además, no existiría ningún sa¬ber de
Dios; ni tampoco el espíritu divino sería lo que él es, lo universal en sí y
para sí. Por consiguiente, convertir la incompren¬sión, la esencia, en un
objeto muerto, externo, en algo abstracto, es algo que debe ser superado. La
esencia es la forma, que es en sí misma un contenido esencial, o el contenido
como algo determi¬nado en sí; la carencia de contenido es lo indeterminado. Así
como en un libro existen aún muchas otras cosas además del contenido esencial,
así también en el espíritu individual existe aún una gran masa de otras formas
de existencia, de otras formas de conciencia, las cuales pertenecen solamente a
la forma de aparición (a la apa¬riencia), no a lo esencial. La religión es
ahora la condición del indi¬viduo, para conocer esta esencia, para comprender
la identidad con esta esencia. Pero la identidad del individuo y de su esencia
no es abstracta; es, más bien, un tránsito desde el individuo como un
exis¬tente natural a una conciencia que es pura, espiritual. Por consi¬guiente,
es preciso que se distinga en el individuo entre lo existente y aquello que es
su esencia. La esencia como existencia tiene un contorno de cosas accesorias
inesenciales; y lo esencial está sumer¬gido en esta materia aparente*.
Se llega aquí a estas
determinaciones, pero no son demostradas aquí; su demostración se da solamente
desde el punto de vista espe¬culativo. Aquí se trata solamente de una
representación de ellas.
* La esencia es
espíritu, no algo abstracto: «Dios no es un Dios de muertos, sino un Dios de
vivos» (Mateo, XXII, 32), y, sin duda, de espíritus vivientes.
b) La continuación es
la manera como el espíritu se obje¬tiva, como él se comporta en su ser para sí.
La forma, como él exista realmente, puede ser distinta; así puede configu¬rarse
de diferentes maneras; y de estas distintas maneras de configuración se originan
después las diferentes formas del espíritu y, además, la diferencia entre
filosofía y religión.
En la religión tiene
el espíritu una forma propia que puede ser sensible; por ejemplo, en la forma
de arte, en tanto que éste representa a la divinidad, y en la poesía, en la que
igualmente la representación sensible constituye la esencia de la representación.
En general, podemos decir que este modo de configuración del espíritu es la
representación. Sin duda el pensar pertenece también ya en parte a la
represen¬tación religiosa, pero ésta contiene al pensar mezclado con un
contenido ordinario, exterior. También el derecho y la costumbre, por ejemplo,
son, sin duda, como suele decirse, suprasensibles; pero mi representación de
ellos procede de la costumbre, de las determinaciones legales existentes o del
sentimiento. La diferencia de la filosofía consiste ahora en que el mismo
contenido es concebido en ella en la forma del pensar. En la religión existen
dos momentos: 1) una forma objetiva o una determinación de la conciencia, en la
que el espíritu esencial, lo absoluto, existe como fuera del espíritu subjetivo,
es decir, existe como objeto, se acerca a la repre-sentación como
representación histórica o como forma del arte, alejada en el espacio y en el
tiempo; 2) la determina¬ción o el estadio de la devoción, de la intimidad; en
ellas se ha eliminado este alejamiento, se ha asumido (aufgehoben) la
separación; ahí el espíritu es uno con el objeto, el indivi¬duo está poseído
por el espíritu. En la filosofía y en la reli¬gión existe el mismo objeto, el
mismo contenido, el mismo fin. Pero lo que en la religión son dos estadios, dos
formas de objetividad, arte, fe y devoción, éstos existen en la filo
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Sin amigos estaba el
gran Maestro del mundo, sintió esa falta, por eso creó El los espíritus, espejo
feliz de su beatitud.
La más sublime
esencia ya no encontró ningún igual, de la copa de todo el reino de los
espíritus espumea para sí la infinitud.
Véase la poesía de
Schiller La Amistad.
sofía juntos en uno;
porque el pensamiento es: a) objetivo, según la primera determinación; el
pensamiento tiene la forma de un objeto; pero, b) ha perdido también la forma
de su objetividad; en el pensar, contenido y forma son puestos en uno. En tanto
que lo que yo pienso, es decir, el contenido del pensar, está en la forma del
pensamiento, ya no se me opone.
Por consiguiente,
aquí, en la religión y en la filosofía, hay un contenido sustancial, y
solamente es distinta la manera de la representación. Pero estas dos
representaciones no son solamente distintas, sino que en su distinción pueden
aparecer ya como opuestas, ya como contradictorias una con otra, al ser
representado el contenido como esencialmente ligado a la forma. Pero, incluso
dentro de la religión, se admite que esta manera distinta en religión no se ha
de tomar en . sentido verdadero (propio). El saberse, el convertirse en objeto
del espíritu Divino, significa aquí: engendrar a su Hijo. En el Hijo se sabe el
Padre, porque son de la misma naturaleza. Pero esta relación es tomada de la
naturaleza viviente, no de lo espiritual; se trata de la representación. Sin
duda se dice que no se ha de tomar esta relación en sentido propio; pero se le
deja de lado. De la misma manera cuando la mitología habla de las luchas de los
dioses, se admite fácilmente que éstas se refieren en parte a las fuerzas
espirituales, en parte también a las fuerzas de la Naturaleza, que, como
opuestas unas a otras, serían representadas, de esta manera, alegóricamente.
Lo que nos interesa a
nosotros ahora más directamente, es que prescindimos de la forma distinta en
que el saber de la esencia existe en la religión y en la filosofía. La
filosofía aparece, por lo pronto, como destructora frente a la relación, como
así lo afirma la religión equivocadamente. En la religión se manifiesta la
esencia, el espíritu, en primer lugar como externo; pero, como nosotros ya
hemos hecho mención, el culto, la oración, anula la exterioridad de esta
relación. Esto hace también la filosofía. Pero en la conciencia religiosa la
forma del saber del objeto es la representación, es de¬cir, una representación
que contenga más o menos lo sensible; por ejemplo, las relaciones de los
objetos naturales. Que Dios ha en¬gendrado a su Hijo, nosotros no nos
expresamos así en filosofía; pero el pensamiento, que contiene semejante
relación, lo sustancial de tal relación, es, sin embargo, admitido en la
filosofía. En tanto que la filosofía tenga por objeto al contenido, a lo
absoluto en la
forma del
pensamiento, tiene para sí la ventaja de que aquello que en la religión es algo
separado, constituye un momento distinto, es en la filosofía una unidad . En la
religión Dios, por ejemplo, es re¬presentado como persona; aparece en la
conciencia como algo ex¬terno; y solamente en la oración sobreviene la
determinación de la unidad. Estos son los dos estadios antes separados. Estos
dos esta¬dios se han unido en el pensamiento, se han convertido de esta ma¬nera
en una unidad. El pensamiento se piensa a sí mismo; él piensa y es pensado. El
contenido es lo absoluto, lo divino como pensa¬miento; en tanto que el
pensamiento es pensado, es mi pensa¬miento.
c) Por supuesto que
estas formas distintas en su primer comportamiento determinado se hacen cargo
de sus diferen-cias, se oponen unas a otras hostilmente; ciertamente que esto
es necesario. Porque el primer comportamiento del pensamiento es abstracto, es
decir, el pensamiento no es perfecto en su forma; y lo mismo sucede en la
religión, pues la primera conciencia religiosa inmediata, aunque es con¬ciencia
del espíritu, de lo existente en sí y para sí, sin em¬bargo se ha mezclado con
formas sensibles, con representa¬ciones sensibles secundarias, es decir, es
igualmente abstracta. Pues el pensar se concibe más tarde más concreta¬mente,
prende más profundamente en sí y acerca el con¬cepto de espíritu como tal a la
conciencia. Concibiéndose así, ya no está comprendido en la determinación
abstracta. El concepto del espíritu concreto comprende o contiene esto: que él
se comprende esencialmente a sí mismo, tiene la determinación en sí (una
determinación que es lo que pertenece al entendimiento, a la esencia del fenómeno).
El pensamiento abstracto niega toda determinabilidad en sí, y así no conserva
de Dios nada más que la más elevada esen¬cia abstracta. Por el contrario, el
concepto concreto no tiene nada que ver con semejante caput mortuum, sino con
el es¬píritu concreto, es decir, con el espíritu activo, viviente, con el
espíritu que se determina en sí. Por tanto, lo posterior es que el espíritu
concreto reconozca lo concreto en la religión, la determinabilidad en lo
universal, no lo sensible, sino lo esencial. Por ejemplo, el Dios judaico, el
Dios Padre, es algo abstracto. El espíritu posterior reconoce lo esencial de
eso. Pero lo concreto no es simplemente Dios en general, sino que lo concreto
se determina a sí mismo, pone lo otro de sí mismo, pero en cuanto espíritu no
se puede abandonar como algo otro, sino que intrínsecamente existe por sí
mismo. Solamente esto
es todo el espíritu divino. Pero lo concreto en la religión solamente es
conocido y reconocido por el mismo concepto concreto; y en eso yace la
posibilidad de la reconciliación de la religión y de la filosofía, cuando el
entendimiento abstracto combate contra la primera.
Estas dos formas, la
de la representación y la del pensamiento, apa-recen en primer lugar como
opuestas, como antagónicas; y es natu¬ral que, por de pronto, solamente se
hagan conscientes de su dife¬rencia y, por tanto, aparezcan una frente a otra
hostilmente. Es solamente después que el pensar se concibe concretamente,
profun¬diza en sí y se aproxima como concreto a la conciencia. Lo concreto es
lo universal, lo que es determinado en sí y se aproxima como concreto a la
conciencia. Lo concreto es lo universal, lo que es de¬terminado en sí; por
consiguiente, contiene su otro en sí. Él espíritu es primeramente abstracto,
está confundido en su abstracción; y en esta confusión él se conoce (sabe)
solamente como distinto y en oposición a lo otro. Al hacerse el espíritu
concreto (devenir con¬creto), concibe lo que le es negativo, lo anula en sí, lo
conoce como lo suyo, por eso es afirmativo. Así, en la juventud nosotros somos
esencialmente negativos frente al mundo; solamente en la edad ma¬dura llegamos
a la indulgencia de reconocer en lo tenido por nega¬tivo, en lo negado, en lo
rechazado, lo positivo o lo afirmativo; y esto es más difícil que devenir
(hacerse) simplemente consciente de la oposición.
El curso histórico de
esta oposición es, aproximadamente, el siguiente: el pensar se hace, por de
pronto, dentro y des¬pués, al lado de las representaciones de la religión, de
ma¬nera que la contradicción aún no se había hecho consciente. Pero el pensar posterior,
al fortalecerse y afirmarse en sí mismo, se declara contra la forma de la
religión, no recono¬cerá en ella al concepto verdadero, y se busca solamente.
En el mundo griego esta lucha contra la forma religiosa de representación tuvo
lugar ya en una época muy temprana. Vemos ya que Jenófanes ataca de la manera
más violenta las representaciones de la religión popular gr iega; y más tarde
vemos hacerse más rigurosa esta contradicción (oposi¬ción), al aparecer los
filósofos que niegan expresamente los dioses y, además, lo divino en la
religión popular. Sócrates fue acusado de haber introducido nuevos dioses.
Verdadera¬mente su daimónion y, en general, el principio de su sis¬tema, era
opuesto a la forma de representación religiosa y moral de los griegos; pero,
sin embargo, ha seguido la cos¬tumbre general de la religión popular, y
nosotros sabemos
que al morir mandó
sacrificar un gallo a Esculapio. Sola¬mente mucho más tarde reconocieron los
neoplatónicos en la religión popular un contenido universal, ya expresamente
combatido, ya dejado de lado por los filósofos. Nosotros vemos no sólo que
ellos han traducido las representaciones mitológicas a la significación del
pensamiento, sino también que las han usado como un lenguaje figurado de su
sistema.
El curso de esta
oposición, tal como se produce en la historia, es, por consiguiente, que el
pensar se destaca en primer lugar dentro de la religión, permanece en este
contenido sustancial; por tanto, no es libre por sí. En segundo lugar, sucede
que se fortalece, que se comprende como basándose en sí, como apoyándose en sí
mismo y - no reconociéndose en la otra forma, en la religiosa- se vuelve
hos¬tilmente contra ella. En tercer lugar, sucede que el pensar se co¬noce
también en ésta, que llega, además, a concebir este otro como un momento de sí
mismo. Así vemos, al comienzo de la cultura griega, a la filosofía: primero
encajada dentro del círculo de la reli¬gión popular; después irrumpir fuera de
ese círculo y adoptar una actitud hostil hacia la religión popular, hasta que
comprende lo inte¬rior de ésta y se conoce en ésta. Por contraste, aparecen
muchos ateos. Sócrates fue acusado de venerar otros dioses que los de la
re¬ligión popular. Platón declamó contra la mitología de los poetas, y quería
que fueran desterrados de la educación, en su República, las narraciones
teogónicas de Homero y de Hesíodo. Sólo mucho más tarde, en los neoplatónicos,
fue aceptada de nuevo la religión popu¬lar y se reconoció lo universal, la
verdadera significación intelectual en ella.
Muy semejante es el
curso de esta contradicción en la reli¬gión cristiana. Primeramente, el pensar
no es independiente, no es libre, permanece en conexión con la forma de la
reli¬gión. Así sucede en los Padres de la Iglesia. De ahí desarro¬lla el pensar
los elementos de la doctrina cristiana. (Por con¬siguiente, sólo llegó a ser
ésta un sistema por el trabajo racionalizante [filosofizante] de los Padres de
la Iglesia. Este perfeccionamiento de la fe [doctrina] eclesiástica se puso de
relieve especialmente en la época de Lutero. Entonces, y después con más
frecuencia en la época moderna, se quiso reducir la religión cristiana a su
primera forma. Sin duda, esto tiene buen sentido al recordar lo verdadero, lo
original de la doctrina cristiana, y esto era especialmente necesario en la
época de la Reforma; pero trae también consigo el equívoco pensamiento de que
los elementos no deben ha¬berse desarrollado.) Consecuentemente el pensamiento
ha
perfeccionado la
doctrina cristiana y la ha desarrollado en un sistema; después que se ha
afirmado la doctrina, se ha convertido para el pensar en un supuesto absoluto.
Por ello, lo primero es el desarrollo de la doctrina, lo segundo es la
afirmación de la misma. Sólo después de esto ha surgido la contradicción entre
el creer y el pensar, entre la certeza in-mediata de la doctrina y la
pretendida razón. El pensar se ha puesto en sí; la joven águila de la razón
pronto ha alzado el vuelo por sí misma hacia el sol de la verdad, y ha
comba¬tido contra la religión. Pero después hace justicia al conte¬nido
religioso en tanto que el pensar se convierte en con¬cepto concreto del
espíritu, y aparece polemizando con el entendimiento abstracto.
Del mismo modo vemos
en la religión cristiana, en sus comienzos, al pensar moverse dentro de la
religión, ponerla por fundamento, tomarle por supuesto absoluto. Más tarde
-después de que las alas han fortalecido al pensamiento-, elevarse por sí mismo
como una joven águila hacia el sol, pero -como animal de presa- ataca
hostil¬mente a la religión, surge la oposición de fe y razón. Por último,
sucede que el concepto especulativo no puede hacer justicia a la fe y acaba con
la paz de la religión. Además, el concepto debe ha¬berse comprendido a sí
mismo, haber comprendido su naturaleza concreta, haberse abierto paso a través
de la espiritualidad con¬creta.
Por consiguiente, de
este modo la religión tiene un conte¬nido común con la filosofía, y solamente
por la forma se di-ferencia la religión de la filosofía; y se trata para la
filosofía solamente de que la forma del concepto sea perfeccionada hasta el extremo
de poder concebir el contenido de la reli¬gión. Este contenido es
preferentemente lo que se ha lla¬mado los misterios de la religión; esto es, lo
especulativo en la religión. Por lo pronto, se debe comprender por ello algo
misterioso, enigmático, lo que debe permanecer secreto, lo que no debe ser
manifestado. Indudablemente, los misterios son por su naturaleza, es decir,
justamente como contenido especulativo, algo inexplicable para el entedimiento;
pero no para la razón. Son precisamente lo racional en sentido espe-culativo;
es decir, en el sentido del concepto concreto. La fi-losofía se ha opuesto al
racionalismo, especialmente en la teología moderna. Esta tiene siempre la razón
en la boca; pero es solamente al árido entendimiento abstracto al que se refiere.
De la razón no hay nada que conocer más que el
momento del
autopensar (del pensar sobre sí); pero éste es el pensar enteramente abstracto.
Este racionalismo es opuesto a la filosofía por el contenido y por la forma.
Por el contenido: ha vaciado al cielo -ha convertido lo divino en un caput
mortuum- y ha rebajado todo lo demás a simples finitudes (simples cosas
finitas) en el espacio y en el tiempo. Y también por la forma, esa especie de
racionalismo, se opone a la filosofía; porque la forma del racionalismo es el
razonar, el razonar no libre, dependiente, y se declara con¬tra la filosofía
especialmente, para poder continuar así razo¬nando eternamente. Esto no es
ningún filosofar, ninguna comprensión conceptual. El supernaturalismo en la
religión se opone al racionalismo; y este supernaturalismo, por el contenido,
está de acuerdo con la filosofía; es idéntico, pero por la forma es distinto,
porque el supernaturalismo se ha desespiritualizado enteramente, se ha
fosilizado y ha acep-tado simplemente la autoridad positiva para la certeza de
la fe y para la justificación. Los escolásticos, por el contrario, no eran
tales supernaturalistas; ellos habían comprendido in-telectualmente los dogmas
de la Iglesia.
La filosofía, como
pensar conceptual de este contenido, tiene, frente al mero representar de la
religión, la ventaja de que comprende ambas esferas; pues ella comprende a la
re-ligión y le hace justicia; ella comprende también al raciona-lismo y al
supernaturalismo; y se comprende también a sí misma. Pero lo contrario no puede
suceder; la religión como tal, en tanto que se mantiene en el punto de vista de
la re-presentación, se conoce solamente a través de la representa-ción, y no
por la filosofía, es decir, por medio de conceptos, a través de las
determinaciones universales del pensar. Fre-cuentemente no se hace injusticia a
alguna filosofía si se le reprocha su oposición a la religión; pero
frecuentemente también se ha sido injusto con ella, principalmente después,
cuando se le ha reprochado esto desde el punto de vista reli-gioso; justamente
porque la religión no comprende a la filo-sofía.
Así, pues, la
filosofía no se opone a la religión; comprende conceptualmente a ésta. Pero
para la idea absoluta, para el espíritu absoluto, debe existir la forma de la
religión; por¬que la religión es la forma de la conciencia de lo verdadero,
en cuanto que lo es
para todos los hombres. La formación de la misma es: 1) la percepción sensible;
2) la intromisión de la forma de lo universal en la percepción sensible, es
de¬cir la reflexión, el pensar, pero el pensar abstracto que aún retiene en sí
mucha exterioridad. Después el hombre pasa a la formación (educación) concreta
de los pensamientos, re-flexiona sobre lo verdadero, deviene consciente de ello
en su verdadera forma. Pero esto especulativo que se adelanta en la instrucción
(formación) no es la forma del pensar ex-ternamente universal, común a todos
los hombres. Por tal razón, la conciencia de lo verdadero en sí debe tener la
forma de la religión.
La filosofía de la
época moderna está ya unificada en sí con la reli¬gión, porque esta filosofía
ha surgido dentro del mundo cristiano. El espíritu es uno; si ahora se hace
consciente en la forma de la re¬presentación o en la forma del pensar, él no
puede tener dos conte¬nidos. Y cuando el espíritu solamente se comprende
conceptual¬mente en la filosofía, entonces comprende también la forma de la
religión, que hasta entonces le era extraña respecto de su forma propia. Pero
la forma particular de la religión es necesaria; porque la religión es la forma
de la verdad para todos los hombres. La reli¬gión capta la esencia del espíritu
en la forma de la conciencia repre¬sentadora que se detiene en la mera
apariencia. Esta forma con¬tiene todo lo mítico y lo histórico, todo lo que
adicionamos a lo positivo de una religión; es la forma la que pertenece a la
inteligibi¬lidad. Un momento de la religión era el testimonio del espíritu, el
otro como este algo sustancial se convierte en objeto de la concien¬cia. La
esencia contenida en el testimonio del espíritu llega a ser objeto para la
conciencia, solamente si aparece en forma inteligible. Para la conciencia
representadora es comprensible (inteli gible) sola-mente la forma de la
representación -la existencia sensible actual y el pensar inteligible-; han
sido necesarias tales relaciones con las cuales se está ya, por otra parte,
familiarizado a través de la vida, de la experiencia.
Esta es la
justificación general de esta forma. [d. AUTORIDAD Y LIBERTAD]
Lo que es producido
por la forma del pensamiento libre y no por la autoridad, pertenece a la
filosofía. En este principio -forma del pensamiento, reproducción del
pensamiento- persiste la filosofía a diferencia o en oposición con la religión.
Por consiguiente, lo que diferencia a la filosofía de la religión es que
aquélla da simplemente
su adhesión a lo que
el pensamiento ha hecho surgir en la concien¬cia de sí mismo. Cuando la
conciencia ha progresado a fin de cono¬cer su esencia (Selbst) más interna como
inteligente, sucede que la razón dará esencialmente su adhesión a todo lo que
ella debe reco¬nocer como verdadero, que ella no renunciará a eso frente a
cual¬quier autoridad, sea la que fuere. Frecuentemente, en esto no se hace
justicia a la razón. Pero hoy en día ya no se puede denigrar más a la filosofía
por esto: porque la religión, al menos nuestra igle¬sia protestante, reivindica
a la razón para sí al decir que la religión tiene que resultar de la propia
convicción; en consecuencia, no se basa en la mera autoridad. Pero
recientemente se afirmó, a la vez, que la religión existe solamente en la forma
del sentimiento reli-gioso, que existe solamente como sentimiento auténtica y
verdade¬ramente. Pero si es negada toda penetración a los conceptos de
con¬tenido religioso, entonces se ha negado también toda la teología; porque la
teología, como ciencia, debe ser saber de Dios y de la re¬lación del hombre con
Dios, que es determinada por la naturaleza de Dios. Si no, sería un mero
conocimiento histórico. Sin duda se ha llamado a aquel sentimiento también la
fuente de la ciencia, la fuente de la razón; pero no es saber. Para que el
sentimiento sea verdadero, tiene que encontrarse la razón en él*; ciertamente,
tiene este sentimiento que haber resultado mismamente de la convicción y del
conocimiento.
El derecho del
pensamiento libre contra la autoridad en general se acerca aquí, por eso, más
directamente a la reflexión, porque la re¬ligión, que tiene de común con la
filosofía el contenido, se distingue de ésta por la forma, en tanto que la
religión, basándose en la auto¬ridad como tal, es, por consiguiente, positiva.
Pero, por otra parte, la religión exige incluso que el hombre adore a Dios en
espíritu, es decir, que el hombre mismo esté, además, en aquello que él tiene
por verdadero. Este principio es ahora reconocido por todos; y hasta aquí este
principio de la propia convicción, de la intuición in¬terior, etc., es lo común
entre la filosofía y la restante formación cultural de nuestra época, incluso
la religión. Pero hay que conside¬rar qué clase de autoridad nos interesa
especialmente. Al lado de cualquier supuesto existe la autoridad. Pero donde el
pensar hu¬mano es desterrado de la religión, o donde la autoridad de la
reli-gión se ha mantenido de una manera mundana, allí no hay ningún interés para
la razón pensante.
La religión en
general, que, además, se apoya en fundamentos posi¬tivos, y, sobre todo, la
religión cristiana posee esencialmente esta propiedad: que el espíritu del
hombre tiene que existir, además, para tener algo por verdadero. O, de otra
manera, la verdad de la
* Véase Schiller.
Exvoto. XXXIV.
religión exige
esencialmente el testimonio del espíritu. Este es ex-presamente el caso en la
religión cristiana. Cristo reprendió a los fa-riseos, que exigían la
confirmación de la certeza de su doctrina por medio de signos y de milagros*.
El dijo expresamente que no es lo externo, la materia, quien fundamenta la
verdad, sino el espíritu; la admisión de la doctrina todavía no es lo
verdadero, sino que el tes-timonio del espíritu es el fundamento esencial. El
testimonio del es¬píritu contiene entonces también la determinación general de
la li¬bertad del espíritu, de aquello que él tiene por verdadero. Por
consiguiente, este testimonio del espíritu es lo fundamental.
La fe, la convicción,
son mediadas en cada hombre por la enseñanza, por la instrucción, por la
formación alcanzada, después por la admi¬sión de lo que constituye las
representaciones de una época, los axiomas, las convicciones de un tiempo. En
esta enseñanza hay un lado esencial: que ella se dirige al corazón de los
hombres, a sus sen¬timientos, pero también, además, a su conciencia, a su
espíritu, a su entendimiento y a su razón, que la enseñanza se ha convencido de
todo esto por sí misma. La fe en la verdad, en la convicción de la verdad, debe
ser la propia convicción, el conocimiento propio. Por consiguiente, así no
parece existir ninguna autoridad. Pero también consiste en esto muy
esencialmente la autoridad; pues también aquello que procede de nuestra propia
revelación interior es una manera de autoridad. Se encuentra en la conciencia,
es un hecho de la con¬ciencia. Nosotros sabemos (algo) acerca del ser de Dios;
también este saber existe de una manera tan inmediata en nosotros, que se
convierte en autoridad, en una autoridad interior de la conciencia. En tanto
que nosotros, encontramos algo en nosotros, estamos con¬vencidos, al mismo
tiempo, de que es también justo, verdadero y bueno. Pero la experiencia
superficial nos muestra que tenemos en nosotros una cantidad muy grande de
tales representaciones inme¬diatas pero de las que tenemos que admitir después
que pueden ser erróneas. Si nosotros admitimos de una manera tan inmediata como
autoridad estas representaciones internas, estos sentimientos, en¬tonces puede
suceder que el contenido justamente opuesto surja para nosotros de una forma
directa. Si nosotros admitimos este principio, entonces se ha justificado
también, además, el contenido opuesto. Según nuestro sentimiento, nosotros
podemos muy fácilmente conde¬nar algo bueno como malo, falso o injusto. Por
otra parte, creen los malos que aquello que ellos hacen ha nacido con ellos, ha
sido una revelación interior. De esta manera, tiene también todo crimen este
principio. Por tanto, siempre al lado del conocimiento, de la convic¬ción de lo
que es tenido por verdadero, persiste todavía la forma de autoridad . «Del
corazón surgen amargos pensamientos», dice la Sa
* San Juan, IV, 48.
grada Escritura*. Por
eso no puede ser aceptado (admitido) esto como verdadero.
Del mismo modo puede
existir en la forma más reflexiva de la inte-lección, en los pensamientos de
los individuos que son considerados como viniendo tan inmediatamente de lo
interior, sino que son pro-ducciones del autopensar, también en esta forma de
la intelección puede, por consiguiente, existir aún la autoridad a través del
supuesto de algún punto firme o, al menos, aludir a la forma de auto¬ridad, en
tanto que nosotros aceptamos estas últimas opiniones como verdaderas. Este es,
ordinariamente, el caso al que nosotros denomi-namos representación,
convicción, o cultura de una época en su tota-lidad. Se toma por base esta
representación; y según ésta, y desde ésta, se determina todo en nosotros.
Poseemos en una época una re-presentación determinada, por ejemplo, de Dios,
del Estado, etc. En todas estas intuiciones puede suceder que una aceptación
(suposi¬ción) infundada sea la base de todas las siguientes. Sin duda, los
hombres dicen que ellos habían pensado, y al autopensar puede ha¬ber tenido
efecto, pero este autopensar tiene unos límites determi¬nados. Pues fuera de
que el espíritu de una época ha sido uno y el mismo, y que el individuo no
puede salir de él, se encuentra que este pensar descansa en supuestos que
nosotros reconocemos frecuente¬mente como falsos. Que ahora la filosofía esté
libre de toda autori¬dad, que haga prevalecer su principio del pensamiento
libre, para ello conviene que la filosofía haya logrado alcanzar el concepto
del pensamiento libre, que arranque de pensamientos libres, que éste sea el
principio. El propio pensar, la propia convicción, por consiguiente, no hace
aún que se esté libre de autoridad.
Este pensamiento
libre en su evolución es considerado en la historia de la filosofía. Aquí entra
en contradicción con la autoridad de la re¬ligión, de la religión popular, de
la Iglesia, etc.; y la historia de la filosofía representa, de esta manera, por
un lado, la lucha del pensa¬miento libre con esta autoridad. Pero que filosofía
y autoridad estén en lucha, no puede ser esto lo último, el más elevado punto
de vista; sino que la filosofía debe finalmente hacer posible la reconciliación
de estas contradicciones, tiene que producir esta reconciliación, esto tiene
que ser su objetivo absoluto; pero de manera que ella, la razón pensante,
encuentre satisfacción además. Toda reconciliación debe partir de ella.
Pero ahora existe una
falsa paz; se puede representar la paz entre la filosofía y la religión de
manera que ambas recorran su camino aparte, que se muevan en esferas separadas.
De esta manera se ha exigido que la filosofía recorra su camino por sí, sin entrar
en discu
* Mateo, XV, 19.
sión con la religión,
y se sostiene que es algo hecho sin intención, in-cierto cuando la filosofía
perjudica a la religión. Esta opinión ha sido frecuentemente formulada, pero es
para nosotros una falsa afirma¬ción; porque la necesidad de la filosofía y de
la religión es una y la misma: desentrañar lo que es verdadero. La filosofía es
aquí un pen¬sar; el espíritu pensante es lo más puro, lo más simple, lo más
inte¬rior. Solamente puede haber una intimidad, la satisfacción de esta
in¬timidad por sí misma también puede ser, en consecuencia, solamente una. La
filosofía ni de paso puede admitir aún la satisfacción reli¬giosa. Cada uno
puede satisfacerse hasta cierto grado en sí mismo. Pero una satisfacción que le
fuera opuesta, no puede la razón admi¬tirla.
Una segunda
exigencia, un medio para la paz, fue después éste: que la razón se someta a la
fe, ya sea a la autoridad exterior, ya sea a la autoridad interior. Ha habido
un período en la filosofía en que se ha simulado esta sumisión, pero de manera
que era ostensible que esto era una falsa ilusión: esto sucedió en los siglos
XVI y XVII. Fueron formulados aforismos filosóficos (filosofemas) contra la
religión cris-tiana, principalmente desde fundamentos racionales, pero se
añadía que la razón se sometía a la fe (véase Bayle, El diccionario filosófico,
por ejemplo, el artículo sobre los maniqueos). Vanini fue desterrado a causa de
tales aforismos filosóficos, aunque aseguraba que no cons¬tituían su verdadera
convicción. Cuando la Iglesia católica lo con¬denó a la hoguera, ella misma ha
mostrado que es imposible para el pensamiento, si es pensamiento vivo,
renunciar a la libertad. Por consiguiente, esta sumisión es algo imposible.
Además de esto se ha
querido establecer una tercera posición al dar a la filosofía el puesto de una
teología natural. Se dice: la razón indu-dablemente conoce esto y aquello; pero
la religión revelada posee, además de las teorías de la razón, aún otras doctrinas,
es decir, aque¬llas que están sobre el conocimiento racional de manera que no
nece¬sitan entrar en contradicción con este conocimiento racional. En ver¬dad,
esta relación coincide enteramente con la precedente, porque la razón no puede
sufrir ninguna otra cosa a su lado, y aún mucho menos por encima de sí misma.
Una forma posterior
de reconciliación es ésta: que la religión renun¬cie a lo positivo por sí
misma. Esto positivo concierne, por una parte, solamente a la forma, a lo
histórico, a lo mítico, etc. Renuncia a todo esto al transportarlo a la forma
del pensamiento. Pero esta forma es solamente razonamiento, pensar abstracto,
entendimiento abstracto. La religión puede permanecer (perseverar) mejor, por
otra parte, en su terquedad contra el pensar filosófico. Solamente cuando ella
dice: «Las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella»*, entonces
* Mateo, XVI, 18.
son las puertas de la
razón aún más fuertes. Pero, por otro lado, la religión positiva puede
renunciar a su contenido; y esto ha sucedido, especialmente en la época
moderna, frecuentemente con respecto al punto de vista positivo y en grandes
proporciones.
En el último punto de
vista existe la religión en mí como aptitud, como sentimiento; y se afirma que
la religión debe basarse solamente en los sentimientos, e, indudablemente, no
sólo porque el pensar, el conocer, perjudiquen a la fe; sino que aquella afirmación
debe ser mismamente resultado del conocer, de la intelección. La religión
rei¬vindica el sentimiento simplemente porque no hay nada que saber, nada que
conocer. Contra esta forma del sentimiento se pone el pen¬sar, el comprender
concep tual. Si solamente se quiere percibir vaga¬mente, sentir, entonces la
razón no puede estar satisfecha. Pero el sentimiento que se sabe, el
pensamiento, no puede rechazar al senti¬miento; el pensar no está en
contradicción con el sentimiento. (Las próximas consideraciones del contraste
del conocer y del no conocer, del no saber se presentan en la historia de la
filosofía misma).
Este es el último
punto de vista que ha alcanzado en el día de hoy en Alemania una gran
importancia aparente. El entendimiento ilustrado (se refiere al pensamiento de
la época de la Ilustración), el entendi¬miento abstracto pide solamente lo
abstracto. Este entendimiento sabe acerca de Dios solamente que El existe y que
tiene una repre¬sentación indeterminada de Dios. Esto es, sin contenido. Cuando
la teología se fundamenta sólo en el entendimiento abstracto, entonces ella
tiene tan poco contenido como es posible, ha hecho del dogma un simple camino,
ha sido reducido al mínimum. Pero la religión, que debe dar satisfacción al
espíritu, tiene que ser esencialmente con¬creta en sí, tiene que ser algo
sustancial. Tiene que tener por conte¬nido lo que se ha revelado por Dios en la
religión cristiana; es decir, la religión tiene que ser dogmática. La dogmática
cristiana es el con¬junto de doctrinas que representan lo característico de la
religión cristiana, que manifiestan la revelación de Dios, el saber acerca de lo
que Dios es. Al contrario, se ha portado el llamado sano entendi¬miento humano,
ha mostrado las contradicciones en esta dogmática con ayuda del entendimiento
abstracto y ha reducido el contenido de las mismas a un mínimo, igualmente ha
vaciado el contenido. Esta teología vacía se ha denominado teología racional.
Pero ella ha sido solamente exégesis, es decir, reflexiones sobre un cierto
objeto, razo¬namiento, no el concepto de la cosa, puesto que se ha pasado,
libre¬mente, de las representaciones presentes a determinaciones poste¬riores.
