Libro No. 331. El documento R. Wallace, Irving.
© Libro No. 331. El documento
R. Wallace, Irving. Colección Emancipación Obrera. Agosto 4 de 2012.
Título
original: © Irving Wallace. El documento R.
(1976)
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Original: © El documento R. Irving Wallace (1976)
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Irving
©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Irving Wallace
El Documento R
(1976)
Irving Wallace
El documento R
Para Sylvia con amor
En 1787, tras haber firmado los delegados en Filadelfia la
nueva Constitución de los Estados Unidos, una mujer se acercó a Benjamín
Franklin. «Y bien, doctor —le preguntó—, ¿qué es lo que tenemos: una república
o una monarquía?» Franklin repuso: «Una república, si saben ustedes
conservarla».
«Quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a
cambio de una pequeña seguridad transitoria no son merecedores ni de la
libertad ni de la seguridad.»
BENJAMÍN
FRANKLIN
1
La visita había sido más bien
inesperada —había olvidado haber concertado la cita y había olvidado cancelarla
tras haber prometido cenar con el presidente— y ahora se esforzaba por
despacharla con la mayor rapidez y cortesía posibles.
Y, sin embargo, Christopher Collins no
deseaba herir a la persona que tenía sentada delante, porque se trataba de un
hombre aparentemente simpático, sensible, sensato y amable y en otra ocasión
Collins hubiera disfrutado conversando con él. Pero ahora no, esta noche no,
porque tenía el escritorio atestado de papeles todavía por leer y porque le
aguardaba una tensa y larga velada en la Casa Blanca.
Collins llegó a la conclusión de que
tendría que abordar la situación con mucho tacto. No sólo porque no deseaba
lastimar los sentimientos de aquel hombre, sino también porque no quería
ofender a Tynan, el director del FBI. Estaba claro que el director debía de
haber animado a aquel hombre. Era posible incluso que fuera él quien le hubiera
dicho que le entrevistara con vistas a la autobiografía que estaban escribiendo
en colaboración. Nadie hubiera sido tan necio como para ofender a Tynan, y
Collins, en su nueva posición, menos que nadie.
Los ojos de Collins se posaron en el
cassette que su visitante había colocado sobre uno de los extremos del
escritorio diez minutos antes. El aparato continuaba grabando, si bien nada de
importancia hasta aquellos momentos. Después, los ojos de Collins se elevaron
hasta aquel hombre de unos cincuenta y tantos años que, consciente de que el
tiempo apremiaba, examinaba afanosamente su lista de preguntas en busca de las
más destacadas e importantes.
Estudiando a su visitante, Collins se
percató súbitamente de la incongruencia existente entre el aspecto de aquel
individuo y su nombre, y no tuvo más remedio que esbozar una sonrisa. El nombre
no estaba de acuerdo en modo alguno con la persona. Se llamaba Ishmael Young, y
Collins pensó que ojalá hubiera dispuesto de tiempo para preguntarle de dónde
había sacado semejante nombre. Ishmael Young era bajo y rechoncho,
probablemente de Nueva Inglaterra, posiblemente presbiteriano y escocés (con
algún antecedente judío en alguna parte), y parecía que estuviera a punto de
estallar por todas las costuras de su arrugado traje gris. Era calvo y poseía
unos extraños mechones a los lados de la cabeza, mechones que se peinaba
lastimosamente por encima de ésta de tal forma que parecía que tuviera patillas
en el cuero cabelludo. Poseía, además, doble mentón y principios de un tercero.
Su rollizo cuerpo llenaba todo el asiento e incluso parecía colgar por los
bordes. Daba la impresión de ser una pequeña ballena varada. Collins llegó a la
conclusión de que después de todo tal vez «Ishmael» resultara un nombre
adecuado.
Tampoco se parecía en modo alguno a un
escritor, pensó Collins. Si se exceptuaban las sucias gafas de montura de
concha y la chamuscada pipa de escaramujo, no parecía un escritor en absoluto.
Aunque bien era cierto que ya desde un principio le había dicho que era un
escritor anónimo, y Collins jamás había conocido a ninguno. Al parecer era un
escritor anónimo de mucho éxito, dado que había escrito libros por cuenta de
una depravada actriz, un héroe olímpico de color y un genio militar. Collins
trató de recordar si había leído alguno de aquellos libros. Creía que él no los
había leído pero que Karen probablemente sí. Intentaría acordarse de
preguntarle.
Observó ahora que Ishmael Young había
levantado la cabeza y le estaba mirando tímidamente, dispuesto a dirigirle la
siguiente pregunta. Al escuchar ésta, Collins descubrió inmediatamente una
salida, un medio de dar por finalizada la entrevista con rapidez y cortesía.
Exigía simplemente honradez.
—¿Que qué pienso de Vernon T. Tynan?
—preguntó Collins repitiendo la pregunta.
—Sí. Me refiero a cuál es la impresión
que usted tiene de él.
Collins pensó inmediatamente en el
aspecto físico de Tynan: un tipo fanfarrón y vociferante a lo Brobdingnag, casi
tan legendario como el propio país concebido por Swift, con unos ojillos
escudriñadores y penetrantes situados en una pequeña cabeza redonda colocada
encima de un grueso cuello corto sobre un pecho ancho y musculoso, un hombre
casi tan alto como él mismo y de voz áspera. Esta imagen estaba muy clara. Pero
del Tynan interior no conocía prácticamente nada. Bastaría con que lo confesara
así, con sinceridad, para que terminara aquel asunto e Ishmael Young se fuera a
buscar información a otra parte.
—Francamente, no conozco muy bien al
director Tynan. No me ha dado tiempo a conocerle. No llevo en este cargo más
que una semana.
—Lleva usted una semana en el cargo de
secretario de Justicia, pero, según mis notas, lleva usted en el Departamento
casi dieciocho meses —dijo Young corrigiéndole amablemente—. Según tengo
entendido, fue usted secretario adjunto con el último secretario, el coronel
Noah Baxter, durante trece de estos meses.
—Es cierto —reconoció Collins—. Pero,
en mi calidad de secretario adjunto, veía al director Tynan en muy pocas
ocasiones. Él mismo se lo podrá confirmar, si usted se lo pregunta. Quien le
veía era el coronel Baxter, y bastante a menudo, por cierto. Eran amigos, por
así decirlo.
Ishmael Young arqueó las cejas.
—No sabía que el director Tynan tuviera
amigos. Al menos, ésa es la impresión que yo he sacado a través de mis
conversaciones con él. Creía que su único amigo íntimo era Harry Adcock, su
ayudante. E incluso las relaciones entre ambos se me habían antojado algo de
carácter eminentemente profesional.
—No —insistió Collins—, estaba también
íntimamente ligado al coronel Baxter, si es que puede decirse que estuviera
íntimamente ligado a alguien. Aunque supongo que en cierto modo, tiene usted
razón. El director Tynan es un solitario. Si examina usted el pasado, creo que
podrá comprobar que los demás directores del FBI han sido siempre unos
solitarios. Lo lleva el cargo. En cualquier caso, no he tenido ocasión de verle
demasiado ni de conocerle.
El escritor no quería darse por
vencido. Se quitó la vieja pipa de la boca y se humedeció los labios con la
lengua.
—Pero, señor Collins... —Se detuvo.—
¿Le parece bien que le llame «señor» o debo llamarle secretario de Justicia
Collins, o bien dejar lo de Justicia y llamarle simplemente secretario...?
Collins esbozó una sonrisa y contestó:
—Señor Collins es suficiente.
—Muy bien. Lo que yo iba a decirle es
que, tras sufrir el ataque el coronel Baxter, lo que ocurrió hace cinco meses,
usted estuvo oficiosa y transitoriamente al frente del Departamento de
Justicia, hasta que hace una semana fue oficialmente designado para este cargo.
Como todos sabemos, el FBI se encuentra a sus órdenes. Tynan, el director del
FBI, es un subordinado suyo, y, por consiguiente, habrán ustedes mantenido
contactos...
Collins no tuvo más remedio que echarse
a reír.
—¿El director Tynan un subordinado mío?
Señor Young, le quedan a usted muchas cosas que aprender.
—Por eso precisamente estoy aquí, señor
Collins —dijo Young muy en serio—; estoy aquí para aprender. No puedo escribir
una autobiografía del director del FBI sin conocer las exactas relaciones que
le unen con el secretario de Justicia, con el presidente, con la CIA, con
cualquier persona que ocupe un cargo en el gobierno. Tal vez piense usted que
eso se lo debería preguntar al propio director. Lo he hecho, puede usted
creerme. Pero se muestra sorprendentemente vago acerca del proceso
gubernamental y del puesto que él ocupa en el mismo. Hay ciertas cosas que no
consigo aclarar. Y no porque él no quiera decírmelas; lo que ocurre es que no
le interesan y suele mostrarse impaciente. Lo que más le interesa es hablar de
sus hazañas en el FBI bajo J. Edgar Hoover, y luego de su dimisión y posterior
regreso. Esas cosas también me interesan, desde luego. De hecho son la esencia
del libro. Pero me interesa también establecer cuál es el lugar que ocupa, en
relación con sus colegas, claro está, dentro del conjunto de la estructura del
poder.
Collins decidió colaborar en la
aclaración de este punto, aunque ello le llevara algunos minutos más.
—Muy bien, señor Young, le diré la pura
verdad. Dice en el Manual del Gobierno que
el director del FBI está a las órdenes del secretario de Justicia. Según el
libro, así es. Pero, de hecho, no es así en absoluto. Según la ley número
90351, título VI, sección 1101, no es el secretario de justicia quien nombra al
director del FBI, sino que lo hace el presidente con el consejo y la aprobación
del Senado, Aunque el director del FBI consulta conmigo, despacha conmigo y
trabaja conmigo, yo no ejerzo la última autoridad sobre él. Eso le corresponde
también al presidente. Sólo el presidente puede destituirle sin la aprobación
del Senado. Por consiguiente, a no ser en teoría, el director Tynan no es un
subordinado mío. Un hombre como Tynan, tal como usted ya debe de saber, no
podría ser el subordinado de nadie. Estoy seguro de que Tynan, al igual que
todos los directores del FBI, sabe que podrá ocupar el cargo toda la vida, si
así lo desea, y considera a todos los secretarios de Justicia como simples
funcionarios de paso, Por tanto, y volviendo a su inicial pregunta, o preguntas,
ni ha trabajado a mis órdenes ni he tenido demasiados contactos con él... No,
ni siquiera cuando desempeñaba el cargo de secretario adjunto o cuando estuve
al frente del Departamento tras el traslado del coronel Baxter al Centro Médico
Naval de Bethesda. Lamento no poder serle más útil. En realidad, no comprendo
cómo es posible que el director Tynan le haya enviado a entrevistarme.
—No ha hecho tal cosa —dijo Young
incorporándose levemente de su asiento—. Se trata de algo que he querido hacer
por mi cuenta.
Collins irguió también su delgado
cuerpo en el giratorio sillón de cuero de alto respaldo.
—Entonces eso lo explica todo —dijo.
Se sentía aliviado. No estaba obligado
con el director Tynan. Podía dar por terminada la entrevista sin temor a
ofenderle. No obstante, seguía deseando mostrarse amable con Young. Deseaba
arrojarle un hueso, aunque fuera pequeño, y despedirle satisfecho.
—De todos modos, y ciñéndonos a lo
esencial, deseaba usted conocer mi opinión acerca del director Tynan con vistas
a su libro...
—Con vistas a mi libro no, con vistas
al libro de Tynan —se apresuró a especificar Young—. Figurará bajo el nombre de
Tynan. A través de aquellos que trabajan con él, he estado intentando
comprender la estructura que le rodea. Aunque usted no le conozca bien,
abrigaba la esperanza...
—De acuerdo, aprovechando el poco
tiempo de que disponemos, permítame facilitarle mi impresión acerca de él —dijo
Collins tratando de hallar algo que no resultara comprometedor—. Mi impresión
acerca del director... es que se trata de un hombre de acción, de un hombre
práctico que no pierde el tiempo con estupideces. Es probablemente muy adecuado
para este cargo.
—¿En qué sentido?
—Su tarea consiste en investigar el
delito, en investigar las transgresiones de carácter federal. Su tarea consiste
en desentrañar hechos e informar acerca de ellos. No extrae conclusiones de sus
hallazgos y ni siquiera hace sugerencias. Mi tarea consiste en hacer el resto,
en llevar adelante las acusaciones basándome en sus hallazgos.
—Entonces el hombre de acción es usted
—dijo Young.
Collins estudió a su entrevistador con
más respeto, si cabe.
—Pues en realidad no —dijo. Es posible
que lo parezca pero no es así. Yo no soy más que uno de los abogados del
Departamento de Justicia. Nosotros seguimos un camino lento y cauteloso; en
cambio, Tynan y sus agentes llevan a cabo la labor directa, la labor peligrosa.
Y ahora, como última información, le diré que se trata de un hombre que...
bueno, que cuando se le mete algo en la cabeza, algo en lo que cree, no ceja
hasta conseguirlo. Como en el caso de la nueva Enmienda XXXV a la Constitución,
que está en período de ratificación. En cuanto al presidente se le ocurrió la
idea, Tynan no cesó de apoyarla...
Ishmael Young le interrumpió.
—Señor Collins, la Enmienda XXXV no se
le ocurrió al presidente. Se le ocurrió al director Tynan.
Sorprendido, Collins miró fijamente al
escritor.
—¿De dónde ha sacado usted esa idea?
—Del propio director. Habla de ella
como si fuera obra suya.
—Pues, independientemente de lo que él
pueda pensar, no lo es. No obstante, lo que usted acaba de decirme constituye
una demostración de mis afirmaciones. Cuando cree en algo apasionadamente,
convierte este algo en cosa propia. Y es cierto que actualmente constituye la
fuerza principal en cuanto a la Enmienda XXXV. Su aprobación se debe a él como
al que más, tal vez a él más que a nadie.
—Todavía no ha sido aprobada —dijo
Young pausadamente—. Perdóneme pero todavía no ha sido ratificada por tres
cuartos de los estados.
—Bueno, pero lo será —dijo Collins
impacientándose levemente ante aquella digresión—. Falta solamente la
aprobación de otros dos estados.
—Y sólo quedan tres.
—Dos de los tres van a llevar a cabo su
votación final esta noche. Yo creo que la Enmienda XXXV entrará esta noche a
formar parte de nuestra Constitución. De todos modos, eso no viene al caso como
no sea en relación con el papel desempeñado por Tynan en su aprobación. —Se
miró el reloj.— Bueno, creo que es todo lo que...
—Señor Collins, una pregunta más, si me
permite...
Collins levantó la mirada y observó la
expresión de interés que se había dibujado en el rostro de su visitante.
Esperó.
—Ya... ya sé que esto no tiene nada que
ver con la entrevista —prosiguió Young—, pero me interesaría conocer su
respuesta. —Tragó saliva y preguntó:— ¿Le gusta a usted esta Enmienda XXXV,
señor Collins?
Collins parpadeó y guardó silencio
momentáneamente. La pregunta había sido inesperada. Además, jamás se la había
contestado con claridad a nadie, ni aun a su esposa Karen... ni siquiera a sí
mismo.
—¿Que si me gusta? —repitió
lentamente—. No demasiado. No mucho. A decir verdad, no he pensado demasiado en
ello. He estado muy ocupado reorganizando el Departamento. He confiado en el
presidente y... y en el director...
—Sin embargo, se trata de algo que le
atañe a usted y a su Departamento, señor.
—Lo sé muy bien —dijo Collins
frunciendo el ceño—. De todos modos, pienso que el presidente lleva el asunto
perfectamente. Es posible que yo tenga ciertas reservas al respecto. Pero no se
me ha ocurrido nada mejor. —Se percató de que el amable señor Young iba
resultando cada vez menos amable. Experimentó la tentación de dirigirle una
pregunta y así lo hizo:— ¿Y a usted le gusta, señor Young? ¿Le gusta a usted la
Enmienda XXXV?
—¿Estrictamente entre nosotros?
—Estrictamente.
—La aborrezco —contestó Young
llanamente—. Aborrezco cualquier cosa que anule la Ley de Derechos.
—Bueno, yo diría que su afirmación es
un poco exagerada. La Enmienda XXXV está destinada a modificar, a invalidar la
Ley de Derechos, pero sólo en circunstancias muy determinadas, sólo en el caso
de una extrema situación de emergencia interna susceptible de paralizar,
amenazar o destruir el país. Es evidente que nos estamos encaminando
rápidamente en esa dirección y que la Enmienda XXXV nos permitirá restablecer
el orden y eliminar el caos...
—Nos dará la represión. Sacrificará las
libertades en aras de la paz.
Collins estaba experimentando un ligero
hastío y decidió dar por finalizada la discusión. Todo el mundo sabía, al
parecer, lo que había que hacer con todo y con todos los problemas, hasta que
se enfrentaba con ellos, claro.
—Muy bien, señor Young. Ya sabe usted
lo que está ocurriendo en las calles. La peor crisis de crimen y violencia de
toda nuestra historia. Fíjese en el ataque a la Casa Blanca por parte de
aquella banda de maleantes hace dos meses: colocación de artefactos explosivos,
asesinato de trece guardias y miembros del Servicio Secreto, asesinato de siete
indefensos turistas, destrozos en el Salón Oriental... nadie había hecho nada
semejante en la Casa Blanca desde que en 1814 lo hicieran los marinos
británicos. Pero los británicos eran entonces nuestros enemigos y estábamos en
guerra. El ataque de hace dos meses lo perpetraron unos norteamericanos... unos
norteamericanos. Nada está a salvo.
Nadie está seguro. ¿Ha visto usted el noticiario de televisión de esta mañana?
¿Ha leído la prensa de hoy?
Young sacudió
la cabeza.
—Entonces permítame que se lo cuente
—dijo Collins—. Peoría, Illlinois. La jefatura de policía. Los agentes del
turno de día acaban de recibir sus instrucciones y encargos y se dirigen hacia
sus motocicletas y coches patrulla... cuando, de pronto, son víctimas de una
emboscada que les había tendido un grupo de individuos que aguardaba al acecho.
Les han hecho pedazos, ha sido una matanza. Por lo menos un tercio de la fuerza
ha resultado muerto o herido. ¿Qué le parece? ¿Y el hecho de que, tal como hoy
mismo ha expuesto un matemático, una de cada nueve personas nacidas en Atlanta
este año será víctima de asesinato caso de que permanezca en la ciudad? Ya le
digo, jamás en toda nuestra historia habíamos padecido una crisis delictiva
semejante. ¿Y qué propondría usted para resolverla? ¿Qué haría usted?
Era evidente que se trataba de un tema
que Ishmael Young había discutido con anterioridad, puesto que inmediatamente
se le ocurrió la respuesta.
—Pondría nuestra casa en orden reconstruyéndola desde abajo. Como
dijo George Bernard Shaw, «el
mal que hay que atacar no es el pecado, el sufrimiento, la codicia, el poderío
eclesiástico, el poderío real, la demagogia, el monopolio, la ignorancia, el
alcoholismo, la guerra, la peste o cualquiera otra de las consecuencias de la
pobreza, sino la pobreza misma». Adoptaría drásticas medidas encaminadas
a vernos libres de la pobreza, a vernos libres de la opresión económica, de la
desigualdad, de la injusticia... a vernos libres del crimen...
—Ahora no hay tiempo para ese tipo de revisión total. Mire, coincido
con usted acerca de lo que básicamente debería hacerse. Todo ello vendrá a su
debido tiempo.
—Jamás vendrá una vez se haya aprobado la Enmienda XXXV.
Collins no estaba de humor para seguir discutiendo.
—Por curiosidad, señor Young. ¿Habla usted así cuando trabaja con el
director Tynan?
—No estaría aquí si lo hiciera —repuso Young encogiéndose de
hombros—. Hablo así con usted porque... porque me parece una buena persona.
—Soy una buena persona.
—Y... espero que no le moleste lo que le voy a decir, pero... no
comprendo qué está usted haciendo con esta gente.
Young había dado en el clavo. Karen le había hecho el mismo
comentario hacía algo más de un mes cuando él había decidido aceptar el cargo
de secretario de Justicia. A ella le había dado algunas explicaciones, pero
ahora no iba a molestarse en repetírselas a alguien que era prácticamente un
desconocido para él. En su lugar, preguntó:
—¿Le gustaría ver a otra persona en este cargo? ¿Tal vez a alguien
que hubiera recomendado el director Tynan? ¿Por qué cree usted que he aceptado
el cargo? Porque creo que las buenas personas pueden terminar primero. —Volvió
a mirarse el reloj y se levantó.— Lo siento, señor Young, se ha hecho tarde.
Como le dije antes, tengo aún un montón de documentos por revisar. Y después
tengo que ir a la Casa Blanca. Mire, sabré muchas más cosas y tal vez pueda
serle útil más adelante, dentro de unos meses quizá. ¿Por qué no me llama
entonces?
Ishmael Young se había puesto en pie y estaba guardándose el
cuaderno de notas y recogiendo el magnetófono.
—Le llamaré. Si todavía está usted aquí, claro. Yo así lo espero.
—Estaré aquí.
—Pues le llamaré. Muchas gracias.
Chris Collins se inclinó hacia adelante y estrechó la mano del
escritor, viéndole después alejarse hacia la antesala, que conducía a la
recepción y al ascensor del vestíbulo.
Súbitamente experimentó el deseo de preguntarle algo que había
olvidado antes:
—A propósito, señor Young, ¿cuánto tiempo lleva usted trabajando con
el director Tynan?
Ishmael Young se detuvo junto a la puerta.
—Casi seis meses. Una vez a la semana durante seis meses.
—Bueno, no me lo ha dicho, ¿qué piensa usted de él?
Young esbozó una media sonrisa.
—Señor Collins —repuso—, me reservo la opinión. Puede uno todavía
reservarse la opinión, ¿verdad? Este trabajo constituye mi medio de vida. Y eso
jamás lo pongo en peligro. Por otra parte, fui casi obligado a aceptar este
encargo. Gracias de nuevo.
Y se fue.
Collins se quedó de pie donde estaba, pensando en la conversación
que acababa de mantener con aquel hombre, en la crisis en la que se hallaba
sumido el país, en la nueva enmienda que iba a terminar con toda aquella
situación, en el propio director Tynan... intentando establecer cuáles eran sus
opiniones acerca de todo ello. Pero se dio cuenta de que se estaba haciendo
tarde, y le quedaba todavía mucho trabajo por hacer. Al final, se acomodó en su
sillón, lo acercó al escritorio y empezó a examinar los papeles que se
encontraban sobre el mismo.
Muy pronto se olvidó por completo de su visitante. Su pensamiento
quedó completamente absorbido por los casos que exigían su inmediata atención:
un secuestro interestatal, una transgresión de la Ley de Energía Atómica, una
solicitud de las reservas indias, un juicio antimonopolio, un tremendo caso de
tráfico de drogas, el nombramiento de un juez federal, un plan subversivo
contra el Congreso, una deportación, varios problemas relacionados con los
disturbios, una serie de pistas acerca de cinco conspiraciones cuyo propósito
era el de desorganizar o provocar la caída del gobierno...
A pesar de estar enfrascado en el estudio de los documentos, Collins
mantenía como siempre su fino oído. En el silencio del enorme despacho de
veinte metros de longitud, pudo escuchar el rumor de unas pisadas sobre la
gruesa alfombra oriental. Levantó la mirada de los dos montones de papeles que
tenía delante y vio a Marion Rice, su secretaria, que se acercaba a toda prisa
procedente del despacho de al lado. Traía un sobre de gran tamaño.
—De la acera de enfrente. Acaba de llegar; entregado en mano —dijo.
De la acera de enfrente significaba desde el otro lado de la avenida
Pennsylvania, es decir, del edificio J. Edgar Hoover, del FBI y del director
del FBI.
—Lleva las indicaciones de confidencial
e importante —añadió—. Debe ser del director.
—Es curioso —dijo Collins—. Por regla general, suele enviarlo todo
antes del mediodía.
La secretaria le entregó el sobre y quedó indecisa.
—Si no quiere nada más, señor Collins, voy a marcharme...
—¿Qué hora es? —le preguntó él sorprendido.
—Las seis y veinte.
—Dios mío. No estoy siquiera a la mitad. No hubiera debido
entretenerme tanto con ese escritor. —Reflexionó unos instantes.— En fin, tal
vez haya resultado útil. Ha sido importante. —Contempló tristemente el primero
de los dos montones de papeles que tenía delante.— Me parece que voy a tener
que llevármelos a casa. Muy bien, Marion, puede cerrar y marcharse.
—Ya no le queda tiempo para trabajar. No olvide que esta noche tiene
una cena a las siete y cuarto en la Casa Blanca.
—Eso también puede ser trabajo —dijo él haciendo una mueca.
La secretaría siguió vacilando; finalmente en su insípido y alargado
rostro se dibujó una reticente sonrisa.
—Yo... yo quería felicitarle, señor Collins, al cumplirse su primera
semana como secretario de Justicia. Todos estamos muy contentos de tenerle
aquí. Buenas noches.
—Buenas noches, Marion. Se lo agradezco.
Una vez se hubo marchado la secretaria, Collins se quedó
contemplando el gran sobre de papel manila que ésta le había entregado. En la
actualidad raras veces se recibían buenas noticias del FBI, de modo que sólo a
regañadientes decidió abrir el sobre.
Sacó lo que parecían ser media docena de páginas de estadísticas
mecanografiadas. Había, además, una carta, o mejor dicho, una nota manuscrita.
A través de aquella áspera caligrafía que ya le era familiar, de la excéntrica
puntuación, de las impacientes abreviaturas, supo que la nota la había escrito
el director Vernon T. Tynan aun antes de ver la firma.
Presa de la curiosidad, Collins empezó a leer la nota.
Querido Chris:
Aquí están las últimas cifras relativas a las estadísticas nacionales de
criminalidad de los últimos meses, las peores hasta ahora, las peores de toda
nuestra historia. Envío una copia al pres y una a usted para que la reciba
antes de que veamos al pres esta noche. Observe el incremento de asesinatos,
disturbios, robos a mano armada y secuestros interestatales. Vea el apéndice
relativo a las pistas de probables conspiraciones y organizaciones
revolucionarias, nos hallamos metidos en unos terribles problemas y estaremos
todos perdidos si no nos salva la aprobación de la Enmienda XXXV. Rece por ello
esta noche. Ya he transmitido telefónicamente estas estadísticas a los
legisladores de Albany, Nueva York, y de Columbus, Ohio, para que conozcan la
auténtica situación antes de la votación de esta noche. Lamento tener que
enviarle este terrible informe pero considero de importancia vital que esté
usted al corriente del mismo antes de ver al pres: Eso es un borrador, lo
revisaré por completo antes de divulgarlo al público mañana, nos veremos dentro
de unas horas en la cena televisiva.
Con mis mejores saludos,
Vernon
Collins dejó la nota y examinó los «Informes de Criminalidad»
pasando lentamente las páginas. En el último mes, comparando con el anterior,
los delitos violentos, incluidos los asesinatos, habían experimentado un
incremento de un dieciocho por ciento, las violaciones habían aumentado un
quince por ciento, los robos y los atracos a mano armada un treinta por ciento
y los desórdenes en general un veinte por ciento.
Dejó las páginas de Tynan y se puso a revisar otras estadísticas,
estadísticas que tenía en su propia mente. Como consecuencia de aquella
creciente ola de criminalidad, las cárceles estaban llenas a rebosar. Cinco
años antes, había anualmente, en uno u otro momento, cosa de unos dos millones
de reclusos en los doscientos cincuenta establecimientos penitenciarios más
importantes del país. Ahora, a pesar de los esfuerzos realizados con vistas a
poner coto a los transgresores de la ley, a pesar de los cuarenta y cinco mil
abogados y agentes del FBI que trabajaban por cuenta del Departamento de
Justicia, a pesar de las tres divisiones especiales del ejército a las que el
Pentágono había encomendado el control interno, a pesar de los veintidós mil
millones de dólares que se iban a invertir aquel año en el obligado
cumplimiento de la ley (el presupuesto de 1960 no había sido más que de tres
mil quinientos millones), el índice de criminalidad seguía ascendiendo en
espiral. Al parecer, ya no era posible hacer remitir el cáncer por medio de la
fuerza. Dentro de un año, éste se encontraría en su fase terminal, anunciando
la muerte de la sociedad organizada.
Se reclinó en su asiento y se cubrió el pecho con las manos como si
rezara. Era el período más oscuro de la historia norteamericana desde la guerra
civil, de eso estaba seguro. La anarquía y el terror crecían de día en día.
Cuando uno se despertaba por la mañana, no sabía si iba a llegar a ver la
noche. Cuando uno se acostaba por la noche no sabía si despertaría por la
mañana. Cada día, al despedirse de Karen con un beso antes de trasladarse al
trabajo, experimentaba la aterradora incertidumbre de que tal vez no la
encontrara viva (ni a ella ni al hijo que llevaba en sus entrañas) cuando
regresara a casa.
Sintió que la invisible garra del miedo le aferraba el estómago. No
era la primera vez. Momentáneamente, sus pensamientos se apartaron del caos que
reinaba en las calles y se centraron en la autocompasión. No había duda de que
él, él y Tynan... ocupaban los peores y más desesperados cargos de la Tierra.
La autocompasión le llevó a una especie de mórbida autofascinación.
Entonces, ¿por qué él, Christopher Collins, considerado, modesto, discreto,
egoísta a veces aunque también podía ser objetivo, había aceptado aquel
imposible cargo de funcionario número uno del cumplimiento de la ley y director
del más importante bufete jurídico de la nación?
¿Había llegado hasta allí sin firmes convicciones (a no ser, tal
como Ishmael Young había sugerido, la de que era necesario reestructurar la
sociedad democrática) ni soluciones, sólo por ambición de poder? ¿Lo había
hecho para halagar su propio orgullo? ¿Tal vez para cumplir un deber
patriótico? ¿Por la desinteresada sensación de que podía desempeñar una buena
labor? ¿O tal vez había sido víctima de algún rasgo masoquista o suicida de su
personalidad?
No lo sabía. Esta noche, por
lo menos, no.
Y entonces percibió el
sonido del teléfono. Se volvió hacia la izquierda, de cara al mueble de roble
en el que descansaba la hilera de botones, y vio que se había encendido la
lucecita correspondiente a las comunicaciones personales (la reservada a las llamadas
de Karen y de los amigos, distinta a las que estaban reservadas al presidente,
el director o el secretario adjunto Ed Schrader).
—Aquí Collins —dijo descolgando el aparato.
—Cariño, espero no interrumpir nada...
Era la voz de Karen.
—No, no. Estaba simplemente repasando unos asuntos de última hora.
¿Cómo estás?
Ella no le contestó directamente.
—Sé que esta noche vamos a cenar. Quería cerciorarme de la hora en
que pasará a recogerme tu chófer. ¿Es a las siete?
—A las siete menos cuarto. Te reunirás conmigo a las siete. Tenemos
que estar en la Casa Blanca quince minutos más tarde. El presidente quiere que
seamos puntuales. Vamos a presenciar por televisión los programas especiales
desde Nueva York y Ohio. ¿Ya te has vestido?
—Estoy vestida por debajo. Y bien maquillada. Sólo me falta ponerme
algo encima. ¿Cómo va a ser la reunión? ¿Puedo ponerme el vestido de punto
rojo?
—Ponte cualquier cosa sencilla. La secretaria dijo que iba a ser de
carácter informal.
—Supongo que bastará el vestido de punto rojo. Será casi la última
vez que pueda ponérmelo antes de que se me empiece a ver el estómago.
—¿Ha habido hoy alguna actividad?
—¿Dónde? Ah, te refieres a eso. Algunos puntapiés de prueba.
—Estupendo. Los Redskins necesitan un buen delantero. Aún no me has
contestado a la pregunta... ¿cómo estás por lo demás?
—Supongo que bien, dentro de lo que cabe.
—¿Cómo dentro de lo que cabe? ¿Qué quieres decir?
Collins ya lo sabía, pero tenía que preguntárselo de todos modos.
—Bueno, ya sabes mi opinión acerca de estas grandes reuniones
protocolarias. Sólo te he acompañado a la Casa Blanca una vez, cuando estuvimos
en el Comedor de Gala con los Baxter. Fue más bien enojoso. Pero esta vez...
Has dicho que iba a ser una pequeña reunión de carácter íntimo, así que va a
ser doblemente horrible. No sabré qué decir.
—No tendrás que decir maldita la cosa. Todos estaremos mirando la
televisión.
—¿Y por qué tienes tú que ir? ¿Por qué es tan importante que vayas?
—¿No lo recuerdas? Te lo he dicho esta mañana.
—Lo siento...
—No importa. Te lo volveré a decir. En primer lugar, el presidente
quiere que vaya. Es una razón más que suficiente. En segundo lugar, soy el secretario de Justicia y esta
noche se va a celebrar una votación relativa a la Enmienda XXXV, lo cual cae
más bien dentro de mi jurisdicción. Cabe suponer que tiene que interesarme
mucho. Esta noche, las cámaras de Nueva York y Ohio van a celebrar unas
sesiones especiales que serán retransmitidas en directo por televisión; y,
puesto que dos de los tres estados que no han votado todavía van a hacerlo esta
noche y sólo es necesaria la aprobación de otros dos estados para que la
Enmienda XXXV entre a formar parte de la Constitución, se trata de un
acontecimiento sumamente importante. ¿Está claro?
—Sí, lo comprendo. No te enfades conmigo, Chris. No sabía que fuera
tan trascendental lo de esta noche. —Se detuvo.— ¿Queremos nosotros que sea
aprobada? He leído ciertos comentarios negativos acerca de ella.
—Y yo también, cariño. No lo sé. Francamente, no sé qué será mejor.
La enmienda puede ser buena si el país está gobernado por buenas personas. Y
puede ser mala si los gobernantes son mala gente. Lo único que puedo decir es
que, en caso de que sea aprobada, esta enmienda me facilitará considerablemente
la labor.
—Entonces espero que sea aprobada —dijo ella sin demasiada
convicción.
—Bueno, tal como dicen en el misterioso Oriente: lo que tenga que
ser será. Nosotros nos limitaremos a dar cuenta de la cena que nos ofrezca el
presidente, a mirar y a escuchar. —Se miró el reloj.— Será mejor que te
empieces a poner el vestido. El chófer debe de estar al llegar. Te quiero.
Hasta luego.
Tras colgar el aparato, colocó uno de los montones de documentos en
la bandeja de su escritorio marcada con la inscripción «salida» y guardó los
demás en su cartera; luego permaneció sentado pensando en Karen. Lamentaba
haberse mostrado algo brusco con ella. Se merecía cosas mejores, lo mejor.
Sabía que todo lo que tenían por delante iba a constituir un suplicio para
ella. Desde un principio Karen se había mostrado contraria al cambio, contraria
al cargo de secretario de Justicia adjunto, contraría al abandono por su parte
del ejercicio privado de la abogacía en Los Ángeles con el fin de ocupar un
cargo público en Washington y más vehementemente contraria si cabe a su puesto
en el gabinete en calidad de secretario de Justicia.
Aunque no solía hablar demasiado y fingía ser apolítica, Collins
sabía cuál era la opinión de Karen. Todo ello se había suscitado antes de que
él ingresara en el Departamento de Justicia. A Karen no le gustaban ni le
inspiraban confianza las personas con quienes tendría que tratar, desde el
presidente Wadsworth al director Tynan. Además, había intentado decirle que era
un puesto irremisiblemente avocado al fracaso. Por importancia que tuviera,
acabaría siendo la víctima propiciatoria. El país estaba rodando rápidamente
cuesta abajo y él estaría al volante. Tampoco le gustaba el tipo de asuntos que
se trataba en su despacho. Y, por encima de todo, a Karen no le gustaba vivir
en una pecera, no le gustaban las amistades forzadas, el trato social, la
desnudez ante los medios de difusión que llevaba aparejada el cargo... Eran
unos recién casados —ambos por segunda vez—, sólo llevaban dos años de
matrimonio, y ahora estaba embarazada de cuatro meses y sólo deseaba gozar de
intimidad, unión y dicha, sin tener que compartir a Collins con nadie.
Se hizo el firme propósito de no apartarse de su lado en toda la
noche, por difícil que ello resultara, y de mostrarse cariñoso con ella.
Levantándose de su asiento, se desperezó en toda la extensión de su fibroso
metro ochenta y cinco, hasta oír crujir sus huesos. Se estudió rápidamente en
el espejo el cadavérico —pero en modo alguno mal parecido— rostro y el
enmarañado cabello oscuro, y se percató de que el automóvil acudiría a
recogerle dentro de doce minutos. Se dirigió a su gabinete particular, situado
al otro lado del despacho de la secretaria, con el fin de lavarse y cambiarse
de ropa, al tiempo que se preguntaba si iba a ser una noche memorable y
trascendental.
Cuando el Cadillac cruzó la entrada abierta de la verja de hierro de
la avenida Pennsylvania y empezó a avanzar por la sinuosa calzada de la Casa
Blanca, Collins observó que había gran número de representantes de la prensa en
el césped del otro lado de la fachada norte esperando con las cámaras a punto.
Mike Hogan, el agente del FBI que le hacía las veces de
guardaespaldas, se dio la vuelta en el asiento frontal y preguntó:
—¿Desea usted hablar con ellos, señor Collins?
Collins comprimió la mano de Karen y repuso:
—Prefiero no hacerlo, si podemos evitarlo. Entremos directamente.
Tras haber descendido del vehículo frente al pórtico norte, Collins
se mostró afablemente vago con la prensa. Tomando a Karen del brazo, siguió
apresuradamente a Hogan hacia la entrada de la Casa Blanca. Contestó únicamente
a una pregunta antes de entrar.
Un reportero de televisión le gritó:
—Tenemos entendido que esta noche van a ver la televisión. ¿Cuál
cree usted que va a ser el resultado?
Collins contestó:
—Vamos a asistir a una proyección de Lo que el viento se llevó. Creo que ganará el Norte.
Una vez dentro, le aguardaban dos sorpresas.
Había supuesto que la reunión tendría lugar en el Salón Rojo o bien
en alguno de los pequeños salones del piso de arriba, pero, en su lugar, él y
Karen fueron acompañados a la Sala del Gabinete del ala oeste. Se había
imaginado que habría unas treinta o cuarenta personas, y se encontró con que
sólo había cosa de una docena, aparte de Karen y él.
Junto a la pared que miraba hacia los cortinajes verdes que cubrían
las puertas vidrieras que conducían a la rosaleda de la Casa Blanca, al lado de
los estantes de libros, se había instalado un gran aparato de televisión en
color. Varias personas se encontraban de pie contemplando las imágenes de la
pantalla, a pesar de que se había bajado el volumen. La mitad de los negros
sillones de cuero que rodeaban la alargada y reluciente mesa oscura del
gabinete (que a Collins se le antojó la tapa del féretro del Gigante de
Cardiff) se había vuelto de cara al televisor. Al otro lado de la mesa, bajo el
emblema de los Estados Unidos situado en la pared este, entre la bandera de la
nación y la enseña presidencial, el presidente Andrew Wadsworth mantenía una
animada conversación con los líderes de la mayoría en el Senado y la Cámara de
representantes y sus esposas.
Aunque Collins había estado en la Sala del Gabinete media docena de
veces —cinco veces en su calidad de secretario de Justicia adjunto sustituyendo
al enfermo secretario Baxter, y una vez, aquella misma semana, como secretario
él mismo— el salón se le antojó súbitamente desconocido. Ello se debía al hecho
de que lo habían reorganizado apartando muchos sillones de la mesa del gabinete
con el fin de acercarlos al televisor. Al otro extremo de la mesa, ante el
retrato de Washington pintado por Gilbert Stuart que colgaba sobre la repisa de
la chimenea, unos entremeses se mantenían calientes en unas lustrosas
escalfetas de cobre colocadas sobre un mantel de color verde, supervisadas por
un chef tocado con un llamativo gorro blanco. El severo salón se había transformado,
merced a aquel desorden informal, en un cómodo y espacioso salón de recreo.
Mientras Collins, con Karen aferrada a su brazo, contemplaba la
escena, McKnight, el principal ayudante del presidente, se acercó presuroso a
darles la bienvenida. Rápidamente fueron conducidos a través del salón con el
fin de que saludaran, o bien fueran presentados por primera vez, al
vicepresidente Frank Loomis y a su esposa; a la secretaria personal del
presidente, señorita Ledger; al encuestador particular del presidente, Ronald
Steedman, de la Universidad de Chicago; a Martin, secretario del Interior;
después a los líderes del Congreso y a sus esposas, y, finalmente, al propio
presidente Wadsworth.
El presidente, un hombre delgado y bien parecido, de modales suaves
y amables, casi cortesanos, con el cabello oscuro entrecano en las sienes,
nariz afilada y mentón huidizo, tomó la mano de Karen, estrechó la de Collins y
se disculpó inmediatamente.
—Martha —se estaba refiriendo a la primera dama— lamenta mucho no
poder estar presente esta noche para conocerles mejor. Se encuentra en cama con
algo de gripe. Ah, se repondrá en seguida. Ya habrá otra ocasión... Bien,
Chris, parece ser que va a resultar una velada agradable.
—Así lo espero, señor presidente —dijo Collins—. ¿Qué ha sabido
usted?
—Como usted ya sabe, los senados estatales de Nueva York y Ohio
ratificaron ayer a primera hora la Enmienda XXXV. Ahora nos encontramos
enteramente en manos de la Asamblea de Nueva York y de la Cámara de Ohio.
Inmediatamente después de las votaciones de ayer, Steedman distribuyó a sus
equipos de encuestadores por las ciudades de Albany y Columbus, con el fin de
tantear a los legisladores de ambos estados. En Ohio parece ser que se
alcanzará la victoria. Steedman dispone de cifras que resultan convincentes. En
Nueva York la situación es más peliaguda. Podría ocurrir cualquiera de las dos
cosas. La mayoría de los legisladores encuestados se mostraban indecisos o no
deseaban hacer comentarios, pero, entre los que respondieron a las preguntas,
se registró una clara mejoría en comparación con la última encuesta. Las
tendencias son favorables. Además, creo que las más recientes estadísticas del
FBI que Vernon... hola, Vernon.
El director Vernon T. Tynan se había incorporado al grupo, ocupando
todo el espacio vacío con su formidable presencia. Estrechó la mano del
presidente y la de Collins y felicitó a Karen por su aspecto.
—Justamente ahora estaba diciendo, Vernon —prosiguió el presidente
con su vibrante voz—, que esas cifras que usted ha enviado hace una hora
causarán seguramente un gran impacto en Albany. Me alegro de que haya
conseguido enviarlas a tiempo.
—No ha sido fácil —dijo Tynan—. Hemos tenido que apresurarnos mucho.
Pero tiene usted razón. Seguramente contribuirán a la victoria. Aunque Ronald
Steedman parece que no está tan seguro. Acabo de hablar con él. Basándose en
sus estudios, Ohio estaría de nuestra parte, pero Nueva York queda un poco en
el aire. Parece que no confía demasiado en un voto positivo...
—Pues yo sí confío —dijo el presidente—. Dentro de un par de horas
tendremos de nuestra parte a treinta y ocho de los cincuenta estados, y por
tanto una nueva enmienda a la Constitución. Tras lo cual dispondremos de medios
para defender a este país caso de que ello sea necesario.
Collins movió la cabeza en dirección al televisor que se encontraba
al otro lado de la mesa.
—¿Cuándo empieza, señor presidente?
—Dentro de unos diez o quince minutos. Están preparando el ambiente
con la narración de algunos antecedentes.
—Vamos a echar un vistazo y a tomarnos un trago —dijo Collins.
Mientras se alejaba acompañado de Karen observó que Tynan le seguía.
—Creo que a mí también me hace falta tomar un trago —dijo Tynan.
Los tres se dirigieron en silencio hacia el extremo de la mesa del
gabinete donde Charles, el camarero del presidente, estaba supervisando las
bebidas, las hileras de vasos y botellas, un cubo de hielo y un enfriador de
champaña.
Tynan miró a Karen, que se encontraba al otro lado de Collins.
—¿Cómo se encuentra, señora Collins? ¿Se encuentra usted bien estos
días?
Sorprendida, Karen levantó la mano para alisarse el corto cabello
rubio y después la bajó automáticamente, acariciándose el flojo cinturón de
cadena.
—Nunca me he encontrado mejor, muchas gracias.
—Estupendo, me alegro mucho —dijo Tynan.
Tras haber tomado una copa de champaña y un canapé de caviar para su
esposa y un whisky con agua para sí mismo, Collins se encaminó con Karen hacia
dos sillones vacíos que había frenteal televisor. Advirtió entonces que Karen
le tiraba de la manga e inclinó la cabeza hacia ella.
—¿Lo has oído? —le preguntó ella en un susurro.
—¿Qué?
—Tynan. Su repentina preocupación por saber cómo me encuentro... si
me encuentro bien. A su manera, nos estaba prácticamente diciendo que sabe que
estoy embarazada.
—No puede saberlo —dijo Collins confuso—. No lo sabe nadie.
—Él lo sabe —dijo Karen en
voz baja.
—Bueno, pero aunque así fuera, ¿qué iba a pretender con ello?
—Recordarte que es omnisciente. Mantenerte a ti y a todos los demás
a raya.
—Creo que exageras un poco, cariño. No es tan sutil como supones. Se
ha querido mostrar amable, simplemente. Ha sido una observación inocente.
—Claro. Como la del lobo en «Caperucita Roja».
—Sssss. Baja la voz.
Habían llegado a la altura de los dos sillones situados casi
directamente frente al televisor y ambos tomaron asiento.
Mientras iba tomando su whisky, Collins trató de concentrarse en la
pantalla. El elegante presentador del programa estaba diciendo que se
dedicarían algunos minutos a explicar el procedimiento de añadir una nueva
enmienda a la Constitución y, más específicamente, a la compleja aprobación de
la Enmienda XXXV desde el principio hasta aquellos momentos en que estaba a
punto de ser ratificada.
«Existen dos medios por los cuales puede proponerse una nueva
enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, empezó diciendo el
comentarista.»
Collins dejó el vaso, encendió el cigarrillo de Karen, se encendió
el suyo y después se reclinó en el asiento con el fin de escuchar con cierta
atención.
«Uno de los medios de introducir una nueva enmienda consiste en
proponerla al Congreso. El otro consiste en proponerla a través de una
convención nacional convocada por el Congreso a petición de las legislaturas de
dos tercios de los estados. Ninguna enmienda se ha introducido jamás a través
de este segundo sistema. Todas se han iniciado en el Congreso de Washington.
Una vez adoptada la resolución relativa a la propuesta de una nueva enmienda,
ya sea en el Senado de los Estados Unidos o bien en la Cámara de
Representantes, los comités de gobierno y los comités judiciales celebran
sesiones de examen. Si la enmienda es aprobada por estos comités, pasa al
Senado y a la Cámara de Representantes. Para ser aprobada, necesita el voto
positivo de dos tercios de cada cuerpo legislativo. Una vez aprobada, no
precisa de la firma del presidente. En su lugar, se envían copias a la
Administración de Servicios Generales, que a su vez distribuye la enmienda a
los gobernadores de los cincuenta estados. Los gobernadores se limitan a enviar
la enmienda a las legislaturas de sus respectivos estados con el fin de que sea
sometida a debate y votación. Si tres cuartos de las legislaturas de los
estados —es decir, treinta y ocho de los cincuenta estados— ratifican la
enmienda, ésta pasa oficialmente a formar parte de la Constitución.»
Collins apagó el cigarrillo en el cenicero más próximo y volvió a
tomar el vaso, sin apartar la mirada de la pantalla del televisor.
«Desde que las iniciales diez enmiendas entraron a formar parte de
la Constitución —prosiguió el comentarista—, y desde el año 1789, se han
adoptado en el Congreso cinco mil setecientas resoluciones con vistas a las
introducción de enmiendas en una u otra forma. Se han sugerido enmiendas de
todas clases: sustituir la presidencia por un consejo de gobierno integrado por
tres personas, abolir la vicepresidencia, cambiar el nombre de Estados Unidos
de Norteamérica por el de Estados Unidos de la Tierra, modificar el sistema de
votación del colegio electoral, modificar el sistema de libre empresa de tal
forma que ningún individuo pueda poseer más de diez millones de dólares... De
entre el escaso número de estas cinco mil setecientas enmiendas que no murió en
el Congreso y que pasó a las legislaturas estatales, sólo treinta y cuatro
fueron ratificadas por los necesarios tres cuartos de los estados. Por lo
general, no suele haber limitación alguna en relación con el tiempo de que
disponen los estados para ratificar o rechazar una enmienda. La enmienda más
rápidamente aprobada de nuestra historia fue la 26, que concedía el voto a los
ciudadanos a partir de los dieciocho años; a los tres meses y siete días de
haber salido del Congreso había sido ratificada por tres cuartos de los
cincuenta estados. Y esto nos conduce a la más reciente enmienda, la Enmienda
XXXV, que esta misma noche veremos rechazada o bien convertida en una de las
leyes de nuestro país.»
Collins escuchó movimiento de cuerpos y de sillones y observó que
los invitados estaban empezando a congregarse alrededor del aparato de
televisión. Después se concentró una vez más en la pantalla.
«La controvertida Enmienda XXXV, destinada a sustituir las primeras
diez enmiendas, Ley de Derechos, en determinadas situaciones de emergencia, ha
surgido del deseo de los líderes del Congreso y del presidente Wadsworth de
forjar un arma con la que imponer la ley y el orden en la nación en los casos
en que ello sea necesario.»
—¿Arma? —exclamó el presidente, que acababa de tomar asiento al lado
de Collins—. ¿Qué quiere decir eso de «arma»? En mi vida he escuchado un
lenguaje más parcial. Ojalá pudiéramos conseguir la aprobación de una enmienda
que ajustara las cuentas a comentaristas como éste.
—Estamos a punto de conseguirlo —tronó el director Tynan desde su
sillón situado al otro lado—. La Enmienda XXXV se cuidará de estos
perturbadores del orden.
Collins captó la severa mirada de Karen y se removió inquieto en su
asiento fijando de nuevo su atención en la pantalla.
«... y, tras salir del comité y ser introducida en calidad de
resolución conjunta —estaba prosiguiendo el comentarista—, pasó al Senado y a
la Cámara de Representantes para la votación final. A pesar de la vociferante
aunque limitada oposición de los bloques liberales, ambos cuerpos del Congreso
aprobaron la Enmienda XXXV por abrumadora mayoría, superando con creces los
necesarios dos tercios de los votos. La nueva enmienda fue enviada acto seguido
a los cincuenta estados. Eso fue hace cuatro meses y dos días. Tras una
aprobación relativamente fácil en los primeros estados que efectuaron la
votación, la travesía de la Enmienda XXXV se fue haciendo cada vez más
tormentosa a causa de la organización de la oposición. Hasta la fecha han
votado cuarenta y siete de los cincuenta estados. La han rechazado once de
ellos. Treinta y seis la han aprobado. Pero, dado que la enmienda necesita
treinta y ocho votos de aprobación, le faltan todavía dos estados. Hasta el
momento faltan todavía las votaciones de tres estados: Nueva York, Ohio y
California. Nueva York y Ohio concluirán sus votaciones esta misma noche,
acontecimiento histórico que será retransmitido por esta cadena dentro de
breves momentos y California tiene prevista la suya para dentro de un mes.
Pero, ¿será necesaria la votación de California? Si tanto Nueva York como Ohio
rechazan esta noche la enmienda, ésta habrá sido derrotada. Si ambos estados la
ratifican, la enmienda entrará inmediatamente a formar parte de la
Constitución, y el presidente Wadsworth dispondrá de un arsenal con el que
combatir la creciente oleada de ilegalidad y desorden que está lentamente
estrangulando a nuestra nación. Las votaciones de esta noche en Nueva York y
Ohio pueden ser decisivas, pueden modificar el curso de la historia norteamericana
durante los próximos cien años. Ahora, tras una breve pausa comercial,
trasladaremos a ustedes a la Asamblea estatal de Albany, Nueva York, en la que
está concluyendo el debate previo a la votación final.»
El anuncio de un grupo de la industria del petróleo, en el que se
declaraba que al menos había una compañía destinada a servir al público y a
facilitar y hacer más dichosa la vida de la gente, se ahogó rápidamente en el
creciente murmullo de las voces del salón.
Collins se levantó dispuesto a volverse a llenar el vaso. Karen
había cubierto su copa de champaña con los dedos para indicar que ya había
bebido suficiente. Collins se alejó por tanto y se abrió paso entre los demás
invitados en dirección al bar improvisado en el extremo de la mesa del
gabinete. Vio que el presidente se encontraba acompañado de Steedman, su
encuestador, así como de Tynan y McKnight y supuso que debían estar revisando
una vez más los últimos datos relativos a la opinión de la Asamblea del estado
de Nueva York.
Al regresar junto a Karen, whisky en mano, Collins se sentó y pudo
ver que la pantalla estaba ofreciendo un plano general de la Asamblea de Nueva
York.
—¿Qué ocurre? —le preguntó a Karen.
—Están a punto de empezar. Está finalizando el debate. El último
orador está hablando en favor de la enmienda.
Collins ingirió un buen trago de whisky mientras las cámaras
ofrecían un primer plano de un digno caballero, identificado como el miembro de
la Asamblea, Lyman Smith, que estaba concluyendo su discurso. Collins le escuchó.
«... y, aunque la
Constitución de los Estados Unidos redactada por nuestros antepasados
constituye un noble instrumento legal —estaba diciendo el orador—, yo les digo
una vez más que no es sacrosanta. No fue destinada a quedar petrificada por el
tiempo. Fue destinada a ser flexible, y ésa es la razón de que incluyera una
cláusula relativa a las enmiendas; a ser lo suficientemente flexible y
modificable como para adecuarse a las necesidades de cada nueva generación y al
reto del progreso de la humanidad. Recuérdenlo ustedes, amigos míos: esta
Constitución nuestra fue redactada por un grupo de juveniles radicales, hombres
que acudieron a su firma en carruajes tirados por caballos, hombres que lucían
peluca, hombres que utilizaban plumas de ave para escribir. Aquellos hombres
jamás habían oído hablar de bolígrafos, de máquinas de escribir o de
calculadoras electrónicas. Jamás habían oído hablar de aparatos de televisión,
de aviones a reacción, de bombas atómicas o de satélites espaciales. Y,
ciertamente, jamás habían oído hablar de las diversiones de la noche del
sábado. Sin embargo, introdujeron en la Constitución un instrumento destinado a
adecuar nuestras leyes federales a cualquier circunstancia que el futuro
pudiera traer. Y ahora el futuro está aquí: ha llegado el día del cambio, ha
llegado el momento de modificar nuestra suprema ley con el fin de que se ajuste
a las necesidades de los ciudadanos actuales. La vieja Ley de Derechos,creada
por aquellos fundadores que usaban peluca, es demasiado ambigua, demasiado
general y demasiado floja para ajustarnos al cúmulo de acontecimientos que
están conspirando al objeto de destruir la trama de nuestra sociedad y la
estructura de nuestra democracia. Sólo la aprobación de la Enmienda XXXV podrá
proporcionar a nuestros dirigentes una mano más firme. Sólo la Enmienda XXXV
podrá salvarnos. Por favor, queridos amigos y colegas, ¡voten en favor de su
ratificación!»
Mientras el orador regresaba a su escaño, las cámaras recorrieron la
Asamblea mostrando los atronadores aplausos de sus miembros.
En la Sala del gabinete Collins también escuchó a su
alrededorcalurosos aplausos.
—¡Bravo! —exclamó el
presidente posando su cigarro puro Upmann en un cenicero y aplaudiendo con
fuerza. Después volvió la cabeza y llamó a su principal ayudante—. McKnight,
¿quién es este miembro de la Asamblea de Nueva York que acaba de hablar? ¿No sé
qué Smith? Compruébelo. En la Casa Blanca nos podría ser útil un hombre así,
con las ideas tan claras y además elocuente. —Su vista volvió de nuevo a la
pantalla.— Atención todo el mundo. Está a punto de iniciarse la votación.
Ya estaba empezando, y Collins pudo escuchar los nombres delos
asambleístas y los «sí» y «no» de éstos. Oyó que el director Tynan predecía que
iba a ser como una carrera de caballos. Desde atrás le llegó la voz de Steedman
advirtiendo que se tardaría un rato en llegar al veredicto ya que en la
Asamblea del estado de Nueva York había ciento cincuenta miembros.
Puesto que se tardaría un rato y puesto que se sentía cansado,
Collins decidió apartar la vista de la pantalla. Se puso a observar a Tynan,
que se hallaba de pie con su rostro de bulldog arrebolado por la ansiedad y los
ojos clavados en la pantalla siguiendo las votaciones. Volvió la cabeza y miró
al presidente, que aparecía inmóvil, granítico, impasible, contemplando la
pantalla como si estuviera posando para una de las colosales efigies del Mount
Rushmore de Dakota del Sur.
Hombres honrados y entregados a su misión, pensó Collins. Por mucho
que dijeran los de fuera —los criticones como Young e incluso los recelosos
como Karen—, aquellos hombres eran unos seres humanos responsables.
Inmediatamente se sintió a sus anchas en aquel círculo de poder. Experimentó la
sensación de pertenecer al mismo. La sensación resultaba maravillosa. Pensó que
ojalá pudiera agradecérselo a la persona que le había colocado en aquel lugar,
al coronel Baxter, que se hallaba ausente, tendido en estado de coma en un
lecho del hospital de Bethesda.
Collins había creído que se lo debía todo al coronel Baxter, pero en
realidad, si lo examinaba bien, había sido toda una serie de accidentes y
errores lo que le había elevado al cargo de secretario de Justicia. Ante todo,
estaba el hecho de que su difunto padre hubiera sido compañero de estudios del
coronel Baxter en la Universidad de Stanford, así como su mejor amigo en
aquellos primeros y difíciles años que siguieron a la graduación de ambos. El
padre de Collins, que había tenido intención de ejercer la abogacía, había
acabado dedicándose a los negocios y se había convertido en un acaudalado
fabricante de componentes electrónicos. Collins recordaba lo mucho que se
enorgullecía su padre de él, de su hijo el abogado. Su padre siempre había
mantenido al coronel Baxter y a otros amigos al corriente de los progresos y de
la creciente reputación legal de su hijo.
Dos hechos distintos, separados entre sí por algunos años, habían
atraído ulteriormente sobre él la atención del coronel Baxter. Uno de ellos
había sido su breve pero ampliamente divulgada pertenencia a la Unión
Norteamericana de Derechos Civiles en su calidad de abogado en San Francisco.
Había defendido con éxito los derechos civiles de una organización
norteamericana de extrema derecha, de carácter acusadamente fascista, porque
creía en la libertad de expresión para todos. Lo había hecho por principios, no
por la filiación de sus clientes. El hecho había causado una honda impresión en
el coronel Baxter, que era fuertemente conservador, al equivocarse en cuanto a
la motivación de Collins. Poco después, cuando ocupaba el cargo de fiscal de
distrito en Oakland, Collins había alcanzado renombre nacional por haber
encausado a tres asesinos negros que habían cometido unos crímenes
especialmente horrendos. Ello había impresionado aún más al coronel Baxter, al
demostrarle que Collins no era en modo alguno de ese tipo de personas
imprescindibles más inclinadas a mostrarse compasivas con los negros que con
los blancos. Lo que no pasó jamás a la letra impresa fue la verdadera opinión
de Collins en el sentido de que aquellos pobres negros, que en tan malas
condiciones se habían criado y que tan erróneamente habían sido utilizados,
eran las verdaderas víctimas, las víctimas de la sociedad. La ley, por
desgracia, no tenía previsto ningún atenuante para la desgracia de poseer unos
genes equivocados.
Sí, al coronel Baxter le habían causado favorable impresión los
éxitos que habían saltado a los titulares de la prensa. El hecho de que
Collins, en el ejercicio privado de la abogacía en Los Angeles, hubiera
defendido con análogo éxito los derechos y las vidas de distintas
organizaciones de negros y chicanos, y de varias docenas de disidentes blancos,
había sido considerado por Baxter como una aberración juvenil destinada a
acallar la conciencia de un joven abogado. Y así, respaldado por estas
credenciales y por la antigua amistad de su padre, Collins había sido llamado a
Washington, convirtiéndose más adelante en secretario de Justicia adjunto del
coronel Baxter y, por un azar, debido a un fallo en las arterias del coronel,
pasando después a ser secretario de Justicia de los Estados Unidos y miembro de
aquella élite.
Tuvo la impresión de haber expresado sus pensamientos en voz alta,
pero comprendió que ello se debía a que en la Sala del Gabinete reinaba un
insólito silencio. Empezaba a mirar a su alrededor cuando de repente observó
que el presidente se levantaba de su sillón al tiempo que se escuchaban unos
atronadores vítores.
Perplejo, miró hacia la pantalla y después a Karen, que no gritaba,
y ésta le susurró:
—Acaba de ser aprobada. La Asamblea del estado de Nueva York la ha
ratificado. ¿Es que no oyes al locutor? Está diciendo que sólo falta un estado
para que la Enmienda XXXV sea aprobada. Conectarán con Columbus tras una pausa
y un resumen efectuado en los estudios de la cadena.
Todo el mundo se había puesto jubilosamente en píe, y Steedman, que
se estaba dirigiendo al presidente, le ocultó momentáneamente la pantalla.
—¡Felicidades, señor presidente! —estaba diciendo el encuestador—.
Reconozco que ha sido una auténtica sorpresa. Nuestros porcentajes permitían
entrever el resultado, pero no había indicios que hicieran esperar una mayoría
tan abrumadora.
El director Tynan asió a Collins por el hombro hasta producirle
dolor.
—Gran noticia, muchacho, ¿verdad? ¡Gran noticia! —gritó Tynan con
aire triunfal.
—Vernon... —empezó a decir el presidente dirigiéndose a Tynan.
—¿Sí, señor presidente?
—...¿sabe usted a qué se ha debido? ¿Sabe usted qué es lo que ha
inclinado a Nueva York de nuestra parte? Ha sido ese último discurso, el que ha
pronunciado ese tal Smith. Ese discurso ha sido perfecto. Parecía que lo
hubiera escrito usted mismo.
—Bueno, tal vez lo escribí yo mismo —dijo el director Tynan
esbozando una ancha sonrisa.
Todos los que le escuchaban se echaron a reír como si compartieran
un secreto. Collins también se rió, porque aunque no lo entendía del todo
deseaba seguir formando parte de aquel grupo.
—¡La cena fría está dispuesta! —gritó una voz estridente. Era la
señorita Ledger, la secretaria personal del presidente, que estaba dirigiendo a
los invitados hacia el extremo más alejado de la mesa del gabinete—. Preparada
especialmente para que puedan apoyar los platos sobre sus rodillas. Nada de
cuchillos, sólo tenedores. Será mejor que recojan sus platos antes de que se
inicien las votaciones de Ohio.
Collins tomó a Karen del brazo y ambos se pusieron en pie y se
encaminaron hacia el extremo de la mesa del gabinete que había sido convertido
en «buffet». Eran casi los últimos de la cola, y antes de que pudieran recoger
su plato los demás invitados ya corrían a ocupar de nuevo sus puestos. Al
parecer, la votación de Ohio, retransmitida en directo, estaba a punto de
empezar.
Poco después, con el plato lleno de pechuga de pollo troceada,
salmón frío con salsa de pepinos, ensalada variada y fruta fresca —pero sin
pan—, Collins siguió a Karen en dirección al semicírculo de invitados que
rodeaban el televisor. Vio que el presidente Wadsworth había ocupado su sillón,
de modo que guió a Karen hacia dos asientos vacíos que había en la parte de
atrás y, una vez sentados, empezó a tratar de ver entre los invitados que tenía
delante.
Desde el estrado de la Cámara de Representantes del estado de Ohio
alguien estaba leyendo la resolución. Collins desistió de ver y se reclinó en
su asiento dispuesto a escuchar mientras consumía la pechuga de pollo.
Una voz estaba tronando desde el televisor:
«Propuesta de una enmienda a la Constitución de los Estados Unidos
relativa a la seguridad interna.
»Por resolución del Senado y de la Cámara de Representantes de los
Estados Unidos de Norteamérica reunidos en el Congreso, y con la aprobación
explícita de dos tercios de cada cámara, se propone una enmienda a la
Constitución de los Estados Unidos que será válida a todos los efectos entrando
a formar parte de la Constitución caso de que sea aprobada por tres cuartos de
las legislaturas de los distintos estados. Dicha enmienda es la siguiente:
»Las diez primeras enmiendas de la Constitución serán sustituidas en
períodos de emergencia nacional interna por la siguiente nueva enmienda:
»Artículo 1. Número 1. Ninguno de los derechos o libertades
garantizados por la Constitución podrá ser interpretado como licencia para
poner en peligro la seguridad nacional. Número 2. En la eventualidad de un
claro y efectivo peligro, un Comité de Seguridad Nacional, nombrado por el
presidente, se reunirá en sesión conjunta con el Consejo Nacional de Seguridad.
Número 3. Habiendo llegado al acuerdo de que la seguridad nacional se halla en
peligro, el Comité de Seguridad Nacional declarará el estado de emergencia y
asumirá la plenitud de poderes sustituyendo a la autoridad constitucional hasta
que el peligro en cuestión haya podido controlarse y/o eliminarse. Número 4. El
presidente del Comité será el director de la Oficina Federal de Investigación
(FBI). Número 5. La proclamación sólo será efectiva mientras dure el susodicho
estado de emergencia, y cesará automáticamente por medio de una declaración
oficial relativa al término del mismo.
»Artículo 2. Número 1. En el transcurso del período de suspensión,
los restantes derechos y privilegios garantizados por la Constitución se
mantendrán inviolables. Número 2. Toda acción del Comité se emprenderá por
votación unánime.»
Collins ya había leído todo aquello muchas veces, pero al escucharlo
en voz alta se le antojó más duro, y siguió comiendo con expresión preocupada.
—Aquí está la convocatoria de la Cámara —le oyó decir al
presidente—. Están empezando a pasar lista. Bueno, aquí lo tenemos seguro.
Hemos ganado. La Enmienda XXXV va a alcanzarla victoria. Muy bien, allá van.
Están diciendo los nombres de los noventa y nueve legisladores.
Collins dejó el plato y volvió a prestar atención a la pantalla del
televisor. Pudo ver los primeros planos de los distintos representantes de la
Cámara de Ohio pulsando los botones de sus escaños. Pudo ver cómo se
registraban los votos en uno de los dos tableros que se habían instalado a
ambos extremos de la sala. Los «sí» y no» estaban más o menos empatados.
A excepción de las ocasionales interrupciones de la voz del locutor
que iba repitiendo la cuenta progresiva, la Sala del Gabinete permanecía en
silencio. Los minutos iban transcurriendo. La votación avanzaba implacablemente
hacia el final. En el gran tablero quedaban reflejados los votos. Sí. No. No.
No. Sí. No. Sí. No. No.
La voz del locutor se superpuso rápidamente a la votación.
—Los votos negativos acaban de tomar la delantera. Es una auténtica
sorpresa. Parece ser que la ratificación no podrá alcanzarse. A pesar de las
predicciones de los especialistas y de los encuestadores, parece ser que se
está fraguando una derrota.
Más minutos. Más votos. Terminó todo con la misma rapidez con que
había empezado. La Cámara de Representantes de Ohio había rechazado la Enmienda
XXXV.
Los presentes en la Sala del Gabinete expresaron ruidosamente su
decepción y desagrado. Inesperadamente, Collins advirtió que el corazón
empezaba a latirle con fuerza. Miró de soslayo a Karen. Ésta mantenía una
actitud muy comedida, intentando disimular una sonrisa. Collins frunció el ceño
y apartó la mirada.
Todo el mundo empezaba a levantarse. Casi todos estaban cabizbajos.
La mayoría se congregaron perplejos alrededor del presidente.
El presidente miró a su encuestador y se encogió de hombros.
—Pensaba que ya lo teníamos ganado, Ronald. ¿Qué ha ocurrido?
—Teníamos prevista una victoria por un amplio margen —repuso
Steedman—, pero nuestra última encuesta entre los miembros de la Cámara de
Representantes se realizó hace treinta y seis horas. Cualquiera sabe las
variables que no se tuvieron en cuenta o lo que ha podido suceder entre los
miembros de la Cámara en el transcurso de estas treinta y seis horas.
McKnight, el ayudante del presidente, estaba agitando el brazo.
—Señor presidente, el locutor... parece que tiene una respuesta...
El presidente y sus invitados, Collins incluido se volvieron hacia
el televisor. En efecto, parecía que el locutor de la cadena poseía una
explicación.
«... y dicha noticia acaba de llegar a nuestra cabina. Todavía no
hemos podido confirmarla, pero varios legisladores le han manifestado a nuestro
compañero en la cámara que en la pasada noche y a lo largo de esta mañana se
había producido una intensa campaña de cabildeo, aquí, en la capital del
estado... un esfuerzo relámpago por parte de Anthony Pierce... Tony Pierce,
jefe de la ODLD, el grupo nacional conocido con la denominación de Organización
de Defensores de la Ley de Derechos, que hace apenas un mes inició una campaña
entre los legisladores de los estados en los que más recientemente se ha votado
la enmienda y que acaba de alcanzar su éxito más resonante aquí en Ohio. Nos
dicen que a las once, Pierce se reunió con numerosos indecisos e incluso con muchos
partidarios de la enmienda, demostrándoles, documentos en mano, de qué forma la
Enmienda XXXV causaría daños irreparables al país, y, según parece, consiguió
que un número suficiente de ellos rechazara la enmienda que hace una hora
parecía imbatible en Ohio. Tony Pierce, como recordarán muchos de nuestros
telespectadores, es el antiguo agente del FBI que se convirtió en famoso
escritor, abogado y defensor de los derechos civiles. Su historial...»
Una voz atronadora apagó el sonido del televisor.
—¡Ya conocemos su historial! —rugió el director Tynan, adelantándose
hacia el aparato y agitando el puño en dirección a la pantalla—. ¡Lo sabemos
todo de ese hijo de puta! —Se dio la vuelta con el rostro enrojecido, miró
fijamente a los demás invitados y después clavó los ojos en el presidente.—
Perdonen mis palabras, pero es que conocemos demasiado bien a ese bastardo de
Pierce. Sabemos que fue el cabecilla de un grupo de activistas radicales de la
Universidad de Wisconsin. Sabemos que ganó en el Vietnam una medalla que no se
merecía. Sabemos cómo consiguió introducirse en el FBI interpretando el papel
de héroe de guerra e incluso engañando a nuestro gran director, el señor
Hoover, que trató de ayudarle. Sabemos que era negligente en el cumplimiento de
su deber, que dejaba en libertad a los delincuentes que hubiera tenido que
detener, que falsificaba los informes, que intentaba hacerse el amo y que se
insubordinaba. Por eso yo le eché a patadas de la Oficina. Conocemos los
nombres de cuatro grupos radicales a los que su esposa está afiliada. Sabemos
que uno de sus hijos ha tenido hijos fuera del matrimonio. Sabemos por lo menos
de nueve organizaciones subversivas alas que su despacho jurídico ha
representado. Conocemos a Tony Pierce perfectamente, y ya sabíamos que era un
mal elemento antes de que empezara todo esto. Hubiéramos debido destruirle en
cuanto se puso al frente de la ODLD, pero no lo hicimos porque no deseábamos
que un ex agente del FBI diera lugar a unos titulares de prensa negativos y
perjudicara la imagen de la Oficina... y, además, no creíamos que nadie se
tomara en serio a semejante payaso...
—No importa, Vernon, todo eso ya es agua pasada —dijo el presidente
tratando de calmarle—. Ya ha causado el daño que pretendía, si es que
efectivamente es responsable de lo que hace. Tendremos que encargarnos de que
no vuelva a ocurrir.
Observando la escena, Chris Collins se sintió turbado y molesto. Le
había pillado por sorpresa el estallido inicial de Tynan.
Había sido un arrebato ponzoñoso y había puesto de manifiesto en el
director del FBI una faceta de inquisidor que él jamás hubiera podido
imaginarse.
Collins había tomado a Karen de la mano, como para compartir con
ella su inquietud, cuando se percató de que el presidente le estaba haciendo
señas.
Soltando la mano de su mujer, Collins se abrió paso entre McKnight y
el líder de la mayoría en el Senado con el fin de acercarse al presidente, que
se encontraba en compañía de Tynan.
El presidente permaneció unos instantes frotándose pensativo la
mandíbula.
Bien, caballeros, hemos ganado en un lugar por un revés y hemos
perdido en otro también por un revés. Ello nos demuestra lo voluble que es el
país. Pero no podemos permitir que esto vuelva a suceder. Sólo nos queda un
estado. Todas nuestras posibilidades se encuentran en California. Dentro de un
mes. —Se detuvo.— No he prestado demasiada atención a las encuestas relativas a
la Costa. Estaba seguro de que esta noche alcanzaríamos la victoria. Ahora será
mejor que prestemos mucha atención. Ronald me dice que llevamos la delantera
según las encuestas del Golden State. Pero no me basta. California debe
preocuparnos. Ya saben ustedes lo imprevisibles que son los de allí. Es nuestro
último cartucho y en él se cifran todas nuestras esperanzas. Quiero que usted, Vernon,
y usted, Chris, pongan en ello todo su empeño. Tenemos que ganar.
Tanto Collins como Tynan asintieron enérgicamente.
El presidente tomó otro puro
y esperó a que Tynan se lo encendiera. Dando chupadas al mismo, se volvió hacia
Collins.
—Se me acaba de ocurrir una idea, Chris. Es usted de California,
¿verdad?
—Sí, en efecto. Soy de la zona de la Bahía, pero he ejercido también
en Los Ángeles.
—Perfecto. Creo que merecería la pena que regresara usted allí
dentro de una o dos semanas. Podrá desarrollar una sutil y eficaz labor de
cabildeo en favor de la causa.
—Bueno —dijo Collins angustiado—, no sé si podré ejercer tanta
influencia. El único paisano mío que es auténticamente popular, prácticamente
un ídolo en California, es Maynard, el presidente del Tribunal Supremo.
El presidente sacudió la cabeza.
—No. Maynard no serviría. Sé de buena fuente que no está de nuestra
parte. Además, es una persona muy poco práctica. Y, aunque no lo fuera, no
estaría bien visto que un juez se pronunciara acerca de una cuestión política
de esta clase.
—Menos mal —terció Tynan—. Yo no me fiaría de él en un asunto tan
importante como el de la Enmienda XXXV.
—No necesitamos a Maynard para nada —prosiguió el presidente
dirigiéndose a Collins—, pero es posible que le necesitemos a usted. No se
subestime tanto, Chris. Al fin y al cabo, es usted el secretario de Justicia. Y
eso tiene su importancia. Le prestarán atención las personas que más convengan.
Sí, me gusta la idea de enviarle a usted a California. Podemos sacarnos de la
manga alguna excusa que justifique su presencia allí. Déjeme pensar.
A pesar de lo mucho que le desagradaba la idea, Collins sabía que no
se atrevería a negarse.
—Haré lo que usted mande. Si lo considera importante...
—Tremendamente importante —le interrumpió Tynan—. Nada podría ser
más importante. Lo he dicho cientos de veces y lo volveré a repetir. Se trata
de la ley más crucial sobre la que jamás hayan votado los estados. Sin ella,
nos quedaremos... nos quedaremos sin país.
—Vernon está en lo cierto —dijo el presidente—. Tenemos que enviar a
alguien a California. O a usted... o tal vez a alguien de importancia que lleve
más tiempo en la administración. —Se detuvo y después añadió con energía:— Ésta
no la vamos a perder. No lo permitiré. No dejaré que las cosas sigan el mismo
curso que han venido siguiendo. Esta mañana he echado un vistazo al Salón
Oriental para ver cómo iban los trabajos. Qué desastre y qué desgracia. Si ni
siquiera la casa del presidente está a salvo, ello significa que estamos ante
un problema de enormes dimensiones. Y podría volver a ocurrir. ¿Saben esos
pastores alemanes y esos dobermans que me hicieron poner en los jardines?
Seguridad, me dijeron. Anoche los francotiradores mataron otro, el sexto. Ahora
me aconsejan que instale una valla electrificada, que rodee la Casa Blanca, que
me convierta en un prisionero en mi propia casa, tal como ha tenido que hacer
la mayoría de los ciudadanos honrados de este país, que se han visto obligados
a encerrarse tras cerrojos de seguridad y timbres de alarma. Pues bien,
caballeros, no estoy dispuesto a que ello ocurra. Con la Enmienda XXXV
devolveremos la civilización a este país nuestro. Y lo haremos alcanzando la
victoria en California.
—Amén —dijo Tynan.
En aquellos momentos apareció la señorita Ledger.
—Perdón, señor presidente... Señor Collins, su guardaespaldas está
en la puerta. Tiene que hablar con usted. Dice que es urgente.
—Gracias —dijo Collins, y añadió dirigiéndose al presidente—: Estoy
dispuesto a hacer todo lo que pueda.
—La semana que viene se lo diré Ahora será mejor que vaya y atienda
sus asuntos.
Tras rogarle a Karen que se acercara con él al presidente para
agradecerle la velada, Collins se despidió rápidamente de los invitados que
tenía a su lado.
Precediendo a Karen, Collins cruzó rápidamente la Sala del Gabinete
en dirección a la puerta, junto a la que esperaba su fornido guardaespaldas, el
agente Mike Hogan.
—¿Qué sucede? —le preguntó Collins al guardaespaldas.
—El coronel Noah Baxter, señor —repuso Hogan en voz baja—. Ha salido
del estado de coma. Ha recuperado el conocimiento, pero se está muriendo.
—Maldita sea, eso es terrible. ¿Está usted seguro?
—Completamente. No hay la menor duda. Ha telefoneado la propia
señora Baxter a la centralita del Departamento y me han pasado la comunicación
al automóvil. Al recuperar el conocimiento, las primeras palabras del coronel
Baxter han sido que deseaba verle a usted. Ha dicho que tiene que verle, que se
trata de algo urgente, que quiere comunicarle algo importante. La señora Baxter
me ha pedido que le dijera a usted que acuda junto a su lecho antes de que sea
demasiado tarde.
Collins tomó a Karen del brazo y salió al pasillo.
—Muy bien, vamos a Bethesda. Será mejor que no perdamos ni un
minuto. —Miró a Karen.— Me pregunto de qué demonios se tratará.
El Cadillac había avanzado a toda velocidad por la avenida Wisconsin
en dirección norte, había cruzado la frontera de Maryland, había pasado frente
al campo de golf del Club de Campo Chevy Chase, había aminorado la marcha al
llegar a la zona comercial de Bethesda, había enfilado la tortuosa carretera
que conducía al centro hospitalario y, finalmente, se había detenido frente a
la entrada de la blanca torre que constituía el principal edificio del Centro
Médico Naval Nacional de Bethesda.
Rogándole a Karen que permaneciera en el automóvil en compañía de
Hogan y de Pagano, el chófer, Collins corrió hacia el edificio. Al entrar, un
oficial de Marina que lucía dos galones en su camisa de cuello abierto le salió
rápidamente al encuentro y le preguntó:
—¿El Secretario de Justicia Collins?
—Sí.
—Sígame, señor. Es en la quinta planta.
Mientras subían en el ascensor, Collins preguntó:
—¿Cómo está el coronel Baxter?
—Lamento decirle que, cuando bajé hace veinte minutos, su vida
estaba pendiente de un hilo.
—Espero llegar a tiempo. ¿Quién está con él?
—Su señora, claro. Y su nietecito, Rick Baxter, que vive ahora con
sus abuelos porque sus padres se encuentran de viaje en Kenya por no sé qué
asunto de gobierno. Hemos intentado ponernos en contacto con ellos esta misma
noche, pero no ha habido suerte. Después hay dos médicos y la enfermera que le
atiende. Ah, y también está el padre Dubinski, casi no me acordaba. Pertenece a
la iglesia de la Santísima Trinidad de Georgetown, la iglesia que solían
frecuentar los Kennedy... Ya hemos llegado, señor.
Mientras avanzaban rápidamente por el pasillo, se cruzaron con
varios oficiales médicos uniformados que debían estar a punto de celebrar una
consulta. A Collins, Bethesda se le antojaba más una instalación militar que un
hospital.
Al llegar a una de las habitaciones particulares cuya puerta
permanecía abierta, el acompañante de Collins la señaló con un gesto.
—Por aquí, señor. El coronel ocupa dos habitaciones contiguas y ésta
se utiliza como sala de espera. Él se encuentra en la otra.
Al entrar en la sala de espera improvisada, que estaba vacía,
Collins escuchó unos ahogados sollozos; se dio la vuelta y observó que la
puerta de la otra habitación no estaba cerrada. Sólo podía ver una parte de la
cama, pero después distinguió a un grupo de personas en un rincón medio a
oscuras. Vio a Hannah Baxter, por quien Collins sentía un gran respeto, con su
cabello entrecano, sentada con gesto abatido y llevándose un pañuelo a los ojos
mientras lloraba desconsoladamente. A su lado se encontraba el muchacho, su
nieto Rick —Collins recordó que tenía doce años—, tomándola del brazo, el
rostro pálido, confuso y lloroso. Junto a ellos estaba el sacerdote, vestido de
negro.
—Por favor, espere aquí, señor —dijo el oficial que había escoltado
a Collins—. Voy a comunicarles su llegada.
Desapareció en la habitación de al lado, cerrando la puerta tras de
sí.
Collins buscó un cigarrillo, lo encendió y empezó a pasear
nerviosamente por la triste y pequeña estancia. Una vez más, se preguntó qué
sería aquello tan urgente que el coronel Baxter tenía que decirle en su última
noche en la Tierra. Aunque Collins había llegado a conocer bastante bien al
coronel Baxter y a su mujer a través de las ocasionales invitaciones sociales,
jamás le había unido con ellos relaciones de estrecha amistad, y la mayoría de
los contactos que había mantenido con el coronel habían sido de carácter
profesional. ¿Qué podría querer decirle en estos confusos momentos?
Poco después se abrió la puerta de la habitación contigua y Collins
apagó automáticamente el cigarrillo y se quedó inmóvil. Salió el oficial, que
no volvió a mirarle, seguido de una enfermera y del pequeño Rick. Pasaron junto
a Collins sin el menor gesto y salieron al pasillo. Segundos más tarde, el
espacio de la puerta de la habitación contigua fue ocupado por una figura
vestida de negro. Se trataba evidentemente del padre Dubinski, de la iglesia de
la Santísima Trinidad.
Mientras cerraba cuidadosamente a su espalda la puerta de la
habitación, el sacerdote saludó a Collins con un movimiento de cabeza; después
cruzó la estancia con el fin de cerrar la puerta quedaba al pasillo. Collins le
observó: un hombre fuerte y de baja estatura, con el cabello negro azabache,
ojos de un sorprendente azul claro, mejillas hundidas y boca serena; debía de
tener unos cuarenta y tantos años.
—¿Señor Collins? Soy el padre Dubinski —dijo acercándose a Collins y
bajando por unos instantes la mirada.
—Sí, lo sé —dijo Collins—. Estaba en la Casa Blanca cuando he
recibido el mensaje de Hannah... de la señora Baxter, en el sentido de que el
coronel se estaba muriendo y deseaba verme con urgencia porque tenía algo
importante que decirme. He venido con la máxima rapidez posible. ¿Está
consciente? ¿Puedo verle ahora?
El sacerdote carraspeó.
Me temo que no. Lamento decirle que ya es demasiado tarde. El
coronel Baxter ha muerto hace apenas diez minutos. —Se detuvo.— Que su alma
descanse en paz por toda la eternidad.
Collins no sabía qué decir.
—Es... es una tragedia —dijo finalmente—. ¿Ha muerto hace diez
minutos? No... no puedo creerlo.
—Pues es cierto. Noah Baxter era un hombre excelente. Sé lo que
usted siente porque sé lo que siento yo. Pero... cúmplase la voluntad de Dios.
—Sí —dijo Collins.
No sabía si resultaría adecuado, en aquellos primeros momentos de
duelo, intentar averiguar la causa de que el coronel Baxter hubiera mandado
llamarle. Pero, adecuado o no, sabía que tenía que preguntar.
—Óigame, padre, ¿conservaba el coronel la lucidez en el momento de
morir? ¿Pudo hablar?
—Habló un poco.
¿Le dijo a alguien, a usted o a la señora Baxter, por qué deseaba
verme?
No, me temo que no. Se limitó a decirle a su esposa que necesitaba
verle a usted con urgencia, que tenía que hablar con usted.
¿Y no dijo nada más?
El sacerdote jugueteó con el rosario.
—Bueno, después habló un poco conmigo. Le dije que me encontraba
aquí con el fin de administrarle los sacramentos de la reconciliación, la
extremaunción y el viático, si así lo deseaba. Me rogó que le administrara
dichos sacramentos y pude hacerlo a tiempo para que pudiera reconciliarse con
Dios Todopoderoso como un buen católico. Casi inmediatamente después, cerró los
ojos para siempre.
Collins deseaba abreviar aquella conversación de tipo espiritual.
Padre, ¿me está usted diciendo que se ha confesado en su lecho de
muerte?
—En efecto. He escuchado su última confesión.
Bueno, ¿ha habido algo en la confesión que pueda darme alguna
idea... alguna idea de lo que con tanta urgencia deseaba decirme?
—Señor Collins —dijo el padre Dubinski frunciendo los labios—, la
confesión es materia confidencial.
—Pero, ¿y si le dijo a usted algo que deseaba que yo supiera...?
—No está en mi mano establecer lo que iba destinado a usted y lo que
iba destinado al Señor. Se lo repito, la confesión del coronel Baxter debe
permanecer en secreto. No puedo revelarle ninguna parte de la misma. Ahora será
mejor que regrese junto a la señora Baxter. —Se detuvo unos instantes.— Le
repito que lo siento, señor Collins.
El sacerdote se dirigió hacia la habitación contigua y Collins se
encaminó lentamente hacia el pasillo.
Minutos más tarde había abandonado el hospital y se acomodaba en el
asiento de atrás del automóvil junto a una Karen inquieta y nerviosa. Le ordenó
al chófer que les condujera a su residencia de McLean.
Mientras el automóvil se ponía en marcha, Collins se volvió hacia
Karen.
—He llegado demasiado tarde. Ya había muerto.
—Es terrible. ¿Has... has averiguado qué es lo que tenía que
decirte?
—No, no tengo ni la menor idea. —Se inclinó en su asiento,
preocupado y perplejo.— Pero tengo el propósito de enterarme... de un modo u
otro. ¿Por qué iba a desperdiciar conmigo sus últimas palabras? Ni siquiera era
un íntimo amigo suyo.
—Pero eres el secretario de Justicia. Le has sucedido en el cargo de
secretario de Justicia.
—Eso exactamente es lo que estaba pensando —dijo Collins como
hablando consigo mismo—. Debía de tener algo que ver con eso. Con mi cargo. O
con los asuntos del país. Con alguna de las dos cosas. Debía de ser algo que
tal vez fuera importante para todos nosotros. Dijo que era importante cuando me
mandó llamar. No puedo dejar esta cuestión sin resolver. Todavía no sé cómo
pero tengo que averiguar lo que deseaba decirme.
Advirtió que la mano de Karen le comprimía el brazo.
—No lo hagas, Chris, no lleves las cosas más allá. No puedo
explicarte por qué pero me asusta. No me gusta vivir asustada.
—Y a mí no me gusta vivir con misterio —dijo él contemplando la
noche a través de la ventanilla.
2
Enterraron al coronel Noah Baxter, ex secretario de Justicia de los
Estados Unidos, una húmeda mañana de mayo en uno de los pocos espacios
disponibles que todavía quedaban en las aproximadamente doscientas hectáreas
del Cementerio Nacional de Arlington, en la otra orilla del Potomac, frente a
Washington. Mientras el padre Dubinski pronunciaba las plegarias finales, se
encontraban junto a la tumba familiares, amigos, miembros del gabinete y el
propio presidente Wadsworth.
Ahora ya todo había terminado y los vivos, embargados por la
tristeza y el alivio, se disponían a reanudar sus quehaceres.
El director Vernon T. Tynan, su ayudante, el fornido y algo más bajo
director adjunto Harry Adcock, y el secretario de Justicia Christopher Collins,
que habían acudido juntos a las exequias, regresaban ahora también juntos.
Bajaron en silencio por la avenida Sheridan, pasando frente a las tumbas de
Pierre Charles L’Enfant y del general Philip H. Sheridan y frente a la llama
eterna que ardía sobre la tumba del presidente John F. Kennedy, y se dirigieron
hacia el automóvil oficial de Tynan, fabricado a prueba de balas.
Sólo Tynan rompió el silencio una vez, al pasar frente a las lápidas
sepulcrales de los caídos de la guerra civil.
—¿Ven ustedes esas tumbas de unionistas y de confederados? —preguntó
señalándolas—. ¿Saben cómo es posible distinguir las de unos de las de otros?
Las de los unionistas poseen unas lápidas sepulcrales de extremos redondeados.
Las de los confederados, por el contrario, tienen las lápidas puntiagudas...
puntiagudas, decían, «para evitar que esos malditos yanquis se sienten en
ellas». ¿Saben quién me lo dijo? Noah Baxter. El viejo Noah me lo dijo un día
que, como ahora, pasábamos por aquí tras haber asistido al entierro de no sé
qué general de tres estrellas. —Soltó un bufido.— Supongo que Noah no podía
imaginarse lo pronto que él mismo iba a estar aquí. —Dirigió los ojos al
cielo.— Me parece que ya ha cesado de llover por hoy. Bueno, será mejor que
volvamos al trabajo.
Habían llegado a la altura del automóvil, cuya portezuela mantenía
abierta un agente del FBI. Subió primero Harry Adcock, seguido de Tynan y de
Collins.
A los pocos minutos dejaron atrás el cementerio tras haber cruzado
la Arlington Memorial Gate, dirigiéndose hacia el Arlington’s Memorial Bridge,
para pasar entre las doradas estatuas de los caballos de la salida de éste y
encaminarse ya a la ciudad.
Tynan fue quien primero empezó a hablar.
—Echo de menos al viejo Noah —dijo—. No saben ustedes lo amigos que
éramos. Me agradaba la compañía del viejo gruñón.
—Era una buena persona —dijo Adcock, que en público solía ser el eco
de su superior.
—Yo también le echo de menos —dijo Collins para no desentonar—. Al
fin y al cabo, él es la causa de que yo esté hoy aquí haciendo lo que estoy
haciendo.
—Sí —dijo Tynan. Siento que no haya podido vivir lo suficiente como
para poder ver los frutos de sus esfuerzos en favor de la Enmienda XXXV. Todo
el mundo le atribuye al presidente la idea de la Enmienda XXXV. Pero, en
realidad, el responsable de su lanzamiento fue Noah. Creía en ella como si se
tratara de una religión que pudiera salvarnos a todos. Tenemos que procurar, en
honor suyo, que sea aprobada en California.
—Lo intentaremos —dijo Collins.
—Tenemos que hacer algo más que intentarlo, Chris. Lo tenemos que
conseguir como sea. —Tynan escrutó el rostro de Collins.— Sé que el viejo Noah
hubiera contado con usted, Chris, para que le diera un empujón a la enmienda en
su última prueba, tal como hubiera hecho él mismo de haber estado aquí. Le digo
a usted, Chris, que el coronel Noah Baxter consideraba la aprobación de la
enmienda como la más urgente de las prioridades.
Sentado allí, en la parte trasera del automóvil, comprimido contra
el costado de acero por la enorme mole de Tynan, Collins captó la palabra urgente. Inmediatamente su memoria
regresó a la escena nocturna del hospital, cuando el sacerdote le había
confirmado que el coronel Baxter había deseado verle a propósito de algo urgente. ¿Habría sido algo relacionado
con la Enmienda XXXV? Más tarde Collins le había dicho a su mujer que no le
gustaban los misterios, que tenía el propósito de resolver aquel asunto. En
aquellos momentos no había tenido la menor idea de por dónde habría de empezar.
