© Libro
No. 346. La Cuestión Femenina. Kolontái,
Aleksandra. Colección Emancipación Obrera. Octubre 13 de 2012.
Título original: © Alejandra Kollontai: 1907: Los
fundamentos sociales de la cuestión femenina (Extractos). 1911: La relaciones sexuales y la lucha de clases. 1913: El Día de la
Mujer. 1918: El comunismo y la familia.
Versión Original: © Alejandra Kollontai: 1907: Los
fundamentos sociales de la cuestión femenina (Extractos). 1911: La relaciones sexuales y la lucha de clases. 1913: El Día de la
Mujer. 1918: El comunismo y la familia.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Aleksandra
Kolontái
LA CUESTIÓN FEMENINA
CONTENIDO
Datos
Biográficos
1.
Las
relaciones sexuales y la lucha de clases
4.
Extractos de Los fundamentos sociales de la
cuestión femenina
Aleksandra Kolontái
[tomado del Grupo Arbeit] Alejandra
Kollontai, cuyo apellido de soltera es Demontovich, nació en Rusia en 1872.
Estudió historia y literatura, y en 1899 se afilió al Partido Social Demócrata.
Participó activamente de la lucha socialista en su país y en Europa, donde se
relacionó con personalidades como Rosa
Luxemburgo, Carlos Kausky, Jorge
Plejanov, Lenin
y muchos otros. En 1903 publicó La vida de los obreros finlandeses; en 1907
inició el primer Círculo de Obreras y al año siguiente presentó La base
social de la cuestión femenina, lo que le valió la persecución y condena
del régimen zarista, razón por la que tuvo que huir a Alemania, pasando después
a diferentes países de Europa y finalizando su recorrido en Estados Unidos,
donde fue propagandista de las organizaciones socialistas durante sus nueve
años de exilio.
No es hasta 1917 que regresa a Rusia para formar parte del primer gobierno de
Lenin como Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública. Entre otros
espacios, integra el sector femenino del Partido Bolchevique, donde cobró
notoriedad por su defensa del amor libre en los primeros años de la revolución.
Alejandra ocupó altos cargos diplomáticos desde principios de los años 20 y fue
la primera embajadora de la Unión Soviética en México, en 1926.
La obra literaria de Alejandra Kollontai es amplísima e incluye, además de las
publicaciones antes mencionadas, su difundido artículo "El día de la
Mujer" publicado en 1913, La emancipación de la mujer, Sociedad
y maternidad y La clase obrera y la nueva moral, que reflejan una
visión importante del movimiento feminista. Lo más significativo de su discurso
fue hacer suya la idea de Marx
de que para construir un mundo mejor, además de cambiar la economía, tenía que
surgir "el hombre nuevo". Así, defendió el amor libre, igual salario
para las mujeres, la legalización del aborto y la socialización del trabajo
doméstico y del cuidado de los niños, y sobre todo la necesidad de cambiar la
vida íntima y sexual de las mujeres. Ella creía que debía surgir "la mujer
nueva", independiente económicamente, pero también sicológica y
sentimentalmente.
La profesora Ana de Miguel Álvarez,
en su estudio El conflicto clase-sexo-género en la tradición socialista,
considera que "es la teórica rusa Alejandra Kollontai quien articuló de
forma más racional y sistemática feminismo y marxismo. Kollontai no se limita a
incluir a la mujer en la revolución socialista, sino que define el tipo de
revolución que la mujer necesita. No basta con la abolición de la propiedad
privada y con que la mujer se incorpore a la producción; es necesaria una
revolución de la vida cotidiana y de las costumbres [...] En su teoría no tiene
sentido hablar de un aplazamiento de liberación de la mujer, en todo caso,
habría que hablar de un aplazamiento de la revolución". Fue por estas
posturas que Alejandra protagonizó numerosos enfrentamientos con sus camaradas
varones y con todos los que, desde la indiferencia, negaban la necesidad de una
lucha específica por los derechos de las mujeres.
A pesar de sufrir una apoplejía en 1942, durante tres años dirigió la
delegación diplomática de Oslo en silla de ruedas. Alejandra Kollontai murió en
1952 en Moscú, pero unos años antes llegó a ser candidata al Premio Nobel de la
Paz por sus esfuerzos para poner fin a la guerra ruso-finlandesa.
http://www.rebeldemule.org/foro/biblioteca/tema7946.html
Alejandra
Kollontai
1.
Las
relaciones sexuales y la lucha de clases
Escrito: En o antes de 1911.
Historial de publicación: Publicado
por vez primera en 1911.
Traducción al castellano: Por Tamara
Ruiz en 2011 a partir de la versión inglesa de Alix Holt de 1977, para En
Lucha.
Fuente de la presente versión: Tomado
de la edición digital de Alexandra Kollontai: Los fundamentos sociales de la
cuestión femenina y otros escritos, Tamara Ruiz (ed.). En Lucha: España,
2011. http://www.enlucha.org/site/?q=node/15895
Esta edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2011.
Entre los
múltiples problemas que perturban la inteligencia y el corazón de la humanidad,
el problema sexual ocupa indiscutiblemente uno de los primeros puestos. No hay
una sola nación, un solo pueblo en el que la cuestión de las relaciones entre
los sexos no adquiera de día en día un carácter más violento y doloroso. La
humanidad contemporánea atraviesa por una crisis sexual aguda en la forma, una
crisis que se prolonga y que, por tanto, es mucho más grave y más difícil de
resolver.
En todo
el curso de la historia de la humanidad no encontraremos seguramente otra época
en la que los problemas sexuales hayan ocupado en la vida de la sociedad un
lugar tan importante, otra época en la que las relaciones sexuales hayan
acaparado, como por arte de magia, las miradas atormentadas de millones de
personas. En nuestra época, más que en ninguna otra de la historia, los dramas
sexuales constituyen fuente inagotable de inspiración para artistas de todos
los géneros del arte.
Como la
terrible crisis sexual se prolonga, su carácter crónico adquiere mayor gravedad
y más insoluble nos parece la situación presente. Por esto la humanidad
contemporánea se arroja anhelante sobre todos los medios que hacen entrever una
posible solución del problema “maldito”. Pero a cada nueva tentativa de
solución se complica más el enmarañado complejo de las relaciones entre los
sexos, y parece como si fuera imposible descubrir el único hilo que nos ha de
servir para desenredar el compacto nudo. La humanidad, atemorizada, se
precipita desde un extremo al otro; pero el círculo mágico de la cuestión
sexual permanece cerrado tan herméticamente como antes.
Los
elementos conservadores de la sociedad llegan a la conclusión de que es
imprescindible volver a los felices tiempos pasados, restablecer las viejas
costumbres familiares, dar nuevo impulso a las normas tradicionales de la moral
sexual. “Es preciso destruir todas las prohibiciones hipócritas prescritas por
el código de la moral sexual corriente. Ha llegado el momento de arrojar a un
lado ese vejestorio inútil e incómodo… La conciencia individual, la voluntad
individual de cada ser es el único legislador en una cuestión de carácter tan
íntimo”, se oye afirmar entre las filas del campo individualista burgués. “La
solución de los problemas sexuales sólo podrá hallarse en el establecimiento de
un orden social y económico nuevo, con una transformación fundamental de
nuestra sociedad actual”, afirman los socialistas. Pero precisamente este
esperar en el mañana, ¿no indica también que nosotros tampoco hemos logrado
apoderarnos del “hilo conductor”? ¿No deberíamos encontrar o al menos localizar
este “hilo conductor” que promete desenredar el nudo? ¿No deberíamos
encontrarlo ahora, en este mismo momento? El camino que debemos seguir en esta
investigación nos lo ofrece la historia misma de las sociedades humanas, nos lo
ofrece la historia de la lucha ininterrumpida de las clases y de los diversos
grupos sociales, opuestos por sus intereses y sus tendencias.
No es la
primera vez que la humanidad atraviesa un período de crisis sexual aguda. No es
la primera vez que las al parecer firmes y claras prescripciones de la moral al
uso, en el campo de las relaciones sexuales, han sido destruidas por el aflujo
de la corriente de nuevos valores e ideales sociales. La humanidad ha pasado
por una época de “crisis sexual” verdaderamente aguda durante los períodos del
Renacimiento y la Reforma, en el momento en que un formidable avance social
relegaba a un segundo término a la aristocracia feudal, orgullosa de su
nobleza, acostumbrada al dominio absoluto, y en su lugar se asentaba una nueva
fuerza social, la burguesía ascendente, que crecía y se desarrollaba cada vez
con mayor impulso y poder.
La
moralidad sexual del mundo feudal se había desarrollado a partir de las
profundidades de la “forma de vida tribal”: la economía colectiva y el
liderazgo autoritario tribal que reprimía la voluntad individual de cada
miembro. El viejo código moral chocaba con el nuevo código moral de principios
opuestos que imponía la clase burguesa en ascenso. La moral sexual de la nueva
burguesía estaba basada en principios radicalmente opuestos a los principios
morales más esenciales del código feudal. El estricto individualismo y la
exclusividad y el aislamiento de la “familia nuclear” sustituyen al énfasis en
el “trabajo colectivo” que fue característico de la estructura económica tanto
local como regional de la vida ancestral. Los últimos vestigios de ideas
comunales propias, hasta cierto punto, de todas las formas de vida tribal
fueron barridos por el principio de “competencia” bajo el capitalismo, por los
principios triunfantes del individualismo y de la propiedad privada
individualizada, aislada.
La
humanidad, perdida durante el proceso de transición, titubeó durante todo un
siglo entre los dos códigos sexuales de espíritu tan diverso, ansiosa de
adaptarse a la situación, hasta el momento en que el laboratorio de la vida
transformó las viejas normas en un molde nuevo y logró, cuando menos, una
armonía en la forma, una solución en cuanto a su aspecto externo.
Pero
durante esta época de transición, tan viva y llena de colorido, la crisis
sexual, a pesar de revestir un carácter de gravedad, no se presentó en una
forma tan grave y amenazadora como en nuestros tiempos. La principal razón de
esto estriba en que durante los gloriosos días del Renacimiento, en la “nueva
era” en la que la brillante luz de una nueva cultura espiritual inundó el
moribundo mundo con sus vivos colores, inundó la vacía y monótona vida de la
Edad Media, la crisis sexual sólo la experimentó una parte relativamente
reducida de la sociedad. La capa social más considerable de la época, desde el
punto de vista cuantitativo, el campesinado, no sufrió las consecuencias de la
crisis sexual más que de una manera indirecta, cuando, lentamente, con el transcurso
de los siglos, se transformaban las bases económicas en que estaba fundada esta
clase social, es decir, únicamente en la medida en que evolucionaban las
relaciones económicas del campo.
Las dos
tendencias opuestas luchaban en las capas superiores de la sociedad. Allí era
donde se enfrentaban los ideales y las normas de dos concepciones diferentes de
la sociedad, y donde precisamente la crisis sexual, cada vez más grave y
amenazadora, se apoderaba de sus víctimas. Los campesinos, reacios a toda
innovación, clase apegada a sus principios, continuaban apoyándose en las
viejas columnas de las tradiciones ancestrales, y no se transformaba, no
dulcificaba ni adaptaba a las nuevas condiciones de su vida económica el código
inconmovible de la moral sexual tradicional más que bajo la presión de una gran
necesidad. La crisis sexual durante la época de lucha aguda entre el mundo
burgués naciente y el mundo feudal no afectó a la “clase tributaria”.
Es más,
mientras los estratos superiores de la sociedad rompían los viejos hábitos, la
clase campesina se aferraba con mayor fuerza a sus ancestrales tradiciones. A
pesar de todas las tempestades que se desencadenaban sobre su cabeza, que
conmovían hasta el suelo que pisaba, la clase campesina en general, y
particularmente los campesinos rusos, lograron conservar durante siglos y
siglos, en su forma primitiva, los principios esenciales de su código moral
sexual.
El
problema de nuestra época presenta un aspecto totalmente distinto. La crisis
sexual de nuestra época no perdona siquiera a la clase campesina. Como una
enfermedad infecciosa, no reconoce “ni grados ni rangos”. Se extiende desde los
palacios y mansiones hasta los barrios obreros más concurridos, entra en los
apacibles hogares de la pequeña burguesía, y se abre camino hasta la miserable
y solitaria aldea rusa. Elige sus víctimas lo mismo entre los habitantes de las
mansiones de la burguesía europea, que en los húmedos sótanos donde se hacina
la familia obrera y en la choza ahumada del campesino. Para la crisis sexual no
hay “obstáculos ni cerrojos”. Es un profundo error creer que la crisis sexual
sólo alcanza a los representantes de las clases que tienen una posición
económica materialmente asegurada. La indefinida inquietud de la crisis sexual
franquea cada vez con mayor frecuencia el umbral de las habitaciones obreras, y
causa allí tristes dramas que por su intensidad dolorosa no tienen nada que
envidiar a los conflictos psicológicos del “exquisito” mundo burgués.
Pero
precisamente porque la crisis sexual no ataca sólo a los intereses de “quienes
todo lo poseen”, precisamente porque estos problemas sexuales afectan también a
una clase social tan extensa como el proletariado de nuestros tiempos, es
incomprensible e imperdonable que esta cuestión vital, esencialmente violenta y
trágica, sea considerada con tanta indiferencia. Entre las múltiples consignas
fundamentales que la clase obrera debe tener en cuenta en su lucha para la
conquista de la sociedad futura, tiene que incluirse necesariamente la de
establecer relaciones sexuales más sanas y que, por tanto, hagan más feliz a la
humanidad.
Es
imperdonable nuestra actitud de indiferencia ante una de las tareas esenciales
de la clase obrera. Es inexplicable e injustificable que el vital problema
sexual se relegue hipócritamente al casillero de las cuestiones “puramente
privadas”. ¿Por qué negamos a este problema el auxilio de la energía y de la
atención de la colectividad? Las relaciones entre los sexos y la elaboración de
un código sexual que rija estas relaciones aparecen en la historia de la
humanidad, de una manera invariable, como uno de los factores esenciales de la
lucha social. Nada más cierto que la influencia fundamental y decisiva de las
relaciones sexuales de un grupo social determinado en el resultado de la lucha
de esta clase con otra de intereses opuestos.
El drama
de la sociedad actual es tan desesperado porque mientras ante nuestros ojos
vemos cómo se desmoronan las formas corrientes de unión sexual y cómo son
desechados los principios que las regían, desde las capas más bajas de la
sociedad se alzan frescos aromas desconocidos que nos hacen concebir esperanzas
risueñas sobre una nueva forma de vida, y llenan el alma humana con la
nostalgia de ideales futuros, pero cuya realización no parece posible. Somos
personas que vivimos en un mundo caracterizado por el dominio de la propiedad
capitalista, un mundo de agudas contradicciones de clase e imbuidos de una
moral individualista. Aún vivimos y pensamos bajo el funesto signo de un
inevitable aislamiento espiritual. La terrible soledad que cada persona siente en
las inmensas ciudades populosas, en las ciudades modernas, tan bulliciosas y
tentadoras; la soledad, que no disipa la compañía de amigos y compañeros, es la
que empuja a las personas a buscar, con avidez malsana, a su ilusoria “alma
gemela” en un ser del sexo contrario, puesto que sólo el amor posee el mágico
poder de ahuyentar, aunque sólo sea momentáneamente, las tinieblas de la
soledad.
En
ninguna otra época de la historia ha sentido la gente con tanta intensidad como
en la nuestra la soledad espiritual. No podría ser de otra manera. La noche es
mucho más impenetrable cuando a lo lejos vemos brillar una luz.
Las
personas individualistas de nuestra época, unidas por débiles lazos a la
comunidad o a otras individualidades, ven ya brillar en la lejanía una nueva
luz: la transformación de las relaciones sexuales mediante la sustitución del
ciego factor fisiológico por el nuevo factor creador de la solidaridad, de la
camaradería. La moral de la propiedad individualista de nuestros tiempos
empieza a ahogar a las personas. El hombre contemporáneo no se contenta
criticando la calidad de las relaciones entre los sexos, negando las formas
exteriores prescritas por el código de la moral corriente. Su alma solitaria
anhela la renovación de la esencia misma de las relaciones sexuales, desea
ardientemente encontrar el “amor verdadero”, esa gran fuerza confortadora y
creativa que es la única que puede ahuyentar el frío fantasma de la soledad que
padecen los individualistas contemporáneos.