A esta pretendida teología ilustrada se opone el concepto racional, en tanto
que el concepto representa el contenido concreto desde sí y lo justifica en sí,
lo sabe, como pensado, depurado, dife¬renciado de las formas sensibles y de los
modos de representación. Por consiguiente, la razón concreta pensante es
opuesta al entendí-
miento abstracto.
Pero mientras el pensamiento se ha comprendido tan profundamente que es
privativo de él desarrollarse desde sí mismo, comprenderse concretamente, así
es también posible que sea alcanzado el fin absoluto, la reconciliación de la
religión y de la filo¬sofía, de la verdad en la forma de la representación
religiosa con la verdad en la forma en que es desarrollada por la razón.
Esta es la relación
de ambas (filosofía y religión) que se ha desarro¬llado a través de los
contrastes en la historia de la filosofía. Ambas formas tienen que fundamentar
una y la misma verdad .
Por lo que respecta a
la conexión de la filosofía con el arte, éste se sitúa, por su elevación y por
su verdadera determinación, al lado de la religión. El arte tiene que expresar
externamente lo que se halla internamente contenido en la religión.
Ahora se trata
también aún de la conexión de la filosofía con el Es¬tado. También el Estado
está en la más íntima relación con la reli¬gión. En la historia de la filosofía
tenemos que mencionar, entre otras determinadas circunstancias, la historia
política; sin embargo, esto corresponde más bien a la relación externa. Pero
religión y Es - tado se relacionan también esencialmente, necesariamente. La
cons¬titución del Estado se fundamenta en un principio determinado de la
conciencia de sí del espíritu, en la manera como el espíritu se conoce en
relación con la libertad. En el Estado hay que distinguir la liber¬tad del
libre albedrío. La esencia del Estado es que es la voluntad racional en sí y
por sí, lo universal en sí y por sí, que esto universal, sustancial de la
voluntad, es real. Las leyes son la expresión de lo que respecto a la voluntad
es racional. Depende de la conciencia que un pueblo tiene de su libertad; y
esto está en relación nuevamente con la representación que la nación, el
pueblo, tenga de Dios (la verdad universal es que existe un Dios; la
representación de la libertad pa¬rece tener en sí esta representación).
Ahora, al estar la
constitución del Estado en relación con la religión, entonces también está la
filosofía en relación con el Estado a través de la religión. La filosofía
griega no podía haber surgido en Oriente. Los orientales son los pueblos en los
que indudablemente surgió la libertad; pero el principio de la libertad aún no
era en Oriente al mismo tiempo el principio del derecho. Tampoco hubiera podido
ori¬ginarse la filosofía moderna en Grecia o en Roma. La filosofía ger¬mánica
(en realidad se refiere a la filosofía surgida después de las in¬vasiones
bárbaras) ha surgido en el cristianismo; tiene por base el principio cristiano
en común con la religión. Por consiguiente, esta relación es importante.
Pero luego la
filosofía tiene aún también una determinada relación con el Estado y con la
relación externa, histórica, entre el Estado y la
religión. La religión
es el pensar de lo divino. La esfera de la religión está separada de la esfera
del Estado. El último puede ser conside¬rado en contraposición con la religión,
como la esfera de lo mundano y así en cierto modo como algo no divino, no sano.
Pero lo racional, el derecho, el derecho racional, se refiere a la verdad y,
por consi¬guiente, debe referirse a la verdad religiosa, ciertamente tiene que
estar exactamente de acuerdo con lo que la verdad es en filosofía y en
religión. Religión y Estado, el imperio espiritual y el imperio tem¬poral,
tienen que estar en armonía uno con otro.
Esta mediación puede
realizarse de muchas maneras, por ejemplo, en la forma de teocracia, como
nosotros la encontramos especial¬mente en los pueblos del Oriente. Allí la
libertad, como libertad sub¬jetiva, como libertad moral, se ha perdido
enteramente al mismo tiempo con el derecho, con la voluntad. Otra relación
fundamental es, además, que la religión y su esfera se han puesto por sí, que
la religión ha despreciado la libertad mundana y se ha portado de una manera
negativa frente a la esfera de la libertad, como en la iglesia catolicorromana
lo religioso, en cuanto condición espiritual, está en¬teramente separado de lo
laico, y como también los patricios ro¬manos habían estado en posesión de los
sacrorum con exclusión de los plebeyos. En la teocracia, el reino temporal es
considerado como algo infiel, como algo no santo, como algo no coincidente con
lo reli¬gioso, de manera que lo que nosotros denominamos derecho, morali¬dad,
costumbre, carece entonces de valor. Sólo la ley temporal, el or¬den temporal pueden
ser, al mismo tiempo, también enteramente algo divino. Pero cuando aquel
aspecto religioso se sostiene por sí y mira a la verdad como algo que no puede
ser inmanente a la esfera de la libertad humana, entonces es ésta una posición
negativa frente a la libertad humana misma. La filosofía es un pensar
inmanente, ac¬tual, presente; contiene la actualidad de la libertad. Pero lo
que es pensado, conocido, pertenece a la libertad humana. Al existir así en la
filosofía el principio de la libertad, está al lado de lo mundano. La filosofía
tiene lo terrenal por contenido; por eso se la denomina sabi-duría del mundo,
filosofía (Federico Schlegel y los que le repiten han utilizado de nuevo este
nombre como un mote). Indudablemente, la filosofía exige que lo divino esté
presente en lo mundano (profano); que lo moral, lo jurídico, tiene o debe tener
su actualidad en la reali¬dad de la libertad. La filosofía no puede hacer
desaparecer lo divino en el sentimiento, en la nebulosidad inferior del
recogimiento. Tanto tiempo los mandamientos, la voluntad de Dios existieron en
el senti¬miento humano, que ellos están contenidos también en la voluntad
humana, en la voluntad racional del hombre. La filosofía conoce lo divino, pero
ella conoce también cómo se ha aplicado, realizado esto divino en el aspecto
mundano. En efecto, de esta manera la filosofía es también sabiduría del mundo
(filosofía), y en eso aparece al lado del Estado contra las pretensiones del
dominio religioso del mundo.
Pero, del mismo modo,
se opone a la arbitrariedad y a la casualidad del dominio temporal.
Esta es la posición
de la filosofía en la historia, según este aspecto. Ella transporta lo divino a
la esfera del pensar y del querer humano; es decir, trae lo sustancial de la
constitución del Estado a la concien¬cia, de una manera especial recientemente,
puesto que el Estado debe estar fundamentado en el pensamiento.
Ahora hemos
desplegado la diferencia de la filosofía y de la religión. Pero, respecto de lo
que nosotros queremos tratar en la historia de la filosofía, queda algo que
notar además, lo que está en relación con lo dicho antes y que parcialmente se
sigue de ello.
Nosotros partimos de
que la religión es afín a la filosofía con respecto al objeto, y que solamente
se distingue de ella por la forma. Por tanto, surge ahora la cuestión: ¿cómo
tenemos que comportarnos en la historia de la filosofía con tal afinidad?
b) [LOS CONTENIDOS
RELIGIOSOS QUE HAN DE
SEPARARSE DE LA
FILOSOFÍA]
La primera
observación pertenece a lo mitológico en general.
Lo primero que nos
encontramos aquí, es la mitología; una consideración más profunda de ella
parece que tiene que ser realizada en la historia de la filosofía.
[a. LO MITOLÓGICO EN
GENERAL]
Se dice que la
mitología contiene filosofemas; y puesto que en las representaciones religiosas
en general existen filoso¬femas, se dice que la filosofía se tiene que ocupar
también de ellos.
1. Conocida es, a
este respecto, la obra de mi amigo Creu¬zer, que trató de una manera
principalmente filosófica las re-presentaciones, narraciones y costumbres de
los pueblos anti-guos, y demostró lo racional en ellas* . Este modo de
* Friedrich Creuzer,
Simbolismo y mitología de los pueblos antiguos, especial-mente entre los
griegos. Segunda edición, completamente mejorada; Heidel-berg, 1819-1821, 4
tomos.
proceder es ahora
atacado por otros como un comporta-miento irracional, ahistórico. Por el
contrario, se objeta que sea ahistórico que tales filosofemas se encuentren
allí. A lo mitológico pertenecen también los misterios de los antiguos en los
que se exponen, quizá, aún más filosofemas que en la mitología. Aquella
objeción se ha eliminado ya por lo dicho antes. Que en la mitología y en los
misterios de los antiguos estén contenidos realmente tales pensamientos es
bastante se¬guro; pues las religiones, y con ellas lo mitológico de las mismas,
son productos del hombre en los que la humanidad ha ido depositando sus
cualidades más elevadas y más pro-fundas, la conciencia de aquello que es lo
verdadero. De ahí se sigue que, indudablemente, la razón, las opiniones
gene-rales, las determinaciones, por consiguiente, también los filo-sofemas,
están contenidos en las formas de la mitología. Cuando ahora se culpa a un
Creuzer de haber introducido estos pensamientos allí donde no estaban, que él
alegoriza, entonces hay que notar que, indudablemente, es una forma de
consideración de Creuzer y también de los neoplatónicos buscar filosofemas en
lo mitológico; sin embargo, con eso tampoco puede haberse dicho que ellos
solamente hayan in-troducido allí esas ideas; ellas existen realmente allí. Por
tanto, esta forma de consideración es racional y hay que ha-cerla absoluta. Las
religiones y las mitologías de los pueblos son productos de la razón que se
hace consciente. Aunque parezcan todavía tan insuficientes, tan pueriles, sin
embargo contienen un momento de la razón; el instinto de la racionali-dad las
fundamenta. El modo de proceder de Creuzer y de los neoplatónicos se ha de
reconocer como verdadero en sí, como esencial.
Pero al ser lo
mitológico la representación sensible, casual, del concepto, entonces queda lo
que es pensado de ello, lo que es arrancado de ello, ligado siempre con su
forma exte¬rior. Pero lo sensible no es el verdadero elemento en que el
pensamiento o el concepto pueden ser representados. Por eso esta representación
contiene siempre una inconveniencia para el concepto. La forma sensible tiene
que ser descrita según los diversos aspectos, por ejemplo, por el lado
histórico, por el natural y por el lado artístico. Esa forma posee demasiados
aspectos accesorios por los que no corresponde precisamente al concepto, sino
que más bien está en contradicción con él que con lo interior. Y, sin embargo,
los neoplatónicos, bajo
esta forma sensible
de la mitología, han reconocido su filoso-fía y la han usado como forma para
expresar sus conceptos. Naturalmente, hay que suponer que, al lado de la
explicación de aquellas formas, aunque ellas estén ligadas a un concepto
interior, se encuentran muchos errores, especialmente cuando se va a lo
particular, a la multitud de usos, de actos, de instrumentos, vestidos,
sacrificios en el servicio de Dios, etc. Puede haber algo análogo al
pensamiento allí, una refe¬rencia a él; pero esto muestra precisamente que se
han ale¬jado una de otra la forma y la significación de la misma, y que pueden
interponerse, mezclarse muchas casualidades y arbitrariedades. Sin embargo, lo
racional está allí; y esto tiene que examinarse. Pero hay que excluir esto de
nuestra consideración de la historia de la filosofía, pues no se trata en
filosofía de filosofemas, es decir, de modos generales de re-presentación de lo
verdadero, de pensamientos que están en-cerrados sólo en cualquier
representación, que yacen ocultos, no desarrollados todavía, sino de
pensamientos que han sur-gido hacia fuera, y solamente en tanto que ellos han
surgido al exterior; por ello, tanto que semejante contenido, que po¬see la
religión, ha aparecido en la forma del pensamiento, se ha destacado, ha llegado
a la conciencia. Y ésta es una dife¬rencia enorme. También en el niño existe la
razón; pero es simple aptitud. Pero en la historia de la filosofía nos interesa
solamente la razón en tanto que se ha exteriorizado en la forma de pensamiento.
En consecuencia, los filosofemas que están contenidos en la religión sólo
implicite no nos interesan.
La mitología es el
producto de la fantasía. Luego por un lado lo arbi-trario tiene aquí su
asiento; pero lo que no nos importa, lo que cons-tituye el hecho fundamental de
la mitología, es la obra de la razón fantaseadora; por consiguiente, de la
razón que transforma la esencia en objeto, pero que aún no posee ningún otro
órgano que el modo de representación sensible. Por ejemplo, en la mitología
griega son representados los dioses con figura humana. Al representar al
espí¬ritu se hace claro en una existencia sensible. En la religión cristiana
sucede esto con mucha frecuencia; el cristianismo es todavía más
an¬tropomórfico. Por tanto, la mitología se mueve en la esfera de la fan¬tasía;
pero su núcleo interior es racional. Se la puede estudiar con re¬ferencia al
arte; pero el espíritu pensante tiene que buscar el contenido sustancial, lo
universal en ella. De ahí se sigue que la mito¬logía, como la Naturaleza, tiene
que ser considerada igualmente de una manera filosófica. Esta forma de estudiar
la mitología es la de los neoplatónicos, y en la época contemporánea la de
Creuzer. Son mu-
chos los que exigen
que en mitología debe uno limitarse a la forma, y ocuparse de ella solamente
con referencia al arte y a lo histórico, y aquellos que condenan aquel modo de
investigación, porque, como ellos dicen, es ahistórico que existan en la mitología
estos o aquellos pensamientos filosóficos (filosofemas); siendo éstos solamente
intro-ducidos allí por los investigadores; que, además, los antiguos no ha¬bían
pensado esto. De una parte, esto es enteramente justo; porque los antiguos (los
primitivos) no tenían ante sí semejante contenido en el pensamiento consciente,
en la forma de filosofemas; esto es lo que quiere afirmar también Niemand. Pero
que tal contenido no estaba implicite allí es lo que es absurdo; es una
objeción del entendimiento exterior, abstracto. Pues la mitología es una obra
de la razón que to-davía no puede producir los pensamientos en otra forma que
en la sensible. Precisamente sólo a causa de esta forma tiene que ser ex¬cluida
la mitolo gía de la historia de la filosofía. Porque en ella no han de
interesarnos los pensamientos que existen o están contenidos sólo implicite;
sino que los pensamientos nos interesan aquí en tanto que han llegado a la
existencia en la forma de pensamiento. El arte no puede representar (expresar)
el espíritu detenido en su desarrollo normal; contiene siempre muchos aspectos
accesorios, externos; y esto hace difícil la explicación. La idea tiene
solamente al pensa¬miento como forma absolutamente digna, como su forma
verdadera. Por tanto, nosotros nos limitaremos a los pensamientos que existen
exteriormente en la forma de pensamientos.
2. En muchas
mitologías se encuentran también, indudablemente, determinaciones, las cuales,
excepto que son imágenes, poseen tam¬bién significación conceptual, o imágenes
que están muy cerca del pensamiento. En la religión de los persas es señalado
el tiempo ilimi-tado como el fundamento de todas las cosas. Ormuz y Ahrimán
son, pues, las primeras determinaciones, las primeras formas determi¬nadas, los
poderes universales. Ormuz es el señor del mundo de la luz, el principio del
bien; Ahrimán es el señor de las tinieblas, el principio del mal.
En muchas mitologías
son dadas, ciertamente, imágenes y su significación al mismo tiempo, o las
imágenes llevan la signifi-cación próxima a sí mismas. Los antiguos persas
honraban al sol o al fuego en general como la más elevada esencia. La causa
primera en la religión persa es el Zervane Akerene, el tiempo (la eternidad)
ilimitado. Esta simple e infinita esencia tiene dos principios, Ormuz
(Oromasdes) y Ahrimán (Arei-manios), los señores del Bien y del Mal*.
Plutarco** dice:
* Diógenes Laercio.
I, párrafo 8.
* De Iside et Ospirde
(t. II, p. 369, ed. Xyland).
«No hay una esencia
que sostenga y gobierne al todo, sino que el bien está mezclado con el mal; en
general, la Natura¬leza no produce nada puro y simple, no hay un dispensador
que, como un hotelero, de dos toneles mezcle y nos distri¬buya una bebida. Sino
que, a través de dos principios opuestos hostiles, de los cuales el uno se
dirige a la derecha y el otro se dirige al lado, opuesto, es movido de un modo
desi¬gual, si no todo el mundo, al menos esta tierra. Zoroastro ha representado
preferentemente esto de manera que un princi¬pio (Ormuz) sea la Luz, pero el
otro (Ahrimán) sea la oscuri¬dad; el medio entre ambos (mésos dè amfoin) es
Mithra, por eso los persas le llaman mediador (mesites).» Después Mithra es
también la sustancia, la esencia universal, el sol elevado a la totalidad. No
es el mediador entre Ormuz y Ahrimán como si él debiera restablecer la paz de
modo que ambos si¬guieran existiendo, sino que está al lado de Ormuz, lucha a
su lado contra el Mal. Mithra no participa del Bien y del Mal, no es una
funesta cosa intermedia.
Ahrimán es llamado a
veces el primogénito hijo de la luz, pero solamente Ormuz ha permanecido en la
luz. Con la creación del mundo visible, puso Ormuz sobre la tierra la firme
bóveda del cielo con su inconcebible riqueza de luz, la cual está rodeada por arriba
y por todas partes de la primera luz originaria. En el medio de la tierra está
el elevado monte Albordi, que se extiende hasta la luz primitiva (originaria).
El imperio de la luz de Ormuz se encuentra inalterable sobre la firme bóveda
del cielo y sobre el camino Albordi; también sobre la tierra hasta su tercera
edad. Ahora Ahrimán, cuyo reino de las tinieblas estaba antes reducido a la
parte inferior de la tierra, se ha introducido en el mundo corporal de Or¬muz y
comparte su dominio con éste. Ahora el espacio entre el cielo y la tierra está
repartido mitad en la luz y mitad en la sombra. Como antes Ormuz solamente
poseía el reino de los espíritus de luz, así Ahrimán solamente poseía el reino
de los espíritus de la oscuridad; pero ahora, en cuanto ha pene¬trado, Ahrimán
opone a la creación terrestre de la luz una creación terrestre de la oscuridad.
Desde ahora los dos mundos corpóreos están uno frente a otro, uno puro y bueno
y otro impuro y malo. Esta contradicción penetra toda la Na¬turaleza. Sobre el
Albordi ha creado Ormuz a Mithra como mediador para toda la tierra. El fin de
la creación del mundo
corpóreo no es otro
que reconducir a través de ella a los seres que habían abandonado a su creador,
hacerlos nuevamente buenos y, de este modo, el mal desaparecerá para la
eterni-dad. El mundo corpóreo es la escena y el campo de lucha en-tre el Bien y
el Mal; pero la lucha de la luz y de las tinieblas no es una oposición
absolutamente insoluble en sí, sino una oposición temporal; Ormuz, el principio
de la luz, vencerá.
Hago notar sobre esto
que en la consideración filosófica sola-mente este dualismo es muy singular.
Para él se hace necesa-rio el concepto; éste es en él inmediatamente lo
contrario de él mismo, es en lo otro la unidad de él consigo mismo. En tanto
que de los dos, verdaderamente, sólo el principio de la luz es el ser, puesto
que el principio de la oscuridad es lo ne¬gativo, entonces coincide el
principio de la luz con Mithra, que hace un momento fue mencionado como la más
elevada esencia. Si consideramos en estas representaciones los mo¬mentos que
tienen una relación más próxima con la filosofía, entonces nos interesará
solamente lo universal de estas repre-sentaciones: un ser simple cuya
contradicción aparece como contradicción del ser y de la cancelación (anulación)
del mismo. La contradicción ha perdido la apariencia de casuali-dad. Pero el
principio espiritual no es separado del principio físico, al ser determinados
el Bien y el Mal al mismo tiempo como luz y oscuridad. Por consiguiente, vemos
aquí un arran-car del pensamiento de la realidad y, al mismo tiempo, un no
arrancar, como se realiza en la religión de modo que lo suprasensible se haya
representado nuevamente en una forma sensible, no conceptual, dispersa; sino
que la dispersión total de lo sensible se ha concentrado en la simple
contradicción, el movimiento se ha representado igualmente de una manera
sencilla.
Estas determinaciones
son las que están ya más próximas al pensa-miento; no son simples imágenes.
Sólo que tampoco con tales deter-minaciones tiene nada que ver la filosofía;
porque tampoco en tales mitos es el pensamiento lo primero, sino que lo dominante
en ellos es la forma de lo figurativo. En las religiones de todos los pueblos
existe una fluctuación entre lo figurativo y el pensamiento como tal; pero una
mezcla semejante se halla aún fuera de la filosofía.
Igualmente, en la
cosmogonía del fenicio Sanchoniatón: «Los principios de las cosas eran un caos,
en el que los elementos estaban mezclados sin desarrollarse, y un espíritu del
aire.
Este tuvo cópula con
el caos y engendró con él una materia viscosa, Mot (hilyn), que encerraba en sí
las fuerzas vivientes y las semillas de los animales. A través de la mezcla de
Mot con la materia del caos y la fermentación originada de ella se separaron
los elementos. Las partículas de fuego se elevaron y formaron las estrellas.
Por el influjo del fuego en el aire fueron producidas las nubes. La tierra se
hizo fértil. De la mezcla, corrompida por Mot, de agua y tierra, se originaron
los animales defectuosos y sin sentidos. Estos produjeron otros animales de
nuevo, más perfectos y dotados de sentido. El estallido del trueno en la
tormenta fue el que hizo desper¬tar a la vida a los primeros animales que
dormían en sus en-volturas seminales.»
Entre los caldeos,
Beroso* dice que: «El dios originario es Belo, la diosa Omoroka (el mar), pero
al lado de éstos hay aún otros dioses. Belo dividió a Omoroka por la mitad,
para formar de las dos partes el cielo y la tierra. Después se cortó él mismo
la cabeza, y de las gotas de su sangre divina produjo el género humano. Después
de la creación del hombre, Belo ahuyentó las tinieblas, separó el cielo y la
tierra y formó el mundo en su figura natural. Ya que algunas regiones de la
tierra no le parecían bastante pobladas aún, Belo obligó a otro Dios a matarse,
y de la sangre de éste fueron engen-drados más hombres y otras especies de
animales. Los hom-bres vivían al principio salvajemente y sin cultura alguna,
hasta que un monstruo» (que Beroso llama Oannes) «los reu-nió en un Estado, les
enseñó las artes y las ciencias, y les ins-truyó en todas las cuestiones
humanas. El monstruo salía del mar con este fin, al nacer el sol, y a la puesta
del sol se ocul-taba de nuevo bajo las olas».
3. También se puede
creer que en los misterios se encierran muchos filosofemas; indudablemente
existen representa-ciones simbólicas en ellos que aluden a representaciones más
tardías, más elevadas. Pero están muy mezcladas con lo sensi¬ble. Verosímilmente
son restos de lo más antiguo de la reli
* Berosi Chaldaica.
Fragmentos por Josefo, Sincelo y Eusebio; Colección de Scalígero en el
suplemento a: de emendatione temporum, por completo en Fa
bricius Bibl. gr. T. XIV; p. 175-211 (p. 15-190). Beroso vivía en la
época de Alejandro; debe haber sido un sacerdote de Belo y haber sacado sus
datos de los archivos del templo de Babilonia.
gión natural que han
huido hacia la oscuridad. En primer lu-gar, está lo que en los misterios se ha
conservado, muy por debajo de lo que ha logrado la cultura de los pueblos. En
la religión cristiana los misterios contienen esencialmente lo es-peculativo.
Los neoplatónicos han denominado místico al concepto especulativo. Myeín,
myeísthai (iniciarse, ser iniciado), esto quiere decir ocuparse con la
filosofía especula-tiva. Por eso no hay nada desconocido en los misterios. Su
nombre no significa secreto, sino iniciación. Así eran iniciados en los
misterios eleusinos todos los atenienses (y esto se ha de hacer notar con
relación a la filología, donde también tiene valor aquella representación);
solamente Só¬crates constituye una excepción. La divulgación ante los ex¬traños
era lo único que estaba prohibido; hacer otra cosa sería un crimen*. Lo mismo
ocurre en la religión cristiana; sólo que aquí los dogmas se llaman misterios.
Son lo que se sabe acerca de la naturaleza de Dios y lo que es divulgado como
doctrina. Por consiguiente, no es nada desconocido, nada se¬creto, sino algo
revelado, conocido, lo que todos saben en la comunidad; y por este saber se
diferencian de los seguidores de otras religiones. Por tanto, tampoco misterio
quiere decir aquí secreto (oculto) (porque cada cristiano está en el se¬creto),
sino que es un nombre distinto para lo especulativo. Para los sentidos, para el
hombre sensible, sus apetitos y su entendimiento ordinario son indudablemente
algo secreto, porque el entendimiento encuentra, sobre todo en lo
especu¬lativo, solamente contradicciones; el entendimiento se man¬tiene en las
diferencias, no puede comprender lo concreto. Pero, al mismo tiempo, el
misterio, la idea, es también la re¬solución de las contradicciones. Por
consiguiente, los miste¬rios nos interesan aquí solamente en tanto que el
pensa¬miento se ha manifestado en ellos como pensamiento, en la forma del
pensamiento.
[b. EL FILOSOFAR
MÍTICO]
También se puede
pretender que los mitos son una especie y un modo del filosofar; y esto ha
ocurrido frecuentemente. Se ha hablado a propósito también míticamente, para,
como se
* Véase Schiller,
Exvoto, XL.
dice, despertar ideas
elevadas. Por ejemplo, Platón utiliza mucho los mitos; también Jacobi pertenece
a este grupo cuando filosofa en la forma de la religión cristiana y expresa, de
este modo, las cosas más especulativas. Pero esta forma no es la justa, la
conveniente, para la filosofía. El pensa¬miento que se tiene a sí mismo por
objeto, el objeto, tiene que existir también en su forma (de pensamiento);
tiene que haberse elevado sobre su forma natural; tiene que aparecer también en
la forma de pensamiento. Se piensa frecuente¬mente que los mitos de Platón son
mucho más excelentes que la forma abstracta de su expresión; y, sin duda, es
una her¬mosa exposición en Platón. Considerados más detenida¬mente, los mitos
de Platón han nacido en parte de la imposi¬bilidad de ofrecer a los hombres una
exposición pura de su pensamiento; en parte, Platón habla así solamente en los
preámbulos; pero cuando llega a las cuestiones fundamen¬tales se expresa de
otra manera. Aristóteles dice*: «Aquellos que filosofan de una manera mítica no
merecen que uno se ocupe seriamente de ellos». Esto es verdadero. Sin embargo,
debió tener, con seguridad, sus buenas razones cuando utilizó los mitos. Pero,
en general, no es lo mítico la forma en que el pensamiento se deja exponer,
sino solamente de una manera secundaria.
Precisamente como los
masones tienen sus símbolos, los cuales pasan por profunda sabiduría —profunda,
como se llama pro-fundo a un pozo porque no puede verse su fondo—, así
fácil-mente parece a los hombres profundo lo que está oculto; pero detrás sólo
se encuentra el vacío insondable. Cuando se lo ha ocultado, entonces es posible
que no haya nada detrás; así, en-tre los masones (frecuentemente también entre
los que no lo son) sucede que lo muy oculto no esconde nada detrás, no
te-niendo ninguna sabiduría especial, ni ninguna ciencia. El pensa
miento es más bien
esto: manifestarse; ésta es su naturaleza, esto es él mismo: aclararse.
Manifestarse no es, en cierto modo, el es¬tado que pueda darse o no darse, de
manera que el pensamiento siga siendo todavía pensamiento aun cuando no se
manifestara, sino que el manifestarse es mismamente su ser, su esencia.
* Aristóteles,
Metaph., III, 4: p cd/
Ha habido también
filósofos que se han servido de representaciones míticas para aproximar los
filosofemas a la fantasía. Sin duda la signi-ficación en general de los mitos
es el pensamiento, pero en los verda-deros mitos antiguos ya no existía el
pensamiento en su forma pura; por consiguiente, no se debe imaginar que ya se
ha poseído el pensa¬miento como tal y que se ha querido solamente ocultarlo.
Por tanto, no era apro ximada mente el mismo comportamiento que nosotros
po¬demos encontrar frecuentemente en la forma reflexiva de nuestra poesía. La
poesía primitiva no parte de la separación de la prosa del pensamiento, del
pensamiento abstracto, y de la poesía, es decir, de su expresión. Pero cuando
los filósofos utilizan los mitos, sucede, en la mayoría de los casos, que ellos
han tenido, en primer lugar, el pen¬samiento, y después han buscado la imagen,
en cierto modo, el ves¬tido para exponerlo. Así se sirve Platón de los mitos; y
es preferido y estimado principalmente a causa de eso; y se piensa que ha demos¬trado,
de esta manera, un genio más elevado; que se ha hecho más célebre que, de
ordinario, sucede a los filósofos. En cambio, se ha de hacer notar que Platón,
en sus más importantes diálogos, por ejem¬plo, en el Parménides, no utiliza
ningún mito, sino que ofrece senci¬llas determinaciones del pensamiento sin lo
imaginativo. Desde afuera parece muy bien servirse de tales mitos; se desciende
de la al¬tura especulativa para hacerse más fácilmente comprensible. Sólo que
en Platón no debe adjudicarse un valor demasiado grande a los mitos. Una vez
que el pensamiento se hubo fortalecido bastante para darse la existencia en su
propio elemento, entonces el mito es un adorno superfluo, que la ciencia no
exige. Los más grandes equí¬vocos se han originado por haberse atenido
principalmente a los mitos y haberse servido de ellos solamente en la
interpretación de las filosofías. Así, durante mucho tiempo ha sido mal
comprendido Aris¬tóteles, porque se habían tomado por base las comparaciones
que él entremezcla a veces, y se las había comprendido mal. Una compara¬ción no
puede nunca conformarse enteramente al pensamiento; ella contiene siempre algo
distinto que el pensamiento. Se atiene uno más fácil a algo que no pertenezca
al pensamiento; pero esto conduce a falsas representaciones con respecto a lo
esencial. Es, por lo demás, una torpeza manifestar el pensamiento, no en la
forma de pensa¬miento, sino servirse, en su lugar, de un medio auxiliar,
precisamente de forma sensible. La utilización de lo mítico equivale, en la
mayor parte de los casos, a la incapacidad de no saber aplicar aún la forma del
pensamiento. Además, no se debe creer que la forma mítica debe ocultar al
pensamiento, al contenido; su finalidad es, antes bien, ex¬presar el
pensamiento, representarlo, revelarlo, pero esta expresión no es la adecuada.
Sin duda, puede ser exacto que se ha servido de símbolos para el encubrimiento
del pensamiento; por ejemplo, entre los masones, y que se ha pensado que ahí se
encuentra precisamente la más profunda sabiduría. Pero quien conoce el
pensamiento lo ma¬nifiesta, lo revela; porque manifestarse es la esencia del
pensamiento. Por lo demás, o no se tiene el pensamiento, o se quiere dar la
apa-
rienda de poseerlo.
Se oculta lo que está oculto en el símbolo, detrás del símbolo no hay nada. De
esta manera, todo el secreto de los ma-sones consiste en que se piensa que hay
algo detrás del símbolo. En general, lo mítico no es así un medio adecuado para
la manifestación del pensamiento. Aristóteles dice: «Aquellos que hacen mitos
(fá-bulas), no son dignos de que se hable de ellos». Lo que es propia¬mente
pensamiento tiene que ser expresado en la forma de pensa¬miento.
Otros formulan
símbolos por medio de líneas, número y fi-guras geométricas. Verbigracia: una
serpiente que se muerde la cola, o un círculo, es tenido por el símbolo de la
eternidad. Esta es una imagen sensible, pero el espíritu no necesita de
semejantes símbolos; el espíritu posee el lengu aje. Cuando el espíritu puede
expresarse en el elemento del pensamiento, entonces lo simbólico es un modo
injusto, falso, de represen-tación. En Pitágoras volveremos de nuevo sobre
esto. Tam-bién en los chinos se encuentra que expresan el pensamiento por medio
de líneas y números.
Con esto se relaciona
todavía una forma afín de representación. Se ha intentado representar
pensamientos universales por medio de nú¬meros y de figuras geométricas. Son
formas figurativas, pero no tan concretamente figurativas como los mitos. Hay
pueblos que se han atenido principalmente a estas formas de representación;
pero con tales formas no se va lejos. Verdaderamente, las determinaciones más
abstractas, los pensamientos más generales, se pueden expresar en ellos; pero
si se pretende ir a lo concreto, entonces estos ele¬mentos se manifiestan como
insuficientes. Pueden valer como tales la monás, la dyás y la triás de Pitá
goras; cada una de estas formas es clara por sí, la monas es la unidad, la dyás
es la dualidad, la diferen¬cia, y la trias la unidad de la unidad y de la
dualidad . Pero el tercero, si se representa como 1+2=3, ya es una mala unión
de los dos pri¬meros; pues su unión es una simple adición, una composición del
uno numérico y ésta es la peor forma de unidad que se puede admitir. El tres se
ha comprendido de manera más profunda en la religión, como Trinidad, y en la
filosofía como concepto. En lo universal la forma numérica de representación es
muy pobre e insuficiente para la mani¬festación de la verdadera unidad
concreta. Sin duda el espíritu es una tríada, pero no admite ser sumado o
numerado. Numerar es un mal procedimiento.
Se habla mucho
también de la filosofía de los chinos, de Fo-hi , que se basaba en ciertas
líneas que deben haberse sacado del lomo de las tortugas. Los chinos dicen que
estas líneas son el fundamento de los rasgos característicos de su escritura y,
del mismo modo, que son el
fundamento de su
filosofar. Pero se ve en seguida que no han ido muy lejos con este filosofar.
Allí solamente son expresadas las deter-minaciones y las contradicciones más
abstractas. Las dos figuras fun-damentales son una línea horizontal y otra de
la misma longitud, par¬tida en dos mitades; la primera se llama Yang, la
segunda Yin. Por tanto, son las mismas determinaciones fundamentales que
encon¬tramos en Pitágoras, unidad y dualidad. Estas figuras son altamente
veneradas por los chinos como los principios de todas las cosas; son, sin duda,
las primeras —y, por tanto, también las más superficiales— determinaciones del
pensamiento. Ahora son unidades unas con otras primeramente en 4, después en 8
y, finalmente, en 64 figuras. Las primeras cuatro figuras se llaman el gran
Yang, el pequeño Yang, el pequeño Yin y el gran Yin. En ellas se ha expresado
la ma¬teria, e, indudablemente, la materia perfecta y la imperfecta; cada una
de estas materias se ha dividido de nuevo en dos materias, de manera que el
gran Yang significa la fuerza y la juventud, el pequeño Yang la debilidad de la
materia perfecta, e, igualmente, el gran Yin la materia imperfecta como fuerte,
y el pequeño Yin la misma como débil. Las otro figuras de rayas reunidas se
llaman Kua. Por lo que concierne a su significación, es la siguiente; el primer
Kua, que con¬tiene en sí al gran Yang y a un tercer Yang, es Kien, el cielo; el
se¬gundo Tui, el agua pura; el tercero Li, el fuego puro; el cuarto Tshin, el
trueno; el quinto Siun, el viento; el sexto Kan, el agua; el séptimo Ken, el
monte; el octavo Kuen, la tierra. Por tanto, se puede decir aquí que de la
unidad y de la dualidad han surgido todas las cosas. A la primera raya se le
llama también Tao, el origen de todas las cosas o la nada. Pero ya aquí en el
cuarto Kua se ve cómo entra en lo em¬pírico, o, antes bien, cómo sale de lo
empírico.
