Libro No. 345. El derecho a la pereza. Lafargue, P.
© Libro
No. 345. El
derecho a la pereza. Lafargue, P. Colección Emancipación
Obrera. Octubre 13 de 2012.
Título original: © El derecho a la pereza. Paul Lafargue.
Versión Original: © Paul Lafargue. El derecho a la pereza.
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https://www.marxists.org/espanol/lafargue/1880s/1883.htm
Traducción: María Celia
Cotarelo
Digitalización: Franco Iacomella
Esta Edición: Marxists Internet Archive, año 2008
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
P. Lafargue
El Derecho A La
Pereza
Traducción: María Celia
Cotarelo
Digitalización: Franco Iacomella
Esta Edición: Marxists Internet Archive, año 2008
PRÓLOGO
En el seno de la Comisión sobre Educación Primaria de 1849, el señor
Thiers decía: "Quiero recuperar con toda su fuerza la influencia del
clero, porque cuento con él para propagar esa buena filosofía que enseña al
hombre que está aquí para sufrir, y oponerla a esa otra filosofía que dice al
hombre lo contrario: 'Disfruta'". El señor Thiers formulaba así la moral
de la clase burguesa, cuyo feroz egoísmo y estrecha inteligencia él encarnaba.
Mientras luchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la burguesía
enarbolaba el libre examen y el ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de
tono y de conducta; y hoy pretende apuntalar con la religión su supremacía
económica y política. En los siglos XV y XVI, había retomado alegremente la
tradición pagana y glorificaba la carne y sus pasiones, reprobadas por el
cristianismo; en nuestros días, saciada de bienes y de placeres, reniega de las
enseñanzas de sus pensadores -los Rabelais, los Diderot- y predica la
abstinencia a los asalariados. La moral capitalista, lastimosa parodia de la
moral cristiana, anatemiza la carne del trabajador; su ideal es reducir al
productor al mínimo de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y
condenarlo al rol de máquina que produce trabajo sin tregua ni piedad.
Los socialistas revolucionarios deben recomenzar el combate que han
librado en otro tiempo los filósofos y los panfletarios de la burguesía; deben
embestir contra la moral y las teorías socia les del capita lismo; deben
desterrar de las cabezas de la clase llamada a la acción, los prejuicios
sembrados por la clase domi nante; deben proclamar, ante los hipócritas de
todas las mora les, que la tierra dejará de ser el valle de lágrimas del
trabaja dor; que, en la sociedad comunista del porvenir, que cons truiremos
"pacíficamen te si es posible, y si no violentamente", se dará rienda
suelta a las pasiones de los hombres; y ya que "todas son buenas por natu
ra leza, nosotros sólo tenemos que limitarnos a evitar su mal uso y su
exceso"[1].
Estos serán evitados por su mutuo equilibrio, por el desarrollo armónico del
orga nismo humano, pues, como dice el Dr. Beddoe, "una raza alcanza su más
alto punto de energía y de vigor moral en el momento en que alcan za su máximo
desarrollo físico". Tal era también la opi nión del gran naturalis ta
Charles Darwin[2].
La refutación del Derecho al Trabajo, que reedito con algunas
nadicionales, fue publicada en el semanario L'Égalité, segun da serie, 1880.
P.L.
Prisión de Sainte-Pélagie, 1883.
UN DOGMA DESASTROSO
"Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber,
excepto al ser perezosos".
Lessing
Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones
donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las
miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste
humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el
trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de
sus hijos. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los
economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de
escaso talento, quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y
despreciables, quisieron rehabilitar lo que su dios había maldecido. Yo, que no
me declaro cristiano, economista ni moralista, planteo frente a su juicio, el
de su Dios; frente a las predicaciones de su moral religiosa, económica y libre
pensadora, las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista.
En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración
intelectual, de toda deformación orgánica. Comparen, por ejemplo, el pura
sangre de las caballerizas de Rothschild, atendido por una turba de lacayos
bimanos, con la tosca bestia de los arrendamientos normandos, que trabaja la
tierra, recoge el estiércol y cosecha. Observen al noble salvaje que los
misioneros del comercio y los comerciantes de la religión no corrompieron
todavía con el cristianismo, la sífilis y el dogma del trabajo, y observen
luego a nuestros miserables sirvientes de máquinas[3].
Cuando en nuestra civilizada Europa se quiere volver a encontrar un
rastro de belleza natural del hombre, debe írsela a buscar a las naciones donde
los prejuicios económicos todavía no extirparon el odio al trabajo. España, que
lamentablemente se está degenerando, puede todavía vanagloriarse de poseer
menos fábricas que nosotros prisiones y cuarteles; el artista se regocija
admirando al atrevido andaluz, moreno como las castañas, derecho y flexible
como una vara de acero; y el corazón del hombre se conmueve al oír al mendigo,
soberbiamente envuelto en su capa agujereada, tratar de amigo a
los duques de Osuna. Para el español, en el que el animal primitivo no está aún
atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes[4].
También los griegos de la época dorada despreciaban el trabajo: sólo a los
esclavos les estaba permitido trabajar: el hombre libre sólo conocía los
ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia. Era también el tiempo en
que se caminaba y se respiraba en un pueblo de hombres como Aristóteles,
Fidias, Aristófanes; era el tiempo en el que un puñado de valientes aplastaban
en Maratón a las hordas del Asia que Alejandro iba luego a conquistar. Los
filósofos de la antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, esa degradación
del hombre libre; los poetas cantaban a la pereza, ese regalo de los dioses:
O Melibae, Deus nobis haec otia fecit[5].
Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: "Miren cómo
crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo
les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente
vestido"[6].
Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo
ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda
la eternidad.
Por el contrario, ¿cuáles son las razas para las que el trabajo es una
necesidad orgánica? Los auverneses; los escoceses, esos auverneses de las Islas
Británicas; los gallegos, esos auverneses de España; los pomeranios, esos
auverneses de Alemania; los chinos, esos auverneses del Asia. En nuestra
sociedad, ¿cuáles son las clases que aman el trabajo por el trabajo mismo? Los
campesinos propietarios y los pequeños burgueses: unos inclinados sobre sus
tierras, los otros apasionados en sus tiendas, se mueven como el topo en su
galería subterránea, sin enderezarse jamás para observar a gusto la naturaleza.
Y sin embargo, el proletariado, la gran clase que abarca a todos los
productores de las naciones civilizadas, la clase que, al emanciparse,
emancipará a la humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser
libre; el proletariado, traicionando sus instintos y olvidando su misión
histórica, se dejó pervertir por el dogma del trabajo. Rudo y terrible fue su
castigo. Todas las miserias individuales y sociales nacieron de su pasión por
el trabajo.
BENDICIONES DEL TRABAJO
En 1770 apareció en Londres un escrito anónimo titulado "An
Essay on Trade and Commerce", que provocó en la época un cierto
alboroto. Su autor, gran filántropo, se indignaba por el hecho de que "a
la plebe manufacturera de Inglaterra se le había metido en la cabeza la idea
fija de que por ser ingleses, todos los individuos que la componen tienen, por
derecho de nacimiento, el privilegio de ser más libres y más independientes que
los obreros de cualquier otro país de Europa. Esta idea puede tener su utilidad
para los soldados, dado que estimula su valor; pero cuanto menos estén imbuidos
de ella los obreros de las manufacturas, mejor será para ellos mismos y para el
estado. Los obreros no deberían jamás considerarse independientes de sus
superiores. Es extremadamente peligroso estimular semejantes caprichos en un
estado comercial como el nuestro, donde, quizás, siete octavos de la población
tienen poca o ninguna propiedad. La cura no será completa en tanto que nuestros
pobres de la industria no se resignen a trabajar seis días por la misma suma
que ganan ahora en cuatro".
De esta manera, cerca de un siglo antes de Guizot, se predicaba
abiertamente en Londres el trabajo como un freno a las nobles pasiones del
hombre.
"Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá",
escribía Napoleón desde Osterode el 5 de mayo de 1807. "Yo soy la
autoridad [...] y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, luego de la hora
de la misa, las tiendas se abrieran y los obreros volvieran a su trabajo".
Para extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de arrogancia e
independencia que ella engendra, el autor del Essay on Trade... proponía
encarcelar a los pobres en las casas de trabajo ideales (ideal workhouses) que
se convertirían en "casas de terror donde se haría trabajar catorce horas
por día, de tal manera que, restando el tiempo de la comida, quedarían doce
horas de trabajo plenas y completas".
Doce horas de trabajo por día: he ahí el ideal de los filántropos y de
los moralistas del siglo XVIII. ¡Cómo hemos sobrepasado ese nec plus ultra! Los
talleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección donde se
encarcela a las masas obreras, donde se condena a trabajos forzados durante
doce y catorce horas, no solamente a los hombres, sino también a las mujeres y
a los niños!¡Y pensar que los hijos de los héroes del Terror se dejaron
degradar por la religión del trabajo al punto de aceptar después de 1848, como
una conquista revolucionaria, la ley que limitaba a doce horas el trabajo en
las fábricas! Proclamaban, como un principio revolucionario, el derecho al
trabajo. ¡Vergüenza al proletariado francés! Sólo los esclavos hubiesen sido
capaces de tal bajeza. Hubieran sido necesarios veinte años de civilización
capitalista para que un griego de los tiempos heroicos concebiera tal
envilecimiento.