Si es
cierto que la crisis sexual está condicionada en sus tres cuartas partes por
relaciones externas de carácter socioeconómico, no es menos cierto que la otra
cuarta parte de su intensidad es debida a nuestra refinada psicología
individualista, que con tanto cuidado ha cultivado la ideología burguesa
dominante. La humanidad contemporánea, como dice acertadamente la escritora
alemana Meisel-Hess, es muy pobre en “potencial de amor”. Cada uno de los sexos
busca al otro con la única esperanza de lograr la mayor satisfacción posible de
placeres espirituales y físicos para sí, utilizando como medio al otro. El
amante o el novio no piensan para nada en los sentimientos, en la labor
psicológica que se efectúa en el alma de la persona amada.
Quizá no
haya ninguna otra relación humana como las relaciones entre los sexos en la que
se manifieste con tanta intensidad el individualismo grosero que caracteriza
nuestra época. Absurdamente se imagina la persona que para escapar de la
soledad moral que le rodea le basta con amar, con exigir sus derechos sobre
otra alma. Únicamente así espera obtener esa rara dicha: la armonía de la
afinidad moral y la comprensión entre dos seres. Nosotros, los individualistas,
hemos echado a perder nuestras emociones por el constante culto de nuestro
“yo”. Creemos todavía que podemos conquistar sin ningún sacrificio la mayor de
las dichas humanas, el “amor verdadero”, no sólo para nosotros, sino también
para nuestros semejantes. Creemos lograr esto sin tener que dar, en cambio, los
tesoros de nuestra propia alma.
Pretendemos
conquistar la totalidad del alma del ser amado, pero, en cambio, somos
incapaces de respetar la fórmula de amor más sencilla: acercarnos al alma de
otro dispuestos a guardarle todo género de consideraciones. Esta sencilla
fórmula nos será únicamente inculcada por las nuevas relaciones entre los
sexos, relaciones que ya han comenzado a manifestarse y que están basadas en
dos principios nuevos también: libertad absoluta, por un lado, e igualdad y
verdadera solidaridad como entre compañeros, por otro. Sin embargo, por el
momento, la humanidad tiene que sufrir todavía el frío de la soledad
espiritual, y no le queda más remedio que soñar con una época mejor en la que
todas las relaciones humanas se caractericen por sentimientos de solidaridad,
que podrán ser posibles a causa de las nuevas condiciones de la existencia.
La crisis
sexual no puede resolverse sin una transformación fundamental de la psicología
humana, sólo puede ser vencida por la acumulación de “potencial de amor”. Pero
esta transformación psíquica depende en absoluto de la reorganización
fundamental de nuestras relaciones socioeconómicas sobre una base comunista. Si
rechazamos esta “vieja verdad”, el problema sexual no tiene solución.
A pesar
de todas las formas de unión sexual que ensaya la humanidad presente, la crisis
sexual no se resuelve en ningún sitio.
No se han
conocido en ninguna época de la historia tantas formas diversas de unión entre
los sexos. Matrimonios indisolubles, con una familia firmemente constituida, y
a su lado la unión libre pasajera; el adulterio conservado en el mayor secreto,
al lado del matrimonio y de la vida en común de una muchacha soltera con su
amante; el matrimonio “por la iglesia”, el matrimonio de dos y el matrimonio
“de tres”, e incluso hasta la forma complicada del “matrimonio de cuatro”, sin
contar las múltiples variantes de la prostitución. Al lado de estas formas de
unión, entre los campesinos y la pequeña burguesía encontramos vestigios de las
viejas costumbres tribales, mezclados con los principios en descomposición de
la familia burguesa e individualista, la vergüenza del adulterio, la vida
marital entre el suegro y la nuera y la libertad absoluta para la joven
soltera. Siempre la misma “moral doble”.
Las
formas actuales de unión entre los sexos son contradictorias y embrolladas, de
tal modo que uno se ve obligado a interrogarse cómo es posible que el hombre
que ha conservado en su alma la fe en la firmeza de los principios morales
pueda continuar admitiendo estas contradicciones y salvar estos criterios
morales irreconciliables, que necesariamente se destruyen el uno al otro.
Tampoco resuelve la cuestión la justificación que se oye corrientemente: “Yo
vivo conforme a los principios de una moral nueva”, puesto que esta “nueva
moral” se encuentra todavía en proceso de formación. Precisamente la labor a
realizar consiste en hacer que surja esta nueva moral, hay que extraer de entre
el caos de las actuales normas sexuales contradictorias la forma, y aclarar los
principios, de una moralidad que corresponda al espíritu de la clase
revolucionaria ascendente.
Además
del extremado individualismo, defecto fundamental de la psicología de la época
actual, de un egocentrismo erigido en culto, la crisis sexual se agrava mucho
más con otros dos factores de la psicología contemporánea: la idea del derecho
de propiedad de un ser sobre el otro y el prejuicio secular de la desigualdad
entre los sexos en todas las esferas de la vida, incluida la esfera sexual.
La
moralidad burguesa, con su familia individualista encerrada en sí misma basada
completamente en la propiedad privada, ha cultivado con esmero la idea de que
un compañero debería “poseer” completamente al otro. La burguesía ha logrado a
la perfección la inoculación de esta idea en la psicología humana. El concepto
de propiedad dentro del matrimonio va hoy día mucho más allá que el concepto de
la propiedad en las relaciones sexuales del código aristocrático. En el curso
del largo período histórico que transcurrió bajo los auspicios de la “tribu”,
la idea de la posesión de la mujer por el marido —la mujer carecía de derechos
de propiedad sobre el marido— no se extendía más allá de la posesión física. La
esposa estaba obligada a guardar al marido fidelidad física, pero su alma no le
pertenecía en absoluto.
Los
caballeros de la Edad Media llegaban incluso a reconocer a sus esposas el
derecho de tener adoradores platónicos y a recibir el testimonio de esta
adoración de caballeros y menestrales. El ideal de la posesión absoluta, de la
posesión no sólo del “yo” físico, sino también del “yo” espiritual por parte
del esposo, del ideal que admite una reivindicación de derechos de propiedad
sobre el mundo espiritual y emocional del ser amado es un ideal que se ha
formado totalmente, y que ha sido cultivado igualmente por la burguesía con el
fin de reforzar los fundamentos de la familia, para asegurarse su estabilidad y
su fuerza durante el período de lucha para la conquista de su predominio
social. Este ideal no sólo lo hemos aceptado como herencia, sino que llegamos
incluso a pretender que sea considerado “como un imperativo” moral
indestructible.
La idea
de propiedad se extiende mucho más allá del matrimonio legal. Es un factor
inevitable que penetra hasta en la unión amorosa más “libre”. Los amantes de
nuestra época, a pesar de su respeto “teórico” por la libertad, sólo se
satisfacen con la conciencia de la fidelidad psicológica de la persona amada.
Con el fin de ahuyentar de nosotros el fantasma amenazador de la soledad,
penetramos de una manera violenta en el alma del ser “amado” con una crueldad y
una falta de delicadeza que sería incomprensible a la humanidad futura. De la
misma manera pretendemos hacer valer nuestros derechos sobre su “yo” espiritual
más íntimo. El amante contemporáneo está dispuesto a perdonar más fácilmente al
ser querido una infidelidad física que una infidelidad moral, y pretende que le
pertenece cada partícula del alma de la persona amada, que se extiende más allá
de los límites de su unión libre. Considera cualquier sentimiento experimentado
fuera de los límites de la relación libre como un despilfarro, como un robo imperdonable
de tesoros que le pertenecían exclusivamente y, por tanto, como un espolio
cometido a sus expensas.
El mismo
origen tiene la absurda indelicadeza que cometen constantemente dos amantes con
respecto a una tercera persona. Todos hemos tenido ocasión de observar un hecho
curioso que se repite continuamente. Dos amantes que apenas han tenido tiempo
de conocerse en sus relaciones mutuas se apresuran a establecer sus derechos
sobre las relaciones personales anteriores del otro y a intervenir en lo más
sagrado y más íntimo de su vida. Dos seres que ayer eran extraños el uno para
el otro, hoy, únicamente porque les unen sensaciones eróticas comunes, se
apresuran a poner la mano sobre el alma del otro, a disponer del alma
desconocida y misteriosa sobre la cual ha grabado el pasado imágenes
imborrables y a instalarse en su interior como si estuvieran en su propia casa.
Esta idea
de la posesión recíproca de una pareja amorosa extiende su dominio de tal forma
que casi no nos sorprende un hecho tan anormal como el siguiente: dos recién
casados vivían hasta ayer cada uno su propia vida, al día siguiente de su unión
cada uno de ellos abre sin el menor escrúpulo la correspondencia del otro, y,
consecuentemente, el contenido de la carta procedente de una tercera persona
que sólo tiene relación con uno de ellos se convierte en propiedad común. Una
“intimidad” de este tipo no puede adquirirse más que como resultado de una
verdadera unión entre las almas en el curso de una larga vida común de amistad
puesta a prueba. Lo que ocurre en general es que a esta intimidad se le busca
un sustitutivo legítimo, que tiene por base la idea, totalmente equivocada, de
que la intimidad física entre dos seres es una razón suficiente para extender
el derecho de propiedad sobre el ser emocional de la persona amada.
El
segundo factor que deforma la mentalidad del hombre contemporáneo, y que es una
razón para que la crisis sexual se agudice, es la idea de desigualdad entre los
sexos, desigualdad de derechos y desigualdad en la valoración de su experiencia
física y emocional. La “doble moral”, inherente tanto a la sociedad burguesa
como a la aristocrática, ha envenenado durante siglos la psicología de hombres
y mujeres. Estas actitudes son tan parte de nosotros que es mucho más difícil
librarse de su penetrante ponzoña que de las ideas tocantes a la propiedad de
un esposo sobre el otro, heredadas de la ideología burguesa. La concepción de
desigualdad entre los sexos, incluso en la esfera de la experiencia física y
emocional, obliga a aplicar constantemente medidas diversas para actos
idénticos, según el sexo que los haya realizado. Incluso la persona más
“progresista” de la burguesía que haya sabido desde hace tiempo superar las
prescripciones del código de la moral en uso, será incapaz de sustraerse a la
influencia del medio ambiente y emitirá un juicio completamente distinto, según
se trate de un hombre o de una mujer. Bastará un simple ejemplo: imaginemos que
un intelectual burgués, un hombre de ciencia, un hombre que está involucrado en
asuntos políticos y sociales, que es en definitiva “una personalidad”, e
incluso, una figura pública, se enamora de su cocinera —hecho que, además, se
da con bastante frecuencia— y llega, incluso, a casarse con ella. ¿Modificará
la sociedad burguesa por este hecho su conducta con respecto a la
“personalidad” de este hombre? ¿Pondrá acaso en cuestión su “personalidad”?
¿Dudará de sus cualidades morales?
Naturalmente,
no. Ahora pongamos otro ejemplo: una mujer perteneciente a la sociedad
burguesa, una mujer respetada, considerada, una profesora, médica o escritora.
Una mujer, en suma, con “personalidad”, se enamora de un criado y colma el
“escándalo” consolidando esta cuestión con un matrimonio legal. ¿Cuál será la
actitud de la sociedad burguesa respecto a esta persona hasta ahora respetada?
La sociedad, naturalmente, la mortificará con su “desprecio”. Pero todavía será
mucho más terrible si su marido, el criado, posee una bella fisionomía u otros
atractivos de carácter físico. Nuestra hipócrita sociedad burguesa juzgará su
elección de la forma siguiente: “Es obvio de qué se ha enamorado”.
La
sociedad burguesa no puede perdonar a la mujer que se atreve a dar a la
elección del hombre amado un carácter demasiado individual. Según la tradición
heredada de costumbres tribales, nuestra sociedad pretende todavía que la mujer
continúe teniendo en cuenta, en el momento de entregar su corazón, una serie de
consideraciones de grados y rangos sociales, que tenga en consideración el
medio familiar y los intereses de la familia. La sociedad burguesa no puede
considerar a la mujer como una persona independiente, separada de la célula
familiar, le es completamente imposible apreciarla como una personalidad fuera
del círculo estrecho de las virtudes y deberes familiares.
La
sociedad contemporánea va mucho más lejos que el orden de la antigua sociedad
tribal en la tutela que ejerce sobre la mujer. No sólo le prescribe casarse
únicamente con hombres “dignos” de ella, sino que le prohíbe incluso que llegue
a amar a un ser que es su “inferior”.
Estamos
acostumbrados a ver cómo hombres de un nivel moral e intelectual muy elevado
eligen como compañera de vida a una mujer insignificante y vacua, que de
ninguna manera se corresponde con el valor espiritual del marido. Apreciamos
este hecho como completamente normal y, por tanto, no merece siquiera nuestra
consideración. Todo lo más que puede suceder es que los amigos “se lamenten de
que Iván Ivanovitch se haya casado con una mujer insoportable”. El caso varía
si se trata de una mujer. Entonces nuestra indignación no tiene límites, y la
expresamos con frases como la siguiente: “¡Cómo es posible que una mujer tan
inteligente como María Petrovna pueda amar a una nulidad así!… Tendremos que
poner en duda su inteligencia…”
¿A qué
obedece esta manera diferente de juzgar las cosas? ¿Qué causa determina una
apreciación tan contraria? Esta diversidad de criterio no tiene otro origen que
la idea de la desigualdad entre los sexos, idea que ha sido inoculada a la
humanidad durante siglos y siglos y que ha acabado por apoderarse de nuestra
mentalidad de una manera orgánica. Estamos acostumbrados a valorar a la mujer,
no como una personalidad, con cualidades y defectos individuales,
independientes de sus experiencias físicas y emocionales. Para nosotros la
mujer no tiene valor más que como accesorio del hombre. El hombre, marido o
amante, proyecta sobre la mujer su luz y, es a él, y no a ella misma, a quien
tomamos en consideración como el verdadero elemento determinante de la estructura
espiritual y moral de la mujer. En cambio, cuando valoramos la personalidad del
hombre hacemos por anticipado una total abstracción de sus actos en relación a
sus relaciones sexuales. La personalidad de la mujer, por el contrario, se
valora casi exclusivamente en relación con su vida sexual. Este modo de
apreciar el valor de una personalidad femenina se deriva del papel que ha
representado la mujer durante tantos siglos y sólo ahora es cuando se está
logrando poco a poco una reevaluación de estas actitudes, al menos en términos
generales.
La
atenuación de estas falsas e hipócritas concepciones sólo podrá realizarse con
la transformación del papel económico de la mujer en la sociedad, y con su
entrada independiente en la producción.
Los tres
factores fundamentales que distorsionan nuestra mente, y que deben afrontarse
si se pretende resolver el problema sexual, son: el egoísmo extremo, la idea
del derecho de propiedad de los esposos entre sí y el concepto de desigualdad
entre los sexos en el ámbito de sus experiencias físicas y emocionales. La
humanidad no encontrará solución a este problema hasta que no haya acumulado en
su psicología suficientes reservas de “sentimientos de consideración”, hasta
que su capacidad de amar sea mayor, hasta que el concepto de libertad en el
matrimonio y en la unión libre no sea un hecho consolidado. En suma, hasta que
el principio de camaradería no haya triunfado sobre los conceptos tradicionales
de desigualdad y de subordinación en las relaciones entre los sexos. Sin una
reconstrucción total y fundamental de nuestra psicología el problema sexual es
irresoluble.
¿Pero no
será esta condición previa una utopía desprovista de base, utopía en la que
basan sus consignas ingenuas los idealistas soñadores? Intentemos aumentar la
“capacidad de amar” de la humanidad. ¿Acaso los sabios de todos los pueblos,
desde Buda y Confucio hasta Cristo, no se han entregado desde tiempos remotos a
esta tarea? Sin embargo, ¿hay alguien que crea que la “capacidad de amar” ha
aumentado en la humanidad? Reducir la cuestión de la crisis sexual a utopías de
este tipo, por muy bien intencionadas que sean, ¿no significará prácticamente
un reconocimiento de debilidad y una renuncia a buscar la solución anhelada?