Por otra parte, en
los viejos libros de los chinos se encuentra un capí-tulo acerca de su
sabiduría, y allí se dice que toda la Naturaleza ha sido hecha de cinco
elementos, a saber: de fuego, de madera, de me¬tal, de agua y de tierra. En
esto vemos cómo todo está resuelto y confundido. En realidad, no es éste el
modo de expresar el pensa¬miento.
Además, respecto de
la filosofía de los chinos, encontramos que era una moral muy pobre. El autor
de la misma es Confucio, que fue, durante algún tiempo, ministro de un
emperador; después cayó en desgracia y vivió apartado con sus discípulos. En
sus libros se en-cuentran muchos razonamientos naturales (mucho conocimiento de
los hombres), principalmente moral popular. Pero todo eso puede encontrarse en
todas partes y mejor. En detalle, sus discursos no ca-recen, de espíritu, pero
no contienen nada señalado. No se ha de bus¬car en ellos la filosofía
especulativa, porque, en realidad, Confucio era más bien un estadista práctico.
Hemos partido aquí de
que hay pueblos que toman los números y las figuras geométricas como expresión
de los seres (esencias). El pensar no ha ido lejos, aunque se le pueda expresar
en tales formas; está to-davía en el grado más bajo. El pensamiento, por ejemplo,
de lo infi¬nito, de la eternidad, no necesita ningún símbolo para ser expresado
y comprendido. El círculo es una expresión muy pobre de ese pensa-miento, y
cualquier otra línea que vuelva sobre sí misma es igual¬mente apropiada. El
pensamiento (la idea) de eternidad puede ser expresado en el lenguaje.
Por consiguiente, lo
mítico como tal y las formas míticas del filosofar son excluidos de nuestra
exposición.
[g. EL PENSAMIENTO EN
LA POESÍA Y EN LA RELIGIÓN]
En tercer lugar, hay
que notar que la religión, como tal, así como también la poesía, contienen
pensamientos. La religión no se representa solamente en la forma del arte, como
sucede principalmente con la religión griega, sino que ella contiene también pensamientos,
ideas universales (representaciones universales). Del mismo modo se ha
prescindido en la poesía (es decir, el arte que tiene al lenguaje como
elemento) de enunciar pensamientos; y nosotros encontramos también en los
poetas profundos pensamientos universales. Tales pensa-mientos —por ejemplo,
sobre el destino en Homero y en los trágicos griegos, sobre la vida y la
muerte, sobre el ser y el perecer, sobre el nacimiento y la muerte— son, por
consi-guiente, sin duda importantes pensamientos abstractos, de los cuales se
encuentran también frecuentemente representa-ciones figurativas, por ejemplo,
en la poesía hindú. Pero tam-poco tenemos que considerar estas formas en la
historia de la filosofía. Se podría hablar de una filosofía de Esquilo, de Eu-rípides,
de Schiller, de Goethe, etc. Pero tales pensamientos son, en parte, sólo
incidentales y por eso no se han de admitir en nuestra exposición; son formas
universales de representa-ción de lo verdadero, la determinación del hombre, lo
moral, etc. En parte, tampoco aquellos pensamientos han alcanzado su forma
verdadera; y la forma que es requerida es la forma del pensamiento; y lo que es
expresado en ellos tiene que ser lo último, tiene que constituir el fundamento
absoluto. No sucede esto en aquellos pensamientos; no existe allí la
dife¬rencia y la relación de uno a otro. Entre los indios fluye,
además, confusamente
mezclado, todo lo que se refiere al pensamiento.
En segundo lugar, lo
que nosotros tenemos que considerar aquí, bre-vemente, son los pensamientos que
se presentan en la religión, in¬cluso como pensamientos desnudos de expresión
simbólica. En la re¬ligión india, especialmente, se encuentran formalmente expresados
pensamientos totalmente universales. Acerca de esto, se ha dicho que en tales
pueblos existía también verdadera filosofía. Sin duda en¬contramos en los
libros indios interesantes pensamientos universales; pero estos pensamientos se
limitan a lo más abstracto, al ser, al nacer y al morir, a la representación
del curso circular en ellos. Así es ge¬neralmente conocida la imagen del ave
Fénix; es una imagen de lo viviente. Que en la vida está ya contenida la
muerte, que la vida se transforma en la muerte y la muerte en la vida, que el
ser mismo con¬tiene ya lo negativo, y lo negativo contiene ya lo positivo, lo
afirma¬tivo, y se convierten en ellos, y que la vida en general consiste
sola¬mente en este proceso, en esta dialéctica, en este círculo de la representación
por el que divaga el pensamiento indio. Existen así pensamientos generales,
pero muy abstractos. Sin embargo, tales de¬terminaciones se presentan sólo
ocasionalmente; y no se ha de acep¬tar esto para la filosofía. Porque la
filosofía está solamente allí donde el pensamiento como tal se ha hecho
absoluto, se ha convertido en lo fundamental, en la raíz de todo lo demás. Pero
esto no sucede en se¬mejantes representaciones. La filosofía tiene por destino
no sola¬mente pensamientos sobre algo, es decir, sobre un objeto que ha
to¬mado, que ha supuesto como substrato, sino que tiene por destino al
pensamiento libre, al pensamiento universal, de manera que el conte¬nido sea
mismamente ya pensamiento, y así el pensamiento sea, por antonomasia, lo primero,
a través de lo cual se determina todo. La filosofía es el pensamiento que se
piensa a sí mismo, es lo universal determinándose a sí mismo. Pensamientos
universales sobre lo esen¬cial los encontramos ya en todos los pueblos; entre
los griegos, por ejemplo, el pensamiento de la necesidad absoluta. Esta es una
rela¬ción absoluta, sencillamente universal, una determinación del
pensa¬miento. Pero este pensamiento tiene todavía al lado de él algunos
sujetos; los supone; por tanto, expresa solamente una relación. La necesidad,
según el espíritu de los griegos, no es considerada como el mismo ser
verdadero, universal. Por tanto, tales pensamientos gene¬rales podían tener muy
bien una gran autoridad; pero tenían que po¬seer aún la significación de ser el
ser absoluto mismo; por lo demás, no pertenecen a la filosofía. Y abandonaremos
esto, porque como los pensamientos de los persas y de los chinos, son también
los de los indios, es decir, los de todo el Oriente.
De esta manera,
tampoco haremos caso de los pensamientos que tienen su origen en la religión
cristiana y en la Iglesia.
Los Padres de la
Iglesia fueron, sin duda, grandes filósofos y la formación de la Iglesia les
debe mucho; pero su filosofar se mueve dentro de un concepto doctrinal ya
fijado, dado, que es tomado por base. Igualmente en los escolásticos no vemos
al pensamiento libre, que parte de sí, que se construye a través de sí, sino
que en la escolástica vemos referencias a supuestos de todas clases.
Pero también ahora
encontramos nosotros dentro de la religión cris¬tiana, en los Padres de la
Iglesia y en los escolásticos, pensamientos filosóficos. Son pensamientos
profundos y especulativos, no sola¬mente pensamientos sobre relaciones
particulares, sino también so¬bre la naturaleza de Dios mismo. En una historia
del dogma es de esencial interés conocer tales pensamientos; pero la historia
de la fi¬losofía no tiene por qué ocuparse de ellos. Sin embargo, tiene que
tenerse mucho más en cuenta a la filosofía escolástica que a la de los Padres
de la Iglesia. Los pensamientos filosóficos de estos últimos pertenecen, en
parte, a otras filosofías, las cuales existen por sí y, en tanto que
relacionados con otras filosofías, han de ser considerados en su forma primitiva;
por ejemplo, los pensamientos platónicos en la escala de Platón; por otra
parte, estos pensamientos especulativos son extraídos del contenido
especulativo de la religión misma, que se toma a sí mismo por base, al
contenido especulativo que pertenece a la doctrina, a la fe de la Iglesia. Este
contenido es por sí verdadero, pero no se fundamenta en sí, no se fundamenta en
el pensamiento como tal; y se demostrará más tarde que el contenido de la
religión no puede ser comprendido por el entendimiento y que, cuando el
en¬tendimiento, titulándose razón, se acerca a la religión, a su contenido
especulativo, considerándose como su señor y maestro, se hace superficial y
trivial. El contenido de la religión cristiana no puede ser comprendido de una
forma especulativa solamente. Por tanto, si los Padres de la Iglesia han
pensado dentro de la doctrina cristiana, den¬tro de la fe cristiana, entonces
sus pensamientos son ya en sí especu¬lativos. Pero este contenido no descansa
en sí, no se ha justificado a través del pensar como tal, sino que la última
justificación de este contenido es la doctrina de la Iglesia, presupuesta y ya
establecida por sí. En los escolásticos el pensar se apoyaba más en sí, pero
toda¬vía no en contradicción con la doctrina de la Iglesia, sino que se
con¬formaba con ella. El pensamiento debía de justificar más o menos por sí
mismo lo que la Iglesia ya había verificado a su manera.
Esto es lo que yo he
querido anticipar acerca de la forma de tratar la historia de la filosofía. Dos
puntos han sido los que he puesto especialmente de relieve en las últimas
referencias a la filosofía. El uno concierne a lo formal, al autopensar en general
en las ciencias de la Naturaleza, en la filosofía; pero
la determinación del
contenido, de la materia, no se ha desa-rrollado a través del pensamiento, sino
que ha sido extraído de otro, de la Naturaleza, del sentimiento; también
frecuen-temente ha sido aceptado el sano entendimiento humano como criterio
(como sucedió en la filosofía escocesa). El otro aspecto era lo esencial que la
religión tiene principalmente en común con la filosofía. Pero a esto esencial
le falta la forma del pensamiento. De esta manera queda para la filosofía
sola-mente lo esencial en la forma del pensamiento.
Esta verificación,
por una parte, tiene la finalidad de separar aquello que indudablemente está
relacionado con la filosofía, pero que no pertenece ni a la filosofía ni a su
historia; por otra parte, tiene el pro¬pósito de hacer notar en esta semejanza
con los momentos que perte¬necen al concepto de la filosofía; además, esto nos
resulta de que aquellos momentos yacen inconscientes, no desarrollados y
sepa¬rados unos de otros en aquella semejanza (afinidad). Primeramente queremos
reflexionar sobre estos momentos.
Una de estas esferas
relacionadas era la de las ciencias especiales, las cuales, por su fundamento,
podían ser consideradas dentro de la filo-sofía, porque en ellas se verifica un
verse, un pensarse, porque noso-tros, en cuanto observadores, somos además
juzgadores, reflexivos, y lo comprendemos a través de nosotros mismos y porque
este estar presente, esta comprensión, esta convicción de los principios, vale
para nosotros como algo último. En la segunda esfera, en la religión, el
contenido constituía la semejanza, porque ella tiene de común con la filosofía
los objetos universales que llenan el interés del espíritu, en primer lugar.
Dios. En el primer caso, la semejanza está, por con-siguiente, en la forma; en
el segundo, está en el contenido. Hemos excluido estas dos esferas, porque cada
una —teniendo en común con la filosofía ya solamente la forma o ya solamente el
contenido— es por sí unilateral. El autopensar de la primera esfera no
pertenece a la filosofía, porque su contenido no es de naturaleza universal;
por consiguiente, porque este pensar es solamente formal y existe sólo en forma
subjetiva. La otra esfera, cuya afinidad con la filosofía está en lo objetivo,
no puede por eso ser considerada dentro de la filosofía, porque el momento de
la reflexión (Selbstdenkens) no es esencial en ella. El contenido de la
religión, la verdad, es intuido, es represen¬tado y es creído. El estar
convencido de ello no se basa en el pensar libre, que solamente procede de sí.
Por tanto, en esta segunda esfera falta el primer momento.
De aquí vemos que lo
que constituye, en general, el concepto de filo-sofía, es que ella exige un
momento tanto como el otro, la unidad de estos dos momentos, la compenetración
de estos dos lados. En la his-toria descubrimos, a veces, la creencia en el contenido
de la religión;
el cual, tan pronto
recibe la forma mítica, figurativa, como la histó¬rica; después el movimiento,
la actividad de la razón para conocer la naturaleza y el espíritu, es decir, el
pensar, pero un pensar que está sumergido en la materia finita. Lo que disuelve
así en la conciencia ordinaria a los dos lados (aspectos), reúne a la filosofía
en uno y reúne así al domingo y al día de trabajo de la vida; al domingo, en
que el hombre dedica su ánimo a lo eterno, que se pone en relación con la
Divinidad, que en ella hace desaparecerse a sí mismo, su indi¬vidualidad y su
actividad, renuncia humildemente a sí mismo, y al día de trabajo, en que el
hombre está firme sobre sus pies, señor que se hace respetar en la casa y en
sus intereses, procede según sus fines. Reunir estas dos tendencias, la que se
dirige a lo eterno y la que se dirige a lo terrestre, a través de la forma del
pensamiento libre que crea de sí mismo el contenido, éste es el fin de la
filosofía.
c) [SEPARACIÓN DE LA
FILOSOFÍA POPULAR DE LA FILOSOFÍA]
Pero aún hay que
mencionar un tercer momento, el que parece re¬unir en sí los otros dos y con el
que la filosofía está en la más íntima conexión, es decir, la filosofía
popular. En primer lugar, ella se ocupa de objetos universales; se ocup a de
Dios y del mundo, y se es¬fuerza por encontrar en lo particular leyes
universales; por tanto, ésta posee también un momento el de la universalidad . Pero, en se-gundo lugar, posee también el
otro momento, el pensar que es activo para conocer los objetos; lo que así es
considerado como verdadero, es producido a través del entendimiento. Por
consiguiente, la filosofía popular une los dos momentos arriba mencionados. Sin
embargo, también esta forma de filosofar tenemos que dejarla de lado. En su
totalidad los escritos de Cicerón pueden ser incluidos aquí. Es una forma de
filosofar que tiene su puesto; lo bello, lo excelente, pueden conducir al
verdadero camino. Es la filosofía de un hombre culto (formado) que ha recibido
muchas experiencias de la vida y de su alma, y ha reflexionado sobre ellas, que
ha mirado hacia atrás qué ha sucedido en el mundo, que conoce lo que vale, lo
que es tenido por verdadero, y lo que produce verdadera satisfacción; un hombre
que con espíritu formado se extiende sobre todos los asuntos más impor¬tantes
de los hombres y sobre todas las cuestiones del espíritu. Según otro aspecto,
también podemos considerar aquí a los místicos y a los iluminados que expresan
sus intuiciones, su amor puro y sus recogi¬mientos. Ellos han hecho
experiencias en las más altas regiones del alma. Nos pueden dar cuenta de lo
que han penetrado en su recogi¬miento; y su exposición puede ser del más
profundo e interesante contenido, como los escritos de Pascal, que en sus
Pensamientos (Pensées) ha dejado visiones muy profundas. Pero tales obras, en
tanto que parecen reunir aquellos momentos, son, sin embargo, in¬completas.
Consideremos nosotros, principalmente, a lo que se ha
recurrido, por
ejemplo , en los escritos de Cicerón; así sucede que lo que es impreso al
hombre por la Naturaleza descansa en sus impulsos y en sus inclinaciones, etc.
Igualmente hablan los modernos del ins¬tinto, del instinto moral, del
sentimiento del derecho, de obligación, deber, etc. La religión debe basarse
así en sentimientos, es decir, en lo subjetivo, no en lo positivo; el
conocimiento inmediato del hombre acerca de Dios debe ser lo último, el último
fundamento. En Cicerón, el derecho público debe basarse en el convenio tácito,
en la conformidad de los pueblos (consensus gentium). Sin duda, esta
invo¬cación a una vigencia general es omitida en la mayoría de los casos
todavía en el moderno filosofar de esta clase, puesto que cada sujeto debe
basarse solamente en sí mismo. Así es confinado solamente a la sensibilidad, al
sentimiento inmediato de cada individuo. Lo demás que aparece aún al lado de
esto, son los principios, los razona¬mientos, los cuales, sin embargo, recurren
por última vez de nuevo a algo inmediato. Aquí en la filosofía popular se exige
también, por consiguiente, la reflexión, la convicción y un contenido que es
produ¬cido por la actividad del pensar mismo. Pero como hemos dicho, te¬nemos
que excluirla igualmente de la filosofía. Porque la fuente de donde es
producido el contenido es de la misma especie que en la primera esfera análoga.
En la primera era la Naturaleza, la experien¬cia; en la segunda esfera es el
espíritu, pero el contenido aparece como dado; la fuente que se presenta a la
conciencia era la autoridad natural interna; ésta es el corazón, nuestros
impulsos, nuestros senti¬mientos, nuestras aptitudes, es decir, nuestro ser
natural, nuestra in-timidad misma (Selbst) en la forma de inmediación, nuestro
interior ser impulsados hacia Dios. Por tanto, aquí está el contenido. Dios, el
derecho, el deber, etc., en una forma que es aún una forma natural.
Indudablemente yo tengo todo esto en el sentimiento, pero sólo im-plicite, así
como en la mitología está encerrado todo el contenido; en los dos casos no está
el contenido en su verdadera forma. Si se basa solamente en el sentimiento,
entonces tan pronto es una cosa como otra; por consiguiente, es el libre
albedrío de la subjetividad lo deci¬sivo. De esta manera, el contenido no puede
ser considerado dentro de la filosofía; le falta la forma del pensar. Las leyes
del Estado, los dogmas de la religión constituyen este contenido tal como es
determi¬nado de una manera verdadera, que logra alcanzar de esta forma
de¬terminada la conciencia por esta determinación. Por consiguiente, el
principio excluye aquella manera de pensar.
C. DIVISIÓN GENERAL
DE LA HISTORIA
DE LA FILOSOFÍA
HEMOS dicho que la
filosofía es el pensar, lo universal, que tiene por contenido igualmente lo
universal; por tanto, el contenido del pensar filosófico no es solamente
subjetivo, sino que es, al mismo tiempo, todo el ser. En primer lugar, podemos
pensar que lo universal es indeterminado; pero precisamente este contenido
universal tiene que ser determinado o, más bien, él se determina a través de sí
mismo, y se mostrará en la historia de la filosofía cómo surgen las
determinaciones, poco a poco, de lo universal abstracto, cómo este universal se
determina siempre más extensa y profundamente en sí mismo. Por de pronto, este
determinar será un poner imparcial como en los atomistas, la esencia del mundo,
lo absoluto, lo primero ha sido puesto en la determinación de lo uno. Pero lo
siguiente es que lo universal no sea comprendido como estando determinado, sino
como lo que se determina a sí mismo (no sólo como determinado, como uno). Y
este concepto concreto, esta determinación concreta de lo universal, es la más
verdadera, la más elevada determinación de lo universal, o, al menos, su
comienzo. Por tanto, lo universal es contenido y forma de la filosofía.
Provisionalmente, podemos contentarnos con este concepto.
Lo que, por otra
parte, interesa aquí es la cuestión: ¿Dónde co¬mienza la filosofía y su
historia? Queremos ahora determinar esto, después que hemos separado las
regiones afines y hemos fijado el concepto de filosofía.
I. EL COMIENZO DE LA
HISTORIA
DE LA FILOSOFÍA
En este momento, la
cuestión es: ¿Dónde tiene que comen¬zar la historia de la filosofía? La
contestación a esta pregunta está ya contenida en lo que precede. La historia
de la filoso¬fía comienza allí donde el pensamiento logra alcanzar la
exis-tencia en su libertad, donde logra arrancarse de su estar
sumergido en la
Naturaleza, de su unidad con ella, y se cons-tituye para sí, donde el pensar
entra en sí mismo y es por sí.
Según lo dicho, la
respuesta general es que la filosofía comienza allí donde el pensamiento es
concebido por sí como lo universal, como el existente que lo abarca todo, o
donde lo existente es concebido de un modo universal, donde el pensar del
pensar es el que hace surgir lo universal pensante como el verdadero ser, o
donde el mundo es re-presentado en la forma de la universalidad.
El verdadero comienzo
de la filosofía se ha de poner allí donde lo absoluto se ha concebido, no ya
como representa-ción, sino que el libre pensamiento —no solamente piensa lo
absoluto— ha concebido la idea del mismo: es decir, el ser (que también puede ser
el pensamiento mismo), que reco¬noce como la esencia de las cosas, como la
totalidad absoluta y la esencia inmanente del todo; con esto, si también
exis¬tiera, además, como un ser exterior, pero que se hubiera con¬cebido como
pensamiento. Así es la simple esencia inmaterial que los judíos habían pensado
como Dios —toda religión es pensar— no verdaderamente un objeto de la
filosofía, sino, por ejemplo, los principios: la esencia o principio de todas
las cosas es el agua, o el fuego, o el pensamiento.
La cuestión es dónde
hemos de empezar con la historia de la filoso¬fía. Ella comienza allí donde el
pensamiento surge puramente, donde el pensamiento es universal, y donde esto
puro, esto universal, es lo esencial, lo verdadero, lo absoluto, la esencia de
todo. La ciencia en donde nosotros tenemos por objeto al pensamiento puro,
universal, es la lógica. De ordinario, sin duda, se acostumbra a estudiar en la
lógica solamente al pensar subjetivo, al pensamiento en la forma de pensar
consciente; el valor del pensamiento, se cree que yace del lado del sujeto.
Pero en filosofía se tiene también por objeto al pen¬samiento, mas no solamente
como algo subjetivo, como una activi¬dad interior a nosotros, sino al
pensamiento en cuanto que es obje¬tivo, universal; por consiguiente,
pensamiento y universal son una misma cosa. Si nosotros queremos saber cómo
producimos algo, cómo es en verdad, entonces reflexionamos sobre ello,
producimos pensamientos sobre ello, conocemos su esencia, lo conocemos como
algo universal. La producción del pensamiento es justamente el co¬nocimiento de
la esencia; es la consideración universal pensante, la que tiene como fin a la
esencia. En filosofía, los pensamientos mismos son tenidos ahora como la
esencia. La verdad en forma de mito, la representación sensible de la esencia
son, por consiguiente, excluidas. Del mismo modo la religión posee la verdad,
no en la forma del pensamiento puro, sino esencialmente en la forma de re-
presentación. Por
tanto, la filosofía comienza solamente allí donde la esencia de las cosas llega
a la conciencia en la forma de pensamiento puro.
Este surgir del
espíritu se relaciona, por el lado histórico, con el florecimiento de la
libertad política; y la libertad política, la libertad en el Estado, tiene su
comienzo allí donde el indi¬viduo se siente como individuo, donde el sujeto se
sabe como tal en la universalidad, o donde la conciencia de la personali¬dad,
la conciencia, se manifiesta teniendo en sí un valor infi¬nito; en tanto que me
pongo para mí y valgo sencillamente para mí. Allí está contenido también el
pensar libre del ob¬jeto, del objeto absoluto, universal, esencial. Pensar
quiere decir: hacer pasar algo a la forma de la universalidad. Pen¬sarse
significa, por consiguiente, darse la determinación de lo universal, saberse
como algo universal, saber que yo soy algo universal, infinito, o pensarse como
una esencia libre que se refiere a sí misma. En esto está, precisamente,
contenido el momento de la libertad práctica, política. El pensar filosófico
está ahora mismo relacionado con esto: que aparece igual¬mente como pensamiento
del objeto universal. El pensa¬miento se determina como algo universal; esto
quiere decir: a) que el pensamiento transforma lo universal en su objeto o lo
ob¬jetivo en algo universal. La particularidad de las cosas natu¬rales, tal
como existen en la conciencia sensible, la determina el pensamiento como un
universal, como un pensamiento, como un pensamiento objetivo. Esto es lo
objetivo, pero como pensa¬miento; b) a esto se añade la segunda determinación,
que yo conozco lo universal, que el pensamiento conoce que algo sucede. Esta
relación cognoscente, consciente, directa a lo uni¬versal, sobreviene solamente
en tanto que este objetivo sigue siendo para mí al mismo tiempo lo objetivo, en
tanto que yo me creo para mí, me conservo (percibo). Yo lo pienso, y en tanto que
lo pienso es lo mío; y aun cuando es mi pensar, sin embargo, vale para mí como
lo absolutamente universal. En tanto que está presente como objetivo, yo me he
pensado en ello; yo estoy contenido mismamente en este infinito y tengo al
mismo tiempo conciencia de ello. Yo permanezco así en el punto de vista de la
objetividad a la vez que en el punto de vista del saber, conservo este punto de
vista. Esta es la co-nexión universal de la libertad política con el surgir de
la li-bertad del pensamiento.
Esta determinación
universal es la determinabilidad abstracta del co-mienzo de la filosofía; pero
esta determinabilidad es, a la vez, una forma histórica, concreta, de un
pueblo, cuyo principio tiene esta de-terminabilidad, cuyo principio constituye,
por tanto, la conciencia de la libertad. Semejante pueblo fundamenta su
existencia en este prin¬cipio; la constitución, la legislación, el estado total
de un pueblo tiene su fundamento sólo en el concepto que el espíritu se hace de
sí, en las categorías bajo las cuales se conoce (él sabe de sí). Por
consi¬guiente, cuando nosotros decimos que la conciencia de la libertad
pertenece al surgir de la filosofía, la filosofía exige un pueblo cuya
existencia tenga por base este principio; y para eso nosotros exi¬gíamos que el
pensar exista por sí; por tanto, la separación del espí¬ritu de lo natural, de
su estar sumergido en la materia, en la intui¬ción, en la naturalidad del
querer arbitrario, etc. La forma, ahora que precede a este grado (escalón), es,
según lo dicho, el grado de unidad del espíritu con la Naturaleza. Esta unidad
no es, como pri¬mera, como inicial, verdadera. Así se equivocan todos aquellos
que aceptan (admiten) la unidad del espíritu con la Naturaleza como la forma
más excelente de conciencia. Esta fase es, antes bien, la más baja, la más
falsa; no es producida por el espíritu mismo. Es, en ge¬neral, la esencia
oriental. Por el contrario, la primera forma de la conciencia de sí libre,
espiritual y, con ella, el comienzo de la filoso¬fía, ha de buscarse en el
pueblo griego.
Queremos ofrecer
ahora algunas aclaraciones sobre la primera forma en general.
En la historia, la
filosofía se presenta allí donde existen cons-tituciones libres. Allí nos llama
la atención, primeramente, el Oriente. Pero en el mundo oriental no se puede
hablar de verdadera filosofía; pues, para indicar brevemente su carác¬ter, el espíritu,
sin duda, se despierta en Oriente, pero esta relación es de manera que el
sujeto, la individualidad, no es persona, sino que son determinados como
sumergiéndose en lo objetivo. La relación esencial es allí la dominante. Allí
la sustancia se ha representado en parte como suprasensible, como pensamiento,
en parte también más materialmente. La relación del individuo, de lo particular
(singular) es, pues, que solamente existe lo negativo frente a lo sustancial.
Lo más elevado a que puede llegar tal individuo es la eterna feli¬cidad, que es
sólo un abismarse en esta sustancia, un perecer de la conciencia; por tanto, la
negación del sujeto, y también de la diferencia entre sustancia y sujeto. De
esta manera, la más elevada relación es la pérdida de la conciencia. En tanto
que ahora los individuos no han alcanzado esta felicidad (bien-
aventuranza), sino
que existen aún de una manera terrestre, entonces están fuera de esta unidad de
lo sustancial y de lo individual; existen en la relación, en la determinación
de lo que carece de espíritu, existen sin sustancia y —por lo que se refiere a
la libertad política— sin derechos. Aquí la voluntad no es una voluntad
sustancial, sino una voluntad determinada por lo arbitrario y por lo
contingente de la Naturaleza (por ejemplo, por las castas); una esencia de la
inconsciencia inte-rior.
Esta es la relación
fundamental en el carácter oriental. Lo afirmativo es solamente la sustancia;
lo individual es lo que carece de sustancia, lo accidental. Libertad y derecho
polí¬tico, moralidad libre, conciencia pura, pensar puro, no exis¬ten allí. Que
éstos surjan, corresponde a que también el sujeto se ha opuesto como conciencia
de la sustancia y así existe allí como reconocido. Así en el carácter oriental
no es tenido por valioso el conocerse por sí mismo. Allí el sujeto no existe
para sí, y no tiene ningún valor para sí en su con¬ciencia de sí.
Indudablemente, el sujeto oriental puede ser grande, noble, sublime; pero la
determinación fundamental es que el individuo carece de derechos, y que aquello
a que él ha llegado es a una determinación, ya de la Naturaleza, ya del libre
arbitrio. La generosidad, la sublimidad, la grandiosa disposición de ánimo en
los orientales es la arbitrariedad de su carácter; por tanto, contingencia.
Faltan el derecho y la moralidad, que consisten en determinaciones objetivas,
posi-tivas, las cuales han de ser respetadas por todos, que valen para todos y
en las que, por consiguiente, también todos se reconocen. Cuando el oriental
obra, tiene el mérito de la in-dependencia perfecta; nada es allí firme y
determinado. Cuanto más libre e indeterminada es su sustancia, tanto más
arbitrario e independiente es el individuo. Esta sustancia li¬bre tiene tan
poco como su libertad el carácter de objetividad que vale para todos en lo
universal. Lo que es para nosotros derecho, moralidad, estado, existe allí de
una manera sustan-cial, natural, patriarcal; es decir, existe sin libertad
subjetiva. Tampoco la moralidad que nosotros llamamos conciencia existe allí.
Aquella manera patriarcal es un orden natural, pe-trificado, que hace coexistir
la más elevada nobleza con la mayor maldad; la más exagerada arbitrariedad
tiene allí su más elevado sitial.
Habíamos dicho que lo
primero es la unidad del espíritu con la Natu-raleza. ¿Qué quiere decir eso? El
espíritu es conciencia de sí y, en tanto que es esto, conciencia de objetos, de
fines, etc., por consi¬guiente, representando, queriendo, apeteciendo. En tanto
que la conciencia de sí está en esta etapa, es el círculo de su representar
tanto como el contenido de su querer, de su apetecer, un círculo fi¬nito; por
tanto, es lo finito en general. El estar sumergido del espíritu en la
Naturaleza encierra inmediatamente la finitud de la inteligencia y de la
voluntad en sí. Esta es la determinación del oriental; y se debe saber esto
para no tener esta unidad por la condición más per¬fecta. Es la condición de la
más elevada finalidad. Pues ¿qué debía de tener, por fin, una conciencia
semejante? Los fines aún no son aquí un universal por sí. Si yo quiero el
derecho, la moralidad, el bien, entonces yo quiero algo universal; porque el
derecho, la mora¬lidad, son universales, fines, los cuales no son ya
individualidades na¬turales. Este carácter de lo universal tiene que tomar por
base a la voluntad. Si un pueblo posee leyes justas es que lo universal ha sido
elevado a objeto. Esto supone un fortalecimiento del pensar. Tal pueblo quiere
y piensa lo universal. Si la voluntad quiere lo univer¬sal, entonces comienza a
ser libre; porque el querer universal encie¬rra la referencia del pensar (es
decir, de lo universal) a lo universal. Así es el pensar el espíritu en sí
mismo; por consiguiente, libre. Quien quiere la ley, quiere poseer la libertad.
Un pueblo que se quiere como libre, subordina sus apetitos, sus fines
particulares, sus intereses, a la voluntad general, es decir, a la ley. Por el
contrario, si el objeto de la voluntad no es universal, se sigue que aún no
existe el punto de vista de la libertad. Si lo querido es solamente algo
particu¬lar, entonces la voluntad es una voluntad finita; y esta finitud de la
voluntad comienza solamente allí donde el pensar llega a ser libre por sí,
donde nace lo universal. El carácter oriental, el estar sumer¬gido el espíritu
en la Naturaleza, considerado desde el lado de la vo¬luntad, se ha sometido,
por tanto, a la finitud.
La voluntad que se
quiere como finita, aún no se ha concebido como universal. Si solamente existe
la condición de señor y la condición de siervo, existe la esfera del
despotismo. Si esto es expresado como sentimiento, entonces es el temor la
categoría dirigente. En tanto que el espíritu está sumergido en lo natural,
todavía no es libre por sí, sino que aún es la misma cosa con lo particular,
aún está sujeto a lo finito; entonces el espíritu puede ser apresado a este
particular, a lo finito, y tiene conciencia de que puede ser comprendido allí,
que lo finito es destruible, que puede ser puesto negativamente. Este
sen¬timiento de lo negativo, que algo no puede durar al hombre —y con ello el
hombre mismo—, es el temor en general. En cambio, la liber¬tad es no ser en lo
finito, sino en el ser por sí, en un infinito ser en sí; esto no puede ser
atacado. Por consiguiente, el temor y el despo¬tismo son lo dominante entre los
orientales. O está el hombre bajo el temor, es decir, tiene miedo, o domina por
medio del temor; por
tanto, es siervo o
señor. Ambos están en una misma etapa. La dife-rencia es sólo la diferencia
formal de la menor o mayor fuerza, de la energía de la voluntad. La voluntad
del señor se basa en su interés particular; puede querer sacrificar todo lo
finito a su fin particular. En cuanto que su propósito es finito, su voluntad
es accidental. La voluntad del señor es, por tanto, libre arbitrio, porque,
sorprendido en los propósitos finitos, obra solamente por el temor. El temor
es, por consiguiente, la categoría dominante en el Oriente.