Y si las penas del trabajo forzado, si las torturas del hambre se
abatieron sobre el proletariado, en mayor cantidad que las langostas de la
biblia, es porque ha sido él quien las ha llamado.
Este trabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con las armas
en la mano, lo impusieron a sus familias; entregaron a sus mujeres y a sus
hijos a los barones de la industria. Con sus propias manos, demolieron su
hogar; con sus propias manos, secaron la leche de sus mujeres; las infelices,
embarazadas y amamantando a sus bebés, debieron ir a las minas y a las
manufacturas a estirar su espinazo y fatigar sus músculos; con sus propias
manos, quebrantaron la vida y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza a los
proletarios! ¿Dónde están esas comadres de las que hablan nuestras fábulas y
nuestros viejos cuentos, osadas en la conversación, francas al hablar, amantes
de la divina botella? ¿Dónde están esas mujeres decididas, siempre correteando,
siempre cocinando, siempre cantando, siempre sembrando la vida y engendrando la
alegría, pariendo sin dolor niños sanos y vigorosos? ...¡Hoy tenemos niñas y
mujeres de fábrica, enfermizas flores de pálidos colores, de sangre sin brillo,
con el estómago destruido, con los miembros debilitados!... ¡Ellas no
conocieron jamás el placer robusto y no sabrían contar gallardamente cómo
perdieron su virginidad! ¿Y los niños? Doce horas de trabajo para los niños.
¡Oh, miseria! Pero todos los Jules Simon de la Academia de Ciencias Morales y
Políticas, todos los Germinys de la jesuitería, no habrían podido inventar un
vicio más embrutecedor para la inteligencia de los niños, más corruptor de sus
instintos, más destructor de su organismo, que el trabajo en la atmósfera
viciada del taller capitalista.
Nuestra época es, dicen, el siglo del trabajo; es en efecto el siglo del
dolor, de la miseria y de la corrupción.
Y sin embargo, los filósofos, los economistas burgueses -desde el
penosamente confuso Augusto Comte hasta el ridículamente claro Leroy-Beaulieu;
los hombres de letras burguesas -desde el charlatanescamente romántico Víctor
Hugo hasta el ingenuamente grotesco Paul de Kock-, todos han entonado sus
cánticos nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del
Trabajo. Al escucharlos, puede pensarse que la felicidad reinará sobre la
tierra: ya se siente su llegada. Ellos fueron a indagar en el polvo y la
miseria feudales de los siglos pasados para recuperar de la oscuridad las
delicias de los tiempos presentes. ¿Nos cansaron los bien alimentados, los
satisfechos, hasta hace poco todavía miembros de la servidumbre de grandes
señores, y hoy sirvientes literarios de la burguesía, muy bien pagos? ¿Nos
cansaron con la rusticidad del retórico La Bruyère? Y bien, he aquí el
brillante cuadro de los gozos proletarios en el año del progreso capitalista de
1840, pintado por uno de ellos, el Dr. Villermé, miembro del Instituto, el
mismo que, en 1848, formó parte de esa sociedad de sabios (Thiers, Cousin,
Passy, Blanqui, el académico, etc.) que propagaba en las masas las tonterías de
la economía y de la moral burguesas.
El Dr. Villermé habla de la Alsacia manufacturera, de la Alsacia de
Kestner, de Dollfus, la flor y nata de la filantropía y del republicanismo
industrial. Pero antes de que el doctor muestre ante nosotros el cuadro de las
miserias proletarias, escuchemos a un manufacturero alsaciano, el señor Th.
Mieg, de la casa Dollfus, Mieg y Compañía, describiendo la situación del
artesano de la antigua industria:
"En Mulhouse, hace cincuenta años (en 1813, cuando nacía la moderna
industria mecánica), los obreros eran todos naturales del territorio, que
habitaban la ciudad y los pueblos circundantes y que poseían casi todos una
casa y a menudo un pequeño campo"[7].
Era la edad de oro del trabajador. Pero, entonces, la industria
alsaciana no inundaba el mundo con sus telas de algodón y no enriquecía a sus
Dollfus y sus Koechlin. Pero veinticinco años después, cuando Villermé visitó a
Alsacia, el minotauro moderno -el taller capitalista-, había conquistado la
región; en su hambre de trabajo humano, había arrancado a los obreros de sus
hogares para retorcerlos mejor y para exprimir mejor el trabajo que ellos
contenían. Los obreros acudían por millares al silbido de la máquina.
"Un gran número", dice Villermé, "cinco
mil sobre diecisiete mil, fueron obligados, por la carestía de los alquileres,
a alojarse en los pueblos vecinos. Algunos habitaban a dos leguas y cuarto de
la manufactura donde trabajaban.
En Mulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la mañana y
terminaba a las cinco de la tarde, tanto en verano como en invierno. [...] Hay
que verlos llegar cada mañana a la ciudad y partir cada tarde. Hay entre ellos
una multitud de mujeres pálidas, flacas, caminando descalzas en medio del barro
y que, a falta de paraguas, se protegen la cara y el cuello con sus delantales
y sus enaguas, volcados sobre la cabeza, tanto si llueve como si nieva; y un
número más considerable aún de pequeños niños no menos sucios, no menos
pálidos, cubiertos de harapos, todos engrasados de aceite de los telares que
cae sobre ellos mientras trabajan. Estos últimos, mejor protegidos de la lluvia
por la impermeabilidad de sus vestimentas, no tienen en el brazo, como las
mujeres de las que se acaba de hablar, una cesta con las provisiones de la
jornada; pero llevan en la mano, o cubren bajo su chaleco o como pueden, el
pedazo de pan que debe alimentarlos hasta la hora de su vuelta a casa.
De esta manera, a la fatiga de una jornada desmesuradamente larga -ya
que es de por lo menos quince horas-, se suma para estos infelices la fatiga de
las idas y venidas tan frecuentes, tan penosas. El resultado es que a la noche
llegan a sus casas abrumados por la necesidad de dormir, y que a la mañana
salen antes de estar completamente descansados, para encontrarse en el taller a
la hora de su apertura".
Veamos ahora los cuartuchos donde se amontonaban aquéllos que habitaban
en la ciudad:
"Vi en Mulhouse, en Dornach y en las casas vecinas, esos miserables
alojamientos donde dos familias se acostaban cada una en un rincón, sobre la
paja arrojada sobre el piso y sostenida por dos tablas. Esta miseria en la que
viven los obreros de la industria del algodón en el departamento del Alto Rin
es tan profunda que produce este triste resultado: mientras que en las familias
de los fabricantes negociantes, fabricantes de paños, directores de fábricas,
etc., la mitad de los niños alcanzan los 21 años, esa misma mitad deja de
existir antes de cumplir los dos años en las familias de tejedores y de obreros
de las hilanderías de algodón".
Refiriéndose al trabajo en el taller, Villermé agrega:
"No es un trabajo, una tarea, sino una tortura, y se la inflige a
los niños de seis a ocho años. [...] Es este largo suplicio de todos los días
el que mina principalmente a los obreros de las hilanderías de algodón".
Y a propósito de la duración del trabajo, Villermé observaba que los
presidiarios de las mazmorras no trabajaban más que diez horas, los esclavos de
las Antillas nueve horas promedio, mientras que en la Francia que había hecho
la revolución del 89 y que había proclamado los pomposos Derechos del Hombre,
existían manufacturas donde la jornada era de dieciséis horas, sobre las que se
otorgaba a los obreros una hora y media para comer[8].
¡Oh miserable aborto de los principios revolucionarios de la burguesía!
¡Oh lúgubre regalo de su dios Progreso! Los filántropos aclaman como
benefactores de la humanidad a los que, para enriquecerse holgazaneando, dan su
trabajo a los pobres; mejor valdría sembrar la peste o envenenar las fuentes
que levantar una fábrica en medio de una población rural. Introduzcan el
trabajo fabril, y adiós alegría, salud, libertad; adiós todo lo que hace la
vida bella y digna de ser vivida[9].
Y los economistas siguen repitiendo a los obreros: ¡trabajen para
aumentar la riqueza social! Y sin embargo un economista, Destut de Tracy, les
responde:
"Es en las naciones pobres donde el pueblo vive con comodidad; es
en las naciones ricas donde es, comúnmente, pobre".
Y su discípulo Cherbuliez continúa:
"Los trabajadores mismos, cooperando en la acumulación de capitales
productivos, contribuyen al hecho que, tarde o temprano, debe privarlos de una
parte de su salario".