Veamos si
esto es cierto. ¿Es la reeducación radical de nuestra psicología y nuestro
enfoque de las relaciones sexuales algo tan improbable, tan alejado de la
realidad? ¿No podríamos decir que, por el contrario, mientras que grandes
cambios sociales y económicos están en curso, las condiciones que se están
creando demandan y dan lugar a una nuevo fundamento para la experiencia
psicológica que está en consonancia con lo que hemos estado hablando? Ya en
nuestra sociedad avanza un nuevo grupo social que intenta ocupar el primer
puesto y dejar de lado a la burguesía, con su ideología de clase y su código de
moral sexual individualista. Esta clase ascendente, de vanguardia, lleva
necesariamente en su seno los gérmenes de nuevas orientaciones entre los sexos,
relaciones que forzosamente han de estar estrechamente unidas a sus objetivos
sociales de clase.
La
compleja evolución de las relaciones socioeconómicas que tiene lugar ante
nuestros ojos, que pone en conmoción todas nuestras concepciones sobre el papel
de la mujer en la vida social y destruye los fundamentos de la moral sexual
burguesa, trae consigo dos hechos que a primera vista parecen contradictorios.
Por un
lado, observamos los esfuerzos infatigables de la humanidad por adaptarse a las
nuevas condiciones socioeconómicas cambiantes. Esto se manifiesta ya sea en un
intento de conservar las “viejas formas”, dándoles un nuevo contenido
(mantenimiento de la forma exterior del matrimonio indisoluble y monógamo, pero
al mismo tiempo el reconocimiento de hecho de la libertad de los esposos), o,
por el contrario, en la aceptación de nuevas formas que lleven en su interior,
sin embargo, todos los elementos del código moral del matrimonio burgués (la
unión libre en la que el derecho de propiedad de los dos esposos unidos
“libremente” sobrepase los límites del derecho de propiedad del matrimonio
legal).
Por otra
parte, no podemos dejar de señalar la aparición lenta, pero constante, de
nuevas formas de relaciones entre los sexos, que difieren de las formas
externas tanto en la forma exterior como por el espíritu que anima sus normas
vivificadoras.
La
humanidad sondea con inquietud los nuevos ideales. Pero basta examinarlos un
poco detenidamente para reconocer en ellos, a pesar de que sus límites no están
todavía lo suficientemente marcados, los rasgos característicos merced a los
cuales están estrechamente vinculados con las tareas del proletariado, como
aquella clase social a la que le incumbe apoderarse de la fortaleza asediada
del futuro. Quien quiera encontrar en el laberinto de las normas sexuales
contradictorias los gérmenes de relaciones más sanas entre los sexos —que
prometan liberar a la humanidad de la crisis sexual que atraviesa—, tiene
necesariamente que abandonar las cultas estancias de la burguesía, con su
refinada psicología individualista, y echar una ojeada a las habitaciones
hacinadas de los obreros. Allí, en medio del horror y de la miseria causada por
el capitalismo, entre lágrimas y maldiciones, surgen a pesar de todo
manantiales vivificadores que se abren paso por la nueva senda.
Entre la
clase obrera, bajo la presión de duras condiciones económicas, bajo el yugo
implacable de la explotación del capital, se observa el doble proceso al que
acabamos de referirnos. La influencia destructiva del capitalismo, que aniquila
todos los fundamentos de la familia obrera, y obliga al proletariado a
adaptarse “instintivamente” a las condiciones del mundo que le rodea, y
provoca, por tanto, una serie de hechos en lo referente a las relaciones entre
los sexos, análogos a los que se producen también en otras capas de la
sociedad. Debido a los bajos salarios el obrero retrasa de manera continua e
inevitable la edad de contraer matrimonio. Si hace veinte años un obrero podía
casarse de los veintidós a los veinticinco años, hoy día no puede crear un hogar
hasta los treinta años aproximadamente. Además, cuanto más desarrolladas están
en el obrero las necesidades culturales, tanto más valora la posibilidad de
seguir el ritmo de la vida cultural, de ir al teatro, de asistir a
conferencias, leer periódicos,
consagrar el tiempo que el trabajo le deja libre a la lucha sindical, a la
política, a una actividad por la que siente afición, al arte, a la lectura,
etc., y más tarde tiende a casarse. Sin embargo, las necesidades físicas no
tienen para nada en cuenta su situación financiera, son necesidades vitales de
las que no se puede prescindir. El obrero “soltero”, lo mismo que el burgués
“soltero”, resuelven su problema acudiendo a la prostitución. Este es un
ejemplo de la adaptación pasiva de la clase obrera a las condiciones
desfavorables de su existencia.
Tomemos
otro ejemplo. Al casarse un obrero, y a causa del nivel tan bajo de los
salarios, la nueva familia obrera se ve obligada a resolver el problema del
nacimiento de los hijos de igual forma que lo hace la familia burguesa. La
frecuencia de infanticidios y el aumento de la prostitución son dos son
expresiones del mismo proceso. Ambos son ejemplos de adaptación pasiva del
obrero a la espantosa realidad que le rodea. Pero lo que no hay que olvidar es
que en estos procesos no hay nada que caracterice propiamente al proletariado.
Esta adaptación pasiva es propia de todas las clases y sectores sociales que se
ven envueltos en el proceso mundial de desarrollo del capitalismo.
La línea
de diferenciación comienza precisamente cuando entran en juego los principios
activos y creadores; la delimitación se marca allí donde no se trata ya de una
adaptación, sino de una reacción frente a la realidad opresora. Comienza donde
nacen y se expresan nuevos ideales, donde surgen tímidas tentativas de
relaciones sexuales dotadas de un espíritu nuevo. Pero aún hay más: debemos
señalar que este proceso de reacción se inicia únicamente entre la clase
obrera.
Esto no
quiere decir, en modo alguno, que las otras clases y capas de la sociedad,
principalmente la de los intelectuales burgueses, que es la clase que por las
condiciones de su existencia social se encuentra más cerca de la clase obrera,
no se apoderen de estos elementos nuevos que el proletariado crea y
desenvuelve. La burguesía, impulsada por el deseo instintivo de inyectar vida
nueva a las formas agonizantes de la suya, y ante la impotencia de sus diversas
formas de relaciones sexuales, aprende a toda prisa las formas nuevas que la
clase obrera lleva consigo. Pero, desgraciadamente, ni los ideales, ni él
código de moral sexual elaborados de un modo gradual por el proletariado
corresponden a la esencia moral de las exigencias burguesas de clase. Por tanto,
mientras la moral sexual, nacida de las necesidades de la clase obrera, se
convierte para esta clase en un instrumento nuevo de lucha social, los
“modernismos” de segunda mano que de esa moral deduce la burguesía, no hacen
más que destruir de un modo definitivo las bases de su superioridad social.
El
intento de los intelectuales burgueses de sustituir el matrimonio indisoluble
por los lazos más libres, más fácilmente desligables del matrimonio civil,
conmueve las bases de la estabilidad social de la burguesía, bases que no
pueden ser otras que la familia monógama cimentada en el concepto de propiedad.
Todo lo
contrario sucede en la clase obrera. Una mayor libertad en la unión entre los
sexos, una menor consolidación de sus relaciones sexuales concuerda totalmente
con las tareas fundamentales de esta clase social, y hasta podemos decir que se
derivan directamente de estas tareas. Lo mismo sucede con la negación del
concepto de subordinación en el matrimonio que rompe los últimos lazos
artificiales de la familia burguesa. Todo lo contrario sucede en la clase
proletaria. El factor de la subordinación de un miembro de esta clase social a
otro al igual que el concepto de posesividad en las relaciones, tiene efectos
nocivos sobre la mente del proletariado. A los intereses de la clase
revolucionaria no les conviene en modo alguno “atar” a uno de sus miembros, puesto
que a cada uno de sus representantes independientes le incumbe ante todo el
deber de servir a los intereses de su clase y no los de una célula familiar
aislada.
El deber
del miembro de la sociedad proletaria es ante todo contribuir al triunfo de los
intereses de su clase, por ejemplo, actuando en las huelgas, participando en
todo momento en la lucha. La moral con que la clase trabajadora juzga todos
estos actos caracteriza con perfecta claridad la base de la nueva moral
proletaria.
Supongamos
que un empresario, movido únicamente por intereses familiares, retira de los
negocios su capital en un momento crítico para la empresa. Su acción, apreciada
desde el punto de vista de la moral burguesa, no puede ser más clara, “porque
los intereses de la familia deben figurar en primer lugar”. Comparemos ahora
este juicio con la actitud de los obreros ante el rompehuelgas, que acude al
trabajo durante el conflicto para que su familia no pase hambre. Los intereses
de clase figuran en este ejemplo en primer lugar. Representemos ahora a un
marido burgués que ha conseguido por su amor y devoción a la familia tener
alejada a su mujer de todos sus intereses, a excepción de los deberes de ama de
casa y de mujer consagrada por completo al cuidado de los hijos. El juicio de
la sociedad burguesa será: “un marido ideal que ha sabido crear una familia
ideal”.
Pero,
¿cuál sería la actitud de los obreros hacia un miembro consciente de su clase
que intentase hacer que su mujer se apartase de la lucha social? La moral de la
clase exige, a costa incluso de la felicidad individual, a costa de la familia,
la participación de la mujer en la vida de lucha que transcurre fuera de los
muros de su hogar. Atar a la mujer a la casa, colocar en primer plano los
intereses familiares, propagar la idea de los derechos de la propiedad absoluta
de un esposo sobre su mujer, son actos que violan el principio fundamental de
la ideología de la clase obrera, que destruyen la solidaridad y el compañerismo
y que rompen las cadenas que unen a todo el proletariado. El concepto de
posesión de una personalidad por otra, la idea de la subordinación y de la
desigualdad de los miembros de una sola y misma clase, son conceptos contrarios
a la esencia del concepto de camaradería, que es el principio proletario más
fundamental.
Este
principio básico de la ideología de la clase ascendente es el que da colorido y
determina el nuevo código en formación de la moral sexual del proletariado,
merced al cual se transforma la psicología de la humanidad y llega a adquirir
una acumulación de sentimientos de solidaridad y de libertad, en vez del
concepto de la propiedad, una acumulación de compañerismo en vez de los
conceptos de desigualdad y de subordinación.
Es una
vieja verdad la que establece que toda nueva clase ascendente, nacida como
consecuencia de una cultura material distinta de la del grado precedente de la
evolución económica, enriquece a toda la humanidad con la ideología nueva
característica de esta clase. El código de la moral sexual constituye una parte
integrante de la nueva ideología. Por tanto, basta pronunciar los términos
“ética proletaria” y “moral sexual proletaria” para escapar de la trivial
argumentación: la moral sexual proletaria no es en el fondo más que
“superestructura”, mientras no se experimente la total transformación de la
base económica de la sociedad, no puede haber lugar para ella. ¡Como si una
ideología, sea del género que fuere, no se formase hasta que se hubiera
producido la transformación de las relaciones socioeconómicas necesarias para
asegurar el dominio de la clase de que se trate! La experiencia de la historia
enseña que la elaboración de la ideología de un grupo social, y
consecuentemente de la moral sexual también, se realiza durante el proceso
mismo de la lucha de este grupo contra las fuerzas sociales adversas.
Esta
clase de lucha sólo puede fortalecer su posición social con la ayuda de nuevos
valores espirituales sacados de su propio seno, y que respondan totalmente a
sus tareas como clase ascendente. Sólo mediante estas normas e ideales nuevos
puede esta clase arrebatar el poder a los grupos sociales contrarios.
La tarea
que corresponde, por tanto, a los ideólogos de la clase obrera es buscar el
criterio moral fundamental, producto de los intereses específicos de la clase
obrera y armonizar con este criterio las nacientes normas sexuales.
Ya es
hora de comprender que únicamente después de haber tanteado el proceso creador
que se realiza allá abajo, en las profundas capas sociales, proceso que
engendra necesidades nuevas, nuevos ideales y formas, será posible vislumbrar
el camino en el caos contradictorio de las relaciones sexuales y desenmarañar
la enredada madeja del problema sexual.
Debemos
recordar que el código de la moral sexual, en armonía con las tareas
fundamentales de la clase obrera, puede convertirse en poderoso instrumento que
refuerce la posición de lucha de la clase ascendente. ¿Por qué no servirse de
este instrumento, en interés de la clase obrera, en su lucha por el
establecimiento de un sistema comunista y, a la vez también, por establecer
nuevas relaciones entre los sexos, que sean más perfectas y felices?
Alejandra
Kollontai
Escrito: En o antes de 1918.
Historial de publicación: Publicado
por vez primera en 1918. Versión en castellano publicada por primera vez por
Editorial Marxista, Barcelona, en 1937.
Traducción al castellano: Por
Editorial Marxista, Barcelona, 1937.
Fuente de la presente versión:
Tomado de la edicion de Editorial Marxista, Barcelona, 1937.
Esta edición: Marxists Internet
Archive, 2002. Digitalizado por Aritz.
La mujer
no depende ya del hombre
¿Se
mantendrá la familia en un Estado comunista? ¿Persistirá en la misma forma
actual? Son estas cuestiones que atormentan, en los momentos presentes, a la
mujer de la clase trabajadora y preocupa igualmente a sus compañeros, los
hombres.
No debe
extrañarnos que en estos últimos tiempos este problema perturbe las mentes de
las mujeres trabajadoras. La vida cambia continuamente ante nuestros ojos;
antiguos hábitos y costumbres desaparecen poco a poco. Toda la existencia de la
familia proletaria se modifica y organiza en forma tan nueva, tan fuera de lo
corriente, tan extraña, como nunca pudimos imaginar.
Y una de
las cosas que mayor perplejidad produce en la mujer en estos momentos es la
manera como se ha facilitado el divorcio en Rusia.
De hecho,
en virtud del decreto del Comisario del Pueblo del 18 de diciembre de 1917, el
divorcio ha dejado de ser un lijo accesible sólo a los ricos; desde ahora en
adelante, la mujer trabajadora no tendrá que esperar y meses, e incluso hasta
años, para que sea fallada su petición de separación matrimonial que le dé
derecho a independizarse de un marido borracho o brutal, acostumbrado a
golpearla. Desde ahora en adelante el divorcio se podrá obtener amigablemente
dentro del periodo de una o dos semanas todo lo más.
Pero es
precisamente esta facilidad para obtener el divorcio, manantial de tantas
esperanzas para las mujeres que son desgraciadas en su matrimonio, lo que
asusta a otras mujeres, particularmente a aquellas que consideran todavía al
marido como el "proveedor" de la familia, como el único sostén de la
vida, a esas mujeres que no comprenden todavía que deben acostumbrarse a
buscar y a encontrar ese sostén en otro sitio, no en la persona del hombre,
sino en la persona de la sociedad, en el Estado.
Desde la familia genésica a nuestros días
No hay
ninguna razón para pretender engañarnos a nosotros mismos: la familia normal de
los tiempos pasados en la cual el hombre lo era todo y la mujer nada -puesto
que no tenía voluntad propia, ni dinero propio, ni tiempo del que disponer
libremente-, este tipo de familia sufre modificaciones día por día, y
actualmente es casi una cosa del pasado, lo cual no debe asustarnos.
Bien sea
por error o ignorancia, estamos dispuestos a creer que todo lo que nos rodea
debe permanecer inmutable, mientras todo lo demás cambia. Siempre ha sido
así y siempre lo será. Esta afirmación es un error profundo.
Para
darnos cuenta de su falsedad, no tenemos más que leer cómo vivían las gentes
del pasado, e inmediatamente vemos cómo todo está sujeto a cambio y cómo no hay
costumbres, ni organizaciones políticas, ni moral que permanezcan fijas e
inviolables.
Así,
pues, la familia ha cambiado frecuentemente de forma en las diversas épocas de
la vida de la humanidad.
