© Libro
No. 395. Los
Enigmas de la Cultura. Harris, Marvin. Colección Emancipación Obrera. Marzo 23 de 2013.
Título original: © Marvin Harris.Los Enigmas de la Cultura.
Versión Original:
© Los Enigmas de la Cultura. Marvin
Harris.
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Marvin Harris 1927-2001

Antropólogo norteamericano, nacido en Nueva York en 1927, principal
adalid del «materialismo cultural». Obtuvo el título deBachelor of
Arts en el Columbia College en 1948. Estudió en la
Universidad de Columbia, donde fue alumno de Julian Steward y Alfred Kroeber. A
través de Steward conoce las teorías de Karl Wittfogel, Leslie White y Gordon
Childe. En esta época recibe también lecciones de los alumnos de Skinner que
serán determinantes en su metodología del materialismo cultural. En 1953
obtiene el título de doctor en la Universidad de Columbia con un trabajo de
investigación de campo acerca de la comunidad de Minas Velhas, un
pequeño pueblo en las montañas de Brasil oriental. Durante el periodo de 1953 a
1959 es assistant professor en el Departamento de Antropología
de la Universidad de Columbia. Posteriormente será associate professor en
el mismo departamento en el periodo 1959-63. En el año 1963 pasa a ser professor de
dicho departamento a la vez que su director (desde 1963 a 1966). Como professor estará
en Columbia hasta el año 1980 en que marcha a la Universidad de Florida
(Gainesville) como graduate research professor. Ha sido secretario
ejecutivo del programa de estudios de verano de
Columbia-Cornell-Harward-Illinois en el periodo 1965-66, y posteriormente su
director (1965-66). Durante los años 1965-67 ha sido lecturer del
Instituto de exteriores del Departamento de Estado de los E.U.A. Profesor
visitante distinguido en el Central Washington State College en
los años 1968-69. Visiting lecturer de la Universidad de
Colorado en 1973. Ha impartido numerosas conferencias en universidades
americanas y europeas y ha participado en multitud de programas de radio y
televisión.
Realizó estudios de
campo en Bahía (Brasil) durante los años 1950-51. En los años 1953-54 estuvo en
Río de Janeiro como asesor de investigación del National Institute of
Pedagogical Studies. Llevó a cabo investigaciones empíricas sobre los Thonga de
Mozambique en los años 1956-57. Investigaciones de campo en Chimborazo
(Ecuador) en 1960 y nuevamente en Brasil, en el estado de Bahía en 1962 y 1965.
Bajo los auspicios de la National Safety Foundation realizó
estudios de campo en la India en 1976 sobre la utilización de recursos
proteínicos.
Bibliografía de Marvin Harris (sólo
libros):
§ 1953 Minas
Velhas: A Study of Urbanism in the Mountains of Eastern Brazil, tesis
doctoral leída en la Universidad de Columbia, Ann Arbor, University Microfilm
International, Doctoral Dissertation Series n. 0005191.
§ 1956 Town
and Country in Brazil, Columbia University Press, 1956, y AMS Press, 1969.
§ 1958 Minorities
in the New World, Columbia University Press. Coautor Charles Wagley.
§ 1959 A
Background Report on Brazil, informe para la Fundación Ford. Coautor
Charles Wagley.
§ 1964 Patterns
of Races in the Americas, Walker and Company, Nueva York.
§ 1964 The
Nature of Cultural Things, Random House, Nueva York.
§ 1968 War:
The Anthropology of Armed Conflict and Aggression, American Museum of
Natural History Press, Nueva York.
§ 1968 El
desarrollo de la teoría antropológica, primera edición en español en
editorial Siglo XXI, en 1979.
§ 1971 Introducción
a la antropología general, primera edición española en Alianza, en 1981. Ha
tenido varias ediciones posteriores con importantes cambios y actualizaciones.
§ 1974 Vacas,
cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de las culturas. Edición española en
Alianza.
§ 1977 Caníbales
y reyes: Los orígenes de las culturas, ediciones españolas en Argós Vergara
y Alianza.
§ 1979 El
materialismo cultural, edición española en Alianza en 1982.
§ 1981 La
cultura norteamericana contemporánea, edición española en Alianza en el año
1984.
§ 1983 Antropología
cultural, edición española en Alianza, en el año 1990.
§ 1985 Bueno
para comer, edición española en Alianza en 1989.
§ 1985 Jefes,
cabecillas, abusones, edición española en Alianza, 1993.
§ 1987 Muerte,
sexo y fertilidad, edición española en Alianza, 1991.
§ 1990 Nuestra
especie, edición española en Alianza 1994.
§ 1998 Teorías
sobre la cultura en la era posmoderna, edición española en Crítica, año
2000.
http://www.filosofia.org/ave/001/a114.htm
Los Enigmas
De La Cultura
Marvin Harris
Los Enigmas De La Cultura
Marvin Harris
Prefacio
Había acabado precisamente de intentar convencer a una
clase de estudiantes de que existía una explicación racional del tabú hindú
sobre el sacrificio de las vacas. Estaba seguro de haber salido al paso de
todas las objeciones imaginables. Rebosante de confianza, pregunté si alguien
quería formular alguna pregunta. Un joven agitado levantó su mano. “Pero, ¿qué
opinaba del tabú judío sobre la carne de cerdo?”
Unos meses más tarde emprendí una investigación que
pretendía explicar por qué los judíos y musulmanes aborrecen la carne de cerdo.
Tardé cerca de un año antes de disponerme a poner a prueba mis ideas ante un
grupo de colegas. Tan pronto como dejé de hablar, un amigo mío, experto en los
indios de Sudamérica, dijo: “Pero, ¿qué opina del tabú de los tapirapé sobre la
carne de venado?”
Y lo mismo sucedió con cada uno de los enigmas para
los que he intentado encontrar una explicación práctica. Tan pronto como acabo
de explicar un estilo de vida o una costumbre previamente inescrutable, alguien
contraataca con otra:
-“Bien, quizás esto vale para el potlatch entre los
kwakiutl, pero, ¿cómo explica la guerra entre los yanomamo?”
-“Creo que puede existir un déficit de proteínas...”
-“Pero, ¿qué oponía de los cultos cargo en las Nuevas
Hébridas?”
Las explicaciones de los estilos de vida son como las
patatas fritas. La gente insiste en comérselas hasta acabar con toda la bolsa.
Esta es una de las razones por las que este libro pasa
de un tema a otro. Desde la India hasta el Amazonas, y desde Jesús hasta Carlos
Castaneda. Pero persisten algunas diferencias en comparación con la bolsa
ordinaria de patatas fritas. En primer lugar, aconsejo no arrancar el primer
pedazo que se os antoje. Mí explicación de las brujas depende de la explicación
de los mesías, y ésta de la explicación de los “grandes hombres”, que a su vez
depende de la explicación del sexismo, la cual depende de la explicación del
amor a los cerdos, que depende de la explicación del aborrecimiento de los
cerdos, que a su vez depende de la explicación del amor a las vacas. No se
trata de que el mundo empezara con el amor a las vacas, sino que en mi propio
intento por comprender las causas de los estilos de vida, es por donde he
empezado... Así que, por favor, no tratéis de coger al azar.
Es importante que los capítulos de este libro se
consideren como fundados unos en otros y con un efecto acumulativo. De lo
contrario, no tendré ninguna defensa contra la paliza que seguramente querrán
propinarme los expertos en una docena de campos y disciplinas. Respeto a los
expertos y quiero aprender de ellos, pero pueden ser tanto un estorbo como una
ventaja si hay que depender de varios de ellos a la vez ¿Habéis intentado
alguna vez preguntar a un especialista en hinduismo sobre el amor a los cerdos
en Nueva Guinea, o a una autoridad en Nueva Guinea sobre el aborrecimiento de
los cerdos entre los judíos, o a un experto en judaísmo sobre los mesías en
Nueva Guinea? Mi justificación para aventurarme a través de disciplinas,
continentes y siglos es que el mundo se extiende a través de disciplinas,
continentes y siglos. Nada hay en la naturaleza tan completamente diferente
como dos conjuntos de juicios de expertos.
Respeto la obra de los estudiosos individuales que
amplían y perfeccionan pacientemente sus conocimientos de un solo siglo, tribu
o personalidad, pero pienso que estos esfuerzos deben ser más sensibles a los
problemas de ámbito general y comparativo. La incapacidad manifiesta de nuestro
superespecializado “establishment” científico para decir algo coherente sobre
las causas de los estilos de vida no tiene su origen en ninguna anarquía
intrínseca de los fenómenos de los estilos de vida. Más bien creo que es el
resultado de otorgar recompensas como premio a especialistas que nunca amenazan
un hecho con una teoría. Una relación proporcional como la que existe desde
hace algún tiempo entre la magnitud de la investigación social y la profundidad
de la confusión social sólo puede significar una cosa: la función social global
de toda esa investigación es impedir que la gente comprenda las causas de su
vida social.
Las autoridades del “establishment” del saber insisten
en que este estado de confusión se debe a una falta de estudios. Pronto se
celebrará un seminario en el cielo basado en diez mil nuevos viajes de campo.
Pero sabremos menos, no más, si estos estudios se hacen con la suya. Sin una
estrategia que pretenda llenar el vacío entre las especialidades y organizar
los conocimientos existentes siguiendo líneas teóricamente coherentes, la
investigación adicional no conducirá a una mejor comprensión de las causas de
los estilos de vida. Si buscamos realmente explicaciones causales, debemos
tener al menos alguna idea aproximada de a dónde mirar entre los hechos
potencialmente inagotables de la naturaleza y la cultura. Espero que algún día
se descubrirá que mi propia obra ha contribuido al desarrollo de estrategia,
mostrando a dónde mirar.
Prólogo
Este libro trata de las causas de estilos de vida
aparentemente irracionales e inexplicables. Algunas de estas costumbres
enigmáticas aparecen entre pueblos sin escritura o “primitivos”. Por ejemplo,
los jactanciosos jefes amerindios que queman sus bienes para mostrar cuán ricos
son. Otras pertenecen a sociedades en vías de desarrollo, entre las cuales mi
tema predilecto es el de los hindúes que rehúsan comer carne de vaca aun cuando
se estén muriendo de hambre. Sin embargo, otras aluden a mesías y brujas que
forman parte de la corriente principal de nuestra propia civilización. Para
confirmar mi punto de vista, he elegido deliberadamente caso raros y
controvertidos que parecen enigmas insolubles.
Nuestra época afirma ser víctima de una sobredosis de
intelecto. Con un espíritu vengativo, los estudiosos trabajan afanosamente en
intentar mostrar que la ciencia y la razón no pueden explicar variaciones en
los estilos de vida humanos. Y así se ha puesto de moda insistir en que los
enigmas examinados en los capítulos que siguen no tienen ninguna solución.
Quien preparó el terreno para gran parte de este pensamiento actual sobre los
enigmas de los estilos de vida fue Ruth Benedict con su libro Patterns of Culture.
Para explicar las sorprendentes diferencias entre las culturas de los kwakiutl,
los dobuanos y los zuñi, Benedict recurrió a un mito que atribuyó a los indios
digger. El mito decía: “Dios otorgó a cada pueblo una taza, una taza de
arcilla, y de esta taza bebieron su vida... Todos hundían las tazas en el agua,
pero cada taza era diferente.” Desde entonces esto ha significado para mucha
gente que sólo Dios sabe por qué los kwakiutl queman sus casas, por qué los
hindúes se abstienen de comer carne de vaca, o los judíos y musulmanes
aborrecen la carne de cerdo, o por qué algunas gentes creen en mesías mientras
otras creen en brujas. El efecto práctico a largo plazo de esta sugerencia ha
sido desalentar la búsqueda de otro tipo de explicaciones. Pero una cosa está
clara: si pensamos que un enigma no tiene una respuesta, nunca la
encontraremos.
Para explicar pautas culturales diferentes tenemos que
empezar suponiendo que la vida humana no es simplemente azarosa o caprichosa.
Sin este supuesto, pronto se vuelve irresistible la tentación de renunciar a la
tarea cuando afrontamos una costumbre o una institución que persiste en su
carácter inescrutable. Con los años he descubierto que los estilos de vida que
otros consideraban como totalmente inescrutables tenían en realidad causas
definidas y fácilmente inteligibles. La principal razón por la que se han
pasado por alto estas causas durante tanto tiempo es la de que todo el mundo
está convencido de que “sólo Dios conoce la respuesta”.
Otra razón por la que muchas costumbres e
instituciones parecen tan misteriosas estriba en que se nos ha enseñado a
valorar explicaciones “espiritualizadas” de los fenómenos culturales en vez de
explicaciones materiales de tipo práctico. Sostengo que la solución de cada uno
de los enigmas examinados en este libro radica en una mejor comprensión de las
circunstancias prácticas. Y mostraré que un estudio más minucioso de las
creencias y prácticas que parecen más raras revela que éstas se hallan fundadas
en condiciones, necesidades y actividades ordinarias, triviales, podríamos
decir “vulgares”. Entiendo por solución trivial o vulgar la que se apoya en
tierra y está integrada por tripas, sexo, energía, viento, lluvia y otros
fenómenos palpables y ordinarios.
Esto no significa que las soluciones que vamos a
presentar sean en cierto sentido simples o evidentes. Ni muchos menos. La
identificación de los factores materiales pertinentes en los acontecimientos
humanos es siempre una tarea difícil. La vida práctica utiliza muchos
disfraces. Cada estilo de vida se halla arropado en mitos y leyendas que
prestan atención a condiciones sobrenaturales o poco prácticas. Estos
arropamientos confieren a la gente una identidad social y un sentido de
finalidad social, pero ocultan las verdades desnudas de la vida social. Los
engaños sobre las causas mundanas de la cultura pesan sobre la conciencia
ordinaria como láminas de plomo. Nunca es una tarea fácil penetrar o levantar
esta carga opresora.
En una época ávida por experimentar estados de
conciencia alterados, fuera de lo corriente, tendemos a pasar por alto hasta
qué punto nuestro estado mental ordinario es ya una conciencia profundamente
mistificada -una conciencia aislada de un modo sorprendente de los hechos
prácticos de la vida-. ¿A qué obedece esto?
En primer lugar a la ignorancia. La mayor parte de la
gente sólo es consciente de una pequeña parte de la diversidad de alternativas
en los estilos de vida. Si queremos pasar del mito y la leyenda a la conciencia
madura, tenemos que comparar toda la variedad de culturas pasadas y presentes.
En segundo lugar al miedo. Ante sucesos como el envejecimiento y la muerte, la
conciencia falsa puede ser la única defensa eficaz. Y finalmente al conflicto.
En la vida social ordinaria algunas personas siempre controlan y explotan a
otras. Estas desigualdades se presentan tan disfrazadas, mistificadas y
falseadas como la vejez y la muerte.
La ignorancia, el miedo y el conflicto son los
elementos básicos de la conciencia cotidiana. El arte y la política elaboran
con estos elementos una construcción onírica colectiva cuya función es impedir
que la gente comprenda qué es su vida social. Por consiguiente, la conciencia
cotidiana no puede explicarse a sí misma. Su misma existencia depende de una
capacidad desarrollada de negar los hechos que explican su existencia. No
esperamos que los soñadores expliquen sus sueños; tampoco debemos pues, esperar
que los participantes en los estilos de vida expliquen sus estilos de vida.
Algunos antropólogos e historiadores adoptan el punto
de vista opuesto. Argumentan que la explicación de los propios protagonistas
constituye una realidad irreductible. Nos advierten que no debemos tratar jamás
la conciencia humana como un “objeto”, y que el marco científico adecuado para
el estudio de la física o de la química no es pertinente para el estudio de los
estilos de vida. Algunos profetas de la moderna “contracultura” sostienen
incluso que la excesiva “objetivación” es responsable de las injusticias y
desastres de la historia reciente. Uno de ellos afirma que la conciencia
objetiva siempre conduce a una pérdida de “sensibilidad moral”, equiparando así
la búsqueda del conocimiento científico con el pecado original.
Nada sería más absurdo. El hambre, la guerra, el
sexismo, la tortura y la explotación han estado presentes durante toda la
historia y la prehistoria, mucho antes de que alguien lanzara la idea de
intentar “objetivar” los acontecimientos humanos.
Algunas personas, desilusionadas con los efectos
secundarios de la tecnología avanzada, piensan que la ciencia es “el estilo de
vida dominante en nuestra sociedad”. Puede que esta afirmación valga para
nuestros conocimientos de la naturaleza, pero se equivoca totalmente respecto a
nuestros conocimientos de la cultura. Por lo que se refiere a los estilos de
vida, el conocimiento no puede ser el pecado original, puesto que todavía
permanecemos en nuestro estado original de ignorancia.
Pero permitidme posponer la discusión más extensa de
las pretensiones de la contracultura hasta el último capítulo. Permitidme
mostrar primero cómo se puede dar una explicación científica de importantes
enigmas de los estilos de vida. Poco ganaremos argumentando sobre teorías que
no están fundadas en hechos y contextos específicos. Sólo pido un favor: tened
presente que, al igual que cualquier científico, espero presentar soluciones
probables y razonables, no certezas. Sin embargo, por imperfectas que puedan
ser, las soluciones probables deben tener prioridad sobre la inexistencia de
soluciones que vemos en el mito de los indios digger de Benedict. Como
cualquier científico, acojo con satisfacción las explicaciones alternativas,
siempre que cumplan mejor los requisitos de la demostración científica y en la
medida que expliquen tanto. Pero empecemos por los enigmas.
La madre vaca
Siempre que hablo acerca de la influencia de los
factores prácticos y mundanos en los estilos de vida, estoy seguro de que
alguien dirá: “¿Pero, qué opina de todas esas vacas que los campesinos
hambrientos de la India rehúsan comer?”. La imagen de un agricultor harapiento
que se muere de hambre junto a una gran vaca gorda transmite un tranquilizador
sentido de misterio a los observadores occidentales. Innumerables alusiones
eruditas y populares confirman nuestra convicción más profunda sobre cómo la
gente con mentalidad oriental actúa siempre de forma inescrutable y misteriosa.
Es alentador saber -algo así como “siempre habrá una Inglaterra”- que en la
India los valores espirituales son más apreciados que la vida misma. Y al mismo
tiempo nos produce tristeza. ¿Cómo podemos esperar comprender alguna vez a
gente tan diferente de nosotros mismos? La idea de que pudiera haber una
explicación práctica del amor hindú a las vacas resulta más desconcertante para
los occidentales que para los propios hindúes. La vaca sagrada -¿de qué otra
manera puedo expresarlo?- es una de nuestras vacas sagradas favoritas.
Los hindúes veneran a las vacas porque son el símbolo
de todo lo que está vivo. Al igual que María es para los cristianos la madre de
Dios, la vaca es para los hindúes la madre de la vida. Así, no hay mayor
sacrilegio para un hindú que matar una vaca. Ni siquiera el homicidio tiene ese
significado simbólico de profanación indecible que evoca el sacrificio de las
vacas.
Según muchos expertos, el culto a las vacas es la
causa número uno de la pobreza y el hambre en la India. Algunos agrónomos
formados en Occidente dicen que el tabú contra el sacrificio de las vacas
permite que vivan cien millones de animales “inútiles”. Afirman que el culto a
las vacas merma la eficiencia de la agricultura, porque los animales inútiles
no aportan ni leche ni carne, a la vez que compiten por las tierras cultivadas
y los artículos alimenticios con animales útiles y seres humanos hambrientos. Un
estudio patrocinado por la Fundación Ford concluía que se podía estimar que
posiblemente sobraba la mitad del ganado vacuno en relación con el
aprovisionamiento de alimentos. Y un economista de la Universidad de
Pensilvania declaraba en 1971 que la India tenía treinta millones de vacas
improductivas.
Parece que sobran enormes cantidades de animales
inútiles y antieconómicos, y que esta situación es una consecuencia directa de
las irracionales doctrinas hindúes. Los turistas en su recorrido por Delhi,
Calcuta, Madras, Bombay y otras ciudades de la India se asombran de las
libertades de que goza el ganado vacuno extraviado. Los animales deambulan por
las calles, comen fuera de los establos en el mercado, irrumpen en los jardines
públicos, defecan en las aceras, y provocan atascos de tráfico al detenerse a
rumiar en medio de cruces concurridos. En el campo, el ganado vacuno se
congrega en los arcenes de cualquier carretera y pasa la mayor parte de su
tiempo deambulando despacio a lo largo de las vías del ferrocarril.
El amor a las vacas afecta a la vida de muchas
maneras. Los funcionarios del gobierno mantienen asilos para vacas en los que
los propietarios pueden alojar sus animales secos y decrépitos sin gasto
alguno. En Madras, la policía reúne el ganado extraviado que está enfermo y lo
cuida hasta que recupera la salud, permitiéndole pastar en pequeños campos
adyacentes a la estación de ferrocarril. Los agricultores consideran a sus
vacas como miembros de la familia, las adornan con guirnaldas y borlas, rezan
por ellas cuando se ponen enfermas y llaman a sus vecinos y a un sacerdote para
celebrar el nacimiento de un nuevo becerro. En toda la India los hindúes
cuelgan en sus paredes calendarios que representan a mujeres jóvenes, hermosas
y enjoyadas, que tienen cuerpos de grandes vacas blancas y gordas. La leche
mana de las ubres de estas diosas, mitad mujeres, mitad cebúes.
Empezando por sus hermosos rostros humanos, estas
vacas de calendario tienen poca semejanza con la típica vaca que vemos en carne
y hueso. Durante la mayor parte del año, sus huesos son su rasgo más acusado.
La realidad es que muy poca leche mana de sus ubres; estos flacos animales
apenas logran amamantar un solo becerro hasta la madurez. La producción media
de leche sin desnatar de la típica raza gibosa de vaca cebú en la India no
sobrepasa las 500 libras al año. Las vacas lecheras ordinarias americanas producen
más de 5.000 libras y no es raro que las campeonas produzcan más de 20.000.
Pero esta comparación no esclarece toda la situación. En cualquier año, cerca
de la mitad de las vacas cebú de la India no dan nada de leche, ni siquiera una
gota.
Para agravar la cuestión, el amor a las vacas no
estimula el amor al hombre. Puesto que los musulmanes desprecian la carne de
cerdo pero comen la carne de vaca, muchos hindúes les consideran asesinos de
vacas. Antes de la división del subcontinente indio entre la India y el
Pakistán, estallaban anualmente disturbios sangrientos entre las dos
comunidades para impedir que los musulmanes mataran vacas. Recuerdos de
disturbios provocados por vacas, como por ejemplo el de Bihar en 1917, en el
que murieron treinta personas y fueron saqueadas ciento setenta aldeas
musulmanas hasta la última jamba de la puerta, continúan envenenando las
relaciones entra la India y el Pakistán.
Aunque deploró los disturbios, Mohandas K. Gandhi era
un defensor ardiente del amor a las vacas y deseaba una prohibición total del
sacrificio de las mismas. Cuando se redactó la Constitución india, ésta incluía
un código de los derechos de las vacas tan ridículo que poco le faltó para
prohibir cualquier modalidad de matar vacas. Desde entonces, algunos estados
han prohibido totalmente el sacrificio de las vacas, pero otros todavía admiten
excepciones. La cuestión de las vacas sigue siendo causa importante de
disturbios y desórdenes no sólo entre los hindúes y las restantes comunidades
musulmanas, sino también entre el Partido del Congreso en el poder y las
facciones hindúes extremistas de los amantes de las vacas. El 7 de noviembre de
1966, una muchedumbre de ciento veinte mil personas, encabezada por un grupo de
santones desnudos, que cantaban e iban adornados con guirnaldas de caléndulas y
se habían untado con ceniza blanca de boñiga de vaca, hizo una manifestación
contra el sacrificio de vacas ante la sede del Parlamento indio. Murieron ocho
personas y cuarenta y ocho resultaron heridas durante los disturbios que se
produjeron a continuación. A estos acontecimientos siguió en todo el país una
ola de ayunos entre los santones, encabezados por Muni Shustril Kumarr,
presidente del Comité Interpartidista para la Campaña de Protección de las
Vacas.
El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a
los observadores occidentales familiarizados con las modernas técnicas
industriales de la agricultura y la ganadería. El experto en eficiencia anhela
coger a todos estos animales inútiles y darles un destino adecuado. Y, sin
embargo, descubrimos ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas.
Cuando empecé a pensar si podría existir una explicación práctica para la vaca
sagrada, me encontré con un curioso informe del gobierno. Decía que la India
tenía demasiadas vacas, pero muy pocos bueyes. Con tantas vacas en derredor,
¿cómo podía haber escasez de bueyes? Los bueyes y el macho del búfalo de agua
son la fuente principal de tracción para arar los campos en la India. Por cada
granja de diez acres o menos, se considera adecuado un par de bueyes o de
búfalos de agua. Un poco de aritmética muestra que, en lo que atañe a la arada,
hay en realidad escasez más que exceso de animales. La India tiene sesenta
millones de granjas, pero sólo ochenta millones de animales de tracción. Si
cada granja tuviera su cupo de dos bueyes o dos búfalos de agua, debería haber
120 millones de animales de tracción, es decir, 40 millones más de los que
realmente hay.
Puede que este déficit no sea tan grave puesto que
algunos agricultores alquilan o piden prestados bueyes a sus vecinos. Pero
compartir animales de tiro resulta a menudo poco práctico. La tarea de arar
debe coordinarse con las lluvias monzónicas, y cuando ya se ha arado una
granja, tal vez haya pasado el momento óptimo para arar otra. Además, una vez
finalizada la arada, el agricultor necesita todavía su propio par de bueyes
para tirar de su carreta, que es la base principal del transporte de bultos en toda
la India rural. Es muy posible que la propiedad privada de granjas, ganado
vacuno, arados y carretas de bueyes reduzca la eficiencia de la agricultura
india, pero pronto me percaté de que esto no era provocado por el amor a las
vacas.
El déficit de animales de tiro constituye una amenaza
terrible que se cierne sobre la mayor parte de las familias campesinas de la
India. Cuando un buey cae enfermo, el campesino pobre se halla en peligro de
perder su granja. Si no posee ningún sustituto, tendrá que pedir prestado
dinero con unos intereses usurarios. Millones de familias rurales han perdido
de hecho la totalidad o parte de sus bienes y se han convertido en aparceros o
jornaleros como consecuencia de estas deudas. Todos los años cientos de miles
de agricultores desvalidos acaban emigrando a las ciudades, que ya rebosan de
personas sin empleo y sin hogar.
El agricultor indio que no puede reemplazar su buey
enfermo o muerto se encuentra poco más o menos en la misma situación que un
agricultor americano que no pueda sustituir ni reparar su tractor averiado.
Pero hay una diferencia importante: los tractores se fabrican en factorías,
pero los bueyes nacen de las vacas. Un agricultor que posee una vaca posee una
factoría para producir bueyes. Con o sin amor a las vacas, ésta es una buena
razón para tener poco interés en vender su vaca al matadero. También empezamos
a vislumbrar por qué los agricultores indios podrían estar dispuestos a tolerar
vacas que sólo producen 500 libras de leche al año. Si la principal función
económica de la vaca cebú es criar animales de tracción, entonces no hay
ninguna razón para compararla con los especializados animales americanos cuya
función primordial es producir leche. Sin embargo, la leche que producen las
vacas cebú cumple un cometido importante en la satisfacción de las necesidades
nutritivas de muchas familias pobres. Incluso pequeñas cantidades de productos
lácteos pueden mejorar la salud de personas que se ven obligadas a subsistir al
borde de la inanición.
Cuando los agricultores indios quieren un animal
principalmente para obtener leche recurren a la hembra del búfalo de agua, que
tiene períodos de secreción de leche más largos y una producción de grasa de
mantequilla mayor que la del ganado cebú. El búfalo de agua es también un
animal superior para arar en arrozales anegados. Pero los bueyes tienen más
variedad de usos y los agricultores los prefieren para la agricultura en
tierras de secano y para el transporte por carretera. Sobre todo, las razas
cebú son extraordinariamente resistentes y pueden sobrevivir a las largas
sequías que periódicamente asolan diferentes partes de la India.
La agricultura forma parte de un inmenso sistema de
relaciones humanas y naturales. Juzgar partes aisladas de este “ecosistema” en
términos que son pertinentes para el comportamiento del complejo agrícola
americano produce impresiones muy extrañas. El ganado vacuno desempeña en el
“ecosistema” indio cometidos que fácilmente pasan por alto o minimizan los
observadores de sociedades industrializadas con alto consumo de energía. En
Estados Unidos los productos químicos han sustituido casi por completo al estiércol
animal como fuente principal de abonos agrícolas. Los agricultores americanos
dejaron de usar estiércol cuando empezaron a arar con tractores en vez de con
mulas o caballos. Puesto que los tractores excretan veneno en vez de
fertilizantes, la utilización de una agricultura mecanizada a gran escala
implica casi necesariamente el empleo de fertilizantes químicos. Y hoy en día
se ha desarrollado de hecho en todo el mundo un enorme complejo industrial
integrado de petroquímicas-tractores-camiones, que produce maquinaria agrícola,
transporte motorizado, gas-oil y gasolina, fertilizantes químicos y pesticidas
de los que dependen las nuevas técnicas de producción de altos rendimientos.
Para bien o para mal, la mayor parte de los
agricultores de la India no pueden participar en este complejo, no porque
veneren a sus vacas, sino porque no pueden permitirse el lujo de comprar
tractores. Al igual que otros países subdesarrollados, la India no puede
construir factorías que compitan con las instalaciones de los países
industrializados, ni pagar grandes cantidades de productos industriales
importados. La transformación de los animales y el estiércol en tractores y
petroquímica requeriría la inversión de sumas increíbles de capital. Además, el
efecto inevitable de sustituir animales baratos por maquinas costosas es
reducir el número de personas que pueden ganarse la vida mediante la
agricultura y obligar al correspondiente aumento en las dimensiones de la
granja ordinaria. Sabemos que el desarrollo de la economía agrícola en gran
escala en Estados Unidos ha significado la destrucción virtual de la pequeña
granja familiar. Menos del 5 por 100 de las familias de Estados Unidos viven en
la actualidad en granjas, en comparación con el 60 por 100 de hace
aproximadamente cien años. Si la economía agrícola tuviera que desarrollarse de
forma similar en la India, habría que encontrar en poco tiempo trabajo y
alojamiento para 250 millones de campesinos desplazados.
Puesto que el sufrimiento provocado por el desempleo y
la falta de alojamiento en las ciudades de la India es ya intolerable, un
incremento masivo adicional de la población urbana sólo podría acarrear
agitaciones y catástrofes sin precedentes.
Si tenemos en cuenta esta alternativa, resulta más
fácil comprender sistemas basados en animales, de escala pequeña y con bajo
consumo de energía. Como ya he indicado, las vacas y los bueyes proporcionan
sustitutos, con bajo consumo de energía, de los tractores y las fábricas de
tractores. También debemos reconocer que cumplen las funciones de una industria
petroquímica. El ganado vacuno de la India excreta anualmente cerca de 700
millones de toneladas de estiércol recuperable. Aproximadamente la mitad de este
total se utiliza como fertilizante, mientras que la mayor parte del resto se
emplea como combustible para cocinar. La cantidad anual de calor liberado por
esta boñiga, el principal combustible con el que cocina el ama de casa india,
es el equivalente térmico de 27 millones de toneladas de queroseno, 35 millones
de toneladas de carbón ó 68 millones de toneladas de madera. Puesto que la
India sólo dispone de pequeñas reservas de petróleo y carbón y ya es víctima de
una extensa deforestación, estos combustibles no pueden considerarse sustitutos
prácticos de la boñiga de vaca. Puede que el pensamiento de la boñiga en la
cocina no atraiga al occidental, pero las mujeres indias lo consideran un
combustible superior para cocinar porque se adapta de un modo excelente a sus
rutinas domésticas. La mayor parte de los platos indios se preparan con una
mantequilla refinada llamada ghee para la cual la boñiga de vaca es la fuente
preferida de calor, ya que arde con una llama limpia, lenta, de larga duración,
que no socarra la comida. Esto permite al ama de casa india despreocuparse de
la cocina mientras cuida de los niños, presta ayuda en las faenas del campo, o
realiza otras tareas. Las amas de casa occidentales alcanzan un resultado
similar mediante el complejo conjunto de controles electrónicos que suelen
incluir como opciones costosas las cocinas “último modelo”.
La boñiga de vaca cumple por lo menos otra función
importante. Mezclada con agua, se convierte en una pasta utilizada como
material para recubrir el suelo del hogar. Untada sobre el suelo de tierra y
dejándola endurecer hasta que se convierte en una superficie lisa, impide la
formación de polvo y puede limpiarse con una escoba.
Dado que los excrementos del ganado vacuno tienen
tantas propiedades útiles, se recoge con cuidado hasta el último residuo de
boñiga. En las aldeas, la gente poco importante se encarga de la tarea de
seguir por todas partes a la vaca familiar y de llevar a casa su producto
petroquímico diario. En las ciudades, las castas de los barrenderos monopolizan
la boñiga depositada por animales extraviados y se ganan la vida vendiéndola a
las amas de casa.
Desde el punto de vista de la agricultura mecanizada,
una vaca seca y estéril es una abominación económica. Desde el punto de vista
del agricultor campesino, la misma vaca seca y estéril puede constituir la
última y desesperada defensa contra los prestamistas. Siempre existe la
posibilidad de que un monzón favorable restablezca el vigor del ejemplar más
decrépito y de que engordará, parirá y volverá a dar leche. Por esto es que
reza el agricultor; y a veces sus oraciones son escuchadas. Entretanto continúa
la producción de boñiga. Así empezamos a vislumbrar poco a poco por qué una
vaca vieja y flaca parece hermosa a los ojos del propietario.
El ganado cebú tiene el cuerpo pequeño, gibas que
almacenan la energía en sus lomos y gran capacidad de recuperación. Estos
rasgos están adaptados a las condiciones específicas de la agricultura india.
Las razas nativas pueden sobrevivir durante largos períodos de tiempo con poco
alimento o agua y son muy resistentes a las enfermedades que afligen a otras
razas en los climas tropicales. Se explota a los bueyes cebú mientras continúan
respirando. El veterinario Stuart Odend´hal, antes vinculado a la Universidad
de Johns Hopkins, realizó autopsias de campo sobre ganado vacuno indio que
normalmente había seguido trabajando hasta unas horas antes de morir, pero
cuyos órganos vitales estaban dañados por lesiones masivas. Dada su enorme
capacidad de recuperación, nunca es fácil desechar a estas bestias como
totalmente “inútiles” mientras están vivas.
Pero más pronto o más tarde, llega un momento en que
se pierde toda esperanza de recuperación de un animal, e incluso cesa la
producción de boñiga. Con todo, el campesino hindú rehúsa matarle para obtener
alimento o venderla al matadero. ¿No es esto evidencia incontrovertible de una
práctica económica perjudicial que no tiene ninguna explicación salvo los
tabúes religiosos sobre el sacrificio de las vacas y el consumo de su carne?
Nadie puede negar que el amor a las vacas moviliza a
la gente para oponerse al sacrificio de las vacas y al consumo de su carne.
Pero no estoy de acuerdo en que los tabúes que prohíben sacrificar y comer la
carne de vaca tengan necesariamente un efecto adverso en la supervivencia y
bienestar del hombre. Un agricultor que sacrifica o vende sus animales viejos o
decrépitos, podría ganarse unas rupias de más o mejorar temporalmente la dieta
de su familia. Pero a largo plazo, esta negativa a vender al matadero o
sacrificar para su propia mesa puede tener consecuencias benéficas. Un
principio establecido del análisis ecológico afirma que las comunidades de
organismos no se adaptan a condiciones ordinarias extremas. La situación
pertinente en la India es la ausencia periódica de las lluvias monzónicas. Para
evaluar el significado económico de los tabúes que prohíbes sacrificar vacas y
comer su carne, debemos considerar lo que significa estos tabúes en el contexto
de sequías y escaseces periódicas.
El tabú que prohíbe sacrificar y comer carne de vaca
puede ser un producto de la selección natural al igual que el pequeño tamaño
corporal y la fabulosa capacidad de recuperación de las razas cebú. En épocas
de sequía y escasez, los agricultores están muy tentados a matar o vender su
ganado vacuno. Los que sucumben a esta tentación firman su propia sentencia de
muerte, aun cuando sobrevivan a la sequía, puesto que cuando vengan las lluvias
no podrán arar sus campos. Incluso voy a ser más categórico: el sacrifico
masivo del ganado vacuno bajo presión del hambre constituye una amenaza mucho
mayor al bienestar colectivo que cualquier posible error de cálculo de
agricultores particulares respecto a la utilidad de sus animales en tiempos
normales. Parece probable que el sentido de sacrilegio indecible que comporta
el sacrificio de vacas, esté arraigado en la contradicción intolerable entre
necesidades inmediatas y condiciones de supervivencia a largo plazo. El amor a
las vacas con sus símbolos y doctrinas sagradas protege al agricultor contra
cálculos que sólo son “racionales” a corto plazo. A los expertos occidentales
les parece que “el agricultor indio prefiere morirse de hambre antes que
comerse su vaca”. A esta misma clase de expertos les gusta hablar de la “mentalidad
oriental inescrutable” y piensan que las “masas asiáticas no aman tanto la
vida”. No comprenden que el agricultor preferiría comer su vaca antes de morir,
pero que moriría de hambre si lo hace.
Pese a la presencia de leyes sagradas y del amor a las
vacas, la tentación de comer carne de vaca bajo la presión del hambre resulta a
veces irresistible. Durante la Segunda Guerra Mundial las sequías y la
ocupación japonesa de Birmania provocaron una gran escasez en Bengala. El
sacrificio de las vacas y de animales de tiro alcanzó niveles tan alarmantes en
el verano de 1944 que los británicos tuvieron que utilizar tropas para hacer
cumplir las leyes que protegían a las vacas. Y en 1967 el New York Times relataba:
Los hindúes que afrontan la inanición en la región de
Bihar, asolada por la sequía, están sacrificando las vacas y se comen la carne
aun cuando los animales son sagrados según la religión hindú.
Los observadores señalaban que la “miseria de la gente
era inimaginable”.
La supervivencia hasta la vejez de cierto número de
animales totalmente inútiles en una época buena forma parte del precio que se
ha de pagar por proteger animales útiles contra su sacrificio en épocas malas.
Pero me pregunto qué se pierde en realidad con la prohibición del sacrificio y
el tabú sobre la carne de vaca. Desde el punto de vista de la economía agrícola
de Occidente, parece irracional que la India no disponga de una industria de
envasar carne. Pero el potencia real de esta industria en un país como la India
es muy limitado. Un incremento sustancial en la producción de carne de vaca
forzaría el ecosistema entero, no por el amor a las vacas, sino por las leyes
de la termodinámica. En cualquier cadena alimentaría la interposición de
eslabones animales adicionales provoca un fuerte descenso en la eficiencia de
la producción de alimentos. El valor calórico de lo que ha comido un animal
siempre es mucho mayor que el valor calórico de su cuerpo. Esto significa que
hay más calorías disponibles per cápita cuando la población humana consume
directamente el alimento de las plantas que cuando lo utiliza para alimentar a
animales domesticados.
Debido al alto nivel de consumo de carne de vaca en
Estados Unidos, las tres cuartas partes de todas nuestras tierras cultivadas se
destinan a alimentar al ganado en vez de a la gente. Puesto que la ingestión de
calorías per cápita en la India ya está por debajo de los requisitos mínimos
diarios, la orientación de las tierras cultivadas hacia la producción de carne
sólo provocaría una elevación en los precios de los artículos alimenticios y un
nuevo deterioro en el nivel de las familias pobres. Dudo si más del 10 por 100
de la población india podría incluso hacer de la carne de vaca un artículo
importante de su dieta, prescindiendo de si creen o no en el amor a las vacas.
También dudo de que el envío de los animales más
viejos y decrépitos a los mataderos existentes produzca mejorías en la
nutrición de la gente más necesitada. De todas formas, la mayor parte de estos
animales no se desperdicia aun cuando no se envíe al matadero, ya que en la
India existen castas de rango inferior cuyos miembros tienen derecho a disponer
de los cuerpos del ganado vacuno muerto. Veinte millones de cabezas de ganado
vacuno perecen anualmente de una forma u otra, y una gran parte de su carne se la
comen estos “intocables” devoradores de carroña.
Mi amiga la doctora Joan Mencher, antropóloga que ha
trabajado en la India durante muchos años, indica que los mataderos existentes
abastecen de carne a la clase media urbana no hindú. Observa que los
“intocables obtienen su alimento de otra forma. Pueden disponer de la carne si
una vaca muere de inanición en una aldea, pero no si se envía a un matadero
para venderla a musulmanes o cristianos”. Los informadores de la doctora
Mencher negaron al principio que un hindú comiera carne de vaca, pero cuando se
enteraron de que los americanos de “casta superior” les gustaban los filetes,
confesaron rápidamente que les agradaba la carne de vaca al curry.
Al igual que todo lo discutido hasta aquí, el hecho de
que los intocables coman carne se ajusta perfectamente a las condiciones
prácticas. Las castas que comen carne suelen ser también las que trabajan el
cuero, puesto que tienen derecho a disponer de la piel de las vacas muertas.
Así, pese al amor a las vacas, la India ha logrado desarrollar una enorme
industria artesanal del cuero. De este modo, se sigue explotando con fines
humanos a animales aparentemente inútiles, incluso después de muertos.
Podría tener razón en que el ganado vacuno es útil
como tracción, combustible, fertilizante, leche, recubrimiento del suelo, carne
y cuero, y, sin embargo, interpretar erróneamente el significado ecológico y
económico de todo el complejo. Todo depende de lo que cuesta esto en recursos
naturales y mano de obra en relación con formas alternativas de satisfacer las
necesidades de la inmensa población india. Estos costos están determinados en
gran medida por lo que el ganado vacuno come. Muchos expertos suponen que el
hombre y la vaca se encuentran enzarzados en una competición mortal por la
tierra y los cultivos alimenticios. Esto podría ser verdad si los agricultores
indios adoptaran el modelo agrícola americano y dieran de comer a sus animales
alimentos cultivados. Pero la verdad cruda sobre la vaca sagrada consiste en
que es un infatigable devorador de desperdicios. Sólo una parte insignificante
del alimento consumido por la vaca corriente proviene de pastos y cultivos
reservados para su uso.
Esto debería desprenderse de todos esos informes que
nos relatan cómo las vacas deambulan por doquier provocando embotellamientos de
trafico. ¿Qué hacen estos animales en los mercados, en los prados, a lo largo
de las carreteras y de las vías de ferrocarril y en las laderas estériles?
Pero, ¡qué hacen si no es comer cualquier brizna de hierba, rastrojos y
desperdicios, que no pueden ser consumidos directamente por los seres humanos,
y convertirlos en leche y otros productos útiles! El doctor Odend´hal ha descubierto
en su estudio sobre el ganado vacuno en Bengala Occidental que la dieta
principal de éste está integrada por derivados de desecho de los cultivos
alimenticios destinados al ser humano, principalmente paja de arroz, salvado de
trigo y cáscaras de arroz. Cuando la Fundación Ford estimaba que sobraba la
mitad del ganado vacuno en relación con el aprovisionamiento de alimentos, daba
a entender que la mitad del ganado lograba sobrevivir aun sin disponer de
cultivos forrajeros. Pero este cálculo subestima la realidad. Probablemente
menos del 20 por 100 de lo que consume el ganado vacuno consiste en sustancias
comestibles por el hombre; y la mayor parte de este porcentaje se destina a
alimentar a bueyes y búfalos de agua que trabajan en el campo, en vez de a las
vacas viejas y estériles. Odend¨hal descubrió que en el área por él estudiada
no había competencia entre el ganado vacuno y el ser humano por la tierra o el
aprovisionamiento de víveres: "Esencialmente, el ganado vacuno convierte
artículos con poco valor humano directo en productos de utilidad
inmediata."
Una razón por la que muy a menudo se comprende mal
este amor a las vacas es que tiene consecuencias diferentes para el rico y el
pobre. Los agricultores pobres se sirven de él como permiso para recoger todos
los desperdicios, mientras que los agricultores ricos se oponen a esto por
considerarlo un expolio. Para el agricultor pobre la vaca es un mendigo
sagrado; para el agricultor rico un ladrón. A veces las vacas invaden los
pastos o tierras cultivadas de alguien. Los terratenientes se quejan, pero los campesinos
pobres alegan ignorancia y dependen del amor a las vacas para recuperar a sus
animales. Si hay competencia, ésta se produce entre hombres o entre castas,
pero no entre hombres y bestias.
También las vacas de la ciudad tienen propietarios que
las dejan buscar el alimento durante el día y las recogen por la noche para
ordeñarlas. La doctora Mencher cuenta que durante su estancia en un barrio de
clase media en Madras, sus vecinos se quejaban constantemente de que las vacas
"extraviadas" irrumpían en los patios de las casas. Los animales
extraviados pertenecían en realidad a gente que vivía en una habitación situada
encima de una tienda y que vendía la leche de puerta en puerta en el barrio. Por
lo que respecta a los asilos y campos de la policía reservados para las vacas,
cumplen la función de reducir el riesgo de mantener vacas en un medio urbano.
Si una vaca cesa de producir leche, el propietario puede optar por dejarla que
deambule en derredor hasta que la policía la recoja y la conduzca al lugar
reservado para ellas. Cuando la vaca se ha recuperado, el propietario paga una
pequeña multa y la conduce a su refugio habitual. Los asilos funcionan según un
principio similar, proporcionando pastos baratos, subvencionados por el
gobierno, que, de lo contrario, no serían asequibles a las vacas de la ciudad.
Digamos de paso que la forma preferida de comprar
leche en las ciudades es conducir la vaca hasta casa y ordeñarla allí mismo. A
menudo ésta es la única manera de poder cerciorarse el cabeza de familia de que
compra leche pura en vez de leche mezclada con agua u orina.
Lo que resulta más increíble en estas disposiciones es
su interpretación como evidencia de prácticas hindúes despilfarradoras y
antieconómicas, cuando en realidad reflejan un grado de economización que
supera las pautas de ahorro y economía occidentales cristianas. El amor a las
vacas es perfectamente compatible con una determinación despiadada de sacar
hasta la última gota de leche de la vaca. El hombre que lleva la vaca de puerta
en puerta lleva consigo un becerro simulado, confeccionado con piel de becerro
rellena, que coloca en el suelo junto a la vaca para conseguir con engaños el
resultado deseado. Cuando esto no sirve, puede recurrir al phooka, que consiste
en inyectar aire en el útero de la vaca mediante un tubo hueco, o al domm dev,
que consiste en introducir su rabo en el orificio vaginal. Gandhi creía que se
trataba a las vacas con más crueldad en la India que en cualquier otra parte
del mundo. Se lamentaba de que "¡cómo las desangramos hasta sacarles la
última gota de leche! ¡Cómo las privamos de alimentos hasta su emaciación, cómo
maltratamos a los becerros, cómo le privamos de su parte de leche, con qué
crueldad tratamos a los bueyes, como les castramos, como les pegamos, como les
sobrecargamos!"
Nadie comprendió mejor que Gandhi que el amor a las
vacas tenía consecuencias diferentes para el rico y el pobre. Para Gandhi la
vaca era uno de los puntos focales de la lucha por convertir a la India en una
auténtica nación. El amor a las vacas iba aparejado a la agricultura de pequeña
escala, la confección de hilo de algodón con rueca, el sentarse con las piernas
cruzadas en el suelo, el vestirse con taparrabos, el vegetarianismo, el respeto
por la vida y el más riguroso pacifismo. La enorme popularidad de Gandhi entre
las masas campesinas, los pobres urbanos y los intocables tenía su origen en
estos temas. Era su manera de protegerlos contra los estragos de la
industrialización.
Los economistas que quieren sacrificar los animales
"excedentes" para hacer más eficiente la agricultura india ignoran
las repercusiones asimétricas de la ahimsa (no violencia) para el rico y el
pobre. Por ejemplo, el profesor Alan Heston admite el hecho de que el ganado
vacuno cumple funciones vitales para las que no hay sustitutos fácilmente
disponibles. Pero propone que estas mismas funciones se podrían realizar con
mayor eficacia si hubiera 30 millones menos de vacas. Esta cifra se basa en el
supuesto de que con cuidados adecuados sólo se necesitarían 40 vacas por cada
cien animales machos para sustituir el número actual de bueyes. Puesto que hay
72 millones de machos adultos, según esta fórmula bastaría con 24 millones de
hembras de cría. En realidad hay 54 millones de vacas. Heston estima, así, en
30 millones de animales inútiles que deben ser sacrificados, restando 24 de los
54 millones. El forraje y los alimentos que estos animales inútiles les han
venido consumiendo deben distribuirse entre el resto de los animales, que
estarán más sanos y, por consiguiente, podrán mantener la producción total de
leche y de boñiga en o por encima de los niveles anteriores. Pero, ¿qué vacas
se van a sacrificar? Cerca del 43 por 100 de la población total de ganado vacuno
se encuentra en el 62 por 100 de las granjas más pobres. Estas granjas de 5
acres o menos sólo disponen del 5 por 100 de los pastizales. En otras palabras,
la mayor parte de los animales temporalmente secos, estériles y débiles
pertenecen a la gente que vive en las granjas más pequeñas y más pobres. De
modo que cuando los economistas hablan de deshacerse de 30 millones de vacas,
en realidad hablan de librarse de 30 millones de vacas pertenecientes a
familias pobres, no a ricas. Pero la mayor parte de las familias pobres sólo
poseen una vaca; por consiguiente, esta economización no se reduce tanto a
eliminar 30 millones de vacas como a librarse de 150 millones de personas,
obligándolas a abandonar el campo y emigrar a las ciudades.
Los partidarios del sacrificio de las vacas basan su
recomendación en un error comprensible. Razonan que si los agricultores rehúsan
matar sus animales y hay un tabú religioso que prohíbe hacer esto, el tabú es
el principal responsable de la alta proporción de vacas con respecto a bueyes.
Su error se oculta en la misma proporción observada: 70 vacas por cada 100
bueyes. Si el amor a las vacas impide a los agricultores matar vacas inútiles
desde el punto de vista económico, ¿cómo es que hay un 30 por 100 menos de
vacas que de bueyes? Si nacen aproximadamente tantos animales hembras como
machos debe haber algo que provoque la muerte de más hembras que machos. La
solución a este enigma consiste en que un cuando ningún campesino hindú
sacrifica deliberadamente una becerra o una vaca decrépita a palos o con un
cuchillo puede deshacerse, y de hecho se deshace de ellas, cundo se vuelven
inútiles desde su punto de vista. Se emplean diferentes métodos, a excepción
del sacrificio directo. Por ejemplo, para "matar" becerras indeseadas
se coloca su cuello de modo que, al tratar de mamar, pinchan las ubres de las
vacas y mueren como consecuencia de las coces que reciben de éstas. A los
animales viejos simplemente se los ata con cuerdas cortas, dejándoles así hasta
que mueran de hambre, un proceso que no dura mucho tiempo si el animal ya está
débil y enfermo. Finalmente cantidades desconocidas de vacas decrépitas se
venden subrepticiamente mediante una cadena de intermediarios musulmanes y
cristianos, yendo a parar a los mataderos urbanos.
Si queremos explicar la proporción observada entre
vacas y bueyes, debemos estudiar las lluvias, el viento, el agua y las pautas
de tenencia de la tierra, no el amor a las vacas. La prueba de esto se
encuentra en que la proporción entre vacas y bueyes varía según la importancia
relativa de los diferentes componentes del sistema agrícola en las diversas
regiones de la India. La variable más importante es la cantidad de agua de
regadío disponible para el cultivo del arroz. Siempre que hay extensos arrozales
de regadío, el búfalo de agua tiende a ser el animal de tracción preferido y la
hembra del búfalo de agua sustituye entonces a la vaca cebú como productora de
leche. Por esta razón, la proporción entre vacas y bueyes se reduce al 47 por
100 en las enormes llanuras del norte de la India, donde las nieves fundidas
del Himalaya y los monzones crean el Río Sagrado del Ganges. Como ha señalado
el eminente economista indio K. N. Raj, los distritos del valle del Ganges, en
los que se cultivan sin interrupción, durante todo el año, los arrozales,
tienen proporciones entre vacas y bueyes que se acercan al óptimo teórico. Esto
llama mucho la atención por cuanto que la región en cuestión -la llanura del
Ganges! es el corazón de la religión hindú y encierra sus santuarios más
sagrados.
Una comparación entre la India hindú y el Pakistán
occidental musulmán refuta también la teoría que afirma que la religión es el
responsable principal de la alta proporción de vacas sobre bueyes. Pese al
rechazo del amor a las vacas y de los tabúes que prohíben sacrificar vacas y
comer su carne, el Pakistán occidental dispone en total de 60 vacas por cada
100 machos, cifra considerablemente superior a la media del estado indio,
profundamente hindú, de Uttar Pradesh. Cuando se seleccionan los distritos de
Uttar Pradesh que destacan por la importancia del búfalo de agua y el regadío
mediante canales y se comparan con distritos ecológicamente similares del
Pakistán occidental, las proporciones entre vacas y bueyes resultan
prácticamente las mismas.