Pero aturdidos e idiotizados por sus propios alaridos, los economistas
responden: ¡Trabajen, trabajen siempre para crear su propio bienestar! Y en
nombre de la mansedumbre cristiana, un cura de la iglesia anglicana, el
reverendo Townshend, salmodia: Trabajen, trabajen noche y día; trabajando,
ustedes hacen crecer su miseria, y su miseria nos dispensa de imponerles el
trabajo por la fuerza de la ley. La imposición legal del trabajo "es
demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace demasiado ruido; el hambre,
por el contrario, es no sólo una presión apacible, silenciosa, incesante, sino
que, en tanto el móvil más natural del trabajo y de la industria, provoca
también los esfuerzos más poderosos".
Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus
miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres,
tengan más razones para trabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de
la producción capitalista.
Prestando oído a las falsas palabras de los economistas, los proletarios
se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda
la sociedad en las crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el
organismo social. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y
escasez de compradores, los talleres se cierran y el hambre azota las
poblaciones obreras con su látigo de mil tiras. Los proletarios, embrutecidos
por el dogma del trabajo, no comprenden que el sobretrabajo que se infligieron
en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no
corren al granero de trigo y gritan: "¡Tenemos hambre y queremos
comer! Cierto, no tenemos ni un centavo pero por más pobres que seamos, sin
embargo somos nosotros los que segamos el trigo y recolectamos la uva...".
No asedian los almacenes del señor Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los
conventos industriales y exclaman: "Señor Bonnet, he aquí a sus
obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas, tejedoras; tiritan bajo sus telas de
algodón, que están tan remendadas que perturbarían hasta a un judío y sin
embargo, son ellas las que hilaron y tejieron los vestidos de seda de las
mujerzuelas de toda la cristiandad. Las pobres, trabajando trece horas por día,
no tenían tiempo de pensar en acicalarse; hoy, holgazanean y pueden hacer
crujir los vestidos que hicieron. Desde que perdieron sus dientes de leche, se
han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en la abstinencia; ahora, tienen
tiempo libre y quieren gozar un poco de los frutos de su trabajo. Vamos, señor
Bonnet, entregue sus vestidos; el señor Harmel proporcionará sus muselinas, el
señor Pouyer-Quertier sus telas de algodón, el señor Pinet sus botines para sus
queridos piecitos fríos y húmedos. Vestidas de pies a cabeza y vivaces, será un
placer contemplarlas. Vamos, nada de tergiversaciones: ¿usted es amigo de la
humanidad, verdad? ¿Y cristiano antes que mercader, no? Ponga entonces a
disposición de sus obreras la riqueza que ellas le construyeron con la carne de
su carne. ¿Usted es amigo del comercio? Facilite la circulación de las
mercancías; he aquí a los consumidores todos juntos; ábrales créditos
ilimitados. Usted está obligado a dárselo a negociantes que no conoce, que no
le han dado nada, ni siquiera un vaso con agua. Sus obreras cumplirán como
puedan: si el día del vencimiento, ellas dejan que protesten su firma, usted
las declarará en quiebra, y si ellas no tienen nada que pueda ser embargado,
usted les exigirá que le paguen con plegarias: ellas lo enviarán al paraíso,
mejor que sus ?bolsas negras? [curas] con su nariz llena de tabaco".
En vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución
general de los productos y una holganza y regocijo universales, los obreros,
muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con
rostros pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los
fabricantes: "¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dénnos
trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!".
Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie,
venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el
momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria
aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.
Si las crisis industriales siguen a períodos de sobretrabajo tan
fatalmente como la noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y
la miseria sin salida, ellas traen también la bancarrota inexorable. Mientras
el fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo
más y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que
producir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si sus mercancías
no se venden, sus pagarés se vencerán. Aguijoneado, va a implorar al judío, se
arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor. "Una pequeña
pieza de oro haría mejor mi negocio", responde el Rothschild; "usted
tiene 20.000 pares de medias en su tienda; valen veinte monedas de cobre, yo
los tomo a cuatro". Obtenidas las medias, el judío las vende a seis u
ocho monedas de cobre y se embolsa las inquietas cien monedas de cobre que no
le deben nada a nadie: pero el fabricante retrocedió para saltar mejor.
Finalmente llega la debacle y las tiendas estallan; se arrojan entonces tantas
mercancías por la ventana, que no se sabe cómo entraron por la puerta. El valor
de las mercancías destruidas se calcula en centenas de millones; en el siglo
XVIII, se las quemaba o se las tiraba al agua[10].
Pero antes de llegar a esta conclusión, los fabricantes recorren el
mundo en busca de salida para las mercancías que se amontonan; obligan a su
gobierno a anexar el Congo, a apoderarse de Tonkin, a demoler a cañonazos las
murallas de la China, para esparcir allí sus telas de algodón. En los siglos
pasados, hubo un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para definir quién
tendría el privilegio exclusivo de vender en América y en las Indias. Miles de
hombres jóvenes y fuertes enrojecieron los mares con su sangre durante las
guerras coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII.
Los capitales abundan tanto como las mercancías. Los rentistas ya no
saben dónde ubicarlos; van entonces a las naciones felices que se tiran al sol
a fumar cigarrillos, para construir líneas férreas, levantar fábricas e
importar la maldición del trabajo. Hasta que esta exportación de capitales
franceses se termina una mañana por complicaciones diplomáticas; en Egipto,
Francia, Inglaterra y Alemania estuvieron a punto de tomarse de los cabellos
para saber a qué usureros les pagarían primero; o por las guerras de México,
donde se envía a soldados franceses para hacer el trabajo de alguaciles para
cobrar las deudas impagas[11].
Estas miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que
sean, por eternas que parezcan, desaparecerán como las hienas y los chacales
ante la proximidad del león, cuando el proletariado diga: "Yo quiero que
terminen". Pero para que tome conciencia de su fuerza, el proletariado
debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y
librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos
de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del
Hombre, proclamados por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que
se limite a trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el
resto del día y de la noche.
Hasta aquí, mi tarea fue fácil: no tenía más que describir los males
reales bien conocidos -lamentablemente- por todos nosotros. Pero convencer al
proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa, de que el
trabajo desenfrenado al que se entregó desde comienzos del siglo es la
calamidad más terrible que haya jamás golpeado a la humanidad, de que el
trabajo sólo se convertirá en un condimento de placer de la pereza, un
ejercicio benéfico para el organismo humano, una pasión útil para el organismo
social en el momento en que sea sabiamente reglamentado y limitado a un máximo
de tres horas por día, es una tarea ardua superior a mis fuerzas; sólo los
médicos, los higienistas, los economistas comunistas podrían emprenderla. En
las páginas que siguen, me limitaré a demostrar que estando dados los medios de
producción modernos y su potencia reproductiva ilimitada, hay que debilitar la
pasión extravagante de los obreros por el trabajo y obligarlos a consumir las
mercancías que producen.
LAS CONSECUENCIAS DE LA
SOBREPRODUCCIÓN
Un poeta griego de la época de Cicerón, Antipatros, celebraba así la
invención del molino de agua (para la molienda del grano), que iba a emancipar
a las mujeres esclavas y a recuperar la edad de oro:
"¡Ahorren la fuerza del brazo que hace girar la piedra del molino,
oh molineras, y duerman apaciblemente! ¡Que el gallo les advierta en vano que
ya es de día! Dao impuso a las ninfas el trabajo de las esclavas y miren cómo
saltan alegremente en el camino y cómo el eje del carro rueda con sus rayos,
haciendo girar la pesada piedra rodante. ¡Vivamos la vida de nuestros padres y,
ociosos, regocijémonos de los dones que la diosa otorga!"
Lamentablemente el ocio que el poeta pagano anunciaba no llegó; la
pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora
en un instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad los
empobrece.
Una buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto; algunos
telares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto a máquina
equivale entonces a cien horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto de
trabajo de la máquina da a la obrera diez días de descanso. Lo que es cierto
para la industria del tejido es más o menos cierto para todas las industrias
renovadas por la mecánica moderna. ¿Pero qué vemos nosotros? A medida que la
máquina se perfecciona y quita el trabajo del hombre con una rapidez y una
precisión constantemente crecientes, el obrero, en vez de prolongar su descanso
en la misma proporción, redobla su actividad, como si quisiera rivalizar con la
máquina. ¡Qué competencia absurda y mortal!
Para que la competencia del hombre y de la máquina se acelerara, los
proletarios abolieron las sabias leyes que limitaban el trabajo de los
artesanos de las antiguas corporaciones; suprimieron los días feriados[12].