Ahora, en cambio, parecía que ya lo sabía. Tal vez Tynan, que había estado tan
cerca del coronel Baxter, pudiera ofrecerle una pista o algo que le fuera de
utilidad.
—Vernon —dijo Collins—, hablando de las prioridades del coronel, es
posible que ocurriera algo importante a este respecto la otra noche cuando
estábamos en la Casa Blanca. Todo fue muy extraño. ¿Recuerda que tuve que
marcharme a toda prisa? Bueno, pues ello se debió a que recibí un mensaje de
Bethesda comunicándome que el coronel Baxter se estaba muriendo y deseaba verme
por un asunto urgente, para decirme algo de importancia vital. Me dirigí a toda
prisa al hospital y subí a sus habitaciones. Pero ya era demasiado tarde. Había
muerto hacía escasos minutos.
—¿Ah, sí? —dijo Tynan—. Eso es muy raro. ¿Averiguó usted qué era eso
tan importante que tenía que decirle?
—Ésa es la cuestión. Que no pude. Pronunció unas últimas palabras
poco antes de morir, pero no me las dijo a mí sino a un sacerdote. Se confesó
con un sacerdote, con el que hoy estaba en Arlington, el padre Dubinski. Cuando
el sacerdote me lo dijo, pensé que tal vez el coronel Baxter había revelado en
sus últimos momentos algo de lo que deseaba decirme. Pero el padre Dubinski no
me lo quiso decir. Se limitó a decir que le había oído en confesión y que las
confesiones revestían carácter confidencial.
—Y así es —convino Adcock.
—Lo que yo me estaba preguntando —prosiguió Collins— es si usted
tendría alguna idea de la clase de información que el coronel Baxter pudiera
desear facilitarme, algún asunto del Departamento que tal vez hubiera comentado
con usted, algún programa o misión, algunos antecedentes de los que yo tuviera
que tener conocimiento... Estoy francamente desconcertado.
Tynan fijó la mirada en la espalda de su chófer.
—Me temo que yo también estoy desconcertado. No puedo imaginarme qué
es lo que Noah tendría en la cabeza. No se me ocurre nada de importancia que
hubiéramos comentado antes de que sufriera el ataque hace ahora cinco meses.
Sólo puedo repetir lo que más le preocupaba. De entre los mil asuntos en que se
hallaba ocupado, había uno que destacaba por encima de todos los demás. Era la
ratificación y la conversión en ley de la Enmienda XXXV. Tal vez lo que deseaba
decirle estuviera relacionado con esa cuestión.
—Tal vez. Pero, ¿qué exactamente de la Enmienda XXXV? Tenía que
tratarse de algo muy especial para que me mandara llamar a su lecho de muerte.
—De todos modos, él no sabía que se encontraba en su lecho de
muerte. Por consiguiente es posible que no fuera nada de importancia.
—Dijo que era urgente —insistió Collins—. Mire, estaba pensando
acudir de nuevo a ese sacerdote y probar otra vez.
Adcock se inclinó hacia Collins desde el otro lado de Tynan. En su
rostro, estropeado por el acné, se había dibujado una expresión solemne.
—Si conociera usted a los sacerdotes tal como yo los conozco,
comprendería que pierde el tiempo. Sólo Dios les puede arrancar algo.
—Harry tiene razón —dijo Tynan conviniendo con su ayudante. Se
inclinó y miró a través de la ventanilla—. Bueno, ya hemos llegado al
Departamento de Justicia. Ya estamos en casa otra vez.
—Sí —dijo Collins mirando también—. Ya es hora de que regresemos a
nuestro trabajo. Gracias por acompañarme.
Abrió la portezuela del automóvil y descendió en la acera de la
avenida Pennsylvania frente al Departamento de Justicia.
—Chris —dijo Tynan a su espalda—, será mejor que empiece usted a
hacer el equipaje El presidente sigue con la idea de enviarle a California la
semana que viene. Está a punto de decidirlo.
—Si lo decide así, estaré dispuesto.
Tynan y Adcock observaron a Collins penetrar en el edificio mientras
su automóvil se ponía nuevamente en marcha con el fin de dirigirse a la parte
de atrás del edificio J. Edgar Hoover, por donde se accedía al estacionamiento
privado del director, situado en la segunda de las tres plantas del sótano.
Mientras el automóvil rodeaba el edificio y enfilaba la calle E, las
miradas de Tynan y de Adcock se cruzaron.
—Ha oído usted todo eso, ¿verdad, Harry?
—Desde luego, jefe.
—¿Qué cree usted que deseaba decirle el viejo Noah con tanta
urgencia antes de morir?
—No puedo imaginarlo, jefe —repuso Adcock—. O tal vez pueda pero no
quisiera.
—Es posible que yo pueda también. ¿Piensa usted que tal vez Noah
Baxter se acordó de la religión en los últimos momentos y quiso descargar su
conciencia?
—Pudiera ser. Quién sabe. No hay forma de saberlo. No se sabrá
jamás. De todos modos, menos mal que no le dio tiempo a hablar.
—Sí habló, Harry. Ya lo ha oído. Le dijo algo al sacerdote.
—Qué demonios, jefe, eso fue una confesión. Un moribundo que se
confiesa no habla... no habla de asuntos profesionales.
—¿Cómo podemos saberlo? —dijo Tynan haciendo una mueca—. Llámelo
usted como quiera, confesión o lo que le parezca, pero lo cierto es que Noah
antes de morir habló con alguien acerca de algo que le preocupaba. Habló, ¿me ha entendido usted? Deseaba
hablar con alguien acerca de algo urgente, y lo consiguió después de todo. Y
eso no me gusta. Quiero saber acerca de qué habló Noah y cuánto habló. Quiero
saberlo.
El automóvil había empezado a descender por la rampa que conducía al
sótano del edificio J. Edgar Hoover.
Adcock se sacó un pañuelo, tosió y después expectoró contra el
mismo.
—Va a ser muy duro de pelar, jefe —dijo finalmente.
—Todos son duros, Harry. Pero, al cabo de un rato, ya no lo son
tanto. Seamos sinceros, Harry. Los duros de pelar son nuestro pan de cada día.
Nuestro jefe, el mismo J. Edgar, solía decirlo. Los duros de pelar son nuestro
pan de cada día. Vivimos de ellos. Nos mantienen. La misión de la Oficina
consiste en hacer que la gente hable. Sobre todo cuando la gente está al
corriente de información susceptible de poner en peligro la seguridad del
gobierno. No hay razón para que el padre... como se llame...
—El padre Dubinski Pertenece a la iglesia de la Santísima Trinidad
de Georgetown. Es la que frecuentan todos los católicos del gobierno.
—Bueno, pues ahí es donde quiero que vaya usted, Harry. La Oficina
obliga a hablar a la gente y no veo por qué ese Dubinski iba a constituir una
excepción. Creo que ya es hora de que vaya usted a la iglesia. Hágale a ese
buen padre una visita amistosa. Averigüe lo que le dijo el viejo Noah en sus
últimas palabras. Averigüe todo lo que sepa ese Dubinski. Si sabe lo que no
debiera saber, ya encontraremos el medio de hacerle callar. Harry, me gustaría
que se encargara usted de ello inmediatamente.
—Jefe, usted sabe que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa. Pero
esta vez creo que no tenemos ninguna probabilidad.
—¿Ah, no? Pues, yo digo que tenemos todas las probabilidades del
mundo. Es más, digo que no puede usted fallar si maneja el asunto como es
debido. Por el amor de Dios, Harry, no le estoy pidiendo que se presente allí
desarmado. El Departamento realizará primero un completo estudio sobre el padre
Dubinski. Esos amantes de Dios no son distintos de los demás mortales. Ya
conoce nuestro axioma. Todo el mundo tiene algo que ocultar. Y lo mismo le
ocurre a un sacerdote. Es humano. Debe de tener vicios. O haberlos tenido. A lo
mejor hasta se emborracha. A lo mejor se tiró una vez a un muchacho del coro.
Tal vez se tira en el retrete a la chica de dieciocho años que le arregla la
casa. Quizá su madre era comunista. Siempre hay algo. Va usted a ese amante de
Dios con lo que él no ha confesado y
se lo echa en cara. Y entonces ¡vaya si hablará! No conseguirá usted que se
calle. Nos dirá lo que sea a cambio de nuestro silencio.
El automóvil había llegado a la segunda planta del sótano y se había
detenido en el lugar reservado al director.
Tynan miró hacia adelante y permaneció inmóvil unos momentos:
—Lo estoy diciendo muy en serio, Harry. Estamos demasiado cerca del
triunfo para permitir que cualquier cosa nos vaya mal. Deje todo lo demás. Es
una cuestión de la máxima prioridad. ¿De acuerdo, Harry?
—De acuerdo, jefe. Está hecho.
Tras regresar del entierro, Vernon T. Tynan se pasó dos horas
trabajando en su escritorio. Después, exactamente a las doce cuarenta y cinco,
se levantó del asiento, se dirigió a su cuarto de baño privado para
refrescarse, extrajo del archivo de alta seguridad una de las carpetas
correspondientes a materias «oficiales y confidenciales» y se dirigió
rápidamente hacia el ascensor.
Abajo, en la segunda planta del sótano, entre la sala de tiro y el
gimnasio, encontró a su chófer aguardando todavía junto al automóvil.
—Alexandria —le dijo Tynan al chófer.
—Sí, señor —dijo el chófer automáticamente, y segundos más tarde ya
se encontraban en camino.
Era sábado. Y todos los sábados a aquella hora, tal como venía
haciendo desde que se había convertido en director de la Oficina de
Investigación Federal, Tynan se entregaba al sagrado ritual de acudir a
almorzar en compañía de su madre.
Se había enterado, algunos años después del fallecimiento de J.
Edgar Hoover, de que El Viejo había vivido con su madre, Anna Marie, hasta la
muerte de ésta, acaecida en 1938. Hoover había tratado a su madre con
deferencia y respeto, y Tynan se había tomado aquel ejemplo muy en serio. Sabía
que los grandes hombres siempre habían reservado para sus madres un importante
lugar de su corazón. No sólo Hoover. Bastaba pensar en Napoleón. Lo malo del
país era que no había suficientes jóvenes ni suficientes personas maduras que
respetaran a sus madres. Habría menos criminalidad si los jóvenes descarriados
empezaran a visitar a sus madres con regularidad en lugar de entregarse a las
armas de fuego y a sus juergas del sábado por la noche.
Al llegar, y una vez el automóvil se hubo detenido frente al
edificio en el que había adquirido un cómodo apartamento de cuatro habitaciones
para su madre, Tynan le recordó al conductor:
—Una hora.
—Una hora, señor.
Tynan penetró en el edificio y giró a la izquierda hacia la puerta
del apartamento. Poseía una llave de la puerta y otra de la alarma. Pulsó el
rojo timbre de alarma para ver si estaba conectado o no. No lo estaba. Tendría
que recordarle de nuevo a su madre que dejara la alarma siempre conectada,
incluso cuando estuviera en casa. Todas las precauciones eran pocas en una
época en la que tanto abundaban los gamberros, los asesinos y los terroristas
de izquierda. No sería nada extraño que algunos conspiradores revolucionarios
intentaran irrumpir en la residencia de la madre del director del FBI con el
fin de llevársela como rehén y solicitar por ella algún rescate increíble,
como, por ejemplo, la libertad de los cientos de extremistas de izquierda que
en aquellos momentos se hallaban encerrados en las penitenciarías federales
(que era el sitio que les correspondía). Sí, tendría que alertar muy en serio a
su madre.
Introdujo la llave en la ranura, abrió la puerta y entró. La
encontró en su sitio de siempre: en el sillón acolchado frente al televisor.
—Hola, mamá.
Ella levantó una mano surcada por las venas sin mirarle, totalmente
enfrascada en las extravagancias que estaban teniendo lugar en la pantalla del
aparato. A pesar de verla absorta en su programa preferido, Tynan se le acercó
y le dio un beso en la frente. Ella le correspondió con una rápida sonrisa y
después se acercó el índice a los labios.
—El almuerzo está preparado —dijo—. El programa está a punto de
terminar. Quítate la
chaqueta.
Volvió a prestar toda su
atención a la pantalla y al momento, llevándose las manos a los costados, se
echaba a reír estrepitosamente.
Tynan dejó sobre la mesa la carpeta que traía consigo, se quitó la
chaqueta y la colgó cuidadosamente en el respaldo de una silla. Sacó un cigarro
puro del bolsillo superior, le quitó la envoltura, mordisqueó su extremo y le
acercó el encendedor a una distancia de un centímetro (tal como hacía siempre
el presidente), aspirando y gozando de su aroma.
Permaneció de pie fumando al lado de su madre y contemplando con
ella el estúpido programa, y después la miró con orgullo.
Se había portado bien con su madre. Si J. Edgar Hoover le hubiera
podido ver en aquellos momentos, sin duda le hubiera elogiado.
A sus ochenta y cuatro años, Rose Tynan estaba tan sana como un
habitante de Abjasia —no, eso era un sitio comunista—, como un habitante de
Vilcabamba —mucho mejor—, como una campesina de Vilcabamba. Era una irlandesa
de pies a cabeza, fornida y de anchas espaldas, con las farináceas facciones de
una patata irlandesa. Teniendo en cuenta su edad, se encontraba en muy buen
estado, si se exceptuaba un leve encorvamiento, una pierna artrítica y algún
que otro fallo ocasional de memoria.
Por fin terminó el programa. Rose Tynan se levantó con un quejido,
apagó el televisor, tomó a su hijo del brazo, le acompañó al pequeño comedor y
le hizo sentarse en la cabecera de la mesa.
Ahora mismo te traigo el almuerzo —dijo.
—Mamá, la alarma estaba desconectada cuando he llegado Debes tenerla
siempre puesta. Hazlo por mí.
—A veces me olvido. Procuraré acordarme la próxima vez. —Asegúrate
de que lo haces.
—¿Qué tal van las cosas en la oficina?
—Como de costumbre. Mucho trabajo.
—No te entretendré demasiado.
—Mamá, estoy aquí porque quiero estar aquí. Me gusta verte.
Pues entonces ven a almorzar un par de veces a la semana. La madre
desapareció en la cocina y regresó con una bandeja de carne con berzas. Su
almuerzo normal solía ser sopa de crema de pollo y queso fresco, exactamente
igual que el de El Viejo.
Pero hoy era sábado.
—Huele muy bien, mamá.
—El pan está en la mesa. Pan moreno. Toma un poco. ¿Seguro que no
quieres una rebanada más grande? Ay, he olvidado la cerveza.
Regresó a la cocina y volvió al momento con un espumoso jarro de
cerveza. Dejó la cerveza frente a su hijo y se acomodó ruidosamente en su
silla.
Bueno, Vern, ¿qué tal te ha ido la mañana?
Pues... no demasiado bien, francamente. He asistido al entierro de
Noah Baxter.
—¿Era hoy el entierro? Es cierto, era hoy.
—Ha sido esta mañana.
—Pobre Hannah Baxter. Bueno, menos mal que tiene un hijo y también
un nieto. Tendré que llamar a Hannah.
—Deberías hacerlo.
—La llamaré mañana. ¿Qué tal está la carne? ¿Demasiado grasa?
—Está perfecta, mamá.
—Bueno, pues ahora cuéntame qué novedades hay.
—Cuéntame tú las tuyas.
Ambos se entregaron a la inmutable rutina de todos los sábados.
Rose Tynan primero. Refirió los últimos chismorreos acerca de sus
vecinos. A media semana habían proyectado una película acerca de un hombre, un
huérfano y un perro. Facilitó un prolongado resumen del argumento. Después
habló de las cartas que había escrito y de la correspondencia que había
recibido.
Ahora le correspondió el turno a Vernon T. Tynan. Habló de Harry
Adcock.
—¿Cómo está Harry?
—Envía recuerdos.
—Es un joven muy simpático.
Habló de Christopher Collins, el nuevo secretario de Justicia.
—¿Es simpático, Vern?
—No lo sé, mamá. Ya veremos.
Habló del presidente Wadsworth. Se refirió a dos asesinos de la
lista de «fugitivos más buscados» del FBI que habían sido detenidos en
Minneapolis y Kansas City. Y habló de la Enmienda XXXV justo en el momento en
que se estaba terminando el último bocado de la correosa carne.
—No te preocupes, Vern. Ganarás.
—Nos hace falta todavía un estado y sólo queda uno.
—Ganarás.
El almuerzo había finalizado a la hora prevista. Faltaban diez
minutos para que regresara el chófer.
—¿Preparada para la carpeta OC, mamá?
—Siempre preparada —repuso ella esbozando una ancha sonrisa.
Tynan se levantó de la mesa, se dirigió al salón y regresó con la
carpeta del archivo de alta seguridad de asuntos «oficiales y confidenciales».
Aquella carpeta, en el transcurso de los diez minutos siguientes,
constituía el regalo habitual que Vernon le hacía a su madre todos los sábados.
La carpeta contenía el resultado de la labor semanal del FBI, centrada
especialmente en cuestiones sexuales y potencialmente escandalosas, acerca de
célebres personajes del teatro, de la pantalla y del deporte, con varios
informes adicionales relativos a conocidos políticos, industriales y miembros
de la alta sociedad. Rose Tynan, que leía todas las revistas y semanarios de
frivolidades, disfrutaba enormemente con todos aquellos chismorreos.
Tynan volvió a pensar que si J. Edgar Hoover hubiera estado allí
hubiera aprobado su comportamiento. Al fin y al cabo, había sido Hoover quien
se había dedicado a recoger material acerca de la vida sexual y la afición al
alcohol de importantes personajes norteamericanos y había hecho llegar este
material secreto hasta el presidente Lyndon B. Johnson, que tenía por costumbre
leerlo en la cama antes de dormirse.
Tynan abrió la carpeta y fue extrayendo uno a uno los distintos
memorandos.
—Para empezar, un auténtico bocado exquisito, mamá. Tu actor
preferido. —Leyó el nombre del apuesto y liberal actor cinematográfico que su
madre adoraba y ésta se rió anticipándose a los acontecimientos. La semana
pasada acudió desnudo a un salón de masaje de Las Vegas e hizo que dos
muchachas desnudas le ataran a una mesa de masajes y le azotaran.
—¿Y eso es todo? —preguntó decepcionada Rose Tynan, que era una
excelente aficionada y gran conocedora de escándalos y extravagancias.
—Pues hay gente que lo considera algo muy gordo —dijo Tynan—. De
todos modos, traigo cosas mejores. ¿Sabes la congresista que siempre anda
pronunciando discursos contra el Pentágono? —Tynan le facilitó el nombre a su
madre.— Nadie lo sabe, pero nosotros hemos averiguado que es lesbiana. Su
secretaria de prensa, una muchacha de Radcliffe de veintidós años...
Prosiguió por espacio de diez minutos, mientras Rose Tynan le
escuchaba embelesada.
Cuando terminó y cerró la carpeta, su madre le dijo:
—Gracias, Vern. Eres un buen muchacho. Siempre te acuerdas de tu
madre.
—Gracias a ti, mamá.
Al llegar junto a la puerta, ella le estudió el rostro.
—Tienes muchas dificultades —le dijo—. Se te nota en la cara.
—Corren malos tiempos para el país, mamá. Tenemos muchas cosas que
hacer. Si no conseguimos la aprobación de la Enmienda XXXV, no sé lo que va a
ocurrir.
—Tú sabes que es lo mejor para todo el mundo —dijo ella—. Se lo
decía el otro día a la señora Grossman, la vecina de arriba, le decía que tú ya
sabrías lo que habría que hacer si fueras presidente. Yo así lo creo. Deberías
ser presidente.
—Tal vez algún día llegue a ser algo mejor —dijo él guiñándole el
ojo al tiempo que abría la puerta—. Ya veremos.
Había sido un día muy duro para Chris Collins. En su intento de
recuperar el tiempo que había perdido asistiendo al entierro del coronel Baxter
aquella mañana, había trabajado sin interrupción prescindiendo de la habitual
pausa de una hora para el almuerzo. Ahora, sentado en compañía de su esposa y
de dos de sus más íntimos amigos junto a la chimenea de blanco mármol de Paros
del comedor del piso de arriba del restaurante 1789 de la calle Treinta y Seis
de Georgetown, estaba empezando a satisfacer su apetito.
Dos whiskys, una sopa de cebolla francesa y la ensalada César que
había compartido con Karen le habían permitido gozar de sus primeros momentos
de tranquilidad en todo el día. Mientras se cortaba y comía el pato a la
naranja, Collins levantó la mirada para ver si Ruth y Paul Hilliard estaban
disfrutando de los platos que habían pedido. Resultaba evidente que sí.
Collins tenía a Hilliard en mucha estima. Resultaba difícil
imaginárselo como el senador más joven de California. Llevaba conociendo a
Hilliard desde sus comienzos, cuando su amigo era concejal de la ciudad de San
Francisco y él abogado del ACLU. En aquellos primeros tiempos solían reunirse
tres veces por semana para jugar a pelota a mano en los terrenos deportivos de
la Asociación Cristiana de Jóvenes, y Collins había sido el padrino de boda de
Hilliard. Y aquí estaban ahora, años más tarde, ambos en Washington, él
convertido en el secretario de Justicia Collins y su amigo en el senador
Hilliard. Ambos habían hecho carrera.
Hilliard era un hombre agradable. Con gafas y aspecto de erudito, de
hablar pausado y gesto comedido, constituía la compañía perfecta para una
velada como aquélla. La conversación, como de costumbre, se había deslizado con
suavidad: algunos chismorreos acerca de los Kennedy, las perspectivas que se
abrían cara al otoño para el equipo de fútbol americano de los Redskins de
Washington, otra película sobre la vida de Lizzie Borden que todo el mundo
acudiría a ver...
Hilliard se había terminado el filete a la parrilla, había dejado
cuidadosamente el cuchillo y el tenedor en el plato y estaba empezando a
llenarse su nueva pipa danesa.
—¿Te ha gustado el vino, Paul? —preguntó Collins—. Es de California,
¿sabes?
—Fíjate en mi vaso —repuso Hilliard señalando su vaso vacío—. Es el
mejor testimonio en favor de nuestros viñedos.
—¿Quieres un poco más?
—No, por ahora ya está bien de vino de California... —repuso
Hilliard encendiéndose la pipa—. Pero no de asuntos californianos. Quería
hablar de esto contigo. Creo que a partir de ahora es allí donde van a tener
lugar los acontecimientos.
—¿Los acontecimientos? Ah, te refieres a la Enmienda XXXV.
—Desde el mismo momento en que acabó la votación de Ohio la otra
noche, no he cesado de recibir llamadas de California. Todo el estado se halla
en efervescencia.
—¿Qué se dice?
Hilliard expulsó un anillo de humo.
—Por lo que he oído, es probable que la ley sea ratificada. Esta
misma semana el gobernador va a anunciar públicamente su apoyo a la misma.
—El presidente va a alegrarse mucho —dijo Collins.
—Ha sido un trato, y quede esto entre nosotros —dijo Hilliard—. El
gobernador tiene el propósito de presentarse a las elecciones para el Senado al
término de su mandato. Quiere el respaldo de Wadsworth, y el presidente siempre
se había mostrado muy tibio con él. Por consiguiente, han cerrado un trato. El
gobernador respaldará la Enmienda XXXV si el presidente le respalda a él. —Se
detuvo.— Lástima.
Collins, que estaba con el último bocado de pato, cesó de masticar.
—¿Qué significa eso, Paul? —preguntó tragándose el bocado—. ¿Qué...
qué es lo que es lástima?
—Que los peces gordos vayan a respaldar la Enmienda XXXV en
California.
—Yo creía que eras partidario de ella.
—No estaba ni a favor ni en contra. Interpretaba el papel de
observador imparcial. Me limitaba a mirar y a esperar a ver lo que ocurría. Me
imagino que tú habrás estado haciendo lo mismo en tu fuero interno. Pero, ahora
que ha llegado el momento de adoptar una actitud, me siento inclinado a
participar y a actuar.
—¿De qué parte? ¿En contra de la enmienda?
—En contra de ella.
—No te precipites, Paul —dijo Ruth Hilliard nerviosamente—. ¿Por qué
no esperas a ver lo que opina la gente?
—Jamás sabremos lo que opina la gente hasta que la gente no sepa lo
que opinamos nosotros. Las gentes esperan que sus líderes les digan lo que está
bien. Al fin y al cabo...
—¿Y tú estás seguro de lo que está bien, Paul? —le interrumpió
Collins.
—Estoy empezando a estar seguro —repuso Hilliard pausadamente—.
Basándome en lo que gradualmente he ido conociendo acerca de la situación allá,
los términos de la Enmienda XXXV equivalen a una matanza. Esta ley está cargada
con un armamento demasiado pesado dirigido contra un enemigo demasiado pequeño.
Eso es lo que opina también Tony Pierce. Piensa trasladarse a California con el
fin de combatir la enmienda.
—De Pierce no hay que fiarse demasiado —dijo Collins recordando la
diatriba del director Tynan la otra noche en la Casa Blanca contra el defensor
de los derechos civiles—. Las motivaciones de Pierce son sospechosas. Ha
convertido la Enmienda XXXV en una venganza personal. Combate la enmienda para
combatir a Tynan porque Tynan le expulsó del FBI.
—¿Lo sabes acaso con certeza? —preguntó Hilliard.
—Bueno, eso es lo que me han dicho. No he tenido ocasión de
comprobarlo.
—Pues compruébalo, porque yo tengo
entendido que no fue así. Pierce sufrió una decepción con el FBI cuando formaba
parte del mismo. Prestó su apoyo a ciertos agentes especiales a los que Tynan
estaba maltratando. En represalia, Tynan decidió exiliarle no sé adónde... a
Montana, Ohio o algún sitio así, y entonces Pierce dimitió con el fin de poder
luchar en favor de las reformas desde fuera. Me han dicho que Tynan hizo correr
el rumor de que le había expulsado.
—Da lo mismo —dijo Collins impacientándose levemente—. Lo que
importa es eso que has dicho de que has decidido ponerte del lado de los que se
oponen.
—Porque esa ley me preocupa, Chris. Conozco los fines que se
propone, pero es demasiado rígida y cada vez me convenzo más de que se podría
abusar de su aplicación. Francamente, lo único que me tranquiliza en relación
con su aprobación es el hecho de que John Maynard ocupe el cargo de presidente
del Tribunal Supremo. Él sabría actuar con mesura. No obstante, la posibilidad
de su aprobación me está empezando a preocupar realmente.
—Tiene también su lado bueno, Paul. Impedirá que nos desborde la
oleada de criminalidad. Sólo en California, el índice de criminalidad está
empezando a ser demasiado...
—¿De veras? —preguntó Hilliard.
—¿Qué quieres decir con eso? Has leído tan bien como yo las
estadísticas del FBI.
—Estadísticas, cifras. ¿Quién fue el que dijo que las cifras no dan
mentiras sino que son los mentirosos quienes dan las cifras? —Hilliard se
removió inquieto en su asiento, dejó la pipa y miró directamente a Collins.— En
realidad, de eso precisamente quería hablarte. Me refiero a las estadísticas.
He estado dudando un poco acerca de si comentarlo o no porque se relaciona con
tu Departamento y temía que pudieras molestarte.
—¿Y por qué iba a molestarme? Vamos, Paul, somos amigos. Habla con
franqueza.
—Muy bien. —Hilliard vaciló brevemente y después decidió lanzarse:—
Ayer recibí una llamada que me preocupó. De Olin Keefe.
A Collins el nombre no le sonaba.
—Es un miembro de la Asamblea de San Francisco recientemente elegido
—le explicó Hilliard—. Un buen muchacho. Te gustaría. Sea como fuere, el caso
es que pertenece a un comité que le exigió hablar con cierto número de jefes de
policía de la zona de la Bahía. Dos de ellos, dos de esos jefes de policía, se
lamentaron de que el FBI estuviera intentado hacerles quedar en mal lugar.
Afirmaron que las cifras relativas a los índices de criminalidad que habían
remitido al director Tynan, y que según dijeron eran exactas, estaban muy por
debajo de las que tú das a la publicidad.
—Yo no doy ninguna cifra a la publicidad, como no sea desde un punto
de vista técnico —dijo Collins algo irritado—. Tynan las recibe de los
distintos lugares y las contabiliza. Mi oficina se limita a darlas a conocer
oficialmente en su nombre. De cualquier modo, eso carece de importancia. ¿Qué
pretendes decir, Paul?
—Pretendo decirte que el joven Keefe, el miembro de la Asamblea
Keefe, abriga la sospecha de que el director Tynan está falseando las
estadísticas nacionales relativas a la criminalidad, las está manipulando,
especialmente por lo que respecta a las cifras que se le facilitan desde
California. Nos está atribuyendo una oleada de criminalidad muy superior a la
que realmente se está registrando.
—¿Y por qué iba a hacer eso? No tiene sentido.
—Vaya si lo tiene. Tynan lo está haciendo, si es que efectivamente
lo hace, para atemorizar a nuestros legisladores e inducirles a aprobar la
Enmienda XXXV.
—Mira, sé que Tynan está muy interesado en la aprobación de la
enmienda. Sé que el FBI siempre ha sido muy aficionado a las estadísticas.
Pero, ¿por qué iba a molestarse en hacer algo tan peligroso como falsear las
cifras? ¿Qué ganaría con ello?
—Poder.
—Ya disfruta de poder —dijo Collins llanamente.
—Pero no como el que disfrutaría siendo jefe del Comité de Seguridad
Nacional, caso de que se echara mano de la disposición relativa a la situación
de emergencia que contempla la Enmienda XXXV. Entonces ibas a ser Vernon T.
Tynan über Alles.
Collins sacudió la cabeza.
—No lo creo. De ninguna manera. Paul, pertenezco al Departamento de
Justicia. Llevo en él dieciocho meses, ocupando distintos cargos. Sé lo que
ocurre en el Departamento. Tú estás lejos de él. Y ese joven asambleísta tuyo,
Keefe, también lo ve todo desde fuera. No tiene ni la menor idea.
Hilliard no quería darse por vencido. Se aseguró bien las gafas
sobre el caballete de la nariz y dijo muy serio:
—Pues, a juzgar por la conversación telefónica que mantuvimos, se
diría que sabe muchas cosas. Sabe también algunas otras que no son muy bonitas
que digamos. No tienes por qué fiarte de mi palabra, Chris. Averígualo tú mismo
directamente. Antes me has dicho que es muy posible que tengas que trasladarte
a California muy pronto. Estupendo. ¿Por qué no dejas que te presente a Olin
Keefe? Así podrás escucharle tú mismo. —Hizo una pausa.— A menos que por algún
motivo no quieras hacerlo.
—Ya basta, Paul. Me conoces muy bien. No existe ningún motivo por el
que no quiera conocer esos hechos... si es que efectivamente son hechos. No soy
hombre de contubernios. Me interesa la verdad tanto como a ti.
—Entonces, ¿estás dispuesto a ver a Keefe?
—Concierta la entrevista y acudiré, sí.
—Espero que con mentalidad abierta. El destino de toda esta maldita
república puede depender de lo que ocurra en California. No me gustan algunas
de las cosas que están sucediendo en California en estos momentos. Por favor,
escucha todo lo que tenga que decirte, Chris, y después decide.
—Lo escucharé —dijo Collins con firmeza. Luego tomó la carta— La
salsa de este pato resultaba un poco amarga; vamos a saborear algo dulce para
variar.
Al día siguiente, exactamente a las doce del mediodía, tal como
había venido haciendo una vez por semana desde hacía seis meses, Ishmael Young
llegaba al sótano del edificio J. Edgar Hoover procedente de su casita
alquilada de Fredericksburg, Virginia. A pesar de que era domingo, sabía que en
aquel crucial período todos los funcionarios del Departamento de Justicia y del
FBI trabajaban siete días a la semana. Tynan le estaría aguardando. Young
aparcó en el sótano, descendió no sin esfuerzo de su rojo deportivo de segunda
mano y se reunió con el agente especial O’Dea frente a la puerta del ascensor
privado del director. A veces le esperaba el director adjunto Adcock. Hoy era
O’Dea, el que fuera estrella del atletismo, con su cabello casi cortado al
rape.
Ascendieron hasta el séptimo piso, se despidieron y Young echó a
andar —con su magnetófono y su cartera de documentos— por un pasillo que
separaba dos hileras de despachos. Instantes después entraba en la suite del
director Tynan.
A continuación, en el espacioso despacho de Tynan sobre la avenida
Pennsylvania, Young acercó un pesado sillón a la baja mesita circular, lo
colocó de cara al sofá en el que el director iba a tomar asiento, sacó sus
papeles y se dispuso a esperar. A las doce y cuarto, Beth, la secretaria de
Tynan, colocó sobre la mesita una cerveza para el director y una Pepsi-Cola de
dieta para el escritor. Después trajo dos paquetes de comida ya preparada
suministrados por una charcutería de la cercana calle Nueve. Dispuso la sopa de
crema de pollo y el queso fresco para el director y la ensalada de pepinillos,
huevo, cebollas y patatas para el escritor, y se marchó. Al final, tras decirle
a alguien a través del teléfono que no deseaba que le pasaran llamada alguna a
excepción de las del presidente, Tynan se levantó de detrás de su impresionante
escritorio y cerró con llave desde dentro las dos puertas del despacho.
Después, pasando junto a Young, se dirigió al cuarto de baño, y un minuto más
tarde emergía refrescado frotándose las manos y se dejaba caer en el sofá
tomando un sorbo de cerveza.
A Vernon T. Tynan le encantaban aquellas sesiones autobiográficas.
Sin duda porque se referían a su persona.
Ishmael Young las aborrecía.
A Young le gustaba el FBI pero le desagradaba el director Tynan. Le
gustaba el FBI no por su razón de ser, sino porque era impecable y suavemente
eficaz, cosa que Young no era. Le gustaban todas las grandes organizaciones que
funcionaban como es debido —la IBM, el partido comunista ruso, el Vaticano, la
Mafia, el FBI—, independientemente de lo que representaran. Le desagradaba la
forma en que esas máquinas mastodónticas manipulaban y explotaban a la gente,
pero le gustaba la eficacia con la que tales organizaciones —más importantes
que la vida— conseguían hacer las cosas sin esfuerzo. Él casi siempre tenía que
hacer las cosas con un lápiz, una máquina de escribir y un revoltijo de
papeles, a tontas y a locas, presa de la tensión nerviosa, y eso no era vida.
Estimaba y respetaba al FBI como organización desde aquel día hacía
seis meses en que, antes de celebrar su primera sesión con el director Tynan,
el director adjunto Adcock le había acompañado en un recorrido por la Oficina
con el fin de que captara el ambiente. Una parte del recorrido había sido de
carácter turístico. Más de medio millón de turistas acudían anualmente a
visitar la sede de la organización. Young no se lo reprochaba. Resultaba muy
emocionante: la Galería de Criminales Famosos, en la que se exhibían las
verdaderas armas de John Dillinger, su chaleco antibalas y su mascarilla
mortuoria; «El Delito del Siglo: El caso de los Espías de la Bomba A»,
presentando a Julius y Ethel Rosenberg; la Lista de los Diez Fugitivos Más
Buscados; las pruebas del Robo Brink; la «Siniestra Mano del Espionaje
Soviético», presentando al coronel Rudolf Abel; la sala cubierta de práctica de
tiro, en la que cada nueve minutos un agente especial hacía una demostración de
mortífera precisión utilizando un revólver de servicio del calibre treinta y
ocho y después una metralleta Thompson del calibre cuarenta y cinco para
acribillar un blanco de papel de tamaño natural.
Por encima de todo —y aquí ya le habían conducido fuera de la
demarcación reservada a los turistas— a Ishmael Young le habían encantado los
archivos del FBI. En aquella especie de cámara de liquidación de la captura de
delincuentes se albergaba una enorme cantidad de huellas dactilares, más de
doscientos cincuenta millones de huellas. Young pensó que, si Dios tuviera
manos, el FBI dispondría de sus huellas dactilares. Entre los otros ocho mil
setecientos archivadores grises, le habían mostrado el de los modelos de
máquinas de escribir, en el que se hallaban archivados todos los tipos y
características de las distintas máquinas, normales o de juguete, que jamás se
hubieran fabricado (ya no volvería a pensar en la posibilidad de escribir a
máquina un anónimo). Vio también el archivo de filigranas, el archivo de robos
bancarios y el archivo nacional de fraudes. Le habían mostrado, además, otras
muchas cosas: la sección de serología, en la que se analizaban la sangre y
demás líquidos corporales; el departamento de química, en el que se hervían
órganos humanos; la sala de espectrografía, en la que se examinaban las
partículas de pintura. Le había fascinado especialmente la llamada «Unidad de
Cabellos y Fibras». «Cuando la gente se pelea —le había explicado Adcock—, es
posible que las fibras de sus prendas de vestir se adhieran mutuamente.
Nosotros recogemos las fibras adheridas a las prendas, las separamos y las
analizamos con el fin de averiguar cuáles de ellas pertenecen al asaltante y
cuáles a la víctima. —Después Adcock había añadido:— Nuestro laboratorio es
nuestra arma secreta. Resulta invencible. Lo creó J. Edgar Hoover en 1932. Tal
como él dijo en cierta ocasión, ‘la más pequeña mancha de sangre, el documento
falsificado, la caja de cerillas encontrada en el escenario del robo, la huella
del tacón o la mancha de polvo suelen proporcionar a menudo el eslabón esencial
de las pruebas que son necesarias para relacionar al criminal con su crimen o
para establecer la inocencia de una persona’.»
Al acabar la visita, la cabeza de Young rebosaba de ideas. Aquello
había sido como el paraíso de un escritor. Aunque no se lo había preguntado a
Adcock, no había dejado de pensar cómo era posible que algún delincuente
pudiera esperar jamás escapar al FBI. No se lo había preguntado porque el país
hervía de crímenes y la mayoría de los criminales lograba seguir en libertad.
Y después le habían conducido a su primera sesión oficial con el
director Vernon T. Tynan.
Se había imaginado en cierto modo que parte del amor que le
inspiraba el FBI revertiría en su director. Pero no fue así y no se sorprendió.
Había aborrecido a Tynan desde el principio, antes incluso de verle. Tynan
deseaba una autobiografía y le habían recomendado a Young. Tynan había leído
dos de los libros escritos por Young por cuenta de terceras personas y los
había aprobado. Young se había resistido. Conocía de oídas la fama de Tynan, su
egolatría, y había rechazado la oferta de colaboración. Pero sólo muy
brevemente. En efecto, Tynan le había sometido a chantaje y le había obligado a
escribir el libro.
Jamás olvidaría su primer encuentro con Tynan en aquel despacho.
Allí estaba el director —ojos de gato en un rostro de bulldog— diciéndole: «Por
fin, señor Young. Me alegro de conocerle, señor Young.» Y él había contestado
jovialmente: «Llámeme Ishmael.» Después el director había adoptado una actitud
hermética, y Young había comprendido que así iba a ser en adelante. Por cierto,
Tynan jamás le había llamado Ishmael. El director debió de pensar que se
trataba de un nombre extranjero y decidió llegar a una especie de solución de
compromiso llamándole «Young» o simplemente «usted».
Ahora habían transcurrido seis meses y una vez más se hallaban
sentados el uno frente al otro, Ishmael Young bebiendo su Pepsi-Cola de dieta y
Vernon T. Tynan ingiriendo los últimos sorbos de su cerveza. Mientras Tynan
apartaba la jarra a un lado y empezaba a tomarse la sopa, Young se dispuso a
comenzar. Se inclinó hacia adelante y pulsó simultáneamente los botones de
grabación y puesta en marcha de su magnetófono portátil; probó un poco de
ensalada y se puso a revisar las notas que tenía sobre las rodillas. Una semana
antes el director le había anunciado el tema de aquella sesión y Young se había
preparado de antemano. No iba a ser fácil. Pensó que tendría que procurar
mostrarse comedido.
—Íbamos a hablar de J. Edgar Hoover —dijo Tynan tomando una porción
de queso fresco— y de cómo me adiestró y me convirtió en lo que soy. Le debo
muchas cosas. Cuando murió, en 1972, no quise trabajar ni para Gray ni para
Ruckelshaus, Kelley o cualquiera otro de los que le siguieron. Eran buenas
personas, pero cuando uno había trabajado para El Viejo... así es como solíamos
llamar a Hoover, El Viejo, bueno, pues cuando uno había trabajado para él, ya
no se podía trabajar para nadie más. Por eso decidí marcharme cuando murió y
organizar mi propia agencia de investigación. Sólo el presidente consiguió que
abandonara mi agencia privada con el fin de aceptar el cargo de director. Pero
creo que todo eso ya se lo he dicho.
—Sí, señor; lo tengo todo transcrito y corregido.
—Puesto que la situación se estaba deteriorando por momentos, el
presidente necesitaba de nuevo a El Viejo. Y dado que no podían recuperarle,
ellos... quiero decir, el presidente, decidió buscar a un hombre que se hubiera
identificado al máximo con Hoover. Y acudió a mí. Jamás ha tenido que
arrepentirse. Muy al contrario. Ya le dije, ¿no?, cómo hace un mes el
presidente me llamó aparte y me dijo: «Vernon, ni siquiera J. Edgar Hoover
hubiera podido lograr lo que usted ha logrado.» Ésas fueron sus palabras textuales.
—Lo recuerdo —dijo Young—. Fue todo un homenaje.
—Bueno, Young, no deseo que esta parte del libro sea un homenaje a
mi persona. Quiero que sea un homenaje a El Viejo, para que los lectores
comprendan por qué le respetaba y qué es lo que aprendí de él.
—Sí, esta semana he estado leyendo muchas cosas acerca de Hoover.
—Olvídelo. Esos malditos periodistas jamás se mostraron justos con
él, sobre todo al final. Preste atención a lo que yo le diga y entonces
averiguará la verdad.
—Así lo haré, señor.
—Anote cuidadosamente lo que ahora voy a decirle para que no haya
errores.
—Tengo el magnetófono en marcha, señor. No hace falta escribirlo...
—Ah, sí, lo había olvidado. Bueno, pues escúcheme con atención. Fue
J. Edgar Hoover quien introdujo el profesionalismo en el obligado cumplimiento
de la ley. Se libró de la imagen del policía Keystone, que por otro lado no es
que fuera mala, quede claro, y consiguió que el público nos respetara. El FBI
fue creado bajo Teddy Roosevelt por el secretario de Justicia Charles
Bonaparte. Éste había nacido en los Estados Unidos pero era nieto del hermano
menor de Napoleón. Le sucedieron un puñado de directores que o bien fueron
mediocres o bien pésimos. El último antes de que El Viejo accediera al cargo
fue William J. Burns, un tipo espantoso. Según Harlan Fiske Stone, bajo Burns
el FBI se convirtió en un servicio secreto privado por cuenta de las
corrompidas fuerzas que dominaban el gobierno. De ahí que Stone, un año antes
de que accediera al cargo de presidente del Tribunal Supremo, eligiera a un
muchacho de veintinueve años llamado J. Edgar Hoover para dirigir la Oficina.
Hoover había ocupado con anterioridad un puesto de bibliotecario en el
gobierno. Cuando accedió al cargo de director, el FBI sólo disponía de
seiscientos cincuenta y siete funcionarios. Al morir, el número de empleados se
había elevado a veinte mil. Creó el laboratorio criminal, los archivos de
huellas dactilares, la academia de adiestramiento de Quantico, el Centro
Nacional de Información Criminal, con sus computadoras y sus casi tres millones
de expedientes. Todo eso lo hizo El Viejo. Y bajo su mandato, al igual que bajo
el mío, ningún agente del FBI se vio jamás mezclado en ningún crimen o
corrupción. Ya es algo.
—Desde luego —convino Young.
—Fíjese en lo que hizo J. Edgar Hoover —dijo Tynan terminándose el
queso—. Consiguió apresar a John Dillinger, a Floyd Niño Bonito, a Alvin
Karpis, a Ametralladora Kelly, a Nelson Cara de Niño, a Ma Barker, a Bruno
Hauptmann, a los ocho saboteadores nazis que desembarcaron de submarinos, a
Julius y Ethel Rosenberg, a Klaus Fuchs, a los ladrones de Brink a James Earl
Ray... la lista ocuparía un par de kilómetros.
Veinte kilómetros, pensó Ishmael Young. Pensó en los «triunfos» que
Tynan había pasado oportunamente por alto. Durante buena parte de su carrera
Hoover había hecho caso omiso de la Mafia, negándose a creer en su existencia.
Hasta 1963, cuando Valachi decidió hablar, no reconoció Hoover la existencia
del crimen organizado. Acorralado ante esta prueba de la Mafia, Hoover jamás se
refirió a la misma llamándola por su nombre, prefiriendo en su lugar el
eufemismo de Cosa Nostra. Sus defensores afirmarían que Hoover había ignorado
la Mafia por temor a que los bajos fondos corrompieran y sobornaran a sus
agentes tal como solían hacer con la policía local, estropeándole con ello su
historial exento de escándalos. Los cínicos insistirían en que había evitado
hurgar en el sindicato del crimen por temor a que el tiempo invertido en las
prolongadas investigaciones a este respecto se tradujera en un descenso en su
promedio de estadísticas criminales.
Ishmael Young pensó en otros «triunfos» de Hoover que Tynan había
soslayado impecablemente. Hoover había dicho que el doctor Martin Luther King
era «un notorio embustero», y había intervenido su teléfono con el fin de
grabar detalles de su vida sexual. Hoover había llamado «medusa» al ex
secretario de Justicia Ramsey Clark. Hoover había calificado al padre Berrigan
y a otros activistas católicos antibelicistas de secuestradores y
conspiradores, antes de que sus casos hubieran sido presentados al gran jurado.
Hoover había despreciado a los puertorriqueños y a los mexicanos insistiendo en
que las personas de estas dos nacionalidades «no podían proceder con lealtad».
Hoover había instalado aparatos de escucha en los domicilios de los
congresistas y de los defensores no violentos de los derechos civiles y de la
paz. Incluso había realizado investigaciones acerca de un muchacho de catorce
años de Pennsylvania que había deseado acudir a un campamento de verano de la
Alemania del Este y acerca de un jefe de boyscouts de Idaho que había
manifestado el propósito de irse a acampar con sus muchachos a Rusia.
Ishmael Young recordó un artículo de Pete Hamill que había leído.
«En el transcurso de los últimos treinta años, no ha habido en este país un
elemento más subversivo que J. Edgar Hoover. Este hombre destruyó la fe en
nosotros mismos, nuestra creencia en una sociedad abierta, nuestras esperanzas
de que los hombres y las mujeres pudieran vivir en un país libre de policía
secreta, de vigilancia oculta, de persecución a causa de las ideas políticas.»
Hubieran podido comentar todas aquellas cosas, pero Young sujetó la lengua.
—Y le revelaré una pequeña faceta personal de J. Edgar Hoover que
muy pocas personas conocen —estaba diciendo Tynan—. Yo siempre digo que pueden
averiguarse muchas cosas acerca de un ser humano a través de la forma en que
éste trata a sus padres. Pues bien, Hoover vivió con su madre, Anna Marie,
hasta los cuarenta y tres años. Un hombre así por fuerza tiene que ser un
hombre honrado.
O, por lo menos, un caso para Freud, pensó Young.
—Y permítame referirle una anécdota que le dará una idea de por qué
era respetado El Viejo y, sobre todo, de por qué le respetaba yo. Cuando J.
Edgar Hoover cumplió los setenta años, se ejerció mucha presión sobre el
presidente Lyndon Johnson para que le ordenara dimitir. El presidente Johnson,
y esto le honra, dijo que no, que jamás le diría que se fuera. Alguien le
preguntó por qué y el presidente contestó: «¡Prefiero tenerle dentro de la
tienda meando hacia afuera que fuera de la tienda meando hacia adentro!» ¿Qué
le parece? —Tynan se dio una palmada en el muslo y soltó una áspera carcajada.—
¿No lo encuentra gracioso?
—Desde luego —contestó Young en tono dubitativo.
—No sé sin incluir la anécdota en mi libro.
—Oh, sí —dijo Young rápidamente—. Es una anécdota muy divertida.
Cuantas más anécdotas se incluyan, mejor.
—Tal vez pueda usted escribir que el presidente Johnson me lo dijo a
mí —añadió Tynan haciendo un guiño—. Nadie podrá saber que no es cierto.
Johnson ha muerto. Hoover ha muerto. ¿Quién nos iba a contradecir?
—Johnson podría habérselo dicho a usted —dijo Young—. Creo que
podríamos escribirlo así. De este modo, la anécdota adquiere más fuerza.
—Sí, escríbalo así, Young. Ya sabrá usted cómo hacerlo. Y también
podría poner otra cosa. Es un sueño que tuve hace cosa de una semana. Soñé que
J. Edgar desde allá arriba me envidiaba de muerte. Me envidiaba porque yo había
conseguido dar con la gran solución del crimen en Norteamérica: la Enmienda
XXXV, y ello iba a ser como una especie de monumento a mi persona y él hubiera
deseado tener esa oportunidad. Y entonces yo le decía que en cierto modo el
mérito de la Enmienda XXXV le correspondía tanto como a mí, puesto que sin él
yo no hubiera podido ser director del FBI en estos momentos. —Tynan le dirigió
a Young una sonrisa.— Éste fue mi sueño. ¿Qué le parece?
Antes de que Young tuviera ocasión de contestar que le parecía
estupendo, o cualquier otra cosa, sonó el zumbador del teléfono del escritorio.
Sorprendido, Tynan se levantó rápidamente y se dirigió hacia el
escritorio.
—¿Quién puede ser? Espero que Beth me diga que es el presidente.
—Descolgó el aparato.— ¿Sí, Beth? —Escuchó.— ¿Harry Adcock? Bueno, dígale que
si no puede esperar. ¿Qué es eso tan importante? —Escuchó con atención.—
¿Baxter qué? ¿El asunto de la Santísima Trinidad...? Ah, sí, ya, ya, aquello de
Collins. Muy bien, dígale a Harry que hablaré con él dentro de un minuto.
Colgó de nuevo el aparato y pareció como si reflexionara. Al final,
se apartó lentamente del escritorio, y entonces se percató de la presencia de
Ishmael Young y se sobresaltó.
—Usted... Había olvidado que estaba usted aquí. ¿Ha escuchado la
conversación?
—¿Cómo? —preguntó Young fingiendo estar despistado y sin dejar de
estudiar su lista de preguntas.
—Nada —repuso Tynan tranquilizado—. Me temo que se ha presentado un
asunto urgente. Seguimos gobernando el país, ¿sabe? Lamento tener que acortar
la entrevista esta vez, Young, pero le concederé media hora de más la semana
que viene. ¿De acuerdo?
—No faltaba más. Lo que usted diga, señor...
Mientras apagaba obedientemente el magnetófono y se guardaba los
papeles en la cartera, Young decidió pasar de nuevo la última parte de la cinta
en cuanto llegara a casa. ¿Qué era lo que el director no había querido que él
escuchara? Algo relacionado con el deseo de Harry Adcock de hablar
inmediatamente con él a propósito de Baxter —es decir, el ex secretario de
Justicia que había sido enterrado el día anterior— y del asunto de la Santísima
Trinidad —aquello tal vez fuera un nombre en clave, a no ser... a no ser que
fuera la iglesia de la Santísima Trinidad de Georgetown— y de lo de Collins. Es
decir, de Christopher Collins. ¿Cuál podía ser la importancia de todo aquello?
Decidió archivar cuidadosamente las distintas piezas de lo que tal vez
resultara ser un interesante rompecabezas. Tal vez estas piezas, junto con
algunas otras, le facilitaran una mejor imagen de las actividades de Tynan.
Cuánto le gustaría averiguar algo acerca de Tynan, pensó mientras
cerraba la cartera, algo que pudiera compensar y posiblemente anular lo que
Tynan había averiguado acerca de él. Algo que le permitiera verse libre de
aquel cochino compromiso.
Respirando dificultosamente, se levantó y cruzó la estancia,
mientras Tynan abría la segunda de las puertas del despacho. Tynan aguardó con
la puerta abierta.
—Creo que no ha sido una mala sesión —dijo Tynan alegremente—. La de
la semana que viene será todavía mejor. Empezaremos con lo que yo aprendí de El
Viejo, y charlaremos de algunas de las aportaciones de Vernon T. Tynan al FBI.
¿Qué le parece?
—Magnífico —repuso Ishmael Young—. Ardo en deseos de empezar.
Pero, ¿qué demonios tendrían que ver, pensó, un difunto secretario
de Justicia, una iglesia católica de Georgetown y un asunto de Collins con el
gobierno de una nación?
Tal vez si se lo dijera a Collins éste pudiera decírselo a él. Tal
vez Collins le debiera en tal caso un favor.
O tal vez, pensó Young, en beneficio de la propia salud le
conviniera olvidar por completo lo que había escuchado.
—No me pase ninguna llamada —ordenó Tynan a través del teléfono
interior— a no ser que proceda de la Casa Blanca. —Giró en su asiento y miró a
Harry Adcock, que se encontraba sentado en un sillón frente al escritorio.—
Bien, Harry, ¿de qué se trata?
—Hemos realizado una investigación acerca del sacerdote, del padre
Dubinski, de la iglesia de la Santísima Trinidad. No se ha descubierto nada de
importancia. Sólo una cosa de hace tiempo. Estuvo mezclado en cierta ocasión en
un asunto de drogas, en Trenton, pero la policía lo dejó correr. No obstante...
Tynan se irguió en su sillón giratorio.
—Es más que suficiente. Vaya y écheselo en cara, y entonces ya
veremos...
—Ya lo he hecho, jefe —dijo Adcock rápidamente—. He acudido a verle
a última hora de esta mañana. Hace poco que he regresado.
—Bueno, ¿qué ha dicho, maldita sea? ¿Ha escupido la confesión de
Noah?
Harry Adcock procedía ordenada y cronológicamente en todos sus
relatos. Jamás daba respuestas desordenadas al modo en que los periodistas
suelen escribir sus reportajes, porque consideraba que ello conducía a
distorsiones, omisiones y malentendidos. Tynan no había tenido más remedio que
aceptar esa costumbre, y así lo estaba haciendo ahora. Tamborileó con los dedos
de la mano derecha sobre el escritorio y esperó.
—He telefoneado al padre Dubinski esta mañana a primera hora; me he
identificado y le he dicho que tenía que llevar a cabo una investigación acerca
de un asunto relacionado con la seguridad del gobierno —dijo Adcock—. Le he
visto en la rectoría exactamente a las once y cinco. Me he identificado, le he
mostrado la placa y se ha dado por satisfecho. A petición mía, hemos hablado a
solas.
—¿Qué clase de hombre es?
—Cabello oscuro ondulado, rostro enjuto y moreno, tal como usted ya
sabe. Mide metro setenta de estatura. Cuarenta y cuatro años de edad. Lleva en
la iglesia de la Santísima Trinidad unos doce años. Un hombre extremadamente
frío y tranquilo.
—Prosiga, Harry.
—No he perdido el tiempo. Le he dicho que había llegado a nuestro
conocimiento que había sido el confesor del coronel Noah Baxter el día en que
éste falleció. Le he dicho que teníamos entendido que Baxter no había hablado
con nadie más que con él, es decir, con el padre Dubinski, antes de morir. Le
he preguntado si ello era cierto. Ha contestado que sí. Adcock rebuscó en el
bolsillo de su chaqueta y sacó un sobre doblado con algunas anotaciones.— He
tomado algunas notas acerca de la conversación mientras volvía hacia acá.
—Adcock las revisó.— Ah, sí, el padre Dubinski me ha preguntado si habíamos
obtenido esta información a través del secretario de Justicia Christopher
Collins. Yo he contestado que no.
—Muy bien.
—Después yo le he dicho: «Tal como usted debe de saber, padre, el
coronel Baxter estaba al corriente de algunos de los más altos secretos del
gobierno. Cualquier cosa que tuviera que decirle a alguien no perteneciente al
gobierno hallándose enfermo o sin el pleno uso de sus facultades revestiría un
extremado interés para la Oficina. Hemos estado intentando seguir la pista de
ciertos datos que han trascendido a propósito de una cuestión de la máxima
seguridad y nos resultaría muy útil saber si el coronel Baxter habló de ellos
con usted». Después he añadido: «Nos gustaría conocer sus últimas palabras, las
palabras que le dijo a usted.» —Adcock levantó la mirada.— El padre Dubinski me
ha contestado: «Lo siento. Sus últimas palabras fueron en confesión. La confesión
es sagrada. En mi calidad de confesor del coronel Baxter, no puedo revelarle a
nadie sus últimas palabras. Lamento no poder hacer nada por usted.»
—El muy bastardo —musitó Tynan—. ¿Y qué le ha dicho usted?
—Le he dicho que no teníamos la pretensión de que revelara el
contenido de una confesión a una persona en particular. Se trataba, por el
contrario, de una información solicitada por el gobierno. Él me ha contestado
inmediatamente que la Iglesia no tenía ninguna obligación para con el gobierno.
Me ha recordado la separación entre la Iglesia y el estado. Yo representaba al
estado, me ha dicho, y él representaba a la Iglesia. La potestad de uno no
podía inmiscuirse en los asuntos de la otra. Me he percatado de que no
llegaríamos a ninguna parte y he decidido mostrarme más duro.
—Estupendo, Harry. Así está mejor.
—Le he dicho... bueno, no recuerdo exactamente las palabras, pero le
he dicho que, a pesar del alzacuello, no estaba por encima de la ley. Es más,
le he dicho, habíamos averiguado que en cierta ocasión había tenido algo que
ver con la ley.
—Se lo ha dicho así por las buenas, ¿eh? Muy bien, pero que muy
bien. Y él, ¿cómo se lo ha tomado?
—Al principio, no ha dicho ni palabra. Me ha dejado hablar. Yo le he
recordado que hacía quince años había sido acusado de posible posesión de
drogas en Trenton. Él no lo ha negado, mejor dicho, ni siquiera ha contestado.
Le he dicho que, a pesar de que no había sido detenido por ello, dicha
información le causaría mucho daño caso de que se diera a la publicidad. He
observado que se enojaba mucho. Una cólera contenida. Pero sólo ha dicho una
cosa. Ha dicho: «Señor Adcock, ¿me está usted amenazando?» Yo le he contestado
inmediatamente que el FBI jamás amenaza a nadie. Le he dicho que el FBI se
limita a recoger datos. Y que el Departamento de Justicia es el que actúa sobre
la base de éstos. He sido muy cauteloso. Sabía que no podíamos acusarle de
ningún delito. Sólo podíamos provocarle dificultades con sus feligreses.
—Todos los sacerdotes son vulnerables en lo tocante a relaciones
públicas —dijo Tynan sagazmente.
—Con eso contaba yo —prosiguió Adcock—. Era lo único que podía
servirme. He procurado conferir un matiz de mayor gravedad al asunto. Le he
dicho que, dada su posición, era posible que hubiera tropezado inadvertidamente
con alguna información de vital importancia. Le he dicho que, caso de que no la
revelara, sería inevitable que su nombre y su pasado saltaran a la luz pública
una vez se hubiera establecido con certeza que se habían producido fugas en
asuntos relacionados con la seguridad del gobierno. «En cambio, si usted
colabora con su gobierno —le he dicho—, su pasado no tendrá por qué salir a la
luz». Le he aconsejado que colaborara. Pero se ha negado de plano.
—El muy hijo de puta —exclamó Tynan golpeando la superficie del
escritorio con el puño.
—Jefe, cuando se trata con sacerdotes no se trata con personas
normales y corrientes. No reaccionan como los seres humanos normales. Ello se
debe a que se apoyan en todas esas historias de Dios. Tras negarse a colaborar,
se ha levantado para despedirme y me ha dicho más o menos esto: «Ya me ha oído.
Ahora puede usted hacer lo que quiera, pero yo debo obedecer mi voto a una
autoridad mucho más alta que la suya, una autoridad para la cual la confesión
es sagrada e inviolable». Sí, eso es justamente lo que me ha dicho. Antes de
irme, me ha parecido oportuno hacerle una última advertencia. Le he dicho que
lo pensara, porque, si no colaboraba en beneficio de su país, tendríamos que
hablar acerca de él y de su comportamiento y de su pasado con sus superiores eclesiásticos.
—¿Y no se ha rajado?
—No.
—¿Cree que lo hará?
—Me temo que no, jefe. Mi opinión es que nada le inducirá a hablar.
Aunque sacáramos sus trapos sucios, creo que preferiría un martirio menor antes
que hablar y traicionar sus votos. —Adcock estaba casi sin aliento y se volvió
a guardar en el bolsillo el sobre doblado.— ¿Y ahora qué hacemos, jefe?
Tynan se levantó, se introdujo las manos en los bolsillos de los
pantalones y empezó a pasear por detrás del escritorio. Después se detuvo.
—Nada —dijo—. No haremos nada. Opino lo siguiente: si el padre
Dubinski no ha querido hablar con usted a pesar de lo que usted puede hacerle,
no hablará con nadie. —Tynan respiró aliviado.— Da lo mismo lo que sepa.
Estamos a salvo.
—Podría acudir a uno de sus superiores, apretarle los tornillos en
este sentido y a lo mejor entonces...
Sonó el zumbador. Tynan fue hacia el teléfono.
—No, déjelo por ahora, Harry. Ha hecho usted un buen trabajo. Siga
vigilando a Dubinski de vez en cuando para tenerle a raya. Será suficiente.
Gracias.
Mientras Adcock abandonaba el despacho Tynan descolgó el aparato.
—¿Sí, Beth?... Muy bien, pásemela. —Esperó y después dijo:— Dígame,
señorita Ledger. —Escuchó.— Sí, desde luego. Dígale al presidente que voy en
seguida.
Vernon T. Tynan no conocía ningún idioma extranjero, sólo conocía
alguna que otra palabra recogida aquí y allá. Dos de las palabras extranjeras
que conocía pertenecían al francés y eran déjà
vu. Las conocía porque en cierta ocasión un agente especial las había
utilizado en uno de sus informes, y él se había puesto furioso y le había
escrito diciéndole que el FBI sólo escribía y hablaba en inglés, razón por la
cual le convenía escribir en inglés a no ser que deseara acabar en Butte,
Montana. No obstante y gracias a ello había podido hacerse una vaga idea de lo
que dichas palabras significaban.
Cada vez que visitaba el Despacho Ovalado de la Casa Blanca, lo cual
estaba ocurriendo últimamente con mucha frecuencia, experimentaba en aquella
estancia una sensación de déjà vu, de
volver a vivir una experiencia pasada. Ello se debía a que el presidente
Wadsworth, que era un gran admirador de la imagen del presidente John F.
Kennedy, si bien no de su política. había mandado restaurar el Despacho Ovalado
devolviéndole el mismo aspecto que ofrecía cuando Kennedy era el jefe del
ejecutivo. El director Tynan, como joven agente del FBI, había acompañado en
distintas ocasiones a J. Edgar Hoover al Despacho Ovalado cuando Kennedy
mandaba llamar al director con el fin de que presenciara la firma de alguna ley
de carácter penal. Estaba el complicado escritorio Buchanan, con su lámpara de
pantalla verde y su bombilla fluorescente. Estaban, detrás del escritorio, los
verdes cortinajes que ocultaban el césped de la Casa Blanca, y las seis
banderas: la norteamericana y la presidencial y las banderas del Ejército, la
Armada, las Fuerzas Aéreas y el Cuerpo de Infantería de Marina. Estaban los dos
apliques cuadrados de la pared y, sobre la repisa de la chimenea, los dos
modelos de veleros. Las curvadas paredes aparecían pintadas de un blanco
marfil, y el techo, en el que figuraba grabado el sello presidencial,
contemplaba la alfombra verde gris con su águila norteamericana entretejida. Al
otro lado de la estancia estaba la chimenea, los dos sofás, uno frente al otro,
y la mecedora situada entre ambos. Y, acomodado en el alto sillón giratorio de
color negro de detrás del marrón escritorio, se encontraba el presidente John
F. Kennedy.
Ahora, mientras el secretario de Asignaciones Nichols le franqueaba
el paso al Despacho Ovalado, Vernon T. Tynan experimentó una vez más aquella
misma sensación de déjà vu. Pensó por
unos instantes que quien se encontraba sentado junto al escritorio hablando con
alguien era el presidente Kennedy y que a su lado se hallaba el director Hoover
y él era joven de nuevo. Pero el pasado se esfumó como por ensalmo en cuanto
anunciaron su nombre. El hombre que se encontraba a su lado y que ahora
retrocedía y abandonaba la estancia era Nichols y no Hoover. El hombre sentado
tras el escritorio era el presidente Wadsworth y no el presidente Kennedy. Y la
persona con quien conversaba no era un ayudante de Kennedy sino Ronald
Steedman, el encuestador personal del presidente.
—Me alegro de que haya podido usted venir, Vernon —dijo el
presidente Wadsworth—. Siéntese. Puede apartar esos periódicos del sillón,
mejor dicho, puede tirarlos, si quiere, porque son basura. ¿Ha leído alguno de
ellos?
Tynan los quitó del sillón y les echó un vistazo antes de arrojarlos
a la papelera: New York Times, el SunTimes de Chicago, el Post de Denver, el Chronicle de San Francisco.
Sin esperar su respuesta, el presidente prosiguió:
—Nos están acosando de costa a costa como una manada de lobos que
aullaran tras nuestra sangre. Estamos intentando amordazar al país, ¿lo sabía
usted, Vernon? Debiera leer el editorial del New York Times. Atacan a la Asamblea de su estado por haber
ratificado la Enmienda XXXV. Escriben una «carta abierta» a los legisladores de
California diciéndoles que el destino de la libertad se encuentra en sus manos
e implorándoles que rechacen la Enmienda XXXV. Y hemos sido informados de que
las próximas ediciones del Time y del
Newsweek se harán eco de estas mismas
opiniones derrotistas.
—Opiniones interesadas dijo Steedman—. La prensa está preocupada por
su propio futuro.
—Y es lógico que así sea —gruñó Tynan—. Las explosivas informaciones
que publica un día sí y otro también, junto con el material que sirve la
televisión, son tan responsables del crimen y de la violencia como todo lo
demás. —Se acercó al presidente Wadsworth.— Por lo que yo he podido comprobar,
no todos se muestran unánimes a este respecto, señor presidente. Tenemos tantos
aliados como enemigos.
—No sé... —dijo el presidente en tono dubitativo.
—El Daily News de Nueva
York y el Tribune de Chicago —citó
Tynan—. El U. S. News and World Report —añadió—
se encuentra también de nuestra parte en favor de la Enmienda XXXV. Dos de las
cadenas de televisión se han mostrado neutrales, pero tengo entendido que
prestarán su apoyo a la enmienda antes de que se inicie la votación de
California.
—Ojalá sea cierto —dijo el presidente—. En último término, dependerá
de la gente, de la presión que ésta ejerza sobre sus representantes. Ronald y
yo estábamos justamente hablando de ello. Precisamente estábamos en eso. En
realidad, le he mandado llamar en relación con nuestra conversación. Quiero
pedirle su consejo.
—Estoy a su disposición para lo que sea, señor presidente —dijo
Tynan acercando aún más su sillón a la copia de Wadsworth del escritorio de
Kennedy.
El presidente se volvió hacia Steedman.
—Esas últimas cifras que ha obtenido usted en California, Ronald, ¿a
qué número de personas corresponde?
—Fueron encuestadas exactamente dos mil cuatrocientos cincuenta y
cinco personas. Se les hizo una sola pregunta dividida en tres partes. Si eran
favorables a que los legisladores de California aprobaran la Enmienda XXXV, si
estaban en contra de su ratificación o si estaban indecisos.
—Repase de nuevo los resultados para que Vernon pueda oírlos.
—Muy bien —dijo Steedman tomando una hoja impresa y leyendo para el
presidente y Tynan—. Los resultados de nuestra encuesta sobre dos mil
cuatrocientos cincuenta y cinco votantes registrados californianos, realizada a
los dos días de la aprobación de la enmienda en Nueva York y de su rechazo en
Ohio, son los siguientes. —Su dedo empezó a subrayar las cifras de la página.—
Se ha registrado un cuarenta y uno por ciento favorable a la aprobación, un
veintisiete por ciento contrario a la misma y un treinta y dos por ciento de
indecisos.
Hay muchos indecisos —dijo el presidente—. Ahora léanos la encuesta
llevada a cabo en el Senado y la Asamblea de California.
Steedman asintió, rebuscó entre sus papeles y tomó otra hoja
impresa.
—Ésta no es tan satisfactoria. Como es lógico, los legisladores se
muestran precavidos; esperan a oír la opinión de sus electores. Aquí los
indecisos y los que no han querido manifestar ninguna opinión suman un cuarenta
por ciento. Del sesenta por ciento restante que sí expresó su opinión, un
cincuenta y dos por ciento se muestra partidario de la aprobación y un cuarenta
y ocho por ciento es contrario.
El presidente sacudió la cabeza con gesto abatido.
—Demasiados indecisos. Eso no me gusta.
—Señor presidente —dijo Tynan—, a nosotros nos corresponde la tarea
de inducirles a que tomen partido de nuestro lado.
—Por eso le he mandado llamar, Vernon. Deseaba discutir la
estrategia... Gracias, Ronald. ¿Cuándo volveré a verle?
Steedman se levantó.
—Siguiendo instrucciones suyas, señor presidente, vamos a realizar
en California una encuesta semanal a partir de ahora. Dispondré de los
resultados de esta semana el próximo lunes.
—Llame a la señorita Ledger y concierte una cita en cuanto disponga
de algo.
Steedman se marchó tras recoger sus papeles y el presidente se quedó
a solas con Tynan en el Despacho Ovalado.
—Bueno, pues ahí lo tiene usted, Vernon —dijo el presidente—.
Nuestro destino se halla enteramente en las manos de unas personas que todavía
no se han decidido. Sabemos por tanto lo que hay que hacer. Tenemos que poner
en práctica toda clase de estratagemas, ejercer todas las presiones que sean
necesarias con el fin de que vean las cosas tal como nosotros las vemos... por
su propio bien. Está en juego nuestra última esperanza, Vernon.
—Confío en que todo se desarrollará según nuestros deseos, señor
presidente.
El presidente no estaba tan seguro.
—No podemos dejarlo al azar. El futuro dependerá de lo que hagamos.
—Tiene usted razón, desde luego —dijo Tynan—. Ya he emprendido
varias acciones al respecto. Estoy acelerando los informes de criminalidad del
FBI. He ordenado a todos los funcionarios de las policías locales de California
que remitan por teletipo sus más recientes estadísticas criminales cada semana
en lugar de hacerlo cada mes. Todos los sábados daremos a la publicidad estos
informes con el fin de que los recoja la prensa del domingo. Saturaremos a
California con la elevación de sus índices de criminalidad.
—Magnífico —dijo el presidente—. Lo malo es que la gente se acabará
acostumbrando a la repetición de meras cifras. Las simples estadísticas no
dramatizan la gravedad de la situación. —Extendió la mano sobre el papel
secante verde y tomó un cuaderno en el que había garabateado unas notas.— A
menudo, un discurso bien pronunciado puede dramatizar mucho mejor la situación.
Y alcanzar mayor publicidad. Se me había ocurrido la idea de enviar a cierto
número de funcionarios de la administración, miembros del gabinete, jefes de
departamentos, etcétera, a pronunciar discursos en las convenciones o
encuentros que ya se han programado en las principales ciudades de California.
He confeccionado una lista de nombres, pero es difícil saber cuáles de ellos
van a ser más eficaces.
Tynan se inclinó hacia adelante en su sillón.
—Sólo hay una persona que podría ser realmente eficaz. Usted, señor
presidente —dijo señalándole con el dedo—. Podría usted congregar a la gente
alrededor de la Enmienda XXXV y pedirle, en bien de su propia seguridad futura,
que ejerciera pre sión sobre sus representantes en Sacramento.
El presidente Wadsworth consideró por unos instantes esta
posibilidad, pero después sacudió la cabeza.
—No, Vernon, me temo que no daría resultado. Es más, es posible que
incluso fuera contraproducente. Usted no es un político, Vernon, y es posible
que no lo comprenda. No se imagina con qué celo defienden los estados sus
propios derechos. Tanto los legisladores como los ciudadanos podrían considerar
un discurso mío acerca de una decisión que les compete a ellos como una
ingerencia federal. Podrían molestarse por el hecho de que el presidente les
dijera lo que tienen que hacer. Creo que debemos ser más sutiles.
—Bueno, entonces —dijo Tynan—, ¿qué tal si lo hiciese yo? Podría
trasladarme a California y meterles el miedo en el cuerpo para que prestaran su
apoyo a la enmienda.
—No. Usted está demasiado ligado a la ley. No se le consideraría ni
objetivo ni razonable. Todo el mundo diría que arrima el ascua a su sardina.
Cualquiera que pertenezca al FBI les resultaría sospechoso. Como ya le dije, he
estado pensando en Collins. Preferiría enviar a alguien como Chris Collins. No
lleva uniforme, por decirlo de alguna manera, Es más probable que un secretario
de Justicia fuera considerado un elemento civil.
—Mmmm, Collins... Yo también he estado pensando... No estoy
demasiado seguro de él. No sé si es lo suficientemente fuerte ni si está muy
convencido...
—Exactamente. Sus debilidades podrían constituir en este caso una
ventaja. Le conferirían una mayor credibilidad. En realidad, Vernon, no abrigo
ninguna duda en relación con él. Está claramente de nuestra parte. Sabe lo que
más le conviene. No dice todo lo que piensa, lo cual es mejor en estas
circunstancias, pero ostenta la autoridad de su cargo. La semana pasada
discutimos la posibilidad de enviarle a California, pero ahora creo que podría
interpretar un papel de mayor importancia.
—¿Qué ha pensado usted? ¿Enviarle en una gira pronunciando discursos
por todo el estado?
—No, eso tendría apariencia de propaganda programada. —El presidente
reflexionó unos instantes.— Algo que resultara menos obvio. —Wadsworth chasqueó
los dedos.— Acabo de acordarme. Ayer se me ocurrió una idea. Sí, caso de que
pudiera arreglarse... Le pedí a la señorita Ledger que lo comprobara. Mire,
Vernon, se me ocurrió pensar que si Collins tuviera
que viajar a California por algún asunto determinado, entonces todo
parecería más natural. Un segundo.
Llamó a la señorita Ledger.
Casi inmediatamente se abrió la puerta del extremo más alejado del
salón y apareció la secretaria.
—Señorita Ledger, ¿recuerda usted...? Ayer, cuando me marchaba, le
pedí que echara un vistazo a todas las convenciones que están programadas en
California... algo que tuviera lugar en el transcurso de las próximas dos
semanas, algún acontecimiento en el que fuera lógico que el secretario de
Justicia tomara la palabra.
—Sí —dijo ella—. Hace una hora he recibido una respuesta a mis
averiguaciones. No quería molestarle.
—Bien, ¿hay alguna cosa?
—Ha tenido usted suerte, señor presidente. La Asociación
Norteamericana de Abogacía celebrará su reunión anual en Los Ángeles de lunes a
viernes.
El presidente se levantó satisfecho.
—Perfecto. Lo que se dice estupendo. El presidente de la Asociación
Norteamericana de Abogados es un viejo amigo mío; llámele usted inmediatamente
y dígale que le agradecería mucho que invitara al secretario de Justicia
Collins en calidad de principal orador el último día de la convención.
La señorita Ledger adoptó una expresión preocupada.
—No será fácil, señor presidente. He sabido que ya tienen
confeccionada toda la lista de oradores invitados, y el viernes por la tarde va
a pronunciar un discurso el presidente del Tribunal Supremo John G. Maynard.
—¿Y eso qué más da? —dijo el presidente—. Ahora tendrán a dos
oradores invitados. El secretario de Justicia Collins puede hablar antes o
después que el presidente del Tribunal Supremo. Dígale que si aceptaran la
propuesta lo consideraría como un favor personal.
—Llamaré en seguida, señor presidente.
La señorita Ledger regresó a su despacho, y el presidente Wadsworth
permaneció en pie.
—Bueno, eso ya está arreglado —dijo. Informaré a Collins. Le diré
que pronuncie un completo discurso acerca del cambio en la forma de abordar la
criminalidad. Podrá aludir a la Enmienda XXXV como la esperanza del futuro y
referirse al histórico papel que interpretará California al ratificarla.
Supongo que se hallarán presentes entre el público numerosos legisladores del
estado. Tal vez Collins pueda organizar después una pequeña reunión informal
con ellos y efectuar una sutil labor de cabildeo. Bueno, creo que eso ya está
resuelto... —El presidente estaba contemplando distraídamente los memorandos
que tenía esparcidos sobre el escritorio. Súbitamente, tomó un papel.— Casi lo
había olvidado, Vernon. Hay otra cuestión. El programa de televisión. ¿Le he
hablado de él?
—No, señor presidente.
—Hay una cadena nacional de televisión que transmite semanalmente un
programa acerca de algún tema de importancia local. Una tal señorita...
señorita... —Buscó en el memorando. Mónica Evans, la productora de este
programa de media hora de duración, ha telefoneado a McKnight. Según parece, es
una antigua amiga suya. Tienen proyectado grabar un debate en Los Angeles a
finales de la próxima semana acerca de la conveniencia o no de que California
ratifique la Enmienda XXXV. El programa se llama «En busca de la verdad».
Invitan a dos personalidades y cada una de ellas expone una opinión distinta
acerca de algún tema controvertido. ¿Lo ha visto usted?
—Me temo que sí —dijo Tynan haciendo una mueca.
—Pues bien, en este programa solicitan su presencia, Vernon. Quieren
que aporte usted argumentos en favor de la Enmienda XXXV. Coincidiría con el
día en que Chris pronunciaría su discurso en la Asociación Norteamericana de
Abogacía. Podrían ustedes efectuar el viaje juntos. Creo que esta aparición
sería importante para nosotros.
—¿Quién representará al otro bando? —preguntó Tynan . ¿Quién será el
otro invitado?
El presidente volvió a consultar el memorando.
—Tony Pierce —contestó.
Tynan dio un salto en su asiento.
—Perdóneme, señor presidente —dijo—, pero creo que sería un error
que el director del FBI apareciera en el mismo programa que un antiguo agente
que ha sido un traidor a la Oficina. No me parece oportuno contribuir a
conferir dignidad a las opiniones de un sucio comunista como Pierce apareciendo
en el mismo programa que él.
El presidente se encogió de hombros.
—Si tanto le molesta, Vernon, no insistiré. Pero creo que sería
importante, extremadamente importante, que expusiéramos nuestros puntos de
vista en un programa nacional de televisión como ése. Habría que presentar a
alguien de nuestro equipo.
—¿Y por qué no Collins? —sugirió Tynan—. De todos modos, va a
encontrarse en Los Ángeles. Podría aparecer en el programa y pronunciar el
discurso. En su calidad de secretario de Justicia, lo más probable es que los
responsables del programa le acepten de buen grado.
—Buena idea —dijo el presidente complacido—. Muy buena idea. Le diré
a McKnight que llame a esa señorita Evans y le confirme la presencia de Collins
como sustituto. —Ladeó la cabeza con gesto pensativo.— Bueno, Collins va a
tener mucho que hacer en favor de nuestra causa. Nos va a ser muy útil.
Extendió la mano y Tynan se levantó presuroso para estrechársela.
—Estoy seguro de que sí, señor presidente —dijo.
—Gracias por todo, Vernon —dijo el presidente esbozando una
sonrisa—. Bueno, pues allá vamos, California. —Extendió la mano hacia el
teléfono.— Y allá va usted también, secretario de Justicia Collins.
En su despacho del Departamento de Justicia, sosteniendo el teléfono
entre el oído y el hombro, Chris Collins anotó los detalles más importantes de
las instrucciones del presidente en la hoja de papel que tenía delante.
Aunque simulara mostrarse complacido ante las propuestas del
presidente, a Collins no le gustaba lo que había escuchado. No le importaba
trasladarse a California. Tendría la posibilidad de pasar una semana en casa,
podría ver a su hijo mayor, conversar con los amigos y tomar un poco el sol. Lo
que no le gustaba era verse obligado a defender la Enmienda XXXV en público y
discutirla con alguien como Tony Pierce en un programa de televisión de alcance
nacional. Había visto a menudo el programa «En busca de la verdad» y le había
gustado, pero sabía que los invitados al mismo no podían andarse por las ramas
ni refugiarse en las ambigüedades. Los debates, conducían con frecuencia a
terribles disputas y a posiciones encontradas, razón por la cual su situación
en el programa tal vez le resultara muy comprometida.
A Collins le desagradaba igualmente tener que tomar la palabra en la
misma tribuna que el presidente del Tribunal Supremo Maynard, un hombre cuyas
creencias liberales respetaba y cuyos veredictos en favor de los derechos
civiles admiraba, y verse obligado, en presencia de Maynard, a tomar
públicamente partido en favor de la Enmienda XXXV. Hasta entonces Collins había
logrado no comprometerse demasiado con la política seguida por la
administración. Ahora tendría que definirse, tendría que interpretar el papel
de portavoz del presidente. Tener que hacerlo en presencia del presidente del
Tribunal Supremo Maynard le resultaría sumamente embarazoso. Y, sin embargo, no
le quedaba ninguna otra alternativa.
—Bueno, pues eso es todo, Chris —le oyó decir al presidente—. ¿Lo ha
anotado con claridad?
—Creo que sí, señor presidente. El próximo viernes. Los Ángeles. A
la una en punto de la tarde, «En busca de la verdad» en los estudios de la
cadena. A las tres de la tarde, Asociación Norteamericana de Abogacía, hotel
Century Plaza.
—Prepárese bien para los dos acontecimientos. No permita que Pierce
pisotee la Enmienda XXXV. Atícele fuerte.
—Haré todo lo que pueda, señor presidente —dijo Collins tragando
saliva.
—En cuanto a la Asociación Norteamericana de Abogacía, prepare un
discurso sólido, Chris. Va a ser un público muy distinto al de la televisión.
Va a estar lleno de profesionales. No les dé en seguida en la cabeza con la
Enmienda XXXV. Guárdesela para una convincente conclusión. Deposite el destino
de la nación en la sabiduría de California.
—Lo intentaré.
—Confiamos en usted. Le veré antes de que se vaya.
Tras colgar el aparato, Collins permaneció unos instantes mirando a
través de la ventana con expresión sombría. Al final, apartando a un lado la
hoja de papel en la que había anotado su programa, reanudó su trabajo.
Muy pronto se enfrascó en los informes legales. El teléfono sonaba
constantemente pero nadie le interrumpió. Al parecer, Marion se las estaba
apañando sola para hacer frente a las llamadas. La próxima vez que levantó la
cabeza para desperezarse y mirar por la ventana, observó que ya había
oscurecido. Consultó el reloj. Estaba a punto de finalizar la jornada laboral
de todos los funcionarios del Departamento de Justicia. Si él también se
marchara, sería la primera vez en muchos meses que llegaría a casa a tiempo
para la cena. Decidió darle una sorpresa a Karen y regresar a casa a una hora
razonable.
Se levantó, tomó la cartera de documentos y empezó a introducir en
ella los papeles que le quedaban por revisar.
Sonó el teléfono, pero Collins no le hizo caso. Entonces escuchó el
zumbido del dictáfono y la voz de Marion a través del mismo.
—Señor Collins, se encuentra al aparato un tal padre Dubinski. No
reconozco el nombre, pero él dice que es posible que usted sí. No me ha querido
dejar ningún recado. Dice que es importante que pueda hablar con usted
personalmente.
Collins reconoció el apellido al momento, e inmediatamente
experimentó curiosidad.
—Pásemelo, gracias. Hasta mañana, Marion.
Se sentó, descolgó el aparato y pulsó el botón de la comunicación.
—¿Padre
Dubinski? Aquí Christopher Collins.
—No sabía si accedería a
hablar conmigo. —La voz del sacerdote sonaba distante.— No sabía si se
acordaría. Nos conocimos la noche en que el coronel Baxter falleció en
Bethesda.
—Desde luego que le recuerdo, padre. Es más, hasta había considerado
la posibilidad de ponerme en contacto con usted. Quería hablar...
—Por eso precisamente le he llamado dijo el sacerdote—. Me gustaría
verle. Cuanto antes mejor. A ser posible, me gustaría verle esta misma tarde.
Se trata de un asunto que tal vez pueda ser de interés para usted. Pero no
deseo discutirlo por teléfono. Si esta tarde no le es posible, tal vez mañana
por la mañana...
A Collins se le había despertado totalmente la curiosidad.
—Puedo verle esta tarde. Dentro de una media hora.
—Me alegro —dijo el sacerdote aliviado—. ¿Le parecería excesivo que
le rogara que acudiera a verme a la iglesia? Me resultaría, no sé... un poco
embarazoso visitarle yo.
—Pues claro que acudiré a verle. La iglesia de la Santísima
Trinidad, ¿verdad?
—Está en la calle Treinta y Seis, entre las calles N y O de
Georgetown. La entrada principal se encuentra en la calle 36. Preferiría que no
la utilizara. Sería mejor que habláramos en privado en la rectoría. Entrando
por la calle Treinta y Cinco, gire a la izquierda a la calle O y es la primera
iglesia que se encuentra a la izquierda. —Se detuvo como si deseara decir algo
más. Después añadió:— Creo que se merece usted una explicación. La entrada
principal está vigilada. Sería mejor para ambos que su visita no fuera
observada. Lo comprenderá todo cuando hablemos. Es muy importante lo que tengo
que decirle. ¿Dentro de media hora entonces?
—O antes —dijo Collins.
Camino de Georgetown, acomodado en el asiento de atrás del Cadillac
oficial, Chris Collins se dedicó a hacer conjeturas acerca de la razón que
pudiera tener el padre Dubinski para querer verle cuanto antes. En el
transcurso de su encuentro en Bethesda, el sacerdote se había negado firmemente
a revelar el contenido de la última confesión del coronel Baxter. No había
razón para suponer que ahora estuviera dispuesto a hacer caso omiso de sus
votos sacerdotales. Tal vez hubiera tropezado con alguna otra información que
considerara su deber facilitar a Collins. ¿Pero información acerca de qué? A
Collins le había preocupado su afirmación en el sentido de que la entrada
principal de la iglesia de la Santísima Trinidad estaba siendo vigilada. Si no
se trataba de una manía paranoica sino de un hecho cierto, ¿vigilada por quién
y por qué motivo?
Todo aquello resultaba desconcertante. Collins estuvo tentado de
proponerles el acertijo a los dos hombres del asiento frontal. Uno era Pagano,
un ex campeón de boxeo de rostro destrozado que se había traído de California
en calidad de chófer. Conocía a Pagano por haberle defendido con éxito en
cierto proceso seguido contra él en Oakland, y Pagano se lo había agradecido
siempre. Era un hombre de su máxima confianza. Sentado a su lado se encontraba
el agente especial Hogan, su guardaespaldas del FBI, cuidadosamente elegido,
que también gozaba de toda su confianza.
Pero Collins comprendió que de nada le serviría solicitar la opinión
de otras personas. Un sacerdote le había llamado a propósito de un asunto de
importancia. No tenía ni idea del asunto en cuestión. Por tanto, estaba claro
que no había nada que discutir, como no fuera aquella inexplicable sensación de
presagio que Collins experimentaba.
Collins observó que se encontraban en la calle Treinta y Cinco,
cerca ya de la calle O, y se incorporó en su asiento.
—Pagano, acérquese al bordillo al llegar a la calle O. Déjeme en la
esquina. No quiero que nadie vea este automóvil.
En cuanto llegaron a la esquina, Collins abrió apresuradamente la
portezuela. Al descender, dijo volviendo la cabeza:
—Siga hasta cosa de una manzana más allá y estacione donde pueda. Ya
le encontraré. No tengo ni idea de lo que voy a tardar. Tal vez unos quince o
veinte minutos. —Cerró la portezuela y Hogan se plantó a su lado. Ambos
observaron cómo el automóvil se alejaba calle arriba. Collins se quedó un
instante mirando a su guardaespaldas.
— Muy bien, acompáñeme a la rectoría de la iglesia. Puede esperar
fuera. Pero procure hacerlo con la máxima discreción.
Cruzaron la calle y recorrieron un trecho de la calle O. Collins
señaló a la izquierda.
—Allí está. —La rectoría era un edificio de ladrillo rojo con
molduras blancas.— Quédese usted aquí.
En el momento en que Collins se acercaba, una mano invisible abrió
inesperadamente la puerta. Reconoció la voz.
—Pase, señor Collins.
Penetró en un diminuto vestíbulo escasamente iluminado y se encontró
cara a cara con el sacerdote de cabello oscuro y piel aceitunada, enfundado en
sus ropas oscuras. Tras un breve apretón de manos, el padre Dubinski indicó a
Collins por señas que le siguiera.
Cruzaron una puerta y se encontraron en un pasillo. Hacia la mitad
del pasillo había una puerta. El sacerdote la abrió.
—La sala más espaciosa de la rectoría —explicó—. Es a prueba de
ruidos.
Una vez en la sala, Collins empezó a orientarse. Inmediatamente a su
derecha había un escritorio y dos sillones. Al otro lado de la estancia,
adosado a la pared de enfrente de la puerta, había un aparador sobre el cual
colgaba una moderna pintura del Descendimiento.
El padre Dubinski había tomado a Collins por el codo y ahora le
estaba acompañando hacia el sofá y la mesita que había a la izquierda.
—Nadie me ha visto entrar —dijo Collins—. ¿Quién está vigilando la
entrada principal?
—El FBI.
—¿El FBI? —repitió incrédulo Collins—. ¿Vigilándole a usted? ¿Por
qué razón?
—Se lo explicaré —repuso el padre Dubinski—. Siéntese, por favor.
¿Le apetece un té o un café?
Collins declinó ambas cosas y se acomodó en uno de los extremos del
sofá, junto a la pequeña mesa iluminada por la lámpara.
El padre Dubinski tomó asiento también en el sofá a cierta distancia
de Collins.
El sacerdote no perdió el tiempo.
—Esta mañana a última hora he recibido una visita. Un tal Harry
Adcock, que según su tarjeta de identificación es subdirector, o tal vez
director adjunto, del FBI.
—Es el director adjunto del director Tynan, sí. ¿Qué ha venido a
hacer aquí?
—Deseaba saber qué es lo que el coronel Noah Baxter me reveló en su
confesión la noche en que murió. Me ha dicho que tal vez ello tuviera relación
con cierta cuestión de seguridad nacional. La investigación tal vez me hubiera
podido parecer bien intencionada, aunque un tanto desacertada, de no ser por
una cosa. Al negarme a revelar el contenido de la confesión del coronel Baxter,
el señor Adcock me ha amenazado.
—¿Que le ha amenazado? —repitió Collins con incredulidad.
—Exactamente. Pero, antes de que prosigamos, hay una cosa que me
desconcierta. ¿Cómo podía saber que el coronel Baxter había tenido tiempo de
hablar... de confesarse conmigo, antes de morir? ¿Acaso se lo dijo usted?
Collins guardó silencio tratando de recordar. Entonces lo recordó
con exactitud.
—En efecto, hablé de ello. Acabábamos de asistir al entierro de
Baxter, Tynan, Adcock y yo, y estábamos hablando del coronel y de su muerte.
Con toda inocencia, simplemente porque se trataba de algo que me había quedado
grabado en la imaginación, mencioné que el coronel me había mandado llamar la
noche en que murió. Dije que había manifestado el deseo de verme con urgencia
pero que cuando llegué al hospital ya era demasiado tarde. El coronel había
muerto. Entonces debí de referirme... sí, estoy seguro de que lo hice, hablé de
mi encuentro con usted. Dije que las últimas palabras del coronel Baxter habían
sido su confesión ante usted, pero que un sacerdote no podía revelar lo que se
había dicho en confesión. —Collins frunció el ceño.— Se lo mencioné a Tynan y a
Adcock porque pensé que tal vez ellos tuvieran alguna idea de lo que Baxter
había querido decirme. Me constaba que Tynan se relacionaba bastante con
Baxter. Por desgracia, no sabían nada que pudiera resultar de utilidad. —Se
detuvo.— ¿Y Tynan ha enviado a Adcock aquí... a Adcock, que siempre se encarga
de hacer los trabajos sucios de Tynan... para averiguar de usted el contenido
de la confesión de Baxter? Y, al negarse usted a colaborar, ¿Adcock le ha
amenazado? Es increíble.