¿Quiere decir esto que el amor a las vacas no tiene
ningún efecto sobre la proporción sexual del ganado vacuno o sobre otros
aspectos del sistema agrícola? No. Lo que afirmo es que el amor a las vacas es
un elemento activo en un orden material y cultural complejo y bien articulado.
El amor a las vacas activa la capacidad latente de los seres humanos para
mantenerse en un ecosistema con bajo consumo de energía, en el que hay poco
margen para el despilfarro o la indolencia. El amor a las vacas contribuye a la
resistencia adaptativa de la población humana conservando temporalmente a los
animales secos o estériles, pero todavía útiles; desalentando el desarrollo de
una industria cárnica costosa desde un punto de vista energético; protegiendo
un ganado vacuno que engorda a costa del sector público o de los
terratenientes; y conservando la capacidad de recuperación de la población
vacuna durante sequías y períodos de escasez. Como sucede en cualquier sistema
natural o artificial, siempre se produce alguna fuga, fricción o pérdida
vinculados a estas interacciones complejas, en las que intervienen 500 millones
de personas, ganado, tierra, trabajo, economía política, abono y clima. Los
partidarios del sacrifico afirman que la práctica de dejar criar
indiscriminadamente a las vacas y después reducir su número por descuido e
inanición es despilfarradora e ineficiente. No dudo de que esto es correcto,
pero sólo en un sentido restringido y relativamente insignificante. El ahorro
que un ingeniero agrícola podría conseguir eliminando un número desconocido de
animales totalmente inútiles debe compararse con las pérdidas catastróficas
para los campesinos marginales, en especial durante las sequías y épocas de
escasez, si el amor a las vacas cesa de ser una obligación sagrada.
Puesto que la movilización eficaz de toda acción
humana depende de al aceptación de credos y doctrinas psicológicamente
compulsivas, habrá que esperar que los sistemas económicos oscilen siempre por
debajo y por encima de sus puntos de eficiencia óptima. Pero el supuesto de que
podemos lograr que funcione mejor todo el sistema atacando simplemente su
conciencia es ingenuo y peligroso. Cabe alcanzar mejoras sustanciales en el
sistema actual estabilizando la población humana de la India y permitiendo a mayor
números de gente disponer de más tierra, agua, bueyes y búfalos de agua sobre
una base más equitativa. La alternativa es destruir el sistema actual y
reemplazarlo por un conjunto de relaciones demográficas, tecnológicas,
político-económicas e ideológicas totalmente nuevas; esto, por un ecosistema
completamente nuevo. No cabe duda que el hinduismo es una fuerza conservadora,
que hace más difícil la tarea de los expertos en "desarrollo" y los
agentes "modernizadores" empeñados en destruir el viejo sistema y sustituirlo
por un sistema agrícola e industrial con alto consumo de energía. Pero si se
opina que un sistema agrícola e industrial con alto consumo de energía ha de
ser necesariamente más "racional" o "eficiente" que el
sistema actualmente existente, mejor es dejar las cosas como están.
Los estudios de costos y de rendimientos energéticos
muestran, en contra de nuestras expectativas, que la India utiliza su ganado
vacuno con mayor eficiencia que Estados Unidos. El doctor Oden´hal descubrió en
el distrito de Singur, en Bengala Occidental, que la eficiencia energética
bruta del ganado vacuno, definida como el total de calorías útiles producidas
en un año dividido por el total de calorías consumidas durante e mismo período,
era del 17 por 100 (Marvin Harris ha desarrollado en su obra, Culture, People,
Nature, una ecuación que establece una relación entre aspectos de la producción
y el "output" energético: E=mXtXrXe Donde E es la energía alimenticia
o el número de calorías que un sistema produce anualmente; "m" es el
número de productores de alimento; "t" el número de horas de trabajo
por cada productor de alimento; "r" el número de calorías gastadas
por hora, por el productor de alimentos; "e" la cantidad media de
calorías de alimento por cada calaría gastada en la producción de alimentos. El
factor "e" refleja el inventario tecnológico de la producción de
alimentos y la aplicación de esta tecnología a la tarea de la producción. Por
tanto "e" revela la productividad del trabajo o el nivel de
eficiencia tecnoambiental del que gozan los productores de alimentos de un
sistema cultural en su intento de obtener energía alimenticia de su medio
ambiente. Es decir, como dice M. Harris, "cuanto mayor es "e",
mayor es el número de calorías producidas por cada caloría gastada en la
producción de alimentos". Consultar sobre este concepto de energía y
ecosistema el capítulo 12, págs. 229-255, de la obra de Marvin Harris, Culture
People, Nature, Thomas Y. Crowell, Nueva York.) Esta cifra contrasta con la
eficiencia energética bruta inferior al 4 por 100 del ganado de carne criado en
los pastizales de Occidente. Como dice Oden´hal, la eficiencia relativamente
alta de complejo ganadero indio no obedece a que los animales sean
especialmente productivos, sino a que los hombres aprovechan con sumo cuidado
sus productos. "Los aldeanos son muy utilitaristas y nada se
desperdicia."
El despilfarro es más bien una característica de la
moderna agricultura mecanizada que de las economías campesinas tradicionales.
Por ejemplo, mediante el nuevo sistema de producción automatizada de carne de
vaca en Estados Unidos no sólo se desperdicia el estiércol del ganado, sino que
se deja que contamine las aguas freáticas en extensas áreas y contribuya a la
polución de ríos y lagos cercanos.
El nivel de vida superior que poseen las naciones
industrializadas no es consecuencia de una mayor eficiencia productiva, sino de
un aumento muy fuerte en la cantidad de energía disponible por persona. En 1970
Estados Unidos consumió el equivalente energético a 12 toneladas de carbón por
habitante, mientras que la cifra correspondiente a la India era la quinta parte
de una tonelada por habitante. La forma en que se consumió esta energía implica
que cada persona despilfarra mucha más energía en Estados Unidos que en la
India. Los automóviles y los aviones son más veloces que las carretas de
bueyes, pero no utilizan la energía con mayor eficiencia. De hecho el calor y
el humo inútiles provocados durante un sólo día de embotellamientos de tráfico
en Estados Unidos despilfarran mucha más energía que todas las vacas de la
India durante todo el año. La comparación es incluso menos favorable si
consideramos el hecho de que los automóviles parados están quemando reservas
insustituibles de petróleo para cuya acumulación la Tierra ha requerido decenas
de millones de años. Si desean ver una verdadera vaca sagrada, salgan a la
calle y observen el automóvil de la familia.
Porcofilia y
porcofobia
Todas las personas conocen ejemplos de hábitos
alimenticios aparentemente irracionales. A los chinos les gusta la carne de
perro, pero desdeñan la leche de vaca; a nosotros nos gusta la leche de vaca,
pero nos negamos a comer la carne de perro; algunas tribus de Brasil se
deleitan con las hormigas pero menosprecian la carne de venado. Y así
sucesivamente en todo el mundo.
El enigma del cerdo me parece una buena continuación
del de la madre vaca. Nos obliga a tener que explicar por qué algunos pueblos
aborrecen el mismo animal al que otros aman.
La mitad del enigma que concierne a la porcofobia es
bien conocida para judíos, musulmanes y cristianos. El dios de los antiguos
hebreos hizo todo lo posible (una vez en el Libro del Génesis y otra en el
Levítico) para denunciar al cerdo como ser impuro, como bestia que contamina a
quien lo prueba o toca. Unos 1.500 años más tarde, Alá dijo a su profeta Mahoma
que el status del cerdo tenía que ser el mismo para los seguidores del Islam.
El cerdo sigue siendo una abominación para millones de judíos y cientos de
millones de musulmanes, pese al hecho de que puede transformar granos y
tubérculos en proteínas y grasas de alta calidad de una manera más eficiente
que otros animales.
El público conoce menos las tradiciones de los amantes
fanáticos de los cerdos. El centro mundial del amor a los cerdos se localiza en
Nueva Guinea y en las islas Melanesias del Sur del Pacífico. Para las tribus
horticultoras de esta región que residen en aldeas, los cerdos son animales
sagrados que se sacrifican a los antepasados y se comen en ocasiones
importantes, como bodas y funerales. En muchas tribus se deben sacrificar
cerdos para declarar la guerra y hacer la paz. La gente de la tribu cree que sus
antepasados difuntos ansían la carne de cerdo. El hambre de carne de cerdo es
tan irresistible entre los vivos y los muertos que de vez en cuando se
organizan festines grandiosos y se comen casi todos los cerdos de la tribu de
una sola vez. Durante varios días seguidos, los aldeanos y sus huéspedes
engullen grandes cantidades de carne de cerdo, vomitando lo que no pueden
digerir para volver a ingerir más. Cuando todo ha finalizado, la piara de
cerdos ha quedado tan mermada que se necesitan años de rigurosa frugalidad para
recomponerla. Tan pronto como se ha logrado esto se realizan los preparativos
para una nueva y pantagruélica orgía. Y así vuelve a comenzar el extraño ciclo
causado por la aparente mala administración.
Empezaré con el problema de los porcófobos judíos e
islámicos. ¿Por qué dioses tan sublimes como Yahvé y Alá se han tomado la
molestia de condenar una bestia inofensiva e incluso graciosa, cuya carne le
encanta a la mayor parte de la humanidad? Los estudiosos que admiten la condena
bíblica y coránica de los cerdos han ofrecido diversas explicaciones. Antes del
Renacimiento la más popular consistía en que el cerdo era literalmente un
animal sucio, más sucio que otros puesto que se revuelca en su propia orina y
come excrementos. Pero relacionar la suciedad física con la abominación
religiosa lleva a incoherencias. También las vacas que permanecen en un recinto
cerrado chapotean en su propia orina y heces. Y las vacas hambrientas comerán
con placer excrementos humanos. Los perros y los pollos hacen los mismo sin
preocuparse nadie por ello; los antiguos deben haber sabido que los cerdos
criados en pocilgas limpias se convierten en remilgados animales domésticos.
Finalmente si invocamos pautas puramente estéticas de "limpieza",
debemos tener presente la formidable incoherencia que supone la clasificación
bíblica de langostas y saltamontes como animales "puros". El
argumento de que los insectos son estéticamente más saludables que los cerdos
no hará progresar la causa de los fieles.
Los rabinos judíos reconocieron estas incoherencias a
principios del Renacimiento. Moisés Maimónides, médico de la corte de Saladino
en El Cairo, durante el siglo XIII nos ha proporcionado la primera explicación
naturalista del rechazo judío y musulmán de la carne de cerdo. Maimónides decía
que Dios había querido prohibir la carne de cerdo como medida de salud pública.
La carne de cerdo, escribió el rabino, "tenía un efecto malo y perjudicial
para el cuerpo". Maimónides no especificó cuáles eran las razones médicas
en que se basaba esta opinión, pero era el médico del sultán y su juicio fue
muy respetado.
A mediados del siglo XIX, el descubrimiento de que la
triquinosis era provocada por comer carne de cerdo poco cocida se interpretó
como una verificación rigurosa de la sabiduría de Maimónides. Judíos de
mentalidad reformista se alegraron ante el sustrato racional de los códigos
bíblicos y renunciaron inmediatamente al tabú sobre la carne de cerdo. La carne
de cerdo, cocida adecuadamente, no constituye una amenaza a la salud pública y,
por consiguiente, su consumo no puede ofender a Dios. Esto indujo a los rabinos
de convicción más fundamentalista a emprender un ataque contra toda la
tradición naturalista. Si Yahvé simplemente hubiera deseado proteger la salud
de su pueblo, le habría ordenado comer sólo carne de cerdo bien cocida en vez
de prohibir totalmente la carne de cerdo. Evidentemente, se aducía, Yahvé
pensaba en otra cosa, en algo más importante que el simple bienestar físico.
Además de esta incongruencia teológica, la explicación
de Maimónides adolece de contradicciones médicas y epidemiológicas. El cerdo es
un vector de enfermedades humanas, pero también lo son otros animales
domésticos que musulmanes y judíos consumen sin restricción alguna. Por
ejemplo, la carne de vaca poco cocida es fuente de parásitos, en especial
tenias, que pueden crecer hasta una longitud de 16 a 20 pies dentro de los
intestinos del hombre, producen una anemia grave y reducen la resistencia a
otras enfermedades infecciosas. El ganado vacuno, las cabras y las ovejas
transmiten también la brucelosis, una infección bacteriana corriente en los
países subdesarrollados a la que acompañan fiebre, escalofríos, sudores,
debilidad, dolores y achaques. La modalidad más peligrosa es la Brucelosis
melitensis, que transmiten las cabras y las ovejas. Sus síntomas son letargo,
fatiga, nerviosismo y depresión mental, a menudo interpretados erróneamente
como psiconeurosis. Finalmente está el ántrax, una enfermedad que transmite el
gado vacuno, ovejas, cabras, caballos y mulas, pero no los cerdos. A diferencia
de la triquinosis que rara vez tiene consecuencias funestas y que ni siquiera
produce síntomas en la mayor parte de los individuos afectados, el ántrax
experimenta a menudo un desarrollo rápido que empieza con furúnculos en el
cuerpo y produce la muerte por envenenamiento de la sangre. Las grandes
epidemias de Antrax que asolaron antiguamente Europa y Asia sólo pudieron ser
controladas tras el descubrimiento de los antibióticos y la vacuna contra el
ántrax realizado por Louis Pasteur en 1881.
El hecho de que Yahvé dejara de prohibir el contacto
con los transmisores domesticados del ántrax perjudica especialmente a la
explicación de Maimónides, puesto que ya se conocía en los tiempos bíblicos la
relación entre esta enfermedad en los animales y el ser humano. Como describe
el Libro del Éxodo, una de las plagas enviadas contra los egipcios relaciona
claramente la sintomatología del ántrax en los animales con una enfermedad
humana:
...y prodújose una erupción que originaba pústulas en
personas y animales. Los adivinos no pudieron mantenerse frente a Moisés a
causa de las úlceras, pues el tumor atacó a los adivinos como a todos los
egipcios.
Al tener que afrontar estas contradicciones, la mayor
parte de los teólogos judíos y musulmanes han abandonado la búsqueda de una
base naturalista del aborrecimiento del cerdo. Recientemente ha ganado fuerza
una posición claramente mística que sostiene que la gracia alcanzada al acatar
los tabúes dietéticos depende de no saber exactamente lo que Yahvé tenía en
mente y de no intentar descubrirlo.
La antropología moderna ha entrado en un callejón sin
salida similar. Por ejemplo, pese a todos sus fallos, Moisés Maimónides estuvo
más cercano a una explicación que Sir James Frazer, autor famoso de The Golden
Bough (La Rama Dorada). Frazer declaró que los cerdos, al igual que "todos
los animales llamados impuros, fueron sagrados en su origen; la razón para no
comerlos consistía en que muchos eran originariamente divinos". Esto no
nos sirve de nada, puesto que también se adoró en la antigüedad en el Oriente
Medio a ovejas, cabras y vacas, y, sin embargo, todos los grupos étnicos y
religiosos de esta región se deleitan mucho con su carne. En concreto, la vaca,
cuyo becerro de oro fue adorado en las faldas del Monte Sinaí, constituiría
según la lógica de Frazer un animal más impuro para los hebreos que el cerdo.
Otros estudiosos han sugerido que los cerdos, junto
con el resto de los animales sujetos a tabúes en la Biblia y en el Coran,
fueron en la antigüedad los símbolos totémicos de diferentes clanes tribales.
Esto pudo haber acaecido perfectamente en algún momento remoto de la historia,
pero si admitimos esta posibilidad, debemos admitir también que animales
"puros" tales como el ganado vacuno, ovejas y cabras podrían haber
servido como tótems. En contra de gran parte de lo que se ha escrito sobre el
tema del totemismo, los tótems no son habitualmente animales estimados como
alimento. Los tótems más populares entre los clanes primitivos de Australia y
África son aves relativamente inútiles como los cuervos y los tejedores, o
insectos como jejenes, hormigas y mosquitos, o incluso objetos inanimados como
nubes y cantos rodados. Además, aun cuando el tótem sea un animal estimado, no
hay ninguna regla invariable que exija a los humanos abstenerse de comerlo. Con
tantas opciones disponibles, decir que el cerdo era un tótem no explica nada.
También podríamos declarar: "el cerdo fue convertido en tabú porque fue
convertido en tabú".
Prefiero el enfoque de Maimónides. Al menos el rabino
intentó comprender el tabú, situándolo en un contexto natural de salud y
enfermedad en el que intervenían fuerzas mundanas y prácticas definidas. La
única dificultad consistía en que su concepción de las circunstancias
pertinentes para el aborrecimiento del cerdo estaba constreñida por un interés
restringido en la patología corporal, característico de un médico.
La solución del enigma del cerdo nos obliga a adoptar
una definición mucho más amplia de la salud pública, que comprenda los procesos
esenciales mediante los cuales animales, plantas y gentes logran coexistir en
comunidades naturales y culturales viables. Creo que la Biblia y el Corán
condenaron al cerdo porque la cría de cerdos constituía una amenaza a la
integridad de los ecosistemas naturales y culturales del Oriente Medio.
Para empezar, debemos tener presente el hecho de que
los hebreos protohistóricos los hijos de Abraham a finales del segundo milenio
a.C. estaban adaptados culturalmente a la vida en las regiones áridas,
accidentadas y poco pobladas, que se extienden entre los valles fluviales de
Mesopotámica y Egipto. Los hebreos eran pastores nómadas, que vivían casi
exclusivamente de rebaños de ovejas, cabras y ganado vacuno, hasta su conquista
del Valle del Jordán en Palestina, a principios del siglo XIII a.C. Como todos
los pueblos pastores, mantenían estrechas relaciones con los agricultores
sedentarios que ocupaban los oasis y las orillas de los grandes ríos. De vez en
cuando, estas relaciones maduraban transformándose en un estilo de vida más
sedentario, orientado hacia la agricultura. Esto es lo que parece haber
ocurrido entre los descendientes de Abraham en Mesopotámica, los seguidores de
José en Egipto y los seguidores de Isaac en el Néguer occidental. Pero incluso
durante el clímax de la vida urbana y aldeana bajo los reyes David y Salomón,
el pastoreo de ovejas, cabras y ganado vacuno continuó siendo una actividad
económica muy importante.
Dentro de la pauta global de este complejo mixto de
agricultura y pastoreo, la prohibición divina de la carne de cerdo constituyó
una estrategia ecológica acertada. Los israelitas nómadas no podían criar
cerdos en sus hábitats áridos, mientras que los cerdos constituían más una
amenaza que una ventaja para las poblaciones agrícolas aldeanas y
semisedentarias.
La razón básica de esto estriba en que las zonas
mundiales de nomadismo pastoral corresponden a llanuras y colinas deforestadas,
que son demasiado áridas para permitir una agricultura dependiente de las
lluvias y que no son fáciles de regar. Los animales domésticos mejor adaptados
a estas zonas son los rumiantes: ganado vacuno, ovejas y cabras. Los rumiantes
tienen bolsas antes del estómago que les permiten digerir hierbas, hojas y
otros alimentos compuestos principalmente de celulosa con más eficiencia que
otros mamíferos.
Sin embargo, el cerdo es ante todo una criatura de los
bosques y de las riberas umbrosas de los ríos. Aunque es omnívoro, se nutre
perfectamente de alimentos pobres en celulosa, como nueces, frutas, tubérculos
y sobre todo granos, lo que le convierte en un competidor directo del hombre.
No puede subsistir sólo a base de hierba, y en ningún lugar del mundo los
pastores totalmente nómadas crían cerdos en cantidades importantes. Además, el
cerdo tiene el inconveniente de no ser una fuente práctica de leche y es muy
difícil conducirle a largas distancias.
Sobre todo, el cerdo está mal adaptado desde el punto
de vista termodinámico al clima caluroso y seco del Néguer, el Valle del Jordán
y las otras tierras de la Biblia y el Corán. En contraste con el ganado vacuno,
las cabras y las ovejas, el cerdo tiene un sistema ineficaz para regular su
temperatura corporal. Pese a la expresión "sudar como un cerdo", se
ha demostrado recientemente que los cerdos no sudan. El ser humano, que es el
mamífero que más suda, se refrigera a sí mismo evaporando 1.000 gramos de líquido
corporal por hora y metro cuadrado de superficie corporal. En el mejor de los
casos, la cantidad que el cerdo puede liberar es 30 gramos por metro cuadrado.
Incluso las ovejas evaporan a través de su piel el doble de líquido corporal
que el cerdo. Así mismo, las ovejas disponen de una lana blanca y tupida que
refleja los rayos solares y proporciona aislamiento cuando la temperatura del
aire sobrepasa a la del cuerpo. Según L. E. Mount, miembro del Instituto del
Consejo de Investigación Agrícola de Fisiología Animal de Cambridge,
Inglaterra, los cerdos adultos perecerían si se expusieran a la luz directa del
sol y a temperaturas del aire superiores a 98º F. En el Valle del Jordán, el
aire alcanza casi todos los veranos temperaturas de 110º F, y la luz solar es
intensa durante todo el año.
El cerdo debe humedecer su piel en el exterior para
compensar la falta de pelo protector y su incapacidad para sudar. Prefiere
revolcarse en lodo limpio y fresco, pero cubrirá su piel con su propia orina y
heces si no dispone de otro medio. Por debajo de los 84º F, los cerdos que
permanecen en pocilgas depositan sus excrementos lejos de sus zonas de dormir y
comer, mientras que por encima de los 84º F comienzan a excretar
indiscriminadamente en toda la pocilga. Cuanto más elevada es la temperatura,
más "sucio" se vuelve el cerdo. Así, hay cierta verdad en la teoría
que sostiene que la impureza religiosa del cerdo se funda en la suciedad física
real. Sólo que el cerdo no es sucio por naturaleza en todas partes; más bien,
el hábitat caluroso y árido del Oriente Medio obliga al cerdo a depender al
máximo del efecto refrescante de sus propios excrementos.
Las ovejas y cabras fueron los primeros animales en
ser domesticados en Oriente Medio, posiblemente hacia el año 9.000 a.C. Los
cerdos fueron domesticados en la misma región general unos 2.000 años más
tarde. Los cómputos de huesos realizados por los arqueólogos en los primeros
enclaves prehistóricos de aldeas que practicaban la agricultura, muestran que
el cerdo domesticado era casi siempre una parte relativamente insignificante de
la fauna de la aldea, constituyendo sólo cerca del 5 por cien de los restos de
animales comestibles. Esto es lo que podíamos esperar de un a criatura que
necesitaba sombra y lodo, no producía leche y comía el mismo alimento que el
hombre.
Como ya he indicado en el caso de la prohibición hindú
de la carne de vaca, en condiciones preindustriales, todo animal que se cría
principalmente por su carne es un artículo de lujo. Esta generalización vale
también para los pastores preindustriales, que rara vez explotan sus rebaños
para obtener principalmente carne.
Las antiguas comunidades del Oriente Medio, que
combinaban la agricultura con el pastoreo, apreciaban a los animales domésticos
principalmente como fuente de leche, queso, pieles, boñiga, fibras y tracción
para arar. Las cabras, ovejas y ganado vacuno proporcionaban grandes cantidades
de estos productos más un suplemento ocasional de carne magra. Por lo tanto,
desde el principio, la carne de cerdo ha debido constituir un artículo de lujo,
estimado por sus cualidades de suculencia, ternura y grasa.
Entre los años 7.000 y 2.000 a.C., la carne de cerdo
se convirtió aún más en un artículo de lujo. Durante este período, la población
humana de Oriente Medio se multiplicó por sesenta. Al crecimiento de la
población acompañó una extensa deforestación, como consecuencia, sobre todo,
del daño permanente causado por los grandes rebaño de ovejas y cabras. La
sombra y el agua, las condiciones naturales adecuadas para la cría de cerdos,
escasearon cada vez más; la carne de cerdo se convirtió aún más en un lujo ecológico
y económico.
Como sucede con el tabú que prohíbe comer carne de
vaca, cuanto mayor es la tentación, mayor es la necesidad de una prohibición
divina. Generalmente se acepta esta relación como adecuada para explicar por
qué los dioses están siempre tan interesados en combatir tentaciones sexuales
tales como el incesto y el adulterio. Aquí lo aplico simplemente a un artículo
alimenticio tentador. El oriente Medio es un lugar inadecuado para criar
cerdos, pero su carne constituye un placer suculento. La gente siempre encuentra
difícil resistir por sí sola a estas tentaciones. Por eso se oyó decir a Yahvé
que tanto comer el cerdo como tocarlo era fuente de impureza. Se oyó repetir a
Alá el mismo mensaje y por la misma razón: tratar de criar cerdos en cantidades
importantes era una mala adaptación ecológica. Una producción a escala pequeña
sólo aumentaría la tentación. Por consiguiente, era mejor prohibir totalmente
el consumo de carne de cerdo, y centrarse en la cría de cabras, ovejas y ganado
vacuno. Los cerdos eran sabrosos, pero resultaba demasiado costoso alimentarlos
y refrigerarlos.
Todavía persisten muchos interrogantes, en especial
por qué cada una de las otras criaturas prohibidas por la Biblia -buitres,
halcones, serpientes, caracoles, mariscos, peces sin escamas, etc.- fueron
objeto del mismo tabú divino. Y por qué los judíos y musulmanes que ya no viven
en Oriente Medio continúan observando, aun que con grados diferentes de
exactitud y celo, las antiguas leyes dietéticas. En general parece que la mayor
parte de las aves y animales prohibidos encajan perfectamente en dos posibles categorías.
Algunos, como las águilas, culebras, los buitres y los halcones, ni siquiera
son fuentes potencialmente significativas de alimentos. Otros como el marisco,
no son evidentemente accesibles a poblaciones que combinan el pastoreo con la
agricultura. Ninguna de estas categorías de criaturas tabúes plantea la
cuestión que he tratado de responder: a saber, cómo explicar un tabú
aparentemente extraño e inútil. Evidentemente no es nada irracional que la
gente no gaste su tiempo cazando buitres para comer, o que no ande 50 millas
por el desierto en busca de un plato de almejas.
Ahora es el momento adecuado para rechazar la
afirmación que sostiene que todas las prácticas alimenticias sancionadas por la
religión tienen explicaciones ecológicas. Los tabúes cumplen también funciones
sociales, como ayudar a la gente a considerarse una comunidad distintiva. La
actual observancia de reglas dietéticas entre los musulmanes y judíos que viven
fuera de sus tierras de origen del Oriente Medio cumple perfectamente esta
función. La cuestión que plantea esta práctica es si disminuye de algún modo
significativo el bienestar práctico y mundano de judíos y musulmanes al
privarles de factores nutritivos para los que no se dispone fácilmente de
sustitutos. A mi entender, la respuesta es casi con seguridad negativa. Pero
permitidme resistir a otra tentación: la tentación de explicarlo todo. Pienso
que conoceremos mejor a los porcofóbos si volvemos a la otra mitad del enigma,
es decir, a los amantes de los cerdos.
El amor a los cerdos es lo opuesto al oprobio divino
con que cubren al cerdo musulmanes y judíos. Esta condición no se alcanza
simplemente mediante un entusiasmo gustativo por la cocina de la carne de
cerdo. Muchas tradiciones culinarias, incluidas la euro-americana y china,
estiman la carne y manteca de los cerdos. El amor a los cerdos es otra cosa. Es
un estado de comunidad total entre el hombre y el cerdo. Mientras la presencia
del cerdo amenaza el status humano de los musulmanes y los judíos, en el ambiente
en que reina el amor a los cerdos, la gente sólo puede ser realmente humana en
compañía de ellos.
El amor a los cerdos incluye criar cerdos como
miembros de la familia, dormir junto a ellos, hablarles, acariciarles y
mimarles, llamarles por su nombre, conducirles con una correa a los campos,
llorar por ellos cuando están enfermos o heridos, y alimentarles con bocados
selectos de la mesa familiar. Pero a diferencia del amor a las vacas entre los
hindúes, el amor a los cerdos incluye también el sacrificio obligatorio de
cerdos y su consumo en acontecimientos especiales. A causa del sacrificio
ritual y el festín sagrado, el amor a los cerdos proporciona una perspectiva
más amplia de la comunión entre hombre y bestia que la existente entre el
agricultor hindú y su vaca. El clímax del amor a los cerdos es la incorporación
de la carne de cerdo a la carne del anfitrión humano y del espíritu del cerdo
al espíritu de los antepasados.
El amor a los cerdos significa honrar al padre
fallecido matando a palos la cerda predilecta ante su tumba y asándola en un
horno de tierra cavado en el lugar. El amor a los cerdos significa llenar la
boca del cuñado con puñados de manteca de la panza salada y fría para hacerle
leal y feliz. Sobre todo, el amor a los cerdos es el gran festín de cerdos, que
se celebra una o dos veces en cada generación, en el que se extermina y se
devora con glotonería la mayor parte de los cerdos adultos para satisfacer el ansia
de carne de cerdo de los antepasados, asegurar la salud de la comunidad y la
victoria en las futuras guerras.
Roy Rappaport, profesor de la Universidad de Michigan,
ha realizado un estudio detallado de la relación entre los cerdos y los maring,
un remoto grupo tribal, amante de los cerdos, que habita en la Cordillera
Bismarck de Nueva Guinea. Rappaport describe en su libro Pigs for the ancestor:
Ritual in the Ecology or a New Guinea People, cómo el amor a los cerdos
contribuye a la solución de problemas humanos básico. Dadas las circunstancias
de la vida de los maring, hay escasas alternativas viables.
Cada subgrupo o clan local de los maring celebra un
festival de cerdos por término medio aproximadamente una vez cada doce años. El
festival entero, que incluye diversos preparativos, sacrificios en pequeña
escala y el sacrificio masivo final dura alrededor de un año y se conoce en el
lenguaje de los maring como un kaiko. En los primeros dos o tres meses que
siguen inmediatamente a la terminación del kaiko, el clan entabla un combate
armado con los clanes enemigos, lo que produce muchas bajas y la pérdida o la
conquista eventuales de territorio.
El resto de los cerdos se sacrifica durante el
combate; vencedores y vencidos pronto se encuentran totalmente privados de
cerdos adultos con los que ganarse el favor de sus respectivos antepasados. El
combate cesa bruscamente, y los beligerantes acuden a los lugares sagrados para
plantar árboles pequeños llamados rumbim. Cada varón adulto del clan participa
en este ritual poniendo las manos sobre el árbol joven rumbim cuando se planta
en el suelo.
El mago de la guerra se dirige a los antepasados,
explicando que se han quedado sin cerdos y que les agradecen estar vivos.
Asegura a los antepasados que el combate ya ha finalizado y que no se
reanudarán las hostilidades mientras el rumbim permanezca plantado. De ahora en
adelante, los pensamientos y esfuerzos de los vivos se orientarán a la cría de
cerdos; sólo cuando se ha formado una nueva piara de cerdos lo suficientemente
grande para celebrar un gran kaiko y dar así las debidas gracias a los antepasados,
los guerreros pensarán en arrancar el rumbim y retornar al campo de batalla.
Rappaport ha podido mostrar en su estudio detallado de
un clan llamado los tsembaga que el ciclo entero -que consiste en el kaiko
seguido de guerra, plantación del rumbim, tregua, cría de una nueva piara de
cerdos arrancamiento del rumbim y nuevo kaiko- no es un simple psicodrama de
los criadores del cerdos que se han vuelto locos. Cada parte de este ciclo se
integra en un ecosistema complejo autorregulado, que ajusta con eficacia el
tamaño y distribución de la población animal y humana de los tsembaga según los
recursos disponibles y las oportunidades de producción.
La cuestión central para poder comprender el amor a
los cerdos entre los maring es la siguiente: ¿Cómo decide la gente el momento
en que hay cerdos suficientes para dar gracias a los antepasados como es
debido? Los mismos maring no supieron enunciar cuántos años deben transcurrir o
cuántos cerdos se necesitan para celebrar un kaiko adecuado. Descartamos
prácticamente la posibilidad de acuerdo sobre la base de un número fijo de
animales o años, ya que los maring carecen de calendario y su lenguaje no dispone
de palabras para números superiores a tres.
El kaiko de 1963 que observó Rappaport se inició
cuando había 169 cerdos y unos 200 miembros en el clan de los tsembaga. El
significado de estas cifras en términos de las rutinas cotidianas de trabajo y
pautas de asentamiento proporciona la clave para la duración del ciclo.
La tarea de criar cerdos así como la de cultivar ñame,
taro y batatas depende principalmente del trabajo de las mujeres maring. Estas
transportan las crías de los cerdos junto con las criaturas humanas a los
huertos. Después del destete, sus dueñas les adiestran a correr detrás de ellas
como perros. A la edad de cuatro o cinco meses, los cerdos vagan sueltos por el bosque hasta que sus dueñas
los conducen al anochecer para proporcionarles una ración diaria de batatas y
ñames sobrantes o de calidad inferior. A medida que crecen los cerdos y aumenta
su número, la mujer debe trabajar mucho más para proporcionarles su cena.
Mientras el rumbim permanecía plantado Rappaport
descubrió que las mujeres tsembaga estaban sometidas a una presión considerable
para aumentar la dimensión de sus huertos, plantar más batatas y ñames, y criar
más cerdos con tanta rapidez como fuera posible para tener
"suficientes" cerdos y poder celebrar el siguiente kaiko antes que el
enemigo. El peso de los cerdos adultos, que oscila alrededor de las 135 libras,
sobrepasa el de la media de los maring adultos, y a pesar de hozar durante el
día a cada mujer le cuesta tanto esfuerzo alimentarles como un hombre adulto.
Cuando se arrancó el rumbim en 1963, las mujeres tsembaga más ambiciosas
atendían el equivalente de 6 cerdos de 135 libras cada uno, además de trabajar
en el huerto para ellas y sus familias, cocinar, amamantar, transportar las
criaturas de un lado para otro y manufacturar artículos domésticos como bolsas
de red, delantales de cuerda y taparrabos. Rappaport calcula que sólo el
cuidado de los 6 cerdos consumía más del 50 por 100 del total de energía diaria
gastada por una mujer maring sana y bien alimentada.
Normalmente al aumento en la población porcina
acompaña también un incremento en la población humana, en especial entre grupos
que han sido los vencedores en la guerra anterior. Los cerdos y la gente han de
nutrirse de los huertos instalados en zonas taladas y quemadas del bosque
tropical que cubre las faldas de la Cordillera Bismarck. Como sucede con otros
sistemas de horticultura similares en otras regiones tropicales, la fertilidad
de los huertos maring depende del nitrógeno depositado en el suelo por las
cenizas provenientes de la quema de árboles. No se pueden plantar los huertos
durante más de dos o tres años consecutivos, puesto que una vez que han
desaparecido los árboles, las fuertes lluvias se llevan rápidamente el
nitrógeno y otros elementos nutritivos del suelo. La única solución consiste en
elegir otro lugar y quemar otro segmento del bosque. Después de una década
aproximadamente, los antiguos huertos se cubren de abundante vegetación
secundaria de modo que se pueden volver a quemar y plantar. Son preferidos
estos emplazamientos de huertos antiguos puesto que son más fáciles de
desbrozar que el bosque virgen. Pero cuando aumenta la población de cerdos y
hombres durante la tregua del rumbim, la maduración de los emplazamientos de
los antiguos huertos se retrasa y se deben establecer nuevos huertos en las
zonas vírgenes. Aunque se dispone de bosque virgen en abundancia, los nuevos
emplazamientos de huertos exigen un esfuerzo extra a cada uno y reducen la tasa
típica de rendimiento por cada unidad de trabajo invertida por los maring en
alimentarse a si mismos y a sus cerdos.
Los hombres que se encargan de desbrozar y quemar la
selva para los nuevos huertos deben trabajar mucho más a causa de la mayor
espesura y altura de los árboles vírgenes. Pero son las mujeres son las que más
sufren, puesto que los nuevos huertos se ubican necesariamente a una mayor
distancia del centro de la aldea. No sólo tienen que plantar huertos más
extensos para alimentar a sus familias y cerdos, sino que también han de
emplear cada vez más tiempo caminando para ir a trabajar y consumir más energía
llevando los cochinillos y bebés a los huertos y desde éstos a casa y
transportando a sus hogares cargas pesadas de ñames y batatas.
Otra fuente de tensión surge del esfuerzo creciente
que requiere la protección de los huertos para que no sean devorados por los
cerdos adultos que andan sueltos hozando. Cada huerto debe rodearse con una
fuerte empalizada que impida la entrada de los cerdos. Sin embargo, una cerda
hambrienta de 150 libras es un adversario terrible. Cuando crece la piara de
cerdos, éstos abren brechas en las empalizadas e invaden más a menudo los
huertos. Un horticultor airado que sorprenda al cerdo infractor puede llegar a
matarlo. Estos incidentes desagradables producen enfrentamientos entre los
vecinos y aumentan la sensación general de insatisfacción. Como señala
Rappaport, los incidentes en los que están implicados los cerdos aumentan
necesariamente con más rapidez que la misma piara.
Para evitar estos incidentes y estar más cerca de sus
huertos, los maring comienzan a dispersar sus casas en un área más extensa.
Esta dispersión reduce la seguridad del grupo en caso de reanudación de las
hostilidades. Todos se vuelven más nerviosos. Las mujeres comienzan a quejarse
de su exceso de trabajo. Discuten con sus maridos y regañan a sus hijos. Pronto
empiezan los hombres a preguntarse si no habrá ya "suficientes
cerdos". Bajan a inspeccionar el
rumbim y ver la altura que ha alcanzado. Las quejas de las mujeres aumentan de
tono, y finalmente los hombres acuerdan, con considerable unanimidad y sin
hacer recuento de los cerdos, que ha llegado el momento de iniciar el kaiko.
Durante el kaiko celebrado en el año 1963, los
tsembaga sacrificaron las tres cuartas partes del número total de cerdos y
consumieron siete octavas partes de su peso total. Gran parte de esta carne se
distribuyó entre los parientes políticos y aliados militares que fueron
invitados a participar en las fiestas a lo largo de todo el año.
En los rituales culminantes celebrados el 7 y el 8 de
noviembre de 1963, los tsembaga mataron 96 cerdos, distribuyendo carne y
manteca, directa o indirectamente, entre una población estimada en dos mil o
tres mil personas. Los tsembaga se reservaron unas 2.500 libras de carne de
cerdo y manteca, es decir, 12 libras por cada hombre, mujer y niño, cantidad
que consumieron en cinco días consecutivos de glotonería desenfrenada.
Los maring utilizan conscientemente el kaiko como una
ocasión para recompensar a sus aliados por la asistencia anterior y ganarse su
lealtad en futuras hostilidades. A su vez los aliados aceptan la invitación al
kaiko porque les da la oportunidad de comprobar si sus anfitriones son lo
suficientemente prósperos y poderosos para garantizar un apoyo continuo; por
supuesto, también los aliados anhelan la carne de cerdo.
Los huéspedes se atavían con sus mejores galas. Se
adornan con collares de cuentas y conchas, ligas de conchas de cauri en las
pantorrillas, pretinas de fibra de orquídea, taparrabos a rayas de color
púrpura ribeteados con piel de marsupiales, y montones de hojas en forma de
acordeón rematadas con un polisón en sus nalgas. Coronas de plumas de águila y
papagayo envuelven sus cabezas, engalanadas con tallos de orquídeas,
escarabajos verdes y cauris, y coronadas con un ave del paraíso entera
disecada. Cada hombre ha pasado horas enteras pintándose la cara con dibujos
originales, y se adorna con la mejor pluma del ave del paraíso, que atraviesa
su nariz junto con un disco o la concha dorada en forma de medialuna de una
ostra perlífera. Visitantes y anfitriones se pavonean ante los demás danzando
en la pista construida expresamente para la ocasión, preparando así el terrenos
para alianzas amorosas con las espectadoras, así como alianzas militares con
los guerreros.
Más de 1.000 personas se apiñaban en el terreno de la
danza de los tsembaga para participar en los rituales que siguieron al gran
sacrificio de cerdos presenciado por Rappaport en 1963. Paquetes de manteca
salada de cerdo se amontonaban como premio especial tras la ventana situada en
lo alto de un edificio ceremonial de tres lados colindante con el terreno de
danza. En palabras de Rapaport:
Varios hombres subieron a lo alto de la estructura y
desde allí proclamaron a la multitud, uno a uno, los nombres y clanes de los
hombres homenajeados. Cuando era llamado, el homenajeado cargaba hacia la
ventana blandiendo su hacha y lanzando gritos. Sus partidarios le seguían de
cerca dando gritos de guerra, tocando tambores y esgrimiendo armas. Una vez en
la ventana, los tesembaga a los que había ayudado el hombre homenajeado en el
último combate, le llenaban la boca con la manteca salada y fría de la panza y
le pasaban por la ventana un paquete que contenía más manteca para sus
seguidores. El héroe se retiraba entonces con la manteca colgando de su boca, y
con él sus partidarios, profiriendo gritos, cantando, tocando los tambores y
danzando. Las llamadas se sucedían rápidamente, y los grupos que cargaban hacia
la ventana se enredaban a veces con los que se retiraban.
Todo esto tiene una explicación práctica dentro de los
límites establecidos por las condiciones tecnológicas y ambientales básicas de
los maring. En primer lugar, el ansia de carne de cerdo es un rasgo
perfectamente racional de la vida de los maring, dada la escasez general de
carne en su dieta. Aunque pueden complementar en ocasiones su dieta de
vegetales básicos con ranas, ratas y algunos marsupiales, la carne de cerdo
domesticado es su mejor fuente potencial de proteínas y grasas animales de alta
calidad. Esto no significa que los maring sufran de forma aguda una deficiencia
en proteínas. Al contrario, su dieta de ñames, batatas, taro y otros alimentos
vegetales les proporciona una gran variedad de proteínas vegetales que
satisfacen, aunque no sobrepasan, los niveles normales de nutrición. Sin
embargo, la obtención de proteínas del cerdo es otra cuestión. En general las
proteínas animales están más concentradas y son, desde el punto de vista
metabólico, más eficaces que las vegetales, de ahí que la carne sea siempre una
tentación irresistible para las poblaciones humanas que se limitan
principalmente a alimentos vegetales (nada de queso, leche, huevos o pescado).
Además, hasta cierto punto, la cría de cerdos está
bien fundada en la ecología de los maring. La temperatura y humedad son
ideales. El ambiente húmedo y sombreado de las faldas de las montañas favorece
la cría de cerdos y permite a estos animales obtener una parte fundamental de
su alimento hozando libremente en el bosque. La prohibición absoluta de la
carne de cerdo -la solución en el Oriente Medio- sería una práctica sumamente
irracional y antieconómica en estas circunstancias.
Por otro lado, un crecimiento ilimitado de la
población porcina sólo puede acarrear una situación de competencia entre el
hombre y el cerdo. En semejantes casos, la cría de cerdos se convierte en una
sobrecarga para las mujeres y pone en peligro los huertos de los que depende la
supervivencia de los maring. A medida que aumente la población porcina las
mujeres maring tienen que trabajar cada vez más. Finalmente, se encuentran con
que ya no trabajan para alimentar personas, sino a los cerdos. Por otra parte,
cuando se empieza a explotar tierras vírgenes, la eficiencia de todo el sistema
agrícola cae en picado. Este es el momento adecuado para el kaiko, a cuya
celebración contribuyen los antepasados cumpliendo la doble función de
estimular un esfuerzo máximo en la cría de cerdos y de evitar que éstos acaben
con las mujeres y los huertos. Ciertamente, su tarea es más difícil que la de
Yahvé o Alá, puesto que siempre es más fácil administrar un tabú total que otro
parcial. Sin embargo, la creencia de que debe celebrarse un kaiko tan pronto
como sea posible para hacer felices a los antepasados, libera efectivamente a
los maring de animales que se han vuelto parásitos e impide que la población de
cerdos se convierta en "algo demasiado bueno".
Si los antepasados son tan inteligentes, ¿por qué no
fijan simplemente un límite al número de cerdos que cada mujer maring puede
criar? ¿No sería mejor mantener un número constante de cerdos en vez de
permitir que la población de cerdos pase por un ciclo de extremos de escasez y
abundancia?
Esta alternativa sería preferible sólo si cada clan de
los maring dispusiera de un tipo de agricultura completamente diferente,
tuviera gobernantes poderosos y leyes escritas, hubiese alcanzado un
crecimiento demográfico cero y careciese de enemigos: en una palabra, si no
fueran maring. Nadie, ni siquiera los antepasados, puede predecir qué número de
cerdos constituye "algo demasiado bueno", esto es, una cantidad
excesiva. El momento en que los cerdos se convierten en una carga no depende de
una serie de constantes, sino de un conjunto de variables que cambian cada año.
Depende de la población existente en toda la región y en cada clan, de su
estado de vigor físico y psicológico, de las dimensiones de su territorio, de
la extensión disponible de bosque secundario, y de la situación e intenciones
de los grupos enemigos en los territorios vecinos. Los antepasados de los
tsembaga no pueden decir simplemente "no criaréis sino cuatro
cerdos", puesto que no hay forma de poder garantizar que los antepasados
de los kundugai, dimbagai, vimgagai, tuguma, aundagai, kauwasi, monambant y
todos los demás se vayan a poner de acuerdo sobre este número. Todos estos
grupos han entablado una lucha para hacer valer sus respectivos derechos a una
parte de los recursos de la tierra. La guerra y la amenaza de guerra sondean y
ponen a prueba estos derechos. El ansia insaciable de cerdos por parte de los
antepasados es una consecuencia de esta belicosidad de los clanes maring.
Para dar satisfacción a los antepasados, se debe hacer
un esfuerzo máximo no sólo para producir tanto alimento como sea posible, sino
también para acumularlo en forma de piara de cerdos. Este esfuerzo, aun cuando
produce excedentes cíclicos de carne de cerdo, aumenta la capacidad del grupo
para sobrevivir y defender su territorio.
Esto se consigue diferentes maneras. En primer lugar,
este esfuerzo extra exigido por el ansia de cerdos de los antepasados eleva los
niveles de ingestión de proteínas para el grupo entero durante la tregua del
rumbim, lo que da lugar a una población más alta, más sana y más vigorosa.
Además, mediante la celebración del kaiko al finalizar la tregua, los
antepasados garantizan un consumo de dosis masivas de proteínas y grasas de
alta calidad en el período de mayor tensión social, es decir, en los meses que
preceden inmediatamente al desencadenamiento de la lucha intergrupal.
Finalmente, acumulando grandes cantidades de comida extra en forma de carne de
cerdo de gran valor nutritivo, los clanes maring logran atraer y recompensar a
aliados cuando más necesidad tienen de ellos: justo antes de estallar la
guerra.
Los tsembaga y sus vecinos son conscientes de la
relación entre éxito en la cría de cerdos y poderío militar. El número de
cerdos sacrificados en el kaiko proporciona a los huéspedes una base precisa
para evaluar la salud, energía y determinación de los anfitriones. Un grupo que
no logre acumular cerdos no se hallará en condiciones de sostener una buena
defensa de su territorio, y no atraerá a aliados poderosos. No es una simple
premonición irracional de derrota la que se cierne sobre el campo de batalla cuando
no se les ofrece a los antepasados suficiente carne de cerdo en el kaiko.
Rappaport insiste -pienso que correctamente- en que en un sentido ecológico
fundamental, el número de cerdos excedentes en un grupo indica su fuerza
productiva y militar a la vez que valida o invalida sus derechos territoriales.
En otras palabras, desde el punto de vista de la ecología humana, el sistema
entero produce una distribución eficiente de plantas, animales y hombres en la
región.
Estoy seguro de que muchos lectores van a insistir
entonces en que el amor a los cerdos es inadaptativo y sumamente ineficiente,
puesto que se ajusta a periódicos estallidos bélicos. Si la guerra es
irracional, también lo es entonces el kaiko. Una vez más permitidme resistir a
la tentación de explicar todas las cosas a la vez. En el próximo capítulo
examinaré las causas materiales de la guerra de los maring. Pero de momento
permitidme señalar que la porcofilia no es causa de la guerra. Millones de
personas que nunca han visto un cerdo emprenden la guerra; y la porcofobia
(antigua y moderna) tampoco aumenta de una manera ostensible el carácter
pacífico de las relaciones intergrupales en el Oriente Medio. Dada la
frecuencia de la guerra en la prehistoria e historia del hombre, no podemos
sino asombrarnos ante el ingenioso sistema ideado por los "salvajes"
de Nueva Guinea para mantener largos períodos de tregua. Después de todo,
mientras el rumbim de sus vecinos permanece plantado, los tsembaga no tienen
que preocuparse de verse atacados. ¡Ojalá pudiéramos decir lo mismo de las
naciones que plantan mísiles en vez de rumbim!
Las guerras que emprenden tribus primitivas dispersas
como los maring suscitan dudas acerca de la cordura de los estilos de vida
humanos. Cuando las naciones-estado modernas emprenden la guerra, a menudo nos
rompemos la cabeza tratando de encontrar la causa precisa, pero rara vez faltan
explicaciones alternativas plausibles entre las cuales elegir.
Los libros de historia están repletos de detalles de
guerras emprendidas para controlar rutas comerciales, recursos naturales, mano
de obra barata o mercados de masas. Las guerras de los imperios modernos pueden
ser lamentables, pero no son inescrutables. Esta distinción es básica para la
"detente" nuclear actual, que se funda en el supuesto de que las
guerras implican algún tipo de equilibrio racional de ganancias y pérdidas. Si
Estados Unidos y Rusia van a perder evidentemente más de lo que posiblemente puedan
ganar mediante un ataque nuclear, es probable que ninguno de ellos desencadene
una guerra como solución a sus problemas. Pero sólo cabe esperar que este
sistema impida la guerra si las guerras en general se relacionan con
condiciones prácticas y mundanas. La probabilidad de la autoaniquilación no
disuadirá de la guerra si ésta se desencadena por razones irracionales e
inescrutables. Si las guerras se emprenden, como creen algunos, principalmente
porque el hombre es "belicoso" o "agresivo" por instinto,
porque es un animal que mata por deporte, por gloria, por venganza, o por puro
amor a la sangre y a la excitación violenta, entonces ya podemos ir
despidiéndonos de esos mísiles.
Los motivos irracionales e inescrutables predominan en
las explicaciones actuales de la guerra primitiva. Puesto que la guerra tiene
consecuencias mortales para los que participan en ellas, parece presuntuoso
dudar que los combatientes saben por qué están combatiendo. Pero la respuesta a
nuestros enigmas de la vaca, el cerdo, las guerras o las brujas no se encuentra
en la conciencia de los participantes. Los propios beligerantes rara vez captan
las causas y consecuencias sistemáticas de sus batallas. Suelen explicar la
guerra describiendo los sentimientos y motivaciones personales experimentadas
inmediatamente antes del desencadenamiento de las hostilidades. Un jíbaro a
punto de ponerse en camino para emprender una cacería de cabezas, acoge con
satisfacción la oportunidad de capturar el alma del enemigo; el guerrero crow
anhela tocar el cuerpo del enemigo fallecido para demostrar su valor; algunos
guerreros se inspiran en el pensamiento de la venganza, otros en la perspectiva
de comer carne humana.
Estos anhelos exóticos son bastante reales, pero son
la consecuencia, no la causa, de la guerra. Movilizan el potencial humano de
violencia y ayudan a organizar la conducta guerrera. La guerra primitiva, al
igual que el amor a las vacas o el aborrecimiento del cerdo, se funda en una
base práctica. Los pueblos primitivos emprenden la guerra porque carecen de
soluciones alternativas a ciertos problemas; soluciones alternativas que
implicarían menos sufrimiento y menos muertes prematuras.
Los maring, como muchos otros grupos primitivos
explican el desencadenamiento de la guerra por la necesidad de vengar actos
violentos. En todos los casos recogidos por Rappaport, clanes que antes eran
amigos iniciaron las hostilidades tras alegar actos específicos de violencia.
Las provocaciones citadas más frecuentemente eran rapto de mujeres, violación,
disparar sobre un cerdo en el huerto, robo de cosechas, caza furtiva y muerte o
enfermedad provocada mediante brujería.
Una vez que dos clanes maring han entablado una guerra
en la que ha habido muertes, nunca les faltará motivo para reanudar las
hostilidades. Cada muerte en el campo de batalla era rumiada por los parientes
de la víctima, que sólo quedaban satisfechos tras haber igualado la partida
matando a un enemigo. Cada combate proporcionaba motivo suficiente para el
próximo, y los guerreros maring emprendían a menudo la guerra con el deseo
ardiente de matar a determinados miembros del grupo enemigo, es decir, aquellos
que diez años antes habían sido responsables de la muerte del padre o del
hermano.
Ya he relatado parte de la historia de cómo los maring
se preparaban para la guerra. Tras arrancar el rumbim sagrado, los clanes
beligerantes celebran los grandes festivales del cerdo en los que intentan
reclutar nuevos aliados y consolidar las relaciones con grupos amigos. El kaiko
es un acontecimiento ruidoso; algunas de sus fases duran meses, de modo que no
es posible lanzar un ataque por sorpresa. De hecho, los maring esperan que la
opulencia de su kaiko desmoralizará a sus adversarios. Ambas partes hacen
preparativos para la batalla mucho antes de los primeros encuentros. Mediante
intermediarios se acuerda como terreno educados para el combate una zona
deforestada localizada en la región fronteriza entre los grupos combatientes.