Puesto que los productores de entonces trabajaban sólo cinco días sobre siete,
¿creen pues, tal como dicen los economistas mentirosos, que no vivían más que
del aire y del agua fresca? ¡Vamos! Tenían tiempo libre para disfrutar de las
alegrías de la tierra, para hacer el amor y divertirse; para hacer banquetes
jubilosamente en honor del alegre dios de la Holgazanería. La melancólica
Inglaterra, hoy sumida en el protestantismo, se llamaba entonces la
"alegre Inglaterra" (Merry England). Rabelais, Quevedo, Cervantes y
los autores desconocidos de novelas picarescas, hacen que se nos haga agua la
boca con sus pinturas de esas monumentales francachelas[13],
con las que se regalaban entonces entre dos batallas y entre dos devastaciones,
y en las cuales "se tiraba la casa por la ventana". Jordaens y la
escuela flamenca las han plasmado en sus divertidas pinturas. Sublimes
estómagos gargantuescos, ¿en qué se han convertido? Sublimes cerebros que
abarcaban todo el pensamiento humano, ¿en qué se han convertido? Ahora estamos
muy disminuidos y muy degenerados. La carne en mal estadoi, la papa, el vino
adulterado y el aguardiente prusiano sabiamente combinados con el trabajo
forzado debilitaron nuestros cuerpos y redujeron nuestros espíritus. ¿Y es
precisamente cuando el hombre ha achicado su estómago y la máquina ha agrandado
su productividad, que los economistas nos predican la teoría malthusiana, la
religión de la abstinencia y el dogma del trabajo? Habría que arrancarles la
lengua y arrojársela a los perros.
Puesto que la clase obrera, con su buena fe simplista, se dejó
adoctrinar; puesto que, con su impetuosidad natural, se precipitó ciegamente en
el trabajo y la abstinencia, la clase capitalista se vio condenada a la pereza
y al disfrute forzados, a la improductividad y al sobreconsumo. Pero si el
sobretrabajo del obrero martiriza su carne y atormenta sus nervios, también es
fecundo en dolores para la burguesía.
La abstinencia a la que se condena la clase productiva obliga a los
burgueses a dedicarse al sobreconsumo de los productos que ella produce en
forma desordenada. Al comienzo de la producción capitalista, hace uno o dos
siglos, el burgués era un hombre ordenado, de costumbres razonables y
apacibles; se contentaba casi exclusivamente con su mujer; sólo bebía cuando
tenía sed y comía cuando tenía hambre. Dejaba a los cortesanos y a las
cortesanas las nobles virtudes de la vida libertina. Hoy en día, no hay hijo de
cualquier advenedizo que no se crea obligado a desarrollar la prostitución y
mercurializar su cuerpo para darle un objetivo al trabajo que se imponen los
obreros de las minas de mercurio; no es un burgués que se precie el que no se
atraque con capones trufados y con vinos exquisitos para alentar a los
ganaderos de La Flèche y a los viñateros de Bordelais. En este trabajo, el
organismo se arruina rápidamente: se cae el pelo, los dientes se descarnan, el
tronco se deforma, el vientre se hincha, la respiración se altera, los
movimientos se hacen más pesados, las articulaciones se anquilosan, las
falanges se traban. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de la
vida libertina, pero dotados de la joroba del proudhonismo, consumen sus sesos
como los Garnier de la economía política y los Acollas de la filosofía
jurídica, elucubrando gruesos libros soporíferos para ocupar el tiempo libre de
los tipógrafos e impresores.
Las mujeres de mundo viven una vida de martirio. Para probar y hacer
valer las telas maravillosas que las costureras se matan para fabricar, ellas
se pasan el día y la noche cambiándose constantemente de vestido; durante
horas, entregan su cabeza hueca a los artistas peluqueros que, a toda costa,
quieren satisfacer su pasión por edificar postizos. Apretadas dentro de sus
corsets, incómodas en sus zapatos, con escotes que hacen enrojecer hasta a un
granadero, giran durante noches enteras en sus bailes de caridad a fin de
recolectar algunas monedas de cobre para los pobres. ¡Santas almas!
Para cumplir su doble función social de no productor y de
sobreconsumidor, el burgués debió no solamente violentar sus gustos modestos,
perder sus hábitos laboriosos de hace dos siglos y entregarse al lujo
desenfrenado, a las indigestiones trufadas y a libertinajes sifilíticos, sino
también sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres a fin de
procurarse ayudantes.
He aquí algunas cifras que prueban cuán colosal es este desperdicio de
fuerzas productivas:
"Según el censo de 1861, la población de Inglaterra y del país de
Gales comprendía 20.066.224 personas, de las cuales 9.776.259 eran del sexo
masculino y 10.289.965, del sexo femenino. Si se restan aquéllos que son
demasiado viejos o demasiado jóvenes para trabajar, las mujeres, los
adolescentes y los niños improductivos, más las profesiones ideológicas como el
gobierno, la policía, el clero, la magistratura, el ejército, los eruditos,
artistas, etc., luego las personas exclusivamente dedicadas a comer del trabajo
de otros, bajo la forma de renta de la tierra, de intereses, de dividendos,
etc., y finalmente, los pobres, los vagabundos, los criminales, etc., quedan
aproximadamente ocho millones de individuos de los dos sexos y de todas las
edades, incluyendo a los capitalistas ocupados en la producción, el comercio,
las finanzas, etc. Entre estos ocho millones, se cuentan:
Trabajadores agrícolas (incluyendo pastores, criados y criadas que
habitan en el establecimiento agrícola) 1.098.261;
Obreros de las fábricas de algodón, de lana, de worsted, de lino, de
cáñamo, de seda, de encajes y otros 642.607;
Obreros de las minas de carbón y de metal 565.835;
Obreros empleados en las fábricas metalúrgicas (altos hornos, laminados,
etc.) y en las manufacturas de metal de todo tipo 396.998;
Clase doméstica 1.208.648
Si sumamos los trabajadores de las fábricas textiles y los de las minas
de carbón y de metales, obtenemos la cifra de 1.208.442; si sumamos los
primeros y el personal de todas las fábricas y de todas las manufacturas
metalúrgicas, tenemos un total de 1.039.605; es decir, en ambos casos un número
más pequeño que el de los esclavos domésticos modernos. He aquí el magnífico
resultado de la explotación capitalista de las máquinas"[14].
A toda esta clase doméstica, cuya extensión indica el grado alcanzado
por la civilización capitalista, debe agregarse la numerosa clase de los
infelices dedicados exclusivamente a la satisfacción de los gustos dispendiosos
y fútiles de las clases ricas: talladores de diamantes, encajeras, bordadoras,
encuadernadores de lujo, costureras de lujo, decoradores de mansiones de
placer, etc[15]..
Una vez acurrucada en la pereza absoluta y desmoralizada por el goce
forzado, la burguesía, a pesar del mal que le acarreó, se adaptó a su nuevo
estilo de vida. Considera con horror todo cambio. La visión de las miserables
condiciones de existencia aceptadas con resignación por la clase obrera y de la
degradación orgánica engendrada por la pasión depravada por el trabajo
aumentaban también su repulsión por toda imposición de trabajo y por toda
restricción del goce.
Es precisamente entonces que, sin tener en cuenta la desmoralización que
la burguesía se había impuesto como un deber social, a los proletarios se les
puso en la cabeza infligir el trabajo a los capitalistas. Los ingenuos tomaron
en serio las teorías de los economistas y de los moralistas sobre el trabajo y
se empeñaron en imponer la práctica a los capitalistas. El proletariado
enarboló la consigna "el que no trabaja, no come"; Lyon, en 1831, se
rebeló por 'trabajo o plomo'; las guardias nacionales de marzo de 1871
declararon a su levantamiento la Revolución del Trabajo.
A este arrebato de furor bárbaro, destructor de todo goce y de toda
pereza burgueses, los capitalistas no podían responder más que con la represión
feroz; pero sabían que, si habían podido reprimir esas explosiones
revolucionarias, no habían ahogado en la sangre de sus masacres gigantescas la
absurda idea del proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas
y mantenidas, y es para evitar esta desgracia que se rodean de pretorianos,
policías, magistrados y carceleros mantenidos en una improductividad laboriosa.
Ya no se puede conservar la ilusión sobre el carácter de los ejércitos
modernos. Ellos son mantenidos en forma permanente sólo para reprimir al
"enemigo interno"; es así que los fuertes de París y de Lyon no
fueron construidos para defender la ciudad contra el extranjero, sino para
aplastar una revuelta. Y si fuera necesario un ejemplo irrefutable, podemos
mencionar al ejército de Bélgica, ese paraíso del capitalismo; su neutralidad
está garantizada por las potencias europeas, y sin embargo su ejército es uno
de los más fuertes en proporción a la población. Los gloriosos campos de
batalla del valiente ejército belga son las planicies de Borinage y de
Charleroi; es en la sangre de los mineros y de los obreros desarmados que los
oficiales belgas templan sus espadas y aumentan sus charreteras. Las naciones
europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios, que
protegen a los capitalistas contra la furia popular que quisiera condenarlos a
diez horas de trabajo en las minas o en el hilado.
Entonces, al ajustarse el cinturón, la clase obrera desarrolló con
exceso el vientre de la burguesía condenada al sobreconsumo.