—Tal vez no sea tan increíble. Sólo usted puede emitir un juicio a
este respecto.
—¿Cómo le ha amenazado?
El padre Dubinski fijó la vista en la mesita.
—La amenaza no ha sido ni implícita ni indirecta. Ha sido una
amenaza abierta y clara... mejor dicho, un chantaje. Según parece, el FBI ha
realizado una completa investigación acerca de mi persona... de mi pasado...
Supongo que debe tratarse de un procedimiento habitual, ¿verdad?
—El procedimiento habitual que sigue el FBI cuando efectúa
investigaciones acerca de alguna persona.
—¿O tal vez cuando el FBI quiere sacarle algo a alguien, obligarle a
hablar? ¿Incluso a alguien inocente de cualquier delito?
Collins se removió en su asiento.
—Eso no forma parte del procedimiento. Pero ambos sabemos que son
cosas que ocurren. Se han producido abusos.
—Me imagino que esta investigación acerca de mi pasado la habrá
ordenado el director Tynan. ¿Me ha dicho usted que Adcock no es más que su...
su lacayo?
—Exactamente.
—Muy bien. El FBI ha desenterrado lo que llevaba mucho tiempo bajo
tierra, un desafortunado incidente de mi pasado. Cuando yo era un joven
sacerdote y desempeñaba mi primera misión, teniendo a mi cargo una iglesia de
un barrio pobre de Trenton, Nueva Jersey, inicié un programa de control de
drogas. Para impedirme que siguiera adelante con mi cruzada, unos jóvenes
delincuentes introdujeron en mi rectoría una pequeña cantidad de droga y
después me denunciaron ante las autoridades, con el propósito de comprometerme.
Vino la policía. Localizó la droga. Les habían dicho que yo me dedicaba a
vender drogas. Hubiera podido significar el final de mi carrera.
Afortunadamente, se evitó el escándalo al solicitar mi obispo del jefe de
policía que se me permitiera declarar en una vista privada. Sobre la base de
mis declaraciones, me dejaron libre. Puesto que los culpables jamás fueron
hallados, el caso descansaba únicamente en mi palabra. Pensando ahora en este
incidente, comprendo que alguien podría considerar que mi culpabilidad o mi
inocencia están por demostrar. Este desgraciado suceso ha llegado a
conocimiento del FBI, y eso es lo que el señor Adcock me ha echado en cara esta
mañana.
—No... no puedo creerlo —dijo Collins anonadado.
—Pues mejor será que lo crea. El señor Adcock me ha amenazado con
divulgar esa información acerca de mi pasado caso de que siga negándome a
revelar los detalles de la última confesión del coronel Baxter. Así por las
buenas. Yo he llegado a la conclusión de que mis votos eran más importantes que
su amenaza. De todos modos, aunque divulgaran ese hecho, mi carrera no se vería
gravemente perjudicada. Me vería en ciertos apuros, pero nada más. Le he dicho
a Adcock que hiciera lo que creyera más conveniente. Le he dicho que no
colaboraría con él y le he echado de patitas en la calle. Después, esta tarde,
me he enfurecido. Lo que más me desagrada de todo ello, ahora que me ha
ocurrido a mí, son los métodos coactivos utilizados por un organismo del
gobierno contra los propios ciudadanos a los que se supone que debe proteger.
—Sigue pareciéndome increíble. ¿Qué podía haber en la confesión de
Baxter de tanta importancia como para que Tynan llegara a tales extremos?
—No lo sé —dijo el padre Dubinski—. He pensado que tal vez usted lo
supiera. Por eso le he llamado.
—Yo no sé lo que le dijo a usted el coronel Baxter. Por
consiguiente, no puedo...
—Va usted a saber parte de lo que me dijo el coronel Baxter. Porque
yo se lo voy a revelar.
Collins experimentó un estremecimiento y esperó conteniendo el
aliento.
El padre Dubinski siguió hablando con voz pausada.
—La visita del señor Adcock me ha enfurecido tanto que me he pasado
varias horas estudiando mi situación. Sabía que no podía colaborar ni con el
señor Adcock ni con el director Tynan, pero he empezado a ver la petición que
usted me hizo en Bethesda bajo otra perspectiva. Es evidente que el coronel
Baxter le tenía a usted confianza. Cuando se estaba muriendo, sólo a usted
mandó llamar. Ello significa que estaba dispuesto a decirle algo de lo que me
dijo a mí. He empezado a comprender por tanto que buena parte de lo que me dijo
debía de estar destinado a usted. He comprendido con mayor claridad que mis
deberes eran no sólo espirituales sino también temporales, y que tal vez yo no
fuera en este caso más que el depositario de una información que el coronel Baxter
deseaba transmitirle a usted. Por eso he llegado a la decisión de repetirle a
usted sus últimas palabras.
—Se lo agradezco muy sinceramente, padre —dijo Collins advirtiendo
que el corazón empezaba a latirle con fuerza.
—Al morir, el coronel Baxter estaba preparado para, en palabras de
san Pablo, «disolverse y estar con Cristo» —dijo el padre Dubinski—. Se había
reconciliado con Dios. Una vez le hube administrado los Sacramentos y hube
escuchado su confesión, el coronel Baxter hizo un último esfuerzo y se refirió
a una cuestión de carácter terreno. Sus últimas palabras, pronunciadas casi en
el último momento... —El sacerdote rebuscó entre los pliegues de su sotana.—
Las he anotado tras la partida del señor Adcock para no cometer ningún error.
—Desdobló una arrugada hoja de papel.— Las últimas palabras del coronel Baxter,
que estoy plenamente convencido de que estaban destinadas a usted, fueron las
siguientes: «Sí, he pecado, padre... y mi mayor pecado... tengo que revelarlo...
ahora ya no pueden controlarme... ahora soy libre... ya no tengo por qué sentir
miedo... se refiere a la Enmienda XXXV...».
—La Enmienda XXXV —murmuró Collins.
El padre Dubinski le miró de soslayo y siguió leyendo lo que tenía
anotado en la hoja del papel.
—«... se refiere a la Enmienda XXXV...» Habló unos instantes en
forma inconexa y después añadió: «... el Documento R... peligro... peligroso...
tiene que darse a conocer inmediatamente... el Documento R es...». Sus palabras
se perdieron, y después volvió a intentar decir algo. Resultaba muy difícil
entender lo que estaba diciendo, pero estoy casi seguro de que dijo: «Vi... una
trampa... acuda a ver...». A continuación se escuchó un estertor de muerte, se
quedó inmóvil e instantes después expiró.
Collins se quedó helado. Acababa de escuchar una voz de ultratumba.
—¿El Documento R? —preguntó confuso y turbado—. ¿A eso fue a lo que
se refirió?
—Dos veces. Es evidente que deseaba decir algo acerca del mismo.
Pero no pudo.
—¿Está seguro de que no dijo nada más?
—Ésas fueron las únicas palabras inteligibles que pronunció. Dijo
otras, pero no pude entenderlas.
—Padre, ¿tiene usted alguna idea de lo que puede ser el Documento R?
—Abrigaba la esperanza de que usted lo supiera.
—Jamás había oído hablar de ello —dijo Collins. Pensó en las últimas
palabras del coronel Baxter, en lo que probablemente había sido el urgente
mensaje transmitido al nuevo secretario de Justicia—. Dijo que había pecado
porque había intervenido en eso... que no sabemos lo que es. Le habían obligado
a intervenir. Se trataba de algo relacionado con la Enmienda XXXV, algo llamado
el Documento R, una trampa peligrosa que era necesario dar a conocer
inmediatamente. Me mandó llamar para decírmelo.
—Su legado a los vivos, un deseo de enmendar un yerro.
—Su legado a mí, su sucesor —dijo Collins como hablando para sí
mismo—. ¿Por qué no al presidente? ¿O a Tynan? ¿O incluso a su mujer? Sólo a
mí. Pero, ¿por qué a mí?
—Tal vez porque confiaba en usted más que en el presidente o el
director. Posiblemente porque consideró que usted le comprendería mejor que su
esposa.
—Es que no lo entiendo —dijo Collins con desesperación—. El
Documento R. —Se sintió como perdido, tratando de alcanzar algo sin
conseguirlo.— ¿Qué podrá ser?
El padre Dubinski se levantó.
—Será mejor que lo averigüe, y que lo averigüe cuanto antes. —Le
entregó a Collins la hoja de papel.— Ahora sabe usted todo lo que yo sé, todo
lo que Noah Baxter deseaba decirle en su última agonía. Lo demás está en sus
manos. —Contuvo el aliento.— Aquí se encierra un peligro. Rezaré por su éxito y
por su seguridad. Que Dios le acompañe.
3
A la mañana siguiente Collins se levantó temprano. Se duchó, se
vistió y abandonó su residencia de nueve habitaciones de McLean, Virginia, para
recorrer los doce kilómetros que le separaban de su lugar de trabajo, sin
haberle revelado a su mujer ningún detalle acerca de lo ocurrido la noche
anterior en la iglesia de la Santísima Trinidad.
Durante la cena y en el transcurso de toda la noche, experimentó el
deseo de contarle a Karen todo el episodio del padre Dubinski. Pero una especie
de instinto de protección hacia aquel ser querido le había impedido revelar
nada acerca de aquel encuentro. Sabía que el asunto hubiera inquietado y
preocupado a Karen porque también a él le había inquietado y preocupado.
Le habló, en su lugar, de la llamada del presidente confirmándole su
viaje a California. Sus únicas misiones consistirían en pronunciar un discurso
en la Asociación Norteamericana de Abogacía, aparecer en un programa de
televisión y, de ser posible, realizar alguna labor informal de cabildeo entre
los legisladores del estado. Por lo demás, estaría libre y podría disfrutar del
sol de California durante unos días. Le había pedido a Karen que le acompañara.
Ella se había resistido alegando como excusa su embarazo y su estado general de
agotamiento. Había insistido en que aprovecharía mejor el tiempo viendo a Josh,
su hijo, y visitando a algunos de sus viejos amigos. Collins no había
insistido. Sabía que podría aprovechar el tiempo viendo no sólo a Josh sino también
a la persona que Paul Hilliard tenía interés en que viera, es decir, al miembro
de la Asamblea Olin Keefe, el hombre según el cual el FBI estaba falseando las
estadísticas criminales referentes a California. A raíz de su encuentro con el
sacerdote, Collins había empezado a experimentar ciertos recelos en relación
con el FBI.
La noche anterior, al ir a acostarse, encontró a Karen todavía
despierta. Al darle un beso de buenas noches, comprendió que ella deseaba que
le hiciera el amor. Estaba tan obsesionado con el misterio del Documento R que
el amor era lo que menos le interesaba en aquellos momentos. No obstante,
puesto que deseaba mostrarse considerado, y, sobre todo, puesto que iba a estar
ausente unos días, se entregó de buen grado. Tras varios minutos de juegos se
olvidó de todas sus preocupaciones y experimentó tantos deseos como ella de
abandonarse al amor. A pesar de su cuidado en no comprimirle el estómago —temía
constantemente que pudiera producirse un aborto—, la unión entre ambos fue
larga y apasionada, natural y mutuamente satisfactoria como jamás lo había sido
con la madre de Josh —¿por qué no podía pensar en Helen, su primera esposa, más
que como la madre de Josh?—, e inmediatamente después ambos se sumieron en el
sueño.
Pero, al despertar por la mañana, ya no pensaba en Karen sino en el
Documento R.
Mientras se dirigía al Departamento de Justicia, reflexionó acerca
de la apremiante petición del coronel Baxter en el sentido de que averiguara de
qué se trataba y lo diera a conocer. ¿Averiguar y dar a conocer qué? Una
especie de trampa que Baxter había observado. Pero, ¿cómo hallarla? ¿Por dónde
empezar? Trató de abordar el problema en forma lógica y ordenada. Para
averiguar algo, tendría que empezar por algo o por alguien relacionado de un
modo u otro con el fallecido coronel Noah Baxter.
Ante todo, estaban los archivos privados de Baxter. Éstos se
hallaban separados de los documentos correspondientes al Departamento de
Justicia, que se conservaban en los archivadores del despacho de Marion.
Tendría que examinar los archivos normales y también los archivos personales
del coronel.
Pensó en la tarea. Parecía muy sencilla, pero ¿dónde buscar? ¿Con
qué criterio? ¿Tendría que buscar por la R en busca del Documento R? ¿Tal vez
por la T del treinta y cinco y por la E de enmienda? ¿O por la S de secreto? ¿O
por la P de peligro? No abrigaba muchas esperanzas de que los archivos pudieran
resultarle de utilidad. El tono del mensaje de Baxter daba a entender
claramente que la información en cuestión no resultaría fácilmente accesible y
no se podría hallar en ningún lugar lógico.
Eso en cuanto a los documentos de Baxter. Estaban también las
personas más allegadas al coronel: los miembros de su familia, sus compañeros,
sus amigos... en definitiva, cualquier persona que en determinado momento
hubiera podido oírle mencionar algo llamado Documento R. ¿A quién acudir
primero? La persona más adecuada parecía ser el director Vernon T. Tynan. En
sus últimas palabras, Baxter no se había referido a Tynan para nada ni había
puesto a nadie en guardia contra él. En realidad, parecía que hubiera querido
expresar el deseo de que Collins empezara por alguien que tuviera muy a mano.
¿Habría querido Baxter que empezara por Tynan o, por el contrario, que le
evitara?
Collins empezó a estudiar cautelosamente la perspectiva de Tynan.
Existían dos significativos puntos a considerar. ¿Por qué el coronel no había
mandado llamar a Tynan en vez de a él para comunicarle su mensaje? ¿Porque no
confiaba en Tynan? No existían pruebas a este respecto. No obstante, se
preguntó Collins, ¿era Tynan de fiar? El segundo punto estaba perfectamente
claro. Al regresar del cementerio, él había hecho unas inocentes observaciones
acerca de la última confesión de Baxter. Inmediatamente, Tynan había enviado un
emisario al padre Dubinski con el fin de averiguar, al precio que fuera,
incluso por medio de un chantaje, el contenido de la confesión. ¿Buscaba Tynan
alguna información que no conocía? ¿O acaso deseaba averiguar si Baxter había
divulgado alguna información de alta seguridad que compartía con él? En ambos
casos existía la posibilidad de que Tynan conociera el significado del
Documento R, en cuyo caso podría explicárselo e un colega y superior del
Departamento. Tendría que acudir a verle. No obstante, Collins seguía
experimentando recelos. Tendría que actuar con cautela.
Inmediatamente se le ocurrió pensar en alguien menos discutible y
más de fiar, alguien que tal vez tuviera conocimiento de los secretos del
coronel: Hannah, la viuda del coronel Baxter. Por esta parte no experimentaba
el menor recelo. El acceso resultaría fácil y ella se mostraría amable. Collins
gozaba de las simpatías de Hannah, quien siempre había adoptado con él una
actitud maternal. ¿Qué posibilidades tendría con ella? Al fin y al cabo, su
matrimonio con el coronel había durado casi cuarenta años No era probable que
Baxter se hubiera embarcado en algo grave sin el conocimiento de su mujer. Por
otra parte, si tales hubieran sido las relaciones entre ambos, ¿por qué en su
agonía el coronel no se había sincerado con ella en lugar de mandar llamar a
Collins? Baxter se había limitado a utilizarla como medio para llegar hasta él.
De todos modos, podía haber otra explicación. Era posible que el coronel fuera
de ese tipo de personas que creen que el trabajo de hombres es asunto de
hombres, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un caso que afectaba a
un ex secretario de Justicia y a su sucesor.
Para cuando llegó a su despacho, Chris Collins ya estaba hecho un
lío sin saber a qué carta quedarse.
Se sentó junto a su escritorio y, sin prestar atención a las notas
amontonadas sobre el papel secante, siguió reflexionando acerca del asunto.
Cuando entró Marion con la taza de té cargado, ya había decidido por dónde iba
a empezar. Comenzaría por una fuente mucho menos complicada que los seres
humanos.
—Marion, los archivos del coronel Baxter ¿dónde están? —preguntó.
—Bueno, tenía dos archivadores distintos...
—Lo sé.
—La mayoría de las fichas, las principales, se encuentran en mi
despacho. Después tenía un archivo personal, correspondencia particular,
memorandos... en un archivador a prueba de incendios en la estancia contigua a
mi despacho.
—¿Se encuentra allí todavía?
—Oh, no. Aproximadamente un mes después de su ingreso en el
hospital, este archivador fue trasladado a su casa de Georgetown.
—¿Y allí es donde está ahora?
—Sí. Si desea usted ver algo, yo podría ir.
—No, no es necesario. Iré yo mismo.
—¿Quiere usted que llame a la señora Baxter?
En aquel mismo instante tomó una decisión: ya sabía cuál iba a ser
la primera persona a la que acudiría a ver en relación con el Documento R.
—Sí, llámala y pregúntale si esta tarde podría dedicarme unos
minutos. —Cuando Marion se marchaba, Collins añadió como por casualidad:— A
propósito, Marion, he estado buscando un memorando llamado Documento R. ¿Le
suena a usted?
—Me temo que no —repuso ella tras reflexionar un instante: Jamás he
archivado nada que se llamara así.
—Era un memorando relacionado con la Enmienda XXXV. ¿Quiere echar un
vistazo a nuestros archivos?
—En seguida.
Mientras se bebía el té, Collins fue disponiendo en rápida sucesión
los asuntos de la mañana. Discutió por teléfono con el subsecretario de
Justicia un informe del gobierno, y después volvió a conversar por teléfono con
su secretario ejecutivo acerca de una cuestión relacionada con el personal. Se
reunió brevemente con el director de Información Pública, que estaba
supervisando la preparación del discurso que tendría que pronunciar en Los
Ángeles ante la Asociación Norteamericana de Abogacía. Despachó largo rato con
el secretario de Justicia adjunto, Ed Schrader, a propósito de un caso de
evasión de impuestos por parte de una sociedad, de unas detenciones que se
habían llevado a cabo en el transcurso de unos disturbios en Kansas City y en
Denver y de los últimos datos obtenidos acerca de la organización ilegal ALP,
es decir, la Asociación pro Libertad Personal.
A mediodía su secretaria le informó acerca de dos importantes
asuntos. En primer lugar, Marion había buscado en los archivos generales. Según
dijo, en ellos no figuraba referencia alguna a nada que se llamara Documento R.
En cierto modo, Collins no se sorprendió. En segundo lugar, le comunicó que
había logrado ponerse en contacto con la señora Baxter y que ésta le recibiría
gustosamente a las dos de la tarde.
Tras almorzar en su comedor privado en compañía de tres fiscales y
atender otras llamadas telefónicas, Collins se dispuso a dar comienzo a sus
investigaciones privadas en relación con el Documento R.
En su automóvil, conducido por Pagano y acompañado por Hogan, llegó
a la conocida casa de tres plantas, construida en ladrillo blanco a principios
del siglo XIX, cuando faltaban cinco minutos para las dos. Dejando al chófer y
al guardaespaldas en el automóvil, Collins subió la majestuosa escalinata de
barandillas de hierro forjado y llamó al timbre. Le abrió la puerta la jovial
sirvienta negra.
—Voy a llamar a la señora Baxter —dijo la sirvienta—. ¿Quiere usted
esperar en el patio? Hace un día tan bonito...
Collins accedió, la siguió hasta las puertas correderas de cristal y
salió al patio embaldosado. Contempló su imagen reflejada en la piscina y luego
se acomodó en un sillón de hierro forjado con un cojín sobre el asiento que se
encontraba junto a una mesa de superficie de cerámica y encendió un cigarrillo.
—Hola, señor Collins —escuchó que le decía una joven voz.
Volvió la cabeza y vio a Rick Baxter, el nieto de Hannah Baxter,
arrodillado sobre las baldosas y accionando los mandos de un cassette.
—Hola, Rick. ¿Cómo, no has ido hoy a la escuela?
—El chófer se ha puesto enfermo y la abuela me ha dejado quedarme en
casa.
—¿Se encuentran tus padres todavía en África?
—Sí. No pudieron llegar a tiempo para el entierro del abuelo y se
van a quedar allí otro mes.
—Parece que tienes dificultades con ese chisme. ¿Le ocurre algo?
—No puedo conseguir que funcione —repuso Rick—. Estoy intentando
arreglarlo para esta noche porque quisiera grabar el programa especial de la
televisión sobre «La historia del cómic enAmérica»... pero no puedo...
—Déjame ver, Rick. No soy mecánico, pero tal vez pueda ayudarte.
Rick le pasó el aparato a Collins. Era un muchacho de cabello
castaño y expresivos ojos con las típicas abrazaderas en los dientes. Collins
recordaba que, para tener solamente doce años, era muy inteligente y maduro.
Collins tomó el magnetófono, examinó todos los botones para
cerciorarse de que estuvieran en la posición correcta y después abrió el
aparato. Descubrió inmediatamente dónde estaba el fallo, efectuó un pequeño
ajuste y puso en marcha el aparato. Funcionaba.
—¡Gracias! —exclamó Rick—. Ahora podré grabar el programa de esta
noche. Debiera usted ver mi colección. Grabo todas las mejores entrevistas y
programas de radio y televisión. Tengo la mejor colección de toda la escuela.
Es mi afición preferida.
—Algún día todo eso tendrá mucho valor —dijo Collins.
La era del cassette, pensó Collins. Se preguntó si alguno de
aquellos muchachos, incluso de los más listos como Rick, sería capaz de
escribir. Comprendió que la situación se agravaría aún más una vez se aprobara
la Enmienda XXXV. La grabación de conversaciones telefónicas, la instalación de
aparatos de escucha, los artificios electrónicos gozarían de la pública
aprobación.
—Hola, abuela —le oyó decir a Rick.
Collins se levantó inmediatamente y giró sobre sus talones para
saludar a Hannah Baxter. Al acercarse ésta, Collins la abrazó y la besó
afectuosamente en la mejilla. Era una mujer regordeta y de baja estatura, con
un rostro lustroso y cálido de generosas facciones.
—Lo lamento —le dijo Collins—, lo lamento de veras.
—Gracias, Christopher. Pero me alegro de que todo haya terminado. No
podía soportar verle sufrir o simplemente vegetar, él que era un hombre todo
vitalidad. Le echo de menos. No te imaginas cuánto echo de menos a Noah. Pero
así es la vida. Todos tenemos que pasar por lo mismo. —La señora Baxter se
volvió un instante.— Rick, entra en la casa y déjanos solos. Nada de televisión
ni de magnetófono hasta la noche. Abre tus libros. No quiero que te retrases en
los estudios porque de otro modo tu padre se va a enojar conmigo.
Una vez el muchacho se hubo marchado, Hannah Baxter se acomodó junto
a la mesa y Collins volvió a sentarse.
Hannah siguió hablando nostálgicamente de Noah Baxter, de cuando
éste gozaba de buena salud y de los buenos tiempos que habían disfrutado
juntos, pero al final su voz se perdió.
—No me dejes seguir hablando —dijo lanzando un suspiro—. ¿Qué tal te
va el trabajo?
—No me resulta fácil. Ahora comprendo las dificultades por las que
Noah tuvo que pasar.
—Solía decir que era como tener instalado el despacho sobre arenas
movedizas. Por mucho que uno se esforzara, cada vez se iba hundiendo más. No
obstante, si hay alguien que pueda afrontar todo eso ése eres tú, Christopher.
Sé que Noah siempre confió mucho en ti.
—¿Es por eso por lo que me mandó llamar la última noche, Hannah?
—Pues, claro.
—¿Qué le dijo a usted?
—Me encontraba a su lado cuando salió del estado de coma. Estaba
terriblemente débil y no articulaba muy bien. Me reconoció, murmuró unas
palabras de cariño y después me pidió que le hiciera un favor. «Trae a Chris
Collins aquí. Debo verle. Algo urgente. Importante. Tengo que hablar con él»,
me dijo. Desde luego no hablaba con la misma claridad con que te lo estoy
diciendo, pero fue eso lo que intentó decir. Y te mandé llamar. Siento que no
pudieras llegar a tiempo.
—Hannah, ¿por qué no le dijo a usted lo que deseaba decirme a mí?
A Hannah jamás se le hubiera podido pasar por la cabeza semejante
idea.
—Él no hubiera hecho nunca tal cosa. Estoy segura de que debía de
ser un asunto de trabajo. Raras veces comentaba ese tipo de asuntos conmigo.
Siempre hablaba directamente con la persona interesada. En este caso, tenía
algo que decirte a ti. Lástima que no pudiera hacerlo.
Collins hubiera deseado decirle que sí lo había hecho, por mediación
del padre Dubinski, pero, dado que ella no lo sabía, decidió instintivamente no
comunicárselo.
—Ojalá hubiera podido hablar con él dijo Collins—. Me hubiera podido
aclarar un montón de cosas. Me refiero a mi trabajo. Hay, por ejemplo, unos
documentos que no logro encontrar. Hemos buscado en los archivadores que
tenemos en el despacho. Mi secretaria dice que un archivador, el archivador
personal de Noah, fue trasladado a esta casa cuando él cayó enfermo.
—Es cierto. Lo mandé colocar en su estudio.
—¿Me permitiría que dedicara unos minutos a repasarlo, Hannah?
—Ya no lo tengo. El archivador ya no está aquí. Se lo llevaron al
día siguiente de la muerte de Noah. Me llamó Vernon Tynan. Me lo pidió prestado
para uno o dos meses. Me dijo que deseaba examinarlo para cerciorarse de que no
contuviera ningún documento de alta seguridad. Yo se lo entregué con mucho
gusto. Todo ese material de alta seguridad que Noah andaba siempre manejando me
ponía muy nerviosa. Por consiguiente, si necesitas algo, tendrás que acudir a
Vernon. Estoy segura de que te ayudará.
Curioso, pensó Collins. ¿Qué buscaría Vernon T. Tynan en los
documentos privados del coronel Baxter? Pero no había tiempo para pensar en
ello en aquellos momentos.
—En realidad, Hannah, lo que yo ando buscando es un documento del
Departamento de Justicia relacionado con la Enmienda XXXV. Tiene un nombre. Se
llama Documento R... el Documento R. ¿Lo vio usted, por casualidad, en el
archivador?
—Jamás examiné el archivador. No había motivo para que lo hiciera.
—Bien, pues ¿recuerda si Noah le habló alguna vez de algo llamado
Documento R?
—No, no recuerdo nada de todo eso —repuso ella sacudiendo la
cabeza—. Como ya te he dicho, raras veces me hablaba de asuntos relacionados
con su trabajo.
—¿Se le ocurre alguien, algún amigo tal vez, con quien él hubiera
podido comentarlo? —prosiguió Collins, ya decepcionado.
Ella señaló la coletilla de cigarrillos que había sobre la mesa.
—¿Puedo coger uno, Christopher? —Collins sacó apresuradamente un
cigarrillo, se lo entregó y se lo encendió.— Empecé a fumar de nuevo al día
siguiente del entierro. —Hannah inhaló profundamente y permaneció pensativa
unos instantes.— Noah no tenía muchos amigos íntimos. Era una persona muy
reservada, como seguramente sabes. Pasaba mucho tiempo en el despacho con
algunas personas, como Vernon Tynan y Adcock, pero era más bien una relación de
tipo laboral. Desde el punto de vista personal... ¿un amigo íntimo? —Se
interrumpió perdida en sus pensamientos.— Bueno, supongo que si a alguien
hubiera que calificar así sería a Donald... Donald Radenbaugh. Él y Noah eran
muy amigos, hasta que el pobre Donald se vio envuelto en todas aquellas
dificultades.
En un principio aquel nombre no le sonó a Collins, pero después
ordenó sus pensamientos y recordó los titulares de los periódicos.
—Tras el juicio, la sentencia y el ingreso de Donald en la
penitenciaría federal de Lewisburg —prosiguió Hannah Baxter—, Noah ya no pudo
verle, claro. Teniendo en cuenta el cargo que ocupaba Noah, no hubiera sido
correcto. Fue lo mismo que ocurrió cuando Robert Kennedy era secretario de
Justicia y su amigo James Landis se vio envuelto en aquel caso de evasión de
impuestos. Kennedy se negó a entender en el asunto. No podía intervenir. Lo
mismo le ocurrió a Noah en el caso de Donald Radenbaugh. Pero Noah siempre
creyó en la inocencia de Donald y pensaba que se había cometido con él una
injusticia. Sea como fuere, lo cierto es que Donald había sido uno de los
mejores amigos de Noah.
—Donald Radenbaugh
—dijo Collins—. Recuerdo su
nombre. Se oyó mucho entonces... hace dos o tres años... No sé qué escándalo
económico, ¿no? No recuerdo los detalles.
—Fue un caso muy enrevesado. Yo tampoco recuerdo los detalles con
exactitud. Donald ejercía la abogacía aquí en Washington cuando se convirtió en
asesor presidencial de la anterior administración. Fue acusado de complicidad
en la defraudación o extorsión, no recuerdo muy bien, de un millón de dólares a
unas grandes empresas que habían suscrito contratos con el gobierno. En
realidad, el dinero procedía de aportaciones ilegales a la campaña. Al
acorralar el FBI a un hombre llamado Hyland, este Hyland aportó unas pruebas
con el fin de que se le rebajara la pena y le echó toda la culpa a Donald
Radenbaugh. Afirmó que Donald se encontraba de camino hacia Miami Beach para
entregar el dinero a un tercer cómplice. El FBI detuvo a Donald en Miami, pero
éste no tenía consigo el dinero e insistió en que jamás lo había tenido. A
pesar de ello, y sobre la base de la declaración de Hyland, Donald fue juzgado
y declarado culpable.
—Sí, lo voy recordando —dijo Collins. Creo que la sentencia fue
dura, ¿verdad?
—Quince años —repuso Hannah—. Noah se disgustó mucho. Siempre dijo
que Donald había sido utilizado por los ayudantes del presidente como víctima
propiciatoria con el fin de conservar limpia la imagen de la administración.
Noah no pudo intervenir en el juicio. Intentó rebajar la pena, pero no lo
consiguió. Sé que esperaba conseguir la libertad bajo palabra una vez Donald
hubiera cumplido cinco años de condena, pero Noah ya no está aquí para
ayudarle. En cualquier caso, creo que Donald Radenbaugh es la única persona que
podría serte útil... aparte de Vernon Tynan.
—¿Me está usted sugiriendo que es posible que Radenbaugh sepa algo
acerca del Documento R?
—No puedo decirlo, Christopher. Sinceramente, no lo sé. Pero, si ese
documento fuera algún trabajo o proyecto en el que Noah se hallaba ocupado,
cabe la posibilidad de que lo hubiera comentado con Donald Radenbaugh. En
cuestiones difíciles solía pedir consejo a Donald. —Hannah apagó la colilla del
cigarrillo.— Podrías visitar Lewisburg oficialmente y entrevistarte con Donald,
decir que deseas ayudarle tal como Noah quería hacer. Tal vez colabore contigo
y te facilite la información que necesitas. Yo podría escribirle diciéndole que
puede confiar en ti, que eras el protegido y el amigo de Noah.
—¿Lo haría usted? —preguntó Collins vehementemente—. Desde luego yo
trataré de ayudarle.
—Pues claro que lo haré. De todos modos, tenía intención de
escribirle unas líneas acerca de lo que ha ocurrido. No creo que reciba mucha
correspondencia aparte de la de su hija. Tiene una hija encantadora llamada
Susie, que ahora vive en Filadelfia. Le diré a Donald que irás a visitarle.
¿Sabes cuándo vas a hacerlo?
Collins repasó mentalmente su calendario.
—Tengo que ir a California a finales de semana para pronunciar un
discurso. Regresaré seguramente algunos días después. Bien, puede decirle al
señor Radenbaugh que acudiré a visitarle dentro de una semana. No más tarde,
con toda seguridad. Me ha facilitado usted una buena pista, Hannah, y se lo
agradezco mucho. Se levantó, se acercó a ella y le besó en la mejilla.— Gracias
por todo. Cuídese y distráigase mucho. Si hay alguna cosa que Karen o yo
podamos hacer, llámenos, por favor.
Mientras salía y se dirigía hacia su automóvil, empezó a sentirse
mucho mejor. Radenbaugh constituía una auténtica posibilidad. Pero
inmediatamente después empezó a preocuparse. Primero tendría que plantearle a
Vernon T. Tynan el misterio del Documento R. No sabía cómo, pero tendría que
hacerlo más tarde o más temprano. Lo decidió en el momento en que subía al
automóvil. Cuando antes, mejor.
A las diez y media de la mañana siguiente, Chris Collins se reunió
con Vernon T. Tynan en la sala de conferencias contigua al despacho del
director, en la séptima planta del edificio J. Edgar Hoover.
Collins había abrigado la esperanza de que la entrevista tuviera
lugar en el propio despacho de Tynan. Deseaba ver si el archivador particular
de Noah Baxter se encontraba en aquel despacho. Pero, cuando Collins llegó a la
séptima planta, Tynan le estaba aguardando en el pasillo y le acompañó a la
sala de conferencias. Una vez allí, Tynan había insistido en que Collins tomara
asiento en el sillón de la cabecera de la mesa, mientras él ocupaba una silla a
la derecha del secretario de Justicia.
Mientras Collins extraía de su cartera de documentos la carpeta que
contenía las más recientes estadísticas criminales relativas a California,
observó al director y le vio bromear con su secretaria, que estaba sirviéndoles
té y café. Desde su encuentro con el padre Dubinski en la rectoría de la
iglesia de la Santísima Trinidad, Collins abrigaba crecientes recelos en
relación con el director del FBI. Pero ahora, mientras contemplaba a Tynan
bromeando con su secretaria, sus recelos se le antojaron irreales y fueron
esfumándose poco a poco. El agresivo rostro de Tynan aparecía suavizado por una
sonrisa. Poseía una franqueza y una sinceridad que desarmaban. ¿Cómo era
posible que inspirara recelos el principal encargado de velar por el
cumplimiento de la ley en el país? Tal vez el sacerdote hubiera interpretado
erróneamente o bien exagerado las amenazas del emisario de Tynan.
—No lo olvide, Beth —le dijo el director a su secretaria mientras
ésta se disponía a abandonar la estancia—, nada de interrupciones. —La puerta
se cerró, y Tynan se dedicó por entero a su visitante.— Bien, Chris, ¿en qué
puedo servirle?
—Es sólo unos minutos —dijo Collins rebuscando entre sus papeles—.
Estoy revisando el discurso que voy a pronunciar en Los Angeles. Voy a incluir
las más recientes estadísticas criminales del FBI relativas a California...
—Sí, las hemos preparado especialmente para California. Allí es
donde tenemos que trabajar. ¿Las ha recibido? Se las envié ayer.
—Las tengo aquí —repuso Collins—. Quiero cerciorarme de que son las
estadísticas más recientes. Si se ha producido alguna novedad...
—Está usted completamente al día —dijo Tynan—. Las más graves hasta
ahora. Resultarán muy efectivas en su discurso. Hágales usted comprender que
son ellos, más que los ciudadanos de cualquier otro estado, quienes precisan de
la ayuda constitucional.
Collins estudió la primera hoja que sostenía en la mano.
—Debo decir que estas estadísticas criminales de California resultan
insólitamente altas comparadas con las de otros importantes estados. —Levantó
la mirada.— ¿Son absolutamente exactas?
—Tan exactas como los jefes de policía de California quieren que
sean —dijo Tynan—. Les citará usted las cifras que ellos mismos nos han
facilitado.
—Simplemente quiero cerciorarme de que piso terreno firme y seguro.
—Está usted pisando un terreno muy firme. Con estas cifras podrá
sentar una perfecta base sobre la que defender la Enmienda XXXV.
Collins tomó un sorbo de tibio té.
—Defenderé la Enmienda XXXV, claro. Pero procuraré no excederme. No
quisiera enzarzarme en un debate con nadie a este respecto. No siento el menor
deseo de participar en ese programa de televisión. Le diré con toda sinceridad
que, desde que me he convertido en secretario de Justicia, no me ha dado tiempo
a estudiar detenidamente esta ley en todas sus ramificaciones.
—No me preocupa la forma en que usted va a manejar el asunto —dijo
Tynan alegremente—. Habló usted muy bien a propósito de la Enmienda XXXV en sus
comparecencias ante el Congreso. Sabe a este respecto todo lo que es necesario
saber.
—Pero tal vez... —empezó a decir Collins en tono dubitativo— tal vez
no lo sepa todo.
—¿Qué otra cosa hay que saber? —preguntó Tynan
levemente irritado.
Había llegado el momento. Collins cerró mentalmente los ojos y se
lanzó.
—Hay algo, una especie como de suplemento, llamado Documento R. ¿Qué
hay de eso? ¿Qué tiene que ver con la Enmienda XXXV?
En las finas facciones de Collins se dibujó una expresión de ingenua
curiosidad. Observó detenidamente a Tynan co el fin de estudiar su reacción.
Tynan había levantado los párpados. Sus pequeños ojos oscuros se
habían agrandado, pero no revelaban la menor cosa. O bien era un actor
consumado o bien la referencia al Documento R no significaba para él
absolutamente nada.
Collins rompió el silencio y decidió aguijonearlo un poco más.
—¿Qué debería yo saber acerca del Documento R?
—¿Acerca de qué...?
—Del Documento R. Pensaba que podría informarme acerca del mismo,
porque deseo prepararme a fondo.
—Chris, no tengo ni la menor idea de lo que usted me está diciendo.
¿De dónde ha sacado eso? ¿Qué es?
—No lo sé. Estaba revisando unos viejos papeles del Noah Baxter y en
una de las notas referentes a la Enmienda XXXV pude leer ese título. Decía allí
que tenía que revisarse en relación con la enmienda. Es lo único que decía la
nota.
—¿Dispone usted de esa nota? Me gustaría verla. Tal vez me
refrescara la memoria.
—Pues no, maldita sea, ya no la tengo. Fue a parar al triturador de
papeles junto con otras viejas notas de Noah. Pero me quedó grabada en la
memoria y pensé que debía mencionársela. Pensé que tal vez usted pudiera
ayudarme caso de que hubiera oído hablar de ese documento. —Collins se encogió
de hombros.— Pero si no sabe nada...
—Se lo repito —dijo Tynan con firmeza—. No tengo ni la menor idea de
a qué se está usted refiriendo. Probablemente debía de ser el sinónimo, o como
usted quiera llamarlo, que Noah utilizaba para la Enmienda XXXV. No se me
ocurre ninguna otra cosa. En cualquier caso, no sé nada al respecto. Puede
usted estar seguro de que dispone de toda la información que le hace falta para
realizar un buen trabajo en California. Haga usted su trabajo, nosotros haremos
el nuestro y tenga la absoluta certeza de que California ratificará la
enmienda. Tenemos que poner toda la carne en el asador para dentro de un mes...
Chris, no tengo ninguna intención de perder la partida.
—Ni yo tampoco —dijo Collins empezando a guardar los papeles—. Bien,
pues creo que ya lo tengo todo.
Una vez solo en el pasillo, Collins bajó pensativo a la sexta
planta, reflexionando acerca del encuentro. La armadura de Tynan no se había
resquebrajado en ningún momento. Ni sus respuestas ni su actitud habían
permitido adivinar que tuviera conocimiento de un documento conocido con la
denominación de Documento R, documento que, en su lecho de muerte, Baxter había
calificado de peligroso.
No obstante...
Mientras se dirigía al ascensor, se fijó casualmente en el enorme
patio interior situado en el centro del cuerpo del edificio. Se desvió hacia él
y levantó la mirada. Carecía de techo. Miró hacia abajo, hacia la plazoleta
abierta en la planta baja, donde la gente iba de acá para allá. En el
transcurso de su primera visita al nuevo edificio del FBI, le había preguntado
al agente especial que le servía de guía por qué había aquella enorme abertura
en el centro del edificio y por qué dicha abertura carecía de techo. El guía le
había contestado: «Para que la central del FBI parezca menos secreta, menos
cerrada, menos siniestra y aborrecible. Lo hemos hecho todo bien abierto para
que parezca que nosotros también estamos bien abiertos al público.»
Para que parezca que estamos bien abiertos, pensó Collins.
Tal vez el director había adoptado aquella misma apariencia del
edificio, una apariencia de apertura y claridad para ocultar la verdad.
Collins siguió avanzando lentamente hacia el ascensor, junto al cual
le aguardaba Oakes, su guardaespaldas del turno de día.
Bueno, pensó, le quedaba todavía California, donde era posible que
pudiera averiguar algo más acerca de Tynan y de su operación. Y después aún
estaba Lewisburg, donde tal vez aprendiera todavía más cosas acerca de Tynan y
del Documento R.
Noah Baxter, justo antes de morir, le había instado a dar aconocer
inmediatamente y a toda costa, una trampa llamada Documento R.
¿Habría comprendido Noah, se preguntó Collins, que le enviaba a un
laberinto de paredes desnudas? Por otra parte, Noah no le hubiera embarcado en
aquella ciega odisea a no ser que hubiera alguna puerta escondida en alguna
parte.
Mientras entraba en el ascensor, se hizo el propósito de encontrarla
cuanto antes.
De nuevo en su despacho, el director Tynan permaneció sombríamente
de pie en el centro de la estancia esperando a Harry Adcock.
Cuando entró Adcock, cerrando suavemente la puerta tras sí, Tynan
estaba contemplando la alfombra con aire ausente.
—El señor Collins acaba de marcharse —dijo Tynan sin levantar la
cabeza.
—¿Qué quería? preguntó Adcock acercándose al centro de la estancia.
—Intentaba tomarme el pelo. Ha dicho que había venido para que le
ayudara en el discurso que va a pronunciar en Los Ángeles —repuso Tynan con un
bufido—. Historias.
—¿Qué es lo que quería realmente, jefe?
—Quería saber si yo había oído hablar de algo llamado Documento R.
—¿Y había oído usted hablar de ello?
—Ni siquiera sabía de qué me hablaba —repuso Tynan levantando la
cabeza.
—¿De dónde ha sacado tal cosa?
—No lo sé. Me ha dicho que lo había visto en una de las notas de
Noah —contestó Tynan con otro bufido—. Mentía. —Tynan miró a Adcock
directamente a los ojos.— Es un muchacho muy curioso, nuestro señor Collins...
pero muy curioso. Parece como si andara buscando el medio de armar jaleo.
—Adcock asintió.— Siéntese, Harry.
Tynan rodeó el escritorio y se acomodó en el sillón giratorio,
mientras Adcock tomaba asiento en un sillón situado frente al mismo.
Tynan se reclinó en el sillón giratorio, cruzó los brazos sobre su
abombado pecho y miró hacia arriba.
Al cabo de un rato, empezó a hablar.
—Creía que era un buen muchacho, uno de esos intelectuales de poca
monta y escasa experiencia. Pensaba también, puesto que Noah le había traído,
que era un hombre de equipo. Pero ya no estoy tan seguro. Creo que se las
quiere dar de listo... y creo que tiene el propósito de buscar jaleo.
—¿Cómo exactamente, jefe?
—¿Cómo? Pensando, por ejemplo, que puede tomarle el pelo a Vernon T.
Tynan. —Tynan se irguió haciendo crujir el sillón giratorio.— Mire, Harry, este
edificio es el monumento a J. Edgar Hoover. Yo sé cuál quiero que sea mi
monumento. Quiero que sea la ratificación de la Enmienda XXXV como parte de la
Constitución de los Estados Unidos. No me importa que no se me recuerde por
ninguna otra cosa, basta con que se me recuerde por eso.
—Y se le recordará, jefe —dijo Adcock fervorosamente.
—¿Sí? Bueno, pues quiero asegurarme de que el señor Collins también
lo comprenda. Creo que sería mejor que empezáramos a vigilarle. No sólo aquí...
sino también en California. —Se detuvo y su pausa fue casi una amenaza.— Sobre
todo en California. Sí. Vamos a hablar un poco de todo eso, Harry, del señor
Collins y de California. Se me han ocurrido unas cuantas ideas. Vamos a
estudiarlas.
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A pesar del discurso que tendría que pronunciar y del maldito
programa de televisión, Chris Collins había estado deseando efectuar aquel
viaje a California. Se había organizado deliberadamente unos planes muy
agradables. Llegaría a San Francisco el jueves por la tarde, se hospedaría en
su suite preferida del hotel St. Francis y se reuniría a tomar una copa con dos
de los cuatro fiscales encargados de los cuatro distritos judiciales de
California. Después esperaría a que Josh, su hijo de diecinueve años, llegara
de Berkeley. Llevaba ocho meses sin ver al muchacho. A continuación, se
dirigirían juntos al restaurante Erni’s y disfrutarían de una larga y tranquila
cena, en cuyo transcurso podrían hablar de sus cosas.
Pero sus planes no habían resultado ni mucho menos así. Dos días
antes de su partida, Collins había telefoneado a Josh para quedar con él.
La conversación había comenzado con las obligadas preguntas y las
abreviadas respuestas.
—¿Qué tal estás, Josh?
—Muy ocupado. Mucho trabajo en casa y mucho trabajo fuera.
—¿Y qué tal los estudios?
—Ya puedes imaginarte. Como de costumbre.
—¿Sigue interesándote Políticas?
—Sí, pero resulta algo muy aburrido.
—¿Has visto a tu madre últimamente?
—No la he visto desde el día de su cumpleaños. Estuve dos días en
Santa Bárbara. Helen está bien. Pero no me la puedo quitar de encima.
—¿Qué tal su marido?
—Supongo que van tirando. Yo no le soporto. ¿De qué se puede hablar
con un ex profesional del tenis que padece artritis? Y lo peor es que insiste
en llamarme «hijo», cosa que no me hace ninguna gracia.
Collins no había podido evitar echarse a reír y, al final, Josh no
había tenido más remedio que reírse también. Desde luego el muchacho no carecía
de sentido del humor; de hecho, sabía ser muy agudo cuando creía que merecía la
pena y se preocupaba mucho por el mundo que le rodeaba. Físicamente se parecía
mucho a su padre. Era alto y delgado —medía más de metro ochenta— y poseía un
rostro enjuto.
Collins le había preguntado si todavía llevaba barba. Él había
respondido que se la había recortado a la mitad. Mary había insistido en que lo
hiciera. Sí, seguía viviendo con Mary y gozando de la dicha de ser soltero.
Recientemente ella había vuelto a decorar el apartamento que ambos compartían
en la calle Stuarty había pintado por sí misma las paredes. Josh se había
mostrado lo suficientemente considerado como para preguntar por Karen, a la que
sólo había visto en dos ocasiones. Collins había dudado acerca de si decirle o
no que estaba embarazada y, al final, le había dicho que tendría un hermano o
una hermana dentro de cinco meses. Para alivio de Collins, Josh se había
mostrado muy contento y le había felicitado.
—¿Cuándo los vamos a ver por aquí? —había preguntado Josh.
—Por eso precisamente te llamaba —le había contestado Collins—. Me
verás esta semana si estás libre. El jueves me trasladaré a San Francisco.
Después Collins le había explicado á su hijo el motivo de su visita
a California.
Tras un breve silencio, Josh había preguntado:
—¿Vas a hacer propaganda de la Enmienda XXXV en ese discurso, papá?
Collins había vacilado, presintiendo la inminencia de una tormenta.
—Sí, en efecto.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque ése es mi trabajo. Formo parte de la
administración.
—No me parece una buena razón, papá.
—Bueno, es que hay otras razones. La Enmienda XXXV tiene también sus
cualidades.
—Yo no le veo ninguna —había replicado Josh—. Seré sincero contigo.
Te he dicho antes que tenía mucho trabajo fuera. Bueno, pues dedico todo el
tiempo libre que tengo a luchar en contra de la aprobación de esta enmienda.
Será mejor que lo sepas: me he incorporado al grupo de Tony Pierce; soy uno de
los investigadores de la Organización de Defensores de la Ley de Derechos.
Vamos a organizar la lucha aquí en California.
—Les deseo suerte. Pero me temo que van a perder. El presidente va a
poner todo su empeño.
—¡El presidente! —había dicho Josh en tono despectivo—. Tiene una
cabeza más vacía que un balón de fútbol. Si pudiera, barrería a todo el país
bajo la alfombra. El que más nos preocupa es Tynan. Es una copia de Hitler...
—Yo no sería tan duro con él, Josh. Es un policía, y con una tarea
muy difícil por delante. No se parece nada a Hitler.
—Yo puedo demostrarte que te equivocas —le había replicado Josh.
—¿Qué quieres decir?
—Los defensores de la Enmienda XXXV están siempre diciendo que ésta
no será invocada más que en casos de grave emergencia, como pudiera ser un
intento de derribar el gobierno.
—Y es completamente cierto.
—Papá, creo que las personas que respaldan la enmienda... y no me
estoy refiriendo a ti, sino a Tynan y a su grupo, pretenden hacer otras muchas
cosas una vez se haya aprobado.
—¿Otras muchas cosas? ¿Como qué?
—No quiero decírtelo por teléfono. Pero te lo puedo demostrar.
—Demostrar, ¿qué? —había preguntado Collins, tratando de contenerse.
—Ya lo verás. Te llevaré a cierto lugar. Lo hemos investigado todo y
se te abrirán los ojos. Hay que verlo con los propios ojos para creerlo.
Nosotros, me refiero a los de la ODLD, nos lo estábamos reservando entre otras
cosas que vamos a dar a conocer algunos días antes de que los legisladores
voten sobre la enmienda. Pero mis amigos no se opondrán a que te lo muestre,
teniendo en cuenta quién eres. Tal vez esto te haga cambiar de idea.
—Estoy dispuesto a acoger todo lo que sea razonable. Si no quieres
decirme por teléfono de qué se trata, tal vez puedas decirme dónde se
encuentra. Como comprenderás, no dispondré de mucho tiempo.
—Merecerá la pena. Te acompañaré allí. Hazme un favor, papá. Hazme
este favor.
Collins se había sobresaltado un poco. No recordaba que últimamente
su hijo le hubiera pedido ningún favor.
—Bueno, tal vez pueda arreglarlo. ¿Qué hacemos?
—Nos reunimos el jueves al mediodía en Sacramento.
—¿Sacramento?
—Desde allí iremos en coche hasta un lugar llamado Newell...
Y así fue cómo, porque además de secretario de Justicia era padre, y
padre que amaba a su hijo, Collins se había trasladado a Sacramento en lugar de
a San Francisco, tras haber acordado reunirse con los fiscales en Los Angeles y
no en aquella ciudad.
Había llegado a Sacramento poco antes del mediodía. Josh, aseado,
muy moreno y con la barba pulcramente recortada; le estaba esperando lleno de
emoción contenida. Tras fundirse en un abrazo, ambos se habían dirigido
inmediatamente al Mercury alquilado. Con ellos había ido el agente especial
Hogan. El agente Oakes había quedado aguardando su regreso por la tarde, pues
Collins tenía previsto volar directamente a Los Ángeles.
Ahora, tras llevar por la carretera lo que había parecido una
eternidad, Josh le aseguraba que ya se estaban acercando a su lugar de destino.
No había querido decirle cuál era éste.
—Tienes que verlo con tus propios ojos —le había repetido varias
veces.
Puesto que el conductor había tomado la autopista 5 en dirección
norte hasta Weed y después se había desviado hacia el noroeste por la carretera
97 hasta Klamath Falls, Oregón, para luego volver a penetrar de nuevo en
California, Collins experimentaba la creciente sensación de haber sucumbido con
demasiada facilidad a lo que posiblemente fuera una empresa quimérica, la
paranoica manía de un adolescente. A pesar de lo cual, procuraba no perder el
buen humor, dedicándose a fumar y a charlar tranquilamente gozando de la
compañía de su espigado hijo.
Josh, por su parte, seguía mostrándose totalmente hermético en
relación con lo que deseaba mostrarle a su padre, aunque en modo alguno guardó
silencio acerca de lo que él y los componentes de su grupo opinaban a propósito
de la Enmienda XXXV.
Ahora estaba atacándola de nuevo.
—Una de las pocas cosas grandes que posee este país es la Ley de
Derechos —estaba diciendo—. Las diez primeras enmiendas nos garantizan libertad
de religión, de prensa, de expresión, de reunión y de recurso y nos protegen de
los registros, protegen a los que están acusados de delitos, prometen juicio
por el sistema de jurados, no permiten multas excesivas ni castigos crueles....
—Collins se removió inquieto en su asiento. ¿Por qué dan por sentado los hijos
que sus padres no saben nada o que lo han olvidado todo?— Y ahora viene esta
Enmienda XXXV y suspende todas esas libertades y todos esos derechos. Te
aseguro que nos opondremos a ella con todas nuestras fuerzas.
—Todas las leyes de derechos contemplan las libertades como algo
relativo, no absoluto —se apresuró Collins a puntualizar—. Como dijo Emerson,
las constituciones no son más que las sombras alargadas de los hombres. Las
inventan los hombres para protegerse a sí mismos unos de otros. Cuando no
logran alcanzar este objetivo, cuando la suerte de la sociedad humana está en
juego, los hombres deben adoptar medidas más drásticas en bien de la propia
sociedad.
Josh se negaba a aceptar semejante razonamiento.
—Ni hablar —dijo. No hay más que una prueba. Mira a tu alrededor.
Todos los gobiernos auténticamente libres poseen una ley de derechos que no
puede ser alterada por el gobierno. Sólo las dictaduras, las tiranías, en una
palabra, los gobiernos que no son libres, carecen de leyes de derechos o bien
poseen unas leyes de derechos que los partidos en el poder pueden restringir o
suspender en tiempo de paz. Inglaterra obtuvo la Carta Magna en 1215 y la Ley
de Derechos en 1689, y éstas y otras leyes protegieron a los ingleses de las
detenciones arbitrarias, les garantizaron juicio por el sistema de jurados,
libertad de expresión y recurso, habeas corpus y protección de la vida, la
libertad y la propiedad. Francia posee una Ley de Derechos basada en los
Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada en 1789, seis semanas después de
la caída de la Bastilla. Y allí estos derechos, de igualdad para todos los
ciudadanos, de protección a las mujeres y los niños, a los enfermos y ancianos,
de trabajo sin discriminación alguna, de seguridad social y educación,
etcétera, tampoco pueden ser restringidos mediante la trampa de una Enmienda
XXXV. Lo mismo puede decirse de la Alemania Federal y de Italia. En efecto, en
la Alemania Federal su Ley de Derechos no puede ser alterada en la forma en que
nosotros pretendemos alterar la nuestra. Si examinas, en cambio, otros países
que poseen leyes de derechos, especialmente países comunistas o bien regidos
por gobiernos dictatoriales, siempre encontrarás alguna trampa. Fíjate en Cuba.
Se garantiza la libertad de expresión, desde luego, sólo que «el gobierno puede
confiscar las propiedades caso de que lo estime necesario para contrarrestar
actos de terrorismo, sabotaje o bien cualquier otro tipo de actividades
contrarrevolucionarias». Fíjate en Rusia. Igualdad de derechos para todos,
independientemente de la nacionalidad o el sexo, a excepción de los «enemigos
del socialismo». O fíjate en Yugoslavia. Su constitución garantiza la libertad
de expresión, prensa y demás, pero después viene el truco: «Estas libertades y
derechos no podrán ser utilizados por nadie con el fin de destruir los
fundamentos del orden democrático socialista ... poner en peligro la paz ...
difundir el odio o la intolerancia nacional, racial o religiosa, incitar al
crimen u ofender de alguna forma la decencia pública». ¿Quién lo establece?
Ahora tu presidente y tu director del FBI están intentando introducir una carta
falsa en nuestra baraja de libertades. Puedes creerme, si California ratifica
la Enmienda XXXV, ello significará el final de la libertad y la justicia para
todos nosotros. Diablos, hasta yo podría acabar con mis huesos en la cárcel por
hablarte tal como lo estoy haciendo.
Cansado de escuchar a su hijo, Collins dijo en tono hastiado:
—Josh, los horrores que estás prediciendo jamás ocurrirán. La
Enmienda XXXV se utilizará para protegerte... y hasta incluso es muy posible
que jamás tenga que ser invocada.
—¿Que jamás tenga que ser invocada? Espera a ver lo que voy a
mostrarte dentro de unos minutos.
—¿Estamos llegando?
Josh miró a través del parabrisas por encima de los hombros del
conductor y de Hogan, que ocupaba el asiento frontal.
—Sí —repuso.
Collins contempló la cegadora luz del sol a través de la ventanilla.
Norteamérica constituía una mezcla de muchos países con paisajes dramáticamente
distintos, y aquél era uno de los paisajes más desolados de Norteamérica. En el
transcurso de la última hora no había podido ver más que lagos secos, lechos
alcalinos, granjas abandonadas y medio cubiertas por la maleza y alguna que
otra estación de servicio con apariencia de ciudad. Ahora estaban atravesando
un terreno duro y de desagradable aspecto, integrado en buena parte por viejos
ríos de lava y pumita volcánica y sin el menor rastro de vida.
Súbitamente, surgió la vida: algunas personas conversando junto a la
entrada de una tienda, otras congregadas alrededor de un poste de gasolina,
algunas casuchas y un letrero descolorido por el tiempo en el que podía leerse
NEWELL.
Josh dio instrucciones al chófer y, al poco rato, le pidió que se
detuviera.
—¿Dónde estamos? —preguntó Collins sorprendido.
—En el lago Tule —anunció Josh con aire triunfal.
Collins frunció el ceño. El lago Tule. Le sonaba a un antiguo y
conocido lugar.
—Creado en 1942, ocho semanas después de lo de Pearl Harbor, según
el decreto 9066 del presidente Roosevelt —dijo Josh—. Los norteamericanos de
origen japonés fueron considerados un riesgo para la seguridad. Se detuvo a
unos ciento diez mil, a pesar de que dos tercios de ellos eran ciudadanos
norteamericanos, y fueron confinados en diez campos o centros de
reemplazamiento. El lago Tule era uno de ellos, uno de los peores campos de
concentración norteamericanos, en el que fueron internados unos dieciocho mil
de los detenidos.
—Ese capítulo de nuestra historia me desagrada tanto como a ti —dijo
Collins—. Pero ¿qué tiene que ver con el presente, con la Enmienda XXXV?
—Tú mismo puedes verlo —repuso Josh abriendo la portezuela de atrás
del Mercury y descendiendo del automóvil.
Collins siguió a su hijo y permaneció de pie azotado por el seco y
cálido viento, tratando de orientarse. Se dio cuenta entonces de que se
encontraban junto a lo que parecía ser una especie de enorme granja moderna o
una fábrica, una serie de edificios de ladrillo y de barracones construidos en
hierro ondulado, situados al otro lado de una alambrada.
—¿Es eso el lago Tule? —preguntó Collins señalando en aquella
dirección.
—Lo era —repuso Josh con
aire de suficiencia—, pero ya no lo es. Era nuestro más duro campo de
concentración, construido sobre las doce mil hectáreas del lecho seco de un
lago. Ahora es otra cosa, y por eso es por lo que te he traído hasta aquí.
—Al grano, Josh.
—Muy bien. Pero antes permíteme mostrarte algo que te lo aclarará
todo. —Josh llevaba una carpeta de gran tamaño y ahora la abrió y extrajo una
media docena de fotografías, pasándoselas a su padre.— Primero, echa un vistazo
a estas fotografías. Nos las ha facilitado la Liga de Norteamericanos de Origen
Japonés. Estas fotografías del antiguo campo de concentración fueron tomadas en
este mismo lugar hace apenas un año ¿Qué es lo que ves?
Collins estudió las fotografías. Lo que veía eran unas alambradas
rotas rematadas por unas herrumbrosas franjas de alambre de púas, levantandas
sobre unos soportes de hormigón armado. Al otro lado de las alambradas podían
verse los ruinosos restos de unos barracones, algunas viejas estructuras de
edificios y una atalaya medio derruida.
—¿Qué pasa? —preguntó Collins devolviéndole las fotografías a su
hijo—. Yo no veo nada en estas fotografías.
—Exactamente —dijo Josh—. Ahí está la cosa. Se obtuvieron hace un
año y entonces no se podía ver nada. Sólo ruinas. —Señaló hacia adelante.—
Ahora fíjate en el lago Tule en la actualidad; ¿qué es lo que ves? —Collins
miró perplejo mientras su hijo añadía:— Una alambrada de seguridad
completamente nueva con alambre electrificado en la parte de arriba y levantada
sobre una base de hormigón armado reforzado. Una atalaya de ladrillo de nueva
construcción con focos de vigilancia incorporados. Tres edificios absolutamente
nuevos construidos en cemento y otros cuatro que se están levantando. ¿Qué te
dice eso?
—Pues que están levantando unas edificaciones. Nada más.
—Pero, ¿qué clase de edificaciones? Yo te diré qué clase. Es un
proyecto gubernamental secreto que se está llevando a la práctica en esta
alejada zona. Están arreglando y reconstruyendo el lago Tule. Están preparando
un futuro campo de concentración para encerrar a las víctimas de las
detenciones en masa que tendrán lugar una vez entre en vigor la Enmienda XXXV.
Esta explicación cogió de improviso a Collins, y se irritó. Había
perdido el día y había soportado unas incomodidades innecesarias para ver lo
que no era más que el producto de la inmaduray paranoica imaginación de su
hijo.
—Vamos, Josh, no esperes que me trague eso. ¿De dónde has sacado
esas fantasías?
—Tenemos nuestras fuentes —repuso Josh apretando los labios—. Es un
proyecto del gobierno. Es nuevo. Está perfectamente claro que es una especie de
campo de internamiento o de prisión. Si no lo fuera, ¿para qué se hubiera
construido una nueva atalaya?
Puede haber cientos de proyectos gubernamentales que las incluyan
para fines de seguridad.
—No como ésta.
—Maldita sea, no es un campo de concentración o como tú quieras
llamarlo. En nuestro país ya no los hay, y jamás volverá a haberlos. Pero
hombre, Josh, son las mismas estupideces y los mismos rumores que corrieron en
1971 cuando algunas publicaciones acusaron al presidente Nixon y al secretario
de Justicia Mitchell de estar acondicionado los centros de reemplazamiento de
japoneses con el fin de transformarlos en campos de detención para los
disidentes y manifestantes. Nadie consiguió jamás demostrar semejante cosa.
—Pero tampoco nadie consiguió jamás demostrar lo contrario. Collins
observó con el rabillo del ojo que, al otro lado de la
alambrada, dos hombres se
estaban acercando a la salida.
—Está bien, te voy a demostrar que estás equivocado en relación con
este proyecto —dijo con determinación—. Espérame aquí.
Mientras avanzaba hacia la alambrada, Collins observó que losdos
hombres —uno de ellos con uniforme militar y el otro vistiendo camiseta y
pantalones vaqueros— se estrechaban la mano y se separaban. El hombre
uniformado permaneció de pie junto a la entrada, mientras el otro regresaba a
la obra.
Collins apretó el paso acercándose al hombre de la puerta, que había
estado observándole con mirada inquisitiva.
—¿Es usted el guarda de las obras? —preguntó Collins.
—En efecto.
—¿Esta propiedad es privada o federal?
—Es federal. ¿En qué puedo servirle, señor?
—Soy funcionario del gobierno. Me gustaría echar un vistazo a las
instalaciones.
El guardia examinó a Collins brevemente.
—Pues... no sé. Claro que, si es funcionario del gobierno... —Giró
sobre sus talones, hizo bocina con las manos y gritó:—; Oye, Tim! —La figura
que se estaba perdiendo en la lejanía dio la vuelta y regresó.— Este señor dice
que es del gobierno. Será mejor que hables con él.
El otro, un hombre corpulento de rostro rubicundo, se estaba
acercando.
Collins esperó. Una vez el hombre de los vaqueros y la camiseta se
hubo acercado a la entrada, el guarda se apartó a un lado y le dijo:
—Me llamo Nordquist y soy el encargado de las obras. ¿En qué puedo
servirle? —preguntó el corpulento individuo.
—Deseaba... deseaba dar una vuelta por las instalaciones. —Collins
estuvo tentado de mostrarle la documentación que le identificaba como
secretario de Justicia de los Estados Unidos, pero lo pensó mejor. Hubiera
podido correr la voz de que había participado en aquella empresa quimérica, en
aquella estupidez, y no quería hacer el ridículo.— Pertenezco al gobierno...
Departamento de Justicia de Washington.
—Necesita un pase para poder entrar. A no ser que traiga consigo
alguna autorización del Pentágono o de la Marina...
—Pues no... —dijo Collins con un hilo de voz.
—Lo lamento pero no puedo franquearle la entrada sin un permiso
especial —dijo Nordquist—. Se trata de una zona restringida.
—¿La Marina ha dicho usted?
—Eso no es ningún secreto —dijo el encargado—. Se trata de una rama
del Proyecto Sanguine. Llamada MBF. ¿No tiene conocimiento de ella?
—No... no estoy muy seguro.
—MBF, Muy Baja Frecuencia. Una instalación de la Marina de los
Estados Unidos: un sistema de comunicación para ponerse en contacto con los
submarinos sumergidos. Si lee usted los periódicos, debiera saberlo.
—Durante mi gira de inspección no he estado muy al tanto de algunas
noticias. De todos modos, me da la impresión de que me he equivocado de lugar.
—Eso parece, señor. Pero vuelva con una autorización y gustosamente
le mostraremos las instalaciones.
—Bien, gracias de todos modos.
Observó alejarse al hombre. Después, sintiéndose perfectamente
ridículo y manejado, regresó lentamente hacia Josh, que le estaba aguardando
junto al automóvil.
Procuró no mostrarse resentido con su hijo. Procuró contenerse. Le
explicó la situación, repitiéndole exactamente lo que Nordquist le había dicho.
—Ya lo has visto —dijo al final—. Ahora puedes decirle a Pierce y a
todos tus amigos que están completamente equivocados. Se trata de unas
instalaciones de la Marina y nada más.
Josh no quería darse por vencido.
—Por Dios, papá, no pensarás que iban a llamarlo campo de detención, ¿verdad? ¿Qué son todos esos
barracones o prisiones? —preguntó obstinadamente.
—Nadie ha dicho que sean prisiones.
—El personal de la Marina no necesita de esta clase de
instalaciones. Sigo preguntándome, ¿por qué la atalaya? ¿Por qué la alambrada
electrificada? ¿Por qué tanto secreto?
—Él me ha dicho que no era ningún secreto. Se ha escrito acerca de
ello en los periódicos.
—No me sorprende. Mira, papá, disponemos de muy buenas fuentes. Lo
que ocurre es que no quieres enterarte de lo que el presidente y el FBI se
proponen hacer. Estás haciendo el primo.
—Tal vez el que esté haciendo el primo seas tú —dijo Collins
dirigiéndose al automóvil—. Anda, ven, volvamos a la civilización.
Durante el largo viaje de regreso ambos guardaron silencio.
Sólo cuando ya se encontraban en el Aeropuerto Metropolitano de
Sacramento y estaban a punto de despedirse —él volvería a Los Ángeles y su hijo
regresaría a Berkeley vía Oakland— Collins esbozó una sonrisa y rodeó con el
brazo los hombros de Josh.
—Mira —le dijo—, no me opongo a que seas activista. Me enorgullezco
de que te preocupes tanto por las cosas. Pero tienes que andarte con pies de
plomo cuando hagas alguna acusación. Tienes que estar muy seguro de los hechos
antes de divulgarlos.
—Estoy completamente seguro de éste —dijo Josh.
La obstinación del muchacho resultaba exasperante. Haciendo un
esfuerzo, Collins consiguió no perder el buen humor.
—Bueno, bueno. ¿Y si yo te demostrara que lo que hemos visto es un
auténtico proyecto de la Marina? Si te lo pudiera demostrar, ¿quedarías
convencido?
Una sonrisa iluminó por primera vez el rostro de Josh.
—Me parece muy bien. Si tú me lo demuestras, papá, reconoceré que
estaba en un error. Pero tienes que demostrármelo.
—Te doy mi palabra de que lo haré. Ahora será mejor que suba a ese
avión: Tengo que reunirme con un miembro de la Asamblea del estado que sustenta
tu misma opinión. Pero también tendrá que demostrarme ciertas cosas.
Al llegar al hotel Beverly Hills procedente de Los Ángeles, y una
vez hubo anunciado su llegada, apenas le dio tiempo a que le llevaran el
equipaje a su bungalow de tres habitaciones, situado en la parte de atrás, y a
asearse rápidamente y cambiarse de camisa, y salió a toda prisa. Estaba citado
con el asambleísta del estado Olin Keefe en el hotel Beverly Wilshire a las
diez en punto y ya eran las diez y cinco.
Su guardaespaldas Oakes, que había sustituido a Hogan, le estaba
aguardando junto a la puerta del bungalow, y ambos avanzaron rápidamente por
los tortuosos senderos que conducían al hotel, atravesaron el vestíbulo y
salieron a la calle dirigiéndose hacia donde se encontraba esperando el Lincoln
Continental. En un momento cruzaron el boulevard Sunset y se dirigieron al
boulevard Wilshire, deteniéndose cinco minutos más tarde frentea la entrada del
hotel Beverly Wilshire.
Una vez en el interior, tras haberle preguntado a la telefonista el
número, telefoneó a la suite de la cuarta planta e inmediatamente Keefe se puso
al aparato.
—¿Ha cenado usted? —le preguntó Keefe.
—Apenas he tomado un bocado en todo el día. Y en el avión que me ha
traído hasta aquí tampoco es que haya comido demasiado. ¿Me está ofreciendo
algo?
—En efecto. Ahora mismo lo pido.
—Simplemente un bocadillo de queso y jamón con un té caliente, sin
limón. Subo ahora mismo.
—Le esperamos.
A Collins no se le pasó por alto el plural. Le habían inducido a
creer que se reuniría a solas con Keefe. Ahora Keefe se encontraba en compañía
de otra persona, si bien era posible que se tratara de su esposa.
Al entrar en el pequeño salón de Keefe, Collins se encontró no ante
una sino ante dos personas desconocidas levantándose para saludarle, sin que
ninguna de ellas fuera la esposa del miembro de la Asamblea del estado.
El afable Keefe, con su rostro de querubín iluminado por una
sonrisa, vestía una chaqueta deportiva a cuadros y unos pantalones de
gabardina. Estrechó con entusiasmo la mano de Collins y le acompañó
inmediatamente junto a sus amigos.
Espero que no le importe, señor Collins, pero me he tomado la
libertad de invitar a dos de mis colegas de la Asamblea del estado. Puesto que
hemos tenido la suerte de poder gozar de su presencia, he pensado que cuantos
más fuéramos mejor... tanto para usted como para todos nosotros.
—Me parece muy bien —dijo Collins algo desconcertado.
—Le presento al asambleísta Yurkovich. —Yurkovich era un joven muy
serio, de ceño fruncido, con un tic nervioso en un ojo y un poblado bigote de
color herrumbre.— Y éste es el asambleísta Tobias, un veterano de la Asamblea.
Tobias era un hombre de corta estatura, castaños ojos saltones y
vientre abultado.
—Venga, siéntese en el sillón dijo Keefe dirigiéndose a Collins—.
Tengo la impresión de que necesitará estar lo más cómodo posible.
A Collins tales palabras se le antojaron un presagio de mal agüero.
Se acomodó en el sillón, convino en que le sentaría muy bien un whisky con
hielo y se encendió un cigarrillo mientras el anfitrión le preparaba la bebida.
—El bocadillo se lo subirán en seguida —dijo Keefe—. Debe usted
sentirse muy cansado... en avión todo el día, y además el cambio de horario...
Procuraremos no entretenerle demasiado. Empezaremos en seguida.
—Por favor —dijo Collins aceptando el vaso y bebiendo un trago.
Los otros dos se hallaban acomodados en el sofá. Keefe acercó una
silla a la mesita y tomó asiento frente a Collins.
—Se trata de algo muy importante para todos los que nos hallamos
reunidos en esta habitación, usted incluido —dijo Keefe—. Es posible que ello
le abra los ojos, si bien tengo entendido que nuestro amigo común, el senador
Paul Hilliard, ya le dijo algo al respecto la semana pasada.
—Sí, desde luego —dijo Collins tratando de recordar. Habían ocurrido
tantas cosas desde la cena con Hilliard... Además, se sentía agotado. Para él,
era la una de la madrugada, según el horario de Washington. Ingirió nuevamente
un buen trago de whisky en la esperanza de que le espabilara—. Sí, deseaba que
hablara con usted acerca de ciertas... ciertas discrepancias en relación con
las estadísticas criminales correspondientes a California. ¿Es eso?
—Eso es, en efecto —repuso Keefe—. Espero que no se oponga a una
discusión libre y abierta acerca de éste y de otros asuntos de interés para
usted...
—Pues claro que no. Sean ustedes tan claros y abiertos como deseen.
Keefe se mostró súbitamente menos afable, incluso un poco nervioso.
—Se lo decía porque, si ciertamente está dispuesto a que hablemos
con toda franqueza... pues, señor Collins, tal vez no resulte una velada
demasiado agradable para usted...
Se trataba de algo inesperado.
—¿Adónde quiere usted ir a parar? —preguntó Collins sacudiéndose
repentinamente la modorra—. Explíquese.
—Muy bien. Intento decirle que nosotros tres, al igual que otros
muchos legisladores del estado de California que temen expresar su opinión,
estamos gravemente preocupados por la táctica que usted y su Departamento de
Justicia están empleando para ganarse el favor de nuestro estado a propósito de
la votación de la Enmienda XXXV.
Collins se terminó el whisky y apagó la colilla de su cigarrillo.
—¿Qué táctica? —preguntó—. Yo no he utilizado táctica alguna para
ejercer influencia sobre la votación de aquí. Le doy mi palabra. No he hecho
nada a este respecto.
—Entonces habrá sido otra persona —terció Tobias desde el sofá—.
Alguien de su departamento está intentando asustar a los legisladores de este
estado con el fin de que ratifiquen la enmienda.
—Si eso es efectivamente lo que está ocurriendo, le aseguro que no
sé absolutamente nada —dijo Collins mirando enfurecido a su interlocutor—.
Están ustedes haciendo unas afirmaciones muy vagas. ¿Les importaría precisar un
poco más?
—Déjenme que se lo explique —les dijo Keefe a sus colegas al tiempo
que se volvía hacia Collins—. De acuerdo, seremos más precisos. Nos estamos
refiriendo a las estadísticas criminalesque están ustedes divulgando y que
tanta publicidad están alcanzando aquí. Esas estadísticas relativas a los
delitos violentos y a las conspiraciones han sido deliberadamente exageradas
por el FBI con el fin de asustar a la gente y a los legisladores de nuestro
estado para que voten en favor de la ratificación de la Enmienda XXXV. Desde
que el senador Hilliard habló con usted de esta cuestión, me he entrevistado
personalmente con más de una docena de jefes de policía de otras tantas
localidades. Con catorce, para ser exactos. Más de la mitad de ellos han
confirmado que las cifras que envían al FBI no son las cifras que da a conocer
el Departamento de Justicia. Las auténticas cifras han sido alteradas,
exageradas e incluso falseadas por el camino.
Impresionado por la vehemencia de su interlocutor, Collins dijo:
—Se trata de una acusación muy grave. ¿Puede usted aportar a ese
respecto unas declaraciones firmadas por esos jefes de policía?
—No, no puedo —repuso Keefe—. Los jefes de policía no se atreven a
llegar tan lejos. Dependen demasiado de la buena voluntad y colaboración del
FBI como para enemistarse con él. Y además ocurre que, en el fondo, comprenden
los motivos de la Oficina. Trabajan en el mismo sector, y actualmente se trata
de un sector muy peligroso. Yo creo que los jefes de policía me hablaron de
este asunto por la sencilla razón de que les molesta que les puedan considerar
unos ineptos. No, señor Collins, no disponemos de ninguna prueba escrita. Nos
ha pedido usted que aceptáramos su palabra de que nada tiene que ver con esta
cuestión. Yo le ruego ahora que usted acepte la nuestra en relación con los
métodos nada ortodoxos empleados por el FBI.
—Yo podría estar dispuesto a ello —dijo Collins—, pero me temo que
el director Tynan se mostraría bastante menos inclinado a aceptar unas pruebas
de oídas. Supongo que comprenden mi situación. No puedo ir al director Tynan y
contradecirle, enfrentándome a él y a todo el FBI, sin disponer de pruebas
escritas susceptibles de confirmar las acusaciones que acaban ustedes de
formular. Ahora bien, si lograran ustedes que estos policías accedieran a
firmar una declaración...
—No es posible —dijo Keefe en tono abatido—. Lo he intentado, pero
ha sido inútil.
—Tal vez lo pudiera intentar yo. Es posible que estén dispuestos a
presentar una demanda a través mío, en mi calidad de secretario de Justicia,
aunque no se atrevieran a hacer tal cosa con usted. ¿Tiene los nombres de los
jefes de policía a los que ha entrevistado?
—Aquí los tengo —dijo Keefe levantándose y dirigiéndose hacia la
mesa sobre la cual aparecía abierta una cartera de color marrón.
En aquellos momentos llamaron a la puerta. Keefe fue a abrir e hizo
pasar al camarero del servicio de habitaciones, que traía una bandeja con el
bocadillo de Collins. Tras firmar el vale y esperar a que se fuera, Keefe se
dirigió hacia el lugar en que se encontraba la cartera.
Collins había perdido el apetito, pero sabía que si no comía más
tarde se sentiría hambriento. Abrió el bocadillo de jamón y queso, extendió un
poco de mostaza en su interior y se esforzó en tomar un bocado. Estaba
ingiriendo un sorbo de té en el momento en que Keefe regresó con un cuaderno de
notas.
Keefe arrancó tres páginas y se las entregó a Collins.
Los jefes de policía que no quisieron hablar están tachados. Los
ocho restantes sí lo hicieron. Ahí encontrará usted sus direcciones y números
de teléfono. Espero que tenga suerte. Aunque la verdad es que dudo que lo
consiga.
Lo intentaré dijo Collins doblando las hojas y guardándoselas en el
bolsillo de la chaqueta.
—La cuestión es que alguna persona o personas no identificadas de su
Departamento están organizando una deliberada campaña de terror aquí en
California —dijo Keefe volviendo a acomodarse en su asiento—. Al parecer, están
decididos a hacernos tragar la Enmienda XXXV a toda costa... a costa de la
honradez y a costa de la decencia.
—Si se refiere usted a la manipulación de las estadísticas...
—Me refiero a otras muchas cosas —dijo Keefe.
—Cuénteselo —le instó Yurkovich desde el sofá—, cuénteselo todo.
—Pienso hacerlo —le aseguró Keefe. Esperó a que Collins se tragara
lo que tenía en la boca y se terminara lo que le quedaba del bocadillo y
añadió—: No es muy bonito lo que vamos a decirle. La manipulación de las
estadísticas, señor Collins, es lo de menos. Alguien de Washington está
manipulando nuestras propias vidas.
Collins descruzó las piernas y se irguió en su asiento.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir que el FBI ha organizado una campaña de intimidación
contra ciertos miembros de la Asamblea, asustándonos mediante chantaje...
La palabra chantaje le
recordó a Collins su encuentro con el padre Dubinski en la iglesia de la
Santísima Trinidad. El sacerdotehabía hablado de chantaje. Ahora aquel
legislador de California estaba haciendo lo mismo. Collins se dispuso a seguir
escuchándole.
—... un chantaje sutil —estaba diciendo Keefe—, pero un chantaje de
la peor especie. Y dirigido sobre todo contra los legisladores indecisos,
contra los que todavía no han adoptado una postura en relación con la Enmienda
XXXV. El ataque ha estado dirigido especialmente contra los legisladores que...
bueno, que son vulnerables.
—¿Vulnerables?
—Me refiero a aquellos cuyas vidas privadas no son precisamente un
libro abierto. Aquellos legisladores en cuyo pasado puede haber algo que no
desean que se divulgue. La mayoría de ellos no se han atrevido a protestar.
Pero el asambleísta Yurkovich y el asambleísta Tobias... a pesar de no
considerar oportuno denunciar al FEI...
—Porque el chantaje es demasiado sutil —terció Yurkovich
interrumpiendo a Keefe—. No es claro y directo. Nuestras denuncias hubieran
sido rechazadas incluso tal vez refutadas.
—En efecto —dijo Keefe conviniendo con él—. En cualquier caso, y
puesto que no podían protestar eficazmente en público, mis dos colegas se han
mostrado dispuestos a acudir aquí con el fin de expresarle a usted
personalmente sus protestas. Al principio temieron que usted pudiera formar
parte del complot. Pero, antes de que lo haya hecho usted, el senador Hilliard
me convenció, y yo les convencí a ellos, de que era usted un hombre honrado y
digno de confianza, tal vez demasiado nuevo en este cargo para saber lo que
alguien se está llevando entre manos a espaldas suyas. —Keefe se detuvo.—
Confío en que esta valoración de su persona sea correcta.
Collins buscó un cigarrillo y se lo acercó a los labios. No le
sorprendió observar que le estaba temblando la mano.
—Honrado y digno de confianza, sí. Pero, ¿qué es lo que se están
llevando entre manos a espaldas mías? Prosiga, facilíteme más detalles.
—Permítame contarle lo que me ha ocurrido a mí —dijo Yurkovich—.
Señor Collins, yo era un alcoholizado. Lo fui hasta hace ocho años. Al final,
ingresé en un sanatorio y me sometieron a tratamiento. Conseguí curarme por
completo y no he vuelto a beber desde entonces. Nadie lo ha sabido a excepción
de los miembros de mi familia. Sin embargo, hace una semana dos agentes del
FBI, uno de ellos llamado Parkhill y el otro Naughton, me visitaron en mi
despacho de Sacramento. Dijeron que necesitaban mi ayuda en una investigación
que estaban realizando. Se trataba de una investigación muy difícil. Semejantes
investigaciones en relación con la infracción de las leyes federales
resultarían considerablemente más fáciles una vez se aprobara la Enmienda XXXV.
Pero, de momento, no tenían más remedio que actuar despacio. Precisaban de
información acerca de un determinado centro, un centro de rehabilitación de
alcoholizados, en el que habían averiguado que un legislador de California
había permanecido internado durante cinco meses. Tal vez yo pudiera
facilitarles más detalles acerca de los propietarios de dicho centro.
—Yurkovitch se interrumpió brevemente, sacudiendo la cabeza con gesto de
incredulidad.— Fue una forma diabólica de comunicarme que lo sabían. Mi secreto
se hallaba en sus manos. Su comportamiento me resultó repugnante.
Por un momento Collins experimentó también repugnancia.
—¿Y qué les dijo usted? —preguntó.
—¿Qué podía decirles? Reconocí que había sido un paciente de aquel
sanatorio. Les seguí la corriente en lo de la investigación que estaban
llevando a cabo acerca de los propietarios de una cadena nacional de sanatorios
que, al mismo tiempo, estaban envueltos en el tráfico de drogas. Yo les referí
lo que había visto y oído en el transcurso de mi permanencia en el centro.
Cuando todo terminó, me dieron las gracias. Les pregunté si toda aquella
información permanecería en secreto. Uno de ellos contestó: «Podría ser llamado
a prestar testimonio ante un tribunal.» Yo les dije que no podría hacer tal
cosa. El agente replicó: «Eso no está en nuestras manos. Puede usted hablar con
el director, si lo desea. Tal vez él pueda llegar a un entendimiento con
usted.» Tras lo cual se marcharon. Yo ya tenía el mensaje. La Enmienda XXXV es
beneficiosa para el país. Vota en favor de la Enmienda XXXV y el director no
divulgará tu hospitalización. Si no colaboras, la divulgará.
—¿Y qué va usted a hacer? —preguntó Collins.
—He luchado mucho por llegar hasta donde he llegado —repuso
Yurkovich con sencillez—. Me gusta el puesto que ocupo. Procedo de un distrito
conservador. Fui elegido por unos electores que sólo confían en los
funcionarios que no beben. No tengo alternativa. Tendré que votar en favor de
la Enmienda XXXV.
—¿Está usted seguro de que la investigación no era auténtica?
—preguntó Collins—. ¿No podría ser que usted hubiera interpretado erróneamente
sus observaciones?
—No es probable pero es posible. Juzgue usted por sí mismo. En
cuanto a mí, no quiero correr ningún riesgo.
El orondo individuo sentado en el sofá al lado de Yurkovich levantó
un brazo.
—Ni yo tampoco —dijo el asambleísta Tobias.
—¿Quiere usted decir que también le ha ocurrido lo mismo? —le
preguntó Collins.
—Casi —contestó Tobias—. Sucedió un día más tarde. Sólo que el FBI
no acudió a visitarme a mí. Fueron a... bueno, tengo una amiga y la visitaron a
ella. —Lanzó un suspiro.— Soy un buen padre de familia con hijos. Al menos, eso
es lo que parece por fuera. En realidad, mi esposa y yo terminamos hace mucho
tiempo. Pero, por el bien de nuestros hijos, permanecimos casados, y, una vez
nuestros hijos hubieron crecido, decidimos seguir conservando las apariencias.
De este modo mi mujer podría disfrutar de una vida social y yo podría conservar
mi puesto en el Gobierno. Durante buena parte de estos años yo he mantenido
relaciones con otra mujer en una residencia aparte. No lo sabía nadie más que
nosotros tres. Y hace una semana el FBI visitó a mi amiga. Recuerdo que el
nombre de uno de los agentes era Lindenmeyer. Se mostraron muy amables con
ella, al observar lo mucho que la habían asustado. Intentaron tranquilizarla.
Se pasaron un rato hablándole de otras cosas, cosas que no revestían carácter
personal. Y hasta le hablaron de la Enmienda XXXV... así como el que no quiere
la cosa. Al final, fueron al grano. Yo pertenecía a un comité que se ocupaba de
contratos suscritos con el gobierno. Estaban realizando una investigación
acerca de un miembro sospechoso del comité. Estaban realizando también otras
investigaciones de carácter rutinario acerca de otros miembros. Deseaban saber
si yo le había hablado alguna vez de los contratos suscritos con el gobierno.
Ella intentó decirles que no me conocía demasiado bien, pero ellos hicieron
caso omiso de sus protestas. Conocían ciertos hechos. Sabían cuántos días a la
semana había pasado con ella a lo largo de un determinado número de años. Al
marcharse le dijeron que, en caso necesario... sí, subrayaron lo de «en caso
necesario», tal vez tuvieran que llamarla a declarar.
—No puedo creerlo —dijo Collins respirando hondo.
—Yo sí lo creo —dijo Tobias—. No puedo demostrar que lo hicieran con
el propósito de obligarme a modificar mi voto. Pero tengo que proteger a mi
esposa y a esa mujer. Y supongo que también a mí mismo. Por consiguiente,
modificaré mi voto. Me desagrada la Enmienda XXXV. Pero, cuando me toque el
turno de votar, diré un «sí» muy alto y muy claro, para que se entere todo el
mundo. Eso es, señor Collins, ya lo sabe usted todo.
Collins guardó silencio y experimentó una sensación de repugnancia.
—¿Le ha ocurrido eso a otros legisladores? —preguntó sin poder dar
crédito a lo que estaba oyendo.
—No lo sé —repuso Tobias—. Se trata de algo de lo que no deseamos
hablar unos con otros. Todos tenemos nuestras vidas privadas y deseamos que
sigan siendo privadas.
—¿Y a usted, señor Keefe? —preguntó Collins mirando a su anfitrión.
—A mí no me ha visitado nadie, porque saben cuál es mi postura y
saben que les echaría de un puntapié. Yo tengo también mi vida privada y me
imagino que podrían sacar algo. Pero no me importaría lo más mínimo. No me
juego tantas cosas como mis amigos. Preferiría que descubrieran lo que fuera a
dejarme vencer por estos bastardos, quienesquiera que sean.
—¿Quiénes cree usted que son? —preguntó Collins.
—No lo sé.
—Yo tampoco —dijo Collins—. Pueden estar seguros de que la cosa no
procede de mi oficina. Si se trata de una campaña deliberada, podría haberla
ordenado cualquier persona, desde el presidente hasta el director del FBI o
cualquier funcionario a sus órdenes.
—¿Puede usted hacer algo al respecto? —preguntó Keefe.
—No estoy seguro —contestó Collins levantándose—. Tampoco en este
caso disponemos de pruebas que demuestren que esas visitas revistieron carácter
intimidatorio. Es posible que se haya tratado de investigaciones auténticas.
Y... es posible también que hayan sido una forma de chantaje.
—¿Cómo averiguará usted de qué se ha tratado? —preguntó Keefe.
—Llevando a cabo una investigación acerca de los investigadores
—repuso Collins.
Al regresar al hotel Beverly Hills, el empleado de la recepción le
entregó a Collins un mensaje telefónico junto con la llave de su bungalow.
Desdobló la nota. La llamada se había producido hacía una hora, y el
texto decía lo siguiente:
El supervisor del lago Tule te
ha dicho que las instalaciones no constituían ningún secreto, que se había
hablado de ellas en los periódicos. Esta noche nos hemos pasado varias horas
tratando de comprobarlo. El Proyecto Sanguine se ha mencionado en la prensa.
Pero las supuestas instalaciones de la Marina en el lago Tule jamás han
aparecido en la prensa. Jamás se ha publicado una sola palabra acerca de ellas.
He pensado que tendrías interés en saberlo. Josh Collins.
Casi lo había olvidado. Le había prometido a su hijo demostrarle que
las instalaciones del lago Tule no eran un futuro campo de internamiento. Tenía
que encargarse de aquel asunto. Y tenía además que echar un vistazo a aquella
cuestión de la manipulación de las estadísticas criminales de California. Y
tenía que aclarar también el asunto de los agentes del FBI que habían sometido
a investigación a ciertos legisladores de aquel estado. Y, por encima de todo y
superando en importancia a los demás asuntos, estaba el Documento R.
Lo primero era lo primero.
Rodeó el mostrador de recepción recordando que las cabinas de
teléfono público se hallaban junto a la entrada del Salón Polo. Dio con ellas y
descubrió que no estaban ocupadas.
Se encerró en la cabina más próxima y, marcando larga distancia,
telefoneó directamente al domicilio de Ed Schrader, el secretario de Justicia
adjunto. Sabía que le despertaría —en Virginia serían casi las tres de la
madrugada—, pero deseaba conocer los hechos cuanto antes. Al día siguiente
estaría demasiado ocupado.
Contestó al teléfono una voz soñolienta.
—¿Sí? No me diga que se ha equivocado de número.. .
—No me he equivocado de número, Ed. Soy Chris. Mire, quiero que
averigüe unos datos para mañana a primera hora; es decir, para hoy. ¿Tiene un
lápiz a mano?
Collins explicó que la Marina poseía un sistema de comunicación con
submarinos desde tierra denominado MBF o Proyecto Sanguine. Una de las
principales instalaciones del mismo se hallaba en aquellos momentos en avanzada
fase de construcción en el norte de California.
—Averigüe todos los datos que pueda a este respecto. No saldré hacia
el programa de televisión hasta aproximadamente las doce y cuarto. Por
consiguiente, hasta entonces estaré trabajando en mi suite. Llámeme en cuanto
disponga de alguna información. Ahora puede darse la vuelta y seguir durmiendo.
Al abandonar la cabina telefónica, se reunió con su guardaespaldas
en el vestíbulo, recorrió con él los sinuosos caminos bordeados de follaje que
conducían a su bungalow, le dio las buenas noches y entró.
Paseó brevemente por el salón del bungalow quitándose la chaqueta y
la corbata; su mente era un hervidero y trató de ordenar los acontecimientos
del día, sobre todo su reunión con Keefe, Yurkovich y Tobias. Las acusaciones
que éstos habían formulado contra personas desconocidas del FBI, o tal vez
contra alguien de más arriba, habían sido muy graves. Trató de determinar la
veracidad de los tres legisladores. No podía imaginarse ningún motivo por el
cual alguno de ellos tuviera interés en mentir. ¿Con qué propósito se hubieran
podido inventar aquellas historias? ¿Con qué objeto? No podía hallar ninguna
respuesta. Por consiguiente, debían de haberle dicho la verdad. No obstante,
sabía que no podía actuar sobre la base de lo que ellos le habían dicho. Sin
una comprobación personal, no podía informar de ello ni al presidente ni a
Tynan ni a Adcock. No estaba seguro de por dónde debía empezar. Esperaría al
día siguiente, cuando tuviera el cerebro más despejado.