En Oriente, la
religión tiene, necesariamente, el mismo carácter. Allí el momento principal es
el temor al señor. Pero la religión ha resul¬tado no solamente de este temor,
sino que tampoco ha salido fuera de él, no lo abandona. «El temor del Señor es
el comienzo de la sabi¬duría»*, dice la Sagrada Escritura. Esto es verdadero; y
el hombre tiene que haber conocido, haber sentido, haber experimentado el
te¬mor. Tiene que haber conocido sus propósitos finitos en la determi¬nación de
lo finito, de lo negativo. Pero tiene que pasar a través del temor también,
tiene que dominarlo. Si ha renunciado a los propó¬sitos finitos como algo
último, entonces ya no está ligado a algo nega¬tivo, es libre del temor; pues
no hay en él nada en que fuera ataca¬ble. Pero si el temor es no solamente el
comienzo, sino que el fin es, por consiguiente, la categoría dominante,
entonces es afirmada la forma del despotismo, de la servidumbre. Por tanto, la
religión posee también este carácter. En tanto que la religión ofrece satisfacción,
ésta estará, por fin, en esta fase misma, es decir, en una fase tal que existe
parcialmente en lo natural. Por una parte, son los poderes y las fuerzas
naturales los que son personificados y honrados en los pue¬blos orientales; por
otra, en tanto que la conciencia se eleva sobre ellas a lo infinito, la
determinación principal es el temor a este poder, de manera que el individuo se
siente frente a este poder sólo como algo accidental. Esta dependencia, esta
perseverancia, este estar sumergido en lo finito puede adoptar dos aspectos y
tiene que ir de un extremo al otro. Lo finito, esto es, lo que existe para la
concien¬cia, puede tener la forma de lo finito como algo finito; pero, por otra
parte, la forma de lo infinito, que, no obstante, es solamente algo abstracto
(infinito abstracto), y por eso iguala a lo finito, es misma¬mente algo finito.
Como en la práctica pasa de la pasividad de la vo¬luntad (esclavitud) al
extremo opuesto, a la más elevada energía de la voluntad, al más elevado poder
del despotismo, que es solamente libre arbitrio, del mismo modo encontramos en
la religión el sumer¬girse en la más profunda y brutal sensualidad aun como
culto divino, y por otro lado, la huida a la abstracción más elevada y más
vacía, la pura negatividad, la nada, para renunciar a esta sublimidad, a todo
lo concreto. Se encuentra con frecuencia entre los orientales, preferen¬temente
entre los indios que llevan esta abstracción al extremo de
* Psalmo, CXI, 10.
que pasan, por
ejemplo, diez años en expiación, sin otro contenido espiritual, conservando
solamente el placer vacío para mortificarse, para amortiguar todo dolor en sí,
o que permanecen durante años contemplando la punta de su nariz, perseverando
sin conciencia en esta abstracción íntima, en esta perfecta vaciedad, en esta
quietud mortal. Por tanto, existen solamente en la vacía intuición interior, en
la representación pura, enteramente abstracta, en el puro saber de la
abstracción; pero esta abstracción, en cuanto negativa solamente, es aún
completamente finita. Por tanto, también este aspecto, que es considerado como
elevado, pertenece al principio de la finitud. No está aquí la base de la
libertad, del pensamiento libre, sino la base de la voluntad despótica, casual
y arbitraria, y de la voluntad más pro¬funda en comparación con ésta, el
conocimiento de la finitud de los fines, los cuales, en cuanto finitos, están
sometidos a otros finitos. El déspota ejecuta todos sus caprichos, incluso el
bien, pero no como ley, sino como su libre arbitrio. Solamente en Occidente
surge la li¬bertad; allí el pensar vuelve a sí mismo, se convierte en el pensar
de lo universal, y lo universal, por consiguiente, en particular.
En consecuencia, aquí
no puede existir ningún conocer filosó-fico; porque a él pertenece la
conciencia, el saber de la sus-tancia, es decir, lo universal, en tanto que yo
lo pienso, lo de-senvuelvo en mí, lo determino de manera que yo tenga mis
determinaciones en la sustancia y esté contenido en ella sub-jetiva o
afirmativamente. Estas determinaciones no son sola-mente determinaciones
subjetivas, por tanto, opiniones, sino, del mismo modo que mis pensamientos,
son pensamientos de lo objetivo, pensamientos sustanciales.
De esta manera, se ha
de excluir el pensamiento oriental de la historia de la filosofía; sin embargo,
en conjunto quiero dar alguna noticia de él, especialmente del pensamiento
hindú y del chino. He omitido esto antes; pero desde hace al¬gún tiempo se ha
puesto en condiciones de juzgar sobre ello. Se ha celebrado siempre la
sabiduría india, se la ha ensalzado demasiado sin saber propiamente por qué.
Solamente ahora se conoce esta circunstancia; y esto está de acuerdo
natural-mente con el carácter universal. Pero no se puede oponer a aquella
jactancia simplemente el concepto universal, sino que, hasta donde sea posible,
debe comportarse de una ma¬nera histórica.
La verdadera
filosofía comienza solamente en Occidente. Ahí el espíritu se hunde en sí, se
sumerge en sí, se pone a sí
mismo allí como
libre, es libre para sí; y allí solamente puede existir la filosofía; y por eso
también solamente en Occidente tenemos constituciones libres. La felicidad y la
infinitud occi-dentales del individuo son determinadas de manera que el in-dividuo
persevera en lo sustancial, que no se denigra, no apa-rece como esclavo y
dependiendo de la sustancia, dedicado a la negación.
En Grecia surge la
libertad de la conciencia en sí. En Occidente des-ciende el espíritu a sí. En
el resplandor del Oriente desaparece el in-dividuo; es solamente como una luz
en la sustancia. Desde allí se ha difundido al Occidente en el relámpago del pensamiento
que se hunde en sí mismo y, de esta manera, ha producido su mundo de sí mismo,
de su interior.
Hemos visto que, en
un principio universal semejante, se conexionan de la manera más íntima la
configuración histórica y la filosofía. Las determinaciones, los momentos que
constituyen aquí el vínculo de la filosofía y de la esencia actual (real), se
han, por lo tanto, penetrado brevemente en su conexión.
Hemos dicho que en
Grecia comenzaba el mundo de la libertad. La libertad tiene como su
determinación fundamental que el espíritu se piense a sí mismo, que el
individuo tenga en su particularidad (singu-laridad) la intuición de sí mismo
como universal, que cada uno se co-nozca en su singularidad como universal, que
su ser sea como lo uni-versal es en lo universal. Su ser es su universalidad y
su universalidad su ser. La universalidad es esta referencia a sí mismo, no
existir en un otro, en lo extraño, no poseer su esencia en un otro, sino
existir en sí mismo; el individuo, como universal, es en sí, en lo universal.
Este ser en sí es la infinitud del yo, la personalidad. En el espíritu que se
concibe a sí mismo esta determinación de la libertad consti¬tuye su ser; de
esta manera el espíritu es él mismo, y no puede ser otra cosa. Esto constituye
el ser de un pueblo que se conoce como libre. Según este saber de sí forma su
mundo, sus normas jurídicas y morales, y todas las demás normas de vida. De
esta manera se co¬noce como esencialmente universal.
Esto significa que el
saber de sí como un saber libre es el ser de un pueblo, lo cual se nos
representa en un sencillo ejemplo. Nosotros sabemos que el individuo es libre;
personalmente libre; de esta ma¬nera conocemos nuestro ser solamente de modo
que la libertad per¬sonal es la condición fundamental, y no existe nada por lo
cual la misma pueda ser infringida y no reconocida; este saber constituye
nuestro ser, nuestra existencia. Supongamos en Europa a un señor que obre según
su libre arbitrio y que se le ocurra convertir en es¬clavos a la mitad de sus
subditos; nosotros tenemos conciencia de que
no logrará eso,
aunque él emplee la más grande autoridad . Cada uno sabe que él no puede ser un
esclavo; conoce esto como algo esencial a sí mismo. Somos nosotros tan viejos,
tan poltrones, que vivimos, somos guardias; pero sabemos que esto es algo pasajero;
esto no es nuestro verdadero ser esencial, sabemos bien que no es ser esclavos.
Conocemos la libertad como la base de nuestro ser. Esta determina¬ción no es
pasajera. Todas las demás determinaciones de nuestro ser, edad, vocación, etc.,
son fugaces y variables, sólo la libertad perma¬nece. Que yo no pueda ser un
esclavo constituye mi ser más íntimo, mi existencia , mi categoría; la
esclavitud se opone a mi conciencia. En este sentido, tal saber del espíritu
acerca de sí constituye su ser, de manera que él produce y logra de este saber
la totalidad de sus condiciones.
Más directamente
consiste ahora esta conexión en que la universali-dad de la conciencia
constituye la libertad. Cuando yo me conozco como universal, me conozco como
libre. Cuando yo dependo de al¬gún impulso (tendencia) o de alguna inclinación,
entonces yo soy por algo distinto de mí mismo, y, en tanto que existo en el
impulso, en la inclinación, existo como algo particular, no como un universal.
Supuesto que yo existo como algo particular, entonces pongo (co¬loco) mi ser en
una particularidad y me encuentro ligado por esta particularidad . Yo soy diferente a mí mismo, porque soy:
a) Yo, es decir, enteramente universal; pero b) existiendo en una
particulari¬dad, determinado por un contenido particular; y este contenido es
un otro que yo. Si existo como algo particular, entonces no existo para mí como
universal; y esto es lo que llamamos libre albedrío. El libre albedrío es la
libertad formal; el libre albedrío convierte los im¬pulsos, los fines
particulares, etc., en su contenido u objeto. Pero la voluntad, en cuanto
voluntad libre, consiste en que su contenido sea algo universal; en este
universal tengo yo mi esencia, mi ser esencial; porque yo soy la identidad (la
conformidad) conmigo mismo. Y así sucede que también los otros son iguales para
mí; porque los otros ya son universales de la misma manera que yo. Yo existo en
tanto que libre, en cuanto que pongo la libertad de los otros y soy reconocido
por los otros como libre . La libertad solamente es real y efectiva en¬tre
varios, como libertad existente. Con ello se establece la relación de lo libre
a lo libre, la ley de la moralidad y del derecho. La voluntad libre quiere
solamente las determinaciones que existen en la vo¬luntad universal. Por
consiguiente, con estas determinaciones de la voluntad universal se establece
la libertad civil, el derecho racional, la verdadera y justa constitución del
Estado.
Esta es la relación
de la libertad y del pensar universales. Este pensar es, justamente, la
libertad de la conciencia de sí; y este concepto de libertad lo encontramos por
primera vez en el pueblo griego, y por eso comienza allí la filosofía.
Por lo demás, existe
en Grecia la libertad real con una limitación porque, como nosotros sabemos,
aún existía en Grecia la esclavitud; la vida civil no podía subsistir en los
Estados griegos libres sin la es-clavitud. Por tanto, la libertad estaba limitada,
condicionada; y esto nos ofrece la diferencia con respecto a la libertad
germánica. Po¬demos determinar la diferencia entre la libertad en Oriente y en
el mundo germánico, de la siguiente manera: en Oriente solamente es uno libre,
el déspota; en Grecia son algunos libres, los ciudadanos; pero en el mundo
germánico todos son libres, es decir, el hombre en cuanto hombre es libre. Esta
es una libertad más elevada que la de los griegos. Más tarde consideraremos más
de cerca esta diferencia. Ahora añadimos solamente que, si en Oriente solamente
uno debe ser libre, precisamente este uno no puede ser libre, porque ello exige
que para que uno sea libre todos los otros sean también libres. Allí solamente
se encuentran los apetitos desenfrenados y el libre albe¬drío; y éste es,
finalmente, esclavo; existe solamente la libertad for¬mal, la igualdad
abstracta de la conciencia de sí (Yo = Yo). Entre¬tanto, en Grecia existe la
proposición particular, que algunos son libres, los espartanos, los atenienses
son libres, pero no lo son los mesemos y los ilotas. Por consiguiente, el
principio de la libertad en el mundo griego contiene una limitación. Es una
modificación espe¬cial del pensar griego, de la intuición griega, la que
consideraremos aquí solamente en relación con nuestro objetivo, la historia de
la filo¬sofía. Qué significación concreta tiene aquella proposición abstracta
se conformará con esto. En tanto que nosotros examinamos ahora esta diferencia,
no quiere decir otra cosa sino que nosotros pasamos a la división de la
historia de la filosofía.
La primera cuestión
era la del concepto de filosofía; la segunda, la del concepto de historia de la
filosofía. Lo que nosotros queremos proponernos ahora es la división de nuestra
ciencia. Además, noso¬tros mismos tenemos que ponernos científicamente a la
obra; porque solamente la historia de la filosofía desarrolla (despliega) la
filosofía misma. Particularmente, se debe mostrar hasta qué punto la evolu¬ción
de la historia de la filosofía se ha de comprender según la necesi¬dad, desde
su concepto.
II. EL PROGRESO EN LA
HISTORIA
DE LA FILOSOFÍA
Ha sido indicado
antes que la diferencia entre pensamiento y con¬cepto consiste solamente en un
desarrollo posterior del primero hacia el segundo; este proceso constituye el
desarrollo (el perfecciona¬miento) en la historia de la filosofía.
Lo primero es el
pensamiento totalmente universal, abstracto; y
como tal, no
pertenece aún propiamente a la historia de la filosofía. Es el pensamiento tal
como se manifiesta en el Oriente y se relaciona con la religión oriental y con
la conciencia oriental en general. Aquí existe el pensamiento de una manera
enteramente abstracta, sustan¬cial, sin progreso, sin evolución, y justamente
ahora como antes, como hace miles de años. Por lo mismo, no es eso tanto
nuestra pri¬mera parte, sino más bien algo anticipado, algo brevemente
tangen¬cial.
Lo segundo es el
pensamiento determinándose, el concepto; vemos que éste surge en el mundo
griego. Aquí comienza, como ya se ha señalado, la libertad, la libertad
personal, la libertad subjetiva, de manera que el pensamiento, al determinarse
por sí mismo, puede querer y conocer las determinaciones como suyas. Aquí
existe tam¬bién una conexión definida en el progreso de sus categorías.
Noso¬tros vemos el simple desarrollo del pensamiento, la filosofía ingenua que
aún no ha llegado a la conciencia de la diferencia del pensar y del ser. Vemos
al pensamiento determinarse, diferenciarse, alcanzar sus diferencias y resumir
de nuevo estas determinaciones diferentes. Esta es la metafísica ingenua de la
unidad del concepto consigo mismo. La diferencia más inmediata es la que existe
entre el pensa¬miento y el ser, entre lo subjetivo y lo objetivo, y, después,
lo más profundo, la conciencia de esta contradicción. En la metafísica inge¬nua
no se da esta diferencia. Existe la fe de que, mientras se piensa así, se poseen
también las cosas reales.
Lo tercero es la
fijación de estas diferencias y el conocimiento de ellas. Es la filosofía del
moderno mundo europeo, la filosofía cris¬tiana y la germánica. La relación de
la subjetividad y de la objetivi¬dad, y, por consiguiente, la naturaleza del
conocer, constituye aquí lo esencial, lo capital, la base. El pensar
determinado, y que éste com¬prende la naturaleza de la cosa, éste es el punto
de vista de la idea. Con esto se originan otras contradicciones posteriores:
libertad, ne¬cesidad, bien, mal, etc. Estas ideas se opusieron unas a otras y
se in¬tenta concebir su unificación.
Esto es lo universal
(lo general) sobre el progreso en la historia de la filosofía.
Por consiguiente, en
Occidente estamos en el verdadero suelo de la filosofía; y allí tenemos que
someter a considera¬ción dos grandes formas, distinguir dos grandes períodos, a
saber: 1) la filosofía griega, y 2) la filosofía germánica. La úl¬tima es la filosofía
dentro del cristianismo o la filosofía en tanto que perteneciente a los pueblos
germánicos; por eso puede llamarse germánica.
Las otras naciones
europeas, Italia, España, Francia, Inglate-rra, etc., han recibido una nueva
forma a través de los pue-blos germánicos. La filosofía griega es distinta de
la germá-nica, del mismo modo que el arte griego es distinto del germano. Pero
lo griego se extiende al mundo germano; el punto de enlace lo forman los
romanos. Hemos de hablar de la filosofía griega en el suelo del mundo romano;
el hele-nismo ha sido recibido en el mundo romano. Pero los ro-manos no han
producido una filosofía propia, como tampoco han producido una poesía propia;
y, asimismo, su religión es derivada de la griega.
En general, nosotros
tenemos que distinguir dos períodos en la histo¬ria de la filosofía, o dos
filosofías diferentes: 1) la filosofía griega, y 2) la filosofía germánica, así
como distinguimos en la historia del arte entre el arte antiguo y el moderno. Los
pueblos europeos, en tanto que pertenecientes al mundo del pensamiento (de la
ciencia), pueden llamarse germánicos; porque en su totalidad han sido
transformados por los germanos. Los romanos, que están entre dos series de
pue¬blos (el griego y el germano), no han tenido una filosofía propia, como
tampoco han tenido arte, ni poesía propios, etc. También su religión está llena
de conceptos griegos; sin duda posee algo peculiar, pero esta peculiaridad no
es ni aproximándose a la filosofía ni al arte, sino al contrario: lo que le es
peculiar a ella no es filosófico, ni artís¬tico.
Por tanto, tenemos
propiamente sólo dos filosofías: la griega y la ger-mana. Pero entre ambas cae,
por una parte, la filosofía romana, que esencialmente es filosofía griega, y,
por otra, la disposición y la evo-lución de la filosofía dentro del cristianismo,
o, como se ha dicho a menudo, la filosofía al servicio de la Iglesia. En esta
época, en la Edad Media, ha sido la teología esencialmente filosofía; ha
conce¬bido los dogmas, la razón los ha defendido. Sí, la teología medieval ha
tenido incluso conciencia de que ella era filosofía, que la religión es un
saber filosófico. La nueva filosofía germánica, la propiamente moderna,
comienza con Descartes. Tan vieja es la filosofía en Eu¬ropa.
A grandes rasgos,
ésta es la división.
Por lo que se refiere
a la determinación inmediata de estos dos grandes contrastes, el mundo griego
ha desarrollado el pensamiento hasta la idea; el mundo cristiano o germánico ha
concebido el pensamiento del espíritu. Idea y espíritu es lo distintivo.
El punto de partida
de la historia de la filosofía puede ser determi¬nado de manera que Dios sea
concebido como el universal inme¬diato, aún no desarrollado, tal como
encontramos determinado lo ab¬soluto en Tales; y el fin último de la misma y,
además, el fin de la ciencia de nuestro tiempo, es concebir lo absoluto como
espíritu. Lle¬gar ahí ha sido el trabajo del espíritu del mundo desde hace mil
qui¬nientos años. Tan perezoso ha sido el espíritu del mundo en su tra¬bajo,
para pasar de una categoría a otra sup erior, progresando hacia la conciencia
de sí mismo. Mientras que al tener nosotros ahora esto ante nosotros, se hace
fácil progresar de una determinación (por me¬dio de la exhibición de sus
imperfecciones) a otras. Pero en el curso de la historia esto ha sido difícil.
El espíritu del mundo ha necesitado siglos para el paso de una categoría a
otra.
Los pormenores de
este progreso son ahora los siguientes. El primer paso es, necesariamente, el
más abstracto; es lo más simple, lo más pobre, a lo cual se opone lo concreto.
Aquél no es aún lo diverso, lo múltiplemente determinado en sí; y así, son las filosofías
más antiguas las más pobres de todas. Por tanto, lo primero es también lo
totalmente simple. Lo si¬guiente es que se hallan sobre este simple fundamento
(prin¬cipio) determinaciones, formas inmediatas. Por ejemplo, cuando se dice
que lo universal, lo absoluto, es el agua, o el infinito, o el ser, entonces lo
universal ha recibido las deter¬minaciones de agua, de infinito, de ser; pero
estas determina¬ciones son, de igual modo, todavía completamente univer¬sales,
aconceptuales, indeterminadas. Así, cuando se dice: lo universal es el átomo,
lo uno, entonces éstas son también de-terminaciones de la indeterminabilidad.
El escalafón inme-diato de la evolución es que lo universal sea concebido
(pen-sado) como determinándose a sí mismo, como pensándose a sí mismo, el
pensamiento como (actividad general) umversal-mente activo. Esto ya es
concreto, pero, no obstante, aún es siempre algo abstracto. Es el noús de
Anaxágoras y, mejor aún, el de Sócrates; allí comienza una totalidad subjetiva,
puesto que el pensar se piensa a sí mismo; la determinación del noús es ser
actividad pensante. Lo tercero es que esta to-talidad abstracta tiene que
realizarse, y ciertamente en deter-minaciones diferentes (el pensamiento activo
es determi¬nante, diferenciador), y que estas determinaciones diferenciadas se
elevan, incluso, a totalidades. Las determi¬naciones en esta etapa son lo
universal y lo particular, el pen¬sar como tal y la realidad externa, los
símbolos de la exterio-
ridad, las
sensaciones, etc. La filosofía estoica y la epicúrea se oponen una a otra. El
momento más elevado es, pues, la unión de estas contradicciones. Esta
unificación puede consistir en su negación, como en el escepticismo; pero la
unificación afirmativa es su absorción en una totalidad más elevada, en la
idea. El concepto es el universal, que se determina por sí mismo, pero se
mantiene en la unidad por esta determinación de las individualidades, de manera
que éstas le sean transparentes. Así, cuando yo digo: Yo, en lo dicho están
contenidas muchas determinaciones; pero siendo mis deter¬minaciones, no se
hacen independientes, sino que yo perma¬nezco en ellas igual a mí mismo. Lo
siguiente es la realización del concepto, esto es, que las determinaciones
mismas se con¬viertan en totalidad (esto es la bondad infinita del concepto),
que las comunica totalmente y transforma en totalidades sus aspectos que están
separados unos de otros, estando ahora indiferentemente unas al lado de otras o
combatiendo unas a otras. Este tercer momento es la unificación, la idea, de
ma¬nera que las diferencias sean concretas y, sin embargo, al mismo tiempo
estén contenidas en la unidad del concepto (sean conservadas). Hasta allí ha
avanzado la filosofía griega. Ella concluye con el mundo intelectual de ideas
de la filosofía alejandrina.
Después que hemos
indicado los extremos generales del progreso, queremos representar los momentos
determinados de los mismos. El contenido es lo universal, en general, en la
significación del ser (de manera que aquello que es, sea lo universal), en la
determinación concreta: Dios. El primer universal es el universal inmediato, es
de¬cir, el ser. Por consiguiente, el contenido, el objeto (Gegen¬stand) es el
pensamiento objetivo, el pensamiento que es. El pensa¬miento es un dios celoso,
que se expresa a sí mismo solamente como lo esencial, y no puede soportar nada
a su lado. Este contenido, en cuanto inicial, es indeterminado; y el progreso
es solamente el desa¬rrollo de las determinaciones existentes en sí. El
pensamiento obje¬tivo, el universal, es la base, la sustancia que fundamenta, y
perma¬nece estancado, sin cambiar, sino que solamente vuelve a sí, profundiza
en sí y se manifiesta; pues arrepentirse es: llevar su inte¬rior a la
conciencia, manifestarse; y manifestarse a sí mismo es el ser del espíritu. Por
consiguiente, en primer lugar, está esta base en la determinación del comienzo,
es decir, su determinación en la inme¬diabilidad, la indeterminabilidad.
Después se desarrolla, se deter¬mina. El primer período de la filosofía tiene
ahora este carácter, que el desarrollarse (desenvolverse) es el simple surgir
de las determina¬ciones individuales (de las cualidades abstractas), de aquel
funda-
mentó singular, que
contiene ya todo en sí. La etapa inmediatamente siguiente en este período es,
entonces, que sean establecidas ideal¬mente las determinaciones así sur gidas,
que sean resumidas en la uni¬dad concreta. Esta es la etapa en la cual el todo,
lo absoluto, es con¬cebido (pensado) como determinándose a sí mismo (y esto es
solamente el concepto concreto), no ya como universal en esta o en aquella
determinación, sino como totalidad del determinarse a sí mismo, la
individualidad concreta. Veremos este determinarse a sí mismo en la forma del
noús de Anaxágoras. La tercera etapa es, en¬tonces, que este concepto concreto
se fundamenta en sus diferentes determinaciones, es decir, que el concepto pone
estas determina¬ciones como totalidades. Aquella totalidad (¿el concepto?)
encierra en sí determinaciones; éstas le pertenecen en cuanto son ideales; es
la unidad de las mismas; cada determinación existe solamente en la unidad. Por
consiguiente, estas determinaciones son puestas cada una como totalidad . Las
determinaciones totalmente universales, que se encuentran aquí, son lo
universal y lo particular. Si nosotros de¬cimos que el concepto es la unidad
del universal y de lo particular, entonces resulta lo siguiente: que el
universal y lo particular cada uno es puesto por sí en sí mismo como algo
concreto de modo que cada uno sea en él mismo la unidad de la universalidad y
de la particulari¬dad, así como lo particular en la forma de la universalidad.
La unidad es establecida así en las dos formas. El universal totalmente
concreto es ahora el espíritu; lo singular totalmente concreto, la naturaleza
(es decir, la idea en la forma de la individualidad). Estos momentos son cada
uno la unidad de él y de su otro; se han completado por sí solamente a través
de la unidad con su otro; además, esos momentos son abstractos. Por
consiguiente, aquí ha sucedido que el universal (el noús) que se determina a sí
mismo, ha evolucionado de la segunda etapa a diferencias independientes, a
sistemas de totalidad, los cuales se ponen al lado o enfrente, como, por
ejemplo, la filosofía estoica y la epicúrea, a un aspecto del estoicismo, donde
el pensar puro se desarrolla por sí mismo en totalidad; con respecto al otro
aspecto, se sistematiza el otro principio, el sentimiento, la sensibilidad
natural en totalidad, es decir, el epicureismo. Toda determinación es aquí
mismo totalidad . La perfección de lo abstracto a lo concreto y, después, de lo
concreto mismo en sus determinaciones a la totalidad concreta, constituye el
progreso en este período. Por el modo de candorosidad de esta esfera aparecen
estos dos principios independientes por sí, como dos filosofías individuales,
que están en contradicción una con otra. Si nosotros las comparamos, entonces
vemos que son idénticas en sí. Pero en tanto que la idea total se anula en sus
diferencias, de modo que cada una de las mismas se encuadra en un sistema
propio de filosofía, tenemos que tomarlas como opuestas; y la totalidad de la
idea está en ellas, así como es consciente en una determinación unilateral. La
cuarta etapa es, entonces, que estas diferencias concretas son también anuladas
y resumidas.
Esta unidad concreta
es la idea misma. Ella es la sistematización de lo particular, de modo que
todas las determinaciones sean concretas, pero no lleguen a ser independientes,
ni permanezcan fuera de la unidad, sino que persistan unidas en un todo. Pero esta
opinión ocu¬rre, en primer lugar, solamente de una forma general, en el
elemento de la primera universalidad natural. Esa unión es lo ideal universal,
comprendido de una manera ideal.
Pero a este mundo, a
esta idea de totalidad, le falta aún una determinación. Yo había dicho
especialmente que existe la idea, que el concepto se determina, se
particulariza, que per-fecciona sus dos grandes aspectos y los establece como
idén-ticos. En esta identidad son establecidas (puestas) también como negativas
las totalidades independientes de aquellos as-pectos; y, a través de esta
negación, esta identidad se con-vierte en subjetividad, en el ser por sí
absoluto, es decir, en realidad. De esta manera la idea es elevada a espíritu.
El es-píritu es la subjetividad que se conoce a sí misma. El espíritu es objeto
para sí; lo que es para él objeto (a saber, él mismo), lo convierte él en
totalidad. De este modo es él mismo totalidad y se sabe a sí mismo totalidad
por sí. Este principio del absoluto ser por sí o de la libertad es el principio
del mundo cristiano, donde precisamente la única determina¬ción es ésta: que el
hombre, en cuanto tal, posee un valor in¬finito. La religión cristiana expresa
esto más directamente de forma que cada uno debe llegar a ser feliz; con esto
se ha atribuido al individuo como tal un valor infinito. Por consi¬guiente, el
principio de la segunda época es la idea consciente de sí.
Si nos queremos
representar gráficamente este progreso, po-demos decir: el pensar es el espacio
en general. En primer lu-gar, aparecen las determinaciones más abstractas del
espacio, puntos, líneas; luego su unión en un triángulo. Indudable-mente éste
es ya concreto, pero todavía en el elemento abs-tracto del plano; a él
corresponde lo que nosotros hemos lla-mado noús. Después se sigue que las tres
líneas que constituyen el triángulo se transforman en una figura completa; es
decir, la realización de la abstracción, de los aspectos abs¬tractos del todo.
El tercer momento es que estos tres planos, estos tres triángulos laterales, se
reúnan en un cuerpo, en una totalidad. Hasta tal punto llega la filosofía
griega.
Podemos aclararnos
este progreso por la representación del espacio. En primer lugar, tenemos la
representación vacía, abstracta del espa¬cio , el espacio como tal. Después
ponemos en él líneas, ángulos , fi¬guras individuales. Lo inmediato es su unión
en una figura geomé¬trica, por ejemplo, en un triángulo; ésta es la primera
totalidad, lo determinado, lo acabado, lo perfectamente delimitado, lo primero
concreto, la primera universalidad determinándose a sí misma. Lo si¬guiente es
que nosotros convirtamos cada línea del triángulo de nuevo en un plano; éstas
son las determinaciones abstractas de aquel todo, de las que cada una misma es
totalidad como el triángulo. Por último, sucede que estos planos se junten en
un cuerpo; solamente esto es la totalidad concreta. La primera totalidad, el
simple trián¬gulo, era aún formal; solamente esta última es una
determinabilidad espacial perfecta. Aquella primera totalidad formal, la
superficie ce¬rrada y plana, ha convertido sus lados en una figura cerrada, se
ha dado así un contenido, y solamente así la unidad de contenido y forma ha
llegado a ser totalidad perfecta. Si consideramos este ence¬rrar más
directamente, tendremos ahora una duplicación del trián¬gulo; y ésta es la
totalidad concreta frente a aquella primera totalidad abstracta. El fundamento
se ha duplicado, se ha profundizado por todos los lados. Por consiguiente,
primero las determinaciones son totalidades y sólo, por lo general, reunidas en
el elemento de lo uni¬versal. Esta es la conclusión de la filosofía griega en
los neoplató¬nicos. La ocupación del espíritu del mundo, y con ella la
filosofía, pasa ahora a otro pueblo.
Con este cuerpo se
origina una diferencia entre el centro y la realización (plenitud) del espacio.
Este contraste de lo com-pletamente simple, ideal (que es el centro), se
destaca ahora frente a lo real, a lo sustancial; y la reunión de ambos es
en-tonces la totalidad de la idea consciente de sí, pero no ya la reunión
ingenua, sino de modo que el centro sea la personali-dad, el saber por sí
frente a la corporeidad objetiva, real. En esta totalidad de la idea consciente
de sí es, por una parte, lo sustancial esencialmente distinto de la
subjetividad; pero ésta, por otra parte, llega a ser, en cuanto que se pone por
sí, también sustancial. Indudablemente, al principio la subjetivi-dad es sólo
formal, pero ella es la posibilidad real de lo sus-tancial. La subjetividad en
sí y por sí consiste, precisamente, en que el sujeto posee la determinación de
llenar, realizar su universidad, de ponerse a sí mismo idéntico con la
sus¬tancia.
El sistema
neoplatónico es un reino acabado del pensamiento, un mundo de la idealidad, el
cual es sólo en sí, solamente ideal; por
tanto, es irreal. Es
el mundo divino, ideal, un mundo del pensa-miento; pero es irreal porque existe
sólo en la forma, en el elemento de la universalidad, en la determinabilidad de
lo universal. La indivi-dualidad como tal es, igualmente, un momento esencial
del con¬cepto; pero este momento falta a este mundo; en general, carece de esta
determinación como subjetividad, como ser por sí. Esto quiere decir: los dos
triángulos en el prisma no son solamente dos, sino que tienen que convertirse
en unidad, en una unidad que se penetra a sí misma; y esto llega a ser
solamente en la subjetividad . Esta
es la uni-dad negativa, la negatividad absoluta. Por consiguiente, falta aquí
este momento de la negatividad; o falta, como hemos visto, que este ideal
exista por sí mismo, que no sea objeto solamente para nosotros, sino que exista
también por sí mismo. Este prin cipio ha aparecido primeramente en el mundo
cristiano, e, indudablemente, en la forma que Dios se hace consciente en cuanto
espíritu, en cuanto que él des-doblándose por sí mismo y asumiendo (anulando)
esta duplicación, de modo que precisamente en esta diferencia exista por sí, es
decir, que él sea infinito; pues lo diferente es finito; solamente el anular de
lo diferente es lo finito. Este es el concepto del espíritu mismo. El gran
quehacer del mundo es ahora conocer a Dios como espíritu y en el espíritu; y
este quehacer le ha correspondido al mundo germánico.
Por consiguiente, el
principio de la época moderna de la filo-sofía es, por una parte, que el
momento de la idealidad, de la subjetividad, exista por sí como tal o como
individualidad. Con ello nace lo que nosotros llamamos libertad subjetiva. Pero
ésta es al mismo tiempo universal, porque el sujeto como tal, el hombre como
tal hombre, es libre, y él posee la determinación infinita para llegar a ser
sustancial; ésta es la otra determinación de la religión cristiana: que el
hombre po-see la aptitud (capacidad) de ser espíritu. Esta libertad subje-tiva
y universal es algo enteramente diferente de la libertad parcial que nosotros
vemos en Grecia. Entre los griegos ha sido la subjetividad libre aún
verdaderamente casual. En el mundo oriental solamente uno es libre, es decir,
la sustancia; el ciudadano espartano o ático es libre; pero entre ellos había
también esclavos. Por tanto, en el mundo griego solamente algunos eran libres.
Algo diferente es lo que nosotros de¬cimos ahora: el hombre, en cuanto hombre,
es libre. Ahí la determinación de la libertad es enteramente universal. El
sujeto como tal es pensado como libre; y esta determinación vale para todos.