Para ser aliviada de su penoso trabajo, la burguesía retiró de la clase
obrera una masa de hombres muy superior a la que permanece dedicada a la
producción útil, y la condenó a su vez a la improductividad y al sobreconsumo.
Pero este rebaño de bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no
basta para consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el
dogma del trabajo, producen como maníacos, sin quererlas consumir y sin
siquiera pensar si se encontrará gente para consumirlas.
Ante esta doble locura de los trabajadores -matarse de sobretrabajo y
vegetar en la abstinencia-, el gran problema de la producción capitalista ya no
es encontrar productores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores,
excitar sus apetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los
obreros europeos, tiritando de frío y de hambre, se niegan a vestir los tejidos
que producen y a beber los vinos que elaboran, los pobres fabricantes, rápidos
como galgos, deben correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y
beberá: son las centenas y miles de millones que Europa exporta todos los años,
a los cuatro rincones del mundo, a pueblos que no las necesitan[16].
Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan
regiones vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África,
con el lago sahariano, con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad los
progresos de los Livingstone, de los Stanley, de los Du Chaillu, de los de
Brazza; escuchan las historias maravillosas de esos valientes viajeros con la
boca abierta. ¡Cuántas maravillas desconocidas encierra el "continente
negro"! Los campos están sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite
de coco arrastran pepitas de oro; millones de culos negros, desnudos como la
cara de Dufaure o de Girardin, esperan las telas de algodón para aprender la
decencia, las botellas de aguardiente y las biblias para conocer las virtudes
de la civilización.
Pero todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que
supera a la clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de
mercancías europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de
productos que se acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto:
la productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo
despilfarro. Los fabricantes, enloquecidos, no saben ya qué hacer, ya no pueden
encontrar la materia prima para satisfacer la pasión desordenada, depravada, de
sus obreros por el trabajo. En nuestros departamentos laneros, se destejen los
harapos sucios y a medio podrir para hacer paños llamados "de
renacimiento", que duran lo que duran las promesas electorales; en Lyon,
en vez de dejar a la fibra suave su sencillez y su flexibilidad natural, se la
sobrecarga de sales minerales que, al agregarle peso, la vuelven desmenuzable y
poco durable. Todos nuestros productos son adulterados para facilitar el flujo
y reducir las existencias. Nuestra época será llamada la "edad de la
falsificación", como las primeras épocas de la humanidad recibieron los
nombres de edad de piedra, edad de bronce, etc., a partir del carácter de su
producción. Los ignorantes acusan de fraude a nuestros piadosos industriales,
mientras que en realidad el pensamiento que los anima es el de proporcionar
trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir de brazos cruzados. Si
bien esas falsificaciones -cuyo único móvil es un sentimiento humanitario,
aunque brindan enormes beneficios a los fabricantes que las practican-, son
desastrosas para la calidad de las mercancías y constituyen una fuente
inagotable de despilfarro de trabajo humano, prueban el filantrópico ingenio de
los burgueses y la horrible perversión de los obreros que, para saciar su vicio
de trabajo, obligan a los industriales a ahogar los gritos de su conciencia e
incluso violar las leyes de la honestidad comercial.
Y sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de
las falsificaciones industriales, los obreros invaden el mercado de manera
innumerable, implorando: ¡trabajo!, ¡trabajo! Su superabundancia debería
obligarlos a refrenar su pasión; por el contrario, la lleva al paroxismo. En
cuanto una oportunidad de trabajo se presenta, se arrojan sobre ella; entonces
reclaman doce, catorce horas para lograr su saciedad, y la mañana los
encontrará nuevamente arrojados a la calle, sin nada para alimentar su vicio.
Todos los años, en todas las industrias, la desocupación vuelve con la
regularidad de las estaciones. Al sobretrabajo mortal para el organismo le
sucede el reposo absoluto, durante dos a cuatro meses; y sin trabajo, no hay
comida. Puesto que el vicio del trabajo está diabólicamente arraigado en el
corazón de los obreros; puesto que sus exigencias ahogan todos los otros
instintos de la naturaleza; puesto que la cantidad de trabajo requerida por la
sociedad está forzosamente limitada por el consumo y la abundancia de la
materia prima, ¿por qué devorar en seis meses el trabajo de todo el año? ¿Por
qué no distribuirlo uniformemente en los doce meses y obligar a todos los
obreros a contentarse con seis o cinco horas por día durante todo el año, en vez
de indigestarse con doce horas durante seis meses? Seguros de su parte
cotidiana de trabajo, los obreros no se celarán más, no se golpearán más para
arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la boca; entonces, no agotados
su cuerpo y su espíritu, comenzarán a practicar las virtudes de la pereza.
Atontados por su vicio, los obreros no han podido elevarse a la
comprensión del hecho de que, para tener trabajo para todos, era necesario
racionarlo como el agua en un barco a la deriva. Sin embargo, los industriales,
en nombre de la explotación capitalista, desde hace tiempo demandaron una
limitación legal de la jornada de trabajo. Ante la Comisión de 1860 para la
enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros de Alsacia, el
señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba:
"Que la jornada de doce horas era excesiva y debía ser reducida a
once horas, que se debía suspender el trabajo a las dos del sábado. Aconsejo la
adopción de esta medida aunque parezca onerosa a primera vista; la hemos
experimentado en nuestros establecimientos industriales desde hace cuatro años
y nos encontramos bien, y la producción media, lejos de haber disminuido,
aumentó".
En su estudio sobre las máquinas, F. Passy cita la siguiente carta de un
gran industrial belga, M. Ottavaere:
"Nuestras máquinas, aunque iguales a las de las hilanderías
inglesas, no producen lo que deberían producir y lo que producirían estas
mismas máquinas en Inglaterra, aunque las hilanderías trabajan dos horas menos
por día. [...] Nosotros trabajamos dos largas horas de más; tengo la convicción
de que si no se trabajara más que once horas en vez de trece, tendríamos la
misma producción y produciríamos en consecuencia más económicamente".
Por otro lado, el señor Leroy-Beaulieu afirma que "un gran
manufacturero belga observa que las semanas en las que cae un día feriado no
aportan una producción inferior a la de semanas comunes"[17].
A lo que el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas, no se
atrevió jamás, un gobierno aristocrático se atreve. Despreciando las altas
consideraciones morales e industriales de los economistas, que, como los
pájaros de mal agüero, creían que disminuir en una hora el trabajo en las
fábricas era decretar la ruina de la industria inglesa, el gobierno de
Inglaterra prohibió por medio de una ley, estrictamente observada, el trabajar
más de diez horas por día; y como antes, Inglaterra siguió siendo la primera
nación industrial del mundo.
Ahí está la gran experiencia inglesa, ahí está la experiencia de algunos
capitalistas inteligentes, que demuestran irrefutablemente que, para potenciar
la productividad humana, es necesario reducir las horas de trabajo y
multiplicar los días de pago y los feriados; pero el pueblo francés no está
convencido. Pero si una miserable reducción de dos horas aumentó en diez años
cerca de un tercio la producción inglesa[18],
¿qué marcha vertiginosa imprimirá a la producción francesa una reducción legal
de la jornada de trabajo a tres horas? Los obreros no pueden comprender que al
fatigarse trabajando, agotan sus fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos,
llegan antes de tiempo a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos,
embrutecidos por un solo vicio, no son más hombres, sino pedazos de hombres;
que matan en ellos todas las facultades bellas para no dejar en pie, lujuriosa,
más que la locura furibunda del trabajo.
Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los
economistas: "Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza
nacional". ¡Idiotas! Es porque ustedes trabajan demasiado que la
maquinaria industrial se desarrolla lentamente. Dejen de rebuznar y escuchen a
un economista; no es un águila, no es más que el señor L. Reybaud, que hemos
tenido la alegría de perder hace algunos meses:
"La revolución en los métodos de trabajo se determina, en general,
a partir de las condiciones de la mano de obra. En tanto que la mano de obra
brinde sus servicios a bajo precio, se la prodiga; cuando sus servicios se
vuelven más costosos, se busca ahorrarla"[19].
Para obligar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y
de hierro, es necesario elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de
las máquinas de carne y hueso. ¿Las pruebas que apoyan esto? Se las puede
proporcionar por centenares. En la hilandería, el telar intermitente (self
acting mule) fue inventado y aplicado en Manchester porque los hilanderos se
rehusaron a seguir trabajando tanto tiempo como hasta entonces.
En Estados Unidos, la máquina se extiende a todas las ramas de la
producción agrícola, desde la fabricación de manteca hasta la trilla del trigo:
¿por qué? Porque el estadounidense, libre y perezoso, preferiría morir mil
veces antes que vivir la vida bovina del campesino francés. La actividad
agrícola, tan penosa en nuestra gloriosa Francia, tan rica en cansancio, en el
oeste americano es un agradable pasatiempo al aire libre que se hace sentado,
fumando negligentemente la pipa.