Desabrochándose la camisa, penetró en el dormitorio medio a oscuras
y pasó al cuarto de baño y encendió la luz. Se desnudó, se lavó, se cepilló los
dientes, se examinó las ojeras y extendió la mano hacia la percha de detrás de
la puerta en la creencia de que allí se encontraba el pijama. Pero el pijama no
estaba allí y entonces pensó que la camarera lo debía de haber extendido sobre
la almohada de la cama de matrimonio.
Apagó la luz del cuarto de baño y se dirigió desnudo y a tientas
hacia la cama, en la que una franja de luz que se filtraba por la semicerrada
puerta del salón iluminaba directamente su pijama. Iba a ponérselo, deseoso de
meterse inmediatamente en la cama y echarse a dormir, cuando, en el momento de
agacharse, advirtió de pronto que algo cálido y carnoso le rozaba el muslo
derecho.
Sobresaltado, emitió un jadeo entrecortado y bajó rápidamente la
mano, percibiendo que otra mano estaba ascendiendo por su muslo.
El corazón empezó a latirle con fuerza.
—Pero, ¿qué demonios...? —balbució.
—Ven a la cama, cariño. Te estaba esperando —le dijo una suave voz
femenina.
Collins estaba demasiado ocupado buscando desesperadamente el
interruptor de la lámpara y no podía apartar la mano de la mujer, que ahora le
estaba aprisionando el miembro.
A los pocos instantes la débil luz de la lámpara arrojó sobre la
cama un semicírculo amarillo é iluminó a la muchacha. Ésta se estaba acercando
al borde de la cama y le miraba sonriente, al tiempo que extendía la mano entre
sus piernas y le acariciaba. Collins estaba como petrificado, demasiado
desconcertado como para poder hablar o actuar. La muchacha era joven, de poco
más de veinte años, con largo cabello rojizo, rojos labios fruncidos,
palpitante pecho, vientre plano y un alargado triángulo de vello púbico.
—Hola —le dijo con vocecita de chiquilla—. Me llamo Kitty. Ya
pensaba que no ibas a volver nunca.
—¿Quién demonios es usted? —estalló por fin Collins bajando la mano
y asiendo la de la muchacha para obligarla a soltarle el miembro—. Se ha
equivocado. No es aquí...
—Éste es el número de bungalow que me han dado. Me han dicho que
esperara al señor Collins.
Entonces no se trataba de un error. ¿Cuál de sus amigos de los
viejos tiempos habría sido capaz de gastarle aquella clase de broma pesada?
—¿Quién le ha dicho que viniera aquí? —preguntó.
—Soy un regalo de un amigo suyo.
—¿De qué amigo?
—No me ha dicho su nombre. Jamás lo hacen. Pero me ha pagado en
efectivo. Doscientos dólares. Soy muy cara. —La muchacha esbozó una sonrisa.—
Me ha dicho que era una sorpresa, que a usted le iba a gustar. Le prometo que
le gustará, señor Collins. Ahora, venga aquí como un buen chico...
—¿Cómo... cómo ha podido entrar?
—Algunos empleados de aquí ya me conocen. Doy buenas propinas. —La
muchacha le examinó.— Menudo encanto es usted. Me gustan los hombres altos.
Pero habla demasiado. Ahora venga aquí con Kitty. Le prometo que pasará un buen
rato. Me quedaré toda la noche.
—¡Ni hablar! —dijo Collins casi gritando, agarrándola por la muñeca
en el momento en que ella iba a extender de nuevo la mano. Consiguió apartarle
el brazo—. Ahora váyase, salga de aquí ahora mismo... No quiero aquí ni a usted
ni a nadie. Alguien ha querido gastarme una broma, una broma infantil...
—Pero es que me han pagado...
—¡Váyase! —Collins la asió
por ambos brazos y la obligó a incorporarse.— Vístase y márchese de aquí
inmediatamente.
—Nadie me había tratado así.
—Pues lo hago yo —dijo Collins cogiendo el pijama—. Cuando salga del
cuarto de baño quiero que ya se haya vestido y marchado.
Furioso, se dirigió al cuarto de baño y se puso los pantalones del
pijama y se abrochó la chaqueta.
Cuando salió, la muchacha se acababa de poner la blusa y se estaba
poniendo una falda azul marino.
—Dése prisa —le dijo él..
—Su amigo ha dicho que al principio, era posible que usted se
comportara así, pero que no me lo tomara muy en serio —dijo la muchacha
ladeando la cabeza, sonriendo y acercándose de nuevo a él—. Está bromeando,
¿verdad?
Collins la cogió bruscamente del brazo y la llevó hacia la puerta.
—Vamos, lárguese —le dijo.
—Suélteme, me hace daño
Él aflojó la presión pero siguió empujándola hacia el salón y hacia
la puerta de salida.
Una vez junto a la puerta, la soltó y dijo jadeando:
—Lamento que alguien la haya utilizado de esta forma. Ha sido una
equivocación y lo siento. Buenas noches.
Ella se irguió procurando marcharse con cierta dignidad.
—No importa dijo. De todos modos, lo más probable es que no se
hubiera parado.
Collins abrió la puerta y, mientras la muchacha salía, vio aparecer
una figura borrosa desde detrás de un seto que había frente al bungalow. Era un
hombre que estaba levantando una cámara fotográfica. Collins se apartó
instintivamente de la puerta en el momento justo en que se iluminaba el flash.
Se dejó caer sobre la puerta y la cerró apoyándose contra ella; estaba
completamente seguro de que el sujeto había fotografiado a Kitty pero no había
logrado captarle a él.
Al cabo de un rato, cerró la puerta con llave. Aturdido, se dirigió
a trompicones hacia la mesita donde estaban las bebidas y se preparó un trago.
No estaba seguro de lo que había ocurrido aquel día, pero en cambio
sí estaba completamente seguro de lo que acababa de ocurrir aquella noche. No
había sido una broma pesada a cargo de algún conocido o algún viejo compañero
de estudios. Había sido algo mucho más diabólico. Alguien había intentado
tenderle una trampa y comprometerle.
Pero, ¿quién? Y, ¿por qué? ¿Los partidarios de la Enmienda XXXV?
Increíble, puesto que hasta aquellos momentos él había estado públicamente de
su parte. A menos que quisieran asegurarse de que siguiera estando de su parte.
¿Los enemigos de la enmienda? Resultaba igualmente increíble que unos hombres
como Keefe o Pierce llegaran hasta aquellos extremos con el fín de obligarle a
cambiar.
Es absurdo, pensó. Después, todavía aturdido, se preparó otro trago,
en la esperanza de que la llegada del día le permitiera ver las cosas con mayor
claridad.
En efecto, la llegada del día le permitió definir con mayor
precisión las sombrías ideas que habían cruzado por su mente en el transcurso
de su agitado sueño.
La mañana le trajo cierta iluminación.
Durante el prolongado desayuno con los dos fiscales de distrito
despachó varios asuntos de rutina relacionados con el Departamento. Su reunión
con una delegación integrada por tres abogados de la Asociación Norteamericana
de Abogacía revistió un carácter eminentemente social. La entrevista que le
concedió a una joven reportera del Los
Angeles Times constituyó en buena parte un ejercicio de habilidad para
procurar no defender con excesiva vehemencia la Enmienda XXXV, refiriéndose, en
cambio, a las reformas a largo plazo que sería necesario introducir en el
sistema judicial norteamericano y tratando de enterarse de las opiniones de la
prensa acerca de la escalada del crimen en el sur de California.
Al final, Collins se quedó a solas, con el teléfono.
Su intención había sido la de hablar con los ocho jefes de policía
que se habían quejado ante el asambleísta Keefe del hecho de que el FBI hubiera
falseado, exagerándolas, las cifras relativas a la criminalidad en California.
Pero sólo había hablado con tres de ellos, y después ya no había efectuado
ninguna otra llamada. Tras asegurarse de que estaban hablando con el secretario
de Justicia, los tres se habían mostrado muy recelosos y sólo habían contestado
con evasivas. Uno de ellos reconoció la existencia de una «ligera discrepancia»
entre las cifras que él había enviado al FBI y las que habían sido dadas a
conocer, pero la atribuyó a un «probable error de la computadora»; y los tres
se negaron a reconocer que habían protestado ante Keefe a propósito de las
exageraciones contenidas en las estadísticas del FBI. De un modo u otro, los
tres vinieron a decirle que el asambleísta Keefe había interpretado
erróneamente sus palabras.
O bien los jefes de policía habían protestado efectivamente ante
Keefe pero después lo habían pensado mejor y no habían querido atacar al FBI
ante el secretario de Justicia, o bien Keefe había interpretado erróneamente sus palabras. En cualquiera de los
dos casos, su investigación telefónica había resultado infructuosa.
Pero después se le ocurrió a Collins otro sistema. La noche
anterior, mientras escuchaba a los legisladores, había anotado los nombres de
los agentes especiales del FBI que habían visitado a Yurkovich y a la amiga de
Tobias. Buscó la hoja de papel en la que se hallaban los nombres de los
agentes: Parkhill, Naughton, Lindénmeyer.
Collins se preguntó acerca de la conveniencia de localizarles a
través de las delegaciones del FBI en California o bien llamandoa Adcock o a
Tynan directamente. Decidió actuar con mayor circunspección. Al cabo de un rato
llamó directamente a su secretaria Marion.
—Marion, quiero que efectúe una comprobación en el FBI. No debe
saberse que la he solicitado yo. Digamos que se trata de una comprobación
rutinaria para alguien de la sección de Asesoría Legal. Hable con algún
funcionario de bajo nivel dentro del FBI. ¿Tiene un lápiz? Bien, dígales que
pregunten sí dos agentes especiales del FBI en California, uno llamado Parkhill
y el otro llamado Naughton, entrevistaron la semana pasada al asambleísta del
estado Yurkovich. —Le deletreó este último apellido.— Dígales después que
pregunten si un agente especial apellidado Lindenmeyer entrevistó... —Se
percató entonces de que no conocía el nombre de la amiga del asambleísta
Tobias.—Mmm, entrevistó a alguien de Sacramento en el transcurso de una
investigación sobre un comité de la Asamblea del estado del que forma parte el
asambleísta Tobias. Estoy en el hotel. Llámeme en seguida.
Mientras esperaba, estuvo paseando un rato por el salón del bungalow
y después tomó una copia de su discurso y modificó algunas frases del mismo. Al
cabo de un cuarto de hora sonó el teléfono y era Marion.
—Es muy raro, señor Collins —dijo la secretaria. En el FBI dicen que
entre los agentes que tienen en California no hay ninguno que se llame
Parkhill, Naughton o Lindenmeyer. Es más, que no tienen a ningún agente con
esos apellidos en ningún lugar del país.
El esfuerzo había resultado inútil, al igual que buena parte de todo
lo demás. No había ningún agente apellidado Parkhill, Naughton o Lindenmeyer.
Y, sin embargo, el asambleísta Yurkovich había sido entrevistado por Parkhill y
Naughton y la amiga de Tobias lo había sido por Lindenmeyer. Ello podía
significar que tanto Yurkovich como Tobias habían entendido mal los apellidos.
Imposible. O que ambos le habían mentido. Absurdo. O podía significar también
otra cosa, igualmente improbable pero mucho más siniestra.
Podía significar que el FBI poseía un cuerpo especial de agentes —un
cuerpo secreto, los nombres de cuyos agentes no figuraran en nómina— utilizado
para intimidar a los legisladores de California.
Collins reflexionó acerca de esta posibilidad. Collins solía ser una
persona de mentalidad positiva y realista, poco dada a las fantasías y a los
melodramas. Normalmente, hubiera rechazado esta posibilidad de existencia de un
cuerpo secreto considerándola demasiado siniestra como para ser tomada en
serio... de no haber sido por una cosa.
Su predecesor en el cargo había reservado sus últimas palabras para
advertirle a propósito de un terrible peligro... un peligro llamado Documento
R. Si se podía aceptar como un hecho la existencia de un documento susceptible
de poner en peligro... ¿qué?, ¿la seguridad del país?, bien, pues si así fuera,
también se podía aceptar la posibilidad de unos desconocidos agentes del FBI
que estuvieran amenazando a los asambleístas de California, del mismo modo que
uno bien conocido había amenazado al padre Dubinski.
A Collins no le gustaba el asunto. Mientras se dirigía al dormitorio
para cambiarse de ropa antes de salir a grabar el programa de televisión con
Pierce y a pronunciar su discurso ante la ANA, pensó que no le gustaba nada la
idea de haber sido elevado a una posición en la que se suponía que tenía que
saberlo todo acerca de la delincuencia del país. Y, sin embargo, estaban
teniendo lugar a su alrededor ciertas actividades, actividades que tenían toda
la apariencia de delitos, y sobre los cuales no sabía apenas nada. Y todo ello,
en una u otra forma, se había debido a la atmósfera creada por la Enmienda
XXXV. Santo cielo, pensó, ¿qué iba a ocurrir caso de que la enmienda acabara
convirtiéndose en una de las leyes del país?
Acababa de terminar de cambiarse cuando empezó a sonar el teléfono
del salón. Se dirigió a toda prisa hacia el mismo y lo levantó a la quinta
llamada.
Escuchó la voz de Ed Schrader desde Washington.
—Chris, le llamo a propósito del encargo que me hizo anoche.
Casi había olvidado su llamada a Schrader la noche anterior. Había
sido acerca de las instalaciones del lago Tule que su hijo le había mostrado,
acerca de la construcción de una nueva rama del Proyecto Sanguine de la Marina.
Le había pedido a Schrader que le confirmara la existencia de aquellas
instalaciones de la Marina con el único fin de poder demostrarle a Josh que se
había equivocado con su manía de los campos de internamiento y hacer así que el
muchacho recapacitara.
—Sí, Ed. ¿Qué ha averiguado usted?
—Lo he averiguado a través de autorizadas fuentes del Pentágono. El
Proyecto Sanguine de la Marina, o MBF, tal como ellos lo llaman, concluyó por
completo hace tres años. En la actualidad no se están construyendo nuevas
instalaciones ni se está reconstruyendo ninguna. No disponen de ninguna
instalación en las proximidades del lago Tule.
Collins no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
—¿Me está usted diciendo que la Marina no posee ningún proyecto con
base en el lago Tule?
—Ninguno en absoluto.
—Pero si el encargado de las obras me dijo... Bueno, no importa. De
cualquier modo, qué demonios, algo están construyendo allí. Y es un proyecto
gubernamental. Están construyendo algo.
—Pues no es nada de lo que le han dicho, desde luego.
—No... no, supongo que no —dijo Collins lentamente. Muchas gracias,
Ed.
Por primera vez reconoció la posibilidad de que su hijo Josh pudiera
estar en lo cierto.
Y de que Keefe, Yurkovich y Tobias también pudieran llevar razón.
En el transcurso de los veinte minutos que duró el trayecto hasta
los estudios de la cadena de televisión, Collins fue pasando revista a las cada
vez más abrumadoras pruebas de aquel siniestro plan. El Documento R, peligro
que era necesario dar a conocer.
Estadísticas criminales falseadas en California. Un campo secreto de
internamiento en el lago Tule.
Pero, en último extremo, lo que más le había inquietado había sido
el más insignificante de todos aquellos acontecimientos.
Recordó al fotógrafo apostado frente a su bungalow con el fin de
fotografiarle en compañía de la prostituta que habían introducido en su
habitación. Aquello no había sido el producto de unos rumores. Aquello lo había
podido comprobar directamente.
Experimentaba una viva sensación de recelo y desconfianza hacia
quienes le rodeaban, hacia los defensores de la Enmienda XXXV y hacia la
enmienda propiamente dicha. Y, por encima de todo, no le apetecía lo más mínimo
verse obligado a defender la enmienda a través de la televisión nacional. Le
repugnaba el papel que tenía que interpretar. Hubiera querido dar media vuelta
y echar a correr.
Pero ya era demasiado tarde. Habían llegado al boulevard Beverly y
ya se divisaba el edificio de los estudios.
Collins se encontraba sentado en un sillón de la sala de maquillaje,
con una especie de babero ajustado al cuello y contemplándose reflejado en el
espejo mientras el maquillador aplicaba una ligera capa de polvos marrones
sobre sus curtidas facciones.
A través del espejo pudo ver también a la productora de «En busca de
la verdad», una elegante joven llamada Monica Evans, en el momento en que ésta
volvió a aparecer por la puerta.
—¿Qué tal va eso, señor secretario de Justicia? —le preguntó ella.
—Creo que ya estoy casi listo —repuso Collins.
—Sólo unos minutos, Monica, y lo tendrás a tu disposición —prometió
el maquillador.
—Espero que no se produzcan retrasos —dijo Collins—. En cuanto acabe
la grabación tengo que dirigirme al hotel Century Plaza a pronunciar un
discurso ante la Asociación de Abogacía. Tendré el tiempo muy justo.
—Saldrá de aquí con tiempo más que suficiente —le aseguró Monica
Evans—. Tony Pierce se encuentra ya en el estudio con Brant Vanbrugh, nuestro
moderador. Ya están maquillados. Podremos empezar en cuanto usted esté listo.
Collins experimentó un ligero alivio. Le hubiera fastidiado tener
que permanecer en aquella sala de maquillaje en compañía de Tony Pierce y verse
obligado a conversar con él antes de que se iniciara el programa. Bastante le
molestaba tener que discutir con Pierce ante las cámaras. Una conversación
particular con él le hubiera resultado insoportable.
—Le esperaré en el pasillo para acompañarle al estudio —le dijo
Monica Evans saliendo.
Collins siguió estudiándose en el espejo, y no se mostró nada
satisfecho de su aspecto. A pesar de los cosméticos, las cremas y los polvos
que llenaban una por una todas las arrugas y grietas de sus facciones, parecía
un cadáver al que un empleado de pompas fúnebres estuviera intentando
acondicionar para que resultara más presentable.
¿Por qué, se preguntó, había acudido allí a defender una bomba que
haría saltar en pedazos la Ley de Derechos de la Constitución? ¿Qué le había
inducido a ponerse de la parte de unos antiliberales como el presidente
Wadsworth y Vernon T. Tynan? ¿Cómo era posible que se hubiera convertido en el
paladín de aquella espantosa Enmienda XXXV?
Bajo la intensa iluminación de las bombillas que rodeaban el espejo,
lo vio súbitamente todo con mayor claridad. Hasta aquellos momentos había
conseguido explicarse racional y obstinadamente su postura. Él era un bueno
entre los malos, capaz de modificar el curso de los acontecimientos. Sin
embargo, no había conseguido tal cosa; en realidad, ni siquiera lo había
intentado. En su calidadde miembro del gabinete, había decidido seguir en la
brecha porque le quedaban muchas cosas por hacer, es decir, llevar adelante su
sistema de resolución del problema de la criminalidad, sistema mucho más humano
y decente. A pesar de lo cual, no había actuado en este sentido. Como
secretario de Justicia, hubiera podido llevar a la práctica cosas mucho más
importantes que la Enmienda XXXV. Pero le constaba que toda su otra labor
carecería de significado comparada con la suprema importancia de la nueva
enmienda.
En resumen, que todos sus razonamientos no habían sido más que una
sarta de tonterías.
Sabía por qué estaba allí. Sabía qué era lo que le había llevado
allí. Sabía cómo había ocurrido todo.
Ante la claridad del espejo, lo veía todo con precisión y estaba en
condiciones de establecer de qué se trataba.
Era la ambición. Sí, la ambición había sido el motor que le había
dirigido hacia el camino equivocado.
La ambición de llegar a alguna parte, de darle una lección a su
padre. De llegar por sí mismo a alguna parte. Freud elemental, simplemente.
Dejar de ser lo que era con el fin de abrirse camino. Y darle una lección a su
padre. Ser alguien al precio que fuera. Pero en aquellos momentos resultaba
ridículo. No podía darle a su padre ninguna lección. Su padre había muerto.
Sólo estaba él, y ahora su personalidad se estaba reduciendo a bien poca cosa.
—Bueno, señor Collíns —estaba diciendo el maquillador al tiempo que
le quitaba el babero—, ya está usted listo para ir.
Ir, ¿adónde? Se puso en pie.
—Gracias —dijo.
Una vez en el pasillo, encontró a Monica Evans y la siguió
rápidamente hasta el espacioso estudio de televisión. Pasaron por detrás de una
hilera de tramoyas y Collins se encontró en un brillante cuadrado iluminado por
los focos. Había tres enormes cámaras, dos de ellas móviles. Los técnicos iban
de un lado para otro. La atención de todo el mundo se centraba en una pequeña
plataforma que se había levantado con el decorado de una biblioteca con tres
sillones giratorios colocados alrededor de una mesa. Dos hombres se hallaban
conversando en la plataforma.
—Permítame que le presente a nuestro moderador, Brant Vanbrugh, y a
Tony Pierce —le dijo la productora.
Aunque no le conocía personalmente, Collins reconoció a Pierce en
seguida a través de las fotografías publicadas en los periódicos y de sus
anteriores apariciones en televisión. Pierce en persona le decepcionó. Collins
hubiera deseado ver a un bellaco y, en su lugar, se encontró ante un simpático
y agradable ser humano. Pierce poseía cabello color arena y un juvenil y pecoso
rostro iluminado por una expresión rebosante de entusiasmo. Era flexible y bien
proporcionado, debía de medir algo menos de metro ochenta e iba enfundado en un
traje a medida de botonadura sencilla.
A Collins se le abatió el ánimo. Había esperado encontrarse no sólo
ante un bellaco sino también ante un enemigo, y ahora el único enemigo con
quien tenía que habérselas no era con otro que él mismo.
Monica Evans se adelantó y efectuó las presentaciones.
—Me alegro de conocerle por fin, señor Collins —dijo Pierce—. Lo
poco que sé acerca de usted lo he conocido a través de lo que he leído y por
medio de su hijo Josh. Es un excelente muchacho.
—Se hace lenguas de usted —dijo Collins, completamente seguro de que
Pierce le estaba examinando en un intento de descubrir cómo era posible que de
semejante padre hubiera salido semejante hijo.
—Señores —les interrumpió el moderador—, me temo que no disponemos
de mucho tiempo.
Era un joven enérgico, con la falsa apariencia de un dirigente
juvenil pero con la mentalidad (Collins había visto el programa otras veces) de
una trampa de acero. Ambicioso, pensó Collins. Pero después pensó: mira quién
habla.
Vanbrugh les acompañó a sus respectivos asientos, situados a ambos
lados del suyo.
Mientras alguien le ajustaba el pequeño micrófono alrededor del
cuello, Collins oyó que Vanbrugh les dirigía de nuevo la palabra.
—Empezaremos a grabar dentro de un par de minutos. Este programa de
«En busca de la verdad» se emitirá de costa a costa esta noche. Saldrá todo lo
que ustedes digan y hagan aquí. No habrá ninguna corrección. Habrá dos pausas
comerciales. El esquema será el siguiente. Yo empezaré con el tema objeto del
debate: «¿Debe California ratificar la Enmienda XXXV?» Presentaré todo el
material introductorio relativo a la enmienda. Diré de qué se trata y comentaré
la situación en que actualmente se encuentra. La cámara me enfocará en primer
plano. Después la cámara le enfocará a usted, señor Collins. Le presentaré a
los espectadores como el secretario de Justicia de los Estados Unidos y
facilitaré algunos datos acerca de su persona. Después la cámara nos enfocará
al señor Pierce y a mí y yo le presentaré a usted, señor Pierce, como ex agente
especial del FBI, abogado en ejercicio y líder del grupo que defiende la Ley de
Derechos y se opone a la ratificación de la Enmienda XXXV. Después tendrá usted
la palabra, señor Collins. Dispondrá de unos dos minutos para efectuar una
exposición inicial. Le sugiero que se centre en el porqué apoya usted la
Enmienda XXXV. Me imagino que deseará usted pintar un panorama muy negro de la
actual situación en cuanto a criminalidad en Norteamérica y que defenderá la
necesidad de unas drásticas medidas con el fin de preservar a nuestra sociedad.
Después le tocará a usted el turno, señor Pierce. Dispondrá también de dos
minutos para efectuar una exposición inicial. No discuta todavía con el señor
Collins. Limítese a exponer simplemente sus puntos de vista relativos al porqué
de su oposición a la Enmienda XXXV. Tras lo cual, improvisaremos. Podrá
iniciarse el debate. Se puede interrumpir al interlocutor, pero procuren no
pisotearse mutuamente las frases. —Levantó la mirada.— Estamos a punto de
empezar. Cuando se encienda la luz roja de encima de la cámara de en medio,
empezaremos a grabar. Buena suerte, señores. Procuremos que la discusión
resulte animada.
La luz roja sobre la cámara central empezó a brillar.
Sintiéndose medio enfermo y aturdido, Collins apenas pudo escuchar
las observaciones iniciales de Vanbrugh. Escuchó su nombre y comprendió que
estaba siendo presentado. Esbozó una débil sonrisa mirando hacia la cámara.
A continuación escuchó nombrar a Tony Pierce. Miró hacia el otro
lado del moderador. El pecoso y abierto rostro de Pierce mostraba una grave
expresión.
Volvió a escuchar su nombre e inmediatamente después la pregunta.
—Se oyó hablar a sí mismo como desde muy lejos.
—En ningún momento desde que finalizó la guerra civil han estado
nuestras instituciones democráticas tan amenazadas como en los tiempos
actuales. La violencia se ha convertido en un lugar común. En 1975, diez de
cada cien mil norteamericanos murieron asesinados. En la actualidad, mueren
asesinados veintidós de cada cien mil estadounidenses. Hace unos años, tres
matemáticos del Instituto de Tecnología de Massachusetts, tras realizar un
estudio acerca del creciente índice de criminalidad, llegaron a la conclusión
de que, y son palabras textuales, «un muchacho de una ciudad norteamericana
nacido en 1974 tiene más probabilidades de morir asesinado que las que tenía de
morir en combate un soldado norteamericano en la segunda guerra mundial». Hoy
en día esta cruel posibilidad se ha duplicado. Precisamente de la necesidad de
poner freno a esta espiral de violencia que estamos viviendo, en la que se
incluye el asesinato, ha surgido la idea de la Enmienda XXXV.
Siguió hablando trabajosamente hasta ver la tarjeta de los quince
segundos y, aliviado, puso término a su declaración inicial.
Ahora oía hablar a Tony Pierce. Cada una de sus frases era como un
golpe contundente y Collins decidió cerrarse en sí mismo procurando no
escucharle.
Tras dos largos minutos, comprendió que se había iniciado el debate.
Escuchó hablar a Pierce una vez más.
—Los seres humanos llevan luchando por la libertad, por la libertad
de la tiranía, desde hace al menos dos mil quinientos años. Y ahora, de la
noche a la mañana, si la Enmienda XXXV es ratificada, en Norteamérica
finalizará esta lucha. De la noche a la mañana, y por capricho del director del
FBI y de su Comité de Seguridad Nacional, podría suspenderse indefinidamente la
Ley de Derechos...
—Indefinidamente, no —le interrumpió Collins—. Sólo en caso de
emergencia, y sólo durante un breve período, tal vez de unos cuantos meses.
—Eso dijeron en la India en 1962 —señaló Pierce—. Se produjo una
situación de emergencia y suspendieron la Ley de Derechos. La suspensión se
prolongó por espacio de seis años. Y después volvieron a suspenderla en 1975.
¿Quién nos puede garantizar que tal cosa no vaya a ocurrir aquí? Y, si ocurre,
significará el final de nuestra libre forma de vivir. Disponemos de pruebas.
Tal cosa ya ha ocurrido con anterioridad en los Estados Unidos, y siempre ha
significado un desastre.
—¿Qué está usted diciendo, señor Pierce? —terció Vanbrugh—. ¿Está
usted diciendo que ya en otras épocas de nuestra historia se ha suspendido la
Ley de Derechos?
—Con carácter oficioso, sí. Nuestra Ley de Derechos ha sido
suspendida, pasada por alto o ignorada, con carácter oficioso, numerosas veces
en nuestro pasado, y, cuando ello ha ocurrido, hemos tenido que sufrir
profundamente.
—¿Puede usted citarnos algún ejemplo concreto? —preguntó el
moderador.
—Ciertamente —repuso Pierce—. En 1798, tras la Revolución Francesa,
los Estados Unidos temieron una infiltración de conspiradores radicales
franceses que pudieran intentar derrocar nuestro gobierno. En una atmósfera de
histerismo, el Congreso hizo caso omiso de la Ley de Derechos y aprobó las
leyes de Extranjería y Sedición. Cientos de personas fueron detenidas. Los
periodistas que escribieron en contra de tales leyes fueron enviados a la
cárcel. Los ciudadanos normales y corrientes que se manifestaron en contra del
presidente John Adams fueron igualmente enviados a la cárcel. Y gracias a que
Thomas Jefferson organizó una campaña contra esta locura, contra esta
suspensión de la Ley de Derechos, y la gente recapacitó y le eligió presidente.
»Abundan los ejemplos. En el transcurso de la guerra de secesión se
hizo caso omiso del habeas corpus y los juicios civiles cedieron el lugar a los
juicios militares. Tras la primera guerra mundial, el secretario de Justicia A.
Mitchell Palmer evocó la «amenaza roja» y llevó a la práctica una caza de
brujas que condujo a la detención sin el uso de órdenes judiciales de tres mil
quinientas personas y a la deportación de setecientos extranjeros. El
presidente del Tibunal Supremo Charles Evans Hughes calificó dichas detenciones
de «una de las peores prácticas de la tiranía». A comienzos de la segunda
guerra mundial, los ciudadanos norteamericanos de ascendencia japonesa fueron
privados de sus propiedades y confinados en campos de internamiento. No mucho
tiempo después, en 1954 para ser más preciso, el senador Joseph R. McCarthy
acusó temerariamente a doscientos cinco funcionarios del Departamento de Estado
de ser miembros del partido comunista, fomentando de este modo otro «pánico
rojo». McCarthy, que era un implacable demagogo ávido de publicidad y un
alcoholizado sin remedio, difamó y destruyó a incontables norteamericanos
inocentes calificando a la disensión y a la no conformidad de traición. Al
final, y como consecuencia de sus excesos, se destruyó a sí mismo ante la
nación durante los treinta y seis días que duró la vista Ejército-McCarthy.
»Más recientemente, el Decreto de Control del Crimen Organizado, el
sueño dorado del presidente Richard M. Nixon y del secretario de Justicia John
N. Mitchell, suspendió prácticamente la Ley de Derechos al contemplar el
arresto preventivo de los presuntos delincuentes, la entrada sin mandamiento
judicial en los domicilios privados, la limitación de los derechos de los
acusados a examinar las pruebas ilegalmente obtenidas contra ellos y la
instalación de aparatos electrónicos de escucha durante cuarenta y ocho horas
sin mandamiento judicial y durante un período más largo con éste. Al comentar
este Decreto de Control del Crimen Organizado, el senador Sam J. Ervin, de
Carolina del Norte, lo calificó de «cubo de la basura de la más represiva,
miope, intolerante, injusta y vengativa legislación con que el Senado haya
tropezado jamás ... Mejor sería calificar a este decreto de ‘ley destinada a
derogar las enmiendas IV, V, VI y VIII de la Constitución’.»
—Y, sin embargo, la democracia ha sobrevivido —dijo Collins.
—Por los pelos, señor Collins. Es posible que algún día no consiga
sobrevivir a semejantes ataques contra nuestra libertad. Como Charles Péguy
señaló en cierta ocasión, la tiranía siempre está mejor organizada que la
libertad. Si todos los horrores a que he hecho referencia se cometieron estando
en vigor la Ley de Derechos, imagínese lo que puede ocurrir sin ella, una vez
la Enmienda XXXV sea ratificada. Señor Collins, nuestra Constitución, con su
Ley de Derechos, ha sobrevivido durante mucho más tiempo que cualquier otra
Constitución escrita de la Tierra. No vayamos a destruirla con nuestras propias
manos.
—Señor Pierce —dijo Collins—, habla usted de nuestra Constitución
como si ésta hubiera sido grabada en piedra o nos hubiera caído llovida del
cielo... como algo inflexible y no susceptible de modificación. En realidad,
nuestra Constitución actual no es más que el producto de una solución de
compromiso. Antes de que fuera firmada, hubo muchas versiones de la misma, fue
muchas cosas, y puede ser todavía muchas cosas...
—No se trata de eso, señor Collins —le interrumpió Pierce—. Se
trata...
Vanbrugh intervino rápidamente.
—Un momento, señores. Me gustaría que el secretario de Justicia
Collins explicara lo que estaba a punto de decir. Estaba usted diciendo, señor
Collins, que hubo muchas versiones de la Constitución...
—Y también de la Ley de Derechos —añadió Collins.
—... antes de que se firmara la versión definitiva. Lo considero muy
interesante. Es posible que muchos de nuestros espectadores no se hayan dado
cuenta. ¿Nos lo quiere usted explicar?
—Con mucho gusto. Lo único que pretendo es demostrar que no
estropeamos nuestra Constitución por el mero hecho de intentar modificarla.
Digo que ésta fue muchas cosas antes de entrar en vigor y que puede seguir
siendo otras muchas cosas. Es por eso por lo que disponemos de las enmiendas.
La palabra enmienda procede del latín
emendare, que significa corregir un
defecto o bien modificar algo para mejorarlo.
—Pero, ¿qué nos dice de aquellas distintas versiones de la
Constitución y de la Ley de Derechos? —le aguijoneó Vanbrugh.
—Sí. Bien, tal como ustedes saben, un grupo de cincuenta y cinco
personas pertenecientes a doce estados se reunieron de mayo a septiembre de
1787 en la Casa del Estado de Pennsylvania, actualmente Edificio de la
Independencia, con el fin de redactar una Constitución que uniera a trece
estados individuales en una sola nación. El promedio de edad de aquellos
hombres era de cuarenta y tres años. Tal vez patriotismo y supervivencia no
fueran los únicos móviles de aquellos delegados. La mitad de ellos eran propietarios
de efectos públicos. Caso de que lograran redactar una Constitución por medio
de la cual se creara un nuevo gobierno, dichos efectos aumentarían de valor. Y,
en todo caso, si consideran ustedes que la presidencia, tal y como la conocemos
hoy en día, es sagrada, recuerden que Alexander Hamilton propugnaba una
presidencia vitalicia mientras que Edmund Randolph y George Mason deseaban que
la presidencia la ocuparan tres hombres al mismo tiempo y Benjamin Franklin se
mostraba partidario de que el gobierno de los Estados Unidos lo ejerciera un
consejo. La Convención votó cinco veces en favor de un presidente nombrado por
el Congreso. Fue la delegación de Virginia la que primero apuntó la idea de un
solo «ejecutivo nacional». Ni siquiera le llamaron presidente. El mismo
Randolph se opuso a este cargo ocupado por un solo hombre describiéndolo como
«el feto de la monarquía». —Collins miró al moderador.— ¿Dispongo de tiempo
para seguir?
—Siga usted, por favor —le instó Vanbrugh.
—Tal vez muchas personas piensen que la creación del Senado, tal y
como aparece en la Constitución, es también sagrada. Sin embargo, no fue así al
principio. Algunos miembros de la Convención se mostraban partidarios de que
las legislaturas de los distintos estados nombraran a los senadores. Hamilton
deseaba que el cargo de senador revistiera carácter vitalicio. James Madison se
mostraba partidario de que los senadores ocuparan el cargo durante nueve años.
Al llegarse al acuerdo de que los senadores deberían ser elegidos por el
pueblo, algunos delegados se referían a cierto tipo de pueblo, al pueblo
entendido como conjunto de personas propietarias de bienes y, por consiguiente,
estables. Fue John Jay quien dijo: «El pueblo que posee el país es el que debe
gobernarlo». Al final, se llegó a una solución de compromiso. Las legislaturas
de los estados podrían elegir a los senadores y éstos ocuparían el cargo
durante seis años. Esta situación no se modificaría hasta el año 1913, cuando
la Enmienda XVII concedió a todos los ciudadanos el derecho a elegir a los
senadores. En cuanto a la Ley de Derechos, no existía en absoluto, ni nada que
se le pareciera, cuando se firmó la Constitución. La mayoría de los padres de
la patria consideraban que la Constitución ya era en sí misma una Ley de
Derechos, al igual que pensaban que no era necesario añadir enmiendas. Lo
repito, los hombres más prudentes de la Norteamérica de aquel entonces
consideraban que no hacía falta ninguna Ley de Derechos. A la luz de nuestro
pasado, no veo qué daño puede causársele a nuestra Constitución en el siglo
actual añadiéndole una Enmienda XXXV que sólo suspendería temporalmente la Ley
de Derechos en caso de que ello fuera necesario para preservar a nuestro país.
—Señor Vanbrugh. —Era Tony Pierce que intentaba hacerse escuchar.—
¿Puedo responder a la versión de la historia norteamericana que nos ha ofrecido
el secretario de Justicia?
—Le corresponde a usted el turno, señor Pierce —dijo el moderador.
—Señor Collins —dijo Pierce—, a pesar de todo lo que usted ha dicho,
hoy en día poseemos una Ley de
Derechos. ¿Cómo la obtuvimos? Ha omitido usted referirse a este punto. La
obtuvimos porque el pueblo la quiso, porque el pueblo consideró que la
Convención Constitucional cometió un error al excluirla. Los distintos estados
deseaban que se especificaran claramente los derechos del pueblo y los derechos
de los estados; deseaban que éstos se especificaran antes de proceder a la
ratificación de la Constitución. Patrick Henry, de Virginia, sugirió veinte
enmiendas, entre ellas las diez primeras que más tarde se adoptaron.
Massachusetts era partidario de las diez enmiendas. Otros estados también lo
eran. Cuando se reunió el primer Congreso en 1791, Madison propuso doce
enmiendas. El Congreso aceptó diezy las envió a los trece estados con vistas a
su ratificación. Fueron ratificadas y la Ley de Derechos entró en vigor en
diciembre de 1791.
—Está usted dando a entender que todos los estados se mostraban
partidarios de una Ley de Derechos —dijo Collins—, lo cual no es cierto en
absoluto. Tres de los trece estados iniciales se negaron a ratificar la Ley de
Derechos. De hecho, no lo hicieron hasta el año 1939, es decir, un siglo y
medio más tarde.
—Me temo que está usted saliéndose por la tangente, señor Collins
—replicó Pierce—. Lo importante aquí es que desde un principio tuvimos una Ley
de Derechos que garantizaba a todo nuestro pueblo tres derechos fundamentales:
libertad religiosa, libertad de expresión y libertad de juicio. Fue Thomas
Jefferson quien insistió diciendo: «Una Ley de Derechos es lo que el pueblo
necesita frente a cualquier gobierno de la Tierra, general o particular, y lo
que ningún gobierno justo debe rechazar u obstaculizar». Nuestra Ley de
Derechos era importante y lo sigue siendo. Sin duda Jefferson se hubiera
opuesto a la Enmienda XXXV con la misma vehemencia con que yo me estoy
oponiendo a ella. Lo que usted está defendiendo es una enmienda susceptible de
anular la Ley de Derechos, y yo le digo que hacer eso equivale a anular la
democracia misma.
Collins se sentía acorralado e impotente, y, puesto que se sentía
acorralado e impotente, reaccionó por medio de la cólera.
—Señor Pierce, estoy defendiendo la Enmienda XXXV precisamente para preservar la democracia —dijo
acaloradamente—. Lo que anulará la democracia es el hecho de seguir permitiendo
que siga ascendiendo en espiral nuestra actual plaga de ilegalidad y anarquía
hasta que perdamos totalmente su control, el hecho de seguir permitiendo que
los asesinatos, los secuestros, la colocación de artefactos explosivos, las
conspiraciones, las muertes y las revoluciones nos desborden por completo.
Dentro de algunos años no habrá democracia alguna. Ni siquiera habrá país. ¿A
quién le va a conceder usted derechos cuando el país haya desaparecido?
—Prefiero la desaparición de nuestro país a que éste se convierta en
un país sin libertad —replicó Pierce—. Pero existirá el país mientras existan
las personas, personas libres y no esclavas. Hay medios mejores que la
dictadura para controlar la delincuencia. Podríamos empezar por ofrecer al
pueblo comida, trabajo, vivienda, justicia, comprensión e igualdad.
—Yo también creo en todas esas cosas, señor Pierce. Pero en primer
lugar es necesario impedir los asesinatos. La Enmienda XXXV lo conseguirá.
Después, una vez restablecido el orden, podremos empezar a atender nuestras
restantes prioridades.
Pierce sacudió la cabeza.
—No podremos intentar nada una vez hayamos perdido nuestros derechos
humanos. Y, no lo dude, bajo la Enmienda XXXV perderemos nuestros derechos. Anoche justamente estaba volviendo a
leer un libro —dijo Pierce tomando un libro en edición de bolsillo que había
encima de la mesa y abriéndolo—, un libro titulado Sus libertades: la Ley de Derechos, escrito por Frank K. Kelly,
vicepresidente del Fondo para la República. Escuche lo que éste nos dice: «Si
perdiéramos nuestra Ley de Derechos, ¿qué le ocurriría a nuestra forma de vida?
He aquí algunas de las cosas que le ocurrirían: el gobierno podría prolongar
indefinidamente el servicio militar de los jóvenes sin necesidad de explicar o
justificar tal medida; los jóvenes y las jóvenes, al finalizar sus estudios,
podrían ser enviados a trabajar a las industrias en las que, según el gobierno,
hicieran falta obreros; podrían ser obligados a aceptar esos puestos; los
estudiantes que protestaran contra la política gubernamental... podrían
terminar en las prisiones federales por orden del presidente; los
norteamericanos, jóvenes y adultos, podrían ver expropiadas sus propiedades para
uso público sin la menor indemnización ... los nombres de las personas que
escribieran a sus congresistas cartas de crítica podrían ser facilitados a la
policía, y tales personas podrían ser detenidas y enviadas a prisión... los
directores de periódicos que permitieran la publicación de artículos de crítica
al gobierno podrían ser arrestados a cualquier hora del día o de la noche».
Pierce seguía hablando, y Collins empezó a encogerse instintivamente
en su asiento. La lucha que había intentado simular se le había escapado de las
manos. No estaba en el lugar que le correspondía, no estaba del lado del que
aparentemente estaba, y aborrecía con toda el alma al otro hombre que se
albergaba en su interior, al monstruo de ambición que le había conducido hasta
allí.
Esperó. Siguió escuchando. Intentó a regañadientes defender
débilmente su posición. Cumplió con su deber. Pasaron los minutos, los
interminables treinta minutos, y, por fin, terminó la tortura.
Se desprendió torpemente del micrófono mientras Vanbrugh y Pierce se
levantaban, ambos con los rostros animados de una expresión cordial, dispuestos
a seguir charlando un rato.
Collins no les hizo el menor caso.
—Perdone —le dijo a Vanbrugh—, ¿dónde están los lavabos?
—Al otro lado del pasillo, a la izquierda.
Collins giró sobre sus talones, cruzó apresuradamente la sala, salió
al pasillo y torció a la izquierda.
Encontró los lavabos y entró apresuradamente. Afortunadamente, no
había nadie más. Llegó junto a la taza del retrete justo a tiempo.
Se inclinó sobre la misma con el rostro ceniciento.
Y vomitó.
Al cabo de un rato, se lavó el rostro y las manos y trató de
recuperar la compostura. Se miró al espejo.
Si en aquellos momentos se hubiera preguntado cuál era su postura en
relación con la Ley de Derechos, lo hubiera sabido. Y lo más curioso era que no
se lo había dicho su conciencia. Se lohabía dicho su estómago.
Había transcurrido una hora, y Collins ya había decidido lo que iba
a hacer. No era todo lo que deseaba hacer, pero constituía un comienzo... un
buen comienzo.
Al abandonar el ascensor que le había conducido dos plantas más
abajo del vestíbulo principal del hotel Century Plaza, comprendió que ya había
adoptado una decisión definitiva sobre los próximos pasos a tomar. Mientras sus
guardaespaldas y los agentes de policía locales le ayudaban a abrirse paso
entre la muchedumbre de fotógrafos de prensa y espectadores, Collins cruzó el
espacioso vestíbulo inferior y penetró en el salón Los Ángeles del hotel.
Escoltado a lo largo de la primera hilera de mesas, se dio cuenta de
que no se había preparado para el impacto de todos aquellos cuerpos apretujados
en aquel salón iluminado únicamente por la enorme araña central y por un
aplique de cuatro brazos situado en el extremo más alejado del mismo. Apretando
en su mano izquierda la cartera de cuero que contenía su discurso, avanzando
con torpeza, consiguió por fin llegar al estrado, en el que los directivos de
la Asociación Norteamericana de Abogacía se levantaron para darle la
bienvenida. En la sala todavía no le había reconocido todo el mundo, pero
algunos aplausos dispersos le acompañaron hasta su asiento.
Conversación intrascendente y frases amables le siguieron hastasu
sitio, al lado del presidente del Tribunal Supremo John G. Maynard.
Mientras estrechaba la mano del presidente del Tribunal Supremo,
Collins se sintió una vez más fascinado por el ídolo de su juventud. Maynard
era una de las pocas figuras públicas de Norteamérica que parecían hechas ex
profeso para desempeñar sus papeles. Su abundante cabello blanco, sus profundos
e inquisitivos ojos bajo las pobladas cejas, su nariz aguileña y sus cuadradas
mandíbulas le conferían el aspecto de un César honrado. Su erguido porte le
confería un aire de vigor y juventud insólito en un hombre de setenta y tantos
años.
A Collins iba a resultarle muy difícil el próximo paso. Apenas
conocía a Maynard. Le habría visto como unas tres veces, siempre en el
transcurso de recepciones ofrecidas por el gobierno, y jamás había mantenido
con él una conversación prolongada. En realidad, le había visto una vez más muy
recientemente:la vez en que, como presidente del Tribunal Supremo, Maynard le
había tomado el juramento de su cargo de secretario de Justicia en la Casa
Blanca.
Al percatarse de que el presidente de la Asociación Norteamericana
de Abogacía se había acercado a la tribuna y de que los actos estaban a punto
de comenzar, Collins experimentó la necesidad de actuar inmediatamente. Buscó
la atención de Maynard; observó que éste se hallaba ocupado conversando con la
dama que tenía a su izquierda y, atento, se quedó a la espera. A los pocos
momentos, Maynard dejó de hablar con la dama y empezó a prestar atención a las
frases de presentación.
Collins le rozó la manga y se inclinó hacia él:
—Señor Maynard...
—¿Sí? —repuso Maynard inclinándose a su vez hacia Collins. —...
¿podría hablar con usted cinco minutos en privado cuando salgamos de aquí?
—No faltaba más, señor Collins. Ocupamos unas habitaciones en la
tercera planta. No regresamos a Washington hasta esta noche, y mi esposa ha
salido de compras; por consiguiente, podremos hablar a solas.
Complacido y tranquilizado, Collins volvió a reclinarse en su
asiento. Pero, al escuchar la pomposa presentación que le estaban haciendo en
su calidad de primer orador, sus pensamientos volvieron a centrarse en la
Enmienda XXXV, y la sensación de opresión volvió a nublarle el cerebro.
Sobre sus rodillas descansaba el discurso que pasaba revista a la
aceleración de la criminalidad en los Estados Unidos y a las formas en que la
ley y el poder judicial se habían desarrollado y modificado con el fin de
hacerle frente. Al comienzo y al término del discurso se abogaba en favor de la
necesidad de una revisión constitucional, si las circunstancias lo requerían,
haciendo especial hincapié en la importancia y el valor de la Enmienda XXXV.
Pensando en las afirmaciones que muy pronto tendría que hacer, Collins se
sintió incómodo.
Sacó la pluma y buscó rápidamente las tres citas de las primeras
páginas.
Examinó la primera:
Tal como afirmó el presidente George Washington en su discurso de despedida
a la nación en septiembre de 1796, «la base de nuestro sistema político es el
derecho del pueblo a forjar y modificar sus constituciones de gobierno»
Collins tachó el párrafo y examinó el siguiente:
Y, tal como Alexander Hamilton dijo doce años más tarde en un discurso
dirigido al Senado de los Estados Unidos, «las Constituciones deberían estar
integradas únicamente por disposiciones generales; ello se debe a su necesidad
de ser permanentes y al hecho de que no puedan prever los posibles cambios de
circunstancias». Es precisamente el carácter general de los artículos lo que
permite que las enmiendas puedan enfrentarse a las emergencias de la historia.
Y es el carácter general de nuestra Ley de Derechos lo que puede permitirle
incorporar la Enmienda XXXV, de tal forma que puedan resolverse los problemas
de esta generación, sin alterar la integridad del documento en su conjunto.
Collins recorrió rápidamente este párrafo con su
pluma, tachándolo también.
Pasó a la tercera página.
En 1816, Thomas Jefferson le escribió a un amigo lo siguiente: «Algunos
hombres contemplan las constituciones con santurrona reverencia y, al igual que
el Arca de la Alianza, las consideran algo demasiado sagrado como para que
pueda tocarse. Atribuyen a los hombres de épocas precedentes una sabiduría
sobrehumana y creen que lo que ellos hicieron no es susceptible de reforma».
Jefferson opinaba que nuestra Constitución era susceptible de revisión...
Mediante rápidos trazos, Collins eliminó también este párrafo.
Tras estas supresiones, lo que quedaba seguía siendo una defensa de
la flexibilidad, de la posibilidad de considerar nuevas leyes con las que poder
abordar los nuevos problemas, pero la defensa resultaba ahora más suave, más
diluida... era, sobre todo,una sugerencia susceptible de discusión.
Oyó que Maynard le susurraba al oído:
—A eso se le llama escribir hasta el último momento.
Se me han ocurrido unas ideas a última hora —repuso Collins mirando
a Maynard.
Después escuchó que el presidente de la Asociación Norteamericana de
Abogacía decía desde la tribuna:
Señoras y señores, ¡tengo el placer de presentarles al secretario de
Justicia de los Estados Unidos, Christopher Collins!
Mientras le aplaudían, Collins se levantó disponiéndose a hablar.
Dos horas más tarde, habiendo dejado a sus espaldas su ampuloso
discurso, y mientras todavía resonaba en sus oídos la brillante alocución del
presidente del Tribunal Supremo, Collins se encontraba sentado en el borde de
una silla en la silenciosa suite de Maynard tratando de expresar con las
palabras más adecuadas las ideas que habían estado hirviendo en su cerebro
durante toda la tarde.
—Señor Maynard —empezó a decir Collins—, voy a decirle por qué he
querido hablar con usted a solas. Iré directamente al grano. Me gustaría
conocer su opinión acerca de la Enmienda XXXV. ¿Qué piensa usted de ella?
El presidente del Tribunal Supremo se reclinó en el sofá mientras se
llenaba la pipa con tabaco procedente de una petaca de cuero y levantó la
cabeza frunciendo el ceño.
—Su pregunta... ¿se la ha inspirado la rama ejecutiva o es de su
propia cosecha?
—No me la ha inspirado nadie. Es de mi propia cosecha y arranca de
una preocupación de carácter personal.
—Comprendo.
—Yo respeto mucho su opinión —prosiguió Collins—. Estoy deseoso de
conocer su punto de vista acerca de lo que posiblemente sea la más
controvertida y decisiva ley jamás presentada ante el pueblo norteamericano.
—La Enmienda XXXV —murmuró Maynard encendiéndose la pipa; dio unas
chupadas durante unos segundos y después estudió a Collins—. Tal como usted
probablemente se imagina, soy contrario a la misma. Soy completamente contrario
a una legislación tan drástica. Caso de que se aplicara indebidamente, podría
sofocar nuestra Ley de Derechos y convertir nuestra democracia en un estado
totalitario. Es indudable que en nuestro país tenemos planteado un grave
problema. El crimen y la ilegalidad proliferan como jamás lo habían hecho a lo
largo de toda nuestra historia. Pero la restricción de las libertades no
conduce a ninguna solución permanente. Es posible que traiga la paz, pero es la
paz que sólo lleva consigo la muerte. Sabemos que la pobreza es el origen del
delito. Si acabamos con la pobreza, nos acercaremos a la solución del problema
del crimen. No hay ningún otro medio. Estoy de acuerdo con Franklin: si te
desprendes de la libertad con el fin de alcanzar la seguridad, no te mereces ni
la libertad ni la seguridad. La Enmienda XXXV es posible que nos proporcione la
seguridad. Pero será a costa de la libertad personal. Es un mal negocio. Yo me
opongo rotundamente
—¿Por qué no lo declara usted públicamente? —preguntó Collins.
El presidente del Tribunal Supremo se reclinó en el sofá dando
chupadas a la pipa y mirando a Collins con astucia.
—¿Por qué no lo hace usted? —replicó—. Es usted el secretario de
Justicia. ¿Por qué no se manifiesta en contra de la enmienda?
—Porque dejaría de ser secretario de Justicia.
—¿Y tanto le importa eso?
—Sí, porque creo que puedo desarrollar una labor mucho más eficaz
desde el cargo que ocupo. Además, mi voz no sería tan escuchada como la suya.
Excepto por el cargo que ocupo, soy relativamente desconocido. No suscito tanta
confianza. Sin duda habrá usted leído la reciente encuesta llevada a cabo en el
estado de California acerca de los norteamericanos más admirados. Usted obtuvo
el ochenta y siete por ciento. La gente le haría caso, y lo mismo ocurriría con
los legisladores del estado.
—Un momento, señor Collins —dijo Maynard dejando la pipa en un
cenicero—. Me temo que ha conseguido usted confundirme completamente. Al
preguntarme usted que por qué no me manifestaba en contra de la enmienda, yo le
he contestado dirigiéndole a usted la misma pregunta. Me parece que esperaba
que me respondiera usted que no se expresa en contra de ella porque es
partidario de su aprobación. Pero, en lugar de ello, me ha dado usted a
entender que está de mi parte. Es más, que quiere que sea yo quien la denuncie
públicamente. Sinceramente, no le comprendo. Creía que usted, el presidente,
los líderes del Congreso y el director del FBI eran todos partidarios de la
aprobación de la enmienda. Incluso en el discurso que hoy ha pronunciado ha
insinuado usted la conveniencia de estudiar atentamente la enmienda. Resulta
desconcertante.
Collins asintió.
—Tal vez porque yo también estoy desconcertado. El discurso ya
estaba escrito, y lo he pronunciado a requerimiento del presidente Wadsworth.
Ayer empecé a experimentar crecientes recelos en relación con la enmienda y a
temer que ésta pudiera ser aplicada indebidamente. Creo que ahora estoy
totalmente de acuerdo con usted a este respecto. Creo que antes dimitiría de mi
cargo que volver a defenderla. Pero, de momento, prefiero seguir en mi puesto.
Me quedan todavía algunos asuntos por resolver. Quiero resolverlos antes de
adoptar una postura definitiva. Entre tanto, se nos está acabando el tiempo
aquí en California. Es necesario que se escuche la voz de alguien en quien la
gente y los legisladores tengan depositada su confianza. Por eso es por lo que
le insto a que exprese su opinión. Sólo usted puede destruir la enmienda.
—Tal vez se destruya sin mi ayuda.
—Lo dudo. No es eso lo que se desprende de las encuestas realizadas
para el presidente.
—Está bien, le diré por qué no puedo manifestarme en contra de la
enmienda —dijo Maynard—. No sé si usted tiene conocimiento de ello, pero hace
año y medio los magistrados del Tribunal Supremo llegamos a un acuerdo ético.
Ninguno de nosotros discutiría, de palabra o por escrito, ninguna materia legal
que algún día pudiera presentarse ante el Tribunal. Me sería imposible discutir
en público una enmienda que tal vez más tarde fuera llamado a interpretar
mientras ocupara el cargo.
—Sí, lo comprendo —dijo Collins abatido—. Supongo que no debe haber
ningún medio de que usted le diga al público lo que piensa realmente acerca de
la Enmienda XXXV.
—No se me ocurre ninguno —dijo Maynard lentamente—. Por lo menos;
mientras pertenezca al Tribunal Supremo. —Reflexionó unos instantes.— Desde
luego habría una solución. Podría retirarme del Tribunal. Podría dimitir.
Entonces podría expresar libremente mi opinión. —Sacudió la cabeza.— Pero, en
las actuales circunstancias, no me parece oportuno dar semejante paso.
—En las actuales circunstancias —repitió Collins—. Pero, ¿puede
suponer usted alguna circunstancia futura que pudiera inducirle a dimitir y a
manifestarse en contra de la enmienda?
Maynard consideró la cuestión.
—Pues, sí, supongo que podría haber varias posibilidades que
pudieran inducirme a actuar. Desde luego, si tuviera el pleno convencimiento de
que los hombres y los motivos que hay tras la Enmienda XXXV son perversos, si
me constara con toda seguridad que la Enmienda XXXV, en las manos de éstos,
pudiera constituir un auténtico e inmediato peligro para el país, dimitiría de
mi cargo y hablaría. Hoy por hoy no me consta nada de todoeso. Pero, caso de
que me constara, dimitiría y levantaría mi voz inmediatamente. En resumen, si
hubiera alguna otra cosa aparte de lo que salta a la vista...
En aquel instante, Collins pensó en el Documento R, en el peligro
que no saltaba a la vista pero que era auténtico según la advertencia hecha por
Noah Baxter en su lecho de muerte.
—Señor Maynard —le interrumpió Collins—, ¿ha oído usted hablar
alguna vez de algo llamado Documento R?
—¿Documento R? No, creo que no. ¿De qué se trata?
—No estoy muy seguro. Permítame explicárselo. Collins le relató
lentamente las circunstancias de la muerte del coronel Baxter y sus misteriosas
últimas palabras.
— Según mis deducciones, parece ser que existe un documento o un
proyecto destinado a... a complementar en cierto modo la Enmienda XXXV. Como le
decía antes, se trata de algo que Baxter consideraba peligroso. Es posible que
sea ese algo relacionado con la Enmienda XXXV que no salta a la vista.
—Es posible —dijo Maynard—. Desde luego, parece que se trata de algo
siniestro.
—Si yo lo descubriera y probara ser un peligro, ¿le induciría ello a
actuar?
—Tal vez —repuso Maynard cautelosamente—. Dependería de su
contenido. Primero, deje que lo vea... y entonces le daré la respuesta.
—Me parece muy bien —dijo Collins levantándose—. Proseguiré mis
investigaciones. En caso de que descubra el Documento R, usted será el primero
en enterarse de ello.
—Espero recibir pronto noticias suyas —dijo Maynard poniéndose
también en pie—. Cuando usted me haya comunicado de qué se trata, podré adoptar
una decisión.
Al abandonar la suite de Maynard, Collins se sentía más seguro. Por
fin sabía dónde se hallaba respecto a la Enmienda XXXV. Sabía que podría contar
con un aliado que le ayudaría a combatirla caso de que hallara la prueba que
faltaba.
Y conocía una fuente que tal vez le pudiera facilitar la pista del
eslabón que faltaba.
Tenía que regresar a Washington. Y, a la otra semana, tenía que
visitar a alguien que se hallaba recluido en la penitenciaría federal de
Lewisburg, Pennsylvania.
A la mañana siguiente, tras la puerta cerrada del despacho del
director del FBI en el edificio J. Edgar Hoover de Washington, dos figuras
inmóviles se hallaban sentadas escuchando la grabación de una cinta que iba
girando lentamente en el gran magnetófono plateado colocado sobre la mesita de
café.
Vernon T. Tynan y Harry Adcock llevaban casi un cuarto de hora
escuchando en silencio. La grabación estaba llegando a su fin.
Las voces brotaban del altavoz con toda claridad:
«‘Como le decía antes, se trata de algo que Baxter consideraba
peligroso. Es posible que sea ese algo relacionado con la Enmienda XXXV que no
salta a la vista.’
»‘Es posible. Desde luego, parece que se trata de algo siniestro.’
»‘Si yo lo descubriera y probara ser un peligro, ¿le induciría ello
a actuar?’
»‘Tal vez. Dependería de su contenido. Primero, deje que lo vea... y
entonces le daré la respuesta.’
»‘Me parece muy bien. Proseguiré mis investigaciones. En caso de que
descubra el Documento R, usted será el primero en enterarse de ello.’
»‘Espero recibir pronto noticias suyas. Cuando usted me haya
comunicado de qué se trata, podré adoptar una decisión.’»
Se hizo el silencio, un silencio total, a excepción del zumbido del
resto de la cinta en blanco.
—¡Grandísimo hijo de puta! —exclamó Tynan con el rostro lívido al
tiempo que se levantaba—. ¡Ese maldito Judas revolviéndose contra nosotros de
esta forma! ¡Apague ese cochino magnetófono, Harry!
Adcock apagó rápidamente el aparato y al volverse observó que su
jefe estaba paseando por el despacho.
Tynan se golpeó con un cuño la palma de la otra mano.
—Ese sucio y podrido hijo de puta. Esto le va a costar el cuello. No
irá a ninguna parte en su intento de desbaratar nuestros planes, porque lo voy
a quitar de en medio inmediatamente. El que más me preocupa es Maynard. Ese
repugnante liberal comunistoide es el que de verdad puede provocarnos
dificultades si regresa a California para despotricar contra nosotros y contra
la Enmienda XXXV.
—Sin disponer de pruebas no podrá hacerlo, jefe. Ha dicho que no lo
haría sin disponer de pruebas.
—No me fío nada de él. Es posible que decida fastidiarnos. No quiero
correr ningún riesgo... con ninguno de los dos. Vamos a darles a Maynard y a
Collins su merecido.
—Nos resultará fácil desprendernos de Collins —dijo Adcock—. Basta
con que le lleve usted la cinta al presidente... Wadsworth despedirá en un
santiamén a su secretario de Justicia.
Tynan levantó la mano.
—No, Harry. Usted y sus muchachos han hecho un buen trabajo en Los
Ángeles. Las cintas son todas muy valiosas, pero no considero oportuno que el
presidente pueda llegar a tener conocimiento de los métodos que utilizamos.
Podría ser un hombre recto. Además, lo ha dejado todo en nuestras manos. No
quiere verse mezclado. No, creo que es mejor que nos encarguemos del señor
secretario de Justicia, Collins, y del señor presidente del Tribunal Supremo,
Maynard, a nuestro modo.
Adcock le vio acercarse con aire pensativo al sillón giratorio de
detrás del escritorio. Esperó y después preguntó:
—¿Se le ocurre alguna idea, jefe?
El director asintió.
—Algunas, sí. No sé si esos dos van a seguir adelante. Collins ha
dicho que sí, pero no creo que tenga ningún sitio adonde ir. De todos modos,
ambos resultan potencialmente peligrosos para el país... y para nosotros. Hemos
recibido una advertencia previa. Ahora tenemos que empuñar las armas y estar
preparados para cualquier eventualidad. Una vez dispongamos de las municiones,
las podremos tener a punto, y utilizarlas sólo en el caso de que nos veamos
obligados a hacerlo.
—Estoy completamente de acuerdo con usted, jefe.
—Creo que podríamos empezar por nuestro secretario de Justicia
Collins. Quiero que se lleve a cabo una discreta investigación acerca de su
persona.
—Ya se realizó una investigación exhaustiva antes de que el Congreso
le confirmara en el cargo —protestó Adcock.
Tynan hizo un gesto con la mano como si rechazara aquel primer
esfuerzo.
—Rutina, aquella primera investigación fue pura rutina. Quiero unas
fuerzas escogidas, un grupo especial integrado por nuestros mejores agentes.
Escójalos usted con sumo cuidado, Harry. Que sean hombres capaces de manejar un
discreto asunto de la máxima prioridad. Hombres en quienes se pueda confiar por
completo, hombres que sean absolutamente leales a su director. Quiero que se
realice una investigación diez veces más exhaustiva que la de la primera vez.
—¿Hasta dónde podemos llegar?
—Hasta el fondo. Investiguen a todas las personas que se hayan
relacionado con él a lo largo de toda su vida. Investiguen a su primera esposa,
Helen Collins... o como ahora se llame. Investiguen a su hijo. Investiguen a su
segunda esposa, Karen Collins, y a la mujer de la limpieza. Lleven a cabo una
investigación acerca de los parientes más próximos. No olviden a los amigos
como el senador Hilliard. No olviden a nadie.
Adcock había adoptado una posición casi de firmes.
—Así lo haremos. Puede contar con ello, jefe.
—Una semana. Quiero que la investigación esté acabada en el plazo de
una semana.
—Una semana —le prometió Adcock.
—Muy bien. Y después pasaremos a John G. Maynard. Creo que merecerá
la pena realizar una minuciosa investigación acerca de nuestro ilustre
presidente del Tribunal Supremo. Sé que eso ya se hizo antes de que fuera
confirmado en el cargo. Pero eso fue... fue...
—Hace quince años,
—Que nuestro grupo especial realice acerca de él una exhaustiva
investigación como si jamás se hubiera realizado ninguna. Que examinen sus
amigos y enemigos, sus compañeros, su familia y los contactos que haya
mantenido con todos ellos en el transcurso de los últimos siete años. Quiero
que investiguen todos los pasos que Maynard haya dado, todas sus declaraciones,
todas sus cartas, inversiones y actividades, y que todo se analice con lupa. Si
Collins se manifestara públicamente contra nosotros, tal vez nos perjudicaría
un poco en California, pero no demasiado. Ahora bien, si Mayraard decidiera
volverse en contra, podría destruirnos. Quiero estar preparado. Nada más que
eso, Harry... simplemente estar preparado.
Adcock se acercó al escritorio.
—Jefe, si me permite que le exprese mi opinión, aunque
descubriéramos algo acerca de Maynard, jamás sería suficiente para impedirle
hablar una vez hubiera decidido oponerse a la Enmienda XXXV.
—Pero podríamos desacreditarle.
—Tal vez. Pero ya ha visto usted a través de las encuestas lo mucho
que le admiran.
—Lo sé. Bueno, procuremos descubrir lo que podamos y ojalá se trate
de algo suficientemente grave. —Tynan reflexionó acerca del asunto.— Tiene
usted razón, Harry. A Collins sería fácil quitarle de en medio. Maynard es otra
cosa. Tal vez nos lleve más trabajo. —Pareció como si hablara consigo mismo.—Si
dimitiera con el fin de oponerse a nosotros, nada podría detenerle. Iría hasta
el fondo. —En el rostro de Tynan se dibujó una expresión sombría.— Y entonces
también nosotros tendríamos que ir hasta el final. Y sería él o nosotros. Hay
una cosa...
Tynan se perdió en sus pensamientos.
—¿Sí, jefe? —le aguijoneó Adcock.
—Hace falta pensarlo un poco —dijo Tynan moviendo la mano—. Y hace
falta también conseguir mucho dinero... muchísimo dinero.
—El presidente dispone de unos fondos...
—No . dijo Tynan interrumpiendo a su colaborador—. Resultaría
demasiado notorio. Además, tal como ya le he dicho, no quiero mezclar al
presidente. Nosotros haremos nuestro trabajo y él recogerá los frutos.
Necesitamos que los fondos procedan de una fuente... que no pueda localizarse.
—Súbitamente se golpeó la palma de la mano con el puño.— ¡Santo cielo, Harry,
ya lo tengo! —Galvanizado por la idea, Tynan rodeó el sillón, se acomodó en el
mismo y estableció comunicación con su secretaria a través del teléfono
interior.— ¿Beth? Vamos, coja el teléfono... Muy bien, tráigame en seguida a mi
escritorio el expediente de Donald Radenbaugh.
Después se reclinó en su asiento contemplando a su colaborador con
expresión radiante.
Adcock estaba perplejo.
—Radenbaugh se encuentra encerrado en la prisión de Lewisburg —dijo.
—Lo sé.
—Creía que necesitaba usted mucho dinero.
—Y lo necesito —dijo Tynan esbozando una sonrisa—. Y sé quién
dispone de él y quién no hablará. Espere, Harry, tenga un poco de paciencia y
confíe en el viejo Vernon T. Tynan. No le defraudaré, se lo aseguro.
Al momento apareció Beth con el expediente.
—Esto no es más que un resumen del caso. Tenemos un expediente mucho
más completo...
—Es suficiente, Beth. Muchas gracias.
A solas con Adcock de nuevo, Tynan abrió la carpeta y empezó a
hojear las páginas mecanografiadas que ésta contenía. De vez en cuando se
detenía y repetía en voz alta lo que estaba leyendo.
Radenbaugh, Radenbaugh... Extorsión... Entregar el dinero en Miami
Beach, según Hyland... No había dinero... Después el juicio... Culpable. Quince
años... Mmm, ya ha cumplido dos años y ocho meses... Sí. —Cerró la carpeta y
miró a su ayudante con aire de satisfacción.— Perfecto —dijo—. Si esto da
resultado, podrá decirse que soy un genio. Si nuestro presidente del Tribunal
Supremo se entremete, estaremos preparados.
—No lo entiendo, jefe.
—Pronto lo entenderá. En estos momentos, limítese a cumplir las
órdenes. Podrá iniciar la investigación acerca de Collins una vez haya hecho
esto. Primero haga usted esto. —Tynan se detuvo reflexionando.— Haga lo
siguiente. Enciérrese en su despacho y llame al director de la penitenciaría
federal de Lewisburg, Bruce Jenkins. Llamada confidencial. Dígale a Jenkins con
toda confianza que la cosa debe quedar entre nosotros. Podemos fiarnos de él.
El director me debe muchos favores. Bueno, dígale que quiero ver a uno de sus
reclusos, Donald Radenbaugh, fuera de los muros de la prisión pasada la
medianoche, digamos que a eso de las dos de la madrugada. Y que busque algún
lugar discreto en el que pueda hablar en privado con Radenbaugh. Nos jugamos
muchas cosas, Harry, nos lo jugamos todo; así que hágalo todo como es debido.
5
Eran las dos menos cuarto de la madrugada y, a excepción de la luna,
todo era oscuridad; Harry Adcock conducía despacio en medio de las tinieblas.
Por tercera vez en una hora, Vernon T. Tynan, sentado en el asiento
de al lado, le preguntó:
—¿Está seguro de que nadie sabe que hemos salido de la ciudad?
—Nadie, estoy completamente seguro —repuso Adcock tranquilizándole—.
Hasta he dejado allí un falso programa de sus actividades de esta noche en
Washington.
—Bien, Harry, muy bien. —Tynan escudriñó a través del parabrisas
contemplando el denso follaje y los árboles que protegían aquella carretera
secundaria tan poco transitada.— No veo absolutamente nada. ¿Está seguro de que
sabe dónde nos encontramos?
—Estoy siguiendo al pie de la letra las instrucciones que me ha
facilitado el director —repuso Adcock—. Jenkins me lo ha explicado con toda
claridad.
—¿Tardaremos mucho en llegar?
—Ya falta poco, jefe.
Habían efectuado el vuelo desde Washington a Harrisburg,
Pennsylvania, en un pequeño jet privado. Se las habían arreglado para ser los
únicos pasajeros. En el aeropuerto de Harrisburg les esperaba un Pontiac de
alquiler. Adcock se había sentado al volante desde un principio y Tynan se
había acomodado a su lado manteniendo abierto un mapa topográfico de la zona de
Lewisburg con indicaciones en lápiz rojo. Habían dejado atrás Harrisburg,
habían cruzado el puente del río Susquehanrra y habían seguido en dirección
norte por la autopista 15 bordeando la orilla occidental del río. Habían
tardado una hora y media, cubriendo una distancia aproximada de ochenta
kilómetros, en llegar al primer punto señalado, es decir, a la Universidad de
Bucknell, situada a la derecha. Y habían proseguido hasta llegar a la ciudad de
Lewisburg, una ciudad espectral que se hallaba sumida en el sueño a aquellas
horas de la madrugada.
Al pasar frente a la escuela superior de la ciudad, Adcock había
aminorado la marcha del vehículo con el fin de poder consultar el mapa.
Después había dejado el mapa y había estudiado la calle que se abría
ante ellos. Habían llegado al extremo más alejado de la ciudad.
Adcock señaló hacia la izquierda.
—Se gira aquí para ir a la entrada de la penitenciaría. Jenkins ha
dicho que siguiéramos adelante por la autopista 15 en dirección noreste y que
al llegar al Hospital Evangélico torciéramos a la izquierda y nos dirigiéramos
al norte a lo largo de los muros de la penitenciaría...
—¿Podrá vernos alguien a partir de aquí? —había preguntado Tynan
intranquilo.
—No, jefe. Nadie nos verá. Además, fíjese en la hora que es. De
todos modos, seguiremos un poco más y después giraremos otra vez al llegar a la
carretera secundaria que atraviesa el bosque. A continuación seguiremos a
través del bosque hasta que lleguemos al borde sur y entonces veremos los muros
y la torre del depósito del agua de la penitenciaría, y allí es donde tendremos
que esperar.
Ahora estaban avanzando a paso de tortuga a través del bosque.
Adcock se agachó sobre el volante y Tynan se inclinó y miró a través
del parabrisas contemplando lo que parecía ser el final de la carretera y del
bosque.
—Creo que ya hemos llegado —murmuró Adcock—. Ha dicho que a la
derecha hay un claro. Sí, aquí mismo, ante nuestras propias narices. Ya
estamos.
Se desvió de la carretera hacia la derecha, después giró bruscamente
a la izquierda y estacionó. A cierta distancia pudieron distinguir la silueta
de la parte central del muro de hormigón que rodeaba la prisión, la parte
superior de varios edificios que había en el patio y dos torres de depósito de
agua, una a la derecha y la otra detrás de la penitenciaría federal de
Lewisburg.
Adcock se inclinó hacia el tablero de mandos y apagó los faros
delanteros.
—Hay algunos tipos duros encerrados en ese agujero de máxima
seguridad —dijo señalando las siluetas de los edificios.
—Algunos —dijo Tynan—. Pero Donald Radenbaugh no es de ésos. Es uno
de los blandos, un preso político.
—No sabía que fuera un preso político.
—Técnicamente no lo es. Pero lo es. Sabía demasiado acerca de lo que
estaba ocurriendo en las alturas. Y eso también puede ser un delito.
Tynan se removió en su asiento mirando a través del parabrisas y
esperando.
Habían transcurrido varios minutos cuando Adcock tiró de la manga de
Tynan.
—Jefe, me parece que ya se están acercando.
Tynan miró a través del parabrisas contrayendo los ojos y, al final,
distinguió dos manchas de luz que se estaban acercando.
—Debe de ser Jenkins —dijo—. Sólo utiliza las luces de posición.
Guardó silencio mientras contemplaba el avance del otro automóvil.— Muy bien
—dijo súbitamente—, vamos a hacer lo siguiente. Yo me acomodaré en el asiento
de atrás para hablar con él. Usted quédese donde está, sentado al volante.
Puede escuchar. Pero no hable. Sólo hablaré yo. Usted limítese a escuchar.
Ambos estamos metidos en esto.
Tynan abrió la portezuela del Pontiac, descendió, la cerró, abrió la
portezuela trasera, subió y se colocó en un rincón del asiento.
El otro automóvil había penetrado en el claro y se había acercado a
cosa de unos diez metros por detrás. El motor se detuvo. Las luces de posición
se apagaron. Se abrió y se cerró una portezuela.
Se escuchó el crujido de unas pisadas.
El marchito rostro del director de la prisión Bruce Jenkins se
inclinó y apareció al otro lado de la ventanilla de Adcock, que señaló con el
pulgar hacia atrás. Jenkins apartó la cabeza y retrocedió acercando el rostro a
la ventanilla de atrás. Tynan bajó el cristal hasta la mitad.
—Hola, Jenkins, ¿cómo está usted?
—Me alegro de verle, señor director. Bien, muy bien. Traigo conmigo
a la persona que usted desea ver.
—¿Algún problema?
—Pues, francamente, no. No se mostraba demasiado deseoso de verle a
usted...
—No le gusto —dijo Tynan.
—... pero ha venido. Siente curiosidad.
—No me sorprende —dijo Tynan—. Será mejor que no perdamos el tiempo.
Ya es muy tarde. Tráigamelo aquí. Que suba por la otra portezuela para que
pueda sentarse a mi lado.
—Muy bien.
—Cuando hayamos terminado y él haya salido y usted le haya
asegurado, vuelva aquí. Tal vez desee hablar con usted. Es posible que necesite
pedirle alguna otra cosa.
—No faltaba más.
—Otra cosa, Jenkins. Por lo que respecta a este encuentro, jamás
tuvo lugar.
—¿Qué encuentro? —preguntó el director de la prisión esbozando una
sonrisa.
Tynan esperó. Antes de que hubiera transcurrido un minuto, se abrió
la otra portezuela trasera.
—Aquí está —dijo Jenkins asomando la cabeza.
Donald Radenbaugh se hallaba rígidamente de pie al lado del director
de la prisión. Tynan no podía verle el rostro. Sólo podía ver que sus muñecas
estaban juntas.
—¿Va esposado? —preguntó.
—Sí, señor.
—Quítele las esposas, haga el favor. No se trata de una reunión de
ese tipo.
Tynan escuchó rumor de llaves y vio cómo Jenkins abría las esposas y
las retiraba. Observó después cómo el preso se frotaba las muñecas y oyó que el
director le decía:
—Ahora ya puede acomodarse en el asiento de atrás.
Donald Radenbaugh se agachó para subir al automóvil. Su cabeza y su
rostro resultaban ahora visibles. No había cambiado demasiado en el transcurso
de aquellos casi tres años de reclusión. Estaba tal vez ligeramente más
delgado, en su triste y holgado atuendo gris de presidiario. Era calvo, poseía
un cerco de cabello rubio alrededor de la cabeza y patillas, y sus ojos daban
la impresión de ser más pequeños como consecuencia de las bolsas que se
observaban bajo ellos tras los cristales de las gafas de montura de acero.
Poseía un cetrino y enjuto rostro, fina nariz puntiaguda, un pequeño y
descuidado bigote rubio y un mentón poco pronunciado. Estaba pálido y como
enfurruñado. Debía medir un metro setenta y cinco y pesar unos setenta kilos.
Había subido al automóvil y se había hundido en el asiento lo más
lejos posible de Tynan:
Tynan no le ofreció la mano.
—Hola, Don —dijo.
—Hola.
—Hace mucho tiempo.
—Supongo que sí.
—¿Le apetece un cigarrillo? Harry, déle un cigarrillo y su
encendedor.
Radenbaugh extendió la mano para coger el cigarrillo y el
encendedor. Una vez se hubo encendido el cigarrillo, le devolvió a Adcock el
encendedor. Dio un par de profundas chupadas al cigarrillo, expulsó una nube de
humo y pareció como si se tranquilizara.
—Bueno, Don —prosiguió Tynan—, ¿qué tal estamos?
—Menuda pregunta —repuso Radenbaugh con un gruñido.
—¿Tan mal se está aquí? —preguntó Tynan en tono solícito—. Pensaba
que le habían puesto en la biblioteca de la prisión.
—Estoy en la cárcel —dijo Radenbaugh amargamente—. Estoy en la
cárcel, encerrado como una bestia, y soy inocente.
—Sí, lo sé —dijo Tynan—. Supongo que aquí jamás se puede estar bien.
—Es horrible —dijo Radenbaugh—. Hay de todo para proteger de
nosotros a los de fuera: puertas correderas de acero, triples cerrojos,
detectores en los muros de hormigón... Pero no hay nada para protegernos a
nosotros de los de dentro: agresiones, acuchillamientos, violaciones, venta de
droga... Los esbirros... me parece que ya estoy empezando a hablar como todos
los demás, los guardianes procuran ser a cual más duro. Comida pésima, ninguna
posibilidad de realizar ejercicio y una celda que mideun metro ochenta por tres
metros. ¿Le gustaría pasarse los mejores años de su vida en un planeta de metro
ochenta por tres metros? El gran acontecimiento consiste en que le corten a uno
el cabello. O tal vez en recibir una carta de la propia hija. Es asqueroso.
Sobre todo cuando uno es inocente. No abrigo ninguna esperanza.
Radenbaugh se sumió en un enfurecido silencio, inhalando y exhalando
el humo del cigarrillo.
Tynan le estudió en la oscuridad.
—Sí, la falta de esperanza... me imagino que debe de ser lo peor
—dijo en tono comprensivo—. Lástima que muriera Noah Baxter. Creo que era su
penúltima esperanza de salir de aquí. Lástima.
Radenbaugh levantó súbitamente la mirada.
—¿Mi penúltima esperanza? —repitió.
—Sí, porque yo soy la última, Don.
—¿Usted? —preguntó Radenbaugh mirando fijamente a Tynan.
—Yo —dijo Tynan asintiendo—. Sí, yo. He venido aquí para ofrecerle
un trato, Don. Estrictamente entre nosotros. Puedo ofrecerle lo que usted
anhela. La libertad. Y usted puede ofrecerme algo que yo necesito. Dinero.
¿Está dispuesto a escucharme?
Radenbaugh no contestó pero estaba escuchando.
—Muy bien —prosiguió Tynan—, permítame que se lo explique todo
rápidamente. Usted posee un millón de dólares en efectivo, guardado en algún
lugar de Florida. No discutamos acerca de si lo tiene o no. He revisado
detalladamente el expediente. Un testigo fidedigno juró que había abandonado
usted Washington con el dinero. Tenía que entregarlo en Miami pero jamás lo
entregó. Sabía que le habían descubierto y no lo entregó. Cuando le detuvieron,
ya no lo tenía en su poder.
—Tal vez jamás tuviera aquel dinero —dijo Radenbaugh pausadamente—.
Es posible que yo dijera la verdad.
—Tal vez —dijo Tynan en tono condescendiente—. Pero tal vez no.
Quizá lo ocultó usted. Para cuando lo necesitara. Supongamos esto último. Que
usted lo ocultó. Si estoy en lo cierto, tiene usted un precioso millón de
dólares en efectivo en algún lugar de Florida. Y no está percibiendo usted por
él ni un céntimo de interés. Y debiera percibirlo. Debiera reportarle a usted
alguna ventaja, no dentro de doce años sino a partir de hoy mismo, de este
momento. ¿Qué se puede comprar con ese dinero? ¿Qué es lo que usted más desea
del mundo? ¿La libertad? Usted mismo lo ha dicho, la cárcel es un lugar
horrible y asqueroso. Quiere usted salir. Yo no puedo lograr que sea usted
inocente si el tribunal le declaró culpable. Pero puedo convertirle en un
hombre libre. ¿Quiere seguir escuchándome?
Radenbaugh se inclinó hacia la portezuela, bajó el cristal de la
ventanilla unos centímetros y arrojó al exterior la colilla del cigarrillo.
Después se reclinó de nuevo en su asiento y volvió la cabeza hacia Tynan.
—Prosiga —dijo.
—Ese millón de dólares —dijo Tynan—. Necesito parte del mismo. No
soy un cerdo. Podría pedírselo todo, y tal vez lo consiguiera. Pero no lo hago;
quiero tan sólo una parte, digamos que para una inversión. A cambio, le
conseguiré rebajar la pena de quince años a los que usted ya ha cumplido hasta
esta noche o hasta algunas noche más a partir de esta noche. No será fácil pero
lo podré conseguir. Por su parte, tendría usted que trasladarse a Miami, sacar
el dinero y entregar una parte del mismo a un intermediario. Le entregaría
usted setecientos cincuenta mil dólares al intermediario y se quedaría con los
doscientos cincuenta mil restantes para empezar una nueva vida. Y nuestro trato
habríaconcluido satisfactoriamente. ¿Qué le parece? —Tynan miró a Radenbaugh,
pero éste no contestó. Permanecía mirando fijamente hacia adelante, con los
labios fruncidos y las facciones en tensión.— De acuerdo, me imagino que
deseará usted conocer algunos detalles —prosiguió Tynan—. Hay un detalle que
tiene que conocer y al que deberá usted atenerse, ya que, de otro modo, el
trato no se podría cerrar. Le he dicho que esto no sería fácil y no lo es. No
está en mi mano concederle la libertad bajo palabra o la libertad
incondicional. Nadie puede hacerlo a excepción de los miembros de la junta de
libertad bajo palabra, y da la casualidad de que me consta que éstos no tienen
la menor intención de concederle la libertad antes de que haya usted cumplido
los doce años de condena restantes. Yo no puedo sacar a Donald Radenbaugh de la
penitenciaría federal de Lewisburg. Pero puedo sacarle a usted.
Radenbaugh miró al director.
—Es complicado pero podré conseguirlo —prosiguió Tynan—. Para
protegernos a ambos, tendría usted que adoptar una nueva identidad el día en
que fuera liberado. No es sencillo, pero puede hacerse. Ya se ha hecho con
éxito en otras ocasiones. Desde 1970, por lo menos quinientos informadores y
testigos del gobierno, cómplices que habían declarado para evitar el castigo,
han obtenido nuevas identidades por orden del jefe de Información Criminal del
Departamento de Justicia y han sido secretamente trasladados de lugar. El
sistema ha dado resultado en todaslas ocasiones, y también lo podrá dar en
ésta. Sólo que esta vez no podré hacerlo a través del Departamento de Justicia.
Tendré que apañármelas yo solo. —Tynan esperó la reacción de Radenbaugh. Al ver
que no se producía ninguna, prosiguió:— Ante todo, nos libraríamos de Donald
Radenbaugh. Es absolutamente necesario para que la operación alcance el
resultado apetecido. El director de la prisión Jenkins comunicaría que usted
había muerto; que había muerto de un ataque al corazón, o bien apuñalado. Lo
más probable es que se dijera que había fallecido usted por causas naturales.
Menos jaleo. A continuación, le pondríamos en libertad. Nos libraríamos de sus
huellas dactilares, le conferiríamos otro aspecto, le facilitaríamos una
identidad totalmente nueva, un nuevo nombre, documentos en regla, desde el
certificado de nacimiento a la tarjeta de la Seguridad Social, la tarjeta de
crédito, el permiso de conducir y todo lo que hiciera falta para respaldar su
nuevo nombre. A partir de la siguiente semana, gozaría usted de plena libertad,
se sentiría vivo y con un buen montón de billetes de banco en su poder. Pero,
recuérdelo, Radenbaugh ya no existiría. Sé que tiene usted una hija y otros
parientes y amigos. Todos ellos tendrían que llorar su muerte. Jamás podrían
conocer la verdad. Comprendo que tal vez se le antoje muy duro, pero forma
parte del precio que debe usted pagar por el trato... eso y los setecientos
cincuenta mil dólares. —Tynan se detuvo y miró con aire distraído a través de
la ventanilla del automóvil, antes de volverse de nuevo hacia Radenbaugh.—
Bien, pues eso es todo —dijo tratando de distinguir las manecillas de su reloj
de pulsera—. Se nos está acabando el tiempo, Don. Ha escuchado usted mi primera
y última oferta. Tiene que decidir sí o no. Si desea decir que no y prefiere
seguir pudriéndose en la cárcel durante otros doce años, y tiene la suerte de
evitar que le acuchillen y, al final, sale convertido en un viejo, allá usted,
quédese con todo el dinero y conserve su verdadero nombre. Si opta por decir
que sí, ya no habrá prisión, será usted libre, conservará una sustanciosa
cantidad de dinero y podrá empezar una nueva vida bajo otra identidad. Elija
usted. —Tynan guardó silencio para que sus palabras causaran el efecto
apetecido. A los pocos momentos, añadió con energía:— Sea cual fuere su
respuesta, ha de ser esta misma noche. Mejor dicho, los próximos cinco minutos.
Si dice que no, abra la portezuela del automóvil, descienda y Jenkins le estará
esperando con las esposas para conducirle de nuevo a su celda. Si dice que sí,
y bastará con que pronuncie esta palabra, les daré ciertas instrucciones a
usted y al director, hará usted lo que se le diga y dentro de una semana podrá
entrar en posesión de un cuarto de millón de dólares y una vida libre. Cuando
abandone la prisión, le bastará con seguir las sencillas instrucciones que
encontrará en el bolsillo de su traje nuevo, junto con un pasaje de avión a
Miami y una reserva de hotel. —Tynan se detuvo.— Bueno, Don, de usted depende
—dijo en tono suave—. ¿Qué decide?
Chris Collins no visitó la penitenciaría federal de Lewisburg hasta
cinco días más tarde.
Tras su regreso a Washington desde Los Ángeles, Collins había
acudido a entrevistarse con el presidente Wardsworth para informarle acerca de
su visita a California. La entrevista había sido muy breve, pues Collins omitió
buena parte de las actividades que allí había desarrollado. Había decidido, por
lo menos de momento, no revelarle al presidente su visita al lago Tule, sus
conversaciones con los asambleístas del estado Keefe, Yurkovich y Tobias y su
reunión privada con el presidente del Tribunal Supremo Maynard. No podía
hablarle de todos aquellos asuntos porque todavía no estaba seguro del papel
desempeñado por el presidente en los sospechosos acontecimientos de California.
En su lugar, se había referido al debate televisado con Tony Pierce. Después
había hablado ampliamente de su discurso ante la Asociación Norteamericana de
Abogacía. Intentó demostrar que su discurso había constituido un triunfo, pero
el presidente ya había sido informado acerca del mismo y le expresó claramente
su decepción.
—No se empleó usted a fondo en favor de la Enmienda XXXV —le había
dicho el presidente—. Esperaba que hablara usted con mayor energía. No
obstante, la situación parece favorable. Hoy hemos recibido una buena noticia.
La buena noticia había resultado ser la más reciente encuesta
realizada por Ronald Steedman entre los legisladores de California. Entre los
miembros de la Asamblea del estado dispuestos a adoptar una postura, los que se
mostraban favorables a la Enmienda XXXV constituían un sesenta y cinco por
ciento, frente a un treinta y cinco por ciento de contrarios a la misma. En el
Senado del estado los resultados habían sido más apretados: un cincuenta y
cinco por ciento a favor y un cuarenta y cinco por ciento en contra. Collins a
duras penas había podido disimular su zozobra.
Por entonces, Collins estaba ya obsesionado por el deseo de efectuar
una visita a Lewisburg con el fin de contactar con la que posiblemente fuera su
última fuente en relación al secreto del Documento R. Había abrigado la
esperanza de poder desplazarse hasta allí al segundo o tercer día de su regreso
a Washington, pero ello había sido imposible a causa de sus inevitables
reuniones con el presidente y con sus propias divisiones Criminal y de Derechos
Civiles.
Al final, a través de sus subordinados de la Oficina de Prisiones,
había conseguido organizar la visita.
Sabiendo que no podría explicar ni justificar el verdadero
proprósito de la visita, se había inventado uno falso. Estaba trabajando con
vistas a una revisión de la Ley de Rehabilitación de Reclusos, y para ello le
era necesario efectuar una visita a la penitenciaría federal de Lewisburg, con
la cual esperaba conseguir gran cantidad de datos.
Acompañado del director de la penitenciaría Bruce Jenkins, estaba
ahora girando una rápida visita a la misma. Había soportado la pesadez de los
talleres de confección y planchas metálicas;había visitado las aulas, el
hospital y la biblioteca; había tenido que participar en unas entrevistas
estrechamente vigiladas con diversos reclusos en sus celdas.
Acababa de finalizar el recorrido de inspección y, para Collins,
estaba a punto de iniciarse la parte más significativa de su visita.
Había declinado la invitación a almorzar alegando tener una
importante cita en Nueva York.
—¿En qué otra cosa puedo servirle? —le preguntó el director Jenkins.
—Ha sido usted muy amable —le dijo Collins cortésmente—. He visto
todo lo que me hacía falta. Será mejor... —Vaciló ligeramente.— En realidad,
hay una cosa más. Tenemos entre manos un caso de evasión de impuestos en el que
aparece constantemente el nombre de uno de sus reclusos. ¿Podría hablar con él
en privado durante cinco o diez minutos?
—No faltaba más —repuso el director Jenkins—. Dígame de quién se
trata y mandaré traerle para que pueda usted hablar a solas con él.
—Se llama Radenbaugh. Donald Radenbaugh. Me gustaría verle.
El director Jenkins no pudo ocultar su asombro.
—¿Pero es que no ha leído usted los periódicos de esta mañana ni ha
visto la televisión?
—Me temo que no.
Donald Radenbaugh ha muerto. Lo siento. Murió hace tres días, de un
ataque al corazón. No divulgamos la noticia hasta localizar a sus parientes más
próximos. La dimos a conocer anoche, y ha sido anunciada a primera hora de esta
mañana.