En la religión
cristiana este principio ha sido representado más en la forma del sentimiento y
de la representación que
asumido en la forma
pura del pensamiento; sucede que el hombre en cuanto hombre, cada individuo, es
un objeto de la gracia y de la misericordia divina; cada uno es de este modo un
sujeto para sí, tiene un valor infinito, absoluto por sí. Más directamente,
este principio consiste en que la religión cris¬tiana contiene el dogm a, la
intuición de la unidad de la natu¬raleza divina y de la humana. Esto ha sido
revelado a los hombres por Cristo, Hombre y Dios, la idea subjetiva y la idea
objetiva son aquí una misma cosa. Este es el principio germánico, ésta es la
unión de la objetividad y de la subjetivi¬dad. Bajo otra forma se encuentra
esto ya en la narración del pecado original. Lo esencial en este relato es que
el árbol, del cual Adán consiguió comer, es el árbol del conocimiento del bien
y del mal; lo demás es solamente imagen. Según esto, la serpiente no ha
engañado al hombre, pues Dios dice: «Mira, Adán se ha hecho como uno de
nosotros, él sabe lo que es el bien y el mal.» En esto consiste el valor infinito,
divino, de la subjetividad. La unidad del principio subjetivo y de la
sustan¬cialidad, pero la unidad del saber y de la verdad no es una unidad
inmediata, sino un proceso; esa unidad es el proceso del espíritu por la que lo
uno de la subjetividad se desemba¬raza de su forma de obrar inmediata, natural,
y se produce como idéntico a lo que, en general, ha sido llamado lo sustan¬cial
(la subjetividad como tal es sólo formal). Por consiguiente, el designio del
hombre ha sido expresado aquí como la felicidad y la perfección más elevadas,
primeramente conforme al princi¬pio, in abstracto; por tanto, la subjetividad
es, en cuanto que tiene valor infinito en sí, determinada por la posibilidad.
De esta manera vemos
que lo especulativo y la representa¬ción religiosa no están tan separados y,
sobre todo, no están tan alejados uno de otra, como ordinariamente se cree. He
citado también tales representaciones porque no creemos que ellas, como las representaciones
primeras del mundo cris¬tiano, no tengan para nosotros ya ningún interés,
aunque no¬sotros estemos dentro de esa tradición. De esto resulta que, aunque
nosotros estamos más allá de eso, sin embargo no nos avergonzamos de nuestros
antepasados, para quienes estas representaciones religiosas han sido las
determinaciones más elevadas.
La primera aparición
de este principio es la revelación inmediata en
la religión
cristiana; este principio es, antes que existencia actual real, concebido por
el pensamiento; existe como fe e intuición mucho antes que se haya aproximado
al conocimiento del mismo. El pensa¬miento supone la inmediación y se refleja
desde ella en sí mismo. Lo primero que se encuentra en esta determinación del
espíritu (y que tiene relación con lo precedente) es que ahora hay dos
totalidades, una duplicación de la sustancia; pero esta duplicación tiene un
carác¬ter diferente, a saber, el carácter de que las dos totalidades ya no se
destruyen, sino que sencillamente se exigen, se piensan, se ponen en su
relación de una con otra. Cuando antes el estoicismo y el ep icu¬reismo
existían independientes, uno al lado de otro y, más tarde, el escepticismo fue
la extinción de estas diferencias, de las que era la negación, y, por último,
también la unidad afirmativa de ambas, pero tenía lugar solamente como
universalidad existente en sí, así existe ahora esta relación de manera que
estos dos momentos deben ser co¬nocidos como totalidades diferentes y, no
obstante, deben ser puestos en su contraste como uno. Aquí tenemos la verdadera
idea especulativa, el verdadero concepto en sus verdaderas determina¬ciones, de
las que cada una se ha dilatado indudablemente hasta la totalidad; pero que no
existen una al lado de otra, todavía se opo¬nen, sino que, sencillamente, se
han referido una a otra y constituyen una totalidad . Esta contradicción,
concebida de la manera más gene¬ral, es la contradicción del pensar y del ser,
del sujeto y del objeto, de Naturaleza y espíritu (en tanto que éste es finito;
por consi¬guiente, opuesto a la Naturaleza). La exigencia es que ambos
tér-minos de la relación son concebidos como una unidad, o que su uni¬dad es
concebida en contradicción. Este es el fundamento de la nueva filosofía surgida
en el cristianismo.
A partir de esta
determinación, se aclara ahora más directamente lo que quería decir la
candorosidad de espíritu en el primitivo filosofar de los griegos. Es un
filosofar tal que aún no toma en consideración esta contradicción del pensar y
del ser, para el cual todavía no existe la contradicción del conocer subjetivo
y del objetivo. En la filosofía griega se ha filosofado, se ha pensado, se ha
razonado por medio del pensamiento, pero de modo que en este pensar y razonar
consiste el supuesto inconsciente, que lo pensado también existe y es tal como
es pensado; que, por consiguiente, el pensar y el ser no están sepa¬rados. Es
necesario tener esto a la vista; porque se encuentran tam¬bién en la filosofía
griega cuestiones que parecen ser idénticas a las de la filosofía actual.
Tendremos que considerar entre los griegos, por ejemplo, la filosofía sofística
y la escéptica. Estas han establecido la teoría de que no puede conocerse lo
verdadero; podía parecer como si esta teoría fuera completamente paralela a las
modernas filo¬sofías de la subjetividad, que afirman que todas las
determinaciones del pensar son solamente subjetivas, por lo que nada en
absoluto se podría decidir sobre la verdad objetiva; y sobre ésta nada en
absoluto
podría ser decidido,
porque el pensar en general no logra alcanzar el ser. Pero aunque exista aquí,
por una parte, una semejanza, existe, sin embargo, una diferencia esencial
entre el escepticismo y la sofís¬tica griegas y las filosofías modernas de la subjetividad . Pues en las filosofías antiguas que decían:
«Nosotros sabemos solamente de apa-riencias», con eso se ha excluido todo; no
hay en el fondo aún un más allá al cual se aspiraría; un ser, una cosa en sí de
la cual no sería consciente no sólo de una manera conceptual, cognoscente. No
hay entre los antiguos nada fuera o al lado del punto de vista de la
apa-riencia, nada hay más allá de esto. En la práctica, los escépticos
con-fesaban que uno tenía que gu iarse por l as apariencias, adoptar lo aparente
como regla y medida, y podía obrar después en todo justa, moral y sensatamente
(por ejemplo, incluso en medicina); pero lo que es así, puesto por fundamento,
es solamente algo aparente. Por consiguiente, con esto no se ha establecido al
mismo tiempo un saber de lo existente, de lo verdadero. La diferencia entre las
antiguas y las nuevas filosofías es, por tanto, en este aspecto, muy grande. La
dife-rencia es esencialmente ésta: que las modernas filosofías de la
subje-tividad o del idealismo subjetivo afirmaban poseer, además del saber como
subjetivo, todavía un saber distinto, un saber que no es produ¬cido por el
pensar, un saber inmediato, una fe, una intuición, una re¬velación, un anhelo
por un más allá o algo semejante. Detrás de lo subjetivo, de lo aparente,
existe aún algo verdadero, de lo cual se llega a ser consciente por una vía
diferente de la intelectual. En los antiguos filósofos griegos no había ningún
más allá semejante, sino descanso y satisfacción perfectos en la apariencia. Y
ésta es la signifi¬cación justa de la candorosidad de su pensamiento, que no
existía para ellos esta contradicción del pensar y del ser. Es necesario, en
esta consideración, mantener el punto de vista exacto; si no, por la semejanza
de los resultados se cae en el error de ver en aquellas anti¬guas filosofías la
determinabilidad de la moderna subjetividad; puesto que al lado de la
candorosidad del antiguo filosofar lo apa¬rente mismo era toda la esfera, de
manera que aún no había surgido la duda intelectual frente a lo objetivo.
Por consiguiente,
tenemos propiamente dos ideas, la idea subjetiva como saber, y, después, la
idea sustancial concreta; y el desarrollo, la perfección de este principio que
logra al-canzar la conciencia del pensamiento, constituyen el interés de la
filosofía moderna. En ella existen, pues, determina¬ciones de una especie
concreta como en los antiguos; en ella existen las diferencias de pensar y ser,
de individualidad y sub¬jetividad, de libertad y necesidad, etc. La
subjetividad existe en ella por sí, pero se hace idéntica a lo sustancial, a lo
concreto, de manera que lo sustancial logre alcanzar el pensamiento. El saber
de lo que es libre por sí, éste es el principio de la mo-
derna filosofía. Este
saber, en cuanto certeza inmediata y en cuanto saber que solamente debe
desarrollarse, tiene ahí un in¬terés especial, en tanto que la contradicción de
certeza y fe, o, también, de la fe y del saber mismo que se desarrolla en sí,
es organizado de este modo. Por tanto, el saber que primeramente debe
desarrollarse en cualquier sujeto y también la fe, que es un saber, que
solamente debe desarrollarse, se oponen a la cer¬teza, a lo verdadero en
general. En consecuencia, subjetividad y objetividad se oponen. Pero en ambas
está supuesta la unidad del pensar, de la subjetividad y de la verdad, de la
objetividad; sólo que en la primera forma se dice: el hombre existente (es
decir, el hombre natural, tal como corrientemente existe y vive) conoce por el
saber inmediato, por la fe, lo verdadero; como él lo cree así, es lo verdadero;
mientras que en la se¬gunda forma sin duda existe también la unidad del saber y
de la verdad; pero, al mismo tiempo que se eleva el hombre, el sujeto sobre la
conciencia sensible, sobre la forma inmediata del saber y, además, solamente a
través del pensar se hace lo que él es, y logra alcanzar la verdad.
La filosofía moderna,
en cuanto totalidad, tiene estos dos aspectos en contradicción, pero también en
relación. De este modo tenemos la contradicción de la razón y de la fe (la fe
en sentido eclesiástico, no en la forma que la concebimos nosotros), la contradicción
de la pro¬pia intelección, del saber de la verdad, frente a la doctrina, es
decir, frente a la verdad objetiva como tal, que debe ser admitida sin la
propia evidencia, ciertamente renunciando a la razón, o tenemos no¬sotros la
contradicción del saber cognoscente frente al saber inme¬diato, frente a la
revelación que se encuentra en el interior, frente al sentimiento, a la fe (en
el moderno sentido, es decir, un repudiar de la razón y de todo lo objetivo
frente a la certeza interna, al presenti¬miento) y otras formas semejantes. La
finalidad del mundo moderno es pensar lo absoluto como espíritu, como el
universal que se deter¬mina a sí mismo, como la bondad infinita de la idea,
para comuni¬carse completamente todos sus momentos, para imaginarlos entera¬mente,
de manera que ellos aparezcan cada uno como un todo indiferente frente a los
otros, pero que aparezcan del mismo modo como la justicia infinita, de forma
que estas totalidades sean solamente una unidad, e, indudablemente, no sólo
como lo uno en sí o para noso¬tros (esto sería solamente nuestra reflexión),
sino también como lo uno por sí. Esta unidad tiene que llegar a ser su unidad
por sí; porque ella es precisamente lo que es su ser por sí (su naturaleza).
Comprender este concepto de la idea, esta duplicación y la unidad de lo
duplicado, es el tema, la finalidad de la filosofía germánica.
Por consiguiente, en
total tenemos dos filosofías: 1) la filoso¬fía griega, y 2) la germánica (la
filosofía influida por el cristia-nismo). En esta última tenemos que distinguir
dos épocas, la época en que se ha producido como filosofía, y la de prepara-ción.
Podemos empezar a estudiar la filosofía germánica sólo donde ella se destaca en
su forma característica. Entre ambas épocas existe todavía un período medio de
fermentación.
El punto de vista
actual es el resultado de todo el curso y de todo el trabajo de 2.300 años; es
lo que el espíritu del mundo ha alcanzado en la conciencia pensante. No debemos
admi-rarnos de su lentitud. El espíritu universal pensante tiene tiempo, nada
le da prisa; dispone de una multitud de pue¬blos, de naciones, cuyo desarrollo
(o evolución) es justa¬mente un medio para producir su conciencia. Tampoco
de¬bemos impacientarnos de que los conocimientos particulares no sean
realizados ya ahora, sino más tarde; no este o aquel que ya está allí; en la
historia universal los progresos van len¬tamente. La intelección de la
necesidad de este largo tiempo es así un medio contra nuestra propia
impaciencia.
De esta manera,
tenemos que considerar tres períodos en la historia de la filosofía: en primer
lugar, la filosofía griega desde Tales, desde el origen, aproximadamente 600
años antes de Cristo (Tales nació en 640 ó 629 a. de C.; su muerte cae en la 58
ó 59 Olimpíada, es decir, hacia el 550 a. de C.), hasta los filósofos
neoplatónicos, de los cuales Plotino vivió en el siglo III (d. de C.). Pero se
puede decir que este pe¬ríodo se extiende hasta el siglo V de nuestra Era, en
que por una parte se extingue toda filosofía pagana, lo que se rela¬ciona con
la emigración de los pueblos y con la decadencia del imperio romano (la muerte
de Proclo, el último de los grandes neoplatónicos es colocada en el año 485 y
la toma de Roma por Odoacro en el 476 d. de C.); pero, por otra parte, la
filosofía neoplatónica se continúa inmediatamente en la de los Padres de la
Iglesia; varias filosofías dentro del cristia¬nismo tienen por base sólo a la
filosofía neoplatónica. Por tanto, es aproximadamente un espacio de tiempo de 1.000
años. El segundo período es la Edad Media, el período de fermentación y de
preparación de la filosofía moderna. A este período pertenecen los
escolásticos; se han de mencionar también las filosofías árabe y judía, pero la
filosofía funda-
mental es la de la
Iglesia cristiana. Este período duró aproxi-madamente 1.000 años también. El
tercer período, el de la verdadera presentación de la filosofía moderna,
comienza so-lamente en la época de la guerra de los Treinta Años, con F. Bacon
(m. 1626), Jacobo Böhme (m. 1624) o Descartes (m. 1650). Con él el pensamiento
ha comenzado a penetrar en sí mismo. Cogito, ergo sum, son las primeras
palabras de un sis-tema; y justamente estas palabras expresan lo que diferencia
a la filosofía moderna de todas las filosofías precedentes.
D. FUENTES Y
BIBLIOGRAFÍA
DE LA HISTORIA DE LA
FILOSOFÍA
HORA se hacen
necesarias algunas observaciones sobre Alas fuentes de la historia de la
filosofía: en este caso las fuentes son de otra especie que en la historia
política, porque en la historia política están presentes los hechos mismos; en
la historia política, por el contrario, son los historiadores los que han
transformado ya los hechos en representaciones, los han puesto en relación y
presentado históricamente. El hom¬bre de historia tiene este doble sentido: por
una parte, carac¬teriza los hechos, los acontecimientos mismos, pero, por otra,
los caracteriza en tanto que se han constituido a través de la representación
para la representación. Pero no son los histo-riadores aquí nuestras fuentes,
sino que nosotros poseemos incluso las obras de los filósofos; éstas son los
hechos del es-píritu mismo; éstas son las fuentes más importantes.
Induda-blemente, hay períodos de los que no se ha conservado nin-guna obra,
ningún hecho; en este caso tenemos que dirigirnos a los historiadores; por
ejemplo, para la más antigua filosofía griega tenemos que acudir a Aristóteles
y a Sexto Empírico; puede prescindirse de todo lo demás. Al comienzo de la
me-tafísica, Aristóteles ha tratado expresamente de la primitiva filosofía
griega; y también en sus otras obras cita frecuente-mente fragmentos de
aquélla. Y él es el hombre que podía juzgar muy bien sobre ella. Aunque el
erudito censura a Aristóteles su caprichosa sagacidad, especialmente porque no
ha comprendido rectamente a Platón, sin embargo se puede decir que él ha convivido
con éste largo tiempo y realmente era muy sagaz. Sexto Empírico es también muy
importante. Todavía quedan períodos en los que es deseable que otros lean las
obras de los filósofos y nos den un resumen de ellas. Primeramente, son
necesarios los principios sencillos; des¬pués, el desarrollo de los mismos y,
en tercer lugar, su aplica-
ción a lo concreto y
a lo particular. Pero, con respecto a las filosofías abstractas de los
antiguos, no es necesario conocer todas sus opiniones; porque sus principios
progresan sola-mente hasta un cierto grado de desarrollo y no bastan para
comprender verdaderamente lo concreto. De esta forma la fi-losofía estoica no
tiene ningún interés en la aplicación de su lógica, de su dialéctica, a la
Naturaleza; ahí hemos de confor-marnos con resúmenes. Cuando nosotros hemos
remitido a las fuentes, parece ser su estudio un trabajo enorme; pero ninguna
otra cosa nos ofrece las opiniones de los filósofos más distinta y claramente.
Entretanto, frecuentemente se puede uno contentar con los principios y con el
desarrollo hasta un cierto grado. Entre los escolásticos, por ejemplo, hay
obras de 18, 24 y 26 tomos en folio; en este caso hay que atenerse al trabajo
de otros, a los resúmenes hechos de esas obras; esta empresa es digna de
estima. Otras obras son raras, difíciles de obtener; también en este caso los
resú¬menes se hacen necesarios.
Todavía es necesario
hacer algunas observaciones sobre las fuentes de la historia de la filosofía.
En la historia política tenemos fuentes de primera y también de segunda mano.
Las primeras tienen por fun-damento los hechos y los discursos de los mismos individuos
ac-tuantes. Los historiadores reflexivos, no originales, han tenido a la vista
de aquellas primeras fuentes y las han utilizado. En la historia de la
filosofía no son estos historiadores las fuentes, sino que los he¬chos mismos
están presentes para nosotros; y estos hechos son las obras de los mismos
filósofos. Se podía decir ahora qu e estas obras constituyen una enorme riqueza
para instruirnos. Indudablemente, por una parte, sucede que hemos de atenernos
a los historiadores; sin embargo, con respecto a muchas filosofías es
indispensablemente ne¬cesario estudiar a las obras mismas. En lo referente a la
filosofía griega sentimos esta necesidad de la mayor parte de los casos. Ya
hemos hecho algunas advertencias sobre esto. Por otra parte, en las antiguas
filosofías pronto vemos si su principio es todavía demasiado limitado para
comprender nuestras representaciones más ricas; pues depende de nosotros
investigar hasta dónde un principio semejante ha de esforzarse por abarcar la
totalidad de la materia. Hay también una gran cantidad de obras filosóficas que
sólo son importantes lite¬raria o históricamente. Con respecto a éstas podemos
conformarnos con resúmenes. En general, podemos observar aún que, cuando
po¬seemos la idea de la filosofía y la tenemos a la vista en el estudio de su
historia, entonces puede hacérsenos fácil e interesante el estudio de las obras
filosóficas y no seguirá siendo un conocimiento muerto e inactual. La idea de
la filosofía nos mostraría lo que a ella corres-
ponde en los diversos
sistemas y cómo hemos de jerarquizar ese con-tenido.
Lo que concierne a la
literatura sobre la historia de la filoso¬fía se puede encontrar enumerado con
bastante amplitud en el resumen de Wendt de la Historia de la Filosofía de
Tenne-mann. Pero las obras más dignas de mención sobre esta cues-tión son las siguientes:
El más antiguo que ha
escrito una historia de la filosofía ha sido Diógenes Laercio. Volveremos a
hablar de él.
Una de las primeras
historias de la filosofía de la época mo-derna es The history of philosophy de
Th. Stanley (Londres, 1701, 4 vols.), traducida al latín por God. Olearius
(Leipzig, 1711, 4 vols.). Esta obra, que ya no es usada, es notable sólo desde
el punto de vista bibliográfico; contiene solamente la historia de las antiguas
escuelas filosóficas en cuanto sectas, como si no hubiera habido ninguna
moderna. Se da aquí la representación peculiar, que indudablemente era la
opinión corriente de aquella época, que solamente ha habido verda-dera
filosofía entre los antiguos, que en general la época de la filosofía se ha
terminado, se ha interrumpido con el cristia-nismo. Se ha establecido la
diferencia entre la verdad, como la concibe la razón natural, y la verdad
revelada en la revela¬ción cristiana. Por consiguiente, la representación es
que el cristianismo ha hecho superflua la filosofía, y la ha reducido a una
cosa propia de los paganos; ciertamente que la verdad solamente se puede
encontrar aún en la forma de religión. Sin embargo, es necesario advertir que
antes del renaci¬miento de las ciencias no existía ninguna filosofía peculiar,
y que las filosofías que, sin duda, existan en la época de Stan¬ley, en parte
eran sólo repeticiones de las antiguas filosofías platónica, aristotélica,
estoica y epicúrea; en parte, en tanto que ellos pasaban por independientes,
eran aún demasiado jóvenes, porque los viejos señores habían tenido semejante
respeto por ellas para hacerlas valer como algo propio.
La segunda es la
Historia crítica philosophiae, de J. J. Bruc-ker (Leipzig, 1742-1767). Son
cuatro partes, en seis tomos en cuarto; la cuarta parte tiene dos tomos; el
sexto tomo es un suplemento.
Se encuentran
recogidas en ella una gran cantidad de noticias acerca de las representaciones
que este o aquel sabio de épocas pasadas había tenido sobre las filosofías. Es
una ex-tensa compilación, bastante buena para obra de consulta. Por lo demás,
la exposición es en alto grado ahistórica, no ex-traída simplemente del estudio
de las fuentes; en general, las propias reflexiones y conclusiones obtenidas a
la manera de la metafísica wolfiana se mezclan son las de los autores. Y estas
conclusiones son mencionadas como históricas. Cuando de un sistema filosófico
era conocido sólo las proposición fun-damental, por ejemplo, cuando Tales dice:
El agua es el prin-cipio de todas las cosas, entonces Brucker, de esta simple
proposición deduce otras veinte o treinta en las que no hay una palabra de
verdad. Esto es absolutamente ahistórico. En ninguna parte el comportamiento
histórico se hace más nece-sario que en la historia de la filosofía; pues en
filosofía se trata de lo que un filósofo ha expresado, y hay que atenerse a
esto. Las premisas y conclusiones de su principio pertenecen al desarrollo
posterior de la filosofía.
Entre los franceses,
particularmente, goza aún de gran prestigio. Pero la crítica es tan débil
consigo como lo es respecto de los afo¬rismos filosóficos. Brucker tampoco se
ha atenido verdaderamente a las fuentes, sino que se ha atenido a lo que otros
han escrito sobre los antiguos.
Esta obra es un gran
lastre, pero el resultado es pequeño. Hay un resumen de ella: Institutiones
historiae philosophiae, usui accademi¬cae juventutis adornatae (Leipzig, 1747,
in 8; existen otras ediciones posteriores).
Otra obra sobre la
historia de la filosofía es El espíritu de la filosofía especulativa (Geist der
spekulativen Philosophie, Marburg, 1791-1797, 7 tomos in 8), de Dietrich
Tiedemann. La historia política es inútilmente tratada en ella por extenso,
árida e insípidamente. El lenguaje y el estilo son rígidos y afectados. El
conjunto es un triste ejemplo de un hombre que, como profesor erudito, se ha
ocupado en el estudio de la filosofía especulativa con sacrificio de toda su
vida y, sin em-bargo, no tiene noción de lo que es el espíritu especulativo, de
lo que es el concepto. Ha hecho resúmenes de obras filo-sóficas que siguen
siendo razonables. Pero cuando él llega a lo dialéctico, a lo especualtivo,
suele enfadarse, pierde la pa-
ciencia, se
interrumpe y lo califica de místico, de simples suti-lidades. Por consiguiente,
allí donde lo interesante no le con-cierne directamente, se detiene en la mayor
parte de los casos. Algo ha hecho de valioso al dar resúmenes de algunos libros
raros de la Edad Media, por ejemplo, escritos cabalís¬ticos, que pertenecen al
pasado. Por lo demás, el libro tiene poco valor. Tampoco sus Argumenta
dialogorum Platonis me-recen atención especial.
Mucho mejor es el
Manual de la historia de la filosofía y una Literatura crítica de la misma
(Lehrbuch der Geschichte der Philosophie und einer kritischen Literatur
derselben, Göttin-gen, 1796-1804, 8 partes en 9 volúmenes, in 8), de Jh.
Got-tlieb Buhle. La antigua filosofía se ha tratado sólo muy bre-vemente, sin
relación con la moderna, la cual está tratada muy por extenso. Cuanto más
penetró Buhle, tanto más deta¬llista se hizo. Las primeras partes tienen, por
eso, poco valor. En muchas cuestiones tiene gran utilidad, especialmente
por¬que da muchos resúmenes de obras raras de los siglos XVI y XVII; así hizo
resúmenes de obras inglesas y escocesas, y de las de Giordano Bruno que se
encuentran en la biblioteca de Göttingen.
La obra más extensa y
detallada de esta clase es la Historia de la filosofía (Geschichte der
Philosophie, Leipzig, 1798-1819. 11 partes, 12 vols. in 8), de Tennemann. La
parte octava, que contiene la filosofía escolástica, tiene dos volúmenes. Esta
obra es célebre y todavía se usa muy frecuentemente. Las fi¬losofías
particulares están tratadas en ella muy detallada¬mente, y las de la época
moderna están mejor estudiadas que las de la antigüedad, como es habitual en
tales obras. Pero también es mucho más fácil exponer las filosofías de la época
moderna. Basta hacer los resúmenes de las obras filosóficas, y cuando éstas
están redactadas en latín es fácil traducirlas; además, el contenido de las
modernas filosofías está más próximo a nuestra representación. Las antiguas
poseen otro punto de vista y son, por consiguiente, más difíciles de
com¬prender. Por otra parte, no es mucho lo que se sabe de ellas; y es menester
de muchas combinaciones para transformar los pensamientos de los antiguos y sus
sistemas a una forma mo¬derna, para expresarlos en un estilo moderno, y, sin
em¬bargo, interpretarlos (reproducirlos) de una manera pura. En
este caso no se puede
traducir literalmente; esto no sería oportuno. Las representaciones de los
antiguos tienen que ser transformadas en otras expresiones, sin que surja de
ellas otra cosa diferente. Pero fácilmente se tiene la propensión a convertir
lo antiguo en algo que nos sea más familiar; y esto le ha sucedido
frecuentemente a Tennemann. Por este lado tiene él los más grandes defectos.
Además de que sus resú-menes son pobres, no comprende justamente algunos
pa-sajes. El texto y la traducción se contradicen frecuentemente; y uno se
haría una representación completamente falsa de Platón y Aristóteles si se
atuviera solamente a Tennemann. En Aristóteles, por ejemplo, la incomprensión
es tan grande que por la aceptación de lo contrario de lo que Tennemann hace
pasar por aristotélico se obtiene una visión más justa de la idea de
Aristóteles mismo. En esto es Tennemann sincero al poner los pasajes de
Aristóteles entre el texto. Por consi-guiente, por este lado es casi
completamente inútil.
Sin duda, dice en el
prólogo, que un historiador de la filosofía no debe de tener ningún sistema;
pero, sin embargo, él tiene uno del cual no se separa nunca. En primer lugar
que alaba, celebra y ensalza cada filósofo hasta la exageración; pero el resultado,
el fin del pane¬gírico, es que el filósofo ensalzado se hace siempre más
pequeño, porque todo filósofo tiene para él un defecto, el de no haber sido un
kantiano, el de no haber investigado críticamente las fuentes del
co¬nocimiento, el de no haber llegado aún al resultado de que el conoci¬miento
es imposible. Por tanto, toda esta historia es completamente insípida, incluso
en la parte histórica.
De compendios breves
hay una multitud. Entre ellos, tres son dignos de mención:
1) El Compendio de historia de la filosofía
(Grundriss einer Geschichte der Philosphie, Landshut, 1807), de Friedrich Ast,
que es uno de los mejores. Está escrito con buen sen tido. El autor conoce la
filosofía de Schelling, aunque algo confusamente, y distingue de una manera
algo formal el idea lismo del realismo.
2) El Compendio de historia de la filosofía
(Grundriss der Geschichte der Philosophie, Leipzig, 5.a edic., 1829), de A.
Wendt, que es un resumen de la de Tennemann.
En la consideración
histórica es bueno. Pero uno se maravilla de que
allí todo sea
considerado como filosofía, sin distinguir si es de impor-tancia o no. Tampoco
se puede negar aquí la manía de los filósofos formados en Leipzig por la
integridad . El no ha de superar la
superfi-cialidad del espíritu. Todo es comprendido según cualquier
determi-nación mental; él piensa, además, haber producido algo nuevo,
pro-fundo, aunque de ningún modo se pueda hablar de tales determinaciones
superficiales en filosofía.
3) El compendio más
recomendado es el Manual de historia de la filosofía (Handbuch der Geschichte
der Philosophie, Sulzbach, 1822-23, 3 tomos in 8), de Th. A. Rixner. El autor
es un hombre de espíritu. Es la obra más nueva y me jor, tanto por lo que se refiere
a la riqueza literaria como también por lo que se refiere a los pensamientos,
aunque no llene todas las exigencias de una historia de la filosofía. Hay
bas¬tante que censurar en él; así, por ejemplo, que tiene muchas
amplificaciones sobre otras ciencias mezcladas en el texto y, de esta manera,
la obra aparece muy heterogénea. Pero los pasajes fundamentales en la lengua
original que da en los apéndices a cada tomo, la exactitud en las citas, así
como otras cosas, hacen esta obra muy recomendable.
Con esto concluimos
la introducción. Por lo que se refiere a la historia política en adelante, se
supondrá conocida. Algo diferente es el principio del espíritu de los pueblos y
todo lo que en él hace referencia a lo político; esto se sitúa más cerca de nuestra
consideración. También daré noticias biográficas, si vienen al caso, pero sólo
de una manera accidental; porque no se trata de una historia de los filósofos,
sino de una histo¬ria de la filosofía. También dejaré de lado muchos nombres
que son aceptados por el método erudito, pero que han te¬nido muy poca
importancia por lo que se refiere a la filosofía. El interés principal es la
filosofía en general y, con ella, el pensamiento determinado, la fase
determinada del desarrollo de la razón en cada época.
Cuando en una
historia de la filosofía se dan solamente resú-menes parece, por lo pronto, que
esto es lo más conveniente. Pero tratar la historia de la filosofía a la manera
de una cró-nica es indigno de la filosofía; esto ni siquiera podría suceder en
la historia política. Incluso en la historia política se intro-duce una
finalidad, es decir, el fin de la evolución de la histo-ria de los pueblos. En
la historia de Roma, de Tito Livio, te-
nemos a Roma desde el
primer punto de vista. Vemos a Roma ascender, defenderse, ejercer su dominio,
etc. Por consiguiente, la finalidad universal es Roma, el ensancha¬miento de su
dominio, la formación de su constitución civil, etc. Así, en la historia de la
filosofía el fin es la razón desa¬rrollándose a sí misma; esta finalidad no
sólo es introducida, sino que es la cosa misma, la cual sirve de base aquí como
universal; por consiguiente, aparece como finalidad, por lo que se comparan
desde sí misma las formas individuales. Nuestra finalidad es representar la
evolución del espíritu, el desarrollo del pensamiento.
En cuanto al método,
hay que señalar aún: a ) que la historia externa es aludida sólo brevemente, a
excepción de lo político, en tanto que caracteriza el espíritu de una época; b)
que nos limitamos también, con respecto a las noticias bibliográficas y biográficas,
a lo más indis-pensable; c) por lo que se refiere a las mismas filosofías,
menciona-remos solamente aquellas cuyos principios constituyan alguna
modifi-cación. Por consiguiente, dejaremos pasar aquello que concierne
solamente a la aplicación y difusión de los distintos sistemas. Hemos observado
ya que los principios que no son en sí concretos no bastan para la aplicación a
la existencia más concreta. En cuanto al espíritu, al fundamento de toda
filosofía, se ha hablado igualmente de ellos antes.
Queda aún una
cuestión que decir ahora, la de si un historiador de la filosofía debe tener un
sistema, si él no debe ser más bien imparcial, no juzgar, no seleccionar, no
añadir nada de lo suyo, ni recaer sobre ello con su juicio. Esta exigencia de
imparcialidad parece, indudable¬mente, muy plausible como una recomendación a
la equidad . Preci¬samente la historia (de la filosofía, se dice) debe,
incluso, producir esta imparcialidad .
Pero lo peculiar es que solamente quien no com-prende nada de la cosa, quien
posee solamente conocimientos histó-ricos, se comporta imparcialmente. (El
conocimiento histórico de las
doctrinas no es
ninguna comprensión de las mismas.)
Pero hay que
distinguir entre historia política e historia de la filoso¬fía. Aquélla puede
ser objetiva como la poesía homérica, o como el tipo de historia escrita por
Herodoto o Tucídides. En cuanto hom¬bres libres, dejan obrar las acciones y
acontecimientos por sí mismos, sin añadir nada de suyo; ponen de manifiesto los
hechos sin arras¬trarlos ante su tribunal y juzgarlos. Sin embargo, en la
historia de la filosofía tiene lugar una relación diferente. Pues aunque la
historia de la filosofía tiene que narrar los hechos, sin embargo, la primera
cues¬tión es saber qué es un hecho en filosofía; es decir, si algo es
filosó¬fico o no, y qué lugar corresponde a cada hecho. En esta cuestión se
hace manifiesta la
diferencia; en la historia externa todo es hecho —ciertamente hay hechos
importantes y no importantes—. pero la acción es puesta inmediatamente en la
representación, es el hecho real. En filosofía sucede lo contrario: qué es un
hecho y qué lugar se le asigna, ésta es la cuestión. Y de esta manera la
historia de la filo¬sofía no puede ser concebida sin una opinión anterior, no
puede ser escrita sin poseer un sistema.
Nosotros ponemos la
atención aquí principalmente en la historia de la filosofía, no en las
biografías de los filósofos. Por tanto, no son mencionadas aquí las
circunstancias vitales particulares de cada uno de los filósofos individuales.
Igualmente tenemos que dejar de lado, por falta de tiempo, la bibliografía y
limitarnos a unos pocos datos. Además, podemos atenernos en la exposición de la
historia de la filo-sofía solamente a los principales filósofos. Cada sistema
ha tenido un cierto número de maestros y de seguidores; por consiguiente, se
po¬día encontrar una multitud de nombres de hombres que, en parte, han tenido
un gran mérito como maestros de filosofía. Pero la forma de difusión de una
filosofía tiene que permanecer alejada de nuestra consideración. En cuanto a
los sistemas filosóficos, tenemos que limi-tarnos con preferencia a los
principios (fundamentos) solamente. Estos indudablemente son referidos a los
temas concretos; pero en tanto que el principio mismo es abstracto, unilateral
y cuando perci¬bimos esta unilateralidad, entonces podemos decir, al mismo
tiempo, que es insuficiente en su aplicación a lo concreto y, en consecuencia,
carece de interés para nosotros. En la historia tenemos que ate¬nernos, en
general, a los hechos; es decir, aquí, a pensamientos de¬terminados. Simple y
exactamente nosotros observamos éstos tal cual se han expresado en cada fase
misma. Veintitrés siglos se han necesi¬tado para lograr alcanzar la conciencia
en sí, cómo ha sucedido para concebir el concepto «ser».
SUPLEMENTO
Señores:
Estas lecciones
tienen como objeto la historia de la filosofía.