A UNA NUEVA MELODÍA, UNA NUEVA
CANCIÓN
Si al disminuir las horas de trabajo, se conquistan para la producción
social nuevas fuerzas mecánicas, al obligar a los obreros a consumir sus
productos, se conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La
burguesía, aliviada entonces de la tarea de ser consumidora universal, se
apresurará a licenciar la legión de soldados, magistrados, intrigantes,
proxenetas, etc., que ha retirado del trabajo útil para ayudarla a consumir y
despilfarrar. A partir de entonces el mercado de trabajo estará desbordante;
entonces será necesaria una ley férrea para prohibir el trabajo: será imposible
encontrar ocupación para esta multitud de ex improductivos, más numerosos que
los piojos. Y luego de ellos, habrá que pensar en todos los que proveían a sus
necesidades y gustos fútiles y dispendiosos. Cuando no haya más lacayos y
generales que galardonar, más prostitutas solteras ni casadas que cubrir de
encajes, cañones que perforar, ni más palacios que edificar, habrá que imponer
a los obreros y obreras de pasamanería, de encajes, del hierro, de la
construcción, por medio de leyes severas, el paseo higiénico en bote y
ejercicios coreográficos para el restablecimiento de su salud y el
perfeccionamiento de la raza. Desde el momento en que los productos europeos
sean consumidos en el lugar de producción y por lo tanto, no sea necesario
transportarlos a ninguna parte, será necesario que los marinos, los mozos de
cordel y los camioneros se sienten y aprendan a girar los pulgares. Los felices
polinesios podrán entonces entregarse al amor libre sin temer los puntapiés de
la Venus civilizada y los sermones de la moral europea.
Hay más aún. A fin de encontrar trabajo para todos los improductivos de
la sociedad actual, a fin de dejar la maquinaria industrial desarrollarse
indefinidamente, la clase obrera deberá, como la burguesía, violentar sus
gustos ascéticos, y desarrollar indefinidamente sus capacidades de consumo. En
vez de comer por día una o dos onzas de carne dura como el cuero -cuando las
come-, comerá sabrosos bifes de una o dos libras; en vez de beber moderadamente
un vino malo, más católico que el Papa, beberá bordeaux y borgoña, en grandes y
profundas copas, sin bautismo industrial, y dejará el agua a los animales.
Los proletarios han resuelto imponer a los capitalistas diez horas de
forja y de refinería; allí está la gran falla, la causa de los antagonismos
sociales y de las guerras civiles. Es necesario prohibir el trabajo, no
imponerlo. A los Rothschild, a los Say se les permitirá probar haber sido,
durante su vida, perfectos holgazanes; y si juran querer continuar viviendo
como perfectos holgazanes, a pesar del entusiasmo general por el trabajo, se
los anotará y, en sus ayuntamientos respectivos, recibirán todas las mañanas
veinte francos para sus pequeños placeres. Los conflictos sociales
desaparecerán. Los rentistas, los capitalistas, etc., se unirán al partido
popular una vez convencidos de que, lejos de querer hacerles daño, se quiere
por el contrario desembarazarlos del trabajo de sobreconsumo y de despilfarro,
por el que han estado oprimidos desde su nacimiento. En cuanto a los burgueses
incapaces de probar sus títulos de holgazanes, se les dejará seguir sus
instintos: existen bastantes oficios desagradables para ubicarlos -Dufaure
limpiará las letrinas públicas; Galliffet matará a puñaladas a los cerdos
sarnosos y a los caballos hinchados; los miembros de la comisión de gracias,
enviados a Poissy, marcarán los bueyes y carneros a ser sacrificados; los
senadores serán empleados de pompas fúnebres y enterradores. Para otros,
encontraremos oficios al alcance de su inteligencia. Lorgeril y Broglie taparán
las botellas de champaña, pero se les cerrará la boca para evitar que se
emborrachen; Ferry, Freycinet y Tirard destruirán las chinches y los gusanos de
los ministerios y de otros edificios públicos. Será necesario, sin embargo,
poner los dineros públicos fuera del alcance de los burgueses, por miedo a sus
hábitos adquiridos.
Pero dura y larga venganza se lanzará a los moralistas que han
pervertido la naturaleza humana, a los santurrones, a los soplones, a los
hipócritas "y otras sectas semejantes de gente que se han disfrazado para
engañar al mundo. Porque dando a entender al pueblo común que se ocupan sólo de
la contemplación y la devoción, de ayunos y de la maceración de la sensualidad,
y que comen sólo para sustentar y alimentar la pequeña fragilidad de su
humanidad, por el contrario, se cagan. Curios simulant sed Bacchanalia vivunt[20].
. Se lo puede leer en la letra grande e iluminada de sus rojos morros y
vientres asquerosos, a no ser que se perfumen con azufre"[21].
.
En los días de grandes fiestas populares, donde, en vez de tragar el
polvo como el 15 de agosto y el 14 de julio burgueses, los comunistas y
colectivistas harán correr las botellas, trotar los jamones y volar los vasos,
los miembros de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, los curas con
traje largo o corto de la iglesia económica, católica, protestante, judía,
positivista y librepensadora, los propagadores del malthusianismo y de la moral
cristiana, altruista, independiente o sumisa, vestidos de amarillo, sostendrán
la vela hasta quemarse los dedos y vivirán hambrientos junto a mujeres galas y
mesas llenas de carnes, frutas y flores, y morirán de sed junto a toneles
desbordantes. Cuatro veces al año, en el cambio de estación, como los perros de
los afiladores de cuchillos, se los encadenará a grandes ruedas y durante diez
horas se los condenará a moler el viento. Los abogados y los legistas sufrirán
la misma pena.
En el régimen de pereza, para matar el tiempo que nos mata segundo a
segundo, habrá espectáculos y representaciones teatrales todo el tiempo; será
el trabajo adecuado para nuestros legisladores burgueses. Se los organizará en
grupos recorriendo ferias y aldeas, dando representaciones legislativas. Los
generales, con botas de montar, el pecho adornado con cordones, medallas, la
cruz de la Legión de Honor, irán por las calles y las plazas, reclutando
espectadores entre la buena gente. Gambetta y Cassagnac, su compadre, harán el
anuncio del espectáculo en la puerta. Cassagnac, con gran traje de matamoros,
revolviendo los ojos, retorciéndose el bigote, escupiendo estopa encendida,
amenazará a todo el mundo con la pistola de su padre y se precipitará en un
agujero cuando se le muestre el retrato de Lullier; Gambetta discurrirá sobre
política extranjera, sobre la pequeña Grecia, que lo adoctrina y que encendería
a Europa para estafar a Turquía; sobre la gran Rusia que le tiene harto con la
compota que promete hacer con Prusia y que anhela conflictos en el oeste de
Europa para hacer su negocio en el este y ahogar el nihilismo en el interior;
sobre el señor de Bismarck, que ha sido lo bastante bueno como para permitirle
pronunciarse sobre la amnistía...; luego, desnudando su gran panza pintada a
tres colores, golpeará sobre ella el llamado de atención y enumerará los
deliciosos animalitos, los pajaritos, las trufas, los vasos de Margaux y de
Yquem que ha engullido para fomentar la agricultura y tener contentos a los electores
de Belleville.
En la barraca, se comenzará con la Farsa electoral. Ante los electores,
con cabezas de madera y orejas de burro, los candidatos burgueses, vestidos con
trajes de payasos, bailarán la danza de las libertades políticas, limpiándose
la cara y el trasero con sus programas electorales con múltiples promesas, y
hablando con lágrimas en los ojos de las miserias del pueblo y con voz
estentórea de las glorias de Francia; y las cabezas de los electores rebuznarán
a coro y firmemente: hi ho! hi ho!
Luego comenzará la gran obra: El robo de los bienes de la nación.
La Francia capitalista, enorme hembra, con vello en la cara y pelada en
la cabeza, deformada, con las carnes fláccidas, hinchadas, débiles y pálidas,
con los ojos apagados, adormilada y bostezando, está tendida sobre un canapé de
terciopelo; a sus pies, el capitalismo industrial, gigantesco organismo de
hierro, con una máscara simiesca, devora mecánicamente hombres, mujeres y
niños, cuyos gritos lúgubres y desgarradores llenan el aire; la banca, con
hocico de garduña, cuerpo de hiena y manos de arpía, le roba rápidamente las
monedas de cobre del bolsillo. Hordas de miserables proletarios flacos, en
harapos, escoltados por gendarmes con el sable desenvainado, perseguidos por
las furias que los azotan con los látigos del hambre, llevan a los pies de la
Francia capitalista montones de mercancías, toneles de vino, bolsas de oro y de
trigo. Langlois, con sus calzones en una mano, el testamento de Proudhon en la
otra y el libro del presupuesto entre los dientes, se pone a la cabeza de los
defensores de los bienes de la nación y monta guardia. Una vez descargados los
fardos, hacen echar a los obreros a golpes de bayoneta y culatazos y abren la
puerta a los industriales, a los comerciantes y a los banqueros. Se precipitan
sobre la pila en forma desordenada, y devoran las telas de algodón, las bolsas
de trigo, los lingotes de oro y vacían los toneles; cuando ya no pueden más,
sucios, repugnantes, se hunden en sus inmundicias y sus vómitos...Entonces el
trueno retumba, la tierra se mueve y se entreabre, y surge la Fatalidad
histórica; con su pie de hierro aplasta las cabezas de los que titubean, se
caen y no pueden huir, y con su larga mano derriba la Francia capitalista,
estupefacta y aterrorizada.
Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y
que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar
los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación
capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el
derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a
todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja
Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo
universo...¿Pero cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral
capitalista que tome una resolución viril?
Como Cristo, doliente personificación de la esclavitud antigua, los
hombres, las mujeres y los niños del Proletariado suben penosamente desde hace
un siglo por el duro calvario del dolor; desde hace un siglo el trabajo forzado
destroza sus huesos, mortifica sus carnes, atormenta sus músculos; desde hace
un siglo, el hambre retuerce sus entrañas y alucina sus cerebros...¡Oh, pereza,
apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh, Pereza, madre de las artes y de las
nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!
APENDICE
Nuestros moralistas son gentes muy modestas; si bien inventaron el dogma
del trabajo, dudan de su eficacia para tranquilizar el alma, regocijar el
espíritu y mantener el buen funcionamiento de los riñones y otros órganos;
quieren experimentar su uso sobre el pueblo, in anima vili, antes de volverlo
contra los capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de excusar y autorizar.
Pero, filósofos a cuatro centavos la docena, ¿por qué se exprimen así
los sesos para elucubrar una moral cuya práctica no se atreven a aconsejar a
sus amos? ¿Quieren que se burlen de vuestro dogma del trabajo, del que tanto se
ufanan? ¿Quieren verlo escarnecido? Veamos la historia de los pueblos antiguos
y los escritos de sus filósofos y de sus legisladores.
"Yo no sabría afirmar", dice el padre de la historia,
Heródoto, "si los griegos han tomado de los egipcios el desprecio hacia el
trabajo, porque encuentro el mismo desprecio establecido entre los tracios, los
escitas, los persas, los lidios; en una palabra, porque en la mayoría de los
pueblos bárbaros, los que aprenden las artes mecánicas, e incluso sus niños,
son vistos como los últimos de los ciudadanos...Todos los griegos han sido
educados en estos principios, particularmente los lacedemonios"[22].
"En Atenas, los ciudadanos eran verdaderos nobles que no debían
ocuparse más que de la defensa y de la administración de la comunidad, como los
guerreros salvajes de los cuales provenía su origen. Como debían entonces
disponer de todo su tiempo para velar, debido a su fuerza intelectual y
corporal, por los intereses de la república, cargaban a los esclavos con todo
el trabajo. También entre los lacedemonios, las mismas mujeres no debían hilar
ni tejer para no rebajar su nobleza"[23].
Los romanos conocían sólo dos oficios nobles y libres: la agricultura y
las armas; todos los ciudadanos vivían por derecho a expensas del Tesoro, sin
poder ser obligados a proveerse de su subsistencia por ninguna de las sordidae
artes (llamaban así a los oficios) que correspondían por ley a los esclavos.
Bruto el antiguo, para sublevar al pueblo, acusó sobre todo a Tarquino, el
tirano, de haber convertido a ciudadanos libres en artesanos y albañiles[24].
Los filósofos antiguos discutían sobre el origen de las ideas, pero se
ponían de acuerdo si se trataba de aborrecer del trabajo.
"La naturaleza", dice Platón, en su utopía social,
en su República modelo, "la naturaleza no ha hecho ni zapateros ni
herreros; ocupaciones semejantes degradan a quienes las ejercen, viles
mercenarios, miserables sin nombre que son excluidos por su estado mismo de los
derechos políticos. En cuanto a los comerciantes acostumbrados a mentir y a
engañar, sólo se los soportará en la ciudad como un mal necesario. El ciudadano
que se envilezca por el comercio será perseguido por ese delito. Si es
convicto, será condenado a un año de prisión. El castigo será doble cada vez
que reincida"[25].
En su Económica, Jenofonte escribe:
"Las personas que se entregan a los trabajos manuales no son jamás
elevadas en sus cargos, y con mucha razón. La mayoría, condenados a estar
sentados todo el día, algunos incluso a soportar el calor de un fuego continuo,
no pueden dejar de tener el cuerpo alterado y es muy difícil que el espíritu no
se resienta".
"¿Qué puede salir de honorable de una tienda?", dice
Cicerón, "¿y qué puede producir de honesto el comercio? Todo lo
que tenga que ver con el comercio es indigno de un hombre honesto [...], los
comerciantes no pueden obtener ganancias sin mentir, ¿y qué es más vergonzoso
que la mentira? Entonces, debe considerarse como bajo y vil el oficio de todos
los que venden su trabajo y su industria; porque el que da su trabajo por
dinero se vende a sí mismo y se coloca en la categoría de los esclavos"[26].
Proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, escuchen las
palabras de estos filósofos, que se las ocultan con tanto celo: un ciudadano
que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos,
comete un crimen, que merece años de prisión.
La hipocresía cristiana y el utilitarismo capitalista no habían
pervertido a estos filósofos de las repúblicas antiguas; hablando para hombres
libres, expresaban ingenuamente su pensamiento. Platón, Aristóteles, estos
grandes pensadores -a los cuales nuestros Cousin, Caro, Simon no les llegan ni
a la suela de sus zapatos poniéndose en puntas de pie-, querían que los
ciudadanos de sus repúblicas ideales vivieran en el más grande ocio; porque,
agregaba Jenofonte, "el trabajo ocupa todo el tiempo y con él no hay
ningún tiempo libre para la república y los amigos". Según Plutarco,
el gran mérito de Licurgo, "el más sabio de los hombres", para
admiración de la posteridad, fue el de haber brindado ocio a los ciudadanos de
la república prohibiéndoles todo oficio[27].
Pero, responderán los Bastiat, Dupanloup, Beaulieu y demás defensores de
la moral cristiana y capitalista, estos pensadores, estos filósofos
preconizaban la esclavitud. Perfecto, pero ¿podía ser de otro modo, dadas las
condiciones económicas y políticas de su época? La guerra era el estado normal
de las sociedades antiguas; el hombre libre debía consagrar su tiempo a
discutir los asuntos del estado y a velar por su defensa; los oficios eran
entonces demasiado primitivos y demasiado toscos para que, practicándolos, se
pudiera ejercer a la vez el oficio de soldado y de ciudadano; para tener
guerreros y ciudadanos, los filósofos y legisladores debían tolerar a los
esclavos en las repúblicas heroicas. Pero los moralistas y los economistas del
capitalismo ¿no preconizan el trabajo asalariado, la esclavitud moderna? ¿Y a
qué hombres la esclavitud capitalista proporciona ocio? A los Rothschild, a los
Schneider, a las Madame Boucicaut, inútiles y perjudiciales, esclavos de sus
vicios y de sus criados.
"El prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Pitágoras y
de Aristóteles", ha escrito alguno desdeñosamente; y sin embargo
Aristóteles preveía que "si cada herramienta pudiera ejecutar por sí misma
su función propia, como las obras maestras de Dédalo se movían por sí mismas, o
como los trípodes de Vulcano se ocupaban espontáneamente de su trabajo sagrado;
si, por ejemplo, las lanzaderas de los tejedores tejieran por sí mismas, el
jefe del taller ya no tendría necesidad de ayudantes, ni el amo de esclavos".
El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas con
aliento de fuego, con miembros de acero, infatigables, con fecundidad
maravillosa e inagotable, desempeñan dócilmente ellas mismas su trabajo
sagrado; y sin embargo el genio de los grandes filósofos del capitalismo
permanece dominado por el prejuicio del trabajo asalariado, la peor de las
esclavitudes. Todavía no comprenden que la máquina es la redentora de la
humanidad, el Dios que liberará al hombre de las sordidas artes y del trabajo asalariado,
el Dios que le dará el ocio y la libertad.
NOTAS
[1] Descartes,
René; Las pasiones del alma.
[2] Doctor
Beddoe; Memoirs of the Anthropological Society; Darwin,
Charles; Descent of Man.
[3] Los
exploradores europeos se detienen sorprendidos ante la belleza física y el
aspecto orgulloso de los hombres de los pueblos primitivos, no manchados por lo
que Paeppig llamaba el "hálito envenenado de la civilización".