—Ha muerto —dijo Collins con voz profunda.
Se sentía enfermo. Se había desvanecido su última esperanza de
averiguar algo acerca del Documento R.
—Ha llegado usted con un retraso de tres días —dijo Jenkins—. Mala
suerte.
Hundido en la desesperanza, Collins estaba a punto de marcharse
inmediatamente cuando de repente se le ocurrió una idea.
¿Ha dicho usted que han tardado tres días en divulgar la noticia
porque tenían que localizar a sus parientes más próximos?
—Sí, así es. Tenía una hija en Filadelfia. Resultó que ésta se
hallaba ausente de la ciudad. Al final, conseguimos encontrarla... no sólo para
notificarle su muerte sino también para que adoptara las necesarias
disposiciones relativas al cadáver. Con su consentimiento, le enterramos en
esta misma localidad a expensas del gobierno.
—¿Cómo recibió la noticia?
—Como es natural, se apenó muchísimo.
—¿Me está usted diciendo que Radenbaugh se hallaba muy unido a su
hija?
A excepción del difunto ex secretario de Justicia Noah Baxter, que
había sido amigo suyo, Susie era la única persona que mantenía con él un
contacto regular.
—¿Conoce usted su dirección?
—Pues, en realidad, no...
—¿Cómo le notificaron la noticia?
—Tiene un apartado de correos en la oficina central de correos de
Filadelfia. Le enviamos un telegrama y nos telefoneó inmediatamente después de
recibirlo.
—¿Me podría usted facilitar el número de su apartado de correos,
señor Jenkins?
—Claro que sí. —El director de la penitenciaría se acercó a su
escritorio, sacó una serie de carpetas y abrió unas de ellas.— Es el apartado
de correos 153, oficina de correos, edificio anexo William Penn, Filadelfia
19105.
—Gracias —dijo Collins—. ¿Y dice usted que mantenía contacto regular
con su padre?
—Sí.
—Tal vez estuviera al corriente de sus asuntos. Es posible que pueda
ayudarme.
—Tal vez. Pero lo dudo.
—Yo también —dijo Collins desalentado—. Ya veremos.
La operación había resultado increíblemente perfecta. Hasta entonces
todo había ido a pedir de boca.
Sentado en la balanceante cabina de la estilizada motora que estaba
atravesando el canal artificial que separaba la punta sur de Miami Beach de la
isla de Fisher, trató de analizar los acontecimientos de la semana anterior.
Hacía seis noches, en un bosque cercano a la penitenciaría federal
de Lewisburg, se había despedido del director del FBI Vernon T. Tynan tras
acceder al estrambótico trato que le había sido ofrecido al presidiario Donald
Radenbaugh.
Hacía dos noches, agachado en la parte de atrás del automóvil del
director Jenkins, había abandonado la prisión sumida en el sueño en calidad de
Herbert Miller, ciudadano y hombre libre.
Desde su encuentro con Tynan, sólo había recibido un visitante cuyo
nombre conociera, y éste había sido Harry Adcock, el colaborador de Tynan.
Había recibido también la visita de otras tres personas sin nombre. Radenbaugh
recordó que le habían recluido en una celda aparte para aislarle de los demás
presos. Había recibido en solitario la visita de un anciano renqueante que le
había aplicado ácido al objeto de modificarle —dolorosamente— las huellas
dactilares. Después le había visitado un óptico que le había cambiado sus gafas
de montura de acero por unas microlentillas de contacto. A continuación, le
había visitado un barbero que le había afeitado el bigote y las patillas, le
había teñido de negro intenso la orla de cabello rubio y le había aplicado un
peluquín negro. Y, finalmente, había recibido la visitade Adcock, que le había
traído los documentos (una partida de nacimiento, una honrosa licencia del
Ejército de los Estados Unidos) y varios carnés (un permiso de conducir, una
tarjeta de crédito para el alquiler de automóviles, una tarjeta de la Seguridad
Social), destinadas a sustituir a los que guardaba en su vieja cartera y a
transformarle oficialmente en el respetable Herbert Miller, de cincuenta y
nueve años. Le habían facilitado, además, un traje marrón oscuro de última moda
en sustitución del que llevaba cuando ingresó en prisión, el cual, al no estar
en linea con lo que se llevaba en la actualidad, hubiera podido llamar la
atención.
Adcock le había comunicado unas instrucciones verbales.
Inmediatamente después de su puesta en libertad, tendría que tomar un vuelo
nocturno rumbo a Miami. En el hotel Bayamo de la calle Flagler Oeste habían
reservado una habitación a nombre de Herbert Miller. Al día siguiente, por la
mañana o por la tarde, podría ir en busca de su millón de dólares. Nadie le
seguiría.
A última hora de la mañana del otro día, se reuniría con una agente
de la propiedad inmobiliaria apellidada Remos en un barrio residencial de
Coconut Grove, y ésta le facilitaría el nombre de un especialista en cirugía
estética de la zona que le operaría las bolsas que le rodeaban los ojos antes
de que abandonara Miami. Aquella misma noche, se trasladaría a una motora que
le estaría aguardando en el embarcadero municipal de Miami Beach y se dirigiría
a la isla de Fisher. Allí, en el primer depósito de petróleo, le saludarían
como Miller. Él pronunciaría dos veces el santo y seña. El santo y seña sería
«Linda». Entregaría el paquete con los tres cuartos de millón de dólares y
regresaría a la embarcación. Una vez de regreso en Miami Beach, podría
practicarse la operación de cirugía estética. Tras lo cual sería totalmente
libre de ir donde quisiera y de hacer lo que gustara.
—Recibirá el nuevo traje poco antes de abandonar la prisión —le
había dicho Adcock—. En el bolsillo lateral derecho habrá un sobre. En su
interior habrá un pasaje aéreo para Miami, la indicación del lugar de su cita
con la motora, un mapa de la isla de Fisher en el que se indica dónde habrá que
efectuar la entrega y suficiente dinero para que pueda desenvolverse hasta que
entre en posesión de su cuarto de millón de dólares. Haga únicamente lo que se
le ha dicho. No se le ocurra ninguna otra idea. Sólo serviría para poner en
peligro su salud. ¿Lo ha entendido?
Lo había entendido todo.
Había tomado el vuelo especial nocturno y había llegado al
Aeropuerto Internacional de Miami según las instrucciones recibidas.
Se había presentado en el viejo hotel Bayamo tal como se le había
dicho.
Había alquilado un automóvil, cerciorándose constantemente de que no
le vigilaban ni seguían, y se había dirigido a los Everglades, al oeste de
Miami. Allí se había encaminado a pie hasta la orilla del pantanoso manglar en
la que tres años antes había ocultado el millón de dólares en una caja de
metal. Había vaciado el contenido de la caja en unas bolsas de comestibles que
había adquirido, había colocado las bolsas en una maleta que había comprado y
había regresado al lugar en que había dejado estacionado el automóvil.
Lo demás se había desarrollado sin contratiempos. En su habitación
del hotel, había retirado un cuarto de millón de dólares y lo había guardado en
una segunda maleta que tenía al efecto. Por la noche había llevado esta segunda
maleta con su parte del dinero al Aeropuerto Internacional de Miami
depositándola en una casilla de consigna. Al abandonar el aeropuerto había
comprado un ejemplar del Herald de
Miami de la mañana siguiente. Le echó un vistazo preguntándose si ya se habría
divulgado la noticia del fallecimiento de Donald Radenbaugh. En la sexta página
descubrió una poco favorecedora fotografía de tres años de antigüedad el calvo
Radenbaugh con gafas junto con la nota necrológica. Había experimentado una
extraña sensación al leer la noticia de su propia muerte y ver los escasos
éxitos que había alcanzado y lo mucho que éstos habían quedado ahogados por el
resumen de su juicio con el correspondiente veredicto de culpabilidad. Era
injusto. No decían que era inocente. Y, finalmente, se había entristecido por
su querida Susie, a la que había transmitido semejante legado. Se preguntó si
alguna vez se atrevería a ponerse en contacto con ella y revelarle la verdad.
Sabía que no seatrevería a hacerlo. Las personas capaces de inventarse a un
nuevo ser humano no eran personas a las que se pudiera tomar el pelo.
Al día siguiente, y de acuerdo con las instrucciones recibidas, sólo
había acudido a una cita con anterioridad a su crucial misión nocturna. Bien
entrada la mañana, se había dirigido en automóvil a Coconut Grove y, en un
bungalow de la agente, había mantenido una breve y satisfactoria conversación
con la señora Remos, una anciana mulata que le estaba aguardando.
—Ha tenido usted suerte, señor Miller, mucha suerte —le había dicho
la señora Remos—. Recientemente perdimos al especialista en cirugía estética
que siempre habíamos utilizado, pero hace un par de días encontramos un
sustituto. Se trata del doctor García, un especialista muy competente y que,
como consecuencia de su situación clandestina, puede considerarse de fiar.
Acaba de llegar secretamente de Cuba y, hasta que no le arreglemos los papeles,
es un extranjero en situación de
ilegalidad. Debemos proceder con mucha cautela. ¿Está usted libre esta noche?
Ah, pasadas las diez. Muy bien. El doctor García le esperará en su habitación
del hotel a las diez y cuarto. Preferiríamos que no tuviera que preguntar por
usted en recepción. ¿Tiene usted la llave? Ah, muy bien, démela. Estoy segura
de que en el hotel dispondrán de otra. El doctor García le examinará, le
informará de lo que puede hacerse y fijará el lugar y la hora de la operación.
¿A las diez y cuarto entonces? De acuerdo.
Radenbaugh se había pasado parte de la tarde paseando y efectuando
algunas compras y después había regresado a su habitación. Al caer la noche,
había bajado la pesada maleta al vestíbulo,había salido a la calle y había
atravesado en taxi el paseo MacArthur para dirigirse a Miami Beach y al
embarcadero municipal. A las ocho había encontrado a su contacto, le había
entregado la maleta al flemático cubano propietario de la lancha motora y había
subido a bordo le la misma.
Ahora se encontraba de camino, según estaba previsto en los planes.
Faltaba menos de media milla para llegar a la isla de Fisher, en la que
efectuaría la entrega que constituiría el punto culminante del trato.
Se sacó una vez más del bolsillo de la chaqueta el plano dibujado a
mano y lo repasó de memoria.
La isla de Fisher era un pedazo de tierra abandonado de unas cien
hectáreas de extensión, totalmente deshabitado, con algunos bosquecillos de
casuarinas, una mansión medio derruida que se levantaba sobre unos terrenos que
habían sido propiedad del fundador de Miami y dos depósitos de petróleo.
Aquella noche, pensó Radenbaugh, iba a estar habitada al menos por
dos personas: el propio Radenbaugh y un desconocido.
La embarcación estaba aminorando la velocidad y el ruido del motor
fue bajando hasta detenerse.
Radenbaugh se inclinó hacia adelante y observó que el piloto le
hacía señas. Tomó nerviosamente la maleta y, agachándose, salió de la cabina y
pisó el desembarcadero de madera. El piloto le llamó y entonces se acordó y
extendió la mano para alcanzar la poderosa linterna.
Tras poner pie en la isla, empezó a avanzar por el sendero.
Recordaba de memoria todos los detalles. Las únicas dificultades eran la
oscuridad, a pesar de la linterna, y la carga de la pesada maleta con sus tres
cuartos de millón en efectivo.
Al cabo de un rato —había perdido la noción del tiempo—distinguió el
primero de los depósitos de petróleo; iluminó con la linterna el lugar en el
que tendría que efectuar la entrega y avanzó hacia el mismo.
Se encontraba a cosa de unos doce metros del depósito, resollando en
el silencio a causa de la subida, cuando escuchó un crujido. Se detuvo.
Entonces escuchó una voz.
—¿Es usted el señor Miller?
La voz era estridente y con un marcado acento español.
—Sí.
—Apague la linterna.
Radenbaugh apagó rápidamente la linterna.
La voz de marcado acento volvió a escucharse en la oscuridad. Sonaba
más cerca.
—¿Contraseña?
Casi lo había olvidado. La recordó.
—Linda —dijo en voz alta—. Linda —repitió.
Se escuchó un gruñido.
—Deje ahí mismo lo que lleva. Regrese por el mismo camino por el que
ha venido, regrese a la embarcación.
—Está bien —dijo él dejando la maleta en el suelo—, ya me voy.
Dio media vuelta rápidamente y buscó a toda prisa el camino. En la
oscuridad y sin la linterna encendida, estaba desorientado y tropezó cayendo.
Se levantó y siguió caminando más despacio.
Al cabo de unos minutos se detuvo para recuperar el aliento.
Entonces percibió algo. Un rumor de voces, dos voces hablando alegremente tras
unos árboles.
No había vuelto a pensar en el dinero desde que lo había
desenterrado del cenagoso manglar. Ahora que casi por primera vez era un hombre
libre, se permitió el lujo de pensar en él. Se preguntó para qué querría Tynan
semejante suma sin ningún tipo de trabas. Tal vez dificultades económicas de
tipo personal. Se preguntó por qué se habría confiado el dinero a los que, al
parecer, eran dos personas, al menos una de las cuales era de origen hispánico.
Se preguntó también quiénes serían aquellas personas. Posiblemente agentes del
FBI. Experimentó la tentación de echar un vistazo. Donald Radenbaugh no hubiera
cedido a semejante tentación. Pero Herbert Miller sí.
En lugar de regresar al camino, atravesó en diagonal un pequeño
pinar. Caminaba despacio y con cuidado para no volver a tropezar. Cuando
llevaba andando unos cinco minutos, distinguió una luz.
Se fue acercando sigilosamente, ocultándose tras los árboles, hasta
encontrarse a unos diez metros. Entonces se detuvo y observó y escuchó
conteniendo la respiración.
En efecto, eran dos personas. Dos hombres.
Uno de ellos, iluminado por la linterna del otro, estaba arrodillado
junto a la maleta abierta, contando o tal vez examinando el dinero. Su
compañero, que permanecía de pie sosteniendo la linterna, no resultaba
claramente visible.
El individuo más alto, el que sostenía la linterna, preguntó en un
inglés sin acento:
—¿Está todo?
—Sí, está todo —contestó el que se encontraba de rodillas. —Ah, vas
a ser muy rico —dijo el de la linterna—, el acaudalado don Ramón Escobar.
—Maldita sea, ¿quieres callarte, Fernández? —dijo irritado el que
estaba de rodillas; luego, mirando directamente hacia la luz de la linterna,
farfulló algo en español. Radenbaugh pudo verle ahora con claridad: cabello
negro corto y rizado, largas patillas, rostro de mejillas profundamente
hundidas con una lívida cicatriz que le cruzaba la mandíbula.
Mientras el llamado Escobar seguía examinando el contenido de la
maleta, ambos individuos siguieron conversando, pero ahora únicamente en
español.
Era inútil seguir observándoles, y Radenbaugh empezó a retroceder
despacio en dirección al camino. Su curiosidad no había quedado satisfecha. No
podía creer que aquel par de sujetos, Escobar y Fernández, fueran realmente
agentes del FBI. ¿Quiénes eran entonces? ¿Qué demonios tenían que ver con el
director Tynan?
Encontró el camino y bajó hacia el embarcadero, sin pensar ya en lo
que acababa de ver. Le preocupaba más su propia persona y su propio futuro.
La travesía de regreso a Miami le resultó más rápida e infinitamente
más tranquila.
Una vez en tierra, y ya libre del peso de la maleta, se sintió por
fin completamente dueño de sí mismo.
Pero después comprendió que todavía no lo era. Aquella mañana había
acordado —por cortesía de Vernon T. Tynan, a través de la agente de la
propiedad inmobiliaria apellidada Remos— reunirse en su habitación del hotel
con un especialista en cirugía estética sin la documentación en regla llamado
García.
Mientras se dirigía a la parada de taxis, Radenbaugh recordó que la
cita era a las diez y cuarto. Recordó también que llevaba varias horas sin
comer y que sentía un terrible apetito y deseaba celebrar su buena suerte.
Podía elegir entre regresar a su deprimente habitación todavía muerto de hambre
y esperar al doctor García o bien buscar un sitio en el que satisfacer su
apetito, lo cual le obligaría a llegar a la cita con cierto retraso. No quería
perderse al doctor García. La operación de cirugía estética era de una
importancia vital, y Radenbaugh estaba deseoso de saber qué podría hacer el
cirujano con la forma de sus ojos y con las bolsas que tenía debajo. Quería
saber también cuánto tiempo tendría que esperar para que le efectuaran la
operación y lo que tardarían en cerrarse las cicatrices. De todos modos, estaba
seguro de que al doctor García no le importaría que llegara un poco tarde y le
esperaría, puesto que disponía de la llave de su habitación y podría aguardarle
cómodamente sentado. Sí, sin duda el doctor García le esperaría. No estaba en
condiciones de obtener un trabajo como aquél todos los días.
Cuando llegó a la parada de taxis, Radenbaugh ya lo tenía decidido.
Subió al primero de los taxis.
—Hay un restaurante en la avenida Collins a cosa de unos dos
kilómetros más allá del hotel Fontainbleau... No recuerdo el nombre pero ya se
lo indicaré —le dijo al taxista.
Calculó que podría cenar tranquilamente con una buena botella de
vino y llegar de todos modos a su cita con el doctor García con no más de media
hora de retraso. Lo importante era que aquella noche había cumplido con la
parte del trato que le correspondía, que Tynan había cumplido con la suya y que
el negocio se había cerrado. Ya era hora de que lo celebrara.
Una hora y cuarto más tarde, con una estupenda cena en el estómago,
Radenbaugh se sintió más a gusto y dispuesto a reunirse con el doctor García y
colaborar en la transformación final de Radenbaugh en Miller. Consciente de que
iba a llegar con tres cuartos de hora de retraso, Radenbaugh se apresuró a
tomar otro taxi. Dio la dirección del hotel Bayamo y al momento cruzaban el
puente de Miscayne Bay y entraban en la ciudad de Miami propiamente dicha.
Mientras el taxi enfilaba la calle Flager Oeste y se dirigía al
hotel Bayamo, Radenbaugh distinguió enfrente un arracimamiento de personas:
gente en las aceras y en la calzada un coche de bomberos que se estaba
retirando, dos automóviles de la policía...La conmoción se había producido
junto a su hotel.
—Puede usted dejarme aquí en la esquina —le dijo al taxista.
Corrió apresuradamente en dirección al escenario de los hechos. Al
llegar junto a los grupos de personas allí congregados, observó que toda la
atención estaba centrada en el hotel Bayamo Unos bomberos con casco estaban
sacando sus mangueras del vestíbulo. El humo seguía saliendo de las destrozadas
ventanas del tercer piso. Radenbaugh recordó sobresaltado que su habitación se
hallaba situada en el tercer piso.
Se dirigió al espectador que tenía más cerca, un barbudo joven que
lucía una camiseta de la Universidad de Miami.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó.
—Ha habido una explosión seguida de un incendio en el tercer piso
hará cosa de una hora. Han quedado destruidas cuatro o cinco habitaciones.
Dicen que ha muerto una persona y que otras dos han resultado heridas.
Radenbaugh miró hacia adelante y vio a tres o cuatro personas—una de
ellas con un micrófono, por lo que debía de ser reportero— entrevistando a un
bombero, probablemente el jefe. Se abrió paso rápidamente entre la muchedumbre,
murmurando que pertenecía a la prensa, hasta que llegó a primera fila. Se
encontraba situado directamente a la espalda del portavoz del servicio de
extinción de incendios.
Aguzó el oído para escuchar lo que estaban diciendo.
—¿Dice que ha habido un muerto? —estaba preguntando un reportero.
—Sí, de momento, parece ser que sólo ha habido uno. El ocupante de
la habitación en la que se ha producido la explosión. Debió de morir
instantáneamente. La habitación se ha incendiado y su cuerpo se ha hallado
carbonizado. Su nombre era... déjenme ver... sí, aquí lo tengo... hemos
encontrado algunos trozos de documentación... parece ser que se llamaba...
Miller, era un tal Herbert Miller. No se dispone de más datos.
Radenbaugh tuvo que cubrirse la boca con la mano para evitar que su
jadeo se hiciera audible.
Otro reportero preguntó:
—¿Han podido establecer la causa de la explosión? ¿Ha sido una fuga
de gas o una bomba?
—Todavía no lo sabemos. Es demasiado pronto para poder decirlo.
Mañana podremos facilitarles mayor información.
Radenbaugh se retiró temblando y regresó a la acera abriéndose paso
entre la gente.
Aturdido, trató de reflexionar acerca de lo que había ocurrido. En
pocas ocasiones le había sido dado a un hombre ser testigo de su propia muerte,
pero serlo por dos veces...
Tynan había matado a Radenbaugh para resucitarle como Miller. Y, una
vez en posesión del dinero, Tynan se había dispuesto a matar a Miller. Y,
oficialmente, le había matado.
El muy cochino cerdo traidor.
Pero Radenbaugh sabía que no podría hacer nada al respecto, ní ahora
ni nunca. Estaba muerto, no era una persona, no era nadie. Entonces comprendió
que ello constituía la auténtica seguridad, siempre y cuando no volvieran a
reconocerle ni como Radenbaugh ni como Miller.
Después de todo, necesitaría un especialista en cirugía estética
—pobre doctor García—, y lo necesitaría cuanto antes. Para ello, le hacía falta
un lugar en el que ocultarse y una persona en la que pudiera depositar su
confianza. No había nadie...
Pero de pronto recordó que había alguien.
Echó a andar en busca de otro taxi, un taxi que le condujera al
Aeropuerto Internacional de Miami.
A la mañana siguiente, en su despacho del Departamento de Justicia
de Washington, Chris Collins recibió ansiosamente la llamada del secretario de
justicia adjunto.
—Y bien, Ed, ¿qué ha averiguado usted?
—Sí, el apartado de correos 153 del anexo William Penn de la central
de Correos lo sigue teniendo alquilado una tal señorita Susan Radenbaugh.
—¿Y su dirección? ¿La sabían en Correos?
—Hemos tenido suerte. Es la calle Jessup Sur, 419. Oiga, Chris,
¿para qué es todo esto?
—Ya se lo comunicaré cuando lo averigüe. Gracias, Ed.
Collins colgó el aparato y anotó inmediatamente la dirección ensu
agenda. Después se quedó mirando la anotación unos instantes. Bueno, pensó, tal
vez no hubiera perdido totalmente el tiempo en Lewisburg. Había perdido la gran
oportunidad porque Radenbaugh había muerto tres días antes. Pero aún quedaba un
pequeño cabo que tal vez le condujera hasta el Documento R. Susparientes más
próximos. Susan Radenbaugh, la apenada hija. Había estado muy unida a su padre.
Había permanecido en contacto con él. Si su padre sabía algo acerca del
Documento R, cabíala posibilidad de que se lo hubiera comentado.
Una posibilidad muy lejana, pero era la única posibilidad,
pensóCollins.
Se levantó, cruzó el espacioso despacho y asomó la cabeza por la
puerta que daba acceso al despacho de su secretaria.
—Marion, ¿qué tal está mi programa de hoy?
—Muy apretado para ser sábado.
—¿Hay algo que podamos cancelar o aplazar?
—Me temo que no, señor Collins.
—¿Y mañana?
—Pues, vamos a ver... Por la mañana no tiene usted programadas
muchas cosas.
—Muy bien. Cancele todas las citas que tenga. Tome el teléfono
inmediatamente y resérveme una plaza en el primer avión que salga hacia
Filadelfia. Es importante. O al menos eso espero.
6
Era una pequeña y anodina casa de madera que se levantaba detrás de
otra más grande en la calle Jessup Sur de Filadelfia. Lo más probable era que
hubiera sido un alojamiento de invitados, pero ahora la habían alquilado y
resultaba perfecta para una persona sola que quisiera gozar de intimidad.
Antes de salir de Washington, Chris Collins había averiguado todo lo
que había podido acerca de Susan Radenbaugh. Poca cosa, en realidad: que era
hija única de Donald Radenbaugh, tenía veintiséis años, había estudiado en la
Universidad de Pittsburgh y trabajaba de redactora en el Inquirer de Filadelfia.
Al telefonear personalmente al periódico para concertar una cita con
ella, le habían dicho que se encontraba indispuesta y se había quedado en casa.
Collins lo comprendía. Había perdido a su padre. Necesitaría algún tiempo para
recuperarse. Collins no se había molestado siquiera en llamarla a su casa.
Estaba seguro de que la encontraría allí.
Una vez en Filadelfia, le había dicho al chófer del automóvil
alquilado que le condujera directamente a aquella dirección de la calle Jessup
Sur. Había abandonado el coche, con el chófer y su guardaespaldas, a media
manzana de su lugar de destino y había recorrido a pie el trecho restante.
Ahora, desde la acera, estaba contemplando el callejón que conducía
a la casa de atrás. Mientras se ponía en camino hacia la puerta, trató de
pensar en la forma en que abordaría a Susan Radenbaugh. En realidad, no había
nada que planear. O bien su padre le había dicho algo acerca del Documento R o
bien no le había dicho nada. Era la última esperanza que le quedaba. Después de
Susan, se encontraría en un callejón sin salida.
Llegó a la puerta de la casa y llamó al timbre.
Esperó. No hubo respuesta.
Volvió a llamar al timbre sin obtener respuesta, y estaba pensando
que tal vez la muchacha hubiera salido a compar algo o bien a visitar a su
médico cuando la puerta se abrió parcialmente. Una joven le miró a través del
resquicio. Era bonita, con una rubia melena que le llegaba hasta los hombros y
un rostro sin maquillar, insólitamente pálido y compuesto.
—¿La señorita Susan Radenbaugh? —preguntó él.
Ella asintió débilmente con expresión preocupada.
—He llamado a su periódico esta mañana para concertar una cita con
usted. Me han dicho que se encontraba indispuesta y se había quedado en casa.
He venido desde Washington para verla.
—¿Qué desea? —preguntó ella.
—Quiero hablar con usted un momento acerca de su padre. Siento...
—En estos momentos no puedo ver a nadie —dijo ella bruscamente.
Estaba muy agitada.
—Permítame explicarle...
—¿Quién es usted?
—Me llamo
Christopher Collins. Soy el secretario de Justicia de los Estados Unidos. Yo...
—¿Christopher Collins? —preguntó la joven reconociendo su nombre—.
¿Es usted...?
—Necesito hablar con usted. El coronel Noah Baxter era íntimo amigo
mío y...
—¿Conocía usted a Noah Baxter?
—Sí. Por favor, permítame entrar. No la entretendré más que unos
minutos.
La muchacha vaciló un instante y luego abrió la puerta de par en
par.
—De acuerdo. Pero sólo unos minutos.
Collins pasó a un pequeño salón amueblado con gusto y decorado con
gran cantidad de vistosos cojines. A la izquierda había una puerta que
probablemente debía de dar acceso a un dormitorio, y un arco situado a la
derecha permitía ver una pequeña mesa de comedor y la puerta de la cocina.
—Puede sentarse —dijo ella.
Collins se acomodó en lo que tenía más cerca, que resultó ser una
otomana. La muchacha no se sentó. Permaneció de pie frente a él alisándose
nerviosamente el cabello.
—Lamento mucho la muerte de su padre —dijo él—. Si puedo ayudarle en
algo...
—No se preocupe. ¿De veras es usted el secretario de Justicia?
—Sí.
—¿No le ha enviado el FBI?
Collins esbozó una sonrisa.
—Soy yo quien les envía a ellos, no ellos a mí. No, estoy aquí por
propia decisión. Se trata de un asunto de carácter personal.
—¿Ha dicho usted que era amigo del coronel Baxter?
—En efecto. Y creo que su padre también lo era.
—Eran íntimos amigos.
—Pues precisamente por eso es por lo que estoy aquí —dijo Collins—.
Porque su padre y el coronel Baxter eran amigos. La noche en que murió, el
coronel Baxter dejó un mensaje para mí en lo que resultaron ser sus últimas
palabras. Se refería a un asunto que he estado tratando de aclarar desde
entonces. Puesto que el coronel Baxter no pudo facilitarme información, se me
ocurrió pensar que tal vez el coronel le hubiera comentado algo a su padre. Sé
que el coronel confiaba a menudo en su padre.
—Es cierto —dijo Susan Radenbaugh—. ¿Cómo lo sabe?
—A través de la señora Baxter, Hannah Baxter, quien me aconsejó que
acudiera a visitar a su padre a Lewisburg. Pensaba que tal vez él supiera algo
acerca de este asunto. Estuve en Lewisburg hace un par de días y allí mismo me
enteré de que su padre había muerto. Entonces me dijeron que usted era la única
persona que había permanecido en contacto con su padre y pensé que tal vez él
le hubiera hablado del asunto que estoy investigando. Y decidí localizarla para
entrevistarme con usted.
—¿Qué es lo que desea saber?
Collins respiró hondo y le planteó la pregunta.
—¿Le habló su padre alguna vez de algo llamado Documento R?
—¿Qué es eso? —preguntó ella sin inmutarse.
—No lo sé —repuso Collins abatido—. Esperaba que usted lo supiera.
—No —dijo la muchacha con firmeza—, jamás he oído una palabra sobre
tal cosa.
—Maldita sea —murmuró él por lo bajo—. Perdóneme, pero es que he
sufrido una decepción. Usted y su padre representaban la última posibilidad.
Bueno, lo he intentado y no ha dado resultado. —Se levantó con aire abatido.—
Ya no la molestaré más —dijo vacilando—. Pero permítame decirle una cosa. El
coronel Baxter creía en su padre. Es más, antes de sufrir el ataque estaba
trabajando con vistas a conseguir la libertad de su padre bajo palabra. Por mi
parte, he revisado el caso y estoy de acuerdo con el coronel Baxter. Su padre
fue una víctima propiciatoria. Yo también tenía el propósito de obtener su
libertad bajo palabra. Le prometí a la señora Baxter que discutiría con su
padre la obtención de su libertad bajo palabra cuando acudiera a visitarle en
relación con el Documento R. Hannah Baxter me dijo que le escribiría
anunciándole mi visita y rogándole que colaborara conmigo. —Se encogió de
hombros.— En fin, al parecer siempre llego demasiado tarde.
Vio entonces que la muchacha abría mucho los ojos y se llevaba las
manos a la boca mirando hacia más allá de donde él se encontraba, y súbitamente
se escuchó una tercera voz en la estancia.
—Esta vez no llega usted demasiado tarde —dijo alguien a sus
espaldas.
Collins giró sobre sus talones y se encantró ante un desconocido que
se encontraba de pie bajo el arco que daba acceso al comedor.
Aquel hombre le resultaba vagamente familiar, aunque desde luego no
lo conocía.
El desconocido avanzó unos pasos y se detuvo frente a él.
—Soy Donald Radenbaugh —dijo despacio—. ¿Deseaba saber algo acerca
del Documento R? ¿Qué es lo que deseaba usted saber?
Transcurrió más de media hora antes de que el Documento R volviera a
mencionarse significativamente.
Ante todo, había habido que vencer la incredulidad de Collins.
Radenbaugh se había ocupado de ello rápidamente.
—Radenbaugh resucitado de entre los muertos —había dicho—. Estoy
muerto pero sólo de nombre. Por lo demás, estoy tan vivo como usted. Ya
volveremos a hablar de mí cuando averigüe algo más acerca de usted y sepa cómo
ha llegado hasta mí.
Después, había habido que hacer frente a la incredulidad de Susan.
Su padre lo había hecho en seguida.
—¿No puedes comprender que haya corrido el riesgo de dejarme ver,
Susie? ¿Nada menos que ante alguien perteneciente al Departamento de Justicia?
Hay una razón. Lo he hecho porque necesito a alguien, aparte de ti, en quien
pueda confiar. Creo que puedo confiar en el señor Collins. Me ha parecido
comprensivo incluso cuando no sabía que yo estaba aquí. Necesito ayuda, Susie.
Tal vez si yo le ayudo a él, él me ayude a mí.
Y, finalmente, había habido que resolver la cuestión de la
incredulidad del propio Radenbaugh. Él mismo se había encargado de ello
preguntándole a Collins cómo era posible que supiera algo acerca del Documento
R y cómo había llegado a suponer que él, Radenbaugh, pudiera saber algo acerca
del mismo.
—Es posible que se lo haya usted explicado a mi hija. Al principio,
no he podido escuchar lo que estaban hablando. Me hallaba oculto en la cocina.
Más tarde me he acercado para escuchar. Antes de que prosigamos, será mejor que
me diga cómo ha llegado hasta aquí.
Ambos se habían acomodado en el sofá cama reclinándose sobre los
cojines que descansaban contra la pared del salón de Susan.
Collins había hablado amplia, clara y detalladamente de los
acontecimientos que habían tenido lugar a partir de la muerte del coronel
Baxter. Al final, había relatado su visita a Hannah Baxter y cómo ésta había
afirmado no saber nada acerca del Documento R, si bien pensaba que, caso de que
Noah le hubiera revelado a alguien el contenido del mismo, ese alguien no
hubiera tenido más remedio que ser Donald Radenbaugh.
—Sí, me escribió diciéndome que recibiría su visita —había comentado
Radenbaugh.
Y acudí a visitarle —había dicho Collins—. El director de la
penitenciaría me dijo que usted había muerto. Pero aquí le tenemos.
Ahora ya sé cómo ha llegado hasta aquí —había dicho Radenbaugh—.
Permítame que le cuente cómo he llegado yo. Para que vea la suerte que he
tenido. Es toda una odisea. Tendrá que desprenderse por completo de la
incredulidad.
Collins había escuchado boquiabierto, incapaz a menudo de librarse
de la incredulidad. El secreto encuentro nocturno de Vernon T. Tynan con
Radenbaugh y el ofrecimiento de la libertad a cambio de tres cuartos de millón
de dólares había constituido toda una sorpresa y había suscitado la cuestión
del motivo por el cual Tynan se había atrevido a correr semejante riesgo a
cambio de aquella suma. No obstante, Collins no había interrumpido el relato
con ninguna pregunta. Había seguido escuchando mientras Radenbaugh le contaba
toda la historia hasta el momento de la destrucción de su habitación del hotel
en la que se había eliminado pulcramente a Herbert Miller, su otro yo.
Al término del relato de Radenbaugh, a Collins ya no le había cabido
la menor duda acerca de lo que había estado ocurriendo en California.
—Tynan —había dicho en voz alta.
—Él es quien se oculta detrás de todo esto —había dicho Radenbaugh
conviniendo con él—. Y resulta fácil comprender el motivo. He leído la Enmienda
XXXV. Le convertirá en el hombre más poderoso de Norteamérica. Más poderoso que
el presidente. Y, sin embargo, apuesto a que no existe la menor prueba contra
él.
—Que yo sepa, no —había dicho Collins reflexionando—A no ser... a no
ser que tenga algo que ver con el Documento R. ¿Podemos hablar de ello ahora?
—Sí, desde luego. Pero, antes de que lo hagamos, quiero pedirle tres
cosas..
—Dígame de qué se trata.
—Primero, quiero que me sometan el rostro a una operación de cirugía
estética. Por lo menos, los ojos. Me parece que sería suficiente. No creo que
hoy pudiera reconocerme nadie, pero, en caso de que ello ocurriera, sería
hombre muerto. Ya se encargaría Tynan de que así fuera.
—No hay problema. Tenemos un cirujano en Carson City, Nevada, de
quien el FBI no tiene conocimiento. Por si le hace gracia, le diré que lo
utilizan tanto la Cosa Nostra como la CIA. ¿Cuándo desearía usted que se lo
hicieran?
—Inmediatamente. Mañana mismo.
—Hecho.
—En segundo lugar, necesito una nueva identidad. Donald Radenbaugh
murió en Lewisburg. Herbert Miller murió en Miami. —Se había sacado la cartera
del bolsillo y había extraído tres carnés entregándoselos a Collins.— Un
permiso de conducir, una tarjeta de crédito para el alquiler de automóviles y
una tarjeta de la Seguridad Social... eso es todo lo que ha quedado de Herbert
Miller. De nada me sirven ahora. Necesito nuevos documentos. Necesito ser alguien.
—Los tendrán que preparar en Denver —había dicho
Collins—. Dispondrá usted de ellos dentro de cinco días. ¿Qué más? Había otra
cosa.
—Sí. Una solemne promesa suya.
—Dígame usted.
—Prométame que, si algún día es posible decir la verdad acerca de lo
que hizo Tynan y acerca de mi supuesta muerte, lo hará usted... y, una vez yo
haya devuelto mi parte del dinero, contribuirá usted a rehabilitar mi buen
nombre y a conseguirme la libertad bajo palabra o el perdón.
—No sé si eso será posible.
—Pero, ¿y si lo fuera?
Collins había reflexionado un momento acerca del dilema. ¿Podía él,
en su calidad de primer funcionario de la ley en la nación, cerrar un trato con
un reo convicto? Collins sabía que su deber legal estaba muy claro y consistía
ni más ni menos que en no hacerle a Radenbaugh ninguna promesa y entregarle a
la custodia de la ley. Pero también sabía, habida cuenta del insólito carácter
que revestían las circunstancias, que tenía un deber más alto que cumplir, un
deber para con su país. Y éste superaba en importancia a su primera obligación
y trascendía todos los estrechos legalismos.
—Algún día, si es posible, así lo haré —había respondido—. Sí, le
ayudaré. Se lo juro.
—Muy bien. Ahora sí que puedo hablarle del Documento R.
Todo eso había tenido lugar en el transcurso de los primeros treinta
minutos, y ahora habían llegado a lo que para Collins era la hora de la verdad.
Radenbaugh aceptó el cigarrillo que le ofrecía su hija, sonrió
mientras ésta se lo encendía y volvió la cabeza para mirar a Collins, que se
hallaba acomodado a su lado en el sofá cama.
—No lo sé todo sobre el Documento R —dijo lentamente—, pero sé algo.
Pienso que podrá resultarle de utilidad. La Enmienda XXXV... pues el Documento
R constituía una parte no escrita de la misma, es decir, una parte no dada
públicamente a conocer, la Enmienda XXXV, digo, nació antes de que yo ingresara
en prisión. A Noah Baxter le preocupaba mucho. Cierto que era un conservador y
un hombre muy estricto en muchas cosas, pero era honrado y respetaba
profundamente la Constitución. No quería interpretarla erróneamente ni quería
alterarla. Pero, dado que la criminalidad seguía agravándose en nuestro país, y
puesto que la presión que se ejercía sobre él era muy fuerte, se vio
completamente acorralado. Tenía una tarea que cumplir y sabía que no podía
cumplirla y que no podría restablecerse el orden en el país a menos que se
modificaran las leyes. Consideraba que la Enmienda XXXV era excesivamente
severa. Le inspiraba muchos recelos. Pero acabó mostrándose de acuerdo. Yo
siempre pensé que lo lamentaba. Y me imagino que, al final, debió encontrarse
demasiado comprometido para poder dar marcha atrás.
—Creo que tiene usted razón —dijo Collins—. Como ya le he dicho, sus
últimas palabras fueron: «Tengo que hablar... ahora ya no pueden controlarme...
ahora soy libre, ya no tengo por qué sentir miedo». Libre, ¿de quién? Miedo,
¿de quién o de qué?
Radenbaugh sacudió la cabeza.
—No lo sé. Sólo sé que se vio más comprometido de lo que hubiera
querido y que estaba muy preocupado y no podía confiar más que en mí. De ahí
que, de vez en cuando, se sintiera inclinado a decirme algo. Bajo estas
circunstancias me habló por primera vez del Documento R. Más adelante se
refirió al mismo en distintas ocasiones. Decía que ojalá Tynan no le hubiera
mezclado en el asunto de la Enmienda XXXV y el Documento R.
—¿Tynan? —preguntó Collins asombrado—. Yo creía que el promotor de
la Enmienda XXXV y de todo lo relacionado con la misma había sido el presidente
Wadsworth.
—No, no fue más que Tynan. Tynan fue el autor y el creador de la
Enmienda XXXV y del Documento R. Convenció al presidente y al Congreso. Al
menos, les convenció de la necesidad de la enmienda. No sé si alguna otra
persona aparte de Tynan y Baxter ha oído hablar jamás del Documento R...
excepto yo mismo, claro.
—Señor Radenbaugh, dígame de qué se trata.
—La R es la inicial de Reconstrucción: el Documento de la
Reconstrucción.
—¿Reconstrucción de qué? ¿De los Estados Unidos?
—Exactamente. El Documento R era un plan secreto destinado a
complementar y completar la Enmienda XXXV. Era un proyecto para reconstruir los
Estados Unidos convirtiéndolos en un país sin criminalidad bajo el imperio de
la Enmienda XXXV. El documento constaba de dos partes. Baxter sólo estaba al
corriente de la primera. Me dijo que Tynan estaba todavía elaborando la
segunda. La primera parte era el programa piloto.
—¿El programa piloto? —preguntó Collins perplejo—. ¿Qué es eso?
—A ello voy. Ya le he dicho que el autor de la Enmienda XXXV fue
Tynan. Pues bien, la concibió del siguiente modo. Tratando de desarrollar
nuevas leves que presentar a la consideración del presidente y del Congreso,
leyes capaces de poner punto final a la rápida escalada del crimen en la
nación, a Tynan se le ocurrió la idea de realizar un estudio acerca de las
comunidades de los Estados Unidos en las que no se registra criminalidad o bien
se registra muy poca. Si había ciudades con unos índices de criminalidad
sorprendentemente bajos, ¿cuáles eran los elementos de las estructuras de
dichas comunidades que hacían posible tal resultado?
—Hasta ahora, todo muy razonable —reconoció Collins.
—Hasta ahora —dijo Radenbaugh—. Bueno, pues entonces los
colaboradores de Tynan acudieron a las computadoras y de éstas surgió un puñado
de comunidades casi exentas de criminalidad. En todos los casos, se trataba de
ciudades de empresa.
—¿Ciudades de empresa?
—En los Estados Unidos las hay a montones. Por regla general, se
trata de comunidades creadas alrededor de una empresa determinada a la que
están dedicados por entero. Digamos, por ejemplo, Morenci, en Arizona, donde la
Phelps Dodge posee sus minas de cobre a cielo abierto. Todas las casas, tiendas
y edificios comerciales son propiedad de la Phelps Dodge, así como todos los
servicios públicos. La vida de toda la comunidad está controlada por la
empresa. Ahora bien, no todas las ciudades de empresa están exentas de
criminalidad. Yo no sé si Morenci lo está. Pero en determinadas localidades
seleccionadas los delitos eran prácticamente inexistentes. Se trataba, en
general, de pequeñas y alejadas comunidades en las que una sola empresa o
persona dominaba la vida de toda la ciudad.
—Una dictadura.
—En cierto modo. Al menos, un lugar en el que existían poderosos y
severos controles económicos y sociales. Entre estas localidades prácticamente
exentas de criminalidad que Tynan descubrió, hubo una que le atrajo
especialmente. Ostentaba la mejor marca. No se había producido en ella
prácticamente ningún crimen ni desorden. Se llamaba Argo City, y era
enteramente propiedad de la empresa Altos Hornos y Refinerías Argo, de Arizona.
Tynan llevó a cabo un exhaustivo estudio acerca de esta comunidad. Descubrió el
secreto del récord de Argo City. Descubrió que en aquella comunidad se había
suspendido la Ley de Derechos, es decir, se había suspendido buena parte de las
libertades de la Ley de Derechos. Y, según parece, los habitantes no
protestaban. Se conformaban porque se sentían económica y físicamente
satisfechos. Sobre la base de las estructuras legales de aquella ciudad, Tynan
desarrolló la idea de la Enmienda XXXV. Llegó a la conclusión de que lo que
podía dar resultado en Argo City, Arizona, también podría dar resultado en todo
el territorio de los Estados Unidos de Norteamérica.
—Fascinante —dijo Collins—. Y diabólico.
—Aún más diabólico fue lo que Tynan hizo con esta ciudad. Tenía que
estar seguro de que todos los aspectos de la Enmienda XXXV darían resultado en
la vida real. Y utilizó a los habitantes de Argo City en calidad de conejillos
de Indias. ¿Cómo consiguió introducir a sus agentes y llevar su propósito a la
práctica? Realizó una investigación acerca de la empresa que ejercía su dominio
sobre la localidad y descubrió que la Altos Hornos y Refinerías llevaba años
practicando el fraude fiscal. Tynan ejerció presión sobre la junta directiva y
rápidamente se cerró el trato. Si Tynan no informaba de sus hallazgos al
Departamento de Justicia, ellos les concederían a él y a sus colaboradores mano
libre en el gobierno de la comunidad. Y de este modo, tal como lo hubiera hecho
un Comité de Seguridad Nacional bajo la Enmienda XXXV, Tynan dirigió un
prototipo de comité de seguridad en Argo City. Era su terreno de prueba para
verificar el funcionamiento de la Enmienda XXXV.
—Santo cielo, es increíble —exclamó Collins—. ¿Quiere usted decir
que existe hoy en día una ciudad sin Ley de Derechos?
—Por lo que a mí me consta, existe.
—Pero eso no puede ser en una democracia. Es ilegal.
—Será legal una vez la Enmienda XXXV sea ratificada en California
—dijo Radenbaugh—. Sea como fuere, los resultados de ese experimento
constituyen la primera mitad del Documento R.
—¿Y la segunda mitad?
—No la conozco —repuso Radenbaugh levantando las manos.
Collins reflexionó acerca de lo que acababa de escuchar.
—No me cabe en la cabeza que haya podido estar ocurriendo tal cosa.
¿Qué me dice de los resultados? ¿Fueron positivos en Argo City?
Radenbaugh miró fijamente a Collins.
—Debería usted verlo por sí mismo —dijo—. ¿Le gustaría?
—Vaya si me gustaría. Quiero llegar hasta el fondo de esta cuestión.
Hay muchas cosas en juego. ¿Se correrá mucho riesgo?
—No acuden muchos visitantes a esa ciudad. Al menos eso me dijeron.
Pero, si fuéramos únicamente nosotros dos, no llamaríamos la atención.
—Tal vez seamos tres.
—¿Tres? —preguntó Radenbaugh—. Eso podría ser peligroso.
—Vale la pena correr el riesgo —dijo Collins.
Nada más llegar a Washington, Chris Collins había ordenado que se
llevara a cabo una urgente investigación acerca de las ciudades de empresa de
los Estados Unidos en general y de Argo City, Arizona, en particular.
La investigación se había efectuado discreta y rápidamente, y ahora,
cuatro días más tarde, sobre el papel secante de su enorme escritorio del
Departamento de Justicia tenía ante sí las correspondientes carpetas
conteniendo los datos.
Empezó a revisarlos. Observó inmediatamente que la ciudad de empresa
norteamericana constituía un natural e inocente fenómeno unido directamente
al desarrollo de la nación. Si una
empresa abría una mina en algún remoto lugar del país, era necesario que
dispusiera de hombres que trabajaran en aquella mina. Para atraer a los
trabajadores a semejante lugar, la empresa tenía que fundar una ciudad en la
que las familias pudieran vivir. Para fundar esa ciudad, la empresa tenía que
edificar casas, establecer negocios, desarrollar instalaciones deportivas y
recreativas y organizar centros sanitarios. La compañía tenía que encargarse
también del gobierno local y de la protección del orden público. A la larga, la
compañía lo hacía todo por la gente y ésta a su vez se sometía al control de la
compañía y acababa perteneciendo a la misma.
Collins leyó el informe. Estaba el caso de Pullman, Illinois —a unos
dieciséis kilómetros de Chicago—, fundada por George M. Pullman, el millonario
que había ostentado el monopolio de los coches cama de ferrocarril. Pullman
albergaba a sus doce mil empleados en su propia ciudad. Según la fotocopia que
se adjuntaba de un artículo del Harper’s
New Monthly Magazine de principios de siglo, «Las compañías Pullman lo
dominan todo. Ningún individuo particular es propietario hoy en día de un solo
metro cuadrado de terreno o de un solo edificio de la ciudad. Ninguna
organización, ni siquiera una iglesia, puede ocupar otra cosa que no sean
locales en alquiler. Saltan a la vista inmediatamente ciertos aspectos
desagradables de la vida social ... mala administración ... favoritismo y
nepotismo ... una sensación generalizada de inseguridad. Nadie ve a Pullman
como un verdadero hogar. El poder de Bismarck en Alemania es totalmente
insignificante comparado con el poder de la autoridad que gobierna en el
Pullman Palace Car Company de la ciudad de Pullman. Todos los hombres, mujeres
y niños de la ciudad están enteramente a su merced. He aquí una población en la
que ni un solo de sus habitantes se atreve a expresar abiertamente su opinión
acerca de la ciudad en la que vive».
Debido a que George M. Pullman agobiaba a sus empleados con unos
precios de servicios públicos y unos alquileres mucho más elevados que los que
regían en otras comunidades vecinas, los habitantes se rebelaron. Le demandaron
y al final acabaron consiguiendo destruir su dominio sobre aquella comunidad de
propiedad privada.
Pero lo de Pullman, Illinois, había constituido una excepción. La
mayoría de las ciudades de empresa modernas parecían lugares en los que
imperaba la honradez. Estaba Scotia, en California, propiedad de la Compañía
Maderera del Pacífico; Anaconda, en Montana, propiedad de los Cobres Anaconda;
Louviers, en Colorado, propiedad de E. I. du Pont de Nemours y Compañía;
Sunnyside, en Utah, propiedad de la Compañía de Combustibles de Utah; Trona,
California, propiedad de la Compañía Norteamericana de Potasas y Productos
Químicos...
Y finalmente, en la última carpeta, estaba Argo City, en Arizona,
propiedad de los Altos Hornos y Refinerías Argo... y de Vernon T. Tynan y el
FBI.
El material de que se disponía acerca de Argo City era muy escaso,
sospechosamente escaso. La investigación permitía distinguir inmediatamente la
diferencia que se daba entre Argo City y las ciudades de empresa corrientes de
otros lugares. En las ciudades de empresa corrientes no todo era propiedad de
la empresa y no todo el mundo estaba dominado por ella. A veces las personas
podían comprar y ser propietarias de sus casas. A veces la gente de fuera podía
abrir negocios. Y, por regla general, podían vivir en la ciudad personas que no
trabajaran para la empresa. En Argo City no ocurría tal cosa. Al parecer, todo
—todas las casas, todos los negocios, todos los servicios públicos y
gubernamentales— era propiedad de la empresa y estaba regulado por ella. No había
la menor prueba de que ningún forastero —ninguna persona que no trabajara para
la empresa— hubiera podido adquirir jamás una casa o abrir una tienda en toda
la historia de la ciudad.
En Argo City no se había registrado ningún crimen o disturbio grave
durante más de cinco años.
Era demasiado extraordinario —o demasiado horrible— para ser cierto.
Collins cerró la carpeta.
Sólo había un medio de conocer la verdad. Comprobarlo por sí mismo.
Y si lo que iba a ver constituía un anticipo de lo que sería Norteamérica bajo
la Enmienda XXXV, tendría que haber alguien, aparte de Radenbaugh y de sí
mismo, que lo viera también, alguien que pudiera impedir, en caso necesario, la
ratificación de la enmienda.
La decisión ya estaba adoptada.
Tomó el teléfono y llamó a su secretaria.
—Marion, ¿ya han retirado hoy los dispositivos de escucha de los
teléfonos?
—Ya no es necesario, señor Collins. Esta misma mañana han instalado
el equipo de interferencia que usted solicitó.
Collins se tranquilizó. Su teléfono disponía por fin de un aparato
de interferencia, lo cual significaba que todas sus llamadas exteriores
resultarían ininteligibles hasta que llegaran a su destino, en cuyo momento se
eliminaría la interferencia y las conversaciones resultarían nuevamente
inteligibles.
Con la seguridad que le proporcionaba esta precaución, tomó el
teléfono y se dispuso a dar el siguiente paso.
—Póngame con el presidente del Tribunal Supremo, Maynard,
inmediatamente —dijo—. Si no está, localícele. Tengo que hablar con él ahora
mismo.
En una calurosa y reseca mañana de un viernes de primeros de junio,
habían convergido en Phoenix, Arizona, por avión, procedentes de tres lugares
distintos.
Chris Collins, que había hecho su reserva de pasaje a nombre de C.
Cutshaw, había llegado al aeropuerto de Sky Harbor de Phoenix —desde el
Aeropuerto de la Amistad de Baltimore, vía Chicago— en un jet 727 de línea
regular a las once y diecisiete minutos. Había sido el primero.
Poco después, Donald Radenbaugh, viajando con su nuevo nombre de
Donan Schiller, había llegado desde Carson City, vía Reno y Las Vegas, en un
DC9. Hubiera tenido que ser el primero y llegar a las diez y doce, pero su
vuelo había sufrido un retraso de una hora y cuarto.
Por su parte, el presidente del Tribunal Supremo, John G. Maynard,
bajo el nombre de Joseph Lengel, tenía prevista su llegada desde Nueva York en
un 707 a las once y cuarenta y seis minutos.
Habían acordado de antemano que Collins y Radenbaugh no esperarían a
Maynard, dado que no sería prudente que los tres llegaran juntos a Argo City y
se alojaran juntos en el hotel Constellation. Habían decidido que Collins y
Radenbaugh se dirigirían inmediatamente a Argo City y que Maynard les seguiría
más tarde.
Collins había estado esperando impacientemente en el aeropuerto
hasta que se había anunciado la llegada del vuelo con retraso de Radenbaugh. No
había reconocido a Radenbaugh hasta casi tenerle delante de sus narices. El
especialista en cirugía estética de Nevada había realizado un buen trabajo.
Algo le había ocurrido a su nariz, pues todavía aparecía ligeramente hinchada.
Al quitarse las enormes gafas ahumadas, Collins había podido observar que le
habían eliminado las bolsas de debajo de los ojos, sustituidas ahora por una
especie como de ligeras magulladuras que ya estaban desapareciendo, y que los
ojos eran más pequeños y de corte casi oriental. Todo su aspecto había
experimentado una considerable modificación.
—¿Señor Cutshaw? —había preguntado Radenbaugh con expresión
divertida.
—Señor Schiller —había dicho Collins entregándole a Radenbaugh un
sobre de gran tamaño—. Aquí tiene usted su bautismo oficial. Los de Denver han
sido muy eficientes. Todo lo que pudiera usted desear saber acerca de Dorian
Schiller se encuentra encerrado en ese sobre.
—No sé expresarle con palabras lo mucho que se lo agradezco.
—No es ni la mitad comparado con lo que yo le agradezco que nos
acompañe al lugar al que hoy nos dirigimos. Espero que resulte ser lo que usted
oyó decir que era. Entonces todo dependerá de John G. Maynard. —Collins había
mirado el reloj de pared del edificio de la terminal.— Llegará dentro de unos
veinte minutos. Tomará un taxi para dirigirse a Argo City. —Había hecho un
gesto en dirección a la entrada.— Tengo fuera un Ford de alquiler.
Se habían dirigido al sudoeste atravesando los verdes y extensos
campos con las relucientes hileras de los canales de riego antes de llegar a la
vasta amplitud del desierto. Habían estado viajando un buen rato en dirección a
la frontera mexicana.
Finalmente, habían llegado al letrero amarillo de señalización en el
que podía leerse en letras negras:
ARGO CITY
Población:
14.000 habitantes
sede de altos hornos y refinerías argo
Radenbaugh, que se sentaba al volante, había señalado hacia el otro
lado de Collins.
—Allí la tiene usted: la mina de cobre. Dos kilómetros y medio de
anchura y aproximadamente unos ciento ochenta metros de profundidad. Ahí es
donde trabaja la mayoría de la población masculina.
A los pocos minutos habían llegado al centro de Argo City: una sola
calle principal asfaltada con cuatro o cinco travesías. Collins había podido
identificar varios de los pulcros y bien conservados edificios. Había unos
grandes almacenes de fachada de cristal; la oficina de Correos, el teatro de
Argo City, algo llamado Taller de Conservación de la Ciudad, un pequeño y
cuidado parque cuyos paseos conducían a la biblioteca pública de Argo City, un
templo de la iglesia episcopal, de afilada aguja, un edificio de ladrillo de
dos plantas identificado como la sede del Bugle
de Argo City, probablemente el periódico local...
El edificio más elevado era precisamente el hotel Constellation, de
cuatro plantas, en muy buen estado de conservación y, a pesar de su nombre,
construido en estilo arquitectónico de reminiscencias hispánicas.
Tras dejar el coche en el aparcamiento de al lado y pasar frente a
un comercio indio en el que vendían muñecas, cestos, objetos de cuero y plata y
cerámica, habían entrado en el embaldosado vestíbulo del hotel, que rodeaba un
patio central abierto.
—Parece el edificio J. Edgar Hoover en miniatura —había comentado
Collins en voz baja—. Probablemente lo construyó Tynan.
Radenbaugh se había llevado un dedo a los labios.
—Ya basta, señor Cutshaw —había dicho sin apenas mover la boca.
En la recepción habían dado los apellidos de Cutshaw y Schiller,
ambos de Bisbee, Arizona. Habían pedido unas habitaciones contiguas sólo hasta
última hora de la tarde en que tenían previsto marcharse.
Un botones había cogido la cartera de Radenbaugh y el maletín de
Collins y les había acompañado en el ascensor hasta el tercer piso. Una vez
allí, les había conducido a sus habitaciones, situadas al fondo del fresco
pasillo, y había abierto la puerta que separaba a ambas, examinando el aparato
del aire acondicionado y esperando la propina. Recibida ésta, se acababa de
marchar.
Ahora se encontraban solos en la habitación de Collins.
Habían acordado que esperarían la llegada de Maynard antes de salir
a efectuar un recorrido por la ciudad.
—Cuando llegue despedirá el taxi —dijo Collins—. Regresaremos a
Phoenix los tres juntos. Entonces ya dará lo mismo. —Se rascó la cabeza.— La
ciudad me parece de lo más corriente. Todo lo que he visto me ha parecido
perfectamente normal.
—Espere a ver otras cosas —dijo Radenbaugh abriendo su cartera de
documentos—. Anoche hice una lista de todo lo que pude recordar que Noah Baxter
me hubiera dicho acerca de este lugar al hablarme del Documento R.
—Y yo dispongo también de una lista de las cosas que tenemos que
visitar o examinar, preparada por mi equipo de investigación —dijo Collins—.
Juntemos las dos listas. Cuando llegue Maynard decidiremos qué es lo que
resulta más prometedor y nos distribuiremos los cometidos.
Se pasaron un cuarto de hora preparando una lista general de lo que
había en Argo City. Al terminar, se mostraron satisfechos de su labor.
—Sólo espero que en cuatro horas podamos averiguar lo que queremos
—dijo Collins.
—Todo lo que podemos hacer es intentarlo —dijo Radenbaugh—. En
realidad, todo dependerá de la forma en que la gente que veamos acoja nuestra
historia. ¿Tiene usted la carta?
—Aquí la tengo —repuso Collins dándose unas palmadas sobre el
bolsillo superior de la chaqueta—. No hay problema. De la noche a la mañana,
alguien del Departamento de Justicia consiguió proporcionarme papel de cartas
con el membrete de las Industrias Phillips. No sé cómo pero el caso es que lo
consiguió. Entonces yo redacté una carta de presentación.
Revisaron y ensayaron de nuevo la historia que les iba a servir de
tapadera y se dirigieron el uno al otro preguntas difíciles y sospechosas. La
base de la falsa historia era que habían acudido a Argo City como
representantes de las Industrias Phillips y que habían obtenido autorización de
la compañía de Altos Hornos y Refinerías Argo para inspeccionar ciertas mejoras
cívicas que se habían llevado a cabo en la ciudad. Las Industrias Phillips se
podrían basar posteriormente en aquellas mejoras para la planificación de una
reforma que se tenía el propósito de realizar muy pronto en Bisbee, Arizona.
—¿Cuál va a ser el pretexto de Maynard? —preguntó Radenbaugh.
—La suya es una historia totalmente distinta. Nosotros hemos dicho
que íbamos a marcharnos esta tarde. Él dirá que se queda a pasar la noche aquí,
aunque en realidad luego se vaya con nosotros. Es un turista. Un abogado
retirado de Los Ángeles. Viaja desde Los Ángeles a Tucson para visitar a su
hijo y a su nuera y para ver a su nieto recién nacido. Si se ha detenido a
pasar la noche en Argo City no es sólo para descansar un poco del largo viaje,
sino también para estudiar la posibilidad de adquirir una casa aquí. Ya visitó
en otra ocasión esta población y le pareció encantadora. Ahora está
considerando la idea de quedarse a vivir aquí una buena temporada.
—No estoy muy seguro de que eso dé resultado —dijo Radenbaugh
arrugando la hinchada nariz.
—Basta con que lo dé durante cuatro horas. Intentar convertirse en
un habitante de Argo City, ¿se da cuenta? Eso nos permitirá averiguar un montón
de cosas.
—Tal vez.
A Collins se le había ocurrido otra cosa.
—¿Cree usted posible que alguien de aquí, no sé, el administrador de
la ciudad, el director del periódico, el jefe de policía... quien sea, haya
oído hablar del Documento R?
—Nadie. Ni siquiera la junta directiva de la Argo. Nadie sabe que
son unos conejillos de Indias en el magistral plan que Tynan ha urdido para el
próximo año y los años venideros en los Estados Unidos. El Documento R sólo
puede conocerlo Vernon Tynan, y posiblemente su ayudante... nunca recuerdo cómo
se llama...
—Harry Adcock.
—Sí, Adcock... Y, también, como es lógico,
el difunto Noah Baxter. Después estamos mi hija, el sacerdote que le habló a
usted de ello, usted y yo mismo. Dudo que haya alguna otra persona que lo haya
oído nombrar.
—Usted me dijo que Argo City no era más que una parte del Documento
R. Quiero conocer el resto. Abrigo la esperanza de que aquí podamos descubrir
alguna pista.
—Es posible. Pero yo de usted no contaría demasiado con ello.
—Bueno, supongo que lo que importa es lo que hoy podamos averiguar
aquí —dijo Collins.
—¿Con vistas a la derrota de la Enmienda XXXV en California quiere
usted decir?
—Sí. Caso de que no averigüemos nada...
—O de que seamos descubiertos y apresados...
—...me temo que tendré que arrojar la toalla. Ésa es la cuestión,
Donald. Vamos a vivir una tarde de mucha tensión.
—Lo sé.
Collins se miró el reloj.
—John Maynard ya debería estar aquí.
Diez minutos más tarde Maynard llamaba a la puerta y entraba en la
habitación de Collins. Lo parecía todo menos el digno e impresionante
presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Con su sombrero marrón
de ala ancha, sus gafas de sol, su camisa con los botones desabrochados, sus
arrugados pantalones de color caqui y sus botas de media caña, parecía un viejo
explorador que acabara de llegar a la ciudad tras pasarse dos semanas bajo el
cegador sol del desierto.
—Ya estamos todos reunidos en este lugar dejado de la mano de Dios
—dijo. El trayecto en taxi desde Phoenix hasta aquí ha resultado francamente
molesto. He despedido el taxi. He hecho bien, ¿verdad?
—Sí —dijo Collins—. Regresaremos juntos.
Maynard arrojó el sombrero sobre la cama y se sentó.
—Pero ahora tenemos que empezar. No disponemos de mucho tiempo.
—Miró a Radenbaugh.— Supongo que es usted Donald Radenbaugh.
—Perdónenme —se apresuró a decir Collins procediendo a presentarles
formalmente.
Maynard miró fijamente a Radenbaugh.
—Espero que no nos estará haciendo usted perder el tiempo. Su
información acerca de Argo City resultaba escalofriante, por decir algo suave.
Espero que sea exacta.
—Me limité a informar de lo que le había oído decir al coronel
Baxter —dijo Radenbaugh a la defensiva—. El Documento de la Reconstrucción
estaba basado en el estudio que el director Tynan había realizado sobre Argo
City.
—Mmmm... O sea que vamos a ver los Estados Unidos del futuro en
microcosmos, vamos a ver cómo será nuestro país una vez sea ratificada e
invocada la Enmienda XXXV. Mire, señor Radenbaugh, se lo diré con toda
franqueza, me resulta difícil creer que se estén registrando aquí actualmente
las condiciones de que le habló a usted el coronel Baxter. No creo que pueda
haber una sola población de los Estados Unidos en la que pudieran darse esas
condiciones durante mucho tiempo.
—Pues hay varias donde se dan, al menos hasta cierto punto —dijo
Collins—. He llevado a cabo un estudio acerca de las ciudades de empresa. Si
bien no hay ninguna tan totalitaria como al parecer es ésta, se registran en
ellas terribles prácticas y limitaciones.
—Mmmm... Supongo que todo es posible. Si ello fuera cierto aquí en
Argo City... —Maynard se perdió en sus pensamientos.— Bien, creo que eso
arrojaría una nueva luz sobre todo este asunto. Tendremos que averiguar de
primera mano y rápidamente lo que está ocurriendo. Señor Collins, ¿por dónde
empezamos?
Collins ya estaba dispuesto y tomó sus notas.
—Yo sugeriría que usted, señor Maynard, empezara efectuando una
visita a la agencia inmobiliaria. Al fin y al cabo, se supone que está usted
considerando la posibilidad de trasladarse a vivir aquí. Después, en su calidad
de abogado retirado, tal vez pueda entrevistarse con el juez local y, a través
de éste, llegar hasta el sheriff. Visite
también alguno de los almacenes, por ejemplo un supermercado, y procure
entablar conversación con algunos de los clientes.
—No tan deprisa —dijo Maynard, que estaba garabateando sus cometidos
en un trozo de papel que mantenía apoyado sobre sus rodillas.
Collins esperó un poco y después prosiguió:
—Si le da tiempo, eche un vistazo al Bugle de Argo City. Repase algún ejemplar atrasado. No dispondrá de
mucho tiempo, pero tal vez ello le ofrezca la oportunidad de charlar un poco
con algún periodista o con el director.
—Voy a tener que emplear mucha imaginación —dijo Maynard.
—Nos marcharemos de aquí antes de que empiecen a sospechar —dijo
Collins—. En cuanto a Donald y a mí, visitaremos la biblioteca y la oficina de
Correos e intentaremos hablar con el administrador de la ciudad. Llegaremos
hasta donde podamos. Es necesario que los tres hablemos con la mayor cantidad
de ciudadanos posible. Por ejemplo, a la hora de almorzar, dirijámosles algunas
preguntas a las camareras. O abordemos a la gente por la calle para que nos
facilite alguna indicación y procuremos entablar conversación. Vamos a ver...
—Se miró el reloj.— Ahora es la una y catorce minutos. Tendríamos que reunirnos
de nuevo aquí en mi habitación a las cinco de la tarde y cotejar nuestros
hallazgos; es posible que para entonces ya hayamos conseguido averiguar la verdad.
¿Vamos pues? Salga usted primero, señor Maynard.
—Maynard se levantó, se puso el sombrero y abandonó la estancia.
Cinco minutos más tarde, Collins hizo un gesto a Radenbaugh y ambos salieron
juntos de la habitación y se dirigieron al ascensor. Iban a empezar la
inspección de Argo City.
El administrador de la ciudad se ajustó las gafas de montura dorada
sobre el caballete de la nariz y les miró desde el otro lado del escritorio
vacío de papeles. Había una radiante expresión en su redondo y rosado rostro,
por encima de su corbata de pajarita.
—Me temo que no puedo dedicarles más tiempo, caballeros —dijo
señalando el reloj eléctrico que había sobre el escritorio—. Las cuatro y
cuarto. Tengo otra visita esperando.
Se levantó de su asiento, rodeó el escritorio y acompañó a Collins y
a Radenbaugh hasta la puerta.
—Me alegro de que hayan venido por aquí, señores —dijo el
administrador de la ciudad—. Espero haberles podido ser de utilidad. Y
recuérdenlo, una comunidad atractiva hace atractivas a las personas y promueve
la paz. Tal como ya les he dicho, y el sheriff
se lo podrá confirmar, en Argo City se produce anualmente un puñado de
delitos de menor cuantía pero ningún delito grave. Llevamos cinco años sin que
hayan ocurrido desórdenes, justamente desde que las fuerzas del orden locales
prohibieron las reuniones públicas. Nuestros funcionarios civiles se muestran
satisfechos y resultan eficientes. Siempre hay alguna que otra manzana podrida,
como la profesora de historia de quien les he hablado, pero nos libraremos
rápidamente de ella y no se producirá ningún daño. Bien, les deseo mucha suerte
en su labor de reforma y reconstrucción de Bisbee. Con sólo que consigan la
mitad de lo que nosotros hemos logrado, podrán sentirse orgullosos de los
resultados. Cuando vean al señor Pitman de las Industrias Phillips salúdenle de
mi, parte.
El administrador esperó a que Collins y Radenbaugh se hubieran
marchado y después entró de nuevo en su despacho. Entonces observó que su
secretaria le había seguido.
Percatándose de la expresión de perplejidad de ésta, el
administrador de la ciudad le preguntó:
—¿Qué sucede, señorita Hazeltine?
—Los dos señores que acaban de marcharse... ¿no han dicho que habían
venido para obtener información con vistas a la planificación de una reforma en
Bisbee?
—Exactamente.
—Pues debe de tratarse de un error, señor. La ciudad de Bisbee fue
completamente reformada hace muy pocos años. Tenemos en nuestros archivos toda
una serie de datos de la Cámara de Comercio de Bisbee.
El que estaba perplejo ahora era el administrador de la ciudad.
—No puede ser.
—Se los mostraré.
Minutos más tarde, el administrador de la ciudad empezó a revisar
toda una serie de recortes de periódicos, fotografías y mapas de Bisbee,
Arizona, en los que se reflejaba el trabajo de reconstrucción de varias partes
de la ciudad.
Se quedó anonadado. Inmediatamente estableció contacto telefónico
directo con el señor Pitman, de las Industrias Phillips de Bisbee.
Y después llamó al sheriff.
—Mac, dos forasteros se han presentado por aquí
haciéndose pasar por representantes de las Industrias Phillips —rama de Bisbee—
y me han hecho toda una serie de preguntas indiscretas. Traían una carta de
presentación de Pitman, de las Industrias Phillips y resulta que éste jamás ha
oído hablar de ellos. No me gusta nada todo esto, Mac. ¿Les detenemos?
—No. Sin averiguar antes quiénes son, no. Ya conoce usted las
órdenes.
—Pero, Mac...
—Déjelo de mi cuenta. Me pondré inmediatamente en contacto con
Kiley. Él sabrá lo que debe hacerse.
En la segunda planta de la Escuela Superior de Argo City, la
señorita Watkins, una pulcra mujer de mediana edad y severo aspecto, había
abandonado su clase con el fin de reunirse con Collins y Radenbaugh en el
pasillo.
Me ha llamado el director. Ha dicho que deseaban ustedes verme. ¿En
qué puedo servirles?
—Hemos oído decir que había sido usted despedida, señorita Watkins
—empezó a decir Collins—. Queríamos hacerle algunas preguntas.
—¿Quiénes son ustedes?
—Pertenecemos a la junta escolar de Bisbee. Estamos realizando un
estudio acerca del sistema escolar de Argo City. Estábamos hablando con el
administrador de la ciudad cuando éste nos ha mencionado su caso. Ha dicho que
se había usted desviado...
—¿Que me había desviado? —repitió ella perpleja—. Estaba cumpliendo
con mi deber. Estaba enseñando historia norteamericana.
—Sea como fuere, le han comunicado el despido.
—Sí, hoy es mi último día de clase.
—¿Puede decirnos qué ocurrió? —preguntó Radenbaugh.
—Casi me avergüenza decirlo —repuso ella—. Es demasiado ridículo. Mi
clase estaba a punto de iniciar un estudio acerca de los padres de la patria.
Para animar un poco el estudio, me acordé de un viejo recorte de periódico que
conservaba en Wyoming, donde vivía antes de trasladarme aquí. —Rebuscó en su
bolso, sacó un amarillento recorte de periódico y se lo entregó a Collins.— Se
lo leí a mis alumnos...
Collins y Radenbaugh leyeron la noticia de la Associated Press:«Sólo
una persona de cada cincuenta abordadas en las calles de Miami por un reportero
accedió a firmar una copia mecanografiada de la Declaración de Independencia.
Dos personas le calificaron de ‘basura comunista’, otra amenazó con llamar a la
policía... —La señorita Watkins les señaló la última parte del escrito.— Otras
personas que se molestaron en leer los tres primeros párrafos hicieron
comentarios parecidos. Una de ellas dijo: ‘Eso es obra de un chalado.’ Otra
comentó: ‘Habría que llamar al FBI para que se enterara de estas tonterías.’ Y
otra calificó al autor de la Declaración de ‘revolucionario exaltado’. Y cuando
el reportero distribuyó un cuestionario entre trescientos miembros de un joven
grupo religioso con un resumen de la Declaración de Independencia, un
veintiocho por ciento de ellos contestó que aquel resumen había sido escrito
por Lenin.»
La señorita Watkins volvió a guardarse el recorte en el bolso.
—Tras habérselo leído, les dije a mis alumnos que no permitiría que
pasaran por mi curso sin haber leído como Dios manda la Declaración de
Independencia y la Constitución y sin haber comprendido estos dos documentos
fundamentales.
—¿Se refirió usted a la Ley de Derechos? —preguntó Collins.
—Pues claro. Forma parte de la Constitución, ¿no? Es más, comenté
ante mis alumnos las libertades y los derechos civiles fundamentales. Mis
alumnos reaccionaron muy favorablemente. No obstante, algunos de ellos lo
comentaron en su casa con sus padres y todo se empezó a exagerar y falsear y,
en un abrir y cerrar de ojos, el director de la Junta Educativa de Argo City me
calificó de alborotadora. ¿Alborotadora? Pero, ¿qué alboroto? Yo dije que me
había limitado a enseñar historia. Él insistió en que me había dedicado a
fomentar la disensión y me dijo que, por este motivo, tendría que despedirme.
En realidad, sigo sin entender lo que ha ocurrido.
—¿Y no va usted a protestar por este despido? —preguntó Radenbaugh.
La señorita Watkins pareció sorprenderse ante aquella sugerencia.
—¿Protestar? ¿Ante quién?
—Debe de haber alguien.
—No hay nadie. Y, aunque lo hubiera, no me atrevería a hacerlo.
—¿Por qué no? —insistió Radenbaugh.
—Porque no quiero meterme en líos. Quiero que me dejen en paz. Me
gusta vivir y dejar vivir.
—Pero es que no van a dejarle vivir, señorita Watkins —terció
Collins—. Al menos, no como a usted le gusta.
—No sé —dijo ella momentáneamente confusa—. Me imagino que aquí debe
de haber ciertas normas, como en todas partes. Yo debo de haber quebrantado
alguna sin querer. Pero no tengo la menor intención de organizar un... un
escándalo público. No, no pienso hacerlo.
—¿Qué sucedió la última vez que enseñó usted la Constitución?
—preguntó Collins.
—No la había enseñado nunca. Yo enseñaba historia europea. La esposa
del administrador de la ciudad era quien enseñaba historia norteamericana, pero
se retiró en el último semestre y yo pasé a sustituirla.
—¿Qué va usted a hacer ahora, señorita Watkins? ¿Se quedará en Argo
City?
—Ni hablar, no me lo permitirían. Nadie se puede quedar a vivir aquí
a no ser que trabaje para la empresa o la ciudad. No me ofrecerían ningún otro
trabajo. Supongo que regresaré a Wyoming, no sé. Resulta todo muy desagradable.
Francamente no sé qué he hecho de malo.
—¿Quiere usted contarnos más cosas? —preguntó Collins.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que ocurre aquí.
—Aquí no ocurre nada, lo que se dice nada —repuso ella con excesiva
rapidez—. Creo que será mejor que vuelva a mi clase. Si ustedes me disculpan...
La profesora desapareció tras la puerta del aula.
—Si alguna vez el fascismo llega a los Estados Unidos, será porque
la gente habrá votado en su favor. ¿Quién dijo eso, Chris? —preguntó Radenbaugh
mirando a Collins.
—Amén —dijo Collins tomando a Radenbaugh del brazo—.
—Será mejor que regresemos al hotel. Tenemos que adoptar muchas
decisiones.
A las cinco y cinco los tres se hallaban ya reunidos en la
habitación de Chris Collins del Hotel Constellation.
Collins fue quien primero tomó la palabra dirigiéndose al presidente
del Tribunal Supremo, Maynard, que acababa de sentarse sobre el duro colchón de
la cama tras quitarse el sombrero y que ahora se estaba enjugando el sudor de
la frente.
Y bien, señor Maynard, ¿qué ha averiguado usted?
—En una palabra es... es... un escándalo —contestó Maynard con
expresión aturdida.
—Increíble —dijo Collins conviniendo con él.
—¿Quién hubiera podido imaginarse que pudieran suceder tales cosas
en los Estados Unidos?
—Pues vaya si están sucediendo —dijo Collins con expresión sombría—.
La gente de aquí está tan adoctrinada que ni siquiera se da cuenta de lo que le
ocurre.
—Sí, ésta ha sido también mi impresión —dijo Maynard asintiendo
enérgicamente.
—Es tarde —dijo Collins—. Creo que cuanto antes nos vayamos de aquí
y regresemos a Phoenix, mejor. Lo podremos comentar todo con más detalle en el
automóvil. Ahora permítame que le resuma lo que Donald y yo hemos descubierto.
Hemos hecho muchas cosas y hemos hablado con mucha gente. Los resultados han
sido muy interesantes.
—Yo también —dijo Maynard—. Hasta he hablado con el sheriff y con el director del periódico.
Hablan y no se dan cuentade lo que dicen. Se ha convertido en su estilo de
vida. Jamás había visto, ni aquí ni en el extranjero, por lo menos desde la
segunda guerra mundial, una población que llevara una existencia tan de robot
como la de aquí. O que viviera bajo una opresión más insidiosa.
Collins se levantó y empezó a pasear nerviosamente por la estancia.
—Permítame explicarle en esencia lo que Donald y yo hemos
descubierto. La compañía Altos Hornos y Refinerías Argo ostenta la propiedad de
los únicos comercios de alimentación y prendas de vestir de la ciudad. A los
empleados de las minas se les paga un salario, pero también se les entrega unas
libretas de cupones que sólo son válidos en los comercios propiedad de la
empresa. Cuando no disponen de dinero pueden utilizar vales para comprar a
crédito. Y la mayoría de ellos acaban empeñados con la empresa.
—Una forma sutil de esclavitud económica —añadió Radenbaugh.
—Pero hay otras muchas cosas que no son tan sutiles. La empresa es
propietaria de todas las tierras, es propietaria o bien controla el
ayuntamiento, la oficina del sheriff, las
escuelas, el hospital, el teatro, la oficina de Correos, la iglesia, los
talleres de reparaciones, el periódico de la ciudad y,este hotel en el que nos
encontramos. El bibliotecario de la empresa prohíbe libros... pero no libros
sobre el sexo sino sobre historia y política. La oficina de Correos «reconoce»
que es el eufemismo con el que se indica que abre toda la correspondencia de
entrada y salida. La junta escolar establece qué es lo que deben enseñar los
profesores. El sheriff se encarga de que
los vendedores callejeros y los viajantes de comercio no obtengan permisos. El
hotel no permite que nadie se aloje en el mismo más de dos días. Los forasteros
son detenidos por vagabundos a los tres días. La empresa somete a censura los
sermones del pastor. Los hombres y mujeres solteros se alojan, separados según
el sexo, en cuatro casas de huéspedes de la empresa que están llenas de
confidentes. En cuanto a las viviendas en general...
—Yo he echado un vistazo a ese asunto —dijo Maynard—. He simulado
estar considerando la posibilidad de adquirir una casa para trasladarme a vivir
aquí. Ha sido inútil. Sólo los empleados de la Argo pueden adquirir casas. La
empresa es la titular de las hipotecas de todas las casas que se adquieren. Los
pagos dela hipoteca se deducen del salario. Si el propietario decide abandonar
la ciudad, tiene que volver a vender la casa a la empresa.
En el caso de las viviendas de alquiler, el alquiler se deduce
también de la paga.
—Más esclavitud —dijo Radenbaugh.
Collins se acercó a Maynard.
—¿Qué más ha averiguado?
—Lo suficiente como para que me sienta asqueado —repuso Maynard—.
Jamás me había tropezado con un desprecio tan descarado por la Ley de Derechos.
En determinado momento, me he detenido a tomar algo en un bar de la empresa.
Mientras esperaba y por curiosidad, he garabateado sobre una servilleta...
bueno, en realidad, sobre dos, he garabateado, digo, los derechos fundamentales
que garantizan las diez primeras enmiendas de la Constitución, es decir, la Ley
de Derechos que entró en vigor en diciembre de 1791. Al lado de cada una de las
enmiendas, he anotado la forma en que ésta era observada en Argo City. Oigan
esto... —Se sacó del bolsillo de la chaqueta las dos servilletas y se cambió
las gafas de sol por otras de lectura de lentes cuadradas—. Oigan esto —repitió
Maynard—. La Enmienda I garantiza la libertad de religión, prensa y expresión y
los derechos de reunión y recurso. Aquí, en Argo City, o se acude a una sola
iglesia o no se acude a ninguna. Se lee un solo periódico que es el Bugle. Todos los periódicos de otros
lugares y la mayoría de las revistas están prohibidos. ¿Lo sabían ustedes? La
televisión sólo consta de una emisora local en UHF, controlada por la empresa,
claro. Los programas nacionales se graban en «videotape» y sólo algunos de
ellos se pasan posteriormente. Lo mismo ocurre con la radio. Sólo se
retransmiten programas grabados. Todos los aparatos de radio los vende la
compañía y van provistos de unos filtros de banda que impiden recibir las
transmisiones de Phoenix o de otras ciudades. La libertad de expresión está
totalmente abolida. Como se diga lo que no se debe, un confidente se encarga de
comunicarlo a la empresa. Se queda uno sin trabajo y sin vivienda. No están
autorizadas las reuniones públicas ni las manifestaciones. La última de ellas
tuvo lugar hace cuatro años. Fue disuelta y los trabajadores que protestaban
por la falta de normas de seguridad fueron detenidos. La cárcel resultaba
demasiado pequeña para poder albergarles, pero, sin que nadie lo sepa, existe
un campo de internamiento en las afueras de la ciudad, en el desierto...
—¿Un campo de internamiento? —preguntó Collins parpadeando y
recordando su desplazamiento al lago Tule en compañía de su hijo Josh.
—Sí. Cuatro semanas de confinamiento en aquel campo acabaron con
todas las protestas. Jamás ha vuelto a haber ninguna otra. —Maynard trató de
seguir leyendo sus garabatos de la primera servilleta.— La Enmienda II
garantiza al ciudadano el derecho a la tenencia de armas, es decir, garantiza a
cada estado el derecho a disponer de unas fuerzas armadas. No ocurre así en
Argo City. Aquí sólo puede llevar armas un grupo escogido de altos empleados de
la empresa que gozan de plena confianza. La Enmienda III dice que ningún
soldado puede alojarse en el domicilio de un particular sin el consentimiento
del propietario. Hace cinco años se estableció una norma por la cual, en
tiempos de emergencia, los componentes de la policía pueden trasladarse a vivir
al domicilio de cualquier ciudadano. La Enmienda IV prohibe los registros
injustificados. En Argo City una ordenanza autoriza a los hombres del sheriff a entrar sin orden judicial en cualquier vivienda. La Enmienda V
protege al acusado de un delito mayor y le garantiza el correspondiente
proceso, y afirma que nadie tiene por qué ser testigo contra sí mismo. Como es
lógico, los jueces son nombrados por la empresa. La Enmienda VI garantiza al
acusado de cualquier delito un juicio rápido, un jurado imparcial, un careo con
testigos que declaren contra él y la ayuda de un abogado defensor. En Argo City
puede uno pudrirse en la cárcel indefinidamente antes de que le sometan a
juicio. Aquí no existen jurados. Un solo juez actúa de juez y jurado, tanto si
ello gusta como si no. Los testigos de cargo no necesitan comparecer
personalmente. El abogado defensor lo facilita la empresa. —Maynard lanzó un
suspiro.— Tal como dijo Stanislaw Lec en cierta ocasión, «la administración de
la injusticia siempre está en buenas manos».
—Sinvergüenzas —murmuró Radenbaugh—. Aunque se equivocaron al
juzgarme, yo tuve por lo menos doce jurados y pude elegir mi propio abogado
defensor.
Maynard tomó la segunda servilleta y siguió leyendo.
—La Enmienda VII también garantiza el derecho a un juicio por el
sistema de jurados en los delitos de derecho consuetudinario. Ello es
totalmente ignorado en Argo City. La Enmienda VIII garantiza una fianza no
excesiva y protege al ciudadano contra las multas igualmente excesivas y los
castigos crueles o insólitos. Bueno, pues aquí, por un simple delito menor, se
fija una fianza tan elevada que el acusado no tiene más remedio que pudrirse en
la cárcel hasta que le juzguen. No he podido averiguar la cuantía de las
multas, pero al parecer los castigos son crueles e insólitos. Los culpables
pierden sus viviendas. Las protestas y los delitos mayores le envían a uno a un
campo de internamiento cercado por alambre de púas en el cálido desierto.
Cualquiera sabe qué otras disposiciones contemplan sus códigos. La Enmienda IX
salvaguarda otros derechos no especificados en la Constitución. A este
respecto, no he conseguido averiguar gran cosa, como no sea el hecho de que los
ciudadanos de Argo City no poseen unos derechos demasiado claros, a excepción
del derecho a comer y dormir en determinadas condiciones. La Enmienda X reserva
todos los poderes no delegados en el gobierno federal, según la Constitución, a
los estados y al pueblo. Aquí resulta evidente que todos los poderes delegados
por la Constitución en el gobierno federal, los estados o el pueblo están
totalmente controlados por la empresa.
—O por Vernon T. Tynan —dijo Collins.
—O por Tynan, sí —dijo Maynard conviniendo con él. Se había vuelto a
guardar las servilletas en el bolsillo—. Señores, ¿cómo es posible que haya
ocurrido tal cosa? El gobierno federal no tiene conocimiento de lo que está
sucediendo aquí. Pero el estado de Arizona... Sería lógico suponer que el
estado conociera la situación y actuara en consecuencia.
—No, yo comprendo muy bien que pueda darse esta situación —dijo
Randeubaugh—. En una proporción de diez a uno, la Comisión Empresarial de
Arizona, que es la que teóricamente debería controlar las empresas, está
controlada por la Argo. Tynan descubrió algunas irregularidades cometidas por
la Argo y decidió exigirles su colaboración en su gran experimento.
—Es la situación más espantosa que he visto jamás —dijo Maynard con
voz sumamente agitada.
—No podemos cruzarnos de brazos sin hacer nada —dijo Collins—. En mi
calidad de secretario de Justicia, tengo que intervenir. Puedo enviar aquí a un
equipo de investigadores...
—No —le interrumpió Maynard levantando la mano—, ésa no debe ser
nuestra preocupación más inmediata. Argo City, con sus catorce mil habitantes,
no es lo más grave en estos momentos, porque no es más que una parte de un
problema mucho más complejo. Usted mismo lo ha dicho, señor Collins. Están en
juego otras muchas cosas... muchas más.
—Se refiere usted a la Enmienda XXXV.
—Sabemos que la comunidad exenta de criminalidad de Argo City le
inspiró al director Tynan la idea del desarrollo de la Enmienda XXXV. Sabemos
que en el transcurso de los últimos cuatro años ha comprobado y corregido
diversos aspectos de la enmienda utilizando Argo City en calidad de laboratorio
de experimentación de la supresión de libertades y la represión. Sabemos que
hoy hemos visto un adelanto de lo que serán los Estados Unidos dentro de un año
y en los años venideros si California ratifica la Enmienda XXXV y la convierte
en parte de nuestra Constitución. —El presidente del Tribunal Supremo se
levantó y cruzó la habitación pensativo. Parecía debatirse en un conflicto
interno. Pero, al regresar junto a Collins y Radenbaugh, resultaba evidente que
había llegado a una conclusión.— Señores —dijo—, he adoptado una decisión. En
lo que de mí dependa, California no ratificará la Enmienda XXXV.
Collins no pudo ocultar su alborozo.
—¿Va usted...? ¿Qué piensa usted hacer, señor Maynard?
—Voy a hacer lo que le prometí que haría
si usted me demostraba con pruebas que nuestra democracia está corriendo un
auténtico peligro —repuso Maynard—. Me ha mostrado usted una parte del
Documento R, al parecer el plan magistral del director Tynan. He visto aceptar
el fascismo a cambio de la seguridad. Y veo que este fascismo se extenderá a
toda la nación bajo el disfraz de la ley. No puedo permitir que ello ocurra.
—Maynard miró fijamente a Collins.— Primero voy a hablar con el presidente.
Intentaré persuadirle de que modifique su postura. Si no lo consigo, hablaré
públicamente. Si mi influencia, señor Collins, es tan grande como usted supone,
no habrá Enmienda XXXV, no habrá en los Estados Unidos más localidades como
Argo City y cesará nuestra angustia.
Collins tomó la mano de Maynard y la estrechó efusivamente.
Radenbaugh asintió con gesto aprobatorio.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Maynard con aspereza—. Voy a mi
habitación a por mis cosas. Me reuniré con ustedes en el pasillo exactamente
dentro de un par de minutos.
Maynard se dirigió a toda prisa hacia la puerta.
Collins y Radenbaugh recogieron alegremente sus cosas disponiéndose
a salir. Ya junto a la puerta, Collins le preguntó a Radenbaugh:
—¿Dónde va usted a ir desde Phoenix, Donald?
—Supongo que regresaré a Filadelfia.
—Venga a Washington. No puedo incluirle a usted en la nómina
federal, pero puedo incluirlo en la mía personal. Le necesito. Nuestra misión
no ha terminado. Una vez Maynard haya derrotado la Enmienda XXXV, necesitaremos
un nuevo programa capaz de sustituirla, un programa que nos permita reducir el
índice de criminalidad sin tener que sacrificar a cambio nuestros derechos
civiles.
Radenbaugh estaba conmovido.
—¿De veras puedo serle útil? Me encantaría, pero...
—Vamos. No perdamos el tiempo.
En el pasillo se reunieron con Maynard, que acababa de salir de su
habitación. Descendieron juntos en el ascensor. Collins pagó en recepción la
cuenta de los tres, y juntos cruzaron el vestíbulo saliendo a la soleada tarde.
Mientras Collins y Radenbaugh se dirigían al aparcamiento, Maynard
se detuvo para adquirir la última edición del Bugle de Argo City en el tenderete de un ciego con barba que se
encontraba situado junto a la entrada del hotel. Al escuchar el tintineo de las
monedas, los ojos del vendedor, cubiertos por unas gafas ahumadas, no se
alteraron, pero su boca se curvó en una sonrisa de agradecimiento.
Maynard se apresuró a dar alcance a sus compañeros. Minutos más
tarde, Radenbaugh se sentaba al volante del Ford y, atravesando Argo City, los
tres emprendían el camino hacia Phoenix y el aire libre.
Junto a la entrada del hotel Constellation, el vendedor ciego se
guardó el dinero en el bolsillo, se levantó y apiló los periódicos que le
quedaban sobre el tenderete.
Golpeando el suelo con su blanco bastón, pasó frente al hotel,
siguió caminando en dirección al aparcamiento y después giró hacia la estación
de servicio de la esquina. Siguiendo a su bastón, se encaminó sin vacilar hacia
la más cercana de las dos cabinas telefónicas que había en la parte de atrás.
Penetró en la cabina, cerró la puerta y dejó el bastón apoyado en un
rincón. Finalmente, volviendo la cabeza, se quitó las gafas ahumadas, se las
guardó en el bolsillo, descolgó el teléfono, introdujo una moneda en la ranura
y estudió distraídamente los números del disco mientras esperaba.
Contestó la telefonista. Él le facilitó el número y, a los pocos
instantes, introdujo las monedas de cuarto de dólar.
Esperó. El teléfono estaba sonando. Se escuchó una voz desde el otro
extremo de la línea.
—Por favor, póngame con el director Vernon T. Tynan lo más rápido
posible. Es muy urgente —dijo en tono apremiante—. Dígale que es el agente
especial Kiley informando desde la Oficina de Campaña R.