Ambas partes participan por turno en el desbroce de la maleza de este lugar,
iniciándose la lucha el día acordado.
Antes de partir para el terreno del combate, los
guerreros forman un círculo en torno a sus magos de la guerra, quienes se
arrodillan junto al fuego sollozando y conversando con los antepasados. Los
magos arrojan trozos de bambú verde a las llamas. Cuando el calor hace que el
bambú explote, los guerreros golpean el suelo con los pies, gritan Ooooooh, e
inician la marcha hacia el campo de batalla en fila india, brincando y cantando
en el camino. Las fuerzas que se enfrentan forman en los extremos opuestos del
calvero al alcance de sus respectivas flechas. Fijan en el suelo sus escudos de
madera del tamaño del hombre, se ponen a cubierto y profieren amenazas e
insultos contra el enemigo. De vez en cuando, guerrero abandona de repente su
escudo para insultar a sus adversarios, volviendo a su punto de partida tan
pronto como una lluvia de flechas se dirige hacia su posición. En esta primera
fase del combate se producen pocas bajas y los aliados de los dos bandos tratan
de acabar la guerra tan pronto como alguien resulta herido de gravedad. Si
cualquiera de las partes insiste en continuar con la venganza, la lucha se
intensifica. Los guerreros utilizan entonces hachas y lanzas; los bandos
opuestos se acercan, y en cualquier momento uno de los dos puede precipitarse
contra el otro en un intento decidido de provocar muertes.
Tan pronto como se produce una muerte, hay una tregua.
Durante un día o dos, todos los guerreros permanecen en sus aldeas para
realizar rituales funerarios o glorificar a sus antepasados. Pero si ambos
bandos siguen igualados, pronto vuelven al terreno de combate. A medida que se
prolonga la lucha, los aliados se cansan y están tentados a regresar a sus
aldeas. Si se producen más deserciones en un grupo que en otro, la fuerza más
poderosa puede intentar atacar a la más débil para expulsarla del campo. El clan
más débil recoge sus bienes muebles y se refugia en las aldeas de sus aliados.
Anticipando la victoria, los clanes más fuertes pueden tratar de aprovechar la
ventaja arrastrándose por la noche hasta la aldea enemiga, prendiéndole fuego y
matando tanta gente como encuentren a su paso.
Cuando se produce una derrota, los vencedores no
persiguen al enemigo, sino que se dedican a matar a los rezagados, incendiar
las viviendas, destruir las cosechas y robar los cerdos. Diecinueve de las
veintinueve guerras conocidas entre los maring finalizaron con el aplastamiento
de un grupo por otro. Inmediatamente después de un aplastamiento, el grupo
victorioso regresa a su aldea, sacrifica el resto de los cerdos y planta el
nuevo rumbim, con lo que se inicia el período de tregua. No ocupa de un modo
directo las tierras del enemigo.
Una derrota decisiva en la que muere mucha gente puede
llevar a un grupo a no volver jamás a su antiguo territorio. Las líneas de
filiación de los vencidos se funden con las de sus aliados y anfitriones,
mientras que los vencedores y los aliados de éstos ocupan su territorio. A
veces, el grupo derrotado cede sus tierras fronterizas a los aliados entre los
que ha buscado refugio. El profesor Andrew Vayda, que ha estudiado las
consecuencias de las guerras en la región de la Cordillera Bismarck, afirma que
independientemente de que la derrota infligida a un grupo sea o no decisiva, lo
más probable es que éste establezca su nuevo asentamiento lejos de las
fronteras enemigas.
Gran parte del interés se centra en la cuestión de si
el combate y los ajustes territoriales entre los maring se derivan de los que
se ha llamado vagamente "presión demográfica". Si entendemos por esta
expresión la incapacidad absoluta de un grupo para satisfacer los requisitos
calóricos mínimos, entonces no podemos decir que exista una presión demográfica
en la región maring. Cuando los tsembaga celebraron su festival de cerdos en
1963, la población humana se elevaba a 200 individuos y la porcina a 169. Rappaport
calcula que los tsembaga tenían bastantes tierras de bosque sin explotar en su
territorio para alimentar una población adicional de 84 personas (o 84 cerdos
adultos) sin provocar un daño permanente en el manto forestal o degradar otros
aspectos vitales de su hábitat. Pero me opongo a definir la presión demográfica
como el inicio de deficiencias nutritivas reales o el inicio real de daños
irreversibles en el medio. En mi opinión, la presión demográfica se produce
cuando la población empieza a acercarse al punto de deficiencias calóricas o
proteínicas, o cuando empieza a crecer y consumir a un ritmo que más pronto o
más tarde degradará y esquilmará la capacidad del medio para mantener la vida.
El tamaño de la población en el que empiezan a
producirse las deficiencias nutritivas y la degradación constituye el límite
superior de lo que los ecólogos llaman "capacidad de sustentación"
(carrying capacity: N.T. La capacidad de sustentación es un concepto
fundamental en la antropología ecológica. Rappaport calcula la capacidad de
sustentación del territorio tsembaga, es decir, el máximo número de personas y
cerdos que pueden ser sustentadas durante jun período de tiempo sin modificar
el consumo de los individuos tsembaga y sin producir una degradación en el
medio ambiente, aplicando la siguiente fórmula recogida de Carneiro:
P=(T:R+Y)*Y:A donde: P=es la población que puede ser sustentada; T= total de
tierra cultivable; R=duración del período de barbecho en años; Y=duración del
período de cultivo en años; A=el área de tierra cultivada requerida para
proporcionar a un "individuo medio" la cantidad de alimento que
ordinariamente se deriva de plantas cultivadas por año.) del hábitat. La mayor
parte de las sociedades primitivas poseen, al igual que los maring, mecanismos
institucionales para restringir e invertir el crecimiento demográfico por
debajo de la capacidad de sustentación. Este descubrimiento ha producido mucha
perplejidad. Puesto que grupos humanos concretos reducen la población, la
producción y el consumo anticipándose a las consecuencias claramente negativas
que provoca el rebasar la capacidad de sustentación, algunos expertos sostienen
que la presión demográfica no pude ser la causa de estas reducciones. Pero no
es necesario observar la obstrucción de una válvula de seguridad y la explosión
de una caldera para juzgar que la función de la válvula es impedir normalmente
la autodestrucción de la caldera.
Tampoco es gran misterio cómo estos mecanismo
interruptores -los equivalentes culturales de los termostatos, las válvulas de
seguridad y los interruptores eléctricos- llegaron a formar parte de la vida
tribal. Como sucede con otras novedades evolutivas adaptativas, los grupos que
inventaron o adoptaron instituciones de este tipo sobrevivieron con más
consistencia que los que sobrepasaron el límite de la capacidad de
sustentación. La guerra primitiva no es ni caprichosa ni instintiva; constituye
simplemente uno de los mecanismos de interrupción que ayudan a mantener las
poblaciones humanas en un estado de equilibrio ecológico con sus hábitat.
La mayor parte de nosotros preferiría considerar la
guerra no como salvaguardia, sino como amenaza a relaciones ecológicas bien
fundadas provocada por una conducta incontrolable e irracional. Muchos amigos
míos piensan que es pecado decir que la guerra es una solución racional a
cualquier tipo de problemas. Sin embargo, entiendo que mi explicación de la
guerra primitiva como adaptación ecológica proporciona más razones para el
optimismo, en lo que atañe a las perspectivas de poner fin a la guerra moderna,
que las teorías populares en la actualidad de un instinto agresivo. Como he
dicho con anterioridad, si las guerras son provocadas por instintos homicidas
innatos, entonces poco es lo que cabe hacer para impedirlas. En cambio, sin son
provocadas por relaciones y condiciones prácticas, entonces podemos reducir la
amenaza de guerra modificando estas condiciones y relaciones.
Puesto que no quiero ser tildado de defensor de la
guerra, permitidme hacer la siguiente puntualización: afirmo que la guerra es
un estilo de vida ecológicamente adaptativo entre los pueblos primitivos, no
que las guerras modernas sean ecológicamente adaptativas. La guerra actual a
base de armas nucleares puede intensificarse hasta el punto de la aniquilación
mutua total. Hemos llegado, así, a una fase en la evolución de nuestra especie
en la que el próximo gran avance adaptativo debe ser o bien la eliminación de
las armas nucleares o bien la eliminación de la guerra misma.
Cabe inferir las funciones reguladoras o mantenedoras
del sistema de la guerra maring a partir de diferentes elementos de juicio. En
primer lugar, sabemos que la guerra estalla en el momento en que la producción
y el consumo se hallan en auge y las poblaciones porcina y humana se recuperan
de los bajos niveles alcanzados al finalizar el combate anterior. El festival
de cerdos, que actúa como mecanismo de interrupción y las hostilidades
posteriores no coinciden con los mismos máximos en cada ciclo. Algunos grupos
clánicos intentan hacer valer sus derechos sobre la tierra en niveles situados
por debajo de los máximos anteriores como consecuencia de una recuperación
desproporcionadamente rápida de los vecinos enemigos. Otros pueden aplazar su
festival de cerdos hasta transgredir realmente el umbral de la capacidad de
sustentación de su territorio local. Sin embargo, lo importante no consiste en
los efectos reguladores de guerra sobre la población de uno u otro clan, sino
sobre la población de la región de los maring en su totalidad.
La guerra primitiva no alcanza sus efectos reguladores
principalmente por las muertes ocurridas en el combate. Las bajas habidas no
afectan de una manera sustancial al índice de crecimiento demográfico, ni
siquiera entre las naciones que practican formas industrializadas de matar. Las
decenas de millones de muertes provocadas por las batallas del siglo XX sólo
constituyen una ligera vacilación en el implacable empuje ascendente de la
curva del crecimiento. Consideremos el ejemplo de Rusia: en el punto culminante
de la lucha y del hambre durante la Primera Guerra Mundial y la revolución
bolchevique, la correlación entre la población proyectada para tiempos de paz y
la población real en época de guerra sólo difería en unos puntos de porcentaje.
Una década después de haber cesado la lucha, la población se había recuperado
totalmente y volvía justamente al punto de la curva en que habría estado si no
hubiera ocurrido la guerra y la revolución. Otro ejemplo: en Vietnam, pese a la
intensidad extraordinaria de los combates terrestres y aéreos la población
creció sin interrupción alguna durante la década de los 60.
Aludiendo a catástrofes como la Segunda Guerra
Mundial, Frank Livingstone, profesor de la Universidad de Michigan, ha afirmado
categóricamente: "Cuando consideramos que estos sacrificios sólo ocurren
aproximadamente una vez por generación, parece inevitable la conclusión de que
no tienen efecto alguno en el crecimiento o tamaño de la población". Una
de las razones para esto estriba en que la mujer corriente es muy fecunda y
puede parir con facilidad ocho o nueve veces durante los veinticinco a treinta
y cinco años en los que puede dar a luz. En la Segunda Guerra Mundial, el
número total de muertes provocadas por la guerra no superó el 10 por 100 de la
población, y un ligero incremento en el número de nacimientos por mujer pudo
enjugar con facilidad el déficit en pocos años. (También contribuyó a esto una
reducción en las tasas de mortalidad infantil y en la tasa de mortalidad en
general.)
No puedo formular ahora las tasas reales de mortalidad
provocadas por las guerras entre los maring. Pero entre los yanomamo, una tribu
situada en la frontera entre Brasil y Venezuela, y considerada como uno de los
grupos primitivos más belicosos del mundo, cerca del 15 por 100 de los adultos
mueren como consecuencia de la guerra. En el próximo capítulo relataré muchas
cosas sobre los yanomamo.
La razón más importante para subestimar la guerra como
medio de control demográfico consiste en que en cualquier parte del mundo son
los varones los beligerantes y las víctimas principales de los enfrentamientos
en el campo de batalla. Entre los yanomamo, por ejemplo, sólo el 7 por 100 de
las mujeres adultas mueren en batalla frente al 33 por 100 de los varones
adultos. Según Andrew Vayda, el aplastamiento más sangriento entre los maring
produjo la muerte de catorce hombres, seis mujeres y tres niños de una
población de 300 personas en el clan derrotado. Podemos descartar las muertes
de varones en combate puesto que no tienen prácticamente ningún efecto en el
potencial reproductivo de grupos como los tsembaga. Aun si se exterminara al 75
por 199 de los varones adultos en una sola batalla, las hembras supervivientes
podrían enjugar con facilidad el déficit en una sola generación.
Los maring y los yanomamo, al igual que la mayor parte
de las sociedades primitivas, practican la poliginia, lo cual significa que
muchos hombres tienen varias esposas. Todas las mujeres se casan tan pronto
como pueden tener hijos y permanecen casadas mientras dura su vida
reproductiva. Cualquier varón normal puede dejar embarazadas a cuatro o cinco
mujeres fértiles durante la mayor parte del tiempo. Cuando fallece un hombre
maring, hay muchos hermanos y sobrinos que esperan incorporar la viuda a su hogar.
Incluso desde el punto de vista de la subsistencia, se puede prescindir
totalmente de la mayor parte de los varones, cuya muerte en combate no crea
necesariamente dificultades insuperables a su viuda e hijos. Entre los maring,
como ya he mencionado en el capítulo anterior, las mujeres son las que más
trabajan en los huertos y en la cría de los cerdos. Esto es cierto para todos
los sistemas de subsistencia basados en la agricultura de tala y quema del
mundo. Los hombres contribuyen a las tareas hortícolas quemando el manto del
bosque, pero las mujeres están perfectamente capacitadas para realizar por sí
solas este trabajo pesado. En la mayor parte de las sociedades primitivas,
siempre que hay que transportar cargas pesadas -leña o cesta de ñames- se
considera a las mujeres, no a los hombres como "bestias de carga"
adecuadas. Dada la aportación mínima de los varones maring a la subsistencia,
cuanto mayor es el porcentaje de mujeres en la población, mayor es la
eficiencia global de la producción alimentaría. En lo que atañe a la comida,
los hombres maring son como los cerdos: consumen mucho más de lo que producen.
Las mujeres y los niños comerían mejor si se dedicaran a criar cerdos en vez de
hombres.
Por consiguiente, el significado adaptativo de la
guerra de los maring no puede radicar en el efecto bruto de las muertes en
combate sobre el crecimiento de la población. Al contrario, pienso que la
guerra preserva el ecosistema maring mediante dos consecuencias más bien
indirectas y menos conocidas. Una de ellas se relaciona con el hecho de que, a
resultas de la guerra, los grupos locales se ven forzados a abandonar las áreas
de los huertos de primera calidad cuando todavía no han alcanzado el techo de
la capacidad de sustentación. La otra consiste en que la guerra incremente la
tasa de mortalidad infantil femenina; y así pese a la insignificancia
demográfica de la mortalidad masculina en combate, la guerra actúa como
regulador efectivo del crecimiento de la población regional.
En primer lugar, voy a explicar el abandono de las
tierras hortícolas de primera calidad. Hasta años después de producirse un
aplastamiento, ni vencedores ni vencidos explotan el área central de los
huertos del grupo derrotado, integrado por los mejores lugares de bosque
secundario de altitud media. Este abandono, aunque temporal, contribuye a
mantener la capacidad de sustentación de la región. Cuando los kundegai
derrotaron a los tsembaga en 1953, arrasaron sus huertos, destruyeron los
árboles frutales, profanaron los cementerios y los hornos de los cerdos adultos
que encontraron y se llevaron a sus a aldeas todas las cría de los mismos. Como
señala Rappaport, las depredaciones se orientaban a hacer imposible la vuelta
de los tsembaga a su propio territorio en vez de a la adquisición de un botín.
Los kundegai, temiendo la venganza de los espíritus ancestrales de los
tsembaga, se retiraron a su propio territorio. Una vez allí, colgaron ciertas
piedras de combate mágicas en bolsas de red en el interior de un refugio
sagrado. Estas piedras sólo se descolgaban cuando los kundegai se hallaban en
situación de dar gracias a sus propios antepasados en el siguiente festival de
cerdos. Mientras las piedras permanecían suspendidas, los kundegai temían a los
espíritus de los tsembaga y se abstenían de trabajar sus huertos o cazar en su
territorio. Finalmente, sucedió que los mismos tsembaga volvieron a ocupar las
tierras abandonadas. Como ya he dicho, en otras guerras los vencedores o sus
aliados acaban explotando las tierras abandonadas temporalmente en la huida.
Pero, en cualquier caso, el efecto inmediato de un descalabro militar cosiste
en que las zonas del bosque cultivadas de forma intensiva se dejan en barbecho
mientras que áreas previamente sin explotar -las zonas fronterizas del
territorio del perdedor- se ponen en cultivo.
En las tierras altas de Nueva Guinea así como en todas
las demás regiones forestales tropicales, la tala y quema repetidas de la misma
área constituyen una amenaza para la capacidad de recuperación del bosque. Si
el intervalo entre sucesivas rozas es muy corto, el suelo se vuelve seco y
duro, y los árboles pueden volver a crecer. Las hierbas invaden el
emplazamiento de los huertos y todo rico bosque primario en praderas
erosionadas y barrancosas que no se pueden explotar mediante una agricultura de
tipo tradicional. Sabemos que esta secuencia ha producido millones de acres de
praderas en todo el mundo.
Entre los maring, se ha producido una deforestación
relativamente pequeña. Hay algunas zonas de praderas permanentes y de bosques
secundarios degradados en el territorio de grupos grandes y agresivos como los
kundegai (el grupo responsable del aplastamiento de los tsembaga en 1953). Pero
la destrucción de formas de vida consecuencia del intento de forzar al bosque a
mantener más cerdos y hombres de los que puede tolerar, se evidencia en muchas
regiones cercanas de las tierras altas de Nueva Guinea. Por ejemplo, un estudio
reciente sobre la región foré meridional emprendido por el doctor Arthur
Sorensen, miembro de Los Institutos Nacionales de la Salud, muestra que los
foré han causado daños irreversibles de gran escala en el hábitat de su bosque
primario, en un área de cuatrocientas millas cuadradas de la Cordillera
Central. La espesa hierba kunai ha invadido los emplazamientos de huertos y
caseríos abandonados, siguiendo al movimiento de asentamiento a medida que se
interna en los bosques vírgenes. Cabe constatar una destrucción general del
bosque en las regiones en las que se ha practicado la horticultura durante
muchos años. En mí opinión el ciclo regulado por el ritual de guerra, paz del
rumbim y sacrificio de cerdos ha ayudado a proteger el hábitat de los maring de
un destino similar.
Pese a todos los extraños acontecimientos que tienen
lugar durante el ciclo ritual -plantación del rumbim, sacrificio de cerdos,
suspensión de las piedras de combate mágicas y la misma guerra- el problema que
más llama mi atención, que más fascinante me parece no es otro que el de la
regulación temporal. En la región habitada por los maring, los huertos deben
quedar en barbecho durante un mínimo de diez a doce años consecutivos antes de
poder quemarlos y replantarlos sin peligro de degradarse en pradera. Los
festivales del cerdo se celebran también aproximadamente dos veces en cada
generación, es decir, cada diez o doce años. Esto no puede ser una simple
coincidencia. Por consiguiente, creo que ahora podemos responder al menos a la
pregunta: "¿Cuándo tienen los maring cerdos suficientes para dar gracias a
los antepasados?" La respuesta es: "Tienen cerdos suficientes cuando
el bosque ha vuelto a crecer en el área de los antiguos huertos del grupo
vencido".
Los maring, al igual que otros pueblos que practican
la tala y la quema, viven de "comerse el bosque": quemando árboles y
cultivando en las cenizas. El ciclo ritual y la guerra ceremonial les impiden
"comer" demasiado bosque con excesiva rapidez. El grupo derrotado se
retira de las tierras mejor adaptadas por su topografía para la horticultura.
Esto permite la regeneración del manto forestal en aquellos sectores que la
voracidad de los maring y sus cerdos pone en peligro. Durante la estancia entre
sus aliados, los vencidos pueden volver a explotar partes de su territorio,
pero en lugares del bosque primario alejados de sus enemigos que no corren
peligro alguno. Si consiguen criar muchos cerdos y recuperan su fuerza con
ayuda de sus aliados, intentarán volver a ocupar sus tierras y ponerlas de
nuevo en plena producción. El ritmo de guerra y paz, fuerza y debilidad,
abundancia de cerdos y escasez de cerdos, huertos centrales y huertos
periféricos, esto evoca los ritmos correspondientes en todos los clanes vecinos.
Aunque los vencedores no tratan de ocupar inmediatamente el territorio del
enemigo, plantan los huertos más cerca de la frontera del territorio del
enemigo aplastado que antes de la guerra. Lo que todavía es más importante, su
población de cerdos se ha reducido drásticamente, lo que provoca al menos una
reducción temporal en el índice de crecimiento hacia el umbral de la capacidad
de sustentación del territorio. Cuando la población porcina se acerca a su
máximo, los vencedores descuelgan las piedras de combate mágicas, arrancan el
rumbim y se preparan para entrar en el territorio desocupado y regenerado de
nuevo, en son de paz si sus enemigos de antes son todavía demasiado débiles
para entablar un combate con ellos, o con ánimo vengativo si sus enemigos
anteriores se han reforzado.
En las pulsaciones vinculadas de gente, cerdos,
huertos y bosques podemos comprender por qué los cerdos adquieren una santidad
ritual considerada incompatible con el carácter de los cerdos en otras partes
del mundo. Puesto que un cerdo adulto come tanto bosque como un hombre adulto,
el sacrifico de cerdos reduce el sacrificio de hombres en el clímax de cada
ritmo sucesivo. No es pues de extrañar que los antepasados ansíen los cerdos;
de lo contrario, ¡tendrían que “comerse” a sus hijos e hijas!
Queda un problema. Cuando los tsembaga fueron
expulsados de su territorio en 1953, buscaron refugio junto a siete grupos
locales diferentes. En algunos casos, los clanes junto a los que marcharon a
vivir acogieron a “refugiados” adicionales de otras guerras anteriores y
posteriores a la derrota de los tsembaga. Parecería, por lo tanto, que la
amenaza ecológica a los territorios del grupo aplastado simplemente se había
trasferido de un lugar a otro, y que los refugiados pronto comenzarían a
devorar los bosques de sus anfitriones. De ahí que el simple desplazamiento de
la gente no baste para impedir que la población degrade el medio ambiente. Debe
haber asimismo algún medio de limitar el crecimiento real de la población. Esto
nos lleva a la segunda consecuencia de la guerra primitiva que he mencionado
hace un momento.
En la mayor parte de las sociedades primitivas, la
guerra es un medio eficaz de control demográfico, ya que un combate intenso y
periódico entre grupos favorece la crianza de niños en vez de niñas. Cuanto más
numerosos son los varones adultos, más poderosa es la fuerza militar que un
grupo dependiente de armas de mano puede reclutar para el campo de batalla y
más probabilidad tiene de conservar su territorio frente a la presión ejercida
por sus vecinos. Según un estudio demográfico sobre más de 600 poblaciones
primitivas realizado por William T. Divale, miembro del Museo Americano de
Historia Natural, hay un desequilibrio permanentemente extraordinario a favor
de los muchachos en los grupos de edades infantil y juvenil (aproximadamente
hasta los quince años de edad). La razón media entre muchachos y muchachas es
de 150:100 pero algunos grupos tienen incluso el doble de muchachos que de
muchachas. La misma razón entre los tsembaga se aproxima a la media de 150:100.
Sin embargo, cuando examinamos los grupos de edad adulta, la razón media entre
hombres y mujeres en el estudio de Divale se aproxima más a la unidad, lo que
sugiere una tasa de mortalidad más elevada para los hombres maduros que para
las mujeres maduras.
Las bajas en combate constituyen la causa más probable
de la mayor tasa de mortalidad entre los hombres adultos. Entre los maring, las
bajas de varones en combate sobrepasa a las de mujeres en una proporción de 10
a 1. Pero, ¿cómo se explica la situación inversa en las categorías de edad
infantil y juvenil?
La respuesta de Divale es que muchos grupos primitivos
practican el infanticidio femenino manifiesto. Se ahoga a las niñas, o
simplemente se las deja abandonadas en el bosque. Pero más frecuentemente, el
infanticidio es encubierto, y la gente niega habitualmente que lo practique, lo
mismo que los agricultores hindúes niegan que matan a sus vacas. Al igual que
la proporción desequilibrada entre bueyes y vacas en la India, la discrepancia
entre las tasas de mortalidad infantil femenina y masculina obedece normalmente
a una “pauta de negligencia” en el cuidado de las criaturas y no a una agresión
directa a la vida de la niña. Incluso una pequeña diferencia en la sensibilidad
de la madre a los llantos de los hijos que solicitan alimento o protección
podría explicar por acumulación el desequilibrio total en la razón entre
mujeres y hombres.
Únicamente un conjunto sumamente poderoso de fuerzas
culturales puede explicar la práctica del infanticidio femenino y el
tratamiento preferencial otorgado a las criaturas del sexo masculino. Desde un
punto de vista estrictamente biológico, las mujeres son más valiosas que los
hombres. La mayor parte de los varones son, por que se refiere a la producción,
superfluos, puesto que basta un sólo hombre para dejar embarazadas a cientos de
mujeres. Sólo las mujeres pueden dar a luz y amamantar a los niños (en sociedades
que carecen de biberones y de fórmulas que sustituyan a la leche materna). De
existir algún tipo de discriminación sexual contra las criaturas, predeciríamos
que los varones serían las víctimas. Pero sucede al revés. Esta paradoja es más
difícil de comprender si admitimos que las mujeres están capacitadas física y
mentalmente para realizar todas las tareas básicas de producción y subsistencia
con independencia total de cualquier ayuda de los varones. Las mujeres pueden
realizar todas las actividades que realizan los hombres, aunque tal vez con
alguna pérdida de eficiencia donde se requiere fuerza bruta. Pueden cazar con
arcos y flechas, pescar, poner trampas, y talar árboles si se les enseña o se
les permite aprender. Pueden transportar y transportan cargas pesadas, pueden
trabajar y trabajan en los huertos y campos en todo el mundo. Entre los
horticultores de tala y quema como los maring, las mujeres son los principales
productores de alimentos. Incluso entre grupos cazadores como los bosquimanos,
el trabajo de la mujer subviene a más de dos terceras partes de las necesidades
nutritivas del grupo. En cuanto a los inconvenientes asociados con la
menstruación y el embarazo, las líderes actuales de los movimientos de
liberación de la mujer tienen toda la razón cuando señalan que se pueden
eliminar con facilidad estos “problemas” en la mayor parte de las tareas y
actividades productivas mediante pequeños cambios en los planes de trabajo. La
presunta base biológica de la división sexual del trabajo es completamente
absurda. Mientras todas las mujeres de un grupo no se encuentren al mismo
tiempo en el mismo período de embarazo, las mujeres podrían administrar
perfectamente por sí solas las funciones económicas consideradas como
prerrogativa natural de hombre, como, por ejemplo, la caza o el pastoreo.
La única actividad humana, aparte de la sexual, para
la cual es indispensable la especialización del varón es el conflicto bélico
que requiere armas de mano. En general, los hombres son más altos, más fuertes
y más musculosos que las mujeres. Los hombres pueden arrojar una lanza más
larga, doblar un arco más fuerte y usar una maza más grande. Los hombres pueden
correr también más deprisa, ya sea en el ataque hacia el enemigo o en la
retirada. Insistir junto con algunos líderes del movimiento de liberación de la
mujer en que las mujeres pueden ser también adiestradas para combatir con armas
de mano no altera la situación. Si algún grupo adiestrara a las mujeres en vez
de a los hombres como sus especialistas militares, cometería un gran error.
Seguramente esta decisión equivaldría a un suicidio, puesto que no conocemos u
solo caso auténtico en parte alguna del globo terrestre.
La guerra invierte el valor relativo de la aportación
que hombres y mujeres hacen a las perspectivas de supervivencia del grupo. La
guerra obliga a las sociedades primitivas a limitar la cría de mujeres al
favorecer la maximización del número de varones adultos listos para el combate.
Es esto, y no el combate per se, lo que convierte a la guerra en un medio
eficaz de controlar el crecimiento demográfico. Como saben todos los maring,
los antepasados ayudan a los que más se ayudan a sí mismos, mandando al terreno
de combate a muchos hombres y manteniéndoles allí. Así, que me inclino más bien
hacia el punto de vista de que el ciclo ritual entero es un “truco” inteligente
por parte de los antepasados para conseguir que los maring críen cerdos y
hombres en vez de mujeres al objeto de proteger el bosque.
Continuando la búsqueda de las condiciones prácticas
que llevan a la guerra primitiva, todavía he de abordar la cuestión de por qué
no se empleaban medios menos violentos para mantener la población del grupo
local por debajo de la capacidad de sustentación. Por ejemplo, ¿no habría sido
mejor para los tsembaga así como para su hábitat si se hubiera limitado su
población simplemente mediante alguna técnica de control de natalidad? La
respuesta es no, puesto que antes de la invención del condón en el siglo XVIII,
no existieron en ninguna parte métodos anticonceptivos seguros, relativamente
agradables y eficaces. Con anterioridad, el medio “pacífico” más eficaz para
limitar la población, aparte del infanticidio, era el aborto. Muchos pueblos
primitivos saben cómo provocar el aborto con brebajes venenosos. Otros enseñan
a la mujer embarazada a envolver su vientre con una apretada faja de tela.
Cuando falla todo lo demás, la mujer embarazada se tumba sobre la espalda
mientras una amiga salta con todas sus fuerzas sobre su abdomen. Estos métodos
son bastante eficaces, pero tienen el desagradable efecto secundario de
provocar la muerte de la futura madre casi tan a menudo como la muerte del
embrión.
Al faltarles métodos seguros y eficaces de
anticoncepción o aborto, los pueblos primitivos deben centrar su medio
institucionalizado de controlar la población en los individuos vivos. Los niños
-cuanto más jóvenes mejor- son las víctimas lógicas de estos esfuerzos, ya que,
en primer lugar, no pueden ofrecer resistencia; en segundo lugar, hay menos
inversión social y material en ellos; y en tercer lugar, los lazos emocionales
con las criaturas son más fáciles de cortar que los existentes entre adultos.
Los que encuentran mi razonamiento depravado o
“incivilizado”, deberían leer algo sobre la Inglaterra del siglo XVIII. Decenas
de millares de madres ebrias de ginebra arrojaban regularmente sus bebés al
Támesis, les envolvían con las ropas de las víctimas de la viruela, les
abandonaban en toneles de basura, les asfixiaban al echarse sobre ellos en la
cama en el estado de estupor provocado por la embriaguez, o ideaban otros
métodos directos o indirectos de acortar la vida de sus criaturas. En nuestra
propia época, sólo un grado increíble de obstinación farisaica nos impide
admitir que todavía se practica el infanticidio a escala cósmica en las
naciones subdesarrolladas, en las que son corrientes tasas de mortalidad
infantil en el primer año de 250 por cada mil nacimientos.
Los maring hacen lo mejor que pueden ante una mala
situación que ha sido común a toda la humanidad antes del desarrollo de una
anticoncepción eficaz y de un aborto seguro en los primeros meses de embarazo.
Provocan o toleran una proporción más alta de muertes de criaturas femeninas
que de criaturas masculinas. Si no hubiera ninguna discriminación contra las
niñas, muchos niños serían víctimas de la necesidad de un control demográfico.
La guerra que favorece la cría del máximo número de varones, es responsable del
índice más alto de supervivencia de las criaturas masculinas frente a las
femeninas. O sintetizando la cuestión, la guerra es el precio pagado por las
sociedades primitivas por criar hijos cuando no pueden permitirse el lujo de
criar hijas.
El estudio de la guerra primitiva nos lleva a la
conclusión de que la guerra ha formado parte de una estrategia adaptativa
vinculada a condiciones tecnológicas, demográficas y ecológicas específicas. No
es necesario invocar imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o
caprichosos para comprender por qué los combates armados han sido tan
corrientes en la historia de la humanidad. Por ello, no cabe sino esperar que
ahora cuando la humanidad tiene mucho más que perder de lo que posiblemente pueda
ganar con la guerra, otros medios de resolver los conflictos entre grupos la
reemplazarán.
El macho salvaje.
El infanticidio femenino es una manifestación de la
supremacía del varón. A mi entender, se puede mostrar que otras manifestaciones
de la supremacía del varón están también arraigadas en las exigencias prácticas
del conflicto armado.
Para explicar las jerarquías sexuales debemos elegir
de nuevo entre teorías que hacen hincapié en instintos inalterables y teorías
que ponen de relieve la adaptabilidad de los estilos de vida ante condiciones
prácticas y mundanas modificables. Me inclino hacia el punto de vista del
movimiento de liberación de la mujer que sostiene que la “anatomía no es el
destino”, dando a entender que las diferencias sexuales innatas no pueden
explicar la distribución desigual de privilegios y poderes entre hombres y mujeres
en las esferas doméstica, económica y política. Los movimientos de liberación
de la mujer no niegan que la posesión de ovarios en vez de testículos conduce
necesariamente a formas diferentes de experimentar la vida. Niegan que haya
algo en la naturaleza biológica de los hombre y de las mujeres que por sí solo
destine a los varones a gozar de privilegios sexuales, económicos y políticos
mayores que los de las mujeres.
Si prescindimos de la concepción y de la
especialización sexual relacionada, la asignación de roles sociales en base al
sexo no se deriva automáticamente de las diferencias biológicas entre hombre y
mujer. Si sólo conociéramos los hechos de la biología y anatomía humanas, no
podríamos predecir que las hembras fueran el sexo socialmente subordinado. La
especie humana es única en el reino animal, ya que no hay correspondencia entre
su dotación anatómica hereditaria y sus medios de subsistencia y defensa. Somos
la especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes,
las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino
porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen
las funciones de dientes, garras, agujones y piel con más eficacia que
cualquier simple mecanismo anatómico. Nuestra forma principal de adaptación
biológica es la cultura, no la anatomía. No cabe esperar que los hombres
dominen a las mujeres por el mero hecho de ser más altos y más fuertes, más de
lo que cabe esperar que la especie humana sea gobernada por el ganado vacuno o
los caballos, animales cuya diferencia de peso con respecto al marido corriente
es de treinta veces superior a la existente entre éste y su esposa. En las
sociedades humanas, el dominio sexual no depende de qué sexo alcanza un mayor
tamaño o es innatamente más agresivo, sino de qué sexo controla la tecnología
de la defensa y de la agresión.
Si sólo conociera la anatomía y capacidades culturales
de los hombres y de las mujeres, me inclinaría a pensar que serían las mujeres,
y no los hombres, quienes controlarían la tecnología de la defensa y de la
agresión y que si un sexo tuviera que subordinarse a otro, sería la hembra
quien dominaría al macho. Aunque quedaría impresionado por el dimorfismo físico
-mayor altura, peso y fuerza de los varones- en especial en relación con las
armas que se manejan con la mano, todavía me causaría mayor asombro algo que
las mujeres tienen y que los hombres no pueden conseguir, a saber, el control
del nacimiento, el cuidado y la alimentación de los niños. En otras palabras,
las mujeres controlan la crianza, y gracias a ello pueden modificar
potencialmente cualquier estilo de vida que las amenace. Cae dentro de su poder
de negligencia selectiva el producir una proporción entre los sexos que
favorezca mucho más a las hembras que a los varones. También tienen el poder de
sabotear la “masculinidad” de los varones, recompensando a los chicos por ser
pasivos en vez de agresivos. Cabría esperar que las mujeres centraran sus
esfuerzos en criar mujeres solidarias y agresivas en vez de varones, y por
añadidura, que los pocos supervivientes masculinos de cada generación fueran
tímidos, obedientes, trabajadores y agradecidos por los favores sexuales.
Predeciría que las mujeres monopolizarían la dirección de los grupos locales,
serían responsables de las relaciones chamánicas con lo sobrenatural, y que
Dios sería llamado ELLA. Finalmente, esperaría que la forma de matrimonio ideal
y más prestigioso sería la poliandria, en la cual una sola mujer controla los
servicios sexuales y económicos de varios hombres.
Algunos teóricos que vivieron en el siglo XIX
postularon en realidad este tipo de sistemas sociales dominados por las mujeres
como la condición primordial de la humanidad. Por ejemplo, Friedrich Engels,
quien tomó sus ideas del antropólogo americano Lewis Henry Morgan, creía que
las sociedades modernas habían pasado por una fase de matriarcado en la cual la
filiación se trazaba exclusivamente por la línea femenina y en la que las
mujeres dominaban políticamente a los hombres. En la actualidad muchos movimientos
de liberación de la mujer continúan creyendo en este mito y en sus
consecuencias. Probablemente, los varones subordinados rechazaron y derrocaron
a las matriarcas, les arrebataron sus armas y, desde entonces, han estado
conspirando para explotar y degradar al sexo femenino. Algunas mujeres que
admiten este tipo de análisis arguyen que sólo una contraconspiración
militante, equivalente a una especie de guerra de guerrillas entre los sexos,
podría instaurar el equilibrio entre el poder y la autoridad masculinos y
femeninos.
Hay un planteamiento incorrecto en esta teoría: nadie
ha podido demostrar jamás un solo caso que fuera representativo de verdadero
matriarcado. La única evidencia para esta fase, prescindiendo de los antiguos
mitos de las amazonas, es que aproximadamente de un 10 a un 15% de las
sociedades del mundo trazan el parentesco y la filiación exclusivamente a
través de las mujeres. Pero el cálculo de la filiación a través de las mujeres
es la matrilinealidad, no el matriarcado. Aunque la posición de la mujer en los
grupos de parentesco matrilineales tiende a ser relativamente buena, faltan los
rasgos principales del matriarcado. Son los varones, en definitiva, quienes
dominan la vida económica, civil y religiosa, y quienes gozan del acceso
privilegiado a varias esposas a la vez. Si el padre no es la principal
autoridad dentro de la familia, tampoco lo es la madre. La figura autoritaria
en las familias matrilineales es otro varón: el hermano de la madre (o el
hermano de la madre de la madre o bien el hijo de la hermana de la madre de la
madre).
El predominio de la guerra acaba con la lógica que
constituye la premisa de la predicción del matriarcado. Las mujeres están
capacitadas teóricamente para resistir e, incluso, subyugar a los varones a los
que ellas mismas han alimentado y socializado; pero los varones criados en otra
aldea o tribu presentan un tipo diferente de desafío. Tan pronto como los
varones empiezan, por la razón que sea, a llevar el peso del conflicto
intergrupal, las mujeres no tienen otra opción que criar el mayor número posible
de varones feroces.
La supremacía del varón es un caso de “realimentación
positiva” o de lo que se ha llamado “amplificación de la desviación”: el
proceso que se produce cuando las instalaciones de micrófonos y altavoces
recogen y reamplifican sus propias señales, produciendo chirridos que parecen
taladrar la cabeza. Cuanto más feroces son los varones, mayor es el número de
guerras emprendidas y mayor la necesidad de los mismos. Asimismo cuanto más
feroces son los varones, mayor es su agresividad sexual, mayor la explotación de
las mujeres y mayor la incidencia de la poliginia, el control que ejerce un
sólo hombre sobre varias esposas. A su vez, la poliginia agrava el déficit de
mujeres, aumenta el nivel de frustración entre los varones jóvenes, e
incrementa la motivación para ir a la guerra. La amplificación alcanza un
clímax intolerable; se desprecia y se mata en la infancia a las mujeres, lo que
obliga necesariamente a los hombres a emprender la guerra para capturar esposas
y poder criar así un mayor número de hombres agresivos.
Para comprender la relación entre machismo y guerra es
mejor que examinemos los estilos de vida de un grupo específico de sexistas
militares primitivos. He elegido a los yanomamo, un grupo tribal de unos 10.000
amerindios que habita en la frontera entre Brasil y Venezuela. Napoleon
Chagnon, profesor de la Universidad Estatal de Pensilvania y principal
etnógrafo de los yanomamo, los ha denominado el “pueblo feroz”. Todos los
observadores que han estado alguna vez en contacto con ellos están de acuerdo
en que constituyen una de las sociedades más agresivas, belicosas y orientadas
hacia el varón que existe en el mundo.
En el momento en que un varón yanomamo típico alcanza
la madurez, su cuerpo está cubierto de heridas y cicatrices como consecuencia
de innumerables peleas, duelos e incursiones militares. Aunque desprecian mucho
a las mujeres, los hombres yanomamo siempre están peleándose por actos reales o
imaginarios de adulterio y por promesas incumplidas de proporcionar esposas.
También el cuerpo de las mujeres yanomamo se halla cubierto de cicatrices y
magulladuras, la mayor parte de ellas producto de encuentros violentos con
seductores, violadores y maridos. Ninguna mujer yanomamo escapa a la tutela
brutal del típico esposo-guerrero yanomamo, fácilmente encolerizable y
aficionado a las drogas. Todos los hombres yanomamo abusan físicamente de sus
esposas. Los esposos amables sólo magullan y mutilan; los feroces las hieren y
matan.
Un modo favorito de intimidar a la esposa es tirar de
los palos de caña que las mujeres llevan a modo de pendientes en los lóbulos de
las orejas. Un marido irritado puede tirar con tanta fuerza que el lóbulo se
desgarra. Durante el trabajo de campo de Chagnon, un hombre que sospechaba de
que su mujer había cometido adulterio fue más lejos y le cortó las dos orejas.
En una aldea cercana, otro marido arrancó un trozo de carne del brazo de su
mujer con un machete. Los hombres esperan que sus esposas les sirvan, a ellos y
a sus huéspedes, y respondan con prontitud y sin protestar a todas sus
exigencias. Si una mujer no obedece con bastante prontitud, su marido le puede
pegar con un leño, asestarle un golpe con su machete, o aplicar una brasa
incandescente a su brazo. Si un marido está realmente encolerizado, puede
disparar una flecha con lengüeta contra las pantorrillas o nalgas de su esposa.
En un caso registrado por Chagnon, la flecha se desvió penetrando en el
estómago de la mujer, lo que a punto estuvo de provocarle la muerte. Un hombre
llamado Paruriwa, furioso porque su mujer tardaba mucho en complacerle, cogió
un hacha y le intentó golpear con ella. Su mujer esquivó el golpe y se alejó
gritando. Paruriwa le arrojó el hacha, que pasó silbando junto a su cabeza.
Entonces la persiguió con su machete y logró desgarrarle la mano antes de que
pudiera intervenir el jefe de la aldea.
Muchas veces se desencadena violencia contra las
mujeres sin que medie provocación alguna. Chagnono piensa que algo de esto
tiene que ver con la necesidad sentida por los hombres de demostrarse unos a
otros que son capaces de matar. La “imagen” de un hombre cobra fuerza si pega
públicamente a su mujer con un palo. Además las mujeres son utilizadas
simplemente como chivos expiatorios adecuados. Un hombre que deseaba realmente
desahogar su ira contra su hermano disparó en cambio su flecha contra su propia
mujer; apuntó hacia una parte no vital, pero la flecha se desvió y la mató.
Las mujeres que huyen de sus maridos sólo pueden
esperar una protección limitada por parte de sus parientes masculinos. La mayor
parte de los matrimonios se contratan entre hombres que han acordado
intercambiar hermanas. El cuñado de un hombre suele ser su pariente más próximo
e importante. Ambos pasan muchas horas en muta compañía, soplándose mutuamente
polvos alucinógenos en las narices, y tendidos juntos en la misma hamaca. En un
caso relatado por Chagnono, el hermano de una mujer fugitiva se irritó tanto
con su hermana por perturbar la relación de camaradería que le dispensaba su
marido que la golpeó con su hacha.
Un aspecto importante de la supremacía masculina entre
los yanomamo es el monopolio que los varones detentan sobre el uso de drogas
alucinógenas. Ingiriendo estas drogas (la más corriente, ebene, se obtiene de
una enredadera de la jungla), los hombres tienen visiones sobrenaturales que
las mujeres no pueden experimentar. Estas visiones les permiten convertirse en
chamanes, entrar en contacto con los demonios y controlar así las fuerzas
malévolas. La inhalación de ebene sirve también para insensibilizar a los
hombres a dolores extremos y para ayudarles a superar sus temores cuando se
realizan duelos e incursiones. La aparente inmunidad al dolor demostrada
durante los duelos a golpes en el pecho o a palos, que describiremos a
continuación, se deriva probablemente de los efectos secundarios analgésicos de
las drogas. Los hombres que han estado “viajando” presentan una visión
impresionante antes de desmayarse o caer en estupor. De sus narices gotea un
moco verdoso; emiten extraños ruidos en forma de gruñidos, andan a gatas y
conversan con demonios invisibles.
Como sucede en las tradiciones judeocristianas, los
yanomamo justifican el machismo con el mito de sus orígenes. Al principio en el
mundo, dicen, sólo había hombres feroces, hechos con la sangre de la Luna. Uno
de estos primeros hombres cuyas piernas quedaron embarazadas, se llamaba
Kanoborama. De la pierna izquierda de Kanaborama salieron mujeres y de su
pierna derecha hombres femeninos: los yanomamo que son reacios a los duelos y
cobardes en el capo de batalla.
Como sucede en las otras culturas dominadas por el
varón, los yanomamo creen que la sangre menstrual es mala y peligrosa. Cuando
una muchacha tiene su primera menstruación, la encierran en una jaula de bambú
construida expresamente para esto y la obligan a pasar sin alimentos. Después
debe aislarse en todos los períodos menstruales y permanecer en cuclillas sola
en la sombra de la casa.
Las mujeres son tomadas como víctimas desde la
infancia. Cuando el hermano pequeño de una muchacha le pega, ésta es castigada
si devuelve los golpes. Sin embargo, los muchachos pequeños nunca son
castigados por pegar a alguien. Los padres yanomamo gritan de placer cuando sus
hijos de cuatro años, enojados, les golpean en la cara.
He considerado la posibilidad de que la descripción
realizada por Chagnon sobre los roles sexuales de los yanomamo reflejara en
parte el propio sesgo masculino del etnógrafo. Afortunadamente, los yanomamo
han sido estudiados también por una mujer. La doctora Judith Shapiro, profesora
de la Universidad de Chicago, también pone de relieve el papel esencialmente
pasivo de las mujeres yanomamo. Relata que en lo que atañe al matrimonio, los
hombres son claramente quienes intercambien mientras que las mujeres son las
intercambiadas. Traduce el término yanomamo para el matrimonio por “llevarse
algo a rastras” y divorcio por “desprenderse de algo”. Relata que a la edad de
ocho o nueve años, las muchachas ya empiezan a servir a sus maridos; duermen
junto a ellos, les siguen a todas partes y les preparan la comida. Un hombre
puede incluso intentar tener relaciones sexuales con su novia de ocho años. La
doctora Shapiro presenciado escenas aterradoras en las que las pequeñas
muchachas suplicaban a sus parientes que las separaran de sus maridos
asignados. En un caso, se llegó a descoyuntar los brazos de la novia reacia ya
que sus propios parientes tiraban de un lado mientras que los parientes de su
marido tiraban del otro.
Chagnon afirma que las mujeres yanomamo esperan ser
maltratadas por sus maridos y que miden su status como esposas por la
frecuencia de las pequeñas palizas que les propinan sus maridos. Una vez
sorprendió a dos mujeres jóvenes discutiendo sobre las cicatrices de su cuero
cabelludo. Una de ellas le decía a la otra cuánto la debía querer su marido
puesto que la había golpeado en la cabeza con tanta frecuencia. Al referirse a
su propia experiencia, la doctora Shapiro cuenta que su condición sin
cicatrices y sin magulladuras suscitaba interés de las mujeres yanomamo. Afirma
que decidieron “que los hombres a los que había estado vinculada no me querían en realidad bastante”. Aunque
no podemos concluir que las mujeres yanomamo desean que se las pegue, podemos
decir que lo esperan. Encuentran difícil imaginar un mundo en el que los
maridos sean menos brutales.
La intensidad particular del síndrome machista de los
yanomamo halla su mejor expresión en sus duelos, en los que dos hombres tratan
de herirse mutuamente hasta el límite de su resistencia. La forma predilecta de
infligir este castigo mutuo es descargar golpes en el pecho.
Imaginemos una arremolinada y vociferante multitud de
hombres con los cuerpos pintados con dibujos rojos y negros, con plumas blancas
pegadas a su cabello y mostrando los penes sujetos por una cuerda a sus
vientres. Esgrimen arcos y flechas, hachas, palos y machetes, que baten
ruidosamente mientras se amenazan mutuamente. Los hombres, divididos en
anfitriones y huéspedes, se han reunido en el calvero central de una aldea
yanomamo, observados ansiosamente por sus mujeres e hijos, que están detrás,
bajo los aleros de la gran vivienda circular comunitaria. Los anfitriones
acusan a los huéspedes de robar en los huertos. Estos gritan que los
anfitriones son tacaños y que reservan los mejores alimentos para sí. Los
huéspedes ya han recibido sus regalos de despedida, ¿por qué pues no han vuelto
a casa? Para librarse de ellos, los anfitriones les desafían a un duelo a
golpes en el pecho.
Un guerrero de la aldea de los anfitriones se adentra
en el centro del calvero. Separa las piernas, coloca las manos en la espalda y
saca su pecho hacia el grupo oponente. Un segundo hombre sale de entre los
huéspedes y entra en la arena. Examina a su adversario con tranquilidad y le
manda que cambie su postura. Dobla el brazo izquierdo de la víctima hasta que
descanse en la cabeza, evalúa la nueva postura y realiza un último ajuste.
Cuando su oponente está situado adecuadamente, el huésped se coloca a la distancia
correcta de un brazo, fijando y hundiendo su punto de apoyo en la tierra
endurecida, haciendo repetidas fintas hacia adelante para examinar la distancia
y comprobar su equilibrio. Entonces, inclinándose hacia atrás como un lanzador
de baseball, concentra toda su fuerza y peso en su puño apretado para
descargarlo contra el pecho de su víctima entre el pezón y el hombro. El hombre
golpeado se tambalea, dobla las rodillas, mueve la cabeza, pero sigue
silencioso e inexpresivo. Sus seguidores vociferan: “¡Otro!” La escena se
repite. El primer hombre, que ya exhibe un enorme verdugón en su músculo
pectoral, vuelve a su posición. Su adversario le alinea, examina la distancia,
se inclina hacia atrás y descarga un segundo golpe en el mismo lugar. Las rodillas
del receptor se doblan, cayendo al suelo. El atacante agita sus brazos sobre la
cabeza en señal de victoria y danza alrededor de la víctima, emitiendo feroces
gruñidos y moviendo sus pies con tal rapidez que se convierten en una mancha
perdida en el polvo, mientras sus seguidores gritan y hacen restañar sus armas,
dando saltos desde su posición en cuclillas. Los camaradas del hombre caído le
instan de nuevo a recibir más castigo Por cada golpe que recibe, podrá devolver
otro. Cuantos más golpes reciba, más podrá devolver y más probabilidades tendrá
de lisiar a su adversario o de hacerle abandonar. Después de recibir otros dos
golpes, el pecho izquierdo del primer hombre se ha inflamado y puesto rojo. En
medio de los rugidos de delirio de sus seguidores, indica entonces que ya ha
recibido bastante, exigiendo al adversario que se esté quieto para recibir su
merecido.
La escena concreta que he descrito se basa en el
informe de Napoleon Chagnon, testigo ocular de los hechos. Como sucede en
muchos otros duelos de este tipo, el que acabo de relatar condujo a una
escalada de violencia tan pronto como un grupo empezó a derrotar al otro. Los
anfitriones se quedaban sin pechos utilizables, pero no estaban dispuestos a
iniciar propuestas de paz. Así, desafiaron a los huéspedes a otro tipo de
duelo: pegar con la palma de la mano en los costados. En éste la víctima ha de
aguantar inmóvil mientras el oponente le golpea con la mano abierta justamente
debajo de las costillas. Los golpes en esta zona paralizan el diafragma y la
víctima cae al suelo jadeante e inconsciente. En este caso concreto, la visión
de camaradas favoritos tumbados boca abajo en el polvo pronto enfureció a ambos
grupos; los hombres de ambos bandos comenzaron a armar sus flechas con puntas
de bambú envenenado. Estaba anocheciendo, y las mujeres y los niños
prorrumpieron en llantos, echando a correr detrás de los hombres, quienes
formaron una cortina protectora. Respirando con fuerza, anfitriones y huéspedes
se encaraban en el calvero. Chagnon observaba detrás de una línea de arqueros.
Con profundo alivio, vio cómo los huéspedes cogían tizones incandescentes de
leña y se retiraban lentamente de la aldea hacia la oscuridad de la jungla.
A veces se produce una fase intermedia en la escalada
de los duelos de golpes en el pecho. Los adversarios empuñan piedras y se
asestan contundentes golpes que les hacen escupir sangre. Otra forma de
entretenerse los anfitriones y sus aliados consiste en entablar duelos con
machetes. Parejas de adversarios se turnan golpeándose mutuamente con la
superficie plana de la hoja. El más pequeño desliz provoca una lesión grave y
nuevas confrontaciones violentas.