Hubo
épocas en que la familia fue completamente distinta a como estamos
acostumbrados a admitirla. Hubo un tiempo en que la única forma de familia que
se consideraba normal era la llamada familia genésica, es decir, aquella
en que el cabeza de familia era la anciana madre, en torno a la cual se
agrupaban, en la vida y en el trabajo común, los hijos, nietos y biznietos.
La
familia patriarcal fue en otros tiempos considerada también como la
única forma posible de familia, presidida por un padre-amo, cuya
voluntad era ley para todos los demás miembros de la familia. Aún en nuestros
tiempos se pueden encontrar en las aldeas rusas familias campesinas de este
tipo. En realidad podemos afirmar que en esas localidades la moral y las leyes
que rigen la vida familiar son completamente distintas de las que reglamentan
la vida de la familia del obrero de la ciudad. En el campo existen todavía gran
número de costumbres que ya no es posible encontrar en la familia de la ciudad
proletaria.
El tipo
de familia, sus costumbres, etc., varían según las razas. Hay pueblos, como por
ejemplo los turcos, árabes y persas, entre los cuales la ley autoriza al marido
el tener varias mujeres. Han existido y todavía se encuentran tribus que
toleran la costumbre contraria, es decir, que la mujer tenga varios maridos.
La
moralidad al uso del hombre de nuestro tiempo le autoriza para exigir de las
jóvenes la virginidad hasta su matrimonio legítimo. Pero, sin embargo, hay
tribus en las que ocurre todo lo contrario: la mujer tiene por orgullo haber
tenido muchos amantes, y se engalana brazos y piernas con brazaletes que
indican el número...
Diversas
costumbres, que a nosotros nos sorprenden, hábitos que podemos incluso
calificar de inmorales, los practican otros pueblos, con la sanción divina,
mientras que, por su parte, califican de "pecaminosas" muchas de
nuestras costumbres y leyes.
Por
tanto, no hay ninguna razón para que nos aterroricemos ante el hecho de que la
familia sufra un cambio, porque gradualmente se descarten vestigios del pasado
vividos hasta ahora, ni porque se implanten nuevas relaciones entre el hombre y
la mujer. No tenemos más que preguntarnos: ¿qué es lo que ha muerto en nuestro
viejo sistema familiar y qué relaciones hay entre el hombre trabajador y la
mujer trabajadora, entre el campesino y la campesina?
¿Cuáles
de sus respectivos derechos y deberes armonizan mejor con las condiciones de
vida de la nueva Rusia? Todo lo que sea compatible con el nuevo estado de cosas
se mantendrá; lo demás, toda esa anticuada morralla que hemos heredado de la
maldita época de servidumbre y dominación, que era la característica de los
terratenientes y capitalistas, todo eso tendrá que ser barrido juntamente con
la misma clase explotadora, con esos enemigos del proletariado y de los pobres.
El capitalismo ha destruido la vieja vida familiar
La
familia, en su forma actual, no es más que una de tantas herencias del pasado.
Sólidamente unida, compacta en sí misma en sus comienzos, e indisoluble -tal
era el carácter del matrimonio santificado por el cura-, la familia era
igualmente necesaria para cada uno de sus miembros. Porque ¿quién se hubiera
ocupado de criar, vestir y educar a los hijos de no ser la familia? ¿Quién se
hubiera ocupado de guiarlos en la vida? Triste suerte la de los huérfanos en
aquellos tiempos; era el peor destino que pudiera tocarle a uno en suerte.
En el
tipo de familia a que estamos acostumbrados, es el marido el que gana el
sustento, el que mantiene a la mujer y a los hijos. La mujer, por su parte, se
ocupa de los quehaceres domésticos y de criar a los hijos como le parece.
Pero,
desde hace un siglo, esta forma corriente de familia ha experimentado una
destrucción progresiva en todos los países del mundo, en los que domina el
capitalismo, en aquellos países en que el número de fábricas crece rápidamente,
juntamente con otras empresas capitalistas que emplean trabajadores.
Las
costumbres y la moral familiar se forman simultáneamente como consecuencia de
las condiciones generales de la vida que rodea a la familia. Lo que más ha
contribuido a que se modificasen las costumbres familiares de una manera
radical ha sido, indiscutiblemente, la enorme expansión que ha adquirido por
todas partes el trabajo asalariado de la mujer. Anteriormente, era el hombre el
único sostén posible de la familia. Pero desde los últimos cincuenta o sesenta
años, hemos experimentado en Rusia (con anterioridad en otros países) que el
régimen capitalista obliga a las mujeres a buscar trabajo remunerador fuera de
la familia, fuera de su casa.
Treinta millones de mujeres soportan una doble carga
Como el
salario del hombre, sostén de la familia, resultaba insuficiente para
cubrir las necesidades de la misma, la mujer se vio obligada a su vez a buscar
trabajo remunerado; la madre tuvo que llamar también a la puerta de la fábrica.
Año por año, día tras día, fue creciendo el número de mujeres pertenecientes a
la clase trabajadora que abandonaban sus casas para ir a nutrir las filas de
las fábricas, para trabajar como obreras, dependientas, oficinistas, lavanderas
o criadas.
Según
cálculos de antes de la Gran Guerra, en los países de Europa y América
ascendían a sesenta millones las mujeres que se ganaban la vida con su trabajo.
Durante la guerra ese número aumentó considerablemente.
La
inmensa mayoría de estas mujeres estaban casadas; fácil es imaginarnos la vida
familiar que podrían disfrutar. ¡Qué vida familiar puede existir donde la
esposa y madre se va de casa durante ocho horas diarias, diez mejor dicho
(contando el viaje de ida y vuelta)! La casa queda necesariamente descuidad;
los hijos crecen sin ningún cuidado maternal, abandonados a sí mismos en medio
de los peligros de la calle, en la cual pasan la mayor parte del tiempo.
La mujer
casada, la madre que es obrera, suda sangre para cumplir con tres tareas que
pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el
trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento
comercial; consagrarse después, lo mejor posible, a los quehaceres domésticos,
y, por último, cuidar de sus hijos.
El
capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que la
aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de
casa y madre.
Por
tanto, nos encontramos con que la mujer se agota como consecuencia de esta
triple e insoportable carga, que con frecuencia expresa con gritos de dolor y
hace asomar lágrimas a sus ojos.
Los
cuidados y las preocupaciones han sido en todo tiempo destino de la mujer; pero
nunca ha sido su vida más desgraciada, más desesperada que en estos tiempos
bajo el régimen capitalista, precisamente cuando la industria atraviesa por
periodo de máxima expansión.
Los trabajadores aprenden a existir sin vida
familiar
Cuanto
más se extiende el trabajo asalariado de la mujer, más progresa la
descomposición de la familia. ¡Qué vida familiar puede haber donde el hombre y
la mujer trabajan en la fábrica, en secciones diferentes, si la mujer no
dispone siquiera del tiempo necesario para guisar una comida medianamente buena
para sus hijos! ¡Qué vida familiar puede ser la de una familia en la que el
padre y la madre pasan fuera de casa la mayor parte de las veinticuatro horas
del día, entregados a un duro trabajo, que les impide dedicar unos cuantos
minutos a sus hijos!
En épocas
anteriores, era completamente diferente. La madre, el ama de casa, permanecía
en el hogar, se ocupaba de las tareas domésticas y de sus hijos, a los cuales
no dejaba de observar, siempre vigilante.
Hoy día,
desde las primeras horas de la mañana hasta que suena la sirena de la fábrica,
la mujer trabajadora corre apresurada para llegar a su trabajo; por la noche,
de nuevo, al sonar la sirena, vuelve precipitadamente a casa para preparar la
sopa y hacer los quehaceres domésticos indispensables. A la mañana siguiente,
después de breves horas de sueño, comienza otra vez para la mujer su pesada
carga. No puede, pues, sorprendernos, por tanto, el hecho de que, debido a
estas condiciones de vida, se deshagan los lazos familiares y la familia se
disuelva cada día más. Poco a poco va desapareciendo todo aquello que convertía
a la familia en un todo sólido, todo aquello que constituía sus seguros
cimientos, la familia es cada vez menos necesaria a sus propios miembros y
al Estado. Las viejas formas familiares se convierten en un obstáculo.
¿En qué
consistía la fuerza de la familia en los tiempos pasados? En primer lugar, en
el hecho de que era el marido, el padre, el que mantenía a la familia; en
segundo lugar, el hogar era algo igualmente necesario a todos los miembros de
la familia, y en tercer y último lugar, porque los hijos eran educados por los
padres.
¿Qué es
lo que queda actualmente de todo esto? El marido, como hemos visto, ha dejado
de ser el sostén único de la familia. La mujer, que va a trabajar, se ha
convertido, a este respecto, en igual a su marido. Ha aprendido no sólo a
ganarse la vida, sino también, con gran frecuencia, a ganar la de sus hijos y
su marido. Queda todavía, sin embargo, la función de la familia de criar y
mantener a los hijos mientras son pequeños. Veamos ahora, en realidad, lo que
subsiste de esta obligación.
El trabajo casero no es ya una necesidad
Hubo un
tiempo en que la mujer de la clase pobre, tanto en la ciudad como en el campo,
pasaba su vida entera en el seno de la familia. La mujer no sabía nada de lo
que ocurría más allá del umbral de su casa y es casi seguro que tampoco deseaba
saberlo. En compensación, tenía dentro de su casa las más variadas ocupaciones,
todas útiles y necesarias, no sólo para la vida de la familia en sí, sino
también para la de todo el Estado.
La mujer
hacía, es cierto, todo lo que hoy hace cualquier mujer obrera o campesina.
Guisaba, lavaba, limpiaba la casa y repasaba la ropa de la familia. Pero no
hacía esto sólo. Tenía sobre sí, además, una serie de obligaciones que no
tienen ya las mujeres de nuestro tiempo: hilaba la lana y el lino; tejía las
telas y los adornos, las medias y los calcetines; hacía encajes y se dedicaba,
en la medida de las posibilidades familiares, a las tareas de la conservación
de carnes y demás alimentos; destilaba las bebidas de la familia, e incluso
moldeaba las velas para la casa.
¡Cuán
diversas eran las tareas de la mujer en los tiempos pasados! Así pasaron la
vida nuestras madres y abuelas. Aún en nuestros días, allá en remotas aldeas,
en pleno campo, en contacto con las líneas del tren o lejos de los grandes
ríos, se pueden encontrar pequeños núcleos donde se conserva todavía, sin
modificación alguna, este modo de vida de los buenos tiempos del pasado, en la
que el ama de casa realizaba una serie de trabajos de los que no tiene noción
la mujer trabajadora de las grandes ciudades o de las regiones de gran
población industrial, desde hace mucho tiempo.
El trabajo industrial de la mujer en el hogar
En los
tiempos de nuestras abuelas eran absolutamente necesarios y útiles todos los
trabajos domésticos de la mujer, de los que dependía el bienestar de la
familia. Cuanto más se dedicaba la mujer de su casa a estas tareas, tanto mejor
era la vida en el hogar, más orden y abundancia se reflejaban en la casa. Hasta
el propio Estado podía beneficiarse un tanto de las actividades de la mujer
como ama de casa. Porque, en realidad, la mujer de otros tiempos no se limitaba
a preparar purés para ella o su familia, sino que sus manos producían muchos
otros productos de riqueza, tales como telas, hilo, mantequilla, etc., cosas
que podían llevarse al mercado y ser consideradas como mercancías, como cosas
de valor.
Es cierto
que en los tiempos de nuestras abuelas y bisabuelas el trabajo no era evaluado
en dinero. Pero no había ningún hombre, fuera campesino u obrero, que no
buscase como compañera una mujer con "manos de oro", frase todavía
proverbial entre el pueblo.
Porque
sólo los recursos del hombre, sin el trabajo doméstico de la mujer, no
hubieran bastado para mantener el hogar.
En lo que
se refiere a los bienes del Estado, a los intereses de la nación, coincidían
con los del marido; cuanto más trabajadora resultaba la mujer en el seno de su
familia, tantos más productos de todas clases producía: telas, cueros, lana,
cuyo sobrante podía ser vendido en el mercado de las cercanías;
consecuentemente, la "mujer de su casa" contribuía a aumentar en su
conjunto la prosperidad económica del país.
La mujer casada y la fábrica
El
capitalismo ha modificado totalmente esta antigua manera de vida. Todo lo que
antes se producía en el seno de la familia, se fabrica ahora en grandes
cantidades en los talleres y en las fábricas. La máquina sustituyó a los ágiles
dedos del ama de casa. ¿Qué mujer de su casa trabajaría hoy día en moldear
velas, hilar o tejer tela? Todos estos productos pueden adquirirse en la tienda
más próxima. Antes, todas las muchachas tenían que aprender a tejer sus medias;
¿es posible encontrar en nuestros tiempos una joven obrera que se haga las
medias? En primer lugar, carece del tiempo necesario para ello. El tiempo es
dinero y no hay nadie que quiera perderlo de una manera improductiva, es decir,
sin obtener ningún provecho. Actualmente, toda mujer de su casa, que es a la
vez una obrera, prefiere comprar las medias hechas que perder tiempo
haciéndolas.
Pocas
mujeres trabajadoras, y sólo en casos aislados, podemos encontrar hoy día que
preparen las conservas para la familia, cuando la realidad es que en la tienda
de comestibles de al lado de su casa puede comprarlas perfectamente preparadas.
Aun en el caso de que el producto vendido en la tienda sea de una calidad
inferior, o que no sea tan bueno como el que pueda hacer una ama de casa
ahorrativa en su hogar, la mujer trabajadora no tiene ni tiempo ni energías
para dedicarse a todas las laboriosas operaciones que requiere un trabajo de
esta clase.
La
realidad, pues, es que la familia contemporánea se independiza cada vez más de
todos aquellos trabajos domésticos sin cuya preocupación no hubieran podido
concebir la vida familiar nuestras abuelas.
Lo que se
producía anteriormente en el seno de la familia se produce actualmente con el
trabajo común de hombres y mujeres trabajadoras en las fábricas y talleres.
Los quehaceres individuales están llamados a
desaparecer
La
familia actualmente consume sin producir. Las tareas esenciales del ama de casa
han quedado reducidas a cuatro: limpieza (suelos, muebles, calefacción , etc.);
cocina (preparación de comida y cena); lavado y cuidado de la ropa blanca, y
vestidos de la familia (remendado y repaso de la ropa).
Estos son
trabajos agotadores. Consumen todas las energías y todo el tiempo de la mujer
trabajadora, que, además, tiene que trabajar en una fábrica.
Ciertamente
que los quehaceres de nuestras abuelas comprendían muchas más operaciones,
pero, sin embargo, estaban dotados de una cualidad de la que carecen los
trabajos domésticos de la mujer obrera de nuestros días; éstos han perdido su
cualidad de trabajos útiles al Estado desde el punto de vista de la economía
nacional, porque son trabajos con los que no se crean nuevos valores. Con ellos
no se contribuye a la prosperidad del país.
Es en
vano que la mujer trabajadora se pase el día desde la mañana hasta la noche
limpiando su casa, lavando y planchando la ropa, consumiendo sus energías para
conservar sus gastadas ropas en orden, matándose para preparar con sus modestos
recursos la mejor comida posible, porque cuando termine el día no quedará, a
pesar de sus esfuerzos, un resultado material de todo su trabajo diario; con
sus manos infatigables no habrá creado en todo el día nada que pueda ser
considerado como una mercancía en el mercado comercial. Mil años que viviera
todo seguiría igual para la mujer trabajadora. Todas las mañanas habría que
quitar polvo de la cómoda; el marido vendría con ganas de cenar por la noche y
sus chiquitines volverían siempre a casa con los zapatos llenos de barro... El
trabajo del ama de casa reporta cada día menos utilidad, es cada vez más
improductivo.
La aurora
del trabajo casero colectivo
Los
trabajos caseros en forma individual han comenzado a desaparecer y de día en
día van siendo sustituidos por el trabajo casero colectivo, y llegará un día,
más pronto o más tarde, en que la mujer trabajadora no tendrá que ocuparse de
su propio hogar.
En la
Sociedad Comunista del mañana, estos trabajos serán realizados por una
categoría especial de mujeres trabajadoras dedicadas únicamente a estas
ocupaciones.