Esperó de nuevo, pero sólo unos segundos.
Escuchó con toda claridad la voz de Tynan, en la que se advertía
también el mismo tono apremiante.
—¿De qué se trata?
—Señor director. Aquí Kiley desde R. Eran tres. Sólo he podido
reconocer a dos. Uno era el secretario de Justicia Collins. El otro era el
presidente del Tribunal Supremo, Maynard... Sin la menor duda. Collins y
Maynard...
7
Hacia la media mañana del día siguiente, el presidente Wadsworth
había efectuado dos llamadas telefónicas en quince minutos.
Por primera vez que él recordara, el director Vernon T. Tynan se
había negado a contestar a una llamada del presidente de los Estados Unidos. A
puerta cerrada, y en compañía de Harry Adcock, había estado profundamente
ocupado escuchando la grabación de una cinta que su ayudante le había
entregado. Era la grabación de la conversación telefónica particular que se
había efectuado una hora antes entre el presidente del Tribunal Supremo Maynard
y el presidente Wadsworth. La llamada la había hecho el presidente del Tribunal
Supremo, y su breve conversación con el presidente no había durado más de cinco
minutos.
La primera llamada del presidente a Tynan se había producido en el
momento justo en que Adcock llegaba al despacho con la importante grabación.
—Dígale que todavía no he llegado —le había ordenado Tynan a su
secretaria—. Dígale que intentará localizarme.
La segunda llamada del presidente había tenido lugar mientras Tynan
se hallaba aún escuchando la grabación.
—Dígale que no he llegado —le había dicho a su secretaria—, pero que
lo haré de un momento a otro.
Ahora acababa de escuchar la grabación por completo.
Adcock apagó el aparato.
—¿Quiere escucharla de nuevo, jefe?
—No, con una vez me ha bastado —repuso Tynan reclinándose en su
sillón giratorio—. Debo decir que no me sorprende. Tras recibir ayer el informe
de Kiley, sospechaba que iba a ocurrir. Ahora ya ha ocurrido. Bueno, será mejor
que llame al presidente y lo escuche todo de nuevo.
Segundos más tarde Tynan establecía comunicación con el Despacho
Ovalado de la Casa Blanca.
—Siento que no me haya encontrado aquí —dijo Tynan jadeando—. Acabo
de llegar. Tenía dos citas fuera y olvidé decírselo a Beth. ¿Se trata de algo
urgente?
—Vernon, estamos perdidos. Se acabó lo de la Enmienda XXXV.
—¿Qué está usted diciendo, señor presidente? —preguntó Tynan
fingiendo asombrarse.
—Poco antes de llamarle a usted he recibido una llamada del
presidente del Tribunal Supremo, Maynard.
—¿Sí?
—Deseaba saber si había oído hablar alguna vez de una localidad de
Arizona llamada Argo City. El nombre me ha sonado inmediatamente. Es el lugar
de que usted me habló anoche al informarme acerca de las más recientes
actividades del FBI. Le he contestado a Maynard que sí, que había oído hablar
de ese lugar, que se trataba de una comunidad que el FBI llevaba varios años
investigando. Le he dicho que usted personalmente había estado dirigiendo la
investigación de los delitos federales en aquella ciudad y que muy pronto
sometería los resultados de sus estudios a la consideración del secretario de
Justicia, Collins.
—Exactamente.
—Bueno, pues parece ser que Maynard sustenta otra opinión acerca de
las actividades que ha estado usted desarrollando en Argo City.
—No lo entiendo —dijo Tynan fingiendo asombrarse—. ¿Qué otra opinión
podría sustentar?
—Tiene la impresión de que ha estado usted utilizando Argo City como
terreno de prueba de la Enmienda XXXV. Y los resultados, que tal vez a usted le
hayan complacido, a él le han horrorizado.
—Eso es absurdo.
—Yo también le he dicho que era absurdo... ni más ni menos. Pero el
muy terco no ha dado su brazo a torcer.
—Delira —dijo Tynan.
—Tal vez, pero está en contra nuestra. Ha dicho que jamás se había
manifestado públicamente en contra de la Enmienda XXXV pero que ahora estaba
dispuesto a hacerlo. Después ha intentado someterme a un chantaje.
—¿Someterle a usted a un chantaje, señor presidente? ¿De qué modo?
—Ha dicho que si yo retiraba públicamente mi apoyo a la enmienda,
gustosamente accedería a guardar silencio. Pero que si me negaba a hacerlo, si
me negaba a modificar mi postura, entonces hablaría.
—Pero, ¿quién demonios se ha creído que es, amenazando así al
presidente? —exclamó Tynan indignado—. ¿Y usted qué le ha respondido?
—Le he dicho que siempre había apoyado con firmeza la Enmienda XXXV
y que seguiría haciéndolo. Le he dicho que creía en ella y que deseaba que se
ratificara como parte de la Constitución.
—¿Y él cómo ha reaccionado? —preguntó Tynan con inquietud simulada.
—Ha dicho: «En tal caso, me obliga usted a actuar, señor presidente.
Voy a dimitir de mí cargo y a entrar en liza para poder hablar mientras aún
esté a tiempo.» Ha dicho que esta misma tarde emprendería viaje a Los Ángeles y
que se pasaría todo el día de mañana en su residencia de Palm Springs. Pasado
mañana se dirigiría de nuevo a Los Ángeles. «Convocaré una conferencia de
prensa en el hotel Ambassador para anunciar mi dimisión del cargo de presidente
del Tribunal Supremo y anunciaré mi propósito de comparecer como testigo ante
los comités judiciales de la Asamblea y del Senado del estado de California con
el fin de expresarme en contra de la aprobación de la Enmienda XXXV», me ha
dicho finalmente.
—¿Está dispuesto a hacer efectivamente lo que dice?
—Sin la menor duda, Vernon. He intentado hacerle recapacitar pero ha
sido inútil. Dentro de unas horas saldrá para California. Y nosotros estaremos
perdidos. En cuanto empiece a hablar en contra de la enmienda, todo estará
perdido. Provocará una conmoción entre los legisladores. ¿Quién hubiera podido
imaginarse que iba a ocurrir semejante cosa? Todos nuestros esfuerzos y
esperanzas destruidos por la intervención de un solo hombre. ¿Qué podemos
hacer, Vernon?
—Podemos combatirle.
—¿Cómo?
—No estoy seguro. Trataré de pensar algo.
—Piense usted algo... lo que sea.
—Lo haré, señor presidente.
Tynan colgó, contempló el aparato sonriendo, levantó la cabeza y le
dirigió a Adcock una sonrisa.
—Claro que pensaremos algo, ¿no es cierto, Harry? —dijo guiñándole
el ojo.
Aquella noche Chris Collins se sentía alborozado. Por primera vez se
sentía libre de la tensión que le había agobiado en el transcurso de las
últimas semanas y podía descansar.
Poco después de regresar del trabajo, había recibido la anhelada
llamada de Maynard. El presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos
había llegado hacía escasos minutos al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles
y, antes de dirigirse con su esposa a Palm Springs, deseaba informar a Collins
de lo que había ocurrido aquella mañana. Había conversado telefónicamente con
el presidente. Le había rogado que modificara su postura en relación con la
Enmienda XXXV. El presidente se había negado a hacerlo. Maynard le había dicho
entonces que se iría a Los Ángeles y que allí anunciaría su dimisión del cargo
de presidente del Tribunal Supremo y su propósito de expresarse en Sacramento
en contra de la aprobación de la enmienda. Se pasaríatodo el próximo día en su
estudio de Palm Springs redactando su discurso de dimisión y su enérgica
declaración ante los comitéslegislativos.
—Espero que sea suficiente —había dicho.
—Lo será, lo será sin duda —le había dicho Collins muy emocionado—.
Muchas gracias, señor Maynard.
—Gracias a usted, señor
Collins.
Karen había estado escuchando sus palabras con expresión
inquisitiva. Tras colgar el teléfono, Collins se había levantado, se había
acercado a ella y había hecho ademán de levantarla del suelo, pero entonces,
acordándose de su embarazo, se había limitado a abrazarla y besarla.
Rápidamente, Collins le había explicado a Karen —sin entrar en
detalles y sin referirse para nada a Argo City— la decisión del presidente del
Tribunal Supremo de manifestarse públicamente en contra de la Enmienda XXXV.
Karen se había alegrado muy sinceramente.
—Qué estupendo, cariño. Buenas noticias, por fin.
—Vamos a celebrarlo —había dicho Collins. Se sentía ligero de cabeza
y de cuerpo como si le hubieran quitado varios kilos de encima—. Vamos a cenar
fuera. Elige el sitio.
—El Jockey Club —había dicho Karen— y turnedos Rossini.
—Vístete. Yo reservaré la mesa. Nosotros dos solos. Nada de trabajo,
sólo placer, te lo prometo.
Media hora más tarde, tras haberse duchado juntos, se encontraban en
el dormitorio ya casi vestidos.
Collins se estaba poniendo los pantalones de su mejor traje azul
marino cuando sonó el teléfono.
—Ponte tú —le dijo Karen desde la mesita del tocador—. No se me ha
secado todavía el esmalte de las uñas.
Collíns se acercó a la mesita y rezó para que no fuera ningún asunto
de trabajo. Había muy pocas personas no relacionadas con el Departamento de
Justicia que conocieran su número de teléfono particular. Descolgó el aparato.
—¿Diga?
—¿Señor Collins?
—¿Sí?
—Soy Ishmael Young. No sé si me recuerda...
Collins esbozó una sonrisa. Como si resultara fácil olvidar aquel
nombre.
—Pues claro que le recuerdo. Es usted el escritor de la
autobiografía del director Tynan.
—Espero que no se me recuerde precisamente por eso —dijo Ishmael
Young con voz muy seria—. Pero no importa. Estoy escribiendo la autobiografía
de Tynan y tuvo usted la amabilidad de recibirme el mes pasado. —Young vaciló,
buscó las palabras más adecuadas y después dijo en tono de urgencia:— Sé que
está usted muy ocupado, señor Collins, pero, si fuera humanamente posible,
tendría que verle esta noche. No le entretendré mucho rato...
Collins le interrumpió mirando a su esposa.
—Me temo que esta noche estoy ocupado, señor Young. Si usted pudiera
llamarme a mi despacho el lunes, podríamos...
—Créame, señor Collins, no me atrevería a molestarle si no fuera
importante. Tanto para usted como para mí.
—Pues, no sé...
—Se lo ruego.
El tono de voz de Ishmael Young hizo capitular a Collins.
—Muy bien. En realidad, mi esposa y yo teníamos intención de irnos a
cenar al Jockey Club.
—Lo lamento. Pero...
—No se preocupe. Estaremos allí a las ocho y media. Puede usted
reunirse con nosotros.
Tras colgar el aparato, Collins observó que Karen le miraba
inquisitivamente.
—Es el que le está escribiendo la autobiografía a Vernon Tynan —le
explicó a su mujer encogiéndose de hombros—. Quiere verme esta noche. Siento
curiosidad por saber de qué se trata. En realidad, es un sujeto muy simpático.
Espero que no te importe, cariño.
—Tonto, no esperaba que fuéramos a cenar los dos solos —dijo ella
indicándole el aparato—. Será mejor que llames al Jockey Club y reserves mesa
para tres. Además, siento tanta curiosidad como tú.
El Jockey Club, situado en el hotel Fairfax de la avenida
Massachusetts, estaba ya abarrotado de gente a las nueve de la noche. A pesar
de ello, la mejor mesa del restaurante había sido reservada para Chris Collins
y sus acompañantes.
—Mira, eso de ser el secretario de Justicia tiene también sus
ventajas —le había susurrado Collins a su mujer.
—Se tienen las mismas ventajas ofreciendo generosas propinas
—replicó ella.
Ishmael Young les había estado aguardando en la calle y se había
mostrado insólitamente nervioso, sin dejar de disculparse ante ellos desde que
habían llegado.
Ahora, una vez les hubieron servido las bebidas, Young acarició con
aire ausente el vaso de Jack Daniels con soda y se deshizo nuevamente en
disculpas.
—Siento muchísimo haberme entremetido en una velada particular como
ésta.
—Estamos encantados de tenerle en nuestra compañía —dijo Collins
alegremente. Se sentía muy dichoso y levantó su whisky con agua en un brindis
burlón—. Por la derrota de la Enmienda XXXV. —Esperó a que Karen levantara su
vodka con tónica y a que el escritor se uniera al brindis y bebió. Tras dejar
el vaso, le dijo a Young:— No sabía usted que ya no apoyo la Enmienda XXXV,
¿verdad?
—Pues sí, lo sabía —repuso Young.
Collins no pudo ocultar su asombro.
—¿Cómo es posible? Ha sido una decisión personal. No la he dado a
conocer públicamente, y no la daré a conocer mientras pertenezca a la
administración. —Ladeó la cabeza mirando a Young.— ¿Cómo se ha enterado usted?
—Olvida que estoy trabajando con el director Tynan —dijo Young—. El
director lo sabe todo. Y yo soy su «sombra». Collins se puso muy serio.
—Comprendo. O sea, que él también lo sabe, ¿verdad?
—Sí.
—Debería haberlo imaginado. —Ingirió un buen trago de whisky.—
Siempre tiendo a subestimarle. Debería recordar que es extraordinario.
Se produjo un breve silencio. Ishmael Young empezó a juguetear con
su vaso; parecía como si intentara hallar las palabras más adecuadas para
expresar lo que deseaba decir. Al final, decidió hablar.
—He querido verle esta noche por... por dos razones. Una de ellas
tiene que ver con usted. La otra tiene que ver conmigo. Me referiré en primer
lugar a la suya.
Vaciló unos momentos y Collins tuvo que aguijonearle.
—Y bien, ¿de qué se trata?
—Quiero hablarle de Tynan.
Collins pareció exasperarse.
—Un momento. Si quiere usted decir que desea hacerme más preguntas
acerca de lo que opino de Tynan con vistas a su libro, no tengo nada más que
decirle.
—No, no se trata de eso —se apresuró a decir Young—. No tiene nada
que ver con el libro. No me he entremetido en su cenapara preguntarle acerca de Tynan. He venido porque deseo hablarle de Tynan. Quería...
—Hablarme, ¿de qué? —le interrumpió Collins impacientándose—. ¿De
qué quiere usted hablarme?
Karen extendió la mano y rozó el brazo de Collins.
—Por favor, Chris, déjale hablar.
Ishmael Young le dirigió a Karen una mirada de gratitud, se arregló
nerviosamente el nudo de la corbata y se alisó los cabellos que le cubrían la
calva.
A pesar de sentirse irritado ante el hecho de que el escritor se
mostrara reacio a ir al grano, Collins obedeció a su esposa y esperó.
—No le gusta usted nada, ¿sabe? —dijo Young.
—¿A quién? ¿A Tynan?
—En efecto. No le gusta usted absolutamente nada —repitió Young.
—No me sorprende —dijo Collins—. Pero, ¿cómo lo ha averiguado usted?
—Le veo en su despacho todas las semanas. Voy allí, sí, pero
últimamente muchas veces parece como si no se percatara de mi presencia. Habla
y habla. Contesta al teléfono. Efectúa llamadas. Deja notas y memorándos por
allí. Casi no se da cuenta de mi presencia. Parece como si yo no fuera una
persona. Tal vez tenga razón. No soy más que una especie de papel secante.
—Así es que no le gusto —dijo Collins.
—Y he llegado a la conclusión de que, si a él no le gusta, me tendrá
usted que gustar a mí. Cualquier cosa o persona que no le guste a Tynan tiene
que ser buena. Tal como le dije la primera vez que nos vimos, Tynan no es santo
de mi devoción. Y he llegado a pensar que tampoco lo es de la suya. He
comprendido, tanto si a usted le gusta como si no, que estamos del mismo lado.
Por eso he querido verle inmediatamente, para advertirle de algo.
Karen pareció inquietarse, pero Collins permaneció impasible.
—Prosiga —dijo.
—Muy bien —dijo Young bajando la voz—. Tynan y el FBI han estado
llevando a cabo una investigación acerca de usted.
—Oh, Chris —exclamó Karen con voz entrecortada.
Collins le hizo un gesto para que guardara silencio y le dijo al
escritor:
—Eso no es ninguna novedad. Si no es más...
—Yo creía...
—Naturalmente que el FBI ha llevado a cabo una investigaciónacerca
de mí. Es su trabajo. Tuvieron que iniciar una investigación acerca de mi
persona en cuanto el presidente me nombró para el cargo de secretario de
Justicia. Lo hacen siempre.
—No, usted no me ha entendido, señor Collins. Ya sé que realizaron
una investigación sobre usted hace algunas semanas. Ya sé que lo hacen siempre.
Lo que yo quiero decirle es que Tynan inició el otro día una nueva
investigación secreta acerca de usted. La están realizando en estos momentos.
Collins parpadeó mirando a Young como desconcertado, y finalmente lo
comprendió. Lanzó un suspiro y dijo:
—Bueno, pero... —Después añadió:— ¿Está usted seguro, Young?
—Completamente. Y tampoco es la primera vez que Tynan realiza
averiguaciones acerca de usted. El mes pasado le oí hablar por teléfono acerca
de Baxter y de la iglesia de la Santísima Trinidad y hacer una referencia al
asunto de Collins...
—Eso ya lo sé —dijo Collins interrumpiéndole—. Pero lo de ahora es
más importante. ¿Dice usted que está seguro? ¿Oyó usted que Tynan me estaba
sometiendo nuevamente a investigación?
—Sin lugar a dudas. Ayer me pasé con él mucho rato. Recibió una
llamada. Cuando estamos trabajando, sólo suelen pasarle las llamadas del
presidente y de Adcock. Pero la llamada no era del presidente. Mientras él
hablaba por teléfono, yo me fui al lavabo... pero dejé la puerta entreabierta.
Pude oír lo que él de-cía. El nombre de usted no se mencionó. Pero hubo una
referencia, no recuerdo exactamente cuál, que me permitió comprender claramente
que estaban hablando de usted. Se relacionaba con una investigación actualmente
en curso. Al final, Tynan le dijo a Adcock: «Bueno, pues siga intentándolo. Y
no pierda de vista a los demás».
—¿Los demás? —preguntó Karen perpleja—. ¿Qué quiso decir con eso?
—No tengo ni la menor idea —repuso Ishmael Young. Después se dirigió
a Collins:— Pero no cabe la menor duda de que el tema de la conversación era
usted. ¿Le parece lógico? ¿Puede haber alguna razón para que estén realizando
una investigación sobre usted?
—Tal vez... sí, es posible —repuso Collins lentamente.
—He pensado que debía advertirle cuanto antes para que se ponga
usted en guardia —dijo Ishmael Young.
—Se lo agradezco —dijo Collins con sinceridad—. Gracias... Ishmael.
—Miró distraídamente a su alrededor, vio al camarero y le hizo señas.— Me
parece que esto exige otra ronda.
Una vez el camarero se hubo marchado, Karen se aproximó a su esposo.
—¿Qué significa todo eso, Chris? —le dijo tratando de reprimir su
inquietud.
—No estoy seguro, cariño. Probablemente nada —repuso él procurando
tranquilizarla—. No todas las investigaciones tienen un carácter siniestro. A
veces se hacen para investigar a alguna persona relacionada conmigo al objeto
de protegerme.
—Así podría ser, en efecto —se apresuró a decir Young en un intento
de calmar a Karen.
—Pero lo menos que podría hacer es decírtelo —le dijo ésta a su
marido—, no hacer esas cosas a espaldas tuyas. Al fin y al cabo, tú eres un
superior suyo. Ciertamente es un hombre horrible.
Llegó la segunda ronda de bebidas y Young levantó su vaso.
—Por eso sí voy a beber, señora Collins —dijo mirando a su alrededor
para cerciorarse de que nadie le estuviera escuchando—. Él, ya saben ustedes a
quién me refiero, es el peor hijo de puta, y perdónenme la expresión, el peor
ególatra y el bastardo más inmoral que jamás me he echado a la cara.
Bebieron y, antes de que pudieran reanudar su conversación, apareció
el maitre para anotar los platos.
Todos se mostraron de acuerdo en pedir de primer plato sopa de
cebolla gratinada. Después, Collins pidió turnedos Rossini para Karen, esperó a
que Young terminara de examinar la carta y, finalmente, pidió para éste bistec
a la Stroganoff y pollo al vino para sí mismo.
Ishmael Young tomó otro trago de Jack Daniels.
—Hablando de Tynan —dijo dirigiéndose a Karen—, son sólo conjeturas,
desde luego, pero no se me ocurre pensar en nadie que le aprecie, a excepción
de su madre y de Adcock. Todos los demás o bien le respetan o bien le odian o
le temen.
Collíns estaba empezando a mostrarse interesado.
—A excepción de su madre y de Adcock, ha dicho usted. ¿Ha sido una
broma eso de su madre o hablaba usted en serio? ¿Acaso tiene a su madre aquí?
—Le cuesta creerlo, ¿verdad? Que Vernon T. Tynan pueda tener
madre... Pues la tiene. A un tiro de piedra de aquí. Rose Tynan. Ochenta y
cuatro años de edad. Vive en Alexandria. Nadie lo sabe a excepción de Adcock y
de mí, pero acude a verla todos los sábados. Sí, el monstruo tiene una madre en
toda regla.
—¿La ha visto usted? —preguntó Collins.
—Desde luego que no. Está prohibido. Una vez en que le estaba
entrevistando a propósito de sus años juveniles, Tynan no conseguía recordar no
sé qué cosa, pero dijo que su madre sí se acordaría y que ya se lo preguntaría.
Yo entonces le dije que no sabía que su madre viviera, y él me contestó: «Ya lo
creo, pero no hablo de ella por motivos de seguridad, por su propia seguridad».
Me ordenó que no dijera en el libro que estaba viva, rogándome, sin embargo,
que me refiriera a ella y dijera cosas agradables acerca de su persona. Y
entonces me habló un poco de su madre. Así es como lo supe.
—Interesante —dijo Collins.
—No me puedo imaginar a un Tynan con madre —dijo Karen—. Eso le
confiere una apariencia casi humana.
—No se llame usted a engaño —le dijo Ishmael Young—. Calígula
también tenía una madre. Al igual que Jack el Destripador.
Collins se mostraba simplemente interesado, pero Karen se lo había
tomado muy en serio y deseaba seguir hablando de Tynan con Ishmael Young.
—Señor Young, si tanto le desagrada el director Tynan...
—Yo no he dicho que me desagradara. Le odio.
—Muy bien, pues si le odia, ¿por qué trabaja con él en su
autobiografía?
—¿Pór qué? Voy a decirle el porqué... —Pero no lo hizo en seguida,
porque el camarero se había acercado con un carrito en el que traía la sopa de
cebolla y estaba empezando a servírsela en unos cuencos. En cuanto el camarero
se hubo marchado, Young siguió hablando:— Cuando conocí a su esposo le dije que
me habían obligado a escribir este libro. Ahora me gustaría explicárselo mejor,
si me lo permiten. —Se dirigió a Collins.— En realidad, existe otro motivo por
el cual deseaba verle esta noche. Le he dicho que el primer motivo tenía que
ver con usted y que el segundo tenía que ver conmigo. Espero que no le importe
que le moleste con un problema que se me ha planteado. Guarda relación con
Tynan y con el Mein Kampf que le
estoy escribiendo.
—Prosiga, por favor —dijo Collins.
—Me obligaron a escribir este maldito libro —dijo Young—. Yo no
quería pero Tynan me obligó. Lo que ocurrió fue... Bueno, yo estuve algún
tiempo viviendo en París, donde me dediqué a realizar estudios sobre un libro
que tenía intención de escribir, no por cuenta de terceros sino firmado con mi
propio nombre, un libro sobre la Comuna de París. Entre las personas que
entrevisté entonces, hace dos años, se encontraban un profesor británico
exiliado y su esposa. El profesor Henderson, un experto en el tema de la
Comuna, había sido deportado hacía tiempo desde los Estados Unidos por su
participación en actividades anarquistas. Los Henderson tenían una hija, Emmy,
de la que me enamoré perdidamente. La primera y única vez de mi vida. Y ella se
enamoró de mí. Y decidimos casarnos. Lo malo era que yo... estaba casado. Separado desde hacía algún tiempo, pero casado.
Teníamos previsto que yo regresara a Nueva York, me divorciara y después
mandara llamarla y me casara con ella. El divorcio resultó bastante
complicado...
—Conozco el tema —dijo Collins tomando la mano de Karen.
—Al final, tuve un poco de suerte. Conseguí escribir un libro de
bastante éxito y, entregándole todos los beneficios a mi esposa, conseguí
divorciarme. Me disponía ya a llamar a Emmy. Pero, entre tanto, Vernon T. Tynan
me había descubierto y había llegado a la conclusión de que yo era la única
persona capaz de escribirle su autobiografía. Me negué. A Tynan no le gusta que
le hagan un desaire. Realizó una investigación acerca de mí. Se enteró de lo de
Emmy y sus padres. Se enteró de que Emmy, al igual que sus padres, había sido
una anarquista declarada, si bien, a diferencia de sus padres, se trataba de
una anarquista pasiva, de tipo intelectual. Es una persona dulce y amable, una
teórica política, pero nada más. Pues bien, Tynan ya pudo disponer del material
que le hacía falta y me lo echó en cara. Si me negaba a colaborar con él en su
libro, impediría la entrada de Emmy en Estados Unidos sobre la base de que era
una extranjera indeseable. En cambio, si colaboraba con él, se olvidaría de
todo y le permitiría entrar en el país en cuanto se hubiera terminado de
escribir el libro. Ése fue el anzuelo que me lanzó. ¿Qué podía hacer? Tenía que
morderlo. Por eso accedí a escribirle el libro.
—Es espantoso. Qué terrible manera de obligarle a hacerlo —dijo
Karen.
—¿Cuál es pues su problema? —preguntó Collins.
—El problema es que... Tynan me ha engañado. Hace dos semanas estuve
examinando una nueva partida de material para el libro: papeles, grabaciones,
qué sé yo. Tynan me lo facilitó para que lo copiara. Parte del material
pertenecía al difunto secretario de Justicia Baxter y parte pertenecía a Tynan.
Lo he estado copiando todo con el fin de poder devolverle los originales a
Tynan. Pues bien, ayer, mientras repasaba esos papeles, me encontré con un
memorando que Tynan le había escrito a Baxter y que, al parecer, debió olvidar
que se lo había enviado. En él le advertía de que a Emmy Henderson, entre otras
personas, habría que prohibírsele la entrada en los Estados Unidos por ser una
extranjera indeseable. El memorando había sido escrito después de haberme Tynan
prometido que autorizaría su entrada. Sigue empeñado en castigarme por haber
rechazado su ofrecimiento al principio. Puede usted imaginarse mi reacción.
Hubiera deseado echarle en cara esta traición, pero temía hacerlo. No sabía qué
hacer. Entonces pensé que una copia del memorando tal vez se encontrara en los
archivos del Servicio de Inmigración y Naturalización, y que éste se halla
controlado por usted. Éste es el segundo motivo por el cual deseaba verle esta
noche. Deseo pedirle que me ayude.
—Sí —dijo Collins sin vacilar—, el Servicio de Inmigración es uno de
mis departamentos. Puedo decidir acerca de la admisión de extranjeros en el
país. Estaré encantado de buscar la ficha de su Emmy. Por su parte, envíeme
usted los documentos que posea relacionados con su instancia. Revisaré el caso.
Si es lo que usted me asegura que es...
—Le garantizo que está limpia.
—...entonces anularé la recomendación de Tynan y me encargaré de que
se le autorice la entrada.
—Señor Collins, no sabe usted lo feliz que me hace. No sabe cuánto
se lo agradezco y lo mucho que ello significa para mí. Estoy en deuda con
usted.
—Soy yo quien la tengo contraída con usted —dijo Collins sonriendo—. Pero no se trata de eso. Es una
cuestión de pura justicia.
Karen era la única persona de la mesa que aún se mostraba
preocupada.
—Quiero que lo hagas, Chris. Pero tengo miedo de lo que pueda hacer
Tynan. No le gustará. Podría vengarse.
—No te preocupes —le dijo Collins a su esposa—, sé cómo manejar el
asunto. —Miró a Young.— Siga usted escribiendo el libro como si no supiera
nada. Me encargaré de ello discretamente. Tynan no se enterará siquiera.
Karen respiró aliviada. Pero seguía sin tranquilizarse en cuanto a
Tynan.
—¿Hace eso muy a menudo? Me refiero al director Tynan. ¿Entremeterse
en la vida de la gente? ¿Comportarse de ese modo? Es increíble.
Ishmael Young sacudió la cabeza antes de seguir prestando atención a
lo que tenía en el plato.
—No hay nadie que le iguale. Con su máquina de investigación, es
capaz de saberlo absolutamente todo. Estoy seguro de que no hay nada de su
vida, señora Collins, ni de la suya, señor Collins, o de la mía que Vernon T.
Tynan no sepa. He llegado a la conclusión de que es el hombre más poderoso del
país. Y, si no lo es, lo será en cuanto la Enmienda XXXV sea aprobada.
—No será aprobada —dijo Collins pausadamente—. Pasado mañana la
enmienda será derrotada y de nuevo podremos gozar de la vida. Así es que no se
preocupe por Tynan. Comamos, bebamos y alegrémonos. Esta noche tenemos que
celebrarlo.
Cuando Karen Collins, enfundada en su vaporoso camisón azul pálido,
penetró en el domitorio procedente del cuarto de baño, todas las luces estaban
apagadas a excepción de la de la lámpara dela mesilla de noche. El reloj
eléctrico de debajo de la lámpara marcaba la una menos diez de la madrugada. En
el otro lado de la cama, su esposo, ya acostado, se encontraba tendido con la
cabeza profundamente hundida en la almohada y de espaldas a ella.
Karen se metió en la espaciosa cama e incorporándose un poco se
inclinó hacia él. Collins mantenía los ojos cerrados.
—Gracias por esta velada tan maravillosa, cariño —le dijo ella en un
susurro.
—Mmmm —murmuró él con expresión fatigada.
Karen inclinó la cabeza y le besó en la mejilla.
—Buenas noches, cariño. Estás muy cansado. Que duermas bien.
Le pareció oír que le decía buenas noches.
Le estuvo contemplando unos instantes y, finalmente, volvió a
incorporarse y se tendió boca arriba en su lado de la cama, sin apagar todavía
la luz de la lámpara. Se quedó un rato mirando pensativa hacia el techo.
Su mente regresó a la velada en el Jockey Club y a aquel escritor
regordete llamado Ishmael Young.
Young había dicho al principio: «El director lo sabe todo».
Más tarde había dicho: «Estoy seguro de que no hay nada de su vida,
señora Collins, ni de la suya, señor Collins, o de la mía que Vernon T. Tynan
no sepa».
Pensó en todo ello mientras miraba hacia el techo y recordó aquella
vez en Fort Worth, Texas.
Se fue agitando por momentos y súbitamente fue presa del miedo.
Volviendo la cabeza sobre la almohada, contempló la parte posterior
de la cabeza de su esposo y se humedeció los resecos labios. Aún estaba a
tiempo de hablar. Tal vez no fuera un tema muy apropiado para la alcoba, tal
vez no resultara adecuado estando él tan cansado... pero tenía que hablar.
—Chris —dijo—, Chris, cariño, tengo que hablarte de algo... algo que
jamás había tenido ocasión de decirte. Creo que debo decírtelo ahora. Hubiera
debido hacerlo antes, pero... en fin, es algo que tienes que saber. Escúchame,
cariño. Déjame hablar. ¿Lo harás, cariño?
Calló esperando la respuesta... y pudo escucharla.
Collins estaba roncando suavemente.
Demasiado tarde.
Con un suspiro de angustia, se dio la vuelta, extendió la mano para
apagar la lámpara y después dejó caer la cabeza sobre la almohada manteniendo
los ojos abiertos en la oscuridad.
Se estremeció. Recordaba el pasado; pensaba aturdida en el futuro.
Cerró los ojos permaneciendo despierta un rato hasta que el sueño la
envolvió en las tinieblas.
Tal vez, pensó, y fue su último y consolador pensamiento antes de
dormirse, me estoy comportando como una chiquilla tonta a la que asusta la
noche. Aquí no hay monstruos. Sólo personas. Personas como tú y como yo. Buenas
noches, Chris. Juntos estamos a salvo, ¿no es cierto?
Tras lo cual se fue hundiendo cada vez más profundamente en ese
lugar en el que comienzan los sueños.
En el edificio J. Edgar Hoover, Harry Adcock, tras haberse tomado un
almuerzo ligero, abandonó su despacho de la séptima planta y se dirigió hacia
el ascensor. Su destino de aquel domingo por la tarde, el mismo de todos los
días desde que su jefe le había encargado aquella misión de alta prioridad, era
el complejo de computadoras situado en la parte de atrás de la primera planta.
Mientras descendía en el ascensor, Adcock recordó las palabras
textuales de la misión que le había confiado Tynan.
...empezar con nuestro secretario de Justicia, Collins. Quiero que se
lleve a cabo una discreta investigación acerca de su persona ...Quiero que se
realice una investigación diez veces más exhaustiva que las de la primera
vez... Investiguen a todas las personas que se hayan relacionado con él a lo
largo de toda su vida.
Adcock no había perdido el tiempo y había organizado
dos equipos de fuerzas de choque de la más alta eficacia. El mayor de ellos,
integrado por agentes especiales exteriores cuidadosamente seleccionados entre
diez mil, trabajaría sobre el terreno. Dichos agentes habían sido elegidos no
sólo por su experiencia y habilidad sino también por su personal lealtad al
director. El grupo más pequeño estaba integrado por agentes escogidos entre el
personal de más confianza y discreción de la central, y su labor consistiría
sobre todo en el llamado trabajo de oficina.
Las dos fuerzas se habían lanzado inmediatamente a investigar acerca
de Collins. Habían realizado su labor en silencio y con la mayor discreción —en
la medida de lo posible—, y, en el transcurso de los días que llevaban
trabajando, habían conseguido obtener una enorme cantidad de material. La vida
de Collins había sido examinada minuciosamente, al igual que las de todos sus
parientes, conocidos y amigos.
Hasta la fecha, por lo menos hasta el día anterior, los resultados
habían constituido para Adcock una triste decepción. Todo lo que se había
averiguado acerca de Collins y sus allegados había resultado legal, correcto,
honrado y decente, confirmando los hallazgos de la primera investigación
realizada por el FBI. Se habían abierto casi todas las puertas de los armarios.
En ninguno de ellos se había descubierto ningún esqueleto. Resultaba
asquerosamente ilógico y Adcock no acertaba a creerlo. Llevaba mucho tiempo en
aquel trabajo, había podido ver lo peor de los seres humanos, para creer en la
pureza. Si se escarbaba lo suficientemente hondo y durante el tiempo
suficiente, se descubría alguna suciedad... más tarde o más temprano se
descubría alguna suciedad.
Como es natural, había mantenido a Tynan al corriente de los
progresos de la investigación. Puesto que a Tynan jamás le interesaban los
detalles sino únicamente los resultados finales, Adcock no le había hablado a
su jefe de sus fracasos diarios en su intento de descubrir algo que poseyera
cierto valor de carácter práctico. Sólo le había revelado las cosas que
marchaban por buen camino, las pistas que se habían estado siguiendo desde
Albany a Oakland.
Esperaba que hoy tuviera mejor día y que descubriera algo
satisfactorio y útil, algo de interés para su jefe.
Al llegar al primer piso, Adcock salió del ascensor y pasó frente a
la fuente ornamental en dirección al complejo de computadoras del FBI.
Una vez dentro, leyó el rótulo que decía Centro Nacional de Información Criminal y se tranquilizó
inmediatamente. Al pasar la mirada por los aparatos electrónicos que llenaban
la vasta sala —el teclado de introducción de datos, el tablero de control, las
unidades de cinta magnética, la impresora de mil cien líneas por minuto— su
sensación de seguridad se hizo total. No había impureza humana que pudiera
escapar a la detección por parte de aquellos aparatos, del mismo modo que no
existía debilidad humana que pudiera escapar al olfato de los persistentes
sabuesos del exterior.
Adcock empezó a buscar por la sala a Mary Lampert. Era la
funcionaria de comunicaciones de mayor categoría y su principal contacto allí
abajo. Al no verla, se detuvo para preguntarle a otra empleada dónde estaba. Le
dijeron que acababa de salir y que regresaría en seguida.
Adcock se acomodó en una silla, dispuesto a esperarla.
Mientras contemplaba una vez más las cadenas de computadoras,
recordaba la División de Identificación de arriba y pensaba en los agentes del
exterior, no le cupo a Adcock la menor duda de que más tarde o más temprano
dispondría de alguna buena noticia para su jefe. No era más que una cuestión de
tiempo.
El lenguaje de la cabeza de Adcock era el lenguaje de las
implacables estadísticas. Para animarse un poco, empezó a pasarles revista.
Cadena de computadoras. El sistema se alimentaba a través de las
cuarenta mil agencias federales, estatales y locales de cincuenta estados. Se
recogían y almacenaban datos no sólo acerca de personas con antecedentes
penales y delincuentes o alborotadores en potencia, sino también acerca de
disidentes en general, de congresistas, de funcionarios gubernamentales, de
elementos que se hubieran destacado en su crítica a las instituciones de los
Estados Unidos... prácticamente de cualquier persona de más de diez años de
edad. Bastaba pensar en los archivos de detenciones. Aproximadamente un
cuarenta y nueve por ciento de la población era detenido una vez en su vida,
contando ciertas infracciones de tráfico. En el transcurso de su vida, un
noventa por ciento de los varones negros eran detenidos por lo menos una vez, y
un sesenta por ciento de los varones blancos lo era también. Todas estas
detenciones figuraban en el banco de datos. Dado el índice de criminalidad, y
aun pasando por alto las infracciones de tráfico, aproximadamente unos nueve
millones de personas serían detenidas aquel año. Aproximadamente la mitad de
ellas no serían procesadas o bien su juicio sería sobreseído o bien serían
juzgadas y absueltas; pero todas ellas acabarían figurando también en el banco
de datos. Aparte de los datos procedentes de doscientos setenta y cinco
millones de expedientes policiales, estaban también los datos procedentes de
trescientos cincuenta millones de historiales clínicos, de doscientos noventa
millones de historiales psiquiátricos y de ciento veinticinco millones de
expedientes comerciales.
División de Identificación. Cada día, todos y cada uno de los días,
llegaban al FBI treinta y cuatro mil nuevas huellas dactilares, quince mil de
las cuales procedían de los organismos policiales y unas diecinueve mil de los
organismos gubernamentales, de los bancos, de las compañías de seguros, de las
oficinas de concesión de permisos de conducir y de otras fuentes. Todos,
absolutamente todos los días. En 1975, el FBI disponía de dos-cientos millones
de huellas dactilares en sus archivos. En la actualidad tal vez fueran
doscientos cincuenta millones. Un tercio de las fichas figuraba en los archivos
criminales y los dos tercios restantes en los archivos civiles.
Agentes exteriores del FBI. Había más de diez mil, incluidas las
fuerzas de choque que estaban trabajando en aquella investigación. Las fuerzas
de choque habían estado entrevistando a los amigos, parientes, conocidos y
personas relacionadas con el objetivo, y habían visitado escuelas, clubs,
comercios, bancos, médicos y abogados. Habían intervenido teléfonos e instalado
aparatos de escucha, habían seguido a los interesados, habían colocado
confidentes y habían sacado fotografías. Penetraban en los apartamentos y
viviendas cuando no había nadie, revolvían los cubos de la basura e
inspeccionaban y volvían a cerrar la correspondencia.
Maravilloso. ¿Quién podría escapar al ejército de Tynan? Las
impurezas que hubiera se descubrirían, vaya si se descubrirían.
Harry Adcock se alegraba de haber efectuado aquel inventario mental.
Se estaba sintiendo mejor por momentos.
Sus ensoñaciones fueron interrumpidas por un rostro femenino muy
cerca del suyo. Aspiró el perfume y oyó que le decían en un susurro:
—Hola, Harry.
Levantó la cabeza. Mary Lampert había regresado.
—¿Lleva mucho rato esperando? —preguntó ella.
—No, no. ¿Qué es lo que tenemos hoy?
—Venga al despacho.
En el austero despacho, Adcock se acomodó frente al escritorio. La
vio acercarse al archivador a prueba de incendios y abrirlo. Le gustaba
observarla, y no tuvo más remedio que admirar una vez más el buen gusto de su
jefe. No parecía una funcionaria de comunicaciones. Aunque tampoco es que
tuviera que parecerlo, puesto que éste no era más que uno de sus trabajos,
recordó Adcock. Siguió observándola mientras abría un cajón del archivador.
Mary Lampert tenía treinta y dos años y medía un metro setenta de estatura.
Lucía un peinado ahuecado y poseía unos fríos ojos verdes, una corta nariz de
caballete ancho y unos húmedos labios sensuales. El vestido se ajustaba a su
busto, que era alto y firme, y a sus generosos muslos revelando la línea de las
bragas.
El acneico rostro de Adcock adoptó una expresión complacida. Ella se
le estaba acercando.
—Aquí tiene —le dijo entregándole una carpeta de cartulina gruesa—.
Son los más recientes datos referentes a las veinte horas últimas.
Adcock abrió la carpeta y empezó a hojear las páginas. Al terminar,
su expresión de complacencia se trocó en una expresión de desagrado.
—Maldita sea —dijo—. Nada.
—Eso es lo que yo he pensado —dijo Mary asintiendo—. Parece un
informe de vigilancia de los scouts.
—Tenemos que seguir intentándolo, Mary. El jefe espera... Sonó el
teléfono y Adcock interrumpió su frase mientras Mary se ponía al aparato.
—¿De veras? —dijo ésta—. Subo ahora mismo.
Adcock la miró inquisitivamente.
—División de Identificación —dijo ella—. Espéreme aquí. Vuelvo en
seguida. Tiene que ver con nuestro caso. No sé de qué se trata.
Mary se dirigió hacia la puerta. Adcock volvió a observarla mientras
se marchaba con el contorno de las bragas dibujándose sobre sus nalgas por
debajo del vestido. Tendría que recordar decirle que se pusiera aquel vestido
la próxima vez que viera al jefe.
Adcock volvió a pensar en Vernon T. Tynan, en su responsabilidad
ante Tynan, en lo mucho que siempre se había esforzado en complacer a Tynan y
tenerle contento y en lo imposible que ahora sería que fracasara en aquella
investigación acerca del muy traidor de Collins.
Jamás le había fallado a su jefe y no quería fallarle ahora,
precisamente ahora, cuando tantas cosas se hallaban en juego.
Tynan siempre se había cuidado de él y, qué diablos, él estaría
dispuesto a dar la vida por Tynan, si fuera necesario.
Sabía muy bien lo que la gente de aquella cochina ciudad decía
acerca de las relaciones entre ambos, es decir, entre él y Tynan. Siempre había
sospechado que hablaban, pero había conseguido establecerlo con toda certeza
aquella noche en que instalaron aparatos de escucha en los salones en los que
se iba a celebrar una fiesta social de alto nivel —congresistas, funcionarios
del Departamento de Estado y gente de ésa— y había descubierto en la cinta a un
grupo que chismorreaba y se reía. Les había oído chismorrear y reírse de Vernon
T. Tynan y de Harry Adcock, «aquel par de viejos maricas». Siempre había
sospechado que hablaban pero entonces pudo saberlo con toda certeza: Tynan y
él, unos maricas.
Se enfureció a más no poder.
No es que le importara demasiado, pero es que se trataba de algo
falso e injusto.
Cierto que Adcock amaba a Tynan, pero tal como un hombre puede amar
a otro hombre sin ser homosexual. Por lo demás, Adcock había amado en cierta
ocasión a una mujer —hacía ahora demasiado tiempo y ya no podía recordar sus
facciones—, pero ésta había muerto antes de que pudieran casarse, en una época
anterior a su incorporación al FBI. Tynan no la había sustituido a ella sino
más bien al padre que Adcock jamás había conocido, dado que en su juventud sólo
había conocido un orfanato. En realidad, en el transcurso de sus primeros
tiempos en el FBI había habido otras mujeres, aunque sólo fueran como
compañeras de lecho; pero, tras ascender de categoría en la organización y tras
haber accedido Tynan al cargo de director, ya no había habido ninguna otra.
Adcock se había entregado por entero al FBI —a Tynan y al FBI— y se había
olvidado de todos y de todo. Se había comprometido a conservar el celibato como
si el FBI fuera la orden religiosa de su vida.
En cuanto a Vernon T. Tynan, ¡santo cielo! Aquellos imbéciles no se
percataban de que Tynan era normal con las mujeres, sólo que actuaba con tacto
y discreción, habida cuenta del importante puesto que ocupaba. Tynan había sido
visitado una vez por semana por alguna mujer que le enviaba una agradecida
alcahueta de Baltimore, y ello desde hacía tanto tiempo como Adcock podía
recordar. No se atrevía a enredarse demasiado con aquellas mujeres y procuraba
mantenerse siempre a cierta distancia. Se acostaba con ellas pero nada más.
Y hacía unos tres años, al morir o retirarse aquella alcahueta,
Tynan había buscado otro medio de satisfacer sus necesidades sexuales. Tenía
que mostrarse precavido, pero afortunadamente había dado con una brillante
solución. El FBI estaba empezando a incorporar a personal femenino en calidad
no sólo de secretarias y administrativas sino también de agentes especiales y
operadoras de computadoras. Al producirse una vacante en la sección de
comunicaciones, Tynan le sugirió a su colaborador Adcock que entrevistase
personalmente a las aspirantes y llevara a cabo una investigación acerca de las
mejores de ellas en cuanto a experiencia laboral... y condescedencia sexual,
contratando a la de mayor talento.
Mary Lampert obtuvo el puesto. Su trabajo consistía en cinco días a
la semana en la central del FBI y una noche a la semana en la residencia
particular de Vernon T. Tynan, situada en las afueras de la ciudad. Una noche
de cada siete —todos los viernes por la noche—, Mary Lampert, camuflada con
unas carpetas bajo el brazo, acudía a la casa de estilo georgiano fuertemente
vigilada de Tynan, cerca del parque Rock Creek. Tomaba unas tres o cuatro copas
en compañía del jefe. Le desnudaba. Después se desnudaba ella. Ambos jugaban en
la cama y después ella introducía la cabeza entre las piernas de su jefe. Con
precisión matemática, una vez a la semana, todas las semanas a lo largo de tres
años. ¿Qué diablos se habían creído que eran aquellos imbéciles para decir que
Vernon T. Tynan no era normal?
Santo cielo, pensó Adcock, cómo se sorprenderían aquellos imbéciles
de la capital si supieran lo normales que eran el director y el director
adjunto, probablemente los únicos seres normales de aquel depravado país (con
la excepción del presidente). Y resultaba igualmente normal que él se sublimara
en Tynan, que él fuera el más leal y seguro servidor del hombre auténticamente
más grande de los Estados Unidos de Norteamérica.
Por eso no podía ahora decepcionar a Tynan en aquella cuestión tan
importante de la investigación acerca de Collins.
Y, sin embargo, a pesar de toda su concentración y de todos sus
esfuerzos, no había conseguido alcanzar todavía ningún resultado positivo.
Se estaba entristeciendo y desanimando una vez más, cuando se
percató de que la funcionaria de comunicaciones Mary Lampert se encontraba de
pie ante él contemplándole con expresión radiante.
Con una reverencia, Mary depositó sobre sus rodillas una tarjeta de
registro de huellas dactilares y varias hojas de papel.
—Buenas noticias, Harry —le dijo.
—¿De qué se trata? —preguntó él sobresaltado.
—De la investigación sobre Collins —repuso ella—. Acabamos de
descubrir algo. Véalo usted mismo.
Adcock tomó los papeles, estudió las huellas dactilares y, poco a
poco, empezó a examinar los papeles uno a uno. Su perplejidad se desvaneció de
inmediato.
—¡Santo cielo! —exclamó con expresión radiante.
Eran las ocho menos diez de la mañana y Chris Collins se encontraba
de pie ante el espejo del cuarto de baño terminando de afeitarse. Se enjabonó
el rostro una vez más y después se inclinó sobre el lavabo, recogió agua
caliente con ambas manos y se enjuagó el jabón de la cara.
Se irguió y empezó a canturrear examinándose ante el espejo.
Últimamente el espejo había reflejado un rostro alargado y enjuto perpetuamente
enfurruñado que parecía el de un hombre de más edad. Pero esta mañana su rostro
era —o al menos parecía—tan saludable y terso como el de un joven deportista.
Tal vez la transformación se debiera a su júbilo.
Desde que hacía dos días había recibido la llamada del presidente
del Tribunal Supremo, Maynard, en la que el jurista le había comunicado que iba
a dimitir de su cargo con el fin de manifestarse en contra de la Enmienda XXXV,
Collins se había estado sintiendo continuamente embargado por la alegría. Ni
siquiera la más reciente noticia de anteayer por la noche —la advertencia de
Ishmael Young en el sentido de que el FBI le estaba sometiendo secretamente a
investigación— había conseguido empañar la dicha de Collins. El día anterior,
pensando en el comportamiento de Tynan, había estado varias veces a punto de
enfrentarse con él y revelarle lo que sabía. Ello hubiera sin duda turbado a
Tynan y se hubiera traducido en el término inmediato de la investigación. Pero,
al final, Collins llegó a la conclusión de que no le importaba lo más mínimo.
Dejaría que Tynan siguiera participando en aquel inútil juego. En primer lugar,
Tynan no conseguiría averiguar nada. Ni en la pasada ni en la presente
actividad de Collins había nada que ocultar. Y, en segundo lugar, su contienda
con Tynan estaba a punto de finalizar. Collins sabía que ahora tenía en sus
manos la carta del triunfo.
El hecho de haber logrado persuadir a Maynard para que se
manifestara públicamente en contra de la enmienda había constituido su victoria
definitiva. Con ello quedaría anulada toda la táctica de la oposición. El sueño
dorado de Tynan, su esperanza de alzarse con un poder dictatorial a través de
la Enmienda XXXV, se desvanecería en cuanto el presidente del Tribunal Supremo,
Maynard, dejara escuchar su voz en Sacramento y hablara en contra de la
enmienda. Hasta podrían olvidarse de la misteriosa arma de Tynan, el Documento
R, independientemente de lo que éste pudiera ser. A pesar de la advertencia de
Baxter en su lecho de muerte en el sentido de que era necesario darlo a
conocer, el Documento R resultaría impotente e inofensivo gracias a las
afirmaciones que Maynard iba a hacer hoy en Sacramento.
Tras secarse el rostro, Collins descolgó de una percha una camisa
azul limpia y se la puso. Mientras se la abrochaba, calculó el momento exacto
de la victoria de la democracia en los Estados Unidos. El reloj de la repisa de
azulejos de debajo del espejo del cuarto de baño le decía que eran en
Washington las ocho en punto de la mañana. Ello significaba que en California
eran las cinco de la mañana. En aquellos momentos, Maynard se estaría
levantando de su cama disponiéndose a emprender el viaje de dos horas desde
Palm Springs a Los Ángeles. Allí, a las nueve de la mañana, mientras Collins se
tomara aquí el almuerzo, Maynard se reuniría con los informadores en una
conferencia de prensa y asombraría a la nación con su dimisión, asombraría a
toda California al declarar que tenía el propósito de trasladarse a la capital
del estado con el fin de instar a los legisladores a que rechazaran la Enmienda
XXXV. Y allí, a las tres de la tarde, mientras Collins abandonara su despacho y
se dispusiera a regresar a casa para la cena, Maynard leería su electrizante
declaración contra la enmienda, primero ante el Comité judicial de la Asamblea
del estado y después ante el Comité Judicial del Senado del estado.
Faltaban pocas horas para que la Asamblea de California votara sobre
la enmienda constitucional, seguida por el Senado. Pero la enmienda no llegaría
al Senado. Sería destruida para siempre en su primera prueba ante la Asamblea.
La opinión de Maynard, su influencia y su prestigio conseguirían la victoria.
Collins empezó a tararear el «Gloria, gloria, aleluya», pero de
pronto se dio cuenta de que resultaba un poco cursi y se calló. Se había puesto
la corbata y se la estaba anudando, disponiéndose a tomar rápidamente el
desayuno en compañía de Karen antes de salir a toda prisa hacia el despacho,
cuando escuchó llamar a la puerta del cuarto de baño.
—¿Chris?
—Sí.
—Hay un señor que ha venido a verte. Un tal Schiller, Dorian
Schiller. Dice que es amigo tuyo.
Collins abrió la puerta del cuarto de baño.
—¿Dorian Schiller, aquí?
—No me sonaba el nombre. Por eso no le he hecho pasar. Le diré...
Karen había dado media vuelta para marcharse cuando Collins extendió
la mano y la asió por el brazo.
—No, Karen, espera. Es el nuevo nombre que le di a Donald
Radenbaugh.
—¿A quién?
—No te preocupes. Te lo explicaré más tarde. Es un amigo mío. Hazle
pasar en seguida. Le recibiré ahora mismo.
Mientras Karen se dirigía a la puerta principal para franquearle la
entrada a Radenbaugh, Collins fue por la
chaqueta. Al tiempo que se la ponía, se preguntó qué desearía Radenbaugh a
aquella hora tan temprana. Desde su regreso de Argo City sólo se había reunido
con Radenbaugh una vez, si bien había estado hablando con él diariamente por
teléfono. Había instalado a Radenbaugh en una suite de dos habitaciones del
Hotel Madison, situado en la confluencia de las calles Quince y M, y le había
entregado todas las notas y resultados de investigaciones de que se disponía
con vistas a un plan de su invención destinado a combatir la criminalidad y el
desorden en la nación. Se trataba de un plan susceptible de sustituir a la
Enmienda XXXV, un plan que Collins tenía el propósito de presentar en el
transcurso de la reunión del gabinete consecutiva a la derrota de la enmienda
en California.
La presencia de Radenbaugh en su casa a aquellas horas de la mañana
constituía una sorpresa. Collins le había dicho claramente que no se alejara
demasiado de los confines del hotel, que permaneciera el mayor tiempo posible
en sus habitaciones. En Washington se le conocía demasiado. A pesar de que su
aspecto había sufrido una considerable modificación, era posible que le
reconociera alguien que le hubiera conocido muy bien. Ello provocaría
dificultades, y hasta podría traducirse en su eliminación. Collins sólo deseaba
que permaneciera en Washington el tiempo estrictamente necesario para la
preparación de aquel proyecto de ley. Entre tanto, se intentaría encontrarle
una ocupación razonable en alguna pequeña localidad de alguna apartada zona del
país.
Collins abandonó el dormitorio con aire preocupado y entró en el
salón. Esperaba encontrar a Radenbaugh sentado, pero se hallaba de pie paseando
muy nervioso por la estancia. Karen se encontraba junto a la mesita colocando
la bandeja del desayuno.
—¿Qué tal, Donald? -dijo Collins saludando a Radenbaugh—. No le
esperaba. ¿Conoce a mi esposa...?
Radenbaugh se detuvo como si no le hubiera oído, pero Karen dijo que
ya se habían presentado mutuamente. Después añadió:
—Les he traído zumo de frutas, café y tostadas. Ahora les dejo solos
para que puedan hablar.
Karen salió de la estancia.
Radenbaugh miró fijamente a Collins con el rostro desencajado por la
angustia.
—Malas noticias —dijo al final—, muy malas noticias, Chris.—Antes de
que Collins pudiera reaccionar, Radenbaugh prosiguió rápidamente.— Llevan
anunciándolo por televisión desde las seis de la mañana. Siempre pongo el
aparato cuando me levanto. He intentado llamarle inmediatamente, pero había
perdido su número y éste no figuraba en la guía. Por eso he venido en seguida.
Collins permaneció inmóvil. Presentía la llegada de un desastre.
—¿De qué se trata, Donald? Le veo muy agitado.
—La peor noticia que pueda imaginarse. —Radenbaugh respiraba como un
asmático.— Chris, no sé cómo decírselo...
—Maldita sea, ¿qué ha sucedido?
—El presidente del Tribunal Supremo, Maynard, y su esposa...han sido
asesinados en sus lechos la noche pasada... asesinados por un vulgar ladrón.
Collins experimentó la sensación de que las rodillas se le licuaban.
—¿Maynard... asesinado? No... no puedo creerlo.
—En Palm Springs, California, hacia las dos de la madrugada. Maynard
y su esposa Abigail se encontraban durmiendo. Según la reconstrucción del
crimen, alguien debió entrar a través de la puerta de servicio. La persona en
cuestión penetró en el dormitorio. Al parecer, Maynard se despertó. Intentó
levantarse de la cama o efectuar algún movimiento. El pistolero efectuó dos
disparos con un revólver Walther P-38 de 9 milímetros y le alcanzó en el tórax
y la cabeza... matándole instantáneamente. Entonces se despertó la señora
Maynard y el asesino le disparó por tres veces...
—¡Dios mío, jamás había oído nada igual!
—La noticia me ha trastornado. No sabía cómo decírselo.
Desesperado, Collins empezó a pasear por la estancia golpeándose
constantemente la palma de una mano con el puño de la otra.
—Qué tragedia, Dios mío. ¿Quién hubiera podido imaginarlo? Me
refiero no sólo a este absurdo asesinato de uno de los más grandes hombres de
la nación, uno de los más grandes, sin lugar a dudas, sino también a la
destrucción de nuestra última esperanza de poner término a esta amenaza
potencial de dictadura. Maldita sea, ¿adónde irá a parar este país?
—Querrá usted decir adónde ha ido —dijo Radenbaugh ¿Dónde está el
televisor?
—Allí —repuso Collins dirigiéndose hacia el pasillo.
—Supongo que llevan anunciándolo directamente desde Palm Springs
desde las seis de esta mañana —dijo Radenbaugh siguiéndole—. Vamos a ver qué
dicen.
Entraron en el estudio, cuyas paredes revestidas de madera se
hallaban repletas de estanterías de libros. Radenbaugh se acomodó en el sofá
mientras Collins conectaba el aparato, esperaba y ajustaba la imagen y el
sonido.
Collins acercó un sillón al televisor y contempló anonadado lo que
estaba ocurriendo en la pantalla.
La cámara enfocaba la fachada de la casa en la que había tenido
lugar la tragedia. Un cordón de policía impedía el acceso a la calzada de
entrada de la vivienda. Unos agentes de paisano entraban y salían
constantemente por la puerta principal. A un lado podía verse a un numeroso
grupo de vecinos, muchos de ellos todavía con prendas de dormir, observando
aterrados la escena.
Ahora la cámara de la unidad móvil enfocó en primer plano al
reportero de la cadena.
«Éste es el escenario en el que ha ocurrido la tragedia hace
escasamente tres horas —anunció el reportero de la cadena—. Aquí, en esta
pacífica y tranquila calle de la localidad de recreo más famosa de California,
casi abandonada en pleno verano, el presidente del Tribunal Supremo de los
Estados Unidos, John G. Maynard, y su esposa, Abigail Maynard, han hallado
violentamente la muerte a manos de un desconocido asaltante. —Sosteniendo el
micrófono con una mano, el reportero señaló con la otra la fachada de la
vivienda, intensamente iluminada por los focos tanto de la policía como de la
televisión.— Los cadáveres han sido levantados hace algo más de una hora. No
sólo los cadáveres del presidente del Tribunal Supremo y de su esposa, sino
también el del asesino, hasta ahora sin identificar, que cayó abatido por los
disparos de la policía antes de que pudiera escapar. —El reportero levantó el
micrófono mirando directamente a la cámara.— Permítanme resumirles una vez más
lo que hasta ahora se sabe acerca de lo que ha ocurrido aquí en Palm Springs,
California, a primeras horas de la madrugada...»
Collins escuchaba
contemplando la pantalla como hipnotizado.
Al parecer, el intruso conocía la distribución de la casa de los
Maynard. Tras penetrar por la entrada de servido, se había dirigido al
dormitorio con el propósito de apoderarse de los objetos de valor de la señora
Maynard. Su entrada en el dormitorio había despertado al presidente del
Tribunal Supremo. La policía creía que Maynard, al darse cuenta de lo que
estaba ocurriendo, se había medio incorporado en la cama, había extendido la
mano y había pulsado el silencioso botón de alarma de la pared. La alarma había
sido instalada por la policía local hacía unos seis años con el fin de proteger
a su eminente huésped. Estaba conectada directamente con la jefatura de policía
y ésta había sido alertada inmediatamente.
Entre tanto, al ver que Maynard se movía, el asesino había abierto
fuego contra él. Al despertar bruscamente la señora Maynard, el pistolero había
efectuado contra ella varios disparos. Y después, en lugar de huir, el ladrón
había permanecido en d dormitorio para completar su tarea. Sin saber que su
primera víctima había pulsado un silencioso timbre de alarma, el asesino había
revuelto todo el dormitorio en busca de dinero y joyas. Tras haberse guardado
en el bolsillo varios collares y anillos de la señora Maynard, así como la
cartera del presidente del Tribunal Supremo, había abandonado la casa por el
mismo lugar por el que había entrado. Ya en la acera frontal, se había dirigido
hacia el Plymouth (alquilado previamente en Los Ángeles) que había dejado aparcado
a dos manzanas de distancia. Súbitamente se había visto iluminado por los faros
frontales de un coche patrulla de la policía que se acercaba en dirección
contraria. Había echado a correr, se había detenido, había dado media vuelta y
había abierto fuego contra los agentes de policía que estaban descendiendo del
vehículo. Éstos habían respondido con una ráfaga de disparos y le habían dejado
tendido en la acera. Aparte de los objetos robados que guardaba en el bolsillo,
no llevaba encima ninguna otra cosa. Su identidad seguía sin conocerse.
El reportero de la cadena terminó el resumen diciendo:
«Regresamos ahora a nuestros estudios de Los Ángeles con el fin de
aguardar el desarrollo de los más recientes acontecimientos relacionados con el
asesinato del presidente del Tribunal Supremo, John G. Maynard, y de su
esposa.»
Sentado en el sillón
observándolo y escuchándolo todo, Collins se sumió en la desesperación.
—¡Qué importa ya! —dijo.
—Tome un cigarrillo —le dijo Radenbaugh ofreciéndole su cajetilla
abierta.
Collins sacó un cigarrillo, pero después lo dejó sobre la mesa.
—Será mejor que me tome un café primero —dijo.
Se levantó del sillón, se dirigió al salón, tomó la bandeja del
desayuno que Karen les había dejado y se la llevó al estudio. Llenó sendas
tazas de café tibio para Radenbaugh y para sí. Tomando un sorbo, Collins volvió
a acomodarse en el sillón contemplando la pantalla.
Un locutor de televisión, sentado junto a un escritorio en forma de
media luna, había recogido una hoja de papel que acababan de entregarle.
«Una última noticia —dijo—. La llegada del presidente del Tribunal
Supremo, John G. Maynard, a Los Ángeles anteayer fue totalmente inesperada. Ni
los miembros de su equipo en Washington ni sus colegas del Tribunal Supremo han
podido explicar el motivo de este súbito e inesperado viaje. Pero ahora se ha
podido aclarar algo. Inmediatamente después de su llegada a Los Ángeles, él y
su esposa se dirigieron a su residencia de invierno de Palm Springs. Al llegar
a ésta, el presidente del Tribunal Supremo, Maynard, estableció contacto con un
viejo amigo suyo de Sacramento, James Guffey, el presidente de la Asamblea del
estado, y le dijo que se trasladaría a la capital al día siguiente, que hubiera
sido esta tarde, con el fin de comparecer ante el Comité Judicial de la
Asamblea. Dijo que deseaba discutir la Enmienda XXXV con los miembros de la
Asamblea antes de que la ratificación de la misma fuera sometida a votación. El
presidente de la Asamblea Guffey se mostró muy complacido y le comunicó al
presidente del Tribunal Supremo que sería llamado a declarar ante el comité
como el último y más destacado de los testigos. Guffey ha declarado esta mañana
que no tenía ni idea de lo que Maynard se proponía decir en relación con la
enmienda, que Maynard no le había revelado si tenía intención de manifestarse a
favor o bien en contra de la misma. Guffey ha declarado que, en el transcurso
de su conversación telefónica con Maynard, había reprendido a éste por haberse
trasladado a Palm Springs fuera de temporada. ‘¿Qué está usted haciendo ahí?’,
le había preguntado Guffey. Maynard había contestado: ‘Necesito un lugar en el
que pueda reflexionar con tranquilidad. Mi intención era escribir aquí mi
declaración. Pero ahora he decidido pasarme el día descansando y mañana
pronunciaré un discurso improvisado ante el comité. Tengo las ideas muy claras
acerca de lo que quiero decir.’ La muerte ha apagado ahora la voz del
presidente del Tribunal Supremo y jamás sabremos lo que deseaba decir acerca de
la trascendental cuestión de la votación de la Enmienda XXXV en California. Se
ha sabido también que, antes de trasladarse a Sacramento, el presidente del
Tribunal Supremo tenía la intención de celebrar una rueda de prensa en el Hotel
Ambassador de Los Ángeles. Si no hubiera muerto, la rueda de prensa hubiera
tenido lugar dentro de unas horas. Se nos acaba de comunicar que el secretario
de prensa del presidente de los Estados Unidos va a leer un comunicado del
presidente Wadsworth en relación con la violenta e inesperada muerte del
presidente del Tribunal Supremo. Conectamos ahora con nuestro corresponsal en
la Casa Blanca...»
Collins apartó la vista del televisor y miró a Radenbaugh. —Creo que
es también nuestro funeral, Donald —dijo. Radenbaugh asintió con aire fatigado.
Collins lanzó un suspiro. Había superado el anonadamiento inicial y
ahora se sentía abrumado por la depresión.
—Mire, creo que es lo peor que me ha ocurrido en toda mi vida.
—Señaló hacia la pantalla.— Ahora el país es de ellos.
—Me temo que sí —dijo Radenbaugh.
Ambos guardaron silencio concentrándose en la pantalla.
El secretario de prensa de la Casa Blanca estaba terminando de leer
el panegírico y las condolencias del presidente. La atención de Collins
disminuyó.
La declaración del presidente contenía las habituales observaciones
ampulosas, triviales y a menudo falsas: «Cuando muere un gran hombre, muere con
él una parte de la humanidad. Que nadie se llame a engaño en relación con la
grandeza de John G. Maynard, que ahora se incorpora al panteón de los
inmortales que trataron de hacer triunfar la justicia en este país. Allí están
Marshall, Brandeis, Holmes, Warren... y, junto a ellos, está con iguales
merecimientos John G. Maynard, que ahora ya ha pasado verdaderamente a formar
parte de la historia.»
Y junto con Maynard, pensó Collins, la democracia ha pasado también
a formar parte de la historia. Muerta. Una reliquia del pasado. Sin Maynard, el
futuro iba a ser la Enmienda XXXV —y Vernon T. Tynan—, y la nación tendría que
ajustarse a este molde.
Mientras pensaba en Tynan, escuchó pronunciar el nombre de éste por
el corresponsal de la cadena destacado en la Casa Blanca.
«... Vernon T.
Tynan. Nos
encontramos ahora en el despacho del director de la Oficina Federal de
Investigación.»
Inmediatamente apareció en la pantalla la pequeña y conocida cabeza
de Tynan sobre sus anchas espaldas. Su curtido rostro ofrecía una adecuada
expresión de pesar y tristeza. Tynan empezó a leer una hoja de papel que
sostenía en la mano:
«El brutal y absurdo asesinato de una de las más humanitarias y
destacadas personalidades del país ha significado una pérdida que no puede
expresarse con simples palabras. El presidente del Tribunal Supremo, Maynard,
era amigo de la nación, amigo personal mío y amigo de la verdad y de la
libertad. Su pérdida ha herido a Norteamérica, pero, gracias a él, Norteamérica
se fortalecerá lo suficiente como para poder sobrevivir y sobrevivirá a todos
los delitos, a todas las ilegalidades y a todas las violencias. No me cabe la
menor duda de que, si el presidente del Tribunal Supremo estuviera vivo,
desearía que analizáramos esta tragedia desde una perspectiva más amplia. Esta
sistemática eliminación de nuestros dirigentes y de nuestros ciudadanos tiene
que impedirse de tal forma que los norteamericanos puedan pasear por sus calles
y dormir en sus lechos en el pleno convencimiento de que son libres y están a
salvo. —Tynan miró a la pantalla y pareció como si sus ojos se cruzaran con los
de Collins, que le estaba mirando enfurecido. Carraspeó y siguió hablando.—
Afortunadamente, el malvado asesino del presidente del Tribunal Supremo,
Maynard, no ha conseguido escapar. Ha muerto también de manera violenta. Me
acaban de comunicar que el asesino ha sido plenamente identificado. Su
identidad será revelada en breve por el FBI. Baste decir, de momento, que era
un antiguo delincuente, un hombre con un largo historial delictivo que había
sido autorizado a vagar libremente por las calles bajo el amparo de las
ambiguas y confusas disposiciones de la Ley de Derechos. Si hace un mes se
hubiera introducido una enmienda a la Ley de Derechos, tal vez se hubiera
podido evitar este terrible asesinato. A pesar de que la Enmienda XXXV no
entraría en vigor más que en el caso de conspiración y rebelión, el simple
hecho de que fuera aprobada bastaría por sí solo para generar una atmósfera
positiva susceptible de relegar al pasado este tipo de asesinatos. Señoras y
señores, hoy, en este día de dolor, hemos aprendido una lección. Trabajemos juntos,
codo con codo, para hacer entre todos una Norteamérica fuerte y segura.»
El rostro de Tynan desapareció de la pantalla y fue sustituido por
el de un reportero de los estudios de la cadena de televisión.
Haciendo caso omiso de la pantalla, Collins volvió su sillón hacia
Radenbaugh. Estaba furioso.
—Ese hijo de puta de Tynan, ¿cómo se atreve? ¿Le ha oído usted?
Arrimando el ascua a su maldita enmienda con el cadáver de Maynard todavía
tibio.
—Y falseando la verdad de tal forma que parezca que Maynard era
favorable a la Enmienda XXXV —dijo Radenbaugh señalando hacia la pantalla—.
Mire, parece que van a revelar la identidad del asesino.
—¿Qué más da ya? —dijo Collins.
No obstante, no pudo evitar prestar atención a la pantalla.
«Sí, aquí la tenemos —estaba diciendo el locutor—, la identidad de
la persona que ha asesinado al presidente del Tribunal Supremo, Maynard. El
asesino ha sido identificado sin lugar a dudas como un tal Ramón Escobar, de
treinta y dos años, ciudadano norteamericano de origen cubano, residente en
Miami, Florida. He aquí algunas fotografías suyas procedentes de los archivos
del FBI...»
Inmediatamente aparecieron en la pantalla dos fotografías, una de
cara y la otra de perfil, de Ramón Escobar. Las fotografías mostraban a un
joven moreno de rizado cabello negro, largas patillas, mejillas hundidas y una
lívida cicatriz que le cruzaba la mandíbula.
—¡Oh, no! —exclamó Radenbaugh—. ¡No...!
Sorprendido, Collins se volvió en el momento en que Radenbaugh se
levantaba tambaleándose. Radenbaugh tenía los ojos muy abiertos, había
palidecido y señalaba con el dedo hacia la pantalla como si quisiera decir
algo.
Collins se levantó confuso en un intento de calmarle. El dedo con el
que Radenbaugh señalaba hacia la pantalla se había convertido en parte de un
puño. Radenbaugh estaba agitando ahora el puño en dirección a la pantalla.
Por fin logró articular
temblorosamente unas palabras.
—¡Es él, Chris! —gritó Radenbaugh—. ¡Es él! ¡Es él!
Collins asió a Radenbaugh del brazo.
—Cálmese, Donald —le dijo—. ¿De qué se trata?
—¡Mírele! ¡El hombre que ha matado a Maynar! Es el que yo vi. ¿Ha
oído su nombre? Ramón Escobar. Yo oí ese nombre, lo oí en la isla de Fisher
aquella noche. El rostro, es exactamente el mismo rostro, lo reconozco... el
hombre de la isla de Fisher, aquel a quien Vernon Tynan me ordenó entregar los
setecientos cincuenta mil dólares... el mismo, el que recibió de mí los tres
cuartos de millón. Chris, por el amor de Dios, ¿sabe usted lo que eso
significa?
El rostro de Ramón Escobar había desaparecido de la pantalla,
sustituido por el del locutor de la cadena. Collins cruzó rápidamente el
estudio y apagó el aparato. Se volvió aturdido recordando lo que Radenbaugh le
había contado de su liberación de Lewisburg, de la recuperación del millón de
dólares en los Everglades, de su traslado en una motora con los tres cuartos de
millón a la isla de Fisher para entregarlos a los dos hombres que Tynan había
designado...
Ahora el asesino de Maynard había resultado ser uno de aquellos
hombres.
—Créame, es el mismo hombre, Chris —estaba diciendo Radenbaugh—.
Ello significa que Tynan quería el dinero para librarse de Maynard. Significa
que me sacó de la prisión con el fin de conseguir el suficiente dinero como
para pagar a un asesino a sueldo, un dinero cuyo origen no pudiera
establecerse. Tynan ha urdido el asesinato. Estaba dispuesto a hacer cualquier
cosa con tal de evitar que Maynard destruyera la Enmienda XXXV, estaba
dispuesto incluso a asesinar a Maynard...
—Ya basta —dijo Collins con firmeza—. No puede usted demostrarlo.
—Pero, hombre de Dios, ¿qué otra prueba necesita usted? Yo estaba
allí con Tynan cuando éste me hizo el ofrecimiento. Me sacó de la cárcel, me
facilitó una nueva identidad, me envió a Miami y a la isla de Fisher y me hizo
entregar tres cuartos de millón de dólares... ¿a quién? Pues ni más ni menos
que al hombre que esta madrugada ha asesinado al presidente del Tribunal
Supremo, Maynard. ¿Qué otra prueba le hace falta a usted?
Collins estaba intentado reflexionar y aclarar sus ideas.
—No necesito ninguna otra prueba, Donald —dijo—. Le creo a usted.
Pero, ¿qué otra persona iba a creerle?
—Puedo acudir a la policía. Puedo revelar lo que ocurrió. Puedo
decir que entregué dinero a ese asesino en nombre de Tynan.
—No daría resultado —dijo Collins sacudiendo la cabeza.
—¿Y por qué no iba a darlo? Harry Adcock conoce la verdad. El
director Jenkins conoce la verdad...
—Pero no hablarán.
Radenbaugh agarró a Collins por las solapas de la chaqueta.
—Óigame, Chris. La policía me creerá. Soy yo mismo. Estuve allí, en
aquella isla. Podemos librarnos de Tynan. Puedo revelar toda la verdad.
Collins apartó las manos de Radenbaugh de su chaqueta.
—No —dijo—. Donald Radenbaugh podría revelar la verdad.
—Pero Donald Radenbaugh no existe... el testigo no existe...
—¡Pero si estoy aquí!
—Lo lamento. El que está aquí es Dorian Schiller. Donald Radenbaugh
ha muerto. No existe la menor prueba de que viva. No existe.
Radenbaugh se abatió súbitamente. Por fin lo había comprendido.
—Creo... creo que tiene usted razón —dijo mirando a Collins con
desamparo.
Como si hubiera experimentado una transformación que le hubiera
infundido nuevos bríos, Collins dijo:
—Pero yo sí existo. Acudiré directamente al presidente. Con pruebas
o sin ellas, creo en lo que usted me ha revelado y en todo lo que he podido
averiguar y voy a exponérselo todo al presidente. Han sucedido demasiadas cosas
para que puedan pasarse por alto. Es necesario que el presidente se entere de
lo que está ocurriendo, de que la ilegalidad y los crímenes de este país los
está cometiendo Vernon T. Tynan. Es imposible que el presidente evite
enfrentarse con la verdad. En cuanto lo sepa, hará lo que el presidente del
Tribunal Supremo, Maynard, quería hacer, es decir, efectuar una pública
declaración, repudiar a Tynan, denunciar la Enmienda XXXV y lograr su derrota
de una vez por todas. Anímese, Donald. Nuestra pesadilla está a punto de
terminar.
8
El presidente de los Estados Unidos se hallaba sentado muy erguido
en el negro sillón giratorio de cuero tras el escritorio Buchanan del Despacho
Ovalado de la Casa Blanca.
—¿Destituirle? —repitió elevando ligeramente el tono de su voz—.
¿Quiere usted que despida al director del FBI?
El presidente Wadsworth, sentado tras el escritorio, y Chris
Collins, acomodado en una silla de madera negra que había arrimado a éste,
llevaban unos veinte minutos hablando. Mejor dicho, Collins había estado
hablando y el presidente le había estado escuchando.
Al solicitar Collins aquella mañana ser recibido, le indicaron que
el programa del presidente estaba completo. Collins había señalado que se
trataba de una cuestión de «emergencia» y el presidente había accedido a
concederle media hora después del almuerzo, a las dos de la tarde.
Al entrar en el Despacho Ovalado, Collins había prescindido de los
habituales preámbulos, se había plantado ante el presidente y había comenzado
una apasionada explicación.
—Creo que debe usted conocer ciertas cosas que están ocurriendo a
espaldas suyas, señor presidente, cosas horrendas —había empezado a decir
Collins—. Y, puesto que no va a haber nadie que le hable de ellas, creo que voy
a tener que hacerlo yo. No será fácil, pero allá va.
Después, casi como en un monólogo, Collins había relatado los
incidentes y situaciones que se habían producido desde la advertencia del
coronel Baxter en relación con el Documento R hasta la identificación por parte
de Donald Radenbaugh del asesino del presidente del Tribunal Supremo. Lo había
revelado de carrerilla, con la claridad de un abogado, sin omitir el menor
detalle.
Y había concluido diciendo:
—No puede haber ningún motivo que justifique la transgresión de la
ley para preservar la ley. El director ha sido el principal impulsor de todo
este asunto. Basándome en las pruebas que acabo de exponerle, señor presidente,
creo que no le queda a usted más alternativa que destituirle.
—¿Destituirle? —repitió el presidente—. ¿Quiere usted que despida al
director del FBI?
—Sí, señor presidente. Tiene usted que librarse de Vernon T. Tynan.
Si no para castigarle por sus acciones criminales, para restablecer el
liderazgo de la presidencia y salvaguardar el sistema democrático. Ello le
costará a usted la Enmienda XXXV pero preservará la Constitución. Y después
podremos elaborar un plan mejor encaminado a garantizar la ley y el orden en
este país, basándonos no en la represión y la tiranía potencial, sino en el
mejoramiento de las estructuras sociales y económicas de nuestra sociedad. No
obstante, nada de todo ello será posible mientras Tynan permanezca en su cargo.
El presidente había escuchado todo el relato de Collins con
extraordinaria impasibilidad. Si se exceptuaban los gestos de alisarse el
cabello entrecano, frotarse la nariz aguileña o cubrirse la huidiza mandíbula
con una mano, había escuchado en silencio y sin dar muestras de la menor
emoción.
Su expresión seguía siendo ahora impasible. Su único movimiento
consistió en tomar un artístico abrecartas, sopesarlo en una mano y volverlo a
dejar después sobre el escritorio.
—¿Así es que cree usted realmente que el director Tynan merece ser
destituido? —preguntó.
Collins no podía estar seguro de si el presidente estaba de su parte
o bien se estaba limitando simplemente a analizar la situación más a fondo.
Probaría una vez más con un argumento decisivo.
—Sin la menor duda —contestó enérgicamente—. Los motivos para su
destitución son innumerables. Tynan debiera ser destituido por conspiración,
por abuso de las atribuciones de su cargo en el intento de conseguir la
aprobación de una ley que le investiría de un poder extraordinario. Debiera ser
destituido por chantaje e ingerencia en procedimientos legales. De lo único de
lo que no le acuso es de asesinato, y eso porque no puedo demostrarlo. Lo demás
está muy claro. Con su destitución, sobre la base de lo que usted pueda elegir
de entre las distintas pruebas que mi oficina someterá en cuanto antes a su
consideración, la Enmienda XXXV se hundirá por su propio peso. Pero, en
realidad, podría usted deshacer todo el mal que Tynan ha cometido hasta la
fecha emprendiendo personalmente la acción que el presidente del Tribunal
Supremo, Maynard, deseaba llevar a cabo, es decir, manifestándose públicamente
en contra de la enmienda de tal forma que California la rechace. No creo que
ello fuera necesario una vez se hubiera usted librado de Tynan, pero
constituiría una medida muy prudente que le granjearía un mayor respeto.
El presidente permaneció en silencio unos instantes como si
reflexionara acerca de lo que acababa de escuchar. Inesperadamente, se levantó
del sillón de cuero negro, se volvió de espaldas a Collins, se dirigió muy
erguido hacia la ventana de la izquierda enmarcada por unos verdes cortinajes y
se quedó de pie contemplando el césped de la Casa Blanca y la Rosaleda.
Collins permaneció sentado aguardando en tensión. Cruzó mentalmente
los dedos. El jurado del caso Tynan se había retirado a deliberar. Pronto se
anunciaría el veredicto. Un veredicto adecuado lo resolvería todo. Collins
aguardó esperanzado.
Tras lo que pareció un inacabable intervalo, el presidente se apartó
de la ventana y regresó de nuevo a su sillón. Se detuvo detrás de éste, apoyó
ligeramente los brazos sobre el respaldo, entrelazó los dedos y dirigió su
mirada hacia Collins.
—Bueno, pues... —empezó a decir, y continuó—: He estado considerando
todo lo que usted me ha dicho. Lo he estado examinando con mucho cuidado.
Permítame decirle lo mucho que me ha dolido. Permítame ser con usted tan
sincero como usted lo ha sido conmigo.
Collins hizo un rápido gesto de asentimiento y esperó.
—Veamos los motivos que usted me ha indicado para la destitución del
director Tynan —dijo el presidente—. Chris, tratemos de ser lo más objetivos
posible. Conoce usted la ley mejor que nadie. Es usted el primer abogado del
país. Usted sabe que una persona es inocente hasta tanto no se demuestre que es culpable. La teoría,
los rumores, las insinuaciones, los comentarios, las deducciones no constituyen
pruebas auténticas e irrefutables. Sus pruebas no son más que una urdimbre de
palabras, no de hechos.
Collins se inclinó hacia adelante como para hablar, pero el
presidente levantó ambas manos.
—Espere, Chris
—dijo Wadsworth—. Permítame que
siga. Déjeme que le diga lo que quiero decirle. ¿Cuáles son las acusaciones
directas que lanza usted contra el director Tynan? Veámoslas. Tynan ha falseado
las estadísticas criminales relativas a California. ¿Puede usted demostrarlo
sin lugar a dudas? Tynan ha construido campos de internamiento por toda la
nación. ¿Puede demostrarlo? ¿Puede decirme qué empresa es la que se está
encargando de construirlos? ¿Puede usted demostrarme que dichas instalaciones
están destinadas a los disidentes? Tynan ha cerrado un trato con Radenbaugh
liberando a este recluso de Lewisburg y facilitándole otra identidad. ¿Puede
demostrarlo? ¿Puede demostrar que se cerró el trato, que fue Tynan quien lo
cerró y que Radenbaugh no ha muerto tal como anunció la prisión? Tynan ordenó
que se entregase dinero al asesino de Maynard. ¿Lo puede demostrar? Tal como
usted mismo ha reconocido, no lo puede demostrar, ¿no es cierto? Tynan ha
utilizado a los habitantes de una ciudad de empresa de Arizona en calidad de
conejitos de Indias en relación con la Enmienda XXXV. ¿Puede demostrarlo?
Sabemos que Tynan había estado llevando a cabo investigaciones acerca de esta
localidad, pero, ¿puede usted demostrar que en realidad la estaba utilizando
con vistas a algún objetivo nefasto? Tynan es algo así como el profesor
Moriarty, el célebre personaje de Conan Doyle, de alguna siniestra conspiración
encarnada en algo, en una especie de plan llamado el Documento R. ¿Puede
demostrarlo? ¿Puede usted afirmar que se lo oyó decir personalmente al coronel
Baxter? ¿Puede demostrar la existencia de ese documento? Y, caso de que exista,
¿puede demostrar que es peligroso? ¿Puede decirme de qué se trata y dónde se
encuentra? —El presidente Wadsworth respiró hondo y prosiguió:— Chris, ¿qué es
lo que tiene usted como no sea una urdimbre formada por especulaciones y
conjeturas fantásticas? Basándose en estas acusaciones, sin aportar pruebas
irrefutables, ¿desea usted que destituya al director del FBI, a uno de los
hombres más eficientes y populares del país? Chris, ¿acaso ha perdido usted el
juicio? ¿Destituir a Tynan? ¿Por qué? Su petición es imposible, Chris,
imposible.
Collins se había ido desanimando mientras escuchaba estas palabras y
ahora se sentía derrotado y abatido. Había albergado la esperanza de que el
presidente dudara y discutiera, no que le atacara con tanta decisión.
Intentó desesperadamente recuperarse.
—Señor presidente, las pruebas pueden revestir muchas formas. Sé
que, si dispusiera de tiempo, podría aportar pruebas que le dejarían plenamente
satisfecho. Pero no disponemos de tiempo. Quite primero de en medio a Tynan. Es
peligroso. Más tarde ya encontraremos delitos de que acusarlo. Le digo,
basándome en lo que me han dicho y lo que he visto, que Tynan hará cualquier
cosa, lo que sea, para anular la Ley de Derechos, conseguir la ratificación de
la Enmienda XXXV y destruir nuestra democracia.
El rostro del presidente se había petrificado.
—Es que yo también deseo la ratificación de la Enmienda XXXV —dijo
éste—. ¿Acaso ello significa que deseo destruir nuestra democracia?
—No, por supuesto que no, señor presidente —se apresuró a reconocer
Collins—. No quiero dar a entender que todos los partidarios de la aprobación
de la Enmienda XXXV están en contra de un gobierno democrático. De hecho, yo
también la he apoyado durante algún tiempo y me he manifestado públicamente a
favor de la misma. Por lo que a la gente respecta, sigo apoyándola puesto que
no la he denunciado públicamente, y no pienso hacerlo mientras pertenezca a la
actual administración.
—Me alegra oírselo decir, Chris —dijo el presidente ablandándose un
poco—. Me alegra que posea usted el sentido de la lealtad.
—Por supuesto que lo poseo —dijo Chris—. Pero falta saber si Tynan
lo posee también. Se trata de algo más que eso. Se trata de lo que representa
la democracia. Usted y yo lo sabemos. Pero, ¿lo sabe Tynan? En nuestras manos,
la Enmienda XXXV no sería erróneamente utilizada. Pero, ¿y en las suyas... ?
—No existe la menor prueba de que él tuviera que interpretar la ley
de un modo distinto a como lo haríamos usted o yo.
—A la luz de todo lo que acabo de revelarle, ¿puede usted decir eso?
Aunque no pueda demostrarle nada, tiene usted que reconocer...
—Es inútil, Chris —le interrumpió el presidente rodeando el sillón y
acomodándose en el mismo con aire decidido—. Lo lamento, Chris. Respeto los
hechos. Escucho los hechos. Basándome en lo que usted me ha dicho, no me parece
que los hechos avalen su punto de vista. No veo suficientes motivos para
destituir a Tynan. Haga un esfuerzo por verlo desde mi perspectiva. La
reputación de patriota de Tynan es impecable. Destituirle con unas pruebas tan
confusas sería como detener a George Washington por fomentar el desorden o
encarcelar por subversión a Barbara Frietchie, la heroína que desafió a los
rebeldes del Sur. Destituirle constituiría un mal servicio al país y
significaría también mi suicidio político. El público confía en Tynan. La gente
cree en él...
—¿Y usted? —preguntó
Collins—. ¿Cree usted en él?
—¿Por qué no? —replicó el presidente—. Siempre le he visto deseoso
de colaborar. Ha sido en todo momento uno de nuestros mejores funcionarios
públicos. En algunas ocasiones tiende a ser excesivamente celoso en su intento
de alcanzar sus objetivos. Pero, bien mirado...
—Va usted a conservarle en su puesto y a seguir apoyando la Enmienda
XXXV —dijo Collins—. Nada de lo que yo diga le disuadirá de su propósito. Está
dispuesto a seguir respaldándole.
—Sí —dijo el presidente con decisión—. No tengo más remedio, Chris.
—En tal caso, yo tampoco tengo más remedio, señor presidente —dijo
Collins levantándose muy despacio—. Si apoya usted a Tynan, tendrá que
prescindir de mí. No tengo más remedio que dimitir de mi cargo de secretario de
Justicia. Ahora regresaré a mi despacho y redactaré mi carta oficial de
dimisión. Me pasaré las próximas veinticuatro horas luchando contra la enmienda
en la Asamblea de California, y, si fracaso allí, dedicaré todas las horas que
me queden a combatirla en aquel Senado.
Saludó al presidente con un gesto y se estaba dirigiendo hacia la
puerta que tenía más cerca cuando oyó que Wadsworth le llamaba por su nombre.
Collins se detuvo ya junto a la puerta y volvió la cabeza.
El presidente le estaba mirando auténticamente apenado.
—Chris —le dijo—, antes de hacer algo que después pueda lamentar,
piénselo dos veces. —Se removió inquieto en su sillón.— Se trata de un período
crítico... tanto para nosotros como para el país. No es momento de agitar la
embarcación.
—Yo abandono esta embarcación, señor presidente —dijo Collins—. Me
hundiré o bien nadaré por mi cuenta. Buenos días.
Tras lo cual, abandonó el Despacho Ovalado.
El presidente Wadsworth permaneció largo rato con la vista clavada
en la puerta una vez Collins se hubo marchado. Final-mente, descolgó el
teléfono y estableció comunicación con su secretaria personal.
—¿Señorita Ledger? Llame al director Tynan al FBI. Dígale que deseo
verle a solas cuanto antes.
Al regresar a su despacho, lo primero que hizo Chris Collins fue
llamar a su esposa.
Hasta aquella mañana no había mantenido a Karen al corriente de los
acontecimientos que habían estado teniendo lugar en su vida en el transcurso de
las últimas semanas. Desde la noche en que había sabido de la existencia del
Documento R, le había revelado algún que otro detalle de vez en cuando. Pero
aquella mañana, tras contemplar por televisión los reportajes relativos al
asesinato de Maynard, y una vez Donald Radenbaugh hubo regresado finalmente a
su hotel, Collins se había dirigido a la cocina y se lo había referido todo.
Karen se había quedado de una pieza.
—¿Qué vas a hacer, Chris?
—Voy a entrevistarme con el presidente a la mayor brevedad posible.
Se lo voy a revelar todo. Le pediré que destituya a Tynan. Karen se habla
atemorizado de inmediato,
—¿No te parece peligroso? —le preguntó.
—No, si el presidente se muestra de acuerdo conmigo.
Al salir hacia su trabajo, Collins había dejado a Karen convencida
de que el presidente Wadsworth se mostraría de acuerdo con él.
Ahora, cuatro horas más tarde, comprendía que se había equivocado de
medio a medio.
Karen contestó al teléfono con voz muy nerviosa.
—¿Qué ha sucedido, Chris?
El presidente no ha estado de acuerdo conmigo.
—Pero, ¿cómo es posible? —dijo ella en tono de incredulidad.
Ha dicho que no podía demostrarle nada. Me ha dado a entender que me
consideraba un idiota paranoico. Ha respaldado a Tynan de un modo total.
—Es terrible. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Voy a dimitir, ya se lo he dicho. He pensado que sería mejor que lo
supieras.
—Gracias a Dios —dijo ella suspirando aliviada.
—Terminaré rápidamente mi trabajo, escribiré mi carta de dimisión y
la enviaré. Iré un poco tarde a cenar.
—No pareces muy satisfecho, Chris.
— Es que no lo estoy. Tynan sale bien librado. La Enmienda XXXV se
convierte en ley. Está por resolver la cuestión del Documento R. Y yo me veo
impotente y me quedo sin trabajo.
—Saldrás adelante, Chris —le aseguró ella—. Se pueden hacer muchas
cosas. Venderemos la casa. Regresaremos a California... quizás el mes que
viene...