El siguiente nivel de violencia es el combate con
palos. Un hombre que tiene una rencilla con otro desafía a su adversario a que
le golpee en la cabeza con un palo de ocho a diez pies de largo en forma de
taco de billar. El desafiador clava su propio palo en el suelo, se apoya en él
e inclina la cabeza. El adversario agarra su palo por el extremo delgado,
golpeando con la parte gruesa la coronilla ofrecida con una fuerza capaz de
aplastar los huesos. El receptor que ha aguantado un golpe tiene derecho a aprovechar
la oportunidad inmediata de golpear con la misma fuerza a su contrincante.
Chagnon relata que la coronilla típica de los yanomamo
está cubierta de grandes y repugnantes cicatrices. Al igual que los antiguos
prusianos, los yanomamo están orgullosos de estos recuerdos de los duelos. Se
afeitan la parte superior de la cabeza para que sean visibles y frotan la zona
clava con pigmentos rojos de forma que cada cicatriz destaque con claridad. Si
un varón yanomamo vive hasta los cuarenta años, su cabeza puede estar
atravesada por veinte grandes cicatrices. Chagnon indica que, vista desde arriba,
la cabeza de un contendiente veterano en estos duelos con palos “se parece a un
mapa de carreteras”.
Los duelos son tan corrientes entre hombres que
residen en la misma aldea como entre hombres procedentes de aldeas vecinas.
Hasta los parientes próximos recurren con frecuencia a combates armados para
resolver sus disputas. Chagnon observó por lo menos un encuentro entre un padre
y su hijo. El joven se había comido algunas bananas que su padre había colgado
para que maduraran. Cuando descubrió el hurto, el padre se enfureció, arrancó
un palo de los cabrios de su casa y golpeó violentamente la cabeza de su hijo.
Este arrancó otro con el que atacó a su padre. En un momento, toda la gente de
la aldea había tomado partido y se asestaban golpes los unos a los otros. A
medida que se generalizaba la pelea, se encresparon los ánimos, produciéndose
muchos dedos contusionados y hombros magullados así como cráneos lacerados.
Estas reyertas suelen estallar en cualquier duelo tan pronto como los
espectadores vislumbran abundante cantidad de sangre.
Los yanomamo conocen aún otro nivel en la escalada de
violencia, pero sin llegar al homicidio: el combate con lanzas. Hacen lanzas
con árboles jóvenes de seis pies de largo, que descortezan, decoran con dibujos
rojos y negros y les sacan una larga punta. Estas armas pueden provocar heridas
graves, pero son relativamente ineficaces para producir muertes.
La guerra es la expresión última del estilo de vida de
los yanomamo. A diferencia de los maring, los yanomamo no parecen disponer de
ningún medio para establecer un tipo de tregua segura. Instituyen una serie de
alianzas con aldeas vecinas, pero las relaciones intergrupales se ven
perturbadas por la eterna desconfianza, los rumores, maliciosos y los actos de
traición consumada. Ya he mencionado la clase de distracción que se ofrecen
mutuamente los aliados en sus fiestas. Se supone que estos acontecimientos consolidan
amistades, pero incluso el mejor aliado se comporta de una manera feroz y
agresiva para no dejar duda alguna sobre el valor de la aportación de cada
grupo a la alianza. Debido a todo el pavoneo, jactancia y ostentación sexual
que tienen lugar en una fiesta presuntamente amistosa, no es posible predecir
cómo acabará hasta que el último huésped ha vuelto a casa. Todos los
participantes son también profundamente conscientes de algunos incidentes
famosos en los que las aldeas de los anfitriones planeaban deliberadamente
exterminar a sus huéspedes o en los que los huéspedes, entreviendo esta
posibilidad, planeaban masacrar a los anfitriones. En 1950, muchos parientes de
la aldea que organizó el duelo de golpes en el pecho que acabo de describir,
fueron víctimas de un célebre festín traicionero. Habían ido a una aldea,
situada a una distancia de dos días de viaje de la suya, para concertar una
nueva alianza. Sus anfitriones les permitieron danzar como si nada ocurriera.
Más tarde entraron en la casa para descansar, siendo entonces atacados con
hachas y palos. Murieron doce hombres. Cuando los supervivientes huían
precipitadamente de la aldea fueron atacados de nuevo por una fuerza que había
permanecido oculta en la jungla, matando e hiriendo a varios hombres más.
Los yanomamo siempre están preocupados por la
traición; sus alianzas no se establecen con arreglo a un conjunto compartido de
intereses en gente o recursos, sino más bien sobre la base de las últimas
vicisitudes de su suerte militar. Si una aldea sufre un grave revés militar, es
probable que sea atacada repetidas veces, incluso por sus aliados de antes. La
única esperanza para una aldea que ha perdido varios hombres en el combate es
ir a vivir junto a sus aliados. Pero ningún grupo ofrece refugio por razones
sentimentales. Los aliados esperan que el grupo derrotado haga donaciones de
mujeres como recompensa por la seguridad y el alimento temporales.
Emboscadas, festines traicioneros e incursiones
furtivas al amanecer constituyen las modalidades características de la guerra
de los yanomamo. Una vez que sobrepasan la fase de jactancia y duelos, su
objetivo es matar tantos hombres enemigos y capturar tantas mujeres enemigas
como sea posible, sin sufrir ellos mismos ninguna baja. En una incursión, los
guerreros yanomamo se aproximan al enemigo sigilosamente durante la noche, sin
encender ninguna lumbre, y aguardan tiritando hasta el amanecer en la oscuridad
de la húmeda jungla. En un acto supremo de valentía un guerrero yanomamo puede
deslizarse hasta la aldea enemiga y matar a una persona que duerme en una
hamaca. En otros casos, los incursores se contentan con matar a los hombres que
acompañan a sus mujeres a buscar agua al río. Si el enemigo está alerta y sólo
se desplaza en grandes grupos, el grupo incursor dispara a ciegas una lluvia de
flechas sobre la aldea y después se retira a la suya sin esperar a conocer los
resultados Las incursiones parecen ser incesantes. Durante la estancia de
Chagnon, cierta aldea sufrió más de veinticinco ataques en quince meses. La
capacidad de supervivencia de Chagnon en estas circunstancias es algo más que
extraordinaria: constituye un gran tributo a su habilidad y valor como
etnógrafo.
¿Por qué pelean tanto los yanomamo? El mismo profesor
Chagnon no ha ofrecido razones satisfactorias. En esencia, él acepta las
explicaciones que ofrecen los yanomamo. Estos dicen que la mayor parte de los
duelos, incursiones y otros brotes de violencia son provocados por disputas
sobre las mujeres. Evidentemente, hay déficit de mujeres. Pese al hecho de que
una cuarta parte de los varones mueren en combate, el número de hombres supera
al de mujeres en la proporción de 120 a 100. Para agravar más las cosas, los
jefes y otros hombres que gozan de una reputación especial por su ferocidad
poseen cuatro o cinco esposas a la vez. En general, alrededor del 25´9 de los
hombres tienen dos o más esposas. Debido a que los padres prometen en
matrimonio a sus hijas en edad infantil con personajes influyentes de más edad
para obtener favores o para saldar la obligación de reciprocidad contraída al
adquirir sus propias esposas, todas las mujeres sexualmente maduras de la aldea
están casadas. Esto deja a muchos jóvenes sin fuente posible de gratificación
heterosexual, salvo el adulterio. Los jóvenes, los futuros hombres feroces,
arreglan citas con esposas descontentas o intimidades en la noche. A la mañana
siguiente, se encuentran a escondidas en la jungla cuando mucha gente abandona
la aldea para defecar y orinar.
Un marido yanomamo compartirá de buena gana una de sus
esposas con hermanos y camaradas más jóvenes. Pero los varones que tienen
acceso a mujeres mediante el préstamo de esposas están en deuda con el marido y
tendrán que compensarle con servicios o mujeres capturadas en la batalla. El
joven que busca fama no debe colocarse en una posición de dependencia;
prefiere, en cambio, engatusar e intimidar a las mujeres casadas de la aldea
para llegar a un arreglo clandestino. Como las muchachas yanomamo ya están prometidas,
incluso antes de empezar a menstruar, todos los jóvenes yanomamo codician
activamente las esposas de sus vecinos. Los maridos se enfurecen cuando
descubren una cita, no tanto por los celos sexuales, sino porque el varón
adúltero debería haber compensado al marido con regalos y servicios.
La captura de mujeres durante las incursiones sobre
aldeas enemigas es uno de los principales objetivos de la guerra entre los
yanomamo. Tan pronto como un grupo realiza con éxito una incursión y se siente
a salvo de la persecución, los guerreros violan en grupo a las mujeres
cautivas, Cuando regresan a su aldea, entregan las mujeres a los hombres que
han permanecido en sus hogares; éstos las vuelven a violar en grupo. Después de
muchos regateos y discusiones, los incursores asignan las mujeres cautivas como
esposas a guerreros particulares.
Una de las historias más aterradoras sobre los
yanomamo es la relatada por Elena Valero, una mujer brasileña capturada por un
grupo incursor cuando tenía diez años. Poco después, los hombres que la habían
capturado comenzaron a pelearse entre sí. Una facción aplastó a la otra, mató a
todos los niños pequeños golpeando sus cabezas contra las piedras y se llevaron
las mujeres supervivientes a sus hogares. Elena Valero pasó la mayor parte del
resto de su infancia y juventud huyendo de un grupo de incursores para ser
capturada por otro, volviendo a huir de éste, ocultándose en la jungla de sus
perseguidores, y volviendo a ser capturada y asignada a diferentes maridos.
Resultó herida dos veces por flechas con puntas envenenadas con curare, y tuvo
varios hijos antes de lograr huir finalmente a un centro misionero situado en
el río Orinoco.
El déficit de mujeres, los esponsales de criaturas, el
adulterio, la poliginia y la captura de mujeres, todo parece apuntar al sexo
como la causa de la guerra entre los yanomamo. Sin embargo, encuentro un hecho
persistente, obstinado, que esta teoría no puede explicar: el déficit de
mujeres se ha creado artificialmente, Los yanomamo exterminan constantemente un
gran porcentaje de sus bebés de sexo femenino, no sólo mediante negligencia
selectiva, sino también mediante actos específicos de asesinato.
Los hombres exigen que su hijo primogénito sea varón.
Las mujeres matan a sus hijas hasta que pueden presentar un hijo varón.
Después, tal vez eliminen a las criaturas de ambos sexos. Las mujeres matan a
sus hijos estrangulándoles con enredaderas, saltando sobre los dos extremos de
un palo colocado sobre la garganta de la criatura, golpeando su cabeza contra
un árbol, o simplemente dejándola valerse por sí misma en la jungla. El efecto
neto del infanticidio y otras formas más benignas de la selección sexual es una
proporción sexual en la juventud de 154 niños por cada 100 niñas. Dadas las
penalidades que deben sufrir los hombres para conseguir una esposa, tiene que
haber una fuerza muy poderosa -una fuerza diferente y más poderosa que la del
sexo- que les lleve a destruir la misma fuente y objeto de todos sus apetitos y
luchas.
El factor mistificador del infanticidio y la guerra
entre los yanomamo es la ausencia aparente de presión demográfica y una
superabundancia aparente de recursos. Los yanomamo obtienen su principal fuente
de calorías de los plátanos y de los bananos que crecen en sus huertos. Al
igual que los maring, deben quemar el bosque para poder cultivar estos huertos,
Pero las bananas y los plátanos no son como los ñames o las batatas. Son
plantas perennes que proporcionan altos rendimientos por unidad de input de trabajo
durante muchos años consecutivos. Puesto que los yanomamo viven en medio del
mayor bosque tropical del mundo, las pocas quemas que realizan no amenazan con
«devorar los árboles». Una aldea típica sólo alberga de 100 a 200 personas, una
población que podría cultivar fácilmente suficientes bananas o plátanos en
huertos cercanos sin tener que desplazarse jamás. Sin embargo, las aldeas
yanomamo están siempre desplazándose, escindiéndose y trasladando sus huertos a
un ritmo muy superior al de otros pueblos de la selva amazónica que practican
la agricultura de roza.
Chagnon afirma que se escinden y se desplazan con
tanta frecuencia porque se pelean por las mujeres y siempre están en guerra.
Sugiero que es casi más correcto decir que se pelean por las mujeres y están
siempre en guerra porque se desplazan con tanta frecuencia. Los yanomamo no son
horticultores típicos de tala y quema. Sus antepasados eran cazadores y
recolectores nómadas que vivían lejos de los principales ríos, en pequeñas
bandas dispersas que dependían de los productos silvestres del bosque como fuente
principal de subsistencia. Podemos estar seguros de que sólo en tiempos más o
menos recientes han empezado a depender de las bananas y los plátanos como
alimentos básicos, puesto que estas plantas fueron introducidas en el Nuevo
Mundo por colonos portugueses y españoles. Hasta fechas recientes, los
principales centros de las poblaciones amerindias del Amazonas estaban
localizadas a lo largo de los grandes ríos y sus afluentes. Tribus como los
yanomamo vivían en el interior y no se dejaban ver por los pueblos ribereños,
que tenían grandes aldeas permanentes y canoas que les conferían gran
movilidad. A finales del siglo XIX, la última de las grandes aldeas indias
ribereñas fue destruida como consecuencia del comercio del caucho y de la
difusión de la colonización brasileña y venezolana. Los únicos indios que
sobrevivieron en áreas extensas del Amazonas fueron indios «pie», cuyo estilo
de vida nómada les protegía de las enfermedades y fusiles del hombre blanco.
Hoy por hoy los yanomamo exhiben signos inequívocos de
su reciente estilo de vida como indios «pie». No saben cómo construir las
canoas, o remar con pagayas aunque sus principales asentamientos se ubican en
la actualidad a orillas o cerca de los ríos Orinoco y Mavaca. Pescan poco,
aunque estas aguas son habitualmente ricas en peces y animales acuáticos, No
saben cómo fabricar pucheros de cocina, aunque los plátanos se preparan mejor
cociéndolos. Y, finalmente, no saben cómo manufacturar hachas de piedra, aunque
en la actualidad dependen de las hachas de acero para plantar sus huertos de
plátanos.
A continuación voy a presentar un informe algo
especulativo de la historia reciente de este pueblo. Los yanomamo nómadas que
vivían en las lejanas montañas entre Venezuela y Brasil empezaron a
experimentar con huertos de bananas y plátanos. Estos cultivos produjeron un
gran incremento en la cantidad de calorías alimentarias per cápita. Como
consecuencia, la población de los yanomamo también comenzó a crecer: hoy en día
son uno de los grupos indios más populosos de toda la cuenca del Amazonas. Pero
los plátanos y las bananas tienen un defecto notable: son claramente
deficientes en proteínas. Antes, como cazadores nómadas, los yanomamo
satisfacían fácilmente su necesidad de proteínas consumiendo animales del
bosque, como tapires, ciervos, pécaris, osos hormigueros, armadillos, monos,
pacas, agutíes, cocodrilos, lagartos, serpientes y tortugas. Con el crecimiento
en la densidad demográfica provocado por la eficiencia de la horticultura,
estos animales se cazaron con una intensidad sin precedentes. Como es bien sabido,
las poblaciones de animales del bosque se exterminan fácilmente o se alejan con
la caza intensiva. En la época anterior al contacto, las tribus amazónicas con
poblaciones densas evitaron una consecuencia similar explotando la pesca de sus
hábitats ribereños. Sin embargo, los yanomamo no pudieron hacer lo mismo.
Los especialistas amazónicos jane y Eric Ross sugieren
que las constantes fisiones y venganzas de sangre [leuding] entre las aldeas
yanomamo tienen su explicación en la escasez de proteínas, no en los excedentes
libidinales. Estoy de acuerdo. Los yanomamo se
han comido el bosque -no sus árboles, sino sus animales- y están sufriendo
las consecuencias en forma de intensificación de la guerra, traición e
infanticidio, y una brutal vida sexual.
Los mismos yanomamo tienen dos palabras para el
hambre: una denota un estómago vacío y la otra un estómago lleno que ansía
carne. El hambre de carne es un tema constante en el canto y la poesía
yanomamo, y la carne es el foco de sus festines. Según relato de su cautiverio
de Elena Valero, uno de los pocos medios de que dispone una mujer para poder
humillar a un hombre era quejarse de su pobre actuación como cazador. Los
cazadores deben alejarse cada vez más de las aldeas yanomamo para no volver con
las manos vacías. Son necesarias expediciones de diez o doce días para retornar
con cantidades importantes de grandes animales. El mismo Chagnon nos cuenta que
participó en una expedición en una zona en la que «no se ha cazado durante
décadas» sin recoger carne suficiente para alimentar siquiera a los miembros de
la expedición. Puesto que la típica aldea yanomamo está a menos de un día de
camino de la aldea vecina más cercana, las expediciones prolongadas cruzan y
vuelven a cruzar, inevitablemente, los territorios de caza utilizados por otras
aldeas. Estas aldeas compiten por el mismo recurso escaso y éste no consiste en
mujeres, sino en proteínas.
Prefiero esta solución al enigma del macho salvaje,
pues explica en términos prácticos por qué las mujeres yanomamo colaboran
activamente en su propia explotación matando y descuidando más a sus hijas que
a sus hijos. Es verdad que los hombres yanomamo prefieren los segundos a las
primeras. Una mujer que decepciona a su marido por no criar hijos caerá
indudablemente en desgracia ante él y correrá el riesgo de ser golpeada más a
menudo. Sin embargo, creo que las mujeres, si les interesara, podrían invertir
fácilmente la proporción entre los sexos en favor de las hembras. Las mujeres
dan a luz en el bosque, lejos de la aldea, sin que los hombres estén presentes.
Esto significa que podrían practicar el infanticidio selectivo de los varones
con toda impunidad después del nacimiento de su primer hijo. Además, no les
falta infinidad de oportunidades de practicar la negligencia selectiva contra
todos sus hijos varones sin correr el riesgo de que sus maridos lo descubran o
tomen represalias. Por lo menos puedo
citar un buen ejemplo de cómo las mujeres pueden ejercer un control soberano
sobre la proporción entre los sexos. Chagnon dice que una vez vio cómo una
«madre joven, bien alimentada y regordeta», consumía un alimento (probablemente
puré de plátanos) que fácilmente podría comer una criatura. Junto a ella estaba
su hijo de dos años «demacrado, sucio y casi muerto de hambre», que extendía la
mano en busca de algo de este alimento, Chagnon preguntó a la madre por qué no
daba de comer a su hijo; ésta le explicó que había padecido un caso grave de
diarrea algún tiempo atrás y había dejado de dar de mamar. Como consecuencia,
la leche de la madre se había agotado y no tenía nada para darle. Decía que no
servirían otros alimentos porque «nó sabía cómo comerlos». Chagnon insistió
entonces «en que compartiera su alimento con el hijo». El niño comió
vorazmente, lo que llevó a Chagnon a concluir que lo «estaba dejando morir de
hambre lentamente».
La razón práctica y mundana para matar y descuidar
sistemáticamente a más niñas que niños no puede consistir sencillamente en que
los hombres obligan a las mujeres a hacerlo. Hay demasiadas oportunidades, como
ilustra el ejemplo que he acabado de presentar, para eludir y burlar los deseos
del hombre en esta cuestión. Más bien, la base efectiva de las prácticas de
crianza de las mujeres yanomamo es su propio interés en criar más muchachos que
muchachas. Este interés está arraigado en el hecho de que ya hay demasiados
yanomamo en relación con su capacidad para explotar su hábitat. Una proporción
mayor de hombres respecto a mujeres significa más proteínas per cápita (puesto
que los hombres son los cazadores) y una tasa menor de crecimiento demográfico.
También significa más guerras. Pero la guerra es el precio que pagan los
yanomamo, al igual que los maríng, por criar hijos cuando no pueden criar
hijas. Sólo que los primeros pagan mucho más caro este privilegio, puesto que
ya han degradado la capacidad de sustentación de su hábitat.
Algunos movimientos de liberación de la mujer que
reconocen la función de la guerra en relación con el sexismo insisten, sin
embargo, en que las mujeres son las víctimas de una conspiración masculina
puesto que sólo se les enseña a los hombres cómo matar con armas. Les gustaría
saber por qué no se les enseña también a las mujeres las artes marciales. ¿Una
aldea yanomamo en la que tanto los hombres como las mujeres esgrimieran arcos y
palos no sería una fuerza de combate más imponente que otra en la que las mujeres
simplemente se apiñan en la oscuridad esperando su destino?
¿Por qué debe concentrarse el esfuerzo de
embrutecimiento en los hombres? ¿Por qué no se enseña a hombres y mujeres a
manejar la tecnología de la agresión? Estas son preguntas importantes. Pienso
que la respuesta tiene que ver con el problema de adiestrar a los seres humanos
-de uno u otro sexo- a ser despiadados y feroces. A mi modo de ver, hay dos
estrategias clásicas que utilizan las sociedades para hacer a la gente cruel.
Una es estimular la crueldad ofreciendo alimentos, confort y salud corporal como
recompensa a las personalidades más crueles. La otra consiste en otorgarles los
mayores privilegios y recompensas sexuales. De estas dos estrategias, la
segunda es la más eficaz porque la privación de alimentos, confort y salud
corporal es contraproducente desde el punto de vista militar. Los yanomamo
necesitan gente con una fuerte motivación para matar, pero deben ser fuertes y
robustos si quieren cumplir sus funciones sociales, El sexo es el mejor
refuerzo para condicionar personalidades crueles puesto que la privación sexual
aumenta en lugar de disminuir la capacidad de lucha. Mi argumento se opone aquí
a mucha pseudociencia concebida según la imagen de nuestros propios machistas
tribales tales como Sigmund Freud, Konrad Lorenz y Robert Ardrey. Nuestra sabiduría
recibida en esta cuestión consiste en que los varones son naturalmente más
agresivos y feroces porque el papel del sexo masculino es evidentemente
agresivo. Pero el vínculo entre sexo y agresión es tan artificial como el
vínculo entre infanticidio y guerra, El sexo es fuente de energía agresiva y
comportamiento cruel sólo porque los sistemas sociales machistas expropian las
recompensas sexuales, las distribuyen entre los varones agresivos y las niegan
a los varones no agresivos, pasivos. Francamente, no veo ninguna razón por la
que no se podría imponer el mismo tipo de embrutecimiento a las mujeres. El
mito de la mujer maternal, tierna, pasiva por instinto, es simplemente un eco
creado por la mitología machista concerniente a la crueldad instintiva de los
hombres. Si sólo se permitiera a las hembras «masculinizadas» y feroces tener
relaciones sexuales con los varones, no tendríamos dificultad alguna en lograr
que todos creyeran que las hembras son agresivas y crueles por naturaleza.
Si se utiliza el sexo para estimular y controlar el
comportamiento agresivo, entonces se sigue que ambos sexos no pueden
embrutecerse simultáneamente en el mismo grado. Uno u otro sexo debe ser
adiestrado a ser dominante, Ambos no pueden serlo a la vez. Embrutecer a ambos
equivaldría a provocar una guerra declarada entre los dos sexos. Entre los
yanomamo esto significaría una lucha armada entre hombres y mujeres por el
control de unos sobre otros como recompensa por sus hazañas en el campo de
batalla. En otras palabras, para hacer del sexo una recompensa al valor, se
debe enseñar a uno de los sexos a ser cobarde.
Estas consideraciones me llevan a una ligera
corrección del paradigma de los movimientos de liberación de la mujer: «la
anatomía no es el destino». La anatomía humana es el destino bajo, ciertas
condiciones. Cuando la guerra era un medio destacado de control demográfico y
cuando la tecnología de la guerra consistía principalmente en primitivas armas
de mano, los estilos de vida machistas estaban necesariamente en ascenso. En la
medida en que ninguna de estas condiciones vale para el mundo actual, los movimientos
de liberación de la mujer tienen razón cuando predicen el declive ale los
estilos de vida machistas. Debo agregar que el ritmo de este declive y las
perspectivas últimas de igualdad sexual dependen de la eliminación ulterior de
las fuerzas policiales y militares convencionales. Esperemos que esto ocurra
como consecuencia de la eliminación de la necesidad de policía o personal
militar y no como consecuencia de perfeccionar tácticas bélicas que no dependan
de la fuerza física. En poco superaríamos a los yanomamo si el resultado neto
de la revolución sexual fuera una posición segura para las mujeres al frente de
las partidas de la porra o de los puestos de mando nucleares.
El Potlatch
Algunos de los estilos de vida más enigmáticos
exhibidos en el museo de etnografía del mundo llevan la impronta de un extraño
anhelo conocido como el “impulso de prestigio”. Según parece, ciertos pueblos
están tan hambrientos de aprobación social como otros lo están de carne. La
cuestión enigmática no es que haya gentes que anhelen aprobación social, sino
que en ocasiones su anhelo parece volverse tan fuerte que empiezan a competir
entre sí por el prestigio como otras lo hacen por tierras o proteínas o sexo. A
veces esta competencia se hace tan feroz que parece convertirse en un fin en sí
misma. Toma entonces la apariencia de una obsesión totalmente separada de, e
incluso opuesta directamente a, los cálculos racionales de los costos
materiales.
Vance Packard tocó una fibra sensible cuando describió
a los Estados Unidos como una nación de buscadores competitivos de status.
Parece ser que muchos americanos pasan toda su vida intentando ascender cada
vez más alto en la pirámide social simplemente para impresionar a los demás. Se
diría que estamos más interesados en trabajar para conseguir que la gente nos
admire por nuestra riqueza que en la misma riqueza, que muy a menudo no
consiste sino en baratijas de cromo y objetos onerosos e inútiles. Es asombroso
el esfuerzo que las gentes están dispuestas a realizar para obtener lo que
Thorstein Veblen describió como la emoción vicaria de ser confundidos con
miembros de una clase que no tiene que trabajar. Las mordaces expresiones de
Veblen “consumo conspicuo” y “despilfarro conspicuo” recogen con exactitud un
sentido del deseo especialmente intenso de “no ser menos que los vecinos” que
se oculta tras las incesantes alteraciones cosméticas en las industrias de la
automoción, de los electrodomésticos y de la prendas de vestir.
A principios del siglo actual, los antropólogos se
quedaron sorprendidos al descubrir que ciertas tribus primitivas practicaban un
consumo y un despilfarro conspicuos que no encontraban parangón ni siquiera en
la más despilfarradora de las modernas economías de consumo. Hombres
ambiciosos, sedientos de status competían entre sí por la aprobación social
dando grandes festines. Los donantes rivales de los festines se juzgaban unos a
otros por la cantidad de comida que eran capaces de suministrar, y un festín tenía
éxito sólo si los huéspedes podían comer hasta quedarse estupefactos, salir
tambaleándose de la casa, meter sus dedos en la garganta, vomitar y volver en
busca de más comida.
El caso más extraño de búsqueda de status se descubrió
entre los amerindios que en tiempos pasados habitaban las regiones costeras del
sur de Alaska, la Columbia Británica y el estado de Washington. Aquí los
buscadores de status practicaban lo que parece ser una forma maniaca de consumo
y despilfarro conspicuos conocida como potlatch. El objeto del potlatch era
donar o destruir más riqueza que el rival. Si el donante del potlatch era un
jefe poderoso, podía intentar avergonzar a sus rivales y alcanzar admiración
eterna entre sus seguidores destruyendo alimentos, ropas y dinero. A veces
llegaba incluso a buscar prestigio quemando su propia casa.
Ruth Benedict ha hecho famoso el potlatch en su libro
Patterns of Culture, que describe cómo funcionaba el potlatch entre los
kwakiutl, habitantes aborígenes de la Isla de Vancouver. Benedict pensaba que
el potlatch formaba parte de un estilo de vida megalómano característico de la
cultura kwakiutl en general. Era “la taza” que Dios les había otorgado para que
bebieran de ella. Desde entonces, el potlatch ha sido un monumento a la
creencia de que las culturas son las creaciones de fuerzas inescrutables y personalidades
perturbadas. Como consecuencia de la lectura de Patterns of Culture, los
expertos en muchos campos concluyeron que el impulso de prestigio hacía
completamente imposible cualquier intento de explicar los estilos de vida en
términos de factores prácticos y mundanos.
Quiero mostrar aquí que el potlatch kwakiutl no era el
resultado de caprichos maniacos, sino de condiciones económicas y ecológicas
definidas. Cuando estas condiciones están ausentes, la necesidad de ser
admirados y el impulso de prestigio se expresan en prácticas de estilos de vida
completamente diferentes. El consumo no conspicuo sustituye al consumo
conspicuo, se prohíbe el despilfarro conspicuo y no hay buscadores competitivos
de status.
Los kwakiutl solían vivir en aldeas de casas de
madera, próximas a la costa y en medio de bosques de lluvias de cedros y
abetos. Pescaban y cazaban en los fiordos y estrechos salpicados de islas de
Vancouver en enormes canoas. Siempre ávidos de atraer a los comerciantes,
hacían destacar sus aldeas erigiendo en la playa los troncos de árboles
esculpidos que erróneamente hemos llamado “postes totémicos”. Los grabados en
estos postes simbolizaban los títulos ancestrales que reivindicaban los jefes
de la aldea.
Un jefe kwakiutl nunca estaba satisfecho con el
respeto que le dispensaban sus propios seguidores y jefes vecinos. Siempre
estaba inseguro de su status. Es verdad que los títulos de la familia que
revindicaba pertenecían a sus antepasados. Pero había otras gentes que podían
trazar la filiación desde los mismos antepasados y que tenían derecho a
rivalizar con él por el reconocimiento como jefe. Por tanto, todo jefe se creía
en la obligación de justificar y validar sus pretensiones a la jefatura, y la
manera prescrita de hacerlo era celebrar potlatches. Estos eran ofrecidos por
un jefe anfitrión y sus seguidores en honor de otro jefe, que asistía en
calidad de huésped, y sus seguidores. El objeto del potlatch era mostrar que el
feje anfitrión tenía realmente derecho a su status y que era más magnánimo que
el huésped. Para demostrarlo, donaba al jefe rival y a sus seguidores una gran
catidad de valiosos regalos. Los huéspedes menos preciaban lo que recibían y
prometían dar a cambio un nuevo potlatch en el cual su propio jefe demostraría
que era más importante que el anfitrión anterior, devolviendo cantidades
todavía mayores de regalos de más valor.
Los preparativos para el potlatch exigían la
acumulación de pescado seco y fresco, aceite de pescado, bayas, pieles de
animales, mantas y otros objetos de valor. El día fijado, los huéspedes remaban
en sus canoas hasta la aldea del anfitrión y penetraban en la casa del jefe.
Allí se atiborraban de salmón y bayas silvestres, mientras les entretenían
danzarines disfrazados de dioses castor y pájaros-trueno.
El jefe anfitrión y sus seguidores disponían en
montones bien ordenados la riqueza que se iba a distribuir. Los visitantes
miraban hoscamente a su anfitrión, quien se pavoneaba de un lado para otro,
jactándose de lo que les iba a dar. A medida que iba contando las cajas de
aceite de pescado, las cestas llenas de bayas, y los montones de mantas,
comentaba en plan burlón la pobreza de sus rivales. Finalmente, los huéspedes,
cargados de obsequios, eran libres de regresar en sus canoas a su propia aldea.
Herido en su amor propio, el jefe huésped y sus seguidores prometían
desquitarse. Esto sólo se podía conseguir invitando a sus rivales a participar
en un nuevo potlatch y obligándoles a aceptar cantidades de objetos de valor
aun mayores que las recibidas con anterioridad. Si consideramos todas las
aldeas kwakiutl como una sola unidad, el potlatch estimulaba un flujo incesante
de prestigio Y objetos de valor que circulaban en direcciones opuestas.
Un jefe ambicioso y sus seguidores tenían rivales de
potlatch en varias aldeas diferentes a la vez. Especialistas en el cómputo de
los bienes vigilaban de cerca lo que se debía realizar en cada aldea para
igualar la partida. Aunque un jefe lograra vencer a sus rivales en un lugar,
todavía tendría que enfrentarse a sus adversarios en otro.
En el potlatch, el jefe anfitrión solía decir cosas
como estas: “Soy el único gran árbol. Que venga vuestro contador de bienes para
que en vano trate de contar la riqueza que se va a distribuir”. Entonces los
seguidores del jefe exigían silencio a los huéspedes, advirtiéndoles: “Tribus,
no hagáis ruido. Callaos o provocaremos una avalancha de riqueza de nuestro
jefe, la montaña sobresaliente”. En algunos casos, no se distribuían mantas y
otros objetos de valor, sino que se destruían. A veces los jefes célebres por
su magnificencia decidían dar “festines de grasa”, en los que vertían cajas de
aceite, obtenido del enlacon o “pez bujía”, al fuego situado en el centro de la
casa. Mientras las llamas chisporroteaban, un humo oscuro y denso llenaba la
habitación. Los huéspedes permanecían impasibles en sus asientos o incluso se
quejaban del ambiente frío mientras el destructor de riqueza declamaba: “Soy el
único en la tierra, el único en el mundo entero que consigue elevar este humo
desde el comienzo del año hasta el final para las tribus invitadas”. En algunos
festines de grasa, las llamas incendiaban los tablones de potlatch, causando la
mayor de las vergüenzas entre los huéspedes y gran regocijo entre los
anfitriones.
Según Ruth Benedict, el anhelo obsesivo de status de
los jefes kwakiutl era la causa de los potlatches. “Juzgados por las pautas de
otras culturas”, escribía, “los discursos de sus jefes son pura megalomanía”.
“El objeto de todas las empresas de los kwakiutl era mostrarse superior a los
rivales.” Según su opiniòn, todo el sistema económico aborigen del Noroeste del
Pacífico “estaba al servicio de esta obsesión”.
Pienso que Benedict se equivocaba. El sistema
económico de los kwakiutl no estaba puesto al servicio de la rivalidad de
status; antes bien la rivalidad de status se orientaba al servicio del sistema
económico.
Todos los ingredientes básicos de los festines
kwakiutl, salvo sus aspectos destructivos, están presentes en las sociedades
primitivas ampliamente dispersas por partes diferentes del mundo. En su núcleo
fundamental el potlatch es un festín competitivo, un mecanismo casi universal
para asegurar la producción y distribución de riqueza entre pueblos que todavía
no han desarrollado plenamente una clase dirigente.
Melanesia y Nueva Guinea ofrecen la mejor oportunidad
para estudiar la donación de festines competitivos en condiciones relativamente
prístinas. En toda esta región, están los llamados “grandes hombres” (big men),
que deben su status superior al gran número de festines que cada uno ha
patrocinado durante su vida. Los hombres que aspiren a tal condición deben
realizar un esfuerzo intensivo para acumular la riqueza necesaria que exige la
donación de un festín.
Por ejemplo, entre el pueblo de habla kaoka de las
Islas Salomón, el individuo sediento de status inicia su carrera mandando a su
esposa e hijos cultivar huertos de ñame más grandes. Como ha descrito el
antropólogo australiano Ian Hogbink, el kaoka que desea convertirse en “gran
hombre” consigue que sus parientes y compañeros de edad le ayuden a pescar.
Después, pide a sus amigos cerdas y aumenta el tamaño de su piara. Cuando han
nacido las crías, aloja los animales adicionales entre sus vecinos. Pronto parientes
y amigos presienten que el joven va a tener éxito. Ven sus grandes huertos y su
gran piara de cerdos y redoblan sus propios esfuerzos para hacer memorable el
próximo festín. Desean que el joven candidato recuerde que ellos le han ayudado
cuando se convierta en un “gran hombre”. Finalmente todos se reúnen y
construyen una casa muy hermosa. Los hombres emprenden una última expedición de
pesca. Las mujeres recogen ñames y leña, hojas de bananas y cocos. Cuando
llegan los huéspedes (como sucede con el potlatch), la riqueza está repartida
en montones bien ordenados y se exhibe para que todos la cuenten y admiren.
El día en que un joven llamado Atana dio un festín,
Hogbin contó los siguientes artículos: doscientas cincuenta libras de pescado
seco, tres mil tartas de ñame y coco, once grandes cuencos de budín de ñame y
ocho cerdos. Todo esto era el resultado directo del esfuerzo de trabajo extra
organizado por Atana. Pero algunos de los huéspedes, anticipando un
acontecimiento importante, trajeron presentes que se agregaron a los artículos
anteriores. Sus aportaciones elevaron el total a trescientas libras de pescado,
cinco mil tartas, diecinueve cuencos de budín y trece cerdos. Atana procedió a
dividir esta riqueza en doscientas cincuenta y siete pares, una para cada
persona que le había ayudado o le había traído regalos, recompensando a algunos
más que a otros. “Atana sólo se quedó con los restos”, señala Hogbien. Esto es
normal entre los buscadores de status en Guadalcanal, donde siempre se dice:
“El donante del festín se queda con los huesos y las tartas estropeadas; la
carne y la manteca es para los otros”.
La actividad del “gran hombre”, al igual que la de los
jefes del potlatch, no conoce descanso. Ante la amenaza de verse reducido al
status de plebeyo, el “gran hombre” está siempre atareado con los planes y
preparativos para el siguiente festín. Puesto que hay varios “grandes hombres”
por aldea y comunidad, estos planes y preparativos llevan a menudo a complejas
maquinaciones competitivas para obtener el apoyo de parientes y vecinos. Los
“grandes hombres” trabajan y se preocupan más, pero consumen menos que
cualquier otro. El prestigio es su única recompensa.
Podemos describir al “gran hombre” como un emprensario
–trabajador, los rusos les llaman “stajanovistas- que presta importantes
servicios a la sociedad al aumentar el nivel de producción. Como consecuencia
de su anhelo de status, hay más gente que trabaja mucho más y produce más
alimentos y otros objetos de valor.
En condiciones en las que todos tienen igual acceso a
los medios de subsistencia, la donación de festines competitivos cumple la
función práctica de impedir que la fuerza de trabajo retroceda a niveles de
productividad que no ofrecen ningún margen de seguridad en crisis tales como la
guerra o la pérdida de cosechas. Además, puesto que no hay instituciones
políticas formales capaces de integrar las aldeas independientes en una
estructura económica común, la donación de festines competitivos crea una extensa
red de expectativas económicas. Esto tiene como consecuencia aunar el esfuerzo
productivo de poblaciones mayores que las que puede movilizar una aldea
determinada. Finalmente, la donación de festines competitivos actúa como un
compensador automático de las fluctuaciones anuales en la productividad entre
un conjunto de aldeas que ocupan diferentes microambientes: hábitats de la
costa, de lagunas o de altiplanos. Automáticamente, los festines más
importantes de un año dado tendrán como anfitriones a las aldeas que han gozado
de las condiciones de pluviosidad, temperatura y humedad más favorables para la
producción.
Todos estos puntos se aplican a los kwakiutl. Los
jefes kwakiutl se asemejan a los «grandes hombres» melanesios, salvo en que
operaban con un inventario tecnológico mucho más productivo y en un medio
ambiente más rico. Como éstos, competían entre sí para atraer hombres y mujeres
a sus aldeas. Los jefes de rango más alto eran los mejores proveedores y daban
los potlatches más importantes. Los seguidores del jefe participaban
indirectamente en su prestigio y le ayudaban a conseguir honores más altos. Los
jefes mandaban esculpir los «postes totémicos». Estos eran en realidad anuncios
grandiosos cuya altura y audaz traza proclamaban que allí había una aldea con
un jefe poderoso capaz de realizar grandes obras, y de proteger a sus
seguidores del hambre y de la enfermedad. Al reivindicar los derechos
hereditarios a los timbres de animales esculpidos en los postes, los jefes
estaban diciendo en realidad que eran grandes proveedores de alimentos y
confort. El potlatch era un medio de comunicar a sus rivales que o igualaran
sus logros o se callaran.
Pese a la tensión competitiva manifiesta del potlatch,
éste servía en los tiempos aborígenes para transferir alimentos y otros objetos
de valor de centros con alta productividad a aldeas menos afortunadas. Podría
decir esto incluso de una manera más fuerte: gracias al impulso competitivo, se
aseguraban estas transferencias, Debido a las fluctuaciones impredecibles en
las migraciones de los peces y en las cosechas de frutos silvestres y de
vegetales, la donación de potlatches entre aldeas constituía una ventaja desde
el punto de vista de la población regional como un todo. Cuando los peces
desovaban en ríos cercanos y las bayas maduraban al alcance de la mano, los
huéspedes del último año se convertían en los anfitriones del presente año. En
los tiempos aborígenes el potlatch significaba que todos los años los ricos
alaban y los pobres recibían. Todo lo que un pobre tenía que hacer para comer
era admitir que el jefe rival era un «gran hombre».
¿Por qué escapó a la atención de Ruth Benedict la base
práctica del potlatch? Los antropólogos comenzaron a estudiar el potlatch mucho
tiempo después que los pueblos aborígenes del Noroeste del Pacífico entablaran
relaciones comerciales y de trabajo asalariado con los comerciantes y colonos
rusos, ingleses, canadienses y americanos. Este contacto provocó rápidamente
epidemias de viruela y otras enfermedades europeas que exterminaron una gran
parte de la población nativa. Por ejemplo, la población de los kwakiutl
disminuyó de 23.000, en 1836, a 2.000, en 1886. Este descenso intensificó
automáticamente la competencia por la mano de obra. Al mismo tiempo, los
salarios pagados por los europeos inyectaron cantidades de riqueza sin
precedentes en la red de potlatches. Los kwakiutl recibieron de la Compañía de
la Bahía de Hudson millares de mantas a cambio de pieles de animales. En los
grandes potlatches, estas mantas sustituyeron a los alimentos como el artículo
más importante a donar. La población en descenso pronto se encontró con más
mantas y objetos de valor que los que podían consumir. Sin embargo, la
necesidad de atraer a seguidores era mayor que nunca, debido a la escasez de
mano de obra. De ahí que los jefes del potlatch ordenaran la destrucción de los
bienes con la vana esperanza de que estas espectaculares demostraciones de
opulencia atrajeran de nuevo a la gente a las aldeas vacías, Pero éstas eran
prácticas de una cultura en vías de desaparición que luchaba por adaptarse a un
nuevo conjunto de condiciones políticas y económicas; guardaban poca semejanza
con el potlatch de los tiempos aborígenes.
La donación de festines competitivos tal como es
concebida, narrada e imaginada por los participantes difiere mucho de la
donación de festines competitivos considerada como adaptación a las
oportunidades y constreñimientos materiales. En la elaboración onírica social
-la conciencia de z los participantes de los estilos de vida- constituye una
manifestación del anhelo insaciable de prestigio del «gran hombre» o -del jefe
del potlatch. Pero desde el punto de vista adoptado en este libro, el anhelo
insaciable de prestigio es una manifestación de la donación de festines. Cada
sociedad se sirve de la necesidad de aprobación social, pero no todas las
sociedades vinculan el prestigio con el éxito en la donación de festines
competitivos.
Para comprender adecuadamente su papel como fuente de
prestigio debemos abordar este hecho desde la perspectiva evolutiva. Los
«grandes hombres» como Atana o los jefes kwakiutl llevan a cabo una forma de
intercambio económico conocida como redistribución. Es decir, reúnen los
resultados del esfuerzo productivo de muchos individuos y después redistribuyen
la riqueza acumulada en cantidades diferentes entre un grupo distinto de
personas. Como he dicho, el «gran hombre» o redistribuidor kaoka trabaja mucho
y se preocupa más, pero consume menos que cualquier otro en la aldea. No cabe
decir lo mismo del jefe redistribuidor kwakiutl. Los jefes importantes del
potlatch realizaban las funciones empresariales y directivas necesarias para un
gran potlatch, pero prescindiendo de alguna que otra expedición de pesca o de
caza de leones marinos, dejaban el trabajo duro para sus seguidores. Los jefes
más importantes del potlatch tenían incluso cautivos de guerra trabajando para
ellos como esclavos. Desde el punto de vista de los privilegios de consumo, los
jefes kwakíuti habían empezado a invertir la fórmula de los kaoka, quedándose
con algo de la «carne y la manteca» para sí y dejando la mayor parte de los
«huesos y las tartas estropeadas» para sus seguidores.
Siguiendo la línea evolutiva que conduce desde Atana,
el «gran hombre» trabajador-empresario empobrecido, hasta los jefes kwakiutl
semihereditarios, terminamos en las sociedades estatales gobernadas por reyes
hereditarios que no realizan ningún trabajo industrial o agrícola básico y que
guardan para sí la mayor parte y lo mejor de todas las cosas. A este nivel
imperial, los poderosos gobernantes por derecho divino mantienen su prestigio
construyendo vistosos palacios, templos y gigantescos monumentos, y hacen valer
sus derechos a los privilegios hereditarios contra todos los posibles
aspirantes no mediante el potlatch, sino por la fuerza de las armas. Si
invertimos la dirección, podemos pasar de los reyes a los jefes del potlatch y
a los «grandes hombres», y de éstos a los estilos de vida igualitarios en los
cuales desaparece toda ostentación competitiva o consumo conspicuo de índole
individual, y en los que cualquier persona lo bastante estúpida par a jactarse
de lo importante que es resulta acusada de brujería y lapidada.
En las sociedades realmente igualitarias que han
sobrevivido el tiempo suficiente para ser estudiadas por los antropólogos, no
aparece la redistribución en forma de donación de festines competitivos. En vez
de ello, predomina la forma de intercambio conocida como reciprocidad. La
reciprocidad es el término técnico para un intercambio económico que tiene
lugar entre dos individuos en el que ninguno especifica con precisión qué es lo
que espera como recompensa ni cuándo lo espera, Superficialmente, los intercambios
recíprocos no se parecen en nada a los intercambios. No se especifican las
expectativas de una parte ni las obligaciones de la otra, Un grupo puede
continuar recibiendo de otro durante bastante tiempo sin que el donante oponga
resistencia alguna ni el receptor manifieste turbación. Sin embargo, no podemos
considerar la transacción como puro regalo. Subyace una expectativa de
devolución, y sí el equilibrio entre los dos individuos se sale de madre,
finalmente el donante comenzará a quejarse y a chismorrear. Se mostrará interés
por la salud y cordura del receptor, y si la situación no mejora, la gente
empezará a sospechar que el receptor está poseído por espíritus malignos o que
practica la brujería, Es probable que en las sociedades igualitarias los individuos
que violan persistentemente las normas de reciprocidad sean de hecho psicóticos
y constituyan una amenaza para su comunidad.
Podemos hacernos alguna idea de lo que significan los
intercambios recíprocos pensando en la manera en que intercambiamos bienes y
servicios con nuestros parientes o amigos íntimos. Por ejemplo, suponemos que
los hermanos no calculan el valor exacto en dólares de todo lo que hacen el uno
por el otro. Deben sentirse libres para prestarse mutuamente sus camisas o sus
discos y no dudan en pedirse favores. Cuando se trata de hermanos o amigos,
ambas partes aceptan el principio de que aunque se dé más de lo que se recibe,
esto no afectará a la relación de solidaridad entre ellos. Si un amigo invita a
otro a comer, no debe vacilar en ofrecer o aceptar una segunda o tercera
invitación, aun cuando no se haya correspondido todavía a la primera comida, No
obstante, también hay límites, pues al cabo de cierto tiempo la obligación de
reciprocidad no saldada empieza a parecerse sospechosamente a la explotación.
En otras palabras, todo el mundo quiere considerarse generoso pero nadie desea
ser tildado de chupón. Esto es precisamente el dilema que se nos plantea en
Navidad cuando intentamos recurrir al principio de reciprocidad al elaborar
nuestras listas de compras. El regalo no puede ser ni demasiado barato ni
demasiado caro; y, sin embargo, nuestros cálculos deben parecer totalmente
casuales, por lo que quitamos la etiqueta del precio.
Pero para ver realmente la reciprocidad en acción hay
que vivir en una sociedad igualitario que carece de dinero y en la que nada se
puede comprar o vender. En la reciprocidad todo se opone al cómputo y cálculo
precisos de lo que una persona debe a otra. De hecho, la idea consiste en negar
que alguien posee realmente algo. Podemos decir si un estilo de vida se basa o
no en la reciprocidad sabiendo si la gente da o no las gracias. En sociedades
realmente igualitarias, es de mala educación agradecer públicamente la
recepción de bienes materiales o servicios. Por ejemplo, entre los semai de
Malaya central, nadie expresa nunca gratitud por la carne que un cazador
distribuye en partes exactamente iguales entre sus compañeros. Robert Dentan,
quien ha vivido con los semai, descubrió que dar las gracias era de muy mala
educación ya que sugería o bien que uno calculaba el tamaño del trozo de carne
recibido, o bien que se estaba sorprendido por el éxito y generosidad del
cazador.
En contraposición a la exhibición ostentosa del «gran
hombre» kaoka, a la palabrería jactancioso de los jefes del potlatch o a
nuestra propia ostentación de símbolos de status, los semai siguen un estilo de
vida en el que los que tienen mayor éxito deben ser los que menos llamen la
atención. En su estilo de vida igualitario, la búsqueda de status mediante
redistribución competitiva o cualquier forma de consumo o despilfarro
conspicuos es literalmente inconcebible. Los pueblos igualitarios sienten
repugnancia y temor ante la más ligera insinuación de ser tratados con
generosidad o de que una persona piense que es mejor que otra.
Richard Lee, profesor de la Universidad de Toronto,
cuenta una graciosa historia sobre el significado del intercambio recíproco
entre cazadores y recolectores igualitarios. Lee había seguido a los
bosquimanos durante la mayor parte del año por el desierto del Kalahari,
observando lo que comían. Los bosquimanos eran muy serviciales y Lee quiso
mostrarles su gratitud, pero no tenía nada que ofrecerles que no alterara su
dieta normal y su pauta de actividad habitual. Cuando se acercaban las
Navidades supo que probablemente los bosquimanos acamparían al borde del
desierto junto a aldeas en las que a veces obtenían carne mediante el comercio.
Con la intención de donarles un buey como regalo de Navidad, fue en su jeep de
aldea en aldea tratando de encontrar el buey más grande que pudiera comprar.
Finalmente localizó en una aldea lejana un animal de proporciones monstruosas,
cubierto con una gruesa capa de grasa. Como sucede con muchos pueblos
primitivos, los bosquimanos anhelan la carne grasienta porque los animales que
cazan son normalmente enjutos y correosos. Al volver al campamento, Lee llevó
aparte a sus amigos y les dijo uno a uno que había comprado el buey más grande
que jamás había visto y que les iba a dejar que lo sacrificaran en Navidad.
El primer hombre que oyó la buena noticia se alarmó
visiblemente. Preguntó a Lee dónde había
comprado el buey, de qué color era, cuánto medían sus cuernos, y movió después
la cabeza. «Conozco ese buey», dijo «¡Si sólo es huesos y pellejo! ¡Tienes que
haber estado borracho para comprar ese
despreciable animal! » Convencido de que su amigo no sabía realmente de
qué buey estaba hablando, Lee se lo confió a otros bosquimanos, encontrando la
misma reacción de asombro: «¿Has comprado este animal sin ningún valor?
Naturalmente nos lo comeremos», solían decir todos, «pero no nos saciará.
Comeremos y nos iremos a casa a dormir con las tripas rugiendo». Cuando
llegaron las Navidades y se sacrificó finalmente el buey, la bestia resultó
estar verdaderamente cubierta de una gruesa capa de grasa y fue devorada con
sumo placer. Había carne y grasa más que suficientes para todo el mundo. Lee se
dirigió a sus amigos e insistió en una explicación. «Sí, claro que supimos
desde el principio cómo era realmente el buey», admitió un cazador. «Pero,
cuando un joven sacrifica mucha carne llega a creerse un hombre importante o un
jefe, y considera a todos los demás como sus servidores o sus inferiores. No
podemos aceptar esto», continuó. «Rechazamos al que se jacta, porque algún día
su orgullo le llevará a matar a alguien. De ahí que siempre hablemos de la
carne que aporta como si fuera despreciable. De esta manera ablandamos su corazón y le hacemos amable.»
Los esquimales explicaban su temor a los donantes de
regalos demasiado jactanciosos y generosos con el proverbio: «Los regalos hacen
esclavos como los latigazos hacen perros». Y esto es exactamente lo que
sucedió. En la perspectiva evolutiva, los donantes de regalos hicieron al
principio regalos que provenían de su propio trabajo extra, pronto la gente se
encontró con que tenía que trabajar mucho más para corresponder recíprocamente
y hacer posible que los donantes les hicieran más regalos; finalmente, los donantes
de regalos se volvieron muy poderosos y ya no necesitaban someterse a las
reglas de reciprocidad. Podían obligar a la gente a pagar impuestos y a
trabajar para ellos sin redistribuir lo que guardaban en sus almacenes y
palacios. Por supuesto, como reconocen de vez en cuando políticos y «grandes
hombres» modernos, es más fácil obtener «esclavos» que trabajen para uno si se
les da de vez en cuando un gran festín en vez de azotarles todo el tiempo.