Las
mujeres de los ricos, hace ya mucho tiempo que viven libres de estas
desagradables y fatigosas tareas. ¿Por qué tiene la mujer trabajadora que
continuar con esta pesada carga?
En la
Rusia Soviética, la vida de la mujer trabajadora debe estar rodeada de las
mismas comodidades, la misma limpieza, la misma higiene, la misma belleza, que
hasta ahora constituía el ambiente de las mujeres pertenecientes a las clases
adineradas. En una Sociedad Comunista la mujer trabajadora no tendrá que pasar
sus escasas horas de descanso en la cocina, porque en la Sociedad Comunista existirán
restaurantes públicos y cocinas centrales en los que podrá ir a comer todo
el mundo.
Estos
establecimientos han ido en aumento en todos los países, incluso dentro del
régimen capitalista. En realidad, se puede decir que desde hace medio siglo
aumentan de día en día en todas las ciudades de Europa; crecen como las setas
después de la lluvia otoñal. Pero mientras en un sistema capitalista sólo
gentes con bolsas bien repletas pueden permitirse el gusto de comer en los
restaurantes, en una ciudad comunista estarán al alcance de todo el mundo.
Lo mismo
se puede decir del lavado de la ropa y demás trabajos caseros. La mujer
trabajadora no tendrá que ahogarse en un océano de porquería ni estropearse la
vista remendando y cosiendo la ropa por las noches. No tendrá más que llevarla
cada semana a los lavaderos centrales para ir a buscarla después lavada
y planchada. De este modo tendrá la mujer trabajadora una preocupación menos.
La
organización de talleres especiales para repasar y remendar la ropa ofrecerán a
la mujer trabajadora la oportunidad de dedicarse por las noches a lecturas
instructivas, a distracciones saludables, en vez de pasarlas como hasta ahora
en tareas agotadoras.
Por
tanto, vemos que las cuatro últimas tareas domésticas que todavía pesan sobre
la mujer de nuestros tiempos desaparecerán con el triunfo del régimen
comunista.
No tendrá
de qué quejarse la mujer obrera, porque la Sociedad Comunista habrá terminado
con el yugo doméstico de la mujer para hacer su vida más alegre, más rica, más
libre y más completa.
La
crianza de los hijos en el régimen capitalista
¿Qué
quedará de la familia cuando hayan desaparecido todos estos quehaceres del
trabajo casero individual? Todavía tendremos que luchar con el problema de los hijos.
Pero en lo que se refiere a esta cuestión, el Estado de los Trabajadores
acudirá en auxilio de la familia, sustituyéndola; gradualmente, la Sociedad se
hará cargo de todas aquellas obligaciones que antes recaían sobre los padres.
Bajo el
régimen capitalista la instrucción del niño ha cesado de ser una obligación
de los padres. El niño aprende en la escuela. En cuanto el niño entra en la
edad escolar, los padres respiran más libremente. Cuando llega este momento, el
desarrollo intelectual del hijo deja de ser un asunto de su incumbencia.
Sin
embargo, con ello no terminaban todas las obligaciones de la familia con
respecto al niño. Todavía subsistía la obligación de alimentar al niño, de
calzarle, vestirle, convertirlo en obrero diestro y honesto para que, con el
tiempo, pudiera bastarse a sí propio y ayudar a sus padres cuando éstos
llegaran a viejos.
Pero lo
más corriente era, sin embargo, que la familia obrera no pudiera casi nunca
cumplir enteramente estas obligaciones con respecto a sus hijos. El reducido
salario de que depende la familia obrera no le permite ni tan siquiera dar a
sus hijos lo suficiente para comer, mientras que el excesivo trabajo que pesa
sobre los padres les impide dedicar a la educación de la joven generación toda
la atención a que obliga este deber. Se daba por sentado que la familia se
ocupaba de la crianza de los hijos. ¿Pero lo hacía en realidad? Más justo sería
decir que es en la calle donde se crían los hijos de los proletarios. Los niños
de la clase trabajadora desconocen las satisfacciones de la vida familiar,
placeres de los cuales participamos todavía nosotros con nuestros padres.
Pero,
además, hay que tener en cuenta que lo reducido de los jornales, la inseguridad
en el trabajo y hasta el hambre convierten frecuentemente al niño de diez años
de la clase trabajadora en un obrero independiente a su vez. Desde este
momento, tan pronto como el hijo (lo mismo si es chico o chica) comienza a
ganar un jornal, se considera a sí mismo dueño de su persona, hasta tal punto
que las palabras y los consejos de sus padres dejan de causarle la menor
impresión, es decir, que se debilita la autoridad de los padres y termina la
obediencia.
A medida
que van desapareciendo uno a uno los trabajos domésticos de la familia, todas
las obligaciones de sostén y crianza de los hijos son desempeñadas por la
sociedad en lugar de por los padres. Bajo el sistema capitalista, los hijos
eran con demasiada frecuencia, en la familia proletaria, una carga pesada e
insostenible.
El niño y
el Estado comunista
En este
aspecto también acudirá la Sociedad Comunista en auxilio de los padres. En la
Rusia Soviética se han emprendido, merced a los Comisariados de Educación
Pública y Bienestar Social, grandes adelantos. Se puede decir que en este
aspecto se han hecho ya muchas cosas para facilitar la tarea de la familia de
criar y mantener a los hijos.
Existen
ya casas para los niños lactantes, guardería infantiles, jardines de la
infancia, colonias y hogares para niños, enfermerías y sanatorios para los
enfermos o delicados, restaurantes, comedores gratuitos para los discípulos en
escuelas, libros de estudio gratuitos, ropas de abrigo y calzado para los niños
de los establecimientos de enseñanza. ¿Todo esto no demuestra suficientemente
que el niño sale ya del marco estrecho de la familia, pasando la carga de su
crianza y educación de los padres a la colectividad?
Los
cuidados de los padres con respecto a los hijos pueden clasificarse en tres
grupos: 1º, cuidados que los niños requieren imprescindiblemente en los
primeros tiempos de su vida; 2º, los cuidados que supone la crianza del niño, y
3º, los cuidados que necesita la educación del niño.
Lo que se
refiere a la instrucción de los niños, en escuelas primarias, institutos y
universidades, se ha convertido ya en una obligación del Estado, incluso en la
sociedad capitalista.
Por otra
parte, las ocupaciones de la clase trabajadora, las condiciones de vida,
obligaban, incluso en la sociedad capitalista, a la creación de lugares de
juego, guarderías, asilos, etc. Cuanto más conciencia tenga la clase
trabajadora de sus derechos, cuanto mejor estén organizados en cualquier Estado
específico, tanto más interés tendrá la sociedad en el problema de aliviar a la
familia del cuidado de los hijos.
Pero la
sociedad burguesa tiene medio de ir demasiado lejos en lo que respecta a
considerar los intereses de la clase trabajadora, y mucho más si contribuye de
este modo a la desintegración de la familia.
Los
capitalistas se dan perfecta cuenta de que el viejo tipo de familia, en la que
la esposa es una esclava y el hombre es responsable del sostén y bienestar de
la familia, de que una familia de esta clase es la mejor arma para ahogar los
esfuerzos del proletariado hacia su libertad, para debilitar el espíritu
revolucionario del hombre y de la mujer proletarios. La preocupación por lo que
le pueda pasar a su familia, priva al obrero de toda su firmeza, le obliga a
transigir con el capital. ¿Qué no harán los padres proletarios cuando sus hijos
tienen hambre?
Contrariamente
a lo que sucede en la sociedad capitalista, que no ha sido capaz de transformar
la educación de la juventud en una verdadera función social, en una obra del
Estado, la Sociedad Comunista considerará como base real de sus leyes y
costumbres, como la primera piedra del nuevo edificio, la educación social de
la generación naciente.
No será
la familia del pasado, mezquina y estrecha, con riñas entre los padres, con sus
intereses exclusivistas para sus hijos, la que moldeará el hombre de la
sociedad del mañana.
El hombre
nuevo, de nuestra nueva sociedad, será moldeado por las organizaciones
socialistas, jardines infantiles, residencias, guarderías de niños, etc., y
muchas otras instituciones de este tipo, en las que el niño pasará la mayor
parte del día y en las que educadores inteligentes le convertirán en un
comunista consciente de la magnitud de esta inviolable divisa: solidaridad,
camaradería, ayuda mutua y devoción a la vida colectiva.
La
subsistencia de la madre asegurada
Veamos
ahora, una vez que no se precisa atender a la crianza y educación de los hijos,
qué es lo que quedará de las obligaciones de la familia con respecto a sus
hijos, particularmente después que haya sido aliviada de la mayor parte de los
cuidados materiales que llevan consigo el nacimiento de un hijo, o sea, a
excepción de los cuidados que requiere el niño recién nacido cuando todavía
necesita de la atención de su madre, mientras aprende a andar, agarrándose a
las faldas de su madre. En esto también el Estado Comunista acude presuroso en
auxilio de la madre trabajadora. Ya no existirá la madre agobiada con un
chiquillo en brazos. El Estado de los Trabajadores se encargará de la
obligación de asegurar la subsistencia a todas las madres, estén o no legítimamente
casadas, en tanto que amamanten a su hijo; instalará por doquier casas de
maternidad, organizará en todas las ciudades y en todos los pueblos guarderías
e instituciones semejantes para que la mujer pueda ser útil trabajando para el
Estado mientras, al mismo tiempo, cumple sus funciones de madre.
El
matrimonio dejará de ser una cadena
Las
madres obreras no tienen por qué alarmarse. La Sociedad Comunista no pretende
separar a los hijos de los padres, ni arrancar al recién nacido del pecho de su
madre. No abriga la menor intención de recurrir a la violencia para destruir la
familia como tal. Nada de eso. Estas no son las aspiraciones de la Sociedad
Comunista.
¿Qué es
lo que presenciamos hoy? Pues que se rompen los lazos de la gastada familia.
Esta, gradualmente, se va libertando de todos los trabajos domésticos que
anteriormente eran otros tantos pilares que sostenían la familia como un todo
social. ¿Los cuidados de la limpieza, etc., de la casa? También parece que han
demostrado su inutilidad. ¿Los hijos? Los padres proletarios no pueden ya
atender a su cuidado; no se pueden asegurar ni su subsistencia ni su educación.
Estas es
la situación real cuyas consecuencias sufren por igual los padres y los hijos.
Por
tanto, la Sociedad Comunista se acercará al hombre y a la mujer proletarios
para decirles: "Sois jóvenes y os amáis". Todo el mundo tiene derecho
a la felicidad. Por eso debéis vivir vuestra vida. No tengáis miedo al
matrimonio, aun cuando el matrimonio no fuera más que una cadena para el hombre
y la mujer de la clase trabajadora en la sociedad capitalista. Y, sobre todo,
no temáis, siendo jóvenes y saludables, dar a vuestro país nuevos obreros,
nuevos ciudadanos niños. La sociedad de los trabajadores necesita de nuevas
fuerzas de trabajo; saluda la llegada de cada recién venido al mundo. Tampoco
temáis por el futuro de vuestro hijo; vuestro hijo no conocerá el hambre, ni el
frío. No será desgraciado, ni quedará abandonado a su suerte como sucedía en la
sociedad capitalista. Tan pronto como el nuevo ser llegue al mundo, el Estado
de la clase Trabajadora, la Sociedad Comunista, asegurará el hijo y a la madre
una ración para su subsistencia y cuidados solícitos. La Patria comunista
alimentará, criará y educará al niño. Pero esta patria no intentará, en modo
alguno, arrancar al hijo de los padres que quieran participar en la educación
de sus pequeñuelos. La Sociedad Comunista tomará a su cargo todas las
obligaciones de la educación del niño, pero nunca despojará de las alegrías
paternales, de las satisfacciones maternales a aquellos que sean capaces de
apreciar y comprender estas alegrías. ¿Se puede, pues, llamar a esto
destrucción de la familia por la violencia o separación a la fuerza de la madre
y el hijo?
La
familia como unión de afectos y camaradería
Hay algo
que no se puede negar, y es el hecho de que ha llegado su hora al viejo tipo de
familia. No tiene de ello la culpa el comunismo: es el resultado del cambio
experimentado por la condiciones de vida. La familia ha dejado de ser una
necesidad para el Estado como ocurría en el pasado.
Todo lo
contrario, resulta algo peor que inútil, puesto que sin necesidad impide que
las mujeres de la clase trabajadora puedan realizar un trabajo mucho más
productivo y mucho más importante. Tampoco es ya necesaria la familia a los
miembros de ella, puesto que la tarea de criar a los hijos, que antes le
pertenecía por completo, pasa cada vez más a manos de la colectividad.
Sobre las
ruinas de la vieja vida familiar, veremos pronto resurgir una nueva forma de
familia que supondrá relaciones completamente diferentes entre el hombre y la
mujer, basadas en una unión de afectos y camaradería, en una unión de dos
personas iguales en la Sociedad Comunista, las dos libres, las dos
independientes, las dos obreras. ¡No más "sevidumbre" doméstica
para la mujer! ¡No más desigualdad en el seno mismo de la familia! ¡No más
temor por parte de la mujer de quedarse sin sostén y ayuda si el marido la
abandona!
La mujer,
en la Sociedad Comunista, no dependerá de su marido, sino que sus robustos
brazos serán los que la proporcionen el sustento. Se acabará con la
incertidumbre sobre la suerte que puedan correr los hijos. El Estado comunista
asumirá todas estas responsabilidades. El matrimonio quedará purificado de
todos sus elementos materiales, de todos los cálculos de dinero que constituyen
la repugnante mancha de la vida familiar de nuestro tiempo. El matrimonio se
transformará desde ahora en adelante en la unión sublime de dos almas que se
aman, que se profesen fe mutua; una unión de este tipo promete a todo obrero, a
toda obrera, la más completa felicidad, el máximo de la satisfacción que les
puede caber a criaturas conscientes de sí mismas y de la vida que les rodea.
Esta unión
libre, fuerte en el sentimiento de camaradería en que está inspirada, en
vez de la esclavitud conyugal del pasado, es lo que la sociedad comunista del
mañana ofrecerá a hombres y mujeres.
Una vez
se hayan transformado las condiciones de trabajo, una vez haya aumentado la
seguridad material de la mujer trabajadora; una vez haya desaparecido el
matrimonio tal y como lo consagraba la Iglesia -esto es, el llamado matrimonio
indisoluble, que no era en el fondo más que un mero fraude-, una vez este
matrimonio sea sustituido por la unión libre y honesta de hombres y mujeres que
se aman y son camaradas, habrá comenzado a desaparecer otro vergonzoso azote,
otra calamidad horrorosa que mancilla a la humanidad y cuyo peso recae por
entero sobre el hambre de la mujer trabajadora: la prostitución.
Se
acabará para siempre la prostitución
Esta
vergüenza se la debemos al sistema económico hoy en vigor, a la existencia de
la propiedad privada. Una vez haya desaparecido la propiedad privada,
desaparecerá automáticamente el comercio de la mujer.
Por
tanto, la mujer de la clase trabajadora debe dejar de preocuparse porque esté
llamada a desaparecer la familia tal y conforme está constituida en la
actualidad. Sería mucho mejor que saludaran con alegría la aurora de una nueva
sociedad, que liberará a la mujer de la servidumbre doméstica, que aliviará la
carga de la maternidad para la mujer, una sociedad en la que, finalmente,
veremos desaparecer la más terrible de las maldiciones que pesan sobre la
mujer: la prostitución.
La mujer,
a la que invitamos a que luche por la gran causa de la liberación de los
trabajadores, tiene que saber que en el nuevo Estado no habrá motivo alguno
para separaciones mezquinas, como ocurre ahora.
"Estos
son mis hijos. Ellos son los únicos a quienes debo toda mi atención maternal,
todo mi afecto; ésos son hijos tuyos; son los hijos del vecino. No tengo nada
que ver con ellos. Tengo bastante con los míos propios".
Desde
ahora, la madre obrera que tenga plena conciencia de su función social, se
elevará a tal extremo que llegará a no establecer diferencias entre "los
tuyos y los míos"; tendrá que recordar siempre que desde ahora no habrá
más que "nuestros" hijos, los del Estado Comunista, posesión común de
todos los trabajadores.