Lo que esta historia
nos presenta es la serie de nobles espí-ritus, la galería de los héroes de la
razón pensante, los cuales han penetrado por el vigor de esta razón la esencia
de las cosas, la esencia de la Naturaleza y del espíritu, y la esencia de Dios,
y nos han legado por el esfuerzo de su trabajo el más elevado tesoro, el tesoro
del conocimiento racional. Lo que nosotros somos históricamente, la posesión
que nos toca del mundo actual, no ha nacido de una manera inmediata ni ha
crecido solamente del suelo de la actualidad, sino que esta riqueza es la
herencia y el resultado del trabajo, e, indudable-mente, del trabajo de todas
las generaciones pasadas de la humanidad. Así como las artes de la vida
material, la masa de medios y habilidades, las organizaciones y hábitos de la
coexistencia social y de la vida política son un resultado de la reflexión, de
la invención, de la desgracia, de la necesidad y de la agudeza de la historia
que ha precedido a nuestra actua-lidad, así es lo que nosotros, en la ciencia,
y, más directa-mente, en la filosofía, hemos de agradecer a la tradición que, a
través de todo lo que es perecedero, y lo que, por consi-guiente, ha fenecido,
se enrosca como una cadena bendita a lo que los tiempos pasados han logrado,
nos han conservado y transmitido. Pero esta tradición no es solamente como una
ama de casa, que sólo conserva fielmente lo recibido como una estatua de
piedra, y lo conserva invariable y lo transmite a los descendientes, como el
curso de la Naturaleza, en el cambio y actividad infinitos, hace detenerse sus
configura-ciones y formas siempre en las leyes originarias y no hace nin-gún
progreso, sino que la tradición de lo que en la esfera del
espíritu ha producido
el mundo espiritual se hincha como una corriente poderosa y se engrandece
cuanto más se separa de su origen. Porque el contenido de la tradición es de
natura¬leza espiritual, y el espíritu universal jamás permanece tran¬quilo. En
una nación individual puede muy bien suceder que su cultura, su arte, su
ciencia, su potencia espiritual, en gene¬ral se fosilicen, como parece haber
sucedido, por ejemplo, a los chinos, los cuales hace más de dos mil años que
habían llegado a la situación en que se encuentran hoy. Pero el espí¬ritu del
mundo no se hunde en esta quietud indolente, y esto se funda en su simple
naturaleza. Su vida es acción; y la ac¬ción tiene una materia existente a la
que se ha dirigido, la que elabora y transforma. Lo que cada generación ha
alcan¬zado en la ciencia, en la producción espiritual, esto hereda la
generación siguiente; de cuya alma se forma la sustancia espi-ritual, como algo
habitual (lo que se ha convertido en cos-tumbre) se constituye de sus axiomas
(principios), de sus preocupaciones y de su riqueza; pero, al mismo tiempo, es
una herencia recibida, una materia presente para ella. Así, porque ella misma
es vitalidad y actividad espirituales elabora sólo lo recibido, y precisamente
por eso la materia elaborada se ha hecho más rica. Así sucede igualmente en
nuestra situa¬ción para concebir primeramente la ciencia existente y para
apropiárnosla; después, para transformarla. Lo que nosotros producimos supone
necesariamente algo existente; lo que nuestra filosofía es, existe
esencialmente sólo en esta relación y ha resultado de ella necesariamente. La
historia es la que nos expone, no el devenir de cosas extrañas, sino la que
re¬presenta nuestro devenir, el devenir de nuestra ciencia.
La explicación
directa de la proposición establecida con esto debe constituir la introducción
a la historia de la filosofía, una explicación que debe aludir al concepto de
historia de la filo-sofía, y debe contener su significación e interés. En la
exposi-ción de otra historia, en la de la política, por ejemplo, se puede
prescindir mejor de explicar, antes de la verdadera di¬sertación acerca de la
historia, lo que es su concepto; lo que en una disertación semejante sucede,
corresponde aproxima¬damente a lo que en la representación habitual,
generalmente existente, de la historia, se tiene ya, y que puede darse por
supuesto. Pero historia y filosofía aparecen ya por sí, con¬forme a la
representación ordinaria de la historia, como de-
terminaciones muy
heterogéneas. La filosofía es la ciencia del pensamiento necesario, de sus
conexiones y sistemas esen-ciales; es el conocimiento de lo que es verdadero y,
por eso, eterno e imperecedero; por el contrario, la historia, según la
representación más corriente de ella, tiene que ocuparse de lo sucedido; por
tanto, de lo casual, de lo transitorio y pa¬sado. El encadenamiento de estas
dos cosas tan heterogé¬neas, unido con otras representaciones muy superficiales
que cada uno tiene para sí, especialmente de la filosofía, lleva consigo,
además, a representaciones tan torcidas y falsas que es necesario justificarlas
igualmente desde el principio, a fin de que no nos dificulten la comprensión de
lo que debe ser tratado, o lo hagan imposible.
Anticiparé una
introducción: a) sobre el concepto y definición de la historia de la filosofía;
de esta explicación saldrán, al mismo tiempo, las conclusiones para la forma de
exposición; b) en segundo lugar, delimitaré el concepto de filosofía, para saber
lo que tenemos que quitar y distinguir entre la materia infinitamente variada y
los diversos aspectos de la cultura es-piritual de los pueblos. Además de la
religión, los pensa¬mientos sobre ella, sobre el Estado, sobre los deberes y
sobre las leyes de todos estos pensamientos se puede opinar, a fin de
considerarlos en la historia de la filosofía. ¿Que no se puede llamar a todo
esto filosofía o filosofar? Nosotros te¬nemos que delimitar justamente nuestro
campo y excluir de él todo lo que no pertenezca a la filosofía. Con la
determina¬ción de lo que es filosofía obtendremos solamente el punto de partida
de su historia; c) además de todo esto, resultará la di¬visión de los períodos
de esta historia, una división que debe poner de manifiesto al todo como un progreso
racional, como un todo orgánicamente progresivo. La filosofía es conoci¬miento
racional, la historia de su desarrollo tiene que ser igualmente racional, la
historia de la filosofía tiene que ser precisamente filosófica; d) y, por
último, hablaré de las fuentes de la historia de la filosofía.
I. CONCEPTO Y
DEFINICIÓN DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Se nos ofrecen aquí,
igualmente, las habituales representa-ciones superficiales de esta historia que
se han de mencionar y justificar. La historia incluye inmediatamente en la
primera apariencia que ha de narrar los acontecimientos accidentales de los tiempos,
de los pueblos y de los individuos; acciden-tales en parte por su sucesión
temporal, pero, en parte, por su contenido. De la accidentalidad con respecto a
la sucesión temporal se ha de hablar después. La accidentalidad del con-tenido
se acerca al concepto del que queremos ocuparnos en primer lugar. Pero el
contenido de la filosofía no son las ac-ciones ni los acontecimientos externos
de las pasiones y de la fortuna, sino que los pensamientos son su contenido.
Pero los pensamientos casuales (accidentales) no son otra cosa que las
opiniones, y se llama opiniones filosóficas a las opiniones so¬bre el contenido
directamente determinado y sobre los ob-jetos peculiares de la filosofía, sobre
Dios, sobre la Natura¬leza y el espíritu.
Por consiguiente, nos
encontramos inmediatamente con la opinión muy corriente acerca de la historia
de la filosofía de que tiene que relatar detalladamente la totalidad de las
opi-niones filosóficas tal como han surgido y se han presentado en el tiempo. Cuando
se habla moderadamente se llama a este conjunto opiniones, las cuales creen
poder expresarla con juicios sólidos, y hasta llaman a esta historia una
galería de disparates, o al menos de los errores de los hombres en-frascados en
el pensar y en los conceptos puros. Se puede oír tal opinión, no sólo de
aquellos que confiesan su ignorancia en cuestiones filosóficas —la confiesan
porque en esta igno-rancia, según la representación vulgar, no debe ser muy
mo-lesto formular algún juicio sobre lo que sea la filosofía; por el
contrario, cada uno
tiene por seguro poder juzgar, sin em¬bargo, sobre su valor y esencia, sin
comprender nada de ella—, sino incluso de aquellos que han escrito o escriben
so¬bre historia de la filosofía. Esta historia, en cuanto que es una narración
de diversas opiniones, llega a ser de esta ma¬nera una cosa de simple
curiosidad ociosa, o, si se quiere, de interés para los eruditos solamente;
porque la erudición con¬siste, principalmente, en saber una cantidad de cosas
inútiles, es decir, de cosas tales que, a pesar de no tener ningún conte¬nido
ni interés en sí mismas, sin embargo tienen conoci¬miento de ellas. Con todo
eso se cree, al mismo tiempo, que tiene alguna utilidad conocer las diversas
opiniones y pensa¬mientos de los otros; la facultad de pensar se mueve, conduce
a diversos pensamientos buenos, es decir, tal vez sea causa de tener nuevamente
una opinión, y la ciencia consiste en que se continúen extrayendo opiniones de
opiniones.
Pero, por otro lado,
una consecuencia distinta se relaciona con aquella representación que se
percibe aquí. Es decir, a la vista de tal multiplicidad de opiniones, de tal
diversidad de sistemas filosóficos, se cae en la perplejidad de por cuál debe
uno decidirse; se ve que, acerca de las grandes cuestiones, a las que se siente
el hombre arrastrado, y cuyo conocimiento quiere conservar la filosofía, se han
equivocado hasta los más grandes espíritus, porque han sido refutados por
otros. Cuando ha sucedido esto a tan grandes espíritus ¿cómo debo ego homuncio*
querer decidir esto? Esta conclusión, que es sacada de la diversidad de los
sistemas filosóficos, es, como se cree, un perjuicio en el objeto; pero, al
mismo tiempo, es también un beneficio subjetivo; porque esta diversidad es la
excusa corriente por la cual se quiere aparentar que se intere¬san por la
filosofía, pues con esta pretendida buena voluntad, y por la convenida
necesidad del esfuerzo hacia esta ciencia, sin embargo, de hecho, la descuidan
completamente. Pero esta diversidad de los sistemas filosóficos está muy
alejada para tomarla como una simple excusa; pasa más bien por un fundamento
serio, verdadero, en parte contra la seriedad con que el filosofar lleva a cabo
su menester, como una justifica-ción para no ocuparse de ella, y como una
instancia irrefuta¬ble de la inutilidad del intento de querer alcanzar el
conoci
* Véase Terencio,
Eun, 3, 5, 40.
miento filosófico de
la verdad. Pero aunque se conceda que la filosofía debe ser una ciencia real, y
que una filosofía será realmente la verdadera, entonces surge la pregunta: pero
¿cuál? ¿Por qué rasgos se la reconocerá? Cada una asegura que es la verdadera;
cada una ofrece otros rasgos y criterios por los que se debe reconocer la
verdad; un pensar sobrio y prudente tiene que tener conciencia de esto para
decidirse.
Sobre estas ideas muy
corrientes, que, sin duda, les son a us-tedes, señores, también familiares
—porque, en efecto, son las reflexiones más inmediatas que pueden cruzar por la
ca¬beza en los primeros pensamientos sencillos de una historia de la filosofía—,
quiero manifestar brevemente lo necesario, y la aclaración sobre la diversidad
de filosofías nos conducirá después mejor al objeto mismo.
En cuanto a lo
primero, que la historia de la filosofía pre¬senta una galería de opiniones
—bien que sea sobre Dios, so¬bre la esencia de las cosas naturales y
espirituales—, en¬tonces, si sólo hiciera esto, sería una ciencia muy superflua
y fastidiosa, pero sería aún muy útil lo que se obtendría de se¬mejante
movimiento del pensamiento y de tal erudición. ¿Qué puede ser menos inútil que
conocer una serie de sim¬ples opiniones? ¿Qué menos fastidioso? A las obras
litera¬rias, que son las historias de la filosofía en el sentido de que
presentan y manejan las ideas filosóficas a la manera de opi¬niones, se
necesita examinarlas sólo levemente para encon¬trar cuán árido, aburrido y sin
interés es todo. Una opinión es una representación subjetiva, un pensamiento
cualquiera, una visión, que yo puedo tener de una forma y otro de otra. Una
opinión es mía; no es un pensamiento universal en sí, existente en sí y por sí.
Pero la filosofía no encierra en sí nin¬guna opinión; no hay opiniones
filosóficas. Cuando una per¬sona expresa su opinión sobre temas filosóficos,
aun tratán¬dose de un historiador mismo de filosofía, se le nota que carece de
un principio o formación cultural. La filosofía es ciencia objetiva de la
verdad, ciencia, de su necesidad, cono¬cer conceptual, no un simple opinar de
una urdimbre de opi¬niones.
Pero, por otra parte,
indudablemente es un hecho, bastante fundamentado, que hay y ha habido diversas
filosofías. Pero
la verdad es única;
el instinto de la razón posee esta fe y este sentimiento insuperables. Por
consiguiente, sólo una filosofía puede ser la verdadera. Y como son diversas,
se concluye que ¡as demás tienen que ser solamente erróneas. Pero cada una
asegura, apoya con razones, demuestra por sí ser aquella única. Este es un
razonamiento corriente y un conocimiento justamente aparente del pensar sobrio.
Ahora, en cuanto a la sobriedad del pensar, en cuanto a la sobriedad de esta
ré¬plica, nosotros sabemos de la sobriedad de la experiencia co¬tidiana, que,
aunque nosotros seamos sobrios, al mismo tiempo nos sentimos más o igualmente
hambrientos. Pero aquel pensar sobrio posee ingenio y capacidad suficientes
para no pasar de la sobriedad al hambre, a la necesidad, sino para estar y
permanecer satisfecho. En esto se echa de ver que un pensar como el mencionado
es un pensar muerto por¬que sólo lo que está muerto es sobrio y permanece al
mismo tiempo «satisfecho». Pero la vitalidad física, así como la vita¬lidad del
espíritu, no se conforma en la sobriedad, sino que es impulso, pasa sobre el
hambre y la sed hacia la verdad, hacia el conocimiento de ella, llega a la
satisfacción de este im¬pulso, y no se puede despachar con buenas palabras ni
saciar con tales reflexiones.
Pero lo que hay que
decir inmediatamente sobre estas re-flexiones sería ya, en primer lugar, que,
por distintas que sean las filosofías, tienen, sin embargo, esto de común: que
son filosofía. Por tanto, quien ha estudiado o se ha adherido a alguna filosofía,
cualquiera que esa filosofía sea, posee una filosofía. Aquella excusa o aquel
razonamiento que se agarra a la simple diversidad y, por temor o por
repugnancia, a la particularidad en la que un universal es real, no quiere
apre-hender o reconocer esta universalidad; en otra parte* he comparado esto
con la enfermedad (pedantesca) de aquel a quien el médico aconseja comer fruta
y a quien se ofrecen ce-rezas, ciruelas o uvas, pero que, agarrándose a una
pedante¬ría del entendimiento, no quiere comerlas porque ninguna de estas
especies es fruta, sino cerezas, ciruelas o uvas.
Pero importa
esencialmente tener aún una visión más pro-funda de lo que se sabe de esta
diversidad de los sistemas filo
* Enciclopedia, 1817,
párrafo 8; 1827, párrafo 13.
sóficos; el
conocimiento filosófico de lo que es la verdad y la filosofía puede, incluso,
conocer esta diversidad como tal, aun en un sentido completamente diferente de
la contradicción abstracta de verdad y error. La aclaración nos mostrará,
además, la importancia de toda la historia de la filosofía.
Mas, para el fin de
esta aclaración, es necesario hablar de la idea de la naturaleza de la verdad y
extraer un número de proposiciones acerca de ella, pero que no pueden ser
demos-tradas aquí. Solamente se pueden hacer claras y comprensi-bles. La
convicción de ello y la defensa apropiada no se puede lograr aquí, sino que el
propósito es sólo hacerlas his-tóricamente familiares; la ocupación de la
filosofía es cono-cerlas como verdaderas y fundamentadas.
Por consiguiente,
entre los conceptos anticipados aquí breve-mente, está la primera proposición
que fue ya mencionada hace un momento, a saber, que la verdad es solamente una.
Esto, que, en general, pertenece formalmente a nuestra cien¬cia pensante, es, en
el sentido más profundo, el punto de par¬tida y la meta de la filosofía:
conocer esta única verdad, pero, al mismo tiempo, es como la fuente, de la que
fluye todo lo demás, todas las leyes de la Naturaleza, todos los fenómenos de
la vida y de la conciencia de que son solamente reflejos, o reducir todas estas
leyes y fenómenos a un rumbo aparente-mente contrario a aquella fuente única,
pero para compren-derlos por sí, es decir, para conocer su derivación de ellos.
a) Solamente esta
proposición: que la verdad es sólo una, es todavía abstracta y formal, y lo
esencial es más bien conocer que la verdad una no es un pensamiento o una
proposición solamente simple, abstracto; antes bien, es algo en sí con¬creto.
Es un perjuicio corriente el de que la ciencia filosófica tiene que ocuparse
solamente con abstracciones, con univer-salidades vacías; la intuición, nuestra
conciencia de sí, empí-rica, nuestro sentimiento de sí, el sentimiento de la
vida, son, por el contrario, lo concreto en sí, lo determinado en sí, lo rico.
En efecto, la filosofía está situada en la esfera del pensa-miento; se ocupa de
universalidades; su contenido es abs-tracto, pero sólo según su forma, según el
elemento del pen-samiento; pero la idea en sí misma es esencialmente concreta,
la unidad de determinaciones diferentes. Es en esto en lo que
se distingue el
conocimiento de la razón del simple conoci-miento del entendimiento, y es el
menester del filosofar de-mostrar frente al entendimiento que lo verdadero, la
idea, no consiste en universalidades vacías, sino en un universal que es, en sí
mismo, lo particular, lo determinado. Lo que acabo de decir pertenece ahora,
esencialmente, a aquello de lo que he dicho primeramente que tiene que ser
admitido, por de pronto, sólo históricamente por aquellos que aún no se han
familiarizado con ella a través del estudio de la filosofía. Que la verdad es
solamente una, que la verdad conocida filosófi-camente en el elemento del
pensamiento existe en la forma de la universalidad, de esto resulta ya el
instinto del pensar; esto es familiar a nuestro representar habitual. Pero que
lo universal mismo contiene en sí su determinación, que la idea es en ella
misma la unidad absoluta de lo diferente, aquí co¬mienza un principio
propiamente filosófico; acerca de esto re¬trocede la conciencia que aún no
conoce de una manera filo¬sófica, y dice que no comprende esto. Que no se
comprende esto, quiere decir, por lo pronto, que aún no se encuentra esto entre
sus representaciones y convicciones habituales. En cuanto a la convicción ha
sido observado ya que no es lugar aquí de alcanzar ésta, de deducir aquella
determinación, de formar la conciencia para este conocimiento. Pero es fácil
in¬terpretar la representación para comprenderla. Rojo es, por ejemplo, una
representación sensible abstracta, y cuando la conciencia corriente habla de
rojo, no cree que se ocupe con lo abstracto; pero una rosa que es roja es un
rojo concreto, es una unidad de hojas, de forma, de colores, de olor, algo
vivo, impulsivo, en lo que se puede distinguir y aislar muy bien lo abstracto,
que también puede destruirse, romperse (desga¬rrarse), y que, sin embargo, hay
un sujeto, una idea en la multiplicidad que lo contiene. De esta manera la idea
pura abstracta es en sí misma no algo abstracto, una simplicidad vacía, como lo
rojo, sino una flor, algo concreto en sí. O (con) un ejemplo tomado de una
determinación mental la proposición: A es A, la proposición de la identidad,
una sim¬plicidad pura, abstracta, algo puramente abstracto como tal, A es A no
posee en absoluto ninguna determinación, ninguna diferencia, ninguna
particularización (especificación); toda determinación, todo contenido, tiene
que venirle del exte¬rior; es la forma vacía. Si, al contrario, yo continúo
hasta la determinación intelectual del fundamento (principio o razón
de ser), entonces
ésta es ya una determinación concreta en sí. £1 principio, los fundamentos, lo
esencial de las cosas, es, a saber, igualmente lo idéntico consigo, lo
existente en sí, pero determinado, al mismo tiempo, como principio, de manera
que el principio es algo que sale de sí, se relaciona con algo fundamentado por
él. Por consiguiente, en un simple con¬cepto existe no sólo lo que el principio
es, sino también lo otro, lo que es fundamentado por él, en la causa está
también el efecto. Algo que fuera tomado como fundamento sin algo fundamentado
no es ningún fundamento; así también algo que debiera ser determinado como
causa, es sólo una cosa en general, no una causa. Lo mismo sucede con el
efecto. Por tanto, lo concreto es algo que contiene en sí no sólo su
deter-minación una inmediata, sino también sus otras determina-ciones.
b) Después que yo he explicado en general
de esta forma la naturaleza de lo concreto, ahora añado a su significación que
lo verdadero, determinado así en sí mismo, posee el impulso a desarrollarse. Lo
viviente, lo espiritual, se mueve, se con mueve en sí y se desarrolla. De esta
manera, la idea, concreta en sí y desarrollándose, es un sistema orgánico, una
totali dad, que contiene en sí una gran abundancia de fases y de mo mentos.
c) La filosofía es ahora, por sí, el
conocer de esta evolución y, como pensar conceptual, es, incluso, este
desarrollo pen sante. Cuanto más progresa este desarrollo (evolución), tanto
más perfecta es la filosofía.
Además, este
desarrollo no sale hacia fuera como a la exte-rioridad, sino que al
desprenderse del desarrollo es igual¬mente un ir hacia dentro, hacia el
interior; es decir, la idea universal continúa siendo el fundamento y permanece
como universal e invariable.
Además, que el surgir
de la idea filosófica en su desarrollo no es una alteración, un devenir hacia
algo otro, sino que es un internarse en sí, un profundizar en sí, el progreso
hace a la idea, antes universal e indeterminada, más determinada en sí. El desarrollo
posterior de la idea o su mayor determinabili¬dad es uno y lo mismo. Aquí lo
más extenso es también lo
más intenso. La
extensión como desarrollo no es una disper-sión y un disolverse, sino más bien
una conciliación (unión) que es justamente tanto más fuerte e intensa cuanto la
expan-sión, lo conciliado, es más rico y posterior.
Estas son las
proposiciones abstractas sobre la naturaleza de la idea y su desarrollo. Así,
la filosofía cultivada se halla con-dicionada en sí misma. Una única idea está
en el todo y en todos sus miembros como en un individuo vivo un solo pulso, una
vida palpita a través de todos sus miembros. Todas las partes que se descubren
en ella y la sistematización de las mismas surgen de la idea una; todas estas
particularizaciones (especificaciones) son soló el espejo y las imágenes de
esta única vitalidad; tienen su realidad solamente en esta unidad, y sus
diferencias, sus diversas determinaciones, todas juntas, son, incluso, sólo la
expresión y la forma contenida en la idea. De esta manera es la idea el punto
medio que es, al mismo tiempo, la periferia, la fuente de luz que no sale fuera
de sí en todas sus expansiones, sino que continúa presente e inma-nente en sí:
ella es el sistema de la necesidad y su propia ne-cesidad, que es, al mismo
tiempo, su libertad.
La filosofía es
sistema en el desarrollo; lo mismo sucede con la historia de la filosofía, y
éste es el punto principal, el con¬cepto fundamental que expondrá este modo de
tratar la histo¬ria.
Para aclarar esto se
ha de hacer notar, por de pronto, la dife-rencia con respecto al modo de
aparición que tiene lugar aquí. El surgir de las diversas etapas en el progreso
del pen¬samiento puede ocurrir con la conciencia de la necesidad se¬gún la cual
se deriva cada una de las precedentes etapas, y según la cual sólo puede
destacarse esta determinación y esta forma, o puede ocurrir sin esta conciencia
conforme a la ma¬nera de un surgir natural, casualmente aparente, de modo que
el concepto obre interiormente según su consecuencia; pero esta consecuencia no
ha expresado cómo en la natura¬leza surge, en la etapa del desarrollo (del
tronco) de la rama, de las hojas, flores, frutos, cada uno por sí, pero la idea
in¬terna es lo dirigente y determinante de esta sucesión o, como en el niño,
aparecen sucesivamente las facultades corporales y, principalmente, las
actividades espirituales, sencilla e ingenuamente, de forma que los padres, que
hacen por primera vez una experiencia semejante, ven como un milagro ante sí,
en que el todo proviene de lo interior que existía allí por sí y ahora se
muestra, y la sucesión total de estos fenómenos po-see sólo la forma de la
sucesión en el tiempo.
Es el tema y el
menester de la filosofía misma exponer el único modo de este surgir, la
derivación de las formas, la ne-cesidad pensada, conocida, de las
determinaciones; y mien-tras que la idea pura, de la que se trata aquí, no es
aún la forma muy particularizada de la misma como naturaleza y como espíritu,
entonces es aquella representación (exposi¬ción) principalmente el tema y
menester de la filosofía lógica.
Pero el otro modo es
que las distintas etapas y momentos del desarrollo en el tiempo se destacan en
la manera del suceder y en este lugar especial, en este o en aquel pueblo, en
estas circunstancias políticas y bajo las complicaciones de las mismas; en resumen:
bajo esta forma empírica; éste es el drama que nos muestra la historia de la
filosofía.
Esta opinión, que es
la única digna de esta ciencia, es en sí la verdadera a través del concepto de
cosa; y que ella se mues¬tra y se hace valer igualmente conforme a la realidad,
esto es lo que resultó del estudio de esta historia misma.
De acuerdo con esta
idea, afirmo ahora que la sucesión de los sistemas de filosofía en la historia
de la misma es como la sucesión en la derivación lógica de las determinaciones
con-ceptuales de la idea. Afirmo que, cuando se trata de los con-ceptos fundamentales
de los sistemas aparecidos en la historia de la filosofía, de los que se
despoja en cuanto a su forma ex-terior, a su aplicación a lo particular, etc.,
entonces se con-servan las diversas etapas en la determinación de la idea misma
en su concepto lógico. Por el contrarío, tomando por sí el progreso lógico, se
tiene en él, de acuerdo con sus mo-mentos principales, el progreso de los
fenómenos históricos; pero, indudablemente, hay que reconocer estos conceptos
puros en el contenido de la forma histórica. Además, se dis-tingue,
indudablemente también, por un lado, la sucesión como sucesión temporal de la
historia, de la sucesión en el orden de los conceptos. Mostrar más de cerca en
qué consiste este aspecto nos desviaría demasiado de nuestro fin. Yo haré notar
sólo, aún, que de lo dicho se explica que el estudio de la historia de la
filosofía es el estudio de la filosofía misma, como de hecho no puede ocurrir
de otra manera. Quien estudia la historia de la física, de la matemática, etc.,
se familiariza también ya con la matemática, con la física, etc. Pero para
es-tudiar en la forma y en la aparición empíricas en las que la filosofía se
presenta históricamente, su progreso, como desa-rrollo de la idea, es necesario
traer consigo ya indudable¬mente el conocimiento de la idea, casi como se
tienen que traer consigo para el enjuiciamiento de las acciones humanas los
conceptos de lo que es justo y conveniente. Además, como nosotros lo vemos en
muchas historias de la filosofía, sin duda se ofrece al observador carente de
ideas solamente un tropel desordenado de opiniones. Procurarles esta idea,
aclarar, por consiguiente, los fenómenos, éste es el menester del que se
propone interpretar la historia de la filosofía. Por¬que el observador tiene
que traer consigo ya el concepto de la cosa para poder verlo en su aparición e
interpretar el objeto justamente; de este modo no tenemos que maravillarnos de
que haya muchas historias insípidas de la filosofía, de que se encuentre en
ellas la serie de los sistemas filosóficos como una serie de simples opiniones,
de errores, de juegos del pen-samiento, juegos del pensamiento que, sin duda,
han sido madurados con gran despliegue de sagacidad, con gran es-fuerzo de
espíritu y que se dice todo sobre lo formal de las mismas por cumplimiento.
Junto con la falta de espíritu filo-sófico que los historiadores traen consigo,
¿cómo podían ellos concebir y exponer lo que es pensamiento racional?
De lo que ha sido
indicado ya sobre la naturaleza formal de la idea, que sólo una historia de la
filosofía, concebida como un sistema tal del desarrollo de la idea que merezca
el nom¬bre de ciencia, se deduce que: una colección de conocimientos no constituyen
ninguna ciencia. Sólo, en tanto que a través de la razón, la sucesión
fundamentada en los fenómenos que tie¬nen por contenido y revelan lo que la
razón es, se manifiesta esta historia misma como algo racional, manifiesta que
es un acontecimiento racional. ¿Cómo no iba a ser racional todo lo que ha
sucedido por los esfuerzos de la razón? Tiene que existir ya una fe racional en
que la casualidad no domina las cosas humanas; y es cosa de la historia de la
filosofía, precisa-
mente, conocer que,
de tal manera su aparición es historia, que solamente es determinada a través
de la idea.
Consideremos ahora
los conceptos generales adelantados en la aplicación inmediata a la historia de
la filosofía, en una aplicación que nos pondrá de manifiesto los más
importantes (significativos) puntos de vista de esta historia.
La interrogación más
inmediata que puede hacerse sobre ella concierne a la diferencia de la
aparición de la idea misma, que ahora mismo ha sido hecha; se refiere a la
interrogación, cómo sucede, que la filosofía aparece como un desarrollo en el
tiempo y tiene una historia. La contestación a esta pregunta se encaja en la
metafísica del tiempo; y sería una desviación del fin que es aquí nuestro
objeto, si fueran indicados algunos más que los momentos de que solamente
dependen en la con-testación de las preguntas planteadas.
Arriba ha sido
mencionado ya sobre la esencia del espíritu que su ser es su acción. La
Naturaleza es como ella es; y sus cambios son, por el contrario, solamente
repeticiones, su mo-vimiento solamente un curso circular. Inmediatamente su
ac-ción es conocerla. Yo soy; pero, inmediatamente, existo en tanto que
organismo viviente solamente; como espíritu, existo sólo en tanto que me
conozco; Gnothi seautón, conó¬cete a ti mismo, la inscripción sobre el templo
del dios sa¬piente de Delfos, es el mandamiento absoluto, que expresa la
naturaleza del espíritu. Pero la conciencia contiene esencial-mente esto, que
yo soy por mí, que soy objeto para mí. Con este juicio absoluto, con la
distinción de mi yo de mí mismo, el espíritu se convierte en existencia actual,
se pone como ex-terior, a sí mismo; el espíritu se pone en la exterioridad, que
es precisamente el modo universal diferenciador de la exis-tencia de la
Naturaleza. Pero uno de los modos de la exterio-ridad es el tiempo, cuya forma
tiene que mantener su investi-gación inmediata tanto en la filosofía de la
Naturaleza como en la del espíritu finito.
Esta existencia
actual (Dasein) y con ella el ser-en-el-tiempo es un momento no sólo de la
conciencia individual en gene¬ral, que, como tal, es esencialmente finita, sino
también el desarrollo de la idea filosófica en el elemento del pensar.
Porque la idea,
pensada en su quietud, es completamente atemporal; ella es pensar en su
quietud: persevera en la forma de la inmediabilidad, es sinónima con la
intuición in¬terna de la misma. Pero la idea, en cuanto concreta, en cuanto
unidad de lo diferente, no es esencialmente intuición, como ya se ha dicho
antes, sino que, en cuanto diferenciación en sí y, además, en cuanto
desarrollo, penetra en ella misma a la existencia y a la exterioridad en el
elemento del pensar; y, de esta manera, aparece en el pensar la filosofía pura
como una existencia progresiva en el tiempo. Pero este elemento del pensar
mismo es abstracto, es la actividad de una concien¬cia individual. Pero el
espíritu no existe sólo en cuanto con¬ciencia individual, finita, sino también
en cuanto espíritu con¬creto, universal en sí. Pero esta universalidad concreta
toca todos los lados y modos desarrollados, en los cuales el espí¬ritu es y se
hace objeto conforme de la idea. Su concebirse pensante es, al mismo tiempo, la
progresión realizada de la realidad total desarrollada, una progresión que no
recorre rá¬pidamente el pensar de un individuo y se presenta en una conciencia
individual, sino que es el espíritu universal que se presenta en la riqueza de
sus formas en la historia universal. Por eso, en este desarrollo sucede que una
forma, una etapa de la idea, se hace consciente en un pueblo, de manera que
este pueblo y esta época solamente exprese esta forma, dentro de su estado; una
etapa más elevada se abre en recompensa siglos después en otro pueblo.
II. CONCEPTO DE
FILOSOFÍA
La historia de la
filosofía tiene que exponer esta ciencia en la forma de la época y de las
individualidades en las cuales han salido las imágenes (modelos) de la misma.
Pero tal exposición tiene que excluir de sí la historia externa de la época, y
solamente recordar el carácter general del pueblo y de la época en su estado
general. Pero, en efecto, la historia de la filosofía misma expone este
carácter, y, sin duda, la más alta expresión del mismo. Ella está en la más
íntima conexión con él, y la forma determinada de la filosofía que corresponde
a una época, es solamente un aspecto, un momento del estado general. Es a causa
de este contacto íntimo que hay que con¬siderar más de cerca, en parte, qué
relación tiene ella con sus circunstancias históricas; pero en parte,
principalmente, lo que le es propio, a lo que, por consiguiente, se ha de
dirigir la atención abandonando lo que le es aún bastante afín.
a) La estructura
determinada de una filosofía es, por tanto, no sólo simultánea con una
determinada configuración del pue¬blo en que se presenta, con su constitución y
forma de go-bierno, con la moralidad, vida social, aptitudes, costumbres y con
las comodidades del mismo, sino con sus ensayos y logros en el arte y en la
ciencia, con su religión, en general, con sus relaciones bélicas y externas,
con la decadencia de los Es¬tados en los que este principio determinado se ha
hecho vi¬gente, y con el origen y crecimiento de algo más nuevo en que un
principio más elevado encuentra su generación y desa¬rrollo. El espíritu ha
elaborado y difundido cada vez el princi¬pio de la etapa determinada de su
conciencia de sí a todo el reino de su polimorfismo (universalidad). Es un
espíritu rico el espíritu de un pueblo, una organización, una catedral, que
tiene diversas bóvedas, galerías, filas de columnas, pórticos y departamentos;
todo esto ha resultado de un todo, de un «designio». De todos estos múltiples
aspectos es la filosofía una forma. Y ¿cuál? La filosofía es la flor más
elevada, ella es el concepto de la estructura total de aquellos múltiples
aspectos, la conciencia y la esencia espiritual de todo el Estado, es el
espíritu de la época en cuanto espíritu existente que se piensa. El todo
multiconfigurado se refleja en ella como en el foco simple, como en el concepto
del todo que se conoce a sí mismo.