Si pueblos como los esquimales, los bosquimanos y los
semai comprendieron los peligros de donar regalos, ¿por qué permitieron otros
que prosperasen los donantes de regalos? Y, ¿por qué se permitió a los «grandes
hombres» henchirse de orgullo hasta el punto de esclavizar a la misma gente
cuyo trabajo hizo posible su gloria? Una vez más, sospecho que estoy a punto de
intentar explicar todo a la vez. Pero permitidme hacer algunas sugerencias.
La reciprocidad es una forma de intercambio económico
que se adapta principalmente a condiciones en las que la estimulación de un
esfuerzo productivo extra intensivo tendría un efecto adverso para la
supervivencia del grupo. Estas condiciones están presentes entre algunos
cazadores y recolectores como los esquimales, semai y bosquimanos, cuya
supervivencia depende totalmente del vigor de las comunidades naturales de
plantas y animales existentes en su hábitat. Si los cazadores ponen en práctica
de repente un esfuerzo concertado para capturar más animales y arrancar más
plantas, corren el riesgo de deteriorar permanentemente el aprovisiona- miento
de caza en su territorio.
Lee descubrió, por ejemplo, que los bosquimanos
trabajaban para su subsistencia sólo de diez a quince horas por semana. Este
descubrimiento destruye eficazmente uno de los mitos de pacotilla de la
sociedad industrial: a saber, que tenemos más tiempo libre en la actualidad que
antes. Los cazadores y recolectores primitivos trabajan menos que nosotros, sin
la ayuda de ningún sindicato, porque sus ecosistemas no pueden tolerar semanas
y meses de un esfuerzo extra intensivo. Entre los bosquimanos, las personalidades
stajanovistas que van de un lado para otro convenciendo a amigos y parientes
para que trabajen más prometiéndoles un gran festín, constituirían una clara
amenaza a la sociedad. Si consiguiera que sus seguidores trabajasen como los
kaoka durante un mes, el bosquimano que aspira a convertirse en «gran hombre»
exterminaría o ahuyentaría a millas de distancia a toda la caza, con lo que su
pueblo moriría de hambre antes de finalizar el afío. De ahí que entre los
bosquimanos predomine la reciprocidad y no la redistribución y que el mayor
prestigio corresponda al cazador seguro y discreto, que nunca se jacta de sus
hazañas y que evita cualquier insinuación de que hace un regalo cuando divide
el animal que ha matado.
La donación de festines competitivos y demás formas de
redistribución eliminó la dependencia primordial de la reciprocidad cuando fue
posible aumentar la duración e intensidad del trabajo sin infligir daños
irreversibles a la capacidad de sustentación del hábitat. Precisamente esto se
logró cuando los animales y plantas domesticados sustituyeron a los recursos
alimentarlos naturales. En líneas generales, cuanto más trabajo se dedica a
plantar y criar especies animales, mayor cantidad de alimentos se puede producir.
La única dificultad estriba en que la gente no trabaja habitualmente más que lo
estrictamente necesario. La redistribución fue la respuesta a este problema. La
redistribución comenzó a aparecer a medida que el trabajo requerido para
mantener un equilibrio recíproco con productores muy celosos y sedientos de
prestigio fue aumentando. A medida que los intercambios recíprocos se volvían
asimétricos, se convirtieron en regalos; y cuando éstos se acumularon, los
donantes de regalos fueron recompensados con prestigio y contraprestaciones.
Pronto predominó la redistribución sobre la reciprocidad y se otorgó mayor
prestigio a los donantes de regalos más jactanciosos y calculadores, que
engatusaban, avergonzaban y en última instancia obligaban a todo el mundo a
trabajar mucho más de lo que un bosquimano hubiera imaginado posible.
Como indica el ejemplo de los kwakiutl, las
condiciones adecuadas para el desarrollo de la donación de festines
competitivos y de la redistribución también estaban presentes a veces entre
poblaciones no agrícolas. Entre los pueblos costeros del Noroeste del Pacífico,
las migraciones anuales del salmón, de otros peces migratorios y de los
mamíferos marinos proporcionaban el equivalente ecológico de las cosechas
agrícolas. El salmón o el «pez bujía» migraban en cantidades tan enormes que
cuanto más trabajara la gente más peces podía capturar. Además, siempre que
pescaran con redes de inmersión aborígenes, sus capturas no podían influir en
las migraciones de desove y agotar el aprovisionamiento del próximo año.
Apartándonos momentáneamente de nuestro examen de los
sistemas de prestigio reciprocitarios y redistributivos, podemos conjeturar que
cualquier tipo principal de sistema político y económico utiliza el prestigio
de una forma característica. Por ejemplo, tras la aparición del capitalismo en
la Europa occidental, la adquisición competitiva de riqueza se convirtió una
vez más en el criterio fundamental para alcanzar el status de «gran hombre».
Sólo que en este caso los «grandes hombres» intentaban arrebatarse la riqueza
unos a otros, y se otorgaba mayor prestigio y poder al individuo que lograba
acumular y sostener la mayor fortuna. Durante los primeros años del
capitalismo, se confería el mayor prestigio a los que eran más ricos pero
vivían más frugalmente. Más adelante, cuando sus fortunas se hicieron más
seguras, la clase alta capitalista recurrió al consumo y despilfarro conspicuos
en gran escala para impresionar a sus rivales. Construían grandes mansiones, se
vestían con elegancia exclusiva, se adornaban con joyas enormes y hablaban con
desprecio de las masas empobrecidas. Entretanto, las clases media y baja
continuaban asignando, el mayor prestigio a los que trabajaban más, gastaban
menos y se oponían con sobriedad a cualquier forma de consumo y despilfarro
conspicuos. Pero como el crecimiento de la capacidad industrial comenzaba a
saturar el mercado de los consumidores, había que desarraigar a las clases
media y baja de sus hábitos vulgares. La publicidad y los medios de
comunicación de masas aunaron sus fuerzas para inducir a las clases media y
baja a dejar de ahorrar y a comprar, consumir, despilfarrar o gastar cantidades
de bienes y servicios cada vez mayores. De ahí que los buscadores de status de
la clase media confirieran el prestigio más alto al consumidor más importante y
más conspicuo.
Pero entretanto, los ricos se vieron amenazados por
nuevas medidas fiscales enderezadas a redistribuir su riqueza. El consumo
conspicuo por todo lo alto se hizo peligroso, volviéndose así de nuevo a
otorgar el mayor prestigio a los que tienen más pero lo demuestran menos. Y
como los miembros más prestigiosos de la clase alta ya no hacen alardes de su
riqueza, se ha eliminado también algo de la presión sobre la clase media para
participar en el consumo conspicuo. Esto me sugiere que el uso de pantalones vaqueros
rotos y el rechazo de un consumismo manifiesto entre la juventud actual de la
clase media tiene más que ver con la imitación de las corrientes establecidas
por la clase alta que con la llamada revolución cultural.
Una última cuestión. Como he mostrado, la sustitución
de la reciprocidad por la búsqueda competitiva de status hizo posible que
poblaciones humanas más extensas sobrevivieran y prosperaran en una región
determinada. Sin duda, la cordura de todo el proceso por el que la humanidad
fue embaucada para trabajar mucho más con vistas a alimentar más gente en
niveles de bienestar material sustancialmente iguales o incluso inferiores a
los que gozan pueblos como los esquimales o los bosquimanos, es perfectamente
cuestionable. La única respuesta que encuentro ante este desafío es que muchas
sociedades primitivas rehusaron aumentar su esfuerzo productivo y no lograron
incrementar la densidad de su población precisamente porque descubrieron que
las nuevas tecnologías de “ahorrar trabajo” significaban en realidad que tenían
que trabajar mucho más, así como sufrir un descenso en los niveles de vida.
Pero la suerte de estos pueblos primitivos estaba ya echada tan pronto como
alguno de ellos -no importa cuán lejos estuviera situado- cruzara el umbral de
la redistribución y alcanzara la estratificación total de clases que se
encuentra más allá de éste. Prácticamente todos los cazadores y recolectores
reciprocitarios fueron destruidos o desplazados forzosamente a zonas apartadas
por las sociedades más poderosas y más grandes que rnaximizaban la producción y
la población y estaban organizadas por clases gobernantes. En el fondo, esta
sustitución fue esencialmente una cuestión de la capacidad de las sociedades
más grandes, más densas y mejor organizadas para derrotar a los cazadores y
recolectores simples en un conflicto armado. Se trataba de trabajar más o de
perecer.
El “cargo” fantasma
He elegido hablar en este momento del cargo fantasma
porque está relacionado directamente con el intercambio redistributivo y el
sistema de “grandes hombres”. Tal vez no se vea inmediatamente la conexión.
Pero, después de todo, nada del cargo fantasma es inmediatamente evidente.
El escenario de la acción es una pista de aterrizaje
en la jungla en lo alto de las montañas de Nueva Guinea junto a ella se
encuentran hangares de techos de paja, una choza a modo de centro de
comunicaciones y una torre de balizamiento hecha de bambú. En tierra hay un
avión construido con palos y hojas. La pista de aterrizaje está guarnecida las
veinticuatro horas del día por un grupo de nativos que llevan adornos en la
nariz y brazaletes de conchas. Por la noche mantienen encendida una hoguera
como baliza. Esperan la llegada de un vuelo importante: aviones cargo repletos
de alimentos en conserva, ropas, radios portátiles, relojes de pulsera y
motocicletas. Los aviones serán pilotados por antepasados que han vuelto a la
vida. ¿Por qué se retrasan? Un hombre entra en la choza de la radio y da
órdenes al micrófono de lata. El mensaje se transmite por una antena construida
con cuerda y enredaderas: “¿Me recibís? Corto y cambio”. De vez en cuando
observan la estela de un reactor que cruza el cielo; a veces oyen el sonido de
motores lejanos. ¡Los antepasados están encima! Les están buscando. Pero los
blancos en las ciudades de allá abajo también están enviando mensajes. Los
antepasados se han confundido. Aterrizan en un aeropuerto equivocado.
La espera de barcos o aviones que traen antepasados y
cargo comenzó hace mucho tiempo. En los cultos más antiguos, los pueblos de la
costa esperaban una gran canoa. Más adelante, esperaron barcos de vela. En 1818
los líderes del culto oteaban el horizonte en busca de señales de humo de los
buques de vapor. Después de la Segunda Guerra Mundial, se esperaba a los
antepasados en lanchas de desembarco, transportadores de tropas y bombarderos
Liberator. En la actualidad llegan en “casas volantes” que se elevan más alto
que los aviones.
El mismo cargo se ha modernizado también. En los
primeros tiempos, cerillas, instrumentos de acero, y rollos de calicó
constituían la mayor parte del cargo fantasma. Después fueron sacos de arroz,
zapatos, carne y sardinas en lata, rifles, cuchillos, munición y tabaco.
Últimamente flotas fantasmas han estado transportando automóviles, radios y
motocicletas. Algunos profetas cargo de Irian Occidental predicen que buques de
vapor descargarán fábricas y acerías enteras.
Un inventario preciso del cargo sería engañoso. Los
nativos esperan una mejoría global en su nivel de vida. Los barcos y aviones
fantasmas traerán el inicio de una época totalmente nueva. Los muertos y los
vivos se reunirán, el hombre blanco será expulsado o sometido, y el trabajo
penoso abolido; no faltará nada. En otras palabras, la llegada del cargo
marcará el inicio del cielo en la tierra. Esta visión sólo difiere de las
descripciones occidentales cristianas del milenio y el fin de los tiempos por la
preeminencia extraña de los productos industriales. Reactores y antepasados;
motocicletas y milagros; radios y espíritus. Nuestras propias tradiciones nos
preparan para la salvación, la resurrección, la inmortalidad... pero, ¿con
aviones, coches y radios? No tenemos buques fantasmas. Sabemos de dónde
provienen estas cosas. ¿Lo sabemos?
Los misioneros y administradores gubernamentales dicen
a los nativos que el trabajo duro y las máquinas hacen que las cornucopias del
industrialismo liberen sus ríos de riqueza. Pero los profetas del cargo se
aferran a otras teorías. Insisten en que la riqueza material de la época
industrial se crea realmente en algún lugar lejano, no mediante medios
naturales, sino sobrenaturales. Los misioneros, comerciantes y funcionarios del
gobierno saben cómo obtener esta riqueza que se les envía en aviones o barcos; poseen
el “secreto del cargo”. La capacidad de los profetas nativos del cargo de
penetrar este secreto y entregar el cargo a sus seguidores sufre altibajos.
Las teorías nativas sobre el cargo evolucionan en
respuesta a condiciones que cambian continuamente. Antes de la Segunda Guerra
Mundial, los antepasados tenían piel blanca; después se dijo que se parecían a
los japoneses. Pero cuando las tropas americanas negras expulsaron a los
japoneses, se representó a los antepasados con piel negra.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la teoría del
cargo se centró a menudo en los americanos. En las Nuevas Hébridas, la gente
decidió que un soldado llamado John Frum era el Rey de América. Sus profetas
construyeron un aeropuerto en el que los bombarderos Liberator americanos
aterrizarían con un cargo de leche y helados. Las reliquias abandonadas en los
campos de batalla de las Islas del Pacífico demuestran que John Frum estuvo
allí. Un grupo cree que John Frum llevaba una guerrera de campaña del ejército
americano con galones de sargento y la cruz roja del cuerpo médico en las
mangas cuando prometió volver con el cargo. Se han erigido pequeñas cruces
rojas del cuerpo médico, cada una de ellas rodeada por una cerca bien hecha, en
toda la Isla de Tanna. Un jefezuelo de una aldea John Frum entrevistado en 1970
señalaba que “la gente ha esperado casi dos mil años el regreso de Jesucristo,
por lo tanto podemos seguir esperando a John Frum”.
En 1968, un profeta de la isla de Nueva Hanover en el
archipiélago Bismarck anunció que el secreto del cargo sólo era conocido por el
Presidente de los Estados Unidos. Los miembros del culto rehusaron pagar los
impuestos locales, lo que les permitió ahorrar 75.000 dólares para “comprar” a
Lyndon Johnson y hacerle Rey de Nueva Hanover si les revelaba el secreto.
En 1962, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos colocó
un gran señalizador de hormigón en la cima del Monte Turu cerca de Wewak, Nueva
Guinea. El profeta Yaliwan Mathias, estaba convencido de que los americanos
eran los antepasados y que el cargo se encontraba bajo el señalizador. En mayo
de 1971, después de una noche de oración con acompañamiento de música pop en
sus transistores, él y sus seguidores arrancaron el señalizador. No se encontró
ningún cargo. Yaliwan explicó que se lo habían llevado las autoridades. Sus
seguidores que habían aportado 21.500 dólares no perdieron la fe.
Es fácil descartar las creencias cargo como el delirio
de mentalidades primitivas: los líderes profetas son granujas consumados que se
aprovechan de la codicia, la ignorancia y credulidad de sus hermanos, o si son
sinceros, psicópatas que propagan sus ideas insensatas sobre cargo mediante
autohipnosis, hipnosis colectiva e histeria de masas. Esta sería una teoría
convincente si no hubiera ningún misterio sobre cómo se manufactura y se
distribuye la riqueza industrial. Pero de hecho no es fácil explicar por qué
algunas naciones son pobres y otras ricas, ni es fácil decir por qué hay
diferencias tan acusadas en la distribución de la riqueza dentro de las
naciones modernas. Lo que sugiero es que hay en realidad un misterio del cargo
y que los nativos están justificados en su intento de resolverlo.
Para penetrar el secreto del cargo, debemos
concentrarnos en un caso concreto. He elegido los cultos del área Madang de la
costa norte de Nueva Guinea australiana, que ha descrito Peter Lawrence en su
libro “Road Belong Cargo”.
Uno de los primeros europeos que visitó la costa
Madang fue un explorador ruso del siglo XIX, llamado Miklouho Maclay. Tan
pronto como el buque ancló en tierra, sus hombres empezaron a distribuir
regalos, hachas de acero, rollos de tela y otros objetos de valor. Los nativos
decidieron que los hombres blancos eran antepasados. Los europeos cultivaron
deliberadamente esta imagen no permitiendo nunca que los nativos presenciaran
la muerte de un hombre blanco: solían arrojar en secreto sus cuerpos al mar y explicaban
que los hombres desaparecidos habían vuelto al cielo.
En 1884, Alemania estableció el primer gobierno
colonial en Madang. Pronto le siguieron los misioneros luteranos, pero no
lograron atraer conversos. Una misión pasó trece años sin bautizar ni un solo
nativo. Los conversos tenían que ser sobornados con hachas de acero y
alimentos. Ahora tal vez se comprenda mejor por qué he dicho que el concepto de
“gran hombre” es pertinente. Como sucede con los “grandes hombres” nativos que
hemos descrito en el capítulo anterior, la credibilidad y legitimidad de los “grandes
hombres” de ultramar sólo se mantenía mientras hicieran reiterados regalos.
Daba lo mismo que fueran dioses o antepasados resucitados, salvo en que los
“grandes hombres” de origen divino debían hacer más regalos que los ordinarios.
No bastaba con cantar himnos ni con la promesa de salvación futura para
mantener el interés de los nativos. Estos deseaban y esperaban cargo: todo lo
que los misioneros y sus amigos recibían por barco de ultramar.
Como hemos visto, los “grandes hombres” deben
redistribuir su riqueza. Para los nativos nada hay peor que un “gran hombre”
tacaño. Los misioneros se negaban a ello claramente: retenían la “carne y la
manteca” para sí y donaban los “huesos y tartas estropeadas”. En los centros
misioneros, en las carreteras y en las plantaciones los nativos trabajaban duro
en previsión de un gran festín. ¿Por qué no se celebraba? En 1904 los nativos
tramaron matar a todos los “grandes hombres” tacaños, pero las autoridades descubrieron
la conspiración y ejecutaron a los cabecillas. A continuación se impuso la ley
marcial.
Después de esta derrota, los intelectuales nativos
empezaron a desarrollar nuevas teorías sobre el origen del cargo. Quienes
realizaban el cargo eran los antepasados nativos, no los europeos, pero los
europeos impedían que los nativos recibieran su parte. En 1912 se tramó una
segunda rebelión armada. Poco después estallaba la Primera Guerra Mundial. Los
“grandes hombres” alemanes huyeron, siendo sustituidos por otros de origen
australiano.
Desde entonces los nativos celebraron reuniones en las
que acordaron que era poco práctico una nueva resistencia armada. Evidentemente
los misioneros conocían el secreto del cargo. Por ende la única cosa que había
que hacer era obtener la información de ellos. Los nativos acudieron en tropel
a las iglesias y escuelas de la misión, convirtiéndose en cristianos
entusiastas y cooperadores. Prestaron gran atención a la siguiente historia. Al
principio Dios, llamado Anus en la mitología nativa, creó el Cielo y la Tierra.
Anus dio a Adán y Eva un paraíso repleto de cargo; todas las carnes enlatadas,
instrumentos de acero, arroz en bolsas y cerillas que podían utilizar. Cuando
Adán y Eva descubrieron el sexo, Anus les arrebató el cargo y envió el diluvio.
Anus enseño a Noé cómo construir un enorme buque de vapor de madera y le nombró
su capitán. Sem y Jafet obedecieron a Noé, su padre. Pero Cam era estúpido y le
desobedeció. Noé le quitó el cargo a Cam y lo envió a Nueva Guinea. Después de
haber vivido durante años en la ignorancia y las tinieblas, Anus se apiadó de
los hijos de Cam y mandó misioneros para reparar el error de Cam, diciendo:
“Debéis persuadir a sus descendientes para que vuelvan a mis caminos. Cuando me
sigan de nuevo les enviaré el cargo de la misma manera que ahora se lo envío a
los hombres blancos.
El gobierno y las misiones se animaron por el
incremento en la asistencia a la iglesia y la sobriedad respetuosa se los
neoconversos. Pocos blancos comprendieron hasta qué punto la interpretación
nativa del cristianismo se había desviado de la suya propia. Los sermones se
pronunciaban en “pidgin”, un compuesto de alemán, inglés y lenguas aborígenes.
Los misioneros sabían que los nativos interpretaban la frase “y Dios bendijo a
Noé” en el sentido de “y Dios dio a Noé cargo”. Y sabían que cuando citaban en
los sermones el Evangelio según Mateo: “Buscad primero el reino de Dios y su
justicia; y todas las demás cosas se os darán por añadidura”, los nativos
entendían el pasaje en el sentido de “los buenos cristianos serán recompensados
con cargo”. Pero también sabían que si la recompensa por la obediencia al
cristianismo se presentaba en un sentido totalmente espiritual y ajeno a este
mundo, los nativos no creerían en ellos o bien perderían interés y se
marcharían a la iglesia de otros. Para el nativo inteligente, el mensaje era
categórico y claro: Jesús y los antepasados iban a donar cargo a los fieles;
los paganos no sólo no conseguirían ningún cargo, sino que además arderían en
el Infierno. Así, durante los años veinte los líderes nativos cumplían
pacientemente sus obligaciones como cristianos; cantaban himnos, trabajaban por
unos pocos centavos a la hora, y mostraban respeto por los patrones blancos.
Pero en los años treinta, su paciencia había empezado a agotarse. Si el trabajo
duro trajera cargo, ya lo habrían conseguido. Habían descargado multitud de
barcos y aviones para sus patrones blancos, pero ningún nativo había recibido
jamás un solo paquete de ultramar.
Los catequistas y ayudantes de la misión estaban
especialmente irritados. Observaban de primera mano las diferencias
sustanciales existentes entre ellos mismos y los “grandes hombres” europeos. Y
observaron claramente cómo estas diferencias no disminuyeron pese a todo el
esfuerzo realizado en conseguir más conversos y ser buenos cristianos. Un
eminente ministro luterano, Rollan Hanselmann, entró en su iglesia un domingo
por la mañana en 1933 y descubrió que todos sus ayudantes nativos se
encontraban detrás de una cuerda que habían tendido a lo largo de la nave
lateral. Le formularon una petición: “¿Por qué no aprendemos el secreto del
cargo? El cristianismo no nos ayuda a nosotros los negros de una manera
práctica. Los hombres blancos nos ocultan el secreto del cargo”. Se formularon
más acusaciones; no se había traducido la Biblia adecuadamente por accidente o
a propósito: ésta había sido censurada; faltaba la primera página; se
silenciaba el verdadero nombre de Dios.
Los nativos boicotearon las misiones y propusieron una
nueva solución al misterio del cargo. Jesucristo otorgó cargo a los europeos.
Ahora quería donarlo a los nativos. Pero los judíos y los misioneros habían
conspirado para quedarse con él. Los judíos habían prendido a Jesús y le
retenían prisionero en o más allá de Sidney Australia. Pero pronto Jesús
quedaría en libertad y empezaría a llegar el cargo. La gente más pobre sería la
que más obtendría (“los mansos heredarán”). La gente cesó de trabajar, sacrificó
sus cerdos, quemó sus huertos y acudió en masa a los cementerios.
Estos sucesos coincidieron con el estallido de la
Segunda Guerra Mundial. Al principio, los nativos no tuvieron dificultad alguna
en comprender esta nueva guerra. Los australianos habían expulsado a los
alemanes y ahora los alemanes iban a expulsar a los australianos. Sólo que esta
vez los alemanes serían los antepasados disfrazados de alemanes. El gobierno
encarceló a los líderes del culto por difundir propaganda alemana. Pero pese a
la censura de noticias, los nativos pronto empezaron a comprender que su administración
australiana estaba en peligro de ser expulsada de Nueva Guinea no por los
alemanes, sino por los japoneses.
Los profetas del cargo lucharon por comprender el
sentido de este nuevo y sorprendente desarrollo. Un líder del culto llamado
Tagarab anunció que los misioneros siempre les habían estado engañando. Jesús
era un dios sin importancia. El dios verdadero -el dios del cargo- era una
deidad nativa conocida como Kilibob. Los misioneros habían logrado que los
nativos rezaran a Anus. Pero Anus era un ser humano ordinario que sólo era el
padre de Kilibob, quien a su vez era el padre de Jesús. Kilibob estaba a punto
de castigar a los blancos por su perfidia. El y los antepasados se hallaban ya
en camino con un cargamento de fusiles, munición y otros equipos militares.
Cuando anclaran en tierra se parecerían a soldados japoneses. Los australianos
serían expulsados y todo el mundo conseguiría cargo. Para estar preparados,
todos deberían interrumpir el trabajo ordinario, sacrificar cerdos y pollos y
empezar a construir almacenes para el cargo.
Finalmente, cuando los japoneses invadieron Madang en
diciembre de 1942, los nativos les saludaron como libertadores. Aun cuando los
japoneses no habían traído cargo, los profetas interpretaron su llegada al
menos como un cumplimiento parcial de las profecías. Los japoneses no
intentaron desengañarles. Produjeron en los nativos la impresión de que el
cargo se había aplazado temporalmente puesto que todavía continuaba la guerra.
Dijeron que una vez finalizada la guerra Madang formaría parte de la Gran Esfera
de coprosperidad del Este Asiático japonesa. Todos participarían en la buena
vida venidera. Entretanto había que trabajar; los nativos eran necesarios para
ayudar a derrotar a los australianos y a sus aliados americanos. Los nativos
corrieron a prestar ayuda en la descarga de barcas y aviones; actuaban como
porteadores y traían regalos de vegetales frescos. Los pilotos americanos
derribados se quedaban sorprendidos y disgustados por la hostilidad desplegada
contra ellos en la selva. Nada más pisar tierra eran rodeados por hombres
primitivos pintados, que ataban sus manos y pies, les colgaban de postes, y les
llevaban corriendo hasta el oficial japonés más cercano. Los japoneses
recompensaron a los profetas del cargo regalándoles espadas de samurai y nombrándoles
oficiales de la fuerza de policía local.
Pero el rumbo de la guerra pronto acabó con este
intervalo eufórico. Los australianos y americanos tomaron la iniciativa y
cortaron las líneas de aprovisionamiento japonesas. Cuando su situación militar
se deterioró, los japoneses cesaron de pagar los alimentos y el trabajo. Cuando
Tagarab, que portaba su espada samurai, protestó, fue fusilado. Los
“antepasados” empezaron a saquear los huertos de los nativos, los cocotales y
las plantaciones de bananas y de caña de azúcar. Robaron hasta el último pollo y
cerdo. Después se lanzaron sobre los perros y se los comieron, y cuando se
acabaron los perros cazaron a los nativos y también se los comieron.
Los australianos que volvieron a ocupar Madang en
abril de 1944 encontraron a los nativos hoscos y reacios a cooperar. En algunas
áreas en las que los japoneses no habían sido especialmente activos, los
profetas del cargo predecían la vuelta de los japoneses en mayor número que
antes. Para ganarse la lealtad del resto de la población, los australianos
empezaron a hablar del “desarrollo” en el período de la posguerra. Dijeron a
los líderes nativos que en la paz venidera, negros y blancos vivirían juntos en
armonía. Todo el mundo iba a tener una vivienda digna, electricidad, vehículos
de motor, barcos, buenas ropas y abundancia de alimentos.
En esta época, los líderes nativos más mundanos e
inteligentes estaban convencidos de que los misioneros eran embusteros
rematados. El profeta Yali, cuya carrera voy a relatar desde ahora, se mostró
especialmente inflexible en este punto. Yali había permanecido fiel a los
australianos durante la guerra siendo recompensado con el grado de sargento
mayor del ejército australiano. Le llevaron a Australia donde los australianos
querían mostrarle cuál era el secreto del cargo: centrales azucareras, fábricas
de cerveza, un taller de reparación de aviones, los depósitos de mercancías de
los muelles. Aun cuando Yali pudo ver por sí mismo algunos aspectos del proceso
de producción, también constató que no todos los que iban en coche a todas partes vivían en
grandes mansiones trabajaban en centrales azucareras y fábricas de cerveza.
Pudo observar cómo hombres y mujeres trabajaban en grupos organizados, pero no
logró captar los principios últimos sobre cuya base se organizaba su trabajo.
Nada de lo que vio le ayudó a comprender por qué de aquella inmensa profusión
de riqueza ni siquiera una gota llegaba a sus compatriotas.
Lo que más impresionó a Yali no fueron las carreteras,
los semáforos y los rascacielos, sino el Museo de Queensland y el Zoo de
Brisbane. Para su asombro, el museo estaba repleto de artefactos nativos de
Nueva Guinea. Una de las salas contenía incluso una máscara ceremonial de su
propio pueblo que se utilizaba en los grandes rituales de la pubertad de los
tiempos pasados: la misma máscara que los misioneros habían calificado de “obra
de Satanás”. Ahora, la máscara, celosamente guardada tras la vitrina, era venerada
por sacerdotes con hábitos blancos y una riada ininterrumpida de visitantes
bien vestidos, que hablaban en tono confidencial. El museo también encerraba
vitrinas en las que se conservaban cuidadosamente algunas variedades extrañas
de huesos de animales. En Brisbane, Yali fue llevado al Zoo donde vio cómo los
blancos alimentaban y cuidaban a los animales más extraños. Cuando llegó a
Sidney, Yali prestó mucha atención al número de perros y gatos que la gente
tenía como animales domésticos.
Sólo después de la guerra comprendió Yali, cuando
asistía a la conferencia del gobierno en Port Moresby, capital de Nueva Guinea
australiana, hasta qué punto los misioneros habían estado mintiendo a los
nativos. En el transcurso de la conferencia se mostró a Yali un libro que
contenía ilustraciones de simios y monos que progresivamente se asemejaban cada
vez más a los hombres. Finalmente se dio cuenta de la verdad: los misioneros
habían dicho que Adán y Eva eran los antepasados del hombre, pero en realidad los
blancos creían que sus propios antepasados eran monos, perros, gatos y otros
animales. Estas eran precisamente las creencias que los nativos habían
conservado hasta que los misioneros les habían embaucado para que abandonaran
sus tótems.
Después, al discutir sus experiencias con el profeta
Gurek, Yali aceptó la sugerencia de que el Museo de Queensland era en realidad
Roma, el lugar al que los misioneros habían conducido los dioses y mitos de
Nueva Guinea para controlar el secreto del cargo. Si pudieran atraer de nuevo a
Nueva Guinea a estos viejos dioses y diosas, nacería una nueva era de
prosperidad. Pero primero tendrían que abandonar el cristianismo y restablecer
sus ceremonias paganas.
La duplicidad de los misioneros enfureció a Yali.
Estaba dispuesto y deseoso de ayudar a los funcionarios australianos a eliminar
todos los vestigios de cultos cargo en los que Dios o Jesús tuvieran alguna
importancia. Merced a los servicios prestados por Yali durante la guerra, su
familiaridad con Brisbane y Sidney y su denuncia elocuente de los cultos, el
oficial de distrito de Modang supuso que Yali no creía en el “cargo”. Pidió a
Yali que tomara la palabra en mítines populares convocados por el gobierno.
Este ridiculizó con entusiasmo los cultos cargo cristianos y aseguró a todo el
mundo que el cargo nunca llegaría salvo que la gente trabajara mucho y
obedeciera a la ley.
También estaba dispuesto a colaborar con los
funcionarios australianos porque todavía no había perdido la fe en las promesas
que le hicieron cuando estuvo en el ejército durante la guerra. Yali guardó en
la memoria las palabras pronunciadas por un oficial de reclutamiento de
Brisbane en 1943: “En el pasado, vosotros, los nativos, habéis permanecido
atrasados, pero ahora, si nos ayudáis a ganar la guerra y a liberarnos de los
japoneses, nosotros los europeos os ayudaremos. Os ayudaremos para que tengáis casas
con tejados de hierro galvanizado, paredes de madera, luz eléctrica y vehículos
motorizados, buques, buenas ropas y alimentos de calidad. La vida será muy
diferente para vosotros después de la guerra.”
Millares de personas vinieron a escuchar cómo Yali
denunciaba el viejo camino hacia el cargo. Yali, provisto de una plataforma y
de altavoces, rodeado por funcionarios radiantes y hombres de negocios blancos,
acogió con entusiasmo su tarea. Cuanto más denunciaba las antiguas creencias en
el cargo, más comprendían los nativos que él, Yali, conocía el verdadero
secreto del cargo. Cuando la palabra de esta interpretación llegó a los
“manipuladores” de Yali en el gobierno, le pidieron que pronunciara más discursos
para decir a los nativos que no era un antepasado que había vuelto, y que no
conocía el secreto del cargo. Estas negativas en público convencieron a los
nativos que Yali tenía poderes sobrenaturales y traería el cargo.
Cuando fue invitado a Port Moresby, junto con otros
portavoces nativos leales, sus seguidores en Madang creían que volvería al
frente de una enorme flota de barcos cargo. Tal vez el mismo Yali creyera que
se le iban a otorgar algunas concesiones importantes. Se dirigió directamente
al administrador en cuestión y le preguntó cuándo iban a obtener los nativos la
recompensa que el oficial de Brisbane les había prometido. ¿Cuándo recibirían
los materiales de construcción y la maquinaria de las que les había hablado
todo el mundo? El informe del profesor Lawrence sobre la respuesta del
funcionario a Yali se encuentra en “Road Belong Cargo”.
Se dice que el
oficial respondió que la administración estaba naturalmente agradecida por los
servicios de las tropas nativas frente a los japoneses y que, de hecho, iba a
dar a la gente una recompensa importante. El gobierno australiano estaba
vertiendo enormes sumas de dinero en el desarrollo económico, educativo y
político como compensación por los daño de la guerra, y proyectaba mejorar los
servicios médicos, la higiene y la salud. Sería, claro está, un proceso lento,
pero finalmente la gente apreciaría los resultados de los esfuerzos de la
administración. Pero una recompensa como la que se imaginaba Yali -una
distribución gratuita de cargo en grandes cantidades-, era totalmente
imposible. El funcionario lo sentía, pero ésta era precisamente propaganda
realizada en tiempos de guerra por oficiales europeos irresponsables que no lo
habían pensado bien.
Los administradores respondieron a las preguntas sobre
cuándo podrían contar los nativos con electricidad, que la tendrían tan pronto
como pudieran pagarla. Yali quedó muy amargado. El gobierno había mentido tanto
como los misioneros.
Cuando regresó de Port Moresby, Yali estableció una
alianza secreta con el profeta del cargo Gurek. Bajo la protección de Yali,
Gurek difundió la noticia de que las divinidades de Nueva Guinea, no las
divinidades cristianas, eran la verdadera fuente de cargo. Los nativos debían
abandonar el cristianismo y volver a sus prácticas paganas para adquirir
riqueza y felicidad. Tenían que volver a introducir los artefactos y rituales
tradicionales así como la cría del cerdo y la caza. También debían realizar las
ceremonias de iniciación masculina. Además, tenían que levantar pequeñas mesas,
cubiertas con tela de algodón y decoradas con botellas llenas de flores. En
estos altares (inspirados en las escenas domésticas observadas en los hogares
australianos), las ofrendas de alimento y tabaco inducirían a las divinidades
originarias y a los antepasados a enviar cargo. Los antepasados traerían
rifles, munición, equipo militar, caballos y vacas. De aquí en adelante Yali
recibiría el título de Rey, y el Viernes día del nacimiento de Yali,
sustituiría al domingo como día de descanso de los nativos. Gurek afirmó que
Yali podía realizar milagros y que era capaz de matar a las gentes
escupiéndoles o maldiciéndoles.
El mismo Yali recibió reiteradas órdenes de patrullar
para reducir al silencio a los partidarios del culto a Jesús. Aprovechó estas
oportunidades para suprimir a los profetas rivales y establecer una extensa red
de sus propios boss boys en las aldeas. Impuso multas y castigos, reclutó mano
de obra y mantuvo su propia fuerza policial. Yali financió su organización
mediante un sistema clandestino de redistribución. Prometía ser un “gran
hombre” de verdad.
Los misioneros incitaron a los administradores a
desembarazarse de Yali, pero tuvieron dificultades en demostrar que él estaba
detrás de la conducta cada vez más insolente de los nativos. Incluso resultó
difícil demostrar que había un culto cargo, puesto que todos los miembros del
culto a Yali habían recibido instrucciones de jurar que no creían en el cargo.
Se había dicho a los nativos que si se atrevían a revelar sus actividades, los
europeos les robarían de nuevo los dioses de Nueva Guinea. Si se les preguntaba
sobre la mesa y las flores, deberían responder que simplemente querían
embellecer sus hogares como hacen los europeos. Cada vez que se acusaba a Yali
de provocar disturbios, éste protestaba diciendo que nada tenía que ver con los
extremistas de las aldeas que habían desvirtuado sus propias convicciones
expuestas en público.
Muy pronto el gobierno australiano tuvo que hacer
frente a lo que consideró una rebelión abierta. En 1950 Yali fue detenido y
procesado bajo la acusación de incitación a la violación y privación de la
libertad de otros. Fue declarado culpable y condenado a seis años de prisión.
Sin embargo, la carrera de Yali no acabó. Mientras permaneció en la cárcel, los
miembros del culto seguían explorando el horizonte en espera de su vuelta
triunfal al frente de una flota de buques mercantes y navíos de guerra. Durante
los años sesenta se otorgó finalmente a los pueblos nativos de Nueva Guinea
cierto tipo de concesiones políticas y económicas. Los seguidores de Yali le
dieron crédito a éste por el índice de crecimiento en la construcción de
escuelas, la apertura de los consejos legislativos a los candidatos nativos, la
elevación de los salarios y el final de la prohibición sobre el consumo de
bebidas alcohólicas.
Tras su puesta en libertad, Yali decidió que el
secreto del cargo se encontraba en la Asamblea de Nueva Guinea. Trató de ser
elegido para el Consejo de Madang, pero fue derrotado. Cuando envejeció se
convirtió en objeto de gran veneración. Le visitaban una vez al año “floristas”
que se llevaban su semen en botellas. La gente continuaba ofreciéndole regalos
y allegó fondos para convertir a cristianos que deseaban purificarse de los
pecados del cristianismo y volver a los cultos autóctonos. La última profecía
de Yali consistió en que Nueva Guinea alcanzaría la independencia el 1 de
agosto de 1969. Se preparó para esta ocasión nombrando embajadores para el
Japón, China y Estados Unidos.
Toda actividad humana aparecerá inescrutable si se
reduce a un rompecabezas con fragmentos demasiado pequeños para estar
relacionados con el cuadro histórico global. Visto desde una trayectoria de
duración adecuada, el cargo se nos muestra como la solución de un conflicto
escorado y obstinado siguiendo la ley del mínimo esfuerzo. El cargo era el
precio de la lucha por los recursos naturales y humanos de un continente
insular. Cada fragmento de rapacidad civilizada y la totalidad estaba
firmemente fundada en sólidos castigos y recompensas en vez de en fantasmas.
Como otros grupos, salvajes o civilizados, cuyos
dominios y libertad se ven amenazados por invasores, las gentes de Madang
intentaron obligar a los europeos a regresar a sus casas. No al principio de
todo, puesto que transcurrieron varios años antes de que los invasores
exhibieran su apetito insaciable de tierras vírgenes y mano de obra nativa
barata. Sin embargo, el intento de exterminar al enemigo no tardó en
producirse. Estaba condenado al fracaso porque, como en muchos otros capítulos
de la guerra colonial, las fuerzas contendientes eran muy desiguales. Los
nativos de Madang adolecían de dos desventajas insuperables: carecían de armas
modernas y estaban fragmentados en cientos de pequeñas tribus y aldeas
incapaces de unirse contra un enemigo común.
La esperanza de emplear la fuerza para expulsar a los
europeos no desapareció del todo; fue reprimida, pero no se extinguió. Los
nativos retrocedieron, y avanzaron de nuevo siguiendo trayectorias
desconcertantes. Los invasores fueron tratados como “grandes hombres”
arrogantes; demasiado poderosos para ser destruidos, pero tal vez no
invulnerables a la manipulación. Para obligar a estos “grandes hombres”
extranjeros a compartir su riqueza y moderar su apetito de tierra y de mano de
obra, los nativos trataron de aprender su lengua y penetrar sus secretos. Y así
empezó el período de la conversión al cristianismo, el abandono de las
costumbres nativas y la sumisión a los impuestos y al reclutamiento de mano de
obra. Los nativos aprendieron el “respeto” y colaboraron en su propia
explotación.
Este intervalo tuvo consecuencias que ninguno de estos
dos grupos pretendió ni previó. Aldeas y tribus diferentes y anteriormente
hostiles se unieron para servir al mismo señor. Se unieron en la creencia de
que los “grandes hombres” cristianos podían ser manipulados para que creasen un
estado de redención paradisíaca para todos. Insistían en que el cargo debía ser
redistribuido. No era así como concebían los misioneros el cristianismo. Pero
los nativos actuaban en su propio interés, rehusando entender el cristianismo
tal como lo querían dar a entender los misioneros. Insistían en obligar a los
europeos a actuar como “grandes hombres” de verdad; insistían en que aquellos
que poseían riquezas tenían la obligación de distribuirlas.
A los occidentales les impresiona la graciosa
incapacidad de los nativos para comprender los estilos de vida económicos y
religiosos europeos. Se sobreentiende que los nativos están demasiado
atrasados, son demasiado estúpidos o supersticiosos para captar los principios
de la civilización. Esto desvirtúa ciertamente los hechos en el caso de Yali.
No se trataba de que Yali no pudiera captar los principios en cuestión, sino
más bien que los encontró inaceptables. Sus tutores quedaron sorprendidos de
que alguien que había visto cómo funcionaban las factorías modernas pudiera
creer todavía en el cargo. Pero cuanto más aprendía Yali sobre cómo producían
riqueza los europeos, menos dispuesto se mostraba a aceptar su explicación de
por qué él y su pueblo no podían participar de ella. Esto no significa que
comprendiera cómo los europeos llegaron a ser tan ricos. Al contrario, según
las últimas noticias que nos llegaron de él, estaba trabajando sobre la teoría
de que los europeos se habían vuelto ricos construyendo burdeles. Pero Yali
siempre tuvo el acierto de descartar la explicación europea estandarizada del
“trabajo duro” como un engaño calculado. Cualquier persona podía observar que
los “grandes hombres” europeos -a diferencia de sus prototipos nativos- no
trabajaban nada.
La comprensión de Yali del cosmos no era monopolio del
pensamiento salvaje. En los Mares del Sur, como en otras áreas coloniales, las
misiones cristianas gozaron de un mandato prácticamente indiscutido en lo que
atañe a la educación a los nativos. Estas misiones no difundieron los
instrumentos intelectuales del análisis político; no ofrecieron educación en la
teoría del capitalismo europeo, ni emprendieron un análisis de la política
económica colonial. En vez de ello sus enseñanzas versaron sobre la creación,
los profetas y las profecías, los ángeles, un mesías, la redención
sobrenatural, la resurrección, y un reino eterno en el que los vivos y los
muertos se reunirían en una tierra de leche y miel.
Inevitablemente estos conceptos -muchos de ellos
análogos precisamente a temas del sistema de creencias aborigen- tenían que
convertirse en el idioma en el que la resistencia de las masas a la explotación
colonial se expresó por primera vez. El “cristianismo, las misiones” fue la
cuna de la rebelión. Al reprimir cualquier forma de agitación abierta, huelgas,
sindicatos o partidos políticos, los mismos europeos garantizaban el triunfo
del cargo. Fue relativamente fácil constatar que los misioneros mentían cuando
decían que el cargo sólo se otorgaría a la gente que trabajara duro. Lo que era
difícil captar es que había un vínculo entre la riqueza de que gozaban
australianos y americanos y el trabajo de los nativos. Sin una mano de obra
nativa barata y sin la expropiación de las tierras nativas, los poderes
coloniales nunca se habrían vuelto tan ricos. Por lo tanto, en cierto sentido,
los nativos tenían derecho a los productos de las naciones industrializadas aun
cuando no pudieran pagarlos. El cargo era su forma de expresar esto. Y ése, a
mí entender, es su verdadero secreto.
Mesías
Estoy seguro de que se habrán observado las semejanzas
entre los “cultos” cargo y las primitivas creencias cristianas. Jesús de
Nazaret predijo la caída de los impíos, la justicia para los pobres, el final
de la miseria y del sufrimiento, la reunión con los muertos y un reino divino
totalmente nuevo. Lo mismo hizo Yali. ¿Puede ayudarnos el misterio del cargo
fantasma a comprender las condiciones responsables del origen de nuestros
propios estilos de vida religiosos?
Parece que hay algunas diferencias importantes. Los
cultos cargo buscaban el derrocamiento de un orden político establecido
específico y la creación de un reino en un lugar de la tierra bien determinado.
Los nativos esperaban que los muertos volverían a la vida como soldados con
uniforme que portarían armas en la batalla contra los policías y las tropas
estacionadas en Nueva Guinea. Jesús de Nazaret no se interesó en derrocar un
sistema político específico; estaba por encima de la política, su reino “no era
de este mundo”. Cuando los primeros cristianos hablaban de “batallas” contra
los impíos, sus “espadas”, “fuegos” y “victorias” eran meras metáforas
terrenales de acontecimientos espirituales de índole trascendental. Al menos
esto es lo que casi todo el mundo cree que era el culto original de Jesús.
Parece imposible que un estilo de vida tan ajeno a
este mundo por su intención, tan entregado a la paz, el amor y el desinterés,
pudiera haber sido en un sentido fundamental un producto de condiciones
materiales determinadas. Sin embargo, este enigma como todos los demás tiene su
solución en los asuntos prácticos de los pueblos y las naciones.
En realidad debemos considerar dos enigmas. El
cristianismo surgió primero entre los judíos que vivían en Palestina. La
creencia en la venida de un salvador llamado mesías -un dios semejante a un
hombre- fue un rasgo importante del judaísmo en la época de Jesús. Los primeros
seguidores de Jesús, casi todos ellos judíos, creían que Jesús era este
salvador (“Cristo” se deriva de krystos, que era la manera en que los judíos se
referían al salvador esperado cuando hablaban en griego). Para resolver el
enigma del primitivo estilo de vida cristiano, tengo que explicar primero la
base de la creencia judía en un mesías.
Todos los pueblos antiguos -como la mayor parte de los
modernos- creían que no se podían ganar batallas sin asistencia divina. Para
conquistar un imperio, o simplemente sobrevivir como Estado independiente, se
necesitaban guerreros con los que los antepasados, ángeles o dioses estuvieran
dispuestos a cooperar.
David, fundador del primer y más grande reino judío,
afirmaba tener una relación divina con el dios judío Yahvé. El pueblo llamaba a
David mesías (en hebreo masiah), un término que también se aplicó a los
sacerdotes, a los escudos, al predecesor de David, Saúl, y a su hijo, Salomón.
Por consiguiente es probable que mesías significara originalmente cualquier
persona o cosa que poseyera santidad y poder sagrado. David fue llamado también
el ungido: el que, colaborando con Yahvé tenía derecho a gobernar sobre sus
dominios terrenales. Al nacer, David recibió el nombre de Elhanan ben Jesse. El
de David, que significa “gran comandante”, le fue otorgado para celebrar sus
victorias en el campo de batalla. Su elevación al poder desde sus inicios
humildes proporcionó la inspiración básica –el curriculum- para cualquier
aspirante a la carrera militar-mesiánica judía ideal. Había nacido en Belén y
pasó su juventud como pastor. Después, se convirtió en el líder proscrito de un
movimiento guerrillero en el desierto de Judea. Ubicó su cuartel general en una
cueva y alcanzó victorias frente a enemigos aparentemente insuperables,
sintetizadas en la lucha contra Goliat.
Los sacerdotes judíos insistieron hasta la época de
Jesús en que Yahvé había establecido una alianza con David. Yahvé había
prometido que la dinastía de David nunca acabaría. Pero el reino de David
empezó realmente a desmoronarse poco después de su muerte. Desapareció
temporalmente cuando Nabucodonosor tomó Jerusalén en el año 586 a.C. y deportó
gran cantidad de judíos a Babilonia. Después el reino judío tuvo una existencia
precaria como cliente dependiente de uno u otro poder imperial.
Yahvé dijo a Moises: “Gobernarás sobre muchas naciones
pero ellas no gobernarán sobre ti.” Sin embargo la tierra prometida de Yahvé
era un lugar poco propicio para emprender la conquista del mundo. En primer
lugar, era una ruta militar: el principal corredor a través del cual todos los
ejércitos imperiales de Asia, África y Europa se perseguían unos a otros hasta
y desde Egipto. La propia posibilidad de arraigo de un desarrollo imperial
indígena en Palestina, era siempre aplastada por el monstruo de millones de
pies de algún ejército que avanzaba en una u otra dirección. Egipcios, sirios,
babilonios, persas, griegos y romanos cruzaban la tierra santa, a menudo
incendiando dos veces el mismo lugar antes de pasar al siguiente.
Estas experiencias plantearon considerables
dificultades para la credibilidad de los libros sagrados de Yahvé y su
vestigio, el sacerdocio. ¿Por qué había permitido Yahvé que tantas naciones se
volvieran grandes mientras su pueblo elegido era conquistado y esclavizado
repetidas veces? ¿Por qué no había cumplido Yahvé su promesa a David? Este era
el gran misterio que los hombres santos y profetas judíos intentaron descifrar.
Su respuesta: Yahvé no había cumplido su promesa a
David porque los judíos no habían cumplido la suya a Yahvé. El pueblo había
violado las leyes sagradas y había practicado ritos impuros. Habían pecado;
eran culpables; habían causado su propia ruina. Pero Yahvé era un dios
indulgente y cumpliría su promesa si los judíos, pese a su castigo, continuaban
creyendo en que era el solo dios Verdadero. Comprendiendo lo que habían hecho,
arrepintiéndose y pidiendo perdón, el pueblo repararía su pecado y Yahvé restablecería
el pacto, les salvaría, les redimiría y les haría más grandes que nunca.
Misteriosamente, cuando la reparación fuera total, en un momento sólo conocido
por Yahvé, su pueblo sería vengado. Yahvé enviaría otro príncipe militar como
David, el mesías, el ungido, para destruir las naciones enemigas. Se librarían
grandes batallas; toda la tierra se estremecería con el estruendo de los
ejércitos y la caída de las ciudades. Sería el final de un mundo y el inicio
del otro, pues Yahvé no habría hecho esperar y sufrir a los judíos si no
hubiera pretendido darles una recompensa mayor que cualquiera de las conocidas
anteriormente por el hombre. Y así el Antiguo Testamento está lleno de las
promesas de los profetas redentores _Isaías, Jeremías, Ezequiel, Micaías,
Zacarías y otros-, todos ellos instando o sancionando la adopción de un estilo
de vida militar-mesiánico.
Isaías habla de un “consejero maravilloso, Dios
poderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz”, que reinará para siempre en el
trono de David. Este salvador pisoteará a los asirios como “el lodo de las
calles”; reducirá a Babilonia a una ciudad desierta habitada por lechuzas,
sátiros y otras “criaturas lúgubres”, convertirá al pueblo de Moab en “calvo e
imberbe, reducirá Damasco a un montón de ruinas”, y provocará en Egipto la
guerra civil, “cada uno contra su prójimo, ciudad contra ciudad, reino contra
reino”.
Jeremías puso en boca de Yahvé estas palabras: “En
aquellos días y en aquel tiempo suscitaré a David un vástago justo que
ejercitará el derecho y la justicia en el país.” Y después “devorará la espada”
a los egipcios y “se saciará, se embriagará con la sangre de ellos.” Los
filisteos “clamarán y se lamentarán todos los moradores del país”. Desde Moab
“subirá un llanto interrumpido”. Amón se convertirá en “devastada colina de
ruinas y sus hijas serán incendiadas”. Edom “resultará un horror”. En damasco “caerán
sus jóvenes en sus plazas”. Jazor se trocará en “guarida de dragones”. Elam
será “consumida por la espada”, y en cuanto a Babilonia: “Venid contra ella
desde los últimos confines, abrid sus graneros; amontonad (sus piedras) como
montes de grano, y exterminadla, no quede de ella resto.”
El libro de Daniel, escrito alrededor del año 165
a.C., cuando Palestina estaba gobernada por griegos sirios, también habla de la
redención militar mesiánica por el ungido, el Príncipe, que conduce a un gran
imperio judío: “Proseguí viendo en la visión nocturna, y he aquí que en las
nubes del cielo venía como un hombre... Y concediósele señorío, gloria e
imperio, y todos los pueblos, naciones y leguas le sirvieron... un señorío
eterno (un) imperio que no es destruido.”
Lo que la mayor parte de la gente no entiende en estas
profecías es que se realizaron en el contexto de guerras reales de liberación
emprendidas bajo el liderazgo de mesías militares de carne y hueso. Estas
guerras gozaron del apoyo popular no sólo porque pretendían restaurar la
independencia del reino judío, sino también porque prometían eliminar las
desigualdades económicas y políticas que el dominio extranjero había exacerbado
hasta límites intolerables.
Como el cargo, el culto del mesías vengativo había
nacido y era re-creado continuamente en una lucha por derrocar un sistema
explotador de colonialismo político y económico. Sólo que en este caso, los
nativos -los judíos- constituían desde el punto de vista militar un adversario
de mayor envergadura para los conquistadores, y eran dirigidos por
soldados-profetas que sabían escribir y recordaban un tiempo remoto en el que
los “antepasados” habían controlado un reino propio.