La
igualdad social del hombre y la mujer
El Estado
de los Trabajadores tiene necesidad de una nueva forma de relación entre los
sexos. El cariño estrecho y exclusivista de la madre por sus hijos tiene que
ampliarse hasta dar cabida a todos los nuños de la gran familia proletaria.
En vez
del matrimonio indisoluble, basado en la servidumbre de la mujer, veremos nacer
la unión libre fortificada por el amor y el respeto mutuo de dos miembros del
Estado Obrero, iguales en sus derechos y en sus obligaciones.
En vez de
la familia de tipo individual y egoísta, se levantará una gran familia
universal de trabajadores, en la cual todos los trabajadores, hombres y
mujeres, serán ante todo obreros y camaradas. Estas serán las relaciones entre
hombres y mujeres en la Sociedad Comunista de mañana. Estas nuevas relaciones
asegurarán a la humanidad todos los goces del llamado amor libre, ennoblecido
por una verdadera igualdad social entre compañeros, goces que son desconocidos
en la sociedad comercial del régimen capitalista.
¡Abrid
paso a la existencia de una infancia robusta y sana; abrid paso a una juventud
vigorosa que ame la vida con todas sus alegrías, una juventud libre en sus
sentimientos y en sus afectos!
Esta es
la consigna de la Sociedad Comunista. En nombre de la igualdad, de la libertad
y del amor, hacemos un llamamiento a todas las mujeres trabajadoras, a todos
los hombres trabajadores, mujeres campesinas y campesinos para que
resueltamente y llenos de fe se entreguen al trabajo de reconstrucción de la
sociedad humana para hacerla más perfecta, más justa y más capaz de asegurar al
individuo la felicidad a que tiene derecho.
La
bandera roja de la revolución social que ondeará después de Rusia en otros
países del mundo proclama que no está lejos el momento en el que podamos gozar
del cielo en la tierra, a lo que la humanidad aspira desde hace siglos.
Alejandra
Kollontai
¿Qué es
el día de la mujer? ¿Es realmente necesario? ¿No es una concesión a las mujeres
de clase burguesa, a las feministas y sufraguistas? ¿No es dañino para la
unidad del movimiento obrero? Esas cuestiones todavía se oyen en Rusia, aunque
ya no en el extranjero. La vida misma le ha dado una respuesta clara y
elocuente a estas preguntas.
El día de
la mujer es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento
obrero. El ejército organizado de mujeres trabajadoras crece cada día. Hace
veinte años las organizaciones obreras sólo tenías grupos dispersos de mujeres
en las bases de los partidos obreros… Ahora los sindicatos ingleses tienen más
de 292.000 mujeres sindicadas; en Alemania son alrededor de 200.000 sindicadas
y 150.000 en el partido obrero, en Austria hay 47.000 en los sindicatos y
20.000 en el partido. En todas partes, en Italia, Hungría, Dinamarca, Suecia,
Noruega y Suiza, las mujeres de la clase obrera se están organizando a sí
mismas. El ejército de mujeres socialistas tiene casi un millón de miembros.
¡Una fuerza poderosa! Una fuerza con la que los poderes del mundo deben contar
cuando se pone sobre la mesa el tema del coste de la vida, el seguro de
maternidad, el trabajo infantil o la legislación para proteger a las
trabajadoras.
Hubo un
tiempo en el que los hombres trabajadores pensaron que deberían cargar ellos
solos sobre sus hombros el peso de la lucha contra el capital, pensaron que
ellos solos debían enfrentarse al «viejo mundo» sin el apoyo de sus compañeras.
Sin embargo, como las mujeres de clase trabajadora entraron en las filas de
aquellos que vendían su trabajo a cambio de un salario, forzadas a entrar en el
mercado laboral por necesidad, porque su marido o padre estaba en el paro, los
trabajadores empezaron a darse cuenta de que dejar atrás a las mujeres entre
las filas de «no-conscientes» era dañar su causa y evitar que avanzara. ¿Qué
nivel de conciencia posee una mujer que se sienta en el fogón, que no tiene
derechos en la sociedad, en el estado o en la familia? ¡Ella no tiene ideas
propias! Todo se hace según ordena su padre o marido…
El
retraso y falta de derechos sufridos por las mujeres, su dependencia e
indiferencia no son beneficiosos para la clase trabajadora, y de hecho son un
daño directo hacia la lucha obrera. ¿Pero cómo entrará la mujer en esa lucha,
como se la despertará?
La
socialdemocracia extranjera no encontró la solución correcta inmediatamente.
Las organizaciones obreras estaban abiertas a las mujeres, pero sólo unas pocas
entraban. ¿Por qué? Porque la clase trabajadora al principio no se percató de
que la mujer trabajadora es el miembro más degradado, tanto legal como
socialmente, de la clase obrera, de que ella ha sido golpeada, intimidada,
acosada a lo largo de los siglos, y de que para estimular su mente y su corazón
se necesita una aproximación especial, palabras que ella, como mujer, entienda.
Los trabajadores no se dieron cuenta inmediatamente de que en este mundo de
falta de derechos y de explotación, la mujer está oprimida no sólo como
trabajadora, si no también como madre, mujer. Sin embargo, cuando los miembros
del partido socialista obrero entendieron esto, hicieron suya la lucha por la
defensa de las trabajadoras como asalariadas, como madres, como mujeres.
Los
socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el
trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos
para las mujeres y la defensa de sus intereses.
Cuanto
más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más
ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido
como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora
también luchaba por sus necesidades. Las mujeres trabajadoras, organizadas y
conscientes, han hecho muchísimo para elucidar este objetivo. Ahora el peso del
trabajo para atraer a las trabajadoras al movimiento socialista reside en las
mismas trabajadoras. Los partidos en cada país tienen sus comités de mujeres,
con sus secretariados y burós para la mujer. Estos comités de mujeres trabajan
en la todavía gran población de mujeres no conscientes, levantando la
conciencia de las trabajadoras a su alrededor. También examinan las demandas y
cuestiones que afectan más directamente a la mujer: protección y provisión para
las madres embarazadas o con hijos, legislación del trabajo femenino, campaña
contra la prostitución y el trabajo infantil, la demanda de derechos políticos
para las mujeres, la campaña contra la subida del coste de la vida…
Así, como
miembros del partido, las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la
clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas
necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas
de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas
necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los
trabajadores como clase.
En el día
de la mujer las mujeres organizadas se manifiestan contra su falta de derechos.
Pero algunos dicen ¿por qué está separación de las luchas de las mujeres? ¿Por
qué hay un día de la Mujer, panfletos especiales para trabajadoras,
conferencias y mítines? ¿No es, en fin, una concesión a las feministas y
sufraguistas burguesas? Sólo aquellos que no comprendan la diferencia radical
entre el movimiento de mujeres socialistas y las sufraguistas burguesas pueden
pensar de esa manera.
¿Cuál es
el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el
mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora
sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras
socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la
riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.
Las
feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier
lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los
ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y
trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos
hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección
especial del estado y de la sociedad.
Las
feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también
aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos
políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente
y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores.
Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino
empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.
Los
caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufraguistas burguesas se
han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay
también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las
damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores
no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer,
ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las
mujeres.
Cada
distinción especial hacia las mujeres en el trabajo de una organización obrera
es una forma de elevar la conciencia de las trabajadoras y acercarlas a las
filas de aquellos que están luchando por un futuro mejor. El Día de la Mujer y
el lento, meticuloso trabajo llevado para elevar la auto-conciencia de la mujer
trabajadora están sirviendo a la causa, no de la división, sino de la unión de
la clase trabajadora.
Dejad que
un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de
luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras
a unirse a la celebración del Día de la Mujer.
Escrito: En 1913.
Esta edición: Marxists Internet
Archive, mayo de 2002.
Alejandra
Kollontai
Los
fundamentos sociales de la cuestión femenina
Escrito: En o antes de 1907.
Historial de publicación: Publicado
por vez primera en 1907.
Traducción al castellano: Traducida
por María Teresa García Banús en 1931, y revisada por Tamara Ruiz en 2011, para
En Lucha.
Fuente de la presente versión:
Tomado de la edición digital de Alexandra Kollontai: Los
fundamentos sociales de la cuestión femenina y otros escritos, Tamara Ruiz
(ed.). En Lucha: España, 2011. http://www.enlucha.org/site/?q=node/15895
Esta edición: Marxists Internet
Archive, mayo de 2011.
Dejando a
los estudiosos burgueses absortos en el debate de la cuestión de la
superioridad de un sexo sobre el otro, o en el peso de los cerebros y en la
comparación de la estructura psicológica de hombres y mujeres, los seguidores
del materialismo histórico aceptan plenamente las particularidades naturales de
cada sexo y demandan sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una
oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación, y la mayor
capacidad para el desarrollo y aplicación de todas sus aptitudes naturales. Los
seguidores del materialismo histórico rechazan la existencia de una cuestión de
la mujer específica separada de la cuestión social general de nuestros días.
Tras la subordinación de la mujer se esconden factores económicos específicos,
las características naturales han sido un factor secundario en este proceso.
Sólo la desaparición completa de estos factores, sólo la evolución de aquellas
fuerzas que en algún momento del pasado dieron lugar a la subordinación de la
mujer, serán
capaces de influir y de hacer que cambie la posición social que ocupa
actualmente de forma fundamental. En otras palabras, las mujeres pueden llegar
a ser verdaderamente libres e iguales sólo en un mundo organizado mediante
nuevas líneas sociales y productivas.
Sin
embargo, esto no significa que la mejora parcial de la vida de la mujer dentro
del marco del sistema actual no sea posible. La solución radical de la cuestión
de los trabajadores sólo es posible con la completa reconstrucción de las
relaciones productivas modernas. Pero, ¿debe esto impedirnos trabajar por
reformas que sirvan para satisfacer los intereses más urgentes del
proletariado? Por el contrario, cada nuevo objetivo de la clase trabajadora
representa un paso que conduce a la humanidad hacia el reino de la libertad y
la igualdad social: cada derecho que gana la mujer le acerca a la meta fijada
de su emancipación total…
La
socialdemocracia fue la primera en incluir en su programa la demanda de la
igualdad de derechos de las mujeres con los de los hombres. El partido demanda
siempre y en todas partes, en los discursos y en la prensa, la retirada de las
limitaciones que afectan a las mujeres, es sólo la influencia del partido lo
que ha forzado a otros partidos y gobiernos a llevar a cabo reformas en favor
de las mujeres. Y, en Rusia, este partido no es sólo el defensor de las mujeres
en relación a su posición teórica, sino que siempre y en todos lados se adhiere
al principio de igualdad de la mujer.
¿Qué
impide a nuestras defensoras de los “derechos de igualdad”, en este caso,
aceptar el apoyo de este partido fuerte y experimentado? El hecho es que por
“radicales” que pudieran ser las igualitaristas, siguen siendo fieles a su
propia clase burguesa. Por el momento, la libertad política es un requisito
previo esencial para el crecimiento y el poder de la burguesía rusa. Sin ella
resultará que todo su bienestar económico se ha construido sobre arena. La
demanda de igualdad política es una necesidad para las mujeres que surge de la
vida en sí misma.
La
consigna de “acceso a las profesiones” ha dejado de ser suficiente, y sólo la
participación directa en el gobierno del país promete contribuir a mejorar la
situación económica de la mujer. De ahí el deseo apasionado de las mujeres de
la mediana burguesía por obtener el derecho al voto, y por lo tanto, su
hostilidad hacia el sistema burocrático moderno.
Sin
embargo, en sus demandas de igualdad política nuestras feministas son como sus
hermanas extranjeras, los amplios horizontes abiertos por el aprendizaje
socialdemócrata permanecen ajenos e incomprensibles para ellas. Las feministas
buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna
manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas
mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No
acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender
el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase…
La lucha por la independencia económica
En primer
lugar debemos preguntarnos si un movimiento unitario sólo de mujeres es posible
en una sociedad basada en las contradicciones de clase. El hecho de que las
mujeres que participan en el movimiento de liberación no representan a una masa
homogénea es evidente para cualquier observador imparcial.
El mundo
de las mujeres está dividido —al igual que lo está el de los hombres— en dos
bandos. Los intereses y aspiraciones de un grupo de mujeres les acercan a la
clase burguesa, mientras que el otro grupo tiene estrechas conexiones con el
proletariado, y sus demandas de liberación abarcan una solución completa a la
cuestión de la mujer. Así, aunque ambos bandos siguen el lema general de la
“liberación de la mujer”, sus objetivos e intereses son diferentes. Cada uno de
los grupos inconscientemente parte de los intereses de su propia clase, lo que
da un colorido específico de clase a los objetivos y tareas que se fija para sí
mismo…
A pesar
de lo aparentemente radical de las demandas de las feministas, uno no debe
perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su
posición de clase, luchar por aquella transformación fundamental de la
estructura económica y social contemporánea de la sociedad sin la cual la
liberación de las mujeres no puede completarse.
Si en
determinadas circunstancias las tareas a corto plazo de las mujeres de todas
las clases coinciden los objetivos finales de los dos bandos, que a largo plazo
determinan la dirección del movimiento y las estrategias a seguir, difieren
mucho. Mientras que para las feministas la consecución de la igualdad de
derechos con los hombres en el marco del mundo capitalista actual representa un
fin lo suficientemente concreto en sí mismo, la igualdad de derechos en el
momento actual para las mujeres proletarias, es sólo un medio para avanzar en
la lucha contra la esclavitud económica de la clase trabajadora. Las feministas
ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han
apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos,
dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria
se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo
masculino se concede al “sexo débil”. Las mujeres trabajadoras tienen una
postura diferente. Ellas
no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en
los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la
rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero
masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas
odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los
placeres y encantos de la vida. Es cierto que varios aspectos específicos del
sistema contemporáneo yacen con un doble peso sobre las mujeres, como también
es cierto que las condiciones de trabajo asalariado, a veces, convierten a las
mujeres trabajadoras en competidoras y rivales de los hombres. Pero en estas
situaciones desfavorables, la clase trabajadora sabe quién es el culpable…
La mujer
trabajadora, no menos que su hermano en la adversidad, odia a ese monstruo
insaciable de fauces doradas que, preocupado solamente en extraer toda la savia
de sus víctimas y de crecer a expensas de millones de vidas humanas, se
abalanza con igual codicia sobre hombres, mujeres y niños. Miles de hilos la
acercan al hombre de clase trabajadora. Las aspiraciones de la mujer burguesa,
por otro lado, parecen extrañas e incomprensibles. No simpatizan con el corazón
del proletariado, no prometen a la mujer proletaria ese futuro brillante hacia
el que se tornan los ojos de toda la humanidad explotada…
El
objetivo final de las mujeres proletarias no evita, por supuesto, el deseo que
tienen de mejorar su situación incluso dentro del marco del sistema burgués
actual. Pero la realización de estos deseos está constantemente dificultada por
los obstáculos que derivan de la naturaleza misma del capitalismo. Una mujer
puede tener igualdad de derechos y ser verdaderamente libre sólo en un mundo de
trabajo socializado, de armonía y justicia. Las feministas no están dispuestas
a comprender esto y son incapaces de hacerlo. Les parece que cuando la igualdad
sea formalmente aceptada por la letra de la ley serán capaces de conseguir un
lugar cómodo para ellas en el viejo mundo de la opresión, la esclavitud y la
servidumbre, de las lágrimas y las dificultades. Y esto es verdad hasta cierto
punto. Para la mayoría de las mujeres del proletariado, la igualdad de derechos
con los hombres significaría sólo una parte igual de la desigualdad, pero para
las “pocas elegidas”, para las mujeres burguesas, de hecho, abriría las puertas
a derechos y privilegios nuevos y sin precedentes que hasta ahora han sido sólo
disfrutados por los hombres de clase burguesa. Pero, cada nueva concesión que
consiga la mujer burguesa sería otra arma con la que explotar a su hermana
menor y continuaría aumentando la división entre las mujeres de los dos campos
sociales opuestos. Sus intereses se verían más claramente en conflicto, sus
aspiraciones más evidentemente en contradicción.