—Esta noche, Karen. Regresaremos a California esta noche. Tomaremos
el último avión. Quiero estar en Sacramento mañana por la mañana. Quiero
desarrollar un poco de labor de cabildeo. La Enmienda XXXV se someterá a
votación por la tarde en la Asamblea. Si caigo, por lo menos caeré combatiendo.
—Lo que tú digas, cariño.
—Hasta luego. Tengo muchas cosas que hacer.
Tras colgar el aparato, Collins pensó en el trabajo que tenía
acumulado sobre el escritorio. Antes de poner manos a la obra, tenía que hacer
otra cosa. Llamó a su secretaria.
—Marion, a propósito de mi programa de citas, anula todas las que
tenga para hoy, las que tenga para el resto de la semana y las que se hayan
concertado para las semanas venideras. —Observó que ella arqueaba las cejas.—
Se lo explicaré más tarde. Se lo explicaré antes de que salgamos esta tarde.
Ahora diga a todo el mundo que estaré ausente de la ciudad. Ya nos pondremos en
contacto con ellos. Otra cosa, Marion, reserve plaza para mi esposa y para mí
en el último vuelo a California de esta noche... en el último vuelo a
Sacramento. Ya buscaré yo mismo el hotel.
—Pero, señor Collins, esta noche iba usted a Chicago.
—¿A Chicago? —repitió él sorprendido.
—¿Lo ha olvidado usted? Mañana tiene que pronunciar un discurso en
la convención de la Sociedad de Antiguos Agentes Especiales del FBI. Será usted
el principal orador. Una vez acabado el discurso, va usted a reunirse con Tony
Pierce.
Lo había olvidado por completo. En el transcurso de su primera
semana en el cargo había accedido a pronunciar un discurso en la convención de
la Sociedad de Antiguos Agentes Especiales del FBI. Tras su decisión de
oponerse a la Enmienda XXXV, había decidido también reunirse con Pierce, su
antagonista en el programa de televisión y dirigente de la Organización de
Defensores de la Ley de Derechos. A través de su hijo Josh, había localizado a
Pierce, el cual había accedido a reunirse con él en la convención de ex agentes
del FBI:
—Me temo que tendré que cancelar el viaje a Chicago, Marion. Tengo
que ir a Sacramento.
—Eso no les gustará, señor Collins. No tendrán tiempo de encontrar a
otro orador que le sustituya.
—Siempre hay alguien —dijo Collins bruscamente—. Vamos a hacer una
cosa... será mejor que hable yo con ellos personalmente. Les llamaré cuando
haya adelantado un poco el trabajo que tengo. En cuanto a Tony Pierce, usted
misma podrá resolver el asunto. Llame a sus oficinas de la ODLD de Sacramento,
localícele, dígale que he anulado mi viaje a Chicago y ruéguele que me espere
en Sacramento. Dígale que le veré en Sacramento mañana por la mañana. Le
llamaré a primera hora de la mañana para concertar la cita. ¿Lo ha entendido?
—Llamaré al señor Pierce —repuso ella asintiendo con la cabeza.
Después preguntó en tono vacilante:— ¿De veras desea usted que anule todas las
citas?
—Todo. Ya basta de preguntas. Tengo muchas cosas que hacer.
Una vez Marion se hubo marchado, Collins empezó a abordar el trabajo
que tenía acumulado sobre el escritorio: informes y sumarios que tenía que leer
y documentos para firmar. Se alegró al comprobar que uno de los memorandos
estaba dirigido al Servicio de Inmigración y Naturalización: se trataba de su
autorización personal a la entrada en los Estados Unidos, procedente de
Francia, de Emmy, la futura esposa de Ishmael Young. Lo firmó y se lo entregó a
Marion ordenándole que lo enviara de inmediato y que remitiera una copia a
Ishmael Young.
Al regresar a su despacho, se detuvo ante la chimenea pensando en lo
que todavía le quedaba por hacer en aquélla su última tarde como secretario de
Justicia de los Estados Unidos. A continuación, redactaría la carta de
dimisión. Después sacaría todas sus pertenencias de los cajones del escritorio
y recogería lo demás que hubiera en el saloncito del otro lado del despacho de
Marion. Y, finalmente, llamaría a Chicago y anularía el discurso que hubiera
tenido que pronunciar al día siguiente.
Ante todo, la carta de dimisión.
Se acercó al jarro de plata que había sobre la mesita del teléfono
al lado de su escritorio, se llenó un vaso de agua y bebió. Contempló las
repletas estanterías adosadas a la pared y empezó a pasear por el espacioso
despacho tratando de bosquejar la carta. ¿Sencilla o grandilocuente? Ninguna de
las dos cosas. ¿Agresiva o defensiva? No, ni lo uno ni lo otro. Al final,
consiguió dar con el tono más adecuado. Dimitía de su cargo de secretario de
Justicia por apremiantes motivos de conciencia. Tras reflexionar detenidamente,
había llegado a la conclusión de que no podía seguir mostrándose de acuerdo con
la administración en su apoyo a la Enmienda XXXV. Consideraba que podría servir
mejor los intereses de su conciencia y de su país dimitiendo de su cargo con el
fin de dedicar, libre de trabas, todos sus esfuerzos a combatir la aprobación
de la Enmienda XXXV. El tono adecuado.
Se sentó apresuradamente junto al escritorio, tomó una hoja de papel
oficial y puso rápidamente por escrito lo que ya había formulado mentalmente.
Después decidió que, en lugar de enviar la carta manuscrita a la
Casa Blanca, la mandaría mecanografiar y la firmaría. Los medios de difusión
podrían manejar más fácilmente las copias de una carta mecanografiada que las
de una carta manuscrita. Sí, le diría a Marion que la pasara a máquina y
mandaría sacar fotocopias.
Volvió a leer la carta de dimisión y después se levantó tratando de
hallar algún medio de mejorarla. Empezó a pasear una vez más por el despacho y
después se dirigió a la contigua sala de conferencias. Pisando la alfombra roja
estampada, se detuvo ante el retrato de Alphonso Taft, secretario de Justicia
bajo el presidente Ulysses S. Grant. Se preguntó por qué demonios estaría allí,
pensó que al día siguiente ordenaría que lo retiraran y entonces recordó que
quien iba a retirarse al día siguiente iba a ser él.
Siguió paseando por la estancia bordeando la alargada mesa de
conferencias con sus dieciséis sillones de cuero rojo. Se detuvo hacia la mitad
de la pared del otro lado frente al busto de mármol blanco de Oliver Wendell
Holmes. Su secretaria Marion le alcanzó precisamente junto a aquel busto de
mármol.
—Señor Collins —le dijo sin aliento la secretaria—. Está aquí el
director Tynan y desea verle.
—¿Tynan? —preguntó él—. ¿Aquí?
—Se encuentra en la sala de espera.
Collins se sentía confuso. Aquello resultaba totalmente inesperado.
En el transcurso de la breve permanencia de Collins en el cargo, Tynan no había
acudido ni una sola vez a visitarle personalmente al Departamento de Justicia.
—Bueno, dígales que le hagan pasar.
Hizo conjeturas acerca del asunto que podría motivar la visita del
director. De una cosa estaba, sin embargo, seguro: Tynan era la última persona
a la que hubiera deseado ver aquel día. Aguardó con hastío la llegada del
director.
Casi inmediatamente vio aparecer junto a la puerta de la sala de
conferencias la enorme mole de Vernon T. Tynan. Tynan, con su musculoso cuerpo
enfundado en un ajustado traje azul marino de doble botonadura, se le acercó
caminando a grandes zancadas. Las tensas facciones de su rostro presentaban su
habitual expresión desdeñosa sin permitir adivinar lo más mínimo acerca de la
misión que le había traído.
Al llegar a la altura de Collins, dijo:
—Siento interrumpirle de esta forma, pero me temo que es importante.
—Dio unas palmaditas a la cartera de documentos que llevaba bajo el brazo.— Se
trata de algo que tengo que discutir con usted ahora mismo.
—Muy bien —dijo Collins—. Vamos a mi despacho. Tynan no se movió.
—Creo que no —dijo sin inflexión alguna en la voz. Miró a su
alrededor—. Creo que será mejor aquí. —Después añadió:— No quisiera que nadie
pudiera escuchar lo que vamos a discutir. Y no creo tampoco que usted lo
quiera.
Collins lo comprendió.
—Vernon, no tengo el despacho intervenido. No creo en la necesidad
de grabar las palabras de mis visitantes.
—Pues se pierde usted muchas cosas —dijo Tynan con un gruñido;
después colocó la cartera sobre la mesa de conferencias frente al sillón más
próximo al de la cabecera—. Sentémonos. Lo que tengo que decirle no nos llevará
mucho tiempo. Seré muy breve, señor Collins.
Molesto, Collins alcanzó el sillón de cuero rojo de la cabecera de
la mesa y se acomodó a escasa distancia del director del FBI. Mientras
esperaba, tomó su tabaco, le ofreció a Tynan un cigarrillo que éste rechazó,
sacó uno para sí mismo y lo encendió. Tras dar un par de chupadas, se acercó un
cenicero de cristal y preguntó:
—Bueno, ¿a qué debo el honor de su visita?
Tynan apoyó las manos sobre la mesa.
—Iré inmediatamente al grano —contestó—. El presidente me lo acaba
de contar todo hace un rato. He sabido que ha acudido usted a verle. He sabido
que tiene usted intención de dimitir de su cargo... y he sabido el porqué.
—Tynan se reclinó en su asiento, miró a Collins de arriba abajo y sacudió la
cabeza.— Ha sido una estupidez por su parte —dijo esbozando una sonrisa
torcída—. Intentar conseguir la destitución de Vernon T. Tynan ha sido una
verdadera estupidez. Le creía mucho más listo.
—He hecho lo que tenía que hacer —replicó Collins tratando de
controlarse—. Usted lo está haciendo ahora, ¿no? Bueno, pues yo también lo he
hecho.
Con enloquecedora deliberación, Tynan empezó a abrir la cartera de
documentos.
—Sí, lo estoy haciendo —repitió en tono burlón—. Y, puesto que se ha
estado usted entremetiendo en mis asuntos... y lo ha hecho...
—Ciertamente que sí —dijo Collins.
—... he pensado que sería justo que yo me entremetiera también un
poco en los suyos.
—Estoy perfectamente al tanto de sus recientes actividades —dijo
Collins—. Sabía que me estaba usted sometiendo a una nueva investigación.
—¿De veras? —preguntó Tynan mirándole—. ¿Lo sabía y no
hizo nada al respecto?
—No había motivo para que lo hiciera. No tengo nada que ocultar.
—¿Está seguro? —Tynan había estado examinando el contenido de la
cartera y ahora extrajo de la misma una carpeta de cartulina.— Bueno, sea como
fuere, he pensado que le halagaría a usted saber que le hemos estado
investigando con gran cuidado... con amoroso cuidado.
—Le agradezco su interés —dijo Collins—. Ahora sorpréndame, por
favor. ¿Qué ha averiguado usted?
La despectiva mueca del rostro de Tynan se acentuó fuertemente.
—Le diré lo que he averiguado. He averiguado algo que usted ha
ocultado deliberadamente al público... o tal vez algo que le han ocultado a
usted. —Abrió la carpeta, estudió brevemente lo que había en su interior y miró
a Collins a los ojos.— Se propone usted destruir la única ley capaz de salvar a
este país de la ruina. Ha estado usted hurgando en las vidas de mucha gente,
incluida la mía propia. Pero no se ha tomado la molestia de cerciorarse de que
todo estuviera en orden en su casa. Bueno, pues antes de que se presente usted
al público en calidad del señor Limpio, será
mejor que se cerciore de que su vida y las vidas de quienes le rodean son
absolutamente puras.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir que está usted casado con una mujer cuyo pasado
reciente resulta muy sospechoso. Creo que merecerá la pena discutir el pasado
de su esposa.
Collins advirtió que le invadía la cólera contra aquel hombre cuya
misión consistía en escarbar en las vidas privadas de los demás. Su cólera
superó la inmediata curiosidad que experimentaba en relación con lo que Tynan
hubiera logrado descubrir.
—Vernon —dijo—, no sé qué demonios quiere dar a entender, pero le
diré de entrada que no tengo la menor intención de discutir con usted acerca de
mi esposa o de cualquier otro miembro de mi familia. El Senado celebró sesiones
acerca de mi persona. Mi vida forma parte de los expedientes públicos. El
Senado me confirmó en mi cargo. No hay ninguna otra cosa que discutir.
—Me temo que hay algo más que discutir —dijo Tynan muy lejos de
darse por vencido—. Y creo que deseará usted hablar de ello. Se trata de un
pequeño detalle que se nos pasó por alto en nuestra primera investigación
acerca de usted, un detalle que tendrá mucho interés en conocer.
—No quiero que mezcle a mi esposa con nuestras diferencias.
—Allá usted, Chris —dijo Tynan encogiéndose de hombros—. O me
escucha usted y me dice qué hacemos o su esposa tendrá que contárselo de nuevo
a un juez y a un jurado. —Se detuvo.— ¿Me permite ahora que siga?
Collins advirtió que el corazón le latía con fuerza. Esta vez,
guardó silencio.
Tynan examinó una vez más los papeles y dijo:
—Su esposa era viuda cuando usted la conoció. Eso fue hace algo más
de un año. Se llamaba Karen Grant. Su marido se llamaba Thomas Grant. ¿No es
así?
—Así es. Sabe usted que es así, por consiguiente...
—No lo es y sé que no. Su nombre de soltera era Karen Grant. El
nombre de su marido era Thomas Rowley. Su nombre de casada era Karen Rowley.
Collins lo ignoraba, pero se apresuró a defender a su esposa.
—¿Y qué? No es nada raro que una viuda utilice su nombre de soltera.
—Tal vez no —dijo Tynan—. O tal vez sí. Vamos a ver... la conoció
usted en Los Ángeles, donde ella trabajaba de modelo. Antes había vivido con su
marido en...
—Madison, Wisconsin.
—¿Eso es lo que ella le dijo? Pues le informó mal. Vivía con su
marido en Forth Worth, Texas. Su marido murió en Forth Worth.
Collins retiró la silla como para ir a levantarse y dar por
terminado aquel interrogatorio inquisitorial.
—Vernon, todo eso me importa un comino.
—Pues sería mejor que le importara —dijo Tynan fríamente—. ¿Sabe
cómo se quedó viuda su esposa?
—Por el amor de Dios, su marido murió en un accidente.
—¿En un accidente? ¿De veras? ¿Qué clase de accidente?
—Jamás se lo he preguntado. No es que sea precisamente un tema muy
agradable de comentar —repuso Collins—. Creo que fue alcanzado por un
automóvil. ¿Está usted satisfecho ahora, Vernon?
—No, no lo estoy. Según los archivos del FBI de Forth Worth, no fue
alcanzado por un automóvil. Fue alcanzado por una bala... disparada a
bocajarro. Le asesinaron.
A pesar de que Collins ya se había dispuesto a recibir una
información desagradable, la revelación constituyó para él un golpe inesperado
que le hizo perder el aplomo. Tynan siguió hablando implacablemente.
—Todas las pruebas acusaban a su esposa del asesinato. Fue detenida
y juzgada. Tras cuatro días de deliberaciones, el jurado no logró ponerse de
acuerdo. Posiblemente gracias a la influencia de su padre, que era un destacado
político de la zona, ahora ya fallecido, las autoridades decidieron no
someterla a un segundo juicio y la pusieron en libertad.
—No lo creo —protestó Collins.
Tynan y la sala de conferencias habían quedado como desenfocados
ante sus ojos, y Collins se esforzó por recuperar el dominio de sí.
—Si tiene usted alguna duda —prosiguió Tynan fríamente—, estos
documentos se la disiparán. —Tomó unos papeles de la carpeta y los colocó
cuidadosamente frente a Collins.— Es un resumen del caso, basado en los
sumarios judiciales y con el correspondiente número de identificación. Y unas
fotocopias de tres recortes de periódico. Reconocerá en ellas a Karen Rowley.
Ahora vayamos al meollo de la cuestión... —Collins hizo caso omiso de los
papeles que tenía delante y siguió mirando a su adversario en espera de que
éste le revelara cuál era el fondo de todo aquello y Tynan añadió:— El jurado
no declaró culpable a su esposa. Pero tampoco la declaró inocente. Se pasaron
cuatro días discutiendo sin conseguir resolver sus diferencias y llegar a un
veredicto. Se declararon en desacuerdo. Tal como usted sabe mucho mejor que yo,
ello deja el caso sin resolver y arroja una sombra de duda sobre el
comportamiento de su esposa. Ése es el punto que me interesó. Les ordené a
nuestros agentes que investigaran más profundamente. Y así lo hicieron.
Reconstruyeron el asesinato, interrogaron nuevamente a los testigos... y, en el
transcurso de sus investigaciones, consiguieron dar con una nueva pista, una
pista que ha resultado ser muy valiosa. No acierto a comprender cómo es posible
que las autoridades locales la pasaran por alto. Pero es que a veces esa gente
es muy descuidada. Como usted sabe, el FBI jamás lo es.
Collins esperó sin hacer comentario alguno.
—Hemos descubierto a un nuevo testigo, un testigo que entonces se
pasó por alto. Se trata de una mujer que afirma haber visto a Karen Rowley... o
Karen Grant o Karen Collins, como usted prefiera; un testigo presencial que
afirma haber escuchado un altercado en cuyo transcurso Karen le dijo a Rowley
que desearía matarle. La testigo decidió alejarse de la casa de los Rowley,
pero, al hacerlo, pudo ver fugazmente a Karen empuñando un arma, de pie junto
al cuerpo de su marido. —Tynan se detuvo.— Y aún hay más —añadió bajando la
voz—. Me molesta tener que decírselo, aunque, de todos modos, saldría a la luz
en el caso de que la testigo fuera llamada a declarar antes los tribunales. Es
bastante desagradable...
Collins advirtió como una opresión en el pecho, pero siguió
guardando silencio.
Tynan prosiguió eligiendo lentamente las palabras.
—Muchos fines de semana, su esposa solía acudir sola a visitar a su
padre. O, por lo menos, eso decía ella. Al final, Rowley, su marido, empezó a
sospechar. Mandó que la siguieran. Y se enteró... no sé cómo decírselo... se
enteró de que Karen participaba activamente en las orgías de un grupo de
Houston. Se reunían, se desnudaban y se entregaban a orgías sexuales. Y ella
participaba... a veces con varios hombres, a veces con mujeres, relaciones
sexuales normales, perversiones... no quiero entrar en detalles, pero...
—¡Eso es una sucia mentira y usted lo sabe! —gritó Collins medio
levantándose del sillón.
Tynan no se inmutó.
—Ojalá lo fuera, pero no lo es. Nuestra testigo oyó a Rowley acusar
a Karen de todo eso. —Su mano se acercó a la carpeta. —¿Quiere usted leer la
declaración que ha formulado la testigo en privado?
—No, muchas gracias.
—Sea como fuere, al terminar la escena, la testigo oyó un disparo de
arma de fuego y pudo ver fugazmente a Karen de pie junto al cuerpo de Rowley.
—Tynan estudió brevemente a Collins y, a continuación, siguió hablando.— Ahora
bien, esta testigo no declarará por su libre voluntad. No quiere meterse en
líos. Pero, en caso de que se obligara a declarar bajo juramento, lo haría.
Ello se traduciría en un segundo juicio. Y esta vez no es probable que el
jurado se declarara en desacuerdo. No obstante, tengo el gusto de informarle de
que no permití que mis colaboradores sometieran estas nuevas pruebas a la
consideración del fiscal de distrito de Forth Worth. Me pareció que no sería
correcto sin antes consultárselo a usted. Además, a pesar de las... las
debilidades de su esposa... sólo Dios sabe qué pudo inducirla a comportarse
como lo hizo... yo siento cierta simpatía por la señora Collins. Su marido era
un sujeto sin escrúpulos. Iba por su dinero, por el dinero de su padre, y la
explotó. Es probable que la amenazara con revelar sus extravíos sexuales con el
fin de sacarle más dinero. Algunos tal vez opinaron que tuvo motivos más que
sobrados para hacer lo que hizo. Eso pensé yo precisamente al ordenar que se
detuvieran las pruebas. Finalmente, y tal vez sea ésta la consideración más
importante, preferiría no tener que poner en un aprieto a un miembro de la
administración, a un miembro del equipo del presidente, en unos momentos tan
cruciales como los que estamos viviendo. Creo que lo comprenderá usted. Creo
que todas las personas relacionadas con este asunto va han sufrido bastante y
que no es necesario exponerlo todo de nuevo a la luz pública. En determinadas
circunstancias, todo ello podría quedar olvidado fácilmente.
Collins estaba asqueado. Y no sólo por la información acerca de
Karen y por la amenaza que pesaba contra ésta, sino también por el descarado
chantaje a que Tynan le estaba sometiendo. La repugnancia que experimentaba
hacia aquel hombre le estaba quemando por dentro. Hasta entonces, jamás se
hubiera considerado capaz de matar a un ser humano. En aquellos momentos, sin
embargo, hubiera deseado apretarle a Tynan el cuello con sus propias manos.
Pero se impuso la cordura.
Collins permaneció sentado en silencio, temblando sólo por dentro.
Al final, consiguió hablar.
—¿Dice usted que estaría dispuesto a olvidar en determinadas
circunstancias?
—Exactamente.
—¿Y cuáles serían esas circunstancias? ¿Qué desea usted de mí?
—Sólo su colaboración, Chris —repuso Tynan amablemente—. Muy poca
cosa, en realidad. Digamos que lo que desearía de usted es su promesa de que
permanecerá en el equipo con el presidente y conmigo y seguirá apoyando la
Enmienda XXXV hasta el final. Lo que no desearía de usted sería un
comportamiento destructivo, como, por ejemplo, su dimisión en estos momentos o
una declaración pública en la que se manifestara en contra de la enmienda. Éste
es el precio. Muy razonable, creo.
—Comprendo —dijo Collins observando cómo Tynan cerraba la carpeta y
se la volvía a guardar en la cartera de documentos—. ¿No va usted a permitirme
que vea el resto de las pruebas?
—Las guardaré yo, para más seguridad. Le he dicho lo suficiente.
Tiene usted a su esposa. Ella le podrá contar lo que yo no le haya dicho.
—No, me refiero al nombre de la testigo que ustedes han descubierto.
Quisiera saber eso, por lo menos.
—Creo que no es posible, Chris —dijo Tynan sonriendo—. Si quiere ver
a la testigo, tendrá que ser en una sala de justicia. —Cerró la cartera.— Me
parece que ya le he dicho todo lo que tenía que decirle. Dispone usted de
suficientes datos. De usted dependerá lo que ocurra a partir de ahora.
—Vernon, es usted el peor hijo de puta que jamás me he echado a la
cara.
Tynan siguió sonriendo.
—No creo que mis padres se mostraran de acuerdo. Si tengo algún
defecto —dijo muy serio— es el de amar demasiado a mi país. Si usted tiene
algún defecto, es el de amar un poco menos a su país. Y es por mi país por lo
que le pido que adopte ahora una decisión.
Collins le dirigió una mirada de odio. Al final, desistió de seguir
luchando, se dio por vencido, y se hundió en su asiento.
—De acuerdo —dijo con voz cansada—, usted gana. Repítamelo de
nuevo... ¿qué desea exactamente que haga?
Había sido la primera vez desde que se había casado que no había
deseado regresar a casa junto a su esposa.
Tras la marcha de Tynan, no había logrado seguir trabajando, pero
había permanecido deliberadamente hasta muy tarde en el Departamento de
Justicia porque deseaba estar solo y pensar. Se había estado debatiendo entre
sentimientos contradictorios. Se había escandalizado al conocer los
antecedentes de Karen. Estaba decepcionado porque ésta le había ocultado los
detalles de su reciente pasado. No sabía si era culpable o inocente de la
muerte de su marido (un jurado había deliberado durante cuatro días enteros y
no había conseguido establecer su inocencia). Temía que resultara perjudicada
ahora que Tynan estaba dispuesto a abrir de nuevo el caso.
Había tratado de rechazar la imagen que Tynan le había ofrecido de
la secreta vida sexual de Karen. Las orgías de personas desnudas. La
promiscuidad. La cadena de perversiones.
Collins no lo creía. Ni una sola palabra. Pero las imágenes
persistían y no lograba apartarlas de su mente.
No sabía qué pensar, qué actitud adoptar con ella, cómo abordar el
asunto. En su despacho no había logrado resolver estas cuestiones, y ahora,
mientras introducía la llave en la cerradura de la puerta principal de su casa
y la abría, todavía no las había resuelto.
Hubiera deseado evitar la confrontación, pero le constaba que sería
imposible.
Al parecer, ella le había oído entrar.
—¿Chris? —le llamó desde el comedor.
—Sí. Un momento —repuso él avanzando por el pasillo en dirección al
dormitorio.
Se había quitado la corbata y estaba a punto de quitarse la camisa
cuando apareció ella.
—He estado en ascuas todo el día —dijo Karen—. Desde que me has
llamado he estado aguardando a que me contaras lo que ha ocurrido. He empezado
a hacer el equipaje. Nos vamos a California, ¿verdad?
—No —repuso él en tono sombrío.
Ella se le estaba acercando para darle un beso. Se detuvo en seco.
—¿No? —preguntó frunciendo el ceño y estudiándole cl rostro—. No has
dimitido, ¿no es cierto?
—No, no he dimitido.
—No... no lo entiendo, Chris.
—Había escrito la carta de dimisión, pero después la he roto. Tras
recibir la visita de Vernon Tynan. Al marcharse él, la he roto. He tenido que
hacerlo.
—Has... has tenido que hacerlo —repitió ella—. ¿Lo has tenido que
hacer por... por mí? —preguntó abatida.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó él asombrado.
—Porque sabía que podría ocurrir. Sabía que Tynan haría cualquier
cosa con tal de impedir que te opusieras a él. La otra noche en la cena, cuando
ese escritor, Ishmael Young, dijo que Tynan llevaba a cabo investigaciones
acerca de todos los que le rodeaban y
lo sabía todo de las personas que rodeaban a quienes le interesan, lo comprendí, lo comprendí, sí.
Comprendí que tal vez te persiguiera a ti y... me encontrara a mí. Me asusté mucho, Chris. Aquella noche, cuando estábamos a punto de dormimos, decidí, por
centésima vez, contártelo todo. Tenía intención de decírtelo. Empecé a hacerlo,
pero tú ya te habías dormido. Después, al día siguiente, ocurrieron otras cosas
y me olvidé. Hubiera debido decírtelo. Santo cielo, qué estúpida he sido. Un
secreto tan estúpido. Hubiera debido revelártelo.
—Yo hubiera debido saberlo, Karen, aunque no
hubiera sido más que para poder protegerte.
—Sí, tienes razón. Pero no para protegerme a
mí. Para protegerte a ti mismo. Ahora que Tynan te lo ha contado... No sé lo
que Tynan te habrá contado, pero será mejor que escuches mi versión.
—Ahora no deseo escucharla, Karen. Tengo que
salir de la ciudad para
pronunciar un discurso. Cuando regrese de Chicago...
—No, escúchame —dijo ella acercándose más—. ¿Qué es lo que te ha
dicho Tynan? ¿Que mi marido murió de un disparo en nuestro dormitorio de Fort
Worth? ¿Que me habían oído decir más de una vez que ojalá se muriera? La verdad
es que habíamos tenido otra terrible pelea. Una de tantas. Yo me marché y me
fui a casa de mi padre. Después decidí regresar a casa,
intentar una vez más hacer las paces. Y me encontré a Tom en el suelo. Muerto.
No tenía ni idea de quién le había matado. Y sigo sin tenerla. Pero varias
personas nos habían oído discutir y me habían oído decir a mí que ojalá se
muriera. Era cierto. Lo había dicho muchas veces. Como es lógico, me acusaron.
Las pruebas eran muy confusas y circunstanciales, pero teníamos a un nuevo
fiscal de distrito que estaba deseoso de crearse una buena reputación. Me juzgaron.
Fue un tormento espantoso. ¿Es eso lo que Tynan te ha contado? ¿Te ha contado
todo eso?
—Casi todo. Ha dicho que el jurado se había
declarado en desacuerdo.
—En desacuerdo —dijo ella en tono despectivo—.
Once de los miembros del jurado se mostraron favorables a declararme inocente
desde un principio. Sólo un hombre, el número doce, insistió durante cuatro
días en considerarme culpable, hasta que los demás se dieron por vencidos.
Aquel tipo lo que quería era declarar culpable a mi padre, no a mí. Supe
después que mi padre le había despedido. La oficina del fiscal de distrito no
quiso volver a juzgarme porque tanto las pruebas como el jurado estaban
abrumadoramente de mi parte. Sabían que era inútil y me pusieron en libertad
sobreseyendo el caso. Para huir de la notoriedad, dejé de utilizar mi apellido
de casada y abandoné la ciudad. Me fui a trabajar a Los Ángeles, donde te
conocería aproximadamente un año más tarde. Y eso es todo, Chris. No te lo
había contado porque ya era agua pasada, porque ya lo había dejado atrás y yo
sabía que era inocente y, al enamorarme de ti, no quise que nada empañara
nuestras relaciones y te indujera a dudar. No quería que este sórdido asunto
ensuciara un amor tan limpio. Deseaba empezar de nuevo. Hubiera debido
decírtelo. Hubiera debido, pero no lo hice y cometí un error. —Respiró hondo.—
Me alegro de que al final te hayas enterado. Ahora ya conoces toda la
historia.—No toda la historia, según Tynan —dijo Collins—. Tynan ha descubierto
un nuevo testigo, una mujer que afirma haberte visto de pie junto al cadáver de
Rowley empuñando un arma. La testigo afirma haberte oído disparar.
—¡Eso es mentira! Yo no lo hice. Es una
auténtica mentira. Yo entré y me encontré a Tom muerto. Tom ya había sido
asesinado.
Mientras la escuchaba y la observaba de cerca,
Collins comprendió que estaba escuchando y observando la verdad. Pero las
imágenes seguían persistiendo en su mente. Karen desnuda, Karen enloquecida en
una habitación llena de hombres y mujeres desnudos. Karen entregada a toda
clase de perversiones con hombres y mujeres.
—Hay otras cosas, Karen —empezó a decirle. No
tenía intención de hablarle de las orgías, no quería creer en ello, pero
experimentó el impulso de decírselo—. Yo no creo nada de todo ello pero tengo
que decírtelo. La testigo le reveló a Tynan...
Y se lo dijo todo.
Karen se horrorizó. Cuando él terminó, pareció
como si fuera a desmayarse.
—Oh, no —exclamó gimiendo—. No, no... qué
mentiras tan terribles... todo inventado, todo falso. Embustes. ¿Yo,
comportarme así? Tú me conoces, Chris, tú me conoces en la cama. Soy tímida,
yo... Oh, Chris, no es posible que lo creas...
—Y no lo creo, ya te lo he dicho.
—Te lo juro por la vida del niño que vamos a
tener...
—Sé que no es cierto, cariño. Pero hay una
testigo que declarará bajo juramento que sí lo es, eso y el asesinato...
—¿Quién es esa testigo? —preguntó Karen
pareciendo recuperarse.
—No lo sé. Tynan no ha querido decírmelo. Pero
es la amenaza que sostiene sobre nuestras cabezas. Me ha amenazado con abrir de
nuevo el caso a no ser que acceda a seguir el juego. Y he cedido permanecer en
el equipo.
—Oh, Chris, no. —Karen se arrojó en sus brazos
y le estrechó con fuerza.— ¿Qué te he hecho?
—No tiene importancia, Karen, cariño —dijo él
tratando de calmarla—. Lo importante eres tú. Creo en ti, y jamás volveremos a
hablar de ello. Olvidémonos de Tynan...
—No, Chris, tienes que luchar contra él. No
puedes permitir que haga eso. No tenemos nada que temer. Soy inocente.
Dejémosle que abra de nuevo el caso. A la larga, no podrá causarnos daño. Lo
que no debes permitir es que te someta a un chantaje y te obligue a guardar
silencio. Tienes que luchar contra él, hazlo por mí.
—No voy a luchar contra él, no lo voy a hacer
precisamente por ti —dijo Collins apartándose—. No quiero que vuelvas a pasar
por ese suplicio. Vamos a olvidarlo todo y a seguir viviendo nuestra vida como
si nada hubiera ocurrido.
Collins fue a alejarse pero ella le siguió
cruzando la estancia.
—No podremos seguir viviendo como antes. Chris,
si temes enfrentarte con él, es que te crees su versión de los hechos y no la
mía...
—¡No es cierto! Es que no quiero verte padecer
de nuevo ese calvario.
—¿Vas a darte por vencido, vas a guardar
silencio mientras la Asamblea de California ratifique mañana la Enmienda XXXV y
el Senado haga lo propio tres días más tarde? Chris, por favor, no permitas que
eso ocurra.
Collins se miró el reloj de pulsera.
—Mira, Karen, dispongo de veinte minutos para
cambiarme, cenar, terminar de hacer el equipaje y llamar a Tony Pierce a
Sacramento, antes de que llegue el chófer para llevarme al aeropuerto. Mañana
pronunciaré un discurso en la convención de ex agentes del FBI en Chicago.
Tengo que ir. Tengo que darme prisa. —Estrechó a Karen en sus brazos y la
besó.— Te quiero. Si hay algo más de que hablar, hablaremos de ello mañana por
la noche.
—Sí —dijo ella casi hablando para sus
adentros—. Si es que hay un mañana por la noche.
9
De pie en la tribuna, ante los seiscientos
invitados reunidos en el salón de baile color dorado pálido Guildhall del hotel
East Ambassador de Chicago, Chris Collins pasó otra página del discurso que
estaba leyendo en la reunión anual de la Sociedad de Antiguos Agentes
Especiales del FBI. Observó que sólo le quedaba por leer una página y respiró
aliviado.
Su discurso estaba resultando soso y, hasta
aquellos momentos, estaba siendo acogido con cierta frialdad.
Collins no se sorprendía lo más mínimo.
Existían demasiados factores que habían contribuido a debilitar tanto el
contenido como la lectura del discurso. Había hablado sin concentrarse, con
desaliento y excesiva cautela.
No había logrado concentrarse porque sus
pensamientos estaban en otro lugar. En la sala de conferencias de su despacho
del Departamento de Justicia, allá donde Vernon T. Tynan le había acosado y le
había sometido a chantaje obligándole a guardar silencio a propósito de lo que
realmente pensaba. En el dormitorio de su casa, donde tanto él como Karen
habían sufrido la revelación del asesinato y del juicio. En su California
natal, donde eran las primeras horas de la tarde en Sacramento y donde antes de
sesenta minutos la Asamblea del estado se reuniría convirtiéndose en la primera
de las dos cámaras del estado en la que se sometería a votación la ratificación
de la Enmienda XXXV.
Se había sentido desalentado en el transcurso
de su vuelo a Chicago de la noche anterior, durante toda la mañana y en el
almuerzo al que había asistido en compañía de sus anfitriones. Todo su discurso
había dejado traslucir su derrotado y pesimista estado de ánimo. Se habían
desvanecido todas sus esperanzas de derrotar la Enmienda XXXV en California, ya
fuera en la Asamblea o bien más tarde en el Senado. La muerte del presidente
del Tribunal Supremo, Maynard, había constituido el más duro de los golpes. Maynard
por sí solo hubiera podido invertir el curso de los acontecimientos. Pero había
sido despiadadamente eliminado en el último momento. Después, la negativa del
presidente a destituir a Tynan, con la consiguiente revelación de las
actividades de éste y el consiguiente perjuicio para la enmienda, había sido
otro golpe fatal. Su decisión de luchar en solitario contra la enmienda había
sido motivo de un cierto optimismo que Tynan había logrado ahogar con gran
eficacia. Sólo quedaba el Documento R, y hasta entonces se le había escapado,
lejos de su vista y de su alcance. Pero, por encima de todo, la flojedad del
discurso se había debido a su cautela. 0 tal vez la palabra más adecuada fuera
temor... Sí, la causa de aquella flojedad había sido el temor. Los miembros de
la Sociedad de Antiguos Agentes del FBI, a quienes iba dirigido el discurso,
eran en su mayoría hombres de Tynan. Bajo J. Edgar Hoover, la sociedad de ex
agentes del FBI había contado con diez mil miembros. Muchos de ellos, tras
abandonar el FBI, habían iniciado prósperas carreras en la abogacía, la
industria y el sector bancario gracias al apoyo y la ayuda de Hoover. Ahora,
bajo el mandato de Vernon T. Tynan, la sociedad de ex agentes del FBI contaba
con catorce mil hombres y mujeres —pocas mujeres—, la mayoría de los cuales se
hallaban todavía sometidas a la disciplina del FBI y le agradecían a Tynan el
sello de aprobación que había contribuido al progreso de sus carreras. Para
Collins, se trataba de un auditorio hostil. No sabían que él discrepaba de sus
opiniones. El único que lo sabía era él, pero este hecho bastaba para
inquietarle.
El discurso que había preparado junto con
Radenbaugh había sido cuidadosamente endulzado con el fin de complacer al
auditorio. Puesto que le constaba que no podría atacar a la Enmienda XXXV,
Collins había procurado evitar hacer la menor referencia a la misma. Había
hablado dando por sentado que la enmienda se convertiría en ley y se había
extendido especialmente en el hecho de que eran necesarias ulteriores medidas
encaminadas a poner un freno al crimen y la ilegalidad en los Estados Unidos.
Se había referido en amplios términos a las demás reformas que era necesario
introducir en el país. Se había referido al crimen y a sus causas. Se había
referido a las raíces sociales del crimen. Había comprendido desde un principio
que ello no conseguiría hacer vibrar a su auditorio pro-Tynan. Aquellos ex
agentes del FBI deseaban que se elogiara con vehemencia la Enmienda XXXV
forjada por su director. Deseaban que se proclamara a bombo y platillo la
muerte de la obstruccionista Ley de Derechos y el nacimiento del nuevo Comité
de Seguridad Nacional, encabezado por Tynan. Pero, en su lugar, les habían
arrojado el jarro de agua fría de las reformas sociales. Estaban decepcionados
y aburridos.
Collins era también consciente de que el
auditorio estaba repleto de espías y confidentes de Tynan dispuestos a informar
a su amo de cualquier desviación suya. Anticipándose a ello y tras su
confrontación del día anterior con Tynan, Collins había corregido varias veces
el discurso durante el vuelo y aquella mañana en su suite de Chicago, aguándolo
constantemente hasta dejarlo convertido en un charco. Sabía que el menor asomo
de disensión se traduciría en una desgracia para Karen.
Sabía también, como es lógico, que se
encontraba entre el auditorio una reducida minoría de personas contrarias a
Tynan y contrarias a la Enmienda XXXV. No sabía quiénes eran pero sabía que
Anthony Pierce era su dirigente. Hasta había temido ponerse en contacto con
Pierce a última hora de la noche anterior y aquella misma mañana. Resultaría
muy peligroso para Karen que Tynan se enterara de que había mandado llamar a
Pierce y tenía el propósito de reunirse con él en secreto una vez finalizado el
discurso, Aquella mañana Collins se había dirigido a una anónima cabina
telefónica de la calle con el fin de llamar a Pierce. Había acordado reunirse
con éste no en su suite sino en una habitación desocupada del mismo hotel
Ambassador —reservada bajo otro nombre.— una vez hubiera finalizado su discurso
y abandonado el salón de baile. Habían acordado ver juntos desde aquella
habitación la retransmisión en directo de la votación en la Asamblea de
California, y, en caso necesario, Collins se arriesgaría a revelarle a Pierce
su defección de la postura de la administración en relación con la enmienda y a
ayudarle en toda clase de estrategias susceptibles de derrotarla en la votación
a que fuera sometida tres días más tarde en el Senado.
Chris Collins había estado pensado en todo ello
mientras leía su discurso tratando de infundirle significado.
Había llegado a la última página. Trató de
entregarse por entero y de infundirle emoción.
«Así pues, amigos míos, hemos llegado a una
encrucijada —prosiguió Collins—. Nos encontramos en el umbral de un dramático
cambio en la Constitución del país en nuestro afán de restablecer la ley y el
orden. Sin embargo, para preservar una pacífica sociedad de seres humanos, se
necesitan otras muchas cosas. He esbozado aquí algunas de esas necesidades.
Permítame resumírselas en las palabras de un antiguo secretario de Justicia de
los Estados Unidos. —Collins se detuvo, estudió las hileras de rostros que tenía
delante y se dispuso a citar las palabras de uno de los secretarios de Justicia
que le habían precedido en el cargo.— Nos instó enérgicamente a que
recordáramos lo siguiente: ‘Si queremos abordar eficazmente el crimen, es
necesario que hagamos frente a los deshumanizadores efectos que ejercen sobre
el individuo los barrios bajos, el racismo, la ignorancia y la violencia, la
corrupción y la imposibilidad de hacer valer los propios derechos, la pobreza,
el desempleo, el ocio, las generaciones de desnutrición, los daños cerebrales
congénitos, la desatención prenatal, las enfermedades, la contaminación, las
viviendas ruinosas, insalubres y sucias, los hacinamientos de individuos, el
alcoholismo y las drogas, la avaricia, la inquietud, el temor, el odio, la impotencia
y la injusticia. Ésos son los orígenes del crimen, y pueden ser controlados.’
Es hora va de que actuemos en ese sentido. Nada más. Gracias por su atención.»
No les había dicho el nombre del secretario de
Justicia cuyas palabras había citado. No les había dicho que las palabras
pertenecían a Ramsey Clark.
Escuchó unos tibios aplausos y finalizó su
agonía.
Regresó aliviado a su asiento, estrechó sin
fuerza algunas manos y se dispuso a escuchar a los últimos oradores, con cuyas
intervenciones finalizarían los actos oficiales de la convención.
Medía hora más tarde se vio libre. Abandonó el
salón de baile Guildhall y se reunió con su guardaespaldas Hogan, que le
acompañó en el ascensor hasta la suite 1700-01 situada en la esquina del
pasillo de la decimoséptima planta. Ya junto a la puerta, le dijo a Hogan que
permanecería en la suite toda la tarde. Le sugirió que bajara al Greenery, el
café del hotel, y aprovechara para tomar un bocado. El guardaespaldas accedió
de muy buen grado.
Una vez en la suite, Collins esperó un poco y
después abrió la puerta y echó un vistazo al pasillo. No había nadie. Abandonó
rápidamente sus habitaciones, se dirigió hacia la escalera, descendió hasta la
decimoquinta planta y se encaminó hacia la habitación desocupada 1531.
Cerciorándose de que nadie le hubiera seguido, penetró en la misma dejando la
puerta entornada.
Empezó a pasar revista a la habitación. Una
cama de matrimonio. Un sillón. Dos sillas. Una mesita de tocador. Un aparato de
televisión. Poco adecuado para un miembro del gabinete del presidente, pero le
bastaría.
Estuvo tentado de llamar a Karen a Washington
aunque no fuera más que para tranquilizarla de nuevo. Pensaba en ello cuando,
antes de que pudiera decidirse, escuchó llamar suavemente a la puerta. Giró
sobre sus talones dispuesto a recibir a Tony Pierce, pero, para asombro suyo,
observó que éste iba acompañado de otros dos hombres.
Collins no había vuelto a ver a Pierce desde
que ambos habían sido adversarios en el programa de televisión «En busca de la
verdad». Sintió un estremecimiento al recordar su papel y su actuación en aquel
programa y se preguntó qué estaría pensando Pierce de él en aquellos momentos.
Exteriormente, no daba la impresión de que
Pierce estuviera resentido o no sintiera deseos de celebrar aquel segundo
encuentro. Su rostro pecoso y simpático bajo el cabello color arena ofrecía la
misma expresión amable y entusiasta de siempre.
—Volvemos a vernos —dijo Pierce estrechando la
mano de Collins.
—Me alegro de que haya podido venir —dijo
Collins—. No estaba seguro de que lo hiciera.
—Por favor, estoy encantado —replicó Pierce—.
Además, quería que conociera a dos de mis colegas. Le presento al señor Van
Allen y al señor Ingstrup. Trabajábamos juntos en el FBI y dimitimos de
nuestros puestos con un año de diferencia.
Collins les estrechó la mano. Van Allen era
rubio y poseía una pronunciada mandíbula y unos ojos inquietos. Ingstrup tenía
el cabello castaño y un rostro curtido adornado por un descuidado bigote
oscuro.
—Siéntense —dijo Collins. Mientras los demás
tomaban asiento en la cama y en las dos sillas, él permaneció de pie—. Estará
usted preguntándose por qué le he rogado que se reuniera aquí conmigo —le dijo
a Pierce—. Debe de preguntarse qué tenemos en común para poder hablar. A sus
ojos, soy el superior del director del FBI Tynan, un miembro del gabinete de la
administración del presidente Wadsworth y un intrigante que está defendiendo la
aprobación de la Enmienda XXXV. A mis ojos, es usted un duro adversario de la
enmienda. ¿No le resulta sorprendente que haya querido verle?
—En absoluto —contestó Pierce sacándose la pipa
del bolsillo—. Le hemos estado siguiendo de cerca hasta primeras horas de la
tarde de ayer y tenemos conocimiento de que se proponía trasladarse a
California con el fin de declarar en contra de la Enmienda XXXV. Sabemos cuál
es su postura actual.
—¿Como lo han podido saber? —preguntó Collins
sinceramente sorprendido.
—Puesto que ahora confiamos en usted, se lo
podemos decir —repuso Pierce alegremente. Se llenó la pipa de tabaco y
prosiguió—: Al abandonar el FBI, cada uno de nosotros siguió su propio camino.
Yo monté un bufete jurídico. Van Allen es propietario de una agencia de
investigaciones privada. Ingstrup es escritor y tiene en su haber dos
comprometedoras revelaciones acerca del FBI. Todos compartíamos una misma
creencia. La de que Vernon T. Tynan, a cuyas órdenes habíamos trabajado tanto
tiempo, era un hombre peligroso, peligroso para el país. Le vimos convertirse
en una amenaza cada vez mayor a cada año que pasaba. Encontramos por todos los
Estados Unidos a otros antiguos agentes del FBI que opinaban lo mismo que
nosotros. Todos seguíamos poseyendo la disciplina, el buen hacer y la habilidad
que habíamos aprendido y practicado en el FBI, y nos preguntamos: ¿por qué no
aprovechar en la práctica todos estos conocimientos? ¿Por qué no trabajamos
para protegernos unos a otros, para librar al FBI de ese megalómano y para
defender la democracia? A instancias mías, organizamos una asociación de ex
agentes del FBI capaces de convertirse en investigadores y descubridores de
hechos con el fin de hacer frente a quien se dedicaba a vigilar todos nuestros
movimientos. No poseemos ningún nombre oficial, pero nosotros nos llamamos el
IFBI: los Investigadores del FBI. Disponemos en todas partes de confidentes que
simpatizan con nosotros. Hay seis de ellos en el Departamento de Justicia,
incluidos dos que trabajan en el propio edificio J. Edgar Hoover. Así es como
pudimos ir averiguando su defección en nuestro favor. Ayer supimos que se
disponía usted a trasladarse a Sacramento. Basándonos en el expediente que
habíamos elaborado acerca de usted, llegamos a la conclusión de que el viaje lo
efectuaba con el propósito de romper con el presidente y con Tynan y denunciar
públicamente la Enmienda XXXV.
—Es cierto —reconoció Collins.
—Y, sin embargo, ahora no se encuentra usted en
Sacramento —dijo Pierce—. Se encuentra aquí en Chicago. Anoche, al encontrarme
con su recado, me sorprendí. Temí que el cambio en sus planes de viaje
significara que también se había producido un cambio en sus planes políticos.
Pero llegué a la conclusión de que no era posible, puesto que, de otro modo, no
hubiera usted deseado entrevistarse conmigo.
—Una vez más está en lo cierto —dijo Collins—.
Mi política sigue siendo la misma. Estoy sinceramente en contra de la Enmienda
XXXV. Tenía intención de desplazarme a Sacramento para combatirla. Pero, a
última hora, se presentó algo...
—Se presentó Tynan —dijo Pierce simplemente.
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Collins
frunciendo el ceño.
—No lo sé —repuso Pierce—, pero estoy seguro.
Van Allen decidió hablar por primera vez.
—Tynan está por todas partes. No le subestime
jamás. Es omnisciente y vengativo. Prosiguió la labor que J. Edgar Hoover había
iniciado. ¿Recuerda usted los archivos OC, Oficiales y Confidenciales? Hoover
ordenó a sus investigadores que obtuvieran información acerca de la vida sexual
de Martin Luther King. Disponía de información personal acerca de Muhammad Alí,
Jane Fonda, él doctor Benjamin Spock y por lo menos diecisiete altos
funcionarios del gobierno, congresistas y periodistas. Bien, pues todo aquello
no fue más que un trabajo de aficionados comparado con lo que Vernon T. Tynan
ha hecho. Ha triplicado los archivos OC de Hoover. Los ha venido utilizando
regularmente en sus chantajes. Por el bien del país, diría él...
—El patriotismo —terció Ingstrup— es el último
refugio de los sinvergüenzas, en palabras del doctor Samuel Johnson.
—Es cierto —dijo Van Allen—. Cuando Tynan me
encargó la misión de investigar acerca de la vida privada de varios líderes de
la mayoría del Senado y de las Cámaras de Representantes, y esto fue antes de
que se presentara al Congreso el proyecto de la enmienda y me imagino que su
propósito debía ser el de conseguir su aprobación, acudí a él y puse reparos.
Le dije que preferiría que me encargara otra misión. «Tendré mucho gusto en
complacerle, Van Allen», me dijo. Y la siguiente noticia que recibí fue que me
habían destinado a otra delegación, lejos de la central de Washington. Me
notificaron mi traslado a la delegación del FBI de Butte, Montana. Eso es como
la Siberia de Tynan. Comprendí el mensaje y dimití de mi puesto.
—Exactamente —dijo Pierce—. Al mencionarle el
hecho de que los tres habíamos dimitido del FBI, no quería darle a entender que
lo habíamos hecho en plan amistoso. A Van le iban a enviar al exilio y prefirió
dimitir, tal como él mismo le ha dicho. Ingstrup fue el principal orador en el
transcurso de la ceremonia de graduación de su hija en la escuela superior.
Habló del papel del FBI en nuestra democracia y apuntó la necesidad de que se
llevaran a cabo algunas reformas en dicho organismo. Tynan se enteró inmediatamente.
Ingstrup fue degradado y se vio obligado a dimitir. Pero Tynan seguía sin darse
por satisfecho. Al intentar Ingstrup obtener un puesto en las fuerzas del
orden, el largo brazo de Tynan le siguió hasta allí. Tynan informó de que
Ingstrup poseía un pésimo historial en el FBI. Decidió entonces dedicarse a
escribir y su primera obra fue una valoración crítica de la actuación del FBI.
Tynan trató de impedir la publicación del manuscrito. Consiguió un éxito a
medias, puesto que Ingstrup tuvo que conformarse con un editor de tres al
cuarto. Afortunadamente, el libro constituyó un gran éxito de venta.
—¿Y qué me dice de usted? —preguntó Collins.
—¿Yo? —dijo Pierce—. Protesté por la
degradación de Ingstrup. Le defendí. La única respuesta de Tynan fue un breve
memorando en el que se me notificaba mi traslado a Cincinnati, la segunda
Siberia de Tynan. Comprendí entonces que en el FBI no tendría el menor futuro.
Y dimití de mi puesto. No, Chris, permítame que le llame Chris, nadie puede
jugar con Tynan y llevar las de ganar.
—Usted está jugando ahora con él a propósito de
la Enmienda XXXV.
—Y no abrigo esperanzas de ganar —dijo Pierce—.
De todos modos, lo intentaré. Al decirme usted que efectivamente tenía
intención de oponerse a Tynan pero que se había presentado algo que le había
inducido a modificar sus planes, he comprendido que ese algo debía de ser
alguien llamado Tynan. Me imagino que no va usted a ponerse abiertamente de
nuestra parte.
—No puedo —dijo Collins con expresión de
impotencia. Estudió a los tres hombres que se encontraban con él en la
habitación, a aquellos veteranos de Tynan, aquellos hombres que lo habían
perdido todo por haberse opuesto al director del FBI con toda su gigantesca
maquinaria, y súbitamente se sintió muy cerca de ellos. Habían conseguido
ganarse por completo su confianza. Decidió revelarles cómo, a última hora,
Tynan había conseguido inutilizarle—. Bueno, creo que no hay nada que ocultar.
Le diré por qué no puedo ponerme públicamente de su parte.—Puede usted confiar
en nosotros, Chris —dijo Pierce esbozando una leve sonrisa.
Collins reflexionó acerca de lo que iba a
decirles, sin saber siquiera por dónde empezar.
—Ayer acudí a ver al presidente Wadsworth. Le
dije que había recibido información en el sentido de que Tynan había sido el
responsable del asesinato del presidente del Tribunal Supremo Maynard...
—¡Cómo! —exclamó Pierce—. De eso no teníamos ni
idea. ¿Lo sabe usted con toda certeza?
—Creo que sí. Lo he sabido a través de una
persona que se vio mezclada en el asunto, pero no puedo demostrarlo. No pude
demostrarle al presidente ni eso ni otras muchas cosas. A pesar de todo, ataqué
a Tynan con todas mis fuerzas. Le pedí al presidente que cesara a Tynan. Se
negó. Entonces le dije que no tendría más remedio que dimitir de mi cargo y
trasladarme a California para manifestarme en público en contra de la enmienda.
Y estaba dispuesto a hacerlo, tal como ustedes saben.
—Pero entonces se tropezó usted con el
detestable Tynan —dijo Pierce.
—Exactamente. Se plantó personalmente en mi
despacho en un abrir y cerrar de ojos.
—Para someterle a chantaje y obligarle a
guardar silencio —dijo Ingstrup.
—Sí, estaba dispuesto a someterme a un chantaje
—dijo Collins.
—Cuéntenos lo que ocurrió —dijo Pierce
volviendo a llenarse la pipa y encendiéndola. Collins accedió a hacerlo, tras
una ligera vacilación. Les contó todos los detalles de las pruebas que Tynan
había reunido contra su esposa y les habló del nuevo testigo presencial que
había conseguido descubrir.
—Lo hizo sin demasiadas sutilezas —terminó
diciendo Collins—. Me expuso las condiciones de la rendición. No debería
dimitir. No iría a California. No podría oponerme a la enmienda. Si aceptaba
las condiciones, Karen estaría a salvo. Su caso de Forth Worth no sería abierto
de nuevo. Si le desafiaba y seguía adelante, Karen tendría que volver a
comparecer ante un tribunal. No tuve más remedio que doblegarme y aceptar sus
condiciones.
—Pero ella le ha dicho a usted que es inocente
—dijo Van Allen.
—Pues claro. Es inocente. Creo en ella. Pero no
podía permitir que volviera a soportar ese tormento. Tuve que ceder —dijo
Collins levantando las manos—. Y aquí estoy... Sansón con el cabello cortado.
Observó que Pierce miraba a Van Allen y que
éste asentía imperceptiblemente con la cabeza. Pierce miró después a Ingstrup
que también asintió.
—Tal vez podamos ayudarle, Chris —dijo Pierce
dirigiéndose de nuevo a Collins.
—¿Cómo?
—Interviniendo con nuestras pequeñas fuerzas de
contraataque, con nuestro IFBI. En Texas tenemos a uno de nuestros mejores
hombres: un ranchero llamado Jim Shack. Fue agente del FBI durante diez años,
pero se hartó de su trabajo al acceder Tynan al cargo de director. Tenemos,
además, a otros dos que todavía son miembros del FBI pero que odian a Tynan.
Podrían hacer mucho por usted, y hasta es posible que le proporcionaran a
Sansón un peluquín.
—No sé qué podrían hacer.
—En primer lugar, podrían examinar el caso de
su esposa y averiguar de qué se trató efectivamente. Después, podrían realizar
algunas pesquisas y tratar de averiguar si Tynan posee un nuevo testigo, tal
como asegura... o bien si miente y se basa para su chantaje en unas pruebas que
no existen.
—No se me había ocurrido pensar en eso.
—Pues es muy posible, no le quepa duda.
—No sé —dijo Collins frunciendo el ceño—. No
quisiera correr ese riesgo. Si Tynan se enterara...
—Jim Shack y los demás hombres son muy
discretos. Superan a los mejores hombres de Tynan.
—Déjeme pensarlo —dijo Collins preocupado.
—No dispone de mucho tiempo —le recordó
Pierce—. La Asamblea de California votará hoy...
—¡Ah! —exclamó Van Allen levantándose de la
silla—. Lo dan por televisión. Ya casi lo habíamos olvidado.
Se dirigió apresuradamente hacia el aparato,
que se encontraba instalado sobre la mesa del tocador.
—Sí —dijo Pierce—. Vamos a ver si da resultado
la labor de cabildeo que hemos venido desarrollando entre los asambleístas. Si
votan en contra, todo habrá terminado para Tynan y habrá finalizado nuestra
misión, Pero si votan a favor...
—¿Cuáles son las probabilidades? —preguntó
Collins sentándose en el sillón.
—Según los últimos datos, la Asamblea se
inclinaba por la ratificación. La votación decisiva será la del Senado. Aunque
nunca se sabe. Ahora veremos.
El aparato ya estaba conectado. Los cuatro
hombres que se hallaban en la estancia centraron toda su atención en la
pantalla.
La cámara estaba enfocando el lema en letras
doradas que figuraba encima del retrato de Abraham Lincoln que colgada sobre la
tribuna del presidente de la Asamblea. El lema decía: LEGISLATORUM EST JUSTAS
LEGES CONDERE.
—¿Qué significa? —preguntó Van Allen.
—Significa «El deber de los legisladores es
elaborar leyes justas» —explicó Collins.
—Ajá —dijo Pierce.
La cámara se estaba retirando lentamente con el
fin de ofrecer una panorámica de los escaños en los que se deliberaba acerca de
las leyes y resoluciones. Mostraba ahora a los ochenta asambleístas en sus
respectivos escaños, así como los micrófonos situados en los cinco pasillos.
Estaba teniendo lugar la tercera y última
lectura de la resolución, es decir de la Enmienda XXXV.
«Artículo 1. Número 1. Ninguno de los derechos
o libertades garantizados por la Constitución podrá ser interpretado como
licencia para poner en peligro la seguridad nacional. Número 2. En la
eventualidad de un claro y efectivo peligro, un Comité de Seguridad Nacional,
nombrado por el presidente, se reunirá en sesión conjunta con el Consejo
Nacional de Seguridad. Número 3. Habiendo llegado al acuerdo de que la
seguridad nacional se halla en peligro, el Comité de Seguridad Nacional
declarará el estado de emergencia y asumirá la plenitud de poderes sustituyendo
a la autoridad constitucional hasta que el peligro en cuestión haya podido
controlarse y/o eliminarse. Número 4. El presidente del Comité será el director
de la Oficina Federal de Investigación (FBI).»
—Tynan, la cláusula de Tynan —dijo Pierce sin
dirigirse a nadie en particular.
Prosiguió la lectura a través del aparato de
televisión.
«Número 5. La proclamación sólo será efectiva
mientras dure el susodicho estado de emergencia, y cesará automáticamente por
medio de una declaración oficial relativa al término del mismo. Artículo 2.
Número 1. En el transcurso del período de suspensión, los restantes derechos y
privilegios garantizados por la Constitución se mantendrán inviolables. Número
2. Toda acción del Comité se emprenderá por votación unánime.»
El locutor empezó a hablar en voz baja.
«Está a punto de iniciarse la trascendental
votación. Cada asambleísta vota mediante un interruptor de presión instalado en
su escaño. Si vota sí, se enciende una luz verde junto a su nombre en el
tablero de la pared frontal de la cámara. Si vota no, se enciende una luz roja.
Presten atención al tablero electrónico, en él se irán totalizando
automáticamente los votos. La enmienda constitucional será aprobada por simple
mayoría. Ello significa que si el total de los votos a favor alcanza la cifra
de cuarenta y uno la Cámara aprueba la Enmienda XXXV. Un total de cuarenta y un
votos en contra significa la derrota de la enmienda. Si la votación fuera
negativa, ello significaría la muerte de la discutida Enmienda XXXV. Si fuera
aprobada, la decisión final en cuanto a su ratificación o rechazo
correspondería a los cuarenta miembros del Senado del estado dentro de tres
días. —El locutor se detuvo.— Va a iniciarse la votación.»
Collins lo estaba observando todo como clavado
en su asiento. Los minutos iban pasando y las luces se iban encendiendo en el
tablero.
Collins estaba contemplando el tablero
electrónico y la cuenta. Las luces verdes dominaban la pantalla. La cuenta fue
subiendo a treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve,
cuarenta y cuarenta y uno.
Pudo escucharse un rugido de júbilo procedente
de la tribuna de invitados, mezclado con algunos gritos, y de nuevo la voz del
locutor.
«Ya todo ha terminado en la Asamblea del estado
de California. La Enmienda XXXV ha alcanzado la mayoría de los votos, cuarenta
y uno sobre ochenta. Ha sido aprobada en la primera de las dos cámaras. Su
destino se halla ahora enteramente en manos del Senado del estado de California
dentro de menos de setenta y dos horas.»
Pierce se levantó de la cama y apagó el
aparato.
—Me lo temía. —Estudió a los demás.— Parece ser
que nuestra labor no ha resultado muy eficaz. —Se adelantó hacia Collins, que
permanecía rígidamente sentado en el sillón.— Chris, necesitamos toda su ayuda.
Deje que intentemos ayudarle para que usted pueda a su vez ayudarnos a
nosotros.
—¿Se refiere usted a Karen?
—A su esposa. Al chantaje de Tynan. Permítame
que encargue a Jim Shack y a los otros dos que realicen investigaciones en
Forth Worth.
Los decepcionantes acontecimientos que acababa
de presenciar a través del aparato de televisión indujeron a Collins a adoptar
una decisión.
—Muy bien —dijo al fin—, adelante. Le agradezco
su ofrecimiento. —Había llegado a la conclusión de que aquellos tres hombres
constituían su última esperanza.— En realidad, tal ve pudieran ayudarme también
en otra cosa. Se trata de algo que de ser descubierto, podría significar la
derrota de la enmienda en el Senado.
—Haré todo lo posible por ayudarle —dijo Pierce
volviendo a sentarse en el borde de la cama.
Collins se había levantado.
—¿Han oído ustedes hablar alguna vez de un
documento probablemente un memorando, llamado Documento R?
—¿Documento R? —repitió Pierce sacudiendo la
cabeza—No me suena. No, no he oído hablar de ello.
Van Allen e Ingstrup dieron a entender también
que no sabían nada al respecto.
—En tal caso, permítanme que se lo explique
—dijo Col lins—. Todo empezó la noche en que el coronel Noah Baxter mu rió. Me
enteré de ello pocos días después...
Sin omitir detalle, Collins les describió los
distintos personaje y circunstancias de los acontecimientos de las últimas
semanas Los tres hombres le escucharon con enorme interés. Collins se pasó una
hora hablándoles del coronel Baxter, de la viuda de coronel, del Documento R
(«peligro... peligroso... tiene que darse a conocer... vi... una trampa...
acuda a ver»), del campo de internamiento del lago Tule que Josh le había
mostrado (Pierce asintió dando a entender que lo sabía), de los asambleístas
Keefe Tobias y Yurkovich, de las estadísticas criminales falseadas, del
director de prisiones Jenkins y de la penitenciaría de Lewisburg de Susie
Radenbaugh y de Donald Radenbaugh, de Radenbaugh y de la isla de Fisher, del
presidente del Tribunal Supremo, Maynard, y de Argo City, de Radenbaugh y de
Ramón Escobar...
Lo reveló todo... menos la prueba más
importante: el Documento R, que aún no había podido localizar.
Al terminar, la voz enronquecida, Collins
esperaba ver reflejada en sus rostros una expresión de incredulidad. Pero, en
su lugar, parecía como si aquellos hombres no se hubieran inmutado lo más
mínimo.
—¿No les sorprende a ustedes? —preguntó
Collins.
No —contestó Pierce—. Hemos visto y oído
demasiadas cosas, sabemos demasiado acerca de Tynan para que pueda usted
sorprendernos.
—Me creen ustedes, ¿no es cierto?
—Por completo —repuso Pierce levantándose—.
Sabemos que Tynan es capaz de hacer, y está en condiciones de ello, cualquier
cosa que convenga a sus intereses. Es cruel e insensible, y conseguirá salirse
con la suya a menos que le opongamos nuestra fuerza. Si usted colabora
plenamente con nosotros, Chris, movilizaremos en pocas horas todos nuestros
efectivos de ex agentes del FBI e informadores. Me gustaría que esta noche se
quedara aquí, Chris. Podrá regresar a Washington mañana por la mañana. Van
saldrá por comida y bebidas. Permaneceremos aquí hasta medianoche y
elaboraremos nuestro plan. Después, nosotros tres nos separaremos, acudiremos a
sendas cabinas telefónicas y estableceremos contacto con los componentes de
nuestras fuerzas. Mañana por la mañana todos ellos pondrán manos a la obra.
¿Qué le parece?
—Estoy dispuesto —dijo Collins.
—Estupendo. Los contactos más importantes nos
los reservaremos para nosotros. Con la mayor rapidez posible, tendremos que
examinar el terreno que usted ya ha descubierto. Ya sé que ha hecho usted un
buen trabajo, pero la investigación es lo nuestro. Tal vez consigamos obtener
alguna información que a usted se le escapó. Por otra parte, es posible que las
personas que usted ya ha entrevistado recuerden algún otro detalle que
previamente se les hubiera pasado por alto. Interrogaré personalmente a
Radenbaugh. Van Allen se trasladará a Argo City para investigar a fondo la
ciudad. Ingstrup interrogará al padre Dubinski. Y creo que debería usted acudir
nuevamente a ver a Hannah Baxter, Chris. Creo que resultará más conveniente que
hable usted con ella. ¿Le parece bien?
—Volveré a verla —prometió Collins—. ¿Y qué me
dice de Ishmael Young?
Pierce reflexionó y después sacudió la cabeza.
—No, estoy seguro de que está de nuestro lado,
pero está demasiado cerca de Tynan. Pudiera escapársele algo sin querer. Si
ello ocurriera, rodarían todas nuestras cabezas. —Se detuvo.— ¿Hay alguien más?
A Collins se le ocurrió una idea.
La última vez que le vi, Ishmael Young me dijo
que Vernon Tynan tiene a su madre en la zona de Washington. Tynan acude a verla
una vez por semana.
—¿De veras? Que Tynan tiene madre. No puedo
creerlo.
—Pues es cierto.
—Como es lógico, no nos atreveríamos a
entrevistarla. De todos modos... ¿quién sabe? Déjeme pensarlo. ¿Alguna otra
idea, Chris?
—No.
Bien, tenemos una base más que suficiente sobre
la que actuar... suficiente para mantenernos ocupados en el transcurso de las
setenta y dos horas que nos quedan. Ahora, quitémonos las chaquetas y las
corbatas y que Van vaya a por unas bebidas; empezaremos a elaborar un plan
inmediatamente.
¿Qué queda por planear? —preguntó Collins.
—Nuestras fuerzas exteriores, ¿no lo recuerda?
Yo me pondré en contacto con Jim Shack y le diré que acuda mañana a Forth Worth
y examine el caso de su esposa. Pero es que tenemos, además, a unos cincuenta
hombres y mujeres casi tan hábiles como Shack. Y ellos van a remover todas las
piedras bajo las que Tynan haya podido ocultarse. No dejarán nada por remover.
—¿Cree usted que tenemos alguna posibilidad?
—Sí, si tenemos un poco de suerte, Chris.
—¿Y si Tynan se enterara?
—No habríamos tenido suerte —repuso Pierce.
Eran las nueve y dieciocho minutos de la mañana
cuando Chris Collins regresó a Washington. Su automóvil le estaba aguardando a
la entrada del Aeropuerto Nacional. Le ordenó a Pagano que le llevara
inmediatamente a su casa.
Tras abrir la puerta principal, entró sin hacer
ruido pensando que tal vez Karen estuviera todavía durmiendo.
Cruzó la casa y se dirigió al dormitorio con el
propósito de cambiarse de ropa y regresar a su despacho cuanto antes. Observó
que la cama estaba hecha. Preguntándose dónde estaría Karen, recorrió de nuevo
la casa llamándola y esperando encontrarla en la cocina. Pero no estaba en la
cocina.
Collins regresó al dormitorio. La casa aparecía
insólitamente silenciosa. Entró en el cuarto de baño y descubrió inmediatamente
la nota pegada con cinta adhesiva al espejo. La despegó reconociendo la
caligrafía de Karen. Por la hora que figuraba anotada en la misma, supo de que
había sido escrita la noche anterior. Preso de angustia empezó a leer:
Cariño:
Espero que no te
enojes. Lo hago por nosotros. Me marcho hacia Texas en el último avión.
Estoy apenada
por el daño que te he causado. Jamás hubiera debido ocultarte nada acerca de
mí. Hubiera debido comprender que, en tu calidad de figura pública, eras
vulnerable, y hubiera debido comprender que alguien como Tynan podría obtener
esa información y utilizarla contra ti. Te juro que soy inocente.
Me temo, sin
embargo, que no he logrado convencerte por completo. El hecho de que no
permitieras que se aclarara el asunto y de que te preocupara la posibilidad de
un segundo juicio (por mi bien, lo sé) me demuestra que no estás seguro de cuál
iba a ser el resultado. Yo no siento temor, pero sé que tú sí lo sientes.
En cualquier
caso, dado que no te has atrevido a desafiar a Tynan (por mí), he decidido
desafiarle yo por mi cuenta. He decidido trasladarme a Texas, buscar a ese
supuesto nuevo testigo y arrancarle la verdad. No he querido esperar a que
regresaras a casa. No quería que me obligaras a desistir de mi intento. Quiero
demostrar mi absoluta inocencia —a ti, a Tynan y a todo el mundo—
independientemente del tiempo que ello me exija, y he pensado que sólo yo
podría hacerlo.
No intentes localizarme. Me alojaré en Fort Worth en
casa de unos amigos. No me pondré en contacto contigo hasta que haya resuelto
nuestro problema. No te preocupes. Déjame hacer las cosas a mi modo. Lo
importante es que te quiero. Deseo que tú me quieras y confíes en mí.
Karen
Collins arrojó la nota al lavabo y se tambaleó
aturdido. Aquel acto por parte de Karen había sido totalmente inesperado. Le
había escrito que esperaba que no se enojara. Había acertado. No estaba
enojado. Estaba aterrado. La idea de su esposa encinta, sola en algún lugar de
Texas, en algún lugar de Fort Worth, profundamente angustiada y sin que él
pudiera establecer contacto con ella, le resultaba casi insoportable. Estuvo
tentado de tomar el primer avión con destino a Fort Worth e intentar
localizarla. Pero hubiera sido una empresa imposible. Y, sin embargo, algo
tenía que hacer.
Antes de que pudiera empezar a pensar en algo,
escuchó sonar el teléfono en el dormitorio.
Rezando en silencio para que fuera Karen,
corrió hacia el teléfono y descolgó.
No era Karen. Reconoció la voz masculina. Era
Tony Pierce. —Buenos días, Chris. He llegado en el vuelo de la American
inmediatamente posterior al suyo. Estoy en Washington.
—Ah, hola...
Estuvo a punto de dirigirse a Pierce llamándole
por su nombre propio, pero se contuvo a tiempo recordando las reglas básicas
que habían elaborado la noche anterior en Chicago. No nombrar a Pierce ni a sus
amigos por teléfono.
—Tengo que informarle de una cosa —dijo
Pierce—. Se nos acaba de comunicar que Vernon Tynan se trasladará a Nueva York
mañana por la noche por un asunto de trabajo y que después se dirigirá a
Sacramento. Tiene previsto comparecer personalmente el viernes ante el Comité
Judicial del Senado del estado. Se propone darle un buen empujón a la enmienda.
Será el último testigo que declare antes de que el proyecto se pase a votación.
Collins se hallaba todavía demasiado
trastornado a causa de lo de su esposa y no pudo reaccionar ante aquella
noticia ni considerar sus derivaciones.
—Lo siento —dijo—, pero me parece que en estos
momentos no sé lo que hago. Acabo de regresar a casa y he encontrado una nota
de mi mujer. Va...
— Espere —le interrumpió Pierce—, ya lo adivino
pero no lo comente por teléfono. ¿Hay alguna cabina telefónica por su barrio?
—Varias. La más próxima...
—No me lo diga. Diríjase a ella y llámeme. Le
estaré esperando. Anoche le facilité mi número. ¿Lo tiene usted?
—Sí. De acuerdo, ahora mismo le llamo.
Collins recogió la nota de Karen y abandonó a
toda prisa la casa. El automóvil oficial le estaba aguardando y Collins le
indicó al chófer por señas que se quedara donde estaba y después le gritó que
volvía en seguida.
Unos instantes después ya había recorrido dos
pequeñas manzanas y había dado la vuelta a la esquina para dirigirse a la
estación de servicio. Se encaminó hacia la cabina telefónica, cerró la puerta,
depositó las monedas y marcó el número de Tony Pierce.
Pierce se puso al aparato inmediatamente.
—Ahora puede hablar —le dijo—. Este sistema es
seguro. ¿Ha huido su esposa?
—A Texas. Quiere recuperar su buen nombre.
—No me sorprende.
—Pues a mí sí. No puedo comprender que lo haya
hecho. Sé que desea demostrarme su inocencia, pero eso significa desafiar a
Tynan. Es una locura. Hubiese debido ser más prudente. Hubiera debido saber que
nadie puede vencer a Tynan en su propio juego. Quiere descubrir a la testigo de
Tynan para arrancarle la verdad. Karen no se da cuenta de lo arriesgado que eso
puede ser.
—Dice usted que le ha dejado una nota —dijo
Pierce muy tranquilo—. ¿Le importa leérmela?
Collins se sacó la nota de Karen del bolsillo y
se la leyó a Pierce.
Al terminar, dijo:
—Tengo intención de trasladarme hoy mismo a
Fort Worth para intentar encontrarla.
—No —dijo Pierce enérgicamente—. Quédese aquí.
Nosotros se la encontraremos. Se lo notificaré a nuestro hombre de allí, ya
sabe, Jim Shack; le diré que la localice. Ahorraríamos tiempo si dispusiéramos
de alguna pista. En su nota dice que se alojará en casa de unos amigos suyos de
Fort Worth. ¿Tiene usted alguna agenda suya en casa?
—Tenemos una libreta de direcciones para los
dos, pero creo que hay una vieja agenda suya por algún lado.
—Muy bien. En cuanto regrese a casa, busque esa
vieja agenda, si es que se la ha dejado. Después... No, será mejor que no me
diga las direcciones desde su teléfono. Utilice otra cabina cuando salga hacia
el trabajo y léame todos los nombres y direcciones de los amigos de Karen de la
zona Fort Worth-Dallas. Yo se las transmitiré a Jim Shack.
—Muy bien.
—Me encargaré también de que Jim Shack localice
a la misteriosa testigo de Tynan. Su mujer se pondría demasiado nerviosa y no
sabría manejarla. Shack se encargará de la tarea.
—Gracias, Tony. Pero, ¿cómo van a encontrar a
la testigo? Tynan no quiso dejarme ver sus fichas.
—No tendremos dificultad. Ya le he dicho que
disponemos de dos informadores en el mismo edificio del FBI. Uno de ellos
trabaja de noche. Podrá echar un vistazo al expediente de Karen una vez Tynan y
Adcock se hayan ido a casa. Me comunicará el nombre de la testigo y yo se lo
transmitiré a Shack. Confíe en nosotros. El asunto de su mujer se encuentra en
buenas manos.
—No sé cómo agradecérselo, Tony.
—No se preocupe —dijo Pierce—, todos trabajamos
con vistas a un mismo objetivo. Me gustaría resolver sus problemas a tiempo
para que pudiera usted trasladarse a California y rebatir la declaración de
Tynan. Si Tynan es el único testigo del gobierno, conseguirá que los senadores
aprueben la enmienda. Abrigo la esperanza de que para mañana podamos descubrir
el Documento R. Dentro de las próximas horas vamos a entrevistar al padre
Dubinski y a Donald Radenbaugh. ¿Qué va a hacer usted? ¿Piensa acudir hoy a visitar
a Hannah Baxter?
—Hoy no le es posible. La he telefoneado esta
mañana desde el aeropuerto de Chicago. La he despertado pero no se ha enojado.
Ha accedido a recibirme mañana por la mañana. Estoy citado con ella a las diez
en su casa.
—De acuerdo. Si hubiera alguna novedad, le
llamaría a su despacho. ¿Es seguro su teléfono en relación con las llamadas
exteriores?
—Lo será para cuando usted llame. Todas las
mañanas hago que lo revisen.
Muy bien. Ya me pondré en contacto con usted.
Por primera vez en muchos años, Vernon T. Tynan
acudía a ver a su madre en un día que no era sábado.
Aparte del hecho de ser miércoles, se
observaban otros aspectos insólitos en la visita de Tynan a Alexandria. Ante
todo, no se había molestado en llevar consigo la carpeta OC acerca de los
personajes famosos. En segundo lugar, no tenía el propósito de almorzar con su
madre. Y, en tercer lugar, no era la una menos cuarto sino las tres y cuarto de
la tarde.
El motivo de aquella visita sin precedentes era
una conversación telefónica que Tynan había mantenido con su madre unos diez
minutos antes. No solía llamarle muy a menudo, pero sí lo hacía algunas veces y
ésta había sido una de ellas.
—¿Te interrumpo en tu trabajo, Vern? —le había
preguntado su madre.
—No, en absoluto. ¿Qué tal estás? ¿Todo bien?
—Mejor que nunca. Quería darte las gracias.
—¿Darme las gracias?
—Por ser un hijo tan considerado. El aparato de
televisión funciona ahora perfectamente.
Tynan no sabía de qué demonios estaba hablando
su madre y le preguntó:
—¿A qué te refieres?
—Quiero darte las gracias por haber mandado que
me arreglaran el televisor. El técnico ha venido esta mañana y ha dicho que tú
le habías enviado. Has sido muy amable, Vern, al pensar en tu madre y en sus
problemas estando tan ocupado.
Tynan había guardado silencio tratando de
ordenar sus pensamientos.
—¿Vern? ¿Estás ahí, Vern?
—Estoy aquí, mamá. Oye, a lo mejor voy a verte
dentro de un rato. Tengo unos asuntos que resolver en Alexandria. Pasaré un
momento por ahí.
—Ah, eso es estupendo. Gracias de nuevo por
mandarme al técnico.
Tras colgar el aparato, Tynan se había
reclinado en su asiento procurando aclarar su ideas.
Tal vez se hubiera tratado de un error, de una
dirección equivocada. O tal vez hubiera sido otra cosa. Sea como fuere, una
cosa era segura: él no había mandado a ningún técnico a reparar el televisor de
su madre. Se había levantado del sillón y se había dirigido hacia su automóvil,
ordenándole al chófer que le condujera a Alexandria con la mayor rapidez
posible.
Ahora, al llegar a casa de su madre, abandonó
el asiento trasero del automóvil y penetró en el edificio. Comprobó la alarma,
soltó una maldición porque no estaba conectada y entró en el apartamento.
Rose Tynan se hallaba sentada en su sillón
frente al aparato de televisión. Estaba contemplando un programa de variedades.
Tynan la besó en la mejilla con aire distraído.
—Ah, ya estás aquí —dijo ella—. Me alegro de
que hayas podido venir. ¿Te apetece comer algo?
—No te molestes, mamá. Sólo me quedaré un
minuto. —Señaló hacia el televisor.— Conque ahora se ve mejor, ¿eh? No me
acuerdo... ¿qué le ocurría?
—¿Cómo? —preguntó ella sobre el trasfondo del
estruendo del aparato. Con un gemido, se inclinó hacia adelante y bajó un poco
el volumen.
—No recuerdo qué le ocurría al aparato.
—A veces la imagen saltaba.
—¿Y el técnico ha venido esta mañana? ¿A qué
hora? —Pues sobre las once o tal vez un poco más tarde.
—¿Iba vestido de uniforme?
—Pues claro.
—¿Recuerdas qué aspecto tenía, mamá?
—Qué pregunta tan tonta —dijo Rose Tynan—.
Tenía aspecto de técnico. ¿Por qué?
—Quiero estar seguro de que han mandado al
mejor. ¿Cuánto rato ha permanecido aquí?
—Pues cosa de una media hora.
Tynan deseaba proseguir el interrogatorio sin
asustar a su madre.
—Por cierto, mamá —dijo con aire indiferente—,
¿le has visto arreglar el aparato? ¿Has visto cómo lo hacía? ¿Has estado en el
salón con él todo el rato?
—Hemos hablado un poco pero estaba muy ocupado.
Después me he ido a lavar los platos.
—Bueno —dijo Tynan dirigiéndose hacia el sofá y
contemplando el teléfono de color negro que había sobre la mesita—. Mamá,
¿dónde puedo encontrar un destornillador?
Su madre se levantó trabajosamente del sillón.
—Ahora te lo traigo. ¿Para qué necesitas un
destornillador?
—Quiero echarle un vistazo a tu teléfono, ya
que estoy aquí. No te oía muy bien cuando has llamado. A lo mejor puedo
arreglarlo.
En cuanto su madre regresó con el
destornillador, Tynan separó la base del teléfono. A continuación levantó la
caja. Quedó al descubierto el mecanismo interior y Tynan empezó a examinarlo
minuciosamente,
Al cabo de unos instantes, lanzó un suspiro y
murmuró suavemente:
—Aaaah.
Había localizado el monitor: un transmisor más
pequeño que un dedal envuelto en cinta adhesiva y resina, un aparato
electrónico de escucha que captaba las voces de ambos extremos de la linea en
un receptor de FM oculto en algún lugar de la ciudad en el que podía grabarse
la conversación. El aparato era exactamente del mismo tipo que el utilizado por
el FBI.
Tynan sacó el monitor, se lo guardó en el
bolsillo y colocó de nuevo la base y la caja del teléfono.
—¿Le ocurría algo? —preguntó Rose Tynan.
—Sí, mamá. Ahora ya está arreglado.
—Lo importante era saber lo que ellos
—quienesquiera que fueran— hubieran podido captar desde aquella mañana. Trató
de recordar si le había dicho a su madre en el transcurso de los últimos
sábados algo de importancia que ella hubiera podido repetirle hoy a alguna
amiga por teléfono.
—Mamá, ¿has utilizado hoy el teléfono? No esta
mañana a primera hora sino a partir de las once.
—Déjame pensar.
—Piénsalo bien. ¿Te ha llamado alguien? ¿O has
llamado tú a alguien?
—Sólo me ha llamado una persona. La señora
Grossman.
—¿De qué hablaron?
—Sólo hemos hablado unos segundos. Sobre una
nueva receta que ella había encontrado. Y después te he llamado a ti.
—¿Nada más?
—Nada más. Espera un momento... ¿ha sido
hoy?... sí, hoy ha sido... he mantenido una larga conversación con Hannah
Baxter.
—¿Puedes recordar de qué habéis hablado?
Rose Tynan empezó a referir las cosas de que
ella y Hannah Baxter habían hablado. Se trataba de cosas intrascendentes y
triviales.
—Intenta distraerse —estaba diciendo Rose
Tynan—. Echa de menos a su marido. No está sola porque tiene a su nieto Rick en
casa; pero no es como tener a su marido, sobre todo teniendo en cuenta que éste
era el secretario de Justicia. Claro que mañana estará con ella el secretario
de Justicia...
Tynan la había estado escuchando medio
distraído, pero ahora volvió a prestarle toda su atención.
—¿Qué quieres decir con eso de que mañana
estará con ella el secretario de Justicia? Me parece que estás confundida. Noah
era el secretario de Justicia, pero ya ha muerto.
—Se refería al nuevo secretario de Justicia...
no sé cómo se llama.
—¿Christopher Collins?
—Sí, ése es. Acudirá a verle mañana por la
mañana.
—¿Por qué? ¿Te ha dicho ella por qué?
—No lo sé. No me lo ha dicho.
—Collins visitando a la señora Baxter —dijo
hablando más para sí mismo que para su madre—. Está bien. ¿A qué hora has
hablado con Hannah Baxter por teléfono?
—¿Por teléfono? Yo no te he dicho que hubiera
hablado con Hannah por teléfono. He hablado con ella personalmente. Esta mañana
se ha dejado caer por aquí para tomar café conmigo.
—Personalmente —repitió Tynan aliviado—. Muy
bien. Bueno, ahora tengo que irme corriendo, mamá. Tengo muchas cosas que hacer
antes de irme a California. Y una cosa. No le permitas el paso a ningún otro
técnico sin antes hablar conmigo. Primero llámame.
—Si eso quiere el director...
—Eso quiero —dijo Tynan besando a su madre en
la frente—. Y gracias por la noticia.
—¿Qué noticia? —preguntó ella.
—Algún día te lo diré —repuso él marchándose a
toda prisa.
A la mañana siguiente estaba lloviendo y el
cielo de Washington aparecía oscuro y encapotado mientras Chris Collins se
dirigía desde el Departamento de Justicia a la residencia de los Baxter en
Georgetown.
En el transcurso del viaje, el estado de ánimo
de Collins había sido tan sombrío como el tiempo. Raras veces se había sentido
Collins más triste. Desde el día de ayer no había recibido ninguna llamada de
Tony Pierce, Van Allen o Ingstrup. Al parecer, los interrogatorios e
investigaciones que éstos habían llevado a cabo en la capital y las pesquisas
realizadas por sus colegas en todo el país no habían permitido dar con ninguna
pista que pudiera conducir al descubrimiento del Documento R. Y lo peor era que
no se había recibido ninguna noticia de Jim Shack desde Fort Worth en relación
con Karen. Al día siguiente por la tarde, en el otro extremo del país, en el
Capitolio del estado de California, la Enmienda XXXV sería sometida a la
votación definitiva de los cuarenta miembros del Senado. Para su ratificación
era precisa una votación por mayoría. Es decir, veintiún miembros. Según el
reportaje exclusivo que publicaba el Washington
Post de aquella mañana, una fuente cercana al presidente Wadsworth había
revelado que el encuestador presidencial Ronald Steedman había informado al
presidente de que los más recientes cálculos confidenciales acerca de los
senadores californianos habían permitido averiguar que treinta de ellos iban a
votar en favor de la ratificación de la nueva enmienda. Mañana por la noche la
Enmienda XXXV entraría a formar parte de la Constitución de los Estados Unidos.
El futuro nunca se le había antojado a Collins más siniestro.
Se percató de que su automóvil oficial se había
detenido frente a la vieja casa de tres plantas de Georgetown. Eran exactamente
las diez de la mañana. Llegaba puntual a su cita con Hannah Baxter.
Mientras el agente especial Hogan le abría la
portezuela trasera, Collins le dijo a Pagano:
—Puede esperar aquí mismo. —Después añadió
dirigiéndose a Hogan:— No creo que tarde. Quédese aquí.
Mientras ascendía la escalinata de barandilla
de hierro, Collins se sintió invadido por el desaliento, sin abrigar la menor
esperanza en relación con aquella visita. Ya había hablado con Hannah Baxter al
principio de su búsqueda del Documento R y ésta no había podido ofrecerle
demasiada ayuda. Cierto que le había conducido hasta Donald Radenbaugh, el cual
le había sido bastante útil si bien no lo suficiente. Dudaba que esta vez
pudiera ofrecerle algo más. Estaba seguro de que constituiría una molestia innecesaria,
pero le había prometido a Tony Pierce que lo intentaría de nuevo e iba a
intentarlo.
Llamó al timbre. En lugar de la sirvienta, fue
la propia Hannah Baxter quien le abrió la puerta.
Su regordeta figura se mostraba tan
hospitalaria como siempre.
—Christopher, cuánto me alegro de verte otra
vez —dijo. Una vez dentro, aceptó su beso y después retrocedió unos pasos—.
Deja que te vea. Estás espléndido... aunque tal vez un poco cansado. No debes
trabajar en exceso. Es lo que siempre le decía a Noah. Y tenía razón, ¿sabes?
—La veo mejor que la última vez, Hannah. ¿Qué
es de su vida?
—Me las apaño, Christopher, me las apaño como
puedo. Gracias a Dios, tengo al pequeño Rick en casa. Cuando por la tarde se va
a la escuela, me encuentro completamente perdida. Sus padres regresarán de
África la semana que viene. Creo que dejarán que se quede conmigo hasta que
finalice el semestre. Y tal vez me lo dejen también durante el verano. ¿Cómo
está Karen?
Collins hubiera deseado decírselo, pero lo
pensó mejor considerando que complicaría demasiado las cosas y tendría que
mencionar a Tynan.
—Pues muy bien —contestó—. Mejor que nunca. Le
envía recuerdos.
Habían pasado al salón. Hannah señaló hacia la
puerta vidriera, parcialmente oculta por pesados cortinajes marrones a medio
correr.
—Fíjate cómo llueve. Lástima que no nos haya
salido un día soleado. Hubiéramos podido sentarnos en el patio. Bueno, da lo
mismo, nos pondremos cómodos aquí.
Collins esperó a que Hannah se acomodara en el
sofá y después tomó asiento en un sillón que había frente a la puerta vidriera.
¿Puedo ofrecerte algo, Christopher? —le
preguntó ella—. ¿Café o té?
—Nada, Hannah. Muchas gracias. Quería hablarle
de un pequeño asunto. No la entretendré demasiado.
—Pues adelante.
—En realidad, se trata del mismo asunto por el
que acudí a visitarla la última vez, poco después de la muerte de Noah. ¿Lo
recuerda?
—No demasiado —repuso ella frunciendo el ceño—.
Han ocurrido tantas cosas... Creo que se trataba de algo relacionado con unos
papeles de Noah que tú tratabas de encontrar, ¿no es cierto?
—Sí. Permítame que se lo recuerde. Estaba
buscando un documento que no encontraba, un documento complementario
relacionado con la Enmienda XXXV. Noah deseaba que yo lo buscara y revisara.
Dijo que se llamaba Documento R. Pero no he conseguido dar con él. Y, sin
embargo, es necesario que lo encuentre. La otra vez le pregunté si se lo había
oído mencionar a Noah alguna vez. Me dijo usted que no. Esperaba que tal vez
pudiera usted recordar alguna otra ocasión en la que...
—No, Christopher, si se lo hubiera oído
mencionar, lo recordaría. Jamás le oí hablar de nada llamado Documento R. Noah
raras veces comentaba conmigo los asuntos de su trabajo.
Collins decidió utilizar otra táctica.
—¿Le oyó usted mencionar alguna vez a Noah un
lugar llamado Argo City? Es una ciudad de Arizona que ha sido objeto de estudio
por parte del Departamento de Justicia. —Repitió lentamente el nombre:— Argo
City.
—No, jamás.
Decepcionado, Collins decidió pasar de nuevo
revista al viejo terreno ya recorrido.
—La última vez que estuve aquí le pregunté si
Noah tenía algún amigo o colega en quien pudiera tener depositada su confianza,
alguien que pudiera ayudarme a encontrar el Documento R. Me aconsejó usted que
acudiera a ver a Donald Radenbaugh a la penitenciaría de Lewisburg, cosa que yo
le agradecí muchísimo.
—¿Viste a Donald Radenbaugh? —le preguntó
Hannah.
—No, murió antes de que pudiera reunirme con
él.
—Pobre hombre. Fue una tragedia. ¿Y qué me
dices de Vernon Tynan? ¿Le has preguntado acerca del Documento R?
—Lo hice inmediatamente después de haberla
visitado a usted, pero no pudo ayudarme.
—En tal caso, me temo que no has tenido suerte
con el Documento R, Christopher —dijo Hannah encogiéndose de hombros—. Si
Vernon Tynan no ha podido ayudarte, estoy segura de que no habrá nadie más que
pueda hacerlo. Tal como tú sabes, Vernon y Noah eran muy amigos... quiero decir
que trabajaron en estrecha colaboración en la elaboración de la Enmienda XXXV.
En realidad, la última noche de Noah... la noche en que sufrió el ataque,
Vernon y Harry Adcock se encontraban en esta misma habitación trabajando con Noah.