Durante el período del dominio romano, si podemos
decir que hubo un estilo de vida predominante en Palestina, éste fue el del
mesías militar vengativo. Inspirados por el modelo del triunfo de David sobre
Goliat y la promesa de la redención militar-mesiánica de Yahvé, los
guerrilleros judíos entablaron una lucha prolongada contra los administradores
y el ejército romanos. El culto del mesías pacífico -el estilo de vida de Jesús
y de sus seguidores- se desarrolló en medio de esta guerra de guerrillas y en
los mismos distritos de Palestina que fueron los centros principales de la
actividad insurgente, aparentemente en contradicción total con las tácticas y
estrategias de las fuerzas de liberación.
Los evangelios cristianos no exponen, ni siquiera
mencionan, la relación de Jesús con la lucha de liberación de los judíos. Por
los evangelios nunca conoceríamos que Jesús pasó la mayor parte de su vida en
el teatro central de una de las rebeliones guerrilleras más feroces de la
historia. Menos evidente aún resulta para los lectores de los evangelios el
hecho de que esta lucha continuara intensificándose mucho tiempo después de la
ejecución de Jesús. Nunca podríamos adivinar que en el año 68 d.C. los judíos
llegaron a lanzar una revolución total que requirió la presencia de seis
legiones romanas al mando de dos futuros emperadores antes de conseguir
dominarla. Y mucho menos habríamos sospechado alguna vez que el mismo Jesús
murió víctima del intento romano de destruir la conciencia militar-mesiánica de
los revolucionarios judíos.
Como colonia romana, Palestina exhibía todos los
síntomas políticos y económicos clásicos de una mala administración colonial.
Los judíos que ocupaban posiciones religiosas o civiles altas eran marionetas o
clientes. Los sumos sacerdotes, los terratenientes ricos y los mercaderes
vivían con lujo asiático, pero la mayor parte de la población estaba integrada
por campesinos alienados y sin tierras, artesanos sin empleo o mal pagados,
criados y esclavos. El país se quejaba bajo el peso de impuestos de confiscación,
corrupción administrativa, tributos arbitrarios, reclutamientos de mano de obra
e inflación galopante. Los terratenientes absentistas vivían con gran pompa en
Jerusalén mientras sus arrendatarios absorbían el impuesto del 25% que los
romanos imponían sobre la producción agrícola, además del impuesto del 22%
sobre el resto exigido por el templo. El odio de los campesinos galileos contra
los aristócratas de Jerusalén era especialmente patente y abiertamente
correspondido. En los comentarios del Talmud se advierte a los verdaderos
judíos a no consentir que sus hijas se casen con la “gente de la tierra” como
se les llamaba a los campesinos galileos, “puesto que son animales impuros”. El
rabino Eleazar recomendaba sarcásticamente la matanza de estas gentes, incluso
en el día sagrado del año en el que no se podía matar ningún animal, y el
rabino Johanan decía: “Se puede despedazar a un plebeyo como un pez”. Mientras
que Eleazar afirmaba: “La enemistad de un plebeyo hacia un sabio es incluso más
intensa que la de los paganos hacia los israelitas”.
El entusiasmo popular por el ideal militar-mesiánico
fue más allá del mero deseo de ver la sustitución de las marionetas extranjeras
por nacionalistas judíos. Los galileos querían ver restablecido el reino de
David porque los profetas decían que el mesías acabaría con la explotación
económica y social y castigaría a los sacerdotes, terratenientes y reyes
perversos. El libro de Enoch había anunciado este tema:
Ay de vosotros, los
ricos, puesto que habéis confiado en vuestras riquezas y de ellas seréis
despojados... Ay de vosotros que correspondéis a vuestros vecinos con el mal,
porque se os devolverá según vuestras obras. Ay de vosotros, falsos testigos...
Pero no temáis los que sufrís, pues la curación será vuestra parte.
La dialéctica del reino de Yahvé abarcaba
necesariamente la totalidad de la experiencia humana. Como sucede con el cargo,
los componentes seculares y sagrados eran indivisibles; los temas de “este
mundo” y del otro mundo eran inseparables. Política, religión y economía se
hallaban fusionadas; el cielo y la tierra se confundían, la naturaleza se
desposaba con Yahvé. En el nuevo universo la vida sería totalmente diferente;
todo se volvería al revés. Los judíos gobernarían, los romanos serían sus
servidores. Los pobres serían ricos, los impíos serían castigados, los enfermos
curarían y los muertos resucitarían.
Los judíos iniciaron su guerra contra Roma poco antes
de que Herodes el Grande fuera confirmado como rey marioneta por el Senado
romano. Al principio, los guerrilleros fueron identificados por los romanos y
la clase gobernante judía con simples bandidos (en griego: lestai). Pero estos
bandidos no eran culpables tanto de robos cuanto de programas orientados contra
los terratenientes absentistas y los recaudadores de impuestos romanos. El otro
término aplicado a los guerrilleros fue “zelotes”, que indicaba su celo por la
ley judía y el cumplimiento de la alianza con Yahvé.
Ninguno de los términos recoge adecuadamente el
sentido de lo que estaban realizando estos activistas. Sólo podemos relacionar
sus hazañas como bandidos-zelotes (guerrilleros) con el contexto cotidiano de
su mundo. Los guerrilleros-bandidos-zelotes creían que con la ayuda del mesías
lograrían finalmente el derrocamiento del imperio romano. Su fe no era un
estado mental; era una praxis revolucionaria que implicaba hostigamiento,
provocación, robos, asesinato, terrorismo y actos de valentía que acababan en
la muerte. Algunos se especializaban en la táctica de la guerrilla urbana y se
llamaban “hombres del puñal” (en latín: sicarii); el resto vivía en el campo en
cuevas y escondrijos de la montaña, dependiendo de los campesinos para obtener
alimento y seguridad.
Cualquier descripción de los acontecimientos políticos
y militares en Palestina durante el primer siglo d.C. ha de basarse en gran
parte en los escritos de uno de los grandes historiadores del mundo antiguo,
Flavio Josefo. Puesto que probablemente las cuestiones que voy a discutir sean
desconocidas, permitidme decir algunas palabras sobre la fiabilidad de esta
fuente. Josefo era contemporáneo de los autores de los primeros evangelios
cristianos. Los estudiosos consideran dos de sus libros, De la guerra judía y
Antigüedad Judaica, tan esenciales para la historia de la Palestina del primer
siglo como los mismos evangelios. Sabemos con claridad quién fue Josefo y cómo
llegó a escribir sus libros, cosa que no sabemos de los autores de los
evangelios. Josefo, hijo de una familia judía de clase alta, nació en el año 37
d.C. y recibió el nombre de Joseph ben Matthias. En el año 68 d.C. cuando sólo
tenía 31 años, llegó a ser gobernador de Galilea y general del ejército de
liberación judío en la guerra contra Roma. Tras la aniquilación de sus
seguidores en el asedio de Jotapata, Josefo se rindió y fue conducido ante
Vespasiano, general romano, y el hijo de éste, Tito. Como consecuencia de ello,
Josefo anunció que Vespasiano era el mesías que habían estado esperando los
judíos y que tanto Vespasiano como Tito serían emperadores de Roma.
En efecto, Vespasiano llegó a ser emperador en el año
69 d.C. y como recompensa por sus palabras proféticas Josefo fue conducido a
Roma como parte del séquito del nuevo emperador. Se le otorgó la ciudadanía
romana, un aposento en el palacio imperial y una pensión vitalicia en base a la
renta de fincas que los romanos habían confiscado como botín de la guerra en
Palestina.
Josefo pasó el resto de su vida escribiendo libros en
los que explicaba por qué los judíos se habían sublevado contra Roma y por qué
él mismo había desertado al bando romano. Es poco probable que Josefo haya
inventado los hechos básicos de su historia ya que escribió en Roma y para
lectores romanos, muchos de los cuales, incluido el propio emperador, fueron
testigos oculares de los acontecimientos descritos. Las distorsiones detectadas
se hallan relacionadas evidentemente con su deseo de no ser tildado de traidor
y podemos fácilmente hacer caso omiso de ellas sin dañar la credibilidad de la
narración principal.
Los sucesos relatados por Josefo dejan en claro que el
activismo guerrillero y la conciencia militar-mesiánica judía ascendían y
descendían en ondas sinérgicas. Las tierras del interior, cubiertas de polvo y
quemadas por el sol, estaban llenas de hombres santos errabundos, de oráculos
vestidos de forma extravagante que hablaban con parábolas y alegorías y hacían
profecías sobre la batalla venidera por el dominio del mundo. Los más
destacados líderes guerrilleros inspiraban rumores que se propagaban en el claroscuro
de estas especulaciones mesiánicas perennemente renovadas. Un flujo incesante
de líderes carismáticos irrumpió en el resplandor de la historia para
reivindicar la condición mesiánica; y al menos dos de ellos desencadenaron
insurrecciones que lograron sacudir los cimientos del imperio romano.
Herodes el Grande atrajo primero la atención de sus
patrones romanos gracias a la vigorosa campaña que emprendió contra un jefe
bandido que controlaba un distrito entero en el norte de Galilea. Según Josefo,
Herodes atrapó a este jefe bandido, cuyo nombre era Ezequías, y lo ejecutó en
el acto. Sabemos, empero, que Ezequías fue un líder guerrillero más que un
ladrón ordinario por que tenía simpatizantes en Jerusalén lo bastante poderosos
para obligar a Herodes a sufrir un proceso por asesinato. La intervención
personal de un primo de Julio César logró la puesta en libertad de Herodes, y
le proporcionó la recomendación que facilitaría su nombramiento como rey
marioneta de los judíos en el año 39 a.C.
Herodes tuvo que luchar contra más bandidos para
consolidar su control sobre Palestina. Josefo afirma que “los bandidos asolaban
gran parte del país, provocando entre los habitantes tanta miseria como la que
podría causar una guerra”. De ahí que Herodes lanzara “una campaña contra los
bandidos en las cuevas”. Los bandidos, cuando eran atrapados dentro de éstas,
solían tener a su familia junto a sí y rehusaban entregarse. Un viejo bandido
permaneció en la boca de una cueva inaccesible y mató a su mujer y sus siete
hijos en presencia de Herodes, “llegando a burlarse de Herodes” antes de saltar
hacia su propia muerte. Creyendo “dominar entonces las cuevas y sus moradores”,
Herodes partió hacia Samaria. Pero este alejamiento eliminó toda restricción a
los “alborotadores habituales en Galilea”, quienes mataron a un general llamado
Ptolomeo y “asolaron sistemáticamente el país, estableciendo sus guaridas en
zonas pantanosas y en otros lugares inaccesibles”.
Tras la muerte de Herodes en el año 4 d.C., se
produjeron sublevaciones en todas las regiones lejanas. El hijo de Ezequías,
Judas de Galilea, se apoderó de un arsenal real. Simultáneamente en Perea, al
otro lado del Jordán, un esclavo llamado Simón “incendió el palacio de Jericó y
muchas suntuosas residencias de campo”. Un tercer rebelde, un antiguo pastor
llamado Atrongeo, “se autoproclamó rey” (probablemente Josefo quiere decir con
ello que era considerado un mesías por sus seguidores). Antes de que los romanos
mataran a Atrongeo y a cuatro de sus hermanos, uno tras otro, estos bandidos
consiguieron “hostigar toda Judea con su bandolerismo”. Varo, gobernador romano
de Siria, restableció la ley y el orden. Capturó 2.000 “cabecillas” y los
crucificó a todos. Esto sucedió en el año en que nació Jesús.
Judas de Galilea pronto se alzó como cabeza visible de
las principales fuerzas guerrilleras. Josefo dice que “aspiraba a la realeza”,
y a veces le caracteriza como “un rabino muy inteligente”. En el año 6 d.C. los
romanos intentaron realizar un censo. Judas aconsejó a sus compatriotas que se
opusieran porque el censo llevaría “nada menos que a la esclavitud total”.
Josefo pone en boca de Judas las siguientes palabras: “los judíos no conocen
otro rey que Yahvé”. Por ende, “no debían pagar los impuestos a los romanos” y
“Yahvé les asistiría si tenían fe en su causa”. Josefo relata que los que
estaban dispuestos a someterse a Roma eran tratados como enemigos: su ganado
era capturado y sus viviendas incendiadas. No ha quedado ninguna información
referente a cómo y cuándo encontró la muerte Judas de Galilea. Sólo sabemos que
sus hijos continuaron la lucha. Dos de ellos fueron crucificados y un tercero
reivindicó la condición de mesías a principios de la revolución de los años
68-73. Asimismo el acto final de resistencia en esta guerra, la defensa suicida
de la fortaleza de Masada, fue dirigido por otro descendiente de Judas de
Galilea.
Jesús comenzó a predicar activamente sus doctrinas
mesiánicas alrededor del año 28 d.C. En este tiempo se libraba una “guerra
declarada” no sólo en Galilea, sino también en Judea y Jerusalén. El culto de
Jesús no era ni la más importante ni la más amenazadora de las situaciones
rebeldes a las que tuvo que hacer frente Poncio Pilatos, el gobernador romano
que decretó su muerte. Por ejemplo, Josefo describe la formación de una
enfurecida multitud ciudadana a la que se unió una enorme afluencia de gentes venidas
del campo cuando Pilatos transgredió el tabú judío sobre las imágenes
esculpidas en Jerusalén. En otra ocasión, Pilatos fue rodeado por otra multitud
enfurecida que protestaba por la malversación de los fondos del templo para la
construcción de un acueducto. Sabemos por los evangelios que el propio Jesús
dirigió un ataque contra el templo, y que se produjo algún tipo de sublevación
poco antes de su procesamiento, ya que el popular líder bandido Barrabás y
algunos de sus hombres se hallaban encarcelados en aquel momento.
Después de la muerte de Jesús, los romanos continuaron
tratando de limpiar el territorio rural de Judea de “bandidos”. Josefo relata
que otro gran jefe bandido llamado Tolomayo fue capturado en el año 44 d.C.
Poco después, apareció en el desierto una figura mesiánica llamada Teudas. Sus
seguidores abandonaron sus casas y posesiones y se concentraron en masa a
orillas del río Jordán. Algunos dicen que Teudas intentó separar las aguas como
había realizado Josué; según otros, marchó en dirección contraria, hacia el
oeste, en dirección a Jerusalén. No importa; el gobernador romano Cuspio Fado
envió la caballería; decapitó a Teudas y mató a sus seguidores.
Durante la fiesta de Pascua en el año 50 d.C. un
soldado romano levantó su túnica y se tiró un pedo contra la multitud de
peregrinos y adoradores del templo. Josefo escribe que “los jóvenes más
impulsivos y los grupos alborotadores por naturaleza de la multitud se
precipitaron hacia la batalla”. Se requirió la presencia de la infantería
pesada romana, lo que provocó un pánico gigantesco en el que, según Josefo,
murieron pisoteadas 30.000 personas (algunos dicen que probablemente eran
3.000). El ataque de Jesús contra el templo había coincidido con la
peregrinación de Pascua del año 33 d.C. Como veremos, la preocupación ante la
reacción de las masas de peregrinos como las que perecieron en el pánico del
año 50 d.C., hizo que las autoridades judías y romanas esperaran la caída de la
noche para detener a Jesús.
En el año 52 d.C. se desarrolló algo parecido a una
rebelión general bajo el liderazgo de Eleazar ben Deinaios, “un bandido
revolucionario” que había permanecido en las montañas durante casi veinte años.
El gobernador, Cumano, “capturó a los seguidores de Eleazar y mató a muchos
más”. Pero el desorden se propagó “y continuó el saqueo por todo el país y los
espíritus más intrépidos se sublevaron”. Intervino el Legado sirio, decapitó a
dieciocho partisanos y crucificó a todos los prisioneros capturados por Cumano.
Finalmente la rebelión fue aplastada por un nuevo gobernador, Félix, quien
prendió a Eleazar y lo envió a Roma, probablemente para ser estrangulado en
público. “Los bandidos a los que crucificó”, señala Josefo, “y los habitantes
locales confabulados con los que capturó y castigó eran tantos que no se podían
contar”.
En Jerusalén los asesinatos por los hombres del puñal
que escondían sus armas bajo sus mantos se habían vuelto entonces algo
corriente. Una de sus víctimas más famosas fue el Sumo Sacerdote Jonatan. En
medio de todo este derramamiento de sangre, los contendientes
militar-mesiánicos aparecían una y otra vez. Josefo hace referencia a un
conjunto de líderes mesiánicos como:
Canallas, estafadores y embusteros menos
criminales por sus actos que por sus intenciones, que causaban, empero, tanto
daño como los asesinos. Pretendiendo estar inspirados, planeaban provocar
cambios revolucionarios induciendo a la turba a actuar como si estuviese
posesa, y conduciéndoles a tierras desérticas bajo el pretexto de que allí Dios
les mostraría señales de la libertad venidera.
Félix interpretó esta correría como la primera etapa
de una sublevación y ordenó a la caballería romana hacer pedazos a la turba.
A continuación vino un “falso profeta” egipcio judío.
Reunió a varios millares de gente “embaucada”, les condujo al desierto, después
volvió sobre sus pasos e intentó atacar Jerusalén, confirmando, si es que los
romanos lo necesitaban, que toda esta gente era políticamente peligrosa. Josefo
describe así la situación en Palestina alrededor del año 55 d.C.
Los fraudes religiosos y los jefes bandidos
unieron sus fuerzas e indujeron a mucha gente a la rebelión. Se dividieron en
grupos y recorrieron el campo, saqueando las casas de los acaudalados, matando
a sus ocupantes y prendiendo fuego a las aldeas, hasta que su locura furiosa
penetró hasta el último rincón de Judea. Dia a día, el combate adquiría mayor
ferocidad.
En el año 66 d.C., los bandidos estaban en todas
partes; sus agentes se habían infiltrado entre los sacerdotes del templo y
habían forjado una alianza con Eleazar, el hijo del Sumo Sacerdote Ananías.
Eleazar emitió una especie de declaración de independencia: una orden que
impedía el sacrificio diario de animales dedicado a la salud de Nerón,
emperador reinante. Las facciones proromanas y antirromanas empezaron a
combatir en las calles de Jerusalén: de una parte los hombres del puñal, los
esclavos libertos y el populacho de Jerusalén, capitaneados por Eleazar; de la
otra, los sumos sacerdotes, la aristocracia herodiana y la guardia real romana.
Entretanto, en el interior, Manahem, el último hijo
superviviente de Judas de Galilea, tomó la fortaleza de Masada, proporcionó a
sus bandidos las armas arrebatas del arsenal y marchó sobre jerusalén.
Irrumpiendo en el caótico escenario, Manahem tomó el mando de la insurrección
(“como un rey”, dice josefo). Expulsó a las tropas romanas, logró el control
del área del templo y asesinó al Sumo Sacerdote Ananías. Manahem se vistió
entonces con las ropas reales y seguido por una comitiva de bandidos armados se
dispuso a entrar en el santuario del templo. Pero Eleazar, posiblemente para
vengar la muerte de su padre, tendió una emboscada a la comitiva. Manahem huyó
pero fue capturado y “muerto por tortura prolongada”.
Los judíos continuaron la lucha, convencidos de que
todavía aparecería el verdadero mesías. Tras varios reveses de los romanos,
Nerón llamó a su mejor general, Vespasiano, veterano de las campañas contra los
britanos. Los romanos recuperaron lentamente el control de las ciudades más
pequeñas, empleando para ello 65.000 hombres e ingenios militares y técnicas de
asedio más avanzados.
Tras la muerte de Nerón en el año 68 d.C, Vespasiano
se convirtió en e candidato electo para el cargo de emperador. Su hijo, Tito,
dotado de todos los hombres y equipos que podía necesitar, puso fin a la
guerra. Pese a la resistencia fanática, Tito logró entrar en Jerusalén en el
año 70 d.C., prendiendo fuego al templo saqueando y quemando todo lo que
encontró a su paso.
Reflexionando sobre el hecho de que el asedio de
Jerusalén había costado a los judíos más de un millón de muertos, Josefo
denunció amargamente los oráculos mesiánicos. Hubo presagios terribles -luces
resplandecientes en el altar, una vaca que parió un cordero, carros y
regimientos armados que corrían por el cielo en la puesta del sol-, pero los
bandidos y sus profetas abominables no comprendieron estos signos de su ruina.
Estos “estafadores y falsos mensajeros engañaron al pueblo para que creyera que
conseguirían, pese a todo, la salvación sobrenatural”.
Incluso después de la caída de Jerusalén, los bandidos
todavía no podían creer que Yahvé les había abandonado. Un esfuerzo más heroico
-un sacrificio más de sangre- y Yahvé decidiría finalmente enviar al verdadero
ungido. Como he mencionado con anterioridad, el último sacrificio ocurrió en la
fortaleza de Masada en el año 73 d.C. Un bandido llamado Eleazar, descendiente
de Ezequías y de Judas de Galilea, exhortó a la fuerza superviviente de 960
hombres, mujeres y niños a matarse unos a otros antes que entregarse a los
romanos.
En síntesis: entre los años 40 a.C. y 73 d.C., Josefo
menciona por lo menos cinco mesías militares judíos, sin incluir a Jesús o Juan
el Bautista. Estos son: Atrongeo, Teudas, el anónimo “canalla” ejecutado por
Félix, el “falso profeta” egipcio judío y Manahem. Pero Josefo alude repetidas
veces a otros mesías o profetas de mesías que no se molesta en nombrar o
describir. Por añadidura, parece muy probable que el linaje entero de
guerrilleros bandidos-zelotes descendientes de Ezequías a través de Judas de Galilea,
Manahem y Eleazar, fuera considerado por muchos de sus seguidores mesías o
profetas de mesías. Podemos concluir que en la época de Jesús, había tantos
mesías en Palestina como en la actualidad hay profetas del cargo en los Mares
del Sur.
La caída de Masada no marcó el final del estilo de
vida militar-mesiánico judío. El impulso revolucionario, continuamente recreado
por las exigencias prácticas del colonialismo y la pobreza, estalló de nuevo
sesenta años después de Masada en un drama mesiánico todavía más espectacular.
En el año 132, Bar Kochva, “Hijo de una Estrella”, organizó una fuerza de
200.000 hombres y estableció un reino judío independiente que duró tres años. A
causa de las victorias milagrosas de Bar Kochva, Akiba, el rabino jefe de
Jerusalén le aclamó como mesías. La gente decía ver a Bar Kochva montado sobre
un león. Los romanos no habían encontrado desde Aníbal un oponente militar de
tal osadía; luchaba en primera línea y en los lugares más peligrosos. Roma
perdió una legión entera antes de acabar con él. Los romanos arrasaron mil
aldeas, mataron 500.000 personas y deportaron a millares como esclavos. Después
generaciones de sabios judíos amargados hablarían arrepentidos de Bar Kochva
como el “hijo de una mentira”, que les había embaucado para que perdieran su
tierra natal.
La historia muestra que el estilo de mida
militar-mesiánico judío constituyó un fracaso adaptativo. No consiguió
restablecer el reino de David; antes bien provocó la pérdida total de la
integridad territorial del reino judío. Durante los 1.800 años siguientes los
judíos serían una minoría subordinada dondequiera que vivieran. ¿Significa esto
que el mesianismo militar era un estilo de vida caprichoso, poco práctico,
incluso maníaco? ¿Tenemos que concluir, siguiendo a Josefo y a los que después
condenaron a Bar Kochva, que los judíos perdieron su tierra natal al permitir
que la quimera mesiánica les embaucara para atacar el poder invencible de Roma?
Creo que no.
La revolución judía contra Roma fue provocada por las
desigualdades del colonialismo romano, no por el mesianismo militar judío. No
podemos juzgar a los romanos como “más prácticos” o “realistas” simplemente
porque fueron los vencedores. Ambas partes emprendieron la guerra por razones
prácticas y mundanas. Supongamos que George Washington hubiera perdido la
Guerra de la Independencia Americana. ¿Tendríamos entonces que concluir que el
Ejército continental fue víctima de una conciencia de estilo de vida irracional
entregada a la quimera llamada “libertad”?
En la cultura, como en la naturaleza, frecuentemente
sistemas que son producto de fuerzas selectivas no logran sobrevivir, no porque
sean deficientes o irracionales, sino porque encuentran otros sistemas que
están mejor adaptados y son más poderosos. Creo haber mostrado que el culto del
mesías vengativo, al igual que el cargo, estaba adaptado a las exigencias
prácticas de una lucha colonial. Tuvo gran éxito como medio de movilizar la
resistencia de masas en ausencia de un aparato formal para reclutar y entrenar
un ejército. No me atrevería a afirmar que los bandidos-zelotres se hallaban
engañados salvo que se pueda demostrar que la probabilidad de su derrota era
tan grande desde un primer momento que ningún esfuerzo podía haber conducido a
un resultado distinto del que nos revela actualmente la historia. Pero no hay
modo alguno de demostrar que los bandidos-zelotres podían haber predicho la
inevitabilidad de su derrota. La historia nos enseña con igual contundencia que
Judas de Galilea tenía razón y que los Césares se equivocaban en lo que atañe a
la presunta invencibilidad del imperio romano. El imperio romano no sólo fue
finalmente destruido, sino que los pueblos que lo destruyeron eran coloniales
como los judíos, y muy inferiores a los romanos en número, equipamiento y
técnicas militares.
Casi por definición, la revolución significa que una
población explotada debe adaptar medidas desesperadas frente a grandes
dificultades para derrocar a sus opresores. Clases, razas y naciones aceptan
habitualmente el desafío de estas dificultades no porque sean embaucados por
ideologías irracionales, sino porque las alternativas son lo bastante
detestables como para que valga la pena de correr riesgos todavía mayores. Creo
que esta es la razón por la que los judíos se rebelaron contra Roma. Y también
la razón por la que la conciencia militar mesiánica judía experimentó una gran
expansión en la época de Jesús.
En la medida en que el culto del mesías vengativo
estaba arraigado en la lucha práctica contra el colonialismo romano, el culto
del mesías pacífico toma la forma de una paradoja aparentemente inexplicable.
El mesías pacifico del cristianismo aparece en el momento más inverosímil en la
trayectoria de 180 años de guerra contra Roma. El culto a Jesús se desarrolló
mientras la conciencia militar-mesiánica se aceleraba, se extendía y se elevaba
hasta el éxtasis sin mancha de la gracia de Yahvé. Su aparición en el tiempo
parece totalmente equivocada. En el año 30 d.C. el impulso revolucionario de
los bandidos-zelotes no había encontrado todavía ningún obstáculo importante.
El templo estaba intacto y era escenario de grandes peregrinaciones anuales.
Los hijos de Judas de Galilea estaban vivos. El terror de Masada era todavía
imposible de imaginar. ¿Qué razones podían tener los judíos para suspirar por
un mesías pacífico tantos años antes de que el sueño militar-mesiánico ungiera
a Manahem y Bar Kochva? ¿Qué razones podía haber para entregar Palestina a los
señores feudales romanos cuando el poder romano ni siquiera había hecho aún una
muesca en el borde del escudo sagrado de Yahvé? ¿Por qué una nueva alianza
mientras la antigua era todavía capaz de sacudir por dos veces el imperio
romano?
El secreto del
Príncipe de la Paz
La elaboración onírica de la civilización occidental
no difiere radicalmente de las de otros pueblos. Sólo necesitamos un
conocimiento de las circunstancias prácticas para penetrar sus misterios.
En el caso presente, hay en realidad muy pocas
opciones prácticas entre las que elegir. Sería más conveniente si la fecha del
ministerio de Jesús fuera incorrecta, si se pudiera mostrar que Jesús no había
empezado a instar a sus compatriotas judíos a amar a los romanos hasta después
de la caída de Jerusalén. Pero es inconcebible un error de 40 años en la
cronología convencional de acontecimientos como la rebelión de Judas de Galilea
contra los impuestos o el gobierno de Poncio Pilatos.
Aunque no podemos equivocarnos sobre el momento en que
habló Jesús, hay muchas razones paras suponer que estamos equivocados en cuanto
al contenido de sus enseñanzas. Una sencilla solución práctica a las preguntas
planteadas al final del capítulo anterior consiste en que Jesús no era tan
pacífico como se suele creer, y que sus verdaderas enseñanzas no representaban
una ruptura fundamental con la tradición del mesianismo militar judío. Una
fuerte tendencia a favor de los bandidos-zelotres y en contra de los romanos
impregno probablemente su ministerio original. Es probable que la ruptura
decisiva con la tradición mesiánica judía se produjera sólo después de la caída
de Jerusalén, cuando los cristianos judíos que vivían en Roma y en otras
ciudades del imperio se desprendieron de los componentes político-militares
originales de las doctrinas de Jesús como respuesta adaptativa a la victoria
romana. Al menos éste es en síntesis el argumento que emplearé ahora para
relacionar las paradojas del mesianismo pacífico con la conducción de los
asuntos humanos prácticos.
La continuidad entre las enseñanzas originales de
Jesús y la tradición militar-mesiánica viene sugerida por el estrecho vínculo
existente entre Jesús y Juan el Bautista. Vestido con pieles de animales y
alimentándose sólo de langostas y miel silvestre, Juan el Bautista corresponde
claramente a este tipo de hombres santos a los que Josefo describe como
errantes por las tierras yermas del Valle del Jordán, incitando a los
campesinos y esclavos y creando conflictos a los romanos y a su clientela
judía.
Los cuatro evangelios están de acuerdo en que Juan el
Bautista fue el precursor inmediato de Jesús. Su misión consistió en realizar
la obra de Isaías, ir al desierto -las tierras del interior plagadas de
bandidos y repletas de cuevas en las que resonaban los ecos de la alianza de
Yahvé- y proclamar a los cuatro vientos: “Aparejad el camino del Señor,
enderezad sus sendas.” (Arrepentios de vuestros pecados, reconoced vuestra
culpa para que podáis ser recompensados con el imperio prometido). Juan
“bautizaba” a los judíos que confesaban su culpa y verdaderamente deseaban la
penitencia, bañándoles en un río o fuente para purificar simbólicamente sus
pecados. Según los evangelios, Jesús fue el penitente más famoso del Bautista.
Tras haberse bañado en el río Jordán, Jesús emprendió la fase culminante de su
vida, el período de predicación activa que le llevó a su muerte en la cruz.
La carrera del Juan el Bautista reproduce la pauta de
los oráculos del desierto descritos en el capítulo anterior. Cuando las
multitudes que le rodeaban se hicieron demasiado numerosas, fue detenido por el
guardián más cercano de la ley y el orden romanos. Dio la casualidad de que
éste era el rey marioneta, Herodes Antipas, gobernador de la parte de Palestina
al este del Jordán donde el Bautista había sido más activo.
No hay ningún indicio en los evangelios de que Juan el
Bautista pudiera haber sido detenido porque sus actividades fueran consideradas
como amenaza a la ley y al orden. Está ausente toda la dimensión
político-militar. En cambio, se nos dice que se produjo la detención de Juan el
Bautista por sus críticas al matrimonio entre Herodes y Herodías, la mujer
divorciada de uno de los hermanos de Herodes. La historia llega a atribuir la
ejecución de Juan el Bautista no a motivos políticos, sino al deseo de venganza
de Herodías. Herodías mando a su hija Salomé que danzara para el rey Herodes.
El rey quedó tan complacido con la actuación que promete a la bailarina todo lo
que desee. Salomé anuncia que quiere la cabeza de Juan el Bautista en una
bandeja y Herodes accede. Se dice que Herodes tuvo remordimiento, como más
tarde se dijo de Poncio Pilatos en la ejecución de Jesús. Examinando lo que
Juan el Bautista hablaba a las multitudes en el desierto antes de ser detenido,
la falta de referencias políticas y el remordimiento atribuido a Herodes
parecen completamente fuera de lugar. Lo que Juan predicaba era una pura
amenaza militar-mesiánica.
Viene el que es más fuerte que yo; él os
bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene su bieldo para limpiar su
era y allegar el trigo en su granero; mas la paja la quemará con su fuego
inextinguible.
¿Estaba ciego Herodes Antipas a la conexión entre los
oráculos del desierto y los bandidos-zelotes? Un rey cuyo reino habría de durar
43 años y que era el hijo de tirano asesino de bandidos Herodes el Grande no
podía permanecer indiferente a los peligros que entrañaba el permitir que gente
como Juan el Bautista atrajera grandes multitudes al desierto. Y, ¿cómo un
oráculo cuyo mesías no estaba relacionado con la causa de los bandidos-zelotres
podía atraer multitudes tan numerosas?
El lugar del bautista en la tradición
militar-mesiánica se ha esclarecido como consecuencia del descubrimiento de los
manuscritos del Mar Muerto. Estos documentos fueron descubiertos en una cueva
cerca de las ruinas de una antigua comunidad precristiana llamada Quamran
situada en la región donde Juan bautizó a Jesús. El mismo Quamran era una
comuna religiosa dedicada, como Juan el Bautista, a “limpiar el sendero en el
desierto”. Según la rica y anteriormente desconocida literatura sagrada de la
comuna, la historia de los judíos se encaminaba a un harmagedón en el que el
imperio romano encontraría su ruina. Roma sería sustituida por un nuevo imperio
con su capital en Jerusalén, gobernado por un mesías militar descendiente de
una rama de la Casa de David, más poderoso que ningún César visto jamás en la
tierra. Los judíos, “Hijos de la Luz”, dirigidos por el “ungido de Israel”,
general invencible, comandante en jefe, iban a librar batalla contra los
romanos, “Hijos de las Tinieblas”. Sería una guerra de aniquilación. Veintiocho
mil guerreros judíos y 6.000 aurigas atacarían a los romanos. “Emprenderían la
persecución para exterminar al enemigo en una aniquilación eterna... hasta
destruirlo todo”. La victoria estaba garantizada por que “como tú nos has
declarado desde antaño: de Jacob saldrá una estrella, de Israel surgirá un
cetro” (la profecía en el Libro de los Números que se aplicaría más tarde a Bar
Kochva). Israel vencería “porque en el pasado, has devorado mediante tus
ungidos el mal como una antorcha encendida en una andana de grano... porque
desde antaño has proclamado que el enemigo... caería por una espada no humana,
y una espada no humana lo devorará.”
Los quamranitas habían elaborado el orden de batalla
hasta en sus últimos pormenores. Incluso disponían de un canto de victoria:
Levántate, ¡Oh Valiente!
Lleva a Tus cautivos, ¡Oh Hombre glorioso!
Saquea, ¡Oh valeroso!
¡Pon Tu mano sobre el cuelo de Tus enemigos
Y Tus pies sobre el montón de los muertos!
¡Colma la tierra de gloria
Y a Tu herencia de bendición!
¡Una multitud de ganado en Tus pastos,
Plata y oro y piedras preciosas en tus palacios!
¡Oh, Sión, regocíjate mucho!
¡Oh, Jerusalén, aparece entre gritos de alegría!
¡Oh, todas las ciudades de Judá, mostraos!
Abrid vuestras puertas para siempre.
¡Que entren los ricos de las naciones!
¡Y que sus reyes te sirvan,
Y que todos tus opresores se dobleguen ante ti,
¡Y que muerdan el polvo a tus pies!
Sabemos que los quamranitas enviaron misioneros para
que actuaran como vanguardia del Ungido. Se dice que éstos, al igual que Juan
el Bautista, comían langostas y miel silvestre, y se vestían con pieles de
animales. Su tarea, como la de éste, era conseguir el arrepentimiento de los
hijos de Israel. No se puede demostrar que practicaran el bautismo, pero los
arqueólogos han descubierto en el mismo Quamran extensas instalaciones para
baños rituales. El ritual del bautismo de Juan muy bien pudo haberse introducido
como forma abreviada de los ritos de purificación y abluciones más extensas
realizados en los baños de la comuna y que de una u otra forma eran parte
importante de las ideas judías sobre la purificación espiritual.
Creo que un punto que necesita especial énfasis aquí
lo constituye el hecho de que ni siquiera se aluda a la existencia de esta
literatura en los escritos de personas tales como Josefo o los autores de los
evangelios cristianos. Sin estos manuscritos no sabríamos nada en absoluto
sobre lo que hacían estos hombres santos combatientes, pues Quamran fue
destruida por los romanos en el año 68 d.C. Los miembros de la comunidad
sellaron su librería sagrada en vasijas y las escondieron en cuevas cercanas
antes de que los “Hijos de las Tinieblas” atacaran y destruyeran la comuna.
Dada la imposibilidad de que fueran falsificados durante los 2.000 años en que
permaneció olvidada su existencia, los manuscritos constituyen en la actualidad
una de las grandes fuentes de información sobre el judaísmo en el período
inmediatamente anterior, coetáneo y posterior a la época de Jesús.
Los manuscritos de Quamran hacen sumamente difícil
separar las enseñanzas de Juan el Bautista tal como se relatan en los
evangelios de la corriente principal de la tradición militar-mesiánica judía.
En el ambiente de la guerra de guerrillas prolongada y sangrienta con Roma, la
metáfora del Bautista de la “paja quemada con fuego inextinguible” no puede
oponerse lógicamente a la predicción de los quamranitas sobre una “antorcha
encendida en una andana de grano”. No pretendo saber qué es exactamente lo que
se proponía Juan el Bautista, pero el contexto terrenal en el que deberíamos
juzgar su conducta no puede ser el de una religión que todavía no había nacido.
Sólo puedo pensar en sus dichos y hechos relatados en el contexto de una chusma
polvorienta y agitada de campesinos, guerrilleros, evasores de impuestos y
ladrones, metidos hasta las rodillas en el Jordán, consumidos por un odio
insaciable contra los tiranos herodianos, los sacerdotes marionetas, los
arrogantes gobernadores romanos y los soldados paganos que se tiraban pedos en
los lugares sagrados.
Inmediatamente después de la captura del Bautista
-probablemente mientras esperaba juicio en la prisión de Herodes Antipas- Jesús
comenzó a predicar precisamente entre el mismo tipo de gentes y bajo las mismas
condiciones de riesgo. La semejanza en el estilo de vida era tan grande que al
menos dos de los primeros discípulos de Jesús -los hermanos Andrés y Simón
Pedro (San Pedro)- fueron antiguos seguidores del Bautista. Herodes antipas
encontró después tan poca diferencia entre Jesús y el Bautista que se dice que
observó: “Es Juan a quien decapité; ha resucitado de entre los muertos”. Al
principio Jesús realizó la mayor parte de su predicación en el interior del
país, realizando milagros y atrayendo grandes multitudes. Probablemente siempre
se adelantaba a la policía. Al igual que Juan el Bautista y los mensajeros
mesiánicos mencionados por Josefo, Jesús emprendió una serie de enfrentamientos
que sólo podían acabar con su detención o con una insurrección cataclísmica.
La lógica de su creciente popularidad condujo a Jesús
a hazañas cada vez más peligrosas. Muy pronto, él y sus discípulos iniciaron la
actividad misionera en Jerusalén, la capital prometida del futuro Sacro Imperio
Judío. Invocando deliberadamente el simbolismo mesiánico del Libro de Zacarías,
Jesús cruzó las puertas montado en un asno (o posiblemente en una jaca). Los
catequistas afirman que hizo esto porque significaba la intención de “hablar de
la paz a los paganos”. Esto es ignorar el significado tremendamente
militar-mesiánico de los vaticinios de Zacarías. Pues tras de aparecer el
mesías de Zacarías, humildemente y montado en un asno, los hijos de Sión
“devoran y someten”... y “serán en el combate como valientes que pisotean a sus
enemigos en el lodo de las calles... porque el Señor está con ellos y serán
confundidos quienes cabalgan caballos.”
La figura humilde sobre el asno no era un mesías
pacífico. Era el mesías de una pequeña nación y su príncipe de la guerra
aparentemente inofensivo, un descendiente de David, quien también se alzó de la
aparente debilidad para confundir y someter a los jinetes y aurigas enemigos.
Los paganos tendrían la paz, pero sería la paz del largamente esperado Sacro
Imperio Judío. Así es al menos cómo las muchedumbres que se alineaban en el
camino interpretaron lo que estaba sucediendo, ya que gritaban al pasar Jesús: “¡Hossana!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino, que viene de
nuestro Padre David!”
No había nada especialmente pacífico en lo que Jesús y
sus discípulos realizaron después de haber entrado en la ciudad. Al elegir
invadir Jerusalén justo antes del inicio de la Pascua, se aseguraban la
protección de los millares de peregrinos que llegaban del campo y de todo el
Mediterráneo durante las fiestas. Bandidos-zelotes, campesinos, jornaleros,
mendigos y otros grupos potencialmente volubles, todos confluían en masa al
mismo tiempo en la ciudad. Durante el día Jesús estaba rodeado en todas partes,
por muchedumbres tumultuosas y extáticas. Al atardecer se retiraba a las casas
de sus amigos, ocultando su paradero a todos salvo al núcleo íntimo de los
discípulos.
Jesús y sus discípulos nada hicieron para
diferenciarse de los miembros de un movimiento militar-mesiánico incipiente.
Incluso provocaron al menos una confrontación violenta. Asaltaron violentamente
el patio del gran templo y atacaron físicamente a los mercaderes autorizados
que cambiaban dinero de modo que los peregrinos extranjeros pudieran comprar
animales sacrificiales. El mismo Jesús utilizó un látigo durante este
incidente.
Los evangelios relatan cómo Caifás, el Sumo Sacerdote,
“acordó” prender a Jesús. Dado que Caifás había sido testigo del ataque
violento contra los cambistas, no podía tener duda alguna sobre la legalidad de
encarcelar a Jesús. Lo que Caifás tenía que planear era cómo detener a Jesús
sin provocar a toda la gente que creía que él era el mesías. Las masas eran
sumamente peligrosas en aquellos días antes de la invención de los fusiles y
los gases lacrimógenos, especialmente si la gente creía tener un líder invencible.
Así, Caifás dio órdenes a la policía para que prendieran a Jesús, pero “no
durante la fiesta, no sea que se arme un alboroto en el pueblo”.
Ciertamente, la muchedumbre que rodeaba a Jesús no
había tenido tiempo de adoptar un estilo de vida no violento. Incluso sus
discípulos más íntimos evidentemente no estaban preparados para “poner la otra
mejilla”. Al menos dos de ellos tenían apodos que sugieren su vinculación con
activistas combatientes. Uno era Simón, llamado “El Zelote”, y el otro era
Judas, llamado “Iscariote”. Hay una curiosa semajanza entre Iscariote y
sicarri, la palabra que utiliza Josefo para identificar a los homicidas hombres
del puñal. Y en algunos manuscritos del latín clásico Judas se llama en
realidad Zelotes.
Otros dos discípulos tenían apodos militares: Santiago
y Juan, los hijos del Zebedeo. Se llamaban “Boanergés”, que Marcos traduce del
arameo como “hijos del Trueno” y que también podía significar “los feroces”,
“los coléricos”. Los hijos de Zebedeo merecían su reputación. En un momento de
la narración evangélica quieren destruir una aldea samaritana entera porque la
gente no había acogido a Jesús.
Los evangelios también indican que algunos discípulos
llevaban espadas y estaban dispuestos a oponer resistencia a la detención.
Justo antes de ser detenido, Jesús dijo, “el que no tenga espada, que venda su
manto y se compre una”. Esto movió a los discípulos a mostrarle dos espadas, lo
que indica que al menos dos de ellos no sólo estaban armados habitualmente,
sino que habían ocultado sus espadas bajo las ropas... como los hombres del
puñal.
Los cuatro evangelios registran el hecho de que los
discípulos opusieron resistencia armada en el momento del prendimiento de
Jesús. Después de la cena de Pascua, Jesús y su círculo íntimo se retiró a un
huerto en Getsemaní donde se dispuso a pasar la noche. El sumo Sacerdote y sus
hombres, conducidos por Judas Iscariote se abalanzaron sobre ellos mientras
Jesús rezaba y el resto dormía. Los discípulos sacaron sus espadas y se produjo
una breve lucha en al que uno de los policías del templo perdió una oreja. Tan
pronto como la policía prendió a Jesús, los discípulos dejaron de combatir y
huyeron en la noche. Según Mateo, Jesús dijo a uno de sus discípulos que
envainara su espada, una orden que el discípulo obedeció pero que evidentemente
no estaba preparado para escuchar, puesto que inmediatamente desertó.
En la narración evangélica, el precio dado a Judas se
asemeja a la denuncia de Juan el Bautista contra Herodías. Si Judas era de
veras Zelotes, un bandido-zelote, podía haber traicionado a Jesús por razones
tácticas o estratégicas, pero nunca simplemente por dinero. (Una teoría
consisten en que Jesús no era bastante combatiente.) Al identificar la
motivación de Judas como pura codicia, los evangelios pueden haber repetido
sencillamente el tipo de distorsión que Josefo y los romanos empleaban
automáticamente con respecto a todos los bandidos-zelotes. Pero los bandidos
zelotes se mostraban dispuestos a matar sin ser pagados: esto al menos debería
desprenderse de los sucesos descritos en el capítulo anterior.
¿Por qué huyeron todos los discípulos, y por qué Simón
Pedro negó tres veces a Jesús antes de que amaneciera? Porque como judíos
compartían con Caifás la conciencia de estilo de vida de sus antepasados y
entendían que el mesías tenía que ser un príncipe militar invencible y capaz de
realizar prodigios.
Todo esto lleva a una conclusión: la conciencia de
estilo de vida compartida por Jesús y su círculo íntimo de discípulos no era la
de un mesías pacífico. Aunque los evangelios pretenden negar claramente la
capacidad de Jesús de realizar actos políticos violentos, conservan lo que
parece ser una corriente subyacente de dichos y hechos contradictorios que
vinculan a Juan el Bautista y a Jesús con la tradición militar-mesiánica y los
implican en la guerra de guerrillas. La razón de esto está en que en el tiempo
en que se escribió el primer evangelio, los dichos y hechos no pacíficos que
los testigos oculares y las fuentes apostólicas irrecusables habían atribuido a
Jesús eran muy conocidos entre los fieles. Los escritores de los evangelios
cambiaron el equilibrio de la conciencia de estilo de vida del culto a Jesús en
la dirección de un mesías pacífico, pero no podían borrar del todo la tradición
militar-mesiánica. A este respecto la ambigüedad de los evangelios se demuestra
mejor disponiendo algunos de los enunciados más pacíficos de Jesús en una
columna y las negaciones inesperadas en otra:
|
Bienaventurados los que hacen obras de paz.
(Mateo 5:9) |
No os imaginéis que vine a poner paz sobre la
tierra; no vine a poner paz, sino espada. (Mateo 10:34) |
|
Si uno te abofetea la mejilla derecha, vuélvele
también la otra. (Mateo 5:39) |
¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No, os
lo aseguro, sino más bien la división. (Lucas 12:51) |
|
Todos los que empuñan espada, a espada perecerán.
(Mateo 26:52) |
Quien no tenga espada, venda su manto y cómprese
una. (Lucas 22:36) |
|
Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os
aborrecen. (Lucas 6:27) |
Y habiendo hecho un azote de cordeles, echoles a
todos del templo... y desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus
mesas. (Juan 2:15) |
Debo señalar también en este momento la interpretación
evidentemente falsa o dada tradicionalmente a lo que Jesús dijo cuando le
preguntaron si los judíos debían pagar impuestos a los romanos: “Dad al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Esto sólo podía significar una cosa para los
galileos que habían participado en la rebelión de Judas de Galilea contra los
impuestos, a saber: “No pagar”. Pues Judas de Galilea había dicho que todas las
cosas en Palestina pertenecían a Dios. Pero los autores de los evangelios y sus
lectores probablemente nada sabían de Judas de Galilea, por lo que conservaron
la respuesta sumamente provocativa de Jesús en el supuesto erróneo de que
mostraba una actitud genuinamente conciliatoria hacia el gobierno romano.
Después de haberle capturado, los romanos y sus
clientes judíos continuaron tratando a Jesús como si fuera el líder de una
rebelión militar-mesiánica real o pretendida. El Sanedrín le procesó por haber
dicho profecías blasfemas o falsas. Pronto le encontró culpable y le entrego a
Poncio Pilatos para un segundo juicio con acusaciones seculares. La razón de
esto parece clara. Como he mostrado en el capítulo sobre el cargo, los mesías
populares en contextos coloniales siempre son culpables de un crimen político-religioso,
nunca simplemente religioso. A los romanos no les preocupaba e absoluto la
violación de los códigos religiosos de los nativos realizada por Jesús pero les
inquietaba profundamente su amenaza de destruir el gobierno colonial.
Las predicciones de Caifás sobre cómo la muchedumbre
reaccionaría una vez que se mostrara a Jesús indefenso se verificaron
totalmente. Pilatos exhibió públicamente al hombre condenado y no se alzó
ninguna voz en señal de protesta. Pilatos llegó incluso a ofrecer dejar en
libertad a Jesús si la turba lo deseaba. Los evangelios afirman que Jesús era
inocente, pero debemos recordar que Pilatos era un militar astuto y de mano
dura, que siempre tuvo problemas con la turba de Jerusalén. Según Josefo,
Pilatos atrajo una vez a varios miles de personas al estadio de Jerusalén, les
rodeó de soldados y amenazó con cortarles la cabeza. En otra ocasión, sus
hombres se infiltraron entre la turba poniéndose ropas civiles sobre la
armadura y a una señal determinada golpearon a todos los que encontraban a su
alcance. Al presentar a Jesús al gentío que hasta ayer mismo le había adorado y
protegido, Pilatos se sirvió de la lógica inexorable de la tradición
militar-mesiáncia para impresionar a los nativos con su propia estupidez. Ahí
estaba su libertador presuntamente divino, Rey del Sacro Imperio Judío,
totalmente desvalido frente a unos pocos soldados romanos. La multitud pudo muy
bien haber respondido exigiendo la muerte de Jesús como impostor religioso,
pero Pilatos no estaba interesado en crucificar a charlatanes religiosos. Para
los romanos Jesús era sólo otro personaje subversivo que merecía el mismo
destino que todos los demás bandidos y revolucionarios agitadores de masas que
seguían saliendo del desierto. Esta es la razón por la que el título sobre la
cruz de Jesús rezaba “Rey de los Judíos”.
S.G.F. Brandon, antiguo decano de la Escuela de
Teología de la Universidad de Manchester, nos recuerda que Jesús no fue
crucificado solo; los evangelios relatan que su destino fue compartido por
otros dos criminales declarados culpables. ¿Cuál fue el crimen por el que los
compañeros de Jesús fueron condenados a muerte? En las versiones en legua
inglesa de los evangelios, se dice que eran “ladrones”. Pero el término
original del manuscrito griego para ellos era lestai, precisamente el mismo
término que Josefo utilizó para aludir a los bandidos-zelotes. Brandon cree que
incluso podemos especificar todavía más quiénes eran en realidad estos
“bandidos”. Marcos afirma que en el transcurso del proceso de Jesús, la cárcel
de Jerusalén encerraba cierto número de prisioneros que “habían participado en
un motín”. Si los compañeros de Jesús provenían de estos amotinados, la
horrorosa escena del Gólgota cobra una unidad que de lo contrario estaría
ausente: el supuesto Rey mesiánico de los judíos en el centro, flanqueado por
dos bandidos-zelotes, una escena compatible con todo lo que sabemos de la
mentalidad de los oficiales coloniales resueltos a enseñar la ley y el orden a
los nativos rebeldes.
Los cuatro evangelios convergen en el espectáculo
sombrío del sufrimiento de Jesús en la cruz mientras a los discípulos no se les
ve por ninguna parte. Los discípulos no podían creer que un mesías permitiera
ser crucificado. Todavía no habían vislumbrado la más pequeña idea de que el
culto a Jesús tenía que ser el culto de un salvador pacífico más que vengativo.
De hecho, como apunta Brandon, el evangelio de Marcos alcanza fuerza dramática
por el fracaso de los discípulos en captar la razón por la que el mesías no
destruiría a sus enemigos y no se libraría de la muerte.
Sólo después de la desaparición del cuerpo de Jesús de
la tumba se llegó a comprender su aparente falta de poder mesiánico. Algunos
discípulos comenzaron a tener visiones, lo que les permitió comprender que la
prueba habitual del carácter mesiánico, la victoria, no se aplicaba a Jesús.
Inspirados por sus visiones, dieron el paso importante, pero no totalmente sin
precedentes, de argüir que la muerte de Jesús no demostraba que era falso
mesías; más bien demostraba que Dios había proporcionado a los judíos otra
oportunidad crítica de mostrarse dignos de la alianza. Jesús volvería si la
gente se arrepentía de sus dudas y pedía el perdón de Dios.
No hay razón alguna para suponer que esta
reinterpretación del significado de la muerte de Jesús condujera de golpe a un
rechazo del significado militar y político de su condición mesiánica. Hay
elementos de juicio que respaldan el punto de vista sostenido de modo
convincente por el profesor Brandon: la mayor parte de los judíos que esperaban
la vuelta de Jesús en el período entre su crucifixión y la caída de Jerusalén,
seguían esperando un mesías que derrocaría a Roma y convertiría a Jerusalén en
la capital del Sacro Imperio Judío. Al principio de los “Hechos de los
Apóstoles”, relato de Lucas sobre lo sucedido tras la muerte de Jesús, el
significado político de la vuelta de Jesús predomina en la mente de los
apóstoles. La primera cuestión que plantearon al Jesús resucitado es: “Señor,
¿en esta sazón vas a restablecer el reino a Israel?” Otra fuente del Nuevo
Testamento, el “Libro del Apocalipsis”, describe la vuelta de Jesús como un
jinete con muchas diademas sobre la cabeza, montando en un caballo blanco, que
juzga y hace guerra, cuyos ojos son como “llama de fuego”, viste un manto
“salpicado de sangre”, y rige a las naciones con “vara de hierro”, y que vuelve
a “pisar el lagar del vino del furor de la cólera del Dios omnipotente”.