¿Dónde,
entonces, está la “cuestión femenina” general? ¿Dónde está la unidad de tareas
y aspiraciones acerca de las cuales las feministas tienen tanto que decir? Una
mirada fría a la realidad muestra que esa unidad no existe y no puede existir.
En vano, las feministas tratan de convencerse a sí mismas de que la “cuestión
femenina” no tiene nada que ver con aquella del partido político y que “su
solución sólo es posible con la participación de todos los partidos y de todas
las mujeres”. Como ha dicho una de las feministas radicales de Alemania, la
lógica de los hechos nos obliga a rechazar esta ilusión reconfortante de las
feministas…
Las
condiciones y las formas de producción han subyugado a las mujeres durante toda
la historia de la humanidad, y las han relegado gradualmente a la posición de
opresión y dependencia en la que la mayoría de ellas ha permanecido hasta
ahora.
Sería
necesario un cataclismo colosal de toda la estructura social y económica antes
de que las mujeres pudieran comenzar a recuperar la importancia y la
independencia que han perdido. Las inanimadas pero todopoderosas condiciones de
producción han resuelto los problemas que en un tiempo parecieron demasiado
difíciles para los pensadores más destacados. Las mismas fuerzas que durante
miles de años esclavizaron a las mujeres ahora, en una etapa posterior de
desarrollo, las está conduciendo por el camino hacia la libertad y la
independencia…
La
cuestión de la mujer adquirió importancia para las mujeres de las clases
burguesas aproximadamente en la mitad del siglo XIX: un tiempo considerable
después de que la mujer proletaria hubiera llegado al campo del trabajo. Bajo
el impacto de los monstruosos éxitos del capitalismo, las clases medias de la
población fueron golpeadas por olas de necesidad. Los cambios económicos
hicieron que la situación financiera de la pequeña y mediana burguesía se
volviera inestable, y que las mujeres burguesas se enfrentaran a un dilema de
proporciones alarmantes, o bien aceptar la pobreza o conseguir el derecho al
trabajo. Las esposas y las hijas de estos grupos sociales comenzaron a golpear
a las puertas de las universidades, los salones de arte, las casas editoriales,
las oficinas, inundando las profesiones que estaban abiertas para ellas. El
deseo de las mujeres burguesas de conseguir el acceso a la ciencia y los
mayores beneficios de la cultura no fue el resultado de una necesidad
repentina, madura, sino que provino de esa misma cuestión del “pan de cada
día”.
Las
mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura
resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los
hombres profesionales, apegados a sus “pequeños y cómodos puestos de trabajo”,
y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta
lucha dio lugar al “feminismo”: el intento de las mujeres burguesas de
permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los
hombres. Cuando estas mujeres entraron en el mundo laboral se referían a sí
mismas con orgullo como la “vanguardia del movimiento de las mujeres”. Se
olvidaron de que en este asunto de la conquista de la independencia económica,
como en otros ámbitos, fueron recorriendo los pasos de sus hermanas menores y
recogiendo los frutos de los esfuerzos de sus manos llenas de ampollas.
Entonces,
¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino
hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de
mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose
de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las
mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? Sólo gracias al reconocimiento
del trabajo de las mujeres trabajadoras en el mercado mundial las mujeres
burguesas han podido ocupar la posición independiente en la sociedad de la que
las feministas se enorgullecen tanto…
Nos
resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres
proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento
feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea
lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de
vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de
ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras
por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia
de la lucha del proletariado por su liberación.
¿Qué
fuerza a los propietarios de las fábricas a aumentar el precio del trabajo, a
reducir horas e introducir mejores condiciones de trabajo, si no el temor a una
grave explosión de insatisfacción del proletariado? ¿Qué, si no el miedo a los
“conflictos laborales”, persuade al gobierno de establecer una legislación para
limitar la explotación del trabajo por el capital?…
No hay un
solo partido en el mundo que haya asumido la defensa de las mujeres como lo ha
hecho la socialdemocracia. La mujer trabajadora es ante todo un miembro de la
clase trabajadora, y cuanto más satisfactoria sea la posición y el bienestar
general de cada miembro de la familia proletaria, mayor será el beneficio a
largo plazo para el conjunto de la clase trabajadora…
En vista
a las crecientes dificultades sociales, la devota luchadora por la causa debe
pararse en triste desconcierto. Ella no puede si no ver lo poco que el
movimiento general de las mujeres ha hecho por las mujeres proletarias, lo
incapaz que es de mejorar las condiciones laborales y de vida de la clase
trabajadora. El futuro de la humanidad debe parecer gris, apagado e incierto a
aquellas mujeres que están luchando por la igualdad pero que aun no han
adoptado la perspectiva mundial del proletariado o no han desarrollado una fe
firme en la llegada de un sistema social más perfecto. Mientras el mundo
capitalista actual permanezca inalterado, la liberación debe parecerles
incompleta e imparcial. Que desesperación deben abrazar las más pensativas y
sensibles de estas mujeres. Sólo la clase obrera es capaz de mantener la moral
en el mundo moderno con sus relaciones sociales distorsionadas. Con paso firme
y acompasado avanza firmemente hacia su objetivo. Atrae a las mujeres
trabajadoras a sus filas. La mujer proletaria inicia valientemente el espinoso
camino del trabajo asalariado. Sus piernas flaquean, su cuerpo se desgarra. Hay
peligrosos precipicios a lo largo del camino, y los crueles predadores están
acechando.
Pero sólo
tomando este camino la mujer es capaz de lograr ese lejano pero atractivo
objetivo: su verdadera liberación en un nuevo mundo del trabajo. Durante este
difícil paso hacia el brillante futuro la mujer trabajadora, hasta hace poco
una humillada, oprimida esclava sin derechos, aprende a desprenderse de la
mentalidad de esclava a la que se ha aferrado, paso a paso se transforma a sí
misma en una trabajadora independiente, una personalidad independiente, libre
en el amor. Es ella, luchando en las filas del proletariado, quien consigue
para las mujeres el derecho a trabajar, es ella, la “hermana menor”, quien
prepara el terreno para la mujer “libre” e “igual” del futuro.
¿Por qué
razón, entonces, debe la mujer trabajadora buscar una unión con las feministas
burguesas? ¿Quién, en realidad, se beneficiaría en el caso de tal alianza?
Ciertamente no la mujer trabajadora. Ella es su propia salvadora, su futuro
está en sus propias manos. La mujer trabajadora protege sus intereses de clase
y no se deja engañar por los grandes discursos sobre el “mundo que comparten
todas las mujeres”. La mujer trabajadora no debe olvidar y no olvida que si
bien el objetivo de las mujeres burguesas es asegurar su propio bienestar en el
marco de una sociedad antagónica a nosotras, nuestro objetivo es construir, en
el lugar del mundo viejo, obsoleto, un brillante templo de trabajo universal,
solidaridad fraternal y alegre libertad…
El matrimonio y el problema de la familia
Dirijamos
la atención a otro aspecto de la cuestión femenina, el problema de la familia.
Es bien conocida la importancia que tiene para la auténtica emancipación de la
mujer la solución de este problema ardiente y complejo. La aspiración de las
mujeres a la igualdad de derechos no puede verse plenamente satisfecha mediante
la lucha por la emancipación política, la obtención de un doctorado u otros
títulos académicos, o un salario igual ante el mismo trabajo. Para llegar a ser
verdaderamente libre, la mujer debe desprenderse de las cadenas que le arroja
encima la forma actual, trasnochada y opresiva, de la familia. Para la mujer,
la solución del problema familiar no es menos importante que la conquista de la
igualdad política y el establecimiento de su plena independencia económica.
Las
formas actuales, establecidas por la ley y la costumbre, de la estructura
familiar hacen que la mujer esté oprimida no sólo como persona sino también
como esposa y como madre. En la mayor parte de los países civilizados, el
código civil coloca a la mujer en una situación de mayor o menor dependencia
del hombre, y concede al marido, además del derecho de disponer de los bienes
de su mujer, el de reinar sobre ella moral y físicamente…
Y allí
donde acaba la esclavitud familiar oficial, legalizada, empieza la llamada
“opinión pública” a ejercer sus derechos sobre la mujer. Esta opinión pública
es creada y mantenida por la burguesía con el fin de proteger la “institución
sagrada de la propiedad”. Sirve para reafirmar una hipócrita “doble moral”. La
sociedad burguesa encierra a la mujer en un intolerable cepo económico,
pagándole un salario ridículo por su trabajo. La mujer se ve privada del
derecho que posee todo ciudadano de alzar su voz para defender sus intereses
pisoteados, y tiene la inmensa bondad de ofrecerle esta alternativa: o bien el
yugo conyugal, o bien las asfixias de la prostitución, abiertamente
menospreciada y condenada, pero secretamente apoyada y sostenida.
¿Será
preciso insistir acerca de los sombríos aspectos de la vida conyugal de hoy,
acerca de los sufrimientos de la mujer que se ligan estrechamente a las
actuales estructuras familiares. Ya se ha escrito y se ha dicho mucho sobre
este tema. La literatura está llena de negros cuadros que pintan nuestro
desorden conyugal y familiar. En este campo, ¡cuántas tragedias psicológicas,
cuántas vidas mutiladas, cuántas existencias envenenadas! Por ahora, sólo nos
importa resaltar que la estructura actual de la familia oprime a las mujeres de
todas las clases y condiciones sociales. Las costumbres y las tradiciones
persiguen a la madre soltera de idéntico modo, cualquiera que sea el sector de
la población a la que pertenezca, las leyes colocan bajo la tutela del marido
tanto a la burguesa como a la proletaria y a la campesina.
¿No hemos
descubierto por fin ese aspecto de la cuestión femenina sobre el cual las
mujeres de todas las clases pueden unirse? ¿No pueden luchar conjuntamente
contra las condiciones que las oprimen? ¿Acaso los sufrimientos comunes, el
dolor común borran el abismo del antagonismo de clases y crean una comunidad de
aspiraciones y de tareas para las mujeres de diferentes planos? ¿Acaso es
realizable, en cuanto a los deseos y objetivos comunes, una colaboración de
burguesas y proletarias? Después de todo, las feministas luchan a la vez por
conseguir formas más libres de matrimonio y por el “derecho a la maternidad”,
levantan su voz en defensa de la prostituta a la que todo el mundo acosa.
Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de
unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la “igualdad
moral” entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la
liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de
millones de proletarias que allanan la senda a la “mujer nueva”, en la lucha
por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las
feministas?
Aquí en
Rusia, las mujeres de la mediana burguesía —es decir, este ejército de mujeres
que, poseedoras de una situación independiente, se encontraron de golpe, en la
década de 1860, arrojadas al mercado de trabajo— han resuelto en la práctica, a
título individual, multitud de aspectos embarazosos de la cuestión matrimonial,
saltando valientemente por encima del matrimonio religioso tradicional y
reemplazando la forma consolidada de la familia por una unión fácil de romper,
que se corresponde mejor con las necesidades de esa capa intelectual, móvil, de
la población. Pero las soluciones individuales, subjetivas, de esta cuestión no
cambian la situación y no mitigan el triste panorama general de la vida
familiar. Si alguna fuerza está destruyendo la forma actual de familia, no es
el titánico esfuerzo de los individuos más o menos fuertes por separado, sino
las fuerzas inanimadas y poderosas de la producción, que están
intransigentemente construyendo vida, sobre nuevos cimientos…
La
heroica lucha de las jóvenes mujeres individuales del mundo burgués, que
arrojan el guante y demandan de la sociedad el derecho a “atreverse a amar” sin
órdenes ni cadenas, debe servir como ejemplo a todas las mujeres que
languidecen bajo el peso de las cadenas familiares: esto es lo que predican las
feministas extranjeras más emancipadas y también nuestras modernas defensoras
de la igualdad aquí. En otros términos, según el espíritu que anima a las
feministas, la cuestión del matrimonio se resolverá independientemente de las
condiciones ambientales, independientemente de un cambio en la estructura
económica de la sociedad, sencillamente merced a los esfuerzos heroicos
individuales y aislados. Basta con que la mujer “se atreva”, y el problema del
matrimonio caerá por su propia inercia.
Pero las
mujeres menos heroicas mueven la cabeza con aire dubitativo: “está todo muy
bien para las heroínas de las novelas que un previsor autor ha dotado de una
cómoda renta, así como de amigos desinteresados y de un extraordinario encanto.
Pero, ¿qué pueden hacer quienes carecen de rentas, de salario suficiente, de
amigos, de atractivo extraordinario?” Y, en cuanto al problema de la
maternidad, que se alza ante la ansiosa mirada de la mujer sedienta de
libertad, ¿qué hay? El “amor libre”, ¿es posible, realizable no como hecho
aislado y excepcional, sino como hecho normal en la estructura económica de la
sociedad de hoy, es decir, como norma imperante y reconocida por todos? ¿Puede
ser ignorado el elemento que determina la actual forma del matrimonio y de la
familia, la propiedad privada? ¿Se puede, en este mundo individualista, abolir
por entero la reglamentación del matrimonio sin que padezcan por ello los
intereses de la mujer? ¿Puede abolirse la única garantía que posee de que no
todo el peso de la maternidad caerá sobre ella? En caso de llevar a efecto tal
abolición, ¿no ocurriría con la mujer lo que ha ocurrido con los obreros? La
supresión de las trabas causadas por los reglamentos corporativos, sin que
nuevas obligaciones hayan sido instituidas para los patronos, ha dejado a los
obreros a merced del poder incontrolado capitalista, y la seductora consigna de
“libre asociación del capital y del trabajo” se ha trocado en una forma
desvergonzada de explotación del trabajo a manos del capital. El “amor libre”,
introducido sistemáticamente en la sociedad de clases actual, en lugar de
liberar a la mujer de las penurias de la vida familiar, ¿no la lastrará
seguramente con una nueva carga: la tarea de cuidar, sola y sin ayuda, de sus
hijos?
Únicamente
una serie de reformas radicales en el ámbito de las relaciones sociales,
reformas mediante las cuales las obligaciones de la familia recaerían sobre la
sociedad y el Estado, crearía la situación favorable para que el principio del
“amor libre” pudiera en cierta medida realizarse. Pero, ¿podemos contar
seriamente con que el Estado clasista actual, por muy democrática que sea su
forma, esté dispuesto a asumir todas las obligaciones referentes a la madre y,
a la joven generación, es decir, aquellas obligaciones que atañen de momento a
la familia en cuanto célula individualista? Tan sólo una transformación radical
de las relaciones productivas puede crear las condiciones sociales
indispensables para proteger a la mujer de los aspectos negativos derivados de
la elástica fórmula del “amor libre”. ¿Realmente no vemos qué confusión y qué
desórdenes de las costumbres sexuales se esconden, en las actuales
circunstancias, a menudo en semejante fórmula? Observad a todos esos señores,
empresarios y administradores de sociedades industriales: ¿no se aprovechan
frecuentemente a su manera del “amor libre” al obligar a obreras, empleadas y
criadas a someterse a sus caprichos sexuales, bajo la amenaza de despido? Esos
patronos que envilecen a su doncella y después la ponen en la calle cuando ha
quedado embarazada, ¿acaso no están aplicando ya la fórmula del “amor libre”?