Para que se filosofe
es preciso: a) un cierto grado de forma¬ción espiritual; después que se ha
atendido a las necesidades de la vida material, se ha empezado a filosofar,
como dice Aristóteles*. La filosofía es un quehacer libre, no un queha¬cer
egoísta; un quehacer libre, porque el temor a los apetitos ha desaparecido; un
robustecimiento, una fortificación del es-píritu en sí; una especie de lujo,
justamente como un lujo se califican aquellos goces y ocupaciones que no
pertenecen a la necesidad material como tal. El espíritu de un pueblo ha
arrancado tanto de la apatía indiferente de la primera vida natural, como
igualmente del punto de vista del interés pasio-nal, que se ha esforzado en
elaborar esta dirección a lo indivi-dual. Se puede decir que cuando un pueblo,
en general, ha dado nacimiento de su vida concreta a una división, una
dife-rencia de condiciones, se acerca a su decadencia. Si la indife-rencia o la
insatisfacción penetra en su existencia viviente, frente a ella tiene que huir
a los espacios del pensamiento**. Sócrates y Platón ya no encontraban ninguna
satisfacción en la vida del Estado ateniense. Platón buscó algo mejor que
ha-cer al lado de Dionisio. Por Roma se difundió la filosofía, lo mismo que la
religión cristiana, bajo los emperadores, en una época de infelicidad para el
mundo y de decadencia de la vida política. La nueva ciencia y la filosofía
surgieron en la vida europea en los siglos XV y XVI, en la época de decadencia
de la vida medieval, en la que la religión cristiana y la vida política
ciudadana habían permanecido identificadas.
b) Pero ha llegado la
época no sólo de que se filosofe, sino de que exista una determinada filosofía
en un pueblo, la cual debe desplegarse; y esta determinabilidad del punto de
vista del pensamiento es la misma determinabilidad que penetra todos los otros
aspectos.
* Aristóteles,
Metaph. , 1, 2.
** Véase Schiller en
la poesía El Ideal y la Vida.
La relación de la
historia política con la filosofía no quiere de¬cir que aquélla sea la causa de
la filosofía. Hay una determi¬nada esencia que penetra todos los aspectos y que
se expresa en el político y en los demás como en distintos elementos; hay una
condición general que conexiona en sí a todas sus partes, y, por múltiples y
casuales que puedan parecer sus di¬ferentes aspectos, no pueden contener en sí
nada contradicto¬rio frente a esa condición general. Pero demostrar cómo el
espíritu de una época caracteriza toda su realidad y su destino en la historia
conforme a su principio, sería esto la tarea de una filosofía de la historia.
Pero ahora nos
importan solamente las estructuras que el principio del espíritu acuña en un
elemento espiritual afín con la filosofía.
Seguidamente, en
parte, según sus elementos, en parte, según sus objetos peculiares, está la
historia de la filosofía relacionada con la historia de la demás ciencias y con
la historia de la cultura; principalmente, con la historia del arte y de la
reli¬gión, las cuales contienen, en parte, la representación y el pensar en
común; pero, en parte también, contienen los ob¬jetos universales y las
representaciones, los pensamientos so¬bre estos objetos universales.
Por lo que se refiere
a las ciencias especiales, sin duda el co-nocimiento y el pensar es su
elemento, como es el elemento de la filosofía. Pero sus objetos propios son, en
primer lugar, los objetos finitos y los fenómenos. Una colección de tales
conocimientos sobre este contenido ha sido excluida de sí por la filosofía; ni
este contenido, ni tal forma importan a la filo-sofía. Pero cuando aquellos
conocimientos son ciencias siste-máticas y contienen axiomas y leyes
universales de los cuales parten, entonces se refieren a un círculo limitado de
objetos. Los últimos fundamentos son como los objetos mismos, supuestos; sea
que la experiencia externa o la sensibilidad del corazón, el sentido natural o
cultivado del derecho y del de¬ber constituyan la fuente de donde son sacadas.
En su mé¬todo suponen la lógica, las determinaciones y los axiomas del pensar
en general.
Las formas de pensar,
además de los axiomas y de los puntos de vista, que tienen validez en las
ciencias y constituyen el apoyo último de su materia restante, no les son, sin
embargo, peculiares, sino que, en general, les son comunes con la cul¬tura de una
época y de un pueblo. La cultura consiste, en ge¬neral, en las representaciones
y propósitos, en la amplitud de determinados poderes espirituales, que rigen la
conciencia y la vida. Nuestra conciencia posee estas representaciones, las hace
valer como determinaciones últimas, continúa en ellas como en sus enlaces
fundamentales, pero la conciencia no las conoce; no las convierte en objetos ni
en interés de su consi-deración. Para ofrecer un ejemplo abstracto, toda
conciencia tiene y usa la determinación completamente abstracta del pensar:
ser. «El sol está en el cielo» , «este racimo está ma-duro», y así hasta el
infinito; o en una cultura más elevada progresa a las relaciones de causa y
efecto, de fuerza y su ex-teriorización, etc.; todo su saber y representar está
entrete¬jido y regido por tal metafísica, ella es la red en la que es concebida
toda materia concreta, que la emplea en sus activi¬dades. Pero esta trama y sus
nudos está hundida en nuestra conciencia ordinaria en la materia
multiestructural; ésta con¬tiene nuestros intereses y objetos conscientes que
tenemos ante nosotros. Aquellos hilos generales no han sido puestos de relieve
y convertidos por sí en objetos de nuestra re¬flexión.
En cambio, con el
arte y, principalmente, con la religión, tiene la filosofía en común el tener
por contenido objetos completamente universales. Son los modos en que la idea
más elevada existe para la conciencia no filosófica, para la con-ciencia
sensible, intuitiva, representativa; y mientras, con¬forma al tiempo, en el
curso de la cultura se anticipa el fenó¬meno al surgir de la filosofía, es
necesario mencionar esencialmente esta relación; y tiene que enlazar la
determina¬ción con el comienzo de la filosofía, justamente al tener que mostrar
hasta qué punto se ha de excluir lo religioso de ella y no hacer de lo
religioso el comienzo.
Indudablemente, los
pueblos han depositado en las religiones la manera como representaban la
esencia del mundo, la sus-tancia de la Naturaleza y del espíritu y cómo se
representa¬ban las relaciones del hombre consigo mismo. La esencia absoluta es
aquí objeto para su conciencia; y cuando nosotros, al mismo tiempo,
consideramos más de cerca esta determina-ción de la objetividad, entonces es,
por de pronto, como ob-jeto, lo primero para ella, un lejano más allá, más
amistoso o más temible y hostil. En la devoción y en el culto anula el hombre
esta contradicción y se eleva a la conciencia de la unidad con su esencia, al
sentimiento o a la confianza abso-luta en la gracia de Dios. Existe ya en la
representación, como, por ejemplo, en los griegos, esta esencia, algo ya en sí
y por sí amistoso para la conciencia; de esta manera el culto es solamente ya
el placer de esta unidad. Esta esencia es ahora, en general, la razón en sí y
por sí existente, la sustancia universal concreta, el espíritu, cuya causa
primitiva se hace objetiva en la conciencia; ésta es, por tanto, una
representación del mismo, en la cual está, no sólo racionalidad en general,
sino que en ella está la racionalidad universal infinita. (Se ha recordado
antes que es necesario concebir a la religión de la misma manera que la
filosofía, es decir, que es necesario conocer y reconocer la religión como
racional. Porque ella es la obra de la razón manifestándose, la esencia más
racional y elevada.) Son absurdas las representaciones que afirman que los sacerdotes
han compuesto una religión en provecho pro¬pio y para engañar al pueblo. Es
igualmente superficial, por el contrario, considerar la religión como cosa del
libre arbi¬trio y de la ilusión. Frecuentemente han abusado de la reli¬gión,
una posibilidad, que es una consecuencia de las rela¬ciones externas y de la
existencia temporal de la religión; pero, en tanto que es religión, bien puede
ser tomada aquí y allí en esta relación exterior; pero aquella posibilidad es,
esencialmente, la que, antes bien, se afirma frente a los pro-pósitos finitos y
sus complicaciones, y la que establece sobre ella aquella región sublime. Esta
región del espíritu es, antes bien, el templo de la verdad misma, el santuario
en que se ha deshecho el otro engaño del mundo de los sentidos, de las
re-presentaciones y de los propósitos finitos, de este campo de lo arbitrario y
de la opinión. Sin duda, por eso, se ha acos-tumbrado a hacer la distinción de
la doctrina y de la ley di-vinas y de la pobre obra de Invención humanas en los
sen-tidos, que bajo los últimos es resumido todo lo que se destaca en su
aparición desde la conciencia humana, desde su inteli-gencia o desde su
voluntad, y todo esto es opuesto al saber de Dios y de las cosas divinas. Esta
contradicción y el rebajamiento de lo humano aún son allí extremados, con el
fin de que sea más necesario admirar la sabiduría divina en la Natu-raleza, que
el árbol en su magnificencia, la semilla, el canto de los pájaros y el gran
vigor y las especies de los animales son alabados como las obras de Dios, que
también por las cosas humanas se llega a la sabiduría, a la bondad y a la
justi¬cia de Dios, pero no tanto por las organizaciones, leyes y ac¬ciones
producidas por la voluntad del hombre y por el curso del mundo, como
principalmente por el destino humano, es decir, por lo mismo que es exterior,
al saber y a la voluntad libre y, al contrario que lo accidental, de manera que
esto ex¬terior y accidental sea considerado como lo que Dios hace con ese fin;
pero el aspecto esencial que tiene su raíz en la voluntad y en la conciencia
sea considerado como lo hecho por el hombre. La armonía de las relaciones, de
las circuns¬tancias y resultados externos a los propósitos del hombre es, por
cierto, algo más elevado; pero es solamente por eso por lo que los propósitos
humanos no son propósitos de la Natu¬raleza, como la vida de un gorrión que
encuentra su ali¬mento, etc., en los cuales es contemplada una armonía
seme¬jante. Pero se encuentra en ella como lo más sublime, que Dios sea señor
de la Naturaleza. ¿Qué sucede, pues, con la voluntad libre? ¿No es Dios Señor
de lo espiritual, o, al ser El mismo espiritual, Señor en lo espiritual, y
siendo Señor de o en lo espiritual, no sería superior que en cuanto Señor de o
en la Naturaleza? Pero aquella admiración de Dios en las cosas naturales como
tales, en los árboles, en los animales, en contradicción con lo humano, está
muy alejada de la religión de los antiguos egipcios, que habían tenido su
conciencia de lo divino en el ibis, en gatos y perros; está también muy lejos
de la pobreza de los indios antiguos y actuales, que aún ado¬ran a las vacas y
a los monos como divinos y proveen con¬cienzudamente a la conservación y a la
alimentación de este ganado y dejan a los hombres morirse de hambre, que
come¬terían sacrilegio si matasen ese ganado o solamente si se apo¬derasen de
su alimento para los que estaban a punto de mo¬rirse de hambre. De otro modo
habla Cristo sobre esto (Mateo, 6, 26-30): «Mirad los pájaros del cielo (entre
los cuales están el ibis y el cuclillo); ¿no sois vosotros tenidos en más que
ellos? Así Dios provee de vestidos a la hierba del campo, que hoy está así,
pero mañana puede ser arrojada al horno. ¿No debería El hacer esto mucho mejor
por voso-
tros?» La
superioridad del hombre, de la imagen de Dios ante los animales y las plantas,
es concedida de buena gana en sí y por sí; pero al preguntarse dónde se ha de
buscar y ver lo divino, en aquellas expresiones no se ha aludido a lo
supe¬rior, sino a lo inferior. Justamente con respecto al saber de Dios sucede
de manera muy distinta, porque Cristo no pone el conocimiento y la fe en El en
la admiración de las criaturas naturales, ni en el asombro de la pretendida
potencia sobre ellas, de las señales y de los milagros, sino en el testimonio
del espíritu.
Lo racional, en
cuanto que es el contenido esencial de la reli-gión, podía parecer que venía de
afuera, que lo elevaba y que lo presentaba como una serie histórica de
reflexiones filosó-ficas. Sólo la forma en que aquel contenido existe en la
reli-gión, es distinta de aquella en que el mismo contenido existe en la
filosofía, y, por esta causa, una historia de la filosofía es necesariamente
distinta de una historia de la religión. Porque ambas están tan próximas,
existe en la historia de la filosofía la antigua tradición de empezar por una
filosofía persa, india, etc., una costumbre que aún es conservada, en parte, en
todas las historias de la filosofía. También existe una tradi¬ción semejante
perpetuada y difundida por todas partes de que, por ejemplo, Pitágoras ha ido a
buscar su filosofía a la India y a Egipto; es una antigua gloria, la gloria de
la sabiduría de estos pueblos, la que la filosofía admite también para sí. De
todos modos, las representaciones y el culto divino de los orientales, que en
la época del Imperio Romano han pe¬netrado en el Occidente, llevan el nombre de
la filosofía oriental. Cuando en el mundo cristiano la religión cristiana y la
filosofía fueron estudiadas más detalladamente como sepa¬radas, por el
contrario, se considera principalmente en esa antigüedad oriental a la
filosofía y a la religión como no sepa¬radas (inseparables) en el sentido de
que el contenido ha existido en la forma en que él es filosofía. Junto a la
facilidad de estas representaciones, y para poner unos límites determi¬nados a
las representaciones religiosas para el proceder de una historia de la
filosofía, será conveniente hacer algunas consideraciones directas sobre la
forma que distingue las re¬presentaciones religiosas de las reflexiones
filosóficas frag¬mentarias (filosofemas).
Pero esta forma, por
cuyo medio el contenido en sí y por sí universal pertenece solamente a la
filosofía, es la forma de pensar, la forma del universal mismo. Pero en la
religión existe este contenido por medio del arte para la intuición in¬mediata,
externa; además, para la representación, para la sensación. La significación
existe para el espíritu ingenioso; ella es el testimonio del espíritu que
comprende tal conte¬nido. Para aclarar esto es necesario recordar la diferencia
entre lo que nosotros somos y tenemos, y cómo nosotros cono¬cemos eso mismo, es
decir, de qué manera lo sabemos, esto es, lo tenemos como objeto. Esta
diferencia es lo infinita¬mente importante, de lo cual se trata solamente en la
forma¬ción cultural de los pueblos y de los individuos, y lo que arriba se ha
considerado como la diferencia de la evolución. Nosotros somos hombres y
poseemos razón; lo que es hu¬mano, lo que es racional en general, resuena en
nosotros, en nuestro corazón, en nuestra subjetividad, en suma. Esta
reso¬nancia, este movimiento determinado, es donde poseemos, en general, un
contenido como nuestro; la multiplicidad de determinaciones que él contiene
está concentrada y envuelta en esta interioridad, una sorda actividad del
espíritu en sí, en la sustancialidad universal. El contenido es inmediatamente
idéntico a la simple certeza abstracta de nosotros mismos, a la conciencia de
sí. Pero el espíritu, por cuanto es espíritu, es esencialmente conciencia. La
complejidad contenida en su simple individualidad tiene que objetivarse; tiene
que elevarse al saber. Y por eso, en la naturaleza de esta objetividad, en la
naturaleza de la conciencia, es en lo que consiste toda la dife-rencia. Esta
naturaleza se extiende desde la simple expresión de la sordera de la sensación
hasta lo más objetivo, hasta la forma en sí y por sí objetiva, hasta el pensar.
La objetividad más simple y formal es la expresión y el nombre de aquella
sensibilidad y de la disposición de las mismas, en cuanto quiere decir: piedad,
oración, etc. «Déjanos orar, déjanos ser piadosos», etc., es el simple recuerdo
a aquel sentimiento. Pero, por ejemplo, continúa diciendo: «Déjanos pensar en
Dios»; expresa el contenido absoluto omnicomprensivo de aquel sentimiento
sustancial al objeto, que es distinto de la sensación como movimiento
subjetivo, autoconsciente, o que es el contenido, distinto de este movimiento
así como de la forma. Pero este objeto, comprendiendo en sí ciertamente todo el
contenido sustancial, no está aún desarrollado ni completamente determinado. Pero
cuyo contenido desarrollan, conciben, expresan, traen a la conciencia de las
relaciones re-sultantes de eso; ese contenido es el origen, la producción, la
revelación de la religión. La forma en la que este contenido desarrollado
recibe primeramente la objetividad es la de la intuición inmediata, de la
representación sensible, o de una representación determinada más directamente,
tomada de los fenómenos o relaciones naturales, físicos o espirituales. El arte
facilita esta conciencia, al dar firmeza y permanencia a la apariencia fugitiva
con la cual la objetividad pasa a la sensa-ción; la informe piedra santa o lo
que sea a lo que primera-mente se enlaza la necesidad de la objetividad, recibe
del arte forma, rasgos, determinabilidad y contenido determinado, el cual puede
hacer consciente; existe ahora como objeto para la conciencia. De esta manera
el arte se ha hecho el maestro (educador) de los pueblos, como, por ejemplo,
sucede en Homero y Hesíodo, que han formulado la teogonia de los griegos
(Herodoto, II, 53), en tanto que ellos han afirmado —en todas partes— las
complicadas representaciones y tradi-ciones halladas, correspondientes al
espíritu de su pueblo y las han elevado a formas y representaciones
determinadas. No es éste el arte que manifiesta el contenido de una religión ya
acabada y perfecta por medio de pensamientos, represen-taciones y palabras,
actualmente también en piedra, sobre el lienzo o por medio del discurso, como
lo hace el arte de la época moderna cuando trata los objetos religiosos o de la
re-ligión históricamente, teniendo por base las representaciones y los
pensamientos existentes y expresando a su manera sola-mente el contenido que ha
sido, por otra parte, expresado ya a su manera completamente. La conciencia de
esta religión es el producto de la fantasía reflexiva, o del pensar, el cual
con¬cibe solamente a través del órgano de la fantasía y tiene su expresión en
su forma. Si ahora, igualmente el pensar infi¬nito, el espíritu absoluto, se ha
revelado y se revela en la ver¬dadera religión, entonces es la copa en la cual
se hace cono¬cido el corazón, la conciencia representativa y el entendimiento
de lo finito. La religión en general no se dirige solamente a aquel aspecto de
la cultura —«el Evangelio es predicado a los pobres»—, sino que ella tiene que
dirigirse expresamente al corazón y al ánimo, entrar en la esfera de la
subjetividad, y, además, en la región del modo finito de re¬presentación. En la
conciencia que percibe y que se refleja sobre las percepciones, posee el
hombre, para las relaciones especulativas de lo absoluto, según su naturaleza,
en sustitu-ción solamente relaciones finitas, que pueden servirle única-mente,
sea en sentido completamente propio o también en sen¬tido simbólico, para
comprender y expresar esa naturaleza y relaciones de lo infinito.
En la religión, en
cuanto la más directa e inmediata revela¬ción de Dios puede, no solamente la
forma del modo de re-presentación y del pensar reflexivo finito, ser la misma
bajo la cual él (el pensar) se da existencia en la conciencia, sino que también
esta forma debe ser bajo la cual él aparece; por¬que sólo ésta es también por
sí la que es inteligible para la conciencia religiosa. Es necesario, para
aclarar mejor esto, que se diga algo sobre lo que quiere decir comprender. A
este concepto corresponde, por una parte, como antes se ha ob-servado, el
fundamento sustancial del contenido, el cual, en-contrándose en él como la
esencia absoluta del espíritu, hiere su interés, resuena en él mismo, y por eso
recibe testimonio de él. Esta es la primera condición absoluta del comprender;
lo que no existe en sí, en él, no puede entrar en él, no puede existir para él;
tal contenido mismo es infinito y eterno. Pues lo sustancial es justamente, en
cuanto infinito, lo mismo que lo que no tiene ningún límite en él mismo, al
cual se refiera; porque, de lo contrario, sería limitado y no sería
verdadera-mente lo sustancial, y, por tanto, el espíritu no es solamente en sí
lo mismo que lo que es finito y exterior, no es ya lo que existe en sí, sino lo
que existe por otro, lo que se ha puesto en relación. Pero, en tanto que, por
otra parte, lo verdadero y lo eterno se hacen conscientes, es decir, que
penetran en la con-ciencia finita, debe existir para el espíritu, así, este
espíritu es para el que existe primeramente el contenido finito, y el modo de
su conciencia consiste en las representaciones y formas de las cosas y
relaciones finitas. Estas formas son lo habitual y familiar a la conciencia; es
el modo universal de la finitud, cuyo modo se ha apropiado y ha convertido en
el me¬dio universal de su representar, el cual tiene que haber de¬vuelto todo
lo que en él mismo se encuentra, para poseerse y conocerse a sí mismo en ello.
Si una verdad se encuentra en él mismo bajo otra forma, entonces esto quiere
decir tanto: esta forma le es algo extraño, es decir, que el contenido no
existe para la conciencia misma. Esta segunda condición de la inteligibilidad
es, principalmente, a la que se refiere el fenó¬meno del comprender o del no
comprender, pues lo primero, la conformidad de lo sustancial consigo mismo, se
hace cons-ciente de sí porque no se ha comprendido como lo sustancial, como la
actividad pura, infinita, en la conciencia. Pero el se-gundo aspecto se refiere
a la existencia actual del contenido, es decir, al ser del mismo como existente
en la conciencia; y si algo es comprendido o no, si la conciencia se apropia
por sí un contenido, si se encuentra y se sabe a sí misma en lo que el objeto
es para ella misma, depende de ello si se halla a ella misma en la forma de su
metafísica habitual. Pues su metafí-sica la constituyen las relaciones que le
son familiares (a la conciencia); esas relaciones son la red que entrelaza
todas sus instituciones y representaciones particulares, y sólo en tanto que
pueden ser concebidas en ella (en esa red), es capaz de conocer. Esas
intuiciones y representaciones son el órgano espiritual a través del cual la
mente recibe un contenido, son también el sentido por el cual algo recibe y
tiene sentido para el espíritu. Para que algo sea inteligible a la conciencia
o, como también se dice ahora, concebible, tiene que serle de¬vuelta
(restituida) su metafísica, el órgano de su espíritu; así es conforme a su
sentido. El entendimiento expresa, como los sentidos, la bilateralidad
observada; el conocimiento (Verstand) de un hombre o de una cosa o, incluso, su
sen¬tido, es su valor y contenido objetivos; pero el conocimiento (Verstand)
que yo poseo o concibo de algo, o el sentido que tiene para mí (que yo poseo un
conocimiento de algo, o que tiene sentido para mí), concierne a la forma en que
existe para mí, la metafísica con que se ha vestido, y si ésta es o no la de mi
representar. De esta manera, algo se ha hecho inteli¬gible, quizá a través de
un ejemplo del contorno habitual de la disposición vital, a través de un caso
concreto, que incluye en sí la misma relación como lo que la hace demasiado
com-prensible, de manera que el caso tomado en ayuda es un sím-bolo o una
parábola del mismo. De ordinario, completa¬mente inteligible quiere decir en
general aquello con lo que se está ya familiarizado; y a menudo se oye decir de
un ser¬món ingenioso que es muy inteligible, cuando su exposición se compone de
sentencias bíblicas y de otros pasajes del cate-cismo igualmente conocidos.
Esta inteligibilidad que descansa en el árido estar familiarizado con la cosa
no se basa ahora verdaderamente en ninguna metafísica; pero un determinado modo
del sentido supone ya la inteligibilidad que es sacada del caso concreto de la
conciencia común sensible. Pero noso¬tros consideramos una metafísica más
formada, por ejemplo, en la historia pragmática, que se ha esforzado en poner
los resultados en una conexión de causas y efectos, de funda-mentos y
consecuencias; las causas, los fundamentos, las con-diciones, las
circunstancias, constituyen aquí aquello por lo cual se hace inteligible el
acontecimiento histórico. Pero tam-bién se nos exige ya que comprendamos a
través de la histo¬ria de una cosa la cosa misma, que sea esto ya la
compren¬sión, si nosotros sabemos cómo ha existido la cosa antes de ahora, y
que la comprendemos tanto más fundamentalmente cuanto más allá prosigamos en
nuestro conocimiento de las condiciones en que la cosa se encontraba en un
pasado próximo, en un pasado lejano y un pasado remoto; cómo fre-cuentemente
nos exigen los juristas respetar esto como una comprensión de la cosa si saben
precisar cómo se había com-portado en el pasado. En la perspectiva religiosa,
durante un largo espacio de tiempo, ha existido una metafísica casi igual-mente
simple para hacer consciente fácilmente todo lo inteli-gible. Al ser explicadas
como falsas algunas abstracciones ge-nerales de unidad, de amor a la humanidad,
de leyes naturales y de las mismas ideas religiosas, así existe una ma¬nera
para hacer inteligible cómo, sin embargo, estas abstrac¬ciones han llegado a
los hombres, cómo un hombre puede in¬currir en una representación falsa; existe
también la naturaleza (el cómo) del mentir; además, están también muy a mano el
ansia de dominio, el deseo de posesión y otros me¬dii termini; y en tanto que
la religión sea considerada como la obra de las pasiones y del engaño de los
sacerdotes, entonces la cuestión se hace inteligible y concebible de tal
manera.
Este término medio
que es la condición de inteligibilidad del contenido absoluto o, lo que es
igual, el que constituye la existencia actual del mismo contenido, encadena a
éste a la conciencia subjetiva. Este medio, o esta forma bajo la cual existe el
contenido absoluto de la religión, es por lo que la filosofía se distingue de
la religión. La razón eterna, al mani-festarse, al expresarse y revelarse, se
revela al espíritu y a la representación, y solamente a través de eso a la
mente y a la representación, a la conciencia sensitiva y natural que refleja al
contenido. La reflexión abstracta posterior inicia esta configuración y modo de
la existencia (Dasein), para conside-rarlos como una cubierta bajo la cual está
escondida la ver¬dad, e intenta quitar ese ropaje al contenido interior
(intrínseco) y hacer surgir la verdad desnuda, pura, tal como ella es en sí y
por sí. Porque la reflexión conceptual encuen¬tra las relaciones finitas de la
intuición y a la representación sensibles inadecuadas al contenido universal
infinito, y se ha imaginado una idea con determinaciones más elevadas que estas
formas. Es, por de pronto, lo antropomórfico lo que en-cuentra contradictorio
con su idea. El contraste y la lucha de la filosofía con las así llamadas
representaciones populares de la mitología es un fenómeno ya antiguo. Por
ejemplo, Jenó-fanes decía que si los leones y los bueyes tuviesen manos para
ejecutar obras de arte como los hombres, representarían a sus dioses y les
darían un cuerpo semejante al que ellos po¬seen. Jenófanes se encoleriza, lo
mismo que después Platón (y antes lo habían hecho ya, en general, Moisés y los
profetas desde una religión más fundamental), con Homero y He¬síodo, porque
habían atribuido a los dioses todo lo que es vergonzoso e infamante entre los
hombres: xle/ptew
//)ll/l)//*
en tales imágenes y
representaciones su conciencia absoluta, no sólo tienen en ello meramente lo
negativo de tal conte¬nido, sino que también tiene que estar esencialmente
conte¬nido algo positivo del mismo contenido, de manera que sea considerado lo
finito, y además, lo extravagante y lo carente de medida del mismo, más bien
como una envoltura bajo la cual se oculta un verdadero contenido. A este
respecto, sería indiferente imaginarse que esta envoltura había sido utilizada
premeditadamente por los sacerdotes y por los maestros de la religión, así como
también, con qué intención ha sido utili¬zada una envoltura semejante. Por otra
parte, esta investiga¬ción sería realizada solamente en el camino histórico;
pero aunque se consiguiese mostrar históricamente algunos casos en los que el
modo de representación hubiese sido un disfraz inferido de la intención,
entonces, en general —y esto es evi¬dente más bien históricamente— es la
naturaleza de la cosa, como se ha mostrado poco antes, ésta: que la verdad, mani¬festándose,
ha podido ponerse de relieve solamente en el me¬dio de la representación, de la
imagen, etc., en tanto que, en parte, aún no se ha hecho salir ni se ha
dispuesto el elemento siguiente, el elemento del pensamiento en un suelo en el
que había podido ser colocado aquel contenido; sin embargo, es la determinación
de la religión, como tal, que su contenido tenga a este elemento por base de su
manifestación. También es verdad que los filósofos se han servido de las formas
mí¬ticas para hacer representables los razonamientos filosóficos, y traerlos
más cerca de lo sensible, de la fantasía; frecuente-mente se oye alabar y
apreciar a Platón principalmente por eso, como si con eso hubiese demostrado un
genio más ele-vado y, además, hubiese hecho algo más grande que lo que por otra
parte pueden hacer los filósofos y que él mismo ha llevado a cabo en otras de
sus obras, como, por ejemplo, en su árido y abstracto Parménides. No es de
maravillar que Pla¬tón sea admirado también preferentemente a causa de sus mitos,
porque, en efecto, una forma semejante facilita la comprensión de los
pensamientos generales (universales) y los aproxima en semejante forma bella.
Pero los mitos plató¬nicos como tales no son los que le han hecho filósofo;
cuando el pensamiento en otro tiempo se fortalecía tanto para poder darse una
existencia actual en su elemento propio, entonces es aquella forma un adorno
superfluo que, por una parte, se puede aceptar con agrado; pero, por otra
parte, a través del cual la ciencia no es exigida en tanto que ella no ataña
nada a la utilidad exterior que de este modo una y otra podían exci¬tar a la
filosofía. Además no se puede oponer un perjuicio a aquella supuesta utilidad
exterior. De esta manera, ese per¬juicio puede hacerse tan célebre por aquel modo
mítico de fi¬losofar, que pueda dar lugar a la opinión de si los mitos son
filosofía, y que ella proporciona la posibilidad de ocultar la impotencia y la
inhabilidad para expresar el contenido que debe ser representado, en la forma
del pensamiento en la única forma de la filosofía y darle además su verdadera
deter¬minabilidad.
Pero Platón no tiene
que disfrazar por medio de la forma mí-tica los filosofemas (los razonamientos
filosóficos) que él tuvo en la mente, y que había expresado antes también en
forma más filosófica, sino que más bien intentó hacerlos más claros e imaginables.
Se ofrece una representación torpe cuando se habla de mitos, de símbolos,
especialmente si se trata sólo de disfraces bajo los cuales está oculta la
verdad. Antes bien, son los mitos y los símbolos, las representaciones y las
rela¬ciones en general, en los que es expresada la verdad, es decir, a través
de lo cual la verdad debe ser expresada, esto es: debe ser descubierta. Sin
duda se podía mostrar en ciertos casos que los símbolos y otros elementos
semejantes son utili-zados para constituir enigmas y para hacer del contenido
un secreto bastante más difícil de penetrar. Se podía sospechar en la masonería
un propósito semejante en sus símbolos y mitos; pero no se le hará ninguna
injusticia cuando se está convencido de que no hay allí ningún saber especial;
por con-siguiente, tampoco tiene nada que ocultar. Pero que no se encuentra en
posesión ni posee en custodia ninguna sabidu-ría, ciencia o conocimientos
especiales, ni se encuentra en po-sesión de ninguna verdad que no sea posesión
de todos; de esto se convencerá cualquiera fácilmente, si se consideran los
escritos que proceden directamente de la masonería, así como aquellos que sacan
a la luz sus amigos o propietarios, de cualquier rama de la ciencia o del
conocimiento que sean; en ella no se encuentra nada más que la elevación de la
cul-tura habitual general y de los conocimientos vulgares. Si se quiere
imaginar como posible custodiar una sabiduría del mismo modo que un hecho, y
recibirla de la comunicación con los mismos hechos de los cuales se constituye
la cuestión de sus exteriorizaciones en la vida común y en el impulso
científico, entonces no es preciso conocer lo que es la natura-leza de un
razonamiento filosófico, de una verdad universal, de un modo de pensar y de
conocimiento universales —y sólo de esto se trata, no de conocimientos
históricos, en general de conocimientos de lo individual—; de éstos de los
cuales in-numerables se pueden convertir en enigmas y tanto más cuanto menos o
más pasajero sea el interés por saberlos. Creer en aquella posibilidad y en un
medio para mantener se-parado el conocimiento universal según su contenido, el
cual, al poseerlo el sujeto, posee en sí, más bien en general, interés del
sujeto, de las exteriorizaciones de la vida restante y de su existencia
espiritual concreta, sería igualmente tan ridículo, como si se creyese en un
medio para poder separar la luz de la sombra, o poseer un fuego que no
calentase. Del mismo modo vemos que, frecuentemente, se atribuye a los
misterios de los antiguos un fervor semejante de sabiduría y de conoci¬mientos
especiales; es sabido que todos los ciudadanos ate¬nienses eran iniciados en
los misterios de Eleusis; por el con¬trario, Sócrates no había podido iniciarse
en ellos y, sin embargo, nosotros vemos, por ejemplo, cuán insigne fue con¬siderado
entre sus conciudadanos, y cómo aquellos que acos-tumbraban a tratar con él, a
pesar de su iniciación en la sabi-duría de los misterios, aprendían algo nuevo
de él y sólo lo que heredaron de él lo consideraron como el conocimiento más
estimable, como lo mejor de su vida.
Pero cuando se trata
de la mitología y de la religión en gene-ral, entonces es la forma que en ellas
tiene la verdad no sólo una cubierta, sino que en ellas debe manifestarse más
bien el contenido; así como también es una expresión torpe la que ha sido tan
usual en la época moderna, como si el mundo no ofreciese al hombre más que un
enigma y ésta fuera la última relación del hombre con el mundo. Mucho mejor se
ha reve-lado Dios en la Naturaleza, y El es la significación de la misma, la
palabra clave del enigma, y así como la Naturaleza, es aún mucho mejor el
universo espiritual, la revelación de Dios; porque su concepto más
característico es el de ser Espí¬ritu, y la representación de la mitología y de
la religión en ge¬neral es, esencialmente, no sólo un disfraz, sino una
manifes¬tación del mismo. Pero, en efecto, es, al mismo tiempo, la condición de
la intuición sensible, así como de la representación y de las relaciones
sensibles y finitas, la naturaleza de lo simbólico en general, para ser una
existencia que no corres-ponde, al mismo tiempo, a la idea infinita; y así ella
se oculta al mismo tiempo que se descubre. La esencia es aquello a través de lo
cual la existencia es fenómeno (manifestación), o, expresado más exactamente:
lo que aparece en el fenó¬meno es la esencia, pero simultáneamente es también
sólo fe-nómeno; el fenómeno contiene al mismo tiempo en una uni-dad la
determinación de no ser la esencia. En la diferencia que existe entre el mito y
su significación, y en la que la re-presentación mítica, en la exposición de la
idea para la repre-sentación natural, es considerada como un disfraz de esta
idea, yace la confesión de que la significación es el propio va-lor intrínseco,
y este valor existe sólo en su verdadero modo en tanto que se desnuda de la
forma sensible y de las rela¬ciones finitas, y es ascendido al modo del
pensamiento. En el pensamiento no existe ya ninguna diferencia de
representa-ciones o de imágenes y de su significación; el pensamiento es lo que
se da significación a sí mismo y existe allí tal como es en sí. Por tanto,
ahora, si la mitología y las representaciones religiosas en general, en tanto
que son sólo representaciones, descubren esencialmente la verdad y el contenido
de la idea, entonces aún hay encerrado en esta manifestación algo que es
inapropiado a este valor intrínseco; pero el pensamiento es lo peculiar a sí
mismo.