También encontramos elementos de juicio que coinciden
sobre este punto en los Manuscritos del Mar Muerto. He dicho hace un momento
que la idea de un mesías que resucita de entre los muertos tenía precedentes.
Los Manuscritos del Mar Muerto aluden a un “maestro de la justicia” a quien dan
muerte sus enemigos pero que vuelve para cumplir la tarea mesiánica. Como los
quamranitas, los primeros cristianos judíos se organizaron en una comuna
mientras esperaban la vuelta de su “maestro de la justicia”.
En los “Hechos de los Apóstoles” se afirma:
Y todos los que habían abrazado la fe vivían
unidos, y tenían todas las cosas en común; y vendían las posesiones y los
bienes, y lo repartían entre todos, según que cada cual tenía necesidad...
Porque tampoco había entre ellos menesteroso alguno; pues cuantos había
propietarios de campos o casas, vendiéndolo, traían el producto de lo vendido y
lo ponían a los pies de los apóstoles.
Es de gran interés el hecho de que los Manuscritos del
Mar Muerto contengan prescripciones para establecer comunidades de judíos
penitentes en las ciudades, que se organizarían siguiendo las mismas
directrices comunistas. Esta es una prueba adicional de que los combatientes de
Quamran y los cristianos judíos respondían de forma similar a condiciones
similares o eran en realidad aspectos o ramas de un mismo movimiento
militar-mesiánico.
Como he indicado al principio de este capítulo, la
imagen de Jesús como el mesías pacifista no se perfeccionó probablemente hasta
después de la caída de Jerusalén. Durante el intervalo entre la muerte de Jesús
y la redacción del primer evangelio, Pablo sentó las bases para el culto del
mesianismo pacífico. Pero aquellos para los que Jesús era principalmente un
redentor militar-mesiánico judío, dominaban el movimiento en el período de la
actividad guerrillera en expansión que llevó a la confrontación del año 68 d.C.
El entrono práctico en el que se escribieron los evangelios, que describen un
mesías puramente pacífico y universal, era la consecuencia de la infructuosa
guerra judía contra Roma. Un mesías puramente pacífico era una necesidad
práctica cuando los generales que acababan de derrotar a los revolucionarios
mesiánicos judíos -Vespasiano y Tito- llegaron a ser los gobernantes del
imperio romano. Antes de esta derrota, era una necesidad práctica para los
cristianos judíos de Jerusalén permanecer fieles al judaísmo. Después de ella,
los cristianos judíos de Jerusalén ya no podían dominar a las comunidades
cristianas de otras partes del imperio, mucho menos a todos aquellos cristianos
que vivían en Roma bajo la tolerancia de Vespasiano y Tito. Como consecuencia
de la desafortunada guerra mesiánica, la negación de que el culto cristiano
había nacido de la creencia judía en un mesías que iba a derrocar el imperio
romano, pronto se convirtió en un imperativo práctico.
La comuna de Jerusalén era dirigida por un
triunvirato, llamado los “pilares” en los “Hechos de los apóstoles” integrado
por Santiago, Pedro y Juan. Entre éstos, Santiago, identificado por Pablo como
el “hermano del Señor” (se desconoce la conexión genealógica precisa), pronto
demostró ser la figura preeminente. Santiago encabezó la lucha contra el
intento de Pablo de oscurecer los orígenes militar-mesiánicos judíos del
movimiento de Jesús.
Aunque Jerusalén siguió siendo el centro del
cristianismo hasta el año 70 d.C., el nuevo culto se difundió pronto fuera de
las fronteras de Palestina hasta muchas de las comunidades de comerciantes,
artesanos y sabios judíos que residían en todas las ciudades importantes del
imperio romano. Los judíos de ultramar conocían a Jesús a través de misioneros
que recorrían las sinagogas del extranjero. El nombre de nacimiento de Pablo,
el más importante de estos misioneros, era Saulo de Tarso, un judío que hablaba
griego, cuyo padre había adquirido la ciudadanía romana para él y su familia.
Pablo insistía en que se había convertido en apóstol de Jesús por la autoridad
de la revelación y sin contacto directo con los apóstoles originarios en
Jerusalén. En su epístola a los Gálatas, escrita entre los años 49 y 57 d.C.,
Pablo decía que había realizado su actividad misionera en Arabia y Damasco
durante tres años y que nunca había hablado con ninguno de los apóstoles
originarios. Esta carta declara que en aquel tiempo hizo una breve visita a
Simón Pedro y habló con Santiago, “el hermano del Señor”.
En los quince años siguientes, Pablo se puso en camino
de nuevo, viajando de ciudad en ciudad. Sus primeros conversos eran casi
siempre judíos. Esto tenía que ser así puesto que los judíos estaban más
familiarizados con el linaje profético que, según Pablo, se consumaba en Jesús.
Aun cuando Pablo no hubiera estudiado con rabinos, no hubiera hablado hebreo y
no se hubiera considerado judío, sin embargo, habría descubierto que los judíos
dispersos por la parte oriental del imperio romano eran el pueblo más apropiado
para responder a la llamada del culto de Jesús. No sólo constituían uno de los
grupos más numerosos de personas desplazadas en el imperio, sino que también se
encontraban entre los más influyentes y hasta el año 71 d.C., gozaron de muchos
privilegios que se negaban a otras etnias. Pablo tenía entre 3 y 7 millones de
judíos fuera de Palestina entre los cuales hacer proselitismo, más del doble de
los que tenía Santiago en el interior de Palestina; y prácticamente todos los
judíos extranjeros vivían en ciudades grandes o pequeñas.
Pablo realizaba un esfuerzo especial para reclutar
entre los no judíos cuando era rechazado por alguna comunidad judía de
ultramar. Pero esto tampoco constituía novedad alguna. Atraídos por las
ventajas sociales económicas de que gozaban los judíos como consecuencia de su
larga experiencia en ambientes cosmopolitas, siempre había habido un flujo
incesante de conversos al judaísmo. Los conversos varones eran acogidos como
judíos siempre que estuvieran dispuestos a cumplir los mandamientos y se
circuncidaran. La mayor novedad relacionada con la actividad proselitista de
Pablo no era su mensaje mesiánico, sino su voluntad de bautizar a los no judíos
como cristianos sin preocuparse de que se circuncidaran o se confirmaran como
judíos.
Los “Hechos de los Apóstoles” declaran que pablo
volvió a Jerusalén tras una ausencia prolongada y suplicó a Santiago y a los
ancianos de Jerusalén que no obstaculizaran sus esfuerzos por convertir a los
no judíos al cristianismo. El veredicto de Santiago consistió en que los no
judíos podían convertirse al cristianismo sin someterse a la circuncisión
siempre que renunciaran a adorar a otros dioses, la fornicación y la carne
estrangulada o manchada de sangre. Pero Santiago y los miembros de la comuna de
Jerusalén insistían en que los cristianos incircuncisos eran inferiores a los
cristianos judíos. Pablo relata que cuando Simón Pedro le visitó en Antioquia,
todos los cristianos comían juntos. Pero con la llegada de una comisión de
investigación enviada por Santiago, Simón Pedro cesó inmediatamente de comer
con los cristianos incircuncisos “por temor a que fueran partidarios de la
circuncisión”, es decir, por temor a que los comisionados cristianos judíos se
lo dijeran a Santiago.
Fue una ventaja para Pablo, dada su audiencia de
ultramar, el que no recalcase bien el papel privilegiado asignado a los hijos
de Israel en el Sacro Imperio Judío. También le supuso una ventaja el ignorar
los componentes militares y políticos mundanos en la misión mesiánica de Jesús.
Pero las innovaciones ecuménicas de Pablo crearon un problema estratégico que
nunca fue capaz de resolver. Inevitablemente, le llevó a un conflicto más
profundo con Santiago y los miembros de la comuna de Jerusalén, ya que la supervivencia
de los cristianos de Jerusalén, dependía de su capacidad de mantener su
reputación como patriotas judíos de buena fe. Para sobrevivir entre las
diferentes facciones envueltas en la guerra cada vez más intensa con Roma, era
esencial que Santiago continuara rindiendo culto en el templo de Jerusalén y
que sus seguidores mantuvieran una imagen de devoción a la ley judía. Su
creencia en la pronta reaparición de Jesús había aumentado, no disminuido, su
fe en la alianza con Yahvé.
Pablo fue acusado de instar a los judíos de las
ciudades extranjeras a hacer caso omiso de las leyes del judaísmo y de tratar a
judíos y no judíos como si no existiera diferencia alguna entre ellos, como si
judíos y gentiles tuvieran el mismo derecho a las bendiciones de la redención
mesiánica venidera. Si esta interpretación del culto de Jesús se hubiera
difundido a Jerusalén, hubiera supuesto la ruina de Santiago y sus seguidores.
Como señala Brandon: “Desde el punto de vista judío, semejante interpretación
no sólo era teológicamente escandalosa, sino que equivalía a una de las
apostasías más vergonzosas, una apostasía que afectaba tanto a la raza como a
la religión”.
Los testimonios conservados de los dichos y hechos de
Jesús no proporcionan ningún apoyo al intento de Pablo de desechar la
distinción entre judíos y no judíos en las comunas de ultramar. En el Evangelio
según Marcos, por ejemplo, una mujer griega siria cae a los pies de Jesús y le
pide que expulse los demonios de su hija. Jesús rehúsa: “Deja que primero se
sacien los hijos; que no está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los
perrillos”. La mujer griega le responde, diciendo: “También los perrillos,
debajo de la mesa, comen las migajas de los niños”, con lo que Jesús se ablanda
y cura a la hija de la mujer. Aquí “hijos” sólo puede significar “hijos de
Israel” y “perrillos” “no judíos”, especialmente, enemigos como los griegos
sirios. Este tipo de incidentes y dichos se conservaron en Marcos y los otros
evangelios por la misma razón por la que no se pudieron expurgar totalmente los
restantes dichos y hechos de carácter vengativo y etnocéntrico. Había
tradiciones orales vivas en las que se basaban los evangelios. Muchos testigos
oculares como Santiago, Pedro y Juan todavía estaban en activo, testigos
oculares que insistían en la autenticidad de los temas militar-mesiánicos y
etnocéntricos. Además, Marcos era judío de nacimiento y por lo tanto es probable
que nunca estuviera del todo libre de cierto grado de ambivalencia sobre las
distinciones étnicas en las que habían insistido antes los fundadores de la
“iglesia” madre de Jerusalén.
Para proteger la comuna de Jerusalén, Santiago envió
mensajeros rivales con la orden de preservar el significado judaico del
cristianismo; y éstos estaban dispuestos a poner en peligro la labor
proselitista de Pablo impugnando sus credenciales. Pablo era vulnerable a estos
ataques puesto que admitía no haber visto nunca a Jesús salvo en una visión.
Además, continuaba necesitando el apoyo de las sinagogas del extranjero. Así,
en el año 59 d.C. pese a presagios y señales de oráculos, Pablo decidió volver a
Jerusalén y poner las cosas en claro con sus acusadores.
Pablo compareció ante Santiago como una persona
acusada ante un juez. Santiago le amonestó, indicando que había miles de judíos
en Jerusalén que creían en Jesús, pero todos ellos eran “celadores de la ley”.
Ordenó entonces a Pablo demostrar que era un judío fiel y que las acusaciones
contra él eran infundadas, demostrando que “procede tú también guardando la
ley”. Pidió a Pablo que se sometiera a siete días de ritos de purificación en
el templo de Jerusalén. Pablo aceptó estas peticiones, lo cual prueba que: 1)
Santiago, el hermano del Señor, era el líder supremo del cristianismo en ese
momento; 2) Santiago y los cristianos judíos todavía rendían culto en el
templo, no formaban ninguna “iglesia” diferente; 3) los cristianos judíos
creían que Jesús volvería para cumplir la alianza de David, convirtiendo a
Jerusalén en el centro del Sacro Imperio Judío; 4) todos los creyentes en Jesús
y Yahvé, penitentes y bautizados, serían redimidos, pero los cristianos judíos
serían más redimidos que el resto.
Pero el intento de Pablo de reafirmar su fidelidad al
ideal nacional judío se cortó en seco, indudablemente por traición. Un grupo de
peregrinos de Asia le reconoció incitó a la multitud, le arrastró fuera del
templo e intentó matarle a palos. Sólo la intervención oportuna del capitán
romano de la guardia salvó a Pablo en esa ocasión. Los sumos sacerdotes le
procesaron, y de nuevo se escapó de la muerte por muy poco. Se tramaron más
complots contra él, pero finalmente logró escapar de Palestina apelando a su
ciudadanía romana y exigiendo ser juzgado por los romanos, no por los judíos.
Fue enviado a Roma donde permaneció bajo arresto domiciliario, pero lo que le
sucedió después no se conoce con claridad. Probablemente fue martirizado en el
año 64 d.C., cuando el emperador Nerón decidió culpar de un enorme fuego en
Roma -que sus enemigos dijeron que él mismo había provocado para limpiar los
barrios bajos cerca de su palacio- a una nueva secta sedienta de sangre, que
había surgido entre los judío y cuyos miembros eran “enemigos de la humanidad”.
Demasiado tarde para Pablo, el estallido de la guerra
total en Palestina alteró drásticamente el contexto político de su abortada
misión. Hacia el año 70 d.C., la “iglesia” madre cristiana judía de Jerusalén
ya no dominaba a las comunidades cristianas de ultramar. Cesó de ser una fuerza
significativa, si es que se puede decir en algún sentido que sobrevivió a la
caída de Jerusalén. La prolongada revolución de los años 68-73 envenenó
profundamente las relaciones entre los judíos de ultramar y los romanos. También
catapultó a las mismas personas responsables de la derrota de los judíos hacia
el control del imperio. En el 71 d.C. Vespasiano y su hijo Tito presidieron un
impresionante desfile triunfal -conmemorado en el Arco de Tito de Roma- durante
el cual fueron conducidos por las calles los prisioneros y el botín judío
mientras que el último comandante bandido-zelote de Jerusalén, Simón ben
Gioras, era estrangulado en el Foro. Después, Vespasiano trató con dureza a los
judíos del imperio, restringiendo sus libertades y desviando los impuestos de
su templo al tesoro de Saturno. Durante el resto de este primer siglo después
de Cristo el antisemitismo se convirtió en un rasgo establecido de las letras y
la vida romana; los judíos responderían con una actitud de ardiente desafío y
nuevas insurrecciones, y éstas provocaron represiones intensificadas que
acabarían en el segundo harmagedón de Bar Kochva en el año 135 d.C.
Brandon infiere del énfasis puesto por Marcos en la
destrucción del templo de Jerusalén como un castigo de los asesinos de Jesús,
que este evangelio, el primero que se compuso y el modelo para los demás se
escribió en Roma después de la caída de Jerusalén. Como dice Brandon,
probablemente se escribió como respuesta a la celebración de la gran victoria
del año 71 d.C.
Las condiciones adecuadas para la difusión del culto
de un mesías pacífico estaban por fin presentes en toda su fuerza. Los
cristianos judíos se unieron entonces sin reservas a los conversos gentiles
para convencer a los romanos de que su mesías difería de los mesías
bandidos-zelotes que habían provocado la guerra y que continuaban creando
problemas; los cristianos, a diferencia de los judíos, eran pacifistas
inofensivos sin ambiciones seculares. El reino cristiano de Dios no era de este
mundo; la salvación cristiana se encontraba en la vida eterna más allá de la
sepultura; el mesías cristiano había muerto para traer la vida eterna a toda la
humanidad; su enseñanza no planteaba ninguna amenaza a los romanos, sólo a los
judíos; los romanos fueron absueltos de toda culpa en la muerte de Jesús; los
judíos solos le habían matado; Poncio Pilatos fue un mero espectador que nada
pudo hacer para impedirlo.
El secreto del mesías pacífico se asentaba en los
campos de batalla y en las repercusiones de dos harmagedones terrenales. El
culto del mesías pacífico tal como le conocemos no hubiera prosperado si el
curso del al batalla se hubiera vuelto contra los “Hijos de las Tinieblas”.
La fuente principal de conversos a esta nueva
religión, si no en número, sí en influencia, continuó siendo los judíos urbanos
dispersos por todo el Mediterráneo oriental. En contra de la leyenda, el
cristianismo no hizo ningún progreso entre las grandes masas de campesinos y
esclavos que constituían la mayor parte de la población del imperio. Como
señala el historiador Salo W.Baron, paganus, la palabra latina para “campesino”
se convirtió para los cristianos en sinónimo de “gentil”. El cristianismo era sobre
todo la religión de grupos étnicos de ciudadanos desplazados. “En las ciudades
en las que los judíos sumaban a menudo un tercio o más de la población, esta,
por así decirlo, nueva variedad de judaísmo avanzaba triunfalmente”.
La persecución romana provocó muchas más víctimas
entre los judíos que continuaban siendo judíos que entre los judíos que se
convirtieron al cristianismo. La época de la persecución imperial total de los
cristianos no comenzó con Nerón, sino mucho más tarde, después del año 150 d.C.
En aquella época, las iglesias cristianas se habían convertido de nuevo en
amenaza política a la ley y el orden romanos, ya que se habían concentrado en
los centros urbanos, se habían infiltrado en la clase alta romana, mantenían
programas de bienestar social eficientes y estaban construyendo una corporación
internacional, fiscalmente independiente, dirigida por administradores
cualificados. Se habían convertido en un “Estado dentro de un Estado”.
No voy a tratar de desarrollar la cadena de
acontecimientos mundanos que finalmente llevaron al establecimiento del
cristianismo como religión del imperio romano. Pero al menos hay que señalar
esto: Cuando el emperador Constantino tomó esta iniciativa trascendental, el
cristianismo ya no era el culto del mesías pacífico. La conversión de
Constantino ocurrió en el año 311 d.C., cuando dirigía un pequeño ejército a
través de los Alpes. Mientras se acercaba a Roma tuvo una visión de la cruz
sobre el sol, y en la cruz vio las palabras IN HOC SIGNO VINCES: “Con este
signo vencerás”. Jesús se le apareció a Constantino y le mandó blasonar su
estandarte militar con la cruz. Bajo este nuevo estandarte, los soldados de
Constantino alcanzaron una victoria decisiva. Reconquistaron el imperio y con
ello garantizaron que la cruz del mesías pacífico presidiría la muerte de
incalculables millones de soldados cristianos y de sus enemigos hasta la época
actual.
Escobas y
aquelarres
Así como los «grandes hombres» nos ayudaron a
comprender el significado práctico de los mesías, ahora que sabemos algo de los
mesías podremos comprender mejor el significado práctico de las brujas. Pero
una vez más debo advertir que la relación no será evidente. Debemos considerar
algunas cuestiones preliminares antes de poder trazar la conexión.
Se estima que 500.000 personas fueron declaradas
culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII.
Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas
distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al
diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos (diablos
masculinos dotados de penes fríos como el hielo); copulación con súcubos
(diablos femeninos). A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas:
matar la vaca del vecino; provocar granizadas; destruir cosechas; robar y comer
niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el
aire para asistir a un aquelarre.
Quiero distinguir dos enigmas diferentes en la
brujería. En primer lugar se plantea el problema de por qué alguien debería
creer que las brujas volaban por el aire en escobas. Y después se plantea el
problema, en gran medida diferente, de por qué esta noción llegaría a ser tan
popular durante los siglos XV y XVII. Creo que podemos encontrar soluciones
prácticas y mundanas para estos dos enigmas. Para empezar, vamos a centrarnos
en la explicación de por qué y cómo las brujas volaban hasta los aquelarres.
Pese a la existencia de un gran número de
«confesiones», poco se conoce en realidad sobre historiales de brujas
autorreconocidas. Algunos historiadores han mantenido que todo el extraño
complejo -el pacto con el diablo, el vuelo en escobas y el aquelarre- fue
invención de los quemadores de brujas más que de las brujas quemadas. Pero como
veremos, al menos algunas de las acusadas tenían durante la instrucción del
proceso un sentido de ser brujas, y creían fervientemente que podían volar por
el aire y tener relaciones sexuales con los diablos. La dificultad con las
«confesiones» estriba en que se obtenían habitualmente mediante tortura. Esta
se aplicaba rutinariamente hasta que la bruja confesaba haber hecho un pacto
con el diablo y volado hasta un aquelarre. Continuaba hasta que la bruja
revelaba el nombre de las demás personas presentes en el aquelarre. Si una
bruja intentaba retractarse de una confesión, se la torturaba, incluso con más
intensidad, hasta que confirmaba la confesión original. Esto dejaba a una
persona acusada de brujería ante la elección de morir de una vez por todas en
la hoguera o volver repetidas veces a la cámara de tortura. La mayor parte de
la gente optaba por la hoguera. Como recompensa por su actitud de cooperación,
las brujas arrepentidas podían esperar ser estranguladas antes de que se
encendiera el fuego.
Voy a describir un caso típico entre los centenares
documentados por el historiador de la brujería europea, Charles Henry Lea.
Ocurrió en el año 1601 en Offenburg, ciudad situada en lo que más tarde se
llamaría Alemania Occidental. Dos mujeres vagabundas habían confesado bajo
tortura ser brujas. Cuando se les instó a identificar a las otras personas que
habían visto en el aquelarre, mencionaron el nombre de la esposa del panadero,
Else Gwinner. Else Gwínner fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre
de 1601, y negó resueltamente cualquier conocimiento de brujería. Le instaron a
evitar sufrimientos innecesarios, pero persistía en su negativa. Le ataron las
manos a la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a sus
muñecas, un sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar, diciendo que
confesaría, y pidió que la bajaran. Una vez en el suelo, todo lo que ella dijo
fue «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». La volvieron a aplicar la
tortura pero sólo consiguieron dejarla inconsciente. La trasladaron a la
prisión y la volvieron a torturar el 7 de noviembre, levantándola tres veces
mediante la estrapada, con pesos cada vez mayores atados a su cuerpo. Tras el
tercer levantamiento gritó que no podía aguantarlo. La bajaron y confesó que
había gozado del «amor de un demonio». Los examinadores no quedaron
satisfechos; deseaban saber más cosas. La elevaron de nuevo con los pesos más
pesados, exhortándola a confesar la verdad. Cuando la dejaron en el suelo, Else
insistió en que «sus confesiones eran mentiras para evitar el sufrimientos y
que la verdad es que era inocente». Entretanto los examinadores habían detenido
a la hija de Else, Agathe. Condujeron a Agathe a una celda y la golpearon hasta
que confesó que ella y su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida
de las cosechas para elevar el precio del pan. Cuando Else y Agathe estuvieron
juntas, la hija se retractó de la acusación que involucraba a su madre. Pero
tan pronto como Agathe se quedó sola con los examinadores volvió a confirmar la
confesión y pidió que no la llevaran de nuevo ante su madre.
Condujeron a Else a otra prisión y la interrogaron con
empulgueras. En cada pausa volvía a confirmar su inocencia. Finalmente admitió
de nuevo que tenía un amante demoníaco, pero nada más. El tormento se reanudó
el 11 de diciembre después de haber negado una vez más toda culpabilidad. En
esta ocasión se desmayó. Le arrojaron agua fría a la cara; ella gritaba y pedía
que la dejaran en libertad. «Pero tan pronto como se interrumpía la tortura, se
retractaba de su confesión». Finalmente confesó que su amante la había
conducido en dos vuelos hasta el aquelarre. Los examinadores pidieron saber a
quién había visto en estos aquelarres. Else dio el nombre de dos personas: Frau
Spiess y Frau Weyss. Prometió revelar después más nombres. Pero el 13 de
diciembre se retractó de su confesión, pese a los esfuerzos de un sacerdote que
la confrontó con la declaración adicional obtenida de Agathe. El 15 de
diciembre, los examinado- res le dijeron que iban a «continuar la tortura sin
piedad o compasión hasta que dijera la verdad». Se desmayó, pero afirmó su
inocencia. Repitió su confesión anterior, pero insistió en que se había
equivocado al haber visto a Frau Spiess y Frau Weyss en el aquelarre: «había
tal muchedumbre y confusión que era difícil la identificación, especialmente
por cuanto todos los presentes cubrían sus caras lo más que podían». Pese a la
amenaza de nuevas torturas, rehusó sellar su confesión con un juramento final.
Else Gwinner murió quemada el 21 de diciembre de 1601.
Además de la estrapada, el potro y la empulguera, los
cazadores de brujas utilizaban sillas con puntas afiladas calentadas desde
abajo, zapatos con objetos punzantes, cintas con agujas, yerros candentes,
tenazas al rojo vivo, hambre e insomnio. Un crítico contemporáneo de la caza de
brujas, Johann Mattháus Meyfarth, escribió que daría una fortuna si pudiera
desterrar el recuerdo de lo que había visto en las cámaras de tortura:
He visto miembros despedazados, ojos sacados de la
cabeza, pies arrancados de las piernas, tendones retorcidos en las
articulaciones, omoplatos desencajados, venas profundas inflamadas, venas
superficiales perforadas; he visto las víctimas levantadas en lo alto, luego
bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y los pies arriba. He visto cómo
el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con varas, apretaba con
empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con cuerdas, quemaba con
azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas. En resumen, puedo
atestiguar, puedo describir, puedo deplorar cómo se violaba el cuerpo humano.
Durante toda la locura de la brujería, toda confesión
arrancada bajo tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara
sentencia. Así, los documentos de los casos de brujería siempre contienen la
fórmula. «Y así ha confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada
bajo tortura». Pero como indica Meyfarth, estas confesiones carecían de valor
al objeto de poder separar las verdaderas brujas de las falsas. ¿Qué significa,
se pregunta, el que encontremos fórmulas como: «Margaretha ha confirmado ante
el tribunal de justicia por propia voluntad la confesión arrancada bajo
tortura»?
Significa que, cuando confesaba después de un tormento
insoportable, el verdugo le decía: «Sí pretendes negar lo que has confesado,
dímelo ahora y lo haré aún mejor. Sí niegas delante del tribunal, volverás a
mis manos y descubrirás que hasta ahora sólo he jugado contigo, porque te voy a
tratar de un modo que arrancaría lágrimas de una piedra». Cuando Margaretha es
conducida ante el tribunal, está encadenada y sus manos tan fuertemente atadas
que «manan sangre». A su lado se hallan carcelero y verdugo, y a sus espaldas
guardianes armados. Tras la lectura de la confesión, el verdugo le pregunta si
la confirma o no.
El historiador Hugh Trevor-Roper insiste en que se
realizaron muchas confesiones a las autoridades públicas sin ninguna evidencia
de tortura. Pero incluso estas confesiones «espontáneas» y «realizadas
libremente» deben evaluarse en función de las formas de terror más sutiles de
las que disponían examinadores y jueces. Era una práctica establecida entre los
examinadores de brujería, amenazar primero con la tortura, después describir
los instrumentos que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones
se podían obtener en cualquier momento del proceso. Los efectos de estas
amenazas probablemente lograron «confesiones» durante la instrucción del
proceso que hoy en día nos parecen «espontáneas». No niego la existencia de
confesiones verdaderas o de brujas «verdaderas», pero me parece sumamente
perverso que los especialistas modernos aborden el empleo de la tortura como si
fuera un aspecto secundario en las investigaciones sobre brujería. Los
examinadores nunca quedaban satisfechos hasta que las brujas confesas daban
nombres de nuevos sospechosos, que posteriormente eran acusados y torturados de
una manera rutinaria.
Meyfarth menciona un caso en el que una anciana
torturada durante tres días reconoció al hombre a quien había delatado: «nunca
te había visto en el aquelarre, pero para acabar con la tortura tuve que acusar
a alguien. Me acordé de ti porque cuando era conducida a la prisión, te
cruzaste conmigo y me dijiste que nunca hubieras creído esto de mí. Te pido
perdón, pero si fuera de nuevo torturada te volvería a acusar». La mujer fue
enviada al potro y confirmó su historia original. Sin tortura no puedo comprender
cómo la locura de la brujería pudo cobrarse tantas víctimas, no importa cuántas
personas creyeran realmente que volaban hasta el aquelarre.
Prácticamente todas las sociedades del mundo tienen
algún concepto sobre la brujería. Pero la locura de la brujería europea fue más
feroz, duró más tiempo y causó más víctimas que cualquier otro brote similar.
Cuando se sospecha de brujería en las sociedades primitivas, tal vez se empleen
ordalías dolorosas como parte del intento de determinar la culpabilidad o la
inocencia. Pero en ninguno de los casos que conozco se tortura a las brujas
hasta confesar la identidad de otras brujas.
Incluso en Europa, sólo después del año 1480, se
empleó la tortura para estos fines. Antes del año 1000 d.C. nadie era ejecutado
si un vecino alegaba haberle visto con el diablo. Las gentes se acusaban entre
sí de ser hechiceros o brujas y de tener poderes sobrenaturales para hacer el
mal. Y había mucha especulación sobre ciertas mujeres capaces de viajar por el
aire y recorrer grandes distancias a enormes velocidades. Pero las autoridades
tenían poco interés en cazar sistemáticamente a las brujas y obligarlas a
confesar sus crímenes. De hecho, la existencia la Iglesia Católica insistía en
un principio en que no había cosas tales como brujas que volaban por el aire.
En el año 1000 d. C. se prohibió la creencia de que estos vuelos ocurrían en la
realidad; después de 1480, se prohibió la creencia de que no ocurrían. En el
año 1000 d. C. la Iglesia sostenía oficialmente que el viaje era una ilusión
provocada por el diablo. Quinientos años más tarde, la Iglesia sostenía
oficialmente que quienes afirmaban que el viaje era simplemente una ilusión
estaban asociados con el diablo.
El punto de vista más antiguo se regía por un
documento llamado Canon Episcopi. En relación con la gente que creía que bandas
de brujas volaban durante la noche, el Canon advertía: «El alma impía cree que
estas cosas no suceden en el espíritu sino en el cuerpo». En otras palabras, el
diablo puede hacernos creer que vosotros u otros viajáis por la noche, pero ni
vosotros ni ellos pueden hacerlo realmente. La prueba de lo que significa
«realmente» y de su diferencia decisiva con las definiciones posteriores de
«realidad» consiste en que no se puede acusar de maleficencia a nadie a quien
vosotros o vuestros compañeros de ensueño creéis que está viajando. Sólo es un
sueño el que estuvierais allí, y otros no deben ser considerados responsables
de lo que hacéis en vuestros sueños. Sin embargo, el soñador tiene malos
pensamientos y debe ser castigado, pero no con la hoguera, sino con la
excomunión.
Se tardó varios siglos en invertir el Canon Episcopi,
convirtiéndose en un delito herético el negar que las brujas se transportaran
tanto corporal como espiritualmente. Una vez establecida la realidad del viaje,
fue posible interrogar a toda bruja confesa sobre las demás personas que
asistían al aquelarre. La tortura aplicada en este momento garantizaba que se
produciría una reacción en cadena. Como sucede en los modernos reactores
nucleares, cada bruja quemada conducía automáticamente a dos o más nuevas candidatas
a la quema.
Para que el sistema funcionara perfectamente, se
utilizaron refinamientos complementarios. Se reducían los costos del proceso
mediante el sistema de obligar a la familia de la bruja a pagar la factura por
los servicios prestados por torturadores y
verdugos. Asimismo, la familia corría con el costo de los haces de leña
y del banquete que los jueces daban después de la quema. Por lo demás, se
fomentaba el entusiasmo de los
funcionarios locales por la caza de brujas, autorizándoles a confiscar todos
los bienes de cualquier persona condenada por brujería.
Ciertos aspectos del sistema maduro de la caza de
brujas se perfeccionaron ya en el siglo XIII, pero no como parte de la lucha
contra las brujas. La Iglesia autorizó por primera vez el empleo de tortura no
contra las brujas, sino contra los miembros de las organizaciones eclesiásticas
ilícitas que nacían en toda Europa y amenazaban con romper el monopolio que
Roma detentaba sobre los diezmos y los sacramentos. En el siglo XIII, por
ejemplo, los albigenses (también llamados cátaros) del sur de Francia se habían
convertido en un poderoso cuerpo eclesiástico independiente, con su propio
clero, que se reunía públicamente bajo la protección de facciones disidentes de
la nobleza francesa.
El Papa tuvo que recurrir a una guerra santa -la
cruzada albígense- para impedir la ruptura de la Francia meridional con la
cristiandad. Los albigenses fueron finalmente exterminados, pero surgieron
muchas otras sectas heréticas, como los valdenses y los vandois. Para combatir
a estos movimientos subversivos, la Iglesia creó gradualmente la Inquisición,
un poder paramilitar especial cuya única función era extirpar la herejía. Los
herejes perseguidos por la Inquisición en Francia, Italia y Alemania, actuaban
en secreto, formaban células clandestinas y celebraban reuniones secretas. Los
inquisidores papales que vieron cómo sus esfuerzos eran frustrados por las
actividades secretas del enemigo solicitaron autorización para aplicar la
tortura y obligar así a los herejes a confesar y dar el nombre de sus
cómplices. El Papa Alejandro IV concedió esta autorización a mediados del siglo
XIII.
Mientras valdenses y vandois eran torturados, las
brujas gozaban todavía de la protección del Canon Episcopi. La brujería era un
crimen pero no una herejía, puesto que el aquelarre era una invención de la
imaginación. Pero con el paso del tiempo, los inquisidores papales se
preocuparon cada vez más por la falta de jurisdicción en los casos de brujería.
Argüían que la brujería ya no era lo que solía ser en la época del Canon
Episcopi. Se había desarrollado un nuevo tipo, mucho más peligroso, de bruja:
una bruja que podía volar realmente
hasta los aquelarres. Y estos aquelarres eran precisamente como las reuniones
secretas de las otras sectas heréticas, aunque los ritos eran mucho más
repugnantes. Si se podía torturar a las brujas como a los demás herejes, sus
confesiones conducirían al descubrimiento de un extenso cuerpo de conspiradores
secretos. Finalmente Roma accedió. Un Papa llamado Inocencio promulgó una bula
en 1448 que autorizaba a los inquisidores Heinrich Institor y jakob Sprenger a
emplear todo el poder de la Inquisición para extirpar las brujas de toda
Alemania.
Institor y Sprenger convencieron al Papa con
argumentos que posteriormente presentaron en su libro “El Martíllo de las
Brujas”, que sería para siempre el manual completo del cazador de brujas. Es
verdad, admitían, que algunas brujas sólo imaginaban que asistían al aquelarre;
pero muchas eran transportadas realmente allí en cuerpo. De todas formas, da lo
mismo, ya que la bruja que sólo acude en la imaginación ve lo que ocurre con
tanta fiabilidad como aquélla cuyo cuerpo es transportado. Y respecto a aquellos
casos en los que un marido ha jurado que su mujer estaba en la cama a su lado
mientras otras brujas habían testificado que estaba en el aquelarre, no era su
mujer a la que él tocaba, sino un diablo que estaba en su lugar. Tal vez el
Canon Episcopi había afirmado que el vuelo sólo era imaginario, pero no era
nada imaginario el daño que las brujas estaban provocando. ¿«Quién es tan
estúpido para mantener... que toda su brujería y daños son fantásticos e
imaginarios, cuando es evidente lo contrario a los ojos de todo el mundo»? La
brujería ha provocado todas las desgracias imaginables: pérdida del ganado y de
las cosechas, muerte de niños, enfermedad, achaques, infidelidad, esterilidad y
locura. El Martillo de las Brujas concluía con un informe detallado de cómo se
podían identificar, acusar, procesar, torturar, declarar culpables y sentenciar
a las brujas. El sistema de caza de brujas estaba ya completo, listo para que
los cazadores de brujas, católicos y protestantes, lo aplicaran en toda Europa
en los 200 años siguientes, con resultados devastadores. Listo para producir,
año tras año, un aprovisionamiento interminable de nuevas brujas que sustituían
a las que estaban encarceladas o habían sido quemadas.
¿Por qué se anuló el Canon Episcopi? La explicación
más sencilla es que los inquisidores tenían razón: las brujas se reunían en
aquelarres secretos -aun cuando no llegaran hasta allí sobre sus escobas- y
constituían en realidad una amenaza tan palpable para la seguridad de la
cristiandad como los valdenses o los otros movimientos religiosos clandestinos.
Los descubrimientos recientes sobre la base práctica del vuelo sobre escobas no
permiten sostener esta teoría. Michael Harner, profesor de la New School for
Social Rescarch ha mostrado que las brujas europeas se asociaban popularmente
con el empleo de ungüentos mágicos. Antes de viajar por el aire sobre sus
escobas, las brujas «se untaban» con ellos. Uno de los típicos casos citados
por Harner es el de una bruja en la Inglaterra del siglo XVII, quien confesó
que «antes de ser transportada a las reuniones, untaron sus frentes y sus
muñecas con un Aceite que les trae el Espíritu (que huele a crudo)». Otras
brujas inglesas relataban que el «Aceite» tenía un color Verdoso y se aplicaba
en la frente con una pluma. En los primeros relatos, se dice que la bruja
aplicaba el ungüento a un bastón tras lo cual «temblaba y galopaba contra
viento y marea, cuando y en la forma que le apetecía». Una fuente del siglo xv
citada por Harner relata la unción tanto del palo como del cuerpo- «Untan un
bastón y montan sobre él o se untan bajo los brazos y en otros lugares
vellosos». Otra fuente declara: «Las brujas, varones y hembras, que han pactado
con el diablo, sirviéndose de ciertos ungüentos y recitando ciertas palabras
son conducidas durante la noche a tierras lejanas».
Andrés Laguna, un médico del siglo XVI que ejercía en
Lorraine, describió el descubrimiento del tarro de una bruja «lleno hasta la
mitad de un cierto ungüento verde con el que se untaban; cuyo olor era tan
fuerte y repugnante que se mostró que estaba compuesto de hierbas frías y
soporíferas en grado sumo, que son la cicuta, la hierba mora, el beleño, y la
mandrágora». Laguna logró un bote lleno de este ungüento y lo utilizó para
llevar a cabo un experimento con la mujer de un verdugo de Metz. Untó a esta mujer
desde la cabeza hasta los pies, tras lo cual «ella se quedó dormida de repente
con un sueño tan profundo, con sus ojos abiertos como un conejo (también
parecía una liebre cocida) que no podía imaginar cómo despertarla». Cuando
Laguna logró finalmente que se levantara, había estado durmiendo durante 36
horas. Se quejó: «¿Por qué me despiertas en este momento tan inoportuno? Estaba
rodeada de todos los placeres y deleites del mundo». Entonces sonrió a su
marido que estaba allí, «que apestaba a ahorcado», y le dijo: «bribón, sabes
que te he puesto los cuernos, y con un amante más joven y mejor que tú».
Harner ha reunido algunos de estos experimentos con
ungüentos en los que intervenían las mismas brujas. Todos los sujetos caían en
un sueño profundo, y cuando se les despertaba, insistían en que habían estado
lejos en un largo viaje. Por consiguiente, el secreto del ungüento era conocido
por muchas personas que vivían en la época de la locura de las brujas, aun
cuando los historiadores modernos han tendido generalmente a olvidar o
minimizarlo. La mejor exposición de un testigo ocular sobre el tema fue realizada
por uno de los colegas de Galileo, Gíambattista della Porta, quien obtuvo la
formula de un ungüento que contenía hierba mora.
Tan pronto como
está preparado, untan la parte del cuerpo, frotándose antes a conciencia, de
modo que su piel se vuelve de color rosa... Así en algunas noches de luna se
creen transportadas a banquetes con música y danzas, copulando con los jóvenes
a los que más desean. Tan grande es la fuerza de la imaginación y de la
apariencia de las imágenes, que la parte del cerebro llamada memoria está casi
repleta de este tipo de cosas; y puesto que ellas mismas son muy propensas, por
inclinación de fa naturaleza, a la creencia, se aferran a las imágenes de tal
modo que el mismo espíritu se altera y no piensan en otra cosa durante el día y
la noche.
Harner, que ha estudiado el empleo de alucinógenos por
los chamanes entre los jíbaros del Perú, cree que el agente alucinógeno activo
en los ungüentos de las brujas era la atropina, un poderoso alcaloide
descubierto en plantas europeas tales como la mandrágora, el beleño y la
belladona (¡hermosa señora!). El rasgo más sobresaliente de la atropina es el
ser absorbible a través de la piel intacta, una característica que se aprovecha
en los emplastos de belladona aplicados sobre la piel con el fin de aliviar los
dolores musculares. Algunos experimentadores modernos han recreado ungüentos de
brujas basándose en fórmulas conservadas en documentos antiguos. Un grupo de
Göttingen, Alemania,. relata haber caído en un sueño de 24 horas en el que soñó
con «viajes excitantes, danzas frenéticas y otras aventuras misteriosas de este
tipo relacionadas con orgías medievales». Otro experimentador que simplemente
inhaló los humos del beleño habla de la «sensación loca de que mis pies se
volvían más ligeros, se dilataban y se desprendían de mi cuerpo... al mismo
tiempo experimenté una sensación embriagadora de volar».
Pero, ¿qué papel desempeñaba el bastón o la escoba que
todavía podemos observar en la actualidad entre las piernas de las «brujas» en
la víspera del día de Todos los Santos? Según Harner, no era un simple símbolo
fálico:
El empleo del bastón o escoba era indudablemente algo
más que un acto simbólico freudiano; servía para aplicar la planta que con-
tenía atropina a las membranas vaginales sensibles, así como para proporcionar
la sugestión de cabalgar sobre un corcel, una ilusión típica del viaje de las
brujas al aquelarre.
Si la explicación de Harnet es correcta, entonces la
mayor parte de los aquelarres «verdaderos» implicaban experiencias
alucinógenas. El ungüento siempre se aplicaba antes de que las brujas fueran al
aquelarre, nunca después de haber estado allí. De modo que fuere cual fuere la
razón que se escondía tras la decisión papal de utilizar la inquisición para
extirpar la brujería, no se podía tratar de la creciente popularidad de los
aquelarres. Naturalmente lo que pudo haber sucedido es que mucha gente empezó a
«viajar». No voy a excluir esta posibilidad. Sin embargo, sabemos que la
inquisición era capaz de conseguir los nombres de la gente vista en los
inexistentes aquelarres. ¿Por qué entonces debemos suponer que estas personas
eran «viajeros» habituales? Dado que la inquisición no se ocupaba de
identificar a las brujas sobre la base de su posesión de ungüentos (El Martillo
de las Brujas tiene poco que decir sobre este tema) me parece probable que la
mayor parte de las «verdaderas brujas» -los «viajeros» habituales nunca fueron
identificados y que la mayor parte de la gente quemada nunca había «viajado».
Los ungüentos alucinógenos explican muchas de las
características específicas de la creencia en la brujería. La tortura explica
la propagación de estas creencias mucho más allá de la órbita de los usuarios
reales de los ungüentos, Sin embargo, persiste el enigma de por qué tuvieron
que morir 500.000 personas por crímenes cometidos en los sueños de otras
personas. Para resolver este enigma debemos retomar el análisis de la tradición
militar-mesiánica.
La gran locura de
las brujas
La mayor parte de la gente no sabe que los
levantamientos de índole militar-mesiánica eran tan corrientes en la Europa de
los siglos XIII al XVII como lo habían sido en Palestina durante las épocas
griega y romana. Ni tampoco que la Reforma Protestante constituye en muchos
aspectos la culminación o el resultado de esta agitación mesiánica. Como
sucedió con sus predecesores en Palestina, los brotes de fervor mesiánico en
Europa se dirigían contra el monopolio de la riqueza y el poder que detentaban
las clases gobernantes. Mi explicación de la locura de la brujería consiste en
que fue en gran parte .creada y sostenida por las clases gobernantes como medio
de suprimir esta ola de mesianismo cristiano.
No es accidental el que la brujería empezara a tomar
un auge creciente junto con violentas protestas mesiánicas contra las
injusticias sociales y económicas. El Papa autorizó el empleo de la tortura
contra las brujas poco antes de la Reforma Protestante, y la locura de la
brujería alcanzó su apogeo durante las guerras y revoluciones de los siglos XVI
y XVII que pusieron fin a la era de unidad cristiana.
Para las masas europeas, el ocaso del feudalismo y el
surgimiento de monarquías nacionales fuertes fue un período de gran tensión. El
desarrollo del comercio, los mercados y la banca obligó a los propietarios de
tierra y capital a desarrollar empresas orientadas hacia la maximización de los
beneficios. Esto sólo se podía alcanzar poniendo fin a las relaciones
paternalistas de pequeña escala características de los burgos y los señoríos
feudales. Las tierras se dividieron, los siervos y criados fueron sustituidos
por aparceros y arrendatarios campesinos, y los señoríos independientes se
convirtieron en empresas agrícolas de cultivos comercializables. La gente del
campo perdió sus parcelas de subsistencia y sus granjas familiares, y gran
cantidad de campesinos desposeídos marcharon a las ciudades en busca de empleo
como trabajadores asalariados. A partir del siglo XI la vida se volvió más
competitiva, impersonal y comercializada, empezó a regirse más por el beneficio
que por la tradición.
A medida que crecía la depauperación y la alienación,
cada vez más gente empezó a hacer predicciones sobre la segunda venida de
Cristo. Muchos vieron que el final del mundo se manifestaba ante sus ojos en el
pecado y la lujuria de la Iglesia, la polarización de la riqueza, la escasez y
las pestes, la expansión del Islam y las guerras incesantes entre facciones
rivales de la nobleza europea.
El principal teórico del mesianismo de la Europa
Occidental fue Joaquín de Fiore, cuyo sistema profético ha sido calificado por
el historiador Norman Cohn de «el más influyente de los conocidos en Europa
hasta la aparición del marxismo». Entre 1190 y 1195 Joaquín, que era un abad
calabrés, descubrió cómo calcular el momento en que el presente mundo del
sufrimiento daría paso al reino del espíritu. Joaquín creía que la primera edad
del mundo era la Edad del Padre, la segunda la Edad del Hijo, la tercera la Edad
del Espíritu Santo. La tercera edad sería el Sabbath o día de descanso, en el
que no habría necesidad de riqueza o propiedad, trabajo, alimento o abrigo; la
existencia sería puro espíritu y todas las necesidades materiales serían
superfluas. Las instituciones jerárquicas como el Estado y la Iglesia se- rían
sustituidas por una comunidad libre de seres perfectos.
Joaquín predijo que la Edad del Espíritu empezaría
hacia el año 1260. Esta fecha se convirtió en el objetivo de varios movimientos
de corte militar-mesíánico basados en la creencia de que el emperador Federico
II (1194- 1250), iba a anunciar la Tercera Edad.
Federico desafió abiertamente el poder del Papa, lo
que causó la colocación de su reino bajo un entredicho papal que prohibía el
bautismo, el matrimonio, la confesión y los demás sacramentos. El ala fanática
de la pobreza de la orden franciscana, conocida como los Espirituales, apoyó a
Federico. Afirmaban que Federico pronto realizaría el papel de Cristo,
limpiando la Iglesia de riqueza y lujo y destruyendo al clero. Federico fue
proclamado en Alemania Salvador por los predicadores errantes de Joaquín, quienes
denunciaron al Papa, administraron sacramentos y dieron la absolución
desafiando la prohibición papal. Uno de estos predicadores, el hermano Arnoldo,
dijo en Suabia que Cristo volvería en el año 1260 y confirmaría el hecho de que
el Papa era el Anticristo, y el clero los «miembros» del Anticristo. Todos
ellos serían condenados por vivir en el lujo, y explotar y oprimir al pobre.
Federico II confiscaría entonces la gran riqueza de Roma y la distribuiría
entre los pobres, los únicos cristianos verdaderos.
Como ocurrió con el mesías cristiano la muerte
prematura de Federico en el año 1250 no destruyó las fantasías mesiánicas
asociadas con su gobierno. Se convirtió en un «Emperador Durmiente», y en el
año 1284 un hombre que afirmaba ser el Federico «despertado» atrajo seguidores
en Neuss antes de ser quemado por herejía. Cientos de años más tarde, todavía
serían quemados algunos Federicos salvadores.
Norman Cohn describe un documento militar-mesiánico
conocido como el Libro de los Cien Capítulos escrito a principios del siglo
XVI, que predecía el retorno de Federico sobre un caballo blanco para gobetnar
al mundo entero. El clero, desde el Papa hasta el último sacerdote, seria
aniquilado al ritmo de 2.300 por día. El emperador también mataría a todos los
prestamistas, los mercaderes fraudulentos y los juristas sin escrúpulos. Se
confiscaría toda la riqueza para distribuirla entre los pobres; la propiedad
privada sería abolida, y todas las cosas se tendrían en común: «Toda propiedad
se convertirá en una sola propiedad, entonces habrá un solo pastor y un solo
redil».
Como preparación para la tercera edad predicha por
Joaquín de Fiore, bandas de hombres
especializados en autoflagelarse con correas con puntas de hierro comenzaron a
recorrer las ciudades. Al llegar a las plazas, estos «flagelantes» se
desnudaban hasta la cintura y se azotaban en la espalda hasta que fluía la
sangre. Inicialmente los flagelantes practicaban la penitencia como medio de
«enderezar la senda» para la tercera edad. Pero sus actividades se volvieron cada
vez más subversivas y anticlericales, especialmente en Alemania después del año
1260. Cuando empezaron a afirmar que el simple acto de participar en una de sus
procesiones absolvía a un hombre de pecado, la Iglesia les declaró herejes y se
vieron obligados a actuar en secreto. Salieron a la superficie en el año 1348
cuando la Peste Negra asolaba Europa. Los flagelantes culparon a los judíos de
la Peste Negra e incitaron a las masas en todas las ciudades para masacrar a
los habitantes judíos. Poniéndose por encima del Papa y del clero, afirmaban
que su sangre tenía el poder de redimir y que eran un ejército de santos que
salvaría al mundo de la ira de Dios. Apedreaban a los sacerdotes que intentaban
detenerlos, interrumpían los oficios religiosos habituales, confiscaban y
redistribuían los bienes de la Iglesia.
El movimiento de flagelantes culminó en una
sublevación mesiánica dirigida por Kontad Schmid, quien afirmaba ser el
Emperador Dios Federico. Schmíd azotó a sus seguidores y les bañó en su propia
sangre como una forma superior de bautismo. Como los creyentes en el cargo de
Nueva Guinea, la gente de Turingia vendió sus posesiones, rehusó trabajar y se
preparó a ocupar su puesto en el coro angélico que estaría más próximo al
Emperador-Dios después del Juicio Final. Este acontecimiento estaba fijado para
el año 1369. Merced a la intervención enérgica de la Inquisición, Schmid fue
quemado antes de poder ultimar su obra. Años más tarde, todavía se veían
flagelantes en Turingia, y trescientos de ellos fueron quemados en un solo día
en el año 1416.
Una manera de librarse de los pobres alienados que
provocaban disturbios era reclutar su ayuda en las Guerras Santas o Cruzadas,
que pretendían reconquistar Jerusalén del Islam. No obstante varias de estas
cruzadas fracasaron y se convirtieron en movimientos revolucionarios mesiánicos
dirigirlos contra el clero y la nobleza. En la Cruzada de los Pastores, por
ejemplo, un monje renegado llamado Jacobo afirmó haber recibido una carta de la
Virgen María convocando a todos los pastores para liberar el Santo Sepulcro.
Decenas de millares de pobres siguieron a Jacobo a todas partes, armados con
horcas, hachas y puñales que blandían en el aire cuando entraban en una ciudad,
intimidando a las autoridades para que les dieran una recepción adecuada.
Jacobo tuvo visiones, curó enfermos, dio banquetes milagrosos en los que el
alimento aparecía con más rapidez de la que podía ser comido, denunció al clero
y mató a todos los que se atrevieron a interrumpir sus sermones. Sus seguidores
marcharon de ciudad en ciudad, atacando a los clérigos o ahogándoles en el río.
La interacción entre los intereses esencialmente
conservadores pero enfrentados de la Iglesia y el Estado y la amenaza de una
revolución radical de las clases bajas acercaron a Europa cada vez más a la
Reforma Protestante. Podemos ver cómo se realizó este proceso en el movimiento
de los husitas de la Bohemia del siglo xv, Los husitas confiscaron los bienes
de la Iglesia e intentaron obligar al clero a vivir una vida de pobreza
apostólica. Como represalia, el Papa y sus aliados iniciaron una serie de campañas
represivas conocidas en la actualidad ,como las Guerras Husitas. A medida que
se propagaba la violencia surgió de entre las masas depauperadas un tercer
grupo de combatientes, conocidos como los taboritas, nombre derivado de Tabor
en el Monte de los Olivo donde Jesús predijo su segunda venida. Para los
taboritas, las Guerras Husitas marcaban el inicio del fin del mundo. Se
lanzaron a la batalla para «lavar sus manos en sangre», dirigidos por profetas
mesiánicos que insistían en que todo sacerdote auténtico tenía la obligación de
perseguir, herir y matar a todo pecador.