“Pero no
estamos hablando de ese tipo de “libertad”, objetan las defensoras de la unión
libre. Por el contrario, exigimos la instauración de una “moral única”,
igualmente obligatoria para el hombre y la mujer. Nos oponemos al desorden de
las costumbres sexuales de hoy, proclamamos que sólo es pura una unión libre
fundamentada sobre un amor verdadero”. Pero, ¿no pensáis, queridas amigas, que
vuestro ideal de “unión libre “, llevado a la práctica en la situación
económica y social actual, corre el riesgo de dar resultados que difieren muy
poco de la forma distorsionada de la libertad sexual? El principio del “amor
libre” no podrá entrar en vigor sin traer nuevos sufrimientos a la mujer más
que cuando ella se haya librado de las cadenas materiales que hoy la hacen
doblemente dependiente: del capital y de su marido. El acceso de las mujeres a
un trabajo independiente y a la autonomía económica ha hecho aparecer una
cierta posibilidad de “amor libre”, sobre todo para las intelectuales que
ejercen las profesiones mejor retribuidas. Pero la dependencia de la mujer con
respecto al capital sigue ahí, e incluso se agrava a medida que crece el número
de mujeres de proletarios empujadas a vender su fuerza de trabajo. La consigna
del “amor libre” ¿puede mejorar la triste suerte de estas mujeres que ganan
justo lo mínimo para no morir de hambre? Y, además, el amor libre ¿no se
practica ya ampliamente en la clase obrera, hasta tal punto que más de una vez
la burguesía ha elevado la voz de alarma y ha denunciado la «depravación» y la
«inmoralidad» del proletariado? Cabe señalar que cuando las feministas hablan
con entusiasmo de nuevas formas de unión extramatrimoniales para las burguesas
emancipadas, les dan el bonito nombre de “amor libre”. Pero cuando se trata de
la clase obrera, esas mismas uniones extramatrimoniales son vituperadas con el
término despectivo de “relaciones sexuales desordenadas”. Es bastante
característico.
No
obstante, para la proletaria, habida cuenta de las condiciones actuales, las
consecuencias de la vida en común, ya sea ésta de origen libre o consagrada por
la Iglesia, siguen siendo siempre igual de penosas. Para la esposa y la madre
proletarias, la clave del problema conyugal y familiar no reside en sus formas
exteriores, rituales o civiles, sino en las condiciones económicas y sociales
que determinan esas complejas relaciones familiares a las que debe hacer frente
la mujer de clase obrera. Por supuesto, también para ella es importante conocer
si su marido puede disponer del salario que ella ha ganado, si como marido
posee el derecho de obligarla a vivir con él aun en contra de su voluntad, si
le puede quitar a los hijos por la fuerza, etc. Pero no son tales párrafos del
código civil los que determinan la situación real de la mujer en la familia, y
tampoco se resolverá en ellos el difícil problema familiar. Sea legalizada la
unión ante notario, consagrada por la Iglesia o fundamentada en el principio de
libre consentimiento, la cuestión del matrimonio llegaría a perder su
relevancia para la mayoría de las mujeres si —y únicamente si tal ocurre— la
sociedad les descargara de las mezquinas preocupaciones caseras, inevitables
hoy en este sistema de economías domésticas individuales y dispersas. Es decir,
si la sociedad asumiera el cuidado de la generación más joven, si estuviese
capacitada para proteger la maternidad y dar una madre a cada niño, al menos
durante los primeros meses.
Las
feministas luchan contra un fetiche: el matrimonio legalizado y consagrado por
la Iglesia. Las mujeres proletarias, por el contrario, arriman el hombro contra
las causas que han ocasionado la forma actual del matrimonio y de la familia, y
cuando se esfuerzan en cambiar estas condiciones de vida, saben que también
están ayudando, por ende, a reformar las relaciones entre los sexos. Ahí es
donde estriba la principal diferencia entre el enfoque de la burguesía y el del
proletariado al abordar el complejo problema familiar.
Al creer
ingenuamente en la posibilidad de crear nuevas formas de relaciones conyugales
y familiares sobre el sombrío telón de fondo de la sociedad de clases
contemporánea, las feministas y los reformadores sociales pertenecientes a la
burguesía buscan penosamente tales formas nuevas. Y, puesto que la vida misma
aún no las ha suscitado, precisan inventarlas a toda costa. Deberían ser, a su
juicio, formas modernas de relaciones sexuales que sean capaces de resolver el
complejo problema de la familia bajo el sistema social actual. Y los ideólogos
del mundo burgués —periodistas, escritores, y destacadas mujeres que luchan por
la emancipación— proponen, cada cual por su lado, su “panacea familiar”, su
nueva “fórmula de matrimonio”.
¡Qué
utópicas suenan estas fórmulas de matrimonio! ¡Qué débiles estos paliativos,
cuando se considera a la luz de la penosa realidad de nuestra estructura
moderna de familia! ¡La “unión libre”, el “amor libre”! Para que tales fórmulas
puedan nacer, es preciso proceder a una reforma radical de todas las relaciones
sociales entre las personas. Aún más, es preciso que las normas de la moral
sexual, y con ellas toda la psicología humana, sufran una profunda evolución,
una evolución fundamental. ¿Acaso la psicología humana actual está realmente
dispuesta a admitir el principio del “amor libre”? ¿Y los celos, que consumen
incluso a las mejores almas humanas? ¿Y ese sentimiento, tan hondamente
enraizado, del derecho de propiedad no sólo sobre el cuerpo, sino también sobre
el alma del compañero? ¿Y la incapacidad de inclinarse con simpatía ante una
manifestación de la individualidad de la otra persona, la costumbre bien de
“dominar” al ser amado o bien de hacerse su “esclavo”? ¿Y ese sentimiento
amargo, mortalmente amargo, de abandono y de infinita soledad que se apodera de
uno cuando el ser amado ya no nos quiere y nos deja? ¿Dónde puede encontrar
consuelo la persona solitaria, individualista? La “colectividad”, en el mejor
de los casos, es “un objetivo” hacia el cual dirigir las fuerzas morales e
intelectuales. Pero, ¿es capaz la persona de hoy de comulgar con esa
colectividad hasta el punto de sentir las influencias de interacción
mutuamente? ¿La vida colectiva puede por sí sola sustituir las pequeñas
alegrías personales del individuo? Sin un alma que esté cerca, una “única” alma
gemela, incluso un socialista, incluso un colectivista está infinitamente solo
en nuestro mundo hostil, y únicamente en la clase obrera podemos vislumbrar el
pálido resplandor que anuncia nuevas relaciones, más armoniosas y de espíritu
más social, entre las personas. El problema de la familia es tan complejo,
embrollado y múltiple como la vida misma, y no será nuestro sistema social
quien permita resolverlo.
Otras
fórmulas de matrimonio se han propuesto. Varias mujeres progresistas y
pensadores sociales consideran la unión matrimonial sólo como un método de
producir descendencia. El matrimonio en sí mismo, sostienen, no tiene ningún
valor especial para la mujer: la maternidad es su propósito, su objetivo
sagrado, su misión en la vida. Gracias a tales inspiradas defensoras como Ruth
Bray y Ellen Key, el ideal burgués que reconoce a la mujer como hembra antes
que como persona ha adquirido una aureola especial de progresismo. La
literatura extranjera ha aceptado con entusiasmo el lema propuesto por estas
mujeres modernas. E incluso aquí, en Rusia, en el período anterior a la
tormenta política (de 1905), antes de que los valores sociales fueron objeto de
revisión, la cuestión de la maternidad había atraído la atención de la prensa
diaria. El lema “el derecho a la maternidad” no puede evitar producir una viva
respuesta en los círculos más amplios de la población femenina. Así, a pesar
del hecho de que todas las propuestas de las feministas en este contexto fueran
de índole utópico, el problema era demasiado importante y de actualidad como
para no atraer a las mujeres.
El
“derecho a la maternidad” es el tipo de cuestión que afecta no sólo a las
mujeres de la clase burguesa, sino también, en mayor medida aún, a las mujeres
proletarias. El derecho a ser madre -estas son bellas palabras que van
directamente al “corazón de cualquier mujer” y que hacen que le lata más
rápido. El derecho a alimentar al “propio” hijo con su leche, y asistir a las
primeras señales del despertar de su conciencia, el derecho a cuidar su
diminuto cuerpo y a proteger su delicada alma tierna de las espinas y los
sufrimientos de los primeros pasos en la vida: ¿Qué madre no apoyaría estas
demandas?
Parece
que nos hemos topado de nuevo con un problema que podría servir como un momento
de unidad entre mujeres de diferentes estratos sociales: podría parecer que
hemos encontrado, por fin, el puente de unión entre las mujeres de los dos
mundos hostiles. Echemos un vistazo más minucioso, para descubrir lo que las
mujeres burguesas progresistas entienden como “el derecho a la maternidad”.
Entonces podremos ver si las mujeres proletarias, de hecho, pueden estar de
acuerdo con las soluciones al problema de la maternidad previstas por las
igualitaristas burguesas. A los ojos de sus entusiastas apologistas, la
maternidad tiene un carácter casi sagrado. Luchando por romper los falsos
prejuicios que marcan a una mujer por dedicarse a una actividad natural —el dar
a luz a un hijo— porque la actividad no ha sido santificada por la ley, las
luchadoras por el derecho a la maternidad han doblado el palo en la otra
dirección: para ellas, la maternidad se ha convertido en el objetivo de la vida
de una mujer…
La
devoción de Ellen Key por las obligaciones de la maternidad y la familia le
obliga a ofrecer una garantía de que la unidad familiar aislada seguirá
existiendo incluso en una sociedad transformada en términos socialistas. El
único cambio, tal y como ella lo ve, será que todos los elementos accesorios
que supongan una ventaja o un beneficio material serán excluidos de la unión
matrimonial, que se celebrará conforme a las inclinaciones mutuas, sin
ceremonias ni formalidades: el amor y el matrimonio serán verdaderamente
equivalentes. Sin embargo, la célula familiar aislada es el resultado del mundo
individualista moderno, con su lucha por la supervivencia, sus presiones, su
soledad, la familia es un producto del monstruoso sistema capitalista. ¡Y Key
espera legarle la familia a la sociedad socialista! La sangre y los lazos de
parentesco en la actualidad sirven a menudo, es cierto, como el único sostén en
la vida, como el único refugio en tiempos de penuria y desgracia. ¿Pero será
moral o socialmente necesaria en el futuro? Key no responde a esta pregunta.
Ella tiene demasiado en consideración a la “familia ideal”, esta unidad egoísta
de la burguesía media a la que los devotos de la estructura burguesa de la
sociedad miran con tal admiración.
Pero la
talentosa aunque imprevisible Ellen Key no es la única que pierde el norte en
las contradicciones sociales. Probablemente no haya otra cuestión como la del
matrimonio y la familia sobre la que haya tan poco de acuerdo entre los
socialistas. Si organizásemos una encuesta entre los socialistas, los
resultados probablemente serían muy curiosos. ¿Se marchita la familia? ¿O hay
motivos para creer que los problemas de la familia en la actualidad son sólo
una crisis transitoria? ¿Se conservaría la forma actual de la familia en la
futura sociedad, o será enterrada junto con el sistema capitalista moderno?
Estas son preguntas que bien podrían recibir respuestas muy diferentes…
El paso
de la función educativa desde la familia a la sociedad hará desaparecer los
últimos lazos que mantenían unida la célula familiar aislada. La vieja familia
burguesa empezará a desintegrarse aún más rápidamente y, en la atmósfera de
cambio, veremos dibujarse con una nitidez cada vez mayor las siluetas todavía
indefinidas de las futuras relaciones conyugales. ¿Qué siluetas confusas son
esas, aún sumergidas en las brumas de las influencias actuales?
¿Hace
falta repetir que la forma opresiva actual del matrimonio dejará sitio a la
unión libre de individuos que se aman? El ideal del amor libre, que se presenta
a la hambrienta imaginación de las mujeres que luchan por su emancipación, se
corresponde sin duda hasta cierto punto con la pauta de relaciones entre los
sexos que instaurará la sociedad colectivista. Sin embargo, las influencias
sociales son tan complejas y sus interacciones tan diversas, que ahora mismo es
imposible imaginar con precisión cómo serán las relaciones del futuro, cuando
se haya cambiado todo el sistema radicalmente. Pero la lenta evolución de las
relaciones entre los sexos que tiene lugar ante nuestros ojos atestigua
claramente que el ritual del matrimonio y la familia cerrada y constrictiva
están abocados a la desaparición.
La lucha por los derechos políticos
Las
feministas responden a nuestras críticas diciendo: incluso si os parecen
equivocados los argumentos que están detrás de nuestra defensa de los derechos
políticos de las mujeres, ¿puede rebajarse la importancia de la demanda en sí,
que es igual de urgente para las feministas y para las representantes de la
clase trabajadora? ¿No pueden las mujeres de ambos bandos sociales, por el bien
de sus aspiraciones políticas comunes, superar las barreras del antagonismo de
clase que las separan? ¿No serán capaces seguramente de librar una lucha común
contra las fuerzas hostiles que los las rodean? La división entre la burguesía
y el proletariado es tan inevitable como otras cuestiones que nos atañen, pero
en el caso de este asunto particular las feministas creen que las mujeres de
las distintas clases sociales no tienen diferencias.
Las
feministas continúan volviendo a estos argumentos con amargura y desconcierto,
viendo nociones preconcebidas de lealtad partidista en la negativa de las
representantes de la clase trabajadora a unir sus fuerzas con ellas en la lucha
por los derechos políticos de las mujeres. ¿Es realmente éste el caso? ¿Existe
una identificación total de las aspiraciones políticas o, en este caso, al
igual que en todos los demás, el antagonismo la creación de un ejército de
mujeres indivisible, por encima de las clases? Tenemos que responder a esta
cuestión antes de que podamos definir las tácticas que las mujeres proletarias
utilizarán para obtener derechos políticos para su sexo.
Las
feministas declaran estar del lado de la reforma social, y algunas de ellas
incluso dicen estar a favor del socialismo —en un futuro lejano, por supuesto—
pero no tienen la intención de luchar entre las filas de la clase obrera para
conseguir estos objetivos. Las mejores de ellas creen, con ingenua sinceridad,
que una vez que los asientos de los diputados estén a su alcance serán capaces
de curar las llagas sociales que se han formado, en su opinión, debido a que
los hombres, con su egoísmo inherente, han sido los dueños de la situación. A
pesar de las buenas intenciones de grupos individuales de feministas hacia el
proletariado, siempre que se ha planteado la cuestión de la lucha de clases han
dejado el campo de batalla con temor. Reconocen que no quieren interferir en
causas ajenas, y prefieren retirarse a su liberalismo burgués que les es tan
cómodamente familiar.
Por mucho
que las feministas burguesas traten de reprimir el verdadero objetivo de sus
deseos políticos, por mucho que aseguren a sus hermanas menores que la
participación en la vida política promete beneficios inconmensurables para las
mujeres de clase trabajadora, el espíritu burgués que impregna todo el
movimiento feminista da un colorido de clase incluso a la demanda de igualdad
de derechos políticos con los hombres, que podría parecer una demanda general
de las mujeres. Diferentes objetivos e interpretaciones de cómo deben usarse
los derechos políticos crea un abismo insalvable entre las mujeres burguesas y
las proletarias. Esto no contradice el hecho de que las tareas inmediatas de
los dos grupos de mujeres coincidan en cierta medida, puesto que los representantes
de todas las clases que han accedido al poder político se esfuerzan sobre todo
en lograr una revisión del Código Civil, que en cada país, en mayor o menor
medida, discrimina a las mujeres. Las mujeres presionan por conseguir cambios
legales que creen condiciones laborales más favorables para ellas, se mantienen
unidas contra las regulaciones que legalizan la prostitución, etc. Sin embargo,
la coincidencia de estas tareas inmediatas es de carácter puramente formal.
Así, el interés de clase determina que la actitud de los dos grupos hacia estas
reformas sea profundamente contradictoria…
El
instinto de clase —digan lo que digan las feministas— siempre demuestra ser más
poderoso que el noble entusiasmo de las políticas “por encima de las clases”.
En tanto que las mujeres burguesas y sus “hermanas menores” son iguales en su
desigualdad, las primeras pueden, con total sinceridad, hacer grandes esfuerzos
en defender los intereses generales de las mujeres. Pero, una vez que se hayan
superado estas barreras y las mujeres burguesas hayan accedido a la actividad
política, las actuales defensoras de los “derechos de todas las mujeres” se
convertirán en defensoras entusiastas de los privilegios de su clase, se
contentarán con dejar a las hermanas menores sin ningún derecho. Así, cuando
las feministas hablan con las mujeres trabajadoras acerca de la necesidad de
una lucha común para conseguir algún principio “general de las mujeres”, las
mujeres de la clase trabajadora están naturalmente recelosas.