Ocurrió precisamente mientras estaban hablando. Noah sufrió un repentino
ataque, se inclinó hacia adelante y cayó al suelo. Fue terrible.
Collins no tenía conocimiento de aquello.
—¿Quiere usted decir que Noah se encontraba en
compañía de Tynan y de Adcock la noche en que sufrió el ataque? No lo sabía.
¿Está usted segura?
—No es cosa que pueda olvidarse fácilmente
—repuso Hannah con tristeza—. Fue una reunión insólita. Noah no tenía por
costumbre trabajar de noche. Supongo que lo hacía por mí. Bueno, por su cuenta
trabajaba muy a menudo. Pero me refiero a trabajar en compañía de otras
personas. Recuerdo que Vernon insistió en verle aquella noche y vino aquí
después de cenar.
—¿Acompañado de Harry Adcock?
—Estoy casi segura —repuso ella vacilando un
poco—. De la presencia de Vernon sí estoy segura, claro. Pero... fue una noche
muy ajetreada... tal vez esté confundida. ¿Quieres saber si Harry estaba aquí
también?
—No sé, probablemente no sea importante...
—No, no me importa comprobarlo —dijo ella
levantándose—. En el cuaderno de citas de Noah tal vez figure anotado. Está en
su estudio. Voy por él.
Hannah abandonó el salón. Collins se reclinó en
el sillón reconociendo que no había conseguido averiguar nada útil a través de
Hannah Baxter. Permaneció sentado, sumido en el desaliento, sin saber hacia qué
lado volverse, completamente perdido.
Le pareció escuchar un rumor a su espalda...
una especie de roce o restregar de pies. Volvió la cabeza y observó que los
cortinajes de color marrón se movían misteriosamente. Miró hacia abajo y, a
través de los cortinajes ligeramente levantados, vio a un muchacho agachado.
Era Rick Baxter, el nieto de Hannah, que se estaba levantando con su perenne
magnetófono portátil en la mano izquierda.
—Oye, Rick —le dijo Collins—, ¿qué estabas
haciendo ahí, detrás de la cortina? ¿Escuchándonos?
—Es el mejor escondite de la casa —repuso Rick
sonriendo y dejando al descubierto las abrazaderas de sus dientes.
—¿Qué tal funciona el magnetófono? —le preguntó
Collins.
El muchacho se levantó, apartándose de los ojos
el enmarañado cabello castaño. Dio unas palmadas al estuche de cuero del
cassette.
—Funciona estupendamente desde que usted me lo
arregló, señor Collins. ¿Quiere oírlo?
Sin esperar la respuesta, Rick comprimió el
botón de retroceso, contempló hipnotizado cómo retrocedía la cinta, detuvo el
aparato y apretó después el botón de avance.
Rick extendió el aparato hacia el oído de
Collins.
—Escuche. Acabo de grabarles a usted y a la
abuela.
Collins se inclinó hacia el magnetófono y
escuchó.
Pudo oír la inconfundible voz de Hannah,
comprobando la fidelidad de la grabación a pesar de haberse efectuado desde
detrás de unos cortinajes.
«¿Y qué me dices de Vernon Tynan? ¿Le has
preguntado acerca del Documento R? »
Después su propia voz: «Lo hice inmediatamente
después de haberla visitado a usted, pero no pudo ayudarme».
De nuevo la voz de Hannah: «En tal caso, me
temo que no has tenido suerte con el Documento R, Christopher. Si Vernon Tynan
no ha podido ayudarte, estoy segura de que no habrá nadie más que pueda
hacerlo. Tal como tú sabes, Vernon y Noah eran muy amigos... quiero decir que
trabajaron en estrecha colaboración en la elaboración de la Enmienda XXXV. En
realidad, la última noche de Noah... la noche en que sufrió el ataque, Ver-non
y Harry Adcock se encontraban en esta misma habitación trabajando con Noah. Ocurrió
precisamente mientras estaban ha-blando...».
—Fantástico, Rick —dijo Collins—. Ya he oído
suficiente. Voy a tener más cuidado la próxima vez que acuda aquí.
El muchacho apretó rápidamente el botón de
detención.
—No se preocupe, señor Collins. No trabajo por
cuenta de ningún organismo del gobierno. Esto no es más que una afición que
tengo.
Collins simuló estar muy sorprendido.
—Pues lo haces muy bien. Podrías trabajar de
agente del FBI.
—No, no tengo la edad. Pero resulta divertido
jugar al FBI. Apuesto a que habré hecho unas cien grabaciones desde detrás de
esa cortina. Nadie sabe que estoy ahí. Sólo una vez el abuelo me pilló
haciéndolo.
—¿Te pilló tu abuelo? —preguntó Collins.
—Vio mi zapato por debajo de la cortina.
—¿Se enfadó?
—Pues, bastante. Me dijo que no volviera a
hacer esta trampa nunca más.
Collins se removió inquieto en su asiento y
contempló al muchacho.
—Perdona, Rick, no he entendido lo que estabas
diciendo ¿Qué te dijo tu abuelo cuando te pillo detrás de la cortina?
—Que no volviera hacerlo nunca más, que si
alguna vez volvía a verme haciendo esta trampa me iba a castigar.
—Comprendo.
En aquellos momentos Collins no comprendía
nada, sólo adivinaba, pero inmediatamente después lo comprendió.
Y permaneció sentado inmóvil.
Las últimas palabras de Noah Baxter, sus
palabras de moribundo, acudieron de nuevo a la mente de Collins: El Documento R... es... vi... una trampa...
acuda a ver...
Y las
palabras que Rick Baxter acababa de pronunciar: Que si alguna vez volvía a verme haciendo esta trampa me iba a
castigar.
Noah Baxter: Vi... una trampa.
Rick
Baxter: Volvía a verme haciendo esta
trampa.
¿Habría
intentado el coronel Baxter en sus últimas palabras dirigir a Collins hacia
Rick... o hacia la trampa de Rick? ¿Hacia sus fisgoneos desde detrás de las
cortinas?
Vi... una
trampa... acuda a ver.
¿Habría
visto el coronel, en su última conversación con Tynan minutos o segundos antes
de sufrir el ataque, habría visto el movimiento de las cortinas o bien la punta
del zapato del muchacho asomando por debajo de las mismas, comprendiendo que
había grabado su secreto... y lo habría recordado tras salir brevemente de su
estado de coma?
¿Habría intentado decirle a Collins: Vi una trampa, refiriéndose a Rick? ¿O habría querido decirle vi la trampa de Rick, acude a verle?
A ver,
¿qué? ¿Si Rick había grabado la última conversación confidencial... porque ésta
contenía la clave del secreto del Documento R?
¿Sería posible? ¿Sería acaso posible?
Collins parpadeó mirando a Rick, que se hallaba
todavía sentado en el suelo con las piernas cruzadas junto al sillón.
—Oye, Rick, yo quería preguntarte... —empezó a
decir Collins con cierta vacilación.
—¿Sí, señor Collins? —dijo el muchacho
levantando la mirada.
—Que esto quede entre nosotros, ¿eh?, pero, a
pesar de la advertencia de tu abuelo en el sentido de que no volvieras a hacer
esa trampa... es decir, a ocultarte detrás de las cortinas para grabar las
conversaciones... ¿volviste... bueno, volviste a hacerlo alguna otra vez?
Pues claro que volví a hacerlo. Lo hice
muchísimas otras veces.
—¿No temías que tu abuelo volviera a pillarte?
—No —repuso Rick muy tranquilo—. Me andaba con
mucho cuidado. Y, además, resultaba muy divertido correr ese riesgo.
—Pues fuiste muy valiente —dijo Collins—.
¿Volviste a grabar conversaciones de tu abuelo?
—Pues claro. Casi todas las conversaciones eran
del abuelo. Era el que siempre hablaba aquí. Debiera usted oír algunas de las
grabaciones que le hice.
Collins miró fijamente a Rick. Ándate con
cuidado, le dijo una voz interior... con mucho cuidado. No le asustes.
—Así es que seguiste grabando las
conversaciones de tu abuelo. ¿Incluso aquella última noche en que se hallaba en
compañía del director Tynan y sufrió el ataque? —preguntó Collins conteniendo
la respiración.
—Sí —repuso el muchacho—. Aunque la verdad es
que pasé mucho miedo escondido ahí cuando todo el mundo empezó a correr.
—¿Quieres decir una vez que tu abuelo hubo
sufrido el ataque?
—Sí —contestó Rick—. Pero grabé todo lo que se
había estado hablando antes.
—No bromees, Rick. No puedo creerlo. ¿De veras
grabaste la última conversación de Noah, de tu abuelo, con el director Tynan...
lo grabaste todo en cinta?
—Fue muy fácil. Tal como le he grabado a usted
hace unos minutos. El director Tynan estaba sentado precisamente donde ahora se
encuentra usted. El abuelo estaba donde ahora estaba sentada la abuela. El
señor Adcock estaba en aquella silla. Hablaban del Documento R, lo mismo que
usted y la abuela hace un rato.
Collins se incorporó despacio en su asiento,
advirtiendo que los brazos se le ponían de piel de gallina y que un
estremecimiento helado le recorría el cuerpo. Las últimas palabras de Noah
Baxter y su propia corazonada habían resultado fructíferas. Trató de conservar
la calma.
—¿Dices que el director Tynan y tu abuelo
hablaron del Documento R? ¿Les oíste hablar de eso? ¿No te equivocas?
—El abuelo no habló de él. Quien hablaba era el
director Tynan.
—¿Y eso cuándo dices que fue?
—Antes de que se llevaran al abuelo al
hospital. La última vez que el director Tynan estuvo aquí. Estaba hablando con
el abuelo cuando se puso repentinamente enfermo.
—¿Y oíste todo lo que dijo el director Tynan?
—Pues claro —repuso Rick—. Estaba detrás de la
cortina, igual que hoy. Y tenía el cassette en marcha. Grabé sus palabras igual
que hoy he grabado las de usted.
—¿Salió bien la grabación? Quiero decir, ¿se
podían escuchar las voces con claridad?
—Ya ha oído usted el aparato, es perfecto
—contestó Rick con orgullo—. A la mañana siguiente volví a pasar la cinta
cuando la abuela se fue al hospital. No me había perdido ni una sola palabra.
Todo estaba allí.
—Menudo aparato tienes —dijo Collins
chasqueando la lengua—. Me tendré que comprar uno igual. —Se detuvo.— Oye, ¿y
qué hiciste con la cinta? ¿La borraste? ¿O la tienes todavía por ahí?
Pareció como sí a Collins se le detuviera el
corazón mientras aguardaba la respuesta del muchacho.
—No, nunca borro las cintas —dijo Rick.
—Entonces, ¿la tienes aquí?
—Ya no. No conservo ninguna con la voz del
abuelo. Cuando el abuelo se puso enfermo, cogí la última cinta, escribí en ella
«ASJ», que quiere decir «Abuelo Secretario de Justicia», y «Enero», y después
la puse con las demás y las coloqué todas en el cajón de arriba del archivador
especial del abuelo junto con las cintas que él tenía grabadas, para que no se
perdieran.
—Y el archivador del abuelo se lo llevaron de
aquí, ¿verdad?
—Sí, pero sólo durante algún tiempo.
—Rick, ¿recuerdas lo que había en aquella
última cinta que grabaste de tu abuelo y el director Tynan? ¿Recuerdas lo que
se dijo acerca del Documento R?
Collins esperó. Y pudo comprobar que era cierta
la expresión que se solía utilizar en tales casos: la gente esperaba
conteniendo la respiración.
El muchacho hizo una mueca.
—No prestaba demasiado atención... lo único que
me interesaba era grabar la cinta. Y a la mañana siguiente, cuando la volví a
pasar, sólo quise comprobar si lo había grabado todo.
Pero algo de lo que oíste sí lo recordarás.
Antes has dicho que oíste al director Tynan hablar del Documento R.
—Y es cierto —insistió Rick—. Habló de él. Pero
ya no me acuerdo. El director Tynan no hacía más que hablar y hablar. Y
entonces el abuelo se puso repentinamente enfermo... y todo el mundo empezó a
correr y la abuela lloraba... y yo me asusté y apagué el aparato y me quedé
allí escondido hasta que vino la ambulancia. Cuando todos se fueron hacia la
puerta, salí de detrás de la cortina y subí corriendo a mi dormitorio.
—¿Y no recuerdas ninguna otra cosa?
—Lo siento, señor Collins, pero...
—Es suficiente —dijo Collins dándole al
muchacho unas palmaditas de gratitud en el brazo.
Hannah Baxter regresó al salón.
—¿Ya está el niño otra vez dándote la lata y
molestándote con el magetófono, Christopher?
—De ninguna manera. Hemos mantenido una
interesante conversación. Rick me ha sido muy útil.
—En cuanto a Harry Adcock —dijo Hannah—, acabo
de echar un vistazo a la agenda de citas de Noah. Sí, tanto Vernon como Harry
estaban anotados para la visita de aquella noche.
—Eso pensaba yo —dijo Collins haciéndole un
guiño a Rick y levantándose—. Ahora tengo que irme en seguida. Gracias por la
molestia, Hannah. Y gracias también a ti, Rick. Si alguna vez buscas trabajo en
el Departamento de Justicia, llámame.
Mientras se dirigía hacia la puerta, Collins
pensó que no era posible que siguiera lloviendo y estuviera nublado. Pero así
era. La luz del sol brillaba únicamente en el cerebro de Collins. Sólo quedaba
una oscura nube.
El archivo personal de Noah Baxter, con la
reveladora cinta de Rick, se encontraba en el despacho particular del director
del FBI en el edificio J. Edgar Hoover.
—Pagano —dijo Collins al subir a su automóvil—,
déjeme en la primera cabina telefónica que vea. Tengo una llamada importante.
10
Eran las primeras horas de la tarde cuando el
automóvil dejó a Chris Collins frente al ornamentado edificio rojo que
albergaba la Imprenta del Gobierno.
—Estacione el automóvil entre las calles G y H
—le ordenó Collins a Pagano, y añadió—: Pase a recogerme dentro de una media
hora.
Pasó al lado de un grupo de jóvenes negros que
se hallaban conversando junto a la entrada y continuó hacia el interior, pero
no se molestó en entrar en la Sala de Publicaciones. Tras consultar su reloj,
volvió sobre sus pasos y salió de nuevo a la acera. Miró precavidamente a su
alrededor para comprobar que no le seguían. No había nadie sospechoso a la
vista. Estaba casi seguro de que Tynan no se habría molestado en hacerle seguir
después de la escena del otro día y de su consiguiente rendición. A pesar de
ello, le había entregado una llave de su casa al colega de Pierce, Van Allen,
para que éste llevara a cabo un registro electrónico de la vivienda y se
cerciorara de que aquella noche pudiera hablar tranquilamente por teléfono.
Satisfecho, Collins echó a andar en dirección a
la Oficina Central de Correos. Al llegar a la esquina de la calle E, giró a la
izquierda y se dirigió hacia la Estación Unión.
La lluvia había cesado y el aire aparecía
diáfano. Respirando hondo, Collins siguió andando a grandes zancadas, embargado
por el júbilo y la emoción. Iba a ser difícil, lo sabía, pero ahora se abría
ante él una posibilidad.
Se estaba acercando a la fachada de estilo
clásico de la Estación Unión; pasó junto a la fuente y las estatuas de la
plaza, esquivó varios taxis ocupados, hizo caso omiso de la cola de recién
llegados que esperaban con sus maletas algún taxi libre y penetró en el
edificio.
La espaciosa sala de la Estación Unión —copia
de la sala central de las termas de Diocleciano, según había leído una
vez—estaba casi vacía. Collins se dirigió hacia el puesto de libros y revistas
de la izquierda, miró con disimulo mientras adquiría un ejemplar del Washington Post y dedujo que había sido
el primero en llegar.
Habían elegido la sala de espera de la Estación
Unión por considerarla un lugar de cita seguro, ya que los agentes del FBI
jamás utilizaban el tren para salir de Washington, ni siquiera cuando se
trataba de trasladarse a la cercana Filadelfia. Bajo el régimen de Tynan, todos
ellos tomaban ahora el avión o el helicóptero. La presencia de un agente del
FBI en la estación sería advertida inmediatamente y podrían adoptarse las
medidas adecuadas para evitarle.
Collins se acomodó en un asiento desocupado
frente a la entrada de la estación y abrió el periódico, aunque no se molestó
en leerlo. Por encima del mismo mantenía los ojos clavados en la entrada.
No tuvo que esperar mucho. En cuestión de
minutos vio entrar al hombre de cabello color arena. Éste miró hacia Collins,
movió muy levemente la cabeza y se dirigió hacia el puesto de libros y
revistas. Echó un breve vistazo a las estanterías, eligió un libro en edición
de bolsillo, pagó y cruzó la estación en dirección a Collins.
Tony Pierce se acomodó en otro asiento a escasa
distancia de Collins.
—Casi no puedo creerlo —dijo Pierce en voz
baja—. Es fantástico. ¿Es posible que el muchacho, ese Rick, lo grabara todo
con su pequeño cassette?
—Eso dice. Se trata probablemente de un aparato
muy bueno. Rick me ha asegurado que la fidelidad de la grabación había sido
perfecta.
—¿Y oyó a Tynan hablar del Documento R?
—Con toda claridad.
—¿Cómo reconoceremos la cinta?
—Es una cassette Memorex y lleva escrito encima
«ASJ» y «Enero», que fue cuando se efectuó la grabación. No tendría que
resultar difícil encontrarla entre las cintas de Noah, pues éste utilizaba
cintas en miniatura Norelco de quince minutos de duración, cassettes de dos
pulgadas y cuarto por una y media, cuando dictaba en casa.
—Ha hecho usted muy bien sus debéres —dijo
Pierce, complacido.
—El problema no es cómo identificar la cinta
—dijo Collins—, sino cómo llegar hasta ella. Ya se lo he dicho. Se encuentra en
el primer cajón de arriba del archivador de Noah, que Tynan conserva ahora en
su despacho.
—Yo también he hecho mis deberes —dijo Pierce—.
Tynan permanecerá en su despacho hasta las ocho y cuarenta y cinco de esta
tarde. Lo abandonará entonces para trasladarse directamente al aeropuerto y
tomar el avión de Nueva York; una vez allí, desde el aeropuerto Kennedy tomará
el vuelo de las once en punto a San Francisco, desde donde se trasladará en
automóvil a Sacramento.
—Hasta ahora, todo bien.
—Su despacho quedará vacío. Nosotros estaremos
cerca. En cuanto se nos comunique que no hay moros en la costa, usted y yo
penetraremos en el edificio Hoover a través de una entrada que hay en la calle
Diez. Ya le dije que disponemos de dos confidentes en el propio edificio del
FBI y que uno de ellos es un agente del turno de noche. Bien, pues éste nos
franqueará la entrada. Y se encargará también de que la puerta del despacho del
director no esté cerrada con llave.
—Pero es posible que el archivador de Noah sí
lo esté.
—Lo estará —dijo Pierce—. Es un anticuado
archivador Victor Firemaster que cierra por combinación. Lo abriré. Ya le he
dicho que nosotros hemos hecho también nuestros deberes. —Estupendo —dijo
Collins con admiración.
—Y en cuanto a su esposa...
—¿Sí?
—Para que se tranquilice, le diré que Jim
Shacks sabe dónde se encuentra en Forth Worth. Está bien.
—¿Dónde se encuentra?
—Shack no nos lo ha dicho. Pero no importa. Lo
más importante es que hemos echado un vistazo al expediente de Tynan sobre el
caso de su esposa. Hemos averiguado el nombre y la dirección de la testigo que
Tynan se está reservando. Una tal Adele Zurek. Ahora vive en Dallas. ¿Le suena
ese nombre, Zurek?
—Karen jamás lo ha mencionado.
—Lo suponía. Era una mujer de la limpieza que
trabajaba a horas. Cuando la asistenta de su esposa tenía el día libre, la
señora Zurek la sustituía. Jim Shack acudirá a verla esta tarde. Si logra
averiguar algo, le llamará a usted esta noche.
—Pero es que estaremos fuera.
—Lo sabe. Llamará a partir de las diez y
seguirá probando hasta que usted le conteste.
—Gracias, Tony.
—Ahora, hablemos de esta noche. Calles E y
Doce. A dos manzanas del edificio del FBI. Hay un establecimiento especializado
en hamburguesas con un rótulo de neón en el que puede leerse: «Café hasta el
borde». Esté allí a las ocho en punto.
—Allí estaré —le aseguró Collins—. Esperemos
que nos vaya todo bien —dijo con inquietud.
—No se preocupe por eso —dijo Pierce—. Lo
importante es que el contenido de la cinta merezca la pena.
—Fue Noah quien estableció una relación entre
el Documento R y la Enmienda XXXV..., quien advirtió que era peligroso y tenía
que darse a conocer. Tendremos que confiar en él.
—Ojalá resulte interesante —dijo Pierce—.
Porque es nuestra última esperanza antes de mañana. De ello depende nuestro
éxito. —Miró a su alrededor al tiempo que se guardaba el libro en el bolsillo.—
Bueno, yo me iré primero. Nos veremos esta tarde.
—Hasta entonces.
Eran las ocho y media de la noche cuando Chris
Collins, lleno de inquietud, abandonó el taxi junto a la confluencia de las
calles E y Doce. Tres puertas más allá de la esquina descubrió el rótulo de
neón rojo y blanco en el que podía leerse: «Café hasta el borde».
La barra estaba llena, pero sólo algunas de las
mesas de formica blanca se hallaban ocupadas. En la situada en el rincón más
alejado pudo ver a Tony Pierce.
Collins se acercó y se acomodó al lado de éste,
que se estaba terminando muy tranquilo un bocadillo de hamburguesa.
—Llega usted muy puntual —le dijo Pierce entre
bocado y bocado.
—Estoy hecho un manojo de nervios —reconoció
Collins.
—¿Y por qué va a estar nervioso? —le preguntó
Pierce secándose la boca con una servilleta—. Acudirá simplemente a visitar el
despacho del director del FBI. Ya ha estado allí otras veces.
—Pero no en su ausencia.
—Tiene razón —dijo Pierce riéndose—. Ahora
vamos a estudiar los planes. ¿Qué va usted a hacer cuando tenga el material?
—Bueno, pues, la cinta de Rick tal vez nos diga
dónde está el Documento R.
—Es posible. ¿Qué hará cuando tenga la cinta?
—Si se trata de algo tan terrible y perjudicial
como Noah dio a entender, llamaré a Sacramento inmediatamente. Localizaré al
vicegobernador, dado que es el presidente del Senado del estado de California.
Le diré que dispongo de importantes pruebas relacionadas con la votación final
sobre la Enmienda XXXV y le rogaré que me permita comparecer ante el Comité
Judicial por la mañana, inmediatamente después de que Tynan haya pronunciado su
discurso. Abrigo la esperanza de que consigamos alzarnos con el triunfo.
—Perfecto —dijo Pierce—. Es posible que mañana
a estas horas podamos celebrarlo en un buen restaurante.
—Falta mucho para mañana por la noche —dijo
Collins.
—Tal vez. Ande, tómese un café conmigo.
Disponemos todavía de unos minutos.
Les habían servido el café y estaban empezando
a bebérselo cuando Pierce señaló hacia la puerta, situada a la espalda de
Collins.
—Ahí viene.
Collins volvió la cabeza.
Van Allen se estaba acercando entre las mesas y
la barra. Al llegar junto a la mesa, se inclinó y dijo en un susurro:
—Vía libre. Tynan ha salido hacia el aeropuerto
hace diez minutos.
Pierce dejó la taza, depositó una propina en la
mesa y se levantó.
—Andando.
Una vez Pierce hubo pagado la cuenta, los tres
salieron a la calle E y echaron a andar en silencio para recorrer las dos
manzanas que les separaban de su destino. No hablaron hasta llegar a la
confluencia de la calle E con la calle Diez, en cuya acera de enfrente se
levantaba la impresionante estructura color beige del edificio del FBI con sus
adornos de columnas.
—Yo les dejo aquí —dijo Van Allen—. Aguardaré
al otro lado de la rampa del estacionamiento. Si ocurriera algo y Tynan
regresara, conseguiré llegar hasta ustedes antes que él. Buena suerte.
Observaron cómo se alejaba. Pierce tomó a
Collins del brazo y le dijo:
—Ahora actuemos con rapidez.
Cruzaron la calle y echaron a andar de prisa
por la acera de la calle Diez, junto a la que se levantaba el edificio J. Edgar
Hoover. Pierce subió los empinados peldaños de dos en dos, mientras Collins
trataba de no quedar rezagado. Junto a la puerta de cristal no se veía a nadie,
pero muy pronto apareció una figura entre las sombras del interior. El hombre
abrió la puerta.
Pierce le cedió el paso a Collins y ambos
penetraron en el vestíbulo. Collins apenas pudo ver al agente que les había
abierto la puerta. Era un joven de rostro enjuto, enfundado en un traje oscuro,
que le susurró algo a Pierce. Éste asintió con la cabeza, le saludó brevemente
y alcanzó a Collins, que se había adelantado unos pasos.
—Espero que se encuentre usted en buena forma
—dijo Pierce en voz baja—. No podemos utilizar el ascensor y las escaleras
mecánicas no funcionan. Subiremos hasta la séptima planta por la escalera de
incendios.
Se dirigieron hacia la escalera y empezaron a
subir. Collins se esforzaba por no quedar rezagado. Al llegar al tercer
rellano, Pierce se detuvo unos instantes para que Collins pudiera recuperar el
resuello, y después ambos siguieron subiendo.
Llegaron a la séptima planta sin haberse
tropezado con nadie. A excepción de sus pisadas, mientras iban subiendo
alrededor del patio central, reinaba un silencio absoluto.
Llegaron junto a una puerta en la que podía
leerse: Director de la Oficina Central de
Investigación.
Pierce
le indicó por señas a Collins una segunda puerta en la que no figuraba ninguna
placa. Acercó la mano al picaporte y abrió la puerta sin dificultad. Pierce
entró seguido de Collins. Habían penetrado directamente en el despacho privado
de Tynan, tenuemente iluminado por una lámpara que había junto al sofá.
Collins permaneció de pie examinando la
estancia. El escritorio de Tynan se encontraba a la izquierda, frente a las
ventanas que daban a la calle Nueve cara al edificio del Departamento de
Justicia. A la derecha había un sofá, una mesita y dos sillones.
No se veía ningún archivador.
—Se encuentra en el vestidor —le dijo Pierce en
voz baja señalando hacia una puerta abierta.
Pasaron por entre la mesita y los sillones y
cruzaron la puerta que daba acceso al pequeño vestidor. Pierce buscó el
interruptor y encendió la luz del techo. Estaban frente al archivador Victor
Firemaster de color verde de Noah Baxter.
La cerradura de combinación se encontraba en el
tercer cajón empezando por abajo.
Pierce trató de abrir los cajones. Todos
estaban perfectamente cerrados.
—Está bien —dijo—, manos a la obra. Creo que
resultará fácil.
Con la habilidad de un experto, Pierce giró el
mecanismo de la combinación. Collins le miraba, consciente de que el tiempo iba
pasando. Sólo habían transcurrido tres minutos, pero a Collins se le antojaban
horas y la angustia estaba empezando a resultarle insoportable.
Oyó que Pierce lanzaba un suspiro de alivio y
vio que dejaba entreabierto el tercer cajón.
Pierce se incorporó, abrió el cajón de arriba y
retrocedió un paso.
—Todo para usted, Chris —dijo.
Con el corazón latiéndole con fuerza, ,Collins
avanzó. Examinó la primera mitad del cajón de arriba, donde podían verse varias
cassettes Norelco en sus pequeños estuches de plástico y unas seis o siete de
mayor tamaño, del tipo de las que utilizaba Rick.
Estaba acercando la mano al cajón cuando,
súbitamente, un haz de potente luz iluminó la estancia al tiempo que se
escuchaba el sonido de una chirriante voz a su espalda.
—Buenas noches, señor Collins —le saludó la
voz—. No se moleste.
Collins se dio rápidamente la vuelta mientras
Pierce hacia lo propio.
La puerta del cuarto de baño aparecía abierta
y, llenándola totalmente, podía verse la compacta figura de Harry Adcock. En su
rostro se dibujaba una horrible sonrisa.
Adcock extendió la manaza y apareció en su
palma una cassette Memorex.
—¿Es esto lo que ustedes andan buscando,
caballeros? —les preguntó—. ¿El Documento R? Bueno, pues aquí lo tienen.
Permítanme que se lo muestre.
Tomó la cassette por ambos lados y quitó la
funda de plástico. Después, sin dejar de mirarles, introdujo un dedo por la
parte interior de la cinta, la soltó y empezó a desenrollarla lentamente. Tras
arrojar la funda de plástico sobre la alfombra, les mostró la estrecha cinta
marrón.
Collins observó con el rabillo del ojo que la
mano de Pierce se deslizaba hacia el bolsillo de su chaqueta, pero la mano de
Harry Adcock se movió con rapidez hacia la sobaquera que llevaba bajo la
americana y en ella apareció un revólver, un mágnum negro de cañón corto y
calibre 35.7, con el que apuntó a ambos.
—No lo intente, Pierce —advirtió—. Tome, señor
Collins, sosténgame un momento la cinta —dijo depositando la cinta en la mano
inerte de Collins. Avanzando de lado, cacheó a Pierce, le encontró el revólver
especial de la policía del calibre 38 y se lo guardó en el bolsillo. Esbozó una
sonrisa—. Que la prensa hablara de un tiroteo entre el director adjunto del FBI
y el colaborador no oficial del secretario de Justicia no resultaría muy
agradable, ¿verdad?
Después extendió la mano y recogió la cinta que
Collins sostenía en la palma de la suya.
—Es todo lo más que ha podido usted acercarse
al Documento R, señor Collins. —Sosteniendo la cinta en una mano y apuntándoles
todavía con el arma, Adcock retrocedió hacia el cuarto de baño.— Échenle un
último vistazo —les dijo ya desde el interior—. Jamás fue un documento, ¿saben
ustedes? Jamás se escribió sobre papel. Y tampoco hubiera debido grabarse en
ninguna cinta. Las cosas más importantes suelen albergarse en las cabezas de
los hombres y en ninguna otra parte.
La pierna de Adcock había tropezado con la taza
del retrete, sobre la cual hizo oscilar la cinta.
—Espere un momento —le imploró Collins—.
Escúcheme.. .
—Primero escuche usted esto —dijo Adcock
dejando caer la cinta en la taza del retrete, inclinándose hacia atrás y
presionando el botón de la salida del agua, cuyo rumor pareció divertirle.
Sonrió.— Ha desaparecido por el desagüe... igual que sus esperanzas, señor
Collins. —Salió del cuarto de baño.— Y ahora, ¿qué deseaba usted decirme, señor
Collins?
Collins se mordió el labio y no dijo nada.
—Muy bien, caballeros, les acompañaré a la
calle —dijo señalando con el revólver hacia el despacho de Tynan.
Adcock permaneció a sus espaldas hasta que
llegaron al centro de la estancia. Después se apartó de ellos y fue hacia el
escritorio del director, apoyando su mano libre sobre el gran magnetófono
plateado de Tynan.
A continuación, se dirigió a Collins.
—No sé qué tal secretario de Justicia es usted,
señor Collins, pero no me cabe la menor duda de que no serviría para agente del
FBI. A un buen agente no se le pasa por alto nada. Usted y sus muchachos han
desconectado todos los aparatos de escucha instalados en la ciudad para ocultar
su visita secreta de esta noche a este despacho, pero han olvidado desconectar
uno.
Pulsó el botón de puesta en marcha del
magnetófono de Tynan.
Las voces que brotaron del altavoz resultaban
claramente identificables.
La voz de Rick: «Cuando el abuelo se puso
enfermo, cogí la última cinta, escribí en ella "ASJ", que quiere
decir "Abuelo Secretario de Justicia", y "Enero", y después
la puse con las demás y las coloqué todas en el cajón de arriba del archivador
especial del abuelo junto con las cintas que él tenía grabadas, para que no se
perdieran».
La voz de Collins: «Y el archivador del abuelo
se lo llevaron de aquí, ¿verdad?».
La voz de Rick: «Sí, pero sólo durante algún
tiempo».
Adcock se lo estaba pasando en grande. Ahora
apretó el botón y apagó el aparato.
—Usted no tuvo en cuenta a la madre de Vernon
Tynan. Ésta se enteró de que usted iba a acudir a visitar a Hannah Baxter y se
lo contó a su hijo. Puede usted subestimar al FBI, señor Collins, pero no debe
subestimar jamás el amor de una madre, por lo menos la afición de una madre a
chismorrear con su hijo... y con sus amigas. —Movió una vez más el revólver en
dirección a Pierce y a Collins.— Pueden ustedes salir de este despacho por
donde han entrado. Dos agentes que se encuentran en el pasillo les acompañarán
hasta la planta baja. Buenas noches, caballeros. Esta vez podrán abandonar el
edificio por la entrada principal.
Fue el trayecto más largo que Chris Collins
hubiera recorrido jamás hasta su casa de McLean, Virginia.
Abatido, se hundió en el asiento delantero del
automóvil alquilado de Pierce mientras éste, que era también la viva imagen de
la tristeza, se ponía al volante. En el asiento de atrás, Van Allen aparecía
igualmente abatido.
Apenas intercambiaron una palabra hasta llegar
a la residencia de Collins.
Mientras apagaba el motor, Pierce dijo:
—Bueno, no todo puede ganarse, pero se ha hecho
lo que se ha podido.
—Supongo que esto es el final del camino —dijo
Collins—. Mañana el país será suyo.
—Me temo que sí.
—Estábamos tan cerca... —dijo Collins—. El
Documento R... he tenido el maldito asunto en la mano.
—El muy sádico hijo de puta —dijo Pierce
sacudiendo la cabeza—. Bien, nos han ganado la partida. Pero no acierto a
comprender cómo lo han conseguido. ¿Qué es esa historia de la madre de Tynan?
—La madre debió de averiguar, a través de
Hannah Baxter, que yo iría a visitar a esta última. La señora Tynan seguramente
se lo mencionó a Vernon, y entonces decidieron instalar aparatos de escucha en
la residencia de los Baxter. No quisieron correr el peligro de perderse nada.
En fin. —Collins abrió la portezuela del automóvil.— Caballeros... ésa es la
palabra que ha empleado Harry Adcock, caballeros, siento tantos deseos de
suicidarme que esta noche voy a emborracharme como una cuba. Voy a agarrarla buena.
¿Me acompañan ustedes?
—¿Por qué no? —dijo Pierce quitando el
contacto.
Los tres se dirigieron hacia la puerta
principal de la casa. Collins sacó la llave, abrió la puerta y cedió el paso a
sus acompañantes.
Habían llegado al salón cuando empezó a sonar
el teléfono.
—Yo contestaré —dijo Collins mirando a Pierce—.
¿Estoy a salvo? ¿Puedo recibir llamadas a través de este teléfono?
Toda la casa ha sido registrada —le aseguró
Pierce.
—Muy bien. Las bebidas están en el aparador y
el hielo en la cocina —dijo Collins dirigiéndose hacia el teléfono, que estaba
sonando con insistencia—. Y en cuanto a mí —añadió—, prepárenme una cicuta con
hielo.
Descolgó el aparato, que estuvo a punto de
escapársele de la mano, y por fin se lo acercó al oído.
—¿Diga?
—¿Señor Collins?
—¿Sí?
—He estado intentando localizarle. Soy Jim
Shack y le hablo desde Fort Worth. Tengo una buena noticia para usted. No
entraré en detalles ahora, pero me he pasado toda la tarde en Dallas con la
señora Adele Zurek, la testigo que según Tynan había visto a su esposa cometer
el asesinato. Era mentira, una mentira absoluta. Al igual que la supuesta
conducta sexual de Karen. Pura invención.
—Gracias a Dios —dijo Collins lanzando un
suspiro de alivio.
—He interrogado a la señora Zurek durante
varias horas y, al asegurarle que usted la protegería, me ha revelado toda la
verdad. Ha confesado que Tynan le había hecho chantaje (existe un episodio de
su pasado que la hace vulnerable y que Tynan descubrió, amenazándola con
utilizarlo contra ella) y le había asegurado que pasaría todo por alto si
colaboraba con él. Estaba asustada y accedió a hacerlo. Pero cuando le he
prometido que usted se encargaría de que no le ocurriera nada malo, me ha
revelado toda la verdad. Es cierto que oyó discutir a los Rowley. No era nada
insólito. Se quedó en la casa, terminó su trabajo y después se fue. Esto
ocurrió cuando la señora Collins ya se había ido. Tras haber cruzado la calle,
la señora Zurek vio acercarse un automóvil del cual descendió un hombre que
ella no pudo ver demasiado bien. Éste se acercó a la puerta de entrada, la
forzó y entró en la casa. La mujer estaba aguardando y preguntándose qué podría
hacer y por qué habría entrado aquel hombre cuando escuchó un disparo
procedente del interior de la casa. Se asustó y echó a correr. Al día
siguiente, al enterarse de que Thomas Rowley había sido asesinado, tuvo miedo
de acudir a las autoridades debido a aquel asunto de su pasado. No quería
meterse en líos, pero Tynan la ha metido. En relación con el individuo que
probablemente asesinó a Rowley, parece ser que existen pruebas en el sentido de
que Rowley mantenía relaciones con la esposa de ese hombre y fue descubierto.
Podríamos investigar después esta cuestión, si usted lo desea.
—En estos momentos me importa un bledo —dijo
Collins—. Lo importante es que ha conseguido usted aclarar el asunto. No sabe
cuánto se lo agradezco. Mientras Karen se encuentre bien...
—Se encuentra bien. Perfectamente. Está aquí a
mi lado esperando hablar con usted.
—Que se ponga.
Collins aguardó y después escuchó su voz y la
quiso más que nunca.
Karen estaba llorando de felicidad.
Con voz entrecortada, empezó a contarle de
nuevo todo lo que había ocurrido. Él se lo impidió diciéndole que no era
necesario. Todo se había aclarado.
—Oh, Chris —dijo ella tratando de controlarse—,
ha sido una pesadilla.
—Todo ha terminado, cariño. Olvidémoslo.
—Pero lo importante, lo más importante ahora
que no tienes que preocuparte por mí, es Tynan —dijo ella—. Puedes ir a
California, dimitir e irte a California para contarlo todo mientras aún haya
tiempo. Lo harás, ¿verdad?
El júbilo de Collins se desvaneció y la
pregunta de su esposa le devolvió de nuevo al estado de ánimo anterior.
—Ya es demasiado tarde, cariño —repuso él
desalentado—. Nada de lo que pudiera decir ahora sería importante. Tynan ha
ganado. Al final, ha conseguido burlarme por completo.
—¿A qué te refieres?
—Es demasiado largo de contar. Te lo diré en
cuanto regreses a casa.
—Quiero saberlo ahora mismo. ¿Qué ha ocurrido?
Con voz cansada, Collins le reveló todo lo
sucedido, le refirió todos los acontecimientos de aquel largo día con sus
puntos culminantes y su caída final. Le contó lo que había ocurrido por la
mañana al averiguar accidentalmente que Rick Baxter había grabado el contenido
del Documento R. Le habló del plan para recuperar la cinta que el muchacho
había guardado en el archivador del coronel Baxter. Le habló de la incursión
realizada en el despacho de Tynan en el FBI, de cómo Tynan se había enterado de
ello mediante unos aparatos de escucha instalados en la residencia de los
Baxter y de cómo Adcock les había estado aguar-dando con la cinta fatídica,
destruyéndola ante sus ojos.
—Y eso ha sido todo, Karen —terminó diciendo
Collins—. Ahora se ha perdido para siempre la única prueba que hubiera podido
salvarnos a todos. —Esperaba que Karen lo lamentara con él, pero, en su lugar,
no hubo más que silencio al otro extremo de la línea.— ¿Karen? —dijo—. Karen,
¿estás ahí?
Súbitamente se escuchó la voz de Karen, presa
de enorme excitación.
—Chris, la cinta de Rick... ¡no es la única prueba que
existe! ¿Me oyes? Escúchame. Podría haber una copia de esa cinta...
—¿Una copia? ¿De qué estás hablando?
Sí, escúchame. ¿Recuerdas la noche en que
cenamos con aquel... cómo se llama... con el escritor anónimo de Tynan... aquel
a quien tú hiciste un favor...
—¿Ishmael Young?
—Sí... la noche en que cenamos con Ishmael
Young en el Jockey Club, ¿lo recuerdas? Estaba enojado porque Tynan le había
traicionado. Tynan le había prometido que autorizaría la entrada de su
prometida en los Estados Unidos si él le escribía la autobiografía. Pero
entonces, leyendo cierto material que había copiado de los archivos del coronel
Baxter, Ishmael averiguó que Tynan le había engañado y que no tenía el
propósito de concederle a su prometida la autorización para entrar en el país.
Chris, ¿comprendes lo que te estoy diciendo?
—No estoy muy seguro de entender lo que dices,
Karen —repuso él tratando de aclarar sus ideas—. Me parece que me siento un
poco aturdido.
—Ishmael Young nos dijo aquella noche... casi
recuerdo sus palabras, nos dijo algo así: «Tengo en mi poder una nueva remesa
de material de investigación para el libro. Poseo unos documentos y cintas que
Tynan me ha dado para copiar. Muchos documentos del difunto secretario de
Justicia. He estado copiando este material de investigación para poder
devolverle los originales a Tynan». ¿Lo entiendes ahora, Chris? Nos dijo que
había copiado muchas cosas pertenecientes al archivo privado del coronel
Baxter, que Tynan deseaba que dispusiera de toda clase de material con vistas a
la autobiografía... y eso fue antes de que Tynan se enterara de que una de las
cintas era la que Rick había grabado. Si Ishmael hubiera efectuado una copia de
la cinta, junto con todo lo demás, la cinta que necesitas, el Documento R,
existiría todavía y estaría en poder de Ishmael Young. No sé si la copiaría,
pero en caso de que lo hiciera...
—¡Debió de hacerlo! —exclamó Collins—. ¡Eres un
genio, Karen! Te quiero... Ahora tengo que darme prisa... ¡Nos veremos a tu
regreso!
Ishmael Young no se encontraba en casa.
Tras informar a sus colegas de que tenían una
nueva posibilidad de éxito, Chris Collins había buscado en su agenda el número
de teléfono de Ishmael Young, pero no había podido encontrarlo. Entonces había
recordado que no lo tenía. Rogándole a Dios que Ishmael Young no tuviera un
número telefónico que no figurara en la guía, Collins había marcado el número
de Información. Recordando vagamente que Young vivía en Fredericksburg,
Virginia, Collins le había facilitado la zona a la telefonista. Momentos más tarde
tenía no sólo el teléfono de Young sino también su dirección.
Le había llamado esperando nerviosamente
escuchar su voz y, al final; había podido escucharla. Pero Young hablaba a
través de un aparato de contestación automática. La voz decía: «Buenas noches.
Soy Ishmael Young. He salido esta noche. Regresaré hacia la una de la
madrugada. Por favor, deje su nombre y número telefónico. No empiece a hablar
hasta escuchar la señal».
Collins no se había molestado en dejar su
nombre ni recado alguno. Había decidido que sería mejor que los tres se
encontraran en Fredericksburg cuando Ishmael Young regresara a casa.
Permanecían sentados en el salón de Collins
haciendo conjeturas sobre la posibilidad de que Young hubiera efectuado una
copia de la cinta de Rick junto con el restante material procedente del
archivador de Baxter. No bebían demasiado. Su última esperanza renacida les
había animado enormemente. Miraban el reloj, volvían a hablar de lo mismo y se
levantaban y sentaban incesantemente, llenos de nerviosismo.
Hacia las once, Collins perdió la paciencia.
—Hay demasiadas cosas en juego para que nos
quedemos aquí cruzados de brazos sin hacer nada. Vamos a Fredericksburg ahora
mismo y esperemos allí. Es posible que Young regrese a casa más temprano.
Pierce y Van Allen se mostraron de acuerdo.
Subieron de nuevo al automóvil de Pierce y
abandonaron Washington en dirección a Fredericksburg.
Una hora y cinco minutos más tarde se
detuvieron ante el pequeño bungalow de Young y estacionaron. Collins descendió
del automóvil, avanzó por el camino y llamó al timbre varias veces. Después
miró hacia el interior de la casa a través de una ventana cuya persiana no se
hallaba bajada por completo.
—Parece que todavía no ha vuelto —dijo al
regresar junto a los demás—. Dentro no hay más que una lámpara encendida.
Tendremos que esperar otros cincuenta minutos.
A la una menos cinco aparecieron unos faros
frontales al fondo de la calle. Se estaba acercando un automóvil deportivo de
color rojo. Llegó hasta ellos, giró a la izquierda y empezó a avanzar por la
calzada que discurría a lo largo de la casa.
Se abrió la portezuela del automóvil deportivo.
Vieron salir trabajosamente una rechoncha figura bajita que rodeó el vehículo,
se detuvo sobre el césped mirándoles con curiosidad y después se volvió hacia
la puerta.
Collins, que estaba descendiendo del automóvil,
se puso en pie.
—¡Ishmael! —gritó----. ¡Soy yo!.,. ¡Chris
Collins!
Young, que estaba a punto de entrar en la casa,
se detuvo y dio la vuelta al ver que Collins se estaba acercando, seguido de
los demás.
—Vaya —dijo Ishmael Young lanzando un suspiro
de alivio—.Ofrecían ustedes un aspecto muy sospechoso. Pensaba que iban a
atracarme o algo así. —Miró a Pierce y a Van Allen.— Oiga, ¿qué es lo que
ocurre para que venga a estas horas?
—Se lo explicaré —repuso Collins apresurándose
a presentarle a sus amigos—. Hemos venido porque quizá pueda usted ayudarnos.
Se trata de algo muy importante.
—Pasen —dijo Young.
—Gracias —dijo Collins—. No tenemos un minuto
que perder.
Una vez los cuatro se hubieron reunido en el
salón, Young se quitó la chaqueta de pana y les miró inquisitivamente.
—Parece muy urgente. No sé qué podré hacer por
ustedes.
—Muchas cosas —dijo Collins—. ¿Desea usted que
no salga adelante la Enmienda XXXV?
—¿Que si lo deseo? Haría cualquier cosa con tal
de que no se apruebe. Pero no existe ninguna posibilidad, señor Collins. Cuando
mañana por la tarde se efectúe la votación en California...
—Existe una posibilidad. Y depende de usted.
¿Dónde conserva el material de investigación para el libro de Tynan?
—En la habitación de al lado, en el comedor. Lo
he convertido en estudio. ¿Desean verlo?
Perplejo, Young les acompañó a la pequeña
estancia con apariencia de despacho improvisado. Junto a una ventana que daba a
la calle había un viejo escritorio atestado de papeles. A su lado, sobre una
sólida mesita, descansaba una máquina de escribir eléctrica IBM. Adosada a la
pared del otro lado se encontraba la mesa del comedor, llena también de
papeles, carpetas y material de oficina. A un lado se observaba un magnetófono
Wollensak. Encima de una silla que había junto a la mesa podían verse otros dos
magnetófonos, un Norelco de siete pulgadas y un Sony portátil. Dos archivadores
de pequeño tamaño aparecían adosados a una tercera pared.
—Está todo muy desordenado —dijo Ishmael Young
disculpándose—, pero así es como suelo trabajar. Oiga, señor Collins, espero
que recibiera usted la nota que le envié dándole las gracias. Le agradezco
muchísimo que me resolviera el problema de inmigración. Emmy y yo estamos en
deuda con usted.
—No me deben ustedes nada. Pero sí puede
ayudarnos a todos nosotros ahora mismo. ¿Dice que tiene usted aquí el material
de investigación? Bien, pues hay una cosa que desearía ver, si es que la tiene.
Young se pasó la mano por la calva con gesto
preocupado.
—Quiero ayudarle en todo lo que pueda, claro...
pero, como usted sabe, buena parte de este material es de carácter
confidencial. Le juré por mi honor a Vernon Tynan que nadie lo vería jamás...
Si llegara a descubrir que le he mostrado a usted algo de todo esto... —Se
interrumpió.— Al diablo con él. Usted me sacó de un apuro y yo debo hacer ahora
lo mismo. ¿Qué desea?
—¿Recuerda la vez que cenamos en el Jockey
Club? Dijo usted de pasada que Tynan le había confiado parte o todo el archivo
privado del coronel Baxter para que sacara copias, copias de las cartas y las
cintas de Baxter, con vistas a la preparación del libro. ¿Efectuó usted copias
de todo lo que había en el archivo de Baxter?
—Prácticamente de todo —repuso Ishmael Young
asintiendo—. De todo lo que hacía referencia a Tynan, desde luego. A excepción
de las cintas... —A Collins le dio un vuelco el corazón.—Ya está todo hecho
—siguió diciendo Young—. He duplicado también las cintas. Por eso tengo dos
magnetófonos, porque tuve que alquilar uno. Pero todavía no he terminado de
transcribir las. Es una labor muy pesada. Tengo que hacerlo yo personalmente,
porque Tynan no desea que utilice los servicios de una secretaria. Hace tres días
empecé a transcribirlas.
—Pero, ¿ha duplicado o copiado todas las cintas
del archive de Baxter? —preguntó Collins un polo más animado.
—Todo el material que Tynan me confió, y creo
que me lo confió todo.
—¿Cómo copió usted las cintas? —preguntó
Collins rápidamente.
—Bueno, como las había de dos tamaños tuve que
utilizar do aparatos distintos para poderlas grabar en mi magnetófono
Wollensak, que es más grande.
—Exactamente —dijo Collins—. Dos tamaños.
Cassettes miniatura Norelco y cassettes normales Memorex. ¿Oyó usted el
contenido mientras las grababa?
—Pues no, me hubiera llevado demasiado tiempo.
Hay un mecanismo que permite grabar en silencio de un aparato al otro.
—¿Dónde están las cassettes Memorex de tamaño
más grande?
—Se las devolví a Tynan hace algunos días. Eran
los originales. Yo copié o volví a grabar unas seis cassettes en unas cintas
más grandes que tenía por aquí.
¿Sabe lo que contienen esas cintas?
—No l0 sabré hasta que las transcriba. Pero he
identificada cada una de las cassettes y he anotado su situación en las cintas
grandes. Todas las cassettes, grandes o pequeñas, disponían de alguna
identificación o fecha. He elaborado una especie de índice. —Young se dirigió
al escritorio y tomó varias hojas de papel cosidas entre sí.— Puede verlo.
—Estoy buscando una determinada cassette
Memorex. Lleva la identificación «ASJ» y «Enero» en el exterior. ¿Le sirve ese
para encontrarla?
—Vamos a ver.
Ishmael Young empezó a pasar las páginas de su
índice. Collins le observaba como enfebrecido.
—Pues claro, aquí la tengo —anunció Ishmael
Young muy contento—. Esa cassette corresponde a la primera grabación de mi
segunda cinta.
—¿La tiene usted? ¿Está seguro?
—Completamente.
—¡Dios bendito! —exclamó Collins jubilosamente
al tiempo que abrazaba al escritor—. Ishmael, no sabe usted la hazaña que acaba
de realizar.
—¿Qué es lo que he hecho.? —preguntó Young
perplejo. —¡Ha descubierto usted el Documento R!
—¿Cómo dice?
—No se preocupe —dijo Collins emocionado—.
Pásela. Busque la maldita cinta en la que la copió... colóquela en el
magnetófono y pásela.
Los tres se agruparon alrededor del magnetófono
Wollensak que había encima de la mesa, mientras Ishmael Young buscaba la cinta
y la traía. A continuación la colocó en el magnetófono, hizo pasar la tira más
delgada de la cinta a través del aparato y después la ajustó al cilindro de
avance.
Ishmael Young levantó la cabeza y miró a
Collins, Pierce y Van Allen diciendo:
—No sé de qué se trata, pero, si ustedes están
dispuestos, yo también.
—Estamos dispuestos —dijo Collins inclinándose
hacia adelante y apretando el botón de puesta en marcha.
La cinta empezó a girar.
Momentos más tarde, la voz de Vernon T. Tynan
llenaba toda la estancia.
11
Acomodado muy nervioso en el asiento trasero
del Cadillac que le había conducido desde San Francisco a las afueras de
Sacramento, Chris Collins se inclinó una vez más hacia adelante para hablar con
el chófer.
—¿No puede correr un poco más? —le preguntó con
voz suplicante.
—Estoy haciendo todo lo que puedo con este
tráfico, señor —repuso el chófer.
Collins se esforzó en reprimir su nerviosismo
mientras volvía a reclinarse contra el respaldo del asiento. Encendió un nuevo
cigarrillo utilizando la colilla. del anterior, miró a través de la ventanilla
y observó que se iban acercando a la distante ciudad. Se encontraban en la zona
oeste de Sacramento y habían penetrado en el nudo de la gran encrucijada
viaria. El chófer enfiló el carril correspondiente y pasó a la autopista 275,
que muy pronto les conduciría hasta el paseo del Capitolio.
Muy pronto, Collins lo sabía, pero tal vez no
lo suficiente.
Pensó que resultaba una ironía que el éxito de
su larga lucha pudiera verse comprometido en su momento culminante por culpa de
una conspiración de la naturaleza. Daba la impresión de que la niebla se
estuviera disipando, pero el Aeropuerto Metropolitano de Sacramento debía de
estar todavía completamente cubierto por ella.
En principio, hubiera debido llegar a
Sacramento a las doce y veinticinco minutos, hora de California. Estaba citado
a la una en punto con el asambleísta Olin Keefe en el Derby Club de Posey’s
Cottage, el restaurante en el que los legisladores y cabilderos se reunían
diariamente para almorzar. En el caso de que todo se desarrollara de acuerdo
con sus deseos, Keefe tendría a mano al vicegobernador Edward Duffield,
presidente del Senado del estado, y al señor Abe Glass, presidente en funciones
del mismo organismo. Collins tal vez tuviera tiempo para revelar el contenido
del Documento R a los líderes del Senado antes de que éste se reuniera a las
dos en punto para efectuar la votación.
La votación final se iniciaría minutos después
de las dos, según le habían informado. La resolución conjunta tendría que
leerse por tercera y última vez. Por acuerdo legislativo, se suspendería el
debate posterior. Y se iniciaría la votación, que ya no podría interrumpirse.
Una vez hubiera aparecido el resultado en el tablero, no podría cambiarse ni
tampoco iniciar una nueva votación. En otros tiempos, incluso tras haber votado
negativamente, el cuerpo legislativo de un estado podía estudiar de nuevo un proyecto
de ley, volverlo a votar y modificar su punto de vista. Esto era lo que había
ocurrido en 1972, cuando la Enmienda XXVII relativa a la igualdad de derechos
se había sometido a la ratificación de los distintos estados. Dos de ellos,
Vermont y Connecticut, habían votado en contra y después habían cambiado de
parecer. Pero eso ya no estaba autorizado en muchos de los estados, y así
ocurría en California. La votación que se iniciara a partir de las dos sería
definitiva. La Enmienda XXXV se convertiría en una de las leyes del país. Tynan
habría conseguido ganar... y el pueblo habría perdido.
Su reloj le decía que eran las dos menos
diecinueve minutos.
Mientras daba nerviosas chupadas al cigarrillo,
Collins fue recordando los acontecimiehtos de la noche pasada, de la madrugada
y de la mañana. Y los recordó como si formaran parte del presente.
Dejaron a Ishmael Young llevándose la cinta,
presa de un entusiasmo casi febril. Estaban emocionados. Su misión había pasado
a convertirse en una cruzada. Abandonaron Fredericksburg y se dirigieron al
Departamento de Justicia a las dos de la madrugada tratando de establecer sus
diferentes cometidos. Quedaban muchas cosas por hacer y disponían de muy poco
tiempo.
En el despacho de Chris Collins pasaron revista
a sus distintas misiones. Collins decidió encargarse de efectuar las llamadas
telefónicas. Llegaron a la conclusión de que, con la autoridad que le confería
su cargo de secretario de Justicia, conseguiría que le prestaran la necesaria
atención. Pierce aceptó la tarea de verificar la autenticidad de la cinta
mediante pruebas vocales. Todos ellos sabían que la cinta era auténtica, pero
era posible que otros exigieran una prueba definitiva. Van Allen se encargaría
de reservarle a Collins los pasajes de avión a California. Habían discutido
brevemente sobre la conveniencia de confiscar un aparato militar. Collins se
opuso por temor a que su misión pudiera llegar a oídos de quien no debía.
Aunque resultara más lento, un vuelo comercial sería más seguro. Van Allen se
encargaría también de adquirir un magnetófono portátil. Una vez efectuada la
verificación de la voz, tendría que tomar la cinta de Young y grabar la parte
de la misma que contenía el Documento R en una cassette que Collins llevaría
consigo en su viaje.
Todas las misiones se habían desarrollado sin
contratiempos, excepto la de Collins.
Su primera llamada no planteó ningún problema.
Despertó al director de una importante cadena de Nueva York, invocó su
autoridad, le dijo que se trataba de un asunto urgente y le convenció de que
era necesario solicitar la colaboración del director de la cadena en
Washington. Una vez hecho esto, Pierce levantó de su cama al doctor Lenart, de
la Universidad de Georgetown. Dado que Pierce era un antiguo amigo suyo, el
criminólogo accedió a regañadientes a analizar los sonidos en su laboratorio.
Pierce se dirigió a toda prisa a la sede local
de la cadena para recoger una parte de la filmación y la banda sonora de una
entrevista concedida recientemente por Vernon T. Tynan, así como un «videotape»
en el que pasarla. Junto con la cinta de Ishmael Young, Pierce se llevó este
material al laboratorio del doctor Lenart de la Universidad de Georgetown.
Allí, el célebre experto en identificación de voces, utilizando su
espectrógrafo de sonidos, aplicó su equipo a algunas palabras pronunciadas por
Tynan durante su entrevista por televisión y a estas mismas palabras tal y como
figuraban en la cinta de Ishmael Young. El registrador efectuaba cuatrocientos
pasos por las cintas a cada ochenta segundos, reproduciendo visualmente una
serie de líneas onduladas que correspodían al tono y al volumen de la voz de
Tynan. Finalizado el análisis, resultó evidente que la voz escuchada en la
cinta del Documento R era, sin lugar a dudas, la de Tynan. El doctor Lenart
firmó un certificado de autenticidad y despidió a Pierce con su prueba.
Entretanto, tras haber conseguido un
magnetófono portátil que Collins pudiera llevarse a California, Van Allen
efectuó las reservas de pasaje. El primer vuelo a Sacramento salía del
Aeropuerto Nacional de Washington a las ocho y diez minutos de la mañana. El
aparato dejaría a Collins en Chicago a las nueve y ocho minutos. Allí Collins
tendría que aguardar una hora; saldría del Aeropuerto O'Hare de Chicago a las
diez y diez minutos para llegar a Sacramento a las doce y veinticinco minutos,
hora de California. El horario resultaba perfecto y Collins se mostró muy
complacido.
Sin embargo, las mayores dificultades se le
plantearon a Collins en la misión que él mismo se había asignado. Había llegado
a la conclusión de que sería conveniente comunicar su inminente llegada a los
representantes del Senado de California y concertar una cita con ellos antes de
que se iniciara la votación sobre la resolución conjunta. Deseaba decirles que
poseía unas pruebas terribles en relación con la votación del Senado sobre la
Enmienda XXXV. Sólo quería decirles eso y nada más. Sabía que resultaría inútil
explicarles por teléfono la clase de prueba que obraba en su poder. Era
necesario verlo para creerlo. Y, aunque le creyeran, efectuar revelaciones por
teléfono resultaba peligroso. Cabía la posibilidad de que la noticia se
comunicara a Tynan, que ya se encontraba en Sacramento, y era indudable que
éste haría lo imposible por recuperar el material que tenía Collins y
destruirlo.
No. Se limitaría a revelarles a los
representantes del Senado de California lo estrictamente necesario para que le
dedicaran su atención nada más llegar.
Empezó por telefonear aI vicegobernador Edward
Duffield a su domicilio particular. Llamó y el teléfono sonó largo rato sin que
nadie contestara. Volvió a insistir varias veces, pero no obtuvo respuesta. Al
final, llegó a la conclusión de que lo más probable era que Duffield hubiera
desconectado el teléfono para que no se le molestara por la noche. Se dio por
vencido y decidió no seguir llamándole.
Después intentó comunicarse con el senador Abe
Glass, presidente en funciones del Senado. Las primeras dos llamadas no habían
obtenido respuesta. A la tercera, contestó al teléfono la soñolienta voz de una
mujer, que resultó ser la señora Glass. Le dijo que su marido se hallaba fuera
de la ciudad y no regresaría hasta bien entrada la mañana para acudir a su
despacho y preparar la votación.
Decepcionado, Collins trató de hallar alguna
solución. Durante unos instantes consideró la posibilidad de llamar a la Casa
Blanca, hablar con eI presidente Wadsworth y revelarle toda la verdad. Era
indudable que el presidente Wadsworth no tendría la menor dificultad en
transmitir el mensaje a Sacramento. Pero a Collins le preocupaba una cosa.
Cabía la posibilidad de que el presidente no quisiera transmitirlo y que
deseara la aprobación de la Enmienda XXXV e pesar de la existencia del
Documento R, pensando que ya se encargaría más tarde a su manera de todo lo
demás.
No, llamar al presidente Wadsworth constituiría
un riesgo. Y lo mismo ocurriría en el caso del gobernador de California, que
era amigo político del presidente.
Collins llegó a la conclusión de que sería
mejor llamar a alguna otra persona de Sacramento.
Y entonces se le ocurrió telefonear al
asambleísta Olin Keefe, que se puso inmediatamente al aparato.
—Llegaré a Sacramento a la una en punto del
mediodía —le dijo Collins a Keefe—. Tengo unas pruebas trascendentales contra
la Enmienda XXXV que deben ser examinadas antes de que se inicie la votación.
¿Podría usted localizarme al vicegobernador Duffield y al senador Glass? He
estado intentando hablar con ellos toda la noche, pero no lo he conseguido.
Necesito verlos urgentemente.
—A esa hora estarán almorzando en el Derby
Club, en la parte de atrás del Posey’s Cottage. Estarán allí hasta las dos
menos cuarto. Les diré que le esperen. Es más, yo le estaré aguardando también.
—Dígale, sobre todo, que se trata de algo muy
urgente —señaló Collins.
—Me encargaré de ello. Procure llegar a tiempo.
Cuando se dirijan a la cámara y se inicie la votación, ya no podrá usted hablar
con ellos.
—Allí estaré —prometió Collins.
Una vez resuelto el problema, Collins se
tranquilizó un poco.
Se tendió en el sofá de su despacho y durmió
por espacio de dos horas, hasta que Pierce y Van Allen le despertaron para
comunicarle que ya había llegado la hora de trasladarse al Aeropuerto Nacional.
Hasta determinado momento, todo se desarrolló
según el horario previamente establecido. Collins abandonó Washington a la hora
prevista. Llegó a Chicago a la hora prevista. Salió de Chicago a la hora
prevista y lo más probable era que llegara a Sacramento a la hora prevista.
Pero, cuando faltaba una hora para llegar a
Sacramento, el piloto del 727 anunció que una inesperada y densa niebla cubría
el aeropuerto de Sacramento, por lo que el vuelo tendría que desviarse a San
Francisco. Rogando a los pasajeros que disculparan las molestias, añadió que
tomarían tierra en San Francisco a las doce y media. Un autobús especial les
conduciría a Sacramento, tras haber recorrido los ciento treinta kilómetros de
distancia que separaban San Francisco de aquella ciudad.
Por primera vez durante el viaje, Collins
empezó a preocuparse. Había recorrido las suficientes veces la distancia que
mediaba entre San Francisco y Sacramento como para saber que aquel contratiempo
significaba una hora y media más de viaje. Aunque alquilara un automóvil y el
chófer condujera a la máxima velocidad, no conseguiría llegar al Pose’s Cottage
mucho antes de que Duffield y Glass lo abandonaran.
En el aeropuerto de San Francisco, mientras un
mozo corría a buscarle un automóvil particular, Collins se dirigió a una cabina
telefónica para tratar de localizar a Olin Keefe. Pero Keefe no se hallaba ni
en su despacho ni en el restaurante. Sin desear perder ni un minuto más en su
intento de localizarle —o bien a Duffield o a Glass—, Collins abandonó la
cabina telefónica y se dirigió hacia el lugar desde donde el mozo le estaba
haciendo señas.
Todo ello lo estaba recordando ahora mientras
el automóvil cruzaba el centro de Sacramento, desde el que podía distinguirse
la dorada cúspide del Capitolio del estado.
—¿Dónde me ha dicho que era, señor? —preguntó
el chófer.
—Es un restaurante que se encuentra a una
manzana de distancia al sur del paseo del Capitolio. Se llama Posey’s Cottage o
Posey’s Restaurant. Está en la confluencia de las calles Once y O.
—Llegaremos en un minuto, señor.
A su izquierda, Collins pudo ver la vasta
extensión del parque del Capitolio: veinte hectáreas que albergaban por lo
menos mil variedades de árboles, arbustos y flores, y después, en lo alto de la
suave ladera, el edificio del Capitolio, con su deslumbrante cúpula y sus
cuatro plantas rodeadas de columnas y pilastras corintias.
El automóvil, que avanzaba lentamente entre el
tráfico de la calle N, de dirección única, giró a la izquierda enfilando la
calle Once, y al final llegó a la confluencia entre las calle Once y O.
—Busque un sitio donde estacionarse —dijo
Collins apresuradamente—. No creo que tarde demasiado. Espéreme frente al
restaurante.
Abrió la portezuela del automóvil y, con la
maleta de ejecutivo en la que guardaba el magnetófono portátil, descendió
rápidamente.
Se detuvo un instante para mirar el reloj. Las
dos menos nueve minutos. Llegaba con cincuenta y un minutos de retraso. Se
preguntó si Keefe habría conseguido retener a Duffield y a Glass.
Collins penetró en el restaurante y preguntó
dónde se encontraba el Derby Club. Le indicaron un salón del fondo en el que
había una barra. Al llegar al Derby Club fue presa del desaliento. El salón
aparecía vacío, a excepción de una solitaria y melancólica figura sentada junto
a la barra.
Olin Keefe le vio desde la barra y descendió
del taburete. Sus mofletudas facciones, normalmente afables, mostraban ahora
una mueca de preocupación.
Casi pensaba que no vendría —dijo—. ¿Qué ha
ocurrido?
—Niebla. Hemos tenido que aterrizar en San
Francisco. He tardado una hora y media en llegar. —Collins miró de nuevo a su
alrededor.— ¿Duffield y Glass...?
—Han
estado aquí. No he podido retenerlos por más tiempo. Han regresado al Senado
para preparar la votación. Faltan todavía siete minutos para la lectura final y
la votación. No sé... pero podríamos intentar sacarles de la cámara.
—Tenemos que hacerlo —insistió Collins
desesperado.
Abandonaron rápidamente el restaurante y a paso
rápido empujando a los peatones, bajaron por la calle Once en dirección al
edificio del Capitolio.
—La cámara del Senado se encuentra en la parte
sur de la segunda planta. Es posible que lleguemos poco antes de que se cierren
las puertas.
Llegaron al Capitolio, subieron unos peldaños
de piedra y pisaron el mosaico multicolor del gran escudo de California que
había a la entrada.
—La escalera está por allí —le indicó Keefe a
Collins. Mientras subían, añadió:— ¿Sabía usted que el director Tynan hablaría
aquí esta semana?
—Lo sabía. ¿Qué tal lo ha hecho?
—Me temo que demasiado bien. Ha conseguido
ganarse a los miembros del Comité Judicial. El comité ha votado por una mayoría
abrumadora en favor de la ratificación de la Enmienda XXXV. Y lo mismo ocurrirá
en el Senado, a menos que pueda usted superar a Tynan.
—Podré superarle... si tengo la oportunidad
—dijo Collins levantando la maleta de ejecutivo—. Aquí dentro traigo al único
testigo que puede destruir a Tynan.
—¿Quién es?
—El propio Tynan —repuso Collins crípticamente.
Habían llegado junto a la entrada de la cámara
del Senado.
La mayoría de los cuarenta senadores ya se
hallaban acomodados en sus sólidos sillones giratorios de color azul, pero
algunos todavía permanecían de pie en los pasillos. El vicegobernador Duffield,
con un elegante traje azul rayado, estaba de pie tras la tribuna elevada y el
micrófono contemplando a los distintos senadores a través de sus gafas sin
montura.
—Vaya —dijo Keefe—, el oficial ya está
empezando a cerrar las puertas.
—¿Puede usted hablar con Duffield?
—Lo intentaré —repuso Keefe.
Keefe se abrió paso a toda prisa, le explicó
algo a un guardia que se interpuso en su camino, y siguió avanzando, rodeó los
peldaños alfombrados y, desde abajo, se dirigió al presidente del Senado que se
encontraba en la tribuna.
Presa de la angustia, Collins observaba lo que
estaba ocurriendo al otro lado de la cámara. Duffield se había inclinado hacia
un lado para escuchar lo que Keefe le estaba diciendo. Después levantó las
manos e hizo un gesto en dirección a la cámara, totalmente llena. Keefe volvió
a hablar. Al final, Duffield accedió, sacudiendo la cabeza, a reunirse con él.
Keefe seguía hablando y ahora estaba indicando el lugar en el que Collins se
encontraba. Durante una fracción de segundo pareció como si Duffield vacilara.
Finalmente, decidió a regañadientes seguir a Keefe hasta el lugar en que
Collins aguardaba de pie.
Se reunieron junto a la entrada de la cámara y
Keefe procedió a presentarle a Collins al presidente del Senado.
El severo rostro de Duffield mostraba una
expresión de des-agrado.
—Por deferencia a usted, señor secretario de
Justicia, he accedido a abandonar la tribuna. El congresista Keefe afirma que
dispone usted de nuevas pruebas en relación con nuestra votación sobre la
Enmienda XXXV...
—Unas pruebas que es necesario que usted y los
demás miembros del Senado puedan escuchar.
—Eso es imposible, señor secretario de
Justicia. Ya es demasiado tarde. Durante los últimos cuatro días se ha
escuchado a todos los testigos y se han presentado todas las pruebas ante el
Comité Judicial. Las vistas han finalizado esta mañana con la intervención del
director Tynan. No habrá debate. Por consiguiente, las pruebas que usted
aportara no podrían ser debatidas. Estamos a punto de reunirnos, de escuchar la
lectura de la Enmienda XXXV y de someterla a votación. No veo la forma de
interrumpir este proceso.
—La hay —dijo Collins—. Escuche la prueba fuera
de la cámara. Aplace la sesión hasta haberla escuchado.
—Sería algo sin precedentes, perfectamente
insólito.
—Lo que yo deseo mostrar a usted y a los
miembros de la cámara es también algo sin precedentes e insólito. Le aseguro
que, de haberlo tenido antes, ya se lo hubiera mostrado. Pero sólo pude
conseguirlo anoche y me he trasladado inmediatamente a California. La prueba
reviste la máxima importancia para usted, para el Senado, para el pueblo de
California y para toda la nación. No pueden ustedes votar sin haber escuchado
lo que traigo en esta maleta.
El tono
vehemente de Collins hizo que Duffield vacilara.
—Aunque revistiera la importancia que usted
dice... no sé,
francamente,
cómo podría evitar que se iniciara la votación.
—No se puede votar si no hay quórum, ¿verdad?
—¿Desea usted pedirles a la mayoría de
senadores que se ausenten de la cámara? Eso no daría resultado. Habría una
moción para convocar a la cámara. El oficial traería a los que se hubieran
ausentado...
—Pero yo habría presentado la prueba antes de
que el oficial pudiera hacer tal cosa.
—No sé —dijo Duffield dudando—. ¿Cuánto tiempo
le haría falta?
—Diez minutos, no más. El tiempo que tardaran
ustedes en escuchar lo que yo les he traído.
—¿Y cómo iban los senadores a escuchar esta
prueba?
—Usted podría llamarles informalmente... Veinte
a la vez, dos grupos de veinte... y rogarles que prestaran atención a lo que
usted ya hubiera escuchado. Para entonces, no me cabe la menor duda de que desearía que lo escucharan. Cuando lo
hubieran hecho, podrían votar.
Duffield seguía vacilando.
—Señor secretario de Justicia, me está usted
pidiendo algo extraordinario.
—Es que traigo una prueba extraordinaria —dijo
Collins. Sabía que, en su calidad de miembro del Gabinete, hubiera podido
insistir aún más de lo que lo había hecho. Pero también sabía lo celosamente
que los funcionarios estatales defendían sus derechos. En forma comedida y
apremiante a un tiempo, Collins siguió diciendo:— Debe usted encontrar el medio
de escuchar esta prueba. Tiene que haber alguno. ¿Acaso no hay nada que pueda
aplazar una votación?
—Bueno, quizá ciertos factores... Por
ejemplo... no sé, si pudiera usted demostrar que la resolución conjunta que
está a punto de someterse a votación es fraudulenta o bien contiene elementos
que pueden ser considerados como una conspiración... si pudiera usted demostrar
eso...
—¡Puedo hacerlo! Tengo pruebas de que existía
una conspiración nacional. La vida o muerte de nuestra república depende de que
ustedes escuchen esta prueba, de que la tengan en cuenta al votar. Si no la
escucha, se llevará hasta la tumba el peso de su error. Puede creerme.
Impresionado, el vicegobernador dirigió a
Collins una severa mirada.
—Muy bien —dijo súbitamente—. Voy a pedirle al
senador Glass que se encargue de que no haya quórum durante diez minutos. Suba
a la cuarta planta y diríjase a la primera sala de comités que encuentre al
salir del ascensor. Está vacía. El asambleísta Keefe le mostrará el camino. El
senador Glass y yo nos reuniremos con ustedes ahora mismo. —Se detuvo y
añadió:— Señor secretario de justicia, espero que se trate de algo que valga la
pena.
—Valdrá la pena, se lo aseguro —dijo Collins
con expresión sombría.
Los cuatro se hallaban sentados alrededor de la
mesa de madera clara que había en el centro de la moderna sala de comités.
Chris Collins acababa de explicarles a Duffield
y a Glass las circunstancias bajo las cuales se había enterado de la existencia
del Documento R, un complemento de la Enmienda XXXV que, en su lecho de muerte,
el coronel Noah Baxter había suplicado que se hiciera público.
—No les cansaré a ustedes con los detalles de
mi larga búsqueda del Documento R —dijo Collins—. Baste decir que he conseguido
localizarlo esta madrugada y que ha resultado ser no un documento sino un plan
verbal que fue grabado accidentalmente en un magnetófono por el nieto del
coronel Baxter, un muchacho de doce años. Había tres personas presentes cuando
se grabó la cinta en enero pasado. Una de ellas era el director del BBI, Vernon
T. Tynan. La segunda, su director adjunto, Harry Adcock. Y la tercera, el
secretario de justicia, Noah Baxter. Sólo se escucharán las voces de Tynan y de
Baxter en esta cinta que el muchacho grabó como una travesura, sin percatarse
de la importancia que revestía. Para tener la absoluta certeza de que en esta
cinta se había grabado la voz del director Tynan, mandamos sacar unas
impresiones de la voz de éste que figura en esta cinta y de la de una reciente
entrevista que concedió a la televisión. Verán ustedes que se trata
inequívocamente de la misma voz.
Collins se inclinó hacia adelante, extrajo de
la maleta las hojas de las impresiones vocales junto con el certificado de
autenticidad del doctor Lenart y se lo entregó todo al señor Duffield. El
vicegobernador examinó gravemente el material y después se lo pasó al senador
Glass.
—¿Están ustedes convencidos ahora de que van a
escuchar la voz del director Tynan? —preguntó Collins.
Ambos líderes del Senado asintieron con la
cabeza.
Collins se inclinó de nuevo hacia adelante y
extrajo de la maleta el magnetófono portátil. Ajustó el volumen en la posición
de «fuerte» y depositó ceremoniosamente el aparato en el centro de la mesa.
—Pues ya podemos empezar —dijo—. Primero oirán
la voz de Tynan y después la de Baxter. Escuchen con atención. Éste es el
secreto conocido con el nombre de Documento R. Escuchen, por favor.
Collins extendió la mano, apretó el botón de
puesta en marcha y, apoyando los codos sobre la mesa, fijó la mirada en el
presidente y en el presidente en funciones del Senado del estado de California.
La cinta estaba girando en el aparato. Se
escuchó un sonido a través del altavoz.
Voz de Tynan: «Estamos solos, ¿verdad, Noah?».
Voz de Baxter: «Deseaba usted verme a solas,
Vernon. Creo que mi salón es el lugar más seguro de toda la ciudad».
Voz de Tynan: «Faltaría que no lo fuera. Nos
hemos gastado miles de dólares desconectando los aparatos de escucha de su
casa. No me cabe la menor duda de que resultará seguro para lo que tenemos que
discutir».
Voz de Baxter: «¿Qué es lo que tenemos que
discutir, Vernon? ¿Qué se propone usted?».
Voz de Tynan: «Pues bien, se trata de lo
siguiente. Me parece que ya he conseguido estructurar el último elemento del
Documento R. Harry y yo pensamos que es completamente seguro. Pero una cosa,
Noah. No me venga con escrúpulos de última hora. Recuerde que acordamos
sacrificarlo todo... y, podría añadir, hasta cualquier persona, para salvar a
nuestra nación. Usted ha estado siempre de nuestro lado, Noah. Está de acuerdo
en que la enmienda es la mejor idea, la única esperanza que nos queda
independientemente de los obstáculos que tengamos que superar para conseguir su
aprobación. Pero hay otro paso. Recuerde que hasta ahora se ha mostrado usted
de acuerdo con nosotros. Ya está demasiado comprometido para echarse atrás. No
podría hacerlo aunque quisiera».
Voz de Baxter: «Retirarme, de ¿qué? ¿De qué
está usted hablando, Vernon?».
Voz de Tynan: «Se trata simplemente de hacer
por el pueblo algo que éste no puede hacer por sí mismo. Devolver la seguridad
a las vidas de la gente. En cuanto la Enmienda XXXV pase a formar parte de la
Constitución, pondremos en práctica el Documento R: la reconstrucción del país.
Llevaremos a la práctica todas las prerrogativas legales que nos concede la
Enmienda XXXV...».
Voz de Baxter: «Eso no puede usted hacerlo,
Vernon... no puede usted invocar la Enmieda XXXV. Tiene que haber una verdadera
situación de emergencia de alcance nacional. Bajo la Constitución y con la
Enmienda XXXV, tendría que producirse una verdadera crisis, una situación de
emergencia, una conspiración, para que pudiéramos actuar. Si no la hay, no
puede usted...».
Voz de Tynan: «Claro que podremos, Noah. Porque
habrá una situación de emergencia,
una crisis. Ya está todo arreglado, Noah. Yo mismo me he encargado de ello. A
menudo es necesario el sacrificio de una persona para salvar a las demás. Uno
de nosotros... usted o yo, probablemente usted, anunciará la situación de
emergencia en un discurso que retransmitirá la televisión. Se dirigirá usted a
toda la nación. Ésta es la esencia del Documento R. Ya tengo preparado el
esquema del discurso. Se dirigirá a la nación, empezando por algo así como:
‘Compatriotas norteamericanos, vengo a hablarles en esta hora de duelo. Todos
estamos igualmente apenados, todos nosotros estamos sufriendo el más hondo
dolor como consecuencia del espantoso asesinato de que ayer fue víctima nuestro
amado presidente Wadsworth. Su terrible muerte a manos de un asesino, unas
manos dirigidas por una conspiración cuyo propósito era el de trastornar el
país, nos ha costado la vida de nuestro máximo dirigente. Pero tal vez su
muerte nos sirva a todos en vida, y sirva precisamente para conservar la vida
de la nación. Todos unidos debemos procurar que semejante violencia jamás
vuelva a producirse dentro de nuestras fronteras. A tal fin, y siguiendo las
órdenes de nuestro nuevo presidente, voy a adoptar las necesarias medidas para
acabar con el imperio de la ilegalidad y el terror que actualmente nos agobia.
Proclamo la suspensión de la Ley de Derechos, de acuerdo con las disposiciones
de la Enmienda XXXV, y anuncio que a partir de ahora el Comité de Seguridad
Nacional. . . "».
Voz de Baxter: «¡Santo cielo, Vernon! ¿He oído
bien? ¿El presidente Wadsworth asesinado... por orden suya?».
Voz de
Tynan: «No se ponga sentimental, Noah. No hay tiempo para eso. Sacrificaremos a
un político de vía estrecha para salvar a toda una nación. ¿Lo entiende usted,
Noah? Salvaremos...».
Voz de Baxter: «Dios mío, Dios mío, Dios mío...
Oooh... ».
Voz de Tynan: «Noah, vamos a... Noah... ¡Noah!
¿Qué es eso? ¿Qué le ocurre? ¿Qué ocurre, Harry? ¿Ha sufrido un ataque o qué?
Sosténgale. Voy a llamar a Hannah... ».
Final de la cinta.
Collins estudió los rostros de Duffield, Glass
y Keefe. Todos ellos estaban como paralizados por el asombro.
—Bien, señores —dijo Collins—, ¿podrá la
justicia triunfar en los tribunales?
Duffield se levantó con dificultad de su
asiento.
—La justicia podrá triunfar —contestó con voz
pausada—. Voy a convocar a los senadores.
Ya era de noche en Washington cuando el
reluciente Boeing inició el descenso, flotando cada vez a menor altura sobre la
pista de aterrizaje del Aeropuerto Nacional.
Chris Collins observó desde la ventanilla cómo
se iban acercando las luces de la pista. Poco después el aparato tomó tierra y
él se dispuso a enfrentarse con la emoción de la llegada.
Minutos más tarde, siguió a los pasajeros que
iban desembarcando del aparato para dirigirse al edificio de la terminal.
A quien primero distinguió fue a su
guardaespaldas Hogan, que le estaba mirando con una ancha sonrisa, cosa inédita
en él.
—Felicidades, señor secretario de Justicia
—dijo Hogan haciéndose cargo de la maleta de ejecutivo de Collins—. Me inquieté
al ver que se había marchado sin mí. Pero creo que ha merecido la pena correr
el riesgo.
—Ha merecido la pena cualquier cosa —repuso
Collins—. No llevo equipaje. Lo único que me hacía falta era la maleta de
ejecutivo.
—Chris...
Collins observó que Tony Pierce se había
adelantado a saludarle. Pierce le estrechó la mano mientras se dirigían a la
escalera mecánica y después se sacó del bolsillo un periódico y lo desdobló
ante Collins. Los grandes titulares en tinta negra rezaban lo siguiente:
CONSPIRACIÓN
CONTRA EL PRESIDENTE, LA NACIÓN EN PELIGRO, TYNAN COMPLICADO,
LA ENMIENDA XXXV DERROTADA...
—¡Chris, lo ha conseguido usted! —exclamó
Pierce jubilosamente—. ¿Lo vio usted? La votación del Senado de California se
retransmitió por televisión. La Enmienda XXXV fue rechazada por cuarenta votos
contra cero. Por unanimidad.
—Lo vi —dijo Collins—. Me encontraba en la
tribuna de invitados.
—Y después, la rueda de prensa. Las principales
cadenas de televisión interrumpieron sus programas para retransmitirla.
Duffield y Glass convocaron una rueda de prensa conjunta y revelaron cómo se
había producido el cambio de opinión. Revelaron el papel que usted había
desempeñado. Revelaron el contenido del Documento R.
—Eso no lo vi —dijo Collins—. Al disiparse la
niebla, tomé el primer avión para regresar a casa.
—Bueno, Chris, ha realizado usted una hazaña.
—No, Tony —dijo Collins moviendo la cabeza—. La
hemos realizado todos, incluidos el coronel Baxter, el padre Dubinski, mi hijo
Josh, Olin Keefe, Donald Radenbaugh, John Maynard, Rick Baxter, Ishmael Young y
usted. Todos.
Habían llegado al automóvil, que no era el que
solía utilizar Collins sino el del propio presidente, a prueba de balas. El
chófer, manteniendo la portezuela trasera abierta, le saludó con orgullo.
Collins miró a Pierce con una mira inquisitiva.
El presidente desea verle. Ha pedido verle en
cuanto usted regresara.
—Muy bien.
Collins estaba a punto de subir al vehículo
cuando Pierce apoyó la mano en su hombro.
—Chris.. .
—¿Sí?
—¿Sabe usted que Vernon Tynan ha muerto?
—No lo sabía.
—Hace un par de horas. Se ha suicidado. De un
disparo en la boca.
Collins reflexionó unos instantes y dijo:
—Como Hitler.
—Adcock ha desaparecido.
—Como Bormann —dijo Collins asintiendo.
Ambos subieron al automóvil. Mientras el chófer
se sentaba al volante, Pierce le dijo:
—A la Casa Blanca.
Cuando llegaron al pórtico sur de la Casa
Blanca, observaron que McKnight, el principal ayudante del presidente, les
estaba aguardando para darles la bienvenida. Collins y Pierce fueron
acompañados a través de la Sala de Recepción Diplomática hasta el ascensor de
la planta baja. Tomaron el ascensor hasta la segunda planta y se dirigieron al
Salón Amarillo, precedidos por McKnight.
Se estaba celebrando una fiesta que Collins no
esperaba. Pudo ver al vicepresidente Loomis, al senador Hilliard y a su mujer,
a la secretaria del presidente, señorita Ledger, y al secretario de
Asignaciones, Nichols. Después, junto a los sillones Luis XVI que había a ambos
lados de la chimenea, vio a Karen conversando con el presidente Wadsworth.
Karen se percató de su presencia y, apartándose
del presidente, cruzó corriendo el salón y se arrojó en sus brazos.
—Te quiero, te quiero —dijo llorando—. Oh,
Chris...
Collins observó por encima del hombro de su
mujer que el presidente estaba acercándose. Se separó de Karen y se adelantó
para saludar al presidente. En el rostro de éste se observaba una extraña
expresión, una expresión que Collins no pudo dejar. de relacionar
con la de Lázaro resucitado.
—Chris —dijo el presidente ceremoniosamente,
estrechándole la mano con sincera cordialidad—. No tengo palabras para
agradecerle que me haya salvado la vida y haya salvado la vida de toda nuestra
nación. —El presidente sacudió la cabeza.— Fui un necio. Ahora puedo decirlo.
Perdóneme. Estaba muy desorientado. Me parece que cuando se teme perder una
batalla, se aferra uno a cualquier excusa y no se da cuenta de que ya está
metido en ella. —El presidente esbozó una sonrisa.— Pero esta batalla no se ha
perdido, porque la caballería ha llegado a tiempo. —Escudriñó el rostro de
Collins.— ¿Se ha enterado de lo de Vernon Tynan?
—Sí. Lamento que haya tenido que terminar así.
—En el transcurso de estos últimos meses no
debía de estar en sus cabales. De otro modo, no se le hubiera ocurrido
semejante barbaridad. Menos mal que usted no cejó en su empeño. Jamás podré
pagarle la deuda que he contraído con usted. Si puedo hacer algo...
—Puede usted hacer dos cosas —dijo Collins sin
andarse con rodeos.
—Dígame de qué se trata.
—Hay un hombre a quien, al igual que en su
caso, es necesario resucitar de entre los muertos. Ha desempeñado un importante
papel y le ha ayudado a usted. Quisiera que ahora le ayudara a él. Deseo que le
conceda el perdón presidencial y que le devuelva su buen nombre.
—Prepáreme el decreto y lo firmaré. ¿Cuál es la
segunda cosa?
—Lo peor ya ha pasado —dijo Collins—, pero
seguimos enfrentándonos con el problema que dio lugar a esta insensata
conspiración. El problema del crimen. La represión no será capaz de resolverlo.
Tal como dijo un sabio, las hogueras encendidas no iluminan la oscuridad. Tiene
que haber una mejor solución...
—Y la habrá —le interrumpió el presidente—.
Esta vez vamos a hacerlo bien. En lugar de modificar la Ley de Derechos para
resolver nuestros problemas, utilizaremos esta misma Ley de Derechos, como es
debido. Mañana a primera hora nombraré una comisión especial, usted y Pierce
formarán parte de ella, para que investigue las actividades del FBI, elimine
todo lo que haya sido fruto de la influencia de Tynan y elabore una serie de
medidas encaminadas a reestructurar la Oficina según unas nuevas normas. Tras lo
cual, Chris, tengo el propósito de reunirme con usted para discutir un nuevo
programa de medidas económicas y sociales que terminen con la ilegalidad y la
criminalidad. Vamos a hacer algo efectivo. Hemos pasado por un momento de
peligro, pero ahora vamos a conservar nuestra democracia.
—Muchas gracias, señor presidente —dijo Collins
asintiendo—. Mire —añadió vacilando—, durante el viaje de regreso he estado
pensando que en Argo City un amigo mío dijo que, cuando el fascismo llegue a
los Estados Unidos, será porque los ciudadanos norteamericanos habrán votado a
su favor. Esta vez estuvieron a punto de hacerlo. Ahora que saben todo lo que
deben saber, quizá no vuelvan jamás a estar tan cerca de ello, Y tal vez
nosotros podamos ayudarles a recordar esta lección.
—Lo haremos. Se lo prometo. Vamos a resolver lo
que humanamente sea posible resolver. —El presidente tomó a Collins del brazo.—
Pero esta noche, no. —Hizo señas a Karen para que se acercara.— Esta noche
vamos a brindar por el futuro. Es posible que nos tomemos dos y hasta tres
copas. Y veremos la película del último programa de televisión. Descansemos una
hora (este lujo, por lo menos, nos lo podemos permitir) antes de reanudar
nuestro trabajo.
EL
DOCUMENTO R
Irvin
Wallace
Título
original: The R Document
Traducción:
Ma. Antonieta Menini de la primera edición de Simon & Schuster, Nueva York,
1976.
© 1976,
Irving Wallace
© 1976,
Ediciones Grijalbo, S. A.
Aragón 385, Barcelona 08013
D. R. ©
1987 por EDITORIAL GRIJALBO, S. A.
Calzada de San Bartolo Naucalpan No. 282
Argentina Poniente 11230
Miguel Hidalgo, México, D. F.
ISBN
968-419-674-1
IMPRESO
EN MÉXICO
EDITORIAL
GRIJALBO presenta ahora la más apasionante y estremecedora de las novelas que
ha escrito Irving Wallace hasta la fecha: El Documento R, la fantástica
historia de una conspiración que pretende derogar la Ley de Derechos de los
Estados Unidos y que está dirigida entre bastidores por el FBI.
En un trasfondo de creciente violencia, Wallace
pone frente a frente dos fuerzas opuestas: por una parte, aquéllos que tratan
de modificar la Constitución para que el gobierno pueda imponer sin miramientos
un programa de «ley y orden»; por otra, quienes creen que tras la Enmienda XXXV
se oculta un plan de mayor alcance que tiene por fin subvertir el proceso del
gobierno constitucional y reemplazarlo por un estado policiaco. Los
protagonistas de ambas posturas son Vernon T. Tynan, el poderoso director del FBI,
y Christopher Collins, el nuevo secretario de Justicia, hombre ambicioso pero
lleno de honradez. Las dudas iniciales de Collins se ven reavivadas en el lecho
de muerte de su predecesor, quien le pone en guardia contra el ‘Documento R’,
clave misteriosa del futuro de toda la nación. En su búsqueda de este vital
documento, Collins se ve envuelto en una serie de sucias trampas: un intento de
chantaje sexual dirigido contra el mismo; la puesta a punto de un «programa
piloto» en una pequeña población cuyos habitantes han sido desposeídos de sus
derechos constitucionales; dos brutales asesinatos; la revelación de un
escándalo de su esposa, que hace que esta desaparezca...
Transcurren días angustiosos y se acerca el
momento en que, en California ha de llevarse a cabo la última y decisiva
votación para rechazar o ratificar la Enmienda XXXV. El destino del país
depende de Collins, de su lucha a muerte con el FBI de Tynan y de su hallazgo
del «Documento R».
Por su fuerza expresiva, por la inteligente
contraposición de ficción y realidad, y por la profundidad de los problemas que
plantea, esta última novela de Irving Wallace será sin duda una de las obras
más discutidas y elogiadas de los últimos tiempos.