La mitología, así
como lo que es considerado como metafó-rico es el modo de representación no
mítico, necesita, por eso, de una aclaración; y aclarar lo metafórico no quiere
de¬cir otra cosa que traducir, en primer lugar, las formas sensi¬bles y sus
relaciones finitas en general a relaciones espiri¬tuales, a relaciones
conceptuales. Las relaciones de la Naturaleza inorgánica y de la viviente, las
de la afectividad y del querer natural, así como los objetos inmediatos de la
Na¬turaleza, de la sensibilidad y de los anhelos del espíritu, libres de la
forma de la inmediación, y pensados a través de la abs¬tracción, ofrecen ahora
unas relaciones y un contenido que, en cuanto pensados, son de naturaleza
universal. (Pero si estos pensamientos manifiestan mejor ahora la
significación, entonces no parecen haber ganado nada a través de aquella
variación de la forma con respecto al contenido; porque estas relaciones
finitas y su consiguiente contenido no han sido alteradas en lo infinito
análogo; no solamente existe analogía entre el contenido de lo mítico, y, por
tanto, de lo metafórico y los pensamientos, sino que estos últimos son aquel
conte¬nido completo en su más simple determinabilidad misma. En tanto que allí
esta ligadura o bases sustanciales eran infinitas, así lo es el contenido,
también en la explicación; porque ésta no es otra cosa en cuanto que hace
surgir lo sustancial como sustancial. Solamente el contenido pensado, en cuanto
pen-sado, aparece, con eso, ya digno de ser una determinación de lo finito, si
de otro modo lo divino no es aceptado solamente como lo infinito-negativo, al
cual no debe alcanzar ningún modo del contenido determinado.) Así, por
consiguiente, una sensación determinada, como la cólera, o una relación
orgánica, como la generación, trasladados a la determinación espiritual y
universal de la justicia frente al mal, a la Creación en general o al
Ser-Causa, ya no son considerados como in-dignos de ser propiedad o relación de
lo absoluto. Desde la figura de Osiris, de Isis, de Tifón, y a través de las
innumera¬bles historias mitológicas, ha llegado a ser urgente para las
distintas épocas la necesidad de tomarlas como expresiones de los objetos
naturales, de las estrellas y sus revoluciones, del Nilo y sus cambios, etc.,
después de los resultados histó¬ricos, del destino y de las acciones de los
pueblos, de las rela¬ciones y de los cambios éticos en la forma natural y
política de la vida y, por consiguiente, aclararlas al ser puesto de
ma¬nifiesto y extraído un sentido semejante de ellas. Este aclarar tiene por
objeto hacerlas inteligibles; no se comprende cómo la muerte de Osiris, etc.,
puede ser algo divino. Aquí se ha alterado e invertido el concepto de
inteligibilidad. Estas re¬presentaciones sensibles pretendidamente
antropomórficas son las que, al lado de esta necesidad de aclaración, son
te¬nidas por incomprensibles; existe otra representación distinta de Dios que
se ha esforzado por encontrarla en aquellas fi¬guras, una representación más
espiritual, más intelectual, más universal. Ocurre ahora que se comprende a
Dios o sólo la me¬dida de esta representación, la cual se comprende y se
encuentra comprensible en tanto que es dicha de Dios. Si, de lo que Dios debe
ser, se dice que le han sido separados los miembros genitales masculinos y,
después, en sustitución, le han sido injertados los de un chivo, entonces no
comprendemos cómo pueden decirse tales cosas de Dios; tampoco se comprende que
Dios pudiera haber mandado a Abraham a matar a su
hijo. Ya los antiguos
habían empezado a no entender cuando se hablaba de los robos y adulterios,
antes mencionados, cometidos por los dioses.
Ni se explica por un
simple y llano error; además, eso no quiere decir incomprensibles. Si eso se
aclara por lo com-prensible, o se mantiene la exigencia de la comprensión,
en-tonces esto quiere decir que algo debe existir allí de que yo puedo
apropiarme, que tiene un sentido verdadero, o, al menos, tiene un sentido
formal coherente con lo otro.
Después que yo he
indicado el fundamento (la razón o princi-pio) universal de lo que es, en
general, la evolución en el tiempo existe para nosotros:
a) En primer lugar,
la representación se aparta de la perfec¬ción de la filosofía así como de una
intuición, de un pensa¬miento y de un conocer puros; así esta condición
1) caería fuera del tiempo, no en la
historia.
2) Pero esto fuera contra la naturaleza del
espíritu, contra la naturaleza del saber (conocer). La unidad original, incondi
cionada con la Naturaleza, no es otra cosa que sorda intui ción, conciencia
concentrada, que, por tanto, es abstracta, no es orgánica en sí. Sin duda la
vida, Dios, deben ser concretos, lo son en mi sentimiento; pero no hay en ellos
nada distinto. El sentimiento universal, la idea general de lo divino, segura
mente se adapta a todo; pero de lo que se trata es de que el reino infinito de
la concepción del mundo esté organizado y esté puesto en su lugar como algo
necesario, que yo lo apli que no sólo a una y a la misma representación. La
intuición piadosa la encontramos, por ejemplo, en la Biblia, en el An tiguo y
en el Nuevo Testamento, y en aquél preferentemente, como la adoración universal
de Dios en todos los fenómenos de la Naturaleza (así en el Libro de Job), en el
rayo y en el trueno, en la luz del día y en la de la noche, en las montañas, en
los cedros del Líbano y en los pájaros entre sus ramas, en las fieras salvajes,
en los leones, en las ballenas, en el reptil, etc., también en una providencia
universal de todos los acon tecimientos y estados humanos. Pero esta visión
intuitiva que el alma piadosa tiene de Dios es completamente algo distinto
de la visión
inteligente de la naturaleza del espíritu; justa¬mente no se trata ahí de la
filosofía de la esencia pensada, co¬nocida de Dios; porque precisamente aquella
pretendida in¬tuición inmediata, sentimiento, creencia, o como se le quiera
llamar, es exactamente aquello en lo que se distingue el pen¬sar: el surgir
(brotar) de esta inmediación, de la simple, senci¬lla intuición universal para
ser sentimiento; el pensar es el re¬torno sobre sí mismo del espíritu y,
además, lo que él es en cuanto contemplador, para convertirse en objeto, para
con¬centrarse en sí y para separarse, por lo mismo, de sí. Esta se¬paración es,
como se ha dicho, la primera condición y el mo¬mento de la conciencia de sí, de
cuya reunión en sí como pensamiento libre puede surgir solamente el desarrollo
del universo en el pensamiento, es decir, la filosofía. Justamente esto
constituye el trabajo infinito del espíritu, para retraerse de su existencia
inmediata, de la feliz vida natural a la noche y a la soledad de la conciencia
de sí, para reconstruir reflexiva¬mente de su fuerza y poder la realidad y la
intuición sepa¬radas de la conciencia de sí. De esta naturaleza de la cosa se
evidencia que precisamente aquella vida natural inmediata es lo contrario de
aquella que sería la filosofía, un reino de la inteligencia, una transparencia
de la Naturaleza para el pen¬samiento. Tan sencillamente no se realiza la
evidencia para el espíritu. La filosofía no es un sonambulismo; antes bien, es
la conciencia despierta, y en su sucesivo despertar está precisa¬mente esta
elevación de ella misma por sobre el estado de uni¬dad inmediata con la
Naturaleza, una elevación y un trabajo, los cuales, en cuanto progresivo
diferenciarse a sí misma de sí para producir, a través de la actividad del
pensamiento, de nuevo solamente la unidad, caen en el curso de un tiempo, y,
sin duda, de un largo tiempo. Esto ocurre frente a los mo¬mentos desde los
cuales hay que juzgar aquel estado filosó¬fico de Naturaleza.
b) Ciertamente es un
largo tiempo; y la duración temporal que puede llamar la atención, es la que
necesita el espíritu para elaborar la filosofía por su propio esfuerzo. He
dicho al comienzo que nuestra filosofía actual es el resultado del tra-bajo de
todos los siglos pasados. Si tan larga duración sor-prende, es necesario saber
ya que este largo tiempo ha sido empleado para adquirir este concepto (se trata
del concepto de filosofía); esto no podía suceder tan fácilmente entonces
como en la
actualidad. Sobre todo, es preciso saber que el es-tado del mundo, que el
estado de un pueblo, depende del concepto que él tenga de sí mismo. En el reino
del espíritu no suceden las cosas tan aprisa como crece un hongo durante la
noche. Que el espíritu ha necesitado tan largo tiempo es lo que puede llamar la
atención cuando no se conoce ni se apre¬cia, por una parte, la naturaleza y la
importancia de la filoso¬fía, que esa duración tan larga constituye su interés,
también el interés de su trabajo. La relación de la filosofía con las otras
ciencias, artes, organizaciones políticas, etc., la exami¬naremos más
detalladamente. Pero cuando uno se admira, sobre todo, de la larga duración
temporal, o se habla de largo tiempo, entonces hay que recordar que la duración
tiene algo de sorprendente para la reflexión más inmediata, lo mismo que la
magnitud de los espacios de que se habla en astrono¬mía.
Por lo que a la
lentitud del espíritu del mundo se refiere, hay que considerar que él no tiene
que apresurarse; tiene tiempo bastante —para él mil años son como para ti un
día—; el es-píritu del mundo tiene tiempo bastante, precisamente porque él está
fuera del tiempo, porque él es eterno. Los infusorios, muchos, muchísimos, no
han tenido tiempo suficiente para alcanzar su fin; ¡quién no muere antes que
hayan sido reali-zados sus fines! No sólo carece de tiempo suficiente; no es
tiempo solamente el que se ha de dedicar a la adquisición de un concepto; se
necesita aún mucho más: que no sólo un hombre, sino muchas generaciones, todo
el género humano, se haya dedicado al trabajo de hacerse consciente, que ha
he¬cho un enorme dispendio de nacimientos y de muertes, esto tampoco le importa
mucho; él (el espíritu del mundo) es bas-tante rico para tal dispendio; impulsa
su obra a lo sublime; tiene naciones e individuos suficientes para usarlos. Hay
un axioma trivial: la Naturaleza logra sus fines por el camino más corto
—¡justo!—; pero el camino del espíritu es la me¬diación, es el rodeo. Tiempo,
fatiga, dispendio, semejantes determinaciones de la vida finita no corresponden
a esto.
Para darse cuenta de
la lentitud, del dispendio y trabajo enormes del espíritu, para aducir un caso
concreto, necesito referirme solamente al concepto de su libertad, a un
concepto fundamental. Los griegos y los romanos —sobre todo los
asiáticos— no sabían
nada de este concepto, es decir, que el hombre, en cuanto hombre, nace libre,
que es libre. Platón, Aristóteles, Cicerón y los maestros del derecho romano no
poseían este concepto, aunque solamente él sea la fuente del derecho; mucho
menos aún lo poseían los pueblos. Sin duda sabían que un ateniense, un
ciudadano romano, un ingenuus, es libre, sabían que había libres y no libres;
precisamente por eso no sabían que el hombre, en cuanto hombre, es libre; el
hombre en cuanto hombre, es decir, el hombre en general (universal), el hombre
tal como lo concibe el pensamiento, tal como es concebido en el pensamiento. En
la doctrina cris¬tiana empezó a surgir la teoría de que ante Dios todos los
hombres son libres, que Cristo ha liberado a los hombres, los ha hecho iguales
ante Dios, los ha liberado para la libertad cristiana. Estas determinaciones
hacen a la libertad indepen¬diente del nacimiento, del lugar, de la cultura,
etc., y es ex¬traordinario el avance que se ha logrado con esto; pero estas
determinaciones aún no son distintas de aquello que consti¬tuye el concepto de
hombre para ser un hombre libre. El sen¬timiento de esta determinación ha
impulsado durante siglos, durante milenios: este impulso ha producido las más
formida¬bles revoluciones, pero (el pensamiento) el concepto de que el hombre
es libre por naturaleza; esto no quiere decir que es libre conforme a su vida
natural, sino que es libre por natura¬leza, teniendo naturaleza aquí el
significado de esencia o con¬cepto; este conocimiento, este saber de sí mismo,
no es muy antiguo, lo tenemos como un prejuicio; este saber se com¬prende por
sí mismo. El hombre no debe ser esclavo; a nin¬gún pueblo ni a ningún gobierno
se le ocurre hacer una gue¬rra para coger esclavos; solamente con este
conocimiento es la libertad derecho, no un privilegio positivo, obtenido por la
fuerza de la autoridad, por la necesidad, etc., sino que es de¬recho en sí y
por sí, el concepto idéntico a la vida.
Pero hay que hacer
mención de otro aspecto de la lentitud del progreso del espíritu, a saber, la
naturaleza concreta del espíritu, según la cual el pensamiento de sí se
relaciona con todo el restante reino de su existencia y de sus relaciones; la
formación de su concepto, su pensamiento de sí, es, al mismo tiempo, la
configuración de todo su contorno, de su totalidad concreta en la historia. La
idea que expresa el sistema filosó-fico de una época tiene con su restante
estructura esta rela-
ción: esa idea es la
sustancia de su universo, su esencia uni-versal, su flor, la vida cognoscente
en el pensar puro de la simple conciencia de sí. Pero el espíritu no solamente
es esto, sino que, corno se ha dicho antes, es una evolución multilate-ral de
su existencia; y el grado de conciencia de sí que el espí-ritu ha alcanzado es
el principio que él (el espíritu) da a cono-cer en la historia, en las
relaciones de su existencia. El espíritu reviste este principio con toda la
riqueza de su exis¬tencia; la forma en la que el principio existe es un pueblo
en cuyas costumbres, organización política, vida doméstica, civil y pública, en
cuyas artes, relaciones externas del Estado, etc., se supone aquel principio;
toda la forma determinada de la historia concreta es caracterizada por todos
los aspectos de su exterioridad. Es esta materia la que tiene que modelar el
principio de un pueblo y esto no es asunto de un día, sino que son todas las
necesidades, capacidad, relaciones, organiza¬ción política, leyes, artes, ciencias,
a las que tiene que perfec¬cionar después; éste no es un progreso en el tiempo
vacío, sino en el tiempo infinitamente lleno, pleno de contiendas; no es un
simple progreso en conceptos abstractos del pensar puro, sino que el espíritu
progresa solamente en el pensar en tanto que progresa con toda su vida
concreta. A esto con¬viene un ascenso cultural de un pueblo a una etapa donde
pueda surgir la filosofía en el pensamiento. Esta lentitud del espíritu del
mundo es aumentada aún por el retroceso apa¬rente, por las épocas de barbarie.
c) Pero es tiempo de
acercarnos a las próximas diferencias universales que existen en la naturaleza
del desarrollo (de la evolución). Estas diferentes, a las que hemos de dedicar
nuestra atención en esta introducción, conciernen solamente a lo formal, a lo
que surge principalmente del concepto de de-sarrollo. El conocimiento de las
determinaciones que existen aquí nos ilumina más directamente sobre lo que hay
que es-perar en general de las filosofías particulares, y, además, nos da el
concepto determinado de lo que se sabe de la diversidad de las filosofías.
En primer lugar,
advierto que se ha aludido en la determina-ción del desarrollo cultural
(evolución) que no sólo es esen-cialmente un surgir pasivo, tal como nos lo
representamos en el salir, por ejemplo, del sol o de la luna, etc.; un simple
mo-
verse en el medio sin
resistencia del espacio y del tiempo, sino que es trabajo, actividad frente a
algo existente, trans-formación del mismo. El espíritu vuelve a sí y se
convierte en objeto; y la dirección de su pensar le da indirectamente
segu-ridad de la forma y de la determinación del pensamiento. A este concepto,
en el cual se ha concebido a sí mismo (el pen-samiento) y el cual es él mismo,
a esta su formación, a este su ser, separado de nuevo de él, convertido en
objeto, y de nuevo aplicada a ello su actividad, entonces este hacer conti¬núa
formando lo antes formado, le da más determinaciones, lo hace más determinado,
más perfecto y profundo en sí. A cada época le precede otra y es una
elaboración de la misma y, precisamente por eso, es una cultura más elevada.
A) CONSECUENCIA SOBRE
LA PERSPECTIVA, ASI COMO SOBRE EL PROCEDIMIENTO DE LA FILOSOFÍA EN GENERAL
De esta necesidad
resulta que el comienzo es lo menos for-mado (cultivado), lo menos determinado
y desarrollado en sí; antes bien, lo más pobre, lo más abstracto, y que la
primera filosofía está constituida por el pensamiento completamente universal e
indeterminado, la primera filosofía es la más sim-ple, la filosofía moderna la
más concreta, la más profunda. Es preciso saber esto para no buscar detrás de
las antiguas fi-losofías nada más que lo que en ellas está contenido, no
bus-car en ellas la contestación a las cuestiones, la satisfacción de las
necesidades espirituales, que de ninguna manera existían entonces, y que
pertenecen solamente a una época mucho más cultivada. Igualmente nos impide
esta evidencia atri-buirles alguna culpa, echar en ellas de menos algunas
deter-minaciones, las cuales de ninguna manera existían aún para su cultura;
también nos impide recargarlas con conclusiones y afirmaciones que en modo
alguno habían sido efectuadas o pensadas de ellas (de las filosofías antiguas),
aunque pudie¬sen inferirse ya justamente del principio del pensamiento de una
filosofía semejante.
1) Así, encontraremos
nosotros en la historia de la filosofía a las antiguas filosofías muy pobres y
necesitadas de determinaciones —como en el caso de los niños—, pensamientos
sencillos que
han de considerarse
al mismo tiempo como ingenuos, en tanto que no tienen el sentido de
afirmaciones en contraste con otras. De este modo se ha preguntado, por
ejemplo, si la filosofía de Tales había sido propiamente el teísmo o el
ateísmo, si él había afirmado la existencia de un Dios personal o solamente un
Ser universal impersonal, es decir, un Dios en el mismo sentido que nosotros lo
concebimos, porque, de otra manera, no se¬ría tenido por Dios. La determinación
de la subjetividad de la idea más sublime, de la personalidad de Dios, es un
concepto muchísimo más rico, más intenso y, por eso, mucho más tar¬dío. Sin
duda, en la representación de la fantasía tienen los dioses griegos una
personalidad como el Dios Único en la re¬ligión judia; pero es algo enteramente
distinto lo que es re¬presentación de la fantasía, o lo que es concepción del
pensa¬miento y del concepto puro. En sus comienzos, el filosofar ha tenido
muchas dificultades, al atraer hacia, sí todas las cues¬tiones para aislar el
pensar de toda creencia popular y para llevarlo a un campo completamente
distinto, a un campo que el mundo de la representación deja de lado, de manera
que ambos existan muy tranquilamente uno al lado del otro, o, más bien, que
nadie ha logrado aún ninguna reflexión en su contradicción —tampoco en cuanto
pensamiento para querer reconciliarlos, para mostrar esto en la creencia
popular, sola¬mente que en una forma exterior distinta que en el concepto, y
para querer aclarar y justificar así las creencias populares y así, también,
poder expresar los conceptos del pensamiento puro de nuevo a la manera de la
religión popular—, un as¬pecto y una tarea que constituyó, después, entre los
neopla¬tónicos, un modo particular de filosofar. Como la esfera de las
representaciones populares y la del pensamiento abstracto están pacíficamente
una al lado de la otra, nosotros vemos aún en los filósofos griegos más
tardíos, más cultos, que la práctica del culto, la imploración a los dioses,
los sacrificios, etc., son sinceramente compatibles con sus impulsos
especu¬lativos —no como una hipocresía, así como la última palabra de Sócrates
fue recomendar a sus amigos que sacrificaran un gallo a Esculapio—, un deseo
que no hubiese podido ser compatible con los muy concluyentes pensamientos de
Só¬crates acerca de la esencia de Dios, principalmente de su principio de la
moralidad. Cuando nosotros examinamos tal conclusión es algo muy distinto.
B) PROCEDIMIENTO DE
LAS ANTIGUAS FILOSOFÍAS
Al presentarse esta
diferencia entre lo que hay allí conse-cuentemente y lo que ha sido pensado
realmente, conviene que nosotros podamos ver citados en una historia de la
filoso¬fía una multitud de teoremas metafísicos de un filósofo —un texto como
una declaración histórica de las afirmaciones que él ha hecho—, de los cuales
el filósofo no sabía una palabra ni se encuentra tampoco la menor huella
histórica. Así, en la voluminosa Historia de Brucker se menciona una serie de
ra-zonamientos filosóficos, hasta en número de treinta, cua¬renta, etc., de
Tales y de otros, que no se pueden atribuir, con certeza, a tales filósofos.
Además, teoremas —y también citas de argumentadores— de tal especie podemos
alegar mu¬chos. El procedimiento de Brucker es colocar un razona¬miento
filosófico de un antiguo con todos los consecuentes y antecedentes, todos los
antecedentes y consecuentes que po-dían seguirse de aquel (filosofema)
razonamiento filosófico conforme a la representación de la metafísica wolfiana,
y pre-sentar una simple y pura atribución falsa, tan ingenua como si fuera un
hecho realmente histórico. Precisamente esto consti-tuye el progreso de la
evolución, la diversidad de las épocas, de la cultura y de la filosofía; cuando
tales reflexiones, tales determinaciones del pensamiento, tales relaciones del
con¬cepto han entrado o no en la conciencia. Justamente en los pensamientos,
que están dentro (en el interior), pero no fuera, existe solamente la
diferencia. El pensamiento es aquí lo principal (lo esencial), no lo que como
concepto rige su vida. Estos debían haber sacado fuera los pensamientos de los
mismos. Es necesario atenerse exactamente a las palabras más peculiares con
rigor histórico, no concluir ni hacer otra cosa de ellas. También Ritter dice
en su Historia de la Filosofía Jónica, página 16: «Tales consideraba al mundo
como un animal viviente que lo abarca todo, que se ha desarrollado de una
semilla —por el contrario, la semilla de todas las cosas es húmeda—, como
sucede a todos los animales. Por consi-guiente, la intuición fundamental de
Tales es que el mundo es un todo viviente que se ha desarrollado de un germen
y, se¬gún la especie de animal, continúa viviendo mediante una ali-mentación
apropiada a su esencia originaria».
A este resultado del
concepto de evolución, de que las más antiguas filosofías son las más
abstractas, de que en ellas la idea está muy poco determinada, se une otra
consecuencia in-mediata que, en tanto que el progreso de la evolución es una
continuada determinación (un determinar posterior), y ésta es un ahondar y una
comprensión de la idea en sí misma; por consiguiente, la filosofía más tardía,
la más joven, la más re-ciente, es la más desarrollada, la más rica y profunda;
en ella tiene que estar contenido y conservado todo lo que, por de pronto,
aparece como pasado, ella tiene que ser, incluso, un espejo de la historia
entera. Lo inicial es lo más abstracto, porque es el origen, el comienzo, aun
no ha progresado; la última forma que surge de este movimiento como un
determi-nar progresivo es las más concreta. Como puede observarse más de cerca,
no es ésta ninguna presunción de la filosofía moderna; pues precisamente el
espíritu de toda esta exposi¬ción es que la filosofía cultivada posteriormente
en una época más tardía es el resultado esencial del trabajo precedente del
espíritu pensante, que esa filosofía ha crecido solicitada, im-pulsada por
estos puntos de vista anteriores, no aislada por sí del suelo. Otra cuestión
que hay que recordar aquí todavía es que no es necesario abstenerse de decir lo
que hay en la natu-raleza de la cosa, que la idea, tal como es expuesta y
conce-bida en la filosofía más reciente, es la más desarrollada, la más rica,
la más profunda. Recuerdo esto porque filosofía nueva, filosofía reciente,
filosofía novísima, ha llegado a ser un sobrenombre muy corriente. Aquellos que
creen haber di¬cho algo con tal denominación pueden tanto más fácilmente signar
y bendecir las diversas filosofías, cuanto más las hayan negado, pues no sólo
cada estrella fugaz, sino también cada cabo de vela tiene la apariencia de un
sol, o tampoco cada charla cesa de pregonar una filosofía y alegar al menos
como prueba de ello que hay tantas filosofías que cada día una sus-tituye a la
de ayer. Con esto han encontrado, al mismo tiempo, la categoría a través de la
cual pueden trasladar una significación a la filosofía dominadora y que,
igualmente, han acabado con ella. Ellos la llaman una filosofía de moda:
Ridi-cula llamas tú a esta moda, cuando siempre de nuevo se es-fuerza
seriamente el espíritu humano por la cultura*.
* Uno de los
Epigramas (Xeinen) de Schiller y Goethe con el título: Filosofía
de moda. Comienza: La
más ridicula llamas tú a esta...
Yo he dicho que la
filosofía de una época contiene, en cuanto resultado de la precedente, su
cultura. La determinación fun-damental de la evolución es que una y la misma
idea —existe solamente una verdad— sirve de base a todas las filosofías, y que
toda filosofía posterior, del mismo modo, es y contiene las determinaciones de
las precedentes. De esto se sigue para la historia de la filosofía la opinión
de que en ella, si es inme-diatamente historia, nosotros no tenemos que
ocuparnos con el pasado. El contenido de esta historia con las producciones
científicas de la razón, y éstas no son algo pasado. Lo que ha sido elaborado
en este campo es lo verdadero, y esto es eterno, no existe para una época ni
tampoco para otra. Los cuerpos de los espíritus que son los héroes de esta
historia, su vida temporal, ciertamente, ha pasado; pero sus obras no han
seguido el mismo camino, porque el contenido de sus obras en lo racional de lo
que ellos no se han engreído, imaginado, ni percatado, y su hazaña es solamente
ésta: que han sacado a la luz del día lo racional en sí del pozo del espíritu,
en donde primeramente está sólo como sustancia, como ser inte¬rior, y lo han
elevado a la conciencia, al saber. Estos hechos no han sido por eso abandonados
sólo en el templo del re¬cuerdo como imágenes del tiempo pasado, sino que estos
he¬chos son todavía ahora tan actuales, tan vivientes como en la época de su
descubrimiento. Son acciones y obras que no han sido destruidas ni anuladas por
las subsiguientes; no poseen lienzo, ni mármol, ni papel, ni representaciones,
ni recuerdo en el elemento en el que fueran conservadas, elementos que son
ellos mismos perecederos o el suelo de lo perecedero, sino que poseen el
pensar, la esencia invariable del espíritu adonde no penetran ni la polilla ni
los ladrones (Mateo, VI, 19). Las adquisiciones del pensar, en cuanto supuestas
en el pensar, constituyen el ser del espíritu mismo. Por lo mismo, estos
conocimientos no son simple erudición, conocimiento de lo muerto, enterrado y
descompuesto; la historia de la fi¬losofía se ocupa de lo que no envejece, de
lo actualmente vivo.
Como actualmente en
el sistema lógico del pensar cada forma del mismo tiene su lugar en el cual
solamente tiene validez, y por el cual la evolución progresiva posterior es
reducida a un momento subordinado, así también cada filosofía en la totali-dad
de su curso es un grado (etapa) particular de la evolución
y tiene (en ella) su
lugar determinado, en el que posee su va¬lor y significación verdaderos.
c) Su particularidad
se ha de concebir esencialmente según esta determinación, en parte para
reconocer cada filosofía se-gún el lugar que ocupa en la evolución y para
hacerle justicia; precisamente por eso no puede exigirse ni esperarse más de
ella que lo que ella da; no se ha de buscar en ella la satisfac-ción que
solamente puede ser proporcionada por un conoci-miento muy desarrollado.
Precisamente toda filosofía, por¬que es la representación de una etapa
particular de la evolución, pertenece a su tiempo y está contenida por su
limi¬tación. El individuo es hijo de su pueblo, de su mundo. El in¬dividuo
puede enorgullecerse cuanto quiera; pero no puede salir de su mundo, porque él
pertenece al espíritu universal único, que es su sustancia y su ser; ¿cómo podría
salir el indi¬viduo de ese espíritu? El mismo espíritu universal es el que es
concebido conceptualmente por la filosofía; ella es el pensar de sí mismo y,
por consiguiente, su contenido más sustancial, más determinado.
Pero una filosofía
primitiva no satisface plenamente al espí¬ritu en el cual vive actualmente un
concepto profundamente determinado. Lo que el espíritu quiere encontrar en ella
es este concepto que constituye ya su determinación interna y la raíz de su existencia,
concebida como objeto para el pensar; el espíritu quiere reconocerse a sí
mismo. Pero la idea toda¬vía no existe con esta determinación en las filosofías
primi¬tivas. Por eso viven siempre, y actualmente, las filosofías pla¬tónica,
aristotélica, etc.; pero en la forma y en el grado en que la filosofía era
platónica y aristotélica ya no es la filosofía. Por eso mismo hoy ya no puede
haber ningún platónico, aristotélico, estoico o epicúreo. Esas filosofías
excitan nueva-mente a querer volver sobre ellas al espíritu culto que ha
re-flexionado profundamente sobre sí; esto sería un imposible, algo tan
desatinado como si el hombre quisiera darse el tra-bajo de volverse joven, el
joven de volverse de nuevo mucha-cho o niño, aunque el hombre, el joven y el niño
sean uno y el mismo individuo. La época del renacimiento de las cien¬cias, la
nueva época de los siglos XV y XVI, ha empezado no sólo con el estudio, sino
también con la renovación de las an¬tiguas filosofías. Marsilio Ficino era un
platónico, incluso Cosme de Medicis fundó una Academia Platónica y Ficino
es-taba al frente de ella. Pomponacio era un aristotélico puro; más tarde
Gassendi fue epicúreo al filosofar sobre la física; Lipsio quería ser un
estoico, etc. Sobre todo, se tenía la ten-dencia a los contrastes: filosofías
antiguas y cristianismo; de éste y en éste aún no se había desarrollado ninguna
filosofía peculiar; lo que se tenía y se podía tener por filosofía en el
cristianismo era una de aquellas filosofías que serían interpre-tadas de nuevo
en este sentido. Pero no podían permanecer las momias en medio de lo vivo; el
espíritu ha tenido durante largo tiempo una vida más sustancial en sí, ha
llevado durante largo tiempo en sí un concepto más profundo de sí mismo, y, por
tanto, ha tenido una necesidad más elevada para su pen¬sar que la que podían
satisfacer aquellas filosofías. Una reno-vación semejante se ha de considerar
solamente como el trán-sito del estudiarse a fondo a sí mismo, a las formas
condicionales precedentes, como un viaje de recuperación a través de las etapas
necesarias de la cultura; como en una época lejana semejante imitar y repetir
de principios extraños al espíritu se presentan en la historia como una
aparición transitoria producida, además, en una lengua muerta, tales imitaciones
y repeticiones son sólo traducciones nada origi-nales, y el espíritu se
satisface sólo en el conocimiento de su propia originalidad. Cuando la época
más reciente es, igual-mente, llamada de nuevo a retroceder al punto de vista
de una filosofía antigua, así como cuando se recomienda la filo¬sofía platónica
especialmente, con ese fin como recurso, para salir de todas las complicaciones
de la época siguiente, en¬tonces tal retroceso no es aquella aparición natural
del primer reestudiar a fondo, sino que es conse jo de moderación, tiene la
misma fuente que la pretensión de hacer retroceder a la so¬ciedad culta al
estado salvaje de los bosques de América del Norte, a sus costumbres y a las
representaciones correspon¬dientes, y como la recomendación de la religión de
Melquise¬dec, que Fichte ha expuesto una vez (yo creo que en El des¬tino del
hombre), como la más pura y la más sencilla, y, además, como aquella a la que
tenemos que volver. Por una parte, no se ha de desconocer en tal retroceso el
deseo vehe¬mente de un comienzo y de un punto de partida firme; sólo que éste
se ha de buscar en el pensar y en la misma idea, no en una forma de autoridad
civil. Por otra parte, semejante re¬pulsa del espíritu culto, enriquecido, a
tal simplicidad, es decir, a algo abstracto, a un estado o pensamiento
abstractos, puede considerarse solamente como el refugio de la impoten-cia, al
cual se somete el rico material de la evolución del pen¬sar que ve ante sí y
que tiene pretensión a ser reducido a lo profundo, y siente que no puede ser
suficiente, y busca su ayuda en la huida ante sí mismo y en la miseria.
De lo dicho se
explica por qué así, cualquiera que sea indu¬cido por tal recomendación
particular o, sobre todo, atraído por la celebridad de un Platón o de las
filosofías antiguas en general, vaya a las mismas para tomar la filosofía de
esta ma¬nera, de las fuentes, no se encuentra satisfecho por tal estudio y, no
satisfecho, se va. Es necesario saber lo que se ha de buscar en los antiguos
filósofos o en la filosofía de cualquiera otra época determinada, o, por lo
menos, saber que se tiene ante sí en tal filosofía una etapa determinada de la
evolución del pensar, y son traídas a la conciencia solamente las mismas formas
y necesidades del espíritu, que están dentro de los lí¬mites de una tal etapa.
En el espíritu de la época moderna dormitan ideas profundas, las cuales, para
saberse despiertas, necesitan de una circunstancia y de una actualidad
(presen¬cia) distintas de aquellos pensamientos abstractos, oscuros, grises, de
la antigüedad. En Platón, por ejemplo, hallamos cuestiones sobre la naturaleza
de la libertad, sobre el origen de la enfermedad y del mal, de la providencia,
pero no tan pronto su decisión filosófica. Sin duda, sobre tales objetos se
puede ir a sacar, en parte, piadosas opiniones populares de sus hermosas
exposiciones; pero, en parte, para dejar com¬pletamente de lado filosóficamente
la determinación de las mismas, o para considerar el mal, la libertad solamente
como algo negativo.
Pero ni lo uno ni lo
otro es satisfactorio para el espíritu, cuando los objetos de aquéllas existen
una vez para él (el es¬píritu), cuando la contradicción de la conciencia de sí
ha al¬canzado en él el vigor necesario para abismarse en tales inte¬reses.
La diferencia
mencionada tiene también una consecuencia posterior en la forma de considerar y
de proceder de las filo-sofías en su exposición histórica.