Refiriéndose a los aborígenes de las islas de Oceanía, lord George Campbell
escribe: "No hay pueblo en el mundo que sorprenda más a primera
vista. La piel lisa y de un tono ligeramente cobrizo, los cabellos dorados y
ondulados, su bella y alegre figura, en una palabra, toda su persona, formaban
un nuevo y espléndido ejemplar del genus homo; su apariencia física daba la
impresión de tratarse de una raza superior a la nuestra". Los
civilizados de la antigua Roma, los César, los Tácito, contemplaban con la
misma admiración a los germanos de las tribus comunistas que invadían el
imperio romano. Al igual que Tácito, Salvino, el cura del siglo V que es
llamado el maestro de los obispos, ponía como ejemplo a los bárbaros ante los
civilizados y los cristianos: "Somos impúdicos entre los bárbaros, que son
más castos que nosotros. Más aún, los bárbaros se sienten ofendidos por
nuestras impudicias; los godos no sufren el hecho de que haya entre ellos
libertinos de su nación; sólo los romanos, por el triste privilegio de su
nacionalidad y de su nombre, tienen el derecho de ser impuros. (La pederastia
estaba de moda entonces entre los paganos y los cristianos...). Los oprimidos
se van con los bárbaros en busca de humanidad y protección". (De
Gubernatione Dei). La vieja civilización y el cristianismo naciente
corrompieron a los bárbaros del viejo mundo, como el viejo cristianismo y la
civilización capitalista corrompen a los salvajes del nuevo mundo.
El señor F. Le Play, cuyo talento para la observación debe reconocerse,
así como deben rechazarse sus conclusiones sociológicas, contaminadas de
proudhonismo filantrópico y cristiano, dice en su libro Los obreros europeos
(1885): "La propensión de los Bachkirs por la pereza [los Bachkirs
son pastores seminómades de la ladera asiática de los Urales], los ocios de la
vida nómade, los hábitos de meditación que hacen nacer en los individuos mejor
dotados, otorgan a menudo a éstos una distinción de maneras, una agudeza de
inteligencia que raramente se observa en el mismo nivel social en una
civilización más desarrollada...Lo que más les repugna son los trabajos
agrícolas; hacen cualquier cosa antes que aceptar el oficio de agricultor".
La agricultura es, en efecto, la primera manifestación del trabajo servil que
conoció la humanidad. Según la tradición bíblica, el primer criminal, Caín, era
un agricultor.
[4] Hay
un proverbio español que dice: Descansar es salud.
[5] "Oh
Melibea, un dios nos dio esta ociosidad"; Virgilio; Bucólicas.
(Ver Apéndice)
[6] Evangelio
según San Mateo, capítulo VI.
[7] Discurso
pronunciado en la Sociedad Internacional de Estudios Prácticos de Economía
Social de París, en mayo de 1863, y publicado en El economista francés de
la misma época.
[8] Villermé,
L. R.; Descripción del estado físico y moral de los obreros en las
fábricas de algodón, de lana y de seda, 1848. Si los Dollfus, los Koechlin
y otros fabricantes alsacianos trataban así a sus obreros, no era porque fueran
republicanos, patriotas y filántropos protestantes; Blanqui, el académico,
Reybaud, el prototipo de Jerome Paturot y Jules Simon, el maestro Juan
Político, constataron las mismas amenidades para la clase obrera entre los muy
católicos y muy monárquicos fabricantes de Lille y de Lyon. Estas son virtudes
capitalistas que se armonizan a las mil maravillas con todas las convicciones
políticas y religiosas.
[9] Los
indios de las tribus belicosas de Brasil matan a sus enfermos y a sus viejos;
testimonian su amistad poniendo fin a una vida que ya no se regocija con los
combates, las fiestas y los bailes. Todos los pueblos primitivos han dado a los
suyos estas pruebas de afecto: los masagetas del Mar Caspio (Heródoto), así
como los Wens de Alemania y los celtas de la Galia. En las iglesias de Suecia,
incluso hasta no hace mucho, se conservaban las mazas llamadas mazas
familiares, que se utilizaban para librar a los padres de las tristezas de
la vejez. ¡Cuán degenerados están los proletarios modernos como para aceptar
con paciencia las espantosas miserias del trabajo fabril!
[10] En
el Congreso Industrial celebrado en Berlín el 21 de enero de 1879, se estimó en
568 millones de francos las pérdidas sufridas por la industria del hierro
alemana durante la última crisis.
[11] La
Justicia, de Clemenceau, en su sección financiera, decía el 6 de abril de
1880: "Hemos oído sostener la opinión de que, aun sin Prusia,
Francia hubiera perdido de todas maneras los miles de millones que perdió en la
guerra de 1870, bajo la forma de empréstitos emitidos periódicamente para
equilibrar los presupuestos extranjeros; tal es también nuestra opinión".
Se estima en cinco mil millones la pérdida de los capitales ingleses en los
empréstitos a América del Sur. Los trabajadores franceses no sólo han producido
los cinco mil millones pagados a Bismarck, sino que siguen pagando los
intereses de la indemnización de guerra a los Ollivier, a los Girardin, a los
Bazaine y otros portadores de títulos de renta que han causado la guerra y la
derrota. Sin embargo, les queda un pequeño consuelo: esos miles de millones no
ocasionarán ninguna guerra de recuperación.
[12] Bajo
el Antiguo Régimen, las leyes de la iglesia garantizaban al trabajador 90 días
de descanso (52 domingos y 38 feriados), durante los cuales estaba
estrictamente prohibido trabajar. Era el gran crimen del catolicismo, la causa
principal de la irreligiosidad de la burguesía industrial y comercial. Bajo la
Revolución, cuando ésta se hizo dominante, abolió los días feriados y reemplazó
la semana de siete días por la de diez. Liberó a los obreros del yugo de la
iglesia para someterlos mejor al yugo del trabajo.
El odio contra los días feriados no apareció hasta que la moderna
burguesía industrial y comercial tomó cuerpo, entre los siglos XV y XVI.
Enrique IV pidió su reducción al Papa, pero éste se rehusó porque "una de
las herejías más corrientes hoy en día es la referida a las fiestas"
(carta del cardenal d'Ossat). Pero en 1666, Péréfixe, arzobispo de París,
suprimió 17 feriados en su diócesis. El protestantismo, que era la religión
cristiana adaptada a las nuevas necesidades industriales y comerciales de la
burguesía, fue menos celoso del descanso popular; destronó a los santos del
cielo para abolir sus fiestas sobre la tierra.
La reforma religiosa y el libre pensamiento filosófico no eran más que
los pretextos que permitieron a la burguesía jesuita y rapaz escamotear al
pueblo los días de fiesta.
[13] Esas
fiestas pantagruélicas duraban semanas. Don Rodrigo de Lara gana a su novia
expulsando a los moros de Calatrava la Vieja, y el Romancero narra que:
Las bodas fueron en Burgos,
Las tornabodas en Salas:
En bodas y tornabodas
Pasaron siete semanas.
Tantas vienen de las gentes,
Que no caben en las plazas...
[en español en el original] Los hombres de esas bodas de siete semanas
eran los heroicos soldados de las guerras de independencia.
[14] Marx,
Karl; El Capital, libro I, capítulo XV, punto 6.
[15] "La
proporción en que la población de un país está empleada como doméstica, al
servicio de las clases acomodadas, indica el progreso de ese país en lo que
respecta a riqueza nacional y civilización".(Martin, R. M.; Ireland
before and after the Union, 1818). Gambetta, que negaba la cuestión social
desde que dejó de ser el abogado pobre del Café Procope, quería sin duda hablar
de esta clase doméstica en constante crecimiento cuando reclamaba el
advenimiento de nuevas clases sociales.
[16] Dos
ejemplos: el gobierno inglés, para complacer a los países indios que, a pesar
de las hambrunas periódicas que asolan el país, se obstinan en cultivar
amapolas en vez de arroz o trigo, ha debido emprender guerras sangrientas a fin
de imponer al gobierno chino la libre introducción del opio indio. Los salvajes
de la Polinesia, a pesar de la mortalidad que ello trajo como consecuencia,
debieron vestirse y embriagarse a la inglesa para consumir los productos de las
destilerías de Escocia y de las tejedurías de Manchester.
[17] Leroy-Beaulieu,
Paul; La cuestión obrera en el siglo XIV; 1872.
[18] He
aquí, según el célebre estadístico R. Giffen, de la Oficina de Estadística de
Londres, la progresión creciente de la riqueza nacional de Inglaterra y de
Irlanda: en 1814 era de 55 mil millones de francos; en 1865, era de 162,5 mil
de millones de francos; en 1875, 212,5 mil millones de francos.
[19] Reybaud,
Louis; El algodón: su régimen, sus problemas; 1863.
[20] "Simulan
ser Curius y viven como Bacanales" (Juvenal).
[21] Pantagruel,
libro II, capítulo LXXIV.
[22] Heródoto;
Tomo II de la traducción Larcher, 1876.
[23] Biot; De
la abolición de la esclavitud antigua en Occidente; 1840.
[24] Tito
Livio; Libro Primero.
[25] Platón; La
República, Libro V
[26] Cicerón; Los
oficios [De los deberes], I, título II, capítulo XLII.
[27] Platón; La
República, V, y Las Leyes, III; Aristóteles; Política,
II y VII; Jenofonte; Económica, IV y VI; Plutarco; Vida de
Licurgo.