Tras el exterminio del enemigo, los taboritas
esperaban que se iniciaría la tercera edad de Joaquín de Fiore. No habría
sufrimientos físicos ni necesidades materiales; el mundo se tornaría una
comunidad de amor y paz, sin impuestos, propiedad o clases sociales. En el año
1419, millares de estos «espíritus libres» bohemios (los precursores del estilo
de vida «bohemio») establecieron una comuna cerca de la ciudad de Usti en el
río Luzhnica. Se ganaban la vida mediante correrías en el campo, arrebatando y llevándose
como botín todo lo que podían coger, puesto que como hombres de la Ley de Dios,
se creían con derecho a apoderarse de todo lo que pertenecía a los enemigos de
Dios.
Movimientos similares se repitieron en Alemania
durante el siglo XV. Por ejemplo, en el año 1476 un pastor llamado Hans Böhm
tuvo una visión de la Virgen María, quien le dijo que de ahora en adelante los
pobres deberían rehusar todo pago de impuestos y diezmos como preparación para
el reino venidero. Todas las gentes pronto vivirían juntas sin distinción de
rango; todo el mundo tendría igual acceso a los bosques, agua, pastos y zonas
de caza y pesca. Muchedumbres de peregrinos avanzaron sobre Niklashausen desde
toda Alemania para ver al «Joven Santo». Caminaban en largas columnas, se
saludaban unos a otros como «hermanos», y entonaban cantos revolucionarios.
No podemos comprender la forma específica que
finalmente alcanzó la reforma protestante prescindiendo de la alternativa
militar-mesiánica radical que estremeció tanto a los poderes seculares como a
la Iglesia. Lutero estaba convencido, al igual que muchos antes que él, que
vivía en los Ultimos Días, que el Papa era el Anticristo y que el papado
tendría que ser destruido antes de realizarse el Reino de Dios. Pero el Reino
de Dios de Lutero no sería de este mundo; y creía que la manera adecuada de
realizarlo sería mediante la predicación en vez de la sublevación armada. La
nobleza alemana acogió con agrado la mezcla de piedad radical y política
conservadora de Lutero. Era la combinación adecuada para liberarse del gobierno
papal sin aumentar el riesgo de la agitación social.
Thomas Müntzer, al principio discípulo de Lutero,
proporcionó el contrapunto radical al movimiento de Lutero. Lutero y Müntzer
eligieron lados opuestos en la gran rebelión campesina del año 1525. Lutero
condenó a los campesinos en su panfleto, «Contra las bandas ladronas y asesinas
de campesinos» al que Müntzer replicó que las gentes que apoyaban a Lutero eran
también «ladrones que utilizaban la ley para prohibir a otros robar». Müntzer
insistía en que lo que Lutero llamaba ley de Dios era simplemente un dispositivo
para proteger la propiedad. Los «culpables de la usura, el hurto y el robo son
nuestros Señores y Príncipes». Acusó a Lutero de fortalecer el poder de los
«canallas impíos, para que continúen con sus viejas costumbres». Müntzer,
convencido de que la sublevación de los campesinos señalaba el inicio del Nuevo
Reino, asumió el mando del ejército campesino. Comparó su papel al de Gedeón en
la batalla contra los medianistas, y en la víspera del encuentro con el enemigo
comunicó a sus seguidores -campesinos mal pertrechados y sin entrenamiento- que
Dios le había hablado y le había prometido la victoria. Afirmó que él mismo les
protegería cogiendo las balas de cañón en la manga de su capote. Dios no
permitiría nunca que su pueblo elegido pereciera. Tras los primeros cañonazos,
los campesinos rompieron filas y cinco mil de ellos fueron exterminados
mientras huían. El propio Müntzer fue torturado y decapitado poco después.
El ala radical de la Reforma continuó con toda su
fuerza durante el siglo XVI y la primera parte del XVII. Conocido como el
movimiento de los anabaptistas, dio origen a no menos de 40 sectas diferentes y
a docenas de levantamientos milítar-mesiánicos siguiendo la tradición de los
taboritas y de Müntzer. Tanto los gobernantes católicos como los protestantes
les consideraron como una conspiración herética omnipresente para destruir
todas las relaciones de propiedad y redistribuir la riqueza de la Iglesia y del
Estado entre los pobres. Por ejemplo, uno de los discípulos de Müntzer, Hans
Hut, anunció que Cristo retornaría en el año 1528 para inaugurar el reino de
Dios, con el amor libre y la comunidad de bienes. Los anabaptistas juzgarían a
los falsos sacerdotes y pastores. Los reyes, nobles y grandes de la tierra
serían encadenados, Melchoir Hoffman, otro seguidor ale Müntzer, predijo que el
mundo acabaría en el año 1533. A Hoffman le sucedió un panadero, Jan Matthys de
Haarlem, quien predicaba que el justo debía empuñar la espada y preparar
activamente el camino para Cristo limpiando la tierra de impíos.
En el año 1534 Münster, Westfalia, se convirtió en el
centro del movimiento anabaptista. Todos los católicos y protestantes fueron
expulsados y se abolió la propiedad privada. Pronto asumió el liderazgo Juan de
Leyden, quien afirmó ser el sucesor de David y exigió honores reales y
obediencia absoluta en lo que los anabaptistas llamaron su «Nueva Jerusalén».
Motivos mesiánicos radicales similares animaban a las
clases bajas en Inglaterra durante el siglo XVII, proporcionando gran parte de
la energía para la Guerra Civil Inglesa. El ejército New Model (de nuevo cuño),
de Oliver Cromwell, estaba integrado por millares de voluntarios que creían que
un reino de «santos» se establecería en suelo inglés y que Cristo descendería
para gobernar sobre ellos. En el año 1649 Gerrad Winstanley recibió una visión
que le mandó prepararse para el fin del mundo estableciendo una comunidad de
«cavadores» (diggers) en la que no habría propiedad privada, ni distinción de
clases, ni forma alguna de coerción. Y en 1656, antiguos partidarios de
Cromwell, los Hombres de la Quinta Monarquía, le declararon Anticristo e
intentaron establecer un nuevo reino de santos por la fuerza de las armas (la
Quinta Monarquía aludía al milenio durante el que Cristo reinaría).
¿Qué tiene que ver todo esto con la brujería? Como he
señalado al principio del capítulo, hay una estrecha relación cronológica entre
el inicio de la locura de las brujas y el desarrollo del mesianismo europeo. El
sistema de caza de brujas ideado por Institor y Sprenger fue aprobado por
Inocencio VIII en un momento en que Europa rebosaba de movimientos mesiánicos y
profecías de la tercera edad. Alcanzó su punto culminante como consecuencia de
la reforma -tanto Lutero como Calvino creían ardientemente en los peligros de
la brujería- al igual que los violentos y radicales movimientos de protesta
basados en las doctrinas mesiánicas revolucionarias de la tercera edad.
¿Hay una explicación práctica del desarrollo paralelo
de la protesta social mesiánica y la locura de la brujería? Un punto de vista
convencional consiste en que la propia brujería constituía una forma de
protesta social. Por ejemplo, según el profesor Jeffrey Burton Russell, experto
en la historia de la disensión medieval, la brujería, el misticismo, los
flagelantes y la herejía popular corresponden todos a la misma categoría.
«Todos rechazaban, en un grado u otro, una estructura institucional que se consideraba
defectuosa». No estoy de acuerdo. Para explicar la locura de la brujería como
protesta social, hay que ir más lejos y adoptar la visión de la «realidad»
propuesta por El Martillo de las Brujas. Hay que creer que Europa estaba
infestada de gentes que amenazaban el statu quo reuniéndose para rendir culto
al diablo. Pero si las verdaderas brujas voladoras eran sobre todo «viajeras»
del beleño, entonces no entran en la misma categoría que los taboritas o los
anabaptistas, de la misma manera que los drogadictos tampoco pertenecen a la
misma categoría que las Panteras Negras. El que algunas personas aquí y allá
tuvieran alucinaciones de relaciones sexuales con el diablo, o hechizaran a la
vaca del vecino, no representaba una amenaza para la supervivencia de las
clases acaudaladas y gobernantes. Probablemente las brujas provenían de las
clases frustradas y descontentas; pero esto no las convierte en elementos
subversivos. Para que un movimiento constituya una protesta seria contra un
orden establecido, debe tener doctrinas explícitas de crítica social o
emprender una línea de acción peligrosa o amenazadora. Hicieran lo que hicieran
las brujas en sus aquelarres, si es que alguna vez los hubo, no ha quedado
testimonio alguno de que se dedicaran a condenar el lujo de la Iglesia o a
pedir la abolición de la propiedad privada y el fin de las diferencias de rango
y autoridad. Si lo hicieron, no eran brujas sino valdenses, taboritas,
anabaptistas o miembros de alguna otra secta político-religiosa radical, muchos
de los cuales fueron sin duda quemados por brujería en vez de por sus creencias
mesiánicas.
Para comprender la locura de las brujas debemos estar
dispuestos a identificar una especie de realidad que es al propio tiempo
distinta y opuesta a la conciencia de estilo de vida de las brujas y de los
inquisidores. Según el profesor Russell, bastaba con que el clero y la nobleza
creyeran que la brujería era peligrosa y subversiva. «Lo que la gente creía que
sucedía», señala, «es tan interesante como lo que sucedió
"objetivamente", y mucho más cierto». Pero este es precisamente el
punto sostenido por Institor y Sprenger: “¡sois responsables de lo que hacéis
en los sueños de otros!”
Tenemos que decidirnos sobre ciertos sucesos. Else
Gwinner no tuvo relaciones sexuales con el diablo, y esto no es una conclusión
sin interés o incierta si consideramos el hecho de que fue carbonizada por
haberlas tenido.
Como sucede con cada uno de los estilos de vida
aparentemente extraños que hasta ahora hemos examinado, la locura de las brujas
no se puede explicar en términos de la conciencia de la gente que participó en
ella. Todo depende de la disposición del observador a consentir u oponerse a
las fantasías de los diferentes participantes.
Si la brujería era una herejía peligrosa, como
insistía la Inquisición, no hay ningún misterio en la obsesión represora del
Santo Oficio. Si, por el contrario, era una actividad relativamente inofensiva,
si no en gran parte alucinatoria, ¿por qué se empleó tanto esfuerzo en
suprimirla, especialmente en un momento en que la Iglesia estaba siendo
empujada hasta los límites de sus recursos por la gran ola militar-mesiánica
del siglo XV?
Esto nos lleva a una cuestión crucial que concierne a
la distinción entre lo que sucedió de verdad y lo que la gente pensaba que
sucedió. ¿Es cierto que la Inquisición estaba consagrada a la represión de la
herejía brujeríl? El supuesto de que la principal ocupación de los cazadores de
brujas era la aniquilación de éstas se basa en la conciencia de estilo de vida
que profesaban los propios inquisidores. Pero el supuesto contrario -a saber,
que los cazadores de brujas hicieron un esfuerzo extraordinario para aumentar
el aprovisionamiento de brujas y difundir la creencia de que las brujas eran
reales omnipresentes y peligrosas- se asienta en muy sólidos elementos de
juicio. ¿Por qué deben aceptar los estudiosos modernos las premisas de la
conciencia de estilo de vida de los inquisidores? La situación exige que nos
preguntemos no por qué estaban los inquisidores obsesionados con destruir la
brujería, sino más bien por qué estaban tan obsesionados en crearla.
Prescindiendo de lo que ellos o sus víctimas pudieran
haber pretendido, el efecto inevitable del sistema inquisitorial fue hacer más
verosímil la brujería y, por tanto, incrementar el número de acusaciones de
brujería.
El sistema de caza de brujas estaba demasiado bien
diseñado, fue demasiado duradero, severo y tenaz. Y sólo se pudo sostener
gracias a intereses duraderos, severos y tenaces. El sistema brujeril y la
locura de las brujas tenían usos prácticos y mundanos diferentes de los fines
declarados de los cazadores de brujas. No me refiero aquí a los emolumentos y
pequeñas ventajas que he descrito antes: la confiscación de propiedades de los
acusados y los honorarios percibidos por los gastos de tortura y ejecución. Estas
recompensas ayudan a explicar por qué los técnicos de la caza de brujas
realizaban su trabajo con tanto entusiasmo. Pero tales beneficios formaban
parte del aparato de caza de brujas en vez de ser una de sus causas.
Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de
la manía de las brujas es examinar sus resultados terrenales en lugar de sus
intenciones celestiales. El resultado principal del sistema de caza de brujas
(aparte de los cuerpos carbonizados) consistió en que los pobres llegaron a
creer que eran víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas. ¿Hizo
agua vuestro techo, abortó vuestra vaca, se secó vuestra avena, se agrió
vuestro vino, tuvisteis dolores de cabeza, falleció vuestro hijo? La culpa era
de un vecino, de ese que rompió vuestra cerca, os debía dinero o deseaba
vuestra tierra, de un vecino convertido en bruja. ¿Aumentó el precio del pan,
se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de
trabajo? Obra de las brujas. ¿La peste y el hambre destruyen una tercera parte
de los habitantes de cada aldea y ciudad? La audacia de las diabólicas e
infernales brujas no conocía límites. La Iglesia y el Estado montaron una
denodada campaña contra los enemigos fantasmas del pueblo. Las autoridades no
regatearon esfuerzo alguno para combatir este mal, y tanto los ricos como los
pobres podían dar las gracias por el tesón y el valor desplegados en la
batalla.
El significado práctico de la manía de las brujas
consistió, así, en desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad
medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con
forma humana. Preocupadas por las
actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperadas, alienadas,
enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la
corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no
sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en elementos
indispensables. El clero y la nobleza se presentaron como los grandes
protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de
detectar. Aquí había, por fin, una buena razón para pagar diezmos y someterse
al recaudador de impuestos. Servicios vitales que atañían directamente a la
vida en este mundo y no a la de ultratumba se prestaban con ruido y furia,
llama y humo. Los esfuerzos de las autoridades por hacer la vida algo más
segura eran hechos palpables; se podía oír realmente los gritos de las brujas
cuando bajaban al infierno.
¿Quienes fueron los chivos expiatorios? El singular
estudio de H. C. Erik Midelfort sobre 1.258 ejecuciones por brujería en el
suroeste de Alemania entre 1562 y 1684 muestra que el 82 % de las brujas eran
mujeres. Ancianas indefensas y parteras de la clase baja eran normalmente las
primeras en ser acusadas en cualquier brote local. Cuando se arrancaban nuevos
nombres a las primeras víctimas, destacaban los niños de ambos sexos y los
hombres. Durante la fase culminante de pánico caracterizada por ejecuciones en
masa, solían morir mesoneros, unos pocos mercaderes acaudalados y algún que
otro magistrado y maestro. Pero cuando las llamas rozaban los nombres de las
gentes que gozaban de alto rango y poder, los jueces perdían confianza en las
confesiones y cesaba el pánico. Rara vez se amenazaba a los médicos, juristas y
profesores de universidad. Evidentemente los propios inquisidores y el clero en
general también estaban totalmente a salvo. Si en alguna ocasión una pobre alma
desorientada era lo bastante necia para haber visto al Obispo o al príncipe
heredero en un aquelarre reciente, sin duda se ganaba torturas inenarrables. No
es de extrañar que Midelfort sólo pudiera encontrar tres casos de acusaciones
de brujería contra miembros de la nobleza, y que ninguno de ellos fuera
ejecutado.
Lejos de ser «el reflejo de una estructura
institucional que se consideraba defectuosa», la manía de las brujas era parte
integral de la defensa de esa estructura institucional. Podemos comprender
mejor esto comparando la manía de las brujas con su antítesis contemporánea, el
mesianismo militar. La manía de las brujas y los movimientos militar-mesiánicos
incorporaban temas religiosos populares que en parte eran aprobados por la
Iglesia establecida. Ambos se basaban en la conciencia de estiló de vida existente,
pero con consecuencias radicalmente diferentes. El mesianismo militar reunió a
los pobres y desposeídos. Les proporcionó un sentido de misión colectiva,
disminuyó la distancia social, les hizo sentirse «hermanos». Movilizó a las
gentes en todas las regiones, focalizó sus energías en un tiempo y lugar
concretos, y llevó a batallas campales entre las masas desposeídas y
depauperadas y las clases situadas en la cima de la pirámide social. Por el
contrario, la manía de la brujería dispersó y fragmentó todas las energías
latentes de protesta. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la
distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el
vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de
todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases
gobernantes, centró la cólera y frustración de todo el mundo en un foco puramente local. De esta manera evitó
que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones
de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. La manía de las brujas
era el reverso del mesianismo radical militar. Era la bola mágica de las clases
privilegiadas y poderosas de la sociedad. Este era su secreto.
El retorno de las
brujas
Después de ser tildada de superstición y sufrir años
de ridículo, la brujería ha vuelto como una fuente respetable de excitación. No
sólo la brujería, sino toda clase de especialidades ocultistas y místicas,
desde la astrología al Zen, pasando por la meditación, el Hare Krishna y el I
Ching, un antiguo sistema chino de magia. Captando el espíritu de los tiempos,
un libro de texto titulado Modern Cultural Anthropology alcanzó recientemente
un éxito inmediato al declarar: «La libertad humana incluye la libertad de
creer».
El resurgimiento inesperado de actitudes y teorías
consideradas durante largo tiempo como incompatibles con la expansión de la
tecnología y la ciencia occidentales se asocia al desarrollo de un estilo de
vida conocido bajo el nombre de «contracultura». Según Theodore Roszak, uno de
los profetas adultos del movimiento, la contracultura salvará al mundo de los
«mitos de la conciencia objetiva». «Subvertirá el punto de vista científico del
mundo» y lo sustituirá por una nueva cultura en la que predominarán «las
capacidades no intelectivas». Charles A. Reích, otro profeta menor de los
últimos tiempos, habla de un estado de ánimo milenario que denomina Conciencia
III. Alcanzar la Conciencia III supone «desconfiar profundamente de la lógica,
la racionalidad, el análisis y los principios»
En el estilo de vida contracultural, son buenos los
sentimientos, la espontaneidad, la imaginación; la ciencia, la lógica y la
objetividad son malos. Sus miembros se jactan de huir de la «objetividad» como
de un lugar habitado por la peste, Un aspecto central de la contracultura es la
creencia de que la conciencia controla la historia. La gente es lo que acontece
en sus mentes; para que sea mejor, todo lo que hay que hacer es proporcionarle
ideas mejores. Las condiciones objetivas cuentan poco. El mundo entero ha de
ser alterado como consecuencia de una «revolución de la conciencia». Todo lo
que necesitamos hacer para detener el crimen, acabar con la pobreza, embellecer
las ciudades, eliminar la guerra, vivir en paz y en armonía con nosotros mismos
y la naturaleza es abrir nuestra mente a la “Conciencia III”, es decir: cambiar
la conciencia. «La conciencia es anterior a la estructura... todo el Estado
corporativo sólo se asienta en la conciencia».
En la contracultura, se estimula la conciencia para
que se aperciba de sus potencialidades inexploradas. La gente de la
contracultura realiza «viajes» -se «coloca»- para ampliar su mente. Utilizan
hongos, marihuana y LSD para «enrollarse». Charlan, tienen encuentros con, o
cantan para «flipar» con Jesús, Buda, Mao-Tse-Tung. La finalidad es expresar la
conciencia, demostrar la conciencia, alterar la conciencia, aumentar la
conciencia, ampliar la conciencia, todo menos objetivar la conciencia. Para los
acuarianos, pasotas y alucinados partidarios de la Conciencia III, la razón es
una invención del complejo militar-industrial. Hay que acabar con ella lo mismo
que con la «pasma».
Las drogas psicodélicas son útiles porque permiten que
las relaciones «ilógicas» parezcan «perfectamente naturales». Son buenas
porque, como dice Reich, hacen «irreal lo que la sociedad toma más en serio:
los horarios, las conexiones racionales, la competencia, la cólera, la
autoridad, la propiedad privada, la ley, el status, la supremacía del Estado».
Constituyen un «suero de la verdad que expulsa la falsa conciencia». Quien ha
alcanzado la Conciencia III «no “conoce los hechos” No tiene que conocerlos porque
“conoce” la verdad que parece ocultarse a los demás».
La contracultura celebra la vida supuestamente natural
de los pueblos primitivos. Sus miembros llevan collares, cintas en la cabeza,
se pintan el cuerpo y se visten con ropas andrajosas llenas de color; anhelan
ser una tribu. Creen que los pueblos tribales no son materialistas, sino
espontáneos, y se hallan en contacto reverente con fuentes ocultas de
encantamiento.
En la antropología de la contracultura, la conciencia
primitiva se resume en el chamán, una figura que tiene luz y poder pero que
nunca paga los recibos de la luz. Se admira a los chámanes porque son expertos
en «cultivar estados de conciencia exóticos» y en vagar «entre los poderes
ocultos del universo». El chamán posee «superconciencia». Tiene «ojos de fuego
cuyas llamaradas se abren paso a través de la mediocridad del mundo y perciben
los prodigios y terrores del más allá». Utilizando alucinógenos y otras
técnicas como la autoasfixia, tambores hipnóticos y ritmos de danza, el chamán,
según Roszak, «cultiva su relación con las fuerzas no intelectivas de la
personalidad tan asiduamente como un científico se adiestra en la objetividad».
Podemos aprender mucho sobre la contracultura si
examinamos al popular héroe de Carlos Castaneda Don Juan, indio yaqui y «hombre
de conocimiento» superconsciente y misterioso. Castaneda describe sus
experiencias como estudiante novato de antropología que quería penetrar la
realidad aparte, no ordinaria, del mundo chamánico. Don Juan aceptó a Castaneda
como aprendiz, y Castaneda empezó a escribir una tesis doctoral basada en las
enseñanzas de Don Juan. Para convertir a Castaneda en un «hombre de conocimiento»,
Don Juan inició al ingenuo estudiante en diferentes sustancias alucinógenas.
Tras su encuentro con un perro luminiscente y transparente y un jején de cien
pies Castaneda empezó a dudar de que su realidad normal fuera más real que la
realidad no ordinaria en la que su mentor le había introducido. Al principio
Castaneda estaba resuelto a descubrir la concepción del mundo de un «hombre de
conocimiento». Pero el aprendiz empezó gradualmente a sentir que aprendía algo
sobre el mundo mismo.
«Es estúpido e inútil», observaba otro antropólogo,
Paul Riesman, en una reseña en el New York Times, «pensar que los conocimientos
de Don Juan y de otros pueblos no occidentales sólo constituyen una concepción
de alguna realidad fija. Castaneda deja en claro que las enseñanzas de Don Juan
nos dicen algo de cómo es realmente el mundo».
Ambos planteamientos son incorrectos. Castaneda no
esclarece nada. Y la «realidad aparte» de Don Juan no es extraña a los «pueblos
occidentales». El viaje alucinógeno más famoso de Castaneda evoca cuestiones
que ya examinamos previamente. Don Juan y Castaneda pasaron varios días
preparando una pasta de «yerba del diablo», mezclada con manteca de cerdo y
otros ingredientes. Bajo la supervisión de Don Juan, el aprendiz untó con la
pasta las plantas de sus pies y las partes interiores de sus piernas, reservando
la mayor parte para sus genitales. La pasta tenía un olor sofocante, acre,
«como una especie de gas». Castaneda se enderezó y empezó a pasear, pero sintió
que sus piernas eran «como de goma y largas, sumamente largas».
Bajé la mirada y vi a Don Juan sentado debajo de mí;
muy por debajo de mí. El impulso, me hizo dar otro paso, aún más elástico y más
largo que el precedente, Y entonces me elevé. Recuerdo haber descendido una
vez; entonces di un empujón con ambos pies, salté hacia atrás y me deslicé
sobre mi espalda. Veía el cielo oscuro sobre mí y las nubes que pasaban a mi
lado. Moví bruscamente mi cuerpo para poder mirar hacia abajo. Vi la masa
oscura de las montañas. Mi velocidad era extraordinaria.
Después de aprender a maniobrar volviendo la cabeza,
Castaneda experimentó «tal libertad y velocidad como nunca había conocido
antes». Finalmente se creyó obligado a descender, Amanecía; estaba desnudo y se
encontraba a media milla de donde había partido. Don Juan le aseguró que
practicando volaría mejor:
Puedes volar por el aire cientos de millas para ver lo
que sucede en cualquier lugar que desees, o para asestar un golpe mortal a tus
enemigos de muy lejos.
Castaneda preguntó a su maestro: «Don Juan, ¿he volado
de verdad?» A lo que el chamán respondió: «Esto es lo que tú me has dicho. ¿No
es verdad?»
Entonces, Don Juan, no volé de verdad. Sólo volé en mi
imaginación, en mi mente. ¿Dónde estaba mi cuerpo?
A lo que Don Juan respondió:
No crees que un hombre puede volar; y sin embargo, un
brujo puede recorrer millares de millas en un segundo para ver lo que sucede.
Puede asestar un golpe a sus enemigos situados a gran distancia. Por
consiguiente, ¿vuela o no vuela?
¿Suena esto familiar? Así debería ser. ¿Qué debaten
Don Juan y Castaneda si no son los respectivos méritos del Canon Episcopi y de
El Martillo de las Brujas de Institor y Sprenger? ¿Las brujas vuelan sólo
mentalmente o también corporalmente? Finalmente, Castaneda le pregunta a Don
Juan qué sucedería si se atara a una piedra con una cadena pesada: «Me temo que
tendrías que volar sujetando la piedra con su cadena pesada».
Como nos ha enseñado el profesor Harner, las brujas
europeas volaban después de frotarse con ungüentos que contenían la atropina
alcaloide que penetra por la piel. El profesor Harner también nos relata que la
atropina es un ingrediente activo en el género de plantas Datura, conocidas en
el Nuevo Mundo como hierba Jimson, estramonío, trompeta de Gabriel o hierba del
diablo (la raíz de esta última variedad es la que transportó por el aire a
Castaneda). De hecho, Harner predijo que volaría como una bruja antes de que
Castaneda se frotara con la hierba del diablo:
Hace varios años encontré una referencia del empleo de
un ungüento de Datura por los indios yaqui del norte de Méjico, quienes según
se dice se frotaban con él el estomago para «tener visiones». Puse esto en
conocimiento de mi compañero y amigo Carlos Castaneda, quien estaba estudiando
con un chamán yaqui, y le pedí que averiguara sí este yaqui empleaba el
ungüento para volar y determinara así sus efectos.
Por consiguiente, la superconciencia chamánica no es
sino la conciencia de las brujas considerada de modo favorable en un mundo que
ya no se ve amenazado por la Inquisición. La «realidad aparte» previamente
ignorada por los «pueblos occidentales», autosatisfechos de su objetividad,
hasta tal punto forma parte de la civilización occidental que apenas hace 300
años los «objetívadores» eran quemados en la hoguera por negar que las brujas
podían volar.
En el primer capítulo citaba la afirmación de que la
expansión de la «conciencia objetiva» produce inevitablemente una pérdida de la
«sensibilidad moral». La contracultura y la Conciencia III se autorrepresentan
corno corrientes humanizadoras que buscan el restablecimiento del sentimiento,
la compasión, el amor y la confianza mutua en las relaciones humanas. Encuentro
difícil reconciliar esta postura moral con el interés expresado por la brujería
y el chamanismo. Por ejemplo, Don Juan sólo puede ser descrito como amoral. Tal
vez sepa cómo «vagar entre los poderes ocultos del universo», pero no le
preocupa la diferencia entre el bien y el mal en el sentido de la moralidad
occidental tradicional. Sus enseñanzas están, de hecho, desprovistas de
«sensibilidad moral».
Un incidente en el segundo libro de Castaneda resume
mejor que ningún otro la opacidad moral de la superconciencia del chamán.
Habiendo alcanzado fama y fortuna con Las enseñanzas de Don Juan, Castaneda
intentó encontrar a su mentor para darle un ejemplar. Mientras esperaba que
apareciera Don Juan, Castaneda observó una pandilla de golfillos de la calle
que vivían comiendo las sobras dejadas en las mesas de su hotel. Después de
observar durante tres días a los niños que entraban y salían «como buitres»,
Castaneda se «desalentó de verdad». Don Juan se sorprendió al oír 'esto. «¿De
verdad te dan lástíma?», inquirió. Castaneda insistió en que sí, y Don Juan le
preguntó «¿por qué?» Porque me preocupa el bienestar de mi prójimo. Son sólo
niños y su mundo es desagradable y ordinario. Castaneda no dice que los niños
le den lástima porque comen los residuos que ha dejado en la mesa. Lo que
parece preocuparle es que sus vidas son «desagradables y ordinarias». El hambre
y la pobreza suscitan malos pensamientos o pesadillas. Recogiendo la
insinuación, Don Juan amonestó a su alumno por suponer que estos golfillos no
podían madurar mentalmente y llegar a ser «hombres de conocimiento» ¿Crees que
tu riquísimo mundo te ayudará a llegar a ser un hombre de conocimiento? Cuando
Castaneda se ve obligado a admitir que su opulencia no le había ayudado a
convertirse en un gran brujo, Don Juan le agarra:
Entonces, ¿cómo te pueden dar lástima estos niños?...
Cualquiera de ellos puede convertirse en un hombre de conocimiento. Todos los
hombres de conocimiento que conozco eran niños como los que ves comer restos y
lamer mesas.
Para muchos de los miembros de la contracultura, el
producto moralmente más degenerado de la concepción científica del mundo es el
tecnócrata, el técnico despiadado, inescrutable, entregado al conocimiento
especializado, pero indiferente en lo que respecta a quién lo utiliza y para
qué fin. Sin embargo, Don Juan es precisamente uno de estos tecnócratas. El
conocimiento que él imparte a Castaneda no lleva ninguna connotación moral. La
principal preocupación de Castaneda al convertirse en un «hombre de conocimiento»
es conseguir tomar algo o llegar a un estado que le ponga “en órbita” de un
modo permanente. En cuanto a la preocupación moral sobre cómo han de aplicarse
los poderes extraordinarios de Don Juan Castaneda podía también haber aprendido
a pilotar un B-52. Su relación con Don Juan se revela un erial moral en el que
la tecnología constituye el bien supremo, incluso si él y su maestro comen
«botones» en vez de apretarlos.
Sostengo que es totalmente imposible subvertir el
conocimiento objetivo sin subvertir la base de los juicios morales. Si no
podemos saber con certeza razonable quién hizo qué cosa, cuándo y dónde, no
podemos esperar proporcionar una descripción moral de nosotros mismos. Si no
somos capaces de distinguir entre el criminal y la víctima, el rico y el pobre,
el explotador y el explotado debemos defender la suspensión total de los
juicios morales, o adoptar la posición inquisitorial y considerar responsable a
la gente de lo que hace en los sueños de los demás.
Como descubrieron los reporteros de la revista Time
cuando intentaron redactar un artículo sobre Carlos Castaneda, la “Conciencia
III” puede rodear de una niebla impenetrable los acontecimientos humanos más
sencillos. Invocando su libertad de creencia, Castaneda inventó, imaginó, o
alucinó partes extensas de su propia biografía: Nació en el Perú, no en el
Brasil. Fecha de nacimiento 1925, no 1935. Su madre falleció cuando tenía 6
años, no 24. Su padre era joyero, no profesor de Literatura. Estudió pintura y
escultura en Líma, no en Milán. «Solicitarme que verifique mi vida presentando
mis estadísticas», dijo Castaneda, «es como utilizar la ciencia para validar la
hechicería. Le roba al mundo su magia.» Según Castaneda, Don Juan hace lo
mismo. El chamán más famoso del mundo no quiere que le fotografíen, le graben
en magnetófono o le interroguen, ni siquiera su aprendiz. Nadie, salvo
Castaneda, parece saber quién es Don Juan. Castaneda admite libremente: «¡Oh,
soy un mentiroso! ¡Oh, cómo me gusta contar trolas! » Y al menos un amigo
peruano le recuerda como un «gran embustero».
Tal vez Don Juan no exista. O quizá debamos decir que
Castaneda tuvo un encuentro «mental» pero no «corporal» con un brujo yaqui.
Según la autoridad de la Inquisición aun así este encuentro permitiría una
exposición exacta de las enseñanzas de Don Juan. O puede que Castaneda fuera
algunas veces con la «imaginación» y otras veces con el «cuerpo». Estas son
ideas fascinantes, pero no pueden hacer sino una contribución imaginaria a la
elevación de nuestra sensibilidad moral.
La contracultura realiza afirmaciones que se extienden
mucho más allá de la supuesta conservación de la moralidad individual. Sus
defensores insisten en que la superconciencia puede transformar el mundo en un
lugar más amistoso y más habitable; ven el rechazo de la objetividad como una
manera políticamente eficaz de alcanzar una distribución equitativa de la
riqueza, el reciclaje de los recursos, la abolición de las burocracias
impersonales y la corrección de otros aspectos deshumanizados de las modernas
sociedades tecnocráticas. Alegan que estos males provienen de las malas ideas
que tenemos sobre el status y el trabajo. Si hacemos cesar nuestros intentos de
presumir, y si dejamos de creer que el trabajo es un bien en sí mismo, ocurrirá
la transformación revolucionaria sin necesidad de hacer daño a nadie. Como en
un lugar de ensueño, «podemos hacer una nueva elección siempre que estemos
dispuestos a ello». El capitalismo, el Estado corporativo, la era de la
ciencia, la ética protestante: todas estas cosas representan tipos de
conciencia y pueden alterarse eligiendo una nueva conciencia. «Todo lo que
tenemos que hacer es cerrar nuestros ojos e imaginar que todos se han
convertido en una Conciencía III: el Estado corporativo desaparece... El poder
del Estado corporativo finalizará tan milagrosamente como un beso rompe el
encantamiento maligno de un brujo.»
Una conciencia tan desconectada de las realidades
prácticas y mundanas es, de hecho, brujería más que política. La gente puede
modificar su conciencia cuando así lo desee. Pero normalmente no lo desea. La
conciencia está adaptada a condiciones prácticas y mundanas. Estas condiciones
no se pueden imaginar dentro o fuera de la existencia a la manera en que un
chamán hace aparecer y desaparecer jejenes de cien pies. Como he indicado antes
en el capítulo sobre el potlatch, los sistemas de prestigio no se crean mediante
vibraciones desde el espacio exterior. La gente aprende la conciencia del
consumismo competitivo porque están constreñidos a actuar así por fuerzas
políticas y económicas muy poderosas. Estas fuerzas sólo se pueden modificar
mediante actividades prácticas enderezadas a cambiar la conciencia alterando
las condiciones materiales donde se desarrolla ésta.
Las buenas noticias de la contracultura referentes a
la revolución mediante la conciencia no son ni nuevas ni revolucionarias. El
cristianismo ha intentado realizar una revoluciono mediante la conciencia
durante dos mil años ¿Quién negará que la conciencia cristiana pudo haber
cambiado el mundo? Sin embargo, fue el mundo quien cambió la conciencia
cristiana. Si todos adoptaran un estilo de vida no competitivo, generoso,
pacífico y lleno de amor, podríamos tener algo mejor que la contracultura,
podríamos tener “el Reino de Dios”.
La política concebida según la imagen de la Conciencia
III se realiza en la mente, no en el cuerpo. La conveniencia de este tipo de
política para los que ya poseen riqueza y poder debe ser evidente. La reflexión
filosófica de que la pobreza es, después de todo, un estado mental siempre ha
sido fuente de confort para los que no son pobres. A este respecto, la
contracultura simplemente presenta en una forma algo modificada el desprecio
tradicional que los teóricos cristianos expresan por los bienes de este mundo.
También la garantía de que nada acaecerá por la fuerza es tradicionalista y se
sitúa dentro de la corriente principal de la política conservadora. La
Conciencia III destruirá el Estado corporativo «Sin violencia, sin apoderarse
del poder político, sin derrocar ningún grupo existente de personas». La
contracultura jura atacar las mentes, no los beneficios del capital
Por definición, la contracultura es el estilo de vida
de la juventud alienada de clase media educada en la universidad. Están
excluidos específicamente los que «continúan velando las cenizas de la
revolución proletaria» y los «jóvenes de color militantes». La esperanza de que
la contracultura transforme la sociedad en «algo que el ser humano pueda
identificar como su hogar» se basa en el hecho de que es un movimiento de la
clase media. Lo que la hace tan importante «es que un rechazo radical de la
ciencia y los valores tecnológicos aparezca tan próximo al centro de nuestra
sociedad, en vez de en los márgenes despreciables, y sean los jóvenes de clase
media los que dirijan esta política de la conciencia».
Aparte de la cuestión de si una política de la pura
conciencia debe llamarse política en vez de brujería o cualquier otra forma de
magia, tenemos que señalar otros dos puntos dudosos. Primero, la contracultura
no rechaza los valores tecnológicos in toto; segundo, el rechazo de un cierto
tipo de ciencia siempre ha estado presente en el mismo centro de nuestra
civilización.
La contracultura no se opone a utilizar los productos
tecnológicos de la investigación científica «objetiva». Teléfonos, estaciones
FM, equipos estereofónicos, vuelos en reactores a precios económicos, píldoras
de estrógenos para el control de la natalidad, alucinógenos y antídotos
químicos son esenciales para la buena vida de la Conciencia III.
Es más, la dependencia de la música de alta fidelidad
con muchos decibelios ha creado el máximo grado de subordinación de un lenguaje
popular a la tecnología en la historia de las artes interpretativas. Por lo
tanto, la contracultura acepta, al menos tácitamente, la existencia de
especialistas en las ciencias físicas y biológicas cuya tarea es diseñar y
mantener la infraestructura tecnológica del estilo de vida.
Las formas de la ciencia más aborrecidas desde la
perspectiva de la Conciencia III no son las ciencias de laboratorio, sino las
que buscan aplicar los modelos de laboratorio al estudio de la historia y los
estilos de vida. La contracultura describe el rechazo del estudio científico de
los estilos de vida y la historia como si se tratara de una desviación de
alguna pauta profundamente arraigada. Pero incluso entre los llamados
científicos sociales y de la conducta, la forma predominante del conocimiento no
es ni nunca ha sido lo que dice la
contracultura. ¿Cómo puede reaccionar alguien a una sobredosis de ciencia de
los estilos de vida cuando la ciencia de los estilos de vida insiste en que los
enigmas examinados en los capítulos anteriores de este libro carecen de
explicación científica? La extensa «objetivación» en el estudio de los
fenómenos de los estilos de vida sólo es un mito de la elaboración onírica
social de la contracultura. La conciencia predominante entre la mayor parte de
los profesionales interesados en explicar los fenómenos de los estilos de vida
no se distingue prácticamente de la conciencia III.
Si el retorno de las brujas implicara entregar los
laboratorios de física, química y biología a gente que desprecia la evidencia
objetiva y el análisis racional, poco tendríamos que temer. El ejercicio de la
libertad de creencias en el laboratorio sólo podría ser un inconveniente
temporal hasta que los restos carbonizados de los experimentadores
superconscientes fueran barridos junto con los escombros que originaran.
Desafortunadamente, el oscurantismo aplicado a los estilos de vida no se
autodestruye. Las doctrinas que impiden a la gente comprender las causas de su
existencia social poseen gran valor social. En una sociedad dominada por modos
de producción e intercambio injustos, los estudios sobre los estilos de vida
que oscurecen y distorsionan la naturaleza del sistema social son mucho más
comunes y se valoran mucho más que los míticos estudios «objetivos» tan temidos
por la contracultura. El oscurantismo aplicado a los estudios sobre los estilos
de vida carece de la «praxis» de la ingeniería de las ciencias de laboratorio.
Falsificadores, místicos y charlatanes no son barridos con los escombros; de
hecho, no hay escombros porque todo continúa como siempre ha sido.
He mostrado en los capítulos anteriores que la
conciencia profundamente mistificada es a veces capaz de galvanizar la
disensión convirtiéndola en movimientos de masas efectivos. Hemos visto cómo
formas sucesivas de mesianismo en Palestina, Europa y Melanesia canalizaron
enormes impulsos revolucionarios que pretendían una distribución más justa de
la riqueza y el poder. También hemos visto cómo la Iglesia y el Estado
renacentistas utilizaron la locura de las brujas para encantar y confundir a
los partidarios radicales de la comunidad.
¿Dónde encaja la contracultura dentro de este
panorama? ¿Es una fuerza conservadora o radical? En su propia elaboración
onírica la contracultura se identifica con la tradición de la transformación
milenaria. Theodore Roszak afirma que la finalidad principal de la
contracultura es proclamar «un nuevo cielo y una nueva tierra», y, en su fase
de formación, la Conciencia III reunirá muchedumbres de jóvenes disidentes en
conciertos de rock y protestas contra la guerra. Pero incluso en la cumbre de
su eficacia organizativa, la contracultura careció de los fundamentos del
mesianismo. No tenía líderes carismáticos ni una visión de un orden moral bien
definido. Para la Conciencia III el liderazgo es otro truco del complejo
militar-industrial, y corno he indicado hace un momento, un conjunto de fines
morales bien definidos se puede reconciliar con el relativismo amoral de
chamanes como Don Juan.
El rechazo de la objetividad, el relativismo amoral y
la aceptación de la omnipotencia del pensamiento hablan de la bruja, pero no
del salvador. La Conciencia III presenta todos los síntomas clásicos de la
elaboración onírica de un estilo de vida cuya función social es disolver y
fragmentar las energías de la disensión. Esto debería haber sido claro por la
gran importancia dada a «hacer lo que le venga a uno en gana». No se puede
hacer una revolución si cada uno hace lo que le da la gana. Para hacer una revolución
todos deben realizar la misma cosa.
Así, el retorno de las brujas no es un simple capricho
inescrutable. La moderna reaparición de la brujería tiene puntos claros de
similitud con la locura medieval. Naturalmente hay muchas e importantes
diferencias. Se admira a la bruja moderna mientras se teme a la bruja de
antaño. Nadie en la contracultura quiere quemar a otro por creer o no creer en
las brujas; Reich y Roszak no son Institor ni Sprenger; y 4a contracultura no
se ha comprometido afortunadamente con ningún cuerpo específico de dogmas. Sin
embargo, nos queda el hecho de que la contracultura y la Inquisición están
hombro con hombro en la cuestión del vuelo de las brujas. Dentro de la libertad
de creencia de la contracultura, las brujas son una vez más tan verosímiles
como cualquier otra cosa, Esta creencia contribuye claramente a la
consolidación o estabilización de las desigualdades contemporáneas merced a
toda su inocencia alegre. Millones de jóvenes educados creen seriamente que la
proposición de eliminar con besos al Estado corporativo como si fuera un
«encantamiento maligno» es tan eficaz o realista como cualquier otra forma de
conciencia política. Como su predecesor medieval, nuestra manía actual de las
brujas embota y confunde a las fuerzas de la disensión, Como el resto de la
contracultura, pospone el desarrollo de un conjunto racional de compromisos
políticos. Y ésta es la razón por la que es tan popular entre los grupos más
opulentos de nuestra población. Esta es la razón por la que ha vuelto la bruja.
Epílogo
Si la bruja ya está aquí, ¿puede estar muy lejos el
salvador?
Norman Cohn, en su libro The Pursuit of the
Millennium, vincula los movimientos mesiánicos que precedieron a la Reforma
protestante con las convulsiones seculares del siglo xx. Pese a su desprecio de
los mitos y leyendas específicos del mesianismo judeocristiano, la conciencia
de estilo de vida de figuras como Lenin, Hitler y Mussolini tuvo su origen en
un conjunto de condiciones prácticas y mundanas similares a las responsables
del surgimiento de salvadores religiosos tales como Juan de Leyden, Müntzer, o incluso
Manahem, Bar Kochva y Yali. Los mesías militares ateos y seculares comparten
con sus predecesores religiosos una «promesa milenaria ilimitada, realizada con
una convicción de tipo profético ilimitada». Al igual que los salvadores
judeocristianos, afirman estar encargados personalmente de la misión de llevar
la historia a una consumación predeterminada. Para Hitler se trataba del Reich
milenario purificado del pólipo de los judíos y otras brujas y diablos
domésticos; para Lenin se trataba de la Jerusalén Comunista cuyo lema era el de
la primera comuna cristiana: «y todos los que habían abrazado la fe vivían
unidos, y tenían todas las cosas en común», o como dice Trotskí: «Dejad que los
sacerdotes de todas las confesiones religiosas hablen de un paraíso en el más
allá; nosotros decimos que crearemos un verdadero paraíso para los hombres en
esta tierra». Para las masas alienadas, inseguras, marginales, depauperadas,
endemoniadas y hechizadas, el mesías secular promete redención y realización a
escala cósmica. No sólo la oportunidad de mejorar la propia existencia
cotidiana, sino el compromiso total en una misión de «importancia única y
maravillosa».
Medida por las visiones grandiosas de la conciencia
militar-mesiánica la contracultura parece ser una afirmación relativamente
inofensiva de la futilidad de la lucha política, sea de derechas, de izquierdas
o de centro. Pero la complacencia sólo es una respuesta apta para la Conciencia
III a corto plazo y en ausencia de una disciplina bien formada capaz de
explicar los procesos causales de la historia.
La pretendida «subversión de la concepción científica
del mundo» no es peligrosa porque amenace realmente alguna parte de la
infraestructura tecnológica de nuestra civilización. Los entusiastas de la
contracultura dependen tanto del transporte de alto consumo energético, de la
electrónica transistorizada y de la producción masiva de tejidos y alimentos
como el resto de nosotros, pero les faltan la voluntad y el conocimiento
necesarios para una reversión a formas de producción y comunicación más
primitivas. De todas formas, nada hay que temer de una secta, clase o nación
que no participe en el progreso de la tecnología nuclear, cibernética y
biofísica. Tales grupos sufrirán inevitablemente el destino de los otros
pueblos de la Edad de Piedra del siglo XX. Tal vez sobrevivan, pero sólo
precariamente y bajo la tolerancia de vecinos enormemente más poderosos, en
reservas o en comunas protegidas por su valor como atracciones turísticas. La
regresión a etapas tecnológicas más primitivas o incluso el mantenimiento del
nivel alcanzado en la actualidad por las potencias industrializadas sólo puede
aparecer como la proposición más ridícula y descabellada para la mayor parte de
la humanidad que cada día está más decidida a mejorar su estilo de vida
rompiendo el monopolio euroamericano y japonés sobre la ciencia y la
tecnología. Un millón de Reíchs y Roszaks entonando cánticos afectan al
progreso y propagación de la ciencia y la tecnología tanto como el chirrido de
un solo grillo vagabundo al funcionamiento de un alto horno automatizado. La
amenaza de la contracultura está en otra parte.
Creemos que los gurús de la Conciencia III no pueden
detener o aminorar el progreso de la tecnología; pero pueden aumentar el nivel
de la confusión popular en lo que atañe a los modos en que se ha de desarrollar
esta tecnología para reducir, en lugar de intensificar, las injusticias y la
explotación, a los modos en que se ha de desarrollar para que sirva a fines
humanos y constructivos en vez de intensificar la producción pero mantener la
explotación o sembrar el terror y la destrucción. La intensificación de la
confusión, la involución psíquica y la amoralidad sintetizadas en el retorno de
las brujas acarrean para cualquier persona consciente de la historia de nuestra
civilización la amenaza inminente del retorno del mesías. El desprecio de la
razón, la evidencia y la objetividad -la superconsciencia y la embriagadora
libertad de creencia- no cesan de privar a una generación entera de los medios
intelectuales para resistir a la próxima petición de una «lucha final y
decisiva» para alcanzar la redención y la salvación a escala cósmica.
Los estados mentales alucinatorios no pueden alterar
la base material de la explotación y la alienación. La Conciencia III no
cambiará nada que sea fundamental o causativo en la estructura del capitalismo
o imperialismo. Por tanto, lo que nos espera no es la quimera de la libertad
individual absoluta, sino alguna nueva pero más maligna forma de mesianismo
militar, provocada por las payasadas de una clase media que intentó domesticar
a sus generales con mensajes telepáticos y creyó poder humanizar a la mayor
concentración de riqueza corporativa que jamás ha visto el mundo caminando
descalza y comiendo mantequilla de cacahuete sin homogeneizar.
Como he dicho al principio de este libro, la mentira
más perniciosa perpetrada en nombre de la libertad de creencia es la afirmación
de que estamos amenazados por una sobredosis de «objetividad» sobre las causas
de nuestros propios estilos de vida. El estilo de vida de grupos como los
yanomamo y los maring deja en claro que es pura tontería suponer que la
objetividad científica constituye el pecado original de la humanidad. La sola
historia de Europa evidencia que la mutilación, el destripamiento, el descuartizamiento,
el suplicio, el ahorcamiento, la crucifixión y la quema de gente inocente han
precedido durante mucho tiempo al surgimiento de la ciencia y tecnología
modernas.
Algunas de las formas específicas de injusticia y
alienación características de la sociedad industrial son, claro está, producto
de los instrumentos y técnicas específicos introducidos por los progresos en
las ciencias naturales y de la conducta. Pero una sobredosis de objetividad
científica en lo que concierne a comprender las causas de los fenómenos de los
estilos de vida no es responsable de ninguna de las patologías de la vida
contemporánea. La objetividad científica sobre las causas fundamentales del racismo
no es lo que lleva a disturbios étnicos, vuelca los autobuses escolares y
bloquea la construcción de apartamentos para familias pobres. La objetividad
científica no es la causa del machismo o del «chauvinismo» femenino u
homosexual. No es una sobredosis de
objetividad científica sobre los estilos de vida la que originó las prioridades
escoradas en favor de alunizajes y mísiles en vez de hospitales y viviendas. Ni
es una sobredosis de objetividad científica sobre los estilos de vida la que ha creado la crisis de
la población, ¿Y qué tiene que ver la objetividad científica con el deseo
infinito de consumismo, el consumo y despilfarro conspicuos, la obsolescencia
de la mercancía, la sed de status, el erial cultural de la televisión y todas
las demás misteriosas fuerzas conductoras de nuestra competitiva economía
capitalista? ¿Fue una falta de libertad de creencia la que condujo al saqueo de
minerales, bosques y suelos, a las cloacas a cielo abierto y al alquitrán en
las playas? ¿Qué había de racional, razonable, «objetivo» o «científico» en
todo esto? ¿Cómo puede explicar una sobredosis de objetividad sobre los estilos
de vida una guerra para la que tres presidentes de los Estados Unidos no
pudieron ofrecer una razón racional pero que tampoco pudieron detener?
También se podría creer que la objetividad era el
estilo de vida dominante en la Alemania de 1932, que el bestial culto ario de
la humanidad rubia, la anatematización de semitas, gitanos y eslavos, el culto
a la madre patria y el canto wagneriano, el desfile al paso de oca y el
Sieg-Heil ante el Führer, todos provenían del atrofiamiento de los sentimientos
y «capacidades intelectivas» del pueblo alemán. Lo mismo podemos decir del
stalinismo, con su culto al Tío José, sus genuflexiones ante el cadáver de Lenin,
sus intrigas en el Kremlin, sus campos siberianos de esclavos y su dogmatismo
de la línea del partido.
Naturalmente, tenemos nuestros especialistas en juegos
de suma cero del Dr. Strangelove, nuestros super-objetivadores en potencia, que
objetivan la vida humana contando cadáveres y automatizando la muerte. Pero el
error moral de estos tecnólogos y sus manipuladores políticos es un déficit de
objetividad científica sobre las causas de las diferencias en los estilos de
vida, no un excedente. El derrumbamiento moral de Vietnam no fue provocado por
una sobredosis de conciencia objetiva sobre lo que hacíamos. Consistió en el
fracaso en extender la conciencia más allá de las tareas puramente
instrumentales al significado práctico y trivial de nuestros programas
políticos y fines nacionales. Mantuvimos la guerra en Vietnam porque nuestra
conciencia estaba mistificada por símbolos de patriotismo, sueños de gloria, un
orgullo inquebrantable y visiones de imperio. Nuestro estado de ánimo era
exactamente lo que la contracultura deseaba que fuéramos. Nos creíamos
amenazados por diablos con ojos rasgados y pequeños hombres amarillos
despreciables; estábamos cautivados por visiones de nuestra propia majestad
inefable. En síntesis, estábamos drogados.
No veo razón alguna por la que la nueva tolerancia de
modos de conciencia involutivos, etnocéntricos, irracionales y subjetivos vaya
a originar algo netamente diferente de lo que siempre hemos tenido: brujas y
mesías. No necesitamos más vibraciones mágicas, mayores cultos psicotrópicos y
«rollos» más extravagantes. No afirmo que una mejor comprensión de las causas
de los fenómenos de los estilos de vida vaya a producir esplendores milenarios.
Sin embargo, hay una base bien fundada para suponer que si luchamos por
desmitificar nuestra conciencia ordinaria, mejoraremos las perspectivas de paz
y justicia económica y política. Por pequeño que sea este cambio potencial de
las probabilidades a nuestro favor, creo que debemos considerar la expansión de
la objetividad científica en el dominio de los enigmas de los estilos de vida
como un imperativo moral. Es, por lo demás, la única cosa que jamás se ha
intentado.
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